<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>home_cooking</genre><genre>prose_contemporary</genre><author><first-name>Carmen</first-name><last-name>Posadas</last-name></author><author><first-name>Gervasio</first-name><last-name>Posadas</last-name></author><book-title>Hoy caviar, ma�ana sardinas</book-title><annotation><p>Inspir�ndose en estas anotaciones, la escritora Carmen Posadas (Uruguay 1953) y su hermano Gervasio (1962), nos relatan las idas y venidas como hijos de diplom�ticos que vivieron de ni�os a trav�s de recuerdos familiares llenos de sentido del humor y de curiosas recetas que inventaba su madre, Bimba Mane.</p></annotation><date/><coverpage><image l:href="#cover"/></coverpage><lang>es</lang></title-info><document-info><author><first-name/><last-name/></author><program-used>Fiction Book Designer, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date value="2011-11-16">16.11.2011</date><src-url/><src-ocr/><id>FBD-D479FD-A747-2B48-43A7-FF5D-7964-3660A3</id><version>1.0</version></document-info><publish-info/></description><body><image l:href="#cover"/><title><p>Carmen Posadas, Gervasio Posadas</p><empty-line/><p>Hoy caviar, ma�ana sardinas</p></title><section><p>El Premio Sent Sov� de Literatura Gastron�mica tiene por objetivo fomentar la creaci�n y divulgaci�n de obras literarias en las que la cultura gastron�mica sea factor sustancial, a fin de que surjan nuevos autores de la talla, en nuestro �mbito, de �lvaro Cunqueiro, Julio Camba, N�stor Lujan y Josep Pla, entre otros, que entendieron este g�nero como aut�nticamente literario.</p><p>El premio cuenta con el mecenazgo del Grupo Freixenet y el apoyo de la Universidad de Barcelona, unidos mediante convenio bipartito con RBA Libros S. A.</p><p>El <emphasis>Llibre de Sent Sov� es </emphasis>un recetario catal�n de principios del siglo xiv y est� considerado uno de los primeros de cocina europea. El manuscrito se conserva en la Biblioteca de la Universidad de Barcelona. De forma simb�lica, el Premio Sent Sov� se propone reivindicar la tradici�n hist�rica y contribuir a impulsar hacia el futuro una herencia secular.</p><p>hoy CAVIAR, ma�ana sardinas recibi� el Premio Sent Sov� 2007.</p><p>El jurado estaba formado por: Carmen Alborch, Rafael Aracil, Carme Casas, Narc�s Comadira, Rosa Reg�s, Jordi Teixidor de Vent�s y Oriol Castanys. </p></section><section><title><p id="_Toc282268028">Pr�logo</p></title><p>��El amor es como un sufl� -sol�a decir nuestra madre- algo muy, pero que muy complicado de cocinar. Si abres el horno durante la cocci�n se �resfr�a�; si tardas en abrirlo, se desborda. A veces queda crudo por dentro, otras se quema, la mayor�a de las veces se desinfla�</p><p>Tambi�n la vida de los diplom�ticos se parece a un sufl�, pero por razones distintas: aparentemente, vista desde fuera, es dorada, redonda, bella. Huele bien y da gusto verla. Por dentro, en cambio, es otra cosa. Y lo peor no es que est� llena de aire como maliciosamente piensan muchos (que lo est�). Lo peor es que sube y baja: un d�a est� uno tomando caviar en una recepci�n del Kremlin o el t� con la reina de Inglaterra y al siguiente comiendo un bocadillo de sardinas mientras pega sellos en una oficinucha min�scula de un oscuro ministerio o haciendo los temibles �pasillos�. Tal vez por eso, porque pasamos de subir a los castillos a bajar a las caba�as sin soluci�n de continuidad, los hijos de los diplom�ticos solemos pertenecer a dos bandos muy diferentes: los que odian la vida precaria e insegura y hacen todo lo posible por aparentar, por pertenecer, por �estar�, y los que se acostumbran a la monta�a rusa y necesitan que su vida sea un perpetuo chute de adrenalina. No sabemos muy bien a qu� categor�a pertenecemos Gervasio y yo. Supongo que tenemos un poco de ambas cosas, lo que es a�n m�s complicado que haber elegido uno de los dos bandos. Porque la indefinici�n es siempre un problema para todo, para el amor, para las relaciones personales, para el trabajo� a menos que uno se dedique a la literatura, donde la indefinici�n no resta, sino que suma, pues permite ser un observador desapasionado de conductas ajenas. Quiz� sea esa la raz�n por la que haya tantos escritores relacionados con el mundo diplom�tico y tambi�n tantos diplom�ticos que aspiran a ser escritores. Claro que hay quien considera que, si existen tantos diplom�ticos que escriben no es porque su vida sea un sufl� o una monta�a rusa, sino porque son testigos de excepci�n de momentos interesantes, estrat�gicos o simplemente curiosos. Es verdad, pero tambi�n es cierto que la mayor�a de quienes han escrito sus experiencias tomando como punto de partida la idea de que su vida es extraordinaria, apasionante y, por tanto, digna de pasar a la posteridad literaria, lo �nico que han conseguido es dar a luz unas aburrid�simas y pedantes memorias.</p><p>Excepciones a esta regla hay, por suerte, muchas. Sobre todo las que se valen del humor para retratar la vida de estos abnegados funcionarios que son una extra�a mezcla de pararrayos, relaciones p�blicas, templadores de gaitas, cocineros, agentes secretos, confesores�</p><p>��Ya van a ver -nos dec�a nuestra madre muy a menudo-. Un d�a de estos los sorprender� a todos con algo.</p><p>Y ese �algo� era un libro que pensaba escribir y que se iba a llamar <emphasis>Payalsta. Payalsta, </emphasis>que en ruso quiere decir algo as� como ��Por favor!� y es una muletilla que sirve para todo: tanto para agradecer como para demostrar incredulidad o expresar iron�a. <emphasis>Payalsta, </emphasis>seg�n nos cont� muchas veces, no se iba a parecer en nada a otros libros escritos sobre la vida diplom�tica. No ser�a un diario, ni unas memorias, ni tampoco uno de esos libros de buenas costumbres y protocolo. Iba a ser exactamente como un sufl�: ligero, suave, lleno de an�cdotas de su vida en distintos pa�ses y envuelto en un halo gastron�mico. Porque un diplom�tico suele trabajar con dos armas: la pol�tica y la cocina.</p><p>Los tratados comerciales, las inversiones industriales, la creaci�n de destinos tur�sticos, la resoluci�n de las diferencias de criterio suelen ir acompa�adas de almuerzos, cenas, desayunos y c�cteles donde la comida sirve para romper el hielo, proporcionar un tema de conversaci�n amable y acercar a los interlocutores m�s improbables. O para provocar crisis diplom�ticas: no hay que retroceder mucho en el tiempo para recordar el gran revuelo que se mont�, por ejemplo, cuando en el almuerzo de bienvenida a una reuni�n de la Uni�n Europea en Finlandia, el presidente Chirac, sin reparar en la proximidad de los micr�fonos de prensa, les coment� indignado a Schroeder y a Putin que la cocina finlandesa era la peor de Europa, incluso peor que la inglesa, y que uno no se pod�a fiar de gente que comiera tan mal.</p><p>En el caso de una misi�n diplom�tica o embajada, la comida es imagen, dice muchas cosas de un pa�s, y la imagen es particularmente importante cuando se trata de la embajada de un pa�s peque�o. Si uno es embajador de Estados Unidos, por ejemplo, cuenta siempre con una poderos�sima organizaci�n de secretarios sociales, responsables de protocolo, decoradores, cocineros, amas de llaves, etc�tera, que hacen muy dif�cil que una recepci�n pueda salir mal. Se planifica, se organiza milim�tricamente como el lanzamiento de un trasbordador espacial desde Cabo Ca�averal y el jefe de misi�n s�lo tiene que apretar el bot�n para que despegue el cohete. En cambio, cuando se representa a un pa�s al cual la mayor�a de las personas tiene dificultades para situar en el mapa, como es el caso de nuestro Uruguay, hay que suplir los medios con imaginaci�n, encanto personal, trabajo, m�s trabajo y enormes dosis de suerte, para que el castillo de naipes no se derrumbe en el �ltimo momento, cuando los invitados est�n entrando por la puerta. Y en el caso de estos pa�ses, la presi�n del �xito o el fracaso recae en una sola persona: la mujer del embajador.</p><p>La gente prefiere imaginarse a estas mujeres como una mezcla de Mata Hari y Emmanuelle, siempre en grandes fiestas, vestidas con las mejores joyas, bebiendo champ�n, tramando conspiraciones y teniendo l�os con apuestos oficiales para matar el tedio de los ratos muertos entre c�ctel y recepci�n, mientras unos negritos de su numeroso servicio las abanican. Sin embargo, y exceptuando aquellos pa�ses donde las mujeres siguen sin poder abrir cuentas corrientes sin la autorizaci�n de su padre o de su c�nyuge, en la actualidad las esposas de los diplom�ticos son una especie en claro peligro de extinci�n.</p><p>Porque, �qui�n, en su sano juicio dejar�a un trabajo, probablemente muy prometedor, sabiendo que no va a volver a trabajar mientras su marido est� en el servicio? �Y qui�n se marchar�a, sin la menor idea de cu�ndo va a volver, a un pa�s de cuya existencia no ten�a noticia (los profanos piensan siempre en destinos como Par�s, Nueva York o Bruselas en vez de los m�s probables Ulan Bator, Harare o Sanaa) y donde ni siquiera entiende los letreros indicadores de los cuartos de ba�o? �Arrastrar�a a sus hijos de colegio en colegio, del franc�s al ruso, pasando por el portugu�s, el tagalo y el suahili? �Organizar�a una mudanza para darse cuenta una vez all� de que se han perdido, roto o han sido robadas sus pertenencias m�s queridas? �Se echar�a a los hombros la organizaci�n y, en muchos casos, la reconstrucci�n de una casa en un pa�s extra�o mientras su marido est� trabajando tan ricamente, sin enterarse de nada? �Se resignar�a a representar el papel de consorte ideal, sin m�s personalidad que ser �la mujer de�, c�ctel tras comida tras cena, rodeada de gente desconocida que suele importarle un pito? �Se esforzar�a en crear un c�rculo de relaciones profesionales y personales sabiendo que al cabo de cuatro a�os tendr� que desmontar el tinglado, trasladarse a la otra punta del mundo y volver a empezar de cero? Y por a�adidura, �qui�n har�a todo esto sin cobrar ni una perra gorda?</p><p>Aunque la realidad sea tan poco amable para los amantes del glamour y exagerando s�lo un poquito, la mayor�a de las mujeres de los embajadores suelen ser actrices que no llegan a fin de mes pero que act�an en un lujoso decorado teatral. Pueden vivir en grandes casas, pero obviamente no son suyas ni suelen tener fondos con qu� repararlas. Para cambiar una cortina o lo hacen de su propio bolsillo o tienen que mandar un largo memorando al ministerio. Si no se encuentran en la improbable situaci�n de tener suficientes muebles para decorar esos grandes caserones tienen que disimular toda la tramoya como buenamente puedan. Organizar una recepci�n no se soluciona cogiendo el tel�fono y llamando al mejor catering de la ciudad, sino trabajando codo a codo con la cocinera durante quince d�as. Muchas veces se encuentran en la situaci�n de ese embajador espa�ol en la Roma de principios del siglo xx que, despu�s de dar una gran fiesta para los m�s notables de la ciudad, mand� la siguiente nota al ministerio en Madrid: �Hice todo lo que deb�a y debo todo lo que he hecho.�</p><p>Al menos as� eran las cosas en la �poca de nuestra madre. Durante m�s de treinta a�os, ella acompa�� a nuestro padre a sus destinos: Espa�a, la Uni�n Sovi�tica, Argentina, Gran Breta�a y Naciones Unidas montando y desmontando casas, con infinitas mudanzas a sus espaldas, en las que perdi� sus recuerdos m�s queridos e intent� representar a su pa�s con la mayor dignidad posible. Ella siempre dijo que no estaba preparada para la vida que la suerte le hab�a deparado, que estaba hecha para haberse quedado en Montevideo llevando la tranquila vida de un ama de casa y cocinando para sus amigos en la vieja casona del Prado. Sin embargo, estaba casada con un viajero impenitente y un pol�tico de raza; eran j�venes y a ella le gustaba la cocina. Parec�an predestinados a dar tumbos por esos mundos.</p><p>A todos estos viajes, y a pesar de las malas artes de las empresas de mudanzas internacionales, mi madre siempre llev� un compa�ero inseparable: su viejo cuaderno de hule negro con el dibujo de dos tomates recortados pegados en la portada. En �l fue anotando, con esa letra suya tan caracter�stica del colegio Sacre Coeur de Montevideo, algunas an�cdotas relacionadas con su gran afici�n, men�s de comidas que organiz� o a las que asisti� y muchas, muchas recetas, unas de su infancia, de la m�tica (para nosotros) Ramona, la cocinera que la cri�. Unas de amigos, otras de restaurantes o de embajadas. Estas anotaciones deb�an de ser el embri�n de ese <emphasis>Payalsta, </emphasis>su proyecto de libro de historias de la vida diplom�tica, siempre postergado por atender a cuatro ni�os, un marido y un sinf�n de viajes y obligaciones.</p><p>A�o tras a�o aquel cuaderno fue engordando con nuevos sabores. Para nosotros, sus hijos, era fascinante eludir la f�rrea vigilancia a la que ella lo ten�a sometido y ver qu� hab�an comido en tal o cual ocasi�n, cu�ndo perenganito o zutanito hab�an venido a nuestra casa, o reconocer los aromas que hab�amos intuido desde la cocina, a la espera del regreso de las bandejas con los restos que hab�an dejado los invitados para probar tambi�n nosotros aquellos manjares. Con el tiempo empezamos a copiar recetas e intent�bamos replicarlas, buscando dar con ese toque maestro que siempre parec�a eludirnos, escondido en alguna otra p�gina o papel suelto.</p><p>Ahora, quiz� con la intenci�n de atrapar y embotellar aquellos deliciosos momentos, inspir�ndonos en aquellas anotaciones del cuaderno de los tomates, Gervasio y yo nos hemos lanzado a novelar algunas de las aventuras y desventuras de nuestra vida, poniendo el relato en boca de nuestra madre, en recuerdo de aquel libro que se le qued� en el tintero. En otras palabras, hemos intentado escribir <emphasis>Payalsta </emphasis>con la misma filosof�a con que ella quiso hacerlo: presentar al lector un relato amable y divertido de la vida diplom�tica y de su lado gastron�mico. Como ella hubiera hecho, procuraremos no entrar en el lado amargo de la profesi�n, sin contar tampoco las muchas plumas que una familia se deja en ese alborotado vagabundeo por el mundo.</p><p>A diferencia de nosotros, que lo hemos perdido, mis padres siempre conservaron su acento rioplatense. Para facilitar la lectura, Gervasio y yo nos hemos permitido la licencia creativa de �espa�olizar� gran parte de estas anotaciones y as� evitar al lector los constantes viajes al diccionario para comprobar que arvejas son guisantes, choclo es ma�z o porotos son jud�as. De esta forma podr� disfrutar de las an�cdotas y recetas familiares sin m�s preocupaciones.</p><p>Aunque nuestra madre siempre dec�a que para evitar la nostalgia nunca hay que volver a los pa�ses donde se estuvo destinado, nosotros romperemos la regla y los llevaremos a un paseo muy personal e intransferible por el Madrid de la d�cada de los sesenta, inmersa en su tardofranquismo. Luego por el Mosc� de Breznev de los setenta y m�s tarde por el Londres de los ochenta, en plena euforia de lady Di. Hemos elegido estos destinos por ser los que Gervasio y yo compartimos con nuestros padres. Esperamos que a ustedes les resulte un viaje divertido y suculento. Para nosotros es la oportunidad de meternos en la m�quina del tiempo y recuperar unos a�os que marcaron nuestras vidas y, l�gicamente, tambi�n nuestra forma de comer.</p></section><section><title><p id="_Toc282268029">Madrid</p></title><section><title><p id="_Toc282268030">Expulsados del para�so</p></title><p>Nuestra vida n�mada comienza en 1965, cuando nombraron a nuestro padre embajador en Madrid. �l era entonces un prometedor y joven pol�tico de treinta y pocos a�os que pensaba que menos de un lustro en un puesto diplom�tico en Europa ser�a un corto e interesante par�ntesis en su carrera, posiblemente hacia la presidencia de la Rep�blica Oriental del Uruguay. Como el destino es as� de caprichoso, el corto par�ntesis se convertir�a en veinte a�os de servicio en el extranjero y ya ninguno de nosotros volver�a a vivir de aquel lado del Atl�ntico. Seg�n cuenta mi madre, la decisi�n la tomaron casi de un d�a para otro, tal como ocurre a menudo con los virajes que resultan ser los m�s trascendentales de la vida. Ellos eran j�venes, nosotros no est�bamos en edades dif�ciles, puesto que yo, que soy la mayor, ten�a doce a�os; mi hermana Mercedes diez, Dolores seis y Gervasio tres. �Y qu� siente una ni�a que est� a punto de entrar en la adolescencia cuando sus padres le anuncian que, en veinte d�as, deber� irse a otro pa�s a diez mil kil�metros de distancia, abandonar a sus amigos, sus primeros novios y tambi�n una casa grande y destartalada a la que adora? En mi caso, a pesar de que ya por entonces ten�a una considerable vena tr�gica, al principio no me puse melodram�tica, sino que sent� sorpresa y bastante curiosidad. Unos d�as m�s tarde mis amigas del colegio empezaron a llamarme �la gallega�. Mis t�os, al verme, imitaban a Lola Flores. Los chicos del colegio me paraban al salir de clase para alabar mi suerte porque iba a ver al Real �de� Madrid (no s� por qu�, pero as� lo llamaban). Fue entonces cuando me di cuenta de que iba a conocer un pa�s del que ya ten�a muchas noticias por v�a indirecta. Y es que en aquella �poca, para una ni�a sudamericana como yo, Espa�a estaba presente en muchas cosas sin que uno apenas lo notara. Estaba en las coplas que se o�an a todas horas en la radio de la cocina de casa, por ejemplo. O en los chistes que contaba Gila en televisi�n, siempre inaugurados con un ��Que se ponga!�, algo que nos hac�a re�r mucho porque all� no se dice as�. Y, por supuesto, Espa�a y todas sus comarcas estaban en la cocina y en ciertos caprichos gastron�micos. Recuerdo, por ejemplo, el gofio, que nos encantaba comer mezclado con az�car y que compr�bamos al almacenero de la esquina que, por cierto, se llamaba don Manolo. O los turrones que se serv�an en Navidad, o la sidra El Gaitero, con la que nos permit�an brindar a los ni�os, pasando por mis detestados callos a la madrile�a, que all� tienen un nombre que a m� me parec�a tan adecuado como horrible: mondongo.</p><p>Sin embargo, para m�, Espa�a significaba tambi�n algunas historias inquietantes por no decir terribles. Entonces trabajaba en casa una chica de Orense que se llamaba Mari Carmen. No era mucho mayor que yo, calculo que tendr�a unos diecis�is o diecisiete a�os, y lo cierto es que nos hicimos muy amigas. De noche, cuando mis hermanos dorm�an, yo iba de puntillas a su cuarto para hablar de lo que yo entonces llamaba �cosas de grandes�. Y vaya si lo eran, visto ahora con la perspectiva que dan los a�os, porque la vida de mi amiga contaba con un hecho adulto y terrible.</p><p>��Jura que no se lo dir�s a nadie, Carmina, j�ramelo, yo no tengo a quien cont�rselo y no quiero morirme una noche con este recuerdo.</p><p>Entonces yo, intentado estirar al m�ximo las confesiones y el misterio, comenzaba pregunt�ndole si era verdad que hab�a venido sola en barco desde tan lejos, a un pa�s donde no conoc�a a nadie, y ella contestaba que s�. Sonre�a con aire cansado y me dec�a que yo era una ni�a muy afortunada, que seguro que iba a vivir con mis padres hasta que fuera mayor. En su tierra, en cambio, a los trece o catorce a�os, uno ya era adulto.</p><p>��Porque qu� remedio, Carmina, nosotros tenemos que buscarnos la vida, el hambre es muy malo, y algunos hombres tambi�n; mira lo que me pas� a m�.</p><p>Entonces, las dos sentadas frente a frente en la cama, con la �nica luz de la luna iluminando su cara, comenz� a contarme que cuando ten�a once a�os, uno menos que yo, lleg� a su pueblo un sacerdote nuevo, muy alto y bastante joven, llamado don Esteban.</p><p>��Don Esteban al principio fue muy amable conmigo y me acariciaba la cabeza cada vez que nos encontr�bamos o yo iba a confesarme. Y tanto me quer�a que me esperaba al salir de la iglesia y muchas veces lo vi sigui�ndome cuando iba a lavar al r�o. Un d�a, al ir al bosque en busca de le�a para el hogar, me sali� al encuentro en compa��a de un perro grande color canela que lo segu�a a todas partes�</p><p>Entonces Mari Carmen detuvo su relato y comenz� a besar una y otra vez un escapulario que llevaba al cuello, murmurando cosas en gallego que yo no comprend�a ni me atrev�a a preguntar. Al cabo de un rato, continu�. Ahora hab�a l�grimas en sus ojos.</p><p>��Don Esteban me amenaz� con contarle a mis padres lo ocurrido si dec�a algo y despu�s me oblig� a volver al mismo lugar el lunes siguiente y el otro, y el otro. Y juro que no se lo cont� a nadie, pero mi madre debi� imagin�rselo, porque casi me muele a palos. �Qu� estar�as t� haciendo para que se fijara en ti, desgraciada, que nos vas a perder a todos�, me dijo, y cuando amenaz� con cont�rselo a mi padre, decid� escaparme.</p><p>Por lo visto, Mari Carmen tuvo suerte al ir hacia la costa, porque conoci� a un chico apenas dos a�os mayor que ella y juntos se embarcaron de polizones en un barco. Luego, durante el trayecto a Am�rica, el chico la dej� por otra muchacha de La Coru�a que era pelirroja.</p><p>��Pero no me import�, sabes, por fin era libre, y estaba lejos de don Esteban.</p><p>��S� -le dec�a yo-, pero �de verdad no tienes a nadie, a nadie en el mundo?</p><p>Mari Carmen sacaba entonces su escapulario, el de la Virgen del Carmen, nuestra virgen, y lo besaba.</p><p>��Toma, b�salo t� tambi�n, a lo mejor alg�n d�a tienes que separarte de lo que m�s quieres, nunca se sabe�</p><p>La historia de Mari Carmen es s�lo una de las muchas que contaban las personas, hombres y mujeres y tambi�n adolescentes que, como mi amiga, llegaban a Am�rica en busca de un mundo mejor. Ven�an no s�lo de Espa�a, sino de muchos otros pa�ses de Europa huyendo de la guerra, del hambre, de la maldad. Pienso que a�n est� por escribirse la gran novela de lo que fueron las vidas de tantos emigrantes llegados a nuestras tierras. Es cierto que las circunstancias m�s duras se produjeron en la d�cada de los cincuenta, pero en los sesenta a�n pasaban cosas como las que acabo de relatar.</p><p>���A Madrid! -hab�a dicho pap�-. En dos meses tomaremos un barco italiano que se llama <emphasis>Giulio Cesare </emphasis>y nos vamos todos a Espa�a.</p><p>Con mi frondosa imaginaci�n de los doce a�os ya me ve�a, no s�lo planeando c�mo evitar�a a todos los curas que me encontrara en mi nuevo pa�s de adopci�n, sino imaginando c�mo, en el barco que nos trasladar�a all�, iba a descubrir, a dar de comer a todos esos polizones que, seg�n me hab�a contado Mari Carmen, viajaban en los barcos.</p><p>Sin embargo, antes de embarcar, a�n quedaban por vivir las despedidas.</p><p>No es la primera vez que escribo sobre lo que signific� y a�n significa para m� nuestra casa de Montevideo. Pero cada vez que lo hago tengo la sensaci�n de que nunca lograr� transmitir ni una m�nima parte del valor que tiene tanto en mi vida como en la de toda mi familia. Se trataba de lo que all� en Uruguay llaman una quinta. Es decir, una casa con un terreno que originalmente estaba pensada como casa de fin de semana, un poco alejada del centro de la ciudad. De aspecto, el edificio principal era bastante peculiar porque parec�a -y a�n parece, puesto que existe- un enorme chal� suizo de tres plantas. En la planta baja estaban la cocina, los salones y la biblioteca; en el primer piso los dormitorios, y en el segundo los fantasmas. Lo digo as�, sin comillas ni cursiva, porque era tal cual. En la �ltima planta viv�an los espectros del pasado glorioso de la familia. Glorias que nosotros s�lo conoc�amos por las historias que nos contaban. Pero si las historias viv�an s�lo en los labios de quienes las contaban, y muchas veces se quedaban truncadas o mal relatadas, el atrezzo y el vestuario exist�an a�n en todo su marchito esplendor, guardados cuidadosamente en habitaciones secretas. All� descubrimos mis hermanas y yo tantos y tan maravillosos tesoros, como los vestidos, sombreros y miri�aques de una tatarabuela de la que s�lo se hablaba en voz baja. Incluso ahora, al escribir estas l�neas, dudo si deber�a contarlo, porque mi tatarabuela Clemencia era, por decirlo como a ella le hubiera gustado, puesto que era muy castiza, un punto filipino. Dado que los pecados de la carne tienen fecha de caducidad, creo que lo contar�, porque como todo el mundo sabe, en las familias, tener una madre o incluso una abuela �con un pasado� es un desdoro, pero tener una tatarabuela con historia queda de lo m�s chic. Por lo visto, el abuelo de mi padre, Gervasio Posadas, cuando empezaban a languidecer los laureles de la familia, y peor a�n, cuando las finanzas estaban en su m�nima expresi�n despu�s de muchas generaciones de no doblegarse a la maldici�n b�blica de ganar el pan con el sudor de su frente, decidi� arreglar el problema de un modo cl�sico. Casar, como dir�a Machado, con una doncella de gran fortuna, una tal Clemencia Est�vez, hija del hombre m�s rico de su tiempo en el R�o de la Plata, o al menos de esta banda oriental, que es la nuestra. Sin embargo, para hacerlo tuvo que recurrir a ciertas malas artes, porque la muchacha estaba enamorada de otro. Ella viv�a en Montevideo. Su novio, Francisco Vidal, que tambi�n era uruguayo, acababa de irse a Par�s a cursar estudios de medicina. Siguiendo la costumbre de la �poca ambos juraron que se escribir�an todos los d�as largas cartas que mantuvieran vivo su amor. Pero dio la casualidad de que a Gervasio Posadas, que a la saz�n holgazaneaba como director general de Correos, no le fue nada dif�cil hacer que dichas cartas no llegaran jam�s a su destino. Al cabo de unos meses de incomprensible silencio, dolida y despechada, Clemencia acept� casarse con Posadas y pronto tuvieron un hijo, de nombre Luis. As�, con la fortuna de los Est�vez y como don Guido, el del verso de Machado, Gervasio logr� repintar los blasones de la familia y, en vez de hablar de sus procesiones como el tal hidalgo sevillano, se dedic� a administrar la fortuna de su mujer y a acondicionar dos casas, una muy grande en el centro de Montevideo, que ahora es el Museo de Historia Nacional, y otra en el Prado (precisamente la quinta donde viv�amos antes de venir a Europa). Si el edificio principal de la quinta era extra�o y no muy bello, el resto de la propiedad era deslumbrante. Siguiendo la moda de la �poca, hicieron del terreno un jard�n bot�nico con especies tra�das de todas partes del mundo. Hab�a tambi�n una galer�a de estatuas, invernaderos, estanques, fuentes, cuadras; en fin, todo lo que don Gervasio, con el dinero de su mujer, pudo adquirir para hacer de aquella una espl�ndida finca de recreo. Pero el caso es que Clemencia no era feliz y comenz� a languidecer, a enfermar. Para colmo, por aquel entonces regres� a Uruguay su antiguo amor, Francisco. Al reencontrarse, �l le reproch� que no le hubiese esperado; ella por su parte, que no le hubiera escrito, y ambos empezaron a sospechar del antiguo director de Correos� Planearon entonces la fuga, algo muy mal visto en aquellos tiempos, m�xime cuando Vidal andaba ya metido en pol�tica, lo que le llevar�a a�os m�s tarde a convertirse en presidente de la Rep�blica. Clemencia dej� su casa y su familia y se fue a vivir al campo, donde tuvo un segundo hijo, Francisco. Despu�s logr� recuperar a su primer hijo y acab� sus d�as en Francia, donde est� enterrada en el cementerio de P�re Lachaise cerca de Oscar Wilde y no muy lejos de Proust y de Bizet. Pero antes de descansar en tan selecta compa��a, se instal� solitaria en una casa estupenda en la que, como todos los sudamericanos ricos de la �poca, contaba con instalaciones tan estramb�ticas como su propio establo, para no prescindir de la leche merengada que dan las vacas criollas.</p><p>Todo lo antes relatado es para decir que �sta y otras rom�nticas historial de la familia reinaban en el segundo piso de nuestra casa de la quinta. Tambi�n es para explicar que, a pesar de que sus mejores d�as hab�an pasado hac�a tiempo, todos ador�bamos aquella propiedad decadente en la que a�n pod�an verse los vestigios de antiguas glorias. S�lo quedaban en pie dos Dianas cazadoras ahora �atas, y una de ellas manca, de lo que fue en su d�a una bella galer�a de estatuas. Tambi�n pod�an verse los parterres del invernadero, las fuentes de las que ya no manaba agua pero a�n conservaban su dignidad y en las que flotaban los nen�fares y unos peces de aspecto aterrador, amarillos, de grandes dientes. Pero sobre todo perviv�an los �rboles del que en su d�a fue un magn�fico jard�n bot�nico, y que rodeaban la casa ocultando su decrepitud. Mi madre se quejaba de que mantener en condiciones m�s O menos dignas ese santuario, y en especial la vivienda, era un trabajo del demonio. Ella se ocupaba de pintar y redecorar, con ayuda de los jardineros, las habitaciones; arreglaba los muebles, recos�a las deshilachadas cortinas. Tambi�n, o tal vez deber�a decir sobre todo, se ocupaba de que de la vieja zona de servicio en la que reinaba a�n una gran cocina de le�a, salieran los platos m�s deliciosos. Supongo que desde entonces se me ha quedado el gusto por la comida cocinada a fuego lento, los guisos, los caldos y el all� llamado puchero. Pero si tengo un recuerdo culinario que pervive por encima de todos es de c�mo se hac�a la pasta casera, pues constitu�a todo un rito. As�, mientras en la radio de la cocina se alternaban los tangos de Gardel con las coplas de Antonio Molina, como en un extra�o presagio de lo que habr�an de ser nuestras vidas, los domingos, en casa, se amasaba pasta. Desde los tallarines frescos cortados a cuchillo a velocidades de v�rtigo sobre una mesa enharinada, hasta los ravioli que, una vez rellenos, hab�a que separar con una ruedita dentada. Y por supuesto los �oquis. Todav�a hoy, cuando encuentro un lugar en el que hacen �oquis caseros, el olor a tuco, pasta y queso rallado tiene la virtud de devolverme al para�so. O lo que es lo mismo, a nuestra casa de la quinta donde fuimos tan felices y de la que salimos un d�a de noviembre rumbo a Espa�a.</p><empty-line/><p>�oquis al tuco <emphasis>(Gnocchi)</emphasis></p><empty-line/><p>En Argentina y Uruguay existe la costumbre de comer �oquis los 29 de cada mes para tener suerte con el dinero. Los m�s supersticiosos comen siete �oquis masticando siete veces, pero la mayor�a se limita a poner dinero debajo del plato (a ser posible de alguna moneda fuerte no sujeta a los vaivenes de nuestros pobres pesos) y a conservar la moneda o el billete durante todo el mes siguiente.</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p>(para 8 personas)</p><p><emphasis>1 kg de patatas</emphasis></p><p><emphasis>300 g de harina</emphasis></p><p><emphasis>1 50 g de mantequilla</emphasis></p><p><sup>1</sup>/<sub>4</sub> l <emphasis>de leche</emphasis></p><p><emphasis>2 yemas de huevo</emphasis></p><p><emphasis>sal</emphasis></p><p><emphasis>nuez moscada</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>Elaborar un pur� de patatas: hervir las patatas peladas en abundante agua. Cuando est�n listas, aplastarlas y a�adir la mantequilla y la leche. El pur� debe tener cierta consistencia. Pasarlo por el chino.</p><p>Una vez listo el pur�, mezclarlo en un recipiente con las yemas de huevo, la harina, la sal y la nuez moscada, con cuidado para que no se formen grumos.</p><p>Enharinar una superficie plana de la cocina y volcar la mezcla anterior. Hacer cilindros con la manos (enharinadas tambi�n) y cortarlos en trozos de aproximadamente uno o dos cent�metros. Darles forma de bucles o rizos aplast�ndolos a lo largo con un tenedor. Despu�s esperar a que se sequen bien.</p><p>Verter los �oquis en un gran recipiente de agua hirviendo con sal. Retirarlos cuando empiecen a subir a la superficie.</p><p>Condimentar con abundante mantequilla y parmesano rallado.</p><empty-line/><p>TUCO PARA LOS �OQUIS</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p><emphasis>600 g de carne</emphasis></p><p><emphasis>500 g de tomates maduros</emphasis></p><p><emphasis>2 lonchas de beicon</emphasis></p><p><emphasis>1 zanahoria</emphasis></p><p><emphasis>1 cebolla</emphasis></p><p><emphasis>1 pimiento verde</emphasis></p><p><emphasis>1 pimiento rojo</emphasis></p><p><emphasis>2 dientes de ajo </emphasis>7, / <emphasis>de caldo</emphasis></p><p><emphasis>1 vaso de vino tinto</emphasis></p><p><emphasis>or�gano</emphasis></p><p><emphasis>piment�n dulce</emphasis></p><p><emphasis>romero</emphasis></p><p><emphasis>aceite</emphasis></p><p><emphasis>sal y pimienta</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>Lo importante es que la carne quede tierna y la salsa algo espesa.</p><p>Dorar la cebolla y el ajo cortados muy finitos. Reservar. En la misma olla dorar la carne cortada en cubos con el beicon cortado. Incorporar el ajo y la cebolla junto con los pimientos sin semillas y la zanahoria tambi�n cortados finitos. A�adir los tomates pelados y cortados en cuartos. Cuando la verdura est� cocida agregar el or�gano y el romero. Rehogar un poco y a�adir medio litro de caldo o, en su defecto, de agua. Se cocina durante 40 minutos. A los 30 minutos se a�ade un vaso de vino tinto y el piment�n. Se puede servir el tuco despu�s de acabar la cocci�n, pero se recomienda dejarlo reposar un par de horas para que se concentre el sabor.</p></section><section><title><p>VIAJE DE URUGUAY A ESPA�A</p></title><p>�Y c�mo vivi� nuestra madre la salida de Montevideo y la llegada a Madrid? No son muchas las notas que Gervasio y yo hemos encontrado al respecto, pero con la ayuda de algunas cartas y dos o tres anotaciones largas en su cuaderno de los tomates, hemos reconstruido esta parte de la historia. Seg�n ella, nuestro padre le hab�a dicho que no lo molestara con los preparativos del viaje�</p><p>[�] Luis dice que me las arregle como pueda yo sola, porque �l piensa pasar la �ltima noche en la Quinta, como despedida. Lo cierto es que no quedan m�s que un par de muebles sueltos y ni una sola cama y, para colmo, la primavera viene retrasada y hace un fr�o del demonio. Pero eso a �l no le importa; ser�a capaz de pasar la noche bajo un pino si hiciera falta para despedirse de su antigua vida y sobre todo de su adorada casa. Mira qu� bien, me digo yo, qu� literario, como a �l le gusta, los hombres pueden darse el lujo de ser nost�lgicos y sentimentales. Nosotras, en cambio, tenemos demasiadas cosas que hacer. Para empezar, mientras mi marido hace acampada en una casa desierta rodeado de fantasmas, yo he tenido que desparramar al resto de la familia por las casas de distintos parientes. Carmen est� en lo de mi hermana mayor, Mercedes se ha ido a pasar la noche a lo de su prima Florencia, que tiene diez a�os, como ella, mientras que a Dolores y a Gervasio me los llev� a casa de mam�. Lloraron much�simo porque dicen que all� siempre hay sopa de primero y adem�s de s�mola, pero yo me puse firme y s�mola o no s�mola, se la tomaron toda. La verdad es que viajar a Europa con cuatro ni�os de edades tan diferentes es un problema.</p><p>El que m�s me preocupa es Gervasio. Yo ten�a verdaderas pesadillas los d�as anteriores, so�ando que el ni�o se me ca�a al mar, pero al final lo he solucionado de lo m�s bien: le compr� una correa de perro. Bueno, as� lo llama Carmen, que est� entrando en la edad dif�cil, aunque es un arn�s lind�simo, de cuero rojo, y queda muy bien sobre su su�ter marr�n, con pantal�n corto haciendo juego. Los cuatro van vestidos iguales, las ni�as con pollera, claro, pero el sobretodo y los sombreros haciendo juego son id�nticos, para disgusto de las dos mayores. Muy linda la <emphasis>�tenue </emphasis>de viaje�, dijo mi suegra en cuanto los vio, y la verdad es que creo que acert� en la elecci�n porque es perfecta para esta primavera tan fr�a. Cuando lleguemos a Europa ser� a�n m�s adecuada: all� es casi invierno.</p><empty-line/><p>18 de noviembre</p><p>Ahora que ya estamos en alta mar y hemos pasado el Ecuador, me he puesto a escribirle una carta a mam�. La pobre se qued� de lo m�s triste porque, seg�n ella, parec�a que nos �bamos para siempre. Yo creo que la culpa de esa impresi�n la tiene el hecho de que nos hayamos ido en barco. Si uno se despide al pie de un avi�n, la marcha no parece tan definitiva como cuando un barco se aleja, rodeado de serpentinas y tocando la sirena. Quiero creer que por eso llor�bamos todos tanto. Y cuando est�bamos en plena despedida, con pa�uelos al viento sobre la cubierta, de pronto Carmen me tira de la manga con aire angustiado: ��D�nde crees que se esconden los ni�os que viajan de polizones, mami? �En la bodega? �En las calderas? �En los botes salvavidas?�. S�, eso le dio por preguntar en momento tan delicado. Tiene demasiada imaginaci�n esta chica. �Ni�os polizones? No s� de d�nde saca esas ideas. En cambio, a los otros tres lo �nico que les preocupa es qu� van a comer. En cuanto el barco se alej� un poco m�s, Dolores y Gervasio empezaron a preguntar si tendr�an que comer pescado todo el tiempo ahora que estaban en alta mar. Y protestaban much�simo diciendo que a ellos s�lo les gusta el churrasco. Lo de Mercedes fue a�n peor porque, como ya se sabe, pertenece a la estirpe de esos ni�os que inventaron la huelga de hambre antes que Gandhi. En cuanto subi� a bordo y not� que ol�a levemente a verdura cocida, decret� que no pensaba comer nada hasta el d�a de su cumplea�os, que es el 1 de diciembre. Lo del cumplea�os viene porque yo ese d�a les dejo elegir el men�. Pero se va a acabar. El a�o pasado (y porque no pod�a desdecirme de mi promesa, as�, sin preparar un poco la retirada) resulta que pidi� sufl� de queso de primero, sufl� de queso de segundo y sufl� de dulce de leche de postre. Est� claro, una de las primeras cosas que tengo que proponerme ahora que vamos a cambiar de vida es ser un poco m�s estricta, no hay m�s remedio.</p><empty-line/><p>29 de noviembre</p><p>Si durante todos estos d�as no he escrito nada en mi diario de a bordo es porque la mitad del tiempo estaba moribunda en el camarote. A cuenta de eso, despu�s de la fiesta del paso del Ecuador (ahora dir� en qu� consisti� porque fue de lo m�s �horriblemente� gastron�mica) me perd� los concursos de <emphasis>shuffle board </emphasis>de Carmen con unas amigas italianas, los pasos firmes y marineros de Gervasito sobre la cubierta en plena tormenta, llevado de la correa por Luis, y sobre todo la proclamaci�n de Mercedes como campeona infantil de twist. Una pena realmente, pero una madre no puede estar siempre ejerciendo de tal; de vez en cuando tambi�n nosotras nos enfermamos. A la fiesta del paso del Ecuador s� asist�, aunque estaba algo mareada, y casi me mareo a�n m�s porque es bastante <emphasis>d�goutant, </emphasis>como dir�a mam�. La costumbre viene, supongo, de tiempos lejanos, cuando los marineros pasaban largas y aburridas semanas sin avistar tierra. Entonces a alguien se le ocurri� (apuesto a que fue un ingl�s) que, para celebrar que estaban a mitad de camino, m�s o menos, iban a �bautizar� a los que cruzaban el Ecuador por primera vez. En el <emphasis>Giulio Cesare </emphasis>la ceremonia consist�a en que primero eligen a los pasajeros que van a representar a Neptuno y a toda su corte. A Luis intentaron reclutarlo como chamberl�n, pero dijo, medio en serio medio en broma, que �l de rey o nada. (Y fue nada porque hab�a un se�or franc�s venerable, con una barba blanca, que se parec�a much�simo al pintor Monet y claro, no hab�a color.) Una vez que lo vistieron -m�s bien lo desvistieron- de Neptuno, empez� la ceremonia. El asunto consist�a en que el capit�n iba llamando a cada uno de los ne�fitos con una voz imperiosa, verdiana e italiana, y despu�s de un discursito un poco <emphasis>gettatore, gettatore </emphasis>para mi gusto, algo as� como �� aqu� estamos para pedir que las olas acojan en su seno a este hijo suyo��, bautizaban a cada uno con un nombre marino. Carmen se convirti� en Triletta, Mercedes, en Stella Marina, Gervasio, en Cavaletto di Mare y as�. A continuaci�n, el rey Neptuno, ayudado por su corte de sirenas, los bautizaba. Pero no con agua, sino que les tiraban encima toda clase de porquer�as: tallarines fr�os con tomate, nata batida y hasta sardinas en escabeche antes de darles un empuj�n a la piscina, donde aquello quedaba flotando entre las carcajadas de todos los presentes, excepto la m�a. Creo que me empec� a marear cuando tiraron a la piscina a Dolores y sali� cubierta de un aceite rojo y untuoso que no presagiaba nada bueno, y as� pas� varios d�as. Lo cierto es que el primer d�a estaba mareada de verdad, pero el segundo decid� que ten�a la excusa perfecta para quedarme en la cama y recuperarme de tantas emociones y cambios. �Qu� nos esperar� en nuestra nueva vida?</p><empty-line/><p>Mi madre no escribi� nada sobre cu�les fueron sus primeras impresiones al llegar a Espa�a y ahora, lamentablemente, ya no puede contarlas. Pero yo s� puedo contar las m�as. He tenido que recurrir a la memoria porque, aunque en aquella �poca llevaba diario, �ste no me ha servido de mucho. Despu�s del consabido �Querido Diario� (este encabezamiento lo hab�a tomado prestado de los libros, pero no de alguno muy literario me temo, sino de las obras completas de <emphasis>La peque�a Lul�), </emphasis>me hab�a dedicado a volcar en aquellas p�ginas todos los contradictorios pensamientos de una ni�a de doce a�os. Temores, deseos y, por supuesto, todo tipo de amores plat�nicos, desde un belga guap�simo de catorce a�os que ni siquiera recuerdo c�mo se llamaba y que viajaba en el barco, hasta un botones del Hotel Ritz, donde vivimos tres meses hasta encontrar casa. Gervasio se empe�a en que cuente aqu� c�mo los Posadas pasamos a los anales del Hotel Ritz como la familia m�s asilvestrada que jam�s ha pernoctado entre sus venerables muros. Insiste en que es divertido relatar c�mo cuatro ni�os encerrados sin ir al colegio (llegamos a principios de diciembre y las clases no comenzaron hasta el siguiente trimestre) casi obligan a retapizar el hotel entero, pero yo creo que no tiene demasiada gracia. Muy someramente dir� que el Ritz, por aquel entonces, era un hotel muy serio y conservador, tanto que no admit�a a toreros ni artistas (de hecho, cuando est�bamos alojados all� supimos que hab�an rechazado a un famoso actor de Hollywood). Embajadores s� admit�a, pero supongo que, despu�s de nuestra estancia, preguntar�n de antemano cu�ntos hijos tienen. El caso es que durante tres largos meses ocupamos cuatro habitaciones de la segunda planta. Las dos primeras estaban tan llenas de maletas y paquetes sin abrir que parec�amos refugiados de alg�n pa�s en guerra. Dolores y Gervasio pronto se acostumbraron a jugar a la pelota por los vetustos pasillos. Mi madre, por su parte, que siempre fue muy ahorradora, decidi� que no hab�a quien pudiera financiar desayuno, comida y cena en un hotel de lujo todos los d�as. La econom�a dom�stica se tradujo en dos medidas. A los chicos nos mandaban a almorzar a un restaurante econ�mico que hab�a en la Carrera de San Jer�nimo, llamado El Bufet Italiano, y por la noche hac�amos acampada. No es met�fora, literalmente acamp�bamos, porque una de las primeras compras que mi madre hizo en Madrid fue un hornillo (�!) y cocin�bamos en la habitaci�n. No vayan a creer que calent�bamos latas o algo parecido. Eran comidas en toda regla, como distintos tipos de tortilla, patatas fritas y hasta platos razonablemente sofisticados. He aqu�, por cierto, un ejemplo m�s de lo que es la vida diplom�tica para quien tenga de ella una idea rom�ntica: por las noches, mis padres se iban guap�simos, porque los dos lo eran, vestidos de esmoquin y traje largo a qui�n sabe qu� cena tralal�, y nosotros nos qued�bamos con la ni�era hirviendo espaguetis en un hornillo de gas en nuestra suite del Ritz. Nunca nos descubrieron con las manos en la masa, pero a�n recuerdo un detalle que me dio mucha verg�enza. Como era de esperar, los muebles de nuestras habitaciones sufrieron lo suyo con este r�gimen de comidas. Los sillones ten�an vestigios de ravioli, los sof�s manchas de salsa de tomate, las colchas, de sabe Dios qu� Durante las fiestas de Navidad nos fuimos a M�laga, a casa de unos amigos de mis padres, a pasar quince d�as, y a la vuelta todo hab�a cambiado. Parec�a que nos hubieran retapizado las habitaciones de arriba abajo. Pero no fue m�s que un espejismo pasajero. Al d�a siguiente muy temprano unos empleados de actitud imperturbable retiraron las colchas y los sof�s limpios y los sustituyeron por los maculados de ravioli. Qu� ni�os salvajes, pensar�an, pero nunca lo dijeron. Desde entonces tengo verdadera debilidad por ese hotel.</p><empty-line/><p>Como contaba antes, mi madre consegu�a que de nuestro hornillo de gas salieran manjares muy apetitosos. Este plato es uno de aquellos milagros:</p><empty-line/><p>RISSOTO DE CHAMPI�ONES</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p><sup>1/</sup><sub>2</sub><emphasis>kg de arroz</emphasis></p><p><emphasis>2 cebollas peque�as</emphasis></p><p><emphasis>1 bote de nata l�quida</emphasis></p><p><emphasis>300 g de champi�ones</emphasis></p><p><emphasis>150 g de queso parmesano</emphasis></p><p><emphasis>50 g de mantequilla</emphasis></p><p><emphasis>1 l de caldo de pastilla</emphasis></p><p><emphasis>sal y pimienta</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>Calentar el caldo. Reservar. Picar fina la cebolla y dorarla en la mantequilla. Cuando la cebolla est� dorada, agregar los champi�ones. Al cabo de un par de minutos, el arroz. Rehogar durante otro par de minutos y a�adir el caldo. Salar. Cocer a fuego lento durante 20 minutos. Cuando falten un par de minutos de cocci�n, incorporar la nata y, al final, el parmesano rallado y la pimienta. Rectificar la sal. Es muy importante que el arroz quede cremoso y el grano <emphasis>al dente. </emphasis>Servir inmediatamente.</p></section><section><title><p>SANTIAGO BERNABEU N.� 5</p></title><p>Un soleado d�a de primavera sali�, para alivio de los empleados del Ritz, la familia Posadas al completo rumbo a su nueva casa. Uruguay en aquel entonces no ten�a una residencia oficial en propiedad en Madrid, por lo que mis padres tuvieron que buscar una en alquiler. Mi padre, naturalmente, quer�a una casa con jard�n que le recordara la quinta. Mi madre quer�a una casa funcional que le recordara lo <emphasis>menos </emphasis>posible a la inefable quinta. Y gan� mi madre. Encontr� una casa que no ten�a ni jard�n bot�nico, ni fuentes, ni fantasmas, pero tampoco goteras que reparar. Se trataba de un piso en la calle Santiago Bernabeu n�mero cinco y me gustar�a, antes de contar mi primera impresi�n del Madrid de entonces, detenerme un minuto en recordar a nuestros vecinos, porque algunos eran personas notables de aquella �poca y otros han llegado a serlo con el tiempo. En el segundo piso, por ejemplo, viv�a don Camilo Alonso Vega, ministro de la Gobernaci�n. Por supuesto, para nosotros, ni�os, aquel se�or no significaba lo que era en realidad: el responsable de la polic�a y de mantener el f�rreo orden dictatorial que imperaba entonces. Nos imagin�bamos que era muy importante porque hab�a siempre a la puerta dos polic�as de guardia y todo el mundo hac�a grandes aspavientos cuando mencion�bamos que era nuestro vecino. Tampoco nos llamaba demasiado la atenci�n -juventud, divino e inocente tesoro- que, todos los jueves, llegara a nuestra puerta un silencioso Mercedes negro del que emerg�a una se�ora mayor ataviada tambi�n de oscuro, s�lo con dos detalles claros: una sonrisa de blancos y enormes dientes y tres o cuatro filas de perlas de buen tama�o. Era do�a Carmen Polo de Franco, que ven�a a visitar a la se�ora de don Camulo (era as� como llamaban a don Camilo algunas personas a sus espaldas, acompa�ando el apodo de nerviosas risas). Nosotros, como digo, nada sab�amos de sus actividades entonces, aunque un dato bastante revelador de la ocupaci�n de aquel anciano era un comentario que sol�a hacer cuando se encontraba con mi hermano Gervasio en el ascensor.</p><p>��Buenos d�as, se�ora -dec�a y, despu�s de quitarse el sombrero caballerosamente para saludar a nuestra madre, se volv�a hacia Gervasio, que ten�a apenas tres a�os, para decirle-: Gervasito, Gervasito, a ver si te portas bien, que si no te llevo a Carabanchel.</p><p>Subiendo un piso m�s arriba, entre Alonso Vega y nosotros, viv�a alguien que, de alguna manera, simboliza la uni�n entre la Espa�a franquista y la de ahora. Se trataba de Juan Antonio Vallejo N�jera, a quien me gustar�a dedicar un recuerdo agradecido. Al cabo de los a�os, y a pesar de que durante nuestra bastante salvaje infancia debemos de haberle torturado con todo tipo de ruidos, zapateados y partidos de f�tbol por los pasillos, publicar�a uno de mis primeros libros. En los a�os ochenta lleg� a dirigir la editorial Temas de Hoy, y me contrat� <emphasis>Yuppies, Jet Set, La Movida y otras especies. Manual del perfecto arribista. </emphasis>Dos pisos m�s arriba viv�an los Ballv�, m�s tarde due�os de Campofr�o. Si los menciono es porque siguen siendo buenos amigos nuestros y porque siempre que nos vemos recordamos una an�cdota culinaria que vivimos juntos. Mi hermana Mercedes, que, como ya les he contado, no era precisamente una gourmet en aquella �poca -al contrario, no com�a nunca-, hab�a encontrado un m�todo buen�simo para hacer �desaparecer� la comida de su plato. Instal� un sistema de comunicaci�n con los dos hijos mayores de los Ballv�, que consist�a en una cesta con una larga cuerda, a modo de montacargas, que en principio serv�a para mandarnos dibujos o alg�n juguete. Pero Mercedes, por aquella v�a, tambi�n hac�a llegar a Pedro y a Fernando un filete empanado, unas alb�ndigas o los abominados emparedados de pescado� Amablemente, los Ballv� tiraban aquello a la basura y Mercedes pod�a continuar sin problemas su particular guerra alimentaria.</p><p>Finalmente, en el �ltimo piso, viv�an los Caprile. Las ni�as coincidieron con Mercedes y conmigo en el colegio Santa Mar�a del Camino, y el hermano peque�o, Lorenzo, se convertir�a con el tiempo en uno de los modistos de m�s renombre de nuestro pa�s. Hace poco nos hicieron una entrevista a los dos y nos re�amos recordando an�cdotas de nuestro pasado compartido al m�s puro estilo <emphasis>Aqu� no hay quien viva.</emphasis></p><p>Como dec�a al principio, nuestra casa estaba situada a media manzana del estadio del Real Madrid, en una calle que lleva incluso el nombre de su presidente m�s famoso, Santiago Bernabeu. Como ejemplo de la a�n precaria modernidad del Madrid de aquellos a�os, dir� que una de las cosas que m�s me llamaron la atenci�n fueron algunos contrastes curiosos. Por ejemplo, la avenida del General�simo ya era el orgullo de la ciudad, una v�a amplia, moderna, �europea�, como entonces se dec�a, pero aun as�, por delante de donde nosotros viv�amos cruzaba a diario un reba�o de ovejas porque por ah� pasaba (y seg�n tengo entendido a�n pasa) una ca�ada real. Tambi�n me sorprend�a que, por Navidad, los madrile�os llevaran a los guardias de tr�fico todo tipo de regalos, en especial comestibles. No era raro ver en Cibeles o en la plaza de Col�n a don Servando o a don Valeriano (porque, naturalmente, se les conoc�a por sus nombres) acumular a sus pies botellas de an�s del mono, turrones e incluso alg�n chorizo de buen tama�o. Hab�a otras cosas que me asombraban. En la colonia del Viso, barrio de burgueses acomodados donde pod�a verse Dodges de �ltimo modelo e incluso alg�n que otro coche importado, chocaban las farolas callejeras. Eran de gas y cada noche, justo antes de que los serenos salieran a hacer la ronda, pasaban los faroleros a encenderlas con una larga vara. Tal vez por estos contrastes y por el ambiente en muchos casos de posguerra que se percib�a en otros detalles que comentar� a continuaci�n, a m�, que ven�a de un Uruguay todav�a pr�spero y opulento, Madrid me pareci� una ciudad en blanco y negro. La gente vest�a de oscuro, muchos de luto, y lo m�s desconcertante era que no pocos llevaban h�bito. A�n recuerdo preguntarle a mi padre el porqu� de esa extra�a costumbre. Por aquel entonces, para hacer las inevitables reformas antes de entrar en la casa, mi madre hab�a contratado los servicios de un carpintero llamado �ngel. �ngel era muy callado, circunspecto, y trabajaba con una colilla apagada en la comisura de los labios. Pero lo que me parec�a m�s ins�lito era su forma de vestir. Bajo el mono gris llevaba una camisa morada y un cord�n dorado colgado al cuello a modo de corbata. Mi padre me explic� que aqu�, en Espa�a, hab�a personas muy religiosas y que algunas hac�an a sus santos y v�rgenes favoritos la promesa de vestir siempre de h�bito. Yo me imaginaba a �ngel despu�s del trabajo con capucha y vistiendo talar morado, yendo a comprar el pan, pero por m�s que lo espi� nunca logr� verlo de tal guisa. Aun as�, para una ni�a criada en un pa�s tan laico, por no decir ateo, como el Uruguay donde la Semana Santa se llama �la Semana de Turismo� y la Navidad la �Fiesta de la Familia�, aquello era de lo m�s pintoresco. M�s pintorescas todav�a me parec�an las cosas que algunas amigas contaban sobre sus colegios de monjas. Nosotros �bamos entonces al Colegio Brit�nico, uno de los tres colegios no religiosos que hab�a en Madrid, pero mi vecina y amiga Mercedes contaba del suyo cosas muy peculiares.</p><p>��En mi colegio -me dijo un d�a Mercedes- todos los a�os hacemos una funci�n navide�a.</p><p>��En el m�o tambi�n -contest� yo para no ser menos y para que mi amiga no pensara que mi colegio era raro (que lo era) -. Nosotros tambi�n cantamos villancicos y representamos el Bel�n. Uno hace de san Jos�, otra de la Virgen Mar�a�</p><p>��Ya -me interrumpi� ella con impaciencia-, eso est� muy bien, pero nosotros tenemos <emphasis>dos </emphasis>funciones, la que se ve y la que no se ve.</p><p>No entend� a qu� se refer�a y entonces me explic� lo siguiente:</p><p>��Nosotras, la primera funci�n no la vemos. Estamos el colegio en pleno en la sala de actos, todas las ni�as vestidas de punta en blanco, con guantes y sombrero, pero no podemos mirar hacia el escenario.</p><p>���Y a qui�n mir�is? -pregunt� yo, cada vez m�s asombrada.</p><p>���A qui�n va a ser, tonta? A la madre superiora. Ella y las dem�s monjas (siempre que sean madres y no hermanas) son las �nicas que pueden ver la funci�n. Despu�s nosotras, con las profesoras, vamos otro d�a y se vuelve a representar. Pero la buena -con m�sica, discursos y bonitas oraciones- es s�lo para la madre superiora. Es una costumbre muy antigua, �sabes? Viene del siglo xv, de los conventos reales, creo.</p><p>A m�, como ni�a nacida en un continente con pocos a�os de historia, todo lo que tuviera m�s de un siglo de antig�edad me parec�a sublime, pero eso de que doscientas o trescientas ni�as trajeadas con guantes y sombreros tuvieran que mirar durante toda la representaci�n a la madre superiora en vez de al escenario, se me antoj� bastante rid�culo. As� se lo dije a mi amiga Mercedes y ella, supongo que molesta porque una extranjera cuestionara las costumbres locales, se enfad� mucho.</p><p>��Anda -dijo-, pero qu� sabr�s t�, si eres de las colonias.</p></section><section><title><p>FRANCO Y LA PESCA DEL SALM�N</p></title><p>Como ya he dicho, en el cuaderno de mi madre no hab�a nada sobre sus primeras impresiones de Madrid ni sobre nuestros desmanes en el Hotel Ritz ni sobre cuando nos instalamos en Santiago Bernabeu, 5. Hab�a, en cambio, una o dos p�ginas fechadas a los quince d�as de nuestra llegada a la ciudad donde ella cuenta la presentaci�n de cartas credenciales a Franco. La narraci�n est� encabezada por una bonita foto de nuestro padre bajando de una carroza a la puerta del Palacio Real. Yo de aquel d�a s�lo recuerdo que llov�a a mares y que las capas blancas y los penachos de la Guardia Mora que escoltaba el carruaje acabaron hechos un gui�apo gris muy poco marcial, pero mi madre cuenta lo siguiente:</p><empty-line/><p>Luis aparece en la portada del ABC de hoy, 27 de noviembre de 1965. �Hay que ver qu� buen moc�simo sale! Un poquito pelado para sus treinta y ocho a�os, es verdad (a ver qu� puedo hacer para arreglarlo), pero guap�simo, como dicen ac�.</p><p>Ayer por la ma�ana yo me qued� en casa preparando el c�ctel que ofrecer�amos despu�s de la ceremonia a la colonia uruguaya y �l se fue temprano porque primero van al Ministerio de Asuntos Exteriores y de ah� salen en carroza para el Palacio Real. Dicen que en Madrid llueve poco pero �hay qu� ver la que estaba cayendo ayer! Por eso me empe�� en que Luis se pusiera la capa espa�ola, negra y lind�sima. Pero �l dijo que no, que de ninguna manera, que en pleno d�a parecer�a un embozado de los de antes del mot�n de Esquilache. O peor a�n: un Dr�cula muy madrugador. En fin, la cuesti�n es que fue a reunirse con el marqu�s de Villavicencio, que es el introductor de embajadores y, seg�n me cont� despu�s, durante todo el trayecto en carruaje estuvo pregunt�ndole sobre qu� ser�a conveniente decirle a Franco.</p><p>��Uy, se�or embajador -le dijo el marqu�s-, de eso ni se preocupe. Lo m�s probable es que no digan ni mu, ni usted ni el General�simo. Siempre ha sido un hombre de pocas palabras, de modo que usted entr�guele las credenciales y espere a ver qu� pasa. Adem�s, el Caudillo es un hombre imprevisible, como todos los grandes hombres. Su mente est� alerta, es preclara, pr�stina, pero seg�n c�mo, a veces se duerme. El otro d�a, con el embajador de Filipinas, fue tremendo. Se qued� frito y el embajador, que iba con un <emphasis>barong, </emphasis>ya sabe usted, la camisa t�pica de su pa�s, esa que es transparente de puro fina, casi se congela. Y es que en el Palacio Real hace un fr�o que pela y para colmo su Excelencia odia la calefacci�n. El caso es que se durmi� y como ni �l despertaba ni el embajador osaba silbarle o algo as�, estuvieron m�s de una hora, porque quienes estaban fuera tampoco se atrev�an a tocar a la puerta para ver qu� pasaba� Al final tuvo que rescatarlo un secretario que ya empezaba a estar un poco mosca y espi� la escena a trav�s de la cerradura. Creo que la gripe del embajador fue de las de campeonato.</p><p>Con este panorama, la verdad era que Luis no iba muy tranquilo que digamos. Seg�n �l, le resultaba muy dif�cil creer que un hombre tan duro e implacable, por no decir cruel, como el general Franco, se hubiera ablandado de ese modo. Tiene setenta y dos a�os y, seg�n me cont� Luis, su aspecto no ten�a nada que ver con las fotos. Eso s�: como suele pasar a menudo, le pareci� mucho m�s bajo de lo que �l esperaba y su famosa vocecilla a�n m�s rid�cula. Yo pienso que a lo mejor est� un poco senil, pero no lo creo, por ah� se cuentan muchos chistes augurando que va vivir m�s de cien a�os. �Espa�oles, desde este pulm�n de acero, etc�tera.� De todos modos, y siempre seg�n Luis, la audiencia transcurri� bastante bien y fue m�s o menos as�.</p><p>Luis subi� las escaleras del palacio flanqueado por unos alabarderos, todo muy lindo y protocolario. Junto a sus acompa�antes recorri� varias estancias enormes, luego la sala del trono hasta llegar por fin a una habitaci�n mucho m�s peque�a que todas las dem�s, donde lo esperaba Franco. Ah� le entreg� las cartas credenciales y a continuaci�n Franco lo invit� a sentarse. Apareci� entonces un fot�grafo m�s viejo a�n que el General�simo, tanto que parec�a no poder sujetar bien la c�mara sin temblar, se hicieron una foto para la posteridad y luego se quedaron solos. Entonces lleg� el momento tenso. Luis ten�a la esperanza de que, al menos, Franco le hiciera alguna de las ret�ricas preguntas que todos los mandatarios hacen a sus invitados en las audiencias diplom�ticas, como ��Qu� le parece a usted Madrid?�, por ejemplo, o ��Conoc�a usted ya Espa�a?�. O al menos el tan socorrido ��Cu�ndo lleg� usted?�. Pero nada, silencio sepulcral. Entonces, cuando pensaba que iba a correr la misma suerte que el embajador de Filipinas, mir� al General y �ste le devolvi� una mirada tan dura y penetrante que Luis record� una de las muchas historias que se cuentan sobre �l. Una que retrata muy bien su personalidad. Por lo visto, cuando era comandante de la Legi�n en �frica y a�n muy joven, tuvo que v�rselas con un legionario que protestaba por el rancho y que, diciendo que aquel engrudo era incomible, se lo tir� a la cara. Franco ni se inmut�; se limpi� la cara con el rev�s de la mano y minutos m�s tarde hizo ejecutar al soldado. Despu�s -y seg�n sus propias palabras publicadas muchos a�os m�s tarde- hizo desfilar a toda la compa��a ante el cad�ver como advertencia. Dice Luis que con esos mismos ojos, entre penetrantes e inexpresivos, lo miraba ahora el General. �Qu� pensar�a?</p><p>�Estaba a punto de fusilarlo mentalmente o, por el contrario, iba a quedarse dormido de un momento a otro? �Deb�a Luis preguntar algo? �Sonre�r? �No sonre�r? El introductor de embajadores hab�a dicho tajantemente que no tomara ninguna iniciativa. El, ante el silencio p�treo y a pesar de la baja temperatura, rompi� a sudar, sac� un pa�uelo y, en ese momento, como si hubiera pulsado con su gesto un inesperado y secreto resorte, el General abri� la boca y empez� a hablar. Y a hablar.</p><p>Y mir�ndolo con sus ojos terribles, con su vocecita atiplada y mon�tona, en tono de letan�a, peror� sobre uno de sus temas favoritos.</p><p>���Pesca usted, embajador? -pregunt�.</p><p>Y antes de que Luis pudiera recordar sus escas�simos conocimientos sobre el tema, Franco empez� a disertar sobre el salm�n en Asturias y que si era mejor pescarlo con mosca seca o con cola de rata. Sobre la trucha de Galicia y que si la corriente del r�o Sil era caudalosa pero la del Mi�o mucho m�s rica en pesca, y que si le gustaba m�s el Jares, por la bravura de sus piezas. Y de ah� salt� a la pesca de altura y al at�n. Bla, bla, que si el <emphasis>Azor, </emphasis>que si las aguas de Galicia y las del Mediterr�neo.</p><p>Y tanto se anim� monologando que pas� m�s de una hora. Al salir los estaba esperando el mismo fot�grafo centenario para sacarles la foto de la despedida. Foto, por cierto, en la que Franco aparece riendo, lo que es casi un r�cord mundial porque apenas hay fotos de �l as�.</p><p>��Embajador -me cont� Luis que le dijo en la despedida-, es usted un joven con una conversaci�n muy interesante e inteligente -lo cual dej� a Luis a�n m�s confuso, porque hasta ese momento no hab�a dicho ni mu. Luis todav�a anda d�ndole vueltas al asunto, aunque yo creo que es evidente que el pobre se�or est� precozmente gaga, pero Luis no est� de acuerdo. Hemos o�do demasiados chistes sobre su m�s que segura longevidad para creer que est� chocheando. Luis piensa que su comportamiento se debi� a otra cosa, aunque cualquiera sabe lo que pasa por la cabeza de alguien que tiene tantos cad�veres en el armario. A lo mejor Luis le recordaba a alguien con quien iba a pescar de ni�o y fue eso lo que hizo que hablara con tanta familiaridad. S�, me inclino a creer que fue algo as�. Una sombra del pasado, hasta los dictadores pueden ser sensibles a los fantasmas; �por qu� no? Adem�s, Franco debe de estar acostumbrado a tener que v�rselas siempre con personas de mucha edad y Luis, con sus treinta y tantos a�os, le habr� parecido un chiquit�n y debi� de sentirse c�modo. Un chiquil�n un poco peladito seg�n puede verse aqu�, en la foto, es cierto, pero �a que es guap�simo, guap�simo, como dicen en Espa�a?</p><image l:href="#1"/><p>Seg�n cuenta nuestra madre, en el c�ctel que sigui� a la presentaci�n de credenciales, y como si ella hubiera adivinado que el salm�n iba a tener un papel destacado ese d�a, hab�a pedido a la cocinera que se sirviera un plato especial:</p><empty-line/><p>SALM�N A LAS UVAS</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p>1 <emphasis>salm�n de 1<strong/>kg</emphasis></p><p><emphasis>1 cucharada de aceite</emphasis></p><p><emphasis>1 lim�n</emphasis></p><p><emphasis>300 g de uvas</emphasis></p><p><emphasis>sal y pimienta</emphasis></p><p><emphasis>un chorro de cava</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>Lavar bien el salm�n y secarlo con una servilleta. Untarlo con aceite y a�adirle sal. Ponerlo en una fuente de horno.</p><p>Lavar las uvas y reservar algunas para el adorno. Pelar el lim�n y sacarle las pepitas. Pasarlo todo por una licuadora y a�adir un chorro de cava.</p><p>Verter ese zumo sobre el salm�n y meter la fuente en el horno precalentado a 180� C. Durante la cocci�n rociar el salm�n con el jugo un par de veces.</p><p>Cuando est� listo, poner el salm�n en la fuente de servir y adornarlo con rodajas de lim�n y el resto de las uvas partidas por la mitad.</p><p>Acompa�arlo con patatas gratinadas.</p></section><section><title><p>INTRODUCTORAS DE EMBAJADORES</p></title><p>Una vez pasado el tr�mite de las cartas credenciales, lo que m�s nos preocupaba a Luis y a m� era conseguir que nuestra embajada tuviera el �xito social necesario para cumplir con nuestra misi�n.</p><p>�Ser� capaz de estar a la altura de las circunstancias? Gran parte del �xito, en estos casos, depende de la cocinera y por eso he contratado a Lola, que ven�a muy recomendada y, seg�n dicen, tiene una mano incre�ble. Pero por el momento lo �nico que noto es que siempre parece estar enojada. Yo no s� si eso es de car�cter o si se trata de la proverbial austeridad castellana de la que tanto hablan, lo cierto es que asusta un poco. Apenas nos hemos estrenado juntas, ya que s�lo hemos dado el c�ctel de cartas credenciales y ese d�a encargamos muchas cosas ya preparadas. La prueba de fuego vendr� con la primera cena, pero ahora tengo otro problema. �A qui�n vamos a invitar? La gente de la embajada insiste en que la sociedad madrile�a es muy dif�cil. Por lo visto, la gente se pelea por ir a la Embajada de Francia, un poco menos por la de Gran Breta�a y la de Italia, el �xito del resto de los embajadores depende de lo simp�ticos, guapos o encantadores que puedan ser. Y tambi�n de que la primera recepci�n que organicen se comente en todo Madrid. Ni siquiera una superpotencia como Estados Unidos se salva de esta regla. Si se aterriza bien no hay problema, pero si no, se corre el grave peligro de caer en la categor�a de las embajadas que son un <emphasis>quemo, </emphasis>como decimos en Uruguay, lugares en los que nadie quiere ser visto ni por asomo. Y si es as� ya me imagino el panorama: durante los pr�ximos cuatro o cinco a�os nos pasaremos Luis y yo mir�ndonos las caras; creo que no era lo que ten�amos pensado cuando decidimos venir a Europa.</p><p>Para asustarme a�n m�s, y con la casa todav�a sin ordenar, el otro d�a se presentaron a tomar el t� unas parientas de Luis, las se�oritas de Sampognaro. Son parientas, y muy cercanas adem�s, pero no se habla de ello en la familia. Y es que -aunque el abuelo de Luis se cas� a los cincuenta a�os con una mujer mucho m�s joven que �l y s�lo tuvieron un hijo, mi suegro-, cuando �l muri�, se present� en su casa una se�ora que dijo ser hija natural del muerto y de quien la abuela de Luis no hab�a o�do hablar jam�s. Tampoco el testamento la mencionaba. Al parecer, hab�a tenido una infancia muy dif�cil, como pasaba entonces con las <emphasis>filies d'amour, </emphasis>pero era una chica mon�sima y muy bien educada. Un d�a, paseando por el Prado con su madre, la vio un joven y prometedor diplom�tico, el se�or Sampognaro. Se enamor� locamente de ella y se casaron poco despu�s, y le proporcion� una vida m�s que desahogada. Cuando se enter� de toda esta historia, la abuela de Luis, una persona de gran coraz�n que Dios tenga en su gloria (aunque yo de vez en cuando me acuerdo de ella a final de mes), le dio sin mediar discusi�n la mitad de la herencia. Estas se�oritas de Sampognaro que han venido a tomar el t� son las hijas solteras de aquella se�ora, y han acompa�ado a su padre en sus distintos destinos, como Mosc� y la Alemania de Hitler, donde, seg�n cuentan algunos, una de ellas tuvo un l�o con Goebbels, aunque no s� si fue Emma o Delia. Posiblemente ni el propio Goebbels supo con cu�l, porque son igualitas. Por lo visto, en los �ltimos veintipico a�os, como colof�n a una vida tan colorista y a cuenta de la fortuna del abuelo, las se�oritas han vivido en el Hotel Palace de Madrid sin ocuparse de otra cosa que de pasarlo bien. Ahora deben de tener m�s de sesenta y, a pesar de que da la impresi�n de que los mejores tiempos ya pasaron para ellas, siguen manteniendo su <emphasis>charme </emphasis>y buen estilo. Son extremadamente parecidas, tanto que cuesta saber cu�l es Emma y cu�l Delia. Las dos llevan el mismo corte de pelo (una es levemente rubia y la otra algo m�s pelirroja), el mismo tapado de vis�n (el de Delia con vuelta en la manga, el de Emma sin ella) y el mismo collar de perlas (uno de dos filas y el otro de tres).</p><p>��S�, Bimbita -me dijeron casi a coro-, la sociedad madrile�a es muy complicada. No te podes imaginar. Hay que saber muy bien d�nde se pisa. Ustedes son j�venes y lindos, pero eso sirve de poco si no saben moverse. Ya sabemos que tu pap� fue embajador en Par�s, naturalmente, pero eso era antes de la guerra y adem�s Espa�a no tiene nada que ver con Francia. Uy, qu� rica est� esta torta� C�mo se nota que tiene dulce de leche uruguayo y no esa leche condensada al ba�o Mar�a que hacen a veces ac�. �Me pondr�as un poco m�s, por favor? -dec�a una de ellas (creo que Emma).</p><p>��Yo a�n dir�a m�s -�sta debe de ser Delia-, ustedes ni siquiera tienen una residencia representativa como otros pa�ses. Esta casa es muy digna, pero no se puede tener la residencia en un piso, es obvio. S�, ya sabemos que no es culpa tuya sino del presupuesto, pero las embajadas han de estar en un edificio que se salga de lo com�n. Si est� en una casa de apartamentos como �sta, con vecinos arriba y abajo, se coloca la embajada al mismo nivel que las otras personas y esto no es conveniente. No hay m�s que ver la Embajada de Francia, que tiene un magn�fico edificio en plena calle Serrano. Los italianos cuentan con el palacete en Vel�zquez. Incluso pa�ses peque�os como B�lgica tienen casas estupendas, casas a las que siempre va la gente elegante, aunque sea para ver c�mo est�n decoradas. Este pisito es muy mono, insisto, pero no puede compararse con nada de eso. Adem�s, Uruguay, en casi todo el mundo excepto en Sudam�rica, no significa absolutamente nada para nadie. En estas condiciones, querida, es muy dif�cil relacionarse o, mejor dicho, conseguir que la gente quiera relacionarse con ustedes.</p><p>���Qu� puedo hacer entonces? -pregunt� yo toda preocupada.</p><p>��Te hace falta un poco de ayuda para no andar a ciegas, Bimbita. Alguien que te explique qui�n es qui�n, a qui�n hay que invitar y que consiga que la gente venga a tu casa. Alguien que te diga c�mo se coloca en una misma mesa a un capit�n general, un obispo y un grande de Espa�a sin equivocarse -dijo �Delia?, �Emma? (�cu�l era la que ten�a dos vueltas en el collar de perlas?).</p><p>��S�, querida, alguien que conozca bien la buena sociedad de Madrid. Ya s� que el ministerio les da una serie de instrucciones, pero todos sabemos que eso no sirve para nada. Necesitas a alguien que sepa c�mo piensan ellos y que, a la vez, piense como un uruguayo.</p><p>��S�, claro, eso ser�a muy �til, pero�</p><p>��Lo que a vos te hace falta es una secretaria social, mi hijita. Mejor dicho, dos. Personas que te organicen la agenda, que te digan d�nde ir y c�mo vestir, en qu� peluquer�a peinarte y que te expliquen bien c�mo son los espa�oles.</p><p>��Yo a�n dir�a m�s -terci� la otra dando un largo sorbo a su taza de t�-, <emphasis>dos </emphasis>secretarias sociales. Te ser�an de gran ayuda.</p><p>Las se�oritas me miraban fijamente con el ce�o fruncido. ��Dios m�o -me dije-, qu� parecidas son entre s� y, lo que es peor, as� tan serias se parecen cada vez m�s a mi suegro, vaya genes persistentes!�</p><p>��Y est�n pensando en�</p><p>��En nosotras, claro. Llevamos muchos a�os en Espa�a, y conocemos a todo el mundo, pero lo m�s importante es que todo el mundo nos conoce a nosotras. Si quer�s organizar cualquier tipo de recepci�n en la embajada podemos traerte a la mejor gente de Madrid sin el m�s m�nimo problema.</p><p>��Tambi�n -continu� la otra se�orita- podemos aconsejarte con el mejor de los criterios sobre los men�s para que todos se vayan encantados de esta casa y deseando volver.</p><p>��Adem�s -ahora ya hablaban alternativamente la una y la otra, quit�ndose la palabra pero siempre con la misma l�nea argumental-, tenemos un mont�n de amigos artistas que pueden dar mucho color a cualquier c�ctel que vayas a dar. Toreros, cantantes de cupl�s, hasta un hijo de Alfonso XIII, igualito a �l, ni te imaginas. A los espa�oles les encanta que haya gente distinta, divertida, que no sean siempre los mismos.</p><p>��Nosotras -retom� el hilo la otra se�orita, y, durante un momento (afortunadamente corto), en un alarde de virtuosismo, empezaba a hablar una y segu�a la otra, de modo que me ve�a obligada a mirarlas como quien asiste a un partido de tenis (tres palabras, giro a la derecha; dos palabras, giro a la izquierda)-, querida, no solemos hacer estas cosas, naturalmente, pero te vemos tan joven que creemos que puedes necesitar de nuestra experiencia.</p><p>��S�, Bimbita, nos divertir�a mucho echarte una mano. Adem�s, los del Palace se est�n poniendo pesad�simos y despu�s de veinte a�os parece que nos quieren subir la renta. <emphasis>�C'est incroyable mais c'est vrai!</emphasis></p><p>Aparentemente, el dinero de la herencia no era tan inagotable como las pobres se�oritas hab�an pensado.</p><p>��Bueno�, la plata no es tan importante, claro. Lo que m�s nos gustar�a es poder ser �tiles a nuestro pa�s -se revolvi� la otra (�Emma? �Delia?), inc�moda ante la menci�n de los <emphasis>petits problems </emphasis>y por primera vez en desacuerdo.</p><p>��Creo que te ser�amos muy �tiles porque no te podes imaginar c�mo pueden meter la pata los embajadores que llegan sin asesoramiento a Espa�a.</p><p>��S� -vuelta al natural consenso-, nosotras te podr�amos ayudar mucho. Hace un par de a�os nombraron a un embajador argentino que, bueno, ya sabes las cosas que hacen a veces nuestros vecinos, empez� a decirle a todo el mundo que le hab�a regalado cinco caballos de pura raza al ministro Castiella como presente de bienvenida. All� donde iba hablaba de los cinco caballos que le hab�a regalado al ministro de Asuntos Exteriores, que si uno era negro, que si el otro ten�a una mancha en la frente y as�. Un d�a fuimos a almorzar a casa de Sol. S�, ya sabes, la mujer de Castiella -continu� la otra se�orita, con una sonrisa que implicaba �o deber�as saberlo�-. Le preguntamos qu� tal estaban sus preciosos corceles. Nos mir� con cara de extra�eza y cuando le dijimos lo que nos hab�an contado se levant� y llam� a su marido. Volvi� indignada porque los caballos no exist�an ni el embajador argentino les hab�a regalado ni un man�. Como es l�gico, a partir de ese momento lo pusieron en la lista negra y ahora no lo recibe nadie. Son esa clase de errores que nunca hay que cometer y que nosotras podemos evitar que cometas, Bimbita querida.</p><p>Les tuve que aclarar que no ten�amos pensado decir que regal�bamos caballos ni ninguna otra cosa y que, para mi desgracia, la embajada no ten�a presupuesto para una, y mucho menos dos secretarias sociales. Las pobres se�oritas se pusieron algo tristes, aunque siguieron comiendo grandes trozos de tarta de dulce de leche.</p><p>���Est�s segura de que podr�s arregl�rtelas sola, mi hijita? En el fondo somos familia, as� que si necesitas algo, av�sanos.</p><p>��S�, av�sanos, somos familia -dijo� �Emma? �Delia?, bueno, quienquiera que fuese, con un gui�o id�ntico, id�ntico al de mi suegro.</p><p>Luego se pusieron sus tapados de vis�n, uno con manga doble y el otro simple, se atusaron el pelo rubio una y levemente pelirrojo la otra, y se despidieron a coro.</p><p>Cuando las vi irse, viejitas y fr�giles, tambi�n me entristec�, aunque a veces no puedo evitar pensar: toda una vida viviendo en el Palace. �D�nde hay que firmar?</p></section><section><title><p>AGUSTINA DE ARAG�N EN LA COCINA</p></title><p>�Pasamos el primer examen! Ayer tuvimos nuestra primera recepci�n en casa para despedir al ministro L�pez Bravo, que se va de visita a Uruguay. M�s que pasar el examen creo que hemos sacado sobresaliente, porque todo fue un �xito, tanto por la comida como por los invitados que vinieron. Como llegamos hace poco y no conocemos todav�a a mucha gente, tem�amos encontrarnos en un embarazoso mano a mano, los dos solitos con el ministro. Adem�s, parece que los ministros de Franco est�n divididos en distintas tendencias algo enfrentadas (y eso en una dictadura). Los del Opus Dei, como L�pez Bravo, no est�n bien vistos por los falangistas ni por los militares, y como desconoc�amos a qu� bando pertenec�a el resto de los invitados, no sab�amos si aquello iba a acabar en una batalla campal o por el contrario no iba a venir nadie. Por un momento ech� en falta las sabias advertencias de las se�oritas de Sampognaro, pero me sent� incapaz de llamarlas para pedirles consejo despu�s de la conversaci�n del otro d�a. Tendr�amos que enfrentarnos al fracaso solos.</p><p>En contra de lo que suele ser habitual, el ministro lleg� el primero. Es muy amable, tiene una conversaci�n de lo m�s agradable y parece muy interesado por todo lo relacionado con Uruguay. Pero pasaban los minutos y no llegaban los otros invitados. Nadie hab�a confirmado su asistencia y parec�a que se cumplir�an mis m�s negros presagios. Yo empezaba a sentir que me fallaban las piernas y que me iba a caer redonda en cualquier momento. Afortunadamente, al cabo de unos diez minutos son� el timbre, una vez y otra y otra. Fue el sonido m�s lindo que hab�a o�do en mi vida. Yo no contaba con una cosa: la foto de Luis en la portada del ABC el d�a de la presentaci�n de credenciales hab�a obrado milagros. Gracias a ella aparecieron un mont�n de personas que hab�amos invitado sin mucha esperanza de que vinieran: el alcalde de Madrid, Carlos Arias Navarro; el presidente de Banesto, el marqu�s de Deleitosa (el <emphasis>pope </emphasis>de las finanzas espa�olas); el ministro de Informaci�n y Turismo, Manuel Fraga; Gregorio Mara��n y un mont�n de marqueses y condes a los que no hab�amos visto nunca. Y lo m�s importante es que todo el mundo qued� encantado y creo que con ganas de volver.