<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>prose_contemporary</genre><author><first-name>Mario</first-name><last-name>Levrero</last-name></author><book-title>El lugar</book-title><annotation><p>Un hombre se despierta en una habitaci�n desconocida. Se halla acostado sobre el suelo, a oscuras, vestido con ropa de calle. De pronto, descubre alarmado que ignora c�mo lleg� hasta ese sitio. Pese a tratar de recordar, no puede. Su mente comienza a barajar una serie de hip�tesis sin encontrar ninguna que se ajuste a la l�gica de su situaci�n. Entonces decide investigar. Tras examinar el sitio en donde est�, sale de �l y entra en otra habitaci�n similar a la primera. La novela recuerda, en ciertos aspectos de su argumento, a la pel�cula de ciencia ficci�n El cubo, pero haciendo la salvedad de que, en este caso, Levrero public� la presente obra en el a�o 1982, siendo el film citado producido en el a�o de 1997.</p><p>Es, en t�rminos generales, una novela de ciencia ficci�n, aunque presenta atributos on�ricos, cierta percepci�n disolvente que trabaja con la l�gica reversible del sue�o. Seg�n Julio Ortega, aqu� Levrero nos describe un mundo en estado natural de f�bula, s�lo que no se trata de uno maravilloso sino de uno a punto del absurdo.</p></annotation><date/><lang>sp</lang></title-info><document-info><author><first-name/><last-name/></author><program-used>Fiction Book Designer, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date value="2008-05-08">08.05.2008</date><src-url/><src-ocr/><id>FBD-BD5122-3A54-F144-458C-B612-2695-27D766</id><version>1.0</version></document-info><publish-info/></description><body><title><p>Mario Levrero</p><empty-line/><p>El lugar</p></title><section><title><p>PR�LOGO CON DISCULPAS</p></title><p>Si alg�n sentido puede tener un pr�logo, g�nero que personalmente aborrezco, quiz� sea el de servir de presentaci�n en una lengua o un pa�s a un autor desconocido. Solamente en ese caso puede estar justificado en mi opini�n que un tercero en discordia se entrometa entre el autor y sus lectores para tratar de explicar a �stos lo que van a leer a continuaci�n.</p><p>As� que no caer� en tal injerencia y me limitar� a presentarles a Mario Levrero, autor de este libro y del que yo tampoco sab�a nada hasta hace poco, cuando, por sugerencia de Marcial Souto, su editor en Uruguay y Argentina y ahora aqu�, lo le� junto con <emphasis>La ciudad</emphasis>, su primera y �nica novela editada antes de �sta en Espa�a, con pr�logo de Antonio Mu�oz Molina. �Como en las f�bulas de Kafka -escrib�a �ste en su pr�logo-, en <emphasis>La</emphasis><emphasis>ciudad</emphasis> apenas hay asideros espaciales o temporales que delimiten la historia, y su narrador, su dudoso protagonista, que no tiene nombre, se mueve por una geograf�a despojada de ellos, de modo que es una sorpresa, y casi una revelaci�n, que muy cerca del final se aluda a un punto de destino localizable en los mapas: Montevideo.� Lo cual, aparte de la sorpresa, no tiene nada de extra�o habida cuenta de que Montevideo es la ciudad en la que Mario Levrero vio la luz por vez primera hace ya 60 a�os y en la que contin�a mir�ndola (poco, pues, seg�n parece ser, acostumbra a escribir de noche y a dormir durante el d�a) tras un largo periplo personal y literario.</p><p>Al lector, como a m�, le interesar� saber que Jorge Mario Varlotta Levrero, que tal es su verdadero nombre, aunque lo haya escindido en dos: Mario Levrero para el escritor y Jorge Varlotta para el ciudadano, aparte de haber usado, como Pessoa, numerosos heter�nimos seg�n sus distintas actividades, es un personaje extra�o que ha alternado en su vida y en su obra los oficios y registros m�s dispares. As�, por ejemplo, en la vida <emphasis>real</emphasis>, Varlotta/Levrero ha sido humorista, creador de crucigramas, redactor de revistas m�dicas, cineasta, oficinista y hasta librero de viejo; diversidad que ha llevado a su <emphasis>otra</emphasis> vida, la de escritor, en la que ha cultivado g�neros tan dispares como la parapsicolog�a, el cuento, la novela o el ensayo. En una entrevista imaginaria que Levrero se hizo a s� mismo (�l, que no suele concederlas y que reniega de ellas tanto como el autor de este pr�logo) dec�a: �Hay dos tipos de entrevistas: las period�sticas y las acad�micas. Las primeras buscan lo novedoso, lo llamativo, alg�n detalle que pueda llamar la atenci�n del lector com�n; ser�a mucho m�s interesante para ellas si, en vez de escribir, yo hubiera por ejemplo cometido alg�n asesinato. Las segundas tienen inter�s en que yo me sit�e exactamente en una especie de diagrama hist�rico-sociol�gico, como si �se fuera un trabajo m�o y no del entrevistador.� Y manifestaba: �La cuesti�n es dar a trav�s de im�genes, a su vez representadas por palabras, una idea de esa experiencia �ntima para la cual no existe un lenguaje preciso.� Una experiencia �ntima que, en el caso de Levrero, est� directamente relacionada con el mundo de los sue�os (�En ellos, uno se vuelve sensible a cosas que habitualmente est�n cerradas por la conciencia�) y con una visi�n del mundo tan esc�ptica como desesperanzada: �No conozco ninguna verdad; creo que el mundo deber�a estarme agradecido por haber abandonado hace much�simos a�os toda pretensi�n de mejorarlo�, confesaba Levrero en la citada autoentrevista despu�s de reconocer tambi�n que aborrece los cat�logos, las interpretaciones y los an�lisis.</p><p><emphasis>El lugar</emphasis> responde a todos esos principios (o finales, �qui�n lo sabe?) y trasluce al mismo tiempo las referencias constantes en la vida y en la obra de su autor: el humor, la fantas�a, un asfixiante clima kafkiano y esa especie de mueca permanente, como de extra�a inexpresividad, que obliga a pensar en Keaton y en cierto tipo de cine mudo, del que Mario Levrero confiesa ser devoto. Si, a todo eso, se a�aden unas gotas de acidez, las huellas de Freud y de Richard Lester, el aroma del mejor Chandler, la tristeza de Gardel y de los tangos, la inquietud de los insomnes y la imperturbabilidad de Onetti, uno tendr�, aproximado, el retrato de este libro y de su autor, aunque seguramente no le servir� de nada. De la literatura lo �nico que sirve finalmente es la lectura y �sta es distinta en cada lector. As� que pido disculpas por demorarla con este pr�logo que, como dije al principio, no pretend�a ser otra cosa que una presentaci�n: la de un autor que me ha sorprendido como hac�a mucho tiempo ya que no me ocurr�a.</p><empty-line/><p>Julio Llamazares</p><p><emphasis>Madrid, marzo del a�o 2000 </emphasis></p></section><section><title><p>PRIMERA PARTE</p></title><section><title><p>1</p></title><p>En la oscuridad total, mis ojos buscaron una referencia y se volvieron a cerrar, sin haber encontrado las rayas horizontales, paralelas, que habitualmente dibujaba la luz el�ctrica de la calle, o el sol, al filtrarse por entre las tablillas de la persiana. No me pod�a despertar; y aunque no recuerdo ninguna imagen, ning�n sue�o, pienso en m� mismo, ahora, como en un ser que vagaba sin rumbo, con los brazos colgando flojos, sepultado en el fondo de una materia densa y oscura, sin ansiedad, sin identidad, sin pensamientos.</p><p>Mucho m�s tarde, la orden de despertar; y el ser comenzaba a moverse con un asomo de inquietud, como si buscara una salida que no conoc�a o que no recordaba.</p><p>La orden se hac�a m�s apremiante, y con ella la comprensi�n de la necesidad imperiosa de salir; y hallaba el camino, hacia arriba, hacia una anhelada superficie. La materia ten�a varias capas, que se hac�an menos densas a medida que ascend�a, y la velocidad de mi ascenso se aceleraba progresivamente. Me proyectaba en forma oblicua hacia la superficie; y, por fin, como un nadador que saca la cabeza fuera del agua y respira una ansiosa bocanada de aire, despert� con un profundo suspiro.</p><p>Fue entonces cuando mis ojos se abrieron y, desconcertados, volvieron a cerrarse. Mi sue�o se hizo luego m�s liviano, hasta que volv� a despertar, con una lucidez mayor.</p><p>Advert� varias cosas: que hac�a fr�o, que ese lugar no era mi dormitorio, que estaba acostado sobre un piso de madera sin colch�n ni cobijas, en una oscuridad total; y que ten�a puesta la ropa de calle.</p><p>La lucha contra la pereza fue en esta ocasi�n necesariamente m�s breve que de costumbre; la incomodidad del piso desnudo no lo permit�a. Me incorpor�, gru�endo malhumorado, y mi queja fue acompa�ada por crujidos de las articulaciones. Me frot� brazos y piernas y tos�; los bronquios silbaban al respirar el aire h�medo, y me dol�a la garganta.</p><p>Mientras buscaba a tientas alg�n elemento conocido, se me plantearon las preguntas de rigor: d�nde estaba, c�mo hab�a llegado all�. En realidad esta segunda pregunta tard� un poco m�s en formularse; a�n no hab�a aceptado el hecho de hallarme en un lugar no previsto, y forzaba la memoria, buscando entre las �ltimas im�genes de mi vigilia, con la certeza de que pronto todo habr�a de ajustarse con una explicaci�n sencilla: la borrachera en una fiesta, la tormenta que me hab�a sorprendido, en una casa ajena, la aventura inusual que me hab�a llevado a dormir fuera de casa. Alguna vez, aunque no con frecuencia, me hab�a sucedido despertar sin comprender d�nde me hallaba; pero era suficiente reconocer la moldura del respaldo de la cama, o el color de una cortina, para hacerme enseguida una composici�n de lugar, para despertar s�bitamente toda la memoria �ltima. En este caso no hab�a-ning�n elemento desencadenante, y la misma carencia de elementos no ten�a para m� ninguna significaci�n.</p><p>Mi memoria se hab�a detenido, empecinada, en un hecho trivial; y se negaba a ir m�s all�: una tarde soleada, oto�al, y yo que cruzaba la calle en direcci�n a una parada de �mnibus; hab�a comprado cigarrillos en un kiosco, y daba algunas pitadas al �ltimo de un paquete que acababa de tirar a la calle hecho una bola; llegaba a la esquina y me recostaba contra una pared gris. Hab�a otras personas, dos o tres, esperando tambi�n el �mnibus. Pensaba que esa noche Ana y yo ir�amos al cine. En este punto se deten�an los recuerdos.</p><p>Mis manos encontraron ahora una pared, y pegado a ella comenc� a recorrer lentamente la habitaci�n buscando una ventana o una llave de luz. Era una pared �spera, pintada quiz� a la cal.</p><p>Llegu� a un rinc�n sin haber hallado nada; segu� mi b�squeda a lo largo de la nueva pared, y luego de cierto trecho mis dedos reconocieron el marco de madera de una puerta, luego la puerta misma, y finalmente su picaporte.</p><p>No intent� abrir de inmediato; me tranquiliz� saber que hab�a una salida, pero se me cre� la inquietud de no saber si era procedente que yo la utilizara; pensaba en gente durmiendo, o en alguna actividad que mi presencia pudiera molestar; o que, por alg�n motivo, no me conviniera ser visto all�: apel� de nuevo a la memoria, pero no obtuve el menor indicio de d�nde estaba, ni de por qu� estaba all�. Me sent� al borde de un ataque de nerviosa Trat� de controlarme. Tal vez podr�a haber resistido un tiempo m�s, permiti�ndome seguir rebuscando en la memoria; pero ten�a necesidades f�sicas urgentes: hambre, fr�o, ganas de orinar, y mis huesos necesitaban reposar sobre algo blando. Tambi�n ten�a ganas de fumar, y el paquete, presumiblemente el mismo comprado en el kiosco, estaba intacto en el bolsillo del saco; lo abr� y saqu� un cigarrillo que llev� a los labios, pero luego me fue imposible encontrar el encendedor. Bruscamente tom� el picaporte y lo hice girar; en primer t�rmino empuj� la hoja de la puerta hacia afuera, luego tir� de ella hacia m�, pero en ninguno de los casos obtuve resultados.</p><p>Acerqu� un ojo a la cerradura; no logr� ver nada. Comenc� a sentir un miedo muy intenso. Prob� nuevamente el picaporte, sacud� la puerta. La golpe� con los pu�os y con los pies; no sucedi� nada.</p><p>Escuch� c�mo, fuera de mi voluntad, un sonido quejoso escapaba de mi garganta. Con los pu�os y la mand�bula apretados, y un temblor que me recorr�a el cuerpo, prosegu� entonces mi recorrido, adosado a la pared, arrastrando los pies, extendiendo los brazos.</p><p>Llegu� a otro rinc�n y la nueva pared se present� al tacto de mis dedos tan desnuda como el resto conocido de la pieza.</p><p>Mi memoria segu�a trabajando por su cuenta; me present� m�s detalles de su �ltimo registro; la cara del hombre del kiosco, sus bigotes ca�dos, su mirada azul aguachenta; un �rbol pr�ximo a la esquina, con brillos dorados en las hojas secas, y la hoja que ca�a, reci�n desprendida de la rama, mientras yo cruzaba la calle; el n�mero exacto de, las personas que esperaban el �mnibus en la parada: eran tres, dos mujeres (una con tapado marr�n, la otra con saco rojo, ambas de espaldas) y un hombre peque�o, recostado contra el �rbol, un pie apoyado en el suelo y el otro en el �rbol.</p><p>Llegu� a un nuevo rinc�n de la pieza y muy cerca de �l, al parecer enfrente de la otra, hall� una nueva puerta. Las manos me temblaban al hacer girar el pomo: empuj� la hoja y esta vez s�, la puerta se abri�.</p><p>Me encontr� ante una nueva oscuridad.</p></section><section><title><p>2</p></title><p>Luego, hasta donde me era dado conocerlo, comprob� que esa habitaci�n repet�a exactamente a la anterior. La misma oscuridad, el mismo fr�o, las mismas dimensiones; igual en su desnudez y mutismo.</p><p>Cuando hall�, justo enfrente a la puerta que hab�a usado para entrar, una nueva puerta que abr�a a una tercera pieza obscura, el desconcierto y el miedo me dominaron ya sin ning�n disimulo.</p><p>Estaba parado junto a la nueva puerta abierta, y me derrumb�. Me dej� caer al suelo y el torbellino mental se desat� incontrolable. No puedo calcular cu�nto tiempo estuve tirado all�, ovillado, sollozando, todo el cuerpo recorrido por un temblor constante.</p><p>No buscaba, ya, comprender ni recordar; s�lo anhelaba un refugio, un lugar c�modo y abrigado donde permanecer, tapado con mantas, entregado al sue�o o a la locura. Pero las condiciones eran realmente crueles, y como mi mente resisti� hasta el final el largo estallido, el agotamiento nervioso se tradujo en tranquilidad, o m�s bien insensibilidad, y resolv� seguir movi�ndome. No ten�a otra elecci�n. De haberla tenido, habr�a optado por la otra, cualquiera que fuese. Pero as�, presionado por las urgencias f�sicas, no pude hacer otra cosa que incorporarme, sacudirme el polvo de la ropa, y proponerme a m� mismo algunas palabras de consuelo y esperanza. Al mismo tiempo trat� de contener las preguntas que segu�an bullendo, dici�ndome que ya encontrar�a, a su tiempo, una respuesta para todo.</p><p>Me dediqu� a examinar la nueva pieza con el mismo cuidado que las anteriores. Hice un alto para:orinar contra la pared, en un rinc�n. El alivio de la necesidad, y por otro lado su formulaci�n agresiva, hicieron que me sintiera mejor.</p><p>Hab�a perdido, sin darme cuenta, el cigarrillo sin encender que llevaba en los labios; extraje otro y lo mantuve en un costado de la boca. Mec�nicamente mi mano busc� otra vez el encendedor en los bolsillos, sin �xito, y al mismo tiempo not� que adem�s me faltaba el reloj; pero en el bolsillo interior del saco estaba a�n la billetera con los documentos y, aparentemente, todo mi dinero.</p><p>Ahora me mov�a con mayor facilidad, y pude calcular que la habitaci�n era cuadrada, o casi cuadrada, y que tendr�a algo m�s de tres metros de lado. All� tampoco hall� ventanas, ni llaves de luz, ni muebles; s�lo la puerta por la que hab�a entrado y otra, enfrente, por la que deber�a salir.</p><p>Pas�, entonces, a una cuarta pieza, y a una quinta, y a una sexta,,y as� hasta perder la cuenta. Afortunadamente conservaba esa calma insensible conseguida despu�s del estallido; continu� actuando con m�todo, como si se tratara de un trabajo de rutina que no tuviera nada que ver conmigo. Sent�a desfilar distintas emociones, que examinaba y dejaba pasar sin que mi mente interviniera en mayor grado. Tuve un debilitamiento cuando apareci� la imagen de Ana; all� se me hizo m�s dif�cil mantener el control; pero, de alguna manera, comprend� que estaba haciendo lo �nico posible y que cualquier debilidad podr�a llevarme, justamente, a perder a Ana en forma definitiva. Me las arregl� de manera que su imagen permaneciera presente pero sin cargarme de ansiedad. Pensaba que en cualquier momento podr�a romperse este equilibrio; ese lugar parec�a extenderse sin fin, y el hambre y las ganas de fumar me segu�an escarbando; tambi�n pens� que si encontraba una �ltima puerta, cerrada, ser�a el fin de mi raz�n.</p><p>No tengo idea del n�mero de piezas oscuras ni tampoco del tiempo que me llev� recorrerlas; tengo la impresi�n de que no fueron menos de diez, ni m�s de veinte, y que transcurrieron varias horas, por lo menos tres o cuatro; pero no puedo ser m�s preciso, y quiz� est� muy lejos de lo cierto.</p><p>Me mov�a cada vez con mayor soltura, aunque sin perder el miedo a toparme con algo; esta combinaci�n me hac�a efectuar una nueva clase de movimientos, de elasticidad controlada, como los de un bailar�n. Y la actividad f�sica me hizo entrar en calor y pude as� descartar uno de los inconvenientes del lugar. El cigarrillo se humedec�a en mis labios y peri�dicamente deb�a tirarlo y sustituirlo por otro; era el hambre, que me llenaba la boca de saliva.</p><p>En una de las piezas hice un descubrimiento descorazonador. Al entrar, y por distracci�n o por un movimiento reflejo, cerr� la puerta a mis espaldas. Tuve de inmediato el �ntimo convencimiento de que hab�a cometido un error, y trat� de abrirla. Me fue imposible.</p><p>Cuando sal� de esa pieza repet� la acci�n en forma consciente; tampoco pude, esta vez, volver a abrirla. Saqu� la obvia conclusi�n de que hab�a un mecanismo que permit�a avanzar s�lo en la direcci�n que yo llevaba; y aunque no tuviera el menor inter�s en retroceder, me aterr� la idea de no poder hacerlo, llegado el caso. En adelante, tuve buen cuidado de no cerrar ninguna puerta; pero, de todos modos, estaban aquellas dos, que hab�a cerrado, y sent� como si hubiese perdido algo valioso.</p><p>La insensibilidad dej� paso a algo distinto; mis movimientos exteriores quiz� no hayan variado, pero fui invadido por un cansancio te�ido de tristeza, o melancol�a, y predominaba un adormecimiento, como si me hubiesen anestesiado. La insensibilidad anterior era m�s sana. No me gust� mi nuevo estado de �nimo, e imagin� que pronto habr�a de sentirme muy mal, y que modificar�a mi conducta.</p><p>Por fortuna, se produjo una variante en la situaci�n: al entrar en una pieza vi, de inmediato, que por debajo de la puerta de enfrente (las que ya hab�a comenzado a llamar �de salida�, cuando estaba dentro de la pieza, y �de entrada� apenas pasaba a la siguiente) se filtraba una delgada y d�bil raya de luz.</p></section><section><title><p>3</p></title><p>La timidez me volvi� a frenar, y en lugar de precipitarme en la habitaci�n golpe� la puerta con los nudillos. Del otro lado se hizo o�r un ruido breve, como si alguien apartara una silla o se levantara de ella bruscamente. Aguard� unos instantes, y al no obtener respuesta repet� el llamado.</p><p>Ahora, unos pasos pesados y vacilantes se dirigieron hacia la puerta y all� se detuvieron; escuch� una respiraci�n un tanto asm�tica o nerviosa. Pasaron algunos minutos sin que el desconocido mostrara otra intenci�n que la de permanecer all� respirando ruidosamente.</p><p>Consider� que mi cortes�a hab�a sido excesiva. Abr� la puerta unos cent�metros y mir� hacia el interior de la pieza. Una lamparita el�ctrica, desnuda y de escaso poder, colgada de su cable desde el centro del techo, iluminaba un recinto que parec�a tener las mismas dimensiones de las piezas oscuras; pero contaba con una serie de elementos; en el estrecho campo visual hab�a una mesa peque�a, de cocina, con dos o tres platos y algunos utensilios, junto a la pared de enfrente; observ� que en los platos hab�a comida, y la boca se me llen� de saliva una vez m�s.</p><p>El ambiente era m�s c�lido gracias a una estufa de queroseno, de formato antiguo, que vi luego pr�xima a una mecedora, en el centro de la habitaci�n, debajo de la lamparita el�ctrica. Por encima de la mesa, y contra la pared, hab�a una estanter�a rectangular, con una cortina verdosa que imped�a ver su contenido.</p><p>Empuj� un poco m�s la hoja de la puerta; la persona que hab�a estado parada all� todo el tiempo se vio obligada a retroceder un par de pasos al chocar levemente la hoja contra la punta de sus zapatos. Result� ser un individuo extra�o: era muy gordo, y de estatura apreciablemente inferior a la normal; usaba lentes redondos, grandes, y el detalle que m�s llamaba la atenci�n era su ropa, de tama�o excesivo y desproporcionada al cuerpo, lo que le daba un aspecto payasesco. El rid�culo se acentuaba por la actitud del hombrecillo, quien, evidentemente atemorizado y muy sorprendido por mi presencia, me miraba con fijeza y trataba de ser grave y digno.</p><p>Cuando di un paso adelante tuvo que esforzarse por no retroceder; se le contrajeron algunos m�sculos de la cara, as� como los p�rpados, pero se mantuvo firme en su sitio. Sonre�, tratando de parecer simp�tico, y murmur� un saludo que no le hizo variar de actitud.</p><p>Me anim� a dar otro paso y ya decididamente dentro de la pieza ech� un vistazo alrededor; lo primero que vi fue a la presunta esposa del hombrecillo, una mujer que aparentaba su misma edad, que podr�a situar por los cincuenta a�os; tej�a, sentada en una silla, a mi izquierda, pr�xima a un biombo que ocultaba el rinc�n formado por la pared izquierda y la puerta �de entrada�.</p><p>La mujer estaba concentrada en su trabajo, con la vista baja, y no parec�a prestar atenci�n a-lo que suced�a; descubr�, sin embargo, que de vez en cuando levantaba la vista con disimulo para espiarme, y que tambi�n ten�a miedo.</p><p>Detr�s de la mujer, y contra esa pared izquierda, hab�a una cama que no llegaba a ser matrimonial, aunque m�s grande que las de una plaza. Entre la cama y la mesa de cocina, sobre la pared correspondiente a la puerta �de salida�, hab�a una cocinilla. No recuerdo otros elementos del mobiliario, o decorativos. Mis ojos se posaron finalmente en los platos de comida. Hab�a carpe, cortada en peque�os trozos, y pan y queso; tambi�n un par de manzanas no muy atractivas.</p><p>Comenc� a hablar con fluidez, a explicar mi situaci�n. Al cabo de unos instantes los m�sculos del hombrecillo parecieron relajarse un poco, y la mujer me miraba ahora sin disimulo. Continu� hablando unos instantes, con cierto entusiasmo por el avance logrado, y finalic� con una exhortaci�n a ser invitado a comer.</p><p>El hombre permaneci� mudo un par de minutos, y al fin carraspe� y abri� la boca; luego la cerr�. Volvi� a carraspear, y por �ltimo dijo algo que no entend�.</p><p>Lo mir� en forma interrogativa. El hombre repiti� su frase y me di cuenta de que hablaba en un idioma que me era desconocido. Pregunt� entonces si no hab�an entendido nada de mi discurso; respondi� el hombre encogi�ndose de hombros y mostrando las manos vac�as.</p><p>A pesar del intento de di�logo, el miedo persist�a en la pareja, revestido de ese aspecto de indiferencia o dignidad. Segu�an a la expectativa y ninguno �se mov�a de su sitio. Se notaba claramente que todo lo que deseaban era que me fuera de all� lo m�s pronto posible. Me pareci� estar en la situaci�n de alguien que se pierde en un hotel y entra por error en una habitaci�n ajena: correspond�a sin duda pedir disculpas y alejarse, pero para m� las cosas no eran tan sencillas.</p><p>Me pregunt� si aquello no ser�a realmente un hotel; ello explicar�a muchas cosas; pero pens� que, desgraciadamente, no todas: c�mo hab�a llegado all�, por qu� no se pod�a avanzar m�s que en una direcci�n, y atravesando forzosamente las habitaciones, en lugar de pasillos; pero el momento no era muy indicado para cavilaciones. Intent�, entonces, otros idiomas; tanto al ingl�s, como al franc�s, como a las tres palabras que s� de alem�n y a las dos de ruso, el hombrecillo respondi� con un movimiento negativo de cabeza. Despu�s dijo una frase m�s larga que la anterior.</p><p>Con cautela, pues tem�a que el miedo pudiera inducirlos a una reacci�n violenta, me fui moviendo hacia la mesa. Cuando estuve al lado mir� al hombrecillo y le se�al� el plato de carne, y luego me se�al� el est�mago. �l se encogi� de hombros. Mir� la mujer, quien no hizo ning�n gesto de oposici�n. Siempre la expectativa temerosa. Entonces tom� con la mano un trocito de esa carne cocida, y me lo llev� a la boca. Despu�s otro, que acompa�� con un pedazo de pan, y termin� por comer la mitad de la carne y buena parte del queso y del pan.</p><p>Despu�s me encontr� sin saber qu� hacer. Ten�a ganas de tirarme en la cama a descansar; pero la pareja segu�a firme, cada uno en su sitio, sin mostrar signos de cortes�a; incluso parec�an malhumorados. Pens� que si desde un primer momento hubiese utilizado en mi provecho el miedo que les produc�a, habr�a podido conseguir alguna otra ventaja. Pero no lo hab�a hecho, y ahora las fuerzas estaban parejas. No se animaban a echarme, pero ya era demasiado tarde para conseguir una invitaci�n a permanecer.</p><p>Me llev� un instante resolver el problema de la puerta que deb�a usar; si sal�a por la que hab�a entrado no hallar�a nada que valiera la pena; era volver a la oscuridad y al fr�o; pero ten�a una ventaja; la pr�xima vez que tuviese hambre podr�a regresar all�, cosa que me ser�a imposible si usaba la puerta �de salida� y el hombre decid�a cerrarla. Pero enseguida conclu� en que no ten�a sentido volver a los mismos lugares; mi problema principal no era alimentarme, sino salir de ese lugar, donde ya hab�a perdido demasiado tiempo.