<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>thriller</genre><author><first-name>Lorenzo</first-name><last-name>Silva</last-name></author><book-title>La niebla y la doncella</book-title><annotation><p>No siempre las cosas son como parecen y a menudo, lo obvio no resulta ser lo real. Al sargento Bevilaqua le encomiendan la tarea de investigar la muerte de un joven alocado en la Gomera. Todo apuntaba a Juan Luis G�mez Padilla, pol�tico de renombre en la isla, al que un tribunal popular absolvi� a pesar de la aparente contundencia de las primeras pesquisas. El sargento y su inseparable cabo Chamorro intentar�n esclarecer este embrollado caso, con presiones pol�ticas y con la dificultad a�adida de intentar no levantar suspicacias al reabrir un caso que sus compa�eros daban por cerrado.</p></annotation><date/><lang>sp</lang></title-info><document-info><author><first-name/><last-name/></author><program-used>Fiction Book Designer, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date value="2008-05-02">02.05.2008</date><src-url/><src-ocr/><id>FBD-5A129A-6CB0-1048-3A9C-09CF-91D3-D66165</id><version>1.0</version></document-info><publish-info/></description><body><image l:href="#0"/><title><p>Lorenzo Silva</p><empty-line/><p>La niebla y la doncella</p></title><section><epigraph><p>Para mi madre, sobra decir por qu�</p></epigraph><empty-line/></section><section><title><p>ADVERTENCIA USUAL</p></title><p>La experiencia ense�a que conviene advertirlo, y en esta ocasi�n conviene no menos que en otras: aunque algunos de los lugares que aparecen en este libro est�n inspirados, siempre libremente, en lugares reales, los personajes, as� como los hechos narrados, son por completo fruto de la invenci�n.</p></section><section><epigraph><p>Esta piedra a natural miente uertud</p><p>en si de tirar el fierro con muy grand</p><p>fuer�a. Et pot que semeia grand marauilla</p><p>alos que non saben la natura</p><p>delas propriedades delas cosas, que</p><p>esta piedra, que es caliente et seca,</p><p>pueda tirar el fierro que es frio et seco,</p><p>dezimos que non se deuen maraui-</p><p>llar por ello; casi bien pararen mien-</p><p>tes alos dichos delos sabios, fallaran</p><p>que todas las cosas que tiran unas a</p><p>otras lo fazen en dos maneras; o por</p><p>semeiante o por el contrario.</p><p>ALFONSO X, Lapidario</p></epigraph><empty-line/></section><section><title><p>Cap�tulo 1 UN COCHE ROJO</p></title><p>Siso, con una sonrisita astuta, dej� el alfil blanco sobre el tablero.</p><p>��Me temo que la dama est� en apuros -dijo.</p><p>Anglada, cuya mirada baja y cuyos �ndices unidos bajo la nariz lo mismo pod�an significar concentraci�n que aburrimiento, observ� apenas durante un par de segundos la posici�n que su compa�ero acababa de crear. Concluido su an�lisis, alz� hacia �l unos ojos brumosos y esc�pticos.</p><p>��Desde luego, t�o, no hay nada tan audaz como la ignorancia.</p><p>Los dedos de Anglada se apoderaron de la dama negra y la sacaron de la trampa. De paso, le clav� a Siso un caballo, aunque sin demasiada fe en que su compa�ero se percatase a no ser que pensara en moverlo.</p><p>��Joder, Anglada, contigo no hay manera.</p><p>��Para ti, no -anot� Anglada, sin piedad.</p><p>En ese momento, los faros de un coche surgieron al final de la carretera. Siso se apresur� a apagar la luz interior del todoterreno.</p><p>��Una idea cojonuda -protest� Anglada-. Ahora ese paisano se pensar� que est�bamos haciendo manitas.</p><p>��Hombre, tampoco deber�amos estar aqu� atr�s, jugando al ajedrez.</p><p>���Y c�mo tenemos que estar, quietos y con la mano en la pistola?</p><p>El coche lleg� a su altura. Era rojo y ven�a quiz� un poco m�s deprisa de lo corriente, para aquella hora y aquella carretera, aunque sin rebasar ostensiblemente el l�mite de velocidad. Durante la fracci�n de segundo en que estuvo a su altura, Siso y Anglada pudieron obtener un atisbo fugaz de sus ocupantes: dos individuos cubiertos con sendas gorras de visera.</p><p>���Le cazaste la matr�cula? -pregunt� Siso.</p><p>��No. �Por qu�?</p><p>��No me da buen rollo.</p><p>��T�o, son las tres de la ma�ana. Vendr�n de meterse un poco de marcha y puede que alguna cosilla, puestos a pensar mal.</p><p>��Raz�n de m�s para preocuparnos.</p><p>��Vamos, Siso. No parece que se salgan del carril. Tampoco te pases.</p><p>��Van hacia el parque. �Para qu� co�o van hacia el parque, a estas horas?</p><p>��Yo qu� s�. Les parecer� rom�ntico. Hay luna llena.</p><p>��Creo que eran dos t�os.</p><p>���Y qu� m�s da eso?</p><p>Siso, serio, apart� a un lado el ajedrez magn�tico y abri� la portezuela.</p><p>��Seguiremos luego. Vamos tras ellos.</p><p>Anglada dud� durante un instante, m�nimo. Siso era m�s antiguo y por tanto el jefe de la patrulla. Si se le pon�a en las narices perseguir a aquel coche, aunque no hubiera ninguna raz�n para hacerlo, a ella le tocaba aguantarse y obedecer. Segundos despu�s ya estaba al volante, sacando el todoterreno de la cuneta y enfilando la carretera por la que el veh�culo sospechoso acababa de perderse. Siso, en el asiento del copiloto, hab�a adoptado una expresi�n oficial. A Anglada, cuando no la obligaba a emprender persecuciones absurdas a la luz de la luna, le hac�a gracia aquel guardia. Era el t�pico militarote, chapado a la antigua, aunque apenas pasaba de los treinta a�os. Anglada le hab�a adivinado primero, y sonsacado despu�s en las largas horas de patrulla, una educaci�n encaminada casi desde la cuna a hacerle vestir de verde y ponerse debajo de un tricornio. Siso, c�mo no, era hijo del Cuerpo, y depositario de su m�s rancia tradici�n. Por eso hab�a tenido sus m�s y sus menos, al principio, para aceptar que su compa�ero se llamara Ruth. Pero Anglada se hab�a hecho con �l sin grandes problemas. En el fondo, Siso era un trozo de pan, un buen chico tan disciplinado como simpl�n.</p><p>Avanzaron por el paisaje semides�rtico, entre las monta�as. A Anglada le gustaba aquella isla y no le importaba conducir por sus carreteras. Cuando el servicio se le hac�a demasiado pesado, se consolaba admirando las singulares perspectivas que siempre le ofrec�an los flancos del camino. Llegaron a la boca del t�nel, sobre la que se alzaban unas cuantas palmeras. Durante el tr�nsito por las entra�as de la monta�a, la oscuridad se hizo m�s intensa y ambos sintieron c�mo iba descendiendo la temperatura. Anglada, que hab�a atravesado ya muchas veces por all�, no pudo sorprenderse cuando a la salida del t�nel se vio en un paraje completamente distinto del que hab�a al otro lado. El desierto hab�a dejado paso a un extra�o bosque, h�medo e impenetrable, y sobre la carretera se desplomaba una niebla pronto condensada en peque�os chorros de agua que resbalaban sobre el parabrisas. Conect� los faros suplementarios. Acababan de entrar en el parque nacional.</p><p>���Qu� hacemos cuando lleguemos a la primera bifurcaci�n?</p><p>��Seguir tieso -orden� Siso.</p><p>���Por alguna raz�n en especial?</p><p>��Porque lo digo yo.</p><p>Anglada mene� ligeramente la cabeza.</p><p>��Mira, Siso, no es que quiera cuestionar tu autoridad, ni mucho menos tu criterio, pero respetuosamente te digo que creo que estamos perdiendo el tiempo. Nos llevan bastante ventaja y no sabemos ad�nde van.</p><p>��P�sale m�s.</p><p>Aquello s� le molest� a Anglada. Redujo y aceler� con brusquedad. Si aquel infeliz quer�a movimiento, lo iba a tener. Era una buena conductora, y adem�s hab�a hecho el cursillo de persecuci�n. Recordaba que el profesor, un ex delincuente anta�o especializado en el robo de veh�culos, se hab�a quedado estupefacto al comprobar sus habilidades. Como buen quinqui, ten�a una visi�n bastante convencional de la vida. Que una pibita chachi fuera guardia civil ya le descolocaba, pero que una mujer resultara una virtuosa del volante era definitivamente demasiado para sus firmes prejuicios.</p><p>Apret� el acelerador y afeit� curva tras curva hasta que sinti� el miedo de Siso a su derecha. Su compa�ero se hab�a agarrado al asa de encima de la puerta y conten�a la respiraci�n de forma perceptible. Al fin habl�:</p><p>��Cuidado. No vayamos a tener un accidente.</p><p>��Podr�a correr todav�a m�s -dijo Anglada-. No lo hago para no asustarte.</p><p>��Anglada, no me jodas.</p><p>Anglada se ri�.</p><p>��Me caes bien, pero ni por todo el oro del mundo, t�o.</p><p>Siso hizo chascar la lengua.</p><p>��Tengamos la noche en paz, anda.</p><p>��Eres t� el que se ha empe�ado en removerla, me parece. A ver qui�n ha decidido que nos pongamos a perseguir fantasmas.</p><p>��Anglada, me cago en la puta.</p><p>��Est� bien -se pleg� la guardia, mientras levantaba el pie.</p><p>Anglada sab�a que Siso, en el fondo, era m�s bien manso y no tomar�a contra ella ninguna medida disciplinaria. Por eso le picaba, pero se cuidaba siempre de sobrepasar ese l�mite en el que un hombre pac�fico deja de serlo para convertirse en un peligro de impredecibles consecuencias.</p><p>Recorrieron ocho o nueve kil�metros por la carretera desierta. La vegetaci�n que hab�a a ambos lados, el antiqu�simo bosque de laurisilva, un superviviente de �pocas remotas que s�lo subsist�a all� y en un par de islas m�s, le daba a la ruta un aspecto caprichoso y fantasmag�rico. La luz de la luna, cernida por la niebla, terminaba de envolver todo en un aura irreal. Anglada llevaba viviendo en la isla m�s de un a�o, y Siso pronto iba a hacer siete. Pero era dif�cil hacerse a contemplar aquello como una rutina.</p><p>��Mira que es bonito este pu�etero sitio -dijo Anglada.</p><p>��S� que lo es -concedi� Siso.</p><p>Anglada, poco a poco, hab�a ido aminorando la marcha. Al llegar ante la siguiente encrucijada, detuvo el todoterreno. Siso no dijo nada.</p><p>��Esto no tiene mucho sentido, recon�celo.</p><p>Siso continu� callado.</p><p>��Podr�amos volver y esperarlos en la salida del t�nel -apunt� Anglada-. Pero puede que vayan al otro lado de la isla y que no regresen. Si quieres, ya que estamos, sigo por aqu� y volvemos luego por la parte alta.</p><p>��No -gru�� Siso-. Da media vuelta.</p><p>���De verdad no prefieres que siga?</p><p>��Te he dicho media vuelta, Anglada. Si te pones a discutir cada una de mis �rdenes no vamos a acabar en toda la noche.</p><p>Anglada, resoplando, maniobr� para invertir el sentido de la marcha. Luego desanduvo el camino que hab�an tra�do, sin prisa.</p><p>��Te noto un poco tenso �ltimamente, Manolo.</p><p>Siso se restreg� los ojos.</p><p>���Pasa algo con Isabel? �Con los ni�os?</p><p>El hombre pareci� meditar un instante. Al final, abri� su coraz�n:</p><p>��Con Isabel no pasa casi nada. Y con los ni�os pasa de todo. Pero eso no es ninguna novedad. Ya deber�a estar acostumbrado.</p><p>Anglada sopes� las palabras de su compa�ero. No las examinaba en el vac�o. Conoc�a el historial de problemas familiares de Siso, y tambi�n un par de infidelidades conyugales del guardia. Pocas cosas se le pueden ocultar a tu compa�ero de patrulla, y m�s bien apetece no ocultarlas.</p><p>��T�o, si no la soportas, deber�as darle puerta.</p><p>���Y los ni�os?</p><p>��Por los ni�os, precisamente. Total, casi no te ven, con la paliza de servicios que llevamos encima. Que est�n con su madre, aqu� o donde quieran, y t� te los coges en verano y te los llevas a Eurodisney o a Port Aventura y te conviertes en el pap� guay. Que ella se ocupe de rega�arles.</p><p>��Se nota que no tienes hijos.</p><p>��Procuro no tener remilgos, nada m�s. Muchas de las cosas que creemos no son m�s que la mierda que nos han puesto en la cabeza para que nos limitemos a cumplir el papel que nos asignan en la funci�n. Qu�tatela de encima, si te est� dando por culo. Sufrir no te va a valer para nada. Ni a ella.</p><p>Siso la observ� con cara de asombro.</p><p>��Me dejas verdaderamente agilipollado, Ruth. Nunca hab�a visto a una t�a hablar as� de otra t�a.</p><p>��Aqu� no soy t�cnicamente una t�a, sino tu colega.</p><p>��Eso es otra cosa que me alucina.</p><p>���El qu�?</p><p>��Que te metieras aqu�. No s� por qu� co�o lo hiciste.</p><p>��La vida es extra�a, Manolo. Cuando ten�a doce a�os, yo quer�a ser bailarina cl�sica. Con diecis�is, bailarina de striptease. Y aqu� me ves, vestida de verde y poniendo a soplar a los borrachos, en vez de bailar para ellos.</p><p>��Contigo no hay quien hable en serio.</p><p>��S�, pero me vuelvo demasiado tr�gica. Por eso lo evito.</p><p>��Hostia, mira ah�.</p><p>Anglada tambi�n lo vio. En el siguiente cruce, a unos doscientos metros, un coche rojo acababa de incorporarse desde la derecha con una brusca maniobra. Era imposible asegurarlo, desconociendo su matr�cula y sin haberlo visto lo suficiente para identificar el modelo, pero parec�a el mismo de antes.</p><p>��M�tele -dijo Siso.</p><p>Anglada aceler�. El otro iba muy deprisa, tan deprisa como para arriesgarse a embestir la masa boscosa en la primera curva.</p><p>��Nos ha visto, y mira c�mo le pega.</p><p>��Ya veo, ya -asinti� Anglada.</p><p>��Aqu� huele a mierda, te lo digo yo. Son ocho a�os de chuparme caminos. Aunque no seas un lince, se te aguza el olfato.</p><p>Por mucho que lo intentaba, Anglada no consegu�a recortar la distancia por debajo de los cien metros. El de delante parec�a un buen coche, y el conductor estaba resuelto a sacarle todo lo que tuviera dentro. Por aquella zona la niebla era m�s tenue que a la salida del t�nel, pero lo ve�an desaparecer tras las curvas una y otra vez temiendo no volver a divisarlo.</p><p>��Jurar�a que es un BMW ranchera. No de los nuevos. Y jurar�a que los dos primeros n�meros de la matr�cula son dos sietes.</p><p>��Joder, qu� vista tienes, t�o. Yo bastante tengo con no perderlo.</p><p>Anglada sab�a que si se trataba efectivamente de un BMW, y el conductor era un tipo decidido y experto, no hab�a nada que hacer. Con semejante cacharro le sacaba una pila de caballos, y adem�s ella ten�a que andar pendiente de no hacer los giros demasiado bruscos para que su veh�culo, mucho m�s alto, no volcase. Pese a todo, mantuvo la persecuci�n. Su �nica esperanza era no perderlo de vista en el trecho que quedaba hasta el t�nel y tratar de seguir a su estela hasta alg�n lugar donde pudieran interceptarlo. Pero a medida que se acercaban al t�nel, la niebla se iba haciendo m�s espesa. Las dos luces rojas se desvanec�an irremediablemente, y a Anglada le escoc�an los ojos de intentar verlas. El del BMW daba por sentado que no vendr�a nadie de frente, o hab�a aceptado que si alguien ven�a se estampar�a contra �l. Trazaba las curvas aprovechando toda la anchura de la calzada.</p><p>��Lo vamos a perder -maldijo Siso.</p><p>��Hago lo que puedo -asegur� Anglada.</p><p>Al fin, el coche rojo desapareci�, tragado por la niebla. Anglada continu� acelerando tanto como la carretera y su m�quina le permit�an, que cada vez era menos, salvo que arriesgara su vida y la de su compa�ero con la misma temeridad que exhib�a su perseguido. Siso aporreaba el salpicadero.</p><p>��Se nos larga, co�o, se nos larga.</p><p>Llegaron al t�nel. Anglada lo cruz� en menos tiempo del que hab�a invertido jam�s en hacerlo. Pero cuando salieron al paisaje de montes �ridos ba�ados por la luz de la luna, no vieron ni rastro del coche rojo.</p><p>��Ser� cosa de dar el aviso, por si se dirige hacia all�.</p><p>��Ya ser�a casualidad.</p><p>��Bueno, qui�n sabe.</p><p>Siso cogi� la radio y llam� a la casa-cuartel.</p><p>��Qu� pasa, Siso -respondi� el cabo Valbuena, que estaba de guardia.</p><p>��Un coche sospechoso. Lo hemos estado persiguiendo por el parque, pero se nos ha escapado. Un BMW rojo, ranchera. Los dos primeros n�meros pueden ser dos sietes, no te lo confirmo. Dos individuos.</p><p>���Y de qu� es sospechoso el coche?</p><p>��Sali� a toda pastilla, al vernos.</p><p>��Toma, yo tambi�n saldr�a a toda pastilla, si me diera de pronto y de noche con tu careto en mitad del parque.</p><p>��Valbuena, que va en serio.</p><p>���Y qu� hago, despierto a la tropa? Se van a cagar en mi puta madre.</p><p>���No est� el sargento por ah�?</p><p>��No. Se ha ido de farra. Ya sabes, soltero y libre en la vida.</p><p>��Pero llevar� el m�vil.</p><p>��Me dijo que s�lo si hab�a alg�n homicidio. �Os consta?</p><p>Siso frunci� el ce�o. Anglada se encogi� de hombros.</p><p>��Est� bien -se rindi� Siso-. Ya lo buscamos nosotros. Seguid durmiendo.</p><p>Anglada y Siso lo tuvieron m�s f�cil de lo que en principio cab�a prever. A eso de las cuatro y cuarto, irrumpi� la voz de Valbuena en la emisora del coche. Sonaba pastosa, como correspond�a a la hora.</p><p>��Os va a interesar saber esto. Acaba de llamar un fulano que hablaba en susurros. Que ha visto a un tipo sospechoso, de unos cuarenta y cinco a�os, baj�ndose de un BMW color rojo. Que antes ha estado trasteando dentro y que despu�s de bajarse le ha estado enredando en la cerradura con un destornillador, como si quisiera forzarla. Y luego no ha echado la llave.</p><p>���Forzar la cerradura despu�s de bajarse?</p><p>��Eso me ha dicho, te lo juro. Le he pedido que se identificara. Pero me ha dicho que no quiere historias. Que una vez denunci� un robo y le marearon los jueces y al final por poco no le inflaron los choris.</p><p>��Est� bien -dijo Siso-. Dime d�nde.</p><p>Fueron a la direcci�n que les dio Valbuena. Era un barrio de adosados, medio desierto en aquella �poca de temporada baja. En una rotonda, divisaron el BMW rojo, bastante mal aparcado. La matr�cula empezaba por dos sietes. Cuando se acercaron a inspeccionarlo comprobaron que estaba abierto y que la cerradura mostraba signos evidentes de haber sido forzada. Tambi�n hab�an manipulado los cables bajo el volante. Pero lo que m�s les llam� la atenci�n fue sin duda lo que encontraron en el asiento del copiloto. Hab�a manchas de sangre en el reposacabezas, el respaldo y la banqueta.</p><p>���No te lo dije? -exclam� Siso, con una especie de satisfacci�n.</p><p>Dos horas despu�s se person� en la casa-cuartel un hombre de unos cuarenta y cinco a�os, que dijo ser propietario de un BMW rojo ranchera y afirm� que le hab�an robado esa misma noche su veh�culo. Los guardias no necesitaron pedirle la documentaci�n para verificar la primera parte de la historia. Tras las oportunas averiguaciones, acababan de confirmar en el ordenador de Tr�fico que el propietario del coche abandonado se llamaba Juan Luis G�mez Padilla. Que el hombre que ten�an delante era, en efecto, Juan Luis G�mez Padilla, pertenec�a al dominio p�blico: se trataba del vicepresidente del cabildo insular y segundo teniente de alcalde de la capital de la isla.</p><p>Respecto del robo, y de la tardanza en denunciarlo, al menos tres horas seg�n les constaba a Siso y Anglada, G�mez Padilla ofreci� una explicaci�n plausible. Dispon�a de dos veh�culos, el BMW ranchera, que era el que usaba para su negocio (era representante comercial de equipos electr�nicos), y un Volkswagen Golf que prefer�a utilizar cuando no ten�a que llevar carga. Esa noche hab�a ido a la capital de la isla a una reuni�n de partido que se hab�a prolongado hasta la madrugada. Hab�a sido al regresar a su casa cuando hab�a advertido la ausencia del BMW, y despu�s de comprobar que ni su mujer ni su hijo mayor lo hab�an cogido, hab�a comprendido que deb�a de tratarse de un robo. Con todo el tacto de que fue capaz, el sargento Nava, jefe del puesto, que se hab�a reincorporado a �l inmediatamente tras recibir aviso del hallazgo de sus hombres, interrog� a G�mez Padilla acerca de la secuencia horaria de los hechos. El concejal hizo memoria y ofreci� �sta:</p><p>��La reuni�n dur� hasta las dos, m�s o menos. De dos a tres y media estuve tomando una copa con un par de compa�eros. Llegar�a a casa sobre las cuatro y cuarto. Mi hijo hab�a salido y no volvi� hasta las cinco y media, que fue la hora a la que pude empezar a pensar en un robo.</p><p>Siso, Anglada y Nava le observaron. G�mez Padilla se inquiet�.</p><p>���Por qu� tantas preguntas? �Ha pasado algo con el coche?</p><p>Fue entonces cuando le contaron, someramente, lo que sab�an de lo que hab�a sucedido con su veh�culo durante aquella accidentada noche. G�mez Padilla escuch� el relato con estupor. El sargento, por no saltarse la formalidad, le pregunt� si ten�a alguna idea de qui�n pod�a ser el conductor al que Anglada y Siso hab�an perseguido y que, al parecer, hab�a abandonado el BMW manchado de sangre en la rotonda de la urbanizaci�n de adosados.</p><p>��Por Dios, no tengo ni pu�etera idea -repuso G�mez Padilla, persuasivo.</p><p>No hab�a ning�n cad�ver, el concejal hab�a acudido a denunciar el robo tarde, s�, pero antes de que fueran a buscarlo, y por el momento todo lo que ten�an era un episodio de conducci�n temeraria y fuga de la autoridad, un coche con la cerradura forzada y unas pocas manchas de sangre. Adem�s de una denuncia telef�nica de origen dudoso. Seg�n comprobaron con la compa��a, la llamada la hab�an hecho desde una cabina p�blica. Juntando todas las piezas, a Nava no le qued� m�s remedio que dejar marchar a G�mez Padilla, no sin advertirle de que pod�an llamarle m�s adelante.</p><p>Del asunto vinieron a ocuparse los de la unidad de polic�a judicial de Tenerife. Tomaron muestras de la sangre, fotografiaron el coche por todos lados y recogieron las huellas dactilares que presentaba: �nicamente las de G�mez Padilla y las de su mujer, aunque ninguna en el volante. Tambi�n recogieron algunos cabellos, de diversas longitudes y tonalidades. Luego hicieron una breve descubierta por el parque nacional, sin grandes resultados. Tomaron nota, eso s�, de todos los lugares por donde hab�an visto Anglada y Siso pasar a aquel coche. Por �ltimo, interrogaron a G�mez Padilla y se informaron por encima de su vida y milagros. No hab�a nada que les indujera a recelar. La investigaci�n qued� m�s o menos en suspenso.</p><p>Diez d�as despu�s, una mujer presa de gran nerviosismo acudi� a la casa-cuartel. Seg�n refiri�, hab�a vuelto la v�spera de la Pen�nsula y al llegar a su casa la hab�a encontrado vac�a, es decir, sin su hijo, que se hab�a quedado all� mientras ella estaba de viaje. Hab�a esperado un d�a antes de denunciar su desaparici�n, porque a veces su hijo� En fin, los muchachos, ya se sabe. Pero ahora estaba convencida de que algo raro hab�a ocurrido.</p><p>Anglada, que escuchaba con cierta desgana el relato de la mujer, demasiado impaciente y avasalladora para su gusto, le pregunt�:</p><p>���Recuerda cu�ndo fue la �ltima vez que habl� con su hijo? Por tel�fono, o como fuera.</p><p>��Hace quince d�as. El mismo d�a que me fui. Lo llam� al llegar a Madrid.</p><p>���Y luego nada?</p><p>��Lo llam� alguna otra vez, pero no deb� de cogerlo en casa.</p><p>���Y �l no la llamaba?</p><p>��Huy, llamarme, �l. Ni so�arlo. Los chavales son as�.</p><p>���Qu� edad tiene su chaval?</p><p>��Veintid�s.</p><p>���Y c�mo se llama?</p><p>��Iv�n. Iv�n L�pez von Amsberg.</p><p>En ese momento, Anglada repar� en el aspecto extranjero de la mujer, sus ojos azul huevo de pato, su piel transl�cida, sus erres un poco trabajosas. Por lo dem�s, hablaba con tan leve acento que hab�a logrado despistarla.</p><p>Cuando Anglada le cont� lo de la desaparici�n de aquel muchacho, el sargento Nava, por si acaso, se lo comunic� a los de Tenerife. Coincid�a en el tiempo con el extra�o asunto del BMW rojo, y nunca se sab�a. Los de Tenerife, sin embargo, no le dieron impresi�n de hacerle mucho caso. Parec�a otro tipo de desaparici�n, el ni�o mimado que no se lleva bien con la vieja. Si pasaban dos semanas m�s sin tener noticias suyas, empezar�a a ser preocupante.</p><p>Pero no llegaron a transcurrir las dos semanas. Apenas se hab�a cumplido una y media cuando un grupo de excursionistas, que se hab�a salido de los senderos autorizados del parque nacional, descubri� en lo m�s profundo del bosque de laurisilva un cuerpo en avanzado estado de descomposici�n. Era un var�n, de entre veinte y veinticinco a�os, y seg�n calcular�a posteriormente el forense, deb�a de llevar unas tres semanas muerto. Pese a ello, Margarethe von Amsberg, antes de desmayarse, y con una frialdad que s�lo pod�a explicar el aturdimiento, o la demencia que ya hab�a comenzado a anidar en su cabeza, pudo reconocerlo como Iv�n, su hijo desaparecido.</p><p>Anglada, por quien supe todo lo que hasta aqu� he contado, tambi�n me dijo que fue en el coraz�n del bosque, junto al cuerpo corrompido y maloliente, donde repar� en que para llegar all� hab�a que tomar el desv�o por el que aquella noche hab�an visto regresar al BMW rojo. Luego los an�lisis confirmaron que la sangre que hab�a en el asiento del coche pertenec�a al malogrado Iv�n, y la autopsia suministr� una explicaci�n contundente para el modo en que hab�a abandonado sus venas: el tajo de cuchillo que surcaba su garganta de lado a lado, y que era, por lo dem�s, la �nica lesi�n que presentaba el cad�ver. Anglada, que en la primera impresi�n me pareci� una guardia lista y desenvuelta, a�adi� que desde entonces hab�a adquirido la costumbre de tomarse muy en serio los barruntos de su compa�ero Siso.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 2 LA RUTINA DEL VAMPIRO</p></title><p>La primera vez que vi el rostro del ex concejal y ex vicepresidente del cabildo insular Juan Luis G�mez Padilla fue en una fotograf�a de peri�dico. Era un rostro cansado, y sin embargo feliz. La fotograf�a se la hab�an tomado a la salida de la audiencia provincial de Tenerife, el mismo d�a en que el veredicto un�nime de un jurado popular le hab�a absuelto del asesinato de Iv�n L�pez von Amsberg. Su carrera pol�tica ya hab�a quedado hecha trizas y sus cabellos prematura y completamente encanecidos daban cuenta del infierno que acababa de atravesar. Pero su mirada, en aquella foto, era la de un hombre que vuelve a ver la calle sinti�ndose libre. Y �sa, como s�lo sabe quien durante un tiempo la ha perdido, es una gloriosa sensaci�n.</p><p>La fotograf�a me la hab�a facilitado mi nunca bastante reverenciado amo y se�or, el comandante Pereira, dentro de un grueso expediente en cuya cubierta se le�a el nombre del muchacho muerto. Mientras esperaba a que terminase de confirmar mis sospechas sobre por qu� y para qu� me pon�a el paquete en las manos, comprob� la fecha del peri�dico y ech� cuentas. Hac�a once meses de la absoluci�n. Dos a�os y tres meses del crimen. Lo que en la jerga de la unidad central sol�amos llamar un asunto podrido. No es en absoluto inusual que nos lleguen muertos pasados de fecha, para eso somos los expertos, pero si encima ha habido un juicio y el sospechoso ha salido libre, nos encontramos en la modalidad m�s extrema de los asuntos putrefactos. Repas� deprisa mi comportamiento en el �ltimo trimestre, por si encontraba alguna torpeza o maldad que me hiciera acreedor a semejante castigo.</p><p>��Quiero que sepas que no me siento nada feliz pas�ndote esta patata -me confort� el comandante, disipando mis temores-. Lo hago porque antes me la han pasado a m�, y creo que tienes derecho a saber por qu�.</p><p>��Bueno, parece evidente -me apresur� a deducir-. Una investigaci�n fallida, dos a�os perdidos. �se es nuestro negocio. Ya estoy resignado.</p><p>Pereira frunci� la nariz.</p><p>��S� y no. Hay un matiz peculiar, que creo que te conviene saber. Despu�s del juicio, el caso estuvo un tiempo estancado. La gente de polic�a judicial de la zona se qued� jodida con el veredicto absolutorio, ten�an otras tareas, o les dio pereza volver a remover la cosa. No me preguntes. Lo cierto es que durante un a�o no se ha hecho nada. La raz�n de la actual reactivaci�n, y de que nos metan a nosotros, no es que de repente alguien haya sentido la llamada del deber o el escozor del orgullo profesional herido. Es mucho m�s simple. Resulta que la mujer del nuevo subdelegado del gobierno es prima de la madre del chico al que mataron. Y que lo que hasta hace un mes era una carpeta polvorienta que todo el mundo intentaba olvidar, se ha convertido en la prioridad n�mero uno. Te lo digo para que tomes nota.</p><p>��Me doy por enterado, mi comandante -dije-. �Anda tambi�n interesada la prensa? Por saber hasta d�nde y cu�nto van a putearnos.</p><p>Pereira se encogi� de hombros.</p><p>��Por lo que me cuentan, la prensa perdi� el inter�s despu�s de la absoluci�n del concejal. Gastada la veta morbosa, y ante la posibilidad de que el crimen fuera por razones m�s prosaicas, debieron olvidarse.</p><p>���La veta morbosa?</p><p>��Lo leer�s en la carpeta. El m�vil que se le atribu�a al concejal para matar al chaval. Por lo visto, el muerto se cepillaba a su hija de quince a�os.</p><p>��Ah.</p><p>��S�, tampoco es gran cosa, una chica de quince a�os hoy d�a muy bien puede ser una comehombres veterana, como adem�s parece que era el caso. Pero ya sabes que siempre que hay derramamiento de jugos corporales de por medio a la historia se le encuentra mucho m�s aliciente.</p><p>��S�, eso dec�a el viejo Sigmund Freud. Pero se supone que ya estaba superado y que no era m�s que un salido y un capullo.</p><p>Pereira enarc� las cejas.</p><p>��Cuidado con quien me mezclas. Ya sabes que yo no me junto con ateos. Y menos con psiquiatras. A ti te soporto porque s�lo eres psic�logo.</p><p>Pereira, mi comandante, siempre hab�a sido un hombre de fundamentos, s�lido catolicismo y recia salud mental. Por eso era tan bueno, casi inmejorable, llevando un negociado de tarados, como lo �ramos algunos de los que est�bamos a sus �rdenes y pr�cticamente toda la clientela. Entre �l y yo hab�a uno de esos pactos que son m�s frecuentes de lo que a primera vista cabe imaginar, y que unen a personas con visiones del mundo radicalmente distintas (bueno, �l ten�a una, yo s�lo un bosquejo) en la persecuci�n de una insospechada finalidad com�n. Ya hac�a m�s de seis a�os que trabajaba a sus �rdenes y pod�amos entendernos s�lo con la mirada. Yo sab�a lo que �l esperaba de m�, y �l sab�a lo que yo pod�a darle. Por lo dem�s, a ambos nos asist�a la confortable certeza de que ninguno de los dos dejar�a por nada del mundo tirado o con el culo al aire al otro. Que ya es mucho m�s de lo que muchos jefes pueden esperar de sus subordinados y viceversa.</p><p>��En fin -recapitul� mi comandante-. T�mate la ma�ana para empaparte de los papeles. Por la tarde hablamos y ma�ana mismo te vas a Canarias.</p><p>��Bueno, hay peores sitios a los que ir, en febrero.</p><p>��Como me caes bien, aunque seas un �crata camuflado, te voy a dar dos semanas. Ni que decir tiene que se valorar� muy positivamente que no agotes el plazo que te otorgo. Pero tampoco te amontones por eso. Por la conversaci�n que he tenido con el subdelegado del gobierno, �ste es uno de esos asuntos que m�s vale llevar bien derecho desde el principio.</p><p>El roce no s�lo proporciona el conocimiento rec�proco, sino tambi�n una multitud de sobreentendidos. No consider� necesario, por ello, protestarle a mi jefe por el juicio que acababa de realizar sobre m�: �l ya sab�a que a pesar de almacenar en mi interior un germen an�rquico, en eso acertaba, resultaba en general bastante pulcro y bien mandado y siempre me las arreglaba para mantener las formas frente a los extra�os y las autoridades competentes. As� que prefer� derivar hacia un aspecto de �ndole m�s pr�ctica:</p><p>��Supongo que se me permitir� llevar alguna ayuda.</p><p>��Claro, el caso lo merece, no vamos a reparar en medios.</p><p>���Puedo elegir?</p><p>Pereira esboz� una sonrisa maliciosa.</p><p>��Te doy hecha la elecci�n, hombre. Ll�vate a tu Chamorrito. Ya s� que es lo que quieres.</p><p>Me fue dif�cil mantener la impasibilidad ante la mirada de mi perspicaz comandante. Pero por fortuna, pod�a respaldar con una fr�a e inquebrantable convicci�n profesional cada una de las palabras que dije a continuaci�n:</p><p>��No s�lo es que trabaje a gusto con ella, que no lo niego. Es que me parece la mejor para esta clase de marrones.</p><p>���Ah, s�? �Y eso por qu�?</p><p>��Porque no se rinde nunca.</p><p>��S�, es dura, la Chamorrito -concedi� Pereira, pensativo-. Una t�a con un par de cojones.</p><p>Me imagin� la cara que habr�a puesto Chamorro, si hubiera escuchado al comandante, trat�ndola en diminutivo y formulando sobre ella esa clase de observaciones. Me represent� la ira que le asomar�a a los ojos, y que sin embargo contendr�a. O no. A veces no se sab�a del todo, con ella.</p><p>��Tenga usted cuidado, mi comandante. Ya sabe que alguno ha ido de gracioso cambi�ndole de orden las letras del apellido. Y es una broma desafortunada, aunque s�lo sea porque no hay nada de eso.</p><p>��Bueno, hombre, aqu� se echan muchas horas. De alguna manera hay que distraerse. Y por suerte te tiene a ti, para protegerla.</p><p>Pens� en responderle, pero una de las consecuencias de tratar con alguien que lleva una estrella gorda de comandante en el hombro, cuando t� s�lo llevas galones de sargento, es que m�s vale abstenerse de replicar a todo lo que a uno le dicen, aunque se tenga a punto una frase ingeniosa o demoledora. Especialmente cuando se tiene a punto una frase as�.</p><p>��Muy bien, Vila -concluy� Pereira-. Ah� tienes tu toro, y a tu banderillera preferida. S�lo espero que te concentres en el bicho y que rehuyas la tentaci�n. Quince d�as en Canarias son una ocasi�n inmejorable para perder el control con una chica joven. Y ya sabes lo escasos que andamos de ellas y lo mucho que nos cuesta conservarlas cuando dejan de ser solteras.</p><p>La �ltima frase de Pereira se hab�a salido del tono relajado de la conversaci�n. Era verdad que casi todas las chicas, en cuanto se casaban y pensaban en tener hijos, se largaban de la unidad. El r�gimen de trabajo all�, con viajes prolongados y a veces imprevistos, jornadas ilimitadas y desorden vital continuo, no era, desde luego, el m�s propicio para conjugarlo con una maternidad responsable. Tampoco con una paternidad en condiciones; de eso sab�a yo algo. Y era una l�stima, incluso para el propio Pereira, a quien no pod�a considerarse precisamente un ferviente adalid feminista. Porque las mujeres trabajaban bien y, sobre todo, eran formidables para actuar de inc�gnito. Aunque los ciudadanos, y en particular los malos, supieran que en la Guardia Civil hab�a mujeres, a�n les costaba intuir a la guardia en la simp�tica chica en vaqueros que les daba palique en la barra del bar.</p><p>��Me parece que me juzga a la ligera, mi comandante -repuse, con aire digno-. Y no creo haberle dado motivos. Adem�s, si Chamorro deja de estar soltera, no ser� por mi culpa. Ya tiene novio.</p><p>Pereira puso un gesto de asombro.</p><p>��Co�o, no ten�a ni idea. �Y se sabe qui�n es?</p><p>Detesto el comadreo, aunque sea con el superior de uno y por motivos tangencialmente profesionales. Por eso trat� de ser lo m�s parco posible.</p><p>��Uno de la empresa. Lo conoci� en el curso de cabo.</p><p>��Me cago en diez, si lo s� no la mandamos. �Y d�nde anda �l?</p><p>��En los GRS, aqu� en Madrid.</p><p>��Anda la leche, un antidisturbios. Qu� cosas. No me habr�a imaginado eso de Chamorro. Mira t�, la vida te sorprende siempre. En fin, espero que no dure. Porque pienso como t�, que es la mejor t�a que tenemos.</p><p>No era com�n que Pereira emitiera juicios como aqu�l acerca de su propia gente. Me permiti� acabar nuestra entrevista con una sensaci�n no del todo desagradable, despu�s de haber soportado sus ir�nicas insinuaciones y de haber tenido que hacerle de correveidile sobre la vida sentimental de mi compa�era. Una cuesti�n que, por otras razones que no viene al caso explicar, me resultaba ya de por s� suficientemente inc�moda.</p><p>Andaba revolviendo todas estas cosas en la cabeza cuando, con la carpeta debajo del brazo, me acerqu� a la mesa de Chamorro. Estaba, como era su costumbre en los momentos de relativa calma, poniendo en limpio informes, clasificando papeles y rematando expedientes. Una de las grandes ventajas de trabajar con ella, aparte de que fuera sagaz, voluntariosa y sacrificada, era que uno siempre sab�a donde encontrar luego la informaci�n que iba recopilando. Aunque ella se enfadara si se lo hac�as notar. Como individuo naturalmente ca�tico, me desconcierta lo rabiosa que se pone la gente ordenada cuando le reconoces y le envidias su provechosa cualidad.</p><p>��Chamorro, �has estado alguna vez en La Gomera?</p><p>Mi compa�era alz� apenas la vista.</p><p>���En La Gomera?</p><p>��S�. Esa isla peque�a, al oeste de Tenerife.</p><p>��En Tenerife s� estuve, en el viaje de fin de curso de COU. Pero en La Gomera no, nunca. �Por qu�?</p><p>��Pues vete pensando en sacar la ropa de verano del armario. Tenemos tajo por all� -le ense�� la carpeta-. Un chico joven y guapo al que le afeitaron el cuello hace un par de a�os. Y nos vamos ma�ana.</p><p>���Ma�ana?</p><p>��S�, Chamorro, ma�ana. Voy a darle una vuelta a todo este papelote y luego te lo paso. Ve cerrando lo que haya que cerrar y piensa en faltar de aqu� unos quince d�as.</p><p>��Quince d�as, nada menos -repiti�, apagada-. No me fastidies. Yo ten�a plan para este fin de semana.</p><p>��Pues llamas al incre�ble Hulk y le dices que soy un cabr�n.</p><p>��No le llames incre�ble Hulk.</p><p>��Lo siento, Virginia -me retract�-. A m� tambi�n me han fastidiado. Ten�a al ni�o este fin de semana. Le han regalado un triunfo a Barbara Stanwyck, y ya sabes que no hay cosa que me d� m�s por culo en esta vida.</p><p>��No s� si preguntarte por qu� le pusiste ese mote a tu ex mujer.</p><p>���Barbara Stanwyck? Es clavada. Y la Stanwyck siempre hac�a de mala. Una se�al que deber�a haber atendido, en su momento.</p><p>��Mira que eres tonto, cuando te pones.</p><p>��No es ninguna tonter�a. Yo creo en esas cosas. En las se�ales. En algo hay que creer, cuando dejas de creer en el sexo y el alcohol.</p><p>Chamorro se ech� a re�r. No voy a ocultar que me gustaba conseguirlo. Que lo intentaba, quiz� m�s a menudo de lo que deb�a.</p><p>��Est� bien, cabo -recobr� la seriedad-. Ya tiene sus �rdenes, as� que vaya cumpli�ndolas. P�dale disculpas a Conan el B�rbaro en mi nombre. Yo me voy a estudiar esta novela que me ha puesto como lectura el profe.</p><p>��Tampoco me hace gracia que le llames Conan -la o� refunfu�ar, mientras me dirig�a a mi mesa. Pero a m� me parec�a un apelativo nada ofensivo, m�s bien elogioso, para un tipo que med�a 1,90 y se pasaba la vida meti�ndose ca�a en el gimnasio, cuando no met�a le�a a los dem�s.</p><p>Muy a menudo me pregunto por qu�, entre todos los caminos que podr�a haber tomado en la vida despu�s de comprender que hab�a hecho una elecci�n err�nea licenci�ndome en Psicolog�a, resolv� ingresar en la Guardia Civil. En su momento, dispuse de la ventaja de tomar la decisi�n bas�ndome en consideraciones de corto plazo: el temario no era muy grande, las pruebas f�sicas no me resultaban inasequibles, y en pocos meses, si pasaba el examen, pod�a estar ganando un sueldo y devengando lentamente una magra pensi�n. Se me dir� que eso no es gran cosa, pero para un desempleado de larga duraci�n, y a los efectos hu�rfano de padre, supon�a un poderoso est�mulo. Lo que ocurre es que luego el tiempo pasa, la vida te va presentando facturas, unas aciertas a pagarlas, muchas no, y al final la pregunta tienes que repet�rtela en condiciones mucho menos di�fanas. Me ve�a obligado a hac�rmela aquella ma�ana de lunes, por ejemplo: mientras me zambull�a en un expediente de homicidio, sin poder sacarme de la cabeza que tendr�a que marcar el n�mero de mi ex mujer para mendigarle que me permitiera ver a mi hijo esa misma tarde, aunque no me tocaba, y sin dejar de darle vueltas a lo que le dir�a a mi cada d�a m�s taciturno v�stago para excusar mi en�simo incumplimiento como padre, sost�n afectivo y ejemplo moral. Lo malo del envejecimiento, aunque s�lo fuera el debido a los treinta y ocho a�os que hasta entonces yo hab�a visto transcurrir, es que te ense�a a encontrar gateras por las que huir de casi todo, e incluso a tener bien clasificadas las gateras en funci�n de su eficacia como v�as de escape. Por eso, sab�a que una de las soluciones m�s efectivas que se me ofrec�a era meterme a fondo en aquellas vidas ajenas que los papeles que ten�a ante mis ojos recog�an en sueltos y violentos retazos. Media hora antes, esas vidas no eran de mi incumbencia, ni siquiera de mi inter�s. Pero ahora no s�lo constitu�an mi obligaci�n profesional y un desaf�o personal, en tanto que mi honrilla pasaba a estar en juego en funci�n de si lograba averiguar o no qui�n hab�a puesto fin a los d�as de aquel muchacho desconocido. All�, en aquella carpeta, ten�a la forma y el camino para llevar adelante unos pocos de mis d�as, pese a todos los fallos que hab�a cometido al organizar mi existencia. Algo as� como la rutina del vampiro, alimentar la vida propia de la muerte de otros.</p><p>La lectura de aquel expediente me familiariz� con una investigaci�n, la que hab�an llevado a cabo mis compa�eros de Tenerife, a la que en principio poco reparo cab�a oponer. Una vez establecida la identidad entre la sangre hallada en el asiento del BMW del concejal y la poca que quedaba en el difunto, cualquiera habr�a tirado por donde ellos tiraron. Desplazaron un par de investigadores a la zona y trataron de averiguar si pod�a establecerse una conexi�n entre la v�ctima y el sospechoso. En pocos d�as supieron de las relaciones del malogrado Iv�n con la joven hija de G�mez Padilla, y recabaron diversos testimonios de alguna escena destemplada entre el vicepresidente del cabildo y el muchacho, despu�s de que aqu�l descubriera que L�pez von Amsberg se acostaba con la ni�a de sus ojos. La m�s violenta hab�a tenido lugar a la puerta del domicilio de G�mez Padilla, a donde el fallecido hab�a acudido a altas horas acompa�ando a la hija. Seg�n hab�an podido saber los investigadores, la chica, de nombre Desir�e, y morbosamente atractiva, era conocida del vecindario por su ligereza de costumbres. En cuanto a Iv�n L�pez, se le consideraba un chaval un poco atolondrado, fanfarr�n e impulsivo. En opini�n de muchos, no era m�s que un ni�o malcriado, al que su buena planta y escasez de seso hab�an terminado de convertir en un imb�cil engre�do y caprichoso. Su padre se hab�a largado de casa siendo �l muy peque�o, y la madre, una alemana que hab�a llegado all� de vacaciones y que deslumbrada por la isla hab�a decidido quedarse, era casi un�nimemente tenida por chiflada desde bastante tiempo antes de que le mataran al hijo.</p><p>Si a todo ello se le un�a que G�mez Padilla era un hombre de car�cter, forzado en su condici�n de pol�tico a mantener una imagen p�blica, es decir, alguien a quien los devaneos de su hija con semejante zascandil ten�an necesariamente que envenenar la sangre, se comprend�a que los investigadores hubieran interpretado que por all� segu�a su camino. Por m�s que lo intentaron, no consiguieron identificar al autor de la llamada an�nima, aquella que en la noche del crimen hab�a informado de que un hombre cuya descripci�n coincid�a con la de G�mez Padilla hab�a abandonado el BMW rojo tras simular con un destornillador que alguien hab�a forzado la cerradura. Pero la llamada estaba ah�, y a esa hora, las cuatro y cuarto, G�mez Padilla no ten�a coartada. Comprobaron la que hab�a ofrecido hasta las tres y media, dos compa�eros de partido, y uno de ellos la respald�, pero el otro se mostr� incapaz de precisar. La �ltima vez que hab�a mirado el reloj faltaba poco para las tres, eso era todo lo que pod�a decir con absoluta certidumbre.</p><p>Antes de dar el paso de interrogar al propio G�mez Padilla, en quien dejaron con buen criterio obrar el nerviosismo que pudiera producirle saber que la Guardia Civil estaba verificando su coartada, los investigadores tomaron una iniciativa que tambi�n me pareci� llena de sentido. Lograron hablar discretamente con la fat�dica Desir�e, quien seg�n el informe escrito incorporado al expediente exhib�a una madurez impropia de su edad y unos modos insinuantes que el hecho de que el informe viniera firmado por una guardia contribu�a sin duda a hacer m�s llamativos. La chica hab�a aceptado hablar del difunto, aunque la hab�a puesto un poco tensa. Declar� no haber estado nunca enamorada del chico, pero que �estaba muy bueno� y que le hab�a apetecido �hac�rselo con �l�. Que ella no se andaba con tonter�as y no le importaba lo que pensaran los dem�s. Que le daba pena que lo hubieran matado, claro, pero que estaba segura de que su padre no hab�a tenido nada que ver. Iv�n iba a veces con mala gente, apunt�. Preguntada sobre qu� clase de mala gente, y cu�l, se limit� a responder: �Mala gente, yo nunca quise saber, y adem�s apenas le conoc�a, s�lo me lo tir� unas cuantas veces�.</p><p>Con esas piezas en el bolsillo, fueron por el concejal. No era poco lo que ten�an. El coche del sospechoso involucrado sin lugar a dudas en el crimen. Un robo denunciado tarde y posiblemente simulado a una hora para la que el sospechoso no ten�a coartada. Y una coartada bastante dudosa para la hora en que el BMW rojo hab�a sido avistado en direcci�n al parque. Pero sobre todo, hab�a un m�vil m�s que consistente: por los incidentes previos, la personalidad de la v�ctima y el sospechoso y la de la posible causante de todo el estropicio. Muchas veces no se tiene ni la mitad de eso.</p><p>En el interrogatorio, G�mez Padilla incurri� en algunas contradicciones menores, pero sobre todo, en repetidas imprecisiones acerca de la secuencia horaria de los hechos. Vari� la que hab�a ofrecido la noche de autos, desplaz�ndola de quince a veinte minutos en su beneficio, es decir, procurando que todo sucediera un poco m�s tarde de lo que hab�a dicho antes, lo que le alejaba del crimen y hac�a que su denuncia del robo resultara m�s diligente. Enfrentado a estas divergencias, su temple se resinti�, pero aun as� neg� con firmeza su culpabilidad, como continuar�a haciendo hasta el d�a del juicio. Si alguien esper� que se derrumbara, err� en su pron�stico.</p><p>Nunca apareci� el arma del crimen. Desde luego, no dieron con ella en el registro que se hizo de la casa del concejal. Pese a todo, el juez resolvi� procesarlo y enviarlo a prisi�n. Eso ya es un triunfo para el investigador encargado del caso. No ha terminado con las manos vac�as, ha sacado lo suficiente para convencer a uno de esos hombres (o, cada vez m�s, mujeres) esencialmente reticentes que son los jueces de que la imputaci�n merece el respaldo de su autoridad. A partir de ah� se pone en marcha la maquinaria, y suceda lo que suceda, el presunto malo est� frito. Cosa que a uno deber�a preocuparle, por si se ha equivocado al se�alarlo, pero que casi nunca produce otra sensaci�n que la alegr�a de la tarea cumplida. Los guardias que propusieron que se enchiquerase a G�mez Padilla no ten�an nada personal contra �l. No hab�an buscado imputarlo por razones espurias. Era, simplemente, adonde les hab�an llevado muchas horas de ardua labor policial, y hab�an tomado todas las precauciones para no meter la pata.</p><p>En el acto del juicio, no fallaron los testigos que pod�an acreditar la existencia de una vigorosa enemistad entre el acusado y la v�ctima. Y los agentes pudieron exponer convincentemente todos los aspectos dudosos que ofrec�a la historia del concejal y el presunto robo del coche. Pero tampoco fall� el compa�ero de partido que respaldaba la coartada de G�mez Padilla, y que resisti� con entereza las acometidas del fiscal y la acusaci�n. A ello se uni� que el segundo compa�ero de partido, el que hab�a dudado de la hora hasta la que hab�a estado con el procesado aquella noche, cambi� su declaraci�n en el juicio, alegando haber recordado mejor, y pas� a apoyar sin reservas la versi�n de G�mez Padilla. En cuanto a �ste, no pudo estar m�s inspirado. Con serenidad y coherencia repeli� todos los intentos de hacerle sucumbir, y se mostr� ante el jurado como un hombre infortunado que, despu�s de ver arruinada su carrera pol�tica por culpa de una hija fr�vola, se ve�a enfrentado a una acusaci�n de asesinato por el solo detalle de haber reaccionado como cualquier padre con entra�as lo hubiera hecho. Nadie pod�a decir, y era cierto, que le hubiera visto ponerle jam�s la mano encima a aquel infeliz, y ganas y ocasi�n no eran precisamente lo que le hab�a faltado.</p><p>El veredicto absolutorio, que cont� con el respaldo de la totalidad de los miembros del jurado, no sorprendi� demasiado a nadie, y menos a los investigadores, que hab�an visto a lo largo del juicio c�mo se les iba desmoronando la historia que con tanto esfuerzo hab�an tratado de construir. Para todos los peri�dicos, la gran noticia fue la absoluci�n del concejal. Las protestas de la madre de Iv�n L�pez, que como es natural se quej� amargamente ante quien quiso escucharla de que el asesinato de su hijo quedase impune, tuvieron mucho menos eco. Quiz� no fueron ajenas a esta reacci�n las h�biles maniobras de la abogada de G�mez Padilla, que a lo largo de la vista oral consigui� ofrecer al jurado datos de que la v�ctima andaba en tratos con vendedores de droga, suministrando as� una hip�tesis alternativa desprovista de cualquier aliciente informativo. En la vida hay clases incluso entre los muertos. Y un muerto en un ajuste de cuentas por droga es poco m�s que un muerto en accidente de tr�fico. Apenas un detalle del paisaje.</p><p>Por la tarde, tal y como hab�amos quedado, fui a ver al comandante. Con su habitual y desarmante laconismo, me pregunt�:</p><p>���Y bien?</p><p>A �l le bastaba con esos dos monos�labos, pero yo ten�a que ser ingenioso. Lo que resulta un verdadero fastidio, porque, como cualquiera, s�lo soy capaz de resultar ingenioso una o como mucho dos veces por semana.</p><p>��Bueno -dije, mientras pensaba-, en cuanto a la galer�a humana, prefiero reservarme mi opini�n hasta que la conozca personalmente. Pero puede dar juego, sin duda. Me he fijado m�s en algunos detalles mec�nicos. Iban dos hombres en el coche, cuando la patrulla de los nuestros lo vio pasar. �Eran dos asesinos, o el asesino y la v�ctima? No es irrelevante, porque lo primero plantea la necesidad de buscar a dos personas, mientras que lo segundo sugerir�a una m�nima confianza entre Iv�n L�pez y su ejecutor, y deber�a haber contribuido a descartar a G�mez Padilla. Otro detalle: la �nica lesi�n del cad�ver era el tajo de cuchillo. No hay heridas de defensa, ning�n golpe, ninguna contusi�n. Lo mataron por sorpresa, cuando no se lo esperaba. No supo que lo estaban matando hasta que sinti� correr la sangre.</p><p>��Bueno, es normal -opin� Pereira-. Con confianza o sin ella, a la gente suelen degollarla desde detr�s. Es lo m�s c�modo.</p><p>��Desde luego. Pero es m�s f�cil llegarle por detr�s a quien est� tranquilo y desprevenido. Ya s� que no es concluyente, pero podemos manejarnos con eso. De todos modos, creo que tenemos alguna raz�n para ser optimistas.</p><p>���Ah, s�?</p><p>��En el coche encontraron muestras de cabello de cinco personas. Cuatro de ellas, identificadas: G�mez Padilla, su mujer y sus dos hijos. Y la quinta, sin identificar. Cuando la investigaci�n les llev� por otro camino, no le dieron m�s vueltas al dato. Pero ah� est�. No es del todo improbable que tengamos un cabello del asesino. O lo que es lo mismo, su ADN.</p><p>��Bueno, no te entusiasmes. A lo mejor es un pelo de un familiar, o de un compa�ero del concejal. Cualquiera que haya montado en el coche.</p><p>��Lo veremos, mi comandante.</p><p>��Muy bien, pero ya sabes que eso lleva tiempo. Por lo pronto, aprovecha las dos semanas para sacar todo lo que puedas sobre el terreno. Ah, por cierto, me veo en el desagradable deber de decirte que lo primero que debes hacer es ir a ver al subdelegado del gobierno. Quiere estar al tanto.</p><p>��No me diga.</p><p>��Lo siento, Vila. Ha insistido. Dale un poco de coba, tampoco te cuesta.</p><p>��Ya sabe que prefiero evitar las relaciones protocolarias.</p><p>��Pues �sta no puedes evitarla. Que haya suerte. Y me vas contando.</p><p>A veces, uno tiene ganas de viajar. Por la raz�n que sea, est� harto del lugar donde vive, y le entra el barrunto de que le har� bien cambiar de aires. Otras veces, la perspectiva de viajar se antoja inoportuna y desalentadora. En definitiva, uno se va a otra parte y el mundo sigue siendo el mismo, porque es el mismo el que lo mira, y lejos de casa ni siquiera se tiene el consuelo de las peque�as cosas familiares que le ayudan a uno a construir la ficci�n de que sabe d�nde est� y por qu�. Aquella tarde de febrero, quiz� porque era gris y fr�a y porque deb�a pedirle un favor a mi ex mujer, mi estado de �nimo era m�s bien el segundo. Pensaba en hacer la maleta y en lo que iba a meter en ella como en una penitencia insoportable.</p><p>��De siete a nueve -concedi� mi ex mujer, con su severidad habitual-. Ni un minuto m�s, que luego se le trastoca todo el horario y lo padezco yo.</p><p>Era justo. En realidad, ella estaba hecha de mejor pasta de lo que yo sol�a reconocerle. La culpa de todo, si es que en estos asuntos hay culpas, que seguramente s�, la hab�a tenido yo. Y ahora no pod�a esperar que ella se mostrara dulce y generosa conmigo. Hab�a perdido ese derecho.</p><p>Aprovech� aquellas dos estrechas horas con mi hijo como pude, es decir, con m�s pena que gloria. A sus nueve a�os, ten�a el don de desconcertarme casi siempre, porque en los seis o siete d�as que pasaban entre cada uno de nuestros encuentros cambiaba de forma a veces dif�cil de asimilar. Se dej� interrogar sobre el colegio y dem�s cuestiones cotidianas con la habitual displicencia, y acept� el plan, un rato de scalextric, con su no menos invariable desgana. Luego no lo pas� mal, porque hicimos un circuito grande y le dej� ganar y echarme a la cuneta en las curvas. Pero a pesar de todo, en toda la tarde no logr� que se me disipara la sensaci�n de fracaso.</p><p>Antes de restituirlo al cobijo de su madre, quise mitigar el mal:</p><p>��Con este viaje nos han hecho una faena. Pero ya nos desquitaremos.</p><p>���C�mo? -pregunt�, sin dejar de mirar al frente.</p><p>��No s�, piensa en lo que m�s te apetezca.</p><p>��Me apetece que me lleves a disparar.</p><p>Deb�a hab�rmelo temido. Ten�a esa fijaci�n.</p><p>��Eres demasiado peque�o para sujetar la pistola. Y ya te he dicho que no puedo gastar la munici�n como me parezca. No es m�a.</p><p>��Entonces me apetece dejar de ser demasiado peque�o y tener dinero para comprarme mi propia pistola y mis propias balas.</p><p>��Ya. Pero para eso vas a tener que esperar un poco. Piensa en otra cosa.</p><p>��Bueno, ya lo pensar�. Adi�s.</p><p>Aquella noche, como muchas noches, tard� en dormirme. Empec� acord�ndome de cuando viv�amos los tres juntos, de aquella �poca lejana en que Andr�s se conformaba con pistolas de agua y su madre acariciaba al decirlo mi nombre de pila. Luego me puse a pensar en La Gomera, donde nunca hab�a estado. Pas� fugazmente por mi mente la imagen de Chamorro, que a esas horas dormir�a a pierna suelta en su cama, o quiz�, prefer� no completar la suposici�n. Me dorm� d�ndole vueltas a los detalles de la muerte de Iv�n L�pez von Amsberg y, como el triste vampiro que era, so�� con un cuchillo que resbalaba sobre una garganta y con la sangre que acud�a, puntual y alborotada, a derramarse sobre el pecho de un muchacho desprevenido.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 3 SI LA HISTORIA LA ESCRIBIERAN LOS GUSANOS</p></title><p>Seg�n me ha mostrado mi propia experiencia, y algunas ajenas que he tenido ocasi�n de conocer con cierta profundidad gracias a mi trabajo, la vida tiene una deplorable facilidad para convertirse en algo feo e insatisfactorio. Lo peor del asunto es que, cuando le da por ah�, uno no sabe hasta d�nde puede llegar, porque otra de las cosas que tiene, la vida, es que no reconoce los l�mites que uno quisiera imponerle para conjurar la angustia y el terror. A partir de esta constataci�n, var�a mucho la actitud que toma cada cual. Hay quien se pega un tiro y hay quien prefiere peg�rselo a otro, lo que no tiene un efecto tan definitivo sobre el problema, pero permite ganar alg�n tiempo. Hay gente que se sume en la tristeza, y gente que busca consuelo en alegr�as artificiales, entre el surtido de ellas que nuestro moderno sistema de distribuci�n y suministro de mercanc�as expende a quien pueda pagarlas. Hay quien decide enfrentar la existencia con una visi�n pesimista, pero tambi�n quien de forma inopinada se convierte al m�s f�rreo optimismo.</p><p>De joven, y cuando digo joven quiero decir antes de empezar a levantar cad�veres con cierta frecuencia, yo era un pesimista obstinado y fastidioso. No descarto que fuera eso lo que me condujera, precisamente, a la psicolog�a. Para un pesimista, el estudio de los desarreglos de la mente humana puede llegar a ser una gozosa fuente de confirmaciones de su convicci�n. La cosa empez� a cambiar cuando me puse a convivir de forma efectiva con el desastre, y termin� de invertirse cuando la muerte se convirti� en mi compa��a y mi ocupaci�n cotidiana. Desde entonces, soy un optimista contumaz. Ver truncarse las vidas, con todo lo que cada vida llega a contener, y verlas truncarse por motivos absurdos o irrisorios, y de formas a menudo atroces y desdichadas, despierta en uno una inevitable desconfianza hacia los semejantes, pero tambi�n una necesidad incontrolable de proteger y alimentar a cada segundo la ilusi�n de vivir. Aunque sea est�pida, y fr�gil, y aunque los d�as y las noches te ofrezcan tantas razones para perderla.</p><p>Por todo esto, y por lo mal que hab�a dormido, aquella ma�ana, mientras esperaba a Chamorro en la cafeter�a del aeropuerto, me empe�aba en acopiar todo lo que pod�a hacerme disfrutar del instante. Me hab�a sentado bajo un rayo de sol, que me daba en la cara e infund�a a mi mejilla una agradable calidez. Ve�a, a trav�s de la cristalera del fondo, el cielo azul de Madrid, completamente limpio despu�s de una noche desapacible y ventosa. Paladeaba sin prisa el caf� que acababan de servirme, un caf� de verdad, denso, recio y cremoso. Sent�a los miembros relajados, y mientras aguardaba, sin prisa porque hab�a llegado con mucha antelaci�n, tuve una s�bita intuici�n de lo que de divino tiene habitar el pellejo de un hombre. Es una morada precaria, angosta, a veces grotesca. Y sin embargo, dentro de ella puede experimentarse moment�neamente la paz y la plenitud.</p><p>Me hallaba sumido en aquel modesto �xtasis m�stico, quiz� el �nico asequible a un pecador dubitativo y desorientado como yo, cuando divis� la figura de Chamorro en lontananza. Ven�a con su paso firme y regular, con su mochila multiusos colgada de un hombro y las gafas de sol en la mano. Vest�a unos vaqueros descoloridos, zapatos de poco tac�n y un jersey holgado sobre el que llevaba un anorak con muchos bolsillos. Era, en suma, la indumentaria de una experimentada investigadora criminal, atenta a la comodidad y a las necesidades pr�cticas. Record� la primera vez que hab�a quedado con ella en el aeropuerto para un viaje de trabajo. Hab�an pasado s�lo tres a�os y medio, y sin embargo, me parec�a estar ante otra persona. Sus titubeos, su biso�ez y, en suma, su ingenuidad de entonces, hab�an quedado del todo atr�s. Y no supe por qu�, al acordarme de aquella otra chica, m�s joven, vestida de forma inadecuada y llena de una zozobra que con cierta maldad me hab�a complacido en alimentar, me asalt� una especie de melancol�a. Digo que no supe por qu�, pero desde luego que lo supe. Lo que no quise fue reconocer las razones de aquella sensaci�n de nostalgia.</p><p>��Buenas, mi sargento -dijo, mientras tiraba la mochila en la silla que hab�a a mi derecha-. �Qu� tal?</p><p>��Ps�. Meti�ndome un caf� y tomando el sol. Como un jubilado. �Y t�?</p><p>��Pues he estado mejor. Ayer tuve morros, como era de prever.</p><p>��Haberme echado la culpa, ya te lo dije.</p><p>��Te la ech�, pero no sirvi� de mucho.</p><p>��Pues haberle recordado el punto cuarto de la cartilla del guardia civil: �Siempre fiel a su deber�. Parece mentira que forme parte de una unidad de choque. Para poder servir ah� deber�a sab�rsela de memoria.</p><p>Chamorro me mir� de reojo.</p><p>��Venga, no me tomes el pelo -me rega��-. A ti la cartilla te importa un r�bano. Y si tu novia te dijera que se larga con otro para quince d�as, aunque sea su jefe y por razones de trabajo, tambi�n te fastidiar�a.</p><p>��No s�, hace mucho que no tengo novia, propiamente dicha.</p><p>Mi compa�era se volvi� hacia la barra.</p><p>���Se puede tomar ese caf�?</p><p>��S�, aunque no ganar�a ning�n concurso. Y puedo informarte, por si te interesa, que empiezo a sentir que tiene efectos laxantes.</p><p>Chamorro torci� el gesto.</p><p>��Gracias por la informaci�n, pero ya he ido esta ma�ana.</p><p>��Nunca se sabe.</p><p>Fue a pedir su caf�. La vi completar la transacci�n con el camarero, y al camarero atenderla con much�sima m�s amabilidad que la que me hab�a mostrado a m�. No dir�a que Chamorro era una mujer de una hermosura apabullante, pero siendo alta, m�s o menos delgada y medio rubia, ya ten�a condiciones para resultar aparente a los ojos del macho promedio, y sab�a adem�s dotar a sus facciones no del todo bellas de una cierta chispa con la mirada. Pod�a, en suma, resultar atractiva cuando se lo propon�a, y hab�a aprendido a propon�rselo y a lograrlo si le era necesario o conveniente. Cuando vino con su caf� hacia la mesa, todav�a esperaban a ser atendidos tres o cuatro ejecutivos casposos que estaban en la barra antes que ella.</p><p>��He conseguido que me sentaran a tu lado en el avi�n -dijo, mientras vaciaba la mitad del sobre de az�car en su caf�.</p><p>��Lo dices como si hubiera sido dif�cil.</p><p>��Pues s�, la chica del mostrador me dijo que no estaba autorizada a decirme tu n�mero de asiento. Y me lo explic�. Me dijo que yo pod�a ser alguien que quisiera molestarte, y que ella ten�a la obligaci�n de protegerte de eso.</p><p>��Ah, mira, qu� delicadeza. �Y c�mo la convenciste?</p><p>��No tuve m�s remedio que sacar la chapa. Se qued� muy cortada.</p><p>��Otra vez quedamos antes de facturar. No se me hab�a ocurrido. La verdad es que tiene toda la l�gica. Podr�as ser una psic�pata.</p><p>��Si fuera una psic�pata perseguir�a a otro -brome�.</p><p>��Gracias, Virginia, eso refuerza mucho mi autoestima. En fin, puestos a ser antip�ticos, �te has estudiado los papeles?</p><p>��Por encima s�lo. Pensaba hacerlo en el avi�n.</p><p>Mene� la cabeza.</p><p>��Vaya, me decepciona usted, cabo. Hace un a�o le habr�a sobrado tiempo para aprend�rselos de memoria. Me temo que Arnold Schwarzenegger est� siendo una mala influencia. Tendr� que dar parte de �l.</p><p>��Anda, d�jalo ya. Y no le pongas m�s motes.</p><p>��Es que siempre se me olvida c�mo se llama.</p><p>��Arturo. Y no se te olvida, s�lo es por chinchar.</p><p>��En todo caso, espero que aproveches el vuelo para empaparte. Podr�amos haberlo aprovechado para intercambiar impresiones, si hubieras sido m�s diligente, pero bueno. Menos mal que fui previsor y me traje lectura.</p><p>���Qu� has tra�do?</p><p>��Algo ligero, para desengrasar.</p><p>���Puedo verlo?</p><p>Le tend� el libro.</p><p>���Los muertos tambi�n hablan. Memorias de un antrop�logo forense� -ley�-. Desde luego, eres un enfermo, jefe.</p><p>��Deber�as leerlo. Es de un experto yanqui. Todo clarito y la mar de sencillo, apto para principiantes y para investigadores indolentes.</p><p>��Un poco de tregua, �no? -protest�.</p><p>Le dio la vuelta al libro y empez� a leer la contraportada:</p><p>���No tenemos secretos para nuestros huesos. A estos silenciosos y obedientes siervos de nuestro tiempo les contamos sin rubor absolutamente todo. En los archivos de nuestros esqueletos est�n guardados los diarios �ntimos de nuestras vidas.� Aj�. As� que la cosa va de huesos.</p><p>��Eso es lo que estudia la antropolog�a forense. Ah� donde lo ves, este tipo, William Maples, fue el que descubri� que los huesos que guardaban en Lima como el esqueleto de Francisco Pizarro eran en realidad de un cl�rigo.</p><p>��Pizarro, �el conquistador?</p><p>��S�.</p><p>���Y c�mo supo este t�o que los huesos eran de un cl�rigo?</p><p>��Por la complexi�n, por su estado. De un cl�rigo o de alguien de vida sedentaria. Alguien blandito, y no la mala bestia que era Pizarro.</p><p>��No habr�a imaginado que los huesos dieran para tanto.</p><p>A veces, a uno le apetece hacer un poco de da�o. Normalmente uno se reprime, y en especial cuando se trata de alguien a quien se aprecia. Pero otras veces, por razones diversas, no. La mir� a los ojos y le dije:</p><p>��Te lo tengo dicho, Virginia. Eres luchadora, trabajas con rigor y se puede confiar en ti. Pero tienes que ejercitar m�s la imaginaci�n.</p><p>Chamorro se puso seria. No ten�a demasiada cintura para encajar un reproche, aunque fuera uno cari�oso e ir�nico como aqu�l.</p><p>��No te piques, mujer. S�lo trato de hacerte ver que esto de los muertos no es nunca un problema matem�tico. Hay que buscarle, bueno, la poes�a.</p><p>Chamorro alz� los ojos. Sin querer, acababa de darle un triunfo.</p><p>��La poes�a no es incompatible con las matem�ticas. Hay que conocerlas un poco para darse cuenta, pero no es incompatible. Lo que sucede es que la poes�a de las matem�ticas no est� al alcance de cualquiera.</p><p>La observ�. Pese a todo, aunque los a�os transcurridos, los muertos investigados y las horas de trabajo la hubieran cambiado en la superficie, en el fondo segu�a siendo la misma. Empe�osa, intransigente, y provista de un orgullo que en cierto modo la hac�a deliciosamente vulnerable.</p><p>��Bueno, me est� bien empleado, por inocente -dije.</p><p>Chamorro frunci� el ce�o, recelosa.</p><p>��Olvidaba que estaba hablando con una licenciada en Matem�ticas.</p><p>��Pero qu� cabrito eres -dijo, ech�ndose a re�r.</p><p>��Bueno, como mucho te quedar� un par de asignaturas, �no?</p><p>��Me quedan unas pocas m�s, por desgracia. Y mientras sigan haci�ndome perder el tiempo contigo me parece que tardar� en terminar.</p><p>���Sientes que pierdes el tiempo conmigo?</p><p>Antes de responder, Chamorro se limpi� cuidadosamente los labios con la servilleta. El superior, el inferior y ambas comisuras.</p><p>��No siempre.</p><p>Confieso mi irremediable debilidad ante una mujer que sabe decirte una frase escueta y enigm�tica clav�ndote los ojos sin pesta�ear. Aunque esa mujer sea mi subordinada y la teor�a afirme que debo ser capaz en todo momento y situaci�n de conservar mi autoridad sobre ella. Por suerte, siempre hay alguna trivialidad a la que recurrir en caso de apuro.</p><p>��Ya est� anunciada la puerta de embarque -dije, se�alando el monitor-. Vamos para all�, anda, no vaya a ocurr�rseles despegar a la hora.</p><p>Naturalmente, no se les ocurri�. De hecho, nos embarcaron media hora tarde, luego nos hicieron bajar a todos del avi�n, alegando problemas t�cnicos, y volvieron a reembarcarnos en el mismo aparato tan s�lo media hora despu�s. El personal de tierra y las azafatas se ocuparon, como de costumbre, de encajar estoicamente las protestas de los clientes exigentes. Alg�n pasajero marisabidillo, siempre los hay, objetaba, suspicaz:</p><p>��Es imposible que en media hora hayan arreglado nada.</p><p>Pero la mayor�a del pasaje, Chamorro y yo incluidos, se dej� manejar con esa admirable docilidad ovina que desarrollan los humanos cuando se hallan en un contexto aeroportuario. Llegado el momento, todo el mundo se abroch� el cintur�n, se cercior� de que la mesita estuviera plegada y el tel�fono m�vil apagado y se encomend� a la presunta pericia del piloto, pese a que su voz gangosa y atiplada, y sus confusas explicaciones biling�es sobre la causa del retraso, no mov�an en modo alguno a la confianza. Es curioso constatar c�mo el personal se pasa la vida midiendo al mil�metro actos nimios y luego, de pronto, se lo juega todo a una carta dudosa y desconocida. Alguno pareci� escuchar con especial atenci�n el rugido de las turbinas durante el despegue, por si notaba algo raro, pero los m�s se abstra�an en sus peri�dicos o revistas intentando no pensar en que iban a bordo de un mont�n de chatarra en potencia que se separaba imprudentemente del suelo. Chamorro se hab�a sumergido ya en el expediente, dispuesta a recuperar el retraso que le hab�a afeado antes. Por mi parte debo reconocer, aunque el detalle me desacredite, que era de los que estaban pendientes del bramido de los motores. Sonaban bien, no obstante, y nos colgaron del aire r�pida y eficazmente.</p><p>Durante el vuelo no sucedi� nada digno de menci�n. Chamorro sigui� absorta en su tarea y yo me distraje con mi libro. Me alegr� de llevarlo. Hab�a pasajes de veras ocurrentes, y desde chico poseo la mala costumbre de re�rme cuando leo algo que me hace gracia. En un par de ocasiones, mi compa�era se interes� por la causa de mi regocijo. Le le� en voz alta:</p><p>���He visto gusanos exultantes saltando como palomitas de ma�z sobre los restos en descomposici�n de un cuerpo humano, bullendo en alegres mir�adas, brincando hasta medio metro de altura para luego caer con un golpeteo suave, como una lluvia fina. Los gusanos no atacan al azar, sino de manera concertada, como bancos de pira�as hambrientas. Algunos gusanos atacan con tanto br�o a los cad�veres que, en el transcurso de unas pocas horas, son capaces de arrancarle la dentadura postiza a un hombre muerto.�</p><p>Chamorro me observ�, seria. No cre� que la lectura le revolviera el est�mago. La hab�a visto soportar sin el auxilio de los remedios habituales (el Vicks Vaporub untado en la nariz, o el puro que llev�bamos siempre para ofrecer a los jueces novatos) el hedor de cad�veres severamente descompuestos. Pero el pasaje le produc�a un ostensible disgusto.</p><p>���Y qu� tiene eso de gracioso? -me reprendi�.</p><p>��La vida es graciosa, Virginia. Y la muerte. Nada es en s� bueno o malo, depende del lugar desde donde lo miras. Para los parientes, la muerte del ser querido es atroz. Para los gusanos, en cambio, ya ves: Disneylandia. En realidad, todo es una cuesti�n de perspectiva. Imag�nate si la historia la escribieran los gusanos. Todo funcionar�a al rev�s. Cada enfermo salvado por los m�dicos, una decepci�n. Cada hombre ilustre que la di�a, una org�a.</p><p>Chamorro mene� la cabeza.</p><p>��No has debido tomarte el zumo. Vete a saber qu� era en realidad.</p><p>No volvi� a preguntarme las siguientes veces que me oy� re�r, salvo la �ltima. La verdad es que fui m�s bien aparatoso. El caso lo merec�a.</p><p>���Y ahora, qu� marranada macabra acabas de leer? -me espet�.</p><p>���sta te va a gustar -asegur�.</p><p>��A ver.</p><p>���Otro pobre desgraciado� -le�-, �para quien el placer y el dolor estaban muy pr�ximos, se pon�a el transformador de un tren el�ctrico en el pene, sujet�ndolo con unas pinzas, y se aplicaba d�biles descargas en los genitales.</p><p>Por desgracia, en una ocasi�n (la �ltima), el transformador provoc� un cortocircuito y el hombre recibi� una descarga de 110 voltios, quedando instant�nea e ignominiosamente electrocutado. Los padres escondieron el transformador antes de que llegase la polic�a. Pero las pinzas el�ctricas dejan marcas muy caracter�sticas y muy f�ciles de identificar en una autopsia. Tras unas pocas y discretas preguntas por parte de los investigadores, la infeliz pareja se derrumb� y cont� la triste verdad de lo sucedido�.</p><p>��Desde luego, los hombres sois unos capullos -observ� Chamorro.</p><p>��Oye, �a qu� viene esa imputaci�n colectiva? -protest�-. Y no me mires as�. Tambi�n las mujeres pueden morir de forma rid�cula.</p><p>��No estar�a de m�s hacer una campa�a divulgativa. Seguro que hay alguno por aqu� que se juega el pellejo de esa misma forma.</p><p>��Peor. Aqu� la corriente va a 220 voltios, el doble. El latigazo debe de hacer que se te salten los ojos de las �rbitas.</p><p>��Muy gr�fico. Oye, si te atrae, ya sabes� Si no tienes trenecito el�ctrico, puedes usar el transformador de tu scalextric.