<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>prose_contemporary</genre><author><first-name>Rosa</first-name><last-name>Montero</last-name></author><book-title>Amado Amo</book-title><annotation><p>Estamos ante una novela sobre el poder, pero un poder con min�sculas, cotidiano y perfectamente reconocible: el que ejercen las empresas, el que sufren los asalariados, un poder risible que se mide en metros de despacho o en el n�mero de veces que el jefe se ha parado a hablar contigo. C�sar Miranda, protagonista de esta historia, es un hombre en crisis que intenta sobrevivir a las tormentas y tormentos de una competitividad desenfrenada. Y su peripecia nos va dibujando el implacable pero divertid�simo retrato de la disparatada sociedad en que vivimos.</p></annotation><date/><lang>sp</lang></title-info><document-info><author><first-name/><last-name/></author><program-used>Fiction Book Designer, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date value="2008-05-11">11.05.2008</date><src-url/><src-ocr/><id>FBD-2EA420-24E9-8445-B8B4-3ED1-4E17-FA6D4F</id><version>1.0</version></document-info><publish-info/></description><body><image l:href="#0"/><title><p>Rosa Montero</p><empty-line/><p>Amado Amo</p></title><section><title><p>1</p></title><p>Al entrar en el aparcamiento subterr�neo casi se empotr� contra la trasera de un autom�vil rojo. El otro conductor sac� la cabeza por la ventanilla: una coronilla rala, unas mejillas blancas y enrojecidas, unos ojos hinchados. Perdona, chico, pero hay un cretino que ha ocupado mi plaza. Era Mat�as. C�sar dio marcha atr�s para facilitarle la maniobra, y el coche rojo retrocedi� zumbando, derrapando y rasgu��ndose el costado contra una de las columnas de hormig�n. Mat�as se ape� hecho una furia: Maldita la leche que, me cago en la, hay que joderse con el. Mascullaba imprecaciones mitad para s�, mitad para C�sar; y tambi�n para el magullado aler�n del auto, y sobre todo para el encargado del aparcamiento, que ven�a ahora hacia ellos envuelto en un mono untado de grasa: despacio, muy despacio, como si quisiera dar tiempo a que Mat�as se vaciara de maldiciones; o quiz� simplemente por fastidiar. Que qui�n ha sido el imb�cil que ha metido un coche en mi plaza. El tipo se rasc� la barbilla, se encogi� de hombros: Son �rdenes, yo no s� nada. ��rdenes? �Qu� �rdenes? A m� me han dicho que a partir de hoy esa plaza es del se�or Mart�nez, respond�a cazurramente el otro, escupiendo de cuando en cuando alguna brizna invisible de materia, como si tuviera en la lengua una hebra de tabaco que no acabara de expulsar. Mat�as abri� la boca, la cerr�. Y C�sar pens�: Est� acabado. Qui�n lo ha ordenado, pregunt� el mediomuerto con voz ronca. El se�or Pibu, dijo el encargado, yo no s� nada. Pittbourg, el subdirector administrativo. Mat�as parpade�, trag� saliva ruidosamente, dio media vuelta, empez� a caminar hacia la salida con pasos de ciego. C�sar entreg� las llaves de su coche al empleado y corri� tras su colega. Por debajo de los rosetones de sus mejillas, Mat�as mostraba un semblante fosforescentemente l�vido; las venillas moradas de su nariz parec�an el mapa de una cuenca hidrogr�fica. No te preocupes, Mat�as, empez� a decir C�sar. E inmediatamente se dio cuenta de que Mat�as estaba en realidad tan preocupado que la frase resultaba algo brutal: era como mentarle la chepa a un giboso. No te enfades, Mat�as, rectific� entonces, porque el enfado era siempre una emoci�n m�s digna, la furia era un atributo de los dioses. Venga, hombre, Mat�as, no te cabrees, a m� tambi�n me quitaron la plaza del aparcamiento hace unos meses, no es para ponerse as�. �No?, musit� Mat�as, lanz�ndole una fugaz mirada de reojo. No, hombre, ya sabes que siempre ha habido problemas con el garaje porque no hay plazas suficientes, yo ahora le doy las llaves al encargado y santas pascuas, es incluso m�s c�modo. Eso dec�a C�sar, mentiroso y magn�nimo.</p><p>Porque C�sar callaba que su caso era distinto, que en realidad a �l nadie le hab�a quitado la maldita plaza. C�sar no ten�a horario fijo, era una de las estrellas de la Casa, pose�a una situaci�n privilegiada. Y hab�a sido el mismo Morton quien un d�a le dijo: �No te importa que otra persona ocupe tu sitio en el garaje? Como t� vienes tan poco por aqu� es una pena desperdiciar as� el espacio� Mat�as se hab�a parado junto a la puerta de salida, rebuscaba en sus bolsillos torpemente, sacaba un pa�uelo muy arrugado con el que enjugarse el sudor fr�o. De un manotazo pein� hacia atr�s sus grasicntos y escasos cabellos. Despu�s se volvi� hacia el empleado, que estaba al fondo de la planta, all� a lo lejos: �Hablar� con Pittbourg, esto no va a quedarse as�!, grit� escupiendo perdigones de saliva y jirones de orgullo. Y el hombrecillo del mono se encogi� de hombros, despectivo.</p><p>De verdad te digo, sin plaza es mucho m�s c�modo, le entregas la llave al encargado y luego a final de mes le das una propina, insist�a C�sar mientras sub�an las escaleras, embriagado de generosidad y fortaleza. En realidad se ve�a venir, se dijo: c�mo no hab�a ca�do antes. Llevaba una semana oyendo hablar mal de Mat�as, casualmente. Y C�sar hab�a aprendido que la vida de las empresas estaba llena de casualidades de este tipo. Un buen d�a, unas cuantas personas parec�an descubrir de modo coincidente y s�bito los grav�simos defectos de Fulano; defectos que, de la noche a la ma�ana, se convert�an en la comidilla de la Casa. Pero lo m�s curioso era que, a los pocos d�as de este espasmo chismoso, el Fulano resultaba indefectiblemente degradado, o arrinconado, o incluso despedido. O perd�a la plaza de aparcamiento, como el pobre Mat�as. Ahora C�sar recordaba al menos a dos o tres personas a las que hab�a o�do criticar a Mat�as en la �ltima semana, y esto sin pararse a pensar mucho. Veamos. Uno fue Miguel, naturalmente: �A que no sab�is la �ltima de Mat�as?, solt� mientras tomaban el aperitivo, aunque, que C�sar supiese, nunca se hab�a comentado que hubiera una pen�ltima, ni una antepen�ltima, ni tan siquiera una primera. Despu�s fue Quesada, por supuesto, en la reuni�n preparatoria para la campa�a de la Ford; y a C�sar ya le hab�a extra�ado que Mat�as no estuviera presente. Ese d�a, al final de la reuni�n, Quesada habl� de modo casual sobre el alcoholismo de Mat�as y sobre unos l�mites intraspasables que a lo que se ve se hab�an traspasado. Morton cabeceaba gravemente, dibujando tri�ngulos en un papel con su pluma Mont-Blanc. Y entonces Nacho, oh, s�, ahora lo recordaba, Nacho recogi� el testigo de Quesada y a�adi� alguno de sus afilados comentarios. Acero puro.</p><p>Llamaron al ascensor. A su lado, Mat�as resoplaba y jadeaba quiz� por el esfuerzo de las escaleras; se llev� una mano al pecho, como si le doliese. Hay que dejar de fumar, brome� C�sar mientras encend�a un cigarrillo. �Y dices que t� le das las llaves al encargado? Eso es. Pero yo tengo que hablar con Pittbourg, insisti� Mat�as empecinadamente. Pobre infeliz, se dijo C�sar. En cierto modo se merec�a la derrota. Ah� estaba, a su lado, con ojos deslumbrados y sudando como un mal escolar ante el maestro. No era un mal tipo; es decir, era tan mediocre que le fue imposible ser muy malo. Pertenec�a Mat�as a esa clase de gentes que hac�an de sus empresas un proyecto afectivo; y que hablaban de los balances anuales de la firma con m�s cari�o del que emplear�an para las calificaciones escolares de sus chicos. Mat�as era tan antiguo en la Casa como �l, hab�a entrado en la agencia veinte a�os atr�s, cuando �sta se llamaba <emphasis>Rumbo </emphasis>y era a�n un peque�o negocio �ntegramente espa�ol. Luego hab�a ido mejorando junto con la firma, y cuando la agencia fue absorbida por la <emphasis>Golden Line</emphasis> Mat�as ya se andaba por los niveles directivos. Era uno de esos hombres de �nimo m�sero y orgullo peque�o a quienes el �xito esclaviza a un estado de gratitud abyecta. Y as�, Mat�as hab�a sido para Quesada un cancerbero fiel, un delator leal: s�lo que delataba no por medrar personalmente, sino para mayor gloria de la agencia. En fin, concluy� despiadadamente C�sar, vi�ndole alejarse pasillo adelante, hundido y cabizbajo: En fin, que se fastidie. Adem�s, no cab�a la menor duda de que el asunto era rid�culo. Tanta tragedia por una menudencia semejante, por unos metros cuadrados de garaje. Desde luego �l, C�sar, no se lo hab�a tomado de ese modo. Claro que lo suyo era distinto. Como t� vienes tan poco por aqu� es una pena desperdiciar as� el espacio, le dijo Morton. Sonriendo. Pero hab�a algo en el tono que rasp� sus o�dos. �Eso de que vengo tan poco es un reproche?, respondi� C�sar con forzada jovialidad. Morton le palme� la espalda amistosamente; un d�a vas a escupir los pulmones de tanto fumar, coment� con afabilidad arrugando la nariz ante el cigarro; y a�adi�: Me han dicho que est�s preparando una exposici�n. �Qu� quieres decir?, hab�a preguntado entonces C�sar con demasiado �mpetu. �Qu� quieres decir?, y afortunadamente reprimi� lo que segu�a: Insin�as quiz� que no trabajo en la agencia porque estoy pintando. Pero aun as�, aun cortada a la mitad, hab�a sido una pregunta demasiado emocional. �Que qu� quiero decir? Est�s muy susceptible, C�sar; y los ojos de Morton eran un agujero azul oscuro. Perdona, tuvo que disculparse �l; es que no, no estoy preparando ninguna exposici�n, no, no estoy pintando, llevo a�os sin poder pintar, atrancado, parece que se me ha acabado la inspiraci�n. A Morton se le pusieron los ojos casi negros y tan s�lo dijo: Ya veo. Y fue como si dijera: Hace cuatro a�os que no ganas ni un premio, hace tres que no realizas una campa�a como es debido, hace dos que no me das una sola idea original, hace uno que los anunciantes ya no me preguntan por ti, no te piden, no se acuerdan de ti, te han olvidado. Aunque quiz� Morton no quisiera insinuar nada de esto y las sospechas de C�sar no fueran sino un reflejo de su paranoia. Porque �ltimamente, ten�a que reconocerlo, C�sar no se encontraba bien. Andaba muy inseguro. Acongojado. Un problema de nervios.</p><p>Ahora bien, un momento. Un momento. No hab�a que perder la calma. A fin de cuentas �l no era como Mat�as. Infeliz Mat�as mediomuerto. Encorbatado cad�ver laboral. �l, C�sar, en cambio, era una figura en <emphasis>Golden Line. </emphasis>Uno de sus cuadros estaba colgado en el Museo de Arte Contempor�neo. Su nombre aparec�a en el libro <emphasis>Veinte a�os de publicidad. </emphasis>�l, C�sar Miranda, era una estrella. Quiz� declinante, pero estrella. No hab�a comparaci�n posible con Mat�as. Ahora dec�an que Mat�as era un alcoh�lico, y desde luego lo era. Pero lo hab�a sido durante a�os, y tampoco se pod�a decir que la empresa fuera precisamente un para�so de moderaci�n. Miguel, por ejemplo. Miguel beb�a disparatadamente. Y en la reputaci�n de Quesada tambi�n cab�an unas cuantas borracheras colosales. Quiz� medio apagada, pero estrella.</p><p>Meses atr�s, cuando la <emphasis>Golden Line</emphasis> se mud� a este rutilante y moderno edificio, Mat�as trajo un d�a a su hija subnormal para ense�arle la Casa. La ni�a ten�a trece o catorce a�os y apenas si se le notaba la tara; era gordita y saludable, y con otro padre hubiera podido ser incluso guapa. Pero palmoteaba regocijadamente todo el rato y de su boca siempre abierta colgaban unos hilillos de saliva. Mat�as la pase� por las dos plantas de la agencia, le ense�� el estudio de dise�o industrial, con sus maquetas, prototipos y cacharros raros que parec�an juguetes; la meti� en la sala de proyecci�n y le pas� unos cuantos anuncios, y por �ltimo la llev� a su propio despacho: Aqu� trabaja pap�.</p><p>Quiz�s agonizante, pero estrella.</p><p>La ni�a chillaba y palmoteaba embelesada, mientras las secretarias le daban caramelos sacados de insondables cajones y los ejecutivos le acariciaban distra�damente la cabeza mong�lica. En general se pod�a decir que en aquella ocasi�n el personal se port� muy amablemente con Mat�as; muy respetuosamente, incluso, aunque para entonces el hombre hab�a empezado ya su decadencia. Y ahora, hundido definitivamente por debajo de la l�nea de flotaci�n, a Mat�as le quitaban de la noche a la ma�ana su plaza de garaje. Por lo menos eso, se dijo C�sar; por lo menos debo evitar convertirme en un ser tan pat�tico.</p></section><section><title><p>2</p></title><p>Al abrir los ojos observ� que la luz se agolpaba al otro lado de las persianas bajadas, empuj�ndolas, se dir�a que hinch�ndolas, casi revent�ndolas con ese sol que se filtraba a presi�n por las rendijas. De modo que con toda seguridad era muy tarde, el d�a probablemente estaba en su apoteosis y el Deber aporreaba su ventana con un clamor de luz: Arriba, gandul, in�til, z�ngano. C�sar cerr� los p�rpados y se dio media vuelta en la deshecha cama. Por las ma�anas, su cama era un lugar acogedor, una blanca armadura frente al mundo, el �ltimo refugio. Por las noches, en cambio, era una pista de despegue para Dios sabe qu� remotos e inh�spitos lugares. Llevaba una eternidad sin dormir como es debido. Para poder cerrar los ojos sobre sus miedos ten�a que atiborrarse de p�ldoras; y aun as� transcurr�an horas antes de conquistar el sue�o. Por eso se levantaba tan tarde por las ma�anas; por eso y porque no lograba encontrar una raz�n suficiente para ponerse en pie. C�sar cogi� el reloj que estaba en la mesilla y puso la esfera bajo uno de los densos y polvorientos rayos de sol: Las doce y cuarto. Se tumb� en la cama de nuevo. Se le estaba escapando la ma�ana. Ten�a tantas cosas que hacer que de s�lo pensarlo sent�a n�useas. Recoger el traje gris de la tintorer�a, si es que los empleados no se lo hab�an rifado para entonces, porque llevaba all� quiz� medio a�o; avisar a los alba�iles para que arreglaran la gotera de la cocina; llevar el coche al taller antes de que se rompiera definitivamente; llamar a su agente fiscal, archivar papeles y facturas, renovarse el carn� de conducir y un sinf�n de recados semejantes. Esto sin contar con el correo acumulado desde hac�a meses, las llamadas telef�nicas que recog�a puntualmente su contestador autom�tico y que �l ignoraba, los amigos a los que ya no ve�a porque no encontraba tiempo para telefonearles. Responsabilidades todas ellas en s� terriblemente enojosas, pero que, magnificadas por el inmenso retraso en el cumplimiento que arrastraban, hab�an terminado por adquirir una dimensi�n de pesadilla. Y a esto hab�a que a�adir el agobio del trabajo, o cabr�a mejor decir del no trabajo; su necesidad de hacer en la agencia algo que mereciera la pena y su imposibilidad de conseguirlo; y esos lienzos impolutos en los que no era capaz de dibujar una raya. Oh, oh, oh. C�sar se sent�a un gusano y la cama era su acogedor capullo. Mir� la hora: La una y cinco. El problema era que el paso del tiempo no le convertir�a en mariposa.</p><p>Cerr� los ojos, fatigado de tanto no hacer. Si tuviera un horario; si tuviera alguna obligaci�n concreta; si pudiera creer en la necesidad de sujetarse a una responsabilidad determinada: entonces le ser�a f�cil arrojarse fuera de la cama, en las ma�anas, y comenzar sus d�as con un talante emprendedor y ejecutivo. Pero C�sar hab�a perdido la fe en las peque�as rutinas; y se le antojaban absurdos los gestos cotidianos que para otras personas formaban el entramado de la vida. Por eso se despertaba siempre tan tarde y, lo que era a�n peor, se pasaba despu�s horas y horas intentando cargarse de convicciones para ponerse en pie; para escapar de esas s�banas tibias y un poco sudadas que le abrazaban como abraza una amante celosa: dulce pero asfixiantemente. Un caf�, un caf� y un cigarrillo. La una y veinticinco. Quiz� mereciera la pena levantarse para tomar un caf� y fumarse el primer cigarrilo de la ma�ana. En la penumbra de la habitaci�n reverberaban los ruidos diurnos del vecindario, tan conocidos; el taconeo de la se�ora de arriba al regreso de la compra; el violento abrir y cerrar de puertas de los ni�os contiguos, que volv�an del colegio hambrientos y peleones como chinches; la radio atronadora del jubilado sordo. Nunca se lo hab�a propuesto seriamente, pero lo cierto es que, ahora, a veces lamentaba no haber tenido hijos. Se imagin� a s� mismo levant�ndose animosamente a las ocho de la ma�ana para llevar a sus chicos a la escuela: era una imagen confortable y c�lida. Claro que la escena paternofilial conllevar�a otras obligaciones menos gratas; la rutinaria convivencia familiar; ver televisi�n todas las noches; y los s�bados, que es cuando vendr�a la canguro, ir a cenar a un restaurante con otra pareja. A ser posible un compa�ero de trabajo y en situaci�n ascendente dentro de la empresa. O incluso con Quesada y su mujer; una bonita cena de matrimonios con Quesada. Andando el tiempo, y tras unas cuantas visitas a los restaurantes de moda, C�sar podr�a invitar a Quesada a su propia casa. El subdirector vendr�a con una botella de rioja y acariciar�a la cabecita rubia de su hijo, el hijo de C�sar; Quesada palmear�a las mejillas del ni�o con su mano de ogro a�n engrasada por los cacahuetes del aperitivo, y todo resultar�a de lo m�s decente y apropiado.</p><p>El tener hijos, en fin, conllevar�a la falta de libertad para moverse; para entrar y salir; para viajar; para ligar; incluso para trabajar, para crear, para pintar cuando se sintiese en la necesidad de hacerlo. Ahora bien: llevaba a�os sin tirar una l�nea, sin perge�ar una m�sera idea. �De qu� le serv�a libertad tan est�ril? Bien pod�a haberse dedicado a cuidar, en el entretanto, una docena y media de rapaces. Pero �ste era un razonamiento tambi�n absurdo: �A qu� ven�a tanto pensar si hubiera sido mejor tener un hijo? Como si la decisi�n hubiera dependido de �l. Ninguna mujer quiso nunca dejarse embarazar con su semilla. Al menos que �l supiera. C�sar se arrebuj� en las s�banas, sinti�ndose peque�o y desgraciado. La dictadura femenina de lo maternal: qu� poder tan abusivo y repugnante. Ah� estaban ellas, decidiendo tir�nicamente de qui�n quer�an parir y a qui�n condenar�an a una esterilidad eterna. Mujeres: due�as de la sangre, hacedoras de cuerpos, despiadadas reinas de la vida. Nunca podr�a perdonar a las mujeres su prepotencia de ser madres. Las dos y cuarto. Ten�a intenci�n de acercarse por la agencia, pero ya no le daba tiempo a ir antes de la hora del almuerzo. Las dos y veinte: un caf� y un cigarrillo. Arriba. Se qued� un rato sentado en el borde de la cama, sintiendo el fr�o del suelo contra los pies descalzos, mir�ndose los pelos de los huevos: le hab�an empezado a salir canas. Sobre todo un cigarrillo. La inmensa mayor�a de los d�as se levantaba tan s�lo urgido por la necesidad de aspirar esa primera calada, humo caliente que atravesaba su garganta, que invad�a sus pulmones, que calmaba la t�xica sed de su cerebro. El primer cigarrillo siempre le mareaba.</p><p>Se puso los zapatos y chanclete� en cueros hasta la cocina, gui�ando dolorosamente los ojos al entrar en la deslumbrante habitaci�n. La ventana no ten�a persianas y el d�a penetraba en el cuarto de un modo avasallador, rebotando en los platos sucios, en la blancura de la nevera, en la superficie de cristal de la mesa. Abri� el grifo del agua caliente y se llen� una taza; ech� dos cucharadas de caf� instant�neo, removi� cuidadosamente con el mango de un cuchillo y se bebi� el brebaje. Las secretarias de la oficina de enfrente estaban soltando risitas y haci�ndole muecas, como siempre. Como si no hubieran visto nunca un hombre desnudo. Carraspe�, tosi�, escupi� en la pila. Encendi� la radio y prendi� al fin su primer cigarrillo de la ma�ana. O de la tarde. Apag� la radio y se dirigi� cansinamente hacia el estudio.</p><p>Un d�a Morton le hab�a dicho: Qu� envidia me das, viviendo solo. Era un t�pico est�pido, pero Morton no era est�pido y la frase en sus labios no parec�a un t�pico. As� es que C�sar se sinti� halagado. Pero venga, Morton, �y<emphasis/>Miriam?, brome� entonces, para disimular su envanecimiento.</p><p>Oh, no. Morton mov�a la mano en el aire, como borrando invisibles malentendidos. No, no, no. No lo digo por eso: por las mujeres. Lo digo por esto: por la libertad y por el tiempo. Y Morton se�alaba con la barbilla hacia sus telas; sus cuadros; sus bocetos chinchetados en la pared; su estudio, del que entonces C�sar se sinti� tan orgulloso, con el techo de placas de vidrio que dejaban pasar una luz opalina y radiante. Qu� ten�a Morton, qu� maldito ung�ento le hab�a ungido, qu� hac�a que cualquier cosa que �l dijera gozase la propiedad instant�nea de elevarte al s�ptimo cielo. O de hundirte en la miseria. Y eso que jam�s levantaba la voz. Jam�s gritaba Morton, jam�s perd�a la compostura; estaba demasiado bien educado para ello.</p><p>Respir� hondo y abri� de un empuj�n la puerta del estudio. Sorprendentemente todo segu�a igual. La luz algo m�s l�gubre, manchada por la mucha porquer�a que se acumulaba sobre el vidrio. Encendi� la cadena de alta fidelidad y dio la vuelta a la misma cinta que se encontraba en la platina: era Billie Holiday. Un estudio de techo trasl�cido, un exquisito equipo de m�sica, los quejidos de la Holiday; y �l pintando furiosamente en medio de tan resplandeciente espacio. Esta era la fantas�a de su adolescencia; la dorada enso�aci�n de su futuro. Pero el futuro hab�a llegado y hab�a estallado entre sus dedos como una burbuja de agua. Llevaba un mes sin entrar en el estudio.</p><p>Y aqu�, claro, te pasar�s las horas muertas, hab�a dicho Morton. Pero ahora m�s que pasar las horas muertas se dedicaba a matar horas. A estrangularlas. Asfixiarlas lentamente. Se coge a la hora por la parte m�s delgada de su estructura temporal y se aprieta vigorosamente hasta que entrega, agonizante, su �ltimo minuto. Ah� estaban las telas. Bastidores enormes recostados contra la pared, de cuando pens� que sus ideas iban a ser tan grandes que necesitaba pasarse a la pintura m�trica. Y bastidores diminutos de cuando decidi� que, para salir del atasco, nada mejor que intentar atrapar la realidad en sus pizcas. Pero todos los lienzos permanec�an en blanco. Bueno, todos no; estaba tambi�n ese cuadro peque�o medio emborronado con lo que era una copia de Jasper Johns, y ese grande manchado con lo que era una copia de su propia obra quince a�os atr�s. Y adem�s hab�a papeles desgarrados, bocetos rotos, esp�tulas y pinceles sin limpiar; y un olor a cerrado, a aburrimiento y a horas difuntas. Cort� a Billie Holiday en mitad de un virtuosismo lar�ngeo. En realidad no le gustaba.</p><p>Las cuatro menos veinte. Ser�a cuesti�n de ir empezando a pensar en comer algo. Encendi� otro cigarrillo y brinc� para librarse de las peque�as brasas que le cayeron sobre el pecho desnudo. Entr� en el cuarto de ba�o y se contempl� en el espejo: p�lido, esquel�tico. Con esas carnes desmayadas que sol�an empezar a criar los hombres de su edad; unas carnes en las que pod�as hundir el dedo f�cilmente, como en una pelota poco hinchada. Hundi� el dedo en su muslo. Lo sac�. Lo hundi� de nuevo. La zona empez� a ponerse roja. Siempre hab�a sido escuchimizado, pens� C�sar, pero ahora se estaba poniendo escuchimizado y blando, qu� desgracia. Morton hac�a tenis. Y <emphasis>squash. </emphasis>Y pesas, cre�a C�sar, en los fines de semana; una actividad muy norteamericana, desde luego, aunque Morton fuera ingl�s. Y arist�crata, pese a su nombre de asesino de pel�cula mala. Adem�s, claro, era el jefe m�ximo de la empresa. Cuando vinieron hace unos a�os los directivos de la Casa Madre, all� en Los �ngeles, C�sar descubri� s�bitamente que incluso Morton pose�a un jefe. Hubiera debido sentirse gratificado ante tal constataci�n, pero en realidad fue una revelaci�n aniquilante: algo as� como comprender que Dios no existe. O que nuestro Dios es menos poderoso de lo que so��bamos; porque, a fin de cuentas, es la magnitud de nuestros dioses, de nuestros reyes y de nuestros jefes lo que nos da la medida de lo que somos. A C�sar le cost� bastantes meses poder perdonar a Morton que no fuera el Mejor. Luego se le fue olvidando. Porque a la postre todo se olvida. Incluso el �xito; o sobre todo el �xito.</p><p>Encendi� la peque�a radio estereof�nica y se sent� en la taza. Sus juguetes electr�nicos, como dec�a Paula. Debajo del lavabo, al alcance de la mano, se apilaba una torre inestable de libros y revistas. Cogi� distra�damente la primera. Era un n�mero viejo de <emphasis>Al D�a, </emphasis>una de esas publicaciones femeninas; probablemente estaba ah� por lo de la campa�a de compresas. Empez� a hojearla: bodas, divorcios, novios, esc�ndalos. Yo soy muy rom�ntica y el d�a que encuentre a un hombre ser� para siempre, dec�a una joven <emphasis>starlet </emphasis>Con un cuerpo de gacela y su sonrisa de �ngel, Blanca nos franquea la puerta de su bonito chal� en la sierra, dec�a el entrevistador de la rom�ntica. Seguro que despu�s se la tir�, se dijo C�sar. Al principio, Morton incluso ven�a a su casa. No estaba tan desordenada como ahora, desde luego. A veces ven�a, cuando estaba nervioso; o cansado; o preocupado. Sin avisar llamaba desde abajo. Soy Morton, �est�s ocupado?, dec�a por el interfono con su castellano de acento perfecto, �puedo subir? Fue as� desde el primer d�a, sin que Morton se rebajara nunca a soltar una de esas zafias disculpas del tipo <emphasis>es que pasaba por aqu�. </emphasis>C�sar siempre le admir� por eso: por ese elegante silencio en el que �l crey� ver la sensibilidad de Morton. Aunque ahora, qui�n sabe, ahora C�sar empezaba a pensar que quiz� se comportaba as� porque era jefe; que pose�a esa naturalidad para la invasi�n que proporciona el mando. Porque en realidad Morton invad�a su casa, su territorio, sus dominios; lo hac�a sin previo aviso y convencido de que ser�a bien recibido. Y siempre lo fue, en efecto. Por ah� andaba a�n la �ltima botella de <emphasis>JB </emphasis>que C�sar le hab�a comprado, todav�a con la mitad del contenido; porque C�sar prefer�a el <emphasis>Black and White. </emphasis>Un d�a de esos tendr�a que beberse el <emphasis>JB</emphasis>, o verterlo por el sumidero de la pila; Morton no hab�a venido por casa en los �ltimos tres a�os, y era muy improbable que volviera. �SAB�A USTED� que, seg�n el doctor Kedar Adour, la modelo que inspir� la enigm�tica sonrisa de la Mona Lisa de Da Vinci pudo haber padecido una par�lisis facial por la contracci�n de un nervio del o�do? Ah� estaba el anuncio de compresas. A doble p�gina, con la foto a sangre. La modelo saltando como una gacela, mejor dicho volando, en mitad de un firmamento cuajado de estrellas que, poco a poco, hacia la parte superior de la foto, se convert�a en un cielo azul y soleado. <emphasis>Simplex: de la Noche al D�a, </emphasis>Y nada m�s, tan s�lo este texto en todo el anuncio, el muy cabr�n. S�lo el logotipo de <emphasis>Simplex, </emphasis>y el pantal�n ajustado hasta parecer una segunda piel, y las piernas abiertas de par en par de la modelo, como una primera bailarina en el salto m�s prodigioso y descoyuntante de la Historia. Y ese firmamento tan bien hecho, ese fondo perfecto, esa imagen a medias m�gica, a medias hiperrealista, que atrapaba inmediatamente el ojo del lector, con la chica flotando en el l�quido y hondo mar de estrellas. El muy hijo de perra. Era un buen anuncio. Era una campa�a formidable. Y con esa modelo que se hab�a sacado de qui�n sabe d�nde, a la que el p�blico hab�a adorado en cuanto asom� la cara por televisi�n. De la noche al d�a. Desde luego el cabr�n de Nacho ten�a ideas. Consejos pr�cticos: Si quieres que tus jers�is de angora no pierdan pelo, m�telos durante un par de horas en el congelador de la nevera antes de estrenarlos. No ya angora, sino aut�ntico cachemir, �se era el tejido que Nacho sol�a usar; soberbios chalecos, y chaquetas, y jers�is, convenientemente desgastados y arrugados, resplandecientes de elegancia natural. Prendas empapadas de distancia y se�or�o hasta la �ltima de sus fibras, ropas que Nacho vest�a f�cilmente con el mismo sentido de clase con que el caballero medieval se embut�a en su armadura labrada. El cachemir era su coraza de ni�o de Neguri, de cachorro de la alta sociedad. Guardaba unas extravagantes propiedades internas, el cachemir. Si se lo pon�a �l, por ejemplo; si se vest�a con el par de chalecos de este g�nero que se habla comprado, el resultado no era el mismo. Por eso �l prefer�a seguir usando los vaqueros, y los jers�is informes, y las chaquetas amplias de la �poca <emphasis>hippy,<sub/></emphasis>aquel par�ntesis de la Historia durante el cual todos quer�an parecer pobres, incluidos los se�oritos de Neguri. As�, cuando menos, C�sar resultaba anticuado, pero no plebeyo. Ech� una ojeada medrosa al reloj de pulsera: las cinco. Dios-dios-dios-dios. Con la de cosas que ten�a que hacer; y adem�s quer�a darse una vuelta por la agencia. SIN P�LDORAS, SIN HACER EJERCICIOS Y SIN PASAR HAMBRE. C�sar movi� los pies de sitio en un intento de desentumecer las piernas, acorchadas por la incomodidad de la postura. Aunque en realidad, �para qu� quer�a ir a la agencia? Para que le vieran: hac�a tres d�as que ni tan siquiera se asomaba por all�. Pero, �serv�a de algo, enga�aba a alguien por el hecho de pisotear un poco la mullida moqueta de la empresa? Las pantorrillas le hormigueaban horriblemente a medida que la paralizada corriente sangu�nea iba recuperando territorio. Ten�a que presentar ideas para la campa�a de los caf�s. Eso ser�a en el brainstorming de ma�ana, de todos los jueves. �Y t� qu� opinas, C�sar?, hab�a preguntado Morton el jueves pasado. C�sar hab�a tragado saliva, sabi�ndose amenazado por todas esas miradas que s�bitamente convergieron en �l. Hac�a un tiempo inmemorial que Morton no le consultaba para nada, de modo que la pregunta le pill� con la guardia baja y las defensas rotas. �Y t� qu� opinas, C�sar? Dios m�o, si ni tan siquiera estaba atento, si no sab�a bien de qu� estaban hablando. Quesada escrut�ndole, Nacho contempl�ndole, Miguel taladr�ndole y los ojos de Morton como brasas. Y ese repentino y �vido silencio en la sala de juntas, ese paladear de la tragedia ajena. Titube� unos instantes, luchando contra el p�nico, sinti�ndose como el escolar que no se sabe la lecci�n y que es pillado en falta. Perdona, pero no estaba atento, balbuci� al fin. Parece que �ltimamente andamos bastante despistados, coment� Quesada en tono glacial. S�, eso parece, rubric� Morton con una sonrisa peque�a y afilada. Y luego pasaron a otra cosa, olvid�ndose de �l, dej�ndole a solas con el incendio que se le hab�a declarado en las orejas: una hoguera auricular y abochornada. Estuvo a punto de hacer un gesto disparatado a su vecino de mesa, algo as� como girar las pupilas dentro de las �rbitas, o poner los ojos en blanco, o hinchar los carrillos y luego soplar el aire suavemente: alg�n gui�o feroz y aturullado ejecutado a espaldas del maestro. Pero pudo controlarse justo a tiempo. As� es que se limit� a quedarse ah� hundido en la desesperaci�n y en el asiento, echando humo por las orejas e incapaz de entender las palabras que o�a. SIN P�LDORAS, SIN HACER EJERCICIOS Y SIN PASAR HAMBRE. Lo hab�a probado todo para adelgazar sin resultado alguno. Cada d�a estaba m�s gorda y mi angustia iba en aumento. Entonces prob� NOFAT y perd� DIEZ KILOS EN DOS SEMANAS. Un mes m�s tarde hab�a adelgazado 15 kilos m�s, consiguiendo ESA FIGURA IDEAL QUE SIEMPRE HAB�A SO�ADO. Gracias a NOFAT ahora SOY FELIZ. Se�ora de Benigno, Manila, Filipinas.