<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>prose_contemporary</genre><author><first-name>Lucia</first-name><last-name>Etxebarria</last-name></author><book-title>Amor, Curiosidad, Prozac Y Dudas</book-title><annotation><p>Luc�a Etxbarr�a ha construido una novela sobre la dif�cil b�squeda de la identidad femenina al margen de convenciones absurdas y esterotipadas, con un estilo personal�simo, esculpido a golpe de gui�os y ambivalencias en el lenguaje de lo cotidiano.</p><p>El libro re�ne tres historias, donde cada una de ellas corresponde a una de las hermanas Gaena. Al principio nacieron como historias aisladas, pero luego quedaron fusionadas dando lugar a esta obra. Son tres historias de tres mujeres, tres hermanas, con personalidades muy diferentes, pero con un nexo de uni�n entre ellas. Cristina es politoxic�mana, promiscua y a veces atenta contra su propia vida, pero desde que Lain le ha abandonado su vida ya no es la misma y se siente naufragar. No sabe d�nde agarrarse. Su hermana Rosa, mayor que ella, le envidia porque su padre le prefer�a a ella, por eso se dedic� a hincar los brazos para ser una buena estudiante, conseguir una carrera y lograr el �xito, su �nica raz�n de ser. Es una alta ejecutiva cuya vida se cierne vac�a m�s all� de su labor profesional. Su vida es gris y es adicta al Prozac. La mayor de todas, Ana, es una pija. Se cas� con un buen marido y se dedic� siempre a tener una gran casa y una hermosa familia. No entiende a sus hermanas menores. Pero ha sufrido una p�rdida y trata de comunicarse con sus hermanas, mientras tanto supera sus d�as con anfetaminas y somn�feros.</p></annotation><date/><lang>ES</lang></title-info><document-info><author><first-name/><last-name/></author><program-used>Fiction Book Designer, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date value="2008-11-21">21.11.2008</date><src-url/><src-ocr/><id>FBD-FEF525-5F24-ED49-FC91-F20B-96B0-908B46</id><version>1.0</version></document-info><publish-info/></description><body><image l:href="#0"/><title><p>Lucia Etxebarria</p><empty-line/><p>Amor, Curiosidad, Prozac Y Dudas</p></title><section><epigraph><p>A Jos� Ignacio Echevarr�a, mipadre</p></epigraph><epigraph><p>El se�or todopoderoso los aniquil� por mano de una mujer. Que no fue derribado su caudillo Por j�venes guerreros, ni le hirieron los hijos de titanes, ni soberbios gigantes le vencieron. Sino que fue Judit, hija de Merar�, quien le paraliz� con la hermosura de su rostro. Se despoj� de su ropa de viuda por amor a los cautivos de Israel. Ungi� su rostro con perfumes, visti� lino para seducirle, prendi� la mitra en sus cabellos. Sus sandalias arrebataron sus Ojos, su belleza cautiv� su alma, y la cimitarra seg� su cuello.</p><p>JUDIT, 16:7-11.</p></epigraph><empty-line/><p>Tendr�s muchas pasiones, dijo mi carta astral. Una �gida de amores intensos y fugaces. Un rosario de nombres enlazados por besos. Algunos de ellos sobrios, algunos de ellos tiernos. M�s altos o m�s bajos, casta�os o morenos, los hay de todo tipo. Y a todos les define una causa com�n: la virilidad que se les revuelve inquieta entre las piernas.</p><empty-line/><p>Algunas pisan fuerte, son altas, orgullosas. Son firmes y obstinadas, enhiestas como m�stiles. Poderosas y astutas, seguras de s� mismas, buenas razonadoras, maduras, decididas, van a invadirlo todo. Entran, se hacen las due�as y al fin, en su despacho, bien firmes y encajadas, saben que �se es su sitio, conocen su papel. Entran, salen, se van emocionando, se van acelerando conscientes de su imperio. Imperios de una noche, monarqu�as de un beso.</p><empty-line/><p>Hay otras peque�itas, inquietas y traviesas. Revoltosas, curiosas, nunca les falta espacio para poder jugar, indagar y perderse. Dulces exploradoras, a veces se te escapan, culebras resbalosas, lo mismo que lo intenta el jab�n en la ba�era. Patinan sorprendidas por los muslos mojados y vuelven escalando, ansiosas e impacientes, brincando pizpiretas, al refugio h�medo y c�lido que saben les espera. Pececitos que saltan por tu corriente interna, felices y empapados, no les importa mucho ni el c�mo ni el por d�nde. Son j�venes de esp�ritu. Apenas se toman en serio ni a s� mismas.</p><empty-line/><p>Podr�s quererlas mucho y nunca poseerlas. Podr�n quererte a�n m�s y no te tendr�n nunca. Esquivas y re�doras, fugaces, detonantes, ni estelas ni pisadas dejaron tras de s�. Apenas el recuerdo, incierto y a�orado, de las horas felices, las �nicas que cuentan, las realmente vividas.</p><empty-line/><p>Era el primer polvo en un mes, el primero despu�s de la cat�strofe. Me sent�a sola, desesperadamente sola, hambrienta de cari�o, �vida de mimos y caricias, con el ansia voraz y animal de una pira�a. �Suena tan raro? Todos necesitamos abrazos de cuando en cuando. No esperaba mucho, es cierto, pero no estaba preparada para una decepci�n semejante.</p><empty-line/><p>En primer lugar, lo ten�a min�sculo. �Que qu� entiendo por min�sculo? No s� �Doce cent�metros? Una cosa m�nima, en cualquier caso. Era una presencia tan rid�cula -su aparato, quiero decir-, que estuve a punto de proponerle que me tomara por detr�s, sabiendo que no me doler�a. �C�mo iba a dolerme algo tan peque�o? Pero, por supuesto, no es cuesti�n de proponerle algo parecido a un individuo al que acabas de conocer en un bar. Total, que lo hicimos de la forma tradicional, enroscados y babosos como anguilas. Nuestras pelvis entrechocaban una y otra vez y yo le sent�a jadeando sobre m�, esforzado escalador, in�tilmente empe�ado en llegar a mi cima; pero aquel micromiembro se restregaba pat�ticamente en mi entrepierna, resbalando una y otra vez entre mis labios, y cada nuevo empuj�n no era sino otro intento vano por introducirse en una sima cuya hondura -de dimensi�n y de apetito- le superaba.</p><empty-line/><p>Y encima el t�o no acababa nunca. Yo gem�a y me hac�a la entusiasmada con la vana esperanza de que �l se corriera por empat�a, de que mi excitaci�n fingida activase la suya real, pero de qu�. Se tir� horas, o lo que a m� me parecieron horas, magre�ndome y babe�ndome, esmalt�ndome a capas de besos torpes y saliva, ara��ndome la cara con su barba de tres d�as, �spera como una lija del siete y yo, mientras tanto, pensando en que ten�a que dormir, que deb�a dormir seis o siete horas, aunque s�lo fuera por una noche, porque llevaba una semana a un ritmo de cuatro horas diarias de sue�o. Cambi� de posturas y prob� todos mis trucos; pero ni por �sas, no acababa. As� que al final ya no me qued� m�s remedio que preguntarle si pasaba algo, y me dijo que no, que le gustaba m�s hacerlo durar que correrse. Y no s� si aquello ser�a verdad o habr�a otra explicaci�n m�s realista que no se sent�a capaz de darme, que yo no le gustaba lo suficiente, por ejemplo, o que hab�a pasado la tarde mat�ndose a pajas en el ba�o, no s�. Y no cre�is que soy una zorra insensible; hice grandes esfuerzos por mostrarme encantadora y no dar a entender que aquello hab�a sido un fracaso calamitoso, un caso flagrante de incompatibilidad f�sica y qu�mica, una de las peores experiencias de mis veinticuatro a�os. Eso sin contar el remordimiento y el miedo que supone cualquier encuentro casual en estos tiempos de sida.</p><empty-line/><p>Cuando se despidi�, yo casi pod�a oler lo que �l sent�a. Que no habr�a una pr�xima vez. Y, lo que es por m�, completamente de acuerdo. Quiz� me lo encontrar� de nuevo en la barra del bar. Si no puede evitarme, si no encuentra a otra camarera libre que pueda servirle una copa, me la pedir� a m� con aire distra�do, fingiendo no recordar lo que pas�. No me importa. 0 quiz� s�. Muy en el fondo de una subsiste un poso de orgullo que hace que, quieras o no, siempre te duela un poco el saber que no has estado a la altura, que no has gustado lo suficiente, y quiz� esa ma�ana me doliera esa certeza. Pero luego s�lo tuve que recordar algunas veces que el otro se qued� prendado y yo no, y en lo terriblemente mal que me sent�a teniendo que aguantar los asedios y las malas caras subsiguientes. �Aquel complejo de culpabilidad, aquella verg�enza ajena� � Y casi me pareci� que era lo mejor que me hab�a podido pasar: que a �l tampoco le hubiera gustado el resultado de nuestra infructuosa batalla, y eso por mucho que mi ego sea tan hambriento como para exigir siempre una satisfacci�n del contrario, aunque no exista la propia.</p><empty-line/><p>El portazo de la puerta de mi apartamento retumb� dentro de m� amplificado por mil ecos. Intentando ahogar aquel estr�pito, enterr� la cabeza en la almohada y los sollozos me brotaron del pecho incontenibles y atropellados. La funda se empap� en cuesti�n de segundos, me nubl� la vista de inmensidad blanca, y s�lo pod�a ver la imagen congelada de Iain, siempre Iain, que ha quedado impresa en negativo en mi retina. La imagen grabada a hierro candente que un mes atiborrado de �xtasis no ha conseguido borrar.</p><empty-line/><p>Dese� regresar a mis siete a�os, a aquella edad ajena a la infancia y los desahogos, en que ni sab�a lo que era el sexo ni me importaba, a aquel estado de feliz ignorancia que ya nunca podr� recuperar. Cuatro cosas que la edad me trajo y de las que habr�a podido prescindir tranquilamente: amor, curiosidad, pecas y dudas. Y esta frase, para colmo, ni siquiera es m�a. Es de Dorothy Parker.</p><empty-line/><p>Infancia. Me exprimo el cerebro buceando en busca de recuerdos. Me veo a m� misma como un renacuajo de pelo rizado, sujeto en la coronilla con un enorme lazo azul, vestida con el horrible uniforme de colegio: camisa blanca, chaleco y chaqueta azul, falda plisada azul marino, con el dobladillo cosido y la cinturilla remendada porque en mi familia hab�a que hacer econom�as y se esperaba que aquella falda durase por lo menos cuatro a�os. No conozco a ninguna chica que de peque�a no haya querido ser chico. Por lo menos a ratos. No dejaba de tener su aqu�l lo de poder jugar a la goma y a las comiditas de tierra en el patio del colegio, pero eso no imped�a que envidi�semos la libertad que disfrutaban los ni�os para jugar al f�tbol en los soportales y matar lagartijas con tirachinas. Y eso no pod�amos hacerlo, porque era cosa de chicazos. Nosotras ten�amos que volver a casa con el uniforme limpio y aseado y el lazo de las coletas en su sitio, y desde el principio nos dejaron muy claro que los juegos de los ni�os y el mantenimiento de nuestra imagen resultaban perfectamente incompatibles.</p><empty-line/><p>Cuando yo iba al colegio me fastidiaba much�simo que Dios fuera hombre. Desde el momento en que me dejaron claro que Dios era un hombre, ya empec� a sentirme m�s chiquita, porque as�, sin comerlo ni beberlo, me hab�a convertido en ser humano de segunda categor�a. Si Dios me hab�a creado a imagen y semejanza suya, �por qu� me hab�a hecho ni�a, cuando �l era �l, en masculino? Para colmo se trataba de Dios Padre, y cuando le rez�bamos nos refer�amos a �l como Padre Nuestro. Mi padre se larg� de casa cuando yo ten�a cuatro a�os, as� que yo no confiaba mucho en las exigencias de los deberes paternales ni cre�a que alguien, por el mero hecho de ser mi padre, estuviera obligado a prestarme una atenci�n especial, aparte de que Dios, adem�s, era chico, y l�gicamente se ocupar�a primero de los suyos, de aquella panda de brutos que montaban bulla al otro lado de la tapia, los ni�os de los Maristas con los que coincid�amos en el autob�s, esos que s� pod�an jugar a la pelota y subirse a los �rboles, y que no llevaban ning�n lazo rid�culo que hubiese que mantener en su sitio.</p><empty-line/><p>A nosotras, por aquello de que a nuestra tatatatarabuela le hab�a dado por comerse una manzana que no deb�a, nos dejaban lo peor. No podr�amos ser curas, no podr�amos consagrar el c�liz y beber el moscatel y cantar a todo pulm�n con nuestra casulla verde los salmos de los domingos delante del altar; y a lo m�s que pod�amos aspirar era a ser monjas, a ponernos una toca negra que ocultase nuestro pelo rapado a navaja, a ir vestidas con un h�bito mal cortado que nos llegara hasta los pies, y a aterrorizar a futuras ni�as en edad de ir al colegio con historias de calderas y llamaradas. Pobres monjas. Hormiguitas anodinas de dudosa vocaci�n que hab�an ingresado en la orden huyendo de un padre tir�nico, de una casa paup�rrima o de la verg�enza social que implicaba una solter�a no buscada. Caritas de rat�n lavadas con jab�n de sosa y un constante olor a alcanfor que se les escapaba en los murmullos de las tocas y los pliegues de rafia negra e inundaba los inacabables pasillos de piedra. Ninguna de nosotras quer�a acabar de monja. Yo no, desde luego. Misionera, a�n, pero monja ni loca. Adem�s, ya se encargaba mi madre de hacerme notar que �se era el peor destino que me pod�a tocar. No me lo dec�a directamente, pero yo me enteraba, porque o�a c�mo mi madre le repet�a a mi hermana Rosa que deb�a arreglarse m�s y hacer m�s caso a los chicos, que si no acabar�a por tener que meterse a monja. Y por el tono con que subrayaba lo de meterse a monja se entend�a muy bien que, por la cuenta que le tra�a, ya pod�a mi hermana salir volando a la calle, bien pintada y bien peinada, a sonre�r a todo chico que pasara.</p><empty-line/><p>En fin, que a nosotras nos quedaba la opci�n de ser monjas y de considerarnos Hijas de Mar�a. A m� lo de la Virgen Mar�a me son� siempre a premio de consolaci�n (aunque siempre me guard� mucho de decirlo), porque la imagen de la Virgen que hab�a en la iglesia era significativamente m�s peque�a que la del Cristo crucificado, aquel Cristo sangriento y aterrador, imponente y casi hermoso, Cristo sufriente y enjuto de madera dolorida tallada en m�sculo y fibra. Una peque�a imagen que se ergu�a a su izquierda representaba a una criatura de rasgos ani�ados, el pelo color trigo, los ojos azules deste�idos al paso de las l�grimas, vestida con una toga blanca y una sobret�nica azul claro, y coronada con una diadema de estrellas. Me recordaba vagamente a mi madre, con la sutil diferencia de que la imagen de la madre de Dios ofrec�a una sonrisa 1evemente amable que no entraba, definitivamente, en el repertorio gestual de la m�a. A�os despu�s aprend� que la madre de jesucristo hab�a sido una jud�a de Galilea y que era, casi con toda probabilidad, morena. Pero la imagen de la estatua rubia de la iglesia se me hab�a marcado de tal manera en la cabeza que siempre que pensaba en jesucristo o su madre me los imaginaba rubios.</p><p>En nuestro colegio nos ofrec�an a la Virgen a los cuatro a�os. La vida entonces era f�cil. Resultaba tan dulce dejarse llevar de la mano por caminos trillados y aprendidos� Recuerdo, m�s o menos, la ceremonia de ofrenda. Consist�a en que las ni�as avanz�bamos trastabillando por el pasillo de la iglesia mientras sujet�bamos entre las manos un enorme lirio blanco casi m�s grande que nosotras, que deposit�bamos en el altar, a los pies de la Virgen. A continuaci�n, el sacerdote nos impon�a una medallita que nos acreditaba como Hijas de Mar�a, y he de hacer notar aqu� que �sta no era una condici�n elegida, puesto que nadie nos pregunt� nunca si nos interesaba o no participar en aquel sarao.</p><empty-line/><p>Ser Hija de Mar�a marcaba una diferencia importante con respecto a los ni�os de los Maristas, que eran Soldados del Se�or. Reforzaba la idea de que estabas condenada, por nacimiento, a una frustrante inactividad. Una empezaba siendo una ni�a que no pod�a subirse a los �rboles, y acabar�a por convertirse en una mujercita buena y sumisa que nunca dir�a una palabra m�s alta que la otra.</p><p>Al fin y al cabo, jes�s hab�a cogido sus b�rtulos y se hab�a marchado a correr mundo, recopilando disc�pulos aqu� y all�, multiplicando panes y peces, resucitando a muertos, sanando enfermos, caminando por las aguas, convirtiendo a centuriones y animando banquetes. Pero la Virgen �qu� hab�a hecho la Virgen con su vida? La Virgen, por mucha Madre de Dios que fuera, no era sino un personaje secundario de las Sagradas Escrituras que aparec�a en las ilustraciones del catecismo inm�vil y resignada sobre su nube, las palmas de las manos juntas a la altura del pecho; y con cierta cara de paciente aburrimiento. Incluso sus milagros parec�an de segunda categor�a. El Vaticano tardaba lustros en reconocer aquellas apariciones.</p><empty-line/><p>Resumiendo: que de peque�a, como todas, yo habr�a preferido ser chico. Y si me tocaba ser chica, ya desde entonces empezaba a barruntar en mi cabecita la idea de que no me apetec�a mucho ser virgen. Por amar la tierra perder�a el cielo, qu� le �bamos a hacer.</p><empty-line/><p>Cuando cumpl�as los once a�os ven�a lo peor. Qu� inclemente es la vida cuando alguien te arrebata la infancia por las buenas� T� estabas tan contenta jugando a las mu�ecas cuando de repente las monjas te descubr�an el Gran Secreto de la Existencia. Resulta que, por el mero hecho de haber nacido ni�a, el Se�or hab�a colocado un tesoro dentro de tu cuerpo que todos los varones de la Tierra intentar�an arrebatarte a toda costa, pero tu misi�n era mantener ese tesoro inviolado y hacer de tu cuerpo un santuario inexpugnable, a mayor gloria del Se�or (�l). El inicio de tama�a responsabilidad vendr�a marcado el se�alado d�a en que por vez primera tu cuerpo te ofreciera unas gotas de sangre, sangre que te recordaba el sacrificio que t� deber�as hacer por el Se�or (�l) para devolverle el que, en su d�a, �l hab�a hecho por ti.</p><empty-line/><p>Todo aquello de la sangre y la responsabilidad y el santuario a preservar y el sacrificio me ten�a tan aterrorizada que cuando me vino la primera regla me guard� muy mucho de dec�rselo a nadie y les robaba a mis hermanas las compresas a escondidas, porque todav�a no me sent�a capaz de afrontar la responsabilidad social y moral que iba a cargar sobre mis peque�os hombros de ni�a plana a�n.</p><empty-line/><p>Me resulta gracioso recordar esto ahora, cuando hace tres meses que no tengo la regla. Y no, no estoy embarazada.</p><empty-line/><p>Tampoco vay�is a creer que lo de mi amenorrea -que �se es el nombre t�cnico de mi problema- me importa demasiado. Quiero decir que, la verdad, no resulta muy agradable saber que vas por ah� soltando un chorro viscoso y sanguinolento por la entrepierna, y teniendo que preocuparte de si llevas o no tampax en el bolso, no sea que de repente te encuentres en mitad de una fiesta y veas que est�s poniendo perdido uno de tus mejores pantalones. Por no hablar de los calambres, y los dolores, y el mal genio del s�ndrome premenstrual y todas esas cosas. �Y cuando te siguen los perros por la calle porque hueles igual que una perra en celo? Recuerdo que una vez un perro callejero se puso pesad�simo en la parada del autob�s intentando montarme. Del pito le sal�a una cosa rosa, brillante. Yo entonces era muy jovencita y me quer�a morir de verg�enza. Intent� ahuyentarlo d�ndole con el paraguas, pero nada, parece que eso lo pon�a m�s. No s�, quiz� fuese un perro masoca. Qu� cosas. 0 sea que, lo que es por m�, pues nada, no tengo la regla y encantada de la vida. Pero mi ginec�loga no opin� lo mismo y me oblig� a embarcarme en una epopeya de laboratorios y hospitales que me hicieran recuperar mi conexi�n de sangre con el mundo.</p><empty-line/><p>Primeras pruebas: an�lisis de sangre y ecograf�a. Al principio la doctora no vio nada raro, y decidi� que todo el problema se deb�a al estr�s. Me son� un poco rid�culo. Yo no soy m�s que una camarera, y las camareras no sufrimos de estr�s. Y ojo, que me mola ser una camarera y no veo nada de malo en ello por mucho que mis hermanas se empe�en en decir que deber�a dedicarme a algo m�s serio. Por lo general les respondo que si pudiera ya lo har�a, que no soy tonta. Y tengo que dejar claro que, al contrario de lo que la mayor�a de la gente cree, lo de ser camarera en un bar de moda no quiere decir que sea idiota, no se�or, que as� tengo mas tiempo para leer o para acabar mi tesis que si me dedicara a otra cosa, y de momento estoy muy a gusto con mi trabajo, aunque no tenga seguridad social ni contrato fijo ni estabilidad de ning�n tipo, ni esos detalles que tanto valoran mis hermanas. Pero, qu� co�o, es un trabajo, y me da para vivir, que es lo importante.</p><p>Pero, claro, esto a mis hermanas no hay quien se lo meta en la cabeza, venga a darme la murga todo el d�a con aquello de Cristina, que no puedes seguir as� y Cristina, qu� vas a hacer con tu vida� Qu� pelmas. Mi hermana Rosa, que es una ejecutiva de alto standing, cree que todas deber�amos ser como ella y llegar a lo m�s alto, y me parece que para ella una hermana camarera supone el mismo deshonor que una hermana puta para un siciliano. En su sistema de vida el valor de cada persona es f�cilmente mensurable y cuantificable: se halla extrayendo la media num�rica de factores tales como los ceros de su cuenta corriente, los metros cuadrados de su despacho o el n�mero de subordinados a su cargo, y a partir de ah� se les adjudica una puntuaci�n del uno al diez. Es que ella es una especie de genio; es capaz de sacarte una ra�z cuadrada de un n�mero de cuatro cifras sin l�piz ni papel y se sabe de memoria las capitales de todos los pa�ses del mundo, hasta la m�s perdida. Pero, como corresponde a su calidad de genio, anda un poco grillada. Apenas se relaciona con nadie. Tiene un car�cter tan herm�tico que se dir�a envasado al vac�o.</p><empty-line/><p>Y tampoco es que la hermana que me queda sea un prodigio de estabilidad mental. Hace dos semanas me llam� mi madre, muy preocupada, para hablarme, precisamente, de mi hermana Ana. Desde el momento en que escuch� aquella voz glacial y contenida al otro lado de la l�nea, ya sab�a que algo ten�a que ir mal, porque mi madre no suele llamarme as� como as�. Sus contactos, planificados y escasos, requieren una justificaci�n importante, una raz�n seria que le obligue a aventurarse a cruzar el fr�gil puente, hecho de un trenzado de reproches velados y suposiciones absurdas, que hemos tendido sobre el abismo que nos separa. No sab�is cu�nto me cuesta, cu�nto me duele, reconocer que entre la autora de mis d�as y yo no queda otro v�nculo que el de la mutua desconfianza. Y mientras mi madre hablaba de mi hermana y me explicaba lo preocupada que le ten�a el hecho de que mi hermana Ana, el ama de casa formal�sima cuya dulzura y maneras nunca hab�amos visto flaquear, llevase una temporada llorando sin parar y adelgazando a ojos vista, tuve que asumir que me sent�a como si me estuviera hablando de una perfecta desconocida, porque, en realidad, �tengo yo alguna idea de c�mo es mi hermana Ana? Pr�cticamente no nos hablamos, y creo recordar que tampoco lo hac�amos cuando viv�amos en la misma casa (de eso, me parece, hace mil a�os). Admit�moslo: a sus ojos, yo soy un put�n. A los m�os, ella es una maruja. En eso consiste nuestro cari�o fraternal. Y a una no le gusta hablar de su familia porque de pronto cae en la cuenta de que no tiene ninguna tabla a la que agarrarse en medio de este naufragio general de familias desunidas, empleos precarios, relaciones ef�meras y sexo infectado.</p><empty-line/><p>Pero volviendo a lo que est�bamos, que me he ido por los cerros de �beda, a lo de mis problemas ginecol�gicos, digo, la segunda prueba fue un raspado (para no herir vuestra sensibilidad os ahorro el relato de c�mo se obtiene una muestra del tejido de los ovarios) y entonces la doctora decidi� que el problema se llamaba �endometriosis�, que es como una masa de c�lulas muertas, o algo as�, que se acumulan en el endometrio y lo bloquean. Resulta que la tal endometriosis es una de las principales causas de esterilidad femenina, y yo sin saberlo. As� que me recetaron unas pastillas que me pusieron mal�sima, venga a vomitar y a marcarme, por no hablar de los dolores, unos calambres espantosos, como si te abrieran las entra�as con tenazas. Camin� dos d�as casi a tientas por la calle, entre los edificios desdibujados por mi visi�n borrosa, teniendo que detenerme cada tres pasos para expulsar un l�quido bilioso y semitransparente que flu�a, imparable, por mi boca. Y ni por �sas, segu�a sin tener la regla.</p><empty-line/><p>La �ltima prueba, la definitiva, consisti� en un recuento hormonal, y la conclusi�n a la que mi doctora ha llegado tras cuatro semanas de an�lisis, ecograf�as, raspados, recuentos y dem�s intromisiones en mi intimidad femenina, en ese Santuario tantas veces asaltado, es que padezco un �exceso de testosterona�, agarraos, c�mo suena el nombrecito. Para que os aclar�is: resulta que la testosterona es una hormona masculina, y el estr�geno la femenina, y el cuerpo humano, cualquier cuerpo humano, posee parte de ambas. La proporci�n define el g�nero. Predominancia de estr�geno: femenino. De testosterona: masculino. Y yo, precisamente yo, tengo m�s testosterona de la que ten�a que tener y por eso no me viene la regla. Cualquiera lo dir�a vi�ndome con estas tetas y estas caderas. Yo, que parezco la persona m�s femenina de la Tierra, y resulta que tengo m�s hormonas masculinas de las debidas.</p><empty-line/><p>Y, mira qu� casualidad, a los dos d�as me encuentro con un art�culo en el Cosmo que hablaba sobre el tema. Seg�n el Cosmo en yanquilandia empezaron a tratar a una serie de menop�usicas con testosterona para ver si les arreglaban la vida y acababan con sus sofocos climat�ricos, y descubrieron que a las se�oras tratadas con testosterona se les disparaba la libido hasta la estratosfera. Me imagino a las pobres se�oras incontenibles, desaforadas, abalanz�ndose sobre el cartero, sobre el lechero, sobre el repartidor de peri�dicos, sobre cualquier macho que se les pusiera por delante. As� que los doctores hicieron una investigaci�n en serio sobre el fen�meno detectado y llegaron a las siguientes conclusiones: una, que las mujeres con exceso de testosterona poseen, o poseemos, impulsos sexuales m�s definidos que las dem�s, y, dos, que somos m�s agresivas y decididas.</p><empty-line/><p>Mi madre me ha mandado a un mont�n de psic�logos, uno detr�s de otro, desde que cumpl� los quince a�os y ella empez� a hartarse de soportar mis arrebatos de mal genio. Me he tirado media vida analizando las supuestas razones de mis sentimientos y mis reacciones. Mi promiscuidad incontrolada, suger�an, no era sino una b�squeda de la figura paterna. Las peleas con mi madre, un intento desesperado de definir mi personalidad mediante la oposici�n. Pero, seg�n mi recuento hormonal, resulta que todas esas interminables horas que me he pasado tumbada en un div�n intentando retrotraerme hasta la primera papilla que tom�, me las pod�a haber ahorrado, mira t� por d�nde, porque la explicaci�n de mis pasiones y mis rabletas era mucho m�s sencilla: un simple exceso de hormonas.</p><empty-line/><p>Y lo mismo pasa con Rosa, mi reservada hermana. Siempre pensamos que la t�a era tan rara y tan introvertida porque le hab�a afectado mucho lo de que mi padre se largara de aquella manera, as�, de pronto, sin decirnos nada. Pero resulta que ella tambi�n fue al psiquiatra (s�, reconozco que lo de mi casa es muy fuerte, dos hermanas que van al psiquiatra y la mayor en casa llorando con una depresi�n de caballo), y el m�dico le explic� que todo era un problema de recaptaci�n de serotonina. Esto es, que a mi hermana le falla la sustancia que funciona como neurotransmisor entre las c�lulas del cerebro. As� que ahora Rosa vive colgada del prozac, una droga m�gica y legal que, por lo visto, regular� sus niveles de serotonina y har� de ella una mujer nueva. Habr� que verlo.</p><empty-line/><p>Lo dicho. A m� me sobra testosterona y a ella le falta serotonina. Y seg�n estos excesos y carencias nuestros problemas no tienen nada que ver con las circunstancias personales o familiares sino con la composici�n qu�mica de nuestros cerebros y ovarios, as� que Freud, Lacan, Jung, Rogers, os ha lucido el pelo, queridos. Pero yo me pregunto si no ser� al rev�s, si la vida no nos habr� afectado tanto que el cerebro de Rosa dej� de producir serotonina y mis ovarios se pusieron a segregar testosterona como locos, y vete t� a saber lo que le pas� a cualquier �rgano de Ana. Porque, que yo recuerde, tal vez hubo un tiempo, cuando yo era muy, muy, muy peque�a, en que fuimos algo as� como una familia normal, y mis hermanas y yo jug�bamos a contarnos cuentos en la oscuridad, debajo de las s�banas, y no nos pas�bamos el d�a deprimidas, irritadas y llorosas, poni�ndonos a parir las unas a las otras; y todo el mundo nos consideraba bastante normalitas, tan monas, tan dulces, unas ni�as adorables. En fin, �qu� fue antes, el huevo o la gallina? �Es el cuerpo el que nos controla o nosotras las que controlamos el cuerpo? Interesante cuesti�n.</p><empty-line/><p>Entretanto, la ginec�loga insiste en que tome unas pastillas nuevas y yo me resisto; en primer lugar, porque no me apetece volver a vomitar y a sufrir n�useas y calambres; en segundo, porque tampoco estoy muy segura de que me apetezca que me vuelva la regla, y en tercero porque desde que me dej� Iain, o le dej� yo, o nos dejamos -y de esto hace un mes, un mes de pesadilla- casi no me ha apetecido follar, y como encima me ponga a hacer descender mi nivel de testosterona me temo que mi libido va a quedar definitivamente por los suelos. Y bueno, mis hermanas se meten mucho conmigo por promiscua y devorahombres, pero �qu� quieres que te diga?, soy como soy, sea porque mi padre nos dej�, sea porque me sobra testosterona, yo soy as� y me gusta, y no me apetece renunciar al �nico placer tangible que la vida nos permite aprovechar.</p><empty-line/><p>La vida deber�a ser como un calendario. Cada d�a se deber�a poder arrancar una p�gina para iniciar otra en blanco. Pero la vida es como la capa geol�gica. Todo se acumula, todo influye.Todo contribuye. Y el aguacero de hoy puede suponer el terremoto de ma�ana.</p><empty-line/><p>Cuando yo ten�a trece a�os y Donosti no significaba para m� otra cosa que la ciudad en que viv�an mis abuelos, sol�a pasear con mi amigo Mikel a lo largo del paseo de la Concha. Mikel y Cristina, siempre de la mano.</p><empty-line/><p>Mikel ten�a trece a�os, era de Bilbao y viv�a en el caser�n contiguo al nuestro. Ese verano su madre se hab�a puesto enferma y hab�an tenido que ingresarla en el hospital. Como parec�a que la cosa iba para largo, el padre de Mikel decidi� enviar a su �nico hijo a pasar las vacaciones con su hermano, el t�o de Mikel, en San Sebasti�n. Pero aquel t�o, un profesor de instituto solter�n e introvertido, no ten�a ni tiempo ni energ�as para dedic�rselas a su sobrino, de forma que el pobre chico se ve�a condenado a vagar por los jardines del caser�n persiguiendo lagartijas y tir�ndoles piedras a los gatos. Y fue cuesti�n de d�as el que nos conoci�ramos y nos hici�ramos inseparables.</p><empty-line/><p>Nuestras diversiones no eran nada del otro mundo. Discut�amos sobre si a los caracoles hab�a que llamarlos b�garos, magurios o carraquelas, y si los cangrejos se llamaban txangurros o carramarros. Luego hac�amos chistes sobre el r�tulo del cuartel de la Guardia Civil, al que una bomba oportuna hab�a hecho saltar una letra, convirtiendo el �pico lema �Todo por la Patria� en el m�s castizo �Todo por la Patri�. Mlke1 opinaba que la Patri era una de las mejores meretrices del barrio viejo -cuyos l�mites comienzan justo detr�s del cuartel- y que era una chica muy popular entre los guardias m�s j�venes. Despu�s persegu�amos a las palomas del parque, intentando en vano pegarle una patada a una de esas ratas con alas. Y, finalmente, cuando ca�a la tarde y empezaban a encenderse las luces del puerto, nos acod�bamos en la barandilla que da a la playa y nos tir�bamos un rato largo contemplando el mar. �Imag�nate -sol�a decir yo- que una ma�ana bajas a la playa y te encuentras con que Santa Clara est� en el monte Urgull y el monte Urgull en Santa Clara. Te restriegas los ojos una y otra vez, intentando convencerte de que se trata de una mera alucinaci�n producto de la resaca, pero miras otra vez, y all� siguen, el monte en el centro y la isla a la izquierda, y lo peor de todo es que nadie m�s se ha dado cuenta, s�lo t�. �Ha sido obra de los marcianos? �Es el comienzo del plan 10?� Repet�a el chiste casi todas las tardes y todas las tardes nos hac�a la misma gracia. Si hab�amos tomado dos ca�as, nos hac�a much�sima gracia. Y todas las ma�anas, cuando Mikel y Cristina �bamos a la playa, lo primero que hac�amos era comprobar, con un respiro, que tanto el monte como la isla segu�an en su sitio.</p><empty-line/><p>Al acabar las vacaciones nos prometimos el uno al otro que a lo largo de los a�os nos enviariamos postales para confirmar que ambos promontorios segu�an donde anta�o, y que todav�a no hab�an optado por intercambiar posiciones.</p><empty-line/><p>Pasaron los a�os, cada uno regres� a Donosti, por separado y por diferentes razones, pero ninguno le envi� al otro la postal prometida. Ya hac�a tiempo que no nos ve�amos ni nos llam�bamos.</p><empty-line/><p>Aunque nunca lo dijimos, estuvimos enamorados, pero el amor no dura para siempre.</p><empty-line/><p>Santa Clara, sin embargo, no se mueve de su sitio. A�os despu�s pas� mis primeras vacaciones junto a Iain precisamente en Donosti, y desde entonces el paseo de la Concha, las palomas del parque, la barandilla de la playa y el perfil de Santa Clara quedaron irremediablemente asociados a �l. San Sebasti�n dej� de significar el pueblo de los abuelos, el caser�n lleno de polvo y los paseos con Mikel por el malec�n, y pas� a ser, sencillamente, la ciudad en que Iain y Cristina hab�an descubierto que se quer�an. Y estos �ltimos d�as, cuando todos los medios no dejan de hablar del festival de cine de San Sebasti�n, no me he acercado a un peri�dico y he mantenido apagada la televisi�n, porque sab�a que no soportar�a la visi�n del Victoria Eugenia ni del malec�n ni del parque ni de la playa, ni much�simo menos de la isla de Santa Clara.</p><empty-line/><p>Y eso es porque s�lo los cangrejos, o los txangurros, o los carramarros, o como se quiera llamarlos, se atreven a lanzarse de cabeza a trav�s de grietas entre las rocas, de simas cuya longitud equivale a cientos de veces el tama�o de sus cuerpos.</p><empty-line/><p>S�lo los cangrejos.</p><empty-line/><p>Dios cre� el mundo en siete d�as. Poco m�s tarde expuls� a Ad�n del Para�so y le castig� a ganarse el pan con el sudor de su frente. Apple fabrica varios millones de ordenadores al a�o. Millones de mundos virtuales dise�ados a diario por demiurgos de veintisiete a�os, microsiervos de coeficientes de inteligencia desmedidos� Entre las tribus africanas la media semanal de horas de trabajo de un adulto ronda la decena. El hombre europeo supera con mucho las cuarenta. El progreso ha superado al Dios original en todo, incluso en crueldad. Por eso nos gustan tanto los para�sos artificiales: nostalgia de tiempos mejores.</p><empty-line/><p>Cuando me fui de casa estuve trabajando una temporada en una oficina. Era una multinacional de la inform�tica. Hardware. 0 sea, ordenadores, impresoras, CD-Roms y dem�s robotitos inteligentes creados supuestamente para facilitar el trabajo a los seres humanos. Qu� iron�a. Toda la informaci�n sobre sus productos ven�a escrita en ingl�s, as� que a servidora, la joven estudiante de filolog�a inglesa, contratada en pr�cticas, le tocaba traducirla y adaptarla, y encargarse luego de enviarla a las revistas especializadas, para que all� el currito de turno de la revista en cuesti�n pudiese escribir que un lector de s�xtuple velocidad ofrece un excelente tiempo de acceso o que una tarjeta gr�fica especialmente indicada por equipos potentes con ordenadores basados en pentium es la id�nea para los profesionales de la imagen exigentes, como infografistas y creativos en 3D. Me ten�ais que haber conocido entonces. Controlaba perfectamente t�rminos como interface, tarjeta VGA, puerto paralelo, driver, puerto de serie b, slot de 16 bits, filtros digitales para audio, transferencia t�rmica de cera o microprocesador. Me pasaba all� la vida, sentada en mi cub�culo, mi punto de engorde, un espacio de apenas dos metros cuadrados acotado por dos mesas de formica dispuestas en forma de ele. Se me jodi� la vista a cuenta de pasarme los d�as forz�ndola, cegada por la luz fantasmal del ordenador, y la claridad excesiva de las l�mparas hal�genas y la constante inclinaci�n forzada sobre el teclado me provocaron unos dolores de espalda espantosos. Dos dioptr�as y escoliosis, as�, de golpe. Y todo por un sueldo de mierda, porque como servidora era estudiante, le hab�an hecho un contrato de pr�cticas, que en cristiano quer�a decir que curraba lo mismo que los dem�s pero ganaba mucho menos. Y eso no era lo peor. Lo peor era el ganado con que me tocaba lidiar a diario. Lo peor eran aquellas secretarias repintadas, encaramadas sobre sus Gucci de imitaci�n, con el pelo convertido en fibra de estopa gracias a los moldeadores y las mechas doradas, que no hab�an le�do otra cosa en su vida que el Supertele y el Diez Minutos, y que s�lo sab�an hablar de la peli que hab�an echado en la tele la noche anterior y del nuevo novio de Chabeli, y ponerse verdes las unas a las otras. Lo peor era aquel jefe de personal que opinaba que hab�a que reimplantar la pena de muerte para acabar de una vez con el terrorismo y que se quedaba mir�ndome las tetas con el mayor de los descaros cada vez que sub�amos juntos en el ascensor. Lo peor eran aquellos ejecutivos comerciales que llegaban todas las ma�anas a la oficina precedidos de un tufillo a colonia barata, con sus trajes mal cortados modelo Emidio Tucci comprados en el Corte Ingl�s, que les hac�an bolsas en las ingles y arrugas en las hombreras, y que siempre les quedaban demasiado cortos o demasiado largos, esclavitudes del pret � porter cuando uno no tiene dinero para comprarse un traje a medida pero le gustar�a aparentarlo.</p><empty-line/><p>All� te hac�an much�simas promesas. Se supon�a que si te esforzabas lo suficiente tus m�ritos acabar�an por ser reconocidos, que tu trabajo terminar�a por traducirse en un reconocimiento en el estatus y el sueldo. Pero al cabo de un a�o abandonabas aquellas ilusiones infantiles, aquellas pretensiones ingenuas, y ca�as por fin en la cuenta de que no ascender�as nunca y de que jam�s te subir�an el sueldo. En cada nuevo ejercicio te negaban una revisi�n salarial aduciendo que el pa�s en general y la empresa en particular atravesaban una crisis. Qu� crisis ni qu� ni�o muerto. Ellos llamaban crisis al descenso de beneficios, no a la falta de ellos. Es decir, que si en lugar de facturar chopocientos veintitr�s millones como en el ejercicio anterior se facturaban s�lo chopocientos, toma ya, crisis al canto. En realidad, la empresa no pod�a pagarte m�s porque el dinero que deb�a de pagarte por tu trabajo iba a parar a los altos ejecutivos y a sus contratos blindados de ocho cifras, de forma que a la empresa no le quedaba dinero para pagarnos a los dem�s. �Y os cre�is que aquellos pisaverdes con traje de Armani y gemelos de plata firmados por Chus Bur�s que les hab�an regalado sus leg�timas en su aniversario de bodas se ganaban el sueldo? Ni de co�a. Mi jefe, el flamante director de m�rketing, que cobraba un mill�n de pesetas al mes, es decir, exactamente once veces mi sueldo, se pasaba el d�a llamando por tel�fono a su amante de turno, porque las iba cambiando como cambiaba de colonia: Davidoff, Fahrenheit, Calvin Klein, Ana, Luc�a, Loreto� �hay que estar siempre a la �ltima! Y ni siquiera sab�a hablar ingl�s o poner los acentos en su sitio. Si lo sabr� yo, que era a la que le tocaba corregirle todos los faxes que enviaba. Pero el t�o ten�a cuarenta y un a�os, y la obtenci�n de su master IESE (que a saber cu�nta pasta les habr�a costado a sus pap�s) hab�a coincidido con los felices ochenta, aquellos a�os dorados en que se contrataba a perfectos in�tiles por cifras astron�micas, como si fueran jugadores de f�tbol. Lo que yo te diga, que le toc� la loter�a demogr�fica, porque si llega a nacer quince a�os despu�s otro gallo le habr�a cantado. Y a los que ven�amos por detr�s nos tocaba apechugar con el desfase y cobrar unos sueldos de mierda para compensar, trabajando, eso s�, tantas o m�s horas que �l. Porque jam�s sal�amos a nuestra hora, jam�s cumpl�amos las ocho horas reglamentarlas, y no nos pagaban horas extraordinarias, por supuesto, porque hab�a que trabajar y sacrificarse por la empresa, y bastante afortunados pod�amos sentirnos de estar all�, con un canto en los dientes nos pod�amos dar, porque por cada uno de nosotros hab�a cuatro muertos de hambre, cuatro buitres carro�eros volando en c�rculos alrededor de nuestras cabezas, dispuestos a hacerse con nuestro puesto a la m�nima oportunidad, como el jefe de personal no perd�a ocasi�n de recordarnos. Cuando hac�as cuentas descubr�as que cobrabas menos por hora que una asistenta. Yo me levantaba a las ocho de la ma�ana y llegaba a casa a las ocho y media de la noche, totalmente agotada, sin ganas de nada, excepto de cenar e irme a la cama. Dej� de leer, dej� de ir a conciertos, dej� de ir al cine. Los s�bados por la noche estaba tan harta que me pon�a los vaqueros y las botas de cuero y sal�a a la desesperada, a ponerme hasta las cejas de cubatas y de rayas para olvidarme de la mierda de vida que llevaba, y aquel a�o me agarr� las peores cogorzas que me haya agarrado en todos los d�as de mi vida, y me follaba a cualquier cosa, de verdad, a cualquier cosa, a cualquier elemento que se me pusiera a tiro a partir de las seis de la ma�ana, que era aproximadamente el momento en que mi estado et�lico hab�a alcanzado el nivel en que lo mismo me daba un ejecutivo de la Sony que un estibador de Mercamadrid. Luego llegaba junio y los ex�menes, y me pasaba un mes entero a base de anfetaminas, intentando aprobar como fuera, y llegaba a la facultad atiborrada de chuletas y jug�ndome el expediente porque no dispon�a de tiempo material para estudiar las asignaturas con propiedad, y encima en el curro se mosqueaban porque faltaba a mi horario y me exig�an un certificado firmado por mi profesor para probar que efectivamente hab�a estado en un examen y no de ca�as con mis amigos.</p><empty-line/><p>No ten�amos ninguna posibilidad de ganar aquella batalla, como no hubiera sido montar las barricadas y salir a hacer la revoluci�n. Pero nos ten�an tan alienados y tan agotados, tan hipnotizados a base de horas y horas de trabajo constante y de discursos apocal�pticos sobre la terrible situaci�n de la econom�a, que a ninguno de nosotros se le hubiera ocurrido. No dispon�amos de ning�n arma para luchar contra los ejecutivos cuarentones de apellidos compuestos, y lo peor, lo peor, era cuando contrataban a una mema que se apellidaba L�pez-Santos y Mart�nez de Mi��n, que llegaba a la oficina en su Golf GT1 pagado por su pap�, que llevaba ropa de Prada y bolsos de Loewe pagados por su pap�, y que estaba moren�sima y s�per en forma despu�s de haber estado esquiando en Andorra, en un relajante fin de semana pagado asimismo por su pap�, y que a todo el mundo le parec�a tan elegante y con tanta clase, y que no sab�a hacer la o con un canuto, pero como era la hija de un accionista y acababa de terminar un master en relaciones p�blicas y comunicaci�n, pagado tambi�n por su pap�, c�mo no, te la pon�an a currar en la mesa de al lado cobrando bastante m�s que t� y, �por supuesto!, ella tampoco pon�a un acento en su sitio y se quedaba tan ancha despu�s de dar por terminada una nota de prensa de quince l�neas que le hab�a llevado cuatro horas redactar y que luego te tocar�a a ti reconstruir en diez minutos, de arriba abajo, porque la muy burra escrib�a �t� ordenador� as�, con acento en la u, como suena, y repet�a el verbo tener veinticinco veces en quince l�neas, y en aquel momento te preguntabas, �qu� co�o hago yo aqu�?, �QU� CO�O? Fue la llegada de aquella subnormal profunda, que acababa todas sus frases con un �sabes? y para la que todo era como muy ideal o como muy algo, lo que me convenci� de que me hab�an estafado, de que estaban enga��ndome como a un burro con el viejo truco de la zanahoria y el palo, y una ma�ana que baj� a la farmacia a comprar buscapinas porque ya no pod�a con aquel dolor de espalda, el sol me dio en la cara para avisarme de que estaba malgastando mi vida, la �nica vida de que dispongo, porque soy una mujer y no un gato, y ca� en la cuenta de que llevaba dos a�os sin sentir la caricia dorada del sol en la nariz, de que se me estaba yendo la juventud encerrada en un despacho de ventanales blindados, y tranquilamente sub� en el ascensor parlante que hab�a dentro de aquel edificio inteligente, planta tercera, abriendo puertas, dec�a el ascensor con voz tecnificada, me dirig� hacia mi mesa e introduje una orden en el ordenador: �Delete All.� El ordenador me advirti� de que toda la informaci�n del disco duro se borrar�a: ��Est� seguro de que desea eliminarla?�, y yo tecle�, completamente segura, segura como no hab�a estado segura de nada en la vida, tan segura como que mi nombre es Cristina, �S��, y me sent� la mujer m�s libre de la Tierra, me sent� feliz, plena, ext�tica, por primera vez en dos a�os y ech� por tierra el principio de una prometedora carrera en el campo de la comunicaci�n, seg�n mi hermana Rosa.</p><empty-line/><p>Y ahora soy camarera. En el bar gano m�s de lo que ganaba en aquella oficina, y mis ma�anas son para m�, para m� sola, y el tiempo libre vale para m� m�s que los mejores sueldos del mundo. No me arrepiento en absoluto de la decisi�n que tom�, y nunca, nunca jam�s volver�a a trabajar en una multinacional.</p><empty-line/><p>Antes me meto a puta.</p><empty-line/><p>En los escasos momentos en que la barra queda vac�a cierro los ojos e intento concentrarme en los sonidos sintetizados, visualizando la m�sica como una cebolla iridiscente a la que yo, lenta y concienzuda, voy arrancando capas, una tras otra, hasta dar con una dise�ada especialmente para m�: el regalo de la rave. Y cuando la encuentro, la hago ascender a trav�s de mis venas, mis capilares y mis arterias, recorrer mi cuerpo mezclada con mi linfa y mi sangre, ascender hacia mi cabeza, inundarme por completo. Me diluyo en m�sica, me borro, me extiendo, me transformo, me vuelvo l�quida y polimorfa. De pronto llega un roll on, un cambio radical de ritmo seguido de una secuencia prolongada que comienza muy, muy lentamente y luego se acelera de forma paulatina hasta retomar el ritmo del techno, machac�n, insistente, acompasado a los latidos del coraz�n. La oscuridad me invita a dejarme llevar y me arrastra hacia el altavoz que vomita una m�sica mon�tona, geom�trica, energ�tica y lineal, suavizada en mi cabeza por el �xtasis.</p><empty-line/><p>Pero este estado de cosas no puede durar mucho, porque trabajando en una barra no dispones de mucho tiempo para ti misma. Antes o despu�s llega alguien que requiere tu atenci�n para que le pongas una copa, y entonces te toca volver al mundo de los vivos. En la pista la masa baila en comuni�n, al ritmo de un solo latido, una sola m�sica, una sola droga, una �nica alma colectiva. El DJ es el nuevo mes�as; la m�sica, la palabra de Dios; el vino de los cristianos ha sido sustituido por el �xtasis y la iconograf�a de las vidrieras por los monitores de televisi�n. Es el regreso del tribalismo ancestral, heredado gen�ticamente, dicen, en el inconsciente colectivo.</p><empty-line/><p>Por un instante regreso a la realidad y soy consciente de los fieles que me rodean, la masa que alza los brazos al cielo como un solo hombre al grito de ��rave!�. Yo tambi�n participo en este rito com�n, y una vez bendecida por el DJ al que va dirigida nuestra alabanza, le imploro de coraz�n que me funda con el resto, que me haga desaparecer, que obre un milagro y borre de un plumazo este �ltimo mes.</p><empty-line/><p>Que me lleve de nuevo a aquellas fechas en que todav�a me llamabas tuya.</p><empty-line/><p>Cada noche la m�sica atrona desde los bafles de quinientos vatios, unas cajas negras, enormes, que son como las hijas bastardas de la caja de Pandora, porque, a juzgar por el esc�ndalo que arman, deben contener en su interior todos los vientos y todas las tormentas. Ayer, s�bado, he estado poniendo copas all� desde las doce hasta las ocho, y luego, venga arriba, venga abajo, sube cajas de cocacola, baja cajas de cerveza, echa a los �ltimos colgados rezagados y recoge los condones usados que te vas encontrando por todas partes: en el ba�o, claro, en los sillones forrados de terciopelo rojo, en la pista de baile (�EN LA PISTA? S�, en la pista, por lo visto hay mucha pe�a que ha visto Instinto b�sico), en la esquina de detr�s del bafle, muy del gusto de los quincea�eros, porque es muy oscura. Como todos van puestos de �xtasis, les da por hac�rselo en cualquier parte, imprevistamente, desmedidos y enganchados en un tiovivo de ombligos. Y bueno, a m� en principio me dar�a igual, que hagan lo que quieran, a vivir que son dos d�as, no future, si no fuera porque luego tengo que ir recogiendo los condones usados, y eso es un tanto desagradable, estar�is conmigo.</p><empty-line/><p>He salido del Planeta X y el sol me ha dado en los ojos con su luz blanca. Ha sido como un golpe de gong en las sienes. Ya era de d�a. Me he ido a desayunar con el resto de los camareros. Luego nos hemos ido al God, un afterhours que hay cerca del Planeta X. Mucho bacalao, mucho ni�o puesto de �xtasis, mucha luz estrobosc�pica. Chundachundachundachunda� �acleeceed! Las ni�as bailan jarcotezno -los brazos laxos, los m�sculos desencajados, la cabeza oscilando de un lado a otro- y parecen mu�ecos de cuerda a los que se les ha saltado el muelle. Deber�a haberme ido a casa a dormir, pero, qu� quieres que te diga, despu�s de ocho horas poniendo copas te apetece que alguien te ponga copas A TI, para variar. Cuando hemos salido del God eran las cuatro de la tarde. Se supone que yo deb�a tener hambre, pero estas pastillitas que me meto para aguantar despierta y poder servir copas toda la noche no me permiten comer. Me estoy quedando en los huesos. Parezco reci�n salida de Dachau. No importa, a los t�os les gusta as�. Parezco la Kate Moss, pero con tetas. Muy grunge, muy trendy. Por algo soy camarera, porque a los t�os les gusto. Muy machista, lo s�, pero de algo hay que comer, o, en mi caso, no comer. Lo siento mucho, la vida es as�, no la he inventado yo.</p><empty-line/><p>Hay muchos hombres solos en esta ciudad. Das una patada y salen de debajo de las piedras. Si saben que est�s sola vienen a ti atra�dos como las moscas a la miel. Y mujeres, tambi�n hay mujeres solas. He escuchado sus historias en las barras del bar. Las mujeres y los hombres a los que quisieron y perdieron, las drogas que probaron, sus penas, sus alegr�as y sus accidentes.</p><empty-line/><p>He escuchado tantas historias de desamor y soledad esta noche que creo que podr�a editar un cat�logo.</p><empty-line/><p>He aprendido a reconocerlos por sus caras. Llego a la barra y puedo decir en cuesti�n de segundos cu�ntos clientes se sienten solos. El �xtasis ayuda s�lo durante unas horas. A veces ni eso. Van de �xtasis, est�n atontados, pero en el fondo siguen solos. No hay droga que cure eso.</p><empty-line/><p>Hab�a un chico apoyado contra el bafle que conoci� en un bar a la chica de sus sue�os. Una pelirroja vestida de Gaultier. Bebieron, flirtearon. Lo hicieron a lo bestia en el cuarto de ba�o. �l apunt� su tel�fono. No se atrev�a a llamarla. Apenas sab�a qui�n era. �Cu�ntos t�os la habr�an follado en un cuarto de ba�o? Cuando por fin reuni� el valor suficiente intent� llamarla, dos veces, pero nadie respondi� al tel�fono. Despu�s le parec�a que hab�a pasado demasiado tiempo. �Y si ella hab�a conocido a otro? �Y si no le recordaba? �l tampoco la recordaba bien. No podr�a describir el puente de su nariz ni la ca�da de sus pesta�as ni el color exacto de su pelo. No podr�a asegurar si era tan maravillosa como �l cre�a recordar. Fue muchas noches al bar donde la hab�a conocido, pero no volvi� a verla. Ha dormido solo desde entonces.</p><empty-line/><p>Hay una chica que lleva escrita en la frente la palabra amante. Siempre se enamora de hombres casados. Ha hecho el amor en portales, en hoteles, en asientos reclinables de coches descapotables, en parques, en ascensores y en cuartos de ba�o de bares de dise�o. Sin embargo, no sabe lo que es despertarse junto a alguien y compartir un desayuno en la cama.</p><empty-line/><p>Esta ciudad es demasiado grande, dicen algunos, se hace tan dif�cil mantener las relaciones�</p><empty-line/><p>En fin, cada cual tiene su historia. Esta ciudad est� llena de hombres que van buscando a tientas a una mujer en la oscuridad de los bares.</p><empty-line/><p>He escuchado tantas historias esta noche� Yo tambi�n tengo mi propia historia. Yo tambi�n ten�a a alguien a quien quise y perd�. No me dio explicaciones. Tampoco se las ped�. El caso es que �l acab� por dejarme. Quiz� le dejase yo. No contesta a mis llamadas. Supongo que tiene sus razones.</p><empty-line/><p>Tendr�a que explicarles a todos esos chicos solos que vienen a pedirme copas a la barra con cara de cordero degollado que yo no puedo llenar sus huecos, que a m� tambi�n me abandon� mi amor y que, para colmo, empieza a ponerme de los nervios el jarcotezco.</p><empty-line/><p>Trabajo en una barra y los domingos los paso de garito en garito, bebiendo como una esponja, gast�ndome el sueldo en �xtasis, para olvidarme de que mi novio me dej�. Por muy delgada y muy mona que sea. Por lo visto, no le resultaba suficiente. Las relaciones de los noventa, dicen. Ef�meras. No future. Generation X. Hay que joderse.</p><empty-line/><p>Trabajo en una barra y cada noche me duelen los o�dos y siento el pulso acelerado. El coraz�n me late a trescientas pulsaciones por minuto. Me entra una sed tan horrible que creo que podr�a beberme el agua de la Cibeles. Siento que las luces de la pista son tangibles, y que la m�sica se traduce en im�genes.</p><empty-line/><p>Vuelve a ascender la m�sica en capas envolventes intentando anularnos con su voluntad ensordecedora. Desde la barra vislumbro un tejido irisado de brazos y piernas y camisetas brillantes, una masa humana y multicolor de cabelleras, ondeando al ritmo de mil tambores at�vicos. Ramalazos de luces surgen de la nada, flash, y desaparecen al segundo de cegarnos, negro, y otra luz cegadora vuelve a surgir coincidiendo con un nuevo latido de nuestro coraz�n. Cuando tengo que cruzar la sala para ir dejando limpias las mesas erizadas de vasos y botellas me siento un nadador contra corriente. Alrededor de m� los cuerpos, comprimidos y multiperforados, se empujan los unos a los otros, las personas ya no son personas porque la identidad de cada uno se funde en el crisol de la masa, y lo que siento alrededor es un magma en ebullici�n, con peque�as burbujitas que de vez en cuando emergen a la superficie.</p><empty-line/><p>Trabajo en una barra y cada noche siento que necesito algo desesperadamente, pero no s� muy bien el qu�. Noto la ansiedad ascendiendo en mi interior, tan furiosa y tan presente que me impide respirar.</p><empty-line/><p>Necesito una polla entre las piernas. Quiero que vuelvas, Iain, que me saques de aqu�. Quiero que me salves de alguna manera.</p><empty-line/><p>La vida es triste, y la noche de Madrid no es tan maravillosa como todos se creen. Os lo digo yo, que vivo en ella.</p><empty-line/><p>Las luces vacilantes de los focos azules me distraen la mirada. Podr�a estar aqu� o en cualquier otra parte. La cabeza se me va a cada momento y me veo en millones de sitios: en la cama de Iain, en el cuarto de Iain, en mi propia ba�era. Pero aqu� no, definitivamente aqu� no. Son las diez de la noche en el Planeta X y yo estoy ocupada pasando un trapo por la barra y limpiando el polvo de las botellas. No es que haga mucha falta, la verdad, pero me aburro y no se me ocurre nada mejor que hacer. Hubo un tiempo en que me llevaba un libro al bar y as� entreten�a los ratos muertos en que no ten�a que darle de beber a nadie, pero el encargado se ocup� enseguida de hacerme saber que lo del libro no estaba bien visto, que no daba buena imagen. A m� la explicaci�n me pareci� una solemne tonter�a, sobre todo viniendo de un t�o que no hab�a hojeado en su vida otra cosa que la gu�a telef�nica. Pero el encargado es el encargado, y yo no soy m�s que una camarera, as� que no me qued� m�s remedio que ajo y agua, o sea: a joderme y a aguantarme y a dejar el libro en casa.</p></section><section><title><p>V</p></title><p>Me importa un comino lo que digan mis hermanas. Me importa un huevo que opinen que �ste no es un trabajo serio. Mis hermanas no tienen ni puta idea de lo que es la vida. La una pill� a un tolili dispuesto a mantenerla, un mirlo blanco de los que ya no quedan, y a la otra le toc� un premio gordo en la loter�a gen�tica.</p><empty-line/><p>Y aqu� estoy ahora, en mi bar del alma, en este bar que para mis hermanas supone la mayor verg�enza social, limpiando botellas con la energ�a de un hurac�n, cuando, reflejada en el espejo a trav�s de la penumbra del bar, veo una figura de mujer cruzar la pista. Avanza dando grandes y r�pidas zancadas, como si fuese la chica del anuncio de Charlie. Un foco ilumina la figura y, para mi sorpresa, reconozco a mi hermana Rosa. No se me ocurre para qu� co�o viene Rosa al bar, ella, que no soporta el trance y que es incapaz de escuchar algo que se haya compuesto despu�s del siglo diecinueve.</p><empty-line/><p>Mi hermana se acerca a la barra, se sienta en un taburete, deja sobre el contiguo su abrigo de piel de camello y cruza las piernas con ese aire de autoridad que s�lo poseen las lesbianas y las mujeres muy ricas.</p><empty-line/><p>Yo le dirijo una sonrisa que pretende ser sarc�stica. Eso s�, me parece que no lo consigo, porque soy muy mala actriz.</p><empty-line/><p>���Dichosos los ojos! -digo-. �A qu� debo este honor? �La princesa de M�naco en persona se ha dignado venir a mi humilde tugurio!</p><empty-line/><p>��T� sigue haciendo bromitas de este tipo y no vuelvo m�s -responde mi hermana con voz serena, como de costumbre. Casi nunca pierde la calma. Nadie dir�a que somos hermanas. No nos parecemos ni en el f�sico ni el car�cter.</p><empty-line/><p>��Perdone su alteza -digo yo-. Nadie quer�a ofenderla. Por cierto, su alteza viene guap�sima. Qu� traje tan elegante� -No es precisamente mi estilo, pero hay que reconocer que es bonito. De lejos se ve que debe de costar una pasta.</p><empty-line/><p>��Menos flores. Las dos sabemos que si a m� me sentaran tan bien los vaqueros como a ti, no me har�an falta los trajes de dise�o.</p><empty-line/><p>Mi hermana es una envidiosa. Siempre lo ha sido. Adem�s, tampoco es que yo en vaqueros resulte la bomba at�mica. Y por cierto, si yo tuviera la pasta que ella tiene y pudiera comprarme la ropa en Loewe, igual hasta dejaba los vaqueros. Nunca se sabe.</p><empty-line/><p>Le pregunto qu� quiere tomar y responde que una cocacola. Light.</p><empty-line/><p>���Est�s segura de que no quieres que te ponga un chorrito de whisky? -digo yo.</p><empty-line/><p>��Segura -Confirma, serena y sin mover un solo m�sculo facial, como de costumbre.</p><empty-line/><p>��T� sabr�s. -Encojo los hombros para darle a entender que no sabe lo que se pierde yendo de abstemia. En fin, que no se diga que no he intentado tentarla. Abro la c�mara frigor�fica y saco una botella de cocacola. Light-. Y bueno, alteza -prosigo. Yo siempre le llamo alteza, y eso a ella le jode much�simo-. �Qu� te trae por aqu�? �A qu� se debe que le hagas una visita a tu indigna hermana?</p><empty-line/><p>��Para ya. -La voz de Rosa suena ligeramente, s�lo ligeramente, enojada-. He salido del trabajo y me he dicho que de camino a casa pod�a parar aqu� para recordarte que tienes que llamar a Ana.</p><empty-line/><p>Dejo la cocacola a medio servir y me la quedo mirando con cara de estupefacci�n. S�lo mi hermana la hormiga laboriosa es capaz de salir del curro a las diez de la noche.</p><empty-line/><p>���Acabas de salir del trabajo? �AHORA?</p><p>��S�, me he quedado repasando un informe que tengo que entregar ma�ana.</p><p>��Joder, t�a� Eso no es vida, qu� quieres que te diga. Por mucha pasta que te paguen -le suelto, y acabo, por fin, de servir la dichosa cocacola con sus hielecitos y su limoncito.</p><p>��Tampoco es vida la tuya, que tengo que venir a verte aqui porque nunca puedo localizarte en casa. -Rosa pega un trago �vido a la cocacola y contin�a-: Y por favor, no discutamos que bastante me duele la cabeza por hoy. Te recuerdo otra vez que te pases un d�a por casa de Ana. Mam� me ha llamado y me ha dicho que est� muy preocupada.