</p><p>Me acerqu� a la puerta de salida y la abr� con precauci�n; del otro lado tambi�n hab�a luz. Asom� la cabeza por la puerta entornada y mir� al interior; no estaba vac�a, sino que se repet�an m�s o menos los mismos elementos que en �sta, pero s� deshabitada. Tambi�n advert� platos de comida en la mesa.</p><p>Esto me alent� a dar unos pasos m�s en la habitaci�n. A mis espaldas son� de inmediato el estampido de la puerta cerr�ndose con fuerza. El hombrecillo hab�a decidido actuar en�rgicamente; ya me ser�a imposible volver atr�s.</p><p>A pesar de todo prob� el picaporte, y empuj� y tir�; como esperaba, no consegu� nada. Golpe� la puerta con los pu�os y grit� una serie de insultos contra el hombre de ropas rid�culas y su mujer. No recib� ninguna respuesta.</p><p>Ech� un vistazo desganado a la habitaci�n. Me pareci� que corresponder�a hacer una inspecci�n a fondo, aprovechando la iluminaci�n, pero me sent�a sin fuerzas. Casi sin quererlo me encontr� quit�ndome parte de la ropa y meti�ndome en la cama que, como en la pieza anterior, estaba ubicada sobre la pared izquierda; durante breves instantes medit� sobre si deb�a o no apagar la luz; no hab�a visto ninguna llave, pero pod�a aflojar la lamparita; y tambi�n pens� en el peligro de dejar encendida la estufa de queroseno. Resolv� estos problemas volvi�ndome hacia la pared y qued�ndome dormido casi de inmediato.</p></section><section><title><p>4</p></title><p>Al parecer, durante el sue�o no hab�a concebido mayores esperanzas de que aquello fuese una pesadilla; despert� con la idea m�s o menos clara de que� estaba viviendo algo distinto. Eso no evit� mi malhumor ni la prolongaci�n del desconcierto inicial. Por el contrario, ahora que ten�a comodidad y estaba libre de algunas urgencias, pod�a desesperarme haci�ndome preguntas y tratando in�tilmente de responderlas. Eran varios los problemas planteados: qu� me hab�a sucedido mientras esperaba el �mnibus, qui�n me hab�a llevado all� y por qu�; qu� era ese lugar y, fundamentalmente, c�mo podr�a salir. Me revolv� un buen rato en la cama y al fin me levant�, pensando que el juego intelectual no contestar�a las preguntas ni resolver�a por s� solo estos problemas.</p><p>Tal como sospechaba, detr�s del biombo encontr� una canilla, en el extremo de un ca�o que sobresal�a pocos cent�metros de la pared, y unos artefactos de lat�n a los que atribu� fines sanitarios. No hab�a toalla y us� mi pa�uelo para secarme las manos y la cara: tampoco hab�a espejo.</p><p>Al pasarme las manos por la cara not� un poco de barba; supuse que no deb�a de hacer mucho tiempo que estaba en ese lugar, a lo sumo veinticuatro o treinta y seis horas: a menos que alguien se hubiera tomado el trabajo de afeitarme, para confundirme m�s.</p><p>Me vest�, y examin� brevemente la habitaci�n. Repet�a con bastante exactitud la de la pareja, con peque�as diferencias. La cama era de una plaza; no hab�a sillas, s�lo una mecedora; la cantidad de comida era menor.</p><p>Encontr� una caja de f�sforos sobre la mesa, y comprob� que estaba llena. Encend� de inmediato un cigarrillo y me sent� en la mecedora.</p><p>El biombo que ocultaba los artefactos sanitarios ten�a una tela estampada, con el dibujo multiplicado de una flor en colores deste�idos. Mientras fumaba no dej� de observar este dibujo, que me despertaba alguna resonancia en la memoria. Pero no pude ubicar ning�n recuerdo concreto.</p><p>Las paredes estaban pintadas a la cal, de color amarillo claro deprimente. Las dos puertas, en cambio, eran de un azul brillante que me resultaba pesado. Cerca del techo, no muy alto, hab�a molduras en forma de flor, como recordaba haber visto en las casas antiguas; el detalle me choc�, porque hab�a asociado siempre estas molduras con los techos muy altos; despu�s pens� que estaba perdiendo el tiempo con estas observaciones.</p><p>Me levant� y abr� la puerta de salida, para mirar la pieza siguiente. Era similar a �sta y tambi�n estaba deshabitada. A primera vista not� alguna variante: hab�a dos sillas y la cama era grande; tambi�n me pareci� m�s recargada de objetos. Cerr� la puerta y volv� a mi mecedora con la idea, que ya se hab�a insinuado en alg�n momento pero que ahora cobraba un cuerpo m�s definido, de que esta habitaci�n me estaba destinada.</p><p>Al menos, estaba preparada para una persona sola. En la pieza siguiente hab�a m�s cosas de las que yo necesitaba.</p><p>Esta idea me hizo sentir a�n m�s inc�modo.</p><p>Tir� al suelo la colilla y volv� a levantarme. Observ� todos y cada uno de los objetos y rincones de la pieza. Detr�s de la cortinita de la repisa hab�a cacharros con comida y algunas comidas envasadas. No descubr� nada de mayor inter�s. No llegu� a ninguna conclusi�n, ni siquiera a un punto de partida.</p><p>Parec�a que me daban la posibilidad, a veces tan ansiada, de casa y comida gratis. Sonre�. Sospechaba que de cualquier manera alg�n precio deber�a pagar por todo aquello si resolv�a quedarme. Hac�a ya tiempo que sab�a que nada es gratuito. Volv� a sonre�r, ante mis propios pensamientos en torno a la posibilidad de quedarme all�. Me pregunt� luego por qu� me hac�a gracia, y qu� hab�a de sustancialmente distinto en mi vida cotidiana para rechazar esa posibilidad tan de plano.</p><p>��Ana -me respond� en voz alta. Sustancialmente, Ana. Y luego los parques, y el mar, y los amigos, y quiz� algunas otras cosas. Pero todo, en conjunto, no pesaba tanto como Ana. Aunque ella no fuera, tambi�n, m�s que una posibilidad.</p><p>Nuestras relaciones no estaban bien definidas. Record� que la tarde anterior, o lo que parec�a ser la tarde anterior, pensaba llevarla al cine. En principio ella hab�a aceptado; despu�s de algunas negativas anteriores, esta aceptaci�n me hab�a parecido un avance notable.</p><p>En cambio ahora me encontraba all� en esa pieza, que no ten�a nada que ver con nada. Mis pensamientos comenzaron a deprimirme. Guard� de forma mec�nica la caja de f�sforos en el bolsillo y llev� los dedos al plato con carne fr�a; not� que ten�a otra ven las mand�bulas apretadas y una rabia intensa. Me dispuse a salir.</p><p>De pronto, la luz gui��.</p><p>Fue un gui�o largo, como los que hacen que se detengan los relojes el�ctricos. Me pareci� un aviso. Pens� que la luz estar�a por apagarse definitivamente.</p><p>Me llen� la boca de comida, mastiqu� y tragu�. Encend� un nuevo cigarrillo. El apag�n no se hizo esperar; pronto la habitaci�n qued� en una oscuridad total.</p><p>Me dirig� a tientas hacia la puerta de salida, y la abr�; en la pieza siguiente tampoco hab�a luz. Retroced�, y sin recordar que no era posible, quise abrir la puerta de la pieza de la pareja: de todos modos, tampoco se filtraba luz por debajo.</p><p>Resolv� entonces volver a acostarme. Ech� una maldici�n en voz alta. Reci�n me hab�a levantado, y cobrado el impulso necesario para seguir avanzando.</p><p>Esper� unos minutos, y al fin me acost�. Di unas �ltimas pitadas furiosas al cigarrillo y lo aplast� contra el piso. Rezongu� un rato en voz alta, repasando todo mi repertorio de malas palabras, aunque no sab�a contra qui�n dirigirlas. Y muy pronto, aunque hasta ese momento no hab�a sentido ni pizca de sue�o, volv� a quedar dormido.</p></section><section><title><p>5</p></title><p>Tiempo despu�s aprend� que estos apagones eran el equivalente de la puesta de sol; cuando despert�, la luz el�ctrica estaba nuevamente encendida y comenzaba entonces mi segunda jornada en ese lugar.</p><p>Volv� a lavarme la cara y las manos, a toser, escupir y orinar. Decid� dejarme el pelo sin peinar, y not� que otra vez ten�a hambre. Me dirig� a la mesa y me sorprendi� encontrar el plato lleno de carne. Y algo en que no hab�a reparado: una cacerolita con caf�. Eleg� el caf�, y puse la cacerolita sobre una de las hornallas de la cocina, que era de gas. Encend� con un f�sforo.</p><p>Estuve meditando sobre la aparici�n de la comida; evidentemente, alguien hab�a entrado al cuarto durante mi sue�o. Pens� que ser�a interesante sorprender a esta persona; me promet� no volver a dormir hasta lograrlo. Si todo aquello que me estaba sucediendo ten�a alg�n sentido, podr�a tal vez averiguarse por intermedio de ese ser, aunque, pens�, ya lo consideraba un enemigo.</p><p>Cuando el caf� estuvo pronto lo serv� en una tacita, le agregu� az�car y lo beb� lentamente. Encend� un cigarrillo. Luego ech� un vistazo general, m�s bien in�til, a la habitaci�n, y pas� a la siguiente. Hice una inspecci�n desganada. Sent�a que algo en m� no funcionaba bien. Sin embargo, continu� con mi tarea, sin ning�n resultado y despu�s pas� a otra habitaci�n.</p><p>Estaba tambi�n desocupada, y los elementos ofrec�an peque�as variantes. Adecuada para una persona sola, se parec�a m�s a la pieza en que hab�a dormido que a la inmediata anterior.</p><p>Algo dentro de m� segu�a enviando se�ales de angustia. Inspeccion� detr�s del biombo, levant� la cortinita de la estanter�a, descubr� como novedad un cuadrito tonto colgado en la pared (el dibujo, o reproducci�n de una pintura, que quer�a representar una habitaci�n parecida a �stas, en el estilo de las reproducciones de las revistas ordinarias).</p><p>La angustia desbord� de pronto. Me sent� oprimido, lleno de rabia y de impotencia. Record� mi cita con Ana, y toda esta situaci�n no prevista, no buscada, no explicada, se me present� de golpe con efecto aniquilador.</p><p>Pens� que era est�pido hacer las cosas que estaba haciendo. Me precipit� en la pieza siguiente, y luego en la otra, y as� recorr� como un hurac�n una serie de piezas desocupadas, todas parecidas entre s�, hasta que me encontr� otra vez con seres humanos.</p><p>Me qued� cortado. Hab�a entrado como una tromba, y el hombre -tan gordo, tan peque�o, con ropas tan rid�culas como el anterior, aunque no era el mismo- salt� de su asiento y qued� tambi�n cortado, frente a m�, a dos pasos. La mujer, que en el instante anterior deb�a de tener una expresi�n pl�cida, o tonta, sentada en su mecedora, dio un peque�o grito ahogado y se llev� la mano a la garganta. Ten�a los ojos muy abiertos.</p><p>��Disculpen -dije, y se notaba en mi voz toda mi irritaci�n-. No estoy aqu� por mi gusto. Supongo que no entienden nada de lo que digo, �verdad?</p><p>Mi tono interrogativo recibi� una sacudida negativa de cabeza por toda respuesta.</p><p>��Bueno, adi�s -dije, y retom� mi ritmo de fuga. Sal� por la puerta de salida y me encontr� en otra pieza deshabitada; luego, otra pieza deshabitada. Ahora, el encuentro �ltimo me hac�a pasar de una pieza a otra con mayor precauci�n, para no provocar situaciones violentas. Pero segu�a bullendo de rabia, y de todas maneras mis movimientos eran bruscos.</p><p>En otra habitaci�n hab�a toda una familia; a la pareja se hab�a sumado un par de muchachos j�venes. Salud� a todos con una peque�a reverencia y segu� mi camino, dejando atr�s expresiones de asombro.</p><p>M�s piezas desocupadas, m�s familias de diversa composici�n; alguien, en una de ellas, me dirigi� la palabra; algo que por supuesto no pude entender. Sin embargo me detuvo. Era un hombre que no se destacaba en absoluto de los que hab�a visto all� hasta el momento; con todo, su expresi�n era un tanto m�s benigna, casi dir�a m�s inteligente. La mujer estaba ocupada en alguna tarea dom�stica, manipulando los objetos de la mesa; apenas interrumpi� su labor cuando aparec�.</p><p>El hombre volvi� a hablarme y su tono era amable. Yo sonre�, y le hice entender que no comprend�a.</p><p>Sacudi� la cabeza varias veces, con pena, y cuando iba a continuar mi camino pareci� querer detenerme con un gesto. Luego mir� a su mujer con el rabo del ojo, como considerando un problema.</p><p>Me mir� nuevamente. Supuse que estar�a dudando entre escaparse conmigo o continuar all�. Me pareci� que la posibilidad de un compa�ero de viaje de su condici�n no me significaba ninguna ventaja; por alg�n motivo hab�a desarrollado desde el primer momento una especie de odio, o m�s bien desprecio, hacia toda esa gente de las piezas. No le conced� mucho tiempo para resolverse. Apenas murmur� una palabra de despedida y sal�; esper� unos instantes en la pieza siguiente, que estaba deshabitada, pero el hombre no se anim� a seguirme.</p><p>Mi velocidad fue reduci�ndose en forma apreciable. No s�lo estaba cansado f�sicamente; la angustia que me hab�a proyectado con furia hacia adelante ya se hab�a ido diluyendo con el ejercicio, los nuevos encuentros, y el fracaso de mi b�squeda de una salida; hab�a dejado paso a otra clase de angustia, m�s resignada, y tambi�n la duda tend�a a inmovilizarme. Hab�a llegado el momento de replantear mis m�todos; sospechaba que el anterior, la inspecci�n minuciosa de cada pieza, era m�s correcto que la huida desenfrenada; pero tampoco ten�a seguridad de que me sirviera de algo, y siempre quedaba la posibilidad de que en la pieza siguiente estuviera la ansiada salida al exterior.</p><p>Al mismo tiempo intu�a que no iba a ser tan simple hallar una salida: que, independientemente de c�mo hab�a llegado a ese lugar, esta llegada no pod�a ser casual, y supuse que la salida tampoco habr�a de serlo. De todos modos no ten�a �nimos para proseguir con la inspecci�n met�dica. Contempl� la posibilidad de instalarme en alguna de esas piezas desocupadas durante un tiempo, para descansar y dejar que se restablecieran un poco mis nervios. Pero sent� que la ansiedad no me permitir�a descansar.</p><p>Mientras manejaba estos pensamientos segu�a mi recorrido, a paso normal, y no prestaba m�s que escasa atenci�n a lo que ve�a. Deb� de atravesar una larga serie de piezas desocupadas antes de hallar una familia, y luego otra; y al continuar avanzando advert� que las piezas ocupadas comenzaban a darse con mayor frecuencia. En cada una de ellas se produc�a alg�n incidente menor; deb� de concluir que no s�lo no era habitual que alguien hiciera este recorrido, sino que deb�a de ser un fen�meno muy �, poco frecuente o tal vez no previsto. El denominador com�n era la sorpresa, a la que a menudo se agregaba el miedo.</p><p>S�lo puedo registrar un caso de total indiferencia: en una habitaci�n que, al parecer en forma excepcional, ocupaba un hombre solo, �ste, sentado en su mecedora leyendo un libro, apenas levant� la vista y volvi� a su lectura aun antes de que yo abriera la puerta de salida. Esto me produjo una curiosa sensaci�n de resentimiento.</p><p>Cuando la luz se apag�, despu�s de la gui�ada correspondiente, no pude menos que dormirme a pesar de mi promesa de mantenerme despierto para espiar a quienes tra�an la comida.</p></section><section><title><p>6</p></title><p>Tuve un sue�o largo y complejo; despert� cansado y sin poder recordar ninguna imagen: apenas una idea de su estructura, un di�logo o discusi�n a tres o cuatro voces, en la que se avanzaba penosamente, con repeticiones que de continuo alguien se empe�aba en introducir; record� tambi�n la sensaci�n de que me iluminaban la cara con una linterna, pero no pude saber si era parte del sue�o, o si hab�a sucedido en los hechos; tal vez, a causa de mi preocupaci�n por la persona que tra�a la comida, lo hab�a inventado al tratar de revivir el sue�o en el momento de despertar.</p><p>Tambi�n me sent�a malhumorado. Y no pod�a despejarme por completo. Qued� largo rato en la cama, hasta que la cama tambi�n me result� inc�moda. Me levant� y me vest�, para tenderme de nuevo y cerrar los ojos. No me volv� a dormir, pero trat� de que mi mente descansara un poco, rememorando escenas de mi vida cotidiana. Ana volvi� a hacerse presente, pero tal vez de manera un poco forzada, como si yo me obligara a desplazar otras im�genes. La verdad es que mi preocupaci�n por lo que me estaba sucediendo era tan grande que no pod�a evitar mortificarme constantemente con esas preguntas que no pod�a responder. Al mismo tiempo sent�a necesidad de hacer algo concreto, sin poder definirlo; present�a que hab�a all� m�s cosas para ver que las que yo ve�a, y m�s cosas para hacer de las que me parec�an posibles. Hab�a ocupado las dos jornadas precedentes en moverme a impulsos emocionales; pens� que hab�a llegado el momento de proceder racionalmente.</p><p>Pero mi cerebro estaba dominado por la pereza, y se mov�a con lentitud. Adem�s me faltaban puntos de referencia. Lo �nico que se me ocurr�a era la misma opci�n entre dos l�neas a seguir: o bien la inspecci�n met�dica, o bien el avance veloz y ciego en la �nica direcci�n posible.</p><p>Me cost� cierto esfuerzo imaginar una tercera l�nea: combinar las dos posibilidades, en un avance que incluyera una inspecci�n r�pida.</p><p>Luego pens� que deb�a trazar un plan y cumplirlo; hacer una lista de los elementos con que contaba, y apuntar hacia aquellos detalles que m�s evidentemente deb�a tener en cuenta; pero todo eso se me antoj� de pronto demasiado trabajoso, y descubr� que en realidad no ten�a ganas de actuar de forma racional. De inmediato me dije que nunca en mi vida lo hab�a hecho; que siempre me hab�a guiado m�s por las emociones que por la raz�n, y no ve�a ahora la forma de cambiar, ni sent�a tampoco, en lo profundo, que ello me fuera imprescindible.</p><p>El resultado fue un malhumor creciente que pronto se transform� en depresi�n; me puse a examinar con severidad inusitada las aristas negativas que siempre hab�a sospechado en m�, pero que nunca hab�a llegado a ver de forma tan cruel; me di cuenta de que la impotencia ante esta situaci�n tan extraordinaria no era muy distinta de la impotencia habitual ante los hechos cotidianos; en este �ltimo caso se disimulaba mejor, simplemente, por la complejidad de las situaciones que el mundo nos presenta a diario.</p><p>Aqu�, todo era mucho m�s claro, no hab�a para elegir entre demasiadas cosas, y me ve�a a m� mismo con una desconsoladora carencia de recursos. Imaginaba a cualquier otra persona en mi situaci�n, a cualquiera de mis amigos, y me los representaba actuando con eficacia y rapidez. Me di vuelta contra la pared y me tap� la cabeza con la almohada, pero no logr� dormir ni acallar los pensamientos. Por fin me levant�, com� pan con queso y tom� del caf� de la cacerolita.</p><p>Mientras encend�a el �ltimo cigarrillo del paquete mi vista cay� sobre unos libros que hab�a, junto a otros objetos, sobre una repisa, por encima de la cama. Los otros objetos eran cacharros de adorno, ordinarios. Tom� los libros y me sent� en la mecedora a examinarlos.</p><p>Las tapas eran grises y llevaban solamente el t�tulo, sin ninguna ilustraci�n. El interior presentaba una masa compacta de letras con escasos espacios en blanco, y ninguna hoja en blanco al principio ni al final. Las letras eran en su mayor�a iguales a las de nuestro alfabeto, pero hab�a muchas, tambi�n, que jam�s hab�a visto. A menudo aparec�a en una palabra una serie muy larga de nuestras consonantes, y no pude en definitiva hacerme una idea del tema que trataba el libro, ni reconocer una sola palabra. En este sentido, los cuatro libros del estante me resultaron id�nticos.</p><p>El papel amarillento y la tipograf�a me indicaron que se trataba de libros antiguos, como los que sab�a impresos alrededor del 900. Si bien cre�a no haberme ilusionado con los libros, los devolv� al estante con un sentimiento de decepci�n.</p><p>Tir� la colilla al suelo y di un par de vueltas sin sentido por la pieza. Luego me registr� los bolsillos, como para no dejar nada olvidado, y pas� a la pieza siguiente.</p><p>Mi recorrido fue lento e improductivo; la jornada finaliz� sin pena ni gloria, luego de haber transitado unas cuantas piezas, ocupadas y desocupadas. S�lo me qued� la impresi�n de que las piezas desocupadas se hac�an menos frecuentes, y las familias m�s numerosas.</p><p>En las jornadas que siguieron, durante las cuales se mantuvo mi estado depresivo, fui confirmando esa impresi�n; al mismo tiempo, not� que las habitaciones y las gentes, salvo excepciones, se iban empobreciendo. Las paredes ten�an manchas de humedad y trozos de revoque desprendidos, las ropas de las gentes estaban m�s gastadas y, de forma paralela, aumentaba la agresividad de hombres y mujeres, en especial de los m�s j�venes.</p><p>No puedo anotar ning�n incidente violento, pero casi sin excepci�n se me miraba mal y, en muchos casos, el odio era evidente. En las personas mayores subsist�a el miedo, aunque las familias numerosas se sent�an defendidas por la agresividad de los hijos.</p><p>En este per�odo llegu� a obsesionarme por una �nica idea: quedarme una noche sin dormir para sorprender a la gente que tra�a la comida.</p><p>Pero, invariablemente, pasaban muy pocos minutos desde el momento en que se apagaba la luz-y apoyaba la cabeza en la almohada, hasta que me quedaba profundamente dormido. Saqu� la conclusi�n de que por alg�n medio se me induc�a al sue�o. Plane� pasar un d�a sin probar bocado, pensando que podr�a haber una sustancia somn�fera en la � comida, pero no tuve voluntad para hacerlo.</p><p>En cambio, una vez decid� no acostarme en el momento en que se apagara la luz; comenc� a caminar por la pieza, pero el sue�o me fue dominando de todos modos y en tal grado que a la jornada siguiente despert� instalado en la mecedora.</p><p>Decid� que ten�a que hacer el plan, y munirme de la fuerza de voluntad necesaria para llevarlo a cabo; pero las jornadas se suced�an insensiblemente, se me escapaban de las manos. En cambio pensaba todo el tiempo en las posibles respuestas a mis preguntas, y hac�a trabajar la imaginaci�n de un modo excesivo. S�lo consegu� ampliar el n�mero de preguntas sin respuesta, y de este per�odo datan mis primeras anotaciones breves.</p><p>Se me hizo evidente lo cierto de mi idea de que de alguna manera se me suministraba una droga. Tardaba mucho en despertarme y nunca lo consegu�a del todo. Incluso a menudo tuve la impresi�n de que las luces se apagaban antes de lo previsto, y que las jornadas no eran regulares.</p><p>Me sent�a preso en un sistema arbitrario y cada vez m�s limitativo. Mis sue�os se volvieron m�s trabajosos. Recuerdo uno de ellos que me pareci� repetirse muchas veces a lo largo de este per�odo: se trataba de un juicio, en el que yo era el acusado. Al despertar no recordaba ninguna imagen precisa, pero cre�a recordar seres, de gran corpulencia, que debat�an en forma exhaustiva en torno a �mi caso�; yo, el acusado, no era tenido en cuenta. Estaba presente pero no me hac�an preguntas, ni se me se�alaba, ni se me daba ninguna oportunidad de defensa; en realidad parec�a no existir para ellos, m�s que como tema de discusi�n. Sin embargo alguien, aunque no recuerdo palabras, me defend�a (sin entusiasmo, tratando de ser objetivo), y alguien (con la misma objetividad) me acusaba. Dir�a mejor que varios seres trataban, mediante la discusi�n, de ponerse de acuerdo sobre ese tema que era yo; nadie buscaba tener raz�n, sino que parec�an buscar la verdad, y querer actuar con justicia.</p><p>Nada supe sobre el resultado de estos debates, ni que se tomar� ninguna decisi�n; s�lo s� que me despertaba m�s cansado que de costumbre, y con el sentimiento de haber participado en un hecho real.</p><p>Lamentaba que la memoria rescatada para la vigilia fuera tan escasa e imprecisa, y notaba c�mo estos sue�os ejerc�an una influencia perniciosa, paralizante, sobre mis acciones del d�a.</p><p>Tambi�n se repiti� muchas veces la impresi�n de haber sido enfocado por una luz, mientras dorm�a.</p><p>Todas estas cosas tend�an a debilitarme cada vez m�s; -sent�a la necesidad de hacer algo distinto, y aunque ya ten�a varias direcciones hacia las cuales apuntar, no consegu�a reunir las fuerzas necesarias.</p><p>Ocupaba el tiempo en transitar lentamente mi camino en su �nico sentido, y al advertir las variantes del escenario -el empobrecimiento, el n�mero de habitantes- pens� que habr�a, en alg�n momento, alguna variante exterior que, presionando sobre m�, me obligara a actuar de otra manera.</p><p>No tardaron en suceder cosas distintas.</p></section><section><title><p>7</p></title><p>Hab�a decidido tomarme vacaciones en una habitaci�n. Quer�a preparar el esp�ritu para ese cambio en mi manera de actuar, y al mismo tiempo aprovechar la circunstancia de haber hallado una pieza desocupada y tranquila; ya las piezas desocupadas no abundaban, y muchas veces las encontraba m�s o menos saqueadas (presumiblemente por j�venes que se atrev�an a incursionar en piezas vecinas, y entonces faltaban elementos imprescindibles, como por ejemplo la estufa), o bien, y esto era muy frecuente, suced�a tener por vecinos a gente ruidosa.</p><p>Ya hab�a vivido la experiencia de pasar all� una noche sin estufa respirando ese aire fr�o y h�medo, o de sentirme perturbado durante el d�a por el constante alboroto en las piezas de al lado, y se me hab�a creado el temor de no hallar ninguna pieza aceptable durante una jornada entera, y tener que dormir junto a gente desagradable. Por estos motivos, una vez que hall� una pieza en bastante buenas condiciones, con su estufa y dem�s elementos intactos, entre dos deshabitadas y en silencio, decid� instalarme por un plazo m�s o menos prolongado.</p><p>Durante la primera jornada de quietud me sent� mucho mejor; aprovech� l�pices y papel que hab�a requisado en habitaciones anteriores e hice nuevas anotaciones, muy extensas y detalladas, que m�s tarde me sirvieron como referencia para narrar esta historia con la mayor fidelidad posible; entre las anotaciones inclu�a algunas teor�as, m�s o menos rebuscadas, sobre el c�mo y el porqu� de mi llegada all�, y tambi�n algunos dibujos sobre la forma -un tema que ya hab�a empezado a preocuparme- que pod�a tener este lugar (si bien en apariencia era una larga hilera de habitaciones en l�nea recta, se me ocurri� que tambi�n podr�a adoptar la forma circular, o cualquier otra, ya que las peque�as variaciones en la inclinaci�n de las paredes pasar�an totalmente inadvertidas a mis sentidos; comenz� a preocuparme, entonces, la idea de que en un momento determinado de mi avance podr�a encontrarme en aquella habitaci�n inicial, vac�a y oscura, que me hab�a recibido).