</p><p>��Chamorro, me parece de muy mal gusto que utilices mis confidencias sobre los juegos que comparto con mi hijo para asestarme ese bajonazo tan vil. Por otra parte, �es que acaso tengo aspecto de pervertido?</p><p>���Y es que eso se lleva escrito en la cara?</p><p>Sostuve su mirada, afectadamente candorosa. A veces, he de reconocerlo, me estimulaba de forma indebida comprobar c�mo mi compa�era, con el tiempo, se hab�a ido volviendo cada vez m�s maliciosa y c�ustica.</p><p>��Muy bien, te dejo que imagines lo que te plazca -repuse al fin-. Pero me gustar�a m�s que pusieras tu cerebro a trabajar sobre ese expediente que llevas un rato leyendo. �Algo interesante que quieras decirme al respecto?</p><p>Chamorro volvi� la vista al expediente. A�n le quedaba cerca de una cuarta parte de los documentos por examinar. En su peque�o bloc hab�a tomado una serie de notas con un rotulador de tinta violeta. La vi releerlas, sin poder evitar que me enterneciera un poco aquel color en el que hab�a quedado plasmada sobre el papel cuadriculado su letra de ni�a aplicada.</p><p>��Pues, no s� qu� decirte -contest� al fin-. Lo primero, que no me siento en condiciones de reprocharles nada a los compa�eros.</p><p>��Mejor, no estamos aqu� para juzgarlos. Ni nos ayudar�a.</p><p>��Quiero decir que yo habr�a sacado la misma conclusi�n que sacaron ellos. Es verdad que no estaba amarrado del todo, pero� Bueno, m�s de una vez han condenado a gente con m�s cabos sueltos en la investigaci�n, �no?</p><p>��Sin duda -asent�.</p><p>��Tengo una curiosidad, eso s�.</p><p>Hab�a aprendido a valorar las cuestiones que despertaban la curiosidad de Chamorro. Era la persona menos entrometida que jam�s hab�a conocido.</p><p>��Desembucha, cabo.</p><p>���Entra en tus planes considerar la hip�tesis de que el concejal, aunque le hayan absuelto, sea el asesino?</p><p>Sonre�.</p><p>��Me defraudas horriblemente, Virginia.</p><p>Mi compa�era dio un respingo.</p><p>���Por qu�?</p><p>Me tom� mi tiempo, para crear en ella la expectaci�n adecuada. Plegu� la mesita (ya no deb�a de faltar mucho para el aterrizaje) y coloqu� el libro en la bolsa de tela del respaldo del asiento delantero, no sin antes marcar con la tarjeta de embarque la p�gina en la que hab�a interrumpido la lectura.</p><p>��Ver�s -dije-, resulta indudable, desde el punto de vista procesal, la dificultad de imputar a quien ya ha sido absuelto en un juicio previo. El procedimiento para ello es excepcional, farragoso y de sus pormenores no estoy al corriente porque no soy abogado ni las cuestiones abogaciles me parecen el mejor pasatiempo en el que empe�ar mis menguantes neuronas.</p><p>Chamorro me observaba con reticencia.</p><p>��Sentado lo anterior -prosegu�-, debo confesarte que, personalmente, los problemas procesales me traen al fresco. Lo que intento es encontrar la verdad, o algo que se parezca de forma coherente a la verdad. Luego el fiscal har� con ella lo que tenga que hacer, por el camino que tenga que seguir, f�cil o dif�cil, eso es su problema. Y como ya sabes, tengo mis dudas de que al final de todo se haga eso que algunos, c�ndidamente, llaman justicia. Si las c�rceles donde se almacena el desecho o los tribunales donde se lo etiqueta son m�quinas de fabricar justicia, yo soy el hada Campanilla.</p><p>��S�, eso ya te lo he o�do antes -replic� Chamorro-. Y como siempre que te lo oigo, me pregunto por qu� sigues haciendo este trabajo.</p><p>��Porque en el fondo me divierte.</p><p>��No trates de ser c�nico, mi sargento. No se te da bien.</p><p>��Ya me conoces, Virginia. En realidad, soy un iluso. Sigo en esto, bueno, por si queda alguna esperanza de encontrar el modo de disuadir a la gente de que joda al pr�jimo. Y si no la hay, por completar el dibujo. Porque cuando alguien se cobra a un semejante, hay algo que exige que haya un perro dispuesto a cazar al cazador. Es un trabajo de mierda, pero alguien tiene que ocuparse. Alguien que no tenga nada mejor en lo que gastar su tiempo.</p><p>Chamorro me conoc�a ya un poco, en efecto, y sobre todo conoc�a mi ret�rica. Por eso, por la confianza, me explayaba as�. Ella no se dej� impresionar.</p><p>��Yo no creo que sea un trabajo de mierda. Prestamos un servicio a la sociedad. Un servicio importante, o no menos importante que otros.</p><p>��En la vida, Virginia, hay dos clases de personas. Los que pueden estar completamente seguros de lo que hacen y los que no. Est� claro d�nde encaja cada uno de nosotros, para tu fortuna y para mi oprobio.</p><p>��Supongo que crees que voy a entrar al trapo. Pero ya no me picas, ni me despistas. S� que ser�as incapaz de hacer otra cosa en la vida.</p><p>���Y?</p><p>��Que est�s tan seguro como el que m�s.</p><p>Me encog� de hombros.</p><p>��Bien, con esta interesante y asombrosa conclusi�n, creo que podemos dar por terminada mi sesi�n de psicoan�lisis. Volviendo al asunto�</p><p>��Vale. No gastes m�s saliva. Ya me has respondido.</p><p>���C�mo dices?</p><p>��Pues eso, que ya me he enterado. Tomo nota. El ex concejal G�mez Padilla est� incluido en nuestra lista de sospechosos.</p><p>Dej� que una sonrisa levemente aviesa torciera mis labios.</p><p>��Peor que eso, Chamorro. Por ahora, es nuestro �nico sospechoso.</p><p>��Bueno, salvo que pensemos en la madre, o en Desir�e.</p><p>Observ� a mi compa�era con notoria reprobaci�n.</p><p>��Hablaba en un plano estrictamente te�rico -dijo.</p><p>��Por favor, cabo, g�nese su sueldo y la consideraci�n de su superior.</p><p>��Est� bien. �Puedo hacer un comentario?</p><p>��Adelante.</p><p>��Esto es un marr�n inmundo. Mucho tiene que sonre�rnos la suerte para sacar algo en limpio en dos semanas.</p><p>��Pues claro, mujer, por qu� te crees que nos lo encargan. Nunca olvides lo que dice el brigada Atienza, que para eso es el m�s viejo de la unidad. Los muertos al principio huelen como los vivos, luego huelen a rayos y al final no huelen a nada. Por regla general, a nosotros no nos los dan hasta que no han pasado a la tercera fase. S�lo un tonto seguir�a un rastro que ya no huele. As� que ya sabes lo que hace falta para estar donde est�s.</p><p>��C�mo te gusta -observ� Chamorro, con una maligna expresi�n.</p><p>���El qu�?</p><p>��Humillarte. �No te he contado nunca lo que dice mi padre sobre eso?</p><p>��El coronel de marines. �Debo cuadrarme para o�rlo?</p><p>��No seas idiota. Adem�s, aqu� no se llaman marines, sino infantes de marina. Los marines son los americanos.</p><p>��Gracias por la informaci�n. �Qu� es lo que dice el coronel?</p><p>��Que hay una clase de soberbia propia de aqu�. La humildad espa�ola, la llama �l. Y que consiste, precisamente, en rebajarse todo el tiempo.</p><p>��Bueno, ya sabes que mi espa�olidad resulta dudosa -alegu�.</p><p>��Pues aqu� te asoma, y bien.</p><p>��Reflexionar� sobre ello. Dale las gracias al coronel por sus observaciones antropol�gicas. �Cu�ndo las hace, entre desembarco y desembarco?</p><p>��Vete a la mierda.</p><p>A veces, uno se plantea si no habr� dejado que sus inferiores le traten con demasiada familiaridad. Supongo que cualquiera, al saber que los que as� conversaban eran un cabo y un sargento de la Benem�rita, habr�a juzgado un tanto excesiva mi mansedumbre. Pero �se es el tipo de cosas que a m� nunca han logrado preocuparme, la verdad. Tan s�lo procuro identificar a quienes les va la marcha castrense, y a �sos siempre les llamo mi lo que sea y les hablo lo m�s serio y solemne que puedo. Resulta conmovedor, verlos hincharse y corresponder con el ce�o apretado a tu marcial pleites�a.</p><p>Por fortuna, el teniente Guzm�n, de la unidad de polic�a judicial de Tenerife, no participaba de semejantes inclinaciones. Nos estaba esperando en el aeropuerto, justo frente a la puerta por la que salimos tras recoger el equipaje, y nos recibi� con calurosa cordialidad y ning�n protocolo.</p><p>���Hab�is tenido buen vuelo? Ven�s con bastante retraso -observ�, mientras nos ayudaba a cargar los bultos en un carrito.</p><p>Para ser sinceros, me extra�� un poco aquella obsequiosa cortes�a. Y no porque Guzm�n fuera oficial y nosotros dos pringados (en seguida supe que Guzm�n hab�a empezado de guardia y hab�a subido pelda�o a pelda�o por el escalaf�n), sino porque, a fin de cuentas, Chamorro y yo �ramos los dos enterados de Madrid que ven�amos a tratar de rehacer en condiciones lo que se supon�a que su gente no hab�a hecho como deb�a. Pero, como pronto nos demostrar�a, Guzm�n era un tipo deportivo, ten�a amplia experiencia en la empresa y en tareas de investigaci�n y hab�a llegado a desarrollar el criterio suficiente como para no tomarse nada de aquello a t�tulo personal.</p><p>��Vamos fuera. Tengo a la chica esperando con el coche.</p><p>No pude dejar de espiar el gesto de Chamorro ante las palabras la chica. Sab�a lo que pasaba por su cabeza, as� que apreci� su impasibilidad.</p><p>La mujer que aguardaba frente a la terminal, junto al coche, y que al vernos venir despeg� el trasero de donde lo ten�a apoyado y se estir� tranquilamente la ropa, podr�a describirla de modo convencional. Era de tez morena, pelo casi negro, largo y suelto, ojos oscuros, un poco menos de metro setenta, de complexi�n atl�tica pero marcadamente femenina. Podr�a decir tambi�n que iba bien vestida, prendas informales pero no seleccionadas ni combinadas al tunt�n. Y podr�a a�adir que su maquillaje era discreto pero perceptible y que ol�a a un perfume de los que no compras con un billete de 20 euros. Pero lo que debo decir, sobre todo, es que apenas la vi, y aun antes de que abriera la boca, mi olfato para el desastre intuy� en la cabo Ruth Anglada a una de esas mujeres que infaliblemente me crean problemas. Con el tiempo, uno aprende a conocerse, y aprende, sobre todo, a conocer sus debilidades. Y los recursos de aquella chica, lo gritaban en la distancia, eran de los que pod�an llegar a hacerme sentir muy, muy d�bil.</p><p>Por el contrario (pese a mi conmoci�n conserv� los reflejos necesarios para percatarme de ello), el encuentro con aquella mujer produjo en mi compa�era una reacci�n muy diferente. En un primer instante la achaqu�, en una burda deducci�n masculina, a una espont�nea rivalidad entre hembras. Pero muy pronto iba a averiguar que se trataba de otra cosa. Sucedi� apenas un par de segundos despu�s de que reparase en el rictus de Chamorro; cuando llegamos a la altura del coche y la otra, observ�ndola fijamente, le dijo:</p><p>��Co�o, Virgi, qu� peque�o es el mundo.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 4 TODOS CONTRA IV�N</p></title><p>��Bueno, parece que a vosotras no hace falta presentaros -constat� el teniente Guzm�n, vista la confianza con que Anglada saludaba a Chamorro.</p><p>��No -admiti� mi compa�era, con mal disimulada frialdad.</p><p>��Claro que no -confirm� Anglada, mucho m�s entusiasta-. Aqu� esta chica y yo hemos pasado unos cuantos apuros juntas, �eh?</p><p>Chamorro dej� que la otra le pusiera la mano en el hombro y se lo estrechara de modo afectuoso. Pero dio la impresi�n de que aquel contacto la complac�a tanto como el baboso mordisco de un zombi.</p><p>��Desde la academia de guardias hasta el curso de cabo -explic� Anglada-. Y ahora. Parece que nos fu�ramos persiguiendo, t�.</p><p>��Muy bien, en ese caso, s�lo tengo que presentarte al sargento Bevil� -se atasc� el teniente.</p><p>��Bevilacqua -le auxili�.</p><p>��Eso, Be� vi� la� cua. �l es el responsable de la investigaci�n. �sta es la cabo Anglada. Ir� con vosotros a La Gomera. Conoce la isla, el asunto, en fin, no se me ocurre que haya nadie m�s indicado que ella.</p><p>��A sus �rdenes, mi sargento -me salud� Anglada, mientras yo sent�a c�mo el fuego de sus ojos negros me taladraba hasta el occipital.</p><p>��Encantado -repuse, sin perder del todo la compostura.</p><p>��Bevical� -dud� Anglada-. Perd�n, no lo he cogido bien.</p><p>��Bevilacqua -repet�, con la paciencia que me asiste desde ni�o a este respecto-. Aunque puedes llamarme Vila. Es lo que hacen todos.</p><p>���Resultar� demasiado poco original si pregunto de d�nde le viene ese apellido tan peculiar, mi sargento?</p><p>A veces me doy un poco de asco. Como entonces, cuando en lugar de dejar que me aflorase el cansancio que me produce esa pregunta mil veces repetida, me esforc� en sonre�r para ella, aunque en mi respuesta, como suelo, distara de ofrecerle la verdad, que s�lo a m� me incumbe:</p><p>��Mi abuelo era uno de los guardaespaldas de Mussolini. Se salv� de milagro de que le limpiaran el forro junto a su jefe y consigui� que le diera asilo el r�gimen de Franco al final de la Segunda Guerra Mundial.</p><p>Anglada sopes� mi respuesta. Guzm�n pareci� cre�rsela.</p><p>��No jodas -dijo el teniente.</p><p>��Me temo que nos est�n diciendo amablemente que no seamos cotillas, mi teniente -dedujo Anglada, con un brillo de perspicacia en la mirada.</p><p>Not� que Chamorro aguardaba mi reacci�n. Que me observaba. Me hab�a visto otras veces en este trance, y estaba atenta a registrar cualquier m�nima diferencia en mi comportamiento. As� que hice lo de siempre.</p><p>��Era broma -confes�-. Es una historia mucho m�s vulgar. No creo que resulte interesante para nadie, aparte de m�.</p><p>No ofrec� contarla, y nadie me lo pidi�. Tras guardar el equipaje en el maletero, subimos al coche. Dejamos a las dos mujeres en la parte delantera y el teniente y yo nos acomodamos en el asiento de atr�s. Anglada sorte� como pudo los autobuses que a la entrada de la terminal cargaban o descargaban pilas de alemanes e ingleses, ya fuera en estado de lechosa palidez, rumbo a la playa rodeada de apartamentos de la que no saldr�an en los pr�ximos quince d�as, o intensivamente achicharrados y listos para ser expedidos de vuelta a sus oscuros lugares de residencia en el Norte. Antes de aquel d�a s�lo hab�a estado en Tenerife una vez, diez a�os atr�s, y el panorama parec�a haber empeorado bastante. La aglomeraci�n era demencial.</p><p>���No se supone que estamos en temporada baja? -pregunt�.</p><p>��Aqu�, en Tenerife, ya no hay temporada baja -respondi� Guzm�n-. Otra cosa es en las islas peque�as, como La Gomera o La Palma, aunque tampoco les quedan m�s que un par de telediarios, no te vayas a creer.</p><p>Ya hab�amos salido del recinto aeroportuario, y la visi�n de las api�adas urbanizaciones pr�ximas intensific� mi sensaci�n de agobio.</p><p>��C�mo han podido dejar que construyan todo eso -observ�.</p><p>��Ya ves. Vivimos de ellos -constat� el teniente-. De darles sol, marcha y alcohol barato durante todo el a�o, en su idioma y a su gusto. Entre medias, se ha ido a tomar por saco esta isla, que era una maravilla de la Naturaleza. Pero supongo que lo m�s importante es que la gente coma, y el paisaje queda muy bien para los carteles, pero no le llena la panza a nadie.</p><p>��La Gomera todav�a es otra cosa -dijo Anglada-. Mucho m�s tranquila y mucho menos triturada. Ya ver�, mi sargento.</p><p>��S� -se adhiri� Guzm�n-. Ah� hab�is tenido suerte. Ya que no podemos decir que la hay�is tenido con el asunto que os trae por aqu�.</p><p>��No se preocupe, mi teniente -le tranquilic�-. Estamos habituados a convivir con la desesperaci�n. Y a veces hasta sacamos algo en limpio.</p><p>��No te comprar�a el negocio, desde luego. Vamos, que no lo querr�a ni regalado. Adem�s, me imagino que lo normal es que os reciban de u�as. Si ya es ingrato hurgar en cosas viejas, cuando encima est�n torcidas�</p><p>��Bueno, no se crea, este asunto no es peor que otros.</p><p>��Hombre, ya lo s�, vuestra fama os precede. Vuestros casos salen en la tele, y hasta le� una vez un reportaje sobre vosotros en un suplemento dominical. Estamos muy impresionados de conoceros en persona.</p><p>��No me tome el pelo, mi teniente. Ni se crea lo que lee en los suplementos dominicales. Usted ya sabe lo que es este trabajo. Mucha calle, mucho sue�o perdido y paciencia franciscana. Aparte, ayuda estar un poco gilipollas, para com�rselo todo por el m�sero sueldo que paga la empresa. Pero ning�n periodista har�a un reportaje con eso, as� que le dan otro lustre.</p><p>��Era broma, Vila -dijo Guzm�n-. Y vamos a tutearnos, anda, que este culo que gasto se ha comido muchas horas de patrulla en el todoterreno, y no hace tanto tiempo como para que me haya olvidado.</p><p>��Como quieras. Procuro tomar primero la distancia a la gente.</p><p>��Pues pasa de chorradas, t�o. Yo me siento polic�a, punto, y entre t� y yo, espero que pronto se acabe el rollo militar. Ya s� que a la gente le gustan los desfiles, y si me apuras a m� tambi�n; verlos, quiero decir. Porque cuando me toca disfrazarme y agarrar el sable me siento como un payaso, qu� quieres que te diga. Aparte de que el puto uniforme me canta en seguida los cent�metros de barriga que he ganado desde la �ltima vez que me lo puse.</p><p>Como cualquiera, y especialmente como cualquiera en el pa�s donde me ha tocado vivir, tengo mi opini�n respecto de casi todo, incluido el asunto que Guzm�n acababa de sacar. Pero he llegado a la conclusi�n de que no es necesario ni oportuno decir siempre y ante todos lo que piensas, y de que hay cuestiones respecto de las que m�s vale pecar por defecto que por exceso. As� que me cuid� de respaldar o rebatir los juicios del teniente y me limit� a aprovechar la confianza que a ra�z de ellos me otorgaba.</p><p>��El caso es que, oye, es curioso -volvi� a hablar Guzm�n-. Si te dijera que echo de menos aquellos tiempos� Los del sucio Nissan y andar todo el d�a por los caminos. A m� lo que me gusta es el campo, y no esto.</p><p>Lo que se�alaba el teniente era la autopista por la que avanz�bamos hacia la capital. Anglada, que llevaba el coche (sin permitirle en ning�n momento bajar de ciento cincuenta, dicho sea de paso), se sum� a su opini�n.</p><p>��Reconozco que a m� tambi�n me gustaba patrullar por el campo -dijo-. No s�, hay muchos momentos en que te relaja. Como cuando ves salir o ponerse el sol, o como cuando se levanta de pronto una tormenta.</p><p>��A eso me refiero, por ejemplo -ratific� el teniente, nost�lgico.</p><p>��Te sientes puteada, claro -continu� Anglada-. Sobre todo al principio, cuando te toca como me tocaba a m� salir con el guardia viejo de turno y por la noche ve�as al caim�n roncar en el asiento de al lado y t� como una idiota tratando de seguir despierta. Pero tiene su encanto incluso eso, estar ah�, sola con tus pensamientos, cuando todos los dem�s duermen.</p><p>No pod�a ver el rostro de Chamorro, s�lo su nuca. Le imagin� un gesto impenetrable, y sent� deseos de volver a estar a solas con ella para preguntarle el motivo de su antipat�a hacia aquella chica. La estaba llevando al extremo de hacerla parecer mucho m�s estirada de lo que en realidad era.</p><p>��Y a ti, mi sargento, �te gust� tu �poca rural? Porque la tendr�as, �no?</p><p>Al o�r la pregunta de Anglada, dos pensamientos se cruzaron en mi cerebro. Uno: su teniente me hab�a autorizado a tutearlo, pero yo no le hab�a dado permiso a ella para tutearme a m�. Tampoco iba a ofenderme por eso, pero me hizo temer que aquella mujer hubiera percibido algo de la impresi�n que me hab�a causado, cosa que siempre lesiona la vanidad de uno. Dos: no estaba seguro de que me apeteciera, a�n, contarle mi historia.</p><p>Mi respuesta, no obstante, no fue del todo elusiva:</p><p>��No, yo nunca he estado en un puesto. Cuando sal� de la academia, me fui directo al infierno y all� me pas� tres a�os.</p><p>���Al infierno? -pregunt� Anglada.</p><p>Demor� a prop�sito el momento de pronunciar la palabra.</p><p>��Intxaurrondo, Guip�zcoa.</p><p>��Te toc� la china -observ�, seria.</p><p>��Me toc�, s�. Aunque todo depende del talante de cada uno.</p><p>���Por qu�?</p><p>��Est� bien para probar c�mo funciona eso que dice el Duque en su cartilla: �Sereno en el peligro�. Es el lema que tienen a la puerta del cuartel.</p><p>��Nunca me ha apetecido mucho, la verdad -dijo el teniente.</p><p>��Ah� est�, alguien tiene que ocuparse. Y hay a quien le atrae. Si quieres buscar tus l�mites, es el mejor lugar para encontrarlos.</p><p>Lo dije sonriendo, para quitarle dramatismo, pero logr� que el silencio se instalara en el interior del coche. Los ojos negros de Anglada me buscaron con curiosidad en el retrovisor, y no debo ocultar que eso, aunque vaya en mi desdoro reconocerlo, me satisfizo. Chamorro, que permanec�a con los labios sellados, tambi�n me mir� de reojo. Sab�a que aqu�l era un cap�tulo de mi vida que nunca, o muy excepcionalmente, sacaba a relucir con extra�os. Le hab�a dado pistas m�s que suficientes para sospechar algo raro en mi actitud. O no la conoc�a o en cuanto pudiera me lo har�a notar.</p><p>Durante el resto del viaje, y una vez que llegamos a la comandancia, Anglada y Guzm�n nos pusieron en antecedentes sobre el caso. Fue entonces cuando Anglada nos revel� que estaba destinada en La Gomera en la fecha del crimen, y nos refiri� lo que de �ste hab�a conocido de primera mano, m�s o menos en los t�rminos que ya cont� al comienzo, aunque algunos detalles los supe m�s tarde. Su memoria parec�a clara y fiable, y resultaba una narradora ordenada y puntual. Casi no tuve que preguntarle nada; ella se adelantaba a decirme cuanto pudiera interesarme saber. No me extra�aba que, en cuanto hab�a podido, Guzm�n la hubiera fichado para su equipo de polic�a judicial. Ten�a cabeza, aplomo y madera de investigadora. Sin embargo, ella apenas hab�a participado en las pesquisas que hab�an concluido con la detenci�n e imputaci�n del concejal G�mez Padilla. Se hab�a incorporado a la unidad de polic�a judicial poco antes del juicio, cuando ya estaba todo el trabajo hecho. El que hab�a corrido con el peso de la tarea, a las �rdenes de Guzm�n, hab�a sido un sargento que despu�s hab�a pedido destino en la Pen�nsula. Tras aportarnos ese dato, el teniente se apresur� a aclarar:</p><p>��No por el desafortunado desenlace de este caso, sino porque su familia est� all�. Aunque ya te puedes imaginar que el asunto L�pez von Amsberg no lo tenemos incluido en nuestro disco de grandes �xitos.</p><p>A falta de poder cambiar impresiones con el sargento, lo hicimos con los guardias que hab�an colaborado con �l. La m�s curtida era una mujer, la misma que hab�a tenido la oportunidad de interrogar a la inefable Desir�e. Tanto al exponernos sus ideas sobre la muchacha, como sobre el conjunto del caso, Morcillo, que as� se apellidaba la guardia, se mostr� cooperadora y relajada. Parec�a tener el sentido com�n y el rodaje suficientes como para saber que en el trabajo policial, como en todo, a veces se mete la pata hasta el fondo y ni el mejor est� libre de que le pase. El otro guardia, Azuara, m�s joven e inexperto, se condujo, en cambio, de un modo inc�modamente defensivo. Me hizo sentir todo el tiempo como un examinador.</p><p>��Tranquilo, hombre -acab� por decirle-. Que me he le�do el expediente. S� que os lo currasteis, yo no estoy busc�ndole las vueltas a nadie.</p><p>Sin embargo, hubo algo que desde el primer momento me llam� la atenci�n, y no favorablemente. La investigaci�n se hab�a centrado de forma casi exclusiva en la hip�tesis de que el asesino fuera el concejal. Se dispon�a de muchos datos y muy contrastados acerca de �ste y, en particular, acerca de su inquina hacia el muerto. Pero de Iv�n L�pez von Amsberg, la informaci�n no resultaba demasiado abundante. Por los testimonios de parientes y vecinos se hab�an procurado los investigadores una razonable aproximaci�n a su car�cter. No hab�an averiguado, por el contrario, demasiado acerca del modo en que ocupaba su tiempo. Morcillo s�lo me pudo decir:</p><p>��No ten�a oficio conocido. La actividad en la que se le recuerda, mayormente, era pasearse por ah� en una moto de gran cilindrada, que ven�a a ser una especie de prolongaci�n de su personalidad, y a la que por lo visto dedicaba sus �nicos desvelos. Durante una �poca, mantuvo con unos descerebrados como �l un bar de copas. Y parece que tambi�n fue instructor de submarinismo, pero debieron de echarle antes de que matara a alguien.</p><p>���Y eso? -se interes� Chamorro.</p><p>��S�, vamos, de una embolia; as� se llama lo que les da a los que suben demasiado deprisa, �no? Lo que me extra�a es que no le diera a �l.</p><p>��Se dir�a que no tienes una gran opini�n del difunto -observ�.</p><p>Morcillo pareci� calibrarme durante unos instantes. Era la primera vez que se tomaba tiempo antes de responder. Yo la observ� a mi vez, tranquilo. Era una mujer de treinta y pocos a�os, seguramente un poco m�s grave y descre�da que sus compa�eras de colegio que no hab�an tenido la ocurrencia de ingresar en la Guardia Civil y ocuparse de indagar cr�menes.</p><p>��Usted ya sabe, mi sargento, estoy segura -dijo al fin- Hay veces, cuando ahondas un poco, que acabas llegando a la conclusi�n de que tampoco se ha perdido gran cosa. Lo de esta criatura es el ejemplo perfecto.</p><p>��Tampoco era tan malo, mujer -apunt� Anglada, que durante toda la conversaci�n hab�a permanecido en segundo plano.</p><p>��No digo que hiciera mucho mal, m�s que a s� mismo y a su madre, que para eso lo pari� -aclar� Morcillo-. No tengo informaci�n para asegurarlo. Pero tampoco me consta que le hiciera ning�n bien a nadie.</p><p>Chamorro tom� entonces la palabra, y al hacerlo me demostr� haber le�do con atenci�n no s�lo el expediente, sino tambi�n los recortes de prensa.</p><p>���Y qu� nos puedes decir del asunto ese de las drogas que sac� la abogada de G�mez Padilla en el juicio?</p><p>Morcillo sonri�.</p><p>��Bueno, qu� te voy a decir. Que el ni�o, como tantos otros de su edad, le daba a las pastillas, el hach�s y la coca�na siempre que pod�a. Que para conseguir todo eso trataba con gente que infring�a la ley, por supuesto, por la sencilla raz�n de que si no, al menos en este pa�s, no puedes comprarlo. Ahora bien, de ah�, a convertirlo en narcotraficante, hay un pasito.</p><p>��No es necesario que �l traficara -dijo Chamorro.</p><p>Morcillo se volvi� a mi compa�era. Por primera vez, me pareci� advertirle una sombra de susceptibilidad en el semblante.</p><p>��Pudo bastar con que no pagara lo que deb�a -a�adi� Chamorro.</p><p>Morcillo se mordi� el labio. Luego volvi� a sonre�r.</p><p>��Para eso, habr�an tenido que fiarle. Pero yo no le habr�a fiado ni un c�ntimo a Iv�n L�pez von Amsberg. Y un camello no es m�s confiado que yo.</p><p>Pudimos hablar largamente con nuestros compa�eros, y resolver sin ninguna prisa todas las dudas que nos hab�a planteado la lectura del expediente. Y es que, seg�n nos dijeron en su oficina, el subdelegado del gobierno no podr�a recibirnos hasta por la tarde. Sin embargo, hab�a dado instrucciones de que no se nos ocurriera salir hacia La Gomera sin verle. Eso iba a obligarnos a hacer noche en Tenerife, cosa que en principio no entraba en nuestros c�lculos, pero obviamente el subdelegado del gobierno ten�a en la cabeza cuestiones m�s importantes que nuestros miserables problemas de alojamiento. Por fortuna, el teniente Guzm�n nos ech� una mano para conseguir un hotel. Adem�s de eso, tuvo el detalle de invitarnos a almorzar en un restaurante econ�mico, pero digno. Se notaba que le gustaba oficiar de anfitri�n, y no se le daba nada mal. Su amabilidad, y las facilidades que nos hab�a dado para revisar la investigaci�n que hab�a llevado a cabo su gente, absteni�ndose de interferir mientras habl�bamos con ellos, me animaron a consultarle un extremo algo peliagudo. Admito que me cost� hacerlo, no s�lo porque �l pudiera considerarlo una impertinencia por mi parte, sino tambi�n por si le inclinaba a tomar una decisi�n contraria a mis apetencias personales. Prevaleci� en m�, no obstante, el rigor profesional. Aprovechando un momento en que nos quedamos a solas �l y yo, le pregunt�:</p><p>���Por qu� no me has asignado a Morcillo?</p><p>Guzm�n me observ� con inter�s.</p><p>���La preferir�as?</p><p>Hab�a cierta picard�a en la pregunta, que prefer� pasar por alto. La verdad es que Morcillo era una mujer mucho menos atractiva que Anglada.</p><p>��No s� -repuse, en un tono neutro-. Particip� en la investigaci�n. Conoce bien el caso. Parece curtida, y lista.</p><p>��Anglada tambi�n es lista. Ya lo ver�s.</p><p>��Enti�ndeme, no quiero meterme donde no me corresponde. Ni digo que Anglada no pueda aportar cosas. S�lo es que me choca que no elijas para acompa�arnos a quien mejor domina los antecedentes del caso.</p><p>��Tengo tres razones. Y si quieres te las digo.</p><p>��Oye, mi teniente, que no tienes por qu� justificarte. T� mandas.</p><p>Guzm�n asinti�, conciliador.</p><p>��La primera raz�n -dijo- es que Anglada se present� voluntaria, cuando dije que ven�ais. Cosa que no hizo Morcillo. La segunda es que Anglada tambi�n est� al tanto de los antecedentes del caso, y adem�s conoce la zona y algunos detalles mejor que nadie. De hecho, cabe pensar que vio al asesino. Y la tercera es que Morcillo, aunque sepa disimular, est� quemada con esto. Prefiero que llev�is a alguien que pueda cogerlo con entusiasmo.</p><p>��Est� bien, entendido.</p><p>Lo dije con un improcedente alivio. A partir de ese instante me propuse vigilarme. No pod�a dejar que mi cerebro se distrajera con lo que no deb�a. �sa es una disciplina que me he impuesto y que he tratado de seguir no pocas veces a lo largo de mi existencia. Siempre con resultados lamentables, porque, para qu� enga�arnos, uno es mal gobernante de s� mismo.</p><p>El subdelegado del gobierno nos recibi� a Guzm�n y a m� (no consider� necesario someter a Chamorro a aquel acto de vasallaje del que yo no pod�a escabullirme) a eso de las ocho menos diez, despu�s de hacernos esperar unos cincuenta minutos en su antedespacho. Era un hombre de treinta y muchos a�os, escaso de pelo y con aire de deportista. Vest�a de gris con camisa de cuadros y corbata color pastel y miraba a los ojos de un modo apremiante y artificial. Un pol�tico al uso, pens�, con un futuro sin duda prometedor. Por lo dem�s, el tipo se mostr� campechano, insisti� mucho en aprender a pronunciar correctamente mi apellido (cuyo origen tuvo la elegancia de no preguntarme) y en el rato que pasamos juntos se esforz� en darnos la impresi�n de no andar apurado y de estar dispuesto a dedicarnos todo el tiempo que necesit�ramos. La l�stima era que yo no cre�a necesitar nada de aquel hombre, y la entrevista vino a corroborarlo en gran medida. El subdelegado del gobierno parec�a, ante todo, empe�ado en demostrar que su intervenci�n en el asunto, aunque inducida por razones familiares, no era ileg�tima y se apoyaba en consideraciones de inter�s p�blico. Era un esfuerzo que respecto de m� pod�a haberse ahorrado, porque hace mucho que acept� que dondequiera que haya alguien a quien hayan despenado con violencia se me puede obligar a investigarlo, sin que me importen ni la filiaci�n ni la entidad del difunto, sean cuales sean. No me repugna resolver la muerte de un desgraciado y tampoco la de alguien con recursos, ya sean �stos fama o fortuna o parentesco pol�tico con un subdelegado del gobierno.</p><p>Acaso para ser m�s persuasivo, el subdelegado habl� con franqueza:</p><p>��No s� si ha o�do alguna vez eso que dicen de que uno no se casa con una persona, sino con un regimiento, el que forman la familia, los amigos y en definitiva la gente con la que se relaciona tu c�nyuge -ri� moderadamente su propia gracia-. Bueno, eso pasa, y eso me ha pasado a m�. Me cas� hace un a�o, y una parte destacada del lote que ven�a con mi esposa fue su hermana Margarethe y la tragedia de su hijo. Que es la tragedia de la familia, como se pueden imaginar. De hecho, por su causa conoc� yo a la que hoy es mi mujer, porque si ella no hubiera venido de Alemania a hacerle compa��a a Margarethe tras el suceso, quiz� no nos habr�amos encontrado.</p><p>Algo indebido debi� asomarnos al rostro al teniente o a m�, porque en este punto el subdelegado del gobierno tom� bruscamente un atajo:</p><p>��En fin, no les voy a aburrir con el detalle de mis relaciones familiares. El caso es que mi cu�ada, como ya supondr�n, est� obsesionada con la muerte de su hijo. La absoluci�n del acusado en el juicio fue un mazazo para ella, y lo que lleva peor es que pase el tiempo y el caso siga sin resolverse. Desde que nos conocimos y se enter� de que yo me dedicaba a la pol�tica, me ha estado agobiando para que hiciera algo. Siempre le dije lo mismo, que el asunto estaba en manos de la polic�a, bueno, de la Guardia Civil y de los jueces, que no hab�a que entrometerse, que ellos ya hac�an todo lo que pod�an, etc�tera. M�s o menos la iba capeando, haciendo alguna gesti�n informal aqu� o all�, pero sin emplearme a fondo, la verdad.</p><p>El subdelegado del gobierno pareci� reconocer con ello alguna clase de culpa. Me lo imagin� en las reuniones familiares, soportando a duras penas el asedio y posiblemente las recriminaciones de su cu�ada.</p><p>��No hace falta que les diga que hace dos meses, cuando me nombraron subdelegado del gobierno, se me puso muy dif�cil decirle a mi cu�ada que el asunto estaba en otras manos. Desde entonces, la presi�n que ha ejercido sobre m� ha sido, l�gicamente, toda la que ha podido. Y a m� no me ha quedado m�s remedio que meterme en el caso, informarme a fondo y tratar de decidir de la mejor manera posible una l�nea de acci�n. Y con el respeto que quiero que sepan que tengo por su trabajo, he llegado a la conclusi�n de que aqu� no se hizo todo lo que se deb�a, por razones seguramente comprensibles, pero que no deben servirnos de excusa para quedarnos de brazos cruzados. Por otra parte, creo que debemos plantearnos lo que significa dejar que quede impune un crimen tan notorio y tan sangriento, en una comunidad tan reducida como La Gomera, con la desaz�n y la mala imagen que eso supone para la ciudadan�a. Es entonces cuando yo, no como cu�ado de Margarethe von Amsberg, sino como subdelegado del gobierno, entiendo que no tengo otra opci�n que ordenar que se reabra el caso y se le dediquen los mejores recursos disponibles. Y ah� es donde interviene usted, sargento.</p><p>Era el momento en que se iba a depositar sobre mis fr�giles hombros el peso del problema, cuyas dimensiones y trascendencia el subdelegado del gobierno, con su fino discurso, se hab�a esmerado en dejar claras.</p><p>��Le aseguro que haremos cuanto est� en nuestra mano para merecer esa confianza, se�or subdelegado del gobierno -me apresur� a decir, sin arredrarme ante lo inadecuado que resultaba su t�tulo para ser declamado con naturalidad en una f�rmula adulatoria-. Aunque le aseguro que nuestros compa�eros, desde el teniente aqu� presente hasta el �ltimo de sus hombres, no son peores profesionales que nosotros. Hay que hacerse cargo de que la investigaci�n criminal es siempre una labor incierta. Por otra parte, el trabajo que hicieron ellos nos ayuda a empezar el nuestro con ventaja. Si sacamos esto adelante, ser� en gran medida gracias a sus esfuerzos.</p><p>La forma en que me observ� el subdelegado del gobierno me hizo suponer que hab�a logrado parecerle un buen chico y que mi comandante no recibir�a quejas de m�. Eso era todo lo que cre�a poder conseguir de aquella entrevista, as� que me permit� sentirme contento con mi desempe�o.</p><p>Pero antes de despedirnos, el subdelegado del gobierno, debo reconocerlo, me suministr� algunas pistas �tiles para mi trabajo. Y lo hizo casi sin querer, buscando posiblemente llevar a mi �nimo algo distinto.</p><p>��Me gustar�a que fueran a ver cuanto antes a mi cu�ada -dijo, una vez que nos pusimos en pie-. As� tendr� la sensaci�n de que todo est� de nuevo en marcha, de que estamos trabajando. S� que eso la animar� mucho.</p><p>�Y quiz� deje de llamarte todas las noches para abroncarte�, pens�, pero no s�lo lo comprend�, sino que vi la oportunidad de confortarlo:</p><p>��Es lo primero que haremos. La investigaci�n as� lo exige.</p><p>��Se lo agradezco. Hay algo que debo advertirle, sargento -aqu� su tono se volvi� confidencial, y sus ojos buscaron los m�os sin recurrir al artificio aprendido, con un impulso por primera vez humano y espont�neo-. Mi cu�ada es una persona, c�mo decirlo� Supongo que lo mejor es no andarme con rodeos. No s� muy bien c�mo era antes, pero lo que s� puedo decirle es que la muerte de su hijo la ha trastornado mucho. A veces, podr�a considerarse que no est� en su juicio. Le contar� cosas extra�as, o disparatadas, y es posible que no le resulte nada f�cil hablar con ella. Puede ponerse agresiva, derrumbarse, en fin, mejor ser� que no descarte nada. Por otra parte, est� sometida a una medicaci�n muy fuerte, conviene que lo sepa. Honestamente, no s� si le resultar� demasiado fiable lo que pueda decirle.</p><p>��Tendr� que arreglarme con ello -respond�-. Es la madre y no puedo dejar de hablar con ella. Pero no se preocupe, que me hago cargo. Es muy duro para cualquiera, quiz� lo m�s duro, ver morir a un hijo.</p><p>��Tambi�n tengo que decirle otra cosa -a�adi� el subdelegado del gobierno, gravemente-. Esto no se basa en impresiones directas, sino en lo que he podido ir deduciendo aqu� y all�, porque a Iv�n no le conoc�. El chico deb�a de ser un pobre imb�cil, una desgracia ambulante. Nadie se merece que le maten, claro, pero ya lo hiciera aquel hombre al que juzgaron o cualquier otro, tenga usted la sospecha de que mi sobrino hizo por busc�rselo.</p><p>El que faltaba. Todos contra Iv�n, incluso quien mandaba que se esclareciera su muerte. La brutal declaraci�n del subdelegado confirmaba, por si no lo hubiera intuido antes, que el mundo es un lugar parad�jico.</p><p>��Bien -dije-. Pero eso, para m�, no tiene mayor importancia.</p><p>Al subdelegado parecieron satisfacerle mis palabras. Mejor, pero yo no las dec�a, ni iba a atenerme a ellas, por satisfacerle a �l. No s� si resulta adecuado o inadecuado reconocerlo, pero la verdad es que lo que necesito, para hacer lo que hago, es hacerlo de forma que me satisfaga a m�.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 5 ADUSTA VIRGINIA</p></title><p>Mientras el teniente y yo rend�amos pleites�a al subdelegado del gobierno, Chamorro y Anglada esperaban abajo, en el coche. Por el gesto que le vi a mi compa�era cuando volvimos a encontrarnos, no me estaba especialmente agradecida por haberle ahorrado el trago de soportar al gran hombre. Y es que, a cambio, hab�a tenido que pasar m�s de una hora en forzada soledad e intimidad con Anglada, lo que no parec�a en modo alguno preferir. Anglada, por el contrario, se mostraba exultante. Daba la sensaci�n de apreciar de veras a Chamorro y de sentir una alegr�a sincera ante la perspectiva de trabajar con ella, lo que hac�a que me intrigase a�n m�s la seca actitud de mi subordinada. Si bien, por diversas razones, no deseaba dejar aquella compa��a que llev�bamos, que distaba de desagradarme, por otra parte empezaban a entrarme ganas de quedarme a solas con mi adusta Virginia, para tener ocasi�n de interrogarla acerca de su ins�lito comportamiento.</p><p>El teniente Guzm�n, sin embargo, persever� en su papel de sol�cito anfitri�n. Nos ofreci� ir a cenar de tapas.</p><p>��Ya que ten�is que quedaros aqu� por narices esta noche, habr� que ayudaros a sacarle un poco de jugo a Santa Cruz, �no? No es la ciudad m�s bonita del universo, pero bueno, puede tener su puntillo.</p><p>��No queremos que os molest�is -dije-. Tendr�is vuestra familia.</p><p>��Mi mujer lleva diecisiete a�os de servicio -repuso Guzm�n-. Ya sabe que con su marido no se puede contar. Y aqu� Ruth no responde ante nadie.</p><p>��Y no me molesta nada ir a tomar algo con vosotros -dijo Anglada.</p><p>La mayor�a de las guardias que conozco, cuando ofician de tales, uniformadas o no, hacen esfuerzos por no ostentar su feminidad. Eso no quiere decir que se vuelvan masculinas, como alg�n necio se adelantar� a deducir, sino, simplemente, que impiden que aflore demasiado la mujer que son. Pero Anglada no deb�a de considerar necesaria semejante cautela. Al pronunciar la �ltima frase, hab�a puesto su aliento de hembra en cada palabra, y sobre todo, en aquella mirada que insist�a peligrosamente en atravesarme, como el alfiler atraviesa la mariposa para clavarla en la cartulina donde quedar� expuesta a la contemplaci�n de los interesados y tambi�n de los indiferentes. Lo que me costaba discernir era si Chamorro, que me escrutaba con un gesto severo e inquietante, pod�a contarse entre los primeros o entre los segundos. Y con esa ominosa duda corroy�ndome, movido en parte por la urbanidad, pero tambi�n porque me apetec�a, acept� la invitaci�n.</p><p>Fue una noche agradable, en t�rminos generales, pese al reproche continuo que constitu�a la envarada presencia de Chamorro, quien ni siquiera con un par de vinos logr� relajarse mucho. Me ca�a bien Guzm�n, y me aliviaba de veras que no me recibiera como a un enemigo y tuviera aquel empe�o en mostrarse amable y colaborador. En cuanto a Anglada, aunque m�s bien habr�a debido preocuparme, me gustaba constatar que era una de las mujeres m�s at�picas e interesantes que me hab�a encontrado en la empresa. Hab�a algo en ella que me parec�a dif�cil de casar con la idea de que era una guardia. No habr�a podido decir qu�, porque procuro no apresurarme a creer que uno ha de ser de determinada forma por el hecho de que la vida le lleve a estar aqu� o a trabajar all�, aunque s�lo sea porque a menudo he sido v�ctima (y tambi�n beneficiario) de tal simplificaci�n. Pero, si se me permite usar la misma expresi�n que Kafka usara a prop�sito de Kierkegaard (y as�, de paso, me complazco en descolocar a quienes tienen su idea manida de lo que debe leer un sargento de la Guardia Civil), algo me hac�a pensar que Anglada no estaba del mismo lado del mundo que las dem�s guardias que me hab�a tropezado. Y averiguar en qu� sentido y hasta qu� punto eso era as�, me parec�a, no lo oculto, un bonito incentivo para encarar con cierto af�n mi inmediato futuro. Eso es todo lo que un hombre como yo le pide a la vida: tener algo estimulante en lo que ocupar las pr�ximas dos semanas. En otra �poca fui mejor, ten�a un proyecto. Pero desde hace algunos a�os, quiz� demasiados, lo �nico que me hace mirar m�s all� es que engendr� un hijo que espero que recorra un largo camino y al que me gustar�a tener ocasi�n de acompa�ar, durante el trecho en que pueda serle de alguna ayuda.</p><p>Entre los aspectos que hicieron placentera aquella expedici�n por el ambiente de Santa Cruz de Tenerife estuvo el gastron�mico. Gui�ndonos por el criterio experto de Guzm�n, natural de Ciudad Real, pero con dos d�cadas de servicio en el archipi�lago y ya casi canario de alma, optamos por las especialidades locales y nos mantuvimos al margen de cualquier sofisticaci�n. De hecho, de todo lo que pedimos, mi paladar se inclin� por los dos manjares m�s simples: el queso palmero asado y las papas arrugadas con mojo rojo y mojo verde. Lo de las papas y el mojo, que recordaba vagamente de mi anterior estancia all�, iba a convertirse en una adicci�n en los d�as sucesivos. Al principio pelaba las papas, pero al verme Guzm�n me advirti�:</p><p>��Aqu� s�lo pelan las papas los turistas.</p><p>Deduje que se trataba de una grave falta de etiqueta, o peor a�n, de gusto, y a partir de entonces empec� a comerlas con la piel, lo que en efecto resultaba mucho m�s sabroso. Mientras hund�a papa tras papa en el mojo, alternando el rojo con el verde, notaba la mirada admonitoria de mi compa�era siguiendo cada uno de mis poco asc�ticos ademanes. Chamorro no prob� las papas, ni el queso palmero, y prefer� abstenerme de insistirle para que lo hiciese. No quer�a dar lugar a hacerla parecer m�s violenta de lo que ya de por s� se la ve�a. Comi� un poco de ensalada y un par de trozos de jam�n, y luego, eso s�, un dulce aut�ctono elaborado con almendra. Con aquello, pens�, su cerebro dispondr�a de la glucosa suficiente para funcionar en condiciones y para que no debiera preocuparme por su rendimiento. En realidad, como superior jer�rquico suyo, s�lo ese extremo me incumb�a.</p><p>Por muchos signos se advert�a que no est�bamos en la Pen�nsula. No s�lo por la tibia noche primaveral en mitad del invierno, o el esplendor de las muchas plantas que se ve�an por doquier y que en Madrid resultaban desconocidas. Lo que m�s intensamente marcaba la diferencia era quiz� el suave y cansino acento con que hablaba la gente, y sobre todo el ritmo al que se viv�a y se trabajaba. Hubimos de aguardar f�cilmente media hora, antes de que nos fuera dado ver en la mesa el primer plato de comida. Yo procur� hacerme de buen grado a los usos del lugar, e incluso buscarles el aliciente. Es la ventaja que tiene vivir siempre sinti�ndote un poco extranjero, sin llegar a reconocer del todo ning�n sitio como tu hogar. Te vuelve curioso y despegado, y naturalmente comprensivo. A Chamorro, en cambio, parec�a exasperarla la invariable cachaza con que se mov�a el personal. Acab� exteriorizando su disgusto cuando comprob� que la t�nica se manten�a incluso en el bar de copas en el que recalamos al final de la velada.</p><p>���Son siempre as� de lentos? -pregunt�, inquieta, o quiz� concentrando en esa cuesti�n un malestar ajeno a la parsimonia del camarero.</p><p>��No -repuso Anglada, sonriente-. Esto es Santa Cruz, donde act�an los camareros m�s r�pidos de las islas. En La Palma son a�n m�s lentos. Y en La Gomera ni te lo imaginas. Llegan a olvidarse de ti, como te descuides.</p><p>��Est� exagerando un poco -anot� el teniente-. Pero la verdad es que aqu� se tiene otro sentido del tiempo. No encontrar�s a muchos con un cohete en el culo, como toda esa gente que se ve corriendo por Madrid.</p><p>��Un s�ntoma de inteligencia -opin�-. Cuanto m�s corres, menos tiempo vives. No porque mueras antes, que normalmente tambi�n, sino porque el tiempo pasa m�s r�pido, y sobre todo, le sacas menos provecho.</p><p>��Me sorprende esa filosof�a en alguien de Madrid -dijo Guzm�n-. Habr�a jurado que all� todos creen que la vida les cunde m�s que a nadie.</p><p>��Bueno, el zapatero que trabaja deprisa hace m�s zapatos, s� -dije-. Eso es bueno para el que se los calza o los vende. Pero no necesariamente para el zapatero. Se trata de decidir qu� vale m�s, el zapatero o el zapato.</p><p>��Parece bastante claro, �no? -afirm� el teniente.</p><p>��Por lo menos -conced�-, no caben muchas dudas acerca de c�mo ha resuelto esa cuesti�n la civilizaci�n occidental: en favor del zapato. Lo que a mi juicio resulta un poco m�s dudoso es si la raz�n est� del lado de quienes promocionan el modelo triunfante o de quienes se resisten.</p><p>���Tienes dudas, realmente? -pregunt� Guzm�n, con aire socarr�n.</p><p>��Con el coraz�n lo veo claro -dije-. El coraz�n dibuja una l�nea recta y se acab�. Pero el cerebro va de otro modo. Al cerebro le gustan los laberintos. Lo que dice el cerebro es que este sistema, a la vez que produce infartados y especuladores de toda �ndole, disminuye la mortalidad infantil. Y entonces le tiende una trampa al coraz�n. �Cu�nto vale la sonrisa de todos los ni�os que gracias a la prosperidad econ�mica ya no tienen que morirse?</p><p>��Se siguen muriendo los ni�os a espuertas, ah�, en ese continente que tenemos justo enfrente -intervino Anglada.</p><p>��Si se lo dices al que gobierna el negocio te dir� que la culpa la tienen, precisamente, la abulia de sus padres y su incapacidad para imitarnos.</p><p>��Lo que es una canallada, despu�s de chuparles la sangre.</p><p>��Desde luego. El sistema estimula la eficacia, no la piedad.</p><p>���Y eso te parece aceptable?</p><p>La observ�. No hab�a ning�n reproche en su mirada, tan s�lo una juguetona expectaci�n. Parec�a complacerse en forzarme a exhibir mis ideas y buscarles las vueltas. Pero yo tambi�n estaba jugando, as� que segu�:</p><p>��En conciencia, no lo acepto. En la pr�ctica, s�. Como la mayor parte de la gente que vive en el lado c�modo del mundo. Cada cuatro a�os acude a votar masivamente a quienes simpatizan o contemporizan con esa manera de organizar el cotarro. Y los que no votan, consienten de una forma o de otra. Nadie est� muy disconforme con chupar del ca�o gordo del embudo.</p><p>��Bueno, ah� est�n los antisistema, �no? -objet�.</p><p>��Unos pardillos, en el mejor de los casos. Despu�s de quemar las calles de la ciudad de turno, siempre delante de las c�maras de televisi�n, conectan el m�vil y llaman a la novia para contarle la haza�a. Han puteado a los polis, los bomberos y los empleados de la limpieza, pero en ning�n momento perjudican al enemigo, que es quien tiene las televisiones y las empresas de tel�fonos m�viles. Cada palabra que le dicen a la novia es dinero que le meten en el bolsillo. Y el enemigo, claro, se r�e a mand�bula batiente.</p><p>Chamorro, que hab�a permanecido m�s bien ausente, rompi� en ese instante su silencio. Antes de que abriera la boca, ya sab�a que no iba a aplaudirme, pero me pill� de improviso la dureza con que sentenci�:</p><p>��No hag�is caso de nada de lo que est� diciendo. Aunque trate de parecer un corrosivo, luego es como la madre Teresa de Calcuta.</p><p>���Y eso? -pregunt� Anglada, ostensiblemente divertida con el giro que mi compa�era acababa de imprimirle a la conversaci�n.</p><p>��En el fondo, ah� donde lo ves, no hay nada que le tire m�s que socorrer hu�rfanos, consolar viudas y confortar madres. Incluidas las de los asesinos. Les da su n�mero de tel�fono para que lo llamen cuando los hijos lo pasan mal en la c�rcel. Y entonces va a visitarlos. Les lleva revistas.</p><p>��Vaya -observ� Anglada-. Aunque no me choca.</p><p>De pronto, me sent� no s�lo en fuera de juego, sino profundamente est�pido. Y el caso era que me estaba bien empleado. Siempre me lo digo, que mi oficio consiste en observar y escuchar, y no en lucirme ni escucharme. Pero en cuanto uno se descuida, el idiota vanidoso que lleva dentro se pone a pavonearse ante el auditorio. Sab�a por qu� lo hab�a hecho aquella noche. Miraba a los ojos negros de Anglada, atentos y chispeantes, y en ellos ten�a la explicaci�n. Siempre me parec�a mentira: que despu�s de tantos tropiezos, despu�s de haberme juramentado tantas veces para atarme corto los instintos, a la menor se abriera una rendija y me fallara la voluntad. Pero lo que m�s me avergonzaba era haberme puesto a discursear delante de quien ten�a el mejor mazo para pulverizarme, quien despu�s de tantos meses y horas de trabajo en com�n me conoc�a lo bastante como para dejarme con el culo al aire en cuanto le diera la gana. Me sorprend�a, de todos modos, que Chamorro usara el mazo. No era su costumbre, delante de terceros.</p><p>Por fortuna, en ese preciso momento lleg�, al fin, el camarero con las bebidas. La m�a era vodka con lim�n, que es algo en lo que siempre se puede confiar, relativamente, y que no negar� que me ven�a al pelo. El vodka resulta de gran ayuda para sobrellevar la sensaci�n de rid�culo.</p><p>��Pues bien mirado -dijo Anglada, despu�s de largarle un buen sorbo a su gin-tonic-, yo creo que lo ideal es vivir en un lugar como �ste. Con todos los beneficios y ventajas de la civilizaci�n moderna, y a la vez sin haber perdido del todo el sentido antiguo de la vida y del tiempo. Cuando hablo con mis primos y mis primas de Valencia, me dan l�stima. Trabajan como burros, y no tienen m�s cosas ni mejores que las que tiene la gente aqu�.</p><p>Aunque Chamorro parec�a haberse replegado de nuevo a su hosco mutismo anterior, el correctivo que acababa de infligirme hab�a logrado quitarme las ganas de seguir mariposeando. Prefer� cambiar de t�ctica e invitar a nuestros anfitriones a llevar el peso de la conversaci�n:</p><p>��Y vosotros, �ten�is mucho trabajo?</p><p>��Bueno, la verdad es que solemos estar bastante pringados, lo que aqu� nos convierte en los tontos del pueblo -respondi� Guzm�n-. Somos pocos y llevamos cuatro islas. A veces llegas a las dos de la ma�ana de levantar un muerto en el Hierro, cag�ndote en todo, y te suena el tel�fono y te dicen que tienes que ir a levantar otro en La Palma. Una alegr�a. Y la mujer, encantada. No te cuento lo que me llama en esos momentos, porque hasta Anglada, que jura como un camionero, se me podr�a escandalizar.</p><p>��La putada es que sean cuatro islas -dijo Anglada-. Por lo dem�s, la gente no mata mucho por aqu�. Son tranquilos hasta para eso.</p><p>��S� -corrobor� el teniente-. El �ndice de homicidios es m�s bajo que en la Pen�nsula. Lo que le va aqu� al personal es suicidarse.</p><p>���Ah, s�? -pregunt�, extra�ado.</p><p>��S�, y sobre todo a los palmeros -dijo Anglada, risue�a.</p><p>El teniente asinti�.</p><p>��Es verdad, en La Palma se suicidan much�simo. Cuando la gente ve la isla le sorprende, porque es un lugar especialmente agradable y acogedor. Pero parece que hay una explicaci�n cient�fica y todo. El agua.</p><p>���El agua? -pregunt� Chamorro.</p><p>��Por lo visto tiene muy poco litio -explic� Anglada-. No me preguntes por qu�, pero resulta que la falta de litio hace que te deprimas y que acabes tir�ndote del primer lugar alto por el que pases. Y para colmo, eso, en La Palma, est� chupado. Porque puentes y barrancos hay por un tubo.</p><p>��De todos modos, no te vamos a enga�ar -dijo Guzm�n-. La inmensa mayor�a de las muertes las resolvemos en un par de d�as, como mucho. Es la ventaja que tiene el entorno insular. Son comunidades cerradas, muy peque�as a veces, donde todo el mundo se conoce. Y si sabes pegar la hebra a la gente y caerle bien, no te esconden nada. Largan con facilidad.</p><p>��Lo complicado, en algunos pueblos de las monta�as, es llegar a entender lo que te dicen -precis� Anglada-. Al principio yo lo llevaba fatal. Les hac�a repetirme todo tres veces y se me acababan cabreando.</p><p>��En cualquier caso -dije-, aqu� entra y sale mucha gente todos los d�as. Los que vienen de vacaciones, me refiero. Eso os dar� alg�n problema.</p><p>��Eso es lo que menos problema da -respondi� el teniente-. Cuando una horda de hooligans se enreda a botellazos y terminan matando a uno, el culpable suele estar con la cabeza abierta tres calles m�s all�, o en el ambulatorio. Los dem�s turistas si acaso se matan resbalando en la piscina del hotel, lo que tampoco exige un gran esfuerzo investigador. Otros extranjeros son los propietarios, principalmente alemanes. �sos lo tienen clar�simo. Se encierran en su b�nker y no quieren saber nada del mundo exterior. Si por casualidad matan a alguno, ya puedes contar con que lo ha hecho otro de ellos. Con los ind�genas no buscan tener el menor roce. Y viceversa.</p><p>��Bueno, en este caso el muerto era medio alem�n -record� Chamorro.</p><p>��Y medio canario -complet� el teniente-. En los mestizos pesa m�s lo segundo. Ya ver�is a la madre. No tiene ni un tornillo en su sitio, pero puede decirse que est� bastante integrada. Habla como una gomera aut�ntica. Son una minor�a, pero son. Los guiris que han cortado amarras y se han mezclado. Y en cuanto al chaval, por lo que sabemos de �l era un isle�o m�s. Hab�a nacido all�, y desde peque�ito hab�a tenido trato con los paisanos. Mucho trato, en realidad. Desde los seis o los siete a�os, por lo visto, pasaba m�s tiempo en la calle que en su casa. La madre tampoco se aburr�a, y aunque ahora est� embarcada en una cruzada para que se le haga justicia, cuando el ni�o estaba vivo no consta que fuera demasiado maternal.</p><p>En ese momento, son� un tel�fono m�vil. Ten�a el pitido muy estridente, tanto como para que pudiera o�rse en el local, donde la m�sica no estaba excesivamente alta, pero el ruido de la gente era considerable. Chamorro dio un respingo y sac� de su bolso un aparatito plateado, bastante mono. Deb�a de ser nuevo, porque no se lo hab�a visto antes. Quiz� un regalo.</p><p>��S� -dijo, tras abrirlo-. S�, un momento, que me salgo. Perdonad.</p><p>Se puso de pie y sali� fuera del local como una exhalaci�n. El teniente y Anglada la miraron irse, un tanto intrigados. Nada me exig�a darles informaci�n, pero juzgu� apropiado justificar la espantada de mi compa�era:</p><p>��Debe de ser el novio.</p><p>Anglada sacudi� la cabeza.</p><p>��Anda, �tiene novio, la Virgi? Qu� jodida, no me ha dicho nada.</p><p>��Bueno, lleva poco tiempo.</p><p>���Y qui�n es?</p><p>Ya me fastidiaba verme otra vez dando cuenta de la vida sentimental de mi compa�era. Beb� un trago largo de vodka y dije:</p><p>��No s� qui�n es. S� lo que hace.</p><p>Anglada sonri� con astucia.</p><p>��Guardia -apost�.</p><p>��Bingo -confirm�.</p><p>���D�nde?</p><p>Le sostuve la mirada. No quer�a parecerle antip�tico, pero tampoco que se sintiera autorizada a llevar aquel interrogatorio hasta el infinito.</p><p>��En Madrid. Y si quieres saber algo m�s se lo preguntas a ella. Perdona, pero no me gusta chismorrear sobre la vida personal de la gente.</p><p>Anglada alz� las manos.</p><p>��Entendido. El resto me lo imagino. No deben de estar pasando un buen momento, y por eso a la chica se la ve tan tensa. �Es eso?</p><p>��Mis labios est�n sellados, Anglada -la repel�.</p><p>Justo entonces empez� a sonar una canci�n a todo volumen. Anglada tard� un par de segundos en reconocerla. Luego se ech� a re�r e hizo una se�a al tipo de la barra, que a su vez le respondi� gui��ndole un ojo.</p><p>��Qu� cabroncete -dijo-. Bueno, en realidad es un t�o majo. Sabe que me gusta y siempre que vengo me la pone.</p><p>La canci�n ten�a un ritmo travieso y verbenero. Anglada segu�a la m�sica con la cabeza y la letra con los labios. A m�, por el contrario, no me sonaba en absoluto. Escuch� lo que en ese momento dec�a el cantante:</p><poem><stanza><v>Desde peque�o empez� a alucinar</v><v>so�aba con ser como Starsky o Hutch</v><v>los polis de peli le hac�an flipar</v><v>una barbaridad</v><v>Romero el madero ha quedado en el bar</v><v>con toda la pasma de la ciudad</v><v>bebiendo y fumando no paran de hablar</v><v>de su virilidad</v></stanza></poem><p>��Romero el madero, de Ska-P -inform� Guzm�n-. Aqu� la demente �sta se la canta a los pasmas siempre que tenemos que verlos para algo.</p><p>��Se ponen como motos, no tienen ning�n sentido del humor -dijo Anglada, mientras sacud�a los hombros al comp�s. Aqu� tendr� que decir que los llevaba descubiertos, que estaban bronceados y que mis pensamientos al verlos agitarse eran poco compatibles con la disciplina castrense.</p><p>Mientras tanto, la canci�n prosegu�a:</p><poem><stanza><v>Al t�o Romero le gusta sentir</v><v>su porra estrellada contra una nariz</v><v>si corre la sangre se siente muy bien</v><v>cumple con su deber</v></stanza></poem><p>En eso, vi venir de regreso a Chamorro. Su semblante no aparec�a precisamente m�s relajado que antes de recibir la llamada. Comprend� que era el momento menos indicado para hacerle reparar en aquella canci�n.</p><p>��Deber�as escribirles, Anglada -dijo Guzm�n-. Les ibas a provocar una crisis de identidad, cuando supieran que tienen una fan picoleta.</p><p>��Me mola la m�sica -repuso Anglada-, me mola que se metan con los maderos y sobre todo con los chulos de los antidisturbios.</p><p>��Sugiero que cambiemos de tema -dije, una d�cima de segundo antes de que Chamorro volviera a sentarse a la mesa.</p><p>���Por qu�? -pregunt� Anglada.</p><p>��Por qu� qu� -dijo Chamorro.</p><p>��Nada -improvis� deprisa-, dec�a que no me va mucho esta m�sica. Un poco pachanguera, para mi gusto.</p><p>���Qui�nes son?-pregunt� mi compa�era, u</p><p>��Ska-P -inform� Guzm�n, resignado.</p><p>��Ah, es verdad. �Qu� es, del �ltimo? �C�mo se llamaba? Planeta�</p><p>��Planeta Eskoria -complet� Anglada, con la rapidez de una conocedora-. No, �sta es una de las antiguas. No me acuerdo del nombre del disco.</p><p>��Es divertida esta m�sica, para bailar -opin� Chamorro. �Trataba de aflojar un poco, o era por llevarme la contraria? Bebi� un trago generoso de su bebida, whisky con cocacola, y empez� a moverse en el asiento.</p><p>Coincid� con el teniente. Para los Ska-P habr�a sido un shock escuchar a dos guardias hablando de su discograf�a y bailando Romero el madero. Para m� tambi�n era una sorpresa descubrir que Chamorro conoc�a y gustaba de esa m�sica. De vez en cuando, por se�ales como aqu�lla, me percataba de que ella pertenec�a a otra generaci�n. Una generaci�n de gente que aceptaba sin inmutarse cualquier cosa, como por ejemplo ser polic�a y encontrar divertidas las canciones de tono subversivo. A m� tambi�n me divert�an, pero siempre me hab�a empe�ado en creer que lo m�o era un toque exc�ntrico, algo que me distingu�a de la r�gida solemnidad de mis cong�neres. Con su naturalidad, Chamorro y Anglada dejaban en evidencia mi tonta presunci�n. Y lo que era m�s doloroso: lo obtuso que me volv�an los a�os.</p><p>Nos pusieron el disco hasta el final, lo que nos permiti� o�r, entre otros, temas como Cannabis y Sexo y religi�n. Aunque hasta no hac�a mucho, seg�n me constaba, Chamorro hab�a acudido a misa los domingos, escuch� sin despeinarse, incluso sonriendo, aquel nada cat�lico estribillo:</p><poem><stanza><v>Disfruta de la vida y afollar que son dos d�as</v><v>y que nadie te reprima, rebeli�n</v><v>contra la hipocres�a</v></stanza></poem><p>En una de esas extra�as elucubraciones a las que uno se da de noche y con un par de copas, pens� en la parte que pod�a tocarme de responsabilidad en la paulatina paganizaci�n de mi compa�era. Estaba claro que ni por mi car�cter ni por la actividad que conmigo realizaba, le ofrec�a un buen ejemplo de vida cristiana. Y se me ocurri� que, en caso de existir Dios, hip�tesis que no ten�a elementos suficientes para descartar, aqu�lla ser�a otra falta apuntada en la p�gina de la libreta negra que iba a condenarme al infierno o, en el mejor de los casos, a alg�n departamento inferior del purgatorio.</p><p>A eso de las dos y media, nos dejaron en el hotel. Al d�a siguiente deb�amos coger el barco a La Gomera y si quer�amos aprovechar m�nimamente el d�a ten�amos que madrugar. Vendr�an a recogernos. Guzm�n propuso:</p><p>���A las ocho?</p><p>��Con eso llegamos al barco de las nueve y algo, y entre diez y media y once estamos all� -calcul� Anglada.</p><p>��Muy bien, a las ocho -dije-. Muchas gracias por el entretenimiento.</p><p>��De nada, hombre -dijo Guzm�n-. Un placer.</p><p>��Que descans�is -a�adi� Anglada, con un deje equ�voco en la voz.</p><p>Antes de entrar cada uno en su habitaci�n, trat� de averiguar lo que le suced�a a Chamorro. No era el lugar m�s apropiado, un pasillo de hotel, pero no siempre puede uno escoger el escenario �ptimo.</p><p>��Perdona si me meto donde no me llaman -dije, cautelosamente-, pero has estado un poco rara todo el d�a.</p><p>��Pues anda que t� -replic�.</p><p>���Yo?</p><p>��Por d�nde quieres que empiece -dijo, ir�nica-. Has citado dos veces la cartilla del guardia civil, has largado sobre el tab� de tu �poca en el Norte�</p><p>��Vale, Chamorro. Hablo en serio.</p><p>��Y yo.</p><p>���Tienes alg�n problema?</p><p>��Ninguno del que me apetezca hablar.</p><p>La sonrisa se le hab�a esfumado del rostro.</p><p>��Est� bien, tus asuntos son tus asuntos. All� t�. Pero hay otros que me afectan, sobre todo de cara a los d�as que tenemos por delante. �Qu� co�o te pasa con Anglada? Parece que te hubiera robado un novio.</p><p>A veces uno es as� de imb�cil, pone justo el �nico ejemplo que no deber�a poner. Seg�n Freud, es el enanito vengativo del inconsciente, que quiere castigarte por algo. Sea lo que sea, cuando pasa, tiene mal remedio.</p><p>��Ver�s -repuso Chamorro, mordi�ndose la lengua-. A lo mejor un d�a te lo digo. Pero por ahora, no. Ni es el momento ni el lugar para contarte lo que pasa en una camareta femenina de la academia de guardias.</p><p>Confieso que mi curiosidad result� al punto excitada en grado m�ximo. Pero ya se ve�a que no iba a satisfacerla en seguida y que adem�s, por la naturaleza del asunto, carec�a de autoridad para exigir que se me revelase nada. Opt� por la �nica v�a posible, velar por las necesidades del servicio:</p><p>��Bien. Tampoco me meto en eso. Pero tendr�s que pensar si est�s en condiciones de trabajar con ella. Si llegas a la conclusi�n de que no puedes, habr� que relevar a alguna de las dos. Y te hago notar que no tengo la posibilidad de obligar al teniente a que me asigne a quien a m� me apetezca.</p><p>��Recibido. A tus �rdenes, mi sargento. Buenas noches.</p><p>El ruido que hizo su puerta al cerrarse fue un broche poco alentador para aquella jornada. Algo fuera de lo com�n le ocurr�a. Nunca la hab�a visto as�, nunca hab�a permitido que sus problemas repercutieran en el trabajo. Con la preocupaci�n corroy�ndome, me desvest� y me met� entre las s�banas.</p><p>Lo �ltimo en lo que pens� antes de dormirme, sin embargo, fue otra cosa. Debo reconocerlo, aunque resulte en cierto modo vergonzante. Pens� que al d�a siguiente ir�amos con Anglada a La Gomera, y que podr�a seguir mirando de hito en hito sus ojos negros. Para qu� mentir. Me hac�a ilusi�n.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 6 LA MISI�N DE LOS SARGENTOS</p></title><p>Cuando mi tel�fono m�vil, programado como despertador, lanz� al aire de la habitaci�n la horr�sona melod�a que el fabricante hab�a asignado a esa funci�n odiosa, me dije una vez m�s que alg�n d�a tendr�a que intentar averiguar en el ilegible manual del aparato la manera de sustituirla. Antes que la que tra�a por defecto, creo que habr�a preferido cualquier cosa, desde la �ltima canci�n de Julio Iglesias hasta el himno de la Gestapo. Aunque bien mirado, reflexion�, como la Gestapo era una polic�a secreta, no deb�a de tener himno. Quiz� pudiera comprobarse de alg�n modo. Si exist�a, seguro que alg�n nazi paranoico lo habr�a colgado en su p�gina de Internet. Permanec� enredado en esta clase de razonamientos espesos y absurdos durante unos minutos. Una vez que mi cerebro logr� normalizar su funcionamiento y dejar de patinar, constat� que estaba hecho polvo y que s�lo me quedaba un cuarto de hora escaso para adecentarme y conseguir donde fuera y como fuera un taz�n de caf�. Tocaba, por tanto, afeitado de emergencia.</p><p>No s� a otros hombres, pero a m� me fastidia afeitarme r�pido, es decir, mal. Para eso, prefiero no afeitarme. Cuando voy mal afeitado, siento cada uno de los pelillos que no he apurado bien, y eso me envenena la sangre. En consecuencia, sal� de la habitaci�n con el gesto torcido y una abominable sensaci�n de picor facial. Llegu� al buffet de desayunos del hotel a las ocho menos un minuto. Chamorro estaba sentada a una mesa. Hab�a vaciado un plato de fruta y un yogur natural y terminaba puntualmente su caf�.</p><p>���Con qui�n te has peleado? -pregunt�.</p><p>La observ�. Reci�n duchada, con el pelo a�n h�medo y sin un gramo de maquillaje en la cara, ofrec�a un aspecto irreprochable.</p><p>��Dame diez minutos antes de volver a obligarme a hablar -rezongu�.</p><p>��Bien. No he dicho nada.</p><p>El buffet parec�a decente, considerando que la categor�a del hotel era lo bastante baja como para afrontarlo con nuestras dietas y no perder dinero. En todo caso, no ten�a tiempo de probarlo. Me hice con una jarra de caf� y me la llev� a la mesa con intenci�n de vaciarla. Mientras me serv�a aquel brebaje de decepcionante transparencia, Chamorro me advirti�:</p><p>��Est� muy flojo. Si es caf�, que lo dudo.</p><p>La mir�, con una ira que no le estaba destinada.</p><p>��No es necesario que me respondas -se defendi�-. S�lo te informo.</p><p>Ten�a raz�n. Si en aquel l�quido hab�a algo de caf�, se hab�an preocupado de mezclarlo con algo que impidiera notarlo. Pese a todo, me tragu� dos tazas, por si de algo serv�a. Estaba a mitad de la segunda cuando irrumpieron en la sala Anglada y Morcillo. La mayor�a de los concursantes habr�a errado al tratar de acertar cu�l de las dos hab�a trasnochado. Anglada, como Chamorro, pose�a el arma secreta, el favor de los dioses: la feroz juventud. En Morcillo, en cambio, comenzaba a insinuarse el proyecto de un ser como yo, aunque deb�a admitir que en el mundo en que viv�amos a ella le iba a pesar todav�a m�s de lo que me pesaba a m�. Ya empezaban a tocarle los efectos, si no me equivocaba respecto de qui�n era la favorita del teniente.</p><p>��Qu� tal -gorje� Anglada.</p><p>��Yo muy bien -dijo Chamorro, con una sonrisa hip�crita. Parec�a haber meditado durante la noche y haberse impuesto un cambio de actitud.</p><p>���Y t�, mi sargento?</p><p>Desde que ella hab�a entrado, estaba algo mejor. Pero tambi�n un poco disperso. Segu�a rumiando mi mal humor a la vez que reparaba, con inter�s, en su cambio de indumentaria. Tra�a vaqueros ajustados, calzado robusto y una camiseta que dibujaba con determinaci�n su torso.</p><p>��Falto de caf� -respond� al fin-. �Hay alg�n sitio por el camino donde pueda tomarlo de verdad?</p><p>��Claro -dijo Morcillo.</p><p>��Olga nos acompa�a al puerto de Los Cristianos -explic� Anglada, aunque nada le hab�a preguntado-. Luego se trae el coche.</p><p>Condujo Anglada. Morcillo le indic� el camino hasta un bar de aspecto sospechoso, donde una m�quina vieja y mugrienta expuls� para nosotros cuatro tazas de caf� denso y oloroso comme il faut. Confortados por el contundente aporte cafe�nico, al menos yo, continuamos viaje. Recorrimos, en sentido inverso, la autopista del d�a anterior. Anglada, invariablemente, se mantuvo entre treinta y cincuenta kil�metros por hora encima del l�mite.</p><p>���Siempre conduces as�? -pregunt� Chamorro. Si lo hac�a con alguna malicia, para nada se deduc�a de su entonaci�n.</p><p>��Es que si no, los motores se amariconan -dijo Anglada-. Y cuando vas a tirar de ellos resulta que no marchan. Los coches son como los t�os. Hay que exigirles; si no, se te distraen. Con tu permiso, mi sargento.</p><p>��No entiendo mucho de t�os -me inhib�.</p><p>Cinco minutos despu�s, vimos c�mo nos cortaba el paso un coche de los nuestros. Llevaba las luces giratorias puestas.</p><p>��No me jodas -dijo Anglada, dando un palmetazo en el volante.</p><p>Nos hicieron se�as de que nos apart�ramos al arc�n. Al cabo de un minuto se alineaban al costado de la carretera los tres veh�culos: el que nos hab�a parado, delante; el nuestro, en medio; y detr�s el radar m�vil camuflado que nos hab�a cazado in fraganti. El conductor del coche patrulla se acerc� a la ventanilla de Anglada. A mitad de saludo, se interrumpi� y dijo:</p><p>��Co�o, �otra vez t�?</p><p>��Lo siento, t�o -se excus� Anglada-. Vamos para La Gomera. Ya casi perdemos el barco.</p><p>��No si ya, si siempre hay alguna excusa -dijo el de Tr�fico.</p><p>��De verdad que se nos va -insisti� Anglada-. Nos vemos, �vale?</p><p>��Venga, largo -se rindi� el otro-. Pero alguna vez pod�ais probar a salir con tiempo. Cada vez que os cogemos dejamos de coger a otro, o sea, le hac�is perder dinero al Estado y a nosotros nos jod�is la productividad. A ver si mir�is un poco por los compa�eros, para variar, �eh?</p><p>��Te he perdido perd�n, colega -dijo Anglada, mientras arrancaba.</p><p>Sin otros incidentes dignos de menci�n llegamos al puerto. Faltaban escasamente quince minutos para que zarpase el pr�ximo hidroala. Nunca hab�a montado en un trasto de aqu�llos. Me pareci� intranquilizadoramente peque�o. Soplaba un viento fuerte y la mar no parec�a muy apacible.</p><p>���Es seguro ese cascar�n? -pregunt�, escamado.</p><p>��Es una maravilla, hombre -dijo Anglada-. Haces la traves�a en la mitad de tiempo que con el barco convencional.</p><p>��La mar est� un poco picada, �no?</p><p>��Bah, apenas. En todo caso, si se pone muy mal, bajan el casco al agua y puede seguir navegando como un barco corriente. �Te asusta el mar?</p><p>��Bueno, est� comprobado que es peligroso -dije-. De todas formas, supongo que sobreviviremos. Lo que me preocupa es marearme.</p><p>��Si te mareas con estas olitas es que eres de mareo f�cil.