</p><p>Hab�a un placer sombr�o, un fulgor de harakiri en esa manera de asesinar el tiempo, de estrangular las horas; en la incalculable estupidez de consumir la tarde sentado en el retrete, fumando como un suicida y machac�ndose las entendederas con la lectura de una revista horrenda. Aunque m�s que leerla la devoraba, la apuraba hasta la �ltima coma de sus textos como quien apura la cicuta. SIN P�LDORAS, SIN HACER EJERCICIOS Y SIN, �Gracias, NOFAT! He conseguido adelgazar 16 kilos F�CILMENTE en un TIEMPO R�CORD cuando ya hab�a perdido las esperanzas de dejar de ser gorda. Ahora MI MARIDO ME QUIERE COMO EL PRIMER D�A. Y lo mejor es que NO SE VUELVE A ENGORDAR. Se�ora de Brown, Miami, Florida. SIN P�LDORAS, SIN HACER EJERCICIOS. Ah� estaba �l, C�sar, hundido en la insensatez de esas hojas impresas, ahora releyendo morosamente la revista de atr�s hacia delante, mientras el reloj galopaba, y se le escapaba la vida, y �l, C�sar, sent�a la dolorosa satisfacci�n de quien ejerce el mal conscientemente. As� es que aguant� un tiempo infinito repasando los reportajes y eterniz�ndose con cada pie de foto, hasta que al fin, GRACIAS NOFAT, mir� la hora y comprob� que eran las siete menos cuarto. Mierda, ya no le daba tiempo a pasarse por la agencia. Le dol�an las nalgas, a estas alturas sin duda profundamente repujadas con los perfiles de la tabla del retrete. Pas� las p�ginas con desaliento. Ah� estaba de nuevo el anuncio de compresas de Nacho, en medio de un centelleo de estrellas. Se estremeci�: se le hab�an quedado los ri�ones fr�os. La primavera es una estaci�n de clima traicionero. Eso, y el haber agotado el paquete de cigarrillos, fue lo que le decidi� al fin a levantarse.</p><p>Meti� la mano en el mont�n de ropa que hab�a en el suelo, a los pies de la cama, y sac� unos pantalones vaqueros y una camisa y una camiseta medio sucias. Tampoco merec�a la pena ponerse ropa completamente limpia, puesto que no se hab�a duchado. Si Paula quisiera salir esa noche con �l, entonces s� se duchar�a. Ahora que lo pensaba, era una idea estupenda lo de cenar con Paula. En un buen restaurante. De repente sent�a un hambre insoportable. Las siete y veinte; todav�a podr�a encontrarla en la agencia. Se abalanz� sobre el tel�fono, marc�, consigui� localizarla. Lo siento, C�sar, pero he quedado para ir al cine, dijo ella. Pero mujer, con qui�n, dale una excusa. Lo siento, C�sar, pero no. Estaba muy rara Paula �ltimamente. Un a�o atr�s jam�s le hubiera dicho que no. Anda y que te den por el culo, pens�, furioso, mientras colgaba el auricular. Pero inmediatamente despu�s se dijo: Tengo que cuidar a Paula un poco m�s.</p><p>En la nevera s�lo hab�a huevos, as� es que C�sar escalf� cuatro en la sart�n. Ahora, despu�s de comer algo, podr�a ponerse a leer un buen libro. O esas revistas italianas de dise�o que ten�a tan atrasadas. �O el peri�dico, co�o! Llevaba tres d�as sin saber qu� desastres pasaban por el mundo. Encendi� la radio de la cocina, porque en el silencio le parec�a o�r el jadeo asfixiado de las horas. C�lmate, C�sar, se dijo: C�lmate. En realidad no es tan terrible; todos los jueves presentas tus ideas y algunas de ellas no est�n mal y son aceptadas. Es verdad que son ideas viejas, antiguas ocurrencias tuyas remozadas, o incluso h�biles copias; siempre fuiste bueno en el copiar, y los dem�s no se dar�n cuenta de que es copiado. Pero hab�a otra parte en �l que dec�a: Eso se nota, eso siempre se nota.</p><p>Se fue a comer los huevos frente al televisor, para echarle una ojeada al telediario y consolarse con las desgracias mundiales. Despu�s vino un aburrid�simo debate entre representantes de la administraci�n, de la patronal y de los sindicatos sobre la negociaci�n salarial. Luego un programa concurso familiar tan entretenido como est�pido; un telefilm abominable; el resumen de noticias del d�a; la meliflua charla de un cura; el himno nacional y una bandera flam�gera tras la efigie del Rey; la carta de ajuste; una sopa de puntos grises acompa�ada por un pitido desquiciante. En total, casi cinco horas meritoriamente desperdiciadas ante la pantalla. El plato que hab�a contenido la comida estaba cubierto de colillas y apestaba a grasa quemada. C�sar volv�a a tener hambre. Se puso en pie, apag� el aparato y fue a la cocina a fre�rse otro par de huevos y a tomarse una aspirina.</p><p>En realidad era absurdo, absurdo y verdaderamente denigrante el que le afectara de tal modo la opini�n de Morton. El jueves pasado, tras quedar en evidencia frente a todos, C�sar se hab�a sentido enfermo de indignidad. Su �nica obsesi�n durante el resto del <emphasis>brainstorming </emphasis>fue la de encontrar el modo de disculparse ante Morton, de limpiar su imagen enfangada. Perdona, Morton, pero llevo varios d�as sin dormir bien y� Oh, no, no, qu� excusa tan horrible. Perdona, Morton, pero estaba pensando en� No estaba atento porque� Me he distra�do con� �Lo siento, Morton, pero no me encuentro bien, estoy en crisis! Pero los directivos no ten�an derecho a estar en crisis. Un directivo en crisis era un ser profundamente sospechoso: algo malo tendr�a, alg�n fallo en las virtudes b�sicas, alguna enfermedad moral se enroscar�a en su �nimo. Y adem�s, hasta ten�an raz�n en desconfiar. Porque un directivo en crisis era como un lanzador de cuchillos con el mal de Parkinson: con qu� talante, con qu� norte, con qu� temple iba ese ejecutivo cr�tico a decidir las supremas decisiones de la empresa. �No perder�a semejante ejemplar un tiempo precioso enfang�ndose en las morbosidades de la duda? �Y no se engolfar�a quiz�s en la lucubraci�n de sus propios pesares en vez de dedicar todas sus energ�as al trabajo? Estaba claro: la �nica crisis que se pod�a permitir un ejecutivo era la crisis coronaria. Palp�ndose el coraz�n, que a veces le dol�a y se le agitaba en el pecho como un p�jaro atrapado, C�sar se dijo que �l no se iba a librar ni tan siquiera de �sa.</p><p>La una de la madrugada. La noche se extend�a ante �l como un desierto oscuro en el que fuera f�cil perderse para siempre. La cama le esperaba, sucia y revuelta, como si se hubiera acabado de levantar. Como si fuera el lecho de un enfermo. Y cuando se tumb� en ella casi se sorprendi� de no encontrarla a�n tibia. En fin, afortunadamente al d�a siguiente le tocaba venir a Encarna, la asistenta.</p><p>En ocasiones se le disparaba la imaginaci�n: la loca de la casa, como dec�a Alejandro Dumas. Y, en efecto, tan s�lo perge�aba disparates. Por ejemplo: C�sar imaginaba que, en el transcurso de un <emphasis>brainstorming, </emphasis>�l expon�a una idea maestra para anunciar detergentes, que era un campo tan esclerotizado y tan dif�cil; su nov�simo concepto revolucionar�a este tipo de publicidad; ser�a citado en los libros especializados; le copiar�an en todo el mundo; la historia de los detergentes tendr�a un antes y un despu�s de C�sar; y Morton le demostrar�a su admiraci�n y su cari�o. O bien: sus enemigos se enfrentar�an con �l abiertamente; Quesada, Miguel, Nacho, todos intentaban hundirle por medio de comentarios mordaces y desde luego injustos; pero �l sab�a contestarles con lucidez y dignidad, probando p�blicamente que ment�an, que manipulaban, que enga�aban, que eran unos arribistas carro�eros; y Morton, comprendi�ndolo todo, le demostrar�a su admiraci�n y su respeto. O incluso llegaba a fabular situaciones extremas, la agencia se incendiaba, hab�a un terremoto, se hund�a el edificio. O quiz� Morton atravesaba una etapa dif�cil con los suprajefes de Los �ngeles; Quesada, Miguel, Nacho y el resto de los ambiciosos sin escr�pulos renegar�an de �l, y s�lo C�sar le mantendr�a su apoyo leal y honesto; luego, claro est�, las cosas se arreglar�an y Morton le demostrar�a su�</p><p>�stas y otras locuras andaba imaginando el jueves pasado, por ejemplo, despu�s de que le llamaran la atenci�n. Pero sobre todo se devanaba la cabeza pensando en c�mo acercarse a Morton al final de la reuni�n y explicarle el asunto, perdona Morton pero. �Por qu� le importaba tanto la opini�n de Morton sobre �l? �Por qu� los jefes controlaban no s�lo el trabajo, sino el nivel de autoestima de sus subordinados? �Por qu� los jefes adquir�an ese aterrador poder moral, siendo como sol�an ser tan inmorales? �Los jefes eran los dioses de un mundo ateo, los reyes absolutistas de una sociedad republicana! C�sar se sent� en la cama, asfixiado de �nfasis. Los jefes eran los dictadores de la democracia. C�sar resopl�. Le dol�a el est�mago. Se trataba a s� mismo demasiado mal; por ejemplo, no deber�a fumar tanto, se dijo mientras encend�a un cigarrillo. En la mesilla ten�a varios ejemplares de <emphasis>Rip Kirby </emphasis>y de <emphasis>El Principe Valiente\ </emphasis>escogi� al azar una aventura del caballero de Thule y empez� a hojearla por vig�sima vez, deleit�ndose ante esas vi�etas tan delicadas y minuciosas: Aleta, Val, los gemelos; el trazo rico y seguro del genial Harold Foster. Y el enigma mayor de todos: �Por qu� se despreciaba a s� mismo en lugar de despreciarlos a ellos? Los conoc�a de sobra; sab�a bien de sus malas artes, de su voracidad sin fondo; de las insidias con que acosaban a sus v�ctimas y de la crueldad con que trituraban a los d�biles. Ah� estaba Mat�as, por ejemplo, un cad�ver pat�tico que se empe�aba en seguir caminando, como los pollos a los que cortan la cabeza y a�n atinan a dar tres o cuatro espasm�dicos traspi�s. Ah� estaba Mat�as, que ya no acud�a a las reuniones de los jueves, trasladado de despacho, privado no s�lo de plaza de garaje, sino tambi�n, y poco despu�s, de ventana y secretaria; ahora nadie se deten�a a hablar con �l por los pasillos, y, a la hora del aperitivo y del almuerzo, todos desaparec�an como por ensalmo para no tener que compartir mesa con �l. Son crueles, son maquiav�licos, son terriblemente mentirosos, le dijo una vez a Morton hace ya tiempo, refiri�ndose a Quesada y a los otros. Y Morton sonre�a con gesto malicioso: Venga, venga, no exageres. Era la �poca en que Morton a�n ven�a a visitarle, en que C�sar a�n se ca�a simp�tico a s� mismo. Por entonces C�sar pensaba: Morton no es culpable. Le tienen acorralado, le tienen equivocado, los directivos le han cercado y le confunden, cont�ndole mentiras tendenciosas. Como el rey shakespeariano enga�ado por las intrigas palaciegas. Por eso C�sar se esforzaba en decirle: No conoces la empresa, tus capataces ejercen el terror sin t� saberlo. �Basta ya!, se re�a abiertamente Morton, sin duda algo enfadado; dime hechos concretos, dime casos, a qu� te refieres, a qui�n aterran. Y entonces C�sar intentaba explicarle las humillaciones ajenas de las que �l era testigo cada d�a, la inseguridad, el miedo. Le hablaba de Pepe, que llevaba cuatro a�os pegando letraset; o de Paula, que era la �nica persona de antes de la absorci�n que todav�a no hab�a sido ascendida; le citaba a Horacio, a Ricardo, a Manolo. Y Morton iba deshaciendo implacablemente su alegato: ��se? Pero si �se no da ni golpe� Pero si �se es un in�til� Y en cuanto a Paula, en fin, es una chica muy simp�tica y ya s� que a ti te gusta, pero no es precisamente una lumbrera. Y entonces C�sar se callaba. �C�mo sabes que son unos in�tiles, qui�n te lo ha dicho, por qu� conf�as tanto en la informaci�n que te dan tus directivos? Eso era lo que C�sar hubiera querido contestarle, la pregunta que se le mor�a entre los labios; pero al llegar a este punto guardaba silencio, derrotado, sin fuerzas para contrarrestar la mara�a de tendenciosos datos. Y tambi�n porque al final siempre le surg�a alguna duda: �Y si �l tiene raz�n, y si me estoy equivocando? Pepe un sinverg�enza, Horacio un vago, Ricardo un in�til y Paula Pobrepaula en las mism�simas ant�podas de la esencia lumbrera. Morton hablaba con tanto aplomo, con tanta seguridad en lo que dec�a.</p><p>Ahora, en cambio, sospechaba que Morton era tan culpable como todos; o quiz� m�s. Morton era como el capo de la mafia, que no ten�a necesidad de mancharse las manos; ya estaban Quesada y los dem�s para manipular las inmundicias, sus lugartenientes criminales. Aunque no. Probablemente todo esto era mentira, una exageraci�n, un desvar�o. Si ahora Morton viniera a tomarse <emphasis>un JB </emphasis>a su casa; hip�tesis imposible, desde luego; si ahora Morton viniera a tomarse <emphasis>un JB </emphasis>a su casa y �l le hablara del caso de Mat�as, C�sar sab�a bien cu�l hubiera sido la respuesta: �Mat�as? Pero hombre, si nos hemos portado demasiado bien con �l, en serio te lo digo, demasiado. �Mat�as? Pero C�sar, si es un alcoh�lico, si es un destrozo de persona, si est� absolutamente acabado; deb�amos haberlo despedido, porque <emphasis>Golden Line </emphasis>no es una instituci�n ben�fica; pero, ya ves, nos ha dado pena y ah� sigue. Oh, s�, s�, s�, Morton, tienes tanta raz�n, es tan sensato lo que dices. Pero, �por qu� no invitasteis a Mat�as a la Convenci�n del pasado a�o? �Por qu� creasteis un nuevo cargo por encima de �l? �Por qu� empez� a beber Mat�as? Aunque no: seguramente Morton estaba en lo cierto. Mat�as estaba alcoholizado, eso era todo. Y empez� a beber hac�a mil a�os. Simplemente no era digno de su cargo, padec�a una debilidad morbosa, una enfermedad del alma; se descascarillaba f�cilmente. Lo mismo que �l, C�sar, reo de un delito de desidia; perezoso, est�ril, vergonzosamente improductivo. �Tambi�n �l era culpable! No hab�a sabido estar a la altura de sus propias circunstancias. Artista pop, publicista mimado, directivo de �xito.</p><p>Lo hab�a tenido todo para aspirar al triunfo m�s rotundo, pero fall� por lo m�s f�cil: se le acab� el resuello. Y aqu� estaba ahora, a las dos de la madrugada, leyendo tebeos del <emphasis>Pr�ncipe Valiente. </emphasis>Por supuesto que s�, sin duda era culpable. El jueves pasado, cuando termin� la reuni�n, C�sar intent� acercarse a Morton: Perdonamortonpero, disculpamortonesque, las frases le ard�an en los labios mientras se aproximaba a �l, sorteando grupos de personas puestas en pie que le miraban. Todos le miraban a �l, a C�sar. Y C�sar necesitaba imperiosamente que Morton le absolviera; ni siquiera disculparse, ya no quer�a ni eso; s�lo hablar con �l un intante, reencontrar la antigua complicidad, renovar su permiso de existencia: Perdonamortonpero. Morton iba ya hacia el pasillo hablando con Quesada, C�sar se coloc� ante ellos. Disculpa, dijo Morton, agarrando a Quesada del brazo y sorteando a C�sar limpiamente. Desaparecieron los dos corredor adelante enfrascados en su asunto, que sin duda era profesional y serio y no como el suyo, envidi� C�sar desesperadamente. La sala de juntas estaba todav�a llena porque el Rey sol�a salir siempre el primero; y ah� permanec�an todos los dem�s, mir�ndole como se contempla a un bicho raro. Vaya, C�sar, tienes todo el aspecto del hombre que acaba de perder un tren, exclam� jocosamente Nacho. Peque�as risas alrededor. Y Nacho de nuevo, obsequioso, suave, rematando: �Quer�as algo importante de Morton? Yo voy ahora a comer con �l, si quieres le digo algo de tu parte. Entonces C�sar hubiera querido gritar: Llevo veinticinco a�os de profesi�n y he sido el mejor durante diez; y cuando yo empec� en este oficio t� a�n te meabas los calzones. Eso es lo que C�sar deseaba gritar, y quiz� lo hubiera hecho de no ser por el burbujeo que le sub�a nariz arriba, por la inundaci�n que le apretaba la garganta. As� es que respir� hondo y solt� un nonono, no es nada. Y pensar que fue �l quien meti� a Nacho en la empresa, gimi� C�sar mientras hac�a trizas, apenas consciente, el viejo tebeo del <emphasis>Pr�ncipe Valiente.</emphasis></p></section><section><title><p>3</p></title><p>C�sar estaba tan elegante como todos los dem�s, por lo menos tan elegante como Miguel o como Quesada, pero el maldito perro parec�a haberlo descubierto con su olfato infrahumano, el maldito perro le hab�a seleccionado a �l y s�lo a �l de entre los ejecutivos presentes, todos iguales en sus trajes de doble botonadura, todos aparentemente id�nticos bajo la envoltura de franela gris o alpaca azul marino. La ropa de C�sar proced�a de la mejor <emphasis>boutique </emphasis>de hombre de la ciudad; por una vez no ten�a manchas y ni tan siquiera arrugas, porque acababa de recoger el traje del tinte tras varios meses de destierro; los zapatos, italianos, estaban reci�n lustrados: Encarna la asistenta lo hab�a hecho. Incluso vest�a unos sobrios calcetines de ejecutivo, de esos cuyo el�stico deja una marca viol�cea bajo la rodilla, un surco que es como el contraste de calidad del directivo. Adem�s: no hab�a llegado ni demasiado pronto ni demasiado tarde; se hab�a parapetado inmediatamente tras un whisky, como todos; y se hab�a instalado confortablemente en un rinc�n discreto. Pues bien, a pesar de todo eso el perro lo hab�a reconocido; se hab�a dado cuenta de su condici�n de forastero, de su penosa extranjer�a interior. En fin, algo deb�a de haberle delatado, porque el maldito perro se hab�a abalanzado directamente sobre C�sar. Era un <emphasis>teckel </emphasis>diminuto de enredado flequillo y ojos malignos tras las gre�as.</p><p>Lo sab�a. C�sar sab�a que no deb�a haber venido. Pero, �c�mo negarse? Voy a dar una fiesta en casa para celebrar lo del Globo de Oro de Mil�n, vendr�s, �verdad?, dio por sentado Nacho. Claro, claro, por supuesto, contest� C�sar; y adem�s felicit� a Nacho por el premio con efusividad excesiva. De modo que ahora estaba aqu�, sinti�ndose como un cordero en la guarida de un le�n y repartiendo sonrisas mentirosas. Nacho hab�a invitado a todo el mundo, incluso a Mat�as, a quien C�sar ve�a ahora al otro lado de la sala, junto al ventanal, en el centro de un metro cuadrado de soledad. Y pese a todo el maldito perro le hab�a escogido a �l, C�sar; quiz� Mat�as apestaba demasiado a muerto. Apenas si hab�a transcurrido un mes desde su encuentro en el aparcamiento subterr�neo, desde que le quitaron la plaza del garaje. Pero tan breve espacio de tiempo hab�a sido suficiente para acabar con los alientos de Mat�as. La desgracia se hab�a cerrado sobre �l con la misma rapidez con que se cierran las aguas de una charca sobre una piedra que se hunde. Mat�as hab�a sido destituido, trasladado, humillado, apuntillado. Y hasta el <emphasis>teckel </emphasis>parec�a haberse dado cuenta de que era un cad�ver sin redenci�n posible.</p><p>Est� bien, pens� C�sar, me he equivocado. He hecho mal viniendo a esta maldita fiesta. Pero entonces todos hubieran pensado que envidiaba a Nacho su Globo de Oro. Y lo envidiaba, �s�! Desesperadamente, amorosamente lo envidiaba. Pero no era eso lo peor. Lo peor era estar ah�, en la fiesta, fingiendo un regocijo inexistente; lo peor era carecer de la hombr�a necesaria para aguantar abiertamente el peso de su enemistad con Nacho. Porque eran, sin duda, adversarios feroces; y Nacho no detendr�a su ascensi�n carnicera hasta haber degollado definitivamente a C�sar. �A qu� ven�a, entonces, este guardar las formas tan cobarde, este penoso parip�, el estar bebiendo y comiendo mansamente de la mano de tu asesino, tu verdugo? No confundas las cosas: eso no es falta de hombr�a sino de dignidad, le dec�a Paula en ocasiones.</p><p>Entonces, �qu� crees t� que es la hombr�a?, contestaba �l. Oh, un invento, una mentira, una convenci�n que vosotros mismos hab�is creado. A veces Paula le sacaba de quicio con su feminismo tan latoso.</p><p>Vaya, parece que le has gustado al perrito, ironiz� Quesada, apareciendo repentinamente junto a C�sar. Est� entusiasmado contigo, repet�a Quesada con un aliento peligrosamente inflamable. Pues s�, ya ves, caigo bien, en fin, mascull� C�sar hurtando la nariz e intentando quitarse el animal de encima. Pero se trataba de un monstruo peque�o y obcecado, una perseverante bestia. Ah� estaba, haciendo equilibrios sobre sus dos patitas posteriores, abraz�ndose a sus pantorrillas, masturb�ndose fren�ticamente contra sus mejores pantalones. Maldito chucho. Sacaba una leng�ecita rosa y jadeaba. Te digo que lo has enamorado, repet�a Quesada beodamente. Que s�, que ya lo veo. C�sar prob� a caminar un poco, pero el muy rijoso le iba siguiendo los talones. Sacudi� entonces la pierna de modo discreto, pero el maldito perro reiniciaba el asunto tan pronto como dejaba de moverse. Y no era cuesti�n de que se enterara todo el mundo; es decir, no pod�a estarse pataleando todo el rato. Qu� demonios habr�a sospechado el perro en �l para escogerle con tanta decisi�n en medio de este bosque de piernas todas iguales.</p><p>No deb�a haber venido. Incluso le dol�a el ver la casa tan cambiada, del mismo modo que dol�a el encontrar a un antiguo amor y comprobar que no se reconoce la ropa que viste. Ese cuadro, por ejemplo: ese cuadro no estaba. Ni el gran rect�ngulo de sof�s blancos. Ni los linos que tamizaban la luz cenital de la claraboya. Todo muy original, muy personal, muy bello; con ese refinamiento primordial que no te venden en las tiendas, que no se adquiere con dinero, sino que es consustancial en los cachorros de la clase superior. Nacho hab�a crecido viendo cosas bellas, pinturas exquisitas, muebles singulares, jarrones de la dinast�a Ming, copas de Bohemia. C�mo le envidiaba C�sar ese precoz conocimiento de lo hermoso. Nacho hab�a escuchado desde peque�o los conciertos de Brahms, las �peras de Mozart, los estudios de Bach, quiz�s una sinfon�a de Stravinski o el meticuloso piano de Satie; ricas tramas musicales que resonar�an por la casa mientras el ni�o Nacho jugaba al escondite con sus primos; porque los hijos de la clase alta se cultivaban as�, como por �smosis. Nacho habr�a visto, desde muy chico, la lujosa biblioteca familiar; las estanter�as de nogal; los miles y miles de vol�menes. Libros encuadernados en piel, con los filos dorados, con fino papel biblia, con grabados preciosos. Libros para perderse, para investigar, para atisbar la inmensidad del mundo. C�mo le envidiaba C�sar ese privilegio cultural. Del mismo modo que los gimnastas de �lite comenzaban a contorsionarse siendo cr�os, o que las grandes figuras del ballet empezaban a ejercitarse en la ni�ez, as� los ricos trabajaban la musculatura de su sentido est�tico desde la infancia, de suerte que al llegar a la madurez estaban muy por delante de los dem�s mortales, tan inalcanzables en eso como lo eran Nur�iev o la Comaneci en el dominio de sus cuerpos. Al principio, cuando a�n lo cre�a amigo, Nacho le escuchaba decir todo esto y se re�a: Est�s equivocado, C�sar, los ricos de este pa�s son en general unos analfabetos, unos bestias. Pero C�sar sab�a que hab�a que empezar desde temprano para llegar tan alto; y se desesperaba con la colosal intuici�n de sus propias carencias.</p><p>C�sar ha enamorado a un perro y� haci�ndose una paja con su pierna, oy� decir all� a lo lejos a Quesada con una pituda voz de chufla, sus palabras medio borradas en la distancia por el oleaje de las conversaciones. Y, en efecto, la bestezuela segu�a jadeando y restreg�ndose, mir�ndole con ojillos de loco. �No se cansar�a nunca? �No se sentir�a tentado a probar suerte y aventura en otras piernas? Por ejemplo: las s�lidas extremidades inferiores de Pittbourg, que estaba charlando en un peque�o corro justo al lado; rotundas pantorrillas de ex-jugador de <emphasis>soccer </emphasis>arropadas en una franela estupenda; adem�s ten�a vueltas en los bajos del pantal�n, lo cual sin duda proporcionar�a a la peque�a bestia una superficie de refrote interesante. �No le apetecer�a experimentar placeres nuevos? Pero no; el maldito chucho era un animal fiel, en apariencia. Y por otra parte no era un chucho, sino sin duda un bicho de pedigr� fin�simo, medio kilo de perro pertrechado de certificados, papeles acreditativos y diplomas de alcurnia, porque seguramente el pu�etero monstruo pose�a un �rbol geneal�gico m�s frondoso que el del plebeyo C�sar, seguro que del <emphasis>teckel </emphasis>se conoc�an al menos media docena de generaciones previas, mientras que C�sar se perd�a en las oscuridades en cuanto que pasaba a sus abuelos. Si hubiera tiendas de personas, lo mismo que exist�an las de animales, su cotizaci�n de hombre de clasificaci�n indefinida ser�a sin duda inferior que la de ese monstruo de lujuria. O a�n peor: algo le hac�a sospechar a C�sar que �l no encontrar�a comprador. Se imagin� a s� mismo en un enorme hangar, encerrado en su jaula solitaria; por delante de los barrotes pasar�an los clientes sin mirarle, atra�dos por los ejemplares de las cajas vecinas, que eran todos hombres provistos de un fenotipo claro, n�tidos en sus caracter�sticas vitales, perfectamente reconocibles, socialmente adecuados. Y los compradores, como Tessa, la mujer de Nacho, s�, Tessa estaba all�, al otro lado de las rejas de su jaula; los compradores, en fin, verificar�an escrupulosamente la pureza de los ejemplares de la tienda, Tessa escrutando la dentadura ejecutiva de los hombres, su pedigr� del �xito. Y los clientes ir�an vaciando las jaulas vecinas, que se volver�an a llenar y se volver�an a vaciar, mientras �l, C�sar, envejec�a en su rinc�n, del mismo modo que el cachorro fe�cho y de raza mestiza permanec�a meses y meses en la tienda sin que nadie lo quisiera, creciendo descuidado de todos dentro de un caj�n, hasta convertir su jaula en un recinto demasiado estrecho para sus dimensiones de adulto olvidado. Ni siquiera Paula, a la que ahora ve�a C�sar entrar en el hangar, ni siquiera Paula, se tem�a, ser�a capaz de mirar al cachorro como �ste necesitaba ser mirado.</p><p>Paula estaba en efecto al otro lado de la sala, seguramente acababa de llegar. C�sar se extra��, porque le hab�a dicho que no pensaba venir; y en cualquier caso se hab�a retrasado bastante. La contempl� casi con ternura, miope y parapetada detr�s de un vaso de algo y de un cigarrillo, mirando a la concurrencia con ese gesto casi feroz que la extrema timidez le confer�a. No siempre era tan t�mida, s�lo a veces; como ahora, cuando entraba en un vasto sal�n lleno de gente. Le asustaban las muchedumbres, como a �l; por eso C�sar le hab�a propuesto que vinieran juntos esa noche. En fin, mejor tarde que nunca. C�sar puso rumbo hacia Paula y dio dos o tres brazadas en el mar de gentes; pero choc� con el iceberg Smith, el gerente, tan enorme, calvo y l�vido como una masa de hielo. Oh, oh, amigo Sisar, gru�� encantado el iceberg, agarrando a su v�ctima del brazo. El maldito perro volvi� a trepar por la pantorrilla de C�sar. Globo de Oro muy importante, dec�a Smith; Globo de Oro muy interesante, muy bueno para la agencia, yo ahora meter Globo de Oro en la <emphasis>book </emphasis>de este a�o, �m�s clientes! �m�s dinero! �Comprendes? Y C�sar dec�a que s�, que comprend�a, e intentaba encontrar el modo de zafarse, perdona Smith, pero iba al servicio, <emphasis>rest-room, toilette; </emphasis>y al fin Smith abr�a la garra, soltaba su magullado brazo, no sin antes despedirse con su broma habitual del �Ave Sisar! bramada con los talones juntos y la mano en alto; broma que siempre provocaba en C�sar angustiosos deseos de matarlo o morirse. Pero como Smith era el gerente se limit� a sonre�rle.</p><p>Se alejaba a toda prisa de Smith, con el maldito perro a�n enredado entre sus piernas, cuando advirti� que Paula ya no estaba sola. Ahora se encontraba con Morton y con Nacho; y con un pu�ado de aduladores oficiales. C�sar detuvo su avance en seco; el perro se estrell� contra su pantorrilla derecha. No quer�a sumarse a un grupo as�; no quer�a tener que sonre�r a Nacho; no quer�a que Morton pensase que le andaba buscando. No quer�a confundirse con la corte. Dio un trago a su copa, sin saber qu� hacer.</p><p>Claro que su posici�n hab�a empeorado sensiblemente, pens� C�sar. Ahora se encontraba en medio de la sala, hab�a perdido el refugio de su acogedor rinc�n y se sent�a expuesto a un riesgo indefinido. No deb�a haber venido. Esta casa, que antes fue un cobijo para �l, era ahora una trampa. Aunque no, siempre fue una trampa; s�lo que �l no se hab�a dado cuenta. Te has portado tan bien con Nacho, dec�a Tessa por entonces agitando su melena de oro aut�ntico. Porque Tessa era una andaluza rubia. Hab�a nacido rub�sima a fuerza de que sus padres, y sus abuelos, y los abuelos de sus abuelos, vivieran como rajaes y se alimentaran op�paramente. O quiz� tuviera alg�n antepasado ingl�s y desde luego lord. �Por qu� se casaban siempre entre s�? Los ricos. Los arist�cratas. �Por qu�, aunque se manifestaran como los m�s desprejuiciados, los m�s modernos y dem�cratas, siempre se casaban entre s�? Nobles con nobles, apellidos con apellidos, fortunas con fortunas. O acaso apellidos con fortunas y viceversa. Y �l, C�sar, que no ten�a ni una cosa ni otra, �qu� pod�a hacer?</p><p>Por entonces ven�a muy a menudo a verlos; desde luego todos los fines de semana. Ni siquiera ten�a que avisar: era como de la familia. Y eso era precisamente lo que cautivaba a C�sar: el esplendor hogare�o que aqu� se respiraba, la domesticidad perfecta. El jard�n siempre h�medo en verano, el fuego de le�a olorosa en los inviernos; la calma y la belleza que saturaban el ambiente. Todo era adecuado e impecable; todo parec�a tener un sentido, incluso el gesto m�s banal. Aqu� Tessa, y Nacho, y los ni�os, se mov�an como si supieran para qu�; con la misma determinaci�n que los personajes de una pel�cula. Y luego estaba la luz: esas l�mparas que irradiaban un halo de luz equilibrado y c�lido, un c�rculo de oro dentro del cual era obvio que jam�s podr�a pasarte nada malo. C�sar no hab�a conseguido instalar una luz semejante en su casa. Ni aun gast�ndose el dinero locamente, compr�ndose la �ltima l�nea de l�mparas hal�genas o los focos m�s caros del mercado. Sus luces eran siempre insuficientes o demasiado n�tidas; y desde luego fr�as e inhumanas. Ni aun habiendo progresado econ�micamente, como era su caso; ni aun invirtiendo las ganancias de su vida entera, en fin, en comprar las mejores l�mparas del mundo, podr�a adquirir C�sar siquiera un metro c�bico de ese aire dorado y exquisito, de esa luz suculenta. Porque para eso deb�a de ser necesario el haber nacido tan rico como Nacho. C�mo le envidiaba C�sar esa temprana intimidad con la armon�a.</p><p>�l, en cambio. La primera luz el�ctrica que conservaba su memoria era una bombilla colgando de un cable pelado. As� era en la cocina, y en el comedor, y en el peque�o cuarto en el que C�sar dorm�a. Bombillas sin aliento que en vez de iluminar repart�an sombras. Estaban tan altos los techos, tan sucias las paredes, tan descascarillada y vieja la pintura. En alg�n momento el piso debi� de estar limpio, debi� de ser coqueto: cuando sus padres lo alquilaron, tras la boda. Los pobres imb�ciles se casaron a finales de 1935; la guerra les desbarat� la vida y cualquier proyecto de decoraci�n ulterior, si es que ten�an alguno. Para cuando C�sar naci�, en 1942, exactamente nueve meses despu�s de que su padre saliera de la c�rcel, la casa era ya una ruina mugrienta. De su infancia recordaba la decadencia f�sica constante: los cristales de las ventanas que se romp�an y que eran reemplazados por cartones; los grifos que goteaban y que nadie arreglaba; las sillas desencoladas a las que s�lo les quedaban tres patas, y en las que hab�a que aprender a sentarse esquinadamente para mantener el equilibrio y no caerse. Una bandeja ennegrecida y otrora plateada, los residuos de una vajilla de t� en vidrio con los filos de oro y un cenicero de porcelana roto y cuidadosamente pegado constitu�an los �nicos restos arqueol�gicos de un mundo mejor definitivamente ido; mementos de cuando el padre de C�sar era regente en los talleres de un peri�dico, de cuando la casa aspiraba a ser feliz. Pero el padre sali� enfermo de la guerra o de la c�rcel y no volvi� a trabajar como regente. Y los picaportes de las puertas se soltaban, los baldosines se rajaban, los somieres se romp�an, las persianas de madera se remendaban con cuerdas o permanec�an definitivamente ca�das, cegando las ventanas; la cisterna del retrete no funcionaba y los marcos de las puertas se iban pelando de cal de los portazos. Viv�an en la apoteosis de la ruina.