</p><p>Yo estaba bastante nerviosa, la verdad, porque todav�a no me manejo bien con los gustos espa�oles, que son muy distintos a los nuestros. Por ejemplo: en nuestro pa�s no se come pr�cticamente nunca pescado y los uruguayos abominan de cualquier cosa que tenga espinas. Ac� se vuelven locos por una buena merluza. En Uruguay el pollo es un art�culo de lujo que resulta muy distinguido servirlo en una cena y ac� es una cosa muy corriente, casi ordinaria (desde que llegamos en casa no hacemos otra cosa que comer pollo, como si se fuera a acabar, y a los chicos les encanta). Luego est� esa costumbre espa�ola de comer lentejas, jud�as o garbanzos incluso en las mejores casas, algo que no se le ocurrir�a ni al �ltimo pe�n de la estancia m�s perdida de Uruguay. Por no hablar de algunos platos espa�oles que yo no me atrever�a a probar ni aunque estuviera muri�ndome de hambre en mitad del desierto, como esos chipirones en su tinta que parecen sumergidos en grasa de autom�vil, o unos gusanos que, seg�n ellos, son muy ricos y se llaman angulas.</p><p>A la hora de elegir el men� est� el problema adicional de que Uruguay tiene una gastronom�a propia algo exigua. La mejor carne del mundo, eso s�, buena pasta y unos postres riqu�simos con dulce de leche que, desgraciadamente, a los espa�oles les parece demasiado empalagoso. Los chinos, por ejemplo, pueden poner un buen arroz y salir del apuro. Nosotros no. Ante este panorama s�lo nos queda recurrir a la cocina diplom�tica por excelencia, la francesa. Y aqu� es donde top� con Lola, la cocinera, que no es que sea arisca como yo pensaba al principio, sino que tiene un car�cter de mil demonios y un odio visceral a todo lo que venga del otro lado de los Pirineos, como si Napole�n hubiera retirado sus tropas ayer por la tarde de Madrid.</p><p>��Si es que ustedes, los extranjeros, se creen que <emphasis>to'lo </emphasis>que hacen los gabachos es lo mejor del mundo. Y lo que pasa es que ellos se adue�an de lo nuestro, �pero si hasta la tortilla francesa es espa�ola! Mire, mire, aqu� -dijo entreg�ndome un libro que, por lo desgastado que est�, debe de ser su or�culo: el manual de cocina regional de la Secci�n Femenina de Falange-. Aqu� lo pone bien clarito, la receta de la tortilla francesa la escribi� uno de los cocineros de Felipe II y la llam� Tortilla de la Cartuja. Lo mismo pasa con la mahonesa, que es de aqu�, de Mah�n, �se entera usted? �Qu� es eso de mayo, mayonesa? Mayo es el mes en el que nosotros les dimos <emphasis>pa'l </emphasis>pelo a los gabachos, y aqu� mismo, en la Puerta del Sol. Si es que el problema es que, como somos buena gente, acaban rob�ndonoslo <emphasis>t�. </emphasis>�Si por m� fuera se iban a enterar esos sinverg�enzas!</p><p>No s� qu� les habr�n hecho los franceses a los antepasados de Lola ni cu�ntos siglos hace, pero lo que estaba claro era que no iba a dar su brazo a torcer. Por mucho que yo intentara persuadirla de que <emphasis>canard a l'orange </emphasis>era un plato portugu�s, la muy tozuda no se dejaba enga�ar y se empe�aba en hacer paella que, seg�n dec�a, �eso le gusta a <emphasis>to'el </emphasis>mundo�. Despu�s de gritarnos como locas durante un buen rato y, cuando se acercaba peligrosamente la hora a la que llegar�an los invitados, acabamos pactando unos langostinos (lo del marisco le debe haber sonado espa�ol) al curry, una receta de Ramona, la cocinera de mis padres, que record� milagrosamente. La voy a apuntar para que no se me olvide en recuerdo de nuestra primera cena en Espa�a y de mi primera (espero que no la �ltima) victoria sobre Lola.</p><empty-line/><p>LANGOSTINOS AL CURRY</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p>(para 8 personas)</p><p><strong><emphasis>1 </emphasis></strong><emphasis>kg de langostinos crudos y pelados</emphasis></p><p>2 <emphasis>cebollas grandes</emphasis></p><p><emphasis>4 tazas de caf� de nata fresca</emphasis></p><p><emphasis>100 g de mantequilla</emphasis></p><p>2 <emphasis>yemas de huevo</emphasis></p><p><emphasis>1 cucharadita de curry en polvo</emphasis></p><p><emphasis>sal y pimienta roja</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>Dorar la cebolla picada en 50 g de mantequilla y a�adir el curry en polvo. Cuando la cebolla est� ya tierna agregar los langostinos y una taza de nata l�quida.</p><p>Reducir la salsa a fuego lento, removiendo constantemente hasta que empiece a espesarse.</p><p>Retirar del fuego y agregar las yemas batidas, el resto de la nata y la mantequilla, y una pizca de pimienta y sal.</p><p>Calentar un poco para que recupere la temperatura y servir en una fuente profunda. Acompa�ar con arroz indio.</p></section><section><title><p>RANCIO ABOLENGO</p></title><p>A pesar de la ca�da de la monarqu�a, de la guerra, de Franco y de los cambios econ�micos, los arist�cratas siguen siendo la piedra angular de la sociedad espa�ola.</p><p>Los nuevos industriales, como los Fierro, los March y los Barreiros, suelen tener m�s dinero y m�s poder y hacerse mansiones impresionantes, pero quienes deciden si se entra o no en el c�rculo de los elegidos son los arist�cratas, y a Luis y a m� no nos queda otra que pasar por el aro, porque estamos aqu� para establecer relaciones. De todas maneras parece que algunas cosas est�n cambiando tambi�n para los nobles. Muchos de sus grandes palacios est�n siendo vendidos y demolidos sin escr�pulos. Creo que los espa�oles son menos sentimentales que la gente de otros pa�ses. Les da igual que se tire abajo la vieja casa familiar llena de recuerdos, aunque ni siquiera les haga falta el dinero. Cuentan el caso de un viejo conde que ten�a una gran mansi�n entre Serrano y la Castellana. Por esas cosas de los viejos exc�ntricos (o, como dicen ac�, �para hacer la pu�eta�), dej� dispuesto en su testamento que la casa continuara abierta como si �l siguiera vivo durante un plazo de veinte a�os. Es decir, los sirvientes seguir�an trabajando como siempre, se limpiar�a toda la plata, se cambiar�an las s�banas de la cama del se�or conde y se preparar�an tres comidas diarias. El mismo d�a en que venci� el plazo, los herederos vaciaron la casa y la vendieron para construir en su lugar un hotel y unos grandes almacenes. Bueno, ahora que lo pienso mejor, en este caso podr�a estar m�s justificado, ser�a algo as� como una venganza por todos los a�os que tuvieron que hacerle comiditas a un fantasma.</p><p>Pero existen m�s ejemplos de tan extravagante decadencia. El otro d�a me invit� a almorzar a su casa una vieja marquesa, una de las m�s renombradas de Madrid. Las paredes estaban cubiertas de Grecos, Vel�zquez y Goyas, pero el aspecto general del palacio era bastante decr�pito. Estaba rodeado de un jard�n raqu�tico y descuidado, sin ninguna gracia. Nos abri� la puerta un mayordomo viej�simo. Ten�a aspecto de llevar all� sirviendo desde los tiempos en los que rein� Carolo m�s o menos. Llevaba la casaca ra�da e iba sin peinar. La marquesa me recibi� con esa simpat�a algo distante, frecuente en las mujeres de su condici�n y edad. Ya en el vest�bulo pude comprobar que por all� no hab�a pasado una mano de pintura desde hac�a d�cadas. Los muebles de �poca y los maravillosos tapices antiguos acumulaban polvo. La casa estaba tan oscura que, a pesar de que afuera hac�a un d�a espectacular, las luces del comedor ten�an que estar encendidas para que no corri�ramos el riesgo de meternos el tenedor en un ojo.</p><p>El mismo mayordomo que nos hab�a abierto la puerta nos sirvi� la sopa. En la boca llevaba una mueca de hast�o y� �un cigarrillo en la comisura de los labios! Yo me qued� de piedra, pero nuestra anfitriona ignor� completamente este inusual comportamiento, y sigui� charlando como si tal cosa.</p><p>��Pues s�, querida, Fabiola es hija de los marqueses de Casa Riera, una de las mejores familias de Madrid y muy buenos amigos nuestros. Nunca en la vida he visto una chica m�s fea y con menos gracia. No hab�a ni un pollo que la llamase ni la mirase a la cara. Y ya ten�a m�s de treinta a�os. Como era muy religiosa, todo el mundo imaginaba que se meter�a a monja. En �stas se va a esquiar con Jimmy, su hermano, que es un bala perdida que ni te imaginas, a no s� d�nde en Suiza y all� le presentan a Balduino. Al principio ella no ten�a ni idea de qui�n era pero salieron varias veces y se ve que congeniaron. Seguro que todo fue pero que muy decente porque ya te digo que, si algo ten�a esta chica, es que era muy seria. �l, que es muy religioso, estaba empe�ado en buscar novia en Espa�a porque es el pa�s m�s cat�lico del mundo y, para su fortuna, se encontr� con la m�s cat�lica de Espa�a.</p><p>Mientras me contaban todo esto yo luchaba con una perdiz a la toledana (creo que as� se llamaba el plato). Estaba dur�sima y llena de balines con los que, seguramente, uno de los hijos de la anfitriona hab�a acabado con las penas del pobre animal. Tuve que sacarme las pelotitas met�licas de la boca con el mayor disimulo, porque la marquesa no me quitaba ojo de encima mientras segu�a con su historia.</p><p>��El caso es que, cuando ella volvi� a Espa�a, se cartearon durante mucho tiempo, aunque ella segu�a sin contar en su casa qui�n era �l. Lleg� el momento en que Balduino decidi� venir a visitarla a Madrid. La madre de Fabiola estaba horrorizada: un novio extranjero y amigo del tarambana de Jimmy. Lo �ltimo de lo �ltimo. A saber qu� clase de aventurero se presentaba en su casa, ya sabes que las estaciones de esqu� est�n llenas de cazafortunas de todo tipo, y su madre se imaginaba al t�pico sinverg�enza, como esos condes italianos que no son ni condes ni italianos ni nada. Y de repente se encuentran con que la ni�a iba a ser �reina de B�lgica! Imag�nate. Cuando me lo contaron, cre�a que era broma. Luego, naturalmente, estuve en la boda, en Bruselas. Una cosa espectacular. El traje de novia de Balenciaga era una maravilla, pero �Dios m�o, qu� novia m�s fea! No s� qu� va a pensar el mundo de una reina tan poco agraciada. Y que conste que me alegr� mucho de lo de Fabiolita, porque los Casa Riera son muy amigos nuestros. Esta boda por lo menos les compensa de tener un hijo como Jimmy. Ni te imaginas, chica, un punto filipino, te lo digo yo. Pocos d�as antes de la ceremonia no se le ocurri� otra cosa que abrir el palacio familiar de la calle Zurbano a la prensa, �cobr�ndoles a todos! Por supuesto, no le dejaron ir a la boda. Imag�nate la que hubiese podido montar all�. Es curioso c�mo salen hijos tan distintos de unos mismos padres�</p><p>���Sab�is c�mo les llaman ahora a los Citro�n dos caballos, esos tan raros? -intervino otra de las invitadas que hasta ese momento no hab�a abierto la boca.</p><p>���C�mo?</p><p>��Los Fabiola, porque son muy feos pero muy buenos.</p><p>Todos los invitados rieron la broma. El mayordomo pasaba la bandeja del postre cuando, de pronto, la dej� sobre la mesa y se dirigi� a la invitada de mi izquierda.</p><p>��Disculpe que moleste a la se�ora. �Me podr�a dar un cigarrillo? -pregunt� se�alando un paquete de Kent que ella ten�a a su lado.</p><p>Encendi� all� mismo el cigarrillo y sigui� sirviendo el postre como si tal cosa. La marquesa no movi� ni una pesta�a. Mir� a las dem�s: ni un m�sculo.</p><p>Luego pasamos al sal�n, a tomar el caf�. Cuando ya nos �bamos, el mayordomo vino con los abrigos y, mientras ayudaba a pon�rselo a mi compa�era de mesa, le dijo:</p><p>��Perdone la se�ora si la he molestado al pedirle el cigarrillo, pero llevo cuarenta a�os en esta casa, y la se�ora marquesa me sigue pagando las mismas dos mil pesetas que en el a�o treinta y seis y por eso me permito algunas familiaridades.</p><p>Luis y yo conocemos adem�s a otros condes de No S� Cu�ntos que tienen un enorme y decr�pito palacio en el centro de Madrid. All� comparten casa nuestros amigos y sus siete hijos; otra hermana, casada con un torero venido a menos y sus ocho criaturas; una t�a soltera con una se�orita de compa��a; y un t�o mariquita de sesenta y tantos que lleva el pelo te�ido de rubio platino y la cara siempre pintarrajeada. Ninguno trabaja, nadie se preocupa por nada, todo sigue su rumbo natural, aunque las paredes se est�n cayendo a pedazos. Aquello es una especie de corrala que parece sacada de una pel�cula del neorrealismo italiano. De vez en cuando venden un mueble o un cuadro para pagar la calefacci�n. Aunque el palacio es muy grande, hay muchas habitaciones cerradas porque durante la guerra civil los comunistas hab�an tenido all� sus calabozos y nadie quiere ver qu� hay dentro.</p><p>Como dijo Luis cuando salimos de aquella casa:</p><p>��No se sabe si el palacio sigue el proceso de decadencia de la familia o si la familia sigue el proceso de deterioro del palacio.</p></section><section><title><p>SER O NO SER</p></title><p>En el cap�tulo anterior mi madre cuenta la primera visita que hizo con mi padre a una de esas familias a las que, eufem�sticamente, algunos llaman �de toda la vida�, lo que, dicho en rom�n paladino, significa que todas y cada una de ellas podr�an suscribir aquello de �Antes de que Dios fuera Dios y los pe�ascos, pe�ascos, los Quir�s eran Quir�s y los Velasco, Velasco�. Ahora me gustar�a dar mi punto de vista sobre el mismo tema desde la perspectiva de una ni�a de doce a�os.</p><p>Para m�, a esa edad, las diferencias sociales a�n no eran demasiado evidentes, porque la infancia, y sobre todo los primeros a�os de vida, suelen ser, salvo casos muy extremos, id�licamente democr�ticos. Ocurre que ni siquiera los m�s recalcitrantes miembros de los de �toda la vida� tienen inconveniente en que su hijo de tres, cuatro y hasta once a�os juegue con el hijo de su jardinero o de cualquier otro empleado. Sin embargo, en cuanto llega la pubertad y las hormonas empiezan a hacer de las suyas, el hasta entonces invisible puente levadizo que separa unas clases de otras se alza inexorable y, en ese momento, se acab� la igualdad, la fraternidad y por tanto tambi�n la libertad. Como digo, no not� ese puente levadizo al llegar a Espa�a, pero exist�a otro que deb�a franquear: el de ser extranjera. Es importante destacar que ser sudamericana en Espa�a en los a�os sesenta no significaba lo mismo que serlo en nuestros d�as. En aquel entonces, venir del otro lado del Atl�ntico contaba con un cierto prestigio, incluso con una aureola fant�stica. Am�rica era el continente de la esperanza, de las oportunidades. En la depauperada Espa�a de aquellos a�os, los sudamericanos entr�bamos en la colorista y tropical categor�a del �t�o de Am�rica�. En los sesenta, en Espa�a muchos ten�an un t�o o pariente que se hab�a hecho rico allende los mares y del que se contaban grandes historias de opulencia y, por supuesto, de extravagancia. En ocasiones, aquel pariente ven�a de visita para que su familia viera cu�nto hab�a progresado. El t�o de Am�rica sol�a hospedarse entonces en el Palace o m�s modestamente en el Hotel Gran V�a. Como regla general, vest�a de forma ostentosa, con corbatas llamativas y zapatos de dos colores. Le gustaba invitar a la familia a grandes mariscadas, y a menudo se paseaba en lo que, a�n en aquella �poca, se llamaba un �haiga�, esto es, un coche muy grande y americano, a veces tambi�n de dos colores, como los zapatos.</p><p>Mentir�a si dijera que, cuando yo empec� a ir al Instituto Brit�nico de Madrid, me trataban, para bien o para mal, como a la �prima de Am�rica�. Pero lo que s� pasaba era que a mis compa�eros les hac�a mucha gracia mi forma de hablar. A m� en cambio no me hac�a demasiada que se reunieran varios en corro para o�rme pronunciar <emphasis>pollera </emphasis>-�A ver, dilo otra vez, ni�a�-. �Poyera? �Poyera, che, mira vos? O que me cantaran, maldita sea, eso de �Al Uruguay, guay guay, yo no voy, porque temo naufragar�. Si la infancia en sus primeros a�os es democr�tica, como dec�a antes, tambi�n es mim�tica: a ning�n ni�o le gustar ser diferente y por eso yo, desde los primeros meses de estar en el colegio, me esmer� en pronunciar las ees y las zetas no como eses. Adem�s, siempre he sido muy noviera y no era cuesti�n de que una ce mal pronunciada me arruinara alg�n incipiente romance. En el 65 y el <emphasis>66 </emphasis>estaban de moda los Brincos, los Beatles y empezaba la minifalda. Pero hab�a demasiadas cosas que yo ten�a que aprender de golpe aparte de �ligar� (me encantaba esa palabra tan espa�ola). No s�lo deb�a hablar �como una gallega�, sino tambi�n ahorrar dinero para comprarme una barra de labios Pinaud con sabor a cereza que todas mis amigas usaban a escondidas. Tambi�n ten�a que convencer a mi madre de que me dejara, por favor, por favor, usar leotardos en vez de calcetines y ocuparme de muchas tribulaciones propias de la edad, diversas y peque�as sutilezas a las que se un�a el hecho de intentar dejar de ser una ni�a �diferente�. Antes he dicho que a los doce a�n no era consciente de las diferencias sociales y ahora me doy cuenta de que miento. Hab�a un signo de estatus clar�simo en la Espa�a de aquella �poca: tener o no televisi�n en casa. En la m�a no hab�a. Mis padres nunca estuvieron sobrados de dinero, es cierto, pero en este caso no se trataba de un problema econ�mico, sino m�s bien filos�fico o, mejor dicho, pedag�gico. Mi padre cre�a que la televisi�n era un invento absurdo que distra�a a los ni�os y no tan ni�os de otras formas de aprendizaje, como leer o charlar. Por eso, durante dos largos a�os, hasta que Mercedes y yo, con todo tipo de s�plicas, promesas y rogativas logramos que nos compraran una, yo me sent� a�n m�s extranjera en Espa�a: no sab�a, por ejemplo, qui�n era Tony Leblanc, un actor por lo visto gracios�simo que todas mis amigas imitaban hablando �en gangoso�. Tampoco hab�a visto nunca ese celeb�rrimo concurso de Eurovisi�n del que tanto se hablaba y, para mi desgracia, tampoco ve�a <emphasis>Historias para no dormir, </emphasis>a cuyo autor, dicho sea de paso, conoc�a bien, porque Ib��ez Serrador es uruguayo y ven�a a casa con frecuencia.</p><p>Tener o no tener, ser o no ser� Por aquel entonces yo no hab�a le�do a Shakespeare, pero no me habr�a sido dif�cil estar de acuerdo con su tan manida y universal frase. Doce a�os es, m�s o menos, la edad en la que uno aprende que existen ambas posibilidades y descubre que eso puede llegar a hacernos sentir muy diferentes a los dem�s.</p></section><section><title><p>GATO POR LIEBRE</p></title><p>La sociedad madrile�a apabulla. Esta ciudad vive en una fiesta permanente. Todos los d�as hay un c�ctel, una cena, un t� de se�oras, una recepci�n. Cuando llega noviembre-diciembre y junio-julio es una aut�ntica locura. Nos tendr�amos que desdoblar para asistir a todas las celebraciones, oficiales algunas y particulares la mayor�a. Ya sab�a yo que los espa�oles eran muy fiesteros, pero el panorama supera todas las expectativas. Nos invita un mont�n de gente que no conocemos, pero hay que aprovechar que hemos aterrizado con buen pie y relacionarse (es lo que tienen que hacer los embajadores, digo yo).</p><p>Me imagino que la sociedad en Londres, Par�s o Nueva York ser� m�s sofisticada, pero dudo que la gente salga m�s. Estar�an muertos. Y dudo que se reciba mejor. Los grandes palacios decadentes y decr�pitos de los que he hablado antes son la excepci�n a la norma. A pesar de que otras zonas de la ciudad y del pa�s est�n todav�a sumidas en la pobreza de la posguerra, Madrid est� lleno de casas fastuosas, mayordomos de librea, se�oras vestidas de Balenciaga, Dior o Givenchy, y la comida casi siempre la traen del mejor restaurante de la ciudad, Jockey: foie, caviar, salm�n, bandejas y bandejas de marisco, siempre mucho marisco. Por cierto, el otro d�a me contaron que, aunque pueda parecer sorprendente, Jockey sirve un caviar de esturiones que se cr�an en el sur de Espa�a que no tiene nada que envidiar al ruso o al iran�. Por mi parte, me estoy aficionando al jam�n serrano, m�s que nada porque all� donde vamos lo sirven a paladas. Al principio, la idea de comerme un pedazo de chancho crudo y momificado me incomodaba, pero poco a poco me he tenido que rendir a la evidencia. El marisco, por su lado, es uno de los haremos para enjuiciar la suntuosidad de una fiesta. A m�s cigalas, mayor �xito. Esto me resulta un poco engorroso en las cenas buffet porque todo el mundo ac� se los come con las manos y yo, por tonter�as de la diferencia de costumbres entre un pa�s y otro, estoy acostumbrada a pelarlo con cuchillo y tenedor. Pero intentar diseccionar una gamba sentada en el brazo de un sill�n con gente que te da golpes por todos lados es tarea de profesionales que lleven muchos m�s a�os que yo en la carrera diplom�tica. Como es l�gico, este fabuloso despliegue gastron�mico me plantea terribles problemas a la hora de recibir en casa. Ni el dinero que tenemos asignado por el ministerio ni el nuestro dan para igualar lo que vemos en otros sitios. No me queda m�s remedio que agudizar el ingenio e intentar crear una ilusi�n, un espejismo o, como dice Lola, la cocinera, �dar gato por liebre� sin que nadie se d� cuenta. Ahora que nos llevamos mejor y hemos llegado, si no a la paz, al menos a un alto el fuego, con ella he hecho todo tipo de experimentos para conseguir foie sin h�gado y sin pato, salm�n de trucha o fais�n a las uvas sin fais�n y cosas parecidas. Despu�s de muchas vueltas hemos dado con algunas recetas realmente buenas. Quiz� la mejor sea �sta:</p><empty-line/><p>PASTEL DE FALSA LANGOSTA</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p>(para 8 personas)</p><p><emphasis>1 kg de rape</emphasis></p><p><emphasis>Piment�n</emphasis></p><p>2 <emphasis>cebollas</emphasis></p><p>3 <emphasis>zanahorias</emphasis></p><p><emphasis>1 lata de guisantes</emphasis></p><p><emphasis>9 huevos</emphasis></p><p><emphasis>Salsa de tomate</emphasis></p><p><emphasis><sup>I</sup></emphasis><emphasis>/<sub>2</sub> copita de jerez</emphasis></p><p><emphasis>pan rallado</emphasis></p><p><emphasis>sal y pimienta</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>La noche anterior, cubrir el rape entero con piment�n y dejarlo en la nevera.</p><p>Cuando se empiece a cocinar, retirar el piment�n del pescado. Para entonces ya tendr� el color rojizo de la langosta.</p><p>Pelar las cebollas y picarlas. Pelar las zanahorias y cortarlas en juliana. Sofre�r todo en tres cucharadas de aceite y triturarlo.</p><p>Cocer los guisantes y triturarlos con un poco de caldo.</p><p>Cortar el rape crudo en trozos peque�os. Ponerle sal y pimienta.</p><p>Batir bien los huevos. Mezclarlo todo y a�adir cinco cucharadas de salsa de tomate. Agregar media copita de jerez.</p><p>Poner la preparaci�n en un molde engrasado y espolvorear por encima un poco de pan rallado. Tapar con papel de aluminio y meterlo en el horno precalentado a 180 � C, hasta que al pinchar el pastel con un tenedor �ste salga limpio (unos 50 minutos), se�al de que el pastel est� cuajado. Dejarlo enfriar y desmoldarlo. Servirlo en lonchas con mayonesa, salsa t�rtara o rosa. Queda muy bien adornarlo con el caparaz�n vac�o de una langosta, que se puede usar muchas veces.</p><empty-line/><p>La semana pasada vino a cenar a casa el conde de los Andes, el m�s reputado gourmet espa�ol, un se�or muy simp�tico con quien se puede hacer todo tipo de bromas excepto, claro est�, sobre la comida. �l ya hab�a estado varias veces en casa, pero Lola y yo a�n nos ponemos nerviosas ante su implacable criterio. A m� nunca me ha comentado nada, pero s� que a otras se�oras les ha sacado los colores por unas patatas mal guisadas o un pescado demasiado cocido. Ese d�a se me ocurri� poner a prueba nuestro plato estrella, el pastel de falsa langosta. Nos qued� estupendo, lind�simo, con sus colores de bandera espa�ola y todo. Lo pusimos en la heladera para que se enfriara y empezamos con el segundo: unas perdices con chocolate que es una receta riqu�sima que le he podido plagiar a una amiga mexicana. Sin embargo, parafraseando a santa Teresa, no s�lo Dios sino tambi�n el diablo anda entre los pucheros. Cuando las perdices estaban a medio cocinar, de pronto se cort� el gas por una aver�a en la calle. Casi me da un ataque porque eran las ocho de la tarde y ya no ten�amos tiempo de reaccionar. Desesperada, eleg� la opci�n m�s f�cil y (como Luis no deja de recordarme) la m�s cara: llam� a Jockey y ped� que me mandaran una docena de pollitos rellenos, que es uno de sus platos m�s reconocidos. Llegaron justo a tiempo, con su salsa, reci�n hechos, calentitos. Nadie se dio cuenta de nada y todo el mundo qued� encantado. Todo el mundo menos� el conde de los Andes. Despu�s de levantarnos de la mesa, se me acerc�.</p><p>��Bimba, no te lo tomes a mal pero tengo algo que decirte.</p><p>Los que estaban cerca, sobre todo las mujeres, pegaron la oreja, claro. Yo me ech� a temblar pensando que empezar�a a gritar delante de aquella gente algo como: ��Es usted una falsaria, se�ora! �Ese bud�n de langosta tiene la misma langosta que un cocido madrile�o! �De esto se va a enterar todo Madrid!�.</p><p>En vez de eso dijo muy cari�osamente:</p><p>��Mira, el primer plato estaba soberbio. �Qu� textura, qu� bien elegidos los condimentos! Y la carne de la langosta firme, sin ser recia, perfecta, �c�mo se notaba que era de las �coru�esas�! Pero el segundo, qu� quieres que te diga, no estaba mal, pero, entre t� y yo, y sin que nos oigan, no era digno de lo que habitualmente se come en esta casa, perdona que sea tan franco.</p><p>Yo no sab�a si caerme redonda o soltar una carcajada all� mismo, pero ese d�a aprend� que, como dice Lola, que siempre habla con refranes, hasta el mejor escribano echa un borr�n. O lo que es lo mismo, que a los grandes gourmets tambi�n se les puede enga�ar como a todo el mundo.</p><p>Se lo cont� a Lola y se qued� encantada. Si algo gusta a una cocinera m�s que alaben su cocina es que alaben su astucia. Ahora estamos ensayando una sopa de erizos sin erizos, a ver qu� tal sale. Lo cierto es que esta cocina con trampa est� teniendo una aceptaci�n muy buena. El otro d�a, sin ir m�s lejos, comet� otra temeridad. Dimos una comida para el ministro Fraga, que tambi�n ha estado varias veces en casa y, animada por nuestro �xito, repetimos el pastel de falsa langosta. Desde que lleg�, Fraga estaba algo sombr�o y hablaba menos de lo habitual (que es mucho). Cuando nos sentamos a la mesa, lo not� a�n m�s mustio. Se qued� serio, mirando el primer plato fijamente, y no com�a.</p><p>���Qu� te pasa, ministro? �Te sientes mal? -le pregunt�.</p><p>��Pasar, pasar, lo que pasa es que venir a comer a la Embajada del Uruguay es una maldici�n gitana -contest� �l, refunfu�ando con cara de perros.</p><p>Yo me qued� muda. Me hab�a descubierto. El conde de los Andes no se hab�a dado cuenta, pero el ministro, gallego �l, s�. En la mesa se hizo un silencio g�lido.</p><p>��Cu�nto lo siento -intervino Luis, que, afortunadamente, siempre mantiene la calma en estas circunstancias.</p><p>���Es que esto es intolerable! -porfiaba Fraga-. �No tiene perd�n de Dios! Lo que es una ofensa es la comida tan maravillosa que ponen en esta casa. Por mucho que me lo proponga, cada vez que vengo aqu� acabo comiendo como un Heliog�balo. Como le he dicho antes de tocar el timbre a Arias, �cuando le invitan a uno a comer a la Embajada de Uruguay no hay forma de mantener el r�gimen!</p><p>Intuimos que se deb�a de referir a un r�gimen alimenticio (y no de otro tipo), porque acto seguido se puso a comer y repiti� el primer plato (el famoso pastel de falsa langosta), luego el segundo (solomillo con salsa de falso foie) y tambi�n el postre (sufl�, esta vez s� hecho con aut�nticos huevos y aut�ntico Grand Marnier).</p><p>D�as m�s tarde vi en el diario una foto que le hab�an sacado en traje de ba�o con el embajador americano en Almer�a, los dos metidos en el agua, para demostrar que el mar no estaba contaminado por la bomba at�mica que hab�a ca�do de un avi�n en Palomares. Me parece que, como siga con esa panza, poco le vamos a ver por casa�</p></section><section><title><p>EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE FRANCO (I)</p></title><p>Despu�s de que nuestra madre se hubiera creado una peque�a gran reputaci�n gastron�mica a base de platos falsos, en su cuaderno de</p><p>notas empezaron a aparecer otros comentarios sociol�gicos junto a los puramente culinarios. Es divertido leer, por ejemplo, sus apostillas sobre las costumbres amorosas de la �poca. Cuando uno piensa en la Espa�a de finales de los setenta se imagina que la sociedad era tan estrecha y pazguata como fing�a ser. Nada m�s lejos de la realidad. El Madrid de aquel entonces, seg�n nuestra madre, era una especie de bacanal romana encubierta con todo el mundo liado con todo el mundo y no s�lo con uno, sino a veces con dos y con tres. Como no exist�a el divorcio, todos llevaban una vida recatada en apariencia, casi se podr�a decir mod�lica. Los matrimonios iban siempre juntos, reinaba la paz y la armon�a, no hab�a mal ambiente ni esc�ndalos p�blicos. A veces los l�os de alcoba acababan descubri�ndose al cabo de veinte o treinta a�os, como cierta historia que se contaba en los corrillos y que dio lugar incluso a una famosa obra de teatro. Por lo visto una chica de buena familia iba a casarse con el hijo de un ex ministro -o mejor dicho ministr�simo- de Franco, pero rompi� el compromiso una semana antes de la boda y desapareci� de Espa�a. Poco a poco empez� a saberse la verdad. Lo que ocurri� fue que, tras muchas tentativas infructuosas para disuadir a su hija de aquel matrimonio, la madre de la chica no tuvo m�s remedio que confesarle que no pod�a casarse con X, porque X era su hermano. En otras palabras, ella no era hija de su padre sino del tan notorio ex ministro franquista a quien, como siempre ocurre, se parec�a como dos gotas de agua.</p><p>Se contaban por ah� muchas otras historias inquietantes o incluso rocambolescas. Casi todas ten�an como protagonistas a personas del mismo estrato social, pero tampoco faltaban las aventuras interclasistas a lo <emphasis>El amante de Lady Chatterley. </emphasis>Mi primer marido, y padre de mis hijas, contaba que cuando �l viv�a en la muy peque�a y apartada colonia del Parque Metropolitano de Madrid, fue testigo de una de estas aventuras. �l ten�a trece o catorce a�os cuando empez� a hacer novillos y una tarde descubri� aparcado cerca de su casa un gran Bentley que conoc�a bien porque era el que llevaba al colegio a un compa�ero y amigo suyo. Intrigado, empez� a espiar y vio que en su amplio y c�modo interior estaban Domingo, el chofer de su amigo X, y la madre de X, la muy conocida duquesa de Z, reinventando el <emphasis>Kamasutra. </emphasis>Mi ex marido decidi� entonces darle un susto a la pareja: cogi� una c�mara y se dedic� a dar vueltas y vueltas en bici alrededor del Bentley fingiendo que sacaba fotos. Huelga decir que esa fue la �ltima vez que apareci� el coche por aquellos pagos. Y es que en aquel tiempo no estaba mal tener un l�o o dos o tres con quien fuera, lo �nico preceptivo era hacerlo con sigilo.</p><p>Nuestra madre tambi�n fue testigo de aquellos usos y costumbres. La anotaci�n en su cuaderno se llam�:</p></section><section><title><p>STRANGERS IN THE NIGHT</p></title><p>Veamos, �a qui�n siento al lado de qui�n? A fulanita al lado de su marido, por supuesto que no, pero� tampoco puedo ponerla al lado de su amigo oficial� Por otro lado, creo que con este otro tuvo un l�o hace unos a�os y no acabaron muy bien�</p><p>Hacer el <emphasis>placement </emphasis>de una cena en Madrid puede resultar realmente complicado. Aunque no le interese a uno la vida de los dem�s no hay m�s remedio que asesorarse bien si se quiere que la cosa no acabe en cat�strofe. Yo no s� por qu� pero ten�a una idea de la sociedad espa�ola muy distinta de la realidad. Bueno, s� s� por qu�. Cre�a que coincidir�a con la imagen que este r�gimen transmite de puertas afuera, de un pa�s de costumbres cristianas, respetuoso de la moral, serio, austero. El pa�s m�s cat�lico del mundo, dicen. Esto a lo mejor es cierto en otras clases sociales, pero �la Sociedad� con may�sculas juega con otras reglas. En todas estas fiestas a las que asistimos siempre hay�, �c�mo podr�amos decir?, como una tensi�n sensual soterrada. S�, eso es. Al principio no se da uno cuenta, pero pronto empieza a notar miradas que van y vienen, roces, palabritas al o�do. El flirteo est� permanentemente en el aire, se mete en los canap�s y flota en las copas, est� o no est� la mujer o el marido delante en ese momento. Es un ambiente embriagador, misterioso, fr�volo, insinuante y, si una se descuida, letal, porque hace de los c�cteles un campo de batalla donde se respira la incitante incertidumbre de los soldados.</p><p>Como la gente que va a estos sitios suele ser siempre la misma, hay un momento en que uno piensa que todo el mundo tiene un <emphasis>affaire </emphasis>con alguien. Y quiz� sea cierto. Adem�s, como en este pa�s no existe el divorcio, todo es como una gigantesca olla a presi�n a punto de estallar.</p><p>Nadie se separa si no es en un caso realmente extremo, as� que hay cosas que a m�, con mi mentalidad de pa�s peque�o pero donde existe el divorcio desde hace siglos, me resultan realmente curiosas. Son bastante comunes, por ejemplo, los matrimonios que tienen lo que ac� se llama �un arreglo�, es decir, siguen viviendo juntos y cada c�nyuge hace lo que le da la gana, siempre y cuando no se pase de la raya de lo escandaloso. Eso s�, a las fiestas van siempre juntos, como una pareja mod�lica. Hay matrimonios que hace a�os que no se hablan pero duermen en la misma cama. Un caso realmente curioso es el de una duquesa de las m�s renombradas que va a todas partes con su marido y su amante, que tambi�n es un arist�crata relacionado con la casa real espa�ola. El amante es rubio, joven y muy atractivo. El marido es bajito, calvo, con lentes, aire de funcionario cesante y va siempre dos pasos por detr�s, como el duque de Edimburgo con la reina de Inglaterra, s�lo que �ste lleva delante a la mujer y a su amante. A todos lados van as�. La gente lo sabe y lo acepta sin problemas. Pensar que en la �poca de mi abuela dec�an que a los ad�lteros y divorciados hab�a que aplicarles �la presi�n social�, es decir, retirarles el saludo, porque si no esto iba a ser Sodoma y Gomorra� No s� qu� pensar�a ella de Madrid. Mi amiga, la embajadora de Colombia, que es buena y muy ingenua, dice que todo lo que vemos es una ilusi�n y que esta tensi�n luego queda neutralizada y anulada por los prejuicios cristianos. Porque los espa�oles, y sobre todo las espa�olas, son muy religiosos, de modo que la sangre nunca llega al r�o. Casi me veo en la obligaci�n de darle la mala noticia de que los ni�os no vienen de Par�s.</p><p>Yo tambi�n estoy siendo v�ctima de esta tensi�n sensual permanente. Est�n de moda en Madrid las fiestas donde un grupo musical canta boleros y acaba todo el mundo bailando. Te saca a bailar un se�or de lo m�s respetable que es presidente de un banco, por ejemplo, una persona correct�sima, casado y con diez hijos (qu� cantidad de ni�os tiene la gente ac�, Dios m�o), con el que has intercambiado cuatro palabras sobre cualquier tonter�a. En cuanto comienza la canci�n, te empieza a apretar.</p><p>��Embajadora, �c�mo te sientes en Espa�a? Me imagino que echar�s de menos el calor del tr�pico. Las mujeres de all� sois tan� temperamentales�</p><p>Apret�n.</p><p>Yo me veo, por en�sima vez, en la necesidad de explicarle que Uruguay tiene un clima templado y que en Montevideo hace un fr�o que pela, porque el clima es m�s parecido al de Santander que al de La Habana; pero nada, en Europa la gente piensa que en toda Sudam�rica siempre hay cuarenta grados a la sombra y que todos vamos por la vida con unas maracas.</p><p>En verano, por ejemplo, mi vecino, el ministro Alonso Vega, me dice todos los d�as:</p><p>��Qu� calor, �verdad? Pero claro, usted estar� acostumbrada al calor h�medo del tr�pico -y todos los d�as yo le explico pacientemente lo del clima en Uruguay sin el m�s m�nimo resultado.</p><p>��Embajadora -es el banquero el que me habla-, �a que nadie te ha sacado a bailar un bolero as�? Es que con el sentimiento que bailamos los espa�oles no baila nadie.</p><p>Apret�n m�s entusiasta.</p><p>��Embajadora�</p><p>Yo ya empiezo a sofocarme, pero no precisamente por la temperatura ambiental.</p><p>��� est�s arrebatadora esta noche. Verdaderamente no s� qu� os dan de comer en vuestro pa�s, pero �qu� barbaridad! �Qu� espect�culo de mujeres produce el Uruguay!</p><p>Entonces aqu� dan ganas de introducir un mensaje publicitario y decirle que deber�a ver el acero que tambi�n producimos en Uruguay y que por qu� no nos compra unas cuantas toneladas.</p><p>��Embajadora, no te puedes imaginar los progresos que est� haciendo Espa�a.</p><p>�Y esto a qu� viene?, me pregunto yo. �Ahora de repente un inciso patri�tico? Pero en seguida �l me lo explica.</p><p>��S�, querida: carreteras, pantanos, todo tipo de obras p�blicas. Tenemos una red de paradores como no los hay en toda Europa. Sin ir m�s lejos, f�jate t� que han abierto un parador en Bayona sensacional. �No le gustar�a ir a conocerlo conmigo el pr�ximo fin de semana?</p><p>Achuch�n.</p><p>En ese momento por fortuna termin� el bolero, aplaudimos a la orquesta, sonre� encantadoramente y, orgullosa madre de cuatro hijos, me encamin� a mi mesa, donde me esperaba mi marido �hablando con una rubia que llevaba un escote como el de Kim Novak en <emphasis>V�rtigo! </emphasis>Sin embargo, hay otra cosa que me preocupa a�n m�s que la rubia: anteayer un ganadero sevillano con el que bail� me quer�a llevar al Crillon de Par�s una semana. �Me sentar� mal este vestido que llevo hoy?</p><empty-line/><p>En todo el mundo existe un sustituto gastron�mico para el amor, y son los postres. Eso lo sab�an muy bien los que eleg�an la vida contemplativa, monjas y curas. Ellos durante siglos se han dedicado a elaborar chocolates, yemas de santa Teresa o huesitos de santo. Yo, por mi parte, siempre he procurado que los postres en casa fueran deliciosos. No s�lo para ver si menguan los achuchones indeseados, sino porque me encantan. El postre estrella de la familia es �ste:</p><empty-line/><p>SUFL� DE DULCE DE LECHE</p><p>Ingredientes</p><p>(para 8 personas)</p><p><emphasis>8 cucharadas grandes de dulce de leche</emphasis></p><p><emphasis>8 huevos</emphasis></p><p><emphasis>esencia de vainilla (2 cucharaditas de caf�)</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><p>Batir bien el dulce de leche con las yemas. Batir las claras a punto de nieve.</p><p>Mezclar suavemente las claras con el dulce y las yemas batidas. Agregar la esencia de vainilla y remover con cuidado.</p><p>Poner la mezcla en una fuente Pirex redonda de paredes altas y bien untada con mantequilla (no olvidar las paredes).</p><p>Introducir en el horno precalentado a 200� C unos 20 minutos. Sacar el sufl� cuando est� dorado.</p><p>Espolvorear az�car glas por encima antes de llevarlo a la mesa.</p><p>Servirlo inmediatamente.</p><p>IMPORTANTE: No abrir jam�s el horno durante la cocci�n, porque el sufl� se desinflar�a.</p></section><section><title><p>GRANDES AMISTADES</p></title><p>Cena, 26 de marzo</p><empty-line/><p>Invitados de aquella noche:</p><p>Grandes duques de Rusia</p><p>Embajadores de la India (maharaj�s de Jaipur)</p><p>Embajadores de Grecia</p><p>Duques de Amalfi</p><p>Carmina y Leandro Puente</p><p>Men�:</p><p>Crema de cangrejos</p><p>Bud�n caramelizado de gruyere</p><p><emphasis>Filet mignon </emphasis>con foie</p><p>Helados de nata sobre bizcochuelo</p><empty-line/><p>No s� qu� voy a contarle a la gran duquesa esta noche. Todo el rato me insiste en que volvamos a organizar una merienda con Carmen y su hija Mar�a y yo no s� qu� nueva mentira inventar. Ya le he dicho que ten�a viruela, que hab�a venido una prima de Uruguay y que se est� quedando en casa, que ten�a mucho que estudiar porque hab�a suspendido un par de asignaturas, pero lo que no me atrevo a decirle es que Carmen no quiere salir con Mar�a. As� de simple. Y as� de dif�cil, porque a ver c�mo le digo a esta se�ora, con la que tengo muy poca confianza y que adem�s es famosa por su mal car�cter, que no habr� m�s meriendas. Seguro que se lo toma mal y lo �ltimo que me falta es tener problemas por esta pavada.</p><p>A veces no s� qu� hacer con Carmen. Es una ni�a de lo m�s complicada. No tiene casi amigas y le resulta dif�cil salir de su cascar�n. De tan t�mida, parece muda. Ya le he presentado a no s� cu�ntas chicas de su edad, pero me sigue costando un mundo sacarla de casa si no es acompa�ada por su hermana Mercedes. Mar�a, aunque tiene un a�o menos que ella, podr�a haber sido la amiga ideal; est� en su mismo colegio, de modo que perfectamente podr�an encontrarse despu�s de clase para estudiar, jugar o lo que sea que hagan las ni�as de trece y catorce a�os ahora. Sin embargo, desde el primer d�a, a Carmen no le acab� de entrar bien la gran duquesita. Dec�a que era imposible sentirse c�moda con alguien que se viste como una vieja de treinta a�os (Dios m�o, treinta y tantos es mi edad y parece que habla de un diplodocus del cuaternario), lleva siempre unos anillos gigantes, unos huevitos de colores colgados del cuello y tiene una secretaria privada que la llama de usted. Yo intent� explicarle que los anillos son cosa de familia, los huevos deben de ser de Faberg� y probablemente s�lo los usa por Pascua, y que la secretaria seguro que no la llama de usted sino de otra forma m�s protocolaria porque la est�n educando para zarina. Pero Carmen insiste en que todo eso le da igual y que lo que quiere es quedarse en casa mirando por la ventana y no ir a ninguna parte.</p><p>La verdad es que no la comprendo. Tampoco entiendo por qu� la gran duquesa Leonida se empe�a en educar a su hija para un trono que tiene las mismas posibilidades de ocupar que yo, aproximadamente. No me imagino al secretario general del Partido Comunista de la Uni�n Sovi�tica llamando a la puerta de su casa de Puerta de Hierro para decirle:</p><p>��Querida Alteza Imperial, nos equivocamos. Todos estos a�os de comunismo han sido un gran error. Aqu� tiene de vuelta su corona.</p><p>S�, ya s� todo eso que dicen del mensaje que dio la Virgen de F�tima en sus apariciones sobre la conversi�n de Rusia, pero para m� que los pastorcillos no la entendieron bien.</p><p>Adem�s, por lo que me han dicho, es bastante discutible que el gran duque sea el heredero del trono de todas las Rusias, ya que tanto �l como su padre se casaron morgan�ticamente. Su mujer, Leonida, es una princesa georgiana, es cierto, pero est� divorciada de un magnate americano cuyos millones pagan, dicho sea de paso, el mantenimiento de la familia imperial, porque de la fortuna piramidal de los Romanov s�lo queda el dorado recuerdo.</p><p>Ahora que lo pienso, resulta curioso que mientras que don Juan, el heredero de la corona espa�ola, vive en Estoril, Madrid est� lleno de familias reales de otros pa�ses, como los grandes duques, Sime�n de Bulgaria (casado con una espa�ola y buen amigo nuestro) y Leka de Albania, que mide dos metros, tiene una pinta algo siniestra y una reputaci�n a�n peor.</p><p>El caso es que tir�ndole de la lengua a Carmen (lo cual no es misi�n sencilla), he descubierto que lo que m�s le fastidia es que hayan elegido a la gran duquesita para hacer el papel de Virgen Mar�a en la representaci�n de Navidad del colegio.</p><p>��Es indignante, mam� -me dijo-. No s� c�mo se les ha ocurrido semejante idea. �T� la imaginas vestida de Virgen? No le va nada el papel.</p><p>��Es cierto que Mar�a est� un poco gordita -le contest� pensando que, en efecto, la ni�a tiene m�s de gran que de duquesita-, pero �no ser� que t� quer�as su papel?</p><p>Mir� con verdadero amor de madre a la pobre Bichejo, como la llamamos en casa, porque ella s� que no da el papel, tan negrita, con su cara de india y esa nariz con una joroba inmensa (en alg�n momento vamos a tener que pensar en operarla).</p><p>��No. Yo estaba encantada con mi papel de pastorcilla -respondi�. (Estaba horrible, toda cubierta con harapos, como a ella le gusta)-. Pero en el colegio hay ni�as mil veces m�s monas. Ten�an que haber elegido a Tere San Miguel, que es guap�sima y tiene el pelo rubio por la cintura, ella era la perfecta, esto es una injusticia. No aguanto que todo funcione por enchufe.</p><p>Ay, criatura, lo que te falta por ver todav�a. En fin, ya le contar� alguna patra�a a la gran duquesa y mientras seguir� busc�ndole amigas a esta hija m�a tan complicada.</p></section><section><title><p>VARIOS EFECTOS DEL AMOR</p></title><p>Interrumpo aqu� la narraci�n de mi madre para interceder por Mar�a Romanov. Es cierto que no era exactamente Twiggy, pero desde luego yo nunca cuestion� su papel como Virgen Mar�a. Nos llev�bamos muy bien y era muy simp�tica. En cambio, mam� tiene raz�n cuando dice que yo era una ni�a poco sociable (todav�a sigue siendo uno de mis peores defectos que no logro mejorar), aun as�, la raz�n de que no quisiera ir a casa de los Romanov era muy distinta y, por otro lado, estaba en la t�pica edad en que uno quiere llevar la contraria a sus padres, y en especial a su madre. Adem�s, a los trece a�os una no tiene esp�ritu hist�rico-inquisitivo. Lo que quiero decir es que yo, ahora, estar�a encantada de tener la ocasi�n de ser testigo de c�mo viv�a una ni�a que -el tiempo ha demostrado que no ten�a raz�n mi madre sino los pastorcillos de F�tima- est� considerada en Rusia la heredera de los zares y ha sido recibida all� con todos los honores. De casa de los Romanov, por ejemplo, s�lo recuerdo que era muy grande y atestada de muebles. Si yo hubiera sido como soy ahora, me habr�a interesado admirar su colecci�n de iconos o una maravillosa de huevos de Faberg� que adornaba el sal�n. Tambi�n habr�a disfrutado de c�mo se celebraba all� la Pascua y el modo en que elaboraban vodka de distintos sabores -al lim�n, a la pimienta rosa, a la naranja- �en su casa! Y ya que estamos en temas gastron�micos, a lo mejor habr�a prestado m�s atenci�n a los platos rusos que all� se serv�an y que, con el tiempo, iban a ser habituales en la vida de nuestra familia una vez que nos fuimos a vivir a Mosc�. Como las empanaditas de carne que ellos llaman <emphasis>piroski, </emphasis>por ejemplo, o el <emphasis>boeuf strogonoff, </emphasis>que ellos preparaban con la receta del Palacio Imperial de Livadia. Pero no, yo no repar� en ninguna de estas cosas porque ten�a la cabeza en otra parte. Para ser exactos, la ten�a dos portales m�s all� de mi casa, que era donde viv�a un chico de dieciocho a�os, llamado Gonzalo. En el barrio se comentaba que pertenec�a a una de esas familias que entonces llamaban despectivamente de �rojos�. Era muy moreno, con unos rasgos algo moros, ten�a ojos negros de largas pesta�as, era alto, guap�simo y, por supuesto, ni siquiera sab�a que yo exist�a. Si yo entonces no mostraba inter�s alguno por ir a casa de Mar�a Romanov o a ninguna otra parte era porque lo �nico que deseaba era quedarme en casa tejiendo mis estrategias. Y estas consist�an en espiar horas y horas ante la ventana, oculta detr�s de la cortina, esperando el momento en que Gonzalo bajara a la calle. Entonces me descalabraba escaleras abajo, cuatro pisos sin resuello y, tras respirar hondo y atusarme un poco los pelos, fing�a caminar como si tal cosa por la acera para cruzarme con �l. En aquellos tiempos, juventud divino tesoro, yo cre�a ver en su forma de andar, en el vaiv�n de sus brazos o en el centellear de sus ojos todo tipo de mensajes secretos dirigidos a m�. ��Esta tarde se ha recolocado el flequillo justo al cruzarnos!�, fantaseaba horas despu�s abrazada a mi almohada, entreg�ndome a ese delicioso deporte al que podr�amos llamar moviola sentimental y que consiste en pasar una y otra vez la pel�cula de lo vivido. ��Al salir del portal ha esperado unos segundos para coincidir conmigo!� �Ha sonre�do al portero, pero en realidad era una sonrisa secreta para m�, para m텻</p><p>Durante meses mi alma se aliment� de estas m�nimas delicias hasta que un d�a, en el que por cierto no me hab�a dado tiempo a quitarme el uniforme del colegio y estaba a�n un poco m�s fea que de costumbre, Gonzalo se detuvo y se dirigi� a m�. Aquello fue tan imprevisto, tan incre�ble, que ni siquiera entend� bien lo que me dec�a. S�lo comprend� las dos �ltimas y maravillosas palabras que eran, nada menos, �Te necesito�. Yo, por aquel entonces, a�n no hab�a le�do a Lope de Vega, pero juro que sent� perfectamente eso tan c�lebre de �desmayarse, atreverse, estar furioso, �spero, tierno, liberal, esquivo��, sobre todo cuando Gonzalo sigui� diciendo que s�lo yo pod�a ayudarle, que por favor lo acompa�ara un momento a su casa, pero que no deb�a dec�rselo a nadie porque era un secreto, que se lo jurase. Yo por supuesto jur� todo lo que �l quiso sin saber ni qu� juraba, y si se me pas� por la cabeza esa voz prudente que a todas nos alerta de que hay que tener mucho cuidado con las peticiones de los chicos, en especial de los chicos mayores como Gonzalo, la borr� inmediatamente con un suspiro. �Cuidado, Carmencita -dec�a esa voz aguafiestas-, a ver d�nde te metes, que tienes trece a�os.� Pero yo ya iba por la parte del verso de Lope que dice �� creer que un cielo en un infierno cabe�� y ni la escuch�. Entramos Gonzalo y yo en su casa, o para ser exactos bajamos a su trastero, porque seg�n �l all� estaba lo que quer�a ense�arme. Dos, tres, cuatro pelda�os m�s hacia el s�tano y otra vez la voz agorera: �Jam�s aceptes la invitaci�n de ir a casa de un chico y mucho menos a su trastero�, dec�a, pero a esas alturas yo ya estaba predispuesta a enfrentarme a la menos dulce de las estrofas de Lope, �sa de: �� huir el rostro al claro desenga�o, beber veneno por licor suave��. As� que, mientras luchaban en mi cabeza poes�a y prudencia, Gonzalo y yo segu�amos bajando a las profundidades. Una vez abajo me encontr� con una curiosa r�plica de los s�tanos de nuestra casa que me hizo pensar por un momento que las entra�as de todos los edificios de Madrid deb�an de ser iguales, con sus hileras de trasteros con puertas siempre verdes.</p><p>��Es aqu� -dijo por fin Gonzalo abriendo una de ellas.</p><p>Estaba oscuro, pero aun as� pude ver una mesa y sobre ella un extra�o aparato con una manivela. Cerca de aquel artefacto hab�a un mont�n de papeles desordenados, tambi�n un cenicero lleno de colillas, dos botellas de whisky y, m�s all�, en la esquina, una cama.</p><p>��Ser� s�lo una vez -dijo Gonzalo-, no te asustes.</p><p>Y entonces, cuando yo, mirando la cama, ya estaba dispuesta a interpretar la �ltima l�nea del poema, esa que dice �dar la vida y el alma a un desenga�o�, cerrando los ojos y esperando acontecimientos, not� que Gonzalo pon�a algo pesado en mis manos que, una vez hube abierto los ojos, result� ser una caja de cart�n.</p><p>��S�lo te pido que guardes esto que te doy durante unos d�as, hasta despu�s del domingo -explic�-. Es mejor que no la abras, y que, si coincidimos estos d�as en la calle, tampoco me saludes. Yo ir� a recogerla a tu casa la semana que viene, no te preocupes.</p><p>Dicho esto me bes� como quien sella un pacto. No fue un beso en los labios, tampoco en la mejilla, ni siquiera uno paternal en la frente. Fue en la mano, un beso extra�o, ritual. No sab�a bien qu� decir y por eso no dije nada. Tampoco Gonzalo despeg� los labios y, una vez en el portal, nos despedimos con un �Hasta luego�.</p><p>Pasaron los d�as. Yo, como siempre, hac�a guardia desde la ventana para ver si ve�a a Gonzalo, descalabr�ndome a continuaci�n escaleras abajo para coincidir con �l en la calle. Y qu� maravilloso era entonces descubrir en sus ojos, esta vez s�, un verdadero aunque m�nimo destello de complicidad, de secreto compartido. Pas� as� el dulce jueves y lleg� el no menos dulce viernes, pas� tambi�n el s�bado, y aqu�llos me parecieron sin duda los d�as m�s felices de mi corta vida. �Ma�ana -me dec�a yo-. Ma�ana ser� domingo y entonces vendr� a buscar su caja.� La hab�a escondido en el fondo de mi armario junto con la ropa de verano, y cada tanto miraba all� para comprobar que nadie la hubiera descubierto.</p><p>Cuando trascurri� el domingo sin noticias de Gonzalo no me alarm�. Al fin y al cabo, �l hab�a dicho que vendr�a <emphasis>despu�s </emphasis>del domingo y eso significaba cualquiera de los pr�ximos d�as. Empec� a inquietarme m�s cuando, a pesar de mis largas sesiones de espionaje tras las cortinas del comedor, no lo ve�a salir de su casa. Y as� pas� una semana y luego otra. Lo m�s dif�cil de los amores secretos es precisamente eso, que no pueden compartirse con nadie. Yo no s�lo hab�a jurado hacerme cargo de aquella caja, sino que tambi�n hab�a prometido no decirle a nadie que nos conoc�amos. No pod�a, por tanto, como hac�a otras veces, contarle el dilema a mi hermana Mercedes. Ella, a pesar de ser menor, siempre ha sido la sensata y yo, la cabeza loca. Seguro que me habr�a dicho que qu� mosca me hab�a picado para aceptar guardar nada de un extra�o. Que a saber qu� era eso, seguro que una bomba, un paquete de marihuana o cualquiera de esos hierbajos que fuman lo hippies. Segu� esperando. Cuando hubo transcurrido casi un mes sin tener noticias de Gonzalo, y por supuesto tambi�n sin dormir porque aquello empezaba a parecerse demasiado a una novela de misterio, decid� abrir la caja. Aprovech� una tarde en la que mi hermana Mercedes, que compart�a el cuarto conmigo, estaba en casa de una amiga, para sacar la caja de su escondrijo y abrirla, pero lo que encontr� dentro tampoco me sac� de mis dudas, al menos en un primer momento. Se trataba de un mont�n de papeles de distintos tama�os, unos peque�os como un naipe, otros mayores, de cincuenta por cincuenta cent�metros, y todos con la misma inscripci�n: �Vota NO�. Si entonces no sab�a yo mucho de poes�a, a�n sab�a menos de pol�tica, pero s� lo suficiente para entender, al cabo de unos minutos de perplejidad, qu� pod�a ser aquello. Quince d�as antes, Franco hab�a llamado a los espa�oles a las urnas para que refrendaran su pol�tica con un refer�ndum. Seg�n los peri�dicos, �ste, que se hab�a celebrado un lunes, hab�a tenido un resultado de esos que s�lo se producen en los reg�menes autoritarios: el noventa y siete por ciento hab�a votado a favor del S�. Por supuesto, estaba totalmente prohibido hacer propaganda por el NO y, de pronto, todas las preguntas que no me hab�a hecho yo hasta entonces se agolparon ahora en mi cabeza.</p><p>�Qu� era entonces aquella m�quina con manivela que hab�a visto en el trastero de Gonzalo? �Ser�a una especie de imprenta, una copiadora? Todos estos papeles que yo ten�a en mi poder �se hab�an fabricado all�? �Exist�an s�lo �stos o eran parte de una campa�a mayor? �D�nde pensaban repartirlos? �D�nde estaba ahora Gonzalo? Al final, la pregunta m�s importante de todas para m�: �me hab�a dado aquello porque me amaba tanto como yo a �l, porque confiaba en m�?</p><p>�Mostrarse alegre, triste, humilde, altivo, enojado, valiente, fugitivo, satisfecho�� No, no era tan ciego mi amor para enga�arme creyendo que la respuesta a la �ltima pregunta pudiera ser que s�. Sin duda mis �encantos� de entonces no ten�an nada que ver con lo f�sico, sino que eran de otra �ndole. Ahora lo ve�a con toda claridad, Gonzalo me hab�a elegido primero y primordialmente porque se hab�a dado cuenta de mi devoci�n por �l, pero hab�a adem�s otra raz�n: yo era extranjera y ten�a un pasaporte diplom�tico que imped�a que registraran mi casa. Las l�grimas asomaron a mis ojos y, aunque en este momento podr�a haber repetido cualquiera de las estrofas del verso de Lope, a mi mente s�lo ven�a una de las preguntas que me hab�a hecho, la que m�s me importaba a pesar de mi decepci�n: �d�nde estaba Gonzalo?</p><p>Tal como ocurr�a con mucha frecuencia en aquella �poca del tardofranquismo, ciertas preguntas no ten�an respuesta. Intent� averiguar qu� hab�a pasado, pregunt� por �l aqu� y all�, a los vecinos, a los porteros. Uno me dijo que cre�a que se hab�a ido a estudiar al extranjero, otro que su familia se hab�a trasladado precipitadamente a Barcelona y que el piso estaba en venta. Pero la mayor�a de las personas a quienes pregunt� miraban hacia arriba, hacia el piso donde viv�a Camilo Alonso Vega, ministro de Gobernaci�n, y no dec�an nada.</p><p>Jam�s volv� a saber de Gonzalo y a�n me pregunto qu� habr� sido de �l. Por eso ahora al recordar mi primer desenga�o amoroso, las papeletas antifranquistas, la caja de cart�n oculta en el armario y yo corriendo escaleras abajo para coincidir con �l en la calle, a�n me vienen a la memoria el principio y el final de la poes�a de Lope:</p><empty-line/><p><emphasis>Desmayarse, atreverse, estar furioso,</emphasis></p><p><emphasis>�spero, tierno, liberal, esquivo,</emphasis></p><p><emphasis>alentado, mortal, difunto, vivo,</emphasis></p><p><emphasis>leal, traidor, cobarde, animoso;</emphasis></p><p><emphasis>(�)</emphasis></p><p><emphasis>Creer que un cielo en un infierno cabe,</emphasis></p><p><emphasis>dar la vida y el alma a un desenga�o;</emphasis></p><p><emphasis>esto es amor. Quien lo prob�, lo sabe.</emphasis></p><empty-line/><p>Aunque lo que corresponder�a despu�s de esta escena de amores contrariados es una receta sobre c�mo preparar un ant�doto para corazones rotos, nos abstendremos.</p><p>Lo cierto es que en las casas elegantes rusas previas a la Revoluci�n, como ocurr�a en la de los padres de mi antigua amiga, la gran duquesita Mar�a, se ten�a muy a gala elaborar vodka casero. Receta que los Romanov no tuvieron a bien pasarme. No confiaban en el uso que unos j�venes inconscientes pudi�ramos hacer de semejante f�rmula explosiva.</p><p>El verano que sigui� a este desenga�o amoroso que acabo de narrar, mi familia empez� a ir a veranear a Austria. Tambi�n all� nos encontrar�amos buenos amigos y buenas recetas. A prop�sito de ambas cosas, mi madre escribi� lo que sigue en su cuaderno.</p></section><section><title><p><emphasis>RIBISEL </emphasis>Y OTROS SECRETOS</p></title><p>Este paisaje me produce una gran serenidad. Aqu� estoy tomando un gin tonic, mirando este lago tan pl�cido rodeado de enormes monta�as llenas de pinos y esperando que salga del horno la maravillosa tarta <emphasis>de ribisel </emphasis>(grosella roja) que hemos preparado con la receta de los Go�ss. Los ni�os jugando por ah�, Luis leyendo a la sombra, esto es paz.</p><p>Austria cada vez me gusta m�s. Este peque�o pueblo junto a la frontera con Yugoslavia parece salido de una postal de aquellas que nos mandaba mi abuela cuando viajaba por estos pa�ses: casitas de madera decoradas con miles de flores, las iglesias con su c�pula en forma de cebolla, los prados verdes� Uno casi se olvida de lo que es llegar hasta ac� desde Madrid en auto con cuatro ni�os, una ni�era y un mont�n de valijas mientras Luis vuela unos d�as m�s tarde como un pr�ncipe en avi�n �despu�s de rematar algunas cosas de trabajo�. Este a�o el viaje ha sido particularmente accidentado. Primero, el paso por la frontera nos llev� varias horas bajo un sol de justicia con el auto a sesenta grados y los chicos quej�ndose hasta de por qu� pongo siempre m�sica cl�sica en la radio. Y despu�s est�n los atascos de las carreteras francesas, que son realmente �picos. Dicen que est�n construyendo autopistas, pero por ahora las colas en la carretera son en fila india y duran kil�metros. A veces los ni�os se bajan a comer algo y cuando vuelven al cabo de un rato estoy pr�cticamente en el mismo sitio. Cuando por fin nos ponemos en marcha, Gervasio se pone a vomitar y no hay m�s remedio que detenerse otra vez.</p><p>���Aguanta un poquitito, que ahora casi no hay autos y tenemos que aprovechar para adelantar por lo menos unos metros! Por favor, chicas -suplico-, distr�iganlo un poco para que no se maree.</p><p>Y Dolores empieza a sacudir al pobre ni�o, que vuelve a vomitar como una fuente.</p><p>Cuando ya estamos cerca de Avi��n empieza a salir humo del radiador. Aver�a. La pieza no llega hasta pasado ma�ana. N�ufragos en un peque�o pueblo perdido. No conseguimos poner una conferencia telef�nica a Madrid para avisar a Luis. Al final no me queda m�s remedio que mandarle un telegrama: �En panne�, escribo, s�lo dos palabras para ahorrar. Las insufribles Carmen y Mercedes se encargan de recordarme que <emphasis>aver�a, </emphasis>en espa�ol, es una sola palabra. Pero qu� redichas me est�n saliendo estas ni�as. Adem�s, <emphasis>en panne </emphasis>suena m�s dram�tico, m�s apremiante �no? Me doy cuenta de que nuestro presupuesto de viaje no preve�a la partida �quedarse tirada en ruta con cuatro criaturas y tener que pagar no s� qu� aver�a del demonio�. Les doy a elegir entre comer bien o dormir en un hotel. Elegimos por unanimidad comer en un estupendo restaurante que hay en el pueblo. Tienen un foie gras espectacular y yo repito dos veces. Dormimos todos en el auto, que est� estacionado fuera del taller. O intentamos dormir, entre codazos, gritos y ronquidos. A Gervasio le ha sentado mal el <emphasis>cassoulet </emphasis>(s�lo a m� se me ocurre dejarle cenar semejante cosa llena de grasa a este ni�o que tiene el est�mago del rev�s) y se pasa la noche eructando como una rana. Sus hermanas se despiertan y le dan capones por molestarlo. El ni�o se pone a llorar. Finalmente llega la ma�ana y con ella la pieza de repuesto. De nuevo en carretera, Italia, noche en Verona, y finalmente Bodensdorf, el lago y la paz. Han sido m�s de cuatro d�as de ruta en total, estoy muerta.</p><p>�La casita�, as� se llama el chal� de nuestros amigos, a la que tan generosa (e inconscientemente) nos han invitado, est� a la orilla de este precioso Osiacher See. Es una de esas maravillosas casas de madera con los balcones llenos de flores y tejado a dos aguas con un gran jard�n que da al lago. Para hacer la situaci�n m�s id�lica a�n, en el jard�n de al lado veranea una encantadora pareja austr�aca, los Go�ss, con sus cinco hijos, que tienen edades parecidas a los nuestros: Kaleto y Minki se han hecho muy amigos de Carmen y Mercedes; Dolores se lleva genial con Uli y Elisabeth, y Gervasio est� todo el d�a con Mijiu. De vez en cuando los vestimos a todos con sus trajes tiroleses, a ellos con sus calzones de cuero y a ellas con sus <emphasis>diendl, </emphasis>y parecen la familia Trapp a punto de empezar a cantar <emphasis>Edelweiss </emphasis>en <emphasis>Sonrisas y l�grimas. </emphasis>Andan todo el d�a de arriba abajo con sus bicicletas, y como esto es muy tranquilo, pueden ir hasta el pueblo, que est� a pocos kil�metros. Gervasio est� aprendiendo a nadar en el lago y las mayores a hacer esqu� acu�tico. Mientras tanto, yo puedo charlar con nuestros anfitriones o tomar tranquilamente el sol sin una criatura colgada del cuello permanentemente. Luis, como siempre, se dedica a la lectura. En fin, un programa ideal para todo el mundo que s�lo se rompe cuando los chicos se aburren y se van a chinchar a Tante Atzi, una vieja se�ora que, por alg�n extra�o motivo, vive en una casa chica como una caja de zapatos que est� situada en medio del jard�n de nuestros amigos. No sale nunca (tanto que yo a�n no le he visto la cara), y los ni�os se dedican a tirar piedrecillas para ver si consiguen que se asome a la puerta. Como es l�gico, la se�ora se pone hecha una furia y tengo que levantarme a dar alguna cachetada, pero la cosa no suele llegar a mayores, y pronto vuelve esta calma tan maravillosa.</p><p>Nuestros amigos, los se�ores Schwinner, son encantadores, pero no deja de sorprenderme que se animen a invitarnos con todos estos ni�os, considerando que ellos no tienen ninguno y por tanto no deben de estar acostumbrados. Luis y yo los conocimos en nuestro viaje de novios a bordo del <emphasis>Reina del Pac�fico. </emphasis>Ella es francesa y �l austr�aco, son bastante mayores que nosotros, aunque es dif�cil saber cu�nto porque ya en aquella �poca (�hace m�s de quince a�os!) ten�an los dos el pelo blanco: Alfred por la edad y Germaine atribuye sus canas a una indigesti�n de ostras cuando ten�a veinte a�os. La verdad es que nunca hab�a o�do que esto pudiese pasar, pero aparentemente se acost� con el pelo negro y la panza llena de esas cosas viscosas que yo nunca he podido probar, y se levant� como est� ahora. Es una mujer muy agradable que atiende a los ni�os como si fuera su abuela y con una paciencia a prueba de bombas para lidiar con mis fieras. Adem�s, es una magn�fica cocinera y me da unas recetas buen�simas. Algunas son francesas, otras austr�acas y otras sudamericanas, y de esa mezcla de culturas sale siempre alg�n plato nuevo y distinto. El se�or Schwinner debi� de ser muy buen mozo en su juventud. Es m�s alto que Luis y tiene unos ojos azules acerados que me sobresaltan cuando descubro que me est� mirando. A pesar de ser de car�cter bonach�n, tiene ese aire germ�nico marcial e imperturbable. El otro d�a Gervasio estaba buscando un soldado de plomo que hab�a perdido y lo encontr� debajo del trasero del se�or Schwinner, que llevaba largo rato sin cambiar el gesto por el pinchazo de la bayoneta con la que iba armado el juguete. Cuando le veo nadar parsimoniosamente de espaldas, con su gran panza sobresaliendo del lago, siempre me recuerda a un majestuoso destructor surcando las aguas. Dicen que es un hombre con pasado, con un pasado misterioso. En el pueblo la gente lo mira con un sordo resquemor. Yo no s� a qu� se debe, pero lo cierto es que las mismas personas que con ella se muestran encantadoras con �l son extremadamente secas y antip�ticas. Lo que m�s me sorprende es que Alfred va todos los domingos a misa y todos los domingos el sacerdote de la iglesia del pueblo le niega la comuni�n. Cuando pregunt� (todo lo discretamente que pude porque, al fin y al cabo, son nuestros amigos y nuestros anfitriones) a qu� se debe este comportamiento s�lo recib� evasivas:</p><p>��Son cosas de otra �poca.</p><p>��En estos peque�os pueblos siempre hay rencillas que nadie recuerda c�mo empezaron.</p><p>��Se dicen muchas cosas, pero ya se sabe que la gente habla demasiado.</p><p>Y, claro, no se lo voy a preguntar a su mujer, as� que hago como que no pasa nada �aunque me est� muriendo de curiosidad! Lo poco que sabemos Luis y yo es que Alfred era diplom�tico austr�aco en Mosc� antes de la Segunda Guerra Mundial. Cuando se produjo la anexi�n, pas� a la Embajada alemana, donde trabaj� unos a�os m�s hasta que fue evacuado el mismo d�a de la invasi�n de Rusia por Hitler. Durante la guerra sirvi� en el ej�rcito y estuvo destinado en Francia, donde conoci� a Germaine. Despu�s emigraron a Colombia, donde estuvieron muchos a�os. Esto puede parecer m�s o menos normal. Sin embargo, no deja de ser raro que, en vez de instalarse en una ciudad, se hubieran ido a vivir a un peque�o pueblo cerca de la selva.</p><p>Nadie me puede llamar malpensada por creer que estaban huyendo de algo.</p><p>��Quer�amos empezar nuestra vida en un sitio lo m�s lejos posible de la civilizaci�n y Mesa de Colegio (al parecer as� se llamaba el pueblo colombiano) estaba justo en el l�mite de nuestro mundo -me cuenta mi amiga, mientras yo intento borrar de mi cara la expresi�n �todo esto es muy sospechoso�-. Imag�nate si estaba realmente en la frontera de la civilizaci�n que muy poca gente se atrev�a a ir m�s all� e internarse en la selva. Un d�a apareci� un joven misionero belga muy agradable. Ten�a la intenci�n de bajar por el r�o para evangelizar a los indios. Alfred intent� disuadirle habi�ndole de los peligros de aquella parte inexplorada del Amazonas, pero el chico dijo que el Se�or lo hab�a elegido para llevar su mensaje a los salvajes y parti� en una canoa con dos gu�as. No volvimos a saber nada de �l hasta que unas semanas despu�s Alfred fue al mercado de un peque�o pueblo cercano al nuestro. All� sol�an acudir algunos indios de la selva a intercambiar sus artesan�as por diversos productos. Como otras veces, all� estaban los reductores de cabezas que ofrec�an su asquerosa mercanc�a como recuerdo, pero esta vez, cuando vieron aparecer a Alfred, se rieron mucho se�alando una de aquellas cosas. �Ya que no te imaginas de qu� se trataba? S�, s�, querida, de la cabeza de aquel misionero belga tan simp�tico.</p><p>Claro, con estas historias, �c�mo quieren que piense que se fueron a ese sitio olvidado de la mano de Dios por gusto? Nosotros nos imaginamos que algo terrible debe de haber hecho Alfred durante la guerra y que �sa sea la raz�n de su huida a Colombia. Pero esta tesis es dif�cil de verificar porque a los austr�acos no les gusta hablar de la guerra y a la m�nima cambian de tema.</p><p>���Alfred? -dicen alzando una ceja e inmediatamente recurren a la bot�nica-: �Ha visto lo maravillosas que est�n las rosas este a�o?</p><p>En alguna ocasi�n hemos o�do decir que fue esp�a comunista y que, cuando estuvo destinado en Mosc�, tuvo una <emphasis>filie d'amour </emphasis>con una rusa. Es posible que el KGB le hubiera presionado para que trabajara para ellos a cambio de un buen trato a la ni�a, pero, en fin, qui�n sabe.</p><p>Ya traen la tarta de <emphasis>ribisel </emphasis>que estaban preparando. Tiene un aspecto impresionante. Se come maravillosamente bien en esta zona de Austria. Yo estoy enamorada de los hongos del lugar, especialmente del rebozuelo. Son olorosos y tiernos, algo muy delicado. Germaine hace una sopa riqu�sima con ellos. A Luis le encantan en <emphasis>omelette </emphasis>e incluso la ha tomado alg�n d�a para desayunar, lo cual es rar�simo, porque �l no desayuna jam�s. Los chicos (menos Mercedes que, como siempre, no come) est�n encantados porque el <emphasis>Wiener Schnitzel </emphasis>viene a ser lo mismo que nuestra milanesa. Su plato favorito es tambi�n el plato t�pico de ac� y lo sirven en todos lados. Hablando de los chicos, el otro d�a casi los mato a todos sin querer. Compr� en el supermercado unas botellas verdes con una gran manzana en la etiqueta. Como no s� alem�n, supuse que era un jugo y lo met� en la heladera. Llegaron los chicos todos sudorosos de jugar, abrieron la botella, se sirvieron unos vasos enormes y �para dentro!, con tan mala suerte que era� �vinagre de manzana! Todav�a estoy limpiando las vomitonas.</p><p>�Umm! Est� riqu�sima, esta tarta. La crema es una delicia y los frutos rojos le dan un toque �cido maravilloso. Todo parece perfecto. Sin embargo�, sin embargo, tengo ese sabor agridulce, esa ligera duda que me viene de vez en cuando y bulle en mi cabeza� �Qui�n ser� de verdad monsieur Schwinner? �Cu�l ser� su secreto?</p><empty-line/><p>TARTA DE RIBISEL (RIBISLKUCHEN)</p><p>Ingredientes</p><p>Para hacer la masa:</p><p>2<emphasis>50 g de harina</emphasis></p><p><emphasis>210 g de mantequilla (ni 200 ni 250,</emphasis></p><p><emphasis>�c�mo se nota que son medio alemanes!)</emphasis></p><p><emphasis>100 g de az�car</emphasis></p><p>3 <emphasis>yemas de huevo</emphasis></p><empty-line/><p>Para la cobertura:</p><p>3 <emphasis>claras de huevo</emphasis></p><p><emphasis>240 g de az�car</emphasis></p><p><emphasis>250 g de grosellas</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><p>Congelar la mantequilla. Rallarla congelada encima de la harina. A�adir las yemas y el az�car. Amasarlo todo y, si hace falta, agregar un poco de agua fr�a hasta conseguir una masa consistente.</p><p>Ponerla en el congelador hasta que est� dura. Cubrir con ella una fuente de horno enharinada.</p><p>Colocar la fuente en el horno precalentado a 200� C durante 15 o 20 minutos.</p><p>Batir las claras, a�adir el az�car y los <emphasis>ribisel </emphasis>(grosellas), verter la mezcla por encima de la tarta y hornear durante otros 10 minutos a unos 100� C.</p><p>Dejar enfriar un poco y servir.</p><empty-line/><p>Hasta el d�a de hoy ni mis hermanos ni yo hemos podido desentra�ar el misterio del se�or Schwinner y probablemente no lo consigamos nunca. Disfrutamos de cuatro maravillosos veranos en aquella casa al borde del lago e incluso recientemente hemos vuelto a alquilarla para pasar un par de semanas en verano todos los hermanos juntos. En la casa de al lado todav�a viven los Go�ss, con los que mantenemos una entra�able amistad. Tambi�n nuestra madre conserv� a lo largo de los a�os la amistad con Germaine Schwinner e incluso la acompa�� cuando muri� Alfred. Por cierto, puede decirse que aquel fue otro de esos momentos sobrenaturales que ten�a de vez en cuando. Ella siempre ha tenido una relaci�n muy curiosa con el m�s all� y sus moradores. Son muchas las historias de premoniciones, presencias, fantasmas y esp�ritus que ha vivido esta familia, a�n sin cre�rnoslas demasiado. La historia de la muerte de Alfred Schwinner es una de ellas.</p><empty-line/><p>Resulta que, en los a�os setenta, estando nuestros padres destinados en Mosc�, Germaine llam� diciendo que estaba preocupada porque su marido no se sent�a bien �ltimamente, as� que mi madre sali� inmediatamente para la Costa Azul, que era donde estaban ellos pasando el invierno. Cuando lleg� al peque�o hotel, madame Schwinner la estaba esperando en la recepci�n hecha un mar de l�grimas.</p><p>��<emphasis>�Bimba, Bimba! �Alfred est mort!</emphasis></p><p>Hab�a muerto esa misma ma�ana. Mi madre la acompa�� a la funeraria, juntas eligieron el ata�d y despu�s fueron a ver al <emphasis>p�re </emphasis>Giroud, un sacerdote amigo que viv�a cerca, para organizar el funeral. Tal como ocurr�a siempre que se hablaba del se�or Schwinner, el sacerdote dijo que estar�a encantado de oficiar la ceremonia pero� bajo ning�n concepto estaba dispuesto a hacer un serm�n ensalzando a Alfred. Una vez m�s, mi madre se qued� sin saber por qu�.</p><p>Luego se fueron a tomar algo a un caf� porque madame Schwinner no hab�a comido nada en todo el d�a. Estuvieron horas y horas hablando, hasta que ella dijo:</p><p>��Lo �nico que me consuela en este momento es que, por lo menos, Alfred estaba avisado de lo que iba a pasar y pudo arreglar sus cosas.</p><p>���Ya se lo hab�an dicho los m�dicos? -pregunt� mi madre.</p><p>��No, los m�dicos dec�an que estaba bien, que s�lo ten�a molestias pasajeras. Le avisaron de otra forma. Hace un par de d�as -continu� contando Germaine- Alfred baj� a desayunar blanco como un papel y temblando de pies a cabeza. Yo me asust� mucho, claro, porque cre�a que se hab�a puesto peor e intent� llamar al m�dico, pero �l no me dej�. Al cabo de un rato, cuando logr� tranquilizarse, consegu� que me contara qu� le hab�a pasado. Al parecer hab�a salido de su cuarto para bajar a desayunar cuando vio a una mujer vestida de negro que desde el fondo del pasillo le hac�a se�as para que se acercara. Esto le extra�� mucho porque, como sabes, estamos fuera de temporada y el hotel est� completamente vac�o. Cuando lleg� al final del corredor, la misteriosa visi�n se desvaneci� como el humo. Sabes que Alfred no cre�a en esas cosas, pero se dio cuenta de que era una se�al. Fue al banco y puso en orden todos sus asuntos, seg�n dijo, para que cuando �l muriera yo no tuviera problemas con aquella mujer.</p><p>Mi madre entonces no sab�a a qui�n se refer�a, pero un par de a�os m�s tarde, Germaine nos visit� en Mosc�. Ven�a a conocer a una hija que monsieur Schwinner hab�a tenido con una mujer rusa. Hab�a conseguido localizarla a trav�s de unas pesquisas que hizo mi padre. Cuando se encontraron, era imposible no impresionarse por el enorme parecido que aquella mujer, de cara ajada por una vida seguramente muy dura, guardaba con Alfred. Madame Schwinner y su hijastra se abrazaron emocionadas. Durante unos d�as fueron inseparables, siempre juntas, siempre hablando del ausente aunque no hablaran el mismo idioma. Cuando por fin Germaine tuvo que partir, su hijastra tambi�n acompa�� a mis padres al aeropuerto, a despedirla. En el viaje de vuelta, mientras la llevaban a su casa, surgi� la inevitable pregunta:</p><p>���Saben ustedes por qu� nadie quer�a a mi padre?</p></section><section><title><p>VUELTA A LAS RA�CES</p></title><p>Siempre me ha impresionado la dureza del paisaje castellano, tan desangelado, tan fr�o, tan inh�spito, tan diferente de nuestro campo criollo, siempre verde y lleno de color. Cuando uno lleva un rato conduciendo por carreteras comarcales y llega a las zonas m�s alejadas de la civilizaci�n parece que est� circundando un planeta viejo y abandonado. Quiz� fuera un d�a de noviembre especialmente gris, pero seg�n �bamos intern�ndonos m�s y m�s en aquellos p�ramos me preguntaba por qu�, despu�s de m�s de cuatro a�os en Espa�a, ten�amos que elegir un d�a tan deprimente para hacer algo que Luis deseaba desde hac�a mucho tiempo: visitar el pueblo de sus remot�simos antepasados. No s� qu� inter�s pod�a tener esto para �l porque la familia Posadas (su rama al menos) emigr� al R�o de la Plata a principios del siglo XVIII.</p><p>��Es importante saber de d�nde viene uno -me dice convencido mientras intenta desempa�ar el parabrisas del auto-. Por lo que yo s�, Francisco Posadas, el primero que viaj� a Am�rica, hab�a nacido en Sevilla pero su familia era de San Juan de las Posadas, ese pueblito castellano que llevamos buscando hace un rato.</p><p>Estuve a punto de reprocharle que, siguiendo su mala costumbre, no se parase a preguntar a alguien el camino, pero realmente por all� no se ve�a un alma. Con ese d�a, �qui�n iba a salir de casa?