</p><empty-line/><p>��No ser� para tanto. A Ana lo �nico que le pasa es que se aburre y quiere llamar la atenci�n�</p><empty-line/><p>��No creo. Me parece que esto va en serio. Ayer la llam� y la encontr� muy deprimida. Se la notaba muy mal. Aunque con la poca confianza que tenemos, poco pod�a hacer yo. Como no me cuenta nada� Pero te repito que la o� muy rara.</p><empty-line/><p>���Y qu� esperas que haga yo? Si t� no tienes confianza con ella, ya me dir�s yo� Simon Peres y Arafat son �ntimos, en comparaci�n con nosotras.</p><empty-line/><p>��Bueno, ya sabes que a Ana le resulta dif�cil entender lo que haces con tu vida.</p><empty-line/><p>���Y a m� entender lo que ella hace con la suya! No te jode. Como si fuera divertido pasarse la vida mano sobre mano. Y yo no la critico por eso.</p><empty-line/><p>��Pues yo jurar�a que ahora mismo est�s critic�ndola -apunta mi suspicaz hermana, tamborileando con los dedos sobre la mesa. Las u�as, cuadradas, cortas y sin pintar, est�n impecablemente limadas.</p><empty-line/><p>��No estoy critic�ndola. Y no te preocupes, que te juro que me pasar� a verla lo antes posible. Aunque poco puedo hacer por ella, porque yo tambi�n estoy fatal. Fatal. Fatal, fatal, �fataaaal�!</p><empty-line/><p>���Y eso? -pregunta mi correcta hermana, intentando esbozar una sonrisa de simpat�a y aparentando como puede un poco de inter�s.</p><empty-line/><p>��Iain me ha dejado -anuncio con tono solemne, intentando conmover a mi inconmovible hermana.</p><empty-line/><p>��Acab�ramos. Pues menuda novedad. �Cu�ntas veces van?</p><p>Evidentemente, no lo he conseguido.</p><p>��No, ESTA VEZ va en serio, t�a, te lo juro -insisto con un moh�n ofendido, y �ste no tengo que fingirlo porque me sale del alma-. Hace ya casi un mes. Nunca hab�amos pasado tanto tiempo separados.</p><empty-line/><p>��Sinceramente, creo que es lo mejor que pod�a haberte pasado. Ese hombre no te tra�a m�s que disgustos -observa mi sensata hermana.</p><empty-line/><p>���Qu� dices�! Era un encanto. Inteligente, tierno, sensible�</p><p>���Sensible? No me hagas re�r. �Te acuerdas de aquel d�a en que nos encontramos en el Retiro? Tu pobre amiga Line, esquel�tica, anor�xica perdida que daba pena verla, a punto de ingresar en el hospital, y tu novio, el sensible, venga a decir �Esta chica cada d�a est� m�s guapa. C�mo ha adelgazado�. -Mi sarc�stica hermana pega otro trago a su cocacola-. Hay que ser zopenco. Dejando aparte el hecho de que me parece bastante discutible que se ponga a hablar de lo guapa que es otra chica en presencia de su novia y de la hermana de su novia. Por cierto, �c�mo est� Line?</p><empty-line/><p>��Bien. Sali� del hospital hace tiempo. No estuvo all� ni una semana, as� que no fue para tanto. Ha comenzado a ir al psic�logo y est� bastante controlada. Adem�s, para que lo sepas, no est� tan claro lo de la anorexia de mi amiga, porque la anorexia es una enfermedad mental bien definida, y Line no responde exactamente al cuadro cl�nico.</p><empty-line/><p>��Lo que est� claro es que tu amiga parece la radiograf�a de un silbido.</p><empty-line/><p>��Eso s�, pero el caso es que tampoco, por lo visto, muestra el cuadro mental t�pico de una anor�xica, porque seg�n el psiquiatra las anor�xicas suelen ser personas muy perfeccionistas e introvertidas, que renuncian al sexo�</p><empty-line/><p>���Renuncian al sexo? No me digas m�s. Ya me ha quedado claro que Line no es anor�xica.</p><empty-line/><p>�sta es mi ir�nica hermana.</p><empty-line/><p>��En primer lugar, que sepas que desde que ha aparecido la histeria de las top models y el culto al cuerpo parece que ya hay anor�xicas de todo tipo. En segundo lugar, si est�s intentando meterte con mi amiga, te recuerdo que si s�lo hubiera que medir las cosas por ese rasero, entonces la anor�xica serias t�, que eres la que ha renunciado al sexo.</p><empty-line/><p>��Nadie ha dicho que yo haya renunciado al sexo. -Rosa adopta un deje ofendido. �Ofendida, Rosa! �Parece que he traspasado su barrera de impasibilidad!</p><empty-line/><p>Yo sonr�o, satisfecha de m� misma.</p><p>��Pues cualquiera lo dir�a -sigo-, seg�n los muchos novios que se te conocen. Hija m�a, a tu lado la propia Virgen del Roc�o es un put�n verbenero.</p><p>��Que te quede claro: yo no he renunciado al sexo ni a las relaciones, en principio. Sencillamente he decidido ser independiente, mantenerme a m� misma, no tener que soportar numeritos y humillaciones, y estar sola.</p><p>��No me seas exagerada, Rosa. Digo yo que ambas cosas se podr�n combinar: que puedes seguir siendo independiente y mantenerte a ti misma y aun as� echar un polvo de vez en cuando.</p><p>���sa es la teor�a. La pr�ctica es muy diferente. Deseng��ate, Cristina. -Y mi condescendiente hermana suspira, intentando adoptar un aire de mujer muy vivida-. Los hombres de mi edad han vivido en casa de sus padres hasta los veintimuchos a�os. Eso, si no siguen viviendo all�. Y durante todos esos a�os han vivido en una casa donde su mam� no trabajaba y se dedicaba a hacerles la cama y la comida, en una casa donde ellos no ten�an hora de llegada, pero sus hermanas s�. Y para colmo, la mayor�a han ido a un colegio de curas en el que se les ense�aba a buscar ni�as dulces, calladitas y sumisas.</p><p>���Y eso qu� importa?</p><p>��Importa much�simo. Porque son una generaci�n de ni�os grandes que no pueden entender que yo no pienso dedicarme a arreglar la casa ni a cuidarlos ni a sustituir a su madre.</p><p>��Pero no todos los hombres son as�</p><p>��Puede que no, pero de momento yo no he conocido a la excepci�n. Lo veo clar�simo en el trabajo. Todas las chicas que est�n casadas y tienen ni�os se quejan de lo mismo. �l no las ayuda en casa, �l no se levanta si el ni�o llora, �l pasa de ir a hablar con los profesores�</p><p>��Pero es que las secres de tu oficina son todas una panda de marus. No hay m�s que o�r c�mo cogen el tel�fono.</p><p>��Mira, Cristina, se da por hecho de tal manera que es la mujer la que se va a encargar de los cr�os que la mayor�a de las empresas no contratan a mujeres en seg�n qu� puestos directivos, a no ser que hayan pasado la cuarentena, o sea, que ya hayan tenido y criado a los ni�os.</p><p>��No entiendo por qu�.</p><p>��Pues es as�. Yo misma deber�a ser vicepresidente. Estoy mejor preparada, con mucho, pero con mucho, que el in�til que tiene el puesto. Pero soy mujer, as� que no me ascienden.</p><p>��Pues mira, qu� quieres que te diga, si tan mal est�n las cosas, d�jalo, ded�cate a vivir la vida, no te amargues en una oficina.</p><p>���Qu� quieres decir con eso de �vivir la vida�?</p><p>��Pues eso, salir, conocer gente, ir de copas� -Hago una pausa premeditada antes de soltar la bomba-. Follar.</p><p>Mi imperturbable hermana finge no haber captado la indirecta.</p><p>��A m� no me apetece salir de copas todas las noches. Y el sexo me atrae cada vez menos.</p><p>��Te estar�s volviendo anor�xica. Esto de que bebas cocacola light es muy mala se�al.</p><p>��No, no tiene nada que ver. Simplemente, me resulta muy poco satisfactorio tener sexo con alguien incapaz de respetarme y de asumir que podemos estar al mismo nivel. Mi sexo reside en mi cabeza, no en mi entrepierna.</p><p>��Es curioso, el otro d�a intentaba explicarle lo mismo a Line�</p><p>��No es curioso. Es el signo de los tiempos. �No te has dado cuenta de que cada d�a hay m�s pel�culas y m�s libros de homosexuales, y que cada d�a tienen m�s �xito? Es porque, superada la era patriarcal, los sexos estamos condenados a no entendernos.</p><p>��La era patriarcal� Rosa, no te ofendas, pero cada d�a eres m�s redicha. Como un repollo con lazos. Pero es verdad, lo de la guerra de los sexos, digo. El �nico t�o que podr�a interesarme ahora, y te lo digo a ti porque eres mi hermana, es Iain. El resto, una panda de cafres.</p><p>��Eso es porque lo tienes idealizado. Iain es tan inmaduro como el resto. Si t� misma no hac�as m�s que quejarte de que Iain era un pusil�nime. Y �l siempre estaba quej�ndose de que t� ten�as demasiado car�cter.</p><p>��Es que yo tengo mucho car�cter.</p><p>��No m�s que la mayor�a de los hombres con los que trato a diario. Sencillamente, es un rasgo que no est� bien visto en una mujer pero s� en un hombre.</p><p>��Rosa, por Dios, no empieces otra vez con tus sermones feministas�</p><p>��Que s�, mujer� Se ve claramente en la oficina. Si yo me pongo dura con un proveedor que no nos ha presentado la factura a tiempo, si grito y me enfado, es un problema. El director de personal no pierde ocasi�n de recordarme que deber�a suavizar mis modales, el muy cretino. Y sin embargo, el director general se pasa el d�a tratando fatal a todo el mundo: proveedores, secretarias, administrativos y directora financiera, o sea, yo. En la vida le he o�do dedicarle una palabra amable a nadie. Se comunica con la gente a gritos. Pero en su caso se trata de un ejecutivo agresivo, de modo que est� bien visto, nadie le dice nada. Mientras que yo, claro est�, deber�a suavizar mi comportamiento�</p><p>��Lo que hay que o�r. �Ves? Yo, de camarera no tengo esos problemas.</p><p>��Tampoco tienes ninguna posibilidad de promoci�n. Ni ning�n futuro. Ahora tienes veinticuatro a�os y quedas muy mona en una barra pero dentro de diez, cuando se te caiga esa delantera que tienes y puedas ponerte a jugar al f�tbol con tus pechos, no habr� quien te quiera de camarera. Y entonces caer�s en la cuenta de c�mo has desaprovechado tu tiempo y tu cabeza.</p><p>��En primer lugar, deja de meterte con mis tetas, si no te importa. En segundo, que te quede claro que YO no desaprovecho mi cabeza.</p><p>��Eres demasiado lista para estar trabajando en una barra.</p><p>��Ya salimos con la de siempre. Yo trabajo en una barra si me sale del co�o.</p><p>���Y qu� satisfacci�n intelectual te reporta eso?</p><p>��Rosa, estoy harta de discutir el mismo tema. La satisfacci�n intelectual me la busco en el tiempo libre. Cuando salgo de aqu� leo, voy al cine y�</p><p>��Leer es pasivo. Estoy hablando de hacer algo productivo. De ser y sentirte �til.</p><p>��Ya sali� la feminista. Me dir�s que t� eres muy �til, arregl�ndole los problemas a una multinacional que tiene puteados a todos sus empleados, jodi�ndoles la vida ocho horas al d�a a cambio del salarlo m�nimo. Y t� te encargas de que Hacienda no les pille en los desfalcos y los chanchullos que se monta. �Pues menudo orgullo! Prefiero ser una in�til. En definitiva, guapa, que dejes de meterte de una vez con mi trabajo. Al menos yo no voy a tener problemas de conciencia moral, y, adem�s, YO no trabajo para una estructura machista -remato, cabreada.</p><p>Supongo que mi hermana se ha quedado con ganas de decirme que hab�a m�s de una redicha en este bar, pero se interrumpe al ver llegar al primer cliente de la noche. Se trata de un tipo bajito y repeinado, que no debe de tener m�s de treinta a�os. Lleva un polo rosa, pantalones de pinzas y zapatos italianos. Apenas supera el metro setenta. Un pijillo en la treintena. Fijo que es broker, como si lo viera.</p><p>���Me perdonas un momento? -le digo a mi hermana overachiever y me marcho a atender al cliente-. Dime.</p><p>��Quiero un whisky con cocacola -me anuncia el de gafas con voz engolada. Habla como si se hubiera metido una patata frita en la boca.</p><p>���Qu� whisky? -pregunto, y lo hago por pura rutina. Bien s� yo que todas las botellas est�n rellenadas con el mismo tipo de alcohol de garrafa.</p><p>��No s� -duda �l-. �C�mo se llama el de aquella botella marr�n que est� en lo alto del estante?</p><p>��Eso no es whisky -le hago saber con un deje de superioridad digno de una reina-. Es ginebra.</p><p>��Entonces quiero una ginebra con cocacola. Esa ginebra -recalca.</p><p>��Te advierto que esa ginebra es car�sima -le aviso con retint�n.</p><p>��No importa. El dinero no es problema.</p><p>Valiente gilipollas.</p><p>��Adem�s, no voy a alcanzar ese estante�</p><p>��Pues te subes a una silla o a una caja. Yo soy el cliente y t� la camarera, y si pido una ginebra determinada est�s obligada a serv�rmela, �o no?</p><p>Le dirijo una mirada asesina, dudando entre si mandarlo a la mierda o tirarle la cocacola de Rosa en la cara, pero finalmente agarro una caja y me encaramo como puedo a lo alto del estante. Mientras intento alcanzar la botella de marras me vuelvo y caigo en que el muy cabr�n est� aprovechando la ocasi�n para mirarme el culo. Acto seguido vuelvo la cabeza hacia Rosa, que tambi�n est� contemplando la escena.</p><p>Mi alt�sima hermana se levanta del taburete y se yergue cuan alta es sobre sus imponentes ciento ochenta cent�metros, sin tacones.</p><p>���Le importar�a dejar de mirar el culo de mi novia con semejante descaro? -le pregunta cort�smente al chico del polo rosa.</p><p>Las mejillas del ga��n adquieren el color de su polo.</p><p>���Es tu novia? -alcanza a articular con voz tr�mula.</p><p>��Ella es mi novia y yo soy cintur�n negro de k�rate, por si te interesa -escucho decir a mi imprevisible hermana.</p><p>Est� de pie frente a m�, cuan alta es (m�s que �l), las manos apoyadas en las caderas y soltando fuego por los ojos. Si hubiese tenido un rev�lver jurar�a que habr�a estado a punto de desenfundarlo. Me la quedo mirando con los ojos como platos y la boca tan abierta que Agassi hubiese podido colarme una pelota en ella. Pero mi impasible hermana ni se inmuta.</p><p>���Por qu� no te vas yendo a la pista? -le sugiere Rosa al de las gafas, sin perder un �pice de su calma-. En breve empezar�n a llegar hordas de adolescentes a las que les podr�s mirar el culo con toda tranquilidad.</p><p>El de las gafas se marcha sin decir palabra, y sin la ginebra.</p><p>��No trabajas en una estructura machista. Ya veo -observa mi ir�nica hermana con tanta tranquilidad como si se estuviera refiriendo al tiempo, y a continuaci�n apura su cocacola de un trago-. Son casi las once y yo ma�ana me levanto a las siete. Tengo que dejarte. No te olvides de llamar a Ana.</p><p>Recoge su abrigo y abandona el bar. Me cuesta unos cuantos segundos recuperar el habla, y por tanto no puedo llamarla hasta que se encuentra justo en medio de la pista.</p><p>���ROSA! Ella gira la cabeza� -�Qu�?� y yo sonr�o. -Gracias.</p><p>��De nada. Y no te olvides de llamar a Ana.</p><p>��Lo har�. Cruza la pista en tres zancadas, marcial, solemne y estilosa. Todas las luces del bar se reflectan en su abrigo porque ni siquiera los focos pueden sustraerse a la tentaci�n de seguir con la mirada a esa amazona rubia distante e insondable. Y yo pienso para m�, cuando la veo cruzar la pista con la velocidad constante de una flecha disparada a un objetivo claro, puede que no me lleve mucho con mi hermana, puede que no tengamos nada que ver, pero, joder, hay que reconocer, aunque me pese, que hay momentos en que la admiro profundamente.</p><empty-line/><p>El informe Harvard-Yale, publicado en 1987 por los soci�logos Bennet y Bloom y basado en el modelo param�trico de an�lisis de diferentes grupos de poblaci�n, dice textualmente: �A los treinta a�os las mujeres solteras con estudios universitarios tienen un 20% de posibilidades de casarse, a los treinta y cinco este porcentaje ha descendido al 5% y a los cuarenta al 1,3%. Las mujeres con educaci�n universitaria que anteponen los estudios y la vida profesional al matrimonio encontrar�n serias dificultades para casarse.�</p><empty-line/><p>Ya dicen los agoreros que a los treinta a�os es m�s f�cil que te caiga una bomba encima que un hombre.</p><empty-line/><p>Yo tengo treinta a�os y estoy tan cansada que me cuesta trabajo empujar la pesada puerta de entrada de mi edificio. La cocacola que me he tomado en el bar de Cristina ha servido para ayudarme a superar el �ltimo tramo de la carrera, pero ahora caigo en la cuenta de que ya llevo encima del cuerpo catorce horas de actividad constante, y siento el agotamiento incrustado en cada uno de mis huesos.</p><empty-line/><p>No me atrevo a reconocer que probablemente mi hermana peque�a tenga raz�n y que no me sirva de nada trabajar tanto.</p><empty-line/><p>Las f�bricas de la revoluci�n industrial trabajaban con jornadas de hasta doce horas. Desde entonces la reducci�n de jornada ha sido uno de los principales objetivos de los sindicatos. Diversos estudios de psicolog�a industrial publicados por la Universidad de Yale han demostrado que una jornada de trabajo superior a las ocho horas diarias incide negativamente en la salud f�sica y ps�quica.</p><empty-line/><p>Pero a pesar de los avances sociales y los cambios notables respecto a las condiciones laborales, yo llego a trabajar entre doce y catorce horas diarias, tanto como los m�s explotados obreros del siglo diecinueve.</p><empty-line/><p>Por pura inercia me detengo en el buz�n y miro a ver si me espera una sorpresa. En mi buz�n s�lo pone mi apellido, Gaena, no mi nombre completo, Rosa Gaena. Es peligroso hacer saber que vives sola. Lo abro. S� lo que voy a encontrar: cartas del banco y folletos publicitarios.</p><empty-line/><p>En el ascensor echo un vistazo al �ltimo extracto bancario que he recibido. Deber�a invertir todo este dinero en algo. Resulta absurdo mantenerlo congelado en una cuenta. Tengo que recordar que ma�ana debo consultarlo con mi asesor, a ver qu� tipo de inversi�n me aconseja.</p><empty-line/><p>Empujo decidida la puerta de mi apartamento conceptual, estrictamente monocrom�tico. Todos los objetos de adorno han sido eliminados. Resulta moderno. Sof� negro por elementos dise�o Philip Stark. Mesa de metacrilato transparente. Televisor, v�deo y equipo de alta fidelidad negros. Incluso los ced�s (m�sica cl�sica, en su mayor�a) est�n almacenados en un mueble negro dise�ado espec�ficamente para albergarlos. Estanter�as negras, ceniceros negros, l�mpara negra. Alfombra irreprochablemente aspirada, y negra. Hasta el ordenador port�til es de color negro.</p><empty-line/><p>Y al fondo, en la pared, una enorme ampliaci�n en blanco y negro de una foto de Diane Arbus, que me cost� un ojo de la cara. Es el �nico toque personal que me he permitido en este entorno minimalista.</p><empty-line/><p>Cuando llego a mi apartamento lo primero que hago es quitarme el traje de chaqueta gris y colgarlo cuidadosamente en el armarlo.</p><empty-line/><p>El informe Dressfor Success, de John T. Molloy, publicado en 1977, recomienda a las ejecutivas el uso de un traje sastre en la oficina: �Las mujeres que llevan ropa discreta tienen un 150% m�s de probabilidades de sentirse tratadas como ejecutivas y un 30% menos de probabilidades de que los hombres cuestionen su autoridad.</p><p>�Una indumentaria que proyecte una imagen de sexualidad menoscaba el �xito profesional de quien la vista. Vestirse para el �xito profesional y vestirse para resaltar el atractivo sexual son dos cosas que casi puede decirse que se excluyen mutuamente.�</p><empty-line/><p>Me gustan los trajes sastre, tambi�n, porque resultan pr�cticos. Me basta con cambiar a diario de camisa y accesorios y puedo usar el mismo traje tres d�as seguidos. Eso s�, mis trajes son de la mejor calidad: Loewe, Armani y Angel Schelesser. Tengo tres: gris, azul marino y negro.</p><empty-line/><p>Colores sobrios para una imagen sobria. En la oficina siempre llevo camisas de seda abotonadas hasta el cuello, cuyo color combina con los elegantes conjuntos de gargantilla y pendientes que me gusta llevar. Si se trata de la camisa ocre, el conjunto de �mbar de Agatha. Si es blanca, el de plata de Chus Bur�s, y si es la verde botella, el de malaquita y oro de Berao.</p><empty-line/><p>Dispongo de tres pares de zapatos para combinar (gris, azul marino y negro), de exactamente el mismo modelo Robert Clergerie: corte sal�n y discretos tacones de tres cent�metros. De esta manera, por las ma�anas no tengo que emplear mucho tiempo en pensar qu� me pongo.</p><empty-line/><p>Y el tiempo es oro. El armario en el que almaceno mi ropa de trabajo exhibe un orden meticuloso. Los zapatos, alineados por parejas. Los trajes, cada uno en su percha correspondiente, en el lado izquierdo. Las camisas, bien planchadas, en el derecho. De plancharlos se ocupa la asistenta, por supuesto, porque yo no puedo desperdiciar mi tiempo planchando.</p><empty-line/><p>Las medias en un caj�n, la ropa interior (sujetadores y bragas blancos de La Perla, elegantes a la par que discretos) en el siguiente, y, en el �ltimo, los pa�uelos.</p><empty-line/><p>Todo impecable. En el armario contiguo, el destinado al resto de mi ropa, reina el caos. De las perchas cuelgan pantalones vaqueros, camisas estampadas, trajes de noche y vestidos de verano mezclados en un batiburrillo de formas y colores. En uno de los cajones se acumulan un remolino de jers�is de lana. En el siguiente, la ropa interior negra, las bragas, los bodies, los ligueros y las medias. Y en el �ltimo, una masa informe de diferentes prendas. Gorros impermeables y sombreros de fiesta, camisas hippies y camisetas psicod�licas, cinturones dorados y bufandas a rayas.</p><empty-line/><p>Vestigios y recuerdos de todas las �pocas de mi existencia que conforman una masa en la que un arque�logo podr�a explorar, para verificar a trav�s de los sedimentos a qu� era correspond�a cada uno de los hallazgos encontrados.</p><empty-line/><p>Supongo que este armario dividido en dos podr�a interpretarse como una met�fora de mi personalidad.</p><empty-line/><p>En la oficina no debo olvidar que, am�n del modo en que visto, debo controlar c�mo me comporto. He de recordar que en las reuniones no debo ahuecarme el cabello, ajustarme los tirantes del sujetador, manosearme los collares o los pendientes, estirarme los panties ni quitarme de la blusa una mota imaginaria.</p><empty-line/><p>�Debe usted controlar la postura de las piernas. Un hombre puede sentarse de cualquier manera que se le ocurra: piernas separadas o con un tobillo sobre la rodilla de la otra pierna o con las piernas cruzadas. Las mujeres deben tener m�s cuidado en el ambiente profesional, para evitar que la visibilidad de las piernas distraiga a otros.</p><empty-line/><p>�Si se cruzan las rodillas, pantorrillas y tobillos deben juntarse en l�nea recta, no separarse en forma de uve puesta al rev�s. Esta postura se acompa�a con demasiada frecuencia de agitaci�n nerviosa o balanceo de la pierna colocada sobre la otra. En estas condiciones se anula el aspecto de seguridad que es obligatorio ofrecer a los colegas masculinos y se sustituye por una apariencia infantiloide o algo coqueta.�</p><empty-line/><p>Imperdonable si se desea aparentar eficacia y ser tomada en serio.</p><empty-line/><p>C�mo me gusta llegar a casa y vestir como me da la gana y sentarme como me da la gana.</p><empty-line/><p>Y balancear las piernas si me da la gana. Me deshago el mo�o, me pongo un pantal�n de pijama y una vieja camiseta gris y me acerco a la cocina a ver si encuentro algo de comer. La nevera est� llena de productos light: colas de dieta, yogures desnatados, quesitos bajos en calor�as y botes de Nestea sin az�car. Nada perecedero o caducable, dado que casi nunca como en casa.</p><empty-line/><p>Me armo de yogures y, cuchara en mano, me dirijo hacia el sal�n a mirar la televisi�n. Hoy ponen El Gatopardo.</p><empty-line/><p>Me arrellano en el sof� negro e intencionadamente balanceo las piernas.</p><empty-line/><p>C�mo lo disfruto. Y en ese momento suena el tel�fono negro. Pego un respingo. Sospecho, o mejor dicho, s�, de qui�n se trata. Estoy tentada de dejar que el contestador autom�tico se haga cargo de la llamada, pero finalmente no lo hago. La curiosidad es demasiado fuerte.</p><empty-line/><p>Descuelgo. Espero tres segundos y luego articulo con voz tr�mula un t�mido ��Diga?�</p><empty-line/><p>Al otro lado de la l�nea s�lo se escucha el zumbido del vac�o. Hago acopio de valor y repito ��DIGA?� con tono m�s decidido. Y sigo sin obtener respuesta.</p><empty-line/><p>Espero. A trav�s del auricular se escucha una m�sica, al principio casi imperceptible. Luego, su volumen va ascendiendo gradualmente hasta hacerse perfectamente reconocible. Es La hora fatal, de Purcell. Reconozco la letra.</p><empty-line/><p>The fatal hour comes on a pace which I would rather die than see, cause wben Fate cal1s you from this place you go to certa�n Misery.</p><empty-line/><p>Contengo la respiraci�n. Pasan unos largu�simos minutos y la comunicaci�n se corta. Sea quien sea, ha colgado. Muy despacio, como si lo hiciera a c�mara lenta, vuelvo a colocar el auricular en su sitio.</p><empty-line/><p>Hace muchos, muchos a�os, yo hab�a sido capaz de cantar esta misma canci�n nota a nota, sin fallar una sola. Estudi� canto hasta los diez a�os y las monjas, que prepararon mi ingreso en el conservatorio, me consideraban un prodigio. Y no s�lo para la m�sica. Cuando rellen� los test que todas las ni�as del colegio deb�an superar para pasar a quinto curso de primaria, la madre superiora se apresur� a llamar a mi madre para comunicarle el asombroso descubrimiento: mi test hab�a arrojado un cociente de inteligencia de 155.</p><empty-line/><p>El mejor resultado que se hab�a visto nunca en toda la historia del colegio.</p><empty-line/><p>Pero entonces mi padre se march� de casa, y yo dej� las clases de canto. Nadie me oblig�. Habr�a podido seguir asistiendo, pero, sencillamente, ya no me apetec�a cantar. Tanto mi madre como las profesoras aceptaron, a su pesar, mis razones. Lo cierto es que mi madre nunca ha cuestionado ninguna de mis decisiones.</p><empty-line/><p>Ha sido as� desde que yo era peque�a. El tel�fono vuelve a sonar. Dejo que conteste la m�quina y bajo la tecla del volumen hasta su punto m�nimo. No me apetece volver a escuchar La hora fatal.</p><empty-line/><p>No puedo explicar exactamente qu� relaci�n conect� las dos decisiones; la de mi padre de dejarnos a nosotras y la m�a de dejar el canto, pero s� que tuvieron que ver entre s�. Si �l no se hubiera ido, yo habr�a seguido cantando.</p><empty-line/><p>Yo ya sab�a que �l iba a dejarnos, creo que incluso antes de que �l mismo lo hubiera decidido.</p><empty-line/><p>Me di cuenta aquel verano, el �ltimo que pasamos en M�laga. Sol�amos alquilar un apartamento en Fuengirola pese a la oposici�n de mi madre, que habr�a preferido ir al norte, a San Sebasti�n o a Zarauz.</p><empty-line/><p>A mi madre las playas del sur le parec�an demasiado chabacanas, y echaba de menos la elegancia burguesa de las playas vascas, de los cielos encapotados y el agua helada del Cant�brico.</p><empty-line/><p>A mi madre le gustaban aquellas playas matriarcales en las que las orgullosas mujeres vascas no se dignaban exhibir un cent�metro m�s de lo necesario de su anatom�a, y se paseaban, atl�ticas y decididas, enfundadas en elegantes maillots oscuros de una pieza.</p><empty-line/><p>A mi madre no le gustaba esa jarana de las sombrillas, las suecas en biquini, las cremas bronceadoras, los transistores a todo volumen y los lolailos de turno exhibiendo gruesos cadenones de oro sobre el pecho velludo.</p><empty-line/><p>Mi madre, que ten�a esa piel blanca y pecosa, casi transparente, que yo he heredado, prefer�a no bajar a la playa hasta bien pasada la media tarde, para evitar quemarse. Se pasaba las ma�anas encerrada en casa, a la sombra, leyendo un libro en su dormitorio, con el ventilador conectado a la m�xima potencia.</p><empty-line/><p>Pero mi padre adoraba el Mediterr�neo, los calamares fritos en los chiringuitos de la playa, las partidas de domin� que se organizaban espont�neamente en el patio central de la urbanizaci�n, el vocingler�o que armaban las marujas llamando a gritos a sus ni�os por la playa, TO�I, DEJA YA DE COMERTE LA ARENA QUE TE VOY A CALENTAR EL CULO, DEMONIO CR�A.</p><empty-line/><p>Mi padre adoraba, sobre todo, los ojos y los cabellos negros de las andaluzas, el reflejo de sus propios ojos y su propio pelo, que s�lo hab�a heredado una de sus hijas, Cristina, la peque�a.</p><empty-line/><p>Porque las otras dos hab�amos salido blancas y rubias como mi madre, l�nguidas y p�lidas, tan delicadas que parec�amos talladas en murano.</p><empty-line/><p>Quiz� fuese por eso que Cristina se convirti� en la ni�a de sus ojos, en la preferida, en la �nica a la que levantaba en volandas y hac�a caranto�as, en su peque�o juguetito de rizos acaracolados.</p><empty-line/><p>Y Cristina se pasaba el d�a gorgoteando risas fr�giles, en tanto que las dos mayores parec�amos mucho m�s serias y modositas.</p><empty-line/><p>Entonces me resultaba imposible decidir si Cristina hab�a nacido as� o si era m�s feliz porque su padre la quer�a m�s.</p><empty-line/><p>Porque el cari�o de mi madre, la verdad, serv�a para bien poco.</p><empty-line/><p>Mi madre nunca perd�a su hier�tica compostura aristocr�tica que la convert�a en una verdadera dama a ojos de los hombres, y que le granjeaba la antipat�a de las mujeres. Pero si a mi madre le afectaba pasarse las vacaciones aislada, encerrada en su torre de marfil y en su literatura, jam�s lo revel�.</p><empty-line/><p>De la misma forma que no revelaba nada. Debi� de ser aquel cociente de inteligencia desmesurado lo que me hizo notar que las cosas no marchaban bien, que en la casa flotaba una tensi�n latente a pesar de que nunca hubiera una discusi�n, de que jam�s se oyera una palabra en tono m�s alto que la otra.</p><empty-line/><p>Y precisamente esa misma frialdad presagiaba las peores cat�strofes.</p><empty-line/><p>Era la calma que preced�a a la tormenta. No era normal ese distanciamiento absoluto. No era normal que mi madre se pasase las ma�anas leyendo y los atardeceres dando largos paseos solitarios por la orilla y que mi padre se pasase las ma�anas en los chiringuitos, los mediod�as de siesta, las tardes en la partida de domin� y las noches de jarana.</p><empty-line/><p>Nunca supe a qu� hora llegaba mi padre por las noches, pero, desde luego, pocas eran las que aparec�a para cenar.</p><empty-line/><p>Yo paseaba por la urbanizaci�n con mi cubo y mi palita pregunt�ndome por qu� mi padre, tan charlat�n y dicharachero en el chiringuito, se refugiaba en el m�s helado de los mutismos cuando llegaba a casa.</p><empty-line/><p>A veces nos sacaba a las tres ni�as a pasear en barco. Yo le escuchaba re�r contra el viento y hacer bromas sobre las gaviotas.</p><empty-line/><p>�Por qu� no pod�a ser igual de divertido en casa, por qu� apenas dec�a una palabra en la mesa?</p><empty-line/><p>Pas� aquel verano. Lleg� el colegio y con �l el uniforme de falda a cuadros y los libros de texto forrados de hule. Mi madre se pasaba el d�a en la farmacia, nosotras, en el colegio, y mi padre qui�n sabe d�nde. Mi padre pose�a una peque�a oficina de importaci�n y exportaci�n, no ten�a horarios fijos y viajaba mucho. No le ve�amos demasiado.</p><empty-line/><p>Y lleg� la tarde en que a la vuelta del colegio encontr� a mi madre llorando desconsolada, con la cabeza enterrada entre los brazos sobre la mesa del comedor. Parec�a que los sollozos iban a partirle el pecho.</p><empty-line/><p>Nunca antes la hab�a visto llorar. Nunca. Mi padre no estaba en casa, lo cual no era ninguna novedad. Pero tampoco estaban sus trajes ni sus camisas en el armarlo, ni su paquete de tabaco en la mesilla de noche, ni su brocha ni su jab�n de afeitar en el estante del cuarto de ba�o grande. Se hab�a ido. Hab�a cogido sus cosas y se hab�a ido. Nunca m�s se supo.</p><empty-line/><p>El mundo se derrumb� de repente, como un edificio dinamitado.</p><empty-line/><p>El timbre del tel�fono irrumpe en mis recuerdos y me hace volver al sal�n negro.</p><empty-line/><p>Hay noches en que el tel�fono llega a sonar hasta seis veces, desde las nueve, que es la hora a que suelo llegar a casa, hasta las doce y media aproximadamente, hora de la �ltima llamada. No s� si se trata de alguien muy considerado, que decide dejarme dormir, o si el que llama tambi�n debe ir a trabajar a la ma�ana siguiente.</p><empty-line/><p>Por supuesto, yo echaba de menos a mi padre. Pero no mucho. Al fin y al cabo, por encantador que fuera tampoco se hac�a notar tanto. Casi nunca estaba en casa, y, cuando estaba, todas las atenciones eran para Cristina.</p><empty-line/><p>Pero hab�a algo m�s. Una raz�n m�s para echarle de menos. En mi clase todas las ni�as ten�an pap� y mam�. Todas y cada una. No hab�a hijas de viuda ni de madre soltera. Era espantoso sentirse tan distinta.</p><empty-line/><p>Cuando iba a las casas de mis amigas siempre me encontraba con una situaci�n parecida. Padres distantes, inabordables, trajeados, que muy de cuando en cuando hac�an acto de presencia en el cuarto de las ni�as para ofrecer ayuda con los deberes o para imponer disciplina. Madres que ol�an a Legrain, cari�osas y algo llenitas, puerilizadas a fuerza de pasarse el d�a encerradas en casa cuidando a los ni�os.</p><empty-line/><p>Aquellas madres siempre me parecieron algo tontas. Nada que ver con la m�a, aquella walkiria de ojos de acero, helada y fr�a como un iceberg, que le�a a Flaubert y escuchaba a Mozart.</p><empty-line/><p>Esa mujer a la que tanto me parezco. Me mor�a de verg�enza cada vez que me preguntaban por mi padre. No me gustaba ser diferente, m�s diferente todav�a de lo que me hab�a sentido siempre.</p><empty-line/><p>Siempre me hab�a sentido distinta por muchas razones: porque me gustaban los libros y no me gustaban las mu�ecas, porque me gustaba Purcell y no me gustaba F�rmula V, porque prefer�a quedarme en casa leyendo que ir a jugar al club de tenis. Pero estos detalles nadie los apreciaba a primera vista. Yo los conoc�a, y punto.</p><empty-line/><p>Sin embargo, ahora se a�ad�a una nueva circunstancia a la hora de distanciarme del resto de las ni�as. Y �sta, al contrario de las otras, era visible.</p><empty-line/><p>En mi casa no hab�a padre, y en las de las dem�s, si. Odiaba a mi padre por habernos hecho aquello, donde quiera que estuviese.</p><empty-line/><p>Ten�amos que agradecer a Dios, al menos, que nunca hubi�semos dependido econ�micamente de �l. Mi madre ten�a la farmacia, de forma que la tragedia no alcanzaba proporciones catastr�ficas. En cualquier caso, resultaba dif�cil pagar todos los gastos ahora que faltaba un sueldo en casa, as� que mi t�a, la hermana de mi madre, que hab�a enviudado un a�o antes o as�, se traslad� a vivir a la casa, y con ella vino su hijo, Gonzalo.</p><empty-line/><p>T�a Carmen era amable y distra�da. A m� me ca�a bien, aunque no sent�a nada especial por ella. En realidad, la encontraba algo tonta y superficial.</p><empty-line/><p>Gonzalo era verdaderamente guapo. Nadie podr�a haber negado un hecho tan evidente. Alto, muy alto, el �nico chico que conoc�a que era mucho m�s alto que yo. De nariz recta y mirada penetrante. Sus ojos parec�an dos lagos grises separados por un promontorio, su nariz, y daban la impresi�n de que, en su fondo, el agua deb�a de estar insoportablemente fr�a.</p><empty-line/><p>Me enamor� inmediatamente de �l. �l ten�a quince a�os. Yo, diez. No era la �nica. Gonzalo devastaba corazones a su paso. Pr�cticamente desde que lleg� a la casa el aire se llen� de constantes campanilleos. El tel�fono sonaba sin cesar. Parec�a como si todas las chicas de Madrid se hubieran puesto de acuerdo para llamar a la vez a Gonzalo.</p><empty-line/><p>�l nunca cog�a el tel�fono. Era un axioma. Las f�minas de la casa �ramos las encargadas de indagar la identidad de la llamadora y comunic�rsela a Gonzalo. Es Laura. Dile que no estoy. Es Margarita. Joder, qu� pesada. Bueno, me pongo. A veces Gonzalo comunicaba �rdenes estrictas. Si llama una tal Anabel, no estoy. �Hab�is entendido? No estoy.</p><empty-line/><p>Suena el tel�fono. Y no es para Gonzalo. No me siento tentada de contestar. Bajo la tecla del volumen al m�nimo y dejo que se haga cargo el contestador. S� que no puede ser otro que el llamador an�nimo.</p><empty-line/><p>Nadie m�s me llama �ltimamente. Gonzalo se pasaba las tardes encerrado en su cuarto, que anta�o hab�a sido el cuarto de la plancha, escuchando m�sica. Pero la m�sica que Gonzalo o�a no ten�a nada que ver con la que yo hab�a conocido hasta entonces.</p><empty-line/><p>La m�sica que yo hab�a conocido y amado era dulce y tranquila, met�dica, pausada, con un orden interior y una raz�n de ser. Las notas se divid�an en redondas, blancas, negras, corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas. Una redonda equival�a a dos tiempos de blanca, una blanca a dos tiempos de negra y as� sucesivamente. El pentagrama se divid�a en compases que s�lo pod�an albergar un n�mero exacto de tiempos y estaba presidido por una clave, de sol o de fa, que determinaba la manera de ser de las notas.</p><empty-line/><p>Todo pose�a un orden estricto, una raz�n de ser clara, una l�gica.</p><empty-line/><p>Pero la m�sica que Gonzalo escuchaba no se pod�a transcribir a un pentagrama. El comp�s era f�cil de identificar, cuatro por cuatro. Todo lo dem�s era el caos. Las voces desafinaban y se iban de tono, las guitarras distorsionaban y chirriaban, el bajo se sal�a de comp�s. A veces no hab�a melod�a, y en otras la melod�a se repet�a con machacona insistencia hasta hacerse insufrible.</p><empty-line/><p>Sin embargo, puesto que a Gonzalo parec�a entusiasmarle, intent� mostrarme interesada. Aprend� a seguir el ritmo con los pies, como hac�a Gonzalo cuando le�a, determin� que la mayor�a de las composiciones de Hendrix estaban escritas en tono menor, me aprend� de memoria las letras de todas las canciones de los Stones, y habr�a podido solfear varias de los Kinks.</p><empty-line/><p>Y sin embargo Gonzalo no parec�a apreciar ninguno de mis esfuerzos. Ni siquiera parec�a enterarse de que yo exist�a. Gonzalo s�lo ten�a ojos para una de las hermanas: Cristinita. Cristinita, aquel revoltoso duendecillo de ojos negros.</p><empty-line/><p>Aquella ladrona de atenciones. Cristinita se pasaba horas en el cuarto de Gonzalo. �l le�a c�mics y ella jugaba a las casitas. Sin embargo, cada vez que yo encontraba una excusa para penetrar en aquel sanctasanct�rum -normalmente, anunciar una nueva llamada de tel�fono- Gonzalo s�lo acertaba a responder con monos�labos y con un muy explicat�vo �Cierra la puerta al salir�.</p><empty-line/><p>Yo quer�a matar a Cristina. Y sin embargo, cuando era m�s pequena, cuando era poco m�s que una mu�equita morena que no sab�a hablar, la hab�a acunado entre mis brazos hasta que se dorm�a. Le hab�a cambiado los pa�ales, me hab�a encargado de calentarle el biber�n.</p><empty-line/><p>La hab�a querido con locura. Cuando era muy peque�a, cuatro, cinco, seis, siete a�os, jam�s sent� celos de mi hermana, como habr�a sido de esperar. Puede que fuera porque nunca sent� que la peque�a me robaba ning�n tipo de atenci�n. Mi padre casi nunca estaba y mi madre no le dedicaba cari�o a nadie.</p><empty-line/><p>Cristina era cosa m�a, mi juguete. Quise a Cristina hasta que cumpli� cuatro a�os y empez� a cecear y a ser graciosa. La quise hasta que mi padre empez� a quererla. Cuando Cristina cumpli� cuatro a�os, dej� de quererla.</p><empty-line/><p>Cuando cumpli� siete, ya la odiaba. La verdad es que nunca he tenido demasiado �xito con los hombres. En el colegio iba a lo m�o. Me di cuenta desde el principio de que una chica como yo, tan alta y tan reservada, no estaba destinada a ser popular.</p><empty-line/><p>Me concentr� en mis estudios y en mis intereses, y me daban igual los chicos, el SuperPop, los cuentos de Ester y su mundo, los guateques que acababan a las nueve y media de la noche, el esmalte de u�as color rosa beb�.</p><empty-line/><p>Prescind�a de los intereses que se le supon�an a una chica de mi edad.</p><empty-line/><p>Ten�a mis libros, mis discos y mi universo propio, y no me importaba el de las dem�s. Hac�a los deberes, estudiaba para los ex�menes, escrib�a trabajos en los que incorporaba bibliograf�a y notas al final.</p><empty-line/><p>Alguna vez o� a las otras ni�as hacer comentarios sobre m� en los lavabos del colegio, mientras yo me escond�a en uno de los retretes. Es m�s estirada que un espantap�jaros, dec�an. No me importaba. Segu� adelante, ajena al desprecio general. Me daban igual las ni�as de mi edad. Me daba igual todo.</p><empty-line/><p>Me hab�a convertido, sin saberlo, en una nihilista de trece a�os.</p><empty-line/><p>Lo �nico que no hab�a dejado de importarme era Gonzalo. Segu�a fascinada por �l.</p><empty-line/><p>Pero �se era mi secreto. El tel�fono vuelve a sonar. Compruebo la hora en mi reloj. Son las doce y cuarto. No deber�a descolgar, pero lo hago. S� perfectamente lo que voy a o�r. La hora fatal. Acerco el auricular a la oreja y escucho.</p><empty-line/><p>The fatal hour comes on a pace which I would rather die than see.</p><empty-line/><p>Esta vez no espero a que quien sea cuelgue, y vuelvo a dejar el auricular en su sitio.</p><empty-line/><p>A los catorce comenc� el bachillerato y sorprend� a toda la familia con mi decisi�n de escoger ciencias puras: matem�ticas, f�sica y qu�mica. Les extra�� porque yo nunca hab�a manifestado particular inter�s por las ciencias. Al contrario, siempre hab�a le�do much�simo, y hab�a ganado todos los concursos de redacci�n del colegio. Ni mi madre ni las profesoras entendieron aquella decisi�n.</p><empty-line/><p>Pero para m� estaba muy claro.</p><empty-line/><p>Resultaba tranquilizador saber que en una existencia en constante cambio, en un mundo en que tu padre pod�a desaparecer de la noche a la ma�ana y tu hermana de seis a�os pod�a robarte el afecto de tu primo, exist�a un universo que se reg�a por leyes inmutables. Un universo en el que dos y dos siempre ser�an cuatro, se marchase tu padre o no, y la suma de los cuadrados de los catetos siempre ser�a igual al cuadrado de la hipotenusa.</p><empty-line/><p>Y nada de lo que Cristina hiciese o dejase de hacer podr�a cambiar eso.</p><empty-line/><p>Me lanc� a estudiar matem�ticas con el entusiasmo del converso y, como era de esperar, saqu� el BUP con matr�culas de honor. Mientras mis compa�eras de clase se dedicaban a pintarse las u�as con brillo, rizarse la melena, maquillarse los ojos e intercambiar citas y tel�fonos con los chicos de los Maristas, yo me encerr� en m� misma y en mis n�meros, completamente ajena al hecho de que m�s all� de las paredes de mi casa y mi colegio exist�a un mundo lleno de citas, flirteos, risas, cocacolas y cucuruchos de helado.</p><empty-line/><p>Lleno de chicos. Entretanto, la t�a Carmen hab�a decidido irse a vivir definitivamente a San Sebasti�n, y se llev� con ella a Gonzalo. Cuando me enter� me pas� dos noches enteras llorando, mordiendo la almohada para ahogar el sonido de los sollozos.</p><empty-line/><p>Antes morir que reconocer lo que me estaba pasando. Super� su partida a fuerza de estudiar de corrido tablas de elementos y valencias, y la desesperaci�n por el hecho de haber perdido a mi primer amor se tradujo en la primera matr�cula de honor en qu�mica que hab�a conocido el Sagrado Coraz�n.</p><empty-line/><p>Como era de esperar, obtuve un ocho con cinco en el examen de selectividad, la nota m�s alta que hab�a obtenido jam�s una alumna de mi colegio. Mi futuro se me antojaba claro como el agua: estudiar�a exactas y luego trabajar�a como auditora o me dedicar�a a estudiar modelos matem�ticos.</p><empty-line/><p>Me matricul� en la escuela de exactas. En mi clase �ramos cinco chicas para sesenta varones. Pero a pesar de la sobreabundancia de machos entre los que elegir, yo segu�a sin sentirme particularmente atra�da por el sexo opuesto.</p><empty-line/><p>Hay que decir, de todas formas, que los chicos de mi clase no constitu�an precisamente el orgullo de su sexo. La mayor�a ten�a el pelo graso y el cutis acneico, y varios kilos de m�s, todo ello resultado de pasar la mayor parte del d�a encerrados estudiando a la luz mortecina de un flexo el�ctrico.</p><empty-line/><p>Acabado el segundo curso fui la �nica de mi clase que no dej� una sola asignatura para septiembre. A nadie le extra��. Por entonces me dedicaba al estudio con una fe casi mahometana.</p><empty-line/><p>En el fondo casi lament� haber aprobado todo, porque me hab�a acostumbrado a la hiperactividad y la perspectiva de pasar tres meses sin hacer nada me resultaba un poco desoladora.</p><empty-line/><p>Entonces Ana anunci� que se casaba. Mi hermana Ana, la mayor, siempre hac�a gala de un vestuario sobrio, discreto y algo ani�ado, como correspond�a a su condici�n de ni�a modelo, ejemplo de sensatez y principios cristianos. Aquellos trajecitos de flores, aquellas faldas escocesas que no revelaban nada. Tan s�lo inocencia y tranquilidad. Ana ten�a novio formal, se encargaba de las tareas de la casa y apenas sal�a.</p><empty-line/><p>Viv�a en la estratosfera. Yo la encontraba excesivamente apocada e infantil para sus veintid�s a�os. Siempre tan callada, tan modosita. Acababa de finalizar un curso de secretariado internacional pero no parec�a albergar la menor intenci�n de ponerse a trabajar. Todas hab�amos tenido muy claro que en cuanto Borja, su formal�simo novio y proyecto de ingeniero, acabara la carrera y encontrase un buen trabajo, Ana se casar�a y se dedicar�a a cuidar de su casa como ahora cuidaba de la nuestra.</p><empty-line/><p>En fin, yo no ten�a nada que criticar a Ana. No pod�a decir que la vida de ella fuese mejor ni peor que la m�a. Y por lo menos, esa obsesi�n que Ana ten�a con el orden y la limpieza nos ahorraba a las dem�s tener que preocuparnos de limpiar el polvo, hacer las camas o planchar la ropa. Ten�amos criada gratis.</p><empty-line/><p>Lo triste es que la perder�amos en breve, ahora que se casaba.</p><empty-line/><p>Por supuesto, Gonzalo estaba invitado a la boda. Hac�a dos a�os que yo no ve�a a Gonzalo. No hab�amos coincidido los veranos en Donosti, porque �l los pasaba en Inglaterra o Francia, aprendiendo idiomas.</p><empty-line/><p>Para qu� negarlo: ard�a en deseos de volver a verle. Me compr� el mejor traje para la ocasi�n. Era de raso negro, entallado, con los bordes ribeteados de dorado. Zapatos dorados de tac�n. Iba a resultar dif�cil andar sobre eso.</p><empty-line/><p>Me sent�a rid�cula as� vestida, como un personaje de circo que hubiese ca�do por accidente en una reuni�n de gala.</p><empty-line/><p>Frente al espejo, me preguntaba qu� pensar�a Gonzalo al verme por primera vez en dos a�os, as�, vestida de vampiresa. Me repet�a a m� misma que la cosa no ten�a mayor importancia, que al fin y al cabo aquella obsesi�n que tuve por Gonzalo no pasaba de ser un capricho de adolescencia y que cuando volviera a verlo caer�a en la cuenta de que, en realidad, nunca me hab�a importado.</p><empty-line/><p>Que nunca hab�a estado enamorada de Gonzalo, sino de la idea misma del amor.</p><empty-line/><p>En cuanto a Cristina, se compr� su primer traje de mayor. Blanco, de lino, con volantes en la falda. Una bomba. El color blanco resaltaba su tez de oliva y sus rizos de �bano. Y el lino transparente dejaba clar�simo que acababa de dejar de ser una ni�a.</p><empty-line/><p>Cristina me eclipsar�a. Estaba cantado. Desde hac�a a�os. Seg�n entramos en la iglesia escuch� un cuchicheo a mi espalda: �Es verdad que s�lo tiene catorce a�os? Me volv�. Un joven de veintitantos miraba a Cristina con la expresi�n de un ni�o ante el escaparate de una pasteler�a. Deb�a de ser uno de los amigos de Borja.</p><empty-line/><p>Gonzalo estaba de pie en la primera fila de bancos. Llevaba un esmoquin negro. Me dio un vuelco el coraz�n. Nunca le hab�a visto tan guapo.</p><empty-line/><p>Volvieron a mi cabeza todas mis fantas�as de adolescente, aquellos sue�os en que me colaba en el cuarto de Gonzalo en mitad de la noche y le besaba todo el cuerpo: las sienes, los p�rpados, las comisuras de los labios, el cuello, los hombros, los pezones, el vientre, el ombligo, y Gonzalo segu�a all� dormido y no se despertaba. Mis fantas�as de adolescente s�lo llegaban hasta all�.</p><empty-line/><p>Pero la Rosa de veinte a�os que yo era, por muy virgen que fuese, sab�a c�mo completarlas.</p><p>Los labios seguir�an bajando hasta la ingle, y encontrar�an un falo perfecto, enorme, casi art d�co, que parecer�a dibujado con aer�grafo, sin venas azules ni imperfecciones, un falo que estar�a all� esper�ndome desde tiempos inmemoriales, y me lo meter�a en la boca, hasta el fondo, aspirando su olor dulz�n, acarici�ndolo con la lengua, y despu�s me montar�a encima de �l como hab�a visto hacer en las pel�culas y �l me agarrar�a fuerte por las caderas, har�a que me moviese arriba y abajo, dejar�a impresas las huellas de sus dedos en mi cintura y me arrebatar�a de golpe esa virginidad inc�moda que llevaba lastr�ndome desde hac�a tantos a�os.</p><empty-line/><p>No doler�a. No podr�a doler, e incluso si doliese, me gustar�a. Disfrutar�a del dolor de la misma manera que de ni�a hab�a disfrutado del miedo que sent�a cuando sub�a en la monta�a rusa. Ser�a como la monta�a rusa. Subir, bajar, marearse, perder el sentido de una misma.</p><empty-line/><p>Eso era exactamente lo que yo pensaba sentada en el banco de aquella iglesia, mientras ve�a a mi hermana contraer matrimonio.</p><empty-line/><p>Si aquello era un sacrilegio, habr� que disculparme. Nunca he sido creyente. Ni siquiera cuando iba al colegio. Los rezos, el rosario y las flores a Mar�a nunca fueron m�s que mec�nicas repeticiones de palabras.</p><empty-line/><p>Muy bien. Todo el mundo estaba de acuerdo en que era una chica que sab�a lo que quer�a. Estaba decidida a acostarme con Gonzalo esa misma noche. No cre�a que fuese a resultar muy dif�cil.</p><empty-line/><p>Al fin y al cabo, Gonzalo era un mujeriego. Lo normal es que si yo se lo pon�a muy f�cil, �l acabara por aceptar. Adem�s, yo era consciente de que era bastante guapa. Quiz� no tan espectacular como Cristina, pero si bastante interesante con aquel tipo de belleza l�nguida y p�lida, aquellos ojos grises del mismo tono que los de Gonzalo, y la piel blanqu�sima.</p><empty-line/><p>Hab�a heredado de mi madre el porte aristocr�tico y la belleza elegante aunque poco evidente.</p><empty-line/><p>Despu�s de la ceremonia hubo un banquete en el Mayte Commodore. Qu� otra cosa cab�a esperar de los padres de Borja.</p><empty-line/><p>Beb� litros de champ�n durante toda la velada, para darme �nimos. La noche se me pas� en constantes idas y venidas al cuarto de ba�o, tanto para deshacerme del champ�n que se me acumulaba en la vejiga como para retocarme una y otra vez el maquillaje, que luc�a excepcionalmente en homenaje a lo especial de la ocasi�n.</p><empty-line/><p>Ensay� frente al espejo del hotel la mejor de mis sonrisas. Me repint� los labios trescientas cincuenta veces. Me cepill� y recepill� la melena rubia. Intent� imitar las expresiones de deseo que hab�a visto adoptar a las chicas de los cat�logos de lencer�a. Mis labios, relucientes merced a la cosm�tica, se separaban para exhibir mis dientes, como si acabase de meter una mano en agua hirviendo.</p><empty-line/><p>Arque� la espalda de modo que la luz se reflejara en la parte inferior de mis pechos. Mi cuerpo, pens�, era bonito. Ahora se hab�an puesto de moda las altas. Las modelos ten�an mi talla.</p><empty-line/><p>No me encontr� atractiva vestida as�, pero pens� que Gonzalo s� podr�a encontrarme deseable. Al fin y al cabo, �no me parec�a un poco a las chicas de las revistas?</p><empty-line/><p>Labios rojos entreabiertos, pelo rubio alborotado. Cuando acab� la cena en el hotel, los m�s j�venes propusieron salir a una discoteca. Yo odiaba las discotecas con toda el alma. En otras circunstancias habr�a preferido irme directamente a casa, pero no ahora. No pensaba desaprovechar la oportunidad m�s propicia de acercarme a Gonzalo.</p><empty-line/><p>Era una discoteca muy oscura. Los asientos estaban tapizados de terciopelo rojo. Una bola formada de millones de diminutos cristalitos rectangulares que pend�a del techo de la pista daba vueltas y vueltas. La luz se reflejaba en cientos de rayos como aguijones que se disparaban directos a mi cerebro.</p><empty-line/><p>Vi a Gonzalo entrar por la puerta. Me arm� de valor. Fui directa a �l y me colgu� de su brazo. Vamos a bailar, dije melosa. �l sonri�. Fuimos a bailar juntos. La m�sica sonaba, estruendosa. Caja de ritmo. Cuatro por cuatro. Tic tac tic tac tic tac. Muy r�tmico. Resultaba dif�cil bailar aquello. Hac�a falta desencajar los brazos y las piernas. Convertirse en una especie de robot animado.</p><empty-line/><p>Aquello no se me daba bien. Pero Gonzalo sonre�a y yo me esforzaba por devolverle la sonrisa.</p><empty-line/><p>De pronto vi a Cristina, resplandeciente como una diosa blanca, en el centro de la pista. Bailaba con los ojos cerrados. Mov�a la cabeza suavemente al ritmo de la m�sica, como si se acunase. Gonzalo permaneci� mir�ndola fijamente. Se dirigi� hacia ella como si fuera un aut�mata. Se puso a bailar a su lado.</p><empty-line/><p>Me resultaba dif�cil seguir la escena. En la pista hab�a montones de cuerpos agit�ndose r�tmicamente que imped�an la visibilidad. Y aquellas llamaradas intermitentes de luz. Flashes. Sombras. Gonzalo se acerca a Cristina. Veinticinco a�os. La coge por la cintura. Catorce a�os. Su cabeza se acerca a su cuello. Una mancha bloquea la escena. Alguien se ha puesto a bailar delante de m�. Muevo la cabeza. Gonzalo apoya la suya en el hombro de Cristina. Los brazos de Cristina est�n laxos. Le cuelgan a los lados del cuerpo. Gonzalo sigue abrazado a ella. La mece de un lado a otro. La cabeza de Cristina se inclina. La cascada de pelo negro cae hacia la derecha. Suelta destellos azules. Cristina parece a punto de desmayarse. Gente bailando. Sombras que ocultan el final de la escena. Cristina y Gonzalo que desaparecen por la pista. Hacia las sombras. Abrazados. Y yo, inm�vil.</p><empty-line/><p>No pude seguir bailando. Tampoco pude seguirlos. Me qued� despierta toda la noche. La rabia me manten�a en vilo. Y en el fondo, muy en el fondo, tambi�n el miedo. Al fin y al cabo Cristina no era m�s que una ni�a, y Gonzalo no ten�a la mejor de las reputaciones.</p><empty-line/><p>Por fin, a las nueve de la ma�ana, la o� llegar. Aparec� en la cocina, lega�osa, en camis�n, justo a punto para presenciar el final de la escena. Cristina llegaba con el pelo revuelto, las medias en la mano y el vestido hecho una pena. Mi madre la llam� de todo, de puta para arriba, dijo que se arrepent�a de haberla tra�do al mundo y le peg� dos sonoros bofetones.</p><empty-line/><p>No era normal en mi madre perder la calma de esa manera. Ven�a a confirmar lo que en el fondo todos sab�amos. Que mi madre no quer�a mucho a Cristina. Porque Cristina le recordaba demasiado a aquel padre que se hab�a largado sin dar explicaciones. No, nunca la hab�a querido mucho. Quiz� ni siquiera la hab�a deseado. �C�mo se explica si no la diferencia de seis a�os que nos separa a Cristina y a m�, cuando entre Ana y yo s�lo existen dos a�os? Quiz� todo lo que mi madre ve�a cuando miraba a Cristina no era sino el inesperado resultado de un encontronazo a destiempo.</p><empty-line/><p>Pero Cristina manten�a en la cara una expresi�n de arrogante felicidad, a pesar de los gritos y las bofetadas. C�mo llegu� a odiarla en aquel momento. Le habr�a retorcido el cuello all� mismo.</p><p>Con mis propias manos. Sin remordimientos.</p><empty-line/><p>Por fin me he decidido a hacerles caso a Rosa y a mi madre y visitar a mi hermana Ana. He venido andando porque su casa no est� muy lejos de la m�a, apenas media hora a paso r�pido, y por aquello de que hay que hacer ejercicio de cuando en cuando, que no todo va a ser beber y drogarse. En media hora he contado cinco t�os, cinco, que me han dicho alguna barbaridad. Uno se ha referido a mis �domingas�, ancestral t�rmino acu�ado por el var�n celtib�rico para referirse a los pechos femeninos. Otro, m�s cursi, ha opinado que yo era la primera flor de esta primavera. Los otros tres mascullaban sus burradas dirigi�ndose al cuello de su camisa, as� que no me he dado por enterada de lo que quiera que intentaran proponerme. Mientras ven�a hacia aqu� reflexionaba sobre el hecho de que nunca parecemos poseer la exacta percepci�n de nuestra propia imagen. Soy una chica como cualquier otra, que no destacar�a en un concurso de belleza. Y, sin embargo, por la calle todos los hombres me dedican adjetivos m�s o menos amables, m�s o menos procaces. Quiz� sea m�s guapa de lo que yo creo. 0 quiz� las monjas tuvieran raz�n y los t�os s�lo piensa en lo �nico.</p><empty-line/><p>Por fin llego al portal de Ana. Subo en el ascensor y compruebo mi aspecto en el enorme espejo de luna. En fin, �sta soy yo. Camiseta blanca, vaqueros nuevos, sin remiendos ni nada, botas de cuero. El pelo recogido en una coleta. Sin pintar. Es el aspecto m�s presentable que he conseguido adoptar. Pinta de estudiante universitaria, sin vicios ni aspiraciones en la vida. No quiero que mi hermana mayor, que jam�s lleva un solo trapo que no sea de marca, me dirija una de sus miradas de desprecio. Sus miradas de desprecio son las peores, porque las de Rosa, al menos, son directas y contundentes. Los ojos de Rosa se pasean de arriba abajo y van recorriendo todo mi cuerpo, de la cabeza a los pies, y yo s� que opina que voy hecha una facha. Pero las miradas de Ana son las peores, porque ella no se atreve a mirarte pero aun as� te mira. De repente la sorprendes lanzando una mirada transversal, de reojo, as�, como quien no quiere la cosa, a tus vaqueros viejos o a tus medias hechas jirones y sabes lo que piensa: �c�mo ha podido venir con este aspecto? As� que, para ahorrarme situaciones inc�modas, he prescindido de los pantalones de campana y las camisetas por encima del ombligo, mi uniforme de barra, y vestida de persona decente he venido a ver a mi hermana Ana, m�s que nada porque Rosa ha insistido en que lo haga. Pero la verdad es que no las tengo todas conmigo. Ni siquiera me he atrevido a llamar a Ana por tel�fono para avisarle de mi visita, porque ten�a miedo de que mi hermana la pija me pusiese cualquier excusa para evitar verme. Nos vemos poco, o no tanto como debi�ramos, s�lo en comidas familiares y tal, y en esos casos apenas nos dirigimos la palabra, como no sea para intercambiar t�picos. No me imagino que pueda hacerle mucha ilusi�n una visita m�a. Enseguida se dar� cuenta de que he venido obligada.</p><empty-line/><p>Quiz� Ana no est� en casa. De ser as�, dejar� una nota en su buz�n, y habr� cumplido. Habr� cumplido. Como siempre.</p><empty-line/><p>Y no es que yo odie a Ana ni nada por el estilo. No me llevo mal con ella. Ni bien, para qu� enga�arnos. Simplemente, no soporto esos silencios inc�modos que inevitablemente aparecen cuando estamos a solas. Mis temas favoritos (m�sica, hombres, drogas, libros, cine, psicokillers, realismo sucio) no le interesan a Ana en lo m�s m�nimo, y los de Ana (decoraci�n, guarder�a, belleza, cocina, moda) a m� me aburren soberanamente. En las pocas ocasiones en que nos toca vernos (comidas familiares y celebraciones varias) evitamos cuidadosamente cualquier conversaci�n profunda, porque sabemos que tarde o temprano acabar� por aparecer lo evidente, lo que las dos sabemos: yo soy un put�n a sus ojos y ella una maruja a los m�os. No s� por qu�. Joder, s�lo nos llevamos ocho a�os. Ocho. No se trata de un abismo generacional precisamente.</p><empty-line/><p>Llamo al telefonillo una y otra vez. Nadie contesta. Estoy por irme cuando una se�ora con un perrito negro sale a la calle. Aprovechando que me deja la entrada abierta, me cuelo en el portal, una especie de templo ofrendado al mal gusto, con artesonados de escayola, espejos de marco dorado estilo rey Lear, l�minas enmarcadas asimismo en dorado que representan unas marinas holandesas, dos sillones forrados de skay, y, lo peor, un parag�ero decorado con escenas de caza. Una moqueta estampada con floripondios se pierde en el pasillo que llega al ascensor. Lo abro y subo al tercero.</p><empty-line/><p>Llego a la puerta del piso de Ana. Voy a llamar. No pierdo nada por intentarlo. Al fin y al cabo el piso es grande, y si Ana est� en su cuarto es m�s que probable que no haya o�do el telefonillo de la cocina.</p><empty-line/><p>Me tiro un rato largo llamando al timbre. No obtengo respuesta. Doy la cosa por imposible y me dirijo de vuelta hacia el ascensor. En ese momento escucho el estr�pito de todos los cerrojos de la puerta blindada descorri�ndose a la vez. Giro la cabeza y veo que la puerta se entreabre, aunque se mantiene enganchada una cadena de seguridad. A trav�s de la rendija entreveo el rubio perfil de mi hermana, sus ricitos de hada, sus hoyitos de querub�n.</p><empty-line/><p>��Ana, soy yo, Cristina -anuncio.