</p><p>Com� frugalmente, y ese d�a rechac� la carne, pensando que pod�a ser el veh�culo m�s apropiado para la droga; me dediqu� al queso, al pan y a la fruta. Durante la segunda jornada repet� m�s o menos la primera, ocupando m�s tiempo la cama, en lugar de la mecedora. Promediando la tercera jornada recib� la visita de Mabel.</p><p>La llam� Mabel porque fue la primera, y pienso que la �ltima, palabra que le o� pronunciar; tal vez no haya sido exactamente esa la palabra, pero as� la entend� y la adopt�.</p><p>Yo estaba tirado en la cama, con los brazos detr�s de la cabeza, mirando el techo. Hab�a llegado a una deducci�n importante: en las habitaciones ten�a que haber, por fuerza, un conducto de ventilaci�n. A la vista no hab�a ning�n orificio; pens�, entonces, que las molduras de yeso pr�ximas al techo, en forma de flor, deb�an de ser algo m�s que un simple adorno. Me dije que no estar�a de m�s investigarlas, pero a�n no sent�a el entusiasmo necesario para moverme de la cama.</p><p>Se abri� bruscamente la puerta de entrada e hizo su aparici�n lo que en un primer momento cre� un muchachito. Ten�a pelo negro, corto, mal cortado, y llevaba pantalones azules, estrechos y desgastados, similares a los <emphasis>blue-jeans</emphasis>. Cerr� la puerta tambi�n de forma violenta y se recost� contra ella, respirando fatigosamente, los ojos entrecerrados.</p><p>Se oyeron golpes, del otro lado, y alguien mov�a el picaporte. Me levant� de un salto, apart� al muchachito y coloqu� una silla debajo del picaporte; era una acci�n que ya hab�a previsto, y me hab�a aliviado comprobar que el respaldo de la silla calzaba justo, como para trancar la puerta.</p><p>El muchachito abri� los ojos, grandes y de un casta�o verdoso, me mir� sin agradecimiento y se sent� en la silla. Eran ojos de mujer. En la mano tra�a un bulto, algo como una servilleta agarrada por las puntas vueltas hacia arriba.</p><p>Hab�a cerrado los ojos otra vez y ten�a la cabeza echada hacia atr�s, tocando la puerta. Su respiraci�n se normalizaba lentamente. Yo estaba de pie, mir�ndola con asombro y sin saber qu� hacer.</p><p>Luego me cans� y volv� a mi lugar en la cama, desde donde la espiaba continuamente. Estuvo mucho rato sin variar de posici�n ni de actitud.</p><p>Fue poco antes del gui�o de la luz cuando se levant� del asiento con mucha tranquilidad y se acerc� a la mesa; all� solt� las puntas de la servilleta y dej� caer sobre un plato cantidad de hermosas frutas. Tom� una manzana y con un cuchillo le quit� la c�scara; luego repiti� la operaci�n con otra, y me la alcanz� en silencio.</p><p>Se sent� en la mecedora, de espaldas a m�, a comer su manzana. Yo, perplejo, mir� un rato la que me hab�a dado y por fin resolv� hacer lo mismo.</p><p>La luz gui��; ella dej� despaciosamente la mecedora y se quit� el saco azul, marinero, y lo colg� en el respaldo. Debajo ten�a una blusa blanca que destacaba unos pechos interesantes. Se aproxim� a la cama, y ante mi asombro pas� por encima de mi cuerpo y se tendi� a mi lado. Sin taparse, sin quitarse los zapatos, se volvi� hacia la pared, y estoy seguro de que un instante despu�s, al apagarse la luz, ya dorm�a.</p><p>En mi cabeza comenzaron a dar vueltas multitud de ideas, la mayor�a er�ticas. El problema sexual me ven�a preocupando, ya, hac�a cierto tiempo. Pero pronto sent� que el sue�o me dominaba, y apenas atin� a retirar una manta que estaba debajo de su cuerpo y a taparla con ella; era muy angosta y no alcanz� a cubrirme.</p><p>Antes de quedar dormido me invadi� una alegr�a feroz; sent� que esa compa��a femenina, a pesar de lo extra�o de la situaci�n, me hac�a bien.</p></section><section><title><p>8</p></title><p>Al despertar, la luz el�ctrica ya hab�a sido encendida y no hab�a nadie a mi lado. Busqu� a la muchacha con los ojos pero ya no estaba en la pieza. Me levant� y vi que el resto de la fruta, as� como la servilleta, segu�an encima de la mesa. Esto me tranquiliz�; la presencia de la muchacha hab�a sido real, y no un delirio.</p><p>Me lav� y com� algunas frutas. Eran mucho m�s ricas que las que hab�a comido antes all�, o as� me parecieron. Despu�s prepar� caf�. Me encontraba con el �nimo mucho mejor dispuesto.</p><p>Ahora que se me hab�an terminado los cigarrillos me ve�a obligado a fumar en pipa; las pipas, y el tabaco, se encontraban con cierta frecuencia en las habitaciones. Hab�a formado una peque�a colecci�n de tres pipas, que usaba de forma alterna. Encend� una, y me sent� en la mecedora a fumar y tomar caf�.</p><p>No quer�a esperar a la muchacha. Me parec�a que lo mejor que pod�a hacer era actuar como si ella nunca hubiese existido. Pero a un nivel m�s profundo, me di cuenta de que la estaba esperando y que no pod�a evitarlo. Una vez terminado el caf�, resolv� enga�arme a m� mismo y ponerme a trabajar en mi �ltima idea.</p><p>Corr� ligeramente la cama de su sitio y ubiqu� la silla -que a�n estaba junto a la puerta, trancando el picaporte- debajo de una moldura pr�xima al-techo, en el rinc�n formado por la pared izquierda y la pared de la puerta de salida. Con un cuchillo en la mano sub� a la silla y me puse a escarbar en la moldura. Introduje el cuchillo entre el borde inferior y la pared, y di unos golpecitos e hice palanca.</p><p>No obtuve m�s resultado que el desprendimiento de un polvillo de yeso, o alg�n otro material quiz� m�s duro. Luego cambi� de sistema, y aplicaba alternativamente algunos golpes con el mango del cuchillo y otros con la punta, hasta que la moldura se quebr� y cayeron grandes trozos. Antes de completar la obra con unos golpes bien acomodados, ya hab�a visto el orificio y notaba el movimiento de las aspas de un extractor de aire.</p><p>Cuando el orificio qued� totalmente al descubierto, vi que ten�a el tama�o aproximado de mi pu�o, y que era el extremo de un conducto. Las aspas del extractor giraban a una distancia de veinte o treinta cent�metros. Me sent� satisfecho al comprobar que mi deducci�n hab�a sido correcta, pero no lograba hacerme una idea de la utilidad de esa comprobaci�n. Qued� un rato parado en la silla, mirando c�mo giraban las aspas silenciosamente, y cuando o� que una puerta se abr�a y me volv� y la vi a ella parada junto a la puerta de entrada me sent� muy tonto. Ella debi� tener la misma sensaci�n, porque me mir� y solt� una carcajada feliz, sonora y tintineante.</p><p>Me baj� de la silla y dej� el cuchillo sobre la mesa; me acerqu� a la muchacha, quien continuaba riendo, y me pareci� que hab�a adquirido una personalidad enteramente distinta a la del d�a anterior. Situ� su edad alrededor de los veinte a�os, quiz� uno menos. Al re�r, los ojos le brillaban con una sana malignidad infantil.</p><p>Estir� un brazo y me alcanz� un frasquito chato que ten�a en la mano. Lo destap�; ol�a a menta. Tom� un trago, y le devolv� el frasco; ella bebi� con placer, pero no quiso conservar el frasco que, evidentemente, era un regalo que me tra�a.</p><p>Reci�n entonces hice conciencia de que hab�a aparecido por la puerta de entrada otra vez. Me qued� perplejo; hab�a hecho una cosa que parec�a imposible; por dondequiera que hubiese salido, hab�a encontrado la manera de volver a entrar por esa puerta. Ahora estaba cerrada; me acerqu� y mov� el picaporte -a pesar de saber que hab�a estado la silla debajo todo el tiempo- y no obtuve resultado. De todos modos, la soluci�n deb�a de estar en otra parte, y no en la puerta. En ese momento comenc� a pensar que tal vez la muchacha formara parte de los hipot�ticos habitantes de alguna estructura paralela, tal vez los mismos que renovaban la provisi�n de alimentos.</p><p>La mir� a los ojos y le hice preguntas. C�mo se llamaba, de d�nde ven�a y, naturalmente, c�mo hab�a hecho para irse y volver a entrar por all�. Tuve la vaga sensaci�n de que s� me entend�a; pero no respondi�, en ning�n idioma. Volvi� a re�r, y no pude menos que acompa�arla.</p><p>Luego, sin prestarme m�s atenci�n, se dedic� a tareas culinarias. Puso a calentar agua en una ollita, y sac� de la estanter�a un paquete de arroz. Ech� unos pu�ados dentro del agua, y luego se qued� junto a la cocina, revolviendo de vez en cuando con una cuchara.</p><p>Yo no sab�a qu� hacer. Me segu�a sintiendo tonto, y tuve que reprimir las ganas de volver a trepar a la silla para mirar el extractor, y dejar de lado mi intenci�n de romper las otras molduras de las restantes esquinas para ver si ocultaban algo distinto.</p><p>Entonces me acerqu� a la muchacha y comenc� a hablarle. Sonri� con cierta ternura. No pod�a saber sume entend�a o no, pero segu� hablando. Le habl� de m�, y tambi�n de ella; elogi� su belleza, agradec� los regalos que me hab�a tra�do. Cuando el tema se agot�, comenc� a recitar algunos poemas que recordaba -aunque hasta ese momento no sab�a que realmente los recordaba. Con uno de ellos tuve un �xito inesperado: la muchacha dej� por un instante el arroz, y un poco sonrojada me dio un beso en la mejilla. Yo la tom� de la cintura y la bes� en la boca; no encontr� resistencia, pero tampoco not� que respondiera. Despu�s me apart� suavemente y sigui� con la comida. Me sent� en la mecedora y encend� la pipa.</p><p>El almuerzo consisti� exclusivamente en arroz y frutas. Ninguno de los dos -yo m�s que nada por respeto a su trabajo- toc� las tiras de carne fr�a, que tambi�n esa noche hab�an renovado.</p><p>Despu�s ella ocup� la mecedora y yo me recost� en la cama.</p><p>Luego de un largo silencio le pregunt�, suavemente y con naturalidad:</p><p>���C�mo te llamas?</p><p>Fue entonces cuando ella dijo su �nica palabra, que yo adopt� como �Mabel�. No intent� hacer m�s preguntas, pues intu�a que no habr�a de obtener respuesta.</p><p>Despu�s de otro largu�simo silencio se levant� de la mecedora, se acerc� a m�, me roz� la mejilla con dos dedos, y antes de que pudiera hacer algo por detenerla dio media vuelta y desapareci� por la puerta de salida.</p><p>Salt� de la cama y corr� hacia la pieza vecina; estaba vac�a. No me anim� a pasar de la puerta, porque ten�a motivos para permanecer a�n en la m�a y, de todos modos, sab�a que aunque lograra alcanzarla, no ten�a sentido perseguirla. Ella parec�a saber muy bien lo que hac�a, y hab�a nacido en m� un gran respeto por su persona y sus decisiones. Cerr� la puerta de salida y volv� a la cama, con una mezcla confusa de pensamientos y sentimientos.</p><p>Esa muchacha sab�a muchas cosas. Poco a poco me fue entrando como una fiebre, un torbellino donde se mezclaban preguntas y respuestas, teor�as, todo aquello que no suced�a mientras ella estaba presente; ahora, sent�a que algo se me escapaba, que la comprensi�n de todas las cosas estaba muy cerca y alcanzaba a rozarla apenas, y luego desaparec�a. Despu�s, un poco m�s sereno, pens� que hab�a hecho un entrevero de planos mentales, y que era la muchacha, y no la comprensi�n, lo que se me escapaba; que ella era algo que no pod�a poseer ni controlar, alguien que sab�a muchas respuestas a mis preguntas y que, sin embargo, no habr�a de responder; alguien que, al menos, podr�a servirme de consuelo o de compa��a, pero que tambi�n a esto habr�a de negarse. Nuevamente, sent� que la rabia me dominaba. La descargu� contra las molduras restantes, pero no sent� inter�s por ver qu� ocultaban. Volv� a acostarme, tap�ndome la cabeza con la, almohada, y me dorm�, presumo, antes de que se apagara la luz.</p></section><section><title><p>9</p></title><p>Y por primera vez despert� antes de que la luz se encendiera. Ten�a la mente mucho m�s despejada que de costumbre, y me sent�a m�s vitalizado. Esper� la luz con impaciencia, porque ahora ten�a un deseo urgente de ver lo que hab�a debajo de las molduras rotas.</p><p>Hubo un sonido leve; algo se movi� en la habitaci�n. Me prepar� para actuar, pensando que por fin habr�a de capturar a quien tra�a la comida; pero el ser que hab�a entrado ocup� la mecedora y empez� a hamacarse lentamente. Deduje que era Mabel, y la llam� en voz baja por este nombre.</p><p>La mecedora dej� de moverse, y o� que ella se levantaba y caminaba hacia m�. Era, efectivamente, Mabel. Se sent� en la cama y me acarici� el pelo con su mano peque�a. Le tom� las manos y las bes�. Luego quedamos as�, con las manos tomadas, como novios un tanto est�pidos, hasta que la luz se encendi� minutos m�s tarde. Ella sonre�a.</p><p>Observ� sin curiosidad ni verg�enza c�mo me vest�a, y esta vez fui yo quien la invit� con el desayuno. Prepar� caf� y, como se trataba de una ocasi�n especial, tost� un poco de pan al fuego, pinch�ndolo en un tenedor.</p><p>Luego me tom� de la mano y mostr� la intenci�n de llevarme fuera de esa pieza. Le ped� que me esperara unos instantes, y haci�ndola re�r de nuevo me sub� a una silla y mir� en cada uno de los rincones pr�ximos al techo. En todos hab�a un agujero en el lugar tapado por las molduras; pero no pude apreciar m�s nada. No se ve�an aspas de extractores ni cosa alguna. Desilusionado, recog� mis cosas -las pipas, el l�piz, el papel, el saco- y me dej� conducir a la otra habitaci�n.</p><p>De all� pasamos a otra sin detenernos, y as� hicimos un recorrido m�s bien largo. No hallamos ninguna pieza ocupada, y cada una iba mostrando un avance bastante evidente en los deterioros. As� llegamos a una pieza que daba una idea muy deprimente de suciedad, abandono y desgaste.</p><p>Mabel, sin vacilar, se solt� de mi mano y se dirigi� a la gran cama ubicada, como todas, contra la pared izquierda. Tir� de ella y consigui� moverla lo suficiente para dejar al descubierto un gran agujero que abarcaba parte de la pared y del piso.</p><p>Luego, con su particular manera de hacer las cosas, esper�. Esper� largamente, mirando la negra abertura como si de all� fuera a salir algo interesante. En realidad sab�a que deb�amos meternos por all�. La idea no me entusiasm�. Sent� miedo.</p><p>Seguimos un buen rato, siempre tomados de la mano, los dos mirando en la misma direcci�n. Pienso que de haber estado solo habr�a sentido una clase distinta de miedo; enfrentarme a lo desconocido, emprender una aventura distinta, no s�; y que, con miedo y todo, no habr�a vacilado en meterme por all�. Era, sin lugar a dudas, la posibilidad que hab�a estado buscando durante jornadas interminables.</p><p>Pero ahora, aunque en ese momento no lo analizara, mi urgencia por encontrar una salida era mucho menor. Me sent�a bien al lado de Mabel. Por otra parte, tem�a que ella no me siguiera, o que sucediera cualquier cosa que llevara a una separaci�n.</p><p>Por fin, con elegantes movimientos felinos, se puso de rodillas, apoy� las manos en el suelo y comenz� a gatear, introduci�ndose en el t�nel; antes de que sus pies desaparecieran de la vista yo ya estaba sigui�ndola.</p><p>Fue un recorrido largo, dif�cil. El t�nel formaba una suave curva; al principio descend�a lentamente, luego se hac�a m�s o menos horizontal y por �ltimo ascend�a, tambi�n con suavidad.</p><p>A pocos metros del agujero de la entrada nos envolvi� la oscuridad total. El aire estaba enrarecido, y hab�a zonas muy h�medas. El espacio en el cual uno pod�a moverse no era regular; a veces el t�nel se hac�a a�n m�s estrecho, y me ve�a obligado a arrastrarme. En ocasiones ofrec�a una mayor amplitud, pero no tanta como para incorporarme y caminar. La posici�n m�s c�moda que pod�a lograrse era la de cuatro patas.</p><p>No s� si el recorrido fue tan largo como me pareci�; de no haber sentido el constante reptar de mi compa�era delante de m�, habr�a ca�do en la desesperaci�n. Mi ropa estaba sufriendo su desgaste final; la aspereza del suelo, probablemente cemento, me iba raspando los pantalones, sin remedio; y algo, probablemente tierra h�meda, se me iba pegando a las ropas.</p><p>La desembocadura se vio desde lejos, como un gran c�rculo luminoso contra el cual se recort� la silueta en movimiento de la muchacha. Mi coraz�n comenz� a golpear con fuerza, porque esa luz no pod�a provenir de ninguna otra fuente que el sol. Al mismo tiempo un aire nuevo, distinto del que hab�a respirado en todo aquel lugar, y distinto, muy especialmente, del aire enrarecido del t�nel, me lleg� a los pulmones como un mensaje de libertad.</p><p>Tuve ganas de acelerar el avance, de precipitarme hacia la salida a toda velocidad; pero mi compa�era manten�a incambiado el ritmo de su reptar. Por fin alcanzamos el tramo final y salimos al exterior.</p><p>La luz me ceg�; pero a trav�s de las l�grimas pude ver el mar, y la arena, y me invadi� una alegr�a desbordante. Mi compa�era se hab�a incorporado y se sacud�a la ropa con la mano, en in�til intento de limpieza. Yo tambi�n me incorpor�, y la rode� con los brazos, la tom� de la cintura y le hice dar vueltas; ella respondi� con el tintineo de su risa. Las l�grimas me hac�an arder los ojos y ya no pod�a abrirlos sin sentir un dolor intolerable; a tientas me acerqu� al borde del agua, sin preocuparme de las olas que llegaban a mojarme los zapatos, me agach� y recog� agua con el hueco de las manos y me lav� los ojos y la cara; era agua salada, pero de todos modos me alivi�.</p><p>Volv�, con los ojos abiertos, junto a Mabel. Sufr� una decepci�n muy grande: por primera vez pod�a apreciar el lugar donde est�bamos, y me di cuenta de que aquello no era la libertad.</p><p>Nos encontr�bamos en lo que parec�a ser la parte interior de -una represa. El agujero por el que hab�amos salido, junto a otros similares, estaba situado en una enorme muralla de piedra y cemento, m�s alta que cualquier otra que hubiera visto antes. Adoptaba una forma semioval, y rodeaba la min�scula playita en la que nos hall�bamos; sus extremos se met�an mar adentro y se perd�an de vista a lo lejos, bajo la superficie del agua.</p><p>No pod�a sospecharse qu� hab�a del otro lado de la muralla; descart� r�pidamente la posibilidad de bordearla, nadando, para averiguar qu� suced�a fuera de la concavidad, en primer lugar porque no s� nadar muy bien, y porque la parte visible llegaba muy lejos mar adentro y no pod�a saberse d�nde terminaba; y por otra parte, a poca distancia ya el oleaje era impresionante.</p><p>Dej� moment�neamente de lado a Mabel y recorr� la playita con desesperaci�n; hab�a algunas rocas, pegadas a la muralla, y la arena era gruesa y no muy limpia. Hab�a dos agujeros m�s, a los costados de aqu�l por el cual hab�amos emergido; sin duda corresponder�an a t�neles similares. Me pregunt� ad�nde conducir�an.</p><p>Mabel se hab�a parado en el borde del mar y miraba el horizonte, como esperando ver aparecer un barco; el sol a�n estaba bastante alto, frente a nosotros, y calcul� que faltar�an cuatro o cinco horas para su puesta. Me di vuelta nuevamente y observ� la muralla; conclu� que era imposible de escalar. Estaba formada por enormes bloques de piedra, algunos grises, otros rojizos, unidos entre s� por cemento o algo similar. Aunque hab�a peque�os salientes y huecos, ni el mejor alpinista se habr�a atrevido a ascender a tal altura; o quiz� s�, pero yo no. Sin embargo, la comprobaci�n de que segu�a estando prisionero no me quit� finalmente la alegr�a: hab�a conseguido sol, aire y mar, y despu�s de aquel encierro casi era m�s de lo que pod�a pedir.</p><p>Cuando me volv� otra vez hacia Mabel, vi que se estaba quitando la ropa. Hab�a dejado los zapatos en la arena, cerca de la muralla, y se sac� la blusa. Ten�a pechos grandes y firmes; apenas oscilaron con los movimientos que hizo para quitarse el pantal�n. No usaba otra clase de prendas.</p><p>Su desnudez, que llevaba con tanta naturalidad como un vestido de todos los d�as, me dej� mudo, clavado en mi sitio. Sufr� una serie de reacciones, muy r�pidas, que s�lo tiempo despu�s me ocup� en analizar al recordarla. Hab�a una contradicci�n, ya en la muchacha, ya en m� mismo, que me provocaba las reacciones, distintas y a�n antag�nicas. El cuerpo era de una belleza s�lida, de una lujuria excitante, y lo primero que sent� fue un deseo rabioso de poseerla. Una oleada de ansiedad sexual me recorr�a todo el cuerpo y finalmente me provocaba una erecci�n total y perentoria. Pero Mabel era algo m�s que su cuerpo, y se presentaba ante mis ojos como la imagen misma de la inocencia. No hab�a en su actitud ni el menor asomo de provocaci�n. De inmediato, la oleada de mis deseos se ve�a enfrentada a esa actitud esencialmente asexuada de la muchacha, y la erecci�n cedi� en un instante y la corriente que me electrificaba el cuerpo pas� a transitar, supongo, por otras v�as: me invadi� un estado de dulzura y lucidez, y me sent� realmente un hombre, un ser humano, un ser que formaba parte de la Naturaleza, una part�cula �nfima y sin embargo imprescindible del Universo.</p><p>Camin� hacia el agua, y en el momento en que sus pies eran lamidos por una ola, se dio vuelta para saludarme con una mano en alto y una sonrisa. Luego se introdujo en el mar.</p><p>El agua la fue cubriendo, y cuando le llegaba a la cintura se sumergi�. Nad� un rato por debajo del agua y apareci� un poco m�s lejos; luego sigui� nadando.</p><p>Me tend� sobre una roca. El sol no era muy fuerte, y ese calor era exactamente lo que necesitaba. Resolv� quitarme la ropa yo tambi�n, y volv� a tenderme, ahora sobre la arena. Ya no hab�a en m� pensamientos er�ticos; despu�s, consegu� alejar todo tipo de pensamientos.</p><p>No advert� que hab�a regresado hasta que su carne blanca pas� delante de mis ojos; yo estaba echado de costado, la cabeza apoyada sobre mi brazo derecho extendido, y vi c�mo se vest�a sin preocuparse de que su cuerpo estuviera todav�a mojado, ni de que yo la observara. Mostraba en la cara una felicidad intensa, casi m�stica.</p><p>Me puse mis ropas y fui a sentarme junto a ella. En el bolsillo conservaba el frasco que me hab�a regalado; bebimos unos tragos del licor y ella tom� el frasco vac�o y lo arroj� al agua. Flot� unos instantes y luego se hundi�.</p><p>Nos observamos largamente. Me segu�a desconcertando ese tiempo suyo: parec�a no esperar nad�, como si se sintiera bien de continuo, sin la necesidad de hacer nada para evadir el minuto presente; no hab�a conocido nunca a un ser tan lejos de la ansiedad o del miedo, una especie de animalito feliz. Me miraba sin ninguna expresi�n en particular; estaba seguro de ser para ella un objeto lindo, tan lindo como un trozo de la muralla o como el tap�n del frasco que hab�a quedado sobre la arena, o como todos y cada uno de los objetos que compon�an su mundo. Y esta idea no me hac�a sentir rebajado a la condici�n de objeto; por el contrario, me sent�a integrado a ese mundo tan especial, donde todo estaba vivo, donde las rocas y los tapones de los frascos adquir�an, junto a ella, una dimensi�n distinta; me sent�a orgulloso de formar parte de esa colecci�n, aunque abarcara todos los objetos posibles, quiz� porque ten�a la certeza de que no deb�an de ser muchos los seres humanos con los que ella compart�a su alegre soledad.</p><p>Me sent� humillado cuando necesit� tomarle una mano entre las m�as; lo sent� como un gesto vano de posesi�n, que me situaba muy lejos de lo que era ella. Pero ella no vari� su actitud, y me sigui� contemplando inexpresivamente, y supe que estaba viviendo todo al mismo tiempo, saboreando el aire y el sol y el ruido del mar y mi presencia.</p><p>La jornada concluy� esta vez con la puesta de sol, que se hab�a ido hinchando y enrojeciendo sobre el horizonte. Aun antes de que fuera tragado por el mar, el aire se volvi� fr�o, y not� que la muchacha, como yo, temblaba ligeramente. Di un �ltimo vistazo a la playa y, de com�n acuerdo, emprendimos el camino de regreso por donde hab�amos venido.</p><p>Se me hab�a ocurrido que los otros t�neles merec�an ser explorados; pero no quise arruinar la paz que hab�a obtenido, ni crear la menor posibilidad de una separaci�n de Mabel. La segu� por el t�nel, en un recorrido que ahora me resultaba m�s fatigoso. Desembocamos en la pieza, que ya estaba a oscuras. Encend� un f�sforo.</p><p>No hab�a comida sobre la mesa, ni estufa de queroseno. Sin embargo no quise abandonar esta habitaci�n que contaba con el precioso tesoro de la desembocadura del t�nel. El f�sforo me quem� los dedos; lo arroj� al suelo y encend� otro.</p><p>Esta vez Mabel se quit� los zapatos antes de acostarse.</p><p>El sue�o me iba dominando. Yo tampoco me desvest�: solamente me quit� los zapatos y el saco, despu�s de haber arrojado el segundo f�sforo, y por alg�n motivo no razonado, a tientas, empuj� la cama contra la pared.</p><p>Luego me acost� y pas� el brazo derecho por debajo de la cintura de la muchacha, y me dorm� de inmediato.</p><p>El despertar trajo consigo un nuevo per�odo de desolaci�n.</p></section><section><title><p>10</p></title><p>La luz estaba encendida, Mabel no estaba a mi lado, y mis bronquios se quejaban con intensidad. El fr�o y la humedad eran realmente crueles y de las paredes descascaradas parec�a desprenderse continuamente un aire maligno, enfermante.</p><p>Me cost� mucho resolverme a salir de la cama. Cuando lo hice, advert� que la pieza no hab�a sido visitada por los seres an�nimos; todo presentaba el mismo aspecto de lugar olvidado. Tampoco Mabel hab�a dejado rastros. All� no hab�a nada que atestiguara su presencia. Sent� una punzada en el coraz�n ante el presentimiento, casi una certeza, de que hab�a desaparecido de mi vida para siempre.</p><p>Retir� la cama y contempl� el boquete. Me pareci� incre�ble que condujera a una linda playita. Volv� a empujar la cama contra la pared, dudando de mis recuerdos del d�a anterior, y me acost�.</p><p>Al rato sent� hambre. Me levant� y busqu� detr�s de la cortina ra�da de la estanter�a; s�lo hab�a un paquete de arroz, y otro de fideos.</p><p>Fui hasta la puerta de salida y espi� hacia la pieza vecina. Estaba tan vac�a y presentaba un aspecto tan desolado como �sta. Sobre la mesa no hab�a comida fresca. Tampoco hab�a caf�.</p><p>Volv� a la estanter�a y tom� el paquete de arroz. Sin mucho entusiasmo me puse a calentar agua, y herv� unos pu�ados que m�s tarde com� con desgano. Luego volv� a acostarme.