</p><p>Resultaba incre�ble que el perrito siguiera dale que te dale. Era un fen�meno, un s�tiro incansable. C�sar sacudi� contundentemente la pierna, intentando desembarazarse del mal bicho; el perro gru�� y se revolvi�, enfadado. �Se�or Miranda! C�sar mir� alrededor. �Se�or Miranda!, repiti� la voz reprobadoramente: era la se�ora Smith, que le observaba con ojos de disgusto, con la boca de disgusto, con cara de disgusto, con pecho de disgusto, enormemente disgustada toda ella, derramando disgusto sobre C�sar en avasalladoras oleadas. �No le da pena, se�or Miranda, pobre perrito! El pobre perrito lleva una hora haci�ndose una paja con mi pierna, estuvo tentado a contestar. Pero no, c�mo iba a decirle esa barbarie; y m�s teniendo a Smith al lado, oh, oh, ah� estaba Smith, junto a su mujer, mir�ndolo, se habr�a dado cuenta de que no hab�a ido a los servicios, de que C�sar le hab�a mentido, que se hab�a escapado de �l, que le hab�a rehuido. �Rehuir al Gerente General! C�sar se agach� y acarici� con efusividad al maldito perro.</p><p>A su padre le recordaba en la cama, enfermo; o bien sentado en la �nica silla con cuatro patas que quedaba y pegando suelas en silencio. Porque trabajaba como zapatero remend�n. Se lo cont� una vez a Nacho y a Tessa; con ellos, el ser hijo de un zapatero remend�n resultaba incluso ex�tico. Tienes un m�rito incre�ble, eres fabuloso, exclamaba entonces Tessa sacudiendo el oro viejo de su pelo. Y �l, C�sar, se lo cre�a. Cre�a que Nacho y Tessa le admiraban; que apreciaban su mayor experiencia, que respetaban su profesionalidad y su trabajo. �Pero si C�sar incluso hab�a estado coqueteando con Tessa! De un modo plat�nico, sin llegar a nada, un simple juego; como el profesor que mantiene a raya, con enternecida pero halagada superioridad, el apasionado arrobo de una alumna. Qu� manera de hacer el rid�culo, Dios m�o. Ah� segu�an: Paula, Morton, Nacho y los dem�s moscones obsequiosos. Ahora acababa de unirse a ellos Quesada, que estaba contando algo. Algo de lo que todos se desternillaban, se apretaban los costados, abr�an inveros�milmente las mand�bulas. �Ser�a posible que�? C�sar sinti� un golpe de fr�o en el cogote. Aguz� el o�do, intentando atrapar las palabras por encima del barullo general. �No estar�a Quesada contando que�? �Y ese gesto que estaba haciendo ahora, se�al�ndose hacia el pie, que provocaba tama�a hilaridad entre los oyentes? Estiraba C�sar el cuello desesperadamente, como si el ver mejorara de alg�n modo su audici�n. �No estar�a Quesada repitiendo otra vez lo del maldito chucho? C�sar ha enamorado a un perro; o bien: C�sar ha enamorado a tu perro, Nacho. Tu perro se ha quedado prendado de C�sar, aunque te parezca dif�cil; o quiz�: Tu <emphasis>teckel </emphasis>ha<emphasis/>descubierto por fin que C�sar es un perro. �Por qu� se re�an todos tanto? Le parec�a estar oy�ndolos: El pobre C�sar estar� contento porque llevaba mucho tiempo sin tener �xito con nadie. �Lo hab�a dicho? �Lo hab�a dicho Nacho de verdad? �Lo hab�a escuchado C�sar, lo hab�a adivinado de sus labios? Y Paula, �por qu� le traicionaba y se re�a? �O quiz� lo estaba imaginando todo? Bebi� de un golpe lo que le quedaba en el vaso y se sinti� enfermo: llevaba tres copas y normalmente tomaba poco alcohol. El animal segu�a brincando en su tobillo, est�pido adem�s de rijoso, porque por mucho que se meneaba no consegu�a refrotarse del modo apropiado. Y ahora que lo pensaba bien, �no resultaba sorprendente que el maldito perro le hubiera escogido precisamente a �l? �De entre un centenar de piernas todas igual de apetecibles? �No era hasta demasiado sorprendente? �Incluso se podr�a decir que sospechoso? �No podr�a Nacho�? O quiz� Tessa. �No podr�an haber ense�ado al animal para que fuera a refrotarse exactamente contra �l, C�sar, y no contra otro? Era una malignidad posible, incluso f�cil; bastaba con educar al perro d�ndole a olfatear alguna prenda suya; y seguro que C�sar se hab�a olvidado algo en esta casa, de cuando se quedaba a dormir; o de cuando ven�a a la piscina. El ba�ador de las palmeras, por ejemplo; �no era cierto que no hab�a vuelto a encontrarlo? Exacto, exacto, era el ba�ador de las palmeras, lo hab�a buscado sin �xito por todas partes, c�mo no se le ocurri� antes que se lo hab�a dejado en casa de Nacho. C�sar se estremeci�, sinti�ndose como la v�ctima de un conjuro vud�. Le desasosegaba el pensar que sus prendas personales andaban dando vueltas por ah�, por el mundo grande y enemigo; tanta fragilidad, tanta intimidad al descubierto. El <emphasis>teckel </emphasis>le escrutaba con sus ojillos como botones de vidrio coloreado.</p><p>Calma calma calma, se dijo C�sar. Est�s desbarrando, amigo. Est�s verdaderamente desquiciado. Morton, Paula y los dem�s siguen charlando al otro lado de la sala. Y se r�en. Pero Smith te est� mirando, la se�ora Smith te est� mirando, Miguel te est� mirando, Pittbourg te est� mirando, incluso Mat�as te est� mirando. �Comp�rtate! Te miran porque te saben distinto, como el perro. As� es que act�a como una persona normal. Eng��ales fingiendo que eres como ellos. Enciende un cigarrillo; camina hacia la mesa con el animal pegado a tus talones; coge un nuevo vaso de whisky y bebe un poco; sonr�e a Smith, sonr�e a la se�ora Smith, sonr�e a Miguel, sonr�e a Pittbourg, sonr�e incluso a Mat�as; levanta el vaso en un mudo y simp�tico brindis por encima de las cabezas de la gente: as�. �Te das cuenta? Piensan que todo marcha bien, ya van dejando de mirarte, se desentienden de ti; Smith, la se�ora Smith, Miguel, Pittbourg, incluso Mat�as. Todos vuelven a lo suyo. Por esta vez, C�sar, te has salvado.</p><p>C�sar bebi� un trago m�s largo mientras el coraz�n le traqueteaba en el pecho. Oh, s�, ten�a los nervios desquiciados; sospechar que el perro estaba adiestrado era un pensamiento absurdo, una idea demente y peregrina. Aunque imposible no era, eso desde luego; estaba claro que el animal era susceptible de ser amaestrado: C�sar hab�a visto perros, en los circos, ejecutando actos incre�bles. O sea que no era imposible, pero s� muy improbable; que Tessa y Nacho se dedicaran a tan rocambolescas maniobras no resulta razonable. Claro que, bien mirado, �por qu� no iba a resultarlo? �No se hab�an empe�ado con anterioridad en maniobras si cabe m�s rocambolescas y rastreras? Por ejemplo: la guerra camuflada que Nacho hab�a emprendido contra �l sin declararla jam�s abiertamente. Una conflagraci�n oculta, un secreto a voces; probablemente C�sar fue el �ltimo en darse cuenta de que estaba siendo sitiado torpedeado acuchillado. �l s�lo sab�a que el aire se espesaba por momentos y que de cuando en cuando se ca�a en el cr�ter reciente de un ob�s. Hasta que un d�a se descubri� a s� mismo en mitad de un c�rculo vac�o; los dem�s empleados de la agencia hab�an hecho un corro alrededor y contemplaban con avidez el espect�culo: y �l, C�sar, se hallaba en el centro de esa arena de gallos, frente a Nacho. Fue una revelaci�n que le llen� de n�usea y de pavor.</p><p>C�mo pudo tardar tanto en comprenderlo. Por ejemplo: el quedarse s�lo a la hora de comer. Tantos a�os llevaba C�sar en la <emphasis>Golden Line</emphasis><emphasis>, </emphasis>tantos a�os incluso desde antes, desde que la agencia se llamaba <emphasis>Rumbo. </emphasis>Tantos a�os almorzando con sus compa�eros en alguno de los tres o cuatro restaurantes de la zona, y de pronto empezaban a pasar cosas extra�as, de pronto todo el mundo desaparec�a subrepticiamente de la agencia a la hora de comer y C�sar se descubr�a s�bitamente solo, rezagado, descolgado de todos los dem�s. Y entonces bajaba a buscarlos por los restaurantes de los alrededores y a veces los encontraba sentados en una animada mesa en la que no sobraba ni una silla. Hola, C�sar, dec�an entonces sus viejos compa�eros, un poco r�gidos, un poco titubeantes, un poco ruborosos. Vaya, hombre, C�sar, intenta acomodarte en alg�n sitio, a�ad�a Nacho con ademanes de anfitri�n, rutilante y encantador. Y al principio C�sar se sentaba, y era como si la silla tuviera puntas de cuchillos. As� es que despu�s se fue acostumbrando a comer solo; a veces coincid�a con ellos en el mismo restaurante, �l devorando cualquier cosa en la barra y ellos comensales alegres al otro lado del sal�n, sus antiguos compa�eros revoloteando ahora con arrobo en torno a Nacho, un chico tan joven, tan guapo, tan bien educado, tan encantador, tan prometedor y tan brillante.</p><p>Por ejemplo: el que Nacho se hiciera cargo de la campa�a de bronceadores que hab�a empezado �l. �Pero si al principio C�sar intent� incluso alegrarse! Porque, cuando trajo a Nacho a la agencia, C�sar tuvo que luchar con todo empe�o para que lo aceptaran. Los americanos, el propio Quesada e incluso Morton encontraban que Nacho era demasiado moderno; que, viniendo como ven�a de Alemania, no sab�a adaptarse al mercado espa�ol; en fin, que no serv�a. Pensaron echarlo var�as veces durante el per�odo de prueba, y fue C�sar quien consigui� que al final se le firmara el maldito contrato. Porque �l, C�sar, sab�a que Nacho era muy bueno. As� es que, cuando le comunicaron que Nacho iba a quedarse con lo de los bronceadores, C�sar quiso pensar: Esto quiere decir que ya conf�an en �l. Quiso pensar: Estupendo, as� se demuestra que yo ten�a raz�n respecto a Nacho. Quiso pensar: Me alegro por �l, es tan buen amigo, tan buen chico. Pero a C�sar le palpitaban las sienes, le temblaban las piernas, y sinti� que se le escapaba a presi�n, como el vapor se escapa de una tetera hirviendo, la tenue sustancia que compone la propia estimaci�n; y se iba desinflando por momentos, cada vez m�s arrugado y m�s peque�o.</p><p>Por ejemplo: los apu�alamientos por la espalda. El que Nacho se hubiera pasado dos semanas trabajando secretamente tarde y noche para presentar un cr�tica demoledora a su campa�a de bronceadores y un proyecto alternativo. Cosa de la que C�sar no se enter� hasta que transcurrieron muchos meses. Y que sin embargo conoc�a de cabo a rabo todo el mundo. Oh, qu� imb�cil hab�a sido C�sar, qu� rid�culo, pase�ndose durante tanto tiempo por la agencia con sus cuernos laborales y su inocencia, la risible inocencia del cabr�n.</p><p>�Por ejemplo! La malevolente astucia de Nacho, su asombrosa habilidad para contaminar el aire. C�sar fue un profesional estupendo, dec�a Nacho a veces; o quiz�: C�sar estuvo entre los mejores de su tiempo; con qu� dominio utilizaba Nacho el tiempo pasado de los verbos, qu� arteramente le enterraba con sus pret�ritos perfectos e imperfectos. Para luego a�adir, en la segunda fase de la insidia: Claro que en su tiempo era f�cil, casi no hab�a competencia. Cianuro endulzado con alm�bar. Era un elegante carnicero. Y ya por �ltimo el ensa�amiento a sus espaldas: Siento tener que decirlo, pero lo que ha propuesto C�sar esta ma�ana me parece terriblemente antiguo, en realidad se ha copiado a s� mismo, ya hizo ese tr�ptico hace diez a�os para una campa�a de aceiteros. Todo el d�a, todos los d�as, todas las semanas de todos los meses del �ltimo a�o: Nacho hab�a dedicado todos los instantes de su vida a combatir a C�sar, machaconamente, obsesivamente, sin piedad. Y no se limitaba a perseguirle en el terreno laboral; Nacho quer�a m�s, quer�a arrebatarle los amigos, desprestigiarle tambi�n humanamente, arruinar sus relaciones afectivas. Aniquilarle. Como un vampiro que se alimentase de su sangre, como un c�ncer creciendo a expensas de sus v�sceras. Hace un mont�n de tiempo que no veo a C�sar, comentaba por ejemplo a sus colegas: Hay que ver qu� bien vive, no da ni clavo, no viene nunca por la agencia y seguro que cobra bastante m�s de lo que est�is cobrando vosotros, que os pas�is el d�a trabajando. Porque Nacho estaba siempre en <emphasis>Golden Line; </emphasis>temprano por la ma�ana, por la tarde, por la noche; tomando copas a la salida de la agencia con Quesada, con Pittbourg o Miguel. Nacho ubicuo, perenne, contumaz. Lleno de salud y de energ�as. Joven verdugo infatigable. Y C�sar, en cambio: C�sar se sent�a tan cansado. Cuando C�sar empez� a enterarse de las maniobras de Nacho; cuando comenzaron a llegar a sus o�dos los comentarios que el otro hac�a a sus espaldas, fue cuando se descubri� a s� mismo en medio de la arena ensangrentada. Quiso retroceder, pero el corro de espectadores lo imped�a. Quiso salir huyendo, pero ah� enfrente estaba Nacho con sus espolones plateados, enormes garras artificiales de las que goteaba una sustancia oscura y negra. �l, en cambio, pobre avechucho C�sar, ten�a las u�as rotas y las plumas ra�das; y el p�nico impregnado de pena hacia s� mismo del cobarde que es obligado a combatir. Iba a perder; en realidad ya hab�a perdido. El sol resultaba cegador y el ruido del silencio era terrible.</p><p>A la edad en que Nacho estaba estudiando arquitectura, �l, C�sar, trabajaba coloreando letras en una agencia; y ten�a que hacer verdaderos esfuerzos econ�micos para poder ir de vez en cuando a Francia a comprar libros de arte contempor�neo o revistas de dise�o. Porque en la Espa�a franquista no hab�a nada. Nacho, en cambio, se hab�a librado de la sordidez de la posguerra y se hab�a criado en las vanguardias; hablaba ingl�s, franc�s, alem�n; hab�a vivido en Nueva York, hab�a trabajado en Hamburgo durante a�o y medio en el departamento creativo del <emphasis>Stern. </emphasis>No era justo. No era justo. No era justo.</p><p>Ahora Paula y Nacho se hab�an quedado solos; conversaban animadamente all� a lo lejos. Qu� tendr�a que contarle Nacho a Paula. Y por qu� escuchaba Paula tan sonriente. A veces, cuando C�sar se quejaba de las humillaciones recibidas, Paula le dec�a que a�n pod�a darse por contento, que ella y las dem�s s� que se encontraban relegadas, que por ser mujer nunca conseguir�a nada. Y entonces soltaba la vieja retah�la, que si ella era la �nica persona proveniente de la antigua agencia que jam�s hab�a sido ascendida, que si promocionaban a gente incomparablemente m�s inepta, que s� nunca le daban una oportunidad, que si se apropiaban de sus ideas. Quiz� Paula tuviera raz�n, y adem�s C�sar se apresuraba a conced�rsela para calmar sus �nimos; pero de alg�n modo pensaba en su interior que era distinto, que en el caso de una mujer todo eso no era tan importante, que el drama que �l viv�a ella jam�s podr�a entenderlo. Porque el que Paula no fuera ascendida a fin de cuentas no era una injusticia tan enorme. Las mujeres carec�an de ambici�n. �se es el problema, reflexion� C�sar, sintiendo las u�itas del <emphasis>teckel </emphasis>rasgu��ndole la pierna. �sa era la clave del asunto: que �l no ten�a ambiciones. �No ten�a ambiciones suficientes! Se espant� de la enormidad que estaba pensando. �Un directivo sin ambiciones! Como un guerrero sin coraje, un santo sin fe, un trapecista con v�rtigo. Al principio se lo dec�a a Nacho. Nacho, dec�a C�sar, ten cuidado con ellos; ten cuidado con Quesada, con Miguel, con todas esas aves de rapi�a; a m� me odian porque yo no voy asesinando por el poder como asesinan ellos, y seguramente te odiar�n a ti del mismo modo. Y Tessa sacud�a su melena mineral y exclamaba: Eres maravilloso, C�sar. Hasta que un d�a C�sar se enter� de que Nacho repet�a sus conversaciones a Quesada. No, C�sar no asesinaba por poder, pero desde luego deseaba ver a Nacho muerto. Nacho muerto y �l refulgiendo como primera estrella de la agencia; Nacho muerto y remuerto y �l obteniendo el Globo de Oro. Aunque no: mejor ser�a que se desprestigiara. Que abusara de la confianza de la empresa, y lo pillaran. Que hiciera unas campa�as desastrosas. �Que cometiera un desfalco! Que se peleara con el mejor cliente. Que, cegado por su ambici�n, intentara ocupar el puesto de Morton, y Morc�n, en justa defensa, le arrojara sin m�s miramientos a la calle. Nacho despedido, Nacho deshonrado, Nacho muerto y dej�ndole vivir.</p><p>Ahora Nacho y Paula se hab�an callado. Simplemente estaban el uno ante el otro y se miraban. �Deber�an prohibir que la gente se contemplara as�, tan imp�dicamente frente a todos! Agarrados a sus copas vac�as se miraban. El perrito segu�a trepando por la pierna de C�sar, persiguiendo un placer imposible. A�os despu�s de que su padre muriera, C�sar se enter� de que hab�a estado en la c�rcel, de que hab�a sido un <emphasis>rojo: </emphasis>en casa nunca se hablaba de pol�tica. En medio de toda la gente se miraban. C�sar peg� una patada al <emphasis>teckel, </emphasis>lo lanz� volando por los aires a m�s de un metro de distancia. Smith mir�, Quesada mir�, la se�ora Smith mir�, Pittbourg mir�, Miguel mir�, Morton mir�, incluso Mat�as mir�, mientras Paula y Nacho se segu�an contemplando mutuamente. C�mo has podido hacer una cosa as�, exclamaba Tessa mientras recog�a del suelo el pu�ado de pelos gimoteante, nunca te cre� capaz de comportarte de este modo. Y vosotros, call� C�sar con sobrehumano esfuerzo, Y vosotros.</p></section><section><title><p>4</p></title><p>Lo peor era la manera en que le hab�a mirado. O mejor dicho: el que no le hubiera mirado en absoluto. C�sar hab�a coincidido en el ascensor con Morton, y ocho pisos daba para mucho. Hola, C�sar, qu� tal, dijo Morton en el tono ret�rico de quien no quiere ser contestado. Bien, respondi� C�sar, exultante de jovialidad fingida, mientras el aparato se pon�a en marcha. Del bajo al primero hubo una micra de segundo muy angustiosa: Morton observaba la punta de sus zapatos y callaba empecinadamente. Del primero al segundo C�sar pens� que quiz� no se hab�a mostrado lo suficientemente encantador, de modo que reforz� su sonrisa: un animoso gesto que le colgaba de la nariz como una bandera de armisticio. Pero Morton estaba ahora entretenido en limpiarse de motas las solapas. Del segundo al tercero C�sar dijo: Vaya, vaya. Y Morton bascul� el peso de su cuerpo de un pie al otro. Del tercero al cuarto C�sar pregunt� que qu� tal el otro d�a en casa de Nacho, aunque por nada del mundo hubiera querido mencionar el tema, e incluso le horrorizaba la eventualidad de tener que hablar de ello. Menuda la armaste con el perro, respondi� Morton del cuarto al quinto. As� es que del quinto al sexto C�sar sonri� forzadamente y del sexto al s�ptimo advirti� que sus manos estaban empapadas de sudor. Del s�ptimo al octavo Morton bostez�: Qu� sue�o tengo. El ascensor se detuvo, se abrieron las puertas, Morton sali� con paso apresurado: Hasta luego, C�sar. Hasta luego aunque estaba seguro de que no iba a verle m�s en todo el d�a; y posiblemente tampoco al d�a siguiente, y ni siquiera al otro. Hasta el jueves, que era cuando se celebraba el <emphasis>brainstorming </emphasis>no tendr�a otra oportunidad de hablar con Morton. C�sar se sinti� en peligro. Entr� en la agencia con el mismo calambre de est�mago con que, en la ni�ez, entraba a las clases de matem�ticas de don Emiliano. No se sab�a la lecci�n. Nunca ser�a capaz de aprend�rsela correctamente. Jam�s podr�a colmar las exigencias. Don Emiliano repart�a de cuando en cuando alg�n sopapo, pero su especialidad radicaba en el desprecio. Odiaba a sus alumnos con una pasi�n pura y democr�tica, porque los alcanzaba a todos por igual; y era un artista a la hora de saber comunicar su inquina a los muchachos. Con don Emiliano, C�sar obtuvo un conocimiento fundamental: aprendi� para siempre jam�s a ser culpable.</p><p>Y ahora la culpabilidad se le sub�a a las sienes y empezaba a martillearle met�dicamente la cabeza. Era la jaqueca, que se introduc�a silenciosa y subrepticiamente en su cerebro para convertirse en hu�sped indeseable. Unos meses atr�s, C�sar hab�a acudido al m�dico por la frecuencia con que le atacaban las neuralgias cuando ven�a a la agencia. �Ser�a alguna alergia? �Una incompatibilidad extra�a con el material de la moqueta? �Quiz�s un pernicioso efecto del aire acondicionado? �Las luces, que estaban mal dispuestas? Y el m�dico se sonre�a y le aconsejaba que cambiara de car�cter o de trabajo. C�sar cambi� de analg�sicos. Ahora usaba Dolalgial. Se tom� dos p�ldoras en la m�quina de agua de las recepcionistas.</p><p>Estaban raros. �No estaban muy raros todos, en la agencia? Las recepcionistas, por ejemplo: nada de sonrisas ni de bromas. Y Smith, al cruzarse con �l en el pasillo, �no hab�a estado terriblemente seco? C�sar sinti� un conato de p�nico: �Habr�a empezado ya el final? Ech� una mirada alrededor: una enorme planta di�fana, con mamparas de cristal aqu� y all� conformando secciones y cub�culos. La planta de arriba, la de administraci�n y gerencia, era distinta; pero en �sta tan s�lo Morton y Quesada ten�an derecho a despachos privados, con muros aut�nticos y ventanas a la calle; espacios cerrados que garantizaban la intimidad. Los dem�s, en cambio, permanec�an bien a la vista: de una sola ojeada se sab�a qui�n estaba y qui�n no estaba en su mesa, qui�n trabajaba o qui�n le�a los peri�dicos. Camino de su rinc�n, C�sar fue contemplando atentamente a sus compa�eros; y sonri� a todo el mundo con el m�ximo encanto de que se sent�a capaz. Pero los colegas respond�an ce�udamente o incluso no respond�an en absoluto. C�sar los hubiera abrazado, los hubiera besado, les hubiera explicado lo mucho que los quer�a, embargado repentinamente por un ataque de ese anhelante amor que suele nacer de la necesidad. Pero comprendi� que resultar�a rid�culo y se abstuvo. Entr� en su despacho angustiad�simo.</p><p>Porque, desde luego, Morton hab�a estado muy extra�o. Seco y cortante. Como enfadado. Oh, oh, qu� horror, Morton estaba disgustado con �l, eso era seguro. Hora, C�sar, qu� tal, hab�a dicho al principio. Un saludo convencional expresado en un tono distante. �Pero si ni tan siquiera le hab�a mirado a la cara! Y ese penoso silencio que se extend�a entre ambos. Morton estaba enfadado. �l, que siempre defendi� a C�sar contra los ataques de Quesada y de los otros. �Morton estaba decepcionado! Menuda la armaste con el perro, hab�a dicho cuando �l tuvo la lamentable ocurrencia de sacar el tema. Menuda la armaste. Llevas un mont�n de tiempo sin dar ni clavo, podr�a haber dicho tambi�n en el mismo tono reprobatorio. Menuda la armaste, me has decepcionado. �se era el mensaje de su frase. Y, luego, ese bostezo despectivo; para demostrar el aburrimiento que le produc�a C�sar; quiz� para humillarlo. Y ese modo de salir corriendo en cuanto que el ascensor lleg� al octavo piso. Hab�a defraudado a Morton. C�sar se sinti� como si hubiera suspendido el Juicio Final. No has estudiado suficiente, tronaba un Dios de cejas enredadas y muy gruesas. Perezoso, in�til, vago, coreaban los malditos querubines. C�sar levant� la mirada del <emphasis>book </emphasis>de dibujos que estaba fingiendo estudiar. M�s all� de las mamparas de cristal el mundo se extend�a tan apacible como un campo minado. Estaban raros sus compa�eros. Los ve�a removerse inquietos sobre sus mesas, reunirse de tres en tres por los rincones, comentar secretos de los que C�sar se hallaba siempre excluido. Quiz�s estuvieran hablando de �l, precisamente. Sab�is que C�sar le dio una patada al perro de� O m�s probablemente: C�sar no sirve para nada, ya va siendo hora de que se acabe el insultante privilegio que mantiene. Aunque no, lo m�s seguro era que supiesen que Morton le hab�a despedido. Han despedido a C�sar, sab�is, lo que pasa es que �l a�n no se ha enterado. Hablaban y hablaban por las esquinas y todo el mundo conoc�a las claves del enigma menos �l.</p><p>Son� el tel�fono. Conchita descolg�. Que es un tal Francisco R�os, que dice que le ha dejado a usted un <emphasis>book </emphasis>anunci� l�gubremente la secretaria mientras clavaba la mirada en la puerta. D�gale que no he venido, que llame a �ltima hora de la ma�ana, por favor. Que no ha venido y que le telefonee usted m�s tarde, repet�a ella en el auricular malevolentemente y sin esforzarse en disimulos. Conchita era una veterana, proced�a de los tiempos de <emphasis>Rumbo </emphasis>y para su desventura hab�a sido la fiel secretaria de Mat�as; de modo que cuando su jefe cay� en desgracia ella le sigui� al abismo. En la empresa no se fiaban ahora de ella, porque era inteligente, sab�a mucho y se encontraba furibunda. Por eso se la hab�an adjudicado a C�sar: porque �l no ven�a casi nunca por la agencia, de modo que Conchita no ten�a nada que hacer. Se lo hab�a dicho Quesada una tarde, como vendi�ndole el favor: Que te vamos a mandar una secretaria, C�sar. Y �l se hab�a quedado boquiabierto. Pero luego comprendi� que tan s�lo se trataba de un castigo. Un castigo para Conchita, que hab�a sido demasiado lenguaraz tras la destituci�n de Mat�as; y un castigo quiz� tambi�n para �l, C�sar. Conchita le odiaba, consider�ndole uno de sus verdugos, o quiz� su torturador personal y m�s directo. Odiaba que no viniera por el despacho y que no le diera ning�n tipo de trabajo. Y quiz� tambi�n le despreciara. S�, eso era, le despreciaba por in�til. Conchita era para C�sar como uno de esos espejos de aumento en los que, cuando uno se asoma a ellos, s�lo ve enormes poros negros y espinillas de tama�o colosal.</p><p>Pero veamos: si se analizaba la conversaci�n con calma tampoco hab�a sido tan terrible. Hola, C�sar, qu� tal, hab�a dicho Morton; era un saludo convencional pero agradable. Incluso personalizado y casi �ntimo. Holac�sarqu�tal, en realidad estaba bastante bien, Morton podr�a haber dicho simplemente hola, por ejemplo. O tambi�n: Hola, C�sar. Y: Hola, qu� tal. O incluso: Qu� tal, C�sar. O s�lo: Qu� tal. Pero no. Morton hab�a dicho las tres cosas, hola-C�sar-qu� tal, en realidad sonaba bastante afectuoso. Sobre todo teniendo en cuenta que era temprano por la ma�ana y que se trataba de una conversaci�n de ascensor, que son siempre absurdas y banales. Menuda la armaste con el perro. Esa frase tampoco ten�a por qu� ser necesariamente reprobatoria; era C�sar quien hab�a metido la pata al sacar el tema de la fiesta; y Morton hab�a respondido con una observaci�n humor�stica. Menuda la armaste con el perro. Era una construcci�n coloquial, sonaba a complicidad y no a censura. Por otra parte, era evidente que Morton estaba cansado; por eso bostez� y dijo: Qu� sue�o tengo. Nada m�s natural, pues, que el hecho de que se mantuviera m�s bien callado. Y adem�s: que Morton bostezara tan abiertamente ante �l, �no era una prueba de confianza? �De intimidad, incluso?</p><p>Conchita ten�a los brazos cruzados sobre el pecho y clavaba la vista, desafiante, en un punto perdido del espacio situado a cosa de un palmo por encima de la cabeza de C�sar. Con esto quer�a decir: Miradme, aqu� estoy sin hacer nada, me hab�is enterrado viva en la tumba de la pasividad. Conchita contemplaba obcecadamente la pared y manten�a sus brazos bien cruzados porque tem�a que, si bajaba los ojos o apoyaba sus codos en la mesa, alg�n paseante pudiera confundir su postura y creer, siquiera por un horrible instante, que se encontraba ocupada en alg�n trabajo. Cuando la �nica ocupaci�n que le quedaba era la ostentaci�n de su inactividad. As� es que se sentaba muy tiesa y escrutaba la nada durante horas. C�sar sent�a c�mo el aire por encima de su cabeza se iba poniendo incandescente de resultas de la t�rrida mirada de Conchita.</p><p>C�sar pas� distra�damente otras dos hojas del <emphasis>book </emphasis>e intent� concentrarse. Vamos, vamos; el tal� cerr� el <emphasis>book </emphasis>para ver el nombre en la tapa� Francisco R�os volver�a a telefonear un poco m�s tarde; querr�a saber qu� le hab�an parecido sus dibujos, sus anuncios, sus carteles. Seguro que era un muchacho joven hambriento de gloria y lleno de ansias laborales. Un adicto al trabajo. C�sar pas� una hoja m�s, y entonces su propio nombre pareci� saltar de la p�gina y agredir su retina, su propio nombre escrito en uno de los anuncios, un cesarmiranda agazapado entre las l�neas de texto, cesarmiranda golpeando su atenci�n. Pero no, qu� tonter�a: cuando C�sar mir� el texto con m�s cuidado, comprob� r�pidamente que no pon�a C�sar Miranda, sino Casas Modernas. Era curioso: siempre se sobresaltaba cuando ve�a su nombre en los papeles. Siempre tem�a que fueran a hablar mal de �l. Siempre le embargaba un vago presentimiento de desastre. Y en ocasiones acertaba: como cuando alg�n cr�tico de arte le despellejaba sin clemencia; y a veces alg�n periodista le lanzaba una andanada envenenada sin que viniera a cuento. Claro que tambi�n hab�a referencias amables: C�sar Miranda, el brillante artista pop� Qu� desasosiego andar en tantas bocas como la servilleta de un hotel.</p><p>No siempre fue as�. No siempre se hab�a sentido C�sar as� de enano y de gusano. Cuando las cosas empezaron a ir mal.</p><p>Cuando las cosas empezaron a ir mal, que quiz� fuera en el mismo momento en que naci�, aunque C�sar sol�a fechar el giro infausto de su vida unos cuantos a�os atr�s, poco antes de que llegase Nacho. Pues bien, cuando las cosas comenzaron a ir mal �l se defendi� brillantemente. Al principio C�sar pensaba: Me tienen envidia porque soy mejor que ellos. Y se dec�a: No me merecen. Y varias veces le tent� la idea de abandonar la <emphasis>Golden Line.</emphasis> Me marchar�, dec�a, y entonces se dar�n cuenta de lo que est�n perdiendo. Pero pasaron los d�as, las semanas, y �l se fue acostumbrando a la peque�a indignidad, como esas mujeres que se emparejaban con un bruto, y que, a fuerza de padecer brutalidad, terminaban convertidas en v�ctimas perfectas, ajenas a s� mismas, amoldadas a la paliza o al insulto por una morbosa dependencia. Y despu�s lleg� Nacho. No estaban mal las cosas del tal� Francisco R�os. A estas alturas cualquier joven imberbe parec�a tener mejores ideas que �l.</p><p>La verdad, C�sar hubiera podido soportar mucho mejor a Conchita si entre su odio y �l hubiera habido m�s espacio. Pero tal y como era ahora el despacho apenas si hab�a sitio para las dos mesas. Ah� estaban, el uno contra el otro, condenados a verse; la mesa de Conchita pegada a la suya, la cara de Conchita justo enfrente. Con s�lo extender un brazo podr�a tocarla. C�sar se sinti� incluso tentado a agitar los dedos por delante de los ojos en trance de Conchita. Sacudir airosamente las falanges como el mago que rescata a su ayudante de una hipnosis profunda. Hale hop, y la mujer romper�a su molde de piedra y se convertir�a en persona. Aunque no, ser�a mejor no arriesgarse; porque C�sar sospechaba que Conchita ocultaba un talante de Gorgona y tem�a despertar su mirada letal y fulminante.</p><p>A C�sar le hab�an achicado el despacho dos veces. De pronto llegaban un par de hombres fornidos y en media hora cambiaban las puertas y mov�an todas las mamparas, con la facilidad de quien monta y desmonta un gran mecano. La primera vez fue cuando dimiti� de su cargo de director de arte: No te molestar� que reduzcamos un poco tu despacho, le explic� Morton, de ahora en adelante apenas si lo vas a necesitar. Claro que no, a m� esas tonter�as no me importan, respondi� entonces �l con orgullosa sinceridad. As� es que llegaron los hombretones y corrieron las paredes. Le quitaron uno de los armarios, parte de la ventana y un pu�ado de metros de moqueta, de modo que ya no ten�a lugar para el sof�. Adem�s clausuraron la puerta que daba al antedespacho de la secretaria, abriendo otra entrada, en cambio, que comunicaba este antedespacho con la pecera de Miguel. Que era su vecino de panel y quien m�s se estaba favoreciendo de los corrimientos de mamparas. A Miguel, reci�n ascendido, fueron a parar su armario, su media ventana y su suelo robado. Pero a C�sar no le importaba nada de eso. Se sent�a inmensamente feliz tras liberarse de las responsabilidades de su cargo. Le fastidiaban, sin embargo, los mal�volos comentarios de la gente. Vaya, parece que te han quitado la secretaria. Hombre, por lo visto te est�n achicando la guarida. �Y<emphasis/>qu� ha sido del sof� que antes ten�as? Comentarios que se hicieron m�s sarc�sticos e imp�dicos tras la segunda reestructuraci�n, cuando se qued� sin ventana y sin el segundo armario y le dejaron el despacho reducido al microsc�pico chisc�n que ahora ten�a. Chico, C�sar, qui�n te ha visto y qui�n te ve. �Han pasado por aqu� los j�baros? Muy acogedor, tu nuevo despacho; s�lo que para estornudar tendr�s que salir fuera. Incluso cuando no le importaba de verdad, incluso al principio, cuando el prescindir de secretaria fue para �l un alivio y su dimisi�n un proyecto largamente acariciado, C�sar se revolv�a ante el escozor de los aguijonazos y se esforzaba en permanecer indiferente frente a sus sonrisas insultantes.