</p><empty-line/><p>���Qu� haces aqu�? -la oigo decir. Parece asombrada de verdad. Su voz suena pastosa, como si acabara de levantarse.</p><empty-line/><p>��Pues� ten�a que venir aqu� al lado a comprar unas cosas y he pensado que pod�a pasarme un momento a verte.</p><empty-line/><p>Qu� excusa m�s rid�cula.</p><empty-line/><p>��Ya� -Se queda en blanco por unos segundos. Quiz� su cerebro est� procesando la informaci�n que acabo de proporcionarle-. Pero no te quedes en la puerta� Pasa.</p><empty-line/><p>Abre la puerta del todo y se deja ver. A�n lleva puesto el cam�s�n. Tiene el rubio pelo desgre�ado y la expresi�n perdida. Me recuerda a los pastilleros que veo todas las noches en el Planeta X, esos que se arrellanan en los sof�s tapizados de rojo y se quedan horas embobados mirando las luces estrobosc�picas, con la mirada vac�a y la boca entreabierta.</p><empty-line/><p>���Te encuentras bien? -pregunto-. Tienes mala cara.</p><empty-line/><p>��Creo que tengo una gripe -responde-. Me duele mucho la cabeza. Pero pasa, por favor.</p><empty-line/><p>La precedo al sal�n y me desparramo sobre el sof� Roche Bobois. Las cortinas del sal�n, de Gast�n y Daniela, est�n echadas y la habitaci�n se mantiene en penumbra a pesar de que ya son las doce del mediod�a. Arcos, hornacinas y diferentes alturas de suelo y techo dan movimiento a un interior dominado por el blanco. Toda la carpinter�a met�lica y la cristaler�a la ha realizado Vilches, a treinta mil pelas el metro cuadrado. Un costurero de pino viejo comprado en una almoneda y restaurado (ni pensar en lo que cuesta la chucher�a) hace las veces de mesilla. Sobre �l, un tel�fono antiguo, adquirido tambi�n en una almoneda y elegido para no desentonar con el resto de la decoraci�n, un armatoste negro y brillante que parece un escarabajo megaat�mico. No pens�is que soy una experta en telas y carpinter�a, qu� va. Pero me conozco todos estos detalles porque este sal�n es la ni�a de los ojos de mi hermana, y la he o�do tropecientas veces describir d�nde compr� cada cosa y cu�nto tiempo le llev� elegir la tela adecuada, el color que combinaba. No puedo evitar un ramalazo de envidia al pensar en mi propio apartamento, una especie de caja de cerillas amueblada con cuatro trastos encontrados en la calle, con las paredes desconchadas y un ba�o que pide a gritos un fontanero.</p><empty-line/><p>El televisor (pantalla de 46 pulgadas con retroproyector, est�reo) un macroartefacto de tecnologia japonesa que desentona entre tanto hallazgo de almoneda, tanto mueble r�stico y tanta moqueta de sisal, est� encendido. En la pantalla, dos chicas repintadas de peinados imposibles se pegan berridos la una a la otra con asento venesolano. Ana contempla la pantalla con las pupilas extraviadas. Intento sacarla de su semiletargo.</p><empty-line/><p>��Pues eso, que c�mo est�s. Vuelve la cabeza hacia mi, sorprendida. Parece que alguien la hubiese sacudido.</p><empty-line/><p>��Ah, perdona, se me hab�a ido la cabeza. �Quieres tomar algo?</p><empty-line/><p>��Un vaso de agua. Pero no te preocupes, ya voy yo. No hace falta que te levantes.</p><empty-line/><p>Me dirijo hacia la cocina y saco un vaso del armario de gresite blanco. La vajilla, cristaler�a y objetos de menaje de la casa de Ana son dise�o �gata Ruiz de la Prada. Gracias a Dios, Ana, al contrario que yo, no es dada a estampar vasos contra el suelo cuando se enfada, porque cada uno debe de costar un ojo de la cara y medio. Me sirvo agua en una antigua pila de granito que en su d�a Ana hizo importar expresamente de Italia y a la que ha a�adido unos grifos antiguos de bronce de Trentino. Los azulejos antiguos de la pared provienen de una f�brica de cer�mica ibicenca. M�s que una cocina esta estancia parece un museo, y esto, m�s que un fregadero, una pila bautismal. Vaso de agua en mano, vuelvo al sal�n. Ana ha apagado la televisi�n.</p><empty-line/><p>��Bueno, pues aqu� estamos� -(Mam� y Rosa me han obligado a venir a verte. Dicen que te pasa algo. He venido a ver qu� co�o te pasa y si se te puede echar una mano. No tengo ovarios para ser tan directa)-. �Qu� has hecho �ltimamente?</p><empty-line/><p>��Nada, absolutamente nada. Nada de nada. -Pronuncia las palabras con un tono monocorde, como lo habr�a hecho un ordenador, una computadora asesina que dirigiera una nave espacial, la versi�n femenina de Hal.</p><empty-line/><p>��Mujer, no seas tan dr�stica. Algo habr�s hecho.</p><empty-line/><p>��Comer y dormir. Comer poco y dormir menos a�n. Cuidar de mi marido y de mi ni�o. Cuidarles poco.</p><empty-line/><p>��Por cierto, �d�nde est� el ni�o?</p><empty-line/><p>��En la guarder�a. Hay que llevarlos pronto para que adquieran un temperamento sociable.</p><empty-line/><p>���Y qui�n dice eso?</p><empty-line/><p>��Los psic�logos.</p><empty-line/><p>��S�, f�ate t� mucho de los psic�logos. Ya ves c�mo me han dejado a m�.</p><empty-line/><p>��C�llate, que t� no est�s tan mal� Inc�modo silencio. (Desde luego, t� no tienes pinta de estar muy bien. Si no fueras mi hermana, dirla que est�s colgada. En la vida te hab�a visto con semejantes ojeras. Pareces un poema.)</p><empty-line/><p>��S� estoy mal. He cortado con Iain. Hace un mes. -Me arrepiento de mis palabras pr�cticamente antes de acabar de pronunciarlas. En el fondo �le importa a ella un comino mi vida privada? Pero supongo que me encuentro tan mal que no puedo evitar proclamar mi ansiedad a los cuatro vientos.</p><empty-line/><p>���Le dejaste t�? -me pregunta.</p><empty-line/><p>��No, me dej� �l a m�.</p><empty-line/><p>��Vaya, lo siento. De todas formas no tardar�s en encontrar a otro. A ti nunca te ha costado mucho. (�Me est�s llamando put�n en la cara?)</p><empty-line/><p>��Sobrevivir�.</p><empty-line/><p>��Claro que s�. T� sobrevivir�as a una guerra nuclear. (�Qu� co�o quieres decirme con eso? �Va de indirecta?)</p><empty-line/><p>��No tanto.</p><empty-line/><p>��Casi. Siempre has sido una chica fuerte. Rosa y t� podr�ais comeros el mundo. No como yo. Yo no soy m�s que una mosquita muerta.</p><empty-line/><p>���Qu� est�s diciendo? (Ana, por favor, no te hagas la m�rtir.)</p><empty-line/><p>��Nada, no s� qu� digo. Ultimamente no me encuentro muy bien.</p><empty-line/><p>��Deber�as salir a la calle, que te diera el aire. No te puede sentar bien pasarte todo el d�a encerrada en casa. (Deber�as liarte la manta la cabeza, correrte cuatro buenas juergas y ponerle los cuernos al memo de tu marido. Lo que a ti te hace falta es un buen polvo. Lo est�s pidiendo a gritos.)</p><empty-line/><p>��Eso mismo dice mam�.</p><empty-line/><p>Me levanto, vaso de agua en mano, y miro a trav�s de la ventana. Hace fr�o y el d�a est� medio nublado. Los �rboles, las aceras, los columpios, todo est� rodeado de una especie de aura blanca (�el vapor del aire congelado?, �mi imaginaci�n?), y el paisaje entero parece pintado en una sola gama crom�tica: grises acerados y azules desva�dos. Contemplo a unos ni�os que juegan en el parque. Una ni�a rubia con coletitas y un jersey a rayas que me recuerda ligeramente a Line se desliza por el tobog�n. Sentado sobre la arena, peligrosamente cerca de los columpios, hay un ni�o que no tendr� m�s de tres a�os comi�ndose la tierra. Una chica joven, que debe de ser la encargada de cuidar a la parejita, est� sentada en el banco de madera, leyendo una revista. La pintura verde que anta�o recubri� el banco hace tiempo que se ha oxidado. Respiro hondo. No me puedo quedar mirando eternamente por la ventana. Tengo que volver con mi hermana. S� muy bien c�mo continuar� la conversaci�n. Hablaremos de cosas intrascendentes, del bar que mi familia est� empe�ada en que deje; de por qu� yo, licenciada y triling�e, sigo trabajando detr�s de una barra; de lo caro que se est� poniendo todo �ltimamente; del ni�o, que cada d�a est� m�s grande; del �ltimo aumento de sueldo de Borja, su marido, mi cu�ado, y de todas esas cosas que en el fondo nos importan un comino y que utilizamos para olvidar las cosas que realmente nos importan y de las que, por tanto, no nos atrevemos a hablar. No mencionaremos la nostalgia desesperada que yo siento de Iain ni las razones que puedan haber conducido a Ana a convertirse en una zombi cat�dica, una adicta a los culebrones y a la ruleta de la fortuna. Con los ojos clavados en el cristal (sobre un vidrio mojado escrib� su nombre) experimento una mezcla de rabia contenida e impotencia (y mis ojos quedaron igual que ese vidrio) que me sube por el es�fago como un v�mito reprimido. All�, al otro lado del cristal, hay un parque y un tobog�n y unos ni�os que juegan, y millones de cosas por ver y por hacer, pero mi hermana se conforma con contemplar un suced�neo de realidad comprimido dentro de una pantalla de 46 pulgadas. Siento ganas de agarrarla por el cuello de la bata y sacudirla. Me gustar�a hacerla reaccionar. Pero, por otra parte, no me siento con autoridad moral para dar consejos. Al fin y al cabo, yo tampoco soy precisamente un ejemplo de radiante felicidad ni me siento qui�n para cuestionar el sistema de vida de nadie. Decido volver al sill�n, sentarme con las piernas muy juntas, como una chica decente, y aguantar estoicamente media hora de charla t�pica, que no revele, que no comprometa. Est� decidido. El tiempo exacto para no quedar mal. Y luego regresar� a mi casa, a mi apartamento de cincuenta metros cuadrados y paredes desconchadas, amueblado con muebles viejos rescatados de los contenedores, grunge por pura necesidad.</p><empty-line/><p>Me vuelvo hacia ella con una sonrisa, decidida a echar una nueva paletada de tierra sobre el t�mulo de la verdad. Media hora de conversaci�n intrascendente y habr� cumplido con mis deberes de hermana. Habr� cumplido. Como siempre.</p><empty-line/><p>Cristina se ha marchado y ha dejado en el aire su perfume, un aroma dulz�n que no s� identificar. No es una marca conocida. Ser� pachuli o algo as� que habr� comprado en un mercadillo de esos modernos. Habr�a podido decirle muchas cosas, y sin embargo he pasado la mayor parte del tiempo sin abrir la boca, revolviendo in�tilmente la cabeza en busca de un tema de conversaci�n. Creo que al final se ha marchado porque no me aguantaba m�s. La aburro, o la deprimo, o ambas cosas a la vez. Y la verdad es que no la culpo. Me ha dejado sola en este sal�n. Sola, como paso casi todas las ma�anas. Borja est� en el trabajo y el ni�o en la guarder�a. No tengo de qui�n cuidar, excepto de m� misma.</p><p>Y ni siquiera eso s� hacerlo bien.</p><empty-line/><p>Rendijas de luz se filtran a trav�s de las cortinas y ara�an el suelo para recordarme que fuera existe un d�a por vivir. Un d�a que transcurre ajeno a m�, sin que yo haga nada por evitarlo, no s�. Esta ma�ana hab�a venido al sal�n decidida a coser, pero al cabo de dos puntadas me ha entrado un cansancio horrible y al final me he quedado mirando la tele, sin hacer nada. Pensaba aprovechar las cortinas, los vestidos y los manteles viejos para confeccionar una colcha de patchwork, cosiendo distintos trozos y retales los unos a los otros hasta que acabasen componiendo una �nica superficie.</p><empty-line/><p>La historia de pap� y mam� est� confeccionada como un edred�n, como un trabajo de patchwork. Yo, que soy la mayor, he visto m�s, he vivido m�s, he escuchado m�s; y de todas maneras, no s�, me parece que s�lo s� que no s� nada, como dijo el fil�sofo aquel.</p><empty-line/><p>Puedo relatar la historia a partir de viejos �lbumes de fotos, de conversaciones espiadas a mam� y a t�a Carmen, de inesperadas confidencias que mam� se ha permitido alguna vez, cuando la tristeza le oprim�a como una faja demasiado ce�ida. Algunas cosas me las han contado, otras las he deducido, otras, quiz�, s�lo las imagino. Yo necesitaba una historia porque todos necesitamos un pasado, y yo confeccion� una historia como si de una colcha de patchwork se tratase, uniendo como pude trozos de recuerdo y retales de memoria, para que compusieran una historia que, creo, es la que m�s se ajusta a la verdad.</p><empty-line/><p>Yo siempre he estado orgullosa de este sal�n. Lo he mantenido pulcr�simo, y tampoco es que sea tan f�cil. Hay que pasar la aspiradora una vez al mes, como m�nimo, por sillas, sof�s y cortinas. Hay que lavar los visillos tambi�n una vez al mes con agua y jab�n, sin frotarlos ni retorcerlos. Para darles consistencia una vez limpios hay que sumergirlos en agua con az�car y colgarlos todav�a h�medos a fin de eliminar cualquier arruga.</p><empty-line/><p>Si la vida se pudiera limpiar igual que unos visillos, si pudi�ramos hacer desaparecer nuestras manchas en una lavadora, todo ser�a m�s f�cil. De todas formas, hace tiempo que no me preocupan mis visillos ni mis cortinas. Ahora todo me da igual.</p><empty-line/><p>Hace m�s o menos un mes que no dejo de llorar. Mam� era una ni�a de familia bien de San Sebasti�n que se vino a Madrid a estudiar farmacia. En Madrid se alojaba en una residencia para se�oritas regentada por unas monjas, en la que la existencia estaba sujeta a imposiciones y horarios. Hab�a una hora para levantarse y una hora para comer y una hora para estudiar y una hora para llegar a dormir.</p><empty-line/><p>Las fotos de entonces, borrosos testimonios en blanco y negro, me la presentan con los rasgos difuminados merced al polvo que el �lbum ha ido acumulando con los a�os. Mam�, que todav�a no es mam�, tiene una larga melena rubia alisada a fuerza de plancha y toga, y unos ojos claros que alguien le dibuj� en la cara con trazo segur�simo, adornados con unas pesta�as enormes que deb�an confundirse con mariposas cuando mam� pesta�eaba y las hac�a aletear. Mam� no se atrev�a a usar minifalda y lleva un vestido cuadrado, que yo dir�a que es de Scherrer, y es posible, porque entonces mam� ten�a dinero de sobra para pagarse un traje de Scherrer si quer�a, y la falda le sube un mil�metro exacto por encima de una rodilla escueta y bien dibujada. Mam� es guapa. Muy guapa. Los chicos de su clase la apodan la Sueca por lo de la melena lacia y rubia y los ojos grises. Aquella melena largu�sima era su orgullo, me cont� una vez mam�. Cada noche, antes de dormir se entregaba a un ritual diario de cepillado. Media hora. Cien golpes de cepillo. Para que brillara. Para que resplandeciera en la universidad y �l pudiera sentirse orgulloso de ella.</p><empty-line/><p>Lo peor de este sal�n son los cojines del sof�, que est�n hechos una pena. Tienen manchas negras del r�mel que se ha quedado ah� como testimonio indeleble de mis llantinas, de cuando muerdo el coj�n por la noche para evitar que Borja escuche los sollozos.</p><empty-line/><p>En cuanto a los cojines, hay que intentar lavarlos sin humedecer el relleno. Lo m�s f�cil es cubrirlos con fundas de quita y pon para lavarlas independientemente, y limpiar la parte interior en seco. No pienso lavar las fundas. Las tirar� directamente. Y comprar�a otras si no fuera porque no me apetece nada bajar a la calle.</p><empty-line/><p>Mam� conoci� a pap� en un guateque de colegio universitario, un guateque que acababa a las diez y en el que se escuchaban los discos de Paul Anka en un pick-up. No tuvo ni que fijarse en �l. Pap� se le impuso como una aparici�n nada m�s entrar en aquel enorme sal�n, porque pap� se elevaba diez cent�metros por encima del resto de los presentes en la sala. Y al segundo de verlo decidi� que ser�a suyo o de ninguna. Menuda tonter�a, dec�a mam� m�s tarde, cuando rememoraba aquel primer arrobamiento de veinte a�os, la mayor tonter�a que hice en mi vida.</p><empty-line/><p>Acabo de darme cuenta de que hay una abolladura bien visible en el costurero de pino. Este costurero es una pieza de anticuario, pero �c�mo puedes explicarle eso a un ni�o de dos a�os? Y cuando el ni�o agarra una de sus rabletas y le da por estampar su cami�n contra la madera, no hay quien le pare.</p><empty-line/><p>Para arreglar una abolladura sobre la madera hay que aplicar un trapo blanco h�medo, procurando que empape la madera. Acto seguido hay que colocar otro trapo grueso, tambi�n humedecido, y aplicar la plancha de vapor caliente, porque la acci�n del calor dilatar� las fibras y las nivelar�.</p><empty-line/><p>Ojal� la vida fuese tan f�cil de arreglar como los contratiempos dom�sticos.</p><empty-line/><p>Pap� era como para cortar la respiraci�n. En mi recuerdo se mezclan la imagen que me queda de aquel pap� que conoc� hasta los doce a�os con las fotos del �lbum, y el resultado es una especie de Gregory Peck con acento malague�o. El pelo y los ojos son oscuros; la nariz, dibuja un �ngulo perfecto de treinta y cinco grados; la sonrisa, inmensa y deslumbrante. Dos filas sim�tricas de dientes tan blancos como los azahares de pureza que se le ofrecen a la Virgen. Es sorprendente lo mucho que Cristina se le parece, pienso cuando hojeo el �lbum, y no puedo evitar una punzada de envidia. A m� tambi�n me gustar�a ser guap�sima, no simplemente mona. Anita es una ni�a mon�sima, ideal, dicen mis amigas, las de la cuadrilla de Donosti. Una ni�a ideal. Pero no soy una ni�a. Tengo treinta y dos a�os.</p><empty-line/><p>Pap� estudiaba econ�micas y malviv�a en un cuartucho desfondado de una pensi�n de la calle Huertas, en la que el fr�o era tan intenso que pegaba dentelladas y por la noche lo obligaba a dormir con dos Jers�is puestos y un gorro de lana.</p><empty-line/><p>Pap� le hac�a re�r a mam� con su acento malague�o, cambiaba las eses por zetas y se com�a las consonantes finales. Dec�a todo lo que le ven�a a la cabeza. Su lengua era diez segundos m�s r�pida que su cerebro. Y mam� se re�a como no se hab�a re�do nunca, como nadie le hab�a hecho re�r en los aburridos paseos por el parque de San Sebasti�n. Pap� paseaba con ella por la Gran V�a y ni siquiera pod�a invitarla a un caf� porque siempre andaba corto de dinero. Deb�an de hacer un contraste gracioso, mam� con sus trajes impecables estilo Jacqueline Onassis y pap� con su viejo abrigo a cuadros, heredado de su padre y que le ven�a corto, y su ra�da bufanda de punto enmarcando su cuadrada mand�bula de actor de cine.</p><empty-line/><p>No hab�a dos personas m�s diferentes. Ella era rubia, de ojos grises, como Rosa y como yo. �l era moreno, de ojos negros, como Cristina. Ella era bajita como yo. �l era alt�simo como Rosa. Ella, reservada como Rosa y como yo. �l, tan dicharachero como Cristina. Ella era una ni�a de familia bien, hija de abogado. El padre de �l era profesor de instituto y la familia no perd�a ocasi�n de recordarle lo mucho que ten�an que sacrificarse para poder enviarlo a la universidad.</p><empty-line/><p>Las cortinas de Gast�n y Daniela est�n hechas una pena, sobre todo por los bordes. Eso es porque el ni�o se dedica a colgarse de ellas con las manos grasientas. Tengo que decirle a la asistenta que se encargue de lavarlas. Gracias a Dios, como son de hilo se pueden lavar en lavadora y despu�s no hace falta plancharlas. Se centrifugan y se cuelgan. El propio peso hace que queden impecables.</p><empty-line/><p>La familia de mam� es mi familia. Los abuelos que me han criado y con los que he pasado todos los veranos en el caser�n de San Sebasti�n desde que cumpl� los doce a�os. La t�a Carmen, que viv�a en mi casa, que serv�a de aceite bals�mico para curar las heridas de mi madre. La t�a Carmen, tan buena chica, la pobre, y tan poco lista, la pobre. Y Gonzalo, mi primo, el hijo de t�a Carmen, tan guapo, tan guap�simo, tan mimado y tan dif�cil. Todo el santo d�a encerrado en su cuarto oyendo sus discos y leyendo sus c�mics y siendo tan altivo con todas las mujeres de la casa excepto con Cristina, su juguetito, que por entonces todav�a llevaba coletas y ceceaba. Cristina, con aquello de que era tan mona y tan graciosa, siempre ha acaparado la atenci�n de los dos adonis de la familia: mi padre y mi primo, que a las dem�s, por cierto, siempre nos hicieron mucho menos caso; no desagradables, vaya, simp�ticos, cari�osos incluso, pero tampoco muy cercanos.</p><empty-line/><p>De la familia de mi padre no s� mucho. Cuando �l se march� no mantuvimos ning�n contacto. Y no deja de resultar raro que un abuelo no muestre la menor preocupaci�n por sus nietas. Pero lo cierto es que la familia de mi padre, por lo visto, se pod�a calificar de cualquier cosa menos de normal. Su madre, mi abuela, muri� de parto cuando naci� el hermano peque�o. Y su padre deb�a de ser un ogro, seg�n tengo entendido, que les pegaba con la hebilla del cintur�n y esas cosas. La hermana mayor, Remedios, se march� de casa a los veinte a�os para casarse con un senor quince a�os mayor que ella y se suicid� cinco a�os despu�s, cuando este se�or la dej�. Por lo visto se abri� las venas en la ba�era y se desangr�. Mam� se enter� casi por casualidad, porque pap� evitaba cuidadosamente mencionar el tema. Y cuando me lo cont� a m�, me qued� blanca, porque me parece que hace falta mucho valor para hacer una cosa as�. Desde luego, yo no ser�a capaz. El otro hermano, Francisco, se meti� a cura y ahora es p�rroco en alg�n pueblecito de M�laga que no tengo ni idea de c�mo se llama. Y el hermano peque�o, Mauricio, acab� ingresado en un hospital psiqui�trico. Supongo que es comprensible que mi madre no haya querido mantener el contacto con ellos. Lo que no entiendo muy bien es por qu� mi abuelo paterno nunca ha intentado vernos. Debe de ser cierto que era un ogro.</p><empty-line/><p>El parquet est� lleno de ara�azos que ha hecho el ni�o arrastrando su camioncito. En buena hora le regal� Borja el dichoso cami�n. Dentro de nada nos va a tocar barnizar el suelo. Habr�a que alquilar una lijadora, seguir con un lavado de agua caliente, al cabo de un par de d�as limpiar juntas y grietas con disolvente para eliminar restos, y acabar aplicando dos capas de barniz en intervalos de veinticuatro horas.</p><empty-line/><p>De verdad que hace dos meses me habr�a puesto a barnizar yo misma. Pero ahora me siento demasiado cansada como para meterme en semejantes berenjenales. S�lo tengo ganas de llorar.</p><empty-line/><p>Pap� y mam� se casaron al cabo de un a�o, a pesar de que mi abuelo, el padre de mam�, no estaba del todo contento con la idea. Dice mi madre que ella hizo una estupidez, que una persona no deber�a casarse con alguien a quien no est� muy seguro de conocer. Cuando yo le dije que iba a casarme con Borja ella no hac�a m�s que repetir lo mismo una y otra vez: que me lo pensase. Que no me precipitase. Que no hiciese algo de lo que pod�a acabar arrepinti�ndome.</p><empty-line/><p>Se casaron cuando mi madre a�n no hab�a acabado la carrera. Ella hubiera preferido esperar un poco m�s, pero �l insisti�. Dec�a que no pod�a vivir sin ella. Y que si ella le quer�a de verdad ten�a que demostrarle que era suya y s�lo suya, para siempre. Ella nunca lo ha confesado abiertamente, pero me ha dado a entender que ya se hab�an acostado juntos, y que su conciencia cat�lica le obligaba a legitimar aquella uni�n. Y supongo que la voz persuasiva de �l, �ntima como el susurro de las s�banas, ciment� ese pensamiento culpable, y �l acab� engatusando a mi madre, clavando el destello negro de sus ojos en el gris de los de ella, como si fuera un hipnotizador.</p><empty-line/><p>Al principio todo iba bien. Ella estaba encantada con la alegr�a perenne de �l, con su sonrisa de estrella de cine, con sus bromas y sus atenciones. �l insist�a en que salieran todas las noches. No importaba que fuera al cine o a una tasca, o a casa de unos amigos de �l. �l no soportaba quedarse en casa. Lo que comenz� siendo tan divertido acab� por convertirse en una obligaci�n. A ella no le apetec�a salir todas las noches. Y �l acab� por salir solo.</p><empty-line/><p>Y luego est� la cuesti�n de lo mucho que beb�a. Al principio mam� no conced�a mayor importancia al hecho de que �l bebiese todos los d�as. Al fin y al cabo, ella era muy joven y todo lo que �l dec�a iba a misa. Pero al cabo de trescientas y pico noches de sentir su aliento agridulce en la cama aquello empez� a dejar de parecerle normal. Como no le parec�a normal lo de quedarse sola todas las noches. �l le dec�a que pod�an salir juntos si quer�a, pero ella prefer�a quedarse en casa leyendo, porque no entend�a a qu� ven�a semejante perra con salir todas las noches, sobre todo cuando en casa hab�a una ni�a peque�a a la que su padre ni miraba. As� que empezaban a distanciarse cuando todav�a no hab�an acabado de acercarse.</p><empty-line/><p>Esta ma�ana he intentado hacer huevos rellenos. Era la primera vez que me pon�a a cocinar en quince d�as, y eso que antes lo hac�a a diario, y ha sido un desastre. Se me ha cortado la mayonesa. Para recuperar una mayonesa cortada hay que batir dos cucharadas de agua hirviendo con una peque�a parte de la salsa y luego a�adir el resto de la salsa poco a poco y removiendo. Pero me parece que no hay forma de volver a hilar una pareja cuando los entendimientos entre ambos se han agriado.</p><empty-line/><p>Mis recuerdos de mi padre son muy confusos. Hay que tener en cuenta que se march� cuando yo acababa de cumplir doce a�os, as� que las im�genes que conservo son imprecisas, un entramado confuso de recuerdos entreverado de sensaciones que no s� si son m�as o me las prest� mi madre, que iba meti�ndomelas en la cabeza con sus conversaciones. El padre encantador que yo recuerdo, el que para m� era la alegr�a de la casa, para mi madre era poco m�s que un ni�o grande, marrullero y egoc�ntrico, incapaz de asumir responsabilidades, incapaz de estar en casa cuando se le reclamaba, incapaz de ofrecer a sus hijas otra presencia que la de los mimos y las caricias a destiempo, tanto m�s apreciados cuanto m�s inesperados, porque no se sab�a cu�ndo iba a aparecer pap� por la puerta o cu�ndo iba a desaparecer. T�a Carmen sugiere que hab�a otra mujer, mam� opina que deb�a de haber varias, y, la verdad, parece que le importa m�s bien poco. Mam� es la mujer m�s fuerte que conozco, adem�s de Rosa, claro. Resulta dif�cil entender c�mo puede ser que las tres llevemos el mismo apellido.</p><empty-line/><p>Se supone que Cristina es id�ntica a mi padre, y cuando una ve las fotos se da cuenta de que la afirmaci�n es cierta. Parece que al retrato de mi padre le hayan pintado melenas y a�adido curvas, y �sa es Cristina. Rosa es como mi madre, dicen, no s�lo por lo rubia y lo delgada, sino por lo fuerte y lo decidida, con esa personalidad que parece moldeada a base de cemento y aplomo, mientras que yo soy como de gelatina, siempre a punto de romperme, id�ntica a los moldes que cocinaba antes de que me diera por echarme en la cama a llorar.</p><empty-line/><p>Los hac�a divinamente. A Borja le encantaba. Segu�a paso a paso una receta de mam�: mezclar 60 mililitros de agua por dos cucharadas de gelatina en polvo. Dejar ablandar la mezcla unos dos minutos y disolverla despu�s a fuego muy suave en un bol, sin dejar de remover. Enjuagar un molde con agua fr�a y verter en �l la gelatina. Introducir este molde en un bol mayor, con hielo, y montar en el molde capas de gelatina y trozos de fruta, dejando cuajar cada una antes de a�adir la siguiente. Antes de desmoldar dejarla enfriar dos horas en la nevera.</p><empty-line/><p>�A qui�n me parezco yo? A mi madre en la estatura y en los ojos. Pero nadie sabe, yo no s�, de d�nde me viene esta l�grima f�cil y esta incapacidad para pensar con la mente clara. Y, sin embargo, yo s� muchas m�s cosas de nuestra casa de las que Rosa o Cristina pudieran llegar a sospechar. Lo que pasa es que no las cuento. No cuento nada aqu� tumbada en la cama. Cuando venga la chica y pase el aspirador recoger� mi fuerza de voluntad, que est� por los suelos.</p><empty-line/><p>Hay una escena que llevo enterrada en el alma y de la que nunca he hablado con mis hermanas, ni siquiera con mi madre. Yo tengo cinco o seis a�os. Duermo en mi cama abrazada a mi osito rosa, arropada en un pijama de franela estampado con florecitas rosas y azules. Lo recuerdo muy bien. El ruido me despierta y abro los ojos a la luz que viene del sal�n y entra por debajo de la rendija de la puerta. Atra�da por esa luz, me deslizo por el parquet con los pies descalzos y, silenciosa como un gato, abro la puerta despacito, muy despacito, y avanzo por el pasillo a pasitos callados, tanteando las paredes para compensar la incertidumbre de la semipenumbra. A medida que recorro el pasillo los sonidos que llegan del sal�n se hacen m�s claros y lo que al principio no son m�s que ruidos incoherentes, palabras inconexas, retazos de conversaciones entrecortadas, se van articulando seg�n aumenta el volumen y cada vez distingo m�s clara la voz airada de pap�, por encima de las quejas t�midas de mam�. Supongo ahora, a los treinta a�os, que ella se quejaba, como de costumbre, de lo tarde que �l llegaba. Supongo que �l hab�a bebido m�s de lo habitual. Anita de cinco a�os sigue avanzando a tientas por el pasillo y llega al sal�n. Desde la puerta puedo verlos, pero ellos no me ven a m�. Los gritos han ido subiendo de tono hasta llenar el aire por completo. Pap� ha agarrado a mam� por su larga melena de Princesa y la obliga a arrodillarse, a arrastrarse por el suelo. Veo la expresi�n de dolor en el rostro de mam�. Pero en sus ojos gris acero hay un destello firme que demuestra que a su orgullo no ha logrado doblegarlo. Yo no s� qu� hacer, me gustar�a gritar y decirle que suelte a mam�, que no le haga da�o, pero el miedo me tiene paralizada y no consigo abrir los labios. �l le pega una bofetada que rompe el aire como un disparo, y yo noto que me estoy haciendo pis encima, de puro terror. Y vuelvo a mi habitaci�n a pasitos menudos, desandando el camino a toda prisa, intentando no hacer ruido.</p><empty-line/><p>Mam� lleva ahora el pelo corto y no ha vuelto a dej�rselo crecer.</p><empty-line/><p>Creo que va siendo hora de podar los rosales de la terraza. Con la poda se eliminan los extremos de las ramas que no sirven para proporcionar a las plantas un aspecto m�s ordenado. Se deben cortar todas las ramas que nazcan debajo del injerto y dejar en cada una s�lo dos o tres yemas, las m�s cercanas a la base, procurando que tengan buen aspecto.</p><empty-line/><p>Alguien me pod� a m�, creo, y por eso soy como soy, ordenada y de buen aspecto. Ninguna rama ha crecido por donde no deb�a. Soy un arbusto podado que ha crecido merced a las indicaciones de los otros. Una tijera se llev� por delante las yemas rebeldes, los futuros capullos, las rosas cubiertas de espinas. Si hubiese nacido m�s tarde, qui�n sabe, habr�a podido ser Cristina.</p><empty-line/><p>Lo primero que ve el conductor cuando se abren las puertas neum�ticas del autob�s son mis piernas, enfundadas en unas medias, que ascienden hacia la plataforma. Una extensa carrera desciende peligrosamente desde el muslo hacia el tobillo de la pierna izquierda. Y la siguen otro par de piernas, �stas dentro de unos vaqueros deste�idos, estudiadamente rajados por encima de las rodillas y por debajo de las nalgas. Antes de que el conductor se d� cuenta, tiene ante s�, en el mostrador, a Line y a m�, mon�simas, tal que salidas de un cat�logo de Don Algod�n. Todo en nuestro aspecto (el modelito compuest�simo, el maquillaje corrido, las carreras de mis medias�) delata que venimos de una fiesta y que todav�a no hemos dormido. Pero no s� si el conductor ser� tan listo como para darse cuenta. De todos modos, �qu� co�o le importa a �l?</p><empty-line/><p>Yo llevo un traje negro ce�ido que revela con el mayor descaro las curvas vertiginosas de mis cincuenta y ocho kilos, un tanto exagerado, quiz�, y con �l me siento con la planta de un toro de la ganader�a de Pablo Romero: poder�o y bravura cincelados en negro. Mi imagen contrasta enormemente con el aire angelical de Line, cuarenta y tres kilos, camiseta rosa talla doce a�os con estampado de la Bola del Drag�n, flequillo, dos coletitas sujet�ndole los cabellos rubios y unos enormes ojos azul cielo que le confieren un aire de perpetuo asombro.</p><empty-line/><p>Abro mi enorme bolso y me pongo a registrarlo. Revuelvo y revuelvo, pero no consigo encontrar lo que busco. El conductor, boquiabierto, me clava la mirada en el escote. Ya dec�a yo que este traje era pel�n exagerado� Desesperada, vuelvo la cabeza hacia Line, que, ajena al mundo, est� ensimismada escuchando la m�sica de sus walkman.</p><empty-line/><p>��Me cago en la hostia. No encuentro el puto monedero.</p><empty-line/><p>���QU�EEEE? -dice Line, quit�ndose los cascos de las orejas. Me ha visto mover los labios pero no ha podido enterarse de lo que dec�a.</p><empty-line/><p>���QUE NO ENCUENTRO EL MONEDERO, CO�O! Mi berrido ha roto la atm�sfera de silencio que reinaba en el autob�s. Line pone cara de haber visto la barrera del sonido romperse ante sus ojos at�nitos, y yo caigo en la cuenta, as�, de repente, de que el resto de los ocupantes del autob�s, todos ellos varones, est�n pendientes de nosotras. En medio de esta reuni�n de machos pasamos tan inadvertidas como una cucaracha en un plato de nata.</p><empty-line/><p>��A lo peor nos lo han mangado, Cris -me dice Line.</p><empty-line/><p>��No me extra�ar�a -murmuro yo, que me voy cabreando por momentos-. Lo dej� tirado con todos los dem�s bolsos y no volv� a preocuparme hasta esta ma�ana, y la verdad es que esa fiesta estaba llena de chusma. Qu� co�o: a grandes males, grandes remedios.</p><empty-line/><p>Le doy la vuelta al bolso sobre un asiento vac�o y se desparraman todo tipo de cosas: unos tampax, un libro, kleenex, unas bragas de repuesto, la barra de labios� y una caja de condones que cae hasta los pies de un jovencito de aspecto t�mido, escuchimizado, con gafitas, pelo engominado y camisa a rayas. El chico se ruboriza, abre inmediatamente la carpeta que lleva y entierra la nariz entre los apuntes fingiendo repasarlos.</p><empty-line/><p>Sobre el asiento vac�o tambi�n ha aparecido el monedero. Saco un billete de mil pelas y lo pongo sobre el mostrador. El conductor me dirige una mirada furibunda de la que hago caso omiso con desprecio de reina. Mientras el autob�s se pone en marcha, vamos a sentarnos juntas en la fila de asientos paralelos a la ventana que hay cerca del conductor.</p><empty-line/><p>Desde el centro del autob�s un par de obreretes no nos quitan la vista de encima. Uno debe de tener cincuenta y tantos a�os y el otro veintipocos, mono azul y bolsa de deportes sujeta entre los zapatos. El m�s joven sonr�e, evidentemente complacido por nuestra presencia.</p><empty-line/><p>��Lo que me faltaba -suelto yo, porque acabo de descubrirme �otra carrera en la media!-. �Jooder! Si hubiera invertido en una cuenta a plazo fijo todo lo que he invertido en medias en los �ltimos a�os, ahora tendr�a m�s pasta que Mario Conde.</p><empty-line/><p>Sentado en la fila de asientos contigua a la nuestra hay un treinta�ero vestido de ch�ndal. Probablemente ha salido a correr por la ma�ana, pero luego seguro que se ha cansado y ha decidido tomar el autob�s. Tiene aspecto de falso deportista y de creerse muy seductor. Cuando el treinta�ero se da cuenta de que estoy mir�ndole, me dirige una ampl�sima sonrisa edulcorada. Yo le ignoro con desd�n soberano y me pongo a hablar con Line.</p><empty-line/><p>��Bueno, ahora cu�ntame qu� co�o has estado haciendo toda la noche. Apenas te he visto un cuarto de hora.</p><empty-line/><p>��No mucho -responde ella-. HE ESTADO FOLLANDO -agrega, y cada palabra suena como si estuviese escrita en tipos negros.</p><empty-line/><p>La contundencia del t�rmino desentona con su aspecto infantil.</p><empty-line/><p>��Bien, �Y QU�? Ya me lo est�s contando todo, punto por punto -exijo con voz impaciente.</p><empty-line/><p>��No gran cosa, hija. �Menudo co�aaazo de t�o�! Y encima nos lo hemos hecho en la cama de sus padres, con el crucifijo en la pared y la foto de su mam� en la mesilla. Bueno, bueno� �me daba un maaal rollo! Todo el rato con la impresi�n de que la foca esa me miraba con cara de mosqueo.</p><empty-line/><p>��Pues no s� de qu� te quejas, guapa. Ayer bien que parec�a que el t�o te gustaba� porque era aquel con el que te vi hablando al principio, supongo.</p><empty-line/><p>��Ese mismo, Miguelito -confirma Line.</p><empty-line/><p>��Pues lo tuyo s� que fue llegar y besar el santo. Ajena a la iron�a, Line saca un espejito y una barra de labios Margaret Astor de su bolso en forma de coraz�n, hace un monino moh�n frente a su propia imagen y comienza a pintarse los labios de color rosa fucsia. En el cristal del espejo ve reflejada la imagen del obrerete mayor, que le est� sacando lascivamente la lengua. Ella pone cara de absoluto asombro, y, como si la cosa no fuese con ella, acaba de pintarse los labios y contin�a tranquilamente con la conversaci�n.</p><empty-line/><p>��En cualquier caso, querida, y para que te consueles, que sepas que, visto lo visto, mejor me habr�a quedado en casa para hac�rmelo con el dedo. As� por lo menos me habr�a corrido.</p><empty-line/><p>El conductor, que estaba atento a la conversaci�n desde el principio, da un respingo y, como consecuencia, el autob�s pega un frenazo salvaje. Nosotras salimos disparadas de nuestros asientos.</p><empty-line/><p>��OIGA USTED -le grito al conductor-, A VER SI CONDUCIMOS CON M�S CUIDADITO, QUE YO AUN NO HE HECHO TESTAMENTO NI TENGO SEGURO DE VIDA.</p><empty-line/><p>Volvemos a sentarnos con mucho cuidado.</p><empty-line/><p>��De verdad, cada vez que me siento me acuerdo del bruto ese -dice Line-. Qu� ganas tengo de llegar a casa. Lo primero que voy a hacer va a ser pegarme una ducha de las que hacen �poca, para quitarme las babas del memo aquel. �Qu� man�a! Ni que me quisiera hacer un traje de saliva.</p><empty-line/><p>��Pues yo me lo he pasado divinamente -digo, y Line me dirige una mirada esc�ptica que finjo no captar-. Estuve bailando trance toda la noche y acab� mirando el amanecer desde la terraza. Mucho mejor que si me hubiera ido a follar con un pesado. Yo, qu� quieres que te diga, ya paso.</p><empty-line/><p>��Menos lobos -me suelta Line con su vocecita aguda-. A ti lo �nico que te pasa es que desde que te ha dejado el bobo de Iain no levantas cabeza. Est�s colgad�sima de �l, adm�telo. Pero tienes que asumir que el mundo no se acaba, que hay m�s hombres. Adem�s, perdona que te diga, pero Iain era un memo y un pedante y un redicho. No s� qu� pudiste ver en �l.</p><empty-line/><p>En ese momento Line cae en la cuenta de que cerca de la puerta central, de pie, agarr�ndose a la barra con una mano, hay un chico jovencito que est� mir�ndola embobado. Viste un traje barato de alpaca con corbata, lleva zapatos italianos y calcetines blancos. Cuando repara en el hecho de que Line tambi�n le mira, se ruboriza y regresa apresuradamente a su lectura.</p><empty-line/><p>��El hecho de que no me apetezca follar no tiene nada que ver con Iain. Simplemente, paso. Es que es un co�azo. El otro d�a hice la cuenta y resulta que en lo que va de a�o me lo he hecho con once t�os diferentes�</p><empty-line/><p>��M�s quisieras, guapa -me corta Line, esc�ptica. Prosigo con mi discurso, ajena a la interrupci�n.</p><empty-line/><p>��Once. Y molarme de verdad, lo que se dice DE VERDAD, ninguno, excepto Iain, por supuesto. Total �a qu� se reduce la cosa? Pillas a uno a las tantas de la ma�ana, completamente borracha, y al cabo de unas horas te despiertas de puro fr�o porque, claro, en su casa no hay calefacci�n, y te encuentras con que a la luz del d�a el t�o no es ni la mitad de mono de lo que t� cre�as, y para colmo tiene un culo horrible�</p><empty-line/><p>��Lo de los culos es como los melones. No sabes si son buenos hasta que no los has abierto -dice Line, y se�ala con un gesto de la cabeza el culo del jovencito trajeado, que finge estar enfrascado en su lectura-. Aunque para culo bonito, todo hay que decirlo, el de Santiago.</p><empty-line/><p>��Line, por favor, no seas macabra. No es manera de hablar de un difunto.</p><empty-line/><p>��La macabra ser�s t�. Ten�a el mejor culo de Madrid, y no veo nada malo en reconoc�rselo a t�tulo p�stumo.</p><empty-line/><p>En ese momento al estudiante se le cae al suelo la carpeta, que arma un estruendo digno de una demolici�n. Agradezco la inesperada interrupci�n porque no quiero que se me instale en la mollera el recuerdo de Santiago. Volvemos la cabeza y vemos todo el contenido de la carpeta desparramado por el pasillo. Entre los apuntes hay un Private. El chico se apresura a recogerlo todo, agach�ndose, y enseguida Line cae en la cuenta de que el estudiante est� aprovechando su posici�n para mirarle las piernas. Por toda respuesta, ella recoge el Private, muy digna, y se lo entrega a su leg�timo propietario.</p><empty-line/><p>��Esto es tuyo -le dice, y sigue charlando conmigo como si tal cosa-. Contin�a con lo que dec�as. Ibas por lo de la calefacci�n que no funcionaba.</p><empty-line/><p>��Pues eso -prosigo-. Y luego, cuando te levantas, vas a darte una ducha y te encuentras con que funciona con un termo jurasico al que s�lo le dura tres minutos el agua caliente. Y cuando vas a la nevera a buscar algo de desayunar s�lo hay un yogur caducado y una cerveza sin gas. Y a veces ni eso. Ya me dir�s t� si lo de follar compensa.</p><empty-line/><p>Line se r�e con la risa c�mplice de quien sabe de qu� le est�n hablando.</p><empty-line/><p>���Y, adem�s, luego tienes que volver a casa! -apunta ella-. Porque yo no s� c�mo lo hago, hija, pero siempre acabo ligando con naturales del extrarradio. Creo que a partir de ahora voy a preguntarles d�nde viven, por muy puesta que est�, y si no dicen que viven en el centro, la han cagado. Aunque vaya de �xtasis.</p><empty-line/><p>��Lo que es por m�, como si viven en la plaza Mayor -respondo con aire de superioridad-. Paso total de todos. Al final, los t�os con los que ligamos son id�nticos a sus viejos, que le echan a la parienta el casquete de los s�bados mientras piensan en los culos de las azafatas del Telecup�n. Y no miro a nadie -remato, dirigiendo una expl�cita mirada al obrero mayor, por si no se hab�a dado por enterado.</p><empty-line/><p>��0 sea, que has decidido dejar de follar -concluye Line.</p><empty-line/><p>��M�s o menos. Como mi hermana Rosa. 0 hacerme lesbiana, como Gema.</p><empty-line/><p>��Quita, quita, que bastantes problemas tiene la pobre Gema. Estoy segura de que se ha colgado con la tesis esa que est� haciendo s�lo porque no folla� Oye, �t� has le�do a �freud�? -pregunta sin venir a cuento, y pronuncia �freud�, como suena.</p><empty-line/><p>���A qui�n? -pregunto a mi vez, con una mueca de asombro.</p><empty-line/><p>��Pues hija, a �freud� -responde Line encogiendo los hombros, para dar a entender que me habla de algo muy obvio-. El padre del psicoan�lisis� Me vas a perdonar, pero me sorprende que no lo sepas.</p><empty-line/><p>��Querr�s decir �froid�. Y s�, lo he le�do -respondo ofendida, porque acaba de llamarme inculta con todo el morro, �a m�!</p><empty-line/><p>��Bueno, pues �se, �froid� o como se diga. He o�do que escribi� una cosa muy interesante que se llamaba teor�a de la sublimaci�n.</p><empty-line/><p>��S�, y tambi�n escribi� que las mujeres tenemos envidia del pene. Menuda tonter�a. Es evidente que con un solo co�o te puedes agenciar todos los penes que te de la gana, as� que no s� por qu� �bamos a envidiarlos.</p><empty-line/><p>��S�, vale, pero yo de lo que hablo es de lo de la sublimaci�n esa. 0 sea, que si toda la energ�a que concentramos en el sexo, que en nuestro caso es mucha, la emple�semos en otra cosa, nos har�amos ricas. T�, por ejemplo, si has decidido dejar de follar, puedes ponerte a escribir una novela. Piensa en todo el tiempo que te va a quedar libre.</p><empty-line/><p>��Pues mira, a lo mejor me lo pienso�</p><empty-line/><p>��Adem�s, no te hablo s�lo de la energ�a que empleamos en hacerlo, sino tambi�n de la energ�a que empleas en pensar en ello y en buscarte con qui�n hacerlo y en desembarazarte luego de �l. Bueno, pues si toda esa energ�a la empleas en hacer otra cosa m�s importante, pues eso, que la sublimas.</p><empty-line/><p>Yo la miro con aire condescendiente, aparentando prestar inter�s, pero convencida, en el fondo, de que a Line se le ha ido un poco la olla.</p><empty-line/><p>��Ejemplo -prosigue Line-. Cuando estaba en COU el gilipollas de tu primo Gonzalo me pas� unos hongos.</p><empty-line/><p>��T�pico de �l.</p><empty-line/><p>��Y tuve que pasarme casi un mes sin follar, porque la cosa se complic� y se me inflam� la vulva� No voy a describ�rtelo. Gore puro. Pues ese mes ten�a ex�menes y saqu� tres sobresalientes por primera vez en mi vida. Sublimaci�n.</p><empty-line/><p>���T� has tenido sobresalientes alguna vez? -pregunto yo, incr�dula. Entre nosotros, Line es de las que para leer un libro tiene que ir siguiendo las l�neas con el dedo �ndice.</p><empty-line/><p>��S�, pero no creo que la cosa se repita, porque yo, qu� quieres que te diga, por muy mal que me salga soy una adicta al sexo. No pasa una semana sin que lo intente otra vez. Ellos, los muy cabrones, s� que lo tienen f�cil -suspira-, porque al final no importa que la cosa les salga mejor o peor, el caso es que siempre se corren, mientras que nosotras� es como jugar a la loter�a.</p><empty-line/><p>��Exacto, como la loter�a; nunca toca.</p><empty-line/><p>���Tampoco exageres�! Aunque la verdad es que son todos unos in�tiles. La mayor�a se cree que con met�rtela, �hala!, ya est� todo hecho. Y todav�a tienen el descaro de preguntarte despu�s si te lo has pasado bien.</p><empty-line/><p>��Y no creas -sigo yo-, que a veces casi pienso que eso es lo mejor, porque cuando les da por hacer de amantes h�biles entonces s� que no hay quien les aguante. Hay algunos que deben de creerse que trabajan en el circo; una vueltecita, �hop!, ahora otra vueltecita, �hop! Qu� man�a con el vuelta y vuelta, ni que una fuera un filete.</p><empty-line/><p>Line saca una lima del bolsillo y comienza a limarse las u�as con pinta distra�da.</p><empty-line/><p>��Joder, que mal tengo las manos� A lo que �bamos, yo a veces tengo la impresi�n de que se acaban de empollar el Kamasutra y que pretenden ponerlo en pr�ctica conmigo, que casualmente soy la primera pardilla con la que topan dispuesta a hacer de conejillo de indias. Pero a los que menos soporto es a esos que no controlan un pijo y se empe�an en durar horas y horas, traca, traca, y cuando est�n a punto de correrse�</p><empty-line/><p>El autob�s se detiene bruscamente en una parada.</p><empty-line/><p>��� paran -remato yo. S� perfectamente de lo que me est� hablando.</p><empty-line/><p>��Exactamente, y hala, otra vez, horas y horas, hasta que acaba por dolerte el co�o.</p><empty-line/><p>La parada est� en medio de un descampado que tiene aspecto de pesadilla t�xica. Sube al autob�s un jovencito de pelo largo y rubio. Es raro que suba aqu�. Debe de venir del Cerro de la Liebre. Habr� ido a pillarles jaco a los gitanos. Como si lo viera. Es mono. No le echo m�s de veinte a�os. Lleva una camisa a cuadros sobre una ra�da camiseta de los Sonic Youth. Ense�a su pase al conductor y busca d�nde sentarse. Mientras cruza el pasillo Line le dirige una mirada breve y voraz. Una vez que ha calibrado su coeficiente de presa potencial, retorna la conversaci�n.</p><empty-line/><p>��Lo peor de todo es cuando quieren que se la chupes -dice, y suelta una risita sarc�stica.</p><empty-line/><p>El jovencito melenudo ha ido a sentarse, precisamente, en el asiento posterior a Line.</p><empty-line/><p>��No me hables -digo yo-. Hay algunos que se ponen de un pesaaado con eso� Parece que no hubiese otra cosa en el mundo.</p><empty-line/><p>��Y encima tardan una barbaridad. -Line abre exageradamente la boca hasta que casi se desencaja la mand�bula-. Dezpued de un dato con la boca as�, acabas con ajujetaz en la lengua.-Vuelve a cerrar la boca-. Te juro que m�s de una vez me han dado ganas de pegarle al t�o un buen mordisco en la polla y acabar de una vez con el asunto.</p><empty-line/><p>El conductor se gira a mirarla, sorprendido. Un bocinazo le hace volver la vista a la carretera y le obliga a dar un volantazo para esquivar un coche. Nosotras dos pegamos un nuevo respingo en nuestros asientos.</p><empty-line/><p>���JOOOODER! -exclamo yo, con la voz de cazallera que me sale cuando me cabreo-. �YA VAN DOS! Este autob�s es m�s peligroso que un misil crucero.</p><empty-line/><p>El conductor frena bruscamente y se vuelve hacia m�. Si las miradas mataran, ya habr�a ca�do fulminada.</p><empty-line/><p>��Mira, guapa -me dice el conductor-. La culpa es tuya por no bajar el volumen. �0 te has cre�do que los dem�s estamos aqu� para escuchar vuestras vulgaridades?</p><empty-line/><p>��PERO �USTED QUI�N SE HA CRE�DO QUE ES, OIGA? -respondo, a berrido limpio. Vaya por Dios, mis niveles de testosterona se han vuelto a disparar.</p><empty-line/><p>��Diga usted que s�, se�or conductor -Interviene el obrerete mayor-. A �stas me las llevaba yo a la obra y se les iban a quitar las ganas de cachondeo.</p><empty-line/><p>��No nos caer� esa breva -musita el obrerete m�s joven.</p><empty-line/><p>��Pues no le gustar�n a usted nuestras ganas de cachondeo, pero bien que no se ha perdido palabra de nuestra conversaci�n. �Si s�lo le ha faltado sacar una trompetilla para poder escucharnos mejor! -responde Line al obrero mayor con su vocecita aguda.</p><empty-line/><p>��Mira, rubita -replica �l-. Tengo una hija que debe de tener tu edad, y te aseguro que si alguna vez la oigo hablar como t�, le doy cuatro hostias y le lavo la boca con jab�n.</p><empty-line/><p>��Se creer� usted que su hija no folla -intervengo yo.</p><empty-line/><p>��Pues mira por d�nde, m�s bien no, porque la ha dejado su novio, como a otra que yo me s�, que no me extra�a que no pudiera contigo, hija. -El obrero sonr�e, complacido ante el golpe bajo que sabe que acababa de atestarme.</p><empty-line/><p>���USTED QU� SABR�! -respondo, roja de rabia. Su observaci�n me ha sentado como un tiro.</p><empty-line/><p>Line me coge del brazo.</p><empty-line/><p>��Anda, no te sulfures. No hagas caso a estos RE-PRI~MI~DOS. -Dirige al obrerete una mirada de despectiva superioridad-. Mejor nos bajamos. Prefiero seguir andando que quedarme en este autob�s lleno de MA-CHIS-TAS. -Y recalca con desprecio la �ltima palabra, dejando una pausa evidente entre cada s�laba.</p><empty-line/><p>Miro alrededor. El treinta�ero chandalista esboza una sonrisa que pretende ser seductora y s�lo consigue ser rid�cula. El obrerete mayor y el del traje de alpaca han adoptado un rictus serio. El obrerete joven pone cara de circunstancias. Probablemente le gustar�a re�rse, pero la presencia de su �jefe de obra? no se lo permite. El estudiante sigue con la cabeza enterrada en sus apuntes. S�lo el joven grunge indie pop, el mono, sonr�e abiertamente.</p><empty-line/><p>El autob�s se detiene en la siguiente parada. Nos levantamos y nos dirigimos hacia la puerta. Antes de bajarnos, Line le dirige al jovencito indie pop la m�s dulce de las miradas, digna de una colegiala virgen que quisiera ligarse al capit�n de f�tbol de su instituto. �l sonr�e a su vez.</p><empty-line/><p>��Decididamente -suspira Line-, ellos lo tienen m�s f�cil.</p><empty-line/><p>Como todas las ma�anas a las ocho y veinte, dejo el coche en el aparcamiento y paso por la plaza de la Luna camino de las oficinas en que trabajo. El cielo muestra un aspecto tan gris como mi propia vida. Llueve.</p><empty-line/><p>Me gusta sentir las gotas golpe�ndome la cara, el viento que revuelve los mechones huidizos. Dentro de veinte minutos me encerrar� en un despacho, para todo el d�a. Ya no habr� viento ni agua, s�lo aire acondicionado. Temperatura constante e invariable: veintid�s grados cent�grados. Como reza el manual de Seguridad e Higiene en el Trabajo.</p><empty-line/><p>Enfundada en mi abrigo de piel de camello, el fr�o no me afecta, como tampoco me afectan las barbaridades que me dicen los cuatro viejos verdes que han venido a buscar prostitutas.</p><p>La plaza es el hogar de un grupo indefinido de politoxic�manos que se alimentan de lexatin y rohipnol, diazep�n y optalidones, prozac y naxtrelsona, hero�na y bollos. Caras delgadas y p�lidas, bocas contra�das y amargadas, duros y de gesto estilizado. Las narices se alargan, los p�mulos se marcan. Son las huellas de una batalla constante, perdida de antemano.</p><empty-line/><p>Se arrastran por las calles con los ojos vac�os, se empujan los unos a los otros y examinan los tel�fonos p�blicos para conseguir monedas de cinco duros. No parecen particularmente desgraciados. Rebuscan en la basura y musitan conversaciones entrecortadas que mantienen con ellos mismos. Gritan a los coches aparcados y les cuentan su vida a los sem�foros en rojo.</p><empty-line/><p>Desde el centro de la plaza se baja por una escalera a unos soportales que ofrecen un refugio a estos zombis urbanos, con el suelo lleno de cagadas de paloma, escupitajos, chicles, colillas, jeringuillas y trozos de papel albal.</p><empty-line/><p>All� duermen los que no han tenido valor para levantarse, envueltos en un amasijo de mantas sucias, acurrucados los unos contra los otros, con los huesos ateridos por la humedad. No les preocupa el futuro, el agua caliente, las s�banas limpias o la televisi�n.</p><empty-line/><p>A veces contemplo a esos chicos y chicas de edad indefinida y me digo, Rosa, creo que lo que hacen con su vida no es peor que lo que t� has hecho con la tuya. En casa dispongo de agua caliente, s�banas limpias, lavadora y televisi�n con antena parab�lica. Pero apenas tengo tiempo para m� misma. Doce horas diarias de mi tiempo est�n hipotecadas para conseguir el dinero que pague esos lujos de que no puedo disfrutar. Doce horas diarias de mi tiempo enclaustrada en un despacho de nueve metros cuadrados, batallando contra el Lotus, sometida a una presi�n de treinta mil atm�sferas.</p><empty-line/><p>Yo no podr�a hablar con los sem�foros, aunque quisiera. Puedo alardear de una amplia cultura general. He le�do a la mayor�a de los cl�sicos. Saqu� la carrera con media de sobresaliente. No cometo faltas de ortograf�a y jam�s se me escapa un acento. Puedo recitar de memoria la lista de los emperadores romanos y la de los reyes borbones y s� que Dacca era el nombre de la antigua capital de Bangla Desh. Poseo una licenciatura en exactas y soy capaz de averiguar la ra�z cuadrada de un n�mero de cuatro cifras sin necesidad de utilizar l�piz y papel.</p><empty-line/><p>�Qu� significa la geograf�a cuando podemos hablar con gente del planeta entero a trav�s de nuestras redes de computadoras y nuestros m�dems? �Qu� es la historia cuando podernos recibir setenta y cinco canales de televisi�n a trav�s de la antena parab�lica? �Qui�n se acuerda de Ovidio cuando Richard Gere cobra seis millones de d�lares por pel�cula? �De qu� sirve la aritm�tica cuando una computadora puede realizar operaciones de veinte cifras en d�cimas de segundo? �Qu� sentido tiene la vida de una mujer de treinta a�os brillante, profesional, bien pagada y sola?</p><empty-line/><p>Recuerdo el c�mo, el cu�ndo, el d�nde y el porqu�. Pero no podr�a describir los detalles. Fue como ten�a que ser, como siempre hab�a deseado que fuera. Nadie escribi� la escena: me la dict� el deseo con su propia voz. La primera vez que me acost� con Iain estaba borrach�sima. Esto no tiene nada de particular, porque, por lo general, la primera vez que me acuesto con alguien estoy borrach�sima. Si no, no lo hago. Me acuerdo de que llegamos a su casa en taxi y de que yo caminaba por la acera reci�n regada con los zapatos en una mano y una botella de champ�n en la otra, una botella que me hab�a llevado de la fiesta en que hab�amos estado, la fiesta en que conoc� a Iain, todo ojos azules y sonrisa de ni�o, maneras delicadas como una flor de seda y una voz que acariciaba los o�dos como el susurro de las olas. Nada m�s verle pude sentir el deseo revoloteando en torno a m�. Casi pude ver al mism�simo Cupido. Y no s� c�mo me encontr� tumbada en su cama, ni me pregunt�is c�mo hab�a llegado hasta all�. El intervalo que transcurre entre el taxi y su cama se perdi� en mi memoria entre brumas et�licas, y lo primero que recuerdo despu�s del taxi es el fresco contacto de las s�banas limpias y los cuatro �ngulos de la cama difuminados gracias a la luz mortecina de las velas. �l me coloc� boca abajo, me puso las manos en la espalda y las sujet� con una de las suyas. Despu�s escuch� un tintineo met�lico, algo parecido al sonido de un llavero, sent� c�mo me sujetaba por las mu�ecas y escuch� un crujido de acero cerrarse alrededor de ellas: unas esposas. Quiz� si hubiera bebido menos se lo hubiese impedido, pero estaba como una cuba, y �l era tan mono y tan encantador, y en la fiesta me hab�a gustado tanto y, para qu� vamos a negarlo, la cosa no dejaba de tener su morbo; as� que no me quej� ni cuando me esposo ni cuando me vend� los ojos con un pa�uelo. Y de repente, a pesar de la borrachera, me volvi� el sentido com�n a la cabeza, de pronto, como una corriente el�ctrica, y ca� en la cuenta de que apenas sab�a qui�n era aquel t�o, de que nadie me hab�a visto irme con �l. Acudieron a mi mente todas las historias de psic�patas que hab�a visto en el cine, que hab�a le�do en esos libros baratos de tapas blandas que se compran en las librer�as de los aeropuertos. Y me vi a m� misma descuartizada en pedacitos, diseminada en diferentes bolsas de basura a lo largo de todos los contenedores de Madrid. Intent� tranquilizarme y recordarme que eso era algo que s�lo ocurr�a en las pel�culas y que no conoc�a a ninguna que hubiese acabado descuartizada por echar un polvo con un desconocido. Pero luego me vino a la mente una historia que me cont� Line acerca de un t�o que se foll� una noche y de cuya casa hab�a tenido que salir por piernas porque se empe�� en pegarle mientras follaban. Y seg�n estaba pensando en esto escuch� un zumbido a mi espalda, un ruido constante y machac�n que se interrump�a a lapsos para volver a reiniciarse con renovada energ�a, y me dije a m� misma: �ste es el fin, �se es el zumbido de la sierra el�ctrica. Nadie me hab�a visto salir de la fiesta. Mis hermanas pensar�an que hab�a desaparecido en uno de mis cuelgues de costumbre, en el bar buscar�an a otra camarera que hiciera mi turno, y pasar�an al menos quince d�as antes de que alguien se decidiera a buscarme. Y en quince d�as el t�o ese ya habr�a podido comerme entera, como Jeffrey Dalimer, el Carnicero de Milwaukee, aquel que guardaba troceadas a sus v�ctimas en el congelador para poder devorarlas poco a poco. 0 como Richard Trenton Chase, el Asesino Vampiro, que mezclaba los �rganos y la sangre de sus v�ctimas en una licuadora y luego se beb�a el batido resultante, para evitar, seg�n �l, que la sangre se le convirtiera en polvo. Y adem�s vete t� a fiar de un brit�nico, cuya historia est� plagada de psic�patas desde Jack el Destripador: los Ladrones de cad�veres de Edimburgo; Brady y Hindley, los Asesinos del P�ramo; Peter Suteliffe, el Destripador de Yorkshire; Fred y Rose West, los due�os de la Casa de los Horrores de Gloucester; John Duffy, el Asesino del Ferrocam*1� En el Ulster y Escocia, en Manchester y Gales, los brit�nicos deben de poseer, en Europa, el r�cord de mayor densidad de pirados por kil�metro cuadrado. La falta de luz y el fr�o, supongo, los vuelve perversos y reconcentrados. En Espa�a se lleva m�s el matarife impulsivo, ese que sale a la calle escopeta en mano a vengar afrentas maceradas en odio durante a�os, como en Puerto Hurraco o en Chantada. Si nos llevamos a alguien por delante, nos encargamos de que todo el mundo se entere. All� no, all� llevan una vida aparentemente normal, y luego, cuando se descubren cinco cad�veres emparedados en los muros de una casa, en el barrio comentan que nunca lo habr�an esperado de aquel vecino modelo, un poco reservadillo quiz�, como el chico aquel que me hab�a ligado, que parec�a tan mono y tan inocente y que me ten�a all�, con una sierra el�ctrica zumbando a mi espalda, y atada a la cama, sin poder moverme.</p><empty-line/><p>Intent� relajarme. Ese chico no pod�a ser un psic�pata. �Con esa cara de ni�o? �Con esos modales? �Qu� traumas iba a arrastrar una monada como �sa? Qu� razonamiento m�s absurdo. No hace falta ser horroroso ni grosero para ser un psic�pata. Al Asesino de la Biblia, aquel que se carg� a cinco chicas en Glasgow (y al que nunca encontraron, por cierto), lo describ�an como un hombre muy atractivo, y por eso sus v�ctimas se dejaban acompa�ar por �l, sin conocerle, a pesar de que estaban avisadas de que hab�a un estrangulador rondando por la ciudad, porque el t�o era tan guapo y tan educado que nadie pod�a sospechar de �l. Exactamente igual que Iain. 0 como Ronnie York y Jim Latham (pero aqu�llos eran yanquis), a quienes les atribu�an siete v�ctimas en una especie de juerga que se corrieron pasando de un estado a otro, llev�ndose por delante, a golpes o a machetazos, a todo incauto que se les hubiera puesto por delante all� donde no hubiese testigos. Eran extraordinariamente guapos -uno, rubio de ojos azules, el otro, moreno de ojos negros- supongo que tan guapos, o m�s, que Iain, y gracias a aquel atractivo se explicaba el enjambre de jovencitas que hab�an acudido al proceso. Y aquel zumbido que amenazaba a mi espalda era sin duda el de la sierra el�ctrica, una sierra el�ctrica id�ntica a la que hab�a usado Dennis Ni1sen, el Estrangulador de Musswell Hill, para despedazar y mutilar los cad�veres de sus trece v�ctimas hasta dejarlos reducidos a min�sculos pedacitos que luego hac�a desaparecer por el sumidero del lavabo. Y yo no pod�a moverme porque estaba esposada y no pod�a ver nada porque ten�a los ojos vendados. S�lo una gilipollas como t� se va tranquilamente a la cama con un desconocido y encima permite que le espose y que le vende los ojos sin oponer resistencia. Empec� a revolverme con todas mis fuerzas, pero resultaba imposible desasirse de las esposas, y, de paso, quitarme la venda de los ojos. Intent� incorporarme, pero la cama era demasiado blanda. Resbal� sobre el colch�n. Me sent�a aterrorizada. Gruesos goterones de sudor me ca�an por la frente. Notaba c�mo tropezaban al llegar al pa�uelo que me imped�a ver. Las esposas estaban bien apretadas, probablemente para impedir que pudiera quit�rmelas, y el roce del acero me hac�a da�o en las mu�ecas. Intent� gritar, pero estaba tan aterrorizada que me resultaba imposible. La voz se me quebraba y al llegar a la garganta se contra�a en un pitido agudo. Pens� en hacerme pis encima, que es lo que los expertos recomiendan para desanimar a los violadores, pero tampoco pod�a, quiz� porque estaba muy ocupada revolvi�ndome, intentando librarme de toda la parafernalia sado light.</p><empty-line/><p>Not� que �l, suave pero firmemente, me atenazaba contra la cama, y escuch� su voz deslizarse cuesta bajo por mi o�do, un susurro hipn�tico que repet�a que me tranquilizara, que no iba a hacerme da�o. Entonces percib� algo duro que vibraba y me recorr�a la espalda. Una especie de cosquilleo sub�a por mis v�rtebras. Yo no sab�a qu� co�o era aquello, pero resultaba evidente que no se trataba de una sierra el�ctrica; de modo que decid� relajarme y disfrutar, y como estaba tan borracha pod�a abandonarme con tranquilidad y abstraerme de todo, excepto de mi cuerpo. Todo resultaba dulce, caliente, pegajoso. Saboreaba en la boca delicias al fondant. Bombones de deseo fundidos a cien grados. Aquella cosa dura bajaba por mi espalda y morosamente se demoraba en mis nalgas. Y de pronto algo duro, muy duro, tan duro que dol�a, se me meti� entre las piernas, y entraba y sal�a como un pist�n hidr�ulico. S�lo cuando lo tuve dentro ca� en la cuenta de que lo que vibraba era un consolador. Me daba morbo, s�. Tambi�n me daba miedo. �Qu� clase de perverso era aqu�l, que sacaba de pronto una verga de pl�stico sin pedirme permiso ni discutirlo antes? Era el hombre que yo hab�a so�ado. Aquel que iba a hacer maravillas conmigo. El que no parec�a pedir nada a cambio. Pod�a ser tambi�n el �ltimo de todos. De todas formas, si hab�a llegado hasta all� no pod�a echarme atr�s. As� que me concentr� en aquel aparato que vibraba entre mis piernas e intent� convencerme de que aquel engendro mec�nico conseguir�a hacer que me corriera en tres minutos. Lo sent�a entrar y salir, al principio con dificultad, luego cada vez m�s suavemente a medida que yo iba lubric�ndome, y al final con toda la fuerza de una tormenta, cada vez m�s en�rgico, cada vez m�s profundo. En alg�n momento �l sac� el vibrador y lo sustituyo por su miembro, y yo not� perfectamente la diferencia entre un cilindro y otro, porque el segundo era m�s suave y m�s flexible, y no me hac�a da�o, y rogu�, no s� muy bien a qui�n, por favor, que no sea de los que se corren a los cinco minutos, por favor, que se tome su tiempo, que tarde horas. No s� a qui�n dirig� aquella s�plica, pero fuese quien fuese, lo cierto es que me escuch�, porque aquella masa de carne que se agitaba a mi espalda se tomaba su tiempo y segu�a y segu�a. Progresivamente aminor� el ritmo y sus embestidas fueron haci�ndose cada vez menos rotundas. Me penetraba dulce y profundamente, y cuando llegaba hasta el fondo lo dejaba all� dentro un rato, y YO pod�a sentir la punta de su glande empujando las paredes de mi co�o. En alg�n momento sent� un l�quido fr�o y pegajoso deslizarse por mi espalda, y luego not� que su lengua lo lam�a. Pens� que beb�a su propio semen. Me esperaba cualquier cosa de aquel t�o. Tard� un rato en comprender que se trataba del champ�n. A estas alturas yo aceptaba lo que fuera. Me dol�an los brazos y las piernas, me costaba respirar porque ten�a la cara sepultada entre la almohada, pero no me importaba. Habr�a podido asfixiarme all� mismo, desvanecerme para siempre en aquella cama, y no me habr�a importado. �l segu�a movi�ndose, hacia adelante y hacia atr�s. Me agarraba del pelo. Arque� la espalda. O�a su voz, un distante canto de sirena que dec�a que quer�a ver c�mo me corr�a, c�mo me temblaban las piernas, c�mo se contra�an los m�sculos de mi est�mago, y aquello me excit� tanto que sent� que una corriente c�lida sub�a desde mi monte de Venus hasta mi garganta como un cohete, que mis entra�as se fund�an como chocolate caliente, y me o� gemir, de una forma tan aguda que casi no reconoc� aquella voz como m�a. Fue un gemido largo y profundo que me sub�a desde muy adentro, desde alg�n punto rec�ndito e inexplorado hasta entonces, y que cort� el aire como un cuchillo. Me dilataba en dimensi�n de oc�anos. Fue como si se abriera un dique. Olas y olas de agua salada surgieron de m�. Sent�a que creaba r�os, lagos, mares�, y �l avanzaba con esfuerzo hacia mi fondo como un nadador contra corriente. Cu�ntos peces, cu�ntos �vulos, cu�ntas bacterias y bacilos nadan en mi fondo, cu�nta flora y fauna me habita, c�mo estoy tan inmensamente viva, yo, ecosistema hembra, Gaia. Y despu�s de que yo me corriera �l sigui� culebreando dentro de m�, sincronizando ballets acu�ticos, durante unos minutos que me parecieron horas, porque me dol�a enormemente entre las piernas, y al final le o� gemir y comprend� que �l tambi�n hab�a acabado. Entonces cerr� los ojos, ah�ta, y me qued� dormida casi de inmediato.</p><empty-line/><p>Despert� a la ma�ana siguiente porque estaba cay�ndome de la cama. �l dorm�a en posici�n diagonal y hab�a conseguido desplazarme a una esquina. Me desperec� y le mir�. Pens� que era bastante guapo, pero tampoco era nada espectacular. Hab�a dormido con espec�menes bastante mejores. Y, sin embargo, un pensamiento cruz� por mi cabeza como un rel�mpago: �ste va a ser el padre de mis hijos.</p><empty-line/><p>A veces, no s�, me siento como la pieza de un rompecabezas que apareci� por equivocaci�n en la caja que no correspond�a. No encajo. Esta ma�ana me he decidido a salir porque me he dado cuenta de que mam� tiene raz�n, y es que no puedo pasarme la vida encerrada en casa, sola, llorando como una Magdalena. As� que aqu� estoy, Anita frente al mundo, haciendo cola en la caja del supermercado del barrio, junto a otras diez se�oras que en conjunto forman una especie de jaur�a salvaje de mar�as entre los cuarenta y cinco y los noventa y cinco a�os, �vidas de bronca, dispuestas a todo por un simple qu�tame all� ese choped. No deber�a reconocerlo, pero estas se�oras repintadas y con cara de mal genio me dan miedo, y me siento tan peque�a, tan distinta� Probablemente porque lo soy, porque, sinceramente, en la vida saldr�a yo a la calle con un traje como el que lleva la se�ora que tengo detr�s, una especie de imitaci�n de Chanel de baratillo con botones dorados con el que esta mujer debe de creer que va muy elegante y que se parece a la Consuelo Berlanga.</p><empty-line/><p>Y anda que la de atr�s� Va con ch�ndal y tacones, y con eso lo digo todo. Ana, ya has cumplido los treinta y dos, ya es hora de que ganes un poco de aplomo, de que le pierdas el miedo a todo, tienes treinta y dos a�os, pero nadie lo dir�a. Cuando me miro en el espejo y me doy cuenta de que todo el mundo me echar�a unos veintitantos, me gustar�a medir unos cent�metros m�s, no s�, quiz� as� la gente me tuviese m�s respeto, y s� que muchas me envidiar�an por aparentar menos edad, pero para m� es una cruz. Cristina y Rosa son las dos bastante altas, y parece que la gente las trate de otra manera, pero yo he salido bajita como mam�, y eso no es ninguna suerte. Quiz� parezco m�s joven por el modo en que visto, porque hoy, por ejemplo, llevo una camisita de cuello redondo con estampado de florecitas rosas y unos vaqueros de Caroche, y tengo que reconocer que el modelito es m�s propio de una ni�a de quince a�os que de una mujer casada y madre de un ni�o. No s�, a veces me gustar�a aparentar m�s edad, pero, sencillamente, no me veo con otro tipo de ropa, es que alguna vez he intentado probarme jers�is negros y pantalones grises, no s�, colores m�s sobrios, ropa m�s seria, pero me deprim�a much�simo, me daba la impresi�n de que iba de luto, supermal, no s� El caso es que ahora estoy en la cola del supermercado, amarrada a un carrito lleno hasta los topes de bolsas y cajas que arrastro como puedo, porque la verdad es que pesa bastante; no s�, quiz� no pese tanto y s�lo me lo parezca, porque yo no soy muy fuerte, no, y comprimida entre esta masa de se�oras gritonas me siento cada vez m�s d�bil. Y no s�.</p><empty-line/><p>La vida en general es como la cola de un supermercado: lenta, inc�moda, y llena de gente insoportable.</p><empty-line/><p>Una se�ora que s�lo lleva un bote de Coral Vajillas intenta colarse delante de las que llevan carritos llenos, aprovech�ndose de mi aspecto de ni�a� lo que yo digo, que nadie me tiene respeto, y esta se�ora ha debido de notar nada m�s verme que yo ser�a incapaz de impedirle colarse o de quejarme. Pero las otras se�oras de la cola, que tienen m�s arrestos que yo, s� se han dado cuenta, y se han puesto enseguida a vociferar: �SER� POSIBLE? �QUE SACOLAO, SE�OOORA!, NO SE HAGA LA SUECA, QUE NOSOTRAS VAMOS PRIMERO, y dirigi�ndose a m�: NI�A, MIRA A VER QUE NO SE TE CUELE OTRA DE �STAS, QUE PARECE QUE EST�S DORMIDA, HIJA, mientras que la que se ha colado hace como que no se entera y mira al tendido con deferente frialdad. El alboroto contin�a hasta que la cajera se decide a serenar los �nimos con un par de gritos bien dados al tiempo que enarbola amenazadora la barra que separa los productos en la cinta de la caja. SE�ORAS, �YA EST� BIEN! �UN POCO DE TRANQUILIDAD!, AMOS, DIGO YO.</p><empty-line/><p>Por fin llega mi turno. La cajera, con el mo�o bastante alborotado ya y un humor de perros, intenta pasar los art�culos por el lector electr�nico de la caja: cerveza para Borja, cocacola light para m�, Casera cola sin cafe�na para el ni�o, detergente saquito Eco (envase m�s ecol�gico, producto m�s natural), bayeta gigante suave Cinderella, Scotch Brite Fibra Verde con esponja (3 x 2 precio especial), fregasuelos Brillax, latas (melocot�n familiar en alm�bar Bamboleo, champi�ones El Cidacos, esp�rragos de Navarra al natural I�aqui, guisantes Gigante Verde, huevas de lumpo Captain Sea, at�n claro Calvo pack de tres latas), congelados (gambas con gabardina, sanjacobos, croquetas de pisto, bombones helados y una paella hibernada), pan de molde integral Panrico, yogures desnatados sin az�car para m� y yogures de fresa para el ni�o, tomate frito Orlando, macarrones Gallo y una docena de huevos. Eso es todo. Creo que no se me olvida nada.</p><empty-line/><p>A medida que los art�culos son contabilizados voy introduci�ndolos en una bolsa de pl�stico. Me esfuerzo en ir todo lo r�pido posible, pero no resulta tan f�cil porque me hago un l�o a la hora de desdoblar las bolsas de pl�stico, que vienen como pegadas las unas a las otras, supermal, no s�, pero se ve que no lo consigo, porque la se�orita, obviamente molesta por la poca celeridad con que ejecuto la tarea, me dirige una torva mirada de reprobaci�n. Yo intento acelerar pero, no s�, como que no me sale. Cuando todos los art�culos est�n dentro de sus respectivas bolsas me dispongo a sacar el monedero para pagar y revuelvo y revuelvo sin �xito en el bolso de Farrutx que Borja me regal� en nuestro aniversario, pero no encuentro el monedero.</p><empty-line/><p>Los segundos transcurren inexorables, y la expresi�n de la cajera va adquiriendo un matiz psicop�tico y las se�oras parecen dispuestas a lincharme, y creo que la tensi�n podr�a cortarse con un cuchillo. Y no me queda m�s remedio que hacer acopio de valor y enfrentarme a la cajera y decirle que no encuentro el monedero. SE�ORA, QUE ES PARA HOY, QUE NO TENEMOS TODO EL D�A, brama una de la cola, que lleva el pelo te�ido de azul y una bata de flores. ESO DIGO YO, QUE ME DEJAO LA OLLA EN EL FUEGO, replica otra, gord�sima, con el pelo te�ido de amarillo y las ra�ces negras. PUES ME VA A EXPLICAR C�MO ARREGLAMOS ESTE ASUNTO, me grita la cajera, y creo que un mat�n a sueldo de los que salen en las pel�culas de la tele no hubiera adoptado un tono m�s amenazador, y yo intento explicarle que lo� lo �nico que, que se me ocurre es� es que dejemos las bolsas aqu� mientras yo subo a casa a por el monedero, y ella dice que le hago la pascua, porque ya ha contabilizado los productos y ahora le toca anularlo todo, y eso es un foll�n, sobre todo con la cola que hay montada, y yo intento explicarle que lo siento much�simo, que debe comprender que no lo he hecho adrede, pero me interrumpo porque advierto que me he ruborizado y que estoy a punto de echarme a llorar, y ella que me dice que me tranquilice, que no es para tanto, y me llama bonita y adopta de pronto un tono conciliador, como la Nieves Herrero.</p><empty-line/><p>Me parece que mis problemas han introducido un elemento de animaci�n en la rutina diaria del s�per. Las de la cola se lanzan a comentar la jugada con la emoci�n de un comentarista experimentado. A la de la bata de flores le oigo decir que seguro que he ten�o un disgusto con mi mar�o, y su amiga le da la raz�n, s� hija, s�, le dice, que nadie se pone as� porque se le pierda el monedero, y la otra le responde que no creas, Chari, que a m� mismamente se me olvid� el monedero el otro d�a y me llev� un disgusto enorme. Se�ora, sepa usted que yo no tengo disgustos con mi marido, que mi marido es un santo y una bell�sima persona, aunque un tanto aburrido, eso s�, aunque tenga menos gracia que un besugo congelado, y no se meta usted donde no le llaman, porque usted no tiene la m�s remota idea de por qu� lloro o dejo de llorar, y, adem�s, no le importa. Pero no me atrevo a dec�rselo, porque adem�s de t�mida soy una persona educada, no como usted, se�ora, que parece usted una verdulera.</p><empty-line/><p>El tiempo se interrumpe en mi cabeza, y por un momento dejo de ser esta ni�a grande que soy y me convierto en SuperAna, y me enfrento con una jaur�a de marujas a latazos, y pongo fuera de combate a la cajera de un certero golpe en el mo�o propinado por una lata de esp�rragos al natural. Pero no soy SuperAna, no soy m�s que la Anita de siempre y estoy cansada, inmensamente cansada y s�lo quiero ir a casa y tumbarme en la cama y olvidarme de latas y de congelados y de productos para la limpieza, y cerrar las persianas y los ojos y sumergirme en la nada, arropada por capas y capas de oscuridad que vayan asfixi�ndome lenta y dulcemente.</p><empty-line/><p>La voz chillona de la cajera me devuelve a la realidad. Abro los ojos y otra vez estoy delante de la caja, petrificada y sin el monedero de Farrutx que me regal� mi marido en nuestro aniversario de bodas.</p><empty-line/><p>��Bueno, bonita, entonces me dir�s qu� hacemos, que no tenemos todo el d�a.</p><empty-line/><p>Siento esa voz chirriante invadir mis fantas�as como si se tratara de un ej�rcito enemigo, con cientos y cientos de pesadas botas pate�ndome el cerebro, y me duelen las sienes. Me duele la cabeza.</p><empty-line/><p>��An�lalo todo. �Me oyes? AN�LALO TODO. Me he sorprendido a m� misma, porque casi nunca grito y no sab�a que mi garganta pudiese alcanzar semejante nivel de decibellos. Mi grito ha helado el ambiente. Durante veinte segundos podr�a escucharse el zumbido de una mosca. Sorpresa, milagro. Las se�oras se han callado todas a la vez, como un solo hombre, o mejor dicho, como una sola maruja, y me miran con los ojos muy abiertos, con una mezcla de asombro y reprobaci�n.</p><empty-line/><p>Pero r�pidamente la cajera recupera el aplomo. Menuda es ella, la cajera, como para que la achante una pocacosa como yo.</p><empty-line/><p>��Bueno, vale, guapa, que no es para ponerse as�. �Menudos humos!</p><empty-line/><p>Cierro con decisi�n el bolso de Farrutx. Se me llenan los ojos de l�grimas. Me muero de verg�enza. No hay peor humillaci�n que llorar en p�blico, y peor a�n, llorar delante de esta panda de arp�as. Ma�ana a estas horas todo el barrio estar� enterado de que ando desequilibrada.</p><empty-line/><p>Sab�a que iba a acabar as�. Necesito volver a casa. Necesito desesperadamente volver a casa.</p><p>Con la poca dignidad que me queda me dirijo hacia la puerta intentando mantener bien alta la cabeza, sin mirar atr�s, con las l�grimas desliz�ndose por las mejillas y llev�ndose el r�mel por delante. Lo que faltaba. Se�or, que no me encuentre con ning�n conocido. Que no me vean la cara llena de churretones.</p><empty-line/><p>��Estas ni�as bien, que se creen que las dem�s estamos aqu� para servirlas -oigo que explica la cajera, indignada, a quien quiera escucharla.</p><empty-line/><p>��Y que lo digas. Desde que el barrio se ha puesto de moda y se han venido a vivir aqu� los yupis estos, hija, lo que tenemos que aguantar -le confirma la de la bata de flores.</p><empty-line/><p>Y la cajera anula mi compra y le hace una se�a a uno de los aprendices para que retire las bolsas y vuelva a colocar los art�culos en su sitio. Y supongo que la cajera tendr� razones para estar con ese humor de perros, porque, al fin y al cabo, se pasa ocho horas diarias de pie, pasando latas y congelados por un lector electr�nico y seguro que le pagan un sueldo de miseria que apenas le da para mantener a los dos ni�os, porque su padre sabe Dios d�nde andar�, como ella repite siempre, y no dudo que le importan un comino las llantinas y los arrebatos de una ni�a mimada, porque eso es lo que piensa que soy yo, una ni�a mimada que lleva un bolso que vale la mitad de su sueldo. Cu�ntas veces he o�do repetir a la cajera, quien se lo ha o�do decir a su madre miles de veces, que los que m�s l�grimas derraman suelen ser los que menos razones tienen para llorar. Y, no s�, quiz� tenga raz�n, quiz� yo no tenga razones para llorar. Tengo un marido maravilloso y un ni�o guap�simo y una casa que podr�a salir fotografiada en el Elle decoraci�n, y sin embargo, no s� que me pasa, s�lo tengo ganas de llorar. Y para colmo me muero de verg�enza. No alcanzo a comprender c�mo he podido perder los nervios delante de todo el mundo en el supermercado. Despu�s de semejante apuro no pienso volver nunca all�. A partir de hoy encargar� la compra por tel�fono. 0 mejor a�n, que haga la compra la chica, que para eso est�, que no s� a cuento de qu� me ha dado a m� por bajar a hacer la compra. Ahora s�lo quiero volver a casa. Volver a casa, volver a casa, tumbarme en la cama, cerrar las persianas y los ojos y sumergirme en la nada, arropada por capas y capas de oscuridad que vayan asfixi�ndome lenta y dulcemente�</p><empty-line/><p>No echamos de menos a las personas que amamos. Lo que echamos de menos es la parte de nosotros que se llevan con ellas.</p><empty-line/><p>He crecido entre discos. Cuando mi padre se march� estuvimos unos a�os viviendo con la t�a Carmen y su hijo Gonzalo. Gonzalo es once a�os mayor que yo. Al principio casi ni me hablaba, pero yo estaba encantada con �l. Era tan guapo� tan, tan guapo. Impresionante, de verdad. Gonzalo era, por guapo, el tipo de hombre que le gustaba a todas las mujeres. No dejaba indiferente a ninguna. S�lo he conocido otro caso parecido, aunque aqu�l no era tan guapo, pero s� m�s simp�tico. Se llamaba Santiago y era el camarero m�s mono del bar donde trabajo, ese espacio tecnificado y cyberchic que constituye el escenario de mis noches. Pero Santiago acab� muy mal, y no me gusta hablar de �l porque me pongo triste.</p><empty-line/><p>Volviendo a cuando Gonzalo viv�a en casa, el caso es que mi primo se convirti� en mi segundo padre, y desde el primer momento qued� claro que yo ser�a su preferida. Gracias a �l aprend� a escuchar m�sica. Hasta que lleg� Gonzalo en mi casa s�lo se escuchaba m�sica cl�sica, que es la que le gusta a mi madre y a mi hermana Rosa. (Mi hermana Ana no tiene o�do musical, un rasgo que, sospecho, hered� de mi padre aunque no estoy muy segura, puesto que a �l apenas le conoc�.) Pero a partir del d�a en que se instal� en mi casa Gonzalo, se mezcl� con el aire, con el perfume de mi madre y con los olores de especias y fritangas que ven�an de la cocina, y con los seriales de Lucecita y Simplemente Mar�a que sub�an por el patio, un fondo permanente de guitarras el�ctricas, y me he tragado a Dylan y a Hendrix y a la Joplin y a Leonard Cohen y a los discos censurados de Llu�s Llach tirada en la alfombra del cuarto de Gonzalo, mientras jugaba con mi Lego y mis mu�ecas. Pasaba el dedo, fascinada, por las portadas psicod�licas de los discos de G�nesis, de Lennon, de los Who y me contaba a m� misma cuentos que transcurr�an en el mundo del Submarino amarillo. Mis historias flu�an entre alucinaciones psicod�licas. Dragones de mil colores, sirenas de metal, espirales de fuego penetradas de azul. Con siete a�itos Gonzalo me llevaba de la mano a cinestudios de tercera fila a ver pel�culas de los Rolling Stones y de los Beatles, sesiones interminables en las que me aburr�a lo indecible. Los dibujos animados de los Beatles a�n ten�an un pasar, pero lo de las pel�culas de los Rolling y las de los Who� aquello era harina de otro costal. Lo �nico que recuerdo de Performance y de Tommy es el aburrimiento pesado que me aplastaba como una losa sobre el sill�n del cine, la agobiante necesidad de encontrar por fin un espacio donde encajar las piernas que me colgaban, el orgullo que se me extend�a por dentro cuando dirig�a la mirada hacia mi primo, que contemplaba ensimismado las escenas para m� incomprensibles que se suced�an en la pantalla.</p><empty-line/><p>En fin, debe de ser por eso, por esa musiquilla de fondo que me ha acompa�ado desde la infancia, por lo que todos mis problemas y todas mis historias y todos mis sentimientos siempre acaban asociados a una canci�n.</p><empty-line/><p>El primer disco que me compr�, por supuesto que me acuerdo, era Oceans of Fantasy, de Boney M. Ten�a yo diez a�os.</p><empty-line/><p>Gonzalo puso el grito en el cielo y me calific� de hortera para arriba. Dos a�os despu�s, coincidiendo con mi conversi�n a la modernidad, empec� a comprarme discos de la Human League y Spandau Ballet, que a Gonzalo tampoco le dec�an demasiado. Me avergonce enormemente de mi primera elecci�n y escond� el disco de Boney M en el fondo de un armarlo. Qu� inseguridad de adolescente� Ahora, despu�s de que los a�os me han ense�ado a hacer valer mi instinto m�s all� de modas pasajeras y de cr�ticos sesudos y de opiniones ajenas, cuando reivindico con orgullo aquella primera elecci�n, no tengo ni idea de d�nde acab� aquel disco de portada delirante, con los Boney M ataviados de Neptuno y sus nercidas. Supongo que Gonzalo acab� vendi�ndolo en el rastro, o lo cambi� por un disco de rock and roll �aut�ntico�, de aqu�llos con mucha guitarra y mucha distorsi�n.</p><empty-line/><p>Pero mi aut�ntico primer flechazo, mi primer grupo idolatrado, fueron los Kinks. Ten�a yo trece a�os y un solo disco (recopilatorio, eso s�) del grupo, que me hab�a regalado Gonzalo cuando se fue a vivir a Donosti con mi t�a Carmen, dej�ndome m�s sola que un beb� en un bosque. Escuch� aquel disco, su regalo de despedida, una y otra vez, y otra vez, y otra vez, hasta que casi me lo sab�a de memoria. Con aquellos acordes en los o�dos y el pecho extenuado de tanto esperar en vano, cerraba los ojos y atravesaba de punta a punta el vasto territorio de la nostalgia. No se puede llorar con los ojos cerrados. Con los ojos cerrados una no puede ver que un cuarto esta vac�o, que han desaparecido los discos y los c�mics. Al tiempo se me abr�an los hilvanes de la mente y las notas se colaban para bailar con mis neuronas. Y aunque no entend�a casi una palabra de las letras, me daba la impresi�n de que Ray Davies sintonizaba perfectamente con mi estado de �nimo y entend�a perfectamente lo que me pasaba por la cabeza, o eso cre�a yo, simplemente a trav�s de lo que me transmit�a la m�sica y el tono de su voz. Llegu� a tal punto de devoci�n que me jur� que si ten�a hijas las llamar�a Lola y Victoria, como dos canciones de los Kinks. Todav�a puedo tocar a la guitarra Lola, Lo-lo-lo-lo-looo-la con cierta gracia.</p><empty-line/><p>Cuando por fin entend� las letras, y cuando tuve dinero para comprarme todos los discos editados, no me desilusion�. No entend�a c�mo a la gente pod�a entrarle semejante perra con los Beatles -que al fin y al cabo son unos sosos cuando van de rom�nticos y unos pelmas cuando van de m�sticos ni con los Rolling Stones -tanto satanismo y tanto sexo salvaje para acabar cas�ndose con una maru de cara de caballo y pinta de reci�n salida de un culebr�n- cuando exist�an los Kinks, que ten�an las mejores melod�as y las letras m�s �cidas e inteligentes. Me encantan sus descripciones ir�nicas y su escepticismo, y me encantan, sobre todo, sus canciones de amor, ebrias de entusiasmo y vida.</p><empty-line/><p>Podr�a cerrar los ojos cuando escribo, y aun as� fluir�an las palabras; no tengo tema, s�lo un ritmo. Y volviendo al principio, cuando explicaba que siempre acabo identificando mi estado de �nimo con una canci�n determinada, resulta que todos estos d�as me he levantado tarareando el mismo tema, que no oigo desde hace por lo menos dos a�os y que no puedo escuchar porque se me ha estropeado el tocadiscos y s�lo puedo poner ced�s, y por tanto me parece que no es casualidad que la repita una y otra vez. Es una canci�n de los Kinks que probablemente conoc�is, de la que s�lo recuerdo la primera estrofa, y que empezaba as�: Thank You for the days / those endless days, those precious days you gave me / I'm thinking of the days won'tforget a single day, believe me�</p><empty-line/><p>Pienso en Iain y en que no olvidar� un solo d�a, cr�eme.</p><empty-line/><p>Gran parte de mi vida, por no decir toda, me la paso encerrada en un despacho, tecleando sin parar. Cada d�a produzco m�s y m�s informaci�n. Ha llegado un punto en que mi memoria est� duplicada, y la memoria exteriorizada en archivos y bases de datos supera a la almacenada en mi cerebro biol�gico.</p><empty-line/><p>Una gran cantidad de informaci�n est� guardada en mi computadora. Para acceder a ella hace falta teclear una clave de acceso que s�lo yo conozco. Otra parte, menos confidencial, se archiva en disquettes, guardados bajo llave. Los disquettes y la memoria RAM contienen cifras y datos precisos, archivados por orden alfab�tico en carpetas y subarchivos f�cilmente localizables. Esta informaci�n procesada en d�gitos binarios conforma mi identidad laboral, la que me identifica frente al mundo.</p><empty-line/><p>Luego est� mi otra memoria. Dentro de mi cabeza navegan recuerdos difusos almacenados sin orden ni categor�as. Recuperarlos no es f�cil. Un d�a cualquiera afloran a la superficie conjurados por un aroma, un sabor, un perfil familiar entrevisto en la calle. Im�genes olvidadas, nombres que ya no recordaba, dolores que cre�a enterrados. A partir de ellos, supongo, se construye mi verdadera identidad, mi vida propia. �Acaso la tengo?</p><empty-line/><p>El otro d�a, por ejemplo, al ir a comprar el peri�dico, me fij� en una ni�a que deb�a de tener doce a�os. Expresi�n ensimismada, ojos dulces, melena descuidada. �A qui�n me record�? A una compa�era de clase con la que apenas hablaba.</p><empty-line/><p>D�as de colegio. Pienso en el colegio y me viene a la cabeza c�mo me creci� el pecho de pronto, casi de la noche a la ma�ana. Reci�n cumplidos los doce a�os, la Valkiria me compro mi primer sujetador. Marca Belcor, modelo Maldenform, talla 80, color rosa salm�n. Me ven�a un poco grande y fue necesario ajustarlo. Fui la primera de mi clase en usar sujetador.</p><empty-line/><p>Rosa Gaena, doce a�os, cociente de inteligencia 155, contorno de pecho 80, 166 cent�metros de estatura. Las cifras de la Mujer Bi�nica.</p><empty-line/><p>Aquel invento de la ortopedia femenina me convirti�, en contra de lo que habr�a podido suponerse, en el hazmerre�r de la clase. No s�lo las otras ni�as no respetaban mi reci�n adquirida condici�n de mujer con pechos y todo, sino que me mart�rizaban estirando del tirante trasero, el�stico, para que se me clavase en la espalda al soltarlo.</p><empty-line/><p>Qu� cruz. Y, tambi�n casi de un d�a para otro, todas las ni�as de la clase se pusieron a hablar de chicos. No hab�a otro tema. Cada una ten�a el chico que le gustaba -un vecino, un primo, el hermano de una amiga o uno con el que coincid�an en el autob�s- y se dedicaban a escribir su nombre en la carpeta de los apuntes, en las cubiertas de los libros, en la cartera y en el pupitre.</p><empty-line/><p>Y yo la m�s alta de todas, la de las mejores notas, la �nica que usaba sujetador, no ten�a a �mi chico�. No ten�a nombre que escribir en las carpetas ni en las cubiertas de los libros. A Gonzalo, el �nico, el importante, el irremplazable, no pod�a citarlo, porque era mi primo hermano, y no pod�a casarme con �l a no ser que el Papa lo autorizara expresamente.</p><empty-line/><p>Eso lo sab�a yo muy bien, por algo sacaba siempre sobresaliente en religi�n.</p><empty-line/><p>Como en todo. Por si fuera poco, Gonzalo no me hac�a ning�n caso, y yo siempre he sido muy orgullosa. Antes morir que reconocer que estaba enamorada de un primo borde que me despreciaba abiertamente.</p><empty-line/><p>Me habr�a gustado contar con un nombre que escribir en los cuadernos, pero no conoc�a a ning�n chico de mi edad -ni siquiera uno un poco mayor, que tambi�n habr�a valido- con el que tuviera la ocasi�n de mantener una conversaci�n de m�s de cinco frases seguidas.</p><empty-line/><p>Hab�a un par de vecinos que podr�an haber servido, pero uno ten�a la cara llena de granos y al otro le sacaba yo por lo menos cinco cent�metros, as� que no me qued� m�s remedio, a mi pesar, que descartarlos como posibles candidatos a convertirse en protagonistas de mis sue�os adolescentes.</p><empty-line/><p>Sin embargo, estaba rodeada de chicas. S�lo en mi clase hab�a treinta y cinco. Y en todo el colegio, casi mil. Aunque las de los otros grupos casi no contaban.</p><empty-line/><p>En la hora de matem�ticas era tradici�n que, de una en una, las ni�as saliesen a la pizarra para resolver, delante de todas las dem�s, los problemas que la profesora hab�a dictado la tarde anterior como �tarea para casa�.</p><empty-line/><p>Por lo tanto, cada d�a le correspond�a a cinco pobres infortunadas pasar por ese calvario y aguantar diez minutos de tortura psicol�gica, vi�ndoselas y dese�ndoselas para averiguar cu�l pod�a ser la ra�z cuadrada de 324.</p><empty-line/><p>Como la profesora era una aut�ntica s�dica, jam�s sacaba a la pizarra a alguien a quien se le dieran bien las matem�ticas. Es decir, una ni�a capaz de salir a la pizarra, resolver el problemilla en escasos tres minutos y acto seguido regresar a su sitio con expresi�n de felicidad.</p><empty-line/><p>Muy al contrario, las v�ctimas elegidas eran ni�as con una media tradicional de insuficiente o aprobado pelado. As� se garantizaba que se equivocasen al menos cinco veces antes de conseguir resolver la ecuaci�n, la ra�z cuadrada o el quebrado correspondiente, para gran diversi�n y regocijo de profesora -principalmente- y alumnas.</p><empty-line/><p>Esto quer�a decir que a m� -sobresaliente de toda la vida nunca se me llamaba a la pizarra, lo que supon�a, por una parte, que pod�a pasar mis tardes entregada a la feliz lectura de Emilio Salgari en lugar de a la resoluci�n de farragosos problemas aritm�ticos, sin la menor ansiedad o cargo de conciencia, y, por otra, el privilegio de poder dedicarme durante las clases de matem�ticas a examinar detenidamente a mis pobres condisc�pulas sin que sobre m� pendiera, cual espada de Damocles, la posibilidad de ser la pr�xima en ser llamada a la pizarra.</p><empty-line/><p>Durante diez minutos las condenadas a pizarra permanec�an en una tarima elevada y deb�an volverse unas cuantas veces, mirando ora a la pizarra, ora a la profesora, ora al respetable p�blico, en busca de ayuda. Yo pod�a, pues, evaluar con tranquilidad factores como la longitud y el color de la melena, la estrechez de los tobillos, la gracia de los movimientos o la calidad de la sonrisa.</p><empty-line/><p>Ya entonces ten�a yo unos gustos muy definidos. No me gustaban las bellezas oficiales de la clase, un c�rculo restringido de cuatro ni�as (Ver�nica a la cabeza, Leticia, Laura y Nines) que, vete a saber por qu�, tambi�n eran las listas oficiales y compart�an una serie de caracter�sticas que las convert�an, a ojos de las dem�s, en privilegiadas: tipo de bailarina, lacia melena trigue�a, ojos claros y estilo impecable.</p><empty-line/><p>Y m�s val�a que no me gustaran, porque a �sas, en cualquier caso, nunca las sacaban a la pizarra.</p><empty-line/><p>Por el contrario, sent�a debilidad por una morenita que aparentaba exactamente sus doce a�os, y ni uno m�s, que no hablaba de chicos, ni de casi nada, que se pasaba las horas del recreo vagando sola por las pistas de tenis y que se ruborizaba instant�neamente cuando la profesora s�dica descubr�a, delante de toda la clase, su innata incapacidad para las matem�ticas.</p><empty-line/><p>Ella no pertenec�a a aquel mundo. Ella resultaba inclasificable dentro de las estrechas categor�as que pod�an definirse en aquel limitado universo de uniformes y encerados. No pertenec�a al grupo de las ratitas grises y poco agraciadas que se esforzaban como pod�an en sacar el curso adelante a pesar de sus escasas luces. Pero tampoco era una de las listas gatitas que se empe�aban en hacer evidente su reci�n adquirida condici�n de lolitas.</p><empty-line/><p>Ella era otra cosa. Yo no ten�a muy claro si era excesivamente inteligente o retrasada mental, pero resultaba evidente que la integraci�n con sus condisc�pulas le inspiraba la indiferencia m�s total. Pod�a pasarse horas enteras sentada en su pupitre, mirando por la ventana, sin prestar atenci�n a nadie.</p><empty-line/><p>Me sent�a fascinada. Me parec�a que aquella ni�a era guapa. M�s a�n, bella. La belleza, lo esencial, es invisible a los ojos, dijo el zorro.</p><empty-line/><p>No lo era, desde luego, seg�n el canon de belleza que imperaba en aquel colegio. No ten�a ojos azules ni boquita de pi��n. Pero era muy distinta de las otras, para bien.</p><empty-line/><p>Y eso se ve�a a la legua. Ver�nica, Leticia, Laura y Nines, con aquello de que eran las guapas indiscutidas, eran tambi�n las �nicas que �sal�an� oficialmente con un chico. Alg�n pelele del colegio de al lado que las esperaba a la salida de clase en la parada del autob�s (nunca a la puerta del colegio, pues las monjas no lo habr�an permitido), y que se ofrec�a a llevarles los libros, igualito igualito que en las pel�culas yanquis de los cincuenta.</p><empty-line/><p>�stas eran las chicas que en clase de dibujo fantaseaban, entre risitas contenidas, sobre c�mo deb�a de ser darle un beso �de verdad� a un chico, o sea, un beso con lengua y todo.</p><empty-line/><p>Pero yo recib� mi primer beso de verdad antes que ellas. �Por qu� yo, a los doce a�os y siete meses, me dej� magrear impunemente los peque�os senos comprimidos dentro de mi sujetador marca Belcor, modelo Maidenform, talla 80, color rosa salm�n, que me ven�a grande y hubo que ajustar, por un adolescente granujiento con pelusilla sobre el labio inferior?</p><empty-line/><p>Porque nadie me hab�a explicado nunca de qu� iba aquello de los besos con lengua y los magreos, a excepci�n de los gorjeos cantarines y poco reveladores de Ver�nica, Leticia, Laura y Nines en las clases de dibujo.</p><empty-line/><p>Porque no hab�a conocido m�s educaci�n sexual que la proveniente de un libro para ni�os titulado De d�nde venimos que la t�a Carmen hab�a tenido a bien regalarme al cumplir los ocho a�os. Un libro en el que espermatozoides animados con cara de pillines corr�an en busca de un �vulo rosa, caracterizado como una matrona rechoncha de cara amable y repintada y expresi�n de expectante felicidad.</p><empty-line/><p>Porque no acababa de entender qu� se propon�a el caracr�ter cuando empez� a meter la mano por debajo del sujetador marca Belcor, modelo Maldenform, talla 80, color rosa salm�n, que me ven�a grande y hubo que ajustar, mientras bail�bamos las lentas.</p><empty-line/><p>Porque hab�a o�do hablar de lo de los besos con lengua, pero jam�s hab�a o�do hablar de los magreos, ni sospechaba remotamente que los pechos femeninos pudieran ser un punto de atracci�n er�tica.</p><empty-line/><p>Porque el comportamiento del caracr�ter me pareci� raro, pero en ning�n momento reprobable, y le dej� hacer suponiendo, con raz�n, que �l sabr�a mejor que yo lo que correspond�a hacer cuando se bailaban lentas.</p><empty-line/><p>Porque en las pel�culas que yo hab�a visto, y que constitu�an mi �nica fuente de informaci�n sexual a excepci�n de los relatos de Ver�nica, Leticia, Laura y Nines (fuentes no autorizadas y poco fiables), el apasionado beso final de los protagonistas desaparec�a en un fundido en negro. As� que yo no ten�a ninguna raz�n para creer que despu�s del beso apasionado el chico no juguetease con los pezones de la chica.</p><empty-line/><p>Porque era el �nico chico de la fiesta m�s alto que yo. Porque cuando aquel caracr�ter empez� a morrearme y a meterme mano mientras bail�bamos las lentas yo no ten�a muy claro si deb�a dejarme hacer o pegarle una bofetada con expresi�n ofendida, como hab�a visto hacer en las pel�culas; y finalmente decid� dejarme.</p><empty-line/><p>Porque no ten�a valor para abofetear a un chico que me sacaba por lo menos diez cent�metros.</p><empty-line/><p>Y tambi�n, sobre todo, porque quer�a ponerme de una vez por todas por encima de Ver�nica, Leticia, Laura y Nines.</p><empty-line/><p>Diez de la noche. Fiesta terminada. Antes de entrar en casa, frente al espejo del ascensor hice desaparecer con un kleenex el brillo de labios y la m�scara de pesta�as. Porque mi madre me habr�a matado si me hubiese visto llegar a casa pintada. Y me enjuagu� los dientes con el elixir Licor del Polo que guardaba en el bolso para que tampoco se notara que hab�a dado cuatro caladas a un cigarrillo Mencey.</p><empty-line/><p>Sin tragarme el humo, claro. Ya dentro de casa, me fui directamente a la cama, sin cenar.</p><empty-line/><p>Sin mis zapatos �de salir� con tac�n de tres cent�metros, y sin mi sujetador marca Belcor, modelo Maidenform, talla 80, color rosa salm�n, que me ven�a grande y hubo que ajustar, volv�a a parecer lo que en realidad era. Una ni�a de doce a�os y siete meses, m�s interesada en las aventuras de Sandok�n o en la melena de una ni�a morenita que en las habilidades linguobucales de un adolescente granujiento.</p><empty-line/><p>Me acord� de los morreos del caracr�ter y no sent� la sensaci�n de gozosa plenitud que seg�n Ver�nica, Leticia, Laura y Nines deb�a acompa�ar al primer beso. En realidad, el recuerdo me resultaba, me resulta todav�a, de lo m�s desagradable, y me entraron ganas de vomitar.</p><empty-line/><p>Y aquella ni�a de doce a�os y siete meses se levant� muy digna de la cama y rebusc� en su primer bolso (donde guardaba los kleenex, las llaves, el brillo de labios, la m�scara de pesta�as, el elixir Licor del Polo y el dinero) hasta que encontr� el billete de metro en el que hab�a apuntado el tel�fono de caracr�ter (�l no pod�a ni deb�a llamarla a casa, porque a mi casa no llamaban chicos) y lo rasg� en montones de pedacitos peque�itos.</p><empty-line/><p>Despu�s regres� a su cama, satisfecha. Y desde entonces, mientras mis compa�eras de clase se dedicaban a pintarse las u�as con brillo, rizarse la melena, pintarse los ojos e intercambiar citas y tel�fonos con los chicos de los Maristas, yo me encerr� en m� misma y en mis n�meros.</p><empty-line/><p>Se acabaron los experimentos con los chicos.</p><empty-line/><p>Al a�o siguiente aquella ni�a morena dej� el colegio. No he vuelto a verla, y s� he vuelto a verla. No he vuelto a ver a aquella Bea en particular, pero alguna vez he visto, o conocido en alguna fiesta, en la calle, en un bar, a una mujer con la misma expresi�n ensimismada, con la misma dulzura en los OJOS, y he sentido esa misma fascinaci�n, esa intuici�n de haber encontrado a mi alma gemela.</p><empty-line/><p>Y entretanto la vida se me va entre n�meros y cuentas, documentos internos y disquettes de ordenador, y resulta dif�cil recordar que mi cerebro no est� hecho de chips, que soy humana.</p><empty-line/><p>Aunque cada d�a se me note menos.</p><empty-line/><p>Ya dec�a Valmont aquello de que el camino m�s directo a la perversi�n pasa por la inocencia absoluta, y que nada resulta m�s f�cil que ense�arle a una novicia pr�cticas sexuales que la prostituta m�s experimentada se negar�a a realizar. Y si nos atenemos a mi caso, entonces el se�or vizconde de Valmont ten�a raz�n, porque, como tantas ni�as educadas en un colegio de monjas yo no conoc�a educaci�n sexual de ning�n tipo, excepto la de la propia experiencia, porque nadie, nadie, hablaba de sexo en mi familia. Anita y mi madre son de las que cambian de canal cuando aparece una escena subidita de tono, y Rosa� Rosa es para darle de comer aparte. Siempre he tenido la impresi�n de que pasa bastante del tema. Por lo menos nunca la he o�do hablar de sexo. Ni tampoco puedo imagin�rmela follando. Seguro que se lo plantea como una ecuaci�n: energ�a m�s resistencia es igual a orgasmo.</p><p>0 que en el momento cumbre se pone a repasar mentalmente los valores de la bolsa, no sea que ma�ana bajen los tipos de inter�s y la cojan desprevenida.</p><empty-line/><p>Obvia decir que en el colegio el tema ni se mencionaba. Nos advert�an, eso s�, de que ten�amos que llegar v�rgenes al matrimonio (las pobres monjas, qu� ingenuas�), y con eso estaba todo dicho. Y siempre se nos describ�a a los hombres como una especie de man�acos sexuales que s�lo deseaban una cosa, y que una vez que la consiguieran nos abandonar�an. Me cost� mucho darme cuenta, a�os m�s tarde, una vez convertida en el pend�n que soy, de que la mayor�a no nos abandonaban, es m�s, no se conformaban con una sola y se mosqueaban bastante si dabas a entender que eso era lo que t� hab�as esperado de ellos.</p><empty-line/><p>Adem�s, durante todo el d�a s�lo ve�amos mujeres. Quisiera resumirlo as�: hab�a dos reacciones extremas. 0 se estaba realmente loca por los hombres, o una acababa relacion�ndose con una mujer. De hecho, el grupo mejor visto era aquel en que todo el mundo sab�a que las parejas de amigas no eran s�lo amigas. Yo sal� de las primeras, creo que no hace falta aclararlo.</p><empty-line/><p>As� que cuando empec� a tener encuentros sexuales, y como no quer�a que nadie me tomara por tonta, daba por sentado que mi pareja sabr�a m�s que yo y me limitaba a hacer sin rechistar lo que me suger�a. Afortunadamente, o no, tampoco me relacionaba precisamente con expertos (entre nosotros, mi primo, el supuesto donju�n, no ten�a ni idea de follar) de modo que debo agradecerle a la divina providencia el hecho de que en mi primera adolescencia no hiciera ninguna barbaridad de la que hoy pudiese arrepentirme. Nada de lo que descubr� me pareci� demasiado sorprendente. Llamadlo instinto, llamadlo tolerancia natural.</p><empty-line/><p>En �sas estaba cuando a los diecisiete a�os llegu� a la facultad. All� conoc� a Gema y a Line, que desde entonces han sido mis inseparables.</p><empty-line/><p>La gente se sorprende mucho cuando se entera de que Gema es lesbiana. Como si fuera marciana. Y luego dicen esa memez de �Huy, pues se la ve muy femenina�� �Qu� esperan? �Que se corte el pelo al uno y se vista de comando? �Que haga culturismo? El propio Iain me preguntaba si no sentia cierto reparo, si no me sent�a amenazada. Pues no. Nunca. Ella nos lo dijo desde el primer momento, y a m� no me pareci� mal, ni a Line tampoco.</p><empty-line/><p>En cualquier caso, en primero de carrera las tres nos encontr�bamos en id�ntica situaci�n, aunque nuestros objetivos fueran diferentes. Nuestra experiencia no resultaba lo suficientemente amplia para satisfacer nuestra curiosidad. Y fue a Line a quien se le ocurri� la feliz idea de alquilar pel�culas porno. As� podr�amos adquirir informaci�n de primera mano sobre todo tipo de t�cnicas y posturas que en aquel momento s�lo pod�amos imaginar.</p><empty-line/><p>Hicimos una excursi�n de media hora en metro hasta Aluche, en busca de un videoclub donde no existieran posibilidades de toparse con ning�n conocido. El dependiente nos dirigi� una miradita lasciva y nos pregunt� si nos gustaba mucho ese tipo de cine. Se ofreci� a quedar con nosotros cualquier d�a para ense�arnos algunas cintas especiales que no estaban a la venta. Salimos de all� por piernas.</p><empty-line/><p>Al final encontramos otro videoclub, �ste en Pueblonuevo, regentado por un viejecito amabil�simo que no s�lo no nos hac�a ninguna pregunta comprometida sino que nos asesoraba sobre las �ltimas novedades. Con el tiempo nos enteramos de que el videoclub era en realidad de su hijo, pero que el chaval pasaba poco por all� porque le tra�a m�s a cuenta dejar al viejo al cargo. As� el abuelete se distra�a y el due�o pod�a irse de ca�as. El vejete nos llamaba juventud y siempre que �bamos se tiraba un rato largo de charla con nosotras. Casi nunca se refer�a a las pel�culas que alquil�bamos, excepto para comunicarnos la opini�n de sus otros clientes. Yo creo que nos cogi� cari�o y todo.</p><empty-line/><p>Como eleg�amos las pel�culas sin ning�n criterio y cog�amos a toda prisa la primera cinta nueva que llegaba al videoclub, por aquello de la verg�enza que se nos hab�a inculcado y el pudor que se nos supon�a, en nuestro universo se mezclaban las starlettes falsamente imp�beres y los barrigones casposos de principios de los ochenta con las guerreras siliconadas y los galanes esteroidados de las postrimer�as de los noventa.</p><empty-line/><p>Lo hemos visto todo. Jovencitas con pinta de estudiantes de colegio mayor cuyo halo de piadosa inocencia no les imped�a realizar los numeritos m�s osados. Gara�ones de aspecto s�rdido con pinta de estibador portuario, felices poseedores de arietes de treinta cent�metros que les catapultaban directamente a la cima del star system postsical�ptico. Decididas colegialas de cuerpo enga�osamente preadolescente y garganta abisal que compensaban sus senos m�s bien escasos con un entusiasmo sin precedentes a la hora de engullir con la mayor voracidad trancas hiper-desarrolladas. N�nfulas que relam�an con deleite y con la expresi�n m�s inocente, como si de helado de vainilla se tratara, los restos de semen que quedaban en las comisuras de sus boquitas de pi��n. Ositos de peluche de discreto tonelaje que exhib�an con orgullo los veinticinco cent�metros de rigor en la profesi�n. Califormanas oxigenadas, tigresas insaciables de curvas esculturales y facciones de leopardo, concienzudas y expertas en la fellatio, r�tmicas y agitadas en la forl�n. Morenazos de pelo en pecho, inagotables e inventivos, aut�nticos latin lovers. Diosas reconstruidas armadas de una delantera megaat�mica, que avasallaban a sus incr�dulos partenaires con sus generosas gl�ndulas siliconadas. Recicladas venus pl�sticas que se despojaban con orgullo de sus sujetadores de encaje rosa y nos permit�an ver c�mo su pecho de guerreras de hierro ascend�a orgulloso hacia el cielo, desafiando las m�s elementales leyes de la gravedad y de la gen�tica. Sementales con una energ�a digna de una locomotora que arrancaban a la garganta de sus compa�eras aut�nticos rugidos de placer. Galanes de coletita engominada que parec�an proxenetas de posibles. Mulatonas de traseros sabrosones que mov�an las caderas con la potencia de un tornado. Chuloputas de vaquero prieto y camiseta ce�ida, sobrealimentados de anabolizantes, cuya coraza de m�sculos cincelados, en contraste con sus exiguas herramientas, suger�a poca mecha para tanta dinamita. Exquisitas orqu�deas asi�ticas, m�s sofisticadas que precisas, delicadas y peligrosas como una flor carn�vora. Camioneros que compensaban su escaso sentido del ritmo y su total inexpresividad con la potencia desaforada de sus fluidos seminales, un aut�ntico diluvio. Y rubios hiperoxidados que se resarc�an de la poca espectacularidad de un riego vital inconsistente y cristalino con una naturalidad portentosa ante la c�mara y un �mpetu y un br�o desmedidos.</p><empty-line/><p>Llegamos a sabernos de memoria la identidad de las principales luminarlas de la constelaci�n genital: Ginger Lynn, John Holmes, Tori Welles, Gabriel Pontello, Ashlyn Gere, Christophe Clark, Savanah, Peter North, Tracy Lords, Ron Jeremy� Nombres y apellidos inveros�miles que hab�an elegido chicos y chicas procedentes de pueblos an�nimos el d�a que llegaron a Los �ngeles y decidieron asumir una nueva identidad: la de superdotados sexuales destinados a habitar nuestros sue�os m�s h�medos.</p><empty-line/><p>Los guiones eran inexistentes y el argumento no era sino una excusa para hilar las seis escenitas clave que toda pel�cula exig�a. En las m�s cutres, las escenas se suced�an sin ilaci�n ninguna. Las chapuzas eran de antolog�a. En muchos casos se ve�a la p�rtiga del sonido. Casi todos los actores se quedaban mirando a la c�mara en pleno polvo, esperando instrucciones, y en la mayor parte de las cintas era f�cil apreciar que la herramienta que ejecutaba la penetraci�n no correspond�a, por color o por tama�o, con la que segundos antes enarbolaba orgullosamente el actor de turno, o que el pene que se hab�a introducido en la vagina embutido en un cond�n sal�a de �sta sin �l. Se ve que con las prisas ni se hab�an tomado el trabajo de buscar un inserto que no cantase� Pero, seamos sinceros, �qu� importancia tienen una iluminaci�n calamitosa o una composici�n de planos simplemente inexistente cuando lo que importa es ver puro y duro metesaca?</p><empty-line/><p>Como resultado de esta atipica educaci�n sexual me qued� la idea de que los t�os siempre se corr�an fuera, excepto cuando quer�an tener hijos, porque eso hab�an hecho mis cinco amantes y eso hac�an los chicos del porno. Y se me fij� una obsesi�n por las pollas grandes, ay, �pobre de m�!, que ya nunca me abandonar�a; y es una desgracia, porque la experiencia y el tiempo me han demostrado que, al contrario de lo que el porno me hab�a hecho creer, las trancas de veinticinco cent�metros no suponen la regla, sino la excepci�n.</p><empty-line/><p>A veces pienso que eso fue lo que hizo que me enamorase de esa manera de Iain: que materializ� todas mis fantas�as de adolescente, las que el cine porno me hab�a hecho albergar. Porque �l ten�a una polla enorme, y duraba tanto como los gara�ones del porno, y hac�a tantos numeritos como ellos.</p><empty-line/><p>La verdad es que nadie se explica por qu� me colgu� de aquella manera. A ninguna de mis amistades le ca�a bien. No era lo que se entiende por un chico encantador, precisamente. Era borde como �l solo. Apenas dirig�a la palabra a mis amigas, y cuando lo hac�a era para soltar alguna inconveniencia. En el bar no le soportaban. Y no era para menos, con sus numeritos de celos.</p><empty-line/><p>S�, es dif�cil de entender. Pero si me paro a pensarlo, no pod�a ser de otra manera. Estaba cantado. Ten�a que acabar loca por un tipo como �l.</p><empty-line/><p>La explicaci�n m�s obvia, la de psicoan�lisis de a duro, es aquella que me daban mis terapeutas, esa historia de que yo ando buscando al padre que me abandon� y por eso me cuelgo con t�os mayores que yo, tranquilos, responsables y de aspecto protector. Pero eso no explica, por ejemplo, por qu� antes de Iain me gustaba tanto Santiago, que era m�s joven que yo y al que se pod�a calificar de todo menos de responsable. Las explicaciones simplistas no sirven para nada.</p><empty-line/><p>Hay que tener en cuenta c�mo me encontraba yo cuando conoc� a Iain. M�s sola que un cacto en medio del desierto y m�s perdida que un bant� en un cuarto de ba�o. De pronto, todo se me hab�a juntado. La muerte de Santiago, la hospitalizaci�n de Line y la ausencia de Gema. Uno la palma de un pico chungo, a la otra la ingresan, por en�sima vez, en un hospital de paredes blancas donde la atiborran a concentrados de prote�nas y donde s�lo me permiten visitarla media hora cada dos d�as. Y Gema, que siempre hab�a sido mi agarradera, mi lastre, la fuerza sensata que me conectaba con el mundo, estaba encerrad�sima con su pu�etera tesis, y casi no pod�a contar con ella. Yo ten�a la impresi�n de que utilizaba lo de la tesis como excusa, porque despu�s de lo de Santiago quer�a apartarse un poco del ambiente, cosa que yo no pod�a reprocharle.</p><empty-line/><p>As� que conoc� a Iain por casualidad en una fiesta, y me colgu�. Me enco�� porque ten�a la polla enorme y porque era un plusmarquista sexual. Y me enamor� porque era completamente distinto de la gente que me rodeaba. No iba por la vida a mil por hora. Le�a a los cl�sicos, escuchaba jazz, ve�a pel�culas en la Filmoteca� No parec�a acarrear ese aura de provisionalidad que caracterizaba a todo lo que me rodeaba. Acab� fascinada por cualquier detalle relacionado con �l, por m�nimo que fuese.</p><empty-line/><p>Me encantaba su escritura, por ejemplo. Esas des que parec�an bes y esas bes barrigonas e inacabadas que nadie sabe lo que parec�an. Era una escritura desali�ada, imprecisa� Me encantaban las notas que iba dejando por toda la casa en peque�os papeles amarillos. Las manos, huesudas, nerviosas. Los dedos largu�simos. Y la voz. La voz era suave y �l arrastraba las palabras lentamente, forzando siempre la �ltima s�laba. Podr�a haberme dormido escuch�ndole. Me gustaba la forma que ten�a de manejar las cosas, los tenedores, los bol�grafos, los l�pices. Los trataba con un cuidado exquisito, como si temiera que fueran a romperse. No como YO, que nunca trato con cuidado nada que caiga en mis manos y que, efectivamente, soy muy dada a romper cosas. Esa tranquilidad, esa cotidiana parsimonia de Iain contrastaba tanto con el ritmo anfetam�nico de mis amistades, y era tan desesperada mi necesidad de estabilidad, que irremediablemente ten�a que sentirme atra�da por su calma.</p><empty-line/><p>Me gustaba su sentido del humor, tan sutil que a veces resultaba imperceptible. Me gustaba el olor dulz�n de su piel, la curva de su nuca, el tacto solid�simo de sus hombros. El gesto de concentraci�n que dibujaban sus labios cuando, inclinado frente a su ordenador, se peleaba con las historias que no consegu�a escribir. Me gustaban todos los peque�os detalles que hab�a aprendido a reconocer como familiares. Pod�a hundirme entre su ropa y marearme con su olor. A veces llamaba a su n�mero s�lo para escuchar su voz grabada en el contestador autom�tico. Habr�a reconocido a ciegas sus pasos entre una multitud. Y todas esas peque�as cosas que le identificaban y que compon�an su carnet de identidad eran para m� tan sagradas e inmutables como las letan�as que hab�a aprendido de peque�a. Me las sab�a de memoria aunque jam�s me parase a pensar en su significado.</p><empty-line/><p>La ignorancia es una traidora que se ha aliado con la imaginaci�n. No s� nada de �l ni de lo que pueda hacer. �Habr� escrito mucho? �Se habr� follado a otras? �Me echar� de menos? Dibujo mentalmente su imagen, uniendo piezas. Primero los ojos de agua, despu�s el ce�o infantil, acto seguido el cuerpo hecho de leche, los pies enormes, las piernas largas, el torso compacto y robusto. No me lo imagino solo. Me lo imagino en fiestas con su sempiterna copa de whisky y una rubia remilgada colgada del brazo.</p><empty-line/><p>Vivimos una luna de miel que dur� cosa as� de un mes. Vacaciones en el Planeta X. Sexo y diversi�n. Ven�a a buscarme al bar cada noche. Me llamaba zorra cuando me follaba. Supongo que no est� bien admitirlo y cargarse de plano todos los postulados feministas. Supongo que no est� bien decir que me gustaba, que no me importaba que me obligara ni que me agarrara por el pelo para obtener lo que quer�a. S� que no est� bien echar eso de menos. Dulces oleadas de leche derramada disparaba su sexo, incrustado en mi vientre, y yo le o�a gemir, desnudo, concentrado, ascendiendo cielos hacia el s�ptimo. Me llamaba zorra y dec�a que yo nunca ten�a suficiente.</p><empty-line/><p>Pero nada bueno dura eternamente. Llega un momento en que el sexo salvaje no lo cubre todo y surge el peligro de conocerse, y el compromiso. Y es el fin. Ah� fue cuando empec� a caer en la cuenta de todos los misterios que rodeaban a Iain. �Por qu� viv�a en Espa�a? Al fin y al cabo, pr�cticamente no ten�a amigos ni razones para venir aqu�, porque no se dedicaba a ense�ar ingl�s ni nada por el estilo. Y �de qu� co�o viv�a?</p><empty-line/><p>Ten�a un apartamento precioso que deb�a de costarle una pasta. Al principio me dijo que ten�a una beca, pero no me lo tragu�. En primer lugar, porque el importe de una beca ni siquiera le habr�a dado para pagar el apartamento, y en segundo porque jam�s le vi estudiar ni investigar. No hizo falta que me explicara que era rico. Estas cosas se notan, por mucho que uno vaya vestido con vaqueros ra�dos y camisetas deste�idas. Se nota en la tranquilidad ante la vida que s�lo ofrece una posici�n acomodada, la seguridad de que ning�n golpe va a ser demasiado doloroso porque tus padres han almohadillado la superficie sobre la que planeas. Me pregunto si Iain habr�a exhibido la misma tranquilidad en los peque�os detalles si hubiera nacido en otra familia.</p><empty-line/><p>Pr�cticamente viv�amos juntos. Poco a poco, sin advertirlo, hab�a trasladado mis pertenencias indispensables a su apartamento y apenas pisaba el m�o, si acaso una vez cada quince d�as para recoger correspondencia, discos y ropa. Yo hab�a cedido, le hab�a concedido ventaja y jug�bamos en su campo. Con la excusa de que su apartamento era m�s bonito y espacioso me hab�a llevado a su territorio.</p><empty-line/><p>Una tarde de domingo estaba hojeando sus libros, buscando algo que leer, cuando un papel amarillento que hab�a estado guardado entre las p�ginas de Othello cay� al suelo. Cuando lo recogi me di cuenta de que se trataba de una carta. Deber�a haberla dejado donde estaba, pero no pude resistir la curiosidad. �l hab�a salido a comprarme los peri�dicos. Ech� un vistazo superficial a la misiva, decidida, en principio, a dejarla donde la hab�a encontrado. La firmaba una tal Shiboin. La carta era muy larga, casi diez p�ginas. La curiosidad me pudo. Comenc� a leerla con manos temblorosas. Tem�a que no me diese tiempo a leerla toda y que al regresar �l me sorprendiera con las manos en la masa.</p><empty-line/><p>La chica ten�a una letra bonita, pulcra y ordenada, que se volv�a cada vez m�s ca�tica a medida que avanzaba la narraci�n. Al final las l�neas, que hab�an comenzado horizontales, se inclinaban hacia el suelo, descendentes y depresivas. Los palos de las tes se disparaban, como si escribiese apresurada, como si su mano intentase desesperadamente adaptarse a la velocidad de su pensamiento. Ella dec�a que nunca le olvidar�a, que lo que hab�an vivido juntos era demasiado fuerte como para borrarlo. Que no soportaba su ausencia. Que necesitaba que la perdonase. �Ya no te acuerdas -le dec�a- de cuando nos juramos que si a uno de nosotros le suced�a algo, el otro se suicidar�a para que estuvi�ramos juntos para siempre. �C�mo has podido olvidar eso?