</p><p>El optimismo de Anglada no se correspondi� con la realidad, o no completamente. El hidroala zarp� sin novedad, y tambi�n sin novedad se alz� sobre su pat�n y comenz� a deslizarse a gran velocidad por la superficie del mar. Unas amables se�oritas ataviadas de azafatas se afanaban para reproducir al m�ximo la sensaci�n que uno tiene al viajar en avi�n. Algo que no logro entender: por qu� ahora en los trenes y en los barcos se esfuerzan por imitar a las compa��as a�reas, cuando est� m�s que demostrado que a una mitad del g�nero humano le irrita volar y a la otra mitad le aterroriza.</p><p>A medida que progres�bamos hacia La Gomera, visible en lontananza, el mar empez� a ponerse m�s y m�s bravo. El ruido de las olas al golpear en la panza del barco resultaba cualquier cosa menos reconfortante. El avance de la nave se fue haciendo cada vez m�s penoso, y la velocidad descendi� perceptiblemente. Al fin, una voz nos anunci� por los altavoces que no podr�amos seguir navegando elevados sobre el pat�n y que mientras las condiciones del mar obligaran a ello la singladura continuar�a al modo tradicional. Lo que se le olvid� advertir fue que aquel bote, una vez apeado de su ap�ndice deslizante, era m�s bajo que las olas que nos rodeaban. Al otro lado de los ojos de buey, s�lo algunas r�fagas intermitentes de cielo reemplazaban el casi constante y amenazador azul oscuro del mar. Y aquello sub�a y bajaba que era un placer. Como cualquiera ha experimentado m�s de una vez, �se es el peaje de la modernidad. Cuando los nuevos inventos tecnol�gicos funcionan, es estupendo. Cuando no, uno est� mucho peor que anta�o, y sobre todo, no tiene m�s remedio que jorobarse, porque no hay alternativa.</p><p>���Sigues creyendo que esto son olitas? -le consult� a Anglada.</p><p>��Las he pasado peores. Vamos, hombre, tranquilo, que s�lo ser�n veinte minutos, veinticinco a lo sumo.</p><p>Fueron, para ser exactos, treinta y ocho. Chamorro, que no en vano era de familia de marinos (o de marines, que al fin y al cabo han de navegar igual), pas� la prueba gallardamente. Consigui� llegar al puerto de San Sebasti�n de la Gomera s�lo un poco amarilla. Yo, en cambio, baj� a tierra desencajado, despu�s de haber llenado las dos bolsitas de mis compa�eras, la m�a y la de una vecina a la que se la arrebat� sin pararme a pedirle permiso. En alg�n momento, llegu� a abrigar el insolidario deseo de que aquel barcucho se hundiera de una vez, con tal de que cesara el tormento.</p><p>Mientras me aseguraba, incr�dulo, de que el suelo del muelle no se mov�a, Anglada me obsequi� con una juiciosa recomendaci�n:</p><p>��No hagas nunca un crucero, mi sargento. Y menos por el Atl�ntico.</p><p>��No te preocupes, que ni pienso. Y si no te importa, para salir de aqu� cogemos un barco de verdad, como �se -dije, se�alando el enorme ferry que estaba atracado en el puerto-. No me importa tardar un poco m�s, si puedo ahorrarme tener que volver a perder la dignidad ante la tropa.</p><p>��No sab�a que te marearas as� -observ� Chamorro, impresionada.</p><p>��Pues ahora ya lo sabes -dije-. Y si se lo cuentas a alguien, te mando hacer quinientas flexiones todas las ma�anas.</p><p>��Me negar�a -brome�-. Es una orden ilegal.</p><p>La mir� fijamente, pero todav�a un poco tambaleante.</p><p>��No me pongas a prueba, Virginia. Te aseguro que se me pueden ocurrir quinientas maneras legales de putearte.</p><p>��Est� bien -se ri�-. Ser� una tumba.</p><p>La capital de la isla result� ser un lugar bastante apa�ado. Un pueblito cuyo casco urbano se organizaba pulcramente en torno a tres calles paralelas. Por un lado se encaramaba a la altura que dominaba el puerto y se volv�a m�s empinado e irregular. Ten�a una plaza donde sesteaban los jubilados y, seg�n nos contar�an y mostrar�an despu�s, conservaba algunos edificios que databan de finales del siglo XV, o lo que es lo mismo, de cuando recal� por all� Crist�bal Col�n rumbo a su cita con la Historia.</p><p>Como no llev�bamos mucho equipaje, fuimos caminando hasta la oficina de la compa��a de alquiler de coches en la que hab�amos reservado un veh�culo. Guzm�n se hab�a disculpado por no poder prestarnos nada: ten�an los justos, y encima uno en el taller. Por suerte, o porque se ve�an con cierta frecuencia acuciados por aquella clase de penurias, ten�an acordado un precio especial con aquella compa��a, y la factura no se ir�a por encima de la cifra de gastos que pod�amos esperar que nos reembolsasen. En contrapartida, deduje al ver el chollo que nos daban, un Opel Corsa m�s que veterano, lo que nos hab�an guardado era lo m�s bajo de la gama inferior. Sin embargo, Anglada se sent� al volante con la desenvoltura habitual, y cuando puso el coche en marcha lo impuls� con br�o hacia delante. Su compenetraci�n con cualquier ingenio de cuatro ruedas era inmediata e instintiva.</p><p>��Vamos primero al hotel y nos deshacemos del equipaje -dijo.</p><p>No me pareci� mal, y por tanto me abstuve de indicarle otra cosa. En apenas cinco minutos, Anglada nos traslad� a la parte m�s alta de la poblaci�n, haciendo al Opel Corsa trepar como una exhalaci�n por las duras pendientes. Al final hab�a un recinto a cuya entrada se ve�a el logotipo de la red de Paradores. Para mi sorpresa, Anglada se meti� precisamente all�.</p><p>���Vamos a dormir en el parador? -pregunt�.</p><p>��Por supuesto -dijo Anglada.</p><p>���Pagas t� o qu�?</p><p>��Tenemos un arreglo. Nos dejan la habitaci�n a la mitad.</p><p>���Por ser temporada baja? -interpret� Chamorro.</p><p>��Y en temporada alta tambi�n.</p><p>��Os lo mont�is de maravilla -reconoc�.</p><p>��Esto es un pa�uelo, mi sargento -explic� Anglada-. Conocemos a todos los choris con nombres y apellidos. Les hacemos entender de forma persuasiva que m�s les vale que no pase nunca nada en el parador, y la direcci�n del establecimiento sabe valorar nuestra diligencia. Si te fijas en la distribuci�n y en el per�metro del hotel, puedes hacerte una idea de lo que les costar�a un sistema de vigilancia que neutralizara cualquier peligro.</p><p>En efecto, como comprobar�a luego, aquel hotel, construido seg�n el modelo de una antigua mansi�n colonial, extendida en torno a una serie de patios y jardines, no era precisamente una fortaleza inexpugnable.</p><p>En la recepci�n hab�a una chica joven. Anglada la salud� con confianza.</p><p>��Hola, Yaiza, c�mo va eso.</p><p>��Flojito, pero va -repuso Yaiza, con una franca sonrisa.</p><p>Ya fuera porque el hotel estaba medio vac�o, o por la influencia de Anglada, nos dieron tres habitaciones inmejorables, con vistas al mar. Cuando repar� en que desde la m�a se ve�a Tenerife y el perfil del Teide alz�ndose sobre el horizonte oce�nico, me dije que nunca me hab�a alojado as� por cuenta de la empresa. Casi se olvidaba uno de que le hab�an mandado all� a lo de siempre, husmear entre la carro�a. Quiz�, en aquella ocasi�n, el trabajo fuera compatible con el placer. Ya s� que no era eso lo que deb�a pensar, como jefe del equipo, pero todos tenemos nuestras veleidades.</p><p>Cuando nos reunimos en la recepci�n, Anglada nos pregunt�:</p><p>���Qu� tal?</p><p>��Incre�ble -admit�.</p><p>��Bonita habitaci�n, s� -juzg� Chamorro, algo m�s fr�a.</p><p>��Para que vay�is luego diciendo por Madrid que os tratamos mal.</p><p>��Si esto sigue as�, no diremos nada, no vayan a entrarle a todo el mundo ganas de venir. En adelante, Chamorro y yo nos quedamos todo lo que suceda en la provincia de Tenerife. �Qu� te parece, Virginia?</p><p>��Puedes pedir destino, incluso -sugiri� Chamorro-. Te lo dar�an.</p><p>Lo dej� correr. Ahora que est�bamos los tres solos, y con tarea por delante, deb�a hacer lo posible por mantener la cohesi�n del grupo. Decid� empezar a ejercer como jefe. Era mucho m�s c�modo abandonarse a la condici�n de invitado, pero no me pagaban por eso. Se impon�a, ante todo, organizar la jornada. Me dirig� a Ruth en tono imperativo:</p><p>��Vamos primero al puesto. Luego nos acercamos a ver a la madre de la v�ctima. Si es posible me gustar�a que el subdelegado del gobierno no tardara en comprobar que una de nuestras m�ximas prioridades es darle gusto.</p><p>��A tus �rdenes, mi sargento -acat�-. Por cierto, que me extra�a que con esa preocupaci�n por el bienestar de la clase dirigente s�lo seas sargento.</p><p>La observ� de reojo. Estaba muy buena, era lista, su ayuda resultaba insustituible y no me ca�a mal. Pero de ah� a que se creyera con derecho a tomarme por el pito del sereno deb�a marcarle que mediaba un abismo.</p><p>��Soy sargento porque valgo para comer mierda y hac�rsela comer a los que est�n por debajo -dije, sonriendo-. �sa es la misi�n de los sargentos. Y es importante, porque con ella se ganan todas las guerras. Lo que hacen los que est�n por encima son pamplinas. As� que no aspiro a subir.</p><p>Era lista, como ya he dicho, y no le hizo falta m�s. Ech� a andar d�cilmente hacia el coche, se instal� en el asiento del conductor y cuando los dem�s montamos y cerramos las puertas arranc� y emprendi� en silencio el camino del puesto. Por el retrovisor pude ver la mitad de la cara de Chamorro. Hab�a superado sus expectativas, lo que me llenaba de satisfacci�n. No me hac�a ninguna gracia, como se comprender�, que mi compa�era se creyera capacitada para desentra�ar las debilidades de mi car�cter.</p><p>El puesto donde hab�a servido en su d�a Anglada, y que segu�a mandando Nava, ahora ascendido a sargento primero, se encontraba junto a la carretera. De reciente construcci�n, y m�s habitable y discreto que la media, casi no se habr�a distinguido de un edificio civil de no ser por la bandera izada a un m�stil a la puerta y por el guardia que la vigilaba.</p><p>El sargento primero Nava andar�a por los cuarenta a�os. Era un hombre bien plantado, y celoso de su aspecto. Peinado con esmero hacia atr�s, uniforme limpio y bien planchado, zapatos relucientes, reloj de acero bastante elegante y unas gafas de sol que no habr�a dudado en ponerse el tipo del anuncio de Martini. Adem�s de eso, result� ser un individuo que transmit�a una sensaci�n de responsabilidad y de hospitalidad sincera. Nos hizo pasar a su casa y le pidi� a su mujer, una canaria cantarina y simp�tica, y lo menos diez a�os m�s joven que �l, que nos preparase un aperitivo. Podr�a haber parecido el cl�sico gesto de emperador de la casa, pero tuvo con ella, repar� en el detalle, la deferencia de estar pendiente para traer �l de la cocina la bandeja con las cervezas y los cuatro platos de picar.</p><p>��Pues bienvenidos a La Gomera -dijo, alzando su cerveza-. Si me permit�s un consejo, para empezar no hag�is caso de los chistes de gomeros.</p><p>���Qu� chistes son �sos? -pregunt� Chamorro.</p><p>��Si te sabes los chistes de l�peros en la Pen�nsula, pues son m�s o menos los mismos -le inform� Anglada-. El caso es que durante mucho tiempo la gente viv�a aqu� bastante aislada, por los malos caminos, y que los de La Gomera han pasado siempre por ser los m�s cerrados del archipi�lago. Por eso los eligen para los chistes de tontos, como a los de Lepe.</p><p>��Puestos a buscar coincidencias, hasta hay en la isla un pueblito que se llama Lepe. Pero ojo -dijo Nava-. Aqu�, el m�s tonto hace relojes.</p><p>��Como en Lepe -a�ad�-. Una vez tuve un muerto all�. Y est�n forrados.</p><p>��Ya ver�is -prosigui� Nava-. Tienen una isla que es una maravilla. Y se las arreglan para sacarle dinero de todas las formas posibles: con el campo, con el turismo, con la naturaleza. Y sin destrozarla, que ya tiene m�rito. Ser� porque est�n acostumbrados desde siempre a convivir con las dificultades que les pone esta orograf�a endemoniada de montes y barrancos.</p><p>��Aunque ya no necesiten el famoso silbo gomero -dijo Anglada.</p><p>���El qu�? -pregunt� otra vez Chamorro.</p><p>��El silbo. Una especie de c�digo para comunicarse con silbidos de extremo a extremo de los valles. Ahora ya no sirve para nada. Tienen el m�vil.</p><p>El implacable tel�fono m�vil, pens� por en�sima vez. Yo me resist� durante un tiempo a usarlo, lo que prueba mi incapacidad para anticipar el futuro. No supe ver que iba a alterar el sentido de la realidad de la gente. Si el pobre Julio Verne hubiera tenido la intuici�n de que un d�a existir�a tal cosa, no habr�a perdido el tiempo con submarinos, viajes a la Luna y otras tonter�as que en comparaci�n resultan marginales y anecd�ticas. Pero el servidor de la ley que me habita me llam� entonces al orden. Eran las doce y no me encontraba all� para mantener una tertulia sobre sociolog�a isle�a, por m�s que la cuesti�n resultase de cierto inter�s para mis pesquisas.</p><p>��Anglada ya nos cont� lo que pas� aquella noche -dije.</p><p>Nava asinti� lentamente.</p><p>��Poco puedo a�adir yo a lo que os haya dicho ella. Ruth vio el coche, lo persigui�, lo encontr� luego abandonado. Cuando yo me incorpor� ya hab�a sucedido todo. S� os puedo hablar del concejal -aqu� se interrumpi� para dejar escapar una risa floja-. Si me dej�is mentar la bicha.</p><p>��No descartamos nada -aclar�-. El juicio sali� como sali�. Pero esto es una investigaci�n policial y nos llevar� adonde tenga que llevarnos.</p><p>Nava hizo una pausa para volver a beber de su cerveza.</p><p>��No s� -continu�-. El asunto parec�a claro como el agua. El tipo estaba nervioso y se contradijo cuatro o cinco veces, como poco. Era su coche, ten�a motivos, todo parec�a coherente. Pens� en deshacerse del chaval en el parque, que en principio era un lugar ideal, pero el plan se le fue al traste cuando se cruz� con nuestra patrulla y se dio cuenta de que pod�an haberle tomado la matr�cula. Por eso tuvo que fingir luego el robo de una forma tan chapucera, como si hubiera sido una idea desesperada que se le ocurri� sobre la marcha� Mira, yo no soy Sherlock Holmes, s�lo llevo un puesto peque�o en esta isla que est� a tomar por culo de Baker Street, pero me habr�a dejado cortar una mano antes de pensar que el asesino era otro.</p><p>No me sorprendi� singularmente que Nava hubiera le�do a Conan Doyle, como denotaba su precisa alusi�n. Muchos funcionarios policiales lo leen. Son libros entretenidos, que sirven para matar el rato (algo que el polic�a se ve obligado a hacer a menudo) y que adem�s tienen que ver con el negocio. Al menos hasta cierto punto. Ya quisiera uno que el mundo fuera un lugar tan cartesiano como parece cuando lo mira el preclaro Sherlock.</p><p>��Bueno, yo vengo de fuera -dije-, y s�lo s� del caso lo que dice el expediente y lo que me cont�is, pero puedo comprenderlo.</p><p>��A ver -dijo Nava, inclin�ndose hacia m� y mir�ndome recto a los ojos-. �Cu�l es la alternativa? �Que alguien se encargase de montar una especie de representaci�n, con el solo fin de inculpar al inocente concejal? Me parece algo tan estramb�tico que s�lo por eso no me cabe en la cabeza.</p><p>��Puede haber otras explicaciones -alegu�-. Ya sabes que la imaginaci�n humana, aplicada a la actividad criminal, no conoce l�mites�</p><p>��Vale, de acuerdo -concedi�-. Pero es que a la vez est� lo otro. La enemistad manifiesta con el muerto. Y justamente por una raz�n como �sa. Oye, que no es cualquier cosa. No s� si tienes alguna hija, Belvi�</p><p>��Tranquilo. Dime Vila, o Rub�n -le aconsej�.</p><p>��Pues eso, Vila, no s� si tienes hijas.</p><p>��No.</p><p>��Yo tengo una, de a�o y medio. Y ya s� que el d�a que aparezca por esa puerta un maromo con intenci�n de tir�rsela se me van a revolver las tripas y me van a dar ganas de partirle los brazos. Aunque sea un buen chico, y le convenga, y tenga planes honrados para el futuro. As� que imag�nate si encima es un gilipollas y le saca siete a�os y la ni�a es menor de edad.</p><p>��Ganas le dan a uno de muchas cosas. Hacerlas es diferente -cuestion�.</p><p>Nava se ech� otra vez hacia atr�s y me observ� como si me sopesara.</p><p>���Te ha contado Ruth lo del incidente?</p><p>Me volv� a Anglada. Me pareci� despistada, por primera vez.</p><p>��Cono -sigui� Nava-. Una de las veces que el concejal estuvo a punto de hostiar al chico. Lo que es la vida. Despu�s de que apareciera el cad�ver, cuando vinieron los de polic�a judicial de Tenerife y empezaron a preguntar por ah�, nos dimos cuenta de que en una de las broncas hab�amos intervenido nosotros. Por la foto que nos trajo la madre no lo hab�amos podido reconocer, al chaval. Y no porque la foto fuera mala, sino porque apenas le vimos un momento, a lo lejos y por detr�s. Cuando llegamos ya se largaba, tan deprisa como le dejaban correr las piernas despu�s del esfuerzo que hubiera hecho con la ni�a. Pero fij�ndonos un poco mejor, y por lo que contaban los testigos, acabamos cayendo. Y hay un detalle interesante.</p><p>���S�? -dije.</p><p>��Lo que ese d�a nos dijo G�mez Padilla. Que hab�a visto al chico merodeando por la casa, como si fuera un ladr�n. Nada de la verdadera raz�n por la que lo hab�a sorprendido dentro de su vivienda. Como es l�gico, trat�ndose del vicepresidente del cabildo, le cre�mos. Incluso buscamos durante un tiempo a un chorizo con la complexi�n del que hab�amos visto huir.</p><p>��Sin �xito, por supuesto -subray� Anglada.</p><p>A aquellas alturas, parec�a sobradamente evidente que Nava participaba de la convicci�n de que el jurado popular hab�a cometido un error al dejar libre al concejal G�mez Padilla. Y tal vez estuviera en lo cierto; por lo menos, manejaba una serie de indicios que no eran desde�ables. Pero tampoco concluyentes. Deb�a buscar el modo de hac�rselo ver sin ofenderle.</p><p>��Tomo nota de todo lo que me cuentas -dije-. Y te agradezco la informaci�n. Pero el hecho es que el concejal pudo tener aquel d�a otros motivos para mentir, y que dio una coartada con testigos, y que hay una sentencia absolutoria, y que en fin, la tarea se presenta un poco complicada. No digo que no tengas raz�n, que a lo mejor, o m�s bien a lo peor, la tienes. Pero no podemos ce�irnos a esa posibilidad. Tenemos que buscar otras.</p><p>Nava se encogi� de hombros.</p><p>��Ya me imagino. Y bueno, a lo mejor yo me estoy columpiando. Pero creo que tengo la obligaci�n de decirte lo que a m� me parece.</p><p>��Claro. �Y qu� hay de esa otra hip�tesis, la de las drogas?</p><p>Al rostro del sargento primero asom� una sonrisa esc�ptica.</p><p>��Pues qu� quieres que te diga, que si me apuras vale para el asesinato de cualquier chaval de veinte a�os. Dime t� cu�ntos no se meten algo alguna vez. Incluidos los dos guardias j�venes que tengo yo aqu�.</p><p>��Puede que hiciera algo m�s que meterse -dijo Chamorro.</p><p>��A nosotros no nos consta, es lo que yo puedo decirte. Pero mira, eso es bastante f�cil de investigar. Los que trapichean por aqu�, ahora, siguen siendo pr�cticamente los mismos que trapicheaban entonces, menos los dos o tres que ya fueron al trullo por reincidentes. Y est�n donde siempre, porque cuando los trincamos los suelta la juez y hasta que no tienen un par de sentencias firmes no hay nada que hacer. Anglada se lo sabe, de cuando trabajaba aqu�. No tienes m�s que llevarlos, Ruth, y que prueben suerte. Nuestros confidentes son vuestros, aunque no creo que os digan m�s de lo que nos dicen a nosotros. Y oye, si por otras v�as pod�is sacar m�s, pues cojonudo. No s� qu� t�cnicas avanzadas utiliz�is en la unidad central.</p><p>��Ninguna especial. Pero echaremos un vistazo, por estar seguros -dije.</p><p>��Contad conmigo -ofreci� Anglada-. A �sos me los conozco bien.</p><p>���Y alguna otra posibilidad? Su familia, sus amistades, su trabajo�</p><p>Nava se detuvo a hacer memoria.</p><p>��Pues a ver, en cuanto a la familia, no ten�a m�s que a la madre. El padre, seg�n recuerdan los viejos del lugar, era un bala perdida de un pueblo del sur. Pre�� a la alemana y poco despu�s se mont� en un barco y no volvi� a saberse m�s de �l. Por lo menos, nadie nos ha dado raz�n de su paradero. Le quedan, eso s�, un par de parientes en el pueblo, la madre y una t�a. Pero que sepamos ninguna de las dos tuvo nunca mucho trato con el muchacho. La madre de Iv�n no se lo llevaba y ellas se mueven poco.</p><p>���Y por el lado alem�n? -pregunt� Chamorro.</p><p>��S�lo ten�a cierta relaci�n con la hermana de la madre. La actual subdelegada del gobierno -brome� Nava-. Era la �nica que ven�a de vez en cuando por aqu�, de vacaciones, supongo que porque le gustaba el clima. Los dem�s me imagino que prefer�an olvidarse de la pariente lun�tica. Creo que el chaval fue alguna vez a Alemania, pero no debi� de aprovecharle mucho.</p><p>���Y su c�rculo de amistades o de trabajo? -insist�.</p><p>��Trabajos que merezcan el nombre, no le conocemos -dijo Nava-. Hizo alg�n que otro trabajillo de esos que hacen los chavales, en chiringuitos, con los turistas, pero siempre dur� poco. Y sus amigos, qu� quieres que te diga. Un pu�ado de mantas como �l. Tampoco creo que por ah� saques nada.</p><p>Me dio la sensaci�n de que Nava me informaba de todo aquello con desgana, y me pregunt� hasta qu� punto la forma en que le quitaba importancia se deb�a a que estaba convencido de que no la ten�a o era una forma de justificar la poca que se le hab�a dado durante la investigaci�n, una vez que el concejal G�mez Padilla hab�a aparecido como sospechoso n�mero uno.</p><p>��Quisiera poder decirte otra cosa -a�adi� Nava, como si me leyera el pensamiento-. Pero esto es lo que es. Supongo que en Madrid siempre hay veinte o treinta formas de explicar un homicidio. Aqu� no.</p><p>No le respond�. S�lo hay una forma de explicar un homicidio, en Madrid y en Estambul: la buena. Y no estoy hablando de la verdadera, porque qui�n sabe nunca d�nde est� la verdad. Sino de la que se tiene en pie. Y la suya, mal que le pesara, cierta o falsa, no hab�a pasado la prueba.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 7 ALGUIEN MUY GORDO</p></title><p>No me pareci� oportuno, ni prudente, visitar de improviso a Margarethe von Amsberg. Aunque nunca haya llegado a ejercer como psic�logo, al menos no en el terreno de la pr�ctica cl�nica, con lo que se me qued� de lo que me ense�aron en la facultad, y el sentido com�n, no pod�a sino juzgar desaconsejable presentarme sin m�s ante aquella mujer para remover las aguas pantanosas de un trauma tan intenso y prolongadamente sostenido.</p><p>Llam� pues a la madre, a fin de anunciarle nuestra visita y tratar de convenir con ella la hora en que pudiera recibirnos con menor trastorno. Margarethe, a juzgar por c�mo sonaba su voz a trav�s de la l�nea telef�nica, me pareci�, de entrada, una persona en precaria posesi�n de su cerebro.</p><p>��S�, �qui�n es? -murmur�, con voz desmayada.</p><p>��Soy el sargento Vila, de la Guardia Civil -dije, despacio-. Ayer estuve hablando con su cu�ado, creo que �l ya la avis� de que la llamar�a.</p><p>���Villa, dice usted? -pregunt�, recelosa-. No, �l me dio otro apellido. Uno as� como, italiano, espere, lo tengo apuntado por ah�.</p><p>��S�, quiz� le dij�</p><p>Pero antes de que pudiera explicarle nada, o� el inconfundible ruido que hace un auricular al dejarlo sin mucho cuidado sobre una superficie dura. Margarethe tard� m�s de medio minuto en volver a irrumpir en la l�nea.</p><p>��A ver -dijo-, el apellido que yo tengo aqu� apuntado es�</p><p>��Bevilacqua -me adelant�.</p><p>��Be-vi-la-gua -recit�, indiferente a lo que yo acababa de decirle.</p><p>��Eso es. Pero como resulta un poco dif�cil de pronunciar�</p><p>��Y usted me ha dicho que su apellido es� �Vi�a? �Qu� pasa, por qu� no me llama ese Bevila� Bevilagua? -inquiri�, angustiada.</p><p>��Soy yo mismo -expliqu�, resignado-. El sargento Bevilacqua. Me llaman Vila porque a la mayor�a de la gente se le hace m�s f�cil.</p><p>��No lo entiendo. �Por qu� si se llama de una manera deja que le llamen de otra? �Por qu� me dice que se llama como en realidad no se llama?</p><p>Aquella conversaci�n empez� a parecerme un d�j�-vu de las muchas veces en que me he visto sumido en una situaci�n absurda, y especialmente de la sensaci�n que me acometi� cuando, con veinte a�os, y por prescripci�n de un profesor s�dico, me met� entre pecho y espalda el famoso Tractatus de Wittgenstein. De todo el libro, s�lo se grab� en mi memoria la �ltima frase: sobre aquello de lo que no se puede hablar, hay que callar. Un consejo lleno de inteligencia, que puse en pr�ctica con aquella mujer.</p><p>��Mire, no se preocupe usted, llevo mi identificaci�n, y si quiere se la dejo, llama usted a su cu�ado y que �l le confirme mi apellido. Lo que quer�a saber es si le viene bien que nos pasemos a verla hoy.</p><p>��Un momento, antes quiero saber qui�n es usted y por qu�</p><p>��Esc�cheme, se�ora von Amsberg -la cort� yo esta vez-. Soy quien lleva ahora el caso de su hijo, y estoy tratando de concertar una cita.</p><p>A eso sucedi� un grato silencio en la l�nea. Parec�a haber logrado transmitirle mi firme prop�sito de no secundarla en su debate l�gico-metaf�sico. Mir� el reloj: la una y cuarto. Un poco tarde para verla por la ma�ana.</p><p>��Si no tiene inconveniente, nos pasaremos por su casa a las cuatro -le propuse-. �Le parece bien?</p><p>��Bueno, s�, no creo que�</p><p>��A las cuatro entonces. Hasta la tarde, se�ora von Amsberg.</p><p>Colgu� antes de que pudiera arrastrarme a otro callej�n sin salida. Por un momento tem� haber sido demasiado brusco, o quiz�, ruinmente, columbr� las posibles consecuencias adversas de una queja de Margarethe ante su cu�ado por el trato desabrido de aquel sargentucho llegado de Madrid. La perspectiva de tener que interrogarla aparec�a ahora ante m� con toda su potencial incomodidad. Pero igual me daba. No iba a poder eludirla.</p><p>Comimos con Nava y su gente. Tuve as� ocasi�n de conocer a otros dos implicados en los sucesos de la noche de autos, el guardia Siso y el cabo Valbuena. Entre bocado y bocado, aprovech� para recabar tambi�n su testimonio y completar as� mi dibujo mental de lo que hab�a sucedido. El relato de Siso no nos proporcion� grandes novedades respecto de lo que nos hab�a aportado Anglada, con quien hab�a vivido la persecuci�n y posterior hallazgo del coche utilizado para el crimen. Lo que s� hizo fue explicarnos por qu� hab�a sospechado al ver pasar aquel veh�culo, y de paso, nos ayud� a perfilar, no demasiado, la descripci�n de quienes viajaban en �l.</p><p>��Lo que m�s me llam� la atenci�n -dijo- fue que llevaran gorras de visera. �Para qu� va a llevar alguien gorras de visera, de noche y dentro de un coche? Ya s� que hoy hay gente rara que hace de todo, como ponerse pantalones rotos, tatuarse mariposas en la ingle o agujerearse la nariz. Pero no era normal. Dos t�os, los dos muy tiesos, y los dos con la misma gorra.</p><p>���Eran iguales, las viseras? -le pregunt�.</p><p>��No puedo asegurarlo. Eran oscuras, eso es todo lo que vi. El caso es que los dos iban bastante quietos, y el coche un poco deprisa. Por eso sospech�.</p><p>���C�mo eran esos hombres? -intervino Chamorro.</p><p>��No me dio tiempo a fijarme mucho. Pasaron r�pido, ya le digo. El conductor era un poco m�s bajo, quiz�. Dos hombres, entre veinte y cuarenta y cinco a�os. No podr�a precisarle m�s. Y tampoco descartar�a que alguno de ellos o los dos tuvieran cincuenta, si estaban en buena forma f�sica.</p><p>���Podr�a ser uno de ellos el concejal? -suger�.</p><p>Siso no dud�.</p><p>��S�. Pero no puedo afirmar que lo fuera. No les vi la cara.</p><p>���Y el otro, Iv�n L�pez?</p><p>��Lo mismo le digo.</p><p>Era de suponer que nuestros compa�eros de polic�a judicial de Tenerife ya hubieran hecho con Siso la misma comprobaci�n, antes de imputar a G�mez Padilla. Pero en cualquier caso, ten�amos que confirmarla.</p><p>En cuanto al cabo Valbuena, hab�a un extremo del que s�lo �l pod�a dar cuenta: la llamada an�nima que hab�a alertado del abandono del coche y hab�a dado pie a sospechar que el propio concejal hubiera simulado el robo de su veh�culo.</p><p>��No s�, tampoco hay mucho que decir -explic�-. Dejando aparte lo extra�o del asunto, me pareci� una llamada de denuncia como cualquier otra. El tipo estaba m�s o menos nervioso, como suele pasar, pero el hecho lo cont� con la suficiente claridad, me pareci� convincente. En cuanto a que no quisiera identificarse, bueno, ya sabe que pasa muy a menudo. La gente no quiere l�os, y se les comprende, tal y como funcionan los juzgados.</p><p>��Ya sabes c�mo citan luego a los testigos los jueces -coment� Nava-, y c�mo los interrogan los abogados. A la gente le jode, que los traten casi como a delincuentes, y que encima se expongan a las represalias de los malos de verdad, s�lo por haberse prestado a colaborar con la justicia.</p><p>��Imagino que por eso hablaba en susurros -a�adi� Valbuena-, por si se grababa la conversaci�n y la voz pod�a servir luego para localizarle.</p><p>��Pero la conversaci�n no se grab� -deduje.</p><p>��Pues mire, mi sargento -dijo Valbuena-, tenemos el aparato, pero es una casta�a y aquella noche no funcionaba. �sa es la cruda verdad.</p><p>���Puedes recordar, al menos, qu� acento ten�a?</p><p>Valbuena se par� a hacer memoria.</p><p>��Pues, como de aqu�, pero no muy cerrado.</p><p>���Podr�a ser alguien que estuviera imit�ndolo, el acento?</p><p>��Eso depende. En todo caso, deb�a tratarse de alguien que lo imitara bastante bien. A m� me son� natural, no como una caricatura, que es como suena cuando los peninsulares intentan hacer el canario.</p><p>���Y su edad?</p><p>��Buf. Ah� puedo precisarle todav�a menos que Siso. Era un hombre que todav�a ten�a toda la voz, eso s�. Entre veinte y setenta�</p><p>Entre todas las incertidumbres que rodeaban el caso, una afirmaci�n pod�a hacerse casi con seguridad: si el concejal era inocente, aquella denuncia telef�nica formaba parte del montaje para inculparlo, y el autor de la llamada estaba envuelto en el crimen. Habr�a deseado poder tener m�s informaci�n acerca de �l, pero por algo se empieza. Un hombre con cierto aplomo, nacido en las islas o con el suficiente conocimiento del habla como para imitarla y entre veinte y setenta a�os. Era poco, s�, pero mejor que nada.</p><p>Despu�s del almuerzo, volvimos a quedarnos solos con el sargento primero. Pasaban cinco minutos de las tres.</p><p>���A qu� hora has quedado con la madre? -pregunt� Nava.</p><p>��A las cuatro.</p><p>��Pues yo que t� ir�a poni�ndome en camino -recomend�-. Junto con el har�n investigador que llevas a tus �rdenes, no te quejar�s.</p><p>La broma sexista le gust� bastante poco a Chamorro. A Anglada no pareci� molestarla demasiado, o hab�a aprendido a dejar que esas cosas le resbalaran. De reojo vi que en su rostro hab�a una suave y remota sonrisa.</p><p>��No voy a llevarme al har�n, como t� lo llamas -repuse-. Anglada se queda aqu�. As� que tendr�is que explicarme c�mo se llega a la casa.</p><p>Mis dos compa�eras y a la saz�n subordinadas me parecieron en ese instante presas de una desorientaci�n similar. No era mi intenci�n causarles tal desconcierto, aunque mentir�a si dijera que no me confortaba percibirlo. En todo caso, me apresur� a justificarle a Anglada mi decisi�n:</p><p>��La madre te conoce, y seguramente te identifica con la investigaci�n anterior, la que no dio el resultado que ella hubiera querido. No es una persona muy centrada, as� que mejor evitar cualquier cosa que pueda levantarle suspicacias. Lo que espera ver son los especialistas de Madrid, caras nuevas. Y eso es lo que vamos a mostrarle. Luego nos reunimos y te contamos.</p><p>��Como t� mandes, mi sargento -acat� Anglada.</p><p>Despu�s de recibir las orientaciones pertinentes, Chamorro y yo emprendimos la marcha. Me puse al volante del Opel Corsa y vi durante un segundo por el retrovisor c�mo Anglada y el sargento primero quedaban atr�s, de pie ante la fachada de la casa-cuartel. Notaba que a Ruth, pese al razonamiento que le hab�a expuesto y con el que se hab�a tenido que conformar, le hac�a poca gracia permanecer en la retaguardia mientras Virginia y yo nos met�amos en harina. En cuanto a lo que pensara mi compa�era, era imposible colegirlo de su impenetrable expresi�n. Por mi parte, me hallaba en una de esas peculiares coyunturas en que uno disfruta apart�ndose de lo que le apetece, porque siente el poder de hacerlo e intuye que tendr� oportunidad de recobrarlo m�s adelante y en mejor situaci�n. El peque�o desplante me otorgaba cierta ventaja sobre aquella chica un poco demasiado impetuosa que me interesaba, aunque no debiera; y a la vez, cumpl�a escrupulosamente con mi deber y nadie pod�a acusarme de postergarlo en beneficio de otras consideraciones. No pod�a hacerlo, sobre todo, la silenciosa mujer que iba a mi lado.</p><p>Seguimos las indicaciones que nos hab�an dado y ellas nos llevaron por una carretera que pronto se encaramaba a lo alto y permit�a apreciar hermosas panor�micas marinas. El paisaje que atravesamos era al principio de una aridez bastante implacable, aunque luego, cuando iniciamos el descenso, vimos valles donde la vegetaci�n hac�a acto de presencia e incluso llegaba a extenderse con cierta profusi�n. La casa de Margarethe von Amsberg formaba parte de un n�cleo de poblaci�n no demasiado grande, y era una de esas construcciones modernas que imitan, con mediana fortuna, la arquitectura tradicional del pa�s. Era una casita blanca, recogida, y estaba, eso s�, muy bien situada. Desde ella se ten�a buena vista del mar.</p><p>La primera impresi�n que me transmiti� la madre de Iv�n L�pez no se correspondi� mucho con mis expectativas. Habiendo sido advertido de su desarreglo mental, y habiendo podido comprobarlo personalmente por tel�fono, esperaba ver a alguien cuyo aspecto delatase en cierto modo aquel car�cter. Pero quien nos recibi� aquella tarde en la puerta de la casita blanca, despu�s de accionar el mecanismo el�ctrico que bloqueaba la cancela exterior, era una enhiesta mujer de cuarenta y tantos a�os que, lejos de exhibir el menor desali�o, iba bien vestida y conservaba en buena medida una belleza que en su juventud hab�a debido distinguirla de manera impactante. En cuanto abri� la boca, sin embargo, manifest� lo que encerraba aquel envoltorio.</p><p>���Qui�n es ella? -pregunt�, a bocajarro, se�alando a Chamorro.</p><p>��Mi compa�era -dije, sin prisa-. Virginia. La cabo Chamorro. Trabaja conmigo, en la unidad central. En Madrid.</p><p>Margarethe von Amsberg proces� lentamente mis palabras, mientras miraba de arriba abajo a mi compa�era. Pero un instante despu�s se apart� del umbral y nos indic� que pas�ramos. Dej� que Virginia fuera primero.</p><p>La casa tampoco era lo que uno habr�a esperado de una persona con las facultades ps�quicas alteradas. O s�, pero de otro modo. Todo se ve�a impoluto y perfectamente ordenado. La vivienda estaba decorada con un gusto innegable, y repleta de objetos de artesan�a. Aunque no deb�a de ser f�cil ni r�pido limpiar todo aquello, no hab�a una sola mota de polvo. Nuestra anfitriona nos ofreci� asiento en un sof� de mimbre con almohadones de vivos colores, en un sal�n desde el que se ve�a la superficie azul del Atl�ntico.</p><p>��He hecho caf� -dijo-. �Quieren ustedes?</p><p>Mir� a Chamorro. Ya hab�amos tomado, y mi est�mago, despu�s de las duras emociones que hab�a vivido durante el d�a, no mostraba gran entusiasmo ante el ofrecimiento. Pero no parec�a conveniente desairarla.</p><p>��S�, muchas gracias -respond�, finalmente.</p><p>La mujer trajo una bandeja con dos tazas, dos jarritas y un azucarero. Nos sirvi� caf� y leche a nuestro gusto, seg�n le indicamos, y dej� que cada uno endulzara la mezcla como y cuanto quisiera. Luego se sent� en un butac�n, tambi�n de mimbre, frente a nosotros. Puso sus manos sobre el regazo y se qued� mir�ndonos con sus inquietantes ojos azules. Nunca hab�a visto unos ojos as�. De un azul tan claro y tan vivo. Azul huevo de pato, hab�a dicho Anglada. Y era una forma precisa de describir su tonalidad.</p><p>��En primer lugar -tom� la palabra-, quiero decirle que sentimos tener que obligarla a recordar otra vez un hecho tan doloroso para usted, y tanto tiempo despu�s de que sucediera.</p><p>��No se preocupe -dijo-. No me obligan a recordar nada de lo que no me acuerde yo sola, todos los d�as, y a todas horas. Y lo que m�s me duele ya no es que mataran a mi hijo. Sino que el que lo hizo ande libre.</p><p>Es propio de ignorantes creer que una persona perturbada ha de ser est�pida. Por eso no hab�a incurrido en tal suposici�n, pero confieso que me sorprendi� la desenvoltura con que Margarethe articul� aquellas palabras. Se ve�a que se hab�a preparado para la entrevista; por lo menos, ya no era la mujer desprevenida y un poco aturdida con la que hab�a hablado por tel�fono. Causaba impresi�n, tambi�n, la ausencia casi absoluta de acento extranjero, cosa notable para una alemana, cuya pronunciaci�n nativa tan alejada estaba de la musicalidad insular con que hablaba aquella mujer.</p><p>��Comprendo su disgusto -asent�-. Lo que puedo asegurarle es que no vamos a escatimar esfuerzos en este caso. Mi compa�era y yo vamos a dedicarnos a �l en exclusiva, y aunque est� dif�cil, y no quiero darle falsas esperanzas, s� puedo decirle que tenemos experiencia en esta clase de asuntos y que confiamos en poder resolver �ste, como hemos resuelto otros.</p><p>��Me alegro. Aunque hayan tardado m�s de dos a�os en venir.</p><p>No iba a ser sencillo. Lo iba a ser menos a�n de lo que preve�a.</p><p>��Bien -dije-. Tendremos que hacerle algunas preguntas.</p><p>��Adelante.</p><p>Le hice una se�a a Chamorro. Sac� su bloc y abri� el bol�grafo. Margarethe la observ� con curiosidad. Pero mi compa�era no se precipit�.</p><p>���A qu� se dedica usted, se�ora von Amsberg? -pregunt�, una vez que estuvo preparada para tomar nota de sus respuestas.</p><p>A Margarethe pareci� descolocarla la pregunta. Me mir�.</p><p>��Necesitamos tener un cuadro lo m�s completo posible de la v�ctima y de su entorno familiar -le aclar�-. Es una rutina que debemos seguir.</p><p>La mujer dud� a�n durante unos segundos. Al fin, contest�:</p><p>��Tengo una tienda de artesan�a, en el pueblo. Vivo de eso, bueno, y de lo que hered� de mi padre.</p><p>���Hace mucho que muri� su padre? -sigui� Chamorro.</p><p>��Diez a�os.</p><p>���Puedo preguntarle a qu� se dedicaba �l?</p><p>��Era abogado, en D�sseldorf.</p><p>���Sabe usted qu� tipo de asuntos llevaba?</p><p>��Bueno, cosas de empresas, no s� bien. �Importa mucho eso?</p><p>��Probablemente no -dijo Chamorro-. S�lo era por completar el dato. Lleg� usted aqu� hace veinticinco a�os, m�s o menos, �no es as�?</p><p>��S�.</p><p>��De vacaciones.</p><p>��S�.</p><p>���Y por qu� decidi� quedarse?</p><p>Margarethe no estaba, era obvio, preparada para tener que responder a aquellas preguntas. En todo caso, tras un titubeo, se someti�, d�cilmente.</p><p>��Me gust� el lugar, y no me gustaba Alemania, ni lo que hac�a all�.</p><p>���Qu� hac�a?</p><p>��Estudiaba Derecho.</p><p>��Por deseo de su padre.</p><p>��S�.</p><p>��Y luego conoci� al padre de Iv�n.</p><p>Margarethe no contest� en seguida.</p><p>��S�. Y me qued� embarazada, si eso es a lo que se refiere.</p><p>��Su relaci�n no dur� mucho, por lo que sabemos -apunt�.</p><p>��No ten�amos nada en com�n, aparte de la atracci�n f�sica -declar�, sin tapujos-. Vivimos juntos un tiempo, pero no funcion�. Luego nos separamos y �l sigui� viniendo a ver al ni�o durante un tiempo. Hasta que se fue.</p><p>���Cu�ndo fue eso?</p><p>��Cuando Iv�n ten�a unos cinco a�os.</p><p>���Y desde entonces?</p><p>��No he vuelto a saber de �l.</p><p>���Y no le parece extra�o?</p><p>Margarethe se encogi� de hombros.</p><p>��S�, o no. No todo el mundo le da la misma importancia a la paternidad. A �l puede que no le importara. No lo s�. No llegu� a conocerle mucho.</p><p>���Y no tiene idea de d�nde puede estar?</p><p>��Todo lo que puedo decirle es que cuando �l se fue, alguna gente de aqu� emigraba a Venezuela. Y que a �l le o� hablar de ir all� tambi�n.</p><p>��Disculpe si la pregunta le parece indiscreta -la tante� Chamorro, con cautela-. Desde que el padre de Iv�n se march�, �ha mantenido usted alguna relaci�n con otros hombres, de forma m�s o menos estable?</p><p>Margarethe se ri�.</p><p>��Y de forma inestable tambi�n -dijo-. Claro. Con muchos. Bueno, no me malinterprete, uno detr�s de otro, no a la vez.</p><p>���Con alguno de ellos lleg� su hijo a establecer un v�nculo afectivo?</p><p>Se ech� hacia atr�s, como si recelara de pronto.</p><p>��No tuvo tiempo -respondi�, seria-. No s� si esto le da una mala imagen de m�, se�orita, pero a m� nunca me ha durado mucho ning�n hombre. El �nico hombre importante de mi vida est� ahora muerto. Era mi hijo.</p><p>��Ya veo -dijo Chamorro.</p><p>��Y lo que no entiendo -agreg� Margarethe, alzando la voz- es para qu� demonios me est� preguntando usted todos esos chismes. �Intenta aclarar el asesinato de mi hijo o quiere escribir una novela de mi vida?</p><p>Me fij� en sus manos. Temblaban ligeramente. Hab�a que ir con cuidado.</p><p>��Entiendo que este interrogatorio le resulte molesto e incluso incomprensible, se�ora von Amsberg -dije-. Y le pido disculpas por ello, pero le ruego que se haga cargo de lo que tenemos entre manos. S�lo contamos con la pista que se sigui� en su d�a, y que ya sabe usted c�mo result�. Nos vemos en la necesidad de no pasar por alto ning�n detalle que pueda llevarnos a una posible explicaci�n. Por peque�a que sea la probabilidad.</p><p>��Pero es que no entiendo para qu�</p><p>��Se�ora von Amsberg -la ataj�, mir�ndola a los ojos-. Le pido que conf�e en m�. Y en mi compa�era. Le aseguro que cumple con su deber, nada m�s. Y que sabe c�mo hacerlo. Conf�e usted. Por favor.</p><p>La madre de Iv�n pod�a contenerse a duras penas. Pero lo hizo.</p><p>��Es mi �ltima pregunta sobre esto -anunci� Chamorro, por si acaso-. En la �poca en que ocurri� el crimen, �ten�a usted relaciones con alguien?</p><p>��S� -admiti� Margarethe, con un suspiro.</p><p>���Contin�a esa relaci�n? -pregunt�.</p><p>��No. Por aquel entonces ya no nos llev�bamos muy bien.</p><p>���Puede darnos el nombre de esa persona? -retom� el hilo Chamorro.</p><p>��S�, claro. Udo Stammler. Ese, te, a, eme, eme, ele, e, erre. Vive en el pueblo. Es instructor de submarinismo. Pueden encontrarlo en el puerto, todas las ma�anas. Aunque no s� para qu� va a servirles.</p><p>���Sabe si hubo alg�n problema entre el se�or Stammler y su hijo?</p><p>Margarethe esboz� una sonrisa triste.</p><p>��S�, lo hubo. Udo se lo llev� a trabajar con �l, y al cabo de un par de meses lo despidi�. Quiz� tuviera motivos, no lo s�, pero a m� no me gust�, qu� quiere que le diga. Desde entonces empezamos a discutir.</p><p>Chamorro tomaba notas a toda velocidad.</p><p>��Pero no pierdan el tiempo. Udo no matar�a una mosca. Lo conozco.</p><p>Puede que me equivocara, pero sent� que aqu�l era el momento. Intu�a que ella ten�a algo que decirnos, algo que le estaba quemando y que pod�a ser un disparate, pero que no deb�a obligarla a callarse por m�s tiempo.</p><p>��D�game, se�ora von Amsberg -me dirig� a ella, con toda la calidez que pude imprimirle a mis palabras-. �Qui�n cree usted que pudo hacerle eso a su hijo, si se ha formado alguna idea al respecto?</p><p>Margarethe abri� mucho los ojos, y pareci� m�s loca que nunca.</p><p>��He hecho algo m�s que formarme una idea -me espet�, con dureza-. Mientras todo el mundo, incluida la justicia, se olvidaba de mi hijo, no vaya a creerse que yo me he quedado con los brazos cruzados. He hablado con sus amigos y sus amigas. Incluso con la gente a la que le compraba la droga, no crea que me chupo el dedo o que me enga�o respecto de lo que hac�a mi hijo. Tampoco creo que por el hecho de fumar un poco de hierba o tomar otras cosas fuera malo, ni mucho menos que se mereciera morir as�, como casi vino a decir en el juicio la puta esa que defendi� al concejal.</p><p>Honestamente, nunca he acertado a saber si la locura, o al menos ciertas de sus modalidades, no se corresponden, en realidad, con un nivel insoportable de lucidez. En aquel instante, mientras escuchaba a Margarethe y contemplaba sus ojos inundados de l�grimas, volvi� a asaltarme la duda.</p><p>���Y qu� es lo que le han contado esas personas? -le pregunt�.</p><p>��Lo que siempre he sabido -replic�, altiva-. Que en la muerte de mi hijo est� metido alguien muy gordo, y que por eso, dos a�os despu�s, no ha ido nadie a la c�rcel por el crimen. Es alguien con capacidad para borrar las pruebas, y hasta para manipular a la justicia. Por eso yo ya no me f�o de nadie, sargento, ni siquiera de mi cu�ado, f�jese lo que le digo.</p><p>Reflexion� sobre sus palabras. Exageradas y producto del desvar�o, muy probablemente. Lo que no implicaba que debiera echarlas en saco roto. No estaba en condiciones de permitirme el lujo de desde�ar nada.</p><p>��Le aseguro que su cu�ado se ha tomado un gran inter�s personal en que el caso se resuelva -dije-. Y que las instrucciones que tenemos son meternos a fondo y aclarar esto como sea. No s� si hasta aqu� ha sido de otro modo, aunque le dir� que no creo que la investigaci�n se haya llevado con negligencia. Lo que puedo garantizarle es que a m� nadie va a manipularme.</p><p>Margarethe se enjug� las l�grimas y me observ� fijamente.</p><p>��Estoy tratando de imaginar qu� tipo de persona es usted, sargento -habl� al fin-. Y me da la sensaci�n de que es honrado, y cree lo que dice. Pero eso no me garantiza que pueda sacar adelante este caso. Me temo que si realmente consigue avanzar algo, le apartar�n en seguida.</p><p>���Tan poderosa cree que es la conspiraci�n? -terci� Chamorro.</p><p>��Bueno, hasta ahora lo ha sido. El asesino sigue libre.</p><p>���Y por qu� iba a querer esa gente, sea quien sea, matar a su hijo?</p><p>La madre de Iv�n L�pez baj� los ojos.</p><p>��No lo s�. Por lo que me han contado, podr�a tener que ver con la droga. Esa gente controla muchas cosas. Entre ellas, la droga que llega a la isla. Puede que Iv�n se enterara de algo que no les conven�a que se supiera. Y para ellos, la vida de un chaval de veinte a�os vale menos que sus negocios. O puede que fuera por aquello otro, por lo de la hija del concejal.</p><p>No pod�a rehuir la pregunta. La formul�, aun con precauci�n:</p><p>���Cree que G�mez Padilla tuvo algo que ver?</p><p>Margarethe von Amsberg me midi� con aprensi�n. Ahora que lo recuerdo, creo que adivino lo que pasaba por su cabeza mientras lo hac�a. Sab�a que todos la ten�an por demente, y no quer�a parecerlo ante m�. Por si yo, pese a todo, era la posibilidad que llevaba m�s de dos a�os esperando.</p><p>��No lo s�, sargento -dijo, con voz serena-. No digo que s�. No digo que no. �l puede ser uno de ellos, no lo descarte. Lo que s� es esto: alguien gordo, detr�s de todo hay alguien gordo. Eso debe buscar usted.</p><p>En su mirada hab�a ahora una s�plica, que nadie habr�a podido deso�r.</p><p>��Est� bien, se�ora von Amsberg -dije-. Ahora, le ruego que nos d� el nombre o la descripci�n de esas personas con las que ha hablado, y que si es posible nos diga d�nde podemos encontrarlas. Iremos a verlas.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 8 LA NIEBLA</p></title><p>Margarethe von Amsberg nos facilit� el nombre o las se�as aproximadas de media docena de personas, que seg�n ella podr�an informarnos acerca de la supuesta implicaci�n de alguien poderoso en la muerte de su hijo. Reconozco que en parte los recog� para consolarla y para que confiara en m�, aunque los a�os que llevo dedicado a la investigaci�n criminal me han ense�ado a no dejar de apuntar ninguna pista, por inconsistente que me parezca su relaci�n con el asunto o por poco fiable que resulte quien me la proporciona. Gracias a ello, en todo caso, Margarethe se relaj� un poco durante el resto de nuestra entrevista y se mostr� m�s cooperadora, lo que vino a probar la conveniencia, cuando menos t�ctica, de escuchar y tener en cuenta sus teor�as. Pudimos as� sacarle sin dificultad otras informaciones, sobre la vida y el car�cter de su hijo, sobre su c�rculo de amistades, incluidos varios nombres que sumar a la lista de quienes resultaba aconsejable interrogar, y tambi�n sobre sus �ltimos d�as. No rehuy� el asunto m�s espinoso:</p><p>��S�, a Iv�n le gustaban mucho las chicas. Normal, como a cualquier chaval de su edad. Pero �l era un chico pasional, y adem�s se le daban bien. Puede que no anduviera muy atinado al escogerlas, pero qu� iba a hacer. Si ellas se le pon�an a tiro� Ten�a veintid�s a�os, sargento. Lo de la hija del concejal� Bueno, hay chicas de quince a�os y chicas de quince a�os.</p><p>���Qu� quiere decir? -pregunt� Chamorro.</p><p>Margarethe escrut� a mi compa�era antes de responder.</p><p>��Hable con ella. Cinco minutos le bastar�n para ver que es una zorrita, que lo es desde hace tiempo y que lo ser� mientras el cuerpo le deje.</p><p>Una vez m�s, constat� que no hay hombre que pueda competir con una mujer a la hora de despreciar o injuriar a otra mujer. Es imposible, para una psicolog�a tan rudimentaria como la masculina, cebar el ob�s con tanta metralla y dispararlo con tanta sangre fr�a y tal poder de devastaci�n.</p><p>En cualquier caso, no pod�amos esperar otro testimonio de la madre del difunto, acerca de quien acaso hubiera influido en el funesto desenlace. Trat� de profundizar en otro aspecto que me parec�a m�s esclarecedor:</p><p>��Voy a preguntarle algo. Y quiero que entienda que no intento plantear ninguna sospecha en relaci�n con su hijo -advert�, porque ya sab�a que no estaba ante una idiota-. A m� me da igual si era bueno o era malo. Usted me dice que era bueno; pues muy bien, la creo. Desde el momento en que lo mataron y me encargaron el caso estoy de su parte, pase lo que pase y descubra lo que descubra sobre �l. As� que piense antes de responderme, por favor. �Not� que su hijo manejara m�s dinero que de costumbre, en las semanas o los meses inmediatamente anteriores a su muerte?</p><p>Margarethe, por supuesto, capt� la intenci�n de mi pregunta. Y puede que por eso tardase en contestarla, y puede tambi�n que, pese a mi advertencia y mis explicaciones, no dijera toda la verdad cuando repuso, con sequedad:</p><p>��No, no not� nada.</p><p>Deb�a poner a prueba aquella respuesta. Y lo hice:</p><p>��Si no entiendo mal, su hijo depend�a econ�micamente de usted. Imagino que quiere decir que sigui� pidi�ndole dinero con regularidad.</p><p>��S�.</p><p>��En las cantidades habituales.</p><p>��No ten�a una asignaci�n fija. Cuando necesitaba, me ped�a. Cuando me parec�a que ya le hab�a dado demasiado, le dec�a que no.</p><p>��Su hijo ten�a una moto de gran cilindrada.</p><p>��S�. Le gustaban mucho las motos.</p><p>��Se la regal� usted.</p><p>��En parte s�. El resto lo pag� con sus ahorros. Hab�a tenido varios trabajos de temporada.</p><p>��Era su hijo una persona ahorradora, entonces.</p><p>Margarethe me mir�, tensa. Sus manos temblaban otra vez.</p><p>��Le he respondido, sargento. Si no me cree, es su problema.</p><p>No insist�. No merec�a la pena estropear nuestras relaciones por un asunto que podr�a contrastar por otro lado. A partir de ah�, intent� restaurar la confianza de aquella madre en nosotros, invit�ndola a hablar de las cualidades de su hijo: su destreza en m�ltiples deportes, su generosidad para con todo el mundo, las atenciones que ten�a con ella. Margarethe record�, con l�grimas en los ojos, el gigantesco ramo de flores que hab�a recibido en el �ltimo de sus cumplea�os que Iv�n hab�a podido felicitarle, y la tierna nota que lo acompa�aba. Por mucho que uno haya vivido evocaciones similares, de quienes un d�a partieron abruptamente, hechas por quienes se quedaron a padecer el dolor y el recuerdo, resulta dif�cil sustraerse a su emoci�n. No era diferente, ni inferior en ning�n aspecto, la desolaci�n que sent�a, y era capaz de transmitir a quien la escuchaba, aquella mujer a quien todos consideraban desequilibrada, por su v�stago perdido a quien todos ten�an por una calamidad. Al final, ya se sabe, los juicios son siempre relativos.</p><p>Logramos, pues, separarnos de Margarethe en buenos t�rminos. La hab�amos escuchado, hab�amos tomado nota de sus sospechas, nos hab�amos esforzado por saber qui�n era su hijo, m�s all� de la malicia del vecindario, y Chamorro le hab�a cogido la mano para hacerle sentir nuestra compa��a en los momentos m�s penosos para ella. Me pareci� que con todo aquello hab�amos logrado darle alguna esperanza, y sent� que, al margen de lo que resultara de la investigaci�n, empez�bamos a cumplir nuestro objetivo. Y no s�lo, aunque tambi�n, por lo que aquella mujer pudiera decirle a su cu�ado de nosotros cuando hablase con �l, seguramente aquella misma tarde.</p><p>Pero a�n �bamos a tener una prueba m�s clara de que hab�amos conseguido caerle en gracia. Antes de despedirnos, se lanz� a una inesperada confidencia. Inesperada y sorprendente, por �ntima y profunda.</p><p>���Saben qu� es lo peor de todo? -dijo, con la mirada puesta en el mar-. La parte de culpa que no puedo echarle a otro. La parte que siento que me toca, en su desgracia. En estos dos a�os, he pensado mucho en qu� medida pude contribuir yo, por c�mo lo eduqu�, por la clase de madre que fui para mi hijo. No estuve siempre encima de �l. No le previne respecto de algunas cosas. Quiz� hasta le anim�. C�mo iba a pedirle que no hiciera lo que me ve�a hacer a m�. No fui siempre el mejor ejemplo para �l, me temo.</p><p>Se detuvo e inspir� profundamente.</p><p>��En fin, hay que aprender a conocerse -prosigui�-. Yo me conozco, y s� lo que soy. Una ni�a malcriada, que jug� a rebelarse contra todo porque era m�s divertido y porque no ten�a que pagar las consecuencias. Al final, siempre pod�a pedirle el giro a pap�. Y no fui consciente de que ya no estaba sola, de que era libre para estropear mi vida, pero no para estropear la de quien depend�a de m�. No s�, en resumen, si hice de mi hijo lo que yo soy. Desde luego, si es as�, no me alegro, y lo que m�s me duele es que �l no tuviera la suerte que he tenido yo, que aqu� estoy, a pesar de todas las tonter�as que he hecho. Eso es lo que m�s me asusta pensar. Que de alg�n modo, aunque fuera sin querer, haya podido ser yo quien le puso en el camino por el que iba a encontrarse con lo que se encontr�, mi ni�o�</p><p>La voz se le quebr�. La cog� del brazo. En ese momento tuve una extra�a alucinaci�n. Me pareci� ver, por un instante, bajo aquella mujer madura y castigada por la suerte, a la alegre, irresponsable y hermosa veintea�era que deb�a de haber sido. Pero fue, s�lo, una fracci�n de segundo. Desapareci� en seguida y volvi� a reemplazarla, como nos pasa a todos, m�s pronto que tarde, la fr�gil y gastada criatura humana que ahora era Margarethe.</p><p>��No piense eso -la exhort�-. No le falt� usted. Le sobr� otro.</p><p>��No voy a poder dejar de pensarlo -dijo, restreg�ndose los ojos-. Ese dolor no me lo quita nadie. Por eso le ruego que me quite el que usted puede, el de pensar que ah� fuera anda a sus anchas el cabr�n que lo mat�.</p><p>��Har� cuanto est� en mi mano para quit�rselo. Se lo prometo.</p><p>��Que Dios se lo pague, sargento.</p><p>Confieso que siempre he tenido, y sigo teniendo, mis dudas acerca de la eficacia y la justicia del sistema de represi�n penal del delincuente. No veo en qu� medida puede reeducar a alguien encerrarle en un lugar atestado de alacranes frente a los que deber� sobrevivir endureci�ndose, porque ya de entrada compartir� con otros dos una celda que se dise�� para uno. Tampoco creo en la disuasi�n del criminal por la amenaza del r�gimen de vida carcelario, ni siquiera por la pena de muerte en aquellas sociedades salvajes que siguen recurriendo a ella, ya que me consta que el ser humano tiene dificultades para representarse con la intensidad suficiente una situaci�n hasta que no la est� viviendo y, por si eso no bastase, suele abrigar siempre la esperanza de que no lo pillen cuando hace una trastada. La �nica gente a la que puede reeducar la c�rcel, y a la que tambi�n disuade, es aquella que se regenera o abstiene por s� misma y por otras razones, que tienen que ver, sobre todo, con la vida que tiene posibilidad de llevar fuera de la prisi�n. En consecuencia, me cuesta experimentar alborozo alguno cuando env�o a alguien a la sombra, m�s all� de lo que siempre le descarga a uno terminar un trabajo, sea �ste de la �ndole que sea. S�lo cuando uno siente que a trav�s del tr�mite de la reclusi�n del malvado, en s� in�til y poco prometedor, puede llevarse alivio a quien sufri� el crimen y vive en la humillaci�n que le supone la impunidad del criminal, llega a sospecharse alg�n bien y alg�n provecho en todo el montaje. Hay quien de esta circunstancia deduce que la �nica finalidad real del sistema penal es el impresentable �nimo de venganza. No lo s�, porque no lo he inventado, ni lo dirijo. Prefiero pensar que se intenta una reparaci�n, que es escasa y acaso torpe, pero a menudo la �nica posible. Y que, al final, pese a los simp�ticos discursos de todos esos intelectuales iconoclastas, que haya polic�as empe�ados en la fea tarea de detener a los descarriados es mejor que dejar pastar a placer a quien abate a sus semejantes. Naturalmente, no estoy seguro de nada de esto, pero estoy a�n menos seguro de lo contrario, y en la vida no se puede siempre disponer de la comodidad de la certidumbre. Por todo ello, me ayuda tener de vez en cuando la sensaci�n con la que sal� de la casa de la madre de Iv�n: la sensaci�n de que con mi trabajo defiendo a alguien, frente a otro que no merece tanto ser defendido y a quien personalmente me apetece menos defender.</p><p>En el camino de vuelta, esta vez conduc�a Chamorro, recapitul� lo que nos hab�a aportado aquella entrevista. No era poco. Sobre todo lo dem�s, despu�s de conocer y escuchar a Margarethe von Amsberg, dejaba de ver el caso en t�rminos abstractos. Empez�bamos a tener piezas concretas.</p><p>Mi compa�era compart�a mi impresi�n.</p><p>��Una entrevista interesante, �no te parece? -dijo.</p><p>��M�s de lo que esperaba -admit�.</p><p>���Qu� opinas de su teor�a del pez gordo?</p><p>��Lo m�s discutible, claro. Seg�n dir�a alg�n listillo de los que tuve que estudiarme hace a�os, ser�a un caso protot�pico de proyecci�n narcisista, en este caso canalizada a trav�s del hijo muerto como extensi�n natural del yo. Como yo soy lo m�s importante, tengo que magnificar todo lo que a m� me pasa y convertir su importancia subjetiva en importancia objetiva. El mecanismo habitual del delirio paranoide, la man�a persecutoria, etc�tera.</p><p>Chamorro sonri�, sin dejar de mirar al frente.</p><p>��Ya. �Y seg�n t�?</p><p>��Una posibilidad m�s. A saber. Habr� que investigarla, antes de decidir. En todo caso, no me toca diagnosticar a esa mujer. Renunci� a ejercer ese cometido. El de clasificador de seres humanos. Uno s�lo puede calcular probabilidades de c�mo son los otros, y nunca de una manera as�ptica.</p><p>��S�, como dec�a aqu�l -observ� Chamorro, abstra�da.</p><p>���Como dec�a qui�n?</p><p>No es que hubiera afirmado nada con pretensiones de descubridor, pero tampoco me constaba estar fusilando nada de alguien en particular.</p><p>��Ya sabes.</p><p>��No, no lo s�.</p><p>��Venga, no intentes col�rmela, mi sargento. Eso que has dicho lo has cogido de un tal Heisenberg. El padre de la f�sica de part�culas.</p><p>La mir�, escamado. La tem�a, cuando echaba mano de su formaci�n cient�fica. Entre otras cosas, porque me admiraba su inclinaci�n hacia cualquier disciplina que requiriese exactitud. No se me oculta que �se ha sido siempre el punto flaco de mi cerebro, y me cuesta entender que alguien pueda obtener ning�n g�nero de satisfacci�n sometiendo su mente a esa clase de rigores, como le suced�a a mi compa�era. Entre los muchos misterios que para m� ten�a aquella mujer con la que trabajaba, se contaba el motivo por el que dedicaba una porci�n de su tiempo libre a estudiar matem�ticas. Y no era porque no se lo hubiese preguntado. Pero su respuesta, que desde peque�a sent�a fascinaci�n por las estrellas, y que las matem�ticas eran el camino para conocer sus leyes, apenas hab�a logrado disminuir mi estupor.</p><p>��Te aseguro que estoy fuera de juego, de verdad -insist�-. En el terreno de la f�sica de part�culas, mi ignorancia es enciclop�dica. Creer� cualquier cosa que me diga una experta como t�, aunque decidas invent�rtela.</p><p>��Tampoco yo s� mucho, lo m�o son las matem�ticas, de f�sica s�lo tengo ideas elementales -dijo, a�n recelosa-. Pero es algo muy b�sico, el principio de indeterminaci�n de Heisenberg. �No te lo ense�aron en el instituto?</p><p>��Algo me suena, entre las brumas que envuelven mis estudios de bachillerato -cre� rememorar-. Pero ser�a incapaz de rescatarlo, me temo.</p><p>��Lo que dice el principio de Heisenberg es que resulta imposible conocer a la vez la posici�n y la cantidad de movimiento de una part�cula, porque al medir una se altera la otra. Es uno de los fundamentos de la f�sica cu�ntica. Por eso la ciencia moderna dice que no podemos obtener certezas, sino s�lo probabilidades, respecto de los fen�menos f�sicos, y que las conclusiones que se alcanzan sobre cualquiera de ellos dependen siempre del observador. No me digas que es la primera vez que oyes hablar de todo esto.</p><p>��Pues s�. Y no s� si lo entiendo del todo. Pero estoy de acuerdo. Lo que supongo que me convierte en un psic�logo cu�ntico. Adem�s de frustrado.</p><p>��Pues mira. Suena original.</p><p>��Original, no creo que lo sea. Seguro que ya se le ha ocurrido a alg�n zumbado. Lo malo es que la gente prefiere que le digan lo que le pasa, y no lo que con una probabilidad relativa puede que le pase. Y encima suele querer que la curen. Lo que me temo que me aboca a seguir siendo un psic�logo frustrado y me incita a volver a la sucia rutina policial que nos trajo hasta esta isla. Aunque te agradezco la sesi�n gratuita de desbestiamiento.</p><p>Chamorro sonri�, complacida.</p><p>��De nada, hombre.</p><p>��En fin -retom� el hilo-, lo que no me atrever�a yo a decir es que esa mujer sea una chiflada. Su discurso, dejando aparte lo del complot, tiene m�s sentido que lo que uno puede escucharles a muchos presuntos cuerdos.</p><p>Mi compa�era asinti�, con aire meditabundo.</p><p>��Y lo �ltimo, lo de echarse la culpa, me ha parecido conmovedor -dijo-. Se me ha puesto la carne de gallina, mientras la escuchaba.</p><p>��Y a m�. Demuestra que Margarethe, para ser una ni�a de pap�, resulta tener mucha m�s verg�enza que el promedio de su especie.</p><p>��Ya me extra�aba que no sacaras el asunto.</p><p>Chamorro, por ser hija de un coronel, tend�a a interpretar, err�neamente, que la atacaba a ella siempre que arremet�a contra los hijos de pap�, deporte al que por lo dem�s, lo admito, me entregaba quiz� con inmoderada frecuencia. Pero no iba con ella, para nada, porque ella sudaba para ganar el pan de cada d�a y porque las influencias de su padre no le hab�an podido resolver el futuro (la hab�an rechazado dos veces en la escuela naval).</p><p>��No puedo evitarlo, Virginia. A m� nadie me ha sacado las casta�as del fuego. Al rev�s, tuve que vivir sin padre. Y aunque no estoy libre de defectos, creo que lo que de m� pueda valer algo se lo debo, sobre todo, a haber tenido que pringar para conseguir lo poco que he conseguido en la vida.</p><p>��Suena a resentimiento, si me permites que te lo diga.</p><p>��Claro que te lo permito. Y a lo mejor s�, estoy resentido. Como pertenezco al bando de los destripaterrones, tengo muchas razones para tenerles inquina a los hijos de pap�. El error m�s grave que han cometido los parias, a lo largo de la historia, ha sido confiar en los hijos de pap�.</p><p>Chamorro volvi� la cabeza.</p><p>��Mira, esa teor�a no te la hab�a o�do nunca. Anda, expl�camela. Conoci�ndote, seguro que me lo paso bien escuch�ndola.</p><p>��Est� muy claro. Siempre hay hijos de pap� que se ponen a hacer la revoluci�n, y que al final, no s� c�mo, acaban dirigi�ndola. Como son m�s instruidos, como tienen en los genes la costumbre de mandar, los pringados se f�an de ellos y les ceden el tim�n. Pero los hijos de pap� no hacen la revoluci�n por necesidad, sino por pasatiempo, por af�n aventurero o para tocarle las pelotas al viejo. Y al final, con ellos a la cabeza, la revoluci�n se va al garete. Porque los hijos de pap� listos, cuando se les cura el acn� juvenil, siempre vuelven al redil y acaban en su sitio, jugando al golf con sus pares y trabajando de consejero delegado. Y la revoluci�n la cuentan como una batallita, o lo que es peor, la sostienen s�lo de boquilla, mientras la traicionan a cada minuto. Son los hijos de pap� tontos los que se empe�an en continuar la revoluci�n, junto a los pobres que les siguen; un equipo que s�lo puede llegar a donde al final llegan todas las revoluciones: a ninguna parte.</p><p>��Toma ya -concluy� Chamorro.</p><p>��Dicho todo lo cual, admito que hay hijos de pap� encantadores, y sabes que nunca permitir�a que mis prejuicios sociales afectaran a mi trabajo.</p><p>���Quieres decir que, a pesar de todo, perdonas a Margarethe y que vas a intentar averiguar qui�n mat� a su hijo?</p><p>��No seas ir�nica, cabo, que te meto un paquete.</p><p>��Est� bien, lo retiro.</p><p>No hac�a falta, porque no la hab�a amenazado en serio. En realidad, celebraba poder volver a hablar con Chamorro como siempre, con la confianza y el relajo que se establece entre quienes se conocen, se aprecian y pueden conversar dando muchas cosas por sobreentendidas. Me gustaba hablar con mi compa�era, y someter a su cr�tica los devaneos de mi cerebro, porque no s�lo era inteligente. Era sensata, y noble de coraz�n. Al cabo del camino que he recorrido, creo que �sa es la m�s sabia combinaci�n que puede alcanzar una persona. La que a m� me habr�a gustado ser capaz de lograr.</p><p>Y s�lo porque en aquel coche est�bamos ella y yo, sin testigos extra�os, me permit� reflexionar en voz alta sobre un asunto a�n m�s incierto:</p><p>��La verdad, no s� si la pobre mujer tiene razones para sentirse culpable de algo. Puede que no, puede que s�. Imagino que al hablar de la parte de responsabilidad que puede tocarle en la perdici�n prematura de su hijo se refiere a que le ri� al ni�o la gracia cuando le pill� fumando hierba la primera vez, ya que ella la fumaba, sin cuidarse siempre de no hacerlo en su presencia. Y a que no le apret� cuando vio que lo �nico que le importaba en la vida era pasarlo bien, porque no quer�a ser una madre tir�nica, porque quer�a ser la colega de su hijo y dejarle la libertad que necesitara para encontrarse a s� mismo, la libertad que ella hab�a tenido y disfrutado en su d�a.</p><p>��Bueno, si fue as�, la entiendo -dijo Chamorro-. Tiene motivos para pensar que la vida desordenada de Iv�n le llev� en cierto modo a la muerte.</p><p>��Mira -repuse-, he pensado mucho sobre esto. Y creo que los padres, se pongan como se pongan y hagan lo que hagan, siempre joden a los hijos. Los joden tray�ndolos a este mundo lleno de hijos de perra, y los joden al proponerles una forma de vivir, la que sea, cuando nadie sabe bien por qu� ni para qu� estamos aqu�. La educaci�n tradicional, la del padre d�spota, causaba unos estropicios. Y la moderna, la del padre enrollado, causa otros, que pueden ser igual de graves. Supuestamente hay un justo medio virtuoso, que consiste en joder al cachorro lo m�nimo y proporcionarle las m�ximas posibilidades de salir a pelear solo, pero ese equilibrio no est� siempre tan claro como uno querr�a. El caso es que todos los padres creen que hacen lo mejor, y todos acaban culp�ndose de los contratiempos que tengan los hijos. No se puede evitar. Siempre que uno tenga entra�as, claro.</p><p>��Veo que afrontas con optimismo tu misi�n como padre.</p><p>��Bueno, ya sabes que mi misi�n como padre est� especialmente chunga. Procuro meter la pata lo menos posible, eso es todo. Y espero no tener la suerte de espaldas, que eso tambi�n juega. Pero creo que para reducir los da�os uno debe aceptar que el oficio de padre es algo antip�tico. Puedes hacerlo con m�s o con menos dulzura, pero te toca poner l�mites. Y a la vez, cuidar de no cortarle las alas al polluelo. Se dice f�cil.</p><p>��Me da la impresi�n de que, pese a todo, no crees que Margarethe fuera una buena madre para su hijo -infiri� mi compa�era.</p><p>��Qui�n soy yo para juzgar a mi hermana -respond�-. Quiz� no le prepar� de la mejor manera para lidiar con el toro que iba a tocarle. Pero es un poco presuntuoso pensar que uno conoce al toro de antemano. Si Iv�n no se hubiera cruzado con quien se cruz�, a lo mejor segu�a viviendo de vicio, tan feliz el t�o con su moto, y tan agradecido de tener una madre pasota.</p><p>��Mir�ndolo as�</p><p>��Tampoco hay que hacer un drama, despu�s de todo. Un padre te condiciona, nada m�s. Algunos hemos salido adelante sin padre, y hasta hemos acabado convirti�ndonos en personas de orden, contra todo pron�stico.</p><p>��Ten�as a tu madre.</p><p>��Lo que no creas que siempre fue una ventaja -brome�.</p><p>��No s� -medit� Chamorro-. Siempre pens� que me gustar�a ser madre, alg�n d�a. Y lo sigo pensando. Pero es verdad que no es lo mismo plante�rselo as�, en general, que enfrentarse con todas las dificultades que implica.</p><p>��Es igual -dije-. Y no te f�es por la experiencia ajena, ni la m�a ni la de nadie. Es como tirarse a la piscina. Por mucho que te digan que el agua est� fr�a o caliente, s�lo sabr�s c�mo est� de verdad cuando est�s dentro.</p><p>��Supongo.</p><p>��Eso s�, salvo que M�ster Proper est� dispuesto a ser un buen amito de casa, ya sabes, vete despidiendo de este trabajo. Por el bien de tu hijo.</p><p>Chamorro se revolvi�, sin acabar de comprender.</p><p>���M�ster Proper?</p><p>��Bueno, como es as�, fortach�n, y limpia las calles de manifestantes�</p><p>��Vale ya, �no? -protest�, sofocando apenas la risa.</p><p>��Perdona.</p><p>��Adem�s, no tengo previsto ser madre de momento. Y qui�n sabe si cuando quiera serlo voy a poder, o si no tendr� los hijos con otro.</p><p>En este punto, no se me ocurri� otra r�plica que guardar silencio. Y Chamorro dej� que el silencio se prolongara. Al fin, os� romperlo:</p><p>���Va todo bien, Virginia?</p><p>Mi compa�era titube� un instante.</p><p>��S�, por qu� no iba a ir bien -dijo, afectando despreocupaci�n.</p><p>��Si en algo puedo ayudarte -ofrec�, aunque dudaba si deb�a.</p><p>��No pasa nada, de veras.</p><p>��Aprovecho para pregunt�rtelo ahora porque dentro de un rato tendremos compa��a. �Sigues sin querer contarme nada acerca de Anglada?</p><p>Una sonrisa desva�da asom� a su semblante.</p><p>��La verdad es que no tengo muchas ganas -respondi�-. Pero no es nada importante. Procurar� ser amable y portarme bien. Tranquilo.</p><p>��Est� bien. Pero espero que no dudes que puedes contarme cualquier cosa que te haga estar a disgusto, si la hay.</p><p>��No es por ti, por quien prefiero call�rmela. Sino por m�.</p><p>��Vale, no te lo digo m�s -me rend�, aunque con sus enigm�ticas respuestas no hab�a hecho sino acrecentar mi curiosidad m�s malsana.</p><p>Llegamos a la casa-cuartel a la ca�da de la tarde. All� nos esperaban el sargento primero y una Anglada que mal disimulaba la ansiedad por saber lo que nos hab�a deparado la entrevista con Margarethe von Amsberg. No la hice sufrir demasiado. Sin llegar a detallarle exhaustivamente todo lo que nos hab�a contado la madre de Iv�n, ni mucho menos las impresiones que a partir de ello hab�a obtenido, la puse en antecedentes de todo lo que me pareci� indispensable que supiera. Hay quien sigue la t�cnica de escamotear informaci�n a sus colaboradores, para llevarles siempre una cierta ventajilla. Nunca he cre�do que �sa sea una manera v�lida de abordar una investigaci�n policial. Todos los cerebros que puedan ponerse a procesar informaci�n, sin perjuicio de la discreci�n con que deba actuarse, siempre son pocos.</p><p>Contrastamos con Nava y con Anglada la lista de nombres que tra�amos. A algunos los conoc�an, a otros no. Varios hab�an sido interrogados en el curso de la primera investigaci�n. Con otros no se hab�a hablado, que ellos supieran. Nava puso en duda la Habilidad de alguno de los que Margarethe suger�a que pod�an proporcionarnos pistas sobre la autor�a del crimen:</p><p>���se es un yonqui bastante matado, me parece a m�. Pero oye, supongo que no hay que dejar nada por explorar.</p><p>���Y el ex novio de la madre, ese Stammler? -pregunt� Chamorro.</p><p>��No s�. Le conozco de vista, pero no puedo decirte.</p><p>En vista de la hora, no me pareci� que pudi�ramos hacer mucho m�s que organizamos para el d�a siguiente. Me dirig� a Anglada:</p><p>��Ma�ana vamos a dividirnos. A primera hora, t� te vas a ver a Stammler. En el puerto, nos dijo que pod�amos encontrarlo. Mientras tanto, Chamorro y yo nos vamos a hacer una visita a alguien que tampoco creo conveniente que te vea a ti. Luego nos reunimos y vemos c�mo podemos abordar el resto de la lista. Ah� prefiero tenerte a mano, ya que conoces a algunos.</p><p>Anglada, por lo que pude advertir, no se daba mucha ma�a para ocultar cu�ndo algo la contrariaba. Aunque en su rostro hab�a una esforzada sonrisa, la irritaci�n era perceptible en su mirada y en el tono con que dijo:</p><p>��Encantada de serte �til en algo, mi sargento. S�lo para mi informaci�n, �puedo preguntar qui�n es esa otra persona que no conviene que me vea?</p><p>Me retaba, y acept� el reto. Incluso jugu� un poco:</p><p>��No me digas que no lo adivinas.</p><p>��Debo de estar un poco lenta. �Tendr�a que ser capaz?</p><p>��Tal vez. Se trata de un testigo clave. Por eso quiero ir a verle ma�ana a primera hora, sin retrasarlo m�s. El ex concejal G�mez Padilla.</p><p>Nava solt� un bufido.</p><p>��No esperes que te reciba con los brazos abiertos -avis�-. Es m�s, prep�rate para que te exija una orden judicial, si te identificas como guardia. No pertenece a la asociaci�n de amigos de la Benem�rita, ya te lo imaginas.</p><p>��Bueno -dije-. En peores plazas hemos toreado. Hay que probar.</p><p>Aquella noche, despu�s de cenar, y ya que me hab�a resignado, por necesidades del servicio, a caerle transitoriamente mal a Anglada, le ped� que nos llevara a Chamorro y a m� a una intempestiva excursi�n. Montamos los tres en el Opel Corsa y nos dirigimos hacia el coraz�n de la isla. Era una noche de luna crecida, como aquella fat�dica en la que Iv�n hab�a visto interrumpido su viaje vital. Pudimos contemplar las monta�as a una luz parecida a la que hab�a permitido a Anglada y Siso ver pasar aquel BMW rojo. Le ped� a Ruth que me indicara el lugar donde estaban apostados, y luego que pusiera rumbo hacia el t�nel. Antes de que la boca oscura nos engullera, la temperatura era tan agradable como para llevar las ventanillas del coche bajadas. Ya en el t�nel, se hizo apetecible subirlas. Chamorro y Anglada cerraron las suyas, pero yo mantuve la m�a como estaba. Cuando salimos al otro lado, una bocanada de niebla me golpe� el rostro. Anglada me hab�a hablado del contraste, pero vivirlo era otra cosa. La aparici�n, en medio de la noche, de aquel bosque fantasmag�rico, casi irreal en su pasmosa proximidad al paisaje semides�rtico que hab�a al otro lado del t�nel, fue una de las impresiones m�s rotundas que jam�s me haya producido paraje alguno. Anglada dijo:</p><p>��Ah� la ten�is, la lluvia horizontal. Las nubes bajas que arrastran los alisios y que al estrellarse contra este lado de la isla mantienen viva la laurisilva. Esto ya es el parque nacional. El escenario del crimen. No me negar�is que se trata de eso que llaman los cursis un marco incomparable.</p><p>La humedad lo impregnaba todo. Cre� ver hayas, sabinas, laureles. Como el resto de �rboles que compon�an aquel ins�lito bosque, aparec�an cubiertos de un musgo chorreante, que la luz de los faros descubr�a s�lo en una �nfima parte de su esplendor. Los �rboles se entrelazaban unos con otros, formando una masa densa, entre la que casi parec�a imposible pasar. Por otra parte, el terreno al que se agarraban estaba bastante inclinado; a la derecha de la carretera descend�a, y a la izquierda parec�a echarse encima de ella. No era una calzada amplia, desde luego: pod�a representarme ahora con exactitud las dificultades que hab�a presentado aquella persecuci�n nocturna. Anglada conduc�a impasible, o quiz� disfrutando de nuestro asombro. Siempre produce un irreprimible placer asistir al deslumbramiento de otro ante algo que uno conoce de antes. Su mirada estaba fija en la carretera y en la niebla que la difuminaba ante sus ojos. Resulta ingrato, manejar un coche contra la niebla, pero a ella no parec�a producirle aspaviento alguno.</p><p>Al llegar a una bifurcaci�n, Anglada torci� a la izquierda. Le hab�a pedido que reprodujera el camino que hab�a seguido el asesino, hasta el lugar donde hab�a aparecido el cad�ver. Y una vez que nos apartamos de la carretera general, se complicaba bastante. Se hac�a m�s empinado y a�n m�s estrecho. Anglada, sin embargo, permanec�a relajada y sonriente. Habr�ase dicho que le resultaba divertido, empujar aquel precario veh�culo contra las dificultades, por lo que pon�a a prueba su pericia como conductora.</p><p>Al cabo de unos quince minutos, llegamos a un recodo y Anglada detuvo el coche. Busc� con la mirada. Al fin vio algo, y quit� el contacto.</p><p>��Ah� est� -dijo-. La marca. Como pod�is imaginar, tuvimos que hacer una, porque si no, cualquiera se aclara aqu�.</p><p>Bajamos del coche. Anglada tom� la cabeza.</p><p>��Por all�. Aquel �rbol con la pintura blanca. �sa es la se�al.</p><p>Llegamos junto al �rbol. Anglada le dio una palmada al tronco.</p><p>��Desde aqu�, todo tieso. Unos cincuenta o sesenta metros. Suficiente, teniendo en cuenta que est� prohibido salirse de la carretera.</p><p>��Vamos -dije.</p><p>��Nos vamos a llenar de barro -advirti� Anglada.</p><p>��Luego nos limpiamos.</p><p>��Como t� digas, mi sargento.</p><p>Nos internamos en el bosque, precedidos por Anglada y el haz de luz de su linterna. Visto desde dentro, no era tan impenetrable como parec�a desde fuera. La niebla tampoco era tan espesa, una vez all�. Pero no se trataba, ni mucho menos, de un terreno c�modo para arrastrar un cad�ver. Requer�a fuerza y decisi�n. Aparte de una cierta seguridad sobre d�nde se pon�a el pie. El bosque, de noche, no dejaba de resultar intimidante. Anglada se detuvo en un lugar que no se distingu�a en nada del resto. Salvo por la mancha de pintura blanca que hab�a en el tronco de un laurel.</p><p>��Aqu� est�. La otra se�al. Ah� lo encontramos.</p><p>Observ� el sitio. Me coloqu� donde hab�a estado tendido el cuerpo de Iv�n y mir� alrededor, hacia arriba. La niebla flotaba, desle�da, sobre mi cabeza. Pens�, no s� por qu�, en que a todos nos pasaba lo mismo. Todos nacemos de un golpe de luz, y todos acabamos engullidos por la niebla que poco a poco nos va helando el coraz�n. Pero a algunos, como al pobre Iv�n L�pez, los traga m�s deprisa. Al amparo de aquella niebla lo hab�an derribado, y mientras la ve�a sobre m� no pude evitar figurarme que el responsable, embozado a�n en ella, nos vigilaba y se re�a de nuestro empe�o.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 9 EL SACO DE LASTRE</p></title><p>Aquella noche, despu�s de nuestro paseo por el parque, nos fuimos temprano a la cama. Al menos me fui yo, y recomend� a mis dos compa�eras que siguieran mi ejemplo; luego cada una har�a en su habitaci�n lo que le apeteciera. No siempre puede uno dormir lo que debe, y para trabajar con la cabeza, que considero, pese a todo, que es mi mejor herramienta de trabajo, no hay mayor higiene que regalarse de vez en cuando un sue�o como Dios manda, de ocho horas. Durante algunos minutos, despu�s de meterme en la cama, se agolparon en mi cerebro las impresiones del d�a. Pero poco despu�s me pudo el cansancio y ca� a un pozo negro. All� estuve, ebrio de quietud y placer, hasta que se desencaden� la melod�a del tel�fono m�vil.</p><p>Llegu� el primero, debidamente aseado y afeitado, al comedor. Me prepar� sin prisa un desayuno abundante y me sent� a esperar a mis compa�eras mientras daba cuenta de �l y de un caf� mejorable, pero digno.</p><p>La siguiente en bajar fue Anglada. Reci�n duchada, su cabello negro y rizado, a�n h�medo, la volv�a poderosamente sensual. La mirada, por completo despierta, le sumaba contundencia. Y sus movimientos, de esa elegancia felina tan proverbial, pero que de vez en cuando se da, qu� se le va a hacer, terminaban de redondearla como la ayudante m�s inadecuada para mantener la concentraci�n en lo que se supon�a que deb�a ocuparme. Es posible, claro, que el problema estuviera en m�. Como ya dec�a Jung, que se jactaba de conocer a fondo el alma humana, y por la importancia que le dieron, algo deb�a de saber, qui�n puede hoy tener la seguridad de que no es un neur�tico. Hay que convivir tranquilamente con esa posibilidad, y desear que la neurosis que a uno le toca sea benigna y hasta cierto punto gozosa. Mientras supiera comportarme de forma cauta, aqu�lla no era de las peores.</p><p>��Buenos d�as -dijo Anglada, sonriente-. �Qu� tal?</p><p>��Aqu�, poni�ndome morado -repuse-. No suelo tener ocasi�n de probar un buffet de desayunos tan bueno como �ste.</p><p>��Tampoco ser� para tanto.</p><p>��Creo que s�lo he estado otra vez en un hotel de cuatro estrellas. Una vez que me invit� un compa�ero rico de la facultad. Pero te estoy hablando de mi juventud, o sea, all� por 1914. Ya ni me acuerdo.</p><p>���Qu� buscas que te diga, que no eres tan mayor, mi sargento?</p><p>No s� si puedo describir apropiadamente el tono con que dijo aquello. A cada paso me lo dejaba advertir: era una predadora peligrosa. Y yo, en vez de evitar la amenaza, me pon�a a tiro. Supongo que para un espectador neutral yo habr�a venido a ser como uno de esos cervatillos que en los documentales sobre naturaleza trucados (o sea, casi todos) esperan, con una patita atada, a que venga el ave rapaz para clavarle las garras en el lomo y liquidarlo ante las c�maras. Trat� de retroceder a un lugar seguro:</p><p>��No hace falta que me digas nada. Ya s� yo lo mayor que soy. Me lo dice cada ma�ana el crujido de mi espinazo cuando me pongo en pie.</p><p>��A lo mejor no es la edad, sino que has levantado algo que no deb�as.</p><p>�Lo dec�a con doble sentido? Tem� que s�.</p><p>��A lo mejor -lo dej� correr.</p><p>��Voy a cogerme algo.</p><p>Volvi� a los dos minutos, con un mont�n de fruta y un trozo de queso blanco. Los restos pringosos de mis huevos revueltos con bacon y salchichas me observaron desde el plato, ominosamente reprobadores.</p><p>��As� que fuiste a la facultad -dijo, mientras atacaba una pera.</p><p>��S�, en otra vida.</p><p>���Y qu� hiciste?</p><p>��El indio. Psicolog�a.</p><p>���Y por qu� el indio?</p><p>��Nadie conoce a nadie. Ni mucho menos puede resolverle la papeleta cuando la vida se tuerce. Nadie va a darte la poci�n m�gica que acabe con tus problemas. O te salvas solo, o solo te hundes. Porque nadie, por mucho que te sermonee, est� nunca a tu lado para mirarle la cara al drag�n.</p><p>��Guau, qu� duro.</p><p>��Bueno, llev�ndolo un poco al l�mite, as� es. O eso creo.</p><p>��Y luego te hiciste guardia. Vaya cambio, �no?</p><p>��Ps�. No soy el �nico. Conozco a m�s desertores de la psicolog�a metidos a picoletos. Incluso a algunos que la estudiaron despu�s de entrar.</p><p>��Bueno, quiz� ayuda, conocer los trastornos mentales, para enfrentarse a la delincuencia. Hay quien cree que todo criminal es un perturbado.</p><p>��Yo creo otra cosa.</p><p>���Cu�l?</p><p>La mir�. Dud� si responder lo que mi mente me dictaba. Lo hice.</p><p>��Lo que yo creo es que todos somos unos perturbados. As� que eso, en el fondo, tampoco marca ninguna diferencia. Importa m�s aprender a conocer los mecanismos que suele seguir el delito. Y los rastros que deja.</p><p>Anglada me observ�, reflexiva. Ya sab�a yo que no estaba pensando en la parte del delito y sus rastros. Por eso no me sorprendi� cuando dijo:</p><p>��Seg�n eso, t� tambi�n eres un perturbado.</p><p>��No sabes hasta qu� punto.</p><p>��Y yo.</p><p>��No s� hasta qu� punto.</p><p>Cuando Chamorro lleg� nos encontr� as�, sosteni�ndonos mutuamente la mirada con una sonrisa c�mplice. Carraspe� un poco antes de decir:</p><p>��Buenos d�as, �qu� es lo divertido?</p><p>Respondi� Anglada, r�pida:</p><p>��Nuestro sargento me estaba contando su experiencia como psic�logo.</p><p>��No le hagas caso -recomend� Chamorro, mientras depositaba sobre el mantel la llave de su habitaci�n-. Si es verdad que termin� esa carrera, que yo a veces lo dudo, me temo que le perjudic� m�s que otra cosa.</p><p>��Vaya, gracias -dije.</p><p>��L�rgale alguna de esas frases que me largas a m� de Jung, o de Freud, o mejor de ese pirado franc�s, ese tal Jack no s� cuanto�</p><p>��Jacques Lacan -anot�.</p><p>��Uf, �se es dinamita pura. Venga, dile algo, y que ella juzgue.</p><p>��Lo siento, pero no soy una pulga amaestrada -repliqu�-. Y te hago notar que nunca te he dicho que est� de acuerdo con ellos.</p><p>��Cuando algo se te queda en la memoria, por algo es -insinu�.</p><p>��Pues mira, eso que acabas de decir podr�a firmarlo Freud.</p><p>��Todo se pega -se exculp� Chamorro, y�ndose por su desayuno.</p><p>Tambi�n se cogi� fruta, y un yogur natural. Me fastidiaba, en cierto modo, que las dos fueran tan saludables. Y encima mujeres, y j�venes. Para terminar de proclamar mi inferioridad, y revolearme un poco en ella, como a�n ten�a algo de hambre, fui a procurarme unos chorizos fritos.</p><p>Acercamos primero a Anglada al puerto, para que pudiera hablar con Udo Stammler, el ex novio de Margarethe von Amsberg. Chamorro y yo necesit�bamos el coche para llegar hasta la casa de Juan Luis G�mez Padilla. El ex concejal, despu�s de su absoluci�n, se hab�a mudado a una localidad tur�stica al otro extremo de la isla. Pod�a entenderse, que quisiera poner tierra de por medio. Antes de bajarse del coche, Anglada calcul�:</p><p>��Acabar� con Stammler, si le pillo, mucho antes de que vosotros est�is de vuelta. �Quieres que vaya avanzando algo por otro lado?</p><p>��S� -dije-. Averigua d�nde podemos encontrar a todos los de la lista. Y si te surge la oportunidad de ir tanteando a alguno, lo dejo a tu criterio.</p><p>��Muy bien. Suerte.</p><p>Anglada cogi� su bolso de cuero, resistente y castigado por el uso, y sali� a cumplir disciplinadamente con la misi�n que le hab�a encomendado. Su contrariedad de la v�spera parec�a haberse esfumado durante la noche.</p><p>Para llegar a donde ahora viv�a G�mez Padilla, hubimos de recorrer, en parte, la ruta que nos hab�a llevado a la casa de la madre de Iv�n. Luego seguimos camino hacia el extremo m�s occidental de la isla. Chamorro, que iba leyendo en el asiento del copiloto la gu�a cuyo mapa nos serv�a para orientarnos, me ilustr� acerca de las caracter�sticas del lugar.</p><p>��Viene a ser el segundo centro tur�stico de la isla. Importante colonia alemana. Tiene puerto, y seg�n dice aqu�, cuenta con uno de los lugares pioneros del nudismo en territorio espa�ol. La Playa del Ingl�s.</p><p>��Bueno, si nos queda un rato libre y te apetece� -brome�.</p><p>Chamorro me observ� con un gesto suspicaz.</p><p>��No, gracias. Ya sabes que soy demasiado tradicional para disfrutar quit�ndome la ropa en p�blico. Aunque te parezca rancia y remilgada.</p><p>Procur� sacar la pata con delicadeza:</p><p>��No me lo pareces. Sabes que tampoco yo acertar�a a estar muy suelto.</p><p>Hay cosas sobre las que es mejor hablar de menos que de m�s. Seguimos un buen rato en silencio, y luego reanud� la conversaci�n sobre cuestiones triviales relacionadas con el trabajo. Uno de los asuntos que surgi� fue el del padre de Iv�n. Tuve una idea. Le dije a Chamorro que llamara a la unidad y que le pidiera a quien le cogiera el tel�fono que nos hiciera una gesti�n ante el consulado espa�ol en Caracas. Si el padre de Iv�n hab�a emigrado a Venezuela, no era seguro, pero tampoco improbable, que se hubiera registrado all�. Chamorro le dio a la guardia Salgado, que fue quien descolg� el tel�fono en Madrid, el nombre y los dos apellidos que le adjudicaba al padre de Iv�n la ficha de identidad del difunto. Pude o�r a Salgado prometerle que har�a la averiguaci�n en seguida. Una vez resuelto esto, nos enfrascamos en la b�squeda de la direcci�n que nos hab�an dado, lo que tuvo su complicaci�n. Con ayuda de las indicaciones de un par de paisanos, llegamos hasta all�. No era una casa peque�a, pero resultaba poco llamativa. G�mez Padilla, cerrada su etapa de personaje p�blico, prefer�a no hacerse notar mucho.</p><p>Pulsamos el timbre que hab�a junto a la cancela exterior. Durante medio minuto, no pas� nada. Iba a insistir cuando la puerta principal se abri�, al fin. Habr�a unos diez metros, desde la valla. Una mujer surgi� en el umbral.</p><p>���Qu� desean? -pregunt�, con fuerte acento isle�o.</p><p>��Queremos hablar con el se�or G�mez Padilla -dije-. �Est�?</p><p>���Qui�nes son ustedes?</p><p>��Guardia Civil -respond�, sabiendo lo que eso significaba.</p><p>A la mujer se le demud� el semblante.</p><p>��Un momento -dijo, y cerr� la puerta.</p><p>��Empezamos bien -opin� Chamorro.</p><p>Transcurri� otro medio minuto. Cuando volvi� a abrirse la puerta, apareci� ante nosotros un hombre alto, al que conoc�a. Por fotograf�as, s�lo, pero me bast� para identificarlo. G�mez Padilla nos observ�, inm�vil, durante unos segundos. Luego, sin prisa, como quien acomete a su pesar, pero resignado, un deber molesto, ech� a andar hacia nosotros.</p><p>Cuando estuvo a cosa de un metro de la valla, se detuvo. Ten�a el gesto crispado. Su mirada, sin embargo, parec�a m�s fatigada que furiosa.</p><p>��No les conozco -dijo al fin. En su habla hab�a s�lo un leve deje insular.</p><p>��No -le confirm�-. Soy el sargento Vila, y �sta es mi compa�era, Virginia. Venimos de Madrid. Trabajamos en la unidad central.</p><p>���Y qu� quieren, ahora?</p><p>��Hablar con usted.</p><p>G�mez Padilla me mir� con detenimiento. Pocas veces lo sientes, cuando act�as en el papel de polic�a, pero con �l lo sent�: el concejal estaba tratando de ver, por encima de lo dem�s, qu� clase de hombre ten�a enfrente.</p><p>���Y si le digo que espere hasta que venga mi abogada?</p><p>��Est� en su derecho -reconoc�-. Ni siquiera tiene que abrirme esta puerta. No traigo orden de ning�n juez, ni tengo ninguna otra posibilidad legal de traspasarla, ahora mismo. Le pido que nos haga el favor de atendernos.</p><p>���Por qu� cree que va a apetecerme hacerle un favor, sargento?</p><p>La pregunta era agresiva, pero su gesto no. Desde hac�a dos a�os, infer�, G�mez Padilla hab�a desarrollado la capacidad de enfrentar la vida de una manera distinta; m�s estoica, y tambi�n menos impaciente.</p><p>��No creo que le apetezca mucho -respond�, con precauci�n-, pero pienso que acaso le convenga. Venimos con el objetivo de detener al que mat� al chico. Puede que seamos quienes van a probar su inocencia.</p><p>��Mi inocencia qued� probada en juicio.</p><p>��No probaron su culpabilidad -le correg�-. Es diferente.</p><p>��A m� me vale.</p><p>��Lo otro le valdr� m�s.</p><p>G�mez Padilla sonri� desganadamente.</p><p>���Eso cree, sargento?</p><p>��S�. Y si usted no tuvo nada que ver, y est� en mi mano dejarle limpio y echarle el guante al que le tendi� la trampa, me alegrar� hacerlo. Tanto si usted se aviene ahora a ayudarme, como si no. Pero hablar conmigo le dar� a usted una ventaja: poder contarle su versi�n de los hechos a alguien que viene a examinarlos desde fuera y sin prejuicios de ninguna clase.</p><p>��Yo no tengo versi�n de los hechos. No estaba all�.</p><p>��Puede decirme cosas que me interesan, seguro.</p><p>G�mez Padilla volvi� a observarnos, primero a m�, luego a Chamorro. Se detuvo unos instantes en ella. Sin dejar de mirarla, pregunt�:</p><p>��Si me niego, �va a volver con una orden judicial?</p><p>Me mir� otra vez, dentro de los ojos. Era una prueba, quiz�.</p><p>��No -respond�-. Por ahora no.</p><p>El ex concejal alz� la vista y la dirigi� hacia el horizonte.</p><p>��Est� bien. Voy a abrirles.</p><p>Camin� sin prisa hacia la casa, entr� en ella y unos segundos despu�s son� el zumbido del resorte que destrababa la cancela. La empuj� y dej� pasar primero a Chamorro. G�mez Padilla esperaba ya en el umbral.</p><p>Nos invit� a cruzar, a trav�s de la casa, hasta el jard�n trasero. Nos ofreci� asiento en unas sillas de jard�n, bajo un toldo estampado a franjas verdes y blancas. No nos ofreci� nada m�s. Se sent� en una butaca, ostensiblemente m�s c�moda que nuestras sillas, y nos mir� con expresi�n melanc�lica.</p><p>��Usted dir�, sargento.</p><p>En ocasiones, aqu�lla era una, no celebro especialmente tener que hacer lo que tengo que hacer. Me pasa cuando me resulta evidente que me encargo de algo de lo que nadie querr�a encargarse. En esa tesitura, contra lo que pudiera parecer, me siento m�s impelido a cumplir con mi misi�n. Es una especie de orgullo. Soy yo el que est� ah�. El que tiene que hacerlo. El que lo va a hacer, y va a conseguir, por a�adidura, que sirva para algo.</p><p>��Se�or G�mez Padilla -empec� a decir, con decisi�n.</p><p>��No me llame as�, por favor. Me recuerda cuando me nombraban para las votaciones en los plenos. Juan vale. Y ahorrar� saliva.</p><p>Una fina iron�a asomaba de pronto a sus facciones tristes.</p><p>��Est� bien. Juan. Ante todo, no quisiera hacerle perder el tiempo m�s de lo indispensable, ni tampoco molestarle m�s de lo que me temo que es inevitable que le moleste el asunto que nos trae a verle esta ma�ana.</p><p>��Es usted muy amable, sargento -brome�-. Siento que no le encargaran esto a usted desde el principio. Veo que me habr�a enviado a la c�rcel mucho m�s educadamente que sus compa�eros. Siempre resulta un alivio.</p><p>Ten�a derecho a ser sarc�stico. Ya fuera inocente o no, lo hab�a pagado a buen precio: un a�o largo en el trullo. Segu�, sin dejarme alterar:</p><p>��En fin, no le importar�, s�lo con esa intenci�n, que no me pierda en muchos rodeos y que entre en materia directamente.</p><p>��Al contrario. Se lo agradecer� mucho.</p><p>Busqu� yo ahora sus ojos. No me cost� encontrarlos.</p><p>���Por qu� cree que intentaron colgarle un asesinato que no cometi�? -le pregunt�, deteni�ndome en �colgarle�.</p><p>��No tengo ni la m�s remota idea -dijo, sereno-. Pero supongo que el que lo hizo prefer�a que otro fuera a la c�rcel por �l, y le parec� una buena cabeza de turco. Y hasta cierto punto, estar� usted conmigo en que acert�.</p><p>���Tampoco se le ocurre qui�n pudo organizar el montaje para imputarle?</p><p>G�mez Padilla se encogi� de hombros.</p><p>��Pues la verdad, no ser� porque no he pensado sobre ello. Minuto a minuto, durante cuatrocientos diecis�is d�as. Y un poco menos intensamente, en el �ltimo a�o, pero sigo pregunt�ndomelo. En balde.</p><p>���No ten�a usted enemigos?</p><p>G�mez Padilla solt� una risa seca.</p><p>��Claro, sargento. Llevaba once a�os en pol�tica. Ten�a enemigos a espuertas. Dentro y fuera de mi partido. Y como es l�gico, y por la cuenta que me tra�a, los ten�a fichados y ten�a tambi�n mis c�lculos sobre el peligro que cada uno pod�a representar para m�. Algunos eran p�jaros de cuenta. He denegado licencias para clubes de putas y otros negocios jugosos, a individuos que no eran precisamente angelitos. No digo que alguno no se hubiera atrevido a montar algo contra m�. Qu� s� yo, tratar de drogarme una noche y ponerme en los brazos una chica para sacarnos unas fotos. A eso se atreve cualquiera, dentro de lo que cabe. Pero estamos hablando de otra cosa. De degollar a un chaval, robar un coche, mancharlo con la sangre del muerto y hacer luego una llamada telef�nica para que se lo carguen a otro.</p><p>���Puedo pedirle el nombre de las personas a las que deneg� esas licencias que me dice? -pregunt�.</p><p>��Buf. Si le doy la lista completa, no acabamos en toda la ma�ana. Puede investigar a todos los promotores inmobiliarios y a todos los propietarios de clubes de alterne de la isla. Cualquiera tiene algo contra m�. Pero no se me ocurre uno solo con las agallas para organizar un asesinato.</p><p>���Tampoco alguno que le pudiera odiar m�s que otros?</p><p>��No, sargento. Y cr�ame que para m� tendr�a tanto inter�s como para usted poder darle alg�n nombre. Pero me parece una imprudencia d�rselo a voleo. No estoy tan lleno de rencor como para hacerlo, todav�a.</p><p>Reflexion� durante un instante sobre lo que acababa de decir. Fue el propio G�mez Padilla el que me arranc� de mis pensamientos:</p><p>���De veras cree que �se es el camino?</p><p>���Cu�l? -dije, descolocado.</p><p>��Si cree que el importante aqu� soy yo. Que quienquiera que lo hiciera lo que pretend�a era hundirme a m�.</p><p>��Ni lo creo ni dejo de creerlo -dije-. Es pronto para que descarte nada.</p><p>��No se equivoque -me aconsej�-. Yo no soy nadie, en este asunto. Mataron al chico, por lo que fuera, y luego yo les vine bien para taparlo. Nada m�s. Tuve la mala suerte de que pasaba por all�, eso es todo.</p><p>��Tampoco eso parece muy normal, �no? -dijo Chamorro.</p><p>��No, pero yo me puse a tiro. O me pusieron. El resultado pr�ctico es el mismo. Era bastante notoria mi aversi�n hacia el muerto. La hab�a demostrado ante testigos. Lo supieron de alguna manera, tampoco es dif�cil enterarse de esa clase de cosas en un lugar peque�o, y lo planearon todo. El asesinato y el montaje para convertirme en el chivo expiatorio. Fueron inteligentes, eso no puedo negarlo. Porque como chivo expiatorio, a la vista est�, yo era poco menos que insuperable. Hicieron una jugada maestra.</p><p>���Por qu� era usted insuperable? -pregunt�.</p><p>��Hombre, piense un poco. Un pol�tico en ejercicio, con responsabilidades de gobierno. Un padre ultrajado por la ligereza de su hija. Carnaza para los peri�dicos durante meses, lo que ya les garantizaba, de entrada, la m�xima distracci�n. Y poner en la picota a un sospechoso con la presunci�n de inocencia m�s disminuida creo que habr�a sido imposible.</p><p>��Sin embargo, ten�a coartada. Y eso le salv�, al final.</p><p>El ex concejal me mir�, reticente.</p><p>���Me salv�, de verdad? -dud�-. �Y qui�n me dice que no le han enviado a usted para tratar de romper esa coartada, buscar la forma de incriminarme otra vez y poner en marcha la revisi�n de la sentencia?</p><p>��Yo se lo digo -respond�-. Hemos venido a resolver el crimen, si podemos, nada m�s. Y usted tiene mucha ventaja respecto de cualquier otro sospechoso. Una sentencia que declara que no es culpable.</p><p>��En todo caso -retom� el hilo de su razonamiento-, a quien dise�ara la maniobra le sali� redonda. Durante a�o y medio se me persigui� a m�. Y ahora, cuando parece que desentierran el asunto envi�ndolos a ustedes, ya han pasado m�s de dos a�os. Lo tiene usted crudo, para pillarle.</p><p>��En eso debo darle la raz�n -admit�-. Pero el final de esta historia no est� escrito, todav�a. Hay asesinatos que se han resuelto al cabo de m�s de dos a�os. No puedo decirle que seamos los mejores polic�as del mundo, pero cabezotas s� que somos. No nos rendiremos as� como as�.</p><p>Si G�mez Padilla era el asesino, mis palabras representaban una amenaza para �l. Las acogi� con una mueca de incredulidad.</p><p>��Siguiendo con lo que antes nos estaba diciendo -prosegu�-, �se le ocurre por qu� pod�a alguien querer matar a Iv�n L�pez?</p><p>Esta vez, G�mez Padilla ri� abiertamente.</p><p>��Como saben de sobra, se me ocurre por qu� habr�a querido matarlo yo, si entrara en mis esquemas quitarle la vida a otro ser humano. Pero -recobr� aqu� la seriedad-, no le conoc�a lo suficiente como para poder imaginar por qu� otro quiso rebanarle el pescuezo. Todo lo que s� es lo que mi abogada aport� en el juicio. No era el hijo que cualquiera desea tener. En cuanto a la chusma concreta con la que ten�a tratos, era ajena a mi c�rculo.</p><p>��Hay una cuesti�n un poco embarazosa por la que no tenemos m�s remedio que preguntarle -intervino valiente y oportunamente Chamorro.</p><p>��Dispare, se�orita. Hace dos a�os que perd� la verg�enza que pudiera quedarme. La vida ya no me permite mantener ese lujo.</p><p>���C�mo de intensa fue la relaci�n entre el muerto y su hija?</p><p>G�mez Padilla medit� su respuesta.</p><p>��Me temo que todo lo intensa que puede ser una relaci�n entre un hombre y una mujer, llam�mosles as� al uno y a la otra. Larga, no demasiado, dice ella. Pero tengan en cuenta que todo suced�a a mis espaldas, salvo cuando tuve la dudosa fortuna de sorprenderles, que fue un par de veces.</p><p>��Nunca habl� usted con �l -deduje.</p><p>��Nunca de otro modo que a gritos.</p><p>���Le plant� �l cara alguna vez?</p><p>��La �ltima. Cuando tuve la poco ingeniosa ocurrencia de jurarle que si volv�a a verle con mi hija le iba a arrancar el h�gado.</p><p>���Qu� opini�n tiene usted del difunto, dejando aparte las razones por las que tuvieron esos enfrentamientos?</p><p>��No puedo dejarlas aparte, sargento. Creo que era un pichabrava y me temo que un poco oligofr�nico. Sin acritud. Que en paz descanse.</p><p>Con eso quedaba claro que si en algo faltaba G�mez Padilla a la verdad, no era por hipocres�a, ni mucho menos por diplomacia.</p><p>��Espero que entienda lo que voy a pedirle ahora, Juan -dije.</p><p>��Vaya, intuyo que no va a gustarme su petici�n -coligi�.</p><p>��Querr�amos hablar con su hija. Podemos hacerlo sin su consentimiento, pero por una v�a que preferir�a no utilizar. Es menor de edad y me parece lo m�s apropiado y deseable que su padre nos autorice.</p><p>G�mez Padilla asinti�, con gesto desesperanzado.</p><p>��Gracias por su consideraci�n. Pero la verdad es que ser�a por mi parte bastante rid�culo oponerme. S�lo puedo mantener mi oposici�n durante dos d�as. Mi hija cumple pasado ma�ana dieciocho a�os.</p><p>Ech� cuentas. S�, pod�a ser, desde luego. No me constaba que Desir�e tuviera quince a�os justos en la fecha del crimen. S�lo que no hab�a cumplido diecis�is. Y hab�an pasado dos a�os y tres meses desde entonces.</p><p>��En cualquier caso, espero que no tenga inconveniente -dije.</p><p>��No -respondi�-. Le viene bien enfrentarse a las consecuencias de sus actos. A lo mejor as� es un poco m�s precavida, en lo sucesivo. Despu�s de todo es mi hija y me gustar�a que alguna vez se convirtiera en una mujer con la cabeza sobre los hombros. La �nica dificultad que voy a ponerles para interrogarla es que la mand� hace un a�o fuera de la isla.</p><p>���A d�nde? -inquir�, sin poder ocultar mi preocupaci�n.</p><p>��No teman. No demasiado lejos. A La Palma. La met� a trabajar en el hotel que tiene all� un amigo m�o. Por si el esfuerzo la ayudaba a reflexionar o por lo menos le serv�a para quitarle las energ�as sobrantes. Y tambi�n, como comprender�n, me parec�a recomendable sacarla de aqu�.</p><p>���Nos dar� la direcci�n de ese hotel? -consult� Chamorro.</p><p>��Claro. Les dar� una tarjeta, para que tengan tambi�n los tel�fonos.</p><p>Se levant� y regres� al cabo de un par de minutos con la tarjeta prometida. En su ausencia, no intercambi� palabra alguna con mi compa�era. Siempre pod�a haber alguien escuchando. Nos lo dijimos con los ojos: o lo hab�amos hecho muy bien, o aquello no era tan dif�cil como tem�amos.</p><p>��Aqu� tienen -me tendi� la tarjeta-. Si llaman y preguntan por ella, antes de las cinco, la localizar�n casi con seguridad. Les he apuntado detr�s mi tel�fono, por si lo necesitan para algo. No vengo en la gu�a y a lo mejor les iba a costar un poco dar con �l. Les ahorro las pesquisas.</p><p>��Gracias -dije-. Creo que no debernos robarle mucho m�s tiempo. Y le agradezco mucho su colaboraci�n. Sinceramente.</p><p>G�mez Padilla mostr� las palmas de sus manos.</p><p>��Mire -explic�-, para llevar adelante esto de la mejor manera posible, he procurado volverme un hombre pr�ctico. Lo que puedo evitar, lo evito. Lo que tarde o temprano ha de pasar, que pase cuanto antes.</p><p>Le di mi tarjeta, con el n�mero de mi tel�fono m�vil manuscrito.</p><p>��Tambi�n le agradecer�a que me llamase, si le parece de pronto que alguna de esas personas que ten�an razones para no quererle podr�a ser m�s sospechosa que las dem�s. O si lo cree necesario por cualquier otra raz�n.</p><p>��Descuide. Pero no espere mucho m�s de lo que ya le he dicho.</p><p>El ex concejal nos acompa�� hasta la valla exterior de su casa. Por el camino, trat� de mantener con �l una conversaci�n m�s distendida. Pero sin desaprovechar la posibilidad de sacarle informaci�n que pudiera ser �til.</p><p>��Y ahora, �qu� hace usted? -pregunt�.</p><p>��Lo de siempre. Llevo mi negocio. No es gran cosa, no ha mejorado despu�s del asunto, pero he conseguido que no se hundiera. Podemos vivir.</p><p>��Debe de haber sido duro para usted, despu�s de tantos a�os en pol�tica.</p><p>G�mez Padilla acogi� mi suposici�n con una maliciosa sonrisa.</p><p>��Qu� va. Eso ha sido lo �nico bueno que he sacado de esta historia. Que me haya echado de la pol�tica. No s�lo por la mierda de vida que llevaba, sino por la gente que me rodeaba. Estas cosas sirven para conocerla, a la gente. Y lo que yo he visto, me ha revuelto las tripas.</p><p>���Por qu� dice eso?</p><p>El ex concejal pareci� querer explicarse mejor.</p><p>��No, no vaya a creerse que me he convertido en un c�nico -dijo-. Sigo creyendo lo que he cre�do siempre. Que el servicio a los dem�s es una de las tareas m�s nobles que puede realizar una persona. Pero por desgracia hay que pasar por las horcas de la pol�tica profesional. Por las que manejan los chacales que te apartan como un apestado, cuando te ves en apuros, y no por razones �ticas, sino por si puedes contagiarles la mala suerte.</p><p>G�mez Padilla hizo chascar la lengua.</p><p>��En fin, hay que comprenderles. Para triunfar en pol�tica hay que ser as�. Hay que tener vocaci�n de servicio p�blico, no digo que no. Hay que tener ideas, tampoco lo niego. Pero s�lo con eso no se llega a ninguna parte, dentro de un partido. Todos los que usted vea arriba, tienen otra cosa, que es lo que les empuja: la ambici�n, la determinaci�n constante de realizarla y la falta de escr�pulos suficiente como para apartar todo obst�culo que pueda estorbarles. Ya sea una idea, un prurito moral, un compa�ero. Los que no tienen la frialdad para deshacerse de cualquier lastre de ese tipo, no llegan, o caen tan pronto como han subido. Y no le hablo por hablar, sargento. Yo he sido as�, como le estoy contando. Hasta que me toc� ser el saco de lastre para otros y me arrojaron a la cuneta. As� tuve que aprender la lecci�n.</p><p>Muchas veces, me toca callarme lo que pienso sobre lo que me dicen. Cada uno en su lugar: ya que no he acertado a ser un h�roe ni un sabio, ni a redimir a la humanidad de los males que la aquejan, procuro al menos no salirme del tiesto. Pero me cost� no ofrecerle al concejal alg�n tipo de solidaridad. No por su desgracia, sino por el coraje con que se juzgaba a s� mismo. Estoy bastante aburrido, como cualquiera, de tropezarme con gente que se construye una visi�n del mundo con el �nico o primordial prop�sito de justificar lo que ha hecho o ha dejado de hacer en la vida. Si G�mez Padilla cre�a aquello, y no era una simple cortina de humo, ten�a m�rito.</p><p>Antes de despedirnos, quise expresarle de otra forma mi gratitud.</p><p>��S�lo quiero que sepa que si aqu� ha habido un error, no s�lo nos veremos en la obligaci�n de pedirle disculpas, sino ante todo, en la de enmendarlo -me compromet�-. Y que no dudaremos en hacer ambas cosas. Pero espero que entienda que este trabajo no siempre es tan f�cil como uno quisiera.</p><p>G�mez Padilla asinti�, cabizbajo.</p><p>��A pesar de todo, lo entiendo, sargento. Y le aceptar� las disculpas, como si me las pidiera su director general -aqu� volvi� a mirarme, y a�adi�, a rengl�n seguido-: O quiz� no. Quiz� me valgan m�s las suyas.</p><p>Aunque uno siempre puede equivocarse, al interpretar lo que dice otro, me pareci� algo m�s que un simple intercambio de cortes�as.</p><p>��Suerte -nos dese� el ex concejal-. De coraz�n.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 10 FISIOLOG�A MASCULINA</p></title><p>Nos reunimos con Anglada en el puerto, un poco despu�s del mediod�a. Nos estaba esperando en la terraza de una cafeter�a, tom�ndose una ca�a y un plato de aceitunas a la sombra de un gran quitasol. Pedimos un par de ca�as para nosotros a uno que pasaba con una bandeja en la mano. El camarero tom� nota del pedido con una desganada inclinaci�n de cabeza.</p><p>���Os recibi�? -pregunt� Anglada, apenas nos sentamos.</p><p>��S� -dije-. Y t�, �hablaste con Stammler?</p><p>��Aja. Y no s�lo con �l. Pero cu�ntame, �c�mo lo conseguisteis?</p><p>��Con educaci�n, con humildad. Por si te hab�a parecido otra cosa, yo nunca alucin� con las pelis de Starsky y Hutch -aclar�, con intenci�n.</p><p>Anglada capt� la alusi�n y la iron�a.</p><p>��El jefe es muy considerado con los sospechosos -explic� Chamorro-. Y en general puedo asegurarte que le funciona.</p><p>��Como todas las cosas �tiles que s�, la aprend� de otros, de los viejos de la unidad. El cari�o es el mejor camino para llegar al coraz�n, tanto de los ciudadanos decentes como de los malvados. Y de eso se trata.</p><p>���Y qu� os ha dicho? -pregunt� Anglada, apremiante.</p><p>��Que �l no lo hizo. Que no se le ocurre qui�n fue. Y que cree que a �l simplemente lo utilizaron, porque era el sospechoso perfecto para despistar a los investigadores, dados los malos t�rminos en que estaba con Iv�n.</p><p>Anglada asinti�.</p><p>��S�, �sa es la versi�n que ha sostenido desde el principio.</p><p>��No lo hace mal -juzgu�.</p><p>���Te ha convencido?</p><p>��A m� no me convence ni la Virgen de F�tima que se me aparezca, hasta que no haya comprobado lo que me diga por todos los medios a mi alcance. Pero tengo que admitir que ha defendido su historia con aplomo. Y con eso no digo nada m�s que lo que digo; he visto a muchos hombres contar la verdad tartamudeando y a m�s de un canalla mentir sin despeinarse.</p><p>��Es raro, lo del montaje para inculparle. Enrevesado -dijo Chamorro.</p><p>���Y por qu� lo iban a hacer, para vengarse? �De qu�? -dud� Anglada.</p><p>��Pero no es imposible, y el m�vil que �l alega es bastante s�lido -dije-. Apuntar la proa de la justicia hacia un sospechoso que tiene probabilidades de caer y que en todo caso distraer� la atenci�n poderosamente.</p><p>��Eso s� -admiti� Chamorro.</p><p>��En fin, tenemos su versi�n, ya le hemos visto la cara; y valoremos que se haya avenido a colaborar -recapitul�-. Por cierto. No pone pegas para que interroguemos a la hija, pero tenemos un problema. Est� en La Palma.</p><p>���Y eso? -se interes� Anglada.</p><p>��La ha alejado del epicentro. Se comprende. Est� trabajando, en un hotel. Lo m�s importante: tendremos que trasladarnos all�. �C�mo se va?</p><p>Anglada se lo pens� durante unos instantes.</p><p>��Lo m�s barato, barco a Tenerife y barco desde all�. Pero el segundo barco es un co�azo y adem�s no todos somos buenos marineros.</p><p>La burla fue moderada, considerando lo que pod�a haber sido. La encaj�.</p><p>��Lo m�s r�pido -sigui� diciendo Anglada-, es tomar el avioncito a Tenerife desde aqu� y luego otro avioncito desde Tenerife a La Palma. El mejor equilibrio velocidad-precio, barco a Tenerife y avioncito despu�s.</p><p>���Ten�is quien nos saque los billetes?</p><p>��Trabajamos con una agencia que tiene delegaci�n aqu�. Lo puedo montar de un d�a para otro. Y m�s r�pido si hace falta.</p><p>��Bien, la llamo, veo cu�ndo podemos quedar y te digo.</p><p>��A tus �rdenes.</p><p>Llegaron nuestras ca�as. Chamorro me lo hizo notar, se�al�ndose el reloj: quince minutos despu�s de haberlas pedido.</p><p>��Bueno, �y t� qu�? -examin� a Anglada.</p><p>Se ech� hacia atr�s. Con la espalda apoyada por completo, los codos en los brazos de la silla y los pies bien plantados en el suelo, dijo:</p><p>��Pues, no puedo quejarme, la verdad.</p><p>Le tir� un buen sorbo a la cerveza. Me habr�a gustado que estuviera m�s fr�a, pero vino bien. Hac�a calor. Dej� que bajara hasta el est�mago.</p><p>��A ver, escupe -la invit�.</p><p>Anglada se tom� un segundo para ordenarse. Luego se lanz�, sin titubeos:</p><p>��No estaba cuando fui a buscarlo. No s� si �sa es su costumbre, pero hoy Udo Stammler pas� de madrugar. Pregunt� por �l y me dijeron que esperase un poco, que seguramente vendr�a. A las diez menos cuarto ya hab�a unos cuantos alumnos por all�. Pero �l no se present� hasta las diez y diez. No le dej� tiempo de disculparse con los que le esperaban. Le puse la placa debajo de las narices y le dije que ten�a que hablar con �l. Trat� de zafarse, que si ten�a mucho trabajo, que si no pod�a ser un poco m�s tarde. Pero no le di cuartel, tampoco �l pon�a mucho convencimiento, y un par de minutos despu�s est�bamos a solas en el cuartucho que le sirve de oficina.</p><p>No s� si Anglada se complac�a en mostrarme que ella no ten�a tantos miramientos como yo con los sospechosos. Pero lo parec�a. La dej� seguir.</p><p>��Es un chico majo. Treinta y cuatro o treinta y cinco, rabiando. Bien formado, atl�tico, uno noventa. Moreno, ojos verdes. Un mu�eco. Margarethe se lo monta bien para buscarse ligues, por lo menos en cuesti�n de chapa y pintura. Lleva unos cuatro a�os en la isla y el espa�ol no lo habla muy all�. Pero creo que me entendi� lo que le preguntaba y se hizo entender en las respuestas, dentro de sus limitaciones. Por resumirte e ir al grano�</p><p>��No temas darme exceso de detalles -la interrump�.</p><p>��Como quieras. En cuanto a su testimonio -prosigui�-, le saqu� una serie de informaciones que pueden resultar curiosas, pensando mal. No s�lo que tuvo relaciones con Margarethe y que acabaron m�s bien regular, entre otros motivos por su hijo, a quien admite haber empleado durante un tiempo y haber despedido despu�s. Todo eso ya lo sab�amos. Seg�n me dijo, una de las razones por las que lo ech�, aparte de su incompetencia y su falta de amor al trabajo, fue porque le desapareci� dinero y tiene la �ntima convicci�n de que el mangante fue el bueno de Iv�n, aunque no pudo reunir pruebas para acusarle o poner una denuncia. Tambi�n piensa que el muchacho estaba bastante colgado, de hecho �l mismo tuvo que mandarlo a casa m�s de una vez por acudir al trabajo en no muy buenas condiciones. Respecto de si cree que Iv�n pudiera traficar, adem�s de consumir, cosa que le pregunt� expresamente, me dijo que ni lo afirma ni lo niega, que �l no tiene informaci�n para acusarle de eso, pero que no le extra�ar�a que lo hiciera, si se le ofrec�a la ocasi�n. No parec�a que nadie le hubiera ense�ado a tener demasiados escr�pulos respecto de nada, a�adi�. De todos modos, lo m�s llamativo es que durante toda la entrevista, que dur� una hora o as�, el tipo se mostr� bastante nervioso. Dudaba al contestar, se hac�a un l�o con las palabras.</p><p>��Puede que fuera s�lo su dificultad con el idioma -sugiri� Chamorro.</p><p>��Bueno, es posible. Para cerciorarme, le somet� a una peque�a prueba, al final. Le pregunt� si conoc�a a G�mez Padilla. Tard� en contestarme, pero dijo que s�, por su cargo, que era dif�cil no saber qui�n era viviendo aqu�. Desde cu�ndo, le apret�. Y aunque sobre este punto concreto dud� todav�a m�s, acab� respondiendo que desde hac�a varios a�os. Le ped� que precisara si desde antes de la muerte de Iv�n. Admiti� que s�. Por �ltimo, le pregunt� si sab�a de la enemistad que hab�a entre Iv�n y �l. Volvi� a dudar. Pero reconoci� haberle o�do algo a Iv�n, poco antes de que lo mataran. Algo sobre sus relaciones con la hija, ri�ndose del cabreo que ten�a el padre.</p><p>Observ� a Anglada. Parec�a querer decir algo de forma indirecta. Pero prefiero que la gente, sobre todo aquella con la que trabajo, se exprese con derechura. No conviene perder el tiempo cuando se investiga.</p><p>��Interesante -dije-. Pero vayamos un poco m�s all�. Por lo que has visto, �dir�as t� que Udo es un sospechoso veros�mil?</p><p>Anglada medit� antes de formular su apreciaci�n al respecto.</p><p>��Tiene la fuerza f�sica suficiente como para arrastrar a Iv�n por el bosque, vivo o muerto, eso puedes apostarlo -dijo-. No le ten�a especial aprecio. Y sab�a que el concejal tampoco le quer�a mucho. Ensamblando todas esas piezas, y el canguelo con que semejante tiarr�n contesta a las preguntas que le hace una d�bil mujer, alguna fantas�a alcanzo a concebir, no lo niego.</p><p>Sonre�, sin dejar de enfrentar su mirada.</p><p>��Ya. La cuesti�n es si alcanzas a concebir que alg�n juez de instrucci�n podr�a acompa�arte en tu fantas�a.</p><p>��La de aqu� es una juez -respondi�, con retranca-. A lo mejor me acompa�aba, por camarader�a femenina. Si es que eso existe.</p><p>��Vale, Ruth -dije, percat�ndome seg�n lo hac�a de que era la primera vez que la llamaba por su nombre de pila-. Hablo en serio.</p><p>Anglada adopt� una expresi�n circunspecta.</p><p>��El olfato no acaba de decirme que s�. Tampoco que no.</p><p>��Si puedo opinar -habl� Chamorro-, me parece un poco dif�cil que sea el culpable. El asesino no habr�a reconocido que estaba al tanto de la enemistad entre Iv�n y el concejal, cuando pod�a negarlo sin arriesgarse, si es algo que supo por una conversaci�n con el muerto. Y tampoco se habr�a explayado mucho sobre las razones por las que se llevaba mal con la v�ctima.</p><p>Anglada sopes� las palabras de Chamorro. Mir�ndola a ella, replic�:</p><p>��Eso depende de lo que calcule que podemos averiguar por nuestra cuenta. Si sabe o sospecha, como debe, que hemos hablado con la madre, le conviene no dejar de contarnos nada de lo que ella pueda habernos informado.</p><p>Como jefe del grupo, me correspond�a naturalmente el papel de arbitro. Opt� por la soluci�n aristot�lica, que es simple, acaso burda, pero que a lo largo de los siglos ha demostrado su eficacia para prevenir el error.</p><p>��Las dos ten�is raz�n en lo que dec�s -observ�-. Stammler no deja de ser una posibilidad, pero no creo que deba ser por ahora la preferente. Lo guardamos en la nevera hasta que tengamos el resto del cuadro.</p><p>��Me parece bien -dijo Anglada.</p><p>No estaba someti�ndome a su veredicto, y cre� que deb�a hac�rselo ver.</p><p>��Como si te parece mal -dije, en el tono m�s distendido posible-. Mientras contrastamos ideas, todos somos iguales y ning�n criterio vale m�s que otro. Ahora bien, a la hora de las decisiones, yo soy el sargento. Lamento tener que subrayarlo, pero es que luego es a m� a quien van a rega�ar.</p><p>��Desde luego -acat� Anglada, sumisa.</p><p>��Celebro que estemos de acuerdo -anot�, sin darle mayor trascendencia-. �Y qu� m�s te ha dado de s� la ma�ana?</p><p>Anglada abri� su bloc. Era un bloc de anillas, alargado. Su caligraf�a era briosa y un tanto desordenada, no demasiado legible.</p><p>��He trabajado un poco la lista -dijo-. Tengo algunas direcciones que nos faltaban, y he charlado con un par de criaturitas, dos de esos de los que os dijo Margarethe. A ver. Ram�n Vel�zquez Brea y Jorge Fern�ndez Fern�ndez. Dos chicos simp�ticos, dos entrevistas francamente divertidas, si puedo confesar que me lo he pasado bien mientras cumpl�a con mi deber.</p><p>��No veo por qu� no. �Y qu� es lo que te ha divertido tanto?</p><p>��Bueno, supongo que Virgi tambi�n se lo sabe, lo habr� vivido alguna vez. Pero por mucho que se repita, no deja de hacerte gracia. Llegas al sitio, te sientas al lado del tronco, le entras y durante cinco o diez minutos charlas con �l en plan de vacile, mientras al tipo se le caen los ojillos y as�. En fin, ya sabes a lo que me refiero, a que se pone babos�n y te habla sin dejar de mirarte a las tetas. Entonces abres el bolso, como si fueras a buscar la barra de labios para retocarte. Sacas la placa y le dices que eres guardia. Y casi oyes el ruido de los cataplines al rebotar en el suelo. Clin, clin, clin. A partir de ah�, el t�o pierde toda la gracia, carraspea mucho y no se atreve a bajar la mirada de tu barbilla. Tampoco a subirla, lo que le hace poner unas caras bastante raras. Y culmina la metamorfosis. El satirillo travieso se convierte en un colegial aplicado que hace todas las tardes los deberes.</p><p>Mir� de reojo a Chamorro. Observaba a Anglada, imperturbable.</p><p>��Aj�, veo que tienes estudiada la t�cnica -juzgu�, sin �nfasis.</p><p>��La verdad -dijo-, tampoco hay que estudiar tanto. Los pichones te lo ponen bastante f�cil. Lo que no deja de sorprenderme es que resulte tan infalible. La fisiolog�a masculina debe de ser un mecanismo implacable.</p><p>��No siempre, aunque tiende a funcionar, no voy a neg�rtelo -conced�-. De todos modos, como de las miserias de mi sexo ya estoy suficientemente informado, y adem�s de primera mano, lo que me interesar�a saber es lo que te contaron esos dos hombres acerca del tema que nos ocupa.</p><p>Anglada disfrut� del instante. Le gustaba provocar. Por un lado, me resultaba inc�moda. Por otro, y en la medida en que tambi�n albergo en mi interior un fondo fr�volo, me distra�a y eso me imped�a llamarla al orden con m�s firmeza. De todos modos, me pareci� que me las arreglaba para ponerla en su sitio y permanecer en el m�o de forma razonable. A m�s no aspiraba. Tampoco me gusta ir de tirano, si no es imprescindible.</p><p>��Pues la verdad -dijo-, en cuanto a su testimonio, y dejando aparte las risas que me he podido echar gracias a ellos, me temo que va a decepcionarte. Los dos conoc�an a Iv�n, s�. Los dos, tambi�n, le ten�an por drogata, lo que dicho sea de paso son ellos tambi�n, aunque ambos juran estar rehabilitados. No hay nada m�s incre�ble que un yonqui jurando que ya no se pone. En cuanto a las cuestiones que nos interesan, ninguno de los dos me ha dicho que Iv�n pasara g�nero, que ellos supieran. Les he apretado, y te aseguro que por lo menos el tal Jorge estaba dispuesto a cantar cualquier cosa de la que tuviera conocimiento. Tampoco le consta a ninguno de los dos que Iv�n le hubiera dejado a nadie ninguna cuenta pendiente. Y atento: de lo que ninguno dice saber nada, ni de lejos, es de la posible implicaci�n de alg�n pez gordo en la muerte del chico. Si me admites una teor�a, esta gente tiene m�s imaginaci�n que la t�a de Harry Potter. Son muchos a�os de mentir, lo hacen como respirar. Les llega una madre doliente y le sueltan cualquier patra�a, sin mayores reparos, porque ya casi ni se dan cuenta, cuando cuentan una trola. Ahora bien, largarle el camelo a la autoridad es diferente.</p><p>��Yo tengo otra teor�a -dijo Chamorro.</p><p>Me volv� con curiosidad a mi compa�era.</p><p>���Cu�l?</p><p>Chamorro arrug� la frente, y pas� a exponer su razonamiento:</p><p>��Supongamos que es verdad, que hay alguien poderoso metido en esto. Un pol�tico, un empresario, qu� m�s da. Supongamos que esta gente, este par de yonquis tirados, lo sabe, ya sea de forma m�s o menos fundada o porque circula el rumor en el ambiente donde se mueven. Dato que tienen: dos a�os y pico despu�s, el crimen sigue impune. Composici�n de lugar que se hacen: o la polic�a, o los jueces, o Dios sabe qui�nes, est�n en el ajo; los han comprado, los pueden manejar y sabr�n lo que ellos sepan. Conclusi�n: vamos a cuidarnos mucho de decir ni p�o si nos interroga alguna autoridad, sea la que sea, no vaya a ser que se entere el que est� tapando todo y nos pongamos en el punto de mira de quien ya le ha cortado el cuello a uno. Lo m�s que nos puede ofrecer la justicia es el r�gimen de testigo protegido. Que no es el sue�o de nadie, si tiene la opci�n de mantenerse al margen.</p><p>Me volv� a Anglada, que escuchaba con tensa atenci�n.</p><p>���Qu� dices t�?</p><p>Anglada relaj� el gesto.</p><p>��Co�o, que por algo Virgi sac� tan buen n�mero en la academia y fue la n�mero uno en el curso de cabo. S�lo puedo aplaudir.</p><p>Me frot� los ojos, mientras pensaba. Hab�a mucha luz, y como suele pasarme cuando viajo sin el coche, me hab�a olvidado en Madrid las gafas de sol. Tambi�n ten�a hambre, de pronto. Mir� el reloj: las dos y cinco.</p><p>��Bueno, creo que todo esto me lleva a una conclusi�n, Ruth -volv� a decir, esta vez a conciencia, su nombre de pila-. Me temo que vas a tener que renunciar al pasatiempo de asustar a los parroquianos con la placa. Incluso estoy considerando si conviene que interrogues a alguno m�s, de momento. Se me ocurre que no podemos descartar que alguno te recuerde de cuando estabas destinada aqu�, y creo que lo que dice Virginia tiene mucho sentido. Para hablar con cierta gente, va a ser mejor abordarlos de inc�gnito.</p><p>A Anglada no le gust� nada o�r aquello.</p><p>��Ya, mi sargento -dijo, buscando con manifiesto esfuerzo las palabras-. Entiendo lo que quieres decir, eso vaya por delante. Pero no s� entonces qu� puedo aportar a esta investigaci�n. A lo mejor, se me ocurre, deber�as hablar con el teniente para que te asigne a otra persona. No quiero ser un estorbo.</p><p>La mir�, benefici�ndome por una vez (aunque no me parece una actitud en absoluto encomiable) de esa f�cil superioridad que te otorga sobre otro el poder decirle lo que ha de hacer y saber que tendr� que obedecerte.</p><p>��No te lo tomes as�, mujer -le dije-. Eres una buena ayuda y veo que trabajas mucho y con decisi�n. S�lo se trata de saber en qu� puedes ser m�s eficaz, y de no malgastarte en lo que quiz� no convenga que hagas t�.</p><p>��Pues no veo qu� me queda, mi sargento.</p><p>Las observ�, a las dos. La verdad era que no ten�a h�bito. Nunca hab�a trabajado con dos mujeres a mis �rdenes. Dos mujeres listas y con car�cter, adem�s, y a las que, por razones m�s o menos dispares, me costaba mirar con indiferencia. Por un lado, formaban un equipo potente, pero por otro se mascaban los problemas que aquella conjunci�n pod�a plantearme. Por una vez, le ped� a mi negligente cerebro que trabajase r�pido y, a ser posible, bien. Y respondi� a mi petici�n. Cuando volv� a tomar la palabra, rompiendo el silencio un tanto inh�spito que se hab�a creado, lo hice con la seguridad y la claridad de ideas que cabe exigirle a un l�der, aunque se tratase de uno tan subalterno y coyuntural como el que yo era all�.</p><p>��Vamos a ver -dije-. En primer lugar, y dada la hora, busquemos un lugar donde nos puedan dar de comer. En segundo lugar, organicemos el trabajo de la tarde. Vamos a volver a dividirnos, pero esta vez lo haremos de otro modo. Anglada: t� y yo vamos a conversar con esos confidentes, los que dec�a ayer el sargento primero. Con ellos no hacen falta mayores precauciones. Y a ti, Chamorro, te toca machacarte la lista de Margarethe, sin sacar la placa a menos que alguno amenace tu integridad f�sica o tu honra.</p><p>��Vaya por Dios, qu� suerte tengo -dijo Chamorro.</p><p>��Prefiero que lo hagas t� -me justifiqu�-. Seguro que averiguas m�s que yo. Aunque s�lo sea porque la mayor�a de los nombres corresponde a varones y por lo que dec�a antes Anglada de la fisiolog�a masculina.</p><p>��Tendr� que inventarme un cuento -advirti� mi compa�era-. Ni tengo acento de aqu� ni me va a dar tiempo a caracterizarme como drogadicta.</p><p>��Lo dejo a tu criterio.</p><p>��Ya sabes cu�l es el m�s socorrido -sugiri�.</p><p>��Me parece bien.</p><p>���Y de qu� peri�dico soy?</p><p>��El que m�s rabia te d�. Aunque quiz� sea mejor una revista morbosa.</p><p>��Vale, ya s� cu�l dices. Aunque espero que apuntes en la lista de m�ritos las insinuaciones que voy a tener que sufrir por tu culpa.</p><p>��Por el servicio, Chamorro, por el servicio.</p><p>Luego le ped� a Anglada que le entregara a Chamorro las direcciones que hab�a conseguido, aparte de las que nos hab�a dado Margarethe. Ruth obedeci� sin rechistar. Aunque no pod�a saber lo que estaba pasando por su mente, me pareci� que hab�a zanjado la crisis con cierta solvencia. Con su actitud habitual, desenvuelta y siempre un punto sard�nica, nos condujo en el Opel Corsa hasta una casa de comidas situada en las afueras. De todos modos, el trayecto hasta all� no nos llev� m�s all� de un cuarto de hora.</p><p>��Esto est� lo bastante retirado -dijo, cuando llegamos-. Me he permitido suponer, mi sargento, que es mejor que no vean mucho a Virginia conmigo por la calle. Para no arruinarle el disfraz de periodista, me refiero.</p><p>��Estamos de acuerdo -asent�-. Al menos por ahora.</p><p>La comida nos sali� barata y nos permiti� saborear productos locales, siguiendo el consejo de Anglada, a quien el due�o del local conoc�a y trataba con gran deferencia. No llev� la atenci�n, sin embargo, hasta el extremo de darse m�s prisa en servirnos de lo que all� era costumbre, por lo que el almuerzo nos ocup� casi dos horas, un poco m�s de lo que nos conven�a con la intensa tarde de trabajo que ten�amos por delante. Sobre todo Chamorro. En el camino de vuelta, antes de quedarse sola para enfrentar la tarea que le hab�a encomendado, le asalt� una duda que quiso consultarme:</p><p>���Quieres que vea tambi�n a los dos con los que habl� Ruth esta ma�ana?</p><p>Con la pesadez de la comida en el est�mago, tard� un poco en resolver.</p><p>��S� -le dije-. Pero a ser posible d�jalos para el final. Y cuida especialmente con ellos el cuento. Aunque sospechar�n, eso es inevitable.</p><p>��Los dejar� para ma�ana, entonces. Bastante tengo con el resto hoy.</p><p>��En todo caso, estamos en contacto con el tel�fono -dije-. Nos vas llamando y as� sabemos c�mo vas y por d�nde andas.</p><p>Dejamos a Chamorro cerca del domicilio de uno de los testigos potenciales, con la misi�n de presentarse ante �l y persuadirlo de que era una periodista de la que se pod�a fiar, porque por nada del mundo revelar�a su fuente. Anglada condujo despu�s hacia la parte alta. Durante el trayecto, trat� de recuperar un poco del terreno que acaso, sospech�, cre�a perdido.</p><p>��Siento haber sido tan torpe, esta ma�ana -se disculp�.</p><p>��No es para tanto -le quit� importancia.</p><p>��No s�, no se me ocurri�. Y deber�a haberlo pensado, antes de que lo dijera Virginia. Bien mirado, era de caj�n.</p><p>��Nada es nunca de caj�n, en este oficio. Nunca se sabe. Lo que unas veces sirve, otras no. Es dif�cil saber siempre c�mo acertar. No te tortures.</p><p>��Hay una cosa que me averg�enza un poco.</p><p>Contuve el aliento. Suelo resbaladizo.</p><p>���El qu�?</p><p>��Temo haberte dado la sensaci�n de que estoy hambrienta de protagonismo. Y para ser sincera, temo haberte dado otra impresi�n a�n peor.</p><p>��Cu�l.</p><p>��Que soy demasiado susceptible.</p><p>Creo que cualquiera comprender� que recelase un poco. Que dudara de la autenticidad de aquella contrici�n, y que me diera el barrunto de que pod�a ser una nueva y sutil t�cnica para traspasar mis defensas, ya que el m�todo que hab�a usado hasta entonces, el de tratar de imponer su personalidad, parec�a haberle fallado. Confieso que me halagaba un poco, notar que aquella mujer se preocupaba tanto por lo que yo pudiera pensar de ella; y que no ser capaz de distinguir si su voluntad de caerme bien ten�a o no alg�n prop�sito extraprofesional, lejos de inquietarme, constitu�a una atractiva tentaci�n. Pero supe reaccionar, al menos en aquel lance, como el caballero castellano de una pieza que por obvias razones gen�ticas nunca podr� ser.</p><p>��Pierde cuidado, Anglada. Lo que pienso es que quieres hacer tu trabajo lo mejor posible. Como intentamos hacerlo todos. Olv�date de eso.</p><p>Mentir�a si dijera, por lo dem�s, que me lo pas� bien aquella tarde. Nunca he acertado a sentir mucha simpat�a por los soplones. En la mayor�a de los casos, no son mejores que aquellos a los que delatan, con la vileza a�adida de buscar en el juego a dos barajas lo que saben que no podr�an conseguir jugando a una sola. Que sean �tiles, y a menudo indispensables para la labor policial, y que sea posible, con el tiempo y el roce, llegar incluso a cogerles una cierta y humana querencia, no implica que a uno le apetezca frecuentar su trato. Roma no paga a traidores, y al buen maestro le repugna tanto el alumno acusica como al buen jefe le asquea el empleado pelota. Si se tolera su existencia es s�lo por raz�n de sus servicios. Adem�s, los correveidiles son iguales en todas partes. Aqu�llos hablaban con el caracter�stico deje insular, y ten�a un algo ins�lito que le dieran jab�n, con la solicitud y falta de amor propio propias de su gremio, a una mujer como Anglada, que los trataba sin contemplaciones; pero ah� acababan sus peculiaridades.</p><p>De todos ellos recuerdo en especial a un tal Machaquito, un tipejo parcialmente desdentado cuyas respuestas, en buena medida, hubo de traducirme Anglada, del castellano pastoso en que el individuo daba en expresarse. Vino a ajustarse a lo que nos dijeron los dem�s, pero tal vez fuera, asombrosamente, el que parec�a tener mejores antenas y por tanto una informaci�n m�s precisa, directa y detallada. Machaquito, en resumidas cuentas, aval� la teor�a que hab�a asumido la anterior investigaci�n respecto de la calidad en que actuaba Iv�n en el mercado de estupefacientes de la isla.</p><p>��Cliente, y de los primos, na m�s -sentenci�-. Cuando ten�a tela, la quemaba r�pido y con lo que fuera. Te compraba caca de vaca a precio de teta de novicia. Pastillitas y farlopa. Les digo lo que yo mismo le he pasado.</p><p>��Vale, Machaquito, pero no presumas, que me chivo a mis colegas de antidroga de que andas fardando por ah� y se te acaba el chollo.</p><p>La advertencia de Anglada le produjo un acceso de terror. O el muy truh�n hab�a aprendido a fingirlo con absoluta maestr�a.</p><p>��Que no, do�a Ru, que yo se lo digo a us�a na m�s, en la confianza. No me vaya a creer que voy por ah� hablando lo que no debo. Que yo soy el primer interesado en guardar la ropa, ya lo sabe us�a, do�a Ru.</p><p>Me hizo gracia el us�a. Machaquito ten�a edad para haber hecho la mili, y le daba a Anglada el mismo tratamiento que all� le hab�an ense�ado que correspond�a a los coroneles. Respeto exagerado, o guasa tal vez.</p><p>Respecto de si sab�a algo de posibles deudas por droga de Iv�n, o de qui�n pudiera estar detr�s de su muerte, Machaquito se inhibi�:</p><p>��Aqu� no es la SIA, do�a Ru. Yo s� lo que s�. Que a m� no me deb�a. Y del que le dio jierro, pues s� lo que todos. Que empuraron al concejal y luego lo dejaron libre. Siempre hay quien se inventa historias, que si esto o que si lo otro. Pero as� como de cre�rselo, de quien me d� que puede saber algo y no disparar al tunt�n, yo no he o�do na. Se lo juro, do�a Ru.</p><p>Con las variantes que se derivaban de la idiosincrasia de cada uno, eso fue lo que nos dijeron los tres confidentes a los que visitamos. En resumen, una tarde desperdiciada, aunque nunca es del todo est�ril el trabajo de hablar con la gente. Cada rostro que conoces, y cada voz que escuchas, suma algo al cuadro y te ayuda a perfilarlo mejor. Pero no negar� que cuando sonaba el m�vil y era Chamorro, lo que ocurri� tres o cuatro veces a lo largo de la tarde, le preguntaba ansioso si por su lado hab�a sacado algo.</p><p>��Poca cosa -me respondi� la primera vez.</p><p>��S�, pero prefiero cont�rtelo en directo -me dijo la �ltima-; si te parece, cuando termine con otro que vive por aqu� al lado.</p><p>Quedamos con ella en un rinc�n discreto de la plaza. Anglada y yo la estuvimos esperando, dentro del coche, desde las diez hasta las once menos veinte. En ese rato, por intentar crear un poco de confianza, y por sacar conversaci�n, le ped� por primera vez a Ruth que me hablase de ella. All�, a la mortecina luz de una farola distante, que apenas menguaba la oscuridad reinante en el interior del coche, Anglada me cont� por encima su vida. Era hija de un brigada del Cuerpo. Hasta ah�, nada anormal; una buena parte de las guardias tienen esa extracci�n. Pero en ese momento record�, con cierta extra�eza, c�mo Anglada hab�a ironizado a prop�sito de Siso, cuando me hab�a contado la persecuci�n del coche rojo, haciendo hincapi� en que era hijo de guardia, circunstancia que ahora me descubr�a que compart�a con �l. Ruth hab�a vivido en cinco o seis sitios, como suele suceder a los hijos del Cuerpo, hasta que al final su padre se las hab�a arreglado para ir destinado a Valencia, de donde era originario. All� hab�a estado desde los trece a�os hasta los veintid�s, que hab�a sido cuando hab�a ingresado en la academia.</p><p>��En un arrebato -dijo-. Nunca se me hab�a pasado por la cabeza seguir la tradici�n familiar. Tampoco ten�a muy claro lo que me gustaba. Bueno, s�: lo cierto es que quer�a hacer arte dram�tico, pero vi que con eso no iba a ganarme la vida, y no pod�a vivir eternamente a costa de mis padres. Ni a m� me apetec�a, ni sobraba el dinero en casa. Empec� a estudiar trabajo social, luego lo dej� y me pas� a inform�tica. No consegu�a durar m�s de un curso, siempre me cansaba y cambiaba a otra cosa. Cuando decid� presentarme a la academia estaba haciendo segundo de fisioterapia. Con varias asignaturas colgadas de primero, tampoco te imagines que me iba viento en popa. Me hab�a metido a hacer eso porque me hab�an dicho que ten�a salida segura, que era f�cil encontrar trabajo. Pero no me gustaba nada, la verdad.</p><p>���Y por qu� te dio entonces por hacerte guardia?</p><p>��Por un impulso, ya te digo. Mataron a un compa�ero de mi padre, en un atentado. Hab�an coincidido en un puesto en Zamora, cuando yo ten�a cinco a�os. Me acordaba mucho de �l. Siempre me daba chicles y jugaba conmigo cuando no estaba de servicio. En invierno dejaba que le tirara bolas de nieve y ni siquiera las esquivaba. Creo que era el mejor hombre al que he conocido en mi vida. Y lo volaron con el coche. De pura rabia lo decid�, lo de presentarme, con la idea de pedir voluntaria ir a la lucha antiterrorista. A mi padre le di el disgusto del siglo. Pero me present�, y entr�. Y ya ves, me hice guardia. Cuando mi padre me vio de uniforme, llor� a moco tendido. Aunque no quer�a que estuviera aqu�, le pudo la emoci�n.</p><p>��Es l�gico -dije-. �Y luego?</p><p>��Pues ya ves. No ped� ir a la lucha antiterrorista. Entre mi padre y sus compa�eros acabaron convenci�ndome.</p><p>��Te aconsejaron bien.</p><p>��No s� si sal� ganando mucho, al principio. Pas� el primer a�o en un puesto de la provincia de Pontevedra. Bastante movido, con los chicos de las planeadoras y las malas pulgas que se gastan. Luego vine aqu�, y me gust�. Decid� quedarme, por lo menos durante una temporada, y vivir lo mejor posible. Luego me ofrecieron ir a polic�a judicial, en Tenerife, y no me lo pens�. Guzm�n es un buen jefe, y el trabajo, mucho m�s entretenido.</p><p>��As� que est�s contenta.</p><p>��Bueno, este curro tiene sus momentos jodidos, t� ya sabes, pero si lo considero en conjunto, creo que me aburrir�a m�s ser fisioterapeuta.</p><p>��No te conozco mucho, pero me da que s�.</p><p>���Y t�, mi sargento?</p><p>��Yo qu�.</p><p>���Est�s contento de haberte metido aqu�?</p><p>En ese momento, vi acercarse a alguien, desde el otro lado de la plaza. Pronto la reconoc�. Era Chamorro. Su llegada, no voy a ocultarlo, me pareci� providencial. No me apetec�a mucho, a la saz�n, bucear en las profundidades de mi alma para buscar una respuesta a la pregunta de Ruth.</p><p>��Mira, ah� viene Virginia -dije.</p><p>Chamorro nos hizo entonces se�as con la mano. Luego la cerr� y dej� el pulgar extendido. La agit� as� tres o cuatro veces. Cuando estuvo m�s cerca y pude distinguir su rostro, vi que sonre�a de oreja a oreja.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 11 UN BA�O DE MUGRE</p></title><p>Nos fuimos directos al hotel. Por su emplazamiento un poco apartado, y su clientela casi un�nimemente for�nea, era uno de los sitios m�s apropiados para desarrollar nuestro concili�bulo sin testigos inoportunos. La noche era suave y apetec�a estar a la intemperie. Nos sentamos junto a la balaustrada que delimitaba el recinto de la piscina. A lo lejos se ve�an las luces de Tenerife. Abajo, el puerto y las calles del pueblo. Soplaba una brisa sostenida que refrescaba la atm�sfera y le proporcionaba una singular limpidez.</p><p>All� Chamorro nos puso al tanto de lo que hab�a dado de s� su tarde como fingida reportera. Hab�a logrado hablar con varios amigos de Iv�n y con un par de individuos vinculados al trapicheo de hach�s. El camuflaje hab�a funcionado bastante bien; no por casualidad era el que siempre se escog�a en caso de apuro. A la gente no le gusta hablar con la polic�a, porque teme tener que repetir lo que le diga en un lugar tan poco atrayente para el ciudadano medio como el estrado de un tribunal. Sin embargo, a un periodista le es m�s f�cil despertar la locuacidad del paisanaje. Puede largarse desde el anonimato, y existe la perspectiva, halag�e�a en mayor o menor medida para la vanidad de cada cual, de acabar leyendo en letra impresa lo que uno cuenta, vi�ndose por a�adidura aludido como �fuentes solventes�, �fuentes conocedoras de los hechos� o cualquier otra f�rmula de similar prestancia.</p><p>Tambi�n es verdad que los malhechores curtidos se saben el truco, como se saben muchos otros, y que con ellos puede resultar contraindicado y fracasar de forma bastante estrepitosa. Pero aquella tarde Chamorro no hab�a tenido que lidiar, al parecer, con nadie de esas caracter�sticas.</p><p>Nos cont�, en primer lugar, lo que les hab�a sacado a los amigos.</p><p>��De entrada, mi sargento -dijo-, ninguno es precisamente una lumbrera. Ni siquiera demuestran una m�nima astucia. Les asusta un poco el asunto, claro, a fin de cuentas se trata de lo que se trata, y no dejan de tener la intuici�n de que hay algo peligroso detr�s. Pero no me ha costado nada enterarme de lo que voy a contaros. Lo primero, y desmintiendo a la madre, que Iv�n, en los meses previos a su muerte, parec�a andar sobrado de efectivo. Se hab�a vuelto un espl�ndido, cuando hasta entonces tiraba m�s bien a ro�oso. Pagaba copas a diestro y siniestro, y hasta invitaba a pastillas y rayitas con cierta frecuencia. Aunque todo esto, y aqu� viene la parte m�s interesante, tambi�n podr�a considerarse como una actividad promocional.</p><p>���Quieres decir lo que sospecho? -pregunt�.</p><p>��S�, mi sargento -afirm�, satisfecha-. Reconocido por tres de ellos. Iv�n les vendi� en alguna ocasi�n mercanc�a. Se hab�a iniciado como camello, por lo menos para los amiguetes. El dato es que ten�a acceso a alguien que le vend�a m�s de lo que necesitaba para su propio consumo.</p><p>��Pues entonces tenemos al fin un indicio -reflexion�-. La primera pista de que podr�amos estar, despu�s de todo, ante el vulgar ajuste de cuentas. Si no fuera por la presencia en el embrollo del coche del concejal.</p><p>��Eso parece -dijo Ruth, con expresi�n concentrada.</p><p>��A partir de ah�, eso s� -continu� Chamorro-, los chicos empiezan a hacer aguas. Se vuelven mucho m�s imprecisos y mucho menos fiables.</p><p>���A qu� te refieres? -pregunt� Anglada.</p><p>��Ninguno me pudo dar raz�n de qui�n le vend�a la droga a Iv�n. O estaban al margen de esa faceta de la vida de su amigo o, si alguno la conoc�a mejor, aqu� s� que ha tenido cuidado de callarse. Tambi�n les hice la pregunta del mill�n de d�lares, c�mo no. Por probar, no pasaba nada. Uno opt� por decir que no ten�a ni idea, me pareci� el m�s sensato de todos. Los otros, sin ning�n apoyo concreto, suscribieron la teor�a de Margarethe. Que Iv�n, por alguna raz�n, se cruz� en el camino de alguien importante, que lo quitaron de la circulaci�n sobre la marcha y que luego el que sea ha movido los hilos para que dos a�os despu�s el asesino siga suelto. Intent� que me justificaran su afirmaci�n, pero todo lo que me dijeron fue que eso era lo que se dec�a por ah�, que todo el mundo pensaba eso, y cosas por el estilo.</p><p>��No es lo que piensa tu Machaquito -le dije a Anglada.</p><p>��No -confirm�.</p><p>���Qui�n es Machaquito? -pregunt� Chamorro.</p><p>��Uno de los confidentes de Ruth -expliqu�.</p><p>��Pero bueno, lo suculento viene ahora -anunci� Virginia.</p><p>��Vamos, t�a, nos tienes en ascuas -pidi� Anglada.</p><p>��Los otros dos -dijo Chamorro-. Rufino Heredia, alias Rufo, y Juan Sandoval, alias Johnny. Honrados comerciantes al por menor. Y el Johnny, un salido de cuidado, puestos a decirlo todo. Para suerte de la investigaci�n y fastidio de la investigadora. El Rufo confirma lo que dicen los amigos de Iv�n. Que el chico se hab�a metido a intermediario, a peque�a escala. Que aunque era un poco tontaina, hab�a tenido la fortuna de hacer alg�n buen contacto, porque de la noche a la ma�ana empez� a pasar material de primera, y a jactarse de que pod�a traer m�s. Pero que no le dur� mucho, porque fue entonces, o pocos d�as despu�s, cuando desapareci�. Y lo siguiente que supo fue que lo hab�an encontrado degollado en el parque nacional.</p><p>��Lo que me pregunto es en qu� limbo vive el gilipuertas de Machaquito para no haberse enterado de nada de todo esto -buf� Anglada-. Voy a tener que decirles a los de Tenerife que se nos ha ido al guano como confidente.</p><p>��Y lo mismo puedes decirles de los otros -a�ad�.</p><p>��Ya. Es que Machaquito pasaba por ser el bueno.</p><p>��Esperad -dijo Chamorro-. La bomba viene con Johnny. Por cierto, que me ha dado a entender que Margarethe le compra o le ha comprado a �l alguna vez el hach�s que consume, aunque no creo que esto invalide su testimonio. En fin, no s� si es que en alg�n momento se le ha pasado por la cabeza la posibilidad de ligar con la periodista; desde luego he tenido que pararle las manos un par de veces, y al final decirle que me iba a tratar de sacarles informaci�n a los municipales, para que se me despegara. El caso es que no s�lo ratifica todo lo que cuenta el Rufo. Ha llegado m�s all�, hasta donde el Rufo, por m�s que le he insistido, no ha querido soltarse. Me ha dado un par de nombres. No dice que sea alguno de ellos el que se lo carg�. Pero que por ah� puedo empezar a tirar del hilo, aunque me ha advertido que �l no tirar�a, y que ni se me ocurra mencionar que me lo ha dicho �l.</p><p>���Qu� nombres son �sos? -se interes� Anglada.</p><p>��Bueno, en realidad lo que me ha dado son sus apodos -dijo Chamorro-. La Cheli y el Moranco. Son pareja, o algo as�.</p><p>���Te suenan? -le pregunt� a Anglada.</p><p>Ruth asinti�, lentamente.</p><p>��Claro que me suenan. Y como esto sea algo m�s que una quedada de ese Johnny, a alguno va a haber que fundirle los plomos pero bien.</p><p>���Qui�nes son?</p><p>��La Cheli regenta un bar, en la carretera que va hacia el sur. Con un negociete de alterne, cinco o seis habitaciones, nada del otro mundo, y que ya andaba bastante de capa ca�da cuando yo me fui. El Moranco es o era su compa�ero sentimental, o como quieras decirlo. Fichado por tr�fico, con alg�n juicio pendiente, y con otros antecedentes por delitos menores.</p><p>Decididamente, el asunto parec�a derivar hacia el mundo del lumpen. No dejaba nunca de llamarme la atenci�n: c�mo era posible que un ni�o mimado, con dinero por su casa y alternativas de vida, resbalase hacia el sumidero. Pero el caso de Iv�n no era, ni mucho menos, el primero que me encontraba. De todos modos, era prematuro arrojarse a sacar conclusiones.</p><p>��Creo que al menos hoy me he ganado el jornal -dijo Chamorro.</p><p>��No nos entusiasmemos -la enfri�-. No nos toca todav�a cantar victoria, sino comprobar si ese Johnny te ha pasado informaci�n fet�n o carnaza para llevarte al huerto. A ti no, a la periodista atontada, quiero decir.</p><p>��Es que mira que me extra�a -dijo Anglada-. Esto no es Madrid o Barcelona. Aqu� todo el mundo se conoce. No puede esconderse tan f�cilmente algo as�. Si por ah� van los tiros, vamos a quedar como la chata.</p><p>��Bueno, ante todo no vamos a precipitarnos -reiter� mi cautela-. �Sabes d�nde localizar a esos dos pajaritos?</p><p>��A la Cheli, en su local, supongo -respondi� Anglada-. Al Moranco, no s� por d�nde andar� ahora, pero nos enteramos r�pido.</p><p>��Pues ya tenemos tajo para ma�ana t� y yo, mientras Virginia termina con los que le quedan de la lista.</p><p>Nos quedamos contemplando la noche durante unos instantes. En especial Chamorro, que siempre aprovechaba cuando sal�amos de Madrid.</p><p>��Bonito cielo -observ�-. Por algo ponen aqu� tantos telescopios.</p><p>��S� -se mostr� de acuerdo Anglada-. Pero el espect�culo de verdad es subirse una noche al Roque de los Muchachos, en La Palma.</p><p>��Ya lo s� -dijo Chamorro-. Dos mil quinientos metros. Por encima de las nubes, y sin ciudades cerca. Menudo observatorio.</p><p>��La Palma -me acord�, de pronto-. Joder, se me ha pasado llamar a Desir�e. Record�dmelo ma�ana, por favor.</p><p>���Sigues creyendo que debemos ir a verla? -consult� Anglada.</p><p>��Claro. Todo est� como estaba. Con m�s fichas en el tablero, nada m�s.</p><p>Para terminar la noche, Anglada propuso ir a tomar algo al bar del hotel. Chamorro aleg� cansancio y se descolg� del plan. Por mi parte, durante un segundo estuvieron a punto de inclinarme a aceptarlo las chispeantes pupilas de Anglada. Pero en �ltima instancia se impuso la prudencia, o la pereza que sent�a ante la posibilidad de tener que continuar nuestra conversaci�n donde la hab�amos dejado, o sea, en mi conformidad o disconformidad con la vida que me tocaba arrastrar por haberme incorporado a la cofrad�a del tricornio. Lo m�s cort�smente que pude, declin� la invitaci�n.</p><p>��Qu� modositos sois, en Madrid -juzg� Anglada-. Vale, ya veo que no voy a poder corromperos. Pues nada, antes que beber sola, me ir� a la habitaci�n y me tragar� alguna gilipollez de las que pongan en la tele.</p><p>De modo que, a eso de las doce menos diez, nos disolvimos y cada mochuelo tir� para su olivo. Aquella noche tard� un poco m�s en dormirme. Por un lado, me ocup� el inventario de las l�neas de investigaci�n que ten�amos abiertas. Quiz� demasiadas, si alguna no empezaba a cuajar pronto. Alguna de ellas, adem�s, me desanimaba bastante. No me apetec�a nada iniciar el recorrido consabido entre los delincuentes profesionales. No s�lo resultan m�s instructivos, desde el punto de vista antropol�gico, los cr�menes cometidos por gente corriente. Tambi�n suele ser m�s limpia y menos enojosa la investigaci�n. Por otra parte, pens� en el equipo a mis �rdenes. Distaba, eso resultaba evidente, de funcionar de manera armoniosa. Chamorro segu�a sin tragar a Anglada, aunque lo disimulase, y empezaba a picarme no saber cu�l era la raz�n de su animadversi�n. Y Anglada era una subordinada doblemente problem�tica. Por su actitud, que no me lo pon�a siempre f�cil, y porque, a la vez, no dejaba de excitar mis instintos m�s comprometedores. La �nica ventaja que pod�a apreciar era que se trataba de una situaci�n pasajera. Tan pronto como hubi�ramos cerrado aquel caso, el equipo se deshar�a. Por primera vez, dese� con cierta impaciencia que eso ocurriese.</p><p>La ma�ana siguiente, despu�s del desayuno, nos dirigimos a la casa-cuartel. All� pusimos al corriente a Nava de nuestras averiguaciones de la v�spera. El sargento primero coincidi� con Anglada:</p><p>��Me preocupa que se nos haya podido colar algo as�. Me preocupa un huevo. Como eso sea verdad, voy a poner firme a m�s de uno.</p><p>Las palabras de Nava ven�an reforzadas por la irritaci�n que transmit�a su semblante. Fij�ndose bien, hasta ten�a mala cara. Tan cansada y ojerosa que me vi en la obligaci�n de interesarme por su salud.</p><p>���Est�s bien? -le pregunt�-. No tienes muy buen aspecto.</p><p>��No es nada -respondi�-. La ni�a. Anda todav�a echando muelas y las noches son un martirio chino. Apenas he dormido una hora del tir�n. Lo llevo fatal, porque tengo el sue�o ligero y me desvelo en seguida.</p><p>Le compadec�. Conoc�a aquella sensaci�n.</p><p>Recabamos los antecedentes detallados de la Cheli, o lo que es lo mismo, Mar�a Consolaci�n Requero Ant�nez, y el Moranco, que ante el Registro Civil era Florencio Jos� Torres Esteve. La Cheli estaba limpia, y el Moranco no ten�a mucho m�s de lo que recordaba Anglada. Mientras and�bamos en �sas, me son� el m�vil. Era la guardia Salgado, en Madrid.</p><p>��Buenos d�as, mi sargento -dijo-. Perdona por el retraso, pero entre la diferencia horaria, y que los diplom�ticos no corren si no les achuchas�</p><p>���C�mo dices? -respond�, con la cabeza a�n en la Cheli y el Moranco.</p><p>��El consulado de Espa�a en Caracas -me record�-. Puedo contarte algo sobre ese M�ximo Jes�s L�pez Delgado por el que preguntabais ayer.</p><p>��Sorpr�ndeme, Salgado -dije.</p><p>��No s�. T� dir�s si te sorprende o no. Alguien con ese nombre se inscribi� en el consulado el 21 de diciembre de 1982. No dur� mucho tiempo en sus registros. Tuvieron que borrarlo el 17 de febrero de 1983.</p><p>���Tuvieron que borrarlo?</p><p>��Por defunci�n -precis� Salgado.</p><p>��Pues s� que me sorprendes. �De qu� muri�?</p><p>��No est� claro. Pero si fue de golpe, como parece, me ha dicho la funcionar�a del consulado, no debemos descartar que se lo cargaran. Por lo visto Caracas es una ciudad con un alto �ndice de homicidios.</p><p>��Vaya, hombre.</p><p>���Quieres que profundice?</p><p>Muerto en 1983, pens�. Demasiado tiempo. Ya ten�amos una explicaci�n para el hecho de que el padre de Iv�n no hubiera vuelto a ponerse en contacto con su familia. Pero, �pod�a esperar que su muerte tuviera algo que ver con la de su hijo? No me parec�a que fueran por ah� los tiros, aunque tampoco pod�a olvidarme sin m�s del asunto. Dondequiera que uno pon�a el ojo, en aquel maldito caso, se le abr�a un fleco. Le ped� a Salgado:</p><p>��Intenta que la funcionar�a averig�e algo m�s.</p><p>��No va a ser f�cil, ya me avis�. Los archivos de esa �poca no est�n informatizados. De milagro, dice que ha sacado esas fechas.</p><p>��Bueno, trab�jatela. Pero tampoco te quemes. Hoy por hoy no es la v�a principal de la investigaci�n. Si cambio de idea, te lo dir�.</p><p>��A tus �rdenes, mi sargento.</p><p>Me gustaba Salgado, en el sentido m�s casto de la palabra. Era una chica que le permit�a a uno sentir la comodidad del mando.</p><p>Desde el propio puesto hice la gesti�n que se me hab�a olvidado hacer el d�a anterior. Los del hotel me atendieron en seguida, pero tard� varios minutos en escuchar al otro lado de la l�nea la voz aguda y cristalina de Desir�e G�mez, la hija del ex concejal G�mez Padilla. Le dije qui�n era y d�nde trabajaba. Antes de que pudiera decirle por qu� me pon�a en contacto con ella, Desir�e se adelant� a informarme, con aquella vocecita infantil:</p><p>��S�, ya s� qui�n es. Pap� me dijo que me llamar�a.</p><p>��Quisi�ramos hacerle unas preguntas -dije, dudando si no deb�a tutearla en vez de tratarla de usted. Pero cuando no lo tengo claro, siempre opto por la formalidad. Igual que jam�s me abalanzo a besuquear a una desconocida. No me gusta llevar la soltura hasta el extremo del avasallamiento, aunque eso me haga un poco m�s extranjero en el pa�s en el que me toca vivir.</p><p>��Ya me imagino -dijo, apagada-. Como la otra vez.</p><p>��Siento mucho volver a molestarla.</p><p>��Bueno, qu� remedio. �Cu�ndo van a venir?</p><p>��Cuando pueda atendernos. Lo antes posible. �Ma�ana?</p><p>��Es que ma�ana tengo el d�a libre y hab�a quedado con unos amigos para ir a la playa. �No puede ser otro d�a?</p><p>���Pasado ma�ana?</p><p>��Es domingo -advirti�-. �Trabajan en domingo?</p><p>��Por nosotros no se preocupe. Si el domingo puede, vamos el domingo.</p><p>��S�, el domingo acabo a las tres y media.</p><p>��Pasamos a verla al hotel, �le parece?</p><p>��Est� bien.</p><p>Durante varios minutos despu�s de colgar, se me qued� sonando en el cerebro la voz de aquella chica. Trataba de imaginar c�mo ser�a ahora su propietaria, y el contraste que seguramente, a juzgar por su reputaci�n, producir�a su apariencia con el timbre ani�ado e ingenuo de aquella voz. Todos o casi todos los hombres guardan en su memoria la huella, y a veces la herida, de una ni�a as�, una ni�a que se desdibuja sin prisa en la inexorable fuga del tiempo. Tambi�n yo guardo alguna, y la tenue m�sica de Desir�e, escuchada a trav�s del tel�fono, me devolvi� por un instante a aquella orilla lejana y rec�ndita de mi adolescencia. Hasta que el hombre desencantado y renunciador que ahora me habita me llam� al orden y me record� que lo que me incumb�a era formar a la tropa y salir al gris combate cotidiano.</p><p>��Saca los billetes a La Palma para el domingo -le orden� a Anglada.</p><p>��El domingo. Est�s hecho un estajanovista, mi sargento.</p><p>��No, Anglada, aprovecho el tiempo, nada m�s. Cualquier d�a de �stos me suena el m�vil y mi comandante me hace saber que no me ha enviado aqu� para hacer turismo. No aspiro a haber resuelto nada para entonces, pero s� me gustar�a tener algo m�s de lo que podr�a contarle ahora.</p><p>��Era broma, hombre. Para Virgi y para ti, los billetes, �no?</p><p>��Si quieres venir tambi�n t�, paga la empresa.</p><p>Anglada me dedic� una mirada afectadamente temerosa.</p><p>��Si te pido tomarme el d�a libre para limpiar el piso, lavar la ropa y poner al d�a la plancha, �empeorar� mucho tu concepto de m�?</p><p>��En absoluto -dije-. No es indispensable que vengas. Y es domingo, despu�s de todo. No me gusta putear a la gente.</p><p>��Gracias, mi sargento.</p><p>A veces, al deficiente sabueso que soy, le falla la intuici�n. El que me llam� al m�vil, un cuarto de hora despu�s, mientras acerc�bamos a Chamorro al centro del pueblo, no fue mi jefe, sino el subdelegado del gobierno.</p><p>��Buenos d�as, se�or subdelegado del gobierno -le salud�, por protocolo y tambi�n por alertar a mis compa�eras. Para que se abstuvieran de producir cualquier sonido que pudiera arrojar sospechas sobre la seriedad con que nos tom�bamos nuestro trabajo. Las dos enmudecieron al instante.</p><p>��No se preocupe, sargento -dijo el subdelegado del gobierno-. No le llamo para meter las narices. Y tampoco quiero robarle su tiempo. Ya me contar� usted lo que tenga que contarme cuando lo estime conveniente. En realidad esto es una llamada personal. S�lo quer�a darle las gracias.</p><p>Segu� escuchando, m�s bien at�nito.</p><p>��Habl� con mi cu�ada anteanoche -agreg�-. Le han causado ustedes una impresi�n magn�fica, y por lo que me cuenta la han tratado exquisitamente. Lo dicho, que se lo agradezco. Y perdone que no le llamara ayer, pero tuve un d�a espantoso. Bueno, no le molesto m�s. Suerte y buen servicio.</p><p>��Qu� majo, este chaval -coment�, cuando colg�-. Nos da las gracias. Y eso que todav�a no hemos hecho nada.</p><p>��En Santa Cruz los viejos de colmillo retorcido hacen apuestas -dijo Anglada-. Ninguno cree que llegue a cumplir un a�o en el cargo.</p><p>��Pues es una l�stima, si aciertan -dije, conmovido a�n.</p><p>Dejamos a Chamorro cerca de la plaza, con el encargo de volver a interpretar el papel de periodista con los testigos que le quedaban de la lista de Margarethe, entre ellos Ram�n Vel�zquez y Jorge Fern�ndez, los dos a quienes la v�spera Anglada hab�a interrogado sin mucho fruto. Ruth y yo tomamos la carretera del sur, camino del bar de Consolaci�n Requero, alias La Cheli. Seg�n hab�amos confirmado con el sargento primero Nava, segu�a regent�ndolo, y segu�a manteniendo relaciones con Florencio Torres, alias el Moranco. Nava ten�a razones para suponer que sus negocios marchaban como siempre, no le constaba que hubieran ido a m�s. El Moranco, seg�n �l, era un camello de poca monta, y la Cheli, quien en realidad aportaba los medios de subsistencia de la pareja con el bar y sus anexos. En su opini�n, el establecimiento de la Cheli era modesto, pero digno, dentro de lo que cab�a. Las chicas, varias sudamericanas y un par de marroqu�es, no estaban en malas condiciones. Si llegaba, como suced�a peri�dicamente, la orden de acosar un poco a los clubes de alterne, no ser�a el suyo por el que Nava empezar�a. Aunque nunca pod�a uno estar seguro, con gente como aqu�lla.</p><p>El local de Consolaci�n Requero, visto desde fuera, me pareci� un s�rdido tugurio. Por dentro, lo era a�n m�s. Oscuro, las paredes pintadas en colores que en alguna �poca debieron ser chillones y ahora s�lo eran espesos, la barra y el resto del mobiliario cubiertos de un ba�o de mugre. S�lo hab�a una mujer, de aspecto magreb�, que barr�a el suelo desganadamente. Cuando nos vio entrar, se qued� bastante descolocada. Ni era la hora en que sol�an presentarse clientes, ni Anglada y yo debimos darle mucha impresi�n de serlo. Anglada se le dirigi�, como sol�a, sin especiales pre�mbulos:</p><p>���Est� por ah� la Cheli?</p><p>��Momento, siniora -repuso la magreb�, y desapareci� por una puerta.</p><p>O�mos unas voces. Poco despu�s vino una mujer de unos cuarenta a�os, cuyos rasgos delataban su inequ�voca procedencia sudamericana.</p><p>��Buenos d�as -dijo, un poco untuosamente.</p><p>��Hola -dijo Anglada-. Buscamos a la due�a.</p><p>��La se�ora Chelo no est� -inform� la sudamericana-. �Qu� se les ofrece a ustedes? Si yo puedo ayudarles�</p><p>Anglada mene� la cabeza.</p><p>��No lo creo. La buscamos a ella. �D�nde est�?</p><p>��De viaje -dijo la mujer.</p><p>��Mira, cari�o, no nos hagas perder el tiempo -le aconsej� Anglada, con impostada dulzura-. De viaje d�nde. Desde cu�ndo. Hasta cu�ndo.</p><p>��Y, se fueron hace un par de d�as. De vacaciones, no s� bien d�nde. Marcharon a la Pen�nsula, eso es todo lo que yo puedo informarle. Y no creo que vuelvan hasta final de mes, no me dijeron de cierto.</p><p>��De vacaciones. En febrero -desconfi� Anglada.</p><p>��Eso me dijeron, se�ora.</p><p>���Con qui�n se fue? -intervine.</p><p>��Con el se�or Florencio.</p><p>Anglada me observ�, con un gesto expresivo.</p><p>��Aj�. As� que no sabes por d�nde paran -recapitul�, mientras asent�a-. �Y si necesitaras hablar con ella? Si te dijera, por ejemplo, que somos de Sanidad y que vamos a cerrar esta cuadra, �ad�nde la llamar�as?</p><p>��Tengo el n�mero de su celular. De su m�vil, quiero decir.</p><p>Anglada la observ�, desafiante.</p><p>���Hace falta que te lo pida por favor? -pregunt�.</p><p>La mujer baj� los ojos.</p><p>��Aguarde. Ahorita se lo traigo.</p><p>Se retir�, en todo momento cabizbaja. Volvi� con el n�mero anotado en una servilleta de papel. Mientras nos lo tend�a, me fij� en el trazo con que hab�a dibujado aquellas cifras, desparejo y tembloroso. Me adelant� a recoger la servilleta y cuando la tuve en mis manos le pregunt�:</p><p>���C�mo se llama usted, se�ora?</p><p>��Gladys S�nchez, para servirle -respondi�, intimidada.</p><p>��Muchas gracias, se�ora S�nchez, y disculpe las molestias.</p><p>Me volv� a Anglada y le orden�, secamente:</p><p>��V�monos.</p><p>��Pero� -se resisti� Anglada.</p><p>��V�monos, he dicho -y ech� a andar hacia la puerta.</p><p>Una vez en el exterior del local, camin� sin detenerme hasta el coche y me instal� en el asiento del copiloto. Saqu� mi tel�fono m�vil y empec� a marcar aquel n�mero. Anglada abri� la otra puerta y se acomod�, lentamente, en el asiento del conductor. Me mir�, con aire de inseguridad.</p><p>��El tel�fono m�vil al que usted llama est� desconectado o fuera de cobertura -anunci�, con su inalterable e indiferente amabilidad digital, la voz grabada de la compa��a telef�nica.</p><p>��Mierda -dije.</p><p>Apret� el bot�n que cortaba la comunicaci�n. Anglada segu�a mir�ndome. Le busqu� los ojos. Por primera vez, me pareci� francamente indefensa. Y no ocultar� que al verla as�, con aquel gesto de zozobra, me pareci� a�n m�s bella y apetecible de lo que me hab�a parecido hasta entonces.</p><p>���Qu� he hecho mal ahora? -pregunt�, quejumbrosa.</p><p>Medit� lo que iba a decir. Hay ocasiones en que uno se siente propenso a cometer una equivocaci�n, y aqu�lla era una de esas ocasiones.</p><p>��No s� si has hecho algo mal, Anglada -dije, despacio-, aparte de obligar a tu superior a repetirte una orden. Puede que ciertas cosas haya que hacerlas as�, como t� las haces. Pero �se no es mi estilo. Y mientras est�s conmigo, te agradecer�a que me dejaras tratar a la gente a mi manera, y decidir cu�ndo corresponde presionar a alguien con malos modos.</p><p>��Con esas sudacas no puedes andarte con tantas ceremonias, mi sargento. Si no las acogotas un poco, no hacen otra cosa que marearte.</p><p>��Voy a explicarte algo, Anglada, para ver si me entiendes. Yo nac� en el mismo continente que esa mujer. Mi madre ten�a pasaporte espa�ol, y por eso puedo pasearme tranquilo por la calle, y reclamar mis derechos, y hasta ser funcionario p�blico, en lugar de trabajar sin papeles en un bar de putas, como le toca a ella. Creo que debo dar las gracias, por la suerte que tuve. Pero soy tan sudaca como ella, y no puedo aprovecharme de mi privilegio para maltratarla. No la maltratar�a aunque creyera que ha matado a alguien, salvo que me obligara a ello. �Lo entiendes o te parezco idiota?</p><p>��Yo no sab�a -se disculp�-. No tienes ning�n acento.</p><p>��Llevo m�s de treinta a�os aqu�, pero �sa no es la cuesti�n, Ruth. Creo que eres una buena chica. El otro d�a te acordabas de los ni�os que se mueren en �frica, y seguro que est�s llena de nobles sentimientos. Pero lo importante es c�mo los pones en pr�ctica. C�mo reaccionas cuando tienes a tu merced a alguien m�s d�bil. No s� a ti, pero a m� lo que m�s me jode es pensar que en alg�n momento puedo ser el instrumento con el que los que tienen la sart�n por el mango pisotean a quienes no tienen nada.</p><p>Anglada se agarr� al volante, con los ojos bajos.</p><p>��A lo mejor a veces soy ese instrumento, sin saberlo -dije-. El �nico consuelo que me queda es esforzarme por no serlo a sabiendas.</p><p>��Vale, tienes raz�n -admiti�-. No hac�a falta.</p><p>��Tampoco tienes por qu� estar de acuerdo conmigo. Pero no te permitir� que me arrastres a actuar contra mis convicciones. Por eso te advierto.</p><p>��Tienes raz�n -repiti�-. Y yo tambi�n tengo mis convicciones. Es una pena que a fuerza de revolver la basura se te gaste la paciencia y las acabes traicionando, pero eso no es excusa. No volver� a suceder.</p><p>Inspir� fuerte y alz� el rostro. Ten�a los ojos h�medos, los dientes apretados. Sonri� extra�amente. Pens� que ya hab�a vivido aquello. Y como todas las dem�s veces en que me ha desconcertado el misterio de un alma femenina, un escalofr�o me recorri� el espinazo. Mir� otra vez al frente.</p><p>��Nadie coge el tel�fono -dije-. �Tienes idea de por d�nde seguir ahora?</p><p>Anglada tard� unos segundos en responder.</p><p>��Creo que s� -respondi�, mientras arrancaba.</p><p>Pocos segundos despu�s est�bamos de nuevo en la carretera, de regreso hacia la capital de la isla. Anglada me cont� por el camino su idea.</p><p>A Machaquito lo encontramos donde la otra vez. Dejando pasar la ma�ana en la terraza de un bar. Estaba hojeando la prensa deportiva, que acababa de llegar con el barco, y no pareci� muy contento de volver a vernos, aunque en seguida recicl� la expresi�n recelosa en una mueca servicial.</p><p>��Hola, do�a Ru, cu�nto bueno.</p><p>Anglada le hizo se�a de que se levantara y nos acompa�ara. Machaquito dej� un par de monedas sobre la mesa y nos sigui�, obediente, hasta un banco cercano. Mi compa�era le invit� a sentarse, y sin ning�n afecto, pero con relativa correcci�n, le hizo saber que los frutos de nuestras pesquisas nos inclinaban a considerarle un chivato lamentablemente desinformado.</p><p>Machaquito se ech� hacia atr�s, inquieto.</p><p>��Mire, do�a Ru, nadie lo sabe todo, pero le juro por la memoria de mi madre que yo a usted no le miento.</p><p>���Nos miente el otro, entonces? -pregunt� Anglada.</p><p>��No s� qui�n es el otro -se encogi� de hombros el confidente-. Si me lo dijera, a lo mejor pod�a hacerme una idea.</p><p>��Como comprender�s, no te lo voy a decir.</p><p>��Pues no s�. Pero �ndese con cuidado, do�a Ru, que hay taraos que no tienen conocimiento y se inventan pel�culas sin saber lo que pue pasar. �Qui�n le dice que no se est� fiando de uno de �sos?</p><p>��A ver. Seamos pr�cticos. �D�nde est� el Moranco?</p><p>Machaquito frunci� la nariz.</p><p>��He o�do que se ha ido a dar una vuelta por el h�per. Con la novia. Tendr� en mente hacer algunas compras para el verano.</p><p>���Por el h�per? -pregunt�, despistado.</p><p>��Por el moro. Marruecos, de d�nde saca el chocolate y el mote.</p><p>���Y para qu� crees t� que se ha llevado a la novia? -dijo Anglada.</p><p>��No s�. Yo s�lo he o�do eso. Ni siquiera s� si se la llev� o no.</p><p>��Dinos alguien que pueda contarnos m�s de ellos.</p><p>��La Guagua.</p><p>���Y qui�n es �sa?</p><p>��La amiga del alma de la Cheli. Trabaj� con ella en otra �poca. La llaman as� porque no le importa subir a varios a la vez, us�a entiende�</p><p>��Entiendo -dijo Anglada-. No soy una monja.</p><p>Machaquito alz� las manos.</p><p>��No quise yo faltarle, do�a Ru�</p><p>���D�nde la encontramos?</p><p>Machaquito nos dio, c�mo no, el nombre de un bar. Era bastante peor que el que le ten�a a �l como cliente, peor incluso que el de la Cheli. Cuando entramos all�, toda la concurrencia la formaban un par de tipos somnolientos y siniestros, adem�s del que atend�a la barra, un sujeto calvo de prominente barriga cuya indumentaria no deb�a de haber sufrido el asalto del detergente desde la guerra de las Malvinas, como poco. Los restos org�nicos que salpicaban su camisa hab�an adquirido colores indescriptibles.</p><p>Pedimos un par de cervezas. Las echamos en los vasos. Hasta ah�, era factible llegar. Beber una sola gota requer�a m�s arrojo del que yo acert� a reunir. Tampoco Anglada se apresur�. Esta vez, por relevarla del trabajo sucio, y nunca mejor dicho, fui yo el que hizo las preguntas:</p><p>��Buscamos a una a la que llaman la Guagua.</p><p>Silencio entre los circunstantes.</p><p>��Nos han dicho que viene por aqu�.</p><p>Miradas bovinas, turbias.</p><p>���No la conocen?</p><p>Uno de ellos empez� a frotarse la barbilla.</p><p>���Una que tiene el co�o muy grande? -pregunt�, con aire aturdido.</p><p>Anglada reprimi� una carcajada. Los otros apenas sonrieron.</p><p>��No disponemos de ese dato, se�or -dije-. Pero podr�a ser.</p><p>��Hace meses que no se le ve el pelo -nos inform�, ab�lico.</p><p>���Sabe por qu�?</p><p>��No. �Sab�is vosotros?</p><p>Los otros dos menearon la cabeza.</p><p>���Sab�is d�nde vive? -atac� Anglada.</p><p>Nueva negaci�n silenciosa, esta vez de los tres.</p><p>��Est� bien. Muchas gracias -dije.</p><p>Pagu� las cervezas y le hice un gesto a Anglada. Ni all� hab�a nada que rascar, ni me apetec�a seguir husmeando en aquel ambiente durante m�s tiempo. Ya empezaba a estar harto del paisaje tabernario, por aquel d�a. No porque me creyera mejor que ellos (todos somos trozos del mismo barro, pobres monos condenados a buscar placer, soportar dolor y tirar adelante, perplejos y desvalidos); sino porque aqu�l no era mi mundo ni abrigaba la ilusi�n de incorporarme a �l. No me habr�a sentido menos a disgusto en una recepci�n al cuerpo diplom�tico en el palacio de Buckingham.</p><p>��Podr�amos haberles metido m�s ca�a -dijo Anglada, una vez fuera.</p><p>��S�, puede ser -reconoc�-. Pero mira, por una vez, tengo un p�lpito: estamos perdiendo el tiempo. Por aqu� no vamos a ninguna parte. Y si hab�is propuesto al Machaquito para alguna condecoraci�n, yo lo parar�a.</p><p>��No hemos llegado a tanto -ri� Anglada.</p><p>En ese momento me son� el tel�fono m�vil. Era Chamorro.</p><p>���Qu� tal? -le pregunt�.</p><p>��De l�stima -respondi�-, y cabreada. Uno de estos ni�atos subnormales acaba de preguntarme si he salido desnuda en la revista alguna vez.</p><p>��Gloriosa jornada -dije.</p><p>���Qu�?</p><p>��Nada. Que d�nde te recogemos -claudiqu�.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 12 VERY BAD GIRL</p></title><p>Recogimos a Chamorro en la plaza. En cinco minutos, y aun le sobr� tiempo, pudo contarnos el resultado de sus pesquisas matinales. Nada que aportase alguna novedad respecto de lo que ya hab�a averiguado la tarde anterior. Lo m�s relevante era que Ram�n Vel�zquez y Jorge Fern�ndez, los interrogados previamente por Anglada, no se hab�an apartado un mil�metro, con la supuesta periodista, de lo que hab�an testificado ante la guardia.</p><p>��Estaban con la mosca detr�s de la oreja -presumi�, molesta.</p><p>��O eso es todo lo que saben -dijo Anglada, como exculp�ndose.</p><p>Hice un r�pido an�lisis mental de la situaci�n. Mir� la hora, las dos menos cuarto. Luego alc� la vista al cielo. Un d�a radiante.</p><p>��Bueno, no creo que hasta este momento se nos pueda acusar de haber sido perezosos -conclu�-. Es viernes, hemos hablado con un mont�n de gente y no s� vosotras, pero yo tengo en la cabeza una madeja que me convendr�a desenredar antes de seguir adelante. Me parece que es el momento de hacer un par�ntesis y ordenar las ideas �Hab�is tra�do ba�ador?</p><p>Las dos me observaron con asombro.</p><p>��S� -admiti� Chamorro, como si fuera algo il�cito.</p><p>��Yo siempre llevo -declar� Anglada.</p><p>���Os parece que nos vayamos a comer cerca del mar y luego nos tumbemos a meditar en la playa? No es una orden. Lo someto a votaci�n.</p><p>Anglada asinti�, rauda.</p><p>��Por m�, vale.</p><p>Chamorro se demor� algo m�s.</p><p>��Y por m� tambi�n -dijo al fin-. Pero antes quisiera pedirte un favor.</p><p>��Pide.</p><p>Volvi� a remolonear un poco. Entonces intu� que tal vez prefiriese no hablar del asunto delante de Anglada. Quise buscar la manera menos violenta de salvarle ese escollo, pero no anduve lo bastante r�pido.</p><p>��Hasta el domingo no vamos a ver a la chica -se arranc�, esforz�ndose por vencer sus titubeos-. Me preguntaba si en lo que tienes previsto para ma�ana� Bueno, si para lo que sea yo te resulto imprescindible.</p><p>Trat� de adivinar por d�nde iba. Lo entrev�. Y no iba a oponerme.</p><p>��No -respond�-. De hecho hab�a pensado que pod�amos plantearnos una jornada un poco m�s relajada y darnos una vuelta por la isla.</p><p>��Pues si no te importa -dijo, a�n dubitativa-, me vendr�a muy bien tomarme el d�a para ir a Madrid. Busco un vuelo para estar el domingo por la ma�ana de vuelta en Tenerife, no te preocupes. Y me lo pago yo.</p><p>Ahora fui yo el que lament� que estuviera delante Anglada, en tanto que me imped�a preguntarle a Virginia por qu� sent�a aquel s�bito impulso de trasladarse hasta Madrid, para estar all� un solo d�a y asumiendo el coste del viaje, que representaba una porci�n nada desde�able de su sueldo. Ten�a que conformarme con imaginar el motivo, y lo imaginaba. Un antidisturbios enfurru�ado y ego�sta. No cre� que lo mereciera, pero qui�n era yo.</p><p>��Claro -acced�-. Y si encuentras avi�n para hoy, vete hoy, para no andar tan apurada. En cuanto al billete, intentar� que te lo paguen, pero ya sabes c�mo anda el presupuesto. No te lo puedo prometer.</p><p>��No importa. Gracias, mi sargento.</p><p>��Faltan cinco minutos para que cierren la agencia -advirti� Anglada-. M�s vale que nos demos prisa, si quieres sacar ese billete.</p><p>Llegamos antes de que la agencia cerrase. Anglada se hizo cargo de la negociaci�n con la empleada y al cabo de apenas cinco minutos le hab�a conseguido a Chamorro la mejor combinaci�n posible. Una plaza en el �ltimo vuelo de aquel mismo d�a, y otra en el primer Madrid-Tenerife del domingo, a tiempo de enlazar con el que deb�a llevarnos a ambos a La Palma. Y con tarifa reducida, por salir el viernes y volver pasada la noche del s�bado.</p><p>��Bueno, no te quejar�s de Viajes Anglada -le dijo a Chamorro, plet�rica, despu�s de ajustar los vuelos y el precio.</p><p>��No. Te debo una -le agradeci� mi compa�era, con aquella sonrisa siempre un poco forzada que era lo m�ximo que parec�a capaz de dedicarle.</p><p>Subimos al hotel a cambiarnos. Si por lo com�n no era f�cil ver en el grupo que compon�amos a tres guardias de servicio, cuando nos reunimos en la recepci�n, cada uno con su peculiar atuendo playero, habr�a sido casi imposible adivinarlo. Confieso que yo era el m�s improcedente, con mi ba�ador hawaiano descolorido y mi camiseta de Buzz Lightyear, un regalo de mi hijo que cualquiera que tenga descendencia y haya recibido alguna vez un obsequio de sus v�stagos, elegido por ellos mismos, comprender� que no pod�a dejar de ponerme en cuanto se me presentaba la ocasi�n. Chamorro llevaba una camiseta larga hasta las rodillas, azul oscura, con una bonita esfera terrestre estampada sobre el pecho en vivos colores. Anglada, y mentir�a si dijera que me sorprendi�, unos shorts ajustados y una camiseta naranja con la leyenda very bad girl en letras verdes, tambi�n sobre el pecho. Por cierto que la ondulaci�n que adquir�an las letras suger�a que lo que hab�a debajo se sosten�a en completa libertad. Despu�s de la fealdad de la ma�ana, admito que la perspectiva que se me ofrec�a, en la compa��a con que la afrontaba, despert� mi fibra voluptuosa. Deber�a haber olfateado el peligro, y haber tratado de mantener un talante m�s asc�tico. Pero no lo hice.</p><p>��Bonita camiseta, mi sargento -opin� Anglada.</p><p>��Lo que yo quiero saber es la marca del ba�ador, para cuando tenga que regalar uno -brome� Chamorro-. Por lo que dura, digo.</p><p>��Pues �ste no tiene menos de diez a�os -calcul�-. Me lo compr� de soltero, y sobrevivi� a mi matrimonio� Ahora ya es una cuesti�n sentimental. No puedo deshacerme de un compa�ero tan leal y tan sufrido.</p><p>��Eso s�, muy a la moda no vas -juzg� Anglada.</p><p>��Soy demasiado pobre, demasiado antiguo y demasiado vulgar como para aspirar a ir a la moda. Dejo que mi ropa proclame mis carencias.</p><p>��Pues las proclama que no veas -dictamin�, con maldad.</p><p>��Vosotras, en cambio, vais muy bien conjuntadas. Lamento desentonar, pero seguro que en la playa encontr�is a alg�n guaperas fashion. En ese momento me plant�is y yo me pongo a buscar conchas. Sin compromiso, no os preocup�is por m�. Se me dan bien los pasatiempos solitarios.</p><p>��No seremos tan crueles -dijo Chamorro.</p><p>���A qu� playa vamos? -pregunt� Anglada-. Hay m�s de una.</p><p>��Elige t�, que eres la experta -le encomend�.</p><p>Anglada tom� rumbo sudoeste, siguiendo la l�nea de la costa. Al cabo de un rato se sali� por un desv�o y despu�s de bajar unas fuertes pendientes nos encontramos en una urbanizaci�n de reciente construcci�n.</p><p>��No es lo m�s bonito -advirti�-, pero es de lo que pilla m�s a mano y hay variedad de sitios para comer al borde de la playa.</p><p>Almorzamos en un restaurante funcional, con mesas y sillas de pl�stico, rodeados de alemanes que zampaban paella y beb�an una sangr�a cuyo vivo color, entre rojo y viol�ceo, delataba el vino de tetrabrik empleado en su elaboraci�n. Tampoco el arroz parec�a estar a la altura del precio que le asignaba la carta, de modo que escogimos tomar algo de pescado y beber cerveza. Como ya era habitual, tuvimos que esperar much�simo. Pero la indolencia a que invitaba la visi�n del horizonte marino logr� embargarnos hasta tal extremo que ni siquiera Chamorro protest�. Incluso tomamos caf�, alargando hasta las dos horas y media nuestra estancia all�. No desaprovechamos el rato, a pesar de todo. Durante aquel moroso almuerzo, repas� con mis dos subordinadas la informaci�n que hab�amos logrado reunir, y les ped� que me dijeran por d�nde cre�an que deb�amos continuar. Chamorro se mostr� partidaria de agotar los esfuerzos para localizar al Moranco y a la Cheli, aunque a la vez record� que ah� segu�a estando el ex concejal, a quien a su juicio no cab�a descartar a�n. Anglada se adhiri� a lo dicho por Chamorro. A�adi� que tampoco pod�amos olvidarnos de Udo Stammler, y expres� sus dudas sobre las fuentes que nos hab�an puesto en la pista de una posible conexi�n de la muerte de Iv�n con el tr�fico de drogas. Sugiri� que deb�amos volver a hablar con ellos para cerciorarnos.</p><p>Tom� nota de la opini�n de ambas, pero no quise decidir nada inmediatamente. Una vez que pagamos la cuenta, les propuse ir a la playa. Se me ocurri� que podr�a pensar mucho mejor all� tendido, mientras gozaba de la caricia del sol en la piel y me dejaba arrullar por el rumor de las olas.</p><p>Fue aqu�l, por diversas razones, un c�lculo demasiado optimista. En primer lugar, la playa era de piedras, y aunque no sin cierto esfuerzo logr� preparar un lecho m�s o menos plano y regular bajo mi toalla, aquello distaba de ser la superficie m�s id�nea para relajarse. Por otra parte, en mis intenciones reflexivas, no hab�a contado con cierta perturbaci�n que aquella tarde iba a disminuir gravemente el rendimiento de mi cerebro.</p><p>Lo que debo referir a continuaci�n me resulta un poco humillante. Sinceramente, habr�a preferido que cuando a�n era tiempo, es decir, en la edad pueril, los responsables de mi educaci�n me hubieran acostumbrado a convivir sin aspavientos con ciertos aspectos de la naturaleza humana, en lugar de ved�rmelos e inculcarme un malsano pudor ante su exposici�n. El hecho es que no lo hicieron, y que adem�s, por obra y gracia de mi dotaci�n cromos�mica, me veo obligado a padecer los avatares de una sexualidad, la masculina, que a menudo resulta indeseable e imperiosamente autom�tica. Hay quien dice que uno puede sobreponerse a ambas limitaciones con un adecuado entrenamiento, pero o no he tenido el tiempo o me ha faltado la voluntad. Como consecuencia, en ciertas situaciones, mal que me pese, me conduzco con una falta de desparpajo que, a qu� ocultarlo, me abochorna.</p><p>Pude mantener la compostura cuando Chamorro se despoj� de su camiseta. No es que mi compa�era careciera de argumentos para provocar cierta inquietud a cualquier var�n que la contemplara, a menos que el var�n en cuesti�n sufriera una anormal amputaci�n de sus instintos viriles; pero no era la primera vez que la ve�a en bikini, y adem�s me hab�a mentalizado para comportarme en presencia de su p�lida epidermis. Lo que en modo alguno me hab�a preparado para encajar era que Anglada se sacara su camiseta naranja y surgiera ante mis ojos pecadores, de cintura para arriba, en su esplendorosa y tostada desnudez. Como no hay trance, por terrible que sea, que no pueda volverse a�n m�s angustioso, por un momento baraj�, presa del p�nico, la posibilidad de que se bajara los shorts y tampoco hubiera juzgado preciso llevar nada debajo de ellos. No lleg� a tanto. Aunque escueta, la pieza amarilla que cubr�a su intimidad vino a paliar mi zozobra.</p><p>Chamorro tampoco hab�a sido aleccionada para dejar de cohibirse un poco ante aquella exhibici�n. Pero la impresi�n que le produjera la exterioriz� apenas en una sombra que cruz� r�pidamente por su gesto. Ella contaba con esa envidiable capacidad femenina para no dejarse nunca asombrar mucho por nada, y sobre todo, estaba libre del peque�o enemigo que bajo mi ba�ador hawaiano empezaba a desobedecer mis desesperadas �rdenes.</p><p>Imagino que mi rostro denunciaba, pese a mis esfuerzos, el conflicto que se desarrollaba en mi interior. Porque cuando Anglada, despu�s de realizar una turbadora sesi�n de estiramientos, se dio la vuelta y me caz� la mirada, se apresur� a infligirme un hiriente y perverso comentario:</p><p>��Lo siento, pero hace muchos a�os que no uso la parte de arriba.</p><p>Para terminar de complicarme la posibilidad de reaccionar de forma airosa ante la provocaci�n, Chamorro se volvi� a m�, vagamente expectante.</p><p>��No os har� sentir violentos, �no? -insisti� Anglada.</p><p>��A m� no -repuso Chamorro, con distante frialdad.</p><p>Ten�a que decir algo, y pronto, aunque malditas las ganas que ten�a de hacer otra cosa que volatilizarme encima de mi toalla.</p><p>��Debo admitir que hasta d�nde yo s� la situaci�n no est� contemplada en las ordenanzas -respond�, con prudente lentitud-. As� que, aunque en cierto modo me descoloque, no veo por qu� deber�a violentarme.</p><p>Anglada sonri� maliciosamente. Chamorro lo hizo de forma tan tenue que dudo en calificar su expresi�n como sonrisa. Despu�s se tumb�, acaso como forma de desentenderse de todo aquello. Me doli� un poco su deserci�n, a decir verdad. No estaba demasiado satisfecho de mi respuesta, pero, considerando las circunstancias, pod�a haber sido a�n m�s deplorable.</p><p>��Bueno, yo me voy al agua -dijo Anglada-. �Alguien se viene?</p><p>Los dos declinamos la invitaci�n, Chamorro supongo que por mantener su displicencia, y yo porque la holgura de mi traje de ba�o no era bastante como para permitirme adoptar la posici�n erecta sin sufrir un grave descr�dito. Anglada se encogi� de hombros y ech� a caminar hacia la playa.</p><p>Renuncio a contar en detalle la hora y pico que pasamos all�. Al final pude ba�arme, incluso me las arregl� para pensar un poco sobre el caso por cuya raz�n me ve�a expuesto a aquellas intensas emociones. Pero fue un tormento intentar ofrecer una apariencia de normalidad, teniendo todo el rato ante las narices a una mujer que me pon�a a cien con los pechos al aire. Hice por sacar conversaci�n sobre cuestiones insulsas, y por no parecer r�gido cuando ten�a que mirarla, sin buscar lo que me imantaba ni eludirlo de forma que delatara mi codicia. Pero me temo que no estuve nada convincente. En alg�n momento sopes� si no deb�a haber considerado su striptease como una falta de respeto al superior y haberle impuesto la correcci�n disciplinaria correspondiente. Pero recapacit�, creo que con buen criterio, y me dije que el tama�o del oprobio es directamente proporcional a la aparatosidad de la maniobra con que uno trata de encubrirlo. M�s val�a dejarlo como estaba.</p><p>En el viaje de regreso, trat� de recobrar el control. Volv� al terreno seguro, a aquel en el que pod�a ejercer una autoridad indiscutida.</p><p>��Despu�s de darle unas cuantas vueltas -le comuniqu� a mi equipo-, no estoy muy contento con la marcha de la investigaci�n. Creo que nos hemos dispersado y me temo que en alguno de los caminos que hemos tomado nos hemos perdido. Puede que por mi culpa, no estoy rega�ando a nadie.</p><p>Las dos me escuchaban, atentas.</p><p>��Tenemos que saber m�s del chico -continu�-. Tenemos que saber m�s del concejal. Tenemos que saber m�s del instructor de submarinismo, aunque no nos acabe de convencer esa pista. Y tenemos que saber por qu� demonios ha desaparecido el Moranco, aunque sea un pu�etero engorro por la gente con la que habr� que tratar. Es mucha tarea y tendremos que repartirnos. De aqu� al lunes, ya que el equipo no va a estar completo, me conformo con darle otro tiento a Stammler y hablar con Desir�e, que es una forma de investigar a su pap�. Pero desde el lunes hay que ponerse las pilas.</p><p>Me volv� a Chamorro.</p><p>��Una semana pasa r�pido. A partir del viernes que viene, t� y yo ya no podremos dedicarnos a esto con tanta tranquilidad.</p><p>A media tarde, despu�s de pasar por el hotel, llevamos a Chamorro al puerto. Deb�a embarcar con cierto margen, si quer�a llegar a Tenerife a tiempo de coger su avi�n a Madrid. Para hacer econom�as, no sac� pasaje en el hidroala, sino en el ferry normal. La acompa�amos hasta el barco. Resulta inevitable sentir una leve desaz�n en el est�mago, cuando ves a alguien irse en barco desde un muelle. Al menos yo la sent� al ver irse a mi compa�era, o quiz� era el desasosiego que me produc�a quedarme solo con Anglada. Lo que ella sintiera al marcharse, si algo sinti�, no pude saberlo.</p><p>Aquella noche, el sargento primero Nava nos invit� a cenar en su casa. Me apresur� a aceptar el plan, que me proteg�a frente al insondable peligro de una velada solitaria con Ruth. En la cena estuvieron, adem�s de Nava, el cabo Valbuena y las mujeres de ambos. Aunque la composici�n de la mesa ven�a a convertirme en pareja de hecho de Anglada, agradec� el respiro que me proporcionaba aquella reuni�n casi familiar. La mujer de Nava era buena cocinera y todos se esforzaron por tratar con calidez al hu�sped de Madrid. Por mi parte, les correspond� con lo que quiz� me tocaba, traerles noticias y chismorreos de la capital. La sobremesa se prolong� mucho, y una vez que el alcohol hubo soltado las lenguas, la franqueza fue en aumento.</p><p>��Supongo que a ti, que vives en el cuartel general, todo esto te queda muy lejos -dijo el sargento primero-, pero aqu� en las trincheras la gente est� cada vez m�s quemada. Y uno ya no sabe c�mo mantenerles la moral.</p><p>��Oye, que yo soy s�lo sargento -le record�.</p><p>��Ya, enti�ndeme. A lo que me refiero es que t� no sabes lo duro que est� esto �ltimamente. A la gente la tengo reventada de servicios. El tinglado estaba muy bien cuando el pa�s era otra cosa, cuando no hab�a nada m�s que cazadores furtivos, ladrones de gallinas y alg�n bandido. Pero ahora, en la demarcaci�n de cualquier puesto, te encuentras de todo. Y para enfrentarlo tienes s�lo un pu�ado de hombres, y la cobertura de la l�nea o de la comandancia, s�. Pero cuando hay jaleo, a ti te toca parar el golpe.</p><p>��Me consta -dije-. Me muevo por ah�, aunque tenga la base en Madrid.</p><p>��Y oye, no te quejes, que siempre puede ser peor. Al menos, como esto est� demasiado lejos, hasta aqu� no llegan las pateras. Tengo un compadre en Fuerteventura que echa espumarajos por la boca, si le preguntas. No veas qu� noches se pasa, y con el alma en los pies todo el rato. Sacando muertos, recogiendo gente medio congelada y como te descuides hasta haci�ndole de comadrona a alguna subsahariana. Y ya sabes, todo por la Patria.</p><p>El resto de los presentes, curtidos d�a a d�a en el respeto debido al jefe del fuerte, le respaldaban con un reverente silencio.</p><p>��En fin -suspir� Nava-. Que para qu� enga�arnos. Que somos los gilipollas que est�n ah� para comerse la mierda que no quiere nadie. Y encima, con esto de tener a la familia siempre al pie del ca��n, nos matan a los ni�os en cuanto nos descuidamos. Porque la gente es mansa, que si no�</p><p>No ten�a nada que oponerle. Resulta un poco dif�cil objetarle a alguien lo que antes ha pasado por tu cabeza.</p><p>��En otra vida, t�o -volvi� a hablar, con amargura-, quiero ser pol�tico. Salir en la tele con toda la cara y decir �hay que hacer esto, hay que hacer lo otro�, �seremos inflexibles� o cualquiera de esas paridas que dicen. Y luego poder mandar a otro imb�cil a que pague el precio de mi bravura, mientras yo me paseo en mi coche blindado con climatizador.</p><p>��Bueno, la cosa est� organizada de esa forma -dije-. Y la gente no se rebela. A lo mejor es que tiene que ser as�. No lo s�.</p><p>��Tiene que ser as�, claro -asinti� Nava-. Para que luego ellos envejezcan podridos de billetes, y nosotros, si llegamos, en la puta miseria. Hasta ya nos meten mano en el dinero de los hu�rfanos, que era lo que nos faltaba. Y les sale barato, no tienen m�s que pagarles a un par de golfos o de tontos, igual me da, el viaje para ir a ver la final de la Copa de Europa.</p><p>��No voy a ponerme a defender a los pol�ticos -repuse, por bajar un poco el tono-. Pero a alguno tambi�n ha habido que enterrarlo joven.</p><p>��S� -admiti�-. Siempre hay alg�n pardillo despistado. Segundones. Dime t� si han tumbado a alguien gordo, despu�s de Carrero.</p><p>S�lo un irreflexivo se permite polemizar con alguien cuando est� exaltado. Prefer� callar, porque en t�rminos generales compart�a su diagn�stico y porque rebatirle en los matices en que me parec�a que pod�a estar siendo injusto pod�a conducirme a ser acusado de sostener lo que no sostengo. Ya me ha pasado alguna vez. En las controversias de sobremesa, como en las de la radio o los m�tines, s�lo pueden despacharse a gusto los incendiarios. Pero Nava se hab�a animado, y todav�a no hab�a gastado su arsenal:</p><p>��Que te lo digo yo, que todo est� montado para su beneficio, y que ya han perdido la poca verg�enza que les quedaba. Mira, un ejemplo. Cuando aqu� te viene una mujer a denunciar que su marido la amenaza. �Qu� haces? Vas, hablas con �l, a lo mejor te tomas la molestia de estar encima durante una temporada; sac�ndotelo de las costillas, claro, y mientras no tengas que acudir a tapar otro agujero. Porque medios para proteger a esa mujer ya sabes que no te van a dar. Luego el t�o la mata, y en los peri�dicos la gente lee que hab�a puesto doce denuncias. Sin embargo, viene cualquier par�sito de cualquier familia real de mierda, como esa de M�naco, que es para cagarse de la risa, y le ponen veinte guardias a vigilar la finca donde va a cazar.</p><p>Sostuve su mirada, inc�modo. No hab�a escogido mal ejemplo.</p><p>���Qu�? �Me estoy inventando algo? -pregunt�.</p><p>��No, no te lo est�s inventando. Es un asunto jodido -reconoc�-. Lo que a m� me gustar�a saber es en qu� gen tiene el ser humano la predisposici�n a ir a lo suyo. Porque todo viene de ah�. El pol�tico, o la princesa de M�naco, quiz� no sean peores que t� y que yo. S�lo pasa que tienen m�s posibilidades de aprovecharse de los dem�s para conseguir sus ambiciones personales. Para eso, desde luego, tienen que perder el sentido de la justicia. Y muchos, o quiz� la mayor�a, lo pierden. En eso estoy de acuerdo contigo.</p><p>Nava, por primera vez, medit� lo que iba a responderme.</p><p>��Mira -habl� al fin-. No digo que no tengas raz�n, y a lo mejor yo me pongo un poco burro. Pero no puedo perdon�rselo, qu� quieres que le haga. Yo pringo, y ellos trincan. Lo que no s� es por qu� te largo todo el rollo a ti, que est�s del mismo lado que yo. Supongo que es la necesidad de desahogarse de vez en cuando. Ya me disculpar�s, compa�ero.</p><p>��No hay nada que disculpar, hombre.</p><p>La velada se alarg� un rato m�s, durante el que la conversaci�n deriv� hacia asuntos menos trascendentes. Sin embargo, cuando Nava nos acompa�� a Anglada y a m� hasta el coche, me reiter� sus excusas:</p><p>��Oye, perdona el n�mero. Demasiado vino palmero. Aqu� intentan convencerte de que es la hostia, pero a m� no me sienta muy bien.</p><p>��Que no te preocupes, co�o -repet�.</p><p>��En fin, ya sabes. Aqu� seguimos, para lo que te haga falta -se ofreci�-. Los de tropa tenemos que apoyarnos, que si no, no tenemos a nadie.</p><p>Mientras Anglada conduc�a, en mi mente, que tampoco estaba libre de vapores et�licos, se agolparon los sucesos del d�a. No hab�a pasado casi nada, hab�a avanzado muy poco en el trabajo que me hab�a llevado all�, y sin embargo ten�a una sensaci�n de inmenso agotamiento. Mi alma ped�a tregua, pero los dioses no estaban por d�rmela, a�n. O� que Anglada dec�a:</p><p>��El sargento primero es un poco vehemente, cuando se cuece.</p><p>��Ya veo -anot�, con cauto laconismo.</p><p>��Pero es buen chaval -agreg�-. Te lo digo yo, que he vivido bajo su poder absoluto durante unos cuantos meses. Ten�as que ver al jefe de puesto que me toc� en Pontevedra. Un asfixiao que te cagas. No s� si hay algo peor que eso. Nava, en cambio, tiene criterio, y cuida de su gente.</p><p>��Eso le honra -opin�.</p><p>Despu�s de dejar el coche en el aparcamiento del hotel, y mientras camin�bamos hacia la recepci�n, Anglada dijo de pronto, insinuante:</p><p>��Supongo que si te invito a una copa en el bar no vas a aceptarla.</p><p>No quise mirarla, pero la mir�. Pese al vino que me nublaba la vista y la oscuridad de la noche, o quiz� con su ayuda, vi en aquella mujer una firme y tentadora promesa de perdici�n. No s� si ella hab�a bebido tanto como yo, pero pens� que acaso era el alcohol lo que me la pon�a al alcance. Aunque a lo largo de mi vida he podido atraer a alguna mujer sin necesidad de emborracharla, tampoco las he visto nunca desmayarse a mi paso, as� que tiendo a desconfiar cuando me parece que alguna me resulta asequible.</p><p>Sin embargo, no me resist� por el escr�pulo de no aprovecharme de alguna debilidad moment�nea. A Anglada se la ve�a bien entera, adem�s de tan deseable como pudiera querer mostrarse. Me resist� porque una r�faga de lucidez me puso ante los ojos los inconvenientes pr�cticos que dejarme llevar iba a acarrearme, y porque, simult�neamente, un espasmo desde el fondo de mis tripas me devolvi� el sabor �spero de antiguos remordimientos.</p><p>��Gracias, Ruth -dije-. Creo que por hoy ya he bebido bastante.</p><p>Acogi� mi negativa con una sonrisa.</p><p>��Es una pena que seas tan decente, mi sargento -lament�.</p><p>��Quiz� lo que es una pena es que sea tu sargento.</p><p>��Quiz�.</p><p>Lo dejamos ah�, en la conjetura. Y no fue f�cil, al menos para m�.</p><p>Atravesamos en silencio los patios desiertos. Nuestras habitaciones estaban en el mismo pasillo. La suya, dos puertas antes que la m�a. Mientras introduc�a la llave en la cerradura, se volvi� para consultarme:</p><p>��Ma�ana a qu� hora.</p><p>��No hace falta que madruguemos. Aprovecha para dormir. Ya te llamo.</p><p>��Pues que duermas t� tambi�n -dese�-. Buenas noches.</p><p>��Buenas noches. Gracias por todo.</p><p>��De nada, mi sargento.</p><p>No me dorm� en seguida, ni mucho menos. De hecho me di cuenta, antes de llegar a meterme en la cama, de que la coyuntura era propicia para desvelarme. De pronto estaba despejado, y me costaba detener el curso de mis pensamientos. Me conozco, y s� que en esas ocasiones es mejor no presentar batalla. As� que fui a la maleta y saqu� de ella la caja en la que guardaba los pinceles, las pinturas y el soldado de plomo en el que estaba trabajando. Tras abrir la caja, me qued� mirando su interior. Aqu�l era el equipo de viaje, el que me llevaba siempre que sal�a de casa m�s de un par de d�as; para tener, justamente, una manera de enfrentar momentos como aqu�l. La pieza que hab�a tra�do, y que me observaba desde el departamento de la caja donde yac�a, sobre un lecho de algod�n, era hermosa y singular. Un muchacho del Volkssturm, las milicias de adolescentes y viejos que reclutaron en 1945 para defender una Alemania ya vencida. Era de complexi�n delgada, casi fr�gil, y sujetaba el subfusil como quien no tiene h�bito de hacerlo.</p><p>Cada uno enfrenta como puede sus fantasmas. Yo hago soldados de plomo de ej�rcitos derrotados. Me relaja, porque exige atenci�n y destreza manual, lo que ayuda a desconectar las zonas nocivas del cerebro. Adem�s, es una forma de encontrarme con los m�os. He ca�do derrotado a menudo.</p><p>Aquella noche, tambi�n ca�. Cuando al fin apoy� la cabeza sobre la almohada y cerr� los ojos, ya no pude impedirlo. So�� con ella.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 13 UNA MALA IDEA</p></title><p>Por un d�a, me permit� el lujo de dormir hasta que mi cuerpo quiso. Pero no pude prolongar el descanso m�s all� de las nueve y media, y a las diez ya estaba aseado y observando en la pantalla del tel�fono m�vil el n�mero que acababa de marcar, que no era otro que el de la cabo Ruth Anglada.</p><p>No apret� la tecla de llamada; no quer�a hablar con ella a�n. Prefer� desayunar antes, y no me di ninguna prisa. Durante la media hora larga que invert� en ello estuve temiendo, o quiz� esperando, que Anglada entrara en el comedor. Pero no lo hizo, y a eso de las once menos veinte volv�a a contemplar su n�mero en la pantalla de mi tel�fono. Esta vez s� llam�.</p><p>���S�? -dijo, con un fondo de viento rugiendo en el micr�fono.</p><p>��Ruth, soy yo.</p><p>��Ah, hola. �Has dormido bien?</p><p>��S�. �D�nde est�s?</p><p>��Dando una vuelta por la playa. Llevo un par de horas en pie. Pero no te preocupes, en cinco minutos estoy ah�. �Me llamas desde el hotel?</p><p>��S�.</p><p>���Quedamos en la recepci�n?</p><p>��Bueno.</p><p>��Cinco minutos, no tardo m�s.</p><p>Puede que fueran seis, pero no llegaron a siete. Desde la butaca en la que me hab�a acomodado, vi entrar a Anglada en la recepci�n. Impetuosa, con las gafas de sol en la mano. Llevaba una falda un poco por encima de la rodilla y una camiseta de tirantes, ambas de color celeste. Encima, una blusa blanca desabrochada y remangada. Elegante aunque informal, juzgu� mentalmente, antes de recordar que no estaba all� para valorar su aspecto.</p><p>��A tus �rdenes, mi sargento -me salud�-. �Qu� tal esa resaca?</p><p>��Peor que cuando ten�a veinte a�os. Pero se puede llevar.</p><p>��Yo he dormido como un beb�. S�lo me faltaba chuparme el dedo.</p><p>��Me alegro.</p><p>���Y bien? �Cu�l es el programa?</p><p>A ella le bastaba con preguntarlo. Yo ten�a que pensarlo, creer que podr�a llevarlo adelante y expon�rselo. La resaca me pesaba menos de lo que le hab�a dado a entender, pero otros obst�culos me entorpec�an.</p><p>��Pues mira, no vamos a ser muy ambiciosos -resolv�-. Primero bajamos al puerto, a ver si vemos a Stammler y me lo presentas. Luego nos vamos al parque, para examinar el terreno a la luz del d�a y tambi�n para hacer un poco de turismo, que no creo que nos fusilen por eso. Comemos algo donde sea y esta tarde nos damos un garbeo por aqu�, viendo qu� podemos averiguar de la gente que nos interesa. Tampoco me importar�a, si hay ocasi�n, charlar un rato con los compa�eros de partido de G�mez Padilla que respaldaron su coartada. Que no se diga que no hacemos los deberes.</p><p>��Empezaba a parecerme que lo hab�as descartado, al concejal.</p><p>��Te confieso que preferir�a que no fuera �l -reconoc�-. Primero, porque no me cay� mal, y segundo, porque ser�a lo m�s dif�cil para nosotros. Tendr�amos que atarlo mucho, para poder irle con la pel�cula al juez.</p><p>��Soy consciente.</p><p>��Pero oye, lo que haya de ser ser�.</p><p>��En cuanto a esos dos -dijo Anglada-, no es dif�cil que nos los encontremos paseando por el centro, esta tarde. Y si no, vamos a hacerles una visita a sus casas. No tienes m�s que darme la orden y te llevo.</p><p>��Es s�bado -record�-. Vamos a tomarlo con calma.</p><p>Udo Stammler no estaba en el puerto, cuando fuimos a buscarlo. Ten�a la oficina cerrada y tardamos en encontrar a alguien a quien preguntarle.</p><p>��No viene todos los s�bados -nos inform� un vigilante, al fin-. Por la hora que es, a m� me da que ya no va a venir, pero no se lo digo seguro.</p><p>Anglada me mir�, interrogadora.</p><p>���ste debe de tener tarjeta de residente -dedujo-. Si nos pasamos por el puesto y consultamos el ordenador sacamos la direcci�n de su casa en cinco minutos. Y como es alem�n, seguro que la tiene actualizada.</p><p>��Ser�a m�s f�cil -dije-. Bastar�a con llamar a Margarethe y pregunt�rselo.</p><p>���Entonces?</p><p>��No s� si tiene sentido forzar el asunto. No acabo de creer que de aqu� saquemos algo. Vamos a dejarlo para el lunes, que me imagino que andar� por aqu�.</p><p>��Te noto hoy un poco flojo, mi sargento, si puedo decirlo.</p><p>Me volv� hacia ella. Era cierto que me flaqueaba la voluntad. Y que no me apetec�a excesivamente sobreponerme a mi desfallecimiento.</p><p>��Pues s�, Anglada, es posible -conced�-. Y hay d�as en los que puede que no merezca la pena empe�arse en sacar mucho de uno mismo. Porque s�lo consigues cansarte y al final te da igual. As� que v�monos al parque.</p><p>��No voy a discutir -dijo, risue�a-. T� eres el suboficial al mando.</p><p>Subimos al coche y Anglada condujo sin prisa por las calles. Camino de la carretera que llevaba al parque nacional, pasamos junto a la peculiar torre del siglo XV que los folletos tur�sticos anunciaban como uno de los edificios que pudieron ver Crist�bal Col�n y sus expedicionarios. Pens� en lo diferente que deb�a de ser la vida all� entonces, cuando los espa�oles eran unos conquistadores apenas reci�n llegados y la Pen�nsula quedaba a muchos d�as de navegaci�n, en lugar de estar s�lo a un par de horas de vuelo. La torre, ahora una extravagancia rodeada por el urbanismo moderno de la Villa (as� llamaban los lugare�os a su capital), sobreviv�a como un vestigio entre insolente y absurdo, aislada en medio de un parque algo desangelado.</p><p>Hab�a bastante tr�fico en la carretera; m�s, desde luego, que la noche que Anglada nos hab�a llevado por primera vez por all�. Comenzaba a habituarme al paisaje de la parte seca de la isla, a sus montes y desfiladeros de aspereza africana. Porque aquella isla acaso fuera en cierto modo ninguna parte, s�lo id�ntica a s� misma; pero si hab�a que vincularla a alg�n continente, est�bamos en �frica. Y aunque el hombre se esforzara por cubrir la tierra con los signos de su manera de organizar el mundo (las casas, las carreteras, las explotaciones agr�colas) la tierra siempre asomaba debajo.</p><p>Andaba en estos y otros pensamientos ociosos, a los que pod�a entregarme sin tasa gracias a que Anglada permanec�a callada y atenta a la ruta, cuando me acord� de alguien con quien se supon�a que yo habr�a debido pasar aquel d�a, antes de que mis superiores decidieran encomendarme esclarecer el homicidio del infortunado Iv�n L�pez. Tem� olvidarlo luego si no lo hac�a en aquel momento, as� que saqu� el tel�fono y marqu� su n�mero.</p><p>��S� -respondi� la decidida voz femenina que bien conoc�a.</p><p>��Hola -dije.</p><p>��Ah, eres t�. Espera. Te lo paso.</p><p>Correcta, lejana, como de costumbre. Hac�a mucho tiempo que hab�a dejado de reproch�rselo. Pod�a ser, nada m�s, su mecanismo de autodefensa. Todos los tenemos, y no se nos puede condenar por usarlos.</p><p>���Todo bien? -pregunt�, al cabo de unos segundos.</p><p>��S�.</p><p>��Bueno, aqu� est�. Hasta luego.</p><p>Mi hijo, como sol�a, y como quiz� resulta corriente entre los ni�os de nueve a�os, est�n o no separados sus padres, dej� que la conversaci�n transcurriera al ritmo de mis preguntas. S�lo tom� la iniciativa para contarme una pel�cula que hab�a visto y preguntarme si ya hab�a cogido al asesino. Decirle a qu� me dedicaba en concreto hab�a sido una idea de su madre, que no siempre, en mi modesta y desautorizada opini�n, acertaba al educarlo.</p><p>Cuando colgu�, Anglada hizo la observaci�n evidente:</p><p>��Tu hijo.</p><p>Asent�.</p><p>��Supongo que es un mal rollo, as� que no temas, no voy a cotillear.</p><p>��No, los ni�os son unos benditos -dije-. Por lo menos a la edad que tiene el m�o. El mal rollo lo ponemos los padres.</p><p>���Hace mucho que no vives con �l?</p><p>��Dijiste que no ibas a cotillear.</p><p>��Perdona.</p><p>��Casi seis a�os. Ya est� asumido. Dentro de lo que cabe.</p><p>No dijo m�s, ni yo hice por alargar la conversaci�n. No era, en cualquier caso, la que m�s me apetec�a mantener, ni con ella ni con nadie. Mientras ella conduc�a, inusualmente despacio, trat� de distraerme con la ruta.</p><p>Tras atravesar el t�nel, nos internamos en los dominios del parque nacional. Aquel d�a las nubes eran muy poco densas y el bosque se ve�a resplandeciente: ten�a un color verde esmeralda, salpicado de destellos all� donde el agua reflejaba la luz del sol. Era un escenario por completo diferente del que hab�a conocido de noche. Lo que entonces me hab�a parecido hostil y un punto escalofriante, ahora resultaba gratificante y acogedor.</p><p>Tambi�n era muy distinto, a la luz de aquel d�a, el lugar donde hab�a aparecido el cad�ver. Sin el estorbo de la niebla y de la oscuridad, el camino que hab�a que hacer desde la carretera resultaba mucho m�s liviano.</p><p>��Algo que no te pregunt� la otra vez -le dije a Anglada, una vez all�-, es si el cuerpo estaba oculto, o semienterrado de alguna forma.</p><p>��No -repuso, meneando la cabeza-. Seg�n cay�. Crey� que era suficiente con traerlo hasta aqu�, o que se pudrir�a r�pido, en este entorno tan favorable. Y un poco podrido s� que estaba, de eso te puedo dar fe.</p><p>Me qued� pensando, mientras observaba el suelo y los troncos de los �rboles, todos empapados de aquella humedad que daba la vida, entre otros, a los peque�os organismos que hab�an corrompido el cad�ver de Iv�n.</p><p>��O quiz� -propuse, sobre la marcha-, lo que quer�a el que lo dej� aqu� era que lo encontraran. Para que el marr�n cayera sobre el concejal.</p><p>��Si todo fuera un montaje, eso encajar�a -acept� Anglada.</p><p>���Hab�a mucha sangre?</p><p>��No que yo viera.</p><p>��Tal y como lo mataron, tuvo que sangrar en abundancia -infer�.</p><p>��Ten en cuenta que lo descubrimos tres semanas despu�s.</p><p>��Eso es verdad. Pero desde el principio me ha llamado la atenci�n, la poca sangre. Vi las fotos de los asientos del BMW. Apenas unas cuantas manchas. Si lo hubieran degollado dentro del coche, deber�a haber m�s. Y si lo hicieron fuera, �c�mo lleg� la sangre hasta el asiento?</p><p>��A lo mejor el asesino se manch� durante la operaci�n, y luego, por descuido, fue �l mismo el que manch� el asiento -sugiri� Ruth.</p><p>��Que fuera �l, parece probable. Que fuera por descuido�</p><p>Me entretuve a sopesar aquella idea durante unos instantes, con el rostro vuelto hacia arriba. A trav�s de los resquicios que dejaban las ramas de los �rboles se vislumbraba el fulgor del cielo matinal. Algunos rayos de sol se colaban hasta el suelo formando oblicuas barras de luz.</p><p>��Bien, esto est� visto -conclu�-. Ahora, vamos a distraernos un poco. Ll�vame a alg�n sitio que creas que me gustar� conocer.</p><p>Anglada me observ�, como tratando de adivinar mis preferencias.</p><p>��Podemos hacer primero un peque�o recorrido -sugiri�-. Y luego subir al Garajonay, eso me imagino que te gustar�.</p><p>���Garajonay no es el nombre del parque?</p><p>��S�. Y tambi�n el del monte m�s alto de la isla. No te asustes, se puede ir andando. Intuyo que eres de los que les gusta eso. Llegar arriba del todo.</p><p>��Tienes buena intuici�n -admit�.</p><p>��Qu� te cre�as.</p><p>Anglada me mostr� algunos rincones del parque nacional: un par de miradores, unos roques, un arroyo. Luego aparc� el coche en una cuneta y me condujo por un sendero. El terreno era bastante practicable, aunque quiz� no el m�s indicado para el calzado que ella llevaba. Tampoco, una vez que empez� a subir de veras, para ir con falda, por la cantidad de matorrales. Anglada, sin embargo, asumi� todos aquellos inconvenientes sin arredrarse ni aflojar el paso. Al cabo de una buena caminata, llegamos, sudorosos y acalorados, al mirador de la cumbre del Garajonay. Hab�a all� varios turistas y un guarda, contemplando o fotografiando las vistas. Se divisaba Tenerife, con el Teide casi entero, e incluso la parte alta de Hierro y La Palma.</p><p>���Qu�?-pregunt�.</p><p>��Pues hombre, no es gratis llegar, pero al menos te dan algo.</p><p>Tambi�n se pod�a ver la propia isla, con sus abruptos contrastes entre el bosque y el desierto. Nos sentamos all� un rato, recobrando el aliento y admirando el panorama. Los turistas acabaron y�ndose, y el guarda les sigui� poco despu�s. Nos quedamos solos, Anglada y yo. Lo m�s solos que hab�amos estado hasta entonces, a casi mil quinientos metros de altura.</p><p>��Estamos sudando como pollos -dijo, ri�ndose.</p><p>��Me temo que hemos subido demasiado r�pido.</p><p>Convino conmigo, sin palabras. Se enjug� el sudor de la frente con el antebrazo, el del cuello con la mano. Sus ojos oscuros me miraron fijamente.</p><p>��Ahora mismo me ir�a a la playa, a refrescarme.</p><p>��Nos pilla lejos, �no?</p><p>��Qu� va. En menos de una hora te planto all�, si quieres.</p><p>��No tengo el ba�ador -objet�.</p><p>Lo tem�. Supe que iba a decirlo. Sus ojos lo anunciaron.</p><p>���Y qu�? Ni yo. Te llevo a una playa donde no hace falta.</p><p>Aqu�l, ahora lo veo con claridad, fue el instante decisivo. No s� si lo hab�a preparado, si le sali� as�, o si yo mismo no la hab�a invitado, inconsciente pero sostenidamente, a propiciarlo. Tambi�n s�, porque no soy tan est�pido como para escudarme en esa clase de disculpas, que aqu�lla no era una trampa de la que no pudiera salir. Que si ca� en ella fue, me enorgullezca ahora o no, porque ten�a ganas de caer y a conciencia quise.</p><p>���Te da verg�enza? No lo has hecho nunca -dedujo, ante mi silencio.</p><p>��Lo he hecho. Aunque s�, me da verg�enza.</p><p>���No te atreves, entonces?</p><p>��No he dicho eso.</p><p>Ruth dej� que la sonrisa se le abriera despacio, hasta que un par de hoyuelos se le clavaron bien dentro de las mejillas.</p><p>���Vamos all�, mi sargento?</p><p>Respir� hondo. Estaba hecho, hab�a roto el precinto; y s�lo hay una manera de seguir, cuando uno ha consentido en empezar: a muerte.</p><p>��Vamos -dije-. Pero hasta nueva orden, no me llames mi sargento.</p><p>Desde ese momento, no s�lo estaba salt�ndome a la torera algunas de mis convicciones respecto de la separaci�n entre trabajo y vida privada, prescindiendo de cualquier atisbo de sentido pr�ctico y posiblemente faltando a mi deber de suboficial. Tambi�n, y quiz� por encima de lo anterior, estaba lanz�ndome a una clase de aventura, y una clase de mujer, que no pod�a sino recordarme algunos episodios que mi memoria guardaba en su doble fondo. All� donde uno arroja los jirones del alma arrancados por el fracaso y la renuncia. All� donde se archiva la huella amarga de la destrucci�n.</p><p>Tal vez por eso fue tan dulce el sabor, tan rico e intenso el placer. No voy a contarlo como si lo lamentara, aunque en cierto modo he de lamentarlo. No dir� que cuando llegamos a la playa, y la vi desvestirse de corrido, arregl�ndoselas para dar a todos los dem�s ba�istas la impresi�n de que estaba haciendo algo rutinario, mientras a m� me regalaba, llena de intenci�n y lubricidad, cada cent�metro de su piel que expon�a a la luz, me sent� en absoluto desdichado por habitar dentro de mi pellejo. Ni siquiera me pes� cuando yo mismo adopt� la uniformidad reglamentaria en aquel sitio, aunque ten�a razones para experimentar (y experiment�, todo es compatible) alg�n sonrojo a lo largo de la maniobra. La ve�a a ella, esper�ndome, acarici�ndose despacio los brazos, irguiendo el tronco y arque�ndolo hasta hacer asomar sus costillas, tan libre, bella y salvaje como el mar que la aguardaba, y todo lo dem�s perd�a cualquier importancia. Aqu� acaso deba aclarar, para los que influidos por la publicidad y la iconograf�a de las revistas femeninas puedan malinterpretar mis palabras, que al decir que Ruth era bella no quiero decir que se ajustara al canon de perfecci�n anat�mica imperante. Sus caderas eran quiz� un poco anchas, los m�sculos del vientre no se dibujaban sobre su piel ni sus muslos estaban trazados con tiral�neas. Por eso, entre otras cosas, pose�a Ruth aquel poder tan feroz de seducci�n. Porque su cuerpo sab�a mostrarse as�, abandonado, imp�dico hasta el extremo, mientras ped�a ser besado, abrazado, mordido, conocido de todos los modos posibles.</p><p>Pero no era s�lo su cuerpo, ni siquiera era lo primordial. Lo que arrasaba mis defensas era la carga sensual que hab�a en cada gesto, cada inflexi�n de su voz; demasiado sutil y constante para confundirla con el artificio olvidable y a menudo c�mico que emplean ciertas mujeres. A ella le sal�a con la naturalidad, y acaso la inconsciencia, con que su coraz�n bombeaba sangre. Era su fuerza, y la gozaba. Mientras nad�bamos en aquel oc�ano limpio y brusco, m�s fr�o que templado, se dej� flotar boca arriba y dijo:</p><p>��Me encanta. Sentir el mar, sin nada por medio. Estirarme. Notar c�mo entra, c�mo pasa por encima, c�mo me zarandea.</p><p>No sab�a qu� decir, si decir. Tambi�n sent�a el mar, y el sol que lo hac�a espejear ante mis ojos. Era uno de esos momentos en los que uno comprende por qu� la vida puede llegar a ser maravillosa. No s�lo por la plenitud con que sabe, cuando quiere, otorgarnos sus favores; sino tambi�n, y principalmente, porque sabemos que todo cuanto nos da lo vamos a perder.</p><p>��Dime que he tenido una mala idea -me desafi�.</p><p>��Has tenido una mala idea.</p><p>��Pues las tengo todav�a peores. Pero no aqu�.</p><p>Supongo que no hace mucha falta que diga que aquel d�a desatend� las obligaciones que me incumb�an.</p><p>El hecho de que fuera s�bado no me descarga de culpa, desde el momento en que acept� un trabajo para el que los horarios y calendarios que rigen en otros no dejan de ser una referencia aproximada. Me olvid� del pobre muchacho muerto y me di a la satisfacci�n de mis apetencias m�s ego�stas. Pequ� pues, y fue adrede. No me mueve, al construir mi relato, el af�n de presentarme como un sujeto intachable. No lo soy, como nadie lo es. Y acaso necesito contarlo, para expiar mis faltas y poder convivir con ellas, que es una de las misiones m�s cruciales que le incumben a cualquier ser humano. Convivir con los aciertos, o con los m�ritos, no requiere mayor competencia, ni especial habilidad.</p><p>Se me permitir�, en cualquier caso, que no me extienda en los pormenores de aquella jornada. Algunas sensaciones no pueden comunicarse, otras s�lo pueden comunicarse en un idioma que me alejar�a de mis prop�sitos y mi memoria se resiste a exhumar el resto de los detalles por razones que acaso se entiendan m�s adelante. S�lo dir� que Ruth pose�a, y en abundancia, la capacidad de contagiar la sensualidad que la animaba. Que al hacerlo era generosa, entusiasta y desembarazada como acaso ninguna otra mujer que yo haya conocido. Y que entre las cuatro paredes de su habitaci�n, donde sab�a que no deb�a estar, me olvid� de todo lo que me imped�a ser feliz.</p><p>Lleg� no obstante, como siempre llega, el momento de la duda. Y quiz� en aquel caso, en el extra�o caso que form�bamos ambos, la duda deb�a llegar con insidiosa fuerza. No pod�a guard�rmela, pero tampoco quer�a darle ninguna solemnidad. La voluptuosidad es solemne, seg�n dijo creo que Sterne (y digo creo porque la lectura de Sterne me parece insoportable y no la practico, se lo o� citar a otro); pero las confidencias �ntimas, ya sean posteriores o no a la voluptuosidad, m�s vale afrontarlas con ligereza y humor. Por eso procur� armarme de mi mejor sonrisa, cuando le pregunt�:</p><p>���Vas a explic�rmelo?</p><p>Ruth se irgui� sobre la cama y puso cara de no comprender.</p><p>���Explicarte qu�?</p><p>��Por qu� yo.</p><p>���Por qu� t� qu�?</p><p>��Pues por qu� estoy yo aqu�, en tu cama, sin necesidad de drogarte o de recurrir a la fuerza bruta.</p><p>Se ech� a re�r.</p><p>���Me est�s preguntando que por qu� me gustas?</p><p>��Si es que te gusto, s�.</p><p>��No, ver�s -se mof�-; yo esto lo hago con todos los pobrecitos que me da la sensaci�n de que les hace falta un desahogo�</p><p>���De veras doy esa sensaci�n?</p><p>��Aveces s�</p><p>��Eres una arp�a. Supongo que ya te lo habr�n dicho antes.</p><p>Asinti�, con teatral gravedad.</p><p>��Me lo han dicho, s�. Pero me gustas. De veras.</p><p>���Por qu�?</p><p>Me dirigi� una mirada cargada de malicia.</p><p>���Buscas alg�n refuerzo para tu amor propio?</p><p>��No. Un alivio a mi estupor.</p><p>���Tanto te cuesta entenderlo? Es muy sencillo. Me ponen los hombres uniformados y mayores. Supongo que intento buscar sustitutos de mi padre.</p><p>��Vale, si no est�s dispuesta a hablar en serio�</p><p>��S�, hombre, si te vas a enfadar -se avino al fin-. A ver, d�jame que me organice. Pues ver�s. Me gustas, primero, por ese toque de quijote que tienes, tan gracioso. Tambi�n porque eres as� muy formal, pero a la vez llevas dentro un duende juguet�n que se te escapa una y otra vez. Y porque creo que eres buena persona. Un t�o legal, que nunca dar�a por la espalda.</p><p>��No te f�es de nadie, nunca�</p><p>��Lo veo. No vas a convencerme de lo contrario.</p><p>��Aj�. Lo que no s� es qu� tiene todo eso de excitante -dud�.</p><p>��Qu� bestias sois los hombres -dijo-. Para m� eso es m�s excitante que un mu�eco neum�tico. Hombre, no te digo que de vez en cuando no te apetezca, como de vez en cuando entras a comer a un burger. Pero resulta mucho menos interesante. La chispa est� en la ternura, por lo menos para m�, que a otras lo que les va es la tralla a secas. Y pocos hombres saben hacer saltar esa chispa, sin olvidarse de darle un poco de swing, que tampoco se trata de ponerse l�nguido. No os han educado para eso, y os da corte.</p><p>��Ya. Un discurso muy bonito. Pero no te creo.</p><p>��Adem�s, me resultas atractivo. En serio. Y me gustan los hombres mayores que yo. En serio tambi�n. No por nada, sino porque los hombres tard�is mucho en madurar, y hasta que no lo hac�is sois una lata. Por lo menos si no tienes instinto maternal y si no te gustan los ni�os, que es mi caso.</p><p>��Bueno, no esperaba que me lo dijeras -me rend�.</p><p>Puso cara de ofendida.</p><p>��Oye, que es la pura verdad. �Por qu� si no?</p><p>��Mejor no lo pensar�</p><p>��Pues a ver, te la devuelvo. �Por qu� est�s t� aqu�? �Por qu� yo?</p><p>Me observaba, retadora. Tard� un poco en responder.</p><p>��F�cil -dije-. T� lo sabes. Porque est�s muy buena, y porque te has puesto a tiro. Los hombres somos unos animales, no sabemos decir que no.</p><p>Mene� la cabeza.</p><p>��Eres un poquito machista, pero no tanto -dijo, con una aviesa mirada.</p><p>��No s� si soy machista -repuse-, pero desde luego feminista no soy.</p><p>��Es que las mujeres tendr�amos que fregar y callar, ya se sabe.</p><p>��No hace falta ser feminista para no creer esa idiotez. Naturalmente que todas las discriminaciones son inmorales. Eso es una obviedad.</p><p>��Pues muchos no se enteran, todav�a.</p><p>��Claro que no. Hay hombres imb�ciles y desalmados, lo mismo que mujeres imb�ciles y desalmadas. Mira, est� claro que hoy, como ayer, ser mujer es mucho m�s dif�cil que ser hombre. Pero dudo que eso se resuelva hasta que no haya conciencia de que las servidumbres que se imponen a la mujer est�n sostenidas no s�lo por hombres, sino tambi�n por mujeres. Y algunas de las peores, m�s por mujeres que por hombres.</p><p>��Algo de raz�n tienes en eso.</p><p>��Yo s�lo respondo de m�. Y nunca he explotado ni postergado a una mujer. Ni yo, ni muchos otros. As� que me niego a soportar la matraca del feminismo agresivo, con su odio bobo hacia el hombre en general.</p><p>Ruth se estir� sobre la cama, perezosamente. Mir� al techo.</p><p>��Tampoco eso me gusta a m� -dijo-. Ni otras cosas de algunas feministas. Las que me revientan son esas ni�as pijas que presumen de haberse liberado, cuando lo que las ha liberado es la chequera de pap�, que las protegi� todo el tiempo que hizo falta, mientras otras ten�an que ponerse a dar el callo y salir por donde buenamente pudieran. En el fondo, esas listas desprecian a las dom�sticas y a las currantas, o sea, al noventa por ciento de las mujeres. Si una mujer acaba siendo ama de casa o cajera de un hipermercado, y sufriendo a un batracio que s�lo mira el f�tbol y ladra, es porque se lo merece. Eso te vienen a decir, adornadas con su bonito pa�uelo de Herm�s.</p><p>No es que me pillara desprevenido. Pod�a intuir que aquella mujer pose�a un ojo implacable y una lengua venenosa. Pero no dej� de impactarme.</p><p>��Lo que a m� me llama m�s la atenci�n -dije, animado por su alegato- es c�mo ciertas feministas fan�ticas desarrollan ese mimetismo con el enemigo, con el var�n cafre al que dicen combatir. Muchas acaban comport�ndose con una bravuconer�a cuartelera y una intransigencia obtusa. Y perdiendo facultades no ya de la mujer, sino de cualquier ser humano completo: la imaginaci�n, la comprensi�n, la capacidad de sacrificarse por otros�</p><p>��Bueno, bueno -me reprendi�-. Ah� me das un tufillo. �No ser� que prefieres a la mujer complaciente, que te planche la ropita y todo eso?</p><p>��Te aseguro que no. Me molestan los energ�menos, hombres o mujeres.</p><p>��En todo caso, estoy un poco decepcionada -dijo, frunciendo el ce�o.</p><p>���Por?</p><p>��Por esta forma tan poco original de escurrir el bulto. Cre� que ibas a buscarte una m�s divertida. Que para explicarme por qu� te gusto y por qu� est�s ahora en mi cuarto a lo mejor me ibas a soltar alguna frase de uno de esos t�os que estudiabas en la universidad y que le citas a Virgi.</p><p>La menci�n de mi compa�era me hizo sentir levemente inc�modo. Quiz� para ahuyentar aquella inquietud, entr� al trapo:</p><p>��Si quieres, te los cito.</p><p>��Siempre estoy dispuesta a aprender -dijo, insinuante.</p><p>��Pues mira, hay teor�as para todos los gustos. Seg�n Schopenhauer, no tengo m�s remedio que abalanzarme sobre ti, porque la especie me impele a ello. No realizo mi aspiraci�n como individuo, sino los fines procreadores de la especie. As� que nada de esto debes tom�rtelo a t�tulo personal.</p><p>��Vamos. Seguro que las tienes mejores.</p><p>Hice memoria.</p><p>��Bueno, siempre se puede tirar de Freud, claro. Seg�n �l, el principio rector de mi vida, como le pasa a cualquier persona, es la b�squeda de placer; t� me lo ofreces, y yo lo tomo. Y si me enamoro de ti�</p><p>���Est�s enamorado de m�?</p><p>��Hablo hipot�ticamente -puntualic�, con tono profesoral-. Si me enamoro de ti, dec�a, el mecanismo que se desencadena es el propio de una neurosis. Empezar� a hacer cosas que no me convienen, porque antepondr� las pulsiones de mi inconsciente al sentido de la realidad por el que vela mi ego y al criterio moral y de aprobaci�n social que ejerce mi superego.</p><p>��Lo �ltimo no lo he entendido.</p><p>��Para eso sirve la jerga, precisamente. Para que le pagues al psic�logo cuando te cuenta sus patra�as. Si lo entendieras, no creer�as que hay necesidad de pagarle. Dir�as: eso ya se me ocurre a m�.</p><p>��En fin, de todos modos, tampoco me parece muy gracioso. �No tienes nada de ese que dec�a Virgi el otro d�a, ese franc�s, c�mo se llamaba?</p><p>��Jacques Lacan.</p><p>���se.</p><p>��Claro. Lacan era un poeta, por eso se le fue la olla. Seg�n Lacan, te deseo porque te implico en mi fantas�a fundamental. El objeto de mi deseo no existe, es irreal, y como no podr� nunca acceder a �l, lo encarno en alguien, en este caso, en ti. Y t� pasas a ocupar el lugar de mi fantas�a.</p><p>��Eso es m�s bonito -opin�-. Aunque un poco triste.</p><p>��Es Lacan. Marca de la casa. Pero puedes aplicarlo a cuestiones mucho m�s triviales. Por ejemplo, cuando te gusta un actor de cine. Tambi�n a �l lo implicas en tu fantas�a fundamental, pero como simple pasatiempo. Y as� te consuelas de la privaci�n que no poder cumplir el deseo te crea.</p><p>Su rostro adopt� una expresi�n impenetrable.</p><p>��Ya veo -dijo, parsimoniosa-. �Y se puede saber qu� actrices te gustan a ti? As� me hago una idea de c�mo es esa fantas�a tuya.</p><p>��A m� me gustan todas, si tienen buenas�</p><p>��Venga, no seas capullo.</p><p>Sufr� un acceso de pudor. Quiz� por todo el que no hab�a tenido en las horas precedentes. Pero qu� sentido ten�a reservarse, ya.</p><p>��Pues mira, tambi�n en esto soy un antiguo. Ni sabr�s qui�nes son.</p><p>��Haz la prueba.</p><p>��Mis dos favoritas son Gene Tierney y Ver�nica Lake.</p><p>El gesto de Ruth puso de manifiesto el abismo generacional.</p><p>��Ostras, ni idea. �D�nde salen?</p><p>Buen desaf�o. C�mo pod�a ayudarla a localizarlas.</p><p>��Gene Tierney es morena. �Has visto una pel�cula que se llama Laura?</p><p>��S�, en la tele.</p><p>��La protagonista. Y Ver�nica Lake es rubia, s�lo hizo cosas de serie B. �Has visto, por ejemplo, Me cas� con una bruja?</p><p>��Pues no.</p><p>Pens� en m�s t�tulos. Pero para qu� hablarle de La llave de cristal o La dalia azul, si ni siquiera le sonaba la que quiz� era m�s conocida.</p><p>���Y L.A. Confidential? -se me ocurri� de pronto.</p><p>��S�, pero �sa es de hace nada.</p><p>��El personaje que hace Kim Basinger en esa pel�cula es el de una chica que se parece a Ver�nica Lake. Y va peinada igual que iba ella.</p><p>��Ah, s�, ahora creo que la sit�o. Las dos muy cl�sicas. Fr�as-juzg�.</p><p>��Puede ser.</p><p>��Yo no me parezco a ellas.</p><p>��Para que veas lo confusa que es mi fantas�a. �Y a ti?</p><p>���A m� qu�?</p><p>��A ti qu� actores te gustan.</p><p>Pens�, o hizo como que pensaba.</p><p>��Pues no s� -dijo-. Robert de Niro. No ahora, ni de joven, sino hace unos cuantos a�os. Y dos que a lo mejor te sorprenden. Antiguos, tambi�n.</p><p>��A ver, sorpr�ndeme.</p><p>��Paul Newman y Burt Lancaster.</p><p>��Bueno, �sos son dos guapos de toda la vida.</p><p>��No donde a m� me gustan.</p><p>���Y d�nde te gustan?</p><p>��En las pel�culas que han hecho de viejos. Una en la que Newman hace de un in�til que se reencuentra con su hijo. Y Burt Lancaster, en una preciosa en la que sale con Susan Sarandon. Haciendo de jugador acabado.</p><p>��Ni un pelo de tonto y Atlantic City -dije.</p><p>���sas. �Las has visto?</p><p>��S�.</p><p>Durante unos instantes, ninguno dijo nada. Ruth parec�a esperar alguna reacci�n o alg�n comentario por mi parte.</p><p>���Y qu�? -pregunt�-. �Qu� te parecen mis gustos?</p><p>��Los de una mujer despistada -me burl�-. Noto un exceso de compasi�n hacia los hombres lastimosos. As� nunca llegar�s a nada, querida.</p><p>��Bueno, eso depende. De d�nde quieras llegar.</p><p>���Y d�nde quieres llegar t�?</p><p>���La verdad?</p><p>��Una mentira bien tra�da me vale.</p><p>Se encogi� de hombros. La luz de su mirada pareci� desvanecerse.</p><p>��No lo s� -murmur�-. Adonde haya de llegar. Qu� m�s da eso.</p><p>Por la ma�ana, cuando sal� de su habitaci�n, volv� a verle aquel gesto un poco apagado. Sobreponi�ndome a lo que sent�a, le dije:</p><p>��Lo hecho est� hecho. Piensa, y pensar�. Pero mientras estemos de servicio juntos, te agradecer�a que me hicieras un favor.</p><p>��Pide.</p><p>��No recuerdes, ni me recuerdes, que esto ha ocurrido.</p><p>Baj� los ojos, acaso dolida. Volvi� a alzarlos, sin embargo, para aclarar:</p><p>��Me va a dar mucha pena, tener que dejar de ser tu ni�a mala. Pero descuida, que no iba a record�rtelo. Mi sargento.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 14 LABIOS DE DONCELLA</p></title><p>Anglada insisti� en acompa�arme al aeropuerto de Tenerife, aunque la hab�a liberado de hacerlo. Si ten�a cosas que arreglar en casa, le dije, apenas bajamos del barco en el puerto de Los Cristianos, mejor que se fuera a Santa Cruz directamente y aprovechara el d�a todo lo que pudiera.</p><p>��No me importa -respondi�-. Voy contigo a recoger a Virgi y luego os llevo al mostrador de facturaci�n para La Palma. Me sobra tiempo.</p><p>No negar� que todo fue m�s f�cil, teni�ndola a ella como gu�a. Primero fuimos a la zona de llegadas. Localiz� el vuelo en el que ven�a Chamorro y me condujo a donde deb�amos esperar. El avi�n de Madrid tom� tierra casi a su hora, y diez minutos despu�s del aterrizaje el rostro de mi compa�era apareci� al otro lado de las puertas autom�ticas. Tras hacerle una se�a, y aprovechando que Virginia a�n no pod�a o�rnos, Anglada me coment�:</p><p>��Oye, se da un aire, la Virgi. A esa actriz tuya. La rubia.</p><p>��Ver�nica Lake.</p><p>���sa, si es la que yo creo.</p><p>��Se da un aire, s� -admit�. Bien que lo sab�a.</p><p>��Vaya, vaya -observ�, con gesto escrutador.</p><p>��En qu� hemos quedado, Ruth�</p><p>��Vale -levant� las manos-. A partir de ahora, s�lo asuntos profesionales.</p><p>��Hola, qu� tal -nos salud� Chamorro, apenas lleg� a nuestra altura. Hizo un esfuerzo por acompa�ar sus palabras con una expresi�n relajada, pero pude advertir que distaba de estarlo. Lo achaqu� al cansancio del viaje.</p><p>��Tenemos tiempo de tomar algo, si quer�is -ofreci� Anglada.</p><p>Fuimos a tomar un caf�. Chamorro segu�a pareciendo un poco aturdida.</p><p>���Qu� tal en Madrid? -le pregunt� Ruth.</p><p>��Fr�o, lluvia, y un mont�n de gente por todas partes -respondi�-. M�s o menos lo habitual. Esto es un descanso. �Y vosotros por aqu�?</p><p>Anglada se volvi� hacia m�. Me tocaba largar la mentira.</p><p>��No avanzamos demasiado -dije, lo que al menos era una forma de no faltar a la verdad-. Nos fallaron los tres o cuatro movimientos que intentamos. Me temo que anduvimos un poco torpes.</p><p>��O no tuvimos la suficiente fe -sugiri� Anglada, mal�vola.</p><p>��Hicimos una excursi�n por el parque -a�ad�-. Merece la pena visitarlo de d�a. Si nos queda alg�n hueco, no deber�as irte sin conocerlo.</p><p>��A ver -dijo mi compa�era, removiendo ausente su caf�.</p><p>��Ten�is el avi�n de vuelta a las siete -record� Anglada-. No suele haber mucho problema para cambiarlo, si lo necesitarais. Eso s�, si lo cambi�is, avisadme. Vengo a recogeros y nos vamos todos juntos a La Gomera. En cuanto al coche de La Palma, habr� alguien esperando en el aeropuerto. Seguramente llevar� una cartulina con el nombre de la empresa de alquiler.</p><p>Mientras Anglada nos daba todas estas explicaciones, Chamorro conectaba su tel�fono m�vil e introduc�a sin mucho entusiasmo la contrase�a. Al cabo de unos segundos, empez� a dar pitidos. Uno tras otro, como loco.</p><p>��Oye, qu� le pasa a �se -pregunt� Anglada.</p><p>��Nada, tengo un par de mensajes -dijo Chamorro, leyendo la pantalla.</p><p>��Un par de cientos, dir�a yo -brome� Ruth.</p><p>��Perdonad un momento.</p><p>Chamorro se apart� para o�r los mensajes que se hab�an grabado en el buz�n de voz de su tel�fono. Estuvo un buen rato escuch�ndolos. Luego guard� el tel�fono en su bolso y regres� junto a nosotros. Preocupada.</p><p>���Algo importante? -curiose� Ruth.</p><p>��No -la repeli� Chamorro, con sequedad.</p><p>Pero apenas cogi� la taza de caf� para apurarla, volvi� a sonarle el tel�fono. Lo sac�, mir� el n�mero desde el que la llamaban y apag� bruscamente el aparato. Esta vez, Anglada se abstuvo de hacer observaci�n alguna.</p><p>Vino con nosotros hasta el control de seguridad. Conoc�a a los que estaban all�, como parec�a conocer a todo el mundo. Ni siquiera tuvimos que sacar nuestras identificaciones para eludir el arco detector de metales.</p><p>��Bueno, aqu� os dejo -anunci�-. Me aguardan en casa las labores propias de mi sexo. Que teng�is mucha suerte con Lolita.</p><p>���Con qui�n? -pregunt� Chamorro, despistada.</p><p>��Con la adolescente fatal -se ri�.</p><p>��Ah, Lolita, no ca�a -dijo Chamorro.</p><p>��Nos vemos esta tarde. A tus �rdenes, mi sargento.</p><p>Lo dijo con retint�n o el retint�n, irremediablemente, lo puso mi o�do. Qu� m�s daba. No pude evitar mirarla mientras se iba, caminando audaz y resuelta sobre sus tacones bajos. Ella lo supo, creo. Por eso alz� la mano derecha un poco por encima del hombro, la extendi�, la hizo girar un par de veces sobre la mu�eca y volvi� a cerrarla en seguida. Imagino que al otro lado, el que yo no pod�a ver, sus labios sonre�an y sus ojos no.</p><p>��Acaban de anunciar el embarque -me devolvi� a la realidad Chamorro.</p><p>No hablamos mucho durante el breve vuelo a La Palma. Vi que a ella no le apetec�a, y tampoco yo me sent�a demasiado inclinado a aventurarme fuera de la jaula de mis pensamientos. Pese a todo, y por no dejar que la situaci�n se volviera demasiado inh�spita, acab� pregunt�ndole:</p><p>���Hiciste lo que ten�as que hacer, en Madrid?</p><p>Chamorro baj� los ojos.</p><p>��S�, supongo que s� -replic�, evasiva.</p><p>��No quieres extenderte en detalles.</p><p>Volvi� a dirigirme la mirada. Y la mantuvo.</p><p>��No, Rub�n. Pero no te preocupes.</p><p>��Me preocupa si est�s mal -dije-. No por el trabajo. Sino por ti.</p><p>��Gracias. Estoy bien. O como tengo que estar. Bajo control.</p><p>Desde el aire, La Palma se ve�a mucho m�s verde que La Gomera. Tambi�n era muy monta�osa, con una abrupta vertiente que sub�a desde la orilla del mar, donde hab�an construido la pista, hasta las nubes que cubr�an las cumbres invisibles. Los de la compa��a de alquiler de coches nos esperaban en el aeropuerto, conforme nos hab�a dicho Anglada. Mientras tomaban nota de mi permiso de conducir, Chamorro volvi� a encender su tel�fono m�vil. Al cabo de unos segundos, empez� a sonar, de nuevo enloquecido.</p><p>��Ser� gilipollas -se le escap� a Virginia. La vi teclear, fren�tica. Borrando los mensajes, supuse. Pero hice como si no me diera cuenta. Cuando termin� aquella operaci�n, apag� el receptor y lo arroj� al interior del bolso.</p><p>���Quieres conducir o conduzco yo? -le ofrec� las llaves.</p><p>��Trae, lo llevo yo -dijo-. Me desahogar� un poco.</p><p>Estaba lo bastante furiosa como para no cuidarse de disimular. Mis sentimientos al advertirlo eran un tanto complejos. Pensaba, no ten�a m�s remedio, en dos personas que no estaban all�. Por un lado, el fornido y al parecer ingrato Arturo, cuyo paso a la historia cierto resorte incontrolable de mi alma no pod�a dejar de desear y, en caso de producirse, aplaudir. Y por otro, Ruth, cuya imagen, por diversas razones que creo que puedo ahorrarme enunciar, no se me iba de la cabeza. Pero record� para qu� hab�amos ido a La Palma, y que para realizar un interrogatorio como es debido m�s vale que uno se concentre en lo que est� haciendo. Me llam� al orden.</p><p>El hotel en el que trabajaba Desir�e no estaba muy lejos de la capital de la isla. Hicimos tiempo dando una vuelta por sus calles, y comimos algo en el primer lugar que nos pareci� a prop�sito. A eso de las cuatro menos veinticinco nos presentamos en la recepci�n del hotel. Iba ya a preguntar por Desir�e G�mez a la mujer que se hallaba tras el mostrador, cuando una muchacha que estaba sentada enfrente se puso en pie y se estir� la ropa: unos ce�idos tejanos y un conciso top que cubr�a una porci�n no demasiado amplia de su torso. Vino hacia nosotros, con paso dubitativo. Al verla, comprend� de una sola tacada el inter�s por ella del fallecido Iv�n L�pez von Amsberg y la desesperanza que aquejaba al ex concejal G�mez Padilla.</p><p>���Son ustedes�? -pregunt�, con su vocecita.</p><p>���Desir�e G�mez? -comprob� a mi vez.</p><p>��S�.</p><p>��Yo soy el sargento Vila. Mi compa�era, Virginia.</p><p>��Encantada -nos tendi� la mano a los dos.</p><p>���Hay alg�n sitio por aqu� donde podamos hablar tranquilos?</p><p>��Podemos ir al bar. A esta hora no habr� nadie.</p><p>La seguimos. Mientras la ve�a caminar ante m�, me acord� del juicio que sobre ella hab�a hecho Margarethe von Amsberg. No soy tan simple como para pensar que por la forma de moverse podr�a dirimir si la madre de Iv�n acertaba o no en su apreciaci�n; tampoco eso me incumb�a, ni cre� que tuviera demasiada utilidad desmentirla o confirmarla. Lo cierto era que Desir�e no era una de esas chicas que andan de cualquier modo. Med�a cada uno de sus pasos y la forma de darlos. No le sal�an, sin m�s, como les sucede a otras. Por lo dem�s, era una muchacha alta, de armoniosas proporciones, con una suntuosa cabellera rubia y unos desarmantes ojos verdes. Sab�a lo que ten�a y no se absten�a de usarlo, eso fue todo lo que pude notar.</p><p>El bar, en efecto, estaba desierto. Desir�e y Chamorro tomaron asiento alrededor de una mesita. Yo me qued� de pie.</p><p>���Qu� quer�is?</p><p>���Yo? Pues� Una cocacola -dijo Desir�e.</p><p>��Yo nada, gracias -rehus� Chamorro.</p><p>Llev� a la mesa dos cocacolas. Desir�e se hizo cargo de la suya, con una sonrisa que pareci� insegura y hasta t�mida.</p><p>��Gracias.</p><p>Chamorro, con el bloc abierto y el bol�grafo en la mano, me lanz� una mirada inquisitiva. Le hice una se�a con los ojos.</p><p>��Desir�e -empez� a hablar-. Ya sabes sobre qu� venimos a preguntarte.</p><p>La muchacha asinti�, voluntariosa, mientras apretaba los labios.</p><p>��S�. S� lo s�.</p><p>Mientras Chamorro la observaba, con expresi�n amable, pero acaso un poco acuciante, Desir�e se ech� hacia atr�s un lado de la cabellera. Luego lo hizo m�s veces. Sus tics, desde luego, s� que denotaban coqueter�a.</p><p>��Vamos a empezar por el principio, si te parece -sigui� Chamorro.</p><p>��Claro. Como usted quiera.</p><p>���Desde cu�ndo conoc�as a Iv�n?</p><p>Desir�e no respondi� de inmediato.</p><p>��Verlo por ah�, bueno, un poco desde siempre -dijo-. Desde chica. Si se refiere a hablar con �l, no s�, desde el verano antes.</p><p>���C�mo empezasteis a tener relaci�n?</p><p>��Bueno, nada del otro mundo, lo t�pico. En una discoteca, una noche. Me entr�, me gust� y eso, y nada, lo normal.</p><p>��Lo normal -repiti� Chamorro.</p><p>��Bueno, ya me entiendes. �Te puedo llamar de t�?</p><p>��Si lo prefieres.</p><p>��S�, s� que lo prefiero. Pues lo que te dec�a, que me entr�, me gustaba, hablamos, bailamos un poco, me tir� los trastos� As� fue.</p><p>��Empezasteis a salir esa noche.</p><p>Desir�e mene� la cabeza con energ�a.</p><p>��Nooo. Esa noche s�lo nos enrollamos un poco y eso. Poca cosa. No es que� -aqu� se interrumpi� para mirarme-. No hicimos el amor ni nada. Eso, lo de hacer el amor, quiero decir, vino despu�s.</p><p>De todas las expresiones con que la gente designa ese acto con el que a la vez conjura y comprueba su soledad, la que hab�a utilizado aquella chica siempre me ha parecido la m�s hueca y cursi. Supuse que Desir�e la empleaba para resultar lo m�s correcta posible, y record� que en su primera declaraci�n, ante la guardia Morcillo, se hab�a referido sin m�s a que �se hab�a tirado� a Iv�n unas cuantas veces. Los dos a�os transcurridos desde entonces, pens�, deb�an de haberla vuelto un poco menos espont�nea.</p><p>���C�mo era, Iv�n? -indag� Chamorro.</p><p>Desir�e no entendi� del todo.</p><p>��Bueno, seguro que tienen fotos de �l. Muy alto, bastante guapo�</p><p>��Me refiero como persona.</p><p>��Ah. Era simp�tico. Enrollado, se puede decir. Siempre lo ve�as de buen humor, contando chistes, con ganas de hacer cosas. Mira, yo, as� como enamorada y eso, pues la verdad, tampoco estaba. Lo pasaba bien con �l y nada m�s. Tampoco vas a estar s�lo con alguien para casarte.</p><p>��Claro -asinti� mi compa�era.</p><p>��Eso es lo que yo creo, oye, que la vida es corta y hay que aprovechar ahora que eres joven, que luego�</p><p>Me pregunt� qu� esperaba Desir�e que hubiera luego. Pero tampoco era de eso de lo que se trataba. Segu� escuchando, respetuosamente.</p><p>��En fin -prosigui�-, no es que fuera mi novio, ni nada por el estilo. Me dio pena lo que le pas�, claro, y llor� un rato, que tengo coraz�n como cualquiera. Pero no es como si me hubiera quedado viuda, �vale?</p><p>Parec�a especialmente empe�ada en aclararnos ese extremo.</p><p>��Entiendo -volvi� a asentir Chamorro.</p><p>��A lo que iba -retom� el hilo Desir�e-, que sin ser as� el amor de mi vida, pues oye, era un t�o muy majo. Le cog�as cari�o. Lo daba todo.</p><p>���Qu� quieres decir con �lo daba todo�? -intervine.</p><p>Desir�e se volvi� hacia m�, recelosa. Tem� haber metido la pata. Tambi�n repar� en que la hab�a tuteado, contra mi costumbre. Pero no pod�a tratarla de otro modo. No con esa voz de colegiala atolondrada e inmadura.</p><p>��Pues -dijo-, vamos, que era muy generoso. Siempre invitaba y eso.</p><p>���A qu�? -se interpuso de nuevo Virginia.</p><p>Desir�e baj� la cabeza.</p><p>��No s� si puedo dec�rtelo.</p><p>��Tranquila, los dos somos mayores de edad. Y si el sargento se impresiona mucho, yo le sujeto antes de que se desmaye -brome� Chamorro.</p><p>La muchacha se ri� con ella.</p><p>��Tampoco puede pasarle ya nada -dijo-. Y consumir no es delito, �no?</p><p>��No -confirm�.</p><p>��Siempre pon�a las pastillas, o los canutos. O las rayas.</p><p>���Has tornado coca�na ya? -pregunt� Chamorro.</p><p>��Alguna vez -admiti�-. Pero no estoy enganchada, �eh?</p><p>��Ten cuidado -le advirti� mi colega-. Eso dec�an, hace unos pocos a�os, muchos de los que nos encontramos ahora por ah�, no voy a contarte c�mo.</p><p>��Ya, ya lo s�, va. No me vas a echar la charla, �no?</p><p>��No. No voy a ech�rtela.</p><p>��Adem�s, no me digas que no la has probado nunca.</p><p>Chamorro puso cara de circunstancias.</p><p>��Virginia se mete de todo -dije-. Luego te pasa algo, si quieres.</p><p>���De verdad?</p><p>��Bueno, sobre todo esnifo pegamento -dijo mi compa�era.</p><p>��Me est�is comiendo el tarro, �eh?</p><p>Cruc� una mirada de inteligencia con Chamorro. Se impon�a hacer un relevo. Asinti�, mientras dejaba el bol�grafo sobre la mesa.</p><p>��Mira, Desir�e -tom� la palabra-. Ahora en serio. Como t� dices, a Iv�n ya no puede pasarle nada. A ti, por consumir, lo mismo si est�s enganchada como si no, pues tampoco. Por lo menos nada que nosotros podamos hacerte. Acabas de cumplir dieciocho a�os, si no me equivoco, as� que ya eres mayor y puedes vivir tu vida como te parezca. En la tele ponen anuncios para orientarte, nosotros no estamos para eso. Tendr�s que perdonar a Virginia por tratar de aconsejarte; la pobre no puede evitarlo, despu�s de haber visto unos pocos yonquis panza arriba. Pero t� haz lo que quieras.</p><p>��Oye, que yo no soy una yonqui -se quej�.</p><p>��T� no, ya lo s�. Digo esos que ha visto muertos Virginia. El caso es que ni siquiera te voy a preguntar a qui�n le compras ahora, cuando te apetece. Ni mi compa�era ni yo nos ocupamos de eso, es cosa de otro departamento y no vamos a hacerles su trabajo. Lo que s� quisiera que me dijeras, si lo sabes -y aqu� me detuve, para cerciorarme de que ten�a toda su atenci�n-, es de d�nde sacaba Iv�n la mercanc�a con la que te invitaba.</p><p>Desir�e me mir� con una especie de espanto. Deb�a de ser consciente de que era la primera pregunta en la que se le ped�a mojarse de verdad.</p><p>��Yo eso no lo s� -respondi�.</p><p>Suspir� ligeramente.</p><p>��Me gustar�a que te hicieras cargo de algo -le ped�-. Ya s� que te da palo la idea de delatar a alguien, que te hace sentir una chivata, o algo por el estilo. Y a nadie le gusta eso, claro. Ni siquiera a m� me gustan los chivatos, y eso que soy guardia civil. As� que entender�a que no quisieras denunciar a un simple camello. Pero lo que te estoy preguntando es otra cosa. No te pido que me des el nombre de alguien por pasar un poco de chocolate o de coca, sino porque es posible que haya tenido que ver con un asesinato.</p><p>Desir�e encaj� con dificultad mi requerimiento.</p><p>��Alguien as� no merece que le protejan -insist�-. Alguien capaz de matar por la espalda a un chaval. Y si lo que pasa es que te da miedo, no te preocupes. Nos importa s�lo cogerlo. No saldr� nunca tu nombre.</p><p>La muchacha mene� la cabeza, con convicci�n.</p><p>��No lo s�, se lo prometo -dijo.</p><p>��Tut�ame, mujer, que no me como a nadie. �Nunca viste a alguien con quien tratara? �Nunca te habl� de la gente a la que le compraba la droga?</p><p>��No, ya te lo estoy diciendo. Todo lo que dec�a era que era muy pura, que hab�a que andar con cuidado con las cantidades, y que ten�a buenos proveedores, as� los llamaba. Pero nada m�s. Si alguien le preguntaba d�nde pillaba, siempre dec�a que era un secreto, y que si quer�a, �l le consegu�a.</p><p>��De modo que traficaba.</p><p>���C�mo?</p><p>��Que tambi�n vend�a droga, Iv�n.</p><p>��A los colegas, s�lo, que yo sepa.</p><p>��Pero dices que estaba siempre invitando. Ten�a dinero, entonces.</p><p>��Supongo.</p><p>���Y de d�nde crees que lo sacaba?</p><p>��Me imagino que le cobraba a la gente un poco m�s de lo que le costaba a �l. Y de lo que le daba su vieja. Su vieja es rica. Es hija de un rico en Alemania, creo que la familia tiene hasta castillos all�. Eso me dijo �l.</p><p>Me apoy� en el respaldo de mi asiento. Chamorro capt� la se�al.</p><p>��Cu�ntame algo m�s de vuestra relaci�n -le pidi�.</p><p>���Nuestra relaci�n? Pues eso, lo que ya te he dicho. Sal�amos de vez en cuando de marcha, y bueno, el sexo. Pero sin compromiso.</p><p>��No os ve�ais regularmente.</p><p>Desir�e me vigil� un instante de reojo. Pero luego se solt�:</p><p>��Ver�s, es que para m� el sexo es un juego. Yo no hago ni caso de todas esas tonter�as de los curas y del Papa. Creo que el cuerpo es para disfrutarlo, con quien te d� la gana, �vale? Y que para eso no tienes por qu� darle a ese alguien ning�n derecho sobre tu vida. Yo voy a mi aire.</p><p>���Te ve�as con otros?</p><p>��Pues claro.</p><p>��Y a �l no le importaba.</p><p>��Y que le importara. Peor para �l.</p><p>���Dir�as que para �l tambi�n era un juego?</p><p>Desir�e se ri�.</p><p>��Fijo. A ver si te crees que �l no andaba con otras. Y bien que se le daba.</p><p>Cuando hablaba de la cosa ven�rea, me resultaba francamente dif�cil conciliar su discurso con aquellos tr�mulos y carnosos labios de doncella de los que brotaba. Pero en mi condici�n de representante en la conversaci�n de las generaciones veteranas, esto es, de aquellas condicionadas por una educaci�n algo menos liberal que la que parec�a haber recibido Desir�e, cre� que me correspond�a a m� sacar el asunto que introduje seguidamente:</p><p>��El juego se fastidi� cuando os pill� tu padre.</p><p>La alusi�n la toc�. No era tan dura. Pero se reh�zo.</p><p>��Se puso m�s dif�cil, s� -reconoci�-. Aunque no lo dejamos.</p><p>��Se lo tom� muy mal, tu padre.</p><p>��A ver, es mi padre -dijo-. Y es mayor. Tiene otra forma de ver la vida.</p><p>���Qu� te dijo, cuando se enter�?</p><p>Desir�e baj� la cabeza.</p><p>��Menos que era una puta, que supongo que es lo que pensaba, todo. Que era una verg�enza, que no ten�a cerebro, y que c�mo iba con alguien tan mayor. Que ten�a que juntarme con gente de mi edad, y no con asaltadores de cunas. Lo que le jodi� m�s fue que nos lo hici�ramos en su casa, creo.</p><p>��De todos modos, un poco fuerte, la reacci�n -observ�.</p><p>��Qu� se le va a hacer. Cada uno es como es.</p><p>��Tampoco era tan grave, �no? Ten�as casi diecis�is a�os, ahora los j�venes madur�is antes, y a fin de cuentas Iv�n s�lo ten�a seis m�s.</p><p>��Eso es lo que pienso yo.</p><p>��Desir�e.</p><p>Se volvi� hacia m�, desprevenida.</p><p>���T� dir�as que tu padre es un hombre violento?</p><p>���Mi padre? -repiti�, subrayando las palabras.</p><p>��Aj�. Tu padre.</p><p>��Puede tener otros defectos. Pero �se no. No recuerdo que nunca me haya puesto la mano encima. Ni a m� ni a mi hermano.</p><p>��Pero a Iv�n le amenaz�. Y en p�blico.</p><p>��Por el cabreo del momento -lo disculp�-. Y porque Iv�n se le puso gallito, todo hay que decirlo.</p><p>��As� que se puso gallito, Iv�n -dijo Chamorro.</p><p>��S�. Ten�a eso malo. Era un poco chulito, a veces.</p><p>La dejamos meditar durante unos segundos, mientras nosotros medit�bamos tambi�n. Est�bamos llegando al meollo de la charla, y quiz� al meollo de aquella chica. �sa es, posiblemente, la clave de un interrogatorio, por encima de los detalles concretos. Acabar sabiendo con qui�n te juegas los cuartos. Acabar sabiendo, en aquel caso, qui�n era Desir�e G�mez, por debajo y m�s all� de su aspecto de barbie irresponsable y desvergonzada.</p><p>��Supongo que no van a molestarle m�s, a mi padre -dijo-. Ya le han hecho, o bueno, ya le he hecho bastante da�o. Pero despu�s del juicio ya no pueden volver a acusarle, �no? El jurado vot� que era inocente.</p><p>���Y qu� piensas t�? -pregunt�.</p><p>��Qu� voy a pensar. �l no lo hizo, fijo. Alguien quiso hundirle.</p><p>���Por qu� pudo querer alguien eso?</p><p>��Y yo qu� s�. Por la pol�tica, o por lo que fuera. Lo que me sienta fatal es que el pobre acabara metido en ese l�o por mi culpa.</p><p>Le dol�a sinceramente. Se retorc�a las manos.</p><p>��No creo que fuera por tu culpa -dije-. La culpa ser�, en todo caso, del que lo organiz�. Y el que lo organiz� debi� de ser el mismo que mat� a Iv�n. Probablemente, uno de los que le vend�an la droga. �De verdad que no te acuerdas de nadie, ni una cara, ni un comentario que hiciera Iv�n?</p><p>La chica volvi� a menear la cabeza.</p><p>��De verdad que no me acuerdo de nada de eso, sargento. Si me acordara, se lo dir�a. No me iba a dar ning�n miedo decirlo.</p><p>Las �ltimas palabras las pronunci� con la cabeza alta, y con una luz de determinaci�n incendi�ndole los hermosos ojos verdes. Me rend� a la evidencia. La creyera o no, ten�a que resignarme a no sacar nada por ah�.</p><p>���Cu�ndo fue la �ltima vez que viste a Iv�n? -pregunt� Chamorro.</p><p>��La �ltima vez�</p><p>��Si lo recuerdas.</p><p>��S�. S� que me acuerdo. Muy bien. Por lo que luego sali� en los peri�dicos, debi� de ser el mismo d�a que lo mataron.</p><p>���D�nde fue? �Qu� te dijo?</p><p>��Fue en la plaza. No hablamos. S�lo lo vi pasar. Me salud�.</p><p>���No hablasteis?</p><p>��Iba en la moto. Con una chica.</p><p>���Qu� hora pod�a ser? -pregunt�.</p><p>��Pronto. Las cuatro y media o las cinco.</p><p>���Recuerdas c�mo era esa chica? �O llevaba casco?</p><p>Desir�e arrug� la frente.</p><p>��No, no llevaba. Pero no la vi muy bien. Rubia, media melena. M�s o menos de su edad. No estaba mal. Iv�n ten�a buen gusto, yo qu� voy a decir.</p><p>���No la conoc�as?</p><p>Desir�e pareci� dudar un segundo, pero respondi�, con firmeza:</p><p>��No.</p><p>���Ser�a una turista, tal vez?</p><p>��Ser�a, no s�. Pasaron r�pido, me salud� con la mano y desaparecieron.</p><p>���Hacia d�nde iban?</p><p>��Hacia la carretera.</p><p>��No has vuelto a verla, a esa chica -dedujo Chamorro.</p><p>��No.</p><p>��Y si la vieras, �la reconocer�as?</p><p>��Puede. No estoy segura. Ya te digo que la vi muy poco.</p><p>Chamorro y yo nos observamos, alerta.</p><p>���Creen que ella pudo ser la asesina? -pregunt� Desir�e.</p><p>Tard� en responderle.</p><p>��Nunca se sabe. Podr�a ser. Por qu� no.</p><p>��F�jate, nunca habr�a pensado que pudiera matarle una mujer -confes�, recobrando aquel candor que de pronto se mezclaba con su descaro.</p><p>Tampoco nosotros, hasta ese momento, hab�amos pensado en la posibilidad de una asesina. Pero ahora, por remota o improbable que pudiera antojarse, nos tocaba pasar a considerarla. Una hip�tesis m�s. No pude evitar pensar que en aquel asunto �bamos para atr�s, como los cangrejos.</p><p>Estuvimos con Desir�e G�mez cerca de una hora y media. Dentro de su peculiar estilo, se mostr� colaboradora y d�cil al interrogatorio. Un cierto sentimiento de culpa hacia su padre, por los sinsabores que directa o indirectamente le hab�a causado, parec�a ser el principal motivo de su mansedumbre. No daba la impresi�n sin embargo de que el asunto en s�, la muerte del chico, la conmoviera gran cosa, o no m�s de lo que pudiera interesar y conmover a cualquier persona de buen coraz�n que se enterase por la prensa. Desir�e ten�a buen coraz�n, y lo compadec�a, al chaval. Pero su juventud y su car�cter le proporcionaban un �til blindaje que le imped�a sentir dolor alguno. En cierto modo era envidiable, y se lo envidi�. Cuando nos separamos, en la puerta principal del hotel, tan s�lo descendi� a preguntar:</p><p>���Y la investigaci�n? �Va bien?</p><p>��Es pronto -respond�-. Pero vamos avanzando.</p><p>���Ten�is alguna pista?</p><p>��Tenemos muchas pistas.</p><p>��Me gustar�a que lo cogierais. Para que la gente se convenza de que no fue mi padre y deje de murmurar por ah�. Y bueno, por Iv�n. No era mal t�o. Me sabe mal que est� muerto y que el que lo hiciera se est� riendo de �l.</p><p>Le sab�a mal. Dud� si me gustar�a que me enterraran con esa expresi�n.</p><p>��No s� si se reir� -repuse-, pero procuraremos pon�rselo dif�cil.</p><p>��Oye, �puedo deciros una cosa?</p><p>Chamorro y yo nos miramos de reojo.</p><p>��Sois muy diferentes de la otra guardia que vino a verme.</p><p>���Ah, s�?-dijo Chamorro.</p><p>��Mucho m�s colegas. La otra parec�a que estuviera cabreada. Y que no buscara otra cosa m�s que meter en la c�rcel a mi padre.</p><p>Me acord� de Morcillo, y trat� de imagin�rmela interrogando a Desir�e. Deb�a de haber sido un encuentro interesante. Sin maldad lo discurr�.</p><p>��Esperamos no haberte molestado mucho -dije.</p><p>��Qu� va.</p><p>��Si se te ocurre algo que no nos hayas dicho, cualquier cosa que creas que puede interesarnos, si te acuerdas de pronto de alguien o de algo de lo que no te hayas acordado hoy, te agradecer�a que me llamaras a este n�mero.</p><p>Le di mi tarjeta. Con frecuencia uno lo hace temiendo que est� tirando a la basura el trozo de cartulina. Pero a veces no es as�. A veces lo toma alguien a quien le cargas la conciencia con el peso de marcar el n�mero si recuerda algo, y con suerte, que hasta intenta recordar. En cuanto a Desir�e, cogi� la tarjeta como quien cogiera un paquete de chicles, y se la guard� sin m�s tr�mite en uno de los bolsillos traseros de sus tejanos. Por lo menos durante esa tarde, se sentar�a a menudo sobre mi nombre. Confi�, no mucho, en que se acordara de sacarla cuando echara los pantalones a la lavadora.</p><p>��Tenemos un coche. Si quieres podemos llevarte a donde vayas -le ofrec�.</p><p>��No, gracias. Ya me lleva un compa�ero.</p><p>Genio y figura, pens�, y luego me arrepent� de mi ruin suspicacia.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 15 ALGO INTELIGENTE Y BONDADOSO DETR�S</p></title><p>Llegamos al aeropuerto con tiempo m�s que de sobra para tomar el avi�n de vuelta a Tenerife. Dej� a Chamorro en la terminal y yo me fui a devolver el coche de alquiler. Pero apenas entraba en el aparcamiento donde deb�a entregarlo cuando son� mi tel�fono. Era mi compa�era.</p><p>��No te des mucha prisa en devolver el coche -dijo Chamorro.</p><p>���Qu�?</p><p>��El aeropuerto de Tenerife est� cerrado. Razones meteorol�gicas.</p><p>��Vaya por Dios.</p><p>��Eso es lo que dicen por megafon�a. Y la chica de informaci�n no me ha dado esperanzas de que salga ning�n avi�n hoy.</p><p>��Cambio de planes, entonces.</p><p>��Salvo que quieras ir en barco.</p><p>��Son unas cuantas horas -calcul�-. No quiero morir tan joven.</p><p>Una de las cosas que m�s odio de ser el jefe es que a ti te toca pensar por d�nde seguir cuando resulta obvio que el callej�n no tiene salida. Hube de hacerlo una vez m�s, mientras sujetaba el tel�fono m�vil contra el hombro y esquivaba por poco a unos despistados turistas de avanzada edad.</p><p>��Cambia los billetes al primer vuelo de ma�ana -le orden�-. Voy a negociar con los del alquiler que nos dejen el coche. Nos vemos ahora.</p><p>Diez minutos despu�s nos enfrent�bamos a la nueva situaci�n. Condenados a permanecer al menos doce horas m�s en La Palma, donde no ten�amos nada que hacer. Habr�a que buscar alojamiento, para empezar. En ese momento me acord� del tercer miembro del equipo. Marqu� su n�mero.</p><p>���S�? -respondi� Anglada. De fondo se o�a una m�sica ruidosa.</p><p>��Hola, Ruth.</p><p>��Mi sargento. �Todo bien?</p><p>��Lo de la chica s�. Pero han cerrado el aeropuerto de Tenerife.</p><p>��Me lo estaba temiendo, al ver las nubes.</p><p>��No creen que podamos volar hoy.</p><p>��Vaya, qu� mala pata.</p><p>���D�nde se puede dormir por aqu�, sin que tenga que ofrecer mis encantos o los de Chamorro al due�o para pagar la factura?</p><p>Chamorro alz� las cejas, sin mucho �nfasis.</p><p>��Espera, te doy un par de direcciones.</p><p>Repet� las direcciones que me facilit� Ruth, mientras Chamorro tomaba nota. Como conocedora del percal, Anglada nos aconsej�:</p><p>��Coged plaza ya en el primer vuelo de ma�ana.</p><p>��Eso hemos hecho -declar�, satisfecho de mi previsi�n.</p><p>��Estupendo. Es que si no, ibais a tener problemas, con todos los que se queden hoy colgados all�. �Y qu�? �Le hab�is sacado algo a la chica?</p><p>��Algo, s�.</p><p>���Bueno?</p><p>��Eso se ver�, ya sabes. A su tiempo.</p><p>Le hice un resumen, m�s o menos completo, desde el principio hasta lo de aquella misteriosa chica rubia con la que Desir�e hab�a visto a Iv�n el mismo d�a de su desaparici�n. Anglada me escuch� atentamente.</p><p>��Rubia -dijo, pensativa-. �Extranjera o espa�ola?</p><p>��No sabe.</p><p>��Pues ser�a importante poder distinguirlo.</p><p>��Ya lo s� -me mostr� de acuerdo-. No ser�a lo mismo si fuera una turista con la que hubiera ligado en la playa. Eso prometer�a mucho menos.</p><p>��Desde luego, se apartar�a de todo lo que hemos barajado hasta ahora.</p><p>��Eso me temo.</p><p>���Podr�a reconocerla? -pregunt�.</p><p>��Tal vez, si la viera. No lo asegura.</p><p>��No s�, se me ocurre que podr�a fisgar un poco -dijo Anglada-. Una chica rubia, de su edad. A lo mejor alguno de los amigos o alguien por all� recuerda haberle visto con ella. Si pudi�ramos localizarla, no estar�a de m�s.</p><p>��Desde luego que no.</p><p>��Pues estoy pensando una cosa -dijo.</p><p>��Qu� cosa.</p><p>��Como no sirve de nada que os espere aqu� y tengo habitaci�n reservada en el parador, me monto en el barco y me voy a La Gomera. Y trato de aprovechar lo que queda de d�a.</p><p>��Como t� quieras -asent�-. S�lo te pido una cosa.</p><p>��Qu�.</p><p>��Con quienes no te conozcan, ni sepan por otro lado de la sucia forma que tienes de ganarte la vida, procura ser discreta.</p><p>���Me hago la periodista?</p><p>��Lo que se te ocurra. S�lo s� discreta.</p><p>��Entendido, mi sargento. Conf�a en m�. �Vale?</p><p>Su petici�n, intu�, encerraba algo que iba m�s all� de la investigaci�n. Pero apart� r�pidamente aquella idea y me limit� a desearle:</p><p>��Suerte.</p><p>��Llamadme ma�ana cuando vay�is a coger el avi�n.</p><p>��Descuida. Hasta ma�ana.</p><p>��Adi�s -y bajando la voz hasta el susurro, a�adi�-: Te echo de menos.</p><p>No me dio tiempo a reaccionar. Antes de que se extinguiera el sonido de la �ltima s�laba, interrumpi� la comunicaci�n. Me qued� un tanto descolocado, mientras me hac�a a aquella sensaci�n que esperaba y a la vez tem�a. De uno u otro modo, siempre llega: la hora de pagar por lo que uno ha hecho. La hab�a dejado entrar en mi territorio, y ahora me ocurr�a con ella lo que ocurre con cualquier hu�sped: que ah� estaba, limitando mi espacio, mientras no se fuera o lograra desalojarla. Por un lado, no sent�a el menor deseo de que se marchase. Por otro, la manera en que me hab�a acostumbrado a vivir, para hacer m�s llevaderos los reveses, y para ser menos da�ino yo mismo, me exig�a mantener una independencia que Ruth hac�a peligrar.</p><p>���Y ahora qu�? -pregunt� Chamorro-. �Qu� hacemos?</p><p>Me cost� regresar del fondo de mis cavilaciones.</p><p>��No s� -dije-. �Te apetece ver algo en concreto?</p><p>��Ten en cuenta que no quedan muchas horas de luz.</p><p>��A algo nos dar� tiempo, digo yo.</p><p>Mi compa�era pareci� deliberar consigo misma.</p><p>��Hay algo que ya sabes que me gustar�a ver aqu� -dijo al fin-. Y para eso no s�lo no hace falta la luz del sol, sino que m�s bien sobra.</p><p>Tard� en caer.</p><p>��Ah, ese sitio que dijo Anglada para mirar las estrellas.</p><p>��El Roque de los Muchachos -precis�-. Pero estar� lejos, a lo mejor es una paliza subir, y ma�ana tenemos que madrugar�</p><p>Mientras amontonaba los argumentos para no ir, me dej� adivinar la ilusi�n que le hac�a conocer aquello. La interrump�:</p><p>��Aqu� nada puede estar muy lejos. Y si una noche hay que dormir poco, pues se duerme poco. �T� quieres verlo?</p><p>Chamorro me mir�, sin decidirse a pedirlo. En sus ojos hab�a ese tierno desvalimiento de quien se siente descubierto en sus deseos por alguien que puede facilitarlos o frustrarlos, y que no se sabe c�mo actuar�. Pero conmigo pod�a prescindir de cualquier incertidumbre. Por oscuras razones me sent�a en falta con ella, y por diversos motivos me escoc�a no ser capaz de aliviarle las dificultades personales que estaba atravesando; si me daba la ocasi�n de regalarle algo que apreciase, no pod�a sino aprovecharla.</p><p>��Vamos all� -decid�, mientras arrancaba-. En esa guantera debe de haber un mapa de la isla. Busca el objetivo, establece la ruta y me vas diciendo.</p><p>No hab�a mucha distancia, por el camino m�s corto, y pod�a llegarse en coche hasta muy cerca de la cima. Sin embargo, el trazado sinuoso de la carretera, seg�n lo mostraba el mapa, auguraba un recorrido poco propicio para alcanzar grandes velocidades. De paso, paramos a reservar nuestras habitaciones en una de las direcciones que nos hab�a dado Anglada. Era un hostal de aspecto bastante potable, remozado no hac�a mucho, donde acogieron con un amable �no hay problema� nuestra advertencia de que tal vez lleg�ramos bien entrada la noche. All� nos confirmaron que en la carretera que llevaba al Roque de los Muchachos conven�a conducir con precauci�n.</p><p>��Adem�s, lo van a agradecer -asegur� la mujer que nos atend�a-. El camino es una aut�ntica preciosidad, con uno de los mejores bosques de laurisilva de la isla. Y ya ver�n c�mo va cambiando, cuando sube.</p><p>Mientras recorr�amos la ruta, hubimos de darle la raz�n en todo a aquella mujer. Despu�s de salir de la capital, y una vez tomado el desv�o que indicaba la direcci�n del Roque y del observatorio astrof�sico internacional, la carretera se empinaba y atravesaba un bosque que ten�a poco que envidiar al que hab�amos conocido en La Gomera. Abarcaba menos extensi�n, pero las especies vegetales eran casi las mismas, y la imagen que ofrec�a, muy semejante. Incluso, en cuanto hubimos ganado una cierta altitud, compart�a con el paisaje gomero aquella singular presencia de las nubes que se met�an dentro del bosque, d�ndole una apariencia espectral. La visibilidad qued� pronto muy reducida, y los faros de nuestro utilitario de alquiler poco pod�an hacer contra el velo blanquecino que flotaba ante nuestros ojos.</p><p>��Aqu� est� otra vez la niebla -observ� Chamorro, absorta.</p><p>��Menos mal que por esta zona no parece haber mucho tr�fico -celebr�-. Porque no es que sobre demasiado espacio en las curvas.</p><p>��Tiene algo relajante -continu� Chamorro, ajena a mis consideraciones viarias-. Ser� porque hace que todo parezca m�s quieto.</p><p>���El qu�?</p><p>��La niebla, digo. Aunque a la vez sobrecoge un poco.</p><p>��Eso es por las pel�culas -opin�-. A m�, cuando voy por un lugar donde hay niebla, siempre me parece que va a salir Jack Nicholson con esa cara que pone de demente y con un hacha en la mano, como en El resplandor.</p><p>��Te encantar�, entonces -sugiri�, ir�nica.</p><p>��No, Chamorro. Ya sabes que me aburren los psic�patas. Creo que son, con mucho, los asesinos menos interesantes.</p><p>���C�mo crees que es el nuestro, el que buscamos ahora? -pregunt�.</p><p>��Para responderte me ayudar�a tener en la cabeza alguna pista definida, en lugar del batiburrillo que hemos juntado hasta aqu� -lament�.</p><p>��Bueno, por lo que sabemos.</p><p>��No es un psic�pata -apost�.</p><p>��Venga, algo m�s.</p><p>��Actu� con odio, o desprecio, o las dos cosas. Es resolutivo.</p><p>���Y eso?</p><p>��Tenemos muchos indicios para pensarlo -dije-. Ante todo, el degollamiento. Degollar a alguien no es matarlo de cualquier manera. Es hacerlo de un modo seguro, cruento, ventajista. La mec�nica tampoco es f�cil. No puede temblarte el pulso. En resumen, el que deg�ella no ve en la v�ctima m�s que una res que debe ser sacrificada de la forma m�s eficaz.</p><p>��Una explicaci�n muy gr�fica.</p><p>��Tenemos tambi�n su forma de conducir, seg�n nos la han descrito. Su seguridad a la hora de moverse por un terreno dif�cil y con poca visibilidad. Al margen de que lo conozca o no. Yo llevo el coche por aqu� y voy acojonado todo el tiempo, temiendo que en la pr�xima curva me salga un autob�s y nos triture. Pero �l prescinde de la existencia del riesgo. La forma en que conduce la gente dice mucho de su personalidad profunda.</p><p>��Pues yo te he visto conducir alguna vez como un loco.</p><p>��No, Chamorro; en el fondo, yo siempre controlo, y temo.</p><p>��Eso lo notar�s t�.</p><p>��Lo noto. �Qu� m�s dir�as t� de nuestro asesino en la niebla?</p><p>��Minucioso, detallista, o si quieres, retorcido -opin�-. Por el lugar que eligi� para dejar el cad�ver, y por la manera de ama�arlo todo, de encajar las piezas para organizar la cortina de humo que le dejara a salvo.</p><p>��Veo que est�s absolviendo al concejal.</p><p>Chamorro arrug� la frente.</p><p>��Si fue el concejal, ser�a todo lo contrario, una chapuza. Y eso no me cuadra con el resto del perfil, con esa frialdad que dices. Adem�s, tengo la sensaci�n de que �l no nos minti�. Me pareci� un hombre noble.</p><p>��Cuidado con las sensaciones, Chamorro. Lo has visto en una situaci�n, y muy particular. La gente es capaz de dar sensaciones muy diferentes, seg�n la circunstancia. Todos jugamos a eso, incluso aunque no queramos.</p><p>��Ya, bien que lo s� -admiti�, sombr�a de pronto.</p><p>La carretera continu� ascendiendo durante un buen rato. A medida que fuimos ganando altitud, el bosque de laurisilva dio paso a otro de pinos. La niebla empez� a deshacerse, y en algunos recodos, al mirar abajo, se atisbaba el azul del oc�ano. Hab�amos subido mucho ya. El pinar era magn�fico, con ejemplares de gran alzada. La pinaza cubr�a como una tupida alfombra el suelo sobre el que pronto se desvaneci� el �ltimo jir�n de niebla. No pod�a negarse que la naturaleza hab�a sido generosa con aquella isla.</p><p>��Pues no est� nada mal La Palma, tampoco -dije.</p><p>��Por algo deslumbr� a Madonna -observ� Chamorro.</p><p>���Qu�?</p><p>��Tiene una canci�n dedicada a La Palma, Madonna -explic�-. Isla bonita, no me digas que no la has o�do nunca.</p><p>���Ah, s�? Qu� puesta est�s. No imaginaba que te gustara Madonna.</p><p>��Depende. Algunas canciones s�. �Desapruebas mis gustos?</p><p>��No. Me sorprenden. Madonna�</p><p>��Qu� pasa.</p><p>��Pues que no os veo as� muy afines, pero oye�</p><p>��No he dicho que seamos afines. S�lo que me gusta c�mo canta. Vamos, no seas malo, que me tienes muy conmovida con tu gesto.</p><p>���Qu� gesto?</p><p>��El de subirme a ver las estrellas. Ya s� que a ti te importan un r�bano.</p><p>Me sent� un poco cogido en falta.</p><p>��Mujer, tanto como que me importen un r�bano�</p><p>��Tranquilo. El caso es que te debo una. No lo olvidar�.</p><p>Lo hab�a hecho por ella, s�, pero debo reconocer que tambi�n disfrut� de la experiencia. Poco a poco el pinar empez� a clarear y vino a sustituirlo la vegetaci�n de alta monta�a. Matorrales bajos, duros, acostumbrados a resistir el azote de los vientos. Las vistas eran cada vez m�s espectaculares. Deb�amos de andar por encima de los dos mil metros, y ante nosotros se alzaban ya las cumbres, emergiendo escarpadas del mar de nubes que se extend�a en el horizonte. Al fin, tras recorrer un trecho de carretera que iba siguiendo la l�nea de la crester�a monta�osa que coronaba la isla, divisamos las instalaciones del observatorio astrof�sico. Las semiesferas blancas de los telescopios, diseminadas entre las diversas alturas menores que circundaban el Roque de los Muchachos, brillaban al sol del atardecer. Parec�a mentira que apenas media hora antes hubi�ramos atravesado un bosque inundado de bruma. Siguiendo las indicaciones, llegamos a un peque�o aparcamiento que hab�a al pie del roque. Los muchachos a que alud�a su nombre eran unas peque�as formaciones rocosas, vagamente antropom�rficas, que se congregaban en su cima. Bajamos del coche para llegar a pie hasta ella.</p><p>Desde lo alto, a unos dos mil quinientos metros sobre el mar, vimos a nuestros pies la inmensa caldera volc�nica que constitu�a el coraz�n de la isla. A decir verdad, medio la vimos y medio la adivinamos, por el enorme hueco que se abr�a bajo nosotros, ya que las nubes la ocultaban en buena parte. El aire era tan puro, el panorama tan grandioso, que resultaba dif�cil permanecer indiferente. Incluso yo, que no suelo ser demasiado vulnerable a las maravillas paisaj�sticas, me qued� impresionado. El rostro de Chamorro, anaranjado por la luz del sol poniente, reflejaba un absoluto embeleso.</p><p>��Qu� pasada, los que puedan vivir y trabajar aqu� -suspir�.</p><p>Mir� a mi alrededor. Lo que se ve�a a lo lejos era fastuoso, sin duda, pero las inmediaciones del observatorio constitu�an un desolado paraje lunar.</p><p>��Hombre, Virginia, tampoco te pases.</p><p>��Pues no me importar�a, en serio. Disfrutar todo el tiempo de este cielo tan limpio. �No te parece que es como estar en otro planeta?</p><p>��S�. En Marte, lo menos.</p><p>��Qu� quieres que te diga. Yo me siento mucho mejor aqu� que ah� abajo.</p><p>Ya s� que no conviene extenderse en la descripci�n de una puesta de sol, as� que me cuidar� mucho de hacerlo. Tengo que admitir, no obstante, que nunca hab�a presenciado una como aqu�lla, y que no he asistido tampoco a nada parecido despu�s. Cuando el disco solar se ocult� tras el horizonte, regresamos al coche, donde nos aguardaban unos bocadillos y un par de latas de cerveza que hab�amos comprado en la ciudad. Cenamos all�, mientras la oscuridad se cern�a sobre los riscos y la temperatura iba bajando afuera. Result� una cena extra�a, pero reparadora. El coche no era muy confortable, los bocadillos habr�an podido ser mejores, la cerveza no estaba lo bastante fr�a y fue poco lo que hablamos. Pero la situaci�n infund�a una especie de paz de la que, por causas diversas, los dos and�bamos necesitados.</p><p>En cierto momento, Chamorro cogi� su bolso para buscar en �l un pa�uelo de papel. El desorden del bolso femenino es un fen�meno tan inexorable que incluso alcanzaba al de mi met�dica compa�era. Casi tuvo que vaciarlo para dar con lo que pretend�a. Uno de los objetos que se desparramaron sobre su regazo fue su tel�fono m�vil. Vi que segu�a apagado.</p><p>���No vas a volver a conectarlo? -le pregunt�.</p><p>Chamorro observ� el aparato con gesto ensimismado.</p><p>��Ya s� lo que me encontrar�, si lo conecto -dijo.</p><p>��Y no quieres encontrarlo.</p><p>��No. La verdad es que no.</p><p>Ya me hab�a metido demasiado donde no me llamaban, y ya me hab�a dicho mucho m�s de lo que ten�a derecho a o�r. Me abstuve de seguir escarbando. Sin embargo, fue la propia Virginia la que continu� con ello:</p><p>��Es curioso, c�mo te equivocas en la vida. Y es a�n m�s curioso c�mo, cuando te das cuenta de que te has equivocado, te preguntas: pero bueno, �c�mo pude dejarme enga�ar con esto, con lo claro que estaba?</p><p>Mantuve mi reverente silencio.</p><p>��A toro pasado -prosigui�-, resulta tan evidente que te sientes imb�cil. Pero supongo que una siempre quiere hacerse ilusiones. Y que lo que m�s nos cuesta es escarmentar. Por eso mordemos el anzuelo una y otra vez.</p><p>Inevitablemente, recordaba al escucharla la �ltima ocasi�n en que yo mismo hab�a, m�s que mordido, tragado el anzuelo al que se refer�a.</p><p>��A lo mejor s�lo es un malentendido pasajero -dije.</p><p>Chamorro neg� con la cabeza, despacio.</p><p>��No. El malentendido ha durado hasta aqu�. Hasta ayer. A partir de ahora, ya puede olvidarse de m�, por la cuenta que le trae. Porque no tengo intenci�n de malgastar ni un segundo m�s de mi vida d�ndole antojos a un ni�o egoc�ntrico. Y mucho menos pienso aguantarle a nadie sus malos modos. Si su madre no supo amaestrarlo, que se lo coma con patatas. Yo paso.</p><p>���Malos modos?</p><p>Quiso quitarle importancia:</p><p>��No lleg� la sangre al r�o -dijo-. Pero he podido comprobar que tiene sus riesgos, no someterse a lo que al se�or le apetece.</p><p>��No me estar�s diciendo que te puso la mano encima.</p><p>��Olv�dalo, no pas� nada.</p><p>��Dime que te puso la mano encima y lo siento en una silla de ruedas.</p><p>Mi compa�era mene� la cabeza.</p><p>��Anda, c�lmate. Lo m�s probable es que te sentara �l a ti. No hay necesidad de hacer que esta historia resulte todav�a m�s lamentable.</p><p>��No me subestimes -protest�-. Ya me las arreglar�a.</p><p>���C�mo?</p><p>��Le atacar�a a traici�n. Le manipular�a los frenos del coche. Por ejemplo.</p><p>Se ech� a re�r.</p><p>��Hablo en serio -insist�-. Dime que te toc� y le arruino la vida.</p><p>��No, no me toc�. Pero me temo que ese capullo es de los que podr�an llegar a hacerlo. As� que no me va a volver a ver el pelo nunca m�s.</p><p>��Y ahora te acosa por tel�fono.</p><p>��Bah, s�lo lloriquea. Ya se le pasar�. Anda, vamos a olvidarnos de �l. Ya est� bastante oscuro. Ven y te ense�o las estrellas.</p><p>Salimos del coche. Casi hac�a fr�o, ahora. Fui tras Chamorro hasta un promontorio, desde el que se dominaba una extensa porci�n de cielo.</p><p>��La noche no es buena, porque va a haber demasiada luna -advirti�-. Pero ya quisiera ver yo desde mi casa la cuarta parte de esto. Mira. Guau. Es un verdadero espect�culo. Qu� gozada.</p><p>Lo cierto es que nunca habr�a imaginado que hubiera tantas estrellas como las que a simple vista se ofrec�an a nuestra contemplaci�n. �l cielo estaba infestado de ellas, por todas partes. Casi emborrachaba mirarlas.</p><p>��No s� c�mo las distingues -dije-. A m� me parecen todas iguales.</p><p>��Ni mucho menos, y si las vieras con el telescopio, a�n lo notar�as m�s. Las hay de todos los colores. Unas est�n lejos, otras cerca. Siempre en t�rminos relativos, claro. Incluso dentro de una misma constelaci�n, hay a veces estrellas muy diferentes. Aunque nosotros las vemos agrupadas, no tienen nada en com�n y se encuentran a cientos de a�os-luz unas de otras.</p><p>��No s�, yo me pierdo.</p><p>��Mira, es muy f�cil. �Ves aqu�lla tan luminosa? Es Sirio, la m�s visible de todas, en la constelaci�n del Perro Mayor. Se distingue muy bien porque est� muy cerca. La luz que estamos viendo ahora la produjo hace s�lo nueve a�os. Hacia abajo, a la izquierda, sin salir del Perro, te encuentras Wezen. Aunque te parezca que est� junto a Sirio, est� lej�simos de ella. La luz que est�s viendo la emiti� hace m�s de dos mil a�os, pero es cien mil veces m�s potente que el Sol. Es una supergigante, un monstruo. L�stima no tener aunque fuera unos prism�ticos. Si prolongas la l�nea que forman Sirio y Wezen, llegas hasta Betelgeuse, en la constelaci�n de Ori�n. �La ves?</p><p>La segu�a con dificultad, pero la segu�a.</p><p>��S�, creo que s� -dije.</p><p>��No tiene p�rdida, hombre. Ori�n es una de las constelaciones m�s f�ciles de identificar. Y si a partir de Betelgeuse dibujas un tri�ngulo is�sceles, poni�ndola en el v�rtice inferior, llegas por la izquierda a la constelaci�n de G�minis, y por la derecha a Aldebar�n, en Tauro, y a las Pl�yades�</p><p>Continu� se�al�ndome muchas m�s estrellas de las que soy capaz de recordar, explic�ndome lo grandes o peque�as que eran, lo lejos o cerca que estaban, el color que ten�an cuando se las observaba a trav�s del telescopio. Al final, pese a la nitidez del cielo, acabaron doli�ndome los ojos.</p><p>��Uf -confes�-. Me parece que estoy llegando a mi l�mite. Entre lo que parpadean, y la cantidad de ellas que hay�</p><p>��No parpadean ellas -me aclar�-. Son las corrientes de aire en la atm�sfera. Si te fijas, parpadean m�s cuanto m�s cerca de la l�nea del horizonte. Porque la luz atraviesa un espesor mayor de la atm�sfera.</p><p>��En todo caso, creo que me rindo, Chamorro.</p><p>��Est� bien, no te aburro m�s. D�jame que mire otro rato y nos vamos.</p><p>Me apart� un poco, mientras ella completaba sus observaciones. Al cabo de unos diez o quince minutos, se reuni� conmigo. Hizo chascar la lengua.</p><p>��L�stima, no haber tra�do prism�ticos -repiti�-. En fin. Cuando quieras.</p><p>��Espero que te haya merecido la pena, a pesar de todo.</p><p>��Claro. Cuando lo puedes ver as�, tan limpio, y abarc�ndolo de un golpe, sientes de pronto lo inmenso que es. Y que todo eso tiene que tener un por qu�. Que tiene que haber, por narices, algo inteligente y bondadoso detr�s.</p><p>���T� crees?</p><p>��S�, lo creo -declar�, con una s�bita solemnidad-. �T� no?</p><p>��S�lo a veces.</p><p>��Eso es que no te fijas bien.</p><p>��Ser� eso -respond�, porque en el fondo, qu� sab�a.</p><p>Aquella excursi�n, que pese a sus bienintencionados esfuerzos no le sirvi� a Chamorro para convertirme, ni tampoco para contagiarme su afici�n astron�mica, s� contribuy� en cambio a restaurar entre ambos la confianza que �ltimamente hab�amos perdido. No se me ocultaba, ni a ella tampoco, cu�l era una de las interferencias que hab�an propiciado aquel alejamiento. En el camino de regreso, mientras baj�bamos, ahora en medio de la oscuridad, por la misma carretera por la que antes hab�amos subido, fue ella la que quiso sacar el asunto. Quiz� porque sab�a que yo no lo iba a hacer.</p><p>��Hay una explicaci�n que me parece que te debo -dijo.</p><p>Apenas la o�, adivin� por d�nde iba.</p><p>��No me debes explicaciones -contest�-. No si no te apetece d�rmelas.</p><p>��En parte me cuesta un poco, s�. Pero me cuesta m�s dejar que pase el tiempo sin cont�rtelo. Creo que tienes derecho.</p><p>��No tengo ning�n derecho sobre nada tuyo -insist�-. S�lo soy tu sargento.</p><p>��Bueno, esto ha venido a mezclarse. Quiz� porque yo he sido un poco tonta. El caso es que ahora creo que tengo que dec�rtelo.</p><p>��Hablamos de Anglada -me atrev� a deducir.</p><p>��S�.</p><p>��No hace falta que me cuentes nada, de veras.</p><p>��Voy a cont�rtelo. Por m�. Me descargar� de un peso. Quiero que sepas por qu� no la trago, y por qu� no puedo dejar de lamentar que hayamos coincidido con ella en esta investigaci�n.</p><p>Not� que el pulso se me aceleraba. No pod�a impedirlo.</p><p>��Algo te dej� caer, si no recuerdo mal -dijo-. Me llevo a matar con ella desde la academia. Y el caso es que al principio congeniamos, ya ves.</p><p>Se detuvo, y a punto estuve de pedirle que no siguiera. Pero no lo hice.</p><p>��Nos toc� en la misma camareta -continu�-, y durante los primeros d�as tuve la sensaci�n de que era con la que m�s ten�a en com�n de todas. Pero en seguida empec� a notar que hab�a ciertos aspectos en los que �ramos muy diferentes. Demasiado diferentes como para estar a gusto con ella.</p><p>Volvi� a hacer una pausa. Le costaba ordenar su relato.</p><p>��En fin, no voy a aburrirte con rodeos. Pronto descubr� que Ruth ten�a una visi�n de la vida muy distinta de la m�a. Cuando por la noche empezaron las confidencias, siempre estaba con lo mismo. Puede que yo sea poco natural para estas cosas, no te digo que no. Pero el caso es que no me siento c�moda escuchando a una t�a que no hace m�s que contarte con todo lujo de detalles cu�ntos t�os se ha tirado y c�mo lo hace para ponerlos a cien y c�mo lo pas� con �ste y c�mo la tiene aqu�l. Lo mismo me da que sea verdad o que sea mentira. No es mi tema favorito de conversaci�n.</p><p>En la oscuridad de la noche, no pude ver c�mo se ruborizaba. Tampoco ella pudo ver c�mo la sangre acud�a a mi rostro, pero yo s� lo not�.</p><p>��Si la cosa hubiera quedado ah� -a�adi�-, bueno. No ser�a mi modelo en la vida, pero nada m�s. El problema vino cuando fue m�s all�.</p><p>Volvi� a quedarse callada, buscando las palabras.</p><p>��Mira -dijo, un poco nerviosa-. Yo no veo nada malo en que haya t�as a las que les gusta acostarse con t�as, eso por delante. Pero a m�, personalmente, no me va ese rollo. Entiendo que alguien, si va por ah�, pruebe suerte contigo, antes de saberlo. Lo que no entiendo es que te den el co�azo cuando ya les has dejado claro que eso no es lo tuyo. Y lo que me pone negra es que encima te d� la sensaci�n de que lo hacen porque les divierte.</p><p>Sent� cu�nto le hab�a costado; como a un cowboy arrancarse una flecha.</p><p>��Vale, Virginia -le dije-. No hace falta que me cuentes m�s.</p><p>��Quer�a que supieras que tengo razones. Que no soy una hist�rica.</p><p>��Lo s�.</p><p>��Creo que he sabido llevarlo, a pesar de todo. Y no me ha sido f�cil.</p><p>��Ya me doy cuenta.</p><p>��Pero si t� no lo crees as�, me vuelvo a Madrid y que venga otro.</p><p>La voz se le hab�a quebrado un poco en la �ltima frase. La mir� de reojo y vi el brillo de las l�grimas que temblaban entre sus p�rpados. Me sent� idiota, por lo que hubiera podido agravar su malestar, e in�til, porque ve�a que ella pasaba por un momento delicado y no sab�a ayudarla.</p><p>��T� no te vas a ninguna parte -dije-. No mientras yo no me vaya.</p><p>��Lo digo en serio.</p><p>��Ya veremos c�mo lidiamos la situaci�n, no te preocupes.</p><p>Yo, sin embargo, s� que estaba preocupado. Con la mirada fija en la niebla que ahora me reflejaba el resplandor de los faros, por aquella carretera de pronto interminable, pensaba en la manera en que hab�a contribuido a embrollar a�n m�s algo que ya de por s� era un buen embrollo. Me acordaba de Ruth, la ve�a a la nueva luz que Chamorro me acababa de revelar, y no sab�a qu� demonios iba a hacer para manejarme en adelante. Ni siquiera pod�a aclarar cu�les eran mis propios sentimientos respecto de ella.</p><p>��Mira -hice un supremo esfuerzo por parecer firme-. Vamos a resumir lo que est� claro. T� y yo formamos un equipo, punto. El equipo no se rompe por un tercero, y menos por la actitud improcedente de ese tercero. Si en alg�n momento alguien se comporta como no debe, y tan pronto como yo lo sepa, contra quien tomar� medidas ser� contra ese alguien. As� que te ruego que me mantengas informado de todo lo que pase a este respecto.</p><p>��Hasta ahora no ha pasado nada -dijo-. Ya he procurado no darle ocasi�n. Bueno, si exceptuamos el numerito del otro d�a en la playa.</p><p>��Dejemos eso correr. Pongamos que cada uno se ba�a como quiere.</p><p>��Mejor ser�, s�.</p><p>��Y seamos pr�cticos. Cuanto antes resolvamos este asunto, antes nos quitaremos el problema. Vamos a concentrarnos en el trabajo.</p><p>��Est� bien.</p><p>��Pero ante todo, que te quede clara una cosa.</p><p>��Qu�.</p><p>��Que puedes contar siempre conmigo. Para lo que sea.</p><p>Chamorro asinti� con lentitud.</p><p>��Gracias -murmur�, y la culpa me atenaz� la garganta.</p><p>Por fortuna, terminamos de cruzar aquel maldito bosque, la niebla se disip� y unos cuantos kil�metros m�s adelante la carretera se volvi� bastante m�s ancha y llevadera. Entre unas cosas y otras, cuando por fin me acost� en la cama del hostal, estaba derrengado. Me vino bien, porque lo que necesitaba era dormir, y no enredarme en est�riles elucubraciones.</p><p>Dorm�, pero no hasta la hora que hab�a programado en mi tel�fono m�vil. Cuando son�, a eso de las cinco y cuarto, supe en seguida que algo no iba bien. No era la melod�a del despertador, sino el tono de llamada.</p><p>���Vila? -o� que dec�a una voz masculina, cuando me puse el auricular en la oreja. Cre� que era un sue�o. Aquel hombre estaba llorando.</p><p>��Vila, �me oyes? Joder, Vila. Est� muerta. La han matado. Joder�</p><p>No so�aba, no. Pero as�, con esas palabras, empez� la pesadilla.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 16 COMO SI NO ESTUVIERA MUERTA</p></title><p>Las horas que transcurrieron a partir de entonces, desde que supe por el teniente Guzm�n que a Anglada la hab�an encontrado en las afueras de San Sebasti�n de la Gomera, con un balazo en el coraz�n, las recuerdo como un t�nel mal iluminado, con un continuo zumbido de fondo que distorsionaba los ruidos exteriores y bloqueaba los esfuerzos de mi cerebro por hallarle una l�gica a lo que estaba ocurriendo. Recuerdo, tambi�n, la reacci�n de Chamorro, cuando la despert� para darle la noticia. Primero se mostr� incr�dula, pero casi inmediatamente, tras comprender que no pod�a dejar de ser verdad, que ninguna otra posibilidad, m�s que la real y efectiva muerte de nuestra compa�era, pod�a explicar que llamase de madrugada a su puerta para descargarle semejante mazazo, se hundi� en una especie de pozo del que tard� mucho tiempo en salir. Apenas reuni� fuerzas para musitar:</p><p>��No. La pobre�</p><p>He visto muchos muertos, y con todos ellos, de una manera o de otra, he acabado estableciendo una relaci�n. A veces, de cierta intensidad. Me he hecho a convivir con ellos, y con la idea de que a toda la gente le llega el d�a en que es un fardo de carne tirado en el suelo del que otros han de ocuparse. He aprendido a bromear con esa idea, y a re�rme cuando por Halloween, desde que se ha importado la celebraci�n for�nea, todos los de la unidad que no se dedican a homicidios nos felicitan a los enterradores y nos dicen que si no vamos a organizar un vino para festejarlo. Incluso, puestos a aprender, he aprendido a compartir los chistes de los forenses mientras perpetran la carnicer�a y el destrozo de una autopsia. Nada de eso, sin embargo, te prepara para ver morir a alguien que te importa; a alguien con quien has vivido. No me ha pasado muchas veces, pero cuando me sucede, como constat� que me estaba sucediendo aquella gris ma�ana de febrero, mientras �bamos hacia el aeropuerto de La Palma, siento lo mismo que cualquier otro. Que todo se me viene abajo, y que saboreo, a trav�s de esa persona cercana, la muerte que quiz� no ser� capaz de saborear en m� mismo, cuando me toque.