<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>thriller</genre><author><first-name>Clive</first-name><last-name>Cussler</last-name></author><book-title>Cyclops</book-title><annotation><p>Un c�lebre multimillonario americano desaparece mientras vuela en un dirigible sobre el Caribe buscando el tesoro del naufragado barco mercante Cyclops�</p><p>El Presidente de los Estados Unidos recibe una misteriosa propuesta de pacto de amistad por parte de Fidel Castro�</p><p>En la Luna vive un grupo de cient�ficos americanos que desarrolla el proyecto �Jersey�, altamente confidencial, a punto de ser descubierto por los rusos�</p><p>�Tienen alguna relaci�n entre s� estas tres situaciones, a simple vista tan dispares? �Existe un hilo comunicante?</p><p>En todos estos extra�os sucesos se ve mezclado Dirk Pitt, incorregible hombre de acci�n y el gran h�roe de las novelas de Cliye Cussler. P�tt sobrevive a un accidente a�reo, a las torturas rusas y a una traves�a en ba�era por el mar Caribe durante sus investigaciones.</p><p>Clive Cussler, que ya obtuvo un gran �xito con P�nico en la Casa Blanca, nos ofrece en esta novela una nueva muestra de su arte narrativo, manteniendo en vilo al lector hasta la �ltima p�gina.</p></annotation><date/><lang>es</lang></title-info><document-info><author><first-name/><last-name/></author><program-used>Fiction Book Designer, Fiction Book Investigator, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date value="2009-01-13">13.01.2009</date><src-url/><src-ocr/><id>FBD-884BD6-8EC8-C54A-2491-B32D-CC4E-919453</id><version>1.0</version></document-info><publish-info/></description><body><image l:href="#0"/><title><p>Clive Cussler</p><empty-line/><p>Cyclops</p></title><section><p>T�tulo original: Cyclops</p><p>Traducci�n: Jos� Ferrer Aleu</p></section><section><epigraph><p><emphasis>A los ochocientos americanos</emphasis></p><p><emphasis>que se perdieron con el </emphasis>Leopoldville</p><p><emphasis>en la v�spera de Navidad de 1944</emphasis></p><p><emphasis>cerca de Cherburgo, Francia.</emphasis></p><p><emphasis>Olvidados por muchos, recordados por pocos.</emphasis></p></epigraph><empty-line/></section><section><title><p>Pr�logo</p></title><p><strong><emphasis>9 de marzo de 1918 Mar Caribe</emphasis></strong></p><empty-line/><p>Al <emphasis>Cyclops </emphasis>le quedaba menos de una hora de vida. Dentro de cuarenta y ocho minutos se convertir�a en una tumba para sus 309 pasajeros y tripulantes; una tragedia imprevista y no anunciada por ominosas premoniciones, y de la que parec�an burlarse un mar vac�o y un cielo claro como el cristal. Incluso las gaviotas que hab�an seguido su estela durante la �ltima semana volaban y se cern�an con l�nguida indiferencia, embotado su fino instinto por el buen tiempo.</p><p>Soplaba una ligera brisa del sudeste que apenas hac�a ondear la bandera americana en la popa. A las tres y media de la ma�ana, la mayor�a de tripulantes que no estaban de servicio y de pasajeros estaban durmiendo. Unos pocos incapaces de conciliar el sue�o bajo el calor opresivo de los vientos alisios, se hallaban en la cubierta superior, apoyados en la barandilla y observando c�mo la proa del barco silbaba y se alzaba sobre las encrespadas olas. Parec�a que hab�a mar de fondo debajo de la suave superficie, y que se acumulaban fuerzas poderosas en lo profundo del mar.</p><p>Dentro de la caseta del tim�n del <emphasis>Cyclops, </emphasis>el teniente John Church miraba ensimismado a trav�s de una de las grandes portillas circulares. Ten�a el turno desde la medianoche hasta las cuatro de la ma�ana y lo �nico que pod�a hacer era mantenerse despierto. Advirti� vagamente la altura creciente de las olas, pero mientras se mantuviesen separadas y no demasiado encrespadas, no ve�a raz�n para reducir la velocidad.</p><p>Empujado por una corriente favorable, el sobrecargado barco carbonero navegaba a solamente nueve nudos. Sus m�quinas necesitaban urgentemente ser reparadas y ahora s�lo funcionaba la de babor. Poco despu�s de zarpar de R�o de Janeiro, la de estribor se hab�a averiado y el jefe de m�quinas hab�a informado de que no podr�a repararse hasta que llegasen a puerto, en Baltimore.</p><p>El teniente Church hab�a ascendido a fuerza de trabajo hasta el grado que desempe�aba. Era un hombre delgado, de cabellos prematuramente grises, pues le faltaban unos meses para cumplir los treinta. Hab�a sido destinado a muchos barcos diferentes y hab�a dado cuatro veces la vuelta al mundo. Pero el <emphasis>Cyclops </emphasis>era la embarcaci�n m�s extra�a con que se hab�a encontrado en sus doce a�os en la Marina. �ste era su primer viaje en este barco de ocho a�os y no hab�an dejado de ocurrirle accidentes desacostumbrados.</p><p>Al salir del puerto de origen, un marinero que hab�a ca�do por encima de la borda fue hecho trizas por la h�lice de babor. Despu�s se produjo una colisi�n con el crucero <emphasis>Raleigb, </emphasis>que caus� peque�os da�os a las dos naves. En el calabozo viajaban cinco presos. Uno de ellos, condenado por el brutal asesinato de un compa�ero, estaba siendo transportado a la prisi�n naval de Portsmouth, New Hampshire. Al salir del puerto de R�o, el barco estuvo a punto de chocar con un arrecife, y cuando el segundo comandante acus� al capit�n de poner en peligro la nave al alterar su rumbo, fue arrestado y confinado en su camarote. Por �ltimo, hab�a una tripulaci�n descontenta, una m�quina de estribor <emphasis>con </emphasis>muchos problemas y un capit�n que beb�a hasta olvidarse de todo. Cuando Church sum� todos estos desgraciados incidentes, tuvo la impresi�n de que estaban montando guardia contra un desastre que no pod�a dejar de producirse.</p><p>Sus tenebrosos pensamientos fueron interrumpidos por el ruido de unas fuertes pisadas a su espalda. Se volvi� y se puso en tensi�n al entrar el capit�n por la puerta de la caseta.</p><p>El capit�n de corbeta George Worley parec�a un personaje salido de <emphasis>La isla del Tesoro. </emphasis>Lo �nico que le faltaba era un parche en un ojo y una pata de palo. Era un hombre como un toro. Casi no ten�a cuello y su enorme cabeza parec�a salir directamente de los hombros. Las manos que pend�an junto a sus costados eran las m�s grandes que jam�s hab�a visto Church. Eran tan largas y gruesas como un volumen de una enciclopedia. Nunca hab�a sido respetuoso con las ordenanzas de la Marina; el uniforme de Worley a bordo sol�a componerse de zapatillas, sombrero hongo y calzoncillos largos. Church no hab�a visto nunca al capit�n en uniforme de gala, salvo cuando el <emphasis>Cyclops </emphasis>estaba en alg�n puerto y Worley desembarcaba para asuntos oficiales.</p><p>Con un gru�ido como saludo, Worley se acerc� y golpe� el bar�metro con uno de sus gruesos nudillos. Observ� la aguja y asinti� con la cabeza.</p><p>��No est� mal -dijo, con ligero acento alem�n-. Parece que har� buen tiempo durante las pr�ximas veinticuatro horas. Con un poco de suerte ser� una navegaci�n tranquila, al menos hasta que las pasemos moradas al cruzar por delante del cabo Hatteras.</p><p>��Todos los barcos lo pasan mal en el cabo Hatteras -dijo secamente Church.</p><p>Worley entr� en el cuarto de mapas y mir� la l�nea trazada a l�piz que mostraba el rumbo y la posici�n aproximada del <emphasis>Cyclops.</emphasis></p><p>��Altere el rumbo cinco grados al norte -dijo al volver a la caseta del tim�n-. Bordearemos el Great Bahama Bank.</p><p>��Estamos ya a veinte millas al oeste del canal principal -dijo Church.</p><p>��Tengo mis razones para evitar las rutas mar�timas -dijo bruscamente Worley.</p><p>Church hizo una se�a con la cabeza al timonel, y el <emphasis>Cyclops </emphasis>vir�. La ligera alteraci�n hizo que las olas chocaran contra la amura de babor, y cambi� el movimiento del barco. Empez� a balancearse pesadamente.</p><p>��No me gusta el aspecto del mar -dijo Church-. El oleaje empieza a hacerse un poco fuerte.</p><p>��No es extra�o en estas aguas -replic� Worley-. Nos estamos acercando a la zona en que la corriente Ecuatorial del Norte se encuentra con la corriente del Golfo. A veces he visto la superficie tan lisa como un lago seco del desierto, y otras, con olas de siete metros de altura; pero son olas largas y suaves que se deslizan por debajo de la quilla.</p><p>Church iba a decir algo, pero call�, escuchando. Un ruido de metal rozando contra metal reson� en la caseta del tim�n. Worley actu� como si no hubiese o�do nada, pero Church se dirigi� hacia el mamparo de atr�s y mir� la larga cubierta de carga del <emphasis>Cyclops.</emphasis></p><p>�ste hab�a sido un barco grande en su �poca, con ciento ochenta metros de eslora y veinte de manga. Construido en Filadelfia en 1910, hab�a operado en el Servicio Auxiliar Naval de la Flota del Atl�ntico. Sus siete cavernosas bodegas pod�an contener 10.500 toneladas de carb�n, pero esta vez transportaba 11.000 de manganeso. El casco aparec�a hundido en el agua a m�s de un pie por encima de la l�nea de m�xima carga. En opini�n de Church, iba peligrosamente sobrecargado.</p><p>Al mirar hacia la popa, Church pudo ver las veinticuatro gr�as para el carb�n irgui�ndose en la oscuridad, con sus gigantescos cubos asegurados contra el mal tiempo. Pero tambi�n vio algo m�s.</p><empty-line/><p>La cubierta de en medio parec�a subir y bajar al un�sono con las olas cuando �stas pasaban por debajo de la quilla.</p><p>��Dios m�o -murmur�-, el casco se est� doblando.</p><p>Worley no se molest� en mirar.</p><p>��No debe preocuparle, hijo m�o. Est� acostumbrado a un poco de tensi�n.</p><p>��Nunca hab�a visto combarse de esta manera un barco -insisti� Church.</p><p>Worley se dej� caer en un gran sill�n de mimbre que ten�a en el puente y apoy� los pies en la bit�cora.</p><p>��Hijo m�o, no debe temer por el viejo <emphasis>Cyclops. </emphasis>Surcar� los mares mucho despu�s de que usted y yo nos hayamos ido.</p><p>La aprensi�n de Church no mengu� con la despreocupaci�n del capit�n Worley. Por el contrario, aumentaron sus malos presentimientos.</p><p>Despu�s de ser sustituido por un compa�ero oficial para el siguiente turno de guardia, abandon� el puente y se detuvo en el cuarto de la radio para tomar una taza de caf� con el operador de servicio. Sparks (�Chispa�), como eran llamados todos los radiotelegrafistas a bordo de cualquier barco, levant� la mirada al o�rle entrar.</p><p>��Buenos d�as, teniente.</p><p>���Alguna noticia interesante de los barcos cercanos?</p><p>Sparks levant� el auricular de una oreja.</p><p>���Perd�n?</p><p>Church repiti� la pregunta.</p><p>��S�lo un par de radiotelegrafistas de dos barcos mercantes cantando jugadas de ajedrez.</p><p>��Deber�a usted intervenir en la partida para librarse de esta monoton�a.</p><p>��Yo s�lo juego a las damas -dijo Sparks.</p><p>���A qu� distancia est�n esos dos mercantes?</p><p>��Sus se�ales son bastante d�biles� Deben estar por lo menos a cien millas de aqu�.</p><p>Church se acerc� a una silla y apoy� los brazos y el ment�n en el respaldo.</p><p>��Ll�meles y pregunte el estado del mar en el lugar donde se encuentran.</p><p>Sparks encogi� tristemente los hombros.</p><p>��No puedo hacerlo.</p><p>���No funciona su transmisor?</p><p>��Tan bien como una puta de diecis�is a�os en La Habana.</p><p>��No comprendo.</p><p>��Orden del capit�n Worley -respondi� Sparks-. Cuando salimos de R�o, me llam� a su camarote y me dijo que no transmitiese ning�n mensaje sin orden directa suya antes de que atraquemos en Baltirnore.</p><p>���Le dio alguna raz�n?</p><p>��No, se�or.</p><p>���Qu� raro!</p><p>��Yo sospecho que tiene algo que ver con aquel personaje que tomamos como pasajero en R�o.</p><p>���El c�nsul general?</p><p>��Recib� la orden inmediatamente despu�s de que �l subiera a bordo�</p><p>Sparks se interrumpi� y apret� los auriculares a sus o�dos. Entonces empez� a garrapatear un mensaje en un bloc. Al cabo de unos momentos se volvi�, ce�udo el semblante.</p><p>��Una se�al de socorro.</p><p>Church se levant�.</p><p>���Cu�l es la posici�n?</p><p>��Veinte millas al sudeste de Anguilla Cays.</p><p>Church hizo un c�lculo mental.</p><p>��Esto les sit�a a unas cincuenta millas de nuestra proa. �Qu� m�s?</p><p>��Nombre del barco, <emphasis>Crogan Castle. </emphasis>Proa desfondada. La superestructura gravemente da�ada. Est� haciendo agua. Pide un auxilio inmediato.</p><p>���La proa desfondada? -repiti� Church, en un tono de perplejidad-. �A causa de qu�?</p><p>��No lo han dicho, teniente.</p><p>Church mir� hacia la puerta.</p><p>��Informar� al capit�n. Diga al <emphasis>Crogan Castle </emphasis>que vamos all� a todo vapor.</p><p>El semblante de Sparks tom� un aire afligido.</p><p>��Por favor, se�or, no puedo hacerlo.</p><p>���H�galo! -orden� el teniente Church-. Yo asumo toda la responsabilidad.</p><p>Se volvi� y corri� por el pasillo y subi� la escalerilla de la caseta del tim�n. Worley estaba todav�a sentado en el sill�n de mimbre, meci�ndose al comp�s del balanceo del barco. Ten�a las gafas casi en la punta de la nariz y estaba leyendo una sobada revista <emphasis>Liberty.</emphasis></p><p>��Sparks ha recibido un SOS -anunci� Church-. A menos de cincuenta millas. Le orden� que respondiese a la llamada y dijese que cambiamos de rumbo para ayudarles.</p><p>Worley abri� mucho los ojos, se levant� de un salto del sill�n y agarr� de los brazos al sorprendido Church.</p><p>���Est� usted loco? -rugi�-. �Qui�n diablos le ha dado autoridad para contradecir mis �rdenes?</p><p>Church sinti� un fuerte dolor en los brazos. La presi�n de aquellas manazas que apretaban como tenazas pareci� que iba a convertir sus b�ceps en pulpa.</p><p>��Dios m�o, capit�n, no podemos abandonar a otro barco en peligro.</p><p>���Podemos hacerlo, si yo lo digo!</p><p>Church se qued� pasmado ante el arrebato del capit�n Worley. Pod�a ver sus ojos enrojecidos y desenfocados, y oler el aliento que apestaba a whisky.</p><p>��Es una norma b�sica del mar -insisti� Church-. Debemos auxiliarles.</p><p>���Se est�n hundiendo?</p><p>��El mensaje dec�a �haciendo agua�.</p><p>Worley empuj� a Church.</p><p>��Y ahora lo dice usted. Dejemos que esos bastardos manejen las bombas hasta que cualquier barco que no sea el <emphasis>Cyclops </emphasis>les salve el pellejo.</p><p>El timonel y el oficial de guardia les miraron en sorprendido silencio, mientras Church y Worley se enfrentaban sin pesta�ear, con la atm�sfera de la caseta del tim�n cargada de tensi�n. Todas las desavenencias que hab�a habido entre ellos en las �ltimas semanas se pusieron de pronto de manifiesto.</p><p>El oficial de guardia hizo un movimiento como para intervenir. Worley volvi� la cabeza y gru��:</p><p>��At�ngase a lo suyo y preste atenci�n al tim�n.</p><p>Church se frot� los magullados brazos y mir� al capit�n echando chispas por los ojos.</p><p>��Protesto por su negativa a responder un SOS e insisto en que se haga constar en el cuaderno de bit�cora.</p><p>��Le advierto�</p><p>��Tambi�n deseo que conste que orden� usted al radiotelegrafista que no transmitiese ning�n mensaje.</p><p>��Se ha pasado usted de la raya, caballero -Worley hablaba fr�amente, comprimidos los labios en una fina l�nea, ba�ado el rostro en sudor-. Consid�rese arrestado y confinado en su camarote.</p><p>��Arreste a unos cuantos oficiales m�s -salt� Church, perdiendo el control-, y tendr� que manejar usted solo este barco maldito.</p><p>De pronto, antes de que Worley pudiese replicar, el <emphasis>Cyclops </emphasis>se hundi� en un profundo seno entre dos olas. El instinto, agudizado por a�os en el mar, hizo que todos los que estaban en la caseta del tim�n se agarraran autom�ticamente al objeto seguro m�s pr�ximo para mantener el equilibrio. Las planchas del casco crujieron bajo la tensi�n, y pudieron o�r ruidos como de algo que se romp�a.</p><p>���Dios m�o! -murmur� el timonel, con la voz te�ida por el p�nico.</p><p>���Silencio! -gru�� Worley al enderezarse el <emphasis>Cyclops</emphasis>-. Este barco ha navegado en mares peores que �ste.</p><p>Una idea espantosa se abri� paso en la mente de Church.</p><p>��El <emphasis>Crogan Castle, </emphasis>el barco que radi� el SOS, dijo que ten�a la proa desfondada, y maltrecha la superestructura.</p><p>Worley le mir� fijamente.</p><p>���Y qu�?</p><p>���No se da cuenta? Debe haber sido golpeado por una ola gigantesca como �sta.</p><p>��Est� hablando como un loco. Vaya a su camarote, caballero. No quiero volver a verle la cara hasta que lleguemos a puerto.</p><p>Church vacil�, apretando los pu�os. Despu�s, lentamente, afloj� las manos al darse cuenta de que toda ulterior discusi�n con Worley ser�a una p�rdida de tiempo. Se volvi� sin a�adir palabra y sali� de la caseta del tim�n.</p><p>Al pisar la cubierta, mir� fijamente por encima de la proa. El mar parec�a enga�osamente tranquilo. Las olas era ahora de tres metros y no llegaba agua a la cubierta. Se dirigi� a popa y vio que las tuber�as de vapor que hac�an funcionar los tornos y el equipo auxiliar estaban raspando los bordes mientras el barco sub�a y bajaba al impulso de las largas y lentas olas.</p><p>Entonces baj� a las bodegas e inspeccion� dos de ellas, dirigiendo la luz de su linterna a los fuertes puntales instalados para que la carga de manganeso se mantuviese en su sitio. Chirriaban y cruj�an bajo la tensi�n, pero parec�an firmes y seguros. No vio se�ales de que se escapasen granos de mineral a causa del movimiento del barco.</p><p>Sin embargo, se sent�a inquieto, y estaba cansado. Necesit� de toda su fuerza de voluntad para no encaminarse a su c�modo camarote y cerrar complacidamente los ojos a la triste serie de problemas con que se enfrentaba el barco. Ir�a a<emphasis/>inspeccionar la sala de m�quinas y ver�a si hab�a entrado agua en la sentina. Una inspecci�n que result� negativa y pareci� confirmar la fe de Worley en el <emphasis>Cyclops.</emphasis></p><p>Cuando se dirig�a por un pasillo hacia el cuarto de oficiales para tomar una taza de caf�, se abri� la puerta de un camarote y el c�nsul general americano en Brasil, Alfred Gottschalk, titube� en el umbral mientras hablaba con alguien que permanec�a en el interior de la habitaci�n. Church mir� por encima del hombro de Gottschalk y vio al m�dico del barco inclinado sobre un hombre que yac�a en una litera. El rostro del paciente era de piel amarillenta y ten�a aspecto de cansancio, un rostro bastante joven que se contradec�a con la espesa melena blanca que poblaba su cabeza. El hombre manten�a los ojos abiertos, los cuales reflejaban una mezcla de miedo y sufrimiento y un c�rculo de penalidades; eran unos ojos que hab�an visto demasiado. La escena era una extra�a circunstancia m�s para a�adir a la traves�a del <emphasis>Cyclops.</emphasis></p><p>Como oficial de cubierta antes de que el barco zarpase de R�o de Janeiro, Church hab�a observado la llegada al muelle de una caravana de autom�viles. El c�nsul general se hab�a apeado del coche oficial conducido por un ch�fer y hab�a dirigido la carga de sus ba�les y maletas. Despu�s hab�a mirado hacia arriba, captando todos los detalles de <emphasis>Cyclops, </emphasis>desde la poco elegante proa recta hasta la graciosa curva de su popa en forma de copa de champa�a. A pesar de su cuerpo bajo, redondo y casi c�nico, irradiaba el aire indefinible de las personas acostumbradas a ejercer una gran autoridad. Llevaba los cabellos rubios y plateados excesivamente cortos, al estilo prusiano. Sus estrechas cejas eran casi iguales que el recortado bigote.</p><p>El segundo veh�culo de la caravana era una ambulancia. Church observ� c�mo una persona tendida en una camilla era sacada de aqu�lla y transportada a bordo, pero no pudo descubrir sus facciones debido a la gruesa mosquitera que le cubr�a la cara. Aunque la persona que iba en la camilla formaba evidentemente parte de su s�quito, Gottschalk le prest� poca atenci�n, dirigi�ndola en cambio al cami�n Mack que iba en retaguardia.</p><p>Mir� ansiosamente mientras una gran caja oblonga era izada por una de las gr�as del barco y depositada en el primer compartimiento de carga. Como a una se�al convenida, Worley apareci� y supervis� personalmente el cierre de la escotilla. Entonces salud� a Gottschalk y le acompa�� a su camarote. Casi inmediatamente, soltaron amarras y el barco se dirigi� hacia la entrada del puerto.</p><p>Gottschalk se volvi� y advirti� que Church estaba de pie en el pasillo. Sali� del camarote y cerr� la puerta a su espalda, entrecerrando recelosamente los p�rpados.</p><p>���Puedo ayudarle en algo, teniente�?</p><p>��Church, se�or. Estaba terminando una inspecci�n del barco y me dirig�a al cuarto de oficiales para tomar una taza de caf�. �Me har�a el honor de acompa�arme?</p><p>Una d�bil expresi�n de alivio se pint� en el semblante del c�nsul general, y �ste sonri�.</p><p>��Con mucho gusto. Nunca puedo dormir m�s de unas pocas horas seguidas. Esto vuelve loca a mi esposa.</p><p>���Se ha quedado ella en R�o esta vez?</p><p>��No; la envi� anteriormente a nuestra casa de Maryland. Yo ten�a que terminar mi misi�n en Brasil. Espero pasar el resto de mi servicio en el Departamento de Estado, en Washington.</p><p>Church pens� que Gottschalk parec�a excesivamente nervioso. No paraba de mirar arriba y abajo en el pasillo y se enjugaba constantemente la peque�a boca con un pa�uelo de lino. Asi� a Church de un brazo.</p><p>��Antes de que tomemos caf�, �ser�a usted tan amable, teniente, de acompa�arme a la bodega donde est� el equipaje?</p><p>Church le mir� fijamente.</p><p>��S�, se�or, si usted lo desea.</p><p>��Gracias -dijo Gottschalk-. Necesito algo de uno de mis ba�les.</p><p>Si Church crey� que era una petici�n desacostumbrada, no lo dijo; se limit� a asentir con la cabeza y ech� a andar hacia la proa del barco, con el peque�o y gordo c�nsul general pis�ndole los talones. Caminaron sobre la cubierta a lo largo del pasadizo que llevaba de las camaretas de popa al castillo de proa, pasando por debajo de la superestructura del puente, suspendido sobre puntales de acero que parec�an zancos. La luz colgada entre los dos m�stiles de proa que constitu�an un soporte del esquel�tico enrejado que conectaba las gr�as para la carga de carb�n proyectaba un extra�o resplandor que era reflejado por la misteriosa radiaci�n de las olas que se acercaban.</p><p>Deteni�ndose junto a una escotilla, Church corri� los pestillos e hizo adem�n a Gottschalk para que le siguiese por una escalerilla, ilumin�ndola con su linterna. Cuando llegaron al fondo de la bodega de equipajes, Church encontr� el interruptor y encendi� las l�mparas del techo, que iluminaron la zona con un resplandor amarillo irreal.</p><p>Gottschalk pas� por el lado de Church y se encamin� directamente a la caja, asegurada por cadenas cuyos �ltimos eslabones estaban sujetos con candados a unas armellas fijas en el suelo. Estuvo all� durante unos momentos, contempl�ndola con una expresi�n reverente en el semblante y pensando en otro lugar, en otros tiempos.</p><p>Church observ� de cerca la caja por primera vez. No hab�a ninguna se�al en los lados de dura madera. Calcul� que medir�a unos tres metros de longitud por uno de profundidad y uno y medio de anchura. No pod�a calcular el peso, pero sab�a que el contenido era pesado. Recordaba c�mo se hab�a tensado el cable al subirla a bordo. La curiosidad pudo m�s que su fingida indiferencia.</p><p>���Puedo preguntarle qu� hay en el interior?</p><p>Gottschalk sigui� mirando la caja.</p><p>��Una pieza arqueol�gica destinada a un museo -contest� vagamente.</p><p>��Debe ser muy valiosa -insinu� Church.</p><p>Gottschalk no respondi�. Algo en el borde de la tapa le hab�a llamado la atenci�n. Se cal� un par de gafas para leer y mir� a trav�s de los cristales. Le temblaron las manos y se puso r�gido.</p><p>���Ha sido abierta! -jade�.</p><p>��No es posible -dijo Church-. La tapa est� tan fuertemente asegurada con cadenas que los eslabones habr�n mellado sus bordes.</p><p>��Pero mire aqu� -dijo el otro, se�alando-. Puede ver las marcas de la palanca con que fue forzada la tapa.</p><p>��Probablemente, estas se�ales se produjeron al ser cerrada la caja.</p><p>��No estaban aqu� cuando yo la comprob� hace dos d�as -dijo firmemente Gottschalk-. Alguien de su tripulaci�n ha manipulado esto.</p><p>��Su preocupaci�n es vana. �Qu� tripulante podr�a interesarse en un objeto viejo que al menos debe pesar dos toneladas? Adem�s, �qui�n, aparte de usted, tiene la llave de los candados?</p><p>Gottschalk se hinc� de rodillas y tir� de uno de los candados. �ste se desprendi� y le qued� en la mano. En vez de acero, hab�a sido tallado en madera. Ahora pareci� aterrorizado. Se levant� despacio, como hipnotizado, mir� furiosamente a su alrededor y pronunci� una palabra:</p><p>��Zanona.</p><p>Fue como el principio de una pesadilla. Los sesenta segundos siguientes fueron horribles. El asesinato del c�nsul general se cometi� con tanta rapidez que Church se qued� como petrificado, sin comprender lo que estaban viendo sus ojos.</p><p>Una figura salt� desde la sombra sobre la caja. Vest�a el uniforme de marinero de la Armada, pero las caracter�sticas raciales de sus cabellos negros, gruesos y lisos, de los p�mulos salientes, de los ojos extremadamente oscuros e inexpresivos, eran innegables.</p><p>Sin hacer el menor ruido, el indio sudamericano hundi� algo parecido a una lanza en el pecho de Gottschalk, hasta que la punta sobresali� un palmo del cuerpo, por debajo del om�plato. El c�nsul general no cay� inmediatamente. Volvi� lentamente la cabeza y mir� a Church, desorbitados los ojos que ya no ve�an. Trat� de decir algo, pero no pudo articular una palabra; solamente se oy� una especie de tos horrible, gutural, que ti�� de rojo sus labios y su barbilla. Cuando empezaba a caer, el indio apoy� un pie en su pecho y arranc� la lanza.</p><p>Church no hab�a visto nunca al asesino. El indio no pertenec�a a la tripulaci�n del <emphasis>Cyclops </emphasis>y s�lo pod�a ser un poliz�n. No hab�a malignidad en el moreno semblante, ni c�lera ni odio, s�lo una expresi�n inescrutable de total indiferencia. Agarr� la lanza casi negligentemente y salt� sin ruido de la caja.</p><p>Church se apercibi� del ataque. Esquiv� h�bilmente la lanzada y arroj� la linterna contra la cara del indio. Se oy� un ruido sordo cuando el tubo de metal choc� contra la mand�bula derecha y rompi� el hueso, haciendo saltar varios dientes. Entonces descarg� un pu�etazo que alcanz� al indio en el cuello. La lanza cay� al suelo y Church agarr� el asta de madera y la levant� sobre la cabeza.</p><p>De pronto, todo lo que hab�a dentro del compartimiento de equipajes pareci� volverse loco, y Church tuvo que hacer un gran esfuerzo para conservar el equilibrio, puesto que el suelo se inclin� casi sesenta grados. De alg�n modo pudo mantenerse en pie y corri�, impulsado por la gravedad, hasta el inclinado mamparo de proa. El cuerpo inerte del indio rod� detr�s de �l y se par� a sus pies. Entonces observ� aterrorizado e impotente c�mo la caja, no retenida por los candados, se deslizaba sobre el suelo, aplastando al indio y sujetando las piernas de Church contra la pared de acero. El impacto hizo que la tapa se abriese a medias, revelando el contenido de la caja.</p><p>Church mir� aturdido a su interior. La incre�ble visi�n que captaron sus ojos a la luz vacilante de las l�mparas de! techo fue la �ltima imagen que se grab� en su mente durante los pocos segundos que lo separaban de la muerte.</p><p>En la caseta del tim�n, el capit�n Worley era testigo de algo a�n m�s espantoso. Fue como si el <emphasis>Cyclops </emphasis>hubiese ca�do de pronto en un agujero insondable. La proa se hundi� en un seno enorme entre dos olas y la popa se levant� en el aire hasta que las h�lices salieron del agua. A trav�s de la oscuridad, las luces vaporosas del <emphasis>Cyclops </emphasis>se reflejaron en una pared negra y movediza que se elev� tapando las estrellas.</p><p>En el fondo de las bodegas de carga, son� un terrible estruendo parecido al de un terremoto, haciendo que todo el barco se estremeciese desde la proa hasta la popa. Worley no tuvo tiempo de dar la voz de alarma que pas� un instante por su mente. Los puntales hab�an cedido y el manganeso suelto aumentaba el impulso hacia abajo del <emphasis>Cyclops.</emphasis></p><p>El timonel contempl� a trav�s del ojo de buey, con mudo asombro, c�mo aquella enorme pared, de la altura de una casa de diez pisos, se abalanzaba rugiendo contra ellos con la rapidez de un alud. La cima estaba encrespada a medias, y hab�a un hueco debajo de ella. Un mill�n de toneladas de agua choc� furiosamente contra la proa del buque, inund�ndola completamente y cubriendo tambi�n la superestructura. Las puertas del puente se rompieron y el agua penetr� en la caseta del tim�n. Worley se agarr� al pasamanos, paralizada la mente e incapaz de imaginar lo inevitable.</p><p>La ola pas� por encima del barco. Toda la secci�n de proa se retorci� al partirse los baos de acero y combarse la quilla. Las remachadas planchas del casco se desprendieron como si fuesen de papel. El <emphasis>Cyclops </emphasis>se hundi� m�s bajo la enorme presi�n de la ola. Las h�lices se sumergieron de nuevo en el agua y ayudaron a impulsar el barco hacia las profundidades que le esperaban. El <emphasis>Cyclops </emphasis>no pod�a volver atr�s.</p><p>Sigui� bajando, bajando, hasta que el destrozado casco y las personas aprisionadas en �l cayeron sobre la removida arena del fondo del mar, y s�lo una bandada de asombradas gaviotas fueron testigos de su funesto destino.</p></section><section><title><p>Primera parte</p></title><section><subtitle>El Prosperteer</subtitle></section><section><title><p>1</p></title><p><emphasis>10 de octubre de 1989</emphasis></p><p><emphasis>Key West, Florida</emphasis></p><p>El dirigible pend�a inm�vil en el aire tropical, equilibrado y tranquilo, como un pez suspendido en un acuario. Su proa golpeaba ligeramente el m�stil amarillo de amarre al balancearse delicadamente sobre una sola rueda de aterrizaje. Era una vieja aeronave de aspecto cansado; su piel anta�o de plata se hab�a arrugado, hab�a perdido el color y estaba salpicada de numerosos parches. La barquilla de mando que pend�a debajo de su panza ten�a aspecto de embarcaci�n antigua, y sus ventanillas de cristal estaban amarillas por los a�os. S�lo sus motores Wright Whirlwind de 200 caballos parec�an nuevos, al haber sido cuidadosamente restaurados y devueltos a sus primitivas condiciones.</p><p>A diferencia de sus hermanos m�s j�venes que sobrevolaban los estadios de f�tbol, su cubierta impermeable al gas era de aluminio con junturas remachadas, en vez de poli�ster revestido de caucho, y era sostenida por doce armazones circulares como el dorso de un pez. En forma de cigarro, ten�a cincuenta metros de longitud y conten�a siete mil quinientos metros c�bicos de helio y, si no soplaban vientos contrarios sobre su redondeada proa, pod�a navegar entre las nubes a sesenta y dos millas por hora. Su denominaci�n original hab�a sido ZMC-2, Zeppelin Metal Ciad Number Two, y hab�a sido construido en Detroit y entregado a la Marina de los Estados Unidos en 1929- A diferencia de la mayor�a de los dirigibles, que ten�an cuatro grandes aletas estabili-zadoras, �ste llevaba ocho aletas peque�as en la afilada cola. Muy avanzado en su �poca, hab�a prestado grandes y seguros servicios hasta 1942, en que hab�a sido desmantelado y olvidado.</p><p>Durante cuarenta y siete a�os, el ZMC-2 languideci� en un hangar de una base a�rea naval abandonada cerca de Key West, Florida. En 1988, la propiedad fue vendida por el Gobierno a un grupo financiero presidido por un acaudalado editor, Raymond LeBaron, que pretend�a convertirla en un lugar de vacaciones.</p><p>Reci�n llegado de la sede de su corporaci�n en Chicago, para inspeccionar la nueva adquisici�n, LeBaron tropez�, en la base naval, con los polvorientos y deteriorados restos del ZMC-2 y aquello le intrig�. Carg�ndolo a los gastos de promoci�n, hizo montar de nuevo la vieja nave m�s ligera que el aire y reconstruir los motores, y la llam� <emphasis>Prosperteer, </emphasis>por el nombre de la revista comercial que era la base de su imperio financiero, pintando aquel nombre con grandes letras rojas en el lado de la cubierta.</p><p>LeBaron aprendi� a gobernar el <emphasis>Prosperteer, </emphasis>dominando el humor inconstante de la aeronave y los constantes reajustes requeridos para sostener un vuelo regular bajo la caprichosa naturaleza del viento. No hab�a un piloto autom�tico que le ahorrase el trabajo de bajar la proa contra una s�bita r�faga y levantarla cuando amainaba el viento. La fuerza de sustentaci�n casi neutral variaba en gran manera con la atm�sfera. Los residuos de una ligera lluvia pod�an a�adir un peso de cientos de kilos a la vasta superficie del dirigible, reduciendo su capacidad de elevaci�n, mientras que un viento seco que soplase desde el noroeste obligaba al piloto a luchar contra la insistencia de la aeronave por elevarse a una altura contraproducente.</p><p>LeBaron disfrutaba con este desaf�o. El regocijo de adivinar el comportamiento de la antigua bolsa de gas y combatir sus antojos aerodin�micos superaba en mucho las satisfacciones que experimentaba al pilotar uno de los cinco aviones a reacci�n propiedad de su corporaci�n. Aprovechaba todas las oportunidades que ten�a de abandonar la sala de juntas para viajar a Key West y dar una vuelta sobre las islas del Caribe. El <emphasis>Prosperteer </emphasis>se convirti� muy pronto en un espect�culo familiar encima de las Bahamas. Un ind�gena que trabajaba en un campo de ca�a de az�car contempl� el dirigible y lo describi� espont�neamente como �un cerdito que corr�a hacia atr�s�.</p><p>Sin embargo, LeBaron, como la mayor�a de los empresarios de la �lite del poder, ten�a una mente inquieta y sent�a el impulso incoercible de buscar nuevos proyectos. Despu�s de casi un a�o, su inter�s en el viejo dirigible empez� a desvanecerse.</p><p>Entonces, una noche, conoci� en un bar de la zona portuaria a una vieja rata de muelle llamado Buck Caesar, que dirig�a una empresa de recuperaci�n de objetos en el mar, con la grandilocuente denominaci�n de �Exotic Artifact Ventures, Inc.�.</p><p>Durante una conversaci�n, mientras tomaban varias rondas de ron con hielo, Buck Caesar pronunci� la palabra m�gica que ha enloquecido a la mente humana desde hace m�s de cinco mil a�os y que ha causado probablemente m�s da�os que la mitad de las guerras: <emphasis>tesoro.</emphasis></p><p>Despu�s de escuchar a Caesar contando historias sobre galeones espa�oles hundidos en las aguas del Caribe, con sus cargamentos de oro y plata mezclados con el coral, incluso un astuto financiero con el agudo sentido de los negocios como era LeBaron se dej� convencer. Con un apret�n de manos, constituyeron una sociedad.</p><p>Entonces renaci� el inter�s de LeBaron en el <emphasis>Prosperteer. </emphasis>El dirigible pod�a ser una plataforma perfecta para descubrir lugares de posibles naufragios desde el aire. Los aeroplanos volaban demasiado r�pido para una observaci�n a�rea, mientras que los helic�pteros ten�an un tiempo limitado de vuelo y agitaban la superficie del agua con el viento de sus h�lices. El dirigible pod�a permanecer dos d�as en el aire y volar a marcha lenta. Desde una altura de cien metros, el perfil de un objeto confeccionado por el hombre pod�a ser detectado por unos ojos agudos a treinta metros de profundidad en un mar claro y en calma.</p><p>Estaba despuntando la aurora sobre los estrechos de Florida cuando el personal de tierra, compuesto de diez hombres, se reuni� alrededor del <emphasis>Prosperteer </emphasis>y empez� una inspecci�n previa al vuelo. El sol naciente ilumin� la enorme cubierta revestida de roc�o, d�ndole el iridiscente aspecto de una burbuja de jab�n. El dirigible estaba en el centro de una pista de hormig�n en cuyas grietas crec�a la hierba. Una ligera brisa soplaba desde los estrechos y la aeronave gir� alrededor del m�stil de amarre hasta tocarlo con la redonda proa.</p><p>Casi todos los miembros del personal de tierra eran j�venes de piel tostada, e iban vestidos de cualquier manera, con shorts o trajes de ba�o o pantalones de algod�n. Apenas si prestaron atenci�n al largo Cadillac que rod� por la pista y se detuvo junto al gran cami�n que serv�a de taller de reparaci�n del dirigible, de oficina del jefe de personal y de cuarto de comunicaciones.</p><p>El ch�fer abri� la portezuela y LeBaron se ape� del asiento de atr�s, seguido de Buck Caesar, que se dirigi� inmediatamente a la barquilla del dirigible con un rollo de cartas marinas debajo del brazo. LeBaron, muy elegante y al parecer lleno de salud a sus sesenta y cinco a�os, dejaba a todos peque�os con su estatura cercana a los dos metros. Sus ojos ten�an un color de roble claro; llevaba bien peinados los cabellos grises, y ten�a la mirada lejana y preocupada del hombre cuyos pensamientos estaban a varias horas en el futuro.</p><p>Se inclin� y dijo unas pocas palabras a una atractiva mujer que iba dentro del coche. La bes� ligeramente en la mejilla, cerr� la portezuela y ech� a andar en direcci�n al <emphasis>Prosperteer,</emphasis></p><p>El jefe del personal de tierra, un hombre de aire competente y que llevaba una inmaculada chaqueta blanca, se acerc� y estrech� la mano que le tend�a LeBaron.</p><p>��Los dep�sitos de carburante est�n llenos, se�or LeBaron. Se han hecho todas las comprobaciones necesarias para emprender el vuelo.</p><p>���C�mo est� la fuerza de sustentaci�n?</p><p>��Tendr� que calcular una carga adicional de doscientos cincuenta kilos debido a la humedad.</p><p>LeBaron asinti� reflexivamente con la cabeza.</p><p>��Se aligerar� con el calor del d�a.</p><p>��Los controles deber�an responder mejor. Los cables elevadores presentaban se�ales de herrumbre; por consiguiente, los hice cambiar.</p><p>���Cu�l es la previsi�n del tiempo?</p><p>��Nubes bajas dispersas durante la mayor parte del d�a. Pocas probabilidades de lluvia. Se encontrar�n con un viento del sudeste que soplar� de frente a cinco millas por hora en el trayecto de ida.</p><p>��Y un viento de cola en el trayecto de vuelta. Prefiero esto.</p><p>���La misma frecuencia de radio que en el �ltimo viaje?</p><p>��S�, informaremos cada media hora de nuestra posici�n y condiciones, empleando los t�rminos normales de comunicaci�n. Si descubrimos algo prometedor, lo transmitiremos en clave.</p><p>El jefe del personal de tierra asinti� con la cabeza.</p><p>��Comprendido.</p><p>Sin a�adir palabra, LeBaron subi� la escalerilla de la g�ndola y ocup� el asiento del piloto. Su copiloto, Joe Cavilla, un individuo de sesenta a�os, agrio y de ojos tristes, que raras veces abr�a la boca salvo para bostezar o estornudar, se reuni� con �l. Su familia hab�a inmigrado a los Estados Unidos desde el Brasil, cuando �l ten�a diecis�is a�os, y Joe se hab�a incorporado a la Marina, pilotando dirigibles hasta que la �ltima unidad de esta clase fue formalmente licenciada en 1964. Cavilla se hab�a presentado un d�a e impresionado a LeBaron por su experiencia en aeronaves m�s ligeras que el aire, y �ste le hab�a contratado.</p><p>El tercer miembro de la tripulaci�n era Buck Caesar. Su cara de hombre maduro, de tez curtida, sonre�a constantemente, pero su mirada era astuta y su cuerpo eran tan firme como el de un boxeador. Estaba sentado a una mesita, con el torso inclinado, contemplando sus cartas y trazando una serie de cuadrados cerca de un sector del canal de las Bahamas.</p><p>Un humo azul brot� de los tubos de escape al poner LeBaron en marcha los motores. El personal de tierra desat� cierto n�mero de sacos de lona conteniendo lastre y que hab�an sido arrojados desde la barquilla. Uno de aquellos hombres, el �cazador de mariposas�, levant� un largo palo con una manga de aire en su extremo, para que LeBaron pudiese observar la direcci�n exacta del viento.</p><p>LeBaron hizo una se�al con la mano al jefe del personal de tierra. Un calzo de madera fue retirado de la rueda de aterrizaje, se solt� la ligadura de la proa al m�stil, y los hombres que sosten�an las cuerdas de proa se echaron a un lado y las soltaron. Cuando la aeronave qued� libre y se hubo apartado del m�stil, LeBaron aceler� e hizo girar la gran rueda del tim�n contigua a su asiento. El <emphasis>Prosperteer </emphasis>levant� su morro de �pera bufa en un �ngulo de cincuenta grados y, lentamente, se elev� en el cielo.</p><p>El personal de tierra observ� hasta que la gran aeronave se perdi� gradualmente de vista sobre las aguas verdeazules de los estrechos. Despu�s volvieron brevemente su inter�s a la limusina y a la vaga forma femenina de detr�s del cristal sombreado de la ventanilla.</p><p>Jessie LeBaron compart�a la pasi�n de su marido por las aventuras al aire libre, pero era una mujer met�dica, que prefer�a organizar fiestas de caridad y sesiones para recaudar fondos en campa�as pol�ticas, en vez de perder el tiempo a la caza de un tesoro dudoso. Vibrante y llena de vitalidad, con una boca que ten�a un repertorio de una docena de sonrisas diferentes, ten�a cincuenta a�os y medio, pero parec�a estar m�s cerca de los treinta y siete. Jessie era ligeramente entrada en carnes, pero firme; su tez ten�a una</p><p>suavidad cremosa, y hab�a permitido que sus cabellos se volviesen naturalmente gris�ceos. Los ojos eran grandes y oscuros, y no ten�an la mirada vac�a que suele dejar la cirug�a pl�stica.</p><p>Cuando ya no pudo ver el dirigible, Jessie habl� por el intercomunicador del autom�vil.</p><p>��Angelo, tenga la bondad de volver al hotel.</p><p>El ch�fer, un cubano moreno con la cara de facciones tan duras como las grabadas en los sellos de correos, se llev� dos dedos a la visera de la gorra y asinti� con la cabeza.</p><p>El personal de tierra del dirigible observ� c�mo daba la vuelta el largo Cadillac y pasaba por la desierta puerta de entrada de la antigua base naval. Entonces, alguien sac� una pelota de balonvolea. R�pidamente trazaron las l�neas del campo y montaron una red. Despu�s de formar los bandos, empezaron a golpear la pelota de un lado a otro para combatir el tedio de la espera.</p><p>Dentro del cami�n con aire acondicionado, el jefe del personal y un radiotelegrafista recib�an y anotaban los mensajes del dirigible. LeBaron transmit�a religiosamente cada treinta minutos, sin variar nunca m�s de unos pocos segundos, describiendo su posici�n aproximada, todos los cambios del tiempo y los barcos que navegaban debajo de ellos.</p><p>Entonces, a las dos y media de la tarde, cesaron los mensajes. El radiotelegrafista trat� de comunicarse con el <emphasis>Prosperteer, </emphasis>pero no hubo respuesta. Llegaron y pasaron las cinco y continu� el silencio. Fuera, el personal de tierra dej� cansadamente de jugar y se agrup� alrededor de la puerta del compartimiento de radio, mientras crec�a la inquietud en el interior. A las seis, sin ninguna se�al del dirigible sobre el mar, el jefe del personal llam� a la Guardia de Costas.</p><p>Lo que nadie sab�a, ni posiblemente sospechaba, era que Raymond LeBaron y sus amigos a bordo del <emphasis>Prosperteer </emphasis>se hab�an desvanecido en un misterio que iba mucho m�s all� de la mera caza de un tesoro.</p></section><section><title><p>2</p></title><p>Diez d�as m�s tarde, el presidente de los Estados Unidos contemplaba pensativamente el paisaje a trav�s de la ventanilla de su limusina y tamborileaba con los dedos sobre una rodilla. Sus ojos no ve�an las fincas pintorescas de las tierras de Potomac, Maryland. Apenas se daba cuenta de c�mo brillaba el sol sobre la piel de los caballos de pura raza que vagaban por los ondulados pastizales. Las im�genes que se reflejaban en su mente giraban alrededor de los extra�os acontecimientos que lo hab�an llevado literalmente a la Casa Blanca.</p><p>Como vicepresidente, fue elevado al cargo m�s alto de la naci�n cuando su predecesor se vio obligado a dimitir despu�s de confesar que padec�a una enfermedad mental. Afortunadamente, los medios de comunicaci�n no emprendieron una investigaci�n a gran escala. Desde luego, hubo las entrevistas de rutina con ayudantes de la Casa Blanca, l�deres del Congreso y famosos psiquiatras, pero no apareci� nada que oliese a intriga o a conspiraci�n. El ex presidente abandon� Washington y se retir� a su casa de campo en Nuevo M�xico, todav�a respetado y compadecido por el p�blico, y la verdad qued� guardada en la mente de muy pocos.</p><p>El nuevo jefe del ejecutivo era un hombre en�rgico que med�a un poco m�s de un metro ochenta y pesaba sus buenos cien kilos. Ten�a cuadrada la mand�bula inferior, duras las facciones y una frente casi siempre arrugada en un fruncimiento reflexivo; pero sus ojos intensamente grises pod�an ser enga�osamente l�mpidos. Los cabellos de plata estaban siempre perfectamente cortados, con raya en el lado derecho, al estilo tradicional de los banqueros de Kansas.</p><p>No era guapo o llamativo a los ojos del p�blico, pero ten�a un estilo y un encanto que lo hac�an atractivo. Aunque era pol�tico profesional, consideraba al Gobierno, tal vez ingenuamente, como un equipo, con �l como entrenador que dirig�a el juego. Muy apreciado como instigador y agitador, se rodeaba de un gabinete y un personal de hombres y mujeres que se esforzaban en trabajar en armon�a con el Congreso, en vez de reclutar una pandilla de compinches m�s preocupados de fortalecer su base de poder personal.</p><p>Sus pensamientos se centraron poco a poco en el paisaje cuando el conductor del Servicio Secreto redujo la marcha, sali� de la River Road North y cruz� la gran puerta de piedra flanqueada de una verja pintada de blanco. Un guardia uniformado y un agente del Servicio Secreto que llevaba las gafas negras de ritual y traje de hombre de negocios salieron de la caseta del guarda. Miraron hacia el interior del coche y asintieron con la cabeza al reconocer a su ocupante. El agente habl� por un peque�o transmisor de radio sujeto a su mu�eca como un reloj.</p><p>��El jefe est� en camino.</p><p>El autom�vil rod� por el paseo circular bordeado de �rboles del Congressional Country Club, dejando atr�s las pistas de tenis a la izquierda, llenas de curiosas esposas de los socios, y se detuvo al pie del p�rtico del club.</p><p>Elmer Hoskins, el encargado de recibirle, se adelant� y abri� la portezuela de atr�s.</p><p>��Parece que har� un buen d�a para el golf, se�or presidente.</p><p>��Mi juego no podr�a ser peor si el campo estuviese cubierto de nieve -dijo sonriendo el presidente.</p><p>��Ya quisiera yo poder llegar a poco m�s de ochenta golpes.</p><p>��Tambi�n yo -dijo el presidente, siguiendo a Hoskins por el lado de la casa del club y bajando a las dependencias del profesor-. He a�adido cinco golpes a mi puntuaci�n desde que me hice cargo del Sal�n Oval.</p><p>��Sin embargo, no est� mal para alguien que s�lo juega una vez a la semana.</p><p>��Esto y el hecho de que cada vez me resulta m�s dif�cil prestar atenci�n al juego.</p><p>El profesor del club apareci� y le estrech� la mano.</p><p>��Reggie tiene sus palos y le est� esperando en el <emphasis>tee </emphasis>del primer hoyo.</p><p>El presidente asinti� con la cabeza y subieron a un peque�o veh�culo que les llev� por un sendero que rodeaba un gran estanque y conduc�a a uno de los m�s largos campos de golf de la naci�n. Reggie Salazar, un hispano bajito y nervudo, estaba apoyado en una gran bolsa de cuero llena de palos de golf que le llegaban al pecho.</p><p>El aspecto de Salazar era enga�oso. Como un borriquito de las monta�as andinas, pod�a cargar con una bolsa de veinticinco kilos de palos de golf a lo largo de dieciocho agujeros sin jadear ni verter una gota de sudor. Cuando ten�a solamente trece a�os, hab�a llevado en brazos a su madre enferma y a su hermanita de tres a�os colgada sobre la espalda, a trav�s de la frontera de Baja California hasta San Diego, a treinta millas. Despu�s de la amnist�a otorgada a los inmigrantes ilegales en 1985, trabaj� en los campos de golf, convirti�ndose en un buen caddy en las competiciones de profesionales. Era un genio en aprender el ritmo de un campo; afirmaba que era como si le hablase y escog�a infaliblemente el palo adecuado para un golpe dif�cil. Reggie Salazar era tambi�n un hombre de gran agudeza y un fil�sofo, y prodigaba los proverbios de una manera que habr�a dado envidia a Casey Stengel. El presidente lo hab�a llevado consigo en un torneo entre miembros del Congreso, hac�a cinco a�os, y se hab�an hecho buenos amigos.</p><p>Salazar vest�a siempre como un trabajador del campo: pantal�n vaquero, camisa a cuadros, botas de militar y sombrero de paja y ala ancha de ranchero. Era su marca de f�brica.</p><p>��<emphasis>Saludos, </emphasis>se�or presidente -lo salud� en ingl�s de la frontera, brill�ndole los ojos de color caf�-. �Prefiere caminar o ir en el cochecito?</p><p>El presidente estrech� la mano que le tend�a Salazar.</p><p>��Me conviene hacer un poco de ejercicio; por lo tanto, caminaremos un rato y tal vez iremos en coche en los nueve �ltimos hoyos.</p><p>Dio el primer golpe y lanz� una pelota alta y con ligero efecto que se detuvo a ciento ochenta metros cuesta arriba y cerca del borde de la calle. Mientras caminaba desde el <emphasis>tee, </emphasis>los problemas de gobernar el pa�s se fueron apartando de su mente y empez� a pensar en el pr�ximo golpe.</p><p>Jug� en silencio hasta que, con un golpe corto, meti� la pelota en el hoyo y consigui� un par. Despu�s descans� y tendi� el palo a Salazar.</p><p>��Bueno, Reggie, �alguna sugerencia sobre mis tratos con el Capitolio?</p><p>��Demasiadas hormigas negras -respondi� Salazar, con una sonrisa el�stica.</p><p>���Hormigas negras?</p><p>��Todos visten trajes oscuros y corren como locos. Lo �nico que hacen es llevar papeles y darle a la lengua. Yo dictar�a una ley disponiendo que los miembros del Congreso s�lo pudiesen reunirse en a�os alternos. De esta manera, causar�an menos problemas.</p><p>El presidente se ech� a re�r.</p><p>��S� de al menos doscientos millones de votantes que aplaudir�an tu idea.</p><p>Siguieron caminando por el campo, seguidos a discreta distancia por dos agentes del Servicio Secreto en un cochecito de golf, mientras al menos otra docena rondaba por el campo. La conversaci�n continu� animada, mientras el juego del presidente se desarrollaba bien. Despu�s de recoger la pelota del hoyo del noveno <emphasis>green, </emphasis>su cuenta registraba treinta y nueve golpes. Lo consider� un peque�o triunfo.</p><p>��Vamos a tomarnos un descanso antes de atacar los nueve �ltimos -dijo el presidente-. Voy a celebrarlo con una cerveza. �Quieres acompa�arme?</p><p>��No, gracias, se�or. Emplear� el tiempo para limpiar de hierbas y de polvo sus palos.</p><p>El presidente le tendi� el <emphasis>butter.</emphasis></p><p>��Como quieras. Pero insisto en que bebas algo conmigo cuando terminemos con el hoyo decimoctavo.</p><p>El rostro de Salazar resplandeci� como un faro.</p><p>��Ser� un honor, se�or presidente -dijo, y trot� hacia la bolsa de caddy.</p><p>Veinte minutos m�s tarde, despu�s de responder a una llamada de su jefe de personal y beber una botella de Coors, el presidente sali� de la casa del club y se reuni� con Salazar, que estaba acurrucado en un cochecito de golf en el d�cimo <emphasis>tee, </emphasis>con el ala ancha de su sombrero de paja bajada sobre la frente. Sus manos, relajadas, agarraban el volante y llevaban ahora un par de guantes de cuero.</p><p>��Bueno, veamos si puedo bajar de los ochenta -dijo el presidente, con los ojos brillantes por la esperanza de conseguir un buen resultado.</p><p>Salazar no dijo nada y le dio simplemente un <emphasis>driver.</emphasis></p><p>El presidente tom� el palo y lo mir�, perplejo.</p><p>��Es un agujero corto. �No crees que ser�a suficiente un n�mero tres?</p><p>Mirando al suelo, con el sombrero ocultando su expresi�n, Salazar sacudi� en silencio la cabeza.</p><p><emphasis>��T� </emphasis>eres el maestro -dijo amablemente el presidente.</p><p>Se acerc� a la pelota, cerr� los dedos sobre el palo, lo levant� hacia atr�s y lo descarg� h�bilmente, pero la pelota sigui� un trayecto bastante raro. Pas� por encima de la calle y aterriz� a considerable distancia, m�s all� del <emphasis>green.</emphasis></p><p>Una expresi�n de perplejidad se pint� en la cara del presidente al regresar al <emphasis>tee </emphasis>y subir al cochecito el�ctrico.</p><p>��Es la primera vez que me has dado un palo equivocado.</p><p>El caddy no respondi�. Apret� el pedal de la bater�a y dirigi� el veh�culo hacia el d�cimo <emphasis>green. </emphasis>Al llegar a la mitad de la calle, se inclin� hacia adelante y coloc� un peque�o paquete en el tablero, precisamente delante del presidente.</p><p>���Has tra�do un bocadillo por si tienes hambre? -pregunt�, campechano, el presidente.</p><p>��No, se�or; es una bomba.</p><p>El presidente frunci� un poco el entrecejo, con irritaci�n.</p><p>��La broma no tiene gracia, Reggie�</p><p>Se interrumpi� de pronto al ver que se levantaba el sombrero de paja y descubrir los ojos azules de un completo desconocido.</p></section><section><title><p>3</p></title><p>��Tenga la bondad de mantener los brazos en su posici�n actual -dijo el desconocido con naturalidad-. Conozco la se�al con la mano que le dijeron que hiciese a los del Servicio Secreto si cre�a que su vida estaba en peligro.</p><p>El presidente permaneci� sentado como un tronco, incr�dulo, m�s curioso que asustado. No confiaba en encontrar las palabras adecuadas si era el primero en hablar. Sus ojos no se apartaban del paquete.</p><p>��Es una estupidez -dijo al fin-. No vivir� para disfrutarlo.</p><p>��Esto no es un asesinato. No sufrir� ning�n da�o si sigue mis instrucciones. �De acuerdo?</p><p>��Tiene usted muchas agallas, m�ster.</p><p>El desconocido hizo caso omiso de la observaci�n y sigui� hablando en el tono de un maestro de escuela que recitara las normas de conducta a sus alumnos.</p><p>��La bomba es capaz de destrozar cualquier cuerpo que se encuentre dentro de un radio de veinte metros. Si intenta usted avisar a sus guardaespaldas, la har� estallar con un control electr�nico que llevo sujeto a la mu�eca. Por favor, contin�e jugando al golf como si no ocurriese nada extraordinario.</p><p>Detuvo el veh�culo a varios metros de la pelota, se ape� sobre la hierba y mir� con cautela a los agentes del Servicio Secreto, comprobando que parec�an m�s interesados en escrutar los bosques de los alrededores. Entonces busc� en la bolsa y sac� un palo del seis.</p><p>��Es evidente que no sabe nada de golf-dijo el presidente, ligeramente complacido por poder adquirir cierto control-. Esto requiere un <emphasis>chip. </emphasis>D�me un palo del nueve.</p><p>El intruso obedeci� y se qued� plantado a un lado mientras el presidente lanzaba la pelota al <emphasis>green </emphasis>y la empujaba despu�s hasta el hoyo. Cuando arrancaron hacia el <emphasis>tee </emphasis>siguiente, estudi� al hombre que se sentaba a su lado.</p><p>Los pocos cabellos grises que pod�an verse debajo del sombrero de paja, y las patas de gallo, revelaban una edad pr�xima a los sesenta a�os. El cuerpo era delgado, casi fr�gil; las caderas, estrechas, y su aspecto parecido al de Reggie Salazar, salvo que era un poco m�s alto. Las facciones eran estrechas y vagamente escandinavas. La voz era educada; los modales fr�os y los hombros cuadrados suger�an una persona acostumbrada a hacer uso de la autoridad; sin embargo, no hab�a indicios de crueldad o de maldad.</p><p>��Tengo la loca impresi�n -dijo tranquilamente el presidente- de que ha preparado esta intrusi�n para apuntarse un tanto.</p><p>��No tan loca. Es usted muy astuto, pero no pod�a esperar menos de un hombre tan poderoso.</p><p>���Qui�n diablos es usted?</p><p>��Mientras conversamos puede llamarme Joe. Y le ahorrar� muchas preguntas sobre el objeto de todo esto cuando lleguemos al <emphasis>tee. </emphasis>All� hay un cuarto de aseo. -Hizo una pausa y sac� una carpeta de debajo de la camisa, empuj�ndola sobre el asiento hacia el presidente-. Entre en �l y lea r�pidamente el contenido. No tarde m�s de ocho minutos. Si pasara de este tiempo, podr�a despertar sospechas en sus guardaespaldas. No hace falta que le diga las consecuencias.</p><p>El cochecito el�ctrico redujo la marcha y se detuvo. Sin decir palabra, el presidente entr� en el lavabo, se sent� en el water y empez� a leer. Exactamente ocho minutos m�s tarde, sali� y su cara era una m�scara de perplejidad.</p><p>���Qu� broma insensata es �sta?</p><p>��No es ninguna broma.</p><p>��No comprendo por qu� ha llevado las cosas a este extremo para obligarme a leer una historieta de ciencia-ficci�n.</p><p>��No es ficci�n.</p><p>��Entonces tiene que ser alguna clase de enga�o.</p><p>��La Jersey Colony existe -dijo pacientemente Joe.</p><p>��S�, y tambi�n la Atl�ntida.</p><p>Joe sonri� ir�nicamente.</p><p>��Acaba usted de ingresar en un club muy exclusivo. Es el segundo presidente que ha sido informado del proyecto. Ahora le sugiero que d� el primer golpe y le describir� el panorama mientras sigue usted jugando. No ser� una descripci�n completa porque tenemos poco tiempo. Adem�s, no es necesario que conozca algunos detalles.</p><p>��Ante todo, tengo que hacerle una pregunta. Lo menos que puede hacer es contestarla.</p><p>��Est� bien.</p><p>���Qu� ha sido de Reggie Salazar?</p><p>��Est� durmiendo profundamente en la caseta de los caddies.</p><p>��Que Dios lo ampare si miente.</p><p>���Qu� palo? -pregunt� tranquilamente Joe.</p><p>��Para un golpe corto. D�me un cuatro.</p><p>El presidente golpe� mec�nicamente la pelota, pero �sta vol� recta, dio en el suelo y rod� hasta tres metros del hoyo. Arroj� el palo a Joe y se sent� pesadamente en el veh�culo, esperando.</p><p>��Bien, veamos� -empez� a decir Joe, mientras aceleraba hacia el <emphasis>green-. </emphasis>En 1963, s�lo dos meses antes de su muerte, el presidente Kennedy se reuni� en su casa de Hyannis Port con un grupo de nueve hombres que le propusieron un proyecto secret�simo para ser desarrollado a la sombra del programa para colocar un hombre en el espacio. Formaban un �c�rculo privado� de brillantes y j�venes cient�ficos, grandes hombres de negocios, ingenieros y pol�ticos, que hab�an logrado �xitos extraordinarios en sus respectivos campos. A Kennedy le gust� la idea y lleg� al extremo de crear una agencia del Gobierno que actuaba como fachada para invertir dinero federal en la que hab�a de llamarse en clave Jersey Colony. El capital fue completado por los hombres de negocios, que establecieron un fondo que igual� al del Gobierno hasta el �ltimo d�lar. Para las investigaciones, se utilizaron edificios ya existentes, generalmente viejos almacenes, desparramados en todo el pa�s. As� se ahorraron millones en el costo inicial y se evitaron preguntas de los curiosos sobre la nueva construcci�n de un gran centro de estudios.</p><p>���C�mo se mantuvo secreta la operaci�n? -pregunt� el presidente-. Ten�a que haber filtraciones.</p><p>Joe se encogi� de hombros.</p><p>��Una t�cnica sencilla. Los equipos de investigaci�n ten�an sus propios proyectos predilectos. Cada cual trabajaba en un lugar diferente. El antiguo sistema de hacer que una mano no sepa lo que hace la otra. La quincalla se encargaba a peque�os fabricantes. Algo elemental. Lo dif�cil era coordinar los esfuerzos ante las narices de la NASA sin que su gente no supiese lo que estaba pasando. As�, se enviaron falsos oficiales a los centros espaciales de Cabo Ca�averal y Houston, y tambi�n uno al Pent�gono para impedir investigaciones enojosas.</p><p>���Me est� usted diciendo que el Departamento de Defensa no sabe nada de esto?</p><p>Joe sonri�.</p><p>��Esto fue lo m�s f�cil. Un miembro del �c�rculo privado� era un alto oficial de Estado Mayor, cuyo nombre no le interesa. No fue problema para �l enterrar otra misi�n en el laberinto del Pent�gono.</p><p>Joe se interrumpi� cuando echaron a andar detr�s de la pelota. El presidente dio otro golpe como un son�mbulo. Volvi� al cochecito y mir� fijamente a Joe.</p><p>��Parece imposible que pudiesen vendarse completamente los ojos a la NASA.</p><p>��Tambi�n uno de los directores clave de la Administraci�n del Espacio pertenec�a al �c�rculo privado�. Preve�a tambi�n que una base permanente con infinitas oportunidades era preferible a unos pocos viajes temporales de naves tripuladas a la superficie lunar. Pero se daba cuenta de que la NASA no pod�a realizar al mismo tiempo dos programas tan complicados y caros, por lo que se hizo miembro de la Jersey Colony. El proyecto se mantuvo en secreto para que no hubiese interferencias del Poder Ejecutivo, del Congreso o de los militares. Tal como se desarrollaron las cosas, fue una sabia decisi�n.</p><p>��Y la conclusi�n es que los Estados Unidos tienen una s�lida base en la Luna.</p><p>Joe asinti� solemnemente.</p><p>��S�, se�or presidente, es exactamente esto.</p><p>El presidente no acababa de comprender del todo la enormidad de la idea.</p><p>��Es incre�ble que un proyecto tan vasto pudiese realizarse detr�s de una cortina impenetrable de secreto, desconocido y no descubierto durante veintis�is a�os:</p><p>Joe mir� fijamente la calle.</p><p>��Tardar�a un mes en describir los problemas, los obst�culos y las tragedias que hubo que superar; los adelantos cient�ficos y de ingenier�a requeridos por un proceso de reducci�n de hidr�geno para hacer agua, para fabricar un aparato de extracci�n de ox�geno, y construir una planta de generaci�n de energ�a cuya turbina es accionada por nitr�geno l�quido; para la acumulaci�n de materiales y equipos lanzados a una �rbita determinada por una agencia espacial particular patrocinada por el �c�rculo privado�; para la construcci�n de un veh�culo de transporte lunar que enlazara la �rbita terrestre con la Jersey Colony.</p><p>���Y todo se hizo ante las narices de todos los encargados de nuestro programa espacial?</p><p>��Los que se anunciaban como complicados sat�lites de comunicaci�n eran piezas disfrazadas del veh�culo de transferencia lunar y, en cada una de ellas, viajaba un hombre en una c�psula interna. No entrar� en los diez a�os de planificaci�n ni en la enorme complejidad de la cooperaci�n para reunir aquellas piezas en uno de nuestros abandonados laboratorios espaciales, que fue empleado como base para el montaje del veh�culo. Ni en la haza�a que supuso la invenci�n de un motor el�ctrico solar ligero y eficaz, que empleaba ox�geno como medio de propulsi�n. Pero la tarea fue realizada con �xito.</p><p>Joe se interrumpi� para que el presidente pudiese dar otro golpe.</p><p>��Entonces todo fue cuesti�n de recoger los sistemas y suministros vitales ya puestos en �rbita, y transportarlos, en realidad remolcarlos, hasta el lugar predeterminado en la Luna. Incluso un viejo laboratorio sovi�tico en �rbita y toda pieza �til de chatarra espacial fueron llevados a la Jersey Colony. Desde el principio fue una operaci�n sin alharacas, el viaje de unos pioneros desde su casa en la Tierra, el paso m�s importante de la evoluci�n desde que el primer pez pas� a la tierra hace m�s de trescientos millones de a�os. Pero por Dios que lo hicimos. Mientras nosotros estamos hablando aqu�, diez hombres viven y trabajan en un medio hostil a quinientos mil kil�metros de distancia.</p><p>Mientras Joe hablaba, sus ojos adquirieron una expresi�n mesi�nica. Despu�s, su visi�n volvi� a ser normal y contempl� su reloj.</p><p>��Ser� mejor que nos demos prisa, antes de que el Servicio Secreto se pregunte por qu� nos retrasamos. En todo caso, esto es lo esencial. Tratar� de responder a sus preguntas mientras juega.</p><p>El presidente le mir�, pasmado.</p><p>���Jes�s! -gru��-. No creo que pueda asimilar todo esto.</p><p>��Mis disculpas por decirle tantas cosas en tan poco tiempo -dijo r�pidamente Joe-. Pero era necesario.</p><p>���En qu� lugar exacto de la Luna est� Jersey Colony?</p><p>��Despu�s de estudiar las fotograf�as de las sondas Lunar Orbiter y de las misiones Apolo, detectamos un geiser de vapor en una regi�n volc�nica del hemisferio sur del lado oculto de la Luna. Un examen m�s a fondo mostr� que hab�a all� una gran caverna, refugio perfecto para emplazar la instalaci�n inicial.</p><p>���Ha dicho que hay diez hombres all� arriba?</p><p>��S�.</p><p>���Y c�mo hacen los turnos, las sustituciones?</p><p>��No hay turnos.</p><p>��Dios m�o, esto significa que el primitivo equipo que mont� el transporte lunar lleva seis a�os en el espacio.</p><p>��Cierto -reconoci� Joe-. Uno muri� y se incorporaron otros siete cuando se ampli� la base.</p><p>���Y sus familias?</p><p>��Todos son solteros, todos conoc�an y aceptaron las penalidades y los riesgos.</p><p>��Ha dicho que yo soy solamente el segundo presidente que se entera del proyecto, �no?</p><p>��Correcto.</p><p>��No permitir que el jefe ejecutivo de la naci�n conozca el proyecto es un insulto a su cargo.</p><p>Los ojos azules de Joe se oscurecieron todav�a m�s; mir� al presidente con severa malicia.</p><p>��Los presidentes son animales pol�ticos. Los votos son m�s preciosos para ellos que los tesoros. Nixon hubiese podido emplear la Jersey Colony como una cortina de humo para eludir el esc�ndalo de Watergate. Lo propio cabr�a decir de C�rter y el fiasco de los rehenes en Ir�n. Reagan lo habr�a aprovechado para glorificar su imagen y ech�rselo en cara a los rusos. Todav�a es m�s deplorable la idea de lo que har�a el Congreso con el proyecto; las pol�ticas partidistas entrar�an en juego, y se iniciar�an interminables debates sobre si el dinero ser�a mejor empleado en defensa o en alimentar a los pobres. Yo amo a mi pa�s, se�or presidente, y me considero m�s patriota que la mayor�a, pero ya no tengo fe en el Gobierno.</p><p>��Se apoderaron de dinero de los contribuyentes.</p><p>��Que ser� devuelto con intereses en beneficios cient�ficos. Pero no olvide que personas particulares y sus corporaciones aportaron la mitad del dinero y, debo a�adir, que lo hicieron sin el menor prop�sito de beneficio o ganancia personal. Los contratistas de defensa y del espacio no pueden alardear de esto.</p><p>El presidente no lo discuti�. Deposit� en silencio la pelota en un <emphasis>tee </emphasis>y lanz� la bola hacia el decimoctavo <emphasis>green.</emphasis></p><p>��Si desconf�a usted tanto de los presidentes -dijo agriamente-, �por qu� ha ca�do del cielo para contarme todo esto <emphasis>a m�?</emphasis></p><p>��Podemos tener un problema. -Joe tom� una fotograf�a del fondo de la carpeta y se la mostr�-. A trav�s de nuestras relaciones, hemos obtenido esta foto tomada desde uno de los aviones de la Air Force que hacen vuelos de reconocimiento sobre Cuba.</p><p>El presidente comprendi� que no deb�a preguntar c�mo hab�a llegado a las manos de Joe.</p><p>���Por qu� me la muestra?</p><p>��Por favor, estudie la zona entre la costa norte de la isla y los Florida Keys.</p><p>El presidente sac� unas gafas del bolsillo de la camisa y observ� la imagen de la foto.</p><p>��Parece el dirigible <emphasis>Goodyear,</emphasis></p><p>��No; es el <emphasis>Prosperteer, </emphasis>una vieja aeronave perteneciente a Raymond LeBaron.</p><p>��Cre�a que se hab�a perdido en el Caribe hace dos semanas.</p><p>��Diez d�as para ser exactos, junto con el dirigible y dos tripulantes.</p><p>��Entonces, esta foto fue tomada antes de que desapareciese.</p><p>��No; la pel�cula fue tra�da del avi�n hace solamente ocho horas.</p><p>��Entonces LeBaron debe estar vivo.</p><p>��Quisiera creerlo as�, pero todos los intentos de comunicar por radio con el <emphasis>Prosperteer </emphasis>han quedado sin respuesta.</p><p>���Qu� relaci�n tiene LeBaron con la Jersey Colony?</p><p>��Era miembro del �c�rculo privado�.</p><p>El presidente se acerc� a Joe.</p><p>��Y usted, �es uno de los nueve hombres que concibieron el proyecto?</p><p>Joe no respondi�. No hac�a falta. El presidente, al contemplarle fijamente, estuvo seguro de ello.</p><p>Satisfecho, se ech� atr�s en su asiento.</p><p>��Est� bien, �cu�l es su problema?</p><p>��Dentro de diez d�as, los soviets lanzar�n al espacio su m�s reciente veh�culo pesado, con un m�dulo lunar tripulado, seis veces mayor y m�s pesado que el empleado por nuestros astronautas durante el programa Apolo. Usted conoce los detalles, por los informes secretos de la C�A.</p><p>��S�, me han informado de su misi�n lunar -convino el presidente.</p><p>��Y sabe tambi�n que, en los dos �ltimos a�os, han puesto tres sondas no tripuladas en �rbita de la Luna, para descubrir y fotografiar lugares adecuados para el alunizaje. La tercera y �ltima se estrell� contra la superficie de la Luna. La segunda sufri� una aver�a en el motor y estall� el dep�sito de carburante. En cambio, la primera sonda funcion� bien, al menos al principio. Dio doce vueltas alrededor de la Luna. Entonces, algo funcion� mal. Despu�s de volver a la �rbita alrededor de la Tierra y antes de volver a entrar en la atm�sfera, desobedeci� de pronto todas las �rdenes que le eran enviadas desde tierra. Durante los siguientes dieciocho meses, los controladores sovi�ticos del espacio intentaron recobrar intacta la nave. Si fueron o no capaces de recoger sus datos visuales, no tenemos manera de saberlo. Por �ltimo consiguieron disparar los retropropulsores. Pero en vez de en Siberia, su sonda lunar, el Selenos 4, cay� al mar Caribe.</p><p>���Qu� tiene esto que ver con LeBaron?</p><p>��Fue a buscar la sonda lunar sovi�tica.</p><p>Una expresi�n de duda se pint� en el semblante del presidente.</p><p>��Seg�n los informes de la C�A, los rusos recobraron la nave espacial en aguas profundas frente a la costa de Cuba.</p><p>��Una cortina de humo. Incluso montaron un gran espect�culo sobre la recuperaci�n de la nave, pero en realidad no pudieron encontrarla.</p><p>���Y creen ustedes saber d�nde se encuentra?</p><p>��Tenemos un lugar se�alado, s�.</p><p>���Por qu� quieren quitarles a los rusos unas pocas fotograf�as de la Luna? Hay miles de fotos a disposici�n de cualquiera que desee estudiarlas.</p><p>��Todas aquellas fotos fueron tomadas antes de que se estableciese Jersey Colony. Las nuevas inspecciones de los rusos revelar�n sin duda su situaci�n.</p><p>���Qu� mal puede hacernos esto?</p><p>��Creo que, si el Kremlin descubre la verdad, la primera misi�n de la URSS en la Luna ser� atacar, capturar nuestra colonia y emplearla para sus propios fines.</p><p>��No lo creo. El Kremlin expondr�a todo su programa espacial a represalias por nuestra parte.</p><p>��Olvida usted, se�or presidente, que nuestro proyecto lunar est� envuelto en el mayor secreto. Nadie puede acusar a los rusos de apoderarse de algo que no se sabe que existe.</p><p>��Est� usted dando palos a ciegas -dijo el presidente.</p><p>La mirada de Joe se endureci�.</p><p>��No importa. Nuestros astronautas fueron los primeros en pisar la superficie lunar. Nosotros fuimos los primeros en colonizarla. La Luna pertenece a los Estados Unidos y debemos luchar contra cualquier intrusi�n.</p><p>��No estamos en el siglo catorce -dijo, impresionado, el presidente-. No podemos empu�ar las armas e impedir que los soviets o quien sea lleguen a la Luna. Adem�s, las Naciones Unidas declararon que ning�n pa�s ten�a jurisdicci�n sobre la Luna y los planetas.</p><p>���Har�a caso el Kremlin de la pol�tica de las Naciones Unidas si estuviesen en nuestro lugar? Creo que no. -Joe se torci� en su asiento y sac� un palo de la bolsa-. El decimoctavo <emphasis>green. </emphasis>Su �ltimo hoyo, se�or presidente.</p><p>El presidente, confuso, estudi� el terreno del <emphasis>green </emphasis>y dio un golpe corto de siete metros.</p><p>��Podr�a detenerles -dijo fr�amente.</p><p>���C�mo? La NASA no tiene material para enviar una compa��a de marines a la superficie lunar. Gracias a la improvisaci�n de usted y de sus predecesores, sus esfuerzos se concentran en la estaci�n espacial orbital.</p><p>��No puedo permitir que inicien ustedes una guerra en el espacio que podr�a repercutir en la Tierra.</p><p>��Tiene las manos atadas.</p><p>��Podr�an equivocarse en lo que respecta a los rusos.</p><p>��Esperemos que sea as� -dijo Joe-. Pero sospecho que pueden haber matado ya a Raymond LeBaron.</p><p>���Y es por esto por lo que me ha hecho estas confidencias?</p><p>��Si ocurre lo peor, al menos le habremos puesto al corriente de la situaci�n y podr� preparar su estrategia para el foll�n que se va a armar.</p><p>���Y si hiciese que mis guardaespaldas le detuviesen como un loco asesino y descubriese lo de Jersey Colony?</p><p>��Det�ngame, y Reggie Salazar morir�. Descubra el proyecto, y todas las intrigas entre bastidores, las pu�aladas por la espalda, los fraudes y las mentiras y, s�, las muertes que se causaron para lograr lo que se ha conseguido, todo ser� expuesto delante de su puerta, empezando por el d�a en que prest� juramento como senador. Lo echar�n de la Casa Blanca con m�s desprestigio que Nixon, suponiendo, desde luego, que viva hasta entonces.</p><p>���Me est� amenazando con un chantaje? -Hasta ahora, el presidente hab�a dominado su indignaci�n, pero ahora estaba bufando de c�lera-. La vida de Salazar ser�a un precio peque�o para preservar la integridad de la presidencia.</p><p>��Dos semanas, y despu�s podr� anunciar al mundo la existencia de Jersey Colony, Entre toques de trompetas y redoble de tambores, podr� representar el papel de gran h�roe pol�tico. Dos semanas, y podr� dar pruebas de la m�s grande haza�a pol�tica de este siglo.</p><p>���Por qu� entonces, despu�s de tanto tiempo?</p><p>��Porque es cuando tenemos programado que el equipo original abandone Jersey Colony y regrese a la Tierra con todo lo conseguido en dos decenios de investigaci�n espacial: informes sobre sondeos meteorol�gicos y lunares; resultados cient�ficos de mil experimentos biol�gicos, qu�micos y atmosf�ricos; innumerables fotograf�as y kil�metros de cintas de v�deo sobre el primer establecimiento humano de una civilizaci�n planetaria. La primera fase del proyecto ha quedado terminada. El sue�o del �c�rculo privado� se ha hecho realidad. Jersey Colony pertenece ahora al pueblo americano.</p><p>El presidente jug� reflexivamente con su palo. Despu�s pregunt�:</p><p>���Qui�n es usted?</p><p>��Escudri�e en su memoria. Nos conocimos hace muchos a�os.</p><p>���C�mo puedo ponerme en contacto con usted?</p><p>__Concertar� otra reuni�n cuando lo crea necesario.</p><p>Joe levant� la bolsa de los palos y ech� a andar por el estrecho sendero hacia la casa del club. Entonces se detuvo y volvi� atr�s.</p><p>��A prop�sito, le he dicho una mentira. Eso no es una bomba, sino un regalo del �c�rculo privado�: una caja nueva de pelotas de golf.</p><p>El presidente le mir�, contrariado.</p><p>��V�yase al diablo, Joe.</p><p>��Ah, otra cosa� Lo felicito.</p><p>���Me felicita?</p><p>Joe le tendi� el tanteador.</p><p>��He tomado nota de su juego. Han sido setenta y nueve golpes.</p></section><section><title><p>4</p></title><p>La reluciente tabla de vela surcaba las picadas aguas con la graciosa elegancia de una flecha a trav�s de la niebla. Su forma delicadamente curvil�nea era agradable a la vista y eficaz para alcanzar grandes velocidades sobre las olas. Tal vez siguiendo el sistema m�s sencillo de la navegaci�n a vela, el casco hab�a sido construido con polietileno sobre una base de espuma de pl�stico r�gida para darle ligereza y elasticidad. Una peque�a aleta sobresal�a por debajo de la popa para un control lateral, mientras que una orza situada cerca de la mitad de la tabla evitaba que fuese arrastrada de lado por el viento.</p><p>Una vela triangular, te�ida de p�rpura y con una ancha raya de color turquesa, se ce��a a un m�stil de aluminio montado sobre una r�tula. Una botavara hac�a girar la vela en el m�stil y era manejada por unas manos largas y delgadas, de piel �spera y callosa.</p><p>Dirk Pitt estaba cansado, m�s cansado de lo que su aturdida mente pod�a aceptar. Los m�sculos de los brazos y de las piernas le pesaban como si estuviesen revestidos de plomo, y el dolor de la espalda y de los hombros aumentaba a cada maniobra que hac�a con la tabla. Al menos por tercera vez en la �ltima hora, venci� el imperioso deseo de poner rumbo a la playa m�s pr�xima y tumbarse sobre la arena.</p><p>A trav�s de la mirilla de la vela, observ� la boya de color naranja que se�alaba la �ltima bordada a barlovento de la maratoniana regata de treinta millas alrededor de Biscayne Bay hasta el faro del cabo Florida, en Key Biscayne. Cuidadosamente, eligi� la posici�n para virar alrededor de la boya. Decidiendo ponerse a la capa, la maniobra m�s elegante en <emphasis>windsurf, </emphasis>naveg� entre el intenso oleaje, carg� el peso sobre la popa y dirigi� la proa hacia el nuevo rumbo. Despu�s, agarrando el m�stil con una mano, hizo girar el aparejo a barlovento, cambi� la posici�n de los pies y solt� la botavara con la otra mano. A continuaci�n puso la ondeante vela contra el viento y agarr� la botavara en el instante preciso. Impulsada por una fresca brisa del norte, de veinte nudos, la tabla surc� el mar agitado y pronto alcanz� una velocidad de casi treinta nudos.</p><p>Pitt se sorprendi� un poco al ver que, entre cuarenta y un competidores, la mayor�a de ellos al menos quince a�os m�s j�venes que �l, ocupaba el tercer lugar, a solo veinte metros de los que iban en cabeza.</p><p>Las velas multicolores de la flota de windsurfers centelleaban sobre el agua verdeazul como un prisma enloquecido. La meta del faro estaba ahora a la vista. Pitt observ� atentamente la tabla que le preced�a, esperando el momento adecuado para atacar. Pero antes de que intentase adelantarle, su adversario calcul� mal una ola y cay�. Ahora Pitt era el segundo, cuando s�lo faltaba media milla.</p><p>Entonces, una oscura sombra amenazadora en un cielo sin nubes pas� por encima de �l, y oy� el ruido de los tubos de escape de los motores de la aeronave impulsada por h�lices encima de su cabeza y ligeramente a su izquierda. Mir� hacia arriba y abri� mucho los ojos, incr�dulo.</p><p>A no m�s de cien metros, ocultando el sol como en un eclipse, un dirigible descend�a del cielo, apuntando con su enorme proa a la flota de tablas de vela. Parec�a moverse fuera de control. Sus dos motores hac�an girar las h�lices a poca velocidad, pero era empujado en el aire por la fuerte brisa. Los que navegaban en las tablas observaron impotentes c�mo el gigantesco intruso se cruzaba en su camino.</p><p>La barquilla choc� con la cresta de una ola y el dirigible rebot� en el aire, levant�ndose un par de metros por encima del agua delante de la tabla que iba en cabeza. Incapaz de volverse a tiempo, el joven que la tripulaba, que no tendr�a m�s de diecisiete a�os, se arroj� al agua un instante antes de que el m�stil y la vela fuesen hechos trizas por la h�lice de estribor del dirigible.</p><p>Pitt vir� bruscamente e imprimi� a su tabla un rumbo paralelo a la temible aeronave. Por el rabillo del ojo vio el nombre, <emphasis>Prosperteer, </emphasis>en grandes letras rojas sobre el costado. La puerta de la barquilla estaba abierta, pero no pudo percibir movimiento alguno en el interior. Grit�, pero su voz se perdi� en el ruido de los motores y el zumbido del viento. La torpe aeronave se desliz� sobre el mar como si tuviese vida propia.</p><p>De pronto, Pitt sinti� el escalofr�o de la cat�strofe en la regi�n lumbar. El <emphasis>Prosperteer </emphasis>se dirig�a hacia la playa, a s�lo un cuarto de milla de distancia, apuntando directamente a la amplia terraza del Sonesta Beach Hotel. Aunque el impacto de una aeronave m�s ligera que el aire contra una estructura s�lida causar�a pocos da�os, era espantosamente seguro que, al romperse los dep�sitos de carburante, �ste se inflamar�a y se verter�a en las habitaciones de los adormilados hu�spedes, o caer�a sobre los que estaban comiendo en el patio.</p><p>Haciendo caso omiso a los mareantes gases de escape, Pitt dirigi� su tabla de manera que cruzase por debajo del redondo morro del dirigible. La barquilla choc� contra una ola y una de las h�lices le lanz� una rociada de agua salada a los ojos. Su visi�n se enturbi� moment�neamente y poco le falt� para perder el equilibrio. Se agach� y enderez� su peque�a embarcaci�n mientras se reduc�a la distancia que le separaba del dirigible.</p><p>Las multitudes que tomaban ba�os de sol gesticularon ante la extra�a visi�n del monstruo que se acercaba r�pidamente en la playa del hotel.</p><p>Pitt ten�a que calcular exactamente el tiempo; no habr�a una segunda oportunidad. Si fallaba, lo m�s probable era que su cuerpo fuese hecho pedazos por las h�lices. Empezaba a sentirse mareado. Estaba agotando sus fuerzas. Sinti� que sus m�sculos tardaban m�s en responder a las �rdenes de su cerebro. Cobr� �nimo al comprobar que hab�a logrado que su tabla pasara por debajo del morro del dirigible.</p><p>Entonces salt�.</p><p>Se agarr� a una de las cuerdas de proa del <emphasis>Prosperteer; </emphasis>pero sus manos resbalaron sobre la mojada superficie, ara��ndose la piel de los dedos y las palmas. Desesperadamente, pas� una pierna alrededor de la cuerda y aguant� con la poca energ�a que le quedaba. Su peso tir� hacia abajo de la proa del dirigible y Pitt qued� sumergido debajo de la superficie del mar. Trep� por la cuerda hasta sacar la cabeza del agua. Aspir� afanosamente el aire y escupi� agua de mar. Su perseguidor se hab�a convertido en su cautivo. El peso del cuerpo de Pitt no era suficiente para detener aquel monstruo del aire, ni mucho menos para contrarrestar el impulso del viento. Estaba a punto de soltar su insegura presa, cuando toc� fondo con los pies. El dirigible lo arrastr� sobre la rompiente, y Pitt tuvo la impresi�n de hallarse en una monta�a rusa. Entonces fue lanzado sobre la c�lida arena de la playa. Mir� hacia arriba y vio que el dique del hotel estaba a menos de treinta metros de distancia.</p><p>�Dios m�o!, pens�, ya est�: dentro de pocos segundos, el <emphasis>Prosperteer </emphasis>se estrellar� contra el hotel y posiblemente estallar�. Y hab�a algo m�s. Las h�lices se romper�an con el impacto y sus fragmentos de metal caer�an sobre la pasmada multitud con la fuerza de una mort�fera bomba de metralla.</p><p>���Por el amor de Dios, ay�denme! -grit� Pitt.</p><p>Las numerosas personas que se hallaban en la playa estaban como petrificadas, boquiabiertas, estupefactas e infantilmente fascinadas por el extra�o espect�culo. De pronto, dos muchachas y un chico corrieron y agarraron una de las dos cuerdas. Despu�s acudi� un ba�ista, seguido de una mujer entrada en a�os y robusta. Por �ltimo, se rompi� el hechizo y veinte mirones se adelantaron y sujetaron las cuerdas que se arrastraban. Fue como si una tribu de ind�genas medio desnudos entablase un combate contra un enloquecido brontosaurio.</p><p>Pies descalzos se hincaron en la arena, trazando surcos en ella cuando los arrastr� la terca mole que se cern�a sobre sus cabezas. El tir�n sobre las cuerdas de proa hizo que la nave girase sobre s� misma y que la cola con aletas describiese un arco de 180 grados y apuntase al hotel, y la rueda de debajo de la barquilla roz� los arbustos de encima del rompeolas, y las h�lices se libraron por pulgadas de dar contra el hormig�n, tronchando hojas y ramas.</p><p>Una fuerte r�faga de viento sopl� desde el mar, empujando al <emphasis>Prosperteer </emphasis>sobre la terraza, aplastando sombrillas y mesas y dirigiendo la popa hacia el quinto piso del hotel� Varias cuerdas fueron arrancadas de las manos que las sosten�an y una ola de impotencia barri� la playa. La batalla parec�a perdida.</p><p>Pitt se puso en p�e y corri� a tropezones hasta una palmera pr�xima. En un �ltimo y desesperado esfuerzo, enroll� su cuerda al esbelto tronco, rezando fervientemente para que no se rompiese con la tensi�n.</p><p>La cuerda resisti� y se tens�. La palmera de veinte metros de altura tembl�, oscil� y se dobl� durante varios segundos. La muchedumbre contuvo el aliento. Despu�s, con angustiosa lentitud, el �rbol se enderez� gradualmente hasta volver a su anterior posici�n. Las superficiales ra�ces se mantuvieron firmes y el dirigible se detuvo, con sus aletas a menos de dos metros de la pared oriental del hotel.</p><p>Doscientas personas aclamaron y empezaron a aplaudir. Las mujeres saltaron y rieron, mientras los hombres gritaban y levantaban las manos con los pulgares hacia arriba. Ning�n equipo triunfador hab�a recibido jam�s una ovaci�n m�s espont�nea. Aparecieron los guardias de seguridad del hotel y mantuvieron a los mirones imprudentes lejos de las h�lices, que segu�an girando.</p><p>Pitt se qued� plantado all�, con el mojado cuerpo cubierto de arena recobrando el aliento, empezando a sentir el dolor en las manos quemadas por la cuerda. Mirando fijamente al <emphasis>Prosperteer, </emphasis>tuvo su primera visi�n clara de la aeronave y le fascin� su dise�o anticuado. Evidentemente, era m�s viejo que los modernos dirigibles Goodyear.</p><p>Se abri� paso entre las desparramadas mesas y sillas de la terraza y subi� a la barquilla. Los tripulantes estaban todav�a sujetos por los cinturones a sus asientos, inm�viles, mudos. Pitt se inclin� sobre el piloto, encontr� los interruptores del encendido y los cerr�. Los motores sonaron suavemente un par de veces y quedaron en silencio al dar las h�lices una �ltima vuelta y detenerse.</p><p>Ahora el silencio fue sepulcral.</p><p>Pitt hizo una mueca y observ� el interior de la barquilla. No hab�a se�ales de da�os, los instrumentos y los controles parec�an estar en orden. Pero fueron los aparatos electr�nicos los que le sorprendieron. Gradi�metros para detectar el hierro, un sonar y un instrumento para registrar el fondo del mar; todo lo necesario para una b�squeda subacu�tica.</p><p>Pitt no se daba cuenta de las muchas caras que atisbaban desde la puerta abierta de la barquilla, ni o�a los aullidos intermitentes de las sirenas que se acercaban. Se sent�a aislado y moment�neamente desorientado. La c�lida y h�meda atm�sfera ten�a una irrealidad morbosa y flotaba en el aire el mareante olor a putrefacci�n humana.</p><p>Uno de los tripulantes estaba reclinado sobre una mesita, con la cabeza apoyada sobre los brazos como si durmiese. Su ropa estaba h�meda y manchada. Pitt lo sacudi� ligeramente por un hombro. No hab�a firmeza en la carne. Estaba blanda y pulposa. Sinti� un fr�o que le puso la piel de gallina y, sin embargo, el sudor chorreaba por todo su cuerpo.</p><p>Volvi� la atenci�n a las horribles apariciones sentadas ante los controles. Sus caras estaban cubiertas de moscas, y la descomposici�n borraba todo rastro de vida. La piel se desprend�a de la carne como ampollas o quemaduras reventadas. Los mentones pend�an fl�ccidos de las bocas abiertas, y los labios y las lenguas estaban hinchados y resecos. Los ojos estaban abiertos, mirando a ninguna parte, con los globos opacos y nublados. Las manos se apoyaban todav�a en los controles y las u�as se hab�an vuelto azules. Sin enzimas que las controlasen, las bacterias hab�an formado gases que hinchaban grotescamente los vientres. El aire h�medo y la elevada temperatura de los tr�picos aceleraban en gran manera el proceso de putrefacci�n.</p><p>Los cad�veres descompuestos en el interior del <emphasis>Prosperteer </emphasis>parec�an venir de una tumba ignorada, una tripulaci�n macabra de un dirigible-osario en una fant�stica misi�n.</p></section><section><title><p>5</p></title><p>El cad�ver desnudo de una negra adulta yac�a sobre una mesa de reconocimiento bajo las fuertes luces de la sala de autopsias. La conservaci�n era excelente; no hab�a se�ales visibles de violencia. Para el experto, el grado de <emphasis>rigor mortis </emphasis>indicaba que hab�a muerto hac�a menos de siete horas. Su edad parec�a estar entre los veinticinco y los treinta a�os. Aquel cuerpo pod�a haber atra�do un d�a las miradas masculinas, pero ahora estaba desnutrido, consumido y estragado por diez a�os de consumo de drogas.</p><p>Al forense de Dade County, doctor Calvin Rooney, no le gustaba demasiado tener que hacer esta autopsia. Hab�a bastantes muertes en Miami para tener ocupado a su personal durante las veinticuatro horas del d�a, y �l prefer�a emplear su tiempo en las autopsias m�s dram�ticas y desconcertantes. Una sobredosis de droga ten�a poco inter�s para �l. Pero esta mujer hab�a sido encontrada tirada en el jard�n de un comisario del condado y, por eso, habr�a resultado inadecuado encargarla a un m�dico de tercera categor�a.</p><p>Llevando una bata azul, porque detestaba las acostumbradas batas blancas, Rooney, nacido en Florida, veterano del Ej�rcito de los Estados Unidos y graduado en la Facultad de Medicina de Harvard, introdujo una cassete nueva en un magnet�fono port�til y empez� a comentar secamente las condiciones generales del cad�ver.</p><p>Tom� un bistur� y se inclin� para hacer la disecci�n, empezando a unas pulgadas por debajo del ment�n y rajando en direcci�n al pubis. De pronto, interrumpi� la incisi�n sobre la cavidad tor�cica y se inclin� m�s, para observar a trav�s de los gruesos cristales de unas gafas con montura de concha. Durante los quince minutos siguientes, extrajo y estudi� el coraz�n, mientras recitaba un mon�logo ininterrumpido al magnet�fono.</p><p>Rooney estaba haciendo una �ltima observaci�n cuando el sheriff Tyler Sweat entr� en la sala de autopsias. Era un hombre de aire pensativo, de mediana estatura y hombros ligeramente redondeados, con una mezcla de melancol�a y resoluci�n brutal en el semblante. Serio, met�dico y astuto, era muy respetado por los hombres y mujeres que trabajaban para �l.</p><p>Dirigi� una mirada inexpresiva al cad�ver rajado y salud� con la cabeza a Rooney,</p><p>���Otro trozo de carne?</p><p>��La mujer del jard�n del comisario -respondi� Rooney.</p><p>���Otra v�ctima de la droga?</p><p>��No hemos tenido tanta suerte. M�s trabajo para homicidios. Fue asesinada. Encontr� tres pinchazos en el coraz�n.</p><p>���Con un punz�n para romper hielo?</p><p>��Seg�n todos los indicios.</p><p>Sweat mir� al pat�logo bajito y medio calvo, cuyo aspecto bonach�n parec�a m�s propio de un p�rroco.</p><p>��No hay quien pueda enga�arle, doctor.</p><p>���Qu� es lo que trae al terror de los malvados al palacio del forense? -pregunt� amablemente Rooney-. �Est� visitando los barrios bajos?</p><p>��No; una identificaci�n de personas importantes. Quisiera que estuviese usted presente.</p><p>��Los cuerpos encontrados en el dirigible -dedujo Rooney. Sweat asinti� con la cabeza.</p><p>��La se�ora de LeBaron est� aqu� para ver los restos.</p><p>��Yo no lo recomendar�a. El cad�ver de su marido tiene un aspecto demasiado desagradable para quien no se enfrenta diariamente con la muerte.</p><p>��Trat� de convencerla de que la identificaci�n de sus efectos ser�a legalmente suficiente; pero ella insisti�. Incluso ha tra�do a un auxiliar del gobernador para allanarle el camino.</p><p>���D�nde est�n?</p><p>��En la oficina del dep�sito, esperando.</p><p>��Y la prensa, �qu�?</p><p>��Todo un regimiento de reporteros de la televisi�n y los peri�dicos, corriendo de un lado a otro como locos. He ordenado a mis agentes que les mantengan en el vest�bulo.</p><p>��El mundo tiene cosas muy extra�as -dijo Rooney, en uno de sus momentos filos�ficos-. El famoso Raymond LeBaron merece grandes titulares en primera p�gina, mientras que a esa pobre infeliz no le dedican m�s que un par de l�neas junto a los anuncios por palabras. -Entonces suspir�, se quit� la bata y la arroj� sobre una silla-. Acabemos con esto, tengo otras dos autopsias esta tarde.</p><p>Mientras hablaba, se desencaden� una tormenta tropical y el ruido de los truenos retumb� en las paredes. Rooney se puso una chaqueta deportiva y se arregl� la corbata. Echaron a andar; Sweat contemplaba pensativamente el dibujo de la alfombra del pasillo.</p><p>���Alguna idea sobre la causa de la muerte de LeBaron? -pregunt� el sheriff.</p><p>��Es demasiado pronto para saberlo. Los resultados del laboratorio no han sido concluyentes. Quiero hacer algunas pruebas m�s. Hay demasiadas cosas que no coinciden. No me importa confesar que este caso es un enigma.</p><p>���Alguna presunci�n?</p><p>��Nada que me atreviese a poner por escrito. El problema es la incre�ble rapidez de la descomposici�n. Raras veces he visto desintegrarse tan de prisa los tejidos, salvo tal vez en una ocasi�n, en 1974.</p><p>Antes de que Sweat pudiese sondear la memoria de Rooney, llegaron a la oficina del dep�sito y entraron. El ayudante del gobernador, un tipo de aspecto desagradable que vest�a un traje con chaleco, se levant� de un salto. Incluso antes de que abriese la boca, Rooney lo clasific� como un pelmazo.</p><p>���Podr�amos despachar esto a toda prisa, sheriff? La se�ora LeBaron est� muy afligida y quisiera volver a su hotel lo antes posible.</p><p>��Le doy mi m�s sentido p�same -dijo el sheriff-. Pero no hace falta que recuerde a un funcionario p�blico que hay ciertas leyes que hemos de cumplir.</p><p>��Y no hace falta que yo le recuerde que el gobernador espera que su departamento la trate con la m�xima cortes�a para aliviar su dolor.</p><p>Rooney se maravill� de la paciencia de Sweat. El sheriff se limit� a pasar junto al ayudante como lo habr�a hecho para evitar un cubo de basura en una acera.</p><p>���ste es nuestro forense jefe, el doctor Rooney. Asistir� a la identificaci�n.</p><p>Jessie LeBaron no parec�a en modo alguno afligida. Estaba sentada en un sill�n de pl�stico de color naranja, serena, fr�a, erguida la cabeza. Y sin embargo, Rooney advirti� una fragilidad que era compensada por la disciplina y el valor. Estaba acostumbrado a asistir a la identificaci�n de cad�veres por los parientes. Hab�a pasado por este mal trago cientos de veces en su carrera y habl� instintivamente en tono suave y con amables modales.</p><p>��Se�ora LeBaron, comprendo lo que est� usted pasando y har� que esto sea lo menos doloroso posible. Pero antes quiero dejar bien claro que la simple identificaci�n de los efectos encontrados en los cad�veres bastar� para cumplir las leyes federales y del condado. Segundo: cualquier caracter�stica f�sica que pueda recordar, como cicatrices, pr�tesis dentales, fracturas de huesos o incisiones quir�rgicas, ser�n de gran ayuda para mi propia identificaci�n. Y tercero: le suplico respetuosamente que no vea los restos. Aunque las facciones son todav�a reconocibles, la descomposici�n est� muy avanzada. Creo que preferir�a recordar al se�or LeBaron como era en vida a como aparece ahora en un dep�sito de cad�veres.</p><p>��Gracias, doctor Rooney -dijo Jessie-. Le agradezco su preocupaci�n. Pero debo asegurarme de que mi marido est� realmente muerto.</p><p>Rooney asinti� con la cabeza, contrariado, y luego se�al� una mesa donde hab�a varias prendas de vestir, carteras, relojes de pulsera y otros art�culos personales.</p><p>���Ha identificado los efectos del se�or LeBaron?</p><p>��S�, los he examinado.</p><p>���Y est� convencida de que le pertenec�an?</p><p>��No puede haber duda sobre la cartera y su contenido. El reloj es un regalo que le hice en nuestro primer aniversario.</p><p>Rooney se acerc� a la mesa y tom� el reloj.</p><p>��Un Cartier de oro con cadena haciendo juego y n�meros en cifras romanas que� �acierto al decir que son diamantes?</p><p>��S�, una forma rara de diamante negro. Era la piedra que correspond�a a su mes de nacimiento.</p><p>��Abril, seg�n creo.</p><p>Ella asinti� con la cabeza.</p><p>��Aparte de los efectos personales de su marido, se�ora LeBaron, �reconoce algo que perteneciese a Buck Caesar o a Joseph Cavilla?</p><p>��Los relojes no, pero estoy segura de que las prendas de vestir son las que llevaban Buck y Joe la �ltima vez que les vi.</p><p>��Nuestros investigadores no pueden encontrar parientes pr�ximos de Caesar y Cavilla -dijo Sweat-. Nos ser�a de gran ayuda si pudiese indicarnos qu� prendas de vestir eran de cada uno de ellos.</p><p>Jessie LeBaron vacil� por primera vez.</p><p>��No estoy segura� Creo que los shorts y la camisa floreada son de Buck. Las otras cosas pertenecieron probablemente a Joe Cavilla. -Hizo una pausa-. �Puedo ver ahora el cuerpo de mi marido?</p><p>���No puedo hacerla cambiar de idea? -pregunt� Rooney en tono compasivo.</p><p>��No; debo insistir.</p><p>��Ser� mejor que haga lo que dice la se�ora LeBaron -dijo el ayudante del gobernador, que ni siquiera hab�a tenido la delicadeza de decir su nombre.</p><p>Rooney mir� a Sweat y se encogi� resignadamente de hombros.</p><p>��Si tiene la bondad de seguirme� Los restos se conservan en la c�mara frigor�fica.</p><p>Todos le siguieron, obedientes, hasta una puerta maciza con una ventanilla al nivel de los ojos, y permanecieron en silencio mientras �l corr�a un pesado cerrojo. Brot� aire fr�o al abrirse la puerta, y Jessie se estremeci� involuntariamente cuando Rooney les invit� a entrar. Apareci� un empleado del dep�sito que les condujo a una de las puertas cuadradas a lo largo de la pared. La abri�, tir� de una camilla de acero inoxidable con ruedas y se apart� a un lado.</p><p>Rooney asi� una punta de la s�bana que cubr�a el cad�ver y vacil�. �sta era la �nica parte de su trabajo que aborrec�a. Las reacciones al ver al muerto sol�an pertenecer a una de cuatro categor�as de personas: los que vomitaban, los que se desmayaban, los que sufr�an un ataque de histerismo. Pero era la cuarta categor�a la que intrigaba a Rooney. Los que permanec�an como petrificados y no mostraban emoci�n alguna. Habr�a dado un mes de su salario por saber los pensamientos que pasaban por sus mentes.</p><p>Levant� la s�bana.</p><p>El ayudante del gobernador ech� una mirada, emiti� un pat�tico gru�ido y se desmay� en brazos del sheriff. Los terribles efectos de la descomposici�n se manifestaron en todo su horror.</p><p>A Rooney le pasm� la reacci�n de Jessie. Mir� larga y fijamente aquella cosa grotesca que se pudr�a sobre la camilla. Contuvo el aliento y todo su cuerpo se puso r�gido. Despu�s levant� los ojos, sin pesta�ear y habl� con voz tranquila y controlada.</p><p>���.Eso no es mi marido!</p><p>���Est� segura? -pregunt� suavemente Rooney.</p><p>��V�alo usted mismo -dijo ella llanamente-. La l�nea de los cabellos no es la de �l. Tampoco la estructura �sea. Raymond ten�a la cara angulosa. �sa es m�s redonda.</p><p>��La descomposici�n de la carne deforma las facciones -explic� Rooney</p><p>��Por favor, observe los dientes.</p><p>Rooney baj� la mirada.</p><p>���Qu� hay de particular en ellos?</p><p>��Tienen fundas de plata.</p><p>��No comprendo.</p><p>��Mi marido llevaba fundas de oro.</p><p>No pod�a discutir con ella a este respecto, pens� Rooney. Un hombre acaudalado como Raymond LeBaron no habr�a aceptado una pr�tesis dental barata.</p><p>��Pero la ropa, el reloj�, usted los ha identificado como suyos.</p><p>���Me importa un bledo lo que haya dicho! -grit� ella-. Esa cosa asquerosa no es el cad�ver de Raymond LeBaron.</p><p>Rooney se qued� pasmado por su furia. Atolondrado y sin saber qu� decir, la vio salir, fren�tica, de la habitaci�n. El sheriff confi� el blandengue ayudante al empleado del dep�sito y se volvi� al forense.</p><p>���Qu� diablos piensa usted de esto?</p><p>Rooney sacudi� la cabeza.</p><p>��No lo s�.</p><p>��Yo supongo que ha sufrido una terrible impresi�n. �sta ha sido demasiado fuerte, y ha empezado a delirar. Usted sabe mejor que yo que la mayor�a de la gente se niega a aceptar la muerte de un ser amado. Ella ha cerrado su mente y se ha negado a aceptar la verdad.</p><p>��No estaba delirando.</p><p>Sweat le mir�.</p><p>���C�mo lo llamar�a usted?</p><p>��Yo dir�a que ha representado una magn�fica comedia.</p><p>���C�mo ha llegado a esta conclusi�n?</p><p>��El reloj de pulsera -respondi� Rooney-. Un miembro de mi equipo trabaj� un tiempo de noche en una joyer�a para pagarse los estudios en la Facultad de Medicina. Lo descubri� en seguida. El costoso reloj Cartier que la se�ora LeBaron regal� a su marido en su aniversario de boda es falso, es una de esas imitaciones baratas que se fabrican ilegalmente en Taiw�n o en M�xico.</p><p>���Por qu� una mujer que puede firmar cheques de un mill�n de d�lares tendr�a que regalar una imitaci�n barata a su marido?</p><p>��Raymond LeBaron no era tonto en lo tocante a estilo y a buen gusto. Debi� darse cuenta de lo que era en realidad. Ser� mejor que nos hagamos esta pregunta: �por qu� acept� llevarlo?</p><p>��Entonces, �cree usted que ha representado una comedia y ha mentido sobre la identidad del cad�ver?</p><p>��Mi instinto me dice que se hab�a preparado para lo que esperaba encontrar -respondi� Rooney-. Y llegar�a al extremo de apostar mi Mercedes nuevo a que la investigaci�n gen�tica, el dictamen sobre la dentadura y los resultados del an�lisis por los laboratorios del FBI de los restos de huellas digitales que pude tomar y les envi�, demostrar�n que ella tiene raz�n. -Se volvi� y contempl� el cad�ver-. <emphasis>No es </emphasis>Raymond LeBaron el que yace sobre esta camilla.</p></section><section><title><p>6</p></title><p>El teniente detective Harry Victor, distinguido investigador del Departamento de Polic�a de Dade County, se retrep� en un sill�n giratorio y estudi� varias fotograf�as tomadas en el interior de la cabina de mandos del <emphasis>Prosperteer. </emphasis>Al cabo de unos minutos, levant� las gafas sin montura sobre la frente, rematada por un postizo de cabellos rubios, y se frot� los ojos.</p><p>Victor era un hombre ordenado; todo estaba en su sitio, cuidadosamente clasificado por orden alfab�tico y numerado, y era el �nico polic�a en la historia del Departamento que disfrutaba realmente redactando informes. Mientras la mayor�a de los hombres miraban retrasmisiones deportivas en la televisi�n los fines de semana o descansaban junto a la piscina de un lugar de vacaciones, leyendo las novelas polic�acas de Rex Burns, Victor revisaba los expedientes sobre casos no resueltos. Obstinado, prefer�a atar cabos sueltos a obtener una condena.</p><p>El caso del <emphasis>Prosperteer </emphasis>era diferente de todos los que hab�a visto en dieciocho a�os de servicio en la Polic�a. Tres hombres muertos cayendo del cielo en un dirigible antiguo no requer�an exactamente una investigaci�n polic�aca de rutina. No exist�an pistas. Los tres cuerpos que se hallaban en el dep�sito de cad�veres no presentaban ninguna indicaci�n de d�nde hab�an estado escondidos durante una semana y media.</p><p>Baj� las gafas y empezaba a observar de nuevo las fotograf�as cuando son� el tel�fono que ten�a sobre la mesa. Levant� el aparato y dijo pensativamente:</p><p>���S�?</p><p>��Aqu� hay un testigo que quiere hablarle sobre una declaraci�n -respondi� la recepcionista.</p><p>��H�gale pasar -dijo Victor.</p><p>Cerr� la carpeta que conten�a las fotograf�as y la dej� sobre la mesa de metal, cuya superficie estaba completamente limpia, salvo por un peque�o r�tulo con su nombre y el tel�fono. Sostuvo el auricular junto al o�do, como si recibiese una llamada, y se volvi� a un lado, mirando a trav�s de la espaciosa oficina de Homicidios y manteniendo los ojos enfocados de soslayo hacia la puerta que daba al pasillo.</p><p>Una recepcionista uniformada apareci� en el umbral y se�al� en la direcci�n de Victor. Un hombre alto salud� con la cabeza, pas� junto a la mujer y se acerc�. Victor le indic� un sill�n al otro lado de la mesa y empez� a hablar por el tel�fono desconectado. Era un viejo truco en sus interrogatorios, porque le permit�a observar al testigo o al sospechoso durante un minuto entero, y retratarle mentalmente. M�s importante a�n, era una oportunidad para observar h�bitos y peculiaridades que pod�an ser empleados m�s tarde para lograr una posici�n de ventaja.</p><p>El hombre sentado delante de Victor ten�a unos treinta y siete o treinta y ocho a�os, aproximadamente un metro noventa de estatura y noventa kilos de peso, cabellos negros ligeramente ondulados y sin el menor indicio de gris. La piel estaba tostada por su exposici�n al sol durante todo el a�o. Las cejas eran negras y bastante pobladas. La nariz, recta y estrecha; los labios, firmes, con las comisuras inclinadas hacia arriba en una ligera pero fija sonrisa. Llevaba una chaqueta deportiva de color azul claro, pantal�n blanco y camisa polo de un amarillo p�lido y con el cuello desabrochado. Todo de buen gusto, sencillo y no demasiado caro, comprado probablemente en Saks y no en una tienda de lujo. No fumaba, pues no se ve�a el bulto de la cajetilla en la chaqueta o en la camisa. Ten�a los brazos cruzados, indicando tranquilidad e indiferencia, y las manos eran estrechas, largas y curtidas. No llevaba anillos ni otras joyas, sino solamente un viejo reloj sumergible de esfera naranja y con mu�equera de acero inoxidable.</p><p>No era un tipo com�n. Los otros que se hab�an sentado en aquel sill�n se pon�an nerviosos al cabo de un rato. Algunos disimulaban su nerviosismo con una actitud arrogante, y la mayor�a miraba a su alrededor, a trav�s de las ventanas, los cuadros que pend�an de las paredes y a los otros oficiales que trabajaban en sus despachos, y cambiaban de posici�n, cruzando y descruzando las piernas. Por primera vez en mucho tiempo, Victor se sinti� incomodo y en desventaja. Su rutina le hab�a fallado, su comedia perdi� r�pidamente eficacia.</p><p>El visitante no estaba turbado en absoluto. Miraba a Victor con distra�do inter�s a trav�s de unos ojos verdes opalinos que pose�an una cualidad magn�tica. Parec�an pasar a trav�s del detective y, al no encontrar nada de inter�s, examinar la pintura de la pared de detr�s de �ste. Despu�s mir� el tel�fono.</p><p>��La mayor�a de los departamentos de polic�a emplean el Sistema de Comunicaciones Horizon -dijo en tono llano-. Si quiere usted hablar con alguien, le sugiero que apriete el bot�n correspondiente.</p><p>Victor mir� hacia abajo. Uno de los cuatro botones estaba encendido, pero no apretado.</p><p>��Es usted muy astuto, se�or�</p><p>��Pitt, Dirk Pitt. Si es usted el teniente Victor, ten�amos una cita.</p><p>��Soy Victor. -Se interrumpi� para colgar el tel�fono-. Usted fue la primera persona que entr� en la cabina de mandos del dirigible <emphasis>Prosperteer, </emphasis>�no?</p><p>��Cierto.</p><p>��Gracias por venir, especialmente tan temprano y en domingo. Agradecer� su colaboraci�n para aclarar unas cuantas cuestiones.</p><p>��No hay de qu�. �Tardaremos mucho?</p><p>��Veinte minutos, tal vez media hora. �Tiene que ir a alguna parte?</p><p>��Tengo que tomar un avi�n para Washington dentro de dos horas.</p><p>Victor asinti� con la cabeza.</p><p>��Tendr� tiempo de sobra. -Abri� un caj�n y sac� un magnet�fono port�til-. Vayamos a un sitio m�s reservado.</p><p>Condujo a Pitt por un largo pasillo hacia un peque�o cuarto de interrogatorios. El interior era espartano; solamente una mesa, dos sillas y un cenicero. Victor se sent� e introdujo una cassete nueva en el magnet�fono.</p><p>���Le importa que registre nuestra conversaci�n? Tomando notas, soy terrible. Ninguna de las secretarias es capaz de descifrar mi escritura.</p><p>Pitt se encogi� cort�smente de hombros.</p><p>Victor puso la m�quina en el centro de la mesa y apret� el bot�n rojo.</p><p>���Su nombre?</p><p>��Dirk Pitt.</p><p>���Inicial intermedia?</p><p>��E, de Eric.</p><p>���Direcci�n?</p><p>��266 Airport Place, Washington, D.C. 2001.</p><p>���Un tel�fono al que pueda llamarle?</p><p>Pitt dio a Victor el n�mero de tel�fono de su oficina.</p><p>���Profesi�n?</p><p>��Director de proyectos especiales de la Agencia Mar�tima y Submarina Nacional (AMSN).</p><p>���Quiere describir lo que ocurri� la tarde del s�bado 20 de octubre?</p><p>Pitt cont� a Victor c�mo hab�a visto el dirigible fuera de control durante la regata marat�n de windsurfing; la loca carrera aferrado a la cuerda de amarre, y la captura a pocos metros de un posible desastre. Termin� con su entrada en la barquilla.</p><p>���Toc� algo?</p><p>��Solamente los interruptores de encendido y de las bater�as. Y apoy� la mano en el hombro del cad�ver sentado a la mesa ante el navegante.</p><p>���Nada m�s?</p><p>��El �nico otro sitio donde pude dejar una huella digital fue la escalerilla de embarque.</p><p>��Y en el respaldo del asiento del copiloto -dijo Victor, con una ir�nica sonrisa-. E, indudablemente, en los interruptores.</p><p>��Veo que se han dado prisa. La pr�xima vez me pondr� guantes de cirujano.</p><p>��El FBI se mostr� muy diligente.</p><p>��Admiro su eficacia.</p><p>���Se llev� usted algo?</p><p>Pitt mir� fijamente a Victor.</p><p>��No.</p><p>���Pudo entrar alguien m�s y llevarse alg�n objeto?</p><p>Pitt sacudi� la cabeza.</p><p>��Cuando yo me march�, los guardias de seguridad del hotel cerraron la barquilla. La primera persona que entr� despu�s fue un oficial de polic�a uniformado.</p><p>��Y entonces, �qu� hizo usted?</p><p>��Pagu� a uno de los empleados del hotel para que fuese a buscar mi tabla a vela. Ten�a una peque�a furgoneta y tuvo la amabilidad de llev�rmela a la casa donde me hospedaba con unos amigos.</p><p>���En Miami?</p><p>��Coral Gables.</p><p>���Puedo preguntarle qu� estaban haciendo en la ciudad?</p><p>��Termin� un proyecto de exploraci�n en el mar para la AMSN y decid� tomarme una semana de vacaciones.</p><p>���Reconoci� a alguno de los cad�veres?</p><p>��Ni por asomo. No habr�a podido identificar a mi propio padre en aquellas condiciones.</p><p>���Alguna idea de qui�nes pod�an ser?</p><p>��Presumo que uno de ellos era Raymond LeBaron.</p><p>���Se enter� de la desaparici�n del <emphasis>Prosperteer?</emphasis></p><p>��Los medios de comunicaci�n se ocuparon de ello en detalle. Solamente un recluso en un lugar remoto pudo no haberse enterado.</p><p>���Tiene alguna teor�a sobre d�nde permanecieron el dirigible y su tripulaci�n ocultos durante diez d�as?</p><p>��No tengo la menor pista.</p><p>���Ni siquiera una idea extravagante? -insisti� Victor.</p><p>��Podr�a ser un truco colosal de publicidad, una campa�a de prensa para promover el imperio editorial de LeBaron.</p><p>Victor le mir� con inter�s.</p><p>��Prosiga.</p><p>��O tal vez un plan ingenioso para jugar con las acciones del conglomerado Raymond LeBaron. Vende grandes paquetes de acciones antes de desaparecer y compra cuando los precios caen en picado. Y vende de nuevo cuando suben al conocerse su resurrecci�n.</p><p>���C�mo explica sus muertes?</p><p>��La intriga fracas�.</p><p>���Por qu�?</p><p>��Preg�ntelo al instructor.</p><p>��Se lo pregunto a usted.</p><p>��Probablemente comieron pescado en malas condiciones en la isla desierta donde se escondieron -dijo Pitt, cans�ndose del juego-. �C�mo puedo saberlo? Si quiere un argumento, contrate a un guionista.</p><p>El inter�s se extingui� en la mirada de Victor. Se retrep� en su silla y suspir�, desalentado.</p><p>��Por un momento pens� que podr�a decirme algo, alguna sorpresa que pudiese sacarnos, a m� y al departamento, del atolladero. Pero su teor�a ha quedado en nada, como todas las dem�s.</p><p>��No me sorprende en absoluto -dijo Pitt, con una sonrisa de indiferencia.</p><p>���C�mo pudo parar los motores a los pocos segundos de entrar en la cabina de mandos? -pregunt� Victor, recobrando el hilo del interrogatorio.</p><p>��Despu�s de pilotar veinte aviones diferentes durante mi servicio en las Fuerzas A�reas y en la vida civil, sab�a d�nde ten�a que mirar.</p><p>Victor pareci� satisfecho.</p><p>��Otra pregunta, se�or Pitt. Cuando vio por primera vez el dirigible, �de qu� direcci�n ven�a?</p><p>��Del nordeste, empujado por el viento.</p><p>Victor alarg� una mano y cerr� el magnet�fono.</p><p>��Creo que esto es suficiente. �Podr� hablar con usted si le llamo a su oficina durante el d�a?</p><p>��Si no estoy all�, mi secretaria sabr� d�nde encontrarme.</p><p>��Gracias por su ayuda.</p><p>��Temo que le servir� de poco -dijo Pitt.</p><p>��Tenemos que tirar de todos los hilos. Las presiones son grandes, ya que LeBaron era un personaje. Y �ste es el caso m�s misterioso con que jam�s se haya tropezado el departamento.</p><p>��No le envidio su trabajo. -Pitt mir� su reloj y se levant�-. Ser� mejor que vaya en seguida al aeropuerto.</p><p>Victor se puso en pie y le tendi� la mano sobre la mesa.</p><p>��Si sue�a en alguna otra intriga, se�or Pitt, tenga la bondad de llamarme. Siempre me interesan las buenas fantas�as.</p><p>Pitt se detuvo en el umbral y se volvi�, con una expresi�n de zorruno en su semblante.</p><p>���Quiere una pista, teniente? F�jese en �sta. Los dirigibles necesitan helio para elevarse. Una antigualla como el <emphasis>Prosperteer </emphasis>debi� necesitar siete mil metros c�bicos de gas para despegar. Al cabo de una semana, habr�a perdido el gas suficiente como para no poder mantenerse en el aire. �Me sigue?</p><p>��Depende de adonde quiera ir a parar.</p><p>��El dirigible no pod�a aparecer en Miami, a menos que una tripulaci�n experta y con los materiales necesarios lo hubiese inflado cuarenta y ocho horas antes.</p><p>Victor ten�a el aire de un hombre antes del bautismo.</p><p>���Qu� est� sugiriendo?</p><p>��Que busque una estaci�n de servicio complaciente en el vecindario, capaz de bombear siete mil metros c�bicos de helio.</p><p>Y Pitt sali� del pasillo y desapareci�.</p></section><section><title><p>7</p></title><p>��Odio las embarcaciones -gru�� Rooney-. No s� nadar, no puedo flotar y me mareo mirando por la ventanilla de una lavadora.</p><p>El sheriff Sweat le tendi� un Martini doble.</p><p>��Tome, esto le curar� de su obsesi�n.</p><p>Rooney mir� tristemente las aguas de la bah�a y bebi� la mitad de su vaso.</p><p>��Espero que no saldr� a altamar.</p><p>��No, ser� solamente un viaje de placer alrededor de la bah�a.</p><p>Sweat se agach� para entrar en la cabina de proa de su resplandeciente barca blanca de pesca y puso en marcha el motor. El turbo Diesel de 260 caballos se anim�. Los tubos de escape rugieron en la popa y la cubierta tembl� bajo sus pies. Entonces recogi� los cables anclados y apart� la barca del muelle, navegando en un laberinto de yates anclados en Biscayne Bay.</p><p>Cuando la proa rebas� las boyas del canal, Rooney necesitaba una segunda copa.</p><p>���D�nde guarda el t�nico?</p><p>��Abajo, en el camarote de delante. S�rvase usted mismo. Hay hielo en el casco met�lico de buzo.</p><p>Cuando volvi� Rooney, pregunt�:</p><p>���A qu� viene todo esto, Tyier? Hoy es domingo. No me habr� sacado de mi palco en medio de un buen partido de f�tbol para mostrarme Miami Beach desde el agua.</p><p>��La verdad es que o� decir que hab�a terminado su dictamen sobre los cad�veres del dirigible, la noche pasada.</p><p>��A las tres de esta ma�ana, para ser exacto.</p><p>��Pens� que tal vez querr�a decirme algo.</p><p>��Por el amor de Dios, Tyler, �tan urgente es que no pudo esperar hasta ma�ana por la ma�ana?</p><p>��Hace aproximadamente una hora, recib� una llamada telef�nica de un federal, desde Washington. -Sweat se interrumpi� para reducir un poco la velocidad-. Dijo que era una agencia de informaci�n de la que yo no hab�a o�do hablar jam�s. No le aburrir� cont�ndole sus agresivas palabras. Nunca he podido entender por qu� piensan todos los del Norte que pueden deslumbrar a los muchachos del Sur. La cuesti�n es que pidi� que entreguemos los cad�veres del dirigible a las autoridades federales.</p><p>���A qu� autoridades federales?</p><p>��No quiso nombrarlas. Su respuesta no pudo ser m�s vaga cuando se lo pregunt�.</p><p>Rooney se sinti� de pronto sumamente interesado.</p><p>���Dio alguna indicaci�n de por qu� quer�a los cad�veres?</p><p>��Afirm� que era un asunto secreto.</p><p>��Usted se neg�, naturalmente.</p><p>��Le dije que lo pensar�a.</p><p>El giro que tomaban las cosas, combinado con la ginebra, hizo que Rooney se olvidase de su miedo al agua. Empez� a fijarse en la esbelta l�nea de la embarcaci�n de fibra de vidrio. Era la segunda oficina del sheriff Sweat, ocasionalmente puesta en servicio como embarcaci�n auxiliar de la polic�a, pero empleada con m�s frecuencia para distraer a funcionarios del condado o del Estado en excursiones de pesca de fin de semana.</p><p>���C�mo se llama? -pregunt� Rooney.</p><p>���Qui�n?</p><p>��La barca.</p><p>��Oh, la <emphasis>Southern Comfort. </emphasis>Tiene treinta y cinco pies de eslora y navega a quince nudos. Fue construida en Australia por una empresa denominada Stebercraft.</p><p>��Volviendo al caso de LeBaron -dijo Rooney, sorbiendo su Martini-, �va a darse por vencido?</p><p>��Tentado estoy de hacerlo -dijo sonriendo Sweat-. Homicidios no ha encontrado todav�a una sola pista. Los medios de comunicaci�n lo est�n convirtiendo en un espect�culo circense. Todo el mundo, desde el gobernador para abajo, me est� apretando las clavijas. Y para colmo, existe todav�a la probabilidad de que el crimen no se hubiese cometido en territorio de mi jurisdicci�n. Pues s�, estoy tentado de cargarle el muerto a Washington. S�lo que soy lo bastante terco como para pensar que podemos encontrar nosotros la soluci�n de este l�o.</p><p>��Est� bien, �qu� quiere de m�?</p><p>El sheriff se volvi� del tim�n y le mir� fijamente.</p><p>��Quiero que me diga lo que ha escrito en su dictamen.</p><p>��Lo que he descubierto ha aumentado el enigma.</p><p>Una barquita de vela con cuatro adolescentes pas� por delante de su proa; Sweat redujo la marcha y la dej� pasar.</p><p>��D�game lo que es.</p><p>��Empecemos al rev�s; por el final y sigamos hacia atr�s. �Le parece bien?</p><p>��Adelante.</p><p>��Esto me sac� de quicio al principio. Sobre todo porque no lo esperaba. Tuve un caso parecido hace quince a�os. El cad�ver de una mujer fue descubierto sentado en el jard�n de su casa. Su marido declar� que hab�an estado bebiendo la noche anterior y que �l se hab�a ido a la cama solo, pensando que ella le seguir�a. Cuando se despert� por la ma�ana y la busc�, la encontr� sentada donde la hab�a dejado; s�lo que ahora estaba muerta. Ten�a todo el aspecto de una muerte natural, no hab�a se�ales de violencia ni rastros de veneno, solamente una cantidad importante de alcohol. Los �rganos parec�an estar bastante sanos. No hab�a indicios de enfermedades o dolencias anteriores. Para una mujer de cuarenta a�os, ten�a el cuerpo de una joven de veinte. Me puso en un aprieto. Despu�s empezaron a juntarse las piezas del rompecabezas. La lividez cadav�rica, decoloraci�n de la piel causada por el efecto de la gravedad sobre la sangre, es generalmente purp�rea. Su lividez era la de un rosa de cereza, cosa que indicaba una muerte por intoxicaci�n de cianuro o de mon�xido de carbono o por hipotermia. Tambi�n descubr� una hemorragia en el p�ncreas. A trav�s de un proceso de eliminaci�n, descart� las dos primeras hip�tesis. El �ltimo clavo del ata�d fue el trabajo del marido. La prueba no era exactamente irrebatible, pero fue suficiente para que el juez condenase al marido a cincuenta a�os de prisi�n.</p><p>���En qu� trabajaba el marido? -pregunt� Sweat.</p><p>��Conduc�a un cami�n de una empresa de productos congelados. El plan era perfecto. La atiborr� de alcohol hasta que perdi� el conocimiento. La meti� en el cami�n, que siempre tra�a a casa por la noche y los fines de semana; puso en marcha la refrigeraci�n y esper� a que ella se endureciese. Cuando la pobre mujer hubo expirado, volvi� a ponerla en la silla del jard�n y se fue a la cama.</p><p>Sweat le mir� sin comprender.</p><p>��No me estar� diciendo que los cad�veres encontrados en el dirigible eran de hombres que murieron congelados.</p><p>��Exactamente eso.</p><p>���No estar� equivocado?</p><p>��En una escala de certidumbre de uno a diez, puedo prometerle un ocho.</p><p>���Se da cuenta de c�mo suena esto?</p><p>��Supongo que a locura.</p><p>���Desaparecen tres hombres en el Caribe, a una temperatura de treinta grados, y mueren por congelaci�n? -pregunt� Sweat, a nadie en particular-. Nunca conseguiremos probarlo, doctor. No, si no encontramos un cami�n de productos congelados.</p><p>��En todo caso, no tenemos nada en que apoyarnos.</p><p>���Qu� quiere decir?</p><p>��Ha llegado el informe del FBI. La identificaci�n de Jessie LeBaron ha pesado mucho. No es su marido el que est� en el dep�sito de cad�veres. Los otros dos tampoco son Buck Caesar ni Joseph Cavilla.</p><p>��Dios m�o, �y qu� m�s? � gimi� Sweat-. �Qui�nes son?</p><p>��Sus huellas dactilares no figuran en los archivos del FBI. Lo m�s probable es que fuesen extranjeros.</p><p>���Encontr� algo que pueda dar una pista sobre su identidad?</p><p>��Puedo decirle su estatura y su peso. Puedo mostrarle radiograf�as de sus dientes y de antiguas fracturas de huesos. El estado del h�gado sugiri� que los tres eran fuertes bebedores. Los pulmones revelaron que eran fumadores, y los dientes y las puntas de los dedos, que fumaban cigarrillos sin filtro. Tambi�n eran comilones. Su �ltima comida fue de pan moreno y zanahorias. Dos de ellos ten�an poco m�s de treinta a�os. El otro, cuarenta o algo m�s. Sus condiciones f�sicas eran superiores a lo normal. Aparte de esto, puedo decirle muy poco que pueda contribuir a su identificaci�n.</p><p>��Ya es algo, para empezar.</p><p>��Pero todav�a nos enfrentamos con la desaparici�n de LeBaron y Caesar y Cavilla.</p><p>Antes de que Sweat pudiese replicar, una voz femenina son� ronca en la radio de la barca. Sweat respondi� y, siguiendo instrucciones, puso otro canal.</p><p>��Disculpe la interrupci�n -dijo a Rooney-. Acabo de recibir una llamada de urgencia desde tierra.</p><p>Rooney asinti� con la cabeza, se dirigi� al camarote de proa y se sirvi� otra copa. Un calor delicioso circul� por su cuerpo. Esper� unos momentos. Cuando volvi� a subir a la cubierta y a la caseta del tim�n, Sweat estaba colgando el tel�fono y ten�a el rostro enrojecido por la c�lera.</p><p>���Malditos bastardos! -silb�.</p><p>���Cu�l es el problema?</p><p>��Se los han llevado -dijo Sweat, golpeando el tim�n con el pu�o-. Los malditos federales entraron en el dep�sito y se llevaron los cad�veres del dirigible.</p><p>��Pero hay que seguir el procedimiento legal -protest� Rooney.</p><p>��Seis hombres de paisano y dos agentes federales se presentaron con los papeles necesarios, metieron los cad�veres en tres cajas de aluminio llenas de hielo y se los llevaron en un helic�ptero de la Marina de los Estados Unidos.</p><p>���Cu�ndo ha sido esto?</p><p>��Hace menos de diez minutos. Harry Victor, el principal investigador del caso, dice que tambi�n desvalijaron la mesa de su oficina en Homicidios, cuando estaba en el retrete, y se llevaron lo que quisieron de su archivo.</p><p>���Y mi dictamen de autopsia?</p><p>��Se lo llevaron tambi�n.</p><p>La ginebra hab�a puesto a Rooney en un estado euf�rico.</p><p>��Bueno, t�meselo bien. Les han sacado del atolladero, a usted y al departamento.</p><p>La c�lera de Sweat se fue aplacando lentamente.</p><p>��No puedo negar que me han hecho un favor, pero son sus m�todos los que me joden.</p><p>��Hay un peque�o consuelo -murmur� Rooney. Empezaba a costarle mantenerse en pie-. El T�o Sam no se lo ha llevado todo.</p><p>���Como qu�?</p><p>��Omit� algo en mi dictamen. Un resultado de laboratorio que se prestaba demasiado a controversias para consignarlo por escrito, que era demasiado estrafalario para mencionarlo como no fuese en una casa solitaria.</p><p>���De qu� est� hablando? -pregunt� Sweat.</p><p>��De la causa de la muerte.</p><p>��Dijo usted hipotermia.</p><p>��Cierto, pero me dej� la parte mejor. Mire, olvid� consignar la fecha de la muerte.</p><p>El lenguaje de Rooney empezaba a ser estropajoso.</p><p>��S�lo pudo producirse dentro de los �ltimos d�as.</p><p>���Oh, no! A esos pobres hombres se les congelaron las tripas hace mucho tiempo.</p><p>���Cu�nto?</p><p>��Hace uno o dos a�os.</p><p>El sheriff Sweat se qued� mirando fijamente a Rooney, con incredulidad. Pero el forense sigui� sonriendo, como una hiena. Y todav�a sonre�a cuando se dobl� sobre la borda y vomit�.</p></section><section><title><p>8</p></title><p>La casa de Dirk Pitt no estaba en una calle de un barrio elegante ni en un alto edificio con vistas a las enmara�adas copas de los �rboles de Washington. No ten�a jard�n ni vecinos con ni�os llorones y perros ladradores. Su casa no era una casa, sino un viejo hangar situado junto al Aeropuerto Internacional de la capital.</p><p>Desde fuera, parec�a desierto. El edificio estaba rodeado de hierbajos y sus paredes eran de hierro ondulado, deterioradas por la acci�n del tiempo y sin pintar. El �nico indicio que suger�a remotamente la posibilidad de alg�n ocupante era una hilera de ventanas debajo del borde del techo abovedado. Aunque estaban sucias y cubiertas de polvo, ninguna estaba rota, como suelen estarlo las de un almac�n abandonado.</p><p>Pitt dio las gracias al empleado del aeropuerto que le hab�a tra�do en coche desde la zona terminal. Mirando a su alrededor, para asegurarse de no ser observado, sac� un peque�o transmisor del bolsillo de su chaqueta y dio una serie de �rdenes que desconectaron los sistemas de alarma y abrieron una puerta lateral que parec�a no haber girado sobre sus goznes en treinta a�os.