�</p><empty-line/><p>Me qued� de piedra. En primer lugar, porque no pod�a imaginar que �l hubiera vivido una historia tan importante. Nunca me hab�a hablado de eso. Ni siquiera me hab�a mencionado de pasada a una antigua novia. En segundo lugar, �c�mo hab�a podido dejar una carta como aqu�lla entre los libros, tan descuidadamente, cuando sab�a que yo me pasaba el d�a hurgando en sus estanter�as, buscando lectura? Se me pas� por la cabeza que quiz� lo hab�a hecho intencionadamente, para que yo lo descubriera, porque no se atrev�a a hablar de eso.</p><empty-line/><p>Por supuesto, yo no hice ning�n comentario del descubrimiento, porque eso habr�a supuesto admitir que yo le�a correspondencia ajena, y a m� se me hab�a educado para considerar la invasi�n de la intimidad un crimen tan reprobable como el robo.</p><empty-line/><p>La curiosidad se instal� dentro de mi cabeza como un pulg�n en el seno de una rosa, invisible y devoradora al mismo tiempo. Repar� en una carpeta marr�n que reposaba en la estanter�a y a la que yo, hasta entonces, no hab�a concedido mayor importancia. A primera vista se advert�a que conten�a correspondencia. Pod�an entreverse los sobres de correo a�reo, con sus bordes azules, blancos y rojos. Estaba decidida a investigar su contenido a la primera ocasi�n. Pero no resultaba tan f�cil, porque Iain se pasaba el d�a en casa. No ten�a que trabajar y ning�n deber le obligaba a comprometer su tiempo, as� que cuando yo no estaba en el bar �l hac�a lo posible por estar siempre a mi lado.</p><empty-line/><p>La oportunidad se present� dos semanas despu�s, el d�a en que Iain tuvo que ir al aeropuerto a recoger a un conocido de su padre, un hombre de negocios que hac�a escala en Madrid de camino a Sudam�rica. Calcul� que estar�a por lo menos dos horas ausente.</p><empty-line/><p>Una vez que se hubo marchado esper� una media hora, para asegurarme de que no volver�a a buscar cualquier cosa que hubiese olvidado y no me sorprender�a con las manos en la masa, y luego me abalanc� sobre la carpeta. Estaba tan nerviosa que no sab�a por d�nde empezar. Me le� todas las cartas, una por una. La mayor�a estaban fechadas dos a�os atr�s, cuando Iain a�n resid�a en Dubl�n. Me doli� comprobar que le importaban tanto como para haberlas tra�do con su equipaje. Las cartas hablaban mucho de amor y casi no mencionaban el sexo. Si lo hac�an era muy de pasada y eufem�sticamente, refiri�ndose a �aquella noche tan bella que pasamos juntos� y cursiladas por el estilo.</p><empty-line/><p>Recuerdo un p�rrafo casi de memoria. Creo incluso que, si me oncentro, puedo verlo escrito en aquellos caracteres redondos: �M�s que nada siento haberte mentido, m�s que cualquier otra cosa que haya hecho. Pero har�a cualquier cosa, cualquier cosa, por que me perdonases�� Por las cartas me enter� de que Shiboin estudiaba enfermer�a en Dubl�n. Sus padres viv�an en Cork. Escrib�a a Iain desde montones de para�sos vacacionales: hab�a cartas enviadas desde Grecia, escritas en la cubierta del yate de su padre y franqueadas en el transcurso de una escala t�cnica en</p><p>Corf�; cartas escritas desde un refugio alpino en Gstaad, que hablaban de slaloms y ventiscas y de los progresos de Shiboin en las pistas m�s dif�ciles; cartas enviadas desde su casa de Cork, donde pasaba la Navidad junto a su familia, y donde montaba todas las ma�anas en su caballo� Evidentemente, era muy rica. O mejor dicho, su padre lo era.</p><empty-line/><p>En �ltimo lugar hab�a un sobre repleto de fotos de todo tipo. Fotos de Shiboin e La�n juntos en una fiesta, abrazados, con sonrisa de circunstancias, gorritos de papel en la cabeza y los ojos enrojecidos por el flash. Shiboin en el campo irland�s, el pelo rubio cayendo indolente sobre la cara, abrazada sonriente a su caballo. Shiboin en traje de noche, posando junto a un hombre mayor de perfil aristocr�tico y expresi�n orgullosa, vestido de esmoquin, que supuse deb�a de ser su padre. Shiboin en la playa luciendo un traje de ba�o de una pieza lo suficientemente sobrio como para no ser comprometedor y lo suficientemente revelador como para dejar adivinar un cuerpo espl�ndido, moldeado a fuerza de a�os de ejercicio y buena alimentaci�n.</p><empty-line/><p>No encontr�, sin embargo, las t�picas fotos comprometedoras que suelen hacerse los amantes, esas fotos que tantos quebraderos de cabeza causan cuando llega la ruptura. Ninguna foto de Shiboin desnuda. Ni siquiera una foto de Shiboin reci�n levantada de la cama. Me extra�� un poco, y me alivi� a la vez.</p><empty-line/><p>Era guapa. Y elegante, adem�s. Aunque es f�cil ser elegante cuando una puede permitirse el lujo de gastarse una fortuna en vestuario. Era exactamente el tipo de chica que yo hab�a odiado en el colegio. Aquellas princesitas de buena familia cat�lica que te miraban por encima del hombro porque tus zapatos no eran Castellanos ni tus polos Lacoste. Y lo peor de todo era que Shiboin escrib�a bien. No parec�a nada tonta.</p><empty-line/><p>Me pregunto si las cosas me habr�an resultado m�s f�ciles si ella se hubiera parecido m�s a m�, si no hubiera sido mi perfecta ant�tesis. La rubia espiritual versus la morena carnal. Un mill�n de preguntas bull�an en mi cabeza, como un enjambre de abejas asesinas. �Segu�a Iain enamorado de ella? �Por qu� conservaba sus cartas? �Por qu� las dejaba tan a la vista? �Por qu� dej� una de las cartas dentro de un libro, como si de una puesta en escena se tratara? �C�mo pod�a sentirse atra�do por dos mujeres tan distintas entre s�?-� Se habr�a decantado por el tipo opuesto a su anterior novia precisamente porque ella le hab�a hecho sufrir demasiado? En la cama, �har�a con ella lo que hac�a conmigo? Y si lo hab�a hecho, �por qu� ella nunca lo mencionaba, por qu� pasaba por alto una cosa tan importante? Quiz� hubieran mantenido un tipo de relaci�n que yo ni siquiera pod�a imaginar, una historia que no necesitaba sexo para cimentarse. Quiz� �l hubiera cambiado la virgen por la puta, porque �sta resultaba menos peligrosa.</p><empty-line/><p>Una segunda lectura de las cartas, especialmente de las �ltimas, me permiti� adivinar, a trav�s de las veladas referencias de Shiboin, algo que antes se me hab�a pasado por alto, ocupada como estaba en averiguar c�mo era Shiboin, por encima de la historia que hab�a vivido. Aunque ella nunca lo dec�a expl�citamente, resultaba evidente que cuando hablaba de sus mentiras y de aquello que �l no pod�a perdonarle estaba refiri�ndose a un desliz con otro hombre. Aquello me doli� much�simo, porque implicaba que si �l la hab�a abandonado no era porque hubiese dejado de quererla, sino precisamente porque la quer�a demasiado, y autom�ticamente yo pasaba a convertirme en el segundo plato, en el suced�neo, en la merluza congelada que se compra cuando no hay medios para comprarla fresca. �Qui�n pod�a garantizarme, a partir de entonces, que �l me quer�a tanto como aseguraba? �Qu� validez ten�an sus palabras y sus promesas? Por primera vez conoc� de cerca el fantasma de los celos, la amargura de la incertidumbre, una sensaci�n mezcla de abandono y baj�n dr�stico de autoestima, una comez�n que nunca antes hab�a experimentado y que no le deseo ni a mi peor enemigo. Y para mayor castigo, se a�ad�a la verg�enza de sentirme inmadura, de saber que era presa de un sentimiento que todos mis terapeutas despreciaban un�nimemente y que atribu�an a una inseguridad neur�tica. Yo siempre hab�a llevado muy a gala el hecho de que era una chica moderna, independiente, una de esas chicas en cuyo vocabulario no entra la palabra posesi�n. Autodestructiva, politoxic�mana, man�aco depresiva, quiz�. Celosa, no.</p><empty-line/><p>Olv�date del sida y de las drogas, de las bombas nucleares, de los experimentos gen�ticos, de la manipulaci�n de la informaci�n por parte del poder. La verdadera amenaza, la m�s presente, son los celos y el deseo, el �xtasis, el arrebato, el momento en que te tocar� derribar las estructuras sobre las cuales asentaste tu equilibrio mental. La pasi�n es la amenaza m�s presente, no importa lo racional que creas que eres. Nadie est� a salvo.</p><empty-line/><p>Y comprend� a qu� ven�an los numeritos de Iain, las miradas torvas que me dirig�a cada vez que uno de los camareros me cog�a de la mano o que uno de los clientes fijaba su mirada en mi escote, las broncas que montaba cuando me paraba a saludar a alg�n amigo en la calle y le sonre�a m�s de lo que �l consideraba necesario. No quer�a que se repitiese lo de Shiboin. Le hab�a dolido mucho. Y a m� me dol�a a�n m�s que a �l le hubiese dolido tanto.</p><empty-line/><p>Acabamos precisamente por eso. Por sus numeritos de celos. El d�a en que decid� que ya me hab�a hartado de soportarlos. El d�a en que le dej�. 0 quiz� me dej� �l�</p><empty-line/><p>Puede que fuera mejor as� Quiz� m�s vale acabar de forma abrupta, cortar mientras la llama a�n est� encendida, que llegar a ese punto en que la ternura se convierte en amabilidad, la necesidad en simple obligaci�n. Mejor echar algo de menos que acabar ech�ndolo de m�s. Prefiero la nostalgia a la rutina.</p><empty-line/><p>Me levanto todas las ma�anas, sola, aprieto la tecla de play del loro que est� al lado de la cama y escucho siempre la misma canci�n. Un adolescente desganado de acento mancuniano desgrana con voz perezosa el mismo estribillo una y otra vez: She cant get enough, can't get enough, can't get enough� love, por encima de una secci�n de vientos que ataca lent�fisima el mismo riff hipn�tico, y as� los dem�s entendemos que cuando Sean dice amor en realidad quiere decir sexo. Exactamente igual que el com�n de los mortales. Tarareando ese estribillo y movi�ndome al comp�s me dirijo hacia el cuarto de ba�o, me ducho y me lavo los dientes. La cara que miro en el espejo es la de una chica que tampoco consigue bastante amor ni bastante sexo. De hecho, nada en absoluto.</p><empty-line/><p>Despu�s, me voy a trabajar. Copas y discusiones con el encargado. Subir y bajar cajas de cerveza. Esquivar a los pesados que quieren averiguar a qu� hora sales. Las interminables horas que paso en el bar no cuentan. Estoy muerta. No soy yo. Soy un doble cibern�tico, una r�plica cat�dica, un zombi andante, cualquier cosa. Hablo como yo, Visto como yo, miro como yo, pero no soy yo.</p><empty-line/><p>Y cuando vuelvo a mi casa a las seis de la ma�ana llego tarareando el mismo estribillo que llevo grabado a fuego en la cabeza. Me digo a m� misma que esta vez voy a controlarme y no pondr� la misma canci�n, pero no puedo evitarlo. Llego y vuelvo a pulsar la tecla de play y vuelve a sonar el mismo compact que sonaba esta ma�ana, y ayer por la noche, y el d�a anterior. She can't get enough, can't get enough, can't get enough� love. S�, se�or, �sa soy yo.</p><empty-line/><p>Capto, por supuesto, el doble significado de la frase, no s�lo sobre el amor y el sexo, sino sobre la supuesta insaciabilidad de la hero�na de la canci�n y no concibo por qu� me he obsesionado tanto, pero no puedo evitarlo. Todos los movimientos mec�nicos que vienen despu�s -preparar la cena, recoger la ropa, poner la lavadora, desmaquillarme- est�n dominados por el mismo estribillo, una y otra vez. Leo, como siempre, antes de acostarme, y entre cada l�nea se me va colando la dichosa frasecita: she can't get enough love.</p><empty-line/><p>Cierro los ojos e intento reconstruir en mi memoria el tacto de su cuello firme y s�lido y de sus hombros perfectos, el olor de sus camisas y el timbre de su voz. Mientras sea capaz de recordar cada uno de esos detalles, s� que no habr� perdido a Iain del todo.</p><empty-line/><p>El recuerdo de esas peque�as cosas no me entristece. Todo lo contrario, me tranquiliza. Exactamente igual que repetir una letan�a. Recordarte a ti misma que tienes algo que adorar.</p><empty-line/><p>Por supuesto que salgo, de cuando en cuando, y bailo y flirteo y me drogo y me emborracho y reparto por aqu� y por all� ramalazos de belleza, de la belleza que a�n me queda. Pero de momento, nadie ha pisado mi casa. Tengo la impresi�n de que nadie podr�a compartir la banda sonora, de que nadie podr�a entender como yo entiendo el significado de esa frase. A veces me quedo leyendo hasta la madrugada y el compact sigue adelante, hasta el final, y todos esos saxos l�nguidos se empe�an en recordarme que no tengo suficiente amor.</p><empty-line/><p>Uno de estos s�bados, por la noche, marcar� el n�mero de Iain. Andar� por ah� con su sempiterno vaso de whisky en la mano y una rubia remilgada colgada del brazo. Saldr� el contestador y dejar� grabada la pu�etera musiquita. Cuando escuche que ella nunca tiene suficiente� amor, sabr� perfectamente que se trata de m�. �l sabe que yo nunca tengo suficiente.</p><empty-line/><p>Tedio y tiempo empiezan por la misma letra, y las horas y los d�as pasan sin hacer nada, como una sucesi�n inacabable de hojas en el calendario. Es muy aburrido vivir cuando no tienes nada que hacer y nadie en quien apoyarte. Mi marido y mi hijo, ya lo s�, pero ya no me basta. Aqu� encerrada en casa todo el d�a� No s�, me encantar�a tener amigas. Aparte de la cuadrilla de San Sebasti�n, que al fin y al cabo no eran otra cosa que amistades de conveniencia, de qu� me servir�a a m� negarlo ahora, lo cierto es que no tengo ninguna amiga de verdad, excepto mam�, creo, no s�.</p><empty-line/><p>Me gustar�a llevarme mejor con mis hermanas, pero no es tan f�cil. �De qu� podr�a hablar con ellas? Rosa todo el d�a con su carrera y su trabajo, y Cristina tan moderna ella� No es que yo no lo intente, yo intento ser amable y esas cosas, pero no, no es tan f�cil. La sangre no une tanto como debiera, y cuando las personas no son afines, no lo son, y eso no hay forma de arreglarlo.</p><empty-line/><p>A veces, sin embargo, me apetece llamar a Cristina, porque creo que ella podr�a entenderme y podr�a explicarme por qu� �ltimamente no consigo parar de llorar. Al fin y al cabo, se supone que es ella la que ten�a problemas mentales, �no?</p><empty-line/><p>No s�, lo de los problemas mentales de Cristina es una historia que no conozco de primera mano, porque ocurri� despu�s de que yo me casara, y todo lo que yo sab�a era a trav�s de mi madre, que me llamaba desesperada y harta para desahogarse: �No puedo con esta ni�a, es que no puedo, te lo advierto, Ana, cualquier d�a voy a hacer una barbaridad.� Y confiaba en m� para que le ayudase, por aquello de que yo era una mujer casada y sensata, y yo pensaba para mis adentros que qu� pod�a hacer yo, si ten�a muy claro que a Cristina no la paraba nadie, y mucho menos yo, porque yo ser� muy buena chica y muy sensata y muy todo, o eso piensa mam�, pero no dispongo de la mitad de las energ�as de mi hermana peque�a.</p><empty-line/><p>Cuando Cristina nos peg� el primer susto ella ten�a diecis�is a�os y yo acababa de casarme, como quien dice. A ella le cost� una semana en la UVI y a todas nosotras un mont�n de l�grimas y de dolores de cabeza. Ninguna tiene muy claro por qu� lo hizo. Y la historia que yo s� no la conozco de primera mano y s�lo s� lo que mam� y Rosa me contaron. Que Cristina lleg� borracha a las tantas de la ma�ana y que se encontr� a mam� despierta, esper�ndola. Que tuvieron una de sus broncas de costumbre, porque, seg�n mam�, cualquier persona que viviera bajo su techo (y remarcaba aquel posesivo) deb�a ajustarse a un horario decente, y por decente se entend�a que a los diecis�is a�os una deb�a estar en casa a las diez de la noche, como hab�amos estado las dem�s. Que Cristina se meti� en su habitaci�n pegando un portazo y que a la ma�ana siguiente, cuando Rosa fue a despertarla, se dio cuenta de que Cristina no se mov�a, no reaccionaba, de que jadeaba de forma extra�a, y de que un reguero de saliva solidificada le bajaba desde la comisura de la boca hasta la curva de la mand�bula. Fue en ese momento cuando repar� en que al lado de la cama hab�a una caja de neorides y una botella de pachar�n, vac�as las dos. Y ya puede agradecerle Cristina a Dios que mi hermana Rosa sea tan lista y se diese cuenta inmediatamente de lo que hab�a hecho, porque si llego a ser yo la que se la encuentra seguro que, primero, no me habr�a enterado de lo que pasaba, y, segundo, que aunque me hubiera enterado no habr�a sabido qu� hacer. Y Rosa llam� de inmediato una ambulancia, y para el hospital se fue Cristina, que tuvimos mucha suerte, dec�an los m�dicos, que la ni�a era muy fuerte y no s�lo hab�a sobrevivido sino que, adem�s, la burrada que hizo no tuvo consecuencias m�s graves, porque pod�a haberle afectado la cabeza y nos habr�amos quedado con una hermana medio sorda o medio ciega o yo qu� s�</p><empty-line/><p>Recuerdo una vez, y de esto no hace tanto, en una comida familiar, mam� estaba quej�ndose de la vida que lleva Cristina, trabajando en un bar y eso, cuando tiene una carrera terminada, y con muy buenas notas, adem�s, y Cristina dijo, lo recuerdo perfectamente, que daba igual lo que ella hiciera con su vida, porque al fin y al cabo estaba viviendo de prestado. Y supongo yo que se refer�a a que, como hab�a sobrevivido por casualidad, la vida que tiene se la ha regalado Dios o el azar o la suerte, pero que en cualquier caso no la considera como suya, porque la suya, la que le tocaba de verdad, se qued� all�, en la UVI, y desapareci� durante los tres d�as que estuvo inconsciente, supongo.</p><empty-line/><p>Pero aqu�l s�lo fue el primer susto, a pesar de que mam� envi� a la ni�a a uno de los mejores psic�logos de Madrid, que nos lo hab�a recomendado mi suegro y que le sal�a a mam� por un ojo de la cara, pero que no nos sirvi� de nada porque despu�s vino el resto de los numeritos, una sucesi�n de animaladas con las que Cristina nos sorprend�a peri�dicamente, tan brillantes y tan previsibles como la luna llena, aunque nunca sab�amos, eso s�, cu�l ser�a exactamente la pr�xima sorpresita que nos deparar�a la ni�a. En una ocasi�n desapareci� durante cinco d�as y cuando por fin nos dijeron d�nde estaba tuvimos que ir a recogerla a un centro de acogida de la Comunidad de Madrid, totalmente demacrada y cubierta de moratones, incapaz de recordar d�nde hab�a estado. Otra vez Rosa se la encontr� inconsciente, tirada en el garaje de casa. Al principio Rosa pens� que estaba muerta, porque lleg� a pellizcarla y todo y Cristina no se mov�a. Y vuelta a llamar a la ambulancia, y vuelta a llevar a Cristina al hospital, y result� que lo que le pasaba a la ni�a es que se hab�a metido hero�na, s�, hero�na, que mam� no pod�a ni cre�rselo ni yo tampoco, porque hasta entonces yo siempre hab�a asociado lo de la hero�na con esos chicos fam�licos y desgre�ados y sucios que intentan venderte kleenex en los sem�foros, y no con una ni�a de diecis�is a�os, sana y guapa, y de buena familia, adem�s, que por entonces a�n iba al instituto. Y cada dos por tres Cristina ten�a una bronca nueva con mam� y pegaba unos berridos que se enteraban todos los vecinos y dec�a que no entend�a por qu� hab�a venido a este mundo, y mam� me llamaba desesperada diciendo aquello de que aquella ni�a era la piel del demonio, y que seguro que hab�a salido a su padre porque todas las dem�s mujeres de la familia siempre hab�amos sido muy tranquilas y muy controladas.</p><empty-line/><p>As�, seg�n lo cuento, da la impresi�n de que Cristina estaba completamente loca y de que, adem�s, era insoportable, pero para nada. Cuando Cristina estaba de buenas no hab�a ni�a m�s encantadora en el mundo, y como encima era mon�sima, que todav�a lo es, se tra�a a todo el mundo de calle. Ten�a tantos novios, o amigos, o lo que fuera, que nos resultaba imposible llevar la cuenta, y cuando ya le hab�amos cogido cari�o a uno entonces ten�amos que olvidarnos de �l y hacernos al siguiente, y la pobre Rosa se hac�a un l�o con los nombres de los unos y los otros. Todos se parec�an, todos m�s o menos guapos, con moto, y siempre con las mismas pintas, cazadora de cuero y pelo cort�simo, muy modernitos ellos, y siempre babeando por detr�s de los pasos de mi hermana. A mam� casi le daba un telele cada vez que ve�a a uno de esos pintas esperando en el portal de casa, porque ya sab�a que por fuerza ten�a que tratarse de una de las �ltimas adquisiciones de Cristinita, adquisiciones que a ella no le hac�an ninguna gracia, por supuesto. De la misma forma que no le hac�a gracia la man�a de Cristina de escuchar sus discos a todo volumen, aquellos discos que parec�an pasos de Semana Santa, con unos cantantes que ni cantaban ni nada, en cuyas portadas andaban todos vestidos de negro y cubiertos de crucifijos, o su man�a de pasarse d�as enteros sin comer, o de empe�arse en llevar medias con agujeros. Por no hablar de aquella vez que apareci� con el pelo rapado al uno, que parec�a reci�n salida de un campo de concentraci�n, y que los vecinos todav�a deben de recordarlo, porque los gritos que peg� mi madre cuando la vio entrar en casa debieron de o�rse hasta en Sebastopol, seg�n me cont� Rosa.</p><empty-line/><p>Y tambi�n ten�a millones de amigas, compa�eras de clase tan chaladas como ella que se empe�aban en llevar las u�as pintadas de verde y el pelo cortado en forma de palmera, y vestidas todas de negro, como una cofrad�a de pla�ideras, y que se colaban en la habitaci�n de Cristina silenciosas y r�pidas como un ej�rcito de cucarachas, porque mam�, por supuesto, no pod�a ni verlas. Y entre los novios que la persegu�an y las amigas que la llamaban para contarle sus penas la cuesti�n es que los fines de semana el tel�fono de casa de mam� estaba bloqueado a todas horas, y a mam�, claro, se la llevaban los demonios.</p><empty-line/><p>Un d�a mam� me llam� hist�rica y me pidi� que por favor fuese a casa corriendo porque a Cristina le hab�a dado uno de sus arrebatos despu�s de haber tenido una bronca monumental con ella y se hab�a encerrado en el cuarto de ba�o con un cuchillo y no atend�a a razones, y conociendo a Cristina cualquiera sab�a por d�nde pod�a salir la ni�a.</p><empty-line/><p>As� que agarr� el bolso y me plant� en casa en un santiam�n, m�s que nada porque mam� me lo hab�a pedido, porque a saber qu� iba a poder hacer yo con Cristina, yo, que no levanto dos palmos del suelo y que nunca he entendido a mi hermana peque�a. Pero ya he dicho que a m� mam� me ten�a por la sensata y la madura, y debi� de pensar que quiz� conmigo la ni�a se avendr�a a razones, porque con mam� ya ni se hablaba, y a Rosa parec�a que la ni�a le daba igual, Rosa siempre encerrada en su cuarto, echando codos, sin importarle otra cosa que sus libros.</p><empty-line/><p>Cuando llegu� a casa mam� y Rosa estaban esper�ndome con cara de preocupaci�n. Mam� fumaba sin parar un cigarrillo tras otro, y Rosa, siempre tan pragm�tica, insist�a en que nos lo tom�semos con calma, que no lleg�bamos a ninguna parte poni�ndonos al mismo nivel de Cristina.</p><empty-line/><p>Cristina llevaba varias horas encerrada en el cuarto de ba�o y se negaba a abrir la puerta. Rosa se empe�aba en que lo mejor era tirar la puerta abajo no fuera que la ni�a se hubiese metido otro bote de pastillas, porque todos sab�amos que a la m�nima que mam� se descuidaba Cristinita se las arreglaba para hacerse con pastillas de la farmacia. Pero mam�, siempre tan preocupada por el qu� dir�n, insist�a en que mejor no hacerlo, porque con el esc�ndalo que �bamos a montar tirando la puerta abajo se enterar�an todos los vecinos. A m�, sinceramente, me parec�a un poco absurda aquella obsesi�n de mam� con los vecinos, �como si a estas alturas todos nuestros vecinos no estuviesen al corriente de los numeritos que montaba Cristina!</p><empty-line/><p>Yo me acerqu� a la puerta del cuarto de ba�o y sin mucho convencimiento susurr� aquello de Cristina, soy yo, Ana, �te encuentras bien? Al principio no hubo respuesta, pero al cabo de un rato la puerta se abri� un poco, s�lo un poco, y entrev� la cabecita desgre�ada de mi hermana que, cuando comprob� que ni mam� ni Rosa estaban a la vista, abri� la puerta un poco m�s y me dej� pasar. Yo entr� en el cuarto de ba�o y Cristina volvi� a echar el cerrojo tras de m�.</p><empty-line/><p>Hab�a una enorme mancha roja sobre los azulejos blancos. Brillaba much�simo y parec�a palpitar, como si estuviera viva, y es que estaba en perpetuo movimiento, porque era una mancha de sangre a�n fresca, roja, brillante, l�quida, sin solidificar. Hab�a sangre por todas partes. Los azulejos blancos aparec�an salpicados de motitas carmes�, y el papel higi�nico te�ido de escarlata. Cuando me fij� bien repar� en que Cristina, que iba en camis�n, estaba cubierta de sangre de cintura para abajo, y lo primero que pens� es que ten�a el per�odo, porque supongo que �sa es una de las cosas que nos diferencian a hombres y mujeres: que los hombres ven sangre y piensan en violencia y nosotras vemos sangre y pensamos en �vulos desperdiciados o en ni�os no nacidos. Pero no se trataba ni de lo uno ni de lo otro, sino que la chalada de mi hermana peque�a hab�a estado todo aquel tiempo haci�ndose cortes en las piernas con una cuchilla de afeitar. No ca� en la cuenta hasta que vi la cuchilla en la mano y me fij� bien en sus muslos, llenos de ara�azos, por los que la sangre flu�a como si fuese salsa de tomate rezumando de una jarra rota. Dios bendito, Dios bendito, pero �por qu� has hecho esta barbaridad?, le pregunt�. No me cab�a en la cabeza c�mo hab�a sido capaz de hacerse aquello y lo curioso es que lo primero que pens� cuando lo vi no fue que mi hermana estuviera loca ni nada por el estilo, sino que hac�a falta mucho valor para ser capaz de ignorar de semejante manera el propio dolor. Entonces mi hermana se sent� en el borde de la ba�era y se sec� las l�grimas de la cara, con lo que s�lo consigui� embadurn�rsela de rojo, porque ten�a las manos ensangrentadas. Me recordaba el cuento de Blancanleves, cuando la reina est� bordando en la ventana y una gota de sangre cae sobre el alf�izar de �bano, y la reina pide un deseo: tener una ni�a con las mejillas rojas como la sangre, la piel blanca como la nieve y los cabellos negros como el �bano. Mi hermana podr�a haber sido una Blancanieves p�lida, con los ojos brillantes como copas de cristal de Bohemia reci�n lavadas y el pelo corto y negro cay�ndole sobre la cara, con una belleza tr�gica y convulsa, como una hero�na de novela de B�rbara Cartland (s�lo que con el pelo corto, claro). Cristina empez� entonces a susurrar, como si recitase una letan�a, y exactamente igual que si estuviera rezando el rosario. Intent� explicarme que se hac�a da�o porque no pod�a aguantarse a s� misma y que se odiaba, y no hac�a m�s que quejarse de mi madre. Seg�n Cristina, mi madre no la soportaba y no la dejaba vivir en paz, nunca le dirig�a una palabra agradable y era incapaz de encontrar algo bueno en nada de lo que ella dijese o hiciese. Y yo, all�, sentada en el borde de la ba�era, presa de un temor respetuoso que no hab�a sentido desde aquellas ma�anas fr�as en que las monjas nos hac�an rezar maitines en la helada capilla del colegio, con el aire todav�a dormido y la luz del d�a por aparecer. Yo musitaba incoherentes tonter�as de conveniencia e intentaba convencerla de que mi madre era una buena persona y que no la odiaba, pero la verdad es que siempre se hab�an llevado a matar la una y la otra, y me daba la impresi�n de que tampoco ten�a yo muchos argumentos para animar a Cristina. Y entonces ella empez� a sollozar y a repetir que nadie la quer�a, que pap� se hab�a marchado y que Gonzalo se hab�a marchado y que nadie la quer�a. Y resultaba dif�cil entenderla, porque hablaba tan bajito y se interrump�a constantemente con los hipidos y los sollozos, y al final no hac�a m�s que repetir de forma incoherente el nombre de Gonzalo y no entend�a yo a qu� ven�a semejante perra con Gonzalo, aunque quiz� simplemente no quisiera entenderlo.</p><empty-line/><p>Al rato, cuando Cristinita se calm� y dej� de hipar, avis� a mam� y a Rosa, que cuando entraron en el cuarto de ba�o y se lo encontraron convertido en los calabozos del castillo de Dr�cula no dieron cr�dito a lo que ve�an. Rosa enseguida se hizo cargo de la situaci�n, como un sargento en un cuartel; meti� a Cristina en el coche y se la llev� al hospital, y mam� apareci� a los cinco minutos en el ba�o, cubo y fregona en mano, empe�ada en borrar aquel episodio de nuestra memoria a fuerza de Vim Clorex y Cristasol.</p><empty-line/><p>Despu�s de aquello mam� decidi� enviar a Cristina a una psic�loga, una m�s joven y m�s moderna que el anterior, y a la que Cristinita mand� a fre�r esp�rragos a los dos meses. Y as� comenz� una sucesi�n de psiquiatras, psic�logos y terapeutas que iban provey�ndonos de una lista de diagn�sticos que ni mam� ni yo entend�amos mucho. Mam� no acababa de confiar en aquellos se�ores ni en sus teor�as, pero habr�a dado cualquier cosa, habr�a pagado lo que fuera con tal de que uno de esos se�ores le cambiara a la ni�a y nos la devolviera tranquilita y calmada, convertida en una versi�n depurada de Cristina, tan mona y tan encantadora como pod�a llegar a ser, pero sin los arrebatos de mal genio ni las excentricidades.</p><empty-line/><p>Mi hermanita fue creciendo y los numeritos continuaron, pero mi hermanita no estaba loca. No, no lo estaba. 0 no del todo. Hab�a dos Cristinas. Estaba la que gritaba y nos amenazaba con cuchillos y aparec�a en casa a las siete de la ma�ana hecha una facha y se peleaba con mam� d�a s� y d�a tambi�n, y estaba la Cristinita encantadora cuyos pretendientes bloqueaban la l�nea telef�nica. Algo ten�a que tener, supongo, para encandilar de esa manera a los chicos e incluso a mi propio marido, que no paraba de referirse a ella, cuando mi madre llamaba preocupad�sima, como a �tu pobre hermanita, con lo mona y lo maja que es la pobre�, como si mi pobre hermanita fuese una hermanita de la caridad, olvidando que a mi madre le hab�an enviado una carta del colegio haci�ndole saber que mi pobre hermanita vend�a anfetaminas entre sus condisc�pulas, anfetaminas que robaba de la trastienda de la farmacia y que ayudaban a sus compa�eras de clase a mantenerse desveladas las v�speras de los ex�menes, y encima las vend�a a precio de oro, porque una caja de Dicel val�a por entonces doscientas pesetas, y �se era precisamente el precio a que mi hermanita vend�a una sola pastilla, una sola, de una caja de veinte, porque mi pobre hermanita no era tonta, no, ni mucho menos, y sab�a muy bien c�mo hacer dinero para pagarse las borracheras, porque mam� hab�a decidido no darle un duro m�s, ni paga ni nada. Y mi marido se olvidaba tambi�n de que una tarde, ordenando armaris, mam� se hab�a encontrado en el caj�n de las medias una caja de Cristina que conten�a hach�s y preservativos, adem�s de cartas de sus novios con un contenido que mam� calificar�a luego, en su llamada telef�nica de aquel d�a, de pornogr�fico. Y mi Borja olvidaba tambi�n que la Cristinita que tan bien le ca�a era la misma que hab�a montado el n�mero en nuestra boda, borracha perdida y colg�ndose del cuello de Gonzalo, con la lengua de trapo de todo lo que hab�a bebido, y entonces s�lo ten�a catorce a�os, una ni�a a�n.</p><empty-line/><p>A veces me apetece llamar a mi hermana porque pienso que ella podr�a entenderme, que ser�a la �nica persona que podr�a entenderme, porque ella debe de haber pasado por tantas cosas que nada de lo que yo pudiera contarle le sorprender�a. 0 quiz� s� le sorprendiese. Supongo que le sorprender�a saber que yo nunca he fumado un cigarrillo de hach�s y que tampoco he usado preservativos, por incre�ble que resulte, porque Carlos me dec�a que le resultaba inc�modo usar aquella cosa de goma y, adem�s, aseguraba que no se sent�a lo mismo, y si �l lo dec�a, a m� me parec�a bien, porque al fin y al cabo era �l quien ten�a experiencia. Supongo que a ella le sorprender�a saber que cuando leo los consejos sobre vida sexual en el M�a y veo esas barbaridades que escriben sobre el orgasmo me pregunto si yo alguna vez habr� tenido uno, y llego a la conclusi�n de que no he debido de experimentarlo, porque si hubiese sentido un orgasmo lo sabr�a, digo yo. Y el caso es que las horas y los d�as se me pasan sin hacer nada, como una sucesi�n interminable de hojas en el calendario, y yo no paro de llorar, y �qui�n puede garantizarme que la vida de mi hermana es mejor o peor que la m�a? y, �qui�n puede garantizarme que mi hermana la chalada, mi hermana la que ha ido de psic�logo en psic�logo desde que ten�a quince a�os no ser�a capaz de entenderme, e incluso de darme consejos?</p><empty-line/><p>Sol�a besarme en la espalda. No eran besos normales. Apoyaba sus gruesos labios en mi piel, como si fuesen ventosas. Eran besos mojados. Me acariciaba la espalda durante horas. Me besaba sin parar. El milagro de los peces y los besos. M�s hay cuanto m�s reparto. Nadie me hab�a besado as� antes. Temo que nadie volver� a hacerlo. Una conversaci�n telef�nica con Line. Yo estaba deprimida. Ciclotimia, se llama. Personalidad depresiva. Infancia conflictiva. Carencia de serotonina. Exceso de testosterona. Colecciono diagn�sticos. Me quiero morir dos o tres veces por a�o. Dos o tres veces al a�o el mundo se convierte en un desierto inh�spito. El cansancio es enorme. S�lo quiero dormir y llorar. El simple gesto de levantar un brazo para coger el vaso de agua de la mesilla se convierte en un esfuerzo herc�leo. Me siento sola y vac�a. No encuentro ni dentro ni fuera de m� ninguna raz�n para seguir adelante. Deja de quejarte, dec�a ella. La vida no es tan horrible. De hecho, est� bastante bien. �S�?, dije yo. Dame tres razones para vivir. S�lo tres. Sin pensarlo. Lo primero que te venga a la cabeza. No s�, respondi� Line. As�, de golpe� Los �xtasis�, el chocolate� y el sexo anal. �Que nunca lo has probado? No me lo creo. Es lo mejor que hay. Iain ten�a la piel blanca y cremosa. Incre�blemente suave. El pelo rubio y fino. Ol�a a campo, a champ� de hierbas. Yo dorm�a encerrada en una c�rcel c�lida, atrapada entre sus piernas y sus brazos. Rodeada de mimos y algod�n. Pod�a pedirle cualquier cosa. Hazme esto, hazme lo otro, b�same en este sitio, en este otro. F�llame aqu� y ahora. Nunca fallaba. Nunca, nunca, nunca fallaba. He sido la ni�a m�s mimada de la creaci�n. He follado donde y como he querido. En el sof�, en la cama, en la mesa del comedor, en el portal, en el ascensor. Notaba sus besos en la espalda y sus manos en las caderas y le sent�a entrar dentro de m�. �Que nunca lo has probado? Es lo mejor que hay. Encend�amos velas rojas y escuch�bamos ambient. El �xtasis amplifica la sensibilidad. El contacto f�sico se convierte en algo m�stico. El roce de la piel es suficiente para llevarte al orgasmo. Las cosas m�s vulgares se inflaman de belleza y me encienden las s�banas, y yo me abro entera, y ense�o mi c�liz y mi zumo, como una flor. �Que nunca lo has probado? Es lo mejor que hay. �l odiaba que trabajara en una barra. Cuando beb�a no soportaba a los hombres con los que hablaba. Sus miradas codiciosas y sus sonrisas c�mplices. �Con cu�ntos hombres te has acostado? �Con cu�ntas mujeres lo has hecho t�? Decenas y veintenas y treintenas de mujeres que han sentido tus besos en su espalda. Pero ning�n otro hombre me ha cogido por detr�s. No hablamos de cantidad, hablamos de calidad. Por supuesto que me gusta. Me gustaba m�s que nada. Habr�a rogado y suplicado, me habr�a arrastrado por el suelo para conseguir m�s. Nunca hago nada que no desee hacer. Sus dedos iban bajando por mi columna vertebral. Al principio duele, ligeramente, luego es una mezcla de placer y dolor, por fin el dolor se diluye y todo es goce. Sientes que hay un mill�n de laberintos dentro de tu cuerpo, pasadizos secretos que conectan todos sus agujeros con tu cerebro. Millones de circuitos que transmiten descargas el�ctricas de tres mil voltios. Dinamita pura. Peque�as explosiones dentro de tu cuerpo. Eres un terrorista tecnol�gico. Mi unabomber del sexo. Eres mi ej�rcito de liberaci�n. Dispara tu fusil. Una vez bebi� demasiado y cuando salimos del bar empez� a gritarme. Sigui� gritando hasta que llegamos a casa. Le dije que yo no era suya, que no era de nadie, y que hac�a con mi cuerpo lo que me daba la gana. Que no soporto que me griten. Que ya he o�do suficientes gritos a lo largo de mi vida. Que vivo sola porque no quiero o�r ni uno m�s. Pero �l segu�a gritando. Cuchillos en los o�dos. Cog� mi propio cuchillo. Le adverti que si se acercaba a m� le matar�a. Estaba dispuesta a hacerlo. No quiero que nadie m�s me haga da�o. Dijo que no ten�a valor. Levant� la mano. Dirig� el cuchillo hacia mi brazo. Me hice un tajo profundo a lo largo del antebrazo. Vi la sangre correr. Sent� rayos en el brazo. El dolor viajando desde el brazo hasta el cerebro. A la velocidad de la luz. Sent� el dolor inundarme por completo. Pude sentir el peso del vac�o, del cielo azul sobre la sangre roja. Pero no me parec�a tan horrible. Ocultaba, al menos, el otro dolor. El dolor que me causaban los gritos. La angustia que me desgarraba por dentro. El dolor que no sangra, el que no se ve. Su sexo ol�a a almizcle, dulce, mareante. Sab�a agridulce, a vainilla y piment�n. En la casa de socorro tuve que explicar que me hab�a cortado preparando la ensalada. Una ateese que me miraba, esc�ptica. Enormes ojos incr�dulos. Un destello de compasi�n en sus iris azules. De vuelta a casa �l me bes� el brazo y las puntas de los dedos, una por una. Asegur� que lo sent�a. Me foll� una y otra vez. Cada vez que acababa yo repet�a que luego tendr�a que irse. Que no pensaba verle m�s. Que pod�a follarme todo lo que quisiera y que eso no cambiar�a las cosas. Dijo que si le ped�a que se marchara no volver�a m�s. Le respond� que ya sab�a d�nde estaba la puerta. Le vi marcharse y no dije una palabra. Quer�a morirme. Desintegrarme. Estaba verdaderamente harta de todo. De toda la gente que hab�a utilizado su amor como arma. De toda la gente que me hab�a jodido porque me quer�a. Quien bien te quiere te har� llorar. Odio esa frase. Le he llamado todos los d�as. Le he escrito cartas, he dejado recados en su contestador. Quer�a morirme, desintegrarme. Pero existen tres razones para seguir adelante. Nadie me hab�a besado as� antes. Nadie me hab�a follado as� antes. Temo que nadie lo volver� a hacer.</p><empty-line/><p>Palabras que me definen. Equilibrio tecnol�gico. Correo electr�nico. Memoria Ram. lances. Presupuestos. Informes por triplicado. Curvas de camna. Capital riesgo. M�nimo amortizable. Comit� de direcci�n. an de crecimiento. Inyecci�n de capital. Versi�n alfa. Fase beta. Proyectos. Equipos. Multimedia. Liderazgo.</p><empty-line/><p>Mi vida no es muy apasionante. Mi trayectoria fue mete�rica. Acab� la carrera con excelentes notas y empec� a trabajar a los veintid�s a�os. A los veintiocho me nombraron directora financiera y mi foto sali� en la secci�n de negocios de El Pa�s.</p><empty-line/><p>He tenido cuatro amantes, ninguno de ellos fijo ni particularente memorable. S� bien que no son muchos, si tenemos en cuenta mi edad.</p><empty-line/><p>No ha sido una cuesti�n de moral. Ha sido, quiz�, una cuesti�n de circunstancias.</p><empty-line/><p>No puedo decir que tenga amigos, aunque es cierto que mantengo cierta vida social. A veces voy a cenas de negocios o salgo con colegas del trabajo. Tambi�n asisto peri�dicamente a reuniones de antiguos alumnos en las que compruebo c�mo los chicos de mi clase se han convertido en se�ores calvos con barriga y las chicas en madres de familia, como se ve�a venir.</p><empty-line/><p>El �nico misterio de mi vida, la �nica nota de aventura, es esa retah�la de llamadas telef�nicas sin sentido. Ese toque de atenci�n constante que recibo todas las noches, cuando suena el tel�fono a eso de las once y media. Descuelgo el auricular y al otro lado de la l�nea escucho siempre la misma canci�n. La hora fatal, de Purcell.</p><empty-line/><p>No me imagino qui�n puede llamarme. Intent� que la compa��a telef�nica me hiciese llegar un listado de los n�meros de tel�fono desde los que se me llama. Imposible. Me explicaron que en Inglaterra existe un sistema por el que puedes localizar el n�mero de la �ltima persona que te ha llamado. Aqu� no.</p><empty-line/><p>He hecho todo tipo de an�lisis y c�lculos de probabilidades para averiguar la identidad del misterioso llamador an�nimo. He revisado minuciosamente el historial de todos mis amantes.</p><empty-line/><p>Est� aquel profesor con el que perd� mi virginidad, no porque �l me gustase demasiado sino porque yo consider� que a los veinti�n a�os ya iba siendo hora de dejar de ser doncella. �l no sab�a que yo era virgen y acab� concedi�ndole a aquel hecho una importancia mucho mayor de la que en realidad ten�a. El pobre hombre se sent�a obligado conmigo.</p><empty-line/><p>Sin embargo, para m� se hab�a tratado simplemente de una prueba emp�rica, y no particularmente satisfactoria, por cierto. Para m� el tema de la virginidad no ten�a mayor importancia.</p><empty-line/><p>Mi virginidad no era sino un remanente de mi cuerpo que habr�a querido guardar para Gonzalo, pero como Gonzalo no hab�a querido cogerlo, me apresur� a regal�rselo al primero que lo quiso. Yo hab�a pensado que, estando �l casado, la cosa no pasar�a de ser una aventura sin importancia.</p><empty-line/><p>Pero �l no debi� de verlo as�. Empez� a llamarme a todas horas. Dec�a que estaba dispuesto a dejar a su mujer. Me asust�. No quer�a que la cosa trascendiera. Cualquiera pod�a pensar que obten�a las mejores notas a fuerza de irme a la cama con los profesores. Antes morir que pasar por eso.</p><empty-line/><p>Por otra parte, tampoco quer�a acabar mal con �l. Al fin y al cabo, era uno de los candidatos a convertirse en mi director de tesis.</p><empty-line/><p>Intent� explicarle que la responsabilidad de un matrimonio roto era demasiado para m�. No era verdad, por supuesto, pero se trataba de la �nica excusa que encontraba para acabar diplom�ticamente con la relaci�n.</p><empty-line/><p>�l se puso a llorar. Era la primera vez que yo ve�a llorar a un hombre, excepto en la televisi�n, claro, y me sent�a enormemente inc�moda. No merec�a la pena pagar tanto por tan poco.</p><empty-line/><p>Tanto derroche de l�grimas. Tanto chantaje sentimental. Y todo por tener a un sujeto balance�ndose encima de ti, jadeando como un cachorro.</p><empty-line/><p>No me extra�ar�a que fuese �l quien llama. Me conoce lo bastante como para saber de mi obsesi�n por Purcell, y tiene un car�cter lo suficientemente inestable como para hacer una tonter�a as�. Pero no puede ser �l. Le resultar�a casi imposible conseguir mi tel�fono. S�lo los m�s cercanos lo tienen, y, por expreso deseo m�o, no figura en la gu�a. Aunque, �qui�n sabe?, todo es posible. Al fin y al cabo, hay muchas formas de conseguir un n�mero de tel�fono. En la vida casi todo se consigue si uno insiste lo suficiente.</p><empty-line/><p>Podr�a tratarse de aquel medio novio que tuve en la universidad, aquel pijo mocoso cuyo padre pose�a la mayor cadena de cafeter�as de Madrid y que se hab�a empe�ado en que su hijo estudiara econ�micas para dirigir un d�a aquel emporio, a pesar de que el pobre chico era claramente negado para los estudios y apenas hab�a le�do cuatro libros en su vida.</p><empty-line/><p>�l debi� de encontrarme atractiva, porque yo supon�a un respiro de todas aquellas rubias te�idas con que hab�a salido que se llamaban Elsa o Patricia o Natalia, y que conduc�an coches con frenos ABS que sus pap�s les hab�an regalado al cumplir los dieciocho a�os. Aquellas chicas a las que conoc�a de toda la vida, de los veranos en Mallorca y las ma�anas en el club de equitaci�n.</p><empty-line/><p>Por qu� me dej� embobar por todo su dinero y su man�a de alargar las eses al hablar, sigue siendo un misterio. Tal vez supuse, sencillamente, que eso era lo que deb�a hacer.</p><empty-line/><p>Una vez que llegu� a la universidad y comprend� que aqu�l era un lugar como cualquier otro, que mis compa�eros de clase no eran el s�minum de la intelectualidad y el savoir faire, sino solamente un hatajo de hormonas con patas, exactamente igual al resto de los adolescentes que no iban a la universidad, decid� que, ya puestos, mejor liarse con uno que tuviese el dinero suficiente para invitarme a todas las copas, sacarme de Madrid los fines de semana y dejarme por las noches a la puerta de casa en su Peugeot 205.</p><empty-line/><p>En suma, que pagara mis favores como lo merec�an. Estuvimos juntos casi un a�o. Y cuando me dej� diciendo que le creaba complejo de inferioridad salir con una mujer m�s inteligente que �l, no le guard� ning�n rencor. Al fin y al cabo hab�a sido sincero.</p><empty-line/><p>Y, adem�s, siempre supe que tarde o temprano volver�a a su mundo de botas a medida y clubes de campo, a sus rubias te�idas, vestidas de Cerruti de pies a cabeza. Pero tampoco es �l quien me llama, aunque podr�a haber conseguido mi tel�fono a trav�s de alg�n amigo com�n de la facultad. No, no creo que sea �l.</p><empty-line/><p>�l debe de pensar que Purcell es una marca de electrodom�sticos.</p><empty-line/><p>Tampoco creo que sea Ram�n. El asesor jur�dico de la empresa. Casado. Citas furtivas y llamadas en clave. Ramos de rosas con tarjeta an�nima. �Rosas para Rosa.� Qu� cursi pod�a llegar a ser, el pobre. Dos ni�os a los que nunca dejar�a. Y no mucho m�s que recordar. Tampoco creo que �l me recuerde mucho, aun cuando s�lo se encuentre a dos despachos de distancia.</p><empty-line/><p>Menos todav�a que me llame. �Si ha iniciado un romance en la oficina p�ngale fin.� Palabras de Debra Carter, especialista en formaci�n y asesor�a de empresas. Atesoro sus libros en la estanter�a de mi despacho al lado de una lista interminable de manuales de econometr�a y contabilidad.</p><empty-line/><p>Mis soldados alineados, en formaci�n, preparados para defenderme en todas las batallas.</p><empty-line/><p>�No ascienda a la persona con quien ha mantenido esa relaci�n y no cometa la equivocaci�n de creer que la incidencia es �inocente� y que nadie se enterar�. Todo acaba por saberse, y �sa es una regla que no conoce excepciones.</p><empty-line/><p>�La mayor�a de los triunfadores una vez han tomado la decisi�n de atacar la cumbre, ponen t�rmino a todas las relaciones privadas susceptibles de originar equ�vocos. Saben que es alterar las reglas del contacto humano y llamar al desastre.�</p><empty-line/><p>As� que pusimos t�rmino a nuestra relaci�n. Lo decidimos de mutuo acuerdo. Ambos quer�amos ser triunfadores.</p><empty-line/><p>No, �l no puede ser.</p><empty-line/><p>Y s�lo nos queda Luis. Un ejecutivo de Willis Faber. Seis meses de aburrid�simos fines de semana en com�n. Paseos por exposiciones y cenas en restaurantes caros. Ligueros que parec�an murci�lagos cuando los dejaba colgados en el respaldo de la silla. Ropa interior negra llena de lazos y encajes. Incluso un par de esposas. Hab�a visto, claro est�, Nueve semanas y media. Este s� pod�a ser. Lo de las llamadas est� en su l�nea de perversi�n light. Pero algo no concuerda. �l era demasiado racional como para eso.</p><empty-line/><p>Adem�s, fue �l quien decidi� acabar la relaci�n.</p><empty-line/><p>No, no tendr�a sentido que ahora me acosara.</p><empty-line/><p>A veces fantaseo con la idea de que sea Gonzalo. Quiz� Gonzalo siempre supiese lo que yo hab�a sentido durante todos aquellos a�os en que convivimos. Quiz� despu�s de la metedura de pata con lo de Cristina no se atreva a dirigirme la palabra.</p><empty-line/><p>Qu� manera de enga�arse.</p><empty-line/><p>Apuntes para mi tesis: Catulo dedic� toda su obra a Lesbia. Antinoo se arroj� a un estanque cuando pens� que ya no era suficientemente bello para Adriano. Marco Antonio perdi� un imperio por Cleopatra. Lancelot traicion� a su mentor y mejor amigo por el amor de la reina Ginebra, y enfermo de amor y remordimiento emprendi� el peregrinaje en busca del Santo Grial. Robin Hood rapt� a lady Marian. Beatriz rescat� a Dante del Purgatorio. Petrarca dedic� toda su obra a Laura. Abelardo y Elo�sa se escribieron durante toda la vida. Diego Marcilla, en Teruel, cay� muerto a los pies de Isabel de Segura al enterarse de que �sta hab�a desposado al pretendiente designado por su padre. Julieta bebi� una copa de veneno cuando vio muerto a Romeo. Melibea se arroj� por la ventana a la muerte de Calixto. Ofelia se tir� al r�o porque pens� que Hamlet no la amaba. Polifemo cant� a Galatea hasta el final de sus d�as mientras vagaba lloroso entre prados y r�os. Botticelli enloqueci� por Simonetta Vespucci despu�s de inmortalizar su belleza en la mayor parte de sus cuadros.</p><p>Juana de Castilla vel� a Felipe el Hermoso durante meses, d�a y noche y sin dejar de llorar, y acto seguido se retir� a un convento. Don Quijote dedic� todas sus gestas a Dulcinea. Do�a In�s se suicid� por don Juan y regres� m�s tarde desde el para�so para interceder por su alma. Garcilaso escribi� decenas de poemas para Isabel de Freire, aunque nunca la toc�. San Francisco de Borja abandon� la corte a la muerte de la emperatriz Isabel. No volvi� a tocar a una mujer. Isabel de Inglaterra rechaz� a pr�ncipes y reyes por el amor de sir Francis Drake. Sandok�n luch� por Marianna, la Perla de Labu�n. Werther se peg� un tiro en la sien cuando le anunciaron la boda de Carlota. H�lderlin se retir� a una torre a la muerte de Diotima, a la que no hab�a tocado jam�s, y nunca sali� de all�. Rimbaud, que hab�a escrito obras maestras a los diecis�is a�os, no escribi� una sola l�nea desde el momento en que acab� su relaci�n con VerIaine, se hizo tratante de esclavos y se suicid� literariamente. VerIaine intent� asesinar a Rimbaud, acto seguido se convirti� al catolicismo y escribi� las Confesiones; nunca volvi� a ser el mismo. Juli�n Sorel aguant� dos meses sin mirar a los ojos a Matilde de la Mole para recuperar su cari�o. Ana Karenina abandon� a su hijo por el amor del teniente Vronski, y se dej� arrollar por un tren cuando crey� que hab�a perdido aquel amor. Camille Claudel enloqueci� por Rodin, que nunca movi� un dedo por ella. Y yo sigo dej�ndole a Iain recados diarios en el contestador, pero si me lo pidiera dejar�a de hacerlo y nunca m�s volver�a a llamarle. Y no se me ocurrir�a mayor prueba de amor, porque pienso en �l constantemente.</p><empty-line/><p>La tristeza se extiende como una mancha de aceite, lenta e imborrable. No encuentro un estropajo para fregarme el alma. Llevo un mes sin dejar de llorar y apenas puedo comer. Todas las noches me meto en la cama y lloro, lloro, lloro y lloro. Lloro en silencio l�grimas saladas que resbalan por mis mejillas como gotas de lluvia en un cristal. Mi matrimonio se est� yendo a pique y Borja aguanta la situaci�n como puede, y yo pienso que lo hace, sobre todo, por el ni�o, y puede que tambi�n por pena, porque al fin y al cabo, yo lo s�, Borja es buena persona y es l�gico que le parta el alma verme as�. Al principio le intu�a m�s preocupado. Pero ahora se le nota algo cambiado, y se le ve, sobre todo, desilusionado. Cuando Borja vuelve del trabajo se encuentra a su mujer metida en la cama, ojerosa, demacrada y taciturna, y a veces se me pasa por la cabeza si Borja no se dar� cuenta, aunque s�lo sea un poco, de lo que pasa, si no se dar� cuenta de que lo m�o es m�s serio de lo que parece. Pero, no s�, �l no dice nada.</p><empty-line/><p>Me levanto todas las ma�anas a las siete, despierto al ni�o, le lavo, le visto y lo hago todo de forma mec�nica. Me esfuerzo en volver a sentir aquella energ�a c�lida y envolvente que sent�a antes cuando le ba�aba, aquella sobredosis de cari�o que se me sal�a por los poros, que se me escapaba por las puntas de los dedos como una corriente el�ctrica, pero ya no es lo mismo. Sigo queriendo a mi hijo tanto o m�s que antes, eso es innegable, una madre siempre es una madre, vamos, creo yo, pero el caso es que ahora, por las ma�anas, siento una infinita pereza, unas ganas incontrolables de volver a la cama a llorar. Preparo el desayuno como puedo. He perdido el entusiasmo, la alegr�a que me inspiraba enjabonar las piernecitas regordetas del beb�. Oigo los ruidos que hace Borja cuando se despierta, como de costumbre, media hora m�s tarde que yo, cuando se encamina cansinamente hacia el ba�o, arrastrando los pies dentro de sus zapatillas de felpa. Luego desayunaremos juntos en la cocina, Borja leer� el peri�dico y yo mordisquear� pedacitos de tostada y mientras intentar� que el ni�o se trague su potito Bledine. Antes insist�a mucho en que se lo acabara entero, pero ahora, no s�, como que cada vez me da m�s igual. Cuando acabemos de desayunar terminar� de vestir al ni�o y Borja se marchar� con el cr�o en brazos y camino del trabajo lo dejar� en la guarder�a, pero, eso s�, antes de irse, en la puerta, me besar� en la mejilla como ha venido haciendo de lunes a viernes todas las ma�anas durante los �ltimos cuatro a�os, porque mi marido es una buena persona, aunque bastante previsible, eso s�. Y cuando la puerta se cierre, regresar� a la cama, me tumbar� y me pondr� a llorar. Tengo un manantial inagotable que me brota desde dentro del est�mago y del que surgen l�grimas y m�s l�grimas cristalinas que parecen peque�os caramelitos de an�s.</p><empty-line/><p>Antes se me ocurr�an millones de cosas que hacer, y las ma�anas se me pasaban volando. Limpiaba la casa, iba a hacer la compra, llamaba a mam�, contestaba cartas, pintaba cenefas, tej�a maceteros, regaba plantas, cos�a almohadones, restauraba muebles, colgaba cuadros, fijaba estanter�as� ten�a la casa hecha una bombonera. Entre unas cosas y otras siempre estaba ocupad�sima. No, no trabajaba, ni falta que me hac�a. En mi opini�n Rosa y Cristina pod�an quedarse con sus monsergas feministas.</p><empty-line/><p>�Cu�ntas veces les hab�a o�do decir que ellas no podr�an vivir sin trabajar, que se aburrir�an, que se asfixiar�an entre cuatro paredes, que se volver�an locas�! Pamplinas. Puro cuento. Entre la casa y el ni�o, dec�a yo cuando hablaba del tema con mam�, a poco que te esmeres no te queda un minuto libre, y deb�a de ser verdad, porque por entonces yo nunca me aburr�a.</p><empty-line/><p>S� que suena absurdo, pero a m� me gustaba hacer la casa, no s�, siempre me ha parecido relajante limpiar, fregar y abrillantar. Me gustaba quitar el polvo del sal�n y ver c�mo mi imagen se reflejaba en la mesa de caoba, y me gustaba limpiar los grifos de la cocina y comprobar c�mo bastaba con una bayeta y un poco de Cristasol para arrancar destellos a una superficie opaca, y, no s�, parecer� tonto, pero a m� me parece que hay algo de relajante y tranquilizador en el acto de poner orden, de arreglar cosas, de transformar el caos en pulcritud. Mi marido se empe�aba en que tuvi�ramos una chica interna, pero yo no quer�a, porque al fin y al cabo durante a�os yo lo hab�a limpiado todo en casa, y, adem�s, mi casa era m�a y no me apetec�a tener una filipina, o una polaca, o peor a�n, una dominicana, o cualquier extranjera que ni siquiera iba a entender lo que yo le dijera, instalada en mi nido como un p�jaro cuco.</p><empty-line/><p>Pero hace ya un mes que he dejado de dedicarme a la casa y he prescindido de mi antigua costumbre de ir al mercado a diario, porque ahora prefiero hacer la compra una vez por semana, ir al supermercado y llenar un carrito hasta los bordes, y ahorrar tiempo. Eso significa que en casa ya no se come pescado fresco ni ensaladas, pero no parece que mi Borja se d� cuenta. �l llega tan cansado por las noches que casi ni presta atenci�n a lo que cena.</p><empty-line/><p>He olvidado tambi�n mi antigua obsesi�n por la limpieza. No s�, antes practicaba un ritual diario compuesto de numerosos pasos sucesivos: hac�a las camas, quitaba el polvo, pon�a la lavadora, planchaba la colada, pasaba el plumero por las estanter�as, aspiraba todas las alfombras y la moqueta del dormitorio, ahuecaba uno por uno los almohadones de los sof�s del comedor y restregaba las superficies de los ba�os hasta dejar los grifos y los espejos relucientes. Pero ahora como que me he dado cuenta de que el trabajo de la casa puede estirarse hasta lo indecible o reducirse al m�ximo, y el resultado, en la pr�ctica, siempre es el mismo. La chica viene, y con lo que ella hace basta con que yo le dedique media hora diaria a la cocina y otra media hora a los ba�os, y a veces ni eso, para que la casa est� bien. Desde luego, Borja no ha apreciado la diferencia. As� que dispongo de siete horas diarias para llorar a gusto, llorar l�grimas y l�grimas transparentes y saladas, ahora que el ni�o se pasa la mayor parte del tiempo en la guarder�a y que Borja ya no viene a casa a la hora de comer. S�, lo cierto es que podr�a aprovechar de alguna manera todo ese tiempo libre. Podr�a tomar clases de aerobic, o de pintura, o aprender franc�s, o incluso dedicarme a los arreglos florales. Hasta ahora no hab�a ca�do en la cuenta de que me sobra tanto tiempo, y cre�a que la casa no me dejaba un minuto libre, y lo cre�a de verdad, estaba tan convencida de eso como de peque�a, con las monjas, lo estaba de que Dios exist�a; pero ahora s� que el trabajo de la casa no es tan absorbente, y tampoco estoy muy segura de que exista Dios, y si existe, que ya no lo s�, desde luego no se preocupa mucho por ninguno de nosotros. Es m�s f�cil creer en Dios cuando eres peque�a y la vida se limita a ir y venir del colegio y jugar con tus mu�ecas. Luego de mayor, cuando ves todas las cosas malas que hay en el mundo, ya no te resulta tan f�cil eso de ser cat�lica, y por muy bonitas que sean las estatuas de la virgen con su manto azul y su corona de estrellas y las flores de mayo, no s�, como que se te pasa. Me parece que yo dej� de creer a los doce a�os. Yo era buena, era una buena chica, sigo si�ndolo, y Dios no ten�a ninguna raz�n para tratarme mal.</p><empty-line/><p>A los doce a�os perd� al hombre m�s importante de mi vida, mi padre, y conoc� al segundo hombre que me marcar�a y me convertir�a en lo que soy, Antonio. Yo quer�a mucho a mi padre, much�simo. Mi padre era un se�or alegre que siempre estaba gastando bromas, y, no s�, tampoco es que yo quiera meterme con mam�, que me ayuda much�simo y es mi mejor amiga, y que siempre est� al otro lado del tel�fono por si la necesito, pero lo cierto es que mi madre es bastante seria y reservada y nos ven�a muy bien tener a alguien que canturreara e hiciera chistes. Yo le quer�a mucho a pesar de que �l nunca me hiciera demasiado caso, a pesar de que bebiese m�s de lo debido, a pesar de que no se llevase bien con mi madre; no pod�a evitarlo, un pap� siempre es un pap� para su hija, y no le perdono que se largase as�, de repente, sin volver a dar se�ales de vida. Alguna vez escuch� a la t�a Carmen decir algo acerca de que hab�a otra mujer. No s� si la hab�a, ni lo s� ni quiero saberlo, ni ahora querr�a volver a ver a mi padre aunque �l s� quisiera. Nunca, nunca, nunca podr� perdonarle lo que nos hizo, y s� que odiar no es cristiano, pero, como ya he dicho, probablemente yo ya tampoco lo sea, aunque durante todos estos a�os he procurado que no se me note.</p><empty-line/><p>Hasta que mi padre se march� siempre hab�amos veraneado en Fuengirola, pero despu�s de que se fuera empezamos a pasar los veranos con los abuelos, los padres de mam�, en San Sebasti�n, en un caser�n enorme que ol�a a polvo y humedad. All�, en San Sebasti�n, conoc� a Antonio. Antonio ten�a su pandilla, y yo, la m�a. Todo chicos, todo chicas, porque entonces no estaba bien visto eso de mezclarse y nos content�bamos con ir cada uno por nuestro lado y dirigirnos miraditas en el parque, en los coches de choque, en el malec�n. �ramos alevines de las mejores familias de San Sebasti�n, educados en colegios car�simos de estricta educaci�n cat�lica, expertos jugadores de tenis vestidos con ropa comprada en Zarauz, sobria pero de la mejor calidad. Fue natural que, al cabo del tiempo, ambas pandillas empez�ramos a salir juntas, a compartir los paseos por el parque y por el malec�n, y que al final algunos de sus miembros acabaran m�s o menos emparejados. Karmele y Kepa, Borja y Nerea, Antonio y yo. Antonio y yo.</p><empty-line/><p>De todos aquellos primeros amor�os de verano s�lo el nuestro se mantuvo m�s all� de las dos semanas de rigor, y nuestra relaci�n aguant� nueve meses de separaci�n con la llama mantenida a fuerza de muchas cartas m�as y unas pocas de Antonio; y volvi� a renacer al verano siguiente, con la misma intensidad o incluso mayor que en aquel primer verano de los doce a�os. Porque durante aquellos nueve meses yo no hab�a hecho otra cosa que pensar en Antonio. En Madrid apenas sal�a, no hac�a sino ir del colegio a casa y de casa al colegio, y los fines de semana al club de tenis y a misa, y aunque en el club hab�a algunos chicos que intentaban tirarle los tejos a aquella Anita prep�ber, toda �o�er�as y sonrojos de colegio de monjas, que era yo entonces, ninguno, en mi opini�n, pod�a compararse a Antonio, ni siquiera Gonzalo, mi primo, que ser�a muy guapo, eso s�, pero a m� no me dec�a nada, todo el d�a en su cuarto escuchando aquellos discos tan raros. Adem�s, no estaba bien, o eso cre�a yo entonces, que una chica que sal�a con un chico en serio se fijara en otro, por mucho que el primero residiese a cuatrocientos kil�metros de distancia.