</p><p>Desde que tomamos tierra en Tenerife y pude volver a encenderlo, no par� de sonarme el tel�fono. Llamaron todos los que pod�an llamarme. Guzm�n, que se hab�a trasladado a La Gomera en el primer barco de la ma�ana, me telefone� varias veces, para coordinarnos. Tambi�n mi comandante, desde Madrid, se uni� al carnaval; por un lado, para encargarme que transmitiera su pesar a la gente de all�, y por otro, para pedirme una explicaci�n que hube de reconocer que no pod�a proporcionarle. Otro tanto hizo el subdelegado del gobierno, con quien tuve que reproducir el penoso informe que le hab�a dado a Pereira. El hombre se apiad� de mi menesterosa situaci�n:</p><p>��Est� bien, sargento -dijo-. Le dejo trabajar. Pero t�ngame al corriente, por favor. Quiero que sepa que estoy decidido a poner todos los medios, primero para apoyar a la familia, y luego para encarcelar al asesino.</p><p>��Gracias -dije. Era una palabra sencilla, que me exim�a de pensar.</p><p>Cuando colgu�, despu�s de hablar con el subdelegado del gobierno, sonre� amargamente. No era un problema de medios, al menos en lo que se refer�a a atrapar a quien le hab�a quitado la vida a Ruth. S�lo era cuesti�n de que cierto individuo demostrara la competencia que se le supon�a e hiciera su trabajo de una pu�etera vez. Ya iba a llegar tarde para salvarla, y por eso, lo sab�a, nunca podr�a perdonarse lo descuidado que hab�a sido. Por eso, tambi�n, el individuo necesitaba ahora tan desesperadamente esclarecer aquella muerte que quiz� no fuera el m�s indicado para hacerlo. Pero en tanto no le apartaran por la fuerza, iba a convertirlo en su �nica misi�n.</p><p>Tuve otra llamada, mientras viaj�bamos en el hidroala hacia La Gomera. Era una mujer, a la que no conoc�a. Entre el ruido de la nave, la agitaci�n del mar y el anonadamiento en que flotaba, tard� en comprenderla.</p><p>��Le digo que soy la juez de instrucci�n -repiti�, alzando la voz-. �Me oye? �Es usted el sargento Vila?</p><p>��S�, la oigo. S�, soy yo.</p><p>���Y se puede saber d�nde co�o anda?</p><p>��Estoy en el barco, se�or�a, casi llegando a La Gomera.</p><p>��Aqu� me dicen que le esperemos para levantar el cuerpo. Y a m� tambi�n me gustar�a tener unas palabritas con usted. Pero quisiera saber si tendr� que esperarle toda la ma�ana. Me aguardan hoy algunas otras tareas, as� que si va a tardar mucho ordeno que levanten y me viene a ver al juzgado.</p><p>Chamorro me observ�, preocupada. Por mi gesto, pod�a darse perfecta cuenta de que no me estaban felicitando. Discurr� deprisa.</p><p>��Vienen a recogernos al puerto -dije-. No tardaremos m�s de media hora.</p><p>��Media hora, ni un minuto m�s -advirti�, y colg�.</p><p>Gracias a Siso, que nos esperaba en el puerto (y a quien no hubo que insistirle mucho para que le apretara con rabia al todoterreno, hasta sacarle el �ltimo caballo que guardaba en su motor), pudimos llegar al lugar del crimen antes de que expirase el ultim�tum de la juez. No quedaba lejos de la carretera. Era una zona despoblada, pr�xima a la costa. A unos treinta metros de la calzada, estaba el Opel Corsa de alquiler, con las puertas abiertas. A su alrededor, la parafernalia que tantas veces hab�amos visto, pero que en esta ocasi�n ten�a como centro a alguien que le daba a todo un significado radicalmente diferente, casi irreal. Siso acerc� el todoterreno hasta estacionarlo junto al otro que ya estaba all�. Vi, uniformados, a Nava, Valbuena y un par de guardias m�s. Un poco m�s all�, junto al coche, distingu�, de paisano, al teniente Guzm�n, la guardia Morcillo y el guardia Azuara. Con ellos hab�a tres mujeres, dos de unos cuarenta a�os y otra de treinta y pocos. Todos nos miraron cuando bajamos del todoterreno con Siso.</p><p>Avanc� hacia ellos, seguido por Chamorro, con la misma sensaci�n que les supongo a los que caminan hacia donde les aguarda el pelot�n de fusilamiento. Apenas nos tuvo a tiro, la treinta�era me espet�, a bocajarro:</p><p>���Es usted Vila?</p><p>��S�, se�or�a -me aprest� a colegir.</p><p>��Muy bien. �Puede decirme c�mo ha podido pasar esto?</p><p>��No, se�or�a.</p><p>��Pero por aqu� me cuentan que llevaba usted la investigaci�n en la que participaba la fallecida. Que la ten�a temporalmente a sus �rdenes.</p><p>��Eso es cierto. Investig�bamos un homicidio que�</p><p>��Ya, ya me han informado de qu� homicidio estaban investigando -me interrumpi�-. Habr�a preferido enterarme antes, ya que se supone que �sta es mi jurisdicci�n, pero de eso usted no tiene la culpa.</p><p>El teniente Guzm�n apretaba los labios. Deduje que no era el primero al que su se�or�a abroncaba aquella ma�ana.</p><p>��Lo que quiero saber -aclar� la juez-, es d�nde se metieron ustedes, y con qui�n, para que nos hayamos encontrado con esto.</p><p>��La investigaci�n no estaba avanzada -dije-. Est�bamos reuniendo indicios preliminares, considerando todav�a varias hip�tesis muy abiertas.</p><p>��Pues alguna de esas hip�tesis se les ha cerrado de mala manera -opin�-. Por Dios, se supone que ustedes son los primeros interesados en ir con cuidado, cuando tratan con gente peligrosa. �Me puede explicar c�mo es que andaba por aqu� esta pobre, sola, mientras usted y su compa�era estaban en La Palma? Y ya no s� si preguntarle qu� hac�an ustedes all�.</p><p>��Fuimos a interrogar a un testigo -dije-. Pero si me permite, se�or�a�</p><p>��Le permito que me cuente cualquier cosa que me ayude a dejar de alucinar. Se lo suplico, m�s bien. Aqu� no suele pasar esto, �sabe?</p><p>Pod�a, hasta cierto punto, entender su enfado. Pod�a, tambi�n, entender que tuviera necesidad de hacer sentir su autoridad, y que yo era el tonto m�s a prop�sito para que desahogara su mala sangre. Pero confieso que me irrit� la falta de profesionalidad con que encaraba aquella situaci�n. Ni yo, ni ning�n otro de los que all� se congregaban, est�bamos para ayudarla a paliar su asombro, por muy juez que fuera, sino para suministrarle la mejor base probatoria en la instrucci�n del sumario, que era algo bien distinto. Y mientras se ensa�aba conmigo, esa tarea no avanzaba un mil�metro. En cualquier caso, ella era la jefa, y tampoco estaba yo muy satisfecho de mi propia profesionalidad, as� que me tragu� el orgullo y volv� a intentarlo:</p><p>��Le dec�a, se�or�a, que en ning�n momento tuvimos la sensaci�n de estar tratando con delincuentes peligrosos. Buscamos a un asesino, y eso siempre presenta cierto riesgo. Pero no ten�amos datos para pensar que pudi�ramos estar arriesg�ndonos a que sucediera algo as�. En absoluto.</p><p>���Sabe al menos en qu� andaba ayer la fallecida?</p><p>��Habl� con ella por la tarde. Me propuso hacer algunas comprobaciones rutinarias, con posibles testigos. La autoric� sin la menor preocupaci�n. Con la mayor�a hab�amos hablado ya y no eran personas que presentaran ning�n problema. Amigos de la v�ctima, j�venes normales.</p><p>��Pues por lo que parece, acab� viendo a alguien un poco anormal. Y d�game, �qu� es lo que han descubierto, sobre la muerte del chico?</p><p>��Hasta ahora, no mucho m�s que en la primera investigaci�n -repuse-. Que Iv�n L�pez traficaba con droga a peque�a escala, algo que no se hab�a podido determinar hace dos a�os. Tambi�n hemos conseguido referencias de algunas personas concretas que podr�an tener alguna relaci�n con esas actividades y quiz� con el crimen, pero a�n sin contrastar. Estamos muy lejos de poder considerar a alguno de ellos como sospechoso.</p><p>La juez reflexion� durante unos instantes.</p><p>��Pues mire -dijo-, no soy una experta en investigaci�n criminal, pero me parece que de un modo o de otro se han acercado al objetivo. Le recomiendo que repase sus actividades de los �ltimos d�as, y que trate de ordenar sus ideas. Y en cuanto lo haya hecho, espero que venga a cont�rmelo. Ahora, ah� la tiene. F�jese en todo lo que tenga que fijarse y la retiramos.</p><p>Ech� a andar. La juez me observ� como si recapacitara.</p><p>��Sargento -me llam�.</p><p>��S�, se�or�a.</p><p>��Por encima de todo, sepa que lo siento. Ya puedo imaginarme que lo estar� usted pasando muy mal.</p><p>��Imagina usted bien.</p><p>��No dude en pedir todo lo que le haga falta. Pero inf�rmeme, por favor.</p><p>��Descuide, se�or�a.</p><p>No esperaba que se excusara por obligarme a soportar su reprimenda, en aquellos momentos en que necesitaba todas mis fuerzas para tragarme el dolor y ard�a de impaciencia por hacer mi trabajo. No esperaba que aquella mujer convencida de su val�a y de su propia importancia tuviera la debilidad de concebir que pod�a equivocarse. Tampoco la descalifiqu� por eso, ni como persona ni como juez. Parec�a capaz, no dec�a tonter�as y no pens� que no mereciera ocupar el puesto que ocupaba, o que no se lo hubiera ganado. Pero me propuse reducir el trato con ella al m�nimo imprescindible, y mientras me acercaba al coche la borr� por completo de mi mente.</p><p>Pese a todo, la costumbre de bregar con muertos te endurece. No me desmay�, cuando divis� aquel bulto en el asiento del conductor, tapado por la manta. Tampoco cuando Azuara levant� la manta y vi su rostro, congelado en una mueca en la que se mezclaban la sorpresa y una tristeza infinita. Ni siquiera cuando apareci� ante mis ojos su pecho roto y cubierto de sangre. Aquel mismo pecho que� All� sigui� mi cuerpo, tozudamente de pie, mientras mi alma mord�a el polvo de un desierto ingente y solitario. Porque al verla all�, perdida para siempre, supe que la quer�a. No que habr�a seguido queri�ndola si no hubiera muerto, no que habr�a alterado mi vida por ella ni que se la habr�a entregado con abnegaci�n, porque nada de eso podr�a ya saberlo. Sino que alguna noche, muchos a�os despu�s, so�ar�a con ella, y por la ma�ana se me erizar�a la piel al sentir, mezcladas, la herida irremediable de su ausencia y la dulzura de haber podido volver a rozarla.</p><p>En fin, tambi�n nos fijamos en lo que deb�amos fijarnos, como la juez hab�a dicho. Le hab�an disparado a quemarropa, con su propia arma, que hab�an dejado abandonada sobre su regazo. La trayectoria de la bala, que tras atravesarla se hab�a alojado en el lateral de la carrocer�a, suger�a que el tiro hab�a partido de la posici�n del copiloto. Hab�a sido uno solo, y aparte de eso no hab�a m�s huella de violencia. Tampoco de otra �ndole.</p><p>��Limpiaron el coche, y por lo que hemos visto en la parte que presenta, tambi�n la pistola -dijo Guzm�n-. Est�bamos revisando ahora las superficies exteriores, pero ya sabes que ah� es menos probable, y con la humedad de la noche, supongo que no podemos esperar mucho por ese lado.</p><p>���Qui�n la encontr�? -pregunt�.</p><p>��Yo -dijo el cabo Valbuena-. Y �ste -se�al� a uno de los guardias-. Pas�bamos por la carretera y lo vimos, el coche. Nos pareci� raro. Nos acercamos y nos la encontramos, as� como la est�n viendo ahora.</p><p>���Qu� hora era?</p><p>��Las tres de la ma�ana, pasadas.</p><p>���No hay huellas de otros coches? �De zapatos?</p><p>Guzm�n mene� la cabeza.</p><p>��Lo hemos repasado palmo a palmo. Nada de nada. El terreno es un poco duro, de todas formas.</p><p>���Alguno la vio, ayer?</p><p>Intervino Nava.</p><p>��Pas� por el puesto, a saludar.</p><p>���A qu� hora?</p><p>��Sobre las siete y cuarto.</p><p>���Y cu�ndo se fue?</p><p>��En seguida.</p><p>��As� que pongamos que desde las siete y media no sabemos qu� hizo.</p><p>Nava mene� la cabeza.</p><p>��Desde las ocho -precis�-. Yo hab�a quedado en el centro con unos conocidos y ella me acerc� hasta la plaza. Ah�, a las ocho, bueno, minuto arriba o abajo, fue la �ltima vez que la vi.</p><p>���Qu� te dijo que iba a hacer?</p><p>��Me dijo que iba a buscar a los amigos del chico. Que iba a intentar localizar a una rubia misteriosa de la que por lo visto os hab�a hablado la hija del concejal. Pero supongo que t� sabr�s mejor de qu� va todo eso.</p><p>Not� en el tono de Nava una especie de recriminaci�n. Su rostro demacrado lo subrayaba. Era lo �nico que me faltaba, despu�s de la juez. Por fortuna, el teniente Guzm�n andaba al quite y ten�a otro talante.</p><p>��A m� me llam� por tel�fono -revel�-. Y me cont� eso mismo. Me dijo que te hab�a propuesto buscar a esa chica. No s� c�mo se acab� encontrando con� -tuvo que hacer un esfuerzo para seguir-. En fin, con quien le hizo esto. No parec�a que fuera a enfrentarse a ning�n peligro.</p><p>��Yo tampoco lo s�, mi teniente, te lo juro -dije, desolado.</p><p>��Vamos -me dijo, vigilando de reojo a la juez, que charlaba a unos cuantos metros con la secretaria judicial y la forense-. No te dejes comer la moral por esa ni�ata d�spota. T� no has tenido la culpa de esto, Vila.</p><p>��La ni�ata es la juez, y no deja de tener una parte de raz�n -lament�-. Si ha pasado esto, y nos coge como nos coge, es porque hemos revuelto algo sin darnos cuenta. Y no voy a poder evitar sentirme culpable de eso. He tenido casi una semana para enterarme de lo que me tra�a entre manos.</p><p>Nava, aunque su semblante, entre la falta de sue�o y todo lo dem�s, continuaba vi�ndose tenso, se sum� entonces al teniente, conciliador:</p><p>��No te tortures, compa�ero. Ha rodado mal, qu� le vamos a hacer. Todos los que estamos aqu� sabemos lo que nos jugamos. Ella lo sab�a.</p><p>La mir�, otra vez. S�, era posible que lo supiera, y que lo hubiera aceptado. No era cobarde, no rehu�a la pringue ni el sacrificio; me parec�a que, a pesar de todas las singularidades de su car�cter, cre�a en lo que hac�a, y que iba a merecer de sobra la medalla que le conceder�an a t�tulo p�stumo. M�s que otros que las paseaban a manojos en vida, haci�ndolas tintinear.</p><p>���Ten�is una bolsita por ah�? -pregunt� de pronto Chamorro.</p><p>���Eh? -dijo Guzm�n.</p><p>��Yo tengo, qu� hay -se le uni� Morcillo.</p><p>Mi compa�era estaba inclinada sobre el asiento del copiloto, con la vista fija en un punto. Sin apartarla, le tendi� la mano a Morcillo.</p><p>��Cabellos -revel�-. Al menos un par.</p><p>��Co�o, si he mirado antes -dijo Morcillo.</p><p>��Est�n metidos en un pliegue. Dame las pinzas.</p><p>��No te hagas ilusiones -terci�-. He estado yendo en ese asiento durante varios d�as. Seguro que son m�os.</p><p>��No sospechar� de ti -brome� Chamorro, aunque fuera una broma tan desva�da como el momento exig�a-. Tengo comprobada tu coartada.</p><p>��Menos mal -me congratul�, sin lograr sonre�r.</p><p>Cuando los tuvo en la bolsita, Chamorro mir� los cabellos a la luz.</p><p>��No se distingue bien si son de diferente color -apreci�-. Pero son de diferente longitud. Uno podr�a ser de los tuyos, s�. Otros son m�s largos.</p><p>��Se me ocurre una estupidez -dijo Morcillo.</p><p>���Cu�l? -pregunt� Guzm�n.</p><p>��Tenemos los cabellos que aparecieron en el coche del concejal, en su d�a. Y entre ellos, os recuerdo, uno que no se consigui� identificar.</p><p>Debo reconocer que me hab�a olvidado de aquel detalle.</p><p>��Joder, Morcillo -exclam�-. Pues ya sabes lo que hay que hacer. Dame una bolsita y un bol�grafo, por favor.</p><p>Me arranqu� dos, o tres, o yo que s� cu�ntos cabellos. No fue dif�cil, porque ya no se sujetaban a mi cr�neo con la contumacia de los veinte a�os. Los met� en la bolsita y la identifiqu� con mi nombre. Luego se la tend�.</p><p>��Defiende esas muestras con tu vida -le ped�-, hasta que las mandemos al laboratorio. A lo mejor no sirve para nada, pero hay que probar.</p><p>En eso, se acerc� la juez.</p><p>��Bueno, se�ores, y se�oras -dijo, con cierta iron�a-. Creo que ya no esperamos m�s, si no tienen inconveniente.</p><p>��No, se�or�a -me somet�-. Disculpe.</p><p>No quise estar en primera l�nea cuando levantaron el cad�ver. Primero, Morcillo se hizo cargo de la pistola, que guard� en la bolsa correspondiente. Luego, los dos empleados de la empresa de ambulancias, bajo la supervisi�n de la forense, la sacaron del coche. No pude mirar c�mo su cabeza y su cabellera ca�an hacia atr�s. Pronto estuvo otra vez oculta, y entonces supe que nunca m�s se ofrecer�a nada de ella a mis ojos. Sent� el latido en falso, la debilidad en las piernas. Respir� hondo. A veces estar vivo tambi�n es eso, notar el golpe, sentirse fallar, apretar los dientes. Y soportarlo.</p><p>Se fue la ambulancia, se fue la forense, la secretaria judicial, la juez. Los idiotas de los guardias, salvo los que escoltaban a la ambulancia, nos quedamos todav�a all� un rato, abatidos y recorriendo hasta el �ltimo mil�metro de la escena del crimen. Es una tarea que a nadie le gusta, fastidiosa y en algunos casos exasperante, pero que alguien tiene que hacer, y que luego agradeces tanto haber cumplido como lamentas su omisi�n, cuando falta. Todo crimen tiene una filosof�a y una mec�nica. A veces la filosof�a es imposible de desentra�ar o de entender; hay cr�menes muy intrincados, otros casuales y no pocos absurdos. La mec�nica, sin embargo, est� ah� indefectiblemente. Y tiene una l�gica, porque las cosas concretas, a diferencia de las abstractas, siempre la tienen. Por eso es crucial tomar todas las precauciones para no dejarse ninguna pieza, ning�n rastro que pueda ayudar a reconstruir esa l�gica. Muchas veces, m�s de las que se piensa, de ah� viene la soluci�n.</p><p>Aquella ma�ana, por ejemplo, nuestra obstinaci�n acab� dando resultado. El que lo vio fue Azuara. Las ventajas de tener unos ojos sin maltratar por la edad. Sin apartarse del coche, para no perderlo, le pidi� a Morcillo.</p><p>���Me alcanzas el cianocrilato?</p><p>Cualquiera ha usado alguna vez el cianocrilato, aunque no lo sepa. Cualquiera que haya reparado en casa alguna pieza de porcelana con un pegamento ultrarr�pido. Eso son tales pegamentos, cianocrilato. Y los vapores que despide la sustancia en cuesti�n, inmejorables para revelar huellas dactilares en superficies de las que es dif�cil levantarlas por otros medios.</p><p>��No me digas que� -dud� Morcillo.</p><p>��No estoy seguro, pero me ha parecido. No entera, pero�</p><p>Azuara aplic� el instrumento, una barra que calentaba el cianocrilato para favorecer su disipaci�n, a la moldura de la puerta del conductor del Opel Corsa. Al cabo de unos segundos, una sonrisa asom� a su rostro.</p><p>��La tengo -anunci�-. Algo m�s de media. Va a valer, creo.</p><p>��Ap�ntate una, Azuara -dijo Guzm�n-. Y cu�date la vista, t�o.</p><p>Dentro del desastre, parec�a que la suerte nos sonre�a. Por mi parte, despu�s de la conmoci�n, notaba que mi cerebro empezaba a recobrar su funcionamiento normal. Organizaba ya los siguientes pasos, trataba de fijarse el mejor itinerario, y ard�a en deseos de lanzarse a recorrerlo.</p><p>��Si te parece, mi teniente -le suger� a Guzm�n- creo que habr�a que comprobar esa huella a toda velocidad. No quiero ser tan optimista como para pensar que nos lo va a resolver, pero no lo descartemos.</p><p>��No, no lo descartemos. Azuara, cuando termines de recogerla, te vas a Tenerife cagando leches para cruzarla con la base de datos. Y ll�vate tambi�n los cabellos y enc�rgate de enviarlos al laboratorio en Madrid. Que te lo hagan tan deprisa como puedan. Si hace falta, les dices para qu� es.</p><p>��Por otra parte -a�ad�-, me gustar�a sentarme en alg�n momento contigo para tratar de ordenar lo que tenemos y decidir c�mo seguimos.</p><p>Guzm�n mir� su reloj.</p><p>��Lo charlamos m�s adelante, si quieres. Yo tengo que estar ahora pendiente de otra cosa. Los padres de Ruth vienen de camino. Me gustar�a recibirlos cuando aterricen en Tenerife. Y me temo que voy a tener que irme en el mismo barco que Azuara, si quiero llegar con tiempo suficiente.</p><p>��Ah, ya.</p><p>��Organiza t� el trabajo hoy. Morcillo se queda contigo. Hasta que haga falta. �Me o�ste, Morcillo? Te encomiendo al sargento. Cu�dalo.</p><p>��Lo har�, mi teniente -repuso Morcillo, con su flema habitual.</p><p>��Sugiero que est�is atentos a la autopsia -agreg� Guzm�n-. La forense me ha dicho antes que pensaba hacerla en seguida. Tiene no s� qu� luego.</p><p>Me represent� lo que ser�a la autopsia, y comprend� que deseaba estar tan lejos de ella como fuera posible. Pero ten�a un deber que cumplir.</p><p>��Gracias por la informaci�n, mi teniente. Me temo que s�, que eso es lo primero. Ya pensaremos en otras cosas despu�s.</p><p>En ese punto nos separamos, Azuara y Guzm�n camino del puerto, Nava y Valbuena rumbo a la casa-cuartel, y Siso, Morcillo, Chamorro y yo, al dep�sito municipal, donde iba a practicarse la autopsia. Mientras nos llevaba hacia all�, Siso no pudo reprimir por m�s tiempo la emoci�n.</p><p>��Me cago en la puta, no hay derecho, mi sargento -solloz�.</p><p>��Tranquilo -le puse una mano en el hombro-. Tenemos que aguantar.</p><p>��Me acuerdo de todas las horas que he pasado con ella -dijo-. Siempre estaba de co�a, no recuerdo haber ido nunca de patrulla con alguien m�s cachondo, ni m�s inteligente, ni que tuviera tantas cosas dentro.</p><p>��Sin conocerla mucho, s� que era as� -dije.</p><p>��Y ahora ya no es nada.</p><p>��Bueno, no sabemos. Algo es, si t� la recuerdas.</p><p>��Que si me voy a acordar de ella. Era una t�a de puta madre, mi sargento. Este mundo es una mierda, cuando ella est� muerta y tantos hijos de puta se pasean por ah� y se hacen viejos sin que nadie los moleste.</p><p>��Qu� le vamos a hacer, compa�ero.</p><p>��No hace falta que se lo diga. Si lo coge, al que lo haya hecho, no me deje estar cerca en ning�n momento. Porque le muerdo los sesos. Y me importa tres cojones que me manden a la c�rcel veinte a�os.</p><p>��C�lmate. Lo vamos a coger. Y no vas a hacer nada de eso. Los veinte a�os se los va a comer �l, y le dar�n para lamentarlo.</p><p>��No s� c�mo puede verlo as� de fr�o, mi sargento. Yo�</p><p>��No lo veo as� de fr�o, Siso. Me estoy conteniendo para no pegarle un cabezazo a la ventanilla. Pero perder�a tiempo limpi�ndome luego la sangre. As� que mejor centrarse y ponernos a lo que nos tenemos que poner.</p><p>Morcillo y Chamorro, en el asiento trasero, guardaban silencio. A partir de ese momento, Siso y yo dimos en imitarlas. Ninguno de los cuatro despeg� los labios hasta que llegamos ante la fachada del dep�sito.</p><p>Fue triste incluso eso, el lugar donde se lo hicieron. Ya s� que la idea de una sala de autopsias, y cualquier g�nero de alegr�a, vienen a ser extremos incompatibles. Y tambi�n conoc�a unas pocas de las instalaciones de esas caracter�sticas que salpican la geograf�a nacional, algunas de una desnudez y precariedad bastante acongojante. Pero ninguna me hab�a producido la siniestra desaz�n que apenas me acerqu� al umbral me produjo aqu�lla. La forense, ya vestida para faenar, nos salud� y no dej� de invitarnos:</p><p>��Si quieren asistir, voy a empezar ya.</p><p>Morcillo y Chamorro me miraron. Notaron que dudaba.</p><p>��Yo, si no es imprescindible, espero aqu� -dijo Morcillo.</p><p>Si tienes oportunidad, y esta vez se nos ofrec�a, es mejor ver todo lo que puedas de primera mano. As� lo cre�a yo, al menos, y Chamorro sab�a por reiterada experiencia pr�ctica que tal era mi opini�n. Me hab�a visto saltarme muy pocas autopsias de las que hab�a tenido ocasi�n de presenciar. Pero tuve que admitir que no estaba en condiciones. Era embarazoso reconocerlo delante de todos. No me quedaba, sin embargo, otra opci�n.</p><p>��Chamorro -le dije-. Creo que yo no puedo. Y ya s� que as� es un poco feo que te lo pida. Pero, �me har�as el favor de pasar t�?</p><p>No s� qu� pensaron la forense y Morcillo. Probablemente, que no ten�a est�mago y que adem�s mi conducta rebelaba una desconcertante indelicadeza hacia mi subordinada. Las dos eran mujeres pr�cticas, expeditivas y bregadas, al menos en aquellos menesteres, y debieron de interpretar que estaban viviendo un aleccionador episodio de debilidad masculina. Pero no era nada de lo que ellas pudieran pensar lo que a m� me importaba. Lo que me preocupaba era lo que pudiera estar imaginando Chamorro, que me conoc�a como ellas dos no pod�an hacerlo, que sab�a positivamente hasta d�nde llegaba o dejaba de llegar mi est�mago, mi delicadeza y, puestos a agotarlo todo, tambi�n ten�a pistas para delimitar el territorio de mi debilidad. Me observ�, sabi�ndose a su vez observada, y no puedo decir si adivin� o no lo que hab�a debajo de mi flaqueza. Nunca me dijo nada que me permitiera inferirlo. Nunca me ser� posible dejar de sospechar que algo se oli�.</p><p>��Est� bien. Paso yo -dijo.</p><p>Tampoco debi� de ser un plato de gusto para ella. Pero si pude ped�rselo, fue porque sab�a que era capaz de encajarlo. Que entrar�a all�, y mientras la forense maniobraba, no dejar�a de atender a cuanto hubiera de anotar. Y sobre todo, que lo har�a sin dejarse entorpecer por lo que aquella mujer que estaba tendida en la mesa hab�a sido para ella mientras estaba viva.</p><p>Cuando todo acab�, la forense sali� la primera.</p><p>��Ya le dir� su compa�era y les pasar� el informe, pero poca cosa, aparte de lo obvio. Si me disculpan, ya llego tarde a otro sitio.</p><p>Chamorro vino un poco despu�s, sin prisa, sac�ndose con gesto ausente los guantes. En sus ojos se notaba el cansancio, un resto de horror.</p><p>��Apenas unas magulladuras en los hombros -inform�-. Como si alguien la hubiera sujetado por ah� un poco fuerte, nada de golpes. Y el balazo. Muy cerca, a ca��n tocante. La bala, confirmado, del calibre de su pistola, aproximadamente. Dudo que sea otra que la que recogimos.</p><p>���Nada m�s?</p><p>��Nada m�s. El resto, intacto. Tersa como si no estuviera muerta.</p><p>A�n hoy me sorprende aquella p�stuma ternura de Chamorro hacia Ruth. Me pareci�, de pronto, que la muerte las hab�a hermanado. Eso bueno tiene, al menos. Que nos muestra lo f�tiles que son nuestras diferencias.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 17 EL REY DEL MAMBO</p></title><p>La muerte, en s� misma, no existe. Por eso es un desperdicio est�pido temerla. Lo atroz de la muerte, lo que deber�a infundirnos miedo, son los recovecos de la vida a los que impone su estigma. Lo verdaderamente temible es aquello que la muerte no se lleva; los vestigios que quedan ah� para recordarnos, hasta el fin de nuestra memoria (todo el tiempo que ante nosotros se extiende), que aquel que muri� estuvo con nosotros y ya no est�.</p><p>La situaci�n m�s terrible que viv� con ocasi�n de la muerte de Ruth vino desprovista de toda solemnidad y de cualquier truculencia. M�s espantoso que ver su pecho taladrado por la bala, m�s desgarrador que imaginarla agredida por los bistur�es y las sierras de la forense, fue el instante en que junto a su padre, el brigada Anglada, y su madre, que estaba y a la vez no estaba all�, entr� en la habitaci�n que ella hab�a ocupado en el parador y descubr� todo aquello: su ropa en las perchas, su neceser en el ba�o, sus zapatillas en el suelo, su camiseta naranja sobre la cama que hab�amos compartido. Mil veces m�s desolador que cualquier otra imagen que hubiera registrado mi retina en las horas precedentes, fue ver luego a aquella mujer recoger en silencio las cosas, mientras el padre lloraba y se limpiaba las l�grimas, tambi�n en silencio. Pero lo que hizo que me doliera el alma hasta resultarme intolerable fue o�r al brigada decirme, apenas unos minutos despu�s:</p><p>��S�lo ten�a esta hija, sargento. No siempre la entend�, pero no era mala. S� que no hace falta que te lo pida, pero te lo pido. Encu�ntralo.</p><p>Ni una sola palabra de reproche brot� de sus labios. Ni una mirada que no fuera la limpia mirada de un animal herido sali� de sus ojos pertinaces. Y cuando nos separamos y me dio la mano, en sus dedos hab�a la fuerza y el calor de quien quiere sentirse contigo y que te sientas con �l.</p><p>Hubo naturalmente un funeral oficial, con todos los requisitos. El ata�d con la bandera, el subdelegado del gobierno, jefes, periodistas, un sacerdote prometiendo la resurrecci�n y la vida a los creyentes y tratando de animar a los que se quedaban, o mejor dicho, nos qued�bamos sin Ruth. Asist�, y cargu� el f�retro a la entrada y a la salida del templo, aunque no ten�a uniforme y desentonaba con Guzm�n, Azuara, Nava y los dem�s compa�eros que all� estaban tratando de contener el llanto que una y otra vez se les ven�a a los ojos. Luego la subimos a un coche que la llevar�a al aeropuerto, donde embarcar�a junto a los padres en un avi�n rumbo a Valencia. Del acto f�nebre no hay mucho m�s que contar. Los periodistas se marcharon, los jefes tambi�n, y el cura fue a quitarse sus adornos y a continuar con la rutina diaria. El subdelegado del gobierno, en su honor debo decirlo, no quiso irse sin saludar al personal de infanter�a. Se acerc� a donde est�bamos los que hab�amos cargado el caj�n en el coche y nos dio la mano a todos. A Guzm�n y a m� nos llev� luego a un aparte. Con aire confidencial, nos comunic�:</p><p>��Ya he hablado con la juez, ya me he echado todas las culpas y creo que he conseguido darle gusto. S�lo necesitaba que alguien se humillara ante ella, y bueno, asumo que va en mi sueldo. Creo que he conseguido convencerla de que conf�e en nosotros y no nos complique la vida. Tendremos que mimarla un poco, pero descuiden, esa cruz ya la arrastrar� yo.</p><p>Aquello iba m�s all� de sus obligaciones, y me dio la sensaci�n de que se lo echaba a la espalda como una especie de compensaci�n por habernos expuesto con su iniciativa a las iras de su se�or�a. Tambi�n ven�a a decirnos, de forma m�s o menos sutil, que le suministr�ramos puntualmente la informaci�n que le permitiera mantener apaciguada a la autoridad judicial. El teniente Guzm�n, que era lo bastante largo como para captar la indirecta, se apresur� a hacerle un breve resumen de las �ltimas novedades:</p><p>��Hemos comprobado la huella dactilar. No es de Ruth, pero por desgracia tampoco hemos conseguido cuadrarla con la de nadie que est� fichado.</p><p>��Bueno, eso ya es un dato, �no?</p><p>��S�lo hasta cierto punto -dije.</p><p>��Hemos enviado los cabellos al laboratorio -a�adi� Guzm�n-, para compararlos con los que se encontraron del coche del concejal. Tendremos algo antes de veinticuatro horas, o eso nos han prometido.</p><p>��Bien -asinti� el subdelegado del gobierno.</p><p>��Aparte de eso, est� la autopsia, con el resultado que ya le coment�, y la verdad es que ayer no pudimos avanzar mucho m�s. Pero Vila se va ahora mismo a La Gomera con el equipo para meterse en faena.</p><p>���Cu�l es la idea que tienen?</p><p>��La idea es que con algo de lo que hicimos removimos el nido de avispas -expliqu�-. Vamos a volver sobre nuestros pasos, y vamos a atacar donde nos parece m�s probable que podamos sacar alguna luz. Ahora la situaci�n ha cambiado un poco. Han matado a una guardia. Los que dec�an no saber nada hace tres d�as van a tener que esmerarse mucho para hacernos creer que no circula ning�n rumor por ah�. Por ah� empezaremos.</p><p>��Me parece sensato.</p><p>��Hay algo que en mi opini�n habr�a que poner en marcha -dije-. Lo tendr�a que ordenar la juez, y me temo que le pueda parecer que es un poco prematuro. Pero sinceramente creo que no tenemos m�s remedio y que habr�a que convencerla para que se la jugara.</p><p>��D�game, sargento, y yo me encargo.</p><p>��Una orden de b�squeda y captura para Florencio Torres y Consolaci�n Requero. Los dos presuntos contactos y proveedores de droga de Iv�n L�pez que se esfumaron antes de que pudi�ramos hablar con ellos.</p><p>��No se preocupe. Se la consigo. �Algo m�s?</p><p>��No de momento.</p><p>��Cuando necesite algo, ll�meme. Ap�ntese mi tel�fono m�vil.</p><p>Empez� a dictar el n�mero, deprisa. Lo grab� en mi aparato.</p><p>��A cualquier hora del d�a o de la noche -ofreci�-. Suerte. Y gracias.</p><p>Me llev� a La Gomera conmigo a Chamorro, Morcillo y Azuara. Para poder trasladarnos con el coche, embarcamos en el ferry. La traves�a era mucho m�s lenta que con el hidroala, y tambi�n bastante menos movida. Aprovech� para hacer una puesta en com�n y organizar el plan de acci�n.</p><p>��Utilicemos la l�gica desde el principio -propuse-. A ver si podemos ir centrados y no desviarnos. Primera premisa: mientras no nos digan otra cosa, asumamos que la muerte de Ruth tiene que ver con la investigaci�n en la que participaba y por tanto con la muerte de Iv�n. �Estamos de acuerdo?</p><p>��Es m�s que veros�mil -opin� Morcillo.</p><p>��Bien. Segunda premisa: el hecho de que la mataran tiene que ver con algo que descubrimos o que est�bamos a punto de descubrir o que ella descubri�. Os hemos contado lo que hicimos. A ver, qu� puede ser.</p><p>��El contacto de Iv�n con el tr�fico de drogas -apunt� Azuara.</p><p>��Sus tratos con los desaparecidos, el Moranco y la Cheli -dijo Morcillo.</p><p>��Por coincidencia en el tiempo, la rubia de la moto -sugiri� Chamorro.</p><p>��Podr�amos sumar dos posibilidades m�s, de entrada: las malas relaciones del chico con Stammler, y los detalles de su enemistad con el sospechoso de partida, el concejal G�mez Padilla. Pero estoy de acuerdo en aparcarlas. Stammler admiti� su antipat�a hacia Ivan, y el concejal est� ah� como estaba desde el principio. No hemos encontrado nada nuevo sobre �l.</p><p>Not� que Morcillo rumiaba alg�n reparo. Pero se lo guard�.</p><p>��Y ahora quisiera pediros un ejercicio un poco m�s dif�cil. Creo que si perdemos diez minutos en �l, lo vamos a agradecer.</p><p>Los tres me miraron con curiosidad.</p><p>��Es para nota -advert�-. �Qui�n iba en el coche rojo, y qu� pas� exactamente aquella noche de noviembre? Venga, dadle a la imaginaci�n.</p><p>Dudaron, los tres.</p><p>��Sin miedo. Vamos, empiezo yo. Para poner el peor ejemplo, intento desarrollar la hip�tesis de la que ahora dudamos: en el coche viajaban G�mez Padilla e Iv�n. Alternativa A: el concejal le hab�a convencido para que fuera con �l, no s� c�mo, ni ad�nde. Por el camino, par� y aprovechando un descuido lo degoll�. Luego se deshizo del cad�ver y simul� el robo del coche porque la Guardia Civil lo hab�a visto, lo hab�a perseguido y tal vez le hab�a tomado la matr�cula. Alternativa B: el concejal iba con otra persona, e Iv�n ya muerto en el maletero. El resto, igual. Alternativa C: Iv�n iba en el asiento del copiloto, muerto pero sujeto para que pareciera vivo a quien lo viera. Por eso las gorras de visera, para ocultar el rostro.</p><p>Me contemplaron con un gesto extra�o. Como si dudaran de mi cordura.</p><p>��Calma -los tranquilic�-. Simplemente era un ejercicio. Antes de invitaros a decirlas vosotros, prefiero decir yo las chorradas. Critiquemos ahora mi hip�tesis. Lo hago yo. La alternativa A tiene unos cuantos puntos flacos. �Podemos creer que Iv�n fue de buen grado con el concejal hasta ese rec�ndito rinc�n del bosque? Recordemos que en el cad�ver no hab�a se�ales de violencia, aparte del tajo de cuchillo. Por otra parte, si le degoll� en el asiento, no hay bastante sangre. Y si le degoll� fuera, no deber�a haber ninguna. Pero en fin, quiz� sucedi� as�, no es del todo inconcebible.</p><p>��No -opin� Morcillo-. �sa fue siempre nuestra mejor hip�tesis.</p><p>��La alternativa B es dif�cil -prosegu�-. �Con qui�n pudo compincharse el concejal para hacer eso? �C�mo es que no hab�a sangre en el maletero?</p><p>��Pero imposible tampoco es -dijo Azuara.</p><p>��La alternativa C es rar�sima -remat�-. Buf, llevar al muerto al lado, arriesg�ndote a que te pillen. Para qu�. Pero podr�a explicar ese detalle tan peculiar de las viseras, y por qu� la sangre estaba en el asiento del copiloto y no era mucha. Porque a Iv�n lo habr�an sentado en �l ya desangrado.</p><p>��Dentro de lo extra�o que es, eso encaja -dijo Chamorro.</p><p>��Pues a ver, ahora vosotros.</p><p>��Se me ocurre, as� a bote pronto, la que nos cont� el concejal -intervino mi compa�era-. Que el coche lo rob� alguien que sab�a que era suyo, y que sab�a tambi�n de sus roces con Iv�n, y lo us� para incriminarlo. Puede que ya hubiera matado al chico, o puede que tuviera pensado carg�rselo y lo convenciera para que fuera con �l al parque, donde lo hizo� En cuanto a las manchas de sangre en el asiento, se explicar�an siempre. Podr�a ser que sentara a Iv�n muerto all�, como antes dijiste. O no. Al asesino le conven�a no dejar de manchar el asiento con la sangre del muerto, porque justo eso era lo que iba a implicar a G�mez Padilla en el crimen.</p><p>��Bien visto -dije-. Y tu propuesta suscita varias reflexiones. Si Iv�n iba vivo en el coche, deb�a de tener confianza con el asesino. Si iba muerto, al menos el asesino le conoc�a. Por otra parte, cabe que el fin principal fuera eliminar a Iv�n o, por qu� no, que estemos bregando con gente lo bastante desalmada como para matarle s�lo para hundir al concejal.</p><p>���Usted cree, mi sargento? -dud� Morcillo.</p><p>��Francamente, no. Pero no descartemos nada a�n. En todo caso, y siempre en esta hip�tesis, al que lo organiz� no le importaba, y a lo mejor le apetec�a, hundirle la vida al pobre G�mez Padilla. M�s opciones.</p><p>Los vi estrujarse las meninges. Fue Morcillo la que se adelant�:</p><p>���sta es muy dudosa, pero la he pensado alguna vez, cuando buscaba explicaciones que pudieran respaldar las protestas de inocencia del concejal. Lo que se me ocurr�a es que el propio Iv�n, por fastidiar al hombre que le hab�a insultado y amenazado, le hubiera robado el coche con ayuda de alg�n amigo o conocido suyo. Que se hubieran ido a correr con �l al parque. Que all� hubieran discutido y el otro le hubiera matado. Y que el amigo, que conoc�a al concejal, hubiera sido el que hizo la llamada an�nima al puesto, invent�ndose que un hombre de la edad de G�mez Padilla estaba forzando la cerradura despu�s de bajarse del coche. Para que dud�ramos del concejal cuando denunciara el robo y tuvi�ramos que pensar que intentaba col�rnosla.</p><p>��Fino, el amigo -juzg� Chamorro.</p><p>��Y retorcido -dijo Azuara.</p><p>��Y r�pido -conclu�.</p><p>��Ya veo que no os gusta -constat� Morcillo.</p><p>��No -dije-. No est� mal. No puedo decirte que sea insostenible.</p><p>Mi equipo qued� pensativo.</p><p>��Y de todo esto qu� sacamos -consult� Chamorro.</p><p>��Seguimos sin tener ni idea de qui�n pudo ser -admit�-. Pero creo que entre todo lo que acabamos de decir, combinado no s� muy bien c�mo, podemos pensar que tenemos el c�mo sucedi�. Y eso es algo.</p><p>La Gomera se aproximaba despacio por proa. El viento soplaba con fuerza y era agradable sentirlo en el rostro, fresco y vivificante.</p><p>��Tengamos todo esto en mente -les ped�-. Y ahora, teniendo tambi�n presente lo que dijimos al principio, vamos a fijarnos objetivos. Vosotros dos, busc�is a los amigos de Iv�n y trat�is por todos los medios de localizar a esa rubia. Chamorro y yo vamos a intentar averiguar qu� ha sido de los dos fugitivos. Tengo especiales ganas de volver a ver a cierto sujeto.</p><p>No me cost� mucho encontrar a Machaquito. Estaba donde siempre, en la actitud contemplativa usual, y me dio la sensaci�n de que, en cierto modo, esperando. Apenas nos vio llegar, se levant� y dijo, compungido:</p><p>��No sabe cu�nto lo� Mi m�s sentido p�same.</p><p>Dejar�a que me ahorcaran, antes que decirle a nadie que haya perdido a alguien �mi m�s sentido p�same�. Pero reconoc� que Machaquito, recurriendo a esa palabrer�a acartonada, aparte de ce�irse a su papel, posiblemente obraba con inteligencia. Parapetado tras ella pod�a ocultar sus verdaderas emociones, y no era improbable que eso le conviniese.</p><p>��Gracias -repuse-. Quisiera charlar un momento con usted. Aqu� no.</p><p>��Donde us�a diga, mi sargento.</p><p>Hice como que no hab�a o�do aquella zalamer�a, para no pensar que se estaba riendo de m� y no sentir el deseo de saltarle los pocos dientes que le quedaban. Lo condujimos hasta un jardincillo pr�ximo y nos sentamos en un poyete que cerraba por un lado el alcorque de uno de los �rboles.</p><p>��A ver, qu� cojones ha sido esto -le dispar�, sin pre�mbulos.</p><p>��Mi sargento, le tengo que decir a us�a por delante�</p><p>��Como vuelvas a llamarme us�a, te parto un brazo. Y si intentas marearme con gilipolleces, te parto los dos. Perdona que sea un poco brusco, pero hoy no estoy de humor para perder el tiempo. �Me entiendes?</p><p>Machaquito me midi� con terror, real o fingido.</p><p>��Lo entiendo, mi sargento, pero�</p><p>��No eres militar, tampoco me llames mi sargento. Pero qu�.</p><p>��Ust� perdone, pero es que� No acabo de cogerle la pregunta.</p><p>Mir� al cielo. El tipo ten�a cuajo. No pod�a dejar que me hiciera perder los estribos tan f�cilmente. Opt� por darle un poco de cuartel.</p><p>��El otro d�a me pareci� usted m�s perspicaz -dije-. Por eso me permit�a dar las preguntas por sobreentendidas. Pero si hoy, por la raz�n que sea, anda usted m�s torpe, me tomar� la molestia de hac�rselas de forma m�s directa y clara. �Tiene usted alguna idea de qui�n le ha metido un tiro a nuestra compa�era? �Qu� ha o�do usted por ah� acerca del incidente?</p><p>��Le juro por la vida de mis hijos�</p><p>���De qu� equipo eres, Machaquito? -le interrump�.</p><p>���C�mo?</p><p>��Que de qu� equipo eres. De f�tbol.</p><p>Me observ� desconcertado.</p><p>���Yo?</p><p>��S�, t�.</p><p>��Pues, del Madrid.</p><p>��Si vas a jurarme algo, j�ramelo por el Madrid. Deja a tus hijos en paz, que bastante mala suerte tienen.</p><p>��Por el Madrid o por lo que ust� quiera se lo juro, yo no s� na de na de qui�n� Y por la gloria de mi madre que si algo supiera� Vamos, que yo a do�a Ru le ten�a m�s que respeto, no sabe ust� cu�nto�</p><p>��Vale. Dime que tampoco has o�do nada por ah� y me acabas de convencer de que tengo que agarrarte del pescuezo y entregarte a los de antidroga para que se ocupen de ti como les parezca m�s conveniente, ahora que sabemos que como confidente ya no vales ni para tomar por culo.</p><p>No es que me sintiera orgulloso de m� mismo al comportarme as�. Ni es el estilo que considero correcto ni es el m�o. Pero ten�a la enojosa certidumbre de que aquel individuo me estaba toreando. Y eso no lo pod�a permitir.</p><p>��Joder, sargento -gimote�-, o�r, lo que se dice o�r, claro que algo se oye. Pero la gente est� acojon�. Es que esto es muy fuerte. Quien le pega un tiro a un guardia no es cualquier cosa. Eso es lo que dice todo el mundo, y lo que le digo yo, pero qui�n se atreve a escarbar m�s. Si el que sea se ha cargado a do�a Ru, a las primeras de cambio, imag�nese lo que dura un pich�n como yo, que se le ponga en el camino. Ni un telediario.</p><p>Cruc� una mirada con Chamorro. Estaba claro que si quer�amos sacar algo de aquel hombre �bamos a tener que ponerlo entre la espada y la pared. Me habr�a gustado pedirle antes su opini�n sobre la mejor forma de arrinconarlo, porque la supon�a m�s fr�a de lo que yo estaba. Pero hab�a que resolverlo seg�n ven�a y no me anduve con m�s ceremonias:</p><p>��Est� bien, Machaquito. Te creo, porque Ruth me dijo que confiara en ti. Eso que le debes, as� que no lo olvides si todav�a rezas y lo haces alguna vez por ella. Y comprendo que a cualquiera le d� un poco de susto meter la nariz en esta historia, que tiene una pinta tan fea, as� que entiendo que te lo d� a ti, faltar�a m�s. Tu desgracia es que no puedes escaquearte como los otros. Porque los otros, si se escaquean, no tienen nada que perder. Pero t� s� que lo tienes. Ver�s. Por ahora no voy a hacer nada contra ti. Pero vamos a encontrarnos otra vez aqu� mismo, esta tarde, a las siete. Tienes, m�s o menos� Cinco horas y media. Si entonces no me cuentas algo m�s de lo que me has contado ahora, hago lo que te dije antes. No te lo tomes a mal, es que me importa mucho m�s descubrir al asesino de mi compa�era que tu posible colaboraci�n en el futuro. Espero que te hagas cargo.</p><p>��No es justo, sargento, con lo que yo� -protest�.</p><p>��Nuestra relaci�n no es sentimental, sino de negocios -le ataj�-. Y los negocios son as�, Machaquito, t� lo sabes. Cuando tu mercanc�a vale, te la pagan; cuando no, te dejan de pagar. Y a veces hay cabrones que no te pagan aunque tu mercanc�a valga. Si te consuela, piensa que yo soy uno.</p><p>��Me pone a los pies de los caballos�</p><p>��Te pongo donde tengo que ponerte. Y me fumo un puro.</p><p>Machaquito me mir� entonces con rencor.</p><p>��No se crea que yo no conozco a nadie y que tengo que aguantarme as� como as� cualquier atropello -galle�.</p><p>��Vives en un pa�s libre. Usa tus contactos o pl�ntate aqu� esta tarde a las siete con lo que te he pedido. T� decidir�s lo que es mejor para ti. Yo ya te he dicho lo que voy a hacer. Y no creas que cambio de opini�n por las amenazas de un chivatillo cagado. Vamos, ahora l�rgate de aqu�.</p><p>Tuvo que aguantarse y circul�, aunque visiblemente enfurecido. Mientras lo ve�a alejarse, Chamorro coment�:</p><p>��Acabas de perder un amigo, si lo era.</p><p>��No se me oculta -dije.</p><p>��Y alguien se puede cabrear contigo, por quemarle a un confidente.</p><p>��Que se cabree, y le preguntar� al que sea si le parece poco motivo intentar atrapar al asesino de una compa�era.</p><p>��A lo mejor es verdad que no sabe nada.</p><p>��A lo mejor, pero de lo que estoy seguro es de que si quiere, algo puede saber. Ese soplagaitas no se va a re�r de m�.</p><p>��Le obligas a arriesgarse.</p><p>��Ya le protegeremos, si hay que protegerle.</p><p>��Lo que est� claro es que no te va a ayudar de muy buena gana.</p><p>��Ya le ofrec� antes la oportunidad de hacerlo as�, por las buenas, y la desaprovech�. Ten�a que darle l�tigo. Y de algo va a servir. Ya ver�s.</p><p>���Apostamos si va a estar aqu� a las siete o no? -propuso.</p><p>���T� que dices?</p><p>��No quiero desanimarte. Pero apuesto que no.</p><p>��Yo que s�, no me queda otra. Son casi las dos. El que pierda paga la comida de hoy. Vamos a buscar un sitio y entramos sin mirar el precio.</p><p>��Vale -acept�, y al verla sonre�r repar� en que era la primera vez que lo hac�a, en d�a y medio. Me pareci� bien. Hay que intentar vivir, siempre.</p><p>Despu�s de comer, fuimos a la caza de otros dos personajes cuyo testimonio cobraba un nuevo valor: Rufino Heredia y Juan Sandoval, los dos camellos cuyo nombre nos hab�a facilitado Margarethe y a los que Chamorro, camuflada como periodista, hab�a sonsacado acerca de las actividades il�citas de su hijo Iv�n. Nos pasamos un buen rato busc�ndolos, en vano. Casi desesper�bamos ya de encontrarlos cuando nos tropezamos, en mitad de la calle principal, con el que m�s nos interesaba de los dos. Se qued� mirando primero a Chamorro, luego a m�, y no supo c�mo reaccionar.</p><p>��Hola, Johnny -le abord� Chamorro.</p><p>��Hola -repuso el camello, inseguro.</p><p>��Mira, te presento a mi compa�ero, Rub�n.</p><p>Le tend� la mano, imperturbable. Varios segundos despu�s, unos dedos titubeantes se dejaban apretar por los m�os.</p><p>��Oye, nos apetecer�a hablar un momento contigo -dijo Chamorro, con una amabilidad encantadora-. �Puedes atendernos?</p><p>Johnny estaba hecho un l�o. No sab�a si mirar a aquella chavala que segu�a pareci�ndole apetecible, o al tipo antip�tico con el que de pronto aparec�a; le daba mala espina, no pod�a ser de otro modo, y acab� diciendo:</p><p>��Yo, es que tengo prisa, me espera un colega y�</p><p>��Se�or Sandoval -le habl�, imprimiendo a mi voz el tono m�s oficial y a mi gesto el aire m�s circunspecto-. Le ruego que nos conceda el tiempo que le pedimos. S�lo van a ser unos pocos minutos. Si quiere le acompa�amos a donde est� su amigo para que no se ponga nervioso esper�ndole.</p><p>Juan Sandoval, alias Johnny, qued� literalmente paralizado.</p><p>���Qui�nes son ustedes?</p><p>Ya que lo preguntaba, consider� que ten�a que identificarme. Saqu� mi placa, al tiempo que le sujetaba por el brazo.</p><p>��Guardia Civil -dije-. Pero no tema. No tenemos nada contra usted.</p><p>��Guardias. Joder, si ser� gilip�</p><p>��C�lmese -le dijo Chamorro-. S�lo queremos saber un par de cosas m�s, aparte de lo que me cont� el otro d�a.</p><p>��Pero, me cago en� Oiga, yo�</p><p>��S�lo una charlita por las buenas y luego se re�ne con su amigo -insist�-. Si no, tendremos que hacerlo de otra manera. Ande, ah�rrenoslo.</p><p>��Est� bien -se rindi�-. Pero vamos a apartarnos de aqu�.</p><p>Departimos con �l en el parque, cerca de la torre del siglo XV, donde a aquella hora no hab�a ni un alma. Primero le convencimos de que no nos interesaban sus actividades, o lo intentamos, tratando de hacerle ver que con el cad�ver caliente de una compa�era lo �ltimo que nos ocupaba la atenci�n era el trapicheo de hierba a que �l se dedicaba. No le tranquiliz�, claro, porque era consciente de la gravedad del asunto en el que sin querer se ve�a complicado, pero pareci�, al menos, liberarle del temor a ser detenido. Y eso era lo que me interesaba, porque a diferencia de lo que me ocurr�a con Machaquito, prefer�a que aquel hombre no viera en m� una amenaza.</p><p>��Voy a intentar ser pr�ctico y preciso, se�or Sandoval.</p><p>Not� que mi manera de hablarle le descolocaba. Era una de las razones por las que me gustaba expresarme as� con la gente como �l.</p><p>��El otro d�a le dio a mi compa�era un par de nombres -prosegu�-. Hemos buscado a esas personas; no se preocupe, guardando total discreci�n acerca de la fuente que nos puso sobre su pista. Pero no hemos sido capaces de dar con ellas. �Tiene usted alguna idea de por d�nde andan?</p><p>��Har� Una semana que no he visto a ninguno de los dos. No lo s�.</p><p>��Me est� siendo usted sincero, �no?</p><p>��Que no lo s�. De verdad. Y esto me est� empezando a acojonar, si quiere que le diga. No deber�a soltar ni una palabra m�s, porque me parece que me lo voy a poner todav�a m�s chungo de lo que ya lo tengo.</p><p>���A qu� se refiere?</p><p>��Mire, yo no s� si me vieron hablando con ella el otro d�a, o a qui�n le habr�n ido con el cuento luego ustedes. Pero como sea, se ha enterado quien no deb�a y me han dado un aviso. Ahora lo pillo. Lo pillo que te cagas.</p><p>���Qu� aviso?</p><p>��Que no hablara con desconocidos. Me lo pas� un colega, as� como el que no quiere la cosa. Que el ambiente estaba revuelto y me fuera con ojo.</p><p>���Eso le dijo?</p><p>��Eso mismo.</p><p>���Y c�mo se llama ese colega?</p><p>��Mire, yo a un colega no lo vendo. Eso s� que no. Antes de eso, ya me pueden ir poniendo los cepos.</p><p>��Tranquilo. No queremos causarle ninguna molestia de ese tipo.</p><p>��Adem�s, mi colega no es importante. Me dir�a lo que le dijeron.</p><p>��Lo que le dijo qui�n. �El Moranco?</p><p>��No s� si �l. Puede, pero no hace falta. El Moranco no est� solo. �l solo no mover�a tanto como mueve.</p><p>���Mueve mucho, el Moranco?</p><p>��Que si mueve. Como que le lleva la tienda al rey del mambo.</p><p>���Y qui�n es el rey del mambo?</p><p>Johnny sudaba tinta.</p><p>��Hostia, sargento, yo no le he dicho nada. Ni mucho menos lo que le voy a decir ahora. Adem�s, esto no lo s�. Es lo que he o�do.</p><p>��Tranquilo.</p><p>��No le voy a dar el nombre de nadie. S�lo le voy a dar el de un hotel. Todo tiene un due�o. Si son listos, con eso les sobra.</p><p>��Di.</p><p>Lo dijo en voz tan baja que casi no pudimos o�rlo.</p><p>��Y no han hablado conmigo. Que me cae la ruina.</p><p>��No te preocupes. Esta conversaci�n no ha existido.</p><p>��Por sus ni�os, si los tiene.</p><p>��Te lo prometo.</p><p>��Y ahora me abro, que ya me la he jugado bastante.</p><p>Se levant� y ech� a andar.</p><p>��Juan -le detuve.</p><p>���Qu�? Deprisa, por favor.</p><p>��Si en alg�n momento teme, pida ayuda. Pregunte por m�. Vila.</p><p>��Ya tendr� que estar muy jodido.</p><p>��Bueno. Tenga cuidado, de todas formas.</p><p>��Gracias por el consejo. No d� el cante usted, eso es lo principal.</p><p>Se esfum� a toda velocidad. En ese momento vi en el reloj que se nos hab�a echado la hora encima. Eran las siete menos cinco, y ten�amos el tiempo justo para no faltar a la cita que hab�amos concertado por la ma�ana. Llegamos a las siete un poco pasadas, y aguardamos hasta las siete y veinte. A esa hora, me di por vencido. Chamorro hab�a ganado la apuesta.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 18 UNA SOLA DIRECCI�N</p></title><p>Pasaban un par de minutos de las siete y media cuando nos reunimos con Azuara y Morcillo en un bar de la plaza. Su informe, despu�s de varias horas y media docena de entrevistas, pod�a resumirse muy brevemente, y Morcillo, que no era propensa al derroche, obr� en consecuencia:</p><p>��Nadie conoce a esa rubia. Fuera cual fuera la relaci�n entre los dos, creo que tenemos que deducir que era muy reciente.</p><p>Medit� sobre esa idea, y sus posibles implicaciones de cara a la investigaci�n. Si ninguno de sus amigos hab�a visto nunca a Iv�n con aquella chica, si la �nica que pod�a reconocerla, y no con seguridad, era Desir�e, que estaba adem�s en La Palma, parec�a evidente que aqu�lla no era una pista llamada a ofrecer resultados inmediatos. Y hab�a otra que estaba mucho m�s caliente. Decid� olvidarme por el momento de la rubia y concentrar todos los esfuerzos en lo que ahora me quemaba. Les puse en antecedentes:</p><p>��Nosotros hemos dado con algo, aunque todav�a lo tenemos que confirmar. Parece que el Moranco es m�s importante de lo que hemos cre�do hasta aqu�, y que est� en relaci�n con otro p�jaro m�s importante a�n. Da la impresi�n de que no nos hemos enterado de nada hasta ahora porque alguien ha impuesto una ley del silencio que alcanza a nuestros propios confidentes. Hace media hora quedamos con uno que ha faltado a la cita.</p><p>Morcillo me escuchaba con atenci�n. Nunca hab�a sido partidaria del m�vil del ajuste de cuentas entre traficantes, pero eso no quitaba, interpret�, para que lo asumiera disciplinadamente si su superior se lo ped�a.</p><p>��Chamorro y yo vamos a seguir un hilo que acaban de darnos -continu�-. Lo que quiero que hag�is vosotros es moveros por todas partes, preguntando al mayor n�mero posible de gente por el Moranco y la Cheli. Empezad por el local que tienen en las afueras, que ahora estar� ya concurrido de clientes. Y luego seguid por los sujetos de la lista que os va a pasar Chamorro. Pero no dej�is de preguntarle a cualquiera, en cualquier bar. Y sacadle la placa a todo el mundo, y si a alguno lo veis nervioso le dais ca�a. Quiero que en toda la puta isla se sepa que la Guardia Civil est� buscando a esos dos.</p><p>��A tus �rdenes, mi sargento -acat� Morcillo.</p><p>��Pero por favor, tened cuidado. Que uno pregunte y el otro ande atento y cubriendo siempre las espaldas.</p><p>��Descuida. Aqu� �ste, adem�s de buena vista, tiene buen o�do.</p><p>��Pues en marcha.</p><p>Morcillo, siempre seguida por Azuara, subi� al coche y lo puso al instante en movimiento. Aunque no conduc�a tan al l�mite como Anglada, tampoco se andaba con melindres. Al pensar en Ruth, una r�faga de recuerdos vino a turbar mi serenidad. Pero me la sacud� en seguida y cog� el tel�fono.</p><p>Llam� al teniente Guzm�n, para ponerle al corriente de los �ltimos acontecimientos. En eso hab�amos quedado, de forma que �l, a su vez, pudiera tener siempre informado al subdelegado del gobierno, en caso de necesidad. Despu�s de hacerle el resumen de noticias, le pregunt� si por casualidad sab�a qui�n era el propietario del hotel que nos hab�a dicho Johnny.</p><p>��Ni idea, Vila -respondi�-. Eso, alguien de la propia isla.</p><p>��Bueno, le preguntar� a Nava.</p><p>��Lo que parece es que os est� cundiendo -dijo.</p><p>��A ver, mi teniente. Yo no afirmo nada hasta que no lo compruebe.</p><p>���Te hacen falta refuerzos? El subdelegado del gobierno me ha dicho que moviliza lo que le pidamos.</p><p>��No, creo que con los que estamos aqu� es suficiente.</p><p>Tu gente es buena, aunque eso no hace falta que te lo cuente yo.</p><p>��Te agradezco que me lo cuentes, en todo caso.</p><p>��Seguimos. A tus �rdenes.</p><p>��Espera un momento, Vila. �Puedes?</p><p>Por espacio de unos diez segundos, se hizo el silencio en la l�nea, apenas roto por el rumor de alguien que hablaba con Guzm�n en voz no muy alta.</p><p>��Acaban de pasarme un fax -regres� la voz de Guzm�n-. Te va a gustar lo que dice. Es del laboratorio, en Madrid. Coincidencia morfol�gica y de color entre las dos muestras de cabello. La de hace dos a�os y la de ayer. El an�lisis de ADN tardar� un par de d�as, pero nos dan esperanzas. Por lo que se ve, han podido extraer del bueno en alguna de las muestras.</p><p>No dije nada. Deb�a asimilarlo, a�n. Si era cierto lo que Guzm�n supon�a, ten�amos la firma del asesino. Siempre puede obtenerse del cabello ADN mitocondrial, pero eso s�lo sirve para descartar al sospechoso, en caso de divergencia, o para dar una alta probabilidad, en caso de que coincida. Sin embargo, si hay ADN del que Guzm�n llamaba bueno, es decir, nuclear, lo que requiere que el cabello no s�lo tenga la ra�z, sino tambi�n que al desprenderse se encuentre en unas condiciones determinadas, la identificaci�n puede realizarse con una probabilidad superior al 99,9 por cien.</p><p>���Qu� te parece? -pregunt�.</p><p>��Que andamos de suerte -opin�-. Que no es tan listo. Y est� nervioso.</p><p>��Dale, Vila. Le est�s pisando los talones. Ahora no cabe duda.</p><p>Apenas perd� un minuto en comunicarle la noticia a Chamorro y celebrarla. Marqu� el n�mero de la casa-cuartel, pero cuando iba a llamar, mi tel�fono m�vil se apag� s�bitamente. Tard� en comprender lo que hab�a pasado.</p><p>��Bater�a a cero. D�jame el tuyo -le ped� a Chamorro.</p><p>Mi compa�era, antes de entregarme su aparato, tuvo que encenderlo. Segu�a llev�ndolo desconectado, ya sab�a por qu�. En cuanto volvi� a la vida, se puso a pitar desaforadamente. Ten�a un mont�n de mensajes.</p><p>��Pasa de ellos -dijo, mientras me lo tend�a-. Luego los borro.</p><p>Iba a marcar otra vez el n�mero de la casa-cuartel cuando experiment� una repentina iluminaci�n. Saqu� mi cartera y rebusqu� en ella hasta encontrar la tarjeta en la que el ex concejal me hab�a apuntado su tel�fono.</p><p>Le llam�. Mientras sonaba el tono, le dije a Chamorro:</p><p>��Acaba de ocurr�rseme un atajo.</p><p>Mi compa�era escuchaba intrigada.</p><p>��S� -atendi� la llamada el propio G�mez Padilla.</p><p>��Juan. �C�mo est� usted? Soy Vila, el guardia.</p><p>��Ah, sargento. C�mo est�. Mal, supongo. No s� qu� decirle que no sea in�til. Imagino que ha sido un golpe duro.</p><p>��Ya ve. Pero estamos tratando de remontarlo, no nos queda otra. Y a lo mejor nos puede ayudar.</p><p>��Si puedo, lo har�. No lo dude.</p><p>Le di el nombre del hotel que nos hab�a dicho Johnny.</p><p>��Lo conozco, s�, �qu� pasa con �l? -inquiri�.</p><p>���Conoce tambi�n a su due�o?</p><p>��Un poco, s�. Es dif�cil no conocerle.</p><p>���Y dir�a que ese hombre le aprecia?</p><p>G�mez Padilla se tom� aqu� un instante, antes de responder.</p><p>��No, no lo dir�a. �Ad�nde quiere ir a parar?</p><p>��No se lo puedo decir a�n. Pero le agradecer�a que me facilitara el nombre de ese individuo, me contara lo que sepa de su vida y milagros y, si no es abuso y dispone de alguna informaci�n, me indicara d�nde cree que podr�a encontrarlo en caso de que quisiera hablar ahora mismo con �l.</p><p>El ex concejal, llegado a este punto, no pod�a dejar de sacar conclusiones. Era el riesgo que corr�a, pero cre� que merec�a la pena. Por lo pronto, G�mez Padilla accedi� a mi petici�n. Cuando me desped� de �l, apenas diez minutos m�s tarde, ten�a en la cabeza un perfil, si no fiel (eso deber�a contrastarlo, como todo), s� bastante pormenorizado de aquel tipo. Y ten�a tambi�n una direcci�n, la de su presunto centro de operaciones.</p><p>���Qu�? -casi me implor� Chamorro, devorada por la curiosidad.</p><p>��Se llama Pascual Pizarro, aunque los amigos, como los enemigos, prefieren llamarlo PP. Es promotor inmobiliario, hotelero, tiene una empresa de transporte mar�timo. G�mez Padilla le deneg� licencias para algunas tropel�as en el litoral. Un par de ellas las est� haciendo, ahora.</p><p>��No entiendo nada -dijo Chamorro-. �Y qu� podr�a tener que ver alguien as� con todo esto? �No estar�n tratando de despistarnos?</p><p>��No lo s�, Chamorro. Estoy pensando demasiadas cosas a la vez como para poder elegir una y dec�rtela. Me ha dado una direcci�n donde cree que podemos encontrarle. Vamos all� y le probamos el temple.</p><p>���T� crees?</p><p>��No perdemos nada.</p><p>��A lo mejor es peligroso.</p><p>��Pues montamos la pistola antes de llamar. Y ya sabes, serenos en el peligro, que es lo que nos toca por ser tan capullos y meternos a esto.</p><p>El m�vil de Chamorro empez� a sonar.</p><p>��Oh, no -dijo.</p><p>Examin� la pantalla del aparato. Indicaba el n�mero desde el que estaban haciendo la llamada. Se lo mostr�.</p><p>���Es �l?</p><p>��Ap�galo, anda.</p><p>Me qued� mirando el n�mero. Apret� la tecla de descolgar.</p><p>���Qu� haces? -susurr� Chamorro.</p><p>La tranquilic� con la mano.</p><p>��D�game -respond�.</p><p>���Virginia?</p><p>No me gustaba su voz, aunque eso ya pod�a preverlo. Denotaba la falta de estilo y de discernimiento que caracteriza al var�n desairado.</p><p>���Qui�n es usted? -pregunt�, calmosamente.</p><p>���Qui�n es usted?</p><p>���Va a repetir todas mis preguntas?</p><p>��Quiero hablar con Virginia, �qui�n co�o eres t�?</p><p>No respond� en seguida.</p><p>��Para ti, si no aprendes modales, el aliento de Satan�s.</p><p>���Qu�?</p><p>��Voy a explicarle una cosa, cabo. Conozco su nombre, el de su unidad, el de su jefe y el del jefe de su jefe. Y me permito recordarle que el uniforme que todav�a le dejan vestir le exige, si recuerda usted la cartilla que debi� estudiarse, no recurrir jam�s a vejaciones, malas palabras ni malos modos. Eso incluye abstenerse de molestar a las personas que no desean tratarle.</p><p>���Con qui�n estoy hablando?</p><p>��Mire, cabo, esc�cheme porque s�lo se lo dir� una vez. Valore la importancia que tiene para usted estar d�nde est� y hacer lo que hace. Porque si vuelve a marcar este n�mero le garantizo que se le acabar� y tendr� que emplearse de mat�n en un puticlub de carretera comarcal. Buenas tardes.</p><p>Cort� la comunicaci�n y le devolv� el tel�fono a Chamorro. Lo cogi� sin articular palabra. Me encog� de hombros.</p><p>��Si es un psic�tico, la he cagado -admit�-. Pero si s�lo es un mierda, como me parece, ese tel�fono tuyo no va a volver a sonar.</p><p>Chamorro se qued� mirando el aparato mientras lo sujetaba con dos dedos, como si manchase o quemara.</p><p>��Dios te oiga -dese�.</p><p>��Si vuelve a llamarte, d�melo, y le fundo los plomos. Hay mil maneras de hacerlo, aunque mida uno noventa. Ten en cuenta que llevo una pila de a�os tratando con gente que se carga a otra gente. Torres m�s altas han ca�do, a manos de enemigos m�s peque�os. Me s� todos los trucos.</p><p>Chamorro mene� la cabeza.</p><p>��Est�s como una cabra. Y hasta ahora no me hab�a dado cuenta.</p><p>��Tranquila -dije-. No le matar� si no es imprescindible. De hecho, prefiero que viva, para que pueda sufrir el martirio de estar consigo mismo.</p><p>��La verdad, no s� si me ha salido el mejor defensor.</p><p>��Conf�a en m� -le ped�, ahora en serio-. Si no est� loco, s�lo se trata de quitarle la sensaci�n de que le sale gratis darte la tabarra. En cuanto no se sienta impune, se achantar�. Y si est� loco, habr� que averiguarlo y andar atentos, para encerrarlo en un cuarto acolchado o ponerlo a hacer cestos de mimbre antes de que pueda perjudicar a alguien.</p><p>��No lo imagino haciendo cestos de mimbre, la verdad.</p><p>��Seguro que los hace divinos, bien apretaditos, con esos dedos fortalecidos por el uso diario de la porra.</p><p>��Mira que eres malo -se ri�.</p><p>��S�lo si hace falta. Vamos a ver a PP.</p><p>Me gust� el lugar donde Pascual Pizarro ten�a su oficina, en un edificio peque�o y blanco frente al mar. Aunque estaba muy cerca del centro, a apenas cinco minutos a pie, era muy tranquilo. En el portal luc�an varias placas, con los nombres de diversas empresas. Las que le pertenec�an.</p><p>Hab�a un vigilante jurado, sentado tras un mostrador. En el interior del edificio reinaba una actividad escasa. No en vano ya eran las ocho de la tarde. Tambi�n Pizarro pod�a haber dado por terminada la jornada laboral, pero ten�a motivos para abrigar esperanzas de que no fuera as�. No es infrecuente que los que trabajan para s� mismos, en parte por la codicia, en parte por la desorganizaci�n que acarrea el no tener a nadie que les marque el paso, prolonguen la actividad hasta agotar el �ltimo resto del d�a.</p><p>���Ten�an cita con �l? -pregunt� el vigilante, cuando le dijimos que tra�amos intenci�n de ver al se�or Pizarro.</p><p>��No.</p><p>���Puedo saber qui�nes son ustedes?</p><p>��Claro -respond�, mientras sacaba la placa-. Guardia Civil.</p><p>El vigilante se qued� algo parado. Descolg� el tel�fono.</p><p>���Por qu� asunto debo decirle que quieren verle?</p><p>��Ya se lo dir� yo. Es una investigaci�n rutinaria. No se preocupe.</p><p>El vigilante marc� un n�mero.</p><p>��Hay aqu� dos guardias civiles que preguntan por el jefe -inform� a su interlocutor-. No me han dicho. Una investigaci�n rutinaria, dicen.</p><p>Lo tuvieron esperando cerca de medio minuto. Al fin, asinti� un par de veces y devolvi� el auricular a su base.</p><p>��Pueden subir. Por ese ascensor. Cuarto piso. Ya les recogen all�.</p><p>��Muchas gracias -dije.</p><p>Cuando se abri� el ascensor en la cuarta planta, hab�a, en efecto, una persona esper�ndonos. Era una mujer de treinta y muchos, vestida informalmente con vaqueros y una blusa liviana y suelta. Era amable, o amable se mostr� con nosotros, aunque la tuvieran all� trabajando a esa hora.</p><p>��Vengan conmigo, por favor.</p><p>El edificio carec�a de lujos. Era funcional, y el mobiliario, bastante desprovisto de elegancia, resultaba adem�s anticuado. La mujer nos llev� hasta una zona en la que la vulgaridad y el desali�o quedaban subrayados por el ostentoso revestimiento de madera de las paredes. Quiz� en otro tiempo aquella madera hab�a sido aparente. Ahora se la ve�a deslucida.</p><p>La mujer llam� a una gran puerta que se abr�a en medio de la pared. Una voz atiplada grit� �adelante�. La mujer gir� el picaporte, empuj� la puerta, se apart� a un lado y nos indic� que pas�ramos. Al fondo, tras una mesa atestada de papelote, se acababa de incorporar un hombre.</p><p>Pascual Pizarro andar�a por los cincuenta y tantos. Gastaba una buena barriga y un bigote entrecano y no iba a un buen peluquero o no iba a menudo. La ropa que llevaba era vieja y apagada, y no se ve�a muy limpia. Su despacho, angosto y feo, terminaba de dar cuenta de su personalidad. Estaba lleno de cuadros hasta el �ltimo rinc�n de pared disponible. Alguno parec�a hasta bueno. Ninguno denotaba mucho gusto. Todos deb�an de ser caros.</p><p>��Pasen, por favor -pidi�.</p><p>Avanzamos hacia �l. Antes de que llegara, ya me tend�a la mano.</p><p>��Pascual Pizarro -se present�.</p><p>��Encantado -respond�-. Soy el sargento Vila. Virginia, mi compa�era.</p><p>Estrech� tambi�n la mano de Chamorro, haciendo con ella una media reverencia. S�lo le falt� decir �a sus pies, se�orita�, o algo as� de rancio. Luego nos invit� a tomar asiento en dos sillas que ten�a ante la mesa.</p><p>��Gracias por recibirnos. S� que no son horas -me disculp�.</p><p>��No se preocupe, yo trabajo hasta tarde. Pero la verdad es que me coge un poco de sorpresa, su visita, sobre todo cuando me han dicho que es para una investigaci�n rutinaria. Supongo que no ser� exactamente as�, porque algo rutinario, a fin de cuentas, siempre puede esperar.</p><p>��En parte se trata de algo rutinario y en parte no -expliqu�-. El asunto que nos ocupa no es rutinario en absoluto. Lo habr� visto hoy en los peri�dicos, si no se ha enterado antes por otros medios.</p><p>Pizarro me observ�, pensativo.</p><p>��Se refiere a lo de esa chica, la guardia civil que han matado.</p><p>��S�.</p><p>��Me ha dado un vuelco el coraz�n, cuando me lo han contado. La muchacha estuvo un tiempo destinada aqu�. Era muy maja, y parec�a que tambi�n una buena profesional. Mi m�s sentido p�same, sargento.</p><p>��Gracias -me esforc� por decir.</p><p>��Y ya veo que el caso de rutinario no tiene nada. Lo que no entiendo muy bien, y le confieso que me tiene en ascuas, es c�mo les trae aqu�.</p><p>Si ten�a algo que ocultar, no lo hac�a del todo mal. Su extra�eza parec�a aut�ntica y ten�a la medida justa; ni excesiva ni escasa.</p><p>��Aqu� viene la parte m�s o menos rutinaria -dije-. A la hora de investigar un homicidio, no hay m�s remedio que comprobar todos los detalles. Puede ser pesado, y muchos de los detalles que se comprueban luego no valen para nada, pero alguno acaba sirviendo y por eso hay que hacerlo.</p><p>��Pues en lo que yo pueda ayudarles, sea lo que sea�</p><p>��Le voy a decir sin rodeos por qu� estamos aqu�. En el cad�ver de nuestra compa�era hab�a una tarjeta de un hotel. Y al dorso ten�a apuntados los nombres de una inmobiliaria y una compa��a de transporte mar�timo.</p><p>PP demostr� cierto dominio, y reaccion� sin grandes aspavientos ante la revelaci�n. Pero no le dej� indiferente. Chamorro, aunque no le hab�a adelantado cu�l ser�a la patra�a con la que intentar�a hacer picar a nuestro adversario, supo fingir como si hubiera sido ella la que la hab�a urdido.</p><p>��Hemos indagado sobre esas dos compa��as, y sobre ese hotel -continu�-, y lo primero que hemos averiguado es que los tres le pertenecen.</p><p>Pizarro sigui� a�n en silencio. Aunque manten�a la compostura, su rostro no aparec�a precisamente relajado. Pens� que, si ten�a algo que ver con el homicidio, deb�a de estar pasmado de que en tan poco tiempo hubi�ramos llegado a �l. Y no por abajo, por mindundis que le denunciasen y cuyo testimonio pudiera negar con una carcajada, sino despu�s de establecer un v�nculo directo y concreto, aunque s�lo fuera una tarjeta con unas anotaciones, entre el crimen y el conjunto de su entramado empresarial.</p><p>��Le voy a ser franco -ment�-. No es mucho m�s lo que hemos averiguado. Por eso estamos aqu�. Para preguntarle a usted.</p><p>��Me deja muy asombrado, todo esto que me cuenta -repuso.</p><p>��Le cuento lo que hemos encontrado, simplemente.</p><p>��Pues no s�. No tengo ninguna explicaci�n -dijo.</p><p>Me qued� quieto, desafi�ndole a sostenerme la mirada. No la rehuy�, pero advert� en sus ojos, o cre� advertir, la tensi�n del esfuerzo.</p><p>��Le voy a apuntar algo que hemos pensado, para tratar de hacer un poco de luz. Quiz� haya alguien, alguna persona en particular, que trabaje a la vez para sus dos empresas, y que tambi�n tenga relaci�n con el hotel.</p><p>Se tom� unos segundos para reflexionar.</p><p>��Algunas de las personas que trabajan en esta oficina tienen relaci�n con todas mis empresas. Pero son contables, comerciales� No s� qu� pueden tener que ver con el asesinato de una guardia civil. Yo si quiere le preparo una lista, faltar�a m�s, pero temo hacerles perder el tiempo.</p><p>Hab�a dos posibilidades: o Pascual Pizarro era ajeno a la conspiraci�n, o no lo era. En cualquiera de las dos, aunque sin duda en una m�s que en otra, aqu�l de entregarnos a su gente para entretenernos y apartar la atenci�n de s� era un gesto de insigne abyecci�n. Supuse que no era por ingenuidad por lo que omit�a considerar a quien de forma m�s inequ�voca ten�a que ver con las tres entidades, es decir, �l mismo. Entre lo uno y lo otro, admito que cualquier simpat�a que hubiera podido inspirarme qued� abolida.</p><p>��No s� -dud�, haci�ndome el tonto-, a lo mejor las actividades de esas empresas tienen alguna relaci�n, o a su vez hay alguna otra entidad con la que se relacionen o tengan negocios. Perdone si lo digo de una forma tan imprecisa, no estoy familiarizado con el mundo empresarial.</p><p>��Pues, no s�, pertenecen al mismo grupo, eso es todo lo que puedo decirle -respondi�-. Tratos con otras empresas, pues claro, las tres tienen pr�stamos de los mismos bancos y de las mismas cajas, las tres tienen los mismos auditores, a las tres las asesoran los mismos abogados� Pero mire, de verdad que esto me resulta incomprensible. No alcanzo a imaginar por qu� demonios tendr�a su compa�era esa tarjeta con esas anotaciones�</p><p>Cre� que ya hab�a conseguido descentrarle bastante con aquella maniobra de diversi�n. Era el momento de acercarse al meollo del asunto.