</p><p>As� pas� esa jornada, y la siguiente, y la tercera. La �nica variante era que cada vez me sent�a m�s enfermo. Tuve que abandonar la pipa, porque mis bronquios ya no la toleraban. A menudo tos�a, con una tos seca que me hac�a doler el pecho, y estornudaba. Por momentos me sent�a afiebrado.</p><p>Pero el secreto de mi enfermedad no estaba tanto en el aire que respiraba como en la espera in�til del regreso de la muchacha.</p><p>Tambi�n sab�a que las condiciones se hab�an hecho m�s duras, y que cualquier resoluci�n que tomara deber�a ser formulada dentro de un plazo fijo, muy breve; no pod�a seguir en esa pieza insalubre, y la comida -el arroz, los fideos- estaba tocando a su fin.</p><p>A la jornada siguiente deber�a resolver qu� rumbo tomar: si continuar avanzando, o si retornar a la playa y explorar los nuevos t�neles. Tambi�n, y esta �ltima posibilidad era m�s acorde con mi estado de �nimo, podr�a continuar all�, a esperar la muerte, d�ndome por vencido. Pero sab�a que no habr�a de hacerlo aunque me lo propusiera. Siempre me result� imposible elegir un callej�n sin salida. Un poco por cobard�a, otro poco por curiosidad, siempre hab�a optado por seguir viviendo un rato m�s.</p><p>Al despertar en la cuarta jornada en esa habitaci�n, ya hab�a tomado, �ntimamente, una resoluci�n que me pareci� atinada: volver�a a utilizar el t�nel para ir a la playa; era, aunque no contaba con ello, una esperanza de encontrar a Mabel. Una vez en la playa elegir�a cualquiera de los otros dos t�neles para una exploraci�n cautelosa; en caso de fracasar, siempre ten�a la posibilidad de volver a esta pieza, y de all� seguir avanzando en la l�nea anterior.</p><p>Por otra parte, la idea de seguir el avance de rutina tambi�n era atractiva. Me parec�a evidente que muy pronto deber�a producirse alg�n cambio; el deterioro de las piezas no pod�a continuar de forma indefinida, y aquello ten�a que desembocar en algo distinto o, de acuerdo con mi teor�a de un lugar circular, encontrarme nuevamente en la primera de las piezas. La verdad es que la �nica diferencia entre aquella pieza y esta �ltima era la iluminaci�n y el escaso mobiliario.</p><p>Pero, de todos modos, eleg� la playa. Envolv� los �ltimos granos de arroz cocido en uno de mis papeles y puse el paquete en el bolsillo del saco. Ech� un vistazo a mi alrededor y volv� a retirar la cama y a dejar el agujero al descubierto. Dud� unos instantes, como buscando inspiraci�n, y al fin me largu� por all�.</p><p>En esta ocasi�n, quiz� por estar transitando un lugar conocido, el recorrido no me pareci� tan largo ni tan penoso, a pesar de mis condiciones f�sicas, del aire irrespirable y de una nueva sensaci�n de claustrofobia, derivada de la falta de compa��a, lo cierto es que llegu� a la playita en lo que me pareci� un plazo razonable.</p><p>Hay im�genes que permanecen en la memoria, que no deber�an ser ensuciadas con nuevas versiones. La playita se hab�a registrado en mi mente como un lugar paradis�aco. Con el correr de los d�as que hab�a pasado en la pieza, esta memoria se hab�a agigantado y ya la playa hab�a pasado a ser un s�mbolo, no s� si del amor o de la libertad o de la felicidad. De alguna manera hab�a logrado borrar todo el sufrimiento anterior, y sent�a que, si alguna vez retornaba a mis lugares cotidianos y narraba a alguien esta historia, ella se habr�a reducido casi a la escena de la playa, y todos los dem�s detalles se habr�an hecho triviales, como la narraci�n de las vacaciones de un oficinista.</p><p>Ahora me enfrentaba a una playa pobre y triste. El sol era p�lido, tapado por nubes grises, el mar me parec�a sucio y mon�tono, y el aire me mortificaba en la misma medida que el de la pieza. Una gaviota pas� volando y me grit� algo antes de desaparecer por encima de la muralla, hacia lugares que yo no pod�a transitar.</p><p>Sufr� un acceso de tos. Me sub� las solapas del saco y con las manos metidas en los bolsillos contempl� el mar, y el gris de la muralla que se met�a en el mar, como el paisaje m�s triste que hubieran visto mis ojos. Volv� a toser.</p><p>De pronto me sent� muy viejo y enfermo. Tuve conciencia de un conjunto de cosas que quiz� haya ido advirtiendo poco a poco sin tenerlas en cuenta; conciencia de la barba despareja que poblaba mi rostro, del desgaste imposible de mis ropas, de todos los dolores que sent�a en cuerpo y esp�ritu. Conciencia del dinero in�til que a�n conservaba en la billetera, que no hab�a podido evitar que me fuera sumiendo lenta e insensiblemente en una miseria que nunca hab�a imaginado. Conciencia del peso de mis hombros, que me curvaban la espalda, y de mi miedo atroz a esta nueva soledad, que en realidad era la misma de siempre. Algunas situaciones ins�litas, algunas mujeres, como �ltimamente Mabel, lograban a veces disimularla, hacer que me olvidara de ella. Pero ahora que estaba presente con toda su potencia, sent�a que esa soledad era quiz� la �nica cosa que pose�a en este mundo, la compa�era fiel que se me hab�a destinado, a la que nunca podr�a abandonar.</p><p>Me dej� caer en la arena y estuve llorando hasta que el fr�o lleg� a hacerse sentir como un dolor en los huesos. Me levant�, me son� la nariz con el pa�uelo, y decid� continuar con mi plan de acci�n, a pesar de la mente y del cuerpo.</p><p>Pero me dio mucho trabajo recorrer los pocos pasos que me separaban de la boca del segundo t�nel, y me apoy� contra ella en lo que parec�a ser el l�mite de mis fuerzas. Me sent�a muy afiebrado. El dolor se hab�a localizado en un punto sobre el pulm�n izquierdo, y se extend�a levemente por toda la espalda y la cintura. Las piernas estaban flojas, y los ojos me ard�an no s�lo por las l�grimas.</p><p>Me di cuenta de que no pod�a intentar una aventura hacia lo desconocido. Utilic� todas mis escasas fuerzas para hacer el recorrido de regreso a la pieza.</p><p>Esta vez s� se hizo interminable; creo que incluso llegu� a dormitar en algunos lugares del t�nel, y no tengo idea del tiempo que demor� en llegar, arrastr�ndome, hasta la cama.</p><p>All� me dej� caer, sin poder ni siquiera sacudir de mis ropas la tierra recogida en el camino.</p></section><section><title><p>11</p></title><p>De las jornadas siguientes conservo una d�bil memoria de la luz, que se encendi� y apag� varias veces, no podr�a decir cu�ntas, y de m� mismo levant�ndome trabajosamente de la cama s�lo para abrir la boca bajo la canilla, o utilizar los artefactos sanitarios. Recuerdo tambi�n haber hablado mucho, en voz alta, aunque no tengo idea de lo que pude haber dicho.</p><p>Cuando me baj� la fiebre y recuper� algo de la lucidez, me levant� para alejarme de all� lo antes posible. Todo mi cuerpo estaba insensibilizado, los movimientos eran mec�nicos y apenas si pod�a pensar. S� que descart� totalmente la idea de utilizar el t�nel, aunque tuve la precauci�n de dejar abierta la puerta de salida, y poner una silla contra ella para evitar que se cerrara sola. Al meter la mano en el bolsillo del saco, cuando me lo puse, encontr� el paquete de arroz que hab�a preparado en d�as anteriores. Era toda una masa s�lida de gusto rancio, pero lo com� con avidez.</p><p>Al recorrer las piezas siguientes, dejando siempre abiertas las puertas -aunque luego no cuidaba de poner una silla, un poco porque me sent�a demasiado d�bil para hacer movimientos extra, y otro poco porque algo en mi interior me dec�a que no val�a la pena-, not� que el deterioro del edificio se acentuaba en grados alarmantes; la suciedad se iba acumulando, e incluso en algunas piezas se hac�a dif�cil transitar entre los escombros y las materias en descomposici�n que cubr�an el piso.</p><p>En una de ellas me detuve ante un descubrimiento que, entonces, no pude analizar como lo hubiese hecho en algunas jornadas anteriores; me limit� a conmoverme muy �ntimamente y prosegu� mi camino con la mente en blanco y sintiendo el coraz�n mucho m�s viejo y d�bil. Supe que alguien antes que yo hab�a transitado por mi camino. Sobre una puerta, la de salida, alguien hab�a escrito una frase en espa�ol; dec�a: �no hay salida. esto es el infierno.� Hab�a sido grabada con un cuchillo, rayando la pintura y hendiendo un poco la madera; el cuchillo estaba clavado, con rabia, muy hundido en la puerta, debajo de la frase, como �nica firma.</p><p>Luego hall� una pieza con una pared semiderruida; sin embargo, por detr�s de esa pared hab�a otra, descascarada, con el ladrillo a la vista, pero entera, s�lida. Me entr� el terror de pensar que podr�a haber una cantidad infinita de paredes superpuestas, como las capas de una cebolla. En adelante los derrumbes se hac�an muy frecuentes, y llegaban a faltar trozos enormes de paredes, e incluso del techo: pero el techo derrumbado no dejaba ver el cielo, sino otro techo, y detr�s de una pared hab�a siempre otra pared superpuesta.</p><p>Ahora, las canillas que funcionaban eran muy escasas, y a menudo deb�a recorrer grandes distancias antes de poder tomar agua. Mi sed era enorme, e incluso el gusto del agua hab�a variado, se hab�a hecho m�s salobre, o m�s bien met�lico, y no encontraba manera de saciar mi sed.</p><p>Era in�til, tambi�n, buscar algo de comer. S�lo encontraba restos de muebles. Pero afortunadamente mi hambre pod�a esperar; la fiebre me la hab�a quitado casi por completo. De todos modos, aquello se aproximaba a un final; present� que no era un final agradable, y que muy probablemente se tratara del m�o propio.</p><p>Ya era imposible regular las jornadas por la luz el�ctrica; en muchas piezas las lamparitas estaban quemadas, o simplemente faltaban, y en las otras la luz se hac�a cada vez m�s d�bil, como si la tensi�n fuera en constante ca�da, y al parecer nunca se apagaban; o, quiz�, yo ten�a muy alterado mi sentido del tiempo, o se encend�an y se apagaban a un ritmo distinto.</p><p>Para dormir me arrojaba sobre el mont�n de escombros que me parec�a menos inc�modo, y no se me ocurr�a pensar que la luz fuera una molestia.</p><p>El paso siguiente, no s� si despu�s de jornadas o de pocas horas, fue comprobar que de algunos ca�os rotos manaba agua, y que �sta inundaba el piso de algunas piezas. Se me ocurri� que lo mejor que pod�a hacer era regresar por donde hab�a venido, volver al t�nel y a la playa y de all� explorar los otros t�neles. Me re�; no podr�a haberlo hecho. Por otra parte me aferraba a mi teor�a de que aquello ten�a que terminarse, de alguna manera, pronto; al mismo tiempo sent�a curiosidad por saber de mi predecesor, esperaba alguna otra de sus huellas.</p><p>Pens� que si resist�a lo suficiente, en alg�n momento, despu�s del peor grado de lo peor, las cosas ten�an que mejorar; y de cualquier manera, ya sin voluntad ni fuerzas, me hubiese resultado muy dif�cil hacer algo distinto que avanzar, hacia donde pudiera.</p><p>A pesar de que mi cabeza trabajaba de continuo, siempre impulsada por la fiebre, muy pocos razonamientos llegaban a la superficie. Por lo general me mov�a de una manera insensible, mec�nica, con un ruido en la mente como el de las olas del mar, y percib�a confusamente una mara�a de pensamientos entremezclados que pugnaban por hacerse o�r, pero no ten�a ganas de desenredarlos.</p><p>De vez en cuando volv�a a mi memoria la imagen de Mabel; a veces se mezclaba con la de Ana, y notaba que ya las hab�a agrupado a ambas en un distante pasado, un pasado que me resultaba ajeno, como una pel�cula vista, y ya no me dol�a no estar cerca de ellas. Me sent�a como habiendo dado los primeros pasos en la muerte; segu�a vivo, pero muchas cosas hab�an muerto dentro de m�, y sent�a que todo lo que quedaba de m� era ese cuerpo movi�ndose insensiblemente, y una vaga memoria, y una mente que se destru�a a gran velocidad.</p><p>Me acostumbr� a hacer un poco de alpinismo sobre los escombros, sobre todo en aquellos lugares en que conflu�an los charcos de agua de distintos ca�os y la inundaci�n alcanzaba un nivel molesto; a�n no era un problema grave, y en la mayor parte del recorrido s�lo alcanzaba a mojarme los zapatos.</p><p>Sobre uno de estos montones de escombros, al dar un rodeo en busca de un camino m�s seco, encontr� a mi predecesor, agonizante.</p></section><section><title><p>12</p></title><p>Nunca hab�a visto agonizar a un hombre. Ten�a los ojos abiertos y dejaba escapar un ronquido casi constante. Su cabeza estaba pr�xima a la pared h�meda, por la que chorreaba un hilo de agua; supuse que hasta hac�a muy poco tiempo le bastaba estirar un poco la cabeza para mojar los labios en esa agua, no muy limpia.</p><p>Ahora parec�a impedido de todo movimiento; su cuerpo estaba contra�do, un poco siguiendo la disposici�n de los escombros. Sus ropas estaban tan ra�das que a primera vista parec�an retazos de g�nero que le hubieran tirado por encima de cualquier manera.</p><p>Aparentaba ser muy viejo; sin embargo, sus cabellos no eran blancos, sino que estaban sucios de tierra y revoque, lo mismo que la barba, larga y tupida; cerca de su cuerpo vi un par de lentes, rotos.</p><p>Sab�a que no pod�a hacer nada por �l, pero me resist�a a irme. Lo �nico que se me ocurri� fue llenar de agua el hueco de mi mano y dejarla deslizar entre sus labios; pero no vi que hiciera ning�n movimiento para tragar.</p><p>Me sent� a contemplarlo, sobre un mont�culo de escombros. A todos los elementos deprimentes, m�s bien demoledores, que hab�a ido coleccionando a lo largo de aquellos d�as, se sumaba ahora esta imagen que parec�a un ejemplo de lo que habr�a de ser yo mismo en pocas horas.</p><p>De pronto dej� escapar un ronquido distinto y me pareci� que en sus ojos hab�a una variante, algo parecido a un brillo inteligente. En efecto: volvi� con mucha lentitud sus ojos hacia m�, y sus labios se movieron apenas.</p><p>��� el infierno -dijo, y sigui� murmurando cosas incomprensibles. Me acerqu� todo lo que pude; nuestras cabezas llegaron a estar muy juntas.</p><p>���Qu� puedo hacer? -pregunt� con desesperaci�n, pensando en �l m�s que en m�. Sab�a que la pregunta era in�til. No me respondi�. Volvi� a hablar del infierno y empez� a mezclar palabras, muchas incomprensibles.</p><p>��� ara�as, es el infierno, la noche, ahora� el t�nel� violeta, la luz violeta, el infierno� el mar, el mar.</p><p>���Estuviste en la playa? �Debo volver all�?</p><p>Me mir� con horror. No s� si lograba verme.</p><p>��� la playa, las ara�as�</p><p>Continu� as�, un rato, hasta que sus ojos quedaron otra vez en punto muerto, y recuper� el ronquido mon�tono.</p><p>Me volv� a sentir muy afiebrado y a punto de desmayarme. Le alcanc� m�s agua y esta vez la escupi� decididamente. Resolv� abandonarlo. No pod�a m�s.</p><p>Pienso que no me gustar�a, en una situaci�n similar, que un ser humano hiciera lo mismo conmigo. Me sent� cobarde, impotente, y me fui cargando de culpa por anticipado; se ve�a claramente que nada pod�a hacer por �l, ni siquiera sab�a si pod�a hacer algo por m� mismo. Sin embargo hab�a un sentimiento at�vico, supersticioso, religioso o no 's� qu� diablos que me reprochaba la idea de abandonarlo; al mismo tiempo, quedarme significaba tambi�n la culpa de mi impotencia y del deseo -que ya sent�a salir a flote- de que ese hombre muriera de una buena vez. Con horror, con pena, me di vuelta y continu� mi camino sin mirar atr�s, tratando de no pensar.</p><p>Al cabo de un trecho el agua que inundaba las piezas era ya la norma, algo habitual, y sub�a. Despu�s, mucho m�s adelante, empezaron a aparecer los esqueletos humanos, y las ratas.</p><p>Al principio fue uno, colgado por el cuello, de una cuerda, o un cintur�n, que pend�a de una viga del techo descubierta por un derrumbe; luego se fueron haciendo m�s frecuentes, y algunos estaban a�n vestidos con restos de ropas, y en una pieza hab�a una familia entera de ellos, muy pr�ximos uno del otro, como en una reuni�n final.</p><p>Deb� dormir en lugares oscuros con la sospecha de la proximidad de alg�n esqueleto. S�lo dorm�a cuando no pod�a dar un paso m�s. Luego no me atrev�a a dormir en ning�n lado; al principio por la certeza de que hab�a esqueletos por todas partes, y que s�lo bastar�a con remover un poco los escombros sobre los que me echaba, para encontrar alguno; luego por las ratas.</p><p>Deb� armarme con la pata de una mesa rota, y llenarme los bolsillos de escombros de tama�o apropiado; las ratas iban en aumento y se volv�an cada vez m�s atrevidas; incluso llegaron a acercarse nadando, en lugares muy inundados, para atacarme.</p><p>Ya no exist�an puertas, que parec�an haber sido arrancadas de sus marcos, y cuando hallaba alguna era imposible moverla, por los escombros acumulados. Los derrumbes inclu�an ahora tambi�n trozos de la otra pared, la superpuesta, pero tampoco llegaba a verse qu� hab�a del otro lado: una tercera pared, s�lida y entera, cubr�a las derrumbadas.</p><p>Milagrosamente crec�a de tanto en tanto alg�n arbusto, en h�medos huecos en las paredes, y por todas partes hab�a musgo y yuyos. En una pieza encontr�, emergiendo de una rajadura muy profunda, una t�mida flor amarilla.</p></section><section><title><p>13</p></title><p>Me hab�a convertido en un ser fantasmal que avanzaba tambaleante; sin embargo, a pesar del hambre, el sue�o, el dolor y los mil motivos de desesperaci�n acumulados, hab�a logrado liberarme de todo sentimiento, de toda sensibilidad, y me hab�a aferrado a la �nica idea en la que cre�a firmemente: que s�lo se trataba de un torneo de resistencia, entre ese lugar y yo. Una de las dos cosas habr�a de terminarse, por fuerza, muy pronto. Lo �nico que cab�a era avanzar; detenerse era simplemente morir. Mientras tanto, la edificaci�n se prolongaba, agregando deterioros hasta grados incre�bles, pero segu�a en pie, tan herm�tica como al principio.</p><p>Mi paso no s�lo no se debilitaba, sino que mis piernas me llevaban, o al menos as� lo cre�a yo, a mayor velocidad. El sue�o me hac�a confundir las cosas, y estaba ya acostumbrado a caerme a menudo, por pisar mal, o por ver un camino all� donde hab�a escombros o agua.</p><p>Todo hab�a adquirido un tinte tan pesadillesco -y mi vigilia era algo tan parecido al sue�o- que, en medio de la fiebre, comenc� a sentir cierta felicidad de estar viviendo esta experiencia ins�lita. Me alegraba, incluso, de estar despierto; me hubiese decepcionado despertar de una pesadilla.</p><p>Interiormente estaba convencido de mi derrota, y ya me daba por muerto, como a mi predecesor. Entonces a cada paso perd�a un poco m�s el inter�s por m� mismo, y lo particular de todo lo que me rodeaba cobraba, por contraste, mayor inter�s. Me hab�a casi despersonalizado, integr�ndome como un elemento m�s a aquella decoraci�n, que llegaba a ser hermosa en toda su miseria; como un esqueleto m�s, una rata m�s, un pedazo de ladrillo.</p><p>Pero el recorrido entre las piezas lleg� justo al l�mite de lo transitable; me vi obligado a apartar escombros para poder seguir avanzando. No pude serle fiel a mi teor�a hasta el final.</p><p>Pienso, porque no quiero enga�arme, que mi teor�a era correcta, aunque no tengo modo de demostrarlo. Pienso que estaba muy pr�xima una soluci�n favorable.</p><p>Pero la tentaci�n de una tercera puerta, que inesperadamente se mostraba en la pared izquierda de una nueva pieza, una tercera puerta libre de escombros -mientras que la abertura de salida estaba casi totalmente tapada-, era insoslayable. No dud� un instante; ni siquiera tuve fuerzas, o la inteligencia de plante�rmelo, para quitar algunos escombros y, mirar, al menos, hacia la pieza siguiente. Abr� la tercera puerta y empec� a andar por un corredor, largo y mal iluminado, pero seco, que all� nac�a.</p><p>El corredor no presentaba aberturas, al menos por m� perceptibles en estos momentos; en cambio, de vez en cuando se bifurcaba, y yo eleg�a al azar; me apoyaba con las manos en las paredes, a veces me deten�a unos momentos, para luego continuar tambaleando, pegando con un hombro contra una pared, rebotando hacia la otra, dando, alguna vez, alg�n paso hacia atr�s, fuera de mi voluntad, hasta que hall�, nuevamente, una puerta.</p><p>La abr�.</p></section></section><section><title><p>SEGUNDA PARTE</p></title><section><title><p>14</p></title><p>Vi un lugar amplio, iluminado por el sol y a poca distancia una carpa peque�a, color verde oscuro. Luego advert� dos hombres, de pie al lado de un limonero que crec�a junto a un largo pared�n, cerca de una fuente blanca. Uno de ellos, el m�s alto y robusto, le dijo al otro en voz exageradamente audible:</p><p>��La carpa nos est� resultando chica.</p><p>Estas palabras, las primeras que o�a en mucho tiempo, y en un idioma familiar, hicieron que aflojara el sentido de responsabilidad acerca de mi propia persona. Me desmay�.</p><p>Seg�n ellos, el hombre alto hab�a alcanzado a sujetarme por debajo de los brazos y evit� que me lastimara al caer; y fueron tres d�as enteros los que pas� sin conocimiento, en medio de su temor de que no volviera a recobrarlo nunca y de la preocupaci�n por las escasas atenciones que pod�an prodigarme.</p><p>Sin embargo, esta p�rdida de conocimiento no fue constante ni absoluta, y en mi memoria se presentan mezcladas una serie de im�genes, algunas que siento como verdaderas, otras claramente so�adas; y tambi�n siento esos tres d�as como un per�odo mucho m�s largo, que tal vez podr�a abarcar varias semanas.</p><p>Mis recuerdos, so�ados o no, incluyen pasajes. por nuevos pasillos, un rostro de mujer muy pr�ximo al m�o, que me sonre�a; varias figuras en movimiento a mi alrededor, como ejecutando pasos de danza; una visita a un lugar alto y circular, como la torre de un castillo, que ten�a en medio del piso una argolla de hierro, muy gruesa y pesada, y en las paredes ventanitas altas y con barrotes; una puerta que daba al vac�o, y all� abajo, lejano, el ruido del mar (estaba oscuro, y yo hab�a estado a punto de caer al vac�o); un galp�n enorme, tambi�n visto desde una gran altura, con figuras aparentemente humanas, que se mov�an, all� abajo, alrededor de una hoguera; una conversaci�n muy extensa con Ana, quien a ratos se transformaba en Mabel, y, finalmente, el hombre alto, de bigotes, o el otro, que era m�s bajo y rubio, siempre con lentes oscuros, quienes se alternaban en una guardia permanente junto a mi lecho. De vez en cuando se me acercaban con un vaso de agua. Y en una ocasi�n recuerdo haberlos visto a los dos juntos, de pie, conversando en voz baja.</p><p>Al cuarto d�a, entonces, debi� de ser cuando logr� mi primera vigilia real m�s o menos extensa; abr� los ojos, y despu�s de un largo rato de adaptaci�n pude hacerme una composici�n de lugar: estaba dentro de la carpa, enfundado en una bolsa de dormir; a pocos pasos, sentado en el suelo, se hallaba el hombre rubio; me miraba sonriente pero se manten�a en silencio.</p><p>Enseguida volv� a cerrar los ojos y ca� en una inconsciencia m�s liviana, tal vez un sue�o natural, profundo. De este sue�o sal� varias veces, y cada vez que reca�a en �l lo iba sintiendo menos profundo y, por �ltimo, a�n dormido apreciaba el paso del tiempo de una manera habitual.</p><p>Cuando logr� permanecer con los ojos abiertos intent� hablar, pero ten�a grandes dificultades. Quer�a explicaciones; como borracho, con la lengua torpe y la boca pastosa, le preguntaba al hombre rubio qu� hab�a sucedido, qu� est�bamos haciendo all�. No s� si me entendi�.</p><p>��No hable por ahora -dijo, y sus palabras me llegaron con nitidez-. Ya tendremos oportunidad de charlar largamente. -Se aproxim� y me acerc� un vaso con agua, del que tom� algunos sorbos-. Todo anda bien -agreg�-. No se preocupe.</p><p>Me dej� estar, entonces, confiado, unas horas m�s. Cuando despert� volv� a sentirme l�cido y muy fuerte, y aprovech� que esta vez no hab�a nadie a la vista para maniobrar con el cierre met�lico de la bolsa hasta conseguir salir de ella e incorporarme. De inmediato me sent� mareado y d�bil; tuve que contener mis movimientos, porque sent�a que cualquiera de ellos, un poco demasiado brusco, podr�a haberme hecho desmayar de nuevo. Mis ropas estaban apiladas sobre una sillita de lona, cerca de la bolsa de dormir, y me las fui poniendo lentamente. Como aun as� sent�a fr�o, me ech� por encima una manta que tom� de otro de los lechos tendidos en la carpa.</p><p>Sal�, y en aquella especie de patio encontr� a los dos hombres. El sol estaba pr�ximo a ocultarse.</p><p>Se sorprendieron al verme aparecer y sonrieron.</p><p>��De modo que no hay velorio -dijo el alto, tendi�ndome la mano. Ten�a una camisa gruesa, a cuadros rojos y verdes, y parec�a un hombre sencillo y bonach�n-. Me llamo Berm�dez. Y �ste -agreg� se�alando al rubio- es el Alem�n.</p><p>Estrech� la mano de ambos y les agradec� esa constante atenci�n que hab�a logrado observar, mal que bien, en estos d�as. Berm�dez se encogi� de hombros.</p><p>��No se pod�a hacer mucho, desgraciadamente -dijo. De inmediato, a riesgo de parecer descort�s, di por agotado el tema y me lanc� a hacerles las preguntas: d�nde est�bamos, qu� hac�amos all�, por qu�, etc�tera. Pronto se desvaneci� la esperanza que hab�a nacido al verlos: estaban tan desconcertados y perdidos como yo. Toldas las respuestas que obtuve fueron negativas. En principio se miraron, dubitativos; sin duda se preguntaban si yo estar�a en condiciones de recibir semejante desenga�o. Luego, lentamente, entre uno y otro, con un tono que trataba de ser filos�fico o indiferente, con mucha paciencia, me fueron informando mediante rodeos de que realmente no ten�an ninguna informaci�n para darme.</p><p>El sol proyectaba a�n la sombra alargada de las rejas puntiagudas de la verja. El rubio se alej� unos pasos, con los hombros un tanto alzados, y comenz� a seleccionar unas ramas y le�itas para hacer fuego. Yo desvi� los ojos a los de Berm�dez, quien me observaba en actitud expectante, y dej� caer la cabeza sobre el pecho y me encerr� en un silencio absoluto, mientras trataba de contener un torrente de pensamientos oscuros que, otra vez, comenzaban a invadirme y atormentarme. Me mord� los labios.