</p><empty-line/><p>El verano siguiente regres� convertida en toda una mujer, como dec�an las monjas. Ya llevaba mi primer sujetador y empezaba a acostumbrarme a los piropos que escuchaba por la calle y que hac�an que me ruborizase y mirase al suelo.</p><empty-line/><p>En San Sebasti�n me encontr� con un Antonio tambi�n transformado, que fumaba cigarrillos rubios y conduc�a una Vespa reci�n estrenada. Antonio acababa de cumplir diecis�is a�os pero parec�a un hombre de verdad, y era capaz de llegar nadando hasta la isla de Santa Clara y regresar; y cuando sal�a del agua, sonriendo con aquella dentadura blanqu�sima y apart�ndose el pelo mojado de la cara con gesto indolente, daba la impresi�n de que se lo hab�a tomado como un simple pase�to; y cuando jugaba a palas, y ganaba siempre, las chicas no hacian m�s que dirigirle miradas de soslayo, fascinadas por aquellos abdominales bronceados que parec�an esculpidos en m�rmol. Por las tardes, en La Cepa, Antonio me retaba, entre risas, a echar un pulso, y aquello me resultaba imposible, no lleg�bamos ni a empezar, porque en cuanto yo agarraba su mano me encontraba con la m�a sobre la mesa. As� de fuerte era Antonio.</p><empty-line/><p>Aquel segundo verano dimos largos paseos por el malec�n y compartimos interminables sesiones de besuqueos apasionados sobre la arena de la playa de Gros. �l me acariciaba los senos incipientes por debajo de mi ba�ador y yo notaba c�mo se formaba un bulto duro que pugnaba por escapar del suyo. Y una noche, en la plaza de la Trinidad, despu�s de haber bebido algunos calimochos de m�s, �l se llev� la mano a la bragueta, y yo not� c�mo aquel bulto crec�a y se pon�a duro por debajo de los pantalones. Entonces �l sac� el miembroy lo puso en mi mano y eyacul�. Ni siquiera hizo falta que yo le masturbara, aunque la verdad es que tampoco habr�a sabido c�mo hacerlo. Sencillamente aquel cilindro de carne, aquella cosa tersa y dura como un melocot�n, escupi� un l�quido blanco sobre la palma de mi mano y yo me qued� all�, sin saber que hacer, avergonzada y asombrada, con la espalda r�gida y los ojos muy abiertos.</p><empty-line/><p>El �ltimo d�a del verano intercambiamos fotos y promesas, y yo llor� sin poder contenerme. �l ten�a el pelo blanco de puro rubio despu�s de haberse pasado dos meses tost�ndose al sol, y yo estaba absolutamente convencida de que no hab�a chico m�s guapo en todo San Sebasti�n. En el camino de vuelta, en el tren, YO, conteniendo los sollozos y las l�grimas, iba redactando mentalmente todas las cartas que pensaba escribirle a lo largo del invierno, y mis hermanas se re�an de m� y de mi mutismo, y Cristina canturreaba entre risas Anita est� enamorada, Anita est� enamorada, y mi madre les obligaba a callar porque no quer�a que sus hijas llamaran la atenci�n del resto de los viajeros del vag�n.</p><empty-line/><p>Lleg� el siguiente verano y ya no �ramos novios. Durante el invierno �l no hab�a contestado a una sola de mis cartas, hasta que yo, resignada, asum� que deb�a dejar de escribirle. Adem�s, aquel verano nuestras pandillas ya no sal�an juntas. Antonio y yo coincidimos a veces comprando helados en el quiosco de la playa o paseando por el malec�n, y entonces �l me saludaba muy amablemente y me dedicaba una de sus sonrisas de anuncio, y poco m�s.</p><empty-line/><p>Cada tarde, antes de salir, yo me pintaba los ojos en honor de aquel Antonio que hab�a dejado de prestarme atenci�n, y me cepillaba la melena durante horas para que brillara. Si por casualidad me lo encontraba en un banco del parque, o en los futbolines, o en el bar de La Cepa, me parec�a que la tarde hab�a merecido la pena. Yo llegaba a casa todas las noches, a las diez en punto, y antes de dormir pensaba siempre en �l, en su sonrisa blanca y su pelo blanco, escrib�a su nombre en la pared con un dedo y tinta imaginaria y luego un coraz�n, y luego Antonio y Ana, y luego otro coraz�n, porque para m� Antonio era, y siempre lo ser�, el chico m�s guapo de la playa de Gros.</p><empty-line/><p>Aquel verano pas� y lleg� el siguiente, y yo regres� a Donosti con el pelo m�s corto y en la cara el rictus de escepticismo de la experiencia incipiente. Aquel invierno, en Madrid, yo hab�a empezado a salir los fines de semana, y hab�a ido al cine y a fiestas y a discobares, y me hab�a dejado besar por otros chicos en rincones oscuros, y alguno me hab�a tocado los pechos, e incluso hubo uno con el que llegu� m�s all� de eso. Un chico de los Maristas con el que estuve saliendo dos meses, y con el que una noche de tormenta en que nos refugiamos en un soportal me dej� llevar y acabamos masturb�ndonos el uno al otro, o algo parecido, no s�; �l me met�a la mano entre las piernas e intentaba meterme un dedo por el agujero, y yo le toqu� el sexo de la misma forma que se lo hab�a tocado a Antonio dos veranos atr�s, sin demasiado entusiasmo y como sin pensarlo mucho, y �l eyacul� y yo volv� a sentirme tan avergonzada como aquella primera vez. Evidentemente, eso era lo que ellos esperaban de m�. Aunque yo no consiguiera entender por qu�.</p><empty-line/><p>Y as� llegu� a los diecisiete a�os, virgen de solemnidad. Aqu�l era mi quinto verano en Donosti, y segu�a tan enamorada de Antonio como el primero, y aquel quinto verano ya pod�a salir por las noches, y sal�a con mis amigas a beber por los bares de Donosti aquellas mezclas dulzonas de vino y cocacola que bajaban r�pido por el es�fago y llegaban con prisa a la cabeza, y as� fue como en una de mis primeras borracheras acab� bes�ndome con Antonio en la barra de La Cepa. Salimos de aquel bar, montamos en su moto y �l condujo hacia el monte. Chispeaba ligeramente, sirimiri, y llegamos a un bosquecillo en el camino de Orlo, cerca de la autopista, y �l aparc� la moto y me llev� de la mano hacia los �rboles, y yo sent�a que la cabeza me daba vueltas, y notaba que me resultaba dif�cil mantener el equilibrio.</p><empty-line/><p>Cuando volv� a casa eran las seis de la ma�ana. Mam� me esperaba levantada, hecha una furia, y me peg� un bofet�n sin mediar palabra. Me fui a la cama hecha un mar de l�grimas y a la ma�ana siguiente, al ir al ba�o, me di cuenta de que hab�a una mancha de sangre en mis braguitas. Las escond� como pude en el bolsillo del albornoz Y m�s tarde, cuando mam� se fue a hacer la compra y Rosa y Cristina a la playa, las lav� a mano, las sequ� con el secador de pelo, las dobl� cuidadosamente y las enterr� en el fondo del caj�n de la ropa interior. Nunca m�s volver�a a pon�rmelas. Nunca, nunca, nunca m�s.</p><empty-line/><p>Dos d�as m�s tarde me encontr� con Antonio en el bar de La Cepa. �l tomaba vinos con sus amigos y yo iba acompa�ada de Nerea y Karmele, y �l me dirigi� una mirada fugaz y sigui� bebiendo y, m�s tarde, pag� las consumiciones y se march�. Todo lo que nos dijo fue �adi�s, chicas�. Ni siquiera �adi�s, Ana�. S�lo �adi�s, chicas�.</p><empty-line/><p>Durante el resto del verano apenas cruzamos tres palabras. El invierno pas� como una exhalaci�n. Como correspond�a a la mayor de tres hermanas en una casa sin padre, yo ten�a que ocuparme de mantener limpia la casa y de llevar al d�a las facturas y las reparaciones, porque mam� se pasaba el d�a metida en la farmacia para dar de comer a sus hijas, y yo, la verdad, prefer�a trabajar y no pensar y hacer todos los esfuerzos posibles para borrar de mi cabeza cualquier referencia a Antonio. Apenas sal�a. Se acabaron los cines y los discobares, las cocacolas y las palomitas, los flirteos con los chicos de los Maristas. Adelgac�. Me miraba en el espejo y me sorprend�a al pensar c�mo hab�a cambiado. A los diecis�is a�os yo ten�a una carita ani�ada, mofletuda, adornada por dos hoyuelos p�caros y un par de relucientes manchas sonrosadas que parec�an manzanitas, y ahora, sin embargo, ve�a a una mujer de tez aceitunada, con las cuencas de los ojos ligeramente hundidas y rematadas en la parte inferior por dos ojeras viol�ceas, del mismo color que los escapularlos de las monjas, y dos p�mulos huesudos, prominentes, que confer�an a su rostro cierto aire de resignada determinaci�n, y, aunque s�lo ten�a diecisiete a�os, me sent�a vieja, siglos m�s mayor que el resto de las chicas de la clase, y, por tanto, me parec�a natural que ninguna de ellas pudiera comprenderme.</p><empty-line/><p>Hasta que un d�a, haciendo compras en El Corte Ingl�s, me di de narices con Borja. Borja se hab�a trasladado a Madrid a estudiar ingenier�a y viv�a en un colegio mayor, y a pesar de que yo no me atrev� a preguntar directamente por Antonio, el tema no tard� en salir a colaci�n. A trav�s de Borja me enter� de que Antonio hab�a empezado a estudiar derecho en Deusto, pero no le iba muy bien, y Borja me dijo que Antonio sal�a con lo peor de Bilbao, beb�a como un cosaco y las malas lenguas aseguraban que tambi�n le daba a las drogas, y Borja y �l a�n se ve�an, pero ya no tanto como antes, porque Borja, el ni�o bien por antonomasia, el exponente m�s claro de lo mejorcito de Donosti, no ve�a con muy buenos ojos las actividades de Antonio. Es un pena, dec�a Borja, los caminos tan distintos que pueden llegar a tomar dos personas que han sido amigas desde la infancia. Y yo asent�a sin decir nada, �qu� iba a decir?</p><empty-line/><p>Borja y yo empezamos a salir casi sin darnos cuenta. Quedamos alguna vez para ir al cine y pasear por el Retiro, y una noche me acompa�� a casa, y a la entrada del portal me pregunt� si pod�a besarme. A m� nunca antes me lo hab�an preguntado, siempre hab�an dado por hecho que dir�a que s�, y el gesto me conmovi� tanto que a punto estuve de echarme a re�r, y juntamos nuestros labios y nuestros dientes entrechocaron y me result� evidente que Borja no ten�a ni idea de besar, no como Antonio, y despu�s me mir� fijamente y, aunque a mi me parecio que ten�a cierto aire bovino, me sent� orgullosa de verme reflejada en esa mirada que oficializaba nuestra relaci�n, me sent� orgullosa de m� misma.</p><empty-line/><p>Llevaba un a�o sin experimentar esa sensaci�n. Estuvimos saliendo durante cinco a�os, y pr�cticamente desde el principio se dio por hecho que nos casar�amos en cuanto Borja acabara la carrera, y yo, que sab�a muy bien que nunca har�a otra cosa que dedicarme a mi casa y a mis ni�os de la misma manera que llevaba dedic�ndome a la casa y a mis hermanas desde que se hab�a marchado mi padre, decid� estudiar secretariado porque algo hab�a que hacer, porque no pod�a pasarme el d�a metida en casa fregando y planchando y ordenando, por mucho que eso fuera lo �nico que me apeteciera hacer.</p><empty-line/><p>Siempre tem� que Borja notara que yo no era virgen, pero cuando lleg� el momento ni siquiera mencion� el tema; no s�, quiz� no le hab�a importado, quiz� ni siquiera se hab�a dado cuenta.</p><empty-line/><p>Es cierto, para qu� vamos a enga�arnos, que nunca sent� por Borja lo que sent� por Antonio, aquella angustia perpetua, aquella ansiedad que no me permit�a dormir, aquella especie de corriente de lava ardiente que hab�a notado ascender por mi columna con los primeros besos de Antonio, pero siempre supe que Borja era alguien de quien pod�a estar orgullosa: guapo, ingeniero, de buena familia, educado, amable y loco por m�, el tipo de chico que le gustar�a a cualquier madre. Y hab�a una raz�n m�s que yo no me atrev�a a reconocer, ni siquiera, creo, ante m� misma: el hecho de que Borja fuera amigo de toda la vida de Antonio, el saber que Antonio acabar�a por enterarse que hab�a quien valoraba lo que �l hab�a despreciado, que me valoraba hasta el punto de querer hacerme la madre de sus hijos, de querer reconocer ante Dios y ante los hombres que yo val�a la pena. Y probablemente �sa fuese la raz�n de que yo insistiera en casarme por la Iglesia, a pesar de que no iba a misa desde los diecis�is a�os, a pesar de que mam�, amargada por el fracaso de su propio matrimonio, me dijo que aquello del velo blanco, de las arras y los anillos, de las damitas de honor y la madrina, e incluso la propia instituci�n del matrimonio, le parec�a una solemne tonter�a. Pero yo insist� y tuve lo que quer�a: boda con traje y velo blanco en San Ferm�n de los Navarros, con damitas de honor y banquete de boda en el Mayte Conmodore.</p><empty-line/><p>Durante aquellos cinco a�os de noviazgo volv� a ver a Antonio exactamente once veces, lo s� porque las cont�. Cinco de ellas en Donosti, y el resto en Madrid, en las contadas ocasiones en que �l se pasaba por la capital para hacerle una visita a Borja, normalmente coincidiendo con la necesidad de solucionar alg�n papeleo o arreglar algunos tr�mites. Los tres sal�amos juntos de tapeo o a cenar, y nadie mencion� el hecho de que en su d�a Antonio hubiese sido el primer novio de la radiante enamorada de su mejor amigo. De hecho, Antonio parec�a encantado con la situaci�n, y no hac�a m�s que llamarme Anita m�a y tratarme con una familiaridad y un cari�o que no me demostraba desde hac�a muchos, muchos a�os.</p><empty-line/><p>Antonio asisti� a la boda vestido de chaqu�, e incluso se recort� las patillas para la ocasi�n, y yo pens� que estaba, no s�, como muy guapo, a pesar de que se le ve�a cada d�a m�s delgado y ojeroso; y es que sus coqueteos con las drogas hab�an pasado de ser meros rumores a convertirse en un secreto a voces. Y a m� a�n me averg�enza recordar el que mientras caminaba hacia el altar del brazo de mi abuelo (porque mi padre, por supuesto, no estaba disponible para entregarme al novio) tuve presente en todo momento que en la segunda fila de bancos estaba Antonio.</p><empty-line/><p>Al principio la vida matrimonial me hizo realmente feliz y durante una temporada experiment�, no s�, como una aut�ntica euforia, y pensaba que no exist�a en el mundo sensaci�n comparable a la seguridad que proporcionaba tener un marido. Cuando los s�bados �bamos a comprar al hipermercado me daba la impresi�n de que todo el mundo comentaba la buena pareja que hac�amos. Me encantaba estar casada, tener una casa propia, ir a la compra, me encantaba limpiar el polvo y que me llamasen se�ora. Coleccionaba florecitas de porcelana que acumulaba en un aparador del sal�n, les limpiaba el polvo cuidadosamente, una por una, con mimo, y a pesar de que sab�a que eran muy delicadas ten�a la certeza de que nunca se romper�an.</p><empty-line/><p>Y un d�a, Borja invit� a Antonio a pasar un fin de semana en Madrid.</p><empty-line/><p>En principio, resultaba l�gico. Dos amigos de toda la vida, uno de ellos reci�n casado. Era normal que ahora que no viv�an en la misma ciudad ambos se esforzaran por mantener el contacto, y aunque �ltimamente se trataban cada vez menos, hubo un tiempo en que hab�an sido inseparables, y esas cosas nunca se olvidan. Adem�s, Borja sent�a nostalgia de su tierra y sus amigos, y cuanto m�s tiempo pasaba sin ver a Antonio, m�s le echaba de menos y m�s olvidaba todas las cosas que les hab�an ido distanciando: la drogas, las juergas, las diferentes maneras de ver la vida.</p><empty-line/><p>Yo me enter� un lunes de que Antonio hab�a aceptado pasar el fin de semana en casa, y de lunes a jueves no hubo una sola noche en que pudiera dormir; no s�, me levantaba sudorosa en mitad de la noche, con el vago recuerdo de una pesadilla, y me sent�a incapaz de recordar exactamente con qu� hab�a so�ado, pero estaba segura, sin embargo, de que Antonio aparec�a en el sue�o.</p><empty-line/><p>Me tem�a que Borja notase algo, pero no not� nada. No s�, a veces como que me sorprende lo poco intuitivo que puede llegar a ser, pero no demasiado. Hay momentos en que pienso que las monjas ten�an raz�n y que los hombres y las mujeres somos distintos, no s�, las mujeres, todo sentimiento, y los hombres, todo cabeza. Nosotras nos quedamos en casa y cuidamos de los ni�os, cocinamos pasteles de coco y nos encargamos de mantener vivo el fuego y el cari�o, y ellos salen a la calle, cazan mamuts e invierten en bolsa, y regresan exhaustos y sudorosos despu�s de haberse jugado la vida para mantener a su prole. Quiz� Borja trabajaba demasiado, no s�. No s�.</p><empty-line/><p>El viernes por la noche lleg� Antonio. Yo me hab�a esmerado en la preparaci�n de la cena y hab�a pasado horas en la cocina, libro de recetas en mano, hab�a comprado tres botellas del vino m�s caro que pude encontrar, hab�a encargado la tarta especialmente a Mallorca, una torre rebosante de barroquismos hechos de nata y lim�n, y hab�a dejado la mesa hecha un primor: el mantel de hilo, la cuberter�a de plata y las copas de Bohemia que presagiaban elegantes aburrimientos. Incluso me hab�a comprado un traje para la ocasi�n, un traje tan ce�ido que apenas me permit�a respirar, y que ten�a en la parte delantera dos tri�ngulos de terciopelo que aplastaban cada uno de mis senos y se encargaban de elevarlos casi a la altura de la garganta. Hab�a tenido que ensayar toda la ma�ana, pasillo va, pasillo viene, para mantener el equilibrio sobre los tacones de siete cent�metros de mis zapatos nuevos y, a pesar de todo, ten�a la impresi�n de que en lugar de resultar mundana y sofisticada, que era lo que hab�a pretendido, recordaba un poco al pato Lucas; y cuando me mir� en el espejo lo primero que pens� fue que parec�a Cristina. Era una extra�a mezcla de orgullo y verg�enza, no s�, quiz� me diese verg�enza sentirme orgullosa de verme tan guapa, no s�, quiz� en el fondo pensara que en realidad parec�a una prostituta cara, o eso era lo que mam� habr�a dicho. Pero a Borja le parecieron bien el vest�do y los tacones, as� que puede que mam� llevara a�os equivoc�ndose, y, de paso, yo tambi�n.</p><empty-line/><p>Durante toda la cena tuve que esforzarme para que nadie notara que me temblaba tanto la mano que apenas era capaz de servir la vichissoise. No habl� mucho, y dej� m�s bien que Borja y Antonio hiciesen bromas sobre los viejos tiempos e intercamblasen informaci�n sobre antiguos conocidos. Yo permanec�a ajena a la conversaci�n y rellenaba mi copa de vino una y otra vez, y para controlar mi nerviosismo me quedaba contemplando un punto fijo en el techo, hasta que, a fuerza de tanto fijar la vista, sentia que el yeso empezaba a desvanecerse y se convert�a en figuritas de flores y de �ngeles. Si me concentraba mucho incluso pod�a escuchar los latidos de mi coraz�n, y no quer�a hablar ni moverme demasiado porque pensaba que cualquiera de mis movimientos o de mis palabras podr�a delatarme. No sab�a qu� me pon�a tan nerviosa, pero algo en el fondo de mi cabeza me dec�a que deber�a avergonzarme de mi estado, que hab�a algo de lo que deber�a sentirme culpable, aunque me sent�a incapaz de precisar qu�.</p><empty-line/><p>Acabada la cena Antonio propuso que sali�ramos a tomar una copa. Antes de salir fui corriendo al cuarto de ba�o y vomit� toda la cena, y me qued� mirando c�mo en la taza del v�ter trocitos de tarta de lim�n nadaban en una pasta color vino. Notaba que las manos me temblaban.</p><empty-line/><p>Empin�ndome como pude sobre los inc�modos tacones, me maquill� con tanto cuidado como si estuviera decorando uno de mis maceteros, y me cepill� el pelo y sal� del ba�o enfundada en mi traje negro y decorada como un �rbol de Navidad. Capt� un destello furtivo de deseo en los ojos de Antonio, y sal� por la puerta de casa decidida a demostrar que merec�a todo lo que ten�a: la casa refulgente, el marido sol�cito, el certificado de matrimonio. Algo dentro de m� hac�a que siempre me sintiese indigna de lo que ten�a. Llevaba quince a�os as�.</p><empty-line/><p>Visitamos locales que nunca hab�a pisado, salimos por un Madrid que yo no conoc�a. Dejamos que Antonio nos abriera los ojos. Tomamos copas en un bar de progres en el que las parejas se hac�an caranto�as en los rincones oscuros tarareando por lo bajo las canciones de Pablo Milan�s, y en un bar de dise�o en el que una torre de televisores presid�a la pista de baile, y en un bar de paredes pintadas de negro en el que camareras de aspecto g�tico serv�an copas a los clientes con cara de desagrado, y en un bar de m�sica estridente en el que las chicas y los chicos luc�an con orgullo camisetas de talla infantil que les permit�an ense�ar sus abdominales perfectos y sus ombligos perforados. Y yo, que nunca fui buena bebedora, me tragaba los whiskies como si fueran batidos de vainilla.</p><empty-line/><p>A las cuatro de la ma�ana acabamos en una discoteca de moda. La m�sica atronaba de tal manera que resultaba imposible mantener una conversaci�n, mientras una horda de adolescentes fam�licos y ojerosos pegaba saltos en la pista de baile al ritmo de unos golpes que me recordaban el sonido de los latidos de mi propio coraz�n, y me daba la impresi�n, no s�, de que un mill�n de estrellas fugaces ca�an desde el techo hacia la pista. Antonio, que parec�a encontrarse en su salsa, nos hizo un gesto indic�ndonos la barra, y nos abrimos paso entre cuerpos sudorosos y rostros que parec�an radiograf�as. Antonio pidi� tres whiskies y Borja desapareci� entre la masa, yo no ten�a muy claro a d�nde se dirig�a. Probablemente estuviese buscando el ba�o, porque me resulta imposible creer que Borja, mi Borja, se hubiera ido a la pista a bailar. �l nunca baila, y menos a�n ese tipo de m�sica.</p><empty-line/><p>Antonio y yo nos quedamos a solas por primera vez en quince a�os.</p><empty-line/><p>��Est�s verdaderamente guapa -dijo �l. Debido al ruido ten�a que acercarse tanto para hablar que yo pod�a sentir su aliento c�lido en el cuello. Y yo pens�, ahora o nunca, Ana, es posible que en a�os no vuelva a presentarse una oportunidad como �sta.</p><empty-line/><p>��Antonio -dije-, �te acuerdas alguna vez de aquella noche, hace quince a�os, cuando me llevaste a aquel bosquecillo en el camino de Orio�?</p><empty-line/><p>��Quince a�os� -dijo �l, luciendo aquella sonrisa legendaria a la que la mala vida hab�a hecho perder su aura Profid�n-. Hostia, no ha pasado tiempo ni nada� A saber d�nde est�bamos hace quince a�os�</p><empty-line/><p>�Era posible que �l no se acordara? Quiz� sencillamente no quer�a recordarlo.</p><empty-line/><p>��Yo estaba borracha. T� tambi�n, creo. Dej� de ser virgen aquella noche.</p><empty-line/><p>�l me mir� fijamente, con los ojos muy abiertos.</p><empty-line/><p>���Qu� est�s diciendo?</p><empty-line/><p>��Pens� que te acordar�as. Estoy segura de que te acuerdas. -Mi voz sonaba firme y transparente a pesar de todos los whiskles, a pesar del estruendo de la m�sica, a pesar de que brotaba de una cueva rec�ndita donde mi desesperaci�n se hab�a mantenido agazapada durante a�os.</p><empty-line/><p>�l me mir� con expresi�n vac�a y a continuaci�n desvi� sus ojos hacia la pista, apur� su vaso de un trago y luego las palabras le rezumaron cansinas de la boca, como arrastr�ndose.</p><empty-line/><p>��No s� de qu� me hablas.</p><empty-line/><p>Empec� a sospechar que quiz� dec�a la verdad, que para �l, quiz�, el episodio entre los eucaliptos s�lo constitu�a un vago recuerdo, no s�, al fin y al cabo Antonio hab�a tenido much�simas chicas en aquella �poca y qui�n sabe cu�ntas hab�an desaparecido con �l entre los �rboles� No s�, quiz� fuese verdad lo que hab�a o�do decir de �l, que se hab�a vuelto alcoh�lico, que apenas le quedaba medio h�gado, que la cabeza no le funcionaba.</p><empty-line/><p>Pero yo recordaba aquel episodio perfectamente, segundo a segundo. C�mo nos tendimos en el suelo mojado, c�mo �l me desabroch� la blusa y comenz� a manosearme los pechos, c�mo despu�s me baj� las bragas y me meti� la mano entre las piernas, c�mo de pronto me encontr� con que le ten�a encima, con los pantalones bajados, intentando meterme su cosa, c�mo intentaba penetrarme sin conseguirlo del todo porque yo forcejeaba debajo de �l y me revolv�a todo lo que pod�a y bastante trabajo ten�a �l intentando sujetarme las manos con un brazo y su propio miembro con el otro mientras yo culebreaba debajo de �l como una anguila, luchando por desasirme de su abrazo, y c�mo por un instante logr� soltar una mano y aprovech� para ara�arle la cara, y c�mo inmediatamente sent� un mazazo de hierro en la cara, y la sangre que flu�a a borbotones por la nariz, y c�mo le notaba encima de m�, inmoviliz�ndome, pesado como una condena, atenaz�ndome de tal manera que me faltaba el aire, y c�mo me sujetaba las mu�ecas con la fuerza de una llave inglesa, y c�mo yo hac�a lo imposible por desasirme de nuevo, c�mo pon�a los cinco sentidos en mover todos los miembros a la vez para que �l no lograra penetrarme, pero �l era mucho m�s fuerte que yo, y yo lo sab�a, lo sab�a bien, nunca hab�a conseguido ganarle echando un pulso y c�mo, cuando le tuve lo suficientemente cerca, le mord� la cara con toda la rabia de un perro acorralado, y c�mo le o� gritar de dolor, y c�mo, por toda respuesta, �l me sujet� con m�s fuerza a�n y me acometi� con una embestida directa, fulminante, y c�mo sent� que hab�a dejado a su paso todo mi interior en carne viva, y como me presionaba las manos contra el suelo con tanta fuerza que cre� que acabar�a por enterrarlas, c�mo millones de peque�as piedrecitas se me clavaban en los nudillos, c�mo aquello pareci� durar horas, aunque quiz� s�lo fueran quince minutos, y c�mo sent�a el sabor correoso de la sangre en la boca y c�mo me parec�a que de un momento a otro me estallar�an las cuerdas vocales, y c�mo pod�a escuchar mis propios gemidos, afilados como cuchillas de afeitar, tan chirriantes que me costaba reconocerlos como m�os, y c�mo me dol�a la espalda, y c�mo me dol�an las mu�ecas, y sobre todo, sobre todo, c�mo me dol�a entre las piernas, un dolor agud�simo, como si estuvieran introduci�ndome un hierro candente, un dolor que me perforaba como una aguja al rojo vivo, que se me iba metiendo dentro, muy dentro, m�s all� de m�sculos y tendones, m�s all� de capas de grasa y de filetes de carne, en el centro mismo de mis terminaciones nerviosas, en el n�cleo exacto de mi alma, y c�mo progresivamente �l empez� a jadear cada vez m�s fuerte hasta que al final se desplom� sobre m�, gimiendo.</p><empty-line/><p>Cuando se levant� me qued� sentada en la tierra, encogida sobre m� misma. �l me agarr� del brazo y me oblig� a ponerme de pie. Me llev� a rastras hasta la moto. En todo el camino a casa no cruzamos una palabra. Me dej� en el portal y sub� por las escaleras convencida de que yo ten�a la culpa de todo por haberle acompa�ado hasta el maldito bosquecillo.</p><empty-line/><p>Contemplando a Antonio acodado en la barra, convertido en una sombra de lo que una vez hab�a sido, aferrado a su vaso de whisky con la misma desesperaci�n con que un beb� se aferra al pez�n de su madre, comprend� perfectamente la postura de esos fil�sofos que opinan que Dios existe pero que le damos igual, que se limit� a dejarnos en la tierra y que se ha desentendido de nosotros. Y de la misma manera hay gente que nos crea, que nos convierte en las personas que somos, gente cuyas acciones marcan el resto de nuestras vidas de forma que nunca volveremos a ser como antes, y que, sin embargo, no se responsabilizan de nosotros. Antes de que Antonio pasara por m�, yo hab�a sido una persona, y despu�s de aquello me convert� en otra totalmente diferente. Y all� estaba Antonio para demostrarlo, completamente ajeno al hecho de que una vez hab�a sido una tormenta que devast� a su paso todas las flores, dejando tras de s� la mala hierba, las zarzas y los cardos, las ortigas, los espinos.</p><empty-line/><p>Borja apareci� de repente entre la masa. Mi marido me cogi� del brazo.</p><empty-line/><p>��Este sitio es horrible -dijo.</p><empty-line/><p>��A m� me gusta -respondi� Antonio, aunque su voz apagada no denotaba excesivo entusiasmo.</p><empty-line/><p>��Anda, que si hay que fiarse de lo que te guste a ti� -replic� Borja. Completamente cierto: a Antonio le gustaban unas cosas rar�simas.</p><empty-line/><p>Volvimos a casa sin hablar demasiado, tuvimos que coger un taxi porque est�bamos demasiado borrachos para conducir. Al llegar a casa me disculp� aduciendo cansancio y me fui directamente a la cama. Abr� el botiqu�n y encontr� una caja de polaramines. El m�dico me los hab�a recetado un a�o antes para combatir un brote de alergia, pero entonces apenas segu� el tratamiento m�s de tres d�as porque las pastillas me daban sue�o. As� que me met� cuatro pastillas de golpe con un trago de agua del grifo y me fui a la cama.</p><empty-line/><p>So�� con cuchillos y serpientes, con murci�lagos y sangre, con gusanos y brasas ardiendo, so�� que una enorme sombra oscura me persegu�a y yo no pod�a correr porque las piernas se hac�an cada vez m�s pesadas, y de pronto miraba las piernas, las mismas piernas que no pod�an correr, y ve�a goterones de sangre negra que resbalaban perezosamente por mis muslos.</p><empty-line/><p>So�� con un peque�o delf�n negro que era apenas m�s grande que la palma de mi mano. El delf�n viv�a dentro del lavabo, pero yo sab�a que alg�n d�a crecer�a y pronto llegar�a el d�a en que no cabr�a en el lavabo, y poco despu�s tampoco cabr�a en la ba�era, y me obsesionaba pensando en c�mo lograr�a mantenerlo vivo dentro de mi cuarto de ba�o, c�mo lo alimentar�a, c�mo me las arreglar�a para llevarlo hasta el mar el d�a en que creciera, y entretanto, poco a poco, el agua del lavabo iba ti��ndose de rojo.</p><empty-line/><p>Despert� sudando. Borja dorm�a pl�cidamente a mi lado. Eran las siete. Parpade� varias veces para recuperar el contacto con la realidad. Ten�a la boca seca, como si hubiera masticado tiza, y la cabeza me pesaba m�s que la mala conciencia.</p><empty-line/><p>Me restregu� los ojos y vi c�mo entraba por la ventana la primera luz de la ma�ana y ba�aba el cuarto de un suave color melocot�n. En la casa se respiraba una calma total.</p><empty-line/><p>Me dirig� hacia el cuarto de ba�o y comprob� que no hab�a ning�n delf�n en el lavabo. Abr� el botiqu�n y cog� la cala de ovoplex, y luego fui sacando una por una las diminutas pastillitas blancas, empuj�ndolas con la u�a, haci�ndolas salir de su peque�a celda plastificada y dej�ndolas caer en la taza del retrete, mientras ca�an las contaba, una, dos, tres, cuatro� viernes, s�bado, domingo, lunes, y creo que en realidad se trataba de un ritual, no s�, me parece que invocaba la protecci�n de la diosa de la fertilidad, aunque quiz� entonces yo no supiese bien lo que estaba haciendo, pero sab�a, eso s�, que iba a quedarme embarazada.</p><empty-line/><p>Borja y Antonio no se levantaron hasta el mediod�a. A m� se me escap� el cuchillo mientras preparaba la ensalada y me hice un tajo en el dedo que ensuci� de sangre el blanco mostrador de la cocina. Pero no sent� dolor. Ve�a la sangre fluir como si fuese ajena, y me embobaba contemplando las gotas caer sobre una mancha roja que se hac�a cada vez m�s grande. Tard� un rato en darme cuenta de lo extensa que se estaba haciendo la mancha de sangre y pens� que quiz� no deber�a haber tomado las pastillas. Me sent�a tan lenta�</p><empty-line/><p>Durante el desayuno cre�a flotar. No estaba en el comedor, me sent�a como si estuviese sumergida en una piscina de agua caliente. Ni Antonio ni Borja hablaban mucho, evidentemente como consecuencia de una resaca seria, y el sol entraba por la ventana y reflejaba una aureola alrededor de la rubia cabeza de Antonio, y Antonio, por un momento, rejuveneci� lustros y se convirti� en un querub�n perezoso que jugaba con las miguitas de pan. Toda la escena pose�a un aire irreal, una atm�sfera de cosa so�ada.</p><empty-line/><p>Antonio se march� apenas una hora despu�s. Le dio tiempo a darse una ducha r�pida y a hacer las maletas. Cuando se desped�a hizo amago de besarme en la mejilla, pero yo apart� la cara y le tend� la mano.</p><empty-line/><p>La ecograf�a dijo que era una ni�a, pero pasaron nueve meses y naci� un ni�o, y el parto se present� sin complicaciones y todo el mundo dijo que se trataba de un beb� precioso, y en particular Borja, que estaba encantado con la idea de tener un varoncito; pero yo sent� una �ntima e inconfesable decepci�n, sutil y peligrosa como una tela de ara�a, porque hab�a deseado una ni�a con todas mis fuerzas, porque hab�a ordenado con mimo los patuquitos y las rebequitas de color rosa, y hab�a entretenido las tardes buscando nombres de hada y de princesa que podr�an sentarle bien a una ni�a. Pero no pod�a explicarle a nadie lo que sent�a porque me habr�an acusado de inhumana y lo sab�a, pero muy dentro, muy dentro de m� misma, sent�a que haber dado a luz a un ni�o era algo as� como pactar con el enemigo.</p><empty-line/><p>Los siguientes dos a�os transcurrieron entre pa�ales y biberones, cenefas y maceteros, recetas de mousse y punto de cruz, y yo desplegu� una actividad fren�tica y exaltada, incansable, apasionada, para poner a punto una casa de la que mam� se sentir�a orgullosa. Quer�a al ni�o con locura, pese a que al principio no pod�a ni verlo, pero eso era normal, o lo era seg�n los m�dicos, quienes dijeron que se trataba de depresi�n posparto, algo perfectamente normal. Pero acab� queriendo al ni�o mucho m�s de lo que nunca hab�a querido o llegar�a a querer a Borja. Yo lo s�, Borja lo sabe y creo que todo el mundo lo sabe, aunque nadie lo haya dicho nunca.</p><empty-line/><p>Recibimos muchas, muchas, llamadas de Antonio, pero nunca hubo otra visita. Las amigas de Donosti contaban que Antonio iba de mal en peor, que todo el mundo sab�a que estaba muy enganchado a la hero�na, y entretanto Borja y Antonio se distanciaban cada vez m�s.</p><empty-line/><p>Hasta que un d�a, hace de esto m�s o menos un mes, son� el tel�fono y yo, que estaba preparando una ensalada, me limpi� las manos con el delantal y respond� a la llamada sin mucho inter�s, imaginando que, como de costumbre, al otro lado del auricular escuchar�a la voz de mam� interes�ndose por el ni�o, y me sorprend� much�simo al o�r la voz de Karmele, que sonaba jadeante, entrecortada, contarme que Antonio hab�a muerto a causa de una sobredosis y que la Ertzainza hab�a encontrado su cad�ver en un peque�o bosquecillo cerca de la autopista, a la salida de Orio; y que la polic�a daba por hecho que en el momento de la muerte hab�a estado acompa�ado, porque no apareci� ning�n veh�culo en las inmediaciones y era bastante dif�cil suponer que Antonio hubiese llegado hasta all� por su propio pie, sobre todo teniendo en cuenta que el fallecimiento hab�a tenido lugar en una noche de lluvia, as� que lo m�s probable es que Antonio hubiese ido all� en compa��a de otro u otros drogadictos, buscando un lugar apartado donde inyectarse hero�na, y su acompa�ante o acompa�antes, al ver lo sucedido, hab�an decidido abandonar el cad�ver para evitar problemas con la polic�a; y me cont� tambi�n que aquella noche varias personas recordaban haber visto a Antonio recorrer los locales de peor fama de la parte vieja de la ciudad, abrazado a una chica muy joven.</p><empty-line/><p>Colgu� el auricular y segu� picando cebolla como si tal cosa. Tarareaba las canciones de la radio mientras dispon�a art�sticamente en la ensaladera el apio, el pepino, la zanahoria y los rabanitos, orden�ndolos por colores. Cuando Borja regres� del trabajo olvid� incluso comentarle lo de la llamada.</p><empty-line/><p>Dos d�as m�s tarde volv�a a casa en el autob�s, cargada de bolsas. El ni�o estaba en la guarder�a. Y de pronto, al mirar por la ventana, vi a Antonio cruzar la calle. �Qu� estaba haciendo Antomo en Madrid? �Por qu� no hab�a llamado para notificarnos que llegaba? Me levant� para bajarme en la pr�xima parada en un intento vano para alcanzarle, aunque era consciente de que ten�a muy pocas probabilidades de dar con �l, que ya se habr�a perdido entre las calles de Madrid, y cuando estaba a punto de descender por la escalerilla del autob�s una idea cruz� por mi mente como un rel�mpago. No pod�a tratarse de Antonio. Antonio estaba muerto. Pero baj� de todas formas. Sent�a que me faltaba el aire y las piernas me pesaban como si fueran de plomo, y me desplom� en el primer banco que encontr�, y calibr� el peso exacto de mi cuerpo, los cincuenta y dos kilos que me fijaban al banco y me imped�an levantarme, y pod�a haberme tirado d�as enteros sentada en aquel lugar, porque, en realidad, no encontraba razones para levantarme, as� que cerr� los ojos e intent� no pensar en nada. Cero. Desaparecer.</p><empty-line/><p>No recuerdo cu�nto tiempo pas� sentada en ese banco; pasaron los minutos y quiz� las horas, hasta que se acerc� aquel se�or de cierta edad que me pregunt� si me encontraba bien, y no, no me encontraba bien, quer�a quedarme en aquel banco el resto de mi vida, madurar all�, echar ra�ces, marchitarme, secarme y desaparecer, pero record� a tiempo que ten�a un ni�o de dos a�os que en ese mismo momento probablemente estuviera berreando porque su madre no hab�a ido a buscarle a la guarder�a, as� que me desembarac� del amable se�or como pude, y cog� un taxi, consegu� recoger al ni�o por los pelos y regres� a casa con las pupilas de los ojos dilatadas de tanto llorar y llorar.</p><empty-line/><p>Ya no soy la mujer que era hace dos meses, aquella que lijaba y barnizaba y pintaba estanter�as. Siento que vuelvo a ser Anita, me emborracho con mi propio llanto, mantengo largas conversaciones conmigo misma y lloro en silencio l�grimas saladas, peque�as cuentas de cristal. La vida se me escapa por los ojos brillantes, y paso horas tumbada en la cama, incapaz de reunir fuerzas para levantarme. Paseo la mirada por la habitaci�n, recorriendo uno a uno los peque�os detalles que he llegado a aprenderme de memoria: la casi imperceptible mancha de humedad en el papel pintado, el peque�o hueco en forma de rect�ngulo que dej� una madera que un buen d�a decidi� abandonar el suelo de parquet y fue a parar Dios sabe d�nde, los dibujos geom�tricos del kilim, rosas, verdes y granates, los desconchados de la l�mpara de porcelana. Deber�a dejar de llorar, yo, que lo tengo todo, todo lo que acumul� para demostrarle a Antonio que sobreviviria, que val�a mucho m�s de lo que �l se cre�a: el suelo de gres, la cristaler�a Ruiz de la Prada, el sof� Roche Bobois, las cortinas de Gast�n y Daniela, la mesa de Ricardo Chiara, la vidriera de Vilches, los cuartos de ba�o con grifer�a de bronce de Trentino, el sal�n que merecer�a figurar en las p�ginas centrales del Elle decoraci�n, el marido guapo y brillante, el armario repleto de modelos de Sibila y Jes�s del Pozo. Lo tengo todo alrededor, pero ya no tengo nada dentro.</p><empty-line/><p>En aquellos tiempos nadie hablaba de violaciones. La Anita que yo era ni siquiera sab�a qu� significaba la palabra y pensaba que todo hab�a sido culpa suya. Ella le hab�a acompa�ado al monte. Hab�a ido sola en la moto. Se lo hab�a buscado. Los hombres son animales. No pueden reprimir sus instintos. Eso me hab�an dicho las monjas toda la vida, y era responsabilidad m�a mantener intocado mi cuerpo, ese templo sagrado que Dios me hab�a dado. M�a y s�lo m�a. Antonio me hab�a tratado como una puta y yo hab�a organizado toda mi vida para demostrarle a �l, al mundo y a m� misma que no lo era.</p><empty-line/><p>Pero Antonio se ha muerto y el mundo, por su parte, tambi�n ha cambiado, y mi hermana peque�a se acuesta con unos y con otros, con quien le da la gana, y nadie dice nada, nadie se lo cuestiona. Y yo, yo, �qu�? Yo s�lo he conocido a dos hombres, y ninguno merec�a la pena. Como tampoco mereci� la pena hacerles caso a mi madre y a las monjas.</p><empty-line/><p>No ha merecido la pena esforzarme en demostrar que soy una buena chica. Antonio se ha muerto y no me Importa. Borja est� vivo y no me importa. Lo �nico que importaba, lo �nico que ha importado siempre, era limpiar una mancha. Pero eso tampoco importa ya. Al fin y al cabo, la limpieza ya no me obsesiona. Anita organiz� una revancha de opereta y Ana duerme ahora con un extra�o, confinada en una casa que ha demostrado no necesitarla, recluida en un calabozo que ella misma ha decorado. Y yo me siento vac�a como una mujer burbuja.</p><empty-line/><p>De la vida se puede hablar de mil millones de maneras diferentes, pero para m� ya s�lo hay dos formas de vivirla: con drogas o sin ellas, o lo que es lo mismo, a pelo o anestesiada. Drogas, drogas, drogas. El �xtasis es el pan nuestro de cada d�a y ya no sabemos vivir sin �l. Nos metemos por lo menos una pastillita por semana, para pasar el fin de semana como Dios y el underground mandan, pero lo normal es que tambi�n caiga alguna entre semana. Despu�s de constatar que nos gastamos una pasta en las putas pastillitas, hemos decidido que nos tra�a m�s a cuenta hacernos con nuestras reservas del mes de una tacada, no s�lo porque va a salirnos m�s barato, sino porque ayer nos enteramos de que acababa de llegar un material que dif�cilmente podremos volver a encontrar: MDMA puro, del que ya no se hace, reci�n llegado de Holanda. Sal�a a cinco talegos la pastilla, pero por haber comprado una cantidad tama�o familiar, y como deferencia al hecho de que yo trabajaba en el Planeta X (que al fin y al cabo era su centro de operaciones), Carlos el Topo, alias Tantangao, nos ha hecho un precio especial: treinta pastillas a setenta y cinco napos, o sea, dos talegos y medio por pastilla. Considerando que se trataba de una oportunidad que no pod�amos desaprovechar, Line, Gema y yo hemos decidido hacer un fondo com�n, y aqu� estamos, a las seis de la ma�ana, dentro del coche de Gema, las tres mar�as, Line, Gema y yo, cada una con nuestra bolsita, que contiene nueve pastillitas blancas, nueve, que acabamos de pillar. Nueve en la bolsita y una en el est�mago, porque no hemos podido resistir la tentaci�n de probar una nada m�s pillarlas. Acabamos de salir del Planeta X. Son las seis de la ma�ana y yo me las he arreglado para salir antes que de costumbre porque es martes y en el local no hab�a mucha gente.</p><empty-line/><p>Conducimos por la calle de San Bernardo abajo, con el loro a todo volumen. Suena una cinta que el pincha me ha regalado esta misma noche y yo, con mucho af�n did�ctico pero escaso �xito, intento iniciar a Gema en los misterios de la cultura cyberchic.</p><empty-line/><p>���Ves, Gemita?, esto que suena ahora mismo es trance.</p><empty-line/><p>���Quieres decir que lo que sonaba hace cinco minutos no era trance? -pregunt� Gema con cara de no enterarse.</p><empty-line/><p>��No, lo que sonaba hace cinco minutos era hardcore techno.</p><empty-line/><p>��Jarcotezno? -Gema abre mucho los ojos y me dedica su mejor mueca esc�ptica.</p><empty-line/><p>��Hardcore techno -repito yo, con perfecto acento, que para algo he tenido un novio irland�s-, que es lo que aqu� se conoce como bacalao.</p><empty-line/><p>���Y qu� diferencia hay entre el jarcotezno y el trans? -pregunta ella-. Lo digo porque a m� me ha sonado a lo mismo.</p><empty-line/><p>��Pues que el hardcore techno es como m�s machac�n, m�s maquinita, o sea chunda-chunda-chunda-chunda, mientras que el trance es como m�s envolvente y espacial. Una cosa tipo tiritiritiritiririlili-tiritiritiritiririllilili-uauuu�-uauuu�. Y luego est� el ambient, que es mucho m�s relajado, tin� plin� tirirrir�n� plin. Algo as� como la New Age de la m�sica de baile. Y luego est� el jungle�</p><empty-line/><p>���Yanguel? -La cara de susto de Gema se hace m�s evidente por segundos.</p><empty-line/><p>��Jungle, que es algo as� como el sonido tribal de la m�sica de baile, pero hecho con ordenador y acelerad�simo. -Hago una pausa en mi discurso cuando advierto que lo que suena es uno de mis temas favontos-. Vaya, esto que suena ahora mismo son los Underworld. Me encantan.</p><empty-line/><p>��Cristina, que diferencies entre estilos ya me parece sorprendente, pero que llegues al punto de reconocer las canciones tiene un punto preocupante, qu� quieres que te diga -advierte Gema.</p><empty-line/><p>��No, si a m� tambi�n me parec�a un horror, pero desde que trabajo en el bar me he enganchado completamente. All� es que no oyes otra cosa. Lo peor es que me he grabado algunas recopilaciones de trance, me las he llevado a casa, y ya no escucho nada m�s. Me levanto escuchando trance, me lavo los dientes oyendo trance, me ducho con trance, y hago la comida a ritmo de trance� Estoy totalmente enganchada.</p><empty-line/><p>��No, si al final vas a acabar necesitando una terapia de desprogramaci�n� Te veo en El Patriarca antes de fin de a�o. -Line, que iba muy calladita en el asiento de atr�s, abre la boca por primera vez-. Por cierto -contin�a-, hablando de desprogramaciones, �has sabido algo de Iain?</p><empty-line/><p>��No, ni ganas -respondo yo, seca como el esparto. Gema se dirige a m�, curiosa.</p><empty-line/><p>���El tal Yan es el novio ese del que me hablabas?</p><empty-line/><p>��S�, mi novio -confirmo yo, decidida (la falta de costumbre), pero enseguida rectifico-. 0 sea, mi ex novio. Era mi novio hasta anteayer, como quien dice.</p><empty-line/><p>Gema me mira asombrada.</p><empty-line/><p>���Lo hab�is dejado?</p><empty-line/><p>��Lo hemos dejado hace un mes, y estoy hecha polvo. Como casi ni me ves �ltimamente ni te hab�as enterado.</p><empty-line/><p>��Si se trata de un reproche velado te recuerdo una vez m�s que he estado muy ocupada con mi tesis.</p><empty-line/><p>��T� y tu tesis� �Melibea, la primera feminista.� T�pico tema de bollera concienciada. Resulta que ahora una mema que no hace m�s que quedarse en casa y suspirar por un lechuguino es la primera feminista. Lo que hay que o�r. A vosotras las de hisp�nicas se os va un poco la olla.</p><empty-line/><p>He tocado su tal�n de Aquiles, su tesis, su obra magna, su alhaja, su prenda, la ni�a de sus ojos.</p><empty-line/><p>��No empieces, que lo de mi tesis lo hemos discutido muchas veces. Aparte que la tuya tampoco es una maravilla. �Diferentes concepciones del sentimiento amoroso a lo largo de la historia.� Te dar�n un punto extra por la originalidad�</p><empty-line/><p>��Vale. Tregua. Dejo el tema. Tu tesis es cojonuda. No s�, creo me pongo borde cuando oigo hablar de Iain.</p><empty-line/><p>��Hala, no te preocupes -me tranquiliza Gema-, que a una chica tan guapa como t� no le faltar�n novios.</p><empty-line/><p>���Repite eso?</p><empty-line/><p>���El qu�?</p><empty-line/><p>��Lo de que soy guapa.</p><empty-line/><p>��Pues nada, pues eso, que eres muy guapa.</p><empty-line/><p>��Pues nunca me lo hab�as dicho.</p><empty-line/><p>��Supongo que no hace falta decirlo. Es bastante obvio. Adem�s, no eres el tipo de chica a la que parece que haga falta dec�rselo, ni tampoco apetece.</p><empty-line/><p>���Y por qu� no va a apetecer?</p><empty-line/><p>��Porque, Cristinita querida, con lo borde que eres no s�lo no ibas a dar las gracias, sino que ibas a soltar una frasecita de las tuyas; un �mira que eres babosa�, o algo peor.</p><empty-line/><p>���Borde yo?</p><empty-line/><p>��No, qu� va. Dej�moslo en que a tu lado Cruella de Vile era una santa.</p><empty-line/><p>��No creas -digo, un poco pensativa-, si ya me lo han dicho muchas veces� El propio Iain, por ejemplo. �ste ya ni me habla.</p><empty-line/><p>���Es ingl�s?</p><empty-line/><p>��Peor a�n, irland�s -concreta Line desde atr�s-. Cat�licos y borrachos.</p><empty-line/><p>��Pero los mejores amantes. Ya lo dijo Marilyn Monroe -completo yo.</p><empty-line/><p>��Pero se refer�a a los Kermedy, que eran yanquis -rectificaLine-. Adem�s, seguro que follaba muy bien, pero era un pedante de cuidado. Con ese rollo de que era escritor�</p><empty-line/><p>���Escritor? -Interviene Gema-. Eso no lo sab�a yo. �Qu� escrib�a?</p><empty-line/><p>��Cuentos cortos. Comeduras de tarro. Nada del otro mundo. En realidad vive de un fideicomiso, as� que le da igual -le explico yo.</p><empty-line/><p>���Un fideicomiso? Entonces era rico, �no?</p><empty-line/><p>���l no. Su familia s�, por lo visto. Pero es un cutre, como toda la gente de pelas. Por ejemplo, cuando cortamos me envi� una caja con mis pertenencias, lo que me hab�a dejado en su apartamento. Y al principio estaba tan jodida que ni me atrev� a abrirla. Y hace dos d�as, cuando por fin la abro, veo que el muy cabr�n se ha quedado con lo que le interesa. Mis mejores camisetas, por ejemplo. Y mis bolas chinas.</p><empty-line/><p>���Bolas chinas? �Eso qu� es? -pregunta Gema.</p><empty-line/><p>��Pues es como una especie de vibrador -le informo-, pero son dos bolas. Hija, pens� que vosotras las lesbianas sabr�ais m�s de eso� Y se supone que una te la metes por el co�o y la otra� Bueno, olvida las instrucciones de uso. El caso es que debe de estar utilizando mis bolas chinas con cualquier otra, de la misma manera que debe de estar saliendo por ah� con MIS camisetas, y por eso no me las devuelve.</p><empty-line/><p>��Mujer, lo dudo bastante -opina Gema.</p><empty-line/><p>���El qu�?</p><empty-line/><p>��Lo de que est� usando las bolas chinas�</p><empty-line/><p>��Pues no veo por qu� vas a dudarlo. No creo que sea fiel a mi recuerdo. �Si �l no aguanta pasar dos d�as sin follar�! Estoy segura de que ya est� con otra t�a.</p><empty-line/><p>��No, no lo has cogido, Cris. Yo no te digo que no folle. Lo que quiero decir es que tampoco es muy normal, trat�ndose de una chica con la que no llevas mucho tiempo, pues eso, sacar un vibrador como si tal cosa de la mesilla de noche y proponerle montar un numerito. Vamos, por lo menos no con el tipo de chicas que yo he conocido. �Oye, mira que tengo aqu� un juguetito que se dej� mi novia en casa, que por qu� no lo usamos.� No me negar�s que suena un poco fuerte.</p><empty-line/><p>��Me est�s decepcionando, Gema. Yo pens� que las lesbianas os pasabais el d�a jugando con vibradores.</p><empty-line/><p>��T� has visto mucho porno -me responde Gema.</p><empty-line/><p>��Adem�s tampoco hace falta que explique que se trata de un juguetito de su novia -a�ade Line-. Siempre puede decir que le toc� en una rifa de una despedida de soltero, y que le apetece ver c�mo funciona.</p><empty-line/><p>��Pues peor me lo pones� -otra vez Gema-. �Qu� iba a pensar la chica de sus amistades? Y, por cierto, �cu�nto tiempo llevabas con ese novio?</p><empty-line/><p>���Qu� pasa? �Quieres que te dicte mis memorias, o qu�?</p><empty-line/><p>���Ves? Si cuando yo digo que eres una borde, lo digo por algo.</p><empty-line/><p>��No, si es verdad. Ya te he dicho que por eso me dej� Iam. Se hart� de mis numeritos, de mis desplantes, de mis depresiones y de mis psic�logos.</p><empty-line/><p>���Y c�mo lo llevas?</p><empty-line/><p>��As�, as� tirando. La verdad es que andaba dudando entre hacerme lesbiana o meterme a monja.</p><empty-line/><p>��Ambas cosas son compatibles. Y si no acu�rdate de esa monja que nos contabas que te persegu�a por los pasillos de tu colegio� -me recuerda Line.</p><empty-line/><p>���Qu� horror! Ni me la menciones.</p><empty-line/><p>��Pero si buscas consejo, yo de ti optaba por la primera opci�n. No s�lo porque suena m�s interesante, sino porque, ahora que has adelgazado, ser�a una pena que ocultaras tus encantos bajo un h�bito talar -dice Gema.</p><empty-line/><p>���Me est�s tirando los tejos?</p><empty-line/><p>��Bueno, ya que has dicho que ibas a hacerte lesbiana, quiero apuntarme la primera al club de tus admiradoras -avisa Gema, sonriente y, supongo, ir�nica.</p><empty-line/><p>��T�a, que nos conocemos desde hace seis a�os�</p><empty-line/><p>��Nunca es tarde si la dicha es buena.</p><empty-line/><p>��Oye, que si sobro no ten�is m�s que decirlo y me bajo del coche, �eh? -interrumpe Line.</p><empty-line/><p>Yo finjo no haberme enterado y cambio de tercio.</p><empty-line/><p>��Puedo hacerte una pregunta indiscreta? -le suelto a Gema.</p><empty-line/><p>��Las preguntas no son indiscretas, tal vez las respuestas, dijo Oscar Wilde -cita Line.</p><empty-line/><p>��Cre�amos que el pedante era mi novio -le recuerdo yo.</p><empty-line/><p>��Ex novio -puntualiza ella.</p><empty-line/><p>���Cu�l era la pregunta indiscreta? -pregunta Gema.</p><empty-line/><p>��Que si te lo has hecho con un t�o alguna vez, como si lo viera -suelta Line desde atr�s.</p><empty-line/><p>���Era �sa? -pregunta Gema.</p><empty-line/><p>��Era �sa -confirmo yo.</p><empty-line/><p>��A partir de hoy, llamadme Sibila -dice Line.</p><empty-line/><p>��Pues tampoco era tan indiscreta, hija. La respuesta es s�. Con unos cuantos. Me lo hice con el profesor de ling��stica de primero, por ejemplo.</p><empty-line/><p>���EL DE LING��STICA? -chilla Line-. �Con aquel monstruo? �Qu� asco! Si deb�a de rondar los ciento veinte kilos� No me extra�a que decidieras hacerte bollera. Despu�s de una experiencia semejante, cualquier cosa.</p><empty-line/><p>��No me seas reaccionaria. Ser gay no es ser cualquier cosa -replica Gema indignada.</p><empty-line/><p>��Es un decir, joder. No te me pongas concienciada ahora, que son las seis de la ma�ana.</p><empty-line/><p>���Y vosotras, ya que pregunt�is? �Os lo hab�is hecho con una t�a?</p><empty-line/><p>��No -contesto.</p><empty-line/><p>��Bueno, s� -responde Line a su vez-. �sta y yo nos hemos dado alg�n que otro morreo y una vez lo hicimos las dos con Santiago�</p><empty-line/><p>��0 sea, que no -la corta Gema.</p><empty-line/><p>��Supongo que no. -Me lo pienso un segundo-. No.</p><empty-line/><p>��No -confirma Line.</p><empty-line/><p>��Y, dime, �es muy diferente? -pregunto yo.</p><empty-line/><p>���El qu�? -Gema, a la gallega, responde con una pregunta.</p><empty-line/><p>��El qu� va a ser� Follar con un t�o y follar con una t�a.</p><empty-line/><p>��S� y no. A ver, c�mo te explico� -El �xtasis debe de estar subi�ndole. Si no �a qu� viene semejante talante comunicativo? En otras circunstancias me habr�a mandado a la mierda-. En una relaci�n con un hombre est� claro desde el principio que nunca se llegar� a una comprensi�n absoluta. Con los hombres se parte de la contraposici�n, y con las mujeres de la identificaci�n. Con las mujeres es quiz� m�s ingenuo, los roles no est�n preestablecidos, ni en la cama ni fuera de ella, y todo se hace m�s f�cil. Hay muchas cosas que un hombre no puede comprender porque simplemente no sabe lo que significa ser mujer. Y hay otra diferencia muy grande: los hombres no tienen pechos, y las mujeres no tienen los m�sculos de los hombres�</p><empty-line/><p>��Y te ahorras eso de la felaci�n, que es bastante inc�modo, a no ser que tengas la boca muy grande� -Line interrumpe el formativo discurso de Gema.</p><empty-line/><p>��0 que �l la tenga muy peque�a -completo yo.</p><empty-line/><p>��A m� me echa un poco para atr�s. �Sabe bien? -Line, siempre tan directa.</p><empty-line/><p>���El qu�? -pregunta Gema.</p><empty-line/><p>��El qu� va a ser� com�rselo a una tia, co�o -responde Line.</p><empty-line/><p>��Mujer, depende, pero en general, s�. S�, sabe bien, preg�ntaselo a cualquier t�o. Adem�s, el sexo de una t�a visto desde cerca es muy bonito. Parece una flor. Una orqu�dea. Y es blandito, da gusto jugar con �l. Qu� quieres que te diga, a m� me resulta mucho m�s desagradable tener que chup�rsela a un t�o, que a veces te atragantas y no puedes ni respirar�</p><empty-line/><p>��Y que hay mucho guarro que no se lava� -Line de nuevo. -Yo lo que detesto es cuando te agarran la cabeza con las manos y te obligan a meterte el aparato hasta la campanilla, y t� ah�, medio asfixiada, que vas notando c�mo te falta el aire -explico yo.</p><empty-line/><p>��Pues eso con una t�a no te va a pasar. -Gema sentando c�tedra.</p><empty-line/><p>��No, si al final acabar�s por convencerme. Adem�s, despu�s del modo en que me ha tratado Iain casi se me han quitado las ganas de relacionarme con m�s.</p><empty-line/><p>En ese momento nos fijamos en un par de maderos que est�n de pie en la acera, haciendo un control. Han aparcado el coche a un lado de la calle y est�n parando a algunos autom�viles. Se ha formado un embotellamiento importante.</p><empty-line/><p>���Esto qu� es? -pregunta Line.</p><empty-line/><p>��Un control. Terroristas, seguro. Me juego la vida a que ha habido un atentado -predice la agorera de Gema.</p><empty-line/><p>��Para m� que es un control de alcoholemia -opino. Los maderos nos hacen se�as de que nos detengamos, supongo que porque el viejo cuatro latas de Gema, lleno de pegatinas, tiene bastante mala pinta. Una panda de pijos engominados pasan a nuestro lado en un Golf GTI. A ellos, claro, no les paran.</p><empty-line/><p>Uno de los maderos le dice a Gema que salga del coche. Line y yo contemplamos c�mo el tipo le pide el carnet de conducir y los papeles del veh�culo. Gema, muy calmada, los saca de la guantera y se los ense�a.</p><empty-line/><p>El madero nos mira a Line y a m� y nos hace una se�a. Ahora nos toca a nosotras salir del coche. Lo hacemos. El t�o abre mi bolso y lo primero que saca es la pitillera de plata que me regal� Iain (por cierto, yo no fumo. El listo de Iain se luci� con el regalito). La abre y se encuentra la bolsita.</p><empty-line/><p>Me doy cuenta de lo est�pidas que hemos sido. Ni se nos hab�a pasado por la cabeza que la madera pudiera ponerse a controlar a la gente que sal�a del Planeta X para pillar �xtasis. Yo ya hab�a o�do que eso se hac�a, pero siempre hab�a pensado que se apostaban a la puerta de las macrodiscotecas del extrarradio, en Atica o el Central, no en pleno centro de Madrid. Aunque, en realidad, que hagan un control aqu� es lo m�s l�gico, porque el Planeta X es un nido de pastilleros y farloperos, como todo el mundo sabe. Maderos incluidos, por lo visto.</p><empty-line/><p>Oigo un zumbido en los o�dos. Se trata de la sangre, que se me agolpa en las sienes.</p><empty-line/><p>���Esto qu� es? -pregunta el madero.</p><empty-line/><p>��Pastillas.</p><empty-line/><p>��Ya veo. �Alguna de vosotras tiene m�s pastillitas de �stas? -a�ade �l, dirigi�ndose a Gema y Line.</p><empty-line/><p>Line y Gema no abren la boca. Nos advierte que van a registrarnos de todas formas, as� que m�s vale que soltemos lo que llevamos. Ser� m�s r�pido y menos humillante, dice.</p><empty-line/><p>Gema saca su bolsa del bolsillo de los vaqueros. Yo s� que Line se ha metido la bolsita dentro de las Doctor Martens, no porque temiera ning�n registro, sino porque la bolsa ya no le cab�a en su min�sculo bolsito en forma de coraz�n, donde hab�a metido a presi�n las pinturas, las llaves, el tabaco y el monedero; y el modelito de esta noche -un pichi de vinilo rosano tiene bolsillos.</p><empty-line/><p>El polic�a se dirige a Line:</p><empty-line/><p>��A ver, rubita, t� tambi�n. Tus pastillas.</p><empty-line/><p>��Yo no llevo nada -asegura Line. Y �l repite que m�s vale que entregue el material ahora si no quiere buscarse m�s problemas de los que ya tiene, y que van a registrarla de todas formas.</p><empty-line/><p>Line duda por un instante, luego se sienta en la acera y comienza a desabrocharse las Doctor Martens. No resulta una tarea f�cil, porque son de esas de ca�a alta, abrochadas hasta el tobillo.</p><empty-line/><p>��Tendr� usted que esperar un momento -avisa-. Las tengo por aqu�, en alguna parte.</p><empty-line/><p>El madero, impaciente, le dice que se d� prisa, que no tiene todo el d�a.</p><empty-line/><p>Line se quita el calcet�n rosa el�ctrico. Con el fr�o de la ma�ana resulta un poco absurdo ver a Line con el pie desnudo. Nada. De ah� no sale nada parecido a una bolsa de pastillas.</p><empty-line/><p>��Me parece que me he equivocado de bota. Deben de estar en el pie derecho -dice Line, dedic�ndole al madero su mejor sonrisa y encogiendo los hombros.</p><empty-line/><p>Esperamos unos cinco minutos hasta que logra quitarse la otra bota y por fin aparece la condenada bolsita. Luego otros diez minutos hasta que se calza de nuevo. El atuendo de Line ser� todo lo moderno que ella quiera, pero, desde luego, no est� pensado para una noche de pasi�n salvaje, a no ser que se trate de un polvo r�pido, contra la pared, subi�ndose el pichi hasta el pecho y dej�ndose las botas puestas, y est� claro que tampoco est� dise�ado para enfrentarse a un registro policial. No hay m�s que ver la cara de los maderos.</p><empty-line/><p>Uno de ellos, se�alando la bolsita, nos pregunta d�nde hemos comprado las pastillas.</p><empty-line/><p>��En una fiesta -digo.</p><empty-line/><p>��En el Planeta X -dice Gema. Ella ha dicho la verdad y yo he tratado de salvarme el curro.</p><empty-line/><p>��En una fiesta en el Planeta X -ampl�o yo, intentando remediar la situaci�n.</p><empty-line/><p>El madero se mete en el coche y habla con alguien por radio. No hace otra cosa que recltar n�meros. Algo as� como �Alfa 33, Alfa 33, registrado un doscientos veintinueve en la calle San Bernardo, cambio y corto� Negativo� Doscientos veintinueve.� Resulta evidente que est� utilizando alguna clave. Acaba y nos hace aparcar el cuatro latas.</p><empty-line/><p>��Me temo que tendr�is que acompa�arme a la comisar�a para prestar declaraci�n -le dice a Gema.</p><empty-line/><p>Nos han metido en una furgoneta de la polic�a, que arranca. Conduce un madero jovencito. Nosotras tres vamos agolpadas en la parte trasera del coche, separadas de los dos polic�as que nos llevan por una reja met�lica. Como perritos. No nos han esposado. Yo siempre hab�a pensado que cuando te llevaban a comisarla te esposaban. La idea me daba cierto morbo, por aquello de que s�lo he utilizado esposas para follar. No me queda claro si debemos considerarnos detenidas o no. Se me pasan por la cabeza terror�ficas im�genes de brutalidad policial, interrogatorios con un flexo apunt�ndote a la cara, palizas propinadas con toallas mojadas para no dejar marcas, s�rdidas celdas sin agua ni sanitario� De pronto, sin comerlo ni beberlo, nos hemos convertido en delincuentes y paseamos por el lado salvaje de la vida.</p><empty-line/><p>��Hace falta tener mala suerte -suspiro.</p><empty-line/><p>��Vosotras tres, calladitas -suelta el madero que conduce.</p><empty-line/><p>��Vale, vale, que ya nos callamos -responde Line. Continuamos el trayecto en el mayor de los silencios. La verdad es que apenas pasamos cinco minutos en la furgoneta, porque nos llevan directamente a la comisar�a de la Luna, que est� pr�cticamente al lado de donde nos han recogido.</p><empty-line/><p>Al llegar a comisar�a nos separan. A m� me llevan a una habitaci�n peque�a en la que un polic�a bajito, sentado frente a una m�quina de escribir, anota mi nombre, direcci�n y n�mero de carnet de identidad. Parece muy joven. Quiz� m�s joven que yo. Todo lo que me hab�an sacado del bolso aparece extendido en la mesa, delante de �l: cartera, llaves, el estuche de las gafas, un l�piz de labios, un monedero. Todo menos la pitillera de plata que me hab�a regalado Iain y que conten�a las pastillas.</p><empty-line/><p>Me pregunta mi profesi�n.</p><empty-line/><p>��Estudiante -contesto. No s� por qu� me da verg�enza decir camarera. Influencia de mis hermanas, supongo.</p><empty-line/><p>Y en ese momento, zas, noto una sensaci�n familiar que me hace cosquillas en el est�mago, y bulle y burbujea como una aspirina efervescente dentro de m�, y va subiendo, poquito a poco, burbujitas, burbujitas espumosas, hacia mi cabeza. Oli, no� El pulso se me acelera y empiezo a respirar de forma entrecortada, inspiraci�n, espiraci�n, me falta ox�geno, boqueo como un pez fuera del agua, noto que las piernas empiezan a temblarme, las articulaciones me hormiguean, y las manos, soy incapaz de estarme quieta y EST�N ENTR�NDOME UNAS GANAS MUY TONTAS DE RE�RME. Carlos Tantangao, esta vez no has hecho honor a tu nombre. Esto es MDMA puro. El mejor que he probado nunca.</p><empty-line/><p>El madero saca un cigarro y me ofrece uno. No lo acepto, porque no fumo, pero le doy las gracias muy amablemente.</p><empty-line/><p>Me dice que hemos tenido suerte porque hoy no han tra�do a mucha gente, as� que podremos despachar el asunto m�s r�pido que de costumbre, ya que, normalmente, podr�an pasar horas hasta que nos tomaran declaraci�n.</p><empty-line/><p>Parece bastante amable. No me da la impresi�n de que vaya a conocer la brutalidad policial, de momento.</p><empty-line/><p>Al rato aparece otro tipo, �ste vestido de paisano, con barba. Debe de rondar la cuarentena y es atractivo, a su manera. Tiene un pasar, si a uno le gustan los modelos de anuncio de El Corte Ingl�s, claro.</p><empty-line/><p>��Supongo que eres consciente del l�o en que te has metido -me dice, encendiendo un cigarrillo, igualito, igualito que en las pel�culas de Bogart.</p><empty-line/><p>��Me lo imagino.</p><empty-line/><p>���D�nde comprasteis las pastillas?</p><empty-line/><p>��En el Planeta X. Ya se lo dije al agente que nos ha tra�do aqu�.</p><empty-line/><p>���A qui�n se las comprasteis?</p><empty-line/><p>��A un camello, a qui�n va a ser.</p><empty-line/><p>���Sabes su nombre? �Me conviene mentir? Doy por hecho que Gema no se ir� de la lengua, pero seguro que Line mete la pata, en su l�nea.</p><empty-line/><p>El dilema del prisionero. Uno de los problemas b�sicos de la teor�a de juegos. Dos individuos sospechosos de haber cometido un crimen en complicidad son detenidos y encerrados en celdas separadas. Cada uno puede hablar o permanecer en silencio. Hay tres posibilidades: si uno habla y el otro no, el que habla va a la calle y al otro le caen veinte a�os. Si los dos hablan, a cada uno le caen cinco a�os. Y si los dos callan, les cae un a�o a cada uno acusados de un cargo menor, como tenencia il�cita de armas, por ejemplo. Cada uno debe tomar su decisi�n sin saber lo que har� su c�mplice. �Qu� deben hacer?</p><empty-line/><p>Soluci�n: los dos deber�an quedarse calladitos. Moraleja: en un juego de informaci�n incompleta los mejores resultados se consiguen cuando todos los jugadores adoptan una estrategia cooperativa.</p><empty-line/><p>��No, no s� su nombre -respondo-. En estos casos uno no pregunta el nombre, s�lo el precio.</p><empty-line/><p>La explicaci�n parece convencerle.</p><empty-line/><p>���Puedes describ�rmelo? M�s vale que me digas la verdad, porque estamos preguntando a tus amigas tambi�n, y como las descripciones no concuerden, os ver�is en un serio problema.</p><empty-line/><p>Le doy una descripci�n que concuerda con la de Carlos el Topo, pero que tambi�n podr�a concordar con la de cualquiera: moreno, no muy alto, ojos oscuros. Omito el hecho de que llevaba gafas de culo de vaso (por eso le llaman Topo), porque desde que existen las lentillas ya casi nadie las lleva, y el dato podr�a servir para identificarle con facilidad. Si las otras lo mencionan, all� ellas. Pero nadie podr� acusarme de haber mentido. Todos los rasgos que he citado son los de Carlos.</p><empty-line/><p>���Le hab�as visto antes? -me pregunta el secreta. Supongo que es un secreta, porque no lleva uniforme.</p><empty-line/><p>��Un par de veces -miento.</p><empty-line/><p>���Sabes si es un proveedor habitual?</p><empty-line/><p>���Qu�?</p><empty-line/><p>��Que si es un camello conocido -traduce el secreta, condescendiente.</p><empty-line/><p>Carlos el Topo, alias Tantangao, es el camello m�s famoso de toda Malasa�a (y aleda�os).</p><empty-line/><p>��Pues no lo s�. Yo s�lo le he pillado hoy -digo. El Topo lleva tres a�os siendo mi proveedor habitual, que dir�a el de barba.</p><empty-line/><p>���Y c�mo te has enterado de que estaba pasando pastillas?</p><empty-line/><p>��Pues como todo el mundo. He ido al bar y he preguntado qui�n pasaba.</p><empty-line/><p>���Y no te parece que nueve pastillas es una cantidad un poco exagerada para llevarlas encima de golpe?</p><empty-line/><p>��Es que estamos preparando una fiesta. Ruego a Dios que las dem�s digan algo parecido. Supuestamente soy atea, pero en estos casos recupero la fe del colegio, por si las moscas.</p><empty-line/><p>��Bien, vamos a llevar estas pastillas al laboratorio para que las analicen, y si son lo que creemos que son, me parece que tus padres se llevar�n un disgusto.</p><empty-line/><p>��Comprendo.</p><empty-line/><p>��Cerdo paternalista, pienso para mis adentros.</p><empty-line/><p>��Eso espero. �Vives con tus padres? Me cuesta responder. Noto que empiezo a temblar y la mand�bula se me desencaja. Pu�etero �xtasis de los cojones.</p><empty-line/><p>��No, vivo sola.</p><empty-line/><p>��Ya te has metido alguna de esas pastillas, �no? Qu� percepci�n la suya.</p><empty-line/><p>��Me temo que s� -respondo. Noto el pulso desbocado como un caballo que acabara de ver un fogonazo. Jadeante, siento un ritmo interno bullicioso que me estremece de la cabeza a los pies. Percibo los latidos de la sangre en los o�dos, el eco de las palpitaciones en el pecho, y hasta empiezo a encontrar mono al polic�a jovencito de uniforme. Esto es MDMA del bueno, y sube como un cohete.</p><empty-line/><p>��Ahora tendr�s que esperar hasta que tomemos declaraci�n a tus amigas y decidamos qu� hacer con vosotras. De momento, yo he terminado contigo -anuncia el de barba. Acto seguido se levanta y sale de la habitaci�n, cerrando la puerta tras de s�. Parece satisfecho con la in�til informaci�n que le he proporcionado.</p><empty-line/><p>El jovencito me indica que va a acompa�arme a una celda. �Una celda! No he estado en una celda en mi vida. Aunque en realidad, el sitio donde me lleva no tiene mucha pinta de celda. No tiene rejas, por ejemplo. Se trata de una simple habitaci�n cerrada con llave desde fuera, con una peque�a ventanita en la puerta por si necesitamos llamar. Dentro hay un banco, y sobre el banco, un negro. Entro y me siento a su lado. El banco resulta bastante inc�modo. El negro tiene los ojos muy bonitos.</p><empty-line/><p>��Hola -saludo.</p><empty-line/><p>��Hola -responde el negro, con una blanqu�sima sonrisa-. �Por qu� tu aqu�?</p><empty-line/><p>��Drogas -digo.</p><empty-line/><p>���Caballo?</p><empty-line/><p>��No, equis. �Y t�?</p><empty-line/><p>��Caballo. -Tiene un acento muy raro.</p><empty-line/><p>��Oye, t�� �de d�nde eres?</p><empty-line/><p>��Senegal. -Donc, tu parle francais� -digo. El franc�s era el segundo idioma que eleg� en la carrera.</p><empty-line/><p>��Mais bien s�r! -�l parece encantado-. Tu parle tr�s bien. -</p><empty-line/><p>Merci.</p><empty-line/><p>��Est, qu'est-ce que tu fais, une belle fille comme toi, et cultiv�e aussi, dans cet endroit� -dice. Que viene a ser: �qu� hace una chica como t� en un sitio como �ste?</p><empty-line/><p>��C'est la vie. Y esto ni har�a falta traducirlo: As� es la vida.</p><empty-line/><p>Nos enzarzamos en una animada conversaci�n. �l se llama Ouran� o algo as�. Yo voy puest�sima de �xtasis, de modo que tengo muchas ganas de charla, a pesar de las circunstancias supuestamente adversas. Me paso el rato de palique con Ouran�, o como se llame, que me cuenta c�mo es la Cassamance, la regi�n de donde viene, que por lo visto est� llena de terroristas independentistas. Algo as� como los etarras pero en negro, para entendernos. Nos re�mos mucho y a m� casi se me olvida que estoy en una comisar�a y pendiente de una posible acusaci�n por tr�fico de drogas.</p><empty-line/><p>Ouran� debi� de nacer en un pueblo soleado a la orilla del mar. Ouran� apenas aprendi� a leer o escribir. En la Cassamance a los ni�os se los lleva una gripe, porque no existen los antibi�ticos ni las aspirinas. En la Cassamance las mujeres tardan un d�a entero en llegar de un pueblo a otro con sus beb�s a la espalda. En la Cassamance soldados de uniforme verde se apostan en los cruces de los caminos con sus fusiles franceses apoyados en la cadera y se empe�an en que los ni�os no hablen wolof sino franc�s. Imagino a Ouran� viajando hasta Espa�a en una patera y recorriendo el camino desde el sur con dos camisetas viejas en una bolsa de pl�stico y el esp�ritu lleno de esperanzas absurdas. Quiz� Ouran� pensara que aqu� podr�a encontrar un trabajo y una vida. Ouran�, habr�as hecho mejor qued�ndote en tu pueblo junto al mar, pescando en un delta lleno de delfines y tocando el tambor al atardecer. No s� qui�n te enga�� diciendo que aqu� encontrar�as coches, bol�grafos, cigarrillos, luz el�ctrica, pantalones vaqueros y cintas de Michael Jackson. Todo lo que has encontrado ha sido una celda sin ba�o y un banco para dormir.</p><empty-line/><p>Y yo me pregunto �qu� co�o haces aqu�?, y lo que es peor, �qu� co�o hago yo aqu�? No hablo solamente de esta celda sin rejas, hablo de esta vida sin asideros, sin razones ni coartadas, sin pretextos ni evasivas, ni objetivos, ni intenciones, ni ideales. Si yo me muriera ahora mismo, �a qui�n dedicar�a mi �ltimo pensamiento?, �qu� recuerdo decidir�a llevarme?, �me dar�a mucha pena dejar esto? Para qu� enga�arnos: no tengo casa, porque no se puede llamar casa a mi apartamento enano de alquiler astron�mico; no tengo trabajo, porque tampoco se puede llamar trabajo al papel de florero andante que ejerzo en el bar; no tengo novio, ni siquiera estoy segura de que lo haya tenido alguna vez; por no tener ni siquiera tengo perro, y eso que a los cuatro a�os hice la firme promesa que adoptar�a uno en cuanto fuese mayor. Debo recordarme a m� misma que soy afortunada de haber nacido en Madrid y tener la piel blanca. Pero saber que Ouran� est� peor que yo no me sirve de consuelo. Me siento ego�sta y esto empeora a�n m�s, si cabe, mi estado de �nimo. Me gustar�a quedarme muy quieta y poquito a poco dejar de respirar, dejar de enviar �rdenes a mis neuronas, dejar de pensar, dejar de ser, dejar de ocuparme de m� misma, de mi piel, de mis tendones, de mis venas, de mis huesos. Cuando salga de aqu� no estar� mejor ni peor. No soy m�s que una mu�equita de pl�stico y, para colmo, empiezan a fallarme las pilas.</p><empty-line/><p>A las dos horas o as� aparece el mismo polic�a jovencito de antes para llevarme otra vez a la habitaci�n donde me han tomado declaraci�n. Me despido de Ourane, o como se llame, con un morreo largu�simo (yo voy de �xtasis y me ha dado mucha pena su historia, y adem�s, qu� co�o, tiene unos ojos muy bonitos) y le dejo mi n�mero por si le apetece llamarme cuando salga, si es que sale. El polic�a jovencito debe de haber visto de todo en esta vida, porque no parece sorprenderse.</p><empty-line/><p>S�, s� que tengo suerte de haber nacido en Madrid y tener la piel blanca.</p><empty-line/><p>En la otra habitaci�n, la de la m�quina de escribir, nos espera el secreta de la barba. Me dice que me siente.</p><empty-line/><p>��Hemos tomado declaraci�n a tus dos amigas y las versiones pr�cticamente coinciden -explica.</p><empty-line/><p>Me fijo en su cara. Le falta algo, no s�, expresi�n, dir�a yo. Una cara que ha envejecido pero no ha madurado. Ya s� a qui�n me recuerda: a un Geyper Man.</p><empty-line/><p>��Hemos comprobado vuestras fichas y ninguna de las tres ten�is antecedentes penales -contin�a-. Me parece que por esta vez vamos a dejar que os vay�is sin problemas. Pero quiero que tengas en cuenta que hemos tomado vuestros datos y que si volvemos a pillaros en una parecida os meter�is en un l�o muy gordo, �entendido?</p><empty-line/><p>��Entendido.</p><empty-line/><p>��Otra cosa. Hemos hecho un primer examen de vuestras pastillitas, y aunque todav�a es muy pronto para que el laboratorio nos env�e la confirmaci�n oficial, puedo dec�rtelo. Puro palo, vuestras pastillas. Polvos de talco.</p><empty-line/><p>��No me lo creo. �Y el subid�n que llevo yo, qu�? -Mira que soy metepatas. �C�mo he podido soltar esto? �Por qu� nunca me quedo calladita?</p><empty-line/><p>�l esboza una media sonrisa que reprime a tiempo. Gracias a Dios. Le he ca�do en gracia.</p><empty-line/><p>��Sugesti�n. Las ni�as de vuestra edad son muy impresionables -dice y se levanta.</p><empty-line/><p>No se me ha pasado por alto el tonillo con que ha soltado lo de �las ni�as de vuestra edad�.</p><empty-line/><p>El de la barba se larga sin decir ni adi�s. Me quedo a solas con el polic�a jovencito.</p><empty-line/><p>���Esto es todo? -pregunto.</p><empty-line/><p>���Qu� m�s quieres? Esto es todo. Ni interrogatorio a la luz de un flexo, ni palizas en una habitaci�n con las paredes ensangrentadas, ni nada.</p><empty-line/><p>El polic�a jovencito me acompa�a a la puerta.</p><empty-line/><p>��Ojal� fueran todos como vosotras: ni antecedentes, ni mal comportamiento, ni quejas. Y encima hab�is respondido a todo a la primera. Hija, daba gusto tomarte declaraci�n. En los dos a�os que llevo en esta comisar�a nunca me he encontrado con unas ninas tan dulces como vosotras. Mira, ah� est�n tus amigas -dice, se�alando a Line y Gema, que aparecen escoltadas por un polic�a de uniforme-. Hala, vete con ellas, y cuidadito con esas tonter�as que hac�is, que no quiero volver a veros por aqu�.</p><empty-line/><p>Me siento como cuando ten�a cuatro a�os y mi madre, aliviada aunque un pel�n aprensiva, me dejaba a la puerta del parvulario.</p><empty-line/><p>Las tres salimos sin decir nada. Ya es mediod�a y el sol brilla en todo su esplendor. Las coletitas rubias de Line refulgen como hilos de oro. Despu�s de la oscuridad de la celda me parece que yo soy la persona m�s afortunada del mundo s�lo por poder notar el beso del sol en la cara y poder respirar el aire de la calle.</p><empty-line/><p>Al cabo de unos minutos, Line rompe el silencio.</p><empty-line/><p>���Te han registrado?</p><empty-line/><p>��No. �Y a vosotras?</p><empty-line/><p>��No. Yo pensaba que me desnudar�an y vendr�a una sargento bollera, como en las pel�culas, a meterme un dedo por el co�o, pero nada.</p><empty-line/><p>��Percibo un cierto matiz de desilusi�n en la vocecita de Line.</p><empty-line/><p>��El madero me ha dicho que los �xtasis eran de palo. Y yo no s� qu� creer, porque a m� me da la impresi�n de que esto sube una barbaridad -digo.</p><empty-line/><p>��Qu� co�o de palo. Se los habr�n quedado ellos, como si lo viera. Todos los de la brigada de narc�ticos poni�ndose ciegos a nuestra costa. Tres horas perdidas y veinticinco talegos a la basura -sentencia Gema.</p><empty-line/><p>���Has estado a punto de ir a la c�rcel y todav�a piensas en la pasta? -le pregunto.</p><empty-line/><p>���Qu� c�rcel ni que ocho cuartos! Pero si estaban ansiosos por librarse de nosotras, Cris. No somos m�s que tres ni�as pijas a las que les han metido un susto.</p><empty-line/><p>Asiento. Respiro hondo. Inhalo inmensidad. Voy de �xtasis, �o no?, y los colores de la calle (los amarillos y azules y rojos de los coches, el blanco de las nubes, el gris de la acera, el rosa del pichi de Line) me hacen da�o en los ojos. Resplandecen, relumbran, centellean, fulguran, refulgen, llamean, se alimentan agradecidos de los rayos del sol, y yo con ellos. S�, creo que debo ir puesta.</p><empty-line/><p>Ya estamos de nuevo en la calle, a la que evidentemente no pertenecemos.</p><empty-line/><p>Podr�as decir que cada a�o que cumples supone una nueva pincelada para a�adir al que ser� tu retrato definitivo. Podr�as decir tambi�n que cada nuevo a�o es una paletada de tierra sobre la tumba de tu juventud. Cada nuevo a�o supone m�s experiencia, y, por tanto, dicen, m�s sabidur�a y serenidad. Cada cumplea�os supone el recordatorio puntual de tu conciencia: este a�o tampoco has hecho nada con tu vida.</p><empty-line/><p>Hace un mes cumpl� treinta a�os. Llevo desperdiciado exactamente un tercio de mi existencia.</p><empty-line/><p>�Si desea tener �xito como mujer de negocios p�ngase de pie con tanta frecuencia como sus colegas masculinos y en las mismas situaciones que �stos. No permanezca sentada cuando alguien entre en su despacho o se re�na con usted ante su mesa. No importa lo que digan los manuales de urbanidad: si quiere usted igualdad de oportunidades e igualdad de trato, debe ponerse en pie como un hombre, literal y figurativamente hablando.�</p><empty-line/><p>Especialmente, si es usted tan alta, o m�s, que la mayor�a de sus colegas masculinos.</p><empty-line/><p>�Comp�rtese como un hombre. Controle sus sentimientos. No llore en p�blico. Que sus gestos siempre sean adecuados y aceptables con arreglo a la situaci�n concreta. Sincronice las palabras con las acciones.</p><empty-line/><p>�Prep�rese para lo peor. Recuerde que, por lo general, cuando las mujeres se encuentran al frente de la direcci�n siempre son blanco de cr�ticas que nada tienen que ver con su capacidad profesional. Incluso algunas de las cualidades que en los hombres empresarios son vistas con respeto e incluso admiraci�n, en las mujeres se transforman en cualidades negativas. Si una mujer centra toda su energ�a en el trabajo, se la calificar� de frustrada; si se rodea de un equipo y comparte responsabilidades, entonces ser� insegura; si dirige con firmeza, la llamar�n amargada.�</p><empty-line/><p>Treinta a�os. Diez millones de pesetas al a�o. Un BMW. Un apartamento en propiedad. Ninguna perspectiva de casarme o tener hijos. Nadie que me quiera de manera especial. �Es esto tan deprimente? No lo s�. �Es esa pastillita blanca y verde que me tomo cada ma�ana la que me ayuda a no llorar? �Esa pastillita que el m�dico me recet�, ese concentrado milagroso de fluoxicetina, es la que hace que las preocupaciones me resbalen como el agua sobre una sart�n engrasada?</p><empty-line/><p>�Es la paz o el prozac? No lo s�. Treinta a�os. El comienzo de la madurez. Una fecha significativa que hab�a que celebrar.</p><empty-line/><p>Pero yo no quer�a organizar una fiesta de cumplea�os porque en realidad no ten�a a nadie a quien invitar. Mis hermanas y mi madre, por supuesto, pero �las quiero realmente? S�, hasta cierto punto. Son mi familia. Siempre lo han sido y siempre lo ser�n.</p><empty-line/><p>Mi madre y mis hermanas constituyen la �nica referencia</p><empty-line/><p>Mi madre siempre ser� permanente mi madre, tan glacial y distante, tan contenida, pero se ha portado bien conmigo, y, sobre todo, siempre ha estado ah�, inamovible como un moj�n que marcara el principio del camino.</p><empty-line/><p>Mi hermana Ana es una santa, una buena chica con todas las letras, pero enormemente aburrida, como todas las buenas chicas, y no precisamente el tipo de persona a la que quieres ver en tu cumplea�os.</p><empty-line/><p>Y Cristina� Bueno, hay que reconocerlo. S�, la odi� con toda mi alma, pero puede que sea, precisamente, porque la he querido mucho. Aun as�, no me apetec�a celebrar mi cumplea�os con una cena �ntima con Cristina. No nos llevamos tan bien como para eso.</p><empty-line/><p>Podr�a tambi�n organizar una fiesta por todo lo alto e invitar a colegas del trabajo y a sus se�oras, a viejos conocidos de la universidad, a clientes y proveedores.</p><empty-line/><p>�Cuando se disponga a organizar una reuni�n debe tener siempre en la cabeza cuatro puntos fundamentales: �Qu� clase de reuni�n quiero?, �a qui�n voy a invitar?, �cu�ndo debo programarla? y �d�nde la celebrar�?</p><empty-line/><p>Invite s�lo a los que deben estar all�. Invite s�lo a los que est� dispuesta a escuchar. No recurra a la lista de protocolo para seleccionar a los invitados. Reserve tiempo suficiente para los preparativos. Programe la reuni�n para una fecha en que todos los protagonistas necesarios puedan estar disponibles. No olvide la cortes�a. Calcule los costes. Compruebe las condiciones del lugar.</p><empty-line/><p>�Si entra en la reuni�n sabiendo exactamente qu� quiere, es muy posible que salga de ella habi�ndolo conseguido.�</p><empty-line/><p>Eso me apetec�a a�n menos. Horas de preparativos y qui�n sabe cu�nto dinero empleado en los canap�s y las bebidas para que un mont�n de gente invada la intimidad de mi casa, corte el aire con sus charlas intrascendentes y sus risitas fingidas. Y todo para que al d�a siguiente la cosa se quede en una resaca de las serias, en cenizas y grumos pegajosos en la mesa de metacrilato y en el suelo, en botellas derramadas por la cocina, en vasos de pl�stico volcados aqu� y all�, en servilletas y platos sucios olvidados encima de las estanter�as.</p><empty-line/><p>No, gracias. Nada de fiestas. Decid� pedir un d�a libre en el trabajo, cog� mi BMW y emprend� camino al sur. Doce horas conduciendo, escuchando a todo volumen los lieder de Schubert. No par� hasta que llegu� a Fuengirola. Ser�an las seis de la tarde.</p><empty-line/><p>Ya hab�an pasado veintid�s a�os. Veintid�s a�os desde aquel verano en Fuengirola. El �ltimo verano que pasamos con mi padre.</p><empty-line/><p>El pueblo hab�a cambiado mucho. La l�nea de playa estaba cubierta de grandes edificios blancos, enormes adefesios de ladrillo, gigantes de cemento y vidrio que miraban directamente al mar, cuadrados como b�nkers. Y a sus pies, como hormiguitas, montones de bares y chiringuitos ahora cerrados, que anunciaban sus calamares y sus ensaladas en estridentes carteles de pl�stico barato, reclamos de colores chillones plagados de faltas de ortograf�a.</p><empty-line/><p>Era un mi�rcoles fuera de temporada y la playa estaba desierta.</p><empty-line/><p>Me sent� en la terraza del �nico bar que encontr� abierto y ped� un vaso de vino tras otro, Estaba decidida a beberme treinta vasos, como mis treinta a�os. Pero no puedo recordar cu�ntos beb�. En un momento dado deb� de perder la cuenta.</p><empty-line/><p>Y fui bebiendo vasos y vasos, lentamente, mientras miraba aquella enorme extensi�n de color crema que era la playa. Pasaban las horas y el paisaje iba cambiando de color.</p><empty-line/><p>El cielo fue torn�ndose, alternativamente, celeste, a�il, azul �ndigo, cobalto, azul�n, violeta. El mar fue de color botella, esmeralda y verdinegro. La arena adquiri� todos los colores del espectro c�lido: ocres, ambarinos, casta�os, pardos, rojizos. Mi borrachera hac�a del paisaje un caleidoscopio, un delirio crom�tico.</p><empty-line/><p>Finalmente cay� la noche y todos los colores se fundieron en negro.</p><empty-line/><p>Entonces me dirig� hacia la playa y me puse a contar las estrellas.</p><empty-line/><p>Debieron de pasar una o dos horas. Ten�a much�simo frio, y treinta a�os encima. No hab�a un alma en la playa. S�lo yo, la arena, el agua y las estrellas.</p><empty-line/><p>Me puse en pie y me qued� mirando embobada el agua negra, pr�cticamente plana e inm�vil a excepci�n de unas olas sutil�simas, peque�as l�neas blancas horizontales, hechas de espuma, que se deslizaban lentamente hacia la playa.</p><empty-line/><p>Empec� a pensar que podr�a caminar hacia el agua, caminar y caminar hasta que ya no tocara fondo, y ahogarme sin m�s. Como Virginia Woolf.</p><empty-line/><p>Morir joven y con elegancia. Si resistes la natural urgencia de salir a la superficie a respirar, la muerte por asfixia en el agua es la menos dolorosa de las que existen. Es incluso placentera. Una muerte muy dulce. La carencia de ox�geno produce alucinaciones y uno se va desvaneciendo en una especie de �xtasis, sin enterarse.</p><empty-line/><p>He o�do decir que hay gente que practica el sexo con la cabeza metida en una bolsa de pl�stico, incluso con m�scaras de gas puestas, porque la carencia de ox�geno multiplica por diez la intensidad del orgasmo.</p><empty-line/><p>El mar ser�a mi �ltimo amante. Las olas me dar�an el beso de la muerte. Lamer�an dulcemente mis senos y mis piernas y mi sexo, hasta el final.</p><empty-line/><p>Llegar�a a un pa�s submarino donde el �nimo amedrentado, los malos pensamientos, las deslealtades, los rencores, los amores desafortunados, la amargura, la melancol�a, la nostalgia y las ganas de llorar no tendr�an cabida. Miraba con ganas la paz en blanco que la muerte podr�a proporcionar.</p><empty-line/><p>Pero sab�a que, aun cuando entrara en el agua, no iba a tener el valor de ahogarme. Sent�a un intenso deseo de acabar con todo, pero no ten�a la fuerza de voluntad necesaria para acabar realmente. No ten�a ninguna raz�n para seguir viviendo, pero tampoco sufr�a con la suficiente intensidad corno para ser capaz de dejar de respirar por iniciativa propia.</p><empty-line/><p>A�n me quedaban por delante a�os de hombres a los que no entender�a, y todo un mundo desbaratado con el que tendr�a que lidiar a diario, un mundo en que las familias se desintegran y las relaciones humanas carecen de sentido. Un mundo en que s�lo tienen cabida los triunfadores. Y para llegar a serlo hay que sacrificar casi todo lo dem�s.</p><empty-line/><p>When fate calls you from this place� No ten�a miedo, no me daba miedo morir.</p><empty-line/><p>No se me pasaba por la cabeza que en realidad lo �nico que me daba miedo era seguir viviendo.</p><empty-line/><p>Lo siguiente que recuerdo es despertar entumecida, con la boca seca como el corcho y un repicar intermitente en las sienes. El sol ya estaba bastante alto en el cielo y la arena caliente parec�a un nido acogedor. Me hab�a quedado dormida, con la conciencia embotada por el vino y arrullada por el hipn�tico murmullo de las olas.</p><empty-line/><p>�Frente a una situaci�n de crisis haga una lista de las alternativas de que dispone y clasif�quelas en opciones deseables y no deseables. Considere el asunto como si ya estuviera decidido y eval�e la decisi�n. Repita este proceso para todos los posibles resultados que logre imaginar. Elimine mentalmente los impedimentos. Invente analog�as. Rompa los esquemas del pensamiento l�gico a la hora de analizar la situaci�n de crisis. Y sobre todo, tenga siempre a mano un plan B: en caso de apuro podr� utilizarlo. Su plan B le dar� a usted una sensaci�n de seguridad que le permitir� aventurarse y hacer lo necesario para triunfar.�</p><empty-line/><p>Ah� radicaba mi fallo. Yo no hab�a previsto un plan B. Hab�a jugado todas mis cartas a una sola mano, y ahora que la jugada me hab�a fallado, ahora que ca�a en la cuenta de que la ganancia apenas me serv�a para cubrir p�rdidas, no sab�a c�mo seguir adelante. Qu� hacer cuando una descubre que ha vivido su vida seg�n los deseos de otros, convencida de que persegu�a sus propias ambiciones.</p><empty-line/><p>Y mientras conduc�a de regreso a Madrid, ante la perspectiva de tener que enfrentarme a una sucesi�n infinita de d�as iguales, grises, borrosos y anodinos, sola, esclavizada, condenada a jugar como pe�n en un tablero que no entend�a, sin compa�ero ni amantes, sin hijos, sin amigos �ntimos, pens� m�s de una vez en soltar las manos del volante y dejar que el coche se despe�ara en una curva.</p><empty-line/><p>Pero no lo hice, porque en el fondo soy id�ntica a mi ordenador, que dispone de una bater�a de emergencia que se conecta autom�ticamente en caso de un fallo en la corriente el�ctrica.</p><empty-line/><p>Dise�ada para durar. Programada para seguir adelante.</p><empty-line/><p>Algunos machos est�n dispuestos a morir por el sexo. La mantis religiosa, la ara�a negra, la ara�a negra de lomo rojo, suelen comerse a los machos durante la c�pula o despu�s de ella. Los machos intentan reproducirse y las hembras esperan cenar. Me levanto sudorosa en medio de la noche. Han vuelto a mi cabeza im�genes perdidas, escenas que hace mucho tiempo hab�a almacenado en alg�n rinc�n de mi subconsciente, pero las muy traidoras aprovechan cuando duermo, cuando, inerme e indefensa, soy incapaz de luchar contra ellas, y vuelven a aparecer para torturarme, para conseguir que despierte de un salto, que me ara�e las piernas con rabia y que me quede sentada en la cama, sola, desnuda y ensangrentada como un reci�n nacido. Santiago haci�ndoselo con Line. Derram�ndose sobre su co�ito afeitado. Line y su cara inocente, su cuerpo escueto, sus tetas apenas esbozadas, su pubis de ni�a de ocho a�os. �Cu�ntas copas nos hab�amos metido aquella noche? �Cu�ntas pastillas llev�bamos en el cuerpo? Pobre Santiago. No sab�as que hab�as encontrado una hembra can�bal. Recuerdo cuando llegaste por primera vez al bar. C�mo nos impresion� a todas tu sonrisa. Eras el camarero de m�s �xito. Las ni�as te miraban embobadas. Las locazas te com�an con los ojos. Y no porque fueras guapo, ni mucho menos. Pero aquella sonrisa tuya, aquella felicidad que transmit�as� A pesar de que no ten�as muchas razones para ser feliz. Tus padres se hab�an separado cuando cumpliste siete a�os. No hab�as vuelto a ver a tu padre desde entonces. Tu madre, seg�n me contabas, era una neur�tica que se pon�a a llorar cada vez que llegabas tarde a casa. Os pasabais el d�a grit�ndoos el uno al otro. Viv�as con ella porque el sueldo no te daba para pagar un alquiler decente, y, tambi�n, porque en el fondo te daba un poco de pena. Hab�as estudiado filosof�a y letras. Citabas a Heidegger con la misma facilidad con que mov�as tus caderas enjutas, tus caderas de postadolescente, al ritmo de Renegade Soundwave. Tus notas hab�an sido excelentes. Pero �qui�n quiere un fil�sofo detr�s de la mesa de un despacho? A nadie le importa que seas capaz de citar a Heidegger y a ti no te apetece perder la vida en una oficina, trabajando para mercaderes an�nimos. �Traficantes de armas, vendedores de ni�os? Nos parec�amos tanto: emocionalmente inadaptados, familiarmente renegados, socialmente in�tiles. Siempre estabas contento. Todo te parec�a santo. Tal libro est� muy santo, tal grupo est� muy santo, tal bar est� muy santo. Y Line la m�s santa de todas. Santa sant�sima. Tu amiga est� muy santa, pero que muy santa, dijiste la primera vez que la viste entrar en el Planeta X. De eso hace mucho. Mucho antes de que yo conociera a Iain. Mucho antes de que Line acabara en el hospital. Una sonda que intenta atar a la tierra sus treinta y ocho kilos. Una sonda que intenta que no salga volando. Una sonda que era como la cuerda de un globo. Pobre Santiago. No sab�as que hab�as encontrado una hembra can�bal. Al llegar a la red la ara�a de lomo rojo, Latrodectus hasselti, inicia su sofisticada danza de cortejo. Salta sobre los pegajosos hilos. Da golpecitos sobre ellos con una pata. Coge un poco de telara�a y forma con ella una bolita. As� contribuye a disimular el olor de las feromonas de la hembra, impregnado en los hilos, que pod�a atraer a otros machos al punto de encuentro. Te impresion� su aire de Vampirella prep�ber, te impresionaron sus coletitas y sus dos filas sim�tricas de dientecitos coralinos. �C�mo ibas a resistirte a su aire de asombro perpetuo, a esos dos pezones diminutos, desafiantes, que pugnaban como locos por escapar de la c�rcel de algod�n rosa en que estaban confinados? Esos pezones certeros, que localizan una fuente de calor y nunca fallan. Llevaba camuflados en el pecho dos diminutos misiles Scud. Ese culito perfecto, embutido en unos vaqueros de talla infantil. Line hab�a pactado con el diablo para mantener su talla 38. Cons�rvame ni�a y yo a cambio dejar� de comer. Ella est� muy ocupada destruy�ndose a s� misma, eliminando su entidad miligramo a miligramo. �Qu� co�o pod�as importarle? El macho se encarama sobre el abdomen de la hembra y lo acaricia repetidamente. Durante la c�pula ejecuta lentamente unas volteretas y acaba quedando en una postura en que a la hembra le resulta m�s f�cil com�rselo. Desde la primera vez que la viste no dejabas de preguntarme por ella. T� quer�as foll�rtela y yo quer�a follarte a ti. Y ella follar�a con cualquiera o con ninguno. El sexo no significa nada. Quince minutos de embestidas y dos minutos de orgasmo como mucho. Una no se enamora de sus polvos como tampoco se enamora de su d�ler. Y una acaba qued�ndose con el mejor proveedor, el que ofrezca el mejor material al mejor precio. La vida es as� de simple. Tras la noche de Fin de A�o volv�amos a tu casa a las once de la ma�ana, en tu viejo Citro�n AX rojo. Llev�bamos muchas pastillas en el cuerpo. Hab�amos intercambiado largos besos en la pista. Yo te hab�a besado, t� me hab�as besado. T� la hab�as besado. Vosotros os hab�ais besado. Nosotros nos hab�amos besado, y nosotras nos hab�amos besado. Un morreo largo y apasionado, al ritmo perezoso y machac�n de Renegade Soundwave. Est� tan trillado eso de dos chicas guapas que se besan en una pista. Todos hemos visto Instinto b�sico. Y cuando llegamos a mi casa fuimos directamente a la cama. De eso hace mucho, mucho antes de que yo conociera a Iain, mucho antes de que Line acabara en el hospital. Nos arrancamos la ropa mutuamente, riendo, tropezando, felices como bestias. Yo quer�a follar contigo y t� quer�as follar con ella y ella quer�a follar con todos y con ninguno. Casi te desmayas cuando viste su falso co�ito de ni�a, su co�ito traicionero, rejuvenecido diez a�os por obra y gracia de una maquinilla el�ctrica. La delicada curva de los pezones rosados, curiosos e insolentes, que presid�an aquellas tetitas apenas esbozadas. Line lolita, la reina de la pista y de las n�nfulas. Yo te lam�a el glande y t� le besabas en la boca. Y dentro de la m�a, notaba que tu verga crec�a y crec�a. Le pediste que te atara. Est� tan pasado eso del pa�uelo. Todos hemos visto Instinto b�sico. Ella te at� a la cabecera de la cama y cabalg� a horcajadas sobre ti. Yo contemplaba sus subidas y bajadas, y la expresi�n indolente de su carita, c�mo sonre�a con los ojos cerrados, con la misma alegr�a y la misma despreocupaci�n que si estuviera montada en el caballito de un tiovivo. No se hab�a deshecho las coletitas. S�lo le faltaba un palo de algod�n de az�car, de ese dulce pegajoso te�ido de rosa que venden en las ferias. Y t� le ped�as m�s y m�s. Al convencer a la hembra de que se lo coma, el macho consigue prolongar el acto sexual varios minutos. El acto tambi�n inhibe el ardor sexual de la hembra. Yo sobraba. Es menos probable que una hembra can�bal busque otra pareja que la que se aparea sin fest�n. Ella sigui� cabalg�ndote incluso despu�s de que te corrieras. Estoy segura de que aquello te dol�a, pero te dejaste hacer, seguiste debajo de ella durante horas y horas. Tu polla segu�a dura a pesar de todo el semen que le hab�as regalado. Litros y litros de l�quido blanco y pegajoso. Colonias y colonias de espermatozoides exterminados por su crema espermicida. Un aut�ntico holocausto. Pero tu polla segu�a firme y en su sitio. Agrad�ceselo al �xtasis o a la maquinilla el�ctrica. La hembra corresponde al ardor del macho licu�ndolo y devor�ndolo mientras tiene lugar el acto sexual. Pobre Santiago, no sab�as que hab�as encontrado una hembra can�bal. �Qu� sentido tiene tener una pareja seria? �Acaso tenemos alg�n futuro, podremos comprarnos alg�n d�a una casa, podremos mantener a nuestros ni�os? Si casi no podemos mantenernos a nosotros mismos, aunque de peque�os nos dec�an que �ramos tan brillantes, que ten�amos la vida por delante, que deb�amos esforzarnos y estudiar. Y hemos sacado las mejores notas, y podemos citar a Heidegger y a Foucault y para qu�. No tenemos nada que crear. S�lo podemos esperar seguir emborrach�ndonos y drog�ndonos y follando de vez en cuando. Y eso es lo que ella cree, y por eso le daban igual tus miradas l�nguidas, tu deseo desesperado de proteger a la ni�a que t� cre�as que era. Y por eso no quiso repetir despu�s de aquello, porque ten�a otros cuerpos que explorar, otros machos que devorar. Porque eso era lo �nico que se permit�a comer. Su dieta se restring�a a los machos en celo, y por eso no com�a nada m�s. No s� c�mo pudiste colgarte tanto. Perdiste los papeles por completo. Te empe�aste en perseguirla d�a y noche, en llamarla a todas horas, en demostrarle que estabas a su total disposici�n. Acabaste tan mal, Santiago. Meti�ndote toda aquella mierda por la vena. Porque a ella le parec�a muy cool aquello de meterse jaco. Porque Kurt Cobain se met�a, porque Iggy Pop se met�a, porque Courtney Love se mete. Y todos est�n tan, tan delgados. Cuerpo de moderno, magro y consumido. Y ya dijo Kerouak que prefer�a ser flaco que famoso. Todos hablamos de Kerouak aunque ninguno de nosotros lo ha le�do. Est� de moda, pero, entre t� y yo, es un tost�n de mucho cuidado. He intentado olvidarte como he podido, he intentado olvidar toda aquella historia del polvo blanco y la jeringuilla y la cuchara y el lim�n. He intentado olvidar que tuve algo que ver en eso. He intentado olvidar los chinos que fumamos los tres juntos, los polvos que echamos los tres juntos. He intentado olvidar la expresi�n de tu madre en el funeral. Pero la memoria, la muy traidora, aprovecha cuando duermo, cuando estoy inerme e indefensa, cuando soy incapaz de luchar contra ella, y aquellas im�genes vuelven a aparecer para torturarme. T� haci�ndotelo con Line. Derram�ndote sobre su falso co�ito de ni�a. Yo, tendida en mi cama, desnuda. Pobre Santiago, no sab�as que ensangrentado como un reci�n nac�do hab�as encontrado una hembra can�bal.</p><empty-line/><p>Embarcarse en la tristeza es como deslizarse en patines por una pendiente: es imposible prever cu�ndo acabar� la bajada, pero se sabe perfectamente que todo acabar� en un trompazo. La ni�a de los patines soy yo, Anita, rubia y peque�a como siempre he sido, y bajo por la pendiente atiborrada de pastillas.</p><empty-line/><p>Las pastillas para dormir son redondas, peque�as y azules, y las pastillas para despertarse son blancas y m�s peque�as a�n, y las pastillas para mantenerse feliz son c�psulas blancas y verdes, y hay otras c�psulas rojas que quitan todos los dolores, y unas pastillitas blancas que hacen desaparecer la ansiedad. Las llevo todas en el bolso, dentro de una caja de caramelos de violeta, donormiles, diacepanes, nolotiles, lexatines, y se han convertido en mi kit de salvamento, en mi fetiche, porque s� que nada serio puede pasarme mientras las tenga a mano.</p><empty-line/><p>Empec� tomando polaramines para dormir, pero al poco tiempo se acab� la caja. Entonces fui a la farmacia y le cont� a la farmac�utica la primera excusa que se me ocurri�, que a mam� le hab�an detectado un tumor, que no se sab�a si era serio hasta que no le hiciesen pruebas, pero que de momento yo andaba como muy nerviosa, que me hab�a afectado mucho la noticia y que necesitaba pastillas para dormir. Y la farmac�utica, amiga del barrio de toda la vida, y miembro, como yo, de la asociaci�n de antiguas alumnas del Sagrado Coraz�n, me pas� una caja de tranxilium y me explic� que es un medicamento que normalmente se adquiere con receta, pero que en este caso, y por ser yo quien era, har�a una excepci�n. Y me dijo que con media c�psula conseguir�a dormir. Y yo se lo agradec� y rogu� en silencio que mam� nunca se pasara por aquella farmacia. La primera noche me tom� una y no consegu� gran cosa, porque segu�a despert�ndome a ratos, as� que a la noche siguiente me tragu� cinco, y, claro, por la ma�ana fui incapaz de levantarme. Borja no hac�a m�s que zarandearme, pero yo me negaba a salir del nido de algod�n en que las pastillas me hab�a puesto a dormir, bien tapadita y protegida, e intent� explicarle que me dol�a mucho la cabeza y que me sent�a incapaz de salir de la cama, pero ten�a la lengua como si fuese de trapo y no acertaba a dar con las palabras, y Borja me hizo ver que �l s�lo no pod�a ocuparse del ni�o. Hablaba a gritos, cosa rara en mi Borja, que nunca grita, pero los gritos me llegaban amortiguados, como si tuviera la cabeza debajo de un almohad�n de plumas. Y al final acab� por levantarme, pero me parec�a que los pies no tocaban el suelo y que el ni�o pesaba quintales, y el ni�o lloraba, pero me daba igual que llorase, todo me daba igual, la verdad, y no s� c�mo no se me cay� el ni�o de los brazos. Finalmente Borja se llev� al ni�o y volv� a la cama. Fue maravilloso regresar a esa sensaci�n c�lida de no sentir nada. Segu� durmiendo hasta la noche.</p><empty-line/><p>Segu� tomando tranxillum una semana o as�, y me pasaba el d�a medio dormida, pero me daba cuenta de que, por mucho que lo desease, no pod�a pasarme la vida durmiendo, y, claro, si me tomaba dos pastillas por la noche al d�a siguiente no pod�a funcionar, y si no me tomaba las dos pastillas no pod�a dormir. Entonces record� unas pastillas amarillas que hab�a tomado durante una temporada, para intentar perder los kilos que hab�a ganado con el embarazo, que te aceleraban y te quitaban el hambre. En su momento las hab�a dejado porque me parec�a que me excitaban demasiado, pero entonces pens� que eran exactamente lo que me hac�a falta. Tomaba tranxilium para dormir y por las ma�anas tomaba dicel para superar el sue�o que daba el tranxilium. Y cuando el dicel se acab�, empec� con el minilip, que me parece que es lo mismo pero con otro nombre. Y luego empec� a mezclarlas con alcohol, porque las pastillas, no s�, como que sientan mejor cuando las mezclas, y te pones contenta y como que ves la vida de otra manera, no s�, todo te da igual, nada es bueno ni malo. La verdad es que el alcohol nunca me ha gustado, a menos que sea muy dulce, as� que me met�a las pastillas con cassis, un licor franc�s de moras que Borja me hab�a tra�do de Par�s y que entra casi sin sentirlo, pero que sube much�simo porque tiene una graduaci�n como de cuarenta grados o as�, y sin darme cuenta me acostumbr� a tragar las pastillas con sorbitos de cassis, hasta que se termin� la botella y luego prob� el whisky con cocacola y vi que no estaba tan mal y empec� a tomarme las pastillas con whisky y cocacola light, con un poco de reparo porque el alcohol engorda much�simo, pero gracias a las pastillas casi no como, as� que ese detalle ya no importa. Y despu�s empec� a variarlas; cuando se acab� el tranxilium prob� el donormil, y despu�s del minilip vino el adof�n, y el propio Borja me aconsej� el lexat�n, y ahora creo que no hay pastilla que cambie el �nimo que yo no haya probado. Y me paso las ma�anas sentada delante de la televisi�n, en trance, aunque en realidad no me importa excesivamente lo que pueda sucederle a las figuritas que veo en la pantalla, pero a pesar de eso me quedo fascinada, enganchada a la tele como si estuviera unida a ella por un invisible cord�n umbilical hecho con ondas hertzianas, y no me levanto del sill�n porque no encuentro ninguna raz�n para levantarme. Y a veces tengo ganas de llorar, pero ya no lloro, porque voy tan tan cargada de pastillas que creo que los lacrimales se me han obturado. Y me acurruco en el sof�, contraigo la cara y quiebro la voz en un d�bil gemidito, al borde del sollozo, pero las l�grimas no acuden. Me he quedado seca, como un �rbol derrumbado que va camino de la serrer�a. Parece, no s�, como si las pastillas hubiesen bloqueado los receptores de mi cerebro, los puntos donde se conectan los hechos y los sentimientos. Y ahora floto en la nada y soy como una mujer encerrada en un bote de formol.</p><empty-line/><p>Acurrucada en posici�n fetal desear�a estar en cualquier otra parte, excepto en el sof�. �C�mo me las voy a arreglar para mezclarme en toda esa vida que transcurre al otro lado del cristal de la ventana? El breve alivio que podr�a suponer el relacionarme con alguien se convierte en el terrible temor de que nunca tendr� una amiga ni nadie a quien querer de verdad, de que toda la vida estar� sola en este mundo, porque ni siquiera soy capaz de ocuparme de mi propio hijo y tengo que llevarle a la guarder�a porque no s� enfrentarme a sus lloros y sus pataletas y no s� qu� hacer cuando veo que va a meter directamente los dedos en el enchufe y me siento demasiado cansada para perseguirle por toda la casa.</p><empty-line/><p>Acurrucada en el sof� me invento otra vida, otro nombre, otra personalidad. Imagino que no me he casado. Y que he estudiado, que he estudiado una carrera seria, no esa tonter�a de secretariado internacional que no me sirvi� para nada. Me veo como una mujer eficiente y segura, vestida con un elegante traje de chaqueta oscuro, que se mueve como un pez en un mar de pasillos y despachos, enarbolando un atach� negro lleno de valiosos documentos, como la abogada de la Ley de Los �ngeles, y los hombres me miran con respeto y las mujeres con envidia. No tengo a un hombre a mi lado ni lo necesito, porque no soy la se�ora de nadie y no dependo de ninguno. Me imagino que soy como mi hermana Rosa, que tengo un BMW y gano diez millones de pesetas al a�o. Si fuese Rosa, pienso, no estar�a sumergida en este caos. Si fuese Rosa agarrar�a con fuerza las riendas de mi vida y la llevar�a hacia donde yo quisiera; si fuese Rosa controlar�a la velocidad, las curvas y los baches, vivir�a la vida a ritmo de v�rtigo, pero no me estrellar�a.</p><empty-line/><p>M�s tarde, cuando Borja padre duerma y Borja ni�o duerma tambi�n, cuando se me haya pasado el efecto del delgamed y comience el del donorino1, cuando mis pensamientos se diluyan y mi cabeza se convierta en un amasijo borroso, coger� el tel�fono y marcar� el n�mero de Rosa, pero como no s� c�mo decir estoy sola, estoy desesperada, quiero ser como t� y necesito ayuda, me limitar� a hacerle escuchar La hora fatal, convencida de que el desgarro de la canci�n expresa perfectamente el estado en que me siento y transmite c�mo la idea de la muerte no me abandona en ning�n momento, c�mo vivo en una agon�a opaca e ingrata, encenagada en el tedio, porque, Rosa, siempre hab�is cre�do que yo era la tonta de la casa, una buena chica sin m�s, pero me temo que no era tan tonta, que soy demasiado lista, lo suficientemente lista, al menos, para darme cuenta de que esta vida que llevo no me dice nada, y que lo que yo querr�a es ser como t�, pero lo suficientemente tonta para no saber c�mo arreglar este desaguisado en que yo misma me he metido.</p><empty-line/><p>Un d�a cualquiera en la vida siempre constituye una fecha se�alada. Aunque no nos demos cuenta. Nos iremos a la cama con los ojos cansados y en la cabeza la idea de que hemos vivido un d�a exactamente igual a tantos otros. S�lo a�os m�s tarde nos daremos cuenta de la crucial importancia de aquella fecha en nuestras vidas.</p><empty-line/><p>El 17 de mayo de 1980, en MaccIesfield, a punto de partir hacia Estados Unidos con la primera gira americana de Joy Division, lan Curtis visit� por �ltima vez la casa que hab�a compartido con su mujer e hijo y, tras mirar en la televisi�n la amarga odisea de Bruno S. que su director favorito, Werner Herzog, narraba en Stroszek, se colg�, en la madrugada del d�a siguiente, del techo de la cocina.</p><empty-line/><p>El 17 de mayo de 1980, en Londres, Iain Bruton, que acababa de mirar Stroszek por televisi�n, se fue a la cama con el sufrimiento que expresaba la mirada de Bruno S. grabado en la retina. No consegu�a dormir y pas� la noche bebiendo whisky y escuchando c�mo las gotas de lluvia golpeaban contra el cristal de la ventana. Por fin, llegada la madrugada, cerr� los ojos y el sue�o le invadi�. Y so�� con un �ngel de enormes alas blancas que paseaba lenta, lentamente, arrastrando los pies desnudos sobre la hierba verde y fresca del cementerio, reflejando el m�rmol fr�o de las l�pidas en sus ojos vencidos. A la ma�ana siguiente, cuando ley� en el peri�dico la noticia del suicidio de Curtis, comprendi� que el �ngel que hab�a visto en su sue�o era el esp�ritu de lan. Inmediatamente se dirigi� a Tower Records con la intenci�n de comprar todos los discos y los singles de Joy Division. El dependiente negro le hizo saber que se hab�an agotado apenas media hora despu�s de que la tienda abriese las puertas. La muerte vende.</p><empty-line/><p>El 17 de mayo de 1980, en Madrid, Ana Gaena, mi hermana mayor, hac�a girar en el dedo el anillo de oro que Borja, su novio le hab�a regalado aquella misma tarde, para celebrar el a�o que llevaban saliendo juntos, y clavaba los ojos en los destellos del diamante, intentando imaginarse a s� misma toda vestida de blanco pur�simo, arrastrando un largo velo por el pasillo central de la iglesia.</p><empty-line/><p>El 17 de mayo de 1980, en Madrid, Rosa Gaena, mi otra hermana, encorvada sobre su libro, intentaba atiborrarse de tablas estad�sticas y lanzarse de cabeza al interior de un mundo desconocido, donde en lugar de casas, carreteras, tiendas, portales y familias hab�a probabilidades y desviaciones, medidas de dispersi�n, modelos econom�tricos y c�lculos matriciales. Rosa intentaba desesperadamente buscar su lugar en un mundo hecho de n�meros, porque no hab�a podido encontrarlo en un mundo construido con sentimientos encontrados y traiciones disimuladas.</p><empty-line/><p>El 17 de mayo de 1980, Cristina Gaena, yo, abrazada en silencio al cuerpo de su primo Gonzalo, repet�a despacio, mentalmente, los nombres de todos los peluches y las mu�ecas de su infancia, a los que inmediatamente antes de irse a dormir sol�a besar y dar las buenas noches, uno por uno, y juntaba sus labios con los de Gonzalo Anasagasti, y escurr�a sus dedos entre las ondas del pelo rubio y suave de su primo, y dejaba que �l le besase lentamente el cuello y aspirase su olor a Nenuco, porque sab�a perfectamente que ella, y s�lo ella, era su mu�eca preferida.</p><empty-line/><p>Quince a�os despu�s, en prueba de amor, Iain Bruton me regal� su disco m�s querido: Love Will Tear Us Apart, de Joy Division, en versi�n maxisingle. Una rareza de coleccionista. Yo sab�a muy bien cu�nto le hab�a costado separarse de �l. As� que convert� la primera escucha en una ceremonia religiosa. Apagu� todas las luces del apartamento y encend� un �nico cirio rojo que ti�� las sombras de misterio. Puse el disco. Escuch� ese sonido chirriante y obsesivo de la aguja cuando comienza a rascar el vinilo. Me tumb� en la cama y cerr� los ojos. All� dentro, humo y jirones de nube roja flotaban hacia un horizonte negro. La voz de lan Curtis invadi� de improviso aquel territorio bicolor, y se hizo con �l. When the routine bites hard and ambitions are low and the resentment rides high but emotions won't grow� Do you cry in your sleep all your Jailings expose? Era la voz de un muerto. Am� su soledad y am� su orgullo. Get a taste in my mouth as desperation takes hold. It is something so good Just can't function no more�? El amor nos va a separar. Pero yo no necesitaba escuchar aquella canci�n desoladora y dura, demasiado bella y demasiado real, aquella rotunda aniquilaci�n de la esperanza, aquel retrato en blanco y negro del placer y el tormento, aquella afirmaci�n de la impotencia ante un mundo sin respuestas que penetraba en mi carne con la misma as�ptica certeza con que lo har�a el bistur� de un cirujano, para saber lo que hab�a sabido desde ni�a, desde siempre: el amor destroza. Profunda, hiriente, dolorosamente.</p><empty-line/><p>El mundo est� lleno de vampiros. Aquel que muerde fue un d�a mordido. El que golpea fue golpeado. El que abusa sufri� abuso. El bien y el mal no surgen de la nada, alguien los meti� en nuestra cabeza a golpes de martillo. Al nacer �ramos piedras que esper�bamos que la vida nos tallara. Al crecer nos convertimos en estatuas. Podemos quebrarnos o rompernos, pero b�sicamente ya no cambiamos.</p><empty-line/><p>Yo creo que en el mundo hay dos tipos de personas: los que creen y los que no creen en el Gran Porqu�. Los psicoanalistas creen en el Gran Porqu�, y los psic�logos no, y Yo, que a ojos de mi madre y mis hermanas estoy chalada, y que he tenido que aguantar a unos y a otros desde que cumpl� quince a�os, he conocido de cerca ambas opiniones.</p><empty-line/><p>El Gran Porqu� es ese hecho particular de la vida que te hace ser como eres. Los maltratos infantiles que convirtieron en asesino al Estrangulador de Boston, la carencia de padre que volvi� depresivo a Baudelaire, la ausencia de figura paterna que hizo una lesbiana de Jane Bowles. Pero si no crees en el Gran Porqu� podr�s decir que el Estrangulador de Boston se carg� a diez t�as porque era un hijo de puta, sin m�s; que Baudela�re no era depresivo sino que naci� artista y sensible, y que Jane Bowles era lesbiana desde el primer d�a, y vino al mundo con el amor por las mujeres impreso en su c�digo gen�tico.</p><empty-line/><p>De esta manera los psicoanalistas creen que tus problemas pueden arreglarse si logras aislar el Gran Porqu�, si logras encontrar el hecho particular que te convirti� en lo que eres; mientras que los psic�logos insisten en modificar la conducta, en tratar de alterar las pautas de comportamiento que, seg�n los psicoanalistas, el Gran Porqu� habr�a creado.</p><empty-line/><p>Yo lo he intentado todo y no ha servido de nada. He ido a psicoanalistas que me han hecho hablar de mis primeros recuerdos (algunos me tumbaban en un div�n, otros no), y he ido a psic�logos que me han hecho dibujar �rboles e interpretar el significado de unas manchas de tinta impresas en un papel.</p><empty-line/><p>Pero a�n no s� por qu� pierdo los nervios y me pongo hist�rica y me ataco a m� misma cuando no viene a cuento.</p><empty-line/><p>Puede que yo sea como soy porque padezco un exceso de testosterona. Y puede que Gonzalo sea mi Gran Porqu�.</p><empty-line/><p>Pues s�, Gonzalo fue el saqueador de mis tesoros virginales, si es as� como quer�is llamarlo.</p><empty-line/><p>El mundo se destroz� para m� cuando nuestro padre nos dej�. Yo s�lo ten�a cuatro a�os y la gente cree que aquella Cristinita no se enter� de nada, pero s� que me enter�. Me enter� de todo, perfectamente. Me enter� de que la persona que m�s quer�a en el mundo se hab�a marchado. Me enter� de que ya nadie me hac�a m�mos y caranto�as, nadie me llevaba en volandas, nadie jugaba conmigo a la carretilla. Me enter� de que mi madre se pasaba el d�a llorando. Me enter� de todo, a pesar de que llevaba baby y coletitas, a pesar de que a�n jugaba con mi Nancy.</p><empty-line/><p>Al principio me encerraba en el armarlo del recibidor y pasaba horas sumida en la oscuridad, entre el manto c�lido de las trencas y los abrigos, envuelta entre tant�simas capas de protecci�n que todo lo que pudiera pasar en casa dejaba de afectarme. Deb�a de pasar all� horas, y sin embargo nadie me echaba en falta.</p><empty-line/><p>Y cuando lleg� Gonzalo, vi por fin una luz al final del t�nel. Volv�a a tener un hombre que me prestaba atenci�n, que se concentraba exclusivamente en m�, que me encontraba maravillosa. Adem�s, era guapo, tan guapo como hab�a sido mi padre, y era evidente que a todas las mujeres les gustaba. Dir�is que a los cinco a�os una no se da cuenta de eso. Que a los cinco a�os una no se enamora. Mentira.</p><empty-line/><p>Sent�a una extra�a afinidad con �l. Era como si yo tambi�n pudiera gustarle. Era como si los �ngeles me lo hubieran enviado expresamente para protegerme, para compensarme de la cat�strofe que supuso la partida de mi padre. Sab�a que Gonzalo hab�a sido enviado expresamente para m�. Era m�o.</p><empty-line/><p>Y una noche, a�os despu�s, est�bamos mirando la tele en el sal�n, solos. Mam� y la t�a hab�an salido de compras, Ana hab�a quedado con Borja y Rosa estaba encerrada en su cuarto, estudiando. Yo estaba tapada con una vieja manta de viaje a cuadros escoceses y not� que su mano se colaba por debajo de la manta y avanzaba por mis piernas. Sus dedos iniciaron una aventurada incursi�n por debajo de mis bragas. Y no intent� detenerle. Not� que el coraz�n se me aceleraba y que respiraba m�s deprisa que de costumbre, pero trat� de disimularlo porque pens� que si reaccionaba de cualquier manera �l se detendr�a. Y yo no quer�a que se detuviese. No hice otra cosa que seguir como estaba y asumir lo que estaba pasando. No sab�a muy bien qu� estaba haciendo �l, pero de alguna forma yo lo hab�a deseado, aunque no supiese de qu� se trataba. S�lo sab�a que nadie deb�a tocarme ah�. Y por eso precisamente quer�a que �l lo hiciera, porque �l era especial, porque �l no era cualquiera. A �l deb�a, quer�a, concederle privilegios especiales. Su mano segu�a avanzando y el resto del cuerpo permanec�a quieto, mientras miraba fijamente la tele. �l tambi�n prefer�a fingir que todo segu�a como siempre, que no est�bamos salt�ndonos ninguna regla. Y as� seguimos, con los ojos puestos en la pantalla y el cerebro concentrado en lo que suced�a debajo de la manta a cuadros. Yo estaba muy nerviosa, y feliz a la vez. Sab�a muy bien que al hacer lo que estaba haciendo Gonzalo estaba concedi�ndome la categor�a de persona mayor. Para �l ya no era su primita, era algo m�s. Yo nunca hab�a experimentado una sensaci�n parecida, nunca me hab�a acercado siquiera a esa especie de cosquilleo que parec�a darme vueltas en el est�mago, como la colada en una lavadora. Sent�a como si me hubiese tocado el premio gordo de la rifa de fin de curso del colegio, que llevaba cinco a�os deseando con toda mi alma y que nunca hab�a conseguido.</p><empty-line/><p>La cosa no qued� ah�. Sigui� adelante noche a noche. Pronto aprend� a tocarle a �l. Con los dedos, con las manos, con la boca. Cada d�a aprend�a un poco m�s. Avanzaba peligrosamente, como a trav�s de un campo minado. A veces, cuando ve�a a otro chico mayor que me gustaba, a los estudiantes de los Maristas con los que coincid�amos en el autob�s, al chico de la panader�a, al quiosquero, me entraban ganas de intentarlo con ellos, y me preguntaba si responder�an de la misma manera que Gonzalo, o si no ser�a algo exclusivamente de �ste. Pero no pod�a decir una palabra, porque Gonzalo me hab�a hecho jurar que lo mantendr�a en secreto, me hab�a hecho entender que todo el mundo pensar�a que �l estaba abusando de mi porque yo s�lo ten�a nueve a�os y �l veinte, que si alguien se enteraba me echar�an del colegio, me encerrar�an en un reformatorio o en un hospital psiqui�trico, y yo no quer�a que nada de aquello ocurriese, porque sab�a que era una buena chica, una buena chica a mi manera.</p><empty-line/><p>As� estuvimos un a�o. A veces en mitad de la noche, me colaba en su cuarto, donde me encantaba mezclar aquellas dos sensaciones: el miedo a ser descubiertos y el descubrimiento de mi propia capacidad para el placer. Deseaba que pudiera hacerme a todas horas aquello que me hac�a, porque nunca hab�a sospechado que en mi cuerpo existiera semejante disposici�n para la dicha. Adoraba dormir abrazada a �l. Adoraba su olor y su calor jam�s me plante� la posibilidad de perderle.</p><empty-line/><p>Y, de pronto, la t�a Carmen decidi� irse a vivir a Donosti y mi vida se pulveriz� en peque�os pedacitos de colores, como una vidriera rota. Gonzalo intent� explicarme que yo ten�a que crecer y hacerme mayor sin �l, cuando fuera mayor ten�a que ir con chicos de mi edad, que no deb�a llorar.</p><empty-line/><p>No me pregunt�is c�mo lo super�. Yo misma no lo s�. Supongo que deb� de olvidarlo. Quiz� haya que achacarlo a la incapacidad de los ninos para conservar recuerdos y afectos precisos. Es cierto que hubo una �poca en que me sent�a cada d�a m�s invisible, como si fuera cubri�ndome un barniz espeso y oscuro, capas y m�s capas sucesivas de tinieblas que amenazaban con asfixiarme. Pero luego me puse bien. Algo hab�a cambiado dentro de m�, me sent�a a salvo en mi piel. Sent�a una curiosidad enorme que iba creciendo d�a a d�a, como un monstruo enorme e insaciable que se alimentaba de mis experiencias y que cada vez me exig�a m�s comida, empuj�ndome a la puerta, oblig�ndome a salir al exterior, arrastr�ndome por las calles, viendo cosas y sintiendo la caricia del aire en las mejillas y el cosquilleo de la luz en los ojos. Una ma�ana despert� y Gonzalo hab�a dejado de importarme. Mir� con buena cara el d�a que me quedaba por vivir. Poco a poco la pena fue disip�ndose, poco a poco, exactamente igual que la neblina de la ma�ana va desapareciendo en Donosti. De repente, antes de que caigas en la cuenta, ya hay un rayo de sol que te sube por la cara y le arranca reflejos cobrizos a tu Pelo, cuando unas horas antes te resultaba imposible ver m�s all� de tus narices.</p><empty-line/><p>Despu�s conoc� a Mlkel, en Donosti, y comprend� que pod�a hacer con otros lo mismo que hac�a con Gonzalo. Lo hice con varios, pero nunca llegu� hasta el final. Ten�a reservada mi virginidad.</p><p>Fue natural que cuatro a�os m�s tarde fuera Gonzalo el encargado de llev�rsela. No pod�a haber sido ning�n otro. No me forz�. Yo lo hab�a decidido as�. Hab�a decidido tomar el control. Y no me arrepiento. No fue doloroso, no fue desagradable. Me gust� much�simo. Las sonrisas m�s francas, las caricias m�s tiernas, el destello de gloria entre las piernas. Habr� quien diga que he sido una v�ctima. Puede. Pero, sinceramente, creo que ha habido primeras experiencias much�simo peores que la m�a.</p><empty-line/><p>Y luego comenzaron las llamadas continuas a Madrid, los chantajes sentimentales, las cartas, los acosos. Fue una pesadilla. Yo no quer�a repetir la experiencia. En realidad, la �nica raz�n por la que me acost� con �l es porque me sent� obligada, porque sent� que se lo deb�a. Porque sab�a que eso era lo que �l esperaba de m�. Pero pensaba que, tal y como me hab�an dicho las monjas, en cuanto le diese lo que me ped�a se hartar�a y no querr�a volver a saber nada de mi persona. Y eso era exactamente lo que yo quer�a: que me dejara en paz. Quer�a salir con chicos de mi edad, llevar mi vida. Quer�a dar por terminada aquella historia. Ya me sent�a mayor por m� misma y no necesitaba que nadie me lo probara. Pero �l, erre que erre. Durante a�os, cuando ven�a a vernos a Madrid insist�a en salir conmigo de marcha, se emborrachaba e intentaba seducir a mis amigas, visto que yo no le hac�a mucho caso. Se acost� con Line y no dej� de intentarlo con Gema, aunque ella le hubiese dejado muy claro cu�les eran sus gustos.</p><empty-line/><p>Gonzalo es ahora un cuarent�n sin oficio ni beneficio, que dir�a mi madre. No s� mucho de �l, excepto por las noticias que nos llegan a trav�s de la t�a. No trabaja ni lo necesita, porque ha heredado dinero suficiente para vivir de las rentas toda su vida. La �ltima vez que le vi fue hace dos a�os, en la boda de mi prima Andone. Por poco no le reconozco. Hab�a engordado, se le hab�a ca�do el pelo, le hab�an salido arrugas, y aquellos incre�bles ojos grises de anta�o estaban enrojecidos y vidriosos, cubiertos por un velo cristalino tejido a fuerza de mucho alcohol y muchas drogas. Imagino, por las pintas que llevaba, que todav�a escucha aquellos discos de Hendrix y la Joplin. Su cuerpo ha envejecido, pero �l no ha crecido. No se ha casado, claro, ni se le ha conocido ninguna relaci�n seria. Me parece que es incapaz de mantener relaciones profundas con mujeres de carne y hueso. S�lo con ni�as.</p><empty-line/><p>No se lo cont� a ninguno de los psic�logos. Para qu�. Sin embargo, hubo uno que debi� de adivinarlo, porque una tarde dej� caer, as�, como quien no quiere la cosa, que las ni�as que han sufrido abusos sexuales tienden a ser muy promiscuas en la edad adulta, porque van buscando desesperadamente aquella atenci�n exagerada que se les prestaba de peque�as. Puede. Puede que yo sea una v�ctima. No lo s�. Puede que realmente tenga un conflicto mental y que esta fijaci�n obsesiva que siento por Iain no se llame amor sino dependencia neur�tica. Puede. Puede que se trate, sencillamente, de un defecto de serotonina. 0 de un exceso de testosterona.</p><empty-line/><p>Yendo de nada a nada, sin patr�n ni destino, sin refugio ni br�jula. A la deriva. Emnpe�ada en la in�til huida de m� misma, en busca de un lugar donde caerme viva. Bebiendo cubalibres y fumando chinos y tragando �xtasis y sirviendo copas y besando labios y chupando pollas y aprobando ex�menes y redactando trabajos y leyendo libros y escribiendo poes�as, por lo general bastante malas, todo hay que reconocerlo. Politoxic�mana confesa y pend�n vocacional. Digamos que quer�a ser Burrougl�s, como Gema, supongo, aspiraba a ser Jane Bowles. He probado todas las drogas disponibles y me he acostado con todos los hombres m�s o menos presentables que se me pon�an a tiro. Me lo he pasado bien, en suma. 0 quiz� lo he pasado fatal. Puede que ni siquiera me haya enterado.</p><empty-line/><p>As� estaban las cosas en mi vida, ni mejores ni peores, distintas, hasta que, de esto hace ya meses, Line se empe�� en que prob�ramos un jaco nuevo que Santiago hab�a pillado.</p><empty-line/><p>Pobre Santiago. El camarero m�s mono del Planeta X. Yo estaba loca por �l, aunque nunca se lo reconociera a nadie, ni siquiera a m� misma. Me sobraba orgullo para admitir que estaba quedada con alguien que a su vez beb�a los vientos por otra, mi mejor amiga, por m�s se�as. Y Santiago estaba tan loco por Line que desde el preciso momento en que ella coment� que cada vez le gustaba m�s el caballo no par� hasta encontrar el mejor de Madrid, reci�n tra�do de Thallandia, cero/cero, pr�cticamente puro.</p><empty-line/><p>A m� no me hac�a mucha gracia la idea, entre otras cosas porque el jaco siempre me ha parecido una droga cara y aburrida. No le encuentro mucho sentido al tema ese de ponerse y quedarse mudo e inm�vil durante horas, presa de una relajaci�n que despega los m�sculos de los huesos, que le hace a uno flotar sin l�mites como si estuviera tendido sobre una cama de agua, y que luego se extiende por los tejidos, haci�ndote navegar por otros mundos pero dejando tu cuerpo en �ste, y uno se vuelve incapaz de relacionarse con otro ser humano, sencillamente porque uno ya no est� ah�. Creo que s�lo les atrae a los que no se aguantan a s� mismos, a los que necesitan olvidarse de su propia identidad.</p><empty-line/><p>Y luego est� todo lo que el jaco significa, ese submundo que vive regido por el reloj de la droga: sus tres chutes diarios y, entre un chute y otro, llenar el tiempo de cualquier manera, esperando el pr�ximo. Esto si eres pijo y rico, claro. Si no, debes emplear ese tiempo en encontrar el dinero para agenciarte otro chute, ya sea robando, trapicheando o haciendo la calle.</p><empty-line/><p>Una vida en perpetuo movimiento, la b�squeda en la calle de la droga, el temor al palo y la denuncia, la traves�a continua de la ciudad, salidas a horas intempestivas, encuentros en lugares inesperados, persecuciones, enga�os, traiciones, revanchas, nuevas caras, nueva gente, nuevos yonkis y camellos, chinos, chutas, papelinas, rohipnol, palos, broncas, buprex, monos, pastillas para superar el mono, calabozos de c�rceles y celdas de cl�nicas, la amenaza constante de los maderos, idas y venidas, ning�n lugar seguro, ning�n d�a igual a otro. El v�rtigo de la aventura, el coqueteo con la muerte. Una vida dura. Una vida a cien. El �xtasis del h�roe. De la hero�na.</p><empty-line/><p>Yorikis consumidos, flacos y nerviosos, de esos que llaman �mi mujer� a la novia. Esqueletos andantes que s�lo piensan en el jaco. Mirada moribunda, confusos, resentidos, deprimentes, est�pidos.</p><empty-line/><p>M�s exigente que la m�s posesiva de las amantes, m�s peligrosa que la m�s desalmada de las zorras. La hero�na le chupa a uno la sangre y a cambio s�lo ofrece la seguridad contra la carencia de ella misma.</p><empty-line/><p>Pero Line insisti� y acab� por ceder. Nos creemos muy listos y siempre pensamos que podemos meternos de cuando en cuando, que sabemos controlarlo. Qu� soberbios somos todos, convencidos de que estamos por encima del resto de los mortales. Al fin y al cabo, me dec�a a m� misma, no hab�a probado el jaco en un a�o. Ya iba siendo hora de darme un homenaje. �Por qu� no?</p><empty-line/><p>�Si uno quiere vivir la vida de verdad debe estar preparado para introducir toda clase de objetos y sustancias extra�as por todos los orificios de su cuerpo.� Las boutades de Line en la barra del bar. Conversaci�n de bar de moda a las seis de la ma�ana. Pobre Santiago. Habr�a hecho cualquier cosa por impresionar a Line, y si Kurt Cobain se met�a caballo, Line quer�a caballo, y si Line quer�a caballo habr�a que d�rselo. Las cosas son muy simples a los veinticinco a�os. As� que a las siete de la ma�ana, cuando acab� nuestro turno en el bar, nos metimos en el coche de Santiago y nos dirigimos hacia parque del Oeste. Line, Santi y Yo. Yo quer�a follar con Santi, Santi quer�a follar con Line y Line quer�a follar con todos y con ninguno.</p><empty-line/><p>Aparcamos en un rinc�n apartado y Santi sac� de la guantera toda su parafernalia de yonki: la bolsita con el jaco, la cuchara, la jeringuilla y el lim�n para desinfectar, am�n de una botella de agua mineral y unos kleenex. No iba preparado ni nada, el t�o.</p><empty-line/><p>Rasg� una larga tira de papel, la moj� con la boca y la enroll� alrededor del extremo de la chuta. Abri� la bolsita del jaco cuidando de no derramar el contenido, lo vaci� con un mov�miento de muelle sobre la cucharilla y a�adi� un poco de agua mineral de la botella que, como buen pastillero, siempre llevaba en el coche. Puso un mechero encendido bajo la cuchara hasta que la droga se disolvi� como la nieve que cae sobre un charco. Acto seguido, introdujo la jeringa en la soluci�n a trav�s del algod�n que hac�a de filtro.</p><empty-line/><p>Seg�n vi aquello, empec� a arrepentirme. Hab�a pensado que �bamos a meternos un chino, o esnifarlo. No hab�a contado con el peque�o detalle de que Santiago habr�a hecho cualquier cosa para impresionar a Line. El muy bestia. Queda mucho m�s cool meterse un pico, claro. Muy Tarantino.</p><empty-line/><p>Me daba miedo inyectarme, para qu� negarlo. La aguja, el pinchazo, la grima de sentir el jaco entr�ndote por la vena. Uno puede fumar el jaco o esnifarlo, pero la gente se inyecta en la vena para ahorrar material y porque dicen que el efecto inmediato es mejor. La forma m�s f�cil de encontrar la vena es pincharse en el antebrazo, pero hay gente que no lo hace para evitar las marcas delatoras, los estigmas de yonki. 0, simplemente, porque ya no pueden hacerlo, porque tienen el brazo hecho un acerico, atravesado por una cordillera de bultos encallecidos de tanto hurgar en ellos. Se pinchan en los pies o en las manos, algunos incluso en la lengua, pero entonces la vena es m�s dif�cil de encontrar. Alg�n colgado que conozco se ha pinchado en la polla. Hay que hacerlo con cuidado, pincharse en la vena, nunca en la piel, si no habr� que limpiar la aguja varias veces, porque se obturar� con la sangre coagulada.</p><empty-line/><p>�Entend�is ahora mi pasi�n por las pastillas, esas dosis de felicidad comprimida que se deslizan sin sentirlo por tu es�fago, que no exigen sacrificios ni autoperforaciones? Yo, que tengo terror hasta a los an�lisis de sangre, �c�mo iba a meterme una aguja, as�, a lo bruto? Sent�a compasi�n por la carne penetrada y las venas violadas.</p><empty-line/><p>De modo que les dije que sal�a a hacer pis, m�s que nada porque no soporto ver c�mo alguien se pone un pico. Prefer�a volver cuando todo el ritual de la jeringuilla y la vena hubiera terminado, y entonces meterme una raya tranquilamente.</p><empty-line/><p>��T� haz lo que quieras -dijo Santi-, pero yo pienso meterme ahora mismo.</p><empty-line/><p>��Pues yo te acompa�o, Cris -me dijo Line-, que tambi�n me estoy meando viva.</p><empty-line/><p>Si Santi pretend�a impresionarla, se hab�a lucido. As� que Line y yo salimos del coche y buscamos un lugar apartado entre los arbustos donde poder dar rienda suelta a nuestra incontinencia, mientras Santiago se pon�a a gusto. Hicimos pis en cuclillas entre unos arbustos, intentando sin mucho �xito no salpicar nuestras flamantes Doctor Martens. Cuando nos levant�bamos a Line se le cay� al suelo su bolsito en forma de coraz�n. Deb�a de tenerlo mal cerrado y el contenido se desparram� sobre la hierba. Nos cost� Dios y ayuda encontrar las llaves, que hab�an ido a parar debajo de un alibustre, y debido a la poca luz y a lo mucho que hab�amos bebido tardamos por lo menos media hora en dar con ellas. Cuando las encontramos ca�mos en la cuenta de que quiz� hab�amos perdido demasiado tiempo. Probablemente Santiago ya se hubiese largado, apunt� yo, y �d�nde co�o �bamos a encontrar un taxi a semejantes horas, y, para colmo, en el culo del mundo?</p><empty-line/><p>��No te preocupes tanto -dijo Line-, si est� puesto, seguro que se ha quedado donde estaba. Si el material es tan bueno como asegura, ni se habr� enterado de cu�nto tiempo hemos tardado.</p><empty-line/><p>Volvimos a la carretera y divisamos su coche a lo lejos. El coche segu�a all�. Santiago estaba apoyado contra el volante, inm�vil. Pens� que ir�a tan puesto que se hab�a quedado grogui, sin m�s. Le sacud�.</p><empty-line/><p>��Eh, lev�ntate, que no podemos quedarnos aqu� toda la noche. -Le zarande�, pero �l no contestaba-. Line, me temo que va a tocarte conducir, que este t�o no reacciona.</p><empty-line/><p>Y entonces me fij� bien en Santi. La aguja clavada en el brazo, la cara blanca como el papel y una mancha de sangre alrededor de los labios morados, entumecidos como si le hubieran asestado un pu�etazo. Los ojos abiertos, la mirada fija en un punto indeterminado. Unas enormes ojeras malva, tan exageradas que parec�an maquillaje, cuyo color hac�a juego con los labios. El cuerpo duro, contra�do, tumefacto. Parec�a embalsamado, como si le hubiesen inyectado pegamento bajo la piel. Su carne sin sangre, casi transparente, semejaba la de un lagarto inm�vil, aterido y debilitado, al que el invierno hubiese pillado desprevenido.</p><empty-line/><p>Me asust�, y empec� a sacudirle todav�a m�s, entre gritos, pero �l segu�a sin reaccionar. Line se acerc� y, cuando le vio, se puso casi tan blanca como �l. Luego le tom� el pulso y apret� su cabeza contra el pecho de �l. Exactamente igual a como yo hab�a visto hacer en las pel�culas.</p><empty-line/><p>��Este t�o est� muerto -anunci�. Fue la �nica vez en la vida que o� su voz su voz, no su vocecita, sin el timbre agudo que normalmente la caracteriza.</p><empty-line/><p>���C�mo lo sabes? Quiz� s�lo est� en coma -dije.</p><empty-line/><p>��Est� muerto. Estoy totalmente segura.</p><empty-line/><p>���Por qu�? �C�mo puedes tenerlo tan claro? Yo quer�a creer que quiz� s�lo estuviese en coma o inconsciente.</p><empty-line/><p>��Porque soy socorrista. S� tomar el pulso y s� reconocer a un cad�ver. Y este t�o est� muerto. V�monos de aqu�. -Parec�a asustada de verdad-. Qu� suerte hemos tenido de no haber sido las primeras en probar el material.</p><empty-line/><p>Me escandaliz� la frase con que hab�a rematado la cuesti�n. Parec�a no afectarle el que uno de nuestros amigos, precisamente el que hac�a cualquier cosa por ella, la hubiese palmado. S�lo le importaba que la china no le hab�a tocado a ella.</p><empty-line/><p>��No podemos irnos as� como as�. No podemos dejarlo aqu� -insist�.,</p><empty-line/><p>��Mira, Cris, ya no hay nada que podamos hacer por �l -dijo Line-. Y yo paso de meterme en l�os. V�monos inmediatamente.</p><empty-line/><p>Me cuesta mucho justificar ante m� misma c�mo consent� en dejarle all�, solo. Supongo que estaba tan aturdida que me dej� arrastrar por la reci�n descubierta voluntad f�rrea de Line. Me pareci� que ella ten�a raz�n. Si estaba muerto, nosotras no pod�amos ayudarle en nada qued�ndonos all�. Y si estaba vivo, lo mejor era irnos y llamar una ambulancia. Nada gan�bamos permaneciendo a su lado, y ten�amos mucho que perder, en cambio, si no nos larg�bamos. Sobre todo Line, que vive con sus padres y que no podr�a silenciar el asunto y se ver�a obligada a ofrecer interminables explicaciones y confrontaciones. Yo lo entend�a perfectamente. No hac�a falta que ella me dijera nada. Al fin y al cabo no somos m�s que dos ni�as pijas recicladas.</p><empty-line/><p>Llegamos andando hasta Moncloa sin intercambiar una sola palabra durante todo el camino. Cuando vimos una cabina entramos y no hizo falta que ninguna le explicase a la otra qu� correspond�a hacer. Line llam� a la polic�a e inform� de lo que pasaba, describi� el sitio donde podr�an encontrar el coche y rog� que enviaran una ambulancia lo antes posible. Insisti� varias veces en que la cosa iba en serio y acto seguido colg�.</p><empty-line/><p>Cuando llegamos a casa intentamos averiguar qu� pod�a haber pasado. No era una sobredosis, Hab�amos visto al t�o preparar su chute y ni siquiera hab�a metido un cuarto. La cantidad no era excesiva. No pod�a ser sobredosis. �Cu�nta hero�na hay en un gramo de burro? �Un siete por ciento? Probablemente el material estuviese cortado con estricnina o con cal o con cualquier sustancia imposible de analizar. 0 quiz�, peor a�n, era tan tan bueno como �l aseguraba. Eso pasa. Cuando el jaco es demasiado puro es casi m�s peligroso que cuando lo han adulterado. No estamos acostumbrados a meternos hero�na de verdad y no sabemos manejar las cantidades. El caso es que no s� lo que pas�.</p><empty-line/><p>No pod�a olvidar lo que Line hab�a dicho. La suerte que hab�amos tenido. Si a m� no me diesen repel�s las agujas, si Line no hubiese venido conmigo a hacer pis, si no hubi�semos perdido media hora buscando las llaves, si nos hubi�semos metido las l�neas antes que Santi, �d�nde estar�amos ahora?</p><empty-line/><p>Yo me habr�a metido una l�nea de aquel jaco mal cortado, me habr�a disparado directamente al coraz�n novoca�na, lactosa, laxantes, cal de la pared, estricnina, diazepanes, hipn�ticos, code�na, aspirina, antibi�ticos, nesquick, polvo de ladrillo, migas de galleta, vete t� a saber qu�, y estar�a all�, con los ojos en blanco, y la boca babeante y la cabeza cay�ndose sobre un hombro, como Uma Thurman en Pu1p F�ction.</p><empty-line/><p>Me dije a m� misma: �Pase lo que pase a partir de ahora, por muy mal que te encuentres y por muy harta de todo que te sientas, recuerda que tienes suerte de seguir con vida. Est�s aqu� de regalo.�</p><empty-line/><p>Una quincena exacta despu�s de aquello conoc� a Iain, y me aferr� desesperadamente a �l como el n�ufrago a su tabl�n, porque no quer�a ahogarme en aquel oc�ano turbulento en que Line y yo naveg�bamos. Porque quer�a olvidar la cara azul de Santiago, los labios azules que yo hab�a besado cuando eran rojos, los dedos r�gidos que me hab�an pellizcado el culo cuando a�n pod�an moverse. Quer�a olvidar a Line, convertida en su propia radiograf�a, incapaz de conmoverse ya ni por lo bueno ni por lo malo. Necesitaba alguien a quien querer. Necesitaba alguien a quien aferrarme, una raz�n seria para vivir. Alguien alejado del caballo y de los �xtasis y del Planeta X. Alguien m�s serio mayor que yo. Uno de esos tipos que describen las rubias de las pel�culas yanquis: un hombre bueno que me quiera y me respete. Pero no funcion�. Yo no soy una rubia de las pel�culas yanquis. Soy una morena excesiva que se ha follado a medio Madrid. Ning�n hombre honesto se plantear�a retirarme.</p><empty-line/><p>Iain no quiere saber nada de m� y a mi vida no le queda un solo agarradero. Mi hermana Rosa no tiene m�s amigos que su m�dem y su fax. Mi hermana Ana acaba de darse cuenta que en la vida de una mujer debe haber algo m�s que armarios y coladas. Pero yo no siento ninguna compasi�n ni por mis hermanas ni por m� misma. No estamos en nuestro mejor momento, pero superaremos este bache. Hemos pasado por cosas peores. Y si lo que no te mata te hace m�s fuerte, entonces nosotras somos resistentes como un tentetieso, y abriremos un camino sobre nuestras cicatrices.</p><empty-line/><p>Y, por lo menos, estamos vivas. Lo tengo presente cada d�a. Y tengo que agradecerle no s� a qui�n, a la mano invisible de la divina providencia, a los �ngeles cuya existencia niego, que me haya permitido quedarme. As� que, mientras est� aqu�, seguir� adelante, a trancas y barrancas, a trompicones, resbalando, tropezando si hace falta, volviendo a levantarme cuando me caiga. Estoy aqu�, pero noviembre llega de color tristeza.</p><empty-line/><p>Apoy�ndose en el primer relato de la creaci�n del hombre que dice �macho y hembra los cre�, una tradici�n rab�nica hace de Lilith la primera mujer, creada antes de Eva. De este modo ella ser�a igual al hombre, por haber salido, como �l, del barro de la tierra. La C�bala la hace disputar con Ad�n y huir. Se habr�a convertido en un demonio, s�cubo e instigadora de los amores ileg�timos.</p><empty-line/><p>Pero a los que escribieron la Biblia no les gust� el primer relato de la creaci�n del hombre. Para subrayar la necesaria sumisi�n de la mujer al hombre inventaron la figura de Eva, creada a partir de la costilla de Ad�n, que fue seducida por la serpiente y se convirti� por ello en la responsable de todos los males de sus descendientes. Esta segunda primera mujer hab�a nacido del hombre y deb�a depender, por tanto, de �l.</p><empty-line/><p>Hoy en d�a casi nadie sabe qui�n era Lilith, aunque todo el mundo conoce el mito de Eva. Los redactores de la Biblia se salieron con la suya.</p><empty-line/><p>Y, sin embargo, pese a ellos, algunas mujeres fuertes se colaron entre las p�ginas de la Biblia y demostraron que no eran el ap�ndice de nadie. D�bora, jueza y profetisa que dirigi� la campa�a contra S�sara apoyada por Baraq. Atal�a, reina de Jud�, �nica mujer que gobern� un reino jud�o, aunque para conseguirlo tuviera que matar uno a uno a sus seis hermanos. Betsab�, la mujer favorita de David, su consejera y su apoyo. Ester, la mujer jud�a del rey persa Vast�, que arriesg� su vida y su situaci�n para impedir la matanza programada de su pueblo. Judit, la asesina de Holofernes, el general asirlo, que gracias a su astucia e inteligencia consigui� acabar con el asedio del pueblo jud�o�</p><empty-line/><p>Lo que viene a demostrar, supongo, que por muchos impedimentos que se le pongan por delante, por mucho que se haga por ocultar su existencia, una mujer fuerte siempre puede conseguir lo que se propone. Y resulta parad�jico que yo aprendiera esta lecci�n precisamente en un colegio de monjas, un colegio en el que las hermanas me alentaban a hacer los deberes porque �alg�n d�a tendr�a que ayudar a mis hijos a hacer los suyos�.</p><empty-line/><p>Fortaleza no es lo que cre�is. La fortaleza no se mide seg�n el grosor de los m�sculos ni seg�n el n�mero de kilos que una persona pueda levantar. Fortaleza significa, sobre todo, aguantar, no romperse. Es una virtud femenina.</p><empty-line/><p>A veces odio a esos productos de familias felices que me rodean, a esos pastilleros que vienen al Planeta X, esos ni�os bien que viven en Mirasierra o la Moraleja, que tienen un chalet con jard�n y piscina y perro, y un padre trabajador y una madre saludable y bronceada, y nada que olvidar o de lo que avergonzarse. Tienen un padre y una madre que se adoran, o que al menos se soportan con mutua tolerancia, unos padres que les regalaron su primer coche al aprobar la selectividad, que les han pagado la universidad y las vacaciones, un mes en Marbella en verano y una semana en Saint Lary en invierno. Tienen unos amigos que han esquiado y han montado a caballo con ellos desde la infancia. Tienen un ordenador y un v�deo en su habitaci�n, y pantalones Caroche y cazadoras de Gaultier y botas de aut�ntica piel de serpiente (a cuarenta talegos el par) y van vestidos como si fueran yorikis, yorikis de lujo, imitando las pintas de Matt Dillon en Drugstore Cowboy, aunque, eso s�, su nevera est� repleta y nunca han dormido en la calle.</p><empty-line/><p>Uno de estos chicos me cont� en la barra, entre cubata y cubata, las dos grandes tragedias de su vida: una novia que le hab�a dejado y un atraco que hab�a sufrido en la Gran V�a. �C�mo iba a explicarle yo que mi padre se hab�a largado un buen d�a sin raz�n aparente, que mi madre no ha sido capaz de dirigirme m�s de cinco palabras seguidas en toda su vida, que cuando yo ten�a nueve a�os me lo hac�a con mi primo de veinte, que mi mejor amiga se pasa el d�a yendo y viniendo del hospital, que tengo un tajo de siete puntos en el brazo derecho que me hice yo misma con un cuchillo y que a los diecis�is a�os intent� matarme por primera vez?</p><empty-line/><p>Si le contara alguna de estas cosas pensar�a que soy una persona muy desgraciada y muy problem�tica, y, sin embargo, yo no me veo as�. Estoy segura de que �l ha sufrido mucho m�s por su novia que yo por Iain. Me lo imagino ahogando sus penas en �xtasis y alcohol, haciendo esfuerzos herc�leos por olvidar su nombre y su cara, evitando sistem�ticamente los bares a que sol�an ir juntos y las terrazas por las que paseaban, desarmado ante el primer golpe de su vida, puesto que nadie le hab�a curtido en una batalla previa, puesto que nadie se hab�a encargado de hacerle resistente a la frustraci�n. Nadie le hab�a advertido de que en la vida, por una cuesti�n de simple estad�stica, le tocar�a, una vez al menos, enfrentarse a un desamor, y a un accidente de coche, y a un amigo desleal, y que todo el dinero y el amor de sus padres no iban a poder evitar lo inevitable. Piensa en nosotras, por ejemplo, en las hermanas Gaena. �Nos van tan mal las cosas como parece?</p><empty-line/><p>Asumamos que Iain me ha dejado y que nunca va a volver. Quiz� nunca le quise. Quiz� s�lo quer�a que llenase este agujero enorme que tengo en mi interior. Es hora de que aprenda que no puedo perderme en la vida de otra persona sin haber vivido la que me pertenece y que yo, y s�lo yo, puedo llenar mis propios huecos.</p><empty-line/><p>Mi hermana Rosa vivi� su propia vida sin intromisiones de otros, nadie se lo niega, pero ella misma se ha convertido en su c�rcel. �C�mo se vive con un disco duro por cerebro y un m�dem por coraz�n? Supongo que hay mucha gente que creer�a que su vida es un desierto sin oasis. Supongo que hay mucha gente que la compadece, que en su mente la retrata como una solterona neurotica, que imagina la vida de mi hermana como una carrera contra reloj intentando dar sentido a su existencia antes de que su reloj biol�gico se pare, antes de que sea demasiado mayor para tener hijos o seguir resultando sexualmente atractiva. Yo, sin embargo, s� que mi hermana puede conseguir todo lo que quiera.</p><empty-line/><p>La he visto durante a�os encerrada en su cuarto, frente a los l�pices y los bol�grafos ordenados por colores, con el entrecejo fruncido y los ojos bien abiertos, decidida a ser la mejor de su promoci�n. Y si pudo ser la mejor en una carrera pr�cticamente reservada para hombres, �no podr�a cambiar su vida en el momento en que lo decidiera? Puede que no me lleve mucho con mi hermana, pero, joder, debo reconocer, aunque me pese, que hay momentos en que la admiro profundamente. Y, desde luego, no la compadezco.</p><empty-line/><p>A la playa de Ana lleg� una ola enorme que le destroz� su castillo de arena. No me pregunt�is cu�ndo ni por qu�, porque no lo s�. S�lo s� que lo que tiene no le gusta. La vida se le escapa, lenta e inexorablemente, marcando las horas, como la arena de un reloj. Y cada vez le queda menos tiempo. Mi madre me llama angustiada, me dice que lo suyo es grave. Vale, he visto los ojos vidriosos de Ana fijos en una pantalla, y sus manos l�nguidas incapaces de sostener un vaso. La he visto ojerosa y despeinada, incapaz de pronunciar una palabra, y sin embargo no temo por ella.</p><empty-line/><p>Porque tambi�n la he visto, durante a�os, eficiente y laboriosa como una hormiguita, despachando facturas y ordenando armarios, abriendo senderos en la cocina a trav�s de monta�as de platos sucios y envoltorios vac�os, convertida en la madre que mi madre no sab�a ser, administradora, organizada, tranquila y coherente.</p><empty-line/><p>Nunca advertimos demasiado su presencia hasta que se cas� y result� tan dr�sticamente evidente que se hab�a marchado. La casa se hundi� de la noche a la ma�ana en un caos incontrolable. La colada se pasaba d�as pudri�ndose dentro de la lavadora porque se nos olvidaba tenderla, as� de simple; ten�amos que sobrevivir a base de congelados porque ninguna de nosotras sab�a cocinar, y nuestras respectivas habitaciones se cubrieron de capas de polvo y mugre porque durante a�os ninguna de nosotras hab�a tenido que pasar una bayeta, as� que �por qu� se nos iba a ocurrir que ahora nos tocaba hacerlo?</p><empty-line/><p>Ana se march� y mis discusiones con mi madre empezaron a hacerse cada vez m�s frecuentes, cada vez m�s sonadas. M� madre se desesperaba entre aquel desorden que la rodeaba, que avanzaba lenta pero inexorablemente como una enfermedad incurable, y cuando llegaba a casa de la farmacia, agotada y deprimida, y se encontraba con aquella casa que se descompon�a por momentos, estallaba. Nos echaba la culpa a nosotras, claro, pero nosotras, �qu� pod�amos hacer? Yo ni siquiera sab�a fre�r un huevo o ali�ar una ensalada, y mucho menos planchar o hacer las camas. Ana no me hab�a ense�ado. Rosa se pasaba el d�a encerrada con sus libros y dej� siempre muy claro que su vocaci�n para las tareas dom�sticas era nula. Hasta entonces los silencios g�lidos de mi madre siempre me hab�an sacado de quicio. Pero cuando Ana se march�, mi madre aprendi� a gritar y a maldecir en alto, y de golpe aflor� a la superficie todo el resentimiento que llevaba acumulado durante d�cadas, y entonces s� que de verdad perd� los estribos. Ella gritaba y yo gritaba m�s alto e intercambi�bamos todos los insultos que conoc�amos, m�s algunos que invent�bamos expresamente para la ocasi�n. Ella dec�a que se arrepent�a de haberme tra�do al mundo. Yo respond�a que nadie se lo hab�a pedido y que yo no estaba precisamente contenta del sitio a donde hab�a ido a parar. Me largu� de casa en cuanto pill� un trabajo y Rosa hizo lo propio dos a�os despu�s, aunque con la carrera acabada, que es una ventaja.</p><empty-line/><p>No nos hab�amos dado cuenta hasta entonces de que Ana era el pegamento que nos manten�a unidas. Sin ella, la familia se hac�a pedazos.</p><empty-line/><p>Por eso nos cuesta tanto asumir que Ana la dulce, Ana la estable, Ana que fuera el ep�tome de la cordura, se ha despe�ado cuesta abajo. Es oficial.</p><empty-line/><p>La cosa fue m�s o menos as�, seg�n he podido deducir de las conversaciones que he mantenido al respecto con mi madre y con mi hermana Rosa: una ma�ana mi hermana Ana se levant� de la cama a las siete, seg�n su costumbre; prepar� el desayuno, seg�n su costumbre; despert� al ni�o, seg�n su costumbre; le cambi� el pa�al, seg�n su costumbre, y acto seguido, con el ni�o todav�a en brazos, se sent� a la mesa frente a su marido, con los ojos muy abiertos y expresi�n solemne. Entonces le anunci� con voz clara que quer�a divorciarse. No le dio razones. No hab�a otro hombre, que era lo que Borja esperaba, porque para un hombre como Borja la �nica raz�n que puede tener para divorciarse una mujer que tiene todo lo que una mujer pueda desear (un ni�o sano y guapo, un marido amable y atento y una casa que vale cincuenta millones) es otro hombre (uno que pueda proporcionarle otro beb� sano y guapo y una casa de cien millones). No hab�a otro hombre, le asegur� ella, y Borja no dud� de su palabra porque siempre hab�a mantenido, y a�n mantiene, que su mujer es incapaz de serle infiel, �l habr�a puesto y pondr�a ahora la mano en el fuego, pero ella, erre que erre, s�lo pod�a repetir que quer�a divorciarse, sin m�s explicaciones.</p><empty-line/><p>Entonces Borja llam� a mi madre y mi madre convino con �l en que no era normal que a una chica como Ana, que siempre hab�a sido tan responsable, le diese de la noche a la ma�ana por una barbaridad como �sa, por mucho que �ltimamente ya no fuese la misma. No, una chica como Ana no se divorcia as� como as�, de la noche a la ma�ana y sin raz�n aparente. As� que llamaron al m�dico de cabecera, que cabece� un rato delante de mi hermana y despu�s se encerr� en una habitaci�n con ella, y que cuando sali� de la habitaci�n les dio el n�mero del psiquiatra privado y car�simo que al d�a siguiente diagnosticar�a una crisis nerviosa. Y eso fue un alivio para Borja y para mi madre, porque una crisis nerviosa es algo sobre lo que uno mismo no tiene control, as� que a partir de dicho diagn�stico resultaba evidente que la propia Ana no sab�a lo que dec�a y que todo volver�a a la normalidad en breve, con la ayuda de Dios y de la medicina moderna. Resultado: que Ana estaba ingresada en lo que mi madre llamaba una casa de reposo, y Borja una cl�nica privada y Rosa una cl�nica psiqui�trica, y que era, para entendernos, un loquero. Un loquero para ricos, eso s�.</p><empty-line/><p>Cuando Rosa me cont� todo esto al tel�fono al principio no pod�a creerlo, porque por muy mal que hubiese visto a Ana la �ltima vez que la vi, nunca sospech� que la cosa pudiera ser para tanto, y s�lo se me ocurri� comentarle a Rosa que el gremio de psiquiatras de Madrid iba a hacernos un monumento a las hermanas Gaena en agradecimiento a toda la pasta que hab�an hecho a nuestra costa. Y Rosa me explic� que no acababa ah� la cosa, que por lo visto Ana hab�a pasado los �ltimos meses meti�ndose tranquilizantes y minilips, o sea, que la cosa, vosotros me entend�is, no iba de que Ana hubiese acabado en el loquero a cuenta de una mera depresi�n. Mi hermana la pija, la ni�a modelo, la santa madre y esposa, en una cura de desintoxicaci�n. Ver para creer.</p><empty-line/><p>El caso es que Rosa qued� en pasar a recogerme para que fu�semos juntas a ver a Ana. Rosa especific� que ir�amos las dos solas, porque Ana hab�a dejado bien claro que no quer�a ver a mi madre, y esto ya fue la guinda del pastel de las sorpresas, porque desde que tengo uso de raz�n Anita siempre ha sido la ni�a de los ojos de mi madre y en la vida ha dado un paso sin consultarla, y no me cab�a en la cabeza que la propia Anita hubiera dado instrucciones semejantes.</p><empty-line/><p>La ma�ana del d�a que hab�amos fijado para la visita me la pas� casi entera delante del armario estruj�ndome el cerebro para encontrar algo que ponerme, como me ocurre siempre que quedo con un miembro (�deber�a decir miembra?, �mi hembra?) de mi familia, porque sabido es por todo aquel que haya tenido contacto alguna vez, por m�nimo que sea, con la familia Gaer�a que ni a mi madre ni a mis hermanas les hacen mucha gracia mis pintas. Pero despu�s de estar veinte minutos revolviendo en el armario en busca de alguna falda azul plisada de aquellas que llevaba cuando trabajaba en una oficina, me pareci� un poco absurdo que en un momento en que el universo se desmoronaba alrededor de nosotras empezase yo a comerme el tarro a cuenta de gustarles o no gustarles a mis hermanas. As� que me puse los vaqueros de costumbre y la primera camiseta que pill� en el armario, que result� ser la del Nevermind de Nirvana. Pero luego, como me parec�a que no iba a quedar muy bien eso de ir a un loquero con la imagen de un suicida estampada sobre las tetas, en el �ltimo momento me puse una de Shampoo, por la simple raz�n de que era color rosa chicle y yo pens�, en buena l�gica crom�tica, que la camiseta aportar�a a mi imagen el optimismo que le faltaba a mi alma.</p><empty-line/><p>El loquero se encontraba a cuarenta kil�metros de Madrid y estaba rodeado por una enorme muralla blanca. En el interior los muros de ladrillo blanco que proteg�an la casa estaban adornados con celos�as de madera intercalada. A la sombra de un gran cedro resaltaba el color de un arriate de petunias y alhel�es. Al fondo, formando l�neas rectas entre los grandes �rboles, crec�an setos de boj. Hab�a cedros y encinas, y otros �rboles cuyos nombres yo, miserable urbanita, ni siquiera imaginaba. Un sendero de gravilla cruzaba el jard�n hasta la casa. La hierba crec�a entre las junturas de las piedras.</p><empty-line/><p>El BMW se desliz� silencioso, como s�lo se deslizan los BMW en los anuncios de la tele, hacia la cl�nica, que a primera vista parec�a cualquier cosa menos una cl�nica, ya que se trataba de una mansi�n enorme con cierto aire nost�lgico y colonial, una estructura de otro tiempo que desentonaba con su emplazamiento y su funci�n actuales. Una encina proporcionaba sombra al porche de la casa, donde se hab�an colocado dos tumbonas enormes. Si no hubiese sido por aquel detalle moderno, se habr�a dicho que la casa recordaba a la Tara de Lo que el viento se llev�. Casi esperaba ver aparecer en cualquier momento a un criado negro vestido de librea que viniera a ofrecerme ponche.</p><empty-line/><p>Entramos. Nos encontramos con un recibidor enorme y vac�o que ol�a desagradablemente a lej�a. A un lado, unos sillones azules y una mesilla sembrada de revistas de moda y cotilleo. Al fondo, una especie de pecera acristalada dentro de la cual una chica de aspecto aburrido, conectada a un ordenador y una centralita, nos miraba con ojos interrogantes. Mi hermana se acerc� a la pecera con ese aire marcial suyo, y una vez delante de la chica le inform� en voz alta y clara qui�nes �ramos y a qui�n busc�bamos. La chica de la pecera nos rog� con voz amable que esper�ramos un momento.</p><empty-line/><p>Yo me dej� caer desmadejada en el sill�n azul, como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos. Mientras tanto, mi hermana caminaba arriba y abajo por el recibidor, las manos en los bolsillos de su abrigo de piel de camello, dejando salir los pulgares desafiantes. No reparaba en la mirada de curiosidad que le dirig�a la chica pez, fascinada ante la rubia arrogancia de mi hermana, que en medio de aquel recibidor se impon�a con la vertical solemnidad de su metro ochenta. Llevada por el cansancio cerr� los ojos y la imagen de mi hermana se disolvi� en fractales de colores. Escuchaba el acompasado repicar de sus tacones sobre el suelo de m�rmol, aquel taconeo r�tmico, mon�tono, asertivo y� y me iba adormeciendo.</p><empty-line/><p>Al cabo de unos minutos, cuando yo ya empezaba a navegar en sue�os difuminados e imprecisos, nos recibi� una treinta�era de expresi�n amable que llevaba puesta la bata blanca de rigor. Mi hermana, nos explic�, reposaba de momento en su habitaci�n porque a�n (no le hab�an concedido el r�gimen abierto, pens� yo) no se hab�a elaborado el diagn�stico adecuado y establecido las entrevistas previas con los diferentes doctores que todo reci�n llegado a la casa (paciente, puntualic� yo mentalmente) deb�a superar a fin de que los doctores pudiesen evaluar su estado.</p><empty-line/><p>Como una Virgilla de bata blanca, la doctora nos gui� a trav�s de un laberinto de corredores. Algunos pacientes deambulaban por los pasillos: chicos guapos con cara de perdidos a los que supuse yonkis de buena familia, damas estiradas con collares de perlas y el pelo recogido en un mo�o que probablemente fueran borrachuzas de alcurnia o adictas al bingo y alg�n que otro vejete despistado que dirig�a de reojo miradas p�caras a mi camiseta rosa.</p><empty-line/><p>Recuerdo cuando iba a ver a Line ingresada. La cama de hierro, las paredes de placas, la botella de suero, los tubos, los aparatos, el olor a desinfectante que impregnaba las conversaciones. Media hora de visita as�ptica y deprimente. La palabra �hospitalar�o� perd�a su sentido original. Pero la habitaci�n de Ana no ten�a nada que ver con aquello. Era m�s grande que mi apartamento, con eso lo digo todo. Las paredes estaban pintadas de un sedante color verde p�lido. Alguien hab�a bajado las persianas, pero no lo suficiente como para que no pudi�semos entrever a trav�s de la ventana (sin rejas) un cuadrado de hierba reluciente del jard�n. En un jarr�n, sobre la mesilla de noche, un enorme ramo de rosas blancas, primorosamente arreglado, presid�a la habitaci�n; la marca territorial de Borja, supuse. Ana reposaba en la cama y apoyaba su cabecita rubia, sus ricitos de querub�n, sobre un mont�n de almohadas.</p><empty-line/><p>Rosa se sent� al lado de la cama, y, un tanto envaradamente le entreg� a la enfermera el regalo que le hab�a llevado: un libro de Marina Mayoral. Ana lo deposit� en la mesilla sin prestarle la menor atenci�n y arranc� a hablar de inmediato, atropelladamente, y tengo que admitir que, pese a las circunstancias, me pareci� que nunca le hab�a conocido tanto aplomo como entonces. Primero nos explic�, con un tono tranquilo y pausado, casi pedag�gico, lo de su historia con las pastillas, y nos dej� claro que no se hab�a metido en aquello consciente de lo que hac�a, que empez� a tomar anfetaminas para adelgazar y tranquilizantes para superar el nerviosismo de las anfetaminas y que al final, pues eso, la cosa se le hab�a ido de las manos. No parec�a intentar justificarse, daba la impresi�n de que, simplemente, nos aportaba los datos justos y necesarios que nosotras, en nuestra condici�n de hermanas, deb�amos conocer. Ni m�s ni menos. Nos dijo que desde su llegada al hospital hab�a mantenido conversaciones muy serias con varios m�dicos, quienes le hab�an asegurado que la cosa no era muy grave, o no tan grave como habr�a podido serlo si hubiese continuado con semejante dieta unas semanas m�s. 0 sea, que de momento Ana pensaba quedarse en la cl�nica y arreglar su problema.</p><empty-line/><p>Despu�s de suministrarnos esta informaci�n, volvi� la cabeza hacia Rosa, le mir� fijamente a los ojos y se puso a hablar con ella como si yo no existiera.</p><empty-line/><p>��Te he llamado -dijo- porque creo que eres la mujer m�s inteligente que conozco. Y la �nica que puede ayudarme en estas circunstancias, creo. Adem�s, eres mi hermana, claro. Pero eso no tiene nada que ver. Llevo pensando en esto varios d�as, en lo lista que eres, quiero decir, y en que nunca te lo he dicho. Tambi�n he pensado en que a pesar de lo mucho que te admiro casi no te conozco. No s�, en el fondo no estoy segura de que pueda contar contigo. Quiero decir, que no s� qu� estar�s pensando de m� ahora�</p><empty-line/><p>��Claro que puedes contar conmigo -le interrumpi� Rosa con el aire cansado y deferente de una maestra-. No digas tonter�as, por favor.</p><empty-line/><p>Yo no ten�a muy claro si pintaba algo en aquella escena, pero nadie me hab�a dicho que me marchara, de modo que all� me qued�, escuchando c�mo Ana desgranaba quejas y argumentos con su vocecita aguda. El caso es que Ana estaba decidida a divorciarse y quer�a saber si exist�a alguna posibilidad de que su marido utilizase lo de sus problemas con las pastillas y lo de su internamiento en la cl�nica como argumento para reclamar la custodia del ni�o en un tribunal. Yo no entend�a nada, porque a mis ojos, como a los de mi madre, no exist�a ninguna raz�n l�gica para que Anita decidiera divorciarse as� como as�, de la noche a la ma�ana. Por eso me sorprendi� tanto que Rosa pareciera tomarse la cosa en serio y empezara a hablarle de casos que conoc�a y de compa�eras de trabajo que se hab�an divorciado y hab�an mantenido la custodia de sus ni�os a pesar de sus infidelidades notorias o de sus sobradamente conocidos problemas con el alcohol, e incluso se ofreciera a hablar con el bufete de abogados que le gestionaba a ella sus asuntos legales, en el que seguro que hab�a un buen abogado matrimonialista. Yo no daba cr�dito a mis o�dos, porque no me parec�a muy coherente que mi hermana Rosa, la sensat�sima, la racional�sima, la estirad�sima, la cuerd�sima, se pusiera autom�ticamente de parte de Ana sin preguntarle siquiera lo que cualquiera le habr�a preguntado, esto es, si su marido le pegaba o si beb�a, o si le hab�a pillado follando con otra, o qu� pu�etera raz�n hab�a podido encontrar Ana para decidir, as�, de la noche a la ma�ana, tirar su matrimonio por la borda. Entonces Ana me mir� fijamente, los enormes ojos de agua abiertos en una expresi�n de �ngel suplicante que me devolv�a una imagen l�quida de m� misma.</p><empty-line/><p>��Y t�, Cristina, �qu� opinas? -pregunt�. Y como me pill� desprevenida y con la guardia baja s�lo se me ocurri� decirle lo que en aquel momento me sali� del alma: que la vida es una pelea de la que no se puede salir derrotado. Y la explicaci�n pareci� satisfacerle, porque ya no me pregunt� nada m�s.</p><empty-line/><p>Nos explic� despu�s que no pensaba quedarse en aquel sitio (este sitio, dec�a, evitando as� definir el tipo de establecimiento al que hab�a ido a parar) m�s de un mes, el tiempo suficiente, a�adi�, para que se acostumbrase a funcionar sin pastillas. Y yo asent�a quedamente y contemplaba con oidos at�nitos la reci�n acaecida transformaci�n de mi hermana.</p><empty-line/><p>Al cabo de un rato apareci� la misma doctora de antes para comunicarnos que nuestro tiempo de visita hab�a terminado. As� que plantamos en las mejillas de Ana los obligados besos fraternales, abandonamos la habitaci�n y desanduvimos todo el camino que nos hab�a conducido a aquella habitaci�n.</p><empty-line/><p>Volv�amos a Madrid sin cruzar palabra. Rosa conduc�a con la mirada fija en la carretera. Contuve mi curiosidad durante los primeros treinta minutos, pero al final no pude resistir m�s y tuve que preguntarle a Rosa por qu� le hab�a hecho tanto caso a Ana y hab�a tomado tan en serio lo que no parec�a sino un arrebato de ni�a rica y mimosa, empastillada de puro aburrimiento. Entonces aminor� la velocidad del coche y desvi� la mirada del parabrisas para dirigirla hacia mi humilde y desgarbada persona.</p><empty-line/><p>���Sabes cu�ntos a�os tengo, Cristina? -dijo-. Treinta. Y �sabes qu� he hecho durante estos treinta a�os con mi vida? Nada. Nada de nada.</p><empty-line/><p>��Yo no dir�a eso, precisamente. Has hecho una carrera de la que pocas mujeres de tu edad pueden presumir.</p><empty-line/><p>��No me entiendes. Eso, precisamente, no es nada. Yo no he hecho nada. No me he emborrachado hasta caer redonda al suelo, no he tenido una amiga con la que pelearme o a la que envidiar, no he hecho el rid�culo llamando a un t�o a su casa cuando era evidente que �l ya no me quer�a, no he deseado en secreto a un compa�ero de la oficina� En fin, no he vivido ninguna de esas peque�as tragedias cotidianas que constituyen el pan de cada d�a del com�n de los mortales, las que les hacen apegarse al aire que respiran y al suelo que pisan, las que les permiten levantarse cada ma�ana con la ilusi�n de que el d�a que comienza va a ser distinto del anterior y del siguiente. Los �ltimos a�os he sido una m�quina. Eso es todo. He sido como una r�plica de m� misma, pero que en el fondo no era yo, porque yo no soy, no puedo ser, alguien que no siente absolutamente nada. Nada.</p><empty-line/><p>��Te entiendo -susurr�. Y la entend�a, porque estaba describiendo exactamente la situaci�n que vivo yo en el bar todas las noches, recogiendo vasos y esquivando cuerpos sudorosos, un androide cibern�tico que pasea mis mismas facciones, mis curvas y mis gestos, entre las sombras, con la mente en blanco, para conseguir aguantar las seis horas del turno de cada noche sin p�nsarlo.</p><empty-line/><p>��Y lo peor es que ni siquiera lo sab�a -prosigui� Rosa-, ni siquiera era consciente de lo que estaba sucedi�ndome. No empec� a serlo hasta hace cosa as� de un mes, cuando empezaron las llamadas.</p><empty-line/><p>���Qu� llamadas?</p><empty-line/><p>��Ver�s, Cristina, alguien empez� a llamarme todas las noches, todas, m�s o menos a la misma hora. No dec�a nada, nunca. Se limitaba a hacerme escuchar una canci�n. La hora fatal, de Purcell. No s� si la conoces.</p><empty-line/><p>��Creo que no. A m�, si me sacas del techno�</p><empty-line/><p>��Te acuerdas de aquellas fiestas de fin de curso horribles que hac�amos en el colegio?</p><empty-line/><p>���Aquellas en que t� siempre sal�as a tocar el plano y yo a recitar poes�as?</p><empty-line/><p>��S�, �ramos como monos de feria.</p><empty-line/><p>��M�s bien. -Sonre� ante lo acertado de la definici�n.</p><empty-line/><p>��Pues bien, un a�o, yo deb�a de tener once o doce a�os, me empe�� en cantar esa canci�n en la fiesta de fin de curso, La hora fatal, 0 sea, la misma que el llamador an�nimo me hac�a escuchar al tel�fono. Entonces, cuando ten�a once a�os, no creo que te acuerdes, yo estudiaba solfeo y plano, pero no canto. Y la profesora se empe�� en decir que no pod�a cantar a Purcell, que podr�a interpretar la partitura pero que no conseguir�a aportarle los matices, que para eso tendr�a que estudiar canto con un repertorista que me ayudase a entender qu� quer�a decir Purcell con aquella canci�n. Y yo respond�a que me bastaba con escuchar la canci�n para saber qu� quer�a decir Purcell, que no me hac�a falta un repertorista, que sab�a muy bien lo que Purcell quer�a transmitir. -Miraba hacia la carretera con expresi�n so�adora y por un momento tem� que nos la peg�ramos-. Tuvimos una bronca memorable a cuenta del asunto, ella venga a llamarme ni�a tozuda y yo empe�ada en cantar lo que quer�a. Y el caso es que al final me sal� con la m�a y cant� a Purcell, �sabes? Fue un triunfo de mi voluntad.</p><empty-line/><p>��Que hubiese dicho Nietzsche.</p><empty-line/><p>��Y lo curioso -prosigui�, ajena a mi interrupci�n, el rostro p�lido y r�gido, los ojos brillantes a causa de las l�grimas que no derramaba- es que hab�a olvidado esta historia por completo, llevaba a�os sin recordarla hasta que quienquiera que llamase me puso esa canci�n. Y por eso sab�a que quien me llamaba me conoc�a a fondo. Estuve d�ndole vueltas a qui�n pod�a ser, estuve haciendo todo tipo de c�lculos y an�lisis de probabilidades hasta que me di cuenta que lo importante no era el remitente sino el mensaje.</p><empty-line/><p>���El mensaje?</p><empty-line/><p>��Me di cuenta de que no importaba qui�n me llamase, sino el mensaje que me hab�a hecho llegar. Y es que me hizo recordar que hubo un momento en que yo era capaz de sentir pasi�n por las cosas, en que fui capaz de aprenderme nota a nota una canci�n que ninguna alumna de mi edad se habr�a atrevido a solfear y mucho menos a cantar. Que hubo un tiempo en que luchaba por lo que de verdad quer�a. Que hubo un tiempo en que lloraba escuchando a Purcell. -La sombra de una l�grima a punto de caer centelleaba en sus ojos-. Lloraba de pura feliciad, de pura empat�a con las notas. Y los �ltimos a�os he vivido tan anestesiada, tan bloqueada, que nunca lo habr�a recordado de no haber sido por aquellas llamadas. �No te das cuenta? Quienquiera que llamase me estaba haciendo ver c�mo me hab�a negado a m� misma, c�mo he arruinado mi vida. Porque �qu� hago yo encerrada en un despacho, acatando �rdenes de in�tiles a los que no respeto y sirviendo a unos intereses que en el fondo desconozco? No importaba qui�n llamase, eso era lo de menos, en el fondo estaba llam�ndome mi propia alma.</p><empty-line/><p>Yo beb�a las palabras de la boca de mi hermana con la sed del beduino, porque si una ma�ana me hubiese levantado y me hubiese encontrado con que el cielo resplandec�a de un bonito color verde musgo y las hojas de los �rboles ondeaban al viento te�idas de azul pitufo, estoy segura de que me habr�a sorprendido menos que ver a mi hermana la mayor hablando de cosas tales como que su alma la llamaba por tel�fono.</p><empty-line/><p>��Hace una semana tom� por fin una decisi�n. Sabes que llevo quince meses tomando prozac, �no?</p><empty-line/><p>��Ya me lo hab�as contado -asent� sol�cita y r�pida, deseosa de que prosiguiera con la historia.</p><empty-line/><p>��Bueno, me hab�an advertido de que no pod�a dejarlo de la noche a la ma�ana. De que deb�a haber un per�odo de transici�n en que fuera reduciendo la dosis gradualmente. Pero yo sab�a que me hac�a falta un cambio brusco. As� que un d�a decid� deshacerme de todas mis reservas de fluoxicetina. Cuatro cajas, Cristina, dos en el caj�n de la mesilla de noche y dos en el de la oficina. Las cuatro fueron a parar a la basura. Y me dispuse a afrontar lo que viniera, la crisis o lo que se presentara, tranquila. Al principio no pasaba nada, �sabes? Me hab�an dicho que es peligros�simo dejar el prozac de golpe, sobre todo si uno ha estado tom�ndolo a�os, como es mi caso, y que pod�a sobrevenir una crisis seria, un episodio depresivo, que podr�a aparecer un brote esquizoide, qu� s� yo. Pero no pasaba nada. Hasta que el otro d�a, hace exactamente dos noches, busqu� entre mis discos viejos aquella canci�n de Purcell, cantada por James Bowan, descolgu� el tel�fono, me sent� tranquilamente en el sill�n y me puse a escuchar la misma canci�n, una y otra vez, recordando en cada nueva escucha las notas una por una, las palabras, los acordes, los arpegios� -Devanaba palabras y palabras en un murmullo ritmico y constante-. Cada nota golpeaba como un pu�o en mi interior y esos golpes transmit�an tal calor a mi coraz�n que �ste explotaba y se disgregaba en fragmentos dispersos. La m�sica bull�a dentro de m�, galopaba por mis venas, conten�a el mundo, y dentro del mundo a m� misma, a mi verdadero yo que hab�a permanecido dormido all� dentro tantos a�os y acababa de despertar furioso, emborrachado de entusiasmo. Cristina, �puedes entender esto?</p><empty-line/><p>Asent� despacio, incapaz de pronunciar palabra. S�, hab�a sentido aquello muchas veces escuchando m�sica, pero no consegu�a imaginar que mi hermana pudiera haberlo sentido tambi�n, y mucho menos que fuera capaz de describirlo de aquella manera.</p><empty-line/><p>��Y me encontr� llorando -continu� ella, con los ojos grises fijos en la carretera, repentinamente empa�ados-, como no lloraba desde hac�a a�os, con sollozos que amenazaban con partirme el pecho. No pod�a dejar de llorar, y lo m�s importante, Cristina, lo m�s importante era que ca� en la cuenta de que era la primera vez que lloraba en mucho tiempo, en no s� cu�ntos a�os, la primera vez que lloraba de esa manera desde que pap� se fue, creo. Y ahora veo las cosas de una manera totalmente distinta, Cristina, porque s� que lo importante en esta vida reside en el interior de uno mismo, y se trata de lo �nico que uno tiene y lo �nico que uno va a llevarse a la tumba, y, qu� quieres que te diga, si Ana ha decidido dejar a su marido, si �sta es la primera decisi�n propia que ha tomado en su vida, si es la primera vez que se atreve a ser ella misma, ajena a las imposiciones de los dem�s, ten por seguro que no ser� yo quien intente disuadirla, y que cuenta con todas mis bendiciones para lo que quiera. �Me entiendes?</p><empty-line/><p>��Claro -susurr� con un hilillo de voz. El asombro apenas me permit�a hablar.</p><empty-line/><p>��Porque ahora tambi�n ha llegado mi momento, y creo que me toca admitir cosas que he estado neg�ndome, creo que debo hacer lo mismo que ha hecho Ana, y recuperarme a m� misma. Reconocer ante el mundo que no me gusta mi trabajo, que no me gustan los hombres, yo qu� s� lo que decida que debo reconocer. Recuperar a la ni�a valiente que era y que dej� de ser cuando crec�.</p><empty-line/><p>Escuchaba a mi hermana decir estas cosas, a mi hermana la cartesiana, la racionalista, la empirista, repentinamente transformada en m�stica, despu�s de haber visto a mi hermana la santa, el modelo de virtudes, la santa esposa y madre, decidida a liarse la manta a la cabeza y largar al soso de su marido, y se me vino a la cabeza de pronto una especie de revelaci�n. Desde ni�a alguien (mi madre, o Gonzalo, o las monjas, o todos, o el mundo) hab�a decidido que �ramos distintas, que la ni�a moderna del anuncio de Kas naranja no es el ama de casa que limpia la colada con lej�a Neutrex, y no tiene nada que ver con la ejecutiva que invierte en letras del tesoro, y sin embargo mi hermana se hab�a refugiado en su despacho acristalado de la misma forma que yo me hab�a guarecido en mi bar ciberchic, como Anita se hab�a parapetado en su casa de Gast�n y Damela, y Ana se hab�a enganchado a los minilips como yo lo hice a los �xtasis y Rosa al prozac, y si por nuestras venas corre la misma sangre del mismo padre y la misma madre, �qui�n asegura que somos tan distintas? �Qui�n nos dice que en el fondo no somos la misma persona?</p><empty-line/><p>La carretera serpenteaba a trav�s de campos ocres y la tarde ca�a sobre el polen dorado. Los trigales se agitaban con el viento en suaves oleadas amarillas. A lo lejos, Madrid se levantaba orgullosa, una estructura monstruosa de cemento y hormig�n que se alzaba amenazadora, enorme y gris, en el horizonte; y el coche, enfilando hacia aquella inquietante mole, parec�a una peque�a nave de reconocimiento que, tras de un vuelo tranquilo, regresara a su nave nodriza. Madrid, de lejos, parec�a la Estrella de la Muerte. Darth Vader, pens�, aqu� llegan tus guerreras, �brenos la puerta.</p><empty-line/><p>No os lo he dicho todav�a: mi madre se llama Eva. Pero espero que nosotras seamos hijas de Lilith.</p><empty-line/><p><strong>Gracias a:</strong></p><p>Mi madre y mis hermanos, por supuesto. (Y a los adheridos.)</p><empty-line/><p>Escuchan mis penas y me soportan mis amigos: Luis Jos� Rivera, Pilar de Haya y Colin Terry.</p><empty-line/><p>Me aguantaron en Fnac: Paula, Ignacio y Merceditas. La conexi�n Barcelona: Inma Turbau y Jos� Mar�a Cobos. Me dan de cenar: �ngeles Matesanz, Gracia Rodr�guez y Salva Pulido.</p><empty-line/><p>Colaboraron activamente con sus sugerencias: Ruth Toledano, poeta; Miguel Barroso, entom�logo; Miguel Zamora, corrector de estilo; Ismael Grasa, detector de redundancias; Miguel �ngel Mart�n, aprendiz de psicokiller; J. �. Ma�as y Antonio Dom�nguez, j�venes promesas, Isabelita Guasp, correctora de galeradas; Antonio Dyaz, cyberpunk; y Carlos Pujol, editor y sin embargo editor.</p><empty-line/><p>Me salvaron la vida: Pedro Pastor en Sitges (intoxicaci�n et�lica), Abby Cooke en Edimburgo (despiste absoluto) y Javier (c�nsul) en Dubl�n (mononucleosis).</p><empty-line/><p>Me sacan de rok: Libres para siempre (Almudena, Ana, �lvaro y Miguelito) y perif�ricos (Gervasito, Mariluz y pandilla).</p><empty-line/><p>A Ulla Akerman, Maya Sim�novich, Elena �lvarez, Pepo Fuentes, Berta Herrera e Isabel Gardela, gracias por el apoyo y el cari�o. Santiago Segura aparece para no herir su enorme ego.</p><empty-line/><p>Revis� primeras versiones: Santiago Torres. Me asil� en Londres: Federico Torres. James Bruton inspir� medio libro. Iain Patterson me dej� usar su nombre. Promocioneros de pro: Enrique de Hinojosa, lub�n Caravaca, Javier Bonilla, Pedro Calleja y Chechu Monz�n.</p><empty-line/><p>La historia de la detenci�n en comisar�a est� inspirada en un art�culo de Tom Hodkingson; la del supermercado, en uno de Vicky Mondo Brutto; la del autob�s se basa en el gui�n Ellos lo tienen m�s f�cil, coescrito por Miguel Santesmases.</p><empty-line/><p>La foto de portada es de los chicos de Ipsum Planet (grandes dise�adores del mundo moderno) y los derechos los cedieron, amabil�simamente, Montxo Algora y Santiago D�ez. Mi foto la hizo Jerry Baucr.</p><empty-line/><p>En general, gracias a todos los que me quieren. No pod�ais caber todos, lo siento. Los que de verdad no caben son los que no me aguantan.</p><empty-line/><subtitle>***</subtitle><empty-line/><image l:href="#1"/></section></body><binary id="0" 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