</p><p>��No voy a enga�arle -dije, despacio-. La verdad es que tampoco nosotros acabamos de entender todo esto. Le agradecer� si puede prepararnos esa lista que nos dijo antes, con todas las personas y empresas que tengan alguna relaci�n con el hotel, la inmobiliaria y la compa��a de transporte. Observo que nos aguarda un trabajo poco prometedor, pero qu� le vamos a hacer.</p><p>��D�me al menos un d�a. Y se la preparo.</p><p>��Gracias. Ver�, hay otra cosa que quisiera preguntarle.</p><p>��Pregunte usted.</p><p>Le hice aguardar mi pregunta durante unos segundos. Y antes de formularla, mir� de reojo a Chamorro, de forma que �l pudiera percatarse de que lo hac�a. Mientras tanto, mi compa�era le escrutaba, hier�tica.</p><p>���Conoce usted a Juan Luis G�mez Padilla?</p><p>Pizarro no se apresur� a responder. Pero cuando lo hizo, fue firme:</p><p>��Por supuesto.</p><p>��Perdone, �por qu� por supuesto?</p><p>��Ha sido concejal durante a�os, ha sido vicepresidente del cabildo, y hasta hace un a�o sal�a en los peri�dicos un d�a s� y otro tambi�n. Ya sabr� usted por qu�, me imagino que no necesita que yo se lo cuente.</p><p>��No le pregunto si le conoce de los peri�dicos. Sino en persona.</p><p>��Tambi�n. He tenido que negociar con �l a menudo.</p><p>���Y qu� tal se lleva con �l?</p><p>��No somos amigos, ni enemigos -explic�-. El cumpl�a con su papel, y yo con el m�o. Las relaciones siempre fueron correctas, aunque no siempre tuvi�ramos el mismo punto de vista. Creo que es un hombre honrado, como pol�tico, quiero decir. De lo otro no s� m�s que lo que le� en la prensa.</p><p>���Tom� alguna vez el se�or G�mez Padilla, que usted recuerde, decisiones contrarias a sus intereses empresariales, se�or Pizarro?</p><p>No pod�a dejar de ver la intenci�n de la pregunta. Y eso era justamente lo que buscaba, que se viera en la l�nea de fuego, a ver qu� hac�a. Pero Pizarro no se arrug�, y opt� por reaccionar de una manera did�ctica:</p><p>��El inter�s de un empresario es siempre ganar el mayor dinero posible. El pol�tico tiene el inter�s de ganar las elecciones. A veces esos intereses no coinciden. Y el pol�tico resuelve. Pero no pasa nada. El juego es as�.</p><p>��Entiendo que su respuesta a mi pregunta es s�.</p><p>��G�mez Padilla, y otros pol�ticos antes y despu�s de �l, han tomado decisiones que no me conven�an. Con ello contaba. Llevo treinta a�os en el mundo de los negocios. Debo bregar con disgustos peores que �sos.</p><p>��Ya veo -asent�.</p><p>PP aprovech� mi silencio, o m�s bien no quiso que durara.</p><p>���Qu� tiene que ver todo esto con la muerte de su compa�era?</p><p>��No lo s� -respond�-. Puede que nada. O puede que algo, es una de esas miles de minucias que no tenemos m�s remedio que comprobar.</p><p>��Me obliga a hacer un ejercicio de deducci�n, entonces -advirti�-. Bueno, no me importa, soy lector asiduo de novelas policiacas.</p><p>���Ah, s�?</p><p>��Me encanta Agatha Christie. Me relaja mucho la mente leerla.</p><p>��Puedo entenderlo. �Y qu� es lo que deduce usted?</p><p>��Que su compa�era andaba investigando algo en relaci�n con G�mez Padilla. Lo que fuera en particular, no lo s�.</p><p>��No anda del todo descaminado.</p><p>��Era f�cil pensar que por ah� iban los tiros.</p><p>Le observ� con una media sonrisa que dej� que interpretara a su gusto.</p><p>��Hay un �ltimo detalle que quisiera consultarle -dije.</p><p>Apoy� la espalda en el asiento, disimulando su expectaci�n.</p><p>���Conoci� usted o tuvo alguna vez relaci�n con un chico que se llamaba Iv�n L�pez von Amsberg? -inquir�.</p><p>��El chaval al que mataron hace dos a�os -precis�.</p><p>��Ese mismo.</p><p>��No. �Qu� le hace pensar que pude haberla tenido?</p><p>Me encog� de hombros.</p><p>��No lo s�, se�or Pizarro. Mi compa�era y yo venimos de Madrid, no estamos demasiado al corriente de c�mo funciona la sociedad de la isla. Quiz� traemos ese prejuicio de la capital, que en los sitios peque�os todo el mundo se conoce y se relaciona, de una o de otra manera.</p><p>��De vista conoce uno a mucha gente, s�, pero no a toda. Y en cuanto al trato, pasa como en cualquier otro sitio. Uno trata con quien tiene algo en com�n con uno. Y la verdad, yo, con ese chico� Como no diera la casualidad de que fuera amigo de mis hijos� Pero por lo que s� de �l, llevaba una vida muy diferente de la de ellos. Mi hijo est� haciendo un m�ster en Estados Unidos y mi hija est� en Madrid, terminando Arquitectura.</p><p>��Le felicito. Parece que le han salido estudiosos.</p><p>��No puedo quejarme.</p><p>��Est� bien, se�or Pizarro. No le molestamos m�s.</p><p>Nos pusimos en pie. El empresario, satisfecho de haber pasado la prueba, eso deb�a de creer, nos acompa�� hasta la puerta del ascensor. All�, mientras esper�bamos, complet� su faena de anfitri�n cordial:</p><p>��Les deseo suerte en la investigaci�n. Imagino que coger al asesino es el �nico consuelo que pueden tener tras la p�rdida de su compa�era.</p><p>��S� -dije, abstra�do-. Oiga, perdone si le parece una estupidez, y perdone que hasta en la puerta le siga haciendo preguntas. Pero, �no conocer� usted por casualidad a un tal Florencio Torres, al que le dicen el Moranco?</p><p>No se me escap� la dilataci�n de sus pupilas. Se apresur� a contestar:</p><p>��Ni idea. �Qui�n es?</p><p>��No, si ya me parec�a una tonter�a. Disculpe.</p><p>Lleg� el ascensor. Entramos. Pizarro sujet� mientras tanto la puerta.</p><p>��Sargento -dijo, antes de soltarla.</p><p>���S�?</p><p>��Ver�, entiendo que est� haciendo su trabajo, y que cumple con su deber. Si esa tarjeta estaba ah�, debe investigarlo. Pero no puedo dejar de temer que se est� haciendo ideas equivocadas, y m�s que nada, para serle sincero, me preocupa el tiempo que vaya a perder por culpa de esas ideas.</p><p>��No se preocupe -trat� de aliviarle-. No nos asusta el trabajo que haya que hacer, ni el tiempo que tengamos que dedicarle.</p><p>��Si puedo darle un consejo, hable con sus compa�eros de aqu�. Ellos me conocen. Le dir�n a qu� me dedico y qui�n soy en esta isla.</p><p>��Gracias por el consejo. As� lo haremos. Buenas tardes.</p><p>��Buenas tardes.</p><p>Solt� la puerta, no pod�a hacer otra cosa. Un minuto despu�s, ya en la calle, tras dejar atr�s al hosco vigilante jurado, Chamorro me dijo:</p><p>��Aqu� hay tomate, mi sargento.</p><p>��De eso no cabe duda, Virginia. Lo que no quiero ni pensar es hasta d�nde puede llegar, el tomate. A lo peor vamos a necesitar esos refuerzos que le dije antes a Guzm�n que no nos mandara. D�jame el tel�fono.</p><p>Chamorro rebusc� en su bolso. Sac� el tel�fono. Estaba apagado.</p><p>��Pero qu� Se me ha quedado tambi�n sin bater�a. Olvid� recargarlo.</p><p>��Vale. �C�mo viv�amos cuando no hab�a m�viles?</p><p>Buscamos una cabina. Desde all� telefone� a Morcillo. Le ped� que dejara lo que estuviera haciendo y viniera a buscarnos. Diez minutos despu�s, aparec�an ella y Azuara en el coche. Antes de nada, les pregunt� por el resultado de sus gestiones. Morcillo resumi�: muchas caras de susto, mucha saliva tragada y ninguna respuesta �til. Decid� continuar la reuni�n en el parador. Me urg�a ante todo recargar la bater�a de mi tel�fono. Me preocupaba que Guzm�n o mi jefe pudieran estar llam�ndome y no me encontraran.</p><p>Por eso, en cuanto llegamos al parador, los dej� en la terraza y fui a mi habitaci�n para buscar la fuente de alimentaci�n del tel�fono. Lo enchuf� a la red y lo encend� para ver si ten�a mensajes en el buz�n de voz. Hab�a nada menos que siete. Cinco no eran m�s que el ruido de la llamada al interrumpirse. Uno era de Guzm�n y el otro de Pereira, confirmando mi intuici�n. Despu�s de o�rlos, decid� llamar primero a Guzm�n. Pero antes de que pudiera marcar su n�mero, empez� a sonar el aparato. Descolgu�.</p><p>���S�?</p><p>���Sargento? �Es usted?</p><p>��S� -contest�.</p><p>��Al fin. Llevo llam�ndole un buen rato.</p><p>Cre� que me enga�aba mi o�do. Pero no. Era ella. Desir�e G�mez.</p><p>��Desir�e. �C�mo est�s?</p><p>��Creo que tengo algo importante que decirle.</p><p>���S�? Te escucho.</p><p>��Ver�, esa chica rubia de la moto. Le dije que no hab�a vuelto a verla. Bueno, le ment� un poco. Me pareci� verla despu�s, lo que pasa es que no estaba segura por una cosa que� En fin, que me daba, no s�</p><p>��No te preocupes. As� que volviste a verla. �D�nde?</p><p>��Bueno, eso es lo de menos, ahora. Lo que le importar� saber es que he vuelto a verla hoy. Y ahora s� que no tengo ninguna duda.</p><p>���Que la has visto hoy? �En La Palma?</p><p>��No. En el peri�dico. Aqu� tengo la foto. Viene su nombre, debajo.</p><p>Desir�e me lo ley�, el nombre, con su cristalina vocecita infantil. La escuch� decirlo, y tard� un rato en poder hablar. Le pregunt� si estaba segura. Me dijo que s�, que era ella, aunque con el pelo recogido. Pens� que estaba equivoc�ndose, hasta que record� la foto que yo mismo hab�a visto. Entonces en mi mente se deshizo aquel malentendido, y poco a poco fueron deshaci�ndose otros. La voz de Desir�e volvi� a llamarme a la realidad.</p><p>���Sigue ah�, sargento?</p><p>��S�. �D�nde est�s?</p><p>��En el hotel.</p><p>��No te muevas de ah�. Mando a alguien para que est� contigo.</p><p>���Y eso?</p><p>��S�lo por seguridad. No te asustes. No pasar� nada.</p><p>A�n tuve que tranquilizarla un poco m�s, aunque la impaciencia me mord�a el coraz�n. Cuando consegu� apaciguarla, llam� a Pereira. Le ped� que hablase �l con el subdelegado del gobierno, y que entre ambos se pusieran de acuerdo con la juez para organizar todo el dispositivo necesario, cuyas complicaciones y envergadura me superaban. Por mis propios medios s�lo pod�a ocuparme de uno, que era, adem�s, en quien quer�a concentrarme. Igual que yo hab�a hecho con Desir�e, mi comandante, no pod�a ser menos, me pregunt� un par de veces si estaba seguro. Le respond� que de una parte no, pero que de la otra s�. Tan seguro como lo estaba de que en la vida no hay casualidad que explique la coincidencia de tantos detalles en una sola direcci�n.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 19 LA HORA DE PAGAR</p></title><p>No fue f�cil persuadir a Morcillo y a Azuara de que deb�an regresar a Tenerife y pasar la noche en sus casas. Estaban empe�ados en quedarse all� a dormir. Pero insist� en que no hac�a falta y los convenc� para que tomaran el �ltimo barco. Morcillo, no se me ocult�, se march� un poco escamada. Qu� se le iba a hacer. De todos modos esperaba poder decirle pronto por qu� hab�a actuado as�. Para cerrar el c�rculo, llam� al teniente Guzm�n, a quien le cont� que hab�amos recogido nuevos indicios en la l�nea de lo que ya le hab�a avanzado pero que ten�amos que profundizar y que prefer�a continuar al d�a siguiente, temprano. Guzm�n se mostr� comprensivo y me exhort� a que descansara, despu�s de la acumulaci�n de emociones del d�a.</p><p>Una vez cubierto ese frente, me quedaba el otro. Antes de nada, le expliqu� a Chamorro lo que me propon�a, y por qu�. Me escuch� con atenci�n, y no quise dejar de pedirle que me expusiera con toda libertad su criterio.</p><p>��Estoy de acuerdo -dijo-. Es s�lido. Es m�s que s�lido. Me revienta haberlo tenido delante de las narices todo el tiempo y no�</p><p>��Qui�n iba a pensar -la disculp�.</p><p>��Parece mentira, s�. Pero estas cosas pasan. Ya se sabe.</p><p>��No te lo quiero ocultar. La maniobra tiene peligro.</p><p>��Ya me doy cuenta yo.</p><p>��Quiero que andes pendiente del menor movimiento.</p><p>��No te preocupes.</p><p>Lo citamos en el parador, y con el pretexto del tel�fono m�vil descargado, que deb�a dejar conectado a la red porque esperaba llamada de mis superiores, le hicimos venir a mi habitaci�n. No opuso resistencia. Si se hubiera resistido, habr�amos tenido que salir a buscarle sin perder un segundo, y habr�a habido que hacerlo de otra forma. Pero era mejor as�, fuera de su terreno. Primero nos avisaron desde la recepci�n. Les pedimos que le indicaran el camino. Un par de minutos despu�s, sonaban unos golpes en la puerta.</p><p>��Atenta -le dije a Chamorro.</p><p>Mi compa�era se coloc� el arma entre la parte posterior de la cadera y el pantal�n, al alcance de la mano. La hab�a montado antes, como yo la m�a.</p><p>��Hola, pasa -dije, tras abrirle la puerta.</p><p>��Qu� tal -respondi�, con gesto cansado.</p><p>Pas� al centro de la habitaci�n. Me qued� a su espalda. Chamorro, desde el fondo, lo ten�a cubierto desde el otro lado, en diagonal.</p><p>��Bueno, vaya paliza de d�a, �no? -coment�, mientras buscaba donde sentarse. No le invit� a hacerlo en ning�n sitio.</p><p>��Nava. Levanta las manos. Sobre la cabeza.</p><p>���Qu�?</p><p>��Que levantes las manos. Donde pueda verlas.</p><p>��Oye, �pero qu�?</p><p>��No te lo voy a decir otra vez -advert�, enca�on�ndole.</p><p>Se volvi� a Chamorro, que tambi�n le apuntaba, ahora.</p><p>��Joder, �qu� es esto? -protest�, mientras obedec�a.</p><p>Vi inmediatamente d�nde tra�a el arma. Bajo el brazo.</p><p>Me acerqu� despacio, sin dejar de enca�onarle. Me mir� con una especie de desolaci�n. Luego alz� el rostro y cerr� los ojos. Exhal� un largo suspiro.</p><p>��No tengas miedo, Vila -dijo-. No voy a hacer nada. No soy un asesino.</p><p>Se dej� desarmar sin mover ni un m�sculo. Mientras retroced�a, comprob� el estado de su pistola. Sin montar, y con el seguro puesto.</p><p>��Vaya, qu� mal rollo. �No vais a dejar que me siente, siquiera?</p><p>��S�. All�, junto al cabecero. Extiende la mano y d�jala cerca. Voy a esposarte a la cama. Chamorro te va a estar apuntando. Y tira bien. Te aviso.</p><p>��Que no voy a resistirme, hombre.</p><p>Prefer�, no obstante, mantener la precauci�n. Ni siquiera cuando le tuve inmovilizado me consent� relajarme. Me sent� a buena distancia de �l, y otro tanto hizo Chamorro, siempre formando un �ngulo con mi posici�n.</p><p>��Bueno, ya est� -dijo Nava, mientras se frotaba los ojos con la mano libre-. Ya se acab�. �Sabes qu� te digo? Lo estaba esperando.</p><p>��Suele pasar -asent�-. La conciencia es una perseguidora m�s dura que todos los polic�as juntos. Y a poca gente le falta del todo.</p><p>��Tienes raz�n. Eso no lo sab�a, f�jate. Lo supe despu�s. Que se puede llegar a desear que llegue la hora de pagar.</p><p>���Lo deseabas?</p><p>��S�. Y si por m� fuera, habr�a llegado antes. Y se habr�a ahorrado una vida. Aunque ya s� que nadie se va a creer esto, nunca.</p><p>A m� me costaba un poco creerlo, desde luego. Pero las l�grimas que de repente inundaban sus ojos, y el temblor que hab�a en su voz, no me parecieron de tristeza falsificada. Aunque eso, lo sab�a bien, distaba de otorgarle un certificado de inocencia, a los efectos que a m� me incumb�an.</p><p>��En todo caso, no quiero que parezca que no soy deportivo -se recompuso-. Vaya por delante mi felicitaci�n. Sois unos sabuesos imbatibles.</p><p>��Comprender�s que no me alegre nada tu felicitaci�n.</p><p>��Pues deber�a, creo yo. No estaba f�cil. Otros lo intentaron y salieron trasquilados. Se dejaron enredar en la trampa que les hab�an tendido.</p><p>Le observ�. Mir� luego a Chamorro. Tambi�n estaba sorprendida.</p><p>��Honradamente -dije-, cre� que ibas a negarlo todo.</p><p>Nava me ofreci� una sonrisa desvencijada.</p><p>���Negarlo? �Para qu�? Me tienes cogido. Lo s�. No s� todo lo que tienes, pero me consta que tienes m�s que suficiente. S�lo bastaba con que supieras interpretarlo. Y si estoy aqu�, esposado a esta cama, es que has sabido. A partir de aqu�, a palmar. Me va a tocar comerme hasta lo que no he hecho. S�lo voy a negar eso, lo que no hice, aunque no sirva de nada.</p><p>Admito que la reacci�n de Nava me cog�a desprevenido. No me lo hab�a representado as�, cuando hab�a tratado de imaginar c�mo resultar�a aquello. Pero ten�a la obligaci�n de no dejarme tomar la delantera, fueran cuales fueran las maniobras que �l ingeniara para desorientarme, y me sent�a fuerte y despierto; tanto como hiciera falta para conducir la situaci�n.</p><p>���Qu� es lo que no hiciste, Nava?</p><p>��Que conste que ya te dije que no me ibas a creer. Pero tengo que intentarlo. Yo no mat� al chico. Ni mat� a Ruth. Sobre todo, no la mat� a ella, y cr�eme, aunque te cueste. Si estoy aqu�, es por haber dejado que ella me importara m�s de la cuenta. Nunca habr�a podido hacerle da�o.</p><p>���Qui�n iba en el coche rojo, entonces? �Qui�n iba con Ruth anteayer, y luego se tom� el trabajo de borrar las huellas dactilares?</p><p>Nava inspir� con fuerza.</p><p>��Yo. Eso ya lo sabes, y tendr�s dentro de nada una huella cruzada y a lo peor un an�lisis de ADN que te permita respaldarlo. Y como s� que eres listo, no te dir� que la huella que recogisteis la deb� de imprimir cuando ella me llev� al centro a ver a esos conocidos, antes de dejarla sola. Primero porque eso, ser el �ltimo que la vio, ya me hace sospechoso. Y segundo, porque cuando todo se hunde, viene hasta la mala suerte a jugar en tu contra. Ten�a que aparecer la dichosa huella en la puerta del conductor, una puerta que en condiciones normales yo no tendr�a por qu� haber tocado.</p><p>��Te he escuchado, pero no s� si te entiendo -dijo Chamorro.</p><p>��Yo tampoco -reconoc�-. As� que estabas all�, pero no hiciste nada.</p><p>��Sonar� raro, pero es as�. Yo fui el que llev� el cad�ver del chico al lugar donde apareci�. Pero lo hab�a matado otra persona. Y yo estaba con Ruth, en el coche, cuando la bala la mat�. Pero no apret� el gatillo. O si lo hice, no fue voluntariamente. Fue un accidente, Vila. Vamos, ya puedes re�rte.</p><p>��Por qu�. No veo que tenga gracia.</p><p>��Bueno, existe el humor negro. A veces es la �nica v�lvula de escape. Perdona que recurra a �l alguien a quien se le ha arruinado la vida.</p><p>��En esta historia hay a quien se le ha arruinado la vida mucho m�s que a ti. Me va a costar tenerte l�stima, mi sargento primero.</p><p>��Ya lo s�.</p><p>��Y devolvi�ndote la cortes�a, ya que respetas nuestra inteligencia y no tratas de ofenderla, al menos en el detalle de la huella, supongo que eres consciente de que tu cuento te plantea ciertas dificultades.</p><p>��Claro.</p><p>��Por ejemplo, te exige un culpable alternativo para la muerte del chico.</p><p>��Lamentablemente, lo tengo.</p><p>���Lamentablemente?</p><p>La expresi�n con que entonces me observ� Nava no s� si era ir�nica, cruel o tan s�lo desesperada. Pero me sobrecogi�.</p><p>��Vamos, Vila -dijo-. Ya lo has pensado. Ser�a impropio de la astucia que me has demostrado hasta ahora no haberlo hecho. Sabes qui�n lo hizo.</p><p>��No lo s�, si no fuiste t� -me resist�.</p><p>���Tambi�n vas a decirme que no sabes qui�n era la chica rubia?</p><p>Not� que Chamorro me vigilaba. Le hab�a contado mi conversaci�n con Desir�e G�mez, y le hab�a razonado por qu�, en combinaci�n con otros muchos indicios reunidos aqu� y all�, me llevaba a creer que Nava ten�a que estar implicado; pero respecto de la otra cuesti�n que la revelaci�n de la muchacha planteaba, hab�a preferido ser bastante m�s ambiguo. Y ella, aunque hab�a comprendido la evidencia, me hab�a permitido que lo fuera. Lo que preguntaba ahora Nava, sin embargo, no admit�a ambig�edad alguna.</p><p>��No s� de qu� color ten�a el cabello Ruth -dijo-. Siempre se lo vi te�ido. Entonces iba de rubia. Poco despu�s, cuando se dio cuenta de que la chica la hab�a visto con Iv�n, aunque hubiera sido r�pido y de refil�n, prefiri� te�irse de morena oscura. Creo que era tirando a casta�a, en realidad. En todo caso, lo has tenido chupado, no puedo creer que se te haya pasado la fotograf�a de ella que publicaba hoy el peri�dico. Porque era precisamente una foto de aquella �poca. De cuando todav�a iba de rubia. De rubia fatal.</p><p>Si s�lo hubiera sido aquella foto, me habr�a empe�ado en creer en una casualidad, por rocambolesca que pudiera parecer. Pero estaba todo lo dem�s. La peculiar actitud de Ruth durante la investigaci�n; su empe�o en menoscabar, aun con sutileza, cualquier pista que no condujera a G�mez Padilla; o c�mo hab�a coincidido la desaparici�n de ciertos testigos con el momento en que ella hab�a sabido que nos acerc�bamos a ellos. Eran tantos detalles, tantas las razones que ten�a para pensar que se hab�a ofrecido voluntaria a colaborar con nosotros s�lo para estar informada de primera mano y sabotear cuanto pudi�ramos hacer� Y en cuanto a Desir�e, ahora ten�a una explicaci�n bastante palmaria para algo que me hab�a extra�ado en su momento: que queriendo estar siempre en todas las salsas, Ruth hubiera dado un paso atr�s cuando hab�amos ido a ver a la chica, bajo el nimio pretexto de hacer las tareas dom�sticas. Como era l�gico, no quer�a encontrarse con la que era, acaso, la �nica persona que pod�a vincularla con Iv�n.</p><p>��Qu� es lo que est�s queriendo decir. Dilo -le exig�.</p><p>��Pues eso, Vila. Que fue la dulce Ruth. La que se le acerc� por la espalda, le sujet� del flequillo y de un solo tajo, antes de que el bobo de Iv�n pudiera darse cuenta de que se le hab�a acabado la vida, lo degoll�.</p><p>No habl�. No pesta�e� siquiera.</p><p>��Emp��ate en no creerlo -dijo-. Pero as� fue.</p><p>Segu� impasible.</p><p>��Por qu�.</p><p>��C�mo que por qu�.</p><p>��S� me ocurre por qu� pudiste matarle t�. S�, adem�s, que te desembarazaste del cad�ver y que hiciste la llamada fingida para que todo el mundo creyera que el concejal hab�a simulado el robo de su coche. De ella s�lo s� que mientras t� hac�as todo eso estaba de patrulla con Siso, que lo confirma, y es el �nico por cuya inocencia apostar�a en todo este embrollo.</p><p>��No eres mal apostador -opin�-. Claro que Siso es inocente. El inocente perfecto. Y el espectador perfecto para hacer cre�ble una obra de teatro. No fue idea m�a. Fue ella, la que pens� que hab�a que utilizarlo para eso.</p><p>Confieso que hasta ah� no hab�a llegado.</p><p>��Vamos, Vila. Piensa. Ella sab�a que yo iba a pasar. Los dos sab�amos que a Siso iban a parecerle sospechosos aquel coche y sus ocupantes, o si no, se le podr�a invitar f�cilmente a que se lo parecieran. Y yo pod�a ir tranquilo con el cad�ver sentado a mi lado, porque sab�a que ella, aunque fingiera perseguirme, nunca me iba a coger. Funcion� como un reloj, o casi. Porque Siso se empe�� luego en dar media vuelta, y se encontraron conmigo cuando yo regresaba. Pero al final eso nos vino a�n mejor. Porque pudimos fingir una persecuci�n m�s trepidante, le hicimos fijarse m�s en el BMW y le pusimos en condiciones de asegurar que lo hab�a visto volver a la carretera principal desde el desv�o que lleva a donde apareci� el cuerpo.</p><p>��Lo que no puedo entender es c�mo tuviste la sangre fr�a de hacer todo eso, sabiendo que iba a servir para inculpar a un inocente -dijo Chamorro.</p><p>Nava ri� sin fuerza.</p><p>��No necesit�bamos que le condenasen, tan s�lo que se centrara en �l la investigaci�n y no se mirase mucho por otro lado. Lo que yo deseaba era que pudiera dar alguna coartada, y que eso condujera la investigaci�n a un callej�n sin salida, hasta que los jefes y los jueces se aburrieran y el caso empezara a criar polvo. Sali� a�n mejor, con un juicio y una absoluci�n un�nime del jurado. Lo cr�tico son los primeros momentos, que es cuando la gente est� en tensi�n y las pistas frescas. Luego todo se relaja mucho. O eso pensaba, hasta que me las he tenido que ver con vosotros.</p><p>��Pero ese hombre pas� un a�o en la c�rcel.</p><p>��No me siento orgulloso. Ya he dicho que hab�a cosas que me pesaban, y que estoy dispuesto a pagar. �sa es una de las m�s feas.</p><p>��No nos est�s diciendo todo -suger�.</p><p>���Qu� es lo que me callo?</p><p>��Que a tu socio le conven�a quitar de la circulaci�n al concejal. A quien le denegaba licencias y le limitaba las ganancias.</p><p>��Mi socio -evoc�-. Pobre. Me lo imagino ahora, cag�ndose por la pata abajo. Y no sabe lo que se le viene encima. Eso pasa por jugar con fuego.</p><p>��Tampoco a �l pienso tenerle l�stima. Pero va despu�s de ti.</p><p>��Pues se la podr�as tener. Cuando se enter� de lo que hab�amos hecho, estuvo a punto de desmayarse, del espanto. Tiene la mano r�pida para coger los beneficios, pero le faltan huevos para manch�rsela.</p><p>���Me est�s diciendo que �l no sab�a nada?</p><p>��Co�o, ni siquiera lo sab�a yo. Ya te lo estoy diciendo. Fue ella. Cuando yo llegu�, me encontr� ya con el muerto y el charco de sangre.</p><p>��Qu� vas a ganar dej�ndole fuera, Nava.</p><p>Mene� la cabeza.</p><p>��Nada, t�o, ya lo s�. Yo estoy frito. Y no te creas que no me apetecer�a echarlo a los leones, por gallina y taca�o, pero no soy tan cabr�n.</p><p>��No te puedo creer.</p><p>��Te lo juro. �l se enter� cuando Iv�n ya estaba muerto y cuando ya hab�amos hecho la farsa para colgarle el marr�n al concejal. Era como matar dos p�jaros de un tiro. Todo se le ocurri� a ella, que ten�a la mente m�s retorcida que me he echado a la cara. El concejal era el mejor culpable que pod�amos encontrar, por sus broncas con el chico, y encima andaba estorbando. Verde y con asas. Yo me limit� a poner en pr�ctica la idea, porque algo hab�a que hacer y aqu�lla me pareci� tan buena como cualquier otra. Y el pobre PP se encontr� el pastel con la guinda puesta, y a partir de entonces tuvo que vivir con el miedo de que le acusaran de un asesinato.</p><p>��Lo que tampoco os vino mal, suponiendo que me crea la historia.</p><p>��Pues no. Un socio que tiene mucho que perder es m�s fiable.</p><p>��Si insistes en declarar eso, vas a dejarle en encubridor. Le vas a ahorrar una pila de a�os de talego. Lo sabes.</p><p>��Lo s� -asinti�-. Ha llegado el momento de empezar a hacer el bien.</p><p>Hice una pausa, para tratar de ensamblar todas las piezas del rompecabezas. Era a�n m�s complicado de lo que present�a, y no quer�a que se me quedara ning�n cabo suelto. Sobre todo, no quer�a que, bajo la a�agaza de su disposici�n a confesarlo todo, Nava lograra despistarme.</p><p>��Bien, todo lo que me cuentas es muy interesante, y no te dir� que inconsistente. Pero sigo sin ver por qu� ella iba a querer matarlo, al chico.</p><p>���Por qu� crees que pod�a querer hacerlo yo? -me devolvi� la pregunta.</p><p>��Porque empezasteis a usarlo como camello y te diste cuenta de que era un idiota y un bocazas. Que no era de fiar, y pod�a traerte la ruina.</p><p>��Eres listo, Vila. O eso, o adivino.</p><p>��Tampoco hay que estrujarse mucho los sesos. S�lo hace falta juntar todos los datos que se van recogiendo aqu� y all�, sobre unos y otros.</p><p>��En serio, t�o. Me admiras. Qu� cabeza. La verdad es que casi es un honor, que te mande a la c�rcel un tipo de tu talento.</p><p>��No soy m�s inteligente que t� -le rebat�-. Ni siquiera dir�a que soy inteligente. S�lo tengo buena memoria. Lo que veo y lo que oigo no se me suele olvidar. Por si te anima, he tenido que o�r y ver muchas cosas antes de comprender qui�n eras y de enterarme de lo que estaba pasando aqu�.</p><p>��Gracias. Me anima, s�. Sin embargo, con lo listo que eres, o con tu buena memoria, no aciertas en todo. Es verdad que cometimos un error fat�dico. Pero el error fue otro, e involuntario. Coger a un idiota para que pase mercanc�a no es un error, necesariamente. Lo es que el idiota te conozca, y sepa qui�n eres y que trabaja para ti. Y de eso la culpa no fue nuestra, sino de un gilipollas al que espero que enganch�is pronto, si no ha ca�do ya.</p><p>��El Moranco.</p><p>��Bingo. No s� por qu� vino con ese ni�ato a una cita a la que deb�a haber venido solo. Luego nos dijo que por comodidad, porque se le hab�a cascado el coche y el otro lo trajo en la moto. El caso es que el ni�ato nos vio. Y nos lleg� la onda de que, a partir de ah�, empez� a darse importancia.</p><p>��No me cuentes m�s.</p><p>��S�, claro que te cuento m�s. Tampoco era una tragedia. Cosa de darle un susto y hacerle entender de qu� iba el negocio. No es la primera vez que se presenta ese problema, y no hay por qu� resolverlo en plan carnicero.</p><p>��Pero�</p><p>��Pero ella se adelant�, t�o. As�, como te lo cuento. Antes de que yo pudiera encauzarlo de forma razonable, zas. Asunto liquidado.</p><p>Sacud� la cabeza en�rgicamente.</p><p>��No puedo creerte, ni as� me lo jures. Todo tiene un por qu�. Y por m�s que me lo digas, aqu� sigo sin ver por qu� ella iba a hacer lo que t� no.</p><p>Nava abati� la mirada.</p><p>��Yo tambi�n sigo sin verlo. En el primer momento, pens� que estaba loca. Luego, cuando me cont� lo que hab�a pasado aquella tarde�</p><p>��Y qu� hab�a pasado -pregunt� Chamorro, reticente.</p><p>��En principio, nada anormal para ella. El chaval estaba de buen ver, no voy a negarlo, y Ruth no se andaba con muchas gaitas para estas cosas. Lo s� por experiencia personal. Y como yo, muchos otros. Su teniente Guzm�n, sin ir m�s lejos. El caso es que se hizo la encontradiza con �l.</p><p>No estaba nada seguro de querer seguir escuchando su relato. Pero tampoco pod�a detenerle. Si amarga era la verdad, amarga deb�a beberla.</p><p>��En fin, despu�s de darle un poco de conversaci�n, y de calentarlo un poquito, me imagino, lo llev� al chalet que ten�amos para� Bueno, para utilidades diversas. El chaval la sigui� como un cordero. Sin embargo, una vez all�, debi� de portarse de una manera un poco especial. Algo debi� de hacer que a Ruth no le gust� demasiado. Era una chica abierta, pero con tendencia a querer llevar la voz cantante. Pon que el chico no se percatara, y se pusiera inconveniente o un poco tonto. Pon que hiciera algo de fuerza, o que se descolgara con alguna groser�a. No lo s�. El caso es que todo eso se debi� de juntar en el cerebro de ella con alguna otra cosa, y explot�. El cuerpo estaba en la cocina, ca�do junto a una mesa. Sobre la mesa hab�a una papelina con dos rayas. El cuchillo era uno de la cocina, el primero que encontr�. El chaval estaba ocupado en algo que le exig�a atenci�n, y eso le dio ventaja. Pero nuestra Ruth tuvo que decidirlo y hacerlo muy r�pido.</p><p>Si era un cuento, ten�a la contundencia y la meticulosidad suficientes para acreditar a Nava como un fabulador bastante capaz.</p><p>��Luego me llam�. Y cuando me present� all� y lo vi, s�lo me dej� arrastrar por lo que ella propuso. En alg�n momento, s�, pens� en detenerla. Mientras limpi�bamos la sangre, mientras lo prepar�bamos todo, pas� por mi cerebro la �nica idea sensata, ponerle unas esposas, entregarla, y aceptar que la funci�n tambi�n hab�a terminado para m�. La expulsi�n del Cuerpo, la c�rcel, y despu�s la nada. Si hubiera estado solo, lo habr�a aceptado. Pero acababa de conocer a otra mujer. Y ella estaba embarazada de dos meses, �bamos a casarnos. Quise ser yo el que cuidara de esa criatura. O la us� como pretexto, para cuidar de m� mismo. Ponlo como quieras.</p><p>��No estoy aqu� para juzgarte -le aclar�. En definitiva, no era el primer hombre que perpetraba una infamia invocando una buena intenci�n.</p><p>��En cuanto hubimos limpiado todo, volvimos al puesto. Ruth entraba de turno a las doce. Mientras ella sal�a de patrulla con Siso, yo dije que me iba por ah� a tomar unas copas. Hice unos cuantos viajes. Primero en mi coche hasta el chalet donde segu�a el cuerpo. Luego en la moto del chico hasta las inmediaciones de la casa del concejal. El BMW estaba aparcado fuera, me cost� poco hacerme con �l. De nuevo vuelta al chalet, esta vez en el coche del concejal, y de all�, ya con el chico, al parque. Abandon� el BMW no demasiado lejos del chalet y fui andando a recuperar mi coche. La moto la recogimos y la llevamos a la casa del chico al d�a siguiente. Sab�amos que no estaba la madre y que no hab�a prisa. Fue un poco laborioso, pero cuando estuvo hecho, cre� que todo hab�a salido a pedir de boca. Entonces pens� que si la hubiera detenido habr�a hecho el primo. A fin de cuentas, yo no hab�a matado a nadie. Y de momento, hab�a logrado alejar el problema.</p><p>Nava se interrumpi�, apenas un instante. Luego sigui�:</p><p>��Pero algo me dec�a que era s�lo eso, una pr�rroga. Que todo se acabar�a viniendo abajo alg�n d�a. Siempre cont� con ello. Por eso no me puse tan nervioso como Ruth, cuando vinisteis. Aunque verle las orejas al lobo no es reconfortante, yo ya lo esperaba. Sab�a que era demasiado dif�cil mantener el enga�o, si ven�a alguien que le pusiera voluntad y paciencia. Sab�a que algo fallar�a. Aunque control�semos a los confidentes, aunque os di�ramos pistas falsas, aunque supi�ramos en todo momento por d�nde ibais.</p><p>��Estuvisteis cerca de saliros con la vuestra -dije.</p><p>��No lo creo. Vosotros no ten�ais m�s que hacer vuestro trabajo. Nosotros ten�amos que mantener el tipo contra viento y marea. Y costaba.</p><p>Me acord�, c�mo evitarlo, de Ruth, a lo largo de todos y cada uno de los d�as de aquella semana. S�, en alg�n momento la hab�a visto perder la compostura. Pero nunca hasta el extremo de permitirme vislumbrar cu�les eran las verdaderas razones de su comportamiento. Se las hab�a arreglado siempre para que yo pudiera imputarlo a cualquier otro motivo. Y en cuanto a Nava, aunque �l lo hab�a tenido m�s f�cil, otro tanto pod�a decirse. Para su mala cara no hab�a pensado en otra causa que las noches que le daba su hija, y para explicar su bronca actitud durante aquella cena, tampoco se me hab�a ocurrido nada m�s que el vino al que �l la hab�a achacado.</p><p>��Sobre todo -prosigui�-, le costaba a ella. Cuando me daba novedades, normalmente por las noches, pod�a notar que estaba desquiciada. Y a medida que avanzaban los d�as, iba a m�s. Ol� que iba a pasar algo, y que iba a ser ella la que lo provocase. Vi que reventar�a en cualquier momento.</p><p>Mientras le escuchaba, me sent� ciego, sordo, imb�cil. Por haber estado con aquella misma mujer, esos mismos d�as, y haber mostrado tal incompetencia para descifrar sus gestos, sus reacciones, sus ausencias.</p><p>��Lo que no me imaginaba era hasta qu� punto iba a reventar. La gota que la desequilibr� fue lo de la hija del concejal. Confirmar que la hab�a visto. Que la pod�a reconocer. Ah�, Vila, s� que perdi� la cabeza.</p><p>��Por qu� dices eso. Qu� hizo.</p><p>��Vino a verme, desencajada. Nos fuimos a dar una vuelta con el coche. Intent� tranquilizarla. Incluso me atrev� a plantear si no deb�amos rendirnos. Le suger� que pod�a huir, perderse por Sudam�rica, o por donde fuera. Me mir� como si estuviera trastornada. Me insult�. Me dijo que ni se me ocurriera pensar que me iba a salir de aquello. Que me tocar�a lo que a ella le tocase, que lo que hab�a hecho hab�a sido en beneficio de los dos.</p><p>Nava parec�a ahora exhausto. Me di cuenta del esfuerzo que le supon�a.</p><p>��En resumen -sigui�-, hab�a tenido una idea: matar a la chica. Eliminar al testigo, enfollonarlo todo a�n m�s. Y hab�a pensado qui�n ten�a que ser el ejecutor. Ella estaba con vosotros. No pod�a ir a La Palma. Me lo expuso as�, con esta misma sencillez con que te lo estoy contando ahora. Y yo, qu� quieres que te diga, me re�. Le respond� que no. Que yo no mataba a nadie. Y menos a una pobre chica que s�lo recordaba vagamente una cara.</p><p>No quer�a creer nada de lo que estaba oyendo, por demasiados motivos. Quer�a interpretar que Nava se estaba montando una pel�cula fabulosa, para librarse de aquello de lo que menos pod�a proclamarse inocente. Pero recordaba palabra por palabra mi conversaci�n telef�nica con Ruth, despu�s de interrogar a Desir�e; lo que le hab�a contado yo, lo que ella me hab�a preguntado. Sent� que empezaba a dolerme insoportablemente la cabeza.</p><p>��Lo que vino despu�s -dijo-, fue muy confuso. S� que ella sac� la pistola, que me grit�, que me amenaz�. S� que la cog�. Que intent� quit�rsela. Que se dispar�. Y s� que nadie me va a creer, ya te lo dije antes. Por eso me comer� los veinte a�os, como Dios. Pero no voy a dejar de negarlo, mientras me quede aliento. Yo no la mat�, ni quise que muriera. No habr�a podido quererlo. Hasta el final, aunque ahora veo que con bastante poca fortuna, lo �nico que quise fue protegerla. De lo que hab�a hecho y de lo que pod�a caerle por ello. Y tambi�n, por encima de todo, de s� misma. Ah� fue donde la cagu�. No comprend� que mi enemigo pod�a m�s que yo.</p><p>Chamorro se volvi� hacia m�, con un gesto expresivo. Asent�. Ya estaba. �sa era la historia que aquel hombre iba a sostener. Ya se la hab�amos arrancado. Ahora pod�amos creerla, o no. Pero la historia estaba ah�. No estaba peor construida que otras. Y nos bastaba para hundirle.</p><p>��No quiero dejar de pregunt�rtelo, Nava -me sincer�-. Aunque me digas que no es asunto m�o, y que no me quieres responder. No lo hagas si no quieres. Pero me intriga, de veras. Hace algunos a�os juraste defender lo que t� sabes. Por qu� co�o te pasaste al bando de enfrente. Para qu�.</p><p>Las l�grimas volvieron a brillar en los ojos del sargento primero.</p><p>��No dej� de defender lo que jur� defender, a pesar de todo -asegur�-. Si he podido ayudar a alguien, no he dejado de hacerlo. Pero a la vez me pas� al bando de enfrente, s�. No es tan raro. Los demonios, a fin de cuentas, fueron antes �ngeles, �no? A todos nos tira lo que combatimos. Y cuando peleas contra alguien, te haces en cierto modo como �l. Miente el que dice que nunca ha tenido la tentaci�n. Yo la tuve, y ca�. Eso es todo.</p><p>���Por dinero?</p><p>��El dinero ayuda, claro. Hace que compense.</p><p>���Y qu� compraste con �l?</p><p>��Alg�n capricho. El chalet. Un coche un poco mejor. Pero tuve cuidado, el chalet no est� a mi nombre, y nunca fui por ah� regando billetes. La ostentaci�n es el cepo en el que se pillan los dedos los pardillos. Casi todo est� ahorrado. Pon que lo que quise comprar fue un futuro menos incierto.</p><p>Hab�a una pizca de sorna, en aquello del futuro menos incierto. Quise entender c�mo era posible que un hombre se despe�ara as�. Hasta el punto de hacer chistes mientras las l�grimas resbalaban por sus mejillas.</p><p>��S� lo que piensas -dijo-. T� eres un incorruptible. Conozco el percal. Tengo uno a mis �rdenes desde hace muchos a�os. El bueno de Siso. Preg�ntale por qu� es guardia. Te hablar� del orgullo de llevar el uniforme, del esp�ritu de servicio, del honor del Cuerpo. Y se le pondr� la carne de gallina mientras te lo dice. A ti te veo un poco menos p�nfilo. Pero el resultado pr�ctico es el mismo. Por lo que sea, te has convencido de que tienes un deber que cumplir y sigues adelante, contra viento y marea. Tambi�n eres un cr�dulo, aunque de otra especie. Y al final, �l y t�, sois lo mismo. Honrados tontos �tiles, limpi�ndole las porquerizas al se�or marqu�s. Que ahora no se hace llamar marqu�s, ni siquiera exige siempre que le llames se�or, pero que despu�s de todo viene a ser lo que siempre ha sido. Para �l trabajas, mientras te crees un salvador de la humanidad y un servidor de la ley.</p><p>Le escuch� con gesto beat�fico. No pens� que quisiera insultarme.</p><p>���Has llegado a creer que eres mejor que Siso? -pregunt�.</p><p>��No. Claro que no. S� que soy mucho peor que �l.</p><p>���M�s listo, entonces?</p><p>��Menos iluso, nada m�s.</p><p>Medit� sobre sus palabras. No quer�a responderle de cualquier modo. No porque sintiera la necesidad de preservar ante �l mi vanidad. Nava estaba rendido, acabado, roto. No hab�a nada que proteger de �l. M�s bien sent� una responsabilidad ante Siso y ante todos los que cre�an en lo que hac�an. Yo no era qui�n para hacerles de portavoz. Pero me pareci� que lo era.</p><p>��Pues no s�, Nava -dije-. Pero dudo mucho que la gente como t� sea m�s lista que la gente como Siso. Ni siquiera la gente como t� a la que le sale bien la jugada. Le llamas tonto, a Siso. Pero t� tambi�n eres tonto. Y yo. Todos lo somos. De todos, quien nos conociera y pudiera juzgar nuestra vida de cabo a rabo, acabar�a diciendo: mira, qu� tonter�a, y qu� se creer�a que estaba haciendo. Eso no tiene vuelta de hoja. As� acabamos todos.</p><p>Nava me calibr� con la mirada, esc�ptico.</p><p>��En fin, tal y como yo lo veo -continu�-, la cuesti�n no es empe�arse por encima de todo en no ser un tonto �til. Sino tratar de impedir que tus actos te conviertan en un tonto in�til o en un tonto perjudicial.</p><p>��Y eso por qu�.</p><p>��Porque son pocos los hombres que han nacido para hacer da�o y convivir tranquilamente con ello. Si es que hay uno solo.</p><p>��Debo entender que no me consideras un malvado, entonces.</p><p>��Hablando en serio, Nava. �Qu� es un malvado?</p><p>��Cre� que tendr�as tu concepto de eso.</p><p>��Pues no -contest�-. He conocido a gente que hac�a el mal, por supuesto. Pero no estoy seguro de haber conocido a ning�n malvado. He conocido locos, inconscientes, est�pidos, cobardes, soberbios, ambiciosos, d�biles, imprudentes. Pero malvados, lo que se dice malvados, no. Todos se buscaban una excusa para convencerse de que las circunstancias los hab�an llevado ah�. Un malvado no se busca excusas. Hace da�o y se queda tan ancho. Te he o�do unas cuantas excusas, esta noche. As� que no; no me das la talla.</p><p>��Deber�as haberte hecho cura, Vila. Me siento como si acabara de confesar, pero en el confesonario. Y mira si hace a�os que no lo uso.</p><p>��R�ete. Pero hay algo que t� sabes que es verdad. Quien pierde la verg�enza, ya no la recobra nunca. S�lo hace falta perderla una vez. Luego, ya va todo cuesta abajo. B�rlate del que se empe�a en ser honrado, como Siso. Pero sabes que te lleva esa ventaja. La verg�enza. Que le da una fuerza que a ti te falta, y que le protege de hacer las idioteces que t� has hecho.</p><p>Nava hizo memoria. Despu�s, con pulcra exactitud, recit�:</p><p>��El honor ha de ser la principal divisa del guardia civil; debe por consiguiente conservarlo sin mancha. Una vez perdido no se recobra jam�s.</p><p>��Veo que no es que no lo recordaras.</p><p>��Es enternecedor, Vila, que te creas lo que ya no se cree nadie. Que no te fijes en qui�n escribi� eso, y para qu� lo escribi�. T�, un universitario.</p><p>Si pienso en m� mismo, tiendo a considerarme cualquier cosa menos un creyente. Pero tambi�n esto, como todo lo dem�s, resulta relativo. Al lado de la de Siso, mi fe dejaba much�simo que desear. Pero al lado de la de aquel hombre extraviado en el coraz�n de su laberinto, era mucha. Y aunque he sido educado en la duda (hasta considerarla el cimiento de cualquier forma de civilizaci�n) y mi oficio me obliga a practicarla sistem�ticamente, me sorprend� a m� mismo d�ndole a Nava una r�plica categ�rica:</p><p>��La verdad es la verdad, la diga quien la diga y para lo que la diga.</p><p>��Am�n -se burl�-. Oye, estoy molido. �No vas a llevarme al calabozo para que pueda echar una cabezada, antes de seguirme torturando?</p><p>��No te preocupes. Ya deben de estar al llegar.</p><p>Llegaron, s�. Media hora despu�s, en el todoterreno que nos llevaba hacia el puesto, aprovechando que Chamorro hab�a subido a otro veh�culo y que los dos GRS que nos acompa�aban no estaban muy al corriente del caso, me permit� hacerle a Nava una proposici�n no del todo ortodoxa.</p><p>��No lo hagas. No le eches mierda encima. Est� muerta.</p><p>��Por eso mismo, Vila. Qu� m�s le da. Y no voy a decir nada m�s que la verdad. As� que puedo hacerlo con la conciencia bien tranquila.</p><p>��Api�date de sus padres.</p><p>��Lo siento por ellos. Pero yo tengo una hija. Acepto que piense que su padre no fue tan honrado como deb�a. Pero no que es un desalmado.</p><p>��Sabes que no te va a servir de nada.</p><p>��Me sirve para lo que te acabo de decir. Y t� no deber�as estar pidi�ndome esto. Tu misi�n es que resplandezca la verdad y la justicia. Pues nada, aqu� s� que puedes contar conmigo. Y no me incites al mal�</p><p>��No vas a hacerle bien a nadie, acus�ndola. No ser� nunca un hecho probado de una sentencia. S�lo algo que quedar� insidiosamente ah�.</p><p>��No te canses, Vila. No tengo m�s remedio. Ella hizo lo que hizo, y sus padres tendr�n que afrontarlo. Mi hija va primero. Lo siento.</p><p>Comprend� no s�lo que no hab�a ninguna posibilidad de convencerle, sino que en la pr�ctica, iba a ser muy dif�cil arreglar que ella quedara al margen. Por otra parte, record� que tambi�n Iv�n ten�a una madre, y Margarethe von Amsberg, alg�n derecho a saber la verdad. Pero por un momento, no pude evitarlo, pens� que tener a un culpable encarcelado ya la confortar�a, y que la verdad pura (concediendo que fuera la que Nava dec�a que era) no le resultaba indispensable. En fin, quiz� pensaba as� porque era lo que quer�a pensar. Tanto daba, en todo caso. Lo que hubiera de ser, ser�a.</p><p>Lleg�bamos frente a la casa-cuartel cuando Nava, acaso presintiendo que no volver�amos a estar solos, me dijo en voz baja:</p><p>��Aunque de esto s� que no pienso contar nada, quiero que sepas que lo s�. Y quiero que sepas tambi�n, porque es justo, que lo s� porque lo he adivinado. Ella nunca me lo dijo. Lo que eso signifique, t� lo interpretar�s.</p><p>Tambi�n sab�a otra cosa Nava: que yo no iba a preguntarle qu� era eso que sab�a. As� que nada le pregunt�. Y nunca volvimos a hablar de ello.</p></section><section><title><p>Cap�tulo 20 LA NIEBLA Y LA DONCELLA</p></title><p>Fue aqu�lla una noche muy larga y atareada, y a�n depar� otros descubrimientos desagradables. La gran mayor�a nos los facilit� el propio Nava; seg�n �l, para que vi�ramos que no ten�a el menor reparo en colaborar en el completo esclarecimiento de los hechos y nos convenci�ramos de la veracidad de sus protestas de inocencia respecto de las dos muertes.</p><p>Gracias a su testimonio detuvimos a Valbuena y a otro de los guardias a sus �rdenes, y en Tenerife a tres miembros de la unidad fiscal y antidroga que actuaban en connivencia con ellos. Am�n de Pascual Pizarro y otros paisanos que trabajaban para la organizaci�n. Ten�an, desde luego, un estupendo montaje. El escenario era id�neo, una isla llena de recovecos cuya comunicaci�n se realizaba esencialmente por mar. Los actores, por otra parte, formaban un elenco capaz de asegurar que todo rodaba a la perfecci�n: Nava y los suyos permit�an que la mercanc�a desembarcara sin problemas y controlaban que nada estorbara la distribuci�n en la isla; Pizarro dispon�a de los medios de transporte y de la infraestructura financiera para blanquear las ganancias; y los de la unidad antidroga de Tenerife velaban desde una posici�n inmejorable para que nunca se destapara el pastel. Hab�a funcionado durante a�os, y quiz� habr�a seguido funcionando si no hubiera sido por el malhadado incidente. Hab�an sido los amos del mercado de estupefacientes de una isla que, sin registrar el movimiento de otras, ten�a m�s que suficiente para que el negocio les resarciera de sus desvelos. Con abundancia de turistas y extranjeros residentes, am�n de los consumidores aut�ctonos.</p><p>Todos los guardias implicados, sin excepci�n, se derrumbaron cuando fueron a detenerlos. Pod�an haber cedido a la tentaci�n de enriquecerse y delinquir, pero ninguno dejaba de tener grabada en el inconsciente la huella que imprimen los a�os de vestir el uniforme. Gracias a ellos y a su arrepentimiento casi un�nime, la investigaci�n progres� a gran velocidad y la trama qued� totalmente desmantelada. Los jefes y el subdelegado del gobierno, aunque les constaba que el suministro de drogas se reorganizar�a en seguida de otra forma, ten�an as� algo que poner en la balanza para contrarrestar el impacto deplorable que sin remedio iba a tener la noticia: narcotr�fico y asesinatos con guardias de por medio. Por localizado que estuviera el problema, y por inmisericorde que fuera la reacci�n contra los descarriados, conforme a la tradici�n del Cuerpo, el da�o de imagen iba a costar repararlo.</p><p>Pascual Pizarro respondi� con poca gallard�a. Durante un buen rato dilapid� sus energ�as declar�ndose ajeno a los hechos y atropellado por la actuaci�n policial. Pero cuando se percat� de lo que estaba sucediendo, y el terror que a duras penas hab�a contenido estall� en su interior, comprendi� que deb�a intentar salvar lo que era salvable y se dedic� a desmarcarse de los homicidios. �l no era, asegur�, m�s que un empresario que hab�a tenido la mala idea de entrar en negocios ilegales para enjugar p�rdidas y paliar las dificultades financieras por las que atravesaba en los legales. Que carec�a del valor para ordenar que se matara a una persona, y que era ajeno a la conspiraci�n contra el concejal. Alguna de esas afirmaciones pod�a ser cierta. O pod�a no serlo ninguna. Despu�s de todo lo que hab�a pasado, me sent� incapaz de preocuparme demasiado por aquel individuo. Lo que otros averiguaran y los jueces declarasen me valdr�a, y no iba a creer que la pena que le impusieran, fuera la que fuese, resultaba inapropiada. No por inquina o por falta de compasi�n, sino porque, francamente, me tra�a al pairo.</p><p>En realidad, todo el asunto de las drogas me interesaba muy poco. Una organizaci�n de narcotraficantes no es m�s que una pandilla que se concierta para asumir como fin supremo el burdo pasatiempo de juntar dinero. En ese sentido, y si no fuera porque suele coincidir que a m�s ganancia, menos contemplaciones, no se diferencia mucho de un banco, una bolsa de valores o cualquier otra forma tolerada de articular el infatigable c�lculo ego�sta. Est� el aspecto de la ilegalidad, y de lo nocivas que son las sustancias con que comercian, pero ni son los �nicos que se lucran con sustancias nocivas, ni su prohibici�n deja de resultar contingente. Hay pa�ses donde la venta de muchas drogas no es delito, y no falta gente decente que sostiene que penalizarlas es lo que m�s favorece su circulaci�n y su capacidad para destruir y corromper a las personas. En fin, ya s� que vivo en un mundo donde manda la codicia; ya he entendido, aunque me disguste, que no podr� cambiarlo. Hay delitos que persigo porque tengo el deber de hacerlo y lo cumplo, no porque est� convencido de que sirve de mucho perseguirlos.</p><p>Lo que a m� me importaba eran Iv�n y Ruth, las dos personas cuya muerte estaba obligado a dilucidar. Los entresijos de aquel tinglado que hab�a contribuido a echar abajo s�lo me incumb�an en tanto que me ayudaran a entender por qu�, una vez m�s, me tocaba ver c�mo alguien se arrogaba sobre un semejante el poder de destruirle. Y por m�s que lo intent�, no logr� alcanzar una conclusi�n que me permitiera dejar de considerar gratuito e incomprensible, adem�s de desdichado, todo lo que hab�a sucedido. Me acordaba del chico y sent�a l�stima de �l, porque en su viaje al precipicio no hab�a incurrido m�s que en alguna que otra torpeza, mucho menos grave que las de tantos otros que escapaban a su infortunio. En cuanto a Ruth, a�n me parec�an tan inconcebibles tantas cosas� Por encima de todo, me desalentaba comprobar lo delgada que era la l�nea entre la vida y la muerte, lo poco que hac�a falta para que alguien lo perdiera todo y lo incierto que pod�a resultar el conocimiento de los resortes que desencadenaban el desastre.</p><p>Pod�a estar seguro, eso s�, de algunos aspectos secundarios. El asesino no seguir�a en libertad, y la sombra de la sospecha dejar�a de pesar sobre un inocente. Por otra parte, alguien iba a resultar condenado, y las familias de las dos v�ctimas podr�an obtener, aunque incompleto y desigual, alg�n alivio como consecuencia de mis quebraderos de cabeza. Siendo poco exigente, con eso ya deb�a sobrarme para sentirme contento de mi labor. Pero no tratar� de enga�ar a nadie. Lo cierto era que no lo estaba, en absoluto.</p><p>Otro asunto que me importaba y me hac�a sentir inc�modo, y que por ello abord� tan pronto como hubo ocasi�n, ten�a que ver con mis compa�eros. Cuando comprend� que hab�a guardias metidos en el l�o, no me qued� m�s remedio que desconfiar de todos los que hab�an tenido algo que ver con el caso, mantenerlos al margen e incluso recomendar a mis superiores que se los vigilara hasta que no estuviera delimitado el alcance de la corruptela. En consecuencia, tanto Guzm�n como Morcillo, Azuara y el resto de la gente del puesto de Nava, se vieron en la ingrata situaci�n de tener que defender su inocencia frente a otros guardias que por orden del subdelegado del gobierno los neutralizaron e interrogaron. A lo largo de la noche fueron quedando en libertad los del puesto, comenzando por Siso, que no daba cr�dito a lo que ocurr�a ante sus ojos. Cuando le dije lo que hab�amos descubierto, lejos de la ira que me hab�a anunciado, se qued� como ido. Luego se ech� a llorar, no s� si de impotencia, de rabia o simplemente de pena.</p><p>Al d�a siguiente, cuando pude volver a encontrarme con Guzm�n y los suyos, lo primero que hice fue pedirles disculpas. Morcillo a�n parec�a resentida y a Azuara lo vi m�s perplejo que ofendido. El teniente, en cambio, me demostr� que estaba hecho de una pasta poco com�n. Supongo que no habr�an sido muchos los que, despu�s de haberse visto sometidos a un recelo y un maltrato infundados, habr�an reaccionado como �l.</p><p>��No pases mal rato por eso, Vila -me excus�-. Hiciste lo que ten�as que hacer, lo que yo habr�a hecho en tu lugar. Y hasta cierto punto, qu� quieres que te diga, nos lo merecimos. Por haber dejado que nos timaran.</p><p>��Estaba casi seguro de que no ten�ais nada que ver -dije-. Pero me faltaba el casi, y espero que entend�is que no pod�a arriesgarme.</p><p>��Entendido y olvidado, de verdad.</p><p>Hab�a algo, no obstante, que preocupaba y ten�a a disgusto al teniente. Bien mirado, era natural que le preocupase y le disgustara, pero cuando me lo plante�, no pude evitar acordarme de lo que me hab�a insinuado Nava acerca de la relaci�n que hab�a podido existir entre �l y Ruth. Lo cierto es que Guzm�n formul� la pregunta con todas las precauciones:</p><p>��Tengo que preguntarte algo. Y lo tengo que hacer porque me cuesta admitir que no conoc�a a una persona con la que he trabajado durante meses. �Te resulta cre�ble la historia que cuenta Nava acerca de Ruth?</p><p>Le observ�, y por un momento me pareci� estar observ�ndome a m� mismo. Sab�a lo que querr�a que me contestaran, si yo hubiera tenido a alguien a quien formularle a mi vez esa pregunta. Y sab�a lo que no pod�a responderle, a menos que faltara a la verdad y a mi propia intuici�n.</p><p>��Del todo cre�ble, no -dije-. Del todo incre�ble, tampoco.</p><p>��Tendr� que irlo asimilando, entonces. Pero no me cabe en la cabeza, Vila. He trabajado d�a y noche con ella. Todos lo hemos hecho. Pregunta a cualquiera. La hemos visto sacrificarse una y otra vez, por el trabajo, por los compa�eros, por la gente. C�mo pudo, alguien as�</p><p>No ten�a la respuesta a eso, y no intent� d�rsela.</p><p>��En cualquier caso -se reh�zo-, enhorabuena. Vinisteis a hacer un trabajo y lo hab�is hecho. No os van a regalar el sueldo este mes.</p><p>��No lo hemos hecho solos -cre� obligado puntualizar.</p><p>��Bueno, pero casi. En fin, ya sab�is d�nde nos ten�is. Aunque no nos hayamos conocido en la mejor de las circunstancias, estaremos encantados de colaborar con vosotros siempre que podamos. Sin ninguna reserva.</p><p>��Lo mismo le digo, mi sargento -le secund� Morcillo, esforz�ndose. Puede que no hubi�ramos llegado a congeniar del todo porque nos hab�a faltado tiempo. No me parec�a mala chica, ni mucho menos mala polic�a.</p><p>Otra felicitaci�n que recibimos, poco despu�s, fue la del subdelegado del gobierno. Quiso vernos en su despacho, a Chamorro y a m�, antes de que regres�ramos a la Pen�nsula. Nos cit� a las siete, y a las siete menos un minuto, que fue cuando nos presentamos all� y nos anunci� su secretaria, sali� al antedespacho. Nos estrech� la mano y nos invit� a pasar.</p><p>��Adem�s de felicitarles, quiero darles las gracias -dijo, una vez que estuvimos sentados frente a �l-. Como subdelegado del gobierno y tambi�n a t�tulo personal. Nos han ayudado a hacer una buena limpieza. Ya he hablado con su jefe y le he dicho que puede estar orgulloso de su gente.</p><p>��Se lo agradezco, se�or subdelegado del gobierno. Pero le confieso que yo estar�a m�s orgulloso si no hubiera muerto nadie.</p><p>��No se culpe, sargento.</p><p>��Tampoco puedo sentirme feliz.</p><p>��Lo entiendo, no crea que no. Y tampoco crea que soy ajeno a su pesar. Esa chica, al margen de lo que hiciera, muri� mientras estaba a mis �rdenes. No crea que puedo ni que voy a desentenderme de eso.</p><p>��Eso es lo que me gustar�a pedirle, si puede hacerme el favor -dije-. Que no deje desamparados a los padres. Que no permita que se lo hagan pagar a ellos. Lo que viene ahora va a resultarles bastante duro. Usted sabe que los de las togas negras no son muy considerados con el dolor del pr�jimo. Una vez que entran en su din�mica, les pierde el af�n de lucirse.</p><p>��Cuente con que no voy abandonarlos. Y en cuanto a los de las togas negras, tambi�n estar� pendiente, aunque ya sabe que yo ah� puedo poco. De todas formas, le interesar� saber que la juez de La Gomera me ha encarecido que les transmita su felicitaci�n por el desenlace de la investigaci�n.</p><p>��Pues dele las gracias, de nuestra parte.</p><p>Chamorro me observ� de reojo. No me hab�a cuidado de disimular la iron�a al referirme a la juez. Pero llevaba toda la noche sin dormir, y eso me hab�a averiado un poco el mecanismo de la hipocres�a social. El subdelegado del gobierno, no obstante, pas� por alto mi peque�o desacato.</p><p>��Hay otra persona que me pide que les felicite y les transmita su gratitud por el trabajo que han realizado en este caso -a�adi�.</p><p>Qu� b�rbaro, pens�. Nunca hab�a experimentado, al un�sono, tal avalancha de parabienes y una desaz�n tan honda y persistente en mi interior.</p><p>��Mi cu�ada les est� muy, muy agradecida. Por primera vez desde que la conozco, le he notado algo de alegr�a en la voz. Cre� que deb�an saberlo. No s� si en su vida le habr�n hecho tanto bien a alguien. Se lo digo para que se sientan recompensados por todos los malos tragos, y para que sepan por qu� les debo, aparte y por encima de todo, mi gratitud personal.</p><p>Record� la tarde en que le hab�a conocido, y lo que me hab�a dicho de aquel sobrino pol�tico al que no hab�a llegado a poder considerar como tal salvo a t�tulo p�stumo. Como la realidad suele ser compleja, hab�a estado certero y desacertado a la vez. Porque Iv�n se hab�a expuesto con sus actos, como �l intu�a, pero era despiadado afirmar que se hubiera buscado su desgracia. Tambi�n pens� en Margarethe von Amsberg, y en la extra�a sagacidad que a veces tienen los locos, si es que ella lo era. Como ella supusiera siempre, ante la rechifla general y el escepticismo de su cu�ado, detr�s de la muerte de su hijo hab�a alguien gordo. No en t�rminos absolutos; qui�nes eran Nava, o los dem�s guardias, o el mismo Pascual Pizarro, sino una partida de hampones de tercera; pero algo pesaban, dentro de aquella isla, y hab�an podido pesar tambi�n a los efectos de frustrar la investigaci�n.</p><p>En todo caso, advert� que el subdelegado del gobierno, a cada cual hay que reconocerle lo que le toca, estaba teniendo el detalle de apearse de su cargo y dejarnos ver al ser humano de debajo. Me acord� de la teor�a de G�mez Padilla sobre los pol�ticos. Seg�n ella, aquel hombre no llegar�a a ninguna parte. O s�. Porque pod�a ser agradecido en aquella situaci�n, y a la vez pisarles el cuello a sus oponentes cuando se terciase. Igual que Nava se dol�a de la suerte de las mujeres maltratadas, y se esforzaba realmente en protegerlas, mientras formaba parte de una organizaci�n mafiosa.</p><p>��Les debo una, sargento. Si alguna vez puedo serles �til en algo, d�ganmelo -me ofreci�, con su tarjeta-. Ah� le doy mi tel�fono y mi direcci�n de casa. Esto de la pol�tica pasar� tarde o temprano, pero mi deuda con usted es para siempre. Ah� tiene un amigo, para lo que quiera. De verdad.</p><p>��Gracias. Salude de nuestra parte a su cu�ada. Y des�ele suerte. De coraz�n. Espero que la vida le depare mejores d�as que los que ha pasado.</p><p>El subdelegado del gobierno nos despidi� efusivamente; a Chamorro, en lugar del fr�o apret�n de manos, le plant� dos sonoros besos en las mejillas, y a m� me dio un abrazo con palmetazos en la espalda. Lo encajamos con estoicismo, no en balde nuestro oficio nos obliga a vivir no pocas situaciones desconcertantes, y salimos de all�, o al menos �se fue mi caso, con la sensaci�n de haber despertado al fin de una pesadilla agotadora. Las calles de aquella ciudad que apenas nos era familiar nos acogieron como a dos n�ufragos arrojados por el mar a la playa. Mir� a mi compa�era y le dije:</p><p>��Vamos a emborracharnos, anda.</p><p>Entramos en el bar m�s cercano y pedimos dos gin-tonics. Cuando nos los sirvieron, alc� mi vaso y le propuse a Chamorro un brindis.</p><p>��Por ti, Virginia. Una vez m�s, no s� qu� habr�a sido de m�, si no te hubiera tenido para ayudarme a salir del atolladero.</p><p>Mi compa�era no se mostr� muy halagada por el cumplido. O quiz� era que el cansancio tambi�n hac�a mella en su �nimo.</p><p>��No tienes mucho que agradecerme, esta vez -respondi�.</p><p>���Y eso?</p><p>��Tengo la sensaci�n de que te lo has comido t� casi todo. Al final, fuiste t� el que vio claro lo que yo ni hab�a llegado a oler.</p><p>El trago de alcohol me recompuso un poco.</p><p>��Eso no es verdad -dije-. Ahora tienes la cabeza un poco cargada. Pero cuando est�s m�s despejada repasa todo lo que hemos hecho. Ver�s d�nde est�n las claves con las que acabamos desenredando la madeja. Y te dar�s cuenta de que muchas las conseguiste t�. Aparte de mantener el esp�ritu y apuntalarme en mis desfallecimientos, como de costumbre.</p><p>��No eres tan d�bil como presumes de ser -me reprendi�.</p><p>���Que presumo de d�bil? �Y por qu� iba a hacer eso?</p><p>��Bueno. Es una forma de coqueter�a, como cualquier otra.</p><p>��Vaya, nunca me hab�an acusado de coqueter�a.</p><p>��Pues ser� porque nadie se fij� mucho en ti, hasta ahora.</p><p>��A veces temo que me est�s conociendo demasiado, cabo.</p><p>��El temor es rec�proco, mi sargento.</p><p>A esa declaraci�n de Chamorro, no pod�a ser de otra forma, sucedi� un significativo silencio, que ambos usamos para largarle un buen sorbo a nuestros vasos. Era cierto que ya llev�bamos unas cuantas penalidades compartidas, y que eso, inexorablemente, iba creando un espacio com�n que cada vez era m�s amplio y estaba m�s lleno de matices. Lo que ten�a sus ventajas, sin duda, pero tambi�n comportaba sus peligros. El que Chamorro acababa de mencionar no era, por cierto, el que m�s me inquietaba.</p><p>��No temas -le dije, al fin-. Los hombres siempre entendemos a las mujeres mucho peor de lo que las mujeres nos entend�is a nosotros.</p><p>��Depende del hombre -afirm�, con una sonrisa aviesa.</p><p>��Hablo en t�rminos generales.</p><p>��Los t�rminos generales no existen, mi sargento. Y tambi�n depende de la mujer. No hace falta que te diga que no todas somos igual de enrevesadas.</p><p>Al o�r eso, no pude evitar acordarme de Ruth, y mi cara debi� de denunciarlo con instant�nea nitidez. A Chamorro se le borr� la sonrisa con similar presteza. Se llev� el vaso a la boca y bebi� un trago largo.</p><p>��Me hace sentir mal, cuando la recuerdo -confes�.</p><p>���Por qu�?</p><p>��Por haberla odiado as�. Sin darme cuenta de que estaba enferma. De que la pobre no era responsable de lo que hac�a.</p><p>���Eso crees?</p><p>Chamorro asinti�.</p><p>��Estoy convencida. Ahora entiendo todo lo que en su d�a era incapaz de entender. Me vienen a la memoria muchas cosas, porque yo conviv� durante una buena temporada con ella. Y todas me llevan a lo mismo. Vete a saber por qu� estaba desequilibrada. Pero lo estaba, desde luego.</p><p>��No s� -repuse-. Hablar de trastorno o de desequilibrio mental es muy complicado. Todos tenemos alguno. Y no por ello dejamos de ser responsables de lo que hacemos. Lo que sugieres es que Ruth era incapaz de controlar sus actos. Preferir�a creerlo as�, desde luego. Pero lo dudo.</p><p>A Chamorro la sorprendi� mi apreciaci�n. Acaso esperaba que fuera m�s indulgente que ella con Ruth. Pero no pod�a serlo, aunque hubiera querido. Y no pod�a, tampoco y sobre todo, esconder lo que pensaba a mi compa�era de fatigas. No tengo muchas certezas, pero hay algo que mientras me alcancen las fuerzas tratar� de honrar siempre: la lealtad a quien soporta contigo, codo con codo, el barro y el polvo de la misma trinchera. Aunque uno nunca termina de saber si es justa o verdadera la causa por la que lucha, lo que est� fuera de cuesti�n es la indignidad de quien da la espalda al que tiene a su lado.</p><p>No nos emborrachamos, pero casi. Tomamos varias copas m�s, picamos algo y acabamos bailando en un tugurio de salsa; he de reconocer que ella con bastante m�s prestancia que yo. Es posible que en alg�n momento de la noche, relajado por el alcohol, llegara a concebir, lo admito, alguna ilusi�n improcedente. Pero ten�a demasiado reciente cierto descalabro como para dejarla prosperar. No iba a caer, precisamente entonces, en aquello de lo que me hab�a cuidado de caer durante tres a�os. A eso de las doce nos fuimos al hotel y cada uno durmi� en su habitaci�n, como correspond�a.</p><p>Al d�a siguiente cogimos el avi�n de vuelta a Madrid. En el aeropuerto, poco antes de que tuviera que apagar el tel�fono, recib� una llamada.</p><p>��Hola, sargento -dijo una voz masculina.</p><p>���Qui�n es? -pregunt�, a�n levemente espeso por la resaca.</p><p>��Juan. G�mez Padilla.</p><p>��Ah, hola, �c�mo est�?</p><p>��Agradecido. Y asombrado, para serle sincero.</p><p>���Por qu�?</p><p>��Por muchas cosas. Me asombra que no les haya temblado el pulso. Que hayan reconocido el error. Y lo exquisitos que han sido. Quer�a darle las gracias especialmente por haberse ocupado de proteger a mi hija.</p><p>��No tiene que agradecerme nada. Hicimos lo que ten�amos que hacer. Somos nosotros quienes tenemos que estarle agradecidos a ella.</p><p>��Tambi�n por eso les doy las gracias yo a ustedes. Es el primer acto de madurez y de responsabilidad de su vida, que yo sepa. S�lo espero que no corra demasiado peligro por haber colaborado con la justicia.</p><p>��Lo dudo, la organizaci�n est� completamente desarticulada y ella no es indispensable para incriminar a los responsables. No tiene por qu� pasarle nada. Pero si en alg�n momento temen ustedes algo, ll�meme.</p><p>��En fin, s�lo quer�a decirle que por razones obvias ha sido para m� una suerte haberle conocido. Y que lo celebro.</p><p>��Igualmente, Juan.</p><p>Colgu� con aquella sensaci�n contradictoria en la que viv�a desde la antev�spera. La de haber alcanzado el objetivo y a la vez haber fracasado estrepitosamente. Mir� a Chamorro y me apresur� a desconectar el tel�fono.</p><p>��Lo apago -dije-. Si puedo hacerte una confidencia �ntima, no quiero que nadie m�s me felicite ni me d� las gracias. Por lo menos durante un rato.</p><p>Mi compa�era sonri� en silencio.</p><p>A partir de ah�, todo sigui� su curso rutinario. Se hicieron algunas detenciones m�s, entre ellas las del Moranco y la Cheli, que se hab�an escondido en Tenerife, y acab� habiendo un juicio en el que tuve que testificar y que sirvi� para suministrar material escandaloso a los peri�dicos durante unas cuantas semanas. Entre otras preguntas antip�ticas, tuve que responder a la de si en mi opini�n Ruth hab�a podido ser la autora material de la muerte de Iv�n L�pez von Amsberg. Y tuve que hacerlo aguantando a la vez el implacable escrutinio del ingenioso abogado de Nava y las miradas fijas del brigada Anglada y de Margarethe, a quienes ten�a perfectamente localizados en la sala de audiencias. No era la primera vez que me ve�a declarando ante un tribunal, as� que no ca� en la encerrona del letrado. Respond�, alto y claro, y sin violentar mi conciencia, que no estaba en condiciones de afirmar el hecho que se me planteaba. El abogado quiso obligarme a decir lo que buscaba, esto es, que Ruth hab�a podido ser la asesina, pero me negu� hasta que el presidente del tribunal le amonest� y le dijo que el testigo ya hab�a respondido a su pregunta. Luego me atac� por el otro flanco que resultaba previsible: si pod�a afirmar taxativamente que el sargento primero hubiera asesinado al chico. Me limit� a recordar que las pruebas respaldaban que �l se hab�a deshecho del cad�ver. Y por m�s que lo intent�, tampoco me sac� de ah�. Ni �l, ni tampoco el fiscal. No siempre es f�cil, y aquella vez no lo fue en absoluto, pero cuando sal� a la calle, una vez concluida mi intervenci�n, cre� que hab�a hecho lo que deb�a. Con el coraz�n y la cabeza lo cre�.</p><p>No asist� a m�s sesiones del juicio que aqu�llas a las que se me cit�, y en �stas s�lo estuve lo imprescindible. Luego le� en los peri�dicos que el jurado hab�a condenado a Nava como autor de la muerte de Ruth y le hab�a absuelto del homicidio de Iv�n, aunque le hab�a condenado por encubrirlo. Como encubridores se conden� tambi�n a Pascual Pizarro y a los dem�s guardias. Me pareci� bien, una soluci�n salom�nica. Me permit� esperar que sirviera para confortar a las familias de los difuntos, y que Nava se portara bien en la c�rcel y pudiera llegar a vivir al menos la adolescencia de su hija.</p><p>Antes de volver de Tenerife, cuando estuve all� para el juicio, me tom� un d�a de asuntos propios y me embarqu� para La Gomera. Sab�a que era un error, pero a la vez no pod�a dejar de cometerlo. Alquil� un coche y fui a todos los lugares a los que ella me hab�a llevado. Sub� al alto de Garajonay, baj� a la playa. Me qued� un buen rato all�, viendo romper las olas.</p><p>Hab�a querido saber m�s de ella. Hab�a investigado. En la academia no hab�a sacado un mal n�mero, aunque habr�a podido quedar mejor de no ser por algunas faltas disciplinarias; ninguna grave, de todos modos. Tuve acceso a sus tests psicot�cnicos y de personalidad. No es mucha la fe que me inspira esa clase de tests, porque sospecho que cualquier persona un poco espabilada puede dar en ellos, si se lo propone, el perfil que mejor le convenga. Los de Ruth, en cualquier caso, revelaban una inteligencia desarrollada y una personalidad algo dominante y narcisista, pero normal. Tambi�n me inform� acerca de su comportamiento en el primer destino que hab�a tenido, en Galicia. Durante su estancia all�, hab�a resultado m�s bien problem�tica. Su traslado a Canarias no hab�a sido propiamente una opci�n; la hab�an forzado a irse. Quiz� por eso, por alguna clase de resentimiento, cuando lleg� a La Gomera y accedi�, en m�s de un sentido, a la confianza de Nava, pas� sin demasiados aspavientos a compartir tambi�n sus manejos il�citos.</p><p>Pero mientras contemplaba el mar donde hab�a nadado con ella, todo esto dej� de tener importancia. Nunca sabr� a ciencia cierta lo que hizo o dej� de hacer. Lo que s�, y elijo recordar, es lo que mis ojos vieron y lo que mis dedos tocaron. Pudo provocarme, mentirme, manipularme; pero en su mirada hab�a una inocencia feroz y en el momento de entregarse era generosa y absurda como una ni�a. Otros podr�n, tal vez, considerarla una desalmada. A m�, despu�s de haber probado el sabor de sus labios, no me asiste ese derecho.</p><p>En el camino de regreso cruc� por el bosque, y all� volv� a tropezarme con la niebla. Mientras conduc�a, me acord� de cuando Ruth me hab�a llevado, junto a Chamorro, a conocer aquel paraje. Volv� a verla al volante, avanzando impasible contra la noche velada por la bruma. La imagen, de pronto, se me antojaba una especie de s�mbolo de su ca�da. La niebla la hab�a llamado, y ella, sin arredrarse, hab�a acudido. En eso se resum�a todo.</p><p>Aunque no pude salvar de ella m�s que la sombra que ahora guarda mi memoria, ya no tengo la vanidad de culparme. Al cabo del tiempo he comprendido que cuando yo llegu� la historia ya estaba escrita y no admit�a enmienda ni redenci�n. Nadie pod�a impedir, una vez que ellas lo hab�an decidido, aquel misterioso y fat�dico abrazo entre la niebla y la doncella.</p><empty-line/><p>Toledo � Madrid � Getafe � Santa Cruz</p><p>de La Palma � Chiclana de la Frontera,</p><p>30 de octubre 2001 � 21 de septiembre 2002</p></section></body><binary id="0" 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