</p><p>Entr� y pis� un suelo liso de hormig�n en el que hab�a casi tres docenas de resplandecientes autom�viles cl�sicos, un aeroplano antiguo y un vag�n de ferrocarril de principios de siglo. Se detuvo y contempl� amorosamente el chasis de un Talbot-Lago franc�s deportivo que estaba en una fase temprana de reconstrucci�n. El coche hab�a sido casi totalmente destruido en una explosi�n, y �l estaba resuelto a restaurar los retorcidos restos y darles su anterior belleza y su antigua elegancia.</p><p>Subi� la maleta y la bolsa de mano por la escalera de caracol de su apartamento, instalado contra la pared del fondo del hangar. Su reloj marcaba las dos y cuarto de la tarde, pero, corporal y mentalmente, ten�a la impresi�n de que era cerca de la medianoche. Despu�s de deshacer su equipaje, decidi� pasar un par de horas trabajando en el Talbot-Lago y tomar una ducha despu�s. Se hab�a puesto ya el mono cuando un fuerte timbrazo reson� en el hangar. Sac� un tel�fono inal�mbrico de un bolsillo.</p><p>��Diga.</p><p>��El se�or Pitt, por favor -dijo una voz femenina.</p><p>��Yo mismo.</p><p>��Un momento.</p><p>Despu�s de esperar casi dos minutos, Pitt cort� la comunicaci�n y empez� a reconstruir el delco del Talbot. Pasaron otros cinco minutos antes de que volviese a sonar el timbre. Abri� la comunicaci�n y no dijo nada.</p><p>���Est� todav�a ah�, se�or? -pregunt� la misma voz.</p><p>��S� -respondi� Pitt con indiferencia, sujetando el tel�fono entre el hombro y la oreja mientras segu�a trabajando con las manos.</p><p>��Soy Sandra Cabot, la secretaria personal de la se�ora Jessie LeBaron. �Estoy hablando con Dirk Pitt?</p><p>A Pitt le disgustaban las personas que no pod�an hacer personalmente sus llamadas telef�nicas.</p><p>��As� es.</p><p>��La se�ora LeBaron desea entrevistarse con usted. �Puede venir a verla a las cuatro?</p><p>��Se est� pasando, �no?</p><p>���C�mo dice?</p><p>��Lo siento, se�orita Cabot, pero tengo que cuidar a un coche enfermo. Tal vez si la se�ora LeBaron pasara por mi casa, podr�amos hablar.</p><p>��Temo que esto no es posible. Celebra un c�ctel formal a una hora m�s avanzada de la tarde, y asistir� el Secretario de Estado. No puede salir de aqu�.</p><p>��Entonces, ser� otro d�a.</p><p>Hubo un helado silencio; despu�s, se oy� la voz de la se�orita Cabot:</p><p>��No lo entiende.</p><p>��Tiene raz�n, no lo entiendo.</p><p>���No le dice nada el nombre LeBaron?</p><p>��No m�s que Shagnasty, Quagmire o Smith -minti� maliciosamente Pitt.</p><p>Ella pareci� desconcertada durante un momento.</p><p>��El se�or LeBaron�</p><p>��Dej�monos de juegos -le interrumpi� Pitt-. Conozco perfectamente la fama de Raymond LeBaron. Y ahorraremos tiempo si le digo que nada tengo que a�adir al misterio que rodea su desaparici�n y su muerte. D�gale a la se�ora LeBaron que le doy mi m�s sentido p�same. Es cuanto puedo ofrecerle.</p><p>La Cabot respir� hondo.</p><p>��Por favor, se�or Pitt, s� que ella agradecer�a mucho que viniese a verla.</p><p>Pitt casi pudo ver que pronunciaba las palabras �por favor� con los dientes apretados.</p><p>��Est� bien -dijo-. Supongo que podr� arreglarme. �Cu�l es la direcci�n?</p><p>El tono de ella recobr� inmediatamente su arrogancia.</p><p>��Enviar� el ch�fer a recogerle.</p><p>��Si le da lo mismo, preferir�a ir en mi propio coche. Las limusinas me dan claustrofobia.</p><p>��Si insiste� -dijo secamente ella-. Encontrar� la casa al final de Beacon Drive, en Great Falls States.</p><p>��Consultar� el plano de la ciudad.</p><p>��A prop�sito, �qu� clase de coche tiene?</p><p>���Por qu� quiere saberlo?</p><p>��Para informar al guardi�n de la puerta.</p><p>Pitt vacil� y mir� a trav�s del hangar hacia un coche aparcado junto a la puerta principal.</p><p>��Un viejo descapotable.</p><p>���Viejo?</p><p>��S�, de 1951.</p><p>��Entonces tenga la bondad de aparcar en la zona destinada a la servidumbre. Est� a la derecha subiendo por el paseo.</p><p>���No le da verg�enza su manera de dar �rdenes a la gente?</p><p>��No tengo nada de que avergonzarme, se�or Pitt. Le esperamos a las cuatro.</p><p>���Habr�n acabado conmigo antes de que lleguen los invitados? -pregunt� Pitt, en tono sarc�stico-. No quisiera molestar a nadie con la vista de mi viejo cacharro.</p><p>��No se preocupe -replic� obstinadamente ella-. La fiesta no empieza hasta las ocho. Adi�s.</p><p>Cuando Sandra Cabot hubo colgado, Pitt se acerc� al convertible y lo mir� durante unos momentos. Levant� las tablas de debajo del asiento de atr�s y conect� los cables de un cargador de bater�a. Despu�s volvi� al Talbot-Lago y reemprendi� su trabajo donde lo hab�a dejado.</p><empty-line/><p>Exactamente a las ocho y media, el guardi�n de la puerta principal de la finca de LeBaron salud� a una joven pareja que llegaba en un Ferrari amarillo, comprob� sus nombres en la lista de invitados y les hizo adem�n de que pasaran. Despu�s lleg� un Chrysler en el que iban el primer consejero del presidente, Daniel Fawcett, y su esposa.</p><p>El guardi�n estaba inmunizado contra los coches ex�ticos y sus c�lebres ocupantes. Levant� las manos sobre la cabeza y se estir� y bostez�. Entonces, sus manos se inmovilizaron en el aire y su boca se cerr� de golpe al contemplar el coche m�s grande que jam�s hab�a visto.</p><p>Era un verdadero monstruo, que med�a m�s de siete metros desde el parachoques delantero hasta el de atr�s, y deb�a pesar m�s de tres toneladas. El cap� y las puertas eran de un gris de plata, y los guardabarros, de un marr�n met�lico. Era un descapotable, pero la capota se perd�a completamente de vista cuando estaba plegada. Las l�neas de la carrocer�a eran delicadas y elegantes en extremo, un ejemplo de la inmaculada artesan�a raras veces igualada.</p><p>���Menudo coche! -dijo al fin el guardi�n-. �Qu� es?</p><p>��Un Daimler -respondi� Pitt.</p><p>��Parece ingl�s.</p><p>��Lo es.</p><p>El guardi�n sacudi� la cabeza, admirado, y mir� la lista de invitados.</p><p>��Su nombre, por favor.</p><p>��Pitt.</p><p>��No lo encuentro en la lista. �Tiene usted invitaci�n?</p><p>��La se�ora LeBaron y yo ten�amos una cita a hora m�s temprana.</p><p>El guardi�n entr� en la caseta y consult� un bloc.</p><p>��S�, se�or, su cita era para las cuatro.</p><p>��Cuando telefone� para decir que se me hab�a hecho tarde, la se�ora dijo que me uniese a la fiesta.</p><p>��Bueno, ya que ella le esperaba -dijo el guardi�n, todav�a absorto en el Daimler-, creo que todo est� en orden. Que se divierta.</p><p>Pitt asinti� con la cabeza para darle las gracias y el enorme autom�vil subi� sin ruido por el serpenteante paseo hasta la residencia de LeBaron. El edificio principal estaba emplazado en un mont�culo que dominaba una pista de tenis y una piscina. La arquitectura era la corriente en aquel sector: una casa de estilo colonial, de tres pisos, de ladrillo, con una serie de columnas blancas sosteniendo el techo de un largo porche frontal, y con las alas extendi�ndose a ambos lados. A la derecha, un bosquecillo de pinos ocultaba una cochera y un garaje debajo de ella, y Pitt presumi� que eran las dependencias de la servidumbre. En el lado opuesto y a la izquierda de la mansi�n, hab�a un gran edificio acristalado, iluminado por ara�as que pend�an del techo. Plantas y arbustos ex�ticos florec�an alrededor de veinte o m�s mesas, mientras una orquestina tocaba en un tablado detr�s de una cascada. Pitt se qued� impresionado. Era el perfecto escenario de fiesta para una animada velada en octubre. Raymond LeBaron era famoso por su originalidad. Pitt detuvo el Daimler delante de la entrada del invernadero, donde un criado con librea, encargado del aparcamiento, se qued� mirando con la pasmada expresi�n de un carpintero ante una secoya.</p><p>Mientras sal�a de detr�s del volante y se arreglaba la chaqueta del smoking, Pitt advirti� que empezaba a formarse detr�s de la pared transparente un grupo de personas que se�alaba el coche y gesticulaban. Dio instrucciones al criado sobre el cambio de marchas y entr� por la puerta cristalera. La orquesta estaba tocando temas de John Barry. Una mujer elegantemente vestida, a la �ltima moda, recib�a detr�s de la entrada a los invitados.</p><p>No le cupo duda de que era Jessie LeBaron, Porte fr�o, encarnaci�n de la gracia y del estilo, prueba viviente de que las mujeres pueden ser hermosas despu�s de los cincuenta a�os. Llevaba una brillante t�nica verde y plata, adornada con abalorios, sobre una falda larga y ce�ida de terciopelo.</p><p>Pitt se acerc� y le hizo una breve reverencia.</p><p>��Buenas noches -dijo, con su sonrisa m�s seductora.</p><p>���Qu� es ese coche tan sensacional? -pregunt� Jessie, mirando a trav�s de la puerta de cristales.</p><p>��Un Daimler con motor de ocho cilindros y carrocer�a Hooper.</p><p>Ella sonri� amablemente y le tendi� la mano.</p><p>��Gracias por venir, se�or� -Vacil�, mir�ndole con curiosidad-. Disc�lpeme, pero no lo recuerdo.</p><p>��Es que nunca nos hab�amos visto -dijo �l, admirando la voz gutural y casi ronca de aquella mujer, que ten�a adem�s un matiz sensual-. Me llamo Pitt. Dirk Pitt.</p><p>Los ojos oscuros de Jessie miraron a Pitt de un modo peculiar.</p><p>��Llega con cuatro horas y media de retraso, se�or Pitt. �Se ha demorado por alg�n accidente?</p><p>��No he sufrido ning�n accidente, se�ora LeBaron. Calcul� minuciosamente el momento de mi llegada.</p><p>��No fue invitado a la fiesta -dijo suavemente ella-. Por consiguiente, tendr� que marcharse.</p><p>��Es una l�stima -dijo tristemente Pitt-. Raras veces tengo ocasi�n de lucir mi smoking.</p><p>La c�lera se pint� en el semblante de Jessie. Se volvi� a una mujer muy estirada y de gruesas gafas que estaba en pie, un poco detr�s de ella, y que Pitt presumi� que era su secretaria, Sandra Cabot.</p><p>��Busque a Angelo y d�gale que acompa�e a este caballero.</p><p>Los ojos verdes de Pitt brillaron maliciosamente.</p><p>��Parece que tengo el don de despertar mala voluntad. �Quiere que me vaya de forma pac�fica o que provoque una escena desagradable?</p><p>��Creo que pac�ficamente es lo mejor.</p><p>��Entonces, �por qu� me pidi� que viniese a verla?</p><p>��Para un asunto referente a mi marido.</p><p>��Yo no lo conoc�a en absoluto. Nada puedo decirle sobre su muerte que usted no sepa ya.</p><p>��Raymond no ha muerto -dijo rotundamente ella.</p><p>��Entonces lo fingi� muy bien cuando le vi en el dirigible.</p><p>��No era �l.</p><p>Pitt la mir� esc�pticamente y no dijo nada.</p><p>��No me cree, �verdad?</p><p>��En realidad, me da lo mismo.</p><p>��Esperaba que me ayudar�a.</p><p>��Tiene usted una manera muy extra�a de pedir favores.</p><p>���sta es una cena formal de una asociaci�n ben�fica, se�or Pitt. Estar�a usted fuera de lugar. Ya fijaremos una hora para vernos ma�ana.</p><p>Pitt decidi� que no val�a la pena encolerizarse.</p><p>���Qu� estaba haciendo su marido cuando desapareci�? -pregunt� de pronto.</p><p>��Buscaba el tesoro de El Dorado -respondi� ella, mirando nerviosamente a su alrededor y a los invitados-. Cre�a que se hab�a hundido con un barco llamado <emphasis>Cyclops.</emphasis></p><p>Antes de que Pitt pudiese hacer ning�n comentario, volvi� Cabot con Angelo, el ch�fer cubano.</p><p>��Adi�s, se�or Pitt -dijo Jessie, despidi�ndole y volvi�ndose para saludar a una pareja de reci�n llegados.</p><p>Pitt se encogi� de hombros y ofreci� el brazo a Angelo.</p><p>��Demos a esto un aire oficial. �cheme. -Se volvi� hacia Jessie-. Una �ltima cosa, se�ora LeBaron. No me gusta que me traten desconsideradamente. No se moleste en llamarme de nuevo; jam�s.</p><p>Entonces dej� que Angelo le acompa�ase fuera del invernadero y hasta el paseo donde estaba esperando el Daimler. Jessie se qued� mirando hasta que el gran autom�vil desapareci� en la noche. Despu�s se reuni� con sus invitados.</p><p>Douglas Oates, el secretario de Estado, interrumpi� la conversaci�n que sosten�a con el consejero presidencial Daniel Fawcett, al verla acercarse.</p><p>��Una fiesta espl�ndida, Jessie.</p><p>��Ciertamente -corrobor� Fawcett-. Nadie en Washington podr�a preparar mejor un banquete.</p><p>Los ojos de Jessie resplandecieron y sus labios gordezuelos se curvaron en una c�lida sonrisa.</p><p>��Gracias, caballeros.</p><p>Oates se�al� con la cabeza hacia la puerta.</p><p>���He estado viendo visiones, o han echado a la calle a Dirk Pitt?</p><p>Jessie mir� a Oates, sin comprender.</p><p>���Le conoce? -pregunt�, sorprendida.</p><p>��Desde luego. Pitt es el n�mero dos de la AMSN. Es el hombre que puso a flote el <emphasis>Titanic </emphasis>para el Departamento de Defensa.</p><p>��Y salv� la vida al presidente en Louisiana -a�adi� Fawcett.</p><p>Jessie palideci� visiblemente.</p><p>��No ten�a la menor idea.</p><p>��Espero que no le habr� encolerizado -dijo Oates.</p><p>��Tal vez <emphasis>he sido </emphasis>un poco grosera -reconoci� ella.</p><p>���No est� interesada en hacer sondeos en busca de petr�leo en el mar, al sur de San Diego?</p><p>��S�. Los estudios geol�gicos indican que hay all� un vasto campo sin explotar. Una de nuestras compa��as tiene una opci�n para adquirir los derechos de sondeo. �Por qu� lo pregunta?</p><p>���No sabe qui�n preside el comit� del Senado sobre explotaci�n del petr�leo en tierras de dominio p�blico?</p><p>��Claro, es�</p><p>La voz de Jessie se extingui�, y desapareci� su aplomo.</p><p>��El padre de Dirk -termin� Oates-. El senador George Pitt, de California. Sin su respaldo y el benepl�cito de la AMSN sobre cuestiones de medio ambiente, me parece dif�cil que consiga los derechos de sondeo.</p><p>��Parece -dijo ir�nicamente Fawcett- que la opci�n de su compa��a ha dejado de existir.</p></section><section><title><p>9</p></title><p>Treinta minutos m�s tarde, Pitt meti� el Daimler en su plaza de aparcamiento delante del alto edificio encristalado donde se hallaba la sede de la AMSN. Firm� en el registro de seguridad y tom� el ascensor hasta la d�cima planta. Cuando se abrieron las puertas, sali� a un vasto laberinto electr�nico, que comprend�a la red de comunicaciones y de informaci�n de la agencia de la Marina.</p><p>Hiram Yaeger mir� desde detr�s de una mesa en forma de herradura, cuya superficie quedaba oculta debajo de un revoltijo de �hardware� de ordenador, y sonri�.</p><p>��Hola, Dirk. �Vestido de etiqueta, y no tienes adonde ir?</p><p>��La anfitriona decidi� que era una persona <emphasis>non grata </emphasis>y me ech� a la calle.</p><p>���La conozco?</p><p>Ahora ru� Pitt quien sonri�. Mir� a Yaeger. El mago de los ordenadores era un vivo recuerdo de los d�as hippies de principios de los setenta. Llevaba los cabellos rubios largos y atados en cola de caballo, y la barba de enmara�ados rizos sin recortar. Su uniforme de trabajo y de juego era una chaqueta Levi's y unos pantalones remetidos en toscas botas de cowboy.</p><p>��No puedo imaginarme a Jessie LeBaron y t� movi�ndoos en los mismos c�rculos sociales -dijo Pitt.</p><p>Yaeger lanz� un grave silbido.</p><p>���Te ech� a patadas un mat�n de Jessie LeBaron? Hombre, eres una especie de h�roe de los oprimidos.</p><p>���Est�s de humor para una excavaci�n?</p><p>���Sobre ella?</p><p>��Sobre �l.</p><p>���Su marido? �El que desapareci�?</p><p>��Raymond LeBaron.</p><p>���Otra operaci�n al margen de lo habitual?</p><p>��Ll�malo como quieras.</p><p>��Dirk -dijo Yaeger, mirando por encima de sus anticuadas gafas-, eres un bastardo entremetido, pero te aprecio. Me contrataron para construir una red de inform�tica de primera clase y llenar un archivo sobre ciencia e historia mar�timas, pero cada vez que me descuido compareces t�, queriendo que emplee mis creaciones para prop�sitos oscuros. �Por qu� lo aguanto? Te dir� la raz�n. La rater�a fluye m�s de prisa por mis venas que por las tuyas. Y ahora dime, �tengo que cavar muy hondo?</p><p>��Hasta su pasado m�s remoto. De d�nde vino. Cu�l fue la base econ�mica de su imperio.</p><p>��Raymond LeBaron era muy reservado en lo tocante a su vida privada. Debi� borrar las pistas.</p><p>��Lo comprendo, pero no ser� la primera vez que sacas un esqueleto del armario.</p><p>Yaeger asinti� reflexivamente con la cabeza.</p><p>��S�, la familia Bougainville de navieros, hace unos meses. Una linda travesura, si quieres llamarlo as�.</p><p>��Otra cosa.</p><p>��Dime cu�l.</p><p>��Un barco llamado <emphasis>Cyclops. </emphasis>�Podr�as averiguar su historia?</p><p>��Desde luego. �Algo m�s?</p><p>��Creo que esto ser� suficiente -respondi� Pitt.</p><p>Yaeger le mir� fijamente.</p><p>���De qu� se trata esta vez, viejo amigo? No puedo creer que vayas detr�s de los LeBaron porque te echaron de una fiesta de sociedad. F�jate en m�; me han echado de los lugares m�s s�rdidos de la ciudad. Y lo acepto.</p><p>Pitt se ech� a re�r.</p><p>��No se trata de ninguna venganza. Simple curiosidad. Jessie LeBaron dijo algo que me choc� sobre la desaparici�n de su marido.</p><p>��Lo le� en el <emphasis>Washington Post. </emphasis>Hab�a un p�rrafo que te mencionaba como el h�roe del d�a, por haber salvado el dirigible de LeBaron con tu truco de la cuerda y la palmera. Entonces, �cu�l es el problema?</p><p>��Ella afirm� que su marido no estaba entre los muertos que encontr� en la cabina de mandos.</p><p>Yaeger guard� un momento de silencio, con expresi�n perpleja.</p><p>��No tiene sentido -dijo-. Si el viejo LeBaron se elev� en aquella bolsa de gas, lo l�gico es que estuviese todav�a en ella cuando reapareci�.</p><p>��No, seg�n su desconsolada esposa.</p><p>���Crees que persigue alg�n objetivo, financiero o por cuesti�n de alg�n seguro?</p><p>��Tal vez s�, tal vez no. Pero existe la posibilidad de que se pida a la AMSN que contribuya a la investigaci�n, ya que el misterio se produjo sobre el mar.</p><p>��Y nosotros estaremos ya en la primera base.</p><p>��Algo as�.</p><p>���Y qu� tiene que ver el <emphasis>Cyclops </emphasis>con esto?</p><p>��Ella me dijo que LeBaron lo estaba buscando cuando desapareci�.</p><p>Yaeger se levant� de su silla.</p><p>��Est� bien, pongamos manos a la obra. Mientras yo trazo un programa de investigaci�n, estudia t� lo que tenemos sobre el barco en nuestros archivos.</p><p>Condujo a Pitt a un peque�o sal�n de proyecciones, con un gran monitor montado en la pared del fondo, y le hizo se�as para que se sentase detr�s de una consola donde hab�a un teclado de ordenador. Despu�s se inclin� sobre Pitt y puls� una serie de teclas.</p><p>��Instalamos un nuevo sistema la semana pasada. La terminal est� conectada con un sintetizador de voces.</p><p>���Un ordenador parlante? -dijo Pitt.</p><p>��S�, puede asimilar m�s de diez mil �rdenes verbales, dar la respuesta adecuada y, en realidad, seguir una conversaci�n. La voz suena un poco extra�a, parecida a la de Hal, el ordenador gigante de la pel�cula <emphasis>2001. </emphasis>Pero uno se acostumbra a ello. Le llamamos �Esperanza�.</p><p>����Esperanza�?</p><p>��S�, porque <emphasis>esperamos </emphasis>que nos d� las respuestas adecuadas.</p><p>��Es curioso.</p><p>��Si necesitas ayuda, estar� en la terminal principal. No tienes m�s que descolgar el tel�fono y marcar cuatro-siete.</p><p>Pitt mir� la pantalla. Era de un gris azulado. Tom� cautelosamente un micr�fono y habl� por �l.</p><p>��Esperanza, me llamo Dirk. �Est�s dispuesta a realizar una b�squeda para m�?</p><p>Se sinti� como un idiota. Aquello era como hablar a un �rbol y esperar que respondiese.</p><p>��Hola, Dirk -respondi� una voz vagamente femenina que son� como si saliese de una arm�nica-. Estoy a su disposici�n.</p><p>Pitt respir� hondo y se lanz� de cabeza.</p><p>��Esperanza, quisiera que me hablases de un barco llamado <emphasis>Cyclops.</emphasis></p><p>Hubo una pausa de cinco segundos; despu�s, dijo el ordenador:</p><p>��Tendr� que concretar m�s. Mis discos de memoria contienen datos referentes a cinco barcos diferentes llamados <emphasis>Cyclops.</emphasis></p><p>��Es el �nico que llevaba un tesoro a bordo.</p><p>��Lo siento, pero no consta ning�n tesoro en sus manifiestos.</p><p><emphasis>�Lo siento? </emphasis>Pitt todav�a no pod�a creer que estaba conversando con una m�quina.</p><p>��Si puedo hacer una breve digresi�n, Esperanza, te dir� que eres un ordenador muy inteligente y muy simp�tico.</p><p>��Gracias por el cumplido, Dirk. Por si le interesa, tambi�n puedo producir efectos de sonido, imitar an�males, cantar, aunque no demasiado bien, y pronunciar �supercalifragil�sticoexpialidoso�, aunque no he sido programada para dar su definici�n exacta. �Quiere que la pronuncie al rev�s?</p><p>Pitt se ech� a re�r.</p><p>��Otro d�a. Volviendo al <emphasis>Cyclops, </emphasis>el que me interesa se hundi� probablemente en el Caribe.</p><p>��Esto reduce el n�mero a dos. Un peque�o vapor que encall� en Montego Bay, Jamaica, el 5 de mayo de 1968, y un carbonero de la Marina de los Estados Unidos, que se perdi� sin dejar rastro, entre el 5 y el 10 de marzo de 1918.</p><p>Raymond LeBaron no hubiese volado en busca de un barco encallado, s�lo veinte a�os atr�s, en un puerto de mucho tr�fico, razon� Pitt. Entonces record� el carbonero de la Marina. Su p�rdida fue considerada como uno de los grandes misterios del m�tico Tri�ngulo de las Bermudas.</p><p>��Hablemos del barco carbonero -dijo Pitt.</p><p>��Si quiere que imprima los datos para usted, Dirk, pulse el bot�n de control de su teclado y las letras PT. Tambi�n, si observa la pantalla, puedo proyectar todas las fotos disponibles.</p><p>Pitt sigui� las instrucciones y la m�quina empez� a funcionar. Fiel a su palabra, Esperanza proyect� una imagen del <emphasis>Cyclops </emphasis>anclado en un puerto an�nimo.</p><p>Aunque el casco era estrecho, con su anticuada proa recta y su popa en graciosa curva de copa de champa�a, su superestructura ten�a el aspecto de un juego de construcci�n de un ni�o que se hubiese vuelto loco. Un laberinto de gr�as, unidas por una telara�a de cables y sujetas con altos soportes, se alzaba en mitad de la cubierta como un bosque muerto. Una larga camareta se alzaba en la parte de popa del barco, sobre la sala de m�quinas, rematado el techo por dos chimeneas gemelas y varios altos ventiladores. En la parte de proa, la caseta del tim�n se levantaba sobre la cubierta como un tocador de cuatro patas, perforada por una hilera de ojos de buey y abierta por debajo. Dos altos m�stiles con un travesa�o surg�an de un puente que habr�a podido pasar por una meta de rugby. En conjunto, parec�a un barco tosco, un patito feo que no hab�a llegado a convertirse en cisne.</p><p>Tambi�n hab�a en �l algo misterioso. Al principio, Pitt no pudo dar con ello, pero despu�s lo comprendi� de pronto: extra�amente, no se ve�a ning�n tripulante sobre cubierta. Era como si el barco hubiese sido abandonado.</p><p>Pitt se volvi� y observ� la impresi�n de los datos de la nave:</p><p>Botadura: 7 mayo 1910 por William Cramp &amp; Sons Shipbuilders, Filadelfia.</p><p>Tonelaje: 19.360 de desplazamiento. Eslora: 180 metros (en realidad m�s largo que los buques de guerra de su tiempo). Manga: 20 metros. Calado: 9 metros 30 cent�metros.</p><p>Velocidad: 15 nudos (3 nudos m�s veloz que los barcos Liberty de la Segunda Guerra Mundial). Armamento: Cuatro ca�ones de 4 pulgadas. Tripulaci�n: 246. Capit�n: G. W. Worley, Servicio Auxiliar Naval.</p><p>Pitt observ� que Worley hab�a sido capit�n del <emphasis>Cyclops </emphasis>desde que entr� en servicio hasta que desapareci�. Se retrep� en su silla, reflexionando mientras estudiaba la imagen del barco.</p><p>���Tienes otras fotograf�as de �l? -pregunt� a Esperanza.</p><p>��Tres desde el mismo �ngulo, una de la popa y cuatro de la tripulaci�n.</p><p>��Echemos un vistazo a la tripulaci�n.</p><p>La pantalla se oscureci� un momento y pronto apareci� la imagen de un hombre, de pie junto a la barandilla de un barco y asiendo de la mano a una ni�a peque�a.</p><p>��El capit�n Worley con su hija -explic� Esperanza.</p><p>Era un hombr�n de cabellos ralos, bigote recortado y manos grandes, que llevaba traje oscuro, corbata casualmente torcida y zapatos relucientes, y miraba fijamente a la c�mara que congel� su imagen setenta y cinco a�os atr�s. La ni�a que estaba a su lado era rubia, llevaba un vestido hasta las rodillas y un sombrerito, y sujetaba lo que parec�a ser una mu�eca muy r�gida y en forma de botella.</p><p>��Su verdadero nombre era Johann Wichman -dijo Esperanza sin que nadie se lo preguntase-. Naci� en Alemania y entr� ilegalmente en los Estados Unidos saltando de un barco mercante en San Francisco durante el a�o 1878. Se ignora c�mo falsific� sus documentos. Mientras estuvo al mando del <emphasis>Cyclops, </emphasis>vivi� en Norfolk, Virginia, con su esposa y su hija.</p><p>���Alguna posibilidad de que trabajase para los alemanes en 1918?</p><p>��No se demostr� nada. �Quiere ver los informes de la investigaci�n naval sobre la tragedia?</p><p>��Impr�melos. Los estudiar� m�s tarde.</p><p>��La foto siguiente es la del teniente David Forbes, segundo comandante -dijo Esperanza.</p><p>La c�mara hab�a captado a Forbes en uniforme de gala, de pie junto a lo que Pitt presumi� que era un turismo Cadillac de 1916. Ten�a cara de galgo, nariz larga y estrecha, y los ojos p�lidos, aunque no pod�a determinarse su color en la fotograf�a en blanco y negro. Iba pulcramente afeitado y ten�a las cejas arqueadas y los dientes ligeramente salientes.</p><p>���Qu� clase de hombre era? -pregunt� Pitt.</p><p>��Su historial en la Marina era intachable hasta que Worley le arrest� por insubordinaci�n.</p><p>���Motivo?</p><p>��El capit�n Worley alter� la ruta que hab�a fijado el teniente Forbes y casi naufrag� al entrar en R�o. Cuando Forbes le pidi� explicaciones, Worley se enfureci� y le arrest�.</p><p>���Estaba Forbes todav�a arrestado durante el �ltimo viaje?</p><p>��S�.</p><p>���Qui�n es el siguiente?</p><p>��El teniente John Church, segundo oficial.</p><p>La foto mostraba a un hombre bajito y de aspecto casi endeble, vestido de paisano y sentado a la mesa de un restaurante. Su cara ten�a el aire cansado del agricultor despu�s de una larga jornada en el campo; sin embargo, sus ojos oscuros parec�an indicar un car�cter humor�stico. Los cabellos grises, sobre una alta frente, estaban peinados hacia atr�s sobre unas orejas peque�as.</p><p>��Parece mayor que los otros -observ� Pitt.</p><p>��En realidad, s�lo ten�a veintinueve a�os -dijo Esperanza-. Ingres� en la Marina a los diecis�is y ascendi� gracias a su trabajo.</p><p>���Tuvo problemas con Worley?</p><p>��No consta en su historial.</p><p>La �ltima fotograf�a era de dos hombres en actitud de firmes ante un tribunal. No hab�a se�al de temor en sus semblantes; m�s bien parec�an hoscos y desafiadores. El de la izquierda era alto y esbelto, de brazos musculosos. El otro ten�a la corpulencia de un oso pardo.</p><p>��Esta fotograf�a fue tomada durante el consejo de guerra contra el maquinista de primera James Coker y el maquinista de segunda Barney DeVoe por el asesinato del maquinista de tercera Osear Stewart. Los tres estaban destinados a bordo del crucero de los Estados Unidos <emphasis>Pittsburgh. </emphasis>Coker, que es el de la izquierda, fue condenado a muerte en la horca, sentencia que se ejecut� en Brasil. DeVoe, el de la derecha, fue condenado a una pena de cincuenta a noventa y nueve a�os de prisi�n, en la c�rcel naval de Portsmouth, New Hampshire.</p><p>���Cu�l es su relaci�n con el <emphasis>Cyclops? </emphasis>-pregunt� Pitt.</p><p>��El <emphasis>Pittsburgh </emphasis>estaba en R�o de Janeiro cuando se cometi� el asesinato. Cuando el capit�n Worley lleg� a puerto, recibi� instrucciones de transportar a DeVoe y otros cuatro presos que hab�a en el calabozo del <emphasis>Cyclops </emphasis>a los Estados Unidos.</p><p>��Y estuvieron a bordo hasta el final.</p><p>��S�.</p><p>���No hay otras fotos de la tripulaci�n?</p><p>��Probablemente las habr� en �lbumes de familia y en otros sitios privados, pero �stas son las �nicas que tengo en mi biblioteca.</p><p>��Cu�ntame los sucesos que precedieron a la desaparici�n.</p><p>���De palabra o por escrito?</p><p>���Puedes escribirlo y hablar al mismo tiempo?</p><p>��Lo siento, pero s�lo puedo hacer una cosa tras otra. �Con qu� prefiere que empiece?</p><p>��De palabra.</p><p>��Est� bien. D�me un momento para recopilar datos.</p><p>��Pitt empezaba a sentirse so�oliento. Hab�a sido un d�a muy largo. Aprovech� la pausa para telefonear a Yaeger y pedirle una taza de caf�.</p><p>���C�mo te va con Esperanza?</p><p>��Casi empiezo a creer que es real -respondi� Pitt.</p><p>��Con tal que no empieces a fantasear sobre su cuerpo inexistente�</p><p>��Todav�a no he llegado a este estado.</p><p>��S� que conocerla es amarla.</p><p>���Qu� tal te va a ti con LeBaron?</p><p>��Lo que me tem�a -dijo Yaeger-. Borr� el rastro de una gran parte de su pasado. No hay nada sobre su personalidad, sino solamente estad�sticas, hasta el momento en que se convirti� en el n�mero uno de Wall Street.</p><p>���Algo interesante?</p><p>��En realidad, no. Proced�a de una familia bastante rica. Su padre pose�a una cadena de ferreter�as. Me parece que Raymond y su padre no se llevaron bien. En ninguna de las biograf�as que publicaron los peri�dicos despu�s de convertirse en magnate financiero se hace la menor menci�n de su familia.</p><p>���Has averiguado c�mo empez� a ganar dinero en cantidad?</p><p>��No hay muchos datos al respecto. �l y un socio que se llamaba Kronberg tuvieron una compa��a de rescates mar�timos a mediados de los a�os cincuenta. Parece que fueron tirando durante unos pocos a�os, hasta que quebraron. Dos a�os m�s tarde, Raymond lanz� su peri�dico.</p><p>��El <emphasis>Prosperteer. </emphasis></p><p>��Exacto.</p><p>���Hay alguna menci�n de qui�n le prest� apoyo?</p><p>��Ninguna -respondi� Yaeger-. A prop�sito, Jessie es su segunda esposa. La primera se llamaba Hillary. Muri� hace pocos a�os. No hay datos sobre ella.</p><p>��Sigue buscando.</p><p>Pitt colg� cuando Esperanza le dijo:</p><p>��Tengo los datos del �ltimo viaje del <emphasis>Cyclops. </emphasis></p><p>��Oig�moslos.</p><p>��Zarp� de R�o de Janeiro el 16 de febrero de 1918, con rumbo a Baltimore, Maryland. Iban a bordo su tripulaci�n regular de 15 oficiales y 231 marineros, 57 hombres del crucero <emphasis>Pittsburgh, </emphasis>que eran enviados a la base naval de Norfolk para un nuevo destino, 5 presos, incluido DeVoe, y el c�nsul general de los Estados Unidos en R�o, Alfred L. Morean Gottschalk, que regresaba a Washington. El cargamento era de 11.000 toneladas de manganeso. �Despu�s de una breve escala en el puerto de Bah�a para recoger correspondencia, el barco hizo una nueva escala, �sta no prevista, al entrar en Carlisle Bay, en la isla de Barbados, y anclar en ella. Aqu� carg� Worley m�s, carb�n y provisiones, que dijo que eran necesarios para continuar el viaje a Baltimore; pero m�s tarde se consider� que el cargamento hab�a sido excesivo. Cuando el barco se hubo perdido en el mar, el c�nsul norteamericano en Barbados inform� sobre ciertos rumores sospechosos acerca de la poco habitual acci�n de Worley, de extra�os sucesos a bordo y de un posible mot�n. La �ltima vez que fueron vistos el <emphasis>Cyclops </emphasis>y los hombres que iban a bordo fue el 4 de marzo de 1918, cuando zarp� de Barbados.</p><p>���No hubo ning�n otro contacto? -pregunt� Pitt.</p><p>��Veinticuatro horas m�s tarde, un carguero que transportaba madera, llamado <emphasis>Crogan Castle, </emphasis>inform� de que su proa fue rota por una enorme ola. Sus peticiones de auxilio por radio fueron contestadas por el <emphasis>Cyclops. </emphasis>Las �ltimas palabras radiadas por �ste fueron su n�mero y este mensaje: �Estamos a cincuenta millas al sur y acudimos a todo vapor.�</p><p>���Nada m�s?</p><p>��Esto es todo.</p><p>���Dio el <emphasis>Crogan Castle </emphasis>su posici�n?</p><p>��S�, veintitr�s grados treinta minutos de latitud norte por setenta y nueve grados veinti�n minutos de longitud oeste, lo cual le situaba a unas veinte millas al sudeste de un banco de arrecifes llamado Anguilla Keys. </p><p>���Se perdi� tambi�n el <emphasis>Crogan Castle?</emphasis></p><p>��No; seg�n los datos, pudo llegar a La Habana.</p><p>���Se encontr� alg�n resto del naufragio del <emphasis>Cyclops?</emphasis></p><p>��La Marina efectu� una b�squeda en un amplio sector y no encontr� nada.</p><p>Pitt vacil� cuando Yaeger entr� en la sala de proyecciones y dej� una taza de caf� junto a la consola, retir�ndose en silencio. Tom� unos sorbos y pidi� a Esperanza que volviese a mostrarle la foto del <emphasis>Cyclops. </emphasis>El barco se materializ� en la pantalla del monitor y �l lo contempl� reflexivamente.</p><p>Descolg� el tel�fono, marc� un n�mero y esper�. El reloj digital de la consola marcaba las once cincuenta y cinco, pero la voz que le respondi� pareci� animada y alegre.</p><p>���Dirk! -exclam� el doctor Raphael O'Meara-. �Qu� diablos sucede? Me has pillado en un buen momento; esta ma�ana acabo de regresar de una excavaci�n en Costa Rica.</p><p>���Has encontrado otro cami�n de tiestos?</p><p>��El m�s rico escondrijo de arte precolombino descubierto hasta la fecha. Unas piezas sorprendentes, algunas de las cuales se remontan a trescientos a�os antes de Cristo.</p><p>��L�stima que no puedas qued�rtelas.</p><p>��Todos mis hallazgos van a parar al Museo Nacional de Costa Rica.</p><p>��Eres muy generoso, Raphael.</p><p>��Yo no las regalo, Dirk. Los gobiernos de los pa�ses donde hago mis hallazgos se los quedan como parte del patrimonio nacional. Pero no quiero aburrir a un vejestorio como t�. �A qu� debo el placer de tu llamada?</p><p>��Necesito que me cuentes lo que sepas sobre un tesoro.</p><p>��Desde luego -dijo O'Meara, en tono ahora m�s serio-, sabes que tesoro es una palabra prohibida para un arque�logo serio.</p><p>��Todos tenemos nuestros fallos -dijo Pitt-. �Podemos tomar una copa juntos?</p><p>���Ahora? �Sabes la hora que es?</p><p>��S� que eres un p�jaro nocturno. Tranquil�zate. Podr�a ser en alg�n lugar cerca de tu casa.</p><p>���Qu� te parece el Old Angler's Inn de MacArthur Boulevard? Digamos dentro de media hora.</p><p>��Me parece bien.</p><p>���Puedes decirme cu�l es el tesoro que te interesa?</p><p>��Aquel en que sue�a todo el mundo.</p><p>���Oh! �Y cu�l es?</p><p>��Te lo dir� cuando nos veamos.</p><p>Pitt colg� y contempl� el <emphasis>Cyclops. </emphasis>Ten�a un aire misterioso y solitario. No pudo dejar de preguntarse qu� secretos se habr�a llevado a su tumba submarina.</p><p>���Puedo proporcionarle m�s datos? � pregunt� Esperanza, interrumpiendo su morboso ensue�o-. �O desea que termine?</p><p>��Creo que podemos dejarlo -respondi� Pitt-. Gracias, Esperanza. Quisiera poder darte un beso.</p><p>��Gracias por el cumplido, Dirk. Pero no soy fisiol�gicamente capaz de recibir besos.</p><p>��Pero seguir� queri�ndote.</p><p>��Estoy a su servicio siempre que quiera.</p><p>Pitt se ech� a re�r.</p><p>��Buenas noches, Esperanza.</p><p>��Buenas noches, Dirk.</p><p>Ojal� fuese real, pens� �ste, con un suspiro so�ador.</p></section><section><title><p>10</p></title><p>��Jack Daniel's a palo seco -dijo alegremente Raphael O'Meara-. Y que sea doble. Es el mejor medicamento que conozco para despejar la mente.</p><p>���Cu�nto tiempo has estado en Costa Rica? -pregunt� Pitt.</p><p>��Tres meses. Y no ha parado de llover un solo d�a.</p><p>��Ginebra Bombay con hielo -dijo Pitt a la camarera.</p><p>��Conque has ingresado en las codiciosas filas de los barrenderos del mar -dijo O'Meara, a trav�s de la espesa barba que cubr�a su cara de la nariz para abajo-. Dirk Pitt, buscador de tesoros. Nunca me lo habr�a imaginado.</p><p>��Mi inter�s es puramente acad�mico.</p><p>��Claro, esto es lo que dicen todos. Sigue mi consejo y olv�dalo. La caza de tesoros sumergidos ha costado m�s dinero de lo que valen los que han sido encontrados. Puedo contar con los dedos de una mano el n�mero de descubrimientos que han dado beneficios en los �ltimos ocho a�os. La aventura, la excitaci�n y la riqueza no son m�s que un mito, un sue�o de drogado.</p><p>��Estoy de acuerdo,</p><p>O'Meara frunci� las hirsutas cejas.</p><p>��Entonces, �qu� quieres saber?</p><p>���Sabes qui�n es Raymond LeBaron?</p><p>���El rico y emprendedor Raymond, el genio financiero que edita <emphasis>Prosperteer?</emphasis></p><p>��El mismo. Desapareci� hace un par de semanas cuando volaba en un dirigible cerca de las Bahamas.</p><p>���C�mo podr�a desaparecer una persona en un dirigible?</p><p>��De alguna manera, �l lo consigui�. Tienes que haber o�do o le�do algo acerca de esto.</p><p>O'Meara sacudi� la cabeza.</p><p>��No he mirado la televisi�n ni le�do un peri�dico desde hace noventa d�as.</p><p>Les sirvieron las bebidas y Pitt expuso brevemente las extra�as circunstancias que rodeaban el misterio. La gente se iba marchando y se quedaron casi solos en bar.</p><p>��Y t� crees que LeBaron volaba en una vieja bolsa de gas buscando un barco naufragado y cargado hasta los topes del rico mineral.</p><p>��Seg�n su esposa Jessie, s�.</p><p>���Cu�l era el barco?</p><p>��El <emphasis>Cyclops.</emphasis></p><p>��S� lo del <emphasis>Cyclops. </emphasis>Era un barco carbonero de la Armada que se perdi� hace setenta y un a�os. No recuerdo que se dijese que llevaba riquezas a bordo.</p><p>��Por lo visto, LeBaron cre�a que s�.</p><p>���Qu� clase de tesoro?</p><p>��El Dorado.</p><p>��Lo dir�s en broma.</p><p>��S�lo repito lo que me han dicho.</p><p>O'Meara guard� silencio durante un largo rato y sus ojos adquirieron una expresi�n remota.</p><p>��<emphasis>El hombre dorado </emphasis>-dijo al fin-. El nombre que daban los espa�oles a un hombre de oro. La leyenda (algunos dicen que es una maldici�n) ha inflamado las imaginaciones durante cuatrocientos cincuenta a�os.</p><p>���Hay algo de verdad en ello? -pregunt� Pitt.</p><p>��Todas las leyendas se fundan en hechos, pero �sta, a semejanza de todas las dem�s, ha sido desvirtuada y embellecida hasta convertirla en un cuento de hadas. El Dorado ha inspirado la m�s larga y tenaz b�squeda del tesoro que se recuerde. Miles de hombres han muerto tratando de encontrarlo.</p><p>��Dime c�mo naci� la historia.</p><p>Les sirvieron otro Jack Daniel's y otra ginebra Bombay. Pitt se ri� cuando O'Meara bebi� primero el vaso de agua. Despu�s el arque�logo se puso c�modo y record� tiempos pasados.</p><p>��Los conquistadores espa�oles fueron los primeros que oyeron hablar de un hombre dorado que gobernaba un reino incre�blemente rico, en alguna parte de las selvas monta�osas al este de los Andes. Seg�n rumores, viv�a en una ciudad secreta construida con oro, de calles pavimentadas de esmeraldas, y guardada por un aguerrido ej�rcito de bellas amazonas. Hac�a que Oz pareciese un barrio bajo. Una enorme exageraci�n, desde luego. Pero en realidad hab�a varios El Dorado: una larga estirpe de reyes que adoraban a un dios demonio que viv�a en el lago Guatavita, en Colombia. Cuando un nuevo monarca asum�a el mando del imperio tribal, su cuerpo era untado con goma resinosa y cubierto despu�s de polvo de oro, convirti�ndose as� en el hombre dorado. Entonces era colocado en una balsa ceremonial, cargada de oro y piedras preciosas, y conducido a remo hasta el centro del lago, donde arrojaba aquellas riquezas al agua, como ofrenda al dios, cuyo nombre no recuerdo.</p><p>���Se recuper� el tesoro?</p><p>��Se hicieron numerosos intentos de rastrear el lago, pero todos fracasaron. En 1965, el Gobierno de Colombia declar� Guatavita zona de inter�s cultural y prohibi� toda operaci�n de rastreo. Una l�stima, teniendo en cuenta que la riqueza del fondo del lago se calcula entre cien y trescientos millones de d�lares.</p><p>���Y la ciudad de oro?</p><p>��Nunca fue encontrada -dijo O'Meara, haciendo una se�a a la camarera para que trajese otra ronda-. Muchos la buscaron y muchos murieron. Nikolaus Federmann, Ambrosius Dalfinger, Sebasti�n de Belalc�zar, Gonzalo y Hern�n Jim�nez de Quesada, todos buscaron El Dorado, pero s�lo encontraron la maldici�n. Lo propio le ocurri� a sir Walter Raleigh. Despu�s de su segunda expedici�n in�til, el rey Jaime puso literalmente la cabeza sobre el tajo. La fabulosa ciudad de El Dorado y el tesoro m�s grande de todos continuaron perdidos.</p><p>��Volvamos un momento atr�s -dijo Pitt-. El tesoro del fondo del lago no est� perdido.</p><p>��Se encontraron piezas sueltas -explic� O'Meara-. El segundo tesoro, el premio gordo, el m�s grande de todos, permanece oculto hasta nuestros d�as. Tal vez con dos excepciones, ning�n forastero puso jam�s los ojos en �l. La �nica descripci�n que tenemos procede de un monje que vino de la selva a una colonia espa�ola del r�o Orinoco, en 1675. Una semana m�s tarde, antes de morir, dijo que hab�a formado parte de una expedici�n portuguesa que buscaba minas de diamantes. Afirm� que hab�an encontrado una ciudad abandonada, rodeada de altos pe�ascos y guardada por una tribu llamada zanona. Los zanones no eran tan amistosos como fing�an, sino que eran can�bales que envenenaban a los portugueses y se los com�an. S�lo el monje consigui� escapar. Describi� grandes templos y edificios, extra�as inscripciones y el legendario tesoro que envi� a la tumba a tantos buscadores.</p><p>��Un verdadero hombre de oro -insinu� Pitt-. Una estatua.</p><p>��Caliente -dijo O'Meara-. Caliente, pero te has equivocado de sexo.</p><p>���De sexo?</p><p>��<emphasis>La mujer dorada, </emphasis>la mujer de oro -respondi� 0'Meara-. M�s com�nmente conocida por La Dorada. Ya lo ves, el nombre se aplic� primero a un hombre y a una ceremonia; m�s tarde a una ciudad, y por �ltimo a un imperio. Con los a�os, se convirti� en un t�rmino para designar un lugar donde pod�an encontrarse riquezas en el suelo. Como en tantas descripciones aborrecidas por las feministas, el mito masculino se hizo gen�rico, mientras que el femenino fue olvidado. �Quieres otra copa?</p><p>��No, gracias; ir� alargando �sta.</p><p>O'Meara pidi� otro Jack Daniel's.</p><p>��En todo caso, ya conoces la historia del Taj Mahal. Un caudillo mogol levant� la lujosa tumba como un monumento a su esposa. Lo propio cabe decir de un rey sudamericano precolombino. Su nombre no consta, pero, seg�n la leyenda, su esposa fue la m�s amada de los cientos de mujeres de su corte. Entonces ocurri� un fen�meno extra�o en el cielo, Probablemente un eclipse o el cometa Halley. Y los sacerdotes le exigieron que la sacrificase para apaciguar a los irritados dioses. La vida era dura en aquellos tiempos. Por consiguiente, la mataron y le arrancaron el coraz�n en una complicada ceremonia.</p><p>��Yo cre�a que eran s�lo los aztecas los que arrancaban el coraz�n de sus v�ctimas.</p><p>��Los aztecas no ten�an el monopolio de los sacrificios humanos. Lo notable fue que el rey llam� a sus artesanos y les orden� que construyesen una estatua de ella, a fin de poder convertirla en una diosa.</p><p>���Todo esto lo cont� el monje?</p><p>��Con todo detalle, si hay que creer su historia. Es un desnudo de casi un metro ochenta de altura, sobre un pedestal de cuarzo rosa. Su cuerpo es de oro macizo. Debe pesar al menos una tonelada. Encajado en el pecho, donde deber�a estar el coraz�n, hay un gran rub�, que se considera de peso pr�ximo a los mil doscientos quilates.</p><p>��Yo no soy experto -dijo Pitt-, pero s� que el rub� es la piedra preciosa m�s valiosa, y que los treinta quilates son muy raros. Mil doscientos quilates es algo incre�ble.</p><p>��Pues todav�a no has o�do la mitad -prosigui� O'Meara-. La cabeza de la estatua es una gigantesca esmeralda tallada, de un verde azulado y sin m�cula. No puedo imaginarme el peso en quilates, pero tendr�a que ser de unos quince kilos.</p><p>��Probablemente veinte, si incluyes los cabellos.</p><p>���Cu�l es la esmeralda m�s grande que se conoce?</p><p>Pitt pens� un momento.</p><p>��Seguro que no pesa m�s de cinco kilos.</p><p>���Te la imaginas bajo la luz de los focos en el sal�n principal del Museo de Historia Natural de Washington? -dijo O'Meara, con aire so�ador.</p><p>��S�lo puedo preguntarme su valor actual en el mercado.</p><p>��Podr�as decir que es incalculable.</p><p>���Hubo otro hombre que vio la estatua? -pregunt� Pitt.</p><p>��El coronel Ralph Morehouse Sigler, un aut�ntico ejemplar de la vieja escuela de exploradores. Ingeniero del Ej�rcito ingl�s, viaj� por todo el Imperio, trazando fronteras y construyendo fuertes en toda el �frica y en la India. Tambi�n era un buen ge�logo y pasaba el tiempo libre haciendo prospecciones. O tuvo mucha suerte o estaba realmente muy capacitado, pues descubri� un extenso dep�sito de cromo en �frica del Sur y varias vetas de piedras preciosas en Indochina. Se hizo rico, pero no tuvo tiempo de disfrutarlo. El Kaiser entr� en Francia y a �l le enviaron al frente occidental a construir fortificaciones.</p><p>��Entonces no debi� venir a Am�rica del Sur hasta despu�s de la guerra.</p><p>��No; en el verano de 1916, desembarc� en Georgetown, en la que era entonces Guayana Inglesa. Parece que alg�n personaje del Tesoro brit�nico concibi� la brillante idea de enviar expediciones alrededor del mundo para encontrar y explotar minas de oro con las que financiar la guerra. Sigler fue llamado del frente y enviado al interior de Am�rica del Sur.</p><p>���Crees que conoc�a la historia del monje? -pregunt� Pitt.</p><p>��Nada en sus diarios u otros documentos indica que creyese en una ciudad perdida. Aquel hombre no era un ilusionado buscador de tesoros. Buscaba minerales en crudo. Los artefactos hist�ricos nunca le hab�an interesado. �Tienes hambre, Dirk?</p><p>��Ahora que lo pienso, s�. Me has estafado la cena.</p><p>��Hace rato que ha pasado la hora de cenar; pero, si lo pedimos con cortes�a, estoy seguro de que en la cocina podr�n prepararnos alg�n tentempi�.</p><p>O'Meara llam� a la camarera y, despu�s de exponer su caso, la persuadi� de que les sirviera una fuente de gambas con salsa c�ctel.</p><p>��Me vendr�n muy bien -dijo Pitt.</p><p>��Yo estar�a comiendo de esos diablillos durante todo el d�a -convino O'Meara-. Y ahora, �d�nde est�bamos?</p><p>��Sigler estaba a punto de encontrar La Dorada.</p><p>��Ah, s�. Despu�s de formar un grupo de veinte hombres, en su mayor�a soldados brit�nicos, Sigler se introdujo en la selva inexplorada. Durante meses, nada se supo de ellos. Los ingleses empezaron a presentir un desastre y enviaron varias patrullas en su busca, pero no encontraron rastro de los desaparecidos. Por fin, casi dos a�os m�s tarde, una expedici�n americana, que estudiaba el terreno para instalar una v�a f�rrea, tropez� con Sigler a quinientas millas al nordeste de R�o de Janeiro. Estaba solo; era el �nico superviviente.</p><p>��Parece una distancia incre�ble desde la Guayana Inglesa.</p><p>��Casi dos mil millas de su punto de partida, a vuelo de p�jaro.</p><p>���En qu� condiciones estaba?</p><p>��M�s muerto que vivo, seg�n los ingenieros que le encontraron. Llevaron a Sigler a un pueblo donde hab�a un peque�o hospital y enviaron un mensaje al Consulado de los Estados Unidos m�s pr�ximo. Unas semanas m�s tarde lleg� un equipo de socorro de R�o.</p><p>���Americanos o ingleses?</p><p>��Aqu� hay una cosa rara -respondi� O'Meara-. El Consulado brit�nico declar� que nunca se le hab�a notificado la reaparici�n de Sigler. Seg�n rumores, el propio c�nsul general americano se present� para interrogarle. Pasara lo que pasase, Sigler se perdi� de vista. Se cuenta que escap� del hospital y volvi� a meterse en la selva.</p><p>��No parece l�gico que volviese la espalda a la civilizaci�n despu�s de estar dos a�os en el infierno -dijo Pitt.</p><p>O'Meara se encogi� de hombros.</p><p>���Qui�n puede saberlo?</p><p>���Hizo Sigler alg�n relato de su expedici�n antes de desaparecer? -pregunt� Pitt.</p><p>��Estuvo delirando casi todo el tiempo. Algunos testigos dijeron despu�s que farfullaba diciendo que hab�a encontrado una gran ciudad rodeada de escarpados pe�ascos e invadida por la selva. Su descripci�n coincid�a en muchas cosas con la del monje portugu�s. Tambi�n dibuj� un tosco esbozo de la mujer de oro, el cual fue conservado por una enfermera y est� ahora en la Biblioteca Nacional de Brasil. Yo le ech� un vistazo mientras hac�a estudios para otro proyecto. El objeto real debe ser algo pasmoso.</p><p>��As� pues, permanece enterrada en la selva.</p><p>��Aqu� est� el quid de la cuesti�n -suspir� O'Meara-. Sigler declar� que �l y sus hombres hab�an robado la estatua y la hab�an arrastrado durante veinte millas hasta un r�o, luchando con los indios zanonas durante todo el trayecto. Cuando construyeron una almad�a, subieron La Dorada a bordo y se apartaron de la orilla, s�lo quedaban tres de los expedicionarios. M�s tarde, uno muri� de sus lesiones y el otro se perdi� en unos r�pidos del r�o.</p><p>Pitt estaba fascinado por lo que le contaba O'Meara, pero le costaba mantener los ojos abiertos.</p><p>��La cuesti�n que se plantea es: �d�nde guard� Sigler la mujer de oro?</p><p>��Ojal� lo supiese -respondi� O'Meara.</p><p>���No dio ninguna pista?</p><p>��La enfermera crey� que hab�a dicho que la almad�a se hab�a partido y la estatua se hab�a hundido en el r�o a pocos centenares de metros de donde hab�a sido �l encontrado. Pero no te hagas ilusiones. Estaba diciendo tonter�as. Los buscadores de tesoros han estado arrastrando detectores de metal en aquel r�o durante a�os, sin encontrar nada.</p><p>Pitt hizo girar los cubitos de hielo en su vaso. Sab�a, <emphasis>sab�a </emphasis>lo que les hab�a ocurrido a Ralph Morehouse Sigler y a La Dorada.</p><p>��El c�nsul general americano -dijo lentamente-, �fue la �ltima persona que vio vivo a Sigler?</p><p>��Aqu� el rompecabezas se vuelve un poco confuso, pero, por lo que se sabe, la respuesta es: s�.</p><p>��Deja que vea si puedo juntar las piezas. Esto ocurri� entre enero y febrero de 1918, �no es cierto?</p><p>O'Meara asinti� con la cabeza y despu�s dirigi� a Pitt una mirada extra�a.</p><p>��Y el c�nsul general que muri� en el <emphasis>Cyclops </emphasis>unas semanas m�s tarde se llamaba Alfred Gottschalk, �no?</p><p>���Sabes esto? -dijo O'Meara, dibujando en su rostro una expresi�n de incomprensi�n.</p><p>��Gottschalk se enter� probablemente de la misi�n de Sigler por medio de su colega en el Consulado brit�nico. Cuando recibi� de los que proyectaban la v�a f�rrea el mensaje de que Sigler estaba vivo, se guard� la noticia y se dirigi� al interior, esperando entrevistarse con el explorador, anticiparse a los ingleses y dar cualquier informaci�n valiosa a su propio Gobierno. Lo que descubri� debi� dar al traste con la poca moral que le quedaba. Gottschalk decidi� apoderarse del tesoro en su provecho.</p><p>�Encontr� la estatua de oro, la sac� del r�o y la transport�, junto con Sigler, a R�o de Janeiro. Borr� su pista comprando a todos los que pod�an hablar de Sigler y, si mi presunci�n es correcta, matando a los hombres que le ayudaron a recobrar la estatua. Despu�s, vali�ndose de su influencia en la Marina, introdujo la estatua y a Sigler clandestinamente en el <emphasis>Cyclops. </emphasis>El barco naufrag� y el secreto se hundi� con �l.</p><p>Los ojos de O'Meara reflejaron curiosidad e inter�s.</p><p>��Pero <emphasis>esto </emphasis>-dijo- no puedes saberlo.</p><p>���Por qu� otra raz�n pod�a LeBaron estar buscando lo que cre�a que era La Dorada?</p><p>��Has planteado muy bien la cuesti�n -confes� O'Meara-. Pero has dejado la puerta abierta a una pregunta dif�cil de contestar. �Por qu� no mat� Gottschalk a Sigler despu�s de encontrar la estatua? �Por qu� respet� la vida del ingl�s?</p><p>��Elemental. La fiebre del oro consum�a al c�nsul general. Quer�a La Dorada, pero tambi�n la ciudad de esmeralda. Sigler era la �nica persona viva que conoc�a su emplazamiento y pod�a llevarle hasta ella.</p><p>��Me gusta tu manera de razonar, Dirk. Tu fant�stica teor�a se merece otro trago.</p><p>��Demasiado tarde; han cerrado el bar. Creo que todos est�n deseando que nos marchemos para poder irse a la cama.</p><p>O'Meara fingi� una expresi�n alica�da.</p><p>��El estilo de vida primitivo tiene una gran ventaja. No hay reloj, ni hay toque de queda. -Apur� su copa-. Bueno, �cu�les son tus planes?</p><p>��Nada especialmente complicado -dijo sonriendo Pitt-. Voy a encontrar el <emphasis>Cyclops.</emphasis></p></section><section><title><p>11</p></title><p>El presidente se levantaba temprano; se despertaba a eso de las seis de la ma�ana y hac�a gimnasia durante media hora, antes de ducharse y tomar un desayuno frugal. En una vuelta ritual a los d�as que siguieron a su luna de miel, bajaba con cuidado de la cama y se vest�a sin hacer ruido, mientras su esposa segu�a durmiendo. �sta se acostaba tarde y por nada del mundo se habr�a levantado antes de las siete y media.</p><p>Se puso un traje deportivo y despu�s tom� una peque�a cartera de cuero de un armario del cuarto de estar contiguo. Despu�s de dar a su esposa un beso cari�oso en la mejilla, baj� por la escalera de atr�s al gimnasio de la Casa Blanca, debajo de la terraza oeste.</p><p>La espaciosa estancia, que conten�a muy diversos aparatos de gimnasia, estaba desierta, salvo por un hombre gordo que yac�a de espaldas levantando pesas. Cada vez que las levantaba gem�a como una mujer dando a luz. Brotaba sudor de su cabeza redonda, cubierta de espesos cabellos de color marfil, cortados al cepillo. La panza era enorme y vellosa, y los brazos y las piernas parec�an nudosas ramas de un �rbol. Ten�a el aspecto de un luchador de feria muy lejos de la flor de su juventud.</p><p>��Buenos d�as, Ira -dijo el presidente-. Me alegro de que hayas podido venir.</p><p>El gordo dej� la barra de las pesas en un par de ganchos, se levant� del banco y estrech� la mano del presidente.</p><p>��Me alegro de verte, Vince.</p><p>El presidente sonri�. Nada de reverencias ni de dar el tratamiento de �se�or presidente�. El duro y estoico Ira Hagen, musit�. El valiente y viejo agente secreto no se inclinaba ante nadie.</p><p>��Espero que no te importe que nos encontremos aqu�.</p><p>Hagen lanz� una ronca risotada que reson� en las paredes del gimnasio.</p><p>��He recibido �rdenes en lugares peores.</p><p>���C�mo marcha el negocio del restaurante?</p><p>��Rinde buenos beneficios desde que dejamos la cocina refinada y nos dedicamos a la sencilla comida americana. El costo de la materia prima nos estaba comiendo vivos. Veinte entradas con salsas caras y hierbas eran demasiado. Ahora nos especializamos en s�lo cinco platos: jam�n, pollo, cazuela de pescado, estofado y empanada de carne.</p><p>��No est� mal -dijo el presidente-. Yo no he comido una buena empanada de carne desde que era peque�o.</p><p>��A nuestros clientes les encanta, especialmente desde que tenemos un buen servicio y un buen ambiente �ntimo. Todos mis camareros visten de smoking, hay velas en las mesas, la decoraci�n es excelente y los platos se presentan a la manera europea. Y lo mejor es que los clientes comen m�s deprisa y las mesas se llenan varias veces.</p><p>��Y con la comida no ganas nada, pero sacas un buen provecho del vino y los licores,�eh?</p><p>��Vince, eres estupendo. No me importa lo que diga de ti la prensa. Cuando seas un viejo ex pol�tico, ll�mame y montaremos juntos una cadena de bares -dijo Hagen riendo.</p><p>���Echas de menos la investigaci�n criminal, Ira?</p><p>��Algunas veces.</p><p>��Eras el mejor agente secreto que tuvo jam�s el Departamento de Justicia -dijo el presidente-, hasta que muri� Martha.</p><p>��Investigar para el Gobierno ya no parece tener importancia. Adem�s, yo ten�a tres hijas a las que educar y las exigencias del trabajo me ten�an alejado de casa durante semanas seguidas.</p><p>���Est�n bien las chicas?</p><p>��Muy bien. Como sabes, tus tres sobrinas son felices en sus matrimonios y me han dado cinco nietos.</p><p>��L�stima que Martha no pudiese verlos. De mis cuatro hermanas y dos hermanos, era mi predilecta.</p><p>��No me has hecho venir aqu� desde Denver en un reactor de la Fuerza A�rea s�lo para hablarme de los viejos tiempos -dijo Hagen-. �Qu� sucede?</p><p>���Has perdido tu olfato?</p><p>���Te has olvidado t� de montar en bicicleta?</p><p>Ahora fue el presidente quien se ech� a re�r.</p><p>��A preguntas necias�</p><p>��Los reflejos son un poco m�s lentos, pero la materia gris sigue rindiendo al ciento por ciento.</p><p>El presidente le arroj� la cartera.</p><p>��Emp�pate de esto, mientras yo hago un par de kil�metros en la cinta sinf�n.</p><p>Hagen se enjug� la sudorosa frente con una toalla y se sent� en la bicicleta fija, amenazando con romperla por su corpulencia. Abri� la cartera de cuero y no interrumpi� la lectura de su contenido hasta que el presidente camin� un par de kil�metros.</p><p>���Qu� piensas de esto? -pregunt� al fin el presidente. Hagen se encogi� de hombros y sigui� leyendo. -Ser�a un magn�fico argumento para un serial televisado. Fondos que no se saben de d�nde vienen, un velo de secreto impenetrable, actividades encubiertas en gran escala, una base lunar desconocida. El material que habr�a entusiasmado a H. G. Wells.</p><p>���Te imaginas que es una broma pesada?</p><p>��Digamos que quiero creer que lo es. �Qu� contribuyente entusiasta no lo creer�a? Hace que nuestro servicio de informaci�n parezca compuesto de mutantes sordos y ciegos. Pero si es una broma, �cu�l es el motivo?</p><p>��Salvo que sea un gran plan para estafar al Gobierno, no se me ocurre ninguno.</p><p>��Deja que acabe de leer. Esta �ltima parte est� escrita a mano.</p><p>��Es lo que recuerdo de lo que se dijo en el campo de golf. Disculpa las patas de mosca, pero es que nunca aprend� a escribir a m�quina.</p><p>Hagen le dirigi� una mirada interrogadora.</p><p>���No has hablado de esto a nadie, ni siquiera a tu consejo de seguridad?</p><p>��Tal vez soy paranoico, pero ese tal Joe pas� a trav�s del cord�n de mi Servicio Secreto como entra una zorra en un gallinero. Y afirm� que miembros del �c�rculo privado� est�n muy bien situados en la NASA y en el Pent�gono. Es l�gico pensar que se han infiltrado tambi�n en las agencias de informaci�n y en el personal de la Casa Blanca.</p><p>Hagen estudi� el informe del presidente sobre la reuni�n en el campo de golf, retrocediendo en ocasiones para comprobar lo referente a la Jersey Colony. Por �ltimo, levant� su cuerpo de la bicicleta, se sent� en un banco y mir� al presidente.</p><p>��Esta ampliaci�n de un hombre sentado a tu lado en un carrito de golf, �es de una fotograf�a de Joe?</p><p>��S�. Cuando volv�amos a la casa del club, vi a un reportero del <emphasis>Washington Post </emphasis>que hab�a estado fotografiando mi juego con una lente telesc�pica. Le ped� que me hiciese el favor de enviarme una ampliaci�n a la Casa Blanca, para poder regalarla con mi aut�grafo al caddy</p><p>��Buena idea. -Hagen estudi� atentamente la fotograf�a y despu�s la dej� a un lado-. �Qu� quieres que haga, Vince?</p><p>��Averigua los nombres del �c�rculo privado�.</p><p>���Nada m�s? �Ninguna informaci�n o prueba sobre el proyecto de Jersey Colony?</p><p>��Cuando sepa qui�nes son -dijo el presidente, con voz fr�a-, ser�n detenidos e interrogados. Entonces sabr� hasta d�nde llegan sus tent�culos.</p><p>��Si quieres saber mi opini�n, te dir� que dar�a una medalla a cada uno de esos tipos.</p><p>��Tal vez lo haga -respondi� el presidente, con una fr�a sonrisa-. Pero no sin antes impedir que emprendan una sangrienta batalla por la posesi�n de la Luna.</p><p>��Por consiguiente, esto representa una situaci�n esencialmente peliaguda. No puedes confiar en nadie y me contratas para que sea tu agente secreto privado en el campo.</p><p>��S�.</p><p>���Qu� plazo me das?</p><p>��La nave espacial rusa tiene que aterrizar en la Luna dentro de nueve d�as. Tengo que aprovechar todas las horas de que disponga para evitar una lucha entre sus cosmonautas y nuestros colonos lunares que podr�a derivar en un conflicto espacial que nadie podr�a detener. Hay que convencer al �c�rculo privado� de que se retire. Tengo que tenerlos bajo control, Ira, al menos veinticuatro horas antes de que los rusos alunicen.</p><p>��Ocho d�as no son muchos para encontrar a nueve hombres.</p><p>El presidente encogi� los hombros en adem�n de resignaci�n.</p><p>��S� que no ser� f�cil.</p><p>��Un certificado diciendo que soy tu cu�ado no ser� suficiente para que pueda sortear las barreras legales y burocr�ticas. Necesitar� una buena cobertura.</p><p>��Lo dejo en tus manos. Una habilitaci�n Alfa Dos deber�a abrirte la mayor�a de las puertas.</p><p>��No est� mal -dijo Hagen-. El vicepresidente s�lo tiene una Tres.</p><p>��Te dar� el n�mero de una l�nea de tel�fono secreta. Inf�rmame de d�a o de noche. �Comprendido?</p><p>��Comprendido.</p><p>���Alguna pregunta?</p><p>��Raymond LeBaron, �est� vivo o muerto?</p><p>��No se sabe. Su esposa se neg� a identificar como suyo el cad�ver encontrado en el dirigible. Hizo bien. Entonces ped� al director del FBI, Sam Emmett, que se hiciese cargo de los restos que se hallaban en Dade County, Florida. Ahora est�n siendo examinados en el Walter Reed Army Hospital.</p><p>���Puedo ver el dictamen del forense del condado?</p><p>El presidente sacudi� la cabeza con admiraci�n.</p><p>��Nunca se te escapa nada, �verdad, Ira?</p><p>��Evidentemente, tiene que existir.</p><p>��Cuidar� de que recibas una copia.</p><p>��Y los resultados del laboratorio del Walter Reed.</p><p>��Tambi�n eso.</p><p>Hagen guard� los documentos en la cartera, pero no la foto del campo de golf. Estudi� las im�genes quiz� por cuarta vez.</p><p>��Desde luego, te das cuenta de que es posible que Raymond LeBaron no sea encontrado jam�s.</p><p>��He considerado esta posibilidad.</p><p>��Nueve peque�os indios. Y despu�s ocho� y despu�s siete.</p><p>���Siete?</p><p>Hagen puso la foto delante de los ojos del presidente.</p><p>���No lo reconoces?</p><p>��Francamente, no. Pero �l dijo que nos hab�amos conocido hace muchos a�os.</p><p>��De nuestro equipo de b�isbol del Instituto. T� jugabas de primera base. Yo jugaba en la izquierda, y Leonard Hudson, de catcher.</p><p>���Hudson! -exclam� el presidente con incredulidad-. �Joe es Leo Hudson? Pero Leo era un muchacho gordo. Pesaba al menos cien kilos.</p><p>��Se volvi� loco por las cuestiones de salud. Perdi� treinta kilos y se hizo corredor de marat�n. T� nunca apreciaste mucho a tus compa�eros de clase. Yo todav�a les sigo la pista. �No te acuerdas? Leo era el cerebro del Instituto. Gan� toda clase de premios por sus proyectos cient�ficos. M�s tarde se gradu� con honores en Stanford y lleg� a ser director del Laboratorio Nacional de F�sica Harvey Pattenden, en Oreg�n. Invent� cohetes y sistemas espaciales antes de que nadie m�s trabajase en este campo.</p><p>��Tr�ele, Ira. Hudson es la clave para llegar a los otros.</p><p>��Necesitar� una pala.</p><p>���Quieres decir que est� enterrado?</p><p>��Muerto y enterrado.</p><p>���Cu�ndo?</p><p>��En 1965. Un avi�n ligero se estrell� en el r�o Columbia.</p><p>��Entonces, �qui�n es Joe?</p><p>��Leonard Hudson.</p><p>��Pero t� dijiste�</p><p>��Su cuerpo no fue encontrado nunca. Muy conveniente, �en?</p><p>��Simul� su muerte -dijo el presidente, sorprendido por la revelaci�n-. El hijo de perra simul� su muerte para poder desaparecer y dedicarse al proyecto de Jersey Colony</p><p>��Una brillante idea, si lo pensamos bien. Nadie ante quien responder. Ninguna posibilidad de ser relacionado con un programa clandestino. Representar el personaje que m�s le conviniera. Una persona no existente puede conseguir mucho m�s que el contribuyente com�n, cuyo nombre, se�as y malos h�bitos est�n registrados en mil ordenadores.</p><p>Se hizo un silencio; despu�s, el presidente dijo gravemente:</p><p>��Encu�ntralo, Ira. Encuentra a Leonard Hudson y tr�emelo antes de que se desencadenen todas las fuerzas del infierno.</p><empty-line/><p>El secretario de Estado Douglas Oates examin� a trav�s de sus gafas de lectura la �ltima hoja de una carta de treinta p�ginas. Estudi� atentamente la estructura de cada p�rrafo, tratando de leer entre l�neas. Por fin levant� la cabeza y mir� al subsecretario, Victor Wykoff.</p><p>��Me parece aut�ntica.</p><p>��Nuestros expertos sobre la materia creen lo mismo -dijo Wykoff-. La sem�ntica, la prolijidad incoherente, las frases sin conexi�n, todo sigue la pauta acostumbrada.</p><p>��No se puede negar que parece de Fidel -dijo pausadamente Oates-. Sin embargo, el tono de la carta me preocupa. Casi da la impresi�n de una s�plica.</p><p>��No lo creo. Parece m�s bien que est� tratando de hacer hincapi� en el m�ximo secreto, en un tono saludablemente apremiante.</p><p>��Las consecuencias de su proposici�n son asombrosas.</p><p>��Mi personal le ha estudiado desde todos los puntos de vista -dijo Wykoff-. Castro no tiene nada que ganar con gastarnos una broma pesada.</p><p>��Ha dicho que emple� un procedimiento muy tortuoso para hacer llegar el documento a nuestras manos.</p><p>Wykoff asinti� con la cabeza.</p><p>��Aunque parezca una locura, los dos correos que lo entregaron en nuestra oficina de Miami afirman que pasaron de Cuba a los Estados Unidos a bordo de un dirigible.</p></section><section><title><p>12</p></title><p>Las monta�as desnudas y las sombr�as crestas de los cr�teres de la Luna se aparecieron a Anastas Rykov cuando mir� a trav�s de las lentes gemelas de un estereoscopio. Ante los ojos del geof�sico sovi�tico, el desolado paisaje lunar se desarroll� en tres dimensiones y vivido color. Tomados desde una altura de cincuenta kil�metros, los detalles eran sorprendentemente claros. Piedrecitas solitarias de menos de una pulgada se distingu�an perfectamente.</p><p>Rykov yac�a boca abajo sobre una colchoneta, estudiando el montaje fotogr�fico que se desarrollaba lentamente en el estereoscopio en dos anchas cintas. El proceso era parecido al de un director de cine realizando una pel�cula, aunque m�s c�modo. Ten�a la mano apoyada en una peque�a unidad de control que pod�a detener las cintas y ampliar la zona que quisiera estudiar.</p><p>Las im�genes hab�an sido recibidas de aparatos perfeccionados de una nave espacial rusa que hab�a circunnavegado la Luna. Dispositivos parecidos a espejos reflejaban la superficie lunar en un prisma que la descompon�a en longitudes de onda espectrales en 263 diferentes tonos de gris: a partir del negro en 263 hasta el blanco en cero. Despu�s, el ordenador de la nave espacial los convert�a en una serie de elementos fotogr�ficos en una cinta de alta densidad. Despu�s de recibir los datos de la nave espacial en �rbita, se imprim�a la imagen en blanco y negro sobre un negativo, por medio de un l�ser, y se filtraba con longitudes de onda azul, roja y verde. Entonces se acentuaba el color por ordenador en dos hojas continuas de papel fotogr�fico que se superpon�a para la interpretaci�n estereosc�pica.</p><p>Rykov se levant� las gafas y se frot� los ojos enrojecidos. Consult� su reloj de pulsera. Faltaban tres minutos para medianoche. Hab�a estado analizando los picachos y los valles de la Luna durante nueve d�as y nueve noches, s�lo dormitando un poco de vez en cuando. Volvi� a calarse las gafas y se pas� ambas manos por la espesa mata de grasientos cabellos negros, d�ndose tristemente cuenta de que no se hab�a ba�ado ni cambiado de ropa desde el comienzo del proyecto.</p><p>Venci� su agotamiento y volvi� a su trabajo, examinando una peque�a zona de origen volc�nico en el lado oculto de la Luna. Solamente quedaban cinco cent�metros de rollo fotogr�fico cuando ces� misteriosamente la imagen. Sus superiores no le hab�an informado de la causa de aquella s�bita interrupci�n, pero presumi� que hab�a sido por mal funcionamiento del aparato explorador.</p><p>La superficie aparec�a arrugada y llena de hoyos, como una piel picada de viruelas bajo una fuerte lente de aumento, y su color parec�a m�s casta�o que gris. El continuo bombardeo de meteoritos a lo largo de las eras hab�a producido cr�teres dentro de los cr�teres y cicatrices cruzando cicatrices anteriores.</p><p>A Rykov casi le pas� por alto. Sus ojos advirtieron algo extra�o pero su fatigada mente no lleg� a captar del todo la se�al. Fatigosamente, hizo retroceder la imagen y ampli� el borde de una empinada cresta que se elevaba desde el fondo de un peque�o cr�ter. Tres objetos diminutos aparecieron en la imagen.</p><p>Lo que vio era incre�ble. Rykov se apart� del estereoscopio y respir� hondo, para despejar la niebla que invad�a su cerebro. Despu�s mir� de nuevo.</p><p>Todav�a estaban all�, pero uno de los objetos era una roca. Los otros dos eran figuras humanas.</p><p>Rykov se qued� pasmado por lo que ve�a. Despu�s empezaron a temblarle las manos y sinti� como un nudo en el est�mago. Estremecido, se levant� de la colchoneta, se dirigi� a una mesa y abri� una libreta que conten�a los n�meros privados de tel�fono del Mando Espacial Militar Sovi�tico. Se equivoc� dos veces antes de conectar con el n�mero correcto.</p><p>Una voz enturbiada por el vodka le respondi�:</p><p>���Qu� pasa?</p><p>���El general Maxim Yasenin?</p><p>��S�, �qui�n es?</p><p>��Usted no me conoce. Me llamo Anastas Rykov. Soy geof�sico del Proyecto Lunar Cosmos.</p><p>El jefe de las misiones espaciales militares sovi�ticas no trat� de disimular su irritaci�n por la intrusi�n de Rykov.</p><p>���Por qu� diablos me llama a esta hora de la noche?</p><p>Rykov se dio perfecta cuenta de que se estaba pasando de la raya, pero no vacil�.</p><p>��Mientras analizaba im�genes tomadas por el Selenos 4, he encontrado algo que es incre�ble. Pens� que deb�a informarle a usted directamente.</p><p>���Est� usted borracho, Rykov?</p><p>��No, general. Cansado, pero absolutamente sobrio.</p><p>��A menos que est� completamente loco, debe saber que ha cometido una falta grave al saltarse a sus superiores.</p><p>��Esto es demasiado importante para comunicarlo a alguien de menos autoridad que usted.</p><p>��Duerma y no ser� tan impertinente por la ma�ana -dijo Yasenin-. Le har� un favor y olvidar� este asunto. Buenas noches.</p><p>���Espere! -grit� Rykov, prescindiendo de toda cautela-. Si no atiende mi llamada, no tendr� m�s remedio que comunicar lo que he descubierto a Vladimir Polevoi.</p><p>La declaraci�n de Rykov fue recibida con un helado silencio. Por �ltimo, dijo Yasenin:</p><p>���Qu� le hace creer que el jefe de seguridad del Estado va a escuchar a un loco?</p><p>��Cuando �l compruebe mi historial, ver� que soy un miembro respetable del Partido y un cient�fico que est� muy lejos de estar loco.</p><p>���Eh? -dijo Yasenin, ahora m�s curioso que irritado. Decidi� hacer que Rykov concretase m�s-. Est� bien. Le escucho. �Qu� es eso tan vital para los intereses de la Madre Rusia que no puede seguir los canales establecidos?</p><p>Rykov habl� pausadamente.</p><p>��Tengo pruebas de que hay alguien en la Luna.</p><empty-line/><p>Cuarenta y cinco minutos m�s tarde, el general Yasenin entr� en el laboratorio de an�lisis fotogr�fico del Centro Geof�sico Espacial. Alto, corpulento y de cara colorada, llevaba un arrugado uniforme lleno de condecoraciones. Sus cabellos eran grises; sus ojos, firmes y duros. Avanz� sin ruido, como acechando a una presa.</p><p>���Es usted Rykov? -pregunt�, sin pre�mbulos.</p><p>��S� -dijo simplemente Rykov, pero con firmeza.</p><p>Se miraron un momento, sin que ninguno de los dos tendiese la mano al otro. Por �ltimo, Rykov carraspe� y se�al� el estereoscopio.</p><p>��Por aqu�, general -dijo-. Tenga la bondad de tumbarse en la colchoneta de cuero y mirar por el ocular.</p><p>Al colocarse Yasenin sobre el fotomontaje, pregunt�:</p><p>���Qu� debo buscar?</p><p>��Enfoque la peque�a zona que he marcado con un c�rculo -respondi� Rykov.</p><p>El general ajust� la lente a su visi�n y mir� hacia abajo, impasible el semblante. Al cabo de un minuto levant� extra�ado la cabeza y volvi� a inclinarse sobre el estereoscopio. Por fin se levant� despacio y mir� a Rykov, con los ojos muy abiertos por el asombro.</p><p>���No es un truco fotogr�fico? -pregunt� tontamente.</p><p>��No, general. Lo que ha visto es real. Dos figuras humanas, vistiendo trajes espaciales, est�n apuntando a Selenos 4 con alguna clase de aparato.</p><p>La mente de Yasenin no pod�a aceptar como cierto lo que sus ojos le dec�an que era verdad.</p><p>��No es imposible. �De d�nde vienen?</p><p>Rykov encogi� los hombros.</p><p>��No lo s�. Si no son astronautas de los Estados Unidos, s�lo pueden ser extraterrestres.</p><p>��Yo no creo en cuentos de hadas.</p><p>��Pero, �c�mo pod�an los americanos lanzar hombres a la Luna sin que se enterasen los medios de comunicaci�n o nuestro servicio secreto?</p><p>��Suponga que dejaron hombres y material all� durante el programa Apolo. Esto ser�a posible.</p><p>��Su �ltimo alunizaje conocido fue en 1972, con el Apolo 17 -le record� Rykov-. Ning�n ser humano podr�a sobrevivir en las duras condiciones lunares durante diecisiete a�os, sin recibir suministros.</p><p>��No puedo pensar en nadie m�s -insisti� Yasenin.</p><p>Volvi� al estereoscopio y estudi� atentamente las figuras humanas que estaban en el cr�ter. La luz del sol ven�a de la derecha, proyectando sus sombras hacia la izquierda. Los trajes eran blancos, y pudo distinguir las viseras de un verde oscuro de los cascos. �stos ten�an una forma que le era desconocida. Yasenin pudo observar claramente unas pisadas que se perd�an en la sombra negra como el carb�n proyectado por el borde del cr�ter.</p><p>��S� lo que est� buscando, general -dijo Rykov-, pero ya he examinado el suelo del cr�ter y no he encontrado rastro de su nave espacial.</p><p>��Tal vez descendieron desde la cima.</p><p>��La pared tiene m�s de mil pies y est� cortada a pico.</p><p>��No puedo explic�rmelo -reconoci� Yasenin, a media voz.</p><p>��Por favor, observe atentamente el aparato que sostienen ambos, apuntando al Selenos 4. Parece una gran c�mara fotogr�fica con un teleobjetivo sumamente largo.</p><p>��No -dijo Yasenin-. Ahora ha pisado usted mi terreno. No es una c�mara, sino un arma.</p><p>���Un l�ser?</p><p>��Nada tan avanzado. Me parece que es un sistema de misil manual tierra-aire, de manufactura americana. Un Lariat tipo 40, dir�a yo. Es guiado electr�nicamente y tiene un alcance de diez millas en la Tierra, probablemente mucho m�s en la rarificada atm�sfera de la Luna. Las fuerzas de la OTAN lo pusieron en condiciones de funcionamiento hace unos seis a�os. Vea en qu� para su teor�a de los extraterrestres.</p><p>Rykov se qued� estupefacto.</p><p>��Cada kilogramo de peso es precioso en un vuelo espacial. �Por qu� llevar algo tan pesado e in�til como un lanzador de cohetes?</p><p>��Los hombres del cr�ter ten�an un objetivo. Lo emplearon contra el Selenos 4.</p><p>Rykov reflexion� un momento.</p><p>��Esto explicar�a por qu� el dispositivo explorador dej� de funcionar un minuto m�s tarde. Estaba averiado�</p><p>��Alcanzado por un cohete -termin� Yasenin.</p><p>��Tuvimos suerte de que emitiese los datos antes de estrellarse -explic� Rykov.</p><p>��L�stima que la tripulaci�n fuese menos afortunada.</p><p>Rykov mir� al general, inseguro de haberle o�do bien.</p><p>��El Selenos 4 no iba tripulado.</p><p>Yasenin sac� una fina pitillera de oro de su guerrera, cogi� un cigarrillo y lo encendi� con un encendedor fijado en aqu�lla. Despu�s la guard� de nuevo en un bolsillo del pecho.</p><p>��S�, desde luego, el Selenos 4 <emphasis>no </emphasis>llevaba tripulaci�n -afirm� el general.</p><p>��Pero usted ha dicho�</p><p>��No he dicho nada -dijo Yasenin, sonriendo fr�amente.</p><p>El mensaje era claro. Rykov apreciaba demasiado su posici�n para insistir en el tema. Asinti� con la cabeza.</p><p>���Quiere usted un informe sobre lo que hemos visto aqu� esta noche? -pregunt� Rykov.</p><p>��El original, sin sacar ninguna copia, debe estar sobre mi mesa antes de las diez de la ma�ana. Y, Rykov, es necesario que le recuerde que debe considerar esto como un secreto de Estado de m�xima prioridad.</p><p>��No hablar� de ello a nadie, salvo a usted, general.</p><p>��Muy bien. Podr� llevarse parte del honor de esto.</p><p>Rykov no iba a dejar de respirar esperando la recompensa, pero no pudo reprimir una impresi�n de orgullo por su trabajo.</p><p>Yasenin volvi� al estereoscopio, atra�do por la imagen de los intrusos en la Luna.</p><p>��Conque han empezado las fabulosas guerras estelares -murmur� para s�-. Y los americanos han dado el primer golpe.</p></section><section><title><p>13</p></title><p>Pitt rechaz� toda idea de almorzar y desenvolvi� uno de los paquetes de cereales y fruta que guardaba en su mesa. Coloc� el envoltorio sobre una papelera para que cayesen en ella las migajas, y mantuvo fija la atenci�n en una gran carta n�utica extendida sobre la mesa. La tendencia de la carta a enroscarse era contrarrestada con un bloc y dos libros sobre naufragios hist�ricos que estaban abiertos en los cap�tulos correspondientes al <emphasis>Cyclops. </emphasis>La carta abarcaba una gran zona del Old Bahama Channel, flanqueada al sur por el archipi�lago de Camag�ey, un grupo de islas desparramadas frente a la costa de Cuba, y las aguas poco profundas del Great Bahama Bank al norte. En el �ngulo superior izquierdo de la carta estaba el Cay Sal Bank, cuya punta sudeste inclu�a los Anguilla Cays.</p><p>Se ech� atr�s en su silla y tom� un pu�ado de cereales. Despu�s se inclin� de nuevo sobre la carta, afil� un l�piz y tom� un par de compases de punta seca. Colocando las puntas fijas de los compases sobre la escala impresa al pie de la carta, midi� veinte millas n�uticas y marc� cuidadosamente con una punta de l�piz la distancia desde la punta de los Anguilla Cays. Despu�s, traz� un corto arco a cincuenta millas al sudeste. Rotul� el punto de arriba con las palabras <emphasis>Crogan Castle </emphasis>y el arco inferior con la de <emphasis>Cyclops </emphasis>y un signo de interrogaci�n.</p><p>En alguna parte por encima del arco es donde se hundi� el <emphasis>Cyclops, </emphasis>razon�. Presunci�n l�gica dadas la posici�n del barco maderero al pedir auxilio y la distancia del <emphasis>Cyclops </emphasis>expresada en la respuesta.</p><p>El �nico problema era que la pieza del rompecabezas correspondiente a Raymond LeBaron no se acoplaba.</p><p>Dada su experiencia en la b�squeda de barcos naufragados, Pitt estaba convencido de que LeBaron hab�a realizado cien veces el mismo ejercicio, aunque fij�ndose m�s en las corrientes, y conocido las condiciones atmosf�ricas en el d�a del naufragio y la velocidad proyectada del carbonero de la Marina. Pero la conclusi�n era siempre la misma. El <emphasis>Cyclops </emphasis>debi� de hundirse en medio del canal bajo 260 brazas de agua o sea a m�s de 1.460 metros. Una profundidad demasiado grande para que el barco fuera visible, salvo para los peces.</p><p>Pitt se retrep� en su silla y contempl� fijamente las marcas en la carta. A menos que LeBaron hubiese conseguido una informaci�n que nadie m�s conoc�a, �qu� estaba buscando? Ciertamente, no el <emphasis>Cyclops, </emphasis>y ciertamente, no desde un dirigible. Una exploraci�n desde la superficie o desde un submarino habr�a sido m�s adecuada.</p><p>Adem�s, la primera zona de exploraci�n estaba solamente a veinte millas de Cuba. Un lugar muy inc�modo para volar en una lenta bolsa de gas. Las lanchas ca�oneras de Castro habr�an levantado la veda ante una presa tan f�cil.</p><p>Estaba sentado, sumido en sus reflexiones, mordisqueando cereales y buscando en el plan de Raymond LeBaron alg�n detalle que se le hubiese escapado, cuando son� el intercomunicador sobre su mesa. Apret� un bot�n:</p><p>���S�?</p><p>��Sandecker. �Puede venir a mi despacho?</p><p>��Dentro de cinco minutos, almirante.</p><p>��Procure que sean dos.</p><p>El almirante James Sandecker era el director de la Agencia Mar�tima y Submarina Nacional. De poco menos de sesenta a�os, era un hombre de baja estatura, cuerpo delgado y enjuto, pero duro como el acero. Los cabellos lisos y la barba eran de un rojo fuerte. Fan�tico de la buena forma f�sica, segu�a un r�gimen estricto de ejercicio. Su carrera naval se distingu�a m�s por la tenacidad y la eficacia que por la t�ctica de combate. Y aunque no era popular en los c�rculos sociales de Washington, los pol�ticos le respetaban por su integridad y sus facultades de organizador.</p><p>El almirante salud� a Pitt cuando �ste entr� en su despacho con un breve asentimiento con la cabeza, y despu�s se�al� a una mujer que estaba sentada en un sill�n de cuero al otro lado de la habitaci�n.</p><p>��Dirk, creo que ya conoce a la se�ora Jessie LeBaron.</p><p>Ella levant� la mirada y sonri�, pero era una sonrisa zalamera. Pitt se inclin� ligeramente y le estrech� la mano.</p><p>��Lo siento -dijo con indiferencia-, pero preferir�a olvidar c�mo conoc� a la se�ora LeBaron.</p><p>Sandecker frunci� el entrecejo.</p><p>���Hay algo que yo ignore?</p><p>��Fue culpa m�a -dijo Jessie, mirando a Pitt a los ojos verdes y g�lidos-. Fui muy descort�s con el se�or Pitt la noche pasada., Espero que acepte mis disculpas y olvide mis malos modales.</p><p>��No tiene que ser tan ceremoniosa, se�ora LeBaron. Como somos viejos conocidos no me dar� un berrinche si me llama Dirk. En cuanto a perdonarla, �cu�nto va a costarme?</p><p>��Mi intenci�n era contratar <emphasis>sus </emphasis>servicios -respondi� ella, haciendo caso omiso de la pulla.</p><p>Pitt dirigi� a Sandecker una mirada de perplejidad.</p><p>��Es extra�o, pues ten�a la rara impresi�n de que yo trabajaba para la AMSN.</p><p>��El almirante Sandecker ha tenido la amabilidad de acceder a darle unos d�as libres; siempre, desde luego, que usted acepte -dijo ella.</p><p>���Para hacer qu�?</p><p>��Buscar a mi marido.</p><p>��No hay trato.</p><p>���Puedo preguntarle por qu�?</p><p>��Tengo otros planes.</p><p>��No quiere trabajar para m� porque soy una mujer. �Es eso?</p><p>��El sexo no influye para nada en mi decisi�n. Digamos que no quiero trabajar para alguien a quien no puedo respetar.</p><p>Se hizo un silencio embarazoso. Pitt mir� al almirante. �ste ten�a los labios torcidos en una mueca, pero sus ojos centelleaban ostensiblemente. El viejo bastardo la est� gozando, pens� Pitt.</p><p>��Me ha juzgado mal, Dirk.</p><p>Jessie se hab�a puesto colorada y parec�a confusa, pero sus ojos eran duros como el cristal.</p><p>��Por favor -dijo Sandecker, levantando ambas manos-. Firmemos una tregua. Sugiero que los dos se re�nan una tarde y discutan el asunto durante la cena.</p><p>Pitt y Jessie se miraron largamente. Despu�s, la boca de Pitt se distendi� en una amplia y contagiosa sonrisa.</p><p>��Por mi parte, de acuerdo, siempre que pague yo la cena.</p><p>Jessie tuvo que sonre�r tambi�n, a su pesar.</p><p>��Perm�tame que tenga un poco de amor propio. �Pagamos a medias?</p><p>��Est� bien.</p><p>��Ahora podemos ir al grano -dijo Sandecker, en su tono pr�ctico-. Antes de que entrase usted, Dirk, est�bamos discutiendo teor�as sobre la desaparici�n del se�or LeBaron.</p><p>Pitt mir� a Jessie.</p><p>���No tiene usted la menor duda de que los cad�veres que se encontraron en el dirigible no eran los del se�or LeBaron y sus acompa�antes?</p><p>Jessie sacudi� la cabeza.</p><p>��No.</p><p>��Yo les vi. Era dif�cil identificarlos.</p><p>��El cad�ver que estaba en el dep�sito era m�s musculoso que Raymond -explic� Jessie-. Tambi�n llevaba un reloj de pulsera Cartier de imitaci�n. Una de esas copias baratas que fabrican en Taiw�n. Yo hab�a regalado a mi marido un costoso reloj aut�ntico en nuestro primer aniversario de boda.</p><p>��Yo he hecho unas cuantas llamadas por mi cuenta -a�adi� Sandecker-. El forense de Miami confirm� el juicio de Jessie. Las caracter�sticas f�sicas de los cad�veres no coincid�an con las de los tres hombres que tripulaban el <emphasis>Prosperteer.</emphasis></p><p>Pitt mir� de Sandecker a Jessie LeBaron, d�ndose cuenta de que se estaba metiendo en algo que habr�a querido evitar: los embrollos sentimentales que complicaban cualquier proyecto que dependiese de una s�lida investigaci�n, un montaje pr�ctico y una organizaci�n perfecta.</p><p>��Los cuerpos y la ropa cambiados -dijo Pitt-. Joyas aut�nticas sustituidas por otras falsas. �Se ha formado alguna idea sobre los motivos, se�ora LeBaron?</p><p>��No s� qu� pensar.</p><p>���Sab�a que, entre el tiempo en que desapareci� el dirigible y el de su reaparici�n en Key Biscayne, hubo que volver a hinchar con helio las bolsas de gas?</p><p>Ella abri� el bolso, sac� un Kleenex y se enjug� deliciosamente la nariz, para hacer algo con las manos.</p><p>��Cuando la polic�a devolvi� el <emphasis>Prosperteer, </emphasis>el jefe del personal de tierra de mi marido lo inspeccion� minuciosamente. Tengo su informe, si quiere verlo. Es usted muy perspicaz. Descubri� que las bolsas de gas hab�an sido rellenadas. Pero no con helio, sino con hidr�geno.</p><p>Pitt la mir�, sorprendido.</p><p>���Con hidr�geno? �ste no ha sido empleado en los dirigibles desde que se incendi� el <emphasis>Hindenburg.</emphasis></p><p>��No se preocupe -dijo Sandecker-. Las bolsas de gas del <emphasis>Prosperteer </emphasis>han sido nuevamente llenadas de helio.</p><p>���Adonde quiere ir a parar? -pregunt� cautelosamente Pitt.</p><p>Sandecker le dirigi� una dura mirada.</p><p>��Tengo entendido que quiere ir en busca del <emphasis>Cyclops.</emphasis></p><p>��No es ning�n secreto -respondi� Pitt.</p><p>��Tendr�a que hacerlo cuando dispusiera de tiempo y sin personal ni equipo de la AMSN. El Congreso me despellejar�a si se enterasen de que he autorizado la busca de un tesoro con fondos del Gobierno.</p><p>��Lo s�.</p><p>���Quiere prestar o�dos a otra proposici�n?</p><p>��Le escucho.</p><p>��No quiero andarme con rodeos para decirle que me prestar� un gran servicio si considera confidencial esta conversaci�n. Si sale a la luz, soy hombre al agua, pero esto es mi problema, �no es cierto?</p><p>��Si usted lo dice, s�.</p><p>��Usted hab�a sido designado para dirigir una exploraci�n del fondo del mar de Bering, cerca de las Aleutianas, el mes pr�ximo. Har� que le substituya Jack Harris, que est� trabajando en minas en aguas profundas. Para evitar preguntas o investigaciones ulteriores o jaleos burocr�ticos, cortaremos sus relaciones con la AMSN. A partir de ahora, estar� de permiso hasta que encuentre a Raymond LeBaron.</p><p>��Hasta que encuentre a Raymond LeBaron -repiti� sarc�sticamente Pitt-. Un bonito regalo. La pista se ha enfriado en dos semanas y se enfr�a m�s a cada hora que pasa. No tenemos motivos, ni indicios, ni clave alguna para saber por qu� desapareci�, qui�n le hizo desaparecer, y c�mo. Imposible es decir poco.</p><p>���Quiere al menos intentarlo? -pregunt� Sandecker.</p><p>Pitt contempl� el entablado de teca del suelo del despacho del almirante, viendo un mar tropical a dos mil millas de distancia. Le disgustaba intervenir en un enigma sin poder intuir al menos una soluci�n aproximada. Sab�a que Sandecker estaba convencido de que aceptar�a el desaf�o. Perseguir una cosa desconocida m�s all� del horizonte era un se�uelo que Pitt nunca pod�a resistir.</p><p>��Si me encargo de esto, necesitar� el mejor equipo cient�fico de la AMSN y una embarcaci�n exploradora de primera clase. Recursos y una influencia pol�tica que me respalde. Y apoyo militar en caso de conflicto.</p><p>��Tengo las manos atadas, Dirk. No puedo ofrecerle nada.</p><p>���Qu�?</p><p>��Ya se lo he dicho. La situaci�n exige que la b�squeda se realice con todo el secreto que sea posible. Tendr� que hacerla sin apoyo de la AMSN.</p><p>���Pero sabe usted lo que est� diciendo? -pregunt� Pitt-.�Espera que yo, un hombre trabajando solo, logre lo que la mitad de la Marina, la Fuerza A�rea y la Guardia Costera no han podido conseguir? �Caray! Fueron incapaces de encontrar una aeronave de cincuenta metros de longitud, hasta que se present� por s� sola. �Qu� se presume que voy a emplear yo? �Una canoa y una varita de zahor�?</p><p>��La idea -explic� pacientemente Sandecker- es que siga la �ltima ruta conocida de LeBaron en el <emphasis>Prosperteer.</emphasis></p><p>Pitt se dej� caer despacio en el sof� del despacho.</p><p>��Es el plan m�s descabellado que he o�do en mi vida -dijo, con incredulidad. Se volvi� a Jessie-. �Est� usted de acuerdo con esto?</p><p>��Yo har� todo lo que sea necesario para encontrar a mi marido -dijo serenamente ella.</p><p>��Es una majader�a -dijo gravemente Pitt. Se levant� y empez� a pasear de un lado a otro, cruzando y descruzando las manos-. �Y por qu� tanto secreto? Su marido era un hombre importante, una celebridad, confidente de los ricos y famosos, �ntimamente relacionado con altos funcionarios del Gobierno, un gur� financiero para los ejecutivos de las grandes corporaciones. En nombre de Dios, �por qu� soy yo el �nico hombre del pa�s que puede ir en su busca?</p><p>��Dirk -dijo suavemente Sandecker-, el imperio financiero de Raymond LeBaron afecta a cientos de miles de personas. Precisamente ahora, est� en una situaci�n ambigua, porque �l figura todav�a en la lista de desaparecidos. No puede demostrarse que est� vivo ni que est� muerto. El Gobierno ha suspendido la b�squeda, porque se han gastado m�s de cinco millones de d�lares en equipos militares de rescate, sin que se haya averiguado nada, sin que se haya encontrado un indicio de d�nde pudo desaparecer. Los congresistas atentos al presupuesto rugir�n pidiendo cabelleras si se gasta m�s dinero del Gobierno en otro esfuerzo in�til.</p><p>���Y qu� me dice del sector privado y de los asociados comerciales del propio LeBaron?</p><p>��Muchos magnates de los negocios respetaban a LeBaron, pero la mayor�a de ellos fueron zaheridos por �ste en alguna ocasi�n en sus editoriales. No se gastar�n un centavo ni se apartar�n ni un paso de su camino para buscarle. En cuanto a los hombres que le rodean, tienen m�s que ganar con su muerte.</p><p>��Lo mismo que Jessie, aqu� presente -dijo Pitt, mir�ndola.</p><p>Ella sonri� d�bilmente.</p><p>��No puedo negarlo. Pero la mayor parte de su fortuna ir� a parar a obras de caridad y a otros miembros de la familia. Sin embargo, me corresponde una importante herencia.</p><p>��Usted debe tener un yate, se�ora LeBaron. �Por qu� no re�ne un equipo de investigadores por su cuenta y buscan a su marido?</p><p>��Hay razones, Dirk, que me impiden realizar una acci�n as�, que tendr�a gran publicidad. Unas razones que a usted no le incumben. El almirante y yo creemos que hay una posibilidad, aunque sea remota, de que tres personas puedan repetir sin ruido el vuelo del <emphasis>Prosperteer </emphasis>en las mismas condiciones y descubrir lo que le ocurri� a Raymond.</p><p>���Por qu� tomarnos este trabajo? -pregunt� Pitt-. Todas las islas y arrecifes en el radio que pod�a alcanzar el dirigible fueron examinados en la investigaci�n inicial. Yo s�lo podr�a hacer la misma ruta.</p><p>��Pudo pasarles algo por alto.</p><p>���Tal vez Cuba?</p><p>Sandecker sacudi� la cabeza.</p><p>��Castro habr�a denunciado que LeBaron hab�a volado sobre territorio cubano siguiendo instrucciones de la C�A y habr�a pregonado la captura del dirigible. No; tiene que haber otra respuesta.</p><p>Pitt se dirigi� a la ventana del rinc�n y contempl� con nostalgia una flota de peque�os veleros que celebraban una regata en el r�o Anacostia. Las velas blancas resplandec�an sobre el agua verde oscura mientras se dirig�an a las boyas.</p><p>���C�mo sabremos d�nde concentrar nuestra atenci�n? -pregunt�, sin volverse-. Tenemos ante nosotros una zona a investigar de mil kil�metros cuadrados. Tardar�amos semanas en cubrirla eficazmente.</p><p>��Yo tengo todas las cartas y notas de mi marido -dijo Jessie.</p><p>���Las dej� �l antes de partir?</p><p>��No; fueron encontradas en el dirigible.</p><p>Pitt observ� en silencio los veleros, con los brazos cruzados sobre el pecho. Trataba de sondear los motivos, de penetrar en la intriga, de buscar garant�as. Trataba de distinguir todo esto y ordenarlo en su mente.</p><p>���Cu�ndo partimos? -pregunt� al fin.</p><p>��Ma�ana al amanecer -respondi� Sandecker.</p><p>���Insisten todav�a los dos en que yo dirija la expedici�n?</p><p>��As� es -dijo llanamente Jessie.</p><p>��Quiero dos hombres experimentados para formar mi tripulaci�n. Ambos pertenecientes a la AMSN. Es condici�n indispensable</p><p>La cara de Sandecker se nubl�.</p><p>��Ya le he explicado�</p><p>��Ha conseguido la Luna, almirante, y ahora pide Marte. Hace demasiado tiempo que somos amigos para que no sepa que nunca trabajo sobre bases equ�vocas. D� tambi�n permiso para ausentarse a los dos hombres que necesito. H�galo como mejor le parezca.</p><p>Sandecker no estaba irritado. Ni siquiera contrariado. Si hab�a un hombre en el pa�s capaz de realizar lo inconcebible, �ste era Pitt. El almirante no ten�a m�s cartas que jugar; por consiguiente se rindi�.</p><p>��Est� bien -dijo a media voz-. Los tendr�.</p><p>��Hay otra cosa.</p><p>���Y es? -pregunt� Sandecker.</p><p>Pitt se volvi�, con una fr�a sonrisa. Mir� de Jessie al almirante. Despu�s se encogi� de hombros y dijo:</p><p>��No he pilotado nunca un dirigible.</p></section><section><title><p>14</p></title><p>��Me parece que est� usted tramando algo a mis espaldas -dijo Sam Emmett, jefe del Federal Bureau of Investigation, que no ten�a pelos en la lengua.</p><p>El presidente le mir� por encima de su mesa en el Sal�n Oval y sonri� con benevolencia.</p><p>��Tiene usted toda la raz�n, Sam; estoy haciendo exactamente eso.</p><p>��Su franqueza le honra.</p><p>��No se incomode, Sam. Esto no quiere decir en modo alguno que est� descontento de usted o del FBI.</p><p>��Entonces, �por qu� no puede decirme de qu� se trata? -pregunt� Emmett, dominado por su indignaci�n.</p><p>��En primer lugar, es sobre un asunto de pol�tica extranjera.</p><p>���Ha sido consultado Martin Brogan, de la C�A?</p><p>��No se le ha dicho nada a Martin. Le doy mi palabra.</p><p>���Y en segundo lugar?</p><p>El presidente no estaba dispuesto a dejarse presionar.</p><p>��Eso es asunto m�o.</p><p>Emmett se puso tenso.</p><p>��Si el presidente desea mi dimisi�n�</p><p>��No deseo nada de eso -le interrumpi� el presidente-. Usted es el hombre m�s capacitado para dirigir el FBI. Ha realizado un magn�fico trabajo, y yo he sido siempre uno de sus m�s firmes apoyos. Sin embargo, si quiere hacer los b�rtulos y marcharse a casa, porque cree que su vanidad ha sido ofendida, es muy libre de hacerlo. Me demostrar� que le hab�a juzgado mal.</p><p>��Pero si usted no conf�a�</p><p>��Espere un momento, Sam. No digamos nada de lo que podamos arrepentimos ma�ana. No estoy poniendo en tela de juicio su lealtad ni su integridad. Nadie va a herirle por la espalda. No estamos hablando de cr�menes ni de espionaje. Este asunto no concierne directamente al FBI ni a ninguna de las agencias de informaci�n. Lo cierto es que es usted quien debe confiar en m�, al menos durante la pr�xima semana. �Lo har�?</p><p>El amor propio de Emmett se apacigu� temporalmente. Se encogi� de hombros y dijo:</p><p>��Usted gana, se�or presidente. Dejemos las cosas como est�n. Har� lo que usted diga.</p><p>El presidente suspir� profundamente.</p><p>��Le prometo que no le defraudar�, Sam.</p><p>��Se lo agradezco.</p><p>��Bien. Ahora empecemos por el principio. �Qu� han descubierto sobre los cad�veres de Florida?</p><p>La expresi�n de incomodidad se borr� del semblante de Emmett, que se relaj� visiblemente. Abri� su cartera y entreg� al presidente una carpeta de cuero.</p><p>��Aqu� hay un informe detallado del laboratorio de patolog�a del Walter Reed. Su examen fue muy valioso y nos sirvi� para la identificaci�n de los cuerpos.</p><p>El presidente le mir�, sorprendido.</p><p>���Los han identificado?</p><p>��Fue el an�lisis de la pasta <emphasis>borscht </emphasis>lo que nos dio la pista.</p><p><emphasis>���Borscht?</emphasis></p><p>���Recuerda que el forense de Dade County determin� como causa de la muerte la hipotermia, o congelaci�n?</p><p>��S�.</p><p>��Bueno, la pasta <emphasis>borscht </emphasis>es un excelente complemento de la dieta de los cosmonautas rusos. Los tres cad�veres ten�an lleno el est�mago de esta sustancia.</p><p>���Me est� diciendo que Raymond LeBaron y sus acompa�antes fueron cambiados por tres cosmonautas sovi�ticos muertos?</p><p>Emmett asinti� con la cabeza.</p><p>��Incluso pudimos saber su nombre, gracias a un desertor, un antiguo m�dico que trabaj� en el programa espacial ruso. Los hab�a examinado en varias ocasiones.</p><p>���Cu�ndo desert�?</p><p>��Se pas� a nuestro bando en agosto del 87.</p><p>��Hace un poco m�s de dos a�os.</p><p>��Exacto -reconoci� Emmett-. Los nombres de los cosmonautas encontrados en el dirigible de LeBaron son: Sergei Zochenko, Alexander Yudenich e Ivan Ronsky. Yudenich era un novato, pero Zochenko y Ronsky eran ambos veteranos, con dos viajes espaciales cada uno.</p><p>��Dar�a mi salario de un a�o por saber c�mo fueron a parar a aquel maldito dirigible.</p><p>��Por desgracia, no averiguamos nada concerniente a esta parte del misterio. En este momento, los �nicos rusos que circunnavegan la Tierra son cuatro cosmonautas a bordo de la estaci�n espacial Salyut 9. Pero los de la NASA, que siguen su vuelo, dicen que gozan todos ellos de buena salud.</p><p>El presidente asinti� con la cabeza.</p><p>��Esto elimina a cualquier cosmonauta sovi�tico en vuelo espacial y nos deja solamente a los que estaban en tierra.</p><p>��Esto es lo m�s extra�o -sigui� diciendo Emmett-. Seg�n los pat�logos forenses del hospital Walter Reed, los tres hombres a quienes examinaron murieron congelados probablemente cuando estaban en el espacio.</p><p>El presidente arque� las cejas.</p><p>���Pueden demostrarlo?</p><p>��No, pero dicen que varios factores apuntan en esta direcci�n, empezando por la pasta <emphasis>borscht </emphasis>y el an�lisis de otros alimentos condensamos que se sabe que consumen los sovi�ticos durante los viajes espaciales. Tambi�n encontraron se�ales fisiol�gicas evidentes de que aquellos hombres hab�an respirado aire con una elevada proporci�n de ox�geno y pasado un tiempo considerable en estado de ingravidez.</p><p>��No ser�a la primera vez que los sovi�ticos han lanzado hombres al espacio y no han podido recuperarlos. Podr�an haber estado all� arriba durante a�os y ca�do a la Tierra hace unas pocas semanas al reducirse su �rbita.</p><p>��Yo s�lo conozco dos casos en que los sovi�ticos sufrieron accidentes fatales -dijo Emmett-. El cosmonauta cuya nave se enred� con los hilos del paraca�das y se estrell� en Siberia a ochocientos kil�metros por hora. Y tres tripulantes de un Soyuz que murieron al escaparse el ox�geno por una ventanilla defectuosa.</p><p>���sas son las cat�strofes que no pudieron encubrir -dijo el presidente-. La C�A ha registrado al menos treinta muertes de cosmonautas desde que empezaron sus misiones espaciales, Nueve de ellos est�n todav�a all� arriba rodando en el espacio. Nosotros no podemos anunciarlo, porque restar�a eficacia a nuestras fuentes de informaci�n.</p><p>��Lo sabemos, pero ellos no saben que lo sabemos.</p><p>��Exactamente.</p><p>��Lo cual nos lleva de nuevo a los tres cosmonautas que yacen aqu�, en Washington -dijo Emmett, sujetando la cartera sobre sus rodillas.</p><p>��Y a un mont�n de preguntas, empezando por �sta: �de d�nde vinieron?</p><p>��Yo hice algunas averiguaciones en el Centro de Defensa Aeroespacial. Sus t�cnicos dicen que las �nicas naves espaciales que han lanzado los rusos, lo bastante grandes para ser tripuladas, adem�s de sus estaciones en �rbita, son las sondas lunares Selenos.</p><p>Al o�r la palabra �lunares�, algo centelle� en la mente del presidente.</p><p>���Qu� me dice de las sondas Selenos?</p><p>��Se lanzaron tres y ninguna regres�. Los de Defensa pensaron que era muy raro que los sovi�ticos fallasen tres veces seguidas en vuelos en �rbita de la Luna.</p><p>���Cree que eran tripuladas?</p><p>��Ciertamente -dijo Emmett-. Los sovi�ticos son maestros en el enga�o. Como ha sugerido usted, casi nunca confiesan un fracaso en el espacio. Y mantener secretas las operaciones para un pr�ximo alunizaje era estrictamente normal en ellos.</p><p>��Bien. Si aceptamos la teor�a de que los tres cuerpos proced�an de una de las naves espaciales Selenos, �d�nde aterriz� �sta? Ciertamente no por su rumbo acostumbrado, de regreso a la Tierra, sobre las estepas de Kazakhst�n.</p><p>��Yo presumo que ser�a en alg�n lugar de o alrededor de Cuba.</p><p>��Cuba -el presidente pronunci� despacio las dos s�labas. Despu�s sacudi� la cabeza-. Los rusos no permitir�an jam�s que sus h�roes nacionales, vivos o muertos, fuesen empleados para alg�n fant�stico plan secreto.</p><p>��Tal vez no lo saben.</p><p>El presidente mir� a Emmett.</p><p>���Que no lo saben?</p><p>��Digamos, como hip�tesis, que su nave espacial funcion� mal y cay� en o cerca de Cuba. Aproximadamente al mismo tiempo, aparecen Raymond LeBaron y su dirigible buscando un barco que llevaba un tesoro, y son capturados. Entonces, por alguna raz�n desconocida, los cubanos cambian a LeBaron y sus compa�eros por los cad�veres de los cosmonautas y env�an el dirigible hacia Florida.</p><p>���Se da cuenta de lo rid�culo que parece todo esto?</p><p>Emmett se ech� a re�r.</p><p>��Desde luego, pero considerando lo que sabemos, es lo mejor que podemos imaginar.</p><p>El presidente se ech� atr�s en su sill�n y contempl� el adornado techo.</p><p>��Mire, puede que haya dado con un fil�n.</p><p>Una expresi�n perpleja se pint� en el semblante de Emmett.</p><p>���C�mo es eso?</p><p>��Consideremos el asunto. Supongamos, s�lo supongamos, que Fidel Castro est� tratando de decirnos algo.</p><p>��Eligi� una manera muy rara de enviarnos una se�al.</p><p>El presidente tom� una pluma y empez� a garabatear en un bloc.</p><p>��A Fidel nunca le han gustado las sutilezas diplom�ticas.</p><p>���Quiere que contin�e la investigaci�n? -pregunt� Emmett.</p><p>��No -respondi� rotundamente el presidente.</p><p>���Insiste en mantener a oscuras al FBI?</p><p>��No es un asunto interior de competencia del Departamento de Justicia, Sam. Le agradezco su ayuda, pero ya la ha llevado lo m�s lejos que pod�a.</p><p>Emmett cerr� su carpeta y se puso en pie.</p><p>���Puedo hacerle una pregunta delicada?</p><p>��H�gala.</p><p>��Ahora que hemos establecido la posibilidad, por remota que sea, de un secuestro de Raymond LeBaron por cubanos, �por qu� se guarda la informaci�n el presidente de los Estados Unidos y prohibe que sus agencias investigadoras sigan la pista?</p><p>��Una buena pregunta, Sam. Tal vez dentro de pocos d�as sabremos ambos la respuesta.</p><p>Momentos despu�s de haber salido Emmett del Sal�n Oval, el presidente se volvi� en su sill�n giratorio y mir� por la ventana. Ten�a la boca seca y el sudor empapaba sus axilas. Le hab�a asaltado el presentimiento de que hab�a una relaci�n entre la Jersey Colony y el desastre de la sonda lunar sovi�tica.</p></section><section><title><p>15</p></title><p>Ira Hagen detuvo su coche alquilado ante la puerta de seguridad y mostr� un documento de identidad oficial. El guardia hizo una llamada telef�nica al centro de visitantes del Laboratorio Nacional de F�sica Harvey Pattenden y despu�s indic� a Hagen que pod�a pasar.</p><p>�ste subi� por el paseo y encontr� un espacio vac�o en una amplia zona de aparcamiento llena de coches. En el jard�n que rodeaba el laboratorio hab�a bosquecillos de pinos y rocas musgosas plantadas en medio de ondulados mont�culos herbosos. El edificio era t�pico de los centros tecnol�gicos que hab�an crecido como hongos en todo el pa�s. Arquitectura contempor�nea, con mucho cristal y paredes de ladrillo de esquinas redondeadas.</p><p>Una atractiva recepcionista, sentada detr�s de una mesa en forma de herradura, levant� la cabeza y sonri� al verle entrar en el vest�bulo.</p><p>���En qu� puedo servirle?</p><p>��Soy Thomas Judge y deseo ver al doctor Mooney.</p><p>Ella cumpli� una vez m�s la rutina del tel�fono y asinti� con la cabeza.</p><p>��S�, se�or Judge. Tenga la bondad de entrar en el centro de seguridad, a mi espalda. Ellos le acompa�ar�n desde all�.</p><p>��Antes de entrar, �me puede indicar d�nde est� el lavabo, por favor?</p><p>��Desde luego -dijo ella, se�alando-. La puerta de la derecha, debajo del mural.</p><p>Hagen le dio las gracias y pas� por debajo de una enorme pintura de una nave espacial futurista volando entre dos planetas de un verdeazul espectral. Entr� en un excusado, cerr� la puerta y se sent� en el water. Abriendo una cartera, sac� un bloc de papel amarillo oficial y lo abri� por la mitad. Despu�s, escribiendo en la parte de arriba del dorso de una hoja, tom� una serie de enigm�ticas notas y dibuj� unos esquemas sobre los sistemas de seguridad que hab�a observado desde que hab�a entrado en el edificio. Un buen agente secreto no pondr�a nunca nada por escrito, pero Hagen pod�a permit�rselo, sabiendo que el presidente saldr�a fiador de �l si era descubierto.</p><p>Pocos minutos m�s tarde, sali� del lavabo y entr� en una habitaci�n encristalada donde hab�a cuatro guardias uniformados, que observaban una serie de veinte pantallas de televisi�n instaladas en una misma pared. Uno de los guardias se levant� de una consola y se acerc� a la ventanilla.</p><p>���Se�or?</p><p>��Tengo una cita con el doctor Mooney.</p><p>El guardia repas� una lista de visitantes.</p><p>��S�, se�or; usted debe ser Thomas Judge. Por favor, �puede mostrarme alg�n documento de identidad?</p><p>Hagen le mostr� su permiso de conducir y su tarjeta de identidad. Entonces, el guardia le pidi� cort�smente que abriese la cartera. Despu�s de un r�pido examen, le indic� en silencio que cerrase la cartera, le pidi� que firmase en una hoja de �entrada y salida� y le dio una tarjeta de pl�stico para que la prendiese en el bolsillo superior de su chaqueta.</p><p>��El despacho del doctor Mooney est� al fondo de aquel pasillo.</p><p>Ya en el corredor, Hagen se detuvo para ponerse las gafas y mirar dos placas de bronce que hab�a en la pared. Cada una de ellas ten�a el perfil en relieve de un hombre. Una estaba dedicada al Dr. Harvey Pattenden, fundador del laboratorio, y daba una breve descripci�n de sus logros en el campo de la f�sica. Pero fue la otra placa la que intrig� a Hagen. Dec�a as�:</p><p>A la memoria del Dr. Leonard Hudson</p><p>1926-1965</p><p>Su genio creador inspir�</p><p>a todos los que le siguieron.</p><p>No muy original, pens� Hagen. Pero ten�a que reconocer el m�rito de Hudson al representar el papel de muerto hasta en el �ltimo detalle.</p><p>Entr� en la antesala y sonri� afectuosamente a la secretaria, una afectada mujer entrada en a�os que vest�a un traje azul marino de corte varonil.</p><p>��Se�or Judge -dijo-, tenga la bondad de entrar. El doctor Mooney le est� esperando.</p><p>��Gracias.</p><p>Eral J. Mooney ten�a treinta y seis a�os, m�s joven de lo que hab�a presumido Hagen al estudiar una ficha con el historial del doctor. Sus antecedentes se parec�an extraordinariamente a los de Hudson; la misma inteligencia brillante, las mismas brillantes calificaciones acad�micas, incluso la misma universidad. Un muchacho gordo que hab�a adelgazado y se hab�a convertido en director del Laboratorio Pattenden. Ten�a los ojos verdes bajo las tupidas cejas y sobre un bigote a lo Pancho Villa. Descuidadamente vestido con un su�ter blanco y unos pantalones vaqueros azules, parec�a estar muy lejos del rigor intelectual.</p><p>Sali� de detr�s de la mesa, llena de papeles, libretas y botellas vac�as de Pepsi y estrech� la mano de Hagen.</p><p>��Si�ntese, se�or Judge, y d�game en qu� puedo servirle.</p><p>Hagen se sent� en una silla y dijo:</p><p>��Como ya le indiqu� por tel�fono, pertenezco a la Oficina General de Cuentas, y una comisi�n del Congreso nos ha pedido que revisemos sus sistemas de contabilidad y sus gastos de investigaci�n.</p><p>���Qui�n ha sido el congresista que ha hecho la petici�n?</p><p>��El senador Henry Kaltenbach.</p><p>��Espero que no crea que el Laboratorio Pattenden est� comprometido en alg�n fraude -dijo Mooney, a la defensiva.</p><p>��En absoluto. Pero ya conoce la fama que tiene el senador de perseguidor del mal empleo de fondos del Gobierno. Su caza de brujas fue una buena propaganda en su campa�a electoral. Confidencialmente, le dir� que muchos de nosotros quisi�ramos que se cayese en un pozo y dejase de enviarnos a perseguir fantasmas. Sin embargo, debo reconocer, para ser justo con el senador, que <emphasis>hemos </emphasis>encontrado discrepancias en otros dep�sitos de cerebros.</p><p>Mooney se apresur� a corregirle.</p><p>��Preferimos considerarnos un centro de investigaci�n.</p><p>��Desde luego. De todos modos, s�lo inspeccionamos algunas partidas al azar.</p><p>��Debe comprender que nuestro trabajo es sumamente secreto.</p><p>��El dise�o de cohetes nucleares y de armas nucleares perfeccionadas cuyo poder se centra en estrechas radiaciones que viajan a la velocidad de la luz y pueden destruir objetivos en el espacio exterior.</p><p>Mooney mir� curiosamente a Hagen.</p><p>��Est� usted muy bien informado. Hagen se encogi� de hombros.</p><p>��Es una descripci�n muy general que me hizo mi superior.</p><p>Yo soy contable, doctor, no f�sico. Mi mente no puede funcionar en el campo de las cosas abstractas. En el Instituto, me catearon en c�lculo. Sus secretos no corren peligro. Mi trabajo es ayudar a que el contribuyente vea recompensado su dinero con los programas sufragados por el Gobierno.</p><p>���C�mo puedo ayudarle?</p><p>��Me gustar�a hablar con su interventor y con empleados de administraci�n. Tambi�n con el personal que cuida de los registros financieros. Mi equipo de inspecci�n llegar� de Washington dentro de dos semanas. Me agradar�a que pudi�ramos hablar en alg�n lugar reservado, preferiblemente cerca de donde se guardan los registros.</p><p>��Tendr� toda nuestra colaboraci�n. Naturalmente, deber� tener garant�as de seguridad en lo que respecta a usted y a su equipo.</p><p>��Naturalmente.</p><p>��Le acompa�ar� y le presentar� a nuestro personal de intervenci�n y contabilidad.</p><p>��Otra cosa -dijo Hagen-. �Permiten horas extraordinarias?</p><p>Mooney sonri�.</p><p>��A diferencia de los oficinistas que trabajan de nueve a cinco, los f�sicos y los ingenieros no tenemos un horario fijo. Muchos de nosotros trabajamos todo el d�a. Con frecuencia, yo lo he hecho treinta horas seguidas. Tambi�n ayuda a escalonar el tiempo en nuestros ordenadores.</p><p>���Ser�a posible que hiciese una peque�a comprobaci�n preliminar desde ahora hasta, digamos, las diez de esta noche?</p><p>��No creo que haya nada que lo impida -dijo amablemente Mooney-. Tenemos una cafeter�a abierta toda la noche en la planta baja, por si quiere tomar un bocado. Y siempre encontrar� un guardia que le indique las direcciones.</p><p>��Y que me mantenga lejos de las zonas secretas -dijo Hagen, ech�ndose a re�r.</p><p>��Estoy seguro de que conoce las normas de seguridad.</p><p>��Cierto -reconoci� Hagen-. Ser�a rico si tuviese diez centavos por cada hora que he pasado haciendo auditor�as en diferentes departamentos del Pent�gono.</p><p>��Si quiere acompa�arme� -dijo Mooney, dirigi�ndose a la puerta.</p><p>��S�lo por curiosidad -dijo Hagen, sin levantarse de la silla-. He o�do hablar de Harvey Pattenden. Creo que trabaj� con Robert Goodard.</p><p>��S�, el doctor Pattenden invent� varios de nuestros primeros cohetes.</p><p>��Pero no conozco a Leonard Hudson.</p><p>��Un hombre muy brillante -dijo Mooney-. Fue el precursor: dise�� la mayor�a de nuestras naves espaciales a�os antes de que fuesen construidas y enviadas. Si no hubiese muerto en la flor de su juventud, es imposible saber lo que habr�a logrado.</p><p>���C�mo muri�?</p><p>��En un accidente de una avioneta. Volaba para asistir a un seminario en Seattle con el doctor Gunnar Eriksen cuando su avi�n estall� en el aire y cay� al r�o Columbia.</p><p>���Qui�n era Eriksen?</p><p>��Un gran pensador. Tal vez el m�s brillante astrof�sico que haya producido nunca el pa�s.</p><p>Un ligero timbre de alarma son� en la mente de Hagen.</p><p>���Ten�a alguna especializaron concreta?</p><p>��S�, la morfolog�a sin�ptica geolunar para una poblaci�n industrializada.</p><p>���Podr�a traduc�rmelo?</p><p>��Desde luego -Mooney se ech� a re�r-. Eriksen estaba obsesionado por la idea de establecer una colonia en la Luna.</p></section><section><title><p>16</p></title><p>Al mismo tiempo, las dos de la ma�ana hora de Mosc�, cuatro hombres estaban agrupados alrededor de una chimenea que calentaba un saloncito en el interior del Kremlin. La habitaci�n estaba d�bilmente iluminada, y el ambiente, cargado. El humo de los cigarrillos se mezclaba con el de un solo cigarro.</p><p>El presidente sovi�tico, Georgi Antonov, contemplaba pensativamente las ondulantes llamas. Despu�s de una cena ligera, se hab�a quitado la chaqueta y la hab�a sustituido por un viejo su�ter de pescador. Se hab�a descalzado, conservando los calcetines, y apoyaba los pies en una otomana bordada.</p><p>Vladimir Polevoi, jefe del Comit� de Seguridad del Estado, y Sergei Kornilov, jefe del programa espacial sovi�tico, vest�an trajes oscuros de lana, hechos a medida en Londres, mientras el general Yasenin luc�a su uniforme lleno de medallas.</p><p>Polevoi dej� el informe y las fotograf�as sobre una mesa baja y sacudi�, perplejo, la cabeza.</p><p>��No s� c�mo pudieron hacer esto en el m�s absoluto secreto.</p><p>��Un adelanto tan extraordinario parece inconcebible -convino Kornilov-. Yo no lo creer� hasta que vea m�s pruebas.</p><p>��La prueba evidente est� en las fotograf�as -dijo Yasenin-. El informe de Rykov no deja lugar a dudas. Estudien los detalles. Las dos figuras plantadas en la Luna son reales. No es una ilusi�n proyectada por las sombras o creada por un defecto del sistema de exploraci�n. Existen.</p><p>��Los trajes espaciales son distintos de los empleados por los astronautas americanos -replic� Kornilov-. Los cascos son tambi�n diferentes.</p><p>��No discutir� sobre minucias -dijo Yasenin-. Pero el arma que llevan en las manos es inconfundible. Puedo identificarla sin la menor duda como un lanzador de misiles tierra-aire, de fabricaci�n americana.</p><p>��Entonces, �d�nde est� su nave espacial? -insisti� Kornilov-. �D�nde est� su veh�culo lunar? No pudieron materializarse sin venir de ninguna parte.</p><p>��Comparto sus dudas -dijo Polevoi-. Es absolutamente imposible que los americanos pusiesen hombres y suministros en la Luna sin que se enterase nuestra red de informaci�n. Nuestras estaciones de seguimiento habr�an detectado cualquier movimiento extra�o en el espacio.</p><p>��Todav�a m�s extra�o -dijo Antonov- es por qu� no han anunciado nunca los americanos una haza�a tan extraordinaria. �Qu� ganan con mantenerla en secreto?</p><p>Kornilov asinti� ligeramente con la cabeza.</p><p>��Mayor raz�n para poner en tela de juicio el informe de Rykov.</p><p>��Olvidan ustedes un hecho importante -dijo Yasenin en tono pausado-. El Selenos 4 desapareci� inmediatamente despu�s de grabar las figuras en las fotograf�as. Yo digo que nuestra sonda espacial fue da�ada por el fuego del cohete que penetr� en el casco, anul� la presi�n de la c�psula y mat� a nuestros cosmonautas.</p><p>Polevoi le mir�, sorprendido.</p><p>���Qu� cosmonautas?</p><p>Yasenin y Kornilov intercambiaron miradas perplejas.</p><p>��Hay algunas cosas que ni siquiera son conocidas por la KGB -dijo el general.</p><p>Polevoi mir� fijamente a Kornilov.</p><p>���Selenos 4 era una sonda tripulada?</p><p>��Lo mismo que Selenos 5 y 6. Cada nave llevaba tres hombres a bordo.</p><p>Se volvi� a Antonov, que fumaba tranquilamente un cigarro habano.</p><p>���Lo sab�a usted?</p><p>Antonov asinti� con la cabeza.</p><p>��S�, me informaron. Pero debe recordar, Vladimir, que no todos los asuntos referentes al espacio son de incumbencia de la seguridad del Estado.</p><p>��Ninguno de ustedes dud� ni un instante en acudir a m� cuando su preciosa sonda lunar cay� y desapareci� en las Indias Occidentales -dijo, irritado, Polevoi.</p><p>��Una circunstancia imprevista -explic� pacientemente Yasenin-. Despu�s de su viaje a la Luna, no pudo establecerse control para el regreso de Selenos 4 a la atm�sfera. Los ingenieros de nuestro mando espacial la dieron por perdida como sonda lunar. Despu�s de estar en �rbita casi un a�o y medio, se hizo otro intento para establecer el control. Esta vez los sistemas de gu�a respondieron, pero la maniobra de regreso tuvo solamente un �xito parcial. Selenos 4 cay� a diez mil millas de su zona de aterrizaje. Era imperativo mantener secretas las muertes de nuestros h�roes cosmonautas. Naturalmente, se requirieron los servicios de la KGB.</p><p>���Cu�ntos son en total los cosmonautas perdidos? -pregunt� Polevoi.</p><p>��Hay que hacer sacrificios para asegurar el destino sovi�tico -murmur� filos�ficamente Antonov.</p><p>��Y encubrir los fallos de nuestro programa espacial -dijo Polevoi.</p><p>��No discutamos -dijo Antonov-. Selenos 4 prest� un gran servicio antes de caer en el mar Caribe.</p><p>��Donde todav�a no ha sido encontrado -a�adi� Polevoi.</p><p>��Cierto -dijo Yasenin-. Pero obtuvimos los datos de la superficie lunar. �se era el objetivo principal de la misi�n.</p><p>���Cree usted que los sistemas americanos de vigilancia espacial siguieron su descenso y se�alaron el lugar de su ca�da? Si se propusieron rescatar Selenos 4, deben tenerlo ya oculto en sitio seguro.</p><p>��Desde luego que siguieron la trayectoria de descenso -dijo Yasenin-. Pero sus analistas del servicio de informaci�n no ten�an motivos para creer que Selenos 4 fuese algo m�s que una sonda espacial cient�fica, programada para caer en aguas cubanas.</p><p>��Hay un fallo en su cuidadosa argumentaci�n -dijo Polevoi-. Las fuerzas de rescate de los Estados Unidos realizaron una b�squeda exhaustiva por aire y por mar del desaparecido capitalista Raymond LeBaron en la misma zona general donde s�lo pocos d�as antes hab�a ca�do Selenos 4. Tengo la fuerte sospecha de que esta b�squeda es un pretexto para encontrar y recoger nuestra nave espacial.</p><p>��He le�do su informe y su an�lisis sobre la desaparici�n de LeBaron -dijo Kornilov-. No estoy de acuerdo con su conclusi�n. No he visto en parte alguna que realizasen una b�squeda submarina. La misi�n de rescate fue pronto abandonada. LeBaron y sus compa�eros todav�a figuran como desaparecidos en la prensa americana y se presume que est�n muertos. Aquel suceso fue pura coincidencia.</p><p>��Entonces, todos estamos de acuerdo en que Selenos 4 y sus cosmonautas yacen en alguna parte del fondo del mar -Antonov hizo una pausa para expeler un anillo de humo-. La cuesti�n con que nos enfrentamos ahora es: �reconocemos la probabilidad de que los americanos hayan establecido una base en la Luna? Y si es as�, �qu� tenemos que hacer?</p><p>��Yo creo que la probabilidad existe -asegur� Yasenin, con convicci�n.</p><p>��No podemos ignorar la posibilidad -concedi� Polevoi.</p><p>Antonov mir� fijamente a Kornilov.</p><p>���Qu� dice usted, Sergei?</p><p>��Selenos 8, nuestra primera nave lunar tripulada que debe alunizar, tiene fijado su lanzamiento para dentro de siete d�as -respondi� lentamente Kornilov-. No podemos anular la misi�n, como hicimos cuando se nos adelantaron los americanos con su programa Apolo. Como nuestros l�deres no consideraron glorioso que fu�semos la segunda naci�n que pusiera hombres en la Luna, metimos el rabo entre las patas y abandonamos. Fue un gran error colocar la ideolog�a pol�tica por encima de los logros cient�ficos. Ahora tenemos un veh�culo pesado capaz de colocar toda una estaci�n espacial, con una tripulaci�n de ocho hombres, sobre suelo lunar. Los beneficios, en t�rminos de propaganda y de ventajas militares, son inconmensurables. Si nuestra meta �ltima es conseguir una ventaja permanente en el espacio y llegar antes que los americanos a Marte, debemos seguir adelante. Propongo programar los sistemas de gu�a de Selenos 8 de manera que alunice a poca distancia del lugar donde se hallaban los astronautas en el cr�ter, y que nuestros hombres los eliminen.</p><p>��Estoy totalmente de acuerdo con Kornilov -dijo Yasenin-. Los hechos hablan por s� solos. Los americanos han emprendido activamente una agresi�n imperialista en el espacio. Las fotograf�as que hemos estudiado demuestran que han destruido ya una de nuestras naves espaciales y asesinado a su tripulaci�n. Y estoy convencido de que los cosmonautas de Selenos 5 y 6 tuvieron el mismo fin. Los americanos han extendido sus planes imperialistas hasta la Luna, para reclamarla como propia. La prueba es inequ�voca. Nuestros cosmonautas ser�n atacados y asesinados cuando intenten plantar la estrella roja en suelo lunar.</p><p>Hubo una prolongada pausa. Nadie dec�a lo que pensaba.</p><p>Polevoi fue el primero en romper el pensativo silencio.</p><p>��As�, usted y Kornilov proponen que ataquemos primero.</p><p>��S� -dijo acaloradamente Yasenin-. Ser�a algo ca�do del cielo. Capturando la base lunar americana y su tecnolog�a cient�fica intacta, adelantar�amos en diez a�os nuestro propio programa espacial.</p><p>��La Casa Blanca montar�a seguramente una campa�a de propaganda y nos condenar�a ante los ojos del mundo como hizo con el incidente del vuelo KAL 007 -protest� Polevoi.</p><p>��No dir�n nada -le asegur� Yasenin-. �C�mo podr�an anunciar la captura de algo que no se sabe que exista?</p><p>��El general tiene raz�n -dijo Antonov.</p><p>��D�se cuenta de que podr�amos ser culpables de desencadenar una guerra en el espacio -advirti� Polevoi.</p><p>��Los Estados Unidos han atacado primero. Nuestro sagrado deber es tomar represalias -Yasenin se volvi� a Antonov-. Pero es usted quien ha de decidir.</p><p>El presidente de la Uni�n Sovi�tica volvi� a contemplar el fuego. Despu�s dej� el cigarro habano en un cenicero y observ� con asombro sus manos temblorosas. Su cara, ordinariamente colorada, ten�a ahora un color gris. El presagio no pod�a ser m�s claro. Los demonios eran superiores en n�mero a las fuerzas del bien. Una vez se emprendiese la acci�n, �sta se desarrollar�a sin que �l pudiese controlarla. Sin embargo, no pod�a permitir que el pa�s fuese abofeteado por los imperialistas. Por fin se volvi� a los reunidos en el sal�n y asinti� cansadamente con la cabeza.</p><p>��Sea todo por la Madre Rusia y por el Partido -dijo solemnemente-. Armen a los cosmonautas y ord�nenles que ataquen a los americanos.</p></section><section><title><p>17</p></title><p>Despu�s de presentarse al doctor Mooney y de otras ocho presentaciones y tres aburridas conversaciones, Hagen estaba sentado en una peque�a oficina tecleando febrilmente en una calculadora. Los cient�ficos prefieren los ordenadores, y los ingenieros, las calculadoras digitales; pero los contables siguen el estilo Victoriano. Todav�a prefieren las m�quinas calculadoras tradicionales con botones del tama�o del pulgar y cintas de papel donde se imprimen los totales.</p><p>El interventor era un censor jurado de cuentas, graduado en Ciencias Empresariales en la Universidad de Texas, y ex hombre de la Marina. Y ten�a sus t�tulos y las fotograf�as de los barcos en que hab�a servido colgados de los paneles de roble de la pared, para demostrarlo. Hagen hab�a detectado cierta inquietud en los ojos de aquel hombre, pero no m�s de lo que hab�a esperado de un director financiero que ten�a a un auditor del Gobierno husmeando en su territorio privado.</p><p>Pero no hab�a recelado ni vacilado cuando Hagen le hab�a pedido comprobar el registro de llamadas telef�nicas de los �ltimos tres a�os. Aunque su experiencia contable en el Departamento de Justicia se hab�a limitado a fotografiar libros de contabilidad en plena noche, conoc�a bastante la jerga para expresarse en ella. Cualquiera que se hubiese asomado a la oficina en que se hallaba y visto c�mo garrapateaba notas y examinaba atentamente la cinta de la m�quina calculadora habr�a pensado que era un viejo profesional.</p><p>Los n�meros en la cinta eran exactamente esto: n�meros. Pero las notas que tomaba consist�an en un met�dico diagrama del emplazamiento y los �ngulos visuales de las c�maras de TV de seguridad instaladas entre aquella oficina y la de Mooney. Tambi�n escribi� dos nombres y a�adi� varias anotaciones al lado de cada uno. El primero era Raymond LeBaron y el segundo Leonard Hudson. Pero ahora ten�a un tercero: Gunnar Eriksen.</p><p>Estaba seguro de que Eriksen hab�a simulado su muerte lo mismo que Hudson y se hab�a alejado del mundo de los vivos para trabajar en el proyecto de la Jersey Colony. Tambi�n sab�a que Hudson y Eriksen no habr�an cortado por entero sus lazos con el Laboratorio Pattenden. Sus instalaciones y su personal eficiente de j�venes cient�ficos eran demasiado importantes para prescindir de ellos. Ten�a que haber un canal subterr�neo con el �c�rculo privado�.</p><p>Los registros telef�nicos de una instituci�n donde hab�a tres mil empleados llenaban varias cajas de cart�n. El control era muy severo. Todos los que empleaban el tel�fono para llamadas oficiales o personales ten�an que llevar un diario de sus llamadas. Hagen no estaba dispuesto a examinarlos todos. Esta labor habr�a requerido semanas. Solamente le interesaban los asientos en las agendas mensuales de Mooney, en especial las que se refer�an a comunicaciones a larga distancia.</p><p>Hagen no era f�sico, ni tan preciso como algunos conocidos suyos que ten�an un don especial para detectar cualquier irregularidad, pero s� que ten�a un instinto especial para encontrar cosas ocultas, que raras veces le fallaba.</p><p>Copi� seis n�meros a los que hab�a llamado Mooney m�s de una vez en los �ltimos noventa d�as. Dos de estos n�meros correspond�an a llamadas personales, y cuatro eran oficiales. Las probabilidades eran remotas. Sin embargo, era la �nica manera de encontrar una pista que condujese a otro miembro del �c�rculo privado�.</p><p>Siguiendo las normas, descolg� el tel�fono y llam� a la centralita del Laboratorio Pattenden, pidiendo l�nea abierta y prometiendo anotar todas sus llamadas. Era tarde y la mayor�a de los n�meros de la lista resultaron corresponder a tel�fonos del Medio Oeste o de la Costa Este. Su horario llevaba dos o tres horas de adelanto y probablemente las oficinas estar�an cerradas; pero de todos modos empez� tercamente a llamar.</p><p>��Centennial Supply -anunci� una voz masculina en tono cansado.</p><p>��Hola, �hay alguien ah� esta noche?</p><p>��La oficina est� cerrada. �ste es el servicio donde recibimos encargos durante las veinticuatro horas del d�a.</p><p>��Me llamo Judge y estoy a las �rdenes del Gobierno Federal -dijo Hagen, empleando su falsa identidad para el caso de que el tel�fono estuviese intervenido-. Estamos realizando una auditoria del Laboratorio de F�sica Pattenden, en Bend, Oreg�n.</p><p>��Tendr� que llamar ma�ana, cuando abran las oficinas.</p><p>��S�<sub>,</sub> lo har�. Pero, �puede decirme exactamente qu� clase de negocios realiza Centennial Supply?</p><p>��Suministramos elementos especializados de electr�nica para sistemas de registro.</p><p>���Con qu� fines?</p><p>��Principalmente de negocios. V�deos para grabar reuniones importantes, experimentos de laboratorio, sistemas de seguridad. Y material audio para las secretarias. Cosas as�, ya sabe.</p><p>���Cu�ntos empleados tiene?</p><p>��Una docena.</p><p>��Much�simas gracias -dijo Hagen-. Me ha sido de gran ayuda. Ah, otra pregunta. �Reciben muchos pedidos de Pattenden?</p><p>��En realidad, no. Cada par de meses nos piden una pieza para poner al d�a o modificar sus sistemas de v�deo.</p><p>��Gracias de nuevo. Adi�s.</p><p>Hagen borr� aquel n�mero y prob� de nuevo. Sus dos llamadas siguientes fueron respondidas por un ordenador autom�tico. Uno correspond�a a un laboratorio qu�mico de la Universidad Brand�is, de Waltham, y el otro a una oficina no identificada de la Fundaci�n Nacional para la Ciencia, de Washington. Anot� este �ltimo para llamar de nuevo por la ma�ana, y prob� un n�mero personal.</p><p>��Diga.</p><p>Hagen mir� el nombre en el diario de Mooney.</p><p>���Doctor Donald Fremont?</p><p>��S�.</p><p>Hagen sigui� la rutina de siempre.</p><p>���Qu� desea usted saber, se�or Judge?</p><p>La voz de Fremont parec�a la de un anciano.</p><p>��Estoy haciendo una comprobaci�n sobre llamadas telef�nicas a larga distancia. �Le ha llamado alguien de Pattenden durante los tres �ltimos meses? -pregunt� Hagen, mirando las fechas de las llamadas y haci�ndose el tonto.</p><p>��Pues s�, el doctor Earl Mooney. Fue alumno m�o en Stanford. Yo me jubil� hace cinco a�os, pero todav�a estamos en contacto.</p><p>���Tuvo tambi�n, por casualidad, un alumno llamado Leonard Hudson?</p><p>��Leonard Hudson -repiti� el hombre, como tratando de recordar-. Le vi en un par de ocasiones. Pero no estuvo en mi clase. Era de una �poca anterior a la m�a, de antes de que yo ejerciese en Stanford. Cuando �l estudiaba all�, yo estaba ense�ando en la USC.</p><p>��Gracias, doctor. No le molestar� m�s.</p><p>��De nada. Siempre a su disposici�n.</p><p>Tach� el cuarto n�mero. El nombre siguiente del diario era el de un tal Anson Jones. Prob� de nuevo, sabiendo que la cosa no ser�a f�cil y que, para acertar, necesitar�a una buena dosis de suerte.</p><p>��Diga.</p><p>��Se�or Jones, soy Judge.</p><p>���Qui�n?</p><p>��Thomas Judge. Trabajo para el Gobierno Federal y estamos haciendo una auditoria en el Laboratorio de F�sica Pattenden.</p><p>��El nombre de Pattenden me es desconocido. Debe de haberse equivocado de n�mero.</p><p>���Le dice algo el nombre del doctor Earl Mooney?</p><p>��Nunca le hab�a o�do nombrar.</p><p>��Ha llamado tres veces a su n�mero durante los �ltimos dos meses.</p><p>��Debe ser un error de la compa��a telef�nica.</p><p>��Pero usted <emphasis>es </emphasis>Anson Jones, prefijo tres cero tres, n�mero cinco cuatro siete�</p><p>��Se equivoca de nombre y de n�mero.</p><p>��Antes de que cuelgue, tengo un mensaje para usted.</p><p>���Qu� mensaje?</p><p>Hagen hizo una pausa y despu�s dijo:</p><p>��D�gale a Leo que Gunner quiere que pague el avi�n. �Lo ha entendido?</p><p>Se hizo un silencio en el otro extremo de la l�nea, y despu�s:</p><p>��Es una broma est�pida, �no?</p><p>��Adi�s, se�or Jones.</p><p>Aquello ol�a mal.</p><p>Llam� a un sexto n�mero, para salvar las apariencias. Le respondi� un contestador autom�tico de una agencia de cambio y bolsa. Nada.</p><p>Entusiasmo; esto era lo que sent�a. Y se entusiasm� todav�a m�s al resumir sus notas. Mooney no era uno de los del �c�rculo privado�, pero estaba relacionado con �l; era un subordinado a las �rdenes del alto mando.</p><p>Marc� un n�mero de Chicago y esper�. Despu�s de cuatro llamadas, contest� una voz suave de mujer:</p><p>��Drake Hotel.</p><p>��Me llamo Thomas Judge y quiero reservar una habitaci�n para ma�ana por la noche.</p><p>��Un momento; le pongo con reservas.</p><p>Hagen repiti� su petici�n de reserva al encargado. Cuando �ste le pidi� el n�mero de su tarjeta de cr�dito para reservarle la habitaci�n, dio el n�mero de tel�fono de Anson Jones a la inversa.</p><p>��Queda hecha la reserva, se�or.</p><p>��Gracias.</p><p>�Qu� hora era? Una mirada a su reloj le dijo que faltaban ocho minutos para la medianoche. Cerr� la cartera y la introdujo debajo de su abrigo. Sac� un encendedor de un bolsillo y extrajo sus piezas interiores. A continuaci�n, sac� de una raja en el fald�n del abrigo una fina varilla de metal con un espejo en un extremo.</p><p>Se acerc� a la puerta. Sujetando la cartera entre las rodillas, se detuvo a poca distancia del umbral, enfoc� el espejito arriba y abajo del pasillo. No hab�a nadie. Volvi� el espejo hasta que reflej� el monitor de televisi�n en el extremo del corredor. Entonces coloc� el encendedor de manera que saliese ligeramente del marco de la puerta y apret� la palanca.</p><p>En el cuarto de seguridad de detr�s del vest�bulo principal, la pantalla de uno de los televisores qued� de pronto en blanco. El guardia que estaba en la consola empez� a comprobar r�pidamente los circuitos.</p><p>��Tengo un problema con el n�mero doce -anunci�.</p><p>Su supervisor se levant� de una mesa, se acerc� y observ� el monitor.</p><p>��Una interferencia. Los cient�ficos del laboratorio de electro-f�sica deben de haber vuelto a las andadas.</p><p>De pronto ces� la interferencia y seguidamente se produjo en otro monitor.</p><p>��Esto es curioso -dijo el supervisor-. Nunca hab�a visto que se produjesen en serie.</p><p>Al cabo de unos segundos, la pantalla volvi� a funcionar, mostrando solamente un corredor vac�o. Los guardias se seguridad se miraron y se encogieron de hombros.</p><p>En cuanto hubo entrado y cerrado la puerta del despacho de Mooney, Hagen apag� el aparatito el�ctrico que hab�a causado las interferencias. Se acerc� sin ruido a la ventana y corri� las cortinas. Se puso un par de finos guantes de pl�stico y encendi� la luz del techo.</p><p>Hagen era maestro en la t�cnica de registrar una habitaci�n. Prescindi� de lo evidente: cajones, archivos, libretas de direcciones y n�meros de tel�fono. Fue directamente a una librer�a y encontr� lo que buscaba en menos de siete minutos.</p><p>Mooney pod�a ser uno de los f�sicos m�s eminentes de la naci�n, pero hab�a sido como un libro abierto para Hagen. La peque�a libreta estaba oculta dentro de un libro titulado <emphasis>Celestial Mechantes in True Perspective, </emphasis>de Horace DeLiso. El contenido estaba en una clave que empleaba ecuaciones. Era griego para Hagen, pero no se dej� enga�ar sobre su significaci�n. Normalmente habr�a fotografiado las p�ginas y dejado la libreta en su sitio; pero esta vez se la meti� simplemente en el bolsillo, comprendiendo que no hubiese podido hacer descifrar a tiempo el texto.</p><p>Los guardias estaban todav�a atareados con los monitores cuando Judge se acerc� al mostrador.</p><p>���Quieren que firme el comprobante de salida? -dijo, con una sonrisa.</p><p>El jefe de seguridad se acerc� a �l, con una expresi�n interrogadora en el semblante.</p><p>���Viene usted de administraci�n?</p><p>��S�.</p><p>��No le hemos visto en la pantalla de seguridad.</p><p>��No s� -dijo inconscientemente Hagen-. Sal� por la puerta y recorr� los pasillos hasta llegar aqu�. Es cuanto puedo decirle.</p><p>���Ha visto a alguien? �Algo desacostumbrado?</p><p>��No he visto a nadie. Pero las luces vacilaron y se apagaron un par de veces.</p><p>El guardia asinti� con la cabeza.</p><p>��Interferencias el�ctricas del laboratorio de electrof�sica. Es lo que me hab�a imaginado.</p><p>Hagen firm� y sali� a la noche sin nubes, tarareando una tonadilla.</p></section></section><section><title><p>Segunda parte</p></title><section><subtitle>El Cyclops</subtitle><image l:href="#1"/></section><section><title><p>18</p></title><p><emphasis>25 de octubre de 1989 </emphasis></p><p><emphasis>Key West, Florida</emphasis></p><empty-line/><p>Pitt yac�a boca arriba sobre el fresco hormig�n de la pista, mirando hacia arriba al <emphasis>Prosperteer. </emphasis>El sol emerg�a del horizonte envolviendo lentamente la vieja aeronave en un manto de luz anaranjada. El dirigible parec�a algo irreal, o al menos as� lo imaginaba Pitt; era como un fantasma de aluminio que no sab�a de fijo adonde ir.</p><p>Pitt hab�a estado despierto casi todo el tiempo durante el vuelo desde Washington hasta Key West, mirando las cartas de Buck Caesar del Old Bahama Channel y resiguiendo la ruta cuidadosamente marcada del vuelo de Raymond LeBaron. Cerr� los ojos tratando de hacerse una clara imagen de los vagabundeos espectrales del <emphasis>Prosperteer.</emphasis></p><p>A menos que las bolsas de gas del interior del dirigible hubiesen sido repostadas desde un barco, cosa sumamente improbable, la �nica respuesta a las andanzas de Raymond LeBaron estaba en Cuba.</p><p>Algo hurgaba en su mente, una idea que volv�a aunque �l, inconscientemente, se esforzaba por apartarla, una pieza del cuadro que se hizo m�s clara cuando Pitt empez� a fijarse en ella. Y de pronto, cristaliz�.</p><p>El vuelo para seguir la pista de LeBaron ten�a otro objeto.</p><p>Pero la conclusi�n racional y l�gica era todav�a como un vago perfil en medio de una niebla espesa. La cuesti�n era tratar de fijarla en un plan. Y estaba pensando en qu� direcci�n le conven�a explorar, cuando sinti� que una sombra se proyectaba encima de �l.</p><p>��Bueno, bueno -dijo una voz conocida-, parece que Blancanieves ha vuelto a morder la manzana.</p><p>��O eso, o est� hibernando -dijo otra voz que Pitt reconoci�.</p><p>Abri� los ojos, resguard�ndolos del sol con una mano, y vio a un par de sonrientes individuos que le estaban mirando desde arriba. El m�s bajo de los dos, un hombre musculoso, de pecho abombado, cabellos negros y rizados y con el aire de quien gusta de comer ladrillos para desayunar, era el viejo amigo de Pitt y subdirector de proyectos de la AMSN, Al Giordino.</p><p>Giordino alarg� un brazo, agarr� la mano que le tend�a Pitt y le puso en pie con la misma facilidad con que un encargado de la limpieza recoge un bote vac�o de cerveza del c�sped de un parque.</p><p>��La hora de la partida es dentro de veinte minutos.</p><p>���Ha llegado ya nuestro an�nimo piloto? -pregunt� Pitt.</p><p>El otro hombre, un poco m�s alto y mucho m�s delgado que Giordino, sacudi� la cabeza.</p><p>��No ha dado se�ales de vida.</p><p>Rud� Gunn ten�a unos ojos azules que eran amplificados por los gruesos cristales de sus gafas. Ten�a el aspecto de un contable desnutrido que hiciese horas extras para comprarse un reloj de oro. Pero la impresi�n era enga�osa. Gunn era supervisor de los proyectos ocean�graficos de la AMSN. Mientras el almirante Sandecker combat�a encarnizadamente con el Congreso y la burocracia federal, Gunn cuidaba de la labor cotidiana de la agencia. Para Pitt, el hecho de haber obtenido de Sandecker la ayuda de Gunn y Giordino hab�a sido una gran victoria.</p><p>��Si queremos partir a la misma hora que LeBaron, tendremos que apa�arnos solos -dijo despreocupadamente Giordino.</p><p>��Creo que podremos arreglarnos -dijo Pitt-. �Has estudiado los manuales de vuelo?</p><p>Giordino asinti� con la cabeza.</p><p>��Se necesitan cincuenta horas de instrucci�n y de vuelo para conseguir el permiso. El control b�sico no es dif�cil, pero el arte de mantener estable este escroto neum�tico en una brisa fuerte requiere pr�ctica.</p><p>Pitt no pudo dejar de sonre�r ante la caprichosa descripci�n de Giordino.</p><p>���Ha sido cargado el equipo?</p><p>��Cargado y asegurado -le dijo Gunn.</p><p>��Entonces supongo que debemos partir.</p><p>Cuando se acercaban al <emphasis>Prosperteer, </emphasis>el jefe del personal de tierra de LeBaron descendi� la escalerilla de la cabina de control. Dijo unas pocas palabras a uno de sus hombres y despu�s salud� amablemente a Pitt y a sus compa�eros.</p><p>��Est� todo dispuesto, caballeros.</p><p>���Hasta que punto son parecidas las condiciones atmosf�ricas de este viaje a las del anterior? -pregunt� Pitt.</p><p>��El se�or LeBaron volaba contra un viento de cinco millas por hora que soplaba del sudeste. Ustedes lo encontrar�n de ocho, por lo que tendr�n que compensar la diferencia. Hay un hurac�n de final de temporada que se acerca a las islas Turks y Caicos. Los meteor�logos le han dado el nombre de Evita, porque es una peque�a r�faga de un di�metro de no m�s de sesenta millas. Las previsiones se�alan que girar� hacia el norte en direcci�n a la Carolinas. Si dan la vuelta no m�s tarde de las catorce horas, la brisa exterior de Evita deber�a proporcionarles un buen viento de cola para empujarles a casa.</p><p>���Y si no?</p><p>��Si no, �qu�?</p><p>��Si no damos la vuelta a las catorce horas.</p><p>El jefe del personal sonri� d�bilmente.</p><p>��No les recomiendo que se dejen pillar por una tormenta tropical con vientos de cincuenta nudos, al menos en una aeronave que tiene sesenta a�os.</p><p>��Es un buen argumento -confes� Pitt.</p><p>��Teniendo en cuenta el viento de frente -dijo Gunn-, no llegaremos a la zona de busca hasta las 10.30. Esto no nos deja mucho tiempo para buscar.</p><p>��S� -dijo Giordino-, pero la ruta conocida de LeBaron deber�a llevarnos directamente a la meta.</p><p>��Una meta grande -murmur� Pitt, a nadie en particular-.demasiado grande.</p><p>Los tres hombres de la AMSN estaban a punto de subir a bordo cuando el autom�vil de LeBaron se detuvo junto al dirigible. Angelo se ape� y abri� cort�smente la portezuela del otro lado. Jessie baj� del coche y se acerc�; ten�a un aspecto ex�tico, con un traje de safari y los cabellos recogidos con un brillante pa�uelo, al estilo de los a�os treinta. Llevaba una bolsa de viaje de ante.</p><p>���Est� todo listo? -dijo animadamente, pasando por su lado y empezando a subir �gilmente la escalerilla.</p><p>Gunn dirigi� una hosca mirada a Pitt.</p><p>��No nos dijiste que �bamos a ir de picnic.</p><p>��Tampoco me lo hab�an dicho a m� -dijo Pitt, mirando a Jessie, que se hab�a vuelto al llegar a la puerta.</p><p>��La culpa es m�a -dijo Jessie-. Olvid� mencionar que soy su piloto.</p><p>Giordino y Gunn pusieron una cara como si se hubiesen tragado un calamar vivo. La cara de Pitt tom� una expresi�n divertida.</p><p>��Lo dir� en broma -dijo.</p><p>��Raymond me ense�� a pilotar el <emphasis>Prosperteer </emphasis>-dijo ella-. He manejado m�s de ochenta horas los controles y tengo licencia.</p><p>��Lo dir� en broma -repiti� Pitt empezando a intrigarse.</p><p>Giordino no le vio la gracia.</p><p>���Sabe tambi�n sumergirse, se�ora LeBaron?</p><p>���Con escafandra aut�noma? Tambi�n tengo licencia.</p><p>��No podemos llevar a una mujer -dijo resueltamente Gunn.</p><p>��Por favor, se�ora LeBaron -suplic� el jefe del personal de tierra-. No sabemos lo que le ocurri� a su marido. El vuelo puede ser peligroso.</p><p>��Usaremos el mismo plan de comunicaci�n que en el vuelo de Raymond -dijo ella, sin prestar atenci�n a la advertencia-. Si encontramos algo interesante, lo transmitiremos en palabras normales. Esta vez no habr� claves.</p><p>��Esto es rid�culo -salt� Gunn.</p><p>Pitt se encogi� de hombros.</p><p>��Pues, no lo s�. Yo voto por ella.</p><p>���No lo dir�s en serio!</p><p>���Por qu� no? -replic� Pitt, con una sard�nica sonrisa-. Yo creo firmemente en la igualdad de derechos. Ella tiene tanto derecho a matarse como nosotros.</p><empty-line/><p>El personal de tierra permaneci� silencioso, como si estuviese ante un f�retro, siguiendo con la mirada al viejo dirigible que se elevaba bajo los rayos del sol naciente. De pronto, la aeronave empez� a caer. Todos contuvieron el aliento cuando la rueda de aterrizaje roz� la cresta de una ola. Entonces rebot� lentamente y luch� por elevarse.</p><p>��Arriba, peque�o, �arriba! -murmur� ansiosamente alguien.</p><p>El <emphasis>Prosperteer </emphasis>se elev� a sacudidas, unos pocos metros cada vez, hasta que por fin se nivel� a una altura segura. Los hombres de tierra observaron inm�viles hasta que el dirigible se convirti� en una peque�a mancha oscura sobre el horizonte. Y siguieron all� cuando se hubo perdido de vista, instintivamente silenciosos, sintiendo miedo en el fondo de sus corazones. Hoy no habr�a partido de balonvolea. Subieron todos al cami�n de mantenimiento, sobrecargando el sistema de acondicionamiento de aire y api��ndose alrededor de la radio.</p><p>El primer mensaje lleg� a las siete. Pitt explic� el motivo de la accidentada elevaci�n. Jessie no hab�a compensado lo bastante la falta de fuerza de sustentaci�n ocasionada por el peso de Giordino y Gunn a bordo.</p><p>Desde entonces hasta las catorce, Pitt mantuvo abierta la frecuencia y sostuvo un di�logo fluido, comparando sus observaciones con las que hab�an sido transmitidas durante el vuelo de LeBaron.</p><p>El jefe del personal de tierra levant� el micr�fono.</p><p>��<emphasis>Prosperteer, </emphasis>aqu� la casa de la Abuela. Cambio.</p><p>��Adelante, Abuela.</p><p>��Puede darme su �ltima posici�n sat�lite V1KOR.</p><p>��Roger. Lectura VIKOR H3608 por T8090.</p><p>El jefe comprob� r�pidamente la posici�n en una carta.</p><p>��<emphasis>Prosperteer, </emphasis>parece que van bien. Les sit�a a cinco millas al sur de Guinchos Cay, en el Bahama Bank. Cambio.</p><p>��Yo leo lo mismo, Abuela.</p><p>���C�mo est�n los vientos?</p><p>��A juzgar por las crestas de las olas, yo dir�a que han subido a fuerza 6 en la escala de Beaufort.</p><p>��Escuche, <emphasis>Prosperteer. </emphasis>La Guardia Costera ha emitido un nuevo bolet�n sobre Evita. Ha doblado la velocidad y girado hacia el este. Hay alarma de hurac�n en todas las Bahamas del sur. Si sigue el curso actual, llegar� a la costa oriental de Cuba esta tarde. Repito: Evita ha girado al este y avanza en su direcci�n. Den por acabado su trabajo y vuelvan r�pidamente a casa.</p><p>��Lo haremos, Abuela. Ponemos rumbo a los Cayos.</p><p>Pitt guard� silencio durante la media hora siguiente. A las catorce treinta y cinco, el jefe del personal de tierra llam� de nuevo:</p><p>��Responda, <emphasis>Prosperteer. </emphasis>Aqu� la casa de la Abuela. �Me reciben?</p><p>Nada.</p><p>El aire sofocante del interior del cami�n pareci� enfriarse s�bitamente, cuando la aprensi�n y el miedo asaltaron al personal. Los segundos se hicieron eternos, convirti�ndose en minutos, mientras el jefe trataba desesperadamente de comunicar con el dirigible.</p><p>Pero el <emphasis>Prosperteer </emphasis>no respond�a.</p><p>El jefe del personal de tierra solt� el micr�fono y sali� del cami�n, pasando entre sus pasmados hombres. Corri� hacia el coche aparcado y abri� febrilmente una portezuela de atr�s.</p><p>���Han desaparecido! Les hemos perdido, �como la �ltima vez!</p><p>El hombre que estaba sentado a solas en el asiento de atr�s se limit� a asentir con la cabeza.</p><p>��Contin�e intentando establecer comunicaci�n con ellos -dijo pausadamente.</p><p>Mientras el hombre volv�a corriendo a la radio, el almirante James Sandecker descolg� un tel�fono de un compartimiento disimulado e hizo una llamada.</p><p>��Se�or presidente.</p><p>��Diga, almirante.</p><p>��Han desaparecido.</p><p>��Comprendido. He dado instrucciones al almirante Clyde Monfort de la Fuerza Conjunta del Caribe. Ha puesto ya en estado de alerta a barcos y aviones alrededor de las Bahamas. En cuanto colguemos, le ordenar� que inicie una operaci�n de b�squeda y salvamento.</p><p>��Por favor, d�gale a Montfort que se d� prisa. Tambi�n me han informado de que el <emphasis>Prosperteer </emphasis>desapareci� en un lugar donde se preve�a un hurac�n.</p><p>��Vuelva a Washington, almirante, y no se preocupe. Su gente y la se�ora LeBaron ser�n encontrados y recogidos dentro de pocas horas.</p><p>��Tratar� de compartir su optimismo, se�or presidente. Muchas gracias.</p><p>Si hab�a una doctrina en la que cre�a Sandecker de todo coraz�n era: �No te f�es nunca de la palabra de un pol�tico.� Hizo otra llamada desde su autom�vil.</p><p>��Aqu� el almirante James Sandecker. Quisiera hablar con el almirante Monfort.</p><p>��En seguida, se�or.</p><p>��Jim, �eres t�?</p><p>��Hola, Clyde. Me alegro de o�r tu voz.</p><p>��Caray, hace casi dos a�os que no nos hemos visto. �Qu� se te ofrece?</p><p>��Dime una cosa, Clyde. �Te han dado la voz de alerta para una misi�n de salvamento en las Bahamas?</p><p>���D�nde has o�do tal cosa?</p><p>��Rumores.</p><p>��Para m� es una noticia. La mayor parte de nuestras fuerzas del Caribe est�n tomando parte de unas maniobras anfibias de desembarco en Jamaica.</p><p>���En Jamaica?</p><p>��Un peque�o ejercicio para desentumecer los m�sculos y exhibir nuestra capacidad militar a los sovi�ticos y a los cubanos. Hace que Castro se sienta desconcertado, temiendo que vamos a invadir su isla el d�a menos pensado.</p><p>���Vamos a hacerlo?</p><p>���Para qu�? Cuba es la mejor campa�a publicitaria de que disponemos para demostrar el tremendo fracaso econ�mico del comunismo. Adem�s, es mejor que sean los sovi�ticos y no nosotros quienes tiren un mill�n de d�lares diarios en el retrete de Castro.</p><p>���No has recibido ninguna orden de no perder de vista a un dirigible que emprendi� un vuelo desde los Cayos esta ma�ana?</p><p>Se hizo un ominoso silencio en el otro extremo de la l�nea.</p><p>��Probablemente no deber�a decirte esto, Jim, pero recib� una orden verbal concerniente al dirigible. Me dijeron que mantuviese nuestros barcos y nuestros aviones lejos de los Bahama Banks y que interfiriese todas las comunicaciones procedentes de aquella zona.</p><p>��Esta orden, �ven�a directamente de la Casa Blanca?</p><p>��No abuses de tu suerte, Jim.</p><p>��Gracias por haberme hablado claro, Clyde.</p><p>��Siempre a tu disposici�n. Tenemos que vernos la pr�xima vez que yo est� en Washington.</p><p>��Lo espero con ilusi�n.</p><p>Sandecker colg� el tel�fono, con el semblante enrojecido y echando chispas por los ojos.</p><p>��Que Dios les ayude -murmur�, apretando los dientes-. Nos la han pegado a todos.</p></section><section><title><p>19</p></title><p>La cara suave y de p�mulos salientes de Jessie estaba tensa por el esfuerzo de luchar contra las r�fagas de viento y lluvia que zarandeaban el dirigible. Se le estaban entumeciendo los brazos y las mu�ecas de tanto manejar las v�lvulas y el tim�n de inclinaci�n. Con el peso a�adido de la lluvia, era casi imposible mantener en equilibrio y al nivel adecuado la oscilante aeronave. Empezaba a sentir la fr�a caricia del miedo.</p><p>��Tendremos que dirigirnos a la tierra m�s pr�xima -dijo, con voz insegura-. No podr� mantenerlo mucho m�s tiempo en el aire, con esta tormenta.</p><p>Pitt la mir�.</p><p>��La tierra m�s pr�xima es Cuba.</p><p>��Vale m�s la c�rcel que la muerte.</p><p>��Todav�a no -replic� Pitt desde su asiento, a la derecha y un poco detr�s de ella-. Aguante un poco m�s. El viento nos empujar� hacia Key West.</p><p>��Con la radio estropeada, no sabr�n d�nde buscarnos si tenemos que caer al mar.</p><p>��Hubiese debido pensar en esto antes de derramar caf� en el transmisor y provocar un cortocircuito.</p><p>Ella le mir�. Dios m�o, pens�, es para volverse loca. �l estaba mirando por la ventanilla de estribor, contemplando tranquilamente el mar con unos gemelos. Giordino estaba observando por el lado de babor, mientras Gunn le�a los datos de la computadora VIKOR de navegaci�n y marcaba su rumbo en una carta. Con frecuencia, Gunn observaba tambi�n las marcas de la aguja del gradi�metro Schonstedt, un instrumento para detectar el hierro por mediaci�n de la intensidad magn�tica. Parec�a como si aquellos tres hombres no tuviesen la menor preocupaci�n en el mundo.</p><p>���No han o�do lo que he dicho? -pregunt�, desesperada, ella.</p><p>��Lo hemos o�do -respondi� Pitt.</p><p>��No puedo dominarlo con este viento. Es demasiado pesado. Tenemos que echar lastre o aterrizar.</p><p>��El �ltimo saco de lastre fue arrojado hace una hora.</p><p>��Entonces tiren esa chatarra que subieron a bordo -orden� ella, se�alando una monta�ita de cajas de aluminio fijadas en el suelo.</p><p>��Lo siento. Esta chatarra, como usted la llama, puede sernos muy �til.</p><p>��Pero estamos perdiendo altura.</p><p>��Haga todo lo que pueda.</p><p>Jessie se�al� a trav�s del parabrisas.</p><p>��Esa isla a estribor es Cayo Santa Mar�a. La tierra de m�s all� es Cuba. Voy a poner rumbo al sur y probar suerte con los cubanos.</p><p>Pitt se volvi�, con una mirada resuelta en sus ojos verdes.</p><p>��Fue usted quien quiso intervenir en esta misi�n -dijo rudamente-. Quer�a ser un tripulante m�s. Ahora aguante.</p><p>��Emplee la cabeza, Pitt -salt� ella-. Si esperamos otra media hora, el hurac�n nos har� pedazos.</p><p>��Creo que he encontrado algo -grit� Giordino.,</p><p>Pitt se levant� y pas� al lado de babor.</p><p>���En qu� direcci�n?</p><p>Giordino se�al�.</p><p>��Acabamos de pasar por encima. A unos doscientos metros a popa.</p><p>��Y es grande -dijo Gunn excitado-. La aguja del detector se sale de la escala.</p><p>��Gire a babor -orden� Pitt a Jessie-. Ll�venos por donde hemos venido.</p><p>Jessie no discuti�. Contagiada s�bitamente del entusiasmo del descubrimiento, sinti� que desaparec�a su cansancio. Aceler� y vir� a babor, aprovechando el viento para invertir el rumbo. Una r�faga azot� la cubierta de aluminio, haciendo que el dirigible se estremeciese y oscilase la barquilla. Despu�s amain� la corriente de aire y el vuelo fue m�s suave a partir del momento en que las ocho aletas de la cola dieron la vuelta y el viento sopl� desde la popa.</p><p>El interior de la cabina de mandos qued� en silencio como la cripta de una catedral. Gunn desenroll� la cuerda de la unidad sensible del gradi�metro hasta que pendi� a ciento cincuenta metros de la panza del dirigible y roz� las crestas de las olas. Entonces volvi� su atenci�n al registro y esper� a que la aguja marcase una raya horizontal en el papel. Pronto empez� a oscilar arriba y abajo.</p><p>��Nos estamos acercando -anunci� Gunn.</p><p>Giordino y Pitt, haciendo caso omiso del viento, se asomaron a las ventanillas. El mar estaba agitado y saltaba espuma de las crestas de las olas, dificultando la visi�n de las transparentes profundidades. Jessie las estaba pasando moradas, luchando con los mandos, tratando de reducir las violentas sacudidas y el balanceo del dirigible, que se comportaba como una ballena tratando de remontar los r�pidos del r�o Colorado.</p><p>���Ya lo tengo! -grit� de pronto Pitt-. Yace en direcci�n de norte a sur, a unos cien metros a estribor.</p><p>Giordino pas� al otro lado de la cabina de mandos y mir� hacia abajo.</p><p>��S�, tambi�n yo lo veo.</p><p>���Pod�is distinguir si lleva gr�as? -pregunt� Gunn.</p><p>��El perfil es claro, pero no puedo distinguir los detalles. Yo dir�a que est� a unos veinticinco metros de la superficie.</p><p>��M�s bien a treinta -dijo Pitt.</p><p>���Es el <emphasis>Cyclops? </emphasis>-pregunt� ansiosamente Jessie.</p><p>��Demasiado pronto para saberlo. -Se volvi� a Gunn-. Marca la posici�n que indica el VIKOR.</p><p>��Posici�n marcada -dijo Gunn.</p><p>Pitt se dirigi� a Jessie.</p><p>��Muy bien, piloto, hagamos otra pasada. Y esta vez, como tendremos el viento en contra, trate de acercarse al objetivo.</p><p>���Por qu� no me pide que convierta plomo en oro? -replic� ella.</p><p>Pitt se le acerc� y la bes� ligeramente en la mejilla.</p><p>��Lo est� haciendo estupendamente. Aguante un poco m�s y la sustituir� en los mandos.</p><p>��No adopte ese aire protector -dijo malhumoradamente ella, pero sus ojos ten�an una expresi�n c�lida y desaparecieron las arrugas provocadas por la tensi�n alrededor de sus labios-. D�game solamente d�nde tengo que parar el autob�s.</p><p>Muy voluntariosa, pens� Pitt. Por primera vez, sinti� envidia de Raymond LeBaron. Se volvi� y apoy� una mano en el hombro de Gunn.</p><p>��Emplea el clin�metro y mira si puedes obtener la medida aproximada de sus dimensiones.</p><p>Gunn asinti� con la cabeza.</p><p>��As� lo har�.</p><p>��Si es el <emphasis>Cyclops </emphasis>-dijo Giordino con entusiasmo-, habr�s hecho un c�lculo magn�fico.</p><p>��Mucha suerte mezclada con un poco de percepci�n -admiti� Pitt-. Esto y el hecho de que Raymond LeBaron y Buck Caesar nos encaminaron hacia la meta. El enigma es por qu� se encuentra el <emphasis>Cyclops </emphasis>fuera de la ruta corriente de navegaci�n.</p><p>Giordino sacudi� la cabeza.</p><p>��Probablemente nunca lo sabremos.</p><p>��Volvemos sobre el objetivo -inform� Jessie.</p><p>Gunn midi� la distancia con el clin�metro y despu�s mir� a trav�s del ocular, midiendo la longitud del oscuro objeto sumergido. Consigui� mantener fijo el instrumento, mientras Jessie luchaba denodadamente contra el viento.</p><p>��No hay manera de medir exactamente la manga, porque es imposible verlo: el barco yace de costado -dijo, estudiando las calibraciones.</p><p>���Y la eslora? -pregunt� Pitt.</p><p>��Entre ciento setenta y ciento noventa metros.</p><p>��No est� mal -dijo Pitt, visiblemente aliviado-. El <emphasis>Cyclops </emphasis>ten�a ciento ochenta metros de eslora.</p><p>��Si baj�semos un poco m�s, podr�a conseguir medidas m�s exactas -dijo Gunn.</p><p>��Otra vez, Jessie -grit� Pitt.</p><p>��Creo que ser� imposible -dijo ella, levantando una mano de los mandos y se�alando m�s all� de la ventanilla de delante-. Tenemos un comit� de bienvenida.</p><p>Su expresi�n parec�a tranquila, casi demasiado tranquila, mientras los hombres observaban con cierta fascinaci�n c�mo aparec�a un helic�ptero entre las nubes, treinta metros por encima del dirigible. Durante unos segundos, pareci� suspendido all� inm�vil en el cielo, como un halc�n acechando a una paloma. Despu�s aument� de tama�o al acercarse y volar paralelamente al <emphasis>Prosperteer. </emphasis>Gracias a los gemelos, pudieron ver claramente las caras hoscas de los pilotos y dos pares de manos que empu�aban armas autom�ticas asomando en la puerta lateral abierta.</p><p>��Han tra�do amigos -dijo brevemente Gunn.</p><p>Estaba apuntando sus gemelos a una lancha ca�onera cubana que surcaba las olas a unas cuatro millas de distancia, levantando grandes surtidores de espuma.</p><p>Giordino no dijo nada. Arranc� las cintas que sujetaban las cajas y empez� a arrojar su contenido al suelo, con toda la rapidez que le permit�an sus manos. Gunn se uni� a �l mientras Pitt empezaba a montar una pantalla de extra�o aspecto.</p><p>��Nos est�n mostrando un letrero en ingl�s -anunci� Jessie.</p><p>���Qu� dice? -pregunt� Pitt, sin mirar hacia arriba.</p><p>���S�gannos y no empleen la radio� -ley� ella en voz alta-. �Qu� tengo que hacer?</p><p>��Evidentemente, no podemos usar la radio; por lo tanto, sonr�a y sal�deles con la mano. Esperemos que no disparen, si ven que es una mujer.</p><p>��Yo no confiar�a en eso -gru�� Giordino.</p><p>��Y mant�ngase sobre el barco hundido -a�adi� Pitt.</p><p>A Jessie no le gust� lo que estaba pasando dentro de la cabina de mandos. Su cara palideci� ostensiblemente. Dijo:</p><p>��Ser� mejor que hagamos lo que ellos quieren.</p><p>��Que se vayan al diablo -dijo fr�amente Pitt.</p><p>Desabroch� el cintur�n de seguridad de Jessie y la apart� de los mandos. Giordino levant� un par de botellas de aire y Pitt pas� r�pidamente las correas por encima de los hombros de ella. Gunn le tendi� una m�scara, unas aletas y un chaleco.</p><p>��R�pido -orden�-. P�ngase esto.</p><p>Ella estaba perpleja.</p><p>���Qu� est�n haciendo?</p><p>��Cre� que lo sab�a -dijo Pitt-. Vamos a nadar un poco.</p><p>���Qu�?</p><p>Los negros ojos de gitana estaban ahora muy abiertos, menos de alarma que de asombro.</p><p>��No hay tiempo para que el abogado defensor presente el pliego de descargo -dijo tranquilamente Pitt-. Ll�melo un plan descabellado para salvar la vida y no insista. Ahora haga lo que le han dicho y ti�ndase en el suelo detr�s de la pantalla.</p><p>Giordino mir� dubitativamente la pantalla de una pulgada de grueso.</p><p>��Esperemos que sirva para algo. No quisiera estar aqu� si una bala le da a una botella de aire.</p><p>��No tengas miedo -replic� Pitt, mientras los tres se pon�an apresuradamente su equipo de inmersi�n-. Es de un pl�stico muy resistente. Garantizado para detener hasta un proyectil de veinte mil�metros.</p><p>Al no manejar nadie los mandos, el dirigible se desplaz� hacia un lado bajo una nueva r�faga de viento y se inclin� hacia abajo. Todos se echaron instintivamente al suelo y trataron de agarrarse a alguna parte. Las cajas que hab�an contenido el equipo se desperdigaron por el suelo y se estrellaron contra los asientos de los pilotos.</p><p>No hubo vacilaci�n ni ulteriores intentos de comunicaci�n.</p><p>El comandante cubano del helic�ptero, creyendo que el s�bito y err�tico movimiento del dirigible significaba que trataba de escapar, orden� a sus hombres que abrieran fuego. Una lluvia de balas alcanz� el lado de estribor del <emphasis>Prosperteer </emphasis>desde no m�s de treinta metros de distancia. La cabina de mandos qued� inmediatamente hecha trizas. Los viejos cristales amarillentos de las ventanillas saltaron en a�icos que se desparramaron sobre el suelo. Los mandos y el panel de instrumentos quedaron convertidos en chatarra retorcida, llenando la destrozada cabina de humo producido por los cortocircuitos.</p><p>Pitt yac�a de bruces sobre Jessie, cubierto por Gunn y Giordino, escuchando c�mo los proyectiles con punta de acero repicaban contra la pantalla a prueba de balas. Entonces los tiradores del helic�ptero cambiaron la punter�a y dispararon contra los motores. Las capotas de aluminio fueron arrancadas y trituradas por aquel fuego devastador, hasta que se desprendieron y fueron arrastradas por la corriente de aire. Los motores tosieron y callaron, destrozadas las culatas, escupiendo aceite entre nubes de humo negro.</p><p>���Los dep�sitos de carburante! -grit� Jessie entre el ensordecedor estruendo-. �Estallar�n!</p><p>��Esto es lo que menos debe preocuparnos -le grit� Pitt al o�do-. Los cubanos no emplean balas incendiarias y los dep�sitos est�n hechos de una goma de neopreno que se cierra por s� sola.</p><p>Giordino se arrastr� hacia el destrozado y revuelto mont�n de cajas de equipo y encontr� lo que le pareci� a Jessie una especie de contenedor tubular. Lo empuj� delante de �l en el fuertemente inclinado suelo.</p><p>���Necesitas ayuda? -aull� Pitt.</p><p>��Si Rudi puede sujetarme las piernas�</p><p>Su voz se extingui�. Gunn no necesitaba que le diesen instrucciones. Apoy� los pies en un mamparo y agarr� con fuerza las rodillas de Giordino.</p><p>El dirigible estaba ahora totalmente fuera de control, muerto en el aire, con el morro apuntando al mar en un �ngulo de cuarenta y cinco grados. Ya no le quedaba fuerza de sustentaci�n y empez� a descender del cielo mientras los cubanos rociaban de balas la abultada e indefensa envoltura. Las aletas estabilizadoras apuntaban todav�a a las nubes, pero el viejo <emphasis>Prosperteer </emphasis>estaba a las puertas de la muerte.</p><p>No morir�a solo.</p><p>Giordino abri� el tubo, sac� un lanzador de mistes M-72 y lo carg� con un cohete de 66<emphasis/>mil�metros. Lentamente, movi�ndose con gran cautela, apoy� aquella arma que parec�a un bazooka en el marco de la ventanilla rota y apunt�.</p><p>Los asombrados hombres de la lancha ca�onera, a menos de una milla de distancia, vieron c�mo parec�a desintegrarse el helic�ptero en un enorme hongo de fuego. El ruido de la explosi�n sacudi� el aire como un trueno, seguido de una lluvia de retorcidos metales al rojo que silbaron y despidieron vapor al tocar el agua.</p><p>El dirigible todav�a estaba suspendido all�, girando lentamente sobre su eje. El helio brotaba a chorros de las rajas del casco. Los soportes circulares del interior empezaron a romperse como palos secos. Lanzando su �ltimo suspiro, el <emphasis>Prosperteer </emphasis>se dobl� sobre s� mismo, rompi�ndose como una cascara de huevo, y cay� sobre las hirvientes y espumosas olas.</p><p>Toda aquella furiosa devastaci�n ocurri� r�pidamente. En menos de veinte segundos, ambos motores fueron arrancados de sus soportes, y los que sosten�an la cabina de mandos se rompieron con chasquidos de mal ag�ero. Como un fr�gil juguete arrojado a la acera por un ni�o destructor, los remaches estallaron y la estructura interior chirri� al desintegrarse.</p><p>La cabina de mandos sigui� hundi�ndose y el agua penetr� por las rotas ventanillas. Era como si una mano gigantesca apretase al dirigible hacia abajo hasta hacerle desaparecer en lo profundo. Entonces se desprendi� la barquilla y cay� como una hoja muerta, arrastrando una confusa mara�a de alambres y cables. Los restos de la cubierta de duraluminio siguieron despu�s, aleteando locamente como un murci�lago borracho.</p><p>Una bandada de peces de cola amarilla escap� debajo de aquella masa que se hund�a, un instante antes de chocar contra el fondo y levantar nubes de fina arena.</p><p>Entonces todo qued� en sepulcral silencio, roto solamente por el suave gorgoteo del aire de las botellas.</p><p>Sobre la agitada superficie, los pasmados tripulantes de la lancha ca�onera empezaron a recorrer el lugar del accidente, buscando alg�n superviviente. Pero s�lo encontraron grandes manchas de carburante y de aceite.</p><p>El viento del hurac�n que se acercaba aument� hasta fuerza 8. Las olas alcanzaron una altura de seis metros, haciendo imposible continuar la b�squeda. El capit�n de la lancha no tuvo m�s remedio que cambiar de rumbo y dirigirse a un puerto seguro de Cuba, dejando atr�s un mar turbulento y maligno.</p></section><section><title><p>20</p></title><p>La nube opaca de limo que cubr�a los destrozados restos del <emphasis>Prosperteer </emphasis>fue arrastrada lentamente por una d�bil corriente profunda. Pitt se levant� sobre las manos y las rodillas y mir� a su alrededor, en lo que hab�a sido la cabina de mandos. Gunn estaba sentado en el suelo, apoyando la espalda en un combado mamparo. Su tobillo izquierdo se hab�a hinchado hasta tomar la forma de un coco, pero aspir� aire de la boquilla y levant� una mano, haciendo una V con los dedos.</p><p>Giordino se puso en pie con un esfuerzo y se apret� suavemente el lado derecho del pecho. Un tobillo roto y probablemente unas cuantas costillas fracturadas entre los dos, pens� Pitt. Podr�a haber sido peor. Se inclin� sobre Jessie y le levant� la cabeza. Sus ojos parec�an estar en blanco a trav�s del cristal de la m�scara, pero el suave silbido del regulador y el movimiento del pecho indicaban que la respiraci�n era normal, aunque un poco r�pida. Pas� los dedos sobre sus brazos y sus piernas y no encontr� se�ales de fractura. Salvo una erupci�n de manchas negras y azules, que aumentar�an en las pr�ximas veinticuatro horas, parec�a estar en buen estado. Como para tranquilizarse, Jessie alarg� una mano y le apret� con fuerza el brazo.</p><p>Pitt, satisfecho, volvi� la atenci�n a su propia persona. Todas las articulaciones funcionaban debidamente, lo mismo que los m�sculos, y no parec�a haberse dislocado nada. Sin embargo, no hab�a salido ileso. Un purp�reo chich�n estaba creciendo en su frente, y advirti� una extra�a sensaci�n de rigidez en el cuello. Combati� esta incomodidad con el consuelo de que nadie parec�a estar sangrando. Hab�an escapado a la muerte por un pelo, y esto era ya bastante para un d�a. Lo menos que pod�an esperar era que no les atacasen los tiburones.</p><p>Pitt centr� la atenci�n en el problema inmediato: salir de la cabina de mandos. La puerta se hab�a atrancado, lo cual no era extra�o despu�s de los golpes que hab�a recibido. Se sent� en el suelo, agarr� con ambas manos el combado marco y golpe� con los pies. Decir golpe� es una exageraci�n. La presi�n del agua restaba empuje a sus piernas. Tuvo la impresi�n de que estaba tratando de hacer saltar el fondo de un enorme tarro de cola. Al sexto intento, cuando los talones y los dedos de los pies ya no pod�an aguantar m�s, el cerrojo cedi� y la puerta se abri� lentamente hacia afuera.</p><p>Giordino fue el primero en salir, envuelta la cabeza en el torbellino de burbujas de su regulador de la respiraci�n. Alarg� los brazos hacia adentro, clav� los pies en la arena, se apercibi� para resistir el dolor del pecho que estaba seguro de que sentir�a, y dio un fuerte tir�n. Con Pitt y Gunn empujando desde dentro, un voluminoso paquete pas� dif�cilmente por la puerta y cay� al suelo. Despu�s, ocho dep�sitos de acero, conteniendo tres metros c�bicos de aire, pasaron a las manos expectantes de Giordino.</p><p>Dentro de la maltrecha cabina de mandos, Jessie luchaba por adaptar sus o�dos a la presi�n del agua. La sangre zumbaba en su cabeza y sent�a en ella un fuerte dolor que borraba la impresi�n de la ca�da. Se tap� la nariz y resopl� furiosamente. Al quinto intento, se destaparon al fin sus o�dos, y el alivio que sinti� fue tan maravilloso que las l�grimas acudieron a sus ojos. Apret� los dientes sobre la boquilla y se llen� de aire los pulmones. Qu� delicioso ser�a despertarse en su propia cama, pens�. Algo toc� su mano. Era otra mano, firme y de piel curtida. Levant� la mirada y vio los ojos de Pitt mir�ndola fijamente a trav�s del cristal de la m�scara; parec�an fruncidos en una sonrisa. �l le indic� con la cabeza que le siguiese.</p><p>La condujo afuera, en el vasto y l�quido vac�o. Ella mir� hacia arriba, observando las burbujas sibilantes que ascend�an en remolinos hacia la agitada superficie. A pesar de la turbulencia de �sta, hab�a en el fondo una visibilidad de casi sesenta metros y pod�a ver claramente y en toda su longitud el armaz�n de la aeronave yaciendo a poca distancia de la cabina de mandos. Gunn y Giordino se hab�an perdido de vista.</p><p>Pitt le hizo adem�n de que esperase junto a los dep�sitos de aire y el extra�o paquete. Observ� la br�jula que llevaba en la mu�eca izquierda y se alej� nadando en aquella bruma azul. Jessie se tambale�, ingr�vida, sintiendo en la cabeza una ligera impresi�n de narcosis por nitr�geno. La invadi� una abrumadora sensaci�n de soledad, pero se desvaneci� r�pidamente al ver a Pitt que volv�a. �ste le hizo se�al de que le siguiese y, despu�s, se volvi� y empez� a nadar despacio. Pataleando para vencer la resistencia del agua, Jessie no tard� en alcanzarle.</p><p>El fondo de arena blanca del mar fue sustituido por bancos de coral habitados por una gran variedad de peces de extra�as formas. Sus brillantes colores naturales eran amortiguados hasta convertirse en un gris suave, por la absorci�n de las part�culas de agua que filtraban el rojo, el naranja y el amarillo, dejando pasar �nicamente el verde y el azul. Nadaron agitando las aletas y manteni�ndose a s�lo una braza por encima de la fant�stica y ex�ticamente moldeada jungla submarina, observados con curiosidad por un tropel de peque�os angelotes, orbes y peces trompeta. La divertida escena record� a Pitt los ni�os que observaban los grandes globos en forma de personajes de historietas que desfilan por Broadway el D�a de Acci�n de Gracias.</p><p>De pronto, Jessie clav� los dedos en la pierna de Pitt y se�al� hacia arriba. All�, nadando perezosamente, a s�lo veinte pies de distancia, hab�a una bandada de barracudas. Deb�a haber dos centenares de ellas y ninguna med�a menos de un metro de largo. Se volvieron al un�sono y empezaron a dar vueltas alrededor de los submarinistas con muestras de curiosidad en sus redondos ojos. Despu�s decidieron por lo visto que no val�a la pena perder el tiempo, por Pitt y Jessie, por lo que se alejaron en un abrir y cerrar de ojos y se perdieron de vista.</p><p>Cuando Pitt se volvi�, vio c�mo aparec�a Rudi Gunn, saliendo de la cortina azul. Gunn se detuvo y les hizo se�as de que se acercasen a toda prisa. Entonces hizo con los dedos la se�al de la victoria.</p><p>El significado estaba claro. Gunn movi� vigorosamente una de las aletas y ascendi� r�pidamente en diagonal hasta encontrarse a unos diez metros por encima del banco de coral. Pitt y Jessie le siguieron inmediatamente.</p><p>Hab�an nadado casi cien metros cuando Gunn se detuvo de pronto, invirtiendo el cuerpo en posici�n vertical, y alarg� una mano, con un dedo ligeramente doblado, se�alando como una Parca.</p><p>Como un castillo encantado surgiendo entre la niebla de un pantano de Yorkshire, la forma fant�stica del <emphasis>Cyclops </emphasis>se manifest� en la acu�tica penumbra, nefasta y siniestra, como si una fuerza indescriptible alentase en sus entra�as.</p></section><section><title><p>21</p></title><p>Pitt hab�a visto muchos barcos naufragados y hab�a sido el primero en inspeccionar el <emphasis>Titanic, </emphasis>pero al contemplar ahora el perdido y legendario buque fantasma, le asalt� un temor casi supersticioso. El hecho de que fuera la tumba de m�s de trescientos hombres aumentaba su maligna aureola.</p><p>El barco hundido yac�a sobre el costado de babor con una inclinaci�n de unos veinticinco grados, con la proa apuntando hacia el norte. No ten�a el aspecto de algo destinado a descansar en el fondo del mar, y la madre naturaleza hab�a tendido sobre el intruso de acero un velo de sedimentos y organismos marinos.</p><p>El casco y la superestructura estaban cubiertos de toda clase de productos del mar: esponjas, lapas, an�monas floridas, plumosos helechos marinos y largas algas que oscilaban graciosamente con la corriente como brazos de bailarinas. Salvo por la deformada proa y tres gr�as desprendidas, el barco estaba sorprendentemente intacto.</p><p>Encontraron a Giordino muy atareado raspando las adherencias de un peque�o sector debajo de la barandilla de popa. Se volvi� cuando ellos se acercaron y les mostr� el fruto de su trabajo. Hab�a dejado al descubierto las letras en relieve del nombre <emphasis>Cyclops.</emphasis></p><p>Pitt mir� la esfera naranja de su reloj sumergible Doxa. Le parec�a una eternidad el tiempo transcurrido desde que el dirigible hab�a ca�do, pero s�lo hab�an pasado nueve minutos desde el momento en que hab�an salido nadando de la cabina de mandos. Era imperativo que conservasen el aire. Todav�a ten�an que registrar el barco y reservar las botellas de recambio para la descompresi�n. El margen de seguridad ser�a peligrosamente estrecho.</p><p>Comprob� el indicador de aire de Jessie y la mir� a los ojos. Parec�an claros y brillantes. Ella respiraba lenta y r�tmicamente. Levant� el dedo pulgar y le hizo un gui�o de coqueter�a. Por lo visto hab�a olvidado de momento el peligro de muerte que hab�an corrido en el <emphasis>Prosperteer.</emphasis></p><p>Pitt respondi� a su gui�o. Ahora la est� gozando, pens�.</p><p>Empleando se�ales con las manos para comunicarse, se desplegaron los cuatro en l�nea encima de la popa y empezaron a recorrer el barco. Las puertas de la camareta alta de popa se hab�an podrido y el suelo de teca estaba fuertemente carcomido. Todas las superficies llanas estaban revestidas de sedimentos que daban la impresi�n de una mortaja polvorienta.</p><p>El asta de la bandera estaba desnuda; la ense�a de los Estados Unidos se hab�a desintegrado hac�a tiempo. Los dos ca�ones de popa apuntaban hacia atr�s, mudos y abandonados. Las chimeneas gemelas se alzaban como centinelas sobre los restos de ventiladores, norays y barandillas, y todav�a pend�an enroscados cables de las gr�as. Como en un barrio de chabolas, cada pieza arruinada ofrec�a refugio a los erizos de mar, cangrejos y otras criaturas marinas.</p><p>Pitt sab�a, por haber estudiado un diagrama del interior del <emphasis>Cyclops, </emphasis>que buscar en la secci�n de popa era una p�rdida de tiempo. Las chimeneas se alzaban sobre la sala de m�quinas y las dependencias de la tripulaci�n. Si ten�an que encontrar la estatua de La Dorada, lo m�s probable era que estuviese en el compartimiento de carga mixta, debajo del puente y del castillo de proa. Hizo adem�n a los otros para que siguiesen en aquella direcci�n.</p><p>Nadaron despacio y prudentemente a lo largo de la pasarela que se extend�a sobre las escotillas del carb�n, rodeando los grandes cubos de carga y pasando por debajo de las herrumbrosas gr�as que parec�an alargarse desesperadamente en busca de los rayos refractados por la superficie. Era evidente que el <emphasis>Cyclops </emphasis>hab�a sufrido una muerte r�pida y violenta. Los restos de las barcas salvavidas estaban fijados en sus pescantes y la superestructura parec�a haber sido aplastada por un pu�o monstruoso.</p><p>El extra�o puente rectangular tom� lentamente forma en la penumbra verdeazul. Los dos pilares de sustentaci�n del lado de estribor se hab�an doblado pero la inclinaci�n del casco a babor hab�a compensado el �ngulo. En contraste con el resto del barco, el puente permanec�a en un plano perfectamente horizontal.</p><p>La oscuridad al otro lado de la puerta de la caseta del tim�n parec�a ominosa. Pitt encendi� su linterna y penetr� lentamente en el interior, teniendo cuidado de no levantar el limo del suelo con sus aletas. Una luz muy d�bil se filtraba a trav�s de los sucios ojos de buey del mamparo anterior. Limpi� de lodo el cristal que cubr�a el reloj del barco. Las deslustradas saetas se hab�an inmovilizado en las 12,21. Tambi�n examin� el gran pedestal donde se hallaba la br�jula. El interior era todav�a impermeable y la aguja flotaba libre en queroseno, apuntando fielmente al norte magn�tico. Pitt observ� que el barco estaba orientado a 340 grados. En el lado opuesto al de la br�jula, cubiertos por una colonia de esponjas que adquirieron un vivo color rojo bajo la luz de la linterna de Pitt, hab�a dos objetos parecidos a postes que se elevaban del suelo y se abr�an en abanico en la cima. Pitt, curioso, limpi� el de babor y apareci� una superficie de cristal a trav�s de la cual pudo dif�cilmente leer las palabras a toda velocidad, MEDIANA, LENTA, MUY LENTA, STOP y PAREN M�QUINAS. Era el tel�grafo del puente con la sala de m�quinas. Advirti� que la saeta met�lica apuntaba a toda velocidad. Limpi� el cristal del tel�grafo de estribor. La aguja se�alaba paren m�quinas.</p><p>Jessie estaba a unos tres metros detr�s de Pitt cuando solt� un grito confuso que hizo que a �l se le erizasen los cabellos de la nuca. Gir� en redondo, pensando que tal vez se la llevaba un tibur�n, pero ella estaba se�alando fren�ticamente un par de cosas que sobresal�an del limo.</p><p>Dos cr�neos humanos, cubiertos de lodo hasta las fosas nasales, miraban a trav�s de las cuencas vac�as. Dieron a Pitt la deconcertante impresi�n de que le estaban observando. Los huesos de otro tripulante estaban apoyados en la base del tim�n, con un brazo esquel�tico introducido todav�a entre los radios de la rueda. Pitt se pregunt� si alguno de aquellos lastimosos restos pod�an ser los del capit�n Worley.</p><p>No hab�a nada m�s que ver, por lo que Pitt condujo a Jessie fuera de la caseta del tim�n y por una escalera hacia los camarotes de los tripulantes y los pasajeros. Casi al mismo tiempo, Gunn y Giordino desaparecieron por una escotilla que conduc�a a una peque�a bodega de carga.</p><p>La capa de limo era m�s fina en esta parte del barco; no m�s de una pulgada de grueso. La escalera llevaba a un largo pasillo con compartimientos a ambos lados. En cada uno de ellos hab�a literas, lavabos de porcelana, efectos personales desparramados y los restos esquel�ticos de sus ocupantes. Pitt perdi� pronto la cuenta de los muertos. Se detuvo y a�adi� aire a su compensador de flotaci�n para mantener equilibrado el cuerpo en posici�n horizontal. El m�s ligero contacto de sus aletas levantar�a grandes nubes de limo cegador.</p><p>Pitt dio una palmada en el hombro de Jessie y enfoc� su linterna a un peque�o lavabo con una ba�era y dos retretes. Le hizo un adem�n interrogador. Ella sonri� y le dio una respuesta c�mica pero negativa.</p><p>Pitt golpe� casualmente con su linterna una tuber�a instalada a lo largo del techo y aqu�lla se apag� moment�neamente. La s�bita oscuridad fue tan total y sofocante como si les hubiesen metido en un ata�d y cerrado la tapa. Pitt no ten�a deseos de permanecer rodeado de oscuridad eterna dentro de la tumba del <emphasis>Cyclops, </emphasis>y volvi� a encender r�pidamente la linterna, revelando una colonia de esponjas de vivos colores rojo y amarillo aferradas a los mamparos del pasillo.</p><p>Pronto se evidenci� que no encontrar�an indicios de La Dorada aqu�. Retrocedieron por aquel pasillo de la muerte y subieron de nuevo al castillo de proa. Giordino les estaba esperando y se�al� una escotilla que estaba medio abierta. Pitt se desliz� por ella, haciendo chocar sus botellas de aire con el marco, y descendi� por una escalera en p�simo estado.</p><p>Nad� en lo que parec�a ser una bodega destinada a equipajes, serpenteando alrededor de los revueltos escombros en direcci�n a la luz irreal de la linterna de Gunn. Pas� por encima de un mont�n de huesos y de un cr�neo que ten�a la boca abierta en lo que se imagin� Pitt que era un horripilante grito de terror.</p><p>Encontr� a Gunn examinando atentamente el podrido interior de una caja grande. Los horribles restos esquel�ticos de dos hombres estaban embutidos entre la caja y un mamparo.</p><p>Por un breve instante, el coraz�n de Pitt palpit� de excitaci�n y de esperanza, seguro de que hab�an encontrado el m�s inestimable tesoro de los mares. Entonces Gunn levant� la cabeza y vio Pitt una amarga desilusi�n pintada en sus ojos.</p><p>La caja estaba vac�a.</p><p>Desenga�ados, siguieron registrando la bodega y encontraron algo sorprendente. Yaciendo en las oscuras sombras como un mu�eco de goma, hab�a un traje de buzo. Los brazos estaban extendidos, y los pies, calzados con unas botas pesadas al estilo de las de Frankenstein. Unos enmohecidos casco y peto de metal cubr�an la cabeza y el cuello. Enroscado a un lado, como una serpiente muerta y gris, estaba el cord�n umbilical que conten�a el tubo de aire y el cable salvavidas. Estaban cortados a unos dos metros del casco.</p><p>La capa de limo sobre el traje de buzo indicaba que yac�a all� desde hac�a muchos a�os. Pitt tom� el cuchillo que llevaba sujeto a la pantorrilla derecha y lo emple� para soltar la visera del casco. �sta cedi� lentamente al principio y despu�s se solt� lo bastante para que pudiese arrancarla con los dedos. Entonces dirigi� la luz de la linterna al interior del casco. Protegida de los estragos de la destructiva vida marina por el traje de goma y las v�lvulas de seguridad del casco, la cabeza conservaba todav�a cabellos y restos de carne.</p><p>Pitt y sus compa�eros no eran los primeros en explorar los espantosos secretos del <emphasis>Cyclops. </emphasis>Alguien se les hab�a anticipado y se hab�a llevado el tesoro de La Dorada.</p></section><section><title><p>22</p></title><p>Pitt consult� su viejo reloj Doxa y calcul� las paradas para descompresi�n. A�adi� un minuto a cada una de ellas, como margen de mayor segundad para eliminar las burbujas de gas de la sangre y los tejidos y evitar la enfermedad de los buzos.</p><p>Despu�s de abandonar el <emphasis>Cyclops, </emphasis>hab�an cambiado las botellas de aire casi vac�as por las de reserva y empezado su lenta ascensi�n a la superficie. A unos metros de distancia, Gunn y Giordino a�adieron aire a sus compensadores de flotaci�n para mantenerse a la profundidad debida mientras manejaban el engorroso paquete.</p><p>Debajo de ellos, en la penumbra marina, el <emphasis>Cyclops </emphasis>yac�a desolado y condenado al olvido. Antes de que pasaran otros diez a�os, sus enmohecidos costados empezar�an a combarse hacia dentro y, un siglo m�s tarde, el fondo del este mar inquieto cubrir�a los lastimosos restos con una mortaja de limo, dejando solamente unos cuantos trozos incrustados de coral para marcar su tumba.</p><p>Encima de ellos, la superficie era como un torbellino de azogue. En la siguiente parada de descompresi�n, empezaron a sentir el impulso aplastante de las enormes olas y se esforzaron en permanecer juntos en el vac�o. Ni pensar en quedarse a una profundidad de seis metros. Su provisi�n de aire estaba casi agotada y s�lo la muerte por ahogamiento les esperaba en las profundidades. No ten�an m�s remedio que subir a la superficie y arrostrar la tempestad.</p><p>Jessie parec�a tranquila, impert�rrita. Pitt se dio cuenta de que no sospechaba el peligro que correr�an en la superficie. S�lo pensaba en ver de nuevo el cielo.</p><p>Pitt mir� el reloj por �ltima vez y se�al� hacia arriba con el pulgar. Empezaron a subir al un�sono, agarrada Jessie a la pierna de Pitt, y cargando Gunn y Giordino con el paquete. Aument� la luz y, cuando Pitt mir� hacia arriba, se sorprendi� al ver un remolino de espuma a pocos metros sobre su cabeza.</p><p>Emergi� en un seno entre dos olas y fue levantado por una enorme e inclinada pared verde que lo lanz� hacia la cresta como si fuese un juguete en una ba�era. El viento zumb� en sus o�dos y la espuma del mar le azot� las mejillas. Se quit� la m�scara y pesta�e�. El cielo del este estaba cubierto de nubes turbulentas, negras como el carb�n, mientras ellos flotaban en el mar verdegris. La rapidez con que se acercaba la tormenta era extraordinaria. Parec�a saltar de un horizonte al otro.</p><p>Jessie apareci� de pronto al lado de Pitt y mir� con ojos muy abiertos aquellas negras nubes que se abat�an sobre ellos. Escupi� la boquilla.</p><p>���Qu� es?</p><p>��El hurac�n -grit� Pitt entre aullidos del viento-. Viene m�s deprisa de lo que nadie se hab�a imaginado.</p><p>���Oh, Dios m�o! -jade� ella.</p><p>��Suelta tu cintur�n de lastre y despr�ndete de las botellas de aire -dijo �l.</p><p>No necesit� decir nada a los otros. Hab�an tirado ya su equipo y estaban abriendo el paquete. Las nubes se extendieron en lo alto y los cuatro se vieron sumergidos en un mundo crepuscular desprovisto de todo color. Estaban aturdidos por la violenta exhibici�n de fuerza atmosf�rica. El viento redobl� de pronto su velocidad llenando el aire de espuma arrancada de las crestas de las olas.</p><p>De pronto, el paquete que hab�an izado con tanto esfuerzo de la barquilla del <emphasis>Prosperteer </emphasis>se abri� y se convirti� en un bote hinchable, provisto de un motor fuera borda de veinte caballos, envuelto en una cubierta herm�tica de pl�stico. Giordino rod� sobre el costado, seguido de Gunn, y ambos rasgaron fren�ticamente la cubierta del motor. Los furiosos vientos apartaron pronto el bote de Pitt y Jessie. La distancia empez� a aumentar con alarmante rapidez.</p><p>���El ancla! -grit� Pitt-. �Arrojad el ancla!</p><p>Gunn apenas si oy� a Pitt entre el aullido del viento. Levant� un saco de lona de forma c�nica, mantenido abierto por un aro de hierro y lo desliz� sobre el costado del bote. Despu�s lo abri� con una cuerda que sujet� fuertemente a la proa. Con la resistencia del ancla, el bote gir� de cara al viento y se alej� m�s despacio.</p><p>Mientras Giordino trajinaba con el motor, Gunn arroj� una cuerda a Pitt, y �ste la at� debajo de los brazos de Jessie. Mientras �sta era remolcada hacia el bote, Pitt nad� tras ella, rompiendo las olas sobre su cabeza. La m�scara le fue arrancada y el agua salada le azot� los ojos. Redobl� su esfuerzo cuando vio que la corriente se estaba llevando el bote m�s deprisa de lo que �l pod�a nadar.</p><p>Giordino meti� los musculosos brazos en el agua, agarr� las mu�ecas de Jessie y la iz� con la misma facilidad que si hubiese sido una lubina. Pitt frunci� los p�rpados hasta casi cerrarlos del todo. Sinti�, m�s que vio, caer la cuerda sobre su hombro. Pod�a distinguir a duras penas la cara sonriente de Giordino asomada sobre el costado del bote, mientras tiraba de la cuerda con sus manazas. Despu�s, yaci� en el fondo del oscilante bote, jadeando y pesta�eando para quitarse la sal de los ojos.</p><p>��Otro minuto y no habr�as podido alcanzar la cuerda -grit� Giordino.</p><p>��El tiempo vuela cuando uno se divierte -le grit� Pitt.</p><p>Giordino puso los ojos en blanco al o�r la jactanciosa respuesta de Pitt y volvi� a trabajar en el motor.</p><p>El peligro inmediato que les amenazaba era ahora diferente. Hasta que pudiesen arrancar el motor para que les diese cierto grado de estabilidad, una ola grande pod�a hacerles volcar. Pitt y Gunn arrojaron bolsas de lastre, con lo que redujeron temporalmente la amenaza.</p><p>La fuerza del viento era infernal. Tiraba de sus cabellos y de sus cuerpos, y la espuma parec�a tan abrasiva sobre su piel como la arena lanzada por un barreno. El peque�o bote hinchable se doblaba bajo la tensi�n del mar enfurecido y se balanceaba en manos del vendaval, pero, de alg�n modo, se resist�a a volcar.</p><p>Pitt se arrodill� sobre el suelo de caucho endurecido, agarrando la cuerda con una mano y volvi� la espalda al viento. Despu�s extendi� el brazo izquierdo. Era un antiguo truco de marinero que siempre daba resultado en el hemisferio septentrional. La mano izquierda se�alar�a hacia el centro de la tormenta.</p><p>Estaban ligeramente fuera del centro, consider�. No tendr�a el respiro de la relativa calma del ojo del hurac�n. El rumbo de �ste estaba a m�s de cuarenta millas al noroeste. Todav�a no hab�a llegado lo peor.</p><p>Una ola cay� sobre ellos, y despu�s, otra; dos en r�pida sucesi�n que habr�an roto el casco de una embarcaci�n mayor y m�s r�gida. Pero el duro y peque�o bote neum�tico se sacudi� el agua y volvi� a la superficie como una foca juguetona. Todos consiguieron agarrarse fuerte y nadie se cay� por la borda.</p><p>Por fin Giordino se�al� que hab�a puesto en marcha el motor. Nadie pod�a o�rlo sobre el aullido del viento. R�pidamente, Pitt y Gunn izaron el ancla y las bolsas de lastre.</p><p>Pitt hizo bocina con una mano y grit� al o�do de Giordino:</p><p>���Navega a favor de la tormenta!</p><p>Desviarse en un rumbo lateral era imposible. Las fuerzas combinadas del viento y el agua volcar�an el bote. Poner proa a la tormenta significar�a una derrota segura a la que no podr�an sobrevivir. Su �nica esperanza era navegar en el sentido de menos resistencia.</p><p>Giordino asinti� hoscamente y aceler�. El bote se inclin� de lado al virar en un seno de las olas y adentrarse en un mar que se hab�a vuelto completamente blanco con la espuma de la estela. Todos se aplastaron contra el suelo, a excepci�n de Giordino. �ste sigui� sentado, con la cuerda de salvamento enrollada en un brazo y agarrando el tim�n del motor fuera borda con la mano libre.</p><p>El d�a declinaba lentamente y al cabo de una hora ser�a de noche. El aire era c�lido y sofocante, haciendo dif�cil la respiraci�n. La pared casi s�lida de agua azotada por el viento reduc�a la visibilidad a menos de trescientos metros. Pitt pidi� la m�scara a Gunn y levant� la cabeza encima de la proa. Era como estar debajo de las cataratas del Ni�gara, mirando hacia arriba.</p><p>Giordino sinti� una helada desesperaci�n cuando el hurac�n desencaden� toda su furia a su alrededor. Que hubiesen sobrevivido hasta ahora era casi un milagro. Estaba luchando contra el mar turbulento con una especie de frenes� contenido, esforz�ndose desesperadamente en evitar que su endeble oasis fuese sumergido por una ola. Cambiaba constantemente la marcha, tratando de navegar justo detr�s de las imponentes crestas, mirando cautelosamente por encima del hombro, a cada momento, el seno que se abr�a detr�s de la popa en seis metros de profundidad.</p><p>Giordino sab�a que el fin estaba cerca, ciertamente a no m�s de una hora si ten�an suerte. Ser�a f�cil hacer girar el bote contra la tormenta y acabar de una vez. Lanz� una r�pida mirada a los otros y vio una amplia sonrisa de �nimo en los labios de Pitt. Si el que hab�a sido su amigo durante casi treinta a�os sent�a cerca la muerte, no daba el menor indicio de ello. Pitt agit� vivamente una mano y volvi� a mirar por encima de la proa. Giordino no pudo dejar de preguntarse qu� estar�a mirando.</p><p>Pitt estaba estudiando las olas. �stas eran cada vez m�s altas y m�s empinadas. Calcul� la distancia entre las crestas y pens� que se estaban acercando como las filas de una formaci�n militar que redujese la marcha.</p><p>El fondo se estaba acercando. El oleaje los estaba lanzando a aguas menos profundas.</p><p>Pitt aguz� la mirada para penetrar la ca�tica pared de agua. Poco a poco, como en el revelado de una fotograf�a en blanco y negro, oscuras im�genes empezaron a tomar forma. La primera que concibi� su mente fue la de unos dientes manchados, molares ennegrecidos y frotados por una pasta blanca. La imagen se concret� en unas rocas oscuras, con las olas rompiendo contra ellas en fuertes y continuas explosiones de blanco. Observ� c�mo se elevaba el agua hacia el cielo al chocar la resaca con una nueva ola. Entonces, al calmarse moment�neamente el oleaje, descubri� un bajo arrecife que se extend�a paralelamente a las rocas que formaban una muralla natural delante de una ancha playa. Ten�a que ser la isla cubana de Cayo Santa Mar�a, pens�.</p><p>Nada le cost� a Pitt imaginar las probabilidades de la nueva pesadilla: cuerpos hechos trizas en el arrecife de coral o aplastados contra las melladas rocas. Enjug� la sal del cristal de la m�scara y mir� de nuevo. Entonces lo vio: una posibilidad entre mil de sobrevivir a aquel caos.</p><p>Giordino lo hab�a visto tambi�n: se trataba de un peque�o canal entre las rocas. Puso proa en aquella direcci�n, sabiendo que le ser�a m�s f�cil enhebrar una aguja dentro de una lavadora en funcionamiento.</p><p>En los treinta segundos siguientes, el motor fuera borda y la tormenta les hicieron avanzar cien metros. El mar herv�a con una sucia espuma sobre el arrecife y la velocidad del viento aument�, mientras los surtidores de espuma y la oscuridad hac�an casi imposible la visi�n. La cara de Jessie palideci� y su cuerpo se puso r�gido. Su mirada se cruz� un instante con la de Pitt, temerosa pero confiada. �l le rode� la cintura con un brazo y apret� con fuerza.</p><p>Una ola grande les alcanz� como un alud. La h�lice del fuera borda gir� m�s deprisa al levantarse fuera del agua, pero su zumbido de protesta fue ahogado por el ruido ensordecedor de la rompiente. Gunn abri� la boca para gritar una advertencia, pero no brot� de ella ning�n sonido. La ola se encorv� sobre el bote y cay� con fant�stica fuerza. Arranc� la cuerda del brazo de Gunn, y Pitt vio que �ste daba vueltas en el aire como una cometa a la que se le ha roto el cordel.</p><p>El bote fue lanzado sobre el arrecife y sumergido en espuma. El coral rasg� el tejido de caucho y abri� las c�maras de aire; una serie de navajas de afeitar no habr�an podido hacerlo con m�s eficacia. El grueso fondo del bote se desliz� vertiginosamente. Durante varios momentos estuvieron completamente sumergidos. Despu�s, al fin, el fiel y peque�o bote neum�tico sali� a la superficie y se encontraron fuera del acantilado con s�lo cincuenta metros de mar abierto separ�ndoles de las melladas rocas, que se ergu�an negras y mojadas.</p><p>Gunn emergi� a pocos metros de distancia, jadeando para recobrar el aliento. Pitt alarg� un brazo, lo agarr� por el tirante del compensador de flotaci�n, y lo iz� a bordo. El auxilio le hab�a llegado en el momento preciso. La ola siguiente rugi� sobre el arrecife como una manada de animales enloquecidos tratando de escapar del incendio de un bosque.</p><p>Giordino continu� tercamente aferrado al motor, que segu�a funcionando con la poca fuerza que pod�an darle sus pistones. No hab�a que ser vidente para saber que la d�bil embarcaci�n se estaba haciendo pedazos. S�lo la sosten�a el aire todav�a atrapado en sus c�maras.</p><p>Estaban casi al alcance del canal entre las rocas cuando les alcanz� la ola. El seno que la preced�a la empuj� por la base haciendo que doblase su altura. Su velocidad aument� al precipitarse hacia la costa rocosa.</p><p>Pitt mir� hacia arriba. Los amenazadores picos se ergu�an ante ellos, con el agua hirviendo alrededor de sus cimientos como en una caldera. El bote fue empujado por la ola y, durante un breve instante, Pitt crey� que podr�a pasar por encima del pico antes de que aquella rompiese. Pero se encorv� de pronto y se estrell� contra las rocas con el estruendo de un trueno, lanzando al maltrecho bote y a sus ocupantes al aire, en medio del torbellino.</p><p>Pitt oy� gritar a Jessie a lo lejos. Su aturdida mente lo percibi� a duras penas, y se esforz� en responder, pero entonces todo se hizo confuso. El bote cay� con tal fuerza que el motor se desprendi� de su soporte y fue lanzado a la playa.</p><p>Pitt no record� nada despu�s de esto. Se abri� un remolino negro y fue engullido por �l.</p></section><section><title><p>23</p></title><p>El hombre que era la fuerza impulsora de la Jersey Colony estaba tumbado en un div�n de la oficina dentro de la disimulada jefatura del proyecto. Cerr� los ojos y reflexion� sobre su encuentro con el presidente en el campo de golf.</p><p>Leonard Hudson sab�a muy bien que el presidente no se estar�a quieto esperando pacientemente otro contacto por sorpresa. El jefe del ejecutivo era un hombre de empuje que no dejaba nada a la suerte. Aunque las fuentes de Hudson dentro de la Casa Blanca y las agencias de informaci�n no comunicaban ning�n indicio de que fuese a procederse a una investigaci�n, estaba seguro de que el presidente estudiaba una manera de penetrar en el secreto que envolv�a al �c�rculo privado�.</p><p>Casi pod�a sentir que se estaba tendiendo una red.</p><p>Su secretaria llam� suavemente a la puerta y la abri�.</p><p>��Disculpe que le moleste, pero el se�or Steinmetz est� en la pantalla y desea hablar con usted.</p><p>��Ir� en seguida.</p><p>Hudson puso orden a sus pensamientos mientras se ataba los cordones de los zapatos. A la manera de un ordenador, archivaba un problema y planteaba otro. No le gustaba tener que pelear con Steinmetz, aunque �ste <emphasis>estuviese </emphasis>a un cuarto de mill�n de millas de distancia.</p><p>Eli Steinmetz era un ingeniero que superaba los obst�culos inventando una soluci�n mec�nica y construy�ndola despu�s con sus propias manos. Su talento para la improvisaci�n era la raz�n de que Hudson le hubiese elegido como jefe de la Jersey Colony. Graduado con honores en Caltech, en el MIT, hab�a supervisado la construcci�n de proyectos en la mitad de los pa�ses del mundo, incluida Rusia.</p><p>Cuando el �c�rculo privado� le propuso construir el primer habit�culo humano en suelo lunar, Steinmetz hab�a tardado casi una semana en decidirse, mientras su mente debat�a el impresionante concepto y la asombrosa log�stica de semejante proyecto. Por �ltimo acept�, pero con condiciones.</p><p>�l y s�lo �l elegir�a, las personas que ten�an que vivir en la Luna. No habr�a pilotos ni astronautas famosos residentes all�. Todo vuelo espacial ser�a dirigido por un control de tierra o por ordenadores. Solamente se incluir�an hombres cuya especial competencia fuese vital para la construcci�n de la base. Adem�s de Steinmetz, los tres primeros en establecer la colonia ser�an ingenieros solares y estructurales. Meses m�s tarde, se les reunieron un doctor bi�logo, un ingeniero geoqu�mico y un horticultor. Otros cient�ficos y t�cnicos les siguieron a medida que se creyeron necesarias sus dotes especiales.</p><p>Al principio, Steinmetz hab�a sido considerado demasiado viejo. Ten�a cincuenta y tres a�os cuando puso los pies en la Luna, y ahora ten�a cincuenta y nueve. Pero Hudson y los otros miembros del �c�rculo privado� valoraban la experiencia m�s que la edad y nunca lamentaron su elecci�n.</p><p>Ahora Hudson mir� a Steinmetz en la pantalla de v�deo y vio que el hombre estaba sosteniendo una botella con una etiqueta dibujada a mano. A diferencia de los otros colonos, Steinmetz no llevaba barba y se afeitaba la cabeza. Ten�a la piel morena y los ojos negros. Era un jud�o americano de la quinta generaci�n, pero habr�a pasado inadvertido en una mezquita musulmana.</p><p>���Qu� te parece esto? -dijo Steinmetz-. Chate�u Lunar Chardonnay, 1989. No exactamente a�ejo. S�lo tuvimos uvas suficientes para hacer cuatro botellas. Hubi�semos debido permitir que las vides del invernadero madurasen otro a�o, pero nos impacientamos.</p><p>��Veo que incluso has hecho una botella para ti -observ� Hudson.</p><p>��S�, nuestra planta qu�mica piloto est� ahora en pleno funcionamiento. Hemos aumentado nuestra producci�n hasta el punto de que podemos convertir casi dos toneladas de materiales del suelo lunar en noventa y cinco kilos de metal bastardo o doscientos treinta kilos de vidrio en quince d�as.</p><p>Steinmetz parec�a estar sentado a una larga mesa plana en el centro de una peque�a cueva. Llevaba una fina camisa de algod�n y unos shorts deportivos.</p><p>��Pareces estar muy fresco y c�modo -dijo Hudson.</p><p>��Dimos prioridad a esto cuando alunizamos -dijo Steinmetz, sonriendo-. �Te acuerdas?</p><p>��Sellar la entrada de la caverna y presurizar su interior de manera que pudieseis trabajar en una atm�sfera confortable sin el engorro de los trajes espaciales.</p><p>��Despu�s de llevar aquellos malditos trajes durante ocho meses, no puedes imaginarte el alivio que fue volver a llevar ropa normal.</p><p>��Murphy ha observado minuciosamente vuestra temperatura y dice que las paredes de la caverna est�n aumentando su grado de absorci�n de calor. Sugiere que envi�is un hombre fuera de ah� y que baje el �ngulo de los colectores solares en medio grado.</p><p>��Cuidar� de ello.</p><p>Hudson hizo una pausa.</p><p>��Ahora ya falta poco, Eli.</p><p>���Ha cambiado mucho la Tierra desde que me march�?</p><p>��Todo est� igual; s�lo que hay m�s contaminaci�n, m�s tr�fico, m�s gente.</p><p>Steinmetz se ech� a re�r.</p><p>���Est�s tratando de convencerme para otro per�odo de servicio, Leo?</p><p>��Ni so�arlo. Cuando caigas del cielo, vas a ser el hombre m�s famoso desde los d�as de Lindbergh.</p><p>��Har� que todos nuestros documentos sean empaquetados y cargados en el veh�culo de transferencia lunar veinticuatro horas antes de la partida.</p><p>��Espero que no pensar�s descorchar tu vino lunar durante el viaje de vuelta a casa.</p><p>��No; celebraremos nuestra fiesta de despedida con tiempo suficiente para eliminar todo residuo alcoh�lico.</p><p>Hudson hab�a tratado de andarse con rodeos, pero decidi� que era mejor ir directamente al grano.</p><p>��Tendr�is que enfrentaros con los rusos poco antes de partir -dijo, con voz mon�tona.</p><p>��Ya hemos pasado por eso -replic� con tono firme Steinmetz-. No hay motivos para creer que alunicen a menos de dos mil kil�metros de la Jersey Colony.</p><p>��Entonces, buscadles y destruidles. Ten�is las armas y el equipo necesarios para esta expedici�n. Sus cient�ficos ir�n desarmados. Lo �ltimo que se imaginan es un ataque por parte de hombres que ya est�n en la Luna.</p><p>��Los muchachos y yo defenderemos de buen grado nuestra casa, pero no vamos a salir y matar a hombres desarmados que no sospechan ninguna amenaza.</p><p>��Esc�chame, Eli -suplic� Hudson-. Existe una amenaza, una amenaza muy grave. Si los sovi�ticos descubren de alg�n modo la existencia de la Jersey Colony, pueden ir directamente a ella. Si t� y tu gente volv�is a la Tierra menos de veinticuatro horas despu�s de que alunicen los cosmonautas, la colonia estar� desierta y todo lo que hay en ella ser� una presa f�cil.</p><p>��Lo comprendo igual que t� -dijo rudamente Steinmetz-, y lo aborrezco todav�a m�s. Pero lo malo es que no podemos demorar nuestra partida. Hemos llegado al l�mite y lo hemos sobrepasado. No puedo ordenar a estos hombres que contin�en aqu� otros seis meses o un a�o, o hasta que tus amigos puedan enviar otra nave que nos lleve desde el espacio a un suave aterrizaje en nuestro mundo. Culpa a la mala suerte y a los rusos, que dejaron filtrar la noticia de su plan de alunizaje cuando era demasiado tarde para que alter�semos nuestro vuelo de regreso.</p><p>��La Luna nos pertenece por derecho de posesi�n -arguy� irritado Hudson-. Hombres de los Estados Unidos fueron los primeros en andar sobre su suelo, y nosotros fuimos los primeros en colonizar la Luna. Por el amor de Dios, Eli, no la entregues a un pu�ado de ladrones comunistas.</p><p>��Maldita sea, Leo, hay bastante Luna para todo el mundo. Adem�s, esto no es exactamente el Jard�n del Ed�n. Fuera de esta caverna la diferencia entre las temperaturas diurnas y las nocturnas pueden llegar a ser de hasta doscientos cincuenta grados Celsius. Dudo de que ni siquiera un casino de juego resultase atractivo aqu�. Mira, aunque �os cosmonautas cayesen dentro de nuestra colonia, no encontrar�an una buena fuente de informaci�n. Todos los datos que hemos acumulado los llevaremos con nosotros a la Tierra. Y lo que dejemos atr�s podemos destruirlo.</p><p>��No seas imb�cil. �Por qu� destruir lo que puede ser utilizado por los pr�ximos colonos, unos colonos permanentes que necesitar�n todas las facilidades que puedan conseguir?</p><p>Steinmetz pudo ver, en la pantalla, el rostro enrojecido de Hudson a trescientos cincuenta y seis mil kil�metros de distancia.</p><p>��Mi posici�n es clara, Leo. Defenderemos Jersey Colony en caso necesario, pero no esperes que matemos a cosmonautas inocentes. Una cosa es disparar contra una sonda espacial no tripulada y otra muy distinta asesinar a otro ser humano por llegar a un suelo que tiene perfecto derecho a pisar.</p><p>Hubo un tenso silencio despu�s de esta declaraci�n, pero Hudson no hab�a esperado menos de Steinmetz. �ste no era cobarde, sino todo lo contrario. Hudson hab�a o�do hablar de sus muchas peleas y ri�as. Pod�a ser derribado, pero cuando se levantaba y herv�a de furor, pod�a luchar como diez demonios encarnados.</p><p>Los que narraban sus haza�as hab�an perdido la cuenta de los clientes de tabernas a quienes hab�a vapuleado. Hudson rompi� el silencio.</p><p>���Y si los cosmonautas sovi�ticos alunizan dentro de un radio de cincuenta kil�metros? �Creer�s entonces que quieren ocupar Jersey Colony?</p><p>Steinmetz rebull� en su silla de piedra, reacio a someterse.</p><p>��Tendremos que esperar a verlo.</p><p>��Nadie gan� una batalla poni�ndose a la defensiva -le amonest� Hudson-. Si alunizan a poca distancia y dan muestras de querer avanzar sobre la colonia, �aceptar�s un compromiso y atacar�s?</p><p>Steinmetz inclin� la afeitada cabeza.</p><p>��Ya que insistes en ponerme entre la espada y la pared, no me dejas alternativa.</p><p>��En esto se juega demasiado -dijo Hudson-. Desde luego, no puede elegir.</p></section><section><title><p>24</p></title><p>La niebla se despej� en el cerebro de Pitt y, uno a uno, sus sentidos volvieron a la vida como luces de un tablero electr�nico. Se esforz� en abrir los ojos y fijarlos en el objeto m�s pr�ximo. Durante medio minuto contempl� la piel arrugada de su mano izquierda y, despu�s, la esfera naranja de su reloj sumergible, como si fuese la primera vez que la viese.</p><p>A la d�bil luz del crep�sculo, las saetas fluorescentes marcaban las seis y treinta y cuatro. S�lo hab�an pasado dos horas desde que hab�an escapado de la arruinada cabina de control. M�s bien parec�a una eternidad, y todo era irreal.</p><p>El viento segu�a aullando, viniendo del mar con la velocidad de un tren expreso, y la espuma de las olas combinada con la lluvia le azotaba la espalda. Trat� de incorporarse sobre las manos y las rodillas, pero tuvo la impresi�n de que sus piernas estaban sujetadas por cemento. Se volvi� y mir� hacia abajo. Estaban medio enterradas en la arena por la acci�n excavadora del reflujo.</p><p>Pitt yaci� all� unos momentos m�s, recobrando fuerzas, como un pecio arrojado a la playa. Las rocas se alzaban a ambos lados de �l, como casas flanqueando un callej�n. Su primera idea realmente consciente fue que Giordino hab�a conseguido pasar a trav�s del ojo de aguja en la barrera rocosa.</p><p>Entonces, entre los aullidos del viento, pudo o�r que Jessie llamaba d�bilmente. Sac� las piernas y se puso de rodillas, balance�ndose bajo el vendaval, escupiendo el agua salada que se hab�a introducido en su nariz, en su boca y en su garganta.</p><p>Medio a rastras, medio andando a tropezones sobre la pegajosa arena, encontr� a Jessie sentada, aturdida, con los cabellos lacios sobre los hombros, y la cabeza de Gunn descansando en su falda. Le mir� con ojos absortos que se abrieron de pronto con inmenso alivio.</p><p>��Oh, gracias a Dios -murmur�, y la tormenta ahog� sus palabras.</p><p>Pitt le rode� los hombros con los brazos y le dio un apret�n tranquilizador. Despu�s volvi� su atenci�n a Gunn.</p><p>Estaba medio inconsciente. El tobillo roto se hab�a hinchado como una pelota de f�tbol. Ten�a una fea herida en la cabeza, por encima de la l�nea de los cabellos, y ara�azos en todo el cuerpo producidos por el coral, pero estaba vivo y su respiraci�n era honda y regular.</p><p>Pitt hizo pantalla con la mano y observ� la playa. Giordino no aparec�a por ninguna parte. Al principio, Pitt se neg� a creerlo. Transcurrieron los segundos y permaneci� como paralizado, inclinando el cuerpo contra el viento, mirando desesperadamente a trav�s de la torrencial oscuridad. Vio un destello anaranjado en la curva de una ola que acababa de romper, e inmediatamente lo reconoci� como los restos del bote hinchable. Era presa de la resaca, que lo llevaba mar adento, para ser empujado de nuevo por la ola siguiente.</p><p>Pitt entr� en el agua hasta las caderas, olvidando las olas que romp�an a su alrededor. Buce� debajo de la maltrecha embarcaci�n y extendi� las manos, tanteando a un lado y otro como un ciego. Sus dedos s�lo encontraban tela desgarrada. Impulsado por una profunda necesidad de estar absolutamente seguro, empuj� el bote hacia la playa.</p><p>Una ola grande le pill� desprevenido y le golpe� la espalda. De alguna manera, consigui� mantenerse en pie y arrastrar el bote hasta aguas poco profundas. Al disolverse y alejarse la capa de espuma, vio un par de piernas que sal�an de debajo del arruinado bote. La impresi�n, la incredulidad y una fant�stica resistencia a aceptar la muerte de Giordino pasaron por su mente. Fren�ticamente, olvidando la fuerza del hurac�n, acab� de rasgar los restos del bote hinchable y vio que el cuerpo de Giordino flotaba de pie, con la cabeza metida dentro de una c�mara de flotaci�n. Pitt sinti� primero esperanza y despu�s un optimismo que le sacudi� como un pu�etazo en el est�mago.</p><p>Giordino pod�a estar todav�a vivo.</p><p>Pitt arranc� el revestimiento interior y se inclin� sobre la cara de Giordino, temiendo en lo m�s hondo que estuviese azul y sin vida. Pero ten�a color y respiraba entrecortada y superficialmente; pero respiraba. El peque�o y musculoso italiano hab�a sobrevivido incre�blemente gracias al aire encerrado en la c�mara de flotaci�n.</p><p>Pitt se sinti� s�bitamente agotado hasta la m�dula de los huesos. Agotado emocional y f�sicamente. Se tambale� cuando una r�faga de viento trat� de derribarle. S�lo la firme resoluci�n de salvar a todos le mantuvo en pie. Poco a poco, con la rigidez impuesta por miles de cortes y contusiones, pas� los brazos por debajo de Giordino y carg� con �l. El peso muerto de los ochenta y cinco kilos de Giordino parec�a una tonelada.</p><p>Gunn hab�a vuelto en s� y estaba acurrucado junto a Jessie. Mir� interrogadoramente a Pitt, que estaba luchando contra el viento bajo el cuerpo inerte de Giordino.</p><p>��Tenemos que encontrar un sitio donde resguardarnos -grit� Pitt, con voz enronquecida por el agua salada-. �Puedes andar?</p><p>��Yo le ayudar� -grit� Jessie, en respuesta.</p><p>Ci�� con ambos brazos la cintura de Gunn, afirm� los pies en la arena y lo levant�.</p><p>Jadeando por el peso de su carga, Pitt se dirigi� a una hilera de palmeras que flanqueaban la playa. Cada seis o siete metros miraba hacia atr�s. Jessie, de alguna manera, hab�a conservado su m�scara, de modo que era la �nica que pod�a mantener los ojos abiertos y ver claramente delante de ellos. Sosten�a casi la mitad del peso de Gunn, mientras �ste cojeaba a su lado, cerrados los ojos contra la punzante arena y arrastrando el pie hinchado.</p><p>Llegaron hasta los �rboles, pero �stos no les resguardaron del hurac�n. El vendaval doblaba las copas de las palmeras hasta casi tocar el suelo, y sus hojas se desgarraban como papel en una m�quina trituradora. Algunos cocos eran arrancados de sus racimos y ca�an con la velocidad y la peligrosidad de proyectiles de ca��n. Uno de ellos roz� el hombro de Pitt, rasgando su piel desnuda. Era como si corriesen por la tierra de nadie en un campo de batalla.</p><p>Pitt manten�a la cabeza gacha e inclinada a un lado, observando el suelo directamente delante de �l. De pronto se encontr� delante una cerca de cadenas. Jessie y Gunn llegaron junto a �l y se detuvieron. Pitt mir� a derecha e izquierda, pero no vio ninguna abertura y estaba rematada por alambre espinoso inclinado en un fuerte �ngulo. Pitt vio tambi�n un peque�o aislador de porcelana y comprendi� que las cadenas estaban electrizadas.</p><p>���Hacia donde iremos? -grit� Jessie.</p><p>��Gu�anos t� -le grit� Pitt al o�do-. Ya apenas veo nada.</p><p>Ella se�al� con la cabeza hacia la izquierda y ech� a andar, con Gunn cojeando a su lado. Avanzaron tambale�ndose, azotados a cada paso por la fuerza implacable del viento.</p><p>Diez minutos m�s tarde, hab�an avanzado solamente cincuenta metros. Pitt no pod�a aguantar mucho m�s. Ten�a los brazos entumecidos y casi no pod�a sostener a Giordino. Cerr� los ojos y empez� a contar los pasos a ciegas, rozando la verja con el hombro para andar en l�nea recta, convencido de que el hurac�n ten�a que haber cortado la corriente el�ctrica.</p><p>Oy� que Jessie gritaba algo y entreabri� un ojo. Ella se�alaba en�rgicamente hacia delante. Pitt se puso de rodillas, tendi� delicadamente el cuerpo de Giordino en el suelo y mir� m�s all� de Jessie. Una palmera hab�a sido arrancada de ra�z por ei furioso viento y arrojada al aire como una monstruosa jabalina, y el �rbol hab�a ca�do sobre la cerca, aplast�ndola contra la arena.</p><p>Con espantonsa rapidez, cerr� la noche y el cielo se volvi� negro como el carb�n. Pasaron a ciegas sobre la aplastada valla, como z�nganos aturdidos, impulsados por el instinto y por una disciplina interior que les prohib�a tumbarse en el suelo y darse por vencidos. Jessie llevaba la delantera, cojeando. Pitt hab�a cargado a Giordino sobre sus hombros y as�a con una mano la pretina del pantal�n de ba�o de Gunn, no tanto para apoyarse como para no separarse de �l.</p><p>Cien metros, otros cien, y, de pronto, Gunn y Jessie parecieron hundirse como si se los tragase la tierra. Pitt solt� a Gunn y cay� hacia atr�s, gru�endo cuando todo el peso de Giordino le aplast� el pecho e hizo que se escapara todo el aire de sus pulmones. Despu�s logr� salir de debajo de Giordino y alarg� una mano en la oscuridad hasta que encontr� un vac�o.</p><p>Jessie y Gunn hab�an ca�do por una abrupta pendiente de tres metros a un camino que discurr�a en el fondo. Pudo distinguir vagamente sus formas amontonadas all� abajo.</p><p>���Os hab�is hecho da�o?</p><p>��Est�bamos ya tan doloridos que no sabr�amos decirlo.</p><p>La voz de Gunn era amortiguada por el vendaval, pero no tanto como para que Pitt no advirtiese que brotaba de entre unos dientes apretados.</p><p>���Jessie?</p><p>��Estoy bien�, me parece.</p><p>���Puedes echarme una mano con Giordino?</p><p>��Lo intentar�.</p><p>��B�jalo -dijo Gunn-. Ya nos arreglaremos.</p><p>Pitt arrastr� el cuerpo flaccido de Giordino hasta el borde de la pendiente y le baj� sosteni�ndole de los brazos. Los otros le sujetaron las piernas hasta que Pitt pudo deslizarse junto a ellos y aguantar la mayor parte del peso. Una vez tendido Giordino c�modamente en el suelo, Pitt mir� a su alrededor y examin� el terreno.</p><p>El profundo camino constitu�a un refugio contra la fuerza del viento. La tempestad de arena hab�a cesado y Pin pudo al fin abrir los ojos. El camino estaba cubierto de conchas aplastadas y apretadas y parec�a ser poco utilizado. No se ve�a ninguna luz en parte alguna, lo cual no era de extra�ar, habida cuenta de que todos los habitantes del sector deb�an de haber evacuado la zona pr�xima a la costa antes de que llegase con toda su fuerza el hurac�n.</p><p>Tanto Jessie como Gunn estaban casi agotados; su respiraci�n era entrecortada y jadeante. Pitt se dio cuenta de que tambi�n �l respiraba deprisa y fatigosamente, y de que su coraz�n lat�a como un motor a pleno rendimiento. Exhaustos y maltrechos como estaban, todav�a parec�a un para�so yacer detr�s de una barrera que reduc�a a la mitad la fuerza del vendaval, pens� Pitt.</p><p>Dos minutos m�s tarde, Giordino empez� a gemir. Le incorporaron despacio y mir� a su alrededor, sin ver nada.</p><p>��Jes�s, qu� oscuro est� todo -murmur� para s�, mientras su mente sal�a a rastras de una niebla espesa.</p><p>Pitt se arrodill� a su lado y dijo:</p><p>��Bienvenido al pa�s de los muertos que andan.</p><p>Giordino levant� la mano y toc� la cara de Pitt en la oscuridad.</p><p>���Dirk?</p><p>��En carne y hueso.</p><p>���Y Jessie y Rudi?</p><p>��Los dos est�n aqu�.</p><p>���D�nde es aqu�?</p><p>��M�s o menos a una milla de la playa. -Pitt no se tom� el trabajo de explicarle c�mo hab�an sobrevivido en la rompiente ni c�mo hab�an llegado a aquel camino. Habr�a tiempo para esto-. �D�nde te has lastimado?</p><p>��En todo el cuerpo. Siento como si me ardiese la caja tor�cica. Creo que me he dislocado el hombro izquierdo; una pierna me duele como si tuviese descoyuntada la rodilla, y siento unos latidos infernales en la base del cr�neo, junto al cuello. -Lanz� un juramento-. �Maldita sea, lo ech� todo a perder! Cre� que podr�amos pasar entre las rocas. Perdonad mi fracaso.</p><p>���Me creer�as si te dijese que todos ser�amos pasto de los peces de no haber sido por ti? -Pitt sonri� y despu�s palp� suavemente la rodilla de Giordino, sacando la conclusi�n de que ten�a un ligamento roto. Despu�s prest� atenci�n al hombro-. No puedo hacerte nada en las costillas, la rodilla ni la cabeza, pero tienes el hombro dislocado, y, si quieres, creo que te lo puedo volver a poner en su sitio.</p><p>��Esto me recuerda lo que me hac�as cuando jug�bamos a f�tbol en el Instituto. El m�dico del equipo se pon�a furioso. Dec�a que deb�as dejar que lo hiciese �l.</p><p>��Porque era un s�dico -dijo Pitt, agarrando el brazo de Giordino-. �Preparado?</p><p>��Adelante, arr�ncame el brazo.</p><p>Pitt dio un tir�n y el hueso volvi� a su sitio con un chasquido perfectamente audible. Giordino lanz� un gemido que se convirti� inmediatamente en un suspiro de alivio. Pitt busc� en la oscuridad, por el lado del camino, hasta que encontr� una rama gruesa que hab�a sido arrancada de un peque�o pino, y se la dio a Gunn para que la emplease como cayado, en vez de una muleta. Jessie asi� a Gunn de un brazo para que mantuviese el equilibrio, mientras Pitt levantaba a Giordino sobre su pierna sana y le sujetaba con un brazo alrededor de la cintura.</p><p>Esta vez fue Pitt quien tom� la delantera, lanzando mentalmente una moneda al aire y caminando hacia la derecha, sin separarse de la alta pared para resguardarse de los continuos ataques de la tormenta. Ahora la marcha era m�s f�cil. No hab�a una gruesa capa de arena donde se hundiesen sus pies, ni �rboles ca�dos con los que pudiesen tropezar, ni siquiera el tormento de la lluvia impulsada por el viento, pues la alta pared hac�a que pasara sobre sus cabezas. S�lo ve�an el camino que se adentraba en la turbulenta oscuridad.</p><p>Al cabo de una hora, Pitt calcul� que habr�an caminado m�s o menos un kil�metro. Estaba a punto de decir que se detuviesen para descansar, cuando Giordino se irgui� de pronto y se detuvo tan inesperadamente que perdi� el apoyo de Pitt y cay� al suelo.</p><p>���Barbacoa! -grit�-. �No lo ol�is? Alguien est� asando carne de buey.</p><p>Pitt husme� el aire. El aroma era d�bil pero inconfundible. Levant� a Giordino y sigui� adelante. El olor a carne asada sobre carb�n se hizo m�s fuerte a cada paso. Al cabo de unos cincuenta metros encontraron una maciza puerta de hierro cuyos barrotes hab�an sido forjados en forma de delfines. Una pared coronada por vidrios rotos se extend�a a ambos lados y, en uno de �stos, se hallaba la caseta del guarda. Como era de esperar, con el tiempo que hac�a, no hab�a nadie en ella.</p><p>La verja, de m�s de cuatro metros de altura, se ergu�a hacia el cielo de �bano y estaba cerrada, pero las puertas exterior e interior de la caseta del guarda estaban abiertas, y las cruzaron.</p><p>A poca distancia de all�, el camino terminaba en un paseo circular que pasaba delante de lo que, en la tormentosa oscuridad, parec�a ser un mont�culo, pero que, al acercarse ellos, se convirti� en una estructura parecida a un castillo cuyos tejado y tres costados estaban recubiertos de tierra arenosa y protegidos con palmitos y arbustos propios del lugar. Solamente la fachada del edificio permanec�a descubierta, desnuda y sin ventanas y con s�lo una enorme puerta de caoba art�sticamente tallada con peces de tama�o natural.</p><p>��Me recuerda un templo egipcio enterrado -dijo Gunn.</p><p>��Si no fuese por la puerta adornada -dijo Pitt-, yo dir�a que es una especie de dep�sito de pertrechos militares.</p><p>Jessie les sac� de su error.</p><p>��Una casa acondicionada. La tierra es un aislante ideal de las temperaturas y la humedad. Es el principio que se empleaba en las casas de la primitiva pradera americana. Yo conozco a un arquitecto especializado en dise�arlas.</p><p>��Parece deshabitada -observ� Giordino.</p><p>Pitt prob� el pomo de la puerta. La puerta cedi�. Pitt empuj� y abri�. El olor a comida lleg� de alguna parte del oscuro interior.</p><p>��No huele a deshabitada -dijo Pitt.</p><p>El vest�bulo estaba pavimentado con baldosas de dibujo espa�ol e iluminado por varias velas grandes colocadas en un alto candelero. Las paredes eran de bloques tallados de piedra negra de lava y la �nica decoraci�n era una horrible pintura de un hombre ensartado en los colmillos de un monstruo marino en forma de serpiente. Entraron y Pitt cerr� la puerta a sus espaldas.</p><p>Por alguna extra�a raz�n, el aullido de la tempestad y la fatigosa respiraci�n de los intrusos parec�an aumentar el silencio mortal de la casa.</p><p>���Hay alguien aqu�? -grit� Pitt.</p><p>Repiti� otras dos veces la pregunta, pero la �nica respuesta fue un silencio misterioso. Un oscuro corredor les atra�a, pero Pitt vacil�. Percibi� otro olor. A humo de tabaco. M�s fuerte que el gas casi letal producido por los cigarros del almirante Sandecker. Pitt no era experto en la materia, pero sab�a que los cigarros caros apestaban m�s que los baratos. Sospech� que el humo proced�a de un habano de alta calidad.</p><p>Se volvi� a los otros.</p><p>���Qu� opin�is?</p><p>���Tenemos otra alternativa? -pregunt�, aturdido, Giordino.</p><p>��Dos -respondi� Pitt-. Podemos salir de aqu� mientras podamos, y desafiar al hurac�n. Despu�s, cuando empiece a amainar, podemos tratar de robar una barca y volver a Florida�</p><p>��O entregarnos a los cubanos -le interrumpi� Gunn.</p><p>��As� est� la cosa.</p><p>Jessie sacudi� la cabeza y le mir� con ojos tiernos.</p><p>��No podemos volver atr�s -dijo pausadamente y sin sombra de miedo-. La tormenta puede tardar d�as en amainar y ninguno de nosotros est� en condiciones de sobrevivir cuatro horas m�s. Yo propongo que corramos el riesgo con el Gobierno de Castro. Lo peor que puede hacernos es meternos en la c�rcel hasta que el Departamento de Estado negocie nuestra liberaci�n.</p><p>Pitt mir� a Gunn.</p><p>���Qu� dices t�, Rudi?</p><p>��Estamos destrozados, Dirk. Lo que dice Jessie es l�gico.</p><p>���Y t� qu� opinas, Al?</p><p>Giordino se encogi� de hombros.</p><p>��Si t� lo dices, amigo, volver� nadando a los Estados Unidos. -Y Pitt supo que lo dec�a en serio-. Pero la verdad es que no podemos aguantar mucho m�s. Lamento decirlo, pero creo que deber�amos arrojar la toalla.</p><p>Pitt les mir� y pens� que no habr�a podido tener un equipo mejor para enfrentarse a una situaci�n desagradable, y no hac�a falta ser vidente para saber que las cosas iban a ser ciertamente muy desagradables.</p><p>��Est� bien -dijo, con una triste sonrisa-. Vamos a interrumpirles la fiesta.</p><p>Echaron a andar por el pasillo y pronto pasaron por debajo de un arco que se abr�a a un vasto cuarto de estar decorado con antig�edades espa�olas. Tapices gigantes pend�an de las paredes, representando galeones que navegaban en mares crepusculares o eran arrojados implacablemente contra los arrecifes por furiosas tormentas. El mobiliario ten�a un aire n�utico; la habitaci�n estaba iluminada por antiguas linternas de barco, de cobre y cristal coloreado. La chimenea resplandec�a con un fuego que calentaba la habitaci�n hasta una temperatura de invernadero.</p><p>No se ve�a un alma en parte alguna.</p><p>��Horrible -murmur� Jessie-. Nuestro anfitri�n tiene un gusto espantoso para la decoraci�n.</p><p>Pitt levant� una mano, pidi�ndole silencio.</p><p>��Voces -dijo suavemente-. Vienen de aquel otro arco, entre las dos armaduras.</p><p>Pasaron a otro corredor, que estaba d�bilmente iluminado por candelabros a intervalos de diez pies. El ruido de risas y palabras confusas, de voces tanto masculinas como femeninas, se hizo m�s fuerte. Una luz se filtraba por debajo de una cortina, delante de ellos. Esperaron un segundo y, despu�s, corrieron la cortina a un lado y entraron.</p><p>Se encontraron en un largo comedor ocupado por casi cuarenta personas, que interrumpieron sus conversaciones y se quedaron mirando a Pitt y a sus acompa�antes con la pasmada expresi�n de un grupo de campesinos en su primer encuentro con extraterrestres.</p><p>Las mujeres vest�an elegantes trajes de noche, mientras'que la mitad de los hombres iban de smoking y la otra mitad vest�a uniforme militar. Varios criados que serv�an la mesa se quedaron petrificados como personajes de una pel�cula s�bitamente encallada. El pasmado silencio era tan espeso como una manta de lana. Parec�a una escena tomada de un melodrama de Hollywood de principio de los a�os treinta.</p><p>Pitt se dio cuenta de que �l y sus amigos deb�an tener un aspecto muy extra�o. Empapados en agua, con la ropa sucia y hecha jirones, contusa y rasgada la piel, con huesos rotos y m�sculos distendidos. Con los cabellos pegados a la cabeza, deb�an parecer ratas ahogadas y lanzadas a la orilla de un r�o contaminado.</p><p>Pitt mir� a Gunn y dijo:</p><p>���C�mo se dice �Perdonen la intromisi�n� en espa�ol?</p><p>��No tengo la menor idea. S�lo estudi� franc�s en el colegio.</p><p>Entonces vio Pitt que la mayor�a de los hombres de uniforme eran altos oficiales sovi�ticos. S�lo uno parec�a ser cubano.</p><p>Jessie estaba en su elemento. A Pitt le pareci� majestuosa, incluso con su vestido de safari hecho jirones.</p><p>��Alguno de ustedes, caballeros, �quiere ofrecerle una silla a una dama? -pregunt� ella.</p><p>Antes de que recibiese respuesta, diez hombres con metralletas rusas entraron en la habitaci�n y les rodearon, imp�vidos como esfinges y apuntando con sus armas a los cuatro. Ten�an los ojos helados y los labios apretados. Pitt se dio perfecta cuenta de que hab�an sido adiestrados para matar cuando se lo ordenasen.</p><p>Giordino, parec�a un hombre atropellado por un cami�n de basura, se irgui� fatigosamente en toda su estatura y mir� atr�s.</p><p>���Viste alguna vez tantas caras sonrientes? -pregunt� con naturalidad.</p><p>��No -dijo Pitt, iniciando una mal�vola sonrisa-. No desde Little Big Horn.</p><p>Jessie no les oy�. Como en trance, se abri� paso entre los guardias y se detuvo cerca de la cabecera de la mesa, mirando a un hombre alto y de cabellos grises, vestido de etiqueta, que la mir� a su vez con asombro e incredulidad.</p><p>Ella se ech� atr�s los mojados y revueltos cabellos y adopt� una sofisticada actitud felina. Despu�s, dijo en voz suave y autoritaria.</p><p>��Por favor, Raymond, sirve a tu esposa un vaso de vino.</p></section><section><title><p>25</p></title><p>Hagen viaj� veinticinco kil�metros al este de Colorado Springs por la Autopista 94, hasta Enoch Road. Entonces torci� a la derecha y lleg� a la entrada principal del Centro Unificado de Operaciones Espaciales.</p><p>Hab�a costado dos mil millones de d�lares, ocupaba una superficie de doscientas cincuenta hect�reas y el personal se compon�a de cinco mil hombres, entre militares y paisanos. Controlaba todos los vuelos de veh�culos y transbordadores espaciales, as� como los programas de escucha de sat�lites. Toda una comunidad aeroespacial crec�a alrededor del Centro, cubriendo cientos de hect�reas con zonas residenciales, instalaciones cient�ficas e industriales, plantas manufactureras y de alta tecnolog�a, y pistas de prueba para la Fuerza A�rea. En menos de diez a�os, la que hab�a sido una tierra de pastos, habitada por peque�as manadas de ganado, se hab�a convertido en la �Capital Espacial del Mundo�.</p><p>Hagen mostr� su tarjeta de identificaci�n de seguridad, condujo hacia el aparcamiento y se detuvo delante de una entrada lateral del enorme edificio. No se ape� del coche, sino que abri� su cartera y sac� su gastado bloc de notas. Lo abri� por una p�gina donde hab�a tres nombres y a�adi� un cuarto.</p><p>Raymond LeBaron�Paradero desconocido.</p><p>Leonard Hudson��dem.</p><p>Gunnar Eriksen��dem.</p><p>General Clark Fisher�Colorado Springs.</p><p>La llamada de Hagen al Drake Hotel, desde el laboratorio Pattenden, hab�a alertado a su viejo amigo del FBI, que hab�a localizado el n�mero de Anson Jones como el de un tel�fono secreto de la residencia de un oficial de la Base Peterson de la Fuerza A�rea, en las afueras de Colorado Springs. La casa estaba ocupada por el general de cuatro estrellas Clark Fisher, jefe del Mando Espacial Militar Conjunto.</p><p>Haci�ndose pasar por inspector de la campa�a contra insectos nocivos, Hagen hab�a podido recorrer la casa con permiso de la esposa del general. Afortunadamente para �l, �sta lo consider� como llovido del cielo para poder quejarse de un ej�rcito de ara�as que hab�an invadido su vivienda. �l la escuch� atentamente y le prometi� combatir los insectos con todas las armas de que dispon�a. Despu�s, mientras ella trajinaba con la cocinera, probando una nueva receta de gambas salteadas con albaricoques, Hagen registr� el despacho del general.</p><p>Su b�squeda revel� solamente que Fisher daba mucha importancia a la seguridad. Hagen no encontr� nada en los cajones, los archivos o lugares ocultos que pudiesen resultar interesantes para un agente sovi�tico o para �l mismo. Decidi� esperar a que el general diese por terminada su jornada de trabajo y registrar entonces su despacho en el Centro Espacial. AI salir por la puerta de atr�s, la se�ora Fisher estaba hablando por tel�fono y se limit� a despedirle con un adem�n. Hagen se detuvo un momento y oy� que le dec�a al general que, cuando volviese a casa, hiciese una parada para comprar una botella de jerez.</p><p>Hagen guard� el bloc en la cartera y sac� de �sta una lata de Coca Cola sin calor�as y un grueso bocadillo de salame con pepinillos cortados, envuelto en un papel encerado y con el nombre del establecimiento impreso en ambos lados. La temperatura de Colorado hab�a refrescado considerablemente despu�s de ponerse el sol detr�s de las monta�as Rocosas. La sombra de Pike's Peak se extendi� sobre los llanos, cubriendo con su oscuro velo el paisaje.</p><p>Hagen no advirti� la belleza esc�nica que se desplegaba ante �l a trav�s del parabrisas. Le inquietaba demasiado el hecho de no tener un firme control sobre ning�n miembro del �c�rculo privado�. Tres de los nombres de su lista permanec�an ocultos, Dios sab�a d�nde, y al cuarto deb�a considerarlo inocente mientras no se probase lo contrario. Solamente un n�mero de tel�fono y su instinto le hac�an sospechar que Fisher interven�a en la conspiraci�n de Jersey Colony. Ten�a que estar absolutamente seguro, y, m�s importante a�n, necesitaba desesperadamente una pista que le condujese al hombre siguiente.</p><p>Hagen interrumpi� sus reflexiones al fijar la mirada en el espejo retrovisor. Un hombre con uniforme azul de oficial sal�a por la puerta lateral, que manten�a abierta un sargento de cinco galones, o comoquiera que llamase la Fuerza A�rea a sus suboficiales en aquellos d�as. El oficial era alto, de constituci�n atl�tica, llevaba cuatro estrellas en las hombreras y era muy apuesto, al estilo Gregory Peck. El sargento le acompa�� hasta un coche azul de la Fuerza A�rea y abri� r�pidamente la portezuela de atr�s.</p><p>Algo en aquella escena dispar� un resorte en la mano de Hagen. Se irgui� en su asiento y se volvi� para mirar osadamente por la ventanilla. Fisher se estaba inclinando para entrar en la parte de atr�s de su autom�vil y sosten�a una cartera. Era esto lo que le hab�a llamado la atenci�n. No sosten�a la cartera por el asa como hubiese parecido normal. Fisher la agarraba como una pelota de rugby, debajo del brazo y contra el costado del pecho.</p><p>Hagen no tuvo reparo en cambiar el plan que hab�a proyectado cuidadosamente. Improvis� en el acto, olvidando r�pidamente el registro del despacho de Fisher. Si su s�bita inspiraci�n no daba resultado, siempre podr�a volver atr�s. Puso en marcha el motor y cruz� la zona de aparcamiento detr�s del coche del general.</p><p>El ch�fer de Fisher lleg� a la encrucijada y gir� hacia la Autopista 94 con el sem�foro en �mbar. Hagen se detuvo, hasta que mengu� el tr�fico. Entonces cruz� en rojo y aceler� hasta acercarse lo bastante al autom�vil azul de la Fuerza A�rea como para distinguir la cara del ch�fer a trav�s del espejo retrovisor. Mantuvo esta posici�n, para ver si se produc�a alg�n contacto visual. No se produjo ninguno. El sargento no era receloso y no comprobaba si le segu�an. Hagen presumi� con raz�n que aquel hombre no hab�a sido instruido sobre t�cticas defensivas contra un posible ataque terrorista.</p><p>Despu�s de una ligera curva de la autopista, aparecieron las luces de un centro comercial. Hagen mir� su veloc�metro. El sargento viajaba a cinco millas por debajo de la velocidad m�xima autorizada. Hagen cambi� de carril y lo adelant�. Aceler� ligeramente y despu�s redujo la marcha para entrar en la desviaci�n que conduc�a al centro comercial, apostando a que en una de las tiendas vender�an licores y a que el general Fisher no habr�a olvidado el encargo de su esposa de que comprase una botella de jerez.</p><p>El coche de la Fuerza A�rea pas� de largo.</p><p>���Maldici�n! -murmur� Hagen.</p><p>Entonces se le ocurri� pensar que cualquier militar de servicio habr�a comprado el licor en la cantina de su base, donde lo vend�an mucho m�s barato que en las tiendas.</p><p>Fue detenido unos segundos por una mujer que trataba de salir marcha atr�s de su plaza en el parking. Cuando al fin pudo pasar, sali� de nuevo a gran velocidad a la carretera. Afortunadamente, el coche de Fisher se hab�a encontrado con un sem�foro en rojo en el primer cruce y Hagen pudo alcanzarlo y adelantarlo de nuevo.</p><p>Pis� el acelerador a fondo, tratando de aumentar lo m�s posible la distancia entre los dos veh�culos. Al cabo de dos kil�metros, gir� hacia la estrecha carretera que conduc�a a la puerta principal de la Base Peterson de las Fuerzas A�reas. Mostr� su tarjeta de identificaci�n al polic�a militar que permanec�a r�gido junto a la puerta, llevando un casco blanco, un pa�uelo de seda del mismo color y una funda negra de cuero que conten�a un rev�lver con culata de n�car.</p><p>���D�nde est� la cantina? -pregunt� Hagen. El polic�a se�al� y dijo:</p><p>��Recto hasta la segunda se�al de stop. Entonces gire a la izquierda hacia el dep�sito de agua. Un gran edificio gris. No puede dejar de verlo.</p><p>Hagen le dio las gracias y arranc� en el momento en que el coche de Fisher se deten�a detr�s de �l y era inmediatamente autorizado para cruzar la puerta. Tom�ndose tiempo, se mantuvo dentro del l�mite de velocidad de la base y entr� en el parking de la cantina con s�lo veinte metros de ventaja sobre Fisher. Se detuvo entre un Jeep Wagoneer y una camioneta Dodge con una caravana que ocultaba casi por entero a su coche. Sali� de detr�s del volante, apagando las luces pero conservando el motor en marcha.</p><p>El autom�vil del general se hab�a detenido, y Hagen se le acerc� pausadamente y en l�nea recta, pregunt�ndose si Fisher se apear�a para comprar el jerez o enviar�a al sargento a cumplir el encargo.</p><p>Hagen sonri� para s�. Hubiese debido saberlo. Desde luego, el general envi� al sargento.</p><p>Hagen lleg� al autom�vil casi en el mismo momento en que el sargento entraba en la cantina. Mir� r�pidamente a su alrededor, para ver si alguna persona que estuviera esperando en un coche aparcado miraba casualmente en su direcci�n o si un comprador pasaba empujando un carrito cerca de all�. El viejo t�pico �No hay moros en la costa� pas� por su mente.</p><p>Sin la menor vacilaci�n ni p�rdida de tiempo, Hagen sac� una pesada porra de goma de un bolsillo especial debajo de una manga de su cazadora, abri� la portezuela de atr�s del autom�vil y describi� un breve arco con el brazo. Nada de saludos ni de conversaci�n trivial. La porra alcanz� a Fisher exactamente en el ment�n.</p><p>Hagen arranc� la cartera de encima de las rodillas del general, cerr� la portezuela y volvi� con naturalidad a su coche.</p><p>Desde el principio hasta el fin, la acci�n no hab�a durado m�s de cuatro segundos.</p><p>Mientras se alejaba de la cantina en direcci�n a la puerta principal, calcul� mentalmente el tiempo. Fisher estar�a inconsciente durante treinta minutos o tal vez una hora. El sargento tardar�a de cuatro a seis minutos en encontrar el jerez, pagarlo y volver al coche. Otros cinco minutos antes de que diese la se�al de alarma, siempre que el sargento se diese cuenta de que el general estaba sin sentido en el asiento de atr�s.</p><p>Hagen se sinti� satisfecho de s� mismo. Habr�a cruzado la puerta principal y estar�a a medio camino del aeropuerto de Colorado Springs antes de que la polic�a militar se enterase de lo que hab�a ocurrido.</p><p>Una nevada prematura empez� a caer sobre el sur de Colorado poco despu�s de la medianoche. Al principio la nieve se derret�a al tocar el suelo, pero pronto se form� una capa de hielo sobre la que empez� a cuajar. M�s hacia el este, los vientos arreciaron y las patrullas de carreteras de Colorado cerraron las carreteras regionales m�s estrechas debido a las condiciones atmosf�ricas.</p><p>Dentro de un peque�o reactor Lear aparcado en el extremo de la terminal, Hagen se sent� a una mesa y estudi� el contenido de la cartera del general Fisher. La mayor parte era material secreto que ten�a que ver con las operaciones cotidianas del centro espacial. Un legajo de papeles se refer�a al vuelo de la nave espacial <emphasis>Gettysburg, </emphasis>que hab�a sido lanzada hac�a s�lo dos d�as de la Base Vandenberg de la Fuerza A�rea, en California. Le divirti� encontrar, en uno de los compartimentos de la cartera, una revista pornogr�fica. Pero la pieza m�s importante era una libreta encuadernada en cuero negro y que conten�a un total de treinta y nueve nombres y n�meros de tel�fono. Ninguna direcci�n y ninguna nota; solamente los nombres y los n�meros, divididos en tres secciones. En la primera, hab�a catorce; en la segunda, diecisiete, y en la tercera, ocho.</p><p>Ninguno de ellos llam� la atenci�n a Hagen. Posiblemente no eran m�s que amigos o compa�eros de Fisher. Mir� la tercera lista, cuando el cansancio hac�a que su visi�n se tornase confusa.</p><p>De pronto, el primer nombre cobr� relieve. No el apellido, sino el nombre.</p><p>Sorprendido, contrariado de que se le hubiese pasado por alto algo tan sencillo, una clave tan evidente que a nadie habr�a enga�ado, copi� la lista en su bloc y complet� tres de los nombres a�adiendo el apellido correcto.</p><p>Gunnar Monroe/Eriksen</p><p>Irwin Dupuy</p><p>Leonard Murphy/Hudson</p><p>Daniel Klein</p><p>Steve Larson</p><p>Ray Sampson/LeBaron</p><p>Dean Beagle</p><p>Clyde Ward</p><p>Ocho nombres en vez de nueve� Finalmente, Hagen sacudi� la cabeza, sorprendido de la lentitud con que hab�a captado el hecho evidente de que habr�a sido inveros�mil que el general Clark Fisher hubiese incluido su propio nombre en una lista de tel�fonos.</p><p>Casi hab�a llegado a la meta, pero su entusiasmo era mitigado por la fatiga; no hab�a dormido en veintid�s horas. La arriesgada empresa de robar la cartera del general Fisher hab�a producido resultados inesperados. En vez de una pista, ten�a cinco, todos los restantes miembros del �c�rculo privado�. Ahora lo �nico que ten�a que hacer era comprobar los primeros nombres con los n�meros de tel�fono, y el �xito ser�a completo.</p><p>Pero todo esto no eran m�s que ilusiones. Hab�a cometido un error de aficionado al mencionar al general Clark Fisher, alias Anson Jones, por tel�fono desde el Laboratorio Pattenden. Le hab�a parecido que era una astuta maniobra encaminada a inducir a los conspiradores a cometer una equivocaci�n y darle una oportunidad. Pero ahora se daba cuenta de que no era m�s que engreimiento mezclado con una buena dosis de estupidez.</p><p>Fisher pondr�a sobre aviso al �c�rculo privado�, si no lo hab�a hecho ya, pero ahora nada pod�a hacer Hagen. El da�o estaba hecho. No ten�a m�s remedio que lanzarse de cabeza.</p><p>Estaba mirando a lo lejos cuando el piloto del avi�n entr� en el compartimiento principal de la cabina.</p><p>��Disculpe que le interrumpa, se�or Hagen, pero se espera que arrecie la nevada. La torre de control acaba de informarme de que van a cerrar el aeropuerto. Si no emprendemos ahora el vuelo, tal vez no podremos hacerlo hasta ma�ana por la tarde.</p><p>Hagen asinti� con la cabeza.</p><p>��Ser�a una tonter�a quedarnos aqu�.</p><p>���Quiere darme el punto de destino?</p><p>Hubo una breve pausa mientras Hagen miraba sus notas escritas a mano en el bloc. Decidi� dejar a Hudson para el final. Adem�s, Eriksen, Hudson y Daniel Klein o quienquiera que fuese, todos ten�an el mismo prefijo en el tel�fono. Reconoci� el prefijo detr�s del nombre de Clyde Ward y se decidi� por �ste, simplemente porque se hallaba a s�lo unos pocos cientos de millas al sur de Colorado Springs.</p><p>��Albuquerque -dijo al fin.</p><p>��S�, se�or -respondi� el piloto-. Si se abrocha el cintur�n, despegaremos dentro de cinco minutos.</p><p>En cuanto hubo desaparecido el piloto en la cabina de mandos, Hagen se quit� los shorts y se tumb� en una blanda litera. Estaba profundamente dormido antes de que las ruedas del avi�n se elevasen de la pista cubierta de nieve.</p></section><section><title><p>26</p></title><p>El miedo que inspiraba Dan Fawcett, jefe de personal del presidente, dentro de la Casa Blanca, era enorme. La suya era una de las posiciones de m�s poder en Washington. Era el guardi�n del sanctasanct�rum. Virtualmente, todos los documentos o memor�ndums enviados al presidente pasaban por sus manos. Y nadie, ni siquiera los miembros del Gabinete y los l�deres del Congreso, pod�a entrar en el Sal�n Oval sin la aprobaci�n de Fawcett.</p><p>Nunca hab�a nadie, fuese de rango inferior o superior, que se negase a aceptar un no como respuesta. Por consiguiente, no supo c�mo reaccionar al mirar desde su mesa los ojos ardientes de indignaci�n del almirante Sandecker. Fawcett no recordaba haber visto a un hombre tan encolerizado y tuvo la impresi�n de que el almirante estaba poniendo en juego todo su sentido de la disciplina para dominar su ira.</p><p>��Lo siento, almirante -dijo Fawcett-, pero la agenda del presidente est� llena. No tengo manera de hacerle pasar.</p><p>��Lo har� -dijo Sandecker con labios apretados.</p><p>��Es imposible -replic� Fawcett con firmeza.</p><p>Sandecker apoy� lenta y sacrilegamente los brazos y las manos sobre los papeles desparramados en la mesa de Fawcett y se inclin� hasta que s�lo unos cent�metros separaron sus narices.</p><p>��D�gale a ese hijo de perra -gru��- que acaba de matar a tres de mis mejores amigos. Y a menos que me d� una buena raz�n de por qu� lo ha hecho, voy a salir de aqu�, celebrar una conferencia de prensa y revelar tantos secretos sucios que su preciosa administraci�n quedar� marcada durante el resto de su mandato. �Lo comprende, Dan?</p><p>Fawcett permaneci� sentado, sin que su c�lera reciente pudiera dominar su espanto.</p><p>��Con ello s�lo destruir�a su carrera. �Qu� ganar�a?</p><p>��Creo que no me ha entendido. Se lo repetir�. El presidente es responsable de la muerte de tres de mis m�s queridos amigos. Usted conoce a uno de ellos. Se llama Dirk Pitt. De no haber sido por Pitt, el presidente estar�a descansando en el fondo del mar en vez de estar sentado en la Casa Blanca. Ahora quiero saber por qu� ha tenido que morir Pitt. Y si me cuesta mi carrera como jefe de la AMSN, es problema m�o.</p><p>La cara de Sandecker estaba tan cerca de la de Fawcett que �ste habr�a jurado que la barba roja del almirante ten�a vida propia.</p><p>���Ha muerto Pitt? -dijo tontamente-. No lo sab�a�</p><p>��D�gale al presidente que estoy aqu� -le interrumpi� Sandecker, en tono acerado-. Me recibir�.</p><p>La noticia hab�a sido tan inesperada que Dan Fawcett estaba desconcertado.</p><p>��Informar� al presidente de lo de Pitt -dijo, hablando muy despacio.</p><p>��No hace falta. S� que lo sabe. Tenemos las mismas fuentes de informaci�n.</p><p>��Necesito tiempo para averiguar lo que ha ocurrido -dijo Fawcett.</p><p>��No tiene tiempo -dijo fr�amente Sandecker-. La ley sobre energ�a nuclear que propone el presidente tiene que ser votada ma�ana por el Senado. Imag�nese lo que podr�a ocurrir si se informase al senador George Pitt que el presidente ha tenido que ver con el asesinato de su hijo. No hace falta que le describa lo que pasar� cuando el senador deje de apoyar la pol�tica presidencial y empiece a oponerse a ella.</p><p>Fawcett era lo bastante listo para reconocer desde lejos una emboscada. Se ech� atr�s en su sill�n, cruz� las manos y las contempl� durante unos momentos. Despu�s se levant� y se dirigi� al pasillo.</p><p>��Venga conmigo, almirante. El presidente est� reunido con el secretario de Defensa, Jess Simmons. Pero deben de estar a punto de terminar.</p><p>Sandecker esper� fuera del Sal�n Oval, mientras Fawcett entraba, ped�a disculpas y murmuraba unas palabras al presidente. Dos minutos m�s tarde, sali� Jess Simmons y cambi� un saludo amistoso con el almirante; Fawcett sali� detr�s de �l e hizo una se�a a Sandecker para que entrase.</p><p>El presidente sali� de detr�s de su mesa y estrech� la mano de Sandecker. Su rostro era inexpresivo; su actitud, natural y tranquila, y sus ojos inteligentes se fijaron en la mirada ardiente de su visitante.</p><p>Se volvi� Fawcett.</p><p>��Disc�lpenos, Dan. Quisiera hablar a solas con el almirante Sandecker.</p><p>Fawcett sali� sin decir palabra y cerr� la puerta a su espalda.</p><p>El presidente se�al� un sill�n y sonri�.</p><p>���Por qu� no nos sentamos y descansamos un poco?</p><p>��Prefiero estar de pie -dijo secamente Sandecker.</p><p>��Como usted guste. -El presidente se sent� en un mullido sill�n y cruz� las piernas-. Siento lo de Pitt y los dem�s -dijo, sin pre�mbulos-. Nadie quer�a que esto sucediese.</p><p>���Puedo preguntar, respetuosamente, qu� diablos est� pasando?</p><p>��D�game una cosa, almirante. �Me creer�a si le dijese que, cuando ped� su colaboraci�n para enviar una tripulaci�n en el dirigible, pretend�a algo m�s que la simple b�squeda de una persona desaparecida?</p><p>��S�lo si hubiese una raz�n s�lida para confirmarlo.</p><p>���Y creer�a tambi�n que, adem�s de buscar a su marido, la se�ora LeBaron formaba parte de un complicado plan para establecer una l�nea directa de comunicaci�n entre Fidel Castro y yo?</p><p>Sandecker mir� fijamente al presidente, dominando moment�neamente su c�lera. Al almirante no le impresionaba en absoluto el jefe de la naci�n. Hab�a visto llegar y marcharse a demasiados presidentes, y conocido bien sus flaquezas humanas. No habr�a colocado a ninguno de ellos sobre un pedestal.</p><p>��No, se�or presidente, no puedo creerlo -dijo, en tono sarc�stico-. Si la memoria no me enga�a, tiene usted un secretario de Estado muy h�bil en Douglas Oates, respaldado por un Departamento de Estado que ocasionalmente se muestra eficaz. Yo dir�a que est�n en mejores condiciones para comunicar con Castro a trav�s de los canales diplom�ticos existentes.</p><p>El presidente sonri� ir�nicamente.</p><p>��Hay veces en que las negociaciones entre pa�ses hostiles deben desviarse de los caminos de la diplomacia. Supongo que en esto est� de acuerdo.</p><p>��S�.</p><p>��Usted no se mete en pol�tica, ni en asuntos de Estado, ni en fiestas de sociedad de Washington, ni en camarillas, �verdad, almirante?</p><p>��Cierto.</p><p>��Pero si yo le diese una orden, la obedecer�a.</p><p>��S�, se�or -respondi� Sandecker, sin vacilar-. A menos, naturalmente, que fuese ilegal, inmoral o anticonstitucional.</p><p>El presidente reflexion� un momento. Despu�s asinti� con la cabeza y alarg� una mano hacia un sill�n.</p><p>��Por favor, almirante. Tengo el tiempo limitado, pero le explicar� brevemente lo que pasa. -Hizo una pausa hasta que Sandecker se hubo sentado-, Veamos� Hace cinco d�as, un documento secreto escrito por Fidel Castro pas� disimuladamente desde La Habana a nuestro Departamento de Estado. En el fondo, era una proposici�n para allanar el camino a unas relaciones positivas y constructivas entre Cuba y los Estados Unidos.</p><p>���Qu� tiene esto de sorprendente? -pregunt� Sandecker-. Ha estado buscando establecer mejores lazos desde que el presidente Reagan le ech� a patadas de Granada.</p><p>��Cierto -convino el presidente-. Hasta ahora, el �nico acuerdo al que hemos llegado en la mesa de negociaciones ha sido el de elevar los cupos de inmigraci�n para disidentes cubanos que vengan a Norteam�rica. Sin embargo, esto va mucho m�s all�. Castro quiere que le ayudemos a sacudirse el yugo de Rusia.</p><p>Sandecker le mir� con escepticismo.</p><p>��El odio de Castro contra los Estados Unidos es una obsesi�n. �Por qu� diablos est� haciendo todav�a maniobras para el caso de una invasi�n? Y los rusos no dejar�n que les echen de all�. Cuba representa su �nica cabeza de puente en el hemisferio occidental. Y si, en un momento de locura, le retirasen su apoyo, la isla se hundir�a en un caos econ�mico. Cuba no puede mantenerse por s� sola en pie; no tiene recursos para ello. Yo no dar�a cr�dito a Fidel, aunque el propio Cristo le aplaudiese.</p><p>��Es un hombre voluble -convino el presidente-, pero no menosprecie sus intenciones. Los sovi�ticos est�n enterrados en su propio caos econ�mico. La paranoia del Kremlin contra el mundo exterior ha hecho que su presupuesto militar alcance alturas astron�micas que ya no pueden soportar. El nivel de vida de sus ciudadanos es el peor de todas las naciones industrializadas. Sus cultivos agr�colas, sus objetivos industriales, sus exportaciones de petr�leo, est�n por los suelos. Han perdido los medios de seguir extrayendo una ayuda masiva de los pa�ses del bloque del Este. Y en la situaci�n de Cuba, los rusos han llegado a un punto donde exigen m�s de lo que ofrecen. Los d�as de las ayudas de mil millones de d�lares, de los pr�stamos ben�volos, del suministro de armas baratas, han quedado atr�s. Se acabaron los regalos.</p><p>Sandecker sacudi� la cabeza.</p><p>��Aun as�, si yo estuviera en el lugar de Castro, lo considerar�a un mal regalo. Es imposible que el Congreso apruebe subvenciones de miles de millones de d�lares para Cuba, y los doce millones de habitantes de la isla dif�cilmente pueden vivir sin art�culos de importaci�n.</p><p>El presidente mir� el reloj de encima de la repisa de la chimenea.</p><p>��Dispongo solamente de otro par de minutos. En todo caso, lo que m�s teme Castro no es el caos econ�mico ni una contrarrevoluci�n, sino el lento y continuo aumento de la influencia sovi�tica en todos los rincones de su Gobierno. Los hombres de Mosc� pican un poco aqu�, roban un poco all�, esperando con paciencia el momento oportuno para hacer las maniobras adecuadas para dominar el Gobierno y controlar los recursos del pa�s. Hasta ahora no se ha dado cuenta Castro de que sus amigos del Kremlin est�n intentando segarle la hierba bajo los pies para apoderarse de Cuba. Su hermano, Ra�l, se qued� pasmado cuando se enter� de la grave infiltraci�n de su cuerpo de oficiales por compatriotas que eran ahora fieles a la Uni�n Sovi�tica.</p><p>��Me parece sorprendente. Los cubanos detestan a los rusos. Sus puntos de vista sobre la vida son antag�nicos.</p><p>��Cierto que Cuba no pretendi� nunca convertirse en instrumento del Kremlin, pero, desde la revoluci�n, miles de j�venes cubanos han estudiado en universidades rusas. Muchos, en vez de volver a casa para trabajar en un empleo determinado por el Estado, un empleo que pueden aborrecer o que les puede llevar a un callej�n sin salida, se dejaron influir por las sutiles ofertas rusas de prestigio y de dinero. Los astutos, que colocaron su futuro por encima del patriotismo, renunciaron en secreto a Castro y juraron fidelidad a la Uni�n Sovi�tica. Y hay que decir esto en honor de los rusos. Cumplen sus promesas. Y empleando su influencia sobre el Gobierno cubano, elevaron a sus nuevos subditos a posiciones de poder.</p><p>��Castro es todav�a venerado por el pueblo cubano -dijo Sandecker-. Dudo de que los cubanos se quedaran con los brazos cruzados, vi�ndole totalmente sometido a Mosc�.</p><p>La expresi�n del presidente se hizo grave.</p><p>��La verdadera amenaza es que los rusos asesinen a los hermanos Castro y culpen de ello a la C�A. Algo bastante f�cil, ya que es sabido que la Agencia hizo varios atentados contra su vida en los a�os sesenta.</p><p>��Y el Kremlin tendr�a las puertas abiertas para instalar un gobierno t�tere.</p><p>El presidente asinti� con la cabeza.</p><p>��Lo cual nos lleva a su proposici�n de un pacto entre Cuba y los Estados Unidos. Castro no quiere alarmar a los rusos y que estos act�en antes de que hayamos accedido a respaldar su juego para echarles del Caribe. Desgraciadamente, despu�s de hacer el gambito de apertura, ha hecho o�dos sordos a mis respuestas y a las de Doug Oates.</p><p>��Parece la antigua rutina del palo y la zanahoria para abrir el apetito.</p><p>��As� lo creo yo tambi�n.</p><p>���Y c�mo encajan los LeBaron en todo esto?</p><p>��Se vieron metidos en ello -dijo el presidente con un toque de iron�a-. Ya conoce la historia. Raymond LeBaron vol� en su antiguo dirigible en busca de un barco del tesoro. En realidad, ten�a otro proyecto en la cabeza, pero esto no le interesa a la AMSN ni a usted personalmente. Quiso el destino que Ra�l Castro estuviese inspeccionando las defensas fuera de La Habana cuando LeBaron fue localizado por sus sistemas de detecci�n en la costa. Entonces se le ocurri� pensar que el contacto pod�a resultar �til. Por consiguiente, orden� a sus fuerzas de vigilancia que interceptasen el dirigible y lo escoltasen hasta un aer�dromo pr�ximo a la ciudad de C�rdenas.</p><p>��Puedo adivinar el resto -dijo Sandecker-. Los cubanos inflaron el dirigible y ocultaron a bordo un mensajero que llevaba el documento entre los Estados Unidos y Cuba, y lo soltaron, imagin�ndose que los vientos dominantes lo empujar�an hacia los Estados Unidos.</p><p>��Algo as� -reconoci� sonriendo el presidente-. Pero no confiaron en los vientos variables. Un �ntimo amigo de Fidel y un piloto subieron a bordo llevando el documento. Condujeron el dirigible hacia Miami, saltaron al agua a pocas millas de la costa y fueron recogidos por un yate que esperaba.</p><p>��Me gustar�a saber de d�nde vinieron los tres cad�veres de la cabina de mandos -dijo Sandecker.</p><p>��Fue un alarde melodram�tico de Castro para demostrar sus buenas intenciones, en el que no he tenido tiempo de reflexionar a fondo.</p><p>���No han recelado los rusos?</p><p>��Todav�a no. Su sentimiento de superioridad ante los cubanos les impide ver algo que revele el ingenio latino.</p><p>��As� pues, Raymond LeBaron est� vivo y coleando en alg�n lugar de Cuba.</p><p>El presidente abri� los brazos.</p><p>��S�lo puedo presumir que �sta es, en efecto, su situaci�n.</p><p>Seg�n las fuentes de informaci�n de la C�A, el servicio secreto sovi�tico pidi� interrogar a LeBaron. Los cubanos accedieron y, desde entonces, nadie ha vuelto a verlo.</p><p>���No va usted a tratar al menos de negociar el rescate de LeBaron? -pregunt� Sandecker.</p><p>��La situaci�n es ya lo bastante delicada como para que tengamos que meterle a �l en el juego. Cuando podamos firmar el pacto con Cuba, no me cabe duda de que Castro se encargar� de la custodia de LeBaron, en vez de los rusos, y nos lo devolver�.</p><p>El presidente hizo una pausa y mir� al reloj de encima de la chimenea.</p><p>��Voy a llegar tarde a una conferencia con los encargados de los presupuestos. -Se levant� y se dirigi� a la puerta. Entonces se volvi� a Sandecker-. Se lo dir� en pocas palabras. Jessie LeBaron fue informada de la situaci�n y se aprendi� de memoria nuestra respuesta a Castro. El plan era hacer que el dirigible regresara con un LeBaron a bordo. Una se�al a Castro de que mi respuesta era enviada de la misma manera en que hab�a enviado �l su proposici�n. Pero algo sali� mal. Usted se ha cruzado con Jess Simmons al entrar. �l me ha informado sobre las fotos tomadas por nuestro servicio de reconocimiento a�reo. En vez de detener al dirigible y escoltarlo a C�rdenas, el helic�ptero cubano dispar� contra �l. Entonces, por alguna raz�n desconocida, el helic�ptero estall�, y �ste y el dirigible cayeron al mar. Debe comprender, almirante, que no puedo enviar fuerzas de rescate, debido a la delicada naturaleza de la misi�n. Siento realmente lo de Pitt. Ten�a con �l una deuda que nunca podr� pagar. S�lo podemos rezar para que �l, Jessie LeBaron y sus otros amigos hayan de alg�n modo podido sobrevivir.</p><p>��Nadie podr�a sobrevivir a un accidente a�reo en medio de un hurac�n -dijo Sandecker, con mordacidad-. Tendr� que perdonarme, se�or presidente, si le digo que incluso Mickey Mouse habr�a podido proyectar mejor la operaci�n.</p><p>Una expresi�n dolida se pint� en la cara del presidente. Fue a decir algo, pero lo pens� mejor y abri� la puerta.</p><p>��Lo siento, almirante, pero llegar� tarde a la conferencia.</p><p>El presidente no dijo m�s, sali� del Sal�n Oval y dej� plantado all� a Sandecker, confuso y solo.</p></section><section><title><p>27</p></title><p>El n�cleo del hurac�n Evita rode� la isla y gir� hacia el nordeste y el golfo de M�xico. El viento redujo su velocidad a cuarenta nudos, pero habr�an de transcurrir otros dos d�as para que fuese sustituido por el suave alisio del sur.</p><p>Cayo Santa Mar�a parec�a vac�o de toda vida, animal o humana. Diez a�os antes, en un momento de generosa camarader�a, Fidel Castro hab�a donado la isla a sus aliados comunistas en un gesto de buena voluntad. Entonces dio una bofetada a la Casa Blanca al proclamar que era un territorio de la URSS.</p><p>Los nativos fueron trasladados en secreto pero por la fuerza a la isla grande, y unidades de ingenieros del GRU (Glavnoye Raz-vedyvatelnoye Upravleniye, o Primer Directorio de Informaci�n del Estado Mayor General Sovi�tico), rama militar de la KGB, vinieron y empezaron a construir una instalaci�n subterr�nea secreta. Trabajando en etapas y solamente al amparo de la oscuridad, dieron poco a poco forma al complejo debajo de la arena y las palmeras, Aviones esp�as de la C�A examinaron la isla, pero no detectaron instalaciones defensivas ni env�o de materiales por mar o por aire. Las ampliaciones fotogr�ficas s�lo mostraron unos pocos caminos en mal estado que al parecer no llevaban a ninguna parte. La isla fue estudiada rutinariamente, pero nada se descubri� que indicase una amenaza a la seguridad de los Estados Unidos.</p><p>En alguna parte del subsuelo de la isla azotada por el viento, Pitt se despert� en una peque�a habitaci�n est�ril, sobre una cama con un colch�n de plumas y bajo una luz fluorescente que estaba continuamente encendida. No pod�a recordar si hab�a dormido alguna vez sobre un colch�n de plumas, pero lo encontr� muy c�modo y tom� mentalmente nota de buscar uno igual, si volv�a alg�n d�a a Washington.</p><p>Aparte de las magulladuras, las articulaciones doloridas y unas ligeras punzadas en la cabeza, se sent�a bastante bien. Yaci� all� y contempl� el techo pintado de gris, mientras recordaba lo acaecido la noche pasada: el descubrimiento por Jessie de su marido; los guardias que les escoltaron, a �l, a Giordino y a Gunn, a una enfermer�a donde una doctora rusa, con una figura parecida a un bolo, cur� sus lesiones; una comida de cordero estofado en un comedor que Pitt valor� muy por debajo de los restaurantes para camioneros del este de Texas, y, finalmente, su encierro en una habitaci�n con un retrete y una jofaina, una cama y un peque�o armario de madera.</p><p>Deslizando las manos por debajo de la s�bana, explor� su cuerpo. A excepci�n de varios metros de vendas y esparadrapo, estaba desnudo. Le maravill� la obsesi�n de la fe�cha doctora por los vendajes. Sac� los pies descalzos y los apoy� en el suelo de hormig�n, y permaneci� sentado all�, pensando en lo que ten�a que hacer. Una exigencia de la vejiga le record� que todav�a era humano, por lo que se dirigi� al retrete, deseando poder tomar una taza de caf�. Ellos, fueran quienes fuesen, le hab�an dejado su reloj Doxa. Las saetas marcaban las once y cincuenta y cinco. Como nunca hab�a dormido m�s de nueve horas seguidas en su vida, presumi� con raz�n que eran de la ma�ana.</p><p>Un minuto m�s tarde, se inclin� sobre la jofaina y se lav� la cara con agua fr�a. La �nica toalla era �spera y apenas si absorb�a la humedad. Se dirigi� al armario, lo abri� y encontr� una camisa y unos pantalones caqui en una percha, y un par de sandalias. Antes de vestirse, se quit� varias vendas de las heridas que empezaban a cicatrizar y flexion� los m�sculos, gozando de la recobrada libertad de movimientos. Despu�s de vestirse, prob� la pesada puerta de hierro. Estaba cerrada con llave, por lo que golpe� la gruesa plancha de metal, produciendo un ruido hueco que reson� en las paredes de hormig�n.</p><p>Un muchacho que parec�a no tener m�s de diecinueve a�os y llevaba uniforme sovi�tico de faena, abri� la puerta y se ech� atr�s, apuntando una pistola no m�s grande que un martillo corriente al est�mago de Pitt. Se�al� un largo pasillo a la izquierda y Pitt sigui� la indicaci�n. Pasaron por delante de otras puertas de hierro y Pitt se pregunt� si Gunn y Giordino estar�an detr�s de alguna de ellas.</p><p>Se detuvieron ante un ascensor cuya puerta fue abierta por otro guardia. Entraron en �l y Pitt sinti� una ligera presi�n en las plantas de los pies al elevarse la cabina. Mir� el indicador de encima de la puerta y advirti� que hab�a luces para cinco plantas. Una instalaci�n muy grande, pens�. El ascensor se detuvo y se abrieron las puertas autom�ticas.</p><p>Pitt y su guardi�n salieron a una habitaci�n alfombrada y de techo abovedado. Las dos paredes laterales ten�an estanter�as llenas de cientos de libros. La mayor�a de ellos eran en ingl�s y muchos correspond�an a los m�s famosos escritores americanos actuales. Un gran mapa de Am�rica del Norte cubr�a toda la pared del fondo. Pitt pens� que aquella habitaci�n parec�a un estudio particular. Hab�a una grande y antigua mesa tallada cubierta de m�rmol y llena de n�meros actuales del <emphasis>Washington Post, </emphasis>el <emphasis>New York Times, </emphasis>el <emphasis>Wall Street Journal </emphasis>y <emphasis>USA Today. </emphasis>Sobre otras mesas colocadas a ambos lados de la puerta, hab�a montones de revistas t�cnicas, entre ellas <emphasis>Computer Technology, Science Digest </emphasis>y el <emphasis>Air Force Journal. </emphasis>La alfombra era de color granate, muy gruesa, y sobre ella descansaban seis sillones de cuero verde colocados a espacios regulares.</p><p>Manteniendo su silencio, el guardi�n volvi� a entrar en el ascensor y dej� a Pitt solo en la habitaci�n vac�a.</p><p>Debe de haber llegado el momento de observar al mono, murmur� para s�. No se molest� en buscar la lente de la c�mara de v�deo en las paredes. Estaba seguro de que se hallaba oculta en alguna parte de la habitaci�n, registrando sus acciones. Resolvi� provocar una reacci�n, se tambale� un momento como si estuviese borracho, puso los ojos en blanco y se derrumb� sobre la alfombra.</p><p>Al cabo de quince segundos, se abri� una puerta secreta, cuyos bordes coincid�an perfectamente con l�neas de latitud y longitud del mapa gigantesco de la pared, y entr� en la habitaci�n un hombre bajito que vest�a un elegante uniforme sovi�tico cortado a la medida. Se arrodill� y mir� los ojos entreabiertos de Pitt.</p><p>���Puede o�rme? -pregunt� en ingl�s.</p><p>��S� -murmur� Pitt.</p><p>El ruso se dirigi� a una mesa y verti� algo de una botella de cristal en un vaso haciendo juego. Volvi� y levant� la cabeza de Pitt.</p><p>��Beba esto -le orden�.</p><p>���Qu� es?</p><p>��Co�ac Courvoisier, seco y fuerte -le respondi� el oficial ruso, con perfecto acento americano-. Es bueno para su dolencia.</p><p>��Prefiero el R�my Martin, m�s suave y arom�tico -dijo Pitt, levantando el vaso-. A su salud.</p><p>Sorbi� el co�ac hasta que no qued� nada en el vaso; entonces se puso en pie, busc� un sill�n y se sent�.</p><p>El oficial sonri�, divertido.</p><p>��Parece haberse recobrado muy pronto, se�or�</p><p>��Snodgrass, Elmer Snodgrass, de Moline, Illinois.</p><p>��Un bonito nombre del Medio Oeste -dijo el ruso, sent�ndose detr�s de la mesa-. Yo soy Peter Velikov.</p><p>��El general Velikov, si la memoria de las insignias militares rusas no me enga�a.</p><p>��No le enga�a -reconoci� Velikov-. �Quiere otro co�ac?</p><p>Pitt sacudi� la cabeza y estudi� al hombre sentado al otro lado de la mesa. Calcul� que no medir�a m�s de un metro setenta de estatura, que pesar�a unos sesenta y cinco kilos y que tendr�a menos de cincuenta a�os. Ten�a un aire amistoso y tranquilizador, pero Pitt percibi� una frialdad disimulada. Sus cabellos cortos eran negros, con s�lo un toque de gris en las patillas, y ten�a entradas sobre la frente. Sus ojos eran tan azules como un lago alpino, y la cara de piel blanca parec�a esculpida m�s al estilo cl�sico romano que al eslavo. V�stele con una toga y pon en su cabeza una corona de laurel, pens� Pitt, y Velikov podr�a servir de modelo para un busto en m�rmol de Julio C�sar.</p><p>��Espero no molestarle si le hago unas pocas preguntas -dijo cort�smente Velikov.</p><p>��En absoluto. No tengo citas urgentes para el resto del d�a. Mi tiempo es suyo.</p><p>Una expresi�n helada se manifest� un instante en los ojos de Velikov, pero se desvaneci� r�pidamente.</p><p>��Supongamos que me dice c�mo ha llegado a Cayo Santa Mar�a.</p><p>Pitt extendi� las manos en adem�n de impotencia.</p><p>��No quiero hacerle perder tiempo. Ser� mejor que confiese. Soy presidente de la C�A. Mi consejo de direcci�n y yo pensamos que ser�a una buena propaganda alquilar un dirigible y arrojar cupones para papel higi�nico en toda Cuba. Tengo entendido que aqu� escasea mucho. Desgraciadamente, los cubanos no comprendieron nuestra estratagema de mercado y nos derribaron.</p><p>El general dirigi� una mirada tolerante pero irritada a Pitt. Se cal� unas gafas y abri� una carpeta sobre su mesa.</p><p>��Veo por su historial, se�or Pitt�, Dirk Pitt, si no lo leo mal�, que es usted una persona muy ingeniosa.</p><p>���Dice tambi�n que soy un embustero patol�gico?</p><p>��No; pero creo que tiene usted una historia fascinante. Es una l�stima que no est� de nuestra parte.</p><p>��Vamos, general, �qu� posibilidades podr�a tener un no conformista en Mosc�?</p><p>��Temo que muy pocas.</p><p>��Le felicito por su sinceridad.</p><p>���Por qu� no me dice la verdad?</p><p>��S�lo si est� dispuesto a creerla.</p><p>���Quiere decir que no podr�a?</p><p>��No, si comparte la man�a comunista de ver un complot de la C�A a cada paso.</p><p>��Parece que no tiene en mucha estima a la Uni�n Sovi�tica.</p><p>��D�game una sola cosa que haya hecho su gente en los �ltimos setenta a�os que haya merecido el aplauso de la humanidad. Lo m�s desconcertante es c�mo no se han dado cuenta nunca los rusos de que son el hazmerre�r del mundo. Su imperio es la broma m�s pat�tica de la Historia. El siglo veintiuno est� a la vuelta de la esquina y su Gobierno act�a como si nunca hubiese dado un paso adelante desde los a�os treinta.</p><p>Velikov no parpade� siquiera, pero Pitt observ� que su cara se pon�a ligeramente colorada. Saltaba a la vista que el general no estaba acostumbrado a recibir lecciones de un hombre al que consideraba como un enemigo del Estado. Estudi� a Pitt con la inconfundible mirada de un juez que tuviese la vida de un asesino convicto en la balanza. Despu�s, su expresi�n se hizo reflexiva.</p><p>��Har� que sus comentarios lleguen a conocimiento del Politbur� -dijo secamente-. Y ahora, si ha terminado su discurso, se�or Pitt, me gustar�a saber c�mo llegaron hasta aqu�.</p><p>Pitt se�al� con ia cabeza la botella.</p><p>��Creo que ahora tomar�a ese co�ac.</p><p>��S�rvase usted mismo.</p><p>Pitt llen� su vaso hasta la mitad y volvi� al sill�n.</p><p>��Lo que voy a contarle es la pura verdad. Quiero que comprenda que no tengo motivos para mentir. Que yo sepa, no estoy en modo alguno involucrado en ninguna misi�n secreta de mi Gobierno. �Me comprende hasta ahora, general?</p><p>��S�.</p><p>���Est� funcionando su magnet�fono oculto?</p><p>��S�.</p><p>Entonces Pitt explic�, con todo detalle, su descubrimiento del dirigible incontrolado, su encuentro con Jessie LeBaron en el despacho del almirante Sandecker, el �ltimo vuelo del <emphasis>Prosperteer </emphasis>y, finalmente, c�mo se hab�an salvado por los pelos del hurac�n, pero sin mencionar que Giordino hab�a derribado el helic�ptero, ni que hab�an descubierto el <emphasis>Cyclops </emphasis>al sumergirse.</p><p>Velikov no levant� la mirada cuando Pitt dej� de hablar,</p><p>Hoje� el legajo sin cambiar en absoluto de expresi�n. El general actuaba como si su mente se hallase a a�os luz de distancia y no hubiese o�do una palabra.</p><p>Pitt pod�a jugar tambi�n al mismo juego. Asi� su vaso de co�ac y se levant� del sill�n. Tomando un n�mero del <emphasis>Washington Post, </emphasis>observ� con ligera sorpresa que llevaba la fecha de aquel mismo d�a.</p><p>��Deben tener un sistema de correo muy eficaz -dijo.</p><p>���Perd�n?</p><p>��Digo que sus peri�dicos hace s�lo unas horas que han salido a la calle.</p><p>��Cinco horas, para ser exactos.</p><p>El co�ac calentaba agradablemente el est�mago de Pitt. Su situaci�n no le pareci� tan apurada despu�s de la tercera copa. Pas� al ataque.</p><p>���Por qu� retienen a Raymond LeBaron? -pregunt�.</p><p>��De momento, es un invitado de la casa.</p><p>��Esto no explica por qu� se ha mantenido en secreto desde hace dos semanas el hecho de que sigue vivo.</p><p>��No tengo que darle ninguna explicaci�n, se�or Pitt.</p><p>���C�mo es que se ofrecen a LeBaron banquetes de <emphasis>gourmet, </emphasis>en traje de etiqueta, mientras se nos obliga a mis amigos y a m� a comer y vestirnos como presos comunes?</p><p>��Porque es esto precisamente lo que son, se�or Pitt, presos comunes. El se�or LeBaron es un hombre muy rico y poderoso, y los di�logos con �l son muy instructivos. Ustedes, por el contrario, son un estorbo. �Satisface esto su curiosidad?</p><p>��No me satisface en absoluto -dijo bostezando Pitt.</p><p>���C�mo destruyeron el helic�ptero de patrulla? -pregunt� s�bitamente Velikov.</p><p>��Le arrojamos los zapatos -respondi�, malhumorado, Pitt-. �Qu� otra cosa pod�an hacer cuatro paisanos, uno de ellos una mujer, que volaban en una bolsa de gas de cuarenta a�os de antig�edad?</p><p>��Los helic�pteros no estallan en el aire sin una raz�n.</p><p>��Tal vez fue alcanzado por un rayo.</p><p>��Entonces, se�or Pitt, si su misi�n ten�a simplemente por objeto averiguar la causa de la desaparici�n del se�or LeBaron y la b�squeda de un tesoro, �c�mo explica el relato del capit�n del buque patrulla, que afirm� que la cabina de mandos estaba tan acribillada a tiros que nadie pod�a haber sobrevivido, y que surgi� un rayo de luz del dirigible un instante antes de que estallase el helic�ptero, y que una b�squeda exhaustiva en el lugar del accidente no descubri� rastros de ning�n superviviente? Sin embargo, todos ustedes aparecen como por arte de magia en esta isla, en medio de un hurac�n, cuando las patrullas de seguridad se hab�an resguardado del viento. Muy oportuno, �no le parece?</p><p>���C�mo lo interpreta usted?</p><p>��O la aeronave estaba dirigida por control remoto u otros tripulantes fueron muertos por los tiradores que iban en el helic�ptero. Ustedes y la se�ora LeBaron fueron tra�dos cerca de la playa por un submarino y, durante el desembarco, fueron arrojados contra las rocas y sufrieron lesiones.</p><p>��Tiene usted mucha imaginaci�n, general, pero no da en el blanco. S�lo la parte de nuestra llegada a tierra es correcta. Y ha olvidado el factor m�s importante: el m�vil. �Por qu� tendr�an cuatro n�ufragos desarmados que atacar lo que, sea lo que fuere, tienen ustedes aqu�?</p><p>��Todav�a no tengo la respuesta -dijo Velikov, con una ben�vola sonrisa.</p><p>��Pero quiere tenerla.</p><p>��Yo nunca me doy por vencido, se�or Pitt. Su historia, aunque ingeniosa, no se tiene en pie. -Apret� un bot�n del interco-municador de encima de la mesa-. Pronto volveremos a hablar.</p><p>���Cu�ndo podemos esperar que se pongan en contacto con nuestro Gobierno, para que �ste pueda iniciar las gestiones para nuestra liberaci�n?</p><p>Velikov dirigi� a Pitt una mirada bonachona.</p><p>��Le pido disculpas. Olvid� mencionar que su Gobierno ha sido informado hace solamente una hora.</p><p>���De nuestro accidente?</p><p>��No; de su muerte.</p><p>Durante un largo instante, Pitt no comprendi�. Despu�s, poco a poco, empez� a hacerse la luz en su cerebro. Apret� las mand�bulas y traspas� a Velikov con la mirada.</p><p>��Hable claro, general.</p><p>��Muy sencillo -dijo Velikov, en un tono tan amistoso como si estuviese pasando un rato con el cartero-. Sea por accidente o deliberadamente, han venido ustedes a dar con nuestra instalaci�n militar m�s secreta fuera de la Uni�n Sovi�tica. No podemos permitir que salgan de aqu�. Cuando yo conozca los verdaderos hechos, tendr�n ustedes que morir.</p></section><section><title><p>28</p></title><p>Entreg�ndose a su pasatiempo predilecto, que era comer, Hagen dedic� una hora a disfrutar de un almuerzo mexicano a base de enchiladas con un huevo, seguidas de sopaipillas, y todo ello regado con tequila. Pag� la cuenta, sali� del restaurante y se dirigi� en coche a la direcci�n atribuida a Clyde Ward. Su informador en la compa��a de tel�fonos hab�a averiguado que el n�mero consignado en la libreta negra del general Fisher correspond�a a un tel�fono p�blico instalado en un puesto de gasolina. Comprob� la hora. Dentro de seis minutos, su piloto llamar�a a aquel n�mero desde el reactor aparcado.</p><p>Encontr� la gasolinera en una zona industrial pr�xima a la estaci�n del ferrocarril. Era de autoservicio y en ella se vend�a una marca desconocida. Se detuvo junto a un surtidor cuya pintura roja estaba cubierta de mugre e insert� la boquilla en el dep�sito de carburante del coche, evitando cuidadosamente mirar hacia el tel�fono instalado en el interior de la gasolinera.</p><p>Poco despu�s de aterrizar en el aeropuerto de Albuquerque, hab�a alquilado un coche y hab�a sacado treinta litros de gasolina del dep�sito, para que su parada en la estaci�n pareciese justificada. El aire que qued� dentro del dep�sito gorgote� cuando �l enrosc� la tapa y dej� la manguera en su sitio. Entr� en la oficina y estaba manoseando su cartera cuando empez� a sonar el tel�fono colgado de la pared.</p><p>El �nico empleado de servicio, que estaba reparando un neum�tico pinchado, se enjug� las manos con un trapo y descolg� el auricular. Hagen escuch�.</p><p>��Mel's Service� �Qui�n�? Aqu� no hay ning�n Clyde� S�, estoy seguro. Tiene el n�mero equivocado� S�, el n�mero es �ste pero yo llevo seis a�os trabajando aqu� y no he conocido a ning�n Clyde.</p><p>Colg�, se dirigi� a la caja registradora y sonri� a Hagen.</p><p>���Cu�nta ha puesto?</p><p>��Treinta y ocho litros. Trece d�lares con cincuenta y siete centavos.</p><p>Mientras el empleado buscaba el cambio de un billete de veinte, Hagen resigui� con la mirada la estaci�n. No pudo dejar de admirar lo bien que se hab�a montado el escenario; porque era precisamente esto, un escenario. Los suelos de la oficina y de la secci�n de lubricantes no hab�an visto una bayeta en varios a�os. Pend�an telera�as del techo; las herramientas ten�an m�s herrumbre que aceite, y las palmas de las manos y las u�as del empleado estaban grasientas. Pero fue el sistema de vigilancia lo que le asombr�. Sus ojos adiestrados descubrieron cables el�ctricos sutilmente disimulados y que no correspond�an al servicio corriente de la estaci�n. Sinti� m�s que vio los micr�fonos y c�maras ocultos.</p><p>���Podr�a hacerme un favor? -pregunt� al empleado al reci�b�r el cambio.</p><p>���Qu� desea?</p><p>��El motor hace un ruido extra�o. �Podr�a echarle una mirada y decirme qu� es lo que le pasa?</p><p>��Claro, �por qu� no? No tengo mucho m�s que hacer.</p><p>Hagen observ� el peinado de aquel hombre y dud� de que sus cabellos hubiesen sido tocados alguna vez por un peluquero. Tambi�n advirti� un peque�o bulto en la pernera del pantal�n, en la cara externa de la pantorrilla derecha, justo por encima del tobillo.</p><p>Hagen hab�a aparcado el coche al lado del segundo surtidor de gasolina, el m�s alejado del edificio de la estaci�n. Puso el motor en marcha y abri� el cierre del cap�. El empleado apoy� un pie en el parachoques delantero y mir� por encima del radiador.</p><p>��No oigo nada.</p><p>��Venga a este lado -dijo Hagen-. Desde aqu� se oye m�s fuerte.</p><p>Ahora estaba de pie, de espaldas a la calle, resguardado de cualquier observaci�n electr�nica por los surtidores, el coche y su cap� levantado.</p><p>Cuando el empleado se inclin� sobre el guardabarros y acerc� la cabeza al motor, Hagen sac� un arma de una funda colgada en el cintur�n, detr�s de la espalda, y meti� el ca��n entre las nalgas del hombre.</p><p>��Es un Magnum 357, con ca��n de dos pulgadas y media, lo que le est� apuntando al culo, y est� cargado con balas blindadas. �Lo entiende?</p><p>El hombre se puso tenso, pero no dio muestras de miedo.</p><p>��S�, le he entendido, amigo.</p><p>���Y sabe lo que puede hacer una bala blindada disparada a quemarropa?</p><p>��S� lo que es una bala blindada.</p><p>��Bien, entonces sabe que har�a un bonito agujero desde su culo hasta su cerebro si apretase el gatillo.</p><p>���Qu� es lo que pretende, amigo?</p><p>���Qu� ha sido de su vulgar acento simulado? -pregunt� Hagen.</p><p>��Viene y se va.</p><p>Hagen alarg� la mano libre y sac� una peque�a pistola Beretta del 38 de debajo de la pernera del empicado.</p><p>��Bueno, <emphasis>amigo, </emphasis>�d�nde puedo encontrar a Clyde?</p><p>��No s� qui�n es.</p><p>Hagen apret� el ca��n del rev�lver con tanta fuerza en la base del espinazo de aquel hombre que el tejido del fondillo del pantal�n se desgarr� y el empleado grit� de dolor.</p><p>���Para qui�n trabaja usted? -jade�.</p><p>��Para el �c�rculo privado� -respondi� Hagen.</p><p>��No puede ser.</p><p>Hagen empuj� hacia arriba con el ca��n del rev�lver. La cara del empleado se crisp�, y gimi� al sentir un horrible dolor en la parte inferior de su cuerpo.</p><p>���Qui�n es Clyde? -pregunt� Hagen.</p><p>��Clyde Booth.</p><p>��No le oigo, amigo.</p><p>��Se llama Clyde Booth.</p><p>��D�game c�mo es.</p><p>��Se presume que es una especie de genio. Inventa y fabrica aparatos cient�ficos que se emplean en el espacio. Sistemas secretos para el Gobierno. Yo no s� exactamente lo que son; s�lo soy miembro del personal de seguridad.</p><p>���D�nde se encuentra?</p><p>��La f�brica est� a diez millas al oeste de Santa Fe. La llaman QB-Tech.</p><p>���Qu� quiere decir QB?</p><p>��Quarter Back -respondi� el empleado-. Booth fue jugador de f�tbol de primera categor�a en el Estado de Arizona.</p><p>���Sab�a que yo vendr�a aqu�?</p><p>��Nos dijeron que estuvi�semos alerta si llegaba un hombre gordo.</p><p>���Cu�ntos otros est�n apostados alrededor de la gasolinera? -pregunt� Hagen.</p><p>��Tres. Uno est� calle abajo, en el cami�n de remolque; otro, en el tejado del almac�n de detr�s de la estaci�n de servicio, y el tercero en la camioneta roja aparcada junto al bar restaurante contiguo.</p><p>���Por qu� no se han movido?</p><p>��Solamente ten�amos orden de seguirle.</p><p>Hagen afloj� la presi�n y volvi� a guardar el rev�lver en la funda. Despu�s extrajo los proyectiles de la pistola del empleado, los arroj� al suelo y los empuj� con el pie debajo del coche.</p><p>��Est� bien -dijo Hagen-. Ahora camine, sin correr, y vuelva al interior de la gasolinera.</p><p>Antes de que el empleado hubiese cruzado la mitad de la calzada que conduc�a al edificio, Hagen hab�a doblado la esquina a una manzana de distancia. Dio otros cuatro r�pidos rodeos para eludir el cami�n y la camioneta, y rod� a toda velocidad hacia el aeropuerto.</p></section><section><title><p>29</p></title><p>Leonard Hudson sali� del ascensor en el que hab�a descendido al coraz�n de la sede de Jersey Colony. Llevaba un paraguas que chorreaba por la lluvia y una cartera de fantas�a, reluciente y de color nogal.</p><p>No mir� a derecha ni a izquierda, y correspondi� a los saludos de su personal con un breve adem�n. Hudson no era nervioso, ni sol�a inquietarse, pero estaba preocupado. Los informes procedentes de otros miembros del �c�rculo privado� anunciaban peligro. Alguien estaba siguiendo met�dicamente la pista de cada uno de ellos. Un forastero hab�a abierto una brecha en sus bien estudiadas operaciones de camuflaje.</p><p>Ahora, todo el esfuerzo de la base lunar (el ingenio, la planificaci�n, las vidas, el dinero y la fuerza humana empleados en la Jersey Colony) estaba en peligro por culpa de un intruso desconocido.</p><p>Entr� en su vasto pero austero despacho y encontr� a Gunnar Eriksen, que le estaba esperando.</p><p>Eriksen estaba sentado en un sof�, sorbiendo una taza de caf� caliente y fumando en una pipa curva. Su cara redonda y sin arrugas ten�a una expresi�n sombr�a, y sus ojos, un brillo benigno. Vest�a con sencillez pero con pulcritud; llevaba una cara chaqueta deportiva de cachemir, un su�ter marr�n con cuello en V, y pantal�n de lana haciendo juego. No habr�a parecido fuera de lugar vendiendo Jaguars o Ferraris.</p><p>���Hablaste con Fisher y Booth? -dijo Hudson, colgando el paraguas y dejando la cartera al lado de la mesa.</p><p>��En efecto.</p><p>���Alguna idea de qui�n puede ser?</p><p>��Ninguna.</p><p>��Es extra�o que nunca deja huellas dactilares -dijo Hudson, sent�ndose en el sof� con Eriksen y sirvi�ndose una taza de caf� de una cafetera de cristal.</p><p>Eriksen lanz� una bocanada de humo al techo.</p><p>��Todav�a es m�s extra�o que todas las im�genes que tenemos de �l en v�deo sean confusas.</p><p>��Debe de llevar alguna clase de aparato electr�nico para borrarlas.</p><p>��Evidentemente, no es un investigador privado corriente -murmur� Eriksen-, sino un profesional de primera categor�a y bien respaldado.</p><p>��Sabe adonde tiene que ir, muestra documentos de identidad correctos y acreditaciones de Seguridad. La historia que cont� a Mooney, haci�ndose pasar por un inspector de la Oficina General de Cuentas, fue excelente. Incluso yo la habr�a cre�do.</p><p>���Qu� datos has podido conseguir sobre �l?</p><p>��Solamente una serie de descripciones que no concuerdan en absoluto, salvo en su volumen. Todos dicen que es un hombre gordo.</p><p>��Podr�a ser que el presidente nos hiciese seguir por una agencia de informaci�n.</p><p>��Si fuese as� -dijo Hudson, en tono de duda-, nos enfrentar�amos con un ej�rcito de agentes camuflados. Parece que este hombre trabaja solo.</p><p>���Has considerado la posibilidad de que el presidente haya contratado en secreto a un agente que nada tenga que ver con el Gobierno? -pregunt� Eriksen.</p><p>��Pens� en esto, pero no acaba de convencerme. Nuestro amigo de la Casa Blanca est� atrapado en el Sal�n Oval. Todo el que entra o sale de �l queda perfectamente identificado. Desde luego, existe una l�nea privada del presidente, pero no creo que pudiese encargar por tel�fono esta clase de misi�n.</p><p>��Interesante -dijo Eriksen-. El gordo empez� sus investigaciones en el lugar donde concebimos la idea de la Jersey Colony.</p><p>��Es verdad -convino Hudson-. Registr� el despacho de Earl Mooney en el Laboratorio Pattenden y averigu� una llamada telef�nica al general Fisher; incluso hizo alguna observaci�n sobre que t� quer�as que yo pagase el aeroplano.</p><p>��Una evidente referencia a nuestras supuestas muertes -dijo reflexivamente Eriksen-. Esto significa que nos ha relacionado.</p><p>��Entonces apareci� en Colorado, dej� sin sentido a Fisher y le rob� una libreta con los nombres y los n�meros de tel�fono de las personas m�s importantes del proyecto Jersey Colony, incluidos los del �c�rculo privado�. Entonces debi� ver la trampa que le tendimos para seguirle la pista desde Nuevo M�xico, y escap�. Tuvimos una peque�a oportunidad cuando uno de nuestros hombres, que estaba vigilando el aeropuerto de Albuquerque, vio que un hombre gordo llegaba en un reactor particular y volv�a a marcharse al cabo de dos horas.</p><p>��Debi� de alquilar un coche y mostrar alg�n documento de identidad.</p><p>Hudson sacudi� la cabeza.</p><p>��Nada que nos sea �til. Mostr� un permiso de conducir y una carta de cr�dito a nombre de un tal George Goodfly, de Nueva Orleans, que no existe.</p><p>Eriksen sacudi� la ceniza de la pipa en un platito de cristal.</p><p>��No me extra�a que no fuese a Santa Fe y tratase de descubrir la operaci�n de Clyde Booth.</p><p>��Yo creo que s�lo est� buscando datos.</p><p>��Pero, �qui�n le paga? �Los rusos?</p><p>��Ciertamente, no la KGB -dijo Hudson-. �sta no env�a mensajes sutiles por tel�fono ni vuela por el pa�s en un reactor particular. No; este hombre se mueve muy deprisa. Yo dir�a que tiene una fecha tope muy pr�xima.</p><p>Eriksen mir� fijamente su taza de caf�.</p><p>��La misi�n lunar sovi�tica tiene previsto el alunizaje para dentro de cinco d�as. �sta tiene que ser su fecha tope.</p><p>��Creo que puedes tener raz�n.</p><p>Eriksen le mir� a los ojos.</p><p>���Te das cuenta de que el poder que est� detr�s de ese intruso s�lo puede ser el del presidente? -dijo a media voz.</p><p>Hudson asinti� despacio con la cabeza.</p><p>��Cerr� los ojos a esta posibilidad -dijo, con voz remota-. Quer�a creer que respaldar�a la seguridad de Jersey Colony contra la penetraci�n rusa.</p><p>��Seg�n lo que me dijiste de vuestra conversaci�n, no estaba dispuesto a permitir una batalla en la Luna entre nuestros hombres y los cosmonautas sovi�ticos. Ni le gustar�a nada saber que Steinmetz ha destruido ya tres naves espaciales de los sovi�ticos.</p><p>��Lo que me preocupa -dijo Hudson- es que, si aceptamos la interferencia del presidente, �por qu�, contando con tantos medios, tiene que enviar a un hombre solo?</p><p>��Porque, cuando vio que Jersey Colony era una realidad, se dio cuenta de que nuestros partidarios siguen todos sus movimientos, y presumi�, con raz�n, que pondr�amos muchos obst�culos en nuestra pista para desviarle de ella. El presidente es listo. Contrat� a un lobo solitario que se ha infiltrado dentro de nuestras murallas antes de que nos hayamos dado cuenta de lo que suced�a.</p><p>��Todav�a podemos estar a tiempo de enviarle hacia una pista falsa.</p><p>��Demasiado tarde. El Gordo tiene la libreta de Fisher -dijo Eriksen-. Sabe qui�nes somos y d�nde encontrarnos. Es realmente peligroso. Empez� por la cola y ahora se est� acercando a la cabeza. Cuando el Gordo entre por esta puerta, Leo, seguro que el presidente actuar� para impedir cualquier enfrentamiento entre los cosmonautas sovi�ticos y nuestra gente de la Jersey Colony.</p><p>���Est�s sugiriendo que eliminemos al Gordo?</p><p>��No -respondi� Eriksen-. Es mejor que no nos enemistemos con el presidente. Solamente le tendremos a buen recaudo durante unos pocos d�as.</p><p>��Me pregunto d�nde aparecer� la pr�xima vez -dijo reflexivamente Hudson.</p><p>Eriksen volvi� a llenar met�dicamente su pipa.</p><p>��Empez� su caza de brujas en Oreg�n; de all� pas� a Colorado y despu�s a Nuevo M�xico. Yo tengo la impresi�n de que su pr�xima parada ser� en Texas, en la oficina de nuestro hombre de la NASA en Houston.</p><p>Hudson marc� un n�mero en el tel�fono de encima de la mesa.</p><p>��L�stima que yo no pueda estar all� cuando ese bastardo caiga en la trampa.</p></section><section><title><p>30</p></title><p>Pitt pas� las dos horas siguientes yaciendo boca arriba en la cama, escuchando el ruido de puertas met�licas que se abr�an y cerraban y las pisadas que o�a fuera de su celda. El joven guardi�n le entreg� el almuerzo y esper� mientras Pitt com�a, asegur�ndose de que no faltaba ning�n cubierto cuando sali�. Esta vez parec�a de mejor humor y no iba armado. Tambi�n dej� la puerta abierta durante la comida, dando a Pitt una oportunidad de estudiar la cerradura.</p><p>�ste se sorprendi� al ver que era una cerradura de golpe corriente, en vez de un mecanismo de seguridad o con un buen cerrojo. Su celda no hab�a sido destinada a servir de c�rcel. M�s bien parec�a adecuada para una despensa. <sup>;</sup></p><p>Pitt revolvi� con una cuchara un plato de maloliente pescado cocido y lo rehus�, m�s interesado en ver c�mo se cerraba la puerta que en comer una bazofia que sab�a que era el primer paso de un plan psicol�gico para debilitar sus defensas mentales. El guardia sali� y cerr� la puerta de hierro. Pitt aguz� el o�do y capt� un solo y decisivo chasquido despu�s del golpe.</p><p>Se arrodill� y examin� de cerca la rendija entre la puerta y el marco. No ten�a m�s de medio cent�metro. Despu�s registr� la celda, buscando un objeto lo bastante delgado para poder deslizado en la cerradura y descorrer el pestillo.</p><p>El catre que soportaba el colch�n de plumas era de madera ensamblada. No hab�a en �l nada met�lico ni delgado y duro. Los grifos y los ca�os del lavabo eran de cer�mica y las tuber�as de debajo de �ste y del retrete no ten�an nada que pudiese moldear con las manos. Tuvo m�s suerte con el armario. Una de las charnelas le servir�a, pero no pod�a sacar la espiga con las u�as.</p><p>Estaba reflexionando sobre este problema cuando se abri� la puerta y el guardia se plant� en el umbral. Durante un momento, recorri� cautelosamente la celda con la mirada. Despu�s, bruscamente, hizo un adem�n a Pitt de que saliese, le condujo por un laberinto de grises pasillos de hormig�n y se detuvo al fin delante de una puerta marcada con el n�mero 6.</p><p>Pitt fue introducido bruscamente en una peque�a habitaci�n que parec�a una caja y en la que flotaba un olor nauseabundo. El suelo era de cemento y hab�a un sumidero en el centro. Las paredes estaban pintadas de un color rojo ominoso que casaba con las manchas que las salpicaban. La �nica iluminaci�n proced�a de una triste bombilla amarilla que pend�a del techo por un cord�n. Era la habitaci�n m�s deprimente que jam�s hubiese visto.</p><p>El �nico mueble era una silla de madera mellada. Pero Pitt centr� su atenci�n en el hombre que estaba sentado en ella. Los ojos de �ste, que le miraron a su vez, eran tan inexpresivos como cubitos de hielo. Pitt no pod�a saber la estatura del desconocido, pero su pecho y sus hombros eran tan musculosos que parec�an deformes, indicando que aquel hombre hab�a pasado miles de horas de sudor y esfuerzo desarrollando su cuerpo. Llevaba la cabeza completamente afeitada, y la cara habr�a podido considerarse casi hermosa, de no haber sido por la narizota que contrastaba lamentablemente con las dem�s facciones. Su �nico indumento era un par de botas de goma y unos shorts tropicales. A excepci�n del bigote a lo Bismarck, aquella cara pareci� extra�amente familiar a Pitt.</p><p>Sin levantar la cabeza, el hombre empez� a leer la lista de delitos de que Pitt era acusado. Empezaba por la violaci�n del espacio a�reo cubano, el derribo de un helic�ptero, el asesinato de su tripulaci�n, la labor como agente de la C�A y la entrada ilegal en el pa�s. Las acusaciones se sucedieron hasta que terminaron al fin con la entrada no autorizada en una zona militar prohibida. Todo ello en correcto ingl�s americano, con un ligero acento del Oeste.</p><p>���Qu� responde?</p><p>��Culpable como el que m�s.</p><p>Una mano enorme le tendi� una hoja de papel y una pluma.</p><p>��Tenga la bondad de firmar la confesi�n.</p><p>Pitt tom� la pluma y firm� el documento apoy�ndolo sobre una pared y sin leerlo.</p><p>El interrogador observ� atentamente la firma.</p><p>��Creo que ha cometido un error.</p><p>���Cu�l?</p><p>��Usted no se llama Benedict Arnold.</p><p>Pitt chasc� los dedos.</p><p>��Caramba, tiene raz�n. Esto fue la semana pasada. Esta semana soy Millard Fillmore.</p><p>��Muy divertido..,</p><p>��Como el general Velikov ha informado ya de mi muerte a las autoridades americanas -dijo seriamente Pitt-, no veo la utilidad de una confesi�n. Me parece que es como inyectarle penicilina a un esqueleto. �De qu� puede servir?</p><p>��Un seguro contra un incidente, un medio de propaganda, incluso un elemento para reforzar una posici�n negociadora -respondi� amablemente el inquisidor-. Puede haber muchas razones. -Hizo una pausa y ley� algo en un legajo que ten�a sobre la mesa-. Veo, por el expediente que me ha pasado el general Velikov, que usted dirigi� una operaci�n de salvamento del <emphasis>Empress of Ireland, </emphasis>que naufrag� en el r�o Saint Lawrence.</p><p>��Correcto.</p><p>��Creo que yo intervine en la misma operaci�n.</p><p>Pitt le mir� fijamente. Hab�a algo familiar en �l, pero no pod�a concretarlo. Sacudi� la cabeza.</p><p>��No recuerdo que trabajase usted en mi equipo. �C�mo se llama?</p><p>��Foss Gly -dijo lentamente el otro-. Trabaj� con los canadienses para desbaratar sus operaciones.</p><p>Pitt se acord� repentinamente de un remolcador amarrado en un muelle de Rimouski, Quebec. �l hab�a salvado la vida de un agente secreto brit�nico golpeando a Gly en la cabeza con una llave inglesa. Tambi�n record� con gran alivio que Gly hab�a estado vuelto de espaldas y no le hab�a visto acercarse.</p><p>��Entonces, nunca nos encontramos cara a cara -dijo tranquilamente Pitt.</p><p>Observ� a Gly, por si �ste daba alguna se�al de reconocerle; pero el hombre no pesta�e�.</p><p>��Probablemente no.</p><p>��Est� muy lejos de su pa�s.</p><p>Gly encogi� los anchos hombros.</p><p>��Yo trabajo para quienes me pagan buenos d�lares por mis servicios especiales.</p><p>��En este caso, la m�quina del dinero escupe rublos.</p><p>��Convertidos en oro -a�adi� Gly. Suspir�, fue a ponerse en pie y se estir�. La piel estaba tan tirante y las venas eran tan pronunciadas que le daban un aspecto grotesco. Acab� de levantarse de la silla y mir� hacia arriba, pues su afeitado cr�neo estaba a la altura de la barbilla de Pitt-. Me gustar�a continuar esta conversaci�n sobre los tiempos pasados, se�or Pitt, pero tengo que hacerle varias preguntas y ha de firmar su confesi�n.</p><p>��Comentar� todos los temas que le interesen cuando est� seguro de que los LeBaron y mis amigos no sufrir�n da�o alguno.</p><p>Gly no replic�; solamente le mir� con una expresi�n lindante en indiferencia.</p><p>Pitt previ� un golpe y puso el cuerpo en tensi�n para aguantarlo. Pero Gly no colabor�. En vez de aquello, alarg� despacio una mano y agarr� a Pitt por la base del cuello, por la parte blanda del hombro. Al principio la presi�n fue ligera, una apret�n, pero despu�s se acentu� gradualmente hasta que el dolor se hizo insoportable.</p><p>Pitt agarr� la mu�eca de Gly con ambas manos y trat� de librarse de aquella garra de acero, pero igual habr�a podido tratar de arrancar de ra�z un roble de siete metros. Apret� los dientes hasta que pens� que iban a romperse. Vagamente, a trav�s del fuego que ard�a en su cerebro, pudo o�r la voz de Gly.</p><p>��Est� bien, Pitt, no tiene por qu� soportar esto. D�game simplemente qui�n le orden� desembarcar en esta isla y por qu�. No hace falta que sufra, a menos que sea un masoquista profesional. Cr�ame si le digo que no le gustar�a la experiencia. Diga al general lo que �ste quiere saber. Lo que est� ocultando, sea lo que fuere, no cambiar� el curso de la Historia. No depender�n miles de vidas de ello. �Por qu� sentir que su cuerpo es destrozado d�a tras d�a hasta tener todos los huesos aplastados, rotas todas las articulaciones, reducidos sus tendones a la consistencia de pur� de patata? Porque esto es exactamente lo que le ocurrir� si no colabora. �Lo ha entendido?</p><p>La terrible angustia mengu� cuando Gly afloj� su presa. Pitt se tambale� y mir� a su verdugo con los ojos medio cerrados, mientras se frotaba con una mano la fea moradura que se extend�a por su hombro. Se dio cuenta de que dijera lo que dijese, verdadero o inventado, nunca ser�a aceptado. La tortura continuar�a en forma interminable hasta que cediesen sus recursos f�sicos y perdiese el conocimiento.</p><p>���Le dan un vale por cada confesi�n? -pregunt� Dirk cort�smente.</p><p>��Yo no trabajo a comisi�n -dijo humor�sticamente Gly.</p><p>��Usted gana -dijo sencillamente Pitt-. Aguanto mal el dolor. �Qu� quiere que confiese? �Un intento de asesinar a Fidel Castro o una intriga para convertir a los consejeros rusos en dem�cratas?</p><p>��Solamente la verdad, se�or Pitt.</p><p>��Ya se la he dicho al general Velikov.</p><p>��Tengo la grabaci�n de sus palabras.</p><p>��Entonces sabe que la se�ora LeBaron, Al Giordino, Rudi Gunn y yo trat�bamos de encontrar la clave de la desaparici�n de Raymond LeBaron, mientras busc�bamos un barco naufragado del que se dec�a que conten�a un tesoro. �Qu� hay de siniestro en esto?</p><p>��El general Velikov cree que era un pretexto para una misi�n m�s secreta.</p><p>���Por ejemplo?</p><p>��Un intento de comunicar con los Castro.</p><p>��Rid�culo es la primera palabra que acude a mi mente. Tiene que haber maneras m�s f�ciles para que nuestros gobernantes negocien entre ellos.</p><p>��Gunn nos lo ha contado todo -dijo Gly-. Usted deb�a dirigir la operaci�n para extraviarse en aguas cubanas, donde habr�an sido capturados con un guardacostas y escoltados a la isla. Una vez all�, entregar�an informaci�n vital referente a las negociaciones secretas entre los Estados Unidos y Cuba.</p><p>Pitt estaba ahora aut�nticamente perplejo. Todo esto era griego para �l.</p><p>���ste es el cuento chino m�s est�pido que he o�do en mi vida.</p><p>��Entonces, �por qu� iban armados y pudieron destruir el helic�ptero cubano?</p><p>��No llev�bamos armas -minti� Pitt-. El helic�ptero estall� de pronto delante de nosotros. No puedo darle la raz�n.</p><p>��Entonces, expl�queme por qu� no pudo el guardacostas cubano encontrar alg�n superviviente en el lugar de la cat�strofe.</p><p>��Nosotros est�bamos en el agua. La oscuridad era muy intensa y el mar estaba alborotado. No nos localizaron.</p><p>��Y sin embargo, fueron capaces de nadar seis millas en pleno hurac�n, manteni�ndose juntos los cuatro y llegando ilesos a Cayo Santa Mar�a. �C�mo es posible?</p><p>��Pura suerte, supongo.</p><p>��Ahora es usted quien est� contando un cuento chino, �eh?</p><p>Pitt no tuvo oportunidad de responder. Sin la menor advertencia, Gly le descarg� un pu�etazo en el costado, cerca del ri�on izquierdo.</p><p>El dolor y la s�bita compresi�n estallaron al mismo tiempo dentro de �l. Al hundirse en el negro pozo de la inconsciencia, tendi� una mano a Jessie, pero �sta se ech� a re�r y no hizo el menor movimiento para asirlo.</p></section><section><title><p>31</p></title><p>Una voz grave y resonante le dec�a algo casi al o�do. Las palabras eran vagas y distantes. Un ej�rcito de escorpiones treparon sobre el borde de la cama y empezaron a clavar los aguijones venenosos en su costado. Abri� los ojos. La brillante luz fluorescente le ceg�, y volvi� a cerrarlos. Sinti� que ten�a la cara mojada, pens� que deb�a de estar nadando y abri� los brazos. Entonces, aquella voz habl� m�s claramente.</p><p>��Est� tranquilo, amigo. No hago m�s que rociarle la cara.</p><p>P�tt volvi� a abrir los ojos y vio la cara de un hombre entrado en a�os, de cabellos grises, ojos amables y preocupados, y rostro afectuoso y distinguido. Cuando sus miradas se encontraron, sonri�.</p><p>���Le duele mucho?</p><p>��Bastante.</p><p>���Quiere un poco de agua?</p><p>��S�, por favor.</p><p>Cuando el hombre se irgui�, casi toc� el techo con los cabellos. Sac� una taza de una peque�a bolsa de lona y la llen� en el lavabo.</p><p>P�tt se sujet� el costado y se incorpor� muy despacio hasta quedar sentado. Se sent�a fatal y se dio cuenta de que ten�a un hambre atroz. �Desde cu�ndo no hab�a comido? Su atontada mente no pod�a recordarlo. Acept� el agua, agradecido, y la engull� de golpe. Despu�s mir� a su bienhechor.</p><p>��El viejo, rico y temerario Raymond, supongo.</p><p>LeBaron sonri� forzadamente.</p><p>��Unos calificativos que no me gustan demasiado.</p><p>��No es usted f�cil de definir.</p><p>��Mi esposa me ha dicho que usted le salv� la vida. Quiero darle las gracias.</p><p>��Seg�n el general Velikov, la salvaci�n ha sido nada m�s que temporal.</p><p>La sonrisa de LeBaron se desvaneci�.</p><p>���Qu� le dijo?</p><p>��Dijo textualmente: �Todos tienen que morir�.</p><p>���Le dio alguna raz�n?</p><p>��Me dijo que hab�amos ido a caer en la m�s secreta instalaci�n militar sovi�tica.</p><p>Una mirada reflexiva se pint� en los ojos de LeBaron. Despu�s dijo:</p><p>��Velikov minti�. En principio, esto se mont� para recoger datos de transmisiones en onda corta procedentes de los Estados Unidos, pero el r�pido desarrollo de los sat�lites de escucha hizo que quedara anticuado antes de terminarse.</p><p>���C�mo lo sabe?</p><p>��Me permitieron recorrer la isla. Algo inveros�mil si la zona hubiese sido tan secreta. No he visto indicios de equipos sofisticados de comunicaciones, ni antenas en parte alguna. Tambi�n me hice amigo de varios visitantes cubanos que dejaron escapar retazos de informaci�n. La mejor comparaci�n que puedo hacer es que este lugar es como un retiro de hombres de negocios, un refugio al que vienen ejecutivos de importantes compa��as a discutir y proyectar su estrategia comercial para el a�o pr�ximo. S�lo que aqu�, los oficiales sovi�ticos y cubanos de alto rango se re�nen para discutir temas militares y pol�ticos.</p><p>A Pitt le costaba concentrarse. El ri�on izquierdo le dol�a terriblemente y se sent�a amodorrado. Tambale�ndose, se acerc� al retrete. Su orina estaba te�ida de sangre, pero no mucho, y no crey� que la lesi�n fuese grave.</p><p>��Ser� mejor que no continuemos esta conversaci�n -dijo Pitt-. Probablemente hay alg�n micr�fono oculto en mi celda.</p><p>LeBaron sacudi� la cabeza.</p><p>��No, no lo creo. Esta parte del recinto no fue construida con grandes medidas de seguridad, porque no hay salida. Es como el antiguo penal franc�s de la isla del Diablo; es imposible escapar. La isla de Cuba est� a m�s de veinte millas de distancia. Los tiburones abundan en estas aguas y las corrientes llevan mar adentro. En la otra direcci�n, la tierra m�s pr�xima est� en las Bahamas, a ciento diez millas al nordeste. Si est� pensando en escapar, mi consejo es que lo olvide.</p><p>Pitt volvi� cuidadosamente a su cama.</p><p>���Ha visto a los otros?</p><p>��S�.</p><p>���C�mo est�n?</p><p>��Giordino y Gunn est�n juntos en una habitaci�n a diez metros pasillo abajo. Debido a sus lesiones, se han librado de una visita a la habitaci�n n�mero seis. Hasta ahora, han sido muy bien tratados.</p><p>���Y Jessie?</p><p>La cara de LeBaron se puso ligeramente tensa.</p><p>��El general Velikov ha tenido la amabilidad de reservarnos una de las habitaciones para invitados ilustres. Incluso nos est� permitido comer con los oficiales.</p><p>��Me alegra saber que los dos se han librado de una visita a la habitaci�n n�mero seis.</p><p>��S�, Jessie y yo hemos tenido suerte; nos tratan de una manera bastante humana.</p><p>El tono de LeBaron parec�a poco convincente; hablaba con monoton�a. No hab�a brillo en sus ojos. No era el hombre que se hab�a hecho famoso por sus audaces y caprichosas aventuras y por sus chocantes fiascos dentro y fuera del mundo de los negocios. Parec�a carecer completamente del prodigioso dinamismo que hab�a hecho que su consejo fuese buscado por los financieros y los l�deres del mundo entero. A Pitt le dio la impresi�n de un agricultor arruinado y expulsado de sus tierras por un banquero nada escrupuloso.</p><p>���Y qu� ha sido de Buck Caesar y de Joe Cavilla? -pregunt� Pitt.</p><p>LeBaron se encogi� tristemente de hombros.</p><p>��Buck eludi� la vigilancia de sus guardianes durante un per�odo de ejercicio al aire libre y trat� de huir a nado y empleando el tronco de una palmera ca�da como balsa. Su cuerpo, o lo que quedaba de �ste despu�s de haberse cebado los tiburones en �l, fue arrojado a la playa tres d�as m�s tarde. En cuanto a Joe, despu�s de varias sesiones en la habitaci�n n�mero seis, entr� en coma y muri�. Muy lamentable. No hab�a raz�n para que no colaborase con el general Velikov.</p><p>���No se ha entrevistado usted con Foss Gly?</p><p>��No; me he ahorrado esta experiencia. No s� por qu�. Tal vez el general Velikov cree que soy demasiado valioso como instrumento para una negociaci�n.</p><p>��Por esto me eligi� a m� -dijo tristemente Pitt.</p><p>��Quisiera poder ayudarle, pero el general Velikov desoy� todas mis s�plicas para salvar a Joe. Se muestra igualmente fr�o en el caso de usted.</p><p>Pitt se pregunt� por qu� ser�a que LeBaron se refer�a siempre a Velikov con el respeto debido al rango militar del ruso.</p><p>��No comprendo estos interrogatorios tan brutales. �Qu� pod�an ganar matando a Cavilla? �Qu� esperan obtener de m�?</p><p>��La verdad -dijo simplemente LeBaron.</p><p>Pitt le dirigi� una aguda mirada.</p><p>��Por lo que yo s�, la verdad es que usted y su equipo salieron en busca del <emphasis>Cyclops </emphasis>y desaparecieron. Su esposa y todos nosotros salimos, una vez se hubo recobrado el dirigible, con la esperanza de poder averiguar lo que le hab�a sucedido a usted. D�game si esto suena a falso.</p><p>LeBaron se enjug� con la manga el sudor que hab�a empezado a brotar de su frente.</p><p>��Es in�til que discuta conmigo, Dirk, pues no soy yo el que no cree en usted. La mentalidad rusa ve una mentira detr�s de cada palabra.</p><p>��Usted ha hablado con Jessie. Seguramente �sta le habr� explicado c�mo encontramos el <emphasis>Cyclops </emphasis>y c�mo llegamos a esta isla.</p><p>LeBaron se estremeci� visiblemente cuando Pitt mencion� el <emphasis>Cyclops. </emphasis>De pronto pareci� retroceder ante Pitt. Recogi� su bolsa de lona y se dirigi� a la puerta. �sta se abri� casi inmediatamente y LeBaron sali�.</p><p>Foss Gly estaba esperando cuando entr� LeBaron en la habitaci�n n�mero seis. Estaba sentado all�, como un diablo pensativo, como una m�quina humana de matar, inmune al sufrimiento y a la muerte. Ol�a a carne podrida.</p><p>LeBaron estaba temblando y le tendi� en silencio la bolsa de lona. Gly hurg� en su interior, sac� un peque�o magnet�fono y rebobin� la cinta. Escuch� durante unos segundos para convencerse de que las voces sonaban claras.</p><p>���Confi� en usted? -pregunt� Gly.</p><p>��S�; no intent� ocultarme nada.</p><p>���Trabaja para la C�A?</p><p>��No lo creo. Su llegada a esta isla fue puramente accidental.</p><p>Gly sali� de detr�s de la mesa y agarr� la piel suelta del lado de la cintura de LeBaron, apret�ndola y retorci�ndola en el mismo movimiento. El editor desorbit� los ojos y jade� al sentir el angustioso dolor en todo su cuerpo. Poco a poco, cay� de rodillas sobre el hormig�n.</p><p>Gly se agach� hasta que sus ojos helados y malignos estuvieron a pocas pulgadas de los de LeBaron.</p><p>��No juegue conmigo, gusano -dijo en tono amenazador-, o su dulce esposa ser� la pr�xima que lo pagar� con la mutilaci�n de su cuerpo.</p></section><section><title><p>32</p></title><p>Ira Hagen traz� un c�rculo alrededor de Hudson y Eriksen y decidi� prescindir de Houston. No hab�a necesidad de hacer el viaje. El ordenador a bordo de su reactor le dijo todo lo que necesitaba saber. El n�mero de tel�fono de Texas en la libreta negra del general Fisher conduc�a a la oficina del director de Operaciones de Vuelo de la NASA, Irwin Mitchell, alias Irwin Dupuy. Una comprobaci�n de otro nombre de la lista, Steve Larson, puso de manifiesto que era Steve Busche, director del Centro de Estudios de Vuelo de la NASA en California.</p><p><emphasis>Nueve peque�os indios, y quedaron cuatro�</emphasis></p><p>La lista de Hagen del �c�rculo privado� dec�a ahora:</p><p>Raymond LeBaron� �ltimamente en Cuba.</p><p>General Mark Fisher� Colorado Springs.</p><p>Clyde Booth�Albuquerque.</p><p>Irwin Mitchell�Houston.</p><p>Steve Busche�California.</p><p>Dean Beagle (?)�Filadelfia. (Identidad y paradero no demostrados).</p><p>Daniel Klein (?)�Washington, D.C. (�dem).</p><p>Leonard Hudson�Maryland. (Paradero no demostrado).</p><p>Gunnar Eriksen�Maryland. (�dem).</p><p>S�lo faltaban sesenta y seis horas para que terminase el plazo. Hab�a tenido informado de sus proyectos ai presidente y le hab�a advertido que el tiempo ser�a muy justo para sus investigaciones. El presidente estaba reuniendo ya un equipo de confianza para aprehender a los miembros del �c�rculo privado� y transportarlos a un lugar que todav�a no hab�a especificado. El as de triunfo de Hagen era la proximidad de los tres �ltimos nombres de la lista. Apostaba a que no andar�an lejos el uno de los otros.</p><p>Hagen vari� su rutina y no perdi� tiempo en alquilar un coche cuando su avi�n aterriz� en el Aeropuerto Internacional de Filadelfia. Su piloto hab�a encargado un Lincoln, que estaba esperando cuando Hagen baj� la escalerilla. Durante el viaje de cuarenta kil�metros junto al r�o Schuylkill hasta Valley Forge State Park, trabaj� en su informe al presidente y formul� un plan para acelerar el descubrimiento de Hudson y Eriksen, cuyo n�mero de tel�fono com�n result� ser de una l�nea desconectada en una casa vac�a cerca de Washington.</p><p>Cerr� la cartera cuando el coche cruz� el parque donde hab�a acampado el ej�rcito de George Washington durante el invierno de 1777-1778. Muchos de los �rboles conservaban a�n sus hojas doradas y las onduladas colinas ten�an todav�a que volverse pardas. El conductor entr� en una carretera que serpenteaba en un monte que dominaba el parque. La ruta estaba flanqueada a ambos lados por viejos muros de piedra.</p><p>La hist�rica Horse and Artillery Inn hab�a sido contruida en 1790 como parada de diligencias y venta para los viajeros coloniales, y estaba rodeada de prados de c�sped y de �rboles que daban sombra. Era un pintoresco edificio de tres plantas, con un majestuoso porche y postigos pintados de azul. La posada era un ejemplo aut�ntico de la primitiva arquitectura rural a base de piedra caliza y ten�a una placa que la acreditaba como inscrita en el Registro Nacional de Edificios Hist�ricos.</p><p>Hagen se ape� del autom�vil, subi� los pelda�os del porche amueblado con anticuadas mecedoras y entr� en un vest�bulo lleno de muebles antiguos api�ados alrededor de una acogedora chimenea donde chisporroteaba un le�o. En el comedor, fue conducido a una mesa por una muchacha que vest�a un traje colonial.</p><p>���Est� Dean? -pregunt� como al azar.</p><p>��S�, se�or -respondi� vivamente la doncella-. El senador est� en la cocina. �Desea usted verle?</p><p>��Si pudiese dedicarme unos minutos, le quedar�a muy agradecido.</p><p>���Quiere entretanto ver la carta?</p><p>Hagen examin� la carta y vio que la lista de antiguos platos americanos era muy tentadora. Pero en realidad, su mente estaba lejos de la comida. �Era posible, pens�, que Dean Beagle fuese el senador Dean Porter, que hab�a presidido anta�o el poderoso Comit� de Relaciones Extranjeras y hab�a perdido por poco en las elecciones primarias presidenciales ante George McGovern? Miembro del Senado durante casi tres d�cadas, Porter hab�a dejado una marca indeleble en la pol�tica americana antes de retirarse hac�a ahora dos a�os.</p><p>Un hombre calvo, de setenta y siete o setenta y ocho a�os, cruz� la puerta de batiente de la cocina, enjug�ndose las manos con el borde de un delantal. Un personaje sencillo, con cara de abuelo. Se detuvo junto a la mesa de Hagen y le mir� inexpresivamente.</p><p>���Deseaba verme? -pregunt�.</p><p>Hagen se puso en pie.</p><p>���Senador Porter?</p><p>��S�.</p><p>��Me llamo Ira Hagen. Yo tambi�n exploto restaurantes especializados en platos americanos, pero no tan buenos como los suyos.</p><p>��Leo me dijo que tal vez llamar�a usted a mi puerta -dijo sin rodeos Porter.</p><p>��Si�ntese, por favor.</p><p>���Se quedar� a comer, se�or Hagen?</p><p>��Pensaba hacerlo.</p><p>��Entonces perm�tame que le ofrezca una botella de vino del pa�s a cuenta de la casa.</p><p>��Muchas gracias.</p><p>Porter llam� a la camarera y le dio la orden. Despu�s se volvi� de nuevo a Hagen y le mir� fijamente a los ojos.</p><p>���A cu�ntos de nosotros ha seguido la pista?</p><p>��Usted es el sexto -respondi� Hagen.</p><p>��Ha hecho bien en no ir a Houston. Leo hab�a dispuesto un comit� de recepci�n que le estaba esperando.</p><p>���Ha sido usted miembro del �c�rculo privado� desde el principio, senador?</p><p>��Ingres� en 1964 y contribu� a montar la financiaci�n secreta.</p><p>��Le felicito por su excelente labor.</p><p>��Supongo que trabaja usted para el presidente.</p><p>��Correcto.</p><p>���Qu� quiere hacer �l con nosotros?</p><p>��En definitiva, rendirles los honores que se merecen. Pero su preocupaci�n principal es impedir que su gente en la Luna desencadene una guerra.</p><p>Porter call� cuando la camarera trajo una botella de vino blanco fr�o. La descorch� h�bilmente y verti� vino en su vaso. Tom� un buen sorbo, lo palade� y asinti� con la cabeza.</p><p>��Muy bueno.</p><p>Despu�s llen� el vaso de Hagen.</p><p>��Hace quince a�os, se�or Hagen, nuestro Gobierno cometi� un est�pido error y convirti� nuestra tecnolog�a espacial en un juego de ni�os que fue anunciado como un �apret�n de manos en el espacio�. Si lo recuerda, fue una aventura conjunta a la que se dio gran publicidad entre programas espaciales americanos y rusos, en la que nuestros astronautas del Apolo se encontrar�an y reunir�an con los cosmonautas del Soyuz en �rbita. Yo fui contrario a ello desde el principio, pero el acontecimiento se produjo durante los a�os de distensi�n y mi voz fue solamente un clamor en el desierto. Entonces no confiaba en los rusos, y tampoco me f�o ahora de ellos. Todo su programa espacial estaba montado sobre la propaganda pol�tica y consegu�a pocos logros t�cnicos. Nosotros expusimos a los rusos la tecnolog�a americana, que estaba veinte a�os m�s adelantada que la suya. Despu�s de todo este tiempo, los cacharros espaciales sovi�ticos siguen siendo una porquer�a en relaci�n con todo lo que nosotros hemos creado. Entonces malgastamos cuatrocientos millones de d�lares en una revelaci�n cient�fica. El hecho de que bes�ramos el culo a los rusos mientras ellos zurraban el nuestro s�lo confirma el dicho de Barnum, de que �cada minuto nace un tonto�. Decid� no permitir que aquello ocurriese de nuevo. Por esto no permanecer� inm�vil, ni dejar� que los rusos nos roben los frutos de la Jersey Colony. Si ellos fuesen t�cnicamente superiores a nosotros, estoy seguro de que nos cerrar�an el camino de la Luna.</p><p>��Entonces, est� usted de acuerdo con Leo en que los primeros rusos que pongan el pie en la Luna deben ser eliminados.</p><p>��Har�n todo lo que est� en su poder para apoderarse, como lluvia ca�da del cielo, de todos nuestros avances cient�ficos en la base lunar. Enfr�ntese con la realidad, se�or Hagen. No habr� visto a ning�n agente secreto nuestro que robe alta tecnolog�a rusa y la traiga de contrabando a Occidente. Los sovi�ticos tienen que valerse de nuestros progresos, porque son demasiado est�pidos y miopes para su propia tecnolog�a.</p><p>��No tiene en muy alta estima a los rusos -dijo Hagen.</p><p>��Cuando el Kremlin decida construir un mundo mejor, en vez de dividirlo y dominarlo, puede que yo cambie de idea.</p><p>���Me ayudar� a encontrar a Leo?</p><p>��No -dijo simplemente el senador.</p><p>��Lo menos que puede hacer el �c�rculo privado� es escuchar los argumentos del<emphasis/>presidente.</p><p>���Es para esto para lo que le ha enviado?</p><p>��Esperaba que pudiese encontrarlos a todos ustedes mientras estemos a�n a tiempo.</p><p>���A tiempo de qu�?</p><p>��Antes de cuatro d�as, los primeros cosmonautas sovi�ticos alunizar�n. Si su gente de la Jersey Colony los mata, su Gobierno puede sentirse autorizado para derribar un sat�lite americano o el laboratorio espacial.</p><p>El senador mir� a Hagen, y sus ojos eran fr�os como el hielo.</p><p>��Una conjetura muy interesante. Sospecho que tendremos que esperar a ver lo que pasa, �no?</p></section><section><title><p>33</p></title><p>Pitt emple� la hebilla de la cinta de su reloj como destornillador para sacar los tornillos que sujetaban los goznes del armario. Entonces desliz� la parte plana de una charnela entre el pestillo y el marco de la puerta. Se ajustaba casi perfectamente. Ahora, lo �nico que ten�a que hacer era esperar que viniese el guardia a traerle la cena.</p><p>Bostez� y se tendi� en la cama, pensando en Raymond LeBaron. La imagen que ten�a del famoso magnate del negocio editorial se hab�a deteriorado mucho. LeBaron no daba la medida de su reputaci�n. Ten�a el aspecto de un hombre asustado. Ni una sola vez cit� a Jessie, a Al o a Rudi. Seguramente le habr�an dado alg�n mensaje de �nimo. Hab�a algo muy turbio en las acciones de LeBaron.</p><p>Se sent� en la cama al o�r que se abr�a la puerta. El guardia entr�, sosteniendo una bandeja en una mano. La tendi� a Pitt, que la puso sobre su regazo.</p><p>���Qu� exquisitez me ha tra�do esta tarde? -pregunt� alegremente Pitt.</p><p>El guardi�n torci� desagradablemente los labios y se encogi� de hombros con indiferencia. Pitt no pod�a censurarle por ello. La bandeja conten�a un panecillo amazacotado e ins�pido y un taz�n de estofado de pollo que no pod�a oler peor.</p><p>Pitt ten�a hambre, pero, sobre todo, necesitaba comer para conservar las fuerzas. Engull� a duras penas aquella bazofia, consiguiendo de alguna manera no vomitar. Por �ltimo, devolvi� la bandeja al guardi�n, el cual la tom� en silencio, sali� al corredor y tir� de la puerta.</p><p>Pitt salt� de la cama, se puso de rodillas y desliz� una de las charnelas del armario entre el pestillo y la jamba de la puerta, impidiendo que aqu�l acabase de cerrarse. Casi simult�neamente, apret� el hombro contra la puerta y la golpe� por el segundo gozne para imitar el chasquido del pestillo.</p><p>En cuanto oy� que las pisadas del guardi�n se extingu�an en el pasillo, abri� ligeramente la puerta, arranc� un trozo de esparadrapo del vendaje que cubr�a un corte en el brazo, y lo peg� al tirador del pestillo para mantener la puerta abierta.</p><p>Quit�ndose las sandalias y guard�ndolas debajo del cinto, entorn� la puerta, fij� un cabello en la rendija y, sin hacer ruido, se desliz� por el corredor desierto, apretando el cuerpo contra la pared. No vio se�ales de guardias ni de aparatos de seguridad.</p><p>Su objetivo era encontrar a sus amigos y urdir un p�an para escapar, pero, cuando hab�a andado veinte metros, descubri� una estrecha y circular salida de emergencia, con una escalera que sub�a y se perd�a en la oscuridad. Decidi� ver adonde llevaba. La subida pareci� interminable y Pitt se dio cuenta de que deb�a de haber dejado atr�s todas las plantas subterr�neas. Por fin, al levantar los brazos, toc� una trampa de madera sobre su cabeza. Apoy� la espalda contra ella y ejerci� una lenta presi�n. La trampa cruji� con fuerza al levantarse.</p><p>Pitt respir� hondo y se qued� inm�vil. Transcurrieron cinco minutos y no ocurri� nada, nadie grit�, y cuando al fin levant� lo bastante la trampa, vio el suelo de hormig�n de un garaje en el que hab�a varios veh�culos militares y de transporte. El local era grande, de veinte por treinta metros y tal vez cinco de altura, y el techo estaba sostenido por una serie de viguetas de acero. El aparcamiento estaba a oscuras, pero en el fondo hab�a una oficina brillantemente iluminada. Dos rusos que vest�an uniforme militar estaban sentados a una mesa jugando al ajedrez.</p><p>Pitt sali� de donde estaba, se desliz� detr�s de los veh�culos aparcados, se agach� al pasar por delante de las ventanas de la oficina y sigui� hasta llegar a la puerta de entrada. Llegar tan lejos desde su celda le hab�a parecido sumamente f�cil, pero el obst�culo surgi� donde menos lo esperaba. La puerta ten�a una cerradura el�ctrica. No pod�a activarla sin poner sobre aviso a los jugadores de ajedrez.</p><p>Resguard�ndose en la sombra, resigui� las paredes buscando otra entrada. Pero sab�a que era una causa perdida. Si este edificio estaba al nivel del suelo, se hallar�a probablemente disimulado bajo un mont�culo, con la puerta grande para los veh�culos como �nico medio de entrada y salida.</p><p>Dio una vuelta completa al garaje y volvi� al lugar donde hab�a empezado. Desanimado, estaba a punto de darse por vencido cuando mir� hacia arriba y vio un respiradero en el techo. Parec�a lo bastante ancho para poder pasar por �l.</p><p>Subi� sin hacer ruido encima de un cami�n, levant� los brazos y se encaram� en una de las vigas. Despu�s avanz� sobre ella unos diez metros, hasta llegar al respiradero, y sali� por �ste al exterior. La corriente de aire fresco y h�medo era estimulante. Calcul� que el viento que hab�a sucedido al hurac�n ten�a solamente una velocidad de unas veinte millas por hora. El cielo estaba s�lo parcialmente cubierto y hab�a una media luna que permit�a distinguir vagamente objetos a cien pies de distancia.</p><p>Ahora su problema era salvar el alto muro de la cerca. La caseta del guardia, junto a la verja, estar�a ocupada, por lo que no tendr�a manera de repetir la entrada que hab�a hecho dos noches atr�s.</p><p>Al fin, la suerte vino en su ayuda una vez m�s. Camin� a lo largo de un peque�o canal de desag�e que pasaba por debajo del muro. Avanz� agachado, pero le cort� el paso una reja de hierro. Afortunadamente, los barrotes estaban tan oxidados por el aire salino tropical que pudo doblarlos con facilidad.</p><p>Tres minutos m�s tarde, hab�a salido del recinto y corr�a entre las palmeras que flanqueaban el estropeado camino. No hab�a se�ales de guardias ni de c�maras electr�nicas de vigilancia, y los achaparrados arbustos contribu�an a ocultar su silueta del resplandor de la arena. Corri� en diagonal hacia la playa, hasta que se encontr� con la valla electrificada.</p><p>Finalmente, lleg� a la parte da�ada por el hurac�n. Hab�a sido reparada, pero supo que era el lugar correcto, porque la palmera que hab�a causado el da�o yac�a cerca de all�. Se puso de rodillas y empez� a cavar la arena con las manos, debajo de la valla. Cuando m�s hondo cavaba, m�s arena ca�a al fondo desde los lados. Por esto pas� casi una hora antes de que pudiese hacer un hueco lo bastante profundo para deslizarse sobre la espalda hasta el otro lado.</p><p>Le dol�an el hombro y el ri�on y sudaba como una esponja empapada. Trat� de volver al lugar donde hab�an llegado entre las rocas. El paisaje no parec�a el mismo bajo la p�lida luz de la luna, aunque, por haber tenido entonces los ojos casi cerrados, no pod�a recordar c�mo era cuando hab�an llegado all� azotados por el hurac�n.</p><p>Pitt camin� arriba y abajo por la playa, buscando entre las formaciones rocosas, y a punto estaba de darse por vencido cuando vio que la luz de la luna se reflejaba en un objeto sobre la arena. Alarg� las manos y toc� el dep�sito de carburante del motor fuera borda del bote hinchable. El vastago y la h�lice estaban enterrados en la arena a unos diez metros de la l�nea marcada por la marea alta. Apart� la h�meda arena hasta que pudo extraer el motor. Despu�s se lo carg� a la espalda y ech� a andar por la playa, alej�ndose del recinto de los.rusos.</p><p>No sab�a adonde iba ni d�nde iba a esconder el motor. Sus pies se hund�an en la arena y la carga de treinta kilos dificultaba todav�a m�s su marcha. Ten�a que pararse a descansar cada pocos centenares de metros.</p><p>Hab�a caminado dos o tres kil�metros cuando encontr� una calle cubierta de hierbajos que discurr�a entre varias hileras de casas desiertas y ruinosas. La mayor�a de ellas eran poco m�s que chozas y se agrupaban alrededor de una peque�a laguna. Deb�a de haber sido un pueblo de pescadores, pens� Pitt. No pod�a saber que era uno de los poblados cuyos vecinos hab�an sido echados de all� y trasladados a tierra m�s firme durante la ocupaci�n sovi�tica.</p><p>Dej� con alivio el motor en el suelo y empez� a registrar las casas. Las paredes y los techos eran de chapa de hierro ondulada y de tablas. Quedaban muy pocos muebles. Encontr� una barca varada en la playa, pero en seguida perdi� toda esperanza de poder utilizarla. El casco estaba podrido.</p><p>Pitt consider� la posibilidad de construir una balsa, pero necesitar�a demasiado tiempo y no pod�a correr el riesgo de ensamblar las piezas de madera, con la doble dificultad de trabajar a oscuras y sin herramientas. El resultado no ofrec�a muchas garant�as en un mar agitado.</p><p>La esfera luminosa de su reloj marcaba la una y media. Si quer�a encontrar a Giordino y a Gunn y hablar con ellos, ten�a que darse prisa. Se pregunt� c�mo podr�a hacerse con carburante para el fueraborda, pero ahora no ten�a tiempo de buscar la soluci�n. Calcul� que tardar�a al menos una hora en volver a su celda.</p><p>Encontr� una vieja ba�era de hierro junto a una barraca derrumbada. Dej� el motor fuera borda en el suelo y volvi� la ba�era boca abajo encima de �l. Despu�s arroj� encima de ella unos neum�ticos y un colch�n medio podrido y desanduvo su camino, teniendo buen cuidado de borrar sus pisadas con una hoja de palmera hasta que se hubo alejado unos veinticinco metros.</p><p>La vuelta fue m�s f�cil que la ida. Lo �nico que tuvo que recordar fue enderezar los barrotes del canal de desag�e. Se pregunt� por qu� no estar�a llena aquella instalaci�n isle�a de guardias de seguridad, pero entonces se acord� de que la zona era constantemente sobrevolada por aviones esp�as americanos, cuyas c�maras ten�an la extraordinaria facultad de sacar fotograf�as en las que pod�a leerse el nombre de una pelota de golf a pesar de haber sido tomadas desde treinta mil metros de altura.</p><p>Los sovi�ticos deb�an haber pensado que, m�s que una fuerte seguridad, era mejor dar al lugar el aspecto de una isla abandonada y sin vida. Los disidentes cubanos que hu�an del r�gimen de Castro no se detendr�an en ella y cualquier comando de exiliados cubanos la pasar�a por alto si se dirig�a a la isla principal. Como nadie desembocar�a ni saldr�a de all�, los rusos no ten�an nada que guardar.</p><p>Pitt baj� a trav�s del respiradero y cruz� sin ruido el garaje en direcci�n a la salida. El pasillo segu�a desierto. Observ� la puerta y vio que el cabello segu�a en su sitio.</p><p>Su plan era buscar a Gunn y a Giordino. Pero no quer�a abusar de su suerte. Aunque su encierro no era muy severo, siempre exist�a el problema de un descubrimiento casual. Si Pitt era sorprendido ahora fuera de su celda, ser�a el fin. Si Velikov y Gly no le hab�an ejecutado todav�a era porque cre�an tenerle a buen recaudo.</p><p>Decidi� que ten�a que arriesgarse. Tal vez no tendr�a otra oportunidad. Los ruidos resonaban mucho en el pasillo de hormig�n. Si no ten�a que alejarse demasiado, tendr�a tiempo sobrado de volver a su celda si o�a pisadas.</p><p>La habitaci�n contigua a la suya era un dep�sito de pinturas. La registr� durante unos minutos pero no encontr� nada �til. Al otro lado del pasillo, hab�a dos habitaciones vac�as. La tercera conten�a art�culos de fontaner�a. Entonces abri� otra puerta y se encontr� con las caras sorprendidas de Gunn y Giordino. Entr� r�pidamente, cuidando de que no se cerrase el pestillo.</p><p>���Dirk! -grit� Giordino.</p><p>��No levantes la voz -murmur� Pitt.</p><p>��Me alegro de verte, amigo.</p><p>���Hab�is comprobado que no haya micros en esta habitaci�n? -pregunt� Pitt.</p><p>��Lo hicimos apenas nos metieron en ella -respondi� Gunn-. No hay nada.</p><p>Entonces vio Pitt las feas moraduras alrededor de los ojos de Giordino.</p><p>��Ya veo que has estado con Foss Gly en la habitaci�n n�mero seis.</p><p>��Sostuvimos una conversaci�n muy interesante. Aunque �l llev� la voz cantante.</p><p>Pitt mir� a Gunn, pero no vio ninguna se�al.</p><p>���Y t�?</p><p>��Es demasiado listo para levantarme la tapa de los sesos -dijo</p><p>Gunn, con una agria sonrisa. Se�al� su tobillo fracturado. La escayola hab�a desaparecido-. Le resulta m�s pr�ctico retorcerme el pie.</p><p>���Y Jessie?</p><p>Gunn y Giordino intercambiaron una mirada triste.</p><p>��Tememos lo peor -dijo Gunn-. Al y yo o�mos unos gritos de mujer al salir del ascensor por la tarde.</p><p>��Ven�amos de que nos interrogara ese untuoso bastardo de Vetikov.</p><p>��Es su sistema -explic� Pitt-. El general emplea el guante de seda y despu�s te entrega a Gly, para que emplee su pu�o de hierro. -Pase� irritado por la peque�a habitaci�n-. Tenemos que encontrar a Jessie y salir de aqu�, cueste lo que cueste.</p><p>���C�mo? -pregunt� Giordino-. LeBaron nos ha visitado y nos ha dicho que es imposible escapar de la isla.</p><p>��Yo no conf�o m�s en el rico y arrojado Raymond que en la posibilidad de destruir este edificio -dijo r�pidamente Pitt-. Creo que Gly le ha convertido en gelatina.</p><p>��Me parece que tienes raz�n.</p><p>Gunn se volvi� de lado en su litera, acarici�ndose el tobillo roto.</p><p>���C�mo piensas salir de la isla?</p><p>��He encontrado y escondido el motor fuera borda, para el caso de que pueda robar una barca.</p><p>���Qu�? -Giordino mir� a Pitt con incredulidad-. �Saliste de aqu�?</p><p>��No ha sido exactamente un paseo agradable -respondi� Pitt-. Pero he descubierto una manera de escapar hacia la playa.</p><p>��Robar una barca es imposible -dijo rotundamente Gunn.</p><p>��Entonces, sabes algo que yo no s�.</p><p>��Mis nociones de ruso me han servido de algo. He escuchado conversaciones entre los guardianes. Tambi�n pude ver unos pocos fragmentos de los papeles que tiene Velikov en su despacho. Una informaci�n bastante interesante es que la isla es abastecida de noche por un submarino.</p><p>���Por qu� buscarse tantas complicaciones? -murmur� Giordino-. A m� me parece que un transporte por barco ser�a m�s eficaz.</p><p>��Esto requerir�a operaciones de desembarco que podr�an ser vistas desde el aire -le explic� Gunn-. Sea lo que fuere lo que sucede aqu�, quieren llevarlo en el m�s absoluto secreto.</p><p>��Estoy de acuerdo con esto -dijo Pitt-. Los rusos se han tomado mucho trabajo para que la isla parezca desierta.</p><p>��No es de extra�ar que se impresionasen cuando entramos por la puerta principal -dijo Giordino, reflexivamente-. Esto explica los interrogatorios y las torturas.</p><p>��Tanta mayor raz�n para que procuremos salir de aqu� y salvar nuestras vidas.</p><p>��Y avisar a nuestras agencias de informaci�n -a�adi� Gunn.</p><p>���Cu�ndo piensas largarte? -pregunt� Giordino.</p><p>��Ma�ana por la noche, inmediatamente despu�s de que el guardia traiga la cena.</p><p>Gunn dirigi� a Pitt una larga y dura mirada.</p><p>��Tendr�s que irte solo, Dirk.</p><p>��Llegamos juntos, y juntos nos marcharemos.</p><p>Giordino sacudi� la cabeza.</p><p>��No podr�as llevarnos a Jessie y a nosotros dos sobre la espalda.</p><p>��Tiene raz�n -dijo Gunn-. Al y yo no estamos en condiciones de caminar ni veinte metros, aunque sea arrastr�ndonos. Es mejor que nos quedemos a correr el riesgo de dar al traste con tus posibilidades. Ll�vate a los LeBaron y salid nadando, por todos los demonios, hacia los Estados Unidos.</p><p>��No puedo confiar en Raymond LeBaron. Estoy seguro de que nos delatar�a. Minti� como un condenado al declarar que la isla no es m�s que un retiro para hombres de negocios.</p><p>Gunn sacudi� la cabeza, con incredulidad.</p><p>���Qui�n oy� jam�s hablar de un lugar de retiro para militares que torturan a sus invitados?</p><p>��Olv�date de LeBaron -dijo Giordino, resplandeciendo de c�lera sus ojos-. Pero, por el amor de Dios, salva a Jessie antes de que la mate ese hijo de perra de Gly.</p><p>Pitt se qued� confuso.</p><p>��No puedo marcharme de aqu� y dejaros a los dos en manos del destino.</p><p>��Si no lo haces -dijo gravemente Gunn-, t� morir�s tambi�n, y no quedar� nadie con vida para contar lo que sucede aqu�.</p></section><section><title><p>34</p></title><p>El ambiente era de tristeza, aunque mitigada por la larga distancia en el tiempo. No m�s de cien personas se hab�an reunido para la ceremonia, a esa temprana hora. A pesar de la presencia del presidente, s�lo un canal de televisi�n hab�a enviado un equipo. La peque�a concurrencia guardaba silencio en un rinc�n apartado de Rock Creek Park, escuchando el final del breve discurso del presidente.</p><p>��� Y as� nos hemos reunido esta ma�ana para rendir un tard�o tributo a los ochocientos americanos que murieron cuando el buque de transporte de tropas, el <emphasis>Leopoldville, </emphasis>fue torpedeado frente al puerto de Cherburgo, Francia, la v�spera de Navidad de 1944.</p><p>�Nunca se hab�a negado a una tragedia de guerra un honor tan merecido. Nunca se ha ignorado tan completamente una tragedia semejante.</p><p>Hizo una pausa y se�al� hacia una estatua cubierta. Entonces se retir� el pa�o, revelando la figura solitaria de un soldado en actitud valiente y expresi�n resuelta, llevando un capote militar, y todo el equipo de campa�a y un fusil M-l colgado de un hombro. Hab�a una dignidad dolorosa en aquella estatua en bronce y de tama�o natural de un combatiente, realzada por una ola que lam�a sus tobillos.</p><p>Despu�s de un minuto de aplausos, el presidente, que hab�a servido en Corea como teniente de una compa��a de artiller�a del Marine Corps, empez� a estrechar las manos de supervivientes del <emphasis>Leopoldville </emphasis>y de otros veteranos de la Panther Divisi�n. Cuando se dirig�a al autom�vil de la Casa Blanca, se puso r�gido de pronto al estrechar la mano del d�cimo hombre de la fila.</p><p>��Un discurso muy conmovedor, se�or presidente -dijo una voz conocida-. �Podr�a hablar con usted en privado?</p><p>Los labios de Leonard Hudson se dilataron en una ir�nica sonrisa. No se parec�a en nada al caddy Reggie Salazar. Sus cabellos eran espesos y grises, lo mismo que la barba mefistof�lica. Llevaba un su�ter con cuello de tortuga debajo de la chaqueta de tweed</p><p>Los pantalones de franela eran de color caf� y los zapatos ingleses de cuero estaban impecablemente lustrados. Parec�a salido de un anuncio de co�ac de la revista <emphasis>Town &amp; Country.</emphasis></p><p>El presidente se volvi� y habl� a un agente del Servicio Secreto que estaba a menos de medio metro de su codo.</p><p>��Este hombre me acompa�ar� hasta la Casa Blanca.</p><p>��Un gran honor, se�or -dijo Hudson.</p><p>El presidente le mir� fijamente durante un instante y decidi� llevar adelante el juego. Su cara se ilumin� con una amistosa sonrisa.</p><p>��No puedo perderme la oportunidad de recordar an�cdotas de la guerra con un viejo compa�ero, �verdad, <emphasis>Joe?</emphasis></p><p>La caravana presidencial entr� en Massachusetts, haciendo centellear sus luces rojas y sonar las sirenas por encima del ruido del tr�fico en la hora punta. Los dos hombres guardaron silencio durante un par de minutos. Por fin Hudson dio el primer paso.</p><p>���Recuerda usted d�nde nos conocimos?</p><p>��No -minti� el presidente-, Su cara no me parece en modo alguno conocida.</p><p>��Supongo que tiene que ver a tanta gente�</p><p>��Francamente, tengo cosas m�s importantes en las que pensar.</p><p>Leonard Hudson hizo caso omiso de la aparente hostilidad del presidente.</p><p>���Como meterme en la c�rcel?</p><p>��Una cloaca me parecer�a un sitio m�s adecuado.</p><p>��Usted no es la ara�a, se�or presidente, y yo no soy la mosca. Puede parecer que me he metido en una trampa, en este caso un coche rodeado de un ej�rcito de guardaespaldas del Servicio Secreto, pero mi salida en paz y tranquilidad est� garantizada.</p><p>���Otra vez el viejo truco de la bomba simulada?</p><p>��Ahora es diferente. Un explosivo de pl�stico est� sujeto debajo de una mesa en un restaurante de cuatro tenedores de la ciudad. Hace exactamente ocho minutos que el senador Adri�n Gorman y el secretario de Estado, Douglas Oates, se han sentado a aquella mesa para desayunar juntos.</p><p>��Es un farol.</p><p>��Tal vez s�, pero si no lo es, mi captura dif�cilmente valdr�a la carnicer�a que se producir�a en el interior de un restaurante lleno a rebosar.</p><p>���Qu� quiere esta vez?</p><p>��Retire a su sabueso.</p><p>��Hable claro, por el amor de Dios.</p><p>��Qu�teme a Ira Hagen de encima mientras todav�a pueda respirar.</p><p>���Qui�n?</p><p>��Ira Hagen, un viejo condisc�pulo suyo que trabaj� en el Departamento de Justicia.</p><p>El presidente mir� a trav�s de la ventanilla, como tratando de recordar.</p><p>��Parece que ha pasado una eternidad desde la �ltima vez que habl� con Ira.</p><p>��No hace falta que mienta, se�or presidente. Usted le contrat� para que descubriese el �c�rculo privado�.</p><p>���Qu�? -El presidente fingi� una aut�ntica sorpresa. Despu�s se ech� a re�r-. Olvida usted qui�n soy. Me bastar�a una llamada telef�nica para que todo el FBI, la C�A y al menos otras cinco agencias de informaci�n se les echasen encima.</p><p>��Entonces, �por qu� no lo ha hecho?</p><p>��Porque he preguntado a mis consejeros cient�ficos y a algunas personas muy respetadas que participan en nuestro programa espacial. Y todos est�n de acuerdo. La Jersey Colony es un castillo en el aire. Se expresa usted muy bien, Joe, pero no es m�s que un farsante que vende alucinaciones.</p><p>Hudson se desconcert�.</p><p>��Juro por Dios que Jersey Colony es una realidad.</p><p>��S�, est� a medio camino entre Oz y Shangri-l�.</p><p>��Cr�ame, Vince, cuando nuestros primeros colonos regresen de la Luna, la noticia inflamar� la imaginaci�n del mundo.</p><p>El presidente hizo caso omiso del descarado empleo de su nombre de pila.</p><p>��Lo que le gustar�a realmente es que anunciase una batalla simulada con los rusos por el dominio de la Luna. �Qu� es lo que pretende? �Es usted un agente de publicidad de Hollywood que trata de promocionar una pel�cula espacial, o se ha escapado de una cl�nica mental?</p><p>Hudson no pudo reprimir su c�lera.</p><p>���Idiota! -grit�-. No puede volver la espalda a la m�s grande haza�a cient�fica de la historia.</p><p>��F�jese en lo que voy a hacer. -El presidente descolg� el tel�fono del coche-. Roger, detenga el autom�vil. Mi invitado va a apearse.</p><p>Al otro lado del cristal, el ch�fer del Servicio Secreto levant� una mano del volante en se�al de comprensi�n. Despu�s inform� de la orden del presidente a los otros veh�culos. Un momento m�s tarde, la caravana entr� en una tranquila calle residencial y se detuvo junto a la acera.</p><p>El presidente alarg� una mano y abri� la portezuela.</p><p>��Final de trayecto, Joe. No s� qu� piensa hacer con Ira Hagen, pero si me entero de su muerte, ser� el primero en declarar en el juicio que usted le amenaz�. Es decir, si no le han ejecutado ya por cometer un asesinato en masa en un restaurante.</p><p>Irritado y confuso, Hudson baj� despacio del autom�vil. Vacil� antes de acabar de hacerlo.</p><p>��Est� cometiendo un terrible error -dijo, en tono acusador.</p><p>��No ser� la primera vez -dijo el presidente, dando por terminada la conversaci�n.</p><p>El presidente se retrep� en su asiento y sonri� con aire satisfecho. Una magn�fica representaci�n, pens�. Hudson estaba perplejo y constru�a barricadas donde no deb�a. Aplazar una semana la inauguraci�n del monumento al <emphasis>Leopoldville </emphasis>hab�a sido una astuta maniobra. Tal vez una molestia para los veteranos que hab�an acudido, pero muy conveniente para un viejo fantasma como Hagen.</p><p>Hudson se qued� plantado en la hermosa avenida, contemplando c�mo se alejaba la caravana y se perd�a de vista al doblar la primera esquina. Estaba confuso y desorientado.</p><p>���Maldito y est�pido bur�crata! -grit�, presa de la m�s absoluta frustraci�n.</p><p>Una mujer que paseaba un perro por la acera le dirigi� una mirada de disgusto.</p><p>Una camioneta Ford sin distintivos redujo la marcha y se detuvo, y Hudson subi� a ella. Hab�a en su interior unas sillas tapizadas de cuero, alrededor de una pulida mesa de secoya. Dos hombres, impecablemente vestidos con trajes de calle, le miraron con expectaci�n mientras �l se sentaba cansadamente en una de las sillas.</p><p>���C�mo te ha ido? -pregunt� uno de ellos.</p><p>��El est�pido bastardo me ech� de su autom�vil -dijo desesperado Hudson-. Dice que no ha visto a Ira Hagen en muchos a�os, y pareci� importarle un bledo que le mat�semos y vol�semos el restaurante.</p><p>��No me sorprende -dijo un hombre de mirada intensa, cara cuadrada y colorada, y nariz de c�ndor-. Es un tipo pragm�tico como el infierno.</p><p>Gunnar Eriksen ten�a una pipa apagada entre los labios.</p><p>���Qu� m�s? -pregunt�.</p><p>��Dijo que cre�a que la Jersey Colony era una broma -contest� Hudson.</p><p>���Te reconoci�?</p><p>��Creo que no. Sigui� llam�ndome Joe.</p><p>��Pudo ser una comedia.</p><p>��Se mostr� muy convincente.</p><p>Eriksen se volvi� al otro hombre.</p><p>���C�mo lo interpretas t�?</p><p>��Hagen es un enigma. He vigilado de cerca al presidente y no he descubierto ning�n contacto entre ellos.</p><p>���No puede ser que Hagen haya sido contratado por uno de los directores de las agencias de informaci�n? -pregunt� Eriksen.</p><p>��Por lo menos, seguro que no por canales ordinarios. La �nica reuni�n que celebr� el presidente con alg�n miembro de los servicios de informaci�n fue para recibir un informe de Sam Emmett, del FBI. No pude ver este informe, pero estaba relacionado con los tres cad�veres encontrados en el dirigible de LeBaron. Aparte de esto, no ha hecho nada.</p><p>��No; estoy seguro de que ha hecho algo. -La voz de Hudson era tranquila pero rotunda-. Temo que hemos menospreciado su astucia.</p><p>���En qu� sentido?</p><p>��Sab�a que yo volver�a a ponerme en contacto con �l y le pedir�a que nos quitase a Hagen de encima.</p><p>���Qu� te ha hecho sacar esta conclusi�n? -pregunt� Nariz de C�ndor.</p><p>��Hagen -respondi� Hudson-. Ning�n buen agente secreto llama la atenci�n sobre s� mismo. Y Hagen era uno de los mejores. Deb�a tener buenas razones para anunciar su presencia con aquella llamada telef�nica al general Fisher y su peque�a charla cara a cara con el senador Porter.</p><p>��Pero, �por qu� quer�a el presidente forzarnos la mano, si no nos exigi� ni pidi� nada? -pregunt� Eriksen.</p><p>Hudson sacudi� la cabeza.</p><p>��Esto es lo que me alarma, Gunnar. No acierto a ver qu� tenemos que ganar con ello.</p><empty-line/><p>Inadvertida en el intenso tr�fico, una vieja y polvorienta caravana con matr�cula de Georgia se manten�a a una discreta distancia detr�s de la camioneta. En su interior, Ira Hagen se sent� a una mesita, con unos auriculares y un micr�fono sujetos a la cabeza, y descorch� una botella de Martin Ray Cabernet Sauvignon. Dej� la botella abierta, mientras ajustaba el bot�n de sonido de un receptor de onda corta conectado a un magnet�fono.</p><p>Despu�s levant� los auriculares, dejando al descubierto una oreja.</p><p>��Se est� desvaneciendo el sonido. Acerq�ese un poco,</p><p>El conductor, que llevaba una revuelta barba postiza y una gorra de b�isbol de los Atlanta Braves, respondi� sin mirar atr�s:</p><p>��Tuve que frenar cuando un taxi me cort� el paso. Recuperar� la distancia en la pr�xima manzana.</p><p>��No los pierda de vista hasta que aparquen.</p><p>���De qu� se trata? �Tr�fico de drogas?</p><p>��Nada tan ex�tico -respondi� Hagen-. Se sospecha que est�n enzarzados en una partida de poker mientras viajan.</p><p>���Vaya una cosa! -gru�� el conductor, sin advertir la pulla.</p><p>��El juego es todav�a ilegal.</p><p>��Tambi�n lo es la prostituci�n, y es mucho m�s divertido.</p><p>��Mantenga los ojos fijos en la camioneta -dijo Hagen, en tono oficial-. Y no deje que se alejen a m�s de una manzana.</p><p>La radio crepit�.</p><p>��T-bone, aqu� Porterhouse.</p><p>��Le oigo, Porterhouse.</p><p>��Podemos ver a Sirloin, pero preferir�amos volar m�s bajo. Si se mezclase con alg�n otro veh�culo de color parecido debajo de los �rboles o detr�s de un edificio, podr�amos perderlo.</p><p>Hagen se volvi� y mir� por la ventanilla de atr�s de la caravana hacia el helic�ptero.</p><p>���A qu� altura est�?</p><p>��El l�mite para los aviones en esta parte de la ciudad es de cuatrocientos metros. Pero no es �ste el �nico problema. Sirloin se dirige hacia el paseo del Capitolio. No podemos sobrevolar aquella zona.</p><p>��Contin�a, Porterhouse. Conseguir� que con ustedes hagan una excepci�n.</p><p>Hagen hizo una llamada por el tel�fono del coche y volvi� a comunicar con el piloto del helic�ptero en menos de un minuto.</p><p>��Soy T-bone, Porterhouse. Puede volar a cualquier altura sobre la ciudad, mientras no ponga vidas en peligro. �Entendido?</p><p>��Hombre, debe usted tener mucha influencia.</p><p>��Mi jefe conoce a mucha gente importante. No pierda de vista a Sirloin.</p><p>Ira Hagen levant� la tapa de una costosa cesta de picnic de Abercrombie &amp; Fitch y abri� una lata de foiegras. Despu�s escanci� el vino y volvi� a escuchar por los auriculares.</p><p>No hab�a duda de que Leonard Hudson era uno de los hombres que iban en la camioneta. Y Gunnar Eriksen era mencionado por su nombre de pila. Pero la identidad del tercer hombre segu�a siendo el misterio.</p><p>El factor desconocido sacaba de quicio a Hagen. Ocho hombres del �c�rculo privado� le eran conocidos, pero el noveno estaba todav�a oculto en las tinieblas. Los hombres de la camioneta se dirig�an� �adonde? �Qu� clase de instalaci�n albergaba a la sede de! proyecto de Jersey Colony? Un nombre tonto, Jersey Colony. �Cu�l era su significado? �Guardaba alguna relaci�n con el Estado de New Jersey? Ten�a que haber algo que pudiese explicar la causa de que ninguna informaci�n sobre el establecimiento de la base lunar hubiese llegado a conocimiento de alg�n alto funcionario del Gobierno. Alguien con m�s poder que Hudson o Eriksen ten�a que ser la clave. Tal vez el �ltimo nombre de la lista del �c�rculo privado�.</p><p>��Aqu� Portehouse. Sirloin se dirige al nordeste por la Rhode Island Avenue.</p><p>��Tomo nota -respondi� Hagen.</p><p>Extendi� un mapa del Distrito de Columbia sobre la mesa y desdobl� otro de Maryland. Empez� a trazar una l�nea con l�piz rojo, extendi�ndola al pasar desde el Distrito a Prince George's County. Rhode Island Avenue se convirti� en la Autopista 1 y gir� hacia el norte en direcci�n a Baltimore.</p><p>���Tiene alguna idea de adonde van? -pregunt� el conductor.</p><p>��Ninguna -respondi� Hagen-. A menos que� -murmur� para s�.</p><p>La Universidad de Maryland. A menos de veinte kil�metros del centro de Washington, Era natural que Hudson y Eriksen se mantuviesen cerca de una instituci�n acad�mica para aprovechar sus medios de investigaci�n.</p><p>Hagen habl� por el micro:</p><p>��Porterhouse, aguce la vista. Es posible que Sirloin se dirija a la Universidad.</p><p>��Comprendido, T-bone.</p><p>Cinco minutos m�s tarde, la camioneta sali� de la autopista y cruz� la peque�a ciudad de College Park. Despu�s de aproximadamente dos kil�metros, se meti� en un importante centro comercial, en cuyos dos extremos hab�a unos conocidos almacenes. El parking estaba lleno de coches de compradores. Ces� toda conversaci�n en el interior de la camioneta, y esto pill� desprevenido a Hagen.</p><p>���Maldici�n! -jur�.</p><p>��Porterhouse -dijo la voz del piloto del helic�ptero.</p><p>��Le oigo.</p><p>��Sirloin acaba de detenerse debajo de un gran cobertizo delante de la entrada principal. No tengo contacto visual con �l.</p><p>��Espere a que aparezca de nuevo -orden� Hagen-, y s�gale. -Se levant� de la mesa y se puso detr�s del conductor-. P�guese a �l.</p><p>��No puedo. Hay al menos seis coches entre �l y yo.</p><p>���Se ha apeado alguien y entrado en los almacenes?</p><p>��Es dif�cil saberlo, con tanto gent�o. Pero me pareci� que dos o tal vez tres cabezas se asomaban de la camioneta.</p><p>���Pudo ver bien el tipo al que recogieron en la ciudad? -pregunt� Hagen.</p><p>��Cabellos y barba grises. Delgado, de m�s o menos un metro setenta y cinco de estatura. Su�ter con cuello de tortuga, chaqueta de tweed y pantal�n marr�n. S�, le reconocer�a.</p><p>��D� la vuelta a la zona de aparcamiento y mire si le ve. Es posible que �l y sus compinches cambien de autom�vil. Yo voy a entrar en el centro comercial.</p><p>��Sirloin se mueve -anunci� el piloto del helic�ptero.</p><p>��S�gale, Porterhouse -dijo Hagen-. Yo estar� fuera del aire durante un rato.</p><p>��Entendido.</p><p>Hagen salt� de la caravana y corri� entre la multitud de compradores y entr� en el centro comercial. Era como buscar tres agujas en un pajar. Sab�a el aspecto que ten�a Hudson y hab�a conseguido fotograf�as de Gunnar Eriksen, pero uno de ellos o los dos pod�an estar todav�a dentro de la camioneta.</p><p>Corri� fren�ticamente de una tienda a otra, observando las caras, estudiando cada cabeza masculina que sobresal�a de la multitud de compradoras femeninas. �Por qu� ten�a que ser un fin de semana?, pens�. Otro d�a cualquiera, y a una hora tan temprana, habr�a podido disparar all� un ca��n sin alcanzar a nadie. Despu�s de casi una hora de b�squeda infructuosa, sali� al exterior e hizo una se�a a la caravana para que se detuviera.</p><p>���Los ha localizado? -pregunt�, aunque sab�a de antemano la respuesta.</p><p>El conductor sacudi� la cabeza.</p><p>��Se tarda casi diez minutos en dar toda la vuelta. El tr�fico es demasiado denso y la gente conduce como aut�matas cuando est�n buscando aparcamiento. Sus sospechosos pueden haber encontrado f�cilmente otra salida y haberse largado por ella, mientras yo estaba en el otro lado del edificio.</p><p>Hagen descarg� un pu�etazo de frustraci�n contra la caravana. Hab�a llegado tan cerca, tan endiabladamente cerca, s�lo para fracasar en el �ltimo momento.</p></section><section><title><p>35</p></title><p>Pitt resolvi� el problema de poder dormir sin el constante resplandor de la l�mpara fluorescente por el sencillo procedimiento de subirse encima del armario y desconectar los tubos. No se despert� hasta que el guardi�n le trajo el desayuno. Se sent�a relajado y empez� a comer las espesas gachas como si fuesen su plato predilecto. El guardia pareci� perplejo al encontrarse con que la l�mpara estaba apagada, pero Pitt se limit� a extender las manos en un adem�n de ignorancia y de impotencia, y termin� las gachas.</p><p>Dos horas m�s tarde fue llevado al despacho del general Velikov. All� fue sometido a la acostumbrada espera interminable encaminada a quebrantar sus barreras emocionales. Pero, Dios m�o, �qu� ingenuos eran los rusos! Sigui� el juego, paseando arriba y abajo como si estuviese muy nervioso.</p><p>Las pr�ximas veinticuatro horas ser�an, por lo menos, cr�ticas. Confiaba en que podr�a escapar de nuevo del recinto, pero no pod�a prever qu� nuevos obst�culos se levantar�an a su paso, ni si ser�a capaz de hacer un esfuerzo f�sico despu�s de otra entrevista con Foss Gly.</p><p>Pero no cab�a un aplazamiento, no pod�a volver atr�s. De alguna manera, ten�a que salir esta noche de la isla.</p><p>Por fin entr� Velikov en la habitaci�n y observ� a Pitt durante varios segundos antes de dirigirse a �l. Hab�a una ostensible frialdad en el general, una dureza inconfundible en su mirada. Se�al� con la cabeza una silla de madera que no hab�a estado en la habitaci�n durante la �ltima entrevista, invitando a Pitt a sentarse en ella. Cuando habl�, lo hizo en tono amenazador.</p><p>���Firmar� una confesi�n aut�ntica de que es un esp�a?</p><p>��Si esto le complace�</p><p>��No se pase de listo conmigo, se�or Pitt.</p><p>Pitt no pudo contener su ira, que se sobrepuso a su sentido com�n.</p><p>��No soporto a los salvajes que torturan a las mujeres.</p><p>Velikov arque� las cejas.</p><p>��Expliq�ese.</p><p>Pitt repiti� las palabras de Gunn y de Giordino como si fuesen suyas.</p><p>��El ruido resuena en los pasillos de hormig�n. He o�do los gritos de Jessie LeBaron.</p><p>���De veras? -Velikov se alis� los cabellos con una mano-. Me parece que deber�a ver las ventajas de colaborar conmigo. Si me dice la verdad, creo que podr� encontrar la manera de aliviar las incomodidades de sus amigos.</p><p>��Usted sabe la verdad. Por eso ha llegado a un callej�n sin salida. Cuatro personas le han contado historias id�nticas. �No le parece esto raro a un inquisidor profesional como usted? Cuatro personas que han sido f�sicamente torturadas en sesiones separadas y que han dado las mismas respuestas a las mismas preguntas. La falta absoluta de profundidad de la mentalidad rusa s�lo puede compararse con su fosilizada afici�n a las confesiones. Si yo firmase una confesi�n de espionaje, me pedir�a otra de cr�menes cometidos contra su precioso Estado, seguida de otra de escupir en la v�a p�blica. Su t�ctica es tan vulgar como su arquitectura y sus recetas de cocina. Cada exigencia va seguida de otra. �La verdad? Usted no aceptar�a la verdad aunque saliese del suelo y le mordiese las pelotas.</p><p>Velikov permaneci� sentado en silencio, mirando a Pitt con el desprecio que s�lo un eslavo puede mostrar por un mogol.</p><p>��Le pido de nuevo que colabore.</p><p>��Yo no soy m�s que un ingeniero marino. No conozco ning�n secreto militar.</p><p>��Lo �nico que me interesa saber es lo que le dijeron sus superiores sobre esta isla y c�mo consiguieron llegar hasta aqu�.</p><p>���Y qu� ganar�a con ello? Usted dijo claramente que mis amigos y yo ten�amos que morir.</p><p>��Tal vez podr�amos aplazar esta decisi�n.</p><p>��Lo mismo da. Ya le hemos dicho todo lo que sabemos. Velikov tamborile� con los dedos sobre la mesa.</p><p>���Todav�a sostiene que vinieron a parar a Cayo Santa Mar�a por pura casualidad?</p><p>��As� es.</p><p>���Y espera que crea que, de todas las islas y playas de Cuba, vino a parar la se�ora LeBaron precisamente al lugar exacto, y debo a�adir que sin saberlo de antemano, donde estaba residiendo su marido?</p><p>��Francamente, tambi�n a m� me costar�a creerlo. Pero esto es exactamente lo que ocurri�.</p><p>Velikov mir� fijamente a Pitt, pero pareci� percibir una sinceridad que se negaba a reconocer.</p><p>��Tengo todo el tiempo del mundo, se�or Pitt. Estoy convencido de que usted posee informaci�n vital. Volveremos a hablar cuando se muestre menos arrogante.</p><p>Puls� un bot�n de encima de la mesa para llamar al guardia. Hab�a una sonrisa en su semblante, pero no era de satisfacci�n, ni en modo alguno de placer. En todo caso, era una sonrisa triste.</p><p>��Debe disculparme por ser tan brusco -dijo Foss Gly-. La experiencia me ha ense�ado que lo inesperado produce resultados m�s eficaces que lo que ya se espera.</p><p>No se hab�a pronunciado una palabra cuando Pitt entr� en la habitaci�n n�mero seis. S�lo hab�a dado un paso en el interior cuando Gly, que estaba plantado detr�s de la puerta medio abierta, le golpe� en la espalda justo por encima del ri�on. Pitt lanz� un grito de angustia y casi perdi� el conocimiento, pero de alg�n modo consigui� mantenerse en pie.</p><p>��Bueno, se�or Pitt, ahora que me presta atenci�n, tal vez desear� decirme algo.</p><p>���Le ha dicho alguien alguna vez que es un psic�pata? -murmur� Pitt, entre los labios apretados.</p><p>Vio llegar el pu�o, lo esperaba, y se ech� atr�s al recibir el pu�etazo, choc� de espaldas contra una pared y se dej� caer al suelo, fingi�ndose inconsciente. Percibi� el sabor de la sangre en su boca y sinti� que se entumec�a el lado izquierdo de su cara. Mantuvo los ojos cerrados y yaci� inm�vil. Ten�a que tantear a aquel monstruo s�dico, valorar cu�ndo y d�nde recibir�a el pr�ximo golpe. No podr�a impedir aquella brutalidad. Su �nico objetivo era resistir el interrogatorio sin sufrir una lesi�n que lo dejase inv�lido.</p><p>Gly se dirigi� a un sucio lavabo, llen� un cubo de agua y lo verti� sobre Pitt.</p><p>��Vamos, se�or Pitt. Si s� juzgar a los hombres, usted puede aguantar mejor un pu�etazo.</p><p>Pitt se incorpor� sobre las manos y las rodillas, escupi� sangre sobre el suelo de cemento y gimi� de una manera convincente, casi lastimera.</p><p>��No puedo decirle m�s de lo que ya le he dicho -farfull�.</p><p>Gly lo levant� como si fuese un ni�o peque�o y lo dej� caer sobre una silla. Por el rabillo del ojo, Pitt vio el pu�o derecho de Gly que se le ven�a encima en un gancho terrible. Encaj� el golpe lo mejor que pudo, recibi�ndolo justo por encima del p�mulo y debajo de la sien. Durante unos segundos, resisti� el fuerte dolor y despu�s fingi� desmayarse de nuevo.</p><p>Otro cubo de agua y otra vez los mismos gemidos. Gly se agach� hasta que su cara qued� al nivel de la de Pitt.</p><p>���Para qui�n trabaja?</p><p>Pitt levant� las manos y se sujet� la dolorida cabeza.</p><p>��Fui contratado por Jessie LeBaron para descubrir lo que hab�a sido de su esposo.</p><p>��Desembarcaron de un submarino.</p><p>��Salimos de los Florida Keys en un dirigible.</p><p>��Su objetivo al venir aqu� era recoger informaci�n sobre los cambios en el poder en Cuba.</p><p>Pitt arrug� la frente, confuso.</p><p>���Cambios en el poder? No s� de qu� me est� hablando.</p><p>Esta vez Gly golpe� a Pitt en la boca del est�mago, dej�ndole sin resuello. Despu�s se sent� tranquilamente y esper� la reacci�n.</p><p>Pitt se puso r�gido mientras trataba de recobrar el aliento. Ten�a la impresi�n de que su coraz�n se hab�a parado. Pod�a percibir el sabor de la bilis en su garganta, sentir c�mo brotaba el sudor de su frente, y parec�a que unas manos le estrujasen los pulmones. Las paredes de la habitaci�n oscilaron delante de sus ojos. Le pareci� que Gly le sonre�a maliciosamente desde el extremo de un largo t�nel.</p><p>���Qu� le ordenaron que hiciese cuando llegase a Cayo Santa Mar�a?</p><p>��No me ordenaron nada -jade� Pitt.</p><p>Gly se irgui� y se acerc� para golpear de nuevo. Pitt se puso en pie como un borracho, se tambale� un momento y empez� a caer de nuevo, doblando la cabeza a un lado. Ahora le hab�a tomado la medida a Gly. Hab�a encontrado un punto flaco. Como la mayor�a de los s�dicos, Foss Gly era en el fondo un cobarde. Flaquear�a y perder�a su aplomo en una lucha en igualdad de condiciones.</p><p>Gly ech� el cuerpo atr�s para golpear, pero de pronto se qued� paralizado por el asombro. Levantando un pu�o desde el suelo y haciendo girar el hombro, Pitt lanz� un derechazo con toda la fuerza que le quedaba. Alcanz� a Gly en la nariz, aplast�ndole el cart�lago y rompi�ndole el hueso. Despu�s sigui� con dos pu�etazos y un gancho de izquierda al cuerpo. Pero igual habr�a podido golpear la esquina del Empire State Building.</p><p>Cualquier otro hombre se habr�a ca�do de espaldas. Gly retrocedi� unos pasos, tambale�ndose, pero se qued� plantado y el furor enrojeci� poco a poco su cara. Brotaba sangre de su nariz, pero no parec�a advertirlo. Levant� un pu�o y lo sacudi�.</p><p>��Te matar� por esto -dijo.</p><p>��Si puedes -replic� hoscamente Pitt.</p><p>Agarr� la silla y se la arroj�. Gly la lanz� simplemente a un lado con el brazo. Pitt advirti� la direcci�n de su mirada y se dio cuenta de que la fuerza bruta podr�a m�s que toda su rapidez.</p><p>Gly arranc� el lavabo de la pared, desprendi�ndolo literalmente de las ca�er�as, y lo levant� sobre la cabeza. Avanz� tres pasos y lo arroj� en la direcci�n de Pitt. �ste salt� a un lado y se agach� en un solo movimiento convulsivo. Mientras el lavabo volaba hacia �l, como una caja fuerte cayendo de un alto edificio, comprendi� que su reacci�n se hab�a producido una fracci�n de segundo demasiado tarde. Levant� instintivamente las manos, en un intento desesperado por detener aquella masa volante de hierro y de porcelana.</p><p>La salvaci�n de Pitt vino de la puerta. Un canto del lavabo fue a chocar contra la cerradura, haciendo saltar el pestillo. La puerta se abri� de golpe y Pitt cay� hacia atr�s en el pasillo, a los pies del sorprendido guardi�n. Un lacerante dolor en la ingle y en el brazo derecho igual� el que ya sent�a en el costado y en la cabeza. P�lido el semblante, invadido por oleadas de n�useas, luch� por conservar el conocimiento y se puso en pie, apoy�ndose con las manos en la pared.</p><p>Gly arranc� el lavabo del umbral donde hab�a quedado atrapado y dirigi� a Pitt una mirada que s�lo pod�a calificarse de asesina.</p><p>��Eres hombre muerto, Pitt. Vas a morir despacio, muy lentamente, y suplicar�s que ponga fin a tu agon�a. La pr�xima vez que nos veamos, te romper� todos los huesos del cuerpo y te arrancar� el coraz�n.</p><p>No hab�a miedo en los ojos de Pitt. El dolor se estaba mitigando, para ser sustituido por el entusiasmo. Hab�a sobrevivido. Estaba dolorido, pero ten�a libre el camino.</p><p>��La pr�xima vez que nos veamos -dijo en tono vengador- vendr� armado de un palo.</p></section><section><title><p>36</p></title><p>Pitt se qued� dormido despu�s de que el guardia le ayudase a volver a su celda. Cuando se despert�, hab�an pasado tres horas. Yaci� all� durante varios minutos, hasta que, poco a poco, su mente volvi� a funcionar con normalidad. Su cuerpo y su cara eran un mar infinito de contusiones, pero no ten�a ning�n hueso roto. Hab�a sobrevivido.</p><p>Se sent� en la cama y puso los pies en el suelo, esperando unos momentos a que se le pasara el mareo. Despu�s se puso en pie y empez� a hacer ejercicios para desentumecer los miembros. Sent�a una gran debilidad, pero se esforz� en dominarla y continu� su gimnasia hasta que los m�sculos y las articulaciones fueron recobrando su flexibilidad.</p><p>El guardia lleg� con la cena y se march�, y Pitt volvi� a sujetar h�bilmente el pestillo, maniobra que hab�a perfeccionado para no fracasar en el �ltimo momento. Esper� y, al no o�r pisadas ni voces, sali� al pasillo.</p><p>El tiempo era precioso. Ten�a que hacer muchas cosas y dispon�a de pocas horas de oscuridad para ello. Hubiese querido despedirse de Giordino y de Gunn, pero cada minuto que pasara en el edificio reducir�a sus posibilidades de �xito. Lo m�s importante era encontrar a Jessie y llevarla con �l.</p><p>Ella estaba detr�s de la quinta puerta que abri�, tendida sobre el suelo de hormig�n con s�lo una sucia manta debajo de ella. Su cuerpo desnudo parec�a completamente ileso, pero su cara, antes tan adorable, estaba grotescamente hinchada y llena de cardenales. Gly hab�a puesto h�bilmente en pr�ctica toda su maldad, humillando su virtud y estropeando el bien m�s valioso de una mujer hermosa: su cara.</p><p>Pitt se agach� y le hizo reclinar la cabeza en sus brazos, con expresi�n cari�osa, pero loca la mirada de furor. Le consum�a el af�n de venganza. Un af�n enloquecido de venganza mucho m�s fuerte que cuanto hab�a experimentado hasta entonces. Apret� los dientes y sacudi� ligeramente a Jessie para despertarla.</p><p>��Jessie. Jessie, �puedes o�rme?</p><p>Ella abri� los labios temblorosos y le mir� fijamente.</p><p>��Dirk -gimi�-, �eres t�?</p><p>��S�, y voy a sacarte de aqu�.</p><p>��Sacarme�, �c�mo?</p><p>��He encontrado la manera de escapar de este edificio.</p><p>��Pero la isla� Raymond dijo que es imposible escapar de esta isla.</p><p>��He escondido el motor fuera borda del bote neum�tico. Si puedo construir una peque�a balsa�</p><p>���No! -murmur� en�rgicamente ella.</p><p>Quiso incorporarse, mientras una expresi�n reflexiva se pintaba en la m�scara hinchada que era su rostro. �l la sujet� suavemente de los hombros para imped�rselo.</p><p>��No te muevas -dijo.</p><p>��Debes marcharte solo -dijo ella.</p><p>��No voy a dejarte as�.</p><p>Ella sacudi� d�bilmente la cabeza.</p><p>��No. Ello solamente aumentar�a las probabilidades de que te sorprendiesen.</p><p>��Perdona -dijo llanamente Pitt-. Quieras o no, vendr�s conmigo.</p><p>��No lo comprendes -suplic� Jessie-. T� eres nuestra �nica esperanza de salvaci�n. Si puedes volver a los Estados Unidos y decirle al presidente lo que ocurre aqu�, Velikov tendr� que mantenernos vivos.</p><p>���Qu� tiene que ver el presidente con esto?</p><p>��M�s de lo que te imaginas.</p><p>��Entonces, Velikov ten�a raz�n. Hay una conspiraci�n.</p><p>��No pierdas el tiempo con suposiciones. Vete, por favor. Si te salvas, puedes salvarnos a todos.</p><p>Pitt sinti� una enorme admiraci�n por Jessie. Ahora parec�a una mu�eca deshecha, estropeada e in�til, pero se dio cuenta de que su belleza exterior era superada por otra interior, de valent�a y resoluci�n. Se inclin� y la bes� ligeramente en los hinchados y partidos labios.</p><p>��Lo conseguir� -dijo confiadamente-. Prom�teme que aguantar�s hasta que yo vuelva.</p><p>Ella trat� de sonre�r, pero su boca no pudo obedecerla.</p><p>��No seas tonto. No puedes volver a Cuba.</p><p>��Ya lo ver�s.</p><p>��Que tengas suerte -murmur� suavemente ella-. Perd�name por haber estropeado tu vida.</p><p>Pitt sonri�, pero las l�grimas acudieron a sus ojos.</p><p>��Esto es lo que nos gusta a los hombres de las mujeres. Nunca dejan que nos aburramos.</p><p>La bes� de nuevo, esta vez en la frente, y se volvi�, con los nudillos blancos de tanto apretar los pu�os de rabia.</p><p>A Pitt le dolieron los brazos al subir por la escalera de emergencia y, cuando lleg� arriba, descans� un minuto antes de levantar la trampa y agacharse en la oscuridad del garaje. Los dos soldados segu�an todav�a jugando al ajedrez. Parec�a ser una rutina nocturna para pasar las aburridas horas de guardia. Raras veces se molestaban en mirar los veh�culos aparcados fuera de su oficina, No hab�a motivos para esperar conflictos. Probablemente eran mec�nicos, no guardias de segundad, pens� Pitt.</p><p>Reconoci� la zona del garaje: bancos de trabajo, instalaciones de engrase, dep�sitos de gasolina y de accesorios, camiones, y equipo de construcci�n. Los camiones ten�an latas de veinticinco litros de gasolina de repuesto. Pitt los golpe� ligeramente hasta que encontr� uno que estaba lleno. Los dem�s estaban llenos s�lo hasta la mitad o menos. Busc� en uno de los bancos hasta que encontr� un tubo de goma que emple� para trasegar gasolina del dep�sito de un cami�n a una de las latas. Dos latas, con un total de cincuenta litros, era todo lo que pod�a llevar. El problema era ahora hacerlas pasar por el respiradero del techo.</p><p>Pitt tom� una cuerda de remolque que pend�a de una pared y at� dos extremos a las asas de las latas de gasolina. Sujetando la cuerda por la mitad, subi� a las viguetas de soporte. Poco a poco, observando a los mec�nicos para asegurarse de que continuaban enfrascados en su juego, iz� las latas, una a una, hasta el techo y las hizo pasar antes que �l por el respiradero.</p><p>Dos minutos m�s tarde, las transport� a trav�s del patio y hasta el canal de desag�e que pasaba por debajo del muro de cerca. R�pidamente, separ� los barrotes y sali� al exterior.</p><p>El cielo estaba claro y la media luna flotaba en un mar de estrellas. S�lo se o�a el susurro del viento, y el aire nocturno era fresco. Esper� fervientemente que el mar estuviese en calma.</p><p>Por ninguna raz�n particular, fue esta vez por el lado opuesto del camino. La marcha era lenta, las pesadas latas hicieron pronto que sintiese como si sus brazos se estuviesen descoyuntando. Sus pies se hund�an en la blanda arena, y ten�a que pararse cada doscientos metros para recobrar aliento y esperar a que se mitigase el dolor de las manos y los brazos.</p><p>Pitt tropez� y cay� en el borde de un ancho claro rodeado de un bosquecillo espeso de palmeras, tan espeso que los troncos casi se tocaban los unos a los otros. Alarg� las manos y palp� a su alrededor. Toc� una red met�lica que se hund�a en la arena y era casi invisible.</p><p>Impulsado por la curiosidad, dej� las latas de gasolina y se arrastr� cautelosamente alrededor del borde del claro. La red met�lica se alzaba a s�lo cinco cent�metros del suelo y se extend�a a trav�s de todo el di�metro. El centro de �ste se hund�a hasta convertirse en una concavidad parecida a un cuenco. Pas� las manos por los troncos de las palmeras que circundaban el borde.</p><p>Eran imitaciones. Los troncos y las hojas estaban hechos con tubos de aluminio cubiertos de pl�stico en un camuflaje realista. Hab�a m�s de cincuenta palmeras, pintadas de manera que enga�asen a los aviones esp�as americanos y a sus potentes c�maras.</p><p>El cuenco era una gigantesca antena de radio y televisi�n, en forma de plato, y las palmeras simuladas eran brazos hidr�ulicos que la levantaban y bajaban. Pitt se qued� pasmado por la significaci�n de lo que accidentalmente hab�a descubierto. Ahora sab�a que, encerrado debajo de la arena de la isla, hab�a un vasto centro de comunicaciones.</p><p>Pero, exactamente, �para qu� fin?</p><p>No ten�a tiempo para reflexionar. Pero estaba m�s resuelto que nunca a alcanzar la libertad. Sigui� andando entre las sombras. El pueblo estaba m�s lejos de lo que parec�a recordar. Estaba empapado en sudor y jadeaba de fatiga cuando al fin lleg� al patio donde hab�a ocultado el motor fuera borda debajo de la ba�era. Aliviado, solt� las latas de gasolina, se tendi� en el suelo sobre el viejo colch�n y durmi� una hora.</p><p>Aunque no pod�a perder tiempo, aquel breve descanso le hizo recobrar considerablemente su energ�a. Tambi�n le aclar� la mente. Cristaliz� en ella una idea tan incre�blemente sencilla que no pod�a creer que no se le hubiese ocurrido antes.</p><p>Llev� las latas de gasolina hasta la laguna. Despu�s volvi� en busca del motor fuera borda. Buscando entre los montones de desperdicios, encontr� una tabla que no estaba podrida. El �ltimo trabajo era el m�s dif�cil. Pero la necesidad aguza la inteligencia, se dijo Pitt.</p><p>Cuarenta y cinco minutos m�s tarde, hab�a arrastrado la vieja ba�era desde el lugar donde descansaba en el patio y a lo largo del camino hasta la orilla del mar.</p><p>Empleando la tabla como yugo, sujet� el motor fuera borda detr�s de la ba�era. Despu�s limpi� el filtro de la gasolina y sopl� en las ca�er�as. Un trozo de lat�n doblado en cono le sirvi� de embudo para llenar el dep�sito del fuera borda. Aplicando el pulgar en el agujero, podr�a emplearlo tambi�n para achicar agua. Su �ltima acci�n, antes de cerrar el orificio de desag�e, fue hacer saltar con una barra de hierro las cuatro patas de la ba�era.</p><p>Tir� doce veces de la cuerda antes de que el motor chisporroteara, tosiese y se pusiese en marcha. Empuj� la ba�era hacia aguas m�s profundas hasta que flot� en ellas. Entonces se meti� dentro. El lastre de su cuerpo y de las dos latas de gasolina le dieron una estabilidad sorprendente. Hizo bajar la h�lice dentro del agua y embrag�.</p><p>La extra�a embarcaci�n se adentr� lentamente en la laguna en direcci�n al canal principal. Un rayo de luna mostr� que el mar estaba en calma, que las olas no superaban el medio metro de altura. Pitt concentr� su atenci�n en la rompiente. Ten�a que pasar a trav�s de las olas que romp�an y alejarse lo m�s posible de la isla antes de que saliese el sol.</p><p>Redujo la velocidad, calculando el tiempo que mediaba entre las olas y cont�ndolas. Nueve olas grandes rompieron una tras otra, dejando un amplio seno entre ellas y la d�cima. Pitt apret� el acelerador a fondo y se instal� en la popa de la ba�era. La ola siguiente fue baja y rompi� inmediatamente delante de �l. Recibi� en la proa el impacto de la hirviente espuma, y pas�. La ba�era se tambale�; despu�s, la h�lice mordi� el agua y la ba�era salv� la cresta de la ola siguiente antes de que se encorvase.</p><p>Pitt lanz� un fuerte grito al sentirse libre. Hab�a pasado lo peor. Sab�a que ahora s�lo pod�a ser descubierto por pura casualidad. La ba�era era demasiado peque�a para ser captada por el radar. Afloj� la marcha para no perjudicar el motor y ahorrar gasolina. Metiendo una mano en el agua, calcul� que su velocidad ser�a de unos cuatro nudos. Si segu�a as�, estar�a fuera de aguas cubanas por la ma�ana.</p><p>Mir� al cielo, se orient�, eligi� una estrella para guiarse y puso rumbo hacia el canal de las Bahamas.</p></section></section><section><title><p>Tercera parte</p></title><section><subtitle>Selenos 8</subtitle></section><section><title><p>37</p></title><p><emphasis>30 de octubre de 1989 </emphasis></p><p><emphasis>Kazakhst�n, URSS</emphasis></p><p>Con una bola de fuego m�s brillante que el sol siberiano, el Selenos 8 se elev� en el fr�o cielo azul, llevando la estaci�n lunar tripulada, de ciento diez toneladas. El supercohete y los cuatro motores auxiliares de propulsi�n, que generaban un impulso de siete mil toneladas, proyectaban una cola flam�gera de color amarillo anaranjado, de trescientos metros de longitud y cien de anchura. Un humo blanco envolvi� la plataforma de lanzamiento y el ruido de los motores hizo temblar los cristales en veinte kil�metros a la redonda. Al principio, se elev� tan majestuosamente que casi parec�a no moverse. Despu�s adquiri� velocidad y perfor� ruidosamente el cielo.</p><p>El presidente sovi�tico, Antonov, observ� el lanzamiento desde un bunker de cristal blindado, a trav�s de unos grandes gemelos montados sobre un tr�pode. Sergei Kornilov y el general Yasenin estaban a su lado, escuchando atentamente las comunicaciones entre los cosmonautas y el centro de control espacial.</p><p>��Una visi�n alentadora -murmur� Antonov, pasmado.</p><p>��Un lanzamiento de libro de texto -dijo Kornilov-. Alcanzar�n la velocidad de escape dentro de cuatro minutos.</p><p>���Va todo bien?</p><p>��S�, camarada presidente. Todos los sistemas funcionan normalmente. Y siguen exactamente el rumbo previsto.</p><p>Antonov mir� la larga lengua de fuego hasta que al fin se desvaneci�. S�lo entonces suspir� y se apart� de los gemelos.</p><p>��Bueno, se�ores, este espectacular viaje espacial deber�a hacer que los ojos del mundo dejasen de fijarse en el vuelo de la lanzadera americana hacia su nueva estaci�n orbital.</p><p>Yasenin asinti� con la cabeza y apoy� una mano en el hombro de Kornilov.</p><p>��Le felicito, Sergei. Ha arrebatado el triunfo a los yanquis a favor de la Uni�n Sovi�tica.</p><p>��No hay m�rito alguno por mi parte -dijo Kornilov-. Debido a la mec�nica orbital, nuestra ventana de lanzamiento lunar estuvo abierta, ventajosamente para nosotros, varias horas antes del lanzamiento que ellos ten�an proyectado.</p><p>Antonov contempl� el cielo, como hipnotizado.</p><p>��Supongo que el servicio de informaci�n americano no se habr� enterado de que nuestros cosmonautas no son lo que parecen.</p><p>��Un enga�o perfecto -dijo francamente Yasenin-. El cambio de cinco cient�ficos por soldados especialmente instruidos se realiz� sin tropiezos poco antes del lanzamiento.</p><p>��Espero que podamos decir lo mismo del programa de emergencia para substituir el equipo cient�fico por armas -dijo Kornilov-. Los sabios cuyos experimentos fueron cancelados estuvieron a punto de causar un mot�n. Y los ingenieros, a quienes se orden� que modificasen el interior de la estaci�n para acomodarlo a los nuevos factores de peso y a las necesidades de almacenamiento de armas, se irritaron porque no se les dijo la raz�n de estos cambios en el �ltimo momento. Seguro que se filtrar� la noticia de su enojo.</p><p>��Esto no debe quitarle el sue�o -dijo, riendo, Yasenin-. Las autoridades americanas del espacio no sospechar�n nada hasta que se interrumpan las comunicaciones con su preciosa base lunar.</p><p>���Qui�n est� al mando de nuestro equipo de asalto? -pregunt� Antonov.</p><p>��El comandante Grigory Leuchenko. Un experto en guerra de guerrillas. El comandante logr� muchas victorias contra los rebeldes de Afganist�n. Respondo personalmente de �l, como soldado fiel y excepcional.</p><p>Antonov asinti� reflexivamente con la cabeza.</p><p>��Una buena elecci�n, general. Aunque sin duda encontrar� la superficie de la Luna un poco diferente de la de Afganist�n.</p><p>��Es indudable que el comandante Leuchenko realizar� con �xito la operaci�n.</p><p>��Olvida a los astronautas americanos, general -dijo Kornilov.</p><p>���Y bien?</p><p>��Las fotograf�as demuestran que tambi�n ellos tienen armas. Rezo para que no sean fan�ticos capaces de luchar a sangre y fuego por defender sus instalaciones.</p><p>Yasenin sonri� con indulgencia.</p><p>���Reza, Sergei? �A qui�n? Ciertamente, no a ning�n dios. �ste no ayudar� a los americanos en cuanto Leuchenko y sus hombres inicien su ataque. El resultado est� decidido de antemano. Los cient�ficos nada pueden contra soldados profesionales, adiestrados para matar.</p><p>��No les menosprecie. Es cuanto ten�a que decir.</p><p>���Basta! -Grit� Antonov-. No quiero o�r m�s frases derrotistas. El comandante Leuchenko tiene la doble ventaja de la sorpresa y de la superioridad en armamento. Dentro de menos de sesenta horas empezar� la verdadera batalla por el espacio. Y no creo que la Uni�n Sovi�tica la pierda.</p><empty-line/><p>En Mosc�, Vladimir Polevoi estaba sentado a su mesa de la sede de la KGB en la plaza Dzerzhinski, leyendo un informe del general Velikov. No levant� la mirada cuando Lyev Maisky entr� en la habitaci�n y se sent� aunque nadie le hubiera invitado a hacerlo. La cara de Maisky era vulgar, inexpresiva y unidimensional, lo mismo que su personalidad. Era el jefe delegado de Polevoi al frente del Primer Directorio, la rama de operaciones en el extranjero de la KGB. Las relaciones de Maisky con Polevoi eran limitadas, pero los dos se completaban perfectamente.</p><p>Por �ltimo, Polevoi mir� fijamente a Maisky.</p><p>��Quisiera que me diese una explicaci�n.</p><p>��La presencia de los LeBaron fue un accidente imprevisto -dijo concisamente Maisky.</p><p>��La de la se�ora LeBaron y sus compa�eros buscadores de tesoros, tal vez s�; pero ciertamente, no la de su marido. �Por qu� lo tom� Velikov de los cubanos?</p><p>��El general pens� que Raymond LeBaron pod�a ser un instrumento �til en las negociaciones con el Departamento de Estado de los Estados Unidos cuando los Castro sean eliminados.</p><p>��Sus buenas intenciones nos han metido en un juego peligroso -dijo Polevoi.</p><p>��Velikov me ha asegurado que LeBaron est� sometido a una estricta seguridad y que le da informaci�n falsa.</p><p>��Sin embargo, todav�a existe una peque�a posibilidad de que LeBaron descubra la verdadera funci�n de Cayo Santa Mar�a.</p><p>��En tal caso, ser�a simplemente eliminado.</p><p>���Y Jessie LeBaron?</p><p>��Pienso, personalmente, que ella y sus amigos nos ser�n muy �tiles para atribuir a la C�A nuestro proyectado desastre.</p><p>���Han descubierto Velikov o nuestros agentes residentes en Washington alg�n plan del servicio secreto americano para infiltrarse en la isla?</p><p>��No -respondi� Maisky-. Una investigaci�n sobre los tripulantes del dirigible demostr� que ninguno de ellos tiene actualmente lazos con la C�A o con los militares.</p><p>��No quiero fallos -dijo firmemente Polevoi-. Estamos demasiado cerca del triunfo. Transmita mis palabras a Velikov.</p><p>��Ser� informado.</p><p>Llamaron a la puerta y entr� la secretaria de Polevoi. Sin decir palabra, le tendi� un papel y sali� de la estancia.</p><p>De pronto, la ira enrojeci� la cara de Polevoi.</p><p>���Maldici�n! Habla de amenazas, y �stas se convierten en realidad.</p><p>���Se�or?</p><p>��Un mensaje urgente de Velikov. Uno de los prisioneros ha escapado.</p><p>Maisky hizo un nervioso movimiento con las manos.</p><p>��Es imposible. No hay embarcaciones en Cayo Santa Mar�a, y si es lo bastante est�pido para huir a nado, se ahogar� o ser� comido por los tiburones. Sea quien fuere, no ir� lejos.</p><p>��Se llama Dirk Pitt, y, seg�n Velikov, es el m�s peligroso del grupo.</p><p>��Peligroso o no�</p><p>Polevoi le impuso silencio con un adem�n y empez� a pasear sobre la alfombra, mostrando una profunda agitaci�n en el semblante.</p><p>��No podemos permitir que ocurra lo inesperado. El tiempo l�mite para nuestra empresa en Cuba debe ser adelantado una semana.</p><p>Maisky sacudi� la cabeza para mostrar su desacuerdo.</p><p>��Los barcos no llegar�an a tiempo a La Habana. Adem�s, no podemos cambiar las fechas de la celebraci�n. Fidel y todos los miembros de alto rango de su Gobierno estar�n preparados para los discursos. El mecanismo de la explosi�n est� ya en movimiento. Es imposible cambiar el tiempo. Ron y Cola debe ser cancelada o hay que continuar como estaba previsto.</p><p>Polevoi cruz� y descruz� las manos, con el nerviosismo de la indecisi�n.</p><p>��Ron y Cola, un nombre est�pido para una operaci�n de esta magnitud.</p><p>��Otro motivo para seguir adelante. Nuestro programa de desinformaci�n ha empezado ya a difundir rumores sobre un complot de la C�A para desestabilizar Cuba. La frase �Ron y Cola� es evidentemente americana. Ning�n Gobierno extranjero sospechar� que ha sido inventada en Mosc�.</p><p>Polevoi asinti� con un encogimiento de hombros.</p><p>��Muy bien, pero no quiero pensar en las consecuencias, si ese tal Pitt sobrevive milagrosamente y consigue volver a los Estados Unidos.</p><p>��Ya est� muerto -declar� rotundamente Maisky-. Estoy seguro de ello.</p></section><section><title><p>38</p></title><p>El presidente se asom� a la oficina de Daniel Fawcett y agit� una mano.</p><p>��No se levante. S�lo quer�a que supiese que voy a subir para almorzar con mi esposa.</p><p>��No olvide que tenemos una reuni�n con los jefes de informaci�n y con Doug Oates dentro de cuarenta y cinco minutos -le record� Fawcett.</p><p>��Prometo ser puntual.</p><p>El presidente se volvi� y tom� el ascensor para subir a sus habitaciones de la segunda planta de la Casa Blanca. Ira Hagen lo estaba esperando en la suite Lincoln.</p><p>��Pareces cansado, Ira.</p><p>Hagen sonri�.</p><p>��Voy atrasado de sue�o.</p><p>���Cu�l es la situaci�n?</p><p>��He descubierto la identidad de los nueve miembros del �c�rculo privado�. Siete de ellos est�n localizados con toda precisi�n. Solamente Leonard Hudson y Gunnar Eriksen permanecen fuera de la red.</p><p>���No les hab�is seguido la pista desde el centro comercial?</p><p>��Las cosas no salieron bien.</p><p>��La estaci�n lunar sovi�tica fue lanzada hace ocho horas -dijo el presidente-. No puedo esperar m�s. Esta tarde dar� la orden de detener a todos los miembros del �c�rculo privado� que podamos.</p><p>���Al Ej�rcito o al FBI?</p><p>��A ninguno de los dos. Un viejo amigo de la Marina cuidar� de ello. Le he dado ya tu lista de nombres y direcciones. -El presidente hizo una pausa y mir� fijamente a Hagen-. Dijiste que hab�as descubierto la identidad de los nueve hombres, Ira, pero en tu informe s�lo constan ocho.</p><p>Hagen pareci� reacio, pero meti� una mano debajo de su chaqueta y sac� una hoja de papel doblada.</p><p>��Me hab�a reservado el nombre del �ltimo hombre hasta estar completamente seguro. Un analizador de voces confirm� mis sospechas.</p><p>El presidente tom� el papel de manos de Hagen, lo desdobl� y ley� el nombre escrito a mano. Se quit� las gafas y limpi� cansadamente los cristales como si no pudiese dar cr�dito a sus ojos. Despu�s se meti� al papel en un bolsillo.</p><p>��Supongo que siempre lo he sabido, pero no pod�a creer en su complicidad.</p><p>��No los juzgues con dureza, Vince. Estos hombres son patriotas, no traidores. Su �nico delito es el silencio. Toma el caso de Hudson y Eriksen. Simulando estar muertos todos estos a�os. Piensa en la angustia que esto habr� causado a sus amigos y a sus familiares. La naci�n nunca podr� compensarles de sus sacrificios ni comprender del todo el alcance de su haza�a.</p><p>���Me est�s echando un serm�n, Ira?</p><p>��S�, se�or.</p><p>El presidente se dio cuenta de pronto de la lucha interior de Hagen. Comprendi� que el coraz�n de su amigo no estaba en la confrontaci�n final. La lealtad de Hagen se balanceaba sobre el filo de una navaja.</p><p>��Me ocultas algo, Ira.</p><p>��No te mentir�, Vince.</p><p>��T� sabes donde se esconden Hudson y Eriksen.</p><p>��Digamos que tengo una s�lida presunci�n.</p><p>���Puedo confiar en que los traer�s?</p><p>��S�.</p><p>��Eres un buen explorador, Ira.</p><p>���D�nde y cu�ndo quieres que te los entregue?</p><p>��En Camp David -respondi� el presidente-. Ma�ana, a las ocho de la ma�ana.</p><p>��All� estaremos.</p><p>��No puedo incluirte a ti, Ira.</p><p>��Es lo que deber�as hacer, Vince. Puedes llamarlo una forma de pago. Me debes que pueda presenciar el final.</p><p>El presidente consider� la petici�n.</p><p>��Tienes raz�n. Es lo menos que puedo hacer.</p><p>Martin Brogan, director de la C�A, Sam Emmett, del FBI, y el secretario de Estado Douglas Oates se pusieron en pie cuando el presidente entr� en la sala de conferencias, con Dan Fawcett pis�ndole los talones.</p><p>��Tengan la bondad de sentarse, caballeros -dijo sonriendo el presidente.</p><p>Hubo unos pocos minutos de charla insustancial hasta que entr� Alan Mercier, el consejero de seguridad nacional.</p><p>��Lamento llegar con retraso -dijo, sent�ndose r�pidamente-. Ni siquiera he tenido tiempo de pensar una buena excusa.</p><p>��Un hombre sincero -dijo riendo Brogan-. Lamentable.</p><p>El presidente puso una pluma sobre un bloc de notas.</p><p>���C�mo est� la cuesti�n del pacto con Cuba? -pregunt� mirando a Oates.</p><p>��Hasta que no podamos iniciar un di�logo secreto con Castro, la situaci�n seguir� siendo la misma.</p><p>���Hay alguna posibilidad, por remota que sea, de que Jessie LeBaron haya podido transmitir nuestra �ltima respuesta?</p><p>Brogan sacudi� la cabeza.</p><p>��Creo que es muy dudoso que haya establecido contacto. Nuestras fuentes de informaci�n no han sabido nada desde que el dirigible fue derribado. Todo el mundo cree que est� muerta.</p><p>���Alguna palabra de Castro?</p><p>��Ninguna. �</p><p>���Qu� se sabe del Kremlin?</p><p>��La lucha interna entre Castro y Antonov est� a punto de estallar en campo abierto -dijo Mercier-. Nuestros infiltrados en el Ministerio de Guerra cubano dicen que Castro va a sacar sus tropas de Afganist�n.</p><p>��No hay m�s que hablar -dijo Fawcett-. Antonov no permanecer� con los brazos cruzados, dejando que esto ocurra.</p><p>Emmett se inclin� hacia adelante y cruz� las manos sobre la mesa.</p><p>��Todo se remonta a cuatro a�os atr�s, cuando Castro suplic� no tener que hacer ni siquiera un pago a cuenta de los diez mil millones de d�lares que debe a la Uni�n Sovi�tica, por pr�stamos constantemente �renovados� desde los a�os sesenta. Dijo hallarse en un aprieto econ�mico y tuvo que doblegarse cuando Antonov le pidi� que enviase tropas a luchar en Afganist�n. Y no fueron unas pocas compa��as, sino casi veinte mil hombres.</p><p>���Cu�ntas bajas calcula la C�A que han tenido? -pregunt� el presidente, volvi�ndose a Brogan.</p><p>��Aproximadamente mil seiscientos muertos, dos mil heridos y m�s de quinientos desaparecidos.</p><p>��Dios m�o, eso es m�s de un veinte por ciento.</p><p>��Otra raz�n para que el pueblo cubano deteste a los rusos -sigui� diciendo Brogan-. Castro es como un hombre que se est� ahogando entre un bote de remos que hace agua y cuyos ocupantes le apuntan con armas de fuego y un yate de lujo cuyos pasajeros est�n agitando botellas de champa�a. Si le arrojamos una cuerda, la tripulaci�n del Kremlin la acribillar� a balazos.</p><p>��En realidad, est�n pensando en acribillarle de todos modos -a�adi� Emmett.</p><p>���Tenemos alguna idea de c�mo o cu�ndo se realizar� el asesinato? -pregunt� el presidente.</p><p>Brogan rebull� inquieto en su sill�n.</p><p>��Nuestros informadores no han podido averiguarlo.</p><p>��Su secreto sobre el tema es m�s herm�tico de lo que hab�a visto jam�s -dijo Mercier-. Nuestros ordenadores no han podido descifrar ning�n dato sobre la operaci�n detectada por nuestros sistemas de escucha espacial. Solamente unos pocos detalles que no pueden darnos una idea concreta de sus planes.</p><p>���Sabe qui�n se encarga de ello? -insisti� el presidente.</p><p>��El general Peter Velikov, del GRU, considerado como un brujo en la infiltraci�n y manipulaci�n de los gobiernos del Tercer Mundo. �l fue el art�fice del golpe de Estado en Nigeria hace dos a�os. Afortunadamente, el Gobierno marxista que instaur� dur� muy poco.</p><p>���Opera fuera de La Habana?</p><p>��Se mueve en un secreto total -respondi� Brogan-. La imagen perfecta del hombre que no est� en ninguna parte. Velikov no ha sido visto en p�blico desde hace cuatro a�os. Estamos absolutamente seguros de que est� dirigiendo el espect�culo desde alg�n lugar escondido.</p><p>Los ojos del presidente parecieron nublarse.</p><p>��Lo �nico que tenemos aqu� es una vaga teor�a de que el Kremlin proyecta asesinar a Fidel y a Ra�l Castro, echarnos la culpa a nosotros y, despu�s, apoderarse del Gobierno empleando comparsas cubanos que reciben �rdenes directas de Mosc�. Bueno, caballeros, yo no puedo actuar a base de suposiciones. Necesito hechos.</p><p>��Es una presunci�n fundada en hechos conocidos -explic� en�rgicamente Brogan-. Tenemos los nombres de los cubanos que est�n a sueldo de los sovi�ticos, esperando desde la barrera el momento de asumir el poder. Nuestra informaci�n confirma plenamente la intenci�n del Kremlin de eliminar a los Castro. La C�A es la perfecta cabeza de turco, porque el pueblo cubano no ha olvidado la bah�a de Cochinos ni las torpes intrigas de la Agencia para el asesinato de Fidel Castro por la mafia durante la Administraci�n Kennedy. Le aseguro, se�or presidente, que he dado m�xima prioridad a este asunto. Sesenta agentes de todos los niveles, dentro y fuera de Cuba, est�n concentrando sus esfuerzos en penetrar la muralla de secreto de Velikov.</p><p>��Y sin embargo, no podemos conseguir un di�logo abierto con Castro para ayudarnos mutuamente.</p><p>��No, se�or -dijo Oates-. �l se niega a establecer cualquier contacto por canales oficiales.</p><p>���No se da cuenta de que se le puede estar acabando el tiempo? -pregunt� el presidente.</p><p>��Est� deambulando en un vac�o -respondi� Oates-. Por una parte, se siente seguro al saber que la inmensa mayor�a de los cubanos le idolatran. Pocos l�deres nacionales pueden contar con el respeto y el afecto que por �l siente su pueblo. Y por otra parte, no puede comprender plenamente la gravedad de la amenaza sovi�tica contra su vida y su r�gimen.</p><p>��As� pues -dijo gravemente el presidente-, lo que quieren decirme es que, a menos de que podamos conseguir una importante haza�a en el campo de la informaci�n o meter en el escondrijo de Castro a alguien que pueda hacerle atenerse a razones, s�lo podemos permanecer sentados y observar c�mo se hunde Cuba bajo un total dominio sovi�tico.</p><p>��S�, se�or presidente -dijo Brogan-. Eso es exactamente lo que le estamos diciendo.</p></section><section><title><p>39</p></title><p>Hagen estaba dando un paseo por la avenida del centro comercial, mirando de vez en cuando las mercanc�as expuestas en las tiendas. El olor a cacahuetes tostados le record� que ten�a hambre, se detuvo ante un carrito pintado de alegres colores y compr� una bolsa de pistachos.</p><p>Para descansar los pies unos minutos, se sent� en un sof� de una tienda de electrodom�sticos y observ� una pared en la que hab�a veinte televisores, sintonizados todos ellos en el mismo canal. Las im�genes mostraban una reposici�n de la transmisi�n efectuada una hora antes del momento en que la nave espacial <emphasis>Gettysburg </emphasis>se hab�a elevado desde California. M�s de trescientas personas hab�an sido lanzadas al espacio desde el primer vuelo realizado en 1981 y, exceptuando los medios de comunicaci�n, nadie prestaba ya mucha atenci�n a estos sucesos.</p><p>Hagen pase� despu�s arriba y abajo, deteni�ndose para mirar a trav�s de un gran escaparate a un disc-jockey que pon�a discos para una emisora de radio situada en el paseo. Se cruzaba con una multitud de compradores, pero centraba su atenci�n en los pocos hombres que all� hab�a. La mayor�a parec�a estar en el descanso para el almuerzo. Miraban los escaparates y, generalmente, compraban lo primero que ve�an, a diferencia de las mujeres, que prefer�an seguir buscando con la vana esperanza de encontrar algo mejor a un precio m�s barato.</p><p>Se fij� en dos hombres que com�an bocadillos de pescado en un restaurante de platos preparados. No llevaban bolsas de la compra, ni vest�an como dependientes. Su estilo informal recordaba m�s bien al del doctor Mooney, del laboratorio Pattenden.</p><p>Hagen les sigui� a unos grandes almacenes. Bajaron por la escalera mec�nica hasta el s�tano, cruzaron la secci�n de ventas y entraron en un pasillo de detr�s marcado con un r�tulo que dec�a: �S�lo empleados�.</p><p>Un timbre de alarma son� dentro de la cabeza de Hagen. Volvi� junto a un mostrador donde hab�a montones de s�banas, se quit� la chaqueta y se puso un l�piz en la oreja. Entonces esper� a que el dependiente estuviese ocupado con una clienta, tom� un mont�n de s�banas y se dirigi� de nuevo al pasillo.</p><p>Tres puertas conduc�an a locales de dep�sito; dos, a salitas de descanso, y otra estaba marcada con un r�tulo de �Peligro-Alto Voltaje�. Empuj� esta �ltima puerta y entr�. Un sorprendido guardia de seguridad, sentado a una mesa, levant� la mirada.</p><p>���Eh, usted no puede�</p><p>Fue todo lo que pudo decir antes de que Hagen le arrojase las s�banas a la cara y le descargase un golpe de karate a un lado del cuello. Hab�a otros dos guardias de seguridad detr�s de una segunda puerta, y Hagen les derrib� a los dos en menos de cuatro segundos. Se agach� y mir� a su alrededor, previendo otro peligro.</p><p>Cien pares de ojos le miraron con asombro.</p><p>Hagen se hallaba en una habitaci�n que parec�a extenderse hasta el infinito. Estaba llena de gente, de oficinas, de equipos de inform�tica y de comunicaciones. Durante un largo segundo, se qued� pasmado por las dimensiones de todo aquello. Despu�s dio un paso al frente, agarr� de los brazos a una aterrorizada secretaria y la levant� de su silla.</p><p>���Leonard Hudson! -grit�-. �D�nde puedo encontrarle?</p><p>El miedo se pint� en los ojos de ella. Inclin� la cabeza hacia la derecha.</p><p>��El� el despacho de la p� puerta azul -balbuci�.</p><p>��Muchas gracias -dijo �l, con una amplia sonrisa.</p><p>Solt� a la chica y cruz� r�pidamente el local en silencio. Ten�a un rictus mal�volo en el semblante, como desafiando a quien pretendiese cerrarle el paso.</p><p>Nadie lo intent�. La muchedumbre se parti� como las aguas del mar Rojo en el pasillo principal.</p><p>Cuando lleg� a la puerta azul, Hagen se detuvo y se volvi�, observando el centro de cerebros y comunicaciones del programa Jersey Colony. Ten�a que admirar a Hudson. Era un camuflaje muy h�bil. Excavado durante la construcci�n del centro comercial, aquel lugar habr�a llamado poco o nada la atenci�n. Los cient�ficos, los ingenieros y las secretarias pod�an entrar y salir entre la multitud, y sus coches se confund�an con otros cientos en la zona de aparcamiento. La estaci�n de radio era tambi�n genial. �Qui�n habr�a sospechado que transmit�an y recib�an mensajes de la Luna, mientras emit�an los discos del �hit parade� para la comunidad universitaria circundante?</p><p>Hagen empuj� la puerta y entr� en lo que parec�a ser una cabina de control de unos estudios.</p><p>Hudson y Eriksen estaban sentados de espaldas a �l, mirando una gran pantalla de v�deo donde se ve�a la cara y la cabeza afeitada de un hombre que se interrumpi� en mitad de una frase y dijo:</p><p>���Qui�n est� detr�s de ustedes?</p><p>Hudson mir� por encima del hombro.</p><p>��Hola, Ira. -La voz era tan helada como la mirada-. Me estaba preguntando cu�ndo comparecer�as.</p><p>��Entra -dijo Eriksen, en tono igualmente helado-. Llegas justo a tiempo para hablar con nuestro hombre de la Luna.</p></section><section><title><p>40</p></title><p>Pitt hab�a salido de aguas cubanas y estaba en la ruta que segu�an los barcos en el canal de las Bahamas. Pero su suerte se estaba agotando. Ninguno de los buques que pasaron por all� le descubri�. Un gran petrolero con pabell�n paname�o pas� a no m�s de una milla de distancia. �l se irgui� lo m�s que pudo sin volcar la ba�era y agit� la camisa, pero su peque�a embarcaci�n pas� inadvertida a los tripulantes.</p><p>Que un oficial de guardia en el puente enfocase sus gemelos al lugar exacto y en el momento preciso en que la ba�era se elevase sobre la cresta de una ola, antes de caer de nuevo en un seno y perderse de vista, era una posibilidad por la que no hubiese apostado ning�n jugador profesional. Pitt comprendi� la amarga verdad: era un objetivo demasiado peque�o.</p><p>Los movimientos de Pitt se estaban volviendo mec�nicos. Ten�a entumecidas las piernas despu�s de balancearse en la exigua ba�era durante casi veinte horas, y el constante roce de las nalgas contra la dura superficie le hab�a levantado ampollas dolorosas. El sol tropical ca�a sobre �l, pero ten�a la piel curtida y las quemaduras por los rayos solares eran el menor de sus problemas.</p><p>El mar permanec�a en calma, pero todav�a ten�a que esforzarse continuamente en mantener la ba�era en la direcci�n del oleaje y achicar el agua al mismo tiempo. Hab�a vertido las �ltimas gotas de gasolina en el motor fuera borda, y llenado despu�s las latas con agua de mar para que le sirviesen de lastre.</p><p>Otros quince o veinte minutos era lo m�s que pod�a esperar que siguiese funcionando el motor antes de pararse por falta de gasolina. Despu�s, todo habr�a terminado. Sin control, la ba�era no tardar�a en llenarse de agua y hundirse.</p><p>Empez� a fallarle la mente; no hab�a dormido en treinta y seis horas. Se esforz� en permanecer despierto, manejando el tim�n y achicando agua con los brazos cansados y las manos arrugadas. Durante horas interminables sus ojos escrutaron el horizonte, sin ver nada que viajase en direcci�n a su peque�o sector de mar. Algunos tiburones hab�an chocado contra el fondo de la lenta ba�era, y uno de ellos cometi� el error de acercarse demasiado a la h�lice y �sta le cort� la aleta. Pitt les observaba con aire indiferente. Pens� tontamente en ofrecerles un banquete abriendo la boca y ahog�ndose, pero se dio cuenta de que era una idea est�pida y la borr� de su mente.</p><p>El viento empez� a soplar con m�s fuerza. Cay� un chaparr�n y deposit� un par de cent�metros de agua en la ba�era. El agua no era muy limpia, pero s� mejor que nada, La recogi� con las manos y engull� unos cuantos sorbos, y se sinti� aliviado.</p><p>Mir� el reluciente horizonte, hacia el oeste. Dentro de una hora ser�a de noche. Su �ltimo rayo de esperanza se desvanec�a con el sol poniente. Aunque de alguna manera se mantuviese a flote, nadie lo ver�a en la oscuridad.</p><p>Hab�a pecado de imprevisi�n, pens�. Hubiese tenido que robar una linterna.</p><p>De pronto, el motor fuera borda tosi� y arranc� de nuevo. Pitt redujo el gas lo m�s que se atrevi�, sabiendo que solamente retrasaba un minuto o dos lo inevitable.</p><p>Luch� contra la depresi�n moral e hizo acopio de valor para seguir achicando agua hasta que sus brazos no le obedeciesen o hasta que una ola cayese de costado sobre la ba�era a la deriva y la inundase. Vaci� una de las latas de gasolina que hab�a llenado con agua de mar. Cuando se hundiese la ba�era, pens�, la emplear�a como flotador. Mientras pudiese mover un m�sculo, no iba a darse por vencido.</p><p>El fiel y peque�o motor fuera borda volvi� a toser una vez, dos veces, y al fin se par�. Despu�s de haber estado oyendo el ruido del tubo de escape durante toda la noche anterior, Pitt se sinti� como sofocado por el s�bito silencio. Permaneci� sentado all�, en la peque�a y fat�dica embarcaci�n, sobre un mar vasto e indiferente y bajo un cielo claro y sin nubes.</p><p>Consigui� mantenerla a flote durante otra hora, a la luz del crep�sculo. Estaba tan fatigado, tan agotado f�sicamente, que no advirti� un peque�o movimiento en el agua a quinientos metros de distancia.</p><p>El capit�n de fragata Kermit Fulton se apart� del periscopio, con una expresi�n interrogadora en el semblante. Mir� a trav�s del cuarto de control del submarino <emphasis>Denver </emphasis>a su segundo oficial.</p><p>���Alg�n contacto en nuestros sensores?</p><p>El segundo oficial habl� por uno de los tel�fonos del cuarto de control.</p><p>��Nada en el radar, capit�n. El sonar ha registrado un peque�o contacto, pero lo ha perdido hace cosa de un minuto.</p><p>���Qu� deducen de ello?</p><p>La respuesta tardaba en llegar, por lo que el capit�n repiti� la pregunta.</p><p>��El encargado del sonar dice que parec�a un peque�o motor fuera borda, de no m�s de veinte caballos de potencia.</p><p>��Aqu� pasa algo muy raro -dijo Fulton-. Quiero comprobar lo que es. Reduzcan la velocidad a un tercio y viren cinco grados a babor.</p><p>Apret� de nuevo la frente contra el ocular del periscopio y puso el aumento al m�ximo. Poco a poco, con aire de perplejidad, se ech� atr�s.</p><p>��D� la orden de salir a la superficie.</p><p>���Ha visto algo? -pregunt� el segundo oficial.</p><p>El capit�n asinti� con la cajpeza, en silencio.</p><p>Todos los que estaban en el cuarto de control miraron con curiosidad a Fulton. El segundo oficial tom� la iniciativa.</p><p>���Quiere decirnos de qu� se trata, capit�n?</p><p>��Llevo veintitr�s a�os en el mar -dijo Fulton- y cre�a que lo hab�a visto casi todo. Pero que me aspen si no hay un hombre all�, a casi cien millas de la tierra m�s pr�xima, flotando en una ba�era.</p></section><section><title><p>41</p></title><p>Desde la desaparici�n del dirigible, el almirante Sandecker hab�a salido raras veces de su despacho. Se enterr� en un trabajo que pronto perdi� todo significado. Sus padres, aunque muy ancianos, viv�an todav�a, lo mismo que su hermano y su hermana. Sandecker no hab�a experimentado nunca realmente una tragedia personal.</p><p>Durante sus a�os en la Marina, estuvo absorto en su trabajo. Ten�a poco tiempo para establecer relaciones profundas con una mujer, y contaba con pocos buenos amigos, la mayor�a de ellos marinos como �l. Construy� una muralla a su alrededor, entre superiores y subordinados, y se mantuvo en el terreno intermedio. Alcanz� el grado de almirante antes de los cincuenta a�os, pero se sent�a anquilosado.</p><p>Cuando el Congreso aprob� su nombramiento de jefe de la Agencia Mar�tima y Submarina Nacional, volvi� a la vida. Entabl� buena amistad con tres personas inveros�miles, que le miraban con respeto pero le trataban como si estuviesen tomando unas copas en un bar.</p><p>Los desaf�os a los que hab�a tenido que hacer frente la AMSN les hab�an unido. Uno de ellos era Al Giordino, un extrovertido que se ofrec�a de buen grado para los proyectos m�s sucios y hurtaba los caros cigarros de Sandecker. Otro era Rudi Gunn, resuelto siempre a hacer las cosas a la perfecci�n, experto en programas de organizaci�n y que no habr�a podido hacerse un enemigo aunque lo hubiese intentado. Y el otro era Pitt, que hab�a contribuido m�s que nadie a reanimar el esp�ritu creador de Sandecker. Pronto fueron como padre e hijo.</p><p>La actitud liberal de Pitt ante la vida y su ingenio sarc�stico le segu�an como la cola a un cometa. No pod�a entrar en una habitaci�n sin animar el ambiente. Sandecker trat� ahora, sin conseguirlo, de borrar los recuerdos, de desprenderse del pasado. Se retrep� en el sill�n, detr�s de la mesa, y cerr� los ojos y se dej� dominar por el dolor. Perder a los tres de golpe era algo que escapaba a su comprensi�n.</p><p>Mientras estaba pensando en Pitt, se encendi� la luz y son� d�bilmente el timbre de su tel�fono privado. Se frot� brevemente las sienes y levant� el auricular.</p><p>���S�?</p><p>��Jim, �eres t�? Un amigo com�n del Pent�gono me ha dicho tu n�mero privado.</p><p>��Disc�lpeme. Estaba distra�do. No reconozco la voz.</p><p>��Soy Clyde. Clyde Monfort.</p><p>Sandecker se puso tenso.</p><p>���Qu� sucede, Clyde?</p><p>��Acabo de recibir un mensaje de nuestros submarinos que regresan de maniobras de desembarco en Jamaica.</p><p>���Y qu� tengo yo que ver con esto?</p><p>��El capit�n de un submarino informa de que ha recogido a un n�ufrago hace no m�s de veinte minutos. No es exactamente normal que nuestras fuerzas submarinas nucleares acepten desconocidos a bordo, pero este hombre afirm� que trabajaba para ti y se puso bastante violento cuando el capit�n se neg� a permitirle que enviase un mensaje.</p><p>���Pitt!</p><p>��Has acertado -respondi� Monfort-. �ste es el nombre que dio. Dirk Pitt. �C�mo lo has sabido?</p><p>���Gracias a Dios!</p><p>���Es aut�ntico?</p><p>��S�, s�, lo es -dijo Sandecker con impaciencia-. �Y qu� hay de los otros?</p><p>��No hay otros. Pitt estaba solo en una ba�era.</p><p>��Repite esto.</p><p>��El capit�n jura que era una ba�era con un motor fuera borda.</p><p>Como conoc�a a Pitt, Sandecker no dud� un momento de la veracidad de la historia.</p><p>���Cu�nto tiempo necesitar�s para hacer que le recoja un helic�ptero y le deje en el aer�dromo m�s pr�ximo para que se traslade a Washington?</p><p>��Sabes que esto es imposible, Jim. No puedo hacer que le suelten hasta que el submarino haya atracado en su base de Charleston.</p><p>��No cuelgues, Clyde. Llamar� a la Casa Blanca por otra l�nea y conseguir� la autorizaci�n.</p><p>���Tanta influencia tienes? -pregunt� Monfort con incredulidad.</p><p>��Para esto y para m�s.</p><p>���Puedes decirme de qu� se trata, Jim?</p><p>��Acepta mi palabra. Es mejor que no te metas en esto.</p><p>Se hab�an reunido en la Casa Blanca para una fiesta en honor del primer ministro de la India, Rajiv Gandhi, que realizaba un viaje de buena voluntad por los Estados Unidos. Actores y l�deres sindicales, atletas y multimillonarios, todos intercambiaban sus opiniones y sus diferencias, y se mezclaban como vecinos en un acto social dominical.</p><p>Los ex presidentes Ronald Reagan y Jimmy C�rter conversaban y actuaban como si nunca hubiesen salido del Ala Oeste. De pie en un rinc�n lleno de flores, el secretario de Estado Douglas Oates cambiaba historias de guerra con Henry Kissinger, mientras el quarterback de los Houston Oilers, ganadores de la Superbowl, estaba plantado delante de la chimenea y miraba descaradamente los senos de la locutora de la ABC, Sandra Malone.</p><p>El presidente brind� con el primer ministro Gandhi y despu�s le present� a Charles Murphy, que hab�a sobrevolado recientemente la Ant�rtida en globo. La esposa del presidente se acerc�, tom� a su marido del brazo y le condujo hacia la pista de baile del regio sal�n.</p><p>Un auxiliar de la Casa Blanca capt� la mirada de Dan Fawcett y se�al� con la cabeza hacia la puerta. Fawcett se acerc� a �l, le escuch� y despu�s se dirigi� al presidente. La cadena de mando funcionaba perfectamente.</p><p>��Disc�lpeme, se�or presidente, pero acaba de llegar un mensajero con una ley aprobada por el Congreso y que tiene usted que firmar antes de la medianoche.</p><p>El presidente asinti� con la cabeza, en se�al de comprensi�n. No hab�a ninguna ley a firmar. Era una frase en clave que indicaba un mensaje urgente. Se excus� con su esposa, cruz� el pasillo y entr� en un peque�o despacho privado. Esper� a que Fawcett cerrase la puerta antes de descolgar el tel�fono.</p><p>��Aqu� el presidente.</p><p>��Soy el almirante Sandecker, se�or.</p><p>��S�, almirante, �qu� sucede?</p><p>��Tengo al jefe de las Fuerzas Navales del Caribe en otra l�nea. Acaba de informarme de que uno de mis hombres, que hab�a desaparecido con Jessie LeBaron, ha sido salvado por uno de nuestros submarinos.</p><p>���Ha sido identificado?</p><p>��Es Dirk Pitt.</p><p>��Ese hombre debe ser indestructible o muy afortunado -dijo el presidente con un deje de alivio en su voz-. �Cu�ndo podemos tenerle aqu�?</p><p>��El almirante Clyde Monfort est� en la otra l�nea esperando autorizaci�n para un transporte urgente.</p><p>���Puede ponerme con �l?</p><p>��Un momento, se�or.</p><p>Hubo una breve pausa seguida de un chasquido. El presidente dijo:</p><p>��Almirante Monfort, �me oye?</p><p>��Le oigo.</p><p>��Soy el presidente. �Reconoce mi voz?</p><p>��S�, se�or, la reconozco.</p><p>��Quiero que Pitt est� en Washington lo antes posible. �Entendido?</p><p>��S�, se�or presidente. Har� que un reactor de la Marina le deposite en el aeropuerto de la base Andrews de la Fuerza A�rea antes del amanecer.</p><p>��Tienda una red de secreto alrededor de este asunto, almirante. Mantenga el submarino en el mar y ponga a los pilotos o a cualquiera que se acerque a menos de cien metros de Pitt bajo confinamiento durante tres d�as.</p><p>Hubo una breve vacilaci�n.</p><p>��Sus �rdenes ser�n cumplidas.</p><p>��Gracias. Ahora d�jeme hablar con el almirante Sandecker.</p><p>��Estoy aqu�, se�or presidente.</p><p>���Lo ha o�do? El almirante Monfort har� que Pitt est� en Andrews antes del amanecer.</p><p>��Ir� personalmente a recibirle.</p><p>��Bien. Ll�vele en helic�ptero a la sede de la C�A en Langley. Martin Brogan y representantes m�os y del Departamento de Estado estar�n esperando para interrogarle.</p><p>��Es posible que no pueda arrojar luz sobre nada.</p><p>��Probablemente tenga raz�n -dijo cansadamente el presidente-. Espero demasiado. Creo que siempre he esperado demasiado.</p><p>Colg� y suspir� profundamente. Orden� sus ideas durante un instante y las archiv� en un rinc�n de la mente, para recuperarlas m�s tarde, t�cnica que m�s o menos deprisa llegan a dominar todos los presidentes. Pasar de los problemas a la rutina trivial y volver a los problemas como cuando se enciende y se apaga una luz eran unas exigencias del cargo.</p><p>Fawcett sab�a interpretar los estados de �nimo del presidente y esper� con paciencia. Por fin dijo:</p><p>��Tal vez no ser�a mala idea que asistiese yo al interrogatorio.</p><p>El presidente le mir� tristemente.</p><p>��Vendr� conmigo a Camp David al salir el sol.</p><p>Fawcett le mir� perplejo.</p><p>��En su agenda no est� previsto un viaje a Camp David. Casi toda la ma�ana est� reservada a reuniones con l�deres del Congreso para tratar del presupuesto.</p><p>��Tendr�n que esperar. Ma�ana tengo que celebrar una conferencia m�s importante.</p><p>��Como jefe de su personal, �puedo preguntarle con qui�n va a conferenciar?</p><p>��Con unos hombres que se hacen llamar el �c�rculo privado�.</p><p>Fawcett mir� al presidente, apretando poco a poco los labios.</p><p>��No comprendo.</p><p>��Deber�a comprenderlo, Dan. Usted es uno de ellos.</p><p>Antes de que el perplejo Fawcett pudiese replicar, el presidente sali� del despacho y se reuni� con sus invitados.</p></section><section><title><p>42</p></title><p>La sacudida del aterrizaje despert� a Pitt. Fuera del jet bimotor de la Marina, el cielo estaba todav�a oscuro. A trav�s de una peque�a ventana, pudo ver los primeros resplandores anaranjados que preced�an al nuevo d�a.</p><p>Las ampollas causadas por el roce con la ba�era casi le hac�an imposible estar sentado, y hab�a dormido de costado, en una posici�n violenta. Se sent�a p�simamente y ten�a sed de algo que no fuese los zumos de fruta que le hab�a obligado a tragar en enormes cantidades el demasiado sol�cito m�dico del submarino.</p><p>Se pregunt� qu� har�a si volv�a un d�a a encontrarse con Foss Gly. Por muy infernales que fuesen los castigos que creaba en su mente, no le parec�an suficientes. La idea del tormento que inflig�a Gly a Jessie, a Giordino y a Gunn le obsesionaba. Sent�a remordimientos por haber escapado.</p><p>Se extingui� el zumbido de los motores del reactor y se abri� la puerta. Baj� r�gidamente la escalerilla y se rundi� en un abrazo con Sandecker. El almirante daba raras veces un apret�n de manos, por lo que la inesperada muestra de afecto sorprendi� a Pitt.</p><p>��Suspongo que lo que dices de que mala hierba nunca muere es verdad -dijo Sandecker con voz ronca.</p><p>��Es mejor salvar el pellejo que perderlo -respondi� sonriendo Pitt.</p><p>Sandecker le asi� de un brazo y le condujo a un coche que esperaba.</p><p>��Le esperan en la sede de la C�A en Langley para interrogarle.</p><p>Pitt se detuvo de pronto.</p><p>��Ellos est�n vivos -anunci� brevemente.</p><p>���Vivos? -dijo, pasmado, Sandecker-. �Todos?</p><p>��Prisioneros de los rusos y torturados por un desertor.</p><p>La incomprensi�n se pint� en el rostro de Sandecker.</p><p>���Estuvieron en Cuba?</p><p>��En una de las islas pr�ximas -explic� Pitt-. Tenemos que informar a los rusos de mi rescate lo antes posible, para impedir que�</p><p>��M�s despacio -le interrumpi� Sandecker-. Estoy perdiendo el hilo, Mejor a�n, espere a referir toda la historia cuando lleguemos a Langley. Supongo que tendr� mucho que contar.</p><empty-line/><p>Mientras volaban sobre la ciudad, empez� a llover. Pitt contempl� a trav�s del parabrisas de plexigl�s las ochenta hect�reas de bosque que rodeaban la vasta estructura de m�rmol gris y hormig�n que era sede del ej�rcito de esp�as de los Estados Unidos. Desde el aire, parec�a desierta; no se ve�a a nadie en el lugar. Incluso la zona de aparcamiento estaba s�lo ocupada en una cuarta parte. La �nica forma humana que Pitt pudo distinguir era una estatua del esp�a m�s famoso de la naci�n, Nathan Hale, que hab�a cometido el error de dejarse atrapar y hab�a sido ahorcado</p><p>Dos altos oficiales estaban esperando en la pista para helic�pteros, provistos de paraguas. Todos entraron corriendo en el edificio y Pitt y Sandecker fueron introducidos en un gran sal�n de conferencias. Hab�a all� seis hombres y una mujer. Martin Brogan se acerc�, estrech� la mano a Pitt y le present� a los otros. Pitt les salud� con la cabeza y pronto olvid� sus nombres.</p><p>Brogan dijo:</p><p>��Creo que ha tenido un viaje muy accidentado.</p><p>��No lo recomendar�a a los turistas-respondi� Pitt.</p><p>���Puedo ofrecerle algo de comer � de beber? -dijo amablemente Brogan-. �Una taza de caf� o tal vez un desayuno?</p><p>��Me apetecer�a una cerveza bien fr�a�</p><p>��Desde luego -Brogan levant� el tel�fono y dijo algo-. Estar� aqu� dentro de un minuto.</p><p>La sala de conferencias era sencilla en comparaci�n con las de oficinas de empresas comerciales. Las paredes eran de un color beige neutro, lo mismo que la alfombra, y los muebles parec�an proceder de una tienda de saldos. No hab�a cuadros ni adornos de clase alguna que la animasen. Una habitaci�n cuya �nica funci�n era servir de lugar de trabajo.</p><p>Ofrecieron una silla a Pitt en un extremo de la mesa, pero rehus�. Sus posaderas no estaban todav�a en condiciones de sentarse. Todos los que estaban en la sala le miraban fijamente, y empez� a sentirse como un animal del zoo una tarde de domingo.</p><p>Brogan le dirigi� una sonrisa franca.</p><p>��Tenga la bondad de contarnos desde el principio todo lo que ha o�do y observado. Su relato ser� registrado y transcrito. Despu�s pasaremos a las preguntas y respuestas. �Le parece bien?</p><p>Lleg� la cerveza. Pitt tom� un largo trago, se sinti� mejor y empez� a relatar los sucesos, desde que se hab�a elevado en Key West hasta que hab�a visto surgir el submarino del agua a pocos metros de la ba�era que se estaba hundiendo. No omiti� nada y se tom� todo el tiempo necesario, explicando todos los detalles por triviales que fuesen, que pod�a recordar. Tard� en ello casi una hora y media, pero los otros le escucharon atentamente sin interrogarle ni interrumpirle. Cuando por fin hubo terminado, descans� cuidadosamente su dolorido cuerpo en una silla y esper� con calma a que todos consultasen sus notas.</p><p>Brogan orden� un breve descanso, mientras tra�an fotograf�as a�reas de Cayo Santa Mar�a, fichas sobre Velikov y Gly y las copias de la narraci�n. Despu�s de cuarenta minutos de estudio, Brogan inici� el interrogatorio.</p><p>��Llevaban armas en el dirigible. �Por qu�?</p><p>��Las noticias sobre el naufragio del <emphasis>Cyclops </emphasis>indicaban que yac�a en aguas cubanas. Pareci� adecuado llevar un escudo a prueba de balas y un lanzador de misiles como medidas de protecci�n.</p><p>��Desde luego, se da usted cuenta de que su ataque no autorizado contra un helic�ptero patrullero cubano estuvo en contra de la pol�tica del Gobierno.</p><p>Esto lo dijo un hombre que Pitt record� que trabajaba para el Departamento de Estado.</p><p>��Me gui� por una ley de rango superior -dijo Pitt, con una ir�nica sonrisa.</p><p>���Puedo preguntarle qu� ley es �sta?</p><p>��Procede del Viejo Oeste; algo que ellos llamaban leg�tima defensa. Los cubanos dispararon calculo que un millar de proyectiles antes de que Al Giordino volase el helic�ptero. Brogan sonri�. Le gustaban los hombres como Pitt.</p><p>��Lo que m�s nos interesa ahora es su descripci�n de la instalaci�n de los rusos en la isla. Dice que no est� vigilada.</p><p>��Los �nicos guardias que vi a nivel del suelo fueron los que se hallaban en la entrada del recinto. Nadie patrullaba en los caminos o en las playas. La �nica medida de seguridad era una valla electrificada.</p><p>��Esto explica por qu� la c�mara de infrarrojos no detect� ninguna se�al de actividad humana -dijo un analista, examinando las fotos.</p><p>��Esto es impropio de los rusos -murmur� otro oficial de la C�A-. Casi siempre revelan sus bases secretas por la exageraci�n de sus medidas de seguridad.</p><p>��Esta vez no -dijo Pitt-. Se han pasado al extremo opuesto y les ha dado resultado. El general Velikov declar� que era la instalaci�n militar m�s importante fuera de la Uni�n Sovi�tica. Y creo que nadie de su agencia se dio cuenta de ello hasta ahora.</p><p>��Confieso que tal vez nos enga�aron -dijo Brogan-. Siempre que lo que nos ha dicho usted sea verdad.</p><p>Pitt dirigi� una fr�a mirada a Brogan. Despu�s se levant�, dolorido, de su silla, y se dirigi� a la puerta.</p><p>��Muy bien, t�melo como usted quiera. Ment�. Gracias por la cerveza.</p><p>���Puedo preguntarle adonde va?</p><p>��A convocar una conferencia de prensa -dijo Pitt, hablando directamente a Brogan-. Estoy perdiendo un tiempo precioso por su causa. Cuanto antes haga p�blica mi huida y pida la liberaci�n de los LeBaron, Giordino y Gunn, antes se ver� obligado Velikov a suspender sus torturas y su ejecuci�n.</p><p>Se hizo un impresionante silencio. Ninguno de los que se sentaban a la mesa de conferencias pod�a creer que Pitt se dispusiese a salir; nadie, salvo Sandecker. Permaneci� sentado, sonriendo con aire triunfal.</p><p>��Ser� mejor que se tranquilice, Martin. Se les acaba de ofrecer una informaci�n m�s importante de la que pod�an imaginar y, si ninguno de los que est�n en esta habitaci�n es capaz de reconocerlo, les sugiero que se busquen otro trabajo.</p><p>Brogan pod�a ser brusco y eg�latra, pero no era tonto. Se levant� r�pidamente y detuvo a Pitt en la puerta.</p><p>��Perdone a un viejo irland�s que ha salido escaldado m�s veces de las que puede contar. Treinta a�os en este oficio y uno se convierte naturalmente en un incr�dulo Tom�s. Por favor, ay�denos a juntar las piezas del rompecabezas. Despu�s hablaremos de lo que hay que hacer por sus amigos y los LeBaron.</p><p>��Le costar� otra cerveza -dijo Pitt.</p><p>Brogan y los otros se echaron a re�r. Se hab�a roto el hielo, y continuaron las preguntas desde todos los lados de la mesa.</p><p>���Es �ste Velikov? -pregunt� un analista, mostrando una fotograf�a.</p><p>��S�, es el general Peter Velikov. Su ingl�s con acento americano es literalmente perfecto. Olvidaba decir que ten�a mi expediente, incluido una rese�a biogr�fica.</p><p>Sandecker mir� a Brogan.</p><p>��Parece que Sam Emmett tiene un topo en la secci�n de archivos del FBI.</p><p>Brogan sonri� sarc�sticamente.</p><p>��A Sam no le gustar� enterarse de esto.</p><p>��Podr�amos escribir un libro sobre las haza�as de Velikov -dijo un hombre corpulento, dirigi�ndose a Pitt-. Me gustar�a que, en otra ocasi�n, me describiese sus peculiaridades.</p><p>��Con mucho gusto -dijo Pitt.</p><p>���Y es �ste Foss Gly, el inquisidor de mano dura?</p><p>Pitt mir� la segunda fotograf�a y asinti� con la cabeza.</p><p>��Su cara es diez a�os m�s vieja que cuando se tom� esta foto, pero es �l.</p><p>��Un mercenario americano, nacido en Arizona -dijo el analista-. �Le conoc�a de antes?</p><p>��S�, le conoc� durante el proyecto <emphasis>Empress of Ireland </emphasis>para el Tratado Norteamericano. Supongo que lo recuerdan.</p><p>Brogan asinti� con la cabeza.</p><p>��Yo s� -dijo.</p><p>��Volviendo a la disposici�n del edificio -dijo la mujer-, �cu�ntas plantas tiene?</p><p>��Seg�n el indicador del ascensor, cinco. Todas bajo tierra.</p><p>���Tiene idea de las dimensiones?</p><p>��Lo �nico que pude ver fue mi celda, el pasillo, el despacho de Velikov y un garaje. Ah, s�, y la entrada de la residencia, decorada al estilo de un castillo espa�ol.</p><p>���Grosor de las paredes?</p><p>��Alrededor de medio metro.</p><p>���Calidad de la construcci�n?</p><p>��Buena. Ni humedad ni grietas visibles en el hormig�n.</p><p>���Qu� clase de veh�culos hab�a en el garaje?</p><p>��Dos camiones militares. Los dem�s, dedicados a la construcci�n: un bulldozer, una excavadora, un recogedor de cerezas.</p><p>La mujer levant� la mirada de sus notas.</p><p>��Perd�n. �El �ltimo?</p><p>��Un recogedor de cerezas -explic� Pitt-. Un cami�n especial, con una plataforma telesc�pica para trabajar en las alturas. Los usan los que podan �rboles y los operarios de las l�neas telef�nicas.</p><p>���Dimensiones aproximadas de la antena parab�lica?</p><p>��Fue dif�cil medirla en la oscuridad. Aproximadamente trescientos metros de longitud por doscientos de anchura. Es izada hasta su posici�n de funcionamiento por brazos hidr�ulicos camuflados como palmeras.</p><p>���Maciza o de reja?</p><p>��De reja.</p><p>���Circuitos, cajas de empalmes, repetidores?</p><p>��No vi ninguno, lo cual no quiere decir que no estuviesen.</p><p>Brogan hab�a seguido estas preguntas sin intervenir. Ahora levant� una mano y mir� a un hombre de aspecto estudioso sentado a uno de los lados de la mesa.</p><p>���Qu� deduce de esto, Charlie?</p><p>��No hay bastantes detalles t�cnicos para saber exactamente su objetivo. Pero hay tres posibilidades. Una de ellas es que sea una estaci�n de escucha capaz de interceptar se�ales telef�nicas, de radio y de radar en todos los Estados Unidos. Otra, que sea una poderosa instalaci�n para crear interferencias y que est� all� a la espera de un momento crucial, como un primer golpe nuclear, para ser activada y dar al traste con todas nuestras comunicaciones militares y comerciales. La tercera posibilidad es que tenga capacidad para transmitir informaciones falsas a trav�s de nuestros sistemas de comunicaci�n. Y lo m�s preocupante es que el tama�o y la complicada disposici�n de la antena sugiere la capacidad de realizar las tres funciones.</p><p>Los m�sculos de la cara de Brogan se tensaron. El hecho de que semejante operaci�n supersecreta de espionaje se hubiese realizado a menos de doscientas millas de la costa de los Estados Un�dos no era exactamente para entusiasmar al director de la Agencia Central de Inteligencia.</p><p>��Si ocurre lo peor, �qu� podemos esperar?</p><p>��Temo -respondi� Charlie- que podemos esperar un poderoso y electr�nicamente avanzado instrumento, capaz de interceptar las comunicaciones por radio y por tel�fono y emplear la tecnolog�a de retraso para que un modern�simo sintetizador computarizado imite las voces de los que llaman y altere las conversaciones. Les sorprender�a ver c�mo pueden ser manipuladas sus palabras por tel�fono sin que su interlocutor advierta el cambio. En realidad, la Agencia de Seguridad Nacional emplea el mismo tipo de equipo a bordo de un barco.</p><p>��As� pues, los rusos nos han alcanzado -dijo Brogan.</p><p>��Su tecnolog�a es probablemente m�s tosca que la nuestra, pero parece que han dado un paso adelante y la han mejorado en gran manera.</p><p>La mujer mir� a Pitt.</p><p>��Ha dicho usted que la isla era abastecida mediante submarinos.</p><p>��As� me lo dijo Raymond LeBaron -dijo Pitt-. Y en lo poco que vi de la costa no hab�a ning�n lugar de amarre.</p><p>Sandecker juguete� con uno de sus cigarros pero no lo encendi�. Apunt� con �l a Brogan.</p><p>��Parece que los sovi�ticos han recurrido a t�cnicas desacostumbradas para despistar a sus vigilantes de Cuba, Martin.</p><p>��El miedo a ser descubiertos se manifest� durante el interrogatorio -dijo Pitt-. Velikov insisti� en que �ramos agentes a sueldo de usted.</p><p>��En realidad, no puedo censurar por ello a ese bastardo -dijo Brogan-. Su llegada debi� sacarle de sus casillas.</p><p>��Se�or Pitt, �podr�a describir a las personas que estaban cenando cuando llegaron ustedes? -pregunt� un hombre con aire de erudito y que llevaba un su�ter a cuadros.</p><p>��Aproximadamente, dir�a que eran diecis�is mujeres y dos docenas de hombres.</p><p>���Ha dicho mujeres?</p><p>��S�.</p><p>���De qu� tipo? -pregunt� la �nica mujer presente en el sal�n.</p><p>Pitt tuvo que preguntar:</p><p>��Defina lo de tipo.</p><p>��Ya sabe -respondi� seriamente ella-. Esposas, bellas damas solteras, o prostitutas.</p><p>��Desde luego, no eran prostitutas. La mayor�a de ellas vest�a uniforme y, probablemente, formaba parte del personal de Velikov. Las que llevaban alianzas parec�an ser esposas de los militares o los paisanos cubanos que se hallaban presentes.</p><p>���En qu� diablos estar� pensando Velikov? -pregunt� Brogan a nadie en particular-. �Cubanos con sus esposas en una instalaci�n supersecreta? Esto no tiene sentido. Sandecker mir� reflexivamente la mesa.</p><p>��Para m� tiene sentido -dijo-, si Velikov est� usando Cayo Santa Mar�a para algo m�s que espionaje electr�nico.</p><p>���Qu� insin�a, Jim? -pregunt� Brogan. -La isla ser�a una excelente base de operaciones para derribar el gobierno Castro.</p><p>Brogan le mir� asombrado.</p><p>���C�mo se ha enterado usted de esto?</p><p>��El presidente me inform� -respondi� Sandecker, con altaner�a.</p><p>��Ya veo.</p><p>Pero estaba claro que Brogan no ve�a nada.</p><p>��Escuchen -dijo Pitt-, me doy cuenta de que todo esto es sumamente importante, pero cada minuto que gastamos con nuestras especulaciones pone a Jessie, a Al y a Rudi mucho m�s cerca de la muerte. Espero que hagan ustedes todo lo posible para salvarles. Pueden empezar notificando a los rusos que, gracias a mi fuga, est�n enterados de que los mantienen prisioneros.</p><p>La petici�n de Pitt fue acogida con un extra�o silencio. Nadie, salvo Sandecker, le mir�. Especialmente la gente de la C�A evit� su mirada.</p><p>��Disc�lpeme -dijo fr�amente Brogan-, pero creo que no ser�a una maniobra acertada.</p><p>Los ojos de Sandecker brillaron s�bitamente de c�lera.</p><p>��Cuidado con lo que dice, Martin. S� que est� dando vueltas a un plan maquiav�lico en su mente. Pero advierta, amigo m�o, que tendr� que hab�rselas conmigo y que no estoy dispuesto a dejar que mis amigos sean arrojados literalmente a los tiburones.</p><p>��Nos estamos jugando mucho -dijo Brogan-. Tener a Velikov a oscuras puede ser muy ventajoso.</p><p>���Y sacrificar varias vidas por un juego de espionaje? -dijo amargamente Pitt-. Ni hablar.</p><p>��Espere un momento, por favor -suplic� Brogan-. Estoy de acuerdo en hacer que se filtre el rumor de que sabemos que los LeBaron y su gente de la AMSN est�n vivos. Despu�s acusaremos a los cubanos de haberlos encarcelado en La Habana.</p><p>���C�mo podemos esperar que Velikov se trague algo que sabe que es falso?</p><p>��No espero que se deje enga�ar con esto. No es un cretino. Sospechar� algo y se preguntar� cu�nto sabemos acerca de su isla. Es todo lo que puede hacer: plantearse una interrogaci�n. Tambi�n enturbiaremos las aguas diciendo que nuestra informaci�n se basa en pruebas fotogr�ficas que demuestran que su bote hinchable fue arrojado a la isla de Cuba. Esto deber�a hacer que Velikov aflojase la presi�n sobre los cautivos y siguiese debati�ndose en la incertidumbre. <emphasis>La pi�ce de r�sistance </emphasis>ser� el descubrimiento del cad�ver de Pitt por un pescador de las Bahamas.</p><p>���Qu� diablos se propone? -pregunt� Sandecker.</p><p>��Todav�a no lo tengo bien meditado -confes� Brogan-. Pero la idea fundamental es llevar de nuevo y en secreto a Pitt a la isla.</p><p>En cuanto hubo terminado el interrogatorio de Pitt, Brogan volvi� a su despacho y descolg� el tel�fono. Su llamada tuvo que pasar por los intermediarios de costumbre antes de que el presidente se pusiese al aparato.</p><p>��Por favor, hable deprisa, Martin. Estoy a punto de salir para Camp David.</p><p>��Hemos terminado de interrogar a Dirk Pitt.</p><p>���Pudo dar alg�n dato interesante?</p><p>��Nos dio la informaci�n que nosotros discutimos.</p><p>���El cuartel general de Velikov?</p><p>��Nos condujo directamente a su madriguera.</p><p>��Buen trabajo. Ahora podr�n ustedes iniciar una operaci�n de infiltraci�n.</p><p>��Creo que ser�a adecuada una soluci�n m�s permanente.</p><p>���Quiere usted decir contrarrestar su amenaza revelando la existencia de la base a la prensa mundial?</p><p>��No. Quiero decir ir all� y destruirla.</p><p>El presidente tom� un ligero desayuno despu�s de llegar a Camp David. El tiempo era anormalmente c�lido; era como un veranillo de propina, y el presidente vest�a pantalones de algod�n y su�ter de manga corta.</p><p>Estaba sentado en un gran sill�n de orejas, con varias carpetas sobre sus rodillas, y estudiaba las historias personales de los componentes del �c�rculo privado�. Despu�s de leer la �ltima ficha, cerr� los ojos, sopesando las alternativas, pregunt�ndose qu� dir�a a los hombres que estaban esperando en el comedor principal del edificio.</p><p>Hagen entr� en el despacho y guard� silencio hasta que el presidente abri� los ojos.</p><p>��Cuando t� quieras, Vince.</p><p>El presidente se levant� despacio del sill�n.</p><p>��Cuanto antes mejor.</p><p>Los otros estaban esperando alrededor de la larga mesa del comedor, tal como hab�a dispuesto el presidente. No hab�a ning�n guardia presente; no hac�an falta. Todos eran hombres honorables que no ten�an la menor intenci�n de cometer un crimen. Se pusieron respetuosamente en pie al entrar �l en la habitaci�n, pero el presidente les hizo adem�n de que se sentaran.</p><p>Estaban presentes los ocho: el general Fischer, Booth, Mitchell, Busche, que estaba sentado a un lado de la mesa frente a Eriksen, el senador Porter y Dan Fawcett. Hudson estaba sentado solo en el extremo de la mesa. Solamente faltaba Raymond LeBaron.</p><p>Todos vest�an con sencillez y estaban c�modamente sentados, como jugadores de golf en un club; relajados, sumamente confiados y sin dar se�ales de tensi�n.</p><p>��Buenos d�as, se�or presidente -salud� animadamente el senador Porter-. �A qu� debemos el honor de esta misteriosa convocatoria?</p><p>El presidente carraspe�.</p><p>��Todos ustedes saben por qu� les hecho venir. Por consiguiente, no nos andemos con rodeos.</p><p>���No quiere felicitarnos? -pregunt� sarc�sticamente Clyde Booth.</p><p>��Puedo felicitarles o no felicitarles -dijo fr�amente el presidente-. Esto depender�.</p><p>��Depender�, �de qu�? -pregunt� rudamente Gunnar Eriksen.</p><p>��Creo que lo que busca el presidente -dijo Hudson- es que permitamos a los rusos reclamar una participaci�n en la Luna.</p><p>��Esto y una confesi�n de asesinato en masa.</p><p>Se hab�an cambiado los papeles. Se quedaron all� sentados, con ojos de besugo en un congelador, mirando al presidente.</p><p>El senador Porter, que pensaba con rapidez, fue el primero en atacar.</p><p>���Una ejecuci�n a lo g�nster o al estilo de <emphasis>Ars�nico por compasi�n, </emphasis>vertiendo veneno en el t�? Si me permite preguntarlo, se�or presidente, �de qu� demonios est� hablando?</p><p>��De la peque�a an�cdota de nueve cosmonautas sovi�ticos muertos.</p><p>���Los que se perdieron durante las primeras misiones Soyuz? -pregunt� Dan Fawcett.</p><p>��No -respondi� el presidente-. Los nueve rusos que fueron muertos en las sondas lunares Selenos.</p><p>Hudson agarr� el borde de la mesa y mir� como si hubiese sido electrocutado.</p><p>��Las naves espaciales Selenos no iban tripuladas.</p><p>��Esto es lo que quer�an los rusos que pensara el mundo; pero, en realidad, hab�a tres hombres en cada una de ellas. Tenemos a una de las tripulaciones congeladas en el dep�sito de cad�veres del hospital Walter Reed, si quieren examinar los restos.</p><p>Nadie habr�a pensado en mirarlo. Se consideraban ciudadanos con sentimientos morales y que trabajaban para su pa�s. Lo �ltimo que cualquiera de ellos esperaba ver en un espejo era la imagen de un asesino a sangre fr�a. Decir que el presidente ten�a a sus oyentes en un pu�o habr�a sido un eufemismo.</p><p>Hagen estaba como fascinado. Todo esto era nuevo para �l.</p><p>��Si me lo permiten -sigui� diciendo el presidente-, mezclar� los hechos con las especulaciones. Para empezar, ustedes y sus colonos en la Luna han realizado una haza�a incre�ble. Les felicito por su perseverancia y su genio, como lo har� el mundo en las semanas venideras. Sin embargo, han cometido involuntariamente un terrible error que f�cilmente podr�a empa�ar su logro.</p><p>�En su celo por hacer ondear la bandera estrellada han prescindido del tratado internacional que rige las actividades en la Luna y que fue ratificado por los Estados Unidos, la Uni�n Sovi�tica y otros tres pa�ses en 1984. Ustedes reclamaron por su cuenta la Luna como posesi�n soberana y, hablando en met�fora, plantaron un r�tulo de �Prohibido el Paso�. Y lo confirmaron destruyendo tres sondas lunares sovi�ticas. Una de ellas, Selenos 4, consigui� volver hacia la Tierra; y estuvo sobrevolando en �rbita durante dieciocho meses antes de que se restableciese el control. Los ingenieros espaciales sovi�ticos trataron de hacerla aterrizar en las estepas de Kazakhst�n, pero la nave estaba averiada y cay� cerca de Cuba.</p><p>�Con el pretexto de la busca del tesoro, ustedes enviaron a Raymond LeBaron para que la encontrase antes que los rusos. Hab�a que borrar las huellas delatoras del da�o causado por sus colonos. Pero los cubanos se anticiparon a los dos y recobraron la nave espacial hundida. Ustedes no lo han sabido hasta ahora, y los rusos todav�a no lo saben. A menos que� -El presidente hizo una pausa despu�s de esta palabra-. A menos que Raymond LeBaron haya revelado bajo tortura lo que sabe de la Jersey Colony. S� de fuente fidedigna que los cubanos le capturaron y entregaron al servicio secreto militar sovi�tico, el GRU.</p><p>��Raymond no hablar� -dijo airadamente Hudson.</p><p>��Tal vez no tenga que hacerlo -replic� el presidente-. Hace unas pocas horas que los analistas de informaci�n, a quienes ped� que volviesen a examinar las se�ales espaciales sovi�ticas recibidas durante las �rbitas de regreso de, Selenos 4, han descubierto que sus datos sobre la superficie lunar fueron transmitidos a una estaci�n de seguimiento situado en la isla de Socotra, cerca del Yemen. �Comprenden las consecuencias, caballeros?</p><p>��Comprendemos lo que quiere decir. -Era el general Fisher quien hablaba en tono reflexivo-. Los sovi�ticos pueden tener pruebas visuales de la Jersey Colony.</p><p>��S�, y probablemente ataron cabos y pensaron que los que estaban all� arriba ten�an algo que ver con los desastres de las Selenos. Pueden estar seguros de que tomar�n represalias. Sin llamadas por el tel�fono rojo, sin mensajes cursados a trav�s de v�as diplom�ticas, sin anuncios de la TASS o en <emphasis>Pravda. </emphasis>La batalla por la Luna se mantendr� secreta por ambos bandos. En resumen, caballeros, el resultado es que han iniciado ustedes una guerra que pueble ser imposible de atajar.</p><p>Los hombres sentados alrededor de la mesa estaban impresionados y confusos, perplejos e irritados. Pero solamente estaban irritados a causa de un error de c�lculo en un hecho del que no pod�an tener conocimiento. La horrible verdad tard� varios momentos en registrarse en sus mentes.</p><p>��Habla usted de represalias sovi�ticas, se�or presidente -dijo Fawcett-. �Tiene alguna idea que confirma esa posibilidad?</p><p>��P�nganse ustedes en el lugar de los sovi�ticos. Estaban informados de los actos de ustedes al menos una semana antes de que fuese lanzada su estaci�n lunar Selenos 8. Si yo fuese el presidente Antonov, habr�a ordenado que la misi�n se convirtiese de una exploraci�n cient�fica en una operaci�n militar. Tengo pocas dudas en mi mente de que, cuando Selenos 8 alunice dentro de veinticuatro horas, un equipo especial de comandos sovi�ticos rodear� y atacar� la Jersey Colony. Y ahora d�ganme. �Puede la base defenderse por s� sola?</p><p>El general Fisher mir� a Hudson; despu�s se volvi� al presidente y encogi� los hombros.</p><p>��No sabr�a decirlo. Nunca trazamos planes de contingencia para el caso de un ataque armado contra la colonia. Si no recuerdo mal, su �nico armamento es un par de armas cortas y un lanzador de misiles.</p><p>��A prop�sito, �para cu�ndo estaba proyectado que sus colonos volviesen de la Luna?</p><p>��Deber�an despegar de all� aproximadamente dentro de treinta y seis horas -respondi� Hudson.</p><p>��Tengo curiosidad por saber una cosa -dijo el presidente-. �C�mo pretenden volver a trav�s de la atm�sfera terrestre? Ciertamente, su veh�culo de transporte lunar no tiene capacidad para hacer tal cosa.</p><p>Hudson sonri�.</p><p>��Volver�n al puerto espacial Kennedy, de Cabo Ca�averal, en la lanzadera.</p><p>El presidente suspir�.</p><p>��La <emphasis>Gettysburg. </emphasis>Est�pido de m� por no haberlo pensado. Est� ya amarrada en nuestra estaci�n espacial.</p><p>��Su tripulaci�n no ha sido todav�a advertida -dijo Steve Busche, de la NASA-, pero en cuanto se hayan recobrado.de la impresi�n de ver aparecer s�bitamente a los colonos en el veh�culo de transporte, estar�n m�s que dispuestos a admitir a unos pasajeros suplementarios.</p><p>El presidente hizo una pausa y mir� fijamente a los miembros del �c�rculo privado�, con expresi�n s�bitamente triste.</p><p>��La cuesti�n candente con la que todos tenemos que enfrentarnos, caballeros, es si los colonos de Jersey sobrevivir�n para emprender el viaje.</p></section><section><title><p>44</p></title><p>���De veras espera salirse con la suya? -pregunt� Pitt.</p><p>El coronel retirado Ram�n Kleist, de la Marina de los Estados Unidos, se balance� sobre los pies y se rasc� la espalda con un bast�n de petimetre.</p><p>��Con tal de que podamos retirarnos como una unidad con nuestras bajas, s�, creo que la misi�n puede realizarse con �xito.</p><p>��Nada tan complicado puede ser perfecto -dijo Pitt-. Destruir la instalaci�n y la antena, adem�s de matar a Velikov y a todo su personal, me parece que es querer abarcar demasiado.</p><p>��Su observaci�n ocular y las fotos de nuestros aviones de reconocimiento corroboran las pocas medidas defensivas del lugar.</p><p>���Cu�ntos hombres constituir�n su equipo? -pregunt� Pitt.</p><p>��Treinta y uno, incluido usted.</p><p>��Los rusos descubrir�n sin duda alguna qui�nes atacaron su base secreta. Ser� como dar una patada a un nido de avispas.</p><p>��Todo forma parte del plan -dijo ligeramente Kleist.</p><p>Kleist estaba tieso como un palo, amenazando romper con el pecho su camisa floreada. Pitt calcul� que tendr�a poco menos de sesenta a�os. Era un mestizo nacido en la Argentina, �nico hijo de un ex oficial SS que hab�a huido de Alemania despu�s de la guerra y de la hija de un diplom�tico liberiano. Enviado a un colegio particular de Nueva York, decidi� marcharse de all� y hacer carrera en la Infanter�a de Marina.</p><p>��Yo cre�a que hab�a un acuerdo t�cito entre la C�A y la KGB: no liquidaremos a sus agentes, mientras ustedes no liquiden a los nuestros.</p><p>El coronel dirigi� a Pitt una candida mirada.</p><p>���Qui�n le ha dado la idea de que seremos nosotros los que haremos el trabajo sucio?</p><p>Pitt no respondi�; s�lo mir� a Kleist y esper�.</p><p>��La misi�n ser� realizada por las Fuerzas Especiales de Seguridad cubanas -explic� el coronel-. Su equivalente a nuestros SEALS. O, si he de ser sincero, exiliados perfectamente adiestrados y vistiendo aut�nticos uniformes cubanos de campa�a. Incluso su ropa interior y sus calcetines ser�n de los que usan los soldados cubanos. Las armas, los relojes de pulsera y otros art�culos ser�n de fabricaci�n sovi�tica. Y para salvar las apariencias, el desembarco se efectuar� desde el lado correspondiente a Cuba.</p><p>��Muy ingenioso.</p><p>��Tratamos de ser eficientes.</p><p>���Dirigir� usted la operaci�n?</p><p>��No -sonri� Kleist-; soy demasiado viejo para saltar de la rompiente a la playa. El equipo de asalto estar� bajo el mando del comandante Angelo Quintana. Usted se encontrar� con �l en nuestro campamento de San Salvador. Yo estar� en el TSE.</p><p>��Rep�talo, por favor.</p><p>��Transporte submarino especial -respondi� Kleist-. Una embarcaci�n construida expresamente para misiones de esta clase. La mayor�a de la gente ignora su existencia. Lo encontrar� muy interesante.</p><p>��Yo no tengo lo que usted llamar�a instrucci�n de combate,</p><p>��Su trabajo ser� simplemente guiar al equipo hasta el recinto y mostrarle la entrada al garaje por el respiradero. Despu�s volver� a la playa y permanecer� a cubierto hasta que haya terminado la operaci�n.</p><p>���Hay un horario previsto para la incursi�n?</p><p>Kleist adopt� una expresi�n afligida.</p><p>��Nosotros preferimos llamarlo operaci�n encubierta.</p><p>��Lo siento; nunca he le�do su manual burocr�tico sobre sem�ntica.</p><p>��Contestando a su pregunta, el desembarco est� fijado para las dos de la madrugada, dentro de cuatro d�as.</p><p>��Cuatro d�as pueden ser demasiados para salvar a mis amigos.</p><p>Kleist pareci� sinceramente preocupado.</p><p>��Estamos trabajando a toda prisa y abreviando lo m�s posible nuestros ejercicios pr�cticos. Necesitamos tiempo para cubrir todo posible imprevisto. El plan tiene que ser tan perfecto como puedan hacerlo nuestros programas t�cticos por ordenador.</p><p>���Y si hay un fallo humano en su plan?</p><p>Toda expresi�n amistosa se borr� de la cara de Kleist y fue sustituida por una mirada fr�a y dura.</p><p>��Si hay un fallo humano, se�or Pitt, ser� suyo. Salvo una intervenci�n divina, el �xito o el fracaso de esta misi�n depender� sobre todo de <emphasis>usted.</emphasis></p><p>La gente de la C�A se mostr� muy minuciosa. Pitt fue enviado de un despacho a otro, de una entrevista a otra, con precisi�n matem�tica. Los planes para neutralizar Cayo Santa Mar�a progresaron con la rapidez de un incendio en la pradera. Su interrogatorio por el coronel Kleist se realiz� menos de tres horas despu�s del efectuado por Martin Brogan. Entonces fue cuando se enter� Pitt de que hab�a miles de planes de contingencia para invadir todas las islas del Caribe y todas las naciones de Am�rica Central y del Sur. Juegos de guerra computarizados creaban una serie de alternativas. Lo �nico que ten�an que hacer los expertos en operaciones secretas era elegir el programa que fuese m�s adecuado para el objetivo previsto, y despu�s perfeccionarlo.</p><p>Pitt sufri� un reconocimiento f�sico completo antes de que le permitiesen almorzar. El m�dico lo declar� apto, lo llen� de vitaminas de gran eficacia y orden� que se acostase temprano, antes de que la confusi�n de su adormilada mente fuese total.</p><p>Una mujer alta, de p�mulos salientes y cabellos trenzados, que fue designada su cuidadora, lo acompa�� a la habitaci�n debida en el momento debido. Se present� como Alice, sin decir su apellido ni su t�tulo. Llevaba un fino traje de color marr�n sobre una blusa de blonda. Pitt pens� que era bastante bonita y se pregunt� qu� aspecto tendr�a envuelta en s�banas de seda.</p><p>��El se�or Brogan ha dispuesto que coma usted en el comedor de los dirigentes -dijo, a la manera de un gu�a-. Tomaremos el ascensor.</p><p>De pronto, Pitt record� algo.</p><p>��Quisiera telefonear.</p><p>��Lo siento, pero no es posible.</p><p>���Puedo preguntarle por qu�?</p><p>���Ha olvidado usted que se le presume muerto? -replic� Alice-. Una llamada telef�nica a un amigo o a una amante podr�a dar al traste con toda la operaci�n.</p><p>��S�, �por la boca muere el pez� -dijo c�nicamente Pitt-. Mire, necesito cierta informaci�n de un perfecto desconocido. Le dar� un nombre falso.</p><p>��Lo siento, pero no es posible.</p><p>Pitt pens� que aquello parec�a un disco de fon�grafo rayado.</p><p>��D�me un tel�fono o har� algo que no les gustar�.</p><p>Ella lo mir�, curiosa.</p><p>���Qu�?</p><p>��Marcharme a casa -dijo simplemente �l.</p><p>��Por orden del se�or Brogan no puede salir de este edificio hasta que emprenda el vuelo a nuestro campamento de San Salvador. Har�a que le pusiesen una camisa de fuerza antes de que llegase a la puerta.</p><p>Pitt se qued� atr�s mientras caminaban por un pasillo. Entonces se volvi� de pronto y entr� en una antesala cuya puerta no ten�a ning�n r�tulo. Pas� tranquilamente por delante de una sorprendida secretaria y entr� en el despacho interior. Un hombre menudo, de cabellos blancos cortados en cepillo y que, con un cigarrillo pendiendo entre sus labios, pon�a extra�as marcas en un gr�fico, levant� la cabeza con divertida sorpresa.</p><p>Pitt le dirigi� una cort�s sonrisa y dijo:</p><p>��Disc�lpeme, �puedo usar su tel�fono?</p><p>��Si trabaja usted aqu�, sabr� que utilizar un tel�fono sin autorizaci�n es contrario al reglamento de la Agencia.</p><p>��Entonces puedo hacerlo -dijo Pitt-. Yo no trabajo aqu�.</p><p>��Nunca podr� comunicar con el exterior -dijo el viejo.</p><p>��F�jese bien.</p><p>Pitt levant� el tel�fono y pidi� que le pusieran con el despacho de Martin Brogan. A los pocos segundos, la secretaria particular de Brogan se puso al aparato.</p><p>��Me llamo Dirk Pitt. Tenga la bondad de informar al se�or Brogan de que, si no puedo emplear un tel�fono antes de un minuto, voy a causar un terrible esc�ndalo.</p><p>���Qui�n es?</p><p>��Ya se lo he dicho.</p><p>Pitt era terco. Neg�ndose firmemente a aceptar un no como respuesta, necesit� otros veinte minutos que emple� gritando, maldiciendo y, en general, mostr�ndose desagradable para que Brogan consintiese en que hiciera una llamada fuera del edificio, pero solamente si Alice estaba presente y registraba la conversaci�n.</p><p>Ella le introdujo en un peque�o despacho particular y le mostr� el tel�fono.</p><p>��Tenemos una telefonista a su disposici�n: d�le el n�mero y ella har� la llamada.</p><p>��Telefonista, �c�mo se llama?</p><p>��Jennie Murphy -respondi� una voz sensual.</p><p>��Empezemos con una informaci�n de Baltimore, Jennie. Quisiera que preguntase el n�mero de Weehawken Marine Products.</p><p>��Un momento. Lo preguntar�.</p><p>Jennie obtuvo el n�mero de la operar�a de informaci�n de Baltimore e hizo la llamada.</p><p>Despu�s de explicar su problema a cuatro personas diferentes, Pitt fue puesto al fin en comunicaci�n con el presidente del consejo de administraci�n, t�tulo que generalmente se otorgaba a viejos dirigentes de las compa��as que eran as� apartados de las actividades principales.</p><p>��Soy Bob Conde. �Qu� desea? Pitt mir� a Alice y le hizo un gui�o.</p><p>��Aqu� Jack Farmer, se�or Conde. Estoy haciendo una investigaci�n arqueol�gica oficial y he descubierto un viejo casco de buzo en un barco naufragado y pienso que tal vez ustedes podr�an identificarlo.</p><p>��Procurar� complacerle. Mi abuelo fund� esta empresa hace casi ochenta a�os. Tenemos un archivo muy completo. �Puede darme el n�mero de serie?</p><p>��S�, estaba en una chapa fijada en la parte de adelante del peto. -Pitt cerr� los ojos y record� el casco que llevaba el cad�ver encontrado dentro del <emphasis>Cyclops</emphasis>-. Dec�a: �Weehawken Products, Inc., Marca V, N�mero de Serie 58-67-C.�</p><p>��Es el tipo corriente de casco de la Marina -dijo Conde, sin vacilar-. Los hemos estado fabricando desde 1916. Son de cobre con accesorios de bronce. Llevan cuatro cristales herm�ticamente cerrados.</p><p>���Lo vendieron a la Marina?</p><p>��La mayor�a de los pedidos proced�an de la Marina. En realidad, todav�a siguen haci�ndolo. La Marca V, Modelo 1, es todav�a popular para ciertos tipos de operaciones submarinas con aire suministrado desde la superficie. Pero este casco fue vendido a un cliente comercial.</p><p>���Puedo preguntarle c�mo lo sabe?</p><p>��Por el n�mero de serie. Cincuenta y ocho es el a�o en que fue manufacturado. Sesenta y siete es el n�mero producido, y C indica una venta comercial. Dicho en otras palabras, fue el sesenta y sieteavo casco que sali� de nuestra f�brica en 1958, y fue vendido a una empresa comercial de salvamento.</p><p>���Le ser�a posible encontrar el nombre del comprador?</p><p>��Tal vez tardar�a media hora. No nos hemos preocupado de registrar las operaciones antiguas en el ordenador. Ser� mejor que yo le llame cuando lo haya encontrado.</p><p>Alice sacudi� la cabeza.</p><p>��El Gobierno puede pagar el servicio telef�nico, se�or Conde. Mantendr� la comunicaci�n.</p><p>��Como usted guste.</p><p>Conde cumpli� su palabra. Volvi� al aparato al cabo de treinta y un minutos.</p><p>��Se�or Farmer, uno de los contables ha encontrado lo que le interesa.</p><p>��Le escucho.</p><p>��El casco, junto con un traje de buzo y el tubo de alimentaci�n de aire, fueron vendidos a un particular. Da la casualidad de que yo le conoc�a. Se llamaba Hans Kronberg. Buzo de la vieja escuela, contrajo la enfermedad de los buzos m�s veces que ninguno de los que conoc� Hans estaba lisiado, pero esto no le impidi� nunca sumergirse.</p><p>���Sabe lo que fue de �l?</p><p>��Si no recuerdo mal, compr� el equipo para un trabajo de salvamento en alg�n lugar pr�ximo a Cuba. Se dijo que la enfermedad de los buzos acab� finalmente con �l.</p><p>���No recuerda qui�n lo contrat�?</p><p>��No; hace demasiado tiempo -dijo Conde-. Creo que encontr� un socio que ten�a unos cuantos d�lares. El equipo habitual de Hans estaba viejo y gastado. Su traje de buzo deb�a tener cincuenta remiendos. Viv�a al d�a y apenas ganaba lo bastante para llevar una existencia c�moda. Entonces, vino un d�a aqu�, compr� todo el equipo nuevo y pag� en efectivo.</p><p>��Le agradezco su ayuda -dijo Pitt.</p><p>��No hay de qu�. Me alegro de que haya telefoneado. Es muy interesante. �Puedo preguntarle d�nde encontr� su casco?</p><p>��Dentro de un viejo barco hundido cerca de las Bahamas.</p><p>Conde se imagin� la escena. Guard� silencio durante un momento. Despu�s dijo:</p><p>��As�, el viejo Hans no volvi� nunca a la superficie. Bueno, supongo que �l habr�a preferido morir de esta manera que en la cama.</p><p>���Sabe de alguien m�s que pudiese recordar a Hans?</p><p>��En realidad, no. Todos los atrevidos buzos de los viejos tiempos han pasado ahora a mejor vida. La �nica pista que se me ocurre es la de la viuda de Hans. Todav�a me env�a tarjetas en Navidad. Vive en una residencia de ancianos.</p><p>���Sabe el nombre de la residencia o la poblaci�n donde se encuentra?</p><p>��Creo que est� en Leesburg, Virginia. Pero no conozco el nombre. Y hablando de nombres, ella se llama Hilda.</p><p>��Muchas gracias, se�or Conde. Me ha sido de gran ayuda.</p><p>��Si viene usted alguna vez a Baltimore, se�or Farmer, d�se una vuelta por aqu�. Tengo tiempo de sobra para hablar de �pocas pasadas, desde que mis hijos me apartaron del tim�n de la empresa.</p><p>��Lo har� con mucho gusto -dijo Pitt-. Adi�s.</p><p>Pitt cort� la comunicaci�n y llam� a Jennie Murphy. Le pidi� que telefonease a todas las residencias de ancianos del sector de Leesburg hasta que encontrase una en la que se albergase Hilda Kronberg.</p><p>���Qu� est� buscando? -pregunt� Alice. Pitt sonri�.</p><p>��Estoy buscando El Dorado.</p><p>��Muy gracioso.</p><p>��Esto es lo malo de la gente de la C�A -dijo Pitt-. No saben aceptar una broma.</p></section><section><title><p>45</p></title><p>El cami�n Ford de reparto subi� por el paseo de la Winthrop Manor Nursing Home y se detuvo ante la entrada de servicio. El veh�culo estaba pintado de un brillante color azul con dibujos florales en los lados. Unas letras doradas anunciaban la Florister�a Mother's.</p><p>��Por favor, no se entretenga -dijo Alice, con impaciencia-, Tiene que estar en San Salvador dentro de cuatro horas.</p><p>��Har� lo que pueda -dijo Pitt, saltando del cami�n.</p><p>Llevaba uniforme de conductor y un ramo de rosas en la mano.</p><p>��Para m� es un misterio c�mo ha podido convencer al se�or Brogan de que le permitiese esta excursi�n privada.</p><p>Pitt sonri� mientras cerraba la portezuela.</p><p>��Un sencillo caso de coacci�n.</p><p>La Winthrop Manor Nursing Home era un lugar id�lico para la tercera edad. Ten�a un campo de golf de nueve hoyos, una piscina interior climatizada, un elegante comedor y bien cuidados jardines. El edificio principal era m�s propio de un hotel de cinco estrellas que de una triste casa de reposo.</p><p>No era un hogar destartalado para viejos pobres, pens� Pitt. Winthrop Manor revelaba un gusto exquisito para ciudadanos maduros y ricos. Y empez� a preguntarse c�mo la viuda de un buzo que se ganaba la vida a duras penas pod�a permitirse vivir con tanto lujo.</p><p>Entr� por una puerta lateral, se acerc� a la mesa de recepci�n y mostr� las flores.</p><p>��Traigo esto para la se�ora Hilda Kronberg.</p><p>La recepcionista le mir� a la cara y sonri�. Pitt pens� que era bastante atractiva, con sus cabellos de un rojo oscuro, largos y resplandecientes, y sus ojos de un azul gris�ceo en una cara estrecha.</p><p>��D�jelas sobre el mostrador -dijo suavemente-. Har� que un criado se las lleve.</p><p>��Tengo que entreg�rselas personalmente -dijo Pitt-. Traigo adem�s un mensaje verbal.</p><p>Ella asinti� y se�al� una puerta lateral.</p><p>��Probablemente encontrar� a la se�ora Kronberg en la piscina. No espere hallarla en perfecta lucidez, pues tiene altibajos en su percepci�n de la realidad.</p><p>Pitt le dio las gracias y lament� no poder invitarla a cenar. Cruz� la puerta y descendi� por una rampa. La piscina cubierta y rodeada de cristales hab�a sido dise�ada como un jard�n hawaiano con piedras negras de lava y una cascada.</p><p>Despu�s de preguntar a dos ancianas por Hilda Kronberg, la encontr� sentada en una silla de ruedas, mirando fijamente el agua y con la mente en otra parte.</p><p>���Se�ora Kronberg?</p><p>Ella hizo visera con una mano y mir� hacia arriba.</p><p>���S�?</p><p>��Me llamo Dirk Pitt y desear�a hacerle unas pocas preguntas.</p><p>���Has dicho se�or Pitt? -pregunt� ella con voz suave. Observ� su uniforme y las flores-. �Por qu� quiere hacerme preguntas un muchacho repartidor de flores?</p><p>Pitt sonri� al o�r la palabra �muchacho� y le tendi� las flores.</p><p>��Tienen que ver con su difunto marido, Hans.</p><p>���Est� usted con <emphasis>�l? </emphasis>-pregunt� ella, con recelo.</p><p>��No; estoy completamente solo.</p><p>Hilda ten�a un aspecto enfermizo, estaba delgada y su piel era tan transparente como un papel de seda. Iba muy maquillada y llevaba el pelo h�bilmente te�ido. Con sus anillos de brillantes habr�a podido comprar una peque�a flota de Rolls-Royces. Pitt sospech� que tendr�a quince a�os menos de los setenta y cinco que aparentaba. Hilda Kronberg era una mujer que esperaba la muerte. Sin embargo, cuando sonri� al o�r mencionar el nombre de su marido, sus ojos parecieron sonre�r tambi�n.</p><p>��Parece usted demasiado joven para haber conocido a Hans -dijo.</p><p>��El se�or Conde, de Weehawken Marine, me habl� de �l.</p><p>��Bob Conde, desde luego. �l y Hans eran viejos compa�eros de p�quer.</p><p>���No volvi� usted a casarse despu�s de morir �l?</p><p>��S�, volv� a casarme.</p><p>��Sin embargo, todav�a usa su apellido.</p><p>��Eso es una larga historia que no creo que le interese.</p><p>���Cu�ndo vio a Hans por �ltima vez?</p><p>��Fue un jueves. Le vi partir en el vapor <emphasis>Monterrey, </emphasis>con rumbo a La Habana, el 10 de diciembre de 1958. Hans se hac�a siempre castillos en el aire. �l y su socio iban a la busca de un nuevo tesoro. Me prometi� que encontrar�an oro suficiente para comprarme la casa de mis sue�os. Por desgracia, no volvi�.</p><p>���Recuerda qui�n era su socio?</p><p>Sus suaves facciones se endurecieron de pronto.</p><p>���Qu� pretende usted, se�or Pitt? �A qui�n representa?</p><p>��Soy director de proyectos especiales de la National Underwater Marine Agency -respondi� �l-. Durante el examen de un barco hundido llamado <emphasis>Cyclops, </emphasis>descubr� lo que creo que son los restos de su marido.</p><p>���Encontr� a Hans? -pregunt� ella, sorprendida.</p><p>��No pude identificarle positivamente, pero la escafandra que llevaba me han dicho que era de �l.</p><p>��Hans era un buen hombre -dijo tristemente ella-. Tal vez no un buen proveedor, pero vivimos bien los dos�, bueno, hasta que muri�.</p><p>��Usted me pregunt� si yo estaba con <emphasis>�l </emphasis>-dijo amablemente Pitt.</p><p>��Un secreto de familia, se�or Pitt. Pero me tratan bien. �l cuida de m�. No tengo queja. Si me he retirado del mundo real, ha sido por mi propia voluntad�</p><p>Su voz se extingui� y su mirada se hizo remota.</p><p>Pitt ten�a que agarrarla antes de que se encerrase en su concha.</p><p>���Le dijo <emphasis>�l </emphasis>que Hans fue asesinado?</p><p>Hilda pesta�e� durante unos instantes y despu�s sacudi� en silencio la cabeza.</p><p>Pitt se arrodill� a su lado y le asi� la mano.</p><p>��La cuerda de seguridad y el tubo del aire fueron cortados mientras �l trabajaba bajo el agua.</p><p>Ella se ech� a temblar visiblemente.</p><p>���Por qu� me cuenta esto?</p><p>��Porque es la verdad, se�ora Kronberg. Le doy mi palabra. Probablemente, la persona que trabajaba con Hans, fuese quien fuere, lo mat� para poder quedarse con su parte del tesoro.</p><p>Hilda permaneci� sentada, confusa y como en trance, durante casi un minuto.</p><p>��Conoce usted lo del tesoro de La Dorada -dijo al fin.</p><p>��S� -respondi� Pitt-. S� c�mo fue a parar al <emphasis>Cyclops. </emphasis>Tambi�n s� que Hans y su socio la encontraron.</p><p>Hilda empez� a juguetear con uno de sus anillos de brillantes.</p><p>��En el fondo de mi coraz�n, siempre sospech� que Ray hab�a matado a Hans.</p><p>La impresi�n retardada se pint� lentamente en la cara de Pitt mientras se hac�a la luz en su cerebro. Cautelosamente, jug� su carta al azar.</p><p>���Cree que Hans fue asesinado por Raymond LeBaron?</p><p>Ella asinti� con la cabeza.</p><p>La inesperada revelaci�n pill� desprevenido a Pitt, que tard� unos momentos en volver al grano.</p><p>���Fue el tesoro el m�vil del crimen? -pregunt� suavemente.</p><p>��No. El m�vil fui yo -dijo ella, sacudiendo la cabeza.</p><p>Pitt no replic�; esper� en silencio.</p><p>��Cosas que ocurren -empez� a decir ella en un murmullo-. Entonces yo era joven y bonita. �Puede usted creer que anta�o fui bonita, se�or Pitt?</p><p>��Todav�a lo es, y mucho.</p><p>��Creo que necesita gafas, pero gracias por el cumplido.</p><p>��Tambi�n tiene una mente muy despierta.</p><p>Ella se�al� hacia el edificio principal.</p><p>���Le han dicho que estaba un poco majareta?</p><p>��La recepcionista insinu� que no estaba del todo en sus cabales.</p><p>��Una peque�a comedia que me gusta representar. As� todo el mundo hace conjeturas. -Sus ojos centellearon brevemente y despu�s adquirieron una expresi�n remota-. Hans era un hombre bueno que ten�a diecisiete a�os m�s que yo. Mi amor por �l estaba mezclado de compasi�n, debido a su cuerpo lisiado. Llev�bamos unos tres a�os de casados cuando una noche trajo a Raymond a cenar a casa. Los tres nos hicimos pronto buenos amigos, y los hombres formaron una sociedad para recuperar objetos de barcos naufragados y venderlos a anticuarios o coleccionistas. Ray era guapo y apuesto en aquellos d�as, y no pas� mucho tiempo antes de que tuvi�semos una aventura. -Vacil� y mir� fijamente a Pitt-. �Ha estado alguna vez profundamente enamorado de dos mujeres al mismo tiempo, se�or Pitt?</p><p>��No he tenido esa experiencia.</p><p>��Lo m�s raro es que no me sent�a culpable. Enga�ar a Hans se convirti� en un juego excitante. No es que yo fuese una persona falsa. Es que nunca hab�a mentido a ning�n ser querido y el remordimiento no cab�a en mi cabeza. Ahora doy gracias a Dios de que Hans no se enterase antes de morir.</p><p>���Puede decirme algo sobre el tesoro de La Dorada?</p><p>��Despu�s de graduarse en Stanford, Ray pas� un par de a�os explorando las selvas del Brasil, en busca de oro. Un top�grafo norteamericano fue el primero que le habl� de La Dorada. No recuerdo los detalles, pero �l hab�a estado seguro de que estaba a bordo del <emphasis>Cyclops </emphasis>cuando desapareci�. �l y Hans pasaron dos a�os rastreando las aguas del Caribe con cierto instrumento que detectaba el hierro. Por �ltimo, encontraron el barco naufragado. Ray pidi� prestado alg�n dinero a su madre para comprar equipos de buzo y una peque�a embarcaci�n de salvamento. Naveg� hacia Cuba para instalar una base de operaciones, mientras Hans terminaba un trabajo en Nueva Jersey.</p><p>���Recibi� usted alguna carta o llamada telef�nica de Hans, despu�s de que embarcara en el <emphasis>Monterrey?</emphasis></p><p>��Me llam� una vez desde Cuba. Lo �nico que me dijo fue que Ray y �l se dirigir�an al lugar del naufragio el d�a siguiente. Dos semanas m�s tarde, volvi� Ray y me dijo que Hans hab�a muerto de la enfermedad de los buzos y estaba sepultado en el mar.</p><p>���Y el tesoro?</p><p>��Ray lo describi� como una enorme estatua de oro -respondi� ella-. De alguna manera, la subi� a la embarcaci�n de salvamento y la llev� a Cuba.</p><p>Pitt se estir� y se arrodill� de nuevo al lado de Hilda.</p><p>��Es raro que no trajese la estatua a los Estados Unidos.</p><p>��Tem�a que Brasil, Florida, el Gobierno Federal, otros buscadores de tesoros o arque�logos marinos confiscaran o reclamasen judicialmente La Dorada y, en definitiva, no dejasen nada para �l. Naturalmente, estaba adem�s el fisco. Ray no estaba dispuesto a pagar millones de d�lares en impuestos, si pod�a evitarlo. Por consiguiente, no habl� a nadie, salvo a m�, de su descubrimiento.</p><p>���Y qu� fue del tesoro?</p><p>��Ray extrajo el gigantesco rub� que era el coraz�n de la estatua, lo cort� en peque�os pedazos y lo vendi� poco a poco.</p><p>��Y �se fue el principio del imperio financiero de LeBaron -dijo Pitt.</p><p>��S�, pero antes de que Ray pudiese cortar la cabeza de esmeralda o fundir el oro, Castro subi� al poder y �l se vio obligado a esconder la estatua. Nunca me dijo d�nde la hab�a escondido.</p><p>��As�, La Dorada est� todav�a oculta en alg�n lugar de Cuba.</p><p>��Estoy segura de que Ray no pudo volver para recobrarla.</p><p>���Vio al se�or LeBaron despu�s de aquello?</p><p>���Oh, s�! -dijo vivamente ella-. Nos casamos.</p><p>���Fue usted la primera se�ora LeBaron? -pregunt� asombrado Pitt.</p><p>��Durante treinta y tres a�os.</p><p>��Pero, seg�n el Registro, el nombre de su primera esposa era Hillary, y �sta muri� hace unos a�os.</p><p>��Ray prefiri� Hillary a Hilda cuando se hizo rico. Cre�a que era m�s distinguido. Mi muerte fue muy conveniente para �l cuando enferm�: divorciarse de una inv�lida le parec�a horrible. Por consiguiente, enterr� a Hillary LeBaron, y Hilda Kronberg se consume aqu�.</p><p>��Esto me parece inhumano y cruel.</p><p>��Mi marido era generoso, pero no compasivo. Vivimos dos vidas diferentes. Pero no me importa. Jessie viene a verme de vez en cuando.</p><p>���Le segunda se�ora LeBaron?</p><p>��Una persona encantadora e inteligente.</p><p>���C�mo puede estar casada con �l, si usted sigue con vida?</p><p>Ella sonri� animadamente.</p><p>��Fue la �nica vez que Ray hizo un mal negocio. Los m�dicos le dijeron que s�lo me quedaban unos meses de vida. Pero les enga�� a todos y he vivido siete a�os desde entonces.</p><p>��Esto hace que sea bigamo, adem�s de asesino y ladr�n.</p><p>Hilda no lo discuti�.</p><p>��Ray es un hombre complicado. Toma m�s de lo que da.</p><p>��Si yo estuviese en su lugar, lo clavar�a en la cruz m�s pr�xima.</p><p>��Demasiado tarde para m�, se�or Pitt. -Le mir�, con un s�bito brillo en los ojos-. Pero usted podr�a hacer algo en mi lugar.</p><p>��D�game qu�.</p><p>��Encuentre La Dorada -dijo fervientemente ella-. Encuentre la estatua y d�sela al mundo. Haga que sea mostrada al p�blico. Esto doler�a m�s a Ray que perder su revista. Pero, sobre todo, es lo que habr�a querido Hans.</p><p>Pitt le tom� una mano y la estrech�.</p><p>��Hilda -dijo suavemente-. Har� todo lo que pueda para que sea as�.</p></section><section><title><p>46</p></title><p>Hudson ajust� la luminosidad de la imagen y salud� con la cabeza a la cara que le estaba mirando en la pantalla.</p><p>��Eli, aqu� hay alguien que quiere hablar contigo.</p><p>��Siempre encantado de ver una cara nueva -respondi� alegremente Steinmetz.</p><p>Otro hombre ocup� el lugar de Hudson debajo de la c�mara y monitor de v�deo. Mir� fascinado unos momentos antes de hablar.</p><p>���Est� usted realmente en la Luna? -pregunt� al fin.</p><p>��Ahora se lo mostrar� -dijo Steinmetz con una agradable sonrisa. Sali� de la pantalla, levant� la c�mara port�til de su tr�pode y enfoc� el paisaje lunar a trav�s de una ventanilla de cuarzo� Lamento no poder mostrarle la Tierra, pero estamos en el lado oculto de la bola.</p><p>��Le creo.</p><p>Steinmetz volvi� a colocar la c�mara y se coloc� de nuevo delante de ella. Se inclin� hacia delante y mir� fijamente. Su sonrisa se extingui� poco a poco y sus ojos adoptaron una expresi�n interrogadora.</p><p>���Es usted realmente quien creo que es?</p><p>���Me reconoce?</p><p>��Tiene el aspecto y la voz del presidente.</p><p>Ahora fue el presidente quien sonri�.</p><p>��No estaba seguro de que lo supiese, ya que yo era senador cuando ustedes abandonaron la Tierra, y no creo que lleguen los peri�dicos al lugar donde reside.</p><p>��Cuando la �rbita de la Luna alrededor de la Tierra est� en la posici�n adecuada, podemos conectar con la mayor�a de los sat�lites de comunicaciones. Nuestro personal tuvo ocasi�n de ver, en su per�odo de descanso, la �ltima pel�cula de Paul Newman. Tambi�n devoramos como perros hambrientos los programas de la Red de Noticias por Cable.</p><p>��La Jersey Colony es una haza�a incre�ble. La naci�n agradecida estar� siempre en deuda con ustedes.</p><p>��Gracias, se�or presidente, aunque ha sido una sorpresa que Leo se fuese de la lengua y anunciase el �xito del proyecto antes de nuestro regreso a la Tierra. No era lo previsto.</p><p>��No se ha anunciado p�blicamente -dijo el presidente, poni�ndose serio-. Aparte de usted y de la gente de su colonia, yo soy el �nico de fuera del �c�rculo privado� que est� enterado de su existencia. Salvo, tal vez, los rusos.</p><p>Steinmetz le mir� fijamente a trav�s de trescientos mil kil�metros de espacio.</p><p>���C�mo pueden saber ellos algo de la Jersey Colony?</p><p>El presidente hizo una pausa para mirar a Hudson, que estaba de pie fuera del alcance de la c�mara. Hudson sacudi� la cabeza.</p><p>��Las sondas lunares Selenos -respondi� el presidente, omitiendo toda referencia a que estuviesen tripuladas-. Una consigui� enviar sus fotos a la Uni�n Sovi�tica. Creemos que en ellas aparec�a la Jersey Colony. Tambi�n tenemos motivos para pensar que los rusos sospechan que ustedes destruyeron las sondas desde la superficie lunar.</p><p>Una expresi�n inquieta se pint� en los ojos de Steinmetz.</p><p>���Cree usted que piensan atacarnos?</p><p>��S�, Eli -dijo el presidente-. Selenos 8, la estaci�n lunar sovi�tica, entr� en �rbita alrededor de la Luna hace tres horas. Los ordenadores de la NASA indican que pasar� por alto un lugar seguro de alunizaje en la cara visible del sat�lite y se posar� en el lado oscuro de la Luna cerca de donde est�n ustedes. Una operaci�n arriesgada, a menos que tengan un objetivo definido.</p><p>��La Jersey Colony.</p><p>��En su veh�culo de alunizaje viajan siete hombres -sigui� diciendo el presidente-. S�lo se requieren dos ingenieros pilotos para dirigir su vuelo. Quedan, pues, cinco para el combate.</p><p>��Nosotros somos diez -dijo Steinmetz-. Una proporci�n de dos a uno no est� mal.</p><p>��Pero ellos tienen armas poderosas y una buena instrucci�n. Estos hombres constituyen el equipo m�s mort�fero que han podido enviar los rusos.</p><p>��Seg�n usted, un panorama muy negro, se�or presidente. �Qu� quiere que hagamos?</p><p>��Han hecho ustedes mucho m�s de lo que cualquiera de nosotros ten�a derecho a esperar. Pero la suerte les ha vuelto la espalda. Destruyan la colonia y salgan de ah� antes de que se derrame sangre. Quiero que usted y su gente regresen sanos y salvos a la Tierra para recibir los honores que se merecen.</p><p>��Creo que no se da usted cuenta de todo lo que hemos tenido que hacer para construir esto.</p><p>��Por mucho que hayan hecho, sus vidas valen m�s.</p><p>��Hemos vivido seis a�os jugando con la muerte -dijo lentamente Steinmetz-. Unas cuantas horas m�s importan poco.</p><p>��No lo echen todo a perder en una lucha imposible -arg�y� el presidente.</p><p>��Disculpe, se�or presidente, pero est� usted hablando con un hombre que perdi� a su padre en un peque�o banco de arena llamado Wake Island. Lo someter� a votaci�n, pero ya s� cu�l ser� el resultado. Mis compa�eros tampoco se rajar�n y echar�n a correr. Nos quedaremos y lucharemos.</p><p>El presidente se sinti� orgulloso y derrotado al mismo tiempo.</p><p>���Qu� armas tienen ustedes? -pregunt� con voz cansada.</p><p>��Nuestro arsenal se compone de un lanzador de cohetes usado y al que s�lo le queda un proyectil, un fusil M-14 National Match, y una pistola de tiro al blanco del calibre veintid�s. Los trajimos para una serie de experimentos sobre la gravedad.</p><p>��Est�n en una enorme inferioridad de condiciones, Eli -dijo apesadumbrado el presidente-. �No se da cuenta?</p><p>��No, se�or. Me niego a abandonar, fund�ndome en un detalle t�cnico.</p><p>���Qu� detalle t�cnico?</p><p>��Los rusos son los visitantes.</p><p>���Y bien?</p><p>��Esto hace que nosotros seamos el equipo de casa -dijo humor�sticamente Steinmetz-. Y jugar en casa tiene siempre sus ventajas.</p><empty-line/><p>���Han alunizado! -exclam� S�rgei Kornilov, golpeando con un pu�o la palma de la otra mano-. �Selenos 8 est� en la Luna!</p><p>Debajo de la sala de observaci�n de los altos personajes, en la planta baja del Centro de Control sovi�tico, los ingenieros y los cient�ficos espaciales estallaron en furiosos aplausos y aclamaciones.</p><p>El presidente Antonov levant� una copa de champa�a.</p><p>��Por la gloria de la Uni�n Sovi�tica y del Partido.</p><p>El brindis fue repetido por las autoridades del Kremlin y por los militares de alta graduaci�n que llenaban la sala.</p><p>��Por nuestro primer trampol�n en la conquista de Marte -brind� el general Yasenin.</p><p>���Bravo, bravo! -respondi� un coro de voces-. �A Marte!</p><p>Antonov dej� su copa vac�a en una bandeja y se volvi� a Yasenin, serio de pronto e� semblante.</p><p>���Cu�nto tiempo tardar� el comandante Leuchenko en establecer contacto con la base lunar? -pregunt�.</p><p>��Calculando el tiempo para asegurar los sistemas de la nave espacial, hacer un reconocimiento del terreno y colocar a sus hombres para el ataque, yo dir�a que cuatro horas.</p><p>���A qu� distancia est� el lugar de alunizaje?</p><p>��Se program� que Selenos 8 se posara detr�s de una hilera de montes bajos a menos de tres kil�metros del sitio donde Selenos 4 detect� a los astronautas -respondi� el general.</p><p>��Parece muy cerca -dijo Antonov-. Si los americanos siguieron nuestro descenso, Leuchenko habr� perdido toda oportunidad de un ataque por sorpresa.</p><p>��Es casi seguro que se han dado cuenta de lo que nos proponemos.</p><p>���Y no le preocupa?</p><p>��La experiencia de Leuchenko y la superioridad en armamento juegan a nuestro favor, camarada presidente. -La cara de Yasenin ten�a la expresi�n del m�nager de boxeo que acaba de enviar al ring a su pugilista para luchar contra un manco.</p><p>��Los americanos se encuentran en una situaci�n en que vencer es imposible.</p></section><section><title><p>47</p></title><p>El comandante Grigory Leuchenko estaba tendido sobre el polvo fino y gris de la superficie de la Luna, contemplando el desierto desolado que se extend�a bajo un cielo negro como el carb�n. Le pareci� que el silencioso y misterioso paisaje era parecido al �rido desierto de la cuenca de Seistan, en Afganist�n. La llanura pedregosa y las onduladas colinas eran poco definidas. Le recordaban un vasto mar de yeso blanco y, sin embargo, le parec�a extra�amente familiar.</p><p>Domin� las ganas de vomitar. �l y todos sus hombres sufr�an n�useas. No hab�an tenido tiempo de entrenarse para el medio ambiente ingr�vido durante el viaje desde la Tierra, ni semanas o meses para adaptarse, como los hab�an tenido los cosmonautas de las misiones Soyuz. S�lo hab�an recibido unas pocas horas de instrucci�n sobre la manera de hacer funcionar los sistemas vitales de sus trajes lunares, una breve conferencia sobre las condiciones que era de esperar que encontrar�an en la Luna, y una explicaci�n sobre la situaci�n de la colonia americana.</p><p>Sinti�, a trav�s del traje lunar, que una mano apretaba su hombro. Habl� por el transmisor interno de su casco, sin volverse.</p><p>���Qu� ha descubierto?</p><p>El teniente Dmitri Petrov se�al� un valle plano que discurr�a entre las inclinadas paredes de dos cr�teres a unos mil metros a la izquierda.</p><p>��Huellas de veh�culos y pisadas, convergiendo hacia aquella sombra debajo del borde del cr�ter de la izquierda. Distingu� tres o tal vez cuatro peque�os edificios.</p><p>��Invernaderos presurizados -dijo Leuchenko. Coloc� unos gemelos en forma de caja sobre un peque�o tr�pode y ajust� el ancho visor a la parte delantera de su casco-. Parece como si saliese vapor de la falda del cr�ter. -Hizo una pausa para enfocar mejor las lentes-. S�, ahora puedo verlo claramente. Hay una entrada en la roca, probablemente herm�tica y con acceso a la instalaci�n interior. No hay se�ales de vida. El per�metro exterior parece desierto.</p><p>��Podr�an estar ocultos para tendernos una emboscada -dijo Petrov.</p><p>��Ocultos, �d�nde? -pregunt� Leuchenko, resiguiendo el abierto panorama-. Las rocas desparramadas son demasiado peque�as para que un hombre se esconda detr�s de ellas. No hay grietas en el suelo, ni indicios de obras de defensa. Un astronauta en un voluminoso traje lunar blanco se destacar�a como un mu�eco de nieve en un campo de ceniza. No, deben de haberse hecho fuertes dentro de la cueva.</p><p>��Una imprudente posici�n defensiva. Mejor para nosotros.</p><p>��Pero tienen un lanzador de cohetes.</p><p>��Esto es poco eficaz contra hombres desplegados en una formaci�n holgada.</p><p>��Cierto, pero nosotros no tenemos d�nde resguardarnos y no podemos estar seguros de que no tienen otras armas.</p><p>��Un fuego concentrado contra la entrada de la cueva podr�a obligarles a salir -sugiri� Petrov.</p><p>��Tenemos orden de no causar da�os innecesarios a la instalaci�n -dijo Leuchenko-. Tenemos que entrar�</p><p>���Algo se est� moviendo all�! -grit� Petrov.</p><p>Leuchenko mir� a trav�s de los gemelos. Un veh�culo descubierto y de extra�o aspecto hab�a aparecido desde detr�s de uno de los invernaderos y avanzaba en su direcci�n. Una bandera blanca, sujeta a una antena, pend�a flaccida en la atm�sfera sin aire. Sigui� observando hasta que el veh�culo se detuvo a cincuenta metros de distancia y una figura se ape� de �l.</p><p>��Interesante -dijo reflexivamente Leuchenko-. Los americanos quieren parlamentar.</p><p>��Puede ser un truco. Un ardid para estudiar nuestra fuerza.</p><p>��No lo creo. No establecer�an contacto bajo una bandera de tregua si actuasen desde una posici�n de fuerza. Su servicio secreto y sus sistemas de seguimiento desde la Tierra les habr�n avisado de nuestra llegada, y deben darse cuenta de que su armamento es muy inferior al nuestro. Los americanos son capitalistas. Lo consideran todo desde el punto de vista pr�ctico. Si no pueden combatir, intentar�n hacer un trato.</p><p>���Vas a ir a su encuentro? -pregunt� Petrov</p><p>��Nada se pierde con hablar. Parece que no va armado. Tal vez pueda convencerles de que me entreguen la colonia intacta a cambio de respetarles la vida.</p><p>��Tenemos orden de no hacer prisioneros.</p><p>��No lo he olvidado -dijo bruscamente Leuchenko-. Cruzaremos aquel puente cuando hayamos logrado nuestro objetivo. Diga a los hombres que apunten al americano. Si levanto la mano izquierda, d�les la orden de disparar.</p><p>Entreg� su arma autom�tica a Petrov y se puso r�pidamente en pie. Su traje lunar y su mochila vital, que conten�a un dep�sito de ox�geno y otro de agua para la refrigeraci�n, a�ad�an noventa kilos al peso de Leuchenko, haciendo un total de casi ciento ochenta kilos terrestres. Pero su peso lunar era solamente de treinta kilos.</p><p>Avanz� hacia el veh�culo lunar con esa andadura saltarina que se produce cuando uno se mueve bajo la ligera tracci�n de la fuerza de gravedad de la Luna. Se acerc� r�pidamente al veh�culo y se detuvo a cinco metros de distancia.</p><p>El colono lunar americano estaba tranquilamente apoyado en una rueda delantera. Entonces se irgui�, hinc� una rodilla en el suelo y escribi� un n�mero en el polvo de color de plomo.</p><p>Leuchenko comprendi� y puso su receptor de radio a la frecuencia indicada. Despu�s asinti� con la cabeza.</p><p>���Me oye? -pregunt� el americano en ruso, pero con p�simo acento.</p><p>��Hablo ingl�s -respondi� Leuchenko.</p><p>��Bien. Esto evitar� cualquier error de interpretaci�n. Me llamo Eli Steinmetz.</p><p>���Es el jefe de la base lunar de los Estados Unidos?</p><p>��Yo dirijo el proyecto, s�.</p><p>��Comandante Grigory Leuchenko, de la Uni�n Sovi�tica.</p><p>Steinmetz se acerc� m�s y se estrecharon r�gidamente la mano.</p><p>��Parece que tenemos un problema, comandante.</p><p>��Un problema que ninguno de los dos puede evitar.</p><p>��Ustedes podr�an dar media vuelta y volver a su nave en �rbita -dijo Steinmetz.</p><p>��Tengo �rdenes -declar� Leuchenko con firmeza.</p><p>��Tiene que atacar y capturar mi colonia.</p><p>��S�.</p><p>���No hay manera de evitar el derramamiento de sangre?</p><p>��Podr�an rendirse.</p><p>��Muy gracioso -dijo Steinmetz-. Yo iba a proponerle lo mismo.</p><p>Leuchenko estaba seguro de que Steinmetz se tiraba un farol, pero la cara que hab�a detr�s de la ventanilla de observaci�n te�ida de amarillo del casco permanec�a invisible. Lo �nico que Leuchenko pod�a ver era su propio reflejo.</p><p>��Debe darse cuenta de nuestra superioridad num�rica.</p><p>��En un combate normal, tendr�an ustedes las de ganar -convino Steinmetz-. Pero solamente pueden permanecer fuera de su nave nodriza unas pocas horas antes de que tengan que volver a ella y rellenar sus dep�sitos de ox�geno. Calculo que ya habr�n gastado dos.</p><p>��Nos queda lo suficiente para realizar nuestro trabajo -dijo confiadamente Leuchenko.</p><p>��Debo hacerle una advertencia, comandante. Nosotros tenemos un arma secreta. Usted y sus hombres morir�n.</p><p>��Un farol bastante burdo, se�or Steinmetz. Yo habr�a esperado algo mejor de un cient�fico americano.</p><p>Steinmetz le corrigi�:</p><p>��Ingeniero; no es lo mismo.</p><p>��No me importa lo que sea -dijo Leuchenko, con evidente impaciencia.</p><p>Como soldado, no se hallaba en su elemento en negociaciones verbales. Estaba ansioso de entrar en acci�n.</p><p>��Es insensato continuar esta conversaci�n. Lo prudente, por su parte, ser�a que hiciese salir a sus hombres y nos entregase la instalaci�n. Yo respondo de su seguridad hasta que puedan ser enviados a la Tierra.</p><p>��Miente usted, comandante. O sus hombres o los m�os tendr�n que ser eliminados. No puede quedar nadie que diga al mundo lo que ha sucedido aqu�.</p><p>��Se equivoca, se�or Steinmetz. Si se rinden, ser�n tratados equitativamente.</p><p>��Lo siento, pero no hay trato.</p><p>��Entonces no puede haber cuartel.</p><p>��No lo esperaba -dijo Steinmetz, en tono inexorable-. Si atacan, la p�rdida de vidas humanas recaer� sobre su conciencia.</p><p>Leuchenko se enfureci�:</p><p>��Como responsable de la muerte de nueve cosmonautas sovi�ticos, se�or Steinmetz, no creo que sea usted la persona m�s indicada para darme lecciones de humanidad.</p><p>Leuchenko no pod�a estar seguro, pero habr�a jurado que Steinmetz se hab�a puesto tenso. Sin esperar una r�plica, gir� sobre sus talones y se alej�. Mir� por encima del hombro y vio que Steinmetz permanec�a varios segundos plantado all� antes de volver a subir lentamente a su veh�culo lunar y regresar a la colonia, levantando una nub�cula de polvo gris con las ruedas de atr�s.</p><p>Leuchenko sonri� para s�. Dos horas m�s, tal vez tres como m�ximo, y su misi�n habr�a terminado triunfalmente. Cuando se hall� de nuevo entre sus hombres, estudi� con los gemelos la disposici�n del rocoso terreno de delante de la base lunar. Finalmente, cuando estuvo convencido de que no hab�a colonos americanos acechando entre las rocas, dio la orden de desplegarse en formaci�n holgada y avanzar. La �lite del equipo combatiente sovi�tico inici� su avance sin sospechar en absoluto que la ingeniosa trampa que hab�a montado Steinmetz les estaba esperando.</p></section><section><title><p>48</p></title><p>Despu�s de volver a la entrada de la sede subterr�nea de Jersey Colony, Steinmetz aparc� tranquilamente el veh�culo lunar y penetr� despacio en el interior. Se tom� tiempo, casi sintiendo la mirada de Leuchenko observando todos sus movimientos. En cuanto se hubo perdido de vista de los rusos, se detuvo en seco en la esclusa de aire y pas� r�pidamente por un peque�o t�nel lateral que se elevaba gradualmente a trav�s de la vertiente interior del cr�ter. Al pasar, levantaba nub�culas de polvo que llenaban el estrecho pasadizo, y ten�a que limpiar continuamente el cristal del casco para poder ver algo.</p><p>Cincuenta pasos y un minuto m�s tarde, se agach� y se arrastr� por una abertura que conduc�a a una peque�a cornisa camuflada con un gran pa�o gris que imitaba perfectamente la superficie circundante. Otro personaje uniformado yac�a all� boca abajo, observando a trav�s de la mira telesc�pica de un fusil.</p><p>Willie Shea, el geof�sico de la colonia, no se dio cuenta de otra presencia hasta que Steinmetz se sent� a su lado.</p><p>��Creo que no has causado mucha impresi�n -dijo, con ligero acento bostoniano-. Los eslavos est�n a punto de atacar nuestra casa.</p><p>Desde su elevado punto de observaci�n, Steinmetz pudo ver claramente c�mo avanzaban Leuchenko y sus hombres por el valle. Lo hac�an como cazadores detr�s de su presa, sin intentar valerse del suelo elevado de las vertientes del cr�ter. Las piedras sueltas habr�an hecho demasiado lenta la marcha. En vez de esto, saltaban en el llano, corriendo en zigzag, arroj�ndose al suelo cada diez o quince metros y aprovechando todas las rocas y anfractuosidades del terreno. A un tirador experto le habr�a sido casi imposible acertar a aquellas figuras que oscilaban y se escabull�an.</p><p>��Dispara un tiro a un par de metros por delante del primer hombre -dijo Steinmetz-. Quiero observar su reacci�n.</p><p>��Si conocen nuestra frecuencia, les revelaremos todos nuestros movimientos -protest� Shea.</p><p>��No han tenido tiempo de buscar nuestra frecuencia. C�llate y dispara.</p><p>Shea se encogi� de hombros dentro del traje lunar, mir� a trav�s de la ret�cula de la mira telesc�pica y apret� el gatillo. El disparo fue extra�amente silencioso, porque no hab�a aire en la Luna para transmitir ondas sonoras.</p><p>Una nub�cula de polvo se elev� delante de Leuchenko, que ech� inmediatamente cuerpo a tierra. Sus hombres le imitaron y miraron por encima de sus armas autom�ticas, esperando que siguiesen disparando contra ellos. Pero no ocurri� nada.</p><p>���Alguien ha visto desde d�nde han disparado? -pregunt� Leuchenko.</p><p>Todas las respuestas fueron negativas.</p><p>��Est�n midiendo la distancia -dijo el sargento Iv�n Ostrovski. Veterano curtido en la lucha de Afganist�n, no pod�a creer que estuviese ahora combatiendo en la Luna. Se�al� con un dedo afilado el suelo a unos doscientos metros delante de ellos-. �Qu� le dicen esas rocas de colores, comandante?</p><p>Por primera vez advirti� Leuchenko varias rocas desparramadas en una l�nea irregular a trav�s del valle y pintadas de un vivo color naranja.</p><p>��Dudo de que esto tenga algo que ver con nosotros -dijo-. Probablemente las han puesto all� para hacer alg�n experimento.</p><p>��Yo creo que el disparo se hizo de arriba abajo-dijo Petrov. Leuchenko tom� sus gemelos, los puso en el tr�pode y resigui� cuidadosamente la ladera y la cima del cr�ter. El sol era de un blanco resplandeciente, pero, sin aire para difundir la luz, un astronauta de pie en la sombra de una formaci�n rocosa habr�a sido casi invisible.</p><p>��No se ve nada -dijo al fin.</p><p>��Si est�n esperando a que cerremos la brecha, es que deben conservar algunas municiones.</p><p>��Trescientos metros m�s adelante sabremos qu� clase de recepci�n nos tienen preparada -murmur� Leuchenko-. En cuanto nos pongamos a cubierto en los invernaderos, no podr�n vernos desde la entrada de la cueva. -Se incorpor� sobre una rodilla y agit� un brazo-. Desplegaos y manteneos alerta.</p><p>Los cinco combatientes sovi�ticos se pusieron en pie de un salto y se desplegaron. Al llegar a las rocas de color naranja, otro disparo se estrell� en la fina arena delante de ellos, por lo que se arrojaron al suelo, en una l�nea quebrada de figuras blancas, con los cristales del casco resplandeciendo bajo los intensos rayos del sol.</p><p>Solamente un centenar de metros les separaban de los invernaderos, pero las n�useas les restaban energ�a. Eran luchadores tan duros como el que m�s, pero ten�an que enfrentarse con el mareo del espacio al mismo tiempo que con un medio ambiente desconocido. Leuchenko sab�a que pod�a contar con ellos m�s all� de los l�mites de resistencia. Pero si no consegu�an entrar en la atm�sfera segura de la colonia dentro de la pr�xima hora, tendr�a pocas probabilidades de volver a su c�psula de alunizaje antes de que se agotasen los sistemas que eran vitales para ellos. Les dio un minuto de descanso, mientras examinaba de nuevo el terreno que ten�a delante.</p><p>Leuchenko era experto en oler trampas. Hab�a estado a punto de que lo matasen en tres ocasiones diferentes, en emboscadas tendidas por los rebeldes afganos, y hab�a aprendido el arte de percibir el peligro.</p><p>No fue lo que sus ojos pod�an ver, sino lo que no ve�an lo que hizo sonar un timbre de alarma en su cabeza. Los dos disparos no concordaban con una t�ctica impremeditada. Consider� que hab�an sido deliberados. �Una tosca advertencia? No; ten�an que significar algo m�s, especul�. �Tal vez una se�al?</p><p>El traje y el casco que entorpec�an sus movimientos le irritaban. A�oraba su c�modo y eficaz equipo de combate, pero comprend�a que no habr�a podido proteger su cuerpo del calor abrasador y de los rayos c�smicos. Al menos por cuarta vez, la bilis subi� a su garganta, y sinti� n�useas al obligarse a tragarla.</p><p>La situaci�n era infernal, pens� furiosamente. Nada era de su gusto. Sus hombres estaban expuestos en campo abierto. No hab�a recibido informaci�n sobre las armas de los americanos, salvo lo que se dec�a sobre un lanzador de cohetes. Ahora les hab�an atacado con armas de poco calibre. El �nico consuelo de Leuchenko era que los colonos parec�an emplear un fusil o tal vez incluso una pistola. Si hubiesen pose�do una ametralladora, habr�an podido derribar a los sovi�ticos cien metros antes. Y el lanzador de cohetes. �Por qu� no hab�an hecho uso de �l? �A qu� estaban esperando?</p><p>Lo que m�s le preocupaba era la ausencia de todo movimiento por parte de los colonos. Los invernaderos y los peque�os m�dulos de laboratorio alrededor de la entrada de la cueva parec�an desiertos.</p><p>��A menos que ve�is un objeto -orden�-, no dispar�is hasta que lleguemos a cubierto. Entonces nos reagruparemos y atacaremos las dependencias principales.</p><p>Leuchenko esper� a que cada uno de sus cuatro hombres indicasen que le hab�an comprendido, y entonces les dio la se�al de avanzar.</p><p>El cabo Mikhail Yushchuk estaba a unos treinta metros detr�s y a igual distancia del hombre que ten�a a su izquierda. Se levant� y empez� a correr agachado. S�lo hab�a dado unos cuantos pasos cuando sinti� como un pinchazo en el ri�on. Entonces se repiti� la dolorosa sensaci�n. Se llev� una mano a la espalda, justo por debajo de la mochila. Su visi�n empez� a nublarse y su respiraci�n se hizo jadeante mientras su traje presurizado empezaba a deshincharse. Cay� de rodillas y, aturdido, se mir� la mano. El guante estaba empapado en sangre que ya humeaba y se coagulaba bajo el calor abrasador del sol.</p><p>Yushchuk trat� de avisar a Leuchenko, pero le fall� la voz. Se derrumb� sobre el polvo gris, reconociendo vagamente una figura en traje espacial que se ergu�a sobre �l con un cuchillo. Entonces perdi� el mundo de vista.</p><empty-line/><p>Steinmetz presenci� la muerte de Yushchuk desde su observatorio y dio una serie de r�pidas �rdenes por medio del transmisor de su casco.</p><p>��Bien, Dawson, tu hombre est� a tres metros a la izquierda y a dos metros delante de ti. Gallagher, est� a siete metros a tu derecha y avanzando. Calma, calma; va directamente hacia Dawson. Bien, acabad con �l.</p><p>Observ� c�mo dos de los colonos se materializaban como por arte de magia y atacaban a uno de los sovi�ticos que se hab�a retrasado ligeramente en relaci�n con sus camaradas.</p><p>��Dos de menos; quedan tres -murmur� Steinmetz para s�.</p><p>��Estoy apuntando al hombre que va delante -dijo Shea-. Pero no puedo estar seguro de acertarle a menos que se detenga un segundo.</p><p>��Dispara otra vez, pero ahora m�s cerca, para que se echen al suelo. Entonces ap�ntale a �l. Si se diese cuenta de lo que pasa, podr�a derribar a los nuestros antes de que se le acercasen. Liqu�dale si vuelve la cabeza.</p><p>Shea apunt� sigilosamente su M-14 y lanz� otro disparo, que fue a dar a menos de un metro delante de las botas del hombre que iba en cabeza.</p><p>���Cooper! �Snyder! -grit� Steinmetz-. Vuestro hombre est� tendido en el suelo siete metros delante de vosotros y a vuestra izquierda. �Carg�oslo! -Hizo una pausa para establecer la posici�n de otro de los rusos que quedaban-. Lo mismo digo a Russell y Perry; a diez metros directamente delante de vosotros. �Adelante!</p><p>El tercer miembro del equipo de combate sovi�tico nunca supo qu� le hab�a golpeado. Muri� tratando de pegarse al suelo para ponerse a cubierto. Ocho de los colonos estaban ahora cerrando la tenaza desde la retaguardia de los rusos, que ten�an fija la atenci�n en la colonia.</p><p>De pronto, Steinmetz se qued� paralizado. El hombre que iba detr�s del jefe gir� en redondo en el momento en que Russell y Perry se lanzaron sobre �l como jugadores de rugby placando a un adversario.</p><empty-line/><p>El teniente Petrov vio las sombras convergentes en el momento de ponerse en pie para la carrera final hacia los invernaderos. Se volvi� instintivamente, en r�pido movimiento giratorio, mientras Russell y Perry se echaban encima de �l. Como fr�o profesional, hubiese debido disparar y derribarles. Pero vacil� una fracci�n de segundo a causa del asombro. Era como si los americanos hubiesen salido como demonios espectrales de la superficie de la Luna. Consigui� disparar un tiro que dio en el brazo de uno de sus atacantes. Entonces centelle� un cuchillo.</p><p>Leuchenko estaba mirando hacia la colonia. No se dio cuenta de lo que ocurr�a a su espalda hasta que oy� un grito de advertencia de Petrov. Gir� en redondo y se qued� como petrificado por el espanto.</p><p>Sus cuatro hombres estaban tendidos, sin vida, sobre el suelo lunar. Ocho colonos americanos hab�an aparecido, saliendo de ninguna parte, y le estaban cercando r�pidamente. Una s�bita rabia estall� en su interior, y levant� el arma en posici�n de disparo.</p><p>Una bala le dio en el muslo, y se inclin� hacia un lado. R�gido por el s�bito dolor, solt� una r�faga de veinte proyectiles. La mayor�a de ellos se perdieron en el desierto lunar, pero dos dieron en el blanco. Uno de los colonos cay� de espaldas y otro se hinc� de rodillas agarr�ndose un hombro.</p><p>Entonces otra bala dio en el cuello de Leuchenko. Este apret� el gatillo, escupiendo balas hasta que se agot� el cargador, pero ya sin poder apuntar.</p><p>Se derrumb� flaccidamente sobre el suelo.</p><p>���Malditos americanos! -grit� dentro del casco.</p><p>Eran como diablos que no observaban las reglas del juego. Yaci� boca arriba, mirando las figuras sin rostro que se ergu�an junto a �l.</p><p>De pronto, �stas se separaron para dejar paso a otro colono, que se arrodill� al lado de Leuchenko.</p><p>���Steinmetz? -pregunt� d�bilmente Leuchenko-. �Puede o�rme?</p><p>��S�, estoy en su frecuencia -respondi� Steinmetz-. Puedo o�rle.</p><p>��Su arma secreta� �C�mo ha hecho surgir a sus hombres de la nada?</p><p>Steinmetz sab�a que dentro de unos segundos estar�a hablando con un muerto.</p><p>��Una pala corriente -respondi�-. Como todos tenemos que llevar trajes lunares presurizados y autosuficien tes, fue sencillo enterrar a los hombres en el blando suelo.</p><p>���Estaban marcados por las rocas de color naranja?</p><p>��S�; desde una plataforma oculta en la vertiente del cr�ter, yo pod�a decirles cuando y donde ten�an que atacarles por la espalda.</p><p>��No quisiera estar enterrado aqu� -murmur� Leuchenko-. Diga a mi naci�n�, d�gales que alg�n d�a nos lleven a casa.</p><p>El fin estaba cerca, pero Steinmetz comprendi�.</p><p>��Todos ir�n a casa -dijo-. Lo prometo.</p><empty-line/><p>En Rusia, Yasenin se volvi� con rostro compungido al presidente Antonov.</p><p>��Ya lo ha o�do -dijo entre los labios apretados-. Se han ido.</p><p>��Se han ido -repiti� Antonov-. Fue como si las �ltimas palabras de Leuchenko sonasen en esta habitaci�n.</p><p>��Sus comunicaciones fueron transmitidas directamente por los dos tripulantes del m�dulo lunar a nuestro centro de comunicaciones espaciales -explic� Kornilov.</p><p>Antonov se apart� de la ventana que daba a la sala de control de la misi�n y.se sent� pesadamente en un sill�n. A pesar de su corpulencia, parec�a encogido y agotado. Se mir� las manos y sacudi� tristemente la cabeza.</p><p>��Defecto de planificaci�n -dijo pausadamente-. Llevamos al comandante Leuchenko y a sus hombres a la muerte y no conseguimos nada.</p><p>��No hubo tiempo para proyectar debidamente la misi�n -dijo Yasenin, convencido.</p><p>��Dadas las circunstancias, hicimos todo lo posible -a�adi� Kornilov-. Todav�a nos cabe la gloria de que unos hombres sovi�ticos han caminado por la Luna.</p><p>��El brillo se ha desvanecido ya. -La voz de Antonov era derrotista-. La incre�ble haza�a de los americanos quitar� todo valor propagand�stico a nuestro logro.</p><p>��Tal vez todav�a podamos detenerles -dijo amargamente Yasenin.</p><p>Kornilov mir� fijamente al general.</p><p>���Enviando un comando mejor preparado?</p><p>��Exactamente.</p><p>��Mejor a�n, �por qu� no esperar a que ellos regresen?</p><p>Antonov mir� a Kornilov con curiosidad.</p><p>���Qu� esta sugiriendo?</p><p>��He hablado con Vladimir Polevoi. Me ha informado de que el centro de escucha del GRU en Cuba ha interceptado e identificado la voz y las transmisiones en v�deo de la colonia lunar americana a un lugar fuera de Washington. Enviar� por correo copias de las comunicaciones. Una de ellas revela que los colonos proyectan regresar a la Tierra.</p><p>���Van a volver? -pregunt� Antonov.</p><p>��S� -respondi� Kornilov-. Seg�n Polevoi, piensan enlazar con la estaci�n espacial americana dentro de cuarenta y seis horas y, despu�s, volver al puerto espacial Kennedy, de Cabo Ca�averal, en la lanzadera <emphasis>Gettysburg.</emphasis></p><p>El rostro de Antonov se ilumin�.</p><p>��Entonces, �tenemos todav�a posibilidad de detenerles?</p><p>Yasenin asinti� con la cabeza.</p><p>��Pueden ser destruidos antes de que lleguen a la estaci�n espacial. Los americanos no se atrever�n a tomar represalias cuando les acusemos de los cr�menes que han cometido contra nosotros.</p><p>��Ser� mejor reservar el justo castigo como palanca -dijo pensativamente Kornilov.</p><p>���Qu� palanca?</p><p>Kornilov sonri� enigm�ticamente.</p><p>��Los americanos tienen un dicho: �La pelota est� en nuestro poder.� Son ellos quienes est�n a la defensiva. Probablemente, la Casa Blanca y el Departamento de Estado est�n redactando la respuesta a nuestra esperada protesta. Propongo que prescindamos de la rutina habitual y guardemos silencio. No hagamos el papel de naci�n v�ctima. En vez de esto, provoquemos un suceso espectacular.</p><p>���Qu� suceso? -pregunt� Antonov, interesado.</p><p>��La captura de la gran cantidad de datos que traer�n a su regreso los colonos de la Luna.</p><p>���Por qu� medio? -pregunt� Yasenin.</p><p>Kornilov dej� de sonre�r y adopt� una grave expresi�n.</p><p>��Obligaremos al <emphasis>Gettysburg </emphasis>a hacer un aterrizaje forzoso en Cuba.</p></section></section><section><title><p>Cuarta parte</p></title><section><subtitle>El Gettysburg</subtitle></section><section><title><p>49</p></title><p><emphasis>3 de noviembre de 1989 </emphasis></p><p><emphasis>Isla de San Salvador</emphasis></p><empty-line/><p>Pitt se estaba volviendo loco. Los dos d�as de inactividad eran los m�s angustiosos que jam�s hab�a conocido. Ten�a poco que hacer, salvo comer, hacer ejercicio y dormir. Todav�a ten�an que llamarle para participar en las pr�cticas de adiestramiento. Maldec�a continuamente al coronel Kleist, que soportaba las violentas cr�ticas de Pitt con estoica indiferencia, explicando con paciencia que su equipo de Fuerzas Especiales Cubanas no pod�a atacar Cayo Santa Mar�a hasta que �l declarase que estaban en condiciones de hacerlo. Y no estaba dispuesto a adelantarse al tiempo previsto.</p><p>Pitt desfogaba su enojo nadando largamente hasta los arrecifes lejanos y trepando a una roca escarpada desde cuya cima se dominaba todo el mar a su alrededor.</p><p>San Salvador, la m�s peque�a de las Bahamas, era conocida por los viejos marineros como la isla de Watling, por el nombre de un bucanero fan�tico que azotaba a los miembros de su tripulaci�n que no observaban el s�bado. Tambi�n se cre�a que era la primera isla que hab�a pisado Col�n en el Nuevo Mundo. Con su puerto pintoresco y su exuberante interior salpicado de lagos de agua dulce, pocos turistas que observasen su belleza habr�an sospechado que conten�a un gran complejo de instrucci�n militar y una instalaci�n de observaci�n de misiles.</p><p>La C�A ten�a sus dominios en una playa remota llamada French Bay, en la punta sur de la isla. No hab�a ninguna carretera que enlazase el centro secreto de instrucci�n con Cockburn Tbwn y el aeropuerto principal. S�lo se pod�a salir de all� en peque�as embarcaciones, a trav�s de los arrecifes circundantes, o en helic�ptero.</p><p>Pitt se levant� poco antes de salir el sol en la ma�ana de su tercer d�a en la isla, nad� vigorosamente media milla y regres� despu�s a tierra, sumergi�ndose entre las formaciones de coral.</p><p>Dos horas m�s tarde, sali� del agua tibia y se tendi� en la playa, abrumado por un sentimiento de impotencia mientras contemplaba el mar en direcci�n a Cuba.</p><p>Una sombra se proyect� sobre su cuerpo, y Pitt se incorpor�. Un hombre de piel morena estaba plantado junto a �l, c�modamente vestido con una holgada camisa de algod�n y unos shorts. Sus cabellos lisos y negros como la noche hac�an juego con el enorme bigote. Ten�a los ojos tristes y la cara arrugada por la larga exposici�n al viento y al sol y, cuando sonre�a, apenas mov�a los labios.</p><p>���Se�or Pitt?</p><p>��S�.</p><p>��No hemos sido presentados, pero soy el comandante Angelo Quintana.</p><p>Pitt se puso en pie y se estrecharon la mano.</p><p>��Usted es el que dirige la misi�n.</p><p>Quintana asinti� con la cabeza.</p><p>��El coronel me ha dicho que lo ha estado agobiando mucho.</p><p>��Dej� amigos all� que deben de estar luchando por conservar la vida.</p><p>��Yo tambi�n dej� amigos en Cuba, se�or Pitt. S�lo que ellos perdieron su batalla por la vida. Mi hermano y mi padre murieron en la c�rcel, simplemente porque un miembro del comit� de su barrio, que deb�a dinero a mi familia, les acus� de actividades contrarrevolucionarias. Comprendo su problema, pero no tiene usted el monopolio del dolor.</p><p>Pitt no le dio el p�same. Le pareci� que a Quintana no le gustaban las condolencias.</p><p>��Mientras crea que todav�a hay esperanzas -dijo firmemente-, no voy a dejar de insistir.</p><p>Quintana le dirigi� una tranquila sonrisa. Le gustaba lo que ve�a en los ojos de Pitt. Era un hombre en quien podr�a confiar cuando las cosas se pusiesen dif�ciles. Un hombre entero, que no conoc�a la palabra fracaso.</p><p>��Conque es usted el que se las arregl� para escapar del cuartel general de Velikov.</p><p>��Tuve mucha suerte.</p><p>���C�mo describir�a la moral de las tropas que guardan el recinto?</p><p>��Si se refiere a su estado mental, dir�a que estaban aburridos a m�s no poder. Los rusos no est�n acostumbrados a la humedad agotadora de los tr�picos. Sobre todo, parec�an muy lentos.</p><p>���Cu�ntos patrullaban en la isla?</p><p>��Yo no vi ninguno.</p><p>���Y en la caseta del guarda de la puerta principal?</p><p>��Solamente dos.</p><p>��Un hombre astuto, Velikov.</p><p>��Deduzco que a usted le parece una buena treta hacer que la isla parezca desierta.</p><p>��Es verdad. Yo habr�a esperado un peque�o ej�rcito de guardias y las acostumbradas medidas de seguridad sovi�ticas. Pero Velikov no piensa como un ruso. Proyecta como un americano, perfecciona como un japon�s y act�a como un alem�n. Desde luego, es muy astuto.</p><p>��As� lo tengo entendido.</p><p>��Creo que le conoci�.</p><p>��Sostuvimos un par de conversaciones.</p><p>���Qu� impresi�n le caus�?</p><p>��Lee el <emphasis>Wall Street Journal.</emphasis></p><p>���Eso es todo?</p><p>��Habla ingl�s mejor que yo. Lleva las u�as bien cuidadas. Y si ha le�do la mitad de los libros y revistas que hay en su biblioteca, sabe m�s sobre los Estados Unidos y sus contribuyentes que la mitad de los pol�ticos de Washington.</p><p>��Usted es probablemente el �nico occidental en libertad que le ha visto cara a cara.</p><p>��No fue muy agradable, puede creerme.</p><p>Quintana rasc� pensativamente la arena con la punta del pie.</p><p>��Dejar una instalaci�n vital tan poco guardada es una invitaci�n a la infiltraci�n.</p><p>��No si Velikov sabe que usted se dirige all� -dijo Pitt.</p><p>��Est� bien; la red de radar cubana y los sat�lites esp�as rusos pueden localizar cualquier avi�n o embarcaci�n dentro de un radio de cincuenta millas. Un lanzamiento en paraca�das o un desembarco ser�an imposibles. Pero un acercamiento por debajo del agua podr�a pasar f�cilmente inadvertido a sus aparatos de detecci�n. -Quintana hizo una pausa y sonri�-. En su caso, la embarcaci�n era demasiado peque�a para que se manifestase en una pantalla de radar.</p><p>��Yo no dispon�a de yates para navegar en alta mar -dijo ir�nicamente Pitt. Despu�s se puso serio-. Ha olvidado usted algo.</p><p>���Qu�?</p><p>��La inteligencia de Velikov. Usted mismo ha dicho que es muy astuto. No construy� una fortaleza cercada de campos de minas y de b�nkers de hormig�n por una raz�n muy simple: no ten�a necesidad de ello. Usted y el coronel Kleist son unos terribles optimistas si creen que un submarino o su TSE, o como quiera llamarlo, puede penetrar en su red de seguridad.</p><p>Quintana frunci� las cejas.</p><p>��Prosiga.</p><p>��Sensores subacu�ticos -explic� Pitt-. Velikov debe de haber rodeado la isla de sensores colocados en el fondo del mar y que pueden detectar el movimiento del casco de un submarino en la masa de agua y la vibraci�n producida por las h�lices.</p><p>��Nuestro TSE ha sido dise�ado para pasar a trav�s de sistemas de este tipo.</p><p>��No si los ingenieros navales de Velikov han colocado las unidades sensoras a menos de cien metros las unas de las otras. Nada, salvo una bandada de peces, podr�a pasar inadvertido por all�. Yo vi los camiones que hab�a en el garaje. En diez minutos Velikov podr�a poner en!a playa una fuerza de seguridad que destruir�a a sus hombres antes de que llegasen a tierra firme. Sugiero que usted y Kleist reprogramen sus juegos de guerra electr�nicos.</p><p>Quintana guard� silencio. Su plan de desembarco minuciosamente concebido empez� a resquebrajarse y hacerse trizas ante sus ojos.</p><p>��Nuestros ordenadores hubieran debido pensar en esto -dijo amargamente.</p><p>��Ellos no pueden crear lo que no se les ense�a -replic� filos�ficamente Pitt.</p><p>��Desde luego, se dar� cuenta de que esto significa que tenemos que cancelar la misi�n. Sin el elemento sorpresa no existe la menor posibilidad de destruir la instalaci�n y rescatar a la se�ora LeBaron y a los otros.</p><p>��No estoy de acuerdo.</p><p>��Se cree usted m�s listo que los ordenadores de nuestra misi�n.</p><p>��Yo escap� de Cayo Santa Mar�a sin que me descubriesen. Puedo introducir a su gente de la misma manera.</p><p>���Con una flota de ba�eras? -dijo sarc�sticamente Quintana.</p><p>��Se me ocurre una variaci�n m�s moderna.</p><p>Quintana mir� reflexivamente a Pitt.</p><p>���Tiene usted una idea que podr�a dar resultado?</p><p>��Ciertamente, la tengo.</p><p>���Dentro del tiempo fijado?</p><p>��S�.</p><p>���Y tendr�a �xito?</p><p>���Se sentir�a m�s confiado si suscribiese una p�liza de seguro?</p><p>Quintana percibi� una firme convicci�n en el tono de Pitt. Se volvi� y ech� a andar hacia el campamento principal.</p><p>��Vamos, se�or Pitt. Es hora de que pongamos manos a la obra.</p></section><section><title><p>50</p></title><p>Fidel Castro estaba repantigado en una silla y miraba pensativamente por encima de la popa de un yate de quince metros de eslora. Estaba bien sujeto por los hombros y sus manos enguantadas sosten�an flojamente la pesada ca�a de fibra de vidrio, cuyo hilo se extend�a desde un gran carrete hasta la chispeante estela. El cebo destinado a los delfines fue atrapado por una barracuda que pasaba, pero a Castro no pareci� importarle. Estaba pensando en otras cosas.</p><p>El cuerpo musculoso que anta�o le hab�a valido el t�tulo de �mejor atleta universitario de Cuba� se hab�a ablandado y engordado con la edad. Los rizados cabellos y la hirsuta barba eran ahora grises, pero el fuego revolucionario segu�a ardiendo en sus ojos negros con el mismo brillo que cuando hab�a bajado de las monta�as de Sierra Maestra treinta a�os atr�s.</p><p>Llevaba solamente una gorra de b�isbol, un pantal�n de ba�o, unas zapatillas viejas y unas gafas de sol. La colilla de un habano apagado pend�a de la comisura de sus labios. Se volvi� y se protegi� los ojos de la brillante luz del sol tropical.</p><p>���Quieres que no siga con el <emphasis>internacionalismo? </emphasis>-pregunt� sobre el apagado zumbido de los dos motores Diesel-. �Que renuncie a nuestra pol�tica de extender la influencia de Cuba en el extranjero? �Es esto lo que quieres?</p><p>Ra�l Castro estaba sentado en una tumbona, sosteniendo una botella de cerveza.</p><p>��No que renuncies, sino que bajes sin ruido el tel�n sobre nuestros compromisos en el extranjero.</p><p>��Mi hermano, el duro revolucionario. �Qu� es lo que te ha hecho cambiar de opini�n?</p><p>��Los tiempos cambian -dijo simplemente Ra�l.</p><p>Fr�o y reservado en p�blico, el hermano menor de Fidel era ingenioso y campechano en privado. Ten�a los cabellos negros, lisos y cortos sobre las orejas. Ra�l observaba el mundo con sus ojos negros y redondos de duendecillo. Luc�a un fino bigote cuyas afiladas puntas terminaban precisamente encima de las comisuras de los labios.</p><p>Fidel se enjug� con el dorso de una mano unas pocas gotas de sudor que se hab�an pegado a sus cejas.</p><p>��No puedo ignorar el enorme coste en dinero y en vidas de nuestros soldados. �Y qu� me dices de nuestros amigos de �frica y de las Am�ricas? �Debo volverles la espalda como a nuestros muertos en Afganist�n?</p><p>��El precio que pag� Cuba por su intervenci�n en movimientos revolucionarios supera con mucho a las ganancias. Favorecimos a nuestros amigos en Angola y en Etiop�a. �Qu� har�n ellos por nosotros en pago de aquello? Ambos sabemos que la respuesta es: nada. Tenemos que reconocer, Fidel, que hemos cometido errores. Yo ser� el primero en reconocer los m�os. Pero, por el amor de Dios, reduzcamos nuestras p�rdidas y convirtamos Cuba en una gran naci�n socialista que sea envidia del Tercer Mundo. Conseguiremos mucho m�s haciendo que sigan nuestro ejemplo que d�ndoles la sangre de nuestro pueblo.</p><p>��Me est�s pidiendo que vuelva la espalda a nuestro honor y a nuestros principios.</p><p>Ra�l hizo rodar la fresca botella sobre su sudorosa frente.</p><p>��Seamos francos, Fidel. De los principios ya nos hemos olvidado m�s de una vez, cuando ha sido en inter�s de la revoluci�n. Si no cambiamos pronto de rumbo y vigorizamos nuestra econom�a estancada, el descontento del pueblo puede convertirse en inquietud, a pesar de lo mucho que te quieren.</p><p>Fidel escupi� la colilla del cigarro por encima de la popa e hizo adem�n a un marinero para que le trajese otro.</p><p>��Al Congreso de los Estados Unidos le encantar�a ver al pueblo volvi�ndose contra m�.</p><p>��El Congreso se preocupa de esto mucho menos que el Kremlin -dijo Ra�l-. Dondequiera que mire encuentro un traidor en el bolsillo de Antonov. Ni siquiera puedo ya confiar en mis propios agentes de seguridad.</p><p>��Cuando el presidente y yo acordemos y firmemos el pacto entre Cuba y los Estados Unidos, nuestros amigos sovi�ticos se ver�n obligados a aflojar sus tent�culos de nuestro cuello.</p><p>���C�mo puedes llegar a un acuerdo con �l, si te niegas a sentarte a negociar?</p><p>Fidel hizo una pausa para encender el nuevo cigarro que le hab�a tra�do el marinero.</p><p>��Probablemente, el presidente se ha convencido ya de que mi ofrecimiento de romper nuestros lazos con la Uni�n Sovi�tica, a cambio de la ayuda econ�mica de los Estados Unidos y de unas relaciones comerciales abiertas, es aut�ntico. Si parezco demasiado ansioso de celebrar una reuni�n, pondr�n condiciones imposibles. Dejemos que est� en ascuas durante un tiempo. Cuando se d� cuenta de que no me arrastro sobre la estera de la puerta de la Casa Blanca, arriar� velas.</p><p>��El presidente estar� todav�a m�s ansioso de llegar a un acuerdo cuando se entere de la desaforada intromisi�n de los compinches de Antonov en nuestro r�gimen.</p><p>Fidel levant� el cigarro para recalcar sus palabras.</p><p>��Precisamente por eso he dejado que ocurriese aquello. Jugar con el miedo de los americanos al establecimiento de un gobierno t�tere de los sovi�ticos nos beneficiar� indudablemente.</p><p>Ra�l vaci� la botella de cerveza y la arroj� por encima de la borda.</p><p>��Pero no esperes demasiado tiempo, hermano, o nos encontraremos sin trabajo.</p><p>��Esto no ocurrir� nunca. -La cara de Fidel se torci� en una jactanciosa sonrisa-. Yo soy el pegamento que mantiene de una pieza la revoluci�n. Lo �nico que tengo que hacer es dirigirme al pueblo y denunciar a los traidores y al complot sovi�tico para socavar nuestra sagrada soberan�a. Y entonces t�, como presidente del Consejo de Ministros, anunciar�s la ruptura de todos los lazos con el Kremlin. El descontento que pueda haber ser� sustituido por un regocijo nacional. Con un golpe de hacha habr� cortado la importante deuda que tenemos con Mosc� y eliminado el embargo comercial de los Estados Unidos.</p><p>��Mejor que sea pronto.</p><p>��En mi discurso durante las celebraciones del D�a de la Educaci�n -replic� Fidel.</p><p>Ra�l comprob� el calendario de su reloj.</p><p>��Dentro de cinco d�as.</p><p>��Una oportunidad perfecta.</p><p>��Pero me sentir�a m�s tranquilo si pudiese sondear lo que piensa de tu proposici�n el presidente.</p><p>��T� te encargar�s de ponerte en contacto con la Casa Blanca y convenir una reuni�n con sus representantes durante las fiestas del D�a de la Educaci�n.</p><p>��Antes de tu discurso, supongo.</p><p>��Desde luego.</p><p>���No te parece que est�s tentando al destino al esperar hasta el �ltimo momento?</p><p>���l me sacar� las casta�as del fuego -dijo Fidel, entre una nube de humo-. Mira las cosas como son. Mi regalo de aquellos tres cosmonautas sovi�ticos deber�a haberle demostrado mis buenas intenciones.</p><p>Ra�l frunci� el entrecejo.</p><p>��Podr�a ser que ya nos hubiese enviado su respuesta. Fidel se volvi� y le mir� airadamente.</p><p>��Esto es nuevo para m�.</p><p>��No te lo hab�a dicho porque era solamente una suposici�n -dijo nerviosamente Ra�l-. Pero sospecho que el presidente emple� el dirigible de Raymond LeBaron para enviarnos un mensajero a espaldas del servicio secreto sovi�tico.</p><p>���Dios m�o! �No fue destruido por uno de nuestros helic�pteros de vigilancia?</p><p>��Una pifia est�pida -confes� Ra�l Castro-. No hubo supervivientes.</p><p>La cara de Fidel reflej� confusi�n.</p><p>��Entonces, �c�mo es que el Departamento de Estado nos acusa de haber capturado a la se�ora LeBaron y a sus acompa�antes?</p><p>��No tengo la menor idea.</p><p>���Por qu� no se me informa de estos asuntos?</p><p>��El informe te fue enviado, pero, como tantos otros, no lo le�ste. Es dif�cil hablar contigo, hermano, y tu inter�s por los detalles no es lo que sol�a ser.</p><p>Fidel enrosc� furiosamente el hilo y solt� las correas que le sujetaban a la silla.</p><p>��Dile al capit�n que volvemos a puerto.</p><p>���Qu� pretendes hacer?</p><p>Fidel sonri� sin soltar el cigarro.</p><p>��Ir a cazar patos.</p><p>���Ahora? �Hoy?</p><p>��En cuanto lleguemos a tierra, ir� a enterrarme en mi refugio, fuera de La Habana, y t� vendr�s conmigo. Permaneceremos recluidos, sin recibir llamadas telef�nicas ni celebrar reuniones hasta el D�a de la Educaci�n.</p><p>���Crees que es prudente dejar colgado al presidente y desentendernos de la amenaza interna de los sovi�ticos?</p><p>���Qu� mal puede haber en ello? Las ruedas de las relaciones extranjeras americanas giran como las de una carreta tirada por bueyes. Con su enviado muerto, s�lo puede quedarse de cara a la pared y esperar mi nueva iniciativa. En cuanto a los rusos, todav�a no es el momento oportuno para su maniobra. -Golpe� ligeramente el hombro de Ra�l-. An�mate, hermanito. �Qu� puede ocurrir en los pr�ximos cinco d�as que t� y yo no podamos controlar?</p><p>Ra�l se lo pregunt� vagamente. Tambi�n se pregunt� c�mo pod�a sentirse helado como una tumba bajo el sol abrasador del Caribe.</p><p>Poco despu�s de medianoche, el general Velikov se puso r�gidamente en pie junto a su mesa cuando se abrieron las puertas del ascensor y Lyev Maisky entr� en el despacho.</p><p>Velikov le salud� fr�amente.</p><p>��Camarada Maisky. Es un placer inesperado.</p><p>��Camarada general.</p><p>���Puedo ofrecerle alg�n refresco?</p><p>��Esta humedad es una maldici�n -respondi� Maisky, enjug�ndose la frente con una mano y observando el sudor en sus dedos-. No me vendr�a mal un vaso de vodka helado.</p><p>Velikov levant� un tel�fono y dio una breve orden. Despu�s se�al� un sill�n.</p><p>��Por favor, p�ngase c�modo.</p><p>Maisky se dej� caer pesadamente en un blando sill�n de cuero y bostez� debido al largo trayecto en avi�n.</p><p>��Lamento que no haya sido informado de mi llegada, general, pero el camarada Polevoi pens� que era mejor no exponernos a que fuesen interceptadas y descifradas sus nuevas instrucciones por los servicios de escucha de la Agencia de Seguridad Nacional norteamericana.</p><p>Velikov arque� las cejas como ten�a por costumbre y dirigi� a Maisky una mirada cautelosa.</p><p>���Nuevas instrucciones?</p><p>��S�, una operaci�n muy complicada.</p><p>��Espero que el jefe de la KGB no me ordene aplazar el proyecto de asesinato de Castro.</p><p>��En absoluto. En realidad, me han pedido que le diga que los barcos con el cargamento necesario para la misi�n llegar�n al puerto de La Habana medio d�a antes de lo previsto.</p><p>Velikov asinti� satisfecho con la cabeza.</p><p>��As� tendremos m�s tiempo.</p><p>���Han tenido alg�n problema? -pregunt� Maisky.</p><p>��Todo se desarrolla normalmente.</p><p>���Todo? -repiti� Maisky-. Al camarada Polevoi no le gust� la huida de uno de sus prisioneros.</p><p>��No tiene que preocuparse. Un pescador encontr� el cuerpo del fugitivo en sus redes. El secreto de esta instalaci�n es todav�a seguro.</p><p>���Y qu� me dice de los otros? Debe saber que el Departamento de Estado exige a las autoridades cubanas su liberaci�n.</p><p>��Un burdo farol -replic� Velikov-. La C�A no tiene el menor indicio de que los intrusos est�n todav�a vivos. El hecho de que Washington pida su liberaci�n a los cubanos, en vez de a nosotros, demuestra que est�n disparando a ciegas.</p><p>��La cuesti�n es saber contra qu� est�n disparando. -Maisky hizo una pausa y sac� una pitillera de platino del bolsillo. Encendi� un cigarrillo largo y sin filtro y exhal� el humo hacia el techo-. Nada debe retrasar Ron y Cola.</p><p>��Castro hablar� seg�n lo prometido.</p><p>���Puede estar seguro de que no cambiar� de idea?</p><p>��Si la historia se repite, pisamos terreno firme. <emphasis>El jefe m�ximo </emphasis>todav�a no ha perdido ninguna oportunidad de pronunciar un discurso.</p><p>��Pero puede producirse un accidente, una enfermedad o un hurac�n.</p><p>��Algunas cosas escapan al control humano, pero no pienso fracasar.</p><p>Un guardia uniformado apareci� con una botella de vodka fr�a y un vaso sobre una capa de hielo.</p><p>���S�lo un vaso, general? �No beber� conmigo?</p><p>��Tal vez un co�ac, m�s tarde.</p><p>Velikov esper� pacientemente hasta que Maisky hubo consumido un tercio de la botella. Despu�s se lanz�.</p><p>���Puedo pedir al delegado del Primer Directorio que me ilustre sobre esta nueva operaci�n?</p><p>��Desde luego -dijo amablemente Maisky-. Tiene que emplear todos los medios electr�nicos de que dispone para obligar a la nave espacial de los Estados Unidos a aterrizar en territorio cubano.</p><p>���He o�do bien? -pregunt� pasmado Velikov.</p><p>��El camarada presidente Antonov le ordena que irrumpa en los sensores computarizados de control de la lanzadera espacial <emphasis>Gettysburg, </emphasis>entre su regreso a la atm�sfera y su acercamiento a Cabo Ca�averal, y la dirija de manera que aterrice en nuestro aer�dromo militar de Santa Clara.</p><p>Frunciendo desconcertado el entrecejo, Velikov mir� a Maisky como si el delegado de la KGB estuviese loco.</p><p>��Si me permite decirlo, es el plan m�s disparatado que haya concebido nunca el Directorio.</p><p>��Sin embargo, todo ha sido estudiado por nuestros cient�ficos espaciales -dijo a la ligera Maisky. Apoy� el pie en una gran cartera que tra�a-. Todos los datos est�n aqu� para la programaci�n de sus ordenadores y el adiestramiento de su personal.</p><p>��Mis hombres son ingenieros de comunicaciones. -Velikov parec�a perplejo-. No saben nada sobre din�mica del espacio.</p><p>��No hace falta que lo sepan. Los ordenadores se encargar�n de ello. Lo m�s importante es que su equipo de la isla tenga capacidad para anular al Centro de Control Espacial de Houston y tomar el mando de la nave.</p><p>���Cu�ndo se presume que ha de ocurrir esto?</p><p>��Seg�n la NASA, el <emphasis>Gettysburg </emphasis>iniciar� su reentrada en la atm�sfera aproximadamente dentro de veintinueve horas.</p><p>Velikov asinti� sencillamente con la cabeza. La impresi�n hab�a pasado r�pidamente, y hab�a recobrado el control total, la tranquilidad y la viveza mental del profesional cabal.</p><p>��Desde luego, prestar� toda mi colaboraci�n; pero me atrevo a decir que se necesitar� algo m�s que un milagro corriente para realizar lo incre�ble.</p><p>Maisky bebi� otro vaso de vodka y rechaz� el pesimismo de Velikov con un adem�n.</p><p>��Hay que tener fe, general, no en los milagros, sino en la inteligencia de los cient�ficos y los ingenieros sovi�ticos. Esto es lo que pondr� a la nave espacial m�s adelantada de Am�rica en una pista de aterrizaje en Cuba.</p><empty-line/><p>Giordino contempl� recelosamente el plato que ten�a sobre las rodillas.</p><p>��Primero nos dan bazofia, y ahora, solomillo y huevos. No me f�o de esos bastardos. Probablemente lo han sazonado con ars�nico.</p><p>��Un truco para levantarnos antes de volver a derribarnos -dijo Gunn, hincando vorazmente los dientes en la carne-. Pero voy a olvidarme de esto.</p><p>��Hoy es el tercer d�a que el verdugo de la habitaci�n n�mero seis nos ha dejado en paz. Hay algo que huele mal.</p><p>���Preferir�as que te rompiese otra costilla? -murmur� Gunn, entre dos bocados.</p><p>Giordino pinch� los huevos con el tenedor y los prob�.</p><p>��Probablemente nos engordan para la matanza.</p><p>��Quiera Dios que hayan dejado tambi�n en paz a Jessie.</p><p>��A los s�dicos como Gly les encanta pegar a las mujeres.</p><p>���Te has preguntado alguna vez por qu� no est� nunca Velikov presente durante las actuaciones de Gly?</p><p>��Es t�pico de los rusos dejar que un extranjero haga el trabajo sucio, o tal vez no puede soportar la vista de la sangre. �C�mo puedo saberlo?</p><p>La puerta se abri� de pronto y Foss Gly entr� en la celda. Sus labios gruesos y salientes se abrieron en una sonrisa, y las pupilas de sus ojos eran hondas, negras y vac�as.</p><p>���Les gusta su comida, caballeros?</p><p>��Se ha olvidado del vino -dijo desde�osamente Giordino-. Y el solomillo me gusta m�s crudo.</p><p>Gly se acerc� m�s y, antes de que Giordino pudiese adivinar sus intenciones, descarg� el pu�o en un furioso rev�s contra su caja tor�cica.</p><p>Giordino jade� y todo su cuerpo se contrajo en un espasmo convulsivo. Su cara palideci�, y sin embargo, incre�blemente, esboz� una sonrisa torcida, mientras flu�a entre el vello de su barba sin afeitar la sangre que brotaba de donde sus dientes hab�an mordido el labio inferior.</p><p>Gunn se incorpor� en su litera sobre un brazo y arroj� el plato de comida contra la cabeza de Gly. Los huevos se estrellaron en la mejilla del verdugo y la carne a medio consumir le dio en la boca.</p><p>��Una reacci�n est�pida -dijo Gly, en un furioso murmullo-. Y lo lamentar�s.</p><p>Se agach�, agarr� el tobillo roto de Gunn y lo torci� cruelmente.</p><p>Gunn apret� los pu�os, sus ojos se nublaron de dolor, pero no dijo nada. Gly se ech� atr�s y se qued� estudi�ndolo. Parec�a fascinado.</p><p>��Eres duro, muy duro, por ser tan peque�o.</p><p>��Vuelve a tu agujero, babosa -farfull� Giordino, todav�a recobrando su aliento.</p><p>��Tercos, muy tercos -suspir� cansadamente Gly. Por un breve segundo, sus ojos adquirieron una expresi�n pensativa; despu�s volvi� el negro vac�o, fr�o y maligno como esculpido en una estatua-. Ah, s�, hab�is hecho que me distrajese. He venido a daros noticias de vuestro amigo Dirk Pitt.</p><p>���Qu� ha sido de �l?</p><p>��Trat� de escapar y se ahog�.</p><p>��Mientes -dijo Gunn.</p><p>��Un pescador de las Bahamas lo encontr�. El Consulado americano ha identificado ya el cad�ver, o lo que quedaba de �l despu�s de haber sido pasto de los tiburones. -Se enjug� el huevo de la cara, agarr� el solomillo del plato de Giordino, lo arroj� al suelo y lo aplast� con la bota-. <emphasis>Bon app�tit, </emphasis>caballeros.</p><p>Sali� de la celda y cerr� la puerta a su espalda.</p><p>Giordino y Gunn se miraron en silencio durante largo rato, hasta que se hizo s�bitamente la luz en sus cerebros. Entonces sus caras se iluminaron con amplias sonrisas que pronto se convirtieron en carcajadas.</p><p>���Lo ha conseguido! -grit� Giordino, con un entusiasmo que mitigaba su dolor-. �Dirk ha podido volver a casa!</p></section><section><title><p>51</p></title><p>Los experimentos espectaculares de la estaci�n espacial <emphasis>Columbus </emphasis>se encontraban en la manufactura de medicamentos ex�ticos, la obtenci�n de cristales puros para chips semiconductores de ordenador y la observaci�n de los rayos gamma. Pero la actividad corriente de la estaci�n era la reparaci�n de sat�lites.</p><p>Jack Sherman, su comandante, estaba en el m�dulo cilindrico de mantenimiento, ayudando a un equipo de ingenieros a sujetar un sat�lite en su lugar de reparaci�n, cuando una voz son� en el altavoz central.</p><p>���Est�s disponible, Jack?</p><p>��Estoy aqu�.</p><p>���Puedes venir al m�dulo de mando?</p><p>���Qu� sucede?</p><p>��Tenemos alg�n bromista que se ha introducido en nuestro canal de comunicaciones.</p><p>��P�salo aqu�.</p><p>��Ser� mejor que subas.</p><p>��Dame un par de minutos.</p><p>Asegurado el sat�lite y cerrada la esclusa de aire, Sherman se quit� el traje presurizado y desliz� las botas en un par de ra�les estriados.</p><p>Entonces avanz� con lentos movimientos a trav�s del medio ingr�vido hasta el centro de la estaci�n.</p><p>El primer ingeniero de comunicaciones y electr�nica asinti� con la cabeza al verle acercarse.</p><p>��Escucha esto. -Habl� por un micr�fono montado en un panel de control-. Por favor, identifiq�ese otra vez.</p><p>Hubo una breve pausa, y despu�s:</p><p>��<emphasis>Columbus, </emphasis>aqu� Jersey Colony. Pedimos permiso para atracar en su estaci�n.</p><p>El ingeniero se volvi� y mir� a Sherman.</p><p>���Qu� piensas de esto? Debe ser alg�n chiflado de la Tierra.</p><p>Sherman se inclin� sobre el panel.</p><p>��Jersey Colony, o como se llamen, �ste es un canal privado de la NASA. Est�n interfiriendo el canal de comunicaciones espaciales. D�jenlo libre, por favor.</p><p>��Imposible -dijo aquella voz extra�a-. Nuestro veh�culo de transferencia lunar se reunir� con ustedes dentro de dos horas. S�rvase instruirnos sobre los procedimientos de amarre.</p><p>��Lunar, �qu�? -La cara de Sherman se contrajo de enojo-. Control de Houston, �lo copias?</p><p>��Copiamos -dijo una voz del Centro de Control Espacial de Houston.</p><p>���Qu� deduces de esto?</p><p>��Estamos tratando de localizarlo, <emphasis>Columbus. </emphasis>Por favor, no se retiren.</p><p>��No s� qui�nes son ustedes, amigos -gru�� Sherman-, pero se han metido en un buen fregado.</p><p>��Me llamo Eli Steinmetz. Por favor, tenga preparada asistencia m�dica. Llevo dos heridos a bordo.</p><p>Sherman descarg� un pu�etazo sobre el respaldo de la silla del ingeniero.</p><p>��Esto es una locura.</p><p>���Con qui�n estoy hablando? -pregunt� Steinmetz.</p><p>��Con Jack Sherman, comandante del <emphasis>Columbus.</emphasis></p><p>��Lamento esta brusca intrusi�n, Sherman, pero pens� que deb�a informarles de nuestra llegada.</p><p>Antes de que Sherman pudiese replicar, habl� el Control de Houston:</p><p>��<emphasis>Columbus, </emphasis>las se�ales no proceden de la Tierra, repito, no proceden de la Tierra. Vienen del espacio, m�s all� de ustedes.</p><p>��Est� bien, muchachos, �a qu� viene esta broma?</p><p>Ahora habl� el director de Operaciones de Vuelo de la NASA.</p><p>��No es una broma. Soy Irwin Mitchell. Prepare a su tripulaci�n para recibir a Steinmetz y sus colonos.</p><p>���Qu� colonos?</p><p>��Ya era hora de que apareciese alguien del �c�rculo privado� -dijo Steinmetz-. Durante un minuto, pens� que tendr�a que echar la puerta abajo.</p><p>��Disculpe, Eli. El presidente crey� que era mejor mantener el secreto hasta que llegasen al <emphasis>Columbus.</emphasis></p><p>���Tiene alguien la bondad de decirme qu� sucede? -pregunt� desesperado Sherman.</p><p>��Eli se lo explicar� cuando se encuentren -respondi� Mitchell. Despu�s se dirigi� a Steinmetz-. �C�mo est�n los heridos?</p><p>��Descansando c�modamente, pero uno de ellos requerir� una operaci�n quir�rgica importante. Tiene una bala alojada cerca de la base del cr�neo.</p><p>��Ya lo ha o�do, Jack -dijo Mitchell-. Ponga sobre aviso a la tripulaci�n de la lanzadera. Tendr�n que adelantar su partida.</p><p>��Cuidar� de esto -dijo Sherman. Su voz se seren� y el tono era tranquilo, pero era demasiado inteligente para no estar desconcertado-. Pero, �de d�nde diablos viene esta� esta Jersey Colony?</p><p>���Me creer�a si le dijese que de la Luna? -replic� Mitchell.</p><p>��No -dijo llanamente Sherman-. No lo creer�a.</p><empty-line/><p>El Sal�n Theodore Roosevelt, en el ala oeste de la Casa Blanca, fue llamado anta�o Sal�n de los Peces porque conten�a acuarios y trofeos de pesca de Franklin Delano Roosevelt. Durante el mandato de Richard Nixon fue amueblado al estilo reina Ana y Chippendale y empleado para reuniones del alto personal.</p><p>Las paredes y la alfombra eran de color ladrillo, en tonos claro y oscuro. Un cuadro de la Declaraci�n de Independencia pend�a en la pared este, sobre la repisa de madera tallada de la chimenea. Observando severamente la estancia desde la pared sur, ve�ase a Teddy Roosevelt montado a caballo, en un retrato pintado en Par�s por Tade Styka. El presidente prefer�a esta habitaci�n �ntima a la m�s formal Sala del Gabinete para discusiones importantes, en parte porque no hab�a ventanas. Ahora estaba sentado a la cabecera de la mesa de conferencias, garrapateando en un bloc. A su izquierda, se hallaba el secretario de Defensa, Jess Simmons. Despu�s ven�an el director de la C�A, Martin Brogan, Dan Fawcett y Leonard Hudson. Douglas Oates, secretario de Estado, se sentaba inmediatamente a su derecha, seguido del consejero de Seguridad Nacional, Alan Mercier, y del general de la Fuerza A�rea, Alian Post, que dirig�a el programa espacial militar.</p><p>Hudson hab�a pasado m�s de una hora explicando a los hombres del presidente la historia de la Jersey Colony. Al principio, �stos se quedaron pasmados y guardaron silencio. Despu�s se excitaron mucho y lanzaron una andanada de preguntas a las que respondi� Hudson, hasta que el presidente orden� que les sirviesen el almuerzo en aquella misma habitaci�n.</p><p>El indecible asombro fue seguido de entusiastas loanzas a Hudson y su �c�rculo privado�, pero poco a poco se impuso la triste realidad al conocerse el conflicto con los cosmonautas sovi�ticos.</p><p>��Cuando los colonos de Jersey hayan regresado sanos y salvos a Cabo Ca�averal -dijo el presidente-, tal vez podr� apaciguar a Antonov ofreci�ndole compartir algunos de los numerosos datos obtenidos por Steinmetz y su equipo.</p><p>���Por qu� hemos de regalarles algo? -pregunt� Simons-. Ya nos han robado bastante tecnolog�a.</p><p>��No niego su latrocinio -replic� el presidente-, pero si nuestras posiciones estuviesen invertidas, no permitir�a que se saliesen de rositas despu�s de matar a catorce de nuestros astronautas.</p><p>��Yo estoy con usted, se�or presidente -dijo el secretario de Estado, Oates-. Pero si ustedes estuviesen realmente en su lugar, �qu� clase de represalia tomar�an?</p><p>��Muy sencillo -dijo el general Post-. Si yo fuese Antonov, ordenar�a que <emphasis>Columbas </emphasis>fuese borrado del cielo.</p><p>��Una idea abominable, pero que hemos de tomar en serio -dijo Brogan-. Los l�deres sovi�ticos deben pensar que tienen derecho a destruir la estaci�n y a todos los que est�n a bordo.</p><p>��O la lanzadera y su tripulaci�n -a�adi� Post.</p><p>El presidente mir� fijamente al general.</p><p>���Pueden ser defendidos el <emphasis>Columbus </emphasis>y el <emphasis>Gettysburg?</emphasis></p><p>Post sacudi� ligeramente la cabeza.</p><p>��Nuestro sistema de defensa l�ser rayos X no ser� eficaz hasta dentro de catorce meses. Mientras est�n en el espacio, tanto la estaci�n como la lanzadera ser�n vulnerables a los sat�lites asesinos Cosmos 1400 de la Uni�n Sovi�tica. S�lo podremos proteger con eficacia al <emphasis>Gettysburg </emphasis>despu�s de que entre en la atm�sfera terrestre.</p><p>El presidente se volvi� a Brogan.</p><p>���Qu� dice usted, Martin?</p><p>��No creo que ataquen el <emphasis>Columbus. </emphasis>Se expondr�an demasiado a que nosotros tom�semos represalias contra la estaci�n Salyut 10. Yo digo que tratar�n de destruir la lanzadera.</p><p>Se hizo un silencio helado en el Sal�n Roosevelt, mientras cada uno de los presentes debat�a sus propios pensamientos. Entonces, la cara de Hudson adquiri� una expresi�n inspirada, y golpe� la mesa con su pluma.</p><p>��Creo que hemos pasado algo por alto -dijo, en tono flem�tico.</p><p>���Qu�? -pregunt� Fawcett.</p><p>��El verdadero objetivo de su ataque contra la Jersey Colony.</p><p>Brogan tom� la palabra.</p><p>��Salvar su prestigio destruyendo todo rastro de nuestra haza�a en el espacio -dijo.</p><p>��No destruir, sino robar -dijo en�rgicamente Hudson-. Asesinar a los colonos no era un castigo de ojo por ojo, diente por diente. Jess Simmons dio en el clavo. Seg�n la manera de pensar del Kremlin, lo vital era apoderarse de la base intacta con el fin de aprovecharse de la tecnolog�a, los datos y los resultados de una inversi�n de miles de millones de d�lares y de veinticinco a�os de trabajo. �ste era su objetivo. La venganza era algo secundario.</p><p>��Es una buena teor�a -dijo Oates-. Salvo que, con los colonos volviendo a la Tierra, Jersey Colony est� a su alcance.</p><p>��Empleando nuestro veh�culo de transporte lunar, podemos tener otro equipo en el lugar dentro de dos semanas -dijo Hudson.</p><p>��Pero tengamos en cuenta a los dos cosmonautas que est�n todav�a en Selenos 8 -dijo Simmons-. �Qu� va a impedirles bajar y apoderarse de la colonia abandonada?</p><p>��Disculpe -respondi� Hudson-. Olvid� decirles que Steinmetz transport� a los cinco rusos muertos a la c�psula lunar y los introdujo en ella. Despu�s oblig� a los tripulantes supervivientes a elevarse y volver a la Tierra, amenaz�ndoles con hacerles pedazos en la superficie de la Luna con el �ltimo cohete de su lanzador.</p><p>��El sheriff limpiando la poblaci�n -dijo Brogan con admiraci�n-. Ardo en deseos de conocer a ese hombre.</p><p>��Pero fue a costa de algo -dijo Hudson, a media voz-. Steinmetz trae dos heridos graves y un cad�ver.</p><p>���Cu�l es el nombre del muerto? -pregunt� el presidente.</p><p>��Doctor Kurt Perry. Un brillante bioqu�mico.</p><p>El presidente se dirigi� a Fawcett.</p><p>��Tenemos que hacer que reciba los honores debidos.</p><p>Hubo una breve pausa y, despu�s, Post llev� de nuevo la discusi�n a su cauce.</p><p>��Est� bien; si los sovi�ticos no pueden apoderarse de la Jersey Colony, �qu� les queda?</p><p>��El <emphasis>Gettysburg </emphasis>-respondi� Hudson-. Los rusos tienen todav�a una posibilidad de apoderarse de un verdadero tesoro en datos cient�ficos.</p><p>���Secuestrar la lanzadera en el aire? -pregunt� sarc�sticamente Simmons-. No sab�a que tuviesen a Buck Rogers de su parte.</p><p>��No le necesitan -replic� Hudson-. T�cnicamente, es posible programar una desviaci�n en los sistemas de direcci�n de vuelo. Se puede enga�ar a los ordenadores y hacer que env�en una se�al equivocada a los aparatos de direcci�n, a los impulsores y a otros elementos, para controlar el <emphasis>Gettysburg. </emphasis>Hay mil maneras diferentes de desviar la lanzadera unos pocos grados de su rumbo. Dependiendo de la distancia a que se encuentre del lugar de aterrizaje, podr�a ser desviado hasta mil millas del aer�dromo espacial Kennedy, de Cabo Ca�averal.</p><p>��Pero los pilotos pueden prescindir del sistema autom�tico y aterrizar con control manual -protest� Post.</p><p>��No si les enga�an y les hacen creer que el Control de Houston est� dirigiendo su vuelo de regreso.</p><p>���Es esto posible? -pregunt� el presidente, con incredulidad.</p><p>Alan Mercier asinti� con la cabeza.</p><p>��Es posible, si los sovi�ticos tienen transmisores locales con capacidad para dominar los aparatos electr�nicos internos de la lanzadera e interferir todas las se�ales del Control de Houston.</p><p>El presidente intercambi� una mirada l�gubre con Brogan.</p><p>��Cayo Santa Mar�a -murmur� tristemente Brogan.</p><p>��Una isla situada al norte de Cuba y en la que hay una poderosa instalaci�n de transmisiones y de escucha, con los hombres necesarios para hacer el trabajo -explic� el presidente a los dem�s.</p><p>��Tal vez no se habr�n enterado de que nuestros colonos han abandonado la colonia -dijo, esperanzado, Fawcett.</p><p>��Lo saben -respondi� Hudson-. Desde que sus sat�lites de escucha fueron dirigidos hacia la Jersey Colony, han registrado todas nuestras transmisiones.</p><p>��Tendremos que concebir un plan para neutralizar el equipo de la isla -sugiri� Post.</p><p>Brogan sonri�.</p><p>��S�lo que ocurre que hay una operaci�n en marcha.</p><p>Post sonri� a su vez.</p><p>��Si est� proyectando lo que me imagino, me gustar�a saber <emphasis>cu�ndo.</emphasis></p><p>��Se dice�, es solamente un rumor, compr�ndalo, que las fuerzas militares cubanas van a lanzar una misi�n de ataque y destrucci�n despu�s de la medianoche de hoy, aunque no se sabe exactamente cu�ndo.</p><p>���Y cu�l es la hora de la partida de la lanzadera para casa? -pregunt� Slan Mercier.</p><p>��Las cinco de la madrugada de ma�ana -respondi� Post.</p><p>��Esto resuelve la cuesti�n -dijo el presidente-. Informa al comandante del <emphasis>Columbus </emphasis>que retenga al <emphasis>Gettysburg </emphasis>en la plataforma de amarre hasta que podamos estar seguros de su regreso a salvo.</p><p>Todos los que se hallaban sentados alrededor de la mesa parecieron satisfechos de momento, salvo Hudson. �ste ten�a la expresi�n del muchacho a quien el perrero del distrito acaba de quitar su perrito mimado.</p><p>��S�lo desear�a -dijo, a nadie en particular- que todo fuese tan sencillo.</p></section><section><title><p>52</p></title><p>Velikov y Maisky se hallaban en una galer�a, tres plantas por encima del centro de escucha electr�nica, contemplando un peque�o ej�rcito de hombres y mujeres que manejaban el complicado equipo receptor electr�nico. Veinticuatro horas al d�a, antenas gigantescas emplazadas en Cuba interceptaban las llamadas telef�nicas civiles y las se�ales de radio militares de los Estados Unidos, transmiti�ndolas a Cayo Santa Mar�a, donde eran descifradas y analizadas por los ordenadores.</p><p>��Una obra realmente soberbia, general -dijo Maisky-. Los informes sobre su instalaci�n han sido demasiado modestos.</p><p>��No pasa un d�a sin que continuemos la expansi�n -dijo orgullosamente Velikov-. Adem�s tenemos una despensa bien abastecida y un centro de cultura f�sica, con equipo de ejercicios y una sauna. Tenemos incluso un sal�n de entretenimientos y una barber�a.</p><p>Maisky contempl� dos pantallas, de diez por quince pies, instaladas en paredes diferentes. La de la izquierda conten�a representaciones visuales generadas por los ordenadores, mientras que la de la derecha mostraba diversos datos e intrincados gr�ficos.</p><p>���Ha descubierto su gente la situaci�n de los colonos de la Luna?</p><p>El general asinti� con la cabeza y levant� un tel�fono. Habl� unas cuantas palabras por el micr�fono mientras contemplaba al atareado equipo de la planta baja. Un hombre que estaba ante una consola mir� hacia arriba y agit� una mano. Entonces las dos pantallas se oscurecieron por un breve instante y volvieron a la vida con una nueva exhibici�n de datos.</p><p>��Un informe detallado -dijo Velikov, se�alando la pantalla de la derecha-. Podemos captar casi todo lo que es transmitido entre el Control de Houston y sus astronautas. Como puede ver, el transbordador de los colonos de la Luna atrac� hace tres horas en la estaci�n espacial.</p><p>Maisky estaba fascinado mientras sus ojos recorr�an aquella informaci�n. Se resist�a a aceptar el hecho de que el servicio secreto americano supiese indudablemente tanto, si no m�s, sobre los esfuerzos espaciales sovi�ticos.</p><p>���Transmiten en clave? -pregunt�.</p><p>��En ocasiones, cuando se trata de una misi�n militar; pero generalmente la NASA habla claramente con sus astronautas. Como puede ver en la pantalla de datos, el Centro de Control de Houston ha ordenado al <emphasis>Gettysburg </emphasis>que retrase su partida hasta ma�ana por la ma�ana.</p><p>��Esto no me gusta.</p><p>��No veo en ello nada sospechoso. Probablemente, el presidente quiere tener tiempo para organizar una gran campa�a de propaganda para anunciar otro triunfo americano en el espacio.</p><p>��O pueden estar enterados de nuestras intenciones.</p><p>Maisky guard� entonces silencio, sumido en sus pensamientos. Sus ojos ten�an una expresi�n preocupada, y cruzaba y descruzaba nerviosamente las manos.</p><p>Velikov le mir�, divertido.</p><p>��Si esto trastorna de alg�n modo sus planes, puedo emplear la frecuencia del Control de Houston y transmitir una orden falsa.</p><p>���Puede hacer esto?</p><p>��S�.</p><p>���Simular una orden a la lanzadera, para que abandone la estaci�n espacial y regrese a la Tierra?</p><p>��S�.</p><p>���Y enga�ar a los jefes de la estaci�n y de la nave, haci�ndoles creer que oyen una voz conocida?</p><p>��No advertir�n la diferencia. Nuestros sintetizadores computarizados tienen grabaciones de transmisiones m�s que suficientes para imitar perfectamente la voz, el acento y las peculiaridades verbales de al menos veinte oficiales de la NASA.</p><p>���Y qu� puede impedir que el Control de Houston anule la orden?</p><p>��Puedo interferir sus transmisiones hasta que sea demasiado tarde para que detengan la nave. Despu�s, si las instrucciones que nos dieron ustedes de nuestros cient�ficos espaciales son correctas, dominaremos sus sistemas de vuelo y la haremos aterrizar en Santa Clara.</p><p>Maisky mir� larga y fijamente a Velikov. Despu�s dijo:</p><p>��H�galo.</p><p>El presidente estaba profundamente dormido cuando son� suavemente el tel�fono en su mesita de noche. Se volvi� y mir� la esfera fluorescente de su reloj de pulsera. Era la una y diez minutos de la madrugada. Entonces dijo:</p><p>��Hable.</p><p>Le respondi� la voz de Dan Fawcett.</p><p>��Siento despertarle, se�or presidente, pero ha ocurrido algo que creo que debe usted saber.</p><p>��Le escucho. �De qu� se trata?</p><p>��Acabo de recibir una llamada de Irwin Mitchell, de la NASA. Me ha dicho que el <emphasis>Gettysburg </emphasis>ha salido del <emphasis>Columbus </emphasis>y est� en �rbita, prepar�ndose para el regreso.</p><p>El presidente se incorpor� de golpe, despertando a su esposa que dorm�a a su lado.</p><p>���Qui�n dio la orden? -pregunt�.</p><p>��Mitchell no lo sabe. Todas las comunicaciones entre Houston y la estaci�n espacial se han interrumpido a causa de una extra�a interferencia.</p><p>��Entonces, �c�mo se ha enterado de la partida de la nave?</p><p>��El general Fisher ha estado observando el <emphasis>Columbus, </emphasis>en el Centro de Operaciones Espaciales de Colorado Springs, desde que Steinmetz sali� de Jersey Colony. Las sensibles c�maras del Centro captaron el movimiento cuando el <emphasis>Gettysburg </emphasis>abandon� el dique de la estaci�n. Me telefone� en cuanto le informaron de ello.</p><p>El presidente golpe� desesperadamente el colch�n.</p><p>���Maldita sea!</p><p>��Me he tomado la libertad de poner sobre aviso a Jess Simmons. �ste ha desplegado ya dos escuadrillas t�cticas de la Fuerza A�rea en el aire, para que escolten y protejan la lanzadera en cuanto penetre en la atm�sfera.</p><p>���Cu�nto tiempo tenemos antes de que el <emphasis>Gettysburg </emphasis>aterrice?</p><p>��Desde la preparaci�n inicial de descenso hasta el aterrizaje, unas dos horas.</p><p>��Los rusos est�n detr�s de esto.</p><p>���sta es la opini�n general -reconoci� Fawcett-. Todav�a no podemos estar seguros, pero todos los indicios se�alan a Cuba como la causante del problema de interferencia de la radio de Houston.</p><p>���Cu�ndo debe el equipo especial de Brogan atacar Cayo Santa Mar�a?</p><p>��A las dos.</p><p>���Qui�n lleva el mando?</p><p>��Disc�lpeme un momento; voy a buscar el nombre en el informe de ayer de la C�A. -Fawcett no tard� m�s de treinta segundos en volver-. La misi�n est� dirigida por el coronel de Infanter�a de Marina Ram�n Kleist.</p><p>��Conozco el nombre. Kleist recibi� una Medalla de Honor del Congreso.</p><p>��Hay algo m�s.</p><p>���Qu�?</p><p>��Los hombres de Kleist son dirigidos por Dirk Pitt.</p><p>El presidente suspir� casi con tristeza.</p><p>��Este hombre ha hecho ya demasiado. �Es absolutamente necesaria su presencia?</p><p>��S�lo Pitt podr�a hacerlo -dijo Fawcett.</p><p>���Podr�n destruir a tiempo el centro de interferencias?</p><p>��Sinceramente, debo confesar que es una cuesti�n de cara o cruz.</p><p>��D�gale a Jess Simmons que est� en el Sal�n de Guerra -dijo solemnemente el presidente-. Si algo anda mal, temo que, para que el <emphasis>Gettysburg </emphasis>y su valioso cargamento no caigan en manos de los sovi�ticos, no tendremos m�s remedio que derribarlo. �Me ha entendido, Dan?</p><p>��S�, se�or -dijo Fawcett palideciendo repentinamente-. Le transmitir� su mensaje.</p></section><section><title><p>53</p></title><p>��Alto -orden� Kleist. Comprob� de nuevo los datos del instrumento sat�lite Navstar y aplic� un par de compases sobre una carta extendida-. Estamos a siete millas al este de Cayo Santa Mar�a. Es lo m�s cerca que podemos llevar el TSE.</p><p>El comandante Quintana, que llevaba uniforme de campa�a moteado de gris y negro, mir� fijamente la marca amarilla en la carta.</p><p>��Tardar�amos unos cuarenta minutos en girar hacia el sur y desembarcar desde el lado cubano.</p><p>��El viento est� en calma y las olas no son de m�s de medio metro. Otra ventaja es que no hay luna. La noche no puede ser m�s negra.</p><p>��Una noticia tan mala como buena -dijo gravemente Quintana-. Hace que seamos dif�ciles de ver, pero tampoco podremos ver nosotros las patrullas de guardias, si es que las hay. A mi entender, nuestro principal problema es que no tenemos la situaci�n exacta del recinto. Podemos desembarcar a kil�metros de distancia.</p><p>Kleist se volvi� y mir� a un hombre alto e imponente que se apoyaba en un mamparo. Como Quintana, vest�a un traje de campa�a especial para la noche. Sus ojos grises y penetrantes se fijaron en los de Kleist.</p><p>���Todav�a no puede se�alar exactamente el lugar?</p><p>Pitt se irgui�, sonri� con su acostumbrada indiferencia y dijo simplemente:</p><p>��No.</p><p>��No es muy alentador -dijo rudamente Quintana.</p><p>��Es posible, pero al menos soy sincero.</p><p>Kleist habl� con indulgencia.</p><p>��Lamentamos, se�or Pitt, que las condiciones visuales no fuesen las adecuadas durante su fuga. Pero le agradecer�amos que fuese un poco m�s concreto.</p><p>La sonrisa de Pitt se extingui�.</p><p>��Miren, yo llegu� a tierra en medio de un hurac�n y hu� en plena noche. Ambas cosas tuvieron lugar en el lado de la isla opuesto a aquel en que se presume que hemos de desembarcar. No med� las distancias, ni arroj� migas de pan al suelo durante mi camino. La tierra era llana, sin colinas ni arroyos que pudiesen servir de puntos de referencia. S�lo palmeras, malezas y arena. La antena estaba a media milla del pueblo. El recinto, al menos una milla m�s all�. Cuando lleguemos al camino, el recinto estar� a la izquierda. Esto es cuanto puedo decirles.</p><p>Quintana asinti� resignadamente con la cabeza.</p><p>��Dadas las circunstancias, no podemos pedir m�s.</p><p>Un tripulante desali�ado, que vest�a jeans y camiseta de manga corta, entr� por la escotilla en el cuarto de control. Tendi� en silencio un mensaje descifrado a Kleist y se march�.</p><p>��Ojal� no sea una cancelaci�n en el �ltimo momento -dijo vivamente Pitt.</p><p>��Al contrario -murmur� Kleist-. Todav�a nos apremian m�s.</p><p>Reley� el mensaje, con un fruncimiento de cejas en el rostro normalmente impasible. Lo tendi� a Quintana, el cual lo ley� y despu�s apret� los labios contrariado antes de pasar el papel a Pitt. Dec�a as�:</p><p>NAVE ESPACIAL GETTYSBURG DEJ� ESTACI�N Y EST� EN �RBITA PREPARANDO REENTRADA. PERDIDO TODO CONTACTO. APARATOS ELECTR�NICOS DE SU OBJETIVO HAN PENETRADO ORDENADORES DE DIRECCI�N Y TOMADO EL MANDO. CALCULAMOS QUE DESVIACI�N RUMBO HAR� ATERRIZAR NAVE EN CUBA A LAS 0340. RAPIDEZ ES ESENCIAL. CONSECUENCIAS IMPREVISIBLES SI INSTALACI�N NO ES DESTRUIDA A TIEMPO. SUERTE.</p><p>��Son muy amables al avisarnos en el �ltimo minuto -dijo hoscamente Pitt-. Faltan menos de dos horas para las tres y cuarenta.</p><p>Quintana mir� severamente a Kleist.</p><p>���Pueden realmente los sovi�ticos hacer una cosa as� y salirse con la suya? -dijo.</p><p>Kleist no les escuchaba. Volvi� a contemplar la carta y traz� una fina l�nea en l�piz que marcaba el rumbo hacia la costa sur de Cayo Santa Mar�a.</p><p>���D�nde sit�a usted aproximadamente la antena?</p><p>Pitt tom� el l�piz y marc� un peque�o punto en la base de la cola de la isla.</p><p>��Una suposici�n, en el mejor de los casos.</p><p>��Est� bien. Le proveeremos de un peque�o aparato de radio impermeable. Cambiar� la posici�n en la carta y la programar� en el ordenador Navstar; despu�s les mantendr� localizados con su se�al y les guiar�.</p><p>��Usted no ser� el �nico que podr� localizarnos.</p><p>��Un peque�o riesgo, pero que nos ahorrar� un tiempo valioso. Podr�an volar la antena, interrumpiendo as� las �rdenes dirigidas por radio al <emphasis>Gettysburg </emphasis>con mucha m�s rapidez que si tuviesen que entrar por la fuerza en el recinto y destruir la instalaci�n principal.</p><p>��Muy sensato.</p><p>��Ya que est� de acuerdo -dijo pausadamente Kleist-, sugiero, caballeros, que vayan all�.</p><p>El transporte subacu�tico para fines especiales no se parec�a a ning�n submarino que Pitt hubiese visto. Ten�a un poco m�s de cien metros de eslora y la forma de un cincel vuelto de lado. La proa horizontal parecida a una cu�a estaba unida a un casco casi cuadrado que terminaba bruscamente en una popa en forma de caja. La cubierta era absolutamente lisa, sin salientes.</p><p>No hab�a nadie al tim�n. Era totalmente autom�tico, impulsado por una fuerza nuclear que hac�a girar las h�lices gemelas o, en caso necesario, accionaba unas bombas que tomaban agua en el impulso hacia delante y la arrojaban sin ruido por aberturas en los costados.</p><p>El TSE hab�a sido especialmente dise�ado para la C�A, para operaciones secretas de contrabando de armas, infiltraci�n de agentes camuflados e incursiones de ataque y retirada. Pod�a navegar hasta seiscientos metros de profundidad a una velocidad de cincuenta nudos, pero tambi�n pod�a remontar una playa, abrir sus puertas y desembarcar una fuerza de doscientos hombres con varios veh�culos.</p><p>El submarino emergi�, con su cubierta plana a s�lo medio metro por encima del agua negra. El equipo de exiliados cubanos de Quintana sali� por las escotillas y todos empezaron a levantar los Dashers acu�ticos que les entregaban desde abajo.</p><p>Pitt hab�a conducido un Dasher en un lugar de veraneo de M�xico. Era un veh�culo acu�tico a propulsi�n, fabricado en Francia para recreo en el mar. Llamada coche deportivo marino, la peque�a y brillante m�quina ten�a el aspecto de dos torpedos sujetos por los lados. El conductor yac�a boca arriba, con una pierna introducida en cada uno de los dos cascos gemelos, y controlaba el movimiento por medio de un volante parecido al de los autom�viles. La fuerza proced�a de una bater�a muy potente que pod�a impulsar la embarcaci�n por medio de chorros de agua a una velocidad de veinte nudos en aguas tranquilas, durante tres horas antes de tener que recargarla.</p><p>Cuando Pitt propuso emplearlos para cruzar la red cubana de radar, Kleist se apresur� a negociar un pedido especial con la f�brica y dispuso que fuesen enviados por un transporte de la Fuerza A�rea a San Salvador en quince horas.</p><p>El aire de la ma�ana temprana era c�lido y descarg� un ligero chaparr�n. Cada hombre mont� en su Dasher y fue empujado sobre la mojada cubierta hasta el mar. Se hab�an montado unas luces azules veladas en las popas, de manera que cada hombre pudiese seguir al que iba delante.</p><p>Pitt esper� unos momentos y mir� en la oscuridad hacia Cayo Santa Mar�a, esperando ansiosamente no llegar demasiado tarde para salvar a sus amigos. Una gaviota madrugadora pas� chillando sobre su cabeza, invisible en el turbio cielo.</p><p>Quintana le agarr� de un brazo.</p><p>��Ahora le toca a usted. -Hizo una pausa y mir� a trav�s de la penumbra-. �Qu� diablos es eso?</p><p>Pitt levant� un palo en una mano.</p><p>��Un bate de b�isbol.</p><p>���Para qu� lo necesita? Le dieron un AK-74.</p><p>��Es un regalo para un amigo.</p><p>Quintana sacudi� asombrado la cabeza.</p><p>��Partamos. Usted ir� delante. Yo ir� en retaguardia por si alguien se despista.</p><p>Pitt asinti� con la cabeza, subi� a su Dasher y ajust� un peque�o receptor a uno de sus o�dos. Un momento antes de que la tripulaci�n le empujase sobre el lado del TSE, el coronel Kleist se inclin� y le estrech� la mano.</p><p>��Cond�zcales hasta el objetivo -dijo gravemente.</p><p>Pitt le dirigi� una ligera sonrisa.</p><p>��Es lo que pretendo hacer.</p><p>Entonces su Dasher entr� en el agua. �l ajust� la palanca a media velocidad y se apart� del submarino. Era in�til que se volviese a comprobar si los otros le segu�an. No habr�a podido verles. La �nica luz era la de las estrellas, y �stas eran demasiado opacas para resplandecer en el agua.</p><p>Aument� la velocidad y estudi� el disco fluorescente de la br�jula sujeta a una de sus mu�ecas. Mantuvo el rumbo hacia el este hasta que oy� la voz de Kleist en su auricular:</p><p>��Tuerza a 270 grados.</p><p>Pitt hizo la correcci�n y mantuvo el rumbo durante diez millas, a una velocidad de unos pocos nudos por debajo de la m�xima, para permitir que los hombres que iban detr�s se acercasen si se desviaban. Estaba seguro de que los delicados sensores subacu�ticos captar�an el acercamiento de! comando, pero confiaba en que los rusos har�an caso omiso de las se�ales en sus instrumentos, atribuy�ndolas a una bandada de peces.</p><p>Muy lejos, hacia el sur en direcci�n a Cuba, tal vez a m�s de cuatro millas de distancia, el faro de una lancha patrullera brill� y barri� el agua como una guada�a, cortando la noche, buscando embarcaciones ilegales. El lejano resplandor les ilumin�, pero eran demasiado peque�os y estaban tan cerca del agua que no pod�an ser vistos a aquella distancia.</p><p>Pitt recibi� una nueva orden de Kleist y alter� el curso hacia el norte. La noche era oscura como boca de lobo, y s�lo pod�a esperar que los otros treinta hombres se mantuviesen cerca de su popa. Las proas gemelas del Dasher tropezaron con una serie de olas m�s altas, que le arrojaron espuma a la cara, y sinti� el fuerte sabor salino del mar.</p><p>La ligera turbulencia producida por el paso del Dasher por el agua hizo que centelleasen brevemente unas motas fosforescentes, como un ej�rcito de luci�rnagas, antes de extinguirse en la estela. Pitt empez� al fin a tranquilizarse un poco cuando volvi� a o�r la voz de Kleist:</p><p>��Est� a unos doscientos metros de la costa.</p><p>Pitt redujo la marcha de su peque�a embarcaci�n y sigui� avanzando cautelosamente. Despu�s se detuvo y se dej� llevar por la corriente. Esper�, aguzando la mirada en la oscuridad y escuchando con los nervios en tensi�n. Transcurrieron cinco minutos y vio vagamente el perfil de Cayo Santa Mar�a ante �l, negro y ominoso. Casi no hab�a rompientes en aquel lado de la isla y el suave susurro del agua sobre la playa era el �nico sonido que pod�a o�r.</p><p>Apret� suavemente el pedal y avanz� muy despacio, dispuesto a dar media vuelta y tornar a toda velocidad a alta mar si eran descubiertos. Segundos m�s tarde, el Dasher choc� sin ruido contra la arena. Inmediatamente, Pitt salt� y arrastr� la ligera embarcaci�n sobre la playa hasta unos matorrales, debajo de una hilera de palmeras. Entonces esper� hasta que Quintana y sus hombres surgieron como fantasmas y se agruparon silenciosamente a su alrededor en un apretado nudo, indistintos en la oscuridad y satisfechos todos de pisar de nuevo tierra firme.</p><p>Por precauci�n, Quintana invirti� un tiempo precioso en contar a sus hombres y examinar brevemente su equipo. Cuando qued� satisfecho, se volvi� a Pitt y dijo:</p><p>��Usted primero, amigo.</p><p>Pitt examin� la br�jula y ech� a andar hacia el interior de la isla, torciendo ligeramente hacia la izquierda. Sosten�a el bate de b�isbol delante de �l, como el bast�n de un ciego. A menos de ochenta metros del lugar donde se hab�an reunido, el extremo del bate tropez� con la cerca electrificada. Se detuvo bruscamente y el hombre que le segu�a choc� contra �l.</p><p>���Tranquilo! -susurr� Pitt-. Haga correr la voz. Estamos en la alambrada.</p><p>Dos hombres provistos de palas se adelantaron y atacaron la blanda arena. En un santiam�n hab�an excavado un hoyo lo bastante grande para que pudiese pasar por �l un borrico.</p><p>Pitt fue el primero en arrastrarse por all�. Durante un momento, no supo la direcci�n que deb�a tomar. Vacil�, husmeando el aire. Despu�s, de pronto, supo exactamente d�nde estaba.</p><p>��No hemos tenido suerte -murmur� a Quintana-. El edificio est� solamente a pocos cientos de metros a nuestra izquierda. La antena est� por lo menos a un kil�metro en direcci�n contraria.</p><p>���C�mo lo sabe?</p><p>��Emplee el olfato. Podr� oler los vapores de escape de los motores Diesel que activan los generadores.</p><p>Quintana inhal� profundamente.</p><p>��Tienen raz�n. La brisa trae el olor desde el noroeste.</p><p>���Y quieren una soluci�n r�pida! Sus hombres tardar�n m�s de media hora en llegar a la antena y colocar las cargas.</p><p>��Entonces atacaremos el recinto.</p><p>��Ser� mejor hacer ambas cosas. Env�e a sus mejores corredores a volar la antena y el resto de nosotros trataremos de alcanzar el centro de electr�nica.</p><p>Quintana tard� menos de un segundo en decidirse. Pas� entre las filas y eligi� r�pidamente cinco hombres. Volvi� con un personaje menudo, cuya cabeza llegaba apenas a los hombros de Pitt.</p><p>���ste es el sargento L�pez. Necesitar� instrucciones para llegar a la antena.</p><p>Pitt se quit� la br�jula de la mu�eca y la tendi� al sargento. L�pez no hablaba ingl�s y Quintana tuvo que actuar de int�rprete. El peque�o sargento era un buen entendedor. Repiti� las instrucciones de Pitt perfectamente, en espa�ol. Despu�s L�pez sonri� ampliamente, dio una breve orden a sus hombres y desapareci� en la noche.</p><p>Pitt y el resto de las fuerzas de Quintana avanzaron a paso ligero. El tiempo empez� a deteriorarse. Las nubes cubrieron las estrellas, y las gotas de lluvia que ca�an sobre las hojas de las palmeras produc�an un extra�o tamborileo. Los hombres serpenteaban entre los �rboles graciosamente encorvados por la furia de los huracanados vientos. Cada pocos metros, alguien tropezaba y ca�a, pero era ayudado a levantarse por los otros. Pronto se hizo m�s pesada su respiraci�n y el sudor resbal� por sus cuerpos y empap� sus trajes de campa�a. Pitt marcaba un paso r�pido, impulsado por la desesperada ilusi�n de encontrar todav�a con vida a Jessie, Giordino y Gunn. Su mente se manten�a al margen de las incomodidades y del creciente agotamiento, al imaginar los tormentos que Foss Gly les habr�a sin duda infligido. Sus tristes pensamientos se interrumpieron cuando sali� de la maleza a la carretera.</p><p>Torci� a la izquierda en direcci�n al recinto, sin pretender avanzar a hurtadillas u ocultarse, empleando la lisa superficie para ganar tiempo. La sensaci�n de la tierra bajo sus pies le parec�a ahora m�s familiar. Afloj� el paso y llam� en voz baja a Quintana. Cuando sinti� una mano sobre uno de sus hombros, se�al� hacia una d�bil luz apenas visible entre los �rboles.</p><p>��La casa del guarda junto a la verja.</p><p>Quintana dio una palmada en la espalda de Pitt, para decirle que hab�a comprendido, y dio instrucciones en espa�ol al hombre que le segu�a en la fila. �ste se alej� en direcci�n a la luz.</p><p>Pitt no tuvo que preguntar nada. Sab�a que a los guardias de seguridad que vigilaban la verja s�lo les quedaban dos minutos de vida.</p><p>Se desliz� junto al muro y se meti� en el canal de desag�e, sinti�ndose enormemente aliviado al descubrir que los barrotes estaban todav�a doblados, tal como �l los hab�a dejado. Los otros gatearon tambi�n por all� y continuaron hasta el respiradero de encima del garaje. Se presum�a que Pitt no deb�a ir m�s lejos. Las severas �rdenes de Kleist hab�an sido que guiase a las fuerzas del comandante Quintana hasta el respiradero y no siguiese adelante. Ten�a que apartarse de los otros, volver solo a la playa donde hab�an desembarcado y esperar a que los dem�s se batiesen en retirada.</p><p>Kleist hubiese debido sospechar que, al no discutir Pitt la orden, significaba que no estaba dispuesto a cumplirla; pero el coronel ten�a demasiados problemas en su mente para mostrarse receloso. Y el bueno de Pitt, con absoluta naturalidad, hab�a sido modelo de cooperaci�n cuando hab�a trazado un diagrama de la entrada en el edificio.</p><p>Antes de que Quintana pudiese alargar una mano para detenerle, Pitt se dej� caer por el respiradero a la vigueta que estaba encima de los veh�culos aparcados y desapareci� como una sombra por la salida que conduc�a a las celdas inferiores.</p></section><section><title><p>54</p></title><p>Dave Jurgens, comandante de vuelo del <emphasis>Gettysburg, </emphasis>estaba ligeramente perplejo. Compart�a el entusiasmo de todos los de la estaci�n espacial ante la inesperada llegada de Steinmetz y sus hombres de la Luna. Y no encontraba nada extra�o en la s�bita orden de llevar a los colonos a la Tierra en cuanto pudiese ser cargado el material cient�fico en el compartimiento correspondiente de la lanzadera.</p><p>Lo que le preocupaba era la brusca orden de Control de Houston de que aterrizase de noche en Cabo Ca�averal. Su petici�n de esperar unas pocas horas hasta que saliese el sol fue respondida con una fr�a negativa. No le dieron ninguna explicaci�n de los motivos que hab�an tenido las autoridades de la NASA para cambiar s�bitamente, y por primera vez en casi treinta a�os, su estricta norma de hacer los aterrizajes de d�a.</p><p>Mir� a su copiloto, Cari Burkhart, con veinte a�os de experiencia en el programa espacial.</p><p>��No podremos ver gran cosa de los pantanos de Florida en este aterrizaje.</p><p>��Cuando has visto un caim�n, los has visto todos -fue la lac�nica respuesta de Burkhart.</p><p>���Est�n c�modos todos nuestros viajeros?</p><p>��Como sardinas en una lata.</p><p>���Programados los ordenadores para el regreso?</p><p>��Est�n a punto.</p><p>Jurgens observ� brevemente las tres pantallas de TV en el centro del panel principal. Una daba la condici�n de todos los sistemas mec�nicos, mientras que las otras dos daban datos sobre el control de trayectoria y de direcci�n. �l y Burkhart empezaron a repasar la lista de procedimientos para salir de �rbita y entrar en la atm�sfera.</p><p>��Cuando ustedes quieran, Houston.</p><p>��Muy bien, Don -respondi� el control de tierra-. Prep�rese para salir de �rbita.</p><p>��Ojos que no ven, mente que no recuerda -dijo Jurgens-. �Ha o�do esto?</p><p>��No le comprendo, repita.</p><p>��Cuando sal� de la Tierra, me llamaba Dave.</p><p>��Lo siento, Dave.</p><p>���Con qui�n estoy hablando? -pregunt� Jurgens, despertada su curiosidad.</p><p>��Con Merv Foley. �No reconoce mis resonantes sonidos vocales?</p><p>��Despu�s de todas nuestras brillantes conversaciones, ha olvidado mi nombre. �Qu� verg�enza!</p><p>��Un <emphasis>lapsus linguae </emphasis>-dijo la voz familiar de Foley-. �Interrumpimos la charla y volvemos a lo que importa?</p><p>��Lo que ustedes digan, Houston. -Jurgens apret� brevemente el bot�n del intercomunicador-. �Listos para volver a casa, se�or Steinmetz?</p><p>��Todos esperamos con ilusi�n este viaje -respondi� Steinmetz con alegr�a.</p><p>En los compartimientos espartanos de debajo de la cubierta y de la cabina de los pilotos, los especialistas de la lanzadera y los colonos de Jersey ocupaban por entero el espacio disponible. Detr�s de ellos, el compartimiento de veinte metros de longitud destinado a la carga estaba lleno en sus dos terceras partes de archivos de datos, muestras geol�gicas y cajas conteniendo los resultados de m�s de mil experimentos m�dicos y qu�micos: el tesoro acumulado por los colonos y que los cient�ficos tardar�an dos decenios en analizar del todo. Tambi�n estaba all� el cad�ver del doctor Kurt Perry.</p><p>El <emphasis>Gettysburg </emphasis>viajaba por el espacio de espaldas y boca abajo a m�s de 15.000 nudos por hora. Los peque�os motores a reacci�n fueron encendidos y sacaron de su �rbita a la nave, mientras unos propulsores elevaron el morro del aparato para que el casco aislado pudiese absorber el rozamiento de reentrada en la atm�sfera. Sobre Australia, dos motores secundarios se encendieron brevemente para reducir la velocidad en �rbita, que era de veinticinco veces la del sonido. Veinte minutos m�s tarde, entraron en la atm�sfera poco antes de llegar sobre Hawai.</p><p>Al hacerse m�s densa la atm�sfera, el calor hizo que el casco del <emphasis>Gettysburg </emphasis>adquiriese un vivo color anaranjado. Los propulsores perdieron su efectividad y los alerones y el tim�n empezaron a atrapar el aire m�s pesado. Los ordenadores controlaban todo el vuelo. Jurgens y Burkhart ten�an poco que hacer, salvo observar los datos de TV y los indicadores de sistemas.</p><p>De pronto, son� una nota de advertencia en sus auriculares y se encendi� una luz de alarma. Jurgens reaccion� r�pidamente, pulsando el teclado de un ordenador para pedir detalles del problema, mientras Burkhart informaba al control de tierra.</p><p>��Houston, tenemos una luz de alarma.</p><p>��Aqu� no vemos nada de eso, <emphasis>Gettysburg. </emphasis>Todos los sistemas parecen funcionar perfectamente.</p><p>��Pero algo pasa, Houston -insisti� Burkhart.</p><p>��S�lo puede ser un error de ordenador.</p><p>��No. Los tres ordenadores de navegaci�n y de direcci�n coinciden todos.</p><p>��Ya lo tengo -dijo Jurgens-. Estamos sufriendo un error de rumbo.</p><p>La voz tranquila del Centro Espacial Johnson replic�:</p><p>��No se preocupe, Dave. Siguen el rumbo correcto. �Me oye?</p><p>��Le oigo, Foley, pero espere un momento a que consulte al ordenador de comprobaci�n.</p><p>��Si esto le hace feliz, h�galo. Pero todos los sistemas funcionan perfectamente.</p><p>Jurgens hizo una pregunta sobre datos de navegaci�n al ordenador. Menos de treinta segundos m�s tarde, llam� a Houston.</p><p>��Algo anda mal, Merv. Incluso el ordenador de comprobaci�n muestra que nos dirigimos a cuatrocientas millas al sur y cincuenta al este de Ca�averal.</p><p>��Conf�e en m�, Dave -dijo Foley cansado-. Todas las estaciones de seguimiento muestran que sigue el rumbo debido.</p><p>Jurgens mir� por la ventanilla de su lado y solamente vio oscuridad debajo. Apag� su radio y se volvi� a Burkhart.</p><p>��Me importa un bledo lo que dice Houston. Estamos fuera del rumbo previsto. S�lo hay agua debajo de nosotros, cuando deber�amos ver luces en la pen�nsula de Baja California.</p><p>��No lo entiendo -dijo Burkhart, revolvi�ndose inquieto en su sill�n-. �Qu� pretender�n?</p><p>��Estaremos preparados para tomar el control manual. Si no supiese que es imposible, jurar�a que Houston nos est� enviando a Cuba.</p><empty-line/><p>��Est� viniendo como una cometa a la que se tira de la cuerda -dijo Maisky, con expresi�n lobuna. Velikov asinti� con la cabeza.</p><p>��Tres minutos m�s y el <emphasis>Gettysburg </emphasis>ya no podr� volver atr�s.</p><p>���Volver atr�s? -repiti� Maisky.</p><p>��Dar media vuelta y aterrizar en la pista del Centro Especial Kennedy.</p><p>Maisky se frot� las palmas con nerviosa anticipaci�n.</p><p>��Una nave espacial americana en manos sovi�ticas. Ser� la operaci�n secreta m�s grande del siglo.</p><p>��Washington pondr� el grito en el cielo como un pueblo de v�rgenes violadas, exigiendo su devoluci�n.</p><p>��Le devolveremos su superm�quina de mil millones de d�lares. Pero no antes de que nuestros ingenieros del espacio la hayan estudiado minuciosamente.</p><p>��Y est� adem�s el tesoro de informaci�n de sus colonos en la Luna -le record� Velikov.</p><p>��Una haza�a incre�ble, general. Se habr� ganado usted la Orden de Lenin.</p><p>��Todav�a no sabemos c�mo acabar� la cosa, camarada Maisky. No podemos predecir la reacci�n del presidente.</p><p>Maisky se encogi� de hombros.</p><p>��Tendr� atadas las manos si le ofrecemos negociar. A mi entender, los cubanos son nuestro �nico problema.</p><p>��No se preocupe. El coronel general Kolchak ha colocado una barrera de mil quinientos soldados sovi�ticos alrededor de la pista de Santa Clara. Y, como nuestros consejeros est�n al mando de las defensas a�reas de Cuba, la nave espacial tendr� libre el camino para aterrizar.</p><p>��Entonces podemos decir que ya est� en nuestras manos.</p><p>Velikov asinti� con la cabeza.</p><p>��Creo que podemos decirlo con toda seguridad.</p><empty-line/><p>El presidente estaba sentado tras su mesa del Sal�n Oval envuelto en un albornoz, con la cabeza baja y los codos apoyados en los brazos del sill�n. Su semblante macilento denotaba cansancio.</p><p>Levant� bruscamente la cabeza y dijo:</p><p>���Est� seguro de que Houston no puede establecer contacto con el <emphasis>Gettysburg?</emphasis></p><p>Martin Brogan asinti�.</p><p>��As� lo afirma Irwin Mitchell, de la NASA. Sus se�ales son anuladas por una interferencia exterior.</p><p>���Est� Jess Simmons en el Pent�gono?</p><p>��Tenemos una l�nea directa con �l -respondi� Dan Fawcett.</p><p>El presidente vacil� y, cuando habl�, lo hizo en un murmullo.</p><p>��Entonces ser� mejor que le diga que ordene a los pilotos de los aviones de combate que est�n alerta.</p><p>Fawcett asinti� gravemente con la cabeza y descolg� el tel�fono.</p><p>���Alguna noticia de su gente, Martin?</p><p>��Lo �ltimo que sabemos es que desembarcaron en la playa -dijo Brogan, desalentado-. Aparte de esto, nada.</p><p>El presidente sinti� el peso de la desesperaci�n.</p><p>���Dios m�o, estamos atrapados en el limbo!</p><p>Son� uno de los cuatro tel�fonos y Fawcett respondi� a la llamada.</p><p>��S�, s�, est� aqu�. S�, se lo dir�. -Volvi� a colgar, con expresi�n sombr�a-. Era Irwin Mitchell. El <emphasis>Gettysburg </emphasis>se ha desviado demasiado hacia el sur para poder aterrizar en Cabo Ca�averal.</p><p>��Todav�a podr�a caer en el agua -dijo Brogan, sin entusiasmo.</p><p>��Siempre que pueda ser avisado a tiempo -a�adi� Fawcett.</p><p>El presidente sacudi� la cabeza.</p><p>��Ser�a in�til. Su velocidad de aterrizaje es de m�s de trescientos kil�metros por hora. Se har�a pedazos.</p><p>Los otros guardaron silencio, buscando las palabras adecuadas. El presidente se volvi� en su sill�n de cara a la ventana, con coraz�n angustiado.</p><p>Al cabo de unos momentos, se volvi� de nuevo a los hombres que estaban de pie alrededor de su mesa.</p><p>��Que Dios me perdone por firmar la sentencia de muerte de todos esos valientes.</p></section><section><title><p>55</p></title><p>Pitt baj� al s�tano y ech� a correr por el pasillo a toda velocidad. Hizo girar el tirador y abri� la puerta de la celda de Giordino y Gunn con tanta fuerza que a punto estuvo de arrancarla de sus goznes.</p><p>La peque�a habitaci�n estaba vac�a.</p><p>El ruido le delat�. Un guardia dobl� la esquina de un pasillo lateral y mir� pasmado a Pitt. Esta vacilaci�n de una fracci�n de segundo le cost� cara. Mientras levantaba el ca��n de su arma, el bate de b�isbol le alcanz� en un lado de la cabeza. Pitt le agarr� de la cintura antes de que cayese al suelo y le arrastr� al interior de una celda pr�xima. Le arroj� sobre una cama y, al mirarle a la cara, vio que era el joven ruso que le hab�a acompa�ado al despacho de Velikov. El muchacho respiraba normalmente, y Pitt pens� que s�lo estaba conmocionado.</p><p>��Est�s de suerte, jovencito. Nunca he disparado contra alguien de menos de veinti�n a�os.</p><p>Quintana apareci� en el pasillo en el momento en que Pitt cerraba la puerta de la celda y echaba a correr de nuevo. �ste ya no trataba de ocultar su presencia. Habr�a recibido de buen grado la oportunidad de romperle la cabeza a otro guardia. Lleg� a la puerta de la celda de Jessie y le abri� de una patada.</p><p>Tampoco ella estaba all�.</p><p>Sinti� que le embargaba un miedo atroz. Sigui� corriendo por los pasillos hasta llegar a la habitaci�n n�mero seis. Nada hab�a en ella, salvo el hedor de las torturas.</p><p>El miedo fue sustituido por un fr�o e incontenible furor. Pitt se convirti� en otra persona, un hombre sin conciencia ni normas morales, incapaz de controlar sus emociones; un hombre para quien el peligro era simplemente una fuerza que hab�a que ignorar. El miedo a la muerte hab�a dejado totalmente de existir.</p><p>Quintana alcanz� a Pitt y le agarr� de un brazo.</p><p>���Maldito seas, vuelve a la playa! Conoces las �rdenes�</p><p>No dijo m�s. Pitt apoy� el grueso ca��n de la AK-74 en la panza de Quintana y le empuj� despacio contra la pared. Quintana se hab�a enfrentado muchas veces con la muerte antes de este momento, pero al contemplar la helada expresi�n de aquel rudo semblante, al ver pintada una indiferencia asesina en aquellos ojos verdes, comprendi� que ten�a un pie en el ata�d.</p><p>Pitt no dijo nada. Retir� el arma, se carg� el bate de b�isbol al hombro y se abri� paso entre los hombres de Quintana. De pronto se detuvo y se volvi�.</p><p>��El ascensor est� por ah� -dijo en voz baja.</p><p>Quintana hizo adem�n a sus hombres de que le siguiesen. Pitt hizo un r�pido c�lculo mental. Eran veinticinco, incluido �l mismo. Corri� hacia el ascensor que sub�a a las plantas superiores. No aparecieron m�s guardias en su camino. Los pasillos estaban desiertos. Si los prisioneros hab�an muerto, pens�, probablemente Velikov consideraba que era in�til tener m�s de un guardia en el �ltimo s�tano.</p><p>Llegaron al ascensor, Pitt estaba a punto de apretar el bot�n cuando los motores empezaron a zumbar. Con un adem�n, hizo que todos se pegaran a la pared. Esperaron, escuchando c�mo se deten�a el ascensor en una de las plantas de arriba, y oyeron un murmullo de voces y una risa apagada. Permanecieron inm�viles y observaron el brillo de la luz interior a trav�s de la rendija de la puerta, mientras el ascensor descend�a.</p><p>Todo acab� en diez segundos. Se abri� la puerta, salieron dos t�cnicos en batas blancas y murieron sin el m�s ligero gemido con un cuchillo clavado en el coraz�n. A Pitt le sorprendi� tanta eficacia. Ninguno de los cubanos mostraba la menor expresi�n de remordimiento en los ojos.</p><p>��Hay que tomar una decisi�n -dijo Pitt-. S�lo caben diez hombres en el ascensor.</p><p>��Solamente faltan catorce minutos para el aterrizaje de la nave espacial -dijo, apremiante, Quintana-. Tenemos que encontrar y destruir la fuente de energ�a.</p><p>��Hay cuatro plantas encima de nosotros. El despacho de Velikov est� en la m�s alta. Tambi�n est�n all� las habitaciones particulares. Elija entre las otras tres.</p><p>��Como ech�ndolo a cara o cruz.</p><p>��No podemos hacer otra cosa -dijo r�pidamente Pitt-. Adem�s, estamos demasiado apretados. Mi consejo es que nos dividamos en tres grupos y que cada grupo se encargue de una planta. As� cubriremos m�s territorio con m�s rapidez.</p><p>��Me parece bien -asinti� apresuradamente Quintana-. Hemos llegado aqu� sin que nadie haya venido a recibirnos. No esperar�n que aparezcan visitantes al mismo tiempo en diferentes zonas.</p><p>��Yo ir� con los ocho primeros hombres a la planta segunda y bajar� el ascensor para el equipo siguiente, que subir� a la planta tercera, y as� sucesivamente.</p><p>��No est� mal. -Quintana no perdi� tiempo en discutir. Eligi� r�pidamente ocho hombres e hizo que se metieran en el ascensor con Pitt. Cuando iba a cerrarse la puerta, dijo-: �Que no te maten, maldito!</p><p>La subida pareci� eterna. Ninguno de los hombres miraba a los otros a los ojos. Algunos se enjugaban el sudor que goteaba por sus caras. Otros se rascaban, sintiendo picores imaginarios. Todos ten�an un dedo en el gatillo.</p><p>Al fin se detuvo el ascensor y se abri� la puerta. Los cubanos entraron en una sala de operaciones en la que hab�a casi veinte oficiales sovi�ticos del GRU y cuatro mujeres vestidas tambi�n de uniforme. La mayor�a murieron detr�s de sus mesas bajo una granizada de balas, con una expresi�n de pasmada incredulidad. A los pocos segundos, la sala pareci� un matadero, con sangre y tejidos desparramados por todas partes.</p><p>Pitt no perdi� tiempo en ver m�s. Apret� el bot�n de la planta 1 y subi� solo en el ascensor al despacho de Velikov. Apretando la espalda contra la pared de delante y con el arma en posici�n de disparar, lanz� una r�pida mirada alrededor de la puerta que se abr�a. Lo que vio en el interior del despacho le produjo una mezcla de recogijo y furia salvaje.</p><p>Siete oficiales del GRU estaban sentados en semic�rculo, observando fascinados la s�dica actuaci�n de Foss Glv. Parec�an no o�r el sordo ruido de los disparos en la planta inferior, pues, seg�n dedujo Pitt, ten�an los sentidos adormecidos por el contenido de varias botellas de vino.</p><p>Rudi Gunn yac�a en un lado, con la cara casi hecha papilla, tratando desesperadamente, por orgullo, de mantener despectivamente erguida la cabeza. Un oficial apuntaba con una peque�a pistola al sangrante Al Giordino, que estaba atado a una silla met�lica. El musculoso y peque�o italiano estaba doblado hacia delante, con la cabeza casi tocando las rodillas y sacudi�ndola lentamente de un lado a otro, como para aclarar la visi�n y librarse del dolor. Uno de los hombres dio una patada a Giordino en el costado, haci�ndole caer al suelo con la silla. Raymond LeBaron estaba sentado al lado y un poco detr�s de Gly. El que hab�a sido din�mico financiero ten�a el aspecto de un hombre convertido en una sombra, con el esp�ritu arrancado del cuerpo. Los ojos estaban ciegos, la cara era inexpresiva. Gly le hab�a exprimido y retorcido hasta convertirlo en un vegetal.</p><p>Jessie LeBaron estaba arrodillada en el centro de la habitaci�n, mirando a Gly con expresi�n de reto. Le hab�an cortado muy cortos los cabellos. Sujetaba una manta alrededor de sus hombros. Las piernas y los brazos descubiertos estaban llenos de cardenales y manchas rojas. Parec�a estar m�s all� del sufrimiento, insensible la mente a todo dolor ulterior. A pesar de su lastimoso aspecto, era incre�blemente hermosa, con una serenidad y un aplomo extraordinarios.</p><p>Foss y los otros hombres se volvieron al o�r el ascensor, pero al ver que estaba aparentemente vac�o, volvieron a su diversi�n.</p><p>Precisamente cuando la puerta empezaba a cerrarse, Pitt entr� en la habitaci�n con una calma helada casi inhumana, con su AK-74 levantado al nivel de los ojos y vomitando fuego.</p><p>Su primera r�faga de tiros alcanz� al hombre que hab�a tirado al suelo a Giordino de una patada. La segunda r�faga dio en el pecho del condecorado oficial sentado junto a Gunn, haci�ndole caer hacia atr�s contra una librer�a. Las tercera y cuarta barrieron a tres hombres sentados en apretado grupo. Despu�s hizo girar el arma, describiendo un arco y apuntando a Foss Gly; pero el corpulento desertor reaccion� m�s de prisa que los otros.</p><p>Gly puso a Jessie en pie y la sostuvo delante de �l como un escudo. Pitt se retras� lo suficiente para que el s�ptimo ruso que estaba sentado casi a su lado desenfundase una pistola y disparase al azar.</p><p>La bala dio en la rec�mara del arma de Pitt, la rompi� y despu�s rebot� en el techo. Pitt levant� el arma in�til y salt� en el mismo momento en que ve�a el fogonazo del segundo disparo. Ahora todo pareci� desarrollarse en movimiento retardado. Incluso la expresi�n asustada del ruso al apretar el gatillo por tercera vez. Pero no lleg� a disparar. La culata de la AK-74 cort� el aire y se estrell� contra un lado de la cabeza.</p><p>Al principio, Pitt pens� que la segunda bala hab�a errado el blanco, pero entonces sinti� gotear sangre sobre el cuello desde la oreja izquierda. Permaneci� inm�vil all�, presa todav�a de furia, mientras Gly arrojaba brutalmente a Jessie sobre la alfombra. Una sat�nica mueca se pint� en la cara maligna de Gly<sub>t</sub> junto con una expresi�n de diab�lica expectaci�n.</p><p>��Has vuelto.</p><p>��Muy perspicaz�, por ser un cretino.</p><p>��Te promet� una muerte lenta cuando volvi�semos a encontrarnos -dijo amenazadoramente Gly-. �Lo has olvidado?</p><p>��No, no lo he olvidado -dijo Pitt-. Incluso me he acordado de traer un buen garrote.</p><p>Pitt estaba seguro de que Gly quer�a quitarle la vida con sus manazas. Y sab�a que su �nica ventaja verdadera, adem�s del bate, era un total desconocimiento del miedo. Gly estaba acostumbrado a ver v�ctimas importantes y desnudas, intimidadas por su fuerza bruta. Los labios de Pitt imitaron la sat�nica mueca, y empez� a acechar a Gly, observando con fr�a satisfacci�n la confusi�n que se pintaba en los ojos de su adversario.</p><p>Pitt se coloc� en posici�n agachada, como en el b�isbol, golpe� bajo con el bate y alcanz� a Gly en la rodilla. El golpe rompi� la r�tula de Gly, que gru�� de dolor, pero no cay� al suelo. Se recobr� en un abrir y cerrar los ojos y se lanz� sobre Pitt, recibiendo un golpe en las costillas que le dej� sin aliento y jadeando de angustia. Por un momento permaneci� inm�vil, observando cautelosamente a Pitt, toc�ndose las costillas rotas e inspirando dolorosamente.</p><p>Pitt se ech� atr�s y baj� el bate.</p><p>���Te dice algo el nombre de Brian Shaw? -pregunt� pausadamente.</p><p>La torcida mirada de odio se transform� lentamente en expresi�n de asombro.</p><p>���El agente brit�nico? �Le conoc�as?</p><p>��Hace seis meses le salv� la vida en un remolcador en el r�o Saint Laurence. �Te acuerdas? T� le estabas matando a golpes cuando llegu� por detr�s y te di en el cr�neo con una llave inglesa.</p><p>Pitt se regocij� al ver la mirada salvaje de los ojos de Gly.</p><p>���Fuiste t�?</p><p>��Ser� la �ltima idea que te lleves al otro mundo -dijo Pitt, sonriendo diab�licamente.</p><p>��Es la confesi�n de un hombre muerto.</p><p>No hab�a desprecio ni insolencia en la voz de Gly; s�lo un simple convencimiento.</p><p>Sin a�adir palabra, los dos hombres empezaron a dar vueltas uno alrededor del otro, como un par de lobos; Pitt, con el bate levantado; Gly, arrastrando la pierna lesionada. Un silencio irreal rein� en la estancia. Gunn se esforz�, a pesar de su dolor, en alcanzar la pistola ca�da, pero Gly advirti� el movimiento por el rabillo del ojo y apart� el arma de una patada. Todav�a atado a la silla, Giordino luchaba d�bilmente contra sus ataduras, en desesperada frustraci�n, mientras Jessie yac�a r�gida, mirando con fascinaci�n m�rbida.</p><p>Pitt dio un paso adelante y a punto estaba de descargar el golpe cuando uno de sus pies resbal� en la sangre del ruso muerto. El bate habr�a alcanzado a Gly en un lado de la cabeza, pero el arco se desvi� un palmo. En un movimiento reflejo, Gly levant� el brazo y encaj� el golpe con su enorme b�ceps.</p><p>El palo tembl� en las manos de Pitt como si hubiese golpeado el parachoques de un coche. Gly levant� la mano libre, agarr� la punta del bate y jade� como un levantador de pesas. Pitt sujet� el mango con todas sus fuerzas, y fue levantado en el aire como un ni�o y lanzado a trav�s de la habitaci�n contra una estanter�a, cayendo al suelo entre un alud de vol�menes encuadernados en piel.</p><p>Triste, desesperadamente, Jessie y los otros sab�an que Pitt no pod�a resistir la tremenda colisi�n. Incluso Gly respir� y se tom� tiempo para acercarse al cuerpo ca�do en el suelo, con el triunfo resplandeciendo en su cara, con los labios abiertos a la manera de un tibur�n, previendo el exterminio inmediato.</p><p>Entonces Gly se detuvo y vio con incredulidad que Pitt se levantaba de debajo de una monta�a de libros como un jugador de rugby que hubiese sido placado, aturdido y un poco desorientado pero listo para la pr�xima jugada. Pitt era el �nico que sab�a que los libros hab�an amortiguado el impacto. El cuerpo le dol�a de un modo infernal, pero no hab�a sufrido ninguna lesi�n grave en los m�sculos y los huesos. Levantando el bate, se dispuso a recibir al hombre de hierro que avanzaba y descarg� la punta roma con toda su fuerza contra aquella cara burlona.</p><p>Pero juzg� mal la fuerza diab�lica del gigante. Gly dio un paso a un lado y recibi� el bate con el pu�o, apart�ndolo y aprovechando el impulso de Pitt para cerrar los brazos de hierro alrededor de su espalda. Pitt se retorci� violentamente y dio un rodillazo en el bajo vientre de Gly, un golpe salvaje que habr�a dejado fuera de combate a cualquier otro hombre. Pero no a Gly. �ste lanz� un ligero gemido, pesta�e� y aument� la presi�n, en un cruel abrazo de oso que acabar�a con su vida.</p><p>Gly mir� sin pesta�ear los ojos de Pitt desde una distancia de diez cent�metros. No hab�a la menor se�al de esfuerzo f�sico su cara. Su �nica expresi�n era de desprecio. Levant� a Pitt en el aire y sigui� apretando, previendo el terror convulso que se pintar�a en la cara de su v�ctima momentos antes del fin.</p><p>Todo el aire hab�a sido expulsado de los pulmones de Pitt y �ste jade�, tratando de recobrar el aliento. La habitaci�n empez� a hacerse confusa, mientras el dolor del pecho se convert�a en angustia terrible. Oy� chillar a Jessie. Giordino grit� algo, pero no pudo distinguir las palabras. A pesar del dolor, su mente permanec�a curiosamente despierta y clara. Se negaba a aceptar la muerte y concibi� fr�amente un plan sencillo para burlarla.</p><p>Ten�a un brazo libre, mientras que el otro, que todav�a agarraba el bate de b�isbol, permanec�a sujeto por la presa implacable de Gly. El negro tel�n empezaba a caer sobre sus ojos por �ltima vez, y d�ndose cuenta de que s�lo unos segundos le separaban de la muerte, realiz� su �ltima acci�n desesperada.</p><p>Levant� la mano izquierda hasta tenerla al nivel de la cara de Gly e introdujo todo el pulgar en el ojo de �ste, apretando hacia dentro a trav�s del cr�neo y retroci�ndolo para llegar hasta el cerebro.</p><p>El pasmo producido por el dolor atroz y por la incredulidad borr� la expresi�n burlona del semblante de Gly. Las crueles facciones se torcieron en una m�scara de angustia o, instintivamente, solt� a Pitt y se llev� las manos al ojo, atronando ei aire con un terrible grito.</p><p>A pesar de la grav�sima herida, Gly se mantuvo en pie, dando vueltas por la habitaci�n como un animal enloquecido. Pitt no pod�a creer que aquel monstruo estuviese todav�a vivo; casi lleg� a creer que Gly era indestructible�, hasta que un ruido ensordecedor ahog� los gritos de agon�a.</p><p>Una, dos, tres veces, con un aplomo y una frialdad absolutos, Jessie apret� el gatillo de la pistola que hab�a ca�do al suelo, apuntando al bajo vientre de Foss Gly. Las balas dieron en el blanco y el hombre se tambale� y dio unos pasos atr�s; despu�s permaneci� grotescamente en pie durante unos momentos, como una marioneta sostenida por los hilos. Por �ltimo, se derrumb� y se estrell� contra el suelo como un �rbol talado de ra�z. El �nico ojo segu�a abierto, negro y maligno en la muerte, como lo hab�a sido en vida.</p></section><section><title><p>56</p></title><p>El comandante Gus Hollyman volaba asustado. Piloto de carrera de la Fuerza A�rea, con casi treinta mil horas de vuelo, sent�a agudas punzadas de duda, y la duda era uno de los peores enemigos del piloto. La falta de confianza en uno mismo, en su avi�n o en los hombres de tierra pod�a resultar mortal.</p><p>No pod�a creer que su misi�n de derribar la nave espacial <emphasis>Gettysburg </emphasis>fuese algo m�s que un estrafalario ejercicio proyectado por alg�n concienzudo general aficionado a los juegos de guerra rebuscados. Una simulaci�n, se dijo por d�cima vez; ten�a que ser una simulaci�n a la que se pondr�a fin en el �ltimo minuto.</p><p>Hollyman contempl� las estrellas a trav�s de la cubierta de cristal del avi�n de combate nocturno F-15E y se pregunt� si podr�a obedecer la orden de destruir la nave espacial y a todos los que iban en ella.</p><p>Mir� los instrumentos que resplandec�an en el panel que ten�a delante. Su altitud era de poco m�s de quince mil metros. Faltaban menos de tres minutos para que se encontrase con la nave espacial en r�pido descenso y tuviese que disparar un misil Modoc dirigido por radar. Repas� autom�ticamente la acci�n en su mente, esperando que no pasar�a de un suceso imaginario.</p><p>���Todav�a nada? -pregunt� a su observador de radar, un teniente llamado Regis Murphy, que no paraba de mascar chicle.</p><p>��Todav�a est� fuera de nuestro alcance -respondi� Murphy-. Los �ltimos datos del centro espacial de Colorado sit�an su altitud de �rbita en cuarenta kil�metros, velocidad aproximada de nueve mil kil�metros por hora y reduci�ndose. Deber�a llegar a nuestro sector dentro de cinco minutos y cuarenta segundos, a una velocidad de mil ochocientos kil�metros por hora.</p><p>Hollyman se volvi� y observ� el negro cielo a su espalda, percibiendo el d�bil resplandor de los tubos de escape de los dos aviones que le segu�an.</p><p>���Me oyes, Fox Dos?</p><p>��S�, Fox Uno.</p><p>���Fox Tres?</p><p>��Le o�mos.</p><p>Una nube de opresi�n pareci� llenar la cabina de Hollyman. Nada de esto ten�a sentido, �l no hab�a consagrado su vida a defender a su pa�s, no hab�a pasado a�os de adiestramiento intensivo, simplemente para tener ahora que derribar una nave espacial desarmada que transportaba inocentes cient�ficos. Ten�a que haber alg�n terrible error.</p><p>��Control de Colorado, aqu� Fox Uno.</p><p>��Diga, Fox Uno.</p><p>��Pido permiso para terminar la maniobra. Cambio.</p><p>Hubo una larga pausa. Despu�s:</p><p>��Comandante Hollyman, soy el general Alian Post. �Me oye?</p><p>Conque �ste era el inteligente general, pens� Hollyman.</p><p>��S�, mi general, le oigo.</p><p>��Esto no es una maniobra. Repito: no es una maniobra.</p><p>Hollyman no se mordi� la lengua.</p><p>���Se da cuenta de lo que me pide que haga, se�or?</p><p>��No le pido nada, comandante. Le ordeno que derribe el <emphasis>Gettysburg </emphasis>antes de que aterrice en Cuba.</p><p>No hab�a habido tiempo para informar de todo a Hollyman cuando se le hab�a ordenado que emprendiese el vuelo. Se qued� pasmado y aturdido ante la s�bita revelaci�n de Post.</p><p>��Disculpe que le pregunte esto, mi general, pero, �act�a usted siguiendo �rdenes superiores? Cambio.</p><p>��La orden viene directamente del comandante en jefe de la Casa Blanca. �Le basta con esto?</p><p>��S�, se�or -dijo lentamente Hollyman-. Supongo que s�.</p><p>�Dios m�o!, pens� desesperadamente. No hab�a manera de eludir la orden.</p><empty-line/><p>��Altura treinta y cinco kil�metros; nueve minutos para el aterrizaje -dijo Burkhart a Jurgens, leyendo los instrumentos-. Tenemos luces a nuestra derecha.</p><p>���Qu� pasa, Houston? -pregunt� Jurgens, frunciendo el entrecejo-. �Adonde diablos nos llevan?</p><p>��Tranquilo -respondi� la voz impasible del director de vuelo Foley-. Siguen el rumbo exacto. Les haremos aterrizar.</p><p>��El radar y los indicadores de navegaci�n dicen que vamos a aterrizar en el centro de Cuba. Por favor, comprueben.</p><p>��No hace falta, <emphasis>Gettysburg, </emphasis>est�n en la fase final.</p><p>��No comprendo, Houston. Repito: �d�nde nos est�n obligando a aterrizar?</p><p>No hubo respuesta.</p><p>��Esc�chenme -dijo Jurgens, al borde de la desesperaci�n-. Voy a emplear los mandos manuales.</p><p>��No, Dave. Deje actuar el mando autom�tico. Todos los sistemas est�n dispuestos para el aterrizaje.</p><p>Jurgens apret� los pu�os, ahora desesperado.</p><p>���Por qu�? -pregunt�-. �Por qu� est�n haciendo esto?</p><p>No hubo respuesta.</p><p>Jurgens mir� a Burkhart.</p><p id="_ftnref1">��Pon el freno de velocidad al cero por ciento. Pasamos a TAEM <a type="note" l:href="#_ftn1">[1]</a>. Quiero mantener esta nave en el aire hasta que pueda conseguir alguna respuesta clara.</p><p>��No har�s m�s que prolongar lo inevitable durante un par de minutos -dijo Burkhart.</p><p>��No podemos quedarnos sentados aqu� y permitir que esto suceda.</p><p>��No depende de nosotros -dijo tristemente Burkhart-. No tenemos otro lugar adonde ir.</p><p>El verdadero Merv Foley estaba sentado delante de una consola en el Centro de Control de Houston, furioso e impotente. Su rostro, p�lido como la cera, ten�a una expresi�n de incredulidad. Golpe� con el pu�o el borde de la consola.</p><p>��Les estamos perdiendo -dijo, desesperado.</p><p>Irwin Mitchell, del �c�rculo privado�, estaba inmediatamente detr�s de �l.</p><p>��Nuestros encargados de las comunicaciones est�n haciendo todo lo que pueden para establecer contacto.</p><p>���Demasiado tarde, maldita sea! -grit� Foley-. Est�n en la �ltima fase de acercamiento. -Se volvi� y agarr� a Mitchell del brazo-. Por el amor de Dios, Irv, pida al presidente que les deje aterrizar. Entreguen la lanzadera a los rusos; que saquen de ella todo lo que puedan. Pero, por el amor de Dios, no permitan que mueran estos hombres.</p><p>Mitchell mir� torvamente las pantallas de datos.</p><p>���sta es la mejor manera -dijo, en tono vago.</p><p>��Esos colonos de la Luna� son sus paisanos. Despu�s de todo lo que han logrado, despu�s de a�os de luchar por conservar la vida en un medio hostil, no pueden simplemente eliminarlos cuando est�n a punto de volver a casa.</p><p>__Usted no conoce a esos hombres. Nunca permitir�an que los resultados de sus esfuerzos fuesen a parar a manos de un gobierno hostil. Si yo estuviese all� arriba y Eli Steinmetz aqu� abajo, �l no vacilar�a en hacer a�icos el <emphasis>Gettysburg.</emphasis></p><p>Foley mir� a Mitchell durante un largo instante. Despu�s se volvi� y hundi� la cabeza entre las manos, abrumado por el dolor.</p></section><section><title><p>57</p></title><p>Jessie levant� la cabeza y mir� a Pitt, nublados los ojos casta�os y con l�grimas rodando sobre las moraduras de sus mejillas. Ahora estaba temblando, tanto de espanto por los muertos que le rodeaban como de inmenso alivio. Pitt la abraz�, obedeciendo un s�bito impulso, sin decir nada, y le quit� delicadamente la pistola de la mano. Despu�s la solt�, cort� r�pidamente las ataduras de Giordino, dio un apret�n tranquilizador al hombro de Gunn y se acerc� al enorme mapa de la pared.</p><p>Lo golpe� con los nudillos, calculando su grosor. Entonces se ech� atr�s y dio una patada al centro del oc�ano �ndico. El panel oculto cedi�, gir� sobre sus goznes y choc� contra la pared.</p><p>��Volver� en seguida -dijo Pitt, y desapareci� en un pasillo.</p><p>El interior estaba bien iluminado y alfombrado. Pitt corri� descuidadamente, sosteniendo la pistola delante de �l. El corredor ten�a aire acondicionado y estaba fresco, pero el sudor brotaba de sus poros con m�s intensidad que nunca. Se enjug� la frente con una manga, dejando de ver por un breve instante, y a punto estuvo esto de costarle la vida.</p><p>En el momento exacto en que llegaba a un pasillo lateral, y como en una escena de una vieja pel�cula muda de Mack Sennett, choc� con dos guardias que doblaban la esquina.</p><p>Pitt pas� entre ellos, empuj�ndoles hacia los lados; despu�s gir� en redondo y se dej� caer al suelo. El factor sorpresa le favoreci�. Los guardias no hab�an esperado encontrar a un enemigo tan cerca del despacho del general Velikov. Pitt lo aprovech� y dispar� cuatro veces antes de que los sorprendidos guardias tuviesen oportunidad de hacerlo con sus rifles. Se puso de pie de un salto, mientras estaban todav�a cayendo.</p><p>Durante dos segundos, tal vez tres (le pareci� una hora), contempl� las figuras inertes, extra�ado de no verse afectado por sus muertes, pero pasmado de que todo hubiese ocurrido tan deprisa. Mental y emocionalmente, estaba agotado; pero f�sicamente, se sent�a razonablemente en forma. Pitt respir� profundamente hasta despejar el cerebro, y despu�s trat� de imaginar cu�l era el pasillo que conduc�a al centro electr�nico del edificio.</p><p>Los pasillos laterales ten�an el suelo de hormig�n; por consiguiente, sigui� avanzando por el que estaba alfombrado. Hab�a recorrido solamente quince metros cuando sus c�lulas cerebrales volvieron a funcionar como era debido, y entonces se maldijo por su torpeza al no haber pensado en apoderarse de un rifle de los guardias. Sac� el cargador de la pistola. Estaba vac�o; s�lo quedaba una bala en la rec�mara. Borr� este error de la mente y sigui� adelante.</p><p>Fue entonces cuando vio un resplandor delante de �l y oy� voces. Aminor� el paso, se asom� a un portal y observ� con la cautela de un rat�n al salir de su madriguera.</p><p>A dos metros delante de �l, vio la baranda de una galer�a que dominaba una vasta habitaci�n llena de ordenadores y consolas, en limpias hileras y debajo de dos grandes pantallas de datos. Al menos diez t�cnicos e ingenieros estaban sentados all� manejando aquella serie de aparatos electr�nicos, mientras otros cinco o seis conversaban animadamente entre ellos.</p><p>Los pocos guardias uniformados presentes estaban agachados en el fondo de la estancia, apuntando sus rifles contra una pesada puerta de acero. Se oy� una r�faga de tiros en el otro lado, y Pitt supo que Quintana y sus hombres estaban a punto de irrumpir en la habitaci�n. Ahora lament� amargamente no haberse apoderado de las armas de los muertos. Estaba a punto de correr atr�s en su busca, cuando un enorme estruendo llen� la sala, seguido de una lluvia de polvo y de cascotes, mientras la destrozada puerta saltaba de sus goznes en mellados fragmentos.</p><p>Antes de que se despejase la nube, los cubanos entraron por la abertura, disparando. Los tres primeros en irrumpir en la estancia cayeron bajo el fuego de los guardias. Entonces los rusos parecieron disolverse ante aquel ataque asesino. El estr�pito dentro de la habitaci�n de paredes de hormig�n era ensordecedor, pero, aun as�, Pitt pod�a o�r los gritos de los heridos. La mayor�a de los t�cnicos se ocultaron debajo de sus consolas. Los que se resistieron fueron despiadadamente derribados.</p><p>Pitt se desliz� por la galer�a, manteniendo la espalda pegada a la pared. Vio a dos hombres a unos diez metros de distancia, contemplando horrorizados la carnicer�a. Reconoci� en uno de ellos al general Velikov y sigui� acerc�ndose, acechando a su presa. Solamente hab�a avanzado una corta distancia cuando Velikov se separ� de la barandilla de la galer�a y se volvi�. Mir� durante un instante a Pitt; despu�s abri� mucho los ojos al reconocerle, y luego, aunque parezca incre�ble, sonri�. Aquel hombre parec�a carecer en absoluto de nervios.</p><p>Pitt levant� la pistola y apunt� cuidadosamente.</p><p>Velikov se movi� con la rapidez de un gato, tirando del otro hombre y coloc�ndolo delante de �l una fracci�n de segundo antes de que el percutor cayese sobre el cartucho.</p><p>La bala alcanz� a Lyev Maisky en el pecho. El jefe delegado de la KGB se qued� r�gido y permaneci� en pie como petrificado de asombro, antes de tambalearse hacia atr�s y caer sobre la barandilla al piso inferior.</p><p>Pitt, inconscientemente, apret� de nuevo el gatillo; pero la pistola estaba vac�a. En un f�til arrebato, la lanz� contra Velikov, el cual la desvi� f�cilmente con un brazo.</p><p>Velikov asinti� con la cabeza, con m�s curiosidad que miedo.</p><p>��Es usted un hombre sorprendente, se�or Pitt.</p><p>Antes de que �ste pudiese replicar o dar un paso, el general salt� de lado, cruz� una puerta abierta y la cerr� de golpe. Pitt se arroj� contra la puerta. Pero demasiado tarde. Se cerraba por dentro y Velikov hab�a corrido ya el pestillo. No podr�a abrirla de una patada. El grueso pestillo estaba firmemente introducido en el marco met�lico. Pitt levant� el pu�o para golpear la puerta, pero lo pens� mejor, gir� en redondo y baj� corriendo la escalera que conduc�a a la planta inferior.</p><p>Cruz� la habitaci�n en medio de toda aquella confusi�n, saltando sobre los cuerpos hasta que lleg� junto a Quintana, que estaba vaciando el cargador de su AK-74 contra un banco de ordenadores.</p><p>���Olvide esto! -le grit� Pitt al o�do. Se�al� la consola de la radio-. Si sus hombres no han destruido la antena, tratar� de establecer contacto con la lanzadera.</p><p>Quintana baj� su rifle y le mir�.</p><p>��Los controles est�n en ruso. �Sabr� manejarlos?</p><p>��Se lo dir� cuando lo haya probado -dijo Pitt.</p><p>Se sent� a la consola de la radio y estudi� r�pidamente el confuso mar de luces y botones marcados con caracteres cir�licos.</p><p>Quintana se inclin� sobre el hombro de Pitt.</p><p>��No encontrar� a tiempo la frecuencia adecuada.</p><p>���Es usted cat�lico?</p><p>��S�, �por qu�?</p><p>��Entonces invoque al santo patr�n de las almas perdidas y rece para que esta cosa est� todav�a en la frecuencia de la lanzadera.</p><p>Pitt coloc� el peque�o auricular sobre un o�do y empez� a apretar botones hasta recibir un tono. Entonces ajust� el micr�fono y apret� lo que presumi� y esper� fervientemente que fuese el bot�n de transmisi�n.</p><p><emphasis>��Gettusburg, </emphasis>�me oye? Cambio.</p><p>Entonces apret� lo que estaba seguro de que era el bot�n de recepci�n. Nada.</p><p>Prob� un segundo y un tercer bot�n.</p><p><emphasis>��Gettysburg, </emphasis>�me oye? Cambio.</p><p>Puls� un cuarto bot�n.</p><p><emphasis>��Gettysburg. Gettysburg, </emphasis>conteste por favor -suplic�-. �Me oye? Cambio.</p><p>Silencio, y entonces:</p><p>��Aqu� <emphasis>Gettysburg. </emphasis>�Qui�n diablos es usted? Cambio.</p><p>La s�bita respuesta, tan clara y distinta, sorprendi� a Pitt, que tard� casi tres segundos en responder.</p><p>��Esto no importa, pero soy Dirk Pitt. Por el amor de Dios, <emphasis>Gettisburg, </emphasis>desv�e el rumbo. Repito: desv�e el rumbo. Se est� dirigiendo a Cuba.</p><p>���Vaya una novedad! -dijo Jurgens-. S�lo puedo mantener este p�jaro en el aire unos minutos m�s y hacer un aterrizaje forzoso en la pista m�s pr�xima. No tenemos alternativa.</p><p>Pitt no respondi� inmediatamente. Cerr� los ojos y trat� de pensar. De pronto se hizo una luz en su mente.</p><p><emphasis>��Gettysburg, </emphasis>�pueden llegar a Miami?</p><p>��No. Cambio.</p><p>��Pruebe la Estaci�n Aeronaval de Key West. Est� en la punta de los Keys.</p><p>��Tomamos nota. Nuestros ordenadores muestran que est� a ciento diez millas al norte y ligeramente al este de nosotros. Muy dudoso. Cambio.</p><p>��Mejor que caiga al agua que en manos de los rusos.</p><p>��Esto es f�cil de decir. Llevamos m�s de doce personas a bordo. Cambio.</p><p>Pitt discuti� un momento con su conciencia, pregunt�ndose si deb�a o no representar el papel de Dios. Despu�s dijo en tono apremiante:</p><p><emphasis>��Gesttysburg, </emphasis>�adelante! Dir�jase a los Keys.</p><p>�l no pod�a saberlo. Pero Jurgens estaba a punto de tomar la misma decisi�n.</p><p>���Por qu� no? S�lo podemos perder una nave de mil millones de d�lares y nuestras vidas. Mantenga los dedos cruzados.</p><p>��Cuando yo cierre, podr� restablecer la comunicaci�n con Houston -dijo Pitt-. Suerte, <emphasis>Gettysburg. </emphasis>Que lleguen sanos y salvos a casa. Cierro.</p><p>Pitt permaneci� sentado all�, agotado. Reinaba un extra�o silencio en la arruinada habitaci�n, un silencio solamente intensificado por los graves gemidos de los heridos. Mir� a Quintana y sonri� d�bilmente. Su papel en la funci�n hab�a terminado, pens� vagamente: lo �nico que le quedaba por hacer era reunir a sus amigos y volver a casa.</p><p>Pero entonces se acord� de La Dorada.</p></section><section><title><p>58</p></title><p>El <emphasis>Gettysburg </emphasis>ofrec�a un buen blanco mientras se deslizaba en silencio a trav�s de la noche. No hab�a ning�n resplandor de los tubos de escape de los motores parados, pero estaba iluminado desde la proa hasta la cola por las brillantes luces de navegaci�n. Estaba solamente a quinientos metros por delante y ligeramente por debajo del avi�n de caza de Hollyman. �ste sab�a ahora que nada pod�a salvar a la lanzadera y a los hombres que iban dentro. Su terrible final se producir�a dentro de s�lo unos segundos.</p><p>Hollyman realiz� los movimientos mec�nicos previos al ataque. Las se�ales visuales en el panel de delante y en el parabrisas mostraban la velocidad necesaria y los datos de navegaci�n, junto con las indicaciones referentes a los sistemas de lanzamiento de misiles. Un ordenador digital apuntaba autom�ticamente a la lanzadera espacial, y �l poco ten�a que hacer, salvo apretar un bot�n.</p><p>��Control de Colorado, tengo la posici�n del blanco.</p><p>��Bien, Fox Uno. Cuatro minutos para el aterrizaje. Empiece su ataque.</p><p>Hollyman estaba atormentado por la indecisi�n. Sinti� una oleada de n�useas que le priv� temporalmente de todo movimiento. Su mente estaba atribulada por la plena conciencia del acto terrible que estaba a punto de cometer. Hab�a alimentado la in�til esperanza de que todo aquello fuera un espantoso error y de que el <emphasis>Gettysburg, </emphasis>como un reo a punto de ser ejecutado en una vieja pel�cula, ser�a salvado en el �ltimo minuto por el indulto del presidente.</p><p>La brillante carrera de Hollyman en las Fuerzas A�reas estaba acabada. A pesar del hecho de que cumpl�a �rdenes, ser�a siempre se�alado como el hombre que hab�a destruido el <emphasis>Gettysburg </emphasis>y sus pasajeros en el aire. Y experimentaba un miedo y una c�lera como jam�s hab�a sentido.</p><p>No pod�a aceptar su mala suerte, ni que el destino le hubiese elegido para el papel de verdugo. Maldijo en voz baja a los pol�ticos que tomaban decisiones militares y que le hab�an puesto en esta situaci�n.</p><p>��Repita, Fox Uno. Su transmisi�n fue confusa.</p><p>��Nada, control. No he dicho nada.</p><p>���A qu� se debe su demora? -pregunt� el general Post-. Empiece inmediatamente el ataque.</p><p>Hollyman alarg� los dedos sobre el bot�n de fuego.</p><p>��Que Dios me perdone -murmur�.</p><p>De pronto, los d�gitos en su instrumento de seguimiento empezaron a cambiar. Los estudi� brevemente, atra�do por la curiosidad. Despu�s mir� hacia la nave espacial. Parec�a oscilar.</p><p>���Control de Colorado! -grit� por el micr�fono-. Aqu� Fox Uno. El <emphasis>Gettysburg </emphasis>ha cambiando de rumbo. �Me oyen? El <emphasis>Gettysburg </emphasis>ha torcido a la izquierda y se dirige hacia el norte.</p><p>��Le o�mos, Fox Uno -respondi� Post, con ostensible alivio en su voz-. Tambi�n nosotros hemos registrado el cambio de rumbo. Tome posiciones y mant�ngase cerca de la lanzadera. Esos hombres van a necesitar todo el apoyo moral que se les pueda prestar.</p><p>��Con mucho gusto -dijo entusiasmado Hollyman-. Con mucho gusto.</p><p>Un manto de silencio envolv�a la sala de control del Centro Espacial Johnson. Ignorantes del drama casi fatal representado por la Fuerza A�rea, el equipo de tierra de cuatro controladores y un grupo creciente de cient�ficos y administradores de la NASA estaban sumidos en un purgatorio de pesimismo. Su red de seguimiento revel� el s�bito giro de la lanzadera hacia el norte, pero pod�a indicar simplemente una vuelta o un giro en S como preparaci�n para el aterrizaje.</p><p>Entonces, con sorprendente brusquedad, la voz de Jurgens rompi� el silencio.</p><p>��Houston, aqu� <emphasis>Gettysburg. </emphasis>�Me oyen? Cambio.</p><p>La sala de control estall� en un estruendo de aclamaciones y aplausos. Merv Foley reaccion� r�pidamente y respondi�:</p><p>��S�, <emphasis>Gettysburg. </emphasis>Bienvenido al redil.</p><p>���Estoy hablando con el verdadero Merv Foley?</p><p>��Si somos dos, espero que pillen al otro antes de que firme con mi nombre un mont�n de cheques.</p><p>��Eres Foley, desde luego.</p><p>���Cu�l es su situaci�n, Dave? Cambio.</p><p>���Me est�n siguiendo?</p><p>��Todos los sistemas han funcionado, salvo las comunicaciones y el control de direcci�n, desde que salieron de la estaci�n espacial.</p><p>��Entonces ya saben que nuestra altitud es de quince mil metros, y la velocidad, de mil seiscientos kil�metros por hora. Vamos a tratar de aterrizar en la Estaci�n Aeronaval de Key West. Cambio.</p><p>Foley mir� a Irwin Mitchell, tenso el semblante.</p><p>Mitchell asinti� con la cabeza y dio un golpecito en el hombro de Foley.</p><p>��Detengamos cualquier otra maniobra y traigamos a esos muchachos a casa.</p><p>��Est� a m�s de seiscientos kil�metros -dijo desesperadamente Foley-. Nos las habemos con una nave de cien toneladas que desciende tres mil metros por minuto con una inclinaci�n siete veces mayor que la de un avi�n comercial. Nunca lo conseguiremos.</p><p>��Nunca digas nunca -replic� Mitchell-. Ahora diles que ponemos manos a la obra. Y procura parecer animado.</p><p>���Animado? -Foley tard� unos segundos en sobreponerse y despu�s apret� el bot�n de transmisi�n-. Est� bien, Dave, vamos a resolver el problema y traerles a Key West. �Est�n en TAEM? Cambio.</p><p>��S�. Estamos haciendo todo lo posible por conservar la altura. Tendremos que cambiar el sistema normal de acercamiento para extender nuestro alcance. Cambio.</p><p>��Comprendido. Todas las unidades a�reas y mar�timas de la zona est�n siendo puestas en estado de alerta.</p><p>��No ser�a mala idea hacer que la Marina supiese que estamos llegando para tomar el desayuno.</p><p>��Lo haremos -dijo Foley-. No corte.</p><p>Apret� un bot�n y aparecieron los datos de seguimiento en la pantalla de su consola. El <emphasis>Gettysburg </emphasis>descend�a a menos de doce mil metros y todav�a ten�a que volar ciento cincuenta kil�metros.</p><p>Mitchell contempl� la imagen de la trayectoria en la pantalla gigante de la pared. Se puso el auricular y llam� a Jurgens.</p><p>��Dave, soy Irwin Mitchell. Vuelva a la direcci�n autom�tica. �Me ha o�do? Cambio.</p><p>��Lo he o�do. Irv, pero no me gusta.</p><p>��Ser� mejor que los ordenadores dirijan esta fase del acercamiento. Podr� volver al mando manual quince kil�metros antes de aterrizar.</p><p>��Bien. Cierro.</p><p>Foley mir�, expectante, a Mitchell.</p><p>���Est�n muy cerca? -fue todo lo que pregunt�.</p><p>��A un tiro de piedra -dijo Mitchell, respirando hondo.</p><p>���Podr�n conseguirlo?</p><p>��Si el viento sigue como ahora, tienen una peque�a posibilidad. Pero si aumenta a veinte nudos, est�n listos.</p><p>No se sent�a miedo en la cabina del <emphasis>Gettysburg. </emphasis>No hab�a tiempo para esto. Jurgens segu�a atentamente la trayectoria de descenso en las pantallas del ordenador. Abr�a y cerraba los dedos como un pianista antes del concierto, esperando ansiosamente el momento en que tomar�a el mando manual para las �ltimas maniobras del aterrizaje.</p><p>��Tenemos un acompa�ante -dijo Burkhart.</p><p>Por primera vez, Jurgens desvi� la mirada de los instrumentos y mir� por la ventanilla. Pudo distinguir a duras penas un caza F-15 que volaba a su lado a una distancia de unos doscientos metros. Mientras lo observaba, el piloto encendi� las luces de navegaci�n e hizo oscilar las alas del aparato. Otros dos aviones en formaci�n siguieron su ejemplo. Jurgens volvi� a ajustar la radio a una frecuencia militar.</p><p>���De d�nde vienen, muchachos?</p><p>��Est�bamos dando una vuelta por el barrio en busca de alguna chica y vimos su m�quina volante. �Podemos ayudarles? Cambio.</p><p>���Tienen un cable para remolcarnos? Cambio.</p><p>��Se nos han acabado.</p><p>��De todos modos, gracias por la compa��a.</p><p>Jurgens sinti� un ligero alivio. Si no llegaban a Key West y ten�an que caer al agua, al menos los cazas podr�an permanecer en el lugar y guiar a los que viniesen a auxiliarles. Volvi� de nuevo a fijar su atenci�n en los indicadores de vuelo y se pregunt� distra�damente por qu� no le hab�a puesto Houston en comunicaci�n con la Estaci�n Aeronaval de Key West.</p><p>���Qu� diablos es eso de que Key West est� cerrado? -grit� Mitchell a un p�lido ingeniero que estaba a su lado y sosten�a un tel�fono. Y sin esperar respuesta, agarr� el auricular-. �Con qui�n hablo? -pregunt�.</p><p>��Soy el capit�n de corbeta Redfern.</p><p>���Se da cuenta de la gravedad de la situaci�n?</p><p>��Nos la han explicado, se�or, pero nada podemos hacer Esta tarde una cami�n cisterna ha chocado contra nuestras l�neas de energ�a el�ctrica y todo el campo ha quedado inmediatamente a oscuras.</p><p>���Y sus generadores de emergencia?</p><p>��El motor Diesel que los activa funcion� bien durante seis horas y despu�s fall� por un problema mec�nico. Ahora est�n trabajando en esto y volver� a funcionar dentro de una hora.</p><p>��Demasiado tarde -grit� Mitchell-. El <emphasis>Gettysburg </emphasis>llegar� dentro de dos minutos. �C�mo pueden guiarle en la maniobra de aterrizaje?</p><p>��No podemos hacerlo -respondi� el capit�n-. Todo nuestro equipo est� inutilizado.</p><p>��Entonces iluminen la pista con los faros de los coches y los camiones, con cualquier cosa de que dispongan.</p><p>��Haremos todo lo que podamos, se�or; pero no ser� mucho, con s�lo cuatro hombres de servicio a esta hora de la madrugada. Lo siento.</p><p>��No es usted el �nico que lo siente -gru�� Mitchell, y colg� el tel�fono de golpe.</p><p>��Ahora, ya tendr�amos que ver la pista -dijo Burkhart, con inquietud-. Veo las luces de la ciudad de Key West, pero ni se�ales de la estaci�n aeronaval.</p><p>Por primera vez, aparecieron unas gotitas de sudor en la frente de Jurgens.</p><p>��Es muy extra�o que no nos hayan dicho nada las torres de control.</p><p>En aquel momento, oyeron la voz tensa de Mitchell.</p><p>��<emphasis>Gettysburg, </emphasis>la estaci�n de Key West ha sufrido una aver�a en la instalaci�n el�ctrica. Procurar�n iluminar la pista con veh�culos. Aconsejamos que se acerque desde el este y aterrice en direcci�n oeste. La pista tiene una longitud de dos mil metros. Si la sobrepasan, ir�n a parar a un parque de recreo. �Entendido? Cambio.</p><p>��S�, Control. Entendido.</p><p>��Vemos que est� a cuatro mil metros, Dave. Velocidad, seiscientos kil�metros por hora. Un minuto y diez segundos, y nueve kil�metros, para el aterrizaje. Tome el mando manual. Cambio.</p><p>��Bien, paso al mando manual.</p><p>���Puede ver la pista?</p><p>��Todav�a no veo nada.</p><p>��Disculpe la interrupci�n, <emphasis>Gettysburg. </emphasis>-Era Hollyman, empleando la frecuencia de la NASA-. Pero creo que mis muchachos y yo podemos hacer de gu�as a su trineo. Pasaremos delante y alumbraremos el camino.</p><p>��Muchas gracias, amiguito -dijo, agradecido, Jurgens.</p><p>Observ� como los F-15 le adelantaban, bajaban el morro y apuntaban en direcci�n a Key West. Se pusieron en l�nea, como jugando a seguir al jefe, y encendieron las luces de aterrizaje. AI principio, los brillantes rayos solamente se reflejaron en el agua; pero despu�s iluminaron unas salinas y luego la pista de la estaci�n aeronaval.</p><p>��<emphasis>Gettysburg, </emphasis>s�lo est� a cien metros por debajo del m�nimo -dijo Foley.</p><p>��Si subo un cent�metro m�s, se calar�.</p><p>La pista pareci� tardar una eternidad en hacerse m�s ancha. La lanzadera estaba s�lo a seis kil�metros, pero parec�an cien. Jurgens crey� que podr�a conseguirlo. Era preciso. Puso en acci�n a todas las c�lulas de su cerebro, para que el <emphasis>Gettysburg </emphasis>se mantuviera en el aire.</p><p>��Velocidad quinientos kil�metros, altitud seiscientos metros, cinco kil�metros hasta la pista -inform� Burkhart, con voz ligeramente ronca.</p><p>Jurgens pudo ver ahora las luces de los veh�culos de los servicios de socorro y contra incendios. Los cazas volaban sobre �l, iluminando la pista de hormig�n de dos mil metros de longitud por sesenta de anchura.</p><p>La lanzadera descend�a r�pidamente. Jurgens la reten�a lo m�s que pod�a. Las luces de aterrizaje brillaron sobre la l�nea de la costa, a no m�s de treinta metros debajo de �l. Esper� hasta el �ltimo segundo y despleg� el tren de aterrizaje. Una maniobra normal de aterrizaje exig�a que las ruedas tocasen el suelo a novecientos metros del principio de la pista, pero Jurgens contuvo el aliento, confiando, contra toda esperanza, en alcanzar el hormig�n.</p><p>La salina fue iluminada por los brillantes rayos y se perdi� en la oscuridad. Burkhart se agarr� a los brazos del sill�n y recit� los n�meros decrecientes:</p><p>��Velocidad trescientos cincuenta. Tren de aterrizaje a tres metros� dos� uno, contacto.</p><p>Los cuatro gruesos neum�ticos del tren de aterrizaje principal chocaron con la dura superficie y protestaron por la s�bita fricci�n lanzando una nube de humo. Una medici�n ulterior demostrar�a que Jurgens hab�a tocado el suelo a s�lo veinte metros del principio de la pista. Jurgens baj� suavemente el morro de la nave espacial hasta que la rueda delantera estableci� contacto con el suelo, y entonces apret� los dos pedales del freno. Cuando detuvo el aparato, todav�a le sobraban trescientos metros de pista.</p><p>���Lo han conseguido! -grit� Hollyman, por radio.</p><p><emphasis>��Gettysburg </emphasis>a Control de Houston -dijo Jurgens, con un audible suspiro-. Las ruedas se han detenido.</p><p>���Magn�fico! �Magn�fico! -grit� Foley.</p><p>��Felicitaciones, Dave -a�adi� Mitcheli-. Nadie habr�a podido hacerlo mejor.</p><p>Burkhart mir� a Jurgens y no dijo nada; se limit� a levantar los dos pulgares.</p><p>Jurgens permaneci� sentado, descargando todav�a adrenalina, gozando de un triunfo contra todas las probabilidades. Su fatigada mente empez� a divagar y, sin darse cuenta, empez� a preguntarse qui�n era Dirk Pitt. Despu�s apret� el bot�n del intercomunicador.</p><p>��Se�or Steinmetz.</p><p>���S�, comandante?</p><p>��Sea bienvenido en su regreso a la Tierra. Estamos en casa.</p></section><section><title><p>59</p></title><p>Pitt ech� una r�pida mirada a su alrededor y volvi� al despacho de Velikov. Todos estaban de rodillas, agrupados alrededor de Raymond LeBaron, que yac�a en el suelo. Jessie le as�a una mano y le murmuraba algo. Gunn mir� hacia arriba al o�r acercarse a Pitt y sacudi� la cabeza.</p><p>���Qu� ha pasado? -pregunt� r�pidamente Pitt.</p><p>��Se puso en pie para ayudarte y recibi� la bala que te hiri� en la oreja -respondi� Giordino.</p><p>Antes de arrodillarse, Pitt mir� un momento al millonario mortalmente herido. En la ropa que cubr�a la parte superior del abdomen se extend�a una mancha carmes�. Los ojos ten�an todav�a vida y estaban fijos en el rostro de Jessie. La respiraci�n era r�pida y jadeante. Trat� de levantar la cabeza para decir algo a Jessie, pero el esfuerzo fue demasiado grande y volvi� a reclinarla en el suelo.</p><p>Pitt hinc� despacio una rodilla al lado de Jessie. Ella se volvi� a mirarle y las l�grimas resbalaron por sus p�lidas mejillas. �l correspondi� brevemente a su mirada, en silencio. No se le ocurr�a nada que decirle; su mente estaba agotada.</p><p>��Raymond trat� de salvarte -dijo ella con voz ronca-. Yo sab�a que no podr�an cambiarle del todo. Al final volvi� a ser como antes.</p><p>LeBaron tosi�; una tos extra�a y �spera. Mir� a Jessie, turbios los ojos, blanca y exang�e la cara.</p><p>��Cuida de Hilda -murmur�-. Lo dejo todo en tus manos.</p><p>Antes de que pudiese decir nada m�s, la habitaci�n retembl� con el estruendo de explosiones all� a lo lejos; el equipo de Quintana hab�a empezado a destruir las instalaciones electr�nicas en el interior del edificio. Tendr�an que marcharse pronto, y no llevar�an a Raymond LeBaron con ellos.</p><p>Pitt pens� en todos los reportajes de los peri�dicos y los art�culos de las revistas que glorificaban al moribundo que ahora yac�a sobre la alfombra como un comerciante de temple de acero que pod�a levantar o derribar a directivos de corporaciones gigantescas o a pol�ticos de alto nivel en el Gobierno: como un brujo en la manipulaci�n de los mercados financieros del mundo; como un hombre fr�o y vengativo que hab�a dejado tras de s� los huesos de sus competidores y no hab�a dudado en echar a la calle a miles de sus empleados. Pitt hab�a le�do todo esto, pero lo �nico que ve�a ahora era un viejo moribundo, una paradoja de la fragilidad humana, que le hab�a robado la esposa a su mejor amigo y despu�s le hab�a matado por un tesoro. Pitt no pod�a sentir compasi�n, ni una pizca de emoci�n, por un hombre semejante.</p><p>Ahora el hilo delgado del que pend�a la vida de LeBaron estaba a punto de romperse. Pitt se inclin� y acerc� los labios a la oreja del viejo potentado.</p><p>��La Dorada -murmur�-. �Qu� hizo con ella?</p><p>LeBaron le mir� y sus ojos brillaron un instante al pasar por su nublada mente un �ltimo recuerdo del pasado. Hizo acopio de fuerzas para responder y su voz fue muy d�bil. Las palabras brotaron casi en el mismo instante de morir.</p><p>���Qu� ha dicho? -pregunt� Giordino.</p><p id="_ftnref2">��No estoy seguro -respondi� Pitt, con expresi�n perpleja-. Fue algo as� como �Look on the main sight�. <a type="note" l:href="#_ftn2">[2]</a><sup/></p><empty-line/><p>A los o�dos de los cubanos de la isla grande, las detonaciones sonaron como un trueno lejano, y no les prestaron atenci�n. Ninguna erupci�n volc�nica ti�� el horizonte de rojo y naranja; ninguna terrible columna de llamas elev�ndose en el negro cielo atrajo su curiosidad. El ruido lleg� extra�amente sofocado, debido a que el edificio hab�a sido destruido desde el interior. Incluso la tard�a destrucci�n de la gran antena pas� inadvertida.</p><p>Pitt ayud� a Jessie a cruzar la playa, seguido de Giordino y de Gunn, que era transportado en una camilla por los cubanos. Quintana se reuni� con ellos y prescindi� de toda precauci�n al enfocar a Pitt con los finos rayos de una linterna.</p><p>��Deber�a vendarle la oreja.</p><p>��Sobrevivir� hasta que lleguemos al TSE.</p><p>��Tuve que dejar dos hombres atr�s, enterrados donde nadie podr� encontrarlos nunca. Pero volvemos m�s de los que vinimos. Alguien tendr� que llevar a otro en su Dasher. T�<emphasis/>llevar�s a la se�ora LeBaron, Dirk, El se�or Gunn puede navegar conmigo. El sargento L�pez puede�</p><p>��El sargento puede ir solo -le interrumpi� Pitt.</p><p>���Solo?</p><p>��Tambi�n nosotros dejamos un hombre atr�s -dijo Pitt.</p><p>Quintana pas� r�pidamente el rayo de su linterna sobre los otros.</p><p>���Raymond LeBaron?</p><p>��No vendr�.</p><p>Quintana encogi� ligeramente los hombros, inclin� la cabeza delante de Jessie y dijo simplemente:</p><p>��Lo siento.</p><p>Entonces se volvi� y empez� a reunir a sus hombres para el viaje de regreso a la embarcaci�n nodriza.</p><p>Pitt sostuvo a Jessie junto a �l y dijo amablemente:</p><p>��Te pidi� que cuidases de su primera esposa, Hilda, que todav�a vive.</p><p>No pudo ver la sorpresa que se pint� en la cara de ella, pero s� sentir que su cuerpo se pon�a r�gido.</p><p>���C�mo lo has sabido? -pregunt� ella, con incredulidad.</p><p>��La conoc� y habl� con ella hace unos d�as.</p><p>Jessie pareci� aceptarlo y no le pregunt� c�mo habr�a ido a parar a la residencia de ancianos.</p><p>��Raymond y yo celebramos la ceremonia y representamos nuestros papeles de marido y mujer. Pero �l nunca pudo renunciar completamente a Hilda o divorciarse de ella.</p><p>��Un hombre que amaba a dos mujeres.</p><p>��De una manera diferente, especial. Era un tigre en los negocios, pero un cordero en la vida del hogar. Raymond se sinti� perdido cuando la mente y el cuerpo de Hilda empezaron a deteriorarse. Necesitaba desesperadamente una mujer en la que apoyarse. Emple� su influencia para simular la muerte de Hilda e ingresarla en una residencia bajo el apellido de su primer matrimonio.</p><p>��Y entonces entraste t� en escena.</p><p>No quer�a mostrarse fr�o, pero no estaba afligido.</p><p>��Yo ya era parte de su vida -dijo ella, impert�rrita-. Yo era uno de los redactores-jefe de <emphasis>Prosperteer. </emphasis>Raymond y yo nos entend�amos desde hac�a a�os. Nos sent�amos bien juntos. Su proposici�n fue casi como un negocio, un matrimonio simulado de conveniencia; pero pronto se convirti� en algo m�s, en mucho m�s. �Lo crees?</p><p>��Yo no soy qui�n para dictar sentencias -respondi� Pitt a media voz.</p><p>Quintana sali� de las sombras y toc� el brazo de Pitt.</p><p>��Nos ponemos en marcha. Yo llevar� el receptor de radio e ir� delante. -Se acerc� a Jessie y su voz se suaviz�-. Dentro de una hora estar� a salvo. �Cree que podr� aguantar un poco m�s?</p><p>��Estar� bien. Gracias por su inter�s.</p><p>Arrastraron los Dashers a trav�s de la playa y los metieron en el agua. Quintana dio la orden y todos montaron y partieron sobre el negro mar. Esta vez Pitt iba en retaguardia, mientras Quintana, con los auriculares calados, se dirig�a hacia el TSE gui�ndose por las instrucciones transmitidas por el coronel Kleist.</p><p>Dejaron atr�s aquella isla de la muerte. El enorme edificio hab�a quedado reducido a un mont�n de planchas de hormig�n derrumbadas. Los aparatos electr�nicos y el adornado mobiliario ard�an como el fondo de un volc�n en extinci�n debajo de la arena coralina blanqueada por el sol. La antena gigantesca yac�a en mil pedazos retorcidos. Sin ninguna posibilidad de reparaci�n. Al cabo de pocas horas, cientos de soldados rusos, conducidos por agentes del GRU, se arrastrar�an sobre las ruinas, buscando entre la arena alguna se�al que permitiera identificar a las fuerzas responsables de la destrucci�n. Pero los �nicos indicios que encontrar�an en su investigaci�n apuntar�an directamente a la mente astuta de Fidel Castro y no a la C�A.</p><p>Pitt manten�a los ojos fijos en la luz azul del Dasher que le preced�a. Navegaba ahora contra la marea y la peque�a embarcaci�n cabeceaba y remontaba las crestas como en una monta�a rusa. El peso a�adido de Jessie reduc�a su velocidad, y Pitt apretaba a fondo el acelerador para no quedar rezagado.</p><p>S�lo hab�an viajado cosa de una milla cuando sinti� que una de las manos de Jessie se desprend�a de su cintura.</p><p>���Est�s bien? -pregunt�.</p><p>Por toda respuesta sinti� el fr�o ca��n de una pistola apoyado en su pecho, justo por debajo de la axila. Baj� muy despacio la cabeza y mir� debajo del brazo. Ciertamente, era el negro perfil de una pistola apoyada en su caja tor�cica; una Makarov de 9 mil�metros, y la mano que la sosten�a no temblaba.</p><p>��Si no es una impertinencia -dijo Pitt, con aut�ntica sorpresa-, �puedo preguntarte en qu� est�s pensando?</p><p>��En un cambio de plan -respondi� ella, con voz grave y tensa-. Nuestro trabajo s�lo est� realizado a medias.</p><p>Kleist paseaba por la cubierta del TSE mientras los componentes del equipo de Quintana sub�an a bordo y los Dashers eran introducidos r�pidamente por una gran escotilla y bajados por una rampa hasta el cavernoso compartimiento de carga. Quintana estuvo dando vueltas alrededor del submarino hasta que no qued� nadie en el agua; s�lo entonces fue a la cubierta inferior.</p><p>���C�mo ha ido la cosa? -pregunt� ansiosamente Kleist.</p><p>��Como dicen en Broadway, un gran �xito. La destrucci�n ha sido total. Puede decir a Langley que el GRU ha volado por los aires.</p><p>��Buen trabajo -dijo Kleist-. Recibir�n una buena recompensa y unas largas vacaciones. Cortes�a de Martin Brogan.</p><p>��Pitt es quien merece las mayores alabanzas. Nos condujo directamente al sal�n antes de que los rusos se despertasen. Tambi�n se dirigi� a la radio y avis� a la lanzadera espacial.</p><p>��Desgraciadamente, no hay galones para los ayudantes espont�neos -dijo vagamente Kleist. Despu�s pregunt�-: �Y qu� ha sido del general Velikov?</p><p>��Se le presume muerto y enterrado bajo los cascotes.</p><p>���Alguna baja?</p><p>��Yo he perdido dos hombres. -Hizo una pausa-. Tambi�n perdimos a Raymond LeBaron.</p><p>��El presidente tendr� un gran disgusto cuando se entere de esta noticia.</p><p>��En realidad, fue sobre todo un accidente. Hizo un valeroso pero loco intento de salvar la vida de Pitt, y fue �l quien pag� con la suya.</p><p>��As� pues, el viejo bastardo ha muerto como un h�roe. -Kleist camin� hasta el borde de la cubierta y observ� la oscuridad-. �Y qu� ha sido de Pitt?</p><p>��Sufri� una peque�a herida, nada grave.</p><p>���Y la se�ora LeBaron?</p><p>��Unos pocos d�as de descanso y alg�n cosm�tico para disimular sus moraduras y parecer� como nueva.</p><p>Kleist se volvi� r�pidamente.</p><p>���Cu�ndo les vio por �ltima vez?</p><p>��Cuando abandonamos la playa. Pitt llevaba a la se�ora LeBaron con �l en su Dasher. Yo navegaba a poca velocidad para que pudiesen seguirnos.</p><p>Quintana no pudo verlo, pero los ojos de Kleist se volvieron temerosos, temerosos al darse s�bitamente cuenta de que algo andaba terriblemente mal.</p><p>��Pitt y la se�ora LeBaron no han subido a bordo.</p><p>��Tienen que haberlo hecho -dijo con inquietud Quintana-. Yo he sido el �ltimo en subir.</p><p>��Esto no es una explicaci�n -dijo Kleist-. Ellos est�n todav�a ah� fuera, en alguna parte. Y como Pitt no llevaba el receptor de radio en el trayecto de regreso, no podemos guiarle hasta aqu�.</p><p>Quintana se llev� una mano a la frente.</p><p>��Ha sido culpa m�a. Yo era el responsable.</p><p>��Tal vez s�, tal vez no. Si algo hubiese marchado mal, si su Dasher se hubiese averiado, Pitt habr�a gritado y usted le habr�a o�do con toda seguridad.</p><p>��Tal vez podr�amos localizarlos con el radar -sugiri� Quintana, esperanzado.</p><p>Kleist apret� los pu�os y se los golpe�.</p><p>��Ser� mejor que nos demos prisa. Quedarnos aqu� mucho m�s tiempo ser�a un suicidio.</p><p>�l y Quintana bajaron r�pidamente por la rampa hasta el cuarto de control. El operador del radar estaba sentado delante de una pantalla en blanco. Levant� la cabeza al ver a los dos oficiales que se situaban a su lado, con los semblantes tensos.</p><p>��Levante la antena -orden� Kleist.</p><p>��Seremos captados por todas las unidades de radar de la costa cubana -protest� el operador.</p><p>���Lev�ntela! -repiti� vivamente Kleist.</p><p>Arriba, una parte de la cubierta se abri� y una antena orientable se despleg� y subi� en la punta de un m�stil que se elev� casi veinte metros en el aire. Abajo, tres pares de ojos observaron c�mo cobraba vida la pantalla.</p><p>���Qu� estamos buscando? -pregunt� el operador.</p><p>��Faltan dos de nuestras personas -respondi� Quintana.</p><p>��Son demasiado peque�os para ser vistos.</p><p>���Y si aumentamos el alcance por ordenador?</p><p>��Podemos probar.</p><p>��Adelante.</p><p>Al cabo de medio minuto, el operador sacudi� la cabeza.</p><p>��Nada en dos millas.</p><p>��Aumente el alcance a cinco.</p><p>��Nada.</p><p>��Pase a diez.</p><p>El operador prescindi� de la pantalla de radar y observ� atentamente la imagen ampliada del ordenador.</p><p>��Bien, distingo un objeto diminuto que es una posibilidad. Nueve millas al sudoeste, torciendo dos-dos-dos grados.</p><p>��Tienen que haberse perdido -murmur� Kleist.</p><p>El operador de radar sacudi� la cabeza.</p><p>��No, a menos que est�n ciegos o sean completamente est�pidos. El cielo est� claro como el cristal. Hasta un boy scout podr�a encontrar la Estrella Polar.</p><p>Quintana y Kleist se irguieron y se miraron con mudo asombro, incapaces de comprender del todo lo que sab�an que era verdad. Kleist fue el primero en hacer la ineludible pregunta.</p><p>���Por qu�? -pregunt�, perplejo-. �Por qu� tienen que ir deliberadamente a Cuba?</p></section></section><section><title><p>Quinta parte</p></title><section><subtitle>El Amy B�galow</subtitle><image l:href="#2"/></section><section><title><p>60</p></title><p><emphasis>6 de noviembre de 1989 </emphasis></p><p><emphasis>Costa Norte de Cuba</emphasis></p><empty-line/><p>Pitt y Jessie esquivaron una lancha patrullera cubana y se hallaban a mil metros de la costa de Cuba cuando acab� de descargarse la bater�a del Dasher. Quitaron los tapones de los flotadores y se alejaron nadando mientras la peque�a embarcaci�n deportiva se hund�a hasta el fondo del mar. Las botas de campa�a eran muy ajustadas y dejaban entrar poca agua en su interior; por consiguiente, se las dejaron puestas, conscientes de que ser�an esenciales cuando pisasen tierra.</p><p>El agua era agradablemente tibia y las olas permanec�an bajas. La media luna de la ma�ana temprana se deslizaba sobre el horizonte dos horas antes de que saliese el sol. Bajo aquella luz, Pitt pod�a f�cilmente no perder de vista a Jessie. �sta tosi� como si hubiese tragado un poco de agua, pero parec�a nadar sin esfuerzo.</p><p>���Qu� tal nadas de espalda? -pregunt� �l.</p><p>��Bien. -Ella espurri� y escupi� durante un momento, y dijo-: qued� tercera en un campeonato escolar del Estado.</p><p>���Qu� Estado?</p><p>��Wyoming.</p><p>��No sab�a que en Wyoming hubiese piscinas.</p><p>��Eres muy gracioso.</p><p>��La marea nos favorece; debemos darnos prisa antes de que cambie.</p><p>��Pronto ser� de d�a -dijo ella.</p><p>��Mayor motivo para que lleguemos a tierra y busquemos donde refugiarnos.</p><p>���Qu� me dices de los tiburones?</p><p>��Nunca desayunan antes de las seis- dijo �l, con impaciencia-. Vamos, basta de charla.</p><p>Empezaron a nadar de espalda, echando atr�s los brazos y pataleando. La marea creciente les empujaba a casi un nudo de velocidad y hac�an un buen crono. Jessie era buena nadadora. Segu�a el ritmo de Pitt y se manten�a a su lado. �l se maravill� de su resistencia despu�s de todo lo que hab�a tenido que sufrir durante los �ltimos seis d�as y la compadeci� por los dolores y la fatiga que sab�a que estaba padeciendo. Pero no pod�a permitir ahora que aflojase; no hasta que llegasen a la costa y encontrasen un poco de seguridad.</p><p>Ella no le hab�a explicado la raz�n por la que le obligaba a dirigirse a Cuba, y Pitt no se la hab�a preguntado. No ten�a que ser clarividente para saber que ella ten�a un prop�sito definido en su mente, capaz de llevarla hasta la locura. Pod�a haberla desarmado volcando el Dasher en un r�pido viraje al descender de una ola, y estaba bastante seguro de que Jessie no habr�a apretado el gatillo si �l se hubiese negado a obedecerla.</p><p>Pero, para Pitt, era una cosa normal. �Con poco o mucho dinero, es el amor lo que mueve el mundo.� S�lo que �l no estaba enamorado; atra�do, s�, pero no encalabrinado. La curiosidad pesaba m�s que cualquier impulso pasional. Nunca pod�a resistir la tentaci�n de asomarse a la puerta de lo desconocido. Y adem�s estaba el se�uelo del tesoro de La Dorada. La pista que le hab�a dado LeBaron era muy vaga, pero la estatua ten�a que estar en alg�n lugar de Cuba. La �nica pega era que f�cilmente podr�an matarle.</p><p>Pitt se detuvo y se sumergi�, tocando fondo a una profundidad que calcul� ser�a de tres metros. Volvi� a subir y accidentalmente roz� una de las piernas de Jessie al emerger. Ella chill�, creyendo que era atacada por una criatura grande de aleta triangular, ojos ciegos y una boca que s�lo un dentista podr�a apreciar.</p><p>���Silencio! -dijo �l-. O pondr�s sobre aviso a todas las patrullas a millas de distancia.</p><p>���Dios m�o, eras t�! -gru�� ella, asustada.</p><p>��Habla bajo -murmur� �l a su o�do-. El sonido se transmite con mucha claridad sobre el agua. Descansaremos un rato y observaremos por si hay alguna se�al de actividad.</p><p>Ella no le respondi�; le toc� ligeramente un hombro en se�al de asentimiento. Patalearon en el agua durante varios minutos, mirando en la oscuridad. La p�lida luz de la luna iluminaba suavemente la costa de Cuba, la estrecha franja de arena blanca y las oscuras sombras que se alzaban detr�s. A unas dos millas a su derecha pudieron ver luces de coches que circulaban por una carretera pr�xima a la costa. Cinco millas m�s all�, un resplandor incandescente revelaba la posici�n de una peque�a ciudad portuaria.</p><p>Pitt no pod�a detectar ning�n indicio de movimiento. Se�al� hacia delante y empez� a nadar de nuevo, ahora en braza para poder ver lo que ten�a delante. Alturas y formas, �ngulos y contornos, se convirtieron en nebulosas siluetas al acercarse ellos. Cincuenta metros m�s adelante, Pitt baj� los pies y toc� arena. Se levant� y el agua le lleg� al pecho.</p><p>��Puedes ponerte en pie -dijo en voz baja.</p><p>Hubo una pausa moment�nea; despu�s, Jessie dijo con voz cansada:</p><p>��Gracias a Dios. Los brazos me pesaban como el plomo.</p><p>��En cuanto lleguemos cerca de la orilla, ti�ndete y no te muevas. Yo explorar� los alrededores.</p><p>��Ten cuidado, por favor.</p><p>��No te preocupes -dijo �l, con una amplia sonrisa-. Estoy empezando a pillarle el truco a esto. Es la segunda playa enemiga en la que he desembarcado esta noche.</p><p>���Es que nunca hablar�s en serio?</p><p>��Cuando la ocasi�n lo exija, s�. Como ahora, por ejemplo. Dame la pistola.</p><p>Ella vacil�.</p><p>��Creo que la he perdido.</p><p>���Lo crees?</p><p>��Cuando nos metimos en el agua�</p><p>��La tiraste.</p><p>��La tir� -repiti� inocentemente ella, contra su voluntad.</p><p>��No sabes lo divertido que es trabajar contigo -dijo Pitt, desesperado.</p><p>Nadaron en silencio el poco trecho que les quedaba, hasta que las peque�as olas acabaron de romper y la profundidad del agua fue de unos pocos cent�metros. Pitt indic� a Jessie, con un adem�n, que no se levantase. Permaneci� tendido e inm�vil durante un minuto, y despu�s se levant� s�bitamente sin decir palabra, corri� sobre la arena y desapareci� en las sombras.</p><p>Jessie se esforz� en no adormilarse. Ten�a todo el cuerpo entumecido por el cansancio, y se dio cuenta, con alivio, de que el dolor de las magulladuras causadas por las manos de Foss Gly se estaba mitigando. El suave chapoteo del agua contra su cuerpo ligeramente vestido la relajaba como un sedante.</p><p>Y entonces se qued� helada, clavando los dedos en la arena mojada y sintiendo el coraz�n en la garganta.</p><p>Uno de los arbustos se hab�a movido. Despu�s, tal vez a unos doce metros de distancia, una forma oscura se destac� de las sombras circundantes y avanz� a lo largo de la playa, exactamente por encima de la l�nea marcada por el mar.</p><p>No era Pitt.</p><p>La p�lida luz de la luna revel� una figura uniformada y armada de un fusil. Jessie yaci� paralizada, claramente consciente de su absoluta impotencia. Apret� el cuerpo contra la arena y se desliz� lentamente hacia atr�s, entrando en aguas m�s profundas, cent�metro a cent�metro.</p><p>Se encogi� en un vano intento de hacerse m�s peque�a cuando de pronto la luz de una linterna brill� en la oscuridad y resigui� la playa sobre la rompiente. El centinela cubano dirig�a la luz hacia atr�s y hacia delante, mientras andaba en su direcci�n, examinando atentamente el suelo. Con aterrorizada certidumbre, se dio cuenta Jessie de que estaba siguiendo huellas de pisadas. S�bitamente, sinti� c�lera contra Pitt por dejarla sola y por dejar unas huellas que conduc�an directamente a ella.</p><p>El cubano se acerc� a diez metros y habr�a visto el perfil superior de su cuerpo si se hubiese vuelto un poco en su direcci�n. El rayo de luz se detuvo y se mantuvo fijo, enfocando las huellas dejadas por Pitt en su carrera a trav�s de la playa. E� guardia gir� hacia la derecha y se agach�, apuntando con la linterna a los matorrales aleda�os. Entonces, inexplicablemente, dio media vuelta a la izquierda y el rayo de luz alcanz� de lleno a Jessie, ceg�ndola.</p><p>Durante un segundo, el cubano se qued� como pasmado; despu�s asi� con la mano libre el ca��n del fusil ametrallador que llevaba colgado del hombro y apunt� directamente a Jessie. Demasiado aterrorizada para hablar, ella cerr� los ojos, como si con esta sencilla acci�n pudiese librarse del horror y del impacto de las balas.</p><p>Oy� un golpe sordo, seguido de un gemido convulsivo. No hubo disparos. Solamente un extra�o silencio. Entonces tuvo la impresi�n de que la luz se hab�a apagado. Abri� los ojos y vio vagamente un par de piernas hundidas hasta el tobillo en el agua, y entre ellas percibi� el cuerpo del cubano, tendido sobre la arena.</p><p>Pitt alarg� los brazos y puso a Jessie suavemente en pie. Le alis� los chorreantes cabellos y dijo:</p><p>��Parece que no puedo volver la espalda un minuto sin que te encuentres en dificultades.</p><p>��Me cre� muerta -dijo ella, y los latidos de su coraz�n empezaron a calmarse.</p><p>��Debes de haber pensado lo mismo al menos una docena de veces desde que salimos de Key West.</p><p>��Se tarda un poco en acostumbrarse al miedo a la muerte.</p><p>Pitt levant� la linterna del cubano, la encendi� haciendo pantalla con la mano y empez� a despojarle de su uniforme.</p><p>��Afortunadamente, es un tunante bajito, aproximadamente de tu estatura. Tus pies nadar�n probablemente en sus botas, pero es mejor que pequen de grandes que de peque�as.</p><p>���Est� muerto?</p><p>��S�lo tiene un peque�o chich�n en la cabeza, producido por una piedra. Volver� en s� dentro de unas horas.</p><p>Ella frunci� la nariz al tomar el uniforme de campa�a que le arroj� Pitt.</p><p>��Creo que no se ha ba�ado nunca.</p><p>��L�valo en el mar y p�ntelo mojado -dijo vivamente �l-. Y de prisa. No es momento de andarse con remilgos. El centinela del puesto siguiente se estar� preguntando por qu� no se ha presentado. Su relevo y el sargento de guardia no tardar�n en llegar.</p><p>Cinco minutos despu�s, Jessie llevaba un empapado uniforme de patrullero cubano. Pitt ten�a raz�n; las botas le estaban dos n�meros grandes. Se recogi� los mojados cabellos y los cubri� con la gorra. Se volvi� y mir� a Pitt que sal�a de entre los �rboles y arbustos, llevando el fusil del cubano y una hoja de palmera.</p><p>���Qu� has hecho de �l?</p><p>��Le he metido entre unos matorrales -dijo Pitt, en tono apremiante.</p><p>Se�al� a un rayito de luz a un cuarto de milla playa abajo.</p><p>��Vienen. No es hora de juegos. March�monos de aqu�.</p><p>La empuj� rudamente hacia los �rboles y la sigui�, caminando de espaldas y borrando las pisadas con la hoja de palmera. Despu�s de casi setenta metros, tir� la hoja y corrieron a trav�s de la jungla, apart�ndose lo m�s posible de los guardias y de la playa antes de que amaneciese.</p><p>Hab�an recorrido siete u ocho kil�metros cuando el cielo oriental empez� a pasar del negro al naranja. Apareci� un campo de ca�a de az�car en la decreciente oscuridad, y pasaron por su borde hasta salir a una carretera pavimentada de dos carriles. No hab�a faros sobre el asfalto en ninguna de ambas direcciones. Caminaron por la orilla, meti�ndose en la espesura cada vez que se acercaba un coche o un cami�n. Pitt advirti� que los pasos de Jessie empezaban a flaquear y que respiraba en r�pidos jadeos. Se detuvo, cubri� la linterna con un pa�uelo y le ilumin� la cara. No necesitaba tener e� t�tulo de m�dico para saber que estaba agotada. La asi� de la cintura y la empuj� hasta que llegaron a un peque�o y escabroso barranco.</p><p>��Recobra el aliento. Volver� en seguida.</p><p>Pitt se dej� caer hasta el fondo del barranco seco, que segu�a un curso quebrado alrededor de una colina sembrada de grandes guijarros y de pinos achaparrados. Pas� por debajo de la carretera por un tubo de hormig�n de un metro de di�metro y que daba a unos pastos vallados al otro lado. Volvi� a subir a la carretera, tom� en silencio a Jessie de la mano y la condujo, tropezando y resbalando, al pedregoso fondo del barranco. Dirigi� el rayo de luz de la linterna al tubo de desag�e.</p><p>��La �nica habitaci�n vac�a en la ciudad -dijo, con la voz m�s animada de que fue capaz, dadas las circunstancias.</p><p>No era una suite de lujo, pero hab�a en el fondo curvo unos pocos cent�metros de blanda arena y era el refugio m�s seguro que Pitt hab�a podido encontrar. Si los guardias daban con su pista y la segu�an hasta la carretera, sin duda pensar�an que la pareja hab�a sido recogida por un coche, seg�n un plan preestablecido.</p><p>De alg�n modo consiguieron encontrar una posici�n c�moda en el estrecho y oscuro espacio. Pitt dej� el arma y la linterna al alcance de la mano y por fin se relaj�.</p><p>��Muy bien, se�ora -dijo, y sus palabras resonaron en la tuber�a-. Creo que ya es hora de que me digas qu� diablos estamos haciendo aqu�.</p><p>Pero Jessie no le respondi�.</p><p>Olvidando su uniforme fr�o, h�medo y mal ajustado, olvidando incluso el dolor de los pies y de las articulaciones, se hab�a acurrucado en posici�n fetal y dorm�a profundamente.</p></section><section><title><p>61</p></title><p>���Muertos? �Todos muertos? -repiti� furioso el jefazo del Kremlin, Antonov-. �Toda la instalaci�n destruida, y ning�n superviviente, ninguno en absoluto?</p><p>Polevoi asinti� tristemente con la cabeza.</p><p>��El capit�n del submarino que detect� las explosiones y el coronel al mando de las fuerzas de seguridad enviadas a tierra para investigar, informaron que no hab�an encontrado a nadie vivo. Recogieron el cad�ver de mi primer delegado, Lyev Maisky, pero el general Velikov todav�a no ha sido encontrado.</p><p>���Se echaron en falta claves y documentos secretos?</p><p>Pelevoi no estaba dispuesto a poner la cabeza en el tajo y asumir la responsabilidad de un desastre en los servicios secretos. Se hallaba a un pelo de perder su encumbrada posici�n y convertirse r�pidamente en un bur�crata olvidado, encargado de un campo de trabajo.</p><p>��Todos los datos secretos fueron destruidos por el personal del general Velikov antes de morir luchando.</p><p>Antonov acept� la mentira.</p><p>��La C�A -dijo reflexivamente-. Ellos est�n detr�s de esta infame provocaci�n.</p><p>��Creo que, en este caso, no podemos hacer de la C�A el chivo expiatorio. Los primeros indicios se�alan una operaci�n cubana.</p><p>��Imposible -salt� Antonov-. Nuestros amigos en los c�rculos militares de Castro nos habr�an advertido con mucha antelaci�n de cualquier plan para atacar la isla. Adem�s, una operaci�n tan audaz e ingeniosa y de esta magnitud no est� al alcance de ning�n cerebro latino.</p><p>��Tal vez, pero nuestros mejores elementos en el servicio secreto creen que la C�A no sospechaba ni remotamente la existencia de nuestro centro de comunicaciones en Cayo Santa Mar�a. No hemos descubierto al menor indicio de vigilancia. La C�A es h�bil, pero sus hombres no son dioses. No pod�a en modo alguno proyectar, ensayar y llevar a cabo la incursi�n en las pocas horas que mediaron entre el momento en que la lanzadera sali� de la estaci�n espacial hasta que se desvi� de pronto del rumbo a Cuba que nosotros hab�amos programado.</p><p>���Perdimos tambi�n la lanzadera?</p><p>��Nuestros instrumentos de observaci�n del Centro Espacial Johnson revelaron que hab�a aterrizado a salvo en Key West.</p><p>��Con los colonos americanos de la Luna -a�adi� Antonov.</p><p>��Iban a bordo, s�.</p><p>Antonov permaneci� unos segundos sentado all�, demasiado furioso para reaccionar, apretados los labios, sin pesta�ear y mirando a ninguna parte.</p><p>���C�mo lo hicieron? -gru�� al fin-. �C�mo salvaron su preciosa lanzadera espacial en el �ltimo minuto?</p><p>��La suerte de los tontos -dijo Polevoi, siguiendo de nuevo el dogma comunista de echar las culpas a los otros-. Salvaron el pellejo gracias a la tortuosa interferencia de los Castro.</p><p>Antonov fij� de pronto la mirada en Polevoi.</p><p>��Como me ha recordado a menudo, camarada director, los hermanos Castro no pueden ir al retrete sin que la KGB se entere de cu�ntas piezas de papel higi�nico emplean. D�game c�mo se acostaron de pronto con el presidente de los Estados Unidos sin que sus agentes lo advirtiesen.</p><p>Polevoi se hab�a metido involuntariamente en un agujero y ahora sali� astutamente de �l cambiando de tema.</p><p>��La operaci�n Ron y Cola sigue adelante. Pueden habernos birlado la lanzadera espacial y un rico caudal de datos cient�ficos, pero es una p�rdida aceptable en comparaci�n con el dominio total de Cuba.</p><p>Antonov consider� las palabras de Polevoi y mordi� el anzuelo.</p><p>��Tengo mis dudas. Si Velikov no dirige la operaci�n, las probabilidades de �xito quedan reducidas a la mitad.</p><p>��El general ya no es esencial para Ron y Cola. El plan est� concluido en un noventa por ciento. Los barcos entrar�n en el puerto de La Habana ma�ana por la tarde, y el discurso de Castro est� previsto para la ma�ana siguiente. El general Velikov realiz� un trabajo espl�ndido para establecer las bases. Los rumores sobre un nuevo complot de la C�A para asesinar a Castro han sido ya difundidos en todo el mundo occidental, y hemos preparado pruebas que demuestran la intervenci�n americana. Ahora s�lo falta apretar un bot�n.</p><p>���Est� sobre aviso nuestra gente en La Habana y Santiago?</p><p>��Est�n preparados para actuar y constituir un nuevo Gobierno en cuanto se confirme el asesinato.</p><p>���Qui�n ser� el pr�ximo l�der?</p><p>��Alicia Cordero.</p><p>Antonov se qued� boquiabierto.</p><p>���Una mujer? �Vamos a nombrar a una mujer para que gobierne Cuba despu�s de la muerte de Fidel Castro?</p><p>��La candidata perfecta -dijo firmemente Polevoi-. Es secretaria del Comit� Central y secretaria del Consejo de Estado. M�s importante a�n, goza de toda la confianza de Fidel y es idolatrada por el pueblo, por el �xito de sus programas econ�micos familiares y su fogosa oratoria. Tiene un encanto y un carisma que igualan a los de Castro. Su fidelidad a la Uni�n Sovi�tica es indiscutible y tendr� todo el apoyo de los militares cubanos.</p><p>��Que trabajan para nosotros.</p><p>��Que nos pertenecen -le corrigi� Polevoi.</p><p>��Entonces, estamos comprometidos.</p><p>��S�, camarada presidente.</p><p>���Y despu�s? -pregunt� Antonov.</p><p>��Nicaragua, Per�, Chile y, s�<emphasis>, </emphasis>Argentina -dijo Polevoi, entusiasm�ndose con su tema- Basta de revoluciones turbulentas, basta de sangrientas guerras de guerrilla. Nos infiltraremos en sus gobiernos y los corroeremos sutilmente desde dentro, cuidando de no provocar la hostilidad de los Estados Unidos. Cuando �stos despierten al fin, ser� demasiado tarde. Las Am�ricas del Sur y Central ser�n s�lidas extensiones de la Uni�n Sovi�tica.</p><p>���Y no del Partido? -pregunt� Antonov, en tono de reproche-. �Olvida usted la gloria de nuestra herencia comunista, Polevoi?</p><p>��El Partido es la base sobre la que hay que construir. Pero no podemos continuar encadenados a una arcaica filosof�a marxista que ha tardado cien a�os en demostrar que es irrealizable. Dentro de una d�cada estaremos en el siglo veintiuno. Ha llegado la hora del fr�o realismo. Citar� sus propias palabras, camarada presidente, cuando dijo: �Preveo una nueva era de socialismo que barrer� del mundo el odiado azote del capitalismo.� Cuba es el primer paso para realizar su sue�o de una sociedad mundial dominada por el Kremlin.</p><p>��Y Fidel Castro es la barrera en nuestro camino.</p><p>��S� -dijo Polevoi, con una siniestra sonrisa-, pero s�lo durante otras cuarenta y ocho horas.</p><p>El Air Force One despeg� de la base de la Fuerza A�rea en Andrews y gir� hacia el sur sobre los hist�ricos montes de Virginia. Temprano por la ma�ana, el cielo era claro y azul, con s�lo unas pocas y desparramadas nubes de tormenta. El coronel de aviaci�n que hab�a pilotado el reactor Boeing bajo tres presidentes, se elev� a once mil metros y dio la hora de llegada a Cabo Ca�averal por el intercomunicador de la cabina.</p><p>���Vamos a desayunar, caballeros? -pregunt� el presidente, se�alando hacia un peque�o comedor recientemente instalado en el avi�n. Su esposa hab�a colgado una l�mpara Tiffany <emphasis>art d�co, </emphasis>produciendo un ambiente informal y relajado-. Nuestra despensa contiene hasta champa�a, si a alguien le apetece.</p><p>��Yo preferir�a una taza de caf� bien caliente -dijo Martin Brogan.</p><p>Se sent� y sac� una carpeta de su cartera antes de deslizar �sta debajo de la mesa.</p><p>Dan Fawcett arrim� una silla a su lado, mientras Douglas Oates se sentaba enfrente, junto al presidente. Un sargento de la Fuerza A�rea con chaqueta blanca sirvi� zumo de guayaba, bebida predilecta del presidente, y caf�. Cada cual pidi� su desayuno y todos esperaron a que el presidente iniciase la conversaci�n.</p><p>��Bueno -dijo �ste, sonriendo-, tenemos que hablar de muchas cosas antes de aterrizar en el Cabo y felicitar a todo el mundo. Por consiguiente, empecemos. Dan, inf�rmenos sobre el estado del <emphasis>Gettysburg </emphasis>y de los colonos de la Luna.</p><p>��He estado toda la ma�ana hablando por tel�fono con oficiales de la NASA -dijo Fawcett, con evidente excitaci�n en el tono de su voz-: Como todos sabemos, Dave Jurgens pudo aterrizar en Key West por la punta de los pelos. Una notable haza�a. La estaci�n aeronaval ha sido cerrada a todo tr�fico a�reo o de tierra. Las puertas y las vallas est�n fuertemente custodiadas por guardias de Marina. El presidente ha ordenado una reserva temporal absoluta sobre la situaci�n hasta que podamos anunciar la existencia de nuestra nueva base lunar.</p><p>��Los reporteros deben de estar chillando como buitres heridos -dijo Oates-, queriendo saber por qu� aterriz� el veh�culo espacial tan lejos del lugar previsto.</p><p>��Por supuesto.</p><p>���Cu�ndo piensa usted dar la noticia? -pregunt� Brogan.</p><p>��Dentro de dos d�as -respondi� el presidente-. Necesitamos tiempo para estudiar las enormes implicaciones e interrogar a Steinmetz y a los suyos, antes de entregarlos a los medios de comunicaci�n.</p><p>��Si nos demoramos m�s -a�adi� Fawcett-, alguien del cuerpo de prensa de la Casa Blanca se ir� de la lengua.</p><p>���D�nde est�n ahora los colonos de la Luna?</p><p>��Sometidos a pruebas m�dicas en el Centro Espacial Kennedy -respondi� Fawcett-. Fueron sacados en avi�n de Key West junto con la tripulaci�n de Jurgens poco despu�s de que aterrizase el <emphasis>Gettysburg.</emphasis></p><p>Brogan mir� a Oates.</p><p>���Ha dicho algo el Kremlin?</p><p>��Hasta ahora ha guardado silencio.</p><p>��Ser� interesante, para variar, ver c�mo reaccionan cuando las v�ctimas son compatriotas suyos.</p><p>��Antonov es un perro viejo astuto -dijo el presidente-. Renunciar� a una furiosa propaganda acus�ndonos de asesinar a sus cosmonautas, a cambio de mantener conversaciones secretas en las que pedir� una indemnizaci�n consistente en compartir datos cient�ficos.</p><p>���Se los dar�?</p><p>��El presidente est� moralmente obligado a acceder -dijo Oates.</p><p>Brogan pareci� horrorizado, lo mismo que Fawcett.</p><p>��Esta no es una cuesti�n pol�tica -dijo Brogan con voz grave-. No hay ninguna regla que diga que hemos de revelar secretos vitales para nuestra defensa nacional.</p><p>��En esta ocasi�n, somos nosotros y no los rusos los malos de la pel�cula -protest� Oates-. Estamos a punto de llegar al acuerdo SALT IV para prohibir toda futura instalaci�n de misiles nucleares. Si el presidente hiciese caso omiso de las reclamaciones de Antonov, los negociadores sovi�ticos har�an una de sus famosas escapadas s�lo horas antes de firmar el tratado.</p><p>��Puede que tenga raz�n -dijo Fawcett-. Pero ninguno de los relacionados con la Jersey Colony ha estado luchando durante dos decenios para entregarlo todo al Kremlin.</p><p>El presidente hab�a seguido la discusi�n sin interrumpir. Ahora levant� una mano.</p><p>��Caballeros, no estoy dispuesto a vender todas las existencias. Pero hay un enorme caudal de informaci�n que podemos compartir con los rusos y con el resto del mundo en inter�s de la humanidad. Descubrimientos m�dicos y datos geol�gicos y astron�micos pueden ser difundidos libremente. Pero no se alarmen. No voy a comprometer nuestros programas espaciales y de defensa. Esto permanecer� firmemente en nuestras manos. �He hablado claro?</p><p>Se hizo un silencio en el peque�o comedor mientras el camarero tra�a tres humeantes platos de huevos, jam�n y pastelillos calientes. Volvi� a llenar las tazas de caf�. En cuanto volvi� a la cocina, el presidente suspir� profundamente y mir� la mesa delante de Brogan.</p><p>���No come usted, Martin?</p><p>��Generalmente prescindo del desayuno. El almuerzo es mi comida principal.</p><p>��No sabe lo que se pierde. Estos pastelillos calientes son ligeros como plumas.</p><p>��No, gracias. Seguir� con el caf�.</p><p>��Mientras los dem�s comemos, �por qu� no nos informa sobre la operaci�n de Cayo Santa Mar�a?</p><p>Brogan tom� un sorbo de su taza, abri� la carpeta y resumi� su contenido en unas pocas declaraciones concisas.</p><p>��Un equipo especial de combate, al mando del coronel Ram�n Kleist y dirigido por el comandante Angelo Quintana, desembarc� en la isla a las dos de esta madrugada. A las cuatro y media, las instalaciones de interferencia y escucha por radio, incluida la antena, fueron destruidas, y eliminado todo el personal. La hora no pudo ser m�s oportuna, pues la �ltima transmisi�n por radio puso sobre aviso al <emphasis>Gettysburg </emphasis>s�lo minutos antes de aterrizar en suelo cubano.</p><p>���Qui�n dio el aviso? -le interrumpi� Fawcett.</p><p>Brogan mir� por encima de la mesa y sonri�.</p><p>��Dijo llamarse Dirk Pitt.</p><p>���Dios m�o, ese hombre est� en todas partes! -exclam� el presidente.</p><p>��Jessie LeBaron y dos hombres de AMSN del almirante Sandecker fueron rescatados -sigui� diciendo Brogan-. Raymond LeBaron result� muerto.</p><p>���Se ha confirmado esto? -pregunt� el presidente, con expresi�n solemne.</p><p>��S�, se�or, se ha confirmado.</p><p>��Una gran desgracia. Merec�a nuestro reconocimiento por su contribuci�n a la Jersey Colony.</p><p>��Pero la misi�n fue un gran �xito -dijo pausadamente Brogan-. El comandante Quintana captur� un caudal de material secreto, incluidas las �ltimas claves sovi�ticas. Lleg� hace solamente una hora. Los analistas de Langley lo est�n estudiando ahora.</p><p>��Tengo que felicitarle -dijo el presidente- Su gente ha realizado una haza�a incre�ble.</p><p>��Deber�a reservar sus alabanzas, se�or presidente, hasta que haya o�do toda la historia.</p><p>��Est� bien, Martin. Prosiga.</p><p>��Dirk Pitt y Jessie LeBaron� -Brogan hizo una pausa y encogi� desalentado los hombros-. No volvieron a la embarcaci�n nodriza con el comandante Quintana y sus hombres.</p><p>���Murieron en la isla como Raymond LeBaron?</p><p>��No, se�or. Partieron con los otros, pero cambiaron de rumbo y se dirigieron a Cuba.</p><p>��Cuba -repiti� el presidente en voz baja. Mir� a Oates y a Fawcett, que le miraron a su vez con incredulidad-. Dios m�o, Jessie est� tratando todav�a de entregar nuestra respuesta a la proposici�n de pacto entre Cuba y los Estados Unidos.</p><p>���Podr� establecer contacto con Castro? -pregunt� Fawcett.</p><p>Brogan sacudi� dudosamente la cabeza.</p><p>��La isla est� llena de fuerzas de seguridad, polic�as y milicianos que registran minuciosamente las carreteras. Ser�n detenidos dentro de una hora, si pueden eludir las patrullas en la playa.</p><p>��Tal vez Pitt tenga suerte -murmur� esperanzado Fawcett.</p><p>��No -dijo gravemente el presidente, con semblante preocupado-. Ese hombre ha gastado ya toda la suerte que ten�a.</p><empty-line/><p>En un peque�o despacho de la sede de la C�A en Langley, Bob Thornburg, jefe analista de documentos, estaba sentado con los pies cruzados sobre su mesa y le�a un mont�n de material enviado por avi�n desde San Salvador. Expeli� una bocanada de humo azul de su pipa y tradujo los textos rusos.</p><p>Revis� r�pidamente tres pliegos y tom� un cuarto. El t�tulo le intrig�. La redacci�n era t�picamente americana. Era una acci�n secreta que llevaba por nombre una mezcla de bebidas. Ech� una ojeada al final y, de momento, se qued� pasmado. Despu�s dej� la pipa en un cenicero, quit� los pies de la mesa y ley� el contenido del pliego con m�s atenci�n, frase por frase, y tomando notas en un bloc amarillo.</p><p>Casi dos horas m�s tarde, Thornburg levant� su tel�fono y marc� un n�mero interior. Le respondi� una mujer, y �l le pregunt� por el director delegado.</p><p>��Eileen, soy Bob Thornburg. �Puedo hablar con Henry?</p><p>��Est� comunicando por otra l�nea.</p><p>��D�gale que me llame lo antes posible; es urgente.</p><p>��Se lo dir�.</p><p>Tornburg recogi� sus notas y estaba leyendo por quinta vez el pliego cuando el timbre del tel�fono le interrumpi�. Suspir� y levant� el auricular.</p><p>��Bob, soy Henry. �Qu� pasa?</p><p>���Podemos vernos en seguida? Acabo de repasar parte de los datos secretos capturados en la operaci�n de Cayo Santa Mar�a.</p><p>���Algo de valor?</p><p>��Digamos una bomba.</p><p>���Puedes indicarme algo?</p><p>��Se refiere a Fidel Castro.</p><p>���Qu� diablura se propone ahora?</p><p>��Va a morir pasado ma�ana.</p></section><section><title><p>62</p></title><p>En cuanto Pitt se despert�, mir� su reloj. Eran las doce y dieciocho. Se sent�a descansado, animado, incluso optimista.</p><p>Al pensar en ello, encontr� que su estado de �nimo era tristemente divertido. Su futuro no era exactamente brillante. No ten�a dinero cubano ni documentos de identidad. Estaba en un pa�s comunista, sin un amigo al que contactar y sin ninguna excusa para estar en �l. Y llevaba el uniforme menos adecuado. Tendr�a suerte si pod�a pasar el d�a sin que le matasen como esp�a.</p><p>Alarg� una mano y sacudi� delicadamente el hombro de Jessie. Despu�s sali� del t�nel de desag�e, observ� cautelosamente la zona y empez� a hacer gimnasia para desentumecer los m�sculos.</p><p>Jessie abri� los ojos y despert� despacio, l�nguidamente, de un profundo y voluptuoso sue�o, poniendo gradualmente su mundo en perspectiva. Desencogi�ndose y estirando los brazos y las piernas como una gata, gimi� d�bilmente al sentir el dolor, pero lo agradeci� al ver que espoleaba su mente.</p><p>Primero pens� en cosas tontas (en a qui�n invitar�a a su pr�xima fiesta, en que ten�a que proyectar el men� con su cocinero, en que hab�a de recordar al jardinero que podase los setos que flanqueaban los paseos), y entonces empezaron a pasar por su pantalla interior los recuerdos de su marido. Se pregunt� c�mo pod�a una mujer trabajar y vivir veinte a�os con un hombre y no rebelarse contra sus malos humores. Sin embargo, ve�a mejor que nadie a Raymond LeBaron simplemente como un ser humano, ni mejor ni peor que los dem�s hombres, y con una mente que pod�a irradiar compasi�n, mezquindad, brillantez o crueldad seg�n las necesidades del momento.</p><p>Cerr� los ojos con fuerza para no pensar en su muerte. Piensa en otra persona o en otra cosa, se dijo. Piensa en c�mo sobrevivir durante los pr�ximos d�as. Piensa en� Dirk Pitt.</p><p>Se pregunt� qui�n era �ste. �Qu� clase de hombre? Le mir� a trav�s del t�nel, mientras �l doblaba y desdoblaba su cuerpo, y, por primera vez desde que le hab�a conocido, se sinti� sexualmente atra�da por �l. Era rid�culo, se dijo, ya que ten�a al menos quince a�os m�s que �l. Y adem�s, no hab�a mostrado ning�n inter�s por ella como mujer deseable; no se hab�a insinuado en absoluto, ni tratado de flirtear. Decidi� que Pitt era un enigma, el tipo de hombre que intrigaba a las mujeres, que las incitaba a un comportamiento licencioso, pero que nunca podr�a ser pose�do o seducido por los ardides femeninos.</p><p>Jessie volvi� a la realidad cuando Pitt se asom� al t�nel y sonri�.</p><p>���C�mo te sientes?</p><p>Ella desvi� nerviosamente la mirada.</p><p>��Molida, pero dispuesta a afrontar el d�a.</p><p>��Lamento no tener preparado el desayuno -dijo �l, y su voz reson� en el tubo-. El servicio deja mucho que desear en estos andurriales.</p><p>��Vender�a el alma por una taza de caf�.</p><p>��Seg�n un r�tulo que he visto a pocos cientos de metros carretera arriba, estamos a diez kil�metros de la pr�xima poblaci�n.</p><p>���Qu� hora es?</p><p>��La una menos veinte.</p><p>��M�s de mediod�a -dijo Jessie, desliz�ndose a gatas hacia la luz-. Tenemos que ponernos en marcha.</p><p>��Qu�date donde est�s.</p><p>���Por qu�?</p><p>�l no respondi�, pero se volvi� y se sent� a su lado. Tom� delicadamente su cara entre las manos y la bes� en la boca.</p><p>Jessie abri� mucho los ojos y despu�s devolvi� afanosamente el beso. Despu�s de un largo momento, �l se ech� atr�s. Ella esper� con expectaci�n, pero Pitt s�lo se qued� sentado, mir�ndola a los ojos.</p><p>��Te deseo -dijo Jessie.</p><p>��S�.</p><p>��Ahora.</p><p>�l la atrajo hacia s�, apret�ndose contra su cuerpo, y la bes� de nuevo. Despu�s se apart�.</p><p>��Lo primero es lo primero.</p><p>Ella le dirigi� una mirada ofendida y curiosa.</p><p>���Como qu�?</p><p>��Como el motivo de que me secuestrases para traerme a Cuba.</p><p>��Tienes un extra�o sentido de la oportunidad.</p><p>��Generalmente, tampoco suelo hacer el amor dentro de un tubo de desag�e.</p><p>���Qu� quieres saber?</p><p>��Todo.</p><p>���Y si no te lo digo?</p><p>�l se ech� a re�r.</p><p>��Nos estrecharemos la mano y nos separaremos.</p><p>Durante unos segundos, ella permaneci� apoyada en la pared del t�nel, considerando lo lejos que podr�a ir sin �l. Probablemente, no m�s all� de la pr�xima poblaci�n, del primer polic�a receloso o guardia de seguridad con quien se encontrase. Pitt parec�a ser un hombre de recursos incre�bles. Lo hab�a demostrado en varias ocasiones. No pod�a dejar de ver el duro hecho de que le necesitaba m�s que �l a ella.</p><p>Trat� de encontrar las palabras adecuadas, una introducci�n que tuviese un poco de sentido. Por �ltimo, renunci� y dijo bruscamente:</p><p>��El presidente me envi� para encontrarme con Fidel Castro.</p><p>Los profundos ojos verdes de Pitt la observaron con franca curiosidad.</p><p>��Un buen comienzo. Me gustar�a o�r el resto.</p><p>Jessie respir� hondo y prosigui�.</p><p>Revel� el sincero ofrecimiento de un pacto que hab�a hecho Fidel Castro y su extra�a manera de enviarlo de manera que pasara inadvertido a los ojos vigilantes del servicio secreto sovi�tico.</p><p>Explic� su reuni�n secreta con el presidente, despu�s del inesperado retorno del <emphasis>Prosperteer, </emphasis>y la petici�n que �l le hab�a hecho de que llevase la respuesta repitiendo el vuelo de su marido en el dirigible, una acci�n encubierta que Fidel Castro habr�a reconocido.</p><p>Confes� el enga�o de que se hab�a valido para reclutar a Pitt, a Giordino y a Gunn, y pidi� a Pitt que la perdonase por un plan que hab�a fracasado a causa del ataque por sorpresa del helic�ptero cubano.</p><p>Y por �ltimo, describi� las crecientes sospechas del general Velikov del verdadero objetivo que se ocultaba detr�s del intento de alcanzar a Castro, y su exigencia de respuestas a trav�s de los m�todos de tortura de Foss Gly.</p><p>Pitt escuch� toda la historia sin hacer comentarios.</p><p>Su reacci�n era lo que ella tem�a. Tem�a lo que �l dir�a o har�a al saber c�mo hab�a abusado de �l, minti�ndole y desorient�ndole, haciendo que sufriese y casi le matasen en varias ocasiones, por una misi�n de la que �l nada sab�a. Pens� que ten�a derecho a estrangularla.</p><p>S�lo se le ocurri� decir:</p><p>��Lo siento.</p><p>Pitt no la estrangul�. Le tendi� una mano. Ella la asi�, y �l la atrajo hacia s�.</p><p>��Conque me estuviste enga�ando durante todo el tiempo -dijo.</p><p>Esos ojos verdes, pens� ella. Habr�a querido sumergirse en ellos.</p><p>��No puedo reprocharte que est�s furioso.</p><p>�l la abraz� unos momentos en silencio.</p><p>���Y bien?</p><p>��Y bien, �qu�?</p><p>���No vas a decir algo? -pregunt� t�midamente Jessie-. �No est�s siquiera enfadado?</p><p>�l le desabroch� la camisa del uniforme y le acarici� ligeramente el pecho.</p><p>��Afortunadamente para ti, soy incapaz de guardar rencor.</p><p>Entonces hicieron el amor, mientras retumbaba el tr�fico en la carretera, encima de ellos.</p><empty-line/><p>Jessie se sent�a incre�blemente tranquila. Esta agradable impresi�n no la hab�a abandonado durante la �ltima hora, mientras caminaban sin ocultarse por la orilla de la carretera. Se difund�a como un anest�sico, amortiguando su miedo y reforzando su confianza. Pitt hab�a aceptado su explicaci�n y convenido en ayudarla en su busca de Castro. Y ahora ella caminaba a su lado, mientras �l la guiaba por los campos de Cuba como si fuesen suyos, sinti�ndose segura y animada por el resplandor de su intimidad.</p><p>Pitt birl� unos mangos, una pi�a y un par de tomates medio maduros. Comieron mientras andaban. Varios veh�culos, en su mayor�a camiones cargados de ca�a de az�car y de c�tricos, les adelantaron. De vez en cuando, pasaba un transporte militar llevando milicianos. Jessie se pon�a r�gida y miraba nerviosamente sus botas de apretados cordones, mientras Pitt levantaba su fusil en el aire y gritaba <emphasis>��Saludos, amigos!� </emphasis>en espa�ol.</p><p>��Menos mal que no pueden o�rte claramente -dijo ella.</p><p>���Por qu�? -pregunt� ��, con fingida indignaci�n.</p><p>��Tu espa�ol es horrible.</p><p>��Siempre me sirvi� en las carreras de galgos de Tijuana.</p><p>��Pero no aqu�. Ser� mejor que dejes que hable yo.</p><p>���Crees que tu espa�ol es mejor que el m�o?</p><p>��Puedo hablarlo como un nativo. Y tambi�n puedo conversar con fluidez en ruso, en franc�s y en alem�n.</p><p>��Continuamente me sorprende tu talento -dijo sinceramente Pitt-. �Sab�a Velikov que hablabas ruso?</p><p>��Si lo hubiese sabido, estar�amos muertos.</p><p>Pitt iba a decir algo y, de pronto, se�al� hacia adelante. Estaban en una curva y hab�a un coche aparcado en la carretera. Ten�a levantado el cap� y alguien estaba inclinado sobre el guardabarros, con la cabeza y los hombros invisibles encima del motor.</p><p>Jessie vacil�, pero Pitt la asi� de una mano y tir� de ella.</p><p>��Oc�pate t� de esto -dijo en voz baja-. No tengas miedo. Ambos llevamos uniforme militar y el m�o corresponde a una fuerza de asalto distinguida.</p><p>���Qu� dir�?</p><p>��Lo que te parezca mejor. Puede ser una oportunidad para viajar de balde.</p><p>Antes de que ella pudiese protestar, el conductor oy� sus pisadas sobre la grava y se volvi�. Era un hombre bajito, cincuent�n, de cabellos negros y piel morena. No llevaba camisa y s�, solamente, unos shorts y unas sandalias. Los uniformes militares eran tan corrientes en Cuba que apenas les prest� atenci�n. Les dirigi� una amplia sonrisa.</p><p><emphasis>��Hola.</emphasis></p><p>���Alguna aver�a en el motor? -pregunt� Jessie en espa�ol.</p><p>��La tercera en lo que va del mes. -Encogi� los hombros en se�al de impotencia-. Acaba de pararse.</p><p>���Sabe cu�l es el problema?</p><p>El hombre levant� un cable corto que se hab�a deteriorado en tres lugares diferentes y apenas se manten�a junto por la funda aislante-. Va de la bobina al delco.</p><p>��Tendr�a que haberlo cambiado por uno nuevo.</p><p>�l la mir� receloso.</p><p>��Los accesorios para coches viejos como �ste son imposibles de encontrar. Deber�a usted saberlo.</p><p>Jessie se dio cuenta de su resbal�n y, sonriendo dulcemente, decidi� aprovecharse del machismo latino.</p><p>��No soy m�s que una mujer. �Qu� puede saber de mec�nica una mujer?</p><p>��Ah -dijo sonriendo �l-. Pero una mujer muy bonita.</p><p>Pitt prestaba poca atenci�n a la conversaci�n. Estaba dando una vuelta alrededor del coche, examinando su l�nea. Se inclin� sobre la parte delantera y estudi� durante un momento el motor. Despu�s se irgui� y se ech� atr�s.</p><p>��Un Chevy del cincuenta y siete -dijo en ingl�s, con admiraci�n-. Un autom�vil magn�fico. Preg�ntale si tiene un cuchillo y un poco de cinta aislante.</p><p>Jessie se qued� boquiabierta.</p><p>El conductor mir� a Pitt con incertidumbre, sin saber lo que ten�a que hacer. Despu�s pregunt� en mal ingl�s:</p><p>���No habla espa�ol?</p><p>��No, �y qu�? -tron� Pitt-. �No hab�a visto nunca a un irland�s?</p><p>���C�mo puede un irland�s llevar uniforme cubano?</p><p>��Soy el comandante Paddy O'Hara, del Ej�rcito Republicano Irland�s, en funciones de consejero de sus milicias.</p><p>La cara del cubano se ilumin� como bajo el resplandor de un flash y Pitt se alegr� al ver que el hombre hab�a quedado impresionado.</p><p>��Herberto Figueroa -dijo �ste, tendi�ndole la mano-. Yo aprend� ingl�s hace muchos a�os; cuando estaban aqu� los americanos.</p><p>Pitt la estrech� y se�al� con la cabeza a Jessie.</p><p>��La cabo Mar�a L�pez, mi ayudante y gu�a. Tambi�n int�rprete de mi deficiente espa�ol.</p><p>Figueroa baj� la cabeza y observ� el anillo de casada de Jessie.</p><p>��Se�ora L�pez. -Se volvi� a Pitt-. �Comprende ella el ingl�s?</p><p>��Un poco -respondi� Pitt-. Y ahora, si puede darme un cuchillo y cinta aislante, creo que podr� reparar la aver�a.</p><p>��Claro, claro -dijo Figueroa.</p><p>Sac� un cortaplumas de la guantera y encontr� un peque�o rollo de cinta aislante en un estuche de herramientas que llevaba en el portaequipajes.</p><p>Pitt se inclin� sobre el motor, cort� unos trozos de cable sobrante de las buj�as y junt� los extremos, hasta que tuvo un alambre que llegaba desde la bobina hasta el delco.</p><p>��Bueno, pruebe ahora.</p><p>Figueroa hizo girar la llave del encendido y el gran V-8 de cuatro litros tosi� una vez, dos veces y, despu�s, zumb� con regularidad.</p><p>���<emphasis>Magn�fico! </emphasis>-grit� Figueroa, entusiasmado-. �Quieren que les lleve?</p><p>���Adonde va?</p><p>��A La Habana. Vivo all�. El marido de mi hermana muri� en Nuevitas. Fui all� para ayudarla a disponer el entierro. Ahora vuelvo a mi casa.</p><p>Pitt asinti� con la cabeza, mirando a Jessie. Era su d�a de suerte. Trat� de imaginarse la forma de Cuba y calcul�, acertadamente, que La Habana deb�a estar a casi trescientos kil�metros al nordeste a vuelo de p�jaro, seguramente unos cuatrocientos por carretera.</p><p>Inclin� el asiento delantero para que Jessie subiese al de atr�s.</p><p>��Le estamos muy agradecidos, Herberto. Mi coche oficial sufri� una p�rdida de aceite y el motor se par� unos cuatro kil�metros atr�s. Nos dirig�amos a un campo de instrucci�n del este de La Habana. Si puede dejarnos en el Ministerio de Defensa, cuidar� de que le paguen por la molestia.</p><p>Jessie abri� la boca y se qued� mirando a Pitt con una cl�sica expresi�n de disgusto. �l comprendi� que, mentalmente, le estaba llamando engre�do bastardo.</p><p>��Su mala suerte ha sido buena para m� -dijo Figueroa, contento ante la perspectiva de ganar unos cuantos pesos extra.</p><p>Figueroa levant� gravilla del arc�n al salir r�pidamente al asfalto, y cambi� las marchas hasta que el Chevrolet rod� a unos buenos cien kil�metros por hora. El motor roncaba suavemente, pero la carrocer�a chirriaba en doce lugares distintos y el humo del tubo de escape se filtraba a trav�s del enmohecido suelo.</p><p>Pitt mir� la cara de Jessie por el espejo retrovisor. Parec�a inc�moda y fuera de su elemento. Un coche moderno habr�a sido m�s de su gusto. Pitt se estaba divirtiendo de veras. De momento, su afici�n a los coches antiguos borraba de su mente toda idea de peligro.</p><p>���Cu�ntos kil�metros ha hecho en �l? -pregunt�.</p><p>��M�s de seiscientos ochenta mil -respondi� Figueroa.</p><p>��Todav�a tiene mucha potencia.</p><p>��Si los yanquis levantasen su embargo, podr�a comprar accesorios nuevos y hacer que siguiese marchando. Pero no puede durar eternamente.</p><p>���Tiene dificultades en los puestos de control?</p><p>��Siempre me dejan pasar sin detenerme.</p><p>��Debe tener influencia. �Qu� hace en La Habana?</p><p>Figueroa se ech� a re�r.</p><p>��Soy taxista.</p><p>Pitt no trat� de disimular una sonrisa. Esto era a�n mejor de lo que hab�a esperado. Se retrep� en su asiento y se relaj�, disfrutando del paisaje como un turista. Trat� de pensar en la vaga indicaci�n de LeBaron sobre el paradero del tesoro de La Dorada, pero su mente estaba nublada por el remordimiento.</p><p>Sab�a que en alg�n momento, en alg�n lugar de la carretera, tendr�a que quitarle a Figueroa el poco dinero que llevaba y robarle el coche. Esper� que no tuviera que matar al amable hombrecillo en aquella operaci�n.</p></section><section><title><p>63</p></title><p>El presidente volvi� a la Casa Blanca desde el Centro Espacial Kennedy y fue directamente al Sal�n Oval. Despu�s de reunirse en secreto con Steinmetz y los colonos de la Luna y o�r los entusiastas informes sobre sus exploraciones, se sent�a extraordinariamente animado. Olvidando el sue�o, entr� solo en su despacho, dispuesto a planificar una nueva serie de operaciones especiales.</p><p>Se sent� detr�s de la gran mesa y abri� un caj�n inferior. Sac� un humefactor, y extrajo de �l un gran cigarro. Le quit� el celof�n, contempl� un momento las apretadas hojas casta�as de la cubierta e inhal� el fuerte aroma. Era un Montecristo, el cigarro m�s fino que fabricaba Cuba y que no pod�a ser importado en Am�rica a causa del embargo de los art�culos cubanos.</p><p>El presidente confiaba en un antiguo condisc�pulo de confianza para que le trajese una caja de contrabando cada dos meses, desde Canad�. Ni siquiera su esposa y sus m�s �ntimos colaboradores conoc�an este escondrijo. Cort� una punta y encendi� cuidadosamente la otra, pregunt�ndose, como siempre, qu� alboroto armar�a el p�blico si descubr�a su clandestino y ligeramente ilegal exceso.</p><p>Esta noche le importaba un comino. Estaba en plena euforia. La econom�a se manten�a estable y el Congreso no hab�a aprobado unos fuertes recortes del presupuesto ni una ley de reducci�n de impuestos. El escenario internacional hab�a entrado en un per�odo de distensi�n, aunque fuese temporal, y las encuestas sobre la popularidad del presidente mostraban un aumento del cinco por ciento. Y ahora estaba a punto de sacar provecho pol�tico de la previsi�n de sus predecesores, como le hab�a ocurrido a Nixon despu�s del �xito del programa Apolo. La asombrosa haza�a de la colonia lunar significar�a el apogeo de su administraci�n.</p><p>Su pr�ximo objetivo era fortalecer su imagen en los asuntos de Am�rica Latina. Castro hab�a abierto la puerta con su ofrecimiento de un tratado. Ahora, si el presidente pod�a poner un pie en el umbral antes de que se cerrase de nuevo, tendr�a una gran oportunidad de neutralizar la influencia marxista en las Am�ricas.</p><p>De momento, la perspectiva parec�a tenebrosa. Lo m�s probable era que Pitt y Jessie LeBaron hubiesen sido muertos a tiros o detenidos. Si no lo hab�an sido, s�lo tardar�a horas en ocurrir lo inevitable. El �nico curso de acci�n era introducir a otra persona en Cuba para establecer contacto con Castro.</p><p>Zumb� el intercomunicador.</p><p>���S�?</p><p>��Lamento molestarle, se�or presidente -dijo una telefonista de la Casa Blanca-, pero el se�or Brogan acaba de llamar y dice que es urgente que hable con usted.</p><p>��Muy bien. P�ngame con �l.</p><p>Se oy� un ligero chasquido y Martin Brogan dijo:</p><p>���Le he pillado en la cama?</p><p>��No, todav�a estoy levantado. �Qu� es eso tan importante que no puede esperar hasta ma�ana?</p><p>��Todav�a estoy en Andrews. Mi delegado me estaba esperando con un documento traducido que fue encontrado en Cayo Santa Mar�a. Contiene un material muy delicado.</p><p>���Puede decirme de qu� se trata?</p><p>��Los rusos van a eliminar a Castro pasado ma�ana. La operaci�n lleva el nombre en clave de �Ron y Cola�. Se explica en detalle c�mo los agentes sovi�ticos se apoderar�n del Gobierno cubano.</p><p>El presidente observ� el humo azul del cigarro habano que se elevaba en volutas hacia el techo.</p><p>��Van a hacer su operaci�n antes de lo que nos imagin�bamos -dijo reflexivamente-. �C�mo pretenden eliminar a Castro?</p><p>���sta es la parte m�s espantosa del plan -dijo Brogan-. La rama GRU de la KGB pretende volar la ciudad con �l.</p><p>���La Habana?</p><p>��Un buen pedazo de ella.</p><p>��Jes�s! �Est� hablando de una bomba nuclear?</p><p>��Si he de ser sincero, debo decir que el documento no expresa el medio exacto, pero est� claro que alguna clase de ingenio explosivo capaz de arrasar diez kil�metros cuadrados est� siendo introducido en el puerto.</p><p>La noticia desalent� al hasta ahora animado presidente.</p><p>���Da el documento el nombre del barco?</p><p>��Menciona tres barcos, pero ninguno por su nombre.</p><p>���Y cuando se pretende provocar la explosi�n?</p><p>��Durante una ceremonia del D�a de la Educaci�n. Los rusos cuentan con que Castro se presentar� de improviso y pronunciar� su acostumbrada arenga de dos horas.</p><p>��No puedo creer que Antonov participe en este horror. �Por qu� no enviar un equipo local de pistoleros que acabe con Fidel Castro? �Qu� van a ganar quitando la vida a cien mil v�ctimas inocentes?</p><p>��Castro es una figura sagrada para los cubanos -explic� Brogan-. Para nosotros puede ser un comunista de chiste, pero para ellos es un dios venerado. Un sencillo asesinato provocar�a una tremenda oleada de odio contra las personas respaldadas por los sovi�ticos que le sustituir�an. Pero una gran cat�strofe dar�a a los nuevos l�deres un motivo para pedir la unidad y una causa para incitar al pueblo a cerrar filas detr�s del nuevo Gobierno,<sub>: </sub>sobre todo si se demostrase que los Estados Unidos, y en particular la C�A, eran los culpables.</p><p>��Todav�a no puedo concebir un plan tan monstruoso.</p><p>��Le aseguro, se�or presidente, que todo consta por escrito. -Brogan hizo una pausa para recorrer con la mirada una p�gina del documento-. Lo m�s extra�o es que el escrito es vago en lo tocante a los detalles de la explosi�n, pero muy concreto al exponer c�mo debe realizarse, paso a paso, la campa�a de propaganda para culparnos a nosotros. Incluso consigna los nombres de los c�mplices de los sovi�ticos y las posiciones que van a ocupar despu�s de que hayan tomado el poder. Tal vez le interesar� saber que Alicia Cordero va a ser la nueva presidenta.</p><p>���Que Dios nos ampare! Es dos veces m�s fan�tica que Fidel.</p><p>��En todo caso, los sovi�ticos saldr�n ganando, y nosotros, perdiendo.</p><p>El presidente dej� el cigarro en un cenicero y cerr� los ojos. Nunca terminan los problemas, murmur� para s�. Cada uno engendra otro. Los triunfos de mi cargo no son muy duraderos. La presi�n y las frustraciones nunca cesan.</p><p>���Nuestra Armada puede detener los barcos? -pregunt�.</p><p>��Seg�n el calendario previsto, dos de ellos habr�n atracado ya en La Habana -respondi� Brogan-. El tercero deber�a entrar en el puerto en cualquier momento. Yo tuve la misma idea, pero ya es demasiado tarde.</p><p>��Debemos conseguir los nombres de esos barcos.</p><p>��He encargado ya a mi gente que compruebe todas las llegadas de barcos al puerto de La Habana. Espero que los hayan identificado dentro de una hora.</p><p>��Y precisamente ha elegido Castro estos d�as para ocultarse -dijo desesperado el presidente.</p><p>��Le hemos encontrado.</p><p>���D�nde?</p><p>��En su retiro del campo. Ha roto todo contacto con el mundo exterior. Ni siquiera sus consejeros m�s �ntimos ni los peces gordos sovi�ticos pueden comunicar con �l.</p><p>���A qui�n tenemos en nuestro equipo que pueda encontrarse cara a cara con �l?</p><p>Brogan lanz� un gru�ido.</p><p>��A nadie.</p><p>��Tiene que haber alguien a quien podamos enviar.</p><p>��Si Castro estuviese de un humor comunicativo, podr�a pensar al menos en diez personas que est�n a nuestro sueldo y que podr�an entrar a verle por la puerta principal. Pero no como est�n ahora las cosas.</p><p>El presidente juguete� con su cigarro, buscando a tientas una inspiraci�n.</p><p>���En cu�ntos cubanos puede confiar, en La Habana, que trabajen en los muelles y tengan experiencia mar�tima?</p><p>��Tendr�a que comprobarlo.</p><p>��Una suposici�n.</p><p>��Calcul�ndolo por encima, tal vez quince o veinte.</p><p>��Est� bien -dijo el presidente-. Re�nales a todos. Haga que de alguna manera suban a bordo de aquellos barcos, y que descubran cu�l es el que lleva la bomba.</p><p>��Para desactivarla, necesitaremos alguien que sepa lo que se trae entre manos.</p><p>��Cruzaremos ese puente cuando sepamos d�nde est� oculta la bomba.</p><p>��Un d�a y medio no es mucho tiempo -dijo l�gubremente Brogan-. Ser� mejor que concentremos nuestra atenci�n en deshacer el l�o que se armar� despu�s.</p><p>��Lo que tiene usted que hacer es empezar a mover los hilos. Mant�ngame informado cada dos horas. Haga que todos los agentes que tenemos en Cuba se dediquen a este asunto.</p><p>���Y si advirti�semos a Castro?</p><p>��Esto me corresponde a m�. Yo cuidar� de ello.</p><p>��Que tenga suerte, se�or presidente.</p><p>��Lo mismo le deseo, Martin.</p><p>El presidente colg� el tel�fono. Su cigarro se hab�a apagado. Volvi� a encenderlo y despu�s descolg� el tel�fono de nuevo y llam� a Ira Hagen.</p></section><section><title><p>64</p></title><p>El guardia era joven, no tendr�a m�s de diecis�is a�os, era abnegado y fiel servidor de Fidel Castro y entregado a la vigilancia revolucionaria. D�ndose importancia y con arrogancia oficial se acerc� a la ventanilla del coche, con el rifle colgado de un hombro, y pidi� que le mostrasen los documentos de identidad.</p><p>��Ten�a que ocurrir -murmur� Pitt en voz baja.</p><p>Los guardias de los tres primeros puestos de control hab�an hecho perezosamente se�a a Figueroa de que siguiese su camino, en cuanto les hubo mostrado su permiso de taxista. Eran campesinos que hab�an elegido la rutina de una carrera militar en vez de un trabajo sin porvenir en los campos o en las f�bricas. Y como todos los soldados de todos los pa�ses del mundo, encontraban tedioso el servicio de vigilancia y con frecuencia prescind�an de toda precauci�n, salvo cuando se presentaban sus superiores en visita de inspecci�n.</p><p>Figueroa tendi� su permiso al joven.</p><p>��Esto s�lo es v�lido dentro de la ciudad de La Habana. �Qu� est� haciendo en el campo?</p><p>��Mi cu�ado muri� -dijo pacientemente Figueroa-. He ido a su entierro.</p><p>El guardia se agach� y mir� a trav�s de la ventanilla abierta del conductor.</p><p>���Quienes son estos otros?</p><p>���Est� usted ciego? -replic� Figueroa-. Son militares como usted.</p><p>��Tengo que buscar a un hombre que lleva un uniforme robado de la milicia. Se sospecha que es un esp�a imperialista que desembarc� en una playa, a ciento cincuenta kil�metros al este de aqu�.</p><p>��Porque <emphasis>ella </emphasis>lleva uniforme militar -dijo Figueroa, se�alando ajessie en el asiento de atr�s-, �crees que los imperialistas yanquis est�n enviando mujeres para invadirnos?</p><p>��Quiero ver sus documentos de identidad -insisti� el guardia.</p><p>Jessie baj� el cristal de la ventanilla de atr�s y se asom�.</p><p>���se es el comandante O'Hara, del Ej�rcito Republicano Irland�s, que ha sido enviado como consejero. Yo soy la cabo L�pez, su ordenanza. D�janos pasar.</p><p>El guardia mantuvo la mirada fija en Pitt.</p><p>��Si es comandante, �por qu� no lleva las insignias de su graduaci�n?</p><p>Por primera vez, observ� Figueroa que no hab�a insignias en el uniforme de Pitt. Mir� fijamente a �ste, frunciendo recelosamente el entrecejo.</p><p>Pitt hab�a permanecido sentado, sin tomar parte en la conversaci�n. Entonces se volvi� poco a poco, mir� al guardia a los ojos y le dirigi� una amistosa sonrisa. Cuando habl�, su voz era suave, pero revelaba una gran autoridad.</p><p>��Tome el nombre y la direcci�n de ese guardia. Deseo que sea recompensado por su exacto cumplimiento del deber. El general Ra�l Castro ha dicho muchas veces que Cuba necesita hombres como �ste.</p><p>Jessie tradujo estas palabras y esper�, con alivio, mientras el guardia se cuadraba y sonre�a.</p><p>Entonces, el tono de Pitt se volvi� glacial, lo mismo que sus ojos.</p><p>��Ahora d�gale que nos deje pasar o har� que le env�en como voluntario a Afganist�n.</p><p>El joven guardia pareci� encogerse visiblemente cuando Jessie repiti� las palabras de Pitt en espa�ol. Estaba perplejo, sin saber lo que ten�a que hacer, cuando un autom�vil �argo y negro lleg� y se detuvo detr�s del viejo taxi. Pitt lo reconoci� como un Zil, autom�vil de lujo de siete asientos construido en Rusia para los funcionarios del Gobierno y los militares de alto rango.</p><p>El conductor del Zil toc� el Claxon, con impaciencia, y pareci� aumentar la indecisi�n del guardia. �ste volvi� y mir� suplicante a un compa�ero, pero �ste estaba ocupado con el tr�fico que ven�a en direcci�n contraria. El ch�fer de la limusina toc� de nuevo el claxon y grit� por la ventanilla:</p><p>���Aparta ese coche a un lado y d�janos pasar!</p><p>Entonces intervino Figueroa y empez� a gritar a los rusos:</p><p>���Est�pidos rusos, deteneos y tomad un ba�o! �Puedo oleros desde aqu�!</p><p>El conductor sovi�tico abri� su portezuela, salt� de detr�s del volante y empuj� al guardia a un lado. Ten�a la complexi�n de un bolo, grueso y fornido el cuerpo y peque�a la cabeza. Sus galones indicaban que era sargento. Mir� a Figueroa con ojos que brillaban de malicia.</p><p>���Idiota! -gru��-. �Aparta ese cacharro!</p><p>Figueroa sacudi� un pu�o delante de la cara del ruso.</p><p>��Me ir� cuando ese paisano m�o me lo diga.</p><p>��Por favor, <emphasis>por favor </emphasis>-suplic� Jessie, sacudiendo de un hombro a Figueroa-. No queremos complicaciones.</p><p>��La discreci�n no es una virtud cubana -murmur� Pitt.</p><p>Ten�a el fusil entre los brazos, apuntando el ruso, y abri� la portezuela.</p><p>Jessie se volvi� y mir� cautelosamente por la ventanilla de atr�s hacia la limusina, justo a tiempo de ver c�mo un militar sovi�tico, seguido de dos guardaespaldas armados, se apeaba del asiento de atr�s y miraba, sonriendo divertido, la lucha verbal entablada junto al taxi. Jessie abri� la boca y lanz� un grito ahogado.</p><p>El general Velikov, con aire cansado y macilento, vistiendo un uniforme de prestado que le sentaba muy mal, se acerc� desde detr�s del Chevrolet en el momento en que Pitt bajaba del taxi y pasaba por delante de �ste, sin que Jessie tuviese tiempo de avisarle.</p><p>Velikov ten�a puesta toda su atenci�n en su conductor y en Figueroa, y no se fij� en el que parec�a ser otro soldado cubano que sali� del otro lado del coche. La discusi�n se estaba acalorando cuando el general se acerc� a los contendientes.</p><p>���Cu�l es el problema? -pregunt�, en fluido espa�ol.</p><p>La respuesta no vino de su ch�fer, sino de una fuente totalmente inesperada.</p><p>��Nada que no podamos arreglar como caballeros -dijo secamente Pitt, en ingl�s.</p><p>Velikov mir� fijamente a Pitt durante un largo momento, extingui�ndose la sonrisa divertida en sus labios, inexpresivo el semblante como siempre. La �nica se�al de asombro fue una s�bita dureza en sus ojos fr�os.</p><p>��Somos supervivientes, �no es verdad, se�or Pitt? -replic�.</p><p>��Afortunadamente. Yo dir�a que tuvimos mucha suerte -respondi� Pitt, con voz tranquila.</p><p>��Le felicito por su fuga de la isla. �C�mo lo consigui�?</p><p>��Con una embarcaci�n improvisada. �Y usted?</p><p>��Un helic�ptero oculto cerca de la instalaci�n. Por fortuna, sus amigos no lo descubrieron.</p><p>��Un descuido.</p><p>Velikov mir� por el rabillo del ojo, observando con irritaci�n el aire relajado de sus guardaespaldas.</p><p>���Por qu� ha venido a Cuba?</p><p>Pitt apret� el asa del fusil y apoy� el dedo en el gatillo, apuntando al cielo por encima de la cabeza de Velikov.</p><p>���Por qu� me lo pregunta, si tiene por sabido que soy un embustero habitual?</p><p>��Tambi�n s� que s�lo miente cuando esto le sirve para algo. No ha venido a Cuba para beber ron y tomar el sol.</p><p>���Y ahora qu�, general?</p><p>��Mire a su alrededor, se�or Pitt. No puede decirse que est� en una posici�n de fuerza. Los cubanos no tratan bien a los esp�as. Har�a bien en bajar el arma y colocarse bajo mi protecci�n.</p><p>��No, gracias. Ya he estado bajo su protecci�n. Se llamaba Foss Gly. Supongo que le recuerda. Era magn�fico golpeando carne con los pu�os. Me satisface informarle de que ya no ejerce su oficio de verdugo. Una de sus v�ctimas le dispar� donde m�s duele.</p><p>��Mis hombres pueden matarle aqu� mismo.</p><p>��Es evidente que no comprenden el ingl�s y no tienen la menor idea de lo que hemos dicho. No trate de alertarles. Esto es lo que los mexicanos llaman un empate. Si tuerce la nariz a un lado, le meter� una bala en la ventana opuesta.</p><p>Pitt mir� a su alrededor. Tanto el guardia cubano como el conductor sovi�tico estaban escuchando la conversaci�n en ingl�s sin entender palabra. Jessie estaba acurrucada en el asiento de atr�s del Chevrolet, y s�lo el gorro de campa�a pod�a verse por encima del borde inferior de la ventanilla. Los guardias de Velikov permanec�an tranquilos, contemplando el paisaje, con las pistolas enfundadas.</p><p>��Suba al coche, general. Vendr� con nosotros.</p><p>Velikov mir� fr�amente a Pitt.</p><p>���Y si me niego?</p><p>Pitt le mir� a su vez, con inflexible determinaci�n.</p><p>��Usted morir� el primero. Despu�s, sus guardaespaldas. Y despu�s, los vigilantes cubanos. Estoy resuelto a matar. Y ellos no. Ahora, por favor�</p><p>Los guardaespaldas sovi�ticos siguieron en su sitio, contemplando con asombro c�mo segu�a Velikov en silencio la invitaci�n de Pitt y sub�a a la parte de delante del coche. Velikov se volvi� un momento y mir� con curiosidad a Jessie.</p><p>���Se�ora LeBaron?</p><p>��S�, general.</p><p>���Va usted con ese loco?</p><p>��As� es.</p><p>��Pero, �por qu�?</p><p>Figueroa abri� la boca para decir algo, pero Pitt empuj� bruscamente a un lado al ch�fer sovi�tico, agarr� fuertemente de un brazo al simp�tico taxista y lo sac� del coche.</p><p>��Usted se quedar� aqu�, <emphasis>amigo. </emphasis>Diga a las autoridades que lo secuestramos y nos llevamos su taxi. -Despu�s pas� el fusil a Jessie a trav�s de la ventanilla y se introdujo detr�s del volante-. Si el general mueve un dedo, m�tele una bala en la cabeza.</p><p>Jessie asinti� con la cabeza y apoy� el ca��n sobre la base del cr�neo de Velikov.</p><p>Pitt arranc� en primera y aceler� suavemente, como en un paseo de domingo, observando por el espejo retrovisor a los que se hab�an quedado en el puesto de control. Se alegr� al ver que iban confusos de un lado a otro, sin saber q.u� hacer. Entonces, el ch�fer y los guardaespaldas de Velikov parecieron darse cuenta al fin de lo que suced�a, corrieron al autom�vil negro y emprendieron la caza.</p><p>Pitt se detuvo y tom� el fusil de las manos de Jessie. Dispar� unos cuantos tiros contra un par de cables de tel�fonos que pasaban por unos aisladores en la cima de un poste. �l coche quemaba caucho sobre el asfalto antes de que los extremos de los cables rotos tocasen el suelo.</p><p>��Esto deber�a darnos media hora -dijo.</p><p>��La limusina est� solamente a cien metros detr�s de nosotros y va ganando terreno -dijo Jessie, con voz estridente y temerosa.</p><p>��No podr�a quit�rselos de encima -dijo tranquilamente Velikov-. Mi ch�fer es experto en altas velocidades y el motor tiene una potencia de 425 caballos.</p><p>A pesar de la desenvoltura de Pitt y de sus palabras casuales, ten�a la fr�a competencia y el aire inconfundible de las personas que saben lo que se hacen.</p><p>Dirigi� a Velikov una sonrisa descarada y dijo:</p><p>��Los rusos no han inventado ning�n coche que pueda alcanzar a un Chevy del cincuenta y siete.</p><p>Como para recalcar sus palabras, apret� el acelerador a fondo y el viejo autom�vil pareci� buscar en lo m�s hondo de sus gastados �rganos una fuerza que no hab�a conocido en treinta a�os. El grande y estruendoso cacharro todav�a funcionaba. Adquiri� velocidad, devorando kil�metros en la carretera, y el zumbido regular de sus ocho cilindros indic� que no se andaba con chiquitas.</p><empty-line/><p>Pitt concentraba toda su atenci�n en el volante y en estudiar la carretera, incluso desde dos o incluso tres revueltas de distancia. El Zil se aferraba tenazmente a la cortina de humo que sal�a del tubo de escape del Chevy. Pitt tom� a toda velocidad una serie de curvas cerradas, mientra sub�an a trav�s de montes boscosos. Estaba rodando al borde del desastre. Los frenos eran terribles y hac�an poco m�s que oler mal y echar humo cuando Pitt apretaba el pedal. Estaban gastados y el metal rozaba contra metal dentro de los tambores.</p><p>A ciento cuarenta kil�metros por hora la tracci�n delantera produc�a balanceos espantosos. El volante temblaba en manos de Pitt. Los amortiguadores hab�an desaparecido hac�a tiempo y el Chevy se inclinaba peligrosamente en las curvas, con los neum�ticos chirriando como pavos salvajes.</p><p>Velikov estaba r�gido como un palo, mirando fijamente hacia delante, sujetando el tirador de la portezuela con una mano de nudillos blancos, como dispuesto a saltar antes del inevitable accidente.</p><p>Jessie estaba francamente aterrorizada y cerraba los ojos mientras el coche patinaba y oscilaba furiosamente a lo largo de la carretera. Apretaba con fuerza las rodillas contra el respaldo del asiento delantero, para no ser lanzada de un lado a otro y mantener firme el fusil con que apuntaba a la cabeza de Velikov.</p><p>Si Pitt se daba cuenta de la considerable angustia que causaba a sus pasajeros, no daba se�ales de ello. Media hora era lo m�s que pod�a esperar antes de que los vigilantes cubanos estableciesen contacto con sus superiores e informasen del secuestro del general sovi�tico. Un helic�ptero ser�a la primera se�al de que los militares cubanos se le echaban encima y preparaban una trampa. Cu�ndo y a qu� distancia levantar�an una barricada en la carretera eran cuestiones de pura conjetura. Un tanque o una peque�a flota de coches blindados aparecer�an de pronto detr�s de una curva cerrada, y el viaje habr�a terminado. Solamente la presencia de Velikov impedir�a una matanza.</p><p>El conductor del Zil no era inexperto. Ganaba terreno a Pitt en las curvas, pero lo perd�a en las rectas cuando aceleraban el viejo Chevy. Por el rabillo del ojo vio Pitt un peque�o r�tulo que indicaba que se estaban acercando a la ciudad portuaria de C�rdenas. Empezaron a aparecer casas y peque�as tiendas a los lados de la carretera y aument� el tr�fico.</p><p>Mir� el veloc�metro. La oscilante aguja marcaba m�s o menos ciento cincuenta kil�metros. Afloj� la marcha hasta la mitad, manteniendo el Zil a distancia al serpentear entre el tr�fico tocando con fuerza el claxon. Un guardia hizo un f�til intento de pararle junto a la acera cuando, inclin�ndose, dio la vuelta a la plaza de Col�n y a una alta estatua de bronce del mismo personaje. Afortunadamente, las calles eran anchas y pod�a esquivar f�cilmente a los peatones y a otros veh�culos.</p><p>La ciudad estaba en las orillas de una bah�a circular y poco profunda, y Pitt pens� que, mientras tuviese el mar a su derecha, ir�a en direcci�n a La Habana. De alguna manera consigui� mantenerse en la calle principal y, antes de diez minutos, el coche sal�a volando de la ciudad y entraba de nuevo en el campo.</p><p>Durante la veloz carrera por las calles, el Zil hab�a acortado la distancia hasta cincuenta metros. Uno de los guardaespaldas se asom� a la ventanilla y dispar� su pistola.</p><p>��Nos est�n disparando -anunci� Jessie, en un tono indicador de que estaba emocionalmente agotada.</p><p>��No nos apunta a nosotros -replic� Pitt-, sino a los neum�ticos.</p><p>��Est� perdido -dijo Velikov. Eran las primeras palabras que pronunciaba en ochenta kil�metros-. R�ndase. No podr� escapar.</p><p>��Me rendir� cuando est� muerto -dijo Pitt con desconcertante aplomo.</p><p>No era la respuesta que esperaba Velikov. Si todos los americanos eran como Pitt, pens�, la Uni�n Sovi�tica las pasar�a moradas. Velikov se jactaba de su habilidad en manipular a los hombres, pero era evidente que no har�a mella en �ste.</p><p>Saltaron sobre un hoyo de la carretera y cayeron pesadamente al otro lado. Se rompi� el silenciador y el s�bito estruendo del tubo de escape fue sorprendente, casi ensordecedor, por su inesperada furia. Los ojos de los pasajeros empezaron a lagrimear a causa del humo, y el interior del coche se convirti� en una sauna al combinarse el calor del vapor con la humedad exterior. El suelo estaba tan caliente que parec�a que iba a fundir las suelas de las botas de Pitt. Entre el ruido y el calor, ten�a la impresi�n de que estaba trabajando horas extraordinarias en una sala de calderas.</p><p>El Chevy se estaba convirtiendo en una casa de locos mec�nica. Los dientes de la transmisi�n se hab�an gastado y chirriaban en protesta contra las extremadas revoluciones. Extra�os ruidos como de golpes empezaron a sonar en las entra�as del motor. Pero todav�a le quedaba fuerza y, con su caracter�stico zumbido grave, el Chevy sigui� adelante casi como si supiese que ser�a �ste su �ltimo viaje.</p><p>Pitt hab�a reducido cuidadosa y ligeramente la marcha y permitido que el conductor ruso se acercase a una distancia de tres coches. Hizo que el Chevy fuese de un lado a otro de la carretera para que el guardaespaldas no pudiese apuntar bien. Despu�s levant� un mil�metro el pie del acelerador, hasta que el Zil estuvo a cinco metros del parachoques de atr�s del Chevrolet.</p><p>Entonces pis� el pedal del freno.</p><p>El sargento que conduc�a el Zil era h�bil, pero no lo suficiente. Hizo girar el volante a la izquierda y casi logr� su prop�sito. Pero no hab�a tiempo ni distancia suficientes. El Zil se estrell� contra la parte de atr�s del Chevy con un chirrido met�lico y un estallido de cristales, aplastando el radiador contra el motor, mientras la cola giraba en redondo en un movimiento de sacacorchos.</p><p>El Zil, totalmente fuera de control y convertido en tres toneladas de metal condenado a su propia destrucci�n, choc� de refil�n contra un �rbol, sali� despedido a trav�s de la carretera y se estrell� contra un autob�s averiado y vac�o a una velocidad de ciento veinte kil�metros por hora. Una llamarada de color naranja brot� del coche mientras daba locas vueltas de campana durante m�s de cien metros, antes de detenerse volcado sobre el techo, con las cuatro ruedas girando todav�a. Los rusos estaban atrapados en su interior, sin posibilidad de escapar, y las llamas anaranjadas se transformaron en una espesa nube de humo negro.</p><p>El fiel y maltrecho Chevy corr�a a�n a trompicones. Vapor y aceite brotaban de debajo del cap�, la segunda marcha se hab�a roto con los frenos y el retorcido parachoques de atr�s se arrastraba por la carretera dejando una estela de chispas.</p><p>El humo atraer�a a los que les estaban buscando. Se cerraba la red. En el pr�ximo kil�metro, en la pr�xima curva de la carretera, �sta podr�a estar bloqueada. Pitt estaba seguro de que, en cualquier momento, aparecer�a un helic�ptero sobre las copas de los �rboles que flanqueaban la carretera. Hab�a llegado la hora de desprenderse del coche. Era insensato seguir jugando con la suerte. Como un bandido huyendo de sus perseguidores, ten�a que cambiar de caballo.</p><p>Redujo la velocidad a sesenta al acercarse a las afueras de la ciudad de Matanzas. Descubri� una f�brica de abonos e introdujo el coche en la zona de aparcamiento. Deteniendo el moribundo Chevy al pie de un gran �rbol, mir� a su alrededor y, al no ver a nadie, par� el motor. Los chasquidos del metal recalentado y el silbido del vapor sustituyeron al ensordecedor estruendo del tubo de escape.</p><p>���Cu�l es ahora tu plan? -pregunt� Jessie, que estaba recobrando su aplomo-. Porque espero que <emphasis>tendr�s </emphasis>otra carta en la manga.</p><p>��No hay picaro que me gane -dijo Pitt, con una sonrisa tranquilizadora-. Qu�date aqu�. Si nuestro amigo el general hace el menor movimiento, m�tale.</p><p>Camin� por el aparcamiento. Era un d�a laborable y estaba lleno de coches de los trabajadores. El hedor de la f�brica era nauseabundo y llenaba el aire a kil�metros alrededor. Pitt se plant� cerca de la puerta principal mientras una serie de camiones cargados de sulfato am�nico, cloruro pot�sico y esti�rcol entraban en la planta, y sal�an otros tranquilamente por el camino de tierra que llevaba a la carretera. Esper� unos quince minutos hasta que apareci� un cami�n de marca rusa lleno de esti�rcol y se dirigi� a la f�brica. Pitt se plant� en medio de la carretera e hizo se�al de que se detuviese.</p><p>El conductor iba solo. Mir� interrogadoramente desde la cabina. Pitt le hizo adem�n de que bajase y se�al� en�rgicamente debajo del cami�n. El ch�fer, curioso, se ape� y se agach� junto a Pitt que estaba mirando atentamente el eje de transmisi�n. Al no ver nada anormal, se volvi� en el mismo instante en que Pitt le descargaba un golpe en la nuca.</p><p>Se derrumb� y Pitt se lo carg� al hombro. Subi� al inconsciente cubano a la cabina del cami�n y despu�s subi� �l r�pidamente. El motor estaba en marcha y meti� la primera y se dirigi� hacia el �rbol que ocultaba al Chevrolet de quienes viniesen por el aire.</p><p>���Todos a bordo! -dijo, saltando de la cabina.</p><p>Jessie se ech� atr�s, asqueada.</p><p>��Dios m�o, �qu� hay ah�?</p><p>��Por decirlo delicadamente, esti�rcol.</p><p>���Espera que me revuelque en esa inmundicia? -pregunt� Velikov.</p><p>��No solamente que se revuelque -respondi� Pitt-, sino que van a enterrarse en ella. -Tom� el fusil de manos de Jessie y pinch� al general, no con mucha suavidad, en los r��ones-. Arriba, general, probablemente ha frotado con cieno a muchas v�ctimas de la KGB. Ahora es su turno.</p><p>Velikov lanz� una mirada asesina a Pitt y despu�s subi� a la caja del cami�n. Jessie le sigui� de mala gana, mientras Pitt empezaba a despojar de su ropa al conductor. Era de n�mero muy inferior a su talla y tuvo que dejar desabrochada la camisa y abierta la bragueta del pantal�n para caber en ellos. Puso r�pidamente su uniforme de campa�a al cubano y subi� a �ste a la caja del cami�n con los otros. Devolvi� el fusil a Jessie. �sta no necesit� instrucciones para apoyar el ca��n en la cabeza de Velikov. Pitt encontr� una pala en un lado de la cabina y empez� a cubrirles.</p><p>Jessie sinti� n�useas y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no vomitar.</p><p>��Creo que no podr� aguantarlo.</p><p>��Da gracias a Dios de que sea de caballo y de ganado y no de las alcantarillas de la ciudad.</p><p>��Esto es f�cil de decir, para ti que vas a conducir.</p><p>Cuando todos fueron invisibles y apenas si pod�an respirar, Pitt volvi� a la cabina y condujo el cami�n hacia la carretera. Se detuvo antes de entrar en ella, al ver a tres helic�pteros militares volar encima de su cabeza y pasar a toda velocidad un convoy de soldados armados en la direcci�n del destrozado Zil.</p><p>Esper� y despu�s gir� a la izquierda y entr� en la carretera. Estaba a punto de llegar a los l�mites de la ciudad de Matanzas cuando se encontr� con un puesto de control donde hab�a un coche blindado y casi cincuenta soldados, todos ellos con aire hosco y resuelto.</p><p>Se detuvo y tendi� los papeles que hab�a quitado al conductor. Su plan funcion� a�n mejor de lo que hab�a imaginado. Los guardias ni siquiera se acercaron al apestoso cami�n. Hicieron se�a de que siguiese adelante, contentos de verle alejarse y felices de respirar de nuevo aire fresco.</p><p>Una hora y media m�s tarde, el sol se hab�a ocultado en occidente y se hab�an encendido las luces de La Habana. Pitt lleg� a la ciudad y subi� por la Via Blanca. Salvo por el aroma del cami�n, se sinti� seguro al pensar que pasar�a inadvertido entre el ruidoso y bullicioso tr�fico de la hora punta. Tambi�n le pareci� m�s seguro entrar en la ciudad cuando se hab�a hecho de noche.</p><p>Sin pasaporte ni dinero, su �nico recurso era establecer contacto con la misi�n americana en la Embajada suiza. All� podr�an quitarle a Jessie de encima y mantenerle oculto hasta que su pasaporte y sus documentos de entrada fuesen enviados por v�a diplom�tica desde Washington. En cuanto se convirtiese en turista oficial, podr�a tratar de resolver el enigma del tesoro de La Dorada.</p><p>Velikov no era ning�n problema. Vivo, el general era un enemigo peligroso. Seguir�a matando y torturando. Muerto, s�lo ser�a un recuerdo. Pitt decidi� matarle de un tiro en un callej�n desierto. Cualquiera que fuese lo bastante curioso para investigar atribuir�a simplemente el estampido a un petardeo del tubo de escape del cami�n.</p><p>Se meti� en una calle estrecha entre dos hileras de almacenes desiertos, cerca de la zona portuaria, y detuvo el veh�culo. Dej� el motor en marcha y se dirigi� a la parte de atr�s del cami�n. Al subir a �l, vio la cabeza y los brazos de Jessie que sobresal�an de la carga de esti�rcol. Manaba sangre de un peque�o corte en la sien y el ojo derecho se estaba hinchando y amoratando. Las �nicas se�ales de Velikov y del conductor cubano eran unos huecos en los lugares donde Pitt les hab�a encerrado.</p><p>Hab�an desaparecido.</p><p>�l la ayud� a salir de entre el esti�rcol y lo limpi� de sus mejillas. Ella abri� los ojos y le mir� y, al cabo de un momento, sacudi� la cabeza de un lado a otro.</p><p>��Lo siento, lo he echado todo a perder.</p><p>���Qu� ocurri�? -pregunt� �l.</p><p>��El conductor volvi� en s� y me atac�. No grit� para pedirte auxilio porque tuve miedo de provocar una alarma y de que nos detuviese la polic�a. Luchamos por el fusil y �ste salt� por encima de un lado del cami�n. Entonces el general me agarr� de los brazos y el conductor me golpe� hasta que perd� el conocimiento. -De pronto se le ocurri� algo y mir� furiosamente a su alrededor-: �D�nde est�n ellos?</p><p>��Debieron saltar del cami�n -respondi� Pitt-. �Puedes recordar d�nde o cu�ndo ocurri�?</p><p>El esfuerzo de concentraci�n de Jessie se reflej� en su semblante.</p><p>��Creo que fue aproximadamente cuando entr�bamos en la ciudad. Recuerdo haber o�do el ruido de un tr�fico intenso.</p><p>��De esto hace menos de veinte minutos.</p><p>La ayud� a pasar a un lado de la caja del cami�n y la baj� delicadamente al suelo.</p><p>��Ser� mejor que dejemos el cami�n y tomemos un taxi.</p><p>��Yo no puedo ir a ninguna parte oliendo de este manera -dijo sorprendida ella-. Y f�jate en ti. Est�s rid�culo. Llevas todo abierto por delante.</p><p>Pitt se encogi� de hombros.</p><p>��Bueno, no me detendr�n por esc�ndalo p�blico. Todav�a llevo puestos los shorts.</p><p>��No podemos tomar un taxi -dijo desesperadamente ella-. No tenemos ni un peso cubano.</p><p>��La misi�n americana en la Embajada suiza cuidar� de ello. �Sabes d�nde est�?</p><p>��La llaman Secci�n de Intereses Especiales. Cuba tiene algo parecido en Washington. El edificio tiene vistas al mar y est� en una avenida llamada el Malec�n.</p><p>��Nos ocultaremos hasta que sea de noche. Tal vez podamos encontrar una fuente donde puedas limpiarte. Velikov ordenar� un registro a gran escala de la ciudad para encontrarnos. Probablemente tendr�n vigilada la Embajada; por consiguiente, tendremos que encontrar la manera de deslizamos a hurtadillas en ella. �Te sientes lo bastante fuerte para echar a andar?</p><p>���Sabes una cosa? -dijo ella, con una sonrisa de dolor-. Si me lo preguntas, te dir� que estoy terriblemente fatigada.</p></section><section><title><p>65</p></title><p>Ira Hagen se ape� del avi�n y entr� en la terminal del Aeropuerto Jos� Mart�. Se hab�a preparado para una discusi�n acalorada con los oficiales de inmigraci�n, pero �stos echaron simplemente un vistazo a su pasaporte diplom�tico y le dejaron pasar con un m�nimo de formalidades. Al dirigirse al lugar de recogida de equipajes, un hombre con un traje de algod�n a rayas le detuvo.</p><p>���Se�or Hagen?</p><p>��S�, soy Hagen.</p><p>��Tom Clark, jefe de la Secci�n de Intereses Especiales. El propio Douglas Oates me inform� de su llegada.</p><p>Hagen observ� a Clark. El diplom�tico era un hombre atl�tico de unos treinta y cinco a�os, cara tostada por el sol, bigote a lo Errol Flynn, ralos cabellos rojos peinados hacia delante para ocultar las entradas, ojos azules y una nariz que hab�a sido rota m�s de una vez. Sacudi� calurosamente la mano de Hagen al menos siete veces.</p><p>��Supongo que no recibir� a muchos americanos aqu� -dijo Hagen.</p><p>��Muy pocos desde que el presidente Reagan dej� la isla fuera del alcance de los turistas y de los hombres de negocios.</p><p>��Presumo que le habr�n enterado de la raz�n de mi visita.</p><p>��Ser� mejor que esperemos a hablar de esto en el coche -dijo Clark, se�alando con la cabeza a una mujer gorda y vulgar que estaba sentada cerca de ellos, con una peque�a maleta sobre la falda.</p><p>Hagen no necesit� que se lo dijesen para reconocer a una vigilante con un micro disimulado que registraba todas sus palabras.</p><p>Al cabo de casi una hora, pudo hacerse Hagen al fin con su maleta y se dirigieron al coche de Clark, un sed�n Lincoln con ch�fer. Llov�a ligeramente, pero Clark tra�a un paraguas. El conductor coloc� la maleta en el portaequipajes, y se dirigieron a la Embajada suiza, donde se albergaba la Secci�n de Intereses Especiales de los Estados Unidos.</p><p>Hagen hab�a pasado la luna de miel en Cuba, varios a�os antes de la revoluci�n, y se encontr� con que La Habana era casi la misma que �l recordaba. Los colores pastel de los edificios estucados de las avenidas flanqueadas de palmeras parec�an algo desva�dos pero poco cambiados. Era un viaje nost�lgico. En las calles circulaban numerosos autom�viles de los a�os cincuenta que le despertaban viejos recuerdos: Kaiser, Studebaker, Packard, Hudson e incluso un par de Edsel. Se mezclaban con los nuevos Fiat de Italia y Lada de Rusia.</p><p>La ciudad prosperaba, pero no con la pasi�n de los a�os de Batista. Los mendigos, las prostitutas y los tugurios hab�an desaparecido, sustituidos por la austera pobreza que era marca de f�brica de todos los pa�ses comunistas. El marxismo era una verruga en el recto de la humanidad, decidi� Hage.</p><p>Se volvi� a Clark.</p><p>���Cu�nto tiempo lleva usted en el servicio diplom�tico?</p><p>��Ninguno -respondi� Clark-. Estoy en la compa��a.</p><p>��La C�A.</p><p>Clark asinti� con la cabeza.</p><p>��Ll�melo as� si lo prefiere.</p><p>���Por qu� ha dicho aquello sobre Douglas Oates?</p><p>��Para que lo oyese la persona que estaba escuchando en el aeropuerto. Quien me inform� de su misi�n fue Martin Brogan.</p><p>���Qu� se ha hecho para encontrar y desactivar el ingenio?</p><p>Clark sonri� tristemente.</p><p>��Puede llamarlo la bomba. Sin duda una bomba peque�a, pero lo bastante potente para arrasar la mitad de La Habana y provocar un incendio capaz de destruir todas las d�biles casas y barracas de los suburbios. Y no, no la hemos encontrado. Tenemos un equipo secreto de veinte hombres registrando las zonas portuarias y los tres barcos en cuesti�n. Y no han encontrado nada. Igual podr�an estar buscando una aguja en un pajar. Faltan menos de dieciocho horas para las ceremonias y el desfile. Se necesitar�a un ej�rcito de dos mil investigadores para encontrar la bomba a tiempo. Y para empeorar las cosas, nuestra peque�a tropa tiene que trabajar eludiendo las medidas de seguridad de los cubanos y los rusos. Tal como est�n las cosas, tengo que decir que la explosi�n es inevitable.</p><p>��Si puedo llegar hasta Castro y darle el aviso del presidente�</p><p>��Castro no quiere hablar con nadie -dijo Clark-. Nuestros agentes de m�s confianza en el Gobierno cubano, y tenemos cinco en encumbradas posiciones, no pueden establecer contacto con �l. Lamento decirlo, pero la misi�n de usted es m�s desesperada que la m�a.</p><p>���Va a evacuar a su gente?</p><p>Se pint� una expresi�n de profunda tristeza en los ojos de Clark.</p><p>��No. Todos continuaremos aqu� hasta el final.</p><p>Hagen guard� silencio mientras el coche sal�a del Malec�n y cruzaba la entrada de lo que hab�a sido la Embajada de los Estados Unidos y estaba ahora ocupada oficialmente por los suizos. Dos guardias con uniforme suizo abrieron la alta verja de hierro.</p><p>De pronto, sin previo aviso, un taxi sigui� a la limusina y cruz� la verja antes de que los sorprendidos guardias pudiesen reaccionar y cerrarla. El taxi no se hab�a parado a�n cuando una mujer con uniforme de miliciano y un hombre vestido de harapos se apearon de �l de un salto. Los guardias se recobraron r�pidamente y se abalanzaron contra el desconocido, que adopt� una posici�n medio de boxeo y medio de judo. Se detuvieron, tratando de desenfundar sus pistolas. Aquel momento de indecisi�n fue suficiente para que la mujer abriese la puerta de atr�s del Lincoln y subiese a �l.</p><p>���Son americanos o suizos? -pregunt�.</p><p>��Americanos -respondi� Clark, tan pasmado por el repugnante olor que emanaba de ella como por su brusca aparici�n-. �Qu� es lo que quiere?</p><p>Su respuesta ftie totalmente inesperada. Empez� a re�r hist�ricamente.</p><p>��Americanos o suizos. Dios m�o, debi� parecer que iba a pedirles un queso.</p><p>Por fin despert� el ch�fer, salt� del autom�vil y la agarr� de la cintura.</p><p>���Espere! -orden� Hagen, reparando en las contusiones de la cara de la mujer-. �Qu� sucede?</p><p>��Soy americana -farfull� ella, recobrando un poco de su aplomo-. Me llamo Jessie LeBaron. Por favor, ay�denme.</p><p>���Santo Dios! -murmur� Hagen-. No ser� la esposa de Raymond LeBaron.</p><p>��S�. S�, lo soy -Se�al� fren�ticamente hacia la pelea que se hab�a entablado en el paseo de la Embajada-. Det�nganles. El es Dirk Pitt, director de proyectos especiales de la AMSN.</p><p>��Yo cuidar� de esto -dijo Clark.</p><p>Pero cuando pudo intervenir Clark, Pitt ya hab�a tumbado a uno de los guardias y estaba luchando con el otro. El taxista cubano saltaba desaforadamente, agitando los brazos y reclamando el importe de la carrera. Varios polic�as de paisano aumentaron la confusi�n, apareciendo de improviso en la calle delante de la verja cerrada y pidiendo que Pitt y Jessie les fuesen entregados. Clark hizo caso omiso de la polic�a, detuvo la pelea y pag� al chofer. Despu�s condujo a Pitt al Lincoln.</p><p>���De d�nde diablos viene? -pregunt� Hagen-. El presidente cre�a que estaba muerto o en la c�rcel�</p><p>���Dejemos ahora esto! -le interrumpi� Clark-. Ser� mejor que nos perdamos de vista antes de que los polic�as se olviden de la inmunidad de la Embajada y se pongan violentos.</p><p>Empuj� r�pidamente a todos dentro de la casa y por un pasillo que conduc�a a la secci�n americana del edificio. Pitt fue llevado a una habitaci�n desocupada, donde podr�a tomar una ducha y afeitarse. Un miembro del personal que era aproximadamente de su talla le prest� alguna ropa. El uniforme de Jessie fue quemado con la basura, y ella tom� agradecida un ba�o para quitarse el mal olor del esti�rcol. Un m�dico de la embajada suiza la reconoci� minuciosamente y cur� sus cortes y contusiones. Prescribi� una comida saludable y le orden� que descansara unas horas antes de ser interrogada por los oficiales de la Secci�n de Intereses Especiales.</p><p>Pitt fue acompa�ado a una peque�a sala de conferencias. Cuando entr�, Hagen y Clark se levantaron y se presentaron formalmente. Le ofrecieron un sill�n y todos se acomodaron alrededor de una pesada mesa de madera de pino tallada a mano.</p><p>��No tenemos tiempo para demasiadas explicaciones -dijo Clark, sin pre�mbulos-. Hace dos d�as, mis superiores de Langley me informaron sobre su incursi�n secreta en Cayo Santa Mar�a. Lo hicieron para que estuviese preparado en caso de que fracasara y hubiese repercusiones en La Habana. No me enter� de su �xito, hasta que el se�or Hagen�</p><p>��Ira -le interrumpi� Hagen.</p><p>��Hasta que Ira me ha mostrado hace un momento un documento altamente secreto capturado en la instalaci�n de la isla. Tambi�n me ha dicho que el presidente y Martin Brogan le hab�an pedido que averiguase su paradero y el de la se�ora LeBaron. Ten�a que notific�rselo inmediatamente, en el caso de que hubiesen sido sorprendidos y detenidos.</p><p>��O ejecutados -a�adi� Pitt.</p><p>��Tambi�n esto -asinti� Clark.</p><p>��Entonces tambi�n sabe por qu� Jessie y yo nos separamos de los dem�s y vinimos a Cuba.</p><p>��S�. Ella trae un mensaje urgente del presidente para Castro.</p><p>Pitt se relaj� y se arrellan� en su sill�n.</p><p>��Muy bien. Mi papel en el asunto ha terminado. Les agradecer�a que hiciesen lo necesario para poder enviarme de vuelta a Washington, despu�s de unos pocos d�as que necesito para resolver un asunto personal.</p><p>Clark y Hagen intercambiaron una mirada, pero ninguno de los dos pudo mirar a Pitt a los ojos.</p><p>��Lamento estropear sus planes -dijo Clark-. Pero estamos ante un problema grave, y su experiencia en cuesti�n de barcos podr�a sernos de gran ayuda.</p><p>��No les servir�a de nada. Soy demasiado conocido.</p><p>���Puede dedicarnos unos minutos y le contaremos de qu� se trata?</p><p>��Les escuchar� con mucho gusto.</p><p>Clark asinti� satisfecho con la cabeza.</p><p>��Muy bien. Ira ha venido directamente de hablar con el presidente. Est� en mejores condiciones que yo para explicarle la situaci�n. -Se volvi� a Hagen-. Usted tiene la palabra.</p><p>Hagen se quit� la chaqueta, sac� un pa�uelo del bolsillo de atr�s del pantal�n y se enjug� la sudorosa frente.</p><p>��La situaci�n es �sta, Dirk. �Puedo llamarle Dirk?</p><p>���se es mi nombre.</p><p>Hagen era experto en juzgar a los hombres y le gust� lo que ve�a. Aquel tipo no parec�a de los que se dejan enga�ar. Tambi�n ten�a un aire que inspiraba confianza. Hagen puso las cartas sobre la mesa y explic� el plan ruso para asesinar a los Castro y asumir el control de Cuba. Expuso en t�rminos concisos los detalles, explicando que la bomba nuclear hab�a sido introducida secretamente en el puerto, as� como el tiempo proyectado para su explosi�n.</p><p>Cuando Hagen hubo terminado, Clark esboz� la acci�n emprendida para encontrar la bomba. No hab�a tiempo para traer un equipo de rastreo sumamente experto en ingenios nucleares, ni permitir�an los cubanos que pusiesen los pies en la ciudad. �l ten�a solamente veinte hombres, provistos de un equipo primitivo para detectar las radiaciones. Ten�a la enorme responsabilidad de dirigir la b�squeda y no se necesitaba mucha imaginaci�n para darse cuenta de la futilidad de sus esfuerzos. Por fin, hizo una pausa.</p><p>���Me sigue, Dirk?</p><p>��S� -dijo lentamente Pitt-. Le sigo. Gracias.</p><p>���Algunas preguntas?</p><p>��Varias, pero una es la que m�s me importa. �Qu� nos ocurrir� a todos si esa bomba no es encontrada y desactivada?</p><p>��Creo que ya conoce la respuesta -dijo Clark,</p><p>��S�, pero quiero o�rla de sus labios.</p><p>La cara de Clark asumi� la expresi�n de un enlutado en un entierro.</p><p>��Moriremos todos -dijo simplemente.</p><p>���Nos ayudar�? -pregunt� Hagen.</p><p>Pitt mir� a Clark.</p><p>���Cu�nto tiempo tenemos?</p><p>��Aproximadamente diecis�is horas.</p><p>Pitt se levant� de su sill�n y empez� a pasear arriba y abajo, dejando que su instinto comenzara a abrirse paso en aquel laberinto de informaci�n. Despu�s de un minuto de silencio, en que Hagen y Clark le observaron con expectaci�n, se apoy� de pronto en la mesa y dijo:</p><p>��Necesito un plano de la zona portuaria.</p><p>Un miembro del personal de Clark lo trajo r�pidamente.</p><p>Pitt lo alis� sobre la mesa y lo mir�.</p><p>���Dicen ustedes que no pueden avisar a los cubanos? -pregunt�, mientras estudiaba los lugares de amarre de la bah�a.</p><p>��No -respondi� Hagen-. Su Gobierno est� infestado de agentes sovi�ticos. Si les pusiesen sobre aviso, no s�lo har�an o�dos sordos, sino que entorpecer�an nuestra operaci�n de b�squeda.</p><p>���Y qu� me dicen de Castro?</p><p>��Penetrar en su refugio y avisarle es mi misi�n -dijo Hagen.</p><p>��Y los Estados Unidos tendr�n la culpa.</p><p>��La falsa informaci�n de los sovi�ticos cuidar� de esto.</p><p>��Por favor, �pueden darme un l�piz?</p><p>Clark se lo dio y volvi� a sentarse en silencio mientras Pitt trazaba un c�rculo en el plano.</p><p>��Yo dir�a que el barco que lleva la bomba est� atracado en la ensenada de Antares.</p><p>Clark arque� las cejas.</p><p>���C�mo puede saberlo?</p><p>��Evidentemente, es el lugar donde una explosi�n causar�a m�s estragos. La ensenada se adentra casi hasta el coraz�n de la ciudad.</p><p>��Un buen razonamiento -dijo Clark-. Dos de los barcos sospechosos est�n amarrados all�. El otro est� en el otro lado de la bah�a.</p><p>��Denme un informe detallado sobre estos barcos.</p><p>Clark examin� la p�gina correspondiente del documento en que se consignaban las llegadas de barcos.</p><p>��Dos pertenecen a la flota mercante de la Uni�n Sovi�tica. El tercero navega con pabell�n paname�o y es propiedad de una corporaci�n dirigida por exiliados cubanos anticastristas.</p><p>��Esto �ltimo es una pista falsa montada por la KGB -dijo Hagen-. Sostendr�n que los exiliados cubanos son un arma de la C�A, convirti�ndonos as� en los villanos de la cat�strofe. No habr� una naci�n en el mundo que crea que no estamos comprometidos.</p><p>��Un plan muy astuto -dijo Clark-. Dif�cilmente emplear�an uno de sus propios barcos para transportar la bomba.</p><p>��S�, pero �por qu� destruir dos barcos y sus cargamentos sin ning�n objetivo? -pregunt� Pitt.</p><p>��Confieso que esto no tiene sentido.</p><p>���Nombre y cargamento de los barcos?</p><p>Clark extrajo otra p�gina del documento y ley� en ella:</p><p>��El <emphasis>Ozero Zaysan, </emphasis>carguero sovi�tico que transporta equipo y suministros de tipo militar. El <emphasis>Ozero Baykai, </emphasis>petrolero de doscientas mil toneladas. El barco de simulada propiedad cubana es el <emphasis>Amy Bigalow, </emphasis>y lleva un cargamento de veinticinco mil toneladas de nitrato de amonio.</p><p>Pitt contempl� el techo como hipnotizado.</p><p>���Es el petrolero el que est� atracado en el otro lado de la bah�a?</p><p>��S�, ante la refiner�a de petr�leo.</p><p>���Ha sido descargado alguno de los mercantes?</p><p>Clark sacudi� la cabeza.</p><p>��No se ha observado ninguna actividad alrededor de los dos cargueros, y el petrolero contin�a estando a un nivel muy bajo en el agua.</p><p>Pitt se sent� de nuevo y dirigi� a los otros dos que estaban en la habitaci�n una mirada fr�a y dura.</p><p>��Caballeros, les han tomado el pelo.</p><p>Clark mir� a Pitt con expresi�n sombr�a.</p><p>���Qu� est� diciendo?</p><p>��Han sobrestimado ustedes la t�ctica espectacular de los rusos y menospreciado su astucia -dijo Pitt-. No hay ninguna bomba nuclear en ninguno de estos barcos. Para lo que proyectan hacer, no la necesitan.</p></section><section><title><p>66</p></title><p>El coronel general Viktor Kolchak, jefe de los quince mil soldados y consejeros en suelo cubano, sali� de detr�s de su mesa y abraz� calurosamente a Velikov.</p><p>��General, no sabe usted cu�nto me alegro de verle vivo.</p><p>��El sentimiento es mutuo, coronel general -dijo Velikov, correspondiendo al fuerte abrazo de Kolchak.</p><p>��Si�ntese, si�ntese; tenemos mucho de que hablar. Quienquiera que est� detr�s de la destrucci�n de nuestras instalaciones de vigilancia en la isla lo pagar� caro. Un mensaje del presidente Antonov me asegura que no se tomar� este ataque a la ligera.</p><p>��Estoy completamente de acuerdo -dijo Velikov-. Pero tenemos otro asunto urgente que discutir.</p><p>���Quiere un vaso de vodka?</p><p>��No -replic� bruscamente Velikov-. Ron y Cola tendr� lugar ma�ana a las diez de la ma�ana. �Han terminado sus preparativos?</p><p>Kolchak se sirvi� un vasito de vodka.</p><p>��Los funcionarios sovi�ticos y nuestros amigos cubanos est�n saliendo discretamente de la ciudad en peque�os grupos. La mayor�a de nuestras fuerzas militares la han abandonado ya para empezar unas maniobras simuladas a sesenta kil�metros de distancia. Al amanecer, todo el personal, el equipo y los documentos importantes habr�n sido evacuados disimuladamente.</p><p>��Deje a algunos aqu� -dijo tranquilamente Velikov.</p><p>Kolchak mir� por encima de sus gafas sin montura como una abuela al o�r una palabrota de boca de un chiquillo.</p><p>���Que deje qu�, general?</p><p>Velikov borr� de su cara una sonrisa burlona.</p><p>��Cincuenta miembros del personal civil sovi�tico, y sus familias, y doscientos componentes de sus fuerzas militares.</p><p>���Sabe lo que me est� pidiendo?</p><p>��Perfectamente. No podemos culpar a la C�A de cien mil muertos sin sufrir nosotros baja alguna. Han de morir rusos junto a los cubanos. Ser� una propaganda que allanar� el camino a nuestro nuevo Gobierno.</p><p>��No puedo enviar a la muerte a doscientos cincuenta de mis paisanos.</p><p>��La conciencia nunca inquiet� a su padre cuando despej� unos campos de minas alemanes haciendo marchar a sus hombres por ellos.</p><p>��Aquello era la guerra.</p><p>��S�lo el enemigo ha cambiado -dijo fr�amente Velikov-. Hemos estado en guerra con los Estados Unidos desde 1945. El costo en vidas es peque�o en comparaci�n con el aumento de nuestro dominio en el hemisferio occidental. No hay tiempo para discusiones, general. Se espera que cumpla usted con su deber.</p><p>��No necesito que la KGB me d� lecciones sobre mi deber para con la madre patria -dijo Kolchak, sin rencor.</p><p>Velikov se encogi� de hombros con indiferencia.</p><p>��Todos hemos de representar nuestro papel. Volviendo a Ron y Cola; despu�s de la explosi�n, sus tropas regresar�n a la ciudad y ayudar�n en las operaciones m�dicas y de auxilio. Mi gente cuidar� de que se produzca con orden el cambio de Gobierno. Tambi�n har� que la prensa internacional muestre a los abnegados soldados sovi�ticos cuidando a los supervivientes heridos.</p><p>��Como soldado debo decir que encuentro abominable toda esta operaci�n. No puedo creer que el camarada Antonov sea c�mplice de ella.</p><p>��Sus motivos son v�lidos y yo no los pongo en tela de juicio.</p><p>Kolchak se apoy� en el borde de su mesa con los hombros encogidos.</p><p>��Har� una lista de los que se tienen que quedar.</p><p>��Gracias, coronel general.</p><p>��Presumo que los preparativos est�n terminados, �no?</p><p>Velikov asinti� con la cabeza.</p><p>��Usted y yo acompa�aremos a los hermanos Castro a la tribuna para presenciar el desfile. Yo llevar� un transmisor de bolsillo que har� estallar la carga en el barco principal. Cuando Castro inicie su acostumbrado discurso maratoniano, saldremos disimuladamente y tomaremos un coche que nos estar� esperando. Cuando nos hayamos alejado lo bastante para estar a salvo, unos treinta quil�metros que podremos recorrer en media hora, activar� la se�al y se producir� la explosi�n.</p><p>���C�mo explicaremos nuestra milagrosa salvaci�n? -pregunt� sarc�sticamente Kolchak.</p><p>��Las primeras noticias nos dar�n por muertos y desaparecidos. M�s tarde, seremos descubiertos entre los heridos.</p><p>���Muy mal herido?</p><p>��S�lo lo bastante para que sea convincente. Uniformes desgarrados, un poco de sangre y algunas heridas artificiales cubiertas con vendas.</p><p>��Como dos gamberros que han destrozado los camerinos de un teatro.</p><p>��Una met�fora muy poco adecuada.</p><p>Kolchak se volvi� y mir� tristemente por la ventana de su despacho la bulliciosa ciudad de La Habana.</p><p>��Es imposible -dijo en tono deprimido- creer que ma�ana a esta hora ser� todo eso un campo arrasado y humeante de miseria y de muerte.</p><empty-line/><p>El presidente trabaj� hasta muy tarde en su mesa. Nada pod�a preverse en todos sus detalles, nada era absolutamente claro. El trabajo del jefe ejecutivo exig�a una transacci�n tras otra. Sus victorias sobre el Congreso eran diluidas con enmiendas forzosas; su pol�tica exterior, alterada por otros l�deres mundiales hasta que quedaba poco de la intenci�n original. Ahora estaba tratando de salvar la vida a un hombre que, durante treinta a�os, hab�a considerado a los Estados Unidos como su enemigo n�mero uno. Se pregunt� si esto tendr�a consecuencias dentro de doscientos a�os.</p><p>Dan Fawcett entr� con una cafetera y unos bocadillos.</p><p>��El Sal�n Oval nunca duerme -dijo con forzada animaci�n-. Aqu� tiene lo que m�s le gusta: at�n con tocino. -Ofreci� un plato al presidente y despu�s sirvi� el caf�-. �Puedo ayudarle en algo?</p><p>��No, gracias, Dan. S�lo estoy redactando mi discurso para la conferencia de prensa de ma�ana.</p><p>��Estoy en ascuas por ver las caras que pondr�n los representantes de la prensa cuando les revele la existencia de la colonia lunar y les presente a Steinmetz y los suyos. He visto algunas de las cintas de v�deo con sus experimentos en la Luna. Son incre�bles.</p><p>El presidente puso el bocadillo a un lado y sorbi� reflexivamente el caf�.</p><p>��El mundo est� patas arriba.</p><p>Fawcett dej� de comer.</p><p>���Perd�n?</p><p>��Piense en esta terrible incongruencia. Estar� informando al mundo de la m�s grande haza�a moderna del hombre en el mismo momento en que La Habana ser� borrada del mapa.</p><p>���Alguna noticia de �ltima hora de Brogan, desde que Pitt y Jessie LeBaron aparecieron en nuestra Secci�n de Intereses Especiales?</p><p>��Ninguna desde hace una hora. �l tambi�n est� en vela en su despacho.</p><p>���C�mo diablos consiguieron Pitt y Jessie llegar hasta all�?</p><p>��Recorriendo trescientos kil�metros a trav�s de una naci�n hostil. No lo comprendo.</p><p>Son� el tel�fono de la l�nea directa con Langley.</p><p>��Diga.</p><p>��Soy Martin Brogan, se�or presidente. Me informan de La Habana que los investigadores no han detectado todav�a ninguna se�al radiactiva en ninguno de los barcos.</p><p>���Han subido a bordo?</p><p>��No. Las medidas de seguridad son extremas. S�lo pueden pasar en coche frente a los dos barcos amarrados en el muelle. El otro, un petrolero, est� anclado en la bah�a. Han dado vueltas a su alrededor en una peque�a barca. ^</p><p>���Qu� quiere usted decir, Martin? �Qlie la bomba ha sido descargada y escondida en la ciudad?</p><p>��Los barcos han estado bajo estrecha vigilancia desde que llegaron al puerto. No se ha descargado nada.</p><p>��Tal vez la radiaci�n no puede filtrarse a trav�s de los cascos de acero de los barcos.</p><p>��Los expertos de Los �lamos me aseguran que puede filtrarse. El problema est� en que nuestros hombres en La Habana no son expertos profesionales en radiaci�n. Tambi�n es un inconveniente que tengan que emplear contadores Geiger comerciales que no son lo bastante sensibles para registrar una se�al ligera.</p><p>���Por qu� no tienen all� expertos cualificados y provistos del equipo necesario? -pregunt� el presidente.</p><p>��Una cosa es enviar un hombre en una misi�n diplom�tica y llevando solo un malet�n, como su amigo Hagen, y otra muy distinta introducir disimuladamente todo un equipo con doscientos cincuenta kilos de aparatos electr�nicos. Si tuvi�semos m�s tiempo, habr�amos podido inventar algo. Los desembarcos clandestinos y el lanzamiento de paracaidistas tienen pocas probabilidades de �xito, habida cuenta de la muralla defensiva de Cuba. Entrar disimuladamente en barco es el m�todo mejor, pero para esto se necesitar�a al menos un mes de preparativos.</p><p>��Hace usted que esto parezca una enfermedad de la que no se conoce ning�n remedio.</p><p>��Esto es una buena comparaci�n, se�or presidente -dijo Brogan-. Casi lo �nico que podemos hacer es permanecer sentados y esperar� y ver lo que sucede.</p><p>��No, no puedo permitirlo. Tenemos que hacer algo en nombre de la humanidad. No podemos dejar que muera toda esa gente. -Hizo una pausa, sintiendo un nudo cada vez m�s apretado en el est�mago-. Dios m�o, no puedo creer que los rusos hagan estallar realmente una bomba nuclear en una ciudad. �No se da cuenta Antonov de que nos est� hundiendo cada vez m�s en un pantano del que no habr� manera de salir?</p><p>��Todav�a existe la esperanza de que Ira Hagen pueda llegar a tiempo hasta Castro.</p><p>���Cree realmente que Fidel se tomar� en serio a Hagen? No es muy probable. Pensar� que no es m�s que una intriga para desacreditarle. Lo siento, se�or presidente, pero tenemos que acorazarnos contra el desastre, porque no podemos hacer nada para remediarlo.</p><p>El presidente ya no le escuchaba. Su cara revelaba una terrible desesperaci�n. Hemos instalado una colonia en la Luna, pens�, y sin embargo, los habitantes de la Tierra insisten todav�a en matarse los unos a los otros por razones est�pidas.</p><p>��Convocar� una reuni�n del Gabinete para ma�ana a primera hora, antes del anuncio de la colonia lunar -dijo, desalentadamente-. Tendremos que concebir un plan para rebatir las acusaciones de los sovi�ticos y los cubanos y recoger las piezas lo mejor que podamos.</p></section><section><title><p>67</p></title><p>Salir de la Embajada suiza fue ridiculamente f�cil. Veinte a�os antes se hab�a excavado un t�nel que pasa a treinta metros por debajo de las calles y de las alcantarillas, muy fuera del alcance de cualquier sondeo que hubiesen podido intentar los agentes de seguridad cubanos alrededor de la manzana. Las paredes hab�an sido impermeabilizadas, pero unas bombas silenciosas funcionaban continuamente para eliminar las filtraciones.</p><p>Clark condujo a Pitt hasta el fondo por una larga escalera y, despu�s, por un pasadizo que discurr�a por debajo de casi dos manzanas de la ciudad y terminaba en un pozo de escalera. Subieron por ella y salieron a un probador de una tienda de modas.</p><p>La tienda hab�a cerrado hac�a seis horas y las prendas exhibidas en el escaparate imped�an que pudiese verse desde fuera el interior. Sentados en el almac�n hab�a tres hombres agotados y de aspecto macilento que apenas dieron muestras de reconocer a Clark al entrar �ste con Pitt.</p><p>��No hace falta que sepa los verdaderos nombres -dijo Clark-. Le presento a Manny, a Moe y a Jack.</p><p>Manny, un negro corpulento de rostro fuertemente marcado con arrugas, vistiendo una vieja y descolorida camisa verde y unos pantalones caqui, encendi� un cigarrillo y se limit� a mirar a Pitt con la indiferencia del hombre que est� cansado del mundo. Parec�a haber experimentado lo peor de la vida y perdido todas sus ilusiones.</p><p>Moe estaba estudiando a trav�s de sus gafas un libro de frases rusas. Ten�a el aire de un acad�mico: expresi�n perdida, cabellos revueltos y barba perfectamente cuidada. Salud� con la cabeza y sonri� despreocupadamente.</p><p>Jack era el prototipo del latino de las pel�culas de los a�os treinta: ojos chispeantes, complexi�n vigorosa, dientes blanqu�simos, bigote triangular. Lo �nico que le faltaba era un bong�. Fue el �nico que pronunci� unas palabras de saludo.</p><p>��<emphasis>Hola, </emphasis>Thomas. �Ha venido a arengar a la tropa?</p><p>��Caballeros, les presento� a Sam. Ha presentado una teor�a que arroja nueva luz sobre la b�squeda.</p><p>��Ser� mejor que valga la pena de habernos sacado de los muelles -gru�� Manny-. No podemos perder tiempo con teor�as est�pidas.</p><p>��Ahora est�n m�s cerca de encontrar la bomba de lo que estaban hace veinticuatro horas -dijo pacientemente Clark-, Sugiero que escuchen lo que tiene que decir.</p><p>���Vayase al diablo! -dijo Manny-. Precisamente cuando hab�amos encontrado la manera de subir a bordo de uno de los cargueros, nos ha hecho volver.</p><p>��Podr�an haber buscado hasta el �ltimo rinc�n de esos barcos sin encontrar un ingenio nuclear de una tonelada y media -dijo Pitt.</p><p>Manny volvi� su atenci�n a Pitt, mir�ndole de los pies a la cabeza como un jugador de rugby midiendo a un adversario.</p><p>��Muy bien, sabelotodo, �d�nde est� nuestra bomba?</p><p>��Tres bombas -le corrigi� Pitt- y ninguna de ellas nuclear.</p><p>Se hizo un silencio en la estancia. Todo, menos Clark, parec�an esc�pticos.</p><p>Pitt sac� el mapa de debajo de su camisa y lo despleg�. Tom� unos alfileres de un maniqu� y fij� el mapa en la pared. No iba a dejarse impresionar por la actitud indiferente del grupo de agentes de la C�A. Sus ojos le mostraban que aquellos hombres eran despiertos, exactos y competentes. Sab�a que pose�an una notable variedad de recursos y la absoluta determinaci�n de hombres que no se tomaban el fracaso a la ligera.</p><p>��El <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>es el primer eslab�n de la cadena destructora. Su cargamento de veinticinco mil toneladas de nitrato de amonio�</p><p>��Esto no es m�s que un fertilizante -dijo Manny.</p><p>��Es tambi�n un producto qu�mico sumamente vol�til -sigui� diciendo Pitt-. Si esta cantidad de nitrato de amonio estallase, su fuerza ser�a mucho mayor que la de las bombas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. �stas fueron arrojadas desde el aire y buena parte de su fuerza destructora se perdi� en la atm�sfera. Cuando el <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>estalle a nivel del suelo, la mayor parte de su fuerza barrer� La Habana como un alud de lava fundida. El <emphasis>Ozero Zaysan, </emphasis>cuyo manifiesto dice que transporta art�culos militares, est� probablemente lleno de municiones hasta los topes. Desencadenar� su fuerza destructora en una explosi�n en cadena con la del <emphasis>Amy Bigalow. </emphasis>Despu�s arder� el <emphasis>Ozero Baykai </emphasis>con su petr�leo, aumentando la devastaci�n. Los dep�sitos de carburante, las refiner�as, las plantas de productos qu�micos y todas las f�bricas donde haya materiales vol�tiles saltar�n por los aires. El incendio puede durar probablemente varios d�as.</p><p>Exteriormente, Manny, Moe y Jack parecieron no comprender, pues las expresiones de sus caras permanecieron inescrutables. Por dentro, estaban aturdidos por el incre�ble horror de aquella visi�n infernal de Pitt.</p><p>Moe mir� a Clark.</p><p>��Creo que ha dado en el blanco, �sabe?</p><p>��Yo estoy de acuerdo. Langley interpret� mal el proyecto de los sovi�ticos. Pueden conseguirse los mismos resultados sin necesidad de recurrir a la fuerza nuclear.</p><p>Many se levant� y agarr� los hombros de Pitt con sus manos como tenazas.</p><p>��Tengo que reconocerlo, hombre. Usted sabe realmente donde est� la mierda.</p><p>Jack habl� por primera vez.</p><p>��Es imposible descargar aquellos barcos antes de la fiesta de ma�ana.</p><p>��Pero pueden ser trasladados -dijo Pitt.</p><p>Manny reflexion� durante un momento.</p><p>��Los cargueros podr�an sacarse del puerto, pero no apostar�a yo a sacar a tiempo el petrolero. Necesitar�amos un remolcador s�lo para dirigir su proa hacia el canal.</p><p>��Cada milla que pongamos entre aquellos barcos y el puerto significar� un ahorro de cien vidas -dijo Pitt.</p><p>��Deber�amos tener tiempo bastante para buscar los detonadores -dijo Moe.</p><p>��Si pueden ser encontrados antes de que lleguemos a mar abierto, tanto mejor.</p><p>��Y si no -murmur� hoscamente Manny-, ser� como si todos nos suicid�semos.</p><p>��Ahorrar�s a tu esposa los gastos del entierro -dijo Jack, con sonrisa de calavera-. No quedar� nada que enterrar.</p><p>Moe pareci� dudar.</p><p>��Andamos escasos de personal.</p><p>���Cu�ntos maquinistas navales podr�an encontrar? -pregunt� Pitt.</p><p>Moe se�al� con la cabeza.</p><p>��Manny ha sido jefe de m�quinas. �Qui�n m�s se te ocurre, Manny?</p><p>��Enrico sabe lo que tiene que hacer en una sala de m�quinas. Y tambi�n H�ctor, cuando no est� borracho.</p><p>��Son tres -dijo Pitt-. �Y<emphasis/>como marineros de cubierta?</p><p>��Quince, diecisiete incluyendo a Moe y a Jack -respondi� Clark.</p><p>��En total veinte, y yo soy el veintiuno -dijo Pitt-. �Y pr�cticos del puerto?</p><p>��Todos esos bastardos est�n en el bolsillo de Castro -gru�� Manny-. Tendremos que gobernar nosotros los barcos.</p><p>��Un momento -terci� Moe-. Aunque dominemos las fuerzas de seguridad del muelle, tendremos que hab�rnoslas con las tripulaciones.</p><p>Pitt se volvi� a Clark.</p><p>��Si los suyos se encargan de los guardias, yo neutralizar� las tripulaciones.</p><p>��Yo dirigir� personalmente un grupo de combate -dijo Clark-. Pero quisiera saber c�mo piensa cumplir su parte del trato.</p><p>��Es cosa hecha -dijo sonriendo Pitt-. Los barcos est�n abandonados. Les garantizo que las tripulaciones los han evacuado silenciosamente y se han trasladado a lugar seguro.</p><p>��Los sovi�ticos pueden salvar la vida los suyos -dijo Moe-. Pero les importa un bledo la tripulaci�n extranjera del <emphasis>Amy Bigalow.</emphasis></p><p>��Seguro, pero no se arriesgar�n a que un tripulante curioso ande por all� mientras preparan los detonadores.</p><p>Jack pens� un momento y dijo:</p><p>��Dos y dos son cuatro. Ese hombre es muy listo.</p><p>Manny mir� a Pitt, ahora respetuosamente.</p><p>���Pertenece usted a la compa��a?</p><p>��No; a la AMSN.</p><p>��He metido la pata como un aficionado -suspir� Manny-. Tal vez ha llegado la hora de que me retire.</p><p>���Cu�ntos hombres calcula que vigilan los barcos? -le pregunt� Clark.</p><p>Manny sac� un pa�uelo sucio y se son� ruidosamente antes de responder:</p><p>��Una docena vigilan el <emphasis>Bigalow. </emphasis>Otros tantos el <emphasis>Zaysan. </emphasis>Una peque�a lancha patrullera est� anclada junto al petrolero. Probablemente no van m�s que seis o siete en ella.</p><p>Clark empez� a andar arriba y abajo mientras hablaba.</p><p>��Bien. Re�nan sus tripulaciones. Mi equipo se encargar� de los guardias y de proteger la operaci�n. Manny, usted y sus hombres zarpar�n con el <emphasis>Amy Bigalow. </emphasis>Moe tomar� el <emphasis>Ozero Zaysan. </emphasis>El remolcador le corresponde a usted, Jack, Aseg�rese de que no suene la alarma cuando se apodere de �l. Disponemos de seis horas con luz de d�a. Tenemos que aprovechar cada minuto. -Se interrumpi� y mir� a su alrededor-. �Alguna pregunta?</p><p>Moe levant� una mano.</p><p>��Cuando estemos en mar abierto, �qu� nos pasar�?</p><p>��Tomar�n la lancha a motor de su barco y se alejar�n lo m�s posible antes de que se produzcan las explosiones.</p><p>Nadie hizo comentarios. Todos sab�an que sus probabilidades de salvaci�n rayaban en cero.</p><p>��Me gustar�a ir con Manny -dijo Pitt-. Soy bastante h�bil con el tim�n.</p><p>Manny se puso en pie y dio una palmada en la espalda de Pitt que le dej� sin aliento.</p><p>��Por Dios, Sam, que creo que empezar� a tomarle simpat�a.</p><p>Pitt le mir� fijamente.</p><p>��Esperemos que vivamos lo bastante para saberlo.</p></section><section><title><p>68</p></title><p>El <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>estaba amarrado de lado a un largo muelle moderno que hab�a sido construido por ingenieros sovi�ticos. M�s all�, a unos cientos de metros en el canal, ve�ase el casco de color crema del <emphasis>Ozero Zaysan, </emphasis>oscuro y abandonado. Las luces de la ciudad resplandec�an en las negras aguas del puerto. Unas cuantas nubes procedentes de las monta�as cruzaban la ciudad y se dirig�an a alta mar.</p><p>Un coche oficial de fabricaci�n rusa sali� del bulevar de los Desamparados, seguido de dos pesados camiones militares. El convoy cruz� lentamente el muelle y se detuvo ante la rampa del <emphasis>Amy Bigalow. </emphasis>Un centinela sali� de una garita y se acerc� cautelosamente al autom�vil.</p><p>���Tienen permiso para estar en esta zona? -pregunt�.</p><p>Clark, que llevaba uniforme de oficial cubano, dirigi� una mirada arrogante al centinela.</p><p>��Llame al oficial de guardia -orden� secamente-. Y diga <emphasis>se�or </emphasis>cuando se dirija a un oficial.</p><p>Reconociendo las insignias de Clark a la luz amarillenta de las l�mparas de vapor de sodio que iluminaban el muelle, el centinela se cuadr� y salud�.</p><p>��En seguida, se�or. Voy a llamarle.</p><p>El centinela corri� a la garita y tom� un transmisor port�til. Clark rebull� inquieto en su asiento. La astucia era vital; la mano dura, fatal. Si hubiesen tomado los barcos por asalto, a tiros, se habr�a dado la voz de alarma a todas las guarniciones de la ciudad. Una vez alertados, y encontr�ndose entre la espada y la pared, se ver�an obligados a provocar las explosiones antes de la hora prevista.</p><p>Un capit�n sali� por la puerta de un almac�n cercano, se detuvo un momento para observar el convoy aparcado y, despu�s, se acerc� a la ventanilla del coche oficial y se dirigi� a Clark:</p><p>��Capit�n Roberto Herras -dijo, saludando-. �En qu� puedo servirle, se�or?</p><p>��Coronel Ernesto P�rez -respondi� Clark-. Me han ordenado que le reemplace, as� como a sus hombres.</p><p>Herras pareci� confuso.</p><p>��Tengo orden de guardar el barco hasta ma�ana al mediod�a.</p><p>��Las �rdenes han sido cambiadas -dijo brevemente Clark-. Re�na a sus hombres y vuelvan al cuartel.</p><p>��Si no le importa, coronel, quisiera pedir confirmaci�n a mi superior.</p><p>��Y �l tendr� que llamar al general Melena y el general estar� durmiendo en su cama. -Clark entrecerr� los ojos y le dirigi� una mirada helada-. Una carta dando fe de su insubordinaci�n le seria muy perjudicial cuando le llegue el d�a de ascender a comandante.</p><p>��Por favor, se�or, yo no me niego a obedecerle.</p><p>��Entonces le sugiero que reconozca mi autoridad.</p><p>��S�, coronel� Yo�, yo no dudo de usted. -Se someti�-. Reunir� a mis hombres.</p><p>��H�galo.</p><p>Diez minutos m�s tarde, el capit�n Herras y su fuerza de seguridad de veinticuatro hombres formaron y se dispusieron a marcharse. Los cubanos aceptaron de buen grado al cambio de la guardia. Estaban contentos de volver a su cuartel y poder dormir por la noche. Herras no pareci� advertir que los hombres del coronel permanec�an ocultos en la oscuridad del primer cami�n.</p><p>���Es toda su unidad? -pregunt� Clark.</p><p>��S�, se�or. Est�n todos aqu�.</p><p>���Incluso los encargados de la vigilancia del otro barco?</p><p>��Disculpe, coronel. Dej� centinelas junto a la rampa, para asegurarme de que nadie subir�a a bordo mientras repartiese usted sus hombres. Podemos pasar por all� y recogerlos al marcharnos.</p><p>��Muy bien, capit�n. El cami�n de atr�s est� vac�o. Ordene a sus hombres que suban a �l. Usted puede llevarse mi coche. Mi ayudante ir� a recogerlo m�s tarde a su cuartel.</p><p>��Es usted muy amable, se�or. Gracias.</p><p>Clark ten�a la mano en una peque�a pistola del 25 con silenciador que llevaba en el bolsillo del pantal�n, pero no la sac�. Los cubanos estaban ya subiendo al cami�n, dirigidos por un sargento. Clark ofreci� su asiento a Herras y se encamin� casualmente al cami�n silencioso donde estaban Pitt y los marineros cubanos.</p><p>Los veh�culos hab�an girado en redondo y estaban saliendo del muelle cuando apareci� y se detuvo un coche militar en el que viajaba un oficial ruso. �ste se asom� a la ventanilla de atr�s y mir�, frunciendo recelosamente el entrecejo.</p><p>���Qu� pasa aqu�?</p><p>Clark se acerc� despacio al autom�vil, pasando por delante de �l para asegurarse de que sus �nicos ocupantes eran el ruso y su ch�fer.</p><p>��Un relevo de la guardia.</p><p>��No s� que se haya ordenado.</p><p>��La orden procede del general Velikov -dijo Clark, deteni�ndose a s�lo dos pies de la portezuela de atr�s.</p><p>Ahora pudo ver que el ruso era tambi�n coronel.</p><p>��Precisamente vengo del despacho del general para inspeccionar las medidas de seguridad. No me dijo nada sobre el relevo de la guardia. -El coronel abri� la portezuela, disponi�ndose a apearse-. Debe ser un error.</p><p>��No es ning�n error -dijo Clark.</p><p>Cerr� la puerta con la rodilla y dispar� al coronel entre los ojos. Despu�s, fr�amente, meti� dos balas en la nuca del conductor.</p><p>Un momento m�s tarde, el coche fue puesto en marcha y dirigido hacia las negras aguas entre los muelles.</p><empty-line/><p>Manny abri� la marcha, seguido de Pitt y cuatro marineros cubanos. Subieron a toda prisa la rampa hasta la cubierta principal del <emphasis>Atny Bigalow </emphasis>y se separaron. Pitt trep� por la escalerilla de la obra muerta, mientras los otros bajaban a la sala de m�quinas. La caseta del tim�n estaba a oscuras, y Pitt la dej� tal cual. Pas� la media hora siguiente comprobando los controles electr�nicos y el sistema de altavoces del barco a la luz de una linterna, hasta que todas las palancas y los interruptores quedaron firmemente grabados en su mente.</p><p>Levant� el tel�fono del barco y llam� a la sala de m�quinas. Pas� un minuto antes de que Manny respondiese.</p><p>���Qu� diablos quiere?</p><p>��S�lo una comprobaci�n -dijo Pitt-. Listo para cuando usted lo est�.</p><p>��Pues tendr� que esperar mucho, m�ster.</p><p>Antes de que Pitt pudiese replicar, Clark entr� en la caseta del tim�n.</p><p>���Est� hablando con Manny? -pregunt�.</p><p>��S�.</p><p>��D�gale que suba en seguida.</p><p>Pitt transmiti� la brusca orden de Clark y recibi� un alud de blasfemias antes de colgar.</p><p>Menos de un minuto m�s tarde, Manny entr� en tromba, apestando a sudor y a aceite.</p><p>��D�se prisa -dijo a Clark-. Tengo un problema.</p><p>��Moe lo tiene a�n peor.</p><p>��Ya lo s�. Las m�quinas han sido inutilizadas.</p><p>���Est�n las suyas en condiciones de funcionar?</p><p>���Por qu� no hab�an de estarlo?</p><p>��La tripulaci�n sovi�tica rompi� a martillazos todas las v�lvulas del <emphasis>Ozero Zaysan </emphasis>-dijo gravemente Clark-. Moe dice que tardar�a dos semanas en repararlas.</p><p>��Jack tendr� que arrastrarlo hacia el mar abierto con el remolcador -dijo llanamente Pitt.</p><p>Manny escupi� a trav�s de la puerta de la caseta del tim�n.</p><p>��No conseguir� volver a tiempo para remolcar el petrolero. Los rusos no est�n ciegos. Se dar�n cuenta de lo que pasa en cuanto salga el sol.</p><p>Clark asinti� lentamente con la cabeza.</p><p>��Temo que tiene raz�n.</p><p>���Cu�l es la situaci�n? -pregunt� Pitt a Manny.</p><p>��Si esta ba�era tuviera motores Diesel, podr�a hacerla arrancar dentro de dos horas. Pero tiene turbinas a vapor.</p><p>���Cu�nto tiempo necesita?</p><p>Manny mir� hacia la cubierta, considerando los largos y complicados procedimientos.</p><p>��Hemos tenido que empezar con una maquinaria muerta. Lo primero que hicimos fue poner en funcionamiento el generador Diesel de emergencia y encender los quemadores del horno para calentar el fuel. Hay que enjugar la condensaci�n de las tuber�as, calentar las calderas y poner en condiciones los elementos auxiliares. Despu�s esperar a que la presi�n del vapor aumente lo bastante para accionar las turbinas. Tenemos para cuatro horas� si todo marcha bien.</p><p>���Cuatro horas? -dijo, perplejo, Clark.</p><p>��Si es as�, el <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>no podr� salir del puerto antes de que sea de d�a -dijo Pitt.</p><p>��Entonces no hay nada que hacer.</p><p>Hab�a una cansada certidumbre en la voz de Clark.</p><p>��S�, todav�a hay algo que hacer -dijo firmemente Pitt-. Aunque s�lo logr�semos sacar un barco m�s all� de la entrada del puerto, reducir�amos en una tercera parte la cantidad de muertos.</p><p>��Y todos nosotros morir�amos -a�adi� Clark-. No habr� manera de escapar. Hace dos horas hab�a calculado que ten�amos un cincuenta por ciento de probabilidades de sobrevivir. Pero no ahora, no cuando su viejo amigo Velikov descubra que su monstruoso plan empieza a desvanecerse en el horizonte. Y no debemos olvidar al coronel sovi�tico que yace en el fondo de la bah�a; dentro de poco se advertir� su ausencia y todo un regimiento saldr� en su busca.</p><p>��Y tambi�n est� aquel capit�n de los guardias de seguridad -dijo Manny-. Muy pronto se dar� cuenta de lo ocurrido cuando le pongan las peras a cuarto por haber abandonado su zona de vigilancia sin la debida orden.</p><p>El zumbido de potentes motores Diesel aument� lentamente de volumen en el exterior y una sirena de barco lanz� tres breves toques apagados.</p><p>Pitt mir� a trav�s de la ventana del puente.</p><p>��Jack se est� acercando con el remolcador.</p><p>Se volvi� y contempl� las luces de la ciudad. �stas le recordaron una gran vitrina de joyas. Empez� a pensar en la multitud de ni�os que estar�an meti�ndose en la cama esperando con ilusi�n la fiesta de ma�ana. Se pregunt� cu�ntos de ellos no despertar�an nunca.</p><p>��Todav�a hay esperanzas -dijo al fin.</p><p>Esboz� r�pidamente lo que cre�a que ser�a la mejor soluci�n para reducir la devastaci�n y salvar la mayor parte de La Habana. Cuando hubo terminado, mir� de Manny a Clark.</p><p>��Bueno, �es factible?</p><p>���Factible? -Clark estaba pasmado-. �Otros tres y yo reteniendo a la mitad del Ej�rcito cubano durante tres horas? Es un plan francamente suicida.</p><p>���Manny?</p><p>Manny mir� fijamente a Pitt, tratando de escrutar aquella cara adusta apenas visible a la luz de las l�mparas del muelle. �Por qu� ten�a un americano que sacrificar su vida por una gente que no vacilar�a en matarle? Comprendi� que nunca hallar�a la respuesta en la oscura caseta del tim�n del <emphasis>Amy Bigalow, </emphasis>y se encogi� de hombros con resignado fatalismo.</p><p>��Estamos perdiendo tiempo -dijo, mientras se volv�a para regresar a la sala de m�quinas.</p></section><section><title><p>69</p></title><p>El largo autom�vil negro se detuvo sin ruido ante la puerta principal del pabell�n de caza de Castro en los montes del sudeste de la ciudad. Uno de los dos gallardetes instalados sobre los guardabarros delanteros simbolizaba la Uni�n Sovi�tica y el otro indicaba que el pasajero era un oficial de alta graduaci�n.</p><p>La casa de invitados, en el exterior de la finca vallada, era la residencia de la escogida fuerza de vigilancia personal de Castro. Un hombre de uniforme hecho a la medida, pero sin insignias, se acerc� lentamente al coche. Mir� la vaga silueta de un corpulento oficial envuelto en la oscuridad del asiento de atr�s y el documento de identidad que le fue mostrado en la ventanilla.</p><p>��Coronel general Kolchak. No hace falta que se identifique. -Salud� con un exagerado adem�n-. Juan Fern�ndez, jefe de seguridad de Fidel.</p><p>���No duerme usted nunca?</p><p>��Soy un p�jaro nocturno -dijo Fern�ndez-. �Qu� le trae aqu� a estas horas?</p><p>��Una s�bita emergencia.</p><p>Fern�ndez esper� una explicaci�n m�s detallada, pero no la recibi�. Empez� a sentirse inquieto. Sab�a que s�lo una situaci�n cr�tica pod�a traer a las tres de la ma�ana al representante militar sovi�tico de m�s alto rango. No sab�a qu� hacer.</p><p>��Lo siento mucho, se�or, pero Fidel ha dado �rdenes estrictas de que nadie le moleste.</p><p>��Respeto los deseos del presidente Castro. Sin embargo, es con Ra�l con quien debo hablar. Por favor, d�gale que he venido por un asunto de suma urgencia y del que hemos de tratar personalmente.</p><p>Fern�ndez consider� durante un momento la petici�n y asinti� con la cabeza.</p><p>��Telefonear� al pabell�n y dir� a su ayudante que va usted para all�.</p><p>��Gracias.</p><p>Fern�ndez hizo una se�a a un hombre invisible que se hallaba en la casa de invitados, y la puerta provista de un dispositivo electr�nico se abri� de par en par. La limusina subi� por una serpenteante carretera de monta�a a lo largo de unos tres kil�metros. Por �ltimo, se detuvo delante de una villa grande de estilo espa�ol que daba a un panorama de montes oscuros salpicados de luces lejanas.</p><p>Las botas del conductor crujieron sobre la gravilla al pasar hacia la portezuela del pasajero. No la abri�, sino que estuvo plantado all� durante casi cinco minutos, observando casualmente a los guardias que patrullaban por el lugar. Al fin, el ayudante de Ra�l Castro sali� bostezando de la puerta principal.</p><p>��Un placer inesperado, coronel general -dijo, sin gran entusiasmo-. Entre, por favor. Ra�l bajar� en seguida.</p><p>El militar sovi�tico, sin responder, se ape� del coche y sigui� al ayudante a trav�s de un amplio patio hasta el vest�bulo del pabell�n. Se llev� un pa�uelo delante de la cara y se son�. Su conductor le sigui� a pocos pasos de distancia. El ayudante de Castro se hizo a un lado y se�al� la sala de trofeos.</p><p>��Tengan la bondad de ponerse c�modos. Har� que les traigan un poco de caf�.</p><p>Al quedar solos, los dos se mantuvieron silenciosamente en pie de espaldas a la puerta abierta, contemplando una multitud de cabezas de oso adosadas a las paredes y docenas de aves disecadas y posadas alrededor del sal�n.</p><p>Pronto entr� Ra�l Castro, en pijama y con una bata de seda a cuadros. Se detuvo en seco al volverse de cara a �l sus visitantes. Frunci� el entrecejo, con sorpresa y curiosidad.</p><p>���Qui�nes diablos son ustedes?</p><p>��Me llamo Ira Hagen y traigo un mensaje important�simo del presidente de los Estados Unidos. -Hagen hizo una pausa y se�al� con la cabeza a su conductor, el cual se quit� la gorra, dejando que una mata de cabellos cayera sobre sus hombros-. Permita que le presente a la se�ora Jessie LeBaron. Ha sufrido grandes penalidades para entregar una respuesta personal del presidente a su hermano con referencia al proyectado pacto de amistad entre Cuba y los Estados Unidos.</p><p>Por un momento, el silencio fue tan absoluto en la estancia que Hagen sinti� el tictac de un primoroso reloj de caja arrimado a la pared del fondo. Los ojos negros de Ra�l pasaron de Hagen a Jessie y se fijaron en �sta.</p><p>��Jessie LeBaron muri� -dijo con asombro.</p><p>��Sobreviv� al accidente del dirigible y a las torturas del general Peter Velikov. -Su voz era tranquila y autoritaria-. Traemos pruebas documentales de que �ste intenta asesinar a Fidel y a usted durante la fiesta del D�a de la Educaci�n, ma�ana por la ma�ana.</p><p>La rotundidad de la declaraci�n, y el tono autoritario en que hab�a sido formulada, impresionaron a Ra�l.</p><p>Vacil�, reflexivamente. Despu�s asinti� con la cabeza.</p><p>��Despertar� a Fidel y le pedir� que escuche lo que tienen que decirle.</p><empty-line/><p>Velikov observ� c�mo un archivador de su despacho era cargado en una carretilla de mano y bajado en el ascensor al s�tano a prueba de incendios de la Embajada sovi�tica. Su segundo oficial de la KGB entr� en la revuelta habitaci�n, quit� unos papeles de encima de un sill�n y se sent�.</p><p>��Es una l�stima quemar todo esto -dijo cansadamente.</p><p>��Un nuevo y m�s bello edificio se alzar� sobre las cenizas -dijo Velikov, con una astuta sonrisa-. Regalo de un Gobierno cubano agradecido.</p><p>Son� el tel�fono y Velikov respondi� r�pidamente.</p><p>���Qu� pasa?</p><p>Le contest� la voz de su secretaria.</p><p>��El comandante Borchev desea hablar con usted.</p><p>��P�ngame con �l.</p><p>���General?</p><p>��S�, Borchev, �cu�l es su problema?</p><p>��El capit�n al mando de las fuerzas de seguridad del puerto ha dejado su puesto junto con sus hombres y regresado a su base fuera de la ciudad.</p><p>���Han dejado los barcos sin vigilancia?</p><p>��Bueno�, no exactamente.</p><p>���Abandonaron o no abandonaron su puesto?</p><p>���l dice que fue relevado por una fuerza de guardias bajo el mando de un tal coronel Ernesto P�rez.</p><p>��Yo no di esa orden.</p><p>��Lo supongo, general. Porque, si la hubiese dado, seguro que yo me habr�a enterado.</p><p>���Qui�n es ese P�rez y a qu� unidad militar est� destinado? -pregunt� Velikov.</p><p>��Mi personal ha comprobado los archivos militares cubanos. No han encontrado nada acerca de �l.</p><p>��Yo envi� personalmente al coronel Mikoyan a inspeccionar las medidas de seguridad de los barcos. P�ngase al habla con �l y preg�ntele qu� diablos ocurre all� abajo.</p><p>��He estado tratando de comunicar con �l durante la �ltima media hora -dijo Borchev-. No contesta.</p><p>Son� otro tel�fono y Velikov dijo a Borchev que esperase.</p><p>���Qu� ocurre? -grit�.</p><p>��Soy Juan Fern�ndez, general. Cre� que deber�a usted saber que el coronel general Kolchak acaba de llegar para entrevistarse con Ra�l Castro.</p><p>��No es posible.</p><p>��Yo mismo le identifiqu� en la puerta.</p><p>Este nuevo acontecimiento aument� la confusi�n de Velikov. Su rostro adquiri� una expresi�n pasmada y su respiraci�n se hizo sibilante. S�lo hab�a dormido cuatro horas durante las �ltimas treinta y seis y su mente empezaba a enturbiarse.</p><p>���Est� ah�, general? -pregunt� Fern�ndez, inquieto por aquel silencio.</p><p>��S�, s�. Esc�cheme, Fern�ndez. Vaya al pabell�n y descubra que est�n haciendo Castro y Kolchak. Escuche su conversaci�n e inf�rmeme dentro de dos horas.</p><p>No esper� respuesta, sino que conect� con la l�nea de Borchev.</p><p>��Comandante Borchev, forme un destacamento y vaya a la zona portuaria. P�ngase usted mismo al frente de �l. Compruebe qui�nes son ese P�rez y sus fuerzas de relevo y telefon�eme en cuanto haya averiguado algo.</p><p>Entonces llam� Velikov a su secretaria.</p><p>��P�ngame con la residencia del coronel general Kolchak.</p><p>Su segundo oficial se irgui� en el sill�n y le mir� curioso. Nunca hab�a visto a Velikov tan nervioso.</p><p>���Anda algo mal?</p><p>��Todav�a no lo s� -murmur� Velikov.</p><p>De pronto son� la voz familiar del coronel general Kolchak en el tel�fono.</p><p>��Velikov, �c�mo les van las cosas al GRU y a la KGB?</p><p>Velikov se qued� unos momentos aturdido antes de recobrarse de la impresi�n.</p><p>���D�nde est� usted?</p><p>���Que d�nde estoy? -repiti� Kolchak-. En mi oficina, tratando de sacar documentos secretos y otras cosas, lo mismo que usted. �D�nde cre�a que estaba?</p><p>��Acabo de recibir la noticia de que usted celebraba una entrevista con Ra�l Castro en el pabell�n de caza.</p><p>��Lo siento, pero todav�a no puedo estar en dos sitios al mismo tiempo -dijo Kolchak, imperturbable-. Me da la impresi�n de que sus agentes secretos empiezan a ver visiones.</p><p>��Es muy raro. El informe procede de una fuente que siempre ha sido digna de confianza.</p><p>���Est� Ron y Cola en peligro?</p><p>��No, todo sigue seg�n lo proyectado.</p><p>��Bien. Entonces deduzco que la operaci�n va por muy buen camino.</p><p>��S� -minti� Velikov, con un miedo matizado de incertidumbre-, todo est� bajo control.</p></section><section><title><p>70</p></title><p>El remolcador se llamaba <emphasis>Pisto, </emphasis>por el nombre de una fritura espa�ola de pimientos rojos, calabacines y tomates. El nombre era adecuado, pues los lados de la embarcaci�n estaban rojos de or�n y las piezas de cobre revestidas de cardenillo. Sin embargo, a pesar del descuido de su estructura exterior, el gran motor Diesel de 3.000 caballos de fuerza que lat�a en sus entra�as resplandec�a como una escultura pulimentada de bronce.</p><p>Sujetando la gran rueda de teca del tim�n, Jack contempl� a trav�s del humedecido cristal de la ventana la mole gigantesca que se alzaba en la oscuridad. El petrolero era negro y fr�o como los otros dos portadores de la muerte amarrados en los muelles. Ninguna luz de navegaci�n indicaba su presencia en la bah�a; solamente la lancha patrullera que daba vueltas alrededor de sus trescientos cincuenta metros de eslora y sus cincuenta de manga cuidaba de que no se acercasen otras embarcaciones.</p><p>Jack acerc� el <emphasis>Pisto </emphasis>al <emphasis>Ozero Baykai </emphasis>y lo dirigi� cautelosamente hacia la cadena del ancla de popa. La lancha patrullera les descubri� r�pidamente y se aproxim�. Tres hombres salieron corriendo del puente y se colocaron detr�s del ca��n de fuego r�pido de la proa. Jack orden� a la sala de m�quinas que parasen el motor, una acci�n concebida s�lo como pretexto, cuando se perd�an ya a lo lejos las olas levantadas por la proa del remolcador.</p><p>Un joven teniente barbudo se asom� en la caseta del tim�n de la lancha patrullera empu�ando un meg�fono.</p><p>���sta es una zona prohibida. No tienen nada que hacer aqu�. M�rchense.</p><p>Jack hizo bocina con las manos y grit�:</p><p>��Mis generadores han perdido toda su fuerza y el motor Diesel acaba de pararse. �Podr�an remolcarme?</p><p>El teniente sacudi� la cabeza con irritaci�n.</p><p>���ste es un buque militar. No remolcamos a nadie.</p><p>���Podr�a subir a su lancha y emplear su radio para llamar a mi jefe? �l enviar� otro remolcador para sacarnos de aqu�.</p><p>���Qu� le ha pasado a su bater�a de emergencia?</p><p>��Est� agotada. -Jack hizo un adem�n de impotencia-. No tengo nada para repararla. Estoy en la lista de espera. Ya sabe usted c�mo est� la cosa.</p><p>Las dos embarcaciones estaban ahora tan cerca la una de la otra que casi se tocaban. El teniente dej� a un lado el meg�fono y respondi� con voz �spera:</p><p>��No puedo permit�rselo.</p><p>��Entonces tendr� que anclar aqu� hasta ma�ana -replic� malhumorado Jack.</p><p>El teniente levant� furiosamente las manos, d�ndose por vencido.</p><p>��Suba a bordo y haga su llamada.</p><p>Jack baj� por una escalerilla a la cubierta y salt� el espacio de metro y medio entre las dos embarcaciones. Mir� a su alrededor, con lentitud e indiferencia, observando cuidadosamente la actitud relajada de los servidores del ca��n, al timonel, que encend�a tranquilamente un cigarro, y la expresi�n cansada del semblante del teniente. Sab�a que el �nico hombre que faltaba era el maquinista que se encontraba abajo.</p><p>El teniente se acerc� a �l.</p><p>��D�se prisa. Est� entorpeciendo una operaci�n militar.</p><p>��Disc�lpeme -dijo Jack, servilmente-, pero yo no tengo la culpa.</p><p>Se adelant� como queriendo estrecharle la mano y, con su pistola con silenciador, meti� dos balas en el coraz�n del teniente. Despu�s mat� tranquilamente al timonel.</p><p>El tr�o que se hallaba alrededor del ca��n de proa se derrumb� y muri�, alcanzado por tres flechas disparadas por los tripulantes de Jack con excelente punter�a. El maquinista no sinti� la bala que le perfor� la sien. Cay� sobre el motor Diesel, sin soltar un trapo y una llave inglesa que ten�a en las manos ahora sin vida.</p><p>Jack y sus hombres llevaron los cad�veres abajo y despu�s destaparon r�pidamente todos los orificios de desag�e. Entonces volvieron al remolcador y no prestaron m�s atenci�n a la lancha patrullera que se hund�a y derivaba a impulso de la marea en la oscuridad.</p><p>No hab�a ninguna escalera bajada, por lo que arrojaron un par de cuerdas con garfios sobre la barandilla del petrolero. Jack y otros dos hombres treparon por ellas y despu�s izaron unos bidones de acetileno y un soplete.</p><p>Cuarenta y cinco minutos m�s tarde, hab�an sido cortadas las cadenas de las anclas, y el peque�o <emphasis>Pisto, </emphasis>como una hormiga tratando de mover un elefante, aplic� su defensa de proa contra la enorme popa del <emphasis>Ozero Baykai. </emphasis>Cent�metro a cent�metro, casi imperceptiblemente al principio, y despu�s metro a metro, el remolcador empez� a apartar el petrolero de la refiner�a y a empujarle hacia el centro de la bah�a.</p><p>Pitt observaba el perezoso movimiento del <emphasis>Ozero Baykai </emphasis>a trav�s de unos gemelos nocturnos. Afortunadamente, la marea menguante estaba a su favor, alejando cada vez m�s a aquel monstruo del coraz�n de la ciudad.</p><p>Hab�a encontrado una m�scara y registrado las bodegas en busca de se�ales de alg�n ingenio detonador, pero no hab�a hallado nada. Lleg� a la conclusi�n de que deb�a estar enterrado debajo del nitrato de amonio de uno de los dep�sitos de mercanc�as. Despu�s de casi dos horas, subi� a cubierta y respir� agradecido la suave brisa del mar.</p><p>El reloj de Pitt marcaba las cuatro y media cuando el <emphasis>Pisto </emphasis>volvi� a los muelles. Se dirigi� en l�nea recta al barco de las municiones. Jack lo estuvo observando hasta que los hombres de Moe recogieron el cable del torno de popa del remolcador y lo sujetaron a los norays de popa del <emphasis>Ozero Zaysan. </emphasis>Se hab�an desprendido las amarras, pero, en el momento en que el <emphasis>Pisto </emphasis>se dispon�a a tirar, un convoy militar de cuatro camiones lleg� rugiendo al muelle.</p><p>Pitt baj� por la pasarela y corri� por el muelle a toda velocidad. Pas� alrededor de una gr�a y se detuvo ante la amarra de popa. Desprendi� el grueso y viscoso cable del noray y lo dej� caer en el agua. No hab�a tiempo de soltar el cable de proa. Hombres fuertemente armados estaban saltando de los camiones y formando en equipos de combate. Subi� por la pasarela e hizo funcionar el torno el�ctrico que la elevaba al nivel de la cubierta, para impedir un asalto desde el muelle.</p><p>Descolg� el tel�fono del puente y se comunic� con la sala de m�quinas.</p><p>��Ya est�n ah�, Manny -fue todo lo que dijo.</p><p>��He hecho el vac�o y tengo bastante vapor en una caldera para mover al barco.</p><p>��Buen trabajo, amigo. Ha ganado una hora y media.</p><p>��Entonces, largu�monos de aqu�.</p><p>Pitt se dirigi� al tel�grafo del barco y puso los indicadores a preparados. Puso el tim�n de manera que la popa fuese la primera en apartarse del muelle. Despu�s pidi� despacio a popa.</p><p>Manny llam� desde la sala de m�quinas y Pitt pudo sentir que los motores empezaban a vibrar debajo de sus pies.</p><p>Clark se dio cuenta, con s�bito desaliento, de que su grupito de hombres era muy inferior en n�mero, y de que estaba cortado todo camino para escapar. Vio tambi�n que no ten�an que hab�rselas con soldados cubanos corrientes, sino con una fuerza de �lite de infantes de marina sovi�ticos. En el mejor de los casos, pod�a ganar unos pocos minutos, el tiempo suficiente para que los barcos se apartasen del muelle.</p><p>Introdujo la mano en una bolsa de lona colgada de su cintur�n y sac� de ella una granada. Sali� de la sombra y lanz� la granada contra el cami�n de atr�s. La explosi�n produjo un estampido sordo, seguido de una llamarada producida por el estallido del dep�sito de la gasolina. El cami�n pareci� abrirse y los hombres que se hallaban en �l fueron lanzados sobre el muelle como bolos encendidos.</p><p>Corri� entre los pasmados y desorganizados rusos, saltando sobre los heridos que chillaban y rodaban por el suelo tratando desesperadamente de apagar su ropa en llamas. Otras detonaciones se produjeron en r�pida sucesi�n, resonando en la bah�a, cuando �l arroj� tres granadas m�s debajo de los otros camiones.</p><p>Nuevas llamaradas y nubes de humo se elevaron sobre los tejados de los almacenes. Los infantes de Marina abandonaron fren�ticamente sus veh�culos y corrieron para ponerse a salvo. Unos pocos recobraron su energ�a y empezaron a disparar en la oscuridad contra todo aquello que parec�a vagamente una forma humana. El ruido del tiroteo se mezcl� con el de los cristales de las ventanas de los almacenes que saltaban hechos a�icos.</p><p>Los seis componentes del peque�o equipo de Clark aguantaron el fuego. Las pocas balas que llegaron en su direcci�n pasaron sobre sus cabezas. Esperaron a que Clark se mezclara en aquella desorganizada algarab�a, sin que nadie sospechase de �l debido a su uniforme de oficial cubano, maldiciendo en ruso y ordenando a los soldados que se reagrupasen y atacasen muelle arriba.</p><p>���A formar! �A formar! -grit� furiosamente-. Se est�n escapando. �Moveos, maldita sea, antes de que huyan esos traidores!</p><p>Se interrumpi� de pronto al encontrarse frente a frente con Borchev. El comandante sovi�tico se qued� con la boca abierta, en una incredulidad total, y antes de que pudiese cerrarla, Clark le agarr� de un brazo y le arroj� al agua. Afortunadamente, nadie lo advirti� en medio de aquella confusi�n.</p><p>���Seguidme! -chill� Clark, y empez� a correr por el muelle entre dos almacenes. Individualmente y en grupos de cuatro o cinco, los infantes de Marina sovi�ticos corrieron detr�s de �l a trav�s del muelle agach�ndose y zigzagueando en movimientos bien aprendidos, y disparando una cortina de balas mientras avanzaban.</p><p>Parec�an haber dominado la impresi�n paralizadora de la sorpresa y estaban resueltos a tomar represalias contra su invisible enemigo, sin saber que estaban escapando de una pesadilla para caer en otra. Nadie discuti� las �rdenes de Clark. Sin un jefe que les ordenase lo contrario, los suboficiales exhortaron a sus hombres para que obedeciesen al oficial de uniforme cubano que dirig�a el ataque.</p><p>Cuando los infantes de Marina hubieron pasado entre los almacenes, Clark se arroj� al suelo como si estuviese herido. Era la se�al para que sus hombres abriesen fuego. Los sovi�ticos se vieron atacados desde todos lados. Muchos fueron derribados. Hac�an unos blancos perfectos, resaltados por la resplandeciente hoguera de los camiones. Los que sobrevivieron a la guada�a de la muerte contestaron el fuego. El repiqueteo de las armas era ensordecedor, mientras las balas se incrustaban en las paredes de madera o en carne humana o fallaban el blanco y rebotaban silbando en la noche. Clark corri� velozmente para resguardarse detr�s de una gr�a, pero fue alcanzado en un muslo y por otra bala que le atraves� ambas mu�ecas.</p><p>Malparados, pero sin dejar de luchar, los sovi�ticos empezaron a retirarse. Hicieron un f�til intento de salir de los muelles y resguardarse detr�s de un muro de hormig�n a lo largo del bulevar principal, pero dos de los hombres de Clark lanzaron una r�faga de tiros que los dej� secos.</p><p>Clark yac�a detr�s de la gr�a, sangrando a chorros de sus rotas venas, pero incapaz de detener la hemorragia. Sus manos pend�an como las ramas rotas de un �rbol, y no sent�a nada en los dedos. Estaba perdiendo ya el conocimiento cuando se arrastr� hasta la orilla del muelle y mir� hacia el puerto.</p><p>Lo �ltimo que jam�s ver�an sus ojos fue la silueta de los dos cargueros contra las luces de la orilla opuesta. Se estaban apartando de los muelles y dirigi�ndose a la entrada del puerto.</p></section><section><title><p>71</p></title><p>Mientras se combat�a furiosamente en el muelle, el peque�o <emphasis>Pisto </emphasis>empez� a remolcar por la popa al <emphasis>Ozero Zaysan </emphasis>hacia el centro del puerto. Luchando con toda su fuerza, enterr� su grande y �nica h�lice en el agua grasienta, haci�ndola hervir en un caldero de espuma.</p><p>El navio de veinte mil toneladas empez� a moverse. Su mole amorfa era iluminada por llamas de color naranja mientras se deslizaba hacia el mar abierto. En cuanto se hubo apartado de los muelles, Jack vir� 180 grados, hasta que el barco cargado de municiones puso proa a la entrada del puerto. Entonces lo solt� y recogi� el cable de arrastre.</p><p>En la caseta del tim�n del <emphasis>Amy Bigalow, </emphasis>Pitt sujet� con fuerza la rueda del tim�n y esper� que algo cediese. Estaba tenso, apenas se atrev�a a respirar. El cable todav�a amarrado de la proa se puso tirante y cruji� por la tremenda tensi�n ejercida por el barco en marcha atr�s, pero se neg� tercamente a romperse. Como un perro tratando de soltarse de la correa, el <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>movi� ligeramente la proa, aumentando la tensi�n. El cable resisti�, pero el noray se desprendi� del muelle con un fuerte chasquido de madera astillada.</p><p>Un temblor agit� todo el barco, que empez� a adentrarse gradualmente en el puerto. Pitt hizo girar la rueda y la proa se volvi� hasta que el barco se coloc� de costado en relaci�n con el muelle que se alejaba. La vibraci�n del motor se amortigu� y pronto se deslizaron suavemente, con una ligera humareda brotando de la chimenea.</p><p>Todo el muelle parec�a estar ardiendo; las llamas de los camiones incendiados proyectaban una luz misteriosa y vacilante al interior de la caseta del tim�n. Todos los marineros, salvo Manny, subieron de la sala de m�quinas y se plantaron en la proa. Ahora que ten�a sitio para maniobrar, Pitt hizo girar el tim�n hacia estribor y se�al� adelante despacio en el tel�grafo. Manny respondi� y el <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>dej� de navegar en marcha atr�s y empez� a deslizarse suavemente de proa.</p><p>Las estrellas del este empezaban a perder su brillo cuando el oscuro casco del <emphasis>Ozero Zaysan </emphasis>se puso de trav�s. Pitt orden� parada cuando el remolcador se situ� debajo de la proa. La tripulaci�n del <emphasis>Pisto </emphasis>lanz� una cuerda ligera atada a una serie de cuerdas m�s gruesas. Pitt observ� desde el puente c�mo eran izadas a bordo. Entonces el fuerte cable de remolque fue sujetado a un torno de proa y tensado.</p><p>La misma operaci�n se repiti� en la popa, s�lo que, esta vez, con la cadena del ancla de babor del inerte <emphasis>Ozero Zaysan. </emphasis>Cuando la cadena hubo sido recogida, sus eslabones fueron sujetados en el torno de popa. Qued� establecida la conexi�n en dos direcciones. Los tres barcos estaban ahora atados juntos, con el <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>en medio.</p><p>Jack hizo sonar la sirena del <emphasis>Pisto, </emphasis>y el remolcador avanz�, tensando el cable. Pitt estaba en el puente, mirando hacia la popa. Cuando uno de los hombres de Manny hizo se�ales de que el cable de popa estaba tirante, Pitt dio un ligero toque de sirena y puso el tel�grafo en avante a toda m�quina.</p><p>La �ltima parte del plan de Pitt hab�a terminado. El petrolero fue dejado atr�s, flotando m�s cerca de los dep�sitos de petr�leo de la orilla opuesta del puerto, pero a dos kil�metros del populoso centro de la ciudad. Los otros dos barcos, con sus mort�feras cargas, se dirig�an hacia el mar abierto. El remolcador a�ad�a su fuerza a la del <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>para aumentar la velocidad de la caravana mar�tima.</p><p>Detr�s de ellos, la gran columna de llamas y humo ascend�a en espiral hacia el cielo azul de la ma�ana temprana. Clark hab�a ganado tiempo para darles una oportunidad de victoria, pero lo hab�a pagado con la vida.</p><p>Pitt no mir� hacia atr�s. Sus ojos eran atra�dos como un im�n por el rayo de luz del faro que se alzaba sobre las grises murallas del Castillo del Morro, la siniestra fortaleza que guardaba la entrada del puerto de La Habana. Estaba a tres millas de distancia, pero parec�an treinta.</p><p>La suerte estaba echada. Manny elev� la fuerza de la otra m�quina y las dos h�lices gemelas batieron el agua. El <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>empez� a adquirir velocidad. De dos nudos pas� a tres. De tres pas� a cuatro. Avanz� hacia el canal, debajo del faro, como un caballo percher�n en una competici�n de tiro.</p><p>Estaba a cuarenta minutos de alcanzar la libertad. Pero se hab�a dado la alarma y todav�a ten�a que llegar lo inconcebible.</p><empty-line/><p>El comandante Borchev esquiv� las ascuas que ca�an y silbaban en el agua. Flotando all�, debajo de los pilotes, pod�a o�r el estruendo de las armas de fuego y ver las llamas que se elevaban hacia el cielo. El agua de los muelles estaba tibia y ol�a a peces muertos y a petr�leo. Arque� y vomit� el agua sucia que hab�a tragado cuando el extra�o coronel cubano le hab�a empujado sobre el borde del muelle.</p><p>Nad� lo que le pareci� una milla antes de encontrar una escalera y subir a un embarcadero abandonado. Escupi� asqueado y corri� hacia el convoy ardiente.</p><p>Cuerpos ennegrecidos y quemados llenaban el muelle. El tiroteo hab�a cesado cuando los pocos supervivientes de Clark escaparon en una peque�a barca con motor fuera borda. Borchev anduvo cautelosamente entre aquella carnicer�a. A excepci�n de dos heridos que se hab�an refugiado detr�s de una carretilla elevadora, los dem�s hab�an muerto. Todo su destacamento hab�a sido aniquilado.</p><p>Medio loco de rabia, Borchev pas� tambale�ndose entre las v�ctimas, buscando, hasta que encontr� el cuerpo de Clark. Puso boca arriba al agente de la C�A y mir� sus ojos ciegos.</p><p>���Qui�n eres? -pregunt� est�pidamente-. �Para qui�n trabajas?</p><p>Pero la facultad de responder hab�a muerto con Clark.</p><p>Borchev agarr� del cintur�n el cuerpo ex�nime y lo arrastr� hasta el borde del muelle. Entonces, de una patada, lo arroj� al agua.</p><p>���Veamos si te gusta esto! -grit�, insensato.</p><p>Borchev anduvo sin objeto entre los muertos durante otros diez minutos, antes de recobrar su aplomo. Por �ltimo comprendi� que ten�a que informar a Velikov. El �nico transmisor hab�a quedado destrozado dentro del primer cami�n, y Borchev empez� a correr por la zona portuaria buscando febrilmente un tel�fono.</p><p>Vio en un edificio un r�tulo que lo identificaba como sal�n de recreo de los trabajadores del muelle. Se lanz� contra la puerta y la abri� de golpe con el hombro. Busc� a tientas en la pared, encontr� el interruptor de la luz y la encendi�. La habitaci�n estaba amueblada con viejos sof�s manchados. Hab�a tableros de ajedrez, fichas de domin� y un peque�o frigor�fico. Posters de Castro, del Che Guevara, fumando un cigarro con altaner�a, y de un sombr�o Lenin, miraban hacia abajo desde una pared.</p><p>Borchev entr� en el despacho de un supervisor y levant� el tel�fono que hab�a sobre una mesa. Marc� varias veces sin poder comunicar. Por fin despert� a la telefonista, maldiciendo la retrasada eficacia del sistema telef�nico cubano.</p><p>Las nubes empezaban a adquirir un brillo anaranjado sobre los montes del este y las sirenas de los veh�culos de bomberos de la ciudad converg�an sobre el puerto cuando le pusieron por fin en comunicaci�n con la Embajada sovi�tica.</p><p>El capit�n Manuel Pinon estaba en el puente de la fragata patrullera de clase Riga, construida en Rusia, y enfoc� sus gemelos. Su primer oficial le hab�a despertado poco despu�s de que estallasen la lucha y la conflagraci�n en la zona comercial del puerto. Pod�a ver poco a trav�s de los gemelos, porque su barco estaba amarrado en el muelle naval detr�s de una punta y precisamente m�s abajo del canal, y su visi�n quedaba entorpecida por unos edificios.</p><p>���Deber�amos ir a investigar? -pregunt� el primer oficial.</p><p>��La polic�a y los bomberos ya se ocupar�n de ello -respondi� Pinon.</p><p>��Parecen disparos de fusil.</p><p>��Probablemente un incendio en un almac�n de municiones. Es mejor que no entorpezcamos a las embarcaciones contra incendios. -Tendi� los gemelos al primer oficial-. Siga observando. Yo me vuelvo a la cama.</p><p>Pinon estaba a punto de entrar en su camarote cuando el primer oficial lleg� corriendo por el pasillo.</p><p>��Se�or, ser� mejor que vuelva al puente. Dos barcos est�n tratando de salir del puerto.</p><p>���Sin autorizaci�n?</p><p>��S�, se�or.</p><p>��Tal vez se trasladan a otro lugar de amarre.</p><p>El primer oficial sacudi� la cabeza.</p><p>��Han puesto rumbo al canal principal.</p><p>Pinon gru��.</p><p>��Los dioses no quieren dejarme dormir.</p><p>El primer oficial sonri� ir�nicamente.</p><p>��Un buen comunista no cree en los dioses.</p><p>��Cu�nteselo a mi anciana madre.</p><p>De nuevo en el puente, Pinon bostez� y mir� a trav�s de la neblina de la ma�ana temprana. Dos barcos remolcados estaban a punto de entrar en el canal en direcci�n al mar abierto.</p><p>���Qu� diablos�? -Pinon volvi� a enfocar los gemelos-. Ni una bandera, ni una luz de navegaci�n encendida, ni vigilancia en los puentes�</p><p>��Ni responden a nuestras se�ales por radio exigi�ndoles que declaren sus intenciones. Casi parece que tratan de escapar.</p><p>��Chusma contrarrevolucionaria tratando de llegar a los Estados Unidos -gru�� Pinon-. S�, debe ser esto. No puede ser otra cosa.</p><p>���Debo dar la orden de zarpar y salirles al paso?</p><p>��S�, inmediatamente. Nos cruzaremos delante de sus proas y les cerraremos el camino.</p><p>Todav�a hablaba cuando el primer oficial empez� a tocar la sirena para que los tripulantes ocupasen sus puestos.</p><p>Diez minutos m�s tarde, aquel barco de treinta a�os, retirado por la Marina rusa despu�s de ser sustituido por una clase de fragata m�s nueva y modificada, navegaba de costado a trav�s del canal. Sus ca�ones de cuatro pulgadas apuntaban casi a boca de jarro a los buques fantasmas que se acercaban r�pidamente.</p><p>Pitt observ� la centelleante luz de se�ales de la fragata y estuvo tentado de encender la radio, pero se hab�a convenido desde el principio que el convoy guardar�a silencio para el caso de que cualquier receptor de las autoridades del puerto o de alg�n puesto de seguridad estuviese sintonizado en la misma frecuencia. El conocimiento del c�digo de Morse internacional de Pitt estaba muy oxidado, pero descifr� el mensaje como �Det�nganse inmediatamente e identifiq�ese.�</p><p>Mantuvo la mirada fija en el <emphasis>Pisto. </emphasis>Sab�a que cualquier movimiento s�bito de fuga ten�a que iniciarlo Jack. Llam� a la sala de m�quinas y dijo a Manny que una fragata estaba bloqueando su rumbo, pero las agujas del tel�grafo met�lico siguieron fijas en</p><p>AVANTE A TODA M�QUINA.</p><p>Ahora estaban tan cerca que pod�a ver la bandera naval cubana ondeando r�gidamente bajo la brisa marina. Las tablillas de la l�mpara de se�ales se abrieron y cerraron de nuevo. �Det�nganse inmediatamente o abriremos fuego.�</p><p>Dos hombres aparecieron en la popa del <emphasis>Pisto </emphasis>y empezaron fren�ticamente a largar m�s cable. Al mismo tiempo, el remolcador cambi� de rumbo e hizo una brusca virada a estribor. Entonces Jack sali� de la caseta del tim�n y grit� a la fragata a trav�s de un meg�fono:</p><p>��Ap�rtate, pedazo de imb�cil. �No ves que estoy remolcando?</p><p>Pinon hizo caso omiso del insulto. No esperaba menos de un patr�n de remolcador.</p><p>��Su maniobra no est� autorizada. Voy a enviar una patrulla de inspecci�n.</p><p>��Que me aspen si consiento que ning�n mequetrefe de la Marina ponga los pies en mi barco.</p><p>��D�se por muerto si no lo hace -replic� Pinon, de buen humor.</p><p>Ahora ya no estaba seguro de que fuese un intento de fuga en masa de disidentes, pero la extra�a acci�n del remolcador y los barcos sin luces exig�an una investigaci�n.</p><p>Se inclin� sobre la barandilla del puente y orden� que fuese arriada la lancha a motor con una patrulla. Cuando volvi� a mirar el convoy no identificado, se qued� paralizado de espanto.</p><p>Demasiado tarde. A la p�lida luz de la ma�ana, no hab�a visto que el barco de detr�s del remolcador no era un peso muerto. Navegaba y se estaba acercando a la fragata a una velocidad de al menos ocho nudos. Se qued� mirando perplejo durante unos segundos, antes de recobrar el uso de su raz�n.</p><p>���Avante! -grit�-. Artilleros, �fuego!</p><p>Su orden fue seguida por el estruendo ensordecedor de los proyectiles que volaban sobre el hueco cada vez m�s estrecho e iban a estrellarse en la proa y la superestructura del <emphasis>Amy Bigalow, </emphasis>hasta estallar en una explosi�n de llamas y pedazos de acero. El lado de babor de la caseta del tim�n pareci� desaparecer como bajo la acci�n de una m�quina trituradora de chatarra. Cristales y otros restos saltaron como perdigones. Pitt se agach� pero sigui� aferrado a la rueda con una determinaci�n que rayaba en ciega terquedad. Tuvo suerte de salir de aquello con s�lo unos pocos cortes y un muslo lastimado.</p><p>La segunda r�faga destroz� el cuarto de mapas y parti� el primer m�stil en dos. La mitad superior cay� sobre el costado del buque y fue arrastrada unos treinta metros hasta que se rompieron los cables y flot� en libertad. La chimenea fue alcanzada y qued� hecha pedazos, y una granada estall� dentro del pa�ol del �ncora de estribor, haciendo saltar por el aire los oxidados eslabones como trozos de metralla.</p><p>No habr�a una tercera r�faga.</p><p>Pinon permaneci� absolutamente inm�vil, apretadas las manos sobre la barandilla del puente. Miraba la proa negra y amenazadora del <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>alz�ndose imponente sobre la fragata, p�lido y convencido de que su barco estaba a punto de morir.</p><p>Las h�lices de la fragata giraron fren�ticas pero no pudieron apartarla con bastante rapidez. El <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>no podr�a fallar y las intenciones de Pitt eran evidentes. Compensaba y cortaba el �ngulo en direcci�n a la mitad de la fragata. Los tripulantes que estaban en cubierta y pudieron ver el desastre inminente se quedaron paralizados de horror antes de reaccionar al fin y arrojarse por la borda.</p><p>El tajamar de veinte metros de altura del <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>embisti� a la fragata justo por delante de la torre de popa, destrozando las planchas y haciendo penetrar el casco casi siete metros. El barco de Pinon hubiese podido sobrevivir a la colisi�n y llegar a tierra antes de hundirse, pero, con un terrible chirrido met�lico, la proa del <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>se elev� hasta dejar al descubierto la quilla. Permaneci� as� un instante y despu�s cay� de nuevo, partiendo la fragata por la mitad y empujando hacia el fondo la secci�n de popa.</p><p>Enseguida el mar penetr� en la amputada proa, pasando entre los retorcidos mamparos e inundando los compartimientos abiertos. Al entrar el agua a raudales en el casco de la fragata condenada, �sta empez� a hundirse hacia atr�s. Su agon�a no dur� mucho. Cuando el <emphasis>Ozero Zaysan </emphasis>fue remolcado hacia el lugar de la colisi�n, la fragata hab�a desaparecido, dejando a unos pocos de sus tripulantes debati�ndose en el agua.</p></section><section><title><p>72</p></title><p>���Ha ca�do en una trampa?</p><p>La voz de Velikov son� llana y dura en el tel�fono.</p><p>Borchev se sinti� inc�modo. Le costaba confesar que era �l uno de los tres �nicos supervivientes de una tropa de cuarenta y que ni siquiera hab�a sufrido un rasgu�o.</p><p>��Una fuerza desconocida de al menos doscientos cubanos abri� fuego con armas potentes antes de que pudi�semos evacuar los camiones.</p><p>���Est� seguro de que eran cubanos?</p><p>���Qui�n, si no ellos, pod�a proyectar y llevar a cabo el golpe? El oficial que les mandaba llevaba un uniforme del Ej�rcito cubano.</p><p>���P�rez?</p><p>��No sabr�a decirlo. Necesitaremos tiempo para identificarle.</p><p>��Podr�a haber sido una equivocaci�n de soldados novatos que abrieron fuego por estupidez o llevados del p�nico.</p><p>��Estaban muy lejos de ser est�pidos. Yo puedo reconocer a primera vista a los soldados bien instruidos para el combate. Sab�an que nosotros �bamos a llegar y nos tendieron una emboscada muy bien preparada.</p><p>Velikov palideci� intensamente y, con la misma rapidez, se puso colorado. El ataque en Cayo Santa Mar�a revivi� en su memoria. Apenas pudo contener su furor.</p><p>���Cu�l era su objetivo?</p><p>��Ganar tiempo para apoderarse de los barcos.</p><p>La respuesta de Borchev sobresalt� a Velikov. Tuvo la impresi�n de que su cuerpo se hab�a congelado. Las preguntas brotaron atropelladamente de su boca.</p><p>���Tomaron los barcos de la operaci�n Ron y Cola? �Est�n todav�a amarrados en sus muelles?</p><p>��No, un remolcador arrastr� al <emphasis>Ozero Zaysan. </emphasis>El <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>parec�a navegar por sus propios medios. Les perd� de vista cuando doblaron la punta. Un poco m�s tarde o� lo que parec�an disparos de ca�ones navales cerca de la entrada del canal.</p><p>Velikov hab�a o�do tambi�n el ruido de ca�onazos. Se qued� mirando con ojos incr�dulos la desnuda pared, tratando de imaginar qu� c�rculo de hombres conceb�an unas operaciones tan complicadas. No quer�a creer que las unidades secretas fieles a Castro tuviesen los conocimientos y la experiencia necesarios. Solamente el largo brazo de los americanos y su C�A pod�an haber destruido Cayo Santa Mar�a y arruinado su plan para terminar con el r�gimen de Castro. Y s�lo un individuo pod�a haber sido responsable de la filtraci�n de informaci�n.</p><p>Dirk Pitt.</p><p>Una expresi�n de profunda reflexi�n se pint� en el semblante de Velikov. El agua se estaba aclarando. Sab�a lo que ten�a que hacer en el poco tiempo que le quedaba.</p><p>���Est�n todav�a los barcos en el puerto? -pregunt� a Borchev.</p><p>��Si trataban de escapar hacia alta mar, dir�a que est�n en alguna parte del canal de Entrada.</p><p>��Encuentre al almirante Chekoldin y d�gale que quiero que los barcos sean detenidos y tra�dos de nuevo al puerto interior.</p><p>��Cre�a que todos los buques sovi�ticos se hab�an hecho a la mar.</p><p>��El almirante y su buque insignia no deben partir hasta las ocho. No emplee el tel�fono. Ll�vele personalmente mi petici�n y recalque la urgencia del caso.</p><p>Antes de que Borchev pudiese replicar, Velikov colg� el tel�fono y corri� a la entrada principal de la Embajada, sin prestar atenci�n al atareado personal que preparaba la evacuaci�n. Corri� hacia la limusina y apart� a un lado al ch�fer, que esperaba para conducir al embajador sovi�tico a lugar seguro.</p><p>Hizo girar la llave de contacto y meti� la marcha en el instante en que zumb� el motor. Las ruedas de atr�s giraron y chirriaron furiosamente al salir el coche del patio de la embajada a la calle.</p><p>Dos manzanas m�s all�, Velikov se detuvo en seco. Una barricada militar le cerraba el paso. Dos coches blindados y una compa��a de soldados cubanos estaban apostados en el ancho bulevar. Un oficial se acerc� al coche e ilumin� la ventanilla con una linterna.</p><p>��Por favor, �quiere mostrarme sus documentos de identidad?</p><p>��Soy el general Peter Velikov, agregado a la Misi�n Militar Sovi�tica. Me urge llegar a la residencia del coronel general Kolchak. Ap�rtense a un lado y d�jenme pasar.</p><p>El oficial observ� un momento la cara de Velikov, como para asegurarse de que era �l. Apag� la linterna e hizo se�as a dos de sus hombres para que subiesen al asiento de atr�s. Entonces dio una vuelta alrededor del coche y subi� por la puerta de delante.</p><p>��Le est�bamos esperando, general -dijo, en tono fr�o pero cort�s-. Tenga la bondad de seguir mis indicaciones y torcer a la izquierda en el pr�ximo cruce.</p><p>Pitt estaba plantado con los pies ligeramente separados y agarrando la rueda del tim�n con ambas manos, mientras observaba c�mo pasaba por su lado, con terrible lentitud, el faro de la entrada del puerto. Toda su mente, todo su cuerpo, todos sus nervios se concentraban en alejar lo m�s posible el barco de la populosa ciudad antes de que estallase el nitrato de amonio.</p><p>El agua se convirti� de verde gris en esmeralda y el barco empez� a balancearse suavemente al surcar las olas que ven�an de alta mar. El <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>hac�a agua a causa de las planchas arrancadas de la proa, pero todav�a obedec�a al tim�n y flotaba en la estela del remolcador.</p><p>Le dol�a todo el cuerpo de cansancio. Se aguantaba por pura fuerza de voluntad. La sangre de los cortes producidos por las explosiones de las granadas de la fragata se hab�a coagulado y hab�a pintado rayas de un rojo oscuro en su cara. No sent�a el sudor ni la ropa que se pegaba a su cuerpo.</p><p>Cerr� un momento los ojos y dese� estar de regreso en su apartamento, con un martini con ginebra Bombay en la mano y sentado debajo de una ducha caliente. Dios m�o, qu� fatigado estaba.</p><p>Una s�bita r�faga de viento entr� por las ventanas destrozadas del puente, y Pitt abri� de nuevo los ojos. Observ� las orillas de la costa a babor y a estribor. Las piezas de artiller�a emplazadas disimuladamente alrededor del puerto permanec�an silenciosas y todav�a no hab�a se�ales de aviones o de lanchas patrulleras. A pesar de la batalla sostenida con la fragata armada, no se hab�a dado la alarma. La confusi�n y la falta de informaci�n entre fuerzas militares de seguridad de La Habana estaban trabajando a su favor.</p><p>La ciudad todav�a dormida continuaba estando detr�s de ellos, como sujeta a la popa de la embarcaci�n. Ahora hab�a salido ya el sol y el convoy pod�a ser visto desde cualquier lugar de la costa.</p><p>Unos minutos m�s, unos pocos minutos m�s, no paraba de repetirse mentalmente.</p><p>Velikov recibi� la orden de detenerse en una esquina desierta cerca de la plaza de la Catedral, en la vieja Habana. Fue conducido al interior de un m�sero edificio de ventanas polvorientas y rajadas, pasando por delante de unas vitrinas donde se exhib�an descoloridos p�sters de estrellas de cine de los a�os cuarenta, que miraban a la c�mara sentados en el bar.</p><p>Taberna frecuentada anta�o por ricas celebridades americanas, Sloppy Joe's no era ahora m�s que un s�rdido tugurio largo tiempo olvidado, salvo por unos pocos viejos. Cuatro personas estaban sentadas a un lado del deslustrado y descuidado bar.</p><p>El interior estaba oscuro y ol�a a desinfectante y a deterioro. Velikov no reconoci� a sus anfitriones hasta que lleg� a la mitad de la habitaci�n sin barrer. Entonces se detuvo en seco y mir� fijamente, con incredulidad, mientras se sent�a invadido por s�bitas n�useas.</p><p>Jessie LeBaron estaba sentada entre un hombre gordo y extra�o y Ra�l Castro. El cuarto hombre del grupo le dirigi� una mirada amenazadora.</p><p>��Buenos d�as, general -dijo Fidel Castro-. Me alegro de que haya podido venir a reunirse con nosotros.</p></section><section><title><p>73</p></title><p>Pitt aguz� los o�dos al percibir el zumbido de un avi�n. Solt� la rueda del tim�n y se asom� a la puerta del puente.</p><p>Un par de helic�pteros armados volaban a lo largo de la costa, viniendo del norte. Pitt volvi� a mirar hacia la entrada del puerto. Un barco de guerra gris avanzaba por el canal a toda velocidad, levantando una ola enorme con la proa. Esta vez era un destructor sovi�tico, fino como un l�piz, apuntando con los ca�ones de proa a los maltrechos e indefensos barcos de la muerte. Hab�a empezado una caza de la que nadie pod�a escapar.</p><p>Jack sali� a la cubierta del remolcador y mir� el destrozado puente del <emphasis>Amy Bigalow. </emphasis>Se maravill� de que alguien siguiese vivo y manejando el tim�n. Se llev� una mano a un o�do y esper� hasta que otra mano hizo el mismo adem�n, en se�al de comprensi�n. Aguard� a que un tripulante corriese a la popa del carguero e hiciese la misma se�al a Moe, a borde del <emphasis>Ozero Zaysan. </emphasis>Despu�s volvi� dentro y llam� por radio.</p><p>��Aqu� el <emphasis>Pisto. </emphasis>�Me oyen? Cambio.</p><p>��Perfectamente -respondi� Pitt.</p><p>��Le oigo -dijo Moe.</p><p>��Ha llegado la hora de que aten la rueda del tim�n y abandonen el barco -dijo Jack.</p><p>���Qu� bien! -gru�� Moe-. Dejemos que esos cascarones infernales se hundan solos.</p><p>��Dejaremos los motores funcionando a toda velocidad -dijo Pitt-. �Qu� har� el <emphasis>Pisto?</emphasis></p><p>��Seguir� dirigi�ndolo durante unos minutos m�s, para asegurarme de que los barcos no vuelvan hacia la costa -respondi� Jack.</p><p>��Ser� mejor que no se retrase. Los chicos de Castro vienen por el canal.</p><p>��Les veo -dijo Jack-. Suerte. Cierro.</p><p>Pitt fij� el tim�n en la posici�n de avante y llam� a Manny. El duro jefe de m�quinas no necesitaba que le diesen prisa. Tres minutos m�s tarde, �l y sus hombres estaban desprendiendo la lancha de su pescante. Subieron a ella y empezaban a arriarla cuando Pitt salt� sobre la borda y se dej� caer.</p><p>��Casi le hemos dejado atr�s -grit� Manny.</p><p>��Comuniqu� por radio con el destructor y les dije que se apartasen o volar�amos el barco cargado de municiones.</p><p>Antes de que Manny pudiese replicar, se oy� un estampido parecido a un trueno. Pocos segundos despu�s, una granada cay� en el mar a cincuenta metros delante del <emphasis>Pisto.</emphasis></p><p>��No se lo han tragado -gru�� Manny.</p><p>Puso en marcha el motor y dispuso la caja de cambios de manera que, cuando tocasen el agua, su velocidad fuese igual a la del barco. Soltaron los cables y cayeron de costado sobre las olas, casi a punto de volcar. El <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>prosigui� su �ltimo viaje, abandonado y condenado a la destrucci�n.</p><p>Manny se volvi� y vio que Moe y sus hombres estaban bajando la lancha del <emphasis>Ozero Zaysan. </emphasis>Choc� contra una ola y fue lanzada contra el costado de acero del buque con tanta fuerza que saltaron las juntas de estribor y se inund� a medias el casco, sumergi�ndose el motor.</p><p>��Tenemos que ayudarles -dijo Pitt.</p><p>��De acuerdo -convino Manny.</p><p>Antes de que pudiesen dar media vuelta, Jack hab�a captado la situaci�n y grit� por su meg�fono:</p><p>��D�jenlos. Yo les recoger� cuando me suelte. Preoc�pense de ustedes y dir�janse a tierra.</p><p>Pitt tom� el puesto de piloto de un tripulante que se hab�a aplastado los dedos con las cuerdas del pescante. Dirigi� la lancha hacia los altos edificios del Malec�n y puso la velocidad al m�ximo.</p><p>Manny miraba hacia atr�s, al remolcador y al bote donde se hallaba la tripulaci�n de Moe. Palideci� cuando el destructor dispar� de nuevo y dos columnas gemelas de agua se elevaron a los lados del <emphasis>Pisto. </emphasis>La rociada cay� sobre la obra muerta, pero el barco se sacudi� el agua y sigui� adelante.</p><p>Moe se volvi�, disimulando un sentimiento de p�nico. Sab�a que no volver�a a ver vivos a sus amigos.</p><p>Pitt estaba calculando la distancia entre los buques que se retiraban y la costa. Todav�a estaban lo bastante cerca, demasiado cerca, para que los explosivos destruyesen la mayor parte de La Habana, pens� l�gubremente.</p><empty-line/><p>���Aprob� el presidente Antonov su plan para asesinarme? -pregunt� Fidel Castro.</p><p>Velikov estaba en pie, con los brazos cruzados. No le hab�an invitado a sentarse. Mir� a Castro con fr�o desd�n.</p><p>��Soy un militar de alta graduaci�n de la Uni�n Sovi�tica. Exijo que se me trate como a tal.</p><p>Los negros y furiosos ojos de Ra�l Castro echaron chispas.</p><p>��Esto es Cuba. Aqu� no puede usted exigir nada. No es m�s que una escoria de la KGB.</p><p>��Basta, Ra�l, basta -le amonest� Fidel. Mir� a Velikov-. No juegue con nosotros, general. He estudiado sus documentos. Ron y Cola ya no es un secreto.</p><p>Velikov jug� sus cartas.</p><p>��Estoy perfectamente enterado de la operaci�n. Otro ruin intento de la C�A para socavar la amistad entre Cuba y la Uni�n Sovi�tica.</p><p>��Si es as�, �por qu� no me avis�?</p><p>��No tuve tiempo.</p><p>��Pero lo encontr� para hacer salir de la capital a los rusos -salt� Ra�l-. �Y por qu� escapaba usted a estas horas de la ma�ana?</p><p>Una expresi�n de arrogancia se pint� en el rostro de Velikov.</p><p>��No me tomar� la molestia de contestar a sus preguntas. �Necesito recordarle que gozo de inmunidad diplom�tica? No tiene usted derecho a interrogarme.</p><p>���C�mo pretende hacer estallar los explosivos? -pregunt� tranquilamente Castro.</p><p>Velikov guard� silencio. Las comisuras de sus labios se torcieron ligeramente hacia arriba en una sonrisa, al o�r los lejanos estampidos de disparos de ca��n. Fidel y Ra�l intercambiaron una mirada, pero nada se dijeron.</p><p>Jessie se estremeci� al sentir que aumentaba la tensi�n en el peque�o bar. Por un momento, lament� no ser hombre para poder sacar a golpes la verdad al general. De pronto sinti� n�useas y deseos de gritar, al ver que se estaba perdiendo un tiempo precioso.</p><p>��Por favor, d�gales lo que quieren saber -suplic�-. No puede permitir que miles de ni�os mueran por una insensata causa pol�tica.</p><p>Ve�ikov no discuti�. Permaneci� imp�vido.</p><p>��Me encantar�a llev�rmelo -dijo Hagen.</p><p>��No hace falta que se ensucie las manos, se�or Hagen -dijo Fidel-. Tengo expertos en interrogatorios cruentos, que est�n esperando fuera.</p><p>��No se atrever�n -grit� Velikov.</p><p>��Tengo el deber de advertirle que, si no<emphasis/>impide que se produzca la explosi�n, ser� torturado. No con simples inyecciones como las que administran a los presos pol�ticos en sus hospitales mentales de Rusia, sino con torturas indecibles que se suceder�n de d�a y de noche. Nuestros mejores especialistas m�dicos le mantendr�n con vida. Ninguna pesadilla podr� compararse con sus sufrimientos, general. Gritar� hasta que no pueda m�s. Entonces, cuando sea poco m�s que un vegetal, ciego, sordo y mudo, ser� trasladado y arrojado en un barrio bajo de alg�n lugar de �frica del Norte, donde sobrevivir� o morir� y donde nadie ayudar� ni compadecer� a un pordiosero tullido que vivir� en la miseria. Se convertir� en lo que ustedes, los rusos, llaman una no-persona.</p><p>La coraza de Velikov se agriet�, pero muy ligeramente.</p><p>��No malgaste su aliento. Morir� usted. Yo tambi�n morir�. Todos moriremos.</p><p>��Se equivoca. Los barcos que transportan las municiones y el nitrato de amonio han sido sacados del puerto por las mismas personas a quienes usted quiere culpar. En este momento, agentes de la C�A los est�n conduciendo a alta mar, donde la fuerza explosiva s�lo matar� a los peces.</p><p>Velikov aprovech� r�pidamente su ligera ventaja.</p><p>��No, se�or presidente, es usted quien se equivoca. Los ca�onazos que ha o�do hace unos minutos eran de una embarcaci�n sovi�tica que ha detenido a los barcos y los conduce de nuevo a puerto. Puede que estallen demasiado pronto para su discurso de celebraci�n, pero cumplir�n el fin propuesto.</p><p>��Miente -dijo Fidel, con inquietud.</p><p>��Su reinado como gran padre de la revoluci�n ha terminado -dijo Velikov en tono malicioso y mordiente-. Yo morir� de buen grado por la patria rusa. �Sacrificar� usted su vida por Cuba? Tal vez lo habr�a hecho cuando era joven y no ten�a nada que perder, pero ahora se ha ablandado y acostumbrado demasiado a que sean otros los que hagan el trabajo sucio por usted. Se da buena vida y no est� dispuesto a perderla. Pero esto se ha acabado. Ma�ana s�lo ser� una fotograf�a m�s en las paredes, y un nuevo presidente ocupar� su sitio. Un presidente que ser� fiel al Kremlin.</p><p>Velikov dio unos pasos atr�s y sac� una cajita del bolsillo.</p><p>Hagen la reconoci� inmediatamente.</p><p>��Es un transmisor electr�nico. Puede enviar desde aqu� una se�al que detonar� los explosivos.</p><p>���Oh, Dios m�o! -grit� desesperadamente Jessie-. �Oh, Dios m�o, va a hacerlo, va a hacerlo ahora!</p><p>��No se moleste en llamar a sus guardaespaldas -dijo Velikov-. No llegar�an a tiempo.</p><p>Fidel le mir� con ojos fr�os.</p><p>��Recuerde lo que le he dicho.</p><p>Velikov respondi� desde�osamente a su mirada.</p><p>���Puede realmente imaginarse que gritar� angustiado en una de sus sucias c�rceles?</p><p>��Entreg�eme el transmisor y podr� salir de Cuba sin sufrir el menor da�o.</p><p>���Y volver a Mosc� como un cobarde? Nunca.</p><p>��Est� usted loco -dijo Fidel, con una expresi�n que era una curiosa mezcla de rabia y de miedo-. Ya sabe la suerte que le espera si hace estallar los explosivos, si sigue con vida.</p><p>��Esto es muy poco probable -se burl� Velikov-. Este edificio est� a menos de quinientos metros del canal del puerto. No quedar� nada de nosotros, -Hizo una pausa, duro el semblante como el de una g�rgola. Despu�s dijo-: Adi�s, se�or presidente.</p><p>���Bastardo�!</p><p>Hagen salt� sobre la mesa con incre�ble agilidad en un hombre de su corpulencia y s�lo estaba a unos cent�metros de Velikov cuando el ruso apret� el bot�n de activaci�n del transmisor.</p></section><section><title><p>74</p></title><p>El <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>se vaporiz�.</p><p>El <emphasis>Ozero Zaysan </emphasis>tard� solamente una fracci�n de segundo m�s en dejar de existir. La fuerza combinada de los cargamentos vol�tiles de los dos barcos levant� una enorme columna de restos encendidos y de humo que se elev� a m�s de mil metros en el cielo tropical. Un vasto torbellino se abri� en el mar como un geiser gigantesco de agua y vapor embravecidos, se confundi� con el humo y estall� hacia fuera.</p><p>El brillante resplandor blanco rojizo centelle� en el agua con la cegadora intensidad de diez soles, y fue seguido de una ruidosa ca�da que alis� las crestas de las olas.</p><p>La imagen del valiente y peque�o <emphasis>Pisto, </emphasis>lanzado a cincuenta metros de altura, como un cohete espacial que se desintegrase, qued� grabada para siempre en la mente de Pitt. �ste observ� pasmado c�mo ca�an sus destrozados restos y Jack y su tripulaci�n en aquel torbellino, como granizo ardiendo.</p><p>Moe, sus hombres y su bote se borraron simplemente de la superficie del mar.</p><p>La furia explosiva derrib� a los dos helic�pteros armados. Las gaviotas fueron aplastadas en un radio de dos millas por la onda expansiva. La h�lice del <emphasis>Ozero Zaysan </emphasis>gir� sobre el mar y se estrell� contra el castillo de mando del destructor sovi�tico, matando a todos los que se hallaban en el puente. Planchas de acero retorcidas, roblones, eslabones de cadenas y aparejos de cubierta llovieron sobre la ciudad, perforando paredes y tejados como proyectiles de ca��n. Muchos postes de tel�fono y farolas fueron cortados por su base.</p><p>Cientos de personas perecieron en sus camas mientras dorm�an. Muchas resultaron terriblemente heridas por los trozos de cristal o aplastadas por los techos desplomados. Trabajadores y peatones madrugadores fueron levantados del suelo y estrellados contra los edificios.</p><p>La onda expansiva azot� la ciudad con fuerza doble a la de cualquier hurac�n, aplastando las estructuras de madera pr�ximas al puerto como si fuesen juguetes de papel, derribando almacenes, rompiendo cien mil ventanas y arrojando contra las casas autom�viles aparcados.</p><p>Dentro del puerto, estall� el monstruoso <emphasis>Ozero Baykai.</emphasis></p><p>Al principio, surgieron del casco llamas que parec�an de soplete. Despu�s, todo el petrolero se abri� en una gigantesca bola de fuego. Una oleada de petr�leo en llamas inund� las estructuras pr�ximas al muelle, provocando una reacci�n de explosiones en cadena en el combustible de los cargueros amarrados. Trozos de metal al rojo penetraron en los dep�sitos de petr�leo y de gasolina del lado este del puerto. Estallaron uno tras otro, como en un castillo de fuegos artificiales, cubriendo la ciudad con gigantescas nubes de humo negro.</p><p>Una refiner�a de petr�leo explot�; despu�s estall� una f�brica de productos qu�micos, seguida de explosiones en una empresa de pinturas y en una f�brica de abonos. Dos buques de carga que se hallaban cerca y se dirig�an al mar abierto, chocaron, se incendiaron y empezaron a arder. Un pedazo de acero al rojo del petrolero destruido cay� sobre uno de los diez vagones de ferrocarril cargados de dep�sitos de propano, y todos volaron por el aire como una sarta de cohetes.</p><p>Otra explosi�n�, despu�s otra� y otra.</p><p>Seis kil�metros de ciudad pr�xima al mar se convirtieron en un holocausto. Cenizas y holl�n cayeron sobre la capital como una negra nevada. Pocos de los estibadores que trabajaban en los muelles sobrevivieron. Afortunadamente, casi no hab�a nadie en las refiner�as y en la f�brica de productos qu�micos. Se habr�an perdido muchas m�s vidas de no haber sido un d�a de fiesta nacional.</p><p>Lo peor del desastre dentro del puerto hab�a pasado, pero la pesadilla que afligir�a al resto de la ciudad estaba todav�a por llegar.</p><p>Una enorme ola de veinte metros surgi� del torbellino y avanz� en direcci�n a la costa. Pitt y sus compa�eros contemplaron horrorizados c�mo rug�a detr�s de ellos aquella monta�a verde y blanca. Esperaron inm�viles, sin dejarse llevar por el p�nico, s�lo mirando y esperando que la peque�a y fr�gil lancha se convirtiese en un pecio m�s, y el agua, en su tumba.</p><p>El rompeolas a lo largo del Malec�n estaba solamente a treinta metros cuando aquel alud horizontal engull� la lancha, La cresta se encorv� y estall� encima de ellos. Arranc� a Manny y a otros tres hombres de sus asientos, y Pitt les vio flotar entre la espuma como tablillas en un tornado. La enorme ola se acerc� m�s, pero su impulso levant� la lancha sobre la cresta y la lanz� al ancho bulevar.</p><p>Pitt se agarr� con tanta fuerza al tim�n que �ste fue arrancado de su montura y �l sali� despedido. Pens� que hab�a llegado el fin, pero, con un consciente esfuerzo de voluntad, respir� hondo y retuvo el aire al ser sumergido en el agua. Como en sue�os, pudo mirar hacia abajo a trav�s de aquel agua extra�amente clara y diab�lica, viendo c�mo daban tumbos los coches que dir�anse empujados por una mano de gigante.</p><p>Sumergido en aquel hirviente torbellino, se sinti� extra�amente sereno. Le pareci� una ridiculez estar a punto de ahogarse en una calle de una ciudad. Se aferraba todav�a tenazmente a su deseo de vivir, pero no luchaba tontamente, tratando de conservar el precioso ox�geno. Se relaj� y trat� en vano de mirar a trav�s de la espuma; de alg�n modo, su mente funcionaba con extraordinaria claridad. Sab�a que si la ola le arrojaba contra un edificio de hormig�n, las toneladas de agua que ven�an detr�s le aplastar�an como a una sand�a lanzada desde un avi�n.</p><p>Su miedo habr�a aumentado si hubiese visto estrellarse la lancha contra la segunda planta de un edificio de apartamentos que albergaba a t�cnicos sovi�ticos. El impacto rompi� el casco como si las tablas fuesen tan fr�giles como una cascara de huevo. El motor Diesel de cuatro cilindros sali� disparado a trav�s de una ventana rota y fue a parar a una escalera.</p><p>Afortunadamente, Pitt fue lanzado a una calle lateral estrecha, como un le�o a impulso de una cascada. La ola se lo llevaba todo por delante como un mont�n de desperdicios. Pero, al doblar la esquina de un edificio lo bastante recio para resistir su ataque, la ola empez� a perder fuerza. Dentro de unos segundos alcanzar�a su l�mite, y el reflujo arrastrar�a cuerpos humanos y cascotes hacia el mar.</p><p>La falta de ox�geno hizo que Pitt empezara a ver estrellas. Sus sentidos comenzaron a apagarse uno a uno. Sinti� un fuerte golpe en el hombro al chocar contra un objeto fijo. Lo rode� con un brazo, tratando de sujetarse, pero fue lanzado hacia delante por la fuerza de la ola. Tropez� con otra superficie lisa y esta vez alarg� las manos y se aferr� a ella en un abrazo mortal, sin reconocerla como el r�tulo de una joyer�a.</p><p>Sus facultades mentales y sensoriales fueron menguando y se extinguieron como si se hubiese cortado una corriente el�ctrica. Hab�a un martilleo en su cabeza y la oscuridad cubr�a las estrellas que centelleaban detr�s de sus ojos. Solamente su instinto le sosten�a y, muy pronto, incluso �ste iba a abandonarle.</p><p>La ola hab�a alcanzado su l�mite y empez� a replegarse sobre s� misma para volver al mar. Demasiado tarde para Pitt, que estaba perdiendo el conocimiento. Su cerebro consigui� de alg�n modo enviar un �ltimo mensaje. Introdujo torpemente un brazo entre el r�tulo y la barra de soporte que sobresal�a del edificio, y lo mantuvo all�. Entonces sus pulmones no pudieron aguantar m�s y empez� a ahogarse.</p><p>El gran estruendo de las explosiones se extingui� en los montes y en el mar. No hab�a luz de sol en la ciudad, no verdadera luz de sol. La ocultaba una capa de humo negro de incre�ble densidad. Todo el puerto parec�a estar ardiendo. Los muelles, los barcos, los almacenes y ocho kil�metros cuadrados de agua recubierta de petr�leo brillaban con llamas azules y anaranjadas que se elevaban hacia la oscura b�veda.</p><p>La terriblemente malparada ciudad empez� a recobrarse y se puso en pie, tambale�ndose. Las sirenas emularon la ruidosa intensidad de las crepitantes hogueras. La tremenda oleada hab�a refluido al golfo de M�xico, arrastrando una enorme masa de cascotes y cad�veres.</p><p>Los supervivientes salieron a trompicones a la calle, heridos y pasmados, como ovejas desconcertadas, impresionados por la enorme devastaci�n que les rodeaba, pregunt�ndose qu� hab�a sucedido. Algunos caminaban inconscientes, sin sentir sus lesiones. Otros contemplaban atontados un gran pedazo del tim�n del <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>que hab�a ca�do en la estaci�n de autobuses y aplastado cuatro veh�culos y a varias personas que estaban esperando.</p><p>Un trozo del m�stil de proa del <emphasis>Ozero Zaysan </emphasis>fue encontrado clavado en el centro del campo de f�tbol del Estadio de La Habana. Una gr�a de una tonelada cay� sobre un pabell�n del Hospital de la Universidad, aplastando las �nicas tres camas desocupadas en una sala de cuarenta. Esto fue pregonado como uno de los cien milagros que se produjeron aquel d�a. Un gran triunfo para la Iglesia cat�lica y un ligero contratiempo para el marxismo.</p><p>Empezaron a formarse grupos de bomberos de ocasi�n y la polic�a acudi� en tropel a la zona portuaria. Unidades del Ej�rcito fueron convocadas, as� como las milicias. Al principio hubo p�nico en medio de aquel caos. Las fuerzas militares desistieron del trabajo de socorro y se prepararon para la defensa de la isla bajo la err�nea creencia de que los Estados Unidos iban a invadirla. Parec�a haber heridos en todas partes, algunos chillando de dolor y la mayor�a alej�ndose cojeando del puerto incendiado.</p><p>El terremoto se extingui� con las ondas expansivas. El techo del Sloppy Joe's se hab�a derrumbado, pero las paredes segu�an en pie. El bar era una ruina. Vigas de madera, pedazos de yeso, muebles volcados y botellas rotas yac�an desparramados bajo una espesa nube de polvo. La puerta de batiente hab�a sido arrancada de sus goznes y pend�a en un �ngulo extra�o sobre los guardaespaldas de Castro, que gem�an bajo un peque�o mont�n de ladrillos.</p><p>Ira Hagen se puso dolorosamente en pie y sacudi� la cabeza para librarla de los efectos de la conmoci�n. Se frot� los ojos para ver entre la nube de polvo y se apoy� en una pared para sostenerse. Mir� a trav�s del techo ahora derrumbado y vio cuadros que pend�an todav�a de las paredes del piso de arriba.</p><p>Su primer pensamiento fue para Jessie. �sta yac�a debajo de la mesa que todav�a se manten�a en el centro de la estancia. Estaba encogida, hecha un ovillo. Hagen se arrodill� y le dio suavemente la vuelta.</p><p>Ella permaneci� inm�vil, aparentemente ex�nime bajo la capa de polvo blanco de yeso, pero no hab�a sangre ni heridas graves. Entreabri� los ojos y gimi�. Hagen sonri� aliviado y se quit� la chaqueta. La dobl� y se la puso debajo de la cabeza.</p><p>Jessie se incorpor� y le agarr� las mu�ecas con m�s fuerza de la que �l cre�a posible, y le mir� fijamente.</p><p>��Dirk ha muerto -murmur�.</p><p>��Tal vez se ha salvado -dijo suavemente Ira Hagen, pero sin convicci�n.</p><p>��Dirk ha muerto -repiti� ella.</p><p>��No se mueva -dijo �l-. Est� tranquila mientras voy a ver qu� ha sido de los Castro.</p><p>Se levant� trabajosamente y empez� a buscar entre las ruinas. Oy� una tos a su izquierda y camin� sobre los cascotes hasta llegar al bar.</p><p>Ra�l Castro estaba agarrado con ambas manos a la barra del bar, aturdido, tratando de limpiar de polvo su garganta. Manaba sangre de su nariz y ten�a un feo corte en el ment�n.</p><p>Hagen se maravill� de lo cerca que hab�an estado los unos de los otros antes de las explosiones y lo desperdigados que estaban ahora. Levant� una silla volcada y ayud� a Ra�l a sentarse.</p><p>���Est� bien, se�or? -pregunt�, sinceramente preocupado.</p><p>Ra�l asinti� d�bilmente con la cabeza.</p><p>��Estoy bien. �Y Fidel? �D�nde est� Fidel?</p><p>��No se mueva. Ir� a buscarle.</p><p>Hagen se movi� entre los escombros hasta que encontr� a Fidel Castro. El l�der cubano estaba ca�do de bruces y vuelto a un lado, incorporado sobre un brazo. Hagen contempl� fascinado la escena que se desarrollaba en el suelo.</p><p>La mirada de Castro estaba fija en una cara vuelta hacia arriba a s�lo medio metro de distancia. El general Velikov yac�a sobre la espalda, con los miembros extendidos y una viga grande aplast�ndole las piernas. La expresi�n de su semblante era una mezcla de desaf�o y aprensi�n. Mir� fijamente a Castro con ojos amargados por el sabor de la derrota.</p><p>En la expresi�n de Castro no hab�a el menor atisbo de emoci�n. El polvo de yeso le daba el aspecto de una estatua esculpida en m�rmol. La rigidez de su rostro, parecido a una m�scara, y su total concentraci�n, eran casi inhumanos.</p><p>��Estamos vivos, general -murmur� con acento triunfal-. Estamos vivos los dos.</p><p>��Esto no es justo -farfull� Velikov entre los dientes apretados-. Ambos deber�amos estar muertos.</p><p>��Dirk Pitt y los otros consiguieron de alg�n modo hacer pasar los barcos entre sus unidades navales y sacarlos a mar abierto -explic� Hagen-. La fuerza destructora de las explosiones fue solamente una d�cima parte de lo que habr�a sido si los barcos hubiesen permanecido en el puerto.</p><p>��Ha fracasado, general -dijo Castro-. Cuba sigue siendo Cuba.</p><p>��Tan cerca de conseguirlo, y sin embargo� -Velikov sacudi� resignadamente la cabeza-. Y ahora hablemos de la venganza que jur� usted tomarse contra m�.</p><p>��Morir� por cada uno de mis paisanos que ha asesinado -le prometi� Castro, con una voz tan fr�a como una tumba abierta-. Lo mismo da que sean mil muertes o cien mil. Usted va a sufrirlas todas.</p><p>Velikov le dirigi� una sonrisa torcida. Parec�a carecer en absoluto de nervios.</p><p>��Vendr�n otros hombres y otros tiempos, y seguro que le matar�n, Fidel. Lo s�. Ayud� a trazar cinco planes alternativos para el caso de que fallase �ste.</p></section></section><section><title><p>Sexta parte</p></title><section><subtitle>�Eureka! La Dorada</subtitle></section><section><title><p>75</p></title><p><emphasis>8 de noviembre de 1989</emphasis></p><p><emphasis>Washington, D.C.</emphasis></p><p>Martin Brogan entr� en el sal�n donde, temprano por la ma�ana, se hallaba reunido el gabinete. El presidente y los hombres sentados alrededor de la gran mesa en forma de ri�on le miraron expectantes.</p><p>��Los barcos fueron volados cuatro horas antes de lo previsto -les inform�, todav�a en pie.</p><p>Su anuncio fue recibido con un silencio solemne. Todos los que estaban sentados a la mesa hab�an sido informados del incre�ble plan de los sovi�ticos para eliminar a Castro, y la noticia les impresion� m�s como una tragedia inevitable que como una espantosa cat�strofe.</p><p>���Cu�les son los �ltimos datos sobre v�ctimas mortales? -pregunt� Douglas Oates.</p><p>��Todav�a es pronto para saberlo -respondi� Brogan-. Toda la zona del puerto est� en llamas. Probablemente, el total de muertos se contar� por millares. Sin embargo, la devastaci�n es mucho menos grave de lo que se hab�a proyectado en principio. Parece que nuestros agentes en La Habana capturaron dos de los barcos y los llevaron fuera del puerto antes de que estallasen.</p><p>Mientras los otros escuchaban en reflexivo silencio, Brogan ley� los primeros informes enviados por la Secci�n de Intereses Especiales en La Habana. Refiri� los detalles del plan para trasladar los barcos y tambi�n esboz� detalles sobre la operaci�n llevada a cabo. Antes de que hubiese terminado, uno de sus ayudantes entr� y le entreg� el �ltimo mensaje recibido. Le ech� una ojeada en silencio y despu�s ley� la primera l�nea.</p><p>��Fidel y Ra�l Castro est�n vivos. -Hizo una pausa para mirar al presidente-. Su hombre, Ira Hagen, dice que est� en contacto directo con los Castro, y que �stos nos piden toda la ayuda que podamos prestarles para mitigar el desastre, incluidos personal y materiales m�dicos, equipos contra incendios, alimentos y ropa, y tambi�n expertos en embalsamamiento de cad�veres.</p><p>El presidente mir� al general Clayton Metcalf, presidente del Estado Mayor Conjunto.</p><p>���General?</p><p>��Despu�s de que usted me llamara la noche pasada, puse sobre aviso al mando de Transportes A�reos. Podemos empezar el transporte por aire en cuanto lleguen las personas y los suministros a los aer�dromos y sean cargados a bordo.</p><p>��Conviene que cualquier acercamiento de los aviones militares de los Estados Unidos a las costas cubanas est� bien coordinado, o los cubanos nos recibir�n con sus misiles tierra-aire -observ� el secretario de Defensa, Simmons.</p><p>��Cuidar� de que se abra una l�nea de comunicaci�n con su Ministerio de Asuntos Exteriores -dijo el secretario de Estado, Oates.</p><p>��Ser� mejor expresar claramente a Castro que toda la ayuda que le prestemos est� organizada al amparo de la Cruz Roja -a�adi� Dan Fawcett-. No queremos asustarle hasta el punto de que nos cierre la puerta.</p><p>��Es una cuesti�n que no podemos olvidar -dijo el presidente.</p><p>��Es casi un crimen aprovecharse de un terrible desastre -murmur� Oates-. Sin embargo, no podemos negar que es una oportunidad ca�da del cielo para mejorar las relaciones con Cuba y mitigar la fiebre revolucionaria en todas las Am�ricas.</p><p>��Me pregunto si Castro habr� estudiado alguna vez a Sim�n Bol�var -dijo el presidente, sin dirigirse a nadie en particular.</p><p>��El Gran Libertador de Am�rica del Sur es uno de los �dolos de Castro -respondi� Brogan-. �Por qu� lo pregunta?</p><p>��Entonces tal vez ha prestado por fin atenci�n a una de las frases de Bol�var.</p><p>���Qu� frase, se�or presidente?</p><p>El presidente mir� uno a uno a los que estaban alrededor de la mesa antes de responder:. -�El que sirve a una revoluci�n, ara en el mar.�</p></section><section><title><p>76</p></title><p>El caos amain� lentamente y, a medida que se recobraba la poblaci�n de La Habana, empezaron los trabajos de socorro. Se organizaron a toda prisa operaciones de emergencia. Unidades del Ej�rcito y de la milicia, acompa�adas de personal sanitario, revolvieron las ruinas, cargando a los vivos en ambulancias y a los muertos en camiones.</p><p>El convento de Santa Clara, fundado en 1643, fue confiscado como hospital provisional y se llen� r�pidamente. Las salas y los pasillos del Hospital de la Universidad estuvieron pronto a rebosar. El elegante y viejo Palacio Presidencial, ahora Museo de la Revoluci�n, fue convertido en dep�sito de cad�veres. Caminaban heridos por las calles, sangrando, mirando a ninguna parte o buscando desesperadamente a los seres queridos. Un reloj en la cima de un edificio de la plaza de la Catedral de la antigua Habana estaba parado a las seis y veinti�n minutos. Algunos residentes que hab�an huido de sus casas durante el desastre empezaron a volver a ellas. Otros que no ten�an un hogar al que volver caminaban por las calles, esquivando los cad�veres y cargando con peque�os fardos que conten�an lo poco que hab�an podido salvar.</p><p>Todas las unidades de bomberos a cien kil�metros a la redonda afluyeron a la ciudad y trataron en vano de sofocar los incendios que se propagaban sobre la zona portuaria. Un dep�sito de cloro estall�, a�adiendo su veneno a los estragos del fuego. En dos ocasiones, los cientos de bomberos tuvieron que correr para ponerse a cubierto al cambiar el viento y arrojarles el calor sofocante a la cara.</p><p>Mientras se empezaban a organizar las operaciones de auxilio, Fidel Castro inici� una purga de funcionarios y militares hostiles al Gobierno. Ra�l dirigi� personalmente la redada. La mayor�a hab�a abandonado la ciudad, advertidos de la operaci�n Ron y Cola por Velikov y la KGB. Fueron detenidos uno a uno, pasmados todos ellos por la noticia de que los hermanos Castro estaban todav�a vivos. Fueron trasladados a cientos, bajo una severa guardia, a una prisi�n secreta en el coraz�n de las monta�as, y nunca se les volvi� a ver.</p><p>A las dos de la tarde, el primer gran avi�n de carga de la Fuerza A�rea de los Estados Unidos aterriz� en el aeropuerto internacional de La Habana. Fue seguido de un desfile continuo de aviones. Fidel Castro acudi� a saludar a los m�dicos y enfermeras voluntarios. Cuid� personalmente de que los comit�s cubanos de socorro estuviesen preparados para recibir los suministros y colaborar con los americanos.</p><p>Al anochecer, guardacostas y embarcaciones contra incendios del puerto de Miami aparecieron en el horizonte nublado por el humo. Bulldozers, equipos pesados y expertos t�janos en extinci�n de incendios de pozos de petr�leo penetraron en la zona arruinada pr�xima al puerto y combatieron inmediatamente las llamas.</p><p>A pesar de las diferencias pol�ticas pasadas, los Estados Unidos y Cuba parecieron olvidarlas en esta ocasi�n y todos trabajaron juntos para resolver los problemas urgentes que se presentaban.</p><p>El almirante Sandecker y Al Giordino se apearon de un jet de la AMSN a �ltima hora de la tarde. Montaron en un cami�n cargado de ropa de cama y camas de campa�a, hasta un dep�sito de distribuci�n, donde Giordino �tom� prestado� un Fiat abandonado.</p><p>La falsa puesta de sol producida por las llamas te��a de rojo sus caras a trav�s del parabrisas, mientras contemplaban con incredulidad la gigantesca nube de humo y el vasto mar de fuego.</p><p>Despu�s de casi media hora de rodar a trav�s de la ciudad, dirigidos por la polic�a en complicados desv�os para evitar las calles bloqueadas por los escombros y los veh�culos de socorro, llegaron al fin a la Embajada suiza.</p><p>��Nuestro trabajo ser� dif�cil -dijo Sandecker, contemplando los edificios arruinados y los cascotes que llenaban el ancho bulevar del Malec�n.</p><p>Giordino asinti� tristemente con la cabeza.</p><p>��Tal vez no le encontremos nunca.</p><p>��Sin embargo, debemos intentarlo.</p><p>��S� -dijo gravemente Giordino-. Se lo debemos a Dirk.</p><p>Se volvieron y cruzaron la estropeada entrada de la Embajada, donde les indicaron el sal�n de comunicaciones de la Secci�n de Intereses Especiales.</p><p>La sala estaba llena de corresponsales de prensa, que esperaban su turno para transmitir reportajes del desastre. Sandecker se abri� paso entre la multitud y encontr� a un hombre gordo que dictaba a un radiotelegrafista. Cuando el hombre hubo terminado, Sandecker le dio un golpecito en un brazo.</p><p>���Es usted Ira Hagen?</p><p>��S�, soy Hagen.</p><p>La ronca voz concordaba con las arrugas de fatiga de la cara.</p><p>��Me lo hab�a imaginado -dijo Sandecker-. El presidente me hizo una descripci�n de usted bastante detallada.</p><p>Hagen se dio unas palmadas en la redonda panza y se esforz� en sonre�r.</p><p>��No soy dif�cil de descubrir entre una muchedumbre. -Despu�s hizo una pausa y mir� de un modo extra�o a Sandecker-. Dice usted que el presidente�</p><p>��Estuve con �l hace cuatro horas en la Casa Blanca. Me llamo James Sandecker y �ste es Al Giordino. Somos de la AMSN.</p><p>��S�, almirante, conozco su nombre. �En qu� puedo servirle?</p><p>��Somos amigos de Dirk Pitt y de Jessie LeBaron.</p><p>Hagen cerr� un momento los ojos y despu�s mir� fijamente a Sandecker.</p><p>��La se�ora LeBaron es una mujer estupenda. Salvo por unos peque�os cortes y algunas contusiones, sali� indemne de la explosi�n. Est� ayudando en un hospital de urgencia para ni�os montado en la vieja catedral. Pero si est�n buscando a Pitt, temo que pierden el tiempo. Estaba al tim�n del <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>cuando �ste vol� por los aires.</p><p>Giordino sinti� que se le encog�a el coraz�n.</p><p>���No hay ninguna posibilidad de que pudiese salvarse?</p><p>��De los hombres que lucharon contra los rusos en los muelles mientras los barcos se hac�an a la mar, s�lo dos sobrevivieron. Todos los tripulantes de los barcos y del remolcador se han dado por desaparecidos. Hay pocas esperanzas de que alguno de ellos pudiese abandonar su embarcaci�n a tiempo. Y si las explosiones no les mataron, debieron perecer ahogados en la enorme ola que se produjo.</p><p>Giordino apret� los pu�os, desesperado. Se volvi� de espaldas para que los otros no pudiesen ver las l�grimas que brotaban de sus ojos.</p><p>Sandecker sacudi� tristemente la cabeza.</p><p>��Quisi�ramos buscar en los hospitales.</p><p>��No quisiera mostrarme despiadado, almirante, pero har�an mejor buscando en los dep�sitos de cad�veres.</p><p>��Haremos ambas cosas.</p><p>��Pedir� a los suizos que les proporcionen salvoconductos diplom�ticos para que puedan moverse libremente por la ciudad.</p><p>��Gracias.</p><p>Hagen mir� con ojos compasivos a los dos hombres.</p><p>��Si les sirve de alg�n consuelo, les dir� que gracias a su amigo Pitt se salvaron cien mil vidas.</p><p>Sandecker le mir� a su vez, con una s�bita expresi�n de orgullo en el semblante.</p><p>��Si usted conoc�a a Dirk Pitt, se�or Hagen, no pod�a esperar menos de �l.</p></section><section><title><p>77</p></title><p>Con muy poco optimismo, Sandecker y Giordino empezaron a buscar a Pitt en los hospitales. Pasaron por encima de innumerables heridos que yac�an en hileras en el suelo, mientras las enfermeras les prestaban toda la ayuda que pod�an y los agotados m�dicos trabajaban en las salas de operaciones. Numerosas veces se detuvieron y ayudaron a transportar camillas antes de continuar su b�squeda.</p><p>No pudieron encontrar a Pitt entre los vivos.</p><p>Despu�s investigaron en los improvisados dep�sitos de cad�veres, delante de algunos de los cuales esperaban camiones cargados de muertos, amontonados en cuatro o cinco capas. Un peque�o ej�rcito de embalsamadores trabajaba febrilmente para evitar una epidemia. Los cad�veres yac�an en todas partes como le�os, descubiertas las caras, mirando sin ver al techo. Muchos de ellos estaban demasiado quemados y mutilados como para que pudiesen ser identificados, y fueron m�s tarde enterrados en una ceremonia colectiva en el cementerio de Col�n.</p><p>Un atribulado empleado de un dep�sito les mostr� los restos de un hombre del que se dec�a que hab�a sido lanzado a tierra desde el mar. No era Pitt, y si no identificaron a Manny, fue porque no le conoc�an.</p><p>Amaneci� el d�a sobre la destrozada ciudad. Se encontraron m�s heridos que fueron llevados a los hospitales y m�s muertos que fueron transportados a los dep�sitos. Soldados con la bayoneta calada patrullaban por las calles para impedir los saqueos. Las llamas todav�a hac�an estragos en la zona del puerto, pero los bomberos lograban r�pidos progresos. La enorme nube de humo segu�a ennegreciendo el cielo, y los pilotos de las l�neas a�reas informaron de que los vientos del este la hab�an llevado hasta un lugar tan lejano como Ciudad de M�xico.</p><p>Abrumados por lo que hab�an visto aquella noche, Sandecker y Giordino se alegraron de ver una vez m�s la luz del d�a. Llegaron en coche hasta tres manzanas de la plaza de la Catedral y all� tuvieron que detenerse por las ruinas que bloqueaban las calles. Siguieron a pie el resto del camino hasta el hospital infantil provisional, para ver a Jessie.</p><p>�sta estaba acariciando a una ni�a peque�a que gem�a mientras un m�dico escayolaba una de sus piernas delgadas y morenas. Jessie levant� la cabeza al ver acercarse al almirante y a Giordino. Inconscientemente, sus ojos recorrieron sus semblantes, pero su cansada mente no les reconoci�.</p><p>��Jessie -dijo suavemente Sandecker-. Soy Jim Sandecker, y �se es Al Giordino.</p><p>Ella les mir� durante unos segundos y entonces empez� a recordarles.</p><p>��Almirante, Al. �Oh! Gracias a Dios que han venido.</p><p>Murmur� algo al o�do de la ni�a, y entonces se levant� y les abraz� a los dos, llorando a l�grima viva.</p><p>El m�dico se volvi� a Sandecker.</p><p>��Ha estado trabajando como un demonio durante veinticuatro horas seguidas. �Por qu� no la convencen de que se tome un respiro?</p><p>Ellos la asieron cada uno de un brazo y la sacaron de all�. Despu�s, delicadamente, hicieron que se sentara en los escalones de la catedral.</p><p>Giordino se sent� delante de Jessie y la mir�. Todav�a llevaba su uniforme de campa�a. Al camuflaje se a�ad�an ahora manchas de sangre. Ten�a los cabellos mojados de sudor y enmara�ados, y los ojos enrojecidos por el humo.</p><p>��Me alegro de que me hayan encontrado -dijo ella al fin-. �Acaban de llegar?</p><p>��La noche pasada -respondi� Giordino-. Hemos estado buscando a Dirk.</p><p>Ella mir� vagamente la gran nube de humo.</p><p>��Ha muerto -dijo como en trance.</p><p>��Mala hierba nunca muere -murmur� Giordino con mirada ausente.</p><p>��Todos han muerto�, mi marido, Dirk y tantos otros.</p><p>Su voz se extingui�.</p><p>���Hay caf� en alguna parte? -dijo Sandecker, cambiando de conversaci�n-. Creo que me vendr�a bien una taza.</p><p>Jessie se�al� d�bilmente con la cabeza hacia la entrada de la catedral.</p><p>��Una pobre mujer cuyos hijos est�n gravemente heridos ha estado prepar�ndolo para los voluntarios.</p><p>��Ir� a buscarlo -dijo Giordino.</p><p>Se levant� y desapareci� en el interior.</p><p>Jessie y el almirante permanecieron sentados all� unos momentos escuchando las sirenas y observando el fulgor de las llamas a lo lejos.</p><p>��Cuando volvamos a Washington -dijo al fin Sandecker-, si puedo ayudarla en algo�</p><p>��Es muy amable, almirante, pero podr� arreglarme. -Vacil�-. Hay una cosa. �Cree que se podr�a encontrar el cuerpo de Raymond y enviarlo a casa para ser enterrado?</p><p>��Estoy seguro de que, despu�s de todo lo que ha hecho usted, Castro prescindir� de todo el papeleo.</p><p>��Es extra�o que nos hayamos visto metidos en todo esto a causa del tesoro.</p><p>���La Dorada?</p><p>Jessie contempl� a un grupo de personas que ven�an desde lejos en su direcci�n, pero no dio se�ales de verlas.</p><p>��Los hombres se han dejado seducir por ella durante casi quinientos a�os y, en su mayor�a, murieron por culpa de su af�n de poseerla. Es est�pido� Es est�pido que se pierdan vidas por una estatua.</p><p>��Todav�a es considerada como el tesoro m�s grande del mundo.</p><p>Jessie cerr� cansadamente los ojos.</p><p>��Gracias a Dios, est� escondido. �Qui�n sabe cu�ntos hombres se matar�an por �l!</p><p>��Dirk nunca habr�a sido capaz de poner en peligro la vida de alguien por dinero -dijo Sandecker-. Le conozco demasiado bien. Se meti� en esto por la aventura y por el desaf�o de resolver un misterio, no por conseguir una ganancia.</p><p>Jessie no replic�. Abri� los ojos y por fin se dio cuenta del grupo que se acercaba. No pod�a verles claramente. Calcul�, a trav�s de la neblina amarilla del humo, que uno de ellos deb�a medir m�s de dos metros. Los otros eran muy peque�os. Cantaban, pero no pudo distinguir la tonada.</p><p>Giordino volvi� con una peque�a tabla en la que llevaba tres tazas. Se detuvo y mir� durante un largo momento el grupo que caminaba entre los escombros de la plaza.</p><p>La figura de en medio no med�a dos metros, sino que era un hombre con un ni�o peque�o subido sobre los hombros. El chiquillo parec�a asustado y se agarraba con fuerza a la frente del hombre, tapando la mitad superior de su cara. Una ni�a peque�a estaba acunada en un brazo musculoso, mientras que la otra mano del hombre as�a la de una ni�a de no m�s de cinco a�os. Una hilera de otros diez u once ni�os les segu�an de cerca. Parec�a que estaban cantando en un chapurreado ingl�s. Tres perros trotaban junto a ellos aullando para acompa�arles.</p><p>Sandecker mir� a Giordino con curiosidad. El italiano de abultado pecho pesta�e� para librarse del humo que le hac�a lagrimear y mir�, con expresi�n interrogadora e intensa, el extra�o y pat�tico espect�culo.</p><p>El hombre ten�a el aspecto de una aparici�n; estaba agotado, desesperadamente agotado. Llevaba la ropa hecha jirones y caminaba cojeando. Ten�a hundidos los ojos, y la cara macilenta estaba surcada de sangre seca. Sin embargo, su mand�bula expresaba determinaci�n, y el hombre dirig�a la canci�n de los ni�os con voz estent�rea.</p><p>��Debo volver al trabajo -dijo Jessie, poni�ndose dificultosamente en pie-. Aquellos ni�os necesitan mucho cuidado.</p><p>Ahora, el grupo se hab�a acercado tanto que Giordino pudo identificar lo que estaban cantando.</p><p id="_ftnref3"><emphasis>I'm a Yankee Doodle Dandy. A Yankee Doodle do or die� <a type="note" l:href="#_ftn3"><strong>[3]</strong></a></emphasis></p><p>Giordino se qued� boquiabierto y abri� mucho los ojos con incredulidad. Se�al� como presa de espanto. Despu�s arroj� las tazas de caf� por encima del hombro y baj� la escalinata de la catedral saltando como un loco.</p><p>���Es �l! -grit�.</p><p id="_ftnref4"><emphasis>A real live nephew of my Uncle Sam. Born on the fourth of July <a type="note" l:href="#_ftn4"><strong>[4]</strong></a></emphasis></p><p>���Qu� ha sido eso? -grit� Sandecker a su espalda-. �Qu� es lo que ha dicho?</p><p>Jessie se puso en pie de un salto, olvidando de pronto su terrible fatiga, y corri� detr�s de Giordino.</p><p>���Ha vuelto! -grit�.</p><p>Sandecker ech� a correr.</p><p>Los ni�os interrumpieron su canci�n y se apretujaron alrededor del hombre, asustados al ver la s�bita aparici�n de tres personas que gritaban y corr�an hacia ellos. Se aferraron a �l como si en ello les fuese la vida. Los perros cerraron filas alrededor de sus piernas y empezaron a ladrar con m�s fuerza que nunca.</p><p>Giordino se detuvo y se qued� plantado all�, a s�lo medio metro de distancia, sin saber exactamente qu� pod�a decir que tuviese alg�n sentido.</p><p>Sonri�, y sonri� con inmenso alivio y alegr�a. Por fin recobr� el uso de la palabra.</p><p>��S� bienvenido, L�zaro.</p><p>Pitt sonri� con picard�a.</p><p>��Hola, amigo. �No tendr�as por casualidad un dry martini en el bolsillo?</p></section><section><title><p>78</p></title><p>Seis horas m�s tarde, Pitt estaba durmiendo como un tronco en un nicho vac�o de la catedral. Se hab�a negado a tumbarse hasta que los ni�os hubiesen sido atendidos, y los perros, alimentados. Despu�s hab�a insistido en que Jessie descansase tambi�n un rato.</p><p>Jessie yac�a a pocos metros de distancia sobre unas mantas dobladas que le serv�an de colch�n sobre las duras baldosas. El fiel Giordino estaba sentado en un sill�n de mimbre en la entrada del nicho, para que nadie turbase su sue�o, y apartando a los grupos ocasionales de chiquillos que jugaban demasiado cerca y gritaban demasiado.</p><p>Se irgui� al ver que Sandecker se acercaba seguido de un grupo de cubanos uniformados. Ira Hagen estaba entre ellos. Parec�a m�s viejo y mucho m�s cansado que cuando Giordino le hab�a visto por �ltima vez, apenas veinte horas antes. Giordino reconoci� inmediatamente al hombre que caminaba al lado de Hagen y directamente detr�s del almirante. Se puso en pie cuando Sandecker se�al� con la cabeza a los durmientes.</p><p>��Despi�rteles -dijo �ste a media voz.</p><p>Jessie sali� de las profundidades de su sue�o y gimi�. Giordino tuvo que sacudirla varias veces del hombro para que no se durmiese de nuevo. Todav�a fatigada hasta la m�dula y aturdida por el sue�o, se incorpor� y sacudi� la cabeza para despejarla de su confusi�n.</p><p>Pitt se despert� casi instant�neamente, como si hubiese sonado un despertador. Se volvi� y se sent� apoy�ndose en un codo, ojo avizor y observando a los hombres que formaban un semic�rculo delante de �l.</p><p>��Dirk -dijo Sandecker-. �ste es el presidente Fidel Castro. Estaba haciendo una visita de inspecci�n a los hospitales y le dijeron que usted y Jessie estaban aqu�. Le gustar�a hablar con ustedes.</p><p>Antes de que Pitt pudiese responder, Castro dio un paso adelante, le asi� la mano y tir� de ella hasta ponerle en pie con sorprendente fuerza. Los magn�ticos ojos casta�os se encontraron con los penetrantes ojos verdes y opalinos. Castro vest�a un limpio y planchado uniforme verde oliva, con la insignia de general en jefe sobre los hombros, en contraste con Pitt, que todav�a llevaba la misma ropa harapienta y sucia con que hab�a llegado a la catedral.</p><p>��Conque �se es el hombre que hizo que mis polic�as de seguridad pareciesen idiotas, y que salv� la ciudad -dijo Castro en espa�ol.</p><p>Jessie tradujo la frase y Pitt hizo un adem�n negativo.</p><p>��Solamente fui uno de los afortunados que sobrevivieron. Al menos dos docenas de otros hombres murieron tratando de evitar la tragedia.</p><p>��Si los barcos hubiesen estallado cuando estaban todav�a amarrados a los muelles, la mayor parte de La Habana habr�a quedado convertida en un erial. Habr�a sido una tumba para m� y para medio mill�n de personas. Cuba le est� agradecida y desea nombrarle H�roe de la Revoluci�n.</p><p>��Mira qu� posici�n he alcanzado en el barrio -murmur� Pitt.</p><p>Jessie le dirigi� una mirada de reproche y no tradujo sus palabras.</p><p>���Qu� ha dicho? -pregunt� Castro.</p><p>Jessie carraspe�.</p><p>��Pues� ha dicho que lo acepta como un gran honor.</p><p>Castro pidi� entonces a Pitt que describiese la captura de los barcos.</p><p>��D�game lo que vio -dijo amablemente-. Todo lo que sabe que ocurri�. Empezando desde el principio.</p><p>���Empezando desde el momento en que salimos de la Embajada suiza? -pregunt� Pitt, entrecerrando los ojos en una expresi�n de furtiva pero astuta reflexi�n.</p><p>��Si lo desea -respondi� Castro, comprendiendo su mirada.</p><p>Mientras narraba Pitt la desesperada lucha en los muelles y los esfuerzos por sacar el <emphasis>Amy Bigalow </emphasis>y el <emphasis>Ozero Zaysan </emphasis>del puerto, Castro le interrumpi� con un alud de preguntas. La curiosidad del l�der cubano era insaciable. El relato dur� casi tanto como los sucesos reales.</p><p>Pitt refiri� los hechos tan objetiva e impasiblemente como le fue posible, sabiendo que nunca podr�a hacer justicia al incre�ble valor de unos hombres que hab�an dado la vida por gente de otro pa�s. Cont� la magn�fica acci�n dilatoria emprendida por Clark contra unas fuerzas abrumadoramente superiores; c�mo Manny, Moe y sus hombres hab�an trabajado furiosamente en las oscuras entra�as de los barcos para lograr que �stos se pusiesen en marcha, sabiendo que en cualquier momento pod�an saltar en pedazos. Cont� c�mo hab�an permanecido Jack y su tripulaci�n en el remolcador, arrastrando a los barcos muertos hacia mar abierto, hasta que fue demasiado tarde para escapar. Lament� que no pudiesen estar todos presentes para contar sus propias historias, y se pregunt� qu� habr�an dicho. Sonri� para s�, sabiendo c�mo habr�a atronado el aire Manny con sus punzantes palabras.</p><p>Por fin explic� Pitt c�mo hab�a sido lanzado por la enorme ola dentro de la ciudad, y c�mo hab�a perdido el conocimiento y lo hab�a recobrado cuando estaba colgado boca abajo del r�tulo de una joyer�a. Relat� que, mientras caminaba entre los escombros, hab�a o�do llorar a una ni�a peque�a, y la hab�a sacado, junto con un hermanito, de debajo de las ruinas de una casa de apartamentos derrumbada. Despu�s de esto, parec�a que hab�a atra�do como un im�n a los ni�os perdidos. Las brigadas de socorro hab�an aumentado su colecci�n durante la noche. Cuando no encontr� m�s ni�os vivos, un guardia le encamin� hacia el hospital y puesto de socorro para ni�os, donde se hab�a encontrado con sus amigos.</p><p>Castro mir� fijamente a Pitt, con rostro emocionado. Dio un paso adelante y le abraz�.</p><p>��Gracias -murmur� con voz quebrada. Despu�s bes� a Jessie en las dos mejillas y estrech� la mano a Hagen-. Cuba les da las gracias a todos. No les olvidaremos.</p><p>Pitt mir� taimadamente a Castro.</p><p>���Podr�a pedirle un favor?</p><p>��S�lo tiene que nombrarlo -respondi� r�pidamente Castro.</p><p>Pitt vacil� y despu�s dijo:</p><p>��Ese taxista llamado Herberto Figueroa. Si encontrase en los Estados Unidos un Chevrolet del cincuenta y siete en buen estado y se lo enviase, �podr�a usted cuidar de que le fuese entregado? Herberto y yo le quedar�amos muy agradecidos.</p><p>��Desde luego. Me ocupar� personalmente de que reciba su regalo.</p><p>��Quisiera pedirle otro favor -dijo Pitt.</p><p>��No abuse de su suerte -le murmur� Sandecker.</p><p>���Cu�l? -pregunt� amablemente Castro.</p><p>���Podr�an prestarme una embarcaci�n con una gr�a?</p></section><section><title><p>79</p></title><p>Los cuerpos de Manny y de tres de sus tripulantes fueron identificados. El de Clark fue recogido en el canal por una barca de pesca. Los restos fueron enviados en avi�n a Washington para su entierro. En cuanto a Jack, Moe y los otros, nada volvi� a saberse de ellos.</p><p>Por fin pudo controlarse el fuego, cuatro d�as despu�s de que estallasen los barcos de la muerte. Las �ltimas y tercas llamas no se extinguir�an hasta una semana m�s tarde. Y transcurrir�an otras diez semanas hasta que fuesen encontrados los �ltimos muertos. Muchos no se encontraron nunca.</p><p>Los cubanos fueron muy meticulosos en el recuento. En definitiva, establecieron una lista completa de v�ctimas. La cifra de muertos seguros ascendi� a setecientos treinta y dos. Los heridos sumaron tres mil setecientos sesenta y nueve. Los desaparecidos se calcularon en ciento noventa y siete.</p><p>Por iniciativa del presidente, el Congreso aprob� una ley urgente para la entrega a los cubanos de cuarenta y cinco millones de d�lares para contribuir a la reconstrucci�n de La Habana. El presidente, en prueba de buena voluntad, levant� tambi�n el embargo comercial que hab�a estado en vigor desde hac�a treinta y cinco a�os. Por fin, los norteamericanos pudieron fumar de nuevo, legalmente, buenos cigarros habanos.</p><p>Despu�s de ser expulsados, la �nica representaci�n de los rusos en Cuba fue una Secci�n de Intereses Especiales en la Embajada de Polonia. El pueblo cubano no lament� su partida.</p><p>Castro sigui� siendo marxista revolucionario de coraz�n, pero se estaba ablandando. Despu�s de convenir en principio en el pacto de amistad entre los Estados Unidos y Cuba, acept� sin vacilar una invitaci�n del presidente a visitarle en la Casa Blanca y a pronunciar un discurso en el Congreso, aunque puso mala cara cuando le pidieron que no hablara m�s de veinte minutos.</p><empty-line/><p>Al amanecer del tercer d�a despu�s de las explosiones, una vieja y desconchada embarcaci�n, deteriorada por la intemperie, ech� el ancla casi en el centro exacto del puerto. Los barcos contra incendios y de socorro pasaban por su lado como si hubiese sido un autom�vil averiado en una carretera. Era una embarcaci�n chata de trabajo y llevaba en la popa una peque�a gr�a cuyo brazo se extend�a sobre el agua. Su tripulaci�n parec�a indiferente a la fren�tica actividad que reinaba a su alrededor.</p><p>La mayor�a de los incendios de la zona portuaria hab�an sido sofocados, pero los bomberos segu�an vertiendo miles de litros de agua sobre los humeantes escombros dentro de las deformadas estructuras de los almacenes. Varios ennegrecidos dep�sitos de petr�leo del puerto segu�an tercamente echando llamas y la cortina acre de humo ol�a a petr�leo y a goma quemados.</p><p>Pitt estaba en pie sobre la despintada cubierta y contemplaba a trav�s de la amarillenta y fuliginosa neblina los restos de lo que hab�a sido un petrolero. Lo �nico que quedaba del <emphasis>Ozero Baykai </emphasis>era la quemada superestructura de popa que se alzaba grotesca y retorcida sobre el agua sucia de petr�leo. Volvi� su atenci�n a una peque�a br�jula que ten�a en la mano.</p><p>���Es �ste el lugar? -pregunt� el almirante Sandecker.</p><p>��Los datos que tenemos as� parecen indicarlo -respondi� Pitt.</p><p>Giordino asom� la cabeza a la ventana de la caseta del tim�n.</p><p>��El magnet�metro se est� volviendo loco. Estamos justo encima de una gran masa de hierro.</p><p>Jessie estaba sentada sobre una escotilla. Llevaba unos shorts grises y una blusa azul p�lido, y hab�a recobrado su exquisita personalidad.</p><p>Dirigi� una mirada curiosa a Pitt.</p><p>��Todav�a no me has dicho por qu� crees que Raymond escondi� La Dorada en el fondo del puerto y c�mo sabes exactamente d�nde tienes que buscar.</p><p>��Fui un est�pido al no comprenderlo inmediatamente -explic� Pitt-. Las palabras suenan igual y yo las interpret� mal. Pens� que sus �ltimas palabras hab�an sido: �Look on the <emphasis>m-a-i-n s-i-g-h-t. </emphasis>Lo que trataba realmente de decirme era: �Look on <emphasis>the M-a-i-n-e s-i-t-e.�</emphasis></p><p>Jessie pareci� confusa.</p><p>���El lugar del Maine?</p><p>��Recuerda Pearl Harbor, el �lamo y el <emphasis>Maine. </emphasis>En este lugar o muy cerca de �l el buque de guerra <emphasis>Maine </emphasis>fue hundido en 1898 y desencaden� la guerra contra Espa�a.</p><p>Jessie empez� a sentir una profunda excitaci�n.</p><p>���Arroj� Raymond la estatua encima de un viejo barco naufragado?</p><p>��En el lugar del naufragio -le corrigi� Pitt-. El casco del <emphasis>Maine </emphasis>fue izado y remolcado al mar abierto, donde fue hundido en 1912, con la bandera ondeando.</p><p>���Pero por qu� habr�a de arrojar Raymond deliberadamente el tesoro?</p><p>��Todo se remonta a cuando �l y su socio, Hans Kronberg, descubrieron el <emphasis>Cyclops </emphasis>y rescataron La Dorada. Hubiese debido ser un triunfo para dos amigos que hab�an luchado juntos contra todas las probabilidades y arrebatado el tesoro m�s buscado de la historia a un mar codicioso. Hubiese debido tener un final feliz. Pero la situaci�n se agri�. Raymond LeBaron estaba enamorado de la esposa de Kronberg.</p><p>El semblante de Jessie se puso tenso al comprender.</p><p>��Hilda.</p><p>��S�, Hilda. �l ten�a dos motivos para querer librarse de Hans. El tesoro y una mujer. De alguna manera debi� convencer a Hans de hacer una nueva inmersi�n despu�s de haberse apoderado de La Dorada. Entonces cort� el tubo de alimentaci�n de aire, condenando a su amigo a una muerte horrible. �Puedes imaginarte lo que debi� ser morir ahogado en el interior de una cripta de acero como el <emphasis>Cyclops?</emphasis></p><p>Jessie desvi� la mirada.</p><p>��No puedo creerlo.</p><p>��Viste el cuerpo de Kronberg con tus propios ojos. Hilda era la verdadera clave del enigma. Ella fue el centro de la s�rdida historia. Yo s�lo ten�a que completarla con unos pocos detalles.</p><p>��Raymond nunca habr�a podido cometer un asesinato.</p><p>��Pod�a hacerlo y lo hizo. Habiendo quitado de en medio a Hans, dio otro paso adelante. Se zaf� del fisco (�se le puede culpar de esto si recordamos que el Gobierno Federal se quedaba con el ochenta por ciento de los ingresos superiores a ciento cincuenta mil d�lares a finales de los a�os cincuenta?) y evit� un pleito engorroso con el Brasil, que habr�a reclamado con justicia la estatua como tesoro nacional robado. No dijo nada y puso rumbo a Cuba. Tu amante era un hombre muy astuto.</p><p>�E� problema con que se enfrentaba ahora era c�mo vender la estatua. �Qui�n estar�a dispuesto a pagar entre veinte y cincuenta millones de d�lares por un objeto de arte? Tambi�n tem�a que, si se difund�a la noticia, el entonces dictador cubano Fulgencio Batista, un ladr�n de primera magnitud, la habr�a incautado.</p><p>Y si Batista no lo hac�a, lo har�a el ej�rcito de ma�osos que hab�a invitado a Cuba despu�s de la Segunda Guerra Mundial. Por consiguiente, Raymond decidi� despedazar La Dorada y venderla a trozos.</p><p>�Desgraciadamente para �l, eligi� un mal momento. Entr� con su embarcaci�n en el puerto de La Habana el mismo d�a en que Castro y sus rebeldes invadieron la ciudad despu�s de derribar el Gobierno corrompido de Batista. Las fuerzas revolucionarias cerraron inmediatamente los puertos de mar y los aeropuertos, para impedir que los compinches de Batista huyesen del pa�s con incontables riquezas.</p><p>���No se llev� nada LeBaron? -pregunt� Sandecker-. �Lo perdi� todo?</p><p>��No todo. Se dio cuenta de que estaba atrapado y de que s�lo era cuesti�n de tiempo que los revolucionarios registrasen su barco y encontrasen La Dorada. Su �nica alternativa era llevarse lo que pudiese y tomar el primer avi�n de vuelta a los Estados Unidos. Al amparo de la noche debi� introducir su embarcaci�n en el puerto, levantar la estatua sobre la borda y arrojarla al mar en el lugar donde se hab�a hundido el buque de guerra <emphasis>Maine </emphasis>setenta a�os atr�s. Naturalmente, pensaba volver y recobrar el tesoro cuando terminase el caos, pero Castro no jug� seg�n las reglas de LeBaron. La luna de miel de Cuba con los Estados Unidos acab� muy pronto de mala manera, y LeBaron no pudo nunca regresar y recobrar el precioso tesoro de tres toneladas ante los ojos del servicio de segundad de Castro.</p><p>���Qu� trozo de la estatua se llev�? -pregunt� Jessie.</p><p>��Seg�n Hilda, le arranc� el coraz�n de rub�. Entonces, despu�s de introducirlo a escondidas en el pa�s, hizo que fuese cortado en secreto y tallados los pedazos, y los vendi� por medio de agentes comerciales. Ahora ten�a medios suficientes para alcanzar la cima de las altas finanzas con Hilda a su lado. Raymond LeBaron hab�a llegado en buen momento a la ciudad.</p><p>Durante largo rato, guardaron todos silencio, cada cual sumido en sus propios pensamientos, imagin�ndose a un LeBaron desesperado arrojando la mujer de oro por encima de la borda de su barco treinta a�os atr�s.</p><p>��La Dorada -dijo Sendecker, rompiendo el silencio-. Su peso debi� hacer que se hundiese muy hondo en el blando limo del fondo del puerto.</p><p>��El almirante tiene raz�n -dijo Giordino-. LeBaron no pens� que encontrar de nuevo la estatua ser�a una operaci�n muy dif�cil.</p><p>��Confieso que esto tambi�n me preocup� -dijo Pitt-. �l hubiese debido saber que, despu�s de que el Cuerpo de Ingenieros del Ej�rcito desaparejase y extrajese el casco del <emphasis>Maine, </emphasis>ten�an que haber quedado cientos de toneladas de restos profundamente hundidos en el barro, haciendo que la estatua fuese casi imposible de encontrar. El detector de metales m�s perfeccionado del mundo no puede descubrir un objeto particular en un dep�sito de chatarra.</p><p>��As� pues, la estatua yacer� ah� abajo para siempre -dijo Sandecker-. A menos que alg�n d�a llegue alguien y drague la mitad del puerto hasta encontrarlo.</p><p>��Tal vez no -dijo reflexivamente Pitt dando vueltas en su mente a algo que solamente �l pod�a ver-. Raymond LeBaron era un hombre muy astuto. Era tambi�n un profesional en operaciones de salvamento. Creo que sab�a perfectamente lo que estaba haciendo.</p><p>���Qu� quiere decir? -pregunt� Sandecker.</p><p>��Arroj� la estatua por la borda, en esto estoy de acuerdo. Pero apuesto a que la baj� muy despacio y en posici�n vertical, de manera que, cuando llegase al fondo, se mantuviese de pie.</p><p>Giordino mir� hacia la cubierta.</p><p>��Podr�a ser -dijo lentamente-. Podr�a ser. �Qu� altura tiene?</p><p>��Unos dos metros y medio, incluido el pedestal.</p><p>��Treinta a�os para que tres toneladas de metal se hundan en el barro� -murmur� Sandecker-. Es posible que todav�a sobresalgan tres palmos de la estatua del fondo del puerto.</p><p>Pitt sonri� distra�damente.</p><p>��Lo sabremos en cuanto Al y yo nos hayamos sumergido y hayamos hecho un plan para la b�squeda.</p><p>Como obedeciendo a un consigna, todos callaron y miraron por encima de la borda el agua cubierta de una capa de petr�leo y cenizas, oscura y sigilosa. Desde alguna parte de las siniestras profundidades verdes, La Dorada les estaba llamando.</p></section><section><title><p>80</p></title><p>Pitt estaba de pie en cubierta, con todo su equipo de submarinista, y observaba las burbujas que sub�an de lo hondo y estallaban en la superficie. Mir� su reloj, calculando el tiempo. Giordino estaba desde hac�a casi cincuenta minutos a una profundidad de quince metros. Sigui� observando las burbujas y vio que viajaban gradualmente en c�rculo. Sab�a que Giordino ten�a aire suficiente para una vuelta m�s de trescientos sesenta grados alrededor de la cuerda de seguridad sujeta a una boya a unos treinta metros de distancia del barco.</p><p>La peque�a tripulaci�n de cubanos reclutados por Sandecker estaba silenciosa. Pitt mir� a lo largo de la cubierta y vio que estaban alineados junto a la barandilla, detr�s del almirante, contemplando como hipnotizados el brillo de las burbujas.</p><p>Pitt se volvi� a Jessie, que estaba de pie a su lado. No hab�a dicho una palabra ni se hab�a movido desde hac�a cinco minutos, tenso el semblante por una concentraci�n profunda y brill�ndole los ojos de excitaci�n. Estaba entusiasmada, previendo que una leyenda se convertir�a en realidad. Entonces grit� de pronto:</p><p>���Mira!</p><p>Una forma oscura subi� del fondo entre una nube de burbujas, y la cabeza de Giordino sali� del agua cerca de la boya. Se volvi� sobre la espalda y nad� agitando f�cilmente las aletas hasta llegar a la escalera. Entreg� el cintur�n de plomo y los dos botellones de aire antes de subir a cubierta. Se quit� la m�scara y escupi� sobre la borda.</p><p>���C�mo te ha ido? -pregunt� Pitt.</p><p>��Bien -respondi� Giordino-. �sta es la situaci�n. He dado ocho vueltas alrededor del punto donde est� anclada la cuerda de la boya. La visibilidad es de m�s o menos un metro. Tal vez tengamos suerte. El fondo es una mezcla de arena y barro; por consiguiente, no es muy blando. Es posible que la estatua no se haya hundido al punto que quede cubierta su cabeza.</p><p>���La corriente?</p><p>��Aproximadamente de un nudo. Se puede soportar.</p><p>���Alg�n obst�culo?</p><p>��Unos pocos restos y pedazos enmohecidos de metal sobresalen del fondo, por lo que debes tener cuidado de que no se enganche tu cuerda de distancia.</p><p>Sandecker se plant� detr�s de Pitt e hizo una �ltima comprobaci�n de su equipo. Pitt pas� por una abertura de la barandilla e introdujo la boquilla del regulador del aire entre sus dientes.</p><p>Jessie le dio un suave apret�n en el brazo, a trav�s del traje impermeable.</p><p>��Suerte -dijo.</p><p>�l le hizo un gui�o a trav�s de la m�scara y dio un largo paso al frente. La brillante luz del sol fue difundida por un s�bito estallido de burbujas cuando se sumergi� en el verde vac�o. Nad� hasta la boya e inici� el descenso. La cuerda trenzada de nylon amarillo pareci� desvanecerse a los pocos metros en la opaca oscuridad.</p><p>Pitt la sigui� cuidadosamente, tom�ndose tiempo. Se detuvo una vez para aclararse los o�dos. Menos de un minuto m�s tarde, el fondo pareci� levantarse bruscamente hacia �l, al encuentro de su mano extendida. Pitt se detuvo de nuevo para ajustar su chaleco compensador de flotaci�n y comprobar su reloj para el tiempo y la br�jula para la direcci�n, as� como la v�lvula de presi�n del aire. Entonces tom� la cuerda de distancia que Giordino hab�a sujetado con un clip a la de descenso y se movi� a lo largo del radio.</p><p>Despu�s de nadar unos ocho metros su mano estableci� contacto con un nudo que hab�a hecho Giordino en la cuerda para medir el per�metro de su �ltima vuelta. A poca distancia descubri� Pitt una estaca de color naranja clavada en el fondo y que marcaba el punto de partida de su trayecto circular. Entonces avanz� otros dos metros, tens� la cuerda e inici� su vuelta, captando con la mirada lo que pod�a verse a un metro de distancia en ambos lados.</p><p>Aquel trozo de mar estaba desierto, sin vida, y ol�a a productos qu�micos. Pitt pas� por encima de colonias de peces muertos, aplastados por la onda expansiva del petrolero al estallar. Sus cuerpos rodaban sobre el fondo a impulso de la corriente, como hojas agitadas por una suave brisa. Hab�a sudado dentro de su traje impermeable bajo el sol en el barco, y ahora estaba sudando dentro de �l a quince metros debajo de la superficie. Pod�a o�r el ruido de las barcas de salvamento que cruzaban el puerto de un lado a otro, los estampidos de sus tubos de escape y el cavitaci�n de las h�lices, aumentado todo ello por la densidad del agua.</p><p>Metro a metro, escrut� el fondo desnudo hasta que hubo completado todo un c�rculo. Llev� la estaca m�s afuera y empez� otro trayecto circular en direcci�n contraria.</p><p>Los submarinistas experimentan a menudo una gran impresi�n de soledad cuando nadan sobre un desierto subacu�tico donde nada pueden ver m�s all� del alcance de la mano. El mundo real habitado por personas, a menos de veinte metros de distancia en la superficie, deja de existir. Experimentan un descuidado abandono y una indiferencia por lo desconocido. Su percepci�n se deforma y empiezan a fantasear.</p><p>Pitt no sent�a nada de esto, salvo, tal vez, un toque de fantas�a. Estaba como embriagado por la b�squeda y tan absorto en contemplar la ambicionada estatua en su mente, lanzando destellos dorados y verdes, que casi le pas� inadvertida una forma vaga que se destacaba en la penumbra a su derecha.</p><p>Agitando r�pidamente las aletas, nad� en su direcci�n. Era un objeto redondo, en parte enterrado. Los tres palmos que sobresal�an del limo estaban revestidos de cieno y de algas que ondeaban con la corriente.</p><p>Cien veces se hab�a preguntado Pitt lo que sentir�a, c�mo reaccionar�a cuando se enfrentase a la mujer de oro. Lo que sinti� realmente ahora fue miedo, miedo de que s�lo fuese una falsa alarma y la b�squeda no terminase nunca.</p><p>Lenta, temerosamente, limpi� la cenagosa capa con las manos enguantadas. Diminutas part�culas de vegetaci�n y de limo se agitaron en un pardo torbellino, obscureciendo el misterioso objeto. Pitt esper�, envuelto en un silencio misterioso, a que se fundiese aquella nube en la penumbra del agua.</p><p>Se acerc� m�s, flotando casi pegado al fondo, hasta que su cara estuvo solamente a pocos cent�metros. Mir� fijamente a trav�s del cristal de la m�scara, sintiendo de pronto que se le secaba la boca y que su coraz�n palpitaba como un tambor de calipso.</p><p>Con una expresi�n de infinita melancol�a, un par de ojos verdes de esmeralda le miraron a su vez.</p><p>Pitt hab�a encontrado La Dorada.</p></section><section><title><p>81</p></title><p><emphasis>4 de enero de 1990 </emphasis></p><p><emphasis>Washington, D.C.</emphasis></p><p>La declaraci�n del presidente sobre la Jersey Colony y las haza�as de Eli Steinmetz y su equipo lunar electrificaron a la naci�n y causaron sensaci�n en todo el mundo.</p><p>Cada noche, durante una semana, los televidentes pudieron contemplar vistas espectaculares del paisaje lunar que no hab�an podido contemplarse cuando los breves alunizajes del programa Apolo. La lucha de los hombres por sobrevivir mientras constru�an un alojamiento habitable fue tambi�n conocida en todos sus dram�ticos detalles.</p><p>Steinmetz y sus compa�eros se convirtieron en los h�roes del d�a. Fueron agasajados en todo el pa�s, entrevistados en innumerables programas de televisi�n y obsequiados con el tradicional desfile bajo una lluvia de serpentinas en Nueva York.</p><p>Las aclamaciones por el triunfo de los colonizadores de la Luna tuvieron el tono del viejo patriotismo, pero el impacto fue m�s profundo, m�s amplio, Ahora hab�a algo tangible m�s all� de los breves y espectaculares vuelos sobre la atm�sfera de la Tierra; una permanencia en el espacio, una prueba s�lida de que el hombre pod�a vivir lejos de su planeta natal.</p><p>El presidente pareci� muy optimista durante un banquete privado celebrado en honor del �c�rculo privado� y sus colonizadores. Su estado de �nimo era muy diferente del de la primera vez que se hab�a enfrentado con los hombres que hab�an concebido y creado la base lunar. Levant� una copa de champa�a, dirigi�ndose a Hudson, que contemplaba con mirada ausente el atestado sal�n, como si estuviese desierto y en silencio.</p><p>���Est� su mente perdida en el espacio, Leo?</p><p>Hudson mir� un instante al presidente y despu�s asinti� con la cabeza.</p><p>��Le pido disculpas. Tengo la mala costumbre de distraerme en las fiestas.</p><p>��Apuesto a que est� trazando planes para una nueva colonia en la Luna.</p><p>Hudson sonri� forzadamente.</p><p>��En realidad estaba pensando en Marte.</p><p>��Entonces la Jersey Colony no es el final.</p><p>��Nunca habr� un final, sino solamente el principio de otro principio.</p><p>��El Congreso compartir� el esp�ritu del pa�s y votar� fondos para ampliar la colonia. Pero un puesto avanzado en Marte� costar�a mucho dinero.</p><p>��Si no lo hacemos nosotros ahora, lo har� la pr�xima generaci�n.</p><p>���Ha pensado en el nombre?</p><p>Hudson sacudi� la cabeza.</p><p>��No hemos pensado todav�a en ello.</p><p>��Yo me he preguntado a menudo -dijo el presidente- c�mo se les ocurri� el nombre de �Jersey Colony�.</p><p>���No lo adivina?</p><p>��Est� el Estado de New Jersey, la isla de Jersey frente a la costa francesa, los su�ters Jersey�</p><p>��Tambi�n es una raza vacuna.</p><p>���Qu�?</p><p>��Recuerde la canci�n infantil: �Eh, jugad, jugad, / El gato y el viol�n, / La vaca salt� a la Luna.�</p><p>El presidente le mir� un momento sin comprender y despu�s solt� una carcajada. Cuando dej� de re�r, dijo:</p><p>��Dios m�o, vaya una iron�a. La mayor haza�a del hombre recibi� el nombre de una vaca de un cuento de Maricasta�a.</p><empty-line/><p>��Es realmente exquisita -dijo Jessie.</p><p>��S�, es magn�fica -convino Pitt-. Nunca te cansas de mirarla.</p><p>Contemplaban extasiados La Dorada, que ahora estaba en la sala central del East Building de la National Gallery de Washington. El pulido cuerpo de oro y la bru�ida cabeza de esmeralda resplandec�an bajo los rayos del sol que se filtraban a trav�s de la gran claraboya. El espectacular efecto era asombroso. El desconocido artista indio la hab�a esculpido con una gracia y una belleza irresistibles. Su posici�n era relajada, con una pierna delante de la otra, los brazos ligeramente doblados en los codos, y las manos extendidas hacia afuera.</p><p>Su pedestal de cuarzo rosa descansaba sobre un s�lido bloque de palisandro del Brasil de metro y medio de altura. El coraz�n arrancado hab�a sido substituido por otro de cristal carmes� que casi igualaba el esplendor del rub� original.</p><p>Una enorme muchedumbre contemplaba maravillada la deslumbrante obra. Una cola de visitantes se extend�a fuera de la galer�a casi medio kil�metro. La Dorada superaba incluso, en cuanto a asistencia, el r�cord de los artefactos del Rey Tut.</p><p>Todos los dignatarios de la capital acudieron a rendir su homenaje. El presidente y su esposa acompa�aron a Hilda Kronberg-LeBaron en la ceremonia previa a la inauguraci�n. La satisfecha anciana de ojos chispeantes permaneci� sentada en su silla de ruedas y sonri� una y otra vez mientras el presidente homenajeaba a los dos hombres de su pasado con un breve discurso. Cuando la ayud� a levantarse de su silla para que pudiese tocar la estatua, no hab�a un ojo seco en toda la sala.</p><p>��Es extra�o -murmur� Jessie-, cuando piensas en c�mo empez� todo con el naufragio del <emphasis>Cyclops </emphasis>y termin� con el naufragio del <emphasis>Maine.</emphasis></p><p>��S�lo para nosotros -dijo distra�damente Pitt-. Para ella empez� hace cuatrocientos a�os en una selva brasile�a.</p><p>��Cuesta imaginar que una cosa tan bella haya causado tantas muertes.</p><p>�l no la escuchaba y no replic�.</p><p>Ella le dirigi� una mirada curiosa. Pitt contemplaba fijamente la estatua, perdida su mente en otro tiempo, en otro lugar.</p><p>��Rico el tesoro, dulce el placer -cit� ella.</p><p>�l se volvi� despacio y la mir�, retornando al presente. Se hab�a roto el hechizo.</p><p>��Disculpa -dijo.</p><p>Jessie no pudo dejar de sonre�r.</p><p>���Cu�ndo vas a intentarlo?</p><p>��Intentar, �qu�?</p><p>��Correr en busca de la ciudad perdida de La Dorada.</p><p>��No hay que apresurarse -replic� Pitt, soltando una carcajada-. No es como ir a cualquier parte.</p><empty-line/><subtitle>***</subtitle><empty-line/><image l:href="#3"/></section></section></body><body name="notes"><section xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink" id="_ftn1"><p><a l:href="#_ftnref1">[1]</a><emphasis>Terminal-area energy management, </emphasis>un procedimiento para conservar la velocidad y la altura</p></section><section xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink" id="_ftn2"><p><a l:href="#_ftnref2">[2]</a> Literalmente, �Mire en la vista principal�. Se ha conservado el original en ingl�s porque en la igualdad fon�tica entre <emphasis>main sigbt </emphasis>y otras palabras que se ver�n m�s adelante (igualdad que no existe en espa�ol) est� la clave que pretende llevar al descubrimiento de La Dorada. <emphasis>(N. del T.)</emphasis></p></section><section xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink" id="_ftn3"><p><a l:href="#_ftnref3">[3]</a><emphasis>Soy un buen yanqui. El yanqui triunfa o muere� </emphasis>De una canci�n que se hizo popular durante la Revoluci�n Americana. <emphasis>(N. del T.)</emphasis></p></section><section xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink" id="_ftn4"><p><a l:href="#_ftnref4">[4]</a><emphasis>Sobrino verdadero de mi T�o Sam. Nacido el 4 de julio</emphasis><emphasis>.</emphasis></p></section></body><binary id="0" 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