</p><p>��Creo que voy a volver un rato a la bolsa de dormir -dije, por fin, y Berm�dez mene� la cabeza afirmativa, gravemente.</p></section><section><title><p>15</p></title><p>Entre mis apuntes figura un dibujo, el plano del patio. Tomando como punto de referencia la desembocadura del pasillo que me hab�a llevado hasta all�, ubicada en una pared alta, de unos seis o siete metros de largo, si yo me paraba junto a esa puerta, como volviendo a salir al patio desde el pasillo, ten�a a mi izquierda el enorme pared�n principal, y a mi derecha el murito que sosten�a la verja. Esta pared formaba un �ngulo ligeramente obtuso con el pared�n y uno ligeramente agudo con la verja. Enfrente, otra pared similar a �sta. El patio ten�a una forma casi rectangular, en realidad un trapecio. El largo del pared�n ser�a de unos doce metros, tal vez un poco m�s. Todo el patio estaba bordeado interiormente por un cantero de tierra, limitado por un cord�n de ladrillos, y se ve�an algunas plantas; justamente en el rinc�n formado por el muro de la verja y la pared norte hab�a unos matorrales que serv�an de biombo para el excusado -un agujero en la tierra del cantero.</p><p>Las tres paredes altas presentaban distintas aberturas, con o sin puertas, a distintos niveles del suelo. Junto al pared�n, y aproximadamente en su mitad, crec�a un limonero y, un poco m�s all�, adosada a la pared, hab�a una blanca fuente de m�rmol, con una canilla, y el relieve de la cabeza de un le�n marm�reo que echaba un d�bil chorro de agua por la boca.</p><p>Sobre el suelo de tierra, con algunos trozos aislados cubiertos por baldosas similares a las de las veredas de calle, crec�an tambi�n otros arbustos. El murito de la derecha se interrump�a para dejar paso a un port�n, formado por las mismas barras verticales de la verja, pero que llegaban hasta el suelo; el port�n constaba de dos hojas y no presentaba inconvenientes para ser abierto o cerrado. Del otro lado de la verja hab�a una zona descampada, y en el port�n se iniciaba un antiguo y gastado caminito de pedregullo; m�s all� del descampado, a no m�s de doscientos metros de la verja, se ve�a una selva compacta, en la cual se perd�a el caminito. La carpa estaba situada en un punto pr�ximo al centro del patio, m�s cerca de la verja que del pared�n.</p><p>�ste fue el lugar de mi convalecencia, la que me pareci� muy larga; las fuerzas volv�an a m� con lentitud, y era muy escaso el tiempo de vigilia y de actividad que iba ganando d�a a d�a; pero no hubo reca�das, y la mejor�a era evidente. Despu�s, sacando cuentas, llegu� a la conclusi�n de que no fue una convalecencia de m�s de ocho o nueve d�as; aunque, en ese lugar, el tiempo sol�a hacer algunas jugarretas.</p><p>Fuimos intercambiando nuestras historias de forma desordenada. Las suyas eran tan dif�ciles de creer como la m�a. Berm�dez, por ejemplo, ten�a una idea exclusivamente selv�tica y campestre del lugar. Todo hab�a comenzado, seg�n sus palabras, con la compra de la carpa y la intenci�n de hacer turismo para tratar de olvidar por unos d�as sus problemas familiares y cotidianos.</p><p>Hab�a ido a acampar a un lugar habitual y amable, un parque en las proximidades de un arroyito. Un d�a se alej� demasiado, en tren de caza, y se encontr� de pronto en una selva h�meda, con �rboles altos y lianas, obscura y densa. Lo sorprendi� luego encontrarse con una puerta y notar adem�s, a los lejos, por detr�s de los �rboles, unas paredes incre�blemente altas, grises. Se sinti� atrapado, entrampado. Por fin se decidi� a abrir la puerta, que estaba sobre una pared larga y cubierta de enredaderas, protegida y disimulada por �rboles y plantas, y entr� en una pieza que ten�a forma de rombo. Estaba casi vac�a, y en un rinc�n, ovillado y asemej�ndose a un tapado de piel abandonado, hab�a un gorila. Cuando el mono comenz� a incorporarse, como despertando lentamente de un sue�o, Berm�dez no pudo volver a abrir la puerta, que se hab�a cerrado, y apenas tuvo tiempo de dar muerte al gorila con el fusil. Pens� que, sin querer, hab�a entrado en un zool�gico, y se sinti� culpable.</p><p>��Vi otra puerta -contaba- y no tuve m�s remedio que salir por all�; pero la puerta daba a una escalera, que llevaba a una especie de altillo, y la �nica salida del altillo era un balc�n, que daba a un patio, y tuve que descolgarme por el balc�n, agarrado a una ca�er�a, y del patio sal� a un campo.</p><p>La historia se hac�a interminable. Hab�a accedido a otros lugares selv�ticos o bosques, e inclu�a an�cdotas de lucha con animales salvajes. Encontr� finalmente su carpa, en un lugar totalmente distinto al que cre�a haberla dejado, y pudo rescatarla junto con el resto de su equipo a riesgo de ser devorado por caimanes. Por momentos la historia se volv�a rid�cula, en labios de un adulto, y se me hac�a dif�cil contener la sonrisa; pero Berm�dez estaba muy serio y, en realidad, yo no ten�a motivos para dudar de ninguno de los detalles. Al narrar mi propia historia notaba, de tanto en tanto, la misma sombra de incredulidad en los rostros de mis interlocutores; e incluso deb� omitir algunos detalles, como por ejemplo la aventura con Mabel, para hacerla un tanto m�s cre�ble.</p><p>El Alem�n, por su parte, no se quedaba atr�s. De acuerdo con su historia, deshilvanada y dicha en voz baja, un poco entre dientes, y que deb� reconstruir, y aun cubrir ciertos pasajes con detalles extra�dos de mi imaginaci�n, hab�a dedicado los �ltimos a�os de su vida a lamentarse de que su mujer lo hubiese abandonado, llev�ndose con ella a sus dos hijos (el Alem�n, a todo esto, era en realidad hijo de paraguayos con lejana ascendencia germ�nica).</p><p>Hac�a unos d�as se hab�a embarcado para probar fortuna en Buenos Aires. Se durmi� en la traves�a nocturna, y al despertar comprob� que el barco estaba vac�o, anclado en un puerto desconocido y desierto.</p><p>Ambul� por este puerto y por un pueblito tambi�n deshabitado, hasta encontrar un hotel: en la puerta hab�a dos mujeres, y lo llamaron. Una vez adentro pas� varios d�as con las mujeres (y aqu� el Alem�n adquiere una mayor fluidez en el lenguaje y exhibe una especie de cat�logo informativo de las infinitas f�rmulas del erotismo) hasta que un d�a descubri� que la puerta por la que hab�a entrado no pod�a abrirse, y que no hab�a otras puertas al exterior. Por otra parte, las mujeres hablaban un idioma muy extra�o, y a veces parec�an burlarse de �l. Intent�, al principio, desechar la preocupaci�n: dispon�a de todas las habitaciones de un hotel, grande y lujoso, para que las dos mujeres le hicieran olvidar la tristeza por la esposa y los hijos perdidos; pero en cierto momento no pudo resistir m�s all� dentro (y se sent�a un poco avergonzado al narrarlo, como si yo no pudiera entender la claustrofobia y, m�s a�n, ese sentimiento de ajenidad e incomunicaci�n con las mujeres burlonas). Huy� por la azotea.</p><p>Durante un tiempo estuvo acompa�ado s�lo por unos gatos; desde ese lugar parec�a como que el pueblo entero estuviese formado �nicamente por azoteas, sin calles ni plazas, ni el menor espacio libre entre un edificio y otro. Cuando decidi� deslizarse al interior de una casa, se dio cuenta de que no hab�a otra forma de salir, aparte de la puerta de la azotea por la que hab�a entrado, que unos pasillos y t�neles, por los que finalmente opt� luego de muchas dudas y temores. Estos t�neles lo llevaron, luego de varias idas y vueltas, a otros lugares cerrados y desiertos.</p><p>Cuando ya hab�a comenzado nuevamente su vida de lamentaciones, esta vez por haber abandonado el hotel y las dos mujeres, logr� acceder al patio, Pero previamente hab�a tenido un par de aventuras que, seg�n dijo, casi lograron desequilibrarlo.</p><p>En uno de los pasillos hab�a sido perseguido tenazmente por un hombre alto de sobretodo ra�do, quien trataba de convencerlo en un idioma extranjero ayud�ndose con se�as, de que le comprara unos billetes de loter�a que llevaba colgando en una tira, en la mano derecha, y de quien le cost� m�s de una jornada desprenderse.</p><p>Y en otro de los lugares, sumergida en una enorme pecera incrustada en la pared, hab�a visto ahogarse a una muchacha, desnuda en un agua verde, sin poder hacer nada por evitarlo; el vidrio hab�a resistido todos sus embates, y s�lo consigui� sacarse un hombro, que a�n le dol�a con tiempo h�medo.</p></section><section><title><p>16</p></title><p>Me enter� de que hab�a otras personas ligadas a este patio. Por los agujeros, con o sin puertas, dulas paredes (que Berm�dez recomendaba no descuidar jam�s, aunque hasta el momento no hab�an tra�do nada peligroso) hab�amos aparecido, en este orden, Berm�dez, el Alem�n, alguien a quien llamaban (nunca supe el motivo) �el Farmac�utico�, el Franc�s, un alem�n aut�ntico y yo. El Franc�s era realmente un franc�s, que a duras penas lograba entenderse con ellos. El Farmac�utico, seg�n Berm�dez, estaba loco porque siempre contaba una historia distinta de su llegada a ese lugar, y parec�a ser en realidad un maquinista de ferrocarril. El �alem�n aut�ntico�, con quien el rubio apenas pod�a cambiar algunas palabras, permaneci� hosco, en un silencio expectante y agresivo, durante algunos d�as; despu�s desapareci�, sin que nadie viera por d�nde ni c�mo, ni supiera por qu�.</p><p>El Franc�s y el Farmac�utico hab�an salido, poco antes de mi aparici�n, en un intento de explorar los alrededores, es decir, la selva. Su ausencia prolongada preocupaba bastante a Berm�dez.</p><p>�l y el Alem�n se turnaban en los quehaceres, m�s complejos de lo que yo sospechaba al principio. Luego yo tambi�n me incorpor� a las tareas, pero, mientras tanto, pasaba la mayor parte del tiempo arrebujado en la frazada, sentado en el suelo cerca del fuego, del que se ocupaba pacientemente el Alem�n, manteni�ndolo con gran ahorro de le�a o aviv�ndolo llegado el momento; y yo meditaba todo lo que mi estado me lo permit�a, y luego fui retomando mi costumbre de hacer anotaciones.</p><p>Est�bamos bastante bien equipados: Berm�dez se hab�a aprovisionado exageradamente para sus vacaciones tur�sticas, y consum�amos de forma moderada su caf� instant�neo y la leche en polvo, latas de conserva y cosas por el estilo; y todav�a hab�a algunos restos aprovechables de carne fresca de venado, fruto de una cacer�a de d�as anteriores. Esta carne la salaban y luego la asaban para mantenerla, pero ya comenzaba a oler mal y se hablaba de una nueva cacer�a. Sin embargo, hab�a que esperar un poco m�s: al Franc�s y al Farmac�utico, o a que yo me repusiera del todo. Se trataba de dispersar lo menos posible a la gente.</p><p>Berm�dez y el Alem�n acostumbraban afeitarse, e incluso ya se hab�an cortado el pelo mutuamente en una oportunidad. Berm�dez me ofreci� sus implementos. De ellos me interesaba solamente el espejo. De antemano rechazaba la idea de afeitarme; me parec�a que el aspecto adquirido, cualquiera que fuese, tendr�a su raz�n de ser, era como una muestra viva, un diario de viaje de las cosas sufridas. Pero me interesaba mirarme al espejo; en todo ese tiempo all� no hab�a encontrado ninguno, y me produc�a una sensaci�n extra�a no tener esa referencia de mi aspecto. No era, exactamente, como si me hubiese olvidado de mis rasgos; pero necesitaba alguna confirmaci�n. Tambi�n sab�a que al mirarme perder�a algo importante, justamente esa sensaci�n que no puedo explicar.</p><p>Era un espejo peque�o, con el azogue saltado en varios lugares, pero no distorsionaba la imagen. Es posible que exagere mi descripci�n, pero al mirarme sent� que era exactamente as�: la imagen de un ser sumamente delgado, con una terrible masa de pelo hirsuto y desparejo, y ojos de loco; la barba me hab�a crecido a un grado tal que parec�a que la llevaba desde hac�a a�os. Record� que en una oportunidad hab�a estado un a�o sin afeitarme, y no hab�a conseguido una barba de dimensiones parecidas.</p><p>El pelo se extend�a en todas las direcciones, un tanto erizado, e incluso me ca�a sobre la frente, d�ndome un aspecto de estupidez del cual apenas me salvaban los ojos, los que me parecieron de una agudeza que nunca antes hab�an mostrado, una inteligencia un tanto salvaje; eran m�s peque�os y alargados, astutos, y en las pupilas not� un brillo paranoico o febril.</p><p>De todos modos me mantuve en mi decisi�n de no afeitarme y rechac� un amable ofrecimiento del Alem�n de cortarme el pelo; me limit� a orden�rmelo un poco con las manos, teniendo cuidado de echarlo hacia atr�s, dejando al descubierto la frente para no parecer tan est�pido.</p><p>Anochec�a, y Berm�dez me dijo:</p><p>��Usted es todav�a un hu�sped de honor, pero lo noto bastante recuperado. Trate de descansar bien esta noche, porque desde ma�ana deber� comenzar a integrar la guardia.</p><p>Me explic� que, dados los riesgos desconocidos que se supon�a pod�an acecharnos, hab�a, de noche, una guardia permanente; en estos momentos s�lo quedaban ellos dos, por lo que los turnos eran muy sacrificados. Yo protest�, asegurando sentirme bastante bien como para cumplir unas horas de guardia esa misma noche, pero Berm�dez insisti� en esperar veinticuatro horas. Tambi�n insistieron, ambos, para que continuara ocupando la bolsa, que era la forma m�s c�moda y abrigada de pasar la noche.</p><p>Luego Berm�dez se puso ropas muy gruesas y un sobretodo, y una gorra de cazador con aletas que le tapaban las orejas, y control� que el rev�lver que llevaba al cinto estuviera listo para ser usado. Tom� una linterna que hab�a en una mochila, baj� la llama del farol de queroseno y la apag� de un soplido, y nos dio las buenas noches.</p><p>��Son las doce en punto -dijo, y me extra�� mucho saber la hora-. A las cuatro, el Alem�n me releva; y a las ocho todo el mundo en pie.</p></section><section><title><p>17</p></title><p>��Las ocho -me despert� la voz del Alem�n. No hab�a logrado dormir bien. Apenas hab�a puesto la, cabeza en la almohada, ya hab�an comenzado los ronquidos del Alem�n; yo, a pesar de la comodidad de la bolsa, me revolv� inquieto durante horas antes de conseguir dormirme. Este encuentro, cuyos alcances no hab�a podido a�n medir, ni imagina; me excitaba; de alguna forma me sent�a contento, pero tambi�n hab�a un dejo de aprehensi�n cuyo origen no pod�a localizar; quiz� me hab�a acostumbrado a la soledad, o quiz� me molestaba que la compa��a fuera la de esta gente extraordinaria desde muchos puntos de vista, pero con quienes no lograba un grado muy aceptable de comunicaci�n.</p><p>Me pareci� que reci�n conciliaba el sue�o cuando me despert� un movimiento en la carpa; una vez hecha la composici�n de lugar, comprend� que era el cambio de guardia. Enseguida los ronquidos de Berm�dez sustituyeron a los del Alem�n.</p><p>El desayuno consisti� nuevamente en galleta y caf� instant�neo. La jornada fue poco interesante, aunque la tensi�n crec�a por la falta de noticias de los exploradores. De ellos se habl�, naturalmente, y as� pude enterarme de parte de sus historias. Berm�dez insisti� en que el Farmac�utico deb�a de estar loco.</p><p>��Una vez -dijo- me cont� que hab�a llegado a este lugar tragado por un remolino; dijo que hab�a salido a pescar en un bote, y que de pronto un remolino lo absorbi�. Pero a �ste -y se�al� al Alem�n, quien asinti� de antemano con peque�as oscilaciones de la cabeza- le dijo que fue en el consultorio de un dentista, en el momento en que le sac�ban una muela; sinti� que se la arrancaban de un tir�n, y ten�a los ojos cerrados, y como despu�s no sintiera m�s nada los abri�, y encontr� el consultorio vac�o. Estuvo un rato escupiendo sangre, y despu�s se aburri� y se fue del, consultorio, para encontrarse en un lugar completamente distinto.</p><p>El Alem�n volvi� a confirmar con la cabeza.</p><p>��Despu�s -prosigui� Berm�dez- me volvi� a contar una historia distinta: que manejaba una locomotora que arrastraba una serie de vagones, y se meti� en un t�nel habitual, y que al salir del t�nel se encontr� con que las v�as terminaban, m�s all�, junto a unas luces coloradas, y que estaba en un lugar desconocido; despu�s, al bajarse, se dio cuenta de que estaba solo con la locomotora: el resto del tren hab�a desaparecido.</p><p>�Y no creo que sea un mentiroso. En general es un tipo muy correcto. Lo que pasa es que debe de estar loco.</p><p>Luego se habl� del Franc�s. Berm�dez lo hab�a encontrado leyendo un libro a la sombra de un �rbol, junto a un arroyo, a punto de ser devorado por un le�n que se le hab�a estado acercando sigilosamente. Berm�dez us� con precisi�n el fusil, y mat� al le�n con una sola bala. Parece ser que el Franc�s es un hombre de sangre fr�a; agradeci� amablemente a Berm�dez que le hubiera salvado la vida, pero, seg�n Berm�dez, hab�a un fondo de total indiferencia en �l. Y sospechaba que sab�a m�s espa�ol de lo que daba a entender, pero que prefer�a mantenerse aparte de las conversaciones, siempre con su aire de indiferencia, los hombros alzados, la espalda un tanto encorvada, leyendo o con las manos en los bolsillos, y la vista perdida en la selva o en alg�n punto imaginario. Despu�s de lo del le�n se hab�a apartado de Berm�dez hasta el reencuentro que se produjo cuando apareci� por una de las puertas del pared�n, sin dar mayores explicaciones, escud�ndose, siempre seg�n Berm�dez, en su aparente ignorancia del idioma.</p><p>El Alem�n tom� luego la palabra, con cierta timidez, para terminar impulsando la conversaci�n hacia temas er�ticos. Cuando se hicieron las doce, Berm�dez me entreg� el reloj, la linterna y el rev�lver, y me repiti� algunas recomendaciones.</p><p>��Sobre todo, no jodas con la linterna -me dijo, pasando a un tuteo que me cay� simp�tico-. Hay que cuidar las pilas.</p><p>Se metieron en la carpa y les di las buenas noches. Me ubiqu� en un lugar pr�ximo a la fuente, al que llegu� a tientas porque no se ve�a nada, y entre nervioso por tener la responsabilidad nueva de esta misi�n, y disgustado porque me parec�a una precauci�n in�til, comenc� a cumplir mi primera guardia, en la que casi le ahorro al Franc�s el trabajo que se tomar�a algunos d�as m�s tarde de volarse la cabeza de un tiro.</p></section><section><title><p>18</p></title><p><emphasis>��Est-ce que tu es fou? </emphasis><emphasis>C'est moi, merde!</emphasis> -grit� un vozarr�n desesperado: yo estaba aburrido, golpeando los pies contra el suelo para calentarlos o dando peque�os paseos que siempre terminaban en la fuente de m�rmol, cuyo borde era demasiado fr�o para sentarse; habr�an pasado un par de horas, es decir, la mitad de mi turno, cuando o� ruido de pasos.</p><p>���Qui�n anda ah�? -me pareci� gritar, pero luego se supo que mi voz hab�a sonado demasiado d�bilmente. Al no obtener respuesta, guard� silencio y o� que el port�n se abr�a, rechinando; entonces me asust� y esta vez s�, grit� con toda la fuerza:</p><p>���Alto, o disparo! -pero no di tiempo a que el Franc�s se identificara; mi dedo oprimi� el gatillo y son� un balazo que retumb� largamente; el Franc�s grit�. Los de la carpa se movilizaron, gritando tambi�n y tratando de encender el farol. Despu�s Berm�dez me recrimin� por no haber usado la linterna, pero en realidad hab�a intentado hacerlo al escuchar los primeros ruidos; simplemente que, por no gastar las pilas, hac�a tiempo que no la encend�an y nadie hab�a tenido la precauci�n de probarla. La linterna no andaba.</p><p>Rodeamos al Franc�s y comprobamos con alivio que estaba ileso. Hab�a regresado solo, y en ese momento mostraba un aspecto de serenidad total. Berm�dez, una vez pasada la agitaci�n, le pregunt� ansiosamente qu� les hab�a sucedido.</p><p>��Nada -respondi� el Franc�s con tranquilidad, y luego pas� a explicar trabajosamente, en una lengua que mezclaba el franc�s con el espa�ol y algunos vocablos desconocidos, que la aventura en la selva hab�a sido muy pobre. Ni un animal, ni una persona, todo silencioso y desierto, anduvimos un d�a entero dando vueltas como tontos. La selva se vuelve complicada m�s all�, y es dif�cil avanzar sin machete. Mejor bulldozer. Pero creo que no vale la pena -termin�, encogi�ndose de hombros. A la luz del farol se ve�a una cara hermosa, bordeada por largo pelo lacio y barba negruzca y larga, con reflejos rojizos. Tendr�a unos treinta a�os, quiz� menos.</p><p>���Y el Farmac�utico? -pregunt� Berm�dez, visiblemente decepcionado. El Franc�s volvi� a encogerse de hombros.</p><p>��Est� loco. Empez� a ver una luz que se mov�a, y yo no ve�a nada. Me arrastr� durante toda una noche, hasta el amanecer, detr�s de la bendita luz: ��Qu� luz?�, le preguntaba yo, y �l se enojaba: �Esa luz, �no ves?, esa luz.� A la noche siguiente me aburr� de seguirlo y me qued� a dormir en un �rbol. Despu�s lo perd�.</p><p>Todos, y especialmente Berm�dez, est�bamos asombrados por la fr�a tranquilidad del Franc�s, capaz de dormir en un �rbol de la selva; y nos miramos en una especie de entendimiento desconfiado, por muchos motivos; entre ellos, que el Franc�s hubiese podido hallar en plena oscuridad el camino de vuelta al patio. Berm�dez se anim� a pregunt�rselo directamente.</p><p>��Suerte -respondi� el Franc�s, con un nuevo encogimiento de hombros. Luego agreg� con aire ingenuo-: �Por qu� no?</p><p>El Alem�n prepar� caf� instant�neo. Despu�s de beberlo advert� que mi guardia hab�a terminado, y le pas� el reloj y el resto de las cosas a Berm�dez.</p><p>La carpa hab�a sido pensada para dos personas, y aunque todav�a quedaba espacio, se volv�a inc�moda. Le ped� a Berm�dez que tratara de dejarme dormir m�s all� de las ocho; el fr�o y el nerviosismo me ten�an mal, y tem�a una reca�da. �l qued� sentado en la fuente, junto al farol, tratando de arreglar la linterna. Los dem�s nos metimos en la carpa.</p><p>Descubr�, antes de dormirme, por qu� me sonaba especialmente falsa la historia del Franc�s: se trataba del tiempo. �l hablaba como si s�lo hubiese estado fuera durante dos o tres d�as, y hab�an pasado, seg�n mis c�lculos, por lo menos diez o doce desde que junto al Farmac�utico hab�an salido en su exploraci�n, antes de mi llegada al patio. En resumen, tard� mucho en dormirme y no dorm� bien. Y a pesar de mi pedido a Berm�dez, fui despertado a las ocho como todo el mundo.</p><p>Pas� el d�a dormitando, tirado en el suelo, al sol, o refugi�ndome a veces en la carpa. Tambi�n tuve oportunidad de charlar con el Franc�s. Su historia coincid�a con lo que me hab�a contado Berm�dez, incluyendo lo del le�n (aunque, desde luego, hasta despu�s de la muerte del animal, el Franc�s sigui� largo rato sin comprender que ya no estaba en su pa�s, y no se explicaba c�mo pod�a haber llegado un le�n cerca del Sena, en las afueras de Par�s). Pero su relato era menos anecd�tico que los otros; ten�a m�s contenido de un tiempo interior, muy especial, y se demoraba en detalles que no eran aparentemente los m�s destacables. Me fui haciendo a la idea de que realmente ese hombre ten�a un tiempo distinto, y me pareci� que al fin hab�a dado con alguien a quien se le pod�a inquirir seriamente sobre todo aquello. Sin embargo, obtuve un encogimiento de hombros y un largo silencio; despu�s habl�, en su mezcla de idiomas.</p><p>��No s�, no me sorprende demasiado. La bomba at�mica, qui�n sabe. Fisuras en el espacio-tiempo, el l�ser, la relatividad -mezclaba todo con las manos, haciendo ademanes amplios y vagos como para dar coherencia al conjunto. Pero sigui� hablando, y a pesar del desinter�s que demostraba en general por las cosas se ve�a que hab�a meditado largamente, al menos tanto como yo. Hablando del Farmac�utico, por ejemplo, manifestaba no encontrar que las tres versiones de su llegada aqu� fueran realmente contradictorias.</p><p>��Qui�n puede saberlo -coment�-. Yo no creo demasiado en los hechos, ni que haya necesariamente una explicaci�n para cada fen�meno.</p><p>Le habl� de mi teor�a de un lugar circular, y �l dijo que tambi�n se le hab�a ocurrido.</p><p>��Pero no podemos tener ninguna certeza acerca de nada -agreg�-. Yo tengo una teor�a muy linda; muy coherente en s� misma, acerca de este lugar, pero no podr�a demostrarla. Imagino que podr�a tratarse de un trozo, como una nube, o algo as�, de una materia especial, de otro tipo, no s�, que de alguna manera nos hubiera tocado una a nosotros o nos hubiera envuelto, y est� materia dar�a forma a nuestros deseos o temores inconscientes. Me llama la atenci�n la diversidad de formas de llegar aqu�, y que esas formas parecieran corresponder a la personalidad de cada uno, <emphasis>n'est-ce pas?</emphasis> -Este �n'est-ce pas?� lo repet�a a cada momento, y es lo que de �l mejor me qued� grabado en la memoria-. Escuchando cada narraci�n, uno pensar�a en lugares totalmente distintos, desconectados entre s�, que nada tuvieran que ver; y sin embargo, incluso geogr�ficamente, todos hemos estado muy cerca unos de otros en este tiempo -desde luego, todo esto dicho con mucha calma y con muchos silencios en medio.</p><p>Luego le pregunt� si �l cre�a posible salir de all�.</p><p>Repiti� su tic con los hombros.</p><p>���Para qu�? -pregunt� a su vez.</p><p>Era una pregunta que yo ya hab�a comenzado a formularme, y cuya respuesta trataba de evadir, desplaz�ndola, o respondi�ndola f�cilmente con alguna imagen. Pero ante un interlocutor de carne y hueso la respuesta se hac�a m�s endeble.</p><p>��Bueno� -comenc� a decir, vacilando-. Por ejemplo, yo conozco a una muchacha� Se llama Ana�</p><p>Pero ya no era cierto. Ana se hab�a diluido definitivamente. Trat� de recomponer otra vez su rostro: un ojo, otro ojo; los labios; pero no pude. El Franc�s observaba en silencio mi esfuerzo un tanto desconcertado, fumando su pipa sin ansiedad.</p><p>Hac�a ya unos cuantos d�as que la angustia trazaba en m� nuevos dibujos, con la imprecisi�n caracter�stica de los comienzos. Pero si su avance era lento y m�s lenta a�n mi conciencia de ella, lo cierto es que avanzaba. A las experiencias vividas se sumaron los relatos escuchados, ampli�ndoselas dimensiones de este lugar a l�mites incre�bles, que empezaba a sospechar infinitos; al mismo tiempo, lo que yo llamaba mi vida cotidiana, es decir todo aquel pasado que finalizaba en aquella pared gris de la esquina frente al kiosco, se hab�a disuelto junto con la imagen de Ana, formaba un mundo peque�o y lejano y ahora, comprob� con asombro, mi vida cotidiana era �sta, en un lugar desconocido, rodeado de extra�os.</p><p>Fui dejando escapar algunas de estas cosas, como hablando en voz alta conmigo mismo. El Franc�s sonri�.</p><p>��Por supuesto -dijo, y me lleg� el aroma del tabaco que fumaba, record�ndome que desde mi enfermedad no hab�a vuelto a fumar-. �Pero en qu� mides lo desconocido de este lugar, en relaci�n al que dejaste? �Cu�nto m�s extra�os somos para ti los que ahora te rodeamos, que aquellos que te rodeaban en tu ciudad?</p><p>Me pareci� que ten�a raz�n, pero algo hac�a que me aferrara a la nostalgia; habl� del peligro que hab�a all�, cosa que divirti� al Franc�s, y me record� los accidentes automovil�sticos, y cit� de memoria algunas cifras estad�sticas acerca de muertes violentas; nunca supe si las hab�a inventado en el momento o no, aunque este detalle no ten�a importancia. Luego se perdi� en una suma un tanto empalagosamente morbosa: peligro at�mico, explosi�n demogr�fica, envenenamiento de la atm�sfera, etc�tera.</p><p>Me deprim�, desde luego. Para protegerme me escud� en la certeza de que hab�a algo que el Franc�s ignoraba, o que no pod�a sentir, y que yo no pod�a explicar. Pero me qued� pensando, y anduve inc�modo y esquivando a la gente. Especialmente me qued� grabado ese ��para qu�?�. Era muy fuerte.</p><p>Durante este d�a empezaron los primeros ataques de los dem�s para integrarme a las tareas; y al d�a siguiente arreciaron. Realmente comenzaban a molestarme. Cuando me volvi� a tocar el turno en la guardia, lo acept� mec�nicamente, sin protestar. La cabeza me segu�a trabajando todo el tiempo, y me provocaba un estado de adormecimiento en el que las ideas no tomaban una forma muy precisa.</p><p>Hacia el amanecer, cuando la guardia tocaba a su fin, me asalt� un pensamiento que hasta ese instante no hab�a logrado capturar para su formulaci�n en palabras.</p><p>��Es preciso salir de aqu� -me dije en voz baja, con asombro de mi propio descubrimiento-, aunque no necesariamente para volver all�.</p><p>Por lo menos, y me pareci� evidente, hab�a que salir de ese patio. No sab�a lo que pensaba el resto del grupo, pero yo s� estaba seguro de no querer permanecer all� toda la vida. Era muy claro que hab�a que salir, sin preguntarse para qu�; el para qu�, pens�, quiz� habr�a de saberse luego, o quiz� nunca, o quiz� no hab�a ning�n �para qu�; pero hab�a que salir, sencillamente porque no hab�a ning�n motivo para quedarse. Record�, sin embargo, otra frase del Franc�s que me hab�a dejado pensando.</p><p>��La mayor�a de las desgracias que sufren los seres humanos -y aclar� que citaba a Pascal- se deben a que uno no sabe estarse encerrado en su cuarto. Pero no te preocupes -agreg�, con una sonrisa tierna-; yo tampoco podr�a hacerlo.</p></section><section><title><p>19</p></title><p>Al d�a siguiente se produjeron novedades de importancia. Fue despu�s del almuerzo, mientras yo tomaba sol perezosamente junto a la verja, y hac�a algunas anotaciones de vez en cuando al recordar alg�n detalle, y un poco por noveler�a, para usar un bol�grafo nuevo que me hab�a regalado el Franc�s.</p><p>En primer lugar apareci� una muchacha, en ropas veraniegas, temblando de fr�o y muy asustada. De inmediato se le suministr� una frazada, y todas las atenciones sol�citas del caso, tratando de tranquilizarla; no despeg� los labios y sollozaba en forma entrecortada; a veces interrump�a un poco los sollozos y nos miraba con desconfianza. Pocos minutos despu�s, por el mismo sitio -una de las aberturas con puerta sobre el pared�n frente a la verja-, apareci� un hombre peque�o y fornido, de espesos bigotes y calvicie pronunciada, de aspecto totalmente inofensivo y quien, sin embargo, produjo una nueva crisis nerviosa en la muchacha, que inclu�a gritos hist�ricos y un intento de fuga, aunque no supo bien hacia d�nde: este hombre fue reconocido por los dem�s como el Farmac�utico.</p><p>���Por favor! -exclam�, agarr�ndose la cabeza con desesperaci�n-. �Expl�quenle a esta mujer que no tengo intenci�n de hacerle da�o!</p><p>Ella hab�a optado por escudarse detr�s del Franc�s y de m�, tal vez porque �ramos individuos de edad parecida a la suya o porque por alg�n motivo le inspir�bamos menos desconfianza. Volvimos a ocuparnos de tranquilizarla, y en cierta medida lo conseguimos; pero fue imposible hacerle hablar y menos a�n que tolerara la presencia del Farmac�utico en un radio menor de tres metros de su persona.</p><p>Casi de inmediato, y por un agujero distinto, situado en el mismo pared�n, pero m�s alejado y a mayor altura que la puerta que hab�an usado para entrar all�, apareci� la cabeza de un ni�o peque�o, quien mir� a todos sin curiosidad y se descolg� hacia el suelo, corriendo enseguida a los brazos de la muchacha. Ella lo acept� con una sonrisa, y todo pareci� normalizarse a partir de ese momento, aunque me era imposible entender nada de lo que estaba sucediendo.</p><p>El Farmac�utico fue el primero en aclarar algunas cosas, pero su historia dejaba completamente a oscuras el problema de la muchacha y el del ni�o.</p><p>Hubo una discusi�n entre �l y el Franc�s acerca de la existencia real de aquella misteriosa lucecita; finalmente, el Farmac�utico tom� la palabra decidido a contar su relato sin interferencias.</p><p>��Empec� a caminar, siguiendo la lucecita. Era blanca, con matices azulados, y se prend�a y apagaba irregularmente, y cambiaba de ubicaci�n -not� un cierto acento italiano, y una forma de hablar que lo identificaba sin lugar a dudas como bonaerense-. Cuando cre�a estar a punto de alcanzarla, volv�a a encenderse un poco m�s lejos. Como cuando pibe trataba de cazar bichos de luz. Despu�s, se hizo de d�a, y la lucecita dej� de verse. Not� que la selva se iba desdibujando, los �rboles se espaciaban, y pronto llegu� a un claro, o m�s bien un descampado; s�lo se ve�a una enorme distancia vac�a, de tierra pelada, con un poco de pasto amarillento aqu� y all�.</p><p>El Franc�s hab�a advertido que la muchacha segu�a temblando ligeramente bajo la manta, y se dedic� a avivar un poco el fuego. Intent�, llev�ndola a un aparte, iniciar el di�logo; pero cre� advertir que la muchacha segu�a sin despegar los labios, aunque se ve�a m�s protegida con la presencia del ni�o. Tambi�n vi que el Franc�s le daba algo para beber, de un frasco misterioso, y presum� que tendr�a escondida alguna bebida alcoh�lica; pero no prest� demasiada atenci�n a estas cosas, escuchando m�s bien el relato del Farmac�utico.</p><p>��Anduve un rato largo sin encontrar nada, ni siquiera un �rbol, hasta que al fin apareci� una especie de mont�culo, con algo que, al acercarme, vi que era como la entrada de una mina. Me met� por all� y segu� andando; cuando ya no llegaba la luz exterior, me llam� la atenci�n ver que de trecho en trecho hab�a picos de gas encendidos. Daban una luz bastante buena.</p><p>�As�, hasta llegar a una puerta, sobre una de las paredes del t�nel de la mina. Era desconcertante, porque la puerta era linda, quiero decir que era nueva, bien pintada, con un pomo de bronce reluciente. La abr�, y del otro lado hab�a un espacio muy amplio, como un teatro; incluso hab�a una serie de butacas, dispuestas en semic�rculo; y hacia el centro del semic�rculo, una especie de tarima. El lugar estaba desierto; entr� y mir� por todos los rincones; s�lo hall� una puertita, disimulada por un tel�n negro que hab�a al fondo, detr�s de la tarima, frente a las butacas. Esta puertita daba a un pasillo corto que llevaba a algo as� como un dep�sito donde se amontonaban botellas vac�as y envases de todo tipo; y ten�a una ventanita con barrotes de hierro, y mirando por la ventanita alcanc� a ver el gallinero m�s grande que hab�a visto en mi vida; hab�a cientos, miles de gallinas, en un espacio enorme rodeado por un tejido de alambre.</p><p>�El dep�sito ten�a otra puerta, y sal� de all� y empec� a dar vueltas hasta perder la cuenta de pasillos y lugares recorridos. Al fin encontr� otra puerta como aqu�lla, nueva y pintada, que daba a una pieza muy lujosa; y en esta pieza estaba esa joven aqu� presente, quien apenas me vio empez� a chillar y sali� disparada a trav�s de otra puerta; yo la segu�, porque entre otras cosas hab�a gritado ��asesino!� en espa�ol, y quer�a hablar con ella; pero ella segu�a corriendo, aunque yo le gritaba que no le quer�a hacer da�o, y atraves�bamos cantidad de piezas raras, incluso con alguna gente que nos miraba pasar, con miedo, y ella segu�a chillando, y al final se larg� a trav�s de un t�nel. As� fue como llegamos aqu�.</p><p>Hubo un largo silencio. Ya comenzaba a caer el sol, y casi sin querer nos fuimos arrimando a la fogata. Advert� que el Franc�s hab�a hecho progresos: ya jugaba con el ni�o rubio, y la muchacha se mostraba mejor dispuesta. Se me ocurri� una idea.</p><p>���Cu�nto tiempo transcurri� desde que salieron de este patio, usted y el Franc�s, hasta este momento? -le pregunt� al Farmac�utico. �l se mostr� sorprendido por la pregunta.</p><p>���C�mo? -dijo. Luego medit� unos instantes, frunciendo el ce�o, y respondi�-: Bueno, unos tres d�as, creo.</p><p>Todos nos miramos con preocupaci�n. Berm�dez hizo un gesto como para comenzar a hablar, como para discutirle; pero se contuvo. Supongo que debi� de admitir que las distorsiones que se daban en el espacio tambi�n alcanzaban al tiempo.</p><p>Luego la conversaci�n fue tomando un giro m�s bien burocr�tico, y yo me apart� de ellos y me acerqu� al Franc�s y a la muchacha, un poco m�s apartados, ahora, de la fogata.</p><p>��Se llama Alicia -inform� el Franc�s, con una sonrisa. Ten�a al ni�o sentado en las rodillas-. Y el ni�o no tiene nada que ver con ella; pertenece a una familia de este lugar, habla un idioma desconocido.</p><p>Mir� al ni�o atentamente y no observ� ninguna de las caracter�sticas -obesidad, falta de elegancia, etc�tera- que correspond�an a aquellas gentes que hab�a encontrado en mi recorrida inicial; pero tal vez el ni�o, pens�, todav�a era peque�o -tendr�a siete a�os, como m�ximo- y podr�a ser que no hubiese desarrollado a�n esas caracter�sticas. Luego, por fragmentos que compon�an la historia de Alicia, supe que proven�a de otra zona, habitada por gentes distintas a las que yo conoc�a.</p><p>El problema m�s urgente que se le presentaba a nuestro grupo era la forma de dormir. Para quienes se hab�an reunido alrededor de la fogata era realmente un problema muy serio. La presencia de una mujer los pon�a inc�modos y puntillosos. A m�, por el contrario, me resultaba muy agradable; o�r una voz de mujer, e incluso sentir o saber de su presencia, me regulaba autom�ticamente no s� qu� mecanismos ps�quicos. o f�sicos; lo cierto es que esa presencia me hac�a sentir m�s afirmado en mi recuperaci�n y m�s seguro de m� mismo. Y supongo que al Franc�s le suceder�a lo mismo.</p><p>Los de la fogata debat�an sobre la forma de combinar el sue�o de cinco personas, y la guardia de cinco de ellas, teniendo en cuenta que en la carpa cab�an hasta tres con cierta comodidad y que durante el sue�o de la muchacha no quedaba bien que alguien m�s durmiera all�. No pude menos que soltar una carcajada. Dije:</p><p>��Alicia tiene sue�o. Por favor, p�nganse de acuerdo en los turnos, a ver si le corresponde dormir alg�n d�a de esta semana.</p><p>Con esto desorganic� la reuni�n. Berm�dez y el Alem�n se atropellaron para ir a la carpa y acomodar las cosas; sacaron los implementos de la guardia y las frazadas sobrantes, y le dijeron a Alicia que la bolsa de dormir estaba a su disposici�n. Ella se despidi� con una sonrisa cansada, y se meti� en la carpa llevando consigo al ni�o.</p><p>��Hay un problema menos -dije-. No son siete personas para distribuir, sino seis, ya que Alicia y el ni�o ocupan un solo lugar. Adem�s, no veo ning�n inconveniente para que alguien m�s duerma en la carpa.</p><p>Precisamente yo, muy cansado por la guardia de la noche anterior, iba a proponerme para ocupar ese lugar. No ten�a ninguna intenci�n er�tica con respecto a la muchacha, quien realmente no me resultaba muy atractiva; simplemente quer�a dormir c�modo y por otra parte romper la rigidez pudorosa del grupo.</p><p>Pero el Franc�s se me adelant�; explic� que le tocaba guardia esa noche y que ten�a necesidad de descansar; que mientras ellos se pon�an de acuerdo en la organizaci�n de los turnos, �l ir�a a acostarse; y que si su presencia molestaba a la chica ser�a ella, y no los dem�s, la encargada de hacerlo saber. Dicho lo cual tom� una manta y se meti� en la carpa; al parecer, Alicia no puso inconvenientes.</p><p>En el grupo reinaba un silencio resentido; yo tambi�n lo estaba en cierta medida, pero me gust� la actitud del Franc�s. Tom� una manta y me acost�, envuelto en ella, sobre la tierra, cerca de la fogata. Berm�dez estaba p�lido de c�lera. Tir� al fuego el l�piz y el papel y dijo que as� no se pod�a seguir. El Alem�n y el Farmac�utico asintieron gravemente.</p><p>��No se lo tomen a la tremenda -dije, sin asomo de iron�a, tratando de que mi acento fuese c�lido; pero ellos siguieron rezongando; y a�n los o�a entre sue�os; sent� que dec�an algo sobre la disciplina indispensable, y me dorm� profundamente.</p></section><section><title><p>20</p></title><p>Lo que pude saber de la historia de Alicia reproduc�a en buena medida mis propias aventuras iniciales en ese lugar; tambi�n hab�a recorrido piezas con puertas que s�lo le permit�an un sentido determinado; pero m�s que piezas eran verdaderos apartamentos; y cuando alguno estaba habitado, los seres, generalmente una familia, eran de otra clase que los que yo conoc�a. M�s parecidos, tal vez, a nosotros; pero su lenguaje era tambi�n incomprensible. El trato tambi�n era distinto; hab�a cierta amabilidad, y se lograba cierto entendimiento a pesar de las insuperables dificultades con el idioma. De una de estas familias hab�a salido el ni�o rubio que ahora estaba con nosotros; un ni�o extra�o, que hab�a mostrado de inmediato un gran apego por Alicia, y que desconcertaba a sus padres con sus misteriosas desapariciones. Despu�s que Alicia se despidi� de esa familia y continu� su recorrido, en m�s de una oportunidad apareci� el ni�o junto a ella, llegando por conductos que Alicia no logr� conocer. Muchas veces lo hab�a enviado de vuelta a su hogar, y otras tantas, tarde o temprano, el ni�o hab�a regresado. Ahora no mostraba ning�n inter�s por irse de este patio.</p><p>Entre las variantes fundamentales del lugar de Alicia con respecto al m�o, figuraban dos que es necesario destacar: una, que la gente que habitaba los apartamentos realizaba trabajos. Los hombres dispon�an de unos aparatos, incomprensibles para Alicia, que manejaban durante algunas horas en cada jornada; las mujeres se ocupaban de tareas de cocina y limpieza. La otra, era la presencia de algunos implementos de espionaje: peque�os lentes y micr�fonos adosados a las paredes, cuya finalidad deb�a ser probablemente desconocida para los habitantes del apartamento; y m�s a�n, parec�an tenerles un respeto de orden religioso, tal vez porque sus partes met�licas daban fuertes choques el�ctricos a quien los tocara.</p><p>No explic�, por ahora, c�mo hab�a llegado all�; y todos estos datos los fuimos juntando con dificultad, ya que la muchacha se mostraba propensa a sufrir un nuevo ataque de nervios al recordar ciertas cosas. Por lo dem�s, lentamente se fue integrando a nuestro grupo y ya la proximidad del Farmac�utico le era m�s tolerable.</p><p>Durante esa jornada prosiguieron las discusiones acerca de problemas organizativos, y comenz� a planificarse una especie de excursi�n con fines de aprovisionamiento. Yo me mantuve al margen de las tediosas discusiones y en principio mostr� de antemano mi conformidad con las resoluciones que se tomaran, aunque no estaba muy seguro de que en realidad fuera a aceptarlas.</p><p>Esa madrugada me despertaron a las cuatro, cuando el cambio de guardia. Tambi�n hab�an despertado al Franc�s, que ten�a los ojos hinchados y la voz m�s enronquecida, y dec�a <emphasis>merde</emphasis> mientras se lavaba la cara en la fuente. El Alem�n y el Farmac�utico dorm�an bajo una misma manta, fuera de la carpa; Berm�dez, que se hab�a mantenido despierto, fue a ocupar mi lugar, fiel al principio de no dormir bajo la misma carpa ocupada por una dama.</p><p>Yo vacil� un rato y al fin decid� acompa�ar al Franc�s en la guardia, para no crear mayores incomodidades con el asunto de la carpa; pens� que despu�s deber�a resignarme a discutir con los otros.</p><p>Estuvimos conversando en voz baja y el tiempo de la guardia pareci� transcurrir mucho m�s r�pidamente. Yo volv� al tema de las teor�as acerca del lugar, y de c�mo hab�amos llegado a �l; charlando, logramos una especie de cat�logo fant�stico de posibilidades, cada una de las cuales parec�a contradecir a las dem�s, y al mismo tiempo, cualquiera de ellas sonaba muy l�gica y convincente, por lo menos a esa hora de la madrugada.</p><p>A pesar de grandes coincidencias entre nuestras teor�as personales, hab�a una divergencia b�sica en lo referente a un punto fundamental: la existencia de seres, extraplanetarios o no, que actualmente habitaran y manejaran el lugar. El Franc�s tend�a a negarlos, y encontraba siempre alguna explicaci�n que sustitu�a perfectamente esa presencia directriz. Ninguno de los dos pod�a, de todos modos, aportar ninguna prueba.</p><p>���C�mo explicas, entonces -le pregunt�, en un momento de la discusi�n- la existencia de los aparatos de espionaje?</p><p>��Sencillamente -respondi� con calma-; son la expresi�n de las tendencias paranoides de Alicia. Ella misma ha creado esos aparatos, les ha dado realidad tangible modelando la materia por medio de su temor a ser espiada.</p><p>Me mostr� esc�ptico. Objet� que, entonces, de acuerdo con esta f�rmula, el Franc�s mismo pod�a ser tambi�n creaci�n m�a, de mi �ntimo deseo de tener alguien con quien conversar.</p><p>��Es cierto -admiti�, con una sonrisa-; pero no necesariamente. Este lugar, que t� llamas patio, bien puede ser creaci�n colectiva; bien podr�a haber nacido de nuestra necesidad de reunimos.</p><p>Me coment� tambi�n que Berm�dez ten�a una teor�a, aunque el hecho de pensar lo avergonzaba y trataba, curiosamente, de ocultarlo. Pero una noche le hab�a dicho que �l cre�a que hab�a habido una guerra mundial, y que las explosiones at�micas hab�an modificado todo, nos hab�an �entreverado�, personas y lugares, como un rompecabezas mal armado en el que, sin embargo, las piezas encajan unas con otras, aunque no las figuras.</p><p>Estuvimos un rato en silencio. Luego se me ocurri� preguntar:</p><p>���Y t� crees realmente en tu teor�a?</p><p>Volvi� a sonre�r, un poco angelicalmente.</p><p>��No -dijo-. No creo en nada.</p><p>Sal�a el sol. El Franc�s, contraviniendo las disposiciones- al respecto, hizo una nueva hoguera, mucho m�s espectacular de lo necesario, para calentar caf�. A las ocho, despert� a todo el mundo, a excepci�n de Alicia y el ni�o, quienes, a pesar del ruido que se hizo luego, siguieron durmiendo hasta el mediod�a.</p><p>Me instal�, un poco apartado, cerca de la fuente; a continuar mis apuntes. Escribir a mano 'me da mucho trabajo; el avance es lento. Y ten�a muchas novedades para consignar y muchas teor�as para desarrollar. Berm�dez, el Farmac�utico y el Alem�n se afeitaron, por turno, mientras el Franc�s ocupaba un lugar entre las mantas y dorm�a, fuera de la carpa.</p><p>Hacia el mediod�a, cuando ya ten�a la mano y el brazo varias veces acalambrados, dej� de escribir y me acerqu� a la rueda que se hab�a formado en torno al fuego; hablaban de comer todo el asado al mediod�a, porque la carne se estaba echando a perder definitivamente; y de la escasez general de provisiones y de la necesidad de salir de caza.</p><p>La conversaci�n no me gustaba; no es que se dijera abiertamente, pero yo sospechaba en ellos la idea de que me estaba alimentando a sus costillas, sin hacer ning�n esfuerzo (lo cual era rigurosamente cierto); y tampoco me sent�a dispuesto a salir de cacer�a; y me molestaba especialmente por esa idea que parec�a estar metida muy hondo en todos ellos de permanecer indefinidamente en ese patio. Intent� un comentario, tratando de no resultar agresivo, pero no me prestaron atenci�n. Sent� que me descartaban como persona �til, y mi resentimiento culpable se agravaba.</p><p>Alicia y el ni�o se unieron al grupo; la muchacha estaba de buen humor, parec�a m�s comunicativa. El ni�o fue a despertar al Franc�s, quien lo recibi� con sorprendido agrado.</p><p>En el transcurso del almuerzo, durante el cual se prolong� la discusi�n de la ma�ana, not� algunas cosas; lo m�s evidente era que se hab�a abierto una brecha entre el Alem�n, el Farmac�utico y Berm�dez por un lado, y principalmente yo por el otro; el Franc�s estaba indudablemente de mi lado, pero su actitud era indiferente, poco interesada; en realidad no le preocupaba nada de lo que se discut�a, y se ve�a claramente su intenci�n de actuar en definitiva como mejor le pareciera; si opt� al fin por integrarse a la cacer�a fue realmente por su voluntad, sin que pesara en absoluto la presi�n de los dem�s. Alicia se mostraba inclinada de nuestro lado, pero comenc� a sospechar, con alg�n fundamento, que era m�s por simpat�a hacia mi persona que por otros motivos; al entrever que pudiera surgir alguna relaci�n afectiva entre nosotros me sent� alarmado, y trat� de canalizar sus simpat�as hacia el Franc�s, quien parec�a sentirse atra�do por ella; aunque ella parec�a ignorarlo. Y, finalmente, el ni�o era un mediador inconsciente entre Berm�dez y yo; Berm�dez, a pesar de ser el cabecilla del grupo conservador, no era fan�tico como los otros, me segu�a aceptando y pod�amos tener conversaciones amistosas. El Farmac�utico, en cambio, no intentaba el menor di�logo conmigo, y el Alem�n se iba distanciado cada vez m�s.</p><p>Hacia el atardecer se me plantearon con fuerza li los cargos de conciencia; por un instante se me ocurri� ponerme en el lugar de ellos, y me di cuenta de que no estaban del todo faltos de raz�n; me dije que mi actitud era ego�sta, y trat� de imaginar alguna forma de cooperaci�n; pero todas me parec�an trabajosas y vanas. Sin poder explicarlo hasta m�s tarde, sent�a, honestamente, que cualquier forma de colaboraci�n con ellos se transformaba autom�ticamente en una �ntima traici�n a m� mismo.</p><p>M�s tarde descubr� la clave de mis problemas. Estaba metido en una trampa muy compleja. Era cierto que yo estaba aprovechando, a partir de mi enfermedad y necesidad de atenci�n de los primeros d�as, un mecanismo creado por ellos. Era cierto que pod�a dormir tranquilo mientras alguien estaba de guardia, y que pod�a comer un alimento que hab�an conseguido ellos; pero, y ah� estaba la trampa, hasta ese momento no hab�a tenido necesidad de que nadie protegiese mi sue�o, ni que me dieran de comer.</p><p>Si ahora se planteaba la necesidad, era precisamente por haber resuelto quedarme con ellos. Me pregunt� por qu� y cu�ndo lo hab�a hecho, y descubr� que fue m�s bien un dejarme estar: hab�a ca�do en la trampa de la comodidad. La misma trampa de las habitaciones de mi recorrido inicial, preparadas como para m�. En este caso hab�a, adem�s, una especie de intercambio: ellos me daban comodidad, a cambio de mi presencia. Sospech� que apenas anunciara mi decisi�n de partir, llover�an nuevamente cr�ticas sobre mi actitud pero al mismo tiempo se ablandar�an en sus posiciones y terminar�an por dejarme en paz, sin exigirme nada.</p><p>Ellos me necesitaban, por la antigua idea de que la uni�n hace la fuerza. Mal que bien, por lo menos yo hac�a n�mero. Pero yo me sent�a cada d�a m�s debilitado. Hab�a ganado en seguridad y comodidad, pero estaba perdiendo el tiempo. Y tambi�n, descubr�, me necesitaban por otro motivo m�s oscuro: me necesitaban como c�mplice de esa actitud cobarde -en definitiva, m�s cobarde que la m�a- de quedarse en el patio. �Qu� esperaban, all�?</p><p>Me fui deprimiendo cada vez m�s, pensando en la medida verdadera en que hab�a estado perdiendo el tiempo; no s�lo desde que encontr� al grupo, �io s�lo desde que hab�a aparecido misteriosamente en ese lugar; toda mi vida se volvi� en ese instante vac�a y sin sentido; apenas peque�os brillos, muy aislados entre s�, que no lograban rescatar todo un pasado lamentable. Y con respecto a esta �ltima etapa, a esta parte de mi vida que comenzaba en aquella pieza oscura, ya que hab�a decidido salir de all�, ya que hab�a resuelto desde un primer instante que ese lugar me resultaba ajeno, que no era el m�o, no entend�a los motivos que me hab�an llevado a permanecer tanto tiempo.</p><p>Es cierto que no hab�a encontrado una salida, y que tampoco parec�a f�cil encontrarla; pero �la hab�a buscado verdaderamente con la urgencia de los primeros d�as? El lugar me hab�a ablandado, y me sent�a cada vez m�s blando a medida que comprobaba su inmensidad. La salida parec�a cada vez m�s remota, y ya dudaba de que existiera. Pero razon� que �se tampoco era un motivo para quedarse.</p><p>O bien, que resolviera quedarme, de una vez por todas, quitarme de la mente la idea de una hipot�tica salida, idea que me hac�a sentir inc�modo en todo momento, en todas partes; entonces s�, podr�a organizarme, solo o en el grupo, y buscar la manera de pasarlo lo mejor posible.</p><p>Pero la idea de quedarme me segu�a pareciendo tan extra�a que, al repensarla, me hizo re�r en voz alta. Record� mis pensamientos de d�as anteriores, y los sent� muy verdaderos: no se trataba de regresar a ninguna parte, sino de salir de all�: a menos, pens� ahora, que all� encontrara algo que me decidiera a quedarme. Pero hasta el momento, salvo, quiz�, Mabel, no hab�a hallado nada parecido, y no ten�a por qu� suponer que lo hallar�a.