</p><p>Era cierto que a menudo los castigos y las recompensas de la empresa se manifestaban as�, en palmos de ventana y metros de moqueta. Cada vez que los hombretones entraban en la agencia la actividad laboral se deten�a, y todos, entre sobrecogidos y fascinados, atend�an al correr y descorrer de mamparas, a la ceremonia de enaltecimiento o de degradaci�n. Como quien asiste a un desfile triunfal o a una ejecuci�n p�blica. Maquiav�lico juego �ste, el del espacio intercambiable; porque todo empeque�ecimiento de despacho sol�a corresponderse con un engrandecimiento en otro sitio, de modo que la ruina de �ste supon�a la consagraci�n de aqu�l o viceversa, lo cual, am�n de ejemplarizar la ceremonia, fomentaba eficazmente las inquinas personales. Porque era dif�cil perdonar al que te robaba la moqueta.</p><p>Con Mat�as, por ejemplo, fue a�n peor: le sacaron de su despacho y le metieron en lo que en la agencia era popularmente conocido como la nevera o el cementerio de elefantes, un cub�culo rectangular y amplio que ya albergaba a otras tres personas y una considerable cantidad de resquemor y tristeza. Y hab�a que ver a Mat�as cruzando la planta camino de su nuevo destino, escoltado por un silencio horrible y abrazado como un n�ufrago a una papelera llena de cajas de clips, pisapapeles de propaganda, bol�grafos sin capuch�n, agendas de a�os diversos, pegamentos, tijeras, grapadoras, carpetas, fotos de su hija, parches para callos del Doctor Scholl, cartuchos de recambio para la pluma, correspondencia atrasada, sobres de alkaseltzer, bet�n para zapatos y todo ese c�mulo de inimaginable porquer�a que van criando los cajones de una mesa de despacho tras muchos a�os de haber estado sentado frente a ella.</p><p>Mira que mandarle el <emphasis>book </emphasis>a �l, a C�sar, como si �l pudiera hacer algo; el chico �ste, el tal Francisco R�os, estaba fatal informado. C�sar hab�a dejado el puesto de director de arte hac�a cuatro a�os. �Y lo dej� por propia voluntad, porque �l lo quiso! Pero la socarroner�a de los dem�s le levantaba ampollas. Eso, el que �l hubiera abandonado el cargo por decisi�n personal, no parec�a impresionar a nadie. Era como si m�s all� del Poder tan s�lo existieran el llanto y el rechinar de dientes; y ay de aquel que se lanzara a los infiernos por propia voluntad, porque entonces ser�a considerado m�s torpe, m�s loco o m�s cobarde.</p><p>Estaban todos muy raros hoy, muy raros. Hab�a m�s corrillos que los habituales, una tensi�n distinta en el ambiente. Quesada entr� en el contiguo despacho de Miguel y se sent� en el sof�. En el que anta�o fue sof� de C�sar. Los ve�a a trav�s del cristal, Quesada y Miguel hablando animada y conspiradoramente. Un momento: �le estaban mirando? C�sar no se atrev�a a contemplarlos directamente a trav�s de la mampara. �Le estaban mirando? �Quesada y Miguel le miraban y hablaban algo sobre �l? Empezaron a sudarle las palmas de las manos. Pas� una hoja del <emphasis>book, </emphasis>y otra, y lleg� al final, y tuvo que volver a abrir el �lbum por el principio, mientras atisbaba a los vecinos con el rabillo del ojo. �Estaban de verdad hablando de �l? Los cub�culos estaban bien aislados y no consegu�a entender sus palabras. La excitaci�n le levant� de la silla como un mu�eco de resorte, y una vez en pie se vio obligado a buscar una finalidad a su movimiento para no ponerse en evidencia. Decidi� ir al retrete. La cabeza le dol�a tanto que le resultaba asombroso el no haber muerto de ello.</p><p>En los servicios se tom� otros dos dolalgiales con un buche de agua del lavabo. Adem�s de un nolotil que le ofreci� Pepe, que tambi�n padec�a de jaquecas. Dicen que hoy es el d�a, ya veremos, coment� Pepe mientras se sacud�a morosa y meticulosamente. �El d�a de qu�?, pregunt� C�sar. Oh, claro, era una t�a estupenda, disimul� Pepe al ver entrar a Miguel; ya me contar�s qu� tal te va con ella, a�adi� saliendo apresuradamente del retrete. Qu� pasa, hombre, �tienes un ligue nuevo?, dijo Miguel con la confraternidad del cazador. Y C�sar: No, s�. T� s� que vives bien, insist�a el otro. S�, no, farfull� �l, y le inquiet� no saber si el <emphasis>t� s� que vives bien </emphasis>encerraba un doble sentido, una intenci�n aviesa.</p><p>Lo primero que hizo al salir de los servicios fue buscar a Pepe. Estaba frente a su tablero, rodeado por los otros dibujantes. Cuando le vio llegar empez� a mover las cejas y a hacer gestos horribles con los ojos: Vaya, C�sar, dec�a abalanz�ndose sobre �l, �tienes dinero suelto?, agarr�ndole de un brazo sin dejar de bizquear, inv�tame a un caf� en la m�quina, arrastr�ndole imperiosamente hacia el pasillo. Es que no me f�o de estos t�os, susurr� Pepe cuando estuvieron lo suficientemente lejos de todo el mundo, son unos esp�as de Quesada. Pepe llevaba a�os castigado pegando letraset: no era de extra�ar que hubiera adquirido el desesperante h�bito de no contemplar jam�s a sus interlocutores, sino que barr�a incesantemente los alrededores con una mirada alerta y vigilante, como si sus ojos fueran los reflectores de una peculiar prisi�n ocupada por un �nico preso. Pepe no sab�a a ciencia cierta el porqu� de su condena, del mismo modo que C�sar desconoc�a con exactitud la causa del odio que le profesaba Quesada, porque la empresa impart�a su justicia desde el m�s total de los secretos. Y as�, casi nunca se sab�a si algo se hab�a hecho mal o bien, sino tan s�lo si una persona se encontraba en gracia o en desgracia, estados mortificantes o beat�ficos que los empleados deb�an adivinar a trav�s de peque�os signos revelados, de indicios tales como una alentadora sonrisa de Morton durante el <emphasis>brainstorming </emphasis>que Miguel se detuviera a contarte un chiste en el pasillo o que Quesada se interesara por la salud de tu hijo peque�o, buen�sima se�al aun en el caso de que no tuvieras hijos. O, por el contrario, los s�ntomas funestos: un desde�oso comentario a tu trabajo soltado en p�blico por alguno de los esbirros de Quesada, un retraso inexplicable e inexplicado en conseguir audiencia con Morton, o el que uno de tus m�s encarnizados enemigos viniera a palmearte ostentosamente las espaldas y a llamarte maestro en mitad de la agencia. Estas se�ales no eran sino los barruntos de lo que despu�s vendr�a: promociones fulgurantes o indefinidas condenas a pegar letraset. De modo que todo el mundo, cuando advert�a los indicios de un cambio de estado, intentaba analizar, comprender y adivinar el porqu� del mismo; qu� hab�a hecho bien Fulano, qu� hab�a hecho mal Mengano, para imitar o evitar las causas de tal mudanza. Y a menudo los mismos interesados ten�an que devanarse la cabeza intentando comprender qu� les pasaba, por qu� se hab�an convertido de la noche a la ma�ana en apestados. Lo cual, el caer en s�bita desgracia, constitu�a el principal temor de los empleados de la agencia, la Gran Amenaza, la versi�n laboral del acab�se. Ello hac�a que todos anduvieran olfateando el aire como perdigueros en tensi�n, a la caza de alg�n aroma de desgracia, sopesando y aquilatando cada gesto y cada monos�labo de los jefes por ver de descifrar el sentido oculto de las cosas; y ello hac�a tambi�n que en la agencia imperaran los usos sociales m�s conservadores, esto es, re�r las gracias de los mandos, censurar las costumbres de los censurados y opinar siempre lo mismo que opinaban los jerarcas. Por ejemplo, ahora todo el mundo practicaba el <emphasis>squash, </emphasis>porque un d�a Morton hab�a manifestado que era un deporte muy sano y relajante; y, tras una etapa de apogeo, nadie jugaba ya al mus, porque Quesada hab�a dicho que se trataba de un pasatiempo pueblerino y muy vulgar.</p><p>Pensando en todo esto, C�sar apenas si atend�a al susurrante mon�logo de Pepe. Hoy van a hacer p�blicos los cambios, los nuevos nombramientos y los ascensos, le hab�a explicado Pepe, para engolfarse despu�s en su retah�la de antiguos agravios. Y C�sar le dejaba hablar mientras contemplaba a sus compa�eros al otro lado de las mamparas de cristal, m�s nerviosos hoy que nunca, claro, m�s tensos hoy que antes, claro, m�s inseguros, m�s inquietos, m�s �vidos, m�s amedrentados, claro, claro, claro, claro, ah� estaban todos ellos susurrando entre s� por las esquinas, mirando subrepticiamente por encima de sus hombros, haciendo extra�os gestos con los ojos, bizqueando como bizqueaba Pepe, �paranoicos! Todos paranoicos, claro, porque el mensaje de la empresa era siempre ambiguo y fomentaba la hostilidad y la paranoia. Al menos una vez al a�o, la <emphasis>Golden Line</emphasis> anunciaba dr�sticos cambios en la empresa: ascensos, descensos, promociones, nombramientos y despidos. La noticia recorr�a vertiginosamente la agencia en un boca a boca extraoficial, y durante algunas semanas el personal se esforzaba m�s que nunca en hacer m�ritos. Semejantes conmociones, hab�a le�do C�sar en un libro norteamericano sobre direcci�n de empresas, galvanizaban a los trabajadores, dinamizaban la mec�nica laboral y aumentaban la productividad; no hab�a nada peor para una firma, advert�a el manual, que el hecho de que los empleados se sintieran seguros en sus puestos. Y Pepe, a todo esto, empe�ado en volver a contar a C�sar la flagrante injusticia de su caso. Mientras hablaba, Pepe le sujetaba por las solapas con unos dedos manchados de tinta y nicotina; y C�sar estaba empezando a hartarse de �l. No era muy inteligente, Pepe; o no estaba muy cuerdo. La verdad, era un tipo francamente inaguantable; puede que Morton tuviera toda la raz�n al mantenerle pegando letraset durante a�os. �O quiz� Pepe no era antes as� y se hab�a ido embruteciendo en el castigo? Pero era tan torpe, tan ego�sta, tan mani�tico. �No merec�a �l, C�sar, un trato m�s afable? A fin de cuentas, �no pertenec�a �l, C�sar, al olimpo de ejecutivos de la Casa, no era una de las estrellas de la agencia, no hab�a ocupado uno de los m�s altos cargos directivos? �Y no resultaba en verdad admirable que �l, C�sar, siguiera tratando a Pepe amablemente, desayunando, tomando el aperitivo e incluso conspirando con �l como si Pepe no fuera uno de los notorios apestados de la agencia? �No era �ste un comportamiento magn�nimo y merecedor de gratitudes? Pues bien, Pepe, en su egocentrismo, no parec�a darse cuenta de la generosidad de C�sar; y no s�lo no le agradec�a la deferencia, sino que, por el contrario, alardeaba de un orgullo desde�oso y displicente. �Orgullo en un apestado! Inconcebible. De modo que cuando Pepe empez� a ironizar sobre lo mucho que ganaba C�sar y lo bien que viv�a, �ste se despidi� abruptamente y lo dej� plantado en el pasillo. S�, seguramente la empresa ten�a raz�n y Pepe no mereciera otro destino.</p><p>Conchita, por ejemplo. Oh, oh, al entrar en su despacho C�sar la hab�a sorprendido hojeando subrepticiamente una revista femenina. Pero, claro, cuando le vio llegar cerr� el ejemplar y asumi� de nuevo su posici�n de esfinge. Que ha llamado Francisco R�os. �Y qui�n es �se? El chico del <emphasis>book, </emphasis>explicaba Conchita con la mirada empotrada en el marco de la puerta. Hoy van a hacer p�blicos los cambios en la Casa, coment� C�sar en voz alta sin saber muy bien por qu�. A m� ya no me afecta nada de eso, respondi� ella amargamente, y un suspiro que parec�a un temblor de tierra agit� su poderoso pecho. Fue una fisura que se cerr� enseguida. Le he dicho que telefonee m�s tarde. �A qui�n? A Francisco R�os, el del <emphasis>book.</emphasis></p><p>Conchita, por ejemplo. Una buena secretaria. Y veterana. Incluso demasiado veterana. Porque estaba llena de man�as, desde luego. �No era rid�culo que una persona se empe�ara en contemplar la pared durante horas? �No resultaba comprensible que una empresa moderna no confiara en semejante ser? Apliquemos la sensatez, se dijo C�sar; la agencia no era un nido de intrigas florentinas, como su imaginaci�n tem�a en los peores momentos. Por ejemplo: nada m�s natural que el hecho de que Morton le saludara esa ma�ana soltando un holac�sarqu�tal. Era una frase coloquial, amistosa, intrascendente; porque �sa era la clave, la intrascendencia del asunto, el que para Morton el trayecto en ascensor no era sino eso, un breve trayecto en ascensor. Mientras que �l, C�sar, estaba llenando de misterios lo evidente y deduciendo cataclismos de la nada. Qu� obsesi�n, qu� inquietud, qu� imaginaci�n tan enfermiza: la realidad era mucho m�s simple que el laberinto que inventaba su miedo. Resultaba rid�culo, por no decir pat�tico, el buscar secretas intenciones. Y, sobre todo, �qui�n era Morton para que �l, C�sar, un hombre adulto, una persona hecha y derecha, se preocupara tanto de su opini�n sobre �l? �Qu� era ese tal Morton para cernirse de modo tan amenazador sobre su vida? �Qu� pu�etas pintaba el susodicho Morton en la apreciaci�n que C�sar ten�a del mundo y de s� mismo? �Nada! Morton no era nadie, no era nada, un simple jefe de una simple agencia de una simple etapa en la existencia de C�sar. C�sar hab�a nacido, hab�a crecido, se hab�a despellejado las rodillas de peque�o, hab�a llorado en ocasiones por alg�n mal de amor o un mal de orgullo, hab�a re�do, hab�a temblado de miedo, hab�a so�ado, hab�a conocido el sabor de la muerte al perder a los suyos, se hab�a sentido deshacer en el disparo de un orgasmo, hab�a sudado o tiritado, hab�a aprendido la a�oranza, hab�a querido, hab�a odiado, hab�a experimentado el dolor f�sico, hab�a bebido un agua deliciosamente fresca tras pasar mucha sed. La vida era inmensa, honda y ancha, y en ella Morton apenas si era una mota de polvo en el camino. C�sar no iba a perder su tranquilidad de alma por tan poco.</p><p>Ah� estaban, Ah� estaban todos, saliendo en animada conversaci�n del despacho de Morton. Todos los mandos, todos los directivos. Menos �l. Claro que �l, C�sar, hab�a dimitido de su cargo; no hab�a raz�n alguna para que le convocaran a una reuni�n cuya finalidad consist�a en comunicar los cambios a los jefes para que �stos, a su vez, los trasladaran a sus subordinados. �l, C�sar, ya no ten�a subordinados y por ende carec�a de informaci�n. En un mundo en el que saber era poder y no saber era el destierro. Un destierro de despacho liliputiense y secretaria furibunda. Ah� estaban todos, en fin, saliendo de la reuni�n suprema; y por la agencia se extend�a un silencio que parec�a un siseo, una avidez amedrentante.</p><p>�Molesto?, pregunt� Mat�as in�tilmente despu�s de colarse en el despacho. Conchita y Mat�as se saludaron mutuamente con emocionadas sonrisas de martirio. �Molesto?, repiti� sent�ndose en un pico de la mesa, porque no hab�a otro lugar donde instalarse; su nariz era un incendio de enrojecidas venas, una tela de ara�a ensangrentada. No molestas, respondi� C�sar maldiciendo <emphasis>in perfore </emphasis>su suerte, qu� quiere de m� esta ruina humana, por qu� viene ahora a fastidiarme. Porque somos los dos �nicos directivos que no hemos acudido hoy al despacho de Morton, se contest� a s� mismo de inmediato. �No te han convocado a la reuni�n?, estaba preguntando Mat�as precisamente. Claro que no, respondi� C�sar muy airado. A m� tampoco, dijo el otro en voz baja. Y C�sar de nuevo, furioso y escocido: Pero lo m�o es distinto, porque yo dimit� voluntariamente de mi cargo. Mat�as parpade� y Conchita solt� una descarga de odio puro; C�sar lo sinti� llegar, un intenso vaiv�n de odio ara�ando su columna vertebral. Se estremeci�, sabi�ndose culpable. Quiero decir que lo m�o no tiene importancia, pero que en tu caso, con todo lo que has hecho por la empresa durante a�os, es verdaderamente escandaloso, a�adi� C�sar intentando arreglarlo. Pero Mat�as hab�a cambiado ya de tema: Ayer le dije a Quesada que estaba dejando de beber y me contest� que tendr�amos que tomar unas copas para celebrarlo, �t� qu� crees que quiso insinuar con eso? Bueno, farfull� C�sar, pues no s�, ser�a una broma, te dir�a lo primero que se le pas� por la cabeza, pretender�a resultar chistoso. Pero Mat�as insist�a con angustia: No, mira, es que �l dijo que tendr�amos que tomar unas copas para celebrarlo, �te parece que no se crey� que hab�a dejado la bebida? Oh, Dios, se dijo C�sar, qu� cosa tan pat�tica. Entonces Conchita se levant�, cogi� del brazo a Mat�as, lo arrastr� hacia la puerta, inv�teme a un caf�, andando, venga. �Y t�, Conchita, por qu� crees que respondi� eso?, a�n le oy� decir C�sar mientras la secretaria le empujaba pasillo adelante. No, no era culpa de Conchita, ni de Mat�as, ni de Pepe. Era culpa del sistema, pens� C�sar. Sus peores sospechas eran ciertas.</p><p>Ah� estaban todos, al otro lado del cristal, con el destino dibujado en la cara. Los agraciados por la fortuna de un ascenso se pavoneaban arriba y abajo por la sala, encend�an cigarrillos, se palmeaban mutuamente las espaldas, hablaban desenfadadamente con los jefes y se apresuraban a quedar para el almuerzo con sus nuevos compa�eros de categor�a, desertando de la mesa de sus antiguos colegas y de ahora en adelante subalternos. Mientras que los heridos por la indiferencia o el castigo permanec�an cabizbajos en sus mesas, las espaldas apesadumbradas, la mirada huidiza, la boca masticando protestas no dichas. Ahora, en los primeros momentos, se apreciaban bien todas las gradaciones y matices, la euforia de una matr�cula de honor, la satisfacci�n de un notable, la decepci�n de un aprobado pelado, la depresi�n de un suspenso, la desesperaci�n total del cero. Los escolares aplicados ascend�an a la gloria empresarial y los escolares perezosos se hund�an en el infierno de los pillos. Son� el tel�fono, lo cogi�: era Paula, con la voz entrecortada por la ira. �Que lo han vuelto a hacer! �El qu�? �El ascender a dos reci�n llegados, a dos in�tiles, el dejarme a m� en la cola! �Pero yo no lo aguanto m�s, de �sta no paso�! C�sar murmur� unas cuantas palabras de consuelo, intent� mostrarse solidario. Pero en realidad se sent�a muy lejos del conflicto, expulsado del campo de batalla. Frot� un l�piz contra el tel�fono, estruj� ruidosamente un papel ante el auricular y asumi� un tono de perfecta inocencia: �Qu� dices? �Qu� dices, Paula? �Hay interferencias, no te oigo! Cuando colg� a�n se escuchaban, exasperados, los gritos de Paula. En ese momento C�sar no se sent�a con �nimos para aguantar sus quejas. Hola, C�sar, qu� tal, hab�a dicho Morton; y su tono no era irritado, ni somnoliento, ni indiferente. Era mucho peor: era una voz compadecida. Morton sab�a que C�sar carec�a de futuro; hab�a dejado de confiar en �l. �l, C�sar, le hab�a decepcionado; y su decepci�n le entristec�a, del mismo modo que un padre se entristece al ver c�mo se pierde su hijo preferido. El coraz�n de C�sar se lanz� a un galope furioso dentro del pecho; y C�sar mismo se hubiera puesto a relinchar de la verg�enza y angustia que sent�a. Si le hubiera podido explicar, si le hubiera podido contar, si le hubiera podido decir. Cuando fue nombrado director de arte, por ejemplo. Cuando Morton nombr� a C�sar director de arte, el subdirector del departamento, que aspiraba al cargo, decidi� operarse de una antigua desviaci�n de tabique nasal y dejar solo a C�sar durante tres semanas para que se estrellase. El tercero de a bordo, por su parte, que era un hombre de Quesada, consider� oportuno enfermar de una gripe lent�sima. Y Quesada mismo traslad� a la secretaria del departamento e hizo todo lo posible por retrasar las peticiones de personal, sustitutos, presupuestos, adquisici�n de material y etc�tera. El resultado fue que C�sar se pas� un mes contestando llamadas de tel�fono de gentes que le preguntaban cosas que �l no sab�a, escribiendo sus propias cartas a dos dedos sobre asuntos urgentes de los que nadie le hab�a informado, tomando decisiones fundamentales y en apariencia inaplazables sobre campa�as publicitarias que desconoc�a por completo y sinti�ndose, en suma, al borde del suicidio. Un d�a rechaz� el original de un dibujante que luego result� ser hijo de Smith, de modo que tuvo que llamarle y disculparse. Y otro d�a se encerr� en el retrete para disimular un agudo ataque de p�nico. Si Morton supiera todo lo que C�sar hab�a soportado.</p><p>Cuando dej� el cargo, por ejemplo. Cuando dej� el cargo y Quesada empez� a quitarle cuentas y a dejarle sin campa�as, hasta el punto de que C�sar hubo de telefonear a algunos de sus clientes m�s antiguos y pedirles que por favor le reclamaran. Si hubiera podido explicarle a Morton todo esto, quiz� no le despreciar�a ahora tanto. Pero esas cosas no se pod�an contar, no era l�cito acudir al maestro para quejarse de Juanito, que te hab�a tirado del pelo; de Pepito, que te hab�a robado el chocolate; de Paquito, que hab�a copiado de tu examen. Eso, el ser flojo de lengua y de reda�os, no era un comportamiento honroso, no era una actitud viril. Por eso Morton no sab�a.</p><p>Menuda la armaste con el perro, hab�a dicho Morton, y la frase pose�a ese tono de �ntima exasperaci�n con que la esposa reconviene al marido cuando cree que sus patochadas le han puesto tambi�n a ella en evidencia. Porque Morton le hab�a apoyado siempre, oh, s�, s�, siempre. Y ahora �l, C�sar, le hab�a fallado de ese modo, dej�ndole en una posici�n en cierta medida desairada. Era evidente que Morton estaba al tanto de todas las cr�ticas que se hab�an formulado contra C�sar, quiz� su nombre incluso hab�a salido ya en varias reuniones, quiz� Quesada y los dem�s hab�an exigido a Morton la cabeza de C�sar. Y Morton, decepcionado, se habr�a dejado al fin convencer por unos y por otros y habr�a dejado de ampararlo. Por eso no se atrev�a a mirarle a los ojos en el ascensor: por la turbaci�n que se siente ante un ser que anta�o fue querido y que hoy nos ha desencantado. Y por eso hab�a dicho: Qu� sue�o tengo, e incluso hab�a fingido bostezar; por una delicadeza final, por compasi�n postrera, para que �l, C�sar, pudiera tomar el cansancio de Morton como justificaci�n de su silencio, cuando lo cierto era que Morton callaba porque �l le hab�a defraudado. Morton callaba porque le hab�a visto al fin como en el fondo era y se hab�a arrepentido de apreciarlo.</p></section><section><title><p>5</p></title><p>Mir�ndola dormir, C�sar se acordaba de Clara; a ambas les sentaba bien el sue�o. Clara, de espaldas y dormida, era mucho m�s acogedora de lo que jam�s lleg� a ser despierta y cara a cara. En cuanto a la chica que ahora ocupaba su cama, el sopor casi parec�a devolverle su cualidad de objeto deseable. Con el pelo rizado extendido sobre la almohada como el fondo de terciopelo oscuro de un joyero sobre el que se ofreciera un camafeo en perfil de la muchacha. Todo sumamente po�tico y muy vac�o.</p><p>Previamente cambi� las s�banas, aun a sabiendas de que la cosa iba a salir fatal. No era la misma casa, pero s� la misma cama que comparti� durante tres a�os con Clara. Y el desnivel que ahora provocaba que la chica se deslizara hacia �l hab�a sido excavado pacientemente por el cuerpo de Clara en la materia del colch�n. Por entonces �l hab�a deseado que Clara ahondara indefinidamente el hoyo, que horadara hasta la destrucci�n ese colch�n y muchos otros, que el futuro se extendiera ante ellos como una tonelada de colchones a destrozar por muchas noches de sue�os compartidos. O de insomnios sobrellevados conjuntamente. O de gripes mutuamente mimadas. De noche, Clara Bella Durmiente se entregaba entera y sin reservas al abrazo con que C�sar la envolv�a. A veces C�sar la sent�a respirar entre sus brazos, peque�a y cobijada, fr�gil como una ni�a a la que hubiera �l de proteger; y en otras ocasiones se agarraba a ella y a su espalda caliente como el n�ufrago se aferra al �ltimo madero. Dormida, Clara bella y nocturna siempre respond�a y era lo que �l quer�a que fuese. Pero de d�a se miraban el uno al otro desde los extremos opuestos de una distancia sideral. Furiosos de comprobarse una vez m�s tan lejos.</p><p>La chica hab�a venido a entrevistarle para un reportaje que estaba haciendo sobre publicidad. Hac�a a�os que C�sar prescind�a de ligar as�, con semejante precipitaci�n. Pero la muchacha era tan joven, se la ve�a tan admirativa e impresionada. Es decir, reun�a justamente todas las caracter�sticas que hubieran debido retraer a C�sar; y sin embargo sigui� adelante cerrilmente. El momento cumbre de su debilidad fue cuando se levantaron de la mesa del caf� en donde hab�an estado haciendo la entrevista. Bastante malo hab�a sido ya el prolongar la cita con cerca de dos horas de charla insustancial, mientras la tarde mor�a al otro lado de los ventanales del caf� y el camarero serv�a a la chica una infinidad de cocacolas. Que estaba en primer curso de periodismo, contaba la muchacha. Que gracias a un amigo de su padre, subdirector de una revista, hab�a empezado a hacer alg�n que otro trabajo. Que su familia era del sur y que ella viv�a en la ciudad en un apartamento con dos amigas. Que le gustaba mucho hacer entrevistas. Que en cambio a su hermano, el �nico que ten�a, le gustaban las motos sobre todo. �C�sar hab�a tenido moto alguna vez? Fuera del caf� la acera estaba adquiriendo un color azul profundo y el sem�foro parec�a una herida en la creciente oscuridad. A C�sar le pinchaba la pr�stata, o quiz� fuera alguna otra v�scera adyacente y fatigada. C�mo, �que no hab�a tenido moto nunca? Qu� extra�o, porque ella pensaba que C�sar deb�a de haber hecho de todo en la vida. Ella, desde luego, quer�a hacerlo todo; participar en carreras de coches, tirarse en paraca�das, ir en canoa por la selva; y sobre todo viajar, recorrerse de arriba a abajo el mundo. �C�sar hab�a estado en muchos pa�ses? En ese momento, C�sar consigui� pagar al camarero e incluso levantarse del asiento, gastando en semejante esfuerzo sus energ�as restantes. La chica tambi�n se puso en pie, sus rizos agit�ndose en torno a su cabeza como una llamarada negra, sus mejillas de rica nata enrojecidas por un rubor coqueto. Entonces C�sar cay� en el momento cumbre de su debilidad y la invit� a cenar. Aunque el desencadenante de tama�o error no hab�a sido la suntuosa melena, ni la linda cara acalorada, ni tan siquiera el tibio olor a animalito joven de la chica, sino la contemplaci�n de los restos del caf� que el propio C�sar hab�a tomado, el platillo sucio, la espuma reseca, la taza llena de cenizas y un pu�ado de apestosas colillas sobrenadando en caf� fr�o. Fue entonces cuando C�sar dijo: Quieres que nos vayamos juntos a cenar. Y ella contest� que s�. Desde ese instante estaba claro que terminar�an en la cama.</p><p>La chica respiraba ahora quietamente a su lado, ovillada en el hueco de Clara, mientras �l, C�sar, fumaba pitillo tras pitillo y dejaba correr la madrugada. A las dos, cuando se durmi� la chica, hab�a sentido el impulso irresistible de telefonear a Paula. Pero no estaba en casa. As� es que hab�a vuelto a llamar a las dos y media y de nuevo a las tres, y luego se hab�a propuesto esperar hasta las cuatro. Era la hora m�s silenciosa de la noche y la ni�a dorm�a con la envidiable tranquilidad de la ni�ez. Adem�s del orfidal, naturalmente. Hubiera podido ser su hija.</p><p>Clara tambi�n dorm�a un poco as�: como quien muere. C�sar quer�a que Clara fuera una mujer a la medida de sus deseos, y Clara quer�a que C�sar se comportara como el hombre de sus sue�os. Aparte de esta ambici�n inane, poco m�s ten�an en com�n. Quiz�s una edad similar, por entonces ara�ando los cuarenta; y un pasado sentimental poco boyante. Ahora bien, mientras que C�sar llegaba a la relaci�n herido de la nada, Clara ven�a enferma de lo mucho. A sus espaldas hab�a grandes cat�strofes amorosas, historias repelentes y pasiones frustradas. Por ello buscaba en C�sar el reposo, el mimo y el aburrirse juntos por las tardes. Pero luego, cuando llegaba el aburrimiento de verdad, Clara se desesperaba y echaba fuego por las fauces como un drag�n col�rico. Y entonces le miraba. Cuando C�sar la descubr�a mir�ndole con ojos pensativos, siempre se sent�a como un insecto atrapado por las pinzas de un cient�fico. De una entom�loga que sopesaba, calibraba, escudri�aba, analizaba, descuartizaba y a la postre despreciaba a su modesta v�ctima, que en vez de mariposa era una simple polilla algo panzona. Los ojos de Clara se anegaban entonces de un resplandor opaco, un barniz de nostalgia en el que se reflejaban antiguos �litros tornasolados, bellas alas de lepid�pteros a�ejos, memorias de un pasado insect�voro e inquieto. Cuando Clara sal�a de estos trances sol�a arrojarse en sus brazos, en los brazos de C�sar, emotiva y altamente sentimental, haciendo votos de felicidad eterna. No me vas a dejar nunca, �verdad?, dec�a Clara; envejeceremos juntos, �no es as�?, pasearemos al sol de media tarde cogidos del brazo y renqueando con nuestros bastones de abuelitos, �qu� te parece? Y se aferraba convulsivamente a �l, asustada de s� misma. Porque hab�a algo m�s que les un�a, y era la avidez de ambos por el tiempo; el modo en que celebraban ansiosamente cada semana, cada mes, cada a�o que pasaban juntos, como si el simple transcurso de los d�as pudiera dar entidad y justificaci�n a la pareja que formaban, como si necesitaran de una memoria com�n para sentirse irremediablemente unidos. As� es que C�sar le acariciaba el pelo y le dec�a: Yo estar� enfermo de pr�stata y t� ser�s una viejecita insoportable. �stos eran sus mejores momentos.</p><p>Luego estaba la distancia, la imposibilidad de cruce que encierran las l�neas paralelas. Muchas veces, cuando �l llegaba a casa animado y feliz, encontraba a Clara amurallada tras un hosco silencio. Taciturna y enfadada con la vida. Y la convivencia, entonces, se reduc�a a deambular a solas por la casa, doblando las esquinas con cuidado para no chocar con el cuerpo crispado del contrario. Otras veces, en cambio, ella ven�a a soplarle el cogote y a mordisquearle las orejas, pero �l la rechazaba �speramente, herido por el despego er�tico de Clara. Porque Clara no deseaba hacer el amor con �l; o no lo deseaba casi nunca; o cuando lo hac�a parec�a estar cumpliendo un r�spido deber. Te quiero m�s de lo que he querido nunca a nadie, dec�a o ment�a Clara, pero tengo la libido muy baja. A �l, en cambio, le emocionaba el cuerpo de ella, la suave curva de la espalda entrevista mientras Clara se desnudaba por las noches, los delicados huesos de las caderas, los pechos redondos y peque�os. Entonces �l se quedaba muy quieto en la cama mientras Clara se dorm�a a su lado, y cuando empezaba a escuchar la densa respiraci�n del sue�o se agarraba a ella, a su olorosa espalda, a su carne tibia, m�s acogedora ahora de lo que nunca fuera. Y en todo este proceso C�sar no pasaba ya necesidad sexual, pasaba pena. Aunque quiz� tambi�n ella estuviera penando por entonces, se dec�a ahora C�sar, porque en ocasiones �l se hab�a despertado en mitad de la noche y hab�a advertido c�mo Clara le besaba suavemente los hombros, le recorr�a la espalda con un dedo amoroso y le prodigaba, en fin, caricias dulc�simas en la creencia de que C�sar segu�a dormido. Estaban tan lejos el uno del otro que a veces C�sar pensaba que hombres y mujeres pertenec�an a especies animales diferentes. Por ejemplo, �qu� futuro pod�a tener la relaci�n sentimental entre un pulpo y una p�jara? �O la loca pasi�n entre una ostra y un camello? Cu�nta ansiedad de amor desperdiciada.</p><p>Las cuatro. C�sar volvi� a marcar el n�mero de Paula y el timbre reson� en el vac�o. Pero c�mo, segu�a sin estar, no era posible. La noche estaba girando en el gozne decisivo de la alta madrugada; m�s all� de las cuatro ya no eran horas de volver a casa; m�s all� de las cuatro se abr�a la puerta a los terrores, desde el accidente mortal a la infidelidad sexual. M�s all� de las cuatro el mundo se poblaba da amantes ignorados. Por todos los santos. C�sar decidi� seguir marcando una y otra vez el telefono de Paula: alguna vez regresar�a.</p><p>Paula resoplaba por las noches. No era que roncase, sino que a veces respiraba pesadamente. Sonoramente. Y tampoco es que fuera un ruido objetivamente muy molesto; pero a C�sar, que padec�a de insomnio, le sacaba de quicio. De modo que �l se pasaba las noches haci�ndose las Quince Leguas De Giros En El Lecho, vuelta a la izquierda, vuelta a la derecha, con la cabeza sitiada por pensamientos siempre crueles y las orejas torturadas por el satisfecho barritar de Paula. Porque para un insomne no hay desesperaci�n mayor que estar junto a alguien capaz de dormir pl�cidamente. As� es que C�sar se pasaba las horas chascando la lengua por ver de acallar los resoplidos; y, en efecto, en un primer momento Paula paraba, a veces masticaba brevemente el aire, en ocasiones se remov�a un poco, soltaba unos peque�os ruidos personales y despu�s se pod�a gozar de unos segundos de absoluto silencio. Pero al poco empezaba otra vez el rugir de sus pulmones, primero t�midamente y luego ya en triunfal orquestaci�n, como un animalillo asustadizo que sale de su guarida y que al principio tan s�lo osa mostrar la punta del hocico, pero que, una vez ganada confianza, se sienta a la entrada de su cueva a atusarse placenteramente los bigotes. De modo que C�sar volv�a a chascar la lengua y all� se iba el bichejo, despavorido, a ocultarse en las profundidades de la tierra. Pero la tranquilidad no duraba mucho tiempo. En el transcurso de esas largas noches, C�sar siempre sinti� a Paula como un animalillo algo molesto.</p><p>Y ahora no estaba en casa para contestar a su llamada. Eran ya las cuatro y veinte de la madrugada.</p><p>C�sar sab�a que con Paula no llegar�a nunca a nada. O sea, a nada m�s. Se conoc�an de antiguo, pero se empezaron a acostar en los tristes d�as de la ruptura con Clara. Y aunque desde entonces hab�an pasado cinco a�os, la relaci�n conservaba todav�a el mismo car�cter del inicio, la apariencia de ser algo coyuntural y pasajero, un producto de la necesidad m�s que de la voluntad, una azarosa y moment�nea uni�n de soledades. Al principio Paula le dec�a: Vamonos a vivir a Marruecos. O bien: Huyamos, escap�monos de la agencia, tomemos el primer avi�n que vuele hacia Venecia. O incluso: �Por qu� no cogemos el coche y nos vamos conduciendo hasta la Costa? Proyectos todos ellos ciertamente enardecidos y m�s bien disparatados que nunca fueron llevados a cabo y que hicieron temer a C�sar que quiz� Paula aspirase a crear algo m�s entre los dos. Lo aspirara o no, lo cierto es que nunca termin� de concretarlo; y adem�s Paula abandon� pronto esa obsesi�n viajera, y pas� a una etapa que pudiera ser calificada de dom�stica. Fue la �poca en que convenci� a C�sar de la conveniencia de comprarse un piso, y fue ella misma quien se encarg� de la parte m�s enojosa del asunto, desde encontrar el apartamento adecuado a contratar y dirigir a los obreros que hubieran de reformarlo. M�s, luego, el inmenso agobio de adquirir los muebles de cocina, recorrerse todas las tiendas de tapicer�a de la ciudad, colgar las cortinas y lograr que un electricista le instalara los focos. Por �ltimo, cuando ya todos los cuartos de ba�o ten�an toallero y todos los toalleros ten�an toallas, cuando no quedaba un punto de luz sin su bombilla ni un armario en la casa sin vestir, entonces Paula pareci� entrar en una tercera fase, y empez� a viajar a Marruecos-Venecia- La Costa de la noche a la ma�ana y por s� sola; de pronto un d�a soltaba abruptamente que se iba a los carnavales venecianos, y a su regreso se pasaba una semana hablando de la belleza de San Marcos, del estr�pito abigarrado de las m�scaras y de lo feliz que hab�a sido. Y a juzgar por sus palabras cada vez se lo pasaba mejor y estaba m�s contenta, aunque a C�sar, ahora que reflexionaba sobre ello, le parec�a que Paula mostraba una melancol�a progresiva, que se la iba comiendo la tristura. Y ahora C�sar lamentaba el no haberle dicho nada en su momento. Si Paula descolgara el tel�fono; si Paula contestara la llamada, C�sar le dir�a: �Te pasa algo? De pronto sent�a la imperiosa necesidad de comunicarse con Paula, de explicarle que la quer�a, que la echaba de menos, que estaba profundamente agradecido por todas sus atenciones con �l durante a�os. Pero C�sar marcaba y marcaba, las agujas del reloj devoraban la noche y al otro extremo de la l�nea no hab�a nada.</p><p>Que estaba agradecido. Qu� frase tan curiosa. C�sar jam�s hubiera empleado semejante expresi�n refiri�ndose a Clara. Por ejemplo: la �ltima vez que cogi� la gripe. La �ltima vez que C�sar cay� enfermo, Paula se traslad� a su casa para cuidarlo. Le exprim�a zumos de lim�n, le preparaba las pastillas, entornaba las persianas para que la fiebre se disolviera en la penumbra, coc�a sustanciosos caldos de gallina. Y dorm�a por las noches en el sof�. Paula se hab�a portado siempre tan bien con �l. De modo que, cuando ella entraba en la habitaci�n trayendo la comida humeante en la bandeja, a C�sar le embargaba la gratitud; era un sentimiento sereno, reconfortante y c�lido. Pero en gripes m�s antiguas, en dolencias a�ejas, en la Era de Clara: entonces, cuando Clara acud�a a su lecho de enfermo y colocaba una mano siempre fresca sobre su frente siempre hirviente; cuando repeinaba su pelo empapado de sudor; cuando lo arropaba con un moh�n de labios; cuando la sab�a pendiente de �l, en fin, C�sar experimentaba un aturullamiento singular, la angustiosa expectaci�n de quien se siente a punto de descubrir el profundo secreto de las cosas. Como si pudiese intuir el sentido del mundo y la raz�n de ser de todo lo que en el mundo era. Y entonces C�sar comprend�a de modo fulminante que al fin hab�a encontrado su lugar en el espacio, que su sitio en la eternidad era �se, postrado en cama y lleno de miasmas pero con la mano de Clara en su mejilla. Era un estallido de lucidez que duraba muy poco, y luego, pasado el paroxismo, C�sar no alcanzaba a recordar qu� era lo que le hab�a excitado tanto, por qu� se hab�a cre�do al borde de la Revelaci�n Humana; del mismo modo que, despiertos, no entendemos la l�gica de un razonamiento que en sue�os nos pareci� impecable. Pero en cualquier caso no era precisamente gratitud lo que Clara alumbraba.</p><p>Le dol�a el dedo de tanto marcar in�tilmente; y le martilleaba la cabeza con la jaqueca habitual. �Alguna cuita m�s? Oh, s�: se sent�a enfermo, le ard�a el pecho, estaba envenenado de tanto fumar. Encendi� un nuevo cigarrillo y el humo entr� en sus pulmones como una estampida de b�falos. La habitaci�n estaba azul, azul del humo fr�o de tabaco, niebla apestosa. Era un aire denso y chamuscado que ennegrec�a las esquinas. La chica, sin embargo, parec�a respirar perfectamente en ese ambiente irrespirable: segu�a durmiendo junto a �l sin exhalar un ruido. Oh, Dios, �pod�a ser quiz� la luz del d�a lo que iluminaba la ventana? Ese resplandor, �lo produc�an tan s�lo las farolas o ten�a algo que ver el sol primero? Eran las seis menos cuarto de la ma�ana; Paula ya no iba a aparecer por su casa, eso era seguro. Pero aun as� sigui� llamando.</p><p>Hab�an ido a cenar, �l y la chica, a un restaurante caro. La muchacha estaba animad�sima: s�lo le falt� palmotear cuando trajeron el escultural carro de dulces. Su entusiasmo general era insultante: todo era nuevo para ella, todo le parec�a interesante. Junto a la chica, C�sar se sent�a como el ajado y amargo chaper�n que acude a un Baile de Debutantes para escoltar a una doncella. Aunque doncella desde luego no era; el carnal parec�a ser el �nico conocimiento que la chica pose�a del mundo adulto. Hablaba con naturalidad de los dos novios que ya hab�a tenido: en fin, o sea, amantes. Dos muchachos muy j�venes, muy inexpertos, muy tontos. Eso fue hace mucho tiempo, antes de que la chica se independizara y se fuera a vivir con una amiga el mes pasado. Charlaba y charlaba la muchacha brincando con vivacidad de un tema a otro, y los encorbatados ejecutivos que cenaban junto a ellos la miraban con ojos descarados y golosos. La chica era espectacular y resultaba obvio que esa noche estaba en pie de guerra. Los ejecutivos aquilataban sus carnes y sus curvas, y luego contemplaban a C�sar con una mezcla de admiraci�n y de desprecio, c�mo se las habr� arreglado el mequetrefe para llevarse a esa belleza. Me envidian, se dijo C�sar. Y ese pensamiento le anim� bastante. Aunque en el fondo sab�a que la noche estaba condenada.</p><p>Al principio temi� vagamente el defraudarla. Que no se le empinara, por ejemplo. O no aguantar bastante. O resultar rid�culo en comparaci�n con sus dos amantes adolescentes, con sus dos fabulosos sementales. En fin, la panoplia de miedos habituales. Pero luego comprendi� que lo que le asustaba de verdad era lo que verdaderamente sucedi�. Esto es: el aburrimiento total, un tedio existencial y sin alivio. Hab�an hecho el amor, ni mal ni bien, sin convicci�n y sin misterio. Y despu�s la chica se hab�a puesto a gorjear como un mirlo feliz, se sentaba sobre sus talones en la cama, se levantaba a poner un disco, se volv�a a sentar, encend�a un cigarrillo y lo apagaba inmediatamente tras toser de un modo aparatoso, se iba a la cocina y tra�a pan y una pizca de queso, se tumbaba de costado sobre la colcha y llenaba la cama de migas, se pon�a en pie de un salto para cambiar la m�sica, se tumbaba boca abajo en la alfombra, daba pu�etazos a la almohada, entraba en el cuarto de ba�o y se beb�a dos vasos de agua uno tras otro. Y todo esto sin dejar de charlar animadamente de sus cosas, de sus compa�eros de facultad, de sus profesores, de sus amigas, de las monjas del colegio al que iba antes, de sus padres, de su hermano y de las motos de su hermano. Transcurrida hora y media de amena conversaci�n post-coito, C�sar bostez� ostentosamente y asegur� estar muy cansado. �No tienes sue�o?, le pregunt� a la chica. Oh, no, qu� va, ni pizca, respondi� ella, estoy demasiado nerviosa y excitada. As� es que siguieron hablando de motos por un rato. Espera, dijo C�sar; seguro que t� en tu casa tomas colacao antes de dormirte, con un vaso de leche bien caliente. Ah, pues s�, se sorprendi� la chica. Y C�sar le dijo que se pusiera c�moda y que aguardara, que eso le ayudar�a a dormir y que �l se lo preparar�a en un momento.</p><p>Cosa que desde luego hizo, en la cocina, con un bote de cacao que llevaba una eternidad en el armario. Y con el a�adido de una pastilla de orfidal que previamente machac� y mezcl� cuidadosamente al chocolate. El c�lido brebaje ol�a a merienda escolar o a piel de madre, y desde luego la chica se lo bebi� todo como una ni�a d�cil; como Caperucita cayendo en la trampa del Lobo Feroz; como Blancanieves mordiendo la manzana emponzo�ada que le ofreciera la p�rfida madrastra. Bueno, bueno, tampoco era para tanto, se dijo C�sar; a fin de cuentas el orfidal era un somn�fero muy suave y absolutamente inocuo. A los cinco minutos la chica estaba durmiendo como una bendita, con sus rizos desbordando la almohada como si fueran hiedra. Fue entonces cuando C�sar empez� a llamar a Paula.</p><p>S�, ya era indudable, adem�s de irremediable: amanec�a. La luz diurna avasallaba el mundo, todav�a adormilada y sucia. Paula le enga�aba. C�sar escuch� el rugir del cami�n de la basura, que siempre llegaba en torno al alba. Paula estaba pasando la noche con otro. Ahora el cami�n masticaba mierda justo frente a su ventana en medio de un estruendo colosal, puntual como la alondra de Romeo y Julieta pero en versi�n adaptada a la cochambre de los tiempos modernos. C�mo hab�a sido Paula capaz de hacerle eso, marcharse por ah� dej�ndole tan solo.</p><p>A�os atr�s hab�a habido otro amanecer inacabable, cuando Clara no regres� una noche y �l esper� y esper� durante horas, sentado en la cama y releyendo hasta la n�usea la misma p�gina de una novela de Patricia Highsmith. Deber�as intentar dormir, se dec�a C�sar entonces, mientras al otro lado de la ventana se extingu�an las estrellas y una l�nea de luz color rojiza se pegaba a los tejados de las casas; deber�as intentar dormir, se repet�a, porque es indigno que cuando Clara llegue te encuentre despierto como si la estuvieras vigilando. Adem�s ten�a el presentimiento de que, si se dorm�a, no suceder�a nada malo; abrir�a los ojos a la ma�ana siguiente y Clara estar�a all�, tibia y enroscada a su costado. Era como en las noches de Reyes de su infancia, cuando el sue�o era la condici�n necesaria del milagro y hab�a que dormirse urgentemente para no turbar la llegada de los Magos. Pero el maldito sue�o no acud�a. Las tapas del libro de la Highsmith estaban mojadas de sudor.</p><p>Clara apareci� cerca de las ocho. Afuera acababa de inaugurarse un d�a azul y cegador, la apoteosis del verano. Ella ven�a p�lida y noct�mbula bajo su piel tostada. Se sent� en la cama, junto a C�sar, y comenz� a llorar. Vete, dijo �l; te quiero mucho, respondi� ella. Vetevetevete, repiti� C�sar casi gritando, y Clara se puso en pie, sac� una bolsa del armario, y empez� a llenarla con unas cuantas ropas. Qu� precisos son sus movimientos, se dec�a �l, no duda a la hora de escoger esa falda o la otra, ten�a decidido con anterioridad qu� iba a llevarse; y estos pensamientos le quemaban la cabeza produci�ndole un dolor incluso f�sico. Y sin embargo Clara segu�a llorando, mientras se mov�a de ac� para all� iba soltando un reguero de l�grimas por la habitaci�n y en la punta de su nariz bailaba un moco. Desapareci� unos instantes en el cuarto de ba�o, la escuch� sonarse, apareci� de nuevo. Afuera el term�metro sub�a r�pidamente. Clara se acerc� a la cama con la bolsa en la mano, la nariz colorada y la cara hecha una pena. No te creas que hay otro hombre, no lo hay, no es �se el problema, dijo con voz ronca. Me da lo mismo, minti� C�sar. Clara abri� la boca, empez� a llorar de nuevo, farfull� lo siento y sali� veloz y arrasada en hipos por la puerta. Para volver a entrar un segundo m�s tarde, porque se hab�a olvidado la cartera. Me vas a echar de menos, vaticin� �l con el tono de quien maldice a un enemigo. Lo s�, contest� ella. Y desapareci� definitivamente. C�sar la escuch� cerrar la puerta de entrada, taconear en el descansillo, llamar al ascensor; la imagin� saliendo del portal, parpadeando bajo el estallido de luz, perdi�ndose calle abajo para siempre. C�sar segu�a aferrado con ambas manos al libro abierto de la Highsmith; y, en la sobada p�gina que tantas veces hab�a le�do en el transcurso de la noche, un hombre asesinaba interminablemente a su mujer. Aquel fue un verano francamente horrible.</p><p>C�sar apag� la l�mpara de la mesilla, porque por la ventana entraba ya claridad suficiente. La chica se removi� a su lado; la luz cay� sobre su mejilla de rica nata, un poco arrebolada por el sue�o. Tan bella y tan est�pida. Aunque no; simplemente tan joven. El est�pido era �l, por forzar un encuentro imposible. As�, en la descarnada luz diurna, se sent�a casi un pervertido. �Pero si le llevaba m�s de veinticinco a�os, m�s de un cuarto de siglo! Miraba C�sar a la chica, tan intacta, y se preguntaba cu�nto le quedar�a por vivir y desvivirse; cu�ntas madrugadas llegar�an los Reyes Magos a ofrecerle el envenenado regalo del conocimiento. Paula segu�a sin contestar; ni siquiera se hab�a tomado la molestia de regresar a su casa para mudarse de ropa. O quiz� hubiera salido con un repuesto de bragas en el bolso, como sol�a hacer cuando ven�a a dormir con �l. Porque a C�sar no le complac�a mucho el ser invadido en su vida, su casa y sus armarios por los objetos de Paula; as� es que, en los cinco a�os que llevaban m�s o menos juntos, Paula tan s�lo hab�a conquistado el derecho a traerse un cepillo de dientes. S�, se dec�a C�sar ahora, quiz� la hab�a tratado de un modo demasiado ego�sta. Aunque la verdad era que no ten�a gran cosa que darle. Los tiempos hab�an sido muy duros �ltimamente.</p><p>A Clara, en cambio, le hab�a ofrecido lo mejor de s� mismo: su edad adulta, su triunfo, la culminaci�n de ser quien era. Qu� pena que Clara no hubiera sido capaz de apreciar un regalo tan costoso: le hab�a llevado toda una vida el llegar a ese punto de saz�n. Antes C�sar se sent�a orgulloso de su solter�a; la soledad le parec�a un principio creativo y un producto de su voluntad y de su sentido �tico. Ahora, en cambio, sin saber muy bien ni c�mo ni por qu�, C�sar empezaba a sentir su soledad como un error, un fracaso, un castigo. Morton, Quesada, Nacho; todos ten�an mujer e hijos, un centro vital, una familia, un hogar con l�mparas de luz caliente y protectora. Mientras que �l, en cambio, era distinto. Qu� desoladora le parec�a ahora esa distinci�n anta�o tan honrosa. Si Paula le dejaba, no habr�a nadie en el mundo que se preocupara de verdad por �l; nadie a quien volver de regreso de un viaje; nadie capaz de recordar la fecha de su cumplea�os. Eran ya las nueve y diez de la ma�ana, de modo que C�sar marc� el directo de Paula de la agencia. S�, contest� al fin ella al otro lado, y el sonido de su voz dej� sin habla a C�sar. �S�?, repiti� Paula, y cuando C�sar se identific� ella pareci� muy sorprendida: Qu� haces t� despierto tan temprano. Era absurdo, pero ahora a C�sar no se le ocurr�a qu� demonios decirle, y daba vueltas a las palabras, y se cambiaba el auricular de oreja a oreja, y preguntaba tonter�as, y lleg� un momento en que Paula dijo: Qu� te pasa. Pero �l respondi� que no ocurr�a nada. Al despedirse le dijo que la quer�a, y por el silencio de ella comprendi� que hubiera sido mejor no decir nada. Cuando colg� el auricular sent�a n�useas. Apag� la colilla de su �ltimo cigarrillo directamente contra el suelo, porque el cenicero estaba lleno a rebosar. Oli� la punta de sus dedos; apestaban a nicotina. N�useas de nuevo. Toda la sangre que le quedaba en su maldito cuerpo parec�a haberse acumulado en su sien izquierda, en donde palpitaba con torturantes, el�ctricos trallazos. La chica rebull� a su lado, abri� unos ojos achinados por la hinchaz�n del sue�o, sonri� confiadamente, le acarici� la cara; hola, t�, hombre, dijo, �qu� tal has dormido? Por qu� te fuiste, Clara.</p></section><section><title><p>6</p></title><p>En realidad Quesada, Miguel y los dem�s no eran tan malos. �Pero si C�sar incluso los hab�a visto llorar como personas! L�grimas reales, lagrimones de agua. Quesada llor� el d�a que muri� el se�or Zarraluque, el anterior propietario de <emphasis>Rumbo, </emphasis>su primer jefe, su mentor. Lleg� a la agencia la infausta noticia de que al se�or Zarraluque se le hab�a parado su coraz�n de piedra, y a la media hora Quesada estaba ya congestionado de alcohol y duelo, con los ojos inyectados en sangre y un estertor de llanto estremeciendo su corpach�n enorme. No se recataba Quesada en mostrar su dolor, en hacer ostentaci�n p�blica del mismo, porque el sufrimiento le redim�a, le dignificaba, humanizaba su reputaci�n de fiera, de igual manera que siempre result� muy oportuno, por ejemplo, el retratar al general Franco acariciando las cabecitas de sus nietos, como prueba irrefutable de que tambi�n el dictador era capaz de atesorar los m�s tiernos y delicados sentimientos. As� es que Quesada permanec�a derrumbado sobre su mesa de despacho, moqueando con desconsuelo como un ni�o grande, o cabr�a decir como un ni�o aterradoramente inmenso, balbuciendo incoherencias y agitando sus manazas mojadas de llanto. C�sar acudi� a visitarle, palme� sus espaldas convulsas, le manifest� sus m�s profundas condolencias y cumpli�, en fin, con la funci�n que se esperaba de �l, que consist�a en levantar acta de la pervivencia de los sentimientos en la m�s honda hondura de su jefe. Y as� se pasaron un largo rato, Quesada llorando del mismo modo que hac�a casi todo, esto es, como un energ�meno, y C�sar convertido en un testigo necesario.</p><p>Miguel, en cambi� llor� contra s� mismo, se traicion� en las l�grimas. Fue al principio de haber sido nombrado subdirector de �rea, al principio de su primer ascenso fuerte. Ya llevaba tiempo comport�ndose de una manera extra�a, pero la subdirecci�n fue su prueba de fuego. Quesada le encargaba todo el trabajo sucio, los despidos, las amenazas, las mentiras, el apretar las tuercas de los potros, ser capataz de esclavos, mamporrero. Por entonces apenas si se hablaban ya, pero C�sar lo ve�a enflaquecer, hundirse de hombros y de pecho como si tuviera que acarrear pesos tremendos, perder el lustre de la cara y quedarse gris como una pizarra polvorienta. Un d�a se escucharon unas voces terribles en la agencia: Eso es mentira, sois unos sinverg�enzas. Se trataba de Constantino, a quien al fin estaban despidiendo. Claro, era ya bastante mayor; ven�a de <emphasis>Rumbo, </emphasis>y sin duda hab�a perdido por completo la comba de los tiempos; hac�a a�os que ya no serv�a para mucho. Fue Miguel el encargado de dec�rselo, qui�n sabe con qu� argumento, con qu� sinceridad o con qu� excusa. Eso es mentira, sois unos sinverg�enzas, chillaba Constantino, descompuesto. Estaba en el despacho de Miguel y sus gritos atravesaban limpiamente las paredes de cristal. Constantino de pie, congestionado, Miguel sin levantarse de su asiento y hablando queda e inaudiblemente hacia su propio est�mago. Eso es mentira, sois unos sinverg�enzas, repiti� Constantino roncamente mientras sal�a del despacho, el paso arrollador y la mirada vac�a como una res en estampida. Entonces, al quedarse solo, Miguel hundi� la vista en los papeles que ten�a sobre su mesa, con las orejas como carbones y la punta de la nariz tan amarilla como un cirio. Despu�s gir� el sill�n y se puso a llorar de cara a la ventana; apretaba los p�rpados, arrugaba la boca, el ce�o y las mejillas se le retorc�an como los rasgos de una m�scara griega. Y la barbilla se le mov�a sola, blandamente. C�sar le vio porque sus despachos estaban contiguos. Y Miguel vio que C�sar le hab�a visto. Apret� los pu�os, gimi� como un perro, quer�a contenerse y no pod�a. Con Quesada, C�sar hab�a sido un espectador bien apreciado: las l�grimas de Quesada requer�an testigos. Pero Miguel lloraba por s� mismo, y C�sar supo que jam�s le perdonar�a el haberlo visto.</p><p>Antes, al principio, Miguel ya hab�a soltado la l�grima delante de �l una o dos veces. O, para ser m�s exactos, encima de �l. Por entonces Miguel era un sentimental; y cuando beb�a dos copas, cosa que hac�a con cierta asiduidad, se colgaba del cuello de C�sar y le soplaba, moqueaba y lloriqueaba lo mucho que le quer�a, a �l y a media Humanidad. Porque el alcohol lo embargaba de un amor ecum�nico. Miguel era un tipo menudo y barbilampi�o, medio rubiato; sus ojos eran dos peque�os botones azules cosidos demasiado juntos en lo alto de una nariz largu�sima. En conjunto ten�a algo de mu�eco de trapo; de estar flojo de huesos. No era tonto: simplemente era bueno. Entr� en <emphasis>Rumbo </emphasis>justamente en la etapa final, cuando empez� la crisis y comenzaron los rumores sobre la posible compra de los americanos; una situaci�n que acongojaba a Miguel profundamente, porque era hombre inseguro y medroso. Mari Tere, su mujer, su novia eterna del pueblo, ten�a los mismos miedos, la misma angustia, id�ntica falta de enjundia corporal y una cara redonda como una galleta. Luego, claro, Mari Tere adelgaz�, y se visti� mejor, y se cort� el pelo de otro modo, y de todas formas Miguel se divorci� de ella y hoy hab�a venido a la iglesia con su nueva mujer, una rubia te�ida y de apariencia at�mica.</p><p>Porque, ahora que se fijaba, se daba cuenta de que todas eran rubias. Las mujeres de los directivos, de los jefes. Los primeros bancos eran un maizal. Rubia te�ida y at�mica la de Miguel, rubia te�ida y an�mica la de Quesada, rubia natural y atl�tica la de Morton, fofamente rubia la de Smith, espl�ndida rubia de oro la de Nacho: o sea, Tessa. En medio de semejante mar de espigas, la ex-mujer de Mat�as, melena lacia y negra, traje negro, parec�a un cuervo en un trigal. Llevaba de la mano a la ni�a subnormal vestida de un blanco inmaculado, como en los lutos tropicales. La ni�a sonre�a al cura y chupaba con fruici�n una piruleta. Todo resultaba de lo m�s conmovedor, decente y apropiado. Hab�a sido una suerte que la mujer de Mat�as se hubiera separado de �l hac�a unos meses, porque as� exist�a una causa l�gica y concreta para explicar la insensatez de su suicidio. �Quer�a tanto a la ni�a! Y adem�s, no era hombre capaz de vivir solo; la separaci�n le hab�a deshecho. Cierto era que el pobre Mat�as andaba mal de antes, que beb�a mucho, que estaba acabado. Interesante lucubraci�n �sta, pens� C�sar: �Cu�l ser�a la cronolog�a en su desgracia? Es decir: �Beb�a porque le iba mal en el trabajo, o le iba mal en el trabajo porque beb�a? �Su mujer le dej� por ser alcoh�lico? �O quiz� porque hab�a fracasado? Incluso cab�a suponer que rompieran por cualquier otro motivo y que �se fuera el origen de su alcoholismo y su fracaso. Las posibilidades combinatorias de los distintos sufrimientos resultaban francamente atractivas. �Y si introdujera la variante de la ni�a mong�lica? Por ejemplo: Mat�as empezaba a beber por el dolor de tener una hijita subnormal. La bebida arruinaba su carrera en la agencia. El fracaso profesional provocaba la ruptura de su matrimonio. Mat�as se tomaba una botella de lej�a.</p><p>Porque se hab�a suicidado as�, el muy bestia.</p><p>De ese modo se gestaban las grandes desgracias, solapadamente, poco a poco, en la calma de una bella tarde de agosto, por ejemplo; con el sol ya muy bajo, adormilado; con la luna asom�ndose en un rinc�n del cielo y los moscardones agujereando el aire quieto; con los campos amarillos y en reposo llenos de sombras largas. Pues bien, incluso en tardes as�, en las que parec�a poder olerse la felicidad, se estaba organizando la desdicha por abajo, tu desdicha, la apropiada para ti, la dise�ada a tu medida, y ah� crec�a y lat�a y esperaba su momento, agazapada como un c�ncer en el interior de las horas hermosas.</p><p>Un momento, un momento: �Hab�a dicho el cura algo acerca de �l, de C�sar? �Acababa de mencionar su nombre en mitad del memento de difuntos? Pero no, qu� absurdo, era imposible. Era una alucinaci�n, una man�a, el producto de su desquiciamiento. A veces C�sar se descubr�a hablando solo. No es que esto le importara o preocupara mucho, pero resultaba algo inc�modo cuando se pon�a a discursear yendo en el coche y sobre todo parado en un sem�foro; en esas ocasiones era habitual que los conductores vecinos o los peatones se le quedaran mirando con una curiosidad desfachatada. Entonces �l intentaba disimular fingiendo que cantaba, pero intu�a que no enga�aba a casi nadie. A C�sar le irritaba sobremanera el est�pido asombro de las gentes, porque estaba convencido de que casi todo el mundo hablaba consigo mismo en voz alta; que era uno de esos vicios secretos, como la masturbaci�n, que todos practican pero ocultan. Tonter�as, exclam� C�sar precisamente a media voz, y sus compa�eros de banco le lanzaron una ojeada inquieta. Vaya, pens� mientras se remov�a en el asiento, esta vez me he excedido, estoy demasiado nervioso �ltimamente. C�sar se encontraba en un lateral de la iglesia y desde su sitio pod�a ver diagonalmente las primeras filas de la nave principal. Quesada permanec�a con los ojos bajos, Miguel estaba bostezando disimuladamente, y a Morton, que era sin duda el m�s sensible, se le ve�a cejijunto y p�lido. Quiz� se sintiera culpable; quiz� sospechara que, de no haber degradado a Mat�as, este costoso funeral no habr�a llegado a celebrarse nunca. Porque eso s�, la <emphasis>Golden Line</emphasis> se hab�a portado rumbosamente a la hora de contratar las exequias, con decenas de coronas de flores y el fino detalle de unos ni�os cantores. Se ve que la mala conciencia hab�a aflojado los bolsillos. Aunque en realidad no parec�an estar muy torturados. Recordaba ahora C�sar el impacto que el suicidio hab�a producido en la agencia, primero la incredulidad, luego el sobrecogimiento, m�s tarde la irritaci�n y por �ltimo las bromas macabras, y le parec�a estar escuchando a�n los comentarios m�s o menos aviesos de los colegas. Que cuando se bebi� la lej�a estaba como una cuba y seguro que se crey� que era un vaso de ginebra. Que de todas formas padec�a una cirrosis galopante y el m�dico le hab�a vaticinado una muerte muy pr�xima. Que ya eran ganas de fastidiar y estremecer al pr�jimo. En el fondo casi todos estaban furiosos con Mat�as.</p><p>Y �l, C�sar, tambi�n. Oh, s�, lo confesaba, se sent�a insultado por el desplante suicida de Mat�as. Porque el mal bicho se hab�a matado con ese fin, para insultar. Para dejarles a todos un tizne de culpabilidad en la conciencia. Pero por Dios, c�mo se hab�a atrevido, c�mo hab�a sido capaz de cometer un acto tan extremado y tan absurdo. Las gentes decentes no se mataban. Los compa�eros de oficina no se suicidaban. Era una putada, hombre. Y menos mal que ah� se encontraba la ex-mujer, o sea, la viuda, para acarrear con el peso de las acusaciones. Era m�s bien gruesa, con las cejas muy negras y el semblante muy blanco. Quiz� se tratara de una lividez circunstancial, aunque la ni�a tambi�n hab�a heredado esa palidez ultraterrena; la piruleta de fresa que �sta chupaba hab�a manchado su boca y su barbilla con churretes y regueros color sangre. Los ni�os del coro coreaban, el cura ejecutaba sus pases m�gicos y el maldito funeral no se acababa nunca. Pobre Mat�as.</p><p>Y sin embargo no eran tan malos. Quesada, por ejemplo. C�sar nunca hab�a tratado a Quesada �ntimamente; jam�s form� parte de su peque�a corte et�lica, jam�s acudi�, tras salir de la agencia, al pub cercano en donde su grupo de fieles le rend�a una pleites�a cotidiana. Desplante que, por otra parte, jam�s le perdon� Quesada. Pero, en fin, al margen de que nunca hubieran sido amigos, C�sar conoc�a bien la trayectoria del Subdirector General de <emphasis>Golden Line. </emphasis>La llevaba escrita en su cara, en sus arrugas, en su piel espesa y cuarteada. Porque Quesada era media tonelada de hombre y su cutis ten�a la misma textura y delicadeza que la paletilla de un rinoceronte. Contaban los rumores que, de adolescente, hab�a subsistido descargando camiones en el mercado de Legazpi, mientras hac�a el bachillerato por su cuenta; y resultaba casi enternecedor el imaginarlo de muchachon grand�n pero a�n ani�ado, estudiando trabajosamente un libro de texto muy sobado y recorriendo las l�neas, para ayudarse en la lectura, con un dedazo �ndice del tama�o de una berenjena, rota la u�a y manchada la yema con el jugo pegajoso de las verduras medio podridas. Quesada era un perfecto ejemplar de <emphasis>self-made-man.