</p><p>Me parec�a absurdo este viaje. �Qu� pretend�a encontrar en un pueblo en medio de la nada del que hab�an salido unos parientes casi trescientos a�os atr�s?</p><p>Mi familia hab�a emigrado de Catalu�a a Uruguay hac�a menos de cien a�os y a m� no se me ocurrir�a ir a L�rida o a Gerona a intentar encontrarme conmigo misma.</p><p>Finalmente, y entre la fina lluvia que empapaba por una vez aquellos terrones que parec�an resecos desde el comienzo de los tiempos, divisamos el pueblo en el fondo de un peque�o valle. Cuando cruzamos el cartel con el yugo y las flechas que indicaba que hab�amos llegado a nuestro destino y entramos por lo que parec�a su calle principal, sin asfaltar y llena de charcos, me sorprendi� que nadie saliera a nuestro encuentro. Normalmente, en los pueblos, la llegada de un coche como el nuestro (que no es demasiado grande ni lujoso pero es alem�n) es recibida por una riada de ni�os que corren tras �l como si quisieran tocar ese monstruo desconocido o al menos muy diferente de los 600 y 1500 habituales. En este caso no sali� ni un perro callejero. Y no era por el mal tiempo. Parec�a que los mejores a�os de San Juan de las Posadas (si es que existieron alguna vez) hab�an pasado hac�a tiempo. Muchas de las toscas casas de adobe que hab�a a cada lado de la calle Mayor estaban ya derruidas e invadidas por malas hierbas que las devoraban por dentro. La plaza Mayor ten�a un aspecto algo mejor, pero la palabra miseria parec�a escrita en cada muro. Estacionamos el auto junto al �nico lugar donde hab�a luz aquel d�a tan gris. En ese momento apareci� por all� una sombra envuelta en un capote.</p><p>��Buenos d�as, buscamos al se�or cura -le dijo Luis mientras me ayudaba a bajar del coche para que no me mojase.</p><p>��Buenos d�as tenga usted, �menudo haiga traemos! Le iba a decir que no <emphasis>paece </emphasis>que sean de por aqu�, pero <emphasis>paece </emphasis>tonter�a -nos contest� el paisano retir�ndose la capucha. Llevaba una boina calada y una colilla de cigarrillo en la comisura de los labios. Pod�a tener cualquier edad entre treinta y cincuenta a�os-. Acomp��enme -dijo. Les llevar� a casa de don Benito.</p><p>Nosotros lo seguimos cruzando la plaza mientras intent�bamos sortear los grandes charcos que se iban formando.</p><p>��Don Benito, que <emphasis>ti� ust� </emphasis>visita. Unos se�ores extranjeros.</p><p>La habitaci�n ten�a el suelo de tierra apisonada y no hab�a m�s mobiliario que una mesa, una silla, un crucifijo y una estampa de un santo casi borrada por la humedad colgada de la pared. El cura estaba inclinado sobre una mesa, intentando escribir algo a la luz de un candil. Iba cubierto con un bonete y llevaba unos gruesos lentes.</p><p>��Buenas tardes -dijo el sacerdote quit�ndoselos y frot�ndose los ojos-. Disculpen, pero en este pueblo no tenemos luz el�ctrica y escribir as� destroza la vista a cualquiera.</p><p>Luis le explic� el motivo de nuestra visita.</p><p>��Me parece que no voy a poder ayudarles. Los registros de hace tanto tiempo los tienen en el Arzobispado y no s� en qu� estado estar�n porque el archivo fue saqueado cuando la guerra. Siento que hayan hecho ustedes el viaje en balde� Quiz� ser�a interesante que hablaran con el Indalecio. Su familia lleva aqu� desde siempre y tiene una memoria de elefante para todo lo del pueblo.</p><p>A Indalecio lo encontramos en la �nica taberna del pueblo bebiendo aguardiente. Ten�a unos enormes ojos pardos que se com�an su cara surcada por profundas arrugas. Era alto, de anchos hombros y llevaba su gastad�simo traje de pana con la misma elegancia con la que otros llevan un terno italiano.</p><p>���Posadas, dice usted?, �Si es que aqu� todos nos llamamos Posadas! O por lo menos los que vivimos aqu� desde siempre. Y hay tanta gente que ha emigrado� Sin ir m�s lejos, cuando yo era mozo, en este pueblo �ramos m�s de trescientos y ahora no quedamos ni cuarenta. Los m�s j�venes se van a donde hay dinero, a Madrid, a Barcelona, a Alemania. Dicen que volver�n cuando hayan hecho fortuna, pero luego no les volvemos a ver. En el mejor de los casos aparecen durante las fiestas para presumir de lo bien que les va y luego otra vez se largan. As�, poco a poco, este pueblo se va muriendo. Apenas quedan siete u ocho chiquillos, el resto somos casi todos viejos. Y es que esto est� lejos de <emphasis>to. </emphasis>Por aqu� no pas� ni la guerra. S�lo vimos un d�a una columna de regulares a lo lejos, aunque de eso hay que dar gracias a Dios. En Villasagra del Monte, el pueblo que tenemos m�s cerca aunque est� a m�s de treinta kil�metros, s� que lo pasaron mal. Primero a algunos se les ocurri� matar al cura, a varios guardias civiles y al se�orito que estaba all� de vacaciones. Luego llegaron los falangistas y se llevaron a la mayor�a de los hombres. No se volvi� a saber de ellos, aunque se sospecha que les pegaron un tiro y los enterraron en el bosque, pero nosotros no nos enteramos de nada. Menos mal que aquello pas� hace ya tiempo. En cualquier caso, no creo que vayan a sacar nada en limpio de esta visita. Aqu� hay poco que ver. Somos campesinos honrados que vivimos de la tierra que Dios nos ha dado, pero, ya que han venido, d�jenme que les ense�e un poco el pueblo.</p><p>Afortunadamente hab�a dejado de llover e incluso empezaba a aparecer el sol entre las nubes.</p><p>��La iglesia no vale gran cosa -dijo-. Hace a�os ten�amos un retablo que dec�an que era importante, pero vino un americano y se lo compr� al p�rroco de entonces.</p><p>Despu�s nos ense�� el cementerio, con sus humildes cruces casi comidas por los hierbajos.</p><p>��Aqu� est�n todos los nuestros. F�jense en los apellidos.</p><p>Posadas, Posadas, Posadas, Mart�nez Posadas. No hab�a demasiada variedad, desde luego.</p><p>��En esta parte es donde mejor se dan los trigueros -explic� el viejo arrodill�ndose junto a un trozo de muro derruido por la fuerza de una encina que hund�a sus ra�ces en un arroyo-. Deben de ser los muertos, que los empujan desde abajo -dijo con un gui�o malicioso-. En el r�o tenemos los cangrejos m�s ricos de la comarca. �Menudas cangrejadas mont�bamos aqu� en verano! Yo sol�a venir con mi Paco, mi hijo mayor, �saben?, a cogerlos por la noche. Yo le ense�� c�mo encontrar los escondrijos. Al principio �l me alumbraba con la linterna y era yo el que los sacaba, pero pronto aprendi�, es muy ma�oso. Est�n a dos o tres palmos de la superficie y hay que cogerlos por detr�s as�, �zas! -contaba haciendo un gesto r�pido en el aire-, o se te escapan entre los dedos. -Se qued� callado un momento-. Hace mucho ya de eso. Paco est� trabajando en Bilbao, en la siderurgia, y no tiene mucho tiempo para venir.</p><p>De repente, cuando parec�a que iba a caer en la nostalgia, Indalecio se dio un golpe en la frente con la palma de la mano.</p><p>���Co�e!, ya se me estaba olvidando dar de comer al bicho. Vengan conmigo y as� comen algo en casa, que ya va siendo hora.</p><p>Intentamos disculparnos para no molestar, pero en los a�os que llevamos en este pa�s hemos aprendido que es imposible resistirse a la hospitalidad de los espa�oles si se empe�an. Por un sendero nos fuimos acercando a una casa de piedra con un emparrado en la puerta. Indalecio nos hizo una se�al para que le sigui�ramos a un peque�o cobertizo. En un rinc�n oscuro hab�a una jaula tapada con un trapo.</p><p>��Mire qu� hermoso es el <emphasis>C�per </emphasis>-dijo orgulloso descubri�ndola.</p><p>Yo pegu� un alarido que todav�a debe de estar resonando por esos valles. Era una especie de rata inmunda que, en cuanto nos vio, se arroj� furiosamente contra las rejas.</p><p>���No se ponga usted nerviosa! -ri� con ganas el campesino-. Es s�lo un hur�n, pero es el mejor hur�n que he tenido nunca. Entra en la madriguera, todos los conejos van derechitos a mi saco y �l no se queda dentro a ponerse morado ni a dormirse la siesta como otros. <emphasis>C�per </emphasis>s�lo come de este h�gado que le doy yo. Lo llamo as� por el pistolero de una pel�cula que vi ya hace a�os, cuando pas� por el otro pueblo el cinema ambulante.</p><p>Indalecio y Luis le dieron de comer al bicho mientras yo esperaba fuera, lo m�s lejos posible de aquella bestia asquerosa. Me reconfort� el olor a tierra mojada. Era un sitio muy tranquilo, con una paz que no hab�a notado al principio.</p><p>��Vamos para la casa, que la Eufemia ya debe de tener la comida lista.</p><p>Entramos por la estrecha puerta. Dentro hab�a muy poca luz, apenas un candil y el resplandor de la lumbre.</p><p>��Mujer, saluda a estos se�ores que vienen de las Am�ricas, ni m�s ni menos.</p><p>De las tinieblas surgi� la mujer de Indalecio. Estaba camuflada en la oscuridad, con su bata negra y un pa�uelo gris. Era muy bajita, con una cara seca y desdentada. Nos alarg� una mano huesuda y encallecida murmurando unas palabras incomprensibles.</p><p>��La Eufemia es mujer de pocas palabras, pero hace un conejo con tomate que es para chuparse los dedos.</p><p>Ella volvi� al fuego que estaba al fondo de la habitaci�n. Encima de las brasas ten�a una enorme sart�n de hierro. Nos sentamos a una larga mesa de madera mientras Indalecio nos serv�a unos vasos de vino. Era �spero y fuerte, y viscoso como un jarabe, y yo me puse a toser.</p><p>��Si no est� acostumbrada, a lo mejor le cuesta un poco, pero aqu� no tenemos vino para se�oras. Al segundo vaso ya ver� que le entra mejor -dijo nuestro anfitri�n.</p><p>En efecto, al segundo ya me hab�a olvidado del vino y de la mezcla de olor a rancio, a comida y a humedad de la casa. Estuvimos largo rato hablando de sus hijos y de los nuestros. Ellos los ten�an a todos trabajando lejos del pueblo.</p><p>��Ya casi debe de estar la comida. Ya ver�n qu� conejos tenemos en este pueblo, nada que ver con esos que cr�an en jaulas. Aqu� salimos <emphasis>C�per </emphasis>y yo a sacarlos de las madrigueras. S�lo comen tomillo y romero, ya ver�n qu� carne oscura, no como esa blanca y sin m�sculo.</p><p>Eufemia volvi� a emerger de las tinieblas con la sart�n, e Indalecio cort� algo de pan con su vieja navaja.</p><p>��Aqu� no usamos cubiertos como en la ciudad. Aqu� tienen ustedes que mondar bien los huesecillos y mojar pan.</p><p>Aquel conejo era una de las cosas m�s deliciosas que he probado, tierno y fibroso a la vez. La salsa era una aut�ntica exquisitez, con sabor a campo y a hierbas del monte.</p><p>��Est� bueno, �verdad? Seguro que nunca han comido uno igual. Es una receta de aqu�. La salsa se deja al sereno con todos los condimentos por la noche. A usted no le est� gustando nada, �verdad? -le pregunt� Indalecio satisfecho a Luis mientras se chupaba los dedos-. No ha dicho ni mu desde que hemos empezado y se come un trozo tras otro.</p><p>��Es que este conejo�, este conejo�</p><p>���Qu� pasa? No ha comido uno igual, �verdad?</p><p>��No, no, todo lo contrario. Es el mismo, el mismo que preparaba mi abuela. Nunca hab�a encontrado ninguno que supiera as�, es� incre�ble. Es id�ntico.</p><p>��A ver si resulta que su familia s� va a ser de aqu� -sentenci� Indalecio-. Hay que ver, tantos siglos en Am�rica para acabar comiendo el mismo conejo en tomate de nuestro pueblo. Pero ya sabe usted lo que dicen, la tripa recuerda mejor que los sesos.</p><empty-line/><p>CONEJO CON TOMATE DE LA EUFEMIA</p><p>Ingredientes</p><p>1 <emphasis>conejo</emphasis></p><p><emphasis>600 g de tomate</emphasis></p><p><emphasis>1 cebolla</emphasis></p><p>3 <emphasis>dientes de ajo</emphasis></p><p>2 <emphasis>cucharadas de aceite</emphasis></p><p><emphasis>sal y pimienta</emphasis></p><p><emphasis>romero</emphasis></p><p><emphasis>tomillo</emphasis></p><p><emphasis>2 hojas de laurel</emphasis></p><p><emphasis>1 vaso de vino</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><p>Preparar un tomate frito. Limpiar bien el conejo, trocearlo y reservarlo. Picar en un mortero la cebolla y el ajo. Fre�r el conejo en una cazuela. Al cabo de unos minutos echar el ajo y la cebolla picados y fre�rlo todo un poco m�s. A�adir el tomate frito, el vino, el romero, el tomillo y el laurel. Salpimentar. Cocer hasta que el conejo est� tierno.</p></section><section><title><p>EL FUTURO EN BANDEJA</p></title><p>Hablando de sabores y de sombras del pasado, a�n siento escalofr�os. Ayer, aprovechando que Luis ten�a un compromiso de trabajo, invit� a cenar al marqu�s de Araciel, un famoso adivino que hab�a conocido en casa de unos amigos. Aunque estas cosas sean pavadas, lo cierto es que no puedo evitar sentirme atra�da por ellas. Araciel est� bastante de moda y genera mucho debate: unos lo consideran un farsante fantasioso que presume de ser el mism�simo Cagliostro, otros insisten en que realmente puede ver el futuro. Yo no he podido resistirme a la tentaci�n de sacar mis propias conclusiones conoci�ndole mejor. Como a las chicas les divert�a, las inclu� en el plan y les dije que se trajeran a alguna amiga si quer�an. Dolores invit� a su mejor amiga, Beatriz. La verdad es que ahora no s� si hice bien. El ambiente era de gran expectaci�n mientras esper�bamos la llegada del marqu�s. Incluso Miguel �ngel, el mucamo, estaba de lo m�s entusiasmado con la visita. Al parecer hab�a le�do algo sobre �l en alguna revista y me pidi� permiso para hacerle tambi�n una pregunta sobre su futuro. Este Miguel �ngel es un tipo peculiar. Yo dir�a que lleva el pelo te�ido y que se pinta las u�as con barniz transparente. Desde luego no se parece en nada al modelo de espa�ol que se puede esperar, de barba cerrada y pelo en pecho. �l es un tipo delicado, sensible. A veces por la noche se oye m�sica cl�sica que escapa por las rendijas de su habitaci�n. El otro d�a me lo encontr� saliendo de la ducha con una toalla en la cabeza a lo Carmen Miranda, pero, en fin, no saquemos conclusiones precipitadas.</p><p>Volviendo a lo del adivino, la curiosidad que se hab�a creado no fue en balde: el aspecto de nuestro invitado no pod�a ser m�s misterioso y sugerente: lleg� embozado en una capa espa�ola negra con las vueltas color lila que resaltaban su pelo blanco levemente rizado, sus penetrantes ojos azules y su porte aristocr�tico. Tiene una piel muy tersa, casi tirante, y unos dedos largos, largos como los de un retrato del Greco. Esta estampa, un poco mefistof�lica, le hace parecer un arquetipo de brujo sacado de una novela del siglo xix o del mism�simo Cagliostro si me apuran, que no tengo ni idea de c�mo era, pero me lo imagino m�s o menos as�.</p><p>���Qu� ramillete de bellas se�oritas! -dijo como bienvenida con su voz suave y susurrante.</p><p>Yo hab�a intentado preparar un men� con cierto toque esot�rico, sin embargo, aunque busqu� en algunos libros y notas que ten�a, no encontr� nada adecuado. Lo �nico que se me ocurr�a eran cosas como orejas de sapo con salsa de cola de drag�n, que es lo que comen las brujas en los cuentos que yo le�a cuando era ni�a, pero la verdad es que no parece nada apetitoso y seguro que los ingredientes son dificil�simos de encontrar. Al final decid� preparar un men� totalmente vegetariano (sopa de zanahoria, una especie de lasa�a muy vegetariana que me invent� sobre la marcha y de postre, bud�n de frutas), porque en alg�n lado le� que la carne enturbiaba las visiones de los m�dium. Parece que acert� porque, cuando el marqu�s pregunt� con cara de cierta preocupaci�n qu� �bamos a comer, mi respuesta hizo brotar una sonrisa en sus finos labios.</p><p>��Ya sab�is lo que dec�a Paracelso: �La comida debe ser vuestra medicina y la medicina vuestra comida�.</p><p>Mientras repet�a la lasa�a tambi�n dijo aquello de �la dosis hace el veneno�, llamando a la mesura en la mesa.</p><p>��Un sabio, Paracelso, s� se�or -dijo-, una referencia para todos los que creemos que las cosas no son tal como nos las han contado. �l fue el primero en asociar el car�cter de los hombres a los cuatro sabores b�sicos. As�, si hablamos de la dulzura de zutana o de la acidez de mengano es gracias a este genio.</p><p>Despu�s nos estuvo hablando de sus �ltimos experimentos paranormales. Acababa de regresar de un congreso internacional de espiritismo que hab�a tenido lugar en la Ru� du Bac, en Par�s.</p><p>���En la Ru� du Bac? �Por qu� precisamente en la Ru� du Bac? Siempre que voy a Par�s paso por all� para visitar la iglesia de la Medalla Milagrosa. Le tengo mucha devoci�n desde que mi madre me llevaba de peque�a -dije yo c�ndidamente, ense�ando la medalla que siempre llevo al cuello.</p><p>��Precisamente por eso tiene lugar all� este congreso. Debes saber, querida, que las apariciones marianas est�n muy relacionadas con otros fen�menos inexplicables desde el punto de vista cient�fico. Se producen en sitios que tienen una carga energ�tica muy especial. En este caso concreto, las doce estrellas que rodean la cabeza de la Virgen, la bola del mundo partida por la mitad sobre la que est� parada, la serpiente que le muerde el pie�, todos esos s�mbolos tienen un significado esot�rico muy claro. En el fondo, �qu� son estas apariciones sino una manifestaci�n de alguien que est� en la otra vida? -pregunt� �l, uniendo las yemas de sus largu�simos dedos.</p><p>��Bueno, marqu�s, vamos a dejar a la Virgen fuera de todas estas pavadas, que me va a marear a las ni�as con esas teor�as y es lo �nico que me faltaba -le dije sonriendo para quitar hierro al asunto.</p><p>Este comentario hizo palidecer a�n m�s su terso cutis, pero pronto se repuso y nos estuvo contando los experimentos que hab�an hecho en aquel congreso de brujos.</p><p>Parece ser que la �ltima tendencia en espiritismo es convocar a las pobres almas en pena en una especie de ba�eras de parafina. As� los esp�ritus no s�lo se comunican a trav�s de golpes o de m�dium, sino que dejan su huella en el l�quido: el pie de un ni�o, una mano, el perfil de un cuerpo. Si lo que quer�a era empezar a asustarnos, lo estaba consiguiendo. Las chicas lo miraban encogidas en sus sillas como si estuvieran escuchando historias de terror alrededor de una hoguera de campamento.</p><p>Una vez terminada la cena -en la que <emphasis>tripiti� </emphasis>postre por eso de que el az�car da mucha energ�a-, pasamos al sal�n y �l se sent� frente a una peque�a mesa. Sac� de su bolsillo un tarot y empez� a barajar las cartas. Nosotras lo mir�bamos en silencio.</p><p><emphasis>�Craaac! </emphasis>De repente o�mos un siniestro e inesperado crujido que ven�a de la biblioteca. Pegamos un respingo e incluso alguna de las chicas solt� un gritito.</p><p>��Ja, ja -ri� un poco perversamente el marqu�s-, ya est�n aqu� -anunci� mir�ndome como diciendo: �Te vas a enterar del poder de mis amigos los esp�ritus, grand�sima incr�dula�.</p><p>Ahora era yo la que estaba p�lida.</p><p>La primera en sentarse frente a la mesita de Araciel fue Carmen. Estaba nerviosa, aunque disimulaba bien.</p><p>��A ver qu� tenemos aqu�, el barquero, la rueda de la fortuna� Por lo que parece, tendr�s una vida larga y tranquila. Veo muchos hijos y nietos. Tambi�n veo que vas a pintar. S�, s�, pintar�s y eso te har� famosa. Tambi�n veo dos maridos.</p><p>���Dos maridos? -pregunt� yo bastante inquieta porque no me hace mucha ilusi�n tener una hija divorciada.</p><p>��<emphasis>S�,</emphasis> aqu� est�n. Por lo que parece, hay varias coincidencias entre ellos: son los dos rubios y los dos espa�oles�</p><p>Carmen salt� como una pantera:</p><p>���C�mo que espa�oles? �Yo no pienso casarme con ning�n espa�ol! En cuanto mis padres acaben su misi�n, volver� a Uruguay, me casar� con un uruguayo y vivir� all� para siempre.</p><p>��Yo no puedo hacer nada -dijo el esot�rico marqu�s con una sonrisa mir�fica-. Est� en las cartas. Mira, aqu� lo tienes.</p><p>Carmen dio un manotazo a las cartas y sali� del sal�n pegando un portazo. Est� en una edad dif�cil esta hija m�a. Ahora le ha dado m�s que nunca por el patriotismo fren�tico, no s� por qu�, es como si hubiera tenido alg�n desenga�o amoroso o algo as�. Pero eso no puede ser, me habr�a enterado. Adem�s, lo del patriotismo furioso les pasa a todos los hijos de diplom�ticos, dicen.</p><p>A continuaci�n me toc� a m�. Me dijo las cl�sicas tonter�as de que mi marido iba a tener mucho �xito y que yo iba a hacer mucho dinero dentro de pocos a�os, cuando cumpla cincuenta (ser� atrevido, hablando de mi edad en p�blico). Tambi�n dijo que mi familia pol�tica ser� un pilar b�sico en mi vida y que tuviera cuidado con una mujer cuyo nombre empieza por G (no tengo que obsesionarme con esto porque en cuanto se fue Araciel estuve media hora repasando la agenda y martiriz�ndome con qui�n podr�a ser G).</p><p>Dolores estaba bastante tranquila cuando le lleg� su turno. El marqu�s, despu�s de repetir lo de los muchos ni�os que le hab�a dicho a Carmen, prefiri� no arriesgarse a hablar de maridos.</p><p>��Ni�a, veo tras de ti el nombre de Inglaterra. Est� como detr�s de tu cabeza. Vas a asistir a alg�n acontecimiento importante all�. No acabo de ver de qu� se trata. Espero que no sea la desencarnaci�n de su majestad Isabel II, a la que tengo gran aprecio. No en vano es la l�der de los espiritistas de su pa�s. De todas maneras, no creo que nada de esto vaya a pasar a corto plazo. El otro d�a estuve charlando en una sesi�n con la reina Victoria y me lo habr�a comentado. Por lo que estaba de lo m�s enfadada Vicky (yo siempre la llamo as� en la intimidad porque somos amigos de otras reencarnaciones) era por la p�rdida del Imperio. Con lo que le hab�a costado montarlo a la pobre� pero ya se sabe lo que pasa con las herencias. Al final esto es como en todas las familias, el abuelo hace el dinero y los nietos se lo gastan.</p><p>Yo me qued� un poco sorprendida por el comentario y Dolores se qued� sin saber qui�n pod�a ser su pr�ncipe azul. A Mercedes, por su parte, le dijo que la ve�a viviendo en alg�n pa�s del centro de Europa y trabajando en un banco, probablemente. Espero que no se cumpla, la verdad, porque a m� no se me ha perdido nada por Transilvania. Tampoco aclar� nada de lo de su casamiento, que a m� es lo que m�s me interesa, porque con tres hijas siempre es una responsabilidad casarlas bien, aunque sea con un austroh�ngaro.</p><p>As� que, si se cumplen sus profec�as, Carmen ser� pintora y divorciada, yo me las tendr� que ver con G, Mercedes vivir� en Bucarest y Dolores estar� involucrada en la desencarnaci�n de la reina de Inglaterra. Qu� sensacional.</p><p>Sin embargo, lo peor estaba por venir. Como digo, Dolores hab�a tra�do a su mejor amiga del colegio, Beatriz, una gordita de muy buen car�cter. Siempre me ha llamado la atenci�n esta ni�a: es muy tranquila, segura de s� misma y no se inmuta por nada. Si yo fuera Araciel, dir�a que es un alma con muchas reencarnaciones, un esp�ritu viejo. Ahora le tocaba a ella. Araciel dispuso las cartas sobre la mesa. Torci� el gesto, se ech� para atr�s estirando la espalda y se puso muy serio.</p><p>��Ni�a, tu casa se viene abajo, tu familia se desintegra. -El adivino parec�a genuinamente preocupado.</p><p>A Beatriz no se le movi� un pelo.</p><p>��Ni�a, tu padre se muere.</p><p>��S�, es cierto, se est� muriendo.</p><p>��Tu madre tambi�n morir� pronto.</p><p>��Es bastante probable, porque tiene muchos problemas de salud y adem�s est� convencida de que se va a morir joven.</p><p>��Y t� ten cuidado con el caballo. Yo s� que te gusta el caballo, pero acabar� contigo.</p><p>Entonces a la ni�a le cambi� la cara porque es una entusiasta de la equitaci�n y, despu�s de mucho insistir, por lo visto, hab�a logrado que sus padres le compraran un caballo.</p><p>��Hazme caso, no te acerques al caballo.</p><p>Beatriz estaba cada vez m�s nerviosa y yo con ella, as� que intervine para acabar con aquella catarata de desastres.</p><p>��Bueno, marqu�s, no hace falta que siga insistiendo, la pobre ni�a va a tener pesadillas. Comprendo que su oficio es decir este tipo de cosas, pero creo que no hay que llegar al mal gusto. Ya ha hecho suficiente alarde de sus habilidades. Ahora pasemos a otro tema. �Quiere otra taza de caf�? -pregunt�, llamando acto seguido a Miguel �ngel, que deb�a de estar escuchando detr�s de la puerta por lo r�pido que se materializ� en la biblioteca.</p><p>Al pasar junto a m�, haciendo tintinear todas las tazas que tra�a en la bandeja, el mucamo me hizo una se�al, record�ndome que le hab�a prometido dejarle hacer alguna consulta a Araciel.</p><p>��Marqu�s, le presento a Miguel �ngel -dije yo encantada de tener un buen motivo para que se esfumara el mal ambiente que se hab�a creado con la lectura del futuro de Beatriz-. Miguel �ngel quiere preguntarle algo r�pido, si a usted no le importa.</p><p>Araciel mir� con cara de pocos amigos a aquel intruso del servicio que no deb�a de estar en su categor�a habitual de clientes. Tom� su mano izquierda. Abri� mucho los ojos. Tom� luego la derecha y volvi� a mirar la izquierda.</p><p>��Lo siento -dijo- no tiene usted ning�n futuro.</p><p>Aquello ya me pareci� demasiado, as� que entonces fui yo la que se levant� hecha una fiera.</p><p>��Mire, marqu�s, o lo que usted sea, puedo pasar que me diga que voy a tener una hija divorciada y otra perdida en Centroeuropa, pero que aterrorice a la pobre santa de la invitada de Dolores con lo de la muerte de sus padres y lo del caballo y encima ahora pretenda bajarle la moral al servicio dici�ndole que no tiene futuro, eso no se lo consiento. Le agradezco que haya venido a mi casa, pero ahora tengo que pedirle que se vaya. Miguel �ngel, por favor, acompa�e al se�or a la puerta.</p><p>��Se�ora, siento que se haya molestado. Yo s�lo soy un veh�culo de fuerzas mucho m�s poderosas que desconocemos -contest� Araciel con aire ofendido.</p><p>Se levant� de su asiento, pidi� sus cosas, hizo una leve reverencia y, ech�ndose la capa sobre los hombros de un modo de lo m�s diab�lico, desapareci� por la puerta.</p><p>Habrase visto el adivino �ste, �qu� se ha cre�do? Menos mal que no dio este espect�culo con invitados, porque si no, no s� qu� habr�a hecho. �Qu� hago si le dice, yo qu� s�, a la embajadora de Francia, que se va a morir la semana que viene? �O al del L�bano que se va a desencarnar? Hubiese sido un terrible papel�n. �Qu� hombre m�s desagradable! No s� c�mo la gente lo invita a su casa. Adem�s, todo ese disfraz de conde Dr�cula para hacer esta <emphasis>boutade </emphasis>de tan mal gusto� S�, un mamarracho, no cabe duda, pero me ha dejado con el sabor amargo de la incertidumbre en la boca. �Habr� algo, por peque�o que sea, de cierto en todo lo que ha dicho? Bueno, qui�n sabe, al final, hasta el hor�scopo de los diarios acierta alguna vez.</p><empty-line/><p>LASA�A MUY VEGETARIANA QUE ME INVENT� PARA EL MARQU�S DE ARACIEL</p><p>(aunque tal como se port� quiz� deber�a cambiarle el nombre)</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p>3 <emphasis>calabacines grandes</emphasis></p><p><emphasis>2 cebollas</emphasis></p><p><emphasis>200 g champi�ones</emphasis></p><p><emphasis>2 pencas de br�coli</emphasis></p><p><emphasis>1 lata de de sopa de champi�ones Campbell</emphasis></p><p><emphasis>2 yemas de huevo</emphasis></p><p><emphasis>150 g de queso gruyere</emphasis></p><p><emphasis>sal</emphasis></p><p><emphasis>aceite</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><p>En esta lasa�a se sustituyen las l�minas de pasta por otras de calabac�n.</p><p>Para hacerlas, cortar longitudinalmente los calabacines en grandes l�minas ni demasiado gordas ni demasiado finas. Luego asarlas en una plancha bien caliente dejando que queden un poco duras y crujientes.</p><p>En una sart�n sofre�r las cebollas cortadas lo m�s finitas posibles. A�adir los champi�ones cortados en l�minas.</p><p>Aparte hervir 2 minutos las cabezas de dos pencas grandes de br�coli y agregarlas al sofrito. Al cabo de 5 minutos, a�adir tres cucharadas de sopa Campbell para dar untuosidad. Revolver bien y retirar.</p><p>En una fuente de horno aceitada distribuir las l�minas de calabac�n ocupando todo el fondo. A continuaci�n, poner encima la mezcla de cebolla, br�coli y champi�ones. Taparla con otra capa de l�minas de calabac�n.</p><p>Echar por encima las yemas bien batidas y espolvorear con queso gruyere. Gratinar la lasa�a durante 5 minutos en el horno precalentado.</p><p>Servirla bien caliente.</p><empty-line/><p>Lo cierto es que, tal y como veremos un poco m�s adelante, el marqu�s de Araciel atin� algo menos que la secci�n de noticias de un peri�dico y un poco m�s que el hor�scopo, pero ya se sabe que en lo de escrutar el futuro acertar un poco es ya mucho.</p><p>Las predicciones respecto a nuestra familia fueron bastante indefinidas. Yo, por ejemplo, s� me cas� con dos espa�oles rubios: uno lo era de pelo y el otro de apellido. Por el contrario, mi habilidad con los pinceles no me ha llevado a ning�n sitio, de momento. Mercedes, aunque trabaj� en un banco durante una �poca, no acab� ni en Polonia ni en Hungr�a ni en Austria ni en ninguno de esos sitios y, afortunadamente para nosotros, vive tranquilamente en la calle N��ez de Balboa de Madrid, con sus tres hijos. Dolores vivi� unos a�os en Inglaterra cuando nuestros padres estuvieron destinados all�, donde no asisti� a ninguna desencarnaci�n de la familia real. Ni siquiera al divorcio de lady Di. Ahora tambi�n vive en Madrid y tiene un conocido bar restaurante en La Latina. En cuanto a nuestra madre, no sabemos si tuvo alg�n problema con alguna G, aunque s� encontronazos con su familia pol�tica, que seg�n el adivino iba a ser el pilar de su vida.</p><p>Sin embargo, otras de las predicciones que hizo Araciel fueron realmente inquietantes y m�s inquietantes a�n los hechos que predijo. Beatriz, la amiga de Dolores, qued� tan asustada con el augurio del peligro del caballo que, en cuanto lleg� a su casa tir� a la basura las botas y la fusta y no volvi� a montar nunca m�s en su vida, pensando conjurar as� el mal fario. Por otro lado, tal como hab�a vaticinado el marqu�s, su padre muri� unos meses despu�s, seguido por su madre al poco tiempo. Los a�os fueron pasando, una cosa lleva a la otra y un d�a reapareci� en la vida de Beatriz el caballo� en forma del terrible polvo blanco que todos conocemos ahora por este nombre, denominaci�n que Araciel no pod�a conocer en esa �poca por el simple hecho de que entonces no se utilizaba. A lomos de ese bicho maldito se subi� nuestra amiga hace m�s de treinta a�os y a�n no ha podido desmontar�</p><p>La �ltima predicci�n del marqu�s tambi�n se habr�a de cumplir, e �bamos a ser testigos de ella toda la familia, muy pronto.</p></section><section><title><p>AMOR CASTRENSE</p></title><p>Son curiosas las cosas que pasan en las comidas oficiales. Hace unos meses, en una recepci�n en Valladolid con motivo de un congreso de derecho administrativo, o alg�n bodrio similar, me toc� sentarme al lado de un se�or portugu�s vestido de negro, bajito, bizco, con lentes y aspecto de cura. Lo �nico que me dijo en todo el almuerzo fue que se llamaba Marcelo Caetano y que era catedr�tico. Parec�a insignificante por completo. Nadie le dio bolilla y �l no despeg� los labios sino para pedir la sal. Hoy abro el diario y me encuentro una foto enorme del tipo ese. �Resulta que le han nombrado primer ministro de Portugal! Al parecer a Salazar, el dictador que tienen all�, le dio un ataque que lo dej� gaga y ahora el que manda es el curita este. Espero que haga algo para mejorar aquel pa�s, porque cuando se pasa la frontera, parece que entra uno en la Edad Media. Todo es triste y negro, y eso que nosotros venimos de esta Espa�a que tampoco es Estados Unidos, precisamente. Hasta tienen prohibido llevar pantalones vaqueros, los pobres portugueses. Est� visto que nunca se sabe con qui�n puede acabar uno compartiendo mesa.</p><p>En aquella comida yo estuve mucho m�s entretenida hablando con mi compa�ero de la derecha. Creo que era el capit�n general de la regi�n, y aunque algo bruto, contaba historias con bastante gracia. Ten�a el cl�sico bigote fino (caminito de hormigas, creo que lo llaman) y el pelo te�ido de negro, aunque las ra�ces lo delataban aparatosamente.</p><p>Con cada plato que tra�an, me narraba una an�cdota que le hab�a sucedido con ese alimento: las sardinas en conserva que hab�a compartido con un soldado sovi�tico cuando luchaba en la Divisi�n Azul y se hab�a perdido en las l�neas enemigas en medio de una tormenta de nieve; la historia de algunos �rojos� que se pasaban al otro bando durante la guerra civil para comer un buen pan blanco que no hab�a en su zona, y otras aventuras similares.</p><p>���Sab�a usted, se�ora, que la primera mascota de la Legi�n fue una gallina? -pregunt� de pronto se�alando la pepitoria que ten�amos delante-. La idea fue de un cabo. La visti� con su gorrillo, su camisa verde y correaje a medida. El pobre hombre lo pasaba fatal para que sus compa�eros no la metieran en la cazuela al menor descuido, hasta que se enter� el jefe del Tercio. Le divirti� tanto la idea que, para protegerla de los glotones, nombr� cabo a la gallina. De ah� en adelante, a los legionarios no les qued� m�s remedio que respetarla.</p><p>El general encadenaba una an�cdota con otra y, de tanto hablar, se le secaba la garganta, que deb�a refrescar con un flujo constante de vino de la Ribera del Duero.</p><p>��Da gusto contarle cosas a una mujer tan guapa y que escucha tan bien como usted, se�ora embajadora. En el Tercio coincid� con su Excelencia el General�simo, �sabe usted? Serv� con �l en Marruecos. Precisamente, en una ocasi�n visit� nuestro campamento don Miguel Primo de Rivera. El dictador, a pesar de ser general, no se entend�a con los militares africanistas. Era partidario de abandonar aquella tierra que con tanta sangre y esfuerzo est�bamos defendiendo. Para dejarle bien clara su posici�n (nuestra posici�n), el Caudillo y el entonces coronel V�rela le organizaron una comida exclusivamente a base de huevos -dijo, buscando instintivamente los huevos a la flamenca que ya se hab�an llevado los camareros-. �Entiende?, toda a base de huevos: rellenos, fritos, en tortilla, flan de huevo, huevos duros� Para darle a entender que, bueno, ejem, que eso era lo que hab�a que tener para ganar aquella guerra y perdone la ordinariez. Don Miguel se molest� mucho y estuvo a punto de acusar de insubordinaci�n a los oficiales, pero al final nos hizo caso y, con el desembarco de Alhucemas, se acab� aquella sangr�a que hab�a durado veinte a�os.</p><p>Despu�s, el general habl� de la sucesi�n de Franco, que es un tema del que les encanta hablar a los espa�oles porque el �nico que sabe algo (el propio Franco) no dice nada al respecto mientras el resto elabora su propia teor�a, basada en los m�s diversos indicios�</p><p>��Pues s�, se�ora, yo estoy convencido de que el Caudillo se va a suceder a s� mismo.</p><p>���C�mo es eso? -pregunt� sorprendida.</p><p>��Mire, yo estaba en el cuartel general del General�simo cuando la ofensiva roja sobre Br��ete. Nuestras l�neas se hab�an hundido y parec�a que el enemigo iba a conseguir romper el cerco al que ten�amos sometido Madrid. Aquello hubiese sido el desastre total. Est�bamos todos muy preocupados. Lleg� un oficial del campo de batalla y le pregunt� d�nde estaba el frente en ese momento. Con la mirada perdida me dijo: ��Qu� frente? No hay frente�. Imag�nese la cara que se nos qued�. Empezamos a preparar el contraataque a toda velocidad, con muchos nervios y desconcierto. En un momento dado, se present� el Caudillo y nos dijo que estaba muy tranquilo en cuanto al resultado de la batalla porque acababa de ver a un jinete montado en un caballo blanco que avanzaba a la cabeza de nuestras tropas. No dijo m�s, pero todos comprendimos que se refer�a al Ap�stol Santiago, �comprende usted? Tal como �l vaticin�, a los pocos d�as dimos la vuelta a la situaci�n y los rojos sufrieron una terrible derrota. El Caudillo es un elegido del cielo y su misi�n es llevar a Espa�a a las m�s altas metas. Le quedan muchos, muchos a�os gloriosos por delante. Acu�rdese de lo que le digo. Lo ver�n sus nietos.</p><p>Recordando aquellos ardores guerreros, el capit�n general se hab�a amarrado fuertemente a otra botella de vino de la tierra y, cuando hubo acabado, todav�a le quedaba espacio para unos cuantos aguardientes. A los postres ten�a ya una borrachera de campeonato. En ese momento se puso unos inescrutables lentes negros. �Por qu� ser� que a los militares no les gusta que se les vean los ojos?</p><p>Mientras tanto, varios se�ores eminent�simos se turnaban para hacer discursos. Por fin le toc� al capit�n general. Entonces empez� a divagar sobre el derecho administrativo y, como deb�a de saber poco de la materia, opt� por saludar a los presentes:</p><p>��Entre nosotros est� el embajador de la gloriosa rep�blica hermana de Bolivia. Por favor, ac�rquese para que le d� un abrazo fraternal. Tambi�n tenemos el privilegio de tener aqu� al embajador de M�xico, cuna de la Sant�sima Virgen de Guadalupe. Le ruego que venga para que pueda abrazarle con todo el afecto que los espa�oles profesamos a nuestros hermanos mexicanos.</p><p>As� fue nombrando uno a uno a todos los embajadores presentes, que estaban dispersos por las distintas mesas. Ten�an que levantarse y venir hasta donde est�bamos nosotros para ser abrazados fraternalmente por el capit�n general. Incluso empez� a olvidar a qui�n hab�a llamado y a qui�n no, por lo que volv�a a nombrarlos, y ellos ten�an que cruzar el sal�n una vez m�s y ser nuevamente estrechados en sus brazos. A Luis lo llam� un par de veces y lo confundi� con el embajador de Paraguay, como suele ser habitual. Aquello segu�a y segu�a hasta que se levant� otro general que se llev� a su colega del brazo y acab� con tanto amor fraternal. Todos est�bamos pasmados porque las personas p�blicas en Espa�a siempre cuidan mucho su conducta, pero me imagino que hasta los capitanes generales pueden tener un mal d�a.</p><p>En fin, mi compa�ero de mesa estuvo cari�os�simo con todo el mundo menos con el peque�o catedr�tico de mi izquierda, al que no hizo ni caso.</p><p>��Ahora ya sabe usted por qu� los espa�oles inventaron el fandango y los portugueses el fado -fue lo �nico que me coment� el hombrecillo cuando se produc�a toda esta org�a efusiva.</p><p>Mira vos, primer ministro de Portugal, ese se�or tan chiquitito y callado. Para que una se f�e de las apariencias.</p></section><section><title><p>TRECE</p></title><p>�Qu� horror! �Qu� espanto! Esta noche hemos tenido un drama pavoroso. Yo ya sab�a que algo terrible iba a pasar. Lo intu�a desde que, a �ltima hora, el embajador de la India me telefone� para decirme que hab�a surgido un contratiempo urgente y le resultaba imposible asistir a nuestra cena. Como su mujer estaba fuera, �l iba a venir solo, de modo que los que qued�bamos �ramos n�mero impar. Me puse a contar y, s�, �ramos trece. Empec� a llamar a todos los solteros que conoc�a como una loca, pero a esas horas ya no consegu� a nadie, como es l�gico. Trece. A m� personalmente no me molesta este n�mero. Es m�s, siempre me ha encantado. Carmen, mi primera hija, naci� el trece de agosto. De chica yo viv�a en el trece de la avenida de Brasil. Algunas de las mejores cosas de mi vida han pasado un d�a trece. Sin embargo, a los espa�oles les espanta, no pueden ni verlo. Y no hablemos ya de una mesa con trece comensales. Son capaces de salir corriendo por la puerta con cualquier excusa. Los m�s agoreros sostienen que, despu�s de sentarse trece a la mesa, alguien muere.</p><p>Mientras esper�bamos a los invitados, yo rezaba para que nadie se pusiera a contar cu�ntos �ramos. Los espa�oles tambi�n suelen fijarse mucho en esas cosas. Yo hab�a dicho a Miguel �ngel, el mucamo, que preparase un <emphasis>pisco sour </emphasis>al estilo de mi amigo el pintor Coss�o para que se entonasen desde el principio y se olvidaran de las matem�ticas, pero como no quedaba pisco, tuvimos que hacerlo con ron. No est� mal la variante. En realidad, le da un toque m�s suave y, si es blanco, no se sube a la cabeza. Sin embargo, hay un pero. Coss�o dec�a que cambiar la receta del pisco <emphasis>tambi�n </emphasis>da mala suerte. Ni lo pens� en ese momento y le dije al mucamo que pusiera raci�n doble de licor. Era una de esas noches de bochorno al principio del verano, siempre tan agobiantes en Madrid. Cualquier d�a vamos a tener que instalar uno de esos aparatos de aire acondicionado nuevos que han salido, porque el sal�n se pone como una estufa. Como es habitual en estas circunstancias, Luis aprovech� para recordarme lo bien que estar�amos en una casa con jard�n a las afueras de la ciudad, donde la temperatura es mucho m�s soportable en esta �poca del a�o.</p><p>Empez� a llegar la gente.</p><p>��Ay, Bimba querida, qu� vestido amarillo tan divino llevas. Te queda ideal. Seguro que es de Givenchy.</p><p>Amarillo. Se me hab�a olvidado que el traje que Paquita, la costurera, me hab�a terminado esa misma tarde era del color que actores y toreros consideran de mal fario.</p><p>De repente, una imprevista r�faga de viento abri� una ventana de par en par. <emphasis>�Cras!, </emphasis>un ruido de vidrios rotos. Hab�a barrido la foto de mam� y el cristal hab�a estallado en pedazos.</p><p>��Parece que amenaza tormenta -se limit� a decir Luis mientras cerraba.</p><p>Yo ya estaba hist�rica, as� que me tom� otro <emphasis>ron sour </emphasis>de un trago y me qued� pensando si al beber tantas copas de este brebaje no estar�a alimentando mi mala suerte. Por las dudas, le ped� un vaso de agua a Miguel �ngel. Cuando me lo trajo, vi que �l sudaba profusamente.</p><p>���Le pasa algo? -le pregunt�.</p><p>��No, se�ora, es que hace mucho calor -me contest�.</p><p>Es verdad que segu�a haciendo mucho calor. Me acerqu� a la ventana y la abr� un poco con cuidado, no fuera que al cabo de un rato alguien cayera redondo de una lipotimia. Miguel �ngel segu�a sirviendo copas, pero lo cierto es que esta noche la animaci�n no acababa de llegar. La gente estaba como retra�da y la conversaci�n no arrancaba. Deb�a de ser el bochorno o algo as�. S�lo hablaba el est�pido de Pepe J., que no paraba de contar chistes de mal gusto. A continuaci�n empez� a hacer imitaciones de do�a Carmen Polo y de la mujer del ministro Castiella, pero tampoco aquello tuvo muy buena acogida. Alguno se re�a, pero en general las caras eran bastante largas hasta que Juanito F. tuvo que decirle a Pepe que las bromas sobre se�oras no eran para hacerlas en casas decentes. Se hizo un silencio bastante inc�modo que no pude romper con un par de bobadas que solt�.</p><p>Afortunadamente en ese momento Miguel �ngel nos llam� a la mesa. Cuando pas�bamos al comedor le pregunt� si estaba mejor y me dijo que s�, aunque segu�a con mala cara. Ten�a amarillo hasta el blanco de los ojos.</p><p>La mesa estaba divina, llena de flores, arreglada de forma que no se notara que �ramos el n�mero fat�dico. Yo esperaba el siguiente desastre, pero la mousse de berenjenas que hab�amos preparado de primero gust� mucho y la conversaci�n por fin empez� a remontar con no s� qu� tonter�a del festival de Eurovisi�n, que est� muy de actualidad aunque yo no me entero de casi nada porque no tenemos tele.</p><p>En ese momento entr� Miguel �ngel con el segundo plato, y se qued� parado un instante en el quicio de la puerta con una expresi�n desencajada. De pronto, dio un golpe con la mano libre contra la pared como buscando apoyo, y tras derribar un candelabro que hab�a sobre una repisa y tambale�ndose se volvi� a la cocina. Todos nos quedamos helados y a una de las se�oras se le escap� un gritito. A continuaci�n o�mos un estr�pito terrible y un golpe sordo, como si hubiese ca�do un fardo. Luis y yo nos levantamos y corrimos hacia all�; en el <emphasis>office </emphasis>encontramos al mayordomo tirado en el suelo y los pollitos rellenos escurri�ndose por la pared. Lo zarandeamos, pero no reaccionaba.</p><p>Le dije a la cocinera que se llevase de all� a los ni�os, que, como siempre que hay recepci�n, se hab�an quedado en la cocina a comer las sobras. Por suerte, hab�a un m�dico entre los invitados, pero de nada sirvieron sus maniobras de reanimaci�n. Le tom� el pulso a Miguel �ngel. Estaba muerto. As�, de repente. Como si le hubiese ca�do un rayo.</p><p>Todav�a no puedo creerlo, un hombre joven, delante de nuestros propios ojos. Es verdad que parec�a un poco indispuesto, pero no entiendo c�mo no dijo nada. Quiz� yo deber�a haberme dado cuenta. Quiz� tendr�a que haberle dicho algo cuando lo vi tan amarillo. Todo lo que ha pasado es muy triste. Apenas cuarenta y cinco a�os, pobre Miguel �ngel. Ahora lo que me preocupa es c�mo puede haberle afectado a los chicos. Mercedes estaba de lo m�s impresionada porque vio el momento en que se llevaba la mano al pecho y ca�a fulminado. Gervasio cree que ha sido un asesinato. Como Miguel �ngel era diab�tico, est� convencido de que le han cambiado el contenido del �frasquito con el que se pinchaba�. El m�dico dice que es un caso claro de ataque al coraz�n.</p><p>Luis se ha ido con la ambulancia. Yo estoy agotada. Deber�a dormir, pero cierro los ojos y veo c�mo se llevan al pobre hombre tapado con una s�bana. Tambi�n veo la cara de Miguel �ngel cuando el dichoso marqu�s de Araciel le dijo: �Lo siento. Usted no tiene futuro�. Y por �ltimo veo los pollitos rellenos escurri�ndose por la pared de azulejos amarillos. Como mi vestido, precisamente amarillo. Precisamente TRECE pollitos rellenos.</p><p>Para no invocar el mal fario, en mi cuaderno no voy a apuntar la receta de los pollitos rellenos, pero s� la del <emphasis>pisco sour, </emphasis>que es deliciosa.</p><empty-line/><p>PISCO SOUR</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p>3 <emphasis>partes de pisco</emphasis></p><p><emphasis>1 parte de zumo de lim�n exprimido en el momento</emphasis></p><p><emphasis>az�car al gusto</emphasis></p><p><emphasis>1 clara de huevo</emphasis></p><p><emphasis>hielo</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>Mezclar el pisco, el zumo de lim�n y el az�car. Probar y rectificar de az�car. A�adir el hielo y batir en una licuadora para que el hielo quede <strong><emphasis>pil�. </emphasis></strong>En el �ltimo momento agregar una clara de huevo y seguir batiendo. La variante con ron queda mejor con ron blanco, pero cuidado, hay quien dice que da mal fario.</p><empty-line/><p><strong>EL AMOR EN LOS TIEMPOS DE FRANCO (II)</strong></p><empty-line/><p>Fueron pasando los a�os, el 68, el 69� Mis hermanos y yo crec�amos y cambi�bamos de colegio. Al principio, los cuatro �bamos al Instituto Brit�nico pero, en aquel entonces, este colegio s�lo llegaba hasta los catorce a�os. Al cumplir esa edad mis padres me mandaron a Santa Mar�a del Camino, sin embargo, no me adapt� demasiado bien. A pesar de que conservo de aquella �poca varias amigas, como estudiante fui un desastre. A�n guardo mi libreta de notas de entonces y, con ella en la mano, seguro que ni el marqu�s de Araciel hubiera podido adivinar que mi futuro iba a ser otra cosa que catastr�fico. V�ase una muestra: matem�ticas, 1,7; lengua, 2,5; literatura, 1,3, y as�. Uno de estos d�as voy a enmarcar todo esto junto con la portada de alguna de mis novelas traducidas al chino, por ejemplo, para que se vea de qu� bajuras vengo. Por supuesto no era culpa del colegio, cada ni�o se adapta bien a unos y mal a otros, pero lo cierto es que yo supliqu� a mis padres que me sacaran de all�. Por aquel entonces, ten�a catorce a�os, ya era irredenta lectora, aunque no precisamente de <emphasis>improving books, </emphasis>como dicen los ingleses, sino de novelas rom�nticas y, sobre todo de los libros de Enid Blyton. Me encantaban las historias de las mellizas y devoraba sus aventuras en <emphasis>Torres de Mallory, Las mellizas en Sarita Clara, </emphasis>y toda la colecci�n. Por eso, aunque yo nunca hab�a ido a colegio de monjas, imagin� que si me mandaban interna a Inglaterra iba ser mucho m�s feliz y despu�s de muchas s�plicas consegu� que me apuntaran a un convento llamado St Juliana's. All� no s�lo empec� a sacar mejores notas, sino que consegu� superar bastante mi inveterada timidez. Dos a�os m�s tarde, cuando ya est�bamos las tres hermanas en St Juliana's, me volv� hippy. Bueno, no exactamente hippy por las costumbres, pero s� por la vestimenta, algo que, en la Espa�a de aquella �poca, cantaba bastante. Como todos los t�midos que tienen su punto de exhibicionismo y acaban sobreactuando de forma estrepitosa, yo me paseaba por Madrid de la siguiente guisa: minifalda min�scula, gafas de sol enormes tras las que se escond�an unas largu�simas pesta�as postizas y unas pequitas falsas pintadas con l�piz negro y, coronando todo aquello, una peluca pelirroja. En resumen, y para que se hagan una idea, era una versi�n <emphasis>fashion </emphasis>de Pipi Calzaslargas.</p><p>Eran los tiempos de <emphasis>Rain &amp; Tears, </emphasis>de <emphasis>Je t'aime, moi non plus, </emphasis>de <emphasis>Hey, Jude. </emphasis>Eran tambi�n los tiempos de los guateques en los que, seg�n se contaba, los chicos echaban en la bebida de las chicas una sustancia misteriosa llamada clorhidrato de yumbina o una centramina cuyos efectos, si he de ser sincera, jam�s not�. El guateque, que sol�a tener lugar en casas particulares, empezaba de lo m�s formal, con los chicos a un lado y las chicas a otro. Poco a poco, con yumbina o sin yumbina, las luces bajaban de intensidad de modo que, para cuando empezaban a sonar los �lentos� tipo <emphasis>Michelle </emphasis>o aquella canci�n de V�ctor Manuel que a m� me encantaba, <emphasis>Quiero abrazarte tanto, </emphasis>las distancias se hab�an acortado. Ya todos bailaban agarrados, los chicos intentando acariciar la nuca de su pareja (esto tambi�n se supone que era muy excitante), mientras a las chicas nos tocaba hacernos las estrechas. No hab�a m�s remedio que adoptar esta actitud porque siempre hab�a cinco o seis harp�as cerca que, a falta de pareja, se dedicaban a vigilar a las frescas que hab�an conseguido pollo. (Huelga decir que en este caso no hablo de nada culinario sino de un chico, que as� se les llamaba, sobre todo en algunos c�rculos selectos.)</p><p>La verdad es que entonces el asunto del ligue era bastante complicado, en especial para los chicos, y se prestaba a momentos embarazosos. No me refiero, claro est�, a situaciones realmente delicadas como proponerle a alguien la aventurita de una noche, eso ni se planteaba, sino a cosas bastante normales que pod�an llegar a provocar muchos sudores fr�os. Por ejemplo, estas dos angustiosas preguntas:</p><p>���En qu� momento puedo cogerle la mano a Piluca?</p><p>���Cu�ntos cubalibres tendr� que tomarme para atreverme a darle un beso a Roc�o?</p><p>Las relaciones estaban entonces condicionadas por las formas, por lo que est� bien y lo que no, por lo que se dec�a y por lo que se callaba y, en ese sentido, es necesario rese�ar lo �til que resultaban los eufemismos. Cualquier cosa que se quisiera decir hab�a que rebajarla dos o tres tonos para que �entrara mejor�. He aqu� un ejemplo de tan socorrido recurso.</p><p>Cuando un chico dec�a: �Oye, �sabes que no est�s nada mal?�, en realidad quer�a decir: ��C�mo me gustas, Beatriz!�.</p><p>Cuando dec�a: ��C�mo me gustas, Beatriz!�, en realidad quer�a decir: �C�mo me gustar�a poder�, en fin, t� ya me entiendes�.</p><p>Cuando dec�a: �C�mo me gustar�a�, en fin, t� ya me entiendes�, en realidad quer�a decir ��Por qu� no vamos a mi casa? Mis padres est�n fuera y la muchacha es sorda como una tapia�.</p><p>No obstante, esta �ltima frase casi nunca se llegaba a o�r entera, pues era preceptivo que Beatriz la silenciara con una sonora bofetada o, mejor a�n, con un <emphasis>uppercut </emphasis>en la mand�bula.</p><p>Pas� el <emphasis>69, </emphasis>llegaron los setenta�</p><p>Para entonces, la moral y los <emphasis>uppercuts </emphasis>en la mand�bula segu�an estando vigentes, pero se empezaba a notar cierto cambio. El m�s notable de todos era el uso cada vez mayor de otro t�rmino deportivo menos pugil�stico que el <emphasis>uppercut, </emphasis>aunque requer�a t�cnica, habilidad, malicia� Me refiero al penalti. Las ni�as de los setenta segu�an haci�ndose las estrechas, sin embargo, a veces, oh milagro, quedaban embarazadas. Era aquel patinazo una forma un tanto riesgosa de conseguir marido, pero el caso es que funcionaba. Ante el esc�ndalo, ante el desdoro y el deshonor, los padres de ella llamaban a los padres de �l (por lo general se conoc�an y, seg�n se ha visto en el cap�tulo <emphasis>Strangers in the night, </emphasis>posiblemente tambi�n se conoc�an desde el punto de vista b�blico) y arreglaban la boda. �sta se celebraba con cierta premura, siempre por todo lo alto, y al cabo de unos meses nac�a un robusto ni�o sietemesino de cinco kilos. Al beb� sol�an llamarlo �el dedos� porque todo el mundo al mencionarlo hac�a cuentas con los �dem y, por supuesto, no sal�an. Pero muy pronto pasaba a ser llamado por su propio nombre, pues nac�a otro �dedos� que reclamaba el ingenioso apelativo.</p><p>Tambi�n hay que decir, para que se note c�mo han cambiado los tiempos, que en mi �poca todos nos cas�bamos muy j�venes. No tanto como yo, que lo hice a los diecinueve (aclaro que lo m�o no fue de penalti), aunque s� antes de los treinta. De hecho, hab�a un cierto agobio si uno -o mejor dicho, una- se acercaba a la fat�dica cifra de los veintinueve sin pareja, porque corr�a grave riesgo de quedar para vestir santos. Algo que todav�a aterraba a esas chicas m�s modernas que sus madres pero que no hab�an superado a�n los temores de siempre.</p></section><section><title><p>NUITES BLANCHES</p></title><p>Verano de 1971. Hemos alquilado casa en Mar bella. Mientras los ni�os fueron chicos, hab�amos ido a Austria y despu�s, cuando las chicas se hicieron mayores, cambiamos a Zarauz, donde hab�a mucha gente de su edad. A m� me encantaba Zarauz, con esa playa tan maravillosa, ese paseo mar�timo flanqueado por mansiones se�oriales tan parecidas a las del Prado de Montevideo (aunque nosotros siempre alquil�bamos un apartamento chiquito en el que casi no cab�amos) y con esa cocina que es para volverse locos. All�, nosotros, que venimos del pa�s de la carne, nos hicimos adictos a la merluza frita (menos Mercedes, que sigue sin comer nada, como siempre). Yo estaba encantada porque, mientras las chicas no paraban, nosotros ten�amos una vida social muy relajada y pod�amos descansar del frenes� de Madrid. Sin embargo, el �ltimo a�o el ambiente estaba enrarecido por las amenazas de ETA y adem�s surgi� el tema de las drogas. A m� esta cuesti�n me ten�a muy preocupada porque, aunque el control policial en la Espa�a de Franco es muy fuerte para lo malo y tambi�n para lo bueno, dec�an que a algunos chicos sus padres los hab�an sorprendido fumando cosas raras. Debe de ser la influencia de los hippies de Estados Unidos porque en Zarauz tambi�n se hace mucho surf y aparentemente una cosa tiene que ver con la otra pero, en fin, qu� s� yo. No entiendo muy bien qu� tiene que ver una actividad saludable como un deporte (aunque no s� si deslizarse sobre las olas en una tabla de planchar se puede considerar un deporte) con el consumo de sustancias alucin�genas. Sea como fuere, lo que m�s me preocupa, como no s� nada del tema, es la posibilidad de tener a mis cuatro hijos drog�ndose delante de mi cara y yo sin darme cuenta. Deber�a consultar con alguien, pero no se me ocurre con qui�n. Aunque nadie parece tener mucha informaci�n, como suele ser habitual en los espa�oles, cuando les preguntas son incapaces de decir que no saben y te cuentan las cosas m�s absurdas. El otro d�a alguien me dijo que hab�a drogas �que se met�an por la nariz! Con todas estas pavadas me dejan la cabeza como un sonajero.</p><p>Afortunadamente, parece que en Marbella no hay esos problemas. Es un pueblo chico, lind�simo, al lado del mar, lleno casitas blancas, mucho m�s agradable que Torremolinos (la primera opci�n que barajamos), donde han construido un mont�n de torres enormes y fe�simas. Adem�s, hay una mezcla muy divertida de gente, con muchos amigos nuestros de Madrid y muchos extranjeros famosos que han venido atra�dos por un hotelito muy mono que puso hace unos a�os el pr�ncipe Alfonso de Hohenlohe. El pr�ncipe es un hombre encantador que habla espa�ol como t� y como yo porque naci� en Madrid (su padrino fue Alfonso XIII). Ha vivido en todas partes y tiene amigos en toda la <emphasis>high society </emphasis>europea y americana. Ac� se juntan desde miembros de la realeza (mayoritariamente destronados, eso s�, como, en su momento, Wallis y Eduardo de Inglaterra), hasta toreros como Luis Miguel Domingu�n o artistas de cine. Siempre hay sorpresas y cuando uno va a una fiesta nunca sabe con qui�n se va a encontrar.</p><p>O c�mo va a acabar la noche, y eso es precisamente lo que voy a contar.</p><p>Como Marbella es m�s barato que Zarauz, hemos podido alquilar una linda casita rodeada de buganvillas y con jard�n. Estamos encantados, especialmente Gervasio, que se ha mudado a una tienda de campa�a que le regal� su padre y lleva durmiendo a la intemperie desde que llegamos. A m� esto me pone hist�rica porque se ha escapado de la c�rcel un bandido tremendo que se llama el Lute y dicen que anda suelto por ac�, pero al ni�o no hay forma de sacarlo de la carpa.</p><p>Por otro lado, no s� si casi es mejor que no entre en casa porque alguien le ha dicho que los sapos estallan si les pones sal encima y, como el jard�n est� lleno de batracios, me lo deja todo perdido de regueros de sal. Espero que no consiga hacer estallar a uno de esos pobres animalitos y dejar el <emphasis>living </emphasis>en la miseria, lleno de v�sceras, porque lo mato.</p><p>Pero yo tengo una preocupaci�n m�s seria que los sapos y los bandoleros, y es que Carmen tiene un festejante. Esto no deber�a ser tan raro, porque el Bichejo est� a punto de cumplir diecisiete a�os y est� mucho m�s mona �ltimamente. El problema es que el �muchacho� en cuesti�n tiene �cerca de cuarenta! Yo estoy de lo m�s preocupada, aunque intento hacer como que no me importa, porque a estas cosas es mejor no oponerse. A estas edades s�lo consigue uno que las chicas crean que est�n viviendo la rom�ntica oposici�n familiar modelo <emphasis>Orgullo y prejuicio </emphasis>y les d� por hacer cualquier locura. Adem�s, esta ni�a es tan independiente que no se le puede decir nada. Ella asegura que s�lo es �un amigo�, pero el caso es que se ven casi todos los d�as. Los que m�s indignados est�n son Dolores y Gervasio. Dicen que bajo ning�n concepto quieren a semejante viejo en casa. Cuando E, el festejante, viene a buscar a Carmen, por la noche siempre le tienen preparada alguna encerrona. El otro d�a F. se present� con un impecable blazer cruzado y unos pantalones blancos y los chicos le tiraron globos llenos de agua te�ida de mercromina desde el tejado. Ayer lo recibieron con unas largas ca�as que blandieron contra �l como si estuvieran en un torneo medieval y casi le sacan un ojo. Voy a tener que atarlos a la hora que viene este pobre hombre. Por mucho que rezongo no hay forma de que lo dejen en paz. No s� qu� va a pensar de esta familia. Aunque, la verdad, es que no s� qu� estar� pensando la mayor�a de los veraneantes de Marbella de nosotros despu�s de lo que pas� el otro d�a�</p><p>Resulta que nos invitaron a una fiesta en casa de Alicia V. Ten�amos que ir todos de blanco. La casa estaba divina, decorada de arriba abajo con flores blancas; el eje tem�tico de la comida tambi�n era el blanco (salchichitas blancas, gambas blancas de Huelva, rollitos de ternera blanca, bacalao a la salsa blanca, <emphasis>risotto </emphasis>a la trufa blanca, etc�tera) y la bebida tambi�n era toda blanca. Bueno, dejemos ese siniestro episodio para m�s adelante�</p><p>La fiesta empez� de maravilla. La casa (blanca) est� frente al mar y el jard�n llega justo al borde de la arena, donde hab�a unas barcas de pescadores, iluminadas a�n por la puesta de sol, y que esperaban la faena del d�a siguiente, todo parec�a un decorado. En medio del jard�n, la enorme piscina cubierta de flores (blancas) estaba rodeada de velitas (blancas). Aqu�lla parec�a una reuni�n de una macumba de Salvador de Bah�a: era un mar de t�nicas, turbantes, sombreros blancos, claro, que se agitaban al ritmo de una m�sica americana infernal (yo la verdad es que a los Beatles los toleraba, pero lo de ahora empieza a ser demasiado, que me saquen a todos esos melenudos y me devuelvan a mi Frank Sinatra de toda la vida, por favor). Los camareros, perfectamente uniformados (�de qu� color, que no me acuerdo?), pasaban con unas enormes bandejas llenas de un brebaje (de cuyo color no quiero acordarme).</p><p>���Tomad uno e-n-s-e-g-u-i-d-a! -nos recibi� la anfitriona mientras nos pon�a a Luis y a m� un vaso en la mano-. Es leche de pantera, una bebida que les dan a los soldados en la Legi�n Extranjera. �Es fant�stica! As� os animar�is y os olvid�is de que Carmen est� por ah� con un gal�n que casi le triplica la edad -dijo con un gui�o malicioso.</p><p>�En mala hora le confi� esta historia a Alicia�, pens� mientras le daba un largo trago al mejunje. Estaba muy dulce pero bastante rico. Entramos en esa vor�gine blanca. All� estaba el <emphasis>tout </emphasis>Marbella: en una esquina Fulgencio Batista, ex dictador de Cuba, se fumaba un impresionante cigarro (�habano?). A su lado Niarchos (que tiene el inmenso yate que se ha construido para dejar el <emphasis>Christina, </emphasis>de Onassis, como una barca de remos anclado fuera del puerto porque no cabe) bailaba con una rubia que se parece much�simo a su ex esposa, Tina Livanos (que, sospechosamente, tambi�n estuvo casada con Onassis, todo muy griego, muy incestuoso). M�s all�, Luis Miguel Domingu�n le ense�aba a hacer una chicuelina a Deborah Kerr con su chal. Ella se re�a, no encantadoramente como en sus pel�culas, sino a grandes carcajadas. Como es habitual, Luis se par� a hablar con el se�or, que ten�a pinta de ser el m�s aburrido de toda la fiesta. Por lo visto, es el ministro de Comercio. Y empezaron inmediatamente a hablar del d�ficit y de la balanza de pagos. Yo, como no estaba de humor para esas cosas, decid� cazar al vuelo otra leche de pantera que un camarero paseaba en volandas. Empezaba a aburrirme como una ostra y para colmo no ve�a a ning�n amigo cerca cuando me agarran del brazo por detr�s.</p><p>��Me parece que no te conozco. D�jame que me presente -dijo.</p><p>No hac�a falta que se presentase. Con ese bigote y esa perilla, con ese mon�culo en el ojo, con ese aspecto de haberse ca�do de un cuadro de Vel�zquez, s�lo pod�a tratarse de Jaime de Mora y Arag�n, el famoso Jimmy, el hermano d�scolo de la reina Fabiola de B�lgica. Por supuesto, hab�a o�do hablar mucho de �l y result� ser un tipo absolutamente encantador, como suelen serlo todos los vividores (debe de haber ministros de Comercio encantadores, pero ahora mismo no me viene ninguno a la memoria).</p><p>��Me imagino que te habr�n contado muchas cosas sobre m� y pocas buenas -me dijo muy serio mientras se ajustaba el mon�culo-. Yo he llegado a o�r las mayores barbaridades, ni te imaginas. Hace unos a�os me contaron de m� mismo la siguiente historia: dicen esas mentes peque�as que hace unos a�os yo estaba en un apurillo de dinero (siempre dicen que estoy mal de dinero) y que, como no sab�a salir de �l, se me ocurri� echar mano de una t�a abuela muy mayor. O m�s bien de algunas frusler�as suyas. Aprovechando que ella estaba en San Sebasti�n de veraneo y enga�ando al viejo criado que quedaba de guardia, me hab�a hecho con las llaves de su palacete. Dicen que a solas en aquel enorme caser�n abr� las contraventanas para que entrara esa luz apabullante del mes de agosto. Todo estaba cuidadosamente cubierto con s�banas, como si la t�a se hubiese ido tres a�os a Pernambuco en vez de tres meses a la Concha. Yo adoraba a mi t�a, era una mujer soberbia, de esas viejecitas exc�ntricas de las que ya no quedan. El caso es que yo, supuestamente, empec� a quitar las lonas a los cuadros y me puse a contemplar aquellas maravillas. T�a Charito ten�a una fabulosa colecci�n: Vel�zquez, el Greco, Rubens. Dicen que despu�s de mucho pens�rmelo me llev� un Goya de tama�o medio, un san Francisco concretamente, f�cil de transportar. Supuestamente se lo llev� a un amigo que era un pintor fabuloso pero que no ten�a d�nde caerse muerto, como yo. En dos semanas ten�amos una copia perfecta, perfectamente envejecida, del Goya. Entonces yo�</p><p>Mientras Jimmy segu�a cont�ndome la historia de su calumnia dio un trago a su leche de pantera, arrug� la nariz y sac� una copa de whisky de detr�s de un arbusto. Yo, por mi parte, le di otro trago a mi pantera.</p><p>��Deja ese brebaje que te va a matar. Alicia tiene m�s peligro que un miura en los sanfermines. Anda, t�mate una bebida de verdad -me dijo sacando otra copa, una hielera y una botella del mismo escondrijo-. Como te estaba contando, dicen que colgu� la copia en casa de mi adorada t�a y que me llev� el original a Nueva York, donde un marchante se aprovech�, algo al menos, de mi ingenuidad. Siguen diciendo que al cabo de unos a�os, cuando muri� t�a Charito, el d�a que se abr�a su testamento yo estaba muy nervioso porque su fortuna era colosal y pod�a sacarme de muchos apuros. Supuestamente, cuando llegaron a mi parte, result� que la buena se�ora me hab�a dejado� �el mismo Goya que yo hab�a copiado y vuelto a colgar en su casa! �Fig�rate qu� historia! �Hace falta imaginaci�n para inventar algo as� sobre m�! �Qu� barbaridad! �Qu� mala es la gente!</p><p>��S� �qu� barbaridad! -dije yo toda compungida.</p><p>Jimmy se qued� en silencio un momento.</p><p>��Lo malo es que toda la historia es rigurosamente cierta. De la primera palabra a la �ltima. �La vieja me dej� justo la copia! �Hay que ver qu� punter�a tuvo!</p><p>Yo casi me muero de la risa. Luego fuimos hasta un piano de cola que hab�a en el sal�n y �l empez� a tocar. Lo hac�a casi como un profesional. Parece ser que durante una �poca se gan� la vida tocando en los <emphasis>night clubs. </emphasis>Yo estaba divertid�sima con todo esto, pero la verdad es que llevaba toda la noche sin ver a Luis. Empec� a buscarlo por un lado y por otro hasta que lo encontr� en la pista de baile. Algo raro deb�a de estar pasando porque �l s�lo sale a bailar en condiciones excepcionales y de gran alarma social. Lo sorprend� con la cabeza literalmente enterrada dentro del escote de una mujer con muchas curvas, con un gran mo�o. Cuando se gir� hacia donde yo estaba, la reconoc� de inmediato. Era la ex emperatriz Soraya.</p><p>��Parece que tu marido va camino de enemistarse con el gobierno del sha de Persia -dijo Jimmy. Hab�a acabado de tocar el piano y ahora se ajustaba una flor (blanca) en el ojal de su chaqueta (blanca)-. Es una mujer encantadora pero, la verdad, a m� me da un poco de repel�s con esos ojos tan grandes y tan tristes. Yo, de todas maneras, no me preocupar�a demasiado si fuera t�. Ya sabes lo que dicen de ella.</p><p>���A qu� te refieres?</p><p>��Dicen por ah� que la verdadera raz�n por la que no pod�a tener hijos y por la que la repudi� el sha es porque�, c�mo te lo explicar�a, porque, aunque parece una mujer, en realidad es un hombre.</p><p>���C�mo? -casi grit� yo mirando el escotazo de aquella mujer.</p><p>��Pues que en realidad es las dos cosas, un hombre y una mujer, uno de esos extra�os casos en que plegados dentro de su�, en fin, t� ya sabes, tiene tambi�n los atributos de un hombre. Hermafrodita, querida.</p><p>A m�, la verdad es que me daba igual lo que aquel ser tuviera plegado dentro, as� que me acerqu� a la pista y agarr� a Luis por un brazo.</p><p>��<emphasis>Excuse moi. Je me le porte, je suis fatigue </emphasis>-le dije a la ex emperatriz, que me mir� con los ojos tristes de los que todos hablan, aunque no s� si esta vez era porque la hab�a dejado sin su entregado compa�ero de baile.</p><p>Saqu� como pude a Luis de la pista. Estaba completamente borracho, cosa extraordinaria de verdad, porque no suele pasarle nunca. Es m�s, no lo recordaba en semejante estado desde que era estudiante.</p><p>��Es la leche de pantera, es la leche de pantera -balbuceaba por toda defensa.</p><p>Deb�a ser de verdad culpa de aquel l�quido maldito porque a esas alturas la fiesta era una terrible bacanal.</p><p>Domingu�n ahora toreaba a dos canadienses que se hab�an ca�do antes a la piscina y se les transparentaba todo por debajo del vestido; Ornar Sharif (al que yo no hab�a visto hasta entonces) estaba subido en una silla y, con una corona de laurel en la cabeza, hac�a que tocaba la lira; m�s all�, unas se�oras muy serias arrancaban las flores de Alicia y se las arrojaban en se�al de homenaje, mientras un par de viejos marqueses practicaban su <emphasis>swing </emphasis>y tiraban bolas de golf a la casa de al lado con un palo que hab�an sacado de no s� d�nde.</p><p>Arrastr�ndolo, consegu� llevarme a Luis hasta el coche.</p><p>���Est�s bien para manejar?</p><p>��S�, seguro, este aire me est� despejando -dijo el muy majadero.</p><p>Nos sentamos en el coche. Luis arranc� muy serio, quiso echar marcha atr�s pero se equivoc�. El auto sali� disparado hacia delante y, despu�s de derribar un peque�o seto, una mesa con bebidas y una sombrilla, amerizamos en la piscina.</p><p>Sin palabras. No puedo describir la sensaci�n mezcla de miedo, verg�enza e ira que ten�a mientras el coche se iba hundiendo con nosotros dentro. Por suerte, no hab�a nadie en la piscina en ese momento, y cuando conseguimos salir, all� estaban todos los invitados dedic�ndonos una estruendosa ovaci�n, incluidos los anfitriones, que -por suerte- hab�an ingerido generosas cantidades de su propio brebaje. Completamente empapada y con el pelo hecho un aut�ntico asco, me llevaron a la casa, donde me permitieron ducharme y me dieron ropa seca. �Incluso quer�an que nos qued�ramos en la fiesta para seguir la juerga! Menos mal que encontramos a unos voluntarios que nos llevaron a casa.</p><p>Esta ma�ana (y ya han pasado cuatro d�as), cuando les serv�a la leche a los ni�os todav�a me daban escalofr�os. �Me parec�a id�ntica a la mort�fera leche de pantera!</p><p>Al d�a siguiente, cuando fuimos con la gr�a a rescatar el coche, le ped� a Alicia la receta de su brebaje maldito, por si en alguna ocasi�n tuviera que organizar una cena diplom�tica con el objetivo de desencadenar un conflicto armado y, sobre todo, para asegurarme de que no nos hubieran puesto en el brebaje una de esas drogas de las que tanto hablan ahora (es que una ya no puede fiarse ni de sus mejores amigas).</p><empty-line/><p>LECHE DE PANTERA</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p><emphasis>1 botella de ginebra</emphasis></p><p><emphasis>125 ce de co�ac</emphasis></p><p><emphasis>1 lata peque�a de leche condensada</emphasis></p><p><emphasis>canela</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>Poner en una batidora la ginebra, el co�ac y la leche condensada durante un minuto a velocidad r�pida.</p><p>Servir en copas de martini y espolvorear con canela.</p><empty-line/><p><strong>BODA �REAL?</strong></p><empty-line/><p>��Mira vos -me dijo Luis ense��ndome un sobre color hueso lleno de escudos-. Al final don Alfonso nos invita.</p><p>No puedo negar que me sent� aliviada. El pa�s entero estaba en vilo con esta boda. Desde hac�a semanas no se hablaba de otra cosa. Que si Dal� le ha regalado a la novia un retrato suyo montada a caballo y vestida con ropa semitransparente; que qui�n va a hacer el traje de la novia; que qu� va a pasar cuando se encuentren los padres del novio, que est�n divorciados desde hace a�ares y no se hablan; que c�mo les sentar� todo esto a don Juan y a don Juan Carlos, y cosas por el estilo.</p><p>Pero pasaba el tiempo y nosotros no recib�amos la invitaci�n. Con don Alfonso hemos coincidido en muchos sitios durante estos a�os y se ha ido creando una buena amistad, sin embargo, me tem�a que, ante la dimensi�n del acontecimiento y la cantidad de compromisos que supon�a, no se acordara de nosotros. Con la invitaci�n en la mano me sent�a como en el centro de la actualidad, porque adem�s no hab�an invitado a casi ning�n embajador destinado en Madrid. Hubiese sido una pena perdernos una boda como �sta faltando tan poco para irnos de Madrid. La uni�n de la familia Franco con los Borbones, un verdadero acontecimiento.</p><p>��Yo me pregunto qu� consecuencias pol�ticas traer� -dijo Luis mientras miraba el tarjet�n, porque �l todo lo analiza desde el prisma de la pol�tica.</p><p>Pero a m�, la verdad, lo que menos me interesaba en ese momento era la adivinaci�n del futuro pol�tico. Demasiado ocupada estaba yo en repasar mentalmente mi ropero de arriba abajo.</p><p>��Por lo que me han dicho, hay fuertes presiones del entorno de do�a Carmen para que Franco revierta la designaci�n de don Juan Carlos y nombre sucesor a don Alfonso. Y claro, �a qu� abuela no le gustar�a ver a su nieta coronada reina, aunque sea a la muerte de su marido?</p><p>�Mantilla no me voy a poner para parecer m�s espa�ola que las espa�olas. L�stima, porque queda tan linda� La pamela tampoco parece muy indicada�, pensaba yo repasando la balda superior, donde guardo los sombreros.</p><p>��Claro, y detr�s de do�a Carmen est� el bloque m�s inmovilista del r�gimen, los que desconf�an del pr�ncipe por ser hijo de don Juan, un mas�n peligroso para ellos.</p><p>�El amarillo no, que me lo puse hace poco para el casamiento de los J. El gris perla lo veo demasiado serio� El verde est� un poco demod�.� (Ahora iba por los percheros de la derecha).</p><p>��La verdad es que parece que don Alfonso es m�s afecto que el pr�ncipe a la persona de Franco. Seguro que ya habr� quien le haga ver al General la conveniencia de un sucesor que pueda ser m�s fiel a su memoria. Tambi�n alguien que ellos puedan manejar mejor.</p><p>��Qu� espanto! No me sirve ninguno de los zapatos que tengo. Tendr� que comprarme otros. �C�mo se llamaba esa tienda tan buena de la calle Serrano?�</p><p>��Lo curioso es que por lo visto ha habido muchas fricciones entre los futuros suegro y yerno por temas de protocolo. �Te acord�s de cuando los invitamos a los dos a cenar y un par de amigos de Villaverde me llamaron para que lo pusiera a �l en el lugar de honor en vez de a don Alfonso, que era a quien le correspond�a por rango, con el argumento de �todo lo que ha hecho Franco por Espa�a�? Esta situaci�n s� que se ha repetido en otras casas aunque, afortunadamente, Alfonso se port� siempre como un caballero y no organiz� ning�n esc�ndalo.</p><p>��Una estola de vis�n ser� demasiado? �O demasiado poco? Quiz�s esa capa tan mona que me compr� el otro d�a��</p><p>��Pero esta chica es tan joven. Yo estaba convencido de que �l se acabar�a casando con esa novia que ten�a hace tantos a�os� Mal� Toro, �no?</p><p>��S�, parece un poco disparatado -dije finalmente, emergiendo del segundo caj�n de la izquierda donde buscaba un chai-. Ella tiene veintiuno, creo. Y don Alfonso como treinta y cinco. Bueno, ya sabes que los hombres se vuelven locos por las jovencitas. De todas maneras, cuando lo vimos hace unas semanas estaba radiante de felicidad. Se ve que est� muy enamorado.</p><p>��Por otro lado -intervino Luis-, no s� qu� le habr� visto Carmencita a Alfonso. Es un amor de persona, pero qu� quer�s que te diga, un poco aburrido tambi�n, tan formal, tan poco indicado para una chica joven.</p><p>Ac� empez� la discusi�n.</p><p>��Es verdad -dije yo- que comparado con don Juan Carlos, que es mucho m�s simp�tico y divertido, Alfonso resulta un poco serio, pero es educad�simo y a veces encuentro que tiene chispa. Adem�s, tiene buenas razones para ser un �pr�ncipe triste�. Toda esa historia de su padre, don Jaime, sordomudo y apartado de la sucesi�n, despu�s el divorcio de sus padres, el ninguneo de la gente que piensa que no tiene ninguna opci�n frente a don Juan Carlos�</p><p>��A ti lo que te pasa es que siempre te ha hecho til�n don Alfonso, como dicen ac�.</p><p>Llegado este punto me olvid� completamente del vestuario y empec� a recordarle a Luis los ojitos que le pon�a el otro d�a G. cuando bail�bamos en La Bo�te. La cosa no se complic� m�s porque en aquel momento entr� Gervasio para ense�arnos las notas del colegio y hab�a suspendido tres asignaturas. Si no, no s� d�nde hubiese acabado la discusi�n.</p><p>La cuesti�n fue que el d�a de la boda salimos de casa para reunirnos con nuestros amigos en lo de Villapadierna e ir juntos al Pardo. Todos los se�ores iban elegant�simos con sus fracs y sus condecoraciones. Las se�oras, algunas peores que otras (no se pueden llevar esas aberturas en la falda a una boda, digo yo). Juanito Floridablanca iba de caballero de la Cruz de Malta, con chaqueta colorada y casco lleno de plumas. Como est� gordo, parec�a embutido en el uniforme y ten�a la cara completamente congestionada. Cuando le pregunt� por qu� no hab�a venido de frac como todo el mundo en vez de con el traje de la primera comuni�n (esto �ltimo s�lo lo pens�), me contest� con aire triste:</p><p>��Mujer, es que me hace ilusi�n. Me lo hice hace quince a�os para mi boda, y para una vez que me lo puedo volver a poner�</p><p>Me abstuve de decirle que no estaba tan claro que se lo pudiera poner.</p><p>Guando llegamos al Pardo llov�a. Nos separaron, porque los embajadores, junto a otros invitados especiales, �bamos a la capilla. A los dem�s los mandaban al patio del palacio, que se hab�a entoldado para la ocasi�n. A Luis y a m� nos sentaron al lado del pulpito, con otros cinco o seis embajadores. Delante de nosotros se sentaron los consejeros del Reino. Me choc� ver el contraste entre lo linda que estaba Vicky y lo poco distinguido de su marido, Rodolfo Mart�n Villa. Tambi�n estaban ��igo Oriol y su mujer.