</p><p>Y Mabel misma no era una raz�n; era m�s bien una ilusi�n. Del mismo modo que, ahora, ve�a una ilusi�n en la imagen de Ana, cuando se me presentaba en los primeros tiempos para darme fuerzas en la b�squeda de una salida hacia mi vida cotidiana.</p><p>Estos pensamientos me fueron llevando a una larga serie de meditaciones; me encontr�, de pronto, divagando, construyendo estructuras abstractas, con el pensamiento nuevamente en cero.</p><p>De todos modos me hab�a liberado de la culpa inicial con respecto al grupo; me liber� de ellos la decisi�n de partir. No saldr�a de inmediato, pero la decisi�n estaba tomada; incluso, me pareci� que ya hab�a sido tomada un tiempo atr�s, y que ahora lo que hac�a era reconocerla y aceptarla. Pero esto significaba emprender una acci�n, y siempre me ha costado decidirme a actuar.</p><p>A la ma�ana siguiente se suicid� el Franc�s. Un poco antes de las ocho se hab�a puesto en pie, apartando las mantas que lo cubr�an, fuera de la carpa, y le pidi� prestado el rev�lver al Alem�n, que estaba de guardia. �ste se lo alcanz�, sin llegar a extra�arse por el pedido.</p><p>El Franc�s, rev�lver en mano, fue hasta el port�n, lo abri�, lo dej� abierto, camin� una veintena de pasos, en direcci�n a la selva, pero fuera del caminito de pedregullo, y all� se vol� resueltamente la cabeza.</p></section><section><title><p>21</p></title><p>Las dos jornadas siguientes me resultaron particularmente ingratas. No colabor� en el trabajo para abrir la fosa, a pocos metros del cad�ver del Franc�s, ni particip� en la ceremonia del entierro; ni siquiera en la ma�ana del suicidio hab�a traspuesto las rejas para mirar el cad�ver.</p><p>Luego tuve que soportar los comentarios, enfermantes; nadie se explicaba la actitud del Franc�s, y por lo tanto llegaron a la conclusi�n de que hab�a sufrido un ataque de locura.</p><p>Abr� la boca muchas veces, pero la volv� a cerrar sin decir nada. �C�mo explicarles lo que significaba el Franc�s? Lo hab�a visto m�s de una vez inclinado durante largo rato sobre un camino de hormigas, que los dem�s pisaban sin notar. Lo hab�a visto a menudo mirando detenidamente las estrellas. �C�mo explicar que no necesitaba m�s motivos que una noche de insomnio y de lucidez para quitarse la vida? Para quien est� realmente vivo, la vida se vuelve a veces muy dif�cil, puede llegar a ser intolerable, sin necesidad de motivaciones especiales.</p><p>Alicia llor� a moco tendido, y se me prendi� del brazo y apoyaba la cabeza en mi hombro para llorar. Los dem�s, y a pesar de la unci�n de la ceremonia que realizaron, en pocas horas ya estaban hablando del muerto con cierto desprecio, o al menos indiferencia.</p><p>Los acontecimientos se precipitaron a la tarde siguiente.</p><p>Por un orificio sin puerta del pared�n sali� una mujer; me pareci� que su aspecto cubr�a todas las exigencias de una perfecta prostituta. Tendr�a unos cuarenta a�os, el pelo largo y lacio, te�ido hac�a tiempo de rubio -y en la base se notaba el casta�o original-, los labios pintados con exageraci�n, lo mismo que los ojos y el resto de la cara; y la ropa era una mezcla agresiva de rojo y verde chillones. Calzaba taco alto, y para colmo revoleaba una cartera que llevaba colgando de la mu�eca derecha. Ven�a hecha una furia.</p><p>���Qui�nes son ustedes? -pregunt� en tono agudo y ofensivo. Nos quedamos mudos ante la ins�lita pregunta; luego nos exigi� que la sac�ramos de all�. Berm�dez se adelant� a parlamentar, y le cost� grandes esfuerzos conseguir que lo escuchara. Su alocuci�n, con todo, result� poco clara para la mujer, quien sigui� insistiendo en que la sac�ramos de all�.</p><p>��Yo entro en el ba�o del caf� -explic�- para arreglarme el maquillaje, y cuando salgo el caf� no est� m�s, en su lugar hay una especie de templo, inmenso, con grandes columnas, vac�o. Camin� y camin� sin ver a nadie, ni nada, y despu�s encontr� una puertita que daba a un pasillo y ahora los encuentro a ustedes.</p><p>Hablaba vertiginosamente, y repet�a muchas veces las mismas cosas, mir�ndonos de forma insolente, culp�ndonos de su situaci�n. Se adelant� el Alem�n, y trat� de explicarle que a todos nos hab�an pasado cosas similares. Luego le alcanzaron un mate; lo rechaz� con repugnancia y encendi� un cigarrillo rubio que extrajo de un paquete que llevaba en la cartera.</p><p>Luego pareci�, si no serenarse, al menos desviar un poco de nosotros sus iras.</p><p>��Nunca me hab�a pasado nada parecido -dijo, y todos estuvimos de acuerdo.</p><p>Alicia segu�a pegada a m�. Esa noche se neg� a dormir en la carpa junto a la mujer, que hab�a dicho llamarse Silvia; con el ni�o de por medio se acost� a mi lado, fuera de la carpa, bajo las mismas mantas, ante el asombro de todos.</p><p>Al d�a siguiente las tensiones alcanzaron el punto m�ximo; yo me hab�a negado a la guardia cuando el Farmac�utico me despert� a las cuatro, porque realmente no hab�a podido dormir y me sent�a agotado y con una confusi�n mental muy grande. Sent�a, adem�s, que Alicia me estaba creando un nuevo problema.</p><p>Luego, se hizo manifiesta la rivalidad entre Alicia y Silvia y, finalmente, el Farmac�utico y el Alem�n propusieron que se me sancionara, aunque sin especificar de qu� manera, por mi negativa a hacer la guardia, y quisieron adem�s incluirme por fuerza en la cacer�a.</p><p>Berm�dez, visiblemente interesado en la reci�n llegada, prestaba una atenci�n m�s d�bil a los problemas y adquiri� una cierta agresividad hacia el</p><p>Alem�n y el Farmac�utico. Como resultado final, ese d�a no se sali� de cacer�a, y se agotaban definitivamente las provisiones. El almuerzo consisti� en mate amargo seguido de arroz.</p><p>Alicia se decidi� por fin a narrarme su historia; y luego me propuso que nos fu�ramos de all�. �Nos� la inclu�a a ella, al ni�o y a m�. Le expliqu� que yo ya hab�a decidido partid pero que no hab�a pensado en ellos; en principio me negu� a llevar al ni�o, y acept� acompa�arla al menos un trecho, hasta que algo nos animara a separarnos. Luego admit� que pod�amos partir los tres, sin que ello significara, de ninguna manera, que yo aceptara la menor responsabilidad.</p><p>Ella argument� que no necesitaba en absoluto que yo me hiciera responsable de nada; que sabr�a arreglarse por su cuenta, incluso con el ni�o a su cargo. Finalmente acordamos partir los tres, no sin que antes yo insistiera en mi absoluta independencia.</p><p>Esa noche, alrededor del fuego y de los �ltimos granos de arroz, expliqu� al grupo nuestra decisi�n. El Farmac�utico y el Alem�n protestaron de inmediato. Berm�dez, ablandado por la muerte del Franc�s y por la presencia de Silvia, se mostr� menos mortificado de lo previsto ante el derrumbe de su imperio. Me pareci� que en las �ltimas horas hab�a aprendido algunas cosas.</p><p>La prostituta no dejaba de alborotar, sin sentirse en absoluto interesada por lo que suced�a alrededor suyo, y reclamaba mil atenciones que Berm�dez se afanaba por dispensarle. A pesar de todo, de la reuni�n surgi� un nuevo plan: a la ma�ana siguiente partir�amos Alicia, el ni�o y yo (�Despu�s de todo-murmuro el Farmac�utico- �stos nunca sirvieron para nada�); Berm�dez y el Alem�n saldr�an de cacer�a, y el Farmac�utico, acompa�ado por Silvia, intentar�a rehacer el camino hacia el gallinero que dec�a haber visto. Silvia insisti� en quedarse en el campamento, pero no se animaba a quedarse sola; Berm�dez manifest� no poder acompa�arla, ya que era el m�s indicado para la cacer�a. Silvia decidi� entonces acompa�ar a Berm�dez, aunque �ste se negaba por considerarlo riesgoso.</p><p>Yo me sent�, a pesar de todo, obligado a alertar al Farmac�utico sobre los peligros de buscar el gallinero; manifest� que la cacer�a me parec�a un riesgo menor, y que no val�a la pena meterse en un lugar de salida dif�cil, laber�ntico, por unas gallinas. A pesar de ciertas experiencias vividas tambi�n por ellos en el interior de la construcci�n, no eran, con todo, capaces de sensibilidad ante lo que consideraban peligros menores; para ellos no hab�a riesgo mayor que los gorilas y los elefantes; pens� que tal vez ten�an raz�n.</p><p>Les cost� mucho ponerse de acuerdo: finalmente convinieron en posponer la b�squeda del gallinero y salir de cacer�a Berm�dez, Silvia, y el Alem�n: el Farmac�utico se quedar�a en el campamento, con el rev�lver. Afortunadamente no se les ocurri� interferir en nuestros planes de partida.</p><p>Volvimos a dormir los tres bajo una misma manta. Me cost� mucho, nuevamente, conciliar el sue�o; en mi cabeza daba vueltas sin cesar la historia contada por Alicia, casi susurrada, cuando ya est�bamos bajo la manta y el ni�o dorm�a profundamente.</p><p>En su propia casa -cont�- al entrar a su dormitorio, not� que ya no era la misma habitaci�n de todos los d�as, sino una mucho m�s amplia y vac�a, con s�lo una gruesa alfombra sobre el piso. Aterrada, descubri� que en un rinc�n hab�a un hombre: estaba completamente desnudo y avanzaba hacia ella, con una mirada como de borracho o enfermo, los brazos colgando flojamente. Intent� abrir la puerta por la que hab�a entrado, pero no lo consigui�; entonces corri� hasta otra puerta, que ve�a justo enfrente de �sta; pero el hombre la atrap� antes de que lograra alcanzarla, y la arroj� brutalmente al suelo.</p><p>De inmediato, insensible a sus gritos y a los golpes que intentaba o que realmente consegu�a darle, le arranc� las ropas con furia e intent� violarla; ella resisti� con tenacidad, pero el hombre comenz� a castigarla sistem�ticamente, cubri�ndole de golpes de pu�o la cara y el cuerpo; ella se espant� al sentir que los labios le sangraban y que apenas pod�a abrir los ojos, y el dolor se volv�a insoportable, le parec�a que ten�a las costillas rotas, y al fin se entreg�.</p><p>En un estado de semiinconsciencia fue pose�da varias veces, hasta que el hombre, cansado, se ech� a dormir. Quiso matarlo, pero no ten�a con qu�, ni fuerzas. Arrastr�ndose, logr� alcanzar la puerta, y se encontr� en otra habitaci�n, desconocida, con muebles; coloc� una silla bajo el pestillo y se tendi� en la cama.</p><p>Durmi� durante largo tiempo, y cre�a haber notado una presencia que velaba, a veces, junto a ella, y al despertar encontr� alimentos y ropa a su alcance.</p><p>Despu�s hab�a vagado por aquella serie de apartamentos, y se hab�a instalado en uno de ellos, cansada de vagar, y aprovechando que estaba vac�o y le resultaba c�modo. Hac�a poco que estaba all� cuando apareci� el Farmac�utico; crey� que intentar�an violarla nuevamente y, presa del p�nico, huy�.</p><p>Yo me dorm� cuando estaba por amanecer, y el cielo mostraba ya una claridad gris.</p><p>A las ocho vimos partir el grupo de la cacer�a: nosotros permanecimos hasta cerca del mediod�a, porque yo no lograba despertarme del todo. Cuando al fin estuvimos dispuestos, el Farmac�utico pareci� olvidar rencores, y nos estrech� ceremoniosamente la mano y nos deseamos mutuamente buena suerte: �ramos sinceros.</p><p>La despedida del resto del grupo hab�a sido menos emotiva; ellos estaban nerviosos y yo con mucho sue�o. Con todo, el apret�n de manos de Berm�dez hab�a sido fuerte y prolongado. Y se mostr� emocionado al besar al ni�o.</p><p>��Espero que volvamos a encontrarnos -hab�a dicho Berm�dez, en el momento de partir, y ahora yo repet�a esta frase para el Farmac�utico.</p><p>Elegimos un pasillo que ten�a puerta, sin inconvenientes para ser abierta, y que a�n no hab�a sido transitado por ninguno de nosotros. Coloqu� una gran piedra junto a la puerta abierta, para evitar que se cerrara, pensando que quiz� nos vi�semos obligados a regresar.</p><p>El ni�o estaba contento ante la perspectiva de una nueva aventura, y hab�a espacio suficiente en el pasillo para que fuera tomado de la mano de ambos.</p></section><section><title><p>22</p></title><p>Fue, aproximadamente, un d�a y una noche el tiempo que nos llev� recorrer la larga serie de pasillos que se bifurcaban sin ofrecer otra posibilidad que las bifurcaciones; yo dejaba la elecci�n librada al gusto de Alicia, o a veces del ni�o. Dormimos muy mal, y muy poco.</p><p>La nerviosidad que me hab�a entrado al internarnos en el corredor hab�a variado de tono; al principio se trataba de emprender una aventura, largar, se nuevamente hacia lo desconocido, dejando atr�s lo que hab�a sido un refugio bastante seguro y la compa��a de otros seres humanos: y aunque la decisi�n de partir hab�a sido bien meditada, no pod�a evitar la angustia, despu�s de tantos d�as de pasividad.</p><p>Hab�a otra sensaci�n desagradable: por m�s que hubiese aclarado perfectamente los t�rminos de mi alianza con Alicia, no dejaba de sentirme con el peso de la responsabilidad, por ella y por el ni�o. Me hubiese sentido m�s tranquilo de encontrarme solo; al menos mi angustia tendr�a un matiz distinto, menos opresivo.</p><p>Luego me fue invadiendo el cansancio de andar, y nuevamente la claustrofobia; era el pasillo m�s largo que hab�a recorrido, parec�a no terminar nunca; ni siquiera presentaba orificios ni, a pesar de que en realidad se pod�a respirar bien, eran visibles otros sistemas de ventilaci�n.</p><p>Cuando llegamos al final nos encontramos, con alegr�a, en el aire libre; y mi alegr�a fue acompa�ada de algo nuevo, una nueva confianza, una especie de seguridad. Ello se deb�a sin duda a lo familiar del paisaje: era campo, extenso, sin murallas visibles, y hab�a detalles que, si bien no los not� enseguida, inconscientemente los recog� y en ellos se afianz� mi nuevo estado de �nimo: un caminito, algunos �rboles -eucaliptus- y m�s all� un alambrado y m�s lejos a�n, apenas visible, una vaca. El pasto era muy verde y el aire ten�a el aroma de la tierra.</p><p>El pasillo hab�a desembocado en una escalerita que llevaba a un agujero rectangular en la tierra; por all� emergimos y empezamos a caminar, luego de haber echado un amplio vistazo en derredor, sobre la calma del paisaje.</p><p>El caminito, apenas una huella de hombres y animales, pronto nos llev� cerca de un lugar poblado; algunos ranchos y casitas dispersos en un �rea grande; luego, a la distancia, parec�a que las construcciones se hac�an m�s nutridas y m�s pr�ximas entre s�.</p><p>Recorrimos algunos ranchos; tres de ellos estaban desocupados, dando idea de abandono; el cuarto tambi�n lo estaba, pero hab�a se�ales de haber sido habitado recientemente.</p><p>Seguimos andando, y al fin decidimos detenernos en una casita pr�xima. No hab�a nadie, pero se notaba claramente que alguien viv�a all�, pues hab�a alimentos frescos.</p><p>Comimos, y tomamos leche, y nos sentamos a esperar que llegaran los due�os de casa.</p><p>Al caer la noche, no hab�an aparecido.</p><p>Me sent� alarmado. Hasta ese momento, el cansancio y la angustia pasada no me hab�an permitido hacerme una composici�n de lugar; pero cuando encend� el farol y contempl� c�mo Alicia acostaba al ni�o en una cama peque�a, y vi m�s all� una cama de matrimonio, empec� a sacar conclusiones; si bien yo estaba a�n a la expectativa y no me hab�a hecho demasiadas ilusiones concretas, hab�a cre�do, tal vez por tratarse de un lugar tan abierto, que est�bamos en algo distinto; ahora ve�a que el sistema empezaba a repetirse. La casa parec�a estar esper�ndonos. Los elementos estaban dispuestos para que nos fuera c�moda; hab�a, adem�s, un escritorio, con una m�quina de escribir y abundante papel.</p><p>Sal� afuera y contempl� la noche estrellada, serena. No hab�a en ella nada de particular, nada distinto a tantas otras noches vividas en el campo. El canto de los grillos, el silencio dominando todos los peque�os ruidos; el ladrido de un perro a la distancia, contestado por otro m�s lejano; el aire limpio, la calma. Una noche como para sentirme bien; no me faltaba nada. Ni siquiera una compa�era. Todo estaba en orden.</p><p>Me sent� desolado. Volv� a entrar y me dej� caer pesadamente en un sill�n, apret�ndome las sienes con la mano derecha. Alicia se acerc�, y se arrodill� en el suelo, junto al sill�n, y apoy� su cabeza sobre mis piernas cruzadas.</p><p>Me pregunt� qu� me suced�a.</p><p>Entonces, lentamente, le narr� mi historia. Ech� la cabeza hacia atr�s, apoy�ndola en el respaldo, y acariciaba los cabellos de la muchacha. Le expliqu� c�mo desde que hab�a aparecido de forma inexplicable en aquella habitaci�n oscura, las cosas se hab�an ido repitiendo seg�n un mecanismo siempre igual, aunque variara de forma: esta casita en nada se diferenciaba, en esencia, de la primera pieza deshabitada que hab�a hallado.</p><p>Le habl� de mi desesperaci�n creciente, al ver que el lugar adonde hab�amos ido a dar era inmenso, y de mi pesimismo de los �ltimos tiempos en lo que se refer�a a hallar una salida.</p><p>Sin saberlo, Alicia repiti� la misma pregunta del Franc�s: <emphasis>para qu�</emphasis>. No lo dijo as�, pero dio a entender que la situaci�n actual no le parec�a tan mala. Ella tampoco hab�a sido feliz en su vida cotidiana. Estudiaba una carrera que no le interesaba, un poco por complacer a sus padres, y su vida hab�a sido mon�tona y pobre; aunque no se hab�a visto obligada a trabajar, el dinero de los padres no le permit�a hacer muchas cosas que deseaba, y se hab�a conformado con lo elemental, las idas al cine, el noviazgo sin entusiasmo, la lectura de las novelas de moda.</p><p>All� se sent�a mejor, m�s c�moda, a pesar del horror vivido en los primeros momentos (yo pens�, un poco c�nicamente, que nunca hab�a estado tan viva como en el momento de la violaci�n); y se hala encari�ado con el ni�o, y conmigo.</p><p>Esto �ltimo me son� falso. Pens� que buscaba en m�, m�s a un hombre que la protegiera o que la guiara en un mundo extra�o, que un hombre a quien amar.</p><p>Comenc� a explicarle, aunque cada vez era menos claro para m� mismo, la angustia que me produc�a estar all�; aunque todo se pareciera, en ese momento, a lo que alguna vez hab�a deseado -una vida tranquila en el campo-, no pod�a tolerar la idea de haber sido llevado all� contra mi voluntad, de sentirme perdido, extraviado, cayendo constantemente en trampas que me reten�an; no pensaba si estaba mejor o peor que antes; simplemente, no pod�a considerarlo como algo definitivo. Estaba en un lugar que no era el que me correspond�a; y aunque en mi vida anterior m�s de una vez hab�a sentido lo mismo, aqu� se hac�a m�s evidente y tangible. El cielo, le expliqu�, pod�a ser el mismo cielo, con todas sus estrellas; pero yo no pod�a salir y mirar la noche sin sentirme estafado, como si estuviera mirando el tel�n pintado de un teatro.</p><p>Nos acostamos. Mi forma de hacer el amor fue m�s bien mec�nica; me sent�a anestesiado, desinteresado. Al amanecer, con los ojos abiertos y ardientes, o�a el canto lejano de los gallos y sent�a ese cuerpo que se abrazaba al m�o, y me preguntaba incesantemente por qu� me resultaba un cuerpo extra�o, ajeno, y por qu� el ni�o que dorm�a en el otro extremo de la habitaci�n era tan inevitablemente extra�o y ajeno, y por qu� en ese lugar todo me resultaba indiferente o, peor a�n, me rechazaba, me impulsaba a una insatisfacci�n constante, me sepultaba en la melancol�a.</p></section><section><title><p>23</p></title><p>Intent�, honestamente, adaptarme al lugar y a las circunstancias. Alicia me hab�a hecho comprender, en largas conversaciones, que mis peripecias iniciales me hab�an da�ado el sistema nervioso; que no ten�a sentido continuar esa b�squeda, seguir saltando de un sitio a otro sin aceptar ninguno; que deb�a controlar la ansiedad, tratar de ver con otros ojos lo que me rodeaba. En la casita, situada en un lugar apacible, podr�a recuperarme, tranquilizar mis nervios, buscar una soluci�n verdadera.</p><p>Sent� que hab�a mucho de cierto en todo eso, cada d�a me costaba m�s razonar con claridad, y pasaba largas horas de aparente meditaci�n en las que en realidad ten�a la mente en blanco, o trabajando por su cuenta ajena a mi conciencia, sin que yo participara mayormente.</p><p>Decid� que, por lo menos, necesitaba unas vacaciones. Me dediqu� a una huerta que hab�a en el fondo, y aunque no creo que mi trabajo haya sido muy �til, me sent� mejor durante un tiempo. Tambi�n mi relaci�n sexual con Alicia, sin alcanzar niveles excepcionales, me ayudaba a la pacificaci�n interior.</p><p>De forma irregular hall�bamos a veces paquetes con carne, o comida envasada; y una ma�ana aparecieron en la huerta dos gallinas atadas con un hilo a una estaca clavada en la tierra.</p><p>Algunas de las casitas y ranchos vecinos estaban habitados. No logramos, sin embargo, la menor comunicaci�n con esas gentes. En su mayor�a eran viejos campesinos que nos miraban con temor y cerraban las puertas a nuestro paso; si salud�bamos a alguien con quien nos cruz�ramos en el camino, respond�a brevemente sin detenerse ni mostrar simpat�a, o segu�a de largo sin responder.</p><p>Un viejo de grandes bigotes y sombrero de alas pas� un d�a frente a nuestra puerta, llevando una azada al hombro, y pareci� mostrar cierta curiosidad. Me acerqu� a �l e intent� el di�logo; a pesar de la buena voluntad por su parte, result� tambi�n imposible. Hablaba el mismo idioma, o uno muy similar, que los habitantes de las piezas de mi recorrido. Se encogi� de hombros y sigui� su camino.</p><p>En dos o tres oportunidades di paseos largos, que me llevaron all� donde las casas se ve�an m�s concentradas. Quedaba bastante lejos, y a veces me daban ganas de seguir alej�ndome y ver qu� aparec�a m�s all�.</p><p>El poblado no ten�a un mecanismo muy distinto al de la zona en que nos encontr�bamos; no llegaba a ser un pueblo, no parec�a haber organizaci�n ni mucha mayor conexi�n entre los habitantes. Tampoco vi comercios de ning�n tipo.</p><p>Aunque me fue imposible comunicarme con ninguna persona, me enter�, sorprendido, de que all� el idioma variaba ligeramente, e intercalaban abundantes palabras de ra�z latina, algunas espa�olas, con ciertas deformaciones. Esto me llev� a pensar que quiz� si segu�a en esa direcci�n, llegar�a a encontrar un lugar donde pudiera entenderme con la gente.</p><p>Un d�a descubr� que Alicia intercambiaba algunas palabras con el ni�o, en el idioma extra�o. Sin saber por qu� me sent� atacado por un gran enojo repentino. Apret� los pu�os y la sangre me bull�a. Pens� decir algo, pero me mord� los labios; no ten�a, racionalmente, ning�n motivo para enfurecerme.</p><p>El ni�o parec�a feliz todo el tiempo. Su vitalidad era desbordante y all� ten�a espacio de sobra para sus juegos. Cada vez se llevaba mejor con Alicia; m�s all� de las pocas palabras que pod�an intercambiar, se entend�an a la perfecci�n; pens� que mucho m�s que si �l fuera su verdadero hijo.</p><p>Me entretuve mucho tiempo en mis apuntes: los copi� a m�quina, pues ya eran demasiado nutridos y abultaban mucho en mi saco, y a veces me resultaba dif�cil entender mi propia letra. Trataba de no separarme de ellos. Suprim� muchas partes, que ahora ve�a demasiado detalladas y sin importancia, tratando de conservar y mejorar la redacci�n de aquellas partes que ahora sent�a como fundamentales. As� se fue estructurando este relato; no es un diario de viaje, no es una versi�n estricta y cronol�gica, sino apenas un registro de mis impresiones y razonamientos, una visi�n subjetiva de las cosas vividas, que tal vez difiriera enormemente de la versi�n de otra persona que hubiese vivido los mismos hechos. No s�, tampoco, por qu� me tomaba ese trabajo; pero me gustaba, me hac�a bien, m�s all� del cansancio f�sico, tambi�n saludable, que me produc�a.</p><p>Lentamente fui sufriendo un proceso, en el que not� la agudizaci�n de mis males. El remedio, que pareci� funcionar bien durante los primeros tiempos, comenz� a parecerme una postergaci�n y nada m�s.</p><p>La idea de irme, sin embargo, se hab�a hecho borrosa. Estaba siempre presente, pero exclusivamente como imagen, como algo detenido, que no ten�a fuerza para moverme a la acci�n. Me sent�a c�modo y seguro; por momentos, al pasar por mi imaginaci�n, la idea de partir, la encontraba rid�cula. Sin embargo, la necesidad de hacerlo iba cobrando cuerpo, se iba apoderando de mi ser de tal manera que me fui transformando.</p><p>Not� que tambi�n Alicia se transformaba. Pero ella parec�a no tener conflictos, en cierta forma se transformaba en una direcci�n opuesta a la m�a. Una vez la vi, por un instante, exactamente igual a una de aquellas mujeres viejas de la primera etapa de mi recorrido. Quiz� fuera una alucinaci�n moment�nea; pero en adelante no pude verla con los mismos ojos. La espiaba, y notaba siempre alg�n detalle, del rostro o del cuerpo, o alg�n gesto, algo que me, tra�a de forma inevitable aquella imagen fugaz.</p><p>En un principio mi propia transformaci�n fue apenas la agudizaci�n de la indiferencia hacia Alicia y hacia todo lo que me rodeaba; procuraba esquivarla la mayor parte del tiempo, ocupado en mis apuntes o en largos paseos, o en la huerta.</p><p>Luego comenc� a odiarla, y tuvimos discusiones, cada vez m�s fuertes; hacia el anochecer, en los �ltimos d�as, sent�a que la angustia me alteraba tambi�n f�sicamente. La mand�bula se me apretaba, los hombros se encog�an, el izquierdo m�s alzado que el derecho (y s�lo me daba cuenta de ello cuando los m�sculos acalambrados me dol�an), y luego sent�a que se me hinchaban el cuello y la cara. De nuevo se me embotaba la mente, y m�s de una vez encontr� alivio en el llanto.</p><p>Pero, en general, la tensi�n buscaba evadirse en las interminables discusiones con Alicia, acerca de cualquier cosa, que a veces se prolongaban hasta el amanecer.</p><p>Un d�a resolv� irme. Fue la discusi�n m�s seria. Alicia lloraba y lleg� a insultarme. Yo sent� ganas de estrangularla; pero de pronto me invadi� una gran serenidad.</p><p>La resoluci�n de irme. Esto era lo �nico que me hab�a serenado, siempre. Y esta resoluci�n hab�a sido nuevamente tomada en lo profundo de mi ser, y supe que nada podr�a cambiarla; y esta confianza me devolvi�, en el momento, a m� mismo. Dej� de discutir y adopt� un tono m�s cari�oso.</p><p>Hab�a vuelto a la indiferencia; ya no sent�a odio, ni sentimientos de ninguna clase hacia esa mujer. Ella se confundi�, y crey� ver en m� una vacilaci�n; trat� de ganarme.</p><p>Le expliqu� una vez m�s que no hab�a nada que hacer. Vino, entonces, el reproche lloroso de que yo no pod�a abandonarla as�.</p><p>��No te abandono -respond�, con calma, y le acarici� una mejilla-. Sigo mi camino. Recuerda nuestro convenio, al salir de aquel patio. Nos acompa�ar�amos hasta llegar el momento de separarnos. Por otra parte, no te impido que vengas conmigo.</p><p>Los argumentos no la convenc�an, y, segu�a llorando.</p><p>���No comprendes que me estoy muriendo, aqu�? -le dije, pero esto no le interesaba. S�lo pensaba en su propia situaci�n. Entonces junt� mis escasas pertenencias, cosas que me cab�an en los bolsillos, bes� al ni�o y tambi�n a Alicia, y ech� a andar por el camino.</p><p>Atardec�a.</p><p>Ella no se atrevi� a seguirme. Me miraba desde la puerta, llorando siempre. A m�, el renovado miedo a la soledad y la incertidumbre me volv�an a apretar el pecho y la garganta; pero mi coraz�n saltaba con felicidad nerviosa. El ni�o tambi�n me miraba desde la puerta, sin comprender. Por un instante, al darme vuelta y mirarlos por �ltima vez, las piernas se me aflojaron, me cargu� de culpa y de dolor, y mi voluntad flaque� por �ltima vez. �No se debe mirar hacia atr�s�, pens�, y segu� andando a paso marcial, tratando de no pensar.</p><p>Llegu� al poblado y segu� de largo. Caminaba sin esforzarme ni detenerme, a buen paso pero sin apuro. Al caer la noche vi que, m�s all�, se encend�a luz el�ctrica en algunos lugares. Cuando me sent� cansado, entr� en una casa y dorm�.</p><p>A la ma�ana siguiente com� algo y segu� viaje, al mismo ritmo indiferente y mec�nico; pas� por nuevos lugares poblados, cada vez m�s densos y amplios; pero reci�n a la noche, cuando el sol apenas se hab�a puesto, llegu� a la ciudad.</p></section></section><section><title><p>TERCERA PARTE</p></title><section><title><p>24</p></title><p>El camino se transform� en una calle asfaltada y las casas se agruparon en manzanas rodeadas de veredas. La ciudad parec�a desierta. La luz anaranjada de unos faroles daba a las cosas un color extra�o, fantasmal. Las puertas y las ventanas estaban cerradas.</p><p>Despu�s apareci� alguna gente, que caminaba en la misma direcci�n que yo; primero en forma aislada, casi subrepticia, luego en peque�os grupos silenciosos. Mucho m�s tarde, a los lejos, escuch� una m�sica met�lica. A medida que me acercaba al centro de la ciudad, los grupos de gente crec�an, y se juntaban en una sola corriente; siempre en silencio y manteniendo un ritmo constante al andar.</p><p>En el centro, los edificios crec�an y la iluminaci�n se multiplicaba, pero no hab�a luz blanca. Las veredas y las calles, por las cuales no circulaban veh�culos, estaban repletas de gente que se mov�a, como insinuando apenas que bailaba, al son de la m�sica met�lica que transmit�an unos parlantes, instalados en altas columnas, dos o tres por cuadra. Hab�a confiter�as y bares abiertos y cantidad de hoteles. La temperatura hab�a aumentado, sin duda por alg�n sistema artificial de calefacci�n.</p><p>Se o�a tambi�n un ruido confuso, que era tal vez la suma de sonidos de unas radios port�tiles que, descubr�, la mayor parte de la gente llevaba colgando del hombro o del cuello. Casi no hablaban entre s�, parec�an desfilar por la ciudad sin un fin determinado. Sorprend�, sin embargo, algunas frases; y not� que all� se hablaban varios idiomas. Franc�s, alem�n, italiano, y otros desconocidos para m�.</p><p>Un hombre muy gordo dijo algo a la mujer que iba a su lado; en espa�ol. Lo detuve:</p><p>���Qu� ciudad es �sta? -le pregunt�, y me mir� con espanto o crueldad; se limit� a extender un dedo �ndice. Mir� en esa direcci�n y vi una enorme cola, de varias hileras, de gente que esperaba su turno ante un mostrador.</p><p>Me acerqu� todo lo posible, y est�bamos en una especie de peque�a plaza, y vi que unas muchachas de uniforme atend�an a las personas que llegaban al mostrador. Sin duda era la mejor manera de informarse, pero yo prefer� seguir dando vueltas.</p><p>Vagaba mareado por la m�sica, la gente y la luz de color. Me sent�a mal. Pens� en entrar en un bar o una confiter�a, pero tem� que mi dinero no sirviera all�, o, lo que era peor, que <emphasis>me delatara</emphasis>. Sin saber por qu�, tem�a que descubrieran que yo no era de ese lugar.</p><p>Anduve mucho tiempo entre la gente. Vi de pronto que un hombre y una mujer eran violentamente conducidos por cuatro hombres armados y uniformados, que no se parec�an a los polic�as habituales; usaban largas t�nicas blancas, o que parec�an blancas a esa luz incierta. La concentraci�n humana se iba haciendo mayor a medida que avanzaba la noche.</p><p>S�bitamente, a mi derecha, vi a una mujer parada en la puerta de un hotel; a pesar de la iluminaci�n y la distancia, tuve la certeza de que se trataba de Ana. Comenc� a luchar por abrirme paso entre la masa compacta que desfilaba en una sola direcci�n; la masa me arrastraba y me empujaba, y Ana, o quien fuera, dio media vuelta y entr� en el hotel. Yo grit�.</p><p>Cuando logr� abrirme paso, el hotel estaba desierto. Era moderno, lujoso. Toqu� timbre con insistencia en el mostrador, pero no vino nadie. Comenc� a subir una escalera. A medida que ascend�a, la luz iba cambiando, se hac�a m�s rojiza. Los pasillos del primer piso, que recorr� de punta a punta, estaban desiertos. Prob� una puerta, y la encontr� cerrada con llave. Luego las fui probando todas, tambi�n sin �xito.</p><p>Me pareci� que, afuera, se escuchaban disparos aislados de armas de fuego. Logr� entrar en una habitaci�n del segundo piso. Estaba vac�a. Me encerr� en el ba�o y me di una ducha, que no me calm� el mareo ni la angustia. En el dormitorio hab�a un enorme ventanal que no pude abrir. Sent�a que me faltaba el aire; otra vez la claustrofobia, exagerada ahora por la intensa calefacci�n.</p><p>Cuando comenzaba a desvestirme para acostarme y dormir, se abri� la puerta y entr� una mujer: era la misma que hab�a visto en la puerta, parecida a Ana. Pero de cerca no se le parec�a tanto y me resultaba m�s bien desagradable. Me dedic� una sonrisa y comenz� a desvestirse, como en un espect�culo de <emphasis>strip-tease</emphasis>.</p><p>Mi claustrofobia aumentaba, y sent�a algo odioso en esa mujer; la sent� de pronto como una versi�n negativa de Ana. Su desnudez, lejos de excitarme, me parec�a ofensiva y rid�cula. El mareo y la falta de aire se hicieron intolerables. En un estallido de angustia y de c�lera, tom� una silla y la arroj� contra el ventanal, que se hizo a�icos, y me lleg� la m�sica confusa y el vaho caliente de la calle. Respir� hondo, sin sentirme por ello mejor. La mujer hab�a gritado, y ahora apretaba un timbre pr�ximo a la cama. Me pareci� cada vez m�s rid�cula, medio desnuda y con unas caravanas demasiado grandes; ahora afectaba un adem�n de pudor, cubri�ndose los pechos con un brazo; en la mano sosten�a una prenda de colores.</p><p>Volvi� a gritar; sal� de la pieza antes de que viniera alguien. Escuch� pasos precipitados que sub�an la escalera, y pas� al tercer piso. All� terminaba, al parecer, el edificio. No hall� m�s escaleras, ni un ascensor, que me permitieran seguir subiendo; sin embargo, yo hab�a visto desde afuera que era un edificio alto. En el ambiente flotaba un olor a desinfectante que me descompon�a el est�mago. Afuera, son� un tiroteo m�s intenso.</p><p>Por el corredor avanzaba hacia m� un ser de t�nica blanca, flotante, que la luz hac�a aparecer como un fantasma. Al principio pens� que era una mujer; pero al acercarse vi que era un hombre, con la cara maquillada y los labios pintados. Se me aproxim� y me agarr� de los brazos, habl�ndome con voz melosa, afeminada, en un idioma extranjero. Trat� de arrastrarme hacia una habitaci�n; yo me sent�a cada vez peor, y ahora la actitud y el perfume y los ojos pintados de este hombre me llevaban al borde del v�mito. Le di un empuj�n y me alej�, pero �l se lanz� en mi persecuci�n y deb� correr. Encontr� de pronto una escalera, que era m�s estrecha que las anteriores y ubicada en el extremo opuesto. Sub� al cuarto piso; la luz era distinta y escasa, y se hac�a dif�cil distinguir las cosas. El hombre me alcanz� y lo golpe� con el pu�o, luego lo hice rodar escaleras abajo. Dio unos chillidos hist�ricos mientras ca�a envuelto en su t�nica; luego no o� m�s nada.</p><p>Me introduje en la �nica habitaci�n cuya puerta pude abrir. Un grupo de hombres, cuatro de ellos desnudos y un quinto encapuchado, azotaba a una mujer que ten�a las mu�ecas y los tobillos unidos a la pared por cadenas met�licas. Los hombres ten�an acentuados rasgos mong�licos. Intent� huir pero me dieron alcance en el corredor. Silenciosamente me llevaron de vuelta a la pieza y colocaron el l�tigo en mis manos. Me enfrentaron a la mujer, que sangraba y balanceaba su cabeza pesadamente sobre los hombros, y gem�a. Me golpearon las costillas y descargu� un latigazo sobre la mujer; les pareci� demasiado suave y volvieron a golpearme. Tom� el l�tigo del rev�s, por donde terminaba la parte r�gida, y comenc� a dar golpes con el mango, en todas direcciones. El encapuchado exhibi� un rev�lver, pero yo hab�a conseguido alcanzar la puerta; hacia el final del corredor sent� que una bala me rozaba el brazo sin llegar a herirme.</p><p>Baj� al tercer piso; o� un rumor y pens� que me segu�an buscando; en el segundo prob� algunas puertas; una se abri� a un largo pasillo que llev� a otro sector del hotel, de apariencia a�n m�s irreal, con tablones y andamios, como si estuviese en demolici�n o en construcci�n. Las puertas a ambos lados del pasillo estaban en su mayor�a abiertas, y hab�a un constante ir y venir entre las habitaciones.</p><p>Sentado a una puerta hab�a un mendigo, las ropas deshechas, lleno de llagas, que se tir� a mis pies cuando pas� y trat� de agarrarme una pierna. De otra pieza sali� un hombre que se arrastraba, como en el fin de sus fuerzas, y se meti� en la pieza de enfrente, donde parec�a haber una fiesta: escuch� m�sica y risas, y alcanc� a ver cuerpos que se mov�an en convulsiones.</p><p>Se hac�a dif�cil caminar por esos tablones y m�s adelante hab�a manos que trataban de agarrarme y me tironeaban de las ropas, desgarr�ndolas a veces, y caras horribles de mendigos o de prostitutas viejas, desdentadas. La n�usea jugaba en la boca del est�mago y amenazaba con subir. El corredor se me hac�a interminable, extenuado por el esfuerzo de liberarme de las manos, dedos duros y u�as puntiagudas que se me prend�an, y un coro de voces que se lamentaban y me llamaban en distintos tonos, tratando de fingir dulzura, o amenaz�ndome e insult�ndome.</p><p>Hacia el fin del corredor hab�a una escalera de madera, muy endeble y temblequeante, remendada en algunos lugares con trapos anudados; me llev� penosamente al tercero y luego al cuarto piso de este sector. Escuch� un tiroteo m�s nutrido. Una explosi�n cercana hizo vibrar las paredes de todo el edificio. Son� una alarma 'en alguna parte, y las puertas se abrieron y vi salir todo tipo de gente, a medio vestir o desnuda, que corr�an hacia una escalera, hacia el quinto piso; me arrastraron, aunque no se deten�an ante mi presencia ni parec�an reparar en m�; alcanc� a ver que por la escalera de ascenso al cuarto piso aparec�an los polic�as de t�nicas blancas.</p><p>La gente sigui� subiendo: yo apenas pod�a caminar, con gran dificultad. La luz roja del quinto piso tend�a a hacerse violeta; me apoy� en una puerta que no estaba bien cerrada y ca� dentro de una habitaci�n; la luz era roja. Alguien pas� ante m� y cerr� con llave. En el corredor sonaron disparos. Fuera, el tiroteo ya no cesaba y las explosiones se hac�an m�s frecuentes.</p><p>Era una mujer muy gorda, quiz� la mujer m�s gorda que haya visto en mi vida. Ten�a la cara excesivamente pintada de colores tal vez verdosos. Estaba tan pintarrajeada y perfumada que llegu� a pensar que pudiera tratarse de otro hombre. Me arrastr� hacia la cama y me desvisti�, sin que pudiera oponer resistencia. Luego se quit� un vestido que era como la carpa de un circo, dejando a la vista una masa de carne que la luz roja hac�a m�s repugnante. La n�usea me acariciaba �cidamente la garganta. Entonces sent� que el brazo me dol�a y not� que realmente la bala me hab�a resgu�ado; las s�banas ten�an manchas de sangre cerca de mi brazo, pero casi no se ve�an con la luz roja.</p><p>Los enormes pechos gelatinosos me rodearon el cuerpo mientras la mujer trataba de excitarme frot�ndome el sexo con las manos. Cerr� los ojos y apret� los dientes, tratando de contener el v�mito. La mujer hablaba suavemente en italiano, elogiaba mi virilidad y me promet�a mil delicias mientras se refregaba contra m�, asfixi�ndome con la carnosidad de los pechos y con ese perfume denso mezclado con olor a transpiraci�n. Luego se tendi� en la direcci�n opuesta y se puso mi sexo en la boca; y enseguida separ� una pierna y la pas� por encima de mi cabeza y la apoy� junto a mi hombro derecho, y fue aproximando a mi cara su sexo velludo, de labios abultados y entreabiertos. Vomit� sobre la almohada y despu�s me incorpor� a medias y segu� vomitando sobre la mujer y sobre las s�banas. Ella salt� a un rinc�n de la pieza y yo hice el tremendo esfuerzo de levantarme de la cama e intentar vestirme; o� que me insultaba y vi que trataba de volver a acercarse. La amenac� con un pesado cenicero de cristal de roca que hab�a sobre la mesa de luz, y se refugi� en el cuarto de ba�o.</p><p>Termin� de vestirme y abr� la puerta. El corredor estaba desierto. Sent�a un gusto horrible en la boca y ten�a sed. Comenc� a bajar las escaleras, con una lentitud que me enloquec�a. El tiroteo se o�a adentro y afuera. En el cuarto piso volv� a encontrarme con los hombres desnudos de rasgos mong�licos. No pude oponer resistencia. Me llevaron a la misma pieza, a trav�s de un pasillo. Las explosiones se o�an pr�ximas y casi continuas. La luz de la pieza era ahora blanca, demasiado blanca, me quemaba los ojos. La mujer segu�a encadenada a la pared, con la cabeza colgando flojamente, como muerta, ba�ada en sangre. Me ataron a una camilla, los brazos a los costados, las piernas.</p><p>Se pusieron en la cara unos pa�uelos blancos atados a la nuca, como jugando a los cirujanos. Me abrieron la camisa y uno de los hombres desnudos le alcanz� un bistur� al encapuchado. Sent� que la hoja me trazaba un surco en la piel, y abr� los ojos y vi brotar mucha sangre, que a la luz blanca parec�a negra, y vomit� nuevamente, hacia un costado.</p><p>Una explosi�n sacudi� el edificio, y cayeron varios trozos de revoque. Los torturadores no se inquietaron. Ahora algo me ara�aba las piernas y los brazos y una cosa h�meda se apoyaba en mi vientre. El bistur� repiti� un recorrido vertical en mi pecho, hundi�ndose apenas un poco m�s. Acercaron a mi nariz un trapo h�medo, de olor penetrante, pero no era anestesia, no me hizo perder el sentido. Me clavaron agujas en brazos y piernas y en los costados del cuerpo. Luego otra explosi�n, y la luz se apag�; y otra explosi�n y cay� m�s revoque y se desprendieron algunos cascotes; y otra explosi�n y me pareci� que todo se derrumbaba.</p></section><section><title><p>25</p></title><p>De los hechos siguientes s�lo tengo la vaga memoria de algunas sensaciones, y visiones fugaces que no s� hasta qu� punto corresponden a una realidad. Varias manos me aferraron brazos y piernas y fui levantado bruscamente, y as� me transportaron; m�s tarde pasaron mis brazos por los hombros de quienes caminaban a mis costados, y me obligaban a caminar; mis pies arrastraban la mayor parte del tiempo, y a veces intentaban dar unos pasos, pero no pod�a mantener la misma velocidad de los que me llevaban, y tropezaba o me golpeaba los pies contra algo; era m�s f�cil dejarme llevar.</p><p>Luego me arrojaron como a un objeto; apenas sent� el choque contra el suelo, alg�n lugar inc�modo, con escombros o piedras de gran tama�o. All� me abandonaron y qued� solo. No estaba exactamente dormido, pero tampoco despierto; no pod�a abrir los ojos, y es posible que a ratos cayera realmente en el sue�o; me fue imposible moverme durante un tiempo. Luego hubo m�s explosiones, algunas muy pr�ximas. Me levant�, con un tremendo esfuerzo, y ech� a andar.</p><p>El camino se hizo largo y penoso; me ca�a, volv�a a levantarme despu�s de un tiempo y segu�a andando hasta caer otra vez; si lograba abrir los ojos, ve�a s�lo una oscuridad espesa, perforada de tanto en tanto por alguna luz intensa y que abarcaba un radio muy peque�o; mis ojos volv�an a cerrarse, me agarraba de muros que pronto se terminaban y volv�a a caer, mientras se repet�an una y otra vez las explosiones, y las luces, y los lugares alfombrados de escombros y la oscuridad total.</p><p>Luego el fr�o se hizo m�s intenso, y abr� los ojos y me encontr� caminando por un lugar donde flotaba una bruma espesa, que formaba halos en torno de algunos reflectores y transformaba su luz en algo amarillento y pobre que no permit�a ver nada; las explosiones ya no se escuchaban y mis pies caminaban sobre pedregullo.</p><p>A pesar de tener los ojos abiertos me daba la sensaci�n de estar dormido. Ten�a el cuerpo insensible al fr�o y al dolor, s�lo el aire al pasar por la nariz y la garganta me hac�a percibir el fr�o; la piel parec�a como aislada del sistema nervioso por una coraza el�stica. El lugar brumoso me record� aquella imagen de mi primer sue�o en ese lugar, la sensaci�n de estarme moviendo en una capa de materia oscura y densa.</p><p>Tambi�n en esta oportunidad me lleg� la orden de despertar; sent� la misma ansiedad que hab�a sentido en el sue�o, por encontrar una salida inmediata, y tuve el recuerdo lejano de que la salida era hacia arriba. Pero aquello no era como agua, y segu� arrastrando los pies sobre el pedregullo, cayendo a�n para volver a levantarme; y como en una borrachera muy fea, no llegaba a perder totalmente la conciencia, aunque el cuerpo y la mente me respond�an mal. Era como si me hubiesen borrado la inteligencia.</p><p>Me golpe� contra algo que result� ser un enorme port�n de rejas de hierro, las que sin llegar a ver imagin� como antiguas y oxidadas, y lo empuj� trabajosamente; del otro lado la niebla comenzaba a disiparse. Pronto pude ver que andaba por un amplio camino de pedregullo, a cuyos costados crec�an matorrales; junto con la niebla exterior, parec�a que las telara�as de mi mente comenzaban tambi�n a disiparse con gran lentitud.</p><p>Despu�s anduve por calles y veredas angostas, y toqu� paredes descascaradas, a las que los restos de niebla se pegaban y humedec�an; luego, una callecita empedrada, iluminada por un solo farol, y m�s tarde toda una zona que comenc� a reconocer como la periferia de la ciudad, pr�xima al puerto.</p><p>La niebla se hab�a transformado en una d�bil neblina, y el cielo comenzaba a aclarar. Pas� por algunos cafetines cerrados, y por un bar que, despu�s que hube pasado, hizo sonar su cortina met�lica que se levantaba.</p><p>Llegu� a una plaza y la reconoc�. La luz el�ctrica segu�a iluminando d�bilmente los �rboles, el monumento y las peque�as rejas de hierro que la bordeaban. Me sent� en un banco.</p><p>A�n no sal�a el sol pero el cielo estaba m�s claro. Ech� la cabeza hacia atr�s, pero no pude descansar. Pens� que mi casa estaba cerca. Ten�a necesidad de acostarme. Not� que estaba vestido, con las ropas muy desgastadas y sucias. Ten�a la camisa desprendida; antes de abrochar los botones, mis dedos recorrieron una larga y antigua cicatriz vertical en el pecho. En los bolsillos del saco estaban a�n las hojas escritas a m�quina; las toqu� como a un objeto familiar y querido y me dieron cierta tranquilidad. Los zapatos estaban deshechos. Mis cabellos eran una masa que no pude desenredar.</p><p>Me puse de pie y comenc� a caminar lentamente en direcci�n a mi apartamento. Las calles segu�an desiertas. Era una hermosa madrugada; ahora no hac�a fr�o; pod�a ser primavera.</p><p>A lo lejos son� el tableteo de una ametralladora. Mucho m�s tarde, el aullido de la sirena de un coche policial. Al llegar al zagu�n de mi apartamento, y casi cuando comenzaba a subir la escalera, el tiroteo se repiti� m�s cercano.</p><p>El apartamento estaba en desorden. Fui derecho a la pieza del frente y me apoy� en el balc�n. Ahora s�, asomaban d�bilmente algunos rayos de sol.</p><p>Estuve largo rato all�. Pasaron algunos �mnibus y dos o tres tax�metros. Se escuchaban a�n disparos lejanos. Como hipnotizado, no pod�a moverme del balc�n.</p><p>Despu�s fui despertando del todo, saliendo de aquel estado de embotamiento, y mi cabeza comenz� a funcionar. El cielo estaba mucho m�s claro, ya hab�a amanecido, aunque los edificios todav�a tapaban el sol.</p><p>Pens� que Ana estar�a visti�ndose para ir a la oficina, o probablemente tomando el desayuno. Pens� en llamarla por tel�fono. Recordaba su n�mero. Pero sent� que no hubiese podido decirle nada. Quiz�, el n�mero de su tel�fono estaba mejor grabado en mi memoria que ella misma. Record� que guardaba una foto suya en el caj�n del escritorio; pero tampoco me mov� para buscarla.</p><p>Fui hasta el cuarto de ba�o, que me pareci� encontrarse muy lejos. El corredor de mi apartamento es demasiado largo; me hizo recordar los otros corredores por donde anduve tanto tiempo.</p><p>Me desnud�, y vi reflejada en el espejo la imagen de un ser que no se parec�a mucho al recuerdo que ten�a de m� mismo. La cicatriz era una delgada raya blanca, apenas visible. En la canilla del lavatorio no hab�a agua, tampoco en la ducha.</p><p>Pas� al dormitorio. Mostraba un reguero de ropas, y los cajones estaban volcados sobre el piso. Durante mi ausencia hab�an revuelto todas las cosas. No tuve ganas de examinar nada; ahora me sent�a invadido por verdadero sue�o. Me acost� y me tap� con ropas h�medas. Me dorm�.</p></section><section><title><p>26</p></title><p>Al despertar comprob� el mismo desorden en el resto de la casa. En alguna parte habr�a un ca�o roto, y el agua hab�a humedecido las paredes y el piso de la cocina. Las marcas en las paredes indicaban que en alg�n momento la inundaci�n hab�a sido considerable. Tambi�n hab�a revoque ca�do en varios sitios, y se ve�a el ladrillo. De un canasto que estaba en el suelo, nac�an varias gu�as verdes, probablemente boniatos que hab�an crecido con el agua; la enredadera trepaba por las patas de la mesa y de dos sillas.</p><p>En la cocina tampoco hab�a agua, ni funcionaba la electricidad en toda la casa. Volv� a la pieza del frente, sin haber podido lavarme la cara. Ten�a los ojos irritados, y un cansancio general muy grande. A pesar de todo me sent� al escritorio, a continuar mis apuntes, y de pronto, al escribir, pens� que no pod�a ser casual que en aquel lugar siempre hubiera tenido a mano papel y l�piz; que al hacer apuntes quiz� estaba cumpliendo sin saberlo con la voluntad de quienes me hab�an llevado all�. Pero no tienen sentido, ya, estas cavilaciones. Nunca lo tuvieron.</p><p>En este momento me detengo. El cansancio que me abruma es m�s que f�sico; viene, tal vez, de muy lejos. Quiero pensar un instante en mi futuro, pero mi mano no deja de escribir. Quiero preguntarme por qu� no me atrevo a llamar a Ana por tel�fono, o a mis amigos. Por qu� no me entusiasma la idea de volver a mi trabajo, a mis cosas cotidianas. Por qu� esta ciudad, ahora que comienza nuevamente a anochecer, me resulta extra�a y hostil. Mi memoria se obstina en volver una y otra vez a la aventura vivida en el lugar aquel.</p><p>Los t�neles no explorados, las puertas no abiertas, el idioma no aprendido, los hombres con quienes no llegu� a hacer amistad, las mujeres a quienes no llegu� a amar ni conocer. Recuerdo a Mabel, y pienso que quiz� realmente estuviera esperando un barco en aquella playa. Recuerdo a mi predeceso4 agonizante junto a sus lentes rotos, y mi impotencia. Pienso que por miedo pude haber matado al Franc�s de un balazo. Y que quiz� Alicia realmente me amaba, y yo no llegu� a verla. Y que por alg�n motivo el ni�o rubio alzaba a menudo sus brazos hacia m�.</p><p>Ahora que la ciudad, mi ciudad, me resulta ajena y aun repulsiva, pienso que estoy repiti�ndome en mi actitud de aquel otro lugar. Que no lograr� aproximarme realmente a ninguno de mis amigos, ni a Ana, ni a ninguna otra mujer; que s�lo los utilizaba para olvidar la soledad, para evadirme de este, ser que me habita, que me odia, que me obliga a actuar en contra de m� mismo.</p><p>S�, ahora veo que siempre me mov� entre extra�os, sin amarlos; y que yo mismo soy un extra�o para m�. Tan ajeno como esta ciudad, como esta casa, como aquella otra ciudad y sus selvas y t�neles. El extra�o soy yo.</p><p>Mis manos siguen escribiendo y voy leyendo lo que escriben con rara fascinaci�n. De pronto las veo como seres independientes, y siento un nudo en la garganta y ganas de dar un alarido.</p><p>La calle est� raramente silenciosa. Apenas pasa alg�n coche de tanto en tanto. A lo lejos, alg�n disparo de arma de fuego, o un entrecortado tableteo de ametralladora.</p><p>No tengo sue�o. Tengo sed. Tengo hambre. No tengo sue�o pero quiero dormir. Quisiera dormir sin so�ar, dormir mucho tiempo sin im�genes, liberar mi mente de todo pensamiento y mi cuerpo de toda sensaci�n. Los interrogantes se siguen sucediendo, mis manos siguen escribiendo, pero no surge ninguna respuesta.</p><p><emphasis>Rosario (Argentina) � Montevideo, 1969</emphasis></p><p>Revisado por Jota</p><p>Agosto de 2002</p></section></section></body></FictionBook>