</emphasis></p><p>T�cnicamente su puesto de Subdirector General era un descenso, puesto que en <emphasis>Rumbo </emphasis>hab�a llegado a ser director m�ximo. As� fue como C�sar le conoci�, cuando �l fue fichado como joven prometedor y con ideas. Pero todo el mundo sab�a que la agencia era en realidad dirigida por el se�or Zarraluque, que era el presidente y propietario; un hombre muy rico perteneciente a la gran burgues�a vasca, como Nacho. �sa era la gran cruz de Quesada: estaba condenado a ser el segund�n, el eterno ejecutor de las �rdenes de otro. Quesada se amargaba, se resent�a, conspiraba. Pero era incapaz de rebelarse abiertamente, como si en el fondo de s� mismo anidase la terrible certidumbre de que hab�a nacido para ser mandado; o incluso para ser maltratado. Porque los veteranos de la Casa recordaban la manera en que el se�or Zarraluque humillaba a Quesada; c�mo le gritaba y le insultaba delante de todo el mundo; o aquel bochornoso d�a, por ejemplo, en que le hizo salir del ascensor. Porque el se�or Zarraluque era hombre chapado a la antigua, es decir, de costumbres entre fara�nicas y feudales, y no permit�a que nadie subiera con �l en el ascensor, ni aunque fuera su propio director. La vida con el se�or Zarraluque, en fin, hab�a sido para Quesada una aut�ntica tortura, pero no parec�a que con Morton la cosa hubiera mejorado sensiblemente. Porque, s�, el oprobio ya no era tan zafio y evidente, y Morton no le persegu�a a gritos por la agencia. Pero la ceremonia de las humillaciones persist�a, m�s sutil, m�s sofisticada, m�s profunda. Causaba asombro el ver a un hombre tan primorosamente bien educado como Morton destilando un desprecio tan fr�o y tan venenoso como el que a veces empleaba con Quesada. Y no en medio de la agencia, como el se�or Zarraluque, pero s� delante de los otros directivos, de los �ntimos; de C�sar, en las �pocas en que Morton y �l se ve�an habitualmente; y ahora con toda seguridad delante de Nacho. Eso, el derecho a asistir a las peri�dicas humillaciones de Quesada, era como una prueba de confianza para los dem�s ejecutivos. Puede que Morton utilizara dichos actos semip�blicos como demostraci�n de su capacidad de mando y como aviso a los restantes jefes: Mirad lo que soy capaz de hacer con el Subdirector General, podr�a querer decir, as� es que vosotros ya pod�is andaros con cuidado. O quiz� simplemente se tratase de un espect�culo que Morton Augusto Emperador ofreciera graciosamente a sus generales y prefectos, como quien programa una entretenida merienda de cristianos por los leones. Esto est� fatalmente hecho, es una estupidez, eres un verdadero in�til, dec�a por ejemplo Morton a Quesada, sin levantar la voz, siseante como una v�bora. No entiendo c�mo se pueden hacer tan mal las cosas, no sirves para nada. Y Quesada enrojec�a hasta la ra�z del pelo, balbuc�a excusas inconexas, balanceaba el corpach�n sobre sus estremecidas piernas. Ciertamente hab�a algo en �l que avivaba los sadismos, que incitaba a la masacre. Quiz� fuera el placer de ver temblar a un hombret�n de su tama�o; aunque probablemente el mayor atractivo resid�a en su debilidad, en su abyecta sumisi�n, en la indignidad con que aguantaba todo. Sal�a luego Quesada del despacho de Morton, con los ojillos nublados de l�grimas y hundidos m�s que nunca en la masa de su cara gran�tica, y empezaba a conspirar y a beber, a beber y a conspirar, cada vez m�s amargado y m�s reseco, sin llegar nunca a poner en marcha el plan perfecto para dar un golpe de estado en toda regla, sino limit�ndose a escaramuzas parciales y desperdig�ndose en una guerra de guerrillas que, �l lo sab�a, no llegar�a nunca a colocarle en el lugar del califa. No era de extra�ar que anduviera un poco loco, porque pasaba del casi m�ximo poder a la casi m�xima miseria en lo que dura un parpadeo.</p><p>A Miguel, en cambio, le conoc�a muy bien. O al menos conoci� muy bien al Miguel que exist�a antes de ahora. C�sar y �l se hicieron amigos casi enseguida. De Miguel le gustaba su timidez, su delicadeza, su afectividad. Al segundo whisky Miguel se le colgaba del cuello como una estola y se pon�a estupendo: �Has visto, C�sar? Desde que Morton se compr� un Alfa Romeo todos los directivos se est�n comprando coches de esa marca, debe de ser un virus. Miguel ten�a un fino sentido del humor cuando se animaba lo bastante. Ayud� mucho a C�sar cuando se march� Clara; y cuando sucedieron las otras desgracias de aquel a�o nefasto. Ven�a a casa a visitarle y se sentaba junto a �l durante horas, encendi�ndole los cigarrillos, prepar�ndole caf� y bocadillos de queso, entreteni�ndole con el relato de su vida en el pueblo. Los chicos de su edad, que eran tan brutos; �l, Miguel, siempre as� de canijo y poca cosa, el estudioso hijo del tendero; un verdadero fracaso a la hora de subirse a los �rboles, de cazar sapos a pedradas, de revolcarse con las chicas en las eras. Pese a lo cual se ennovi� con Mari Tere, la hija del farmac�utico, uno de los mejores partidos del pueblo; pero a �l le gustaba m�s la Puri, la de las cabras, la de las rodillas fuertes y la camisa sucia, una chica que ol�a a leche, a sudor y a carne. Porque Mari Tere s�lo ol�a a incienso y a las pastillas juanola que vend�a su padre. Eso dec�a Miguel, con sus ojos como cuentas azules brillando en lo alto de la estrecha cara. C�sar debi� intuir ya entonces, a ra�z de todas esas confidencias, la insondable ambici�n que albergaba tan desmedrado cuerpo. �Pero si incluso fue capaz de casarse con la pobre Mari Tere con el �nico fin de progresar! Y sin embargo Miguel hab�a sido tan amable con C�sar cuando los tiempos malos; le preparaba bocadillos de queso y le obligaba a alimentarse. Quiz� su boda con Mari Tere fuera sincera; s�, seguramente se quisieron, antes de la separaci�n, durante mucho tiempo. Hab�an vivido juntos una docena de a�os, hab�an tenido tres hijos. �No era eso lo que se entend�a por quererse? Clara no hab�a deseado un hijo de �l, de C�sar. Y cuando se qued� accidentalmente embarazada hab�a abortado. S�, al principio Miguel era un tipo encantador. Por entonces se ve�an mucho con Constantino; al salir de la agencia sol�an irse los tres a tomar un vermut en la tasca cercana, y ah� re�an durante un par de horas, porque Constantino era un hombre castizo y sandunguero y su conversaci�n abundaba en chascarrillos. Era un tipo curioso, Constantino; le gustaba vivir bien, una buena vida muy modesta, de partidas de cartas, tapas con los amigos y siesta por las tardes, y m�s all� de estos peque�os placeres carec�a por completo de ambiciones. Hab�a sido un pionero en el campo de la publicidad en Espa�a, pero arroj� la toalla muy temprano; en realidad, C�sar hab�a llegado a la agencia m�s o menos en sustituci�n de Constantino, cosa que a �ste no pareci� importarle. Era mayor que ellos, su salud no era del todo buena; y, sobre todo, prefer�a tomarse una raci�n de gambas en un bar. As� es que Constantino dio voluntariamente marcha atr�s y se pas� a la reserva sin plantear ning�n problema, e incluso ayud� y aconsej� atinadamente a C�sar. Hubo cierta grandeza en ese gesto. Pero a�os despu�s, C�sar no sab�a bien por qu�, Constantino lleg� a parecerle un fracasado. Fue cuando Miguel le despidi�.</p><p>Por lo visto primero hab�a que remojarse la boca y la garganta con aceite. Para poder beberse una botella de lej�a. Previamente hab�a que hacer unas g�rgaras de aceite para que el l�quido c�ustico no achicharrara la boca y la garganta, porque la quemaz�n impedir�a tragar una cantidad suficiente y uno correr�a el riesgo de no matarse del todo. Con el sencillo y �til truco del aceite, en cambio, la soluci�n corrosiva resbalaba f�cilmente por el gaznate abajo y, si uno beb�a muy deprisa, se pod�a trasegar casi un litro de lej�a antes de que se encendiera el infierno en las entra�as, antes de que las visceras se quemaran, se pegaran, se fundieran, se perforaran y desaparecieran al fin, disueltas en el fuego qu�mico del l�quido. Eso fue exactamente lo que Mat�as hizo. La verdad, C�sar nunca hubiera cre�do capaz al pobre tonto de Mat�as de ejecutar un acto tan b�rbaro. Mat�as borrach�n, un Mat�as de servil lengua de trapo, ese hombre del que todo el mundo se re�a. En el coche llevaba una pegatina que dec�a: Ser espa�ol un orgullo, ser madrile�o un t�tulo. Y en su despacho, hasta que le mudaron al cementerio de elefantes, ten�a una banderita del Real Madrid. Con su m�stil de madera y todo, y acabado en una punta met�lica. �Suicidarse Mat�as! Abominable. El suicidio estaba bien para los personajes de un melodrama, en las pel�culas y en los libros, pero no casaba con los vecinos de vida, con los colegas barrigones y rid�culos. Seguramente estaba borracho. Mat�as deb�a de estar borracho hasta los huesos, como dec�an todos, y se bebi� la lej�a por error.</p><p>Lo descubri� la portera por los gritos que daba. Cuando tiraron la puerta abajo llevaba ya m�s de una hora abras�ndose por dentro. Quiz� se tratara de un autocastigo, reflexionaba C�sar; a fin de cuentas se mat� bebiendo. A �l, en cambio, le corresponder�a una muerte por consunci�n, por inactividad letal. Ser�a cosa de meterse en la cama y esperar a pudrirse. C�sar suspir�, aliviado, porque el procedimiento sonaba menos aterrador que la lej�a. La ni�a subnormal se hab�a acabado el caramelo y ahora enarbolaba el palo de la piruleta como quien enarbola una batuta, dirigiendo los movimientos del cura cual si fuera una orquesta y dando de cuando en cuando la entrada al catafalco. Todos, sacerdote incluido, hab�an hecho como si creyeran que Mat�as hab�a muerto de infarto.</p><p>Ahora s�, ahora s� que estaban hablando de �l, se sobresalt� C�sar; ah�, dos bancos m�s adelante: incluso se hab�an vuelto para mirarle. Eran dos tipos de administraci�n, relativamente nuevos, los conoc�a de vista. Dos treinta�eros ambiciosos, de la nueva generaci�n de tiburones. Cada hornada era m�s cruel e implacable que la anterior, quiz� porque el pastel a repartir se hac�a progresivamente m�s peque�o. Le miraban, se susurraban algo y quiz� se sonre�an. Puede que supieran lo que �l no sab�a; por ejemplo, que no le iban a invitar a la Convenci�n Anual. La Convenci�n se celebrar�a al mes siguiente. Dos d�as de charla y buena comida en un hotel. Iban todos, todos los que eran alguien en la agencia; y a la clausura aparec�a un delegado de la casa central americana. No ser convocado para la Convenci�n era el bald�n definitivo, el destierro final. Mat�as fue excluido de la lista el a�o pasado.</p><p>Unos d�as antes, precisamente, C�sar hab�a pasado mucho miedo. Estaba en su casa cuando son� el tel�fono, y �l, qui�n sabe por qu�, lo descolg�. Era la secretaria de Morton. �No has o�do mis recados en el contestador?, gru�� la chica; llevo dos d�as intentando localizarte. Pero C�sar se pod�a pasar semanas sin escuchar los mensajes y sin descolgar nunca el tel�fono. As� es que contest� que ten�a el aparato algo averiado. Pues bien, que Morton quer�a verle. No, ella no ten�a la menor idea de por qu�. No, ahora Morton hab�a tenido que salir de la agencia, volver�a a �ltima hora de la tarde, que C�sar viniera para entonces. Y la chica colg�, dej�ndole asfixiado de expectaci�n y angustia.</p><p>Hac�a meses que Morton no le llamaba a su despacho. En las interminables horas que le separaban del encuentro, C�sar se devan� los sesos intentando adivinar los motivos de la cita. Repas� mentalmente su comportamiento en los �ltimos d�as, por ver si hab�a hecho algo peor que lo habitual. Bastaba con que se pusiera unos instantes a pensar en ello para que encontrara motivos suficientes como para ser despedido fulminantemente varias veces. Desde el hecho de que llevaba una semana sin aparecer por la <emphasis>Golden Line</emphasis> hasta el �ltimo trabajo entregado, un estudio de renovaci�n de imagen para los jabones Torres que, ahora que lo pensaba C�sar, quiz� fuera bastante malo. Todo esto sin contar con que hubiese sucedido alguna aut�ntica cat�strofe, como ocurri� aquella vez que un dise�ador franc�s le acus� de plagio; en aquella ocasi�n los tribunales le declararon inocente, pero siempre cab�a la horrible posibilidad de que C�sar hubiera copiado a alguien sin darse cuenta; en la �ltima campa�a institucional de la Patata, por ejemplo.</p><p>Estos l�gubres pensamientos le amargaron el d�a y le llenaron de terrores. Cuando entr� en el despacho de Morton estaba ya agotado de tanto temer e incluso ansioso del descanso que le producir�a el o�r al fin la confirmaci�n de la sentencia. Pero Morton estaba de pie mirando a trav�s de la ventana. Hola, C�sar, dijo en voz muy queda. Se le ve�a p�lido y ten�a los ojos hundidos en las �rbitas, esos ojos azul oscuro que en ocasiones parec�an negros. �sta era una de esas ocasiones. Mat�as se ha suicidado, dijo Morton. Y cont� morosamente el c�mo. �Conoces a su mujer? C�sar respondi� que no. El funeral organizado por la agencia ser� tal d�a, explic� Morton, espero verte por all�. Y eso fue todo. C�sar no entend�a a�n por qu� le hab�a hecho acudir a su despacho. Quiz� le llamaba para alguna otra cosa y el suicidio de Mat�as se hab�a cruzado por en medio: a fin de cuentas, hab�an tardado dos d�as en localizarlo. Pero puede que simplemente quisiera hacer lo que hizo, hablarle de la lej�a y del aceite. Quiz�, por alg�n raro mecanismo del alma, Morton necesitaba a C�sar esa tarde. Pensando en esto, C�sar experimentaba el mismo desfallecimiento interior, la misma languidez que el adolescente enamorado. Que es un fatal burbujeo en las entra�as, como el comienzo de un c�lico sentimental.</p><p>As� ejerc�a Morton su tiran�a, a trav�s de la seducci�n; y todos, incluido Quesada, le amaban adem�s de odiarlo. Aunque la seducci�n quiz� fuera un atributo inherente al mando; porque incluso el indeseable se�or Zarraluque provocaba cierta conmoci�n interna cuando palmeaba tu espalda apreciativamente. El Poder pose�a esa energ�a secreta, esa asombrosa alquimia: la capacidad de aparejar amor y sufrimiento. Y as�, en todo subalterno parec�a existir una pulsi�n de entrega hacia sus mandos. Como el perro que lame la mano que le azota, o el campesino bolchevique que llora tras haber degollado a su se�or. Amado amo.</p><p>El que personas adultas se mostraran tan sensibles a la opini�n que pudiera tener de ellos un jefe al que posiblemente despreciaban, era un enigma que C�sar no alcanzaba a descifrar. Constitu�a uno de esos vergonzosos misterios del vivir, como el querer m�s a la chica que m�s te maltrata o el gritar como un energ�meno a esa madre abnegada que te sigue como una esclava por la casa. Porque, a poco que se pensara sobre ello, �no resultaba indigno el ponerse a temblar como una hoja por el simple hecho de que Morton le llamara? Ahora bien, �qui�n no temblaba ante sus jefes? �No temblaba Miguel ante Quesada y Quesada ante Morton? Y en lo que respecta a Morton, �temblar�a �l tambi�n ante los Delegados de Los �ngeles? �Y los Delegados a su vez ante el Vicedirector de Delegados, y el Vicedirector de Delegados ante el Director, y el Director ante el Supra Subgerente, y el Supra Subgerente ante el Gerente M�ximo y Supremo? �No era el mundo precisamente eso, una cadena de subordinados temblorosos que a su vez eran jefes de otros subordinados temblequeantes? �No consist�a el vivir en temer a alguien, en una jerarquizada sucesi�n de humillaciones? Y el Gerente M�ximo y Supremo de Los �ngeles, �no temblar�a ante nadie? �Quiz� ante el magnate que pose�a la empresa? �Y el maldito magnate? �Carecer�an de verdad los magnates de jefes? �Del mismo modo que carec�a de ellos el se�or Zarraluque, tambi�n ultramillonario y poderoso? Y si la sustancia de la vida era el temblor, �no resultaban francamente inhumanos todos los potentados, los due�os del mundo, los magnates? �Francamente asquerosos? �Todos esos tipos que no ten�an jefes y que por lo tanto desconoc�an la medida de su propia indignidad? �Como el se�or Zarraluque, hijo de ricos, nieto de ricos, bisnieto de ricos, rico desde la m�s rec�ndita memoria gen�tica de su sangre? �Tan rico desde siempre que jam�s se hab�a visto en la tesitura de tener que rendir cuentas a nadie? �No era m�s ajeno el se�or Zarraluque al ser humano que un chimpanc� peludo? �No ignoraban todos estos magnates la experiencia del doblegamiento, que, junto con la de la muerte, formaba el n�cleo fundamental de la existencia? Y por �ltimo, �no resultaba un agravio a�adido el que, junto a la mortificaci�n de ser mandado, coexistiera la certeza de que hab�a unos cuantos que se libraban de semejante oprobio?</p><p>Pod�a verlos en los primeros bancos. Erguidos, encorbatados, enfundados en sus elegantes trajes oscuros, ce�udos e imponentes. Pero todos ellos se mor�an de miedo frente a alguien; cada cual ten�a su capataz, su amo, su tirano. Incluso Morton. Lo cual era una reflexi�n tan corrosiva como el pensar, siendo adolescente, que tu primera novia tambi�n iba al retrete. S�lo que la ni�a subnormal de Mat�as pod�a vivir creyendo que era libre; ahora le estaba sacando la lengua al cura.</p><p>No lo hab�a entendido. Antes no lo hab�a comprendido, se dijo C�sar. Ahora, en cambio, lo ve�a todo s�bitamente claro, flotando como una revelaci�n paulina en el aire cargado de incienso de la iglesia. Ah� estaba, el dise�o b�sico del mundo, el esqueleto de la cosa. Las reglas primordiales. Ya se lo hab�a dicho Miguel en una ocasi�n, a�os atr�s. T� tienes suerte, dijo; t�, C�sar, eres un artista, gustas a los clientes y al p�blico, te has hecho famoso, y por eso en la agencia te respetan y te consienten todo; pero yo, que no tengo tu creatividad, �qu� voy a hacer? Eso dijo Miguel entonces, cuando todav�a eran amigos. Y poco despu�s empez� a acuchillar espaldas para abrirse camino hacia la cima. En aquel momento C�sar no comprendi� el sentido de las palabras de Miguel, e incluso lleg� a sentirse algo molesto; porque �l no pensaba que en la agencia le consintieran todo, y en esos primeros tiempos trabajaba como un burro de carga. Pero ahora estaba claro, era evidente. Lo que quer�a decir Miguel era que, para triunfar, �l necesitaba pagar su ascenso en carne y sangre; y que s�lo unos cuantos afortunados pod�an llegar al �xito sin abonar el habitual peaje de vilezas. Sin vender su alma al diablo. Sin dominar ni ser dominado.</p><p>C�sar lo hab�a buscado en el diccionario unos d�as antes. El significado del verbo dominar. Y ah�, en el Mar�a Moliner, aparec�a una despampanante lista de voces afines. Dominar era achantar, achicar, acobardar, acogotar o acoquinar, pon�a en el libro. Era aguantarse, aherrojar, ahogar, amansar, amedrentar, anonadar, apabullar, apagar, aplastar, apocar, apoderarse, asfixiar, atemorizar, atenazar y avasallar. Y a�n m�s, prosegu�a el diccionario, alfabetizando meritoriamente el recuento de espantos: tambi�n era chafar, cohibirse, constre�irse, contenerse, domar, empeque�ecer, hipnotizar, imperar, imponerse, manejar, predominar, preponderar, refrenarse, reprimirse, sofocar, sojuzgar, someter, subyugar, sujetar, tiranizar y violentarse. Y, por a�adidura, en fin, y como remate del asunto, pod�a ser confundir, conquistar, derrotar, gobernar, humillar, intimidar, mandar, oprimir, someter y vencer. Qu� raz�n tiene, reflexionaba C�sar, para quien la lectura de dicha p�gina del diccionario hab�a resultado tan apasionante y v�vida como la de un diario autobiogr�fico. Porque, �no hab�a experimentado C�sar de cerca, ya fuera como v�ctima o testigo, el aut�ntico escozor de estos vocablos? En su cotidianeidad en la <emphasis>Golden Line</emphasis><emphasis>, </emphasis>�no se hab�a sentido m�s de una vez achantando, achicado, acobardado, acogotado y dem�s etc�teras? Y siguiendo con las otras letras del alfabeto, �no conoc�a tambi�n C�sar lo que era estar chafado, cohibido, domado, empeque�ecido, hipnotizado (�oh, s�, esa mesmerizaci�n que le hac�a amar rendidamente a Morton!), reprimido, sofocado, sojuzgado, sometido y violentado? Am�n de confundido, derrotado, humillado, oprimido y, sin lugar a dudas, vencido. Vencido en toda regla.</p><p>Ahora lo entend�a todo, s�. Ahora C�sar hab�a conseguido al fin captar el dibujo de la conjura de las cosas. Esa tela de ara�a cuyos innumerables hilos se relacionaban todos entre s�, jer�rquicamente, geom�tricamente, unidos por la intangible sustancia del Poder, el fino tejido de la dominaci�n. Y no cab�an opciones, s�lo se pod�a ser hilo de telara�a o mosca atrapada y pataleante.</p><p>�Pero si hasta los Cielos ten�an escalaf�n! Porque, y hablando de dominaciones, �no eran ellos el cuarto coro de los �ngeles? �Por encima, en mando y fuste, de Virtudes, Potestades, Principados, Arc�ngeles y �ngeles de a pie, dicho en orden descendente hacia la nada? �Pero tambi�n por debajo, sometidos y fastidiados, de los Tronos, los Querubines y los poderosos Serafines, que eran la �lite angelical, los directivos m�ximos? �Y no estaban dichos Serafines, a su vez, bajo el gobierno de Dios Padre? Y Dios mismo, �no tendr�a a nadie a quien temer? �No resultaba aterrador que el propio Para�so se ordenase en una estricta escala de poder, como explic� Seudo-Dionisio el Areopagita con todo lujo de detalles en su libro <emphasis>De la jerarqu�a celestial? </emphasis>�Y no ser�n los Cielos, por consiguiente, un pudridero de ambici�n e intrigas, con los Principados conspirando para ascender a Potestades, las Potestades haci�ndoles la vida imposible a las Virtudes, las Virtudes difamando a las Dominaciones y as� sucesivamente en un infinito encanallamiento por medrar? �Celebrar�an los �ngeles una Convenci�n Anual? �Y en realidad la situaci�n era a�n peor! Porque tambi�n los demonios ten�an rangos, y hab�a que ascender por una escala de S�cubos e �ncubos, de Belfegores y Leviatanes, para poder aproximarse a Lucifer. Ni en el infierno se libraba uno del azote jer�rquico.</p><p>Con el se�or Zarraluque, sin embargo, era distinto. Al se�or Zarraluque le importaba un comino la empresa, y si <emphasis>Rumbo </emphasis>no se hundi� en la m�s m�sera ruina fue porque hab�a sido una firma pionera en el campo publicitario espa�ol, y durante mucho tiempo apenas si tuvo competencia. Para el se�or Zarraluque, que se aburr�a de ser rico, el trabajar era una abominaci�n sin nombre, una ocupaci�n de baja estofa, una horterada. El se�or Zarraluque hab�a salido algo crapuloso y calavera, y se invent� <emphasis>Rumbo </emphasis>con la intenci�n de poder hincar el diente a las modelos. M�s que un hombre de negocios era un s�trapa de Persia. Bajo su f�rula reinaban la arbitrariedad y la desidia; y tan pronto rodaban las cabezas como se subsist�a durante meses en una aton�a perezosa. La �nica tarea que se respetaba escrupulosamente era la de bajar todos los d�as a la una en punto a tomar un interminable aperitivo.</p><p>Pero luego, a finales de los sesenta, las cosas empezaron a moverse. Surgi� la competencia y el mundo comenz� a cambiar con rapidez. Poco despu�s de que muriera Franco, un chico que era repartidor de telegramas se empe�� en subir en el mismo ascensor que el se�or Zarraluque; y cuando �ste intent� echarlo airadamente el muchacho le tild� de viejo loco. Fue el acab�se. Alg�n tiempo despu�s el se�or Zarraluque vendi� la agencia a la <emphasis>Golden Line</emphasis> y, mientras en el resto del pa�s empezaban a soplar vientos de eficacia y competitividad, ellos entraron directamente en la moderna e implacable lucha empresarial de la mano de sus nuevos due�os norteamericanos, pasando as� del m�s rancio feudalismo al capitalismo m�s avanzado en un santiam�n y salt�ndose un buen pu�ado de estados sociales intermedios. A C�sar, particularmente, le hubiera gustado vivir la Ilustraci�n.</p><p>Un d�a Quesada le hab�a dicho: No soy tan hijo de puta como t� te crees. Y lo solt� aparentemente sin venir a cuento, es decir, sin que C�sar le hubiera ofendido, insultado o discutido. No soy tan hijo de puta como t� te crees, rumiaba Quesada alica�da y rencorosamente, con la cabeza hundida entre los pesados hombros como si se la hubieran clavado a martillazos. C�sar conoc�a bien los rumores que circulaban por la agencia, que �l mismo hab�a escuchado, cuchicheantes, en los tiempos de <emphasis>Rumbo. </emphasis>Porque se dec�a que Quesada hab�a sido el Celestino del se�or Zarraluque; que fue as�, a fuerza de abrir mujeres para que fueran f�cilmente pose�das por el s�trapa, como hab�a ido escalando <emphasis>Rumbo </emphasis>arriba; al margen de su capacidad profesional, que la ten�a, pero a la que el se�or Zarraluque no debi� de prestar gran atenci�n. En realidad Quesada siempre hizo lo que se esperaba de �l. Que en esa ocasi�n consist�a en tumbar hembras para que las montara otro, y que luego, en la era de Morton, se reduc�a poco m�s o menos a hacer de esbirro. Quesada hab�a empezado en <emphasis>Rumbo </emphasis>de botones, y deb�a al se�or Zarraluque su ascensi�n a las m�s altas cimas del organigrama y de la infamia. Y ni siquiera pudo librarse Quesada de su sino de alcahuete cuando al fin lleg� a ser director de la agencia, porque C�sar recordaba c�mo insist�a Quesada en ocasiones para que se contratara a tal o cual chica, o c�mo aparec�a en alguno de los rodajes para mosconear a una modelo; y todos sab�an que �sta era una labor depredadora que Quesada no estaba desempe�ando para s� mismo, sino a beneficio de su mentor y jefe, cuyos caprichos se estaban volviendo, con los a�os, cada vez m�s extravagantes y exigentes.</p><p>No soy tan hijo de puta, le hab�a dicho en aquella ocasi�n, con los ojillos brillantes de melancol�a. Cincuent�n ya, malencarado, la piel acorazada hecha un destrozo. Nunca llegar�a a nada, o sea, a nada m�s, y �l lo sab�a. Era un simple descargador de camiones a las �rdenes de una oficialidad de buena cuna. No soy tan hijo de puta como t� te crees, solt� abruptamente sin que mediara provocaci�n alguna, y C�sar, que desde luego consideraba a Quesada un mal bicho, pens� que su subdirector se estaba volviendo paranoico. Como Pepe, como Miguel, como todos los dem�s, incluido �l mismo; porque todos se estaban cociendo vivos en el espeso caldo persecutorio que impon�a la empresa. E incluso estuvo a punto de preguntarle a Quesada si tambi�n �l cre�a escuchar su nombre por las calles, como le suced�a a C�sar. Tom�s Quesada, musit� C�sar a media voz al abandonar su asiento en la iglesia, por ver si su subdirector se sent�a mentado. Por fastidiarle, por perseguirle. Tom�s Quesada, Tom�s Quesada, repiti� susurrante como quien bisbisea un conjuro, mientras se pon�a a la cola de los p�sames y avanzaba paso a paso hacia la mano extendida de la viuda. Quesada se iba ya, enfundado en su costoso traje azul marino de doble botonadura, colosal de apariencia y envergadura pero con la mirada huidiza del ladr�n. Tom�s Quesada, murmur� C�sar a la viuda, en tono condolido, cuando se inclin� sobre su mu�eca helada y gruesa. Y en ese instante comprendi� que, cuando vio a�os atr�s a su subdirector ba�ado en l�grimas, Quesada no estaba llorando el fallecimiento del se�or Zarraluque, sino la muerte ya remota de su propia inocencia.</p></section><section><title><p>7</p></title><p>No siempre fue as�, estaba intentando explicar C�sar al hombre joven. No siempre fue as�, repet�a mientras el tipo apuntaba algo en un papel con una letra microsc�pica. Acab� de escribir, levant� la cara y mir� a C�sar. Le dec�a que no siempre fue as�, al principio yo estaba convencido de que eran los dem�s quienes se equivocaban; lo cierto es que enseguida alcanc� bastante �xito, me hice popular, colgaron un cuadro m�o en el Museo de Arte Contempor�neo, �conoce el museo?, en fin, todo vino casi de golpe, y, la verdad, yo creo que en alguna medida me desbord� la situaci�n. �Orina usted bien?, pregunt� el hombre, aprovechando el punto de respiro del contrario. C�sar cerr� la boca y cabece� que s�, que orinaba estupendamente. �Y el color? �Qu� color? El de la orina. Cielos, y yo qu� s�, color cerveza. Pero hab�a cervezas rubias, cervezas rojizas, cervezas espesas y muy negras, y el joven m�dico parec�a empe�ado en saber el cromatismo exacto del asunto. Qu� est�pido soy, pens� C�sar con irritaci�n; y se arrepinti� de haber venido.</p><p>Era el chequeo anual que pagaba la agencia, una revisi�n rutinaria y gratuita. Hac�a a�os que C�sar no utilizaba estos servicios, y en realidad no sab�a muy bien por qu� se le hab�a ocurrido recurrir a ellos ahora. Durante un par de horas su cuerpo hab�a sido pinchado, radiografiado, tocado, estrujado, palpado, golpeado, tironeado y escrutado por diversos seres vestidos de blanco y en apariencia mudos. Fue despu�s, cuando le introdujeron en un despachito y se encontr� frente a un joven que semejaba humano y que le hablaba, cuando a C�sar, a�n en ayunas, mareado de tanto fumar, estremecido todav�a por el an�lisis de sangre y, en suma, en condiciones de debilidad manifiesta, se le destap� la enfermedad moral. Y empez� a hablar. En su descargo hay que decir que, fuera de los calcetines y los zapatos, C�sar se encontraba totalmente desnudo; una breve bata hospitalaria, abierta por la espalda, apenas si ocultaba sus verg�enzas. Tan fr�gil, tan expuesto.</p><p>De modo que s�, habl�. El m�dico era un muchacho amable, un tipo comprensivo. O eso le hab�a parecido a C�sar al principio, cuando empez� a interrogarle sobre su estado de salud. Por ejemplo, le hab�a preguntado si era un hombre nervioso; y C�sar hab�a contestado que s�, oh, s�, que estaba �ltimamente muy angustiado. Y hab�a hablado. El m�dico le contemplaba atentamente, interesadamente, �quiz�s incluso afectuosamente!, y �l, C�sar, hablaba y hablaba. Pero ahora, de pronto, el tipo s�lo parec�a interesarse en el color de la orina y en la frecuencia de las deposiciones. Como si quisiera humillarlo tras el aluvi�n de confidencias. Como si deseara recordarle que no era m�s que un paciente en su rutina. C�sar se removi� con incomodidad en el asiento. El �spero tejido de la bata roz� su piel desnuda. Se encontraba tan rid�culo as� vestido. El m�dico segu�a apuntando algo en sus papeles, repentinamente fr�o y desde�oso. Qu� est�pida debilidad la suya, pens� C�sar, al haberse sincerado de ese modo. Apret� los labios, dispuesto a no a�adir palabra; y se irgui� en la butaca con toda la dignidad que el mandil hospitalario permit�a. Pero en ese momento el hombre se levant� de la mesa sin siquiera mirarle; vuelvo enseguida, mascull� confusamente; y desapareci� a toda prisa por la puerta. C�sar permaneci� unos instantes calibrando el silencio, sopesando la ausencia, sorprendido a�n de la r�pida fuga. Despu�s dej� salir muy despacito el aire con el que, momentos antes, hab�a hinchado de orgullo sus pulmones. Ah� qued� C�sar, desinflado, callado y expectante.</p><p>Qu� necio hab�a sido. Cuanto m�s lo pensaba C�sar, m�s se lamentaba de su impulso hablador. �Pero si incluso le hab�a contado lo de Clara! En fin, no con detalles. S�lo que desde que ella se hab�a ido todo hab�a empeorado sin remedio. Parec�a tan buen chico el m�dico, al principio. Tan acogedor y tan humano. Para luego tornarse en un extra�o. Quiz�s en un enemigo. �A d�nde se habr�a ido ahora ese maldito?</p><p>C�sar cruz� las piernas. Las descruz�. Se mordi� las u�as, a falta de un cigarrillo. Se levant� y mir� por la ventana. Abajo hab�a un peque�o jard�n, un banco de madera, un estanque sin agua. Tardaba demasiado en volver, el medicucho. El reloj se hab�a quedado junto a sus ropas, pero C�sar calcul� que deb�an de haber pasado al menos diez minutos. Ahora bien, un momento. �Y si el tipo se hubiese ido para siempre? �Y si hubiera dado por terminada la visita? Al marcharse, �hab�a dicho de verdad <emphasis>vuelvo enseguida? </emphasis>�O C�sar hab�a entendido mal el bisbiseo y en realidad hab�a dicho <emphasis>puede irse? </emphasis>�Qu� se esperaba de �l? �Qu� deb�a hacer? �No estar�a poni�ndose en rid�culo al aguardar en esa habitaci�n como un imb�cil? El desasosiego le trep� como un escalofr�o por la columna vertebral. Qu� situaci�n tan absurda, se dijo C�sar con progresivo enojo: permanecer olvidado como un mueble en la consulta de un hospital. Se acerc� de puntillas a la puerta y abri� la hoja cautelosamente: en el largo pasillo no se ve�a a nadie. �Qu� ser�a lo correcto, quedarse o irse? Cerr� y volvi� a la silla. No se sent�a muy bien, ahora se estaba dando cuenta; en realidad se encontraba bastante mareado. Seguramente era cosa del est�mago vac�o. Y puede que tambi�n del desconcierto.</p><p>Pero qu� est�pido. C�mo hab�a podido hablar tan abiertamente con el m�dico, sabiendo como sab�a que este servicio hospitalario trabajaba habitualmente para la <emphasis>Golden Line.</emphasis> Era m�s que probable que el tipo conociera a Morton, a Quesada; y que les contara todas las barbaridades que �l hab�a dicho. Porque C�sar hab�a hablado largo y tendido de la agencia. Incluso hab�a llegado a compararla con el Ej�rcito. Cuando a �l le hab�a tocado hacer el servicio militar, hab�a explicado C�sar, se hab�a pasado un mes acarreando piedras de una esquina a otra del cuartel. Ah�, en un rinc�n del patio, hab�a dos toneladas de rocalla. Fragmentos p�treos venidos de qui�n sab�a d�nde. Pues bien, C�sar y sus compa�eros de infortunio ten�an que recoger las piedras, atravesar el patio y depositarlas en la esquina de enfrente, hasta trasladar todo el mont�n. Y una vez apilada primorosamente la rocalla en su nuevo emplazamiento, se les ordenaba volver a colocarla en el sitio original. Era, C�sar se dio cuenta con el tiempo, un juego infinito; y generaciones de quintos se hab�an roto las u�as con las piedras. No se pod�a decir que fuera una tarea f�sicamente brutal; los pedazos de roca no eran grandes y, aunque se trataba de un trabajo duro, resultaba menos agotador que las maniobras. Pero lo que lo convert�a en insoportable era el absurdo; la inutilidad del acarreo; la indignidad de tener que obedecer una orden demente. Ahora bien, �pensaba el joven doctor que semejante actividad era realmente in�til? Porque si lo pensaba se estaba equivocando totalmente. El acarrear piedras durante una eternidad de una esquina a la otra y viceversa pose�a su l�gica, una l�gica sin duda morbosa pero exacta. Porque as� se disciplinaba al ser humano en la obediencia ciega; se le romp�a el orgullo, se le humillaba en su capacidad cr�tica, se le quebrantaba la raz�n. Era un molde de servidumbre. Y �se era el m�todo que aplicaba la <emphasis>Golden Line</emphasis> y todas las <emphasis>Golden Line </emphasis>que en el mundo hubiere. As� se hab�a expresado C�sar, m�s o menos. Todo eso le hab�a dicho al joven m�dico. Qu� ingenuidad la suya, qu� torpeza.</p><p>Vuelvo enseguida. Puede irse. C�sar repiti� varias veces las frases a media voz, calibrando la posibilidad de confusi�n, el emborronamiento de las s�labas, la superposici�n de fricativas. Vuelvoenseguidapuedeirse. Si se dec�a lo suficientemente deprisa y sin vocalizar correctamente, las palabras terminaban resultando indistinguibles. �se era el sino de su vida, reflexion� C�sar amargamente: debatirse en un malentendido interminable. En el cuarto hac�a un calor enfermizo, un bochorno de estufa. C�sar se levant� de nuevo, abri� la puerta. Quedarse o irse. Cu�l ser�a el comportamiento adecuado. Qu� demonios esperaba el mundo de �l. Si se quedaba podr�an pasar horas antes de que entrara una enfermera; o incluso el m�dico. �Pero todav�a est� usted aqu�!, exclamar�an asombrados, mir�ndole como quien mira a un pobre tonto. Ahora bien, si se marchaba probablemente el joven doctor regresar�a al instante. �D�nde se habr� metido este cretino!, bufar�a el doctor, estupefacto; y le mandar�a buscar por todos los corredores de la casa. Decidiera lo que decidiese, C�sar estaba convencido de que terminar�a haciendo el rid�culo. Cerr� la puerta con cuidado y regres� a su silla.</p><p>Quesada. �Fue cosa de Quesada! Oh, s�, ahora lo recordaba todo, pens� C�sar con s�bita y desfalleciente comprensi�n. Fue Quesada quien, d�as antes, le hab�a dicho que ten�a un aspecto horrible. �Qu� te pasa, C�sar?, trompete� en mitad de la agencia, tienes la cara gris, pareces enfermo, �por qu� no te haces un chequeo? Hab�a sido Quesada. C�sar gimi� bajito y se agarr� al asiento.</p><p>Calma, calma. No pod�a ser. Pero, �y si era? �No se hab�a comportado en realidad el joven doctor de un modo extra�o? �Al principio tan accesible y tan atento? �Interrog�ndole de modo solapado! Y despu�s, una vez obtenida la informaci�n, recuperando su frialdad profesional de esbirro m�dico. Y el comentario de Quesada, por otra parte, �no era de una amabilidad muy sospechosa? �Y si estuviera todo previsto y programado? �Si le hubieran enviado al hospital para demostrar su incapacidad t�cnicamente? Ha dicho que la <emphasis>Golden Ltne</emphasis> es un molde de servidumbre, informar�a ese m�dico-esp�a. Y s�, por todos los santos, s�, s�, s�; �l, C�sar, hab�a explicado que la <emphasis>Golden Line</emphasis> era un molde de servidumbre, que romp�a el orgullo, que quebrantaba la raz�n. �Antisocial, carente de esp�ritu de empresa! Eso es lo que dir�an de �l. Es un inadaptado, concluir�an. C�mo se le pod�a haber ocurrido a C�sar soltar semejante panfleto al enemigo. Si adem�s en el fondo ni tan siquiera se lo cre�a. Se sec� el sudor de las manos en la bata. Hac�a tanto calor que resultaba dif�cil respirar.</p><p>Ten�a que irse. Huir. Librarse de esa trampa maquiav�lica. Porque adem�s, qui�n sabe, quiz� le estuvieran probando en ese instante. El m�dico se hab�a marchado hac�a much�simo, y puede que todo formara parte de una especie de test psicol�gico, como los que hac�an en el departamento de personal. Para comprobar si �l, C�sar, ten�a suficiente capacidad de iniciativa. Huir, Se levant� y sali� al pasillo.</p><p>Sus ropas. D�nde estar�an sus ropas. Porque al llegar se hab�a desnudado en un peque�o cuarto; y luego una enfermera le hab�a llevado de ac� para all� durante horas. El corredor estaba lleno de puertas, todas cerradas, todas id�nticas; imposible recordar detr�s de cu�l se encontraba su traje, su dignidad y la salida. El pantal�n de pana. La gastada camisa de franela. La chaqueta de mezclilla. A�oraba sus ropas con la misma desesperaci�n con que el n�ufrago a�ora un trago de agua fresca. En el pasillo no se ve�a un alma. Camin� al azar hacia la derecha. La primera puerta ten�a un cartel met�lico en donde pod�a leerse <emphasis>Rayos X. </emphasis>La siguiente era la consulta de un tal doctor Pel�ez. La tercera puerta carec�a de signos exteriores. Apoy� la mano en el picaporte. Escuch� el silencio durante un largo rato. Suspir�. Trag� saliva. Abri� la hoja.</p><p>Lo primero que vio fue una masa de carne blanquecina semioculta entre unos pa�os verdes. Luego escuch� un gritito, las carnes retemblaron y un hombre se volvi� hacia �l con rostro enojado. Qu� hace usted aqu�, salga inmediatamente, empez� a gritarle una enfermera s�bitamente materializada junto a C�sar. Pero �l no pod�a apartar la mirada de la caverna rojiza y vegetal que ocupaba el centro de la monta�a de carne. D�nde est�n mis ropas, balbuci�; y la enfermera le empujaba, el ginec�logo frunc�a el ce�o con disgusto, la gord�sima paciente intentaba de modo infructuoso apearse de la camilla paritoria. Vayase, fuera, insist�a la chica, y el pasillo se encontraba ahora tan lleno de gente como si fuera el metro, y todos le contemplaban del mismo modo que contemplar�an a un s�tiro en calcetines, zapatos y bata hospitalaria. �A d�nde iba usted?, exclam� el joven m�dico, que tambi�n formaba parte del tumulto. Como tardaba usted tanto, se excus� C�sar, tirone�ndose del mandil por detr�s para taparse el culo. Pero hombre, si s�lo he estado fuera unos minutos, se me hab�an acabado los formularios, dec�a el tipo con cierta irritaci�n, arrastr�ndole por el corredor hacia el despacho, sent�ndole en la silla, instal�ndose de nuevo frente a �l. Bueno, acabemos de una vez, dijo el joven doctor cogiendo un impreso y desenroscando la pluma. �Tiene usted pesadillas? �Descansa bien por las noches? C�sar sent�a ganas de vomitar y estaba harto. �C�mo duerme?, insist�a el tipo. Y el siempre insomne C�sar, temiendo que le considerara loco, respondi� con aplomo total: Como los �ngeles.</p></section><section><title><p>8</p></title><p>La asistenta se hab�a despedido, de modo que C�sar se meti� en una cama sin hacer. No es que le importara demasiado, pero el enredo de s�banas arrugadas parec�a hacer juego con el estado de su �nimo. Que era sucio y cansado. Eran las doce y media de la noche. C�sar ten�a el habitual insomnio, paquete y medio de tabaco y su vieja colecci�n de tebeos del <emphasis>Pr�ncipe Valiente. </emphasis>Se los sab�a de memoria, pero encendi� un cigarrillo y empez� a hojear un ejemplar.</p><p>Esa ma�ana hab�a cre�do sentir deseos de pintar.</p><p>En realidad se hab�a levantado casi euf�rico, perseguido por una imagen poderosa: la esquina de una habitaci�n de muros encalados y suelo de baldosas rotas. Todo vac�o. Y en medio, protagonizando el cuadro, el aire. Un aire casi tangible, antiguo, mohoso, sin lugar a dudas ominoso, sustancia primordial, fluido vivo. C�sar lo hab�a so�ado; hab�a visto, durmiendo, ese rinc�n eterno. Y por la ma�ana salt� de la cama excitad�simo, pensando que eso era lo que �l ahora quer�a: pintar luces y espacios, sombras en las que cupiera el mundo entero. Entonces se tom� dos caf�s seguidos, y se lanz� a su estudio. Cuando abri� la puerta de la habitaci�n casi se qued� ciego del caudal de sol que entraba por las grandes ventanas. Un sol arrasador que disolv�a la densidad del aire, que le quitaba todo secreto y toda enjundia. Incluso el recuerdo de su esquina so�ada parec�a perder fuerza, empalidecer, banalizarse. Se instal� C�sar ante el lienzo blanqu�simo y tuvo que entrecerrar los ojos de dolor. Dolor de la retina, pero sobre todo dolor de entendimiento. Porque no sab�a, no pod�a. Qu� locura, �l no ten�a ni idea de c�mo se pod�a atrapar en un cuadro ese aire metaf�sico, esa nada tan llena. C�sar no era buen dibujante; jam�s hab�a pasado por una escuela; lo suyo era el color y el concepto. �l era un artista pop; o eso era la �ltima vez que se comport� como un artista. Y ahora, de repente, a los cuarenta y cinco a�os, quer�a dar un salto mortal y ponerse a pintar como Antonio L�pez Garc�a. Resultaba rid�culo: nadie podr�a jam�s tomarle en serio.</p><p>Desear�a irse a plantar patatas, por ejemplo. C�sar era un hombre de ciudad, un producto de barrio, y era incapaz de distinguir un roble de una encima, las lechugas de las malas hierbas. Para �l el campo hab�a sido esa extensi�n plana que se ve�a al otro lado de las ventanillas del coche cuando se desplazaba de una ciudad a otra. Pero ahora, mientras pasaba sin ver las p�ginas del <emphasis>Pr�ncipe Valiente </emphasis>y se asfixiaba de melancol�a, C�sar sent�a unos deseos irrefrenables de mudarse a una vida m�s sencilla. De refugiarse en la serenidad rural. De abandonar la publicidad y la ferocidad competitiva y dedicarse a plantar patatas, o remolacha, o nabos. El mito del regreso a la Arcadia de los <emphasis>hippies </emphasis>siempre le pareci� a C�sar una inmensa tontuna, pero ahora empezaba a considerar que el destripar terrones pod�a ser el �nico remedio para la enfermedad ejecutiva. Porque en el campo no necesitabas estar luchando constantemente para mantener tu identidad; en el campo sencillamente eras. Se era labrador o pastor o vaquero desde el nacimiento hasta la muerte; mientras que el directivo ten�a que conquistar su espacio y su sustancia cada d�a. Qu� situaci�n tan envidiable: levantarse al alba, atender el ganado, arar los campos, talar un �rbol, regresar a casa felizmente cansado hasta los huesos, comer con apetito hogazas crujientes; dormir, en fin, el sue�o sin sue�os de los justos, el sue�o f�cil y profundo de aquellos que saben qui�nes son. Y tener por enemigos al hielo y al granizo, y no a tus compa�eros de despacho.</p><p>O incluso: Por qu� no una secta, la contemplaci�n meditativa, el monasterio. Sin abandonar su ate�smo anticlerical y militante, C�sar sent�a ahora envidia, sin embargo, de todos esos tipos que hab�an disuelto el yo en una idea. Monjes cat�licos o budistas, c�lulas de un cuerpo colectivo que hab�an resuelto as�, en el amparo de depender de otros, los terrores de lo individual. Si hasta ingresar en los <emphasis>Har� Krishna, </emphasis>esas criaturas azafranadas y pelonas que C�sar siempre hab�a considerado detestables, empezaba a antoj�rsele m�s rentable, en c�mputos de felicidad, que seguir siendo directivo en la <emphasis>Golden Line.</emphasis> Claro que quiz� tambi�n se diese esa lucha de mutua dominaci�n entre los <emphasis>Krishna; </emphasis>a lo mejor tambi�n se encelaban los unos a los otros por ver qui�n tocaba mejor los cr�talos, qui�n bisbiseaba <emphasis>hare-hare </emphasis>con tono m�s pesadamente monocorde o qui�n ten�a la pelada cabeza m�s redonda. No quedaban para�sos en la tierra.</p><p>Podr�a tomarse un valium. Pod�a tomarse un valium y un par de mogadones y dejar en paz a Val y a Aleta en su reino de Thule. En su tebeo. Que se fueran a la mierda Morton, Quesada y los dem�s; que no le invitaran a la Convenci�n si no quer�an. Un valium y dos mogadones era un c�ctel irresistible, una combinaci�n perfecta. Pero a C�sar le asustaba un poco su creciente dependencia de la qu�mica. Quer�a poder dormirse sin venenos. La noche era un mundo terrible.</p><p>De joven, en cambio, la noche le gustaba. Era su rinc�n, su espacio. Se quedaba estudiando en su habitaci�n cuando todo el mundo se dorm�a. Primero se acostaba su padre, si es que ese d�a se encontraba mejor y se hab�a levantado; y en ocasiones el ahogado y acezante ronquido paterno atravesaba el pasillo y llegaba hasta su cuarto de muchacho. Luego, mucho despu�s, se acostaba su madre. C�sar la escuchaba trastear en la cocina durante largo rato. Lavando platos en la pila de piedra. Reordenando cachivaches a la mortecina luz de la bombilla. Ahora que C�sar lo pensaba, no sab�a en qu� consum�a su madre tanto tiempo, puesto que la casa estaba en condiciones catastr�ficas y no parec�a que los intentos de orden y limpieza dejaran una huella apreciable en el desastre. Aunque quiz� tambi�n la madre, como �l, estuviera buscando unos momentos de intimidad. Con el enfermizo y tir�nico esposo ya dormido. Con el saludable y tir�nico hijo encerrado en su cuarto. Sola en la noche frente a la vieja pila. A lo mejor era feliz entonces.</p><p>Luego C�sar la escuchaba chancletear por el pasillo; detenerse un momento ante su puerta cerrada para decirle buenas noches; y entrar de puntillas en el dormitorio en donde su marido ejecutaba un estruendoso solo de bronquios. C�mo podr�a dormir su madre con semejante ruido. Era entonces cuando C�sar se sent�a a sus anchas, rey de su vida y de la noche; encend�a un par de cigarrillos clandestinos comprados por la tarde a la pipera, dibujaba en un bloc, estudiaba un poco y alguna que otra vez se masturbaba. En aquella �poca estaba convencido de que la vida le iba a deparar aventuras tremendas. El solo misterio de poder alg�n d�a conocer carnalmente a una mujer le dejaba las piernas flojas y la ansiedad estremecida. Ahora, en cambio, se libraba de las chicas d�ndoles colacao con un somn�fero.</p><p>Estaban una vez en casa de unos amigos, Clara y �l. Los amigos ten�an jard�n, y una peque�a piscina circular; y por encima de las tapias se ve�a el campo. Era verano, atardec�a; Clara estaba en sus rodillas, en traje de ba�o y con la piel recalentada por el sol. Ea, ea, dec�a C�sar, acun�ndola como si fuera una ni�a peque�a, ea, ea, y ella le segu�a el juego, repantig�ndose en sus brazos y sonriendo. Alrededor de ellos revoloteaban torpemente las avispas, atra�das por el agua de la piscina. La carne de Clara ard�a como un pan reci�n horneado; su cuello ol�a a crema de broncear y a cloro. Esto es la felicidad, pens� C�sar entonces: permanecer as�, con ella entre los brazos, mientras el campo que se extend�a ante ellos amarilleaba y luego llegaba el invierno y se volv�a duro y gris, y despu�s estallaba con los primeros brotes de la primavera, y pasaban as� los a�os y la vida.</p><p>Poco antes de que las cosas acabaran entre ellos empez� a suceder lo de los grifos. Una noche C�sar se despert� de madrugada, sacado de su ligero sue�o por el sonido, inusual a esa horas, de un gorgoteo acuoso. Se mantuvo un buen rato en la cama, sin decidirse a espabilarse, intentando adivinar a qu� podr�a deberse semejante ruido. Descart� la lluvia: sonaba demasiado a riachuelo; y a los vecinos: se escuchaba desde muy cerca, justo en casa. Al cabo se levant� y entr� en el cuarto de ba�o; uno de los grifos del lavabo estaba abierto. Pero abierto del todo: el agua flu�a abundante y sonoramente, se arremolinaba en la pileta de porcelana, se escapaba desag�e abajo con gran profusi�n de flatulencias. Imposible no haber escuchado nada la noche anterior, en el largu�simo lapso de tiempo que C�sar emple� en dormirse. Y adem�s, �qui�n se hab�a dejado el grifo abierto? �l estaba casi seguro de haber sido el �ltimo en usar el cuarto de ba�o y de haber cerrado convenientemente el agua. C�sar contemplaba el rebotar del chorro, tan escandaloso en el silencio de las horas peque�as, y se sent�a cada vez m�s desconcertado. Cerr� el grifo: funcion� perfectamente, de modo que no se pudo consolar con la hip�tesis de una rotura en las tuercas, en las arandelas, en el simple interior del mecanismo. Contempl� el lavabo durante largo rato y pudo comprobar que ni tan siquiera goteaba. Resultaba absurdo, pero lo cierto era que el incidente le dej� desasosegado, inquieto; era una de esas cosas inexplicables que se atravesaban en la raz�n del mismo modo que una espina de pescado quedaba atrancada en el gaznate. Tard� horas en retomar el sue�o.</p><p>Volvi� a suceder d�as m�s tarde. Esta vez era el grifo de la ba�era; el del agua caliente, as� es que cuando C�sar entr� en el cuarto de ba�o la habitaci�n estaba saturada de vapor y el empa�ado espejo no devolvi� imagen alguna de �l. Cort� el agua, regres� al dormitorio y despert� a Clara, un poco hist�rico: en esa ocasi�n estaba seguro de no haberse dejado el grifo abierto. Clara refunfu�� adormilada y le mir� entre l�ga�as como se mira a un loco. Por supuesto que no he utilizado el ba�o desde ayer por la ma�ana, gru��a ella: Y adem�s el dejarse un grifo abierto no es cosa para montar tal cirio. Ciertamente C�sar se sent�a rid�culo; as� es que se call� y se acost� de nuevo. Pero no pudo volver a retomar el sue�o en esa noche.</p><p>Desde entonces adquiri� la mani�tica costumbre de revisar los grifos de la casa varias veces antes de irse a la cama; e incluso hab�a ocasiones en que, tras llevar ya un buen rato acostado, la inquietud le traicionaba y se volv�a a levantar para comprobar una vez m�s que todo estaba en orden. Adem�s, bastaba con que Clara se diera media vuelta en sue�os para que C�sar despertara de un brinco, temiendo que ella pudiera haberse levantado para ir al ba�o y olvidado de cerrar convenientemente las espitas. Y hab�a veces en que Clara regresaba a la cama en mitad de la noche y C�sar ten�a que esperar a que se durmiera de nuevo para poder ir a hacer las comprobaciones necesarias. Con todo ese traj�n C�sar apenas descansaba, porque al amanecer, cuando los terrores empalidec�an con el sol, los vecinos de la casa de al lado, que estaban de reformas y con obreros, empezaban a dar martillazos en los muros, impidiendo cualquier posibilidad de conciliar el sue�o. Fueron unas semanas agotadoras.</p><p>La cosa culmin� una noche, cuando C�sar se despert� s�bitamente con la sensaci�n de que se avecinaba una cat�strofe. Boca arriba en la cama, escuch� durante unos instantes el pulso de la oscuridad: no se alcanzaba a o�r ning�n tronar de agua. Y sin embargo en el silencio hab�a algo l�quido y terrible; m�s que un sonido, una intuici�n. Que se convirti� en certidumbre en cuanto que C�sar salt� de la cama y meti� ambos pies en agua helada. Empez� a gritar, despert� a Clara; los dos, trepados a la balsa de emergencia que era el lecho, contemplaron con estupefacto horror c�mo les rodeaba un palmo de mar, c�mo la casa entera era un naufragio. Arm�ndose de valor, chapoteando entre las aguas, acudieron al cuarto de ba�o y comprobaron que el tap�n de la ba�era se encontraba alevosamente puesto y el grifo abierto al m�ximo. La tina estaba llena y rebosaba ahora mansamente, sin apenas ruido, convirtiendo el piso en un oc�ano. Tardaron horas en achicar la inundaci�n, y desde luego la moqueta jam�s lleg� a recuperarse del todo. Ni la moqueta ni el �nimo de C�sar. El d�a anterior, se enteraron luego, se hab�a matado uno de los obreros en la casa vecina; estaba cortando algo con sabe Dios qu� m�quina, cuando la hoja salt� y se le clav� en el coraz�n. Hab�a sido ah�, pared con pared; quiz� sucedi� mientras Clara y �l hac�an el amor; quiz�s escucharon su �ltimo estertor y lo confundieron con un estornudo. Se hab�a tratado de un accidente impensable, francamente imposible. Un verdadero asesinato de la Providencia. Una de esas cosas inexplicables que se atraviesan en la comprensi�n del mundo, del mismo modo que una espina de pescado que se atraviesa en la garganta y llega a asfixiar al comensal. Era el horror que se escond�a en las horas vulgares.</p><p>La madre de C�sar ya estaba gravemente enferma por entonces; apenas si dur� unos meses m�s. Todo se acumul� en un a�o, como un ataque conjunto y programado que incluyera desembarco, rebeli�n interna y bombardeo. La marcha de Clara. La muerte de su madre. La imposibilidad de pintar. La llegada de Nacho.</p><p>Ya eran casi las tres. La madrugada avanzaba con un aburrimiento inexorable. En el cenicero no cab�an m�s colillas; la maldita neuralgia volv�a a morder su ceja izquierda. Si mov�a demasiado deprisa la cabeza los sesos parec�an estrellarse dolorosamente contra las paredes de la caja craneal, como si su cerebro hubiera decidido suicidarse a golpes, harto de esa jaqueca inaguantable. Ya le dol�a por la tarde, cuando Paula lleg�. Pero se tom� un pu�ado de optalidones y se alivi� bastante. Paula apareci� a eso de las seis; ven�a buscando, dijo, un ejemplar de las normas internas de la agencia, �acaso C�sar pose�a una copia? Los analg�sicos hab�an dejado a C�sar algo acorchado, pero as� y todo supo al momento y sin ning�n g�nero de dudas que deseaba a Paula desesperadamente. Ah� estaba, frente a �l, morena, un poco gordita, los ojos muy negros y brillantes, tan saludable y comestible toda ella. Vamonos a la cama, dijo. Pero Paula cambiaba de conversaci�n, pon�a pretextos. Llevaban varias semanas casi sin verse. Qu� te pasa conmigo, por qu� no quieres, se exasperaba C�sar. Y ella. Pero no, no pasa nada, lo que ocurre es que en este momento me preocupan otras cosas. Y volv�a a retomar el tema de las normas internas, ese librillo directamente traducido de la casa central americana, tan absurdo y humillante en sus precisiones laborales. Las empleadas deber�n vestir siempre falda e ir provistas de medias, sosten�a el panfleto, por ejemplo; aunque, a decir verdad, la <emphasis>Golden Line</emphasis> espa�ola no aplicaba el reglamento a rajatabla. Que necesitaba un ejemplar de las normas, insist�a Paula. Que si ya estaba harta de que en la agencia la explotaran. Que si lo peor de no ser jam�s ascendida era que todos los imb�ciles acababan siendo jefes suyos. Y a C�sar se lo llevaban los demonios, se le nublaba la vista, los bajos le pesaban como el plomo, se abrasaba de hambre paulina: Olv�date de todo eso y ven a la cama, le imploraba. Ella, sin embargo, se manten�a implacable: D�jame, nunca me has tomado en serio cuando se trata de hablar de mi trabajo. Pero C�sar s�lo pod�a pensar en la bola de angustia que ten�a instalada en el est�mago y que �l intentaba empujar hacia su sexo: Vamos a echar un polvo, anda; y sus manos se alargaban hacia los senos de ella, hacia su cuello, sus caderas, la redonda carne de los brazos. Entonces Paula se desas�a, se pon�a en p�e y empezaba a dar grandes zancadas por la habitaci�n con la mirada centelleante, esta vez se van a enterar, esos fascistas, porque son unos fascistas, he hablado con un periodista amigo m�o que trabaja en la secci�n de econom�a del <emphasis>Noticias Hoy </emphasis>y va a sacar un art�culo sobre las irregularidades de la agencia; pero para completarlo necesitar�a esas normas internas tan ridiculas. Y a C�sar le entraban ganas de llorar, porque lo �nico que �l quer�a era sentirse dentro de ella y menos solo. C�mo era posible que hubiera habido �pocas en las que era ella, Paula, quien m�s le persegu�a, y �l, C�sar, quien se dejaba querer c�modamente, cuando ahora Paula se le antojaba la mujer m�s fervientemente deseable. C�sate conmigo, Paula, solt� C�sar sin venir a cuento, de repente. Pero ella no le hizo el menor caso y sigui� hablando de lo suyo. C�sate conmigo, lo estoy diciendo en serio. Paula se detuvo en mitad de una frase, abri� mucho la boca, se la tap� con una mano, se ech� a re�r con grandes carcajadas y luego se qued� mir�ndole muy seria, casi se dir�a que furiosa. Te has liado con Nacho, eres su amante, dijo entonces C�sar. Pero qu� tonter�a, t� est�s loco, contest� ella.</p><p>En los �ltimos meses de la enfermedad su madre ya no sal�a de casa, es decir, del piso antiguo y oscuro que hab�a heredado de sus padres, con las paredes empapeladas y desvencijados muebles de madera negra. Se pasaba las horas sentada en el sill�n frente al televisor; o bien dormitando en esa cama tan grande como una barca en donde hab�a nacido y en donde iba a morir. C�sar le hab�a puesto una enfermera para que le administrara las dosis cada vez m�s fuertes de calmantes y para que le hiciera compa��a; porque �l se sent�a incapaz de estar con ella. No pod�a soportar el ver a su madre ah�, tan amarilla y consumida, malgastando sus �ltimos d�as frente al televisor del mismo modo que hab�a malgastado su existencia. Mor�a igual que hab�a vivido: como un animalito. Y a C�sar le espantaba su docilidad, la pasividad con la que se enfrentaba a la desgracia, y que se manifestaba incluso en los estoicos suspiros con que aguantaba un dolor, �l lo sab�a, cada d�a m�s insoportable. Y aun siendo todo esto horrible -la consunci�n, el sufrimiento f�sico, la agon�a-, lo que en verdad llenaba a C�sar de zozobra era la absoluta inutilidad de la vida de su madre, su existencia gris y sin sentido, ya sin redenci�n posible frente al cercano fin.</p><p>No siempre fue as�; es decir, no siempre consider� C�sar a su madre como la culminaci�n del desperdicio. Porque, siendo �l un ni�o, ella era un personaje formidable. Recordaba C�sar ahora el mundo de prodigios que ella sab�a crear; c�mo el oscuro pasillo se llenaba, a su conjuro, de caballeros y dragones; c�mo merendaban los dos, en ocasiones, en el espl�ndido palacio del Rey Midas, que era la mesa del comedor cubierta de mantas e iluminado su interior por una vela; o c�mo el padre enfermo, agriado y casi siempre en cama, era el mago Merl�n, de todos conocido por su mal car�cter y su sabidur�a inmensa. Aunque para el ni�o C�sar quien pose�a de verdad la llave del saber era la madre. Era ella quien conoc�a c�mo curar un resfriado; o c�mo hacer, en la cocina, deliciosos pastelitos de huevo y az�car para comer despu�s en los salones del Rey Midas; y c�mo pintar, con l�pices de colores, los cartones con los que tapaba los cristales rotos, convirtiendo esas ventanas en las m�s bonitas que C�sar hab�a visto. Para su madre, para esa madre superlativa de la primera infancia, todo era posible: �Que C�sar quer�a ser de mayor explorador y descubrir lo m�s secreto de �frica? �Pues claro que s�, nada m�s f�cil! �Que C�sar ser�a capaz de enfrentarse y vencer a una manada de leones? Su madre no lo dudaba lo m�s m�nimo. �Qu� quiz� cuando creciera un poco C�sar podr�a casarse con Liz Taylor? Desde luego: en cuanto que Liz le conociera lo amar�a. Todas las maravillas del mundo estaban ah�, al alcance de la mano; bastaba desear algo con suficiente intensidad para obtenerlo.</p><p>Luego, cuando C�sar creci� y lleg� a la altura de los picaportes de las puertas, empez� a darse cuenta de que los cartones pintarrajeados que cubr�an las ventanas no eran en realidad un adorno original, sino un producto de la m�s pura miseria; algo a ocultar, avergonzado, en las escasas ocasiones en que ven�a a casa un amiguito. Y descubri� que, en contra de lo que dec�a su madre, no bastaba con desear las cosas ardientemente. Nada era posible: su madre hab�a mentido. Esa madre que no era ya una criatura fabulosa, sino una mujer cansada y con ojeras a la que el padre vociferaba todo el d�a; un ser incapaz de rebelarse ante un destino injusto. Por eso C�sar empez� a tratarla del modo dictatorial que la trataba el padre: por mentirosa, por derrotada, por sumisa. Y a los catorce a�os ya le gritaba con el mismo desprecio masculino, avivado por la d�cil resignaci�n de ella. As� se fue construyendo un abismo insalvable entre la madre y C�sar.</p><p>Las cinco menos cuarto de la ma�ana. C�sar se levant�, se fue al cuarto de ba�o, bebi� un vaso de agua, me� un poco. El ruido de la cisterna fue un esc�ndalo. Rebusc� en el armario de las medicinas hasta que encontr� unos supositorios de cibalgina bastante derretidos; se puso dos, porque la mitad se le qued� en los dedos, y volvi� a la cama sujet�ndose las doloridas sienes con las manos. La habitaci�n ol�a a guarida de tigre fumador; y las s�banas estaban h�medas de insomnio.</p><p>No te da verg�enza, le hab�a dicho por la tarde a Paula. No te da verg�enza, tanto hablar de feminismo y de progresismo y luego te l�as con ese hijoputa de Nacho. Y ella insist�a que no, que no era cierto. No sab�a muy bien C�sar por qu� le indignaba tanto esa sospecha. Dolerle s�, claro, c�mo no; pero �indignarse as�? �Por qu� le parec�a que, si abr�a sus piernas para Nacho, Paula estar�a traicionando sus m�s altos principios, cuando adem�s C�sar jam�s hab�a tomado muy en serio los principios de Paula? Teniendo en cuenta que �l, C�sar, no era guapo, no era joven, no ten�a �xito, carec�a de dinero y estaba deprimido y amargado, �no resultaba l�gico que Paula se enamorara de un hombre que s� era guapo y joven y rico y triunfador y por supuesto alegre, porque c�mo no estar alegre teniendo todo lo dem�s? Y sin embargo, �no le parec�a a C�sar que Paula le deb�a a �l, y sobre todo se deb�a a ella, la dignidad de ser fiel a s� misma? �No dec�a siempre Paula que le repugnaban los hombres competitivos y machistas, que no soportaba a los ejecutivos agresivos, que estos tiburones de empresa eran unos tipos deleznables, que ella prefer�a con mucho al perdedor? �Y no era �l, C�sar, el perdedor m�s absoluto que Paula pod�a so�ar en encontrar? Pero, claro, todo ese f�rrago te�rico deb�a de ser mentira. Porque las mujeres, a fin de cuentas, siempre se enamoraban del triunfador tradicional. �Acaso no hab�a sucedido lo mismo con Clara? �No era razonable pensar que Clara le hab�a abandonado por ser poco competitivo, poco luchador, poco agresivo? Y entonces, �era posible que la trampa laboral fuera tan amplia y tan mal�fica? �Y que al fracasar en la empresa fracasaras tambi�n en lo sexual, en lo afectivo, en lo sentimental; con los hijos, con los amigos, con la familia, con la amante? �Como Mat�as y su botella de lej�a? �No se apresuraban todos a adquirir las mujeres apropiadas a su estatus? Como la rubia te�ida de Miguel, frescachona y repintada porque al enclenque Miguel le encend�an las mujeres ostentosas y un poco putas. O como la rubia te�ida de Quesada, ast�nica y m�s bien l�nguida porque el tosco Quesada quer�a alardear de esposa fina. �No eran ambas, no eran todas esas mujeres un derivado del cargo, un beneficio a�adido al salario, pura materia laboral, equiparables a una paga extra o a un trienio? C�mo pod�a haberle hecho Paula una faena semejante, sabiendo bien, como sab�a, el maquiav�lico comportamiento de Nacho hacia �l. Hab�a algo infinitamente m�s doloroso que el hecho de que tu novia te traicionara con tu mejor amigo, y era que se fuese con tu peor enemigo. En su obsesi�n por acabar con C�sar, Nacho hab�a dinamitado su posici�n en la agencia, hab�a envenenado sus relaciones amistosas y ahora le arrebataba a Paula, como el proc�nsul que, en el desfile del triunfo, encadenaba a su carro a la esposa del caudillo b�rbaro vencido. Pensando en estas cosas, a C�sar se le revolv�an las entra�as. C�mo has podido hacerme esto, le repet�a a Paula, ya gritando. No es cierto, no es verdad, insist�a ella muy bajito. Hasta que al fin se call� y le mir� muy seria. Entonces C�sar sufri� un v�rtigo, un mareo, un ataque de p�nico. Est� bien, te creo, te creo, no tienes nada que ver con Nacho, soy un idiota, farfull� apresuradamente; esp�rate, perd�name, qu�date conmigo un poco m�s. Pero Paula ya se marchaba, quiz� triste, quiz� furiosa, sin lugar a dudas pensativa: Dej�moslo por hoy, C�sar, ya hablaremos otro d�a. Y C�sar no quer�a hablar ni ese d�a ni nunca, tan s�lo deseaba creerle y poder guarecerse en el cobijo de su vientre. As� es que la acompa��, desolado y sol�cito, hasta la puerta, y, ya en el umbral, le regal� la hermosa pitillera de dise�o italiano que acababa de comprarse el d�a anterior. Como quien sacrifica un preciado bien a un dios pagano. Ya sabes que yo no fumo, dijo Paula, desconcertada. No importa, qu�datela, a m� me encanta, dijo C�sar.</p><p>Un d�a, poco antes del fin, C�sar hab�a ido a visitar a su madre. Estaba sentado junto a ella, oliendo su decrepitud, reci�n llegado y loco por marcharse. Era un atardecer de oto�o y frente a ellos bailoteaban y chillaban unos cerditos y un lobo feroz en los dibujos animados de la televisi�n. Su madre permanec�a con los ojos fijos en la pantalla, delgad�sima ya, con su habitual traje de florecitas colg�ndole como un pingo de los huesudos hombros y los brazos recogidos en el regazo como si estuviera acunando su enorme vientre inflamado. C�sar escrutaba sus emaciados rasgos, calculando cu�nto tiempo quedaba: tan s�lo semanas, quiz� d�as; de cuando en cuando un espasmo de dolor recorr�a el rostro de la mujer con un culebreo silencioso. C�sar se dijo para s� que no pod�a soportarlo, y se sinti� cayendo hacia el terror. En Navidades, comenz� a decir nerviosamente, en Navidades, cuando est�s mejor, vamos a hacer un viaje a la costa, al sol, a ver el mar; y mientras hablaba C�sar se hund�a m�s y m�s en el p�nico, como quien chapotea en un pantano. En cuanto que te pongas buena vamos a hacer muchas cosas juntos, ya ver�s, insist�a enfebrecido y sin o�rse. Entonces su madre gir� lentamente la cabeza, clav� en �l unos ojos sin fondo que lo abarcaban todo y sujet� una de las manos de C�sar entre sus propias manos descarnadas. Tranquil�zate, hijo, dec�a la madre mientras le acariciaba blandamente. Tranquil�zate, hijo, no es tan terrible, no debes tener miedo. Y as�, cobijado en el s�lido hueco de las manos maternas, mientras el lobo persegu�a a los cerditos en el televisor y la tarde mor�a en la ventana, C�sar sinti� que traspasaba una puerta, que penetraba en un espacio interior en donde, rescatada a trav�s de la distancia, resplandec�a intacta la magia poderosa de su madre. Y, lo mismo que cuando era un ni�o chico, C�sar se dej� apaciguar por su sabidur�a y se supo a salvo de lo desconocido y del misterio. As� permaneci� un buen rato, lloroso y sin hablar, embriagado de intimidad y de reencuentro.</p><p>Las siete. Ya hab�a amanecido. C�sar chasque� la lengua, gruesa de sue�o y de tabaco, de sabor abominable, seguramente maloliente. Pero no hab�a nadie alrededor que pudiera oler su aliento. Ahora, con las sombras de las esquinas convenientemente contrarrestadas por la potente luz diurna, C�sar empezaba a advertir que la somnolencia se acercaba, como un paciente depredador a punto de alcanzar su fatigada presa. Lleg� la hora de dormirse, se dijo bostezando; y arroj� al suelo el mont�n de tebeos del <emphasis>Pr�ncipe Valiente </emphasis>que hab�a sobre la cama. Ahora caer�a en un sue�o agotado y profundo, fr�o como una tumba, y se despertar�a como siempre demasiado tarde. Tan tarde que la luz se agolpar�a al otro lado de las persianas bajadas, empuj�ndolas, se dir�a que hinch�ndolas, casi revent�ndolas con ese sol que se filtrar�a a presi�n por las rendijas, que se clavar�a en �l como una flecha luminosa, delat�ndole, se�al�ndole, conmin�ndole, gandul, in�til, z�ngano, para vivir as� te dar�a lo mismo el estar muerto.</p></section><section><title><p>9</p></title><p>Lo de la cita ya era en s� bastante malo, pero C�sar alcanz� el colmo de la desaz�n cuando el ordenanza de la agencia empez� a repartir los sobres azules del correo interior. Cuando C�sar se encontraba muy angustiado la tensi�n parec�a hincharle las cuerdas vocales como si tuviera un ataque feroz de amigdalitis. Ahora se encontraba as�, sin ir m�s lejos; como si se hubiera tragado una bola de billar. Carraspe� y rugi� un par de veces intentando desatar el nudo que atenazaba su laringe; Conchita despeg� los ojos de la pared y le contempl� con expresi�n profundamente airada: quiz� hab�a tomado sus afanes respiratorios por reg�eldos. Conchita estaba hoy particularmente belicosa. Que el se�or Morton le quiere ver a usted a eso de las siete, le hab�a dicho nada m�s llegar; y por el desprecio que impregnaba su voz era evidente que el hecho de que Morton reclamara la presencia de C�sar no era para ella sino una prueba m�s de la connivencia de �ste con el Gran Enemigo. Porque, en su calidad de desterrada interior, de apestada subsidiaria, Conchita no contaba con fuentes de informaci�n directas y por tanto no pod�a saber que C�sar se encontraba en el mismo umbral de la desgracia. O eso se tem�a �l.</p><p>Desde luego los s�ntomas eran verdaderamente preocupantes; la Convenci�n se echaba encima y parec�a como si se hubiera fraguado una conjura general para no tocar el tema en su presencia. Y as�, bastaba con que C�sar se acercara a la m�quina del caf� para que el corrillo de ejecutivos all� presentes callara de modo s�bito y todos se pusieran a soplar sus vasos con una unanimidad muy sospechosa. Porque cuando �l se alejaba pasillo adelante pod�a escucharles retomar alegremente la conversaci�n, haciendo bromas y cabalas, generalmente obscenas, sobre el fin de semana que les ocupar�a la Suprema Reuni�n Empresarial. Y en los retretes, C�sar les hab�a o�do repetir las sobadas an�cdotas de la Convenci�n pasada, �os acord�is de cuando a Miguel se le rompi� el micr�fono y nadie le advirti� que no se le entend�a una palabra?, y ese os acord�is jam�s inclu�a a C�sar, no ya como si �l no estuviera ah�, meando sonoramente junto a ellos, sino a�n mucho peor, como si �l no hubiera asistido ni a la Convenci�n pasada ni a ninguna. Tal parec�a que la <emphasis>Golden Line</emphasis> estaba borrando la existencia de C�sar del mismo modo que Stalin borr� a Trotsky de las p�ginas de la enciclopedia rusa; y a C�sar no le era costoso imaginar un enjambre de siniestros empleados orwellianos alterando laboriosamente las actas de las Convenciones a las que �l hab�a asistido; e incluso alcanzaba a ver un segundo destacamento de sicarios destruyendo los v�deos de sus mejores campa�as, enterrando los premios que hab�a conseguido y quemando en una pira la totalidad de sus cuadros, incluyendo el que estaba colgado en el Museo de Arte Contempor�neo. Porque la Historia la escrib�an los vencedores; y si la <emphasis>Golden Line</emphasis> pensaba acabar con �l, procurar�an convencer a todo el mundo de que C�sar Miranda no s�lo era en la actualidad una calamidad evidente, sino que antes tampoco hab�a llegado a ser gran cosa. Maniobra f�cil �sta, dada la fragilidad de la memoria.</p><p>Por ejemplo: un d�a C�sar se encontraba en el bar de la esquina, tomando el aperitivo con unos compa�eros de la agencia. Uno de los presentes, un reci�n llegado, un jovenzuelo hambriento de victorias, sac� a colaci�n a Constantino. Pues anoche conoc� a un tipo muy chistoso, contaba el cachorro encendiendo con ampulosidad una pipa. Anoche, fue en la partida de poker, se llamaba Constantino y era un hombre ya mayor, el t�o empez� a decir que si �l hab�a poco menos que montado la <emphasis>Golden Line</emphasis><emphasis>, </emphasis>vamos, si le hubierais o�do hablar os hubierais desternillado de risa, le estuvimos tomando el pelo un rato largo, vosotros que sois antiguos a lo mejor le conocisteis, por lo visto trabaj� primero en <emphasis>Rumbo. </emphasis>Y C�sar, secamente: S�, claro que lo conozco. A lo que el joven depredador a�adi�: Pues oye, el t�o no ten�a ni idea de lo que era la publicidad. Y ah� fue donde C�sar explot�. Que si Constantino era mejor profesional que todos ellos, que si hab�a sido un pionero en Espa�a, que si a �l, C�sar, se lo hab�a ense�ado todo, que c�mo era posible que la gente olvidara a un hombre as�, que qu� sab�a un mocoso como �l de todo esto. El mocoso le miraba estupefacto, los compa�eros en edad y catadura del mocoso le miraban estupefactos, Paula le miraba estupefacta, el due�o del bar le miraba estupefacto, la estupefacci�n cund�a por doquier en torno al vociferante C�sar, pero �ste, aun percat�ndose del pasmo general, no era capaz de cortar la febril catilinaria ni de contener el galope de sus sentimientos. Porque sus emociones se hab�an disparado de un modo convulsivo, con una furia que sacud�a a C�sar y que no dejaba de asustarlo, puesto que cuando Constantino fue despedido �l no hab�a dicho palabra ni se hab�a sentido de ese modo, y ahora, en cambio, bastaba un comentario banal de un pobre idiota para que le ahogara la congoja y estuviera a punto de romper en l�grimas. Aunque al final se las arregl� para aguantar el llanto. Tan s�lo Paula, que le sirvi� un nuevo vaso de vermut y cambi� de conversaci�n r�pidamente, debi� de darse cuenta de la inminencia del diluvio.</p><p>Paula.</p><p>C�sar respir� hondo y se esforz� en pensar en Constantino, cu�nto tiempo sin verlo, c�mo estar�a ahora, qu� tal andar�a de su �lcera de est�mago, sus caderas redonditas y graciosas, sus carnosas caderas cabalgadas por Nacho.</p><p>Paula, Paula, Paula.</p><p>Alto ah�, era una obsesi�n morbosa, era da�ino, no pod�a seguir alimentando esa demencia. Paula hab�a dicho que no ten�a nada que ver con Nacho y �l le cre�a. Lo dem�s era producto de su inseguridad, de una debilidad perniciosa y est�pida. Se sent�a en verdad tan d�bil, tan inerme. Como expuesto a una desgracia irreparable. El d�a amenazaba algo siniestro. Incluso la luz, ahora que lo pensaba, era distinta. Mir� por la ventana: el cielo parec�a desplomarse bajo el peso de unas densas nubes de color chocolate. Era un cielo incre�ble. Nunca hab�a visto unas nubes as�. La nuca se le empap� de sudor fr�o. Contempl� a Conchita. Permanec�a impert�rrita mientras �l se debat�a contra el p�nico en ese apocal�ptico atardecer marr�n oscuro. C�sar respir� profundamente. Calma, calma. Mejor ser�a concentrarse en los peligros reales, en lo concreto. En la cita con Morr�n, por ejemplo. Una cita a hora fija, cosa bastante absurda e inusual. Porque normalmente la secretaria de Morton llamaba y dec�a: Que venga Fulano a ver al se�or Morton. Y el Fulano en cuesti�n atravesaba inmediatamente la agencia, perdiendo el culo, camino del despacho del Sumo Sacerdote. Cuanto m�s recapacitaba sobre ello, m�s ominosas le parec�an las circunstancias de esta cita. Claro que quiz�s estuviera exagerando, se dijo mientras carraspeaba para hacer girar la bola de billar en su garganta; la vez pasada tambi�n se asust� mucho y luego result� que s�lo le quer�a contar lo de la muerte de Mat�as. Repas� mentalmente la lista de empleados de la casa con la esperanza de que se hubiera suicidado alg�n otro; pero no, no era posible, porque los hab�a visto a todos en la agencia esa misma ma�ana. C�sar resopl�, angustiado: Qu� demonios querr�a Morton de �l.</p><p>Y ahora, adem�s, estaba empezando a ponerse nervios�simo con el asunto del correo interior. Porque el ordenanza ya hab�a efectuado dos viajes al antedespacho de Morton, al cuarto de las secretarias, para recoger all� los grandes sobres azulones del correo interior e irlos repartiendo por la agencia. Un sobre para cada jefe, para cada mando, incluyendo los intermedios. Del nivel cinco para arriba, calcul� r�pidamente C�sar; o sea, lo habitual en estos casos. Porque deb�an de ser las invitaciones para la Convenci�n. Las convocatorias oficiales. Al otro lado de las mamparas de cristal, C�sar ve�a a los dem�s abrir sus sobres y escudri�ar el contenido; estaban demasiado lejos para advertir si sus rostros adquir�an una expresi�n beat�fica. El ordenanza se afanaba de ac� para all�, la pila de sobres de sus brazos iba menguando velozmente y el hombre ni siquiera hac�a adem�n de venir hacia su zona. Pero un momento, un momento: ahora se deten�a en mitad de la agencia, le�a el nombre escrito en el �ltimo sobre, miraba alrededor, giraba su corpach�n noventa grados, apuntaba con su barriga voluminosa hacia el rinc�n de C�sar y s�, ahora s�, ahora navegaba hacia ac� con la esperanza azul entre sus manos. Ya llegaba. Ya se le o�a el jadear asm�tico. Ya llamaba a la puerta, aunque a trav�s del cristal se ve�a perfectamente su presencia. Ya asomaba su cabeza por el quicio. Venga, termine de una vez, d�melo ya, pensaba C�sar. Pero el viejo mir� a Conchita y dijo: Se�orita Conchita, �sabe usted a d�nde ha ido don Miguel? A lo que ella respondi� en tono hermosamente b�blico: �Acaso soy yo la secretaria del se�or Mart�nez? En eso apareci� Miguel camino de su despacho, que era exactamente el contiguo al cuchitril de C�sar, y entonces el ordenanza le entreg� el �ltimo sobre azul que pose�a, y que cay� en manos de Miguel, C�sar hubiera podido jurarlo, con el aleteo de una paloma herida. De modo que ya estaba. Le hab�an dejado fuera de la Convenci�n. Se hab�a acabado el juego. Por la nuca de C�sar ascend�a una marea helada. Un sudor de adrenalina y miedo. �l nunca fue un tipo muy ambicioso; nunca se hab�a propuesto de un modo consciente el ascender a cima alguna. El azar y su buena estrella le hab�an encumbrado: de repente se encontr� siendo el virrey de un territorio que no hab�a pensado en conquistar. Pero ahora las tropas enemigas le estaban echando del trono a puntapi�s. C�sar gimi�. Conchita le mir� suspicazmente. Ni siquiera pod�a agonizar en paz y sin testigos.</p><p>Ahora bien, �y<emphasis/>si todo esto fuera una simple paranoia, un producto de la inquietud y la neurosis? C�sar se refrot� las doloridas sienes e intent� enfriar su alarma. En realidad los sobres interiores pod�an contener una circular sin importancia; por ejemplo, alguna advertencia administrativa para los usuarios del aparcamiento. Y como �l, C�sar, carec�a de plaza de garaje, no necesitaba recibir el sobre azul. Se acord� entonces C�sar del pobre Mat�as, de su cara de alcoh�lico y sobre todo de an�nimo, de su coche rojo chaf�ndose irremisiblemente contra las columnas de hormig�n del subterr�neo en aquel d�a infausto en que le privaron de su plaza. El comienzo del fin. Las raspaduras del coche rojo todav�a deb�an de seguir adheridas a la pared del aparcamiento como un tizn�n de sangre.</p><p>Ya lo dec�a Clara, que era una brillante economista: Qu� te esperabas, vivimos en un mundo homicida. La sociedad moderna, discurseaba ella, se hab�a ido gestando en la Europa de los inicios industriales, con ni�os enclenques trabajando diecis�is horas diarias, mineros escupiendo sus pulmones podridos y obreras embarazadas tan agotadas y desnutridas que se iban camino del parto al cementerio. Pero hab�a sido en Estados Unidos, y en el transcurso de los �ltimos cien a�os, donde rusos, irlandeses, italianos, polacos, galeses y dem�s tribus humanas se hab�an dado cita para construir sobre esa tierra nueva el modelo perfecto de colectividad depredadora. Recordaba ahora C�sar una tarde en la que Clara se apasion� hablando de todo esto; porque ella pose�a una dilatada biograf�a de activismo izquierdista y, a veces, en vez de conversar soltaba m�tines. Aquel d�a Clara acababa de regresar de Londres de abortar; y C�sar se encontraba sentado frente a ella, bebiendo cerveza y rabiando por decirle: Por qu� me has hecho esto, por qu� me has rechazado, por qu� lo has desbaratado, tambi�n era mi hijo. Pero las palabras se le estrangulaban camino de la boca y C�sar s�lo hablaba del <emphasis>land run, </emphasis>del capitalismo y de Oklahoma. Antes de partir hacia Londres, Clara le hab�a dicho llorando que no quer�a tener hijos ni de �l ni de nadie, que no quer�a ser madre. Pero un amigo com�n la hab�a visto el verano pasado con un trip�n tremendo, gr�vida y feliz, pre�ada de otro. A estas alturas ya habr�a dado a luz. Este pensamento le resultaba a C�sar tan insoportable como el s�bito calambre en una carie.</p><p>El <emphasis>land run </emphasis>m�s famoso, bien lo sab�a C�sar de tanto o�rselo contar a Clara, sucedi� el 22 de abril de 1889 en Oklahoma. Ese d�a, un vasto territorio arrebatado a los indios fue parcelado y entregado gratuitamente a los colonos: bastaba con llegar a una parcela antes de que llegara ning�n otro. El Ej�rcito marc� una l�nea imaginaria en el l�mite del terreno, retuvo all� a los aspirantes a granjeros y, a las doce en punto, dio la salida para la gran carrera. Decenas de miles de hombres, de mujeres y ni�os se lanzaron colinas adelante. Iban a caballo, en burro, a pie, en carromato o diligencia; eran una horda de hambrientos y despose�dos y sab�an que hab�a muchos m�s individuos que terreno. As� es que galoparon hasta reventar los caballos, corrieron hasta desvanecerse de fatiga, se arrastraron por el barro cuando no pudieron m�s, se pegaron, se acuchillaron, se masacraron mutuamente para conseguir su rect�ngulo de polvo en propiedad. La carrera de la tierra, peroraba Clara encendida de justicia social, no la ganaba el m�s honesto ni el m�s inteligente, y ni siquiera el m�s r�pido; triunfaba el m�s fuerte, el m�s cruel, el m�s insolidario e inhumano. Aquel que, por no detenerse, cortaba en dos con las ruedas de su carro al competidor que ca�a ante �l en el barullo; aquel que apaleaba, amedrentaba y expulsaba de la parcela a un hombre m�s d�bil o quiz� menos asesino; o aquel, incluso, que mataba alevosamente y por la espalda. Y esta apoteosis del abuso, en fin, no hab�a sido el �nico <emphasis>land run </emphasis>de la reciente historia americana; en a�os sucesivos los indios fueron despojados de nuevos territorios y se perpetraron m�s carreras. De modo que lo del 22 de abril en Oklahoma no se trat� de la calamitosa ocurrencia de un general fulminantemente degradado a ra�z de aquello, ni del delirio pol�tico de un congresista cuya estrella hubiera declinado desde entonces. Es decir, remachaba Clara levantando un �ndice acusador y fino, no fue producto de un error, sino de una voluntad perversa, del deseo de construir una sociedad sobre esas bases; y la carnicer�a como v�a natural de selecci�n les pareci� a lo que se ve de perlas. Eso dec�a Clara. Y s�, quiz� tuviera raz�n. As� estaba el mundo como estaba, se dijo con gran congoja C�sar. As� andaban todos, corriendo desesperadamente hacia la nada, atropellando al que marchaba delante, coceando al vecino, mutilando al ca�do, destripando al colega por ser un competidor de la parcela. Llenando la pradera, en fin, de un tumulto de muerte; esa inmensa pradera antes cohabitada pac�ficamente por los bisontes y el esp�ritu del sabio Manit� y ahora enpeque�ecida por el veneno de tantas rencillas. Si todos se callaran un momento, pens� C�sar; si las m�quinas, si los coches, si la actividad se detuviera un solo instante, podr�a escucharse el estruendoso jadear de todos los corredores que en el mundo somos, un respirar de asfixia que sonar�a al fragor de las olas del mar contra la costa. Miguel, por ejemplo, se preguntaba C�sar observando disimuladamente y de reojo el despacho contiguo: �no estaba Miguel bastante ahogado? �No se le ve�a acodado en la mesa, casi cabr�a decir derrumbado, y verdaderamente sin resuello? Y los otros, los dem�s, al otro lado de los separadores de cristal, en la gran sala, �no andaban todos boqueantes como barbos sin suficiente ox�geno? �Y cogi�ndose los costados para aguantarse la punzada del correr, el doloroso flato? Pero no, no, era mentira. Todos estaban muy tranquilos. Y respirando por la nariz, como Dios manda. Tranquilos y felices con el sobre azul sobre sus mesas. En ocasiones C�sar pensaba que esas cosas s�lo se le ocurr�an a �l y se sent�a muy solo.</p><p>�No pod�a m�s! Ten�a que ver el contenido de esos sobres como fuese. No resist�a ni un instante m�s de incertidumbre. Era ya casi la hora de ir a ver a Morton y ten�a la garganta como un papel de lija. No iba a poder hablar de puro miedo. Quiz� no iba a ser capaz ni de tenerse en pie, porque las rodillas le temblaban. Se sent�a tan mareado como si se hubiera bebido una botella de co�ac, y con id�nticas ganas de vomitar. La �nica ventaja estribaba en que no ve�a doble: tener a dos Conchitas frente a �l hubiera sido demasiado. Ten�a que leer el maldito sobre azul y salir de dudas. Quiz�s si entraba en el despacho de Miguel y le dec�a: Me siento enfermo no puedo m�s dime la verdad me hab�is echado. O mejor ser�a utilizar un tono despreocupado y alegre: Oye, Miguel, por pura curiosidad, �ese sobre azul es la invitaci�n para la Convenci�n o no? O incluso: entrar en el despacho de Miguel a la carrera gritando �fuego, fuego!, y esperar a que se desalojara la habitaci�n para echarle una ojeada subrepticia al papelucho. La tarde ca�a sobre �l como una guillotina. Y el color del mundo era imposible.</p><p>Calma, C�sar, se dijo: Est�s hist�rico. Se sent� muy erguido en la silla y empez� a respirar con el diafragma espaciosamente y hasta dentro; era un m�todo de relajaci�n que le hab�a ense�ado una vez un antiguo amigo suyo, un chico macrobi�tico, orientalista, partidario de la meditaci�n trascendental y hombre obsesionado por la salud que hab�a muerto atropellado por un borracho varios a�os atr�s. As� es que C�sar mov�a el diafragma, se llenaba el est�mago de aire, contra�a los m�sculos, se vaciaba cuidadosamente y mientras hac�a todo esto pensaba: Dios m�o, qu� loco estoy. Aspiraci�n, espiraci�n. No me va a pasar nada malo. Aspiraci�n. Los sobres azules no tienen nada que ver con la Convenci�n. Espiraci�n. Nadie est� pensando en echarme. Aaaaaaspiraci�n. Y aunque me echaran: se puede vivir perfectamente sin la maldita <emphasis>Golden Line. </emphasis>Expiraciooooo�n.</p><p>Una noche, hac�a algunos meses ya, �l estaba con Paula. Una noche C�sar se despert� en plena madrugada. No es que este hecho resultara en s� extraordinario, porque el dormir de C�sar siempre fue muy fr�gil. Pero aquella noche se despert� muy poco a poco y asfixiado por una horrible certidumbre: que no sab�a d�nde estaba, que no conoc�a esa casa extranjera, que no recordaba qui�n era ese ser remoto que resoplaba en la cama junto a �l. Luchaba C�sar desesperadamente por desprenderse de las sombras del sue�o, pero s�lo para descubrir, con progresivo p�nico, que las sombras de la vigilia eran a�n m�s espesas. Lleg� un momento en que se sent� en la cama, sabi�ndose totalmente despierto pero atrapado a�n en esa realidad de pesadilla, sin reconocerse, sin comprender d�nde se hallaba o qui�n era �l, convertido en la esencia misma de la soledad, la llaga de una conciencia perdida en la inmensidad de un universo ajeno. Y as� permaneci�, sepultado en el miedo y la noche, durante un tiempo eterno. Hasta que, lentamente, fue recuperando la casa como suya, las nalgas de Paula, su memoria. Pero la consistencia del mundo qued� da�ada tras el largo viaje, y desde entonces C�sar arrastraba el conocimiento de la desolaci�n.</p><p>Nacho asom� la cabeza por la puerta. Ah� estaba, tan sonriente y encantador como una alima�a. Tengo entendido que vas a ver a Morton, dijo Nacho. Eso parece, musit� C�sar, sorprendido. Y baj� la cabeza fingiendo estar atareado con unos papeles. Pero Nacho no se iba: segu�a contempl�ndole y sonriendo. �Quieres un cigarrillo?, pregunt�; y C�sar contest� que no y se puso a abrir los cajones de su mesa para simular actividad. Estaban llenos. �Sus cajones estaban llenos de objetos que �l desconoc�a! Alguien hab�a metido en su mesa las pertenencias de un extra�o. �Qu� es esto?, chill� C�sar sacando un mont�n de carpetas que estaba seguro de no haber visto en su vida. Conchita le mir� airadamente y se encogi� de hombros: Y yo qu� s�. Vienes tan poco por aqu� que hasta se te olvida lo que tienes en los cajones, ri� Nacho mientras cog�a un cigarrillo de una preciosa pitillera de dise�o italiano que se hab�a sacado ostentosamente del bolsillo. La mesa ya no era su mesa, los cajones no eran sus cajones, Paula no era su Paula y el mundo ni siquiera ten�a la decencia de conservar su color habitual. La vida era un lugar horrible. Chico, no s� c�mo puedes ver nada con esas gafas de sol que llevas puestas, dijo Nacho. C�sar se quit� las gafas con mano torpe y el aterrador atardecer marr�n oscuro recuper� su tonalidad gris y banal. Se puso en pie; estaba sudando, las piernas le temblaban. Era la hora de la cita con Morton. Sali� del despacho sin a�adir palabra.</p><p>Sorprendentemente Morton le recibi� enseguida; pero m�s sorprendentemente fue ver que Quesada estaba con �l. Holac�sar, saludaron los dos con amplias sonrisas, aunque Quesada llevaba semanas sin siquiera mirarle. C�sar se sinti� como un cobaya a punto de ser enviado en una c�psula espacial hacia Neptuno. Holahola, respondi� prudentemente �l, las mand�bulas contra�das, la boca seca; y se sent� en el borde mismo del sof� de invitados. Pues vosotros dir�is.</p><p>Pero no parec�an tener gran cosa que decirle. Quesada estaba sentado frente a �l; Morton permanec�a de pie, dando vueltas a un mechero de oro entre los dedos. C�sar encendi� un cigarrillo; Quesada le advirti� que ya ten�a uno prendido y a medio consumir en el cenicero; C�sar mencion� alg�n lugar com�n acerca de su despiste y se ri� sin gana alguna. En la pradera empezaba a soplar una brisa muy suave y el ruido del tumulto se acercaba.</p><p>Mira, dijo Morton, quiero que leas esto. Y tendi� a C�sar un mont�n de papeles. Fotocopias de las normas internas de la agencia, documentos confidenciales. No hace falta que te lo leas todo, s�lo la carta. La carta era del director de publicidad del <emphasis>Noticias Hoy. </emphasis>Querido Morton, ha sucedido algo que quisiera que, uno de nuestros redactores ha, como ver�s por los papeles que te adjunto est�is, naturalmente no lo vamos a publicar aunque, nuestras buenas relaciones comerciales y amistosas priman sobre, el secreto profesional nos impide facilitarte el nombre del informante pero, cu�date de los cuervos que, a ver cu�ndo repetimos la �ltima comida en, un fuerte abrazo de. C�sar levant� la cabeza. Alguien nos quiere hundir, explic� Morton. Es esa hija de puta, rugi� Quesada. Es Paula, sabemos que es Paula quien lo ha hecho.</p><p>Cada vez ve�a a menos gente. C�sar cada vez trataba a menos gente y su c�rculo de soledad era m�s ancho. No es que le importara mucho. Las personas que conoc�a le parec�an cada vez m�s aburridas. Pero a veces, cuando estaba cenando solo en un restaurante porque se hab�a cansado de comer huevos fritos en su casa; cuando de pronto se daba cuenta de que llevaba quiz� dos o tres d�as sin hablar con nadie; cuando ca�a en la cuenta de que no ten�a familiar alguno, ni siquiera un miserable primo, y que no hab�a nadie en el mundo a quien pudiera considerar como algo suyo; entonces, cuando recapacitaba en todo esto, en fin, le dol�a el est�mago. Como si en su barriga tuviera un agujero que estuviera devor�ndole por dentro.</p><p>Ya sabes que el delegado de Los �ngeles va a venir para la Convenci�n; no s� si a �l se le va a poder convencer de todo esto. �De qu�?, pregunt� C�sar, aturdido. Te lo acabo de decir, de tu inocencia; como todo el mundo sabe que est�s liado con Paula� que lo has estado. Como llevas una vida tan independiente y tan al margen de la empresa. Como hay gente que considera que no te encuentras integrado en <emphasis>Golden Line, </emphasis>que no participas en la agencia. Yo no pienso as�, ya me conoces. Pero hay gente que murmura, en fin, ya sabes. Quesada era como un muro de granito frente a C�sar en donde rebotaba y reverberaba la suave voz de Morton.</p><p>Era cierto. �l no acud�a al rito et�lico de cada atardecer. �l no dedicaba sus fines de semana a acompa�ar a Quesada a las carreras o a Miguel al Casino. A cambio de esto, de esta lejan�a f�sica y alcoh�lica, los contornos de C�sar se iban haciendo cada vez menos firmes, m�s confusos. Cartas que antes llegaban a su nombre eran ahora remitidas a Nacho; los clientes que antes quer�an conocer a C�sar se deleitaban ahora sacudiendo la mano de su rival; los organizadores de cenas oficiales, c�cteles y dem�s actos sociales, que siempre persiguieron obcecadamente a C�sar, hab�an cambiado ahora el norte de su obsesi�n y andaban a la caza del muchacho de moda. Incluso los compa�eros de la agencia le llamaban muchas veces Nacho inadvertidamente; ay, perd�n, dec�an al darse cuenta del error, disculp�ndose con humillante �nfasis; para despu�s volverse a equivocar al instante siguiente y llamarle de nuevo por el nombre del otro, de su sucesor, de su enterrador, de su can�bal. Nacho le hab�a devorado y ahora C�sar ya no sab�a bien d�nde ten�a el alma. La misma Paula le hab�a llamado Nacho hac�a dos d�as.</p><p>Claro que estamos seguros de que es cosa de Paula, y t� tambi�n lo sabes, dijo Morton. No quiero ponerme rojo, pens� C�sar. No quiero ponerme rojo, se desesperaba interiormente, mientras sent�a subir un imparable rubor por sus mejillas. Y Morton, magn�nimo: Escucha, no me importa que lo supieras; no ibas a venir a delatar a tu chica, eso lo entiendo; pero el asunto ha llegado lejos, es muy grave. Muy grave, repiti� Quesada en tono l�gubre, agitando el l�tigo por encima de su cabeza cuadrada, azuzando el tiro de mulas de su carro, inconmovible, arrollador, dispuesto a triturar cualquier obst�culo. Queremos despedir a Paula, estamos en nuestro derecho a hacerlo, como comprender�s es justo. Pero no tenemos pruebas de que ella haya dado todo este material a <emphasis>Noticias Hoy. </emphasis>Y es ah� donde t� puedes ayudarnos.</p><p>En realidad ten�an raz�n, se dijo C�sar; le dol�a la cabeza y se sent�a confundido. En realidad Paula se hab�a comportado mal, se hab�a excedido. Morton continuaba hablando y su voz parec�a llegar desde muy lejos: Por supuesto que pensamos llegar a un acuerdo con ella; no queremos esc�ndalos. Pero nos gustar�a tener un triunfo en la mano por si Paula pretendiera acudir a los tribunales. Un testigo en su contra. Es decir, t�, C�sar. En realidad, se repiti� atolondradamente C�sar, Paula se merec�a el despido. No tienes m�s que firmar aqu�; y te garantizo que guardar� el papel en la caja fuerte y que s�lo lo sacar� en caso necesario. Si todo marcha bien no lo sabr� nadie, o casi nadie; pero comprender�s que tenemos que cubrirnos las espaldas. Con qu� propiedad hablaba Morton, pens� C�sar; Morton suave, Morton cort�s, un Morton tan delicado como las criaturas celestiales, como un querub�n �vido de poder, como un seraf�n implacable y tirano, �ngel de Perdici�n de los humanos.</p><p>C�sar cogi� la carta que Morton le tend�a: era una declaraci�n jurada comprometi�ndose a testificar en contra de Paula en el caso de que se fuera a juicio. La hoja tembl� imperceptiblemente entre sus dedos. �Quieres una copa?, pregunt� Morton. Y C�sar quiso un co�ac y se lo bebi� de un trago. No est�s obligado a firmar, naturalmente, dec�a Morton; pero te agradecer�amos mucho que lo hicieras; a fin de cuentas es la primera vez que la <emphasis>Golden Line</emphasis> te pide algo, �no es as�? No, no era as�, hab�a algo radicalmente falso en el razonamiento, pero C�sar no sab�a encontrar la falla, la fisura. Cabece� afirmativamente sin musitar palabra, porque el polvo de los otros corredores le estaba ahogando. Y adem�s, prosegu�a Morton, tampoco te lo voy a negar, creo que ser�a francamente bueno para ti. C�sar se estaba quedando atr�s, la masa de los competidores se alejaba, por delante y por detr�s de �l no hab�a m�s que desierto y soledad, un campo agostado por el tropel de tantos pies ansiosos. Sinti� un fr�o infinito. Cogi� la Mont-Blanc que Morton le ofrec�a y firm� entumecidamente al pie de la carta. Muy bien, sonri� Morton, muy bien, sonri� Quesada. Por cierto, ten, se hab�a traspapelado, dijo Morton, entreg�ndole un sobre azul de correo interior que esperaba con pulcritud sobre la mesa. C�sar lo abri�: era la convocatoria para la Convenci�n. Carajo, se dijo sorbi�ndose las l�grimas, a fin de cuentas Paula me traicion� primero.</p></section></body><binary id="0" 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