</p><p>A la hora designada entr� el General�simo del brazo de Carmencita. Estaba mon�sima; el vestido de Balenciaga me pareci� una maravilla, sencillo y muy bonito. Era de raso, bordado con pedrer�a, y llevaba un tul sujeto con una preciosa diadema de esmeraldas. Dicen las malas lenguas que esta chica, a pesar de ser tan joven, es bastante fr�vola y ha salido con varios. Bueno, qu� importa, estoy segura de que un hombre maduro y tan serio como don Alfonso har� que olvide r�pidamente esas <emphasis>folies de jeunesse. </emphasis>Franco, vestido de capit�n general de la Armada, estaba reducido a la m�s m�nima expresi�n, chiquitito y consumido, aunque se le ve�a contento dentro de lo poco expresivo que es este hombre. Don Alfonso, por su parte, tan estupendo como siempre, con su uniforme de embajador. Me parece que hacen muy buena pareja estos chicos, seguro que les va a ir de cine.</p><p>Por lo que pod�a ver desde donde est�bamos, me pareci� que don Juan Carlos estaba mucho m�s serio de lo normal, lo que es bastante comprensible, dados los rumores que circulan sobre la maniobra de do�a Carmen Polo y Villaverde para que Carmencita sea reina. Su padre, don Juan, no debe de haber asistido por este motivo. Yo no s� si ser� una boda arreglada como dicen muchos, pero insisto en que los novios parecen muy enamorados. No pararon de mirarse con complicidad durante toda la ceremonia. Cuentan que se conocieron en Suecia, donde Alfonso lleva unos meses destinado (�por qu� de todos los sitios del mundo lo habr�n mandado a un pa�s tan fr�o?).</p><p>De la ceremonia en la capilla, oficiada por el cardenal Taranc�n, me acuerdo poco, porque dejaron abierta una de las puertas y hab�a una corriente de aire g�lido que me pegaba en la nuca. No pod�a pensar en otra cosa. A la salida nos encontramos con la reina Federica de Grecia, que llevaba un traje azul el�ctrico bastante poco sentador para mi gusto, y tambi�n con Villaverde que, seg�n me dijo Luis, iba vestido de Caballero del Santo Sepulcro con unas botas de charol por encima de las rodillas. Alicia V., que es una malvada, comentaba luego con mucha gracia que parec�a que iba de domador de circo. Grace Kelly muy mona, s�, pero con un traje casi blanco (dec�an que era asalmonado pero no era cierto). Me sorprendi� la <emphasis>gaffe. </emphasis>Cuando una estrella de Hollywood se convierte en princesa se supone que se aprende bien su papel, y hasta ahora as� lo parec�a. �Ser� que no tiene una asesora de imagen o algo por el estilo (una se�orita de Sampognaro propia en plantilla) que le diga que, al menos en los pa�ses de habla hispana, una invitada a una boda jam�s tiene que vestirse de blanco? Tambi�n vimos a don Jaime, padre del novio. Est� ya muy viejito, encorvado con el peso del Tois�n de Oro, tanto que parec�a que lo llevaba a rastras. La mand�bula larga de los Borbones y ese labio ca�do le daban un aspecto un tanto bobalic�n. Todav�a recuerdo cuando era a�n muy ni�a estar con mis padres en un hotel en Par�s y ver entrar al hombre m�s elegante que yo hab�a visto nunca. Era mayor, pero ten�a una distinci�n y una forma de moverse que ya entonces me dejaron boquiabierta. Irradiaba poder y majestad. Pregunt� al camarero qui�n era aquel personaje.</p><p>��<emphasis>�C'est le roi d'Espagne, mademoiselle! </emphasis>-me contest� con gran reverencia.</p><p>�Hay que ver lo vieja que empiezo a ser! Pensar que este don Jaime es el hijo de aquel espl�ndido Alfonso XIII�</p><p>Despu�s de la ceremonia, nos encaminamos hacia el palacio y pasamos a saludar a nuestros amigos que se hab�an quedado en el patio entoldado. Los pobres estaban tambi�n ateridos por ese viento helado que a menudo baja de la sierra de Madrid y para el que la mayor�a de las se�oras no hab�amos venido preparadas. O mejor dicho, hab�amos venido preparadas para estar lindas, no para alternar con osos polares, pero ya se sabe que las mujeres somos capaces de agarrar una pulmon�a por un <emphasis>decolt�. </emphasis>Cuando subimos al palacio, todo lo que hac�a de fr�o abajo lo hac�a de calor arriba. Aquello era un mar de gente, casi no se pod�a avanzar un mil�metro sin pisar a alguien o sin que te dieran un codazo en las costillas. Dicen que hab�a dos mil personas y eso no hay palacio que lo resista. Hab�an vaciado todas las habitaciones y salones para dejar lugar a los invitados y aun as� el ambiente era dif�cilmente soportable. Estuve un rato charlando con un grupo de se�oras entre las que estaba do�a Sof�a, mientras Luis saludaba al almirante Carrero (siempre tan serio, con esas cejas enormes). La princesa es muy agradable y seria. Siempre que la encuentro est� hablando de arte y los cl�sicos griegos, que son cosas de las que francamente no me apetece hablar en un c�ctel. Tambi�n le encanta la m�sica cl�sica porque como le dijo una vez uno de los jefes de la Casa del General�simo a Luis: �No hay que olvidar que su alteza es bisnieta del Kaiser�. Estando juntas nos sacaron una foto para el <emphasis>�Hola!, </emphasis>y para el <emphasis>Miss o </emphasis>algo parecido. Tendr� que comprarme todas las revistas para bichar los detalles que me habr� perdido y que ^seguro son muchos. Luego estuve hablando con otro grupo de amigas entre las que se comentaba la cantidad de artistas que estaban invitados. Yo vi por lo menos a Lola Flores, Carmen Sevilla, ese cantante nuevo, Julio Iglesias, el tenista de los dientes grandes, toreros. Esto no le parec�a nada bien a muchas de las se�oras elegantonas que hab�a por ah� y lo criticaron durante horas. Seg�n ellas, invitar a �c�micos�, (es la palabra que usaron) a una boda baja la categor�a.</p><p>��Habrase visto, pronto invitar�n tambi�n a los jugadores de f�tbol -dec�a una viejita a la que apenas se le distingu�a la cara bajo la mantilla.</p><p>A los invitados nos distribuyeron en mesas de ocho o diez, excepto a la familia y algunos comensales muy especiales que com�an en otro comedor con las puertas cerradas. Nuestra mesa estaba en el despacho de Franco, aunque hab�an sacado de all� todos los objetos de uso diario. Los compa�eros de mesa que tuvimos no pertenec�an a nuestro grupo, pero eran agradables. Me tocaron a un lado un pr�ncipe que se llamaba Chocot�a, o algo parecido, y al otro el embajador de la Orden de Malta. Se divirtieron comentando c�mo es ser embajador sin pa�s y pr�ncipe sin tierra. Despu�s se habl� mucho de un tema que �ltimamente est� muy de actualidad: las caras de B�lmez. Parece ser que en las paredes de una casa de ese pueblo perdido de C�rdoba han aparecido nadie sabe c�mo unas caras, y que cuando las borran vuelven a aparecer. Adem�s, cuando los investigadores ponen unas grabadoras registran voces de ultratumba.</p><p>��Pues en este despacho se oyen voces de ultratumba todos los d�as y nadie se sorprende -dijo una se�ora bastante chillona que deb�a de ser la mujer de alguno de los presentes.</p><p>Se hizo un breve silencio y la gente sigui� comiendo como si nadie hubiese o�do el comentario.</p><p>El men� estaba compuesto de consom� (bueno), timbal de langostinos (regular) y silla de ternera, un plato desconocido para m�, pero que estaba bastante rico. Precisamente cuando �bamos por el timbal vimos pasar por una de las puertas a Villaverde (siempre de domador) que arrastraba a don Jaime completamente descompuesto, y de color verde manzana, hacia el cuarto de ba�o. Luis hizo un amago de levantarse a ayudar, pero Crist�bal lo par� en seco.</p><p>��No te preocupes, embajador, ya puedo yo con el sordo. Se ha tomado unas copas y mira� Lo que te pido es que si se le cae el Tois�n de Oro se lo recojas porque luego ser� un foll�n de muerte si se pierde� -y desapareci� con su consuegro y el Tois�n a rastras.</p><p>El pobre don Jaime sali� de escena y no se lo volvi� a ver.</p><p>Cuando regres�bamos a casa, ya tarde, Luis me dijo medio en broma, medio en serio, como es habitual en �l:</p><p>��Espero que, cuando muera el General�simo, Espa�a no acabe como esta noche: con los Franco arrastrando a los Borbones.</p></section><section><title><p>EP�LOGO ESPA�OL</p></title><p>Bien callado se lo ten�a Luis. El nuevo destino es� Mosc�. De todos los lugares del mundo a los que lo pod�an haber mandado, ten�a que ser precisamente all�. Un pa�s a miles de kil�metros de ninguna parte, perdido en mitad de la nieve y con Stalin casi fresquito en la tumba aunque estemos en el a�o 1972 y digan que las cosas han cambiado mucho desde entonces. Luis dice que es un lugar fascinante y que permitir� a los chicos aprender uno de los idiomas con m�s futuro. Tambi�n dice que as� pasaremos m�s tiempo con ellos, cosa dif�cil en destinos como Madrid, donde hay que hacer vida social los siete d�as de la semana. Yo s�lo me imagino todo el d�a con nieve hasta el pecho y embutida en un gorro de piel. Y me da la impresi�n de que no soy la �nica que lo piensa.</p><p>Esta tarde hemos estado en la Zarzuela despidi�ndonos de los pr�ncipes. Nos recibieron en uno de los saloncitos que dan al jard�n, con ese aire <emphasis>petit bourgeois </emphasis>que tiene el palacio que m�s bien parece una buena casa de familia. Cuando les contamos cu�l era nuestro nuevo destino, do�a Sof�a empez� a hablar de la suerte que ten�amos de ir a un pa�s tan rico culturalmente, con m�sicos tan maravillosos como Rostropovich, donde se hab�an creado obras maestras de la literatura como <emphasis>Crimen y castigo </emphasis>o <emphasis>Ana Karenina. </emphasis>Tambi�n habl� de la riqueza del alma rusa, tal como la describen autores como Pushkin y Gogol y cosas as� durante largo rato. Don Juan Carlos, por su parte, s�lo dijo ��Rusia?�, y luego se llev� dos dedos a la sien y con el pulgar extendido solt� un <emphasis>�Poum� </emphasis>como quien se pega un tiro.</p><p>A Luis le pareci� un gesto muy poco <emphasis>royale, </emphasis>pero para m� que el pr�ncipe tiene toda la raz�n. Es para pegarse un tiro de s�lo pensarlo�</p></section></section><section><title><p id="_Toc282268031">Mosc�</p></title><section><title><p id="_Toc282268032">Operaci�n boda</p></title><p>Cuando en 1972 destinaron a mis padres a Mosc�, yo no fui con ellos. Ten�a diecinueve a�os reci�n cumplidos y estaba a punto de casarme. Un infanticidio, o como dijo pap� cuando �bamos en el coche camino de la iglesia:</p><p>��Parece, Carmen, que fueras a hacer la primera comuni�n y no a casarte.</p><p>Pero ni �l ni mi madre intentaron disuadirme, pues lo cierto es que siempre respetaron las decisiones de cada uno de nosotros. Como mis padres llegaban a Mosc� a principios de oto�o, la boda se fij� para el 12 de octubre, fecha que eleg� yo porque me pareci� muy adecuada por aquello de unir Uruguay con Espa�a el d�a del Descubrimiento. Con la inconsciencia de los pocos a�os (mis diecinueve y los veinticuatro de Rafa) empezamos los preparativos, que no eran nada f�ciles. En aquella �poca, Espa�a no ten�a relaciones diplom�ticas con la Uni�n Sovi�tica y hab�a que pedir visados a Par�s, organizar un viaje de grupo, solicitar permisos, etc�tera.</p><p>La idea de ir a Mosc� divirti� mucho a nuestros amigos y se apuntaron unos ciento veinte. Todo lo que pas� en aquella boda, incluido el accidente a�reo final del que se hablar� en el siguiente cap�tulo, hace que a�n hoy, treinta y tantos a�os m�s tarde y un divorcio por medio, mucha gente me hable a�n de �la boda moscovita�. Para m� todo empez� de modo accidentado: perd� el traje de novia en el viaje. Como era tan joven ni siquiera le di importancia, pero ahora cuando lo pienso se me ponen los pelos como escarpias. De no haber aparecido a tiempo hubiera tenido que casarme con un vestido de novia ruso y en aquella �poca de utilitarismo sovi�tico -todo ten�a que ser �til, no bello- no quiero ni pensar c�mo habr�a sido, algo as� como Ninoshka vestida por los almacenes Gum, joya de la moda proletaria. Lo que ocurri� fue que la maleta qued� en el avi�n �porque estaba muy al fondo�, seg�n dijeron los de la compa��a a�rea, y sigui� rumbo a Tokio. Excusas como �estaba muy al fondo�, �est� muy alto�, �era muy dif�cil�, formaban parte de las disculpas diarias en la Rusia sovi�tica. Si uno iba, por ejemplo, a comprar una <emphasis>shapka </emphasis>o un gorro de piel a los inefables Gum y le gustaba uno de un estante de arriba, no se lo vend�an, el del estante bajo, en cambio, s�. Maravillas de la econom�a planificada, si hab�a que subir a una silla para realizar una venta el dependiente no vend�a. Por la misma regla de tres, porque �estaba muy al fondo�, mi maleta se fue a Tokio con mi traje de novia. Por suerte, al d�a siguiente, la ma�ana de la boda, ya no estaba tan al fondo y la pudieron descargar.</p><p>As� empez� aquel casamiento y sus preparativos que mi madre en su cuaderno recuerda as�:</p><empty-line/><p>Esto es un horror y un espanto. Estoy desesperada. S�lo a m� se me ocurre organizar una mudanza y una boda todo junto� �y en la Uni�n Sovi�tica! Cuando antes de irnos de Espa�a le propuse a Carmen que por qu� no se casaba en Mosc� en vez de en Madrid, deb�a de estar mal de la cabeza. Reci�n llegamos ac� a principios de septiembre y la boda es el� �12 de octubre! Todav�a con las cajas de la mudanza por medio y ya tengo que pensar en recibir a trescientas personas en esta casa. Claro que casi es mejor no mirar mucho las dichosas cajas, porque cuando estuve intentando localizar sin �xito las que conten�an esas cositas imprescindibles para una boda como manteles, cuberter�a y platos, me di cuenta de que la empresa de la mudanza se ha vengado en nosotros de no s� qu� afrenta porque, adem�s de muchos paquetes rotos, les han cortado las patas a todos los muebles. Sin duda el cami�n no era lo suficientemente alto y decidieron aplicar el m�nimo com�n denominador por su cuenta y riesgo. Me imagino que deben de haberlas metido todas juntas en otro caj�n. No quiero ni pensar en todas las cosas que se habr�n extraviado. En la mudanza anterior perd� la mitad de nuestras cosas y me parece que en �sta voy a perder la otra mitad. Como comentaba el otro d�a la embajadora de Colombia, los diplom�ticos deber�amos hacernos budistas para afrontar con estoicismo y distancia estos traslados catastr�ficos. Ommm, lo material no importa, lo material no importa. De verdad que lo intento, pero cuando recuerdo c�mo dejaron de lisiada la c�moda de mam� me doy cuenta de que la t�nica azafr�n no me iba a sentar bien. Ni siquiera tengo fuerzas para bucear entre esa pila de bultos que llenan dos habitaciones enteras, desde el piso hasta el techo. Cada d�a tiene su af�n, dicen, pero creo que este af�n lo voy a dejar para la semana que viene.</p><p>En cualquier caso, todo esto me parece un poroto comparado con lo de la boda. Organizar�a en Madrid o en Montevideo hubiese sido f�cil. �Pero qu� estoy diciendo! La gente, cuando casa a una hija (sobre todo si es la mayor, como es nuestro caso), empieza a prepararlo todo un a�o antes. Yo, en cambio, tengo menos de un mes para hacerlo y adem�s en la Uni�n Sovi�tica. Cuando se lo cuento a las embajadoras de otros pa�ses (encima tengo que hacer las visitas protocolarias de todo reci�n llegado a un nuevo destino), piensan que a�n estoy algo trastornada por el viaje. Claro que todo fue tan repentino� Los chicos no quer�an separarse y estar de novios a cinco mil kil�metros de distancia. Muy l�gico todo, pero Carmen ayer andaba con coletas y dec�a que quer�a volver a Uruguay cuanto antes y ahora se va a casar y se quedar� a vivir en Espa�a. Rafael parece buen chico, pero me resulta dif�cil decir adi�s al sue�o de vivir alg�n d�a en Montevideo con todos mis hijos. Es la maldici�n de la carrera diplom�tica: cada miembro de la familia acaba en una esquina del mundo. �Espero que ahora a Mercedes no le d� por enamorarse de un ucraniano o de un bielorruso! No, eso no. Te lo pido de rodillas, Se�or. Iba a ser un l�o tremendo y seguro que tener un yerno marxista leninista debe de ser complicad�simo, todo el d�a intentando convertirnos a la causa. Cualquier bromita menos �sta, Se�or, que suficiente penitencia estoy haciendo con este traslado.</p><p>De momento vamos a casar a la que toca ahora y la verdad es que no s� c�mo lo voy a hacer. Todo ac� es laber�ntico y lento, muy lento. La Uni�n Burocr�tica deber�a llamarse este pa�s. Todo hay que hacerlo a trav�s del UPDK, que es el organismo del Ministerio de Asuntos Exteriores Sovi�tico que se encarga de dar servicio a las embajadas, claro que con esas iniciales m�s bien parece una sucursal del KGB. �Quer�s un carpintero?, al UPDK. �Quer�s arreglar el auto? UPDK, madame, y cuando hablas con ellos siempre dicen que lo que pedimos es muy dif�cil, que no saben cu�nto va a tardar. Yo me pongo hecha una furia, pero tengo que andar con cuidado. No quiero que parezca que somos los capitalistas intentando ense�ar a los comunistas c�mo se hacen las cosas, pero esto es para volverse loca. Primero hay que hablar con un departamento, despu�s te remiten al camarada Ivanov, que despu�s te manda a Petrov, que a su vez te remite a Galina, que te manda �a qui�n? A Ivanov, y vuelta a empezar. Adem�s es con ellos con quienes hay que tramitar tambi�n el alquiler de los enseres que hacen falta para la boda, como sillas, vajilla, vasos (�Dios m�o, cu�ntas cosas por hacer!).</p><p>Tambi�n son los del UPDK los encargados de contratar al servicio dom�stico, que pasa todo tipo de controles para trabajar con diplom�ticos. Por lo menos eso no lo tuve que organizar demasiado porque heredamos alguna de las personas que ya estaban trabajando con el embajador anterior. Hay un ama de llaves espa�ola que se llama Luisa, que escap� con su marido cuando acab� la guerra civil. A pesar de su edad -debe de tener lo menos sesenta y cinco-, conserva una larga coleta de pelo negro que le llega a la cintura y unos ojos profundos del sur. Me est� siendo de mucha ayuda porque ac� nadie habla otra cosa que no sea <emphasis>ruski </emphasis>y �ste es un idioma imposible que creo que nunca ser� capaz de aprender. Sin embargo, tiene un lindo sonido. A veces casi parece m�sica. Tambi�n tenemos a Iv�n, que es el chofer. Es gordo, panzudo y muy simp�tico. Me cont� Luis que luch� en la Segunda Guerra Mundial y, seg�n dicen, fue uno de los soldados que ondearon la bandera sovi�tica en el Reichstag. Despu�s est� el mucamo (Yuri, joven, con bigotito, que es boxeador en sus ratos libres), y Larissa, la cocinera. Me parece que si no queremos morir de hambre en esta casa ella y yo tendremos que pasar muchas horas juntas. Es un caso curioso teniendo en cuenta que es cocinera: no sabe cocina rusa, ni internacional ni de ning�n tipo. Me imagino que habr� sido una estupenda operadora de submarinos at�micos y este puesto se lo dieron en recompensa. Por �ltimo est� Serioya, el hombre para todo de la embajada, aunque deber�a decir m�s bien el hombre para nada. Cada vez que se le pide que vaya a arreglar, por ejemplo, una tuber�a porque se est� inundando el sal�n, contesta lo mismo: <emphasis>patom, madam, patom, </emphasis>palabra que no hace falta que me traduzcan porque ya me imagino que es el equivalente al �ma�ana� latino. Luis ha pedido varias veces que lo sustituyan porque siempre est� metido en su peque�o taller del s�tano y no sabemos qu� hace all�. No entend�amos por qu� los del UPDK no nos hac�an ni caso, hasta que un d�a le ped� que descolgara uno de los cuadros que hab�a en el sal�n para poner uno nuestro. Y Serioya hac�a como que no entend�a y volv�a a repetir el <emphasis>patom, patom. </emphasis>En resumen, daba todo tipo de excusas para no hacerlo. Harta de esta situaci�n, me arremangu�, sub� a una silla y lo baj� yo misma. Detr�s del cuadro hab�a un cable del que colgaba algo parecido a una peque�a alcachofa de ducha. Aunque ya hab�a o�do hablar mucho de ellos, no pod�a creer que lo que ten�a en la mano fuera �un micr�fono! Pablo, el funcionario de la embajada que vive en la casita que est� al fondo del jard�n de la residencia, nos aclar� que Serioya es el encargado de la instalaci�n y mantenimiento de estos artefactos en la embajada, �sa es su misi�n primordial. Todo parece indicar que hay una complet�sima red de micr�fonos por toda la casa para registrar nuestras apasionantes conversaciones. Cosa comprensible si �sta fuera la Embajada de Estados Unidos, pero con nosotros me parece que se van a aburrir, porque de momento lo �nico que hacemos es arrastrar muebles de un lado a otro y los secretos que podemos guardar no le interesan ni a una portera.</p><p>A la casa le hacen falta cantidad de reparaciones y por ahora esto va a paso de caracol. Los pocos operarios que aparecen por ac� a la primera ocasi�n se bajan al s�tano a tomar t�, charlar o dormir una siestita en unos colchones viejos que hay ah�. A m� se me llevan los demonios con esta gente, �con la cantidad de cosas que hay que hacer! Hay que pintar, acuchillar pisos, poner cortinas, cambiar todas las ca�er�as de la casa, porque se nota que hace milenios que nadie arregla nada en esta casa. En resumen: tenemos <emphasis>retnont </emphasis>(como dicen ac� a todos estos trabajos), mudanza y de remate boda. �De locos!</p><p>Eso s�, la residencia es linda y muy grande, lo cual es estupendo para la fiesta, y podremos hacerla ac� con todos los invitados sin demasiadas apreturas. Antes de la Revoluci�n era la casa de un rico comerciante y est� dise�ada por Shekhtel, seg�n dicen un famoso arquitecto ruso del <emphasis>art nouveau. </emphasis>Tiene una planta irregular, con muchos salientes y entrantes y dos torrecillas coronadas por agujas. En la puerta principal hay un mont�n de timbres porque despu�s de la Revoluci�n viv�an aqu� m�s de quince familias. En la planta baja tenemos un <emphasis>hall, </emphasis>un gran sal�n, el comedor y una biblioteca con <emphasis>boiserie </emphasis>en las paredes, gigantescas cristaleras emplomadas y una enorme chimenea g�tica de piedra con todo tipo de g�rgolas, murci�lagos, demonios. La luz de la ara�a hace que los bichos me sigan con la mirada por toda la habitaci�n. A veces me da escalofr�os. Para tranquilizarme un poco, Luisa me cont� que, seg�n la leyenda, el rico comerciante mat� a su amante al encontrarla con otro y luego intent� deshacerse del cuerpo descuartiz�ndolo y quem�ndolo en la chimenea. Al parecer, el alma en pena de la asesinada sigue vagando por la casa. Macanudo. Lo que faltaba. Luis dice que esta casa tiene mucho poder evocador, que uno puede imaginar perfectamente c�mo era la vida antes de la Revoluci�n. A m�, sin embargo, tener un espectro de aquella �poca como parte del <emphasis>atrezzo </emphasis>me parece demasiado.</p><p>Abajo, en el inmenso s�tano, est�n la cocina, la despensa, el taller-madriguera de Serioya, el lavadero y varios cuartos llenos de cachivaches.</p><p>Arriba, nuestros dormitorios y un sal�n de estar para la familia. En total casi ochocientos metros con los que no s� muy bien qu� hacer.</p><p>Con todo el l�o que tenemos, casi no me ha dado tiempo para recorrer bien la ciudad. La primera impresi�n fue brutal, especialmente para Gervasio. �l estaba encantado con la idea de venir a un pa�s modern�simo, puesto la URSS es una potencia mundial que lanza cohetes al espacio. Sin embargo, Mosc� es una ciudad triste y gris, dividida por gigantescas avenidas que hay que cruzar a trav�s de subterr�neos, flanqueadas por grandes edificios monol�ticos y grises de la �poca estalinista y donde todo el mundo viste igual (de mal). Parece una tonter�a, pero la ausencia de los grandes letreros luminosos de tiendas y publicidad la hacen a�n m�s triste. Como contrapunto, hay una zona hist�rica alrededor del Kremlin muy interesante y la Plaza Roja es maravillosa, con la catedral de San Basilio al fondo, que se ha convertido en mi iglesia preferida de todas las que conozco. Es una explosi�n de color entre tanto gris, y con esas c�pulas retorcidas parece tener movimiento propio. Dicen que, una vez concluida la obra, Iv�n el Terrible, el zar que la mand� construir, orden� sacarle los ojos al arquitecto para que nunca pudiera hacer otra iglesia tan bella. La historia de este pa�s, siempre tan sangrienta.</p><p>La residencia de la embajada est� junto a la avenida Gorki, una de las arterias de la ciudad, en una zona que debi� de ser residencial antes de la Revoluci�n aunque despu�s construyeron unos bloques de pisos bastante horribles. Sin embargo, seguro que la ciudad cambiar� cuando nieve y estar� mucho m�s linda. Ahora parece una estaci�n de esqu� abandonada en pleno agosto.</p><p>Pensar en toda la gente que vendr� a la boda no me deja dormir. S�lo desde Espa�a llegar�n ciento y pico. Como no hay relaciones diplom�ticas entre los dos pa�ses y el viaje de Madrid a Mosc� es bastante complicado, el padre del novio ha alquilado un avi�n para los invitados que vengan de all�. Ya tenemos reservado lugar para todos en el Intourist y el Rossia, los dos hoteles m�s modernos y pasables de la ciudad. Desafortunadamente, y debido a la distancia, de Montevideo creo que no vendr� casi nadie. De ac� esperamos a unos ciento cincuenta porque, aunque somos reci�n llegados, es una buena ocasi�n para invitar a los embajadores de los pa�ses clave para Uruguay, y a las autoridades sovi�ticas. Me da la impresi�n de que hasta el mismo d�a de la ceremonia no voy a saber ni qui�nes ni cu�ntos rusos van a asistir. He llamado varias veces al Ministerio de Asuntos Exteriores para que me den una lista, y hasta ahora no me han dado nada. El otro d�a fue la presentaci�n de cartas credenciales y le dije a Luis que intentara averiguar algo pero, como siempre, no se puede confiar en los hombres para estas misiones.</p><p>��C�mo quer�s que pregunte esas cosas en el Kremlin. �Te parece el momento? �Va usted a venir a mi fiesta, camarada presidente?</p><p>�Claro que es el momento! �Cu�ndo mejor que en la presentaci�n de credenciales en las que normalmente nunca se habla de nada importante? Adem�s, s�lo estaba el viejo Podgorny, el presidente, que casi no manda. Brezhnev, como nominalmente s�lo es el secretario general del Partido Comunista de la URSS, no asiste a estos actos. El que s� espero que venga es Gromiko, el m�tico ministro de Asuntos Exteriores. Ojal�, porque aunque no tiene fama de divertido (por lo visto no sonr�e bajo ninguna circunstancia) es la primera figura de la diplomacia mundial desde la �poca de Stalin. Sin embargo, Luis tampoco se anim� a decirle nada el otro d�a. Aunque s�lo hablaron de tonter�as, como suele ocurrir en estas ocasiones, volvi� bastante impresionado. Dice que el ministro tiene una mirada de una tremenda inteligencia y que transmite una gran sensaci�n de misterio. No acabo de entender por qu� le asombra esto �ltimo ya que todo en este pa�s es sumamente misterioso.</p><p>De todas maneras, gracias a estos primeros contactos, las autoridades est�n siendo muy serviciales ayud�ndonos con lo de la iglesia. Como al parecer es la primera boda cat�lica en Mosc� desde hace no s� cu�ntos a�os, tem�amos que surgieran bastantes problemas, especialmente cuando rechazamos la posibilidad de hacerla en San Luis, la �nica iglesia cat�lica que sigue abierta. Es muy fea y oscura, sin ning�n inter�s y yo prefer�a una, c�mo decirlo, m�s �rusa�. Luis estaba que se sub�a por las paredes porque dec�a que los rusos nos iban a mandar a la mi�rcoles. Ten�a raz�n. De una manera muy diplom�tica nos dijeron que no hab�a precedente. Desgraciadamente para ellos, no me conoc�an. Rogu�, supliqu�, patale�, les habl� de las ventajas de demostrar al mundo que no hay persecuci�n religiosa en la URSS (que la hay). Despu�s de mucha incertidumbre, y me imagino que por no escucharme m�s, al final consegu� autorizaci�n del ministerio para celebrar la misa en una peque�a iglesia ortodoxa en las colinas de Lenin, cerca de la universidad. Es lind�sima, amarilla, con su c�pula verde. Parece reci�n sacada de un cuadro de Chagall. Con el permiso del metropolitano de Mosc� (el obispo, aunque tenga nombre de transporte urbano), la ceremonia la oficiar� el capell�n de la comunidad diplom�tica, el padre Richards, un canadiense muy agradable. Ser�, por tanto, una celebraci�n ecum�nica de las dos religiones, algo que nadie recordaba en este pa�s.</p><p>Solucionado el problema de la iglesia, tambi�n el del transporte y alojamiento de los invitados, y a falta de poner en pie esta casa, hay otro que me lleva por la calle de la amargura: la comida. �Qu� vamos a darles a toda esta gente? Ya no se trata de decidir qu� se va a poner de primero, segundo y postre, sino de c�mo �conseguir� la comida en este pa�s. Treinta a�os despu�s de la Segunda Guerra Mundial las tiendas tienen el mismo aspecto que deb�an de tener al final del conflicto. No hay pr�cticamente nada. Apenas unas pocas conservas de pescado de aspecto poco recomendable, embutidos inidentificables, papas, pepinos, manzanas y eso s�, repollo, mucho repollo. Los huevos s�lo aparecen algunos d�as al mes y la carne y el pollo cuando muere un secretario general. Por supuesto, no hay ni rastro del famoso caviar ruso. Desde el amanecer se forman largas colas delante de los <emphasis>gastronom, </emphasis>que es como ac� llaman a las tiendas de comestibles, y la gente espera as�, bajo la nieve, a ver qu� le deparar� el destino y qu� encontrar� ese d�a en las estanter�as� Los rusos, hombres y mujeres, no salen nunca de sus casas sin llevar en la mano una bolsa de la compra, a la que llaman <emphasis>sunka, </emphasis>y, en cuanto ven una cola en una tienda cualquiera, se ponen detr�s, da igual de qu� se trate: pepinos, enchufes, latas de sardinas, calzoncillos� necesiten esas cosas en ese momento o no. Muchas veces hay siete u ocho colas distintas en un mismo comercio para los diferentes productos. Si los art�culos que aparecieron ese d�a no son del todo inusuales, la gente guarda cola disciplinadamente, pero si, por casualidad o loter�a burocr�tica, surge un buen salami, carne de vaca, una lata de arenques de Alemania Oriental o <emphasis>gourmandises </emphasis>parecidas, aquello puede transformarse en la segunda parte de la batalla de Stalingrado. Por eso, lo normales que hacia las diez de la ma�ana las estanter�as ya est�n completamente vac�as y los vendedores tengan que quedarse a pie firme y de brazos cruzados hasta la hora del cierre. Cap�tulo aparte merecen las bebidas alcoh�licas, todas racionadas, desde la cerveza hasta el vodka, que es moneda de cambio corriente en un mercado negro muy perseguido, pero muy activo.</p><p>En esta tierra de la fraternidad y la igualdad, sin embargo, hay clases, como en todos lados. Para los diplom�ticos, para los rusos que trabajan en el exterior y tienen acceso a d�lares y para la Nomenklatura, existen tiendas especiales, llamadas <emphasis>bereozkas, </emphasis>donde pueden comprarse art�culos que un ciudadano normal casi no recuerda que existen, como chocolate, cremas de belleza, champ�, desodorante, siempre y cuando, claro est�, se pague en divisas. Todo en estas tiendas es caro, pero la carne es bastante buena y hay bebidas occidentales, con la condici�n de que no sean de la proscrita compa��a Coca-Cola. A pesar de todo, el surtido de productos es muy limitado y para completar nuestras necesidades hemos optado, como el resto de diplom�ticos occidentales, por recurrir a las compa��as que venden por correspondencia. Por alguna raz�n que desconozco, las principales est�n en Dinamarca y mandan unos cat�logos tan grandes como gu�as de tel�fonos donde se puede encontrar desde un chicle hasta una moto, pasando por cualquier cosa que se te ocurra. Nosotros hemos hecho un gran pedido para la boda, pero dicen que los env�os a veces se retrasan mucho y no quiero ni pensar que no llegue a tiempo.</p><p>Mi idea es preparar un men� muy ruso y para los espa�oles eso es sin�nimo de caviar en enormes cantidades. Es posible comprarlo en las <emphasis>bereozkas, </emphasis>pero, seg�n me coment� la embajadora de Argentina, para grandes cantidades, lo mejor es recurrir a los canales �extraoficiales�. A Luis de esto no le voy a contar nada, que se pone muy nervioso.</p><p>En cuanto al plato principal, el otro d�a probamos la carne de oso en un restaurante. Era muy seca y dura, como la suela de un zapato, pero el sabor era interesante. Quiz� si lo adobo durante un par de d�as y lo acompa�o de una buena salsa podr�a resultar un plato rico y muy original. Tendr� que hipnotizar a Larissa para hacer unas pruebas y ver c�mo queda. Adem�s, me dijeron que es una carne relativamente f�cil de conseguir y as� no tengo que preocuparme tanto si no llega el pedido del cat�logo. Claro que, en caso de que no llegue, no s� qu� les dar� de aperitivo, de postre y especialmente de beber -imprescindible lubricante social- a casi trescientas personas hambrientas. No creo que pongan muy buena cara si les sirvo una copita de <emphasis>Kvas on the rocks, </emphasis>el refresco nacional hecho a base de pan negro fermentado, cuyo sabor es incluso peor que su aspecto.</p><p>Como es l�gico, y a pesar de que la mitad de los invitados son compromisos diplom�ticos, todo esto hay que hacerlo con la plata de nuestro bolsillo y la verdad es que tampoco andamos demasiado sobrados, con todos los gastos del traslado. En fin, como dice mam�, Dios proveer�, porque el UPDK no tiene aspecto de proveer nada de nada.</p><p>En ese momento es la una y media de la ma�ana y llevo trabajando desde el alba. Pensaba escribir solamente algunas ideas sobre el men� de la boda y al final s�lo puedo acordarme de la montonera de complicaciones que tenemos. Qu� dolor de cabeza. Creo que me voy a tomar una pastilla y a dormir los problemas, como hac�a mi abuela.</p><empty-line/><p>�Y se hizo el milagro! La boda ha sido un �xito rotundo. Cuando parec�a que �bamos rumbo a una cat�strofe sin nombre, las cosas se arreglaron en el �ltimo momento. Tengo que acordarme sin falta de mandar un dinero para que las carmelitas de Montevideo hagan decir una misa por las �nimas del purgatorio, porque si esto sali� bien s�lo se entiende por la intervenci�n de alguna muy apurada por salir de donde est�.</p><p>Carmen estaba lind�sima con su vestido. Era de raso crudo, con un cors� de piedritas y perlas. La ceremonia fue muy emocionante, en ese ambiente sobrecogedor de las iglesias ortodoxas, con sus iconos impresionantes y con un coro de viejitas de la iglesia que resultaron mucho mejor de lo que yo esperaba. Iv�n, el chofer, llev� a Luis y a Carmen a la iglesia en el auto de la embajada decorado a la rusa, es decir, con un gran oso de peluche en el radiador como augurio de un primer hijo var�n. Un numeroso grupo de curiosos miraba la entrada de la novia sin dar cr�dito: �una boda religiosa en Mosc� despu�s de tantos a�os! Como el templo era bastante chico, casi no cab�amos. El padre Richards hizo una linda misa en franc�s y cuando llegamos al momento del �S�, quiero� dos testigos pusieron sobre las cabezas de los novios unas maravillosas coronas antiguas de plata a la usanza ortodoxa, intercambi�ndolas sucesivamente como s�mbolo de la uni�n matrimonial. Los espa�oles estaban encantados con aquel espect�culo que parec�a salido de un cuento ruso de la �poca de los zares. Siguiendo la tradici�n sovi�tica, despu�s de la ceremonia, los novios fueron a la Plaza Roja a sacarse fotos y �qu� creen que se le ocurri� a Carmen? Nada menos que, ya que estaba all�, dejarle su ramo de novia a Lenin, que yace en la misma plaza delante de San Basilio, en su mausoleo, momificado y de cuerpo presente. Cuando me lo cont� casi me da un ataque. �A qui�n se le ocurre! Por menos de esto se ha creado m�s de un conflicto diplom�tico, con lo que son los rusos para sus cosas. Pero no. Por lo visto se trata de una tradici�n sovi�tica. Con todo este asunto del culto a la personalidad, los rusos han sustituido la devoci�n por los santos por la de Lenin. As�, igual que en Espa�a las novias dejan su ramo a la Virgen de Atocha o a la Macarena, las novias rusas se lo llevan al camarada Vladimir Illich. De hecho, en la Plaza Roja d�a y noche hay siempre una cola tremenda de todo tipo de personas para visitarlo, igualito que si fuera el Cristo de Medinaceli. Claro que a Carmen, como iba vestida de novia, la dejaron colarse. Y al novio, con su frac, tambi�n. O mejor dicho, sobre todo al novio, porque si con Carmen estuvieron muy cari�osos los presentes, con Rafa ya fue apote�sico. Le daban palmaditas en la espalda, uno incluso le pidi� un aut�grafo y Rafa, cada vez m�s at�nito, pues no entend�a ni palabra de lo que le dec�an. Hasta que entendi� dos: <emphasis>��Pianist </emphasis>o <emphasis>violinist?�, </emphasis>preguntaban. Y por fin se dio cuenta de lo que pasaba. El caso es que ac�, desde el triunfo de la Revoluci�n, nadie usa frac, excepto los m�sicos, y a �l lo tomaron por uno. En este pa�s, despu�s de los astronautas, nadie es tan c�lebre como un artista y estaban todos fascinados. Ni qu� decir que Rafa no los sac� de su error: �Violinist�, dijo, y la cola entera estall� en aplausos.</p><p>Mientras Carmen y Rafa cumpl�an con sus ritos sovi�ticos, nosotros nos trasladamos a la residencia para el convite. No pude dejar de maravillarme de c�mo estaba la casa de divina a pesar de que la tarde anterior a�n est�bamos pintando el sal�n y colgando las cortinas; todo estaba impecable, lleno de flores y velas, y los camareros, vestidos con las t�picas camisas rusas bordadas que nos hab�a prestado el Teatro Bolsh�i del vestuario de su �ltima obra, esperaban a los invitados a la entrada con grandes bandejas llenas de copas de champ�n. Los diplom�ticos destinados en Mosc� dec�an que casi no pod�an reconocer la residencia, de lo cambiada que estaba.</p><p>La mesa del buffet, presidida por una enorme cabeza de oso (que tambi�n nos hab�a prestado el Bolsh�i), estaba espectacular: a la derecha hab�a grandes boles de caviar con sus bandejas de <emphasis>blinis; </emphasis>luego unos inmensos salmones decorados como por un joyero; tambi�n enormes fuentes con el famoso oso a la <emphasis>strogonoff, </emphasis>ensaladas de todo tipo y por fin la gran tarta nupcial con la forma de las torres de mi adorada catedral de San Basilio. Curiosamente, lo que m�s trabajo me dio fue hacer los dichosos <emphasis>blinis, </emphasis>esas tortitas que se sirven con el caviar. No hab�a calculado bien lo pesado que es hacerlas para tanta gente. �Hicimos m�s de seiscientas! Es importante que los <emphasis>blinis </emphasis>no est�n grasientos y por eso los rusos s�lo ponen un poco de aceite en una rodaja de patata cruda y con ella engrasan la sart�n al prepararlos. Por alg�n motivo desconocido, la primera siempre, siempre, sale mal. Se sirven en plato aparte con nata agria, mantequilla fundida y cebolla cruda rallada.</p><p>Es incre�ble pensar que hace poco m�s de diez d�as la embajada casi parec�a un edificio bombardeado, las obras avanzaban a paso de gusano y no hab�a comida para los invitados. La situaci�n era completamente desesperada. Mis infinitas llamadas diarias al UPDK no surt�an el m�nimo efecto y yo estaba a punto de telefonear a Madrid y decirles a los invitados que no se molestaran en moverse de sus casas. Ya no sab�a a qu� santo encomendarme cuando Luisa, el ama de llaves, me llev� al jard�n con alguna excusa. Alejadas de todas las paredes, comenz� a hablar:</p><p>��Se�ora, yo creo que el problema es que los de arriba, ya sabe, las autoridades, no la est�n escuchando bien.</p><p>Me hac�a unas se�ales muy raras con el dedo �ndice y los ojos se�alando para arriba y luego a los costados, hacia las paredes de la casa.</p><p>Como est� un poco loca, yo estuve a punto de mandarla a fre�r esp�rragos.</p><p>��Mire, Luisa, d�jese de tonter�as que tengo mucho que hacer.</p><p>��Al final, se�ora -me interrumpi� ella con una mueca de fastidio-, me hace usted decirle las cosas claramente y va a conseguir que me meta en un l�o. Como ya sabe usted -susurr� entonces mirando a derecha e izquierda como si debajo de los matojos esperara encontrarse a alguien-, la casa est� llena de micr�fonos -su voz era inaudible a medio mil�metro de mi oreja izquierda-, pero en algunas habitaciones ellos escuchan mejor que en otras, por eso de la calidad del sonido. Vaya usted al comedor y mantenga una conversaci�n con el se�or embajador sobre el estado de las obras y el perjuicio que tendr�a para la imagen de la Uni�n Sovi�tica que la casa no est� lista para la boda. Ya ver� c�mo cambia todo. Los de arriba siempre escuchan esas cosas.</p><p>Dicho y hecho. Al d�a siguiente de representar Luis y yo la escena de �este gran pa�s que ha llevado a cabo las m�s grandes haza�as de la historia bla, bla, parece mentira que no tenga fontaneros, alba�iles y pintores que est�n dispuestos a hacer algo tan f�cil como esta obra. No s� qu� van a pensar nuestros visitantes, bla, bla�, se present� en la embajada un aut�ntico ej�rcito de operarios dispuestos a ponerse a trabajar de inmediato, como si se tratara de abrir un nuevo canal en el Volga. Incluso me cost� dominar tanto entusiasmo proletario, porque ellos se pon�an a demoler cosas por su cuenta y riesgo. Pero por suerte, al cabo de unos d�as la residencia empez� a parecer un lugar habitable.</p><p>Desgraciadamente, los sumos sacerdotes de los micr�fonos no estaban conectados con los encargados de la aduana, porque el pedido que hab�amos hecho a la empresa de venta por cat�logo qued� esperando turno en alg�n lejano puerto. Gracias a Dios, y como la comunidad diplom�tica en Mosc� estaba en vilo con la suerte que correr�a este casamiento, algunas embajadas nos prestaron una ayuda inestimable. Los belgas, por ejemplo, un cargamento de vino, y los noruegos nos regalaron esos enormes salmones que tan lindos quedaron sobre la mesa. Los argentinos, tan buenos vecinos, y olvidando por una vez las peleas futbol�sticas, una remesa de empanaditas saladas para el c�ctel. Todo un detalle dif�cil de olvidar.</p><p>Por suerte lo del caviar clandestino fue relativamente sencillo y la carne de oso lleg� de Leningrado casi una semana antes del casamiento. Por cierto, a todos los invitados les encant� mi receta. La carne estaba tierna y jugosa, y ten�a un sabor muy distinto a cualquier otra. El m�rito estuvo en una vieja receta que me dio Valentina, una de las traductoras rusas de la embajada.</p></section><section><title><p><emphasis>STROGONOFF </emphasis>DE OSO DE CARMEN</p></title><p>(La receta sirve tambi�n para un solomillo</p><p>de ternera eliminando el adobo.)</p><empty-line/><p>Ingredientes (para 8 personas)</p><p>Para el adobo</p><p><emphasis>6 cucharadas grandes de aceite</emphasis></p><p>3 <emphasis>cucharadas de vinagre</emphasis></p><p><sup>1</sup>/<sub>2</sub> l <emphasis>de vino blanco</emphasis></p><p><emphasis>1 copa peque�a de co�ac</emphasis></p><p><emphasis>2 cebollas</emphasis></p><p><emphasis>2 zanahorias</emphasis></p><p><emphasis>1 ramita de apio</emphasis></p><p><emphasis>1 diente de ajo</emphasis></p><p><emphasis>Tomillo</emphasis></p><empty-line/><p>Para el guiso</p><p><emphasis>8 filetes de solomillo (si es que se llama as� en el oso�)</emphasis></p><p>3 <emphasis>cucharadas de mantequilla</emphasis></p><p><emphasis>1 copa de co�ac</emphasis></p><p>3 <emphasis>cucharadas de nata l�quida para cocinar</emphasis></p><p><emphasis>sal y pimienta</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>Las cantidades de carne de oso por persona deben ser algo menores que las que se recomiendan para vaca o cerdo, porque es m�s pesada. Como es una carne correosa, es conveniente dejarla en el adobo durante veinticuatro horas en una mezcla de vino blanco, una copita de co�ac, vinagre y aceite, alguna hierba arom�tica como el tomillo, pimienta, una ramita de apio, ajo, zanahoria y un poco de sal. Pasado este tiempo de marinado, sacar la carne del l�quido y cortarla en trozos peque�os, algo mayores que una patata frita.</p><p>Calentar en una sart�n tres cucharadas soperas de mantequilla. Cuando est� bien caliente, fre�r los trozos de carne, removiendo para que no se quemen.</p><p>Una vez dorados (m�s o menos 3 minutos), a�adir sal y pimienta.</p><p>A continuaci�n verter una copa de co�ac y flambear. Dejar reducir. Retirar y a�adir tres cucharadas de nata. Volver a calentar. Salpimentar y servir en un plato caliente. Acompa�ar con arroz o <emphasis>kasha </emphasis>(trigo sarraceno), si se puede conseguir. Aunque parezca raro, es muy sabroso y queda muy bien con el <emphasis>strogonoff.</emphasis></p><empty-line/><p>VARIANTE I</p><p>Dorar <sup>1</sup>/<sub>2</sub> kg de champi�ones frescos cortados en l�minas antes de a�adir la nata.</p><empty-line/><p>VARIANTE 2</p><p>A�adir 4 cucharadas de tomate frito, tambi�n antes de la nata l�quida.</p><empty-line/><p>variante 3</p><p>Aun a riesgo de que las autoridades sovi�ticas me deporten a Siberia, a�adir 3 cucharaditas de salsa Lea <emphasis> &amp; </emphasis>Perrins. �Queda riqu�simo!</p><empty-line/><p>Estas variantes, l�gicamente, no son excluyentes.</p><empty-line/><p>Bueno, lo importante es que todo el mundo lo pas� en grande. La verdad es que hab�a mucha gente joven (muy joven, casi de parvulario, como los novios) y nuestros amigos estaban muy animados, aunque un punto menos que los rusos que, en cuanto empiezan a beber, no hay quien los pare. El caso es que la mesa del comedor acab� convertida en pista de baile, con todo el mundo encima bailando el <emphasis>casachok. </emphasis>Unos se�ores del Ministerio de Asuntos Exteriores sovi�tico improvisaron una linda canci�n rusa para los novios y cuando yo me fui a dormir a las cinco de la ma�ana a�n quedaba un grupo bastante considerable de resistentes.</p><p>Pero ah� no acaba la cosa, a�n falta lo m�s incre�ble. Al d�a siguiente ten�amos planeada una excursi�n a Leningrado con todos los espa�oles de la boda. Yo esa noche dorm� mal, tuve muchas pesadillas, y el presentimiento de que iba a pasar algo terrible. Luis me dijo que todo aquello eran pavadas y que probablemente se me hab�a indigestado el oso, pero yo sab�a que era otra cosa. El d�a amaneci� horrible: lluvia, fr�o y mucho viento. Yo segu�a muy intranquila y el tiempo no logr� m�s que aumentar mi desasosiego. Sent�a algo ac�, justo en la boca del est�mago, algo que me ocurre muy pocas veces, pero cuando me ocurre�</p><p>De pronto no lo pens� m�s y cancel� los autobuses que ten�an que llevarnos al aeropuerto. S�, eso hice, sin encomendarme a Dios ni al diablo (por supuesto, mucho menos a Luis, que para estas cosas no es nada comprensivo). Tambi�n di orden en los hoteles de que no despertaran a los invitados como estaba previsto y todos se quedaron durmiendo la borrachera encantados de la vida. Cuando alguien en casa, los chicos o incluso Luis, me preguntaba, yo me encog�a de hombros: �El UPDK -dec�a-, un fallo de Petrov o de Ivanov, qui�n sabe�� y luego, con mi mejor careta rusa, a�ad�a: �Qu� pena, che, con lo lindo que es Leningrado��.</p><p>Luis estaba enojad�simo y ya dispuesto a enviar una nota de protesta al ministerio.</p><p>Al final improvisamos y llevamos a los invitados, bastante resacosos, por cierto, a hacer una visita completa al Kremlin, y al d�a siguiente volvieron a Espa�a, seg�n estaba programado, y todos satisfechos con el casamiento. Y yo, despu�s de completar toda esta haza�a en tiempo r�cord, con cuatro kopeks de nuestro bolsillo, creo que estoy perfectamente preparada para que me encarguen la organizaci�n de los pr�ximos juegos ol�mpicos de verano.</p><p>Veinte d�as m�s tarde llam� el corresponsal de Associated Press para pedir la lista de invitados al casamiento. Luis crey� que era para sacar alguna nota social por haber sido la primera boda cat�lica en Mosc� desde la Revoluci�n (al parecer la noticia ya hab�a salido en algunos diarios), pero le extra�� que lo hiciera con tanto retraso.</p><p>��No, se�or, es por lo del accidente -le dijo el periodista.</p><p>���Qu� accidente? -pregunt� Luis.</p><p>��El del avi�n. Est�n todos muertos, �no?</p><p>Por un momento, Luis pens� que el periodista se estaba confundiendo con el avi�n de estudiantes uruguayos que desapareci� en los Andes al d�a siguiente de la boda y que nos tiene tan angustiados porque en aquel viajaban varios hijos de amigos nuestros y todav�a no se sabe nada de ellos.</p><p>��No, no, nada de los Andes -dijo el corresponsal-. Hablo del vuelo de Aeroflot a Leningrado que tomaron sus invitados al d�a siguiente de la boda. No hay supervivientes, �verdad?</p><p>En la Uni�n Sovi�tica no se suele comunicar a la prensa los accidentes a�reos porque como son bastante numerosos podr�an suponer un desprestigio para el pa�s. Sin embargo, en esta ocasi�n, y como hab�a muchos extranjeros en la lista, alguien hab�a filtrado la informaci�n a los corresponsales de la prensa internacional en Mosc�. Nuestros nombres a�n figuraban en esa fat�dica lista a pesar de que hab�amos suspendido el viaje a �ltimo momento. Nos quedamos helados.</p><p>Luis me mir� con cara de �vos tenes poderes que no me quer�s contar�. Yo, la verdad, no sabr�a explicar qu� me pas�. Hasta el d�a de hoy no lo s�. Digamos que fue una premonici�n. O una ayudita de arriba. De san Basilio, el de la catedral tan linda con las c�pulas torneadas. O, �por qu� no?, del otro ocupante de la Plaza Roja. Del camarada Lenin, que quiso agradecer as� que una novia occidental le regalara su ramo de flores.</p><p>Como dir�a Vladimir Illich: <emphasis>kto znaet, </emphasis>que significa �qui�n sabe�.</p><empty-line/><p>Como ya hemos dicho antes Gervasio y yo, y aunque no registremos en este libro m�s que alg�n caso aislado, la vida de nuestra madre estaba salpimentada con intuiciones y fen�menos cuando menos extra�os. Siempre hemos cre�do que eran coincidencias o producto de una imaginaci�n �un poco vivaz� (como se dec�a antes), pero en algunos casos, por ejemplo, el que acabamos de relatar, no tienen una explicaci�n racional.</p><p>La duda viene de lejos. Cuando nuestra madre ten�a cuatro a�os se convirti� en una celebridad en Montevideo. La gente hac�a cola a la puerta de su casa de la avenida de Brasil. Todo empez� de la manera m�s inofensiva: la ni�a ten�a una amiga invisible, y pasaba horas y horas bailando y jugando con su amiga. Pero no era una amiga invisible cualquiera. Cuentan que un d�a nuestro abuelo, estupefacto, observ� c�mo su hija se elevaba unos cent�metros de la cama en la que descansaba mientras re�a hablando animadamente con alguien. Adem�s, seg�n cuentan, cuando ella dec�a que estaba con su amiga, la habitaci�n se llenaba de un olor fragante e intenso. Asustados, nuestros abuelos llamaron a un sacerdote que procedi� a interrogar a la ni�a.</p><p>���C�mo es esa amiga tuya?</p><p>��Lleva un vestido blanco, largo y parece que no tiene pies, que flota. Siempre tiene rosas en las manos.</p><p>���C�mo dice que se llama? -pregunt� el cura, temiendo probablemente que dijera �Belceb��.</p><p>��Dice que se llama Teresita.</p><p>���Y de d�nde viene?</p><p>��De un sitio que ella llama Francia.</p><p>El sacerdote no necesit� o�r m�s y con grandes aspavientos decret� que la ni�a ve�a a santa Teresita de Lisieux, muerta a los veinticuatro a�os en olor de santidad, doctora de la Iglesia y que hab�a sido recientemente canonizada. A pesar de los esfuerzos de nuestros abuelos, la noticia corri� por todo Montevideo. La cosa probablemente no habr�a pasado a mayores de no ser por una circunstancia que, vista con la perspectiva del tiempo, resulta dif�cil de creer. Por lo visto, un m�dico colega de mi abuelo, famoso por su ate�smo, se estaba muriendo. Su mujer, desesperada porque quer�a que se confesara, pidi� que aquella ni�a, o sea, nuestra madre, de la que se dec�an tantas cosas, fuera �a ver al moribundo. La angelical ni�a (probablemente su aspecto contribu�a a la sugesti�n colectiva), de largos tirabuzones rubios, grandes ojos verdes �y s�lo cuatro a�os!, lleg� y pidi� a todo el mundo que saliera de la habitaci�n del enfermo. Se qued� a solas con �l un largo rato. Cuando sali� del cuarto, el amigo de nuestro abuelo llam� a su mujer y le dijo que fuera a buscar un sacerdote (o al menos eso nos han contado). En otra ocasi�n, la hija del entonces presidente de la Rep�blica cay� gravemente enferma. Como parec�a que no hab�a remedio para aquel s�bito mal, mandaron a buscar a mi madre esperando un milagro de la santa por su intercesi�n. Ella se volvi� a encerrar con la paciente a solas en su cuarto.</p><p>���Se salvar�? -preguntaron todos ansiosamente a su salida.</p><p>��Morir� pero vivir� -dijo la ni�a.</p><p>En efecto, la hija del presidente muri� al d�a siguiente pero sus padres quedaron reconfortados pensando que la ni�a ir�a a los cielos.</p><p>Para nosotros estas historias parecen sacadas de una novela de realismo m�gico, pero lo cierto es que hay personas en Montevideo que a�n las recuerdan. Cuentan tambi�n que, igual que empezaron las apariciones, un buen d�a cesaron y las cosas volvieron a la normalidad. La familia corri� un tupido velo y nuestra madre, que era muy peque�a, no guard� recuerdo alguno hasta que, muchos a�os despu�s, una t�a suya se lo cont� con gran admiraci�n y lujo de detalles. Sea como fuera, a lo largo de su vida, siguieron produci�ndose fen�menos, aunque menos espectaculares que los mencionados.</p><p>Con el tiempo nuestra madre ha tendido a exagerar al contar este episodio del accidente de avi�n, adorn�ndolo con una serie de detalles que no se recogen aqu�, pues hemos preferido contar lo que realmente sucedi�, que en s� ya es suficientemente curioso.</p><p>No sabemos si realmente esta premonici�n salv� la vida de todos nuestros invitados, pero lo curioso es que ese mismo d�a, 13 de octubre de 1972, hubo un aut�ntico milagro verificable, aunque nuestra madre no tuvo nada que ver con �l. Diecis�is de los ocupantes del avi�n uruguayo ca�do en los Andes ese mismo d�a sobrevivieron setenta y un d�as en condiciones extremas en la cordillera, hasta que dos de ellos bajaron de la monta�a por su propio pie para buscar ayuda. Una haza�a �nica que ha pasado a formar parte de la memoria colectiva de medio mundo.</p></section><section><title><p>JUEGOS DE GUERRA</p></title><p>Una vez pasada la emergencia del casamiento, hoy di una comida a las mujeres de los embajadores iberoamericanos para agradecerles los regalos de la boda de Carmen. La vida diplom�tica es como una espiral perversa de agradecimientos: como t� me invitaste, yo te invito, y como yo te invit� t� me vuelves a invitar y as� hasta el agotamiento o la ruptura de relaciones entre nuestros pa�ses. El problema es que intentar seguir este ritmo cuando uno tiene como cocinera a un desastre nuclear llamado Larissa es complicado. Hay que ensayar y ensayar hasta dar con algo que quede razonablemente comestible. Para este almuerzo experimentamos sin �xito con una mousse de foie (una l�stima haber desperdiciado una lata grande porque acab� en la basura. Esta mujer confundi� la gelatina sin sabor con un sobre de gelatina de fresa de los chicos). Luego fracasamos con un pastel de ma�z (incomible porque quem� la cebolla y olvid� la harina), unas berenjenas en bechamel con unos grumos como pu�os y no s� cu�ntas cosas m�s. Despu�s de horas y horas en la cocina intentando por intermedio del ama de llaves, que es la �nica que habla espa�ol, que Larissa comprendiera algunas nociones b�sicas como que hay que pelar las patatas por muchas vitaminas que diga la Academia Sovi�tica de Medicina que tiene la piel, consegu� organizar una comida sencilla pero digna: crema de cebolla, huevos en <emphasis>brioche, </emphasis>lomo a la jardinera y un postre de merengue. Pr�cticamente, lo �nico que Larissa ten�a que hacer era calentarlo un poco, pero hasta eso me parec�a un riesgo con ella. Sin embargo, cuando llegaron las invitadas mis preocupaciones estaban muy lejos de si los huevos quedar�an crudos o la crema fr�a.</p><p>Mientras arreglaba el cuarto de la biblioteca para el aperitivo, descubr� que en vez de estar en el colegio, como yo supon�a, ��igo y Gervasio se hab�an escondido en una galer�a que hay encima de la chimenea, que antiguamente se usaba para situar a los m�sicos en las fiestas. Primero intentaron enga�arme diciendo que hoy hab�a veintisiete grados bajo cero (a partir de veinticinco se cierra el colegio) pero yo sab�a que no hab�a m�s de diez o doce bajo cero. Acabaron confesando su falta y que Dolores y Mercedes tampoco hab�an ido y que estaban jugando a las cartas en uno de los trasteros de la casa. Me tuve que enojar mucho y mandar a los cuatro de vuelta a clase, custodiados por Ivan, el chofer.</p><p>Me preocupa especialmente ��igo. Es el mejor amigo de Gervasio desde que llegamos a Espa�a y es todo lo contrario que �l: simp�tico, gracioso, achuchable con esos grandes mofletes, brutote aunque muy buen estudiante. Me cost� un mundo que su madre lo dejara venir con nosotros a Mosc�, pr�cticamente lo he tenido que raptar. Yo no quer�a que Gervasio creciera en un pa�s extra�o rodeado de las mujeres de su familia y se hiciera, como decirlo, rarito. Es un ni�o muy sensible y no s� si excesiva influencia femenina hubiese sido beneficiosa. Juntos parecen el gordo y el flaco y est�n especialmente graciosos ahora que los llevo a todos lados vestidos iguales con su trenka beige y sus gorros de piel, aunque a ellos les moleste un poco. El caso es que si me traje a este ni�o hasta el fin del mundo con la excusa de que va a aprender a hablar el idioma del futuro y luego lo devuelvo sin saber ni papa, no s� qu� le voy a contar a la madre.</p><p>��Es� interesante esta crema de cebolla, Bimba -me coment� de pronto la embajadora de Chile con cierta malicia-. Este trozo de pepino crudo que me he encontrado, �es de adorno?</p><p>A saber de d�nde hab�a salido ese pepino.</p><p>��Es una costumbre del C�ucaso, querida. El que encuentra pepino en la sopa tiene diez a�os de buena suerte -me invent� con mi mejor cara. Habrase visto, la atrevida �sta. Ya tengo bastantes problemas en la cabeza para preocuparme de un trozo de pepino. Adem�s, no s� por qu� me lanza esa indirecta mal intencionada. Yo tampoco le digo a ella nada de ese broche espantoso que lleva.</p><p>Comprendo que meter directamente a los chicos en un colegio ruso no es lo m�s adecuado para una educaci�n <emphasis>comme il faut, </emphasis>pero cuando llegamos a Mosc� ya no hab�a lugar ni en el Liceo Franc�s ni en la Angloamerican School. Me cost� much�simo conseguir que los rusos me dejaran apuntarlos en uno de sus colegios. Yo creo que pensaban que mis pobres hijos iban a dedicarse al espionaje o algo as�. Tuve que presentarme tres o cuatro veces en las oficinas del UPDK (ya voy perdiendo la timidez) para que los admitieran. El aspecto exterior del colegio es bastante agradable para lo que suelen ser los est�ndares sovi�ticos, con unas grandes columnas en la fachada coronadas por los bustos de unos barbudos prohombres de la ciencia y un peque�o jardincito enfrente. Tiene cinco plantas unidas por dos grandes escaleras por las que bajan y suben hordas de chicos con su uniforme de chaqueta, pantal�n gris y pa�uelo rojo al cuello. Las ni�as, por su parte, visten trajecito con falda tableada marr�n, un cuello blanco de piqu� y un delantal. As�, m�s que futuros pilares del para�so comunista, lo que parecen son mucamas, la verdad. No se preocupen, es un colegio normal, eso les digo yo a los chicos, como en cualquier otro sitio. Bueno, casi normal� En cada rellano de la escalera hay exposiciones did�cticas en grandes paneles de madera que parecen muy interesantes. Me acerqu� a ver una de ellas. Mostraba la foto de unos ni�os fam�licos en un sitio que parec�a un campo de concentraci�n. Debajo hab�a un letrero: �Eto kapitalism� (esto es el capitalismo). Al lado otra foto de unos ni�os alegres y bien alimentados jugando en un jard�n precioso: �Eto komunism�. De pronto me entr� una preocupaci�n terrible de que fueran a lavarles el cerebro a mis ni�os, pero la cosa no ten�a remedio, era ese colegio o ninguno.</p><p>Sonre� encantadoramente para que mis invitadas no se dieran cuenta de que estaba en otra cosa.</p><p>���Quer�s un poco m�s? -le pregunt� a la embajadora de Per�, que estaba a mi izquierda.</p><p>��No, muchas gracias. Estaban deliciosos estos huevos revueltos con <emphasis>cro�tons.</emphasis></p><p>Como estaba en mi limbo particular no me hab�a dado cuenta de que Larissa hab�a recalentado hasta la combusti�n los huevos en <emphasis>brioche. </emphasis>Le hice una se�al a Yuri, el mayordomo, para que sirviera m�s vino a las se�oras, a ver si se emborrachaban y dejaban de importunarme.</p><p>Es un problema terrible que los ni�os hagan �novillos�, como dicen ellos, y no aprendan nada. Seguro que no es la primera vez.</p><p>��Jefa, compr�ndelo, es como si a ti te metieran todo el d�a en un sitio donde s�lo hablan chino -me dijo Gervasio-. Nos morimos de aburrimiento porque todas las clases son en ruso, nuestros compa�eros no hablan otra cosa, somos los �nicos extranjeros y todav�a no entendemos casi nada.</p><p>��Adem�s, cuando llegamos a la escuela todav�a es de noche -intervino ��igo-, y en clase hace mucho calor porque ya sabes que aqu� ponen la calefacci�n a tope en todas partes. Con el calorcito y el run run de la clase y del idioma este del demonio nosotros nos quedamos dormidos como troncos.</p><p>��Sobre todo t�, rico -dijo Gervasio-. Yo por lo menos me quedo frito sin montar mucho l�o, pero ��igo se repanchiga en la silla y ronca como un oso. Cuando nos despertamos, la profesora nos est� se�alando, diciendo algo as� como <emphasis>kapitalisticheski svinya </emphasis>(que quiere decir �cerdos capitalistas�), y los ni�os se r�en de nosotros. Como comprender�s, para eso no dan ganas de volver al colegio.</p><p>��Bimba querida, tengo que recomendarte una carnicer�a nueva que hay para el cuerpo diplom�tico que te va a encantar. Si al carnicero le das unos cuantos d�lares bajo mano te hace incluso cortes franceses especiales. Tiene un <emphasis>filet mignon </emphasis>que no est� nada mal -me coment� educadamente la embajadora ecuatoriana, que llevaba un rato masticando un trozo de lomo a la jardinera como el que masca cuero.</p><p>Sonre� encantadoramente de nuevo y volv� a hacerle una se�al a Yuri para que rellenara hasta arriba la copa a esta se�ora.</p><p>�Tendr� que hablar una vez m�s con Ant�n Petrovich, el director de la escuela -pens�-, para que no vuelvan a escaparse los ni�os.� Es un hombre agradable, o por lo menos sonr�e mucho con esa boca llena de dientes de oro, tan t�pica de los rusos. Es todo pelado, tiene un aire a Jruschov y lleva varias medallas por su hero�smo en la Segunda Guerra Mundial. A prop�sito, tambi�n le voy a decir que dispense a los ni�os de la clase de preparaci�n para la guerra. Al parecer, un par de d�as a la semana suena una sirena en el colegio. Los ni�os recogen a toda velocidad unas m�scaras antig�s que hay en las aulas, se las ponen y bajan corriendo al patio. All� tienen que montar un fusil Kal�shnikov y hacer ejercicios de tiro, aunque, por lo menos, no utilizan balas de verdad. Yo comprendo todo esto de la guerra fr�a y que hay que respetar las costumbres de cada pa�s, pero nunca me gustaron las armas. Esto de que mis chicos se dediquen a ensamblarlas como el que juega con un Lego no me hace ninguna gracia ni me parece que les vaya a servir de mucho en el futuro. O s�. Como vuelva a darles a las embajadoras de nuestros pa�ses vecinos una comida tan inmunda como el atentado que ha perpetrado Larissa contra las normas b�sicas de la cocina, lo m�s probable es que acabe provocando un conflicto armado panamericano de consecuencias imprevisibles.</p><p>Por sus caras en la despedida, sin haber probado pr�cticamente el postre de merengue, me parece que voy a tardar alg�n tiempo en recibir nuevas invitaciones.</p><empty-line/><p>De todas las aventuras que se contar�n a continuaci�n y que tuvieron lugar en Mosc� yo s�lo tuve noticias indirectas porque una vez casada me instal� en Madrid. Pero Gervasio, que viv�a all� junto con mis hermanas Mercedes y Dolores, cuenta que despu�s de aquel primer a�o de mucho escaqueo y poca clase, ��igo y �l volvieron un a�o a Madrid y al siguiente regresaron a Mosc� para asistir al Colegio Angloamericano. Dolores y Mercedes, mientras tanto, siguieron en la escuela rusa n.� 20, donde hicieron amistades m�s r�pidamente que los chicos porque los mayores hablaban m�s ingl�s. Lo malo, seg�n ellas, era que, cuando por fin hab�an conseguido hacerse una amiga, de pronto desaparec�a. No, no es que acabara en Siberia por disidente, sino m�s bien todo lo contrario. A los alumnos que destacaban en matem�ticas, f�sica, m�sica o deportes se los llevaban sin previo aviso a escuelas especializadas para crear los cerebrines que dar�an gloria a la Uni�n Sovi�tica. No se volv�a a saber de ellos nunca m�s, y es que en la URSS la posibilidad de elegir libremente carrera o trabajo era pr�cticamente nula.</p><p>Hace un par de a�os Gervasio regres� a Mosc�. No hab�a vuelto por all� desde 1975. Iba a encontrarse con ��igo y su mujer, que estaban a punto de recoger a un ni�o ruso que, despu�s de muchos esfuerzos, hab�an adoptado. Dieron un largo y nost�lgico paseo por todos aquellos lugares de su infancia, muy frescos en su memoria a pesar de los muchos a�os transcurridos. La ciudad les pareci� familiar y a la vez desconocida, llena ahora de vallas publicitarias de Nokia o Coca-Cola en vez de las de Lenin o Marx de anta�o, con monstruosos atascos de Porsche y BMW en vez de los destartalados Moskvich. Su vieja escuela sovi�tica n.� 20 se hab�a transformado en un exclusivo colegio para ni�os ricos donde los alumnos, vestidos de Calvin Klein o Tommy Hilfiger, descend�an de grandes limusinas de cristales tintados y entraban en el colegio digitando un c�digo en una pantalla t�ctil. A saber qu� pensar�a el pobre Ant�n Petrovich de todo esto si a�n estuviera entre nosotros�</p></section><section><title><p>REVOLUCI�N <emphasis>GLAC�E</emphasis></p></title><p>Siete de noviembre. Curiosamente, hoy es el d�a en el que se conmemora el aniversario de la Revoluci�n de octubre, porque el calendario ruso se cambi� para acoplarlo al occidental. Por lo menos no hicieron como en la revoluci�n francesa y no empezaron con eso de Brumario, Ventoso y Vendimiario que me complicaba tanto cuando estudiaba en Par�s de ni�a.</p><p>Todos los a�os se organiza un gran desfile militar en la Plaza Roja al que debe asistir el cuerpo diplom�tico acreditado en Mosc�. Da la casualidad de que ha sido el d�a m�s fr�o desde que llegamos, �quince grados bajo cero! Cuando entramos a la Plaza Roja nevaba y soplaba un viento helado espantoso, pero, por suerte, �bamos forrados de ropa de los pies hasta la punta de la nariz, con las orejeras de los gorros de piel bien apretadas. Parec�amos la familia Michelin aunque, como hab�a que aguantar a pie firme todo el desfile, que dura m�s de dos horas, mujer precavida vale por dos. Por otra parte, todos los diplom�ticos presentes ten�an el mismo aspecto de osos polares. Bueno, todos no. El embajador de Finlandia, que se sent� a nuestro lado con aire de suficiencia, como diciendo: �Bah, esta gente no aguanta ni siquiera un poquito de fresco�, nos sorprendi� llevando s�lo una fina gabardina.</p><p>El escenario era impresionante: est�bamos sentados en unas gradas a la derecha del mausoleo de Lenin; detr�s los muros del Kremlin cubiertos de enormes banderas rojas y enfrente el edificio de los Gum. Aquellos grandes almacenes que antes de la Revoluci�n eran de los mejores del mundo y que ahora s�lo venden porquer�as luc�an un inmenso cartel con el retrato de Lenin, escenas de soldados sovi�ticos venciendo a sus enemigos y el a�o 1917 formado con miles de bombillas rojas. Mi adorada catedral de San Basilio estaba medio cubierta con una banderola donde pon�a: �Proletarios del mundo, un�os�. Al cabo de unos minutos empezaron a aparecer los principales l�deres sovi�ticos en el primer piso del mausoleo entre las aclamaciones de los fieles cuadros comunistas. Tambi�n iban muy abrigados con enormes gorros de piel, excepto Gromiko que, sorprendentemente, llevaba s�lo un sombrero, y eso los hac�a parecer a�n m�s momificados de lo habitual. Brezhnev empez� su discurso con tono mon�tono y sopor�fero. Los rasgos angulosos y cauc�sicos, atractivos en cierta forma, que luce en las fotos retocadas que hay en las tiendas, tienen poco que ver con este viejito al que las gruesas cejas casi le tapan los ojos. Como yo crec� viendo en los noticieros del cine a Stalin, que ser�a un asesino pero no se puede negar que ten�a su atractivo con aquellos bigotes impresionantes, esto se parece un poco a una representaci�n de teatro interpretada por el elenco suplente. Sin embargo, ahora Stalin est� desterrado en un rinc�n oscuro de los muros del Kremlin y estas momias son las due�as de medio mundo.</p><p>El discurso segu�a mientras yo andaba distra�da pensando en mis cosas cuando, de repente, la delegaci�n china (bastante numerosa) se puso en pie como activada por un resorte y, mirando indignada a la tribuna, se retir� en bloque, ante la cara de pasmo de los presentes. Las relaciones chino-sovi�ticas no est�n pasando por su mejor momento, por lo visto, y seg�n me explic� Luis, Brezhnev hab�a deslizado una menci�n a �las intenciones agresivas de otros pa�ses socialistas�. Aprovechando el barullo tambi�n se retiraron dos o tres se�oras porque realmente el fr�o era insoportable y algunas, por coqueter�a, no se hab�an abrigado lo suficiente. El embajador de Finlandia, con su gabardina veraniega, las miraba con desprecio, como a seres inferiores, como si las temperaturas de Helsinki fueran las del polo Norte y, las de Mosc�, Sevilla en agosto.</p><p>Empez� el desfile propiamente dicho con una multitud de gimnastas uniformadas de rojo, que portaban banderas tambi�n rojas y retratos de los mismos l�deres que estaban en el balc�n del mausoleo y que aplaud�an fren�ticamente. A m� me parec�a como si se estuvieran aplaudiendo a s� mismos, la verdad� Yo s�lo conoc�a a los m�s destacados y Luis me iba indicando qui�n era qui�n: el presidente del Soviet Supremo, el jefe del Ej�rcito, el secretario general de los Sindicatos.</p><p>Despu�s desfilaron sucesivamente las tropas de los tres ej�rcitos al paso de la oca y con los Kal�shnikov bien apretados contra el pecho. Cuando cada arma acababa su turno, los escuadrones, o como se llamen, formaban para que sus jefes pasaran revista. Los chicos quedaron un poco decepcionados porque, en vez de hacerlo a pie, lo hac�an parados en la parte de atr�s de unas limusinas descapotables que avanzaban y retroced�an, ejecutando una rid�cula danza entre ellos. La verdad es que ten�an una apariencia poco marcial.</p><p>Por �ltimo, un enorme estruendo llen� la plaza: los tanques comenzaban la parada del armamento pesado mientras que los aviones de combate cortaban las nubes, dejando tras de s� una estela (c�mo no) roja. La verdad es que si lo que pretend�an con este despliegue era impresionar a los extranjeros, lo estaban consiguiendo plenamente. Nos mostraron todo tipo de cohetes, desde los chicos que iban montados de tres en tres en unos camiones hasta unos inmensos que deb�an medir cincuenta metros y que ten�an todo el aspecto de ser cabezas nucleares, aunque no me atrev� a pregunt�rselo a Luis. Quiz�s esta preparaci�n para la guerra que les dan a los chicos en el colegio no sea tan in�til, despu�s de todo.</p><p>Apabullada como estaba con todo este show, al principio no me di cuenta de que al embajador de Finlandia le deb�a de estar pasando algo. Empez� poni�ndose color berenjena. Le pregunt� si se sent�a mal, pero me despach� de modo muy poco simp�tico, as� que yo segu� mirando tranquilamente mi desfile. Al cabo de un rato empez� a temblar, sin embargo, esta vez ya no le quise preguntar nada por si acaso. Por �ltimo le sobrevinieron unas violentas convulsiones, as� que avis� a Luis, que lo sujet� justo cuando iba a caerse redondo. Los servicios sanitarios se lo llevaron con los s�ntomas de lo que parec�a un infarto y Luis se fue a acompa�arlo mientras le suministraban los primeros auxilios. Volvi� al cabo de algunos minutos, afortunadamente no hab�a sido nada serio, sino un fallo t�cnico. Resulta que la fina gabardina del finland�s funcionaba como una estufa a pilas. Pero hab�a fallado el mecanismo en aquel momento crucial: el hombre casi muere congelado por no dejar en mal lugar a su patria. Menos mal que ahora est� bien, porque hubiese sido una muerte francamente rid�cula. No s� de d�nde hab�a sacado tan original gabardina vanguardista, pero estoy por apostar que las pilas eran sovi�ticas�</p><p>De vuelta a casa nos metimos todos dentro de la chimenea que hab�amos dejado encendida en la biblioteca para descongelarnos. Todav�a me duelen los dedos de los pies y Dolores se queja de la garganta. No s� si no ser� una estrategia para no ir al colegio ma�ana, pero tendremos que andar con ojo para que nadie se resfr�e.</p><p>Un poco m�s tarde, como hoy no hab�a servicio (los d�as laborables se van a casa a las cinco y no trabajan ni s�bados ni domingos ni, l�gicamente, en las festividades revolucionarias), organizamos una comida casera con algunas latas de <emphasis>corned beef, </emphasis>queso, pat�, galletitas y unas aceitunas, pero nos hac�a falta algo caliente para quitarnos el fr�o de la Plaza Roja. Puesto que las ni�as, abusando de sus galones, han delegado las labores de cocina en los chicos, ellos fueron los encargados de preparar unos huevos fritos con arroz, aunque Gervasio refunfu�� un buen rato sobre la desigualdad de los sexos en esta familia, como suele hacer. Ver a estos dos fre�r los huevos es un espect�culo. Para protegerse del aceite hirviendo usan guantes, abrigo y unos cascos de motorista que hab�a en el garaje desde antes de que lleg�ramos. Los hemos hecho con una receta que aprendi� Luis en el restaurante Zuazo de Valladolid (sorprendentemente, porque no suele ir pidiendo recetas por ah�) y que es uno de sus platos preferidos.</p><empty-line/><p>HUEVOS FRITOS A LA ZUAZO</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p><emphasis>Huevos</emphasis></p><p><emphasis>aceite de oliva</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>En un recipiente de barro bastante hondo (incre�blemente encontramos un par que no se hab�an roto en la mudanza) calentar tres dedos de aceite de oliva. Cuando el aceite est� muy caliente echar los huevos. Sacarlos en cuanto empiecen a dorarse. As� se consigue que tengan unas preciosas puntillas, como dicen los espa�oles, y que la yema quede l�quida.</p><p>No hay nada m�s delicioso que un buen huevo frito. Sin embargo, me parece que es un manjar que podremos permitirnos pocas veces aqu� en Mosc� porque los huevos a la Zuazo requieren mucho aceite de oliva importado y con el de ac� salen negros como el carb�n. �Ser� el combustible de los tanques que vimos esta ma�ana?</p><empty-line/><p>���Te puedes creer, Gervasio, que hasta el d�a de hoy amigos de nuestros padres que os visitaron en aquella �poca en Mosc� te recuerdan haciendo huevos fritos con casco y guantes?</p><p>��S�, aquello de un ni�o de once a�os friendo salchichas disfrazado de �ngel Nieto deb�a de parecerle muy divertido a todo el mundo. Ya podr�an recordarme por mis estupendos huevos fritos, por ejemplo. Pero bueno, al menos puedo decir que he dejado huella por mi manera de cocinar, no como t�.</p><p>En realidad, �se fue el comienzo de mi afici�n a la cocina, forzado por las circunstancias y la opresi�n familiar. Aquellos conocimientos b�sicos me han sido bastante �tiles en algunas �pocas de mi vida, especialmente cuando he tenido que convivir largas temporadas con nuestras hermanas Mercedes y Dolores. Cuando ellas ten�an veintitantos, su natural alergia a cualquier sart�n, cacerola o artefacto diab�lico similar lleg� a tal punto de paroxismo que prefer�an no ingerir alimento alguno (�As� tendremos mejor tipo este verano�) a tener que acercarse a uno de ellos. As� que cocinaba yo. Qu� remedio, era eso o sobrevivir a base de una equilibrada dieta de bonys y tigretones. Un m�rtir de la cocina es lo que soy. Y todav�a hay gente que me pregunta por qu� no me he casado.</p></section><section><title><p>EL D�A DE LA MUJER DANZANTE</p></title><p>�Me duelen terriblemente los pies! Dolores y yo acabamos de volver de un t� en el Kremlin para celebrar el D�a de la Mujer Trabajadora y nos hemos pasado toda la tarde �bailando! Era una recepci�n en el impresionante Sal�n de San Jorge s�lo para mujeres, presidida al alim�n por la esposa de Brezhnev y por Valentina Tereshkova, la primera mujer que viaj� al espacio.</p><p>A la entrada del palacio hab�a una gran aglomeraci�n de las invitadas rusas que llegaban unas con bolsas de deporte, y otras con una simple bolsa de pl�stico o arpillera. Se sentaban en unos banquitos puestos all� al efecto para quitarse las pesadas botas de nieve y de las bolsas sacaban sus zapatos de fiesta. Se retocaban un poco y pasaban a los salones. A pesar de los a�os transcurridos, los salones del Kremlin siguen manteniendo la suntuosidad imperial de la �poca de los zares, con sus impresionantes y gigantescas ara�as de cristal. All� nos esperaba una fila de anfitrionas rusas a las que, exceptuando tres o cuatro, yo no hab�a visto nunca. Hab�a tra�do a Dolores para que me tradujera algo porque se le est� dando bastante bien el idioma y la int�rprete de la embajada estaba enferma, pero yo creo que esto la ha superado un poco. Comprendo que traducir �Presidenta del Comit� para el Di�logo Interregional de Solidaridad y Cooperaci�n entre Pueblos Amigos� no es lo m�s sencillo para una ni�a de quince a�os.</p><p>Nosotras llegamos temprano, y como no vi a ninguna embajadora conocida, nos fuimos hacia la larga mesa decorada con flores donde estaba la comida. Esta vez s�lo hab�a un buffet y no dos o tres, seg�n las distintas categor�as de los invitados, como es habitual en otras recepciones oficiales ac�. En el pa�s de la igualdad, unos son m�s iguales que otros. Algunas se�oras (o camaradas o lo que fueran porque yo ya me hago un l�o) se estaban sirviendo t� de enormes samovares. Se trata de recipientes que en otra �poca eran de plata y ahora son del metal que cada uno pueda permitirse. En la parte superior se coloca la tetera con las hojas y muy poca agua para que se concentre la infusi�n, mientras que en la parte inferior unas brasas mantienen caliente el resto del agua para que cada uno la a�ada a su gusto. El t� es la bebida nacional del pa�s y se bebe durante todo el a�o, as� haya cuarenta grados bajo o sobre cero, con much�simo az�car o, a veces, con mermelada y siempre en un vaso con soporte met�lico. Es muy oscuro y fuerte de sabor. Una amable se�ora del Ministerio de Asuntos Exteriores, que hablaba algo de franc�s, nos explic� que en este pa�s el t� se cultiva principalmente en Georgia y Crimea, y que es una mezcla de variedades originarias de la India y de Ceil�n. Tambi�n a�adi� unas cuantas estad�sticas sobre el espectacular incremento de la producci�n durante los �ltimos a�os.</p><p>��De quinientas mil toneladas vamos a pasar pronto al mill�n que establece el plan. �Y con dos a�os de adelanto! -me inform�, orgullosa-. El aumento se debe a la construcci�n de nuevas plantas de producci�n, mejoras en la log�stica y en la distribuci�n. Esto es muy importante porque el t� es la bebida preferida por los ciudadanos sovi�ticos. Lo toma el noventa y cinco por ciento de la poblaci�n y el consumo medio es de tres tazas diarias -concluy�.</p><p>Parece que los funcionarios en cuanto est�n con un extranjero se ven en la obligaci�n de colocar un anuncio publicitario sobre las bondades del r�gimen socialista.</p><p>En el buffet hab�a adem�s una gran cantidad de tartas con un ba�o blanco de aspecto sospechoso y unas frutas escarchadas que, a pesar de que nos encontr�bamos en el Kremlin, no ten�an un aspecto muy apetitoso. Para no quedar mal con las anfitrionas, y previendo la situaci�n, yo, a prop�sito, no hab�a almorzado a mediod�a. De esta forma llego a las recepciones con un hambre horrorosa y no le hago ascos a la comida, por muy mala que est�. En estos pa�ses no hay peor desaire que no probar bocado, as� que me puse un poco de <emphasis>kulich, </emphasis>que es una especie de <emphasis>panettone </emphasis>relleno de fruta y con un casquete en la parte superior en forma de champi��n. Deb�a de tener varias recepciones diplom�ticas de antig�edad porque estaba seco como un pedazo de madera. Para poder digerirlo, le a�ad� una bola de helado, que es otra de las pasiones nacionales. Es impresionante, los rusos toman helados aunque los ping�inos se est�n muriendo de fr�o. La verdad es que suelen ser bastante ricos en todas partes, si bien la variedad de sabores es limitada, como es l�gico, en el pa�s de la uniformidad, y se reduce a fresa, chocolate y vainilla, mucha vainilla. Dolores, por su parte, opt� por la mousse de chocolate, pero cuando meti� la cuchara para servirse ya no la pudo volver a sacar de lo dura que estaba, as� que abandon� el intento.</p><p>Es la primera gran recepci�n para mujeres a la que asisto en la URSS y, como todav�a no conozco bien las costumbres, por un momento aquello me pareci� una fiesta de colegio. Despu�s de los discursos protocolarios se situaron en un lado del inmenso sal�n las rusas y las mujeres de los pa�ses sat�lites, entre las que divis� a la Pasionaria, con esa gallard�a espa�ola (que algunos llaman arrogancia) tan caracter�stica, a pesar de estar ya viejita. Al otro lado nos colocamos las embajadoras del resto de los pa�ses, un poco cohibidas. De repente empez� a tocar una orquestita que hab�a en una de las esquinas y la se�ora de Brezhnev, una mujer peque�a pero fuerte, con un gran mo�o que casi parec�a otra cabeza sat�lite, atraves� el espacio neutral entre los dos grupos, se acerc� a nosotras y �sac� a bailar a Dolores! La agarr� de la mano y de la cintura y empezaron a dar vueltas. La ni�a se mor�a de la risa y le tuve que hacer unos gestos amenazantes para que se comportara. Me imagino que ser elegida por la mujer del secretario general del Partido para abrir el baile se considerar� un gran honor, pero la verdad es que los manuales de protocolo no nos preparan para situaciones como �sta. Siguiendo el ejemplo, otras rusas sacaron a bailar a las embajadoras y pronto el sal�n se llen� de damas que giraban y giraban y re�an juntas aunque no se entendieran. Una buena forma de romper el hielo, no hay duda. A m� me toc� una gordita que bailaba admirablemente bien y que me llevaba en volandas a pesar de que yo era el doble de alta que ella. Parec�a muy concentrada y me hac�a todo el rato indicaciones en franc�s.</p><p>��Madame, la mano izquierda m�s alta. No baje tanto la barbilla. Sienta la m�sica y d�jese llevar -me dec�a.</p><p>Como en la vida no hay misterios, result� que era la directora art�stica del Teatro Bolsh�i, la descubridora de grandes talentos del ballet ruso como Nur�iev o Maya Plisi�tskaia. Por un momento parec�a que hasta yo era un genio de la danza, una Margot Fontaine.</p><p>Despu�s me sac� a bailar una ingeniera espacial muy agradable y bastante mona que ponder� mucho mi peinado y me pregunt� discretamente si le podr�a conseguir laca francesa Elnett porque con la rusa queda el pelo todo pegoteado. Le promet� hacer lo posible. Ahora que hablamos de spray, lo que siento de veras es que ac� consideren el desodorante un art�culo burgu�s superfluo y no lo vendan en las tiendas porque, con todo el movimiento del baile, la ingeniera desprend�a un importante olor a humanidad, cosa que tambi�n empez� a pasarle al resto del cuerpo de baile, hasta que el aire del sal�n se hizo realmente denso.</p><p>Como las mujeres somos como somos, pronto surgieron los peque�os celos entre las embajadoras. Que si t� ya has bailado dos veces con la mujer de Brezhnev y yo ninguna, que si Valentina Tereshkova no me saca a bailar, que yo con �sta no quiero bailar porque es muy fea y me pisa y ese tipo de cosas, pero en general lo pasamos en grande. L�stima que me haya puesto estos zapatos nuevos tan lindos pero inc�modos porque tengo los pies en la miseria. Aunque, claro, �qui�n hubiera podido prever que aquello iba a ser <emphasis>th� dansant </emphasis>feminista? La verdad es que acab� siendo casi m�s divertido que un baile con hombres, que siempre bailan tan mal y encima lo hacen como si aquello fuera un sacrificio espantoso. En las fiestas deber�an quedarse sentados hablando de sus cosas y dejarnos a las mujeres que nos arreglemos entre nosotras. Todav�a me r�o sola recordando la escena, no obstante, me pregunto: �por qu� a m� no me habr� pedido el tel�fono aquella generala tan simp�tica de setenta y tantos a�os, repleta de medallas y dientes de plata y a la embajadora de Honduras s�?</p></section><section><title><p>NUEVOS INVITADOS</p></title><p>Tenemos nueva inquilina en casa. Hace unos d�as lleg� M�nica, la hija de unos amigos de Madrid que de mayor quiere ser traductora. Para ella es una gran ocasi�n aprender ruso <emphasis>in situ </emphasis>y nosotros estamos felices con ella. Es encantadora y muy educada y as� tenemos una sustitu�a para Mercedes, que nos abandona a menudo para hacer sus ex�menes en Madrid. Menos mal que Dolores, Gervasio e ��igo estudian por correspondencia y no tienen que viajar, porque son una gran compa��a en esta ciudad en la que no hay mucho que hacer. M�nica tiene una edad entre Gervasio y Dolores y, aunque en estos a�os las diferencias son importantes, se lleva muy bien con todos. Bueno, con todos no. ��igo, un poco celoso de haber perdido su papel de estrella de la casa, le tiene declarada la guerra. El otro d�a, sin ir m�s lejos, la encerr� con llave en la despensa y apag� la luz.</p><p>Cuando le pregunt� por ella, al cabo de un par de horas, puso la t�pica cara de inocente y no tuve m�s remedio que darle un buen tir�n de orejas para que confesara. Incre�blemente, cuando sacamos a la pobre M�nica de su mazmorra ten�a una sonrisa de oreja a oreja y sali� corriendo a jugar con los chicos. Se me pone el pelo blanco de pensar en qu� estado me habr�an sacado a m�. Adem�s de mi claustrofobia natural, me morir�a de miedo pensando en las ratas, nuestras inmundas invitadas involuntarias. Bueno, en ellas y en nuestra otra invitada misteriosa�</p><p>A pesar de todas las clases de veneno que hemos puesto, nuestras amigas las ratas se resisten a abandonarnos y cada d�a hay m�s. Mercedes pis� una la semana pasada, cuando bajaba a oscuras por la escalera de la cocina, y casi le da un ataque. Teniendo en cuenta la calidad de los productos sovi�ticos, estoy empezando a pensar que los raticidas que estamos utilizando deben de ser en realidad alg�n tipo de complejo vitam�nico, porque cada d�a est�n m�s grandes y lustrosas. En la despensa han hecho estragos y, aunque intentamos poner los alimentos en recipientes met�licos, siguen d�ndose grandes banquetes. El mes pasado nos est�bamos quedando sin existencias porque el env�o de la empresa de venta por correspondencia de Dinamarca se hab�a retrasado y no quedaba casi nada de lo que les gusta a los chicos. Entonces ��igo, no s� si por hacer la gracia o por su glotoner�a cong�nita, empez� a comerse un paquete de galletas que por el otro extremo estaba todo mordisqueado por esos bichos inmundos. Tuve que llevarlo volando a ponerle la vacuna contra la rabia. Su madre me va a matar. Ya es la segunda vez que se la tengo que poner porque hace unos a�os, pasando un fin de semana con nosotros en Biarritz, lo mordi� en un moflete un cachorro de le�n que llevaba un fot�grafo como reclamo. La pr�xima vez no s� con qu� animal se va a topar este ni�o.</p><p>Y luego est� �la otra invitada�. En casa se oyen ruidos raros, hay puertas que se abren y se cierran solas, o se caen cosas sin motivo cuando no hay nadie cerca. Yuri, el mayordomo, est� convencido de que se trata de un <emphasis>dotnovoi, </emphasis>unos duendes muy peludos que, seg�n la tradici�n rusa, protegen la casa. Esto lo comenta muy bajito para que los micr�fonos no le delaten como un supersticioso antisovi�tico.</p><p>��Este Yuri, como es de pueblo, sigue creyendo en las mismas paparruchadas de sus abuelos mujiks -me cuenta Luisa, nuestra ama de llaves-. Mire, se�ora, la culpa de todo la tiene el comerciante cargado de millones que era el due�o de esta casa antes de la Revoluci�n. Era un salvaje -asegura Luisa- y organizaba grandes org�as que duraban d�as, con todo el mundo atiborr�ndose de la comida m�s exquisita, de champ�n y vodka, con grupos de z�ngaros turn�ndose para que la m�sica no parase jam�s. Aquel cerdo reaccionario se enamor� de la m�s guapa de todas las z�ngaras, una mujer bell�sima, seg�n cuentan, con unos enormes ojos verdes de gato. Esto le trajo muchos disgustos, porque, ya sabe usted se�ora, c�mo son los gitanos para sus cosas, pero finalmente consigui� convertirla en su amante y tra�rsela a vivir a esta casa. La cubri� de arriba abajo con las joyas m�s caras y las mejores pieles. La llevaba como una reina, de paseo por la Sadovaya, en su trineo con arreos de plata tirado por dos caballos ingleses -contin�a Luisa como si lo hubiese visto con sus propios ojos-. Lo malo es que ella era joven y �l un viejo. Ya sabe c�mo acaban estas cosas. Un d�a, el comerciante lleg� antes de lo esperado de un viaje y se encontr� a la chica en brazos de uno de los z�ngaros. Los mat� all� mismo, en su dormitorio, que ahora es donde duerme usted -dijo Luisa.</p><p>�No s� por qu� -dije para mis adentros-, ya me lo tem�a.�</p><p>��El cad�ver de �l se lo ech� de comida a sus perros de caza y el de ella�, ay, se�ora, el de ella lo descuartiz� y lo quem� en la chimenea de la biblioteca. S�, se�ora, as� como se lo cuento. Hay gente que dice incluso que se mand� hacer un guiso con esa carne, pero ya sabe que la gente exagera mucho. El caso es que el alma de la gitana sigue todav�a entre estas cuatro paredes y ella es la responsable de todas las cosas que se rompen en esta casa. Lo hace para que no la olvidemos. Hace unos a�os un embajador trajo unos z�ngaros para una fiesta y se negaron a tocar, y luego dijeron que era porque se o�an sollozos por toda la casa.</p><p>Como siempre, Luis opina que esto son tonter�as, que las casas viejas, y adem�s con ratas, siempre tienen ruidos siniestros, pero el hecho es que el resto del servicio tambi�n se queja. Serioya, el carpintero-instalador-de-micr�fonos, dice que, aunque su materialismo dial�ctico le impide creer en supercher�as, �l no se quedar�a solo en la cocina de noche ni loco. Adem�s, cuando est�bamos en Montevideo tambi�n viv�amos en una casa grande y vieja y los ruidos no ten�an nada que ver con estos. <emphasis>Malheureusement, </emphasis>me parece que para cosas de esta naturaleza no sirven los matarratas. El otro d�a se lo cont� al padre Richards para ver si pod�a hacer algo, yo qu� s�, unos responsos o alg�n exorcismo, pero me mand� a paseo, as� que nos tendremos que acostumbrar a esta inquilina. Como dice I�igo, por lo menos la z�ngara no se come las provisiones como las ratas.</p><p>��Es una pena que al final Yuri no tenga raz�n -concluye Luisa mientras me guarda cuidadosamente unas medias dentro del bolsillo de una camisa (tiene un sentido del orden un poco peculiar)-. Nos vendr�a mucho mejor que fuera un <emphasis>dotnovoi. </emphasis>A esos esp�ritus les encantan las casas limpias y en orden y son famosos por ayudar en las tareas dom�sticas. Dicen que si est�s a buenas con ellos y te dejas, por ejemplo, un vaso sucio en alguna parte, ellos se encargan de limpiarlo. Nos vendr�a muy bien que nos echaran una mano de vez en cuando.</p><p>�Ummm, qu� interesante -no puedo evitar pensar, frot�ndome mentalmente las manos-. Quiz� podr�a domesticar a uno de esos <emphasis>dotnovoi. </emphasis>Le ense�ar�a a cocinar y as� no tendr�a que depender de las manazas de Larissa.� A los ni�os les ha divertido much�simo la historia y, como si se tratase de un animal dom�stico, les ha parecido mucho m�s pr�ctico un duende multiusos que una z�ngara descuartizada. Continuando con la broma y siguiendo las indicaciones de Yuri y de la vieja tradici�n rusa, hemos preparado un bizcocho. Lo hemos dejado (debidamente cubierto para que no se lo coman las ratas) junto a un papel con la antigua f�rmula para atraer un <emphasis>domovoi </emphasis>a nuestra casa: <emphasis>�Dedushka Domovoi, </emphasis>ven a mi casa y ay�danos a tenerla limpia�. A falta de una receta local, los ni�os y yo nos hemos inventado este bizcochuelo:</p><empty-line/><p>BIZCOCHUELO ARROLLADO ESPECIAL PARA ATRAER <emphasis>DOMOVOIS</emphasis></p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p><emphasis>6 huevos</emphasis></p><p><emphasis>6 cucharadas de harina</emphasis></p><p><emphasis>6 cucharadas de az�car poco llenas</emphasis></p><p><emphasis>200 g de dulce de leche o la mermelada que se prefiera</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><p>Batir las claras a punto de nieve. Agregar el az�car y seguir batiendo. A�adir las yemas sin dejar de batir. Luego incorporar la harina poco a poco, removiendo siempre para que la masa quede muy ligerita. Verter en una fuente alargada, ancha y engrasada, en una capa de unos dos dedos de alto. Introducir en el horno precalentado a unos 150� C y cocer unos 10 minutos. Espolvorear con az�car una servilleta ligeramente h�meda y colocar encima el bizcochuelo. R�pidamente untar toda la superficie con el dulce de leche o la mermelada. La servilleta h�meda permitir� que el bizcochuelo se mantenga blando para envolverlo f�cilmente. Enrollar el bizcocho formando un cilindro.</p><empty-line/><p>��Es cierto que en la casa de Mosc� yo no llegu� a vivir m�s de quince d�as seguidos, unas semanas antes de mi boda y luego en vacaciones y, por tanto, no deber�a opinar. Pero para m�, Gervasio, esta historia de fantasmas, <emphasis>domovois </emphasis>y z�ngaras descuartizadas que cuenta mam�, de tanto repetirla hab�is acabado crey�ndoosla.</p><p>��Comprendo tu escepticismo, Carmen. De hecho, durante mucho tiempo yo tambi�n pens� que eran imaginaciones nuestras. Pero a�os m�s tarde, cuando ��igo y yo regresamos a Mosc�, en nuestro <emphasis>tour </emphasis>nost�lgico volvimos a aquella antigua casa que sigue siendo la residencia uruguaya. El entonces embajador, el doctor Fajardo, que hab�a sido segundo de nuestro padre en Londres, nos recibi� muy amablemente y nos ense�� aquellas habitaciones tan llenas de recuerdos y que, en alg�n caso, conservaban las mismas cortinas que hab�a puesto mam�. Ya como adultos pudimos apreciar el maravilloso barroquismo <emphasis>art nouveau </emphasis>de las l�mparas, apliques, escaleras y <emphasis>boiserie. </emphasis>��Qu� suerte poder vivir en una casa tan bonita, embajador!�, dijo ��igo. �No creas -respondi� Fajardo-. Si por m� fuera, preferir�a vivir en un buen piso calentito donde los ba�os funcionen como Dios manda. Esta casa es muy adecuada para cuando hay que organizar una recepci�n, pero tiene m�s de ochocientos metros cuadrados y desde que me separ� de mi mujer reci�n llegado a Mosc�, se me cae encima los fines de semana. Entonces se va el servicio y me quedo solo en este enorme caser�n. Y con esos ruidos�� �No fastidies, no me digas que la gitana errante sigue por aqu��, le dije entonces. �No s� exactamente de qu� se trata porque nadie quiere dec�rmelo -confes� el embajador-, pero se caen cosas y las ventanas se abren solas en verano. La cocinera est� aterrorizada y ha acabado por ponerme nervioso a m��.</p><p>��igo y yo estuvimos a punto de recomendarle que intentara convencerla de que en vez de un espectro lo que hab�a all� era un <emphasis>domovoi </emphasis>que le pod�a echar una mano con la limpieza, pero preferimos cambiar de tema antes de que nos mirara raro.</p><p>���Por lo menos lo que ya no tendr�s ser�n micr�fonos�, dijo ��igo. �No creas, sigo teni�ndolos, exactamente igual como me contaba tu padre. Me los encuentro en los sitios m�s ins�litos. El encargado de instalarlos era hasta hace poco el carpintero, hijo de un tal Serioya que trabajaba en esta casa cuando estaban ustedes�. �Pero �no hab�a ca�do el comunismo? �A qui�n le puede interesar ahora lo que se diga en la Embajada de Uruguay?�, pregunt� c�ndidamente sin recordar que tampoco estaba muy claro el inter�s estrat�gico de las charlas de la familia en 1973. �Bueno, ya saben lo burocr�tico que es este pa�s. Yo creo que antes de la <emphasis>perestroika </emphasis>deb�a de haber un par de funcionarios asignados a las escuchas de esta residencia. Despu�s pas� lo que pas�, el KGB se disfraz� de FSB, pero� nadie se acord� de decirles a estos funcionarios que dejaran aquella tarea, as� que siguen, d�a a d�a, transcribiendo las conversaciones, aunque la verdad es que conmigo no tienen mucho trabajo. Como siempre estoy solo�� Ya ves, Carmen, mucho Porsche, mucho Jaguar, mucho anuncio de Coca-Cola, mucha tienda Zara, pero parece que en el reino del se�or</p><p>Putin, las cosas no han cambiado tanto para los fantasmas ni para los esp�as.</p></section><section><title><p>SOMOS PIONEROS, HIJOS DE OBREROS</p></title><p>���Ya era hora!, �Comida de verdad -gritaba ��igo dando saltitos y frot�ndose las manos, mientras engull�a a dos carrillos las chocolatinas que les hab�amos llevado.</p><p>Y es que ayer Luis y yo fuimos a visitar a M�nica, ��igo y Gervasio en el <emphasis>pionerski lager </emphasis>o campamento de verano de los pioneros, la organizaci�n infantil a la que deben pertenecer todos los ni�os de nueve a quince a�os de la URSS. A pesar de que llevan s�lo dos semanas all�, ya est�n en los huesos. ��igo est� encantado porque dice que est� m�s flaco que en toda su vida y que su madre va a estar muy contenta cuando lo vea, pero yo volv� bastante preocupada. Ella me entreg� un ni�o rollizo y saludable y yo le voy a devolver uno flaco y fam�lico. No s� qu� va a decir. Al parecer la comida es absolutamente asquerosa. De desayuno les dan unas latas de sardinas escabechadas con repollo; a mediod�a un <emphasis>borsch </emphasis>(sopa rusa de remolacha) aguado, con pepinos y un poco de repollo, y por la noche una especie de potaje con unas pelotillas marrones, que a�n no saben de qu� son, acompa�adas de, �oh sorpresa!, repollo. Algunos d�as a los chicos les ha tocado ayudar en la cocina y han quedado traumatizados por la experiencia. Al parecer hay un mont�n de cucarachas y, por ejemplo, aclaran los espaguetis poni�ndolos en el piso encima de una rejilla de desag�e y enchufando la manguera del jard�n. Me consuelo pensando que esta debe de ser una de esas experiencias que curten a la juventud, algo as� como el servicio militar en ciertos pa�ses, pero, claro, estos �soldados� s�lo tienen once a�os�</p><p>Gervasio y M�nica hacen esfuerzos por alimentarse y comen alguna cosa, pero a ��igo le ha salido el gourmet vasco que lleva dentro y ha decidido que para comer porquer�as, mejor no comer. S�lo toma pan con mantequilla y algo de fruta que les dan de vez en cuando. Les he llevado galletitas, chocolates y unos chicles y �l se ha lanzado sobre las vituallas como una fiera. En cambio, Gervasio se las quer�a guardar para cambiarlas por una navaja que ten�a otro ni�o, cosa que le he prohibido tajantemente. ��igo, por su parte, se ha ofrecido, muy gentil, a comerse la raci�n de los dem�s.</p><p>El campamento parece bastante lindo. Son grandes dachas de madera pintadas de amarillo, construidas en medio de un bosque de abedules y alrededor de una plaza central con una inmensa estatua de Lenin, aunque los chicos dicen que todo est� muy sucio y que no hay quien se acerque a menos de cien metros de la zanja que hace las veces de cuarto de ba�o. Iban mon�simos vestidos con su traje de gala: gorra azul de recluta, camisas blancas y pa�uelos rojos al cuello, aunque no s� lo que pensar�a mi madre si los viera uniformados de revolucionarios. Tampoco quiero imaginarme algunas de las cosas que les deben de estar ense�ando.</p><p>���Sab�is qui�n es el h�roe de los pioneros? -preguntaba Gervasio distra�damente mientras pelaba una de las chocolatinas-. Pavlik Morozov. Era un chico que, en la �poca de la Revoluci�n, denunci� a su padre a la polic�a por actividades antisovi�ticas. En represalia, los kulaks reaccionarios lo mataron. Nos hablan mucho de Pavlik aqu�, dicen que era un gran chico.</p><p>A ver si adem�s de micr�fonos ahora vamos a tener peque�os informadores en nuestra propia casa.</p><p>Por lo dem�s, parece que lo est�n pasando bastante bien, que aprenden el idioma (que es para lo que est�n all�), porque casi todos los ni�os son rusos, excepto algunos pioneros polacos y h�ngaros. Ya han hecho amigos, aunque el ambiente est� muy politizado e ��igo se ha metido en alg�n problema, afortunadamente sin consecuencias, por negarse a saludar a la bandera roja y a gritar �Gloria al Partido Comunista de la Uni�n Sovi�tica�, que es lo que tienen que hacer nada m�s levantarse y justo antes de irse a acostar en la gran plaza que hay en medio del campamento.</p><p>��Es que yo soy espa�ol, t�a Bimba, y no me da la gana decir esas cosas. Se pongan los rusos como se pongan. Bastante hago contestando <emphasis>Vsegd� Gotob </emphasis>(siempre listos), que es el saludo de los pioneros. Que no me den la lata, que soy vasco y se van a enterar.</p><p>La organizaci�n debe de ser bastante militar porque los ni�os cuentan que est�n organizados en batallones y que hacen pr�cticas para desfilar casi todas las tardes. Tambi�n hacen simulacros de guerra nuclear y bacteriol�gica (no confundir) <emphasis>y </emphasis>ejercicios de supervivencia en grupo donde tienen que orientarse con una br�jula y buscar su propia comida en el bosque. Seg�n ��igo ese d�a es de los que mejor comen porque acaban encontrando muchas frutas y bayas silvestres que est�n mucho m�s ricas que lo que les dan habitualmente. De vez en cuando van a un kolj�s o granja colectiva que hay cerca para ayudar limpiando campos de cultivo. Afortunadamente, no todo es guerra y trabajo. Tambi�n juegan mucho al f�tbol, al voleibol y al ajedrez, otra de las pasiones nacionales. Dos veces por semana proyectan cine al aire libre. Incluso han hecho una obra de teatro musical sobre la conquista de Berl�n por las tropas sovi�ticas. ��igo hac�a de tanque, M�nica de enfermera (creo que era la <emphasis>sex symbol </emphasis>de la obra) y Gervasio de poste indicador donde pon�a �Al Reichstag�. Estaba un poco disgustado porque dice que siempre le tocan papeles poco lucidos en las obras de los colegios a los que va, pero se consolaba pensando que por lo menos no le hab�an puesto de soldado alem�n, porque a esos los mol�an a palos en la escena. Qu� l�stima no haber podido verlos para sacarles una foto.</p><p>Cuando lleg� la hora de irnos me dio mucha pena tener que dejarlos solitos en aquel enorme recinto rodeado de vallas. Encima de la reja de la entrada hab�a un gran cartel. Ten�a un �guila dibujada y Luis me explic� que el campamento se llama Arleonak, que quiere decir �aguiluchos�. Aquel p�jaro con la palabra <emphasis>lager </emphasis>debajo me record� a otros campos mucho m�s siniestros de no hace tanto tiempo y sent� un escalofr�o de mala madre mientras los ni�os se alejaban por el camino central del recinto.</p><empty-line/><p>Aquel fue el primero de los dos a�os en los que M�nica, ��igo y yo estuvimos en el campamento de pioneros. Como sol�a pasar en ese socialismo con infinidad de castas, los ni�os, las actividades o el grado de adoctrinamiento no ten�an nada que ver de un campamento a otro.</p><p>Al primero que fuimos iban los hijos de altos funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores o de diplom�ticos. Cuando ten�amos discusiones pol�ticas con alguno (s�, ya s� que puede parecer un poco repipi tener este tipo de conversaciones a esa edad) le pregunt�bamos:</p><p>���C�mo puedes decir que �ste es el para�so de la libertad si la gente ni siquiera puede salir del pa�s?</p><p>���Qu� tonter�a es �sa? -nos contestaba Sacha, por ejemplo, mir�ndonos con suficiencia mientras se apartaba el flequillo con un soplido-. Yo he vivido con mi padre tres a�os en Washington. Dicen que en Estados Unidos todo el mundo es libre, pero en realidad est� lleno de delincuencia, la gente tiene miedo de salir a la calle, hay drogas por todas partes y nuestros hermanos de color est�n oprimidos. �D�nde est� la libertad?</p><p>Tambi�n utilizaban de vez en cuando argumentos de captaci�n parecidos a los de algunas sectas cristianas.</p><p>���Sabes que Lenin tambi�n era ni�o como nosotros? -dec�a Volodia, se�alando su insignia de los pioneros, donde aparec�a Vladimir Illich lleno de encajes y bucles dorados como si fuera el ni�o Jes�s-. Era un ni�o ejemplar aun antes de saber cu�l iba a ser su misi�n en la vida. A lo mejor te pasar� a ti lo mismo.</p><p>Por el contrario, y quiz� por un error de los funcionarios del UPDK encargados de decirnos con qui�n deb�amos y con qui�n no deb�amos mezclarnos, nuestro segundo campamento fue mucho m�s relajado. La comida era igual de mala o peor, pero los ni�os eran hijos de funcionarios de bajo nivel del Ministerio de Industria y eran eso, ni�os, y no propagandistas pigmeos. Incluso se contaban chistes infantiles que hubiesen matado de un soponcio a los catequistas del otro <emphasis>pionerski lager: </emphasis>est� Brezhnev preparando el discurso de inauguraci�n de las olimpiadas de Mosc� de 1980. �Oooh, oooh, oooh, oooh, oooh.� Se acerca su secretario, mira el discurso y le dice: �Camarada Brezhnev, esta parte no hace falta que la lea. �Son los aros ol�mpicos!�.</p><p>Y nos tronch�bamos de la risa. Y jug�bamos al f�tbol. Y a la botella.</p><p>Y all� me enamor� por primera vez. De Danuta, pionera polaca de intercambio, de larga melena rubia y unos inmensos ojos azules. Fue un gran verano.</p></section><section><title><p>INFORMACI�N CONFIDENCIAL</p></title><p>Son d�as de una gran incertidumbre y tristeza. Hace poco menos de una semana nos lleg� la noticia por t�lex de que hubo un golpe de Estado en Uruguay. Hemos intentado contactar telef�nicamente con parientes y amigos pero la comunicaci�n desde ac� es muy complicada. S�lo recibimos un llamado del ministerio indic�ndonos que debemos transmitir normalidad a las autoridades sovi�ticas y al resto de la comunidad diplom�tica de Mosc�. No nos aclararon mucho m�s. Luis estuvo hablando con compa�eros destinados en otras ciudades europeas, pero ellos tampoco saben nada. Por lo que nos contaban las cartas de amigos y parientes y por lo que dec�an los diarios uruguayos sab�amos que la situaci�n era complicada, sin embargo, no esper�bamos que esto llegara a pasar. �Qu� dif�cil es valorar estas cosas a miles y miles de kil�metros de distancia! Por mucho que te cuenten nunca te podes hacer una idea exacta de la situaci�n. La gravedad de la crisis econ�mica de los �ltimos a�os, la guerrilla de los Tupamaros y la ineficacia del gobierno han acabado con la tradicional convivencia pac�fica de nuestro pobre paisito. El 27 de junio el presidente Bordaberry, junto con los militares, disolvi� las c�maras y poco despu�s ilegaliz� los sindicatos. Por lo que parece, el Partido Blanco, al que pertenece Luis, se ha declarado en contra, as� como el Frente Amplio, la coalici�n de izquierdas. En el partido del Gobierno, el Colorado, hay una gran divisi�n. Luis est� muy deprimido. �l cree que esto es el comienzo de un per�odo de persecuci�n pol�tica y que no va a resultar f�cil alejar del poder a los militares despu�s del protagonismo que hab�an asumido en los �ltimos tiempos de lucha contra los Tupas. Luis se sigue sintiendo un pol�tico por encima de todo y cree que cualquier limitaci�n de las libertades p�blicas en nuestro pa�s puede ser desastrosa. Por otro lado, no sabe c�mo va a representar a este nuevo gobierno ni qu� es lo m�s correcto en estas circunstancias.</p><p>Ayer, para levantarle el �nimo, y aprovechando que era s�bado por la noche, reserv� mesa en uno de nuestros restaurantes favoritos, el Berl�n, para ir a cenar con los chicos, que est�n a punto de volverse a Madrid despu�s de su aventura en el <emphasis>pionerski lager.</emphasis></p><p>Cuando salimos de casa, y a pesar de ser casi las diez, era completamente de d�a. Estamos en la �poca de las noches blancas, y se puede decir que la luz solar nos ilumina durante las veinticuatro horas aunque, a diferencia de Leningrado, ac� hay m�s o menos un par de horas de semipenumbra. Teniendo en cuenta que venimos de un primer invierno moscovita en el que descubrimos que amanece a las once de la ma�ana y anochece a las tres de la tarde, esta �poca del a�o te abre el coraz�n. Es el contraste entre la ciudad oscura y dormida bajo la nieve y las calles llenas de gente hasta la madrugada. Unos en los bancos p�blicos hablando con los vecinos, otros merendando en un parque con su familia o simplemente paseando por las grandes avenidas como si fuera mediod�a. Todo se llena de color, el verde de los �rboles, el rojo de las amapolas, la ropa de la gente, y Mosc� parece una ciudad menos gris y casi habitable. Esta ausencia de noche nos tiene sumidos en un estado de vigilia permanente. Parece antinatural meterse en la cama con el sol d�ndote en la cara (aqu� las persianas son un artefacto del todo desconocido) y s�lo dormimos dos o tres horas. Ahora mismo son las cuatro de la ma�ana y en casa cada uno seguimos con nuestra rutina habitual de cualquier tarde. Yo escribiendo este cuaderno, Luis leyendo en el patio y los ni�os jugando alrededor. Con lo que a m� me gusta dormir, estoy deseando ir de vacaciones de verano a Espa�a para, al fin, descansar.</p><p>Es una l�stima que no haya restaurantes con terraza en Mosc� para aprovechar esta luz. Quiz� les parecer� decadente a las autoridades. La otra noche (es un decir), estuvimos en el restaurante giratorio de la torre de la televisi�n y era impresionante ver la ciudad iluminada por esta luz que parece de d�a y no lo es. Todo se ti�e de un extra�o color amarillento, como si llevaras lentes de sol. La atm�sfera se vuelve irreal. Eso s�, el restaurante no vale gran cosa. Los rusos dicen que es el m�s alto del mundo (para la propaganda todo lo de ac� es lo m�s grande, chico, potente, pesado o lo que sea, del planeta) porque est� construido en el �ltimo piso de esa torre de comunicaciones, pero la comida es realmente pavorosa. Dan ganas de saltar al vac�o desde arriba.</p><p>El Berl�n, en cambio, es un local anterior a la Revoluci�n y conserva algo de su antiguo encanto, con sus grandes espejos, candelabros y frescos del siglo XIX. Nos sentimos a gusto all�. Cuando llegamos, en la puerta ten�an colgados los sempiternos letreros de los restaurantes en este pa�s: <emphasis>Mesto net </emphasis>(completo) y <emphasis>Restaurant zacrit </emphasis>(cerrado). Este �ltimo lo ponen siempre, aunque haya doscientas personas comiendo. Al entrar nos golpe� el aire caliente y el olor a humanidad. La gente cantaba, aplaud�a, re�a ense�ando sus fundas met�licas y de oro. Las sonrosadas caras nos miraban amistosamente. Ac� cuando salen es para disfrutar y beber, beber como cosacos. Y no se puede perder tiempo porque a las once se cierra el grifo.</p><p>El <emphasis>ma�tre, </emphasis>que ya nos conoce de otras veces, nos recibi� muy amablemente, lo cual, despu�s de llevar varios meses seguidos en la Uni�n Sovi�tica, choca un poco. El trato educado tiende a ser visto como un valor burgu�s y decadente y muchos empleados en sitios p�blicos se esfuerzan en demostrar su adhesi�n al socialismo trat�ndote como un trapo. Es muy curioso, pero cuando uno llega a conocer a esas mismas personas fuera del trabajo, muchas veces sorprenden por su amabilidad, calor humano y buena disposici�n para lo que se les pida, siempre y cuando no est�n en una cola de algo, claro. Una m�s de esas contradicciones fascinantes de los rusos.</p><p>En la mayor�a de los restaurantes sovi�ticos, la carta es bastante similar y mon�tona. Adem�s, la mayor�a de los platos, a pesar de figurar en el men�, jam�s est� disponible, con lo que las opciones se limitan enormemente. Al final todo suele reducirse a <emphasis>borsch </emphasis>(sopa de remolacha con nata); caviar con <emphasis>blinis; sakuski </emphasis>(unos entremeses compuestos habitualmente por arenques ahumados, repollo, pepino y embutidos variados), <emphasis>julienne </emphasis>(unas cazuelitas con un guiso de pajaritos y hongos que yo nunca me atrev� a tomar por l�stima hacia las pobres aves), <emphasis>strogonof y </emphasis>pollo a la Kiev. Esto fue lo que pidieron los chicos porque es su plato favorito. Luis y yo pedimos un pescado que nos recomend� el <emphasis>ma�tre, </emphasis>m�s que nada por salir de la rutina. Normalmente intentamos no pedir pescado en verano porque a menudo hay cortes de luz y nos da miedo que est� estropeado, pero en el Berl�n hay un peque�o estanque en medio de la sala y los sacan del agua delante de nuestros ojos.</p><p>Una vez pedidos los platos, nos olvidamos completamente de la comida, como hemos aprendido a hacer desde que vivimos en la URSS. Los rusos no van a los restaurantes a comer, sino a beber vodka, charlar y pasar el rato, as� que el primer plato suele tardar m�s de una hora en llegar, para que los amigos tengan tiempo de contarse sus cosas sin distracciones, aunque me imagino que esto tambi�n debe de ser una excusa de los cocineros, que no son precisamente ejemplo de la productividad sovi�tica.</p><p>Aunque yo pretend�a no hablar mucho del tema del golpe en Uruguay y de la incertidumbre que nos genera, a Luis le resulta bastante dif�cil hablar de otra cosa. Cuando nos quisimos dar cuenta, ya hab�a pasado hora y pico y estaba llegando nuestra comida. Forr� a los ni�os de servilletas para que no se mancharan con el pollo a la Kiev. Est� relleno de mantequilla fundida y siempre que se pincha por primera vez sale un chorro a presi�n con trayectorias imprevisibles y consecuencias normalmente desastrosas.</p><p>Prob� un poco y estaba delicioso. Es el plato estrella de la cocina rusa y en el Berl�n les sale estupendo. Siempre me hab�a preguntado c�mo hac�an para sellar la mantequilla dentro de la pechuga y que no se saliera. Como el <emphasis>ma�tre </emphasis>estaba tan amable le dije si me pod�a conseguir la receta, cosa que pareci� ponerlo algo nervioso. Al cabo de un rato le dijo a Luis al o�do que fuera a reunirse con el cocinero en el cuarto de ba�o de caballeros. All�, �ste le pas� disimuladamente un papel con la receta y Luis le dio unos rublos. No s� qu� hubiese pensado Graham Green de este intercambio de informaci�n tan altamente confidencial�</p><p>Como est�bamos entretenidos con todo este complot, no nos hab�amos dado cuenta de que los ni�os se hab�an adue�ado de la botella de vino b�lgaro �Sangre de Toro� que hab�amos pedido. Gervasio balbuceaba cosas inconexas e ��igo se hab�a quitado un zapato y lam�a la suela con gran deleite. Aunque a esas alturas la mayor�a de los clientes del Berl�n estaban entonando ya canciones patri�ticas, sin duda hab�a llegado el momento de irnos, eso s�, con nuestro preciado secreto en una hoja de papel.</p><empty-line/><p>POLLO A LA KIEV <emphasis>(KOTLETA PA KIEVSKl) </emphasis>DEL RESTAURANTE BERL�N</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p>(para 8 personas)</p><p><emphasis>8 pechugas de pollo con el hueso del ala</emphasis></p><p><emphasis>200 g de harina</emphasis></p><p><emphasis>5 huevos</emphasis></p><p><emphasis>400 g de pan rallado</emphasis></p><p><emphasis>aceite para fre�r</emphasis></p><p><emphasis>sal y pimienta</emphasis></p><p><emphasis>300 g de mantequilla</emphasis></p><p><emphasis>4 dientes de ajo</emphasis></p><p><emphasis>perejil</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><p>Pedir al carnicero las pechugas con el hueso del ala incluido. Cortar la mantequilla en ocho trozos iguales, dejar que se ablande un poquito y amasarla con el ajo picado muy finito, el perejil, la sal y la pimienta, d�ndole una forma alargada, como una croqueta. Envolver cada pedazo en papel vegetal o de aluminio y guardar en el congelador.</p><p>Separar la carne del hueso del ala. Debe quedar un poco suelto de la pechuga, pero no del todo. Quitar grasa y piel. Con un cuchillo afilado sacar un filete de la carne de la pechuga y reservarlo. Luego hacer una incisi�n para abrir la pechuga como si fuera un libro. A continuaci�n, aplanarla con un mazo de cocina y dejarla especialmente fina en los bordes. Tener cuidado de no desgarrar el hueso del ala. Hacer lo mismo con el filete que se ha sacado antes.</p><p>Poner en el centro de la pechuga aplanada uno de los trozos de mantequilla congelada. Cubrir la mantequilla con los faldones de la pechuga por arriba y por los dos costados para que quede bien cerrada. Introducir el hueso del ala en la mantequilla como si fuera un mango. Coger el filete reservado y enrollarlo sobre el hueso del ala y el rulo con la mantequilla dentro. Es muy importante que quede bien apretado para que al cocinar la pechuga no se salga la mantequilla.</p><p>Batir los huevos en un bol. Pasar los rulos primero por el huevo, despu�s por harina y despu�s por pan rallado. Volver a cubrir con huevo.</p><p>En una sart�n calentar el suficiente aceite para cubrir la mitad de las pechugas. Dorar a fuego medio.</p><p>Sacar las pechugas y cocerlas en el horno precalentado a 200� C durante unos 15 minutos. Ponerlas sobre papel absorbente para eliminar el exceso de grasa y servirlas con arroz, verduras y champi�ones.</p></section><section><title><p>EXILIADOS DEL PALADAR</p></title><p>�Se�ora, bienvenida a las tinieblas.� Con estas reconfortantes palabras me recibi� Luisa, nuestra ama de llaves cuando volv� a Mosc� despu�s de las vacaciones y unos d�as en Madrid solucionando temas de estudios de los chicos y visitando a Carmen. Me dijo esto mientras me entregaba un sobre de correos que conten�a mi ropa interior limpia. S�, en un sobre de correo a�reo, una costumbre suya que a�n no he llegado a descifrar. Aunque s�lo estamos a mediados de septiembre, llueve sin parar y la ciudad ya se ha vestido de un gris oto�al bastante deprimente. La idea de tener todo un invierno por delante ac� resulta dura. Encima de que los d�as son cada vez m�s cortos y oscuros, este curso Gervasio e ��igo se quedan en Espa�a y s�lo est� con nosotros Dolores, y a veces Mercedes. Adem�s, la incertidumbre sobre la situaci�n en Uruguay despu�s del golpe hace que tengamos la moral un poco por los suelos.</p><p>Afortunadamente, Luis se ha quedado en Mosc� todo el verano, a la espera de los acontecimientos, porque los militares han destituido a los diplom�ticos destinados en el exterior utilizando las m�s retorcidas excusas, entre ellas acusarlos de homosexuales o ladrones, o bien llamar de forma aleatoria una noche cualquiera de agosto para ver si est�n en sus puestos. Con este sistema han mandado a varios compa�eros a casa. Claro que todo esto tiene poca importancia comparado con lo que est� pasando en el pa�s. Parece que est�n deteniendo a mucha gente y los que consiguen salir de la c�rcel hablan de palizas y torturas. Lo peor es que no se sabe si esto va a ser un per�odo corto o si los militares se van a acomodar en el poder.</p><p>Nosotros ac� tenemos que volver a enfrentarnos a nuestra realidad de todos los d�as aunque, como en la vida la veteran�a es un grado, contamos con la ventaja de que ya es nuestro segundo a�o en la Uni�n Sovi�tica y estamos m�s asentados. Mercedes y Dolores tienen ya buenas amigas entre sus compa�eras de clase en el colegio, pero hay alguna que no me gusta nada. Por ejemplo, esa Liuda Nestorvich, que con quince a�os va maquillada como un apache y dice todo el rato que se quiere casar con un extranjero (miro a Luis y me lo imagino pint�ndole las u�as de los pies a Liuda como en <emphasis>Lolita). </emphasis>Con las que se llevan mejor se llaman curiosamente igual y han pasado a ser conocidas como Liena la gorda y Liena la flaca. Dolores y Mercedes estuvieron mucho tiempo invit�ndolas a merendar a casa y ellas nunca quer�an venir. Las ni�as insist�an e insist�an y las otras pon�an siempre excusas, hasta que un d�a finalmente vinieron. Yo les hab�a preparado una buena merienda con las pocas exquisiteces que pude ir encontrando en la despensa: galletitas danesas, chocolates suizos y un poco de mazap�n espa�ol. Cuando llegaron les ofrec� una Coca-Cola. La flaca mir� toda asustada el vaso. La gorda, encantada, se dispon�a a beber un generoso trago cuando la otra le dio un golpe y le dijo:</p><p>���Liena! �Qu� vas a hacer? �Esta gente nos quiere envenenar con este inmundo l�quido marr�n!</p><p>Nos llev� un buen rato convencerla con varias demostraciones de que aquello se pod�a beber y que, incluso, estaba bueno. Ya confiadas, atacaron los comestibles como si fuera la �ltima vez que iban a comer en su vida.</p><p>Sin embargo, y a pesar de que mis hijas intentaban darles conversaci�n, las Lienas no sal�an de los monos�labos. As� estuvieron un buen rato hasta que se levantaron para irse. Yo me qued� preocupada por el fracaso de la reuni�n. Dolores las acompa�� a la puerta y ya en la calle les pregunt� si estaban enfadadas por lo de la Coca-Cola o qu� les pasaba.</p><p>��Mira, Dolores -dijo la gorda-, llevo mucho tiempo evitando venir a tu casa porque mi padre es el encargado de escuchar las conversaciones de vuestra embajada, as� que se va a enterar de cualquier cosa que diga yo aqu� y luego me echa la bronca por hablar demasiado.</p><p>La verdad es que aunque ya estamos muy acostumbrados a las escuchas, cosas como �stas siguen impresion�ndonos.</p><p>Tambi�n hay una ni�a con una cara muy dulce, rubita y con unos ojos azules tristes que se llama Marina Chistikova. El otro d�a le coment� a Mercedes as�, como quien no quiere la cosa, que estaba deseando que se muriera su abuela. Ante la cara de incredulidad de nuestra hija, su compa�era le aclar� que en el apartamento de dos habitaciones de sus padres viv�an siete personas y que ella llevaba compartiendo cama con su abuela desde los dos a�os y que no pod�a m�s. Al colegio al que van Mercedes y Dolores s�lo asisten hijos de funcionarios sovi�ticos de un cierto nivel. No quiero ni pensar c�mo vivir�n los otros.</p><p>Por otro lado, las ni�as tambi�n han hecho bastantes amigos a trav�s de la Embajada norteamericana. �ste es el punto de encuentro de los hijos de diplom�ticos de los pa�ses no socialistas porque tienen un cine donde proyectan las �ltimas pel�culas y porque los marines encargados de la seguridad del recinto organizan fiestas muy divertidas con montones de <emphasis>hamburgers, hot dogs </emphasis>y esas cosas que les gustan a ellos. Est�n haciendo amigos de todas partes: Pakist�n, Indonesia, Per�� El caso es que la juventud no para, como en todas partes del mundo. Menos mal, porque no s� qu� har�an todo el d�a en casa, sobre todo en este pa�s donde la televisi�n es sopor�fera. En las pocas series extranjeras que ponen, que no est�n dobladas, sale un locutor ruso haciendo las voces de todos los personajes encima de la locuci�n original en ingl�s, con lo cual no se entiende ni una cosa ni la otra.</p><p>Nuestra vida social, en cambio, es much�simo m�s relajada que en Madrid. Los dirigentes de la Nomenklatura hacen vida completamente aparte del resto de los mortales y ni siquiera se los ve en el ballet o la �pera. Tan aparte viven que incluso tienen su propio carril en las grandes avenidas de Mosc� para no tener que esperar ni en los sem�foros. Por no mezclarse no se mezclan siquiera entre ellos. Seg�n me contaba Luis, en el �ltimo congreso del Partido Comunista hab�a hasta cuatro salas distintas para los delegados de diferente rango y no se relacionaban unos con otros bajo ning�n concepto. Por su parte, los embajadores s�lo suelen organizar recepciones en las festividades oficiales de cada pa�s, pero a menudo hacen peque�as reuniones con la gente con la que se llevan bien. El ambiente opresivo de esta ciudad hace que r�pidamente se creen relaciones de mucha confianza con los nuevos amigos. Estas reuniones acostumbran tener la comida como excusa: �Vengan a mi casa, que me ha llegado un foie/un jam�n serrano/un salami/un lo que sea muy rico�. Andamos todos un poco obsesionados con el tema de la comida porque ac� no se puede bajar sin m�s a comprar a la tienda lo que te gusta. Conseguir alimentos es un proceso siempre complicado y muchas veces lleno de aventuras. Los diplom�ticos m�s envidiados son los norteamericanos, porque tienen su propio supermercado con los mismos productos que encontrar�an en su pa�s. El otro d�a logr� colarme para bichar un poco y me qued� con la boca abierta, como un ni�o en Disneylandia. Hab�a de todo y, aunque yo no soy muy fan de la cocina norteamericana, me sent�a como una mendiga ante el escaparate de una pasteler�a, porque all� s�lo aceptan unos bonos especiales para el personal de la embajada.</p><p>Poco a poco, vamos creando nuestro c�rculo de amistades. Frecuentamos sobre todo al embajador de Argentina, al encargado de negocios de Colombia y al corresponsal del peri�dico comunista uruguayo, que se ha quedado sin trabajo tras el golpe. El periodista y su mujer son una pareja encantadora y tienen una montonera de hijos. Luis y �l se ven muchas tardes para tomar mate y charlar de lo que pasa all�, aunque a veces, cuando me pongo a escuchar de qu� hablan, no es de pol�tica precisamente.</p><p>���Te acord�s de los panchos de la Pasiva? Parecen que son <emphasis>frankfurters </emphasis>como los de cualquier lado, �pero no tienen nada que ver, che!</p><p>��Yo me muero por uno de esos sandwiches finitos como una hoja de papel del Emporio.</p><p>��O un chivito de esos que ponen en Dieciocho y Ejido�</p><p>Los colombianos son tambi�n muy divertidos y ella cocina maravillosamente bien. Muchas veces vamos a su casa y nos sentamos en la cocina, mientras ella va preparando platos que se le van ocurriendo sobre la marcha y recordando tambi�n cosas ricas que hemos comido en distintos sitios.</p><p>���Hay algo m�s delicioso que esos cruasanes calentitos y reci�n sacados del horno de las panader�as de Par�s?</p><p>���Y esos <emphasis>panini </emphasis>de salami tan deliciosos que ponen en Roma, al lado de la Piazza del Popolo?</p><p>��No se olviden de los huevos estrellados de Casa Lucio de Madrid.</p><p>Y as� podemos estar horas y horas. Creo que nunca en mi vida he hablado tanto de comida. Es una nostalgia constante y latente la que sentimos todos los extranjeros que vivimos en Mosc�. En cuanto nos descuidamos estamos volando con la imaginaci�n a un restaurante, una pasteler�a o un supermercado de Occidente. Como dice Jaime, nuestro amigo colombiano, somos exiliados del paladar. Aunque con �l es mejor hablar de gastronom�a, porque se est� convirtiendo en un furibundo anticomunista y me da miedo que acabe meti�ndose en problemas. Ha bautizado a su perro <emphasis>Lenin </emphasis>y anda todo el d�a diciendo las mayores barbaridades, sin importarle los micr�fonos. Quiz� yo estoy demasiado paranoica y sea excesiva mi costumbre de salir al patio o ir al ba�o y tirar de la cadena para hablar de seg�n qu� cosas, pero creo que tampoco hay que meter constantemente los dedos en el enchufe.</p><p>���Han visto ustedes alguna vez a alguien m�s feo que Brezhnev? Probablemente s�lo su esposa. �Qu� mujer tan ordinaria!</p><p>��Jaime, d�jate de Brezhnev. �Por qu� no me das uno de esos aguacates que tenes guardados como si fuera la herencia de tu abuela? -le digo para cambiar de tema.</p><p>Y es que, como Luis anda medio mal de pelo, Jaime le ha revelado su receta secreta para no quedarse calvo: hacer todas las ma�anas el pino sobre un aguacate podrido. La verdad es que el colombiano tiene una cabellera magn�fica, negra azabache y bien tupida, pero, con lo que yo echo de menos un buen guacamole, si yo me encontrara un aguacate en este pa�s olvidado de la mano de Dios, lo �ltimo que se me ocurrir�a ser�a esperar a que se pudriera para que mi marido se lo untara en el pelo. �De d�nde sacar� este hombre tantos aguacates para su tratamiento? Alg�n d�a le retorcer� el brazo para hacerle confesar su secreto.</p></section><section><title><p>ARTE EN EQUILIBRIO</p></title><p>A trav�s del embajador de Venezuela, R�gulo Burelli, hemos entrado en contacto con el mundo de los disidentes sovi�ticos. Aunque viste horriblemente mal, el embajador es un hombre de una enorme cultura que recita a los cl�sicos de memoria, habla ocho o nueve idiomas y es un poeta bastante renombrado en su pa�s. Por desgracia, cuando sufri� persecuci�n pol�tica y c�rcel all�, le cortaron la punta de la lengua y se le entiende bastante mal cualquier cosa que diga. Yo a veces no s� muy bien en qu� idioma habla. El caso es que R�gulo se ha convertido en protector de artistas como el poeta Limonov, y en su casa conocimos a un grupo de pintores con los que hicimos buena amistad. Pronto empezaron a invitarnos a sus estudios y a sus reuniones. Las autoridades sovi�ticas permiten a rega�adientes los contactos de los extranjeros con intelectuales disidentes siempre y cuando no se trate de adversarios de primera fila como el f�sico Sajarov, al que tienen casi incomunicado. Se teme que se le est�n aplicando �terapias psiqui�tricas de reeducaci�n� en alg�n manicomio, el tratamiento que se dispensa ahora a los opositores recalcitrantes en vez de mandarlos a Siberia. Afortunadamente, nuestros nuevos amigos no entran dentro de esta categor�a. La primera casa a la que fuimos invitados fue la de Vassili Sitnikov, un raro honor, seg�n nos contaron, porque este pintor tiene fama de temperamental, exc�ntrico y un poco chiflado. Desde el principio te ama o te odia.</p><p>Sitnikov vive en un viejo edificio de apartamentos, como tantos y tantos que hay en Mosc�, pero su casa es una de las m�s ins�litas y desconcertantes que he visto en mi vida. Primero la mugre. Una mugre compacta, integral: polvo, vasos rotos, cacerolas llenas de moho, todo desparramado en un gigantesco caos. Y luego los iconos. Miles y miles. La casa entera tapizada desde el suelo hasta el techo de im�genes religiosas que este pintor ha ido recogiendo a lo largo de los a�os. Son pinturas realizadas sobre madera y a veces llevan chapas met�licas para proteger la obra y enriquecerla con coronas y piedras semipreciosas. Hasta sobre la plancha de la cocina hab�a unos tr�pticos de metal esmaltado y el horno estaba lleno de san Jorges, Cristos y V�rgenes. Tambi�n en el cuarto de ba�o, dentro de la ba�era, en las puertas, en la despensa. Iconos peque�os y grandes, valiosos y baratijas e incluso algunos de principios de siglo con propaganda comercial. Un aut�ntico museo en cincuenta metros cuadrados. La pinta de nuestro anfitri�n tampoco desmerec�a el sorprendente decorado: pantalones llenos de rotos, zapatos sin calcetines, camiseta con enormes quemaduras de cigarrillos y en la cabeza el ala de un sombrero negro al que le hab�a recortado la copa.</p><p>A aquella reuni�n en este abigarrado escenario hab�an acudido otros artistas barbudos y unas cuantas chicas, algunas de ellas pintoras. Sitnikov tambi�n hab�a invitado a varios diplom�ticos y corresponsales extranjeros. El ambiente estaba cargado de humo y circulaban de mano en mano varias botellas de vodka casero, ya que para los rusos es dif�cil conseguirlo en las tiendas. El gobierno tiene muy racionado el suministro de bebidas alcoh�licas para frenar la irresistible tendencia que tiene la poblaci�n a emborracharse a la m�nima ocasi�n, hasta el punto de que en las farmacias no se vende alcohol de noventa grados para que la gente no se lo beba. Los rusos son un pueblo excesivo en todas sus facetas: si beben, beben mucho, si r�en, r�en mucho, si lloran, son los que m�s lloran. Quiz� por eso me caen tan simp�ticos.</p><p>Si uno va a casa de un ruso es costumbre llevar siempre comida o bebida. Nosotros hab�amos llevado un par de tortillas de patata que hab�a hecho Luisa y unas cuantas botellas de vino que desaparecieron r�pidamente entre la muchedumbre. A cambio empezaron a llegarnos algunos platos con <emphasis>zakuski </emphasis>(los famosos entremeses, en esta ocasi�n deliciosos: esturi�n ahumado, setas en vinagreta, salm�n), salchich�n y <emphasis>piroski, </emphasis>que son una especie de empanadillas rellenas de carne o de lo que se quiera. Como pasa con el <emphasis>borsch, </emphasis>hay casi tantas recetas de pasta o relleno de <emphasis>piroski </emphasis>como habitantes de este inmenso pa�s.</p><p>Estuvimos casi todo el rato hablando con Rukhin, un gigante pelirrojo de treinta y pocos a�os, de larga barba y melena ensortijada. Es uno de los pintores m�s combativos contra el realismo sovi�tico. Por otra parte, es un hombre muy educado, casi ceremonioso, lo cual es muy extra�o en este pa�s donde ya sabemos que esas cosas son consideradas valores burgueses y hay una tendencia a tratar al pr�jimo con la debida rudeza socialista.</p><p>Nos cont� que est� teniendo muchos problemas �ltimamente: varias veces le han apedreado las ventanas de su casa en Leningrado; a su mujer la han amenazado desconocidos en el metro y siempre hay agentes de paisano que lo siguen cuando viene a Mosc�. Pero todo esto a �l no parece importarle mucho. Es una persona que considera que tiene una misi�n, y transmite sus ideas y su arte apasionadamente con gran energ�a.</p><p>��Otros se esfuerzan en buscar mensajes que subliminalmente critiquen el sistema -dec�a Rukhin-. Nuestro anfitri�n Sitnikov suele pintar iglesias ortodoxas para reivindicar la libertad de culto. Sin embargo, mis cuadros pretenden impactar direc-ta-men-te en las conciencias -dec�a golpe�ndose la palma de la mano con su enorme pu�o-, mire mi obra <emphasis>Borrachera rusa, </emphasis>que precisamente tengo aqu� mismo.</p><p>Sac� una tela de detr�s de un mont�n de iconos apilados como si fueran gu�as de tel�fonos viejas. Estos artistas contestatarios siempre aprovechan las reuniones con extranjeros para llevar sus obras y mostrarlas, porque somos sus �nicos clientes posibles. Aquel cuadro era un revoltijo de cristales de botellas rotos pegados al lienzo, una composici�n de gran fuerza. Luis arrug� la nariz como diciendo: ��Qu� cuerno es esto?�.</p><p>��Como ve -explic�-, he intentado transmitir ese lado animal, ese lado que nadie puede domesticar de nuestro pueblo y que nos sale de dentro cuando bebemos. Yo quiero que tengamos libertad para todo. Para emborracharnos tambi�n -casi nos gritaba para hacerse o�r por encima del gent�o, mientras nos serv�a otro copazo-. Beban, beban, que este vodka es bastante bueno. La destiler�a clandestina de mi amigo Dimitri es de las mejores. Ya saben ustedes lo dif�cil que es conseguir aqu� buen vodka. Las mejores marcas, como Stolichnaya y Moscoskaya, son s�lo para extranjeros, y el resto est� racionado. Muchas veces no nos queda m�s remedio que hacerlo en nuestro propio ba�o.</p><p>Yo, conociendo las condiciones higi�nicas de las casas rusas, miraba mi vaso al trasluz esperando encontrarme en cualquier momento unos pelos o algo peor.</p><p>��S�, el vodka es algo indisociable de nuestra identidad -continu� nuestro rubicundo interlocutor apurando directamente de la botella-. Sin �l, no podr�amos vivir. Eso fue lo que les dijo Vladimir el santo a los enviados musulmanes que, por all� en el a�o 2000, pretend�an convertirlo al islam, y con �l a todos los rusos. �Cuanto m�s bebo m�s fuerte me siento. Por eso bebo, porque busco en la bebida compasi�n y sentimiento�, dec�a el gran Dostoievski en <emphasis>Crimen y castigo. </emphasis>Adem�s, bebiendo ayudamos al Estado -dijo con iron�a-. El a�o pasado ingres� por impuestos sobre el vodka veinte mil millones de rublos, m�s que nuestro presupuesto de Defensa. Por eso me consuela que este vodka sea casero. Con mi borrachera no comprar�n tanques ni misiles. Pero� �qu� hacen con el vaso vac�o? Beban un poco m�s. Ya saben que si queda alcohol despu�s de una fiesta es mala suerte para el anfitri�n.</p><p>Huyendo de aquel hombre para no acabar como cubas, nos pusimos a hablar con Oscar Rabin, l�der del grupo Lianozovo de artistas disidentes. De repente, uno de los pintores, al que no conoc�amos, abri� bruscamente una de aquellas grandes ventanas. El viento helado que entraba levant� airadas protestas entre el p�blico. Era tarde y la gente iba ya bastante cargada, incluida yo, que estoy poco acostumbrada al licor de destiler�a clandestina. El tipo en cuesti�n se subi� al vano de la ventana (est�bamos en el cuarto piso de una casa que era antigua y ten�a techos altos), se puso de puntillas en el marco y, con los talones en el vac�o, haciendo equilibrios, pidi� una botella de vodka llena hasta arriba. Mientras Luis intentaba detener aquella locura con pinta de apuesta, la concurrencia (incluida yo misma, aunque me cueste recordarlo) jaleaba al insensato.</p><p>��<emphasis>�Dabai, dabai! </emphasis>-que es el equivalente a nuestro ��Dale, dale!�.</p><p>El individuo salud� a la concurrencia y empez� a beber a morro mientras se tambaleaba peligrosamente y alzaba la otra mano para que todo el mundo viera que no se estaba sujetando.</p><p>��<emphasis>�Dabai, dabai!</emphasis></p><p>Beb�a y beb�a, con la espalda arqueada sobre el vac�o. Aquellos instantes me parecieron eternos y fuera de la realidad. De repente los vapores del vodka se me bajaron a la planta de los pies. Empec� a sudar y me aferr� al brazo de Luis como si fuera a caer yo tambi�n por un precipicio.</p><p>��<emphasis>�Dabai, dabai!</emphasis></p><p>Finalmente, el desgraciado aquel separ� la botella de los labios, la gir� boca abajo triunfante para que todos vi�ramos que estaba vac�a y la estrell� contra el suelo del sal�n con todas sus fuerzas.</p><p>���Hurra, hurra! <emphasis>�Slava gueroya sovietskovo soyuzal </emphasis>-�Viva el h�roe de la Uni�n Sovi�tica�, aullaban con placer los rusos celebrando la haza�a.</p><p>Entonces fui yo la que agarr� una botella, le di un trago largo para no caerme redonda y le ped� a Luis que me llevara a casa antes de que de verdad empezaran a caer pintores por la ventana.</p></section><section><title><p>LA SERPIENTE DE ORIENTE</p></title><p>Vino la Navidad y como vino se fue, pero la de este a�o tardaremos en olvidarla: hicimos un crucero por Extremo Oriente con toda la familia, incluidos ��igo y Carmen (embarazada de seis meses) y Rafa, su marido.</p><p>Primero volamos a Jabarovsk, una ciudad al este de Siberia, rodeada de una inmensa llanura helada. Ya estamos acostumbrados a lo peculiares que suelen resultar los vuelos en la URSS, aunque esta vez superamos lo previsible: el avi�n iba lleno de gente que viajaba con ovejas, pollos o cabras. Aparentemente los moscovitas aprovechan el viaje para ganar unos rublos vendiendo estas cosas all�, donde son much�simo m�s caras que en la capital, pero la verdad es que no resulta agradable viajar con tanto animal. Por si fuera poco, al rato de salir de Mosc� el avi�n empez� a moverse bastante. Los pasajeros pasaron r�pidamente del verde al amarillo y de ah� a la vomitona colectiva de todo ser viviente, incluidos los animales. As� estuvimos casi todo el vuelo, que dura unas ocho horas. Gervasio estaba indignado porque, con la man�a que les tiene a los animales, la vieja del asiento de al lado lo cargaba con su gallina cada vez que ten�a que agarrar la bolsa para vomitar. ��igo, mientras tanto, iba contando las vomitonas de la se�ora: <emphasis>odin, dva, tri, chitiri, </emphasis>as� hasta veintitantas. Fue un alivio cuando pudimos bajarnos de aquel avi�n en Jabarovsk. El sol brillaba en un cielo despejado de nubes y el term�metro del aeropuerto marcaba �cuarenta grados bajo cero! Ya en Mosc� hab�amos tenido algunos d�as de treinta y cinco bajo cero, en los que los ni�os no iban al colegio porque las clases se suspenden cuando la temperatura llega a veinticinco grados bajo cero, pero aquel era un fr�o aterrador. En un instante, el frente de los gorros de piel que llev�bamos se puso completamente blanco por nuestro aliento, que se congelaba seg�n sal�a. �Los chicos dec�an que se les congelaban los mocos! ��igo y Gervasio empezaron a lanzar escupitajos que se convert�an en bolitas heladas antes de llegar al suelo. Al final les dije que dejaran de hacer chanchadas porque ya hab�amos padecido suficientes asquerosidades en el vuelo.</p><p>Jabarovsk es la t�pica ciudad rusa moderna, sin mucho inter�s, pero, como no se puede volar directamente a Najodka, nuestro puerto de salida, ten�amos que hacer parada ah� para tomar el tren. Est� atravesada por el famoso r�o Amur (eso dice Luis, porque yo no lo conoc�a de nada) y bajamos a dar una vuelta sobre su superficie completamente helada. Era impresionante ver las olas petrificadas y a un numeroso grupo de hombres que, despu�s de abrir un agujero en el hielo y armados con un simple sedal, se dedicaban alegremente a pescar. Deb�an de llevar horas all�. Como dec�a no s� qu� torero, �hay gente <emphasis>pa t�. </emphasis>Dolores le rob� un pescado a uno de aquellos perseverantes y empez� a pegarles a los m�s chicos en la cabeza con aquella improvisada y congelada arma hasta que los pescadores se dieron cuenta de la maniobra. Tuvimos que salir de all� casi corriendo ante la indignaci�n popular.</p><p>Como a Jabarovsk no deben de llegar muchos diplom�ticos extranjeros, el alcalde nos organiz� una cena oficial muy a nuestro pesar porque, despu�s del vuelo que hab�amos tenido, s�lo quer�amos dormir. Nos llevaron a un gran comedor del ayuntamiento donde ten�an preparadas toneladas de comida. Curiosamente, excepto el <emphasis>borsch, </emphasis>el resto de la cena era casi toda fr�a, incluyendo unos grandes boles de ensalada de invierno, que es como llaman ac� a nuestra ensalada rusa de toda la vida. Tiene ese nombre porque dicen que sus ingredientes se cosechan en esta �poca del a�o, aunque yo no veo que con este tiempo pueda cosecharse nada de nada. Lo cierto es que estaba bastante rica porque le ponen alcaparras, que le dan un sabor muy original. El <emphasis>borsch </emphasis>tambi�n estaba exquisito y, como no hab�a mucho m�s de qu� hablar, lo alabamos especialmente. A los rusos les encanta discutir sobre cu�l es el mejor. Que si el <emphasis>borsch </emphasis>de la abuela Galina tiene menos cebolla, que si la t�a Sonia le pone m�s tomate y as� hasta la extenuaci�n. Despu�s, como siempre, vinieron los brindis.</p><p>��Por la amistad de los pueblos uruguayo y sovi�tico.</p><p>Vodka para adentro.</p><p>��Por los l�deres de nuestros grandes pa�ses.</p><p>Vodka.</p><p>Y otro, otro y otro m�s. Al cabo de unos cuantos tragos la cosa empez� a degenerar.</p><p>��Para que los huracanes con nombres de bellas mujeres no asolen su pa�s.</p><p>��Por las vacas uruguayas.</p><p>Preferimos no sentirnos aludidas.</p><p>Cuando llegamos a �Por nuestras heroicas madres� le hice una se�al a Luis porque aquello corr�a riesgo de no tener fin y Gervasio e ��igo se hab�an quedado dormidos encima de la mesa. Al levantarnos, el alcalde se acerc� y me dio un papel. Se trataba de la receta del <emphasis>borsch </emphasis>que tanto nos hab�a gustado. Era la de su abuela y �l se sent�a muy honrado de compartirla con nosotros, que hab�amos demostrado apreciarla.</p><empty-line/><p><emphasis>BORSCH </emphasis>DE LA ABUELA DEL ALCALDE DE JABAROVSK</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p>(Para 6 personas)</p><p>1 <emphasis>remolacha cruda</emphasis></p><p><emphasis>500 g de repollo</emphasis></p><p><emphasis>2 cebollas</emphasis></p><p><emphasis>4 patatas</emphasis></p><p><emphasis>4 tomates</emphasis></p><p>3 <emphasis>zanahorias</emphasis></p><p><emphasis>2 ramas de apio</emphasis></p><p><emphasis>perejil</emphasis></p><p><emphasis>mantequilla</emphasis></p><p><emphasis>1 cabeza de ajos</emphasis></p><p><emphasis>2 dl de nata para cocinar</emphasis></p><p><emphasis>sal y pimienta</emphasis></p><p><emphasis>huesos de pollo</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><p>Poner los huesos de pollo en 3 litros de agua fr�a. Hervir para hacer un caldo. Espumarlo.</p><p>Aparte, dorar la cebolla cortada muy finita en la mantequilla. A�adir la remolacha tambi�n cortada fina. Luego incorporarlo al caldo.</p><p>Agregar al caldo el repollo picado con un poco de perejil, las zanahorias cortadas en tiras y el apio picado. Salar.</p><p>A�adir los tomates pelados y cortados en trozos peque�os.</p><p>Dejar a fuego lento unas <emphasis>2 <sup>1</sup>/<sub>2</sub></emphasis>horas.</p><p>Cincuenta minutos antes de finalizar la cocci�n, a�adir las patatas cortadas por la mitad.</p><p>Un cuarto de hora antes de retirar la olla del fuego, a�adir una cabeza de ajo picada (hay rusos que comen el ajo crudo mientras toman el <emphasis>borsch, </emphasis>pero esto me parece un <emphasis>peu trop). </emphasis>Si a esas alturas la sopa est� muy l�quida, espesarla con media cucharada de harina. Revolver para que no queden grumos.</p><p>Servir con nata l�quida (o nata agria) por encima. Se acompa�a con pan negro o <emphasis>piroskis.</emphasis></p><empty-line/><p>Como ya dije, hay infinidad de recetas. En Ucrania, por ejemplo, al <emphasis>borsch </emphasis>se le a�ade carne. En otras regiones var�an las verduras utilizadas o el tiempo de cocci�n para que �stas queden m�s o menos enteras y la sopa m�s o menos espesa. Me gust� as� como nos la dieron. Es un plato que est� muy rico recalentado.</p><empty-line/><p>En Jabarovsk tomamos el Transiberiano para llegar a Najodka. El tren est� muy destartalado y no queda mucho del antiguo encanto que le supon�amos (menos la vajilla de loza que, incre�blemente, era de la �poca de los zares), pero con el espect�culo de la luz de la luna reflej�ndose en la taiga blanca, las peque�as caba�as de madera aqu� y all�, con sus chimeneas humeantes, yo me sent�a como en <emphasis>Doctor Zhivago, </emphasis>atravesando la estepa nevada con el traqueteo de fondo. El tren es, adem�s, la �nica forma de llegar a nuestro puerto de embarque, porque est� frente a Vladivostok, donde hay una importante base militar prohibida a los extranjeros, y por supuesto no est� permitido sobrevolar el �rea. En el tren, las revisoras incluso nos obligaban a correr las cortinas cuando atraves�bamos alguna de las ciudades que ellos llaman �secretas�, o enclaves estrat�gicos que no quieren que los extranjeros conozcan. Un encanto, estas mujeres: con una leve inclinaci�n de cabeza, en cuanto el tren se puso en marcha, nos sirvieron una primera ronda de t� para entrar en calor y luego aparec�an cada tanto con galletitas y cosas as�.</p><p>Como nuestra ingenuidad no tiene l�mites, nos hab�amos hecho la idea de que nuestro barco ser�a un lujos�simo trasatl�ntico, pero el <emphasis>Jabarovsk </emphasis>(bautizado como la ciudad) era bastante m�s parecido a un carguero sovi�tico, aunque razonablemente limpio. Los camarotes eran espartanos, si bien el m�o y de Luis, que se supon�a que era el mejor, no en vano se llamaba <emphasis>kaiuta de luks, </emphasis>ten�a un peque�o sal�n donde pod�amos reunimos toda la familia. Los pasajeros eran en su mayor�a japoneses y australianos y los chicos hicieron amigos r�pidamente.</p><p>Lo peor del barco era, sin lugar a dudas y una vez m�s, la comida. Consist�a sobre todo en <emphasis>farsh </emphasis>(una inmunda carne picada de no se sabe qu� animal), repollo, pasta que serv�an toda pegoteada en bloques compactos y, de tarde en tarde y como gran manjar, algas, ��igo y Gervasio sosten�an que la comida del campamento de pioneros era a�n peor, pero resulta dif�cil de creer. La �nica comida decente era el desayuno (siempre est�bamos tres o cuatro de la familia esperando que abrieran el comedor a las siete de la ma�ana, tal era el grado de desesperaci�n). Subsistimos los d�as que tardamos en llegar a Jap�n, nuestra primera escala, a base de las peladillas y turrones que Carmen hab�a tra�do desde Espa�a para celebrar las navidades. Com� tanto del duro, del blando, del de yema, de las tortas imperiales y de todo el resto que creo que dif�cilmente los probar� nunca m�s.</p><p>Poco a poco, y a medida que �bamos navegando hacia el sur, el <emphasis>Jabarovsk </emphasis>fue desprendi�ndose de su capa de hielo. Los d�as tambi�n se alargaban r�pidamente.</p><p>Mercedes y Dolores ten�an ya una larga fila de admiradores de ojos rasgados, pero su mejor amigo era un japon�s que se llamaba algo as� como Asahi Pentax. El muchacho estudiaba en Mosc� y, seg�n cont�, volv�a a Jap�n para casarse con una chica a la que no conoc�a. Mis hijas estaban mucho m�s intrigadas que �l por saber c�mo era la novia.</p><p>���C�mo es que no la conoces? �No dices que es hija de unos amigos de tus padres? -le preguntaban.</p><p>��S�, pero yo llevo a�os estudiando ingenier�a en Mosc� y no la he visto nunca.</p><p>���Ni siquiera en foto?</p><p>��Foto peque�a. Mala calidad. No se ve�a mucho.</p><p>���Y no te mueres de curiosidad? Es la chica que va a vivir contigo, con la que vas a tener hijos. �Yo no podr�a dormir de los nervios! -dec�a Mercedes.</p><p>��No tengo nervios. Lo que decida mi padre ser� lo mejor para m�. Seguro que es buena mujer.</p><p>Cuando nuestras reservas de turrones estaban ya en las �ltimas, por fin avistamos el puerto de Yokohama. Parec�amos los marineros de Col�n, que, medio muertos de hambre, por fin divisaban los cocoteros de las playas americanas. Nos agolpamos todos en cubierta, listos para asaltar el primer supermercado que vi�ramos, pero las chicas estaban m�s pendientes de ver c�mo era la famosa novia de Asahi. Desde el barco, mientras atrac�bamos, �l nos se�al� a sus padres y pudimos divisar a su lado a una japonesita mon�sima vestida a la moda occidental (y car�sima). Desde luego, el traje de chaqueta que llevaba era de esos que me copia la modista de Madrid, y el bolso y los zapatos eran de Dior, doy fe, desde la cubierta se ve�an las <emphasis>D </emphasis>bien grandes. Despejada la inc�gnita y felicit�ndole por su buena suerte, nos separamos, pero cuando ya hab�amos desembarcado pudimos ver el encuentro. Asahi y su prometida se saludaron primero con una inclinaci�n de cabeza. Luego �l se volvi� hacia sus padres no sin antes haber cargado a su desconocida novia con las tres maletas que tra�a. Parece que muy rom�nticos no son estos japoneses.</p><p>Llegar a un pa�s civilizado despu�s de estar mucho tiempo sin salir de Rusia es siempre un shock para nosotros. Somos como paletos que llegan del pueblo y se quedan deslumbrados por las luces de la gran ciudad. Incluso nos pas� cuando fuimos a Varsovia, a pesar de que tambi�n est� en un pa�s socialista. All� me entr� un ataque de <emphasis>compritis aguda, </emphasis>compr� cuatro pares de zapatos de fiesta, tres gorros de piel y un abrigo, todo inservible, seg�n Carmen. Dice que es peligros�simo hacer compras en pa�ses semicomunistas. De vivir en Mosc�, a uno se le deforma el gusto y acaba encontrando lindas cosas horrendas que luego, una vez de vuelta en Occidente, ya no sabe qu� hacer con ellas. Sin embargo, esta vez el contraste entre el mundo capitalista y el comunista era absolutamente descomunal. Caminar por el modern�simo barrio de Gainza, lleno de luces, tiendas y letreros luminosos era como si nos hubiesen trasladado en platillo volador a otro planeta doscientos a�os m�s adelantado que el nuestro. Vag�bamos alucinados, con los ojos abiertos como platos. Lo primero que hicimos fue meternos en una fruter�a. Despu�s de sufrir la pr�ctica inexistencia de fruta fresca en Mosc�, nos sentimos igual que en Cartier. All� ten�amos todas las variedades que pod�amos imaginar, impecablemente expuestas, brillantes; parec�an reci�n pulidas, todas las piezas del mismo tama�o y el mismo color. Tras un momento de estupefacci�n nos lanzamos como fieras sobre las estanter�as y empezamos a comernos aquellos manjares all� mismo.</p><p>Con nuestras bolsas de fruta bajo el brazo (los precios eran casi los de Cartier, pero no nos import�, tal era el hambre que ten�amos) y ya un poco m�s saciados, decidimos celebrar nuestra llegada a aquel mundo futurista con una buena comida. Preguntamos por un restaurante recomendable y, como buenos uruguayos, pedimos un gran trozo de carne, sin importarnos mucho que nos hubieran aconsejado probar esos rollitos con arroz que ellos llaman <emphasis>sushi. </emphasis>La carne result� magn�fica y todos est�bamos de excelente humor al acabar la comida� hasta que lleg� la cuenta. Cada plato hab�a costado �cerca de cien d�lares! Parece ser que como Jap�n es chiquito y no hay mucho sitio para vacas, la carne es un art�culo de superlujo. Luis casi se cae redondo cuando empez� a hacer la cuenta de lo que nos hab�amos gastado entre restaurante y fruter�a. Casi lo mismo que para un viaje al Caribe. Por un momento tem� que tuvi�ramos que volver a la dieta del turr�n.</p><p>Despu�s de un par de d�as en Jap�n, seguimos camino de Hong Kong. Poco a poco la temperatura iba subiendo y subiendo hasta que pudimos salir a tomar el sol en cubierta. Despu�s de meses y meses de tinieblas, aquello era una delicia inenarrable. Todos acabamos quemados porque quer�amos aprovechar hasta el �ltimo rayo de sol.</p><p>Hong Kong es un inmenso mercado. En cada esquina, en cada vereda hay gente vendiendo de todo, fruta, transistores, revistas porno. Y tiendas, miles de tiendas para perderse: sedas, joyas, relojes de todas las marcas�, todo falsificado, eso s�, pero a precios irrisorios. Ni aunque me hubiese quedado un mes habr�a comprado la mitad de las cosas que me gustaban. Como es l�gico, en cuanto pisamos tierra, las chicas y yo perdimos completamente la cabeza y nos entregamos incondicionalmente al consumo. Todav�a sigo deshaciendo paquetes de todo lo que compr� all�.</p><p>Luis estaba encantado porque tiene mucha afici�n a los enclaves coloniales, que le parecen una especie de vuelta al pasado. Sin embargo, exceptuando cuatro cosas como el palacio del gobernador y el uniforme de los polic�as, Hong Kong es ya mucho m�s chino que brit�nico. Dicen que en 1997 se lo van a devolver a la Rep�blica Popular, pero no s� qu� har�n los mao�stas con este gigantesco bazar capitalista. A lo mejor ni se lo devuelven, seguro que los ingleses se las arreglan para qued�rselo, como han hecho siempre con todo.</p><p>La comida tambi�n es excelente, nada que ver con los restaurantes chinos que se ven en Europa. O eso cre�a yo. En Hong Kong se come principalmente comida cantonesa, que por lo visto es muy distinta de la pequinesa y de la de Shanghai. Estuvimos en un restaurante maravilloso, decorado con antig�edades chinas fant�sticas y camareros vestidos con camisas de seda bordada espectaculares. Nos mimaban como si fu�ramos los �nicos clientes que hubieran pasado por all� en un mes. S�lo les falt� hacernos un masaje en los pies. Ese es el tipo de sitio al que vale la pena ir cuando se viaja y no comer esas porquer�as callejeras que le gustan a Luis. De este restaurante estupendo me traje la receta de una sopa que nos va a venir muy bien para esas noches fr�as de Mosc� y que es tan f�cil que hasta la in�til de Larissa podr� hacerla.</p><empty-line/><p>SOPA DE POLLO Y MA�Z</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p>(Para 8 personas)</p><p><emphasis><sup>1</sup></emphasis><emphasis>/<sub>2</sub> kg de filetes de pechuga de pollo</emphasis></p><p><emphasis>500 g de ma�z en grano</emphasis></p><p>2 <emphasis>cucharadas de f�cula de ma�z</emphasis></p><p><emphasis>4 cucharaditas de salsa de soja</emphasis></p><p><emphasis>4 claras de huevo</emphasis></p><p>1,5 l <emphasis>de caldo de pollo</emphasis></p><p><emphasis>sal</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>En un cuenco batir las claras a punto de nieve.</p><p>Cortar las pechugas en trozos muy peque�itos y mezclarlas con las claras.</p><p>Calentar el caldo de pollo y agregar el ma�z. Disolver la f�cula en un poco de agua fr�a y a�adirla a la sopa. Remover hasta que espese. Bajar el fuego y agregar el pollo.</p><p>Un poco de salsa de soja �y a comer!</p><empty-line/><p>Luis estaba empe�ado en que fu�ramos al gran mercado a dar una vuelta. Yo no acababa de comprender qu� le pod�a interesar en un lugar como �se, pero cuando llegu� all� lo entend� perfectamente: quer�a matarme, eliminarme, acabar conmigo, probablemente para casarse con una rusa quincea�era.</p><p>Los mercados chinos deben de ser muy ex�ticos para el que le gusten, pero a m� me parecen un pozo de inmundicias.</p><p>Aquellos largos y estrechos pasillos estaban atestados de miles y miles de personas que nos apretujaban contra una vaca entera desollada que colgaba del techo o contra un gigantesco pez espada. �bamos caminando y los vendedores nos met�an un pato o una gallina debajo de la nariz.</p><p>Vend�an all� animales que yo ni siquiera sab�a que se pod�an comer: lagartos, camellos, tiburones enteros. En la zona del pescado me tuve que poner unas bolsas en los pies para no pisar las v�sceras que hab�a en el suelo. La parte de las especias y los inciensos fue un espejismo de tranquilidad antes de llegar a la secci�n m�s repugnante de todas, la de las serpientes. En un puesto tras otro se vend�a cola de serpiente, diente de serpiente, cascabel de serpiente, ojo de serpiente. Realmente asqueroso. Algunas estaban vivas en jaulas. Otras colgaban muertas, malolientes y probablemente en salaz�n, como si fueran bacalao. En algunos puestos las vend�an al corte, para comer, pero la mayor�a eran para otras aplicaciones, como productos para evitar la ca�da del pelo, afrodis�acos, cosm�ticos y cosas por el estilo. Con el asco que me dan los bichos esos, estar�a bueno ponerme uno en la cara para sacarme las arrugas, pensaba yo ingenuamente. De pronto, empec� a marearme. Adem�s, me entr� el agobio de que a Carmen, en su estado, fuera a pasarle lo mismo, pero Luis estaba empe�ado en que aquello era una cosa �nica y no pod�amos irnos bajo ning�n concepto. Carmen, c�mo no, quer�a seguir a su padre a donde fuera. Yo estaba tan agotada que no protest� cuando nos paramos en un puesto un poco menos inmundo que los otros y el s�dico de mi marido pidi� unas Coca-Colas y algo de comer. Como una boba, me tom� unas cuantas bolitas que nos pusieron; parec�an <emphasis>capelletti </emphasis>o <emphasis>ravioli, </emphasis>aunque ten�an un sabor raro.</p><p>���Qu� es esto? -pregunt� al mozo que nos atend�a.</p><p>��<emphasis>This is ditn sum madam, royal snake dim sum. </emphasis><emphasis>Very delicious, madam </emphasis>-me contest� con una enorme sonrisa.</p><p><emphasis>�Ravioli </emphasis>de serpiente! �Esa era la basura que me hab�a comido! Empec� a dar alaridos como una loca. Yo no s� si fue por el susto o porque aquello era realmente venenoso, el caso es que esa noche la cabeza se me empez� a hinchar y a hinchar hasta adquirir el tama�o de un globo sonda. No me atrev� ni a salir del camarote. Tuvo que venir el m�dico a recetarme todo tipo de antiinflamatorios, aunque hasta una semana despu�s, ya de vuelta en Mosc�, no volv� a mis dimensiones habituales.</p><p>Luis sostiene que �l no tiene la culpa, que los chicos tambi�n comieron y no les pas� nada. Pero si cree que iba a librarse tan f�cilmente de m�, est� muy enga�ado. Yo sobrevivo a todo, incluso a las serpientes.</p><empty-line/><p>Gervasio y yo, que ahora somos muy aficionados a la comida oriental, cuando vamos a un restaurante chino, por ejemplo, no podemos dejar de acordarnos de aquella extra�a hidrocefalia que sufri� mam�. Verdaderamente ten�a la cabeza como un globo. Hoy, la cocina japonesa es muy apreciada en Occidente, pero en 1974, cuando llegamos all� con aquel crucero, era pr�cticamente desconocida para nosotros. Aunque ahora parezca imposible salvarse de la fiebre asi�tica, en aquella �poca, el �nico restaurante de Madrid que ofrec�a m�nimas garant�as era el House of Ming. Hab�a otros muchos, y muy baratos, pero se contaban historias s�rdidas sobre ellos, por ejemplo, que cuando abr�a uno de esos restaurantes desaparec�an todas las ratas del barrio. En Mosc�, dadas las malas relaciones entre la Rep�blica Popular China y la URSS a cuenta de la conducta d�scola del camarada Mao, el �nico restaurante chino, el del Hotel Pek�n (instalado en un edificio mitad pagoda y mitad rascacielos estalinista), ofrec�a normalmente comida coreana.</p><p>Aunque parezca mentira, la que m�s se aficion� a la comida oriental durante este viaje fue nuestra hermana Mercedes, a la que nunca hasta entonces le hab�a gustado comer. Durante los meses que siguieron al viaje se paseaba por casa enfundada en un kimono y, fuera donde fuera, lo com�a todo con palillos: la ensalada, las patatas fritas y hasta el filete empanado.</p></section><section><title><p>MERCADO NEGRO</p></title><p>Una gran noticia: �tenemos cocinera nueva! Se llama Valia y es un aut�ntico genio. Llev�bamos siglos pidiendo que nos cambiaran de cocinera y, no se sabe por qu� misterio del UPDK, cuando ya hab�amos perdido la esperanza, ocurri� el milagro. Viene de la Embajada de B�lgica y est� perfectamente entrenada. Cocina tanto platos rusos como franceses. �Y lo hace de maravilla! Yo todav�a no hablo bien el idioma, as� que no nos entendemos demasiado, aunque espero mejorar bastante en los pr�ximos meses porque tambi�n tenemos una nueva profesora de ruso que es divina. Se llama Nina Petrovna y nos hemos hecho grandes amigas. Est� casada con un m�sico de la Filarm�nica de Mosc� que tambi�n es encantador y ha hecho mucha amistad con Luis. Los hemos invitado varias veces a cenar a casa y nos lo pasamos en grande, charlando hasta las mil, como a m� me gusta, aunque la comunicaci�n es un poco dificultosa porque mi ruso es inexistente y �l no habla espa�ol. Por lo general, los rusos suelen tener un doble lenguaje: el oficial y el privado. A veces est� uno hablando con alguien con quien tiene confianza y cuando menos lo espera el otro sale con un �Bueno, esta clase de comentarios no son del gusto de nosotros, los buenos socialistas� que la dejan a una helada. Gracias a Dios, con Nina no nos pasa y eso relaja mucho.</p><p>Damos la mayor parte de las clases en la cocina, con Valia de testigo, para que yo pueda ir adquiriendo un m�nimo vocabulario gastron�mico, aunque a veces resulte dif�cil coordinar los gustos de nuestras dos culturas.</p><p>��<emphasis>Kapusta </emphasis>-me dice Nina, se�al�ndome el repollo.</p><p>��Ens��eme otra cosa, que odio el repollo -le digo.</p><p>��<emphasis>Ogurtsi </emphasis>-ahora levanta un pepino.</p><p>��Nina, d�game cosas que pueda utilizar. Si puedo evitarlo, no entrar� un pepino en mi casa mientras viva.</p><p>Ella me indica entonces una patata.</p><p>��Eso ya s� que se llama <emphasis>kartofl, </emphasis>como en alem�n. Tienen ustedes unas palabras extranjeras en su idioma de lo m�s curiosas. Por ejemplo, �por qu� llaman a los l�pices <emphasis>Caran d'Ache, </emphasis>que ni siquiera es una palabra de otro pa�s sino una marca suiza de l�pices de colores?</p><p>Despu�s empezamos a hablar de nuestras vidas, de nuestras familias y de todo un poco. As� estamos horas y horas. Gracias a ella he podido ense�arle muchos platos a Valia, que tambi�n me ha dado algunas recetas interesantes.</p><p>De todas maneras, me tiene algo desconcertada esta nueva cocinera. Es muy simp�tica y amable, pero a veces tengo dudas de si toda esta amabilidad no ser� un truco para que acabemos cometiendo un error. Hace unos d�as est�bamos las dos en el comedor, arreglando algunos detalles para una comida, cuando me pas� un papelito doblado al tiempo que se llevaba el dedo �ndice a los labios.</p><p>��Podr�a pedirle al se�or embajador que me preste <emphasis>Archipi�lago Gulag?�, </emphasis>dec�a en la nota.</p><p>Este asunto puede acabar siendo un traspi� en nuestra carrera. Desde que le dieron el premio Nobel a Solzhenitsin por los relatos de sus desventuras en los campos de trabajo de Siberia, ac� todo el mundo anda como loco intentando hacerse con una copia del libro. Luis se compr� la versi�n rusa en Par�s y tiene cola para prestarlo. Hacerlo puede ser peligroso porque el libro est� considerado propaganda antisovi�tica. Cualquier ruso puede ir a la c�rcel s�lo por tener un ejemplar en su poder y nosotros podr�amos ser expulsados del pa�s por facilitar su lectura. A pesar de todo, la gente est� dispuesta a cualquier cosa por conseguirlo. En la entrada de lo que era antiguamente el barrio chino (al lado de la muralla del Kremlin y a unos cincuenta metros de la famosa Lubianka, sede del KGB) se ha creado un mercado clandestino de intercambio de copias artesanales de libros prohibidos, los llamados <emphasis>samizdat. </emphasis>Debajo de una gran estatua de Ivan Fiodorov, el primer impresor de la historia rusa, pasean mirando de un lado a otro, tapados con sus gorros de lana, los traficantes de Pasternak, Bulgakov y tantos y tantos escritores malditos. Dentro del forro del abrigo llevan escondida su mercanc�a y van susurrando los t�tulos a los viandantes como si fuera hero�na:</p><p>��<emphasis>Doctor Zhivago� Un d�a en la vida de Ivan Denisovicb� El maestro y Margarita </emphasis>-etc�tera, pero el nombre que todos los intr�pidos compradores quieren o�r en estos momentos es <emphasis>Archipi�lago Gulag. </emphasis>Su cotizaci�n est� alcanzando precios desorbitados, por lo que cuenta Luis, que, con su fiebre por los libros, es un asiduo visitante de ese mercado. Parece incre�ble, pero dice que un d�a se encontr� paseando por all� a Molotov, el del c�ctel y famoso ministro de Asuntos Exteriores de Stalin, ahora en el m�s absoluto de los ostracismos. Lo que Luis no lleg� a averiguar es si estaba vendiendo literatura prohibida o compr�ndola, si paseaba su nostalgia por los muros del Kremlin o si simplemente intentaba conseguir un kilo de naranjas de estraperlo.</p><p>Porque ac� hay mercado negro de casi cualquier cosa. Cuando los chicos salen en pantalones vaqueros, siempre se les acerca alguien que se los quiere cambiar por dinero, monedas antiguas o insignias. Los t�janos son el m�ximo s�mbolo de estatus para la juventud sovi�tica y todos est�n dispuestos a cualquier cosa con tal de tener unos. A nosotros, en cambio, suelen ofrecernos iconos. La mayor�a de las veces son poco m�s que serigraf�as, pero de vez en cuando aparecen maravillas. Hemos tenido algunas aventuras dignas de <emphasis>El tercer hombre </emphasis>comprando iconos por la calle, no obstante, al final hemos comprendido que hacerlo no s�lo ser�a aprovecharse de esta pobre gente sino que adem�s resulta peligroso. Como ya me he aficionado a coleccionarlos, Luis ha conseguido, despu�s de infinidad de gestiones, un permiso para que pueda compr�rselos al organismo oficial que los custodia. Est� situado en una antigua iglesia casi en ruinas. Los tienen expuestos en unas enormes estanter�as met�licas como si fueran libros en una biblioteca. Hay miles y miles, aunque muchas veces el estado de conservaci�n deja mucho que desear debido al deterioro del edificio, que tiene los cristales rotos y goteras, y est� lleno de nidos de p�jaros. Gracias a este <emphasis>passe-temps </emphasis>he encontrado finalmente algo que hacer en estas interminables noches y, con ayuda de mis estudios de bellas artes, me dedico a limpiarlos y a restaurarlos. Es un lindo entretenimiento.</p><p>El caso es que parece como si vivi�ramos siempre al filo de la ilegalidad por cosas que ser�an absolutamente normales en cualquier otra parte del planeta, pero as� es como vive casi todo el mundo en este pa�s. Si un ruso quiere determinados productos que se salgan del estrecho surtido oficial s�lo puede recurrir a amigos influyentes o a estos mercados paralelos ilegales aunque perfectamente localizados: el caviar en la avenida Lenin, frente a los cines; el vodka en un peque�o parque al lado de la Gran Sadovaya, samovares en la Gorki. La gente aqu� ya est� acostumbrada, sin embargo, para nosotros esta sensaci�n de estar haciendo siempre cosas prohibidas nos vuelve a�n m�s paranoicos de lo que ya estamos por los dichosos micr�fonos y esa impresi�n de vigilancia permanente que tenemos. Quiz� Valia sea una esp�a y nos est� pidiendo <emphasis>Archipi�lago Gulag pata </emphasis>meternos en problemas, o quiz� s�lo quiera leerlo� Ahora que lo pienso, Nina tambi�n me ha insinuado algo al respecto (o por lo menos me ha gesticulado de una forma muy rara cuando ha visto el libro encima de una mesa) y, sin embargo, no se me pasa por la cabeza pensar que nos vaya a denunciar. Bah, la verdad es que ya puede Valia ser Mata Hari con delantal, qu� importa. Ni buscando cien a�os encontrar�a en Mosc� una cocinera mejor, ser�a capaz hasta de darle la combinaci�n de la caja fuerte de la embajada mientras siga preparando esos platos tan deliciosos.</p><empty-line/><p>BLINIS</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p>5 <emphasis>cucharadas colmadas de harina</emphasis></p><p><emphasis>2 </emphasis><sup>1</sup>/<sub>2</sub><emphasis>vasos de leche</emphasis></p><p><emphasis>2 huevos</emphasis></p><p><emphasis>1 cucharada de az�car</emphasis></p><p><emphasis><sup>1</sup></emphasis><emphasis>/<sub>3</sub> cucharadita de sal</emphasis></p><p><emphasis>2 </emphasis>- 3 <emphasis>cucharadas de aceite</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>Batir los huevos junto con el az�car y la sal, verter la leche, incorporar la harina tamizada, remover bien. A�adir el aceite, remover de nuevo y fre�r las hojuelas en una sart�n con el aceite caliente.</p><p>Se sirven con mantequilla, crema de leche, mermelada o chocolate junto con el t� o el caf�.</p><empty-line/><p>Cuando volv� a Mosc� con ��igo -en busca del tiempo perdido y a recoger el ni�o que �l y su mujer iban a adoptar- lo que m�s nos choc� fue la superabundancia que hab�a de todo. Al ver ahora productos de todas partes del mundo, resulta dif�cil creer el estado de desabastecimiento en el que viv�amos entonces, cuando las tiendas de alimentos estaban siempre pr�cticamente vac�as. La panader�a que hab�a al lado de nuestra casa era el lugar m�s pat�tico que uno pueda imaginar. Se formaban largu�simas colas desde las siete de la ma�ana para arramblar con lo que apareciera ese d�a. A las nueve de la ma�ana -cuando nosotros pas�bamos camino de clase- ya no quedaba ni un col�n, ni una miga. Todav�a recuerdo como ins�lito el d�a que conseguimos encontrar un paquete de galletas a la vuelta del colegio. Hoy esta panader�a sigue existiendo, pero se ha transformado en la m�s selecta y sofisticada <emphasis>boutique </emphasis>del pan que uno pueda imaginar, con m�s de cincuenta productos distintos y unas se�oritas fin�simas vestidas a lo zen atendiendo a los clientes.</p><p>Por otro lado, la afici�n de nuestra madre a coleccionar iconos a la postre result� crucial para la familia. Cuando a nuestro padre le toc� volver a Uruguay a hacer �pasillos� en el Ministerio de Asuntos Exteriores (como deben hacer los diplom�ticos despu�s de un tiempo en el extranjero), la situaci�n econ�mica de la familia era realmente mala. Mam� siempre dec�a que en una embajada es f�cil acabar gastando m�s de lo que se gana para hacer frente a los gastos de representaci�n y esto, unido a la mala situaci�n econ�mica del pa�s y al hecho de que parte de la familia viv�a en Espa�a y parte en Uruguay, la oblig� a agudizar el ingenio y a introducirse en el negocio de las subastas de iconos rusos. Afortunadamente, entonces hab�a muy pocos fuera de la Uni�n Sovi�tica y en Madrid y en Londres llegaron a alcanzar cotizaciones muy considerables.</p></section><section><title><p>M�RTIR POR LA AMISTAD DE LOS PUEBLOS</p></title><p>Anoche estuvimos cenando en la Embajada de China. Era una invitaci�n extraoficial porque Uruguay no reconoce a la Rep�blica Popular. Se trataba de un acercamiento por su parte para tantear el inter�s de nuestro gobierno en el establecimiento de relaciones diplom�ticas, aunque no me parece a m� que los milicos que ahora mandan en Montevideo puedan tener mucho af�n por hacer migas con Mao. La invitaci�n estuvo rodeada de cierto halo de misterio, ya que los chinos no quer�an que los rusos se enteraran de nuestra visita, aunque resulta un poco dif�cil imaginar que esta aproximaci�n a un peque�o pa�s como el nuestro pueda alterar el equilibrio geoestrat�gico mundial.</p><p>Todo empez� cuando un funcionario chino al que no conoc�amos de nada abord� a Luis en una recepci�n de la embajada de Suiza y comenz� a hacerle insinuaciones extra�as. En otro c�ctel nos abord� otro chino que dijo ser el embajador.</p><p>��Este caballero -le dije a Luis- no puede ser el embajador de China. Esto es una trampa. Lo conozco muy bien y es un impostor. Quiz� me est� tarando este ambiente de pel�cula de esp�as en el que vivimos, pero el embajador chino es otro se�or encantador, que habla un espa�ol perfecto y con quien he charlado muchas veces en distintas reuniones.</p><p>Despu�s de describ�rselo, Luis me tuvo que aclarar que, a pesar de los rasgos completamente orientales, aquel hombre al que yo me refer�a era� el embajador de Bolivia.</p><p>Para que luego digan que los americanos no venimos de Asia. Despu�s de un intercambio de frases corteses en franc�s, el chino aut�ntico se nos acerc� con un aire entre confidencial y p�caro y dijo:</p><p>��El bosque es grande y est� lleno de peligros. Los animales peque�os siempre pueden necesitar un amigo poderoso para protegerse del tigre y del oso. Y el animal poderoso necesita amigos peque�os que le rasquen la espalda.</p><p>Nos sonri�, hizo una reverencia y se fue. Por supuesto que de aquella par�bola nosotros no entendimos ni mu. Se ve que la diplomacia china es demasiado sutil. Finalmente, un d�a se present� un chofer de la embajada china para entregar en mano una invitaci�n que realmente no esper�bamos. Lo que nos extra�� fue que, a pesar de la confidencialidad que nos hab�an pedido, se empe�aran en invitar tambi�n a todos los funcionarios de nuestra delegaci�n.</p><p>La embajada china es un enorme edificio situado en las colinas de Lenin, en las afueras de la ciudad. Est� construida en un estilo similar al g�tico estalinista de los grandes rascacielos de la �poca y rodeada por un alto muro que delimita el gigantesco recinto. El complejo debe de tener unas quince o veinte hect�reas (seg�n dice Luis, porque yo nunca he tenido nada de agrimensora). Despu�s de traspasar el port�n de entrada comprend� para qu� necesitaban tanto espacio. Los chinos ten�an all� una aut�ntica ciudad en miniatura, incluida una granja con vacas pastando en el jard�n, cerdos, gallinas, distintos campos de cultivo, invernaderos, etc�tera, todo lo que necesitan para abastecerse y no tener que comprar nada a los sovi�ticos y evitar as� el peligro de ser envenenados. Sab�amos que los americanos tra�an de Finlandia el agua que sale por los grifos de la embajada, pero nunca pensamos que se pudiera llegar a estos extremos. En el fondo siento envidia y me gustar�a tener un poco m�s de jard�n en la residencia para plantar, qu� s� yo, unos tomates y prevenir el escorbuto por la falta de frutas y verduras a la que nos tiene sometidos este pa�s.</p><p>Esper�ndonos en la puerta hab�a unos quince chinos, entre los que finalmente distinguimos al embajador. Estaban un poco perplejos de que yo estuviera all�, porque no hab�a ninguna otra se�ora. Se ve que hab�amos interpretado err�neamente su invitaci�n.</p><p>Primero sirvieron un copet�n. Curiosamente todo el mundo se mostraba mucho m�s amable con el resto de los otros funcionarios de la embajada que con nosotros. Yo pens� que era porque ellos, por distintos motivos, hab�an venido sin sus mujeres y los chinos estaban ofendidos con mi presencia, lo cual contribuy� a que me sintiera como un trapo. Luego nos pasaron al gran comedor de gala. Menos mal que entre los chinos y nosotros �ramos bastantes, porque si no nos habr�amos perdido en aquella inmensidad. De haber esperado una decoraci�n t�pica china habr�amos sufrido un chasco, pero nuestra ingenuidad hace tiempo que fue barrida por el realismo socialista: una monstruosa l�mpara de cristal alumbraba unas grandes pinturas de Mao conduciendo a su pueblo hacia la victoria del proletariado enarbolando banderas rojas.</p><p>Despu�s de mi experiencia con aquellos <emphasis>ravioli </emphasis>de serpiente de Hong Kong, yo estaba aterrorizada ante una nueva tentativa con la comida china. Me debat�a entre la cada vez m�s atractiva posibilidad de salir corriendo de aquel sitio o la de morir por la patria con la servilleta puesta. Un est�pido sentido del deber hizo que me quedara all� sentada. Primero sirvieron unos aperitivos y una sopa de bamb� con setas de aspecto inofensivo que me tragu� casi sin mirar. A continuaci�n pasamos a los platos principales. Entonces el amable se�or que ten�a al lado, que creo era el agregado cultural, explic� en un espa�ol bastante correcto:</p><p>��<emphasis>Pala </emphasis>la <emphasis>Lep�blica Populal </emphasis>China es un inmenso <emphasis>honol lecibil </emphasis>a los <emphasis>leplesentantes </emphasis>de un pa�s lejano <emphasis>pelo helmano </emphasis>como el suyo. <emphasis>Pala celeblal </emphasis>este <emphasis>flatelnal </emphasis>encuentro, <emphasis>quelemos obsequ�alos </emphasis>con los <emphasis>manjales </emphasis>m�s exquisitos de la <emphasis>milenalia </emphasis>cocina de <emphasis>nuestlo </emphasis>pa�s.</p><p>�Es incre�ble, lo de que los chinos hablan con la ele no es una leyenda urbana! El caso es que con este anuncio me puse a temblar como hoja de bamb� en hurac�n. Tambi�n dec�an en Hong Kong que la serpiente era una <emphasis>delicatessen </emphasis>para elegidos. Intent� relajarme, pero no me lo pusieron f�cil. A continuaci�n trajeron un plato bastante rico que parec�a calamares a la romana. Result� ser medusa. Resist� inmutable. Despu�s vino algo semejante a una mezcla de pescado y marisco, una especie de rape alangostado. Cuando estaba masticando alegremente me dijeron que era� �serpiente, otra vez! Si, como dicen en Espa�a, Dios castiga sin palo ni piedra, yo debo de haber sido mal�sima en alg�n momento que no recuerdo; he ah� la penitencia por mis pecados. Mientras intentaba tragar sin m�s pre�mbulo el �nico pedazo de serpiente que prob� (del tama�o de la u�a de un jilguero), no dejaba de pensar que aquellos bichos inmundos del mercado de Hong Kong estaban abri�ndose de nuevo paso hacia mi cabeza para hacerla estallar como un mel�n podrido. Creo que los muchos a�os de consorte diplom�tica evitaron que me cayera all� mismo, redonda, en el piso. Yo miraba a Luis con cara de odio, pero �l charlaba amigablemente, como si nada, con uno de los chinitos que estaban sentados a su lado. Si hubiese tenido un rev�lver a mano le habr�a pegado un tiro all� mismo.</p><p>A continuaci�n trajeron unos recipientes con unas cosas ovaladas de color rojo. Esta vez tuvieron la delicadeza de explicarnos previamente que aquello era la cumbre de la gastronom�a ancestral china: huevos de mil a�os. Al parecer entierran esos huevos en una mezcla de cal, arcilla, hierbas y no s� qu� otras cosas m�s durante meses e incluso a�os. Estos eran particularmente a�ejos (y podridos, se podr�a a�adir).</p><p>En el acto aduje un terrible problema de h�gado (a pesar de que me hab�a tomado un par de copas antes de pasar a cenar para olvidarme de que era la �nica mujer y que decenas de ojos rasgados me miraban con desprecio). Luis, mientras tanto, degustaba sin parpadear aquellos restos del Pleistoceno cuyo interior era verde que te quiero verde. Yo por mi parte, no pude dejar de reparar en que los chinos se dirig�an constantemente al tercer secretario de la embajada, que primero pon�a cara de extra�eza y despu�s de desesperaci�n. Le estuvieron hablando largo rato de lo importante que pod�a ser para los dos pa�ses tener relaciones diplom�ticas, lo beneficioso de los futuros intercambios comerciales y de la necesidad de un convenio de pesca. A mi marido, que como embajador estaba all� supuestamente para discutir de esos asuntos, s�lo le animaban a tomarse otro huevo podrido y a hablar de p�jaros y flores.</p><p>Despu�s vinieron los brindis de rigor, todos bastante po�ticos, porque parece que a los chinos les gusta mucho todo esto de las alegor�as con la naturaleza. De nuevo daba la impresi�n de que se dirig�an al tercer secretario que, muy inc�modo, no dejaba de mirar a Luis, como disculp�ndose.</p><p>Luis estaba cada vez m�s sorprendido porque, cuando intentaba llevar la conversaci�n al tema de las relaciones entre los dos pa�ses, nadie parec�a hacerle caso. Esta situaci�n absurda continu� hasta el punto en que, acabada la cena, nos despidieron muy amablemente sin haber podido hablar de nada importante. S�lo les interesaba el tercer secretario. Resumiendo, nos fuimos a casa con el est�mago repleto de animales repugnantes y con un enfado considerable.</p><p>Esta ma�ana me ha llamado Luis para decirme que le hab�a contado a nuestro amigo el embajador de Argentina la cena de ayer y que, muerto de risa, le ha explicado que los chinos est�n acostumbrados a que sus propios embajadores sean meros peleles representativos. Todo el poder lo tienen funcionarios subalternos y, por tanto, creen que en otros pa�ses es igual. Los embajadores s�lo se ocupan de dar la mano y leer los discursos que preparan los otros; mientras que el miembro m�s importante de la misi�n suele ostentar el cargo de tercer secretario.</p><p>Bueno, que negocien con quien quieran, pero si para mantener relaciones cordiales hay que tragarse muchos huevos podridos de mil a�os, casi prefiero que el camarada Mao nos declare ya la guerra bacteriol�gica. Con todas esas <emphasis>gourmandises </emphasis>lo tiene facil�simo.</p></section><section><title><p>NIXON Y LA BONZO</p></title><p>Miro mi vestido y no puedo creerlo. �Yo estuve metida en esta masa informe que apesta a chamusquina! Un vestido lind�simo y ha quedado en la miseria� Y lo peor es el papel�n que hice �en pleno Kremlin! Encima, el imb�cil de Luis no ha parado de re�rse desde entonces. No s� si voy a ser capaz de volver a hablarle en la vida. �l me dice que tiene m�rito que nuestro peque�o pa�s haya podido ser el centro de atenci�n en una reuni�n de las dos superpotencias mundiales. A costa de convertir a su embajadora en una pira humana, claro, en la recepci�n al presidente de Estados Unidos. Me va a dar algo. M�s vale que me tranquilice un poco y lo escriba todo para que no se me olvide y lo pueda incluir en el grueso libro llamado <emphasis>Cosas que no le perdonar� a mi marido aunque viva cien a�os. </emphasis>�Qu� ira!, como dir�a mi abuela: ��Dios m�o, cons�rvame esta ira!�.</p><p>Pero empecemos por el principio de los principios. Todo comenz� con la visita de Richard Nixon. Es el primer presidente norteamericano con quien coincidimos desde que estamos de embajadores, aunque no se sabe si va a ser presidente por mucho m�s tiempo porque parece que con este tema del Watergate tiene los d�as contados. Esperemos que s�, que se retire pronto a su casa de California, pues como me lo vuelva a encontrar y me reconozca me muero de la verg�enza. Lo que se rumorea es que, como est� muy debilitado pol�ticamente, ha venido a Mosc� a intentar arrancar alg�n tratado de desarme que mejore su popularidad. Me parece como pretender agarrarse a un clavo ardiendo (qu� mala comparaci�n viniendo de m� en este momento�), porque no me imagino a los rusos haciendo esta clase de favores a nadie.</p><p>A pesar de todo, Brezhnev fue a recibirle al aeropuerto, cosa que no hab�a hecho en su anterior visita de 1972, justo antes de que lleg�ramos nosotros. Quiz� tanta deferencia se deba a que Nixon siempre le regala un gran coche americano en se�al de amistad. En el 72 fue un Cadillac; cuando se vieron en Estados Unidos, un Lincoln y ahora, en 1974, un Chevrolet deportivo. Al parecer, Brezhnev tiene una inmensa colecci�n de coches occidentales. Hemos visto alg�n Rolls Royce o alg�n Ferrari de su colecci�n circulando por Mosc�. Es sorprendente que los rusos de a pie no se indignen, porque conseguir un auto, por muy barato y malo que sea, es para ellos un sue�o casi imposible. Si sos miembro del Partido, tardas unos ocho a�os y si no lo sos� m�s vale que tengas muchos amigos influyentes.</p><p>El caso es que del aeropuerto se llevaron a los Nixon hacia los aposentos que les hab�an preparado en el Kremlin, como a todos los jefes de Estado del grupo que podr�amos llamar A, que reciben tratamiento <emphasis>full service </emphasis>de los sovi�ticos. Dorm�s en los apartamentos de Pedro el Grande y luego te organizan una brutal recepci�n en el palacio. A los del grupo B, un poco menos importantes pero significativos para la pol�tica exterior de la URSS, los alojan en un palacio en las colinas de Lenin, aunque tambi�n les dan una recepci�n en el Kremlin. A los pobres santos del grupo C tambi�n los alojan en las colinas de Lenin, pero la recepci�n se organiza en el Club Diplom�tico, un palacio neog�tico cercano a casa que es muy lindo pero que no puede compararse con el palacio de los zares. Como miembros de este grupo de �desheredados� hemos estado all� con el sha de Persia y Farah Diba, la reina Margarita de Dinamarca, el presidente Echevarr�a de M�xico o el gran duque de Luxemburgo. Por lo menos esta gente no me recordar� como una tea andante. Luis, en cambio, opina que �sos no guardar�n el m�s m�nimo recuerdo de m� mientras los de la recepci�n de ayer me van a recordar siempre. �Qu� ganas de aplastarle la cabeza con este cenicero de piedra brasilera!</p><p>Bueno, sigamos, que me estoy dejando llevar por la c�lera. Nixon estaba esperando a los invitados al pie de la gran escalera de m�s de sesenta pelda�os del palacio del Kremlin, lo cual nos llam� la atenci�n a todos porque no lo ha hecho ninguno de los otros jefes de Estado desde que llegamos ac�. Estamos acostumbrados a que los l�deres sovi�ticos nos den la mano desde detr�s de una larga mesa, como si fu�ramos leprosos o fu�ramos a transmitirles el virus del capitalismo si estamos demasiado cerca. Como suele pasar, el presidente Nixon de cerca impresiona bastante poco. Es m�s bien bajito, con una cabeza desproporcionada. Tambi�n los brazos parecen m�s largos de lo que debieran. Para colmo estaba maquillado y con colorete, aunque luego pens� que un poco de buen color no le vendr�a mal, por ejemplo, a Gromiko, que siempre est� de un verde amarillento muy poco saludable. Nos dijo unas frases muy amables, pero ten�an toda la pinta de ser las mismas que le dec�a a todo el mundo:</p><p>��<emphasis>How nice of you to come! </emphasis>Creo que vienen ustedes de Uruguay. Es un pa�s maravilloso, un pa�s amigo. Yo tuve oportunidad de ir cuando era senador. A�n recuerdo las playas tan extraordinarias que tienen. Espero viajar alg�n d�a all� con Pat para ense��rselas.</p><p>A un lado ten�a a Kissinger (el que deb�a soplarle todas estas cosas), a quien encontr� tambi�n bajito y feo, con esas gafotas que parecen de un disfraz, y al otro a Pat, su mujer. Tiene una cara agradable, aunque con un cierto rictus de sufrimiento. Se ve que la pobre lo debe de estar pasando mal con todo esto del Watergate. Eso s�, llevaba un vestido horroroso. Se ve que no han aprendido nada de Jackie Kennedy, pero, claro, su marido es republicano y adem�s cu�quero. No quiero ni imaginar lo que habr� pensado esta gente cuando ha visto los fuegos artificiales de mi vestido. �Qu� horror! Mejor sigo con Nixon.</p><p>Es curioso c�mo uno ve siempre a estos grandes hombres. Por ejemplo, Franco parec�a una momia inexpresiva cuando lo conocimos, s�lo impresionaban sus ojos. En cambio, otros te dejan marcada. Todav�a recuerdo a De Gaulle cuando vino a Montevideo: alto, imponente, casi sobrenatural. Algo as� como Mois�s reci�n bajado del Sina�. A pesar de que estaba lloviendo, fue en coche descubierto, heroico, desafiante, desde el aeropuerto hasta el centro, saludando a la multitud que se agolpaba para aclamarlo. Adem�s era encantador y alab� mucho mi acento franc�s. (Luis dice que por eso lo encontr� tan imponente y tan heroico y con tanta <emphasis>grandeur, </emphasis>pero qu� sabr� Luis). De todas formas, es una l�stima que a estas personalidades los diplom�ticos acabemos conoci�ndolos por encima y hablemos con ellos s�lo de cuatro pavadas. Yo, por ejemplo, me qued� con las ganas de preguntarle a Nixon la marca de su <emphasis>base de maquillaje </emphasis>(m�s que nada para no comprarla nunca). �l, a su vez, seguro que se qued� con ganas de preguntarme si era costumbre de mi pa�s disfrazarse de <emphasis>omelette flamb�e </emphasis>a los postres.</p><p>El caso es que el pobre estuvo casi tres horas de pie, saludando en la escalera. Cada tanto se agarraba la pierna y uno de su s�quito, me imagino que un m�dico, se acercaba para ver si estaba bien. En los diarios dicen que tiene flebitis y lo han sacado varias veces con la pata en alto, con lo que calculo que estos excesos no le deben de sentar nada bien.</p><p>Como las cosas cuando terminan mal es que empiezan mal, en la cena me toc� al lado del embajador belga, que es uno de esos pesados que siempre lo saben todo, que te lo cuenta aunque ya te lo haya contada cien veces y que encima no te escucha.</p><p>��<emphasis>Sacre bleu!, </emphasis>qu� cantidad de platos, madame Posadas -me dijo se�alando el men� mientras yo intentaba desesperadamente entablar conversaci�n con mi compa�ero de la izquierda, el embajador franc�s que, para mi mala suerte, estaba hablando con otra invitada-. <emphasis>Rasstegai </emphasis>con salm�n, trucha con setas, caviar, cordero, sopa eslava, pastel de hongos� -enumeraba infatigable el belga-, y cuando estuvo Indira Gandhi tuvieron que poner el doble de platos porque ella es vegetariana. �Sabe usted que el <emphasis>rasstegai, </emphasis>esta especie de <emphasis>quiche, </emphasis>es un plato ruso pero quienes lo hicimos mundialmente famoso fuimos los belgas?</p><p>Yo, que estaba convencida de que Lorraine est� en Francia, esperaba que el franc�s se diera por aludido y me rescatara de ese plomo; pero no tuve esa suerte. Como todo lo malo es susceptible de empeorar, y cuando tem�a que el belga me contara la historia de cada plato del men�, nos trajeron el caviar y entonces me ech� a temblar, porque es su tema favorito.</p><p>���Sabe usted, madame Posadas, cu�ntos a�os tienen que pasar para que un esturi�n, o m�s bien madame esturi�n, pueda producir estas bolitas tan deliciosas?</p><p>��Veinticinco a�os, creo -dije yo intentando arruinarle la primicia.</p><p>��No se lo va usted a creer, �vein-ti-cin-co a�os! Es impresionante �verdad? Y es que estos animales, adem�s de ser casi f�siles prehist�ricos, viven muchos a�os.</p><p>��Por ah� he o�do que a veces llegan a los cien a�os.</p><p>��En muchos casos los esturiones grandes, los que producen el caviar beluga, llegan hasta los cien a�os. �Fig�rese! Y es que hay tres clases principales de caviar�</p><p>��Beluga, ossetra y sevruga -dije yo con infinita paciencia, no por ser una experta en el tema, sino porque, al fin y al cabo, llevo ya tres a�os en este pa�s y caviar es lo que nos dan en todas las recepciones.</p><p>��Beluga, que es �ste y se distingue por sus granos grandes y su color gris�ceo. Ossetra, que tiene un sabor a mar m�s profundo; y el sevruga, con granos m�s peque�os y oscuros. Es incre�ble, pero poca gente sabe que este producto exquisito y car�simo era, hasta el siglo xix, alimento de las clases bajas que no pod�an comer carne.</p><p>Estaba a punto de contestarle que ya lo sab�a (sin esperanza alguna de que me escuchase) porque �l mismo se hab�a encargado de cont�rmelo tres semanas antes en otra cena en la embajada de Holanda, cuando los brindis por fin vinieron a mi rescate.</p><p>La mesa de Nixon y Brezhnev estaba delante de un fresco original del siglo no s� cu�ntos que representaba a Jesucristo en la �ltima cena, lo cual no dejaba de causar una sensaci�n extra�a, dadas las circunstancias. El secretario general del Partido Comunista empez� con un discurso que parec�a que iba para largo mientras Nixon ten�a una cara cada vez m�s verde (a pesar de la capa de colorete que llevaba) y que no mejor� con los m�ltiples vodkas que se tuvo que tomar durante este tedioso proceso.</p><p>��En esta �poca de correcci�n pol�tica, los brindis son <emphasis>tr�s ennuyeux </emphasis>-me coment� el embajador de Francia, que finalmente se dignaba a rescatarme, harto, como yo, de tener que aguantar en todas las cenas oficiales media hora de exaltaci�n de la amistad de los pueblos que, encima, suele o�rse muy mal desde donde est� uno sentado-. Creo -dijo- que en la �poca de Stalin era otra cosa. Seg�n me contaba uno de mis predecesores, en una cena en honor a De Gaulle, Stalin llevaba ya unos cuantos brindis y, despu�s de acordarse de todos los l�deres franceses pasados y presentes, empez� a dedic�rselos a sus colaboradores: �Por Kaganovich, que es un gran ministro. Eso s�, si los trenes no llegan a tiempo lo fusilaremos. Por uno de los mayores militares de la Uni�n Sovi�tica, el camarada Novikon, que, si no hace bien su trabajo, lo colgaremos�.</p><p>Tan entretenida estaba con la conversaci�n que no me di cuenta de que el pesad�simo embajador de B�lgica, mientras aburr�a sin piedad a una nueva v�ctima, hab�a colocado la vela con la que encend�a sus apestosos cigarrillos justo al lado de mi echarpe de seda. Bueno, de lo que yo cre�a que era seda, aunque lo hab�a comprado en un mercadillo de Hong Kong. El caso es que deb�a de estar hecho de petr�leo s�lido porque se prendi� como una tea en un segundo. Yo, desesperada y envuelta en llamas, intentaba protegerme el pelo mientras el franc�s me daba unos golpecitos demasiado educados con la servilleta para apagar el fuego. El est�pido belga s�lo atinaba a decir: ��Sacre bleu, sacre bleu!�. Milagrosamente, de la mesa de al lado surgi� como un rayo un mariscal o general o lo que fuera, me ech� por encima su guerrera llena de medallas y me estrech� con fuerza entre sus brazos para sofocar el incendio que yo ten�a sobre los hombros. R�pidamente vino un tipo del s�quito de Nixon para preguntarme si todo estaba O.K. Seguro que cre�an que me estaba quemando a lo bonzo para protestar por la pol�tica norteamericana en Vietnam o algo parecido. Luis, que estaba ah� al lado, apareci� al cabo de una eternidad y sin demostrar ninguna preocupaci�n. Dice que no se dio cuenta de lo que estaba pasando, que cre�a que estaban trayendo alg�n tipo de postre ex�tico. Veinticinco a�os de matrimonio para esto. Porque mi h�roe salvador de esa noche tiene casi ochenta, est� pelado como un huevo y con la boca llena de dientes de oro, que si no se iba a enterar Luis�</p></section><section><title><p>REALISMO SOVI�TICO</p></title><p>Hoy ha estado en casa nuestro amigo el pintor Evgeni Rukhin para ense�arme a hacer <emphasis>kulebiaka, </emphasis>un plato delicioso, bastante complicado, que es su especialidad. Es como una gran empanada rellena de varias capas de <emphasis>blinis </emphasis>con distintos tipos de rellenos. Me he vuelto loca para encontrar todos los ingredientes.</p><empty-line/><p>KULEBIAKA</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><empty-line/><p>Para la masa</p><p>1 <emphasis>kg de harina</emphasis></p><p><emphasis>1,</emphasis>5 <emphasis>tazas de leche</emphasis></p><p>125 <emphasis>g de mantequilla</emphasis></p><p><emphasis>20 g de levadura</emphasis></p><p><emphasis>2 cucharadas de az�car</emphasis></p><p><sup>1/</sup><sub>2</sub><emphasis>cucharada de sal</emphasis></p><empty-line/><p>Para los <emphasis>blinis </emphasis></p><p><emphasis>200 g de harina</emphasis></p><p><emphasis>1 cucharada de az�car</emphasis></p><p><emphasis>un poco de sal</emphasis></p><p><emphasis>2 huevos</emphasis></p><p><emphasis>300 g de mantequilla para fundir</emphasis></p><p>Para el relleno</p><p><emphasis>500 g de carne picada de ternera</emphasis></p><p><emphasis><sup>1</sup></emphasis><emphasis>/<sub>2</sub> taza de arroz</emphasis></p><p><emphasis>400 g de h�gado de pollo</emphasis></p><p><emphasis>200 g de champi�ones cortados en l�minas</emphasis></p><p>3 <emphasis>cebollas</emphasis></p><p><emphasis>2 cucharadas de nata agria</emphasis></p><p><emphasis>2 cucharadas de mantequilla</emphasis></p><p>3 <emphasis>huevos duros</emphasis></p><p><emphasis>2 pepinillos en vinagre</emphasis></p><p><emphasis>6 yemas de huevo</emphasis></p><p><emphasis>1 cebolleta</emphasis></p><p><emphasis>perejil</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>Hace tiempo que nuestro amigo Evgeni me hab�a prometido ense�arme a hacer este plato, pero con todo el l�o de las exposiciones y su temporada en la c�rcel, no hab�a sido posible hasta ahora.</p><p>��Para empezar a hacer la pasta hay que poner el az�car, la levadura, la mitad de la harina y algo de sal en leche templada -me dice mientras va echando con sus manos siempre manchadas de pintura los ingredientes en un bol como si arrojase cosas contra sus lienzos, dej�ndome la cocina hecha una miseria-. Se remueve, se cubre con un pa�o y se deja reposar como una hora. Despu�s a�adimos mantequilla, una yema y el resto de la harina. Amasaremos la mezcla hasta que no se nos pegue a los dedos. La cubriremos y la dejaremos descansar durante una hora. Luego le pasamos un rodillo dando a la masa una forma rectangular de unos cuarenta cent�metros de largo y la dejamos descansar unos minutos. Mientras tanto podemos ir haciendo los <emphasis>blinis. </emphasis>Se pone harina, sal, az�car, huevos y leche en esta batidora -contin�a Rukhin, tirando la mitad afuera-. Esto se dejar� reposar una hora.</p><p>Como parece que este asunto va para largo, nos servimos un par de copas de un <emphasis>riesling </emphasis>alem�n muy rico que me lleg� la semana pasada. �l me cuenta su estancia en la c�rcel (parece que lo han tratado bastante bien y no lo han sometido a los terribles interrogatorios habituales) y recordamos los intensos acontecimientos que hemos vivido juntos �ltimamente.</p><p>Todo el l�o empez� cuando �l y Oskar Rabin, cansados de los miles de tr�mites administrativos infructuosos para organizar una exposici�n de pintores �contestatarios�, decidieron hacerla por su cuenta y riesgo. Las mujeres de algunos embajadores nos ofrecimos a ayudarlos en lo que pudi�ramos y finalmente se fij� la fecha para un domingo a principios de septiembre.</p><p>��Para hacer los <emphasis>blinis, </emphasis>calentamos una sart�n con un hilo de aceite y ponemos un poco de masa. La vamos extendiendo con movimientos circulares hasta cubrir toda la superficie de la sart�n, intentando que queden m�s finos que los <emphasis>blinis </emphasis>que utilizamos para el caviar. Cuando est�n tostados por una cara, se les da la vuelta y luego se van haciendo m�s <emphasis>blinis </emphasis>de la misma forma y se reservan.</p><p>Volviendo al tema de la exposici�n, aprovechando la �poca del a�o, se busc� un sitio al aire libre, un descampado a las afueras de la ciudad. Todos los artistas estaban de lo m�s ilusionados con la idea de exponer sus obras, pero desafortunadamente el d�a amaneci� gris y un poco lluvioso. Cuando yo llegu�, aquello ten�a un aspecto algo desangelado. Una veintena de puestos de pintores, unos cuantos diplom�ticos y unos pocos rusos mirando las pinturas, la mayor�a de las cuales estaban simplemente colocadas en el suelo y apoyadas contra una valla de madera o alg�n �rbol. Un panorama deprimente, la verdad.</p><p>��Para preparar los rellenos, empezamos con el de carne. Picamos las cebollas con el perejil y las doramos durante un par de minutos, luego se a�ade la carne picada y se cocina unos cinco minutos. Despu�s se agrega una cucharada de nata agria, sal, m�s perejil y pimienta negra, y se deja a fuego lento durante cinco minutos. Lo retiramos del fuego. En cuanto al h�gado, lo limpiamos y lo hervimos durante un rato. Luego se pica, y se le echan los pepinillos cortados finos con otro poco de nata agria. Los champi�ones para el tercer relleno, junto con las cebollas restantes, se fr�en aparte con un poco de sal. Por �ltimo, se agrega una yema a cada uno de los rellenos y se mezcla bien. Al arroz, que hemos hervido previamente -me dice Evgeni-, le a�adimos las cebolletas y los huevos duros muy picados y luego una yema y lo mezclamos. Es importante mantener los distintos rellenos por separado -advierte mi amigo a la vez que tira las cascaras de los huevos al cubo de la basura. Sin acertar, por supuesto.</p><p>Mientras apura su quinta copa de <emphasis>riesling </emphasis>estuvimos recordando el d�a de la exposici�n. Nosotros s�lo est�bamos pendientes del cielo, esperando que se despejara para que aquello se animara un poco y no fuera una cat�strofe absoluta, cuando de repente o�mos un ruido atronador y vimos quince o veinte excavadoras y camiones de la polic�a que avanzaban amenazadoramente desde el otro extremo del descampado seguidos de unas hordas vociferantes.</p><p>���Muerte a los fascistas!</p><p>���Acabemos con el arte degenerado!</p><p>Nos quedamos todos paralizados, no esper�bamos una reacci�n tan brutal, todo lo m�s un par de polic�as molestando un poco. De los camiones sacaron unas mangueras y empezaron a barrernos con unos chorros a gran presi�n. A m� el agua me tir� al suelo como si me hubiesen dado un pu�etazo. Mientras tanto, los bulldozers pasaban por encima de las pinturas aplast�ndolo todo y los energ�menos que ven�an detr�s (disfrazados de jardineros) empezaron a golpear con unas largas porras a todo el que se pusiera por delante. Oskar Rabin se subi� a la pala de una de las excavadoras para intentar detenerla y estuvo ah� colgado un rato hasta que lo bajaron a patadas.</p><p>��Se divide la masa en dos capas, una de ellas m�s peque�a que la otra, cada una de medio cent�metro de grosor, rectangulares, y ponemos la peque�a en una fuente de horno. Ahora colocamos el relleno de carne encima de la masa, dejando unos m�rgenes de unos cinco cent�metros a cada lado. Luego vamos alternando el relleno de carne, el de h�gado, el de arroz y el de champi�ones, cubiertos cada uno por <emphasis>blinis. </emphasis>Finalmente lo tapamos todo con la segunda capa de masa, presionando un poco con las manos para que el relleno quede compacto -contin�a Rukhin.</p><p>Mientras que a m�, con una copa de <emphasis>riesling </emphasis>de m�s despu�s de este largo proceso, se me va la cabeza al recuerdo de c�mo intentaba arrastrarme fuera de aquel infierno en que se hab�a convertido el lugar de exposici�n cuando uno de aquellos salvajes me detuvo. Milagrosamente consegu� rescatar el pasaporte diplom�tico del lodazal que hab�a dentro de mi bolso y me dej� en paz. Cuando llegu� al lugar donde hab�a dejado el auto me encontr� con los despojos de las otras embajadoras asistentes. No quedaba ni el recuerdo de sus lindos vestidos, ocultos bajo toneladas de barro. Las medias rotas les colgaban de los tobillos y muchas hab�an perdido los zapatos. Algunas ten�an golpes en la cara. Mientras tanto, a los rusos se los estaban llevando presos, con los brazos en la nuca, en las camionetas de la polic�a, golpe�ndolos como ahora Rukhin golpea la masa.</p><p>��Unimos los extremos sobresalientes de las capas de arriba y abajo y los enrollamos para sellar el interior de la empanada.</p><p>Este hombre parec�a completamente inmune a la botella de vino blanco que nos hab�amos bebido, pero a m�, con tanta espera, tanta elaboraci�n y tanto <emphasis>riesling, </emphasis>me empezaban a bailar los n�meros y las letras de la receta que estaba anotando en el cuaderno.</p><p>��Con mucho cuidado -segu�a Evgeni-, hacemos dos incisiones en medio de la <emphasis>kulebiaka; </emphasis>en ellas introducimos dos peque�os canutos de papel encerado para que la humedad pueda escapar mejor. La dejamos reposar un poco y luego la pintamos por encima con una yema batida.</p><p>Para entonces Rukhin estaba en semitrance, como si se encontrara delante de uno de sus lienzos, y daba vigorosos brochazos que acababan con frecuencia contra la pared. A esas alturas el desorden en la cocina era peor que el de cualquier taller de artista, pero ya todo me daba igual.</p><p>Lo curioso es que aquella represi�n desproporcionada sobre los artistas tuvo un efecto contrario al esperado por las autoridades. Los embajadores protestaron en�rgicamente (Luis puso el grito en el cielo cuando me vio llegar como si volviera de la guerra) y los corresponsales de la prensa extranjera difundieron la noticia y las fotos del asalto por todo el mundo. Ante la presi�n de la opini�n p�blica internacional, las autoridades sovi�ticas no tuvieron m�s remedio que liberar a los detenidos y autorizar una nueva exposici�n, en el cercano bosque de Ismailovo, tres semanas despu�s.</p><p>Fue un d�a memorable, con un sol y una temperatura inusual para esa �poca del a�o en Mosc�. En lugar de los veinte artistas de la primera exposici�n, esta vez hab�a m�s de cuarenta y, en vez de los cuatro gatos de la vez pasada, una multitud enorme (veinte mil personas, dec�an) que paseaba por all� y admiraba las obras de los pintores en un ambiente de gran libertad.</p><p>��Introducimos la fuente en el horno precalentado y la dejamos unos 45 minutos -estaba indicando Rukhin-. Luego la sacamos, la cubrimos con una toalla seca y la salpicamos con unas gotas de agua. La dejamos reposar cinco minutos y <emphasis>�voil�! </emphasis>Listo para servir.</p><p>Mientras Rukhin (cubierto de arriba abajo de harina, con la barba llena de carne picada y otros <emphasis>sputniks </emphasis>no identificados por toda su ropa) y yo (con un hambre de lobo porque eran m�s de las cinco de la tarde y todav�a no hab�a probado bocado) devor�bamos esta deliciosa <emphasis>kulebiaka, </emphasis>no pod�a dejar de pensar si yo tendr�a el valor de elegir una vida tan dif�cil como la de estos disidentes. Ac� en la Uni�n Sovi�tica hay muchas restricciones, apreturas e incomodidades, pero, si uno no se mete en problemas y mira para el otro lado, puede tener una existencia bastante apacible: la gente tiene la vivienda asegurada, por muy precaria que sea; no paga casi nada por luz ni calefacci�n y trabaja bastante poco. Como dicen por ac�, �nosotros fingimos que trabajamos y el Estado finge que nos paga�. Sin embargo, si uno se enfrenta al sistema, su vida se convierte en un infierno: acoso, p�rdida del empleo, c�rcel y, en el peor de los casos, tratamiento de <emphasis>reeducaci�n </emphasis>en una cl�nica psiqui�trica.</p><p>Esperemos que el �xito de la exposici�n del otro d�a sea como la primera capa de una <emphasis>kulebiaka </emphasis>y que, poco a poco, con otras capas como �stas, se vaya construyendo una nueva sociedad m�s libre, m�s justa y que sepa tan bien como este plato, aunque si el proceso es tan lento como la elaboraci�n de una de estas empanadas no lo alcanzar�n a ver ni mis nietos.</p><p>Desgraciadamente, mi madre se equivocaba y las cosas no estaban cambiando ni cambiaron de forma sustancial para los artistas disidentes, ya que siguieron siendo perseguidos, presionados e insultados. La mayor�a de ellos fueron despose�dos de la nacionalidad sovi�tica y tuvieron que huir del pa�s. La exposici�n de los bulldozers fue un hito a nivel mundial, la supuesta se�al de que algo se estaba resquebrajando en el monol�tico sistema sovi�tico, pero, contrariamente a lo que pas� en Espa�a con los pintores antisistema de la �poca del franquismo, hoy casi nadie recuerda a aquellos artistas disidentes en la actual Rusia de Putin. Aunque su obra est� colgada en museos como el Guggenheim de Nueva York, aunque los nuevos ricos rusos gasten millones y millones de d�lares en comprar valiosos iconos u �leos de artistas costumbristas del XIX, parece que se prefiere cubrir esta etapa con un tupido velo, como si desearan olvidar la verg�enza de aquellos tiempos tan negros.</p></section><section><title><p>CORTANDO POR LO SANO</p></title><p>MUSACA DEL RESTAURANTE ATHENEA DE GINEBRA</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p>4 <emphasis>berenjenas cortadas en rodajas</emphasis></p><p>2 <emphasis>cebollas medianas</emphasis></p><p><emphasis>2 dientes de ajo</emphasis></p><p><emphasis>350 g de carne de cordero picada</emphasis></p><p><emphasis>350 g de ternera picada</emphasis></p><p><emphasis>2 cucharadas grandes de salsa de tomate</emphasis></p><p><emphasis>4 tomates pelados</emphasis></p><p><emphasis>aceite de oliva</emphasis></p><p><emphasis>sal y pimienta</emphasis></p><empty-line/><p>Para la salsa</p><p>25 <emphasis>g de mantequilla</emphasis></p><p><emphasis>25 g de harina</emphasis></p><p><emphasis>4 dl de leche</emphasis></p><p>2 <emphasis>huevos</emphasis></p><p><emphasis>sal y pimienta</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>Salar las rodajas de berenjena y dejarlas sudar para quitarles el amargor durante media hora. Aclararlas con un poco de agua y secarlas con un pa�o.</p><p>Mientras tanto, rehogar la cebolla y el ajo en una sart�n durante unos minutos. A�adir la carne picada y la salsa de tomate. Cocinar durante unos 10 minutos. Retirar.</p><p>Con bastante aceite, dorar las berenjenas por las dos caras. A�adir m�s aceite si es necesario, ya que las berenjenas absorben mucho.</p><p>En una fuente de horno previamente engrasada, poner una capa de rodajas de berenjena. A continuaci�n una de carne picada. Repetir la operaci�n, terminando con una capa de berenjenas. Despu�s cubrir con una �ltima capa de tomates cortados en rodajas muy finas.</p><p>Para hacer la salsa fundir la mantequilla en una cacerola y echar la harina. Dejar un instante y a�adir poco a poco la leche. Remover constantemente hasta que hierva. Dejar reducir un par de minutos. Salpimentar. Retirar la cacerola del fuego y verter la mezcla en los huevos levemente batidos. Cubrir con esta salsa la capa de tomates de la fuente.</p><p>Meter en un horno precalentado durante 20 minutos. Servir muy caliente.</p><empty-line/><p>M�s vale que anote esta receta que consegu� porque a este restaurante me parece que no voy a volver m�s. �Qu� papel�n, Dios m�o! Despu�s de la operaci�n de apendicitis de Dolores hab�amos decidido celebrarlo all� nosotras dos y la c�nsul uruguaya en Ginebra. Comimos maravillosamente y hab�a un grupo que tocaba una m�sica muy animada que yo imagino que era <emphasis>sirtaki </emphasis>o algo as�. Los camareros repartieron unos platos especiales y la gente bajaba a una pista de baile que hab�a en medio del restaurante para romperlos festivamente <emphasis>� la grecque. </emphasis>Me encant� la idea, pero me daba pereza bajar a la pista, as� que decid� tirar uno desde donde est�bamos sentadas. Agarr� impulso y lo lanc� con todas mis fuerzas, con tan mala suerte que acert� en la nuca del <emphasis>ma�tre, </emphasis>que se volvi� hecho una furia, total, por una peque�a heridita de nada.</p><p>��<emphasis>Vraiment, madame! </emphasis>-me grit� ense��ndome una gotita de sangre como si lo hubiese abierto en canal con un cuchillo.</p><p>��<emphasis>C'est ma fille, pardonne le! </emphasis>-contest� acusando a Dolores, pensando que la estupidez de una ni�a de quince a�os tendr�a menos importancia que la de una se�ora de� bueno, de los a�os que sean.</p><p>El <emphasis>ma�tre </emphasis>se volvi� hecho una fiera hacia Lolita, pero a la ni�a le hab�a entrado un ataque de risa. El hombre estaba cada vez m�s indignado y empez� a gritar de todo en griego mientras la gente se arremolinaba para ver qu� hab�a pasado. Dolores re�a y re�a y al <emphasis>ma�tre </emphasis>parec�a que le iba a dar una apoplej�a en cualquier momento. De repente la ni�a se volvi� hacia m�, todav�a ri�ndose.</p><p>��Mam�, creo que se me han saltado los puntos� -dijo se�alando una mancha roja en el vestido amarillo que llevaba. Resumen de la historia: acabamos en el hospital cantonal con Lolita y el <emphasis>ma�tre, </emphasis>cada uno poni�ndose sus puntos. Sin palabras.</p><p>La operaci�n de apendicitis de Dolores fue una locura m�s. Menos mal que al final todo sali� bien. La ni�a llevaba unos d�as sinti�ndose mal y la llevamos a la Policl�nica Diplom�tica de Mosc�, donde un m�dico norteamericano diagnostic� que s�lo eran gases y que tomara mucha Coca-Cola (sin gas). Aquello me pareci� una idiotez tremenda. Entonces decidimos llevarla al m�dico de la embajada francesa que opin� que, sin ning�n g�nero de duda, aquello era un quiste en un ovario. La ni�a cada vez se sent�a peor y yo me volv�a loca de preocupaci�n. Cuando ya est�bamos desesperados y en vista de que no mejoraba, tom� una decisi�n heroica: llevarla a un hospital ruso. Hasta entonces nuestros contactos con la medicina sovi�tica hab�an sido escasos, pero las referencias que nos daban otros diplom�ticos no pod�an ser menos tranquilizadoras: cicatrices kilom�tricas, operaciones en medio de las que se acaba la anestesia y tragedias por el estilo. Sin embargo, no hab�a otro remedio.</p><p>El doctor ruso fue tajante: era apendicitis y hab�a que operar sin p�rdida de tiempo. Me daban temblores s�lo de pensar en el costur�n que le iban a hacer a la pobre ni�a en la barriga, pero delante de ella puse la mejor cara posible. Por un momento cre� haberla enga�ado.</p><p>El hospital era un inmenso edificio que, a pesar de no tener muchos a�os, aparentaba haber pasado por varios conflictos armados consecutivos. Las paredes mostraban enormes grietas y varias ventanas estaban rotas. Para colmo, una de las dos hojas de la puerta de urgencias llevaba meses atorada y los enfermos ten�an que bajarse de la camilla para entrar. El pasillo de entrada ten�a como cuatro dedos de barro y nieve y all� se acumulaban los enfermos en camillas, con abrigos, gorros de piel y grandes botas sobre sus camisones reglamentarios. El ruido de fondo era como un gran quejido sordo. Subimos en un destartalado ascensor a la quinta planta, donde nos esperaba un enfermero que nos acompa�� a la habitaci�n. Tambi�n llevaba un gorro de piel y unas grandes botas de nieve. Los pasillos estaban all� igualmente atestados de gente esperando su turno en camillas o sillones. Como yo hab�a supuesto, el cuarto que nos asignaron no era individual: hab�a otras cinco mujeres muy viejas, todas con sus pa�uelos en la cabeza, que nos miraron con indiferencia.</p><p>��Mam�, te lo pido, no se te ocurra dejarme sola aqu�. �Prom�temelo!</p><p>La pobre Lolita estaba hist�rica y con raz�n, y yo muerta de miedo. Me imaginaba que la iban a abrir en canal con un serrucho o algo parecido. El enfermero del gorro de piel le alcanz� uno de esos camisones de hospital que s�lo est�n cerrados por detr�s con una cinta y dejan todo el <emphasis>derri�re </emphasis>al aire. Cuando Dolores se lo puso, aquel buen hombre agarr� toda la ropa que hab�amos tra�do, abri� una trampilla que hab�a en el suelo y la tir� con gran violencia. Adi�s para siempre. Estuvimos un buen rato esperando sentadas en aquella cama de s�banas de un muy conveniente color gris que ocultaba a saber Dios qu� manchas. La ni�a tintaba porque por una de las ventanas rotas entraban unos chiflones de viento helado. Al cabo de un rato apareci� el del gorro de piel con la camilla. Dolores, siempre de mi mano, se subi� a aquel chirriante artefacto y nos encaminamos al ascensor.</p><p>���Es su hija? -pregunt� el enfermero-. Supongo que sabe lo de la cuarentena. No se preocupe, ya le iremos dando noticias de ella.</p><p>���C�mo que la cuarentena?</p><p>��S�, ya sabe que en nuestros hospitales los pacientes deben guardar cuarentena despu�s de la intervenci�n y no est�n autorizadas las visitas.</p><p>En ese momento el enfermero me apart� de un manotazo y meti� la camilla de Lolita en el ascensor. Dolores gritaba como una loca y, justo cuando se estaban cerrando las puertas, salt� como un gamo fuera de la cabina. Entonces empez� a correr por los pasillos sin importarle el camisoncito ni que se le viera el <emphasis>derri�re, y </emphasis>detr�s de ella yo, perseguidas a corta distancia por el enfermero indignado que nos insultaba a gritos.</p><p>Conseguimos llegar a la salida y Dolores continu� corriendo descalza y medio desnuda por la nieve. S�lo respiramos cuando llegamos al auto y salimos disparadas para nuestra casa. Aquella noche, mientras Lolita vomitaba y vomitaba, no pararon de llamar del hospital, preguntando por la <emphasis>tovarich </emphasis>Dolores, y yo siempre contestaba que all� no hab�a nadie con ese nombre. Finalmente Luis lo arregl� todo y a las siete de la ma�ana est�bamos tomando el avi�n para Ginebra. Cuatro horas m�s tarde la operaban de urgencia, al borde de la peritonitis.</p><p>Al d�a siguiente de la intervenci�n ya estaba como una rosa, con una cicatriz de s�lo dos cent�metros y lista para ir al restaurante griego. Teniendo en cuenta todo lo que hemos pasado, un plato m�s o menos contra la nuca del <emphasis>ma�tre </emphasis>tampoco es tan grave.</p></section><section><title><p>DESPEDIDA</p></title><p>A punto de marcharnos de la URSS nos enteramos de la terrible muerte de Rukhin. Como noticias de este tipo suelen tardar bastante en saberse en este pa�s, hasta pasadas unas semanas no nos enteramos del desgraciado incendio que hab�a acabado con su vida. Los detalles eran confusos y no pudimos averiguar exactamente qu� hab�a pasado, pero supe que, como es costumbre, su familia organizaba una celebraci�n pasados cuarenta d�as de la muerte. Decid� viajar a Leningrado, que era donde �l resid�a habitualmente, para presentarle mis condolencias a la viuda.</p><p>Llegu� all� sola y un poco intranquila, en parte por mi mal ruso, en parte por no saber con qu� me iba a encontrar. La casa de los Rukhin ocupaba tres habitaciones de la planta inferior de una antigua mansi�n del siglo XVIII, cerca de la Perspectiva Nevsky, la avenida principal de la ciudad. Me abrieron la puerta y me hicieron pasar a una habitaci�n, m�s amplia de lo que suele ser habitual en las casas rusas. Yo no sab�a muy bien a qui�n dirigirme, pero enseguida vino la viuda a saludarme, una chica joven, rubia y bastante mona aunque, l�gicamente, con los ojos hinchados de llorar. Me tom� de las manos.</p><p>��Muchas gracias por venir. Aunque no la he conocido antes, s� que usted y su marido eran amigos de verdad de Evgeni. �l me hablaba a menudo de ustedes. Dec�a que apreciaban su arte de coraz�n.</p><p>Estuvo largo rato dici�ndome cosas, supongo que muy cari�osas, aunque mi mal ruso hac�a que s�lo comprendiese palabras sueltas. Yo le contestaba en franc�s y, aunque ella no parec�a entender demasiado, asent�a una y otra vez con la cabeza. Despu�s me condujo a uno de esos divanes que suele haber en las casas rusas donde por las noches duermen los ni�os y la abuela, e hizo gestos para que me sentara. La destartalada l�mpara del techo s�lo daba una luz mortecina, pero el resplandor rojizo del atardecer iluminaba a�n parte de la habitaci�n. El sal�n estaba arreglado con muebles antiguos y de las paredes colgaban algunos cuadros de los colegas y amigos del pintor. En medio de la sala hab�a una gran mesa donde estaba dispuesta la comida, principalmente <emphasis>zakuski </emphasis>(aperitivos) en este caso fr�os, como pescados y carnes ahumados, pepinillos en vinagre y ensaladas. En torno a ella hab�a bastante gente, incluso un par de <emphasis>popes </emphasis>ortodoxos, pero no vi a ninguno de los artistas que conoc�amos de Mosc�. Probablemente no los hab�an dejado viajar. Unos re�an, otros lloraban y todos com�an y beb�an vodka. Por la ventana se divisaba un bonito panorama del r�o Neva. Como no conoc�a a nadie, me acerqu� para admirar la vista. Una chica se puso a mi lado y empez� a hablarme en franc�s. Dijo ser amiga de la familia y me cont� los detalles de la muerte de Rukhin.</p><p>��Como usted sabe Evgeni era bastante �molesto� para las autoridades y siempre intentaban presionarlo. Unas veces le romp�an las ventanas a pedradas, otras desconocidos insultaban a su familia por la calle y otras llegaba a su casa y se encontraba con que hab�an entrado y manchado de pintura roja sus cuadros, pero esta vez se les fue la mano -dijo-. La polic�a provoc� un incendio en su estudio, que est� aqu�, a la vuelta de la esquina, con la intenci�n de amedrentarlo. Pero no contaban con que Evgeni se hab�a quedado a dormir all� despu�s de trabajar toda la noche. Las llamas alcanzaron r�pidamente los botes de pintura, el fuego se propag� y el humo lo asfixi� en poco tiempo. Lo encontraron tumbado en su colch�n, como si a�n siguiera dormido.</p><p>Aquella mujer se ofreci� para acompa�arme a ver los restos del incendio, pero no me sent� con fuerzas. Alguien me trajo un vodka para levantarme el �nimo. Estuvimos hablando un rato de la familia y de los dos ni�os que quedaban hu�rfanos. La viuda lloraba constantemente abrazada a otra mujer joven.</p><p>���Es su hermana? -pregunt�.</p><p>��No. Es la amante que Evgeni ten�a en Mosc�. A pesar de que su mujer no sab�a de su existencia, lleva aqu� desde que muri� y juntas lloran al hombre que amaron.</p><p>Nada m�s ruso que aquella escena. Por otro lado pens� que nadie como la amante para entender el dolor de la viuda.</p><p>Le pregunt� a esta amiga de la familia por el significado de esta reuni�n tantos d�as despu�s de la muerte.</p><p>��El banquete de los cuarenta d�as es la culminaci�n del luto -me explic�-, es el momento en que finalmente se acepta la desaparici�n de alguien. Hasta entonces se supone que el alma del difunto a�n se encuentra unida a su casa y a sus seres queridos. Son d�as en los que el �nima debe repasar su vida, sus buenas y malas acciones. Por eso durante este per�odo a�n se prepara cada noche la cama del difunto y se le pone un sitio a la mesa. Una vez transcurrido este tiempo ya estar� listo para partir e incorporarse a su nueva vida. Esta es la costumbre tradicional rusa que las autoridades sovi�ticas han intentado erradicar como una superstici�n religiosa, pero que muchos a�n conservamos. Aunque ellos se empe�en, Dios no ha muerto en Rusia. �Conoce usted la c�mara Kilian? Es una c�mara creada por uno de nuestros cient�ficos m�s destacados que permite fotografiar el aura de las cosas. Se han hecho pruebas muy rigurosas y es justo a los cuarenta d�as cuando a los cad�veres les desaparece definitivamente el aura. Las autoridades, asustadas por los resultados de este experimento, lo han silenciado, porque creen que puede considerarse una demostraci�n cient�fica de la existencia del alma. Incluso han prohibido m�s pruebas con la c�mara. Me lo ha contado una prima m�a que trabaja en ese laboratorio. Ver�, nuestras tradiciones no son tan est�pidas como parecen.</p><p>Nos quedamos un momento en silencio.</p><p>���Ve el trozo de pan puesto sobre ese vaso de vodka? -me dijo indic�ndome un sitio libre en el extremo de la mesa del comedor-. Es para el muerto. Una invitaci�n a compartir esta reuni�n con nosotros. Al mismo tiempo es una despedida, una aceptaci�n de lo inevitable. Despu�s, el difunto deber� partir y nosotros comer y beber a su salud.</p><p>Me sirvi� otro vaso de vodka y un poco de <emphasis>kutia, </emphasis>un plato a base de arroz y pasas que suele preparase para los funerales.</p><p>��Hoy es un d�a de tristeza pero tambi�n de alegr�a, porque nos volveremos a ver el d�a de la resurrecci�n, beba conmigo. <emphasis>Khristos Voskr�s </emphasis>-dijo, chocando mi vaso.</p><p>Volv� a Mosc� pensando que los rusos viven la muerte como la vida, intensamente, de una forma excesiva, apurando siempre la botella hasta el fondo. A los pocos d�as me enter� de que la amante de Rukhin se hab�a suicidado tir�ndose al metro. Para que luego digan que Dostoievski exagera.</p><p>Pronto volveremos a Montevideo y siento que, por muy lejos que nos vayamos, una parte de este salvaje, incivilizado, desp�tico y ca�tico pa�s viajar� siempre dentro de m�.</p></section></section><section><title><p id="_Toc282268033">Londres</p></title><section><p><a type="note" l:href="#_Toc282268028"/></p></section><section><title><p id="_Toc282268034">En busca del tiempo perdido</p></title><p>(De c�mo yo, Carmen, dej� de ser esposa modelo y madre ideal para irme a vivir a Londres con pap� y mam�.)</p><empty-line/><p>Cuando estaba a punto de cumplir treinta a�os tuve una de esas crisis existenciales que unos pasan a los cuarenta, otros a los cincuenta y otros, como al abandonar la veintena. El caso es que desde el mismo d�a en que cumpl� los veintinueve me dio por pensar que esa edad era como un saldo, 99,90, y que se acababa algo, aunque no sab�a bien qu�. Me dio por mirar atr�s y preguntarme qu� estaba haciendo con mi vida, sent�a que no hab�a hecho nada extraordinario y que mi existencia era pura rutina. Vista desde fuera, sin embargo, mi vida parec�a id�lica. Ten�a por aquel entonces una bonita casa en Madrid con una palmera, un magnolio y un n�spero. Ech�ndole algo de imaginaci�n, podr�a decirse que era (casi) una copia bons�i de nuestra casa de Montevideo. Ten�a adem�s un matrimonio en apariencia bueno y dos ni�as maravillosas de ocho y cinco a�os. A pesar de todo, yo no era feliz. Digamos que me hab�a casado demasiado joven. Digamos que mi marido y yo maduramos de modos diferentes; que a �l le gustaban unas cosas y a m� otras. Digamos que ya no ten�amos nada en com�n. No s�, pero el caso es que la crisis coincidi� con la proximidad de mi treinta cumplea�os y con el hecho de que a pap� acababan de destinarlo a Londres. Entonces decid� separarme al menos por un tiempo y, para que la ruptura no resultara tan traum�tica para nosotros ni para nuestras hijas, le propuse a mi ex que yo me fuera a Londres con las ni�as para que cursaran ah� el trimestre de septiembre a diciembre.</p><p>��A ellas les vendr� fenomenal, seguro, los ni�os aprenden muy r�pido y as� podr�n perfeccionar el poco ingl�s que saben -le dije a</p><p>Rafa all� por el mes de julio de 1983-. Y a nosotros nos vendr� bien tener un tiempo para pensar si queremos volver o no. Adem�s -a�ad�-, como est� el verano por medio, te puedes llevar a las ni�as a Palma todo el mes de agosto y luego yo las recojo en Madrid en septiembre y nos vamos las tres a Londres.</p><p>Rafa acept� la idea y el 5 de septiembre, despu�s de darle a mi madre la noticia de nuestra separaci�n a prueba (y tambi�n el consiguiente disgusto) aterrizamos en Heathrow. A las ni�as s�lo les dije que �bamos a pasar unos meses con los abuelos para que aprendieran bien ingl�s. Sof�a estaba encantada, porque llevaba tres a�os en el Instituto Brit�nico de Madrid y, seg�n ella, ya se sab�a todas las canciones que hab�a que saberse.</p><p>��Adem�s, mistress White dice que tengo muy buen acento, ya lo ver�s. Mira, mami, c�mo canto <emphasis>Oh McDonald had a� </emphasis>flan.</p><p>Y as�, intentando ense�arle la canci�n a su hermana (que no sab�a qui�n era McDonald e insist�a en que a ella no le gustaba nada el flan), pasamos el control de pasaportes. Yo record� entonces mis tiempos de colegio en Inglaterra y lo bien que lo hab�a pasado en un internado cerca de Oxford con catorce a�os. Regresaba muchos a�os despu�s, y con dos ni�as, pero ten�a la sensaci�n de volver atr�s en el tiempo. En cuanto el polic�a me entreg� los pasaportes con un <emphasis>�Tbank, luv� </emphasis>me sent� casi como si volviera a tener diecis�is a�os. La verdad es que siempre me han gustado los ingleses. Son extravagantes, algo ombliguistas y miran a los extranjeros con una mezcla de fascinaci�n y reparo, digna de un entom�logo ante un insecto, es cierto, pero yo los conozco bien. (O al menos eso cre�a al volver all�.) A mi madre, en cambio, la idea de vivir en Inglaterra le daba lo que los nativos llaman <emphasis>mixed feelings. </emphasis>Por un lado pensaba que Londres era un destino importante para mi padre, una gran ciudad y muy cosmopolita, pero por otro se le rebelaba ese coraz�n franc�s del que hace gala tan a menudo. As� cont� ella la llegada de toda la familia.</p><empty-line/><p><strong>LLEGADA A LONDRES E INSTRUCCIONES PARA CONOCER A LA REINA</strong></p><empty-line/><p>Primavera de 1983.</p><p>Aqu� estamos, en Londres, el segundo de los dos destinos diplom�ticos m�s deseados por Luis. El primero fue Mosc� (Luis hablaba ruso mucho antes de que nos enviaran all�, y aunque me jura por todos sus antepasados que no es verdad, yo estoy segura de que fue �l quien pidi� aquel destino que a m�, en principio, no me atra�a nada). Ahora estamos a punto de llegar a su segunda embajada ideal de toda la carrera. Visto lo visto, no puedo menos que pensar que sus esp�ritus protectores hacen <emphasis>lobby </emphasis>con mucho m�s �xito que los m�os all� en el otro mundo. Lo digo porque, como le expliqu� el otro d�a a Carmen, cuando me cont� lo de su separaci�n, ning�n matrimonio es perfecto y el de sus padres no es una excepci�n. En nuestro caso, por ejemplo, los comienzos fueron bastante dif�ciles, sobre todo por conflictos familiares: los Posadas y los Man� son un poco como los Montesco y los Capuleto, en otras palabras y dicho en lunfardo, se mastican pero no se tragan. Y todo debido a un desencuentro del abuelo de Luis con el m�o all� por los tiempos del canc�n, cuando uno estaba de embajador en Par�s y �olvid� invitar al otro a una <emphasis>kermesse </emphasis>con motivo de no s� cu�l de las Grandes Ferias Internacionales. Incre�ble pero cierto: desde ese lejano d�a de mil ochocientos no s� cu�ntos, la rivalidad se ha traducido en que varios miembros de las familias ni se dirigen la palabra. Las diferencias se notaban tambi�n en cosas tan absurdas como que unos son (o eran) completamente afrancesados y casi pronunciaban la <emphasis>R </emphasis>como G (esos somos nosotros, los Man�), mientras ellos, los Posadas, eran angl�filos, tan furibundos que se dedicaban hasta hace muy poco a tomar el t� de las cinco subidos a un omb�. Tonter�as decimon�nicas de sociedades peque�as y esnobs, pero era as�. Hoy todo eso est� olvidado, por suerte, pero de vez en cuando me sale mi <emphasis>cote </emphasis>Capuleto y me indigno con los Montesco. Porque, vamos a ver, �por qu� nunca le tocar� a esta familia ir a un pa�s franc�fono para que todos se admiren de mi buen acento? En cambio, y como digo, aqu� estamos, en Londres, y yo llevo toda una semana aprendi�ndome de memoria <emphasis>Pygmalion, </emphasis>de Bernard Shaw, porque, seg�n Luis, es la lectura perfecta para practicar mi herrumbrad�simo ingl�s. As�, seg�n �l, al mismo tiempo que Eliza (es decir, <emphasis>My Fair Lady </emphasis>para los que hayan visto la pel�cula) aprende a hablar como una se�orita de clase media alta, yo aprendo ingl�s coloquial. Bueno, de acuerdo, muy bien, pero por muy exc�ntricos y raros que sean los ingleses, �en qu� ocasi�n, me pregunto, voy a poder usar frases tan absurdas como <emphasis>�The rain in Spain stays mainly in the plain� </emphasis>y menos a�n esta otra, no se la pierdan: <emphasis>�In Hereford, Hareford or Harecham, Hurricaines Hardly ever Happen�!</emphasis></p><p>En fin. No quiero remover m�s el pu�al en mi herida, pero no puedo por menos que hacer notar que llegamos a Londres en uno de esos d�as que parecen sacados de una pel�cula de Hitchcock, o que anuncian un nuevo crimen de Jack <emphasis>el Destripador: </emphasis>lluvia helada, niebla persistente, ambiente general gris. Seg�n Luis, ya no existe la llamada <emphasis>pea soup fog </emphasis>o lo que es lo mismo, niebla espesa como sopa de guisantes (reconozco que me encanta esta expresi�n: los ingleses no tienen buena gastronom�a pero adoran compararlo todo con la comida). Sin embargo, parece que no tiene raz�n. El verano est� en puertas, es 3 de junio, y aqu� estamos en nuestra casa nueva, Luis y yo, Dolores, tambi�n Carmen y sus dos hijas, aislados del mundo exterior por una niebla densa y congelados como sorbetes. Como hab�a empezado a decir, Carmen acaba de separarse de su marido y ha decidido dejar Madrid y venirse a vivir de nuevo con nosotros, al menos durante el pr�ximo curso escolar de las ni�as. Por suerte Sof�a y Jimena todav�a son chicas para vivir una situaci�n as�, y espero que se adapten bien a un nuevo idioma y a una nueva vida. Cuando me dieron la noticia de la separaci�n, me llev� un disgusto, claro, no obstante, han pasado unos d�as y ahora pienso que ella es tan joven -apenas ha cumplido treinta a�os- que no le costar� mucho volver a empezar en una ciudad como �sta, tan llena de posibilidades de todo tipo. Pero bueno, no es el porvenir de Carmen lo que me preocupa en este preciso momento, la verdad, sino el lamentable estado en el que hemos encontrado la embajada. Una pena, realmente, porque es una de las casas m�s lindas en las que nos ha tocado vivir. Tiene tres pisos de m�s de doscientos metros cada uno, es de ladrillo rojo y estuco blanco al estilo William &amp; Mary dir�a yo, y tiene un maravilloso jard�n con un <emphasis>bungalow </emphasis>al fondo. El interior ya es otra cosa. Desconchones en las paredes, muebles con tapicer�as inservibles, los pisos ara�ados� Creo que no voy a tener m�s remedio que poner en funcionamiento a ese escuadr�n de reconstrucci�n, retapizado y pintura al que yo llamo <emphasis>Posadas Family Builders Inc. </emphasis>y que me ha hecho famosa all� en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Montevideo. Ellos saben que con cuatro pesos, mucha imaginaci�n y poniendo a limpiar y pintar y encerar desde el primero hasta el �ltimo miembro de la familia (de ah� lo de <emphasis>Posadas Inc.), </emphasis>soy capaz de convertir una ruina en una embajada de ensue�o. Sin embargo, yo empiezo a estar un poco cansada de hacer tantos milagritos por el bien de la patria, la verdad. En fin, lo m�s urgente ahora es instalarse m�s o menos y esperar la visita del Foreign Office.</p><p>Porque, seg�n me ha explicado Luis, estamos en el pa�s del protocolo, los rituales y las puestas en escena, y para todo se empe�an los ingleses en adiestrarlo a uno. Por ejemplo, con el fin de preparar a las mujeres de los embajadores para su primer encuentro con la Reina el d�a de la presentaci�n de credenciales, el Foreign Office tiene por costumbre mandarles a una jefa de protocolo con un pliego de instrucciones. La m�a result� ser una tal lady Marsch que, para m�s datos, hablaba como un personaje sacado de la serie <emphasis>Arriba y abajo. </emphasis>Me ha llamado esta ma�ana para preguntarme cu�ndo me vendr�a bien que pasase por casa a tomar el t� �para charlar como dos amigas�, y yo le he dicho que el jueves. Hasta entonces (y tengo dos d�as) voy a ver c�mo adecento un poco esta casa. Para hacerlo, cuento con la ayuda de lo que en Espa�a llaman �el cuerpo de casa�, maravilloso eufemismo que en este caso se reduce a un matrimonio llamado mister y mistress Darling. Luis se qued� fascinado en cuanto los vio porque seg�n �l parecen escapados de una novela de Evelyn Waugh o de Somerset Maugham (aqu� todo parece sacado de los libros), pero yo tengo mis reparos. A ver c�mo los describo: �l tiene unos cincuenta y cinco a�os, metro noventa, bigotes y pelo rojo fuego y el aire marcial de un militar de las colonias (lo que no es de extra�ar, porque en su curriculum figura que fue teniente en Birmania). Ella es a�n m�s incre�ble. Aunque se dice inglesa, para m� que tiene alg�n antepasado malayo o algo as� porque es min�scula, morena, de ojos duros y negros, y jam�s despega los labios. El curriculum dice que antes de venir a la embajada hab�an trabajado en casa de Tina ex Onassis, ex Niarchos. En la corta conversaci�n que tuvimos el otro d�a, el nombre de esta se�ora sali� a relucir lo menos seis o siete veces. No s�, o mucho me equivoco, o ambos est�n a punto de convertirse para m� en lo mismo que Rebeca fue para la joven e inexperta se�ora de Winter en la novela de Daphne du Maurier (o mejor a�n en la peli de Hitchcock, porque desde que llegu� a Londres a m� todo me parece de Hitchcock). Lo digo porque igual que a la se�ora de Winter su ama de llaves todo el tiempo la estaba comparando desfavorablemente con Rebeca, a m� los Darling me tienen frita con su anterior jefa. Que si la se�ora Onassis-Niarchos <emphasis>jam�s </emphasis>hubiera puesto rosas amarillas en el sal�n porque son muy vulgares� Que si en su casa acostumbraba tomar siempre arma�ac despu�s del caf� y no calvados como aqu�, que si mister Niarchos esto, y mister Onassis lo otro� Y me miran, �l desde su metro noventa y sus pesta�as rojas, ella desde sus ojos malayos con las manos a la espalda como si en cualquier momento fuera a sacar un <emphasis>kukri </emphasis>o una daga oriental, qu� escalofr�o.</p><p>Por supuesto todo esto no se lo he contado a nadie y menos a Luis porque se reir�a de m�. A �l le encantan los Darling, los encuentra muy adecuados para una embajada en Londres. Ni siquiera le parece rid�culo que se apelliden Darling y haya que llamarlos por tan absurdo apellido, sobre todo al marido <emphasis>(�Good morning, Darling! Thank you, Darling!�). </emphasis>Seg�n Luis no hay nada de qu� re�rse, todo es �muy <emphasis>british, </emphasis>muy <emphasis>Commonwealth�</emphasis>. Me trago pues mi s�ndrome de Rebeca y aqu� estoy organizando el t� para lady Marsch, la del Foreign Office. Le he pedido a mistress Darling que prepare <emphasis>scons </emphasis>con mantequilla y nata como les gusta a los ingleses, pero no estar�a de m�s a�adir un toque rioplatense a la merienda, como un buen dulce de leche. Me pregunto qu� ser� eso tan importante y distinto sobre lo que quiere instruirme lady Marsch. No es la primera vez que asisto a una entrega de cartas credenciales y no creo que, por mucho que a los ingleses les gusten los rituales y la puesta en escena, esta ceremonia vaya a ser muy diferente de las de otros pa�ses.</p><p>Huelga afirmar que me equivocaba, y ahora m�s que nunca puedo decirlo con conocimiento de causa: <emphasis>England is different.</emphasis></p><empty-line/><p>Ese jueves lady Marsch lleg� puntual�sima a la hora del t� (que, por cierto, es a las cuatro y no las cinco como err�neamente se cree fuera de Inglaterra). Ven�a ataviada con un trajecito verde loro, un chai turquesa y zapatos a juego. Menciono el detalle porque tiene mucho que ver con mi �adiestramiento� antes de ver a su graciosa majestad. Por lo visto, seg�n me explic� lady Marsch mientras daba buena cuenta de los <emphasis>scons (�Very delicious, mistress Pausadas, really delicious�), </emphasis>hab�a que tener muy presente que a la Reina le gustan s�lo los colores <emphasis>vivacious </emphasis>o alegres.</p><p>��Por tanto, querida, en ning�n caso ser�a aceptable elegir para la ceremonia el color negro, no, de ninguna manera, ser�a un desastre. Compr�ndalo, aqu� en Inglaterra todo es muy <emphasis>gay, </emphasis>es decir, muy alegre. Tampoco son recomendables el malva, el gris oscuro o el marr�n chocolate. Aunque la audiencia es por la ma�ana, si ese d�a luce poco el sol, su majestad puede equivocarse y creer que va usted de negro. Siendo as�, inmediatamente creer� que est� usted de luto, y a continuaci�n le presentar� sus condolencias, lo que producir�a una <emphasis>gaffe</emphasis> muy desagradable que tenemos que evitar. Nosotros <emphasis>no </emphasis>queremos que la Reina incurra en ninguna <emphasis>gaffe </emphasis>�verdad, mistress Pisadas? �Le importar�a pasarme, querida, un poco m�s de ese <emphasis>toffee </emphasis>semil�quido que le ponen ustedes a los <emphasis>scons? </emphasis>Est� delicioso.</p><p>Le pas� el dulce de leche y ella, tras chuparse los dedos, continu�:</p><p>��Tambi�n es importante que lleve usted guantes a la ceremonia; la Reina, como est� en su propia casa no puede llevarlos y usted comprender�</p><p>Aqu� lady Marsch dej� la frase inconclusa, pero como volvi� a chuparse los dedos yo interpret� que el asunto de los guantes ten�a que ver m�s con una medida higi�nica que con el protocolo. Qui�n sabe, me dije, tal vez la Reina sea como Howard Hughes, ese multimillonario norteamericano tan raro que aborrec�a tener contacto f�sico directo con la gente. S�, claro, ahora entiendo por qu� siempre se la ve con guantes, para evitar miasmas al tener que dar la mano a tant�simas personas en la calle. En su casa, sin embargo, no est� bien usarlos, de ah� que me tocase a m� poner el cord�n sanitario.</p><p>���M�s <emphasis>scons, </emphasis>lady Marsch?</p><p>��Gracias, mistress Pescadas, y una gota de t� tambi�n, con una nube de leche.</p><p>El resto de las instrucciones que me dio la buena se�ora s�lo pueden describirse como tabla de gimnasia o como indicaciones para bailar la <emphasis>yenka. </emphasis>En p�gina aparte (y traducido por <emphasis>yours trully, </emphasis>puesto que �ltimamente he hecho muchos progresos con mi ingl�s), incluyo la hojita que me entreg� la lady con todas las instrucciones completas junto con un croquis de la Grand Entrance de Buckingham Palace y los pasos que hay que dar y d�nde se tiene que hacer cada reverencia, que son varias. Sin embargo, y haciendo una s�ntesis, dir� que toda la coreograf�a de la ceremonia de presentaci�n de credenciales es muy enredada. Para empezar, he de decir que a la mujer del embajador la encierran hasta el �ltimo momento en una habitaci�n que muy adecuadamente se llama <emphasis>The Bow Room, </emphasis>la habitaci�n de las reverencias. Mientras yo estoy en el <emphasis>Bow Room, </emphasis>Luis, acompa�ado por el caballerizo real y el vicemariscal de la Reina, deber� hacer su propia coreograf�a que, a grandes rasgos y seg�n reza la compleja hojita, consiste en lo siguiente: se abre la puerta, tres pasos adelante y primera reverencia. Cuarto paso adelante con el pie izquierdo, segunda reverencia. Una vez ante la Reina, hay que decir unas breves palabras protocolarias (no m�s de media docena), al tiempo que se entregan las credenciales. �stas se llevan primero en la mano izquierda, pero una vez que se ha saludado a la Reina, se entregar�n con ambas manos. Para dirigirse a ella en la primera ocasi�n ha de utilizarse la f�rmula <emphasis>�Your Majesty� </emphasis>y a partir de ah� <emphasis>�Ma'am� </emphasis>pronunciado en <emphasis>a, nunca ene� </emphasis>En fin, todav�a estaba yo a la mitad de la explicaci�n con la hojita de marras en la mano y ya ten�a un mareo considerable.</p><p>���Otro poco de t�, lady Marsch? -le pregunt� para permitirme una tregua, pero la noble dama ni me escuch� porque estaba dando buena cuenta de un enorme <emphasis>scon </emphasis>tan embadurnado de dulce de leche que empalagar�a a varios caballerizos reales y a no pocos vicealmirantes.</p><p>Cuando la entrevista termin�, veinte minutos m�s tarde, lady Marsch y yo no hab�amos concluido el repaso de la sacrosanta hojita, pero en cambio, �ramos ya �ntimas amigas. Yo le di la receta del dulce de leche y ella me retribuy� con una buen�sima de <emphasis>trumpets </emphasis>hechos no con harina de trigo, sino de ma�z. Entrando en confidencias a�n m�s profundas, ella me explic� que el mejor t� se compraba en Fortum &amp; Mas�n y yo le confi� mis tribulaciones con los Darling. Total, que de lo que menos hablamos fue de la gimnasia real que ellos llaman protocolo.</p><p>��No se preocupe, mistress Pilladas, lo har� usted estupendamente, estoy segura -me dijo antes de marcharse.</p><p>Pero mucho me temo que todo lo que aquella agradable se�ora ten�a de gourmet, le faltaba de pitonisa, porque mi presentaci�n a la Reina quedar� en los anales de mi vida como uno de los momentos m�s espantosos. Esto fue lo que pas�.</p></section><section><title><p><emphasis>STRIPTEASE </emphasis>EN BUCKINGHAM PALACE</p></title><p>Primero, y tal como estaba previsto, me pasaron a la llamada <emphasis>The Bow Room </emphasis>acompa�ada, por cierto, de una r�plica de lady Marsch. �sta se llamaba lady Pirrit, era m�s gorda y m�s joven que mi amiga, pero ten�a su mismo aire y, por supuesto, hablaba igual que ella, incluida esa particularidad tan inglesa de llamarle a una mistress Pisadas, Pescadas o Pilladas, como si ellas fueran la Castafiore y yo el capit�n Haddock. Se notaba que, como a la Castafiore o a lady Marsch, a lady Pirrit tambi�n le gustaban los colores <emphasis>vivacious. </emphasis>Luc�a muy elegante en su vestido de tafet�n amarillo patito y chai amarillo canario. Yo, por mi parte, hab�a elegido para la ocasi�n un vestido de gasa fucsia muy ligero y primaveral que creo que me sentaba bastante bien. Llevaba, por supuesto, los guantes reglamentarios, tambi�n un sombrero blanco y, por todo adorno, una larga y fina cadena de oro que me llegaba hasta el talle y de la que cuelga una medalla que fue de mi madre. Despu�s de repasar con lady Pirrit por �ltima vez mi coreograf�a de pasos, que cada vez me recordaba m�s a la <emphasis>yenka </emphasis>(derecha, derecha, izquierda, izquierda, adelante, atr�s, reverencia), quedamos las dos en silencio esperando el momento de ser anunciada. Y lleg� por fin. Me escoltaron escaleras arriba, se abri� la puerta y pude ver all� a lo lejos, cerca de la ventana, a la Reina, flanqueada por Luis y el resto del personal de la Embajada. Por un momento me sali� la vena republicana que desde luego tengo, como todos los que hemos nacido en las Am�ricas, y cavil� que toda aquella tonta coreograf�a estaba ideada maquiav�licamente para que uno se sienta en inferioridad de condiciones teniendo que contar pasos, agacharse, etc�tera. Los reyes, me dije, han tenido muchos siglos para perfeccionar sus maldades, incluso las nimias como �stas, pero bueno, all� voy; alguien como yo, criada en los s�lidos principios de la revoluci�n francesa, no se va a achicar por tan poco. Avanzo con el pie izquierdo, hago mi primera reverencia, doy un par de pasos, hago mi segunda reverencia (muy bien, Bimba, hasta aqu� vas fen�meno, ya lo tienes, perfecto), llego a donde est�n los dem�s, y extiendo por fin la mano hacia la Reina. <emphasis>�How do you do?�, </emphasis>dice ella. �<emphasis>Your Majesty�, </emphasis>digo yo fiel al gui�n de lady Marsch, e intercambiamos dos palabras. Literalmente dos segundos, porque apenas me ha dado tiempo a comprobar que ciertamente a la Reina le gustan los tonos <emphasis>gay </emphasis>y tiene exactamente el mismo timbre de voz que mis damas siamesas cuando ya se acaba la audiencia. Bueno, lo pintoresco, si breve, dos veces pintoresco, me digo, y mejor as� antes de que me equivoque en los pasos de la <emphasis>yenka. </emphasis>A ver, �por d�nde iba? Ahora s�lo me quedaba caminar dos pasos hacia atr�s y luego, por fin, qu� liberaci�n, ya podr� girar y darle la espalda a la Reina cuando, de pronto� �Qu� es esa risita mal disimulada que veo en labios del ministro consejero? �Y qu� ser�n esas se�as mudas y desesperadas que me hace la secretaria social? Y, oh, Dios m�o, �a qu� puede deberse la cara de espanto de Luis, que parece estar al borde de la apoplej�a? No s�, a�ado para m�, intentando no darle importancia, vete a saber, pero yo a lo m�o, que a�n me faltan dos reverencias y dos pasos hacia atr�s.</p><p>Entonces me doy cuenta. Mi-vestido-de-gasa-fucsia. S�, por muchos a�os que pase, seguir� apareciendo en mis peores pesadillas aquel vestido de gasa fucsia. Lo que ocurri� fue que la cadena de la que pend�a la medalla de mi madre es tan fina que yo no not� que, en una de las reverencias, se enganch� con el ruedo de la falda. Si �sta hubiera sido de cualquier otra tela no habr�a pasado nada, pero la gasa de chiffon es tan tenue, tan liviana, que ni siquiera me di cuenta cuando se elev� dejando al descubierto mi ropa interior. �La embajadora de Uruguay muestra la bombacha en Buckingham Palace�, <emphasis>�Embassador's Wife shows Knickers to the Queen�, �Scandale diplomatique � la Court de St. James�. </emphasis>Como tengo una imaginaci�n <emphasis>very vivacious, </emphasis>todos estos titulares de peri�dicos sensacionalistas se me pasaron en un segundo por la cabeza. Pero, gracias a Dios, a todos los santos y en particular a santa Teresita, que diga lo que diga Luis siempre est� al quite all� arriba, por lo que pueda pasarme, la cat�strofe s�lo fue una media cat�strofe. Porque lo cierto es que de algo sirvieron los anticuados consejos de lady Marsch sobre la vestimenta. Y es que, adem�s del sombrero protocolario, de los guantes tipo cord�n sanitario para no contagiar a la Reina y de evitar vestir de negro por si su majestad pensaba que estaba de luto, ese d�a yo tuve una precauci�n adicional: la de ponerme una enagua corta que, si bien ten�a como funci�n, en principio, evitar inapropiadas transparencias en una ocasi�n tan formal como aquella, lo cierto es que evit� que me quedara en bombacha delante de todo el mundo y en Buckingham Palace. As�, aunque la situaci�n fue grotesca, al menos lo que ense�� al respetable fueron unas enaguas rosa y nada peor. �Que qu� pas� en el momento en que me di cuenta de la situaci�n? Lo normal en estos casos: palidec�, me puse colorada (o mejor dicho fucsia), balbuce� algo incomprensible y mir� hacia donde estaban los dem�s. Ahora todos hac�an grandes esfuerzos por aguantar la risa, el ministro consejero, el agregado comercial, las tres secretarias y hasta Luis. Todos salvo la Reina. �Que qu� hizo ella? Lade� levemente la cabeza y me mir� a los ojos al tiempo que me dedicaba una sonrisa completamente distinta a las protocolarias que me hab�a prodigado. Una que, si bien no me volvi� mon�rquica de golpe, s� me hizo verla a partir de entonces con aut�ntica simpat�a.</p><p>��Peque�os accidentes laborales que ocurren -me dijo con una suave sonrisa-. A m� tambi�n me ha pasado alguna vez. So, <emphasis>don't worry, mistress Pilladas.</emphasis></p><p>Al d�a siguiente de su <emphasis>semistriptease </emphasis>en Buckingham Palace, nuestra madre anot� en su cuaderno la receta de los <emphasis>scons </emphasis>que le hab�a dado lady Marsch el d�a que vino a casa para instruirla sobre c�mo deb�a comportarse ante la Reina.</p><p>Llam� a la receta <emphasis>Scons a la Marsch </emphasis>y a todos nos gust� mucho el resultado. Sin embargo, como nosotros estamos siempre experimentando con las recetas, una de las veces ensayamos poni�ndole unos granos de an�s. Los <emphasis>scons </emphasis>quedaron muy bien, pero esta variaci�n modificaba la f�rmula convencional y por tanto requer�a otro nombre. Dolores dijo que por qu� no llamarlos <emphasis>Petticoat scons, </emphasis>en recuerdo de nuestra madre ense�ando su ropa interior en Buckingham Palace, pero a veces el sentido del humor de mam� no llega tan lejos. Por eso tuvimos que pensar en un segundo nombre, y se nos ocurri� uno inspirado en esa man�a tan inglesa (de la que hasta la Reina participa) de reinventarles a los extranjeros sus nombres o apellidos. La hemos llamado:</p><empty-line/><p>SCONS MISTRESS PILLADAS</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p><emphasis>2 tazas de harina</emphasis></p><p><emphasis>2 cucharadas de levadura</emphasis></p><p><emphasis>1 huevo</emphasis></p><p><emphasis>100 g de mantequilla</emphasis></p><p><emphasis>1 cucharada de az�car</emphasis></p><p><emphasis>1 taza de leche</emphasis></p><p><emphasis>una pizca de sal</emphasis></p><p><emphasis>an�s en grano</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>Mezclar la harina, la levadura y la sal en un recipiente. Agregar la mantequilla bien fr�a y rallada.</p><p>Batir el huevo y mezclarlo con la leche. Hacer un hueco en la mezcla en forma de cr�ter. Verter en �l el huevo, la leche y los granos de an�s. Incorporar la harina empezando por el centro y siguiendo por el exterior. La masa debe quedar blanda pero sin grumos. Luego amasar sobre una mesa, con cuidado de que no se agriete. Con un rodillo estirarla en una capa de un cent�metro de espesor. Con un vaso cortar la masa en redondeles. Luego ponerlos en una fuente enharinada y cocerlos en el horno precalentado a 200� C durante 15 minutos. Deben quedar dorados.</p><p>Pero no todo iba a ser tan f�cil como hacer <emphasis>scons. </emphasis>Uno de los primeros problemas a los que tuvo que enfrentarse nuestra madre, una vez superada la ceremonia de presentaci�n de credenciales, fue pintar y redecorar una casa que, como ya se apuntaba m�s arriba, dejaba mucho que desear. En su cuaderno ella lo cuenta as�:</p></section><section><title><p>MAR�A CALLAS EN EL DESV�N</p></title><p>Aqu� estoy, lista para ponerme al frente de <emphasis>Fosadas Family Builders Inc. </emphasis>e intentar arreglar un poco la embajada. Mucho me temo, una vez hecha la primera inspecci�n del estado del edificio, que no voy a tener m�s remedio que poner en marcha todos los recursos humanos de esta familia para que la casa renazca de sus cenizas. Como ya dije antes, se trata de un edificio lind�simo del siglo XIX. Una casa de ladrillo rojo con sus <emphasis>bay windows, </emphasis>sus tres plantas enormes y un jard�n espl�ndido. Sin embargo, el piso de arriba, por ejemplo, debe de estar deshabitado desde los tiempos de Jack <emphasis>el Destripador, </emphasis>como m�nimo. En fin, no s�lo parece que en esta planta no haya vivido nadie desde entonces, sino que tiene uno la sensaci�n de que, al abrir alguna de las puertas que se alinean a lo largo del descansillo, se va a encontrar a las pobres v�ctimas de Jack colgadas del techo de un gancho jamonero. Supongo que alguno de los antiguos moradores de la casa deb�a dedicarse a la fotograf�a art�stica versi�n tenebrosa o algo as�, porque, en uno de los cuartos de la izquierda (cerca del que ocupan los Darling, por cierto) hay unos rollos con telones de fondo pintados con figuras de lo m�s l�gubres. Tambi�n hay unas siluetas humanas recortadas en cart�n y unos enganches met�licos en forma de largas p�as que, supongo, serv�an para colgar los decorados, pero que tienen un aspecto amenazador. Adem�s, varias de las ventanas de este piso est�n cubiertas con trapos negros, abundan las bateas de revelado de distinto tama�o y otros artefactos que a�n no s� si son elementos de tortura o accesorios de un laboratorio fotogr�fico. �ste es el problema de �heredar� casas: se encuentra uno con cada cosa� Le voy a decir a Dolores que eche un vistazo a todo lo que hay all� arriba. Ella es la artista de la familia, de modo que a ver qu� se le ocurre que podamos hacer con este remedo de casa de Barba Azul o de gabinete del doctor Caligari.</p><p>Por <emphasis>cierto, </emphasis>Lolita est� encantada. La acaban de aceptar en la Wimbledon School of Arts, justo el lugar que quer�a para estudiar escenograf�a de teatro. Se trata de una de las escuelas de arte m�s importantes del mundo y, aunque tiene que levantarse a las seis de la ma�ana para llegar a clase, oh, milagro de los milagros, no le importa hacerlo y salta de la cama cantando como una calandria. Yo, que tengo un concepto bohemio del arte y adoro la noche, me pregunto c�mo acabar�n siendo estos nuevos artistas tan madrugadores; un pel�n burocr�ticos y funcionariales ser�n, digo yo, pero Dolores opina que no entiendo ni papa y que qu� tendr� que ver una cosa con otra. A m� en todo caso me divierte mucho ver lo r�pido que ha adoptado, por ejemplo, la forma de vestir de los artistas ingleses. Cada ma�ana a las seis sale ataviada con distintos modelos. Un d�a va con <emphasis>leggins y </emphasis>zapatos en punta como de trovador medieval a los que s�lo les faltan los cascabeles. Otro, con unas medias de red rotas por cuatro sitios, pantalones de esqu� y una chaqueta de cuero que parece ro�da por el mast�n de los Baskerville. En ocasiones se pone pololos y un jersey de lana largu�simo, que le llega a las rodillas� Mucha variedad en el <emphasis>look, </emphasis>s�, pero hay dos elementos que no se quita ni para dormir: una especie de cuello de piel de comadreja al que llama <emphasis>the animal y </emphasis>un borsalino tambi�n muy ra�do. Es precisamente a Dolores a la que pienso poner al frente de la realizaci�n art�stica de <emphasis>Posadas Family Builders Inc. </emphasis>para que le d� los toques finales a la decoraci�n y, como mano de obra no cualificada, a Carmen, y a quien est� por casa, incluidas sus ni�as. Aqu� ha de colaborar todo el mundo o la cosa no tendr� remedio. Claro que antes tengo que pintar el edificio de arriba abajo. Y para eso, y como es mucho trabajo, tengo pensado contratar una cuadrilla de b�lgaros sin papeles. Espero fervientemente que de esto no se entere el Foreign Office (ni tampoco Luis). Me los ha recomendado la embajadora de Guinea-Conakry, que es muy simp�tica y tambi�n muy ahorrativa. Una vez en marcha la conexi�n b�lgara, lo siguiente es elegir bien los colores. Una de las secretarias de la embajada, que lleva aqu� desde los tiempos de Churchill, me dice que las casas inglesas deben estar pintadas de colores vivos. Nada de beige, fuera el blanco, abajo con el gris. Por lo visto, lo que prima por estas latitudes es el amarillo, el rosa, el verde y el azul el�ctrico. �L�gico -pienso yo-, en un pa�s en el que se hace de noche a las tres de la tarde, o pinta uno de amarillo canario y rosa chicle o le da la depre.� Eleg� pues los colores, tambi�n los distintos tonos, m�s claros en las molduras, m�s oscuros en el rodapi�, levemente diferentes en el techo que en las paredes, etc�tera. Diez largas semanas m�s tarde, cuando ya empezaba a balbucear mis primeras palabras en b�lgaro (qu� remedio) y tras dos novenas a santa Sof�a, consegu� al fin que se fueran los pintores. �El resultado? Aqu� estoy ahora con el comedor pintado de verde, el sal�n de amarillo y el cuarto de estar de rosa. La verdad es que el sal�n ten�a que ser verde, el comedor rosa y el cuarto de estar amarillo, pero bueno, qu� se le va a hacer, <emphasis>lost in translation, </emphasis>como dicen ac�. En cualquier caso, no pienso quejarme (sobre todo para que Luis no se entere de que contrat� a unos ilegales) y de todas maneras se ve bastante lindo. Sin embargo, para que quede sensacional de verdad falta darle mi toque maestro. Consiste en recubrir las molduras de los frisos y las de los z�calos de una tenue capa de pan de oro. Muy tenue, muy fina, tanto que apenas se vea. Lo malo es que conseguir un efecto tan sutil es una trabajera del demonio. Hay que utilizar goma ar�biga para fijar el pan de oro, que se rompe de s�lo mirarlo, con lo car�simo que es, despu�s hay que lijar, luego patinar, barnizar� Los decoradores cobran unas doscientas libras el metro por hacerlo, pero con mi supervisi�n y utilizando nuevas t�cnicas que Dolores ha aprendido en su colegio, seguro que nos queda de lo m�s bien. Adem�s, Gervasio est� por aqu� de visita con las pira�as y as� tenemos mano de obra extra. Las pira�as son dos amigos suyos de los tiempos del colegio que ganaron, su fama y nombre por razones obvias. Desde que eran chiquitos cada vez que aparecen por casa arrasan la nevera, asolan la despensa, esquilman la bodega� Emilio y Nacho est�n aqu� para hacer no s� qu� cursillo, pero son como de la familia, de modo que, en sus ratos libres, van a filetear en oro, como est� mandado. Adem�s, de este modo lograr�n bajar el <emphasis>steak and kidney pie </emphasis>de Mrs Darling, que ya se les empieza a notar en la cintura. Por cierto, ahora que hablo de los Darling: tanto a ella como a �l los encuentro raros �ltimamente, pero eso, como dir�a Scarlett O'Hara, ya lo pensar� ma�ana, ahora estoy muy ocupada. <emphasis>Posadas Family Builders Inc. </emphasis>funciona de la siguiente manera y tiene el siguiente organigrama: primero est�n las directoras art�sticas, que en este caso somos Dolores y yo. Despu�s est� el obrero no cualificado (l�ase Carmen). Luego los eventuales, como Gervasio y sus pira�as, y tambi�n las miniaprendices, que son las hijas de Carmen, que se ocupan de traer y llevar cosas (sobre todo Coca-Colas a los sedientos trabajadores). Y por fin est� el lector. El lector es Luis, claro. A �l, como es un perfecto manazas y tiene el toque del rey Midas pero al rev�s -todo lo que toca lo convierte en polvo- le hemos buscado una actividad que le va mucho y de la que hemos disfrutado en otras ocasiones: igual que hac�an en los conventos de clausura o en las f�bricas de cigarros all� en Sevilla y en La Habana, Luis nos ameniza el trabajo leyendo en voz alta. Como estamos en Inglaterra y los trabajadores son de edades y tipos de lo m�s variopintos, ha decidido que, en esta ocasi�n, nos va a leer las aventuras de Sherlock Holmes.</p><p>El caso es que empezamos por el comedor e �bamos ya casi por la mitad de <emphasis>El mast�n de los Baskerville </emphasis>cuando se produjo la primer baja laboral. Carmen dijo de pronto que durante dos d�as no iba a poder pintar, porque hab�a tenido una cat�strofe de vestuario.</p><p>���Y qu� demonios es una cat�strofe de vestuario? -pregunt� Emilio-pira�a mirando desde lo alto de la escalera hacia donde estaba Carmen.</p><p>�sta llevaba en una mano un vestido lleno de lazos y en la cara una expresi�n de muy pocos amigos. Ni se dign� a contestarle, pero seg�n me explic� luego a solas, el problema est� en que la han invitado a una boda y necesita un vestido nuevo. Como es de ideas fijas y con esto del divorcio se ha vuelto muy ahorrativa, se le ocurri� llamar a su modista de toda la vida en Madrid, hacerle un dibujito as� no m�s, en un papel cualquiera y mand�rselo por correo con las medidas. Y claro, como en la vida no hay misterios, que dir�a mi abuela, el resultado es ahora ese c�mulo de lazos y volantes horribles que tiene en la mano. Pero lo peor es que, no contenta con el fiasco y como es as� de cabezota, en vez de olvidarse del asunto y comprar otro vestido en cualquier <emphasis>boutique, </emphasis>se ha empe�ado en arreglarlo ella misma porque, seg�n dice, la tela es buen�sima, le ha costado un platal y no piensa desaprovecharla. Se trata de tafet�n azul recubierto de gasa negra, muy lindo, pero con tanto lazo y tanto cresp�n parece la cortina de un coche f�nebre, la verdad.</p><p>Seg�n ella ten�a una idea buen�sima de c�mo se pod�a reciclar el vestido, y lo que pensaba hacer era darse de baja como pintora, pero unirse al grupo de trabajadores con su caja de costura, de modo que, mientras unos pintaban, ella le iba a dar al hilo y a la aguja. Adem�s, as� no se perd�a el final de <emphasis>El mast�n de los Baskerville.</emphasis></p><p>Ya est�bamos por el tramo final del cuento, con Sherlock y Watson vagando por las marismas neblinosas en pos del mast�n de marras, cuando ocurri� un incidente misterioso digno del propio Sherlock Holmes. Lo cierto es que, como ya he dicho, yo andaba un poco mosca desde hac�a d�as con la actitud de los Darling. Los notaba fr�os, reservados, glaciales, pero no le hab�a dado mucha importancia al asunto. Pensaba que estaban molestos porque las pira�as -que cocinan como los �ngeles, dicho sea de paso- se met�an con demasiada frecuencia en su territorio a preparar este o aquel plato. De hecho, ya hab�a recibido uno o dos comentarios tanto de mister como de mistress Darling al respecto. Siempre en su l�nea, las quejas comenzaban con una alusi�n a su antigua empleadora, Tina ex Onassis, ex Niarchos: <emphasis>�Madame jam�s </emphasis>hubiera permitido que unos invitados prepararan <emphasis>fondue </emphasis>de chocolate en la biblioteca��, o �En casa de madame <emphasis>nunca </emphasis>habr�a ocurrido que alguien usara mi escurridor de verduras��, pero yo no les hab�a hecho mucho caso y por eso -me imaginaba- se hab�an sumido en un silencio glacial. Un d�a, en que le ped� a mister Darling un vaso de agua con hielo, observ� de refil�n un extra�o objeto que asomaba del bolsillo de su chaqueta. Como he perdido mucha vista �ltimamente (ser�n las brumas de Londres) no llegu� a distinguir bien lo que pod�a ser aquello. Se parec�a mucho a uno de los crespones del vestido de Carmen, s�lo que con puntillas de otro color, algo as� como un liguero rojo cardenal o, mejor dicho, morado obispo. Como siempre he tenido miedo a las rarezas de la gente que vive en casa, decid� prestar a Darling un poco m�s de atenci�n de ah� en adelante. Quiz� se tratara de un exceso de precauci�n por mi parte.</p><p>Posiblemente el mucamo, al ver que Carmen estaba desechando los lazos que le sobraban a su vestido, decidi� recoger un par de ellos para que los aprovechara mistress Darling. Era un matrimonio austero en exceso, siempre se quejaba mucho de que malgast�bamos el az�car y cosas as� (�Mistress Onassis <emphasis>jam�s </emphasis>habr�a puesto tres terrones en el t酻). Olvid� pues el asunto del cresp�n, pero al d�a siguiente, al servirme Darling una taza de t�, vi que luc�a en el dedo me�ique algo que parec�a (maldita presbicia una vez m�s) un anillo con una piedra roja. Ese mismo d�a Carmen nos mostr� su obra maestra terminada. De ni�a siempre sacaba unas notas p�simas en clase de labores, seg�n ella porque, como es zurda, sus profesoras la acababan dejando por imposible, pero debo reconocer que esta vez se hab�a esmerado. Hab�a recortado el vestido eliminando no s�lo los lazos y los volantes sino tambi�n las mangas. As�, se convirti� en un traje palabra de honor que se envolv�a alrededor del cuerpo igual que uno se envuelve una toalla al salir de la ducha. Para evitar que tan precaria sujeci�n la dejara en pa�os menores delante de la Reina (y, no lo olvidemos, ser�a la segunda vez que la familia se dedicaba al <emphasis>striptease), </emphasis>hab�a encontrado un buen recurso. Consist�a en aprovechar uno de los volantes m�s anchos a modo de banda a la altura del pecho y luego anudarlo delante con una gran lazada. De esta forma le qued� un vestido estilo imperio bastante <emphasis>impressive </emphasis>que dicen por ac�. Est�bamos todos admirando su obra cuando de pronto �qu� veo a trav�s de las ventanas que dan al jard�n? Al mism�simo mister Darling asomado tras un seto con una m�quina de fotos profesional inmortalizando la escena. Vaya por Dios, primero guarda lazos y crespones en sus bolsillos, despu�s usa sortijas en el me�ique y ahora se dedica a fotografiar a Carmen.</p><p>Mir� a los dem�s por si hab�an visto lo mismo que yo. Nadie parec�a haberse dado cuenta, y en ese mismo momento decid� que no iba a tener m�s remedio que subir al tercer piso, al de Jack <emphasis>el Destripador </emphasis>o donde tienen su habitaci�n los Darling, y hacer una discreta investigaci�n. Era necesario averiguar a qu� ven�a su repentino inter�s por la moda.</p><p>La verdad es que ten�a que haberle pedido a una de las chicas que me acompa�ara. Pero como no lo hice, siempre quedar� en los anales de la familia como una exagerada. Hasta el d�a de hoy, todo el mundo piensa que le estoy a�adiendo detalles ambientales a esta historia. No es verdad, las cosas ocurrieron tal como las voy a contar.</p><p>La tarde siguiente, aprovechando que era domingo y por tanto el d�a libre de los Darling, sub� las escaleras descalza y deseando con todas mis fuerzas que no me delatara el crujir de alg�n escal�n. Era m�s o menos al caer la tarde y la luz se filtraba por una de las ventanas. Avanc� unos pasos m�s y lo primero que me sorprendi� fue escuchar una m�sica amortiguada pero aun as� perfectamente reconocible: se trataba de la �pera <emphasis>Carmen. </emphasis>En cuanto identifiqu� la m�sica, empec� a hacerme mi particular pel�cula de terror: Darling estaba secretamente enamorado de mi hija Carmen, por eso le robaba los lazos de su vestido. Se trataba de un amor tortuoso, enfermizo, de ah� que se arriesgara a descalabrarse para fotografiarla con su vestido nuevo. �Y la sortija con una piedra roja que yo hab�a visto en su me�ique? �Qu� significaba ese detalle? Tal vez se lo hubiera robado a mi hija, a ella le encantan las bisuter�as a cu�l m�s aparatosa y el rojo es su color favorito. Avanc� unos metros m�s. Sonaba muy bella esa habanera que todo el mundo conoce: <emphasis>L'amour est enfant de Boh�me, il n'a jam�is, jam�is connu de loi� </emphasis>y mientras tanto yo ensayaba mentalmente mi discurso, �Darling -pensaba decirle-, lo siento mucho, Darling. Comprender� que no se trata de cuestionar su profesionalidad, esa que usted adquiri� con mistress Onassis, pero��</p><p>� <emphasis>si tu no m'aimes pas, je t'aime�</emphasis></p><p>�� lo podemos pactar usted y yo -continu� diciendo para mis adentros-. Ni siquiera su mujer tiene por qu� enterarse del verdadero motivo por el que lo voy a despedir.�</p><p>� <emphasis>si je t'aime prends garde a toi�</emphasis></p><p>�Diremos que ha sido por "diferencias irreconciliables", eso siempre queda bien, y es a la vez muy as�ptico, �qu� le parece?�</p><p>A medida que iba avanzando, sonaba m�s fuerte la m�sica y pude o�r a continuaci�n c�mo entraba el coro acompa�ando a la solista para volver a entonar el estribillo: <emphasis>L'amour est enfant </emphasis>etc�tera. La verdad es que, a pesar de lo desagradable del momento y de lo mucho que me lat�a el coraz�n, debo reconocer que aquella m�sica me envolv�a, me arrastraba.</p><p>���Darling? -dije al acercarme a la puerta-. <emphasis>Helio, Darling?</emphasis></p><p>Si no hubiera estado tan nerviosa, seguro que me habr�a re�do de m� misma: all� estaba, a punto de entrar en la habitaci�n del mucamo y llam�ndolo <emphasis>darling, </emphasis>es decir, �cari�o�, como en un vodevil de cuarta. En fin, me dije, adelante, Bimba, tenes que proteger a la familia, como siempre, y abr� la puerta de una vez.</p><p>� Si <emphasis>tu ne m'aimes pas je t'aime, si tu ne m'aimes pas�</emphasis></p><p>Sin llamar, empu�o el pomo, la puerta cede, abro de pronto y entonces�</p><p>���Darling! �Es usted?</p><p>S�. Era �l. �l con su pelo rojo y su bigote del mismo color, �l con su aire marcial de lancero de Bengala y� con los ojos pintados como Lola la Piconera, al tiempo que agitaba un abanico a lo Estrellita Castro. Era, en efecto, Darling vestido de gitana con peineta y mantilla. Con zapatos de tafilete y manejando con mucho arte su mant�n de Manila. Mientras que, metros m�s all�, al fondo de la estancia, su mujer ataviada con una chaquetilla militar con entorchados, <emphasis>kepis� </emphasis>y desnuda de cintura para abajo, inmortalizaba toda la escena utilizando la misma c�mara con la que yo hab�a visto a su marido d�as atr�s retratar a <emphasis>mi </emphasis>Carmen. Debo confesar que, en ese momento y a pesar de lo ins�lito de la escena, fui consciente de la m�sica y sobre todo de la letra: <emphasis>Si je t'aime, </emphasis>rezaba la canci�n, <emphasis>si je t'aime prends garde � toi.</emphasis></p><p>Hasta el d�a de hoy no s� qu� fue primero, si el huevo o la gallina. Ignoro si los artilugios de fotograf�a estaban all� antes de la llegada de los Darling y, al encontrarlos, comenzaron a valerse de ellos para sus juegos er�ticos privados y de travestismo. O tal vez no, tal vez eran ellos los propietarios de todo aquel material y, desde mucho antes de que nosotros lleg�ramos a la casa, entreten�an as� las largas y oscuras horas de domingo. Ignoro tambi�n c�mo, despu�s de gritar �darling! al m�s puro estilo teatral, a�n tuve aplomo suficiente para que no me temblara la voz al se�alarles la puerta y pedirles que abandonaran la casa con la mayor brevedad. Lo que s� s�, en cambio, es lo que dijo Luis cuando le cont� la escenita. No dijo �Elemental, querido Watson�, pero casi. Seg�n �l, toda la historia ten�a su aplastante l�gica. Los Darling hab�an trabajado antes con la primera se�ora Onassis, y la casa a�n estaba llena de fotos de su antiguo marido, al que adoraba. A su vez, el gran amor de Arist�teles Onassis hab�a sido Mar�a Callas. Seguramente fue all� donde los Darling empezaron a jugar a los fantasmas, y a representar las �peras <emphasis>Aida, La Traviata, Carmen, </emphasis>todo el repertorio de la Callas. Yo era muy esc�ptica al respecto, pero Luis insist�a en que la explicaci�n era �sa. Pero entonces -reflexionaba yo- �jugar�an tambi�n a que eran Onassis y Jackie en pelotas? Y si es as�, �qui�n har�a el papel del uno y el del otro?</p><p>Yo estaba muy impresionada y hubiera preferido dar parte a Scotland Yard, pero Luis dijo que no, que a lo peor alg�n periodista entrometido se enteraba de la an�cdota y al ministerio no le iba a gustar nada que trascendiera. Al final le hice caso y no llam� a nadie. Tampoco me he atrevido a contarlo por ah�, pero desde ese d�a, cada vez que oigo la voz de Mar�a Callas (y no digamos ya si canta <emphasis>Carmen) </emphasis>se me escapa un ��darling!�.</p><empty-line/><p>STEAK AND KIDNEY PIE CON UN TOQUE EX�TICO</p><empty-line/><p>Pese a la precipitada marcha de los Darling, nuestra madre a�n tuvo tiempo de aprender esta buena receta de uno de los platos m�s cl�sicos de la cocina inglesa. Se trata del t�pico <emphasis>steak and kidney pie </emphasis>pero con un toque de curry y es ideal para d�as fr�os.</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p>(para cuatro personas)</p><empty-line/><p><emphasis>600 g de carne de a�ojo</emphasis></p><p><emphasis>250 g de h�gado</emphasis></p><p><emphasis>2 cebollas peque�as picadas finitas</emphasis></p><p><emphasis>250 g de champi�ones peque�os</emphasis></p><p><emphasis>130 g de harina</emphasis></p><p><emphasis>2 cucharadas de aceite</emphasis></p><p><emphasis>1 cucharada de salsa Worcester</emphasis></p><p><emphasis>125 ml de vino tinto</emphasis></p><p><emphasis>125 ml de caldo</emphasis></p><p><emphasis>un pellizco de curry</emphasis></p><p><emphasis>2 hojas de laurel</emphasis></p><p><emphasis>250 g de masa de hojaldre congelada</emphasis></p><p><emphasis>1 yema de huevo</emphasis></p><p><emphasis>1 cucharada de nata para cocinar</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>Limpiar bien los ri�ones y trocearlos en dados junto con la carne.</p><p>Dorar la cebolla picada en una sart�n. Cuando ya est�, retirarla y poner la carne y los ri�ones. Dorar y reservar.</p><p>Volver a poner la cebolla en la sart�n. A�adir la harina poco a poco para que no se formen grumos. Despu�s, agregar los champi�ones, la salsa Worcester y el curry disuelto en un poco de caldo.</p><p>Poco a poco, incorporar el vino y el resto del caldo. A�adir las hojas de laurel. Dejar que hierva a fuego lento durante una hora.</p><p>Retirar y dejar enfriar. Quitar las hojas de laurel. Poner la carne en una fuente de horno. Una vez descongelada la masa, estirarla para hacer una tapa con la que cubrir el pastel. Mezclar las yemas y la nata y pintar la superficie de la masa con la mezcla.</p><p>Cocer en la parte inferior del horno precalentado y dejar a fuego medio 10 minutos, hasta que la masa est� cocida y dorada por encima.</p><p>Servir con verduras.</p></section><section><title><p>UNA DE FANTASMAS</p></title><p>Cuanto m�s tiempo llevo en Inglaterra, m�s de acuerdo estoy con Asterix el galo: �est�n locos, estos ingleses! Y como est�n locos, hay que ver lo dif�cil que resulta entenderlos y no meter la pata. Por ejemplo, una de las primeras cosas que aprend� aqu� es que es muy importante conocer todos los <emphasis>don'ts. </emphasis>Los <emphasis>don'ts, </emphasis>como su propio nombre indica, son todas las cosas que uno <emphasis>no </emphasis>debe hacer bajo ning�n concepto. No se debe -y ag�rrense a la brocha- contestar a preguntas tan normales y corrientes como �c�mo est� usted?, <emphasis>how do you do? </emphasis>Cree uno que lo educado es contestar. Craso error. En la buena sociedad inglesa no se explaya uno diciendo �Muy bien, gracias, aunque ahora que usted lo menciona estoy algo acatarrada, etc�tera�. No, de ninguna manera, a nadie le importa si est� usted acatarrada o no. A un <emphasis>how do you do </emphasis>se contesta s�lo con otro <emphasis>how do you do, </emphasis>eso es lo correcto y lo dem�s una vulgaridad imperdonable. Otro <emphasis>don't </emphasis>es, por ejemplo, hablar en la mesa con quien a uno le apetece. Lo preceptivo es hacerlo durante el primer plato con la persona que est� sentada a su derecha. Al llegar el segundo plato se debe uno volver irremediablemente hacia su vecino de la izquierda aunque est� en plena discusi�n o deje al interlocutor de la derecha literalmente <emphasis>in medias res </emphasis>cuando le estaba contando c�mo su querido padre hab�a sido v�ctima de un accidente mortal; no importa, media vuelta y al otro lado. Tampoco est� permitido fumar hasta que el anfitri�n <emphasis>toasts the Queen, </emphasis>que no quiere decir �tostar a la Reina� (que literalmente tambi�n), sino, en el caso que nos ocupa, hacer un brindis. Pero los <emphasis>don'ts </emphasis>m�s pesados son los que tienen que ver con las cosas de las que se puede y de las que <emphasis>no </emphasis>se puede hablar. Tradicionalmente, hay tres temas de conversaci�n tab� en Inglaterra y m�s a�n si se trata de diplom�ticos: el primero es la religi�n, el segundo es la pol�tica y el tercero es el sexo. En realidad, no est� tan prohibido hablar de sexo como de sentimientos, dir�a yo. Porque as� como he escuchado a m�s de un elegante conde o duque hablar de lo que �l llamaba <emphasis>naughty things, </emphasis>cosas traviesas, jam�s he o�do a un ingl�s hablar de algo relacionado con lo que siente o ama. Curioso realmente, porque la mayor�a de las conversaciones comienzan con un �Yo siento� o un �yo quiero� -<emphasis>�I feel� o �I love�</emphasis>-, pero aqu�, para ser honestos, por lo �nico que est� bien manifestar afecto es por los animales o los jardines. Manifestar amor por las personas se considera <emphasis>too emotional, </emphasis>o <emphasis>too lat�n, </emphasis>que en rom�n paladino viene a querer decir que es cursi o sentimentaloide.</p><p>Visto lo visto, ahora comprendo por qu� se habla aqu� tanto del tiempo: es de lo poco que se puede hablar sin sonar <emphasis>too personal, </emphasis>otro pecado imperdonable eso de ser demasiado <emphasis>personal. </emphasis>Sin embargo, yo acabo de descubrir un tema de conversaci�n perfecto. Teniendo en cuenta que no soy experta en jardines ni en caballos, gatos y perros, que son los temas que quedan libres si exceptuamos el de la climatolog�a, ya lo tengo decidido: de ahora en adelante me dedicar� a hablar de fantasmas. S�, a los ingleses les encanta hablar de esp�ritus y apariciones. El tema lo descubr� un d�a que me toc� en una cena sentarme a la izquierda de un viejo coronel de caballer�a. Despu�s de estirar al m�ximo mis conocimientos equinos (S�, me encanta Ascot. S�, en Uruguay hay m�s caballos espa�oles que �rabes. No, nunca he ido al Derby), afortunadamente entr� en nuestra conversaci�n Freddy. Por lo visto, el tal Freddy fue un soldado del rey que all� por 1560 se cay� de un caballo espa�ol y se rompi� la crisma. Desde entonces vaga cual alma en pena por las caballerizas de los Royal No S� Cu�ntos, esto es, el cuartel de mi amigo el coronel. Cuando el <emphasis>salm�n suprime </emphasis>sobre cuna de <emphasis>spinach feuillet� </emphasis>del segundo plato nos separ� haciendo que dejara al coronel con Freddy en la boca para hablar con mi vecino de la izquierda, aprovech� para preguntarle a �ste a bocajarro: ��Cree usted en fantasmas?�. Y �xito total, mister Dumpling, que as� se llamaba el agente de bolsa que me toc� a la izquierda, ten�a como esp�ritu a madame Fernand, que vagaba por su casa de campo, en Yorkshire. Al parecer, la buena se�ora era una <emphasis>emigr�e </emphasis>de la Revoluci�n Francesa que muri� emparedada en el s�tano de la casa que ahora es de mister Dumpling.</p><p>Desde ese d�a he aprendido que todos los ingleses, no importa su sexo, clase social o religi�n, creen en fantasmas. Adem�s, esto de los esp�ritus es una cuesti�n de prestigio: quien no fue a un colegio con fantasma, o no tiene una casa con esp�ritus, o ni siquiera cuenta con una �presencia� en su salita de estar, es un don nadie, un paria, en este pa�s de tantas castas. Una vez hecho mi descubrimiento, todo ha sido coser y cantar. Cuando quiero congraciarme con mi profesora de ingl�s, por ejemplo, cuando quiero que el carnicero me venda los filetes m�s baratos o que mi peluquera no me haga un desaguisado en el flequillo, yo invoco a los esp�ritus.</p></section><section><title><p>OTRA DE FANTASMAS</p></title><p>Todo esto que cuento me iba ser de lo m�s �til en nuestra visita a B., adonde fuimos Luis y yo en compa��a de Dolores. B. es el castillo de los duques de E, all� en la frontera con Escocia, cerca de la Muralla de Adriano. Seg�n las gu�as tur�sticas, B. es el tercer castillo habitado m�s grande del Reino Unido y la cuna de la familia E, que lleg� a las Islas Brit�nicas nada menos que en 1066, es decir, de la mano del mism�simo Guillermo <emphasis>el Conquistador. </emphasis>Su fortuna actual se estima en unos seiscientos millones de libras. Sin embargo, seg�n rezan tambi�n las gu�as tur�sticas, hace poco el duque se dio cuenta de que el castillo era demasiado costoso de mantener y, a pesar de que, desde hace a�os, se visita como centro tur�stico, consider� que su situaci�n financiera lo obligaba a cerrarlo. Entonces los habitantes del lugar fueron a hablar con �l y le dijeron que no pod�an permitir de ninguna manera que su castillo ancestral fuera cerrado y que todo el pueblo se compromet�a a colaborar con los trabajos que hiciera falta de forma gratuita. De este modo, resulta, seg�n leo aqu�, que ahora la que hace las camas ducales es la farmac�utica; el t� lo sirve la dependienta de la tienda de ultramarinos; las caballerizas las atiende el dentista, mientras que el pedicuro se ocupa del jard�n.</p><p>La amistad de Dolores con el hijo mayor de los E data de hace unos a�os, cuando a�n viv�amos en Mosc� y, a pesar de que Charles es un poco, digamos, particular, han continuado en contacto desde entonces.</p><p>La llegada a B. fue de lo m�s espectacular. Como era oto�o, todo el paisaje estaba te�ido de rojos, amarillos, granates, y el aire era glacial. El castillo no puede ser m�s impresionante. Murallas de piedra sobre las que revolotean los buitres, foso con puente levadizo, torre central. Pero lo que m�s me sorprendi� fue ver que, en cada una de las almenas, hab�a un soldado con armadura de aspecto bastante amenazador. Ahora es f�cil deducir que se trata de maniqu�es, pero me imagino la impresi�n que har�a en otros tiempos menos pac�ficos a quien se acercara a sus murallas. Tambi�n �stas son oscuras e inexpugnables, con ese aspecto que s�lo se logra despu�s del paso de los siglos y tras soportar varios asedios. Total y en resumen que, con tal panorama se imagina uno que en cualquier momento va a aparecer el espectro de Macbeth o, peor a�n, de su se�ora con las manos te�idas de sangre y recitando aquello de: �Fuera maldita mancha, fuera te digo��. Por descontado, yo ten�a ya preparada mi amable pregunta de siempre para conversar con los ingleses: �D�game: �cree usted en los fantasmas?�, pero realmente la pregunta parec�a un tanto redundante en semejante lugar.</p><p>Los F. nos recibieron de la forma m�s afectuosa. Y despu�s de desfilar por interminables pasillos decorados a un lado y otro con Van Dycks, Tintorettos y no s� yo si alg�n Rafael, llegamos por fin a nuestro destino, es decir, los dormitorios. A Luis y m� nos toc� uno muy lindo y acogedor, con cama con dosel, jofaina, palangana y un orinal bajo la cama. Es una suerte poder a�adir que tambi�n ten�a cuarto de ba�o, por lo que los antes mencionados artilugios de aseo eran -gracias a Dios- ornamentales. No dorm� muy bien esa noche, pero yo creo que era m�s porque la cama era dura que por el temor a que se me apareciera lady Macbeth o alguno de sus sanguinarios amigos. Aun as�, hay que decir que todo cruj�a: los suelos de roble centenario, el dosel de palo de rosa, los muebles de caoba y la <emphasis>boiserie </emphasis>de nogal. Vamos, que con tal sinfon�a de maderas ya empezaba yo a entender por qu� en este pa�s todo el mundo cree en esp�ritus.</p><p>Al d�a siguiente nos fuimos de picnic. S�, tal como suena, a pesar de que est�bamos a finales de octubre, que hac�a un fr�o peludo y que de vez en cuando llov�a. Pero ya se sabe, otra de las razones por las que estoy de acuerdo con Asterix en eso de que �est�n locos, estos ingleses� es a causa del tiempo. Y ahora no me refiero a que hablen tanto de �l, sino a su man�a de estar siempre a la intemperie. Ellos lo llaman estar <emphasis>outdoors, </emphasis>que suena m�s chic, pero viene a ser lo mismo: consiste en estar fuera de casa cuando lo que el tiempo aconseja es no s�lo en estar dentro, sino adem�s bien pertrechado de una mantita de cuadros y una "bolsa de agua caliente. En fin, el caso es que yo me calc� mi mejor sonrisa diplom�tica (tambi�n unos calcetines de lana gruesos y botas de goma) y all� que nos fuimos de picnic. El grupo estaba formado por las siguientes personas: Beatrice y Ralph, los duques; su hijo Hugo, de unos veintipocos a�os, que no se separaba ni un mil�metro de Beth, su mujer, una inglesita con cara de lista y tambi�n de pocos amigos. Despu�s estaba Lawrence, el hijo menor, con otra novia de caracter�sticas similares a Beth. Y, por supuesto, Charles. En Charles vale la pena que me detenga unos minutos. Nunca me ha gustado buscarles peros a los amigos de mis hijas, no obstante, este chico es, desde luego, todo un personaje. Pelirrojo hasta parecer una n�cora, alto y bastante gordo. Al principio despista, porque se dir�a que se trata de uno m�s de esos ingleses exc�ntricos siempre vestidos de <emphasis>gentleman farmer </emphasis>con chaqueta de <emphasis>tweed, </emphasis>pantalones de pana viej�simos, camisa ra�da y foulard de seda anudado al cuello en forma de plastr�n. Pero no, Charles es mucho m�s que eso. Para empezar, sufre de <emphasis>melancol�a </emphasis>(pron�nciese as�, a la inglesa, poniendo el acento en la o: <emphasis>melancowli�). </emphasis>No s� exactamente en qu� consiste, y sus padres tampoco, los pobres han peregrinado por centenares de m�dicos y especialistas sin demasiado �xito; por lo visto, todo comenz� despu�s de un partido de squash particularmente violento hace a�os. Charles era en aquel entonces un gran deportista, pero, en contra de la sabia opini�n de su entrenador, tras el partido, se bebi� de golpe un vaso de agua helada y pas� lo que pas�. A m� aquella historia me resultaba conocida, era lo mismo que le hab�a ocurrido a Felipe <emphasis>el Hermoso, </emphasis>marido de Juana <emphasis>la Loca, </emphasis>s�lo que Felipe muri� de repente y a Charles le produjo <emphasis>melancowlia. </emphasis>Por supuesto, a pesar de que la an�cdota ten�a como protagonista a personajes reales, me abstuve de hacer en voz alta el paralelismo, por si las <emphasis>flies, </emphasis>que estos ingles son muy suyos. En fin, y volviendo a Charles, el caso es que desde entonces est� sumido en una apat�a total. Le cuesta levantarse, le cuesta hablar. Le cuesta incluso, seg�n �l, probar bocado a pesar de que, en el poco tiempo que llevo vi�ndolo (y teniendo en cuenta que es antes del almuerzo) se ha zampado ya cinco <emphasis>Kit Kats </emphasis>sin convidar a nadie. Pienso que si no estuviera sumido en esa gran melancol�a pod�a ser incluso un muchacho casi agraciado, al menos tiene unos ojos bonitos. Pero la desidia le hace parecer a�n m�s gordo, m�s lento, m�s fofo: se podr�a decir que es algo as� como un gran oso pardo con chaqueta de <emphasis>tweed </emphasis>y foulard de seda. Ah, se me olvidaba, adem�s tiene la cara llena de granos que �l disimula con un maquillaje que, sospecho, roba a la duquesa. Como todos los inexpertos en estas lides, piensa que tapar los granos consiste en ponerse una lechada de crema cuanto m�s gruesa mejor, lo que en su caso se traduce en una especie de gotel� rosado. Esa ma�ana, como algo excepcional, vino con nosotros e intent� unos primeros pasos por la carretera, aunque en seguida se declar� <emphasis>exhausted </emphasis>y pidi� al jardinero (o al callista, seg�n se mire) que lo llevara en su coche hasta el lugar del picnic.</p><p>Llegamos por fin resoplando a una explanada muy grande donde hab�a unas ruinas normandas. Entonces, la farmac�utica-doncella y el jardinero-callista empezaron a desplegar todo el contenido de dos enormes cestas de picnic que hab�an preparado para la ocasi�n. A m�, desde ni�a, me fascinan estas maravillosas canastas y siempre he querido tener una. Hace poco estuve en Harrod's vi�ndolas, pero son archicar�simas. Pueden llegar a costar m�s de mil libras. Y es que, como a los ingleses les gusta tanto el <emphasis>outdoors, </emphasis>hay muchas ocasiones para lucirlas, lo que ha hecho que se conviertan en un s�mbolo de estatus. Por supuesto, estas dos eran espl�ndidas, con vasos de metal y cubiertos de plata con escudo grabado. Tambi�n hab�a platos con dibujos de animales salvajes. Si no hubiese hecho aquel fr�o bestial y no hubiera soplado aquel viento que deb�a de venir directo del polo, casi, casi podr�a haberme hecho la ilusi�n de que me encontraba dentro de la pel�cula <emphasis>Mogambo </emphasis>departiendo con Clark Gable.</p><p>Ahora nos dar�n algo calentito, me dije mirando dos termos de aspecto prometedor, pero no, lo que sali� de aquellos termos magn�ficos fue, en palabras de la duquesa, <emphasis>�a very lovely and cool </emphasis>gazpacho�. Incre�ble, gazpacho en los montes escoceses y con este biruji. Pero es que uno de los problemas m�s enojosos, a mi modo de ver, es que aqu�, en Inglaterra, de un tiempo a esta parte, les ha dado por la gastronom�a for�nea. Primero, naturalmente descubrieron la cocina de los pa�ses de la Commonwealth, con sus curries y <emphasis>samozas. </emphasis>Despu�s, la francesa, con sus <emphasis>fricas�s y saut�es, </emphasis>y ahora les ha dado por la cocina mediterr�nea. Y est�n pesad�simos con su descubrimiento y en cuanto uno se descuida, le atizan una paella (pron�nciese <emphasis>pa�la) </emphasis>un gazpacho (pron�nciese <emphasis>gaspachu) </emphasis>o una <emphasis>talamosalata, </emphasis>qu� desastre.</p><p>���Un poco de pepino para su <emphasis>gaspachu?</emphasis>-pregunt� amablemente Beatrice, y luego, cogi�ndome de un brazo, me llev� bajo un milenario roble porque, seg�n explic�, ten�a que hablarme de algo muy importante y privado.</p><p>Mientras camin�bamos hacia all� <emphasis>bras dessus, bras dessous, </emphasis>que dicen los franceses, no pude dejar de reparar en algo extra�o. No s�lo era fr�o y desolado el paisaje, sino tambi�n el ambiente que se respiraba en nuestro grupo. El duque, despu�s de dirigir a Luis dos o tres frases amables, se hab�a apostado en un talud cercano para hacer un poco de <emphasis>birdwatching. </emphasis>�ste es otro amen�simo pasatiempo ingl�s que consiste en pasar varias horas inm�vil, con unos prism�ticos a mano con la esperanza de ver si aparece alg�n p�jaro raro en el horizonte. Charles, por su parte, despu�s de dar cuenta de una cesta entera del picnic (ten�a una s�lo para �l), se hab�a tumbado bajo un �rbol cercano y parec�a un enorme mu�eco de ventr�locuo abandonado en un rinc�n. Los otros miembros de la familia, los dos hermanos de Charles y sus cl�nicas novias, por su parte, se hab�an sentado en un c�rculo cerrado, dando la espalda al mundo como los pioneros americanos intentando defenderse de los sioux. �Podr�an invitar a Dolores a su aquelarre�, pens�, pero de momento no le di m�s importancia al dato.</p><p>��Bimbo -me dijo Beatrice cuando por fin llegamos al roble milenario y nos sentamos en una de sus ra�ces (n�tese como para mi anfitriona soy Bimbo y no mistress Piscadas, y es que ya estamos en pleno <emphasis>first �ame bases, </emphasis>o sea, el estado previo a la amistad eterna) -, Bimbo, querida, tengo algo importante que hablar contigo, �est�s c�moda?</p><p>La verdad es que no lo estaba mucho. El viento polar arreciaba como nunca y las ra�ces de �rbol no son precisamente blandas, pero no lo dije, claro. Entonces ella me abri� su coraz�n y pas� a decirme que estaba extremadamente preocupada por el futuro de su hijo Charles. Me confes� que, en las familias inglesas nobles, y tal como ocurre tambi�n en otros pa�ses, el mayor hereda todos los bienes, pero con la particularidad de que aqu� la diferencia patrimonial es tan inmensa que los segundones se ven relegados a vivir en unas peque�as casitas dentro de la inmensa propiedad familiar con una asignaci�n anual que les pasa su hermano.</p><p>��Y en nuestro caso, querida, esta circunstancia desigual se ve agravada por un problema de fantasmas.</p><p>Tate, pens� yo entonces, ya me parec�a que tardaba mucho en salir a colaci�n el tema estrella de este pa�s. El problema familiar va de fantasmas, claro, no pod�a ser de otro modo con este decorado g�tico. Siguiendo las reglas no escritas del arte de la conversaci�n brit�nica, y para no parecer demasiado interesada, despu�s de observar a Beatrice con aire comprensivo, dej� que mi mirada vagara del duque <emphasis>birdwatcber </emphasis>al heredero melanc�lico; luego a los hermanos segundones para fijarla por �ltimo en el perfil del lejano castillo. All� lejos, sobre las milenarias piedras, vigilaban las silentes figuras de los guerreros de guardarrop�a. En realidad, lo �nico que desentonaba en aquel ambiente macbethiano era el gazpacho, pero bueno, sigamos.</p><p>��En concreto, �qu� es lo que te preocupa, Beatrice? -me atrev� finalmente a preguntar.</p><p>Y entonces mi nueva amiga me cont� que, desde que alguien le ech� una maldici�n a la familia all� por el siglo XVII, ninguno de los hijos mayores hab�a sobrevivido para convertirse en duque. El heredero natural mor�a siempre joven y sin descendencia, de modo que acababa siendo el segund�n quien heredaba el t�tulo.</p><p>��Hasta hace unos lustros esto era de lo m�s l�gico, querida. Como comprender�s, el hecho de que el mayor herede todo y el segundo quede relegado a vivir en un peque�o <emphasis>cottage </emphasis>no es lo ideal para fomentar el amor fraternal, y el estigma de Ca�n estaba a la orden del d�a en nuestra familia.</p><p>Imagin� que Beatrice, con la sutileza ancestral que los ingleses llaman <emphasis>understatement, </emphasis>quer�a inferir con esto que el segundo apiolaba de alguna manera al heredero. Pero, por supuesto, no intent� confirmar mis sospechas, s�lo asent� bebiendo un helado sorbo de gazpacho, y ella continu�.</p><p>��Sin embargo, lo incomprensible es que, en estos tiempos m�s pac�ficos, la maldici�n ha seguido cumpli�ndose de forma inexorable. El padre de Ralph, por ejemplo, era el cuarto de los hermanos varones. Dos de ellos murieron en la Gran Guerra y al tercero se lo comi� un tigre de Bengala en la India cuando estaba de virrey, una gran p�rdida. Ralph, por su parte, tampoco era el mayor, sino el segundo. Su hermano Hugo fue piloto de la RAF durante la Segunda Guerra Mundial y su avi�n cay� al mar y nunca lo encontraron.</p><p>A continuaci�n, Beatrice, se�alando el c�rculo formado por sus dos hijos menores y sus novias, suspir�.</p><p>��Ya ves, en nuestro caso tenemos nada menos que tres hijos varones. De los dos peque�os, uno tiene novia y el otro ya est� casado y con un beb�; de lo m�s <emphasis>convenient </emphasis>para la l�nea sucesoria, pero en cambio Charles�</p><p>Entonces, bajando la voz, como si el aire helado de aquellos <emphasis>highlands </emphasis>pudiera llevar sus palabras hasta o�dos indiscretos, Beatrice me dijo que ella se hab�a propuesto romper como fuera la maldici�n de la familia y, para eso, lo primero que ten�a que hacer era �casar a Charles, querida, es evidente que es la �nica manera de torcer el destino�.</p><p>Una vez m�s dej� que mi mirada vagara hacia Charles. Se hab�a quedado dormido desparramado en toda su inmensidad bajo el �rbol y roncaba, se le pod�a o�r desde all�.</p><p>��El problema es que de momento no ha habido manera humana de lograrlo -continu� Beatrice-. Como es l�gico, dado su rango y su fortuna, primero intentamos casarlo con alguna chica de una familia aristocr�tica inglesa, o por lo menos con una de familia de industriales conocida, pero nos ha resultado imposible. Despu�s, no tuvimos m�s remedio que bajar a la nobleza europea. A �l le gustaba mucho Carolina de M�naco, pero ya se sabe, estas chicas Grimaldi prefieren cazafortunas o incluso camareros y gente horrible, son tan <emphasis>unreliable� </emphasis>-Beatrice se sirvi� algo m�s de gazpacho del termo y lo apur� con desesperaci�n, como si fuera un whisky escoc�s triple malta-. Tan <emphasis>unreliable, </emphasis>s�, desde luego las chicas de hoy en d�a no s� en qu� est�n pensando, son todas unas atolondradas, estuvimos haciendo gestiones aqu� y all� con gente de alcurnia menos elevada. Algunas dijeron que s�, pero no eran del gusto de Charles. Y es que �l tiene unos gustos muy exquisitos -al decir esto, Charles, desde su �rbol, pareci� emitir unos gru�idos de aprobaci�n-, muy exquisitos, pero se nos estaba agostando el mercado, la verdad. Entonces fue cuando casi llegamos a un acuerdo con una actriz de cuarta fila y bastante <emphasis>fresh </emphasis>pero que por lo menos hab�a sido novia del pr�ncipe Andr�s un par de meses; sin embargo, tampoco result�. Dos semanas antes de la boda, cuando ya hab�amos salido en todos los tabloides con comentarios muy poco agradables, Rosalind se fug� con un guerrero massai que conoci� en un rodaje, fue <emphasis>dreadful, really. </emphasis>Por eso hemos pensado en Dolores.</p><p>���En Dolores? -exclam� yo atragant�ndome con unos cuadraditos de pepino (cortan demasiado gruesa la guarnici�n del gazpacho aqu�).</p><p>��S�, Bimbo -continu� Beatrice sin pesta�ear ni prestar la menor atenci�n a mis toses-. En su caso, es una l�stima que sea sudamericana, claro, pero como es rubia y de ojos verdes casi ni se nota. Adem�s, como tenemos la suerte de que habla ingl�s sin acento seguro que con el tiempo la gente acaba olvidando ese peque�o detalle. En fin, resumiendo, querida, que hemos pensado que se case con Charles lo antes posible, despu�s de las carreras de Ascot, por ejemplo. Es joven, sana y yo calculo que para el verano que viene podr�amos tener nuestro heredero y vencer as� la maldici�n de los segundones. �Qu� me dices?</p><p>Por suerte no tuve que decir nada porque otro fantasma entr� entonces en escena. No fue el de lady Macbeth, que casi con toda seguridad deb�a de estar agazapado detr�s de alguna de esas venerables piedras ri�ndose de nosotros. Tampoco el de ninguna de esas terribles brujas de Shakespeare con sus c�nticos macabros, <emphasis>bey double, double toil and trouble� </emphasis>Ni siquiera fue el tan mentado fantasma de los segundones asesinos, sino el llamado Fantasma de las Lagunas, uno, por supuesto, del que yo no hab�a o�do hablar en la vida, pero que en seguida logr� ponerme los pelos como p�as.</p><p>��<emphasis>To the lagoon! </emphasis>-grit� de pronto el callista-jardinero.</p><p>��<emphasis>To the lagoon! </emphasis>-exclam� la farmac�utica-doncella.</p><p>��<emphasis>Good God, are you sure, to the lagoon?</emphasis></p><p>Todos salieron corriendo como alma que lleva el diablo. Por suerte Charles, que segu�a desparramado bajo su �rbol como si nada, tuvo a bien explicarme a qu� se refer�an. Por lo visto la tal laguna era un lugar pantanoso con peligros�simas arenas movedizas.</p><p>��Incluso se ha dado el caso de que desapareciera un caballo con su jinete y todo, Bimbo, un lugar muy poco recomendable. �C�mo se le ocurre a tu marido acercarse por all�, y con Dolores adem�s?</p><p>Entonces comprend� lo que estaba pasando. Mientras yo conversaba con Beatrice, Dolores y Luis se hab�an aburrido de no tener con qui�n hablar. As�, al ver que Charles se hab�a quedado dormido bajo su �rbol, Dolores hab�a intentado entrar en el infranqueable c�rculo sagrado de sus hermanos y sus novias. Pero seg�n me contar�a m�s adelante ni siquiera le dirigieron la palabra (seguramente porque se imaginaban que era candidata a novia de Charles y, por tanto, toda una amenaza para sus intereses). Luis, por su parte, tampoco hab�a tenido suerte con el duque. El deporte de observar p�jaros al que nuestro anfitri�n se hab�a entregado no s�lo es largo y solitario, sino que requiere silencio total. De este modo, despu�s de veinte minutos esperando junto al duque a que apareciera un ruise�or de las cumbres o al menos un mal jilguero, Luis hab�a dicho que se iba a dar una vuelta y eso era lo �ltimo que se sab�a de �l y de Dolores.</p><p>��Y* ahora tememos que se hayan perdido o, lo que es peor, que hayan ido hacia la laguna -me dijo Ralph-. Tenemos que ir a buscarlos.</p><p>La noche comenzaba a caer cuando subimos al coche para iniciar la b�squeda. A lo lejos se recortaba apenas el l�gubre perfil del castillo con su silente cohorte de guerreros. Viaj�bamos a muy poca velocidad, tocando el claxon con frecuencia para que nos oyeran. De vez en cuando nos deten�amos para iluminar con los faros la espesura. No habl�bamos, no se o�a volar una mosca. Por fin, tras tres cuartos de hora de tensa b�squeda, decidimos volver al castillo. Seg�n el duque, era m�s prudente pedir ayuda a la polic�a local y con ellos peinar la zona. Hac�a fr�o, yo ten�a a�n m�s fr�o en el alma. Rezaba, �qu� otra cosa pod�a hacer? Rezar y confiar en el sentido de la orientaci�n de Luis. As� como el m�o es p�simo, el suyo no le hab�a fallado nunca; siempre se las arreglaba para encontrar el camino de vuelta, �por qu� no esta vez?</p><p>��Tranquila, llamaremos al inspector Fibbs, y ya ver�s como �l los encuentra -me tranquilizaba Beatrice.</p><p>Y en esas est�bamos, en llamar al inspector Fibbs, o a Scotland Yard, cuando, al acercarnos m�s al castillo, vimos una luz en la ventana de lo que deb�a de ser el sal�n. Por la noche en el edificio no quedaba nadie m�s que la familia, de modo que, me dije, la luz s�lo pod�a deberse a dos cosas, la presencia de un fantasma o�</p><p>La verdad es que no vale la pena estirar m�s la intriga. Naturalmente, no se trataba de un fantasma sino de Dolores y Luis. Cuando llegamos arriba nos los encontramos a los dos de pie, frente a la chimenea encendida, y a�n ateridos. Por suerte, el buen sentido de la orientaci�n de Luis los hab�a conducido directamente al castillo sin bordear siquiera la famosa <emphasis>lagoon. </emphasis>M�s tarde, despu�s de tomarnos un reconfortante whisky con nuestros anfitriones y de o�r dos o tres historias aterradoras sobre personas desaparecidas por aquellos parajes, por fin lleg� la hora de irse a la cama. Una vez all�, bien provistos de sendas bolsas de agua caliente, Luis yo nos contamos los avatares del d�a. �l se justific� diciendo que hab�a decidido volver al castillo dando un paseo con Dolores, cansado de sorber <emphasis>gaspachu </emphasis>en el m�s sepulcral silencio durante el <emphasis>birdwatching </emphasis>con el duque. Por mi parte, le cont� mi conversaci�n con Beatrice: la maldici�n de la familia, los hermanos segundones de mirada torva, la presencia de Charles bajo el �rbol dormitando como una gran boa que hace la digesti�n, y sobre todo el plan de su madre de convertir a Dolores en duquesa para neutralizar el maleficio de la familia. S�, todo esto se lo cont� abrazada a �l (y tambi�n a mi bolsa de agua caliente). Y, mientras lo hac�a, las maderas centenarias de nuestra habitaci�n cruj�an, afuera soplaba el viento y los guerreros de piedra de las almenas proyectaban una sombra t�trica a trav�s de los ventanales. C�mo ser�a la cosa que, para sacudirse el miedo (y el fr�o) por una vez en la vida, Luis estuvo de acuerdo conmigo y los dos suspiramos a coro:</p><p>���Verdaderamente, est�n locos estos ingleses!</p><p>Algunas de las an�cdotas que recoge el cuaderno de nuestra madre no tienen ep�logo feliz. Varios a�os m�s tarde, cuando ya no est�bamos en Inglaterra, nos enteramos de que Charles, despu�s de otros muchos romances infructuosos (el �ltimo con la madre de una muy famosa <emphasis>top model </emphasis>tanto o m�s guapa que su hija), muri� soltero y sin descendencia. Lo sucedi� su hermano segundo, que ahora ostenta el t�tulo de duque. Lamentablemente, se cumpli� una vez m�s la vieja maldici�n de la familia de que nunca el duque es el primog�nito. A nuestra madre, al enterarse, le dio mucha pena. Desde entonces ya no se r�e tanto de los fantasmas.</p></section><section><title><p>LA PERFECTA CESTA DE PICNIC</p></title><p>Sin embargo, como no todo va a ser triste, nuestra madre guarda tambi�n de aquella visita a los F. una descripci�n muy divertida de todo lo que debe contener una cesta de picnic inglesa. Esta relaci�n podr�a figurar en uno de esos libros de buenos modales que tanto gustan a los brit�nicos.</p><p>Una perfecta cesta de picnic consta de dos partes (algunas veces se trata de dos cestas separadas): una contiene los cubiertos y utensilios, la otra la comida. En la primera debe haber necesariamente platos y vasos (irrompibles, de metal o, m�s modestamente, de pl�stico) cubiertos, manteles, servilletas. Tambi�n debe contar con cubiertos de servir y, sobre todo, con una navaja suiza multiusos provista de sacacorchos, destapador y abrelatas, as� como dos termos, uno para l�quidos fr�os y otro para calientes. Las versiones m�s sofisticadas contienen adem�s un mosquitero, cubreplatos de tela met�lica contra los insectos y repelente. En cuanto a la segunda canasta, la de la comida, existen distintos tipos de picnic, por lo que el contenido var�a. El m�s com�n es el que recurre a los sandwiches de distintos sabores, entre los que no pueden faltar los de <emphasis>roastbeef, </emphasis>de pavo, de queso con berro y, sobre todo, la estrella de los sandwiches ingleses, los de pepino. Tambi�n son adecuadas las patas de pollo fr�o, la ensaladilla rusa y, para hacer gala de un cierto cosmopolitismo, se pueden a�adir: <emphasis>samozas, tabul� y dips </emphasis>para mojar en salsa picante o <emphasis>talamosalata y humus. </emphasis>Asimismo es agradable ofrecer una sopa fr�a como gazpacho, <emphasis>vichyssoise </emphasis>o crema de calabac�n. El segundo tipo de cesta es el que se recomienda para un almuerzo informal pero a la vez sofisticado y caro. En este caso se debe huir de los sandwiches, por muy exquisitos que sean. En su lugar se recomienda, adem�s de las sopas fr�as, alguno de estos platos: caviar acompa�ado de patata hervida y crema agria o <emphasis>blinis; </emphasis>pavo trinchado con su guarnici�n; langosta fr�a con mayonesa o t�rtara. Igualmente son muy apreciados (y aunque parezcan vulgares no lo son) los filetes empanados cortados en tiras finas y las minihamburguesitas. Despu�s de ofrecer un buen surtido de quesos, el postre m�s aconsejable es cualquier tipo de tarta y fruta fresca, pero <emphasis>nunca </emphasis>helados ni sorbetes.</p><empty-line/><p><strong>MARY POPPINS Y LADY DI EN BUCKINGHAM PALACE</strong></p><empty-line/><p>Esta noche tiene lugar la recepci�n anual que ofrece la Reina al cuerpo diplom�tico, y aqu� estoy, una vez m�s, a las puertas del Buckingham de mis amores. Mejor dicho, de mis terrores, porque cada vez que paso por delante de sus venerables muros me acuerdo de mi <emphasis>striptease </emphasis>y me dan sudores fr�os; hay que ver las cosas que uno hace por la patria. Esta vez, en cambio, yo estaba decidida a <emphasis>no </emphasis>pasar a las p�ginas de ning�n anecdotario jocoso del palacio. (Y lo hay, me refiero al anecdotario: los ingleses, que tienen -o ten�an hasta hace poco- ese fervor sacrosanto por la familia real, escriben muchos libros sobre todo lo que est� relacionado con ella. Uno de esos libros se llama <emphasis>The Royal Gaffe </emphasis>y recoge todas las meteduras de pata, tonter�as y escenas embarazosas que protagoniza la gente en presencia de la Reina.) Para evitar la menor posibilidad de ingresar en esas p�ginas yo me propuse prestar mucha atenci�n al vestuario. Al m�o y al de mis hijas, porque en esta ocasi�n tambi�n estaban invitadas Carmen y Dolores como �hijas solteras� de un embajador.</p><p>As�, unas semanas antes no tuvimos m�s remedio que convocar una reuni�n en la cumbre para estudiar c�mo �bamos a ir vestidas. Puede parecer una exageraci�n, pero no lo es tanto porque, como todo en este pa�s, una recepci�n real tiene sus <emphasis>don'ts; </emphasis>y los <emphasis>don'ts </emphasis>del vestuario son muy complicados. El primero y primordial es, igual que en la presentaci�n de credenciales, no vestir de negro, por aquello de que la Reina pueda pensar que estamos de luto y darnos el p�same. Para evitar <emphasis>gaffes </emphasis>reales, no tengo m�s remedio que renunciar ahora a la mitad de mi vestuario de noche, porque casi todos mis vestidos largos o son negros o lo parecen. Lo ideal, ya se sabe, son los colores vivaces, pero ni el rosa chicle, ni el azul vientre de pavo real, ni el verde loro entra dentro de mi gama favorita <emphasis>(quelle horreur). </emphasis>Por eso decid� optar por un vestido rojo que tiene mil a�os, pero con dos o tres arreglitos y la ayuda de un chal de cachemira lila puede quedar bastante bien. El problema ahora son las chicas. Dolores porque es punk y Carmen, porque desde su separaci�n le ha dado por ahorrar. Contagiada, supongo, de la proverbial vena Scrooge de este pa�s, dice que no puede gastar en nada superfluo y que debe <emphasis>save for a rainy day. </emphasis>O lo que es lo mismo, ahorrar para cuando vengan las vacas flacas. Seg�n ella, hasta que no empiece a trabajar y ganar su propio dinero tiene que administrar muy bien lo poco que le queda para que a sus ni�as no les falte de nada. Como si les fuera a faltar algo estando aqu� Luis y yo, pero ella est� en plan madre coraje y no hay quien la aguante. Ni siquiera permite que yo le compre el vestido.</p><p>��Ni hablar -dice-, ese dinero tambi�n debe ser <emphasis>saved for a rainy day.</emphasis></p><p>Dolores, por su parte, presenta otras dificultades. Ella dice que no piensa cambiar de estilo por que la inviten a Buckingham y que si no puede ir como le da la gana, prefiere quedarse en casa viendo <emphasis>Top of the Flops, </emphasis>que es un programa de m�sica cacof�nica, creo. E ir como le da la gana implica ya sabemos qu�: un <emphasis>look </emphasis>entre Morticia de la familia Adams y Alice Cooper. Lo cierto es que si se vistiera as� para cualquier otro compromiso ser�a extravagante, pero en el caso de una recepci�n real es completamente inoportuno: en cuanto la vea la Reina, seguro que le da el p�same, y ya tenemos conflicto diplom�tico. Por fin, despu�s de mucho parlamentar, nuestro Yalta particular dio sus frutos. Yo ir� con el vestido rojo de hace mil a�os. Carmen acepta ponerse uno de los m�os de un azul igualmente prehist�rico, y Dolores ha encontrado una soluci�n intermedia. Llevar� el vestido que se hizo para la boda de Mercedes hace unos a�os, un gris perla lind�simo que cada vez que se lo pone (casi nunca) rompe veinte o treinta corazones. Menos mal que en esta familia somos todos bastante agraciados, porque si no, no s� qu� ser�a de nosotros.</p><p>Y all� que nos fuimos Luis y yo con nuestras dos hijas. Hay que decir, para dar alg�n detalle de ambiente, que la entrada a Buckingham es de lo m�s espectacular. La decoraci�n es rica, casi apabullante, y el vest�bulo impone, pues est� iluminado por cuatro l�mparas descomunales, tan grandes que yo calculo que si una de ellas cayera sobre los presentes matar�a de un golpe lo menos a sesenta. Aquello me recordaba esa escena de <emphasis>El fantasma de la �pera </emphasis>en la que cae la ara�a sobre la platea y todo el mundo grita.</p><p>Mientras �bamos desfilando hacia la sala de audiencias me llamaron la atenci�n dos detalles casi gastron�micos: la liga de mujer que Harold Wilson luc�a en la pierna derecha y el olor a comida que inundaba el palacio. Lo primero tiene una explicaci�n muy sencilla. Wilson, como tantos otros ingleses ilustres, est� en posesi�n de la Orden de la Jarretera. Con ese t�rmino que ahora s�lo se usa en gastronom�a <emphasis>(jarret), </emphasis>se denomina una vieja y muy exclusiva condecoraci�n inglesa que tiene su curiosa historia. Seg�n me cont� Luis, en medio de un banquete, el rey Eduardo III, all� por el siglo xiv, se agach� de pronto para recoger la liga que se le hab�a ca�do a una bella dama con la que se rumoreaba ten�a amores. Al hacerlo y ver la cara de sus s�bditos dijo, de lo m�s <emphasis>nonchalant </emphasis>y en franc�s: <emphasis>�Honni soit qui mal y pense�, </emphasis>que, traducido, m�s o menos quiere decir �Verg�enza deber�a daros ser tan mal pensados�. Desde entonces se instaur� tan selecta condecoraci�n, que consiste en que se�ores muy serios, como todos los ex primeros ministros del reino, se paseen por ah�, como ahora Harold Wilson, con frac de gala de calz�n corto y una liga de cabaretera en el jarrete. Los ingleses, genio y figura, como siempre. Lo que no s� es qu� pasar� con mistress Thatcher, que tambi�n anda por ah�. �Ahora que ya es ex primer ministra le dar�n tambi�n la Orden de la Jarretera? Y si se la dan, �c�mo la usar�? Con calz�n corto no creo. �En la pantorrilla? �M�s arriba? Imposible. La mir� y ella me devolvi� una sonrisa g�lida, con un destello de sus ojos azules, esos que, parafraseando lo que dicen de los de Elena de Troya, botaron mil barcos. O si no mil, s� los suficientes para hundir la flota Argentina hace dos a�os en las Malvinas, por ejemplo. Qu� ojos tan terror�ficos. Hab�a tambi�n otros personajes conocidos por ah� que no s� muy bien qu� pintaban en una recepci�n diplom�tica. Estaban Michael Caine y Ringo Starr, por ejemplo, pero los que m�s me llamaron la atenci�n fueron dos: lord y lady Spencer. �Han venido aqu� para una misi�n diplom�tica muy delicada�, me sopl� el embajador de Bolivia, que es viejo amigo m�o. Con �l coincidimos en Mosc� y recuerdo que yo entonces estaba empe�ada en que era el embajador de China por su aspecto asi�tico. Por suerte hace a�os que me ha perdonado mi metedura de pata.</p><p>��Lord Spencer ha venido para intentar hacer las paces con su hija, la princesa Diana -me explic�-. Ella no le habla desde que se cas� con su mujer actual; no se pone al tel�fono, no contesta a sus cartas; realmente odia a su madrastra.</p><p>Yo mir� a la buena se�ora. Ten�a, �c�mo decirlo?, un aspecto muy real. Era alta, estirada, y luc�a un vestido de amplia falda color berenjena con el corpi�o bordado en piedras del mismo color. Sobre el peinado (inmenso tambi�n) flotaba una corona de esmeraldas que, vista desde lejos, deb�a de valer un potos�. Tambi�n llevaba una banda que le cruzaba el pecho y, sobre ella, una condecoraci�n grand�sima. Estoy segura de que su madre (que, por cierto, es a�n m�s famosa que ella, pues se trata de la prol�fica autora de novelas rosa, Barbara Cartland), habr�a estado muy orgullosa de su hija en ese momento: era la prueba palpable de que sus historias edulcoradas pueden llegar a hacerse realidad.</p><p>���De veras que est�n tan peleados lady Di y su padre? -le pregunt� a mi amigo, el embajador de Bolivia.</p><p>��S� -continu� �l-. Y a lord Spencer, que ya no sabe qu� hacer para mejorar la situaci�n, se le ha ocurrido venir hoy a palacio. Los lores y los caballeros de la Orden Brit�nica tienen la prerrogativa de poder presenciar las recepciones reales como espectadores, si lo desean, por eso est�n aqu� Ringo y Michael Caine. Hay un estrado reservado para ellos en la sala del besamanos. Ya ver�s cuando entremos all�, comprobar�s que se trata de una habitaci�n cuadrada, que tiene un palco en el piso superior. Nosotros nos situaremos abajo, en fila, esperando la comitiva real, y ellos tomar�n su lugar arriba. La esperanza de lord Spencer (esto lo s� porque tenemos el mismo dentista que mientras me tortura habla much�simo) es que su hija, al verlo all� y estando en presencia de tanta gente, incluida la Reina y toda la familia, no tenga m�s remedio que saludarlo, pobre hombre.</p><p>Olvid� por un momento las palabras del embajador de Bolivia porque otra vez llegaban hasta m� aquellos efluvios culinarios que he mencionado antes. Ol�a, lo juro, a coles de Bruselas. Y por muy de Bruselas que sean las coles, ya se sabe que igual, igual que el repollo. Este detalle se lo comentar� a Luis en cuanto salgamos de aqu�. Con la lata que da �l para que la casa no huela <emphasis>nunca </emphasis>a cocina: que si es un horror, que si da muy mala impresi�n, que si� A partir de ahora ya tengo mi coartada perfecta. Que lo sepa el mundo entero y en especial todas las abnegadas amas de casa que luchamos con denuedo contra este viejo problema: Buckingham Palace huele a repollo.</p><p>A continuaci�n entramos en la sala rectangular y, tal como me hab�a anticipado el embajador de Bolivia, nos fuimos distribuyendo alrededor de todo el per�metro. Frente a nosotros, y a una cierta altura, estaba el palco reservado para los lores. En �l no vi a Caine ni el cuarto de los Beatles, s�lo hab�a dos personas: lord y lady Spencer. Ella, mayest�tica con su amplio traje berenjena, y lord Spencer, un tanto encorvado, vencido, como si le pesaran demasiado las condecoraciones y medallas que llevaba en la pechera. Sent� pena por aquel hombre, se le ve�a amoratado (�ser� verdad que bebe mucho?), empeque�ecido y como si estuviera haciendo un gran esfuerzo. De vez en cuando, sacaba un pa�uelo y se secaba la frente. Pero a lady Spencer no le deb�a gustar nada el gesto porque lo miraba con unos ojos (casi) tan acerados como los de mistress Thatcher, y �l guardaba su pa�uelo como un ni�o a quien han pillado en falta. A las ocho en punto, con todos los relojes de palacio dando las campanadas en distintos tonos de carill�n, se abri� la puerta y entr� la familia real. Delante iba la Reina y, entre ella y el duque de Edimburgo, dos se�oras id�nticas a su soberana.</p><p>���Qui�nes son? -pregunt� discretamente al embajador de Bolivia.</p><p>��Cada miembro de la familia real -me explic� �l- viene seguido por dos personas de su total confianza. Nunca he visto que hagan o digan algo, pero est�n siempre ah�.</p><p>La fila real continuaba con el pr�ncipe Felipe y sus ac�litos, que eran lo m�s parecidos a �l que la naturaleza permite, es decir, no mucho. Lo digo porque el duque de Edimburgo es de los hombres m�s guapos que he visto nunca y no debe de ser f�cil encontrar clones suyos por ah�. Despu�s ven�a el pr�ncipe de Gales seguido de sus dobles (dos tipos bastante orejudos) y a continuaci�n lady Di, flanqueada por una dama que, desde luego, no se parec�a nada a ella porque era bajita, gruesa y de mediana edad. Se ve que, como apenas lleva unos a�os de princesa, todav�a no ha dado tiempo a que se produzca el curioso efecto de mimesis. Con el fin de amenizar el paso de la comitiva, comenz� a tocar la orquesta. Era una orquesta elegant�sima en la que la mitad de los m�sicos iban vestidos de escoceses y la otra de frac. Pero lo que m�s me sorprendi� (con ser ya bastante chocante) no es que el violonchelista vistiera peligrosamente un <emphasis>kilt, </emphasis>sino la m�sica que interpretaban. No era Beethoven ni Mozart, no, ni siquiera Andrew Lloyd Webber o los Beatles en versi�n sinf�nica, sino� la banda sonora de la pel�cula <emphasis>Mary Poppins. </emphasis>As�, mientras la Reina comenzaba a saludar inclinando la cabeza de forma que hac�a destellar su diadema de diamantes, todos sus movimientos se acompasaban con los acordes de <emphasis>supercalifragil�stico espialidoso </emphasis>o de <emphasis>chintchimeny chirnchimeny. </emphasis>La siguiente cosa que me llam� la atenci�n fue que en estas audiencias su majestad no malgasta el tiempo utilizando ni una m�sera neurona. Lo que quiero decir es que, a cada persona que saluda, le pregunta exactamente lo mismo: <emphasis>�How do you do? Do you like London?�. </emphasis>Y la frase ya casi parece un mantra: <emphasis>�How do you do? Do you like London? Chirnchimeny chirnchimeny��. </emphasis>El duque de Edimburgo no es mucho m�s original que ella aunque -seg�n me sopl� tambi�n el embajador de Bolivia-, como le gustan mucho las se�oras, una se�al clar�sima de que alguien es de su agrado es que se salga m�nimamente del gui�n. Ya se estaban acercando. Ya o�a yo muy n�tidamente sus <emphasis>Do you like London? </emphasis>cuando me dio por mirar una vez m�s hacia arriba para ver qu� hac�an los Spencer. Ella continuaba imperturbable y erguida, con la vista fija en su hijastra, la princesa Diana. �l, por su parte, tambi�n ten�a puesta en ella la mirada, pero de un modo muy diferente, casi suplicante. Sonre�a apocadamente y, cada tanto, saludaba con su pa�uelito con un gesto igualmente t�mido. Lady Di en ning�n momento mir� hacia all�. Me desentend� de ellos porque la comitiva estaba llegando hasta nosotros. La Reina me salud�, tambi�n el duque de Edimburgo me dio la mano, y despu�s del ritual <emphasis>�Howdoyoudo doyoulikelondon?� </emphasis>me pregunt� cu�nto hac�a que hab�a llegado a Inglaterra e incluso inquiri� si no me parec�a que estaba haciendo demasiado calor para esta �poca del a�o. Toda esta imprevista retah�la fuera del gui�n hizo, naturalmente, que las otras embajadoras (y alg�n embajador tambi�n) me miraran con recelo. M�s a�n cuando el duque retuvo mi mano unos segundos m�s de lo protocolario. Estaba yo, para qu� negarlo, en una nube y por esta raz�n no pude o�r lo que el pr�ncipe de Gales les estaba diciendo a mis hijas. Se hab�a detenido ante ellas cuando el maestro de ceremonias anunci� a �Miss Carmen <emphasis>and </emphasis>miss Dolores Posadas <emphasis>from </emphasis>Uruguay�, y seg�n parece se demor� delante de ellas incluso m�s tiempo que el duque de Edimburgo ante m�. Como digo, yo no o� lo que les dec�a, pero s� pude ver la cara que pusieron tanto Carmen como Dolores, de extra�ada sorpresa.</p><p>Poco a poco fue desfilando el resto de la comitiva. La princesa Diana me pareci� muy sonriente y c�lida; no me extra�a que digan que puede llegar a convertirse en un personaje de gran carisma. No s�, habr� que verlo, pero por lo menos ella no entona el proverbial <emphasis>�How do you dooo�, </emphasis>etc�tera. Al contrario, ella parec�a interesarse por la persona que ten�a delante y sonre�a todo el tiempo. Sonre�a a diestro y siniestro, a los importantes y a los m�s humildes, en todas las direcciones salvo en la direcci�n de su padre, all� arriba, con el pa�uelito. Pas� despu�s la princesa Ana con sus damas cl�nicas, las tres con un aire muy equino. Y, como a�n faltaba un buen rato para que la comitiva real terminara de saludar a los invitados del lado opuesto del sal�n, el embajador de Bolivia y yo nos dedicamos a especular sobre qu� pasar�a cuando lady Di llegase a donde estaban los Spencer. �Qu� har�a? �Saludar�a a su padre o seguir�a sonriendo en todas las direcciones excepto en �sa? �Se atrever�a a hacerle un feo tan grande delante de todo el mundo? Tanto el embajador de Bolivia como yo pensamos que no tendr�a m�s remedio que hacer un gesto de reconciliaci�n; ser�a muy cruel humillarlo delante de todo el cuerpo diplom�tico y de toda la familia real.</p><p>La comitiva, con la Reina a la cabeza, se aproximaba ya al palco de los Spencer. Sonaba <emphasis>Mary Poppins, </emphasis>en esta ocasi�n eran los aires de <emphasis>Vamos a volar una cometa </emphasis>los que acompa�aban los pasos reales. Llegado el momento, la Reina mir� hacia arriba y salud� muy atenta. Otro tanto hizo el duque de Edimburgo. En cuanto al pr�ncipe Carlos, estuvo especialmente afectuoso en su saludo, incluso le dedic� a lady Spencer una especie de venia con dos dedos. Ella, en su traje berenjena, se esponj� como una gallina de Guinea. Lleg� por fin la princesa, pero parec�a muy concentrada en sus saludos protocolarios, incluso se detuvo mucho rato con una embajadora y parec�a preguntarle por detalles de su traje regional, por el pa�uelo que llevaba en la cabeza, por las cintas de su corpi�o� La dama gordita que la escoltaba le dijo algo al o�do, e incluso le tirone� un poco de la manga se�alando en direcci�n a los Spencer. Ahora comprend�a yo la misi�n de los ac�litos. Su cometido era ser como el tercer ojo de cada uno de los miembros de la familia real, hacerles notar lo que, por descuido, se les hab�a pasado por alto. Era muy improbable que lady Di no hubiera visto en todo ese tiempo a su pobre padre con el pa�uelito, pero aun as� el tercer ojo le hizo se�as, primero sutiles, luego casi desesperadas. No sirvi� de nada. Sonriendo a diestro y siniestro con la profesionalidad de un pol�tico en campa�a electoral, alabando de esta embajadora su traje, de aquel embajador su condecoraci�n, del de m�s all� su chaleco, la bella princesa pas� derrochando glamour por delante de su padre sin mirarlo. Mientras tanto �l, all� arriba en su palco, sonre�a fren�ticamente, saludando con las manos extendidas�</p><p>Acto seguido, sin esperar a que la Reina abandonara la sala, lady Spencer cogi� a su marido del brazo y literalmente lo arrastr� hacia la puerta. Se lo llev� en volandas, con tanta premura que estoy dispuesta a jurar que perdi� en el camino dos o tres de las condecoraciones que tan tristemente colgaban de su frac. Nos quedamos todos helados. No s�lo por la escena que est�bamos presenciando, sino, sobre todo, porque como ya he podido comprobar en otras ocasiones, la m�sica ambiental tiene siempre un punto de sarcasmo. Mientras ocurr�a todo esto, la orquesta, imperturbable, continuaba interpretando la banda de <emphasis>Mary Poppins. </emphasis>�Y qu� tocaba en esta ocasi�n? Era <emphasis>Con un poco de az�car esa p�ldora que os dan� </emphasis>Pobre lord Spencer, ni con diez toneladas de az�car creo yo que podr� digerir semejante p�ldora amarga.</p><p>��Imperdonable -opin� Luis, no bien estuvimos en el coche camino de casa-; lo que esa chica le ha hecho a su padre en p�blico ha sido cruel. Si es as� de rencorosa con su propio padre, �de qu� ser� capaz dentro de unos a�os?</p><p>Yo dije que a m� me hab�a parecido muy agradable porque no era tan tiesa como el resto de la familia real, pero Luis insist�a en que una cosa es el carisma y otra la caridad, y que las dos no van juntas muy a menudo. Luego la conversaci�n pas� a otros miembros de la familia. Luis dijo que a �l la que m�s le hab�a impresionado era la Reina, una mujer fr�a tal vez y encerrada en sus viejas tradiciones, pero con un innegable sentido del deber. Yo dije que mi favorito era el duque de Edimburgo. Lo dije as�, muy <emphasis>nonchalant, </emphasis>que dicen ac�. Y, para que no se me viera demasiado el plumero les pregunt� a las chicas:</p><p>��Bueno, y ustedes s� que estuvieron hablando bastante con el pr�ncipe Carlos. �Qu� les pareci�? �Tiene carisma como lady Di? �O sentido de Estado como la Reina? �O atractivo personal como su padre?</p><p>��Lo que tiene es la gracia donde las abejas -dijo Carmen, mientras que Dolores opin� que era un perfecto guarango.</p><p>���A que no sabes lo que nos dijo cuando se par� delante de nosotras? -a�adi� furiosa-. No lo adivinar�as ni en un siglo, vaya sentido de la diplomacia que tiene �se, vaya cretino, vaya�</p><p>��Pero �qu� dijo? -insist�amos su padre y yo hasta que por fin nos contaron la escena.</p><p>��Resulta -comenz� a contar Carmen- que de pronto se nos acerca �l con aire de seductor de los a�os cuarenta, jugueteando con los gemelos de su camisa como siempre hace, y, despu�s de preguntar eso tan original de <emphasis>�How do you do� </emphasis>y <emphasis>�Do you like Lond�n��</emphasis></p><p>��S� -la interrumpi� Dolores-, despu�s de tan gran esfuerzo mental debi� de pensar: �Voy a salirme un poco del gui�n preguntando algo realmente novedoso�, y dijo: ��Y de qu� pa�s son?�.</p><p>���De Uruguay�, contestamos nosotras -sigui� Carmen-. �Venimos de Uruguay��</p><p id="_ftnref1">��Y entonces -apunt� Dolores, nunca las hab�a visto tan sincronizadas, a estas hijas m�as-, supongo que para demostrarnos que sab�a geograf�a y biolog�a y ganader�a todo al mismo tiempo, �qu� crees que se le ocurri� decirnos, al muy ingenioso? Pues resulta que baj� la voz, se acarici� los gemelos con aire ir�nico, ri� y dijo: �Jow, jow, jow, de Uruguay, �eh? �En ese caso, vosotras sois las verdaderas Beefeaters! <a type="note" l:href="#_ftn1">[1]</a>�. Y con otro job, job como los de Pap� Noel cuando habla con los ni�os en los grandes almacenes, sigui� de largo para saludar al embajador de Afganist�n. Seguramente se creer� muy gracioso, el muy gilipollas.</p><p>��Y lo peor viene luego -continu� Carmen-. Como despu�s de aquello debi� de creerse que estaba en racha, tras preguntarle al embajador de Afganist�n de d�nde era, va y le dice: ��Ah! Si ellas son del pa�s de los Beefeaters, usted es del pa�s de los comedores de opio. Jow, jow, jow�. ��Su alteza lo ha probado esta noche?�, le contest� el embajador con la misma rapidez que pod�a haberse sacado del traje regional afgano una faca o algo as�. Menos m�s que all� estaban los ac�litos para solucionar la cosa: uno de esos dos clones suyos que lo acompa�aban cogi� suavemente al pr�ncipe por el codo y lo empuj� hacia delante, hacia el siguiente embajador.</p><p>��Que era el de China -a�adi� Dolores prosiguiendo la narraci�n-, lo que fue una suerte, porque como los chinos hacen gala de no hablar ni papa de ingl�s, da igual la border�a que le dijera.</p><p>Yo estaba ojipl�tica, no pod�a creerlo y dije que lo m�s probable era que el que estaba con dos Beefeaters de m�s era el pr�ncipe. Luis lo neg�:</p><p>��No, el pr�ncipe es casi abstemio. -Y luego, como adora los protocolos y esas cosas tan encorsetadas, a�adi�-: Es muy interesante. �Veis ahora para qu� se invent� el <emphasis>�How do you do? Do you like London?�. </emphasis>Precisamente para que no exista nunca la posibilidad de decir inconveniencias. El secreto est� en no salirse del gui�n; es aburrido pero tambi�n muy eficaz.</p><p>Por supuesto, ni las chicas ni yo est�bamos de acuerdo y empezamos a debatir. Carmen dijo que con semejante tipo como heredero, no se pod�a cumplir aquella profec�a del rey Faruk seg�n la cual, en el siglo xxi no habr�a en el mundo m�s reyes que el de Inglaterra y los cuatro de la baraja. Dolores, por su parte, opin� que no hac�a falta esperar tanto, que en su escuela de arte ya hab�a tres o cuatro artistas republicanos. Y yo, olvid�ndome un poco del pr�ncipe Carlos y de sus inconveniencias, empec� a pensar en ella, en lady Di. �C�mo ser�a esa reina del siglo xxi? Su simpat�a y cari�o con la gente me hab�a parecido excepcional, muy lejos de la apolillada rigidez del resto de los miembros de la familia real, pero en cambio, la actitud que tuvo con su padre�</p><empty-line/><p>Todo lo que cuenta mi madre nos sucedi� en el a�o 83. En aquella �poca lady Di ten�a apenas veintid�s a�os y a�n no se hab�a convertido en el gran personaje medi�tico que ser�a poco despu�s, y por aquel entonces todav�a estaba sometida al estricto protocolo de la corte. Pero el hecho de que no saludara a su padre al menos con la cabeza y la forma en la que lo trat� en p�blico presagiaban, a mi modo de ver, muchas cosas. Primero, que no estaba dispuesta a ser tutelada y, segundo, que no era persona que olvidase agravios con facilidad. A�os m�s tarde, segura de su indudable popularidad, dolida por las infidelidades de su marido y, seg�n ella, empujada por la terrible forma en que la familia real la hab�a tratado, a punto estuvo de acabar con la monarqu�a brit�nica. No le import�, por ejemplo, contar en televisi�n intimidades de su vida matrimonial, tampoco ventilar trapos sucios o confesar p�blicamente que tambi�n ella ten�a un amante. Y lo hizo a pesar de sus dos hijos adolescentes, para los que tales confidencias pod�an ser muy dolorosas. En cuanto al pr�ncipe Carlos, por su parte, muy pronto aprender�a de su pareja -y a un precio elevad�simo- que la forma de congraciarse con la gente no es ir por ah� llam�ndoles Beefeaters o sugiriendo, entre risas, que fueran comedores de opio.</p><p>�l ahora cuida mucho m�s su trato. Ha desterrado esa forma inglesa y elitista de menospreciar a la gente, entre humor�stica y faltona, e intenta a toda costa elevar su siempre precaria popularidad. En cuanto a la profec�a del rey Faruk, de momento no parece que se vaya a hacer realidad. En el siglo xxi todos los reyes est�n firmes en sus tronos. Qu� sarcasmo ser�a que el �nico que no cumpliera la profec�a de acompa�ar a los reyes de la baraja en el futuro fuera precisamente �l. <emphasis>God save the King.</emphasis></p><empty-line/><p>Para acompa�ar esta an�cdota real, y en homenaje a los efluvios culinarios que infestaban el vest�bulo de Buckingham Palace, mi madre recogi� en su cuaderno una receta de coles de Bruselas. En recuerdo de aquella canci�n popular francesa, <emphasis>Savez vous planter les choux </emphasis>y de la forma de hablar de los reyes, siempre en nos mayest�tico, la llam�: <emphasis>� la mode de chez nous.</emphasis></p><p>Por si no conocen o recuerdan esa vieja canci�n, que sirve para ense�ar a los ni�os a nombrar cada una de las partes del cuerpo, dice as�:</p><empty-line/><p>�Saben ustedes plantar las coles como lo hacemos en casa?</p><p>Las plantamos con el pie,</p><p>las plantamos con el codo</p><p>[con la barbilla, con la nariz, con la cabeza�</p><p>y as� hasta que los ni�os se cansen].</p><empty-line/><p>COLES � LA MODE DE CHEZ NOUS</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p>(para 8 personas)</p><p><emphasis>500 g de coles</emphasis></p><p><emphasis>50 g de mantequilla</emphasis></p><p><emphasis>sal, pimienta, nuez moscada</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>Limpiar las coles, cortarlas y ponerlas a cocer a fuego lento en agua salada. A�adirles un poco de bicarbonato para que conserven su color. Cuando est�n tiernas, sacarlas del agua, escurrirlas y ponerlas en una sart�n con un trozo de mantequilla. Agregarles un poco de pimienta y un pellizco de nuez moscada y dejarlas rehogar durante 4 minutos.</p></section><section><title><p>LA CASTAFIORE Y EL TESORO ESCONDIDO</p></title><p>Estoy realmente furiosa con Dolores, su �ltima ocurrencia ya ha sido el colmo. Todo comenz� con una fiesta. Las fiestas de disfraces de Dolores empiezan a ser famosas en Londres porque son las m�s divertidas y las m�s originales. Hasta el momento, hemos tenido la fiesta de la �pera (con los invitados vestidos de Radam�s, de Carmen la cigarrera, de madame Butterfly, de Aida�). Despu�s, la fiesta de los n�ufragos (con gente disfrazada de Robinson Crusoe, Viernes, otros de supervivientes del <emphasis>Titanio, </emphasis>y hasta alg�n despistado que apareci� de Stavros Niarchos). Luego vinieron la fiesta de los muertos vivientes, la del retorno de los brujos, la de los cazafantasmas y por fin la �ltima: la de Tint�n y Milu. Naturalmente, cada una tiene su ambientaci�n especial y como Dolores est� ya en tercer a�o de escenograf�a, la <emphasis>mise en sc�ne </emphasis>suele ser sensacional. Para la fiesta de la �pera, por ejemplo, decor� cada uno de los salones con los motivos de las distintas obras. Y para la del retorno de los brujos hizo que cada habitaci�n pareciera la morada de los diversos adivinos y quirom�nticos del mundo: una de Cagliostro, la otra de H�cate, la tercera de Circe, y as�. Con tanto practicar en casa, seguro que este a�o, que es el �ltimo, sacar� unas notas estupendas. De lo que no estoy tan segura es de que yo le vaya a perdonar la �ltima <emphasis>mise en sc�ne. </emphasis>Pero bueno, vamos por partes, todo empez� del modo habitual y con estas palabras:</p><p>��Oye, jefa, �puedo dar una fiesta el pr�ximo s�bado?</p><p>���De las tuyas, Lolita?</p><p>��S�, pero te prometo que el lunes por la ma�ana todo volver� a su ser y nadie podr� sospechar siquiera que aqu� hubo nada parecido a una fiesta.</p><p>(Esto lo dice porque, despu�s de la fiesta de la �pera, el comedor, una semana m�s tarde, a�n se parec�a mucho m�s a la taberna de Lila Espastia que al comedor de una embajada decente y, con la de los brujos, casi tengo que dar un c�ctel disfrazada de Circe.)</p><p>��No debe quedar ni rastro el lunes por la tarde a m�s tardar, �sa es mi condici�n -le dije, y para que fuera m�s contundente a�ad�-: O se acabaron para siempre las fiestas. En cuanto a los objetos de casa, los candelabros, los bibelots, <emphasis>mis </emphasis>cosas�</p><p>Esta �ltima advertencia era primordial. Dolores, como artista, piensa que todo vale a la hora de decorar y no le importa utilizar mis objetos m�s queridos para convertirlos en parte de sus montajes esc�nicos.</p><p>��<emphasis>Hands offtny things </emphasis>-le dije con el magn�fico acento de Oxford que he adquirido �ltimamente, y ella insisti� en que no me preocupara, que el lunes quedar�a todo tal cual estaba ahora.</p><p>��Te lo juro, mami.</p><p>Acto seguido, como a m� tambi�n me encanta su profesi�n y si pudiera me apuntar�a hoy mismo a clase de escenograf�a, empec� a ayudarla con los decorados para la fiesta de Tint�n y Milu. Las hijas de Carmen, Sof�a y Jimena, se unieron al equipo y entre las cuatro comenzamos los preparativos. Carmen tambi�n andaba por ah�, pero colaboraba poco. �ltimamente anda todo el d�a colgada del tel�fono. Para m� que tiene novio, pero como no dice nada yo tampoco pregunto. Me encantar�a hacerlo, la verdad, pero s� que no servir�a de mucho, es demasiado introvertida esta hija m�a. �Qui�n ser� su festejante? Cualquiera sabe, esta chica es imprevisible. As� como a Dolores s� que lo que le gustan son las ovejas negras, es decir, ni�os mal de familia bien, de Carmen se puede esperar cualquier cosa: lo mismo se inclina por grandes ganadores que por perdedores irredentos. Desde que est� en Londres ha tenido millonarios aburridos, actores locos y fracasados, pr�ncipes rusos que se dedican al karate, pintores que no pintan, escritores suicidas y hasta un tipo completamente normal y adorable, ni rico ni pobre, que a m� me gustaba mucho, pero a ella no. En fin, sea quien sea esta vez, tarde o temprano nos enteraremos. De momento lo �nico que adivino es que el festejante nuevo no vive en Londres, porque ella sale menos y est� todo el d�a colgada del tel�fono.</p><p>Una vez que terminamos los decorados, la casa nos qued� divina, lista para la fiesta. La biblioteca la ambientamos como <emphasis>Los cigarros del Fara�n, </emphasis>incluso con una momia de <emphasis>papier mach� </emphasis>de dos metros de altura que no s� de d�nde sali�, pero que era aterradora. El comedor simulaba <emphasis>El loto azul </emphasis>tanto que parec�a un fumadero de opio del Shangai de 1940. El sal�n verde, por su parte, estaba dedicado a <emphasis>El secreto del Unicornio. </emphasis>Cualquier tintin�filo se habr�a impresionado: era el interior de una gran nave, con su globo terr�queo y un barco a escala (todos los amigos de Dolores aportan cosas a la <emphasis>mise en sc�ne </emphasis>y ese barco en miniatura ya lo he visto yo en la casa de alguien). En este �ltimo decorado, sin embargo, nos permitimos una peque�a licencia que no s� si nos la perdonar�n los tintin�filos m�s combativos. Como la Castafiore anda siempre persiguiendo al capit�n Haddock, imaginamos que se hab�an casado, de modo que, en la pared principal, pod�an verse dos enormes retratos. A la derecha, el capit�n Haddock mirando por un catalejo. Y a la izquierda ella, Castafiore, con vestido rojo y espejo en la mano como si estuviera a punto de cantar aquello de <emphasis>�Je ris de me voir si belle en ce miroir!�. </emphasis>Sensacional, de verdad que sensacional. Una vez listo el decorado, le toc� el turno a la comida. Yo dec�a que lo m�s f�cil (y barato) era encargarlo todo a un restaurante chino, puesto que el comedor estaba decorado de <emphasis>El loto azul. </emphasis>Pero Dolores me record� que los restaurantes chinos ac� en Londres no son baratos, sino los m�s caros del mundo. Adem�s, ella estaba empe�ada en que la comida recordara a otro libro de Tint�n, a <emphasis>El cetro de Ottokar, </emphasis>de modo que decidi� encarg�rsela a una amiga suya centroeuropea de nombre muy tralal�, Hesse, o Graf Spee, Sajonia Coburgo, o algo as� (otra oveja negra, claro) que por lo visto es <emphasis>cord�n bleu.</emphasis></p><p>Una vez terminados todos los preparativos, yo ahuequ� el ala. Lo hago siempre que hay una fiesta de Dolores: emigro, no s�lo por el ruido ensordecedor y la m�sica cacof�nica que dura hasta las siete de la ma�ana, sino por un problema conyugal. En estas ocasiones, Luis, que es muy aficionado a la guerra psicol�gica, suele volverse insufrible. La estrategia consiste no en chillar, ni ponerse furioso, sino en todo lo contrario. Consiste en hablar a�n menos de lo que ya lo hace, o sea, en no decir ni mu. Cuando empieza el bochinche, �l se queda f�sil en un sill�n leyendo imperturbable a pesar de los ruidos y la m�sica. S�lo cuando se oye el sonido de algo que se rompe, el estrellar de alg�n vaso, plato o mueble, levanta una ceja y dice sin elevar ni un decibelio la voz: �All� van los vasos de Bacarrat de tu mam�, o �Adi�s a los platos de S�vres de la abuela Elena�, o <emphasis>�Bye, bye, </emphasis>l�mpara de la biblioteca�. Y luego sigue leyendo inmutable hasta que encuentra el momento m�s adecuado, el que m�s pueda molestar, para soltar la frase preferida de todos los hombres cuando ocurre alg�n desastre dom�stico. La misma (apuesto) que le dijo Ad�n a Eva segundos despu�s de que los expulsaran del para�so por morder la manzana de marras: ��Ves? Ya te lo dije�.</p><p>Por eso, yo emigro de casa cuando hay fiesta y me llevo conmigo a Luis. Ese d�a nos fuimos a un pueblito de Cornwall de lo m�s lindo y nos dedicamos a visitar peque�os anticuarios, todo un remanso de paz. Fue a la vuelta cuando me enter� de la �ltima trastada de Dolores. Me la cont� ella misma, no tuvo m�s remedio; la hubiera descubierto inmediatamente de todos modos.</p><p>��Ver�s, jefa, hay un <emphasis>peque�o </emphasis>problema, pero si no cunde el p�nico y no te chivas a pap� seguro que lo solucionamos en seguida, todo es cuesti�n de pico y pala.</p><p>���De pico y pala! -repet� yo temi�ndome lo peor, porque con Dolores cualquier cosa es posible-. �Hab�is enterrado a alguien en el jard�n?</p><p>��Alguien no, <emphasis>algo. </emphasis>Tu caja de malaquita, para ser exactos, la grande que compraste en Leningrado, la que dec�an que proven�a del palacio de Livadia. Ver�s, jefa, la idea era estupenda. Se trataba de esconder un tesoro como en el libro de <emphasis>El secreto del Unicornio </emphasis>para que la gente lo buscara y se divirtiera mogoll�n. Como esa caja es tan grande que parece un cofre, quedaba <emphasis>cool </emphasis>llenarla de monedas de oro de chocolate y enterrarla en el jard�n. Lo malo es que le encargu� la misi�n a Gottfried ya un poco tarde en la noche y, claro, con todos los vodkas que nos hab�amos tomado a la salud de Tornasol y a la del capit�n Haddock y luego a la de Milu, de Abdal� y Hern�ndez y Fern�ndez�, el caso es que no se acuerda de d�nde la sepult�.</p><p>��Que no se acuerda�, que no se acuerda -tartamude� de pura indignaci�n, pero no me vali� de nada.</p><p>Dolores continu� diciendo que hab�an hecho un mapa del tesoro <emphasis>supercool, </emphasis>pero que deb�a de haber un error de c�lculo porque, al cavar en el lugar indicado no encontraron la caja. No obstante, insisti�, s�lo era cuesti�n de perseverar un poco, porque al fin y al cabo el jard�n no era tan grande, apenas ten�a� cinco mil metros cuadrados y�</p><p>En fin, para hacer el cuento corto, aqu� estamos ahora toda la familia pico y pala en mano buscando mi maravillosa caja de malaquita. Todos menos Carmen que, como siempre, anda colgada del tel�fono. Dolores, por su parte, dice que va a llamar a un amigo suyo (otra oveja negra, apuesto), que tiene un padre zahor� y que seguro que ese se�or, que es muy serio y muy profesional, la encuentra. Sof�a y Jimena, con muy buen tino, dicen que por qu� no contratamos a unos perros polic�a que sigan el rastro del chocolate. Luis, por su parte, ha dicho ya seis o siete veces su frase favorita: �Ya te lo dije�. Y yo lo que he dicho es que �sta es la ��ltima! vez que Dolores organiza nada en esta casa.</p><p>Segu�amos en plena b�squeda, con el jard�n perforado aqu� y all� y todos con pinta de destripaterrones, bastante sucios, cuando son� el timbre. Normalmente no suelo abrir la puerta y menos de esa guisa, pero dio la casualidad de que estaba excavando cerca de la entrada, junto a un macizo de hortensias, y mir� a ver qui�n era. Se trataba de un se�or de unos cincuenta y tantos a�os, con gafas, pelo blanco y aire de mucha autoridad. No lo hab�a visto nunca y no esper�bamos visita, de modo que se me ocurri� que s�lo pod�a tratarse de una persona:</p><p>���Buenas tardes! -dije cantarina-. Pase, pase por aqu�. Usted es zahor�, �verdad?</p><p>Y le extend� una mano bastante embarrada; pero los zahor�es deben de estar acostumbrados a eso, digo yo. En ese mismo momento apareci� Carmen y, despu�s de lanzarme una mirada asesina, se llev� al se�or de pelo blanco y aire de autoridad para dentro de la casa. Tuvieron que pasar varias horas para que se despejaran los dos misterios de aquella tarde. Por fin y no gracias al zahor� de Dolores que nunca apareci� sino al perro polic�a del vecino (qu� listas son mis nietas) encontramos la caja. Estaba enterrada junto a la tapia de la cocina y s�lo se le hab�an desprendido dos lascas de malaquita que, por suerte, tambi�n pudimos recuperar. El otro misterio, el del amigo de Carmen, se descubri� al poco rato. El se�or del pelo blanco se llama Mariano Rubio y est� saliendo con Carmen desde hace unas semanas. Como �l vive en Madrid y es un hombre muy ocupado, no se ven mucho y �sta era la primera vez que ven�a a casa. Luis dice que le parece un poco mayor para Carmen, que debe de tener lo menos veinte a�os m�s que ella, pero a m� me gusta. Me gust� desde el mismo momento en que, haci�ndome la distra�da y sin prestar atenci�n a las miradas asesinas de Carmen, entr� en el sal�n para echarle un ojo de buen cubero, con la excusa de que me hab�a dejado all� un jersey que estaba tejiendo. Hace lo menos veinte a�os que no tejo un jersey y con la pinja que ten�a llena de barro parec�a una <emphasis>tricoteuse, </emphasis>s�, pero de las de la Revoluci�n francesa, pero ya me estoy contagiando de las excentricidades brit�nicas. Y, ac� en Inglaterra, la excusa de la calceta es de lo m�s plausible. Adem�s, muchas mujeres inglesas tejen y, desde luego, todas adoran sus jardines. Lo mir� bien haci�ndole la radiograf�a. Tiene raz�n Luis, es un poco mayor para Carmen, pero yo tengo mucho ojo para estas cosas y estoy segura de que pueden llegar a formar muy buena pareja. �Ya est�s t� y tus intuiciones maternales�, coment� Luis cuando por la noche hablamos del asunto. Tiene raz�n, las tengo y muy a menudo, me refiero a las intuiciones. Adem�s, no suelo equivocarme mucho en las corazonadas respecto de mis hijas, pero en esta ocasi�n no se trata de mi intuici�n ni de mis poderes adivinatorios. Estoy segur�sima de que esto va a funcionar porque que un se�or tan serio e importante como �l no pesta�ee siquiera cuando la due�a de casa lo confunde con un zahor�, ya dice mucho a su favor. Pero hay otro dato. Que alguien de sus caracter�sticas entre en una embajada donde la biblioteca est� presidida por una momia de dos metros, pase despu�s por un primer sal�n que parece un fumadero de opio, que luego se siente a tomar el t� en otro donde, en vez de cuadros venerables de familia presidan la estancia el capit�n Haddock y la Castafiore, y que lo haga todo sin que se le mueva un m�sculo, s�lo denota una cosa: que quiere mucho, much�simo a mi hija.</p><p>En cuanto a Dolores, vamos a tener que ajustar cuentas ella y yo, porque ayer mismo se le ocurri� decirme:</p><p>���Sabes una cosa, jefa querida? Estoy pensando en dar otra fiesta, esta vez sobre la Revoluci�n francesa y que se llame <emphasis>Despu�s de m�, el diluvio. </emphasis>�Qu� te parece que pongamos de comida? Yo hab�a pensado en <emphasis>pommes dauphinoise </emphasis>y un <emphasis>Chateaubriand </emphasis>bien, bien sangrante, pero �se te ocurre alg�n otro plato m�s? T� siempre tienes unas ideas <emphasis>tan </emphasis>buenas, mami�</p><p>Por supuesto vet� <emphasis>Despu�s de m�, el diluvio </emphasis>y todas las fiestas de Dolores de ahora en adelante. Aun as�, de la fiesta de Tint�n y Milu saqu� una receta interesante: el <emphasis>shashlik </emphasis>a la <emphasis>Klow. </emphasis>Est� basada en un plato que le sirven al intr�pido periodista cuando, en <emphasis>El cetro de Ottokar </emphasis>(en casa siempre hemos sido tintin�filos y nos acordamos de los episodios m�s nimios), va a comer al restaurante Klow, nido de conspiradores syldavos, aunque en este caso sustituiremos �la carne de perro joven� de la receta original por ternera. Se trata de una receta georgiana que trajo una amiga de Dolores y que me pareci� interesante porque, en vez de marinar la carne en vino o vinagre se hace con agua con gas para que quede tierna.</p><p>Se prepara as�:</p><empty-line/><p>SHASHLIJ A LA KLOW</p><empty-line/><p>Ingredientes</p><p>(Para 8 personas)</p><p>5 <emphasis>cebollas peque�as</emphasis></p><p><emphasis>200 g de cabezas de champi�ones</emphasis></p><p><emphasis>agua mineral con gas</emphasis></p><p><emphasis>4 dientes de ajo</emphasis></p><p><emphasis>1,4 kg de ternera rosada cortada gordita sal y pimienta aceite de oliva</emphasis></p><empty-line/><p>Para la salsa</p><p><emphasis>250 g de champi�ones picados</emphasis></p><p><emphasis>1 cebolla picada finita</emphasis></p><p><emphasis>4 cucharadas de nata l�quida</emphasis></p><p><emphasis>un chorrito de vino blanco</emphasis></p><p><emphasis>sal y pimienta</emphasis></p><empty-line/><p>Para presentar el plato</p><p><emphasis>pinchos tipo moruno largos</emphasis></p><empty-line/><p>PREPARACI�N</p><empty-line/><p>Cortar la carne en cubos. Preparar el marinado: en un bol poner la carne con los ajos machacados, una taza grande de agua con gas, dos cebollas picadas, sal y pimienta. Dejar marinar durante 5 horas cubierto con un trapo en la nevera, dando la vuelta a la carne de vez en cuando. Sacar un rato antes de cocinar.</p><p>Cortar las restantes cebollas en discos de tama�o similar al de los cubos de carne y ponerlas junto a las cabezas de champi�ones en aceite.</p><p>Sacar la carne del marinado, ensartarla en los pinchos, altern�ndola con discos de cebolla y cabezas de champi��n, intentando que queden bien juntos.</p><p>Para preparar la salsa rehogar la cebolla hasta que est� dorada. A�adir los champi�ones cortados finos. Sofre�r durante cuatro o cinco minutos revolviendo constantemente. A�adir la nata l�quida y un chorrito de vino blanco. Reducir durante un par de minutos.</p><p>Asar los pinchos en la parrilla, darles la vuelta a menudo y rociarlos con el marinado.</p><p>Servir con arroz y la salsa.</p></section><section><title><p>LA BODA DE DOLORES</p></title><p>Poco despu�s de la fiesta de Tint�n y Milu, a Luis le notificaron que ten�a que volver a Uruguay. Durante nuestra estancia en Londres, muchas cosas hab�an cambiado en la familia. En el 84 se cas� Mercedes; Gervasio termin� su carrera y empez� a trabajar en Madrid y Carmen, a finales del 85, anunci� que quer�a volver a vivir en Madrid con sus hijas. En cuanto a Dolores, un par de meses antes de nuestra partida, nos avis� de que se casaba. Para m� fue una noticia estupenda. Per� Aznar, su novio, no es ninguna oveja negra. Al contrario, es un chico encantador al que conozco desde hace a�os y para m� es como un hijo m�s. Yo quer�a que fuera un casamiento tan lindo como el de Mercedes dos a�os antes. Ella se cas� en Farm Street, una iglesia cat�lica, y luego lo celebramos en casa con m�s de trescientos invitados. La boda de Dolores tendr�a que ser m�s chica por el poco tiempo que nos queda en Londres y la inminente partida, pero en casa tenemos mucha pr�ctica en organizar festejos en situaciones complicadas, de modo que me puse inmediatamente manos a la obra.</p><p>Lo primero que hicimos fue distribuir el trabajo y asignar tareas. Luis (que normalmente no participa en ninguno de los zafarranchos de combate) acept�, por esta vez, ponerse al frente de la misi�n �invitaciones�. Las eligi� �l, dirigi� su env�o por correo e incluso se ocup� de organizar los vuelos de las personas que vendr�an desde Montevideo y desde Madrid. Carmen se dedic� a supervisar la parte del mantenimiento. Esto es, repintar algunos desconchones de pintura, ver que los muebles no necesitaran ninguna reparaci�n, comprobar el funcionamiento de todos los aparatos dom�sticos, etc�tera. Yo, por mi parte, y adem�s de la coordinaci�n general, me asign� todo el trabajo de log�stica culinaria y, por supuesto, el men�. En esta ocasi�n la cena iba a ser un buffet y, por econom�a (yo siempre a vueltas con la econom�a, qu� cruz), pensaba elaborarlo casi todo en casa. Mi intenci�n era ofrecer esa noche varios de mis platos estrella, los m�s vistosos y tambi�n los m�s enga�osamente caros, como el pastel de falsa langosta, por ejemplo. Y, para dar m�s empaque a las fuentes, compr� en Harrod's cinco langostas de pl�stico con un aspecto tan real que parec�an reci�n sacadas del agua. S� por experiencia que, una vez bien montado y adornado, todo lo que se ponga sobre las fuentes tiene una pinta apetitosa y tambi�n car�sima. Otro plato barato y muy vistoso es el curry Jaipur. Este �montaje�, porque �sa es la palabra exacta, mem lo ense�� la embajadora de la India en Madrid, que era maharan� de Jaipur. Ahora ella tiene una fortuna de las mil y una noches y no necesita hacer econom�as, pero da la casualidad que hab�a sido cocinero antes que fraile o, mejor dicho, cocinera antes que maharan�, ya que fue hija bien de familia arruinada y por eso conoce una receta que cuesta dos rupias y que, a la vez, es sensacional. En realidad se trata de un pollo al curry, mondo y lirondo (o ternera, o cordero, seg�n se desee), pero el truco est� en la puesta en escena, en el montaje. Se hace el pollo al curry seg�n la receta tradicional y se coloca en una enorme fuente redonda con velas calienta-fuentes debajo, en medio de la mesa del buffet. Aparte se hacen tres tipos de arroz, uno blanco normal, otro salvaje y un tercero al azafr�n. Cada uno de estos arroces se coloca en fuentes m�s peque�as rodeando la gran fuente del pollo. A continuaci�n se preparan las siguientes salsas: una de yogur con hierbas, una de <emphasis>chutney </emphasis>de mango (�sta no hay siquiera que prepararla, se vende hecha), y otra de mayonesa muy ligera rebajada con caldo. Estas tres salsas se presentan en cuencos individuales en el buffet junto con la salsa de curry tomada de la cocci�n del pollo. Adem�s se preparan otros cuencos similares con los siguientes condimentos que el comensal se servir� para acompa�ar su plato de curry: uno con coco rallado; otro con orejones cortados en pedacitos; otro con uvas pasas marinadas en co�ac; un cuarto con nueces picadas; un quinto con manzana picada (rociada con lim�n para que no se oxide); un sexto con pepino en cuadraditos, etc�tera. La imaginaci�n es libre y se pueden poner todos los cuencos que uno quiera, cuantos m�s mejor. Por �ltimo, lo que da el toque de glamour final a todo este montaje -y si se hace bien y muy vistoso, ocupa buena parte de la mesa- son los <emphasis>popod�ms. </emphasis>Los <emphasis>popodoms </emphasis>son unas obleas de cereales que se venden en cualquier gran almac�n y que resultan muy baratos y sumamente ex�ticos y en la mesa cumplen la misma funci�n que el pan. Al fre�rse en aceite -y se pueden hacer el d�a anterior sin problemas porque se sirven a temperatura ambiente- se inflan y llegan a tener unos veinte cent�metros de di�metro. Queda muy bien presentarlos desordenadamente en cestas r�sticas, unos sobre otros.</p><p>Otro plato barat�simo que gusta a todo el mundo son los huevos. En invierno, se pueden hacer rellenos de at�n o, m�s elegantemente, de cangrejo, y gratinados antes de servirlos. Si es verano, lo ideal es hacer dos fuentes de huevos rellenos, unos acompa�ados de salsa rosa y otros de mayonesa. Con los huevos puede uno salirse un poco del presupuesto y tirar incluso la casa por la ventana. Primero se rellenan con at�n con mayonesa, bien baratito, y a continuaci�n se les pone un copete de caviar. Pero ojo: nada de huevas de m�jol o suced�neos por el estilo, debe ser caviar del bueno, iran� o ruso. La cantidad es m�nima pero el detalle no pasa inadvertido a ning�n comensal. Yo incluso he o�do comentar a m�s de uno lo espl�ndidos que estaban �aquellos huevos rellenos de beluga�.</p><p>Para completar el buffet, y siguiendo con mi idea de que se come m�s con los ojos que con la boca, ten�a pensado a�adir las siguientes fuentes: dos grandes salmones frescos <emphasis>poch�s y </emphasis>fr�os. Adornados, al menos en apariencia, <emphasis>� tout cracher, </emphasis>que dicen los franceses, aunque aqu� la frase no s� si es afortunada. Lo que quiero decir es que debe acompa�arse con varias salsas elegantes (una t�rtara, una mayonesa con champagne e incluso una holandesa, que es un bodrio de preparar pero da siempre un toque de <emphasis>high life </emphasis>a todo). Los pescados deben servirse glaseados, siempre con una gelatina al vodka y rodeados de distintas verduras, ojo al dato, todas �mini�: mini patatas hervidas, zanahorias baby, minicoles de Bruselas, miniguisantes, etc�tera. Tengo comprobado que poner verduras enanas como acompa�amiento da a la gente la impresi�n de que todo lo que �stas flanquean es caro y a la vez raro: es infalible. Otro plato que no debe faltar en un buffet como �ste es un buen foie <emphasis>mi-cuit. </emphasis>Aqu� no se puede ahorrar mucho, es cierto, porque el foie tiene que ser del mejor, pero son estas excepciones caras las que a�pan la calidad del resto del men�. Por otro lado, ten�a pensado a�adir, por supuesto, diversas ensaladas. Todas tienen que ser muy vistosas y coloridas, las de hojas verdes, mezcladas con achicoria, r�cula y escarola; una ensalada de pasta, otra Waldorf, otra de patatas con cilantro, una m�s de tirabeques con jam�n serrano. �Y qu� m�s? En cuanto a los postres, que se han de colocar en la mesa una vez retirados los entrantes y el segundo plato, se me ocurren varios. Lo m�s importante es huir de la tradicional tarta de boda. Eso ya no se lleva. Por supuesto pienso sacarle el m�ximo partido a nuestro dulce de leche, ya que puede utilizarse en infinidad de variantes, desde unos suspiros de lime�a (receta de la embajadora de Per�), hasta una mousse de tres colores (chocolate blanco, negro y dulce de leche), pasando por profiteroles rellenos de dulce de leche y un bud�n del cielo que hac�a mi madre y cuya receta morir� conmigo. <emphasis>Top secret.</emphasis></p><p>Una vez pensado el men� y encargados todos los ingredientes, quedaban por organizar otras cosas importantes: las flores (todas del jard�n y en grandes ramos con mucho verde) y varios peque�os detalles de �ltima hora. Dolores, mientras tanto, estaba muy atareada con su vestido, las pruebas de peluquer�a y de maquillaje, su viaje de novios, de modo que a ella no le encargu� nada como hice con los dem�s miembros de la familia. Miento, le encargu� <emphasis>una </emphasis>cosa.</p><p>��Mira, Lolita -le dije-, s�lo te voy a pedir que hagas una gesti�n. La novia tiene que estar lo m�s tranquila posible en estos casos y yo ya me ocupo de que todo salga bien, pero t� acordate nada m�s que de una cosita: de contratar a los camareros para la cena. Con todos esos amigos ovejas negras que tenes, que se dedican a la gastronom�a, seguro que alguno tiene un servicio de catering y puede cedernos a unos cuantos camareros.</p><p>��Claro, jefa, yo me ocupo -me contest� mientras hablaba por tel�fono, se hac�a la manicura, llevaba un emplasto de barro reparador en la cara, dos rodajas de pepino sobre los ojos y escuchaba a Pink Floyd. Y ah� qued� la cosa.</p><p>El d�a de autos amaneci� tan divino que hac�a presagiar que todo saldr�a bien, y as� fue, al menos al principio. Dolores estaba mon�sima. Nada de <emphasis>look </emphasis>zarrapastroso, nada de novia punk u oveja descarriada. Llevaba el largo pelo rubio como de modelo prerrafaelita cubierto de diminutas perlas enhebradas en �l y, por encima, un velo de tul largo muy sencillo. El vestido era de raso crudo con unas peque�as alforzas horizontales a la altura de la cadera por todo adorno, muy simple tambi�n, porque la sorpresa estaba en la espalda. Si por delante el vestido era recatado, casi casto, por detr�s era fant�stico, con toda la espalda al aire y una gran cola. Nunca la hab�a visto tan linda, la verdad. Los asistentes a la boda eran, huelga decir, pr�cticamente todos ovejas negras. Pero ya empiezo a darme cuenta de que, en esto de las ovejas negras metaf�ricas, ocurre como con las ovejas de verdad: existen varios y muy distintos reba�os o caba�as. Estaban, por ejemplo, sus amigos ovejas N centroeuropeas. Me refiero a esos que, como ya he dicho antes, tienen nombres de personajes o lugares hist�ricos o incluso de dirigibles o de barcos hundidos: Bismark, Hesse, Hindemburg, Graf Spee� Y los Bismark, Hesse, Hindemburg, etc�tera, de esta generaci�n son tipos muy curiosos que vale la pena describir. Los chicos, por ejemplo, vest�an para la ocasi�n chaqu�s muy cl�sicos pero con toques ex�ticos. A veces se trataba de una corbata rara, otras de un chaleco como de mucamo, e incluso hab�a uno sin camisa, s�lo con chaleco y, a la altura del gaznate, una pajarita. Las chicas, por su parte, tambi�n cultivaban un <emphasis>look </emphasis>similar, entre cl�sico y contestatario; un prototipo perfecto ser�a: vestido de Valentino, tatuajes en diversas partes del cuerpo, botas militares y sombrero de copa a lo Fred Astaire.</p><p>Los ovejas negras espa�oles, por su parte, son distintos. Por lo visto, la �ltima onda en Madrid es una cosa que llaman La Movida. Dolores me ha explicado varias veces en qu� consiste, pero la verdad es que no me entero muy bien. Seg�n ella, se trata de un cruce entre lo kitsch y lo posmoderno, pero es un revoltijo de cosas y de personas que no tienen nada que ver unas con otras. En la puerta de la iglesia pude ver, por ejemplo, a un tipo con rastas que colgada de un brazo llevaba a una gordita con el pelo naranja y unas medias con agujeros (hasta ah� m�s o menos todo normal), pero del otro, y mostr�ndose muy acaramelado con ella, llevaba a una chica muy rancia y antigua que estoy segura de que debe de ser Hija de Mar�a o algo as�. Tambi�n hab�a chicos de las Arenas de Bilbao, o se�oritos de Jerez revueltos con amigas hippies de Dolores y un tipo que era la perfecta encarnaci�n de Dr�cula, incluido el detalle del hilillo de sangre en la comisura de los labios <emphasis>(horreur). </emphasis>Este �ltimo se situaba junto a su santa madre, una se�ora muy maruja del barrio de Chamber�. Por lo que deduzco, La Movida consiste precisamente en eso, en que uno no se sorprende de hada. Es lo que yo pretend�a hacer, no extra�arme de nada. De hecho, ni se me movi� un pelo cuando de pronto, despu�s del padrenuestro y antes de la comuni�n, una de las hippies de pelo naranja se puso de pie y se aclar� la voz como si fuera a cantar� Oh, Dios m�o, pens� por un segundo, seguro que ahora se pone a berrear algo cacof�nico en plena ceremonia, tranquila Bimba, <emphasis>stiff</emphasis><emphasis/><emphasis>upper lip, </emphasis>como dicen por ac�. Call�, qu� otra cosa pod�a hacer. Pero aquella chica de rastas naranja tom� aire y enton� el m�s maravilloso <emphasis>Ave Mar�a </emphasis>de Schubert que he escuchado jam�s.</p><p>Reconfortada con los santos sacramentos (y con Schubert, versi�n rastafari) sal� encantada de la iglesia pensando que la mitad de la ordal�a hab�a concluido y con gran �xito. Ahora quedaba la fiesta, pero ese es mi territorio, de modo que �qu� pod�a salir mal? Todo estaba atado y bien atado por m�.</p><p>La primera se�al de que la suerte empezaba a cambiar fue descubrir que los novios hab�an desaparecido. S�, salieron de la iglesia cubiertos de arroz y p�talos de flores (y confeti, y otros objetos volantes no identificados, no olvidemos que aquella era una boda posmo), se subieron al coche de la embajada y no se supo m�s de ellos. Cuando llegamos a casa, al ver que no aparec�an y a�n sin preocuparnos demasiado, Luis y yo comenzamos a desplegar todo nuestro encanto diplom�tico intentando que se mezclara aquel ganado desigual. Presentamos a las ovejas negras espa�olas a las inglesas y a las centroeuropeas; hicimos que Hindemburg o Hesse conocieran a la madre del vampiro de Chamber� (algo tendr�an que tener en com�n, �no?); conminamos a mis amigas de Montevideo y a las de Madrid para que le preguntaran a la soprano rastafari d�nde hab�a aprendido <emphasis>bel canto; </emphasis>y convencimos a Carmen, a Mercedes y a Gervasio de que colaboraran en la dif�cil tarea de juntar churras con merinas, y nunca mejor dicho. Pasaban los minutos. Un reba�o y otro se miraban con total desconfianza y de los novios ni rastro. Yo no sab�a bien qu� hacer, si servir el aperitivo o no. Los camareros que le hab�a pedido a Dolores que contratara parec�an retrasarse, de modo que, de momento, s�lo contaba con el personal de la embajada, la cocinera, la doncella y dos mucamos. Desde luego no eran suficientes para tantas personas, pero a�n as� les dije que se pusieran en marcha. No hay nada m�s pesado que una fiesta en la que la comida (y no digamos la bebida) tarda en aparecer.</p><p>Como aperitivo yo hab�a previsto lo cl�sico, que es lo que m�s gusta. Nada de <emphasis>sushi </emphasis>ni de mousses de apio con regaliz, fuera el pulpo con menta y los ravioli de tapioca. Buena tortilla de patatas, buenas y baratas croquetas y tambi�n jam�n del caro, con eso no se falla. Pas� media hora y luego una entera. Las existencias empezaban a menguar. Llegamos a �las dos horas! �Una boda sin novios, eso s� que es posmoderno�, me dec�a yo intentando mantener la sonrisa. �Y Luis mientras tanto qu� dec�a? �l, c�mo no, no hizo otra cosa que entonar su mantra�</p><p>��Ya te dije� que con Dolores nunca se sabe qu� cat�strofe puede pasar.</p><p>��Ya te dije� que era mejor gastar un poco m�s pero contratar a una empresa que organizase todo.</p><p>��Ya te dije� que -rell�nense los puntos suspensivos <emphasis>ad nauseam.</emphasis></p><p>Por fin, dos horas y tres cuartos m�s tarde (la mato, juro que la mato) apareci� Dolores. Tan campante, como si nada. Por lo visto se le hab�a ocurrido, por el camino, una idea genial.</p><p>��S�, jefa. El chofer nos dijo que la luz sobre el T�mesis a esa hora era espectacular y, como comprender�s, no pod�amos desaprovecharla. En fin, que all� nos fuimos a sacarnos unas fotos. Es verdad que a la vuelta cogimos un poco de tr�fico y una manifestaci�n pacifista, pero �qu� te pasa? �Est�s bien? �Por qu� pones esa cara, jefa? No te entiendo, la verdad. Despu�s de todo tambi�n Carmen se fue a llevar su ramo de novia a la momia de Lenin y tard� un buen rato, �no?</p><p>Ooommm, respir� hondo y no dije nada, �para qu�? Ten�a raz�n, Dolores, a todas mis hijas (salvo Mercedes, Dios la bendiga) se les ocurre hacer excursiones raras el d�a de su boda. Pero da la casualidad de que cuando se cas� Carmen yo ten�a casi quince a�os menos y un ej�rcito de camareros sovi�ticos que pasaban copas, croquetas y tortilla sin parar. Ahora, en cambio, �d�nde estaban los camareros que ten�a que contratar Dolores?</p><p>Iba a hacerle precisamente esa pregunta a mi hija pero no pude. Las ovejas negras de una y otra caba�a la ten�an rodeada. Todos quer�an hacerse fotos con ella y con Per�. Tambi�n mis amigos quer�an fotografiarse con los novios y, de paso, imagino, fotografiar disimuladamente a toda aquella fauna que hab�a por ah� para luego contar a la vuelta que la boda de los Posadas hab�a sido un zoo. En fin, y como yo digo, OOOOMMMM. Lo mejor que pod�a hacer era ir a la cocina y ordenar que abrieran el comedor cuanto antes. Aquellas dos clases de invitados tan diferentes nunca iban a confraternizar, ni siquiera rozarse, estaba claro, y dos horas y media de c�ctel es m�s de lo que puede resistir un cuerpo sea de oveja blanca o de oveja negra.</p><p>Cuando me dirig�a hacia el office, vi de pronto un claro entre los invitados de uno y otro pelaje y pude acercarme disimuladamente a Dolores.</p><p>���A qu� hora les dijiste a tus camareros que vinieran, Lolita? -le pregunt�, y ella, mientras posaba entre un Hindemburg, un madrile�o de rastas y mi hermana Hortensia, respondi� extra�ada:</p><p>���Camareros? Yo no he llamado a ning�n camarero, jefa, pens� que de eso, como de todo lo dem�s, te ocupabas t�.</p><p>Y no se le movi� un pelo de la melena prerrafaelita. Como si no fuera un desastre una cena que empieza casi tres horas tarde. Como si no fuera una complicaci�n una fiesta con ganado tan variopinto que se miraba de reojo con recelo. �Como si no fuera una cat�strofe c�smica una boda sin camareros!</p><p>�Qu� se hace cuando la situaci�n es desesperada? Mi madre lo sab�a muy bien: <emphasis>�La vie c'est la bataille�, </emphasis>sol�a decir ante cualquier contratiempo reclinada sobre una <emphasis>chaise longue, </emphasis>con una mano en la frente y en la otra una ginebra con unas gotitas de vermut que, a continuaci�n, se echaba al coleto. Muy bien, eso mismo iba a hacer yo, s�lo que con una variante. No me iba a echar nada a mi coleto sino al gaznate de todo aquel reba�o: si las penas con pan son menos, las meteduras de pata con alcohol, ni se notan.</p><p>Me gustar�a poder atribuir a mi santa madre y a su juicioso ejemplo todo el m�rito de haber sobrevivido a aquella situaci�n desesperada, pero ser�a una gran mentira. Es cierto que mi decisi�n de convertir los whiskies dobles en triples, los gin tonics en bombas at�micas y los vodkas en c�cteles molotov, desempe�� un papel importante en lo que voy a contar. Pero quien m�s responsabilidad tuvo en haber transformado una situaci�n desesperada en algo muy divertido fue un amigo de Dolores. Se llama Miguel Bos� y desde aquella noche me he hecho incondicional de su club de fans. Y no por c�mo canta, que canta regio, sino por poner en marcha el operativo siguiente. Despu�s de la revelaci�n de Dolores, Miguel me descubri� en la misma postura que mi madre cuando dec�a aquello de <emphasis>�La vie c'est la bataille�. </emphasis>Es decir, tumbada (por no decir descangayada) en un sof� a falta de <emphasis>chaise longue, </emphasis>con una mano en la frente y en la otra un vaso vac�o despu�s de haber apurado dos whiskies dobles con m�s premura que John Wayne en el <emphasis>saloon.</emphasis></p><p>��D�jame a m� -fueron sus escuetas palabras, y luego se esfum�.</p><p>La verdad es que con lo guapo que es este chico, el efecto del lingotazo y la situaci�n kafkiana, cre� que se me hab�a aparecido el arc�ngel San Gabriel, o m�s concretamente, San Miguel. Y tal vez no haya sido s�lo una impresi�n. Porque lo cierto es que, a los pocos minutos, y como "por mediaci�n divina, se abrieron las puertas del comedor dejando a la vista una espectacular mesa de buffet, con sus arreglos de flores, sus altas velas encendidas, las falsas langostas rampando sobre budines enormes, el pollo al curry con toda su <emphasis>mise en sc�ne </emphasis>Jaipur, los salmones glaseados, el foie sensacional, etc�tera, etc�tera. Pero lo mejor no fue eso, sino el ej�rcito de camareros que hab�a por ah� sirviendo a los invitados. Camareros de muy distinto pelaje como, por ejemplo, el joven Hindemburg con su chaqu� cl�sico y su chaleco de mucamo que quedaba de lo m�s bien sirviendo ensaladas. O el vampiro de Chamber� ayudado por su distinguida madre, que se ocupaban de repartir vino tinto. Y luego estaba James Hunt que, como fue campe�n del mundo de f�rmula i, pasaba a toda velocidad platos y cubiertos para que no se atascara la cola de hambrientos comensales. Y m�s all� estaban Bismark y Hesse ayudados por Miguel Primo de Rivera sirviendo el curry. Y m�s ac� muy marineros, ellos, los hermanos Graf Spee, que se ocupaban de los salmones y de los huevos con caviar. Pero si hasta mi hermana Hortensia, que nunca en su vida ha llevado un plato a la cocina, andaba por ah� con un delantal blanco afanada en la tarea de servir. No soy muy ducha en citas b�blicas, pero aquello de pronto me record� lo que dec�a san Juan. �O era quiz�s Isa�as el profeta de la buena nueva? En fin, no s�, me refiero a eso tan mentado de que llegar� un d�a en el que el le�n pastar� con las ovejas y la vaca morar� con la osa y el le�n y el buey comer�n juntos. Ahora por fin entiendo el vaticinio, porque algo muy parecido a tan ed�nica situaci�n se estaba produciendo en mi casa y el responsable estaba all� capitaneando la operaci�n. Con una servilleta al hombro y un mandil de rayas sobre su chaqu� posmoderno. Con su forma de dirigir aquella orquesta inveros�mil de m�sicos inconexos que trajinaban con platos, vasos, falsas langostas. Con su maravillosa sonrisa y su forma firme de mandar sin que se notara.</p><p>Siempre hab�a cre�do que la belleza extrema tiene m�s de diab�lica que de angelical y que Lucifer ser�a mucho m�s guapo que cualquier arc�ngel de la corte celestial, pero desde ese d�a he cambiado de opini�n. Nadie puede ganar en belleza a mi san Miguel (Bos�).</p><p>���Ves como al final todo se arregla, jefa? -tuvo el rostro de decirme Dolores.</p><p>Y yo, tom�ndome otro whisky, <emphasis>allong�e </emphasis>en mi <emphasis>chaise longue, </emphasis>para no matarla le contest�:</p><p>��S�, pero t� tienes una suerte�, o mejor dicho un �ngel de la guarda que no te mereces.</p><empty-line/><p>Para completar esta an�cdota, en vez de anotar las recetas de los platos que compusieron el buffet de la boda, tal vez porque son todos bastante conocidos, mi madre hizo un croquis en su cuaderno de c�mo debe presentarse el curry a la Jaipur.</p><empty-line/><p><strong>COSAS QUE APREND� EN LONDRES: LOS <emphasis>DO </emphasis>Y LOS <emphasis>DO NOT</emphasis></strong></p><empty-line/><p>Se est�n acabando las hojas de este viejo cuaderno y termina tambi�n nuestra embajada en Londres. Hay que ver qu� r�pido ha pasado el �ltimo a�o. Carmen ya regres� a Madrid con sus hijas, Dolores tambi�n. Gervasio y Mercedes ya est�n viviendo all� desde hace tiempo y Luis y yo volveremos a Uruguay: otra vez al ministerio. De nuevo le toca hacer pasillos por un tiempo hasta que la suerte nos depare un nuevo destino. O tal vez no haya nuevo destino y Luis se jubile. La palabra <emphasis>jubilaci�n </emphasis>suena un poco fea, pero seg�n me enter� el otro d�a <emphasis>jubilaci�n </emphasis>viene de <emphasis>j�bilo, </emphasis>de modo que mir�moslo desde ese punto de vista o, como dicen ac�, �Le� <emphasis>us look at the bright side of life�. </emphasis>Mi ingl�s, por cierto, ha mejorado mucho. Ya soy capaz de hablar no s�lo de fantasmas, que era mi conversaci�n estrella cuando llegu� ac�, sino tambi�n de teatro, de m�sica y hasta de pol�tica, aunque hablar de pol�tica entra dentro de la categor�a de los <emphasis>don'ts </emphasis>de este pa�s tan complicado. Y hablando de <emphasis>don'ts, </emphasis>no quiero cerrar mi cuaderno sin dedicar unas p�ginas a este tema primordial en la vida de los ingleses.</p><p>Dec�a mi abuela que la vida social era un campo minado para los novatos. Que todas las reglas de urbanidad, cortes�a y educaci�n estaban pensadas, seg�n ella, para que uno distinguiera inmediatamente los <emphasis>arrivistes </emphasis>de los <emphasis>arriv�s, </emphasis>es decir, los trepadores de los que ya est�n arriba. Los ingleses, a quienes les encanta catalogar a las personas como si ellos fueran entom�logos y nosotros simples orugas, tienen un libro que es la Biblia de todo ingl�s elegante, que se llama <emphasis>The Debrett's Book of Good Manners </emphasis>y es, sencillamente, descacharrante. En �l, uno puede aprender cosas tan incre�bles como, por ejemplo, la manera adecuada de dirigirse a un obispo si se lo encuentra en un pasillo a altas horas de la madrugada y los dos en bata. O c�mo han de comerse los guisantes (este asunto de los guisantes es, seg�n el <emphasis>Debrett, </emphasis>una radiograf�a infalible del origen social de las personas). Tambi�n explica c�mo librarse de un pesado en una fiesta, de c�mo neutralizar a un cotilla malvado, o del modo en que ha de dejarse propina en una casa de campo cuando va uno a cazar el zorro. Por supuesto Luis se convirti� en devoto del <emphasis>Debrett </emphasis>y a cada rato lo consultaba. Sostiene que le ha sido de gran utilidad en muchas m�s situaciones de las que �l podr�a haber imaginado (incluida por cierto la de encontrarse con un obispo en el pasillo los dos en bata camino del compartido cuarto de ba�o). Bueno, la verdad es que �su obispo� era anglicano e iba en ropa de calle. Pero Luis iba en bata y, por lo visto, salv� el obst�culo muy elegantemente (lo preceptivo, seg�n me dijo, es llamar al obispo <emphasis>Your grace </emphasis>y dejarlo pasar primero al WC).</p><p>Para despedirme de Londres <emphasis>in style, </emphasis>como dicen ac�, me gustar�a consignar alguna de las cosas divertidas, anecd�ticas y curiosas que contiene este libro. Muchas ya las conoc�a, como la forma correcta de comer esp�rragos y alcachofas al vapor (siempre con la mano y moj�ndolos en la salsa), pero existen costumbres que cambian seg�n el pa�s. Por ejemplo, en Espa�a es de mala educaci�n comer el huevo frito con cuchillo. Aunque las puntillas dificulten la maniobra, aunque haya que utilizar el pan casi a modo de bistur�, jam�s se debe recurrir al cuchillo. Lo mismo ocurre con la ensalada a pesar de que, a veces, las hojas est�n cortadas tan grandes que acabe uno pareciendo una vaca pastando en un prado. Los ingleses, en cambio, no conciben comer huevos <emphasis>sin </emphasis>cuchillo, tal vez porque, en su caso, �stos se comen sobre todo para desayunar y se acompa�an habitualmente de salchichas o bacon. Otra cosa que s� sab�a y que aconseja tambi�n el <emphasis>Debrett </emphasis>es la conveniencia de tomar el postre con tenedor. Puede parecer una majader�a y un esnobismo absurdo, pero no lo es en absoluto. Se saborea mucho mejor una mousse, un hojaldre, una tarta y hasta un helado (a menos que haya a mano la cuchara especial para �l), con tenedor que con cuchara. Porque el tenedor es m�s sutil, da aire a los postres. Luego el <emphasis>Debrett </emphasis>explica cosas que son de sentido com�n y se agradecen mucho. Por ejemplo, �qu� hacer cuando uno llega tarde a una cena y el anfitri�n le ofrece una copa? �Es correcto aceptarla o no? Aceptarla, aunque parezca lo adecuado, no lo es puesto que retrasar�a al menos otros quince o veinte minutos el momento de pasar a la mesa. Una vez que uno se ha disculpado por la tardanza lo mejor es declinar. El <emphasis>Debrett, </emphasis>en su apartado de modales en la mesa, explica adem�s cosas que uno siempre ha querido saber pero le parec�a absurdo preguntar, como la manera correcta de comer una naranja. Hay que saber que cada pa�s tiene sus reglas. En Inglaterra, por ejemplo, lo correcto es pelarla s�lo con el cuchillo y luego comerla con cuchillo y tenedor. Y llegamos al cap�tulo guisantes: los ingleses, parafraseando el cuento de Andersen, dicen que es posible descubrir a una princesa por la forma de comerlos. Ojo al dato, porque tiene su intr�ngulis. Hay dos formas de hacerlo. La primera es aplastar los guisantes con ayuda del cuchillo contra el <emphasis>lomo </emphasis>del tenedor con las p�as para abajo (misi�n absolutamente imposible). La segunda forma es montar, con la ayuda del cuchillo, los guisantes en el tenedor con las p�as hacia arriba pero siempre subi�ndolos por la punta del tenedor, <emphasis>nunca </emphasis>por el lado. En fin, toda una trabajera, lo mejor es pasar de guisantes, al fin y al cabo no son tan ricos como otras verduras y le complican a uno la vida.</p><p>Paso ahora a enumerar las cosas que no sab�a y que me han sido de utilidad aprender. Por ejemplo, el peligro de servir, en una cena de campanillas, ensalada como acompa�amiento. Es aconsejable no hacerlo, no s�lo porque requiere utilizar platitos o medias lunas especiales para ella, que ocupan lugar en la mesa y no todos los comensales saben usar, sino por algo en lo que yo no hab�a reparado. Muchos anfitriones evitan servir ensalada porque el vinagre distorsiona el sabor de un buen vino y �ste acaba pareciendo un vinacho pele�n aunque sea un gran reserva.</p><p>Otra cosa interesante que aprend� fue que, a pesar de que nuestros padres nos prohibieran empezar a comer hasta que se hubiera servido el �ltimo comensal, ahora lo correcto es hacerlo en cuanto nos sirven. Como ama de casa debo decir que entiendo perfectamente la raz�n. Nosotras estamos siempre sufriendo porque la comida no llegue fr�a a la mesa, y cuanto antes se empiece a comer, mejor para todos. En fin, me he explayado tanto en datos sobre los <emphasis>do </emphasis>y los <emphasis>don'ts </emphasis>de la mesa que ya no me queda sitio en este cuaderno para los <emphasis>do y </emphasis>los <emphasis>don'ts </emphasis>en otras �reas igualmente interesantes, como el protocolo en casa ajena, en un barco y (divertid�simo) en la cama con un nuevo amante. Prefiero, para acabar estas notas que me han acompa�ado durante tantos a�os, hacerlo con una receta. La �ltima que consegu� en Inglaterra. Fue en una cena muy inglesa por lo extravagante y curiosa".* Se trataba de la celebraci�n anual de la Sociedad de Amantes de Agatha Christie. El men� estaba inspirado en los personajes y los libros que tan c�lebre han hecho a su autora. Hab�a, por ejemplo, de primero, carpa en <emphasis>cro�te Muerte en el Nilo, </emphasis>seguido de un <emphasis>roast beef a la mode </emphasis>de Roger Ackroyd y de postre, una mousse de chocolate <emphasis>Diez Negritos </emphasis>que me pareci� fant�stica. Est� hecho con diez tipos distintos de chocolate: chocolate con leche, con brandy, con caf�, con jengibre y hasta con yogur, toda una delicia.</p></section><section><title><p>POSTRE DE CHOCOLATE <emphasis>DIEZ NEGRITOS</emphasis></p></title><p>O� NO QUED� NINGUNO</p><p>(receta de Agatha Christie)</p><p>Aunque parezca muy dif�cil hacer un postre que contenga tantos tipos distintos de chocolate sin que la mezcla resulte incomible, indigesta o del todo horrible, en realidad es muy sencillo. Se trata de elaborar diez variantes de mousse de chocolate, que se sirven en peque�os cuencos del tama�o de un vasito de licor. De este modo, el comensal prueba las distintas mousses por separado. Por ejemplo: mousse de chocolate negro, blanco, con brandy, jengibre, pralin�, dulce de leche, naranja, turr�n, lima� As� pueden hacerse no s�lo diez negritos sino todos los que uno quiera� hasta que no quede ninguno.</p><empty-line/><p><a type="note" l:href="#_Toc282268028"/></p></section></section><section><title><p id="_Toc282268035">Ep�logo</p></title><p>Han pasado casi veinte a�os desde que nuestros padres dejaron Londres. Despu�s de aquel destino, nuestro padre estuvo unos a�os en el ministerio en Montevideo y luego fue nombrado vicepresidente del Tribunal Administrativo de las Naciones Unidas, un cargo a tiempo parcial que s�lo le obligaba a pasar un par de meses al a�o entre Nueva York y Ginebra. Poca ocupaci�n para un diplom�tico de raza como �l, pensamos siempre Gervasio y yo. Muri� en Madrid en 1999, un a�o particularmente duro para la familia, ya que dos meses despu�s fallec�a tambi�n Mariano, mi marido. Tras una larga temporada en Uruguay, nuestra madre se traslad� a Madrid (donde residimos todos los hermanos Posadas). Ella ahora est� aquejada de diversos achaques que le han impedido colaborar m�s activamente en la confecci�n de este libro hecho de recuerdos, algunas notas y un toque de mitolog�a familiar.</p><p>Madrid ha dejado de ser ese pueblo grande que era en 1965 para convertirse en una ciudad moderna y cosmopolita. En los descampados donde pastaban entonces las ovejas se han construido gigantescos rascacielos en cuyos alrededores resulta casi m�s sencillo tomarse un <emphasis>teriyaki </emphasis>o un <emphasis>Nasi Goreng </emphasis>que unos buenos huevos fritos con patatas. Hace poco hemos sabido que lo que se com�a en este pa�s desde tiempos inmemoriales se llama dieta mediterr�nea y ahora est� considerada la m�s saludable por todos los expertos en nutrici�n. Los restaurantes m�s sofisticados de entonces, con su toque alem�n o franc�s, han sucumbido (excepto honrosas excepciones como Jockey o Horcher) a la avalancha de la innovaci�n culinaria que ha colocado a Espa�a a la cabeza de la cocina mundial, algo impensable hace cuarenta a�os, cuando s�lo se nos consideraba el pa�s del ajo.</p><p>Aunque lejos de estas vanguardias, la restauraci�n tambi�n ha llegado a nuestra familia. Dolores tiene desde hace m�s de diez a�os su propio restaurante en una de las zonas de m�s solera de la capital: El Viajero, un lugar de referencia para cualquiera que visite el Madrid de los Austrias.</p><p>Mosc�, por su parte, se ha convertido en una ciudad casi desconocida a nuestros ojos, tan distinta a la de los a�os setenta, decorada s�lo por bustos de Lenin y banderas rojas. Las autoridades actuales han buscado transformar la ciudad en el escaparate de la nueva Rusia, invirtiendo ingentes cantidades de rublos en limpiarla, pintarla, demoler edificios de estilo g�tico-estalinista y construir nuevos s�mbolos de la falsa opulencia putiniana. Como en todas las grandes capitales del mundo, la globalizaci�n culinaria ha pegado all� con fuerza. Los restaurantes de dise�o m�s vanguardista y extravagante de Europa est�n ahora en la antes gris y triste Mosc�. Sus cuartos de ba�o son unisex, porque seg�n dicen, esto facilita la confraternizaci�n, el intercambio de mesa, de compa��a y de condimentos. Sin embargo, y como para muchos cualquier tiempo pasado fue mejor, en los �ltimos a�os han surgido varios locales que prometen un ambiente y una decoraci�n t�picamente sovi�tica, un viaje a aquellos a�os setenta que nos toc� vivir. Por suerte, la comida ya no tiene nada que ver con la austeridad de los men�s de entonces, sino que se esfuerza en recuperar una versi�n esmerada y refinada de la rica cocina rusa tradicional. Adem�s, el �spero trato que los camaradas sovi�ticos dispensaban a los clientes ha sido reemplazado por una amabilidad exquisita. Como es l�gico, las facturas tambi�n est�n bastante alejadas de los proletarios precios de aquella �poca.</p><p>Y Londres sigue siendo Londres. Aunque lady Di haya sido sustituida" por la mucho menos glamourosa Camila, para muchos, y sobre todo para Gervasio y para m�, es la aut�ntica capital del mundo. El lugar donde surgen las nuevas tendencias en moda, arte y m�sica que luego los norteamericanos reciclan y nos sirven en bandeja como propias; la ciudad donde conviven en perfecta armon�a la savia nueva tra�da por emigrantes de todo el mundo con las m�s rancias tradiciones. Hace poco Gervasio y yo habl�bamos con el embajador espa�ol destinado all� y nos confirmaba que, a pesar de todos los esfuerzos de la monarqu�a brit�nica por adaptarse a los nuevos tiempos, el r�gido protocolo de la corte de St. James no ha variado lo m�s m�nimo y sospechamos que muchos de los consejos del <emphasis>Debrett </emphasis>siguen vigentes.</p><p>Esperamos que este viaje gastron�mico-sentimental por lugares tan alejados entre s� en el tiempo, las costumbres y los h�bitos alimentarios les haya divertido. Tambi�n deseamos que puedan recordarlos a trav�s de las recetas que hemos incluido junto a los relatos de esta versi�n amable de una vida, la diplom�tica, bastante m�s complicada y con muchos m�s sinsabores de los que hemos querido reflejar aqu�, porque este libro ha sido pensado para hacerles pasar un buen rato e incitar sus papilas gustativas.</p><p>Queremos agradecerles la oportunidad que nos han dado de bucear en nuestros recuerdos y los de nuestra familia. Aunque ha habido alg�n momento amargo, por un instante hemos podido volver a nuestros diez, veinte o treinta a�os y recordar sensaciones, pensamientos y vivencias que cre�amos perdidos para siempre. Hemos descubierto que la famosa m�quina del tiempo existe y que, para ponerla en marcha, en nuestro caso s�lo hemos necesitado volver las viejas p�ginas del cuaderno de nuestra madre. Al hacerlo, como en un mercado persa, han escapado de �l uno tras otro todos los aromas y sabores que envolvieron nuestra infancia.</p><p>.</p></section><section><title><p>Carmen Posadas</p></title><image l:href="#2"/><empty-line/><subtitle>***</subtitle><empty-line/><image l:href="#3"/></section></body><body name="notes"><section xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink" id="_ftn1"><p><a l:href="#_ftnref1">[1]</a> Beefeater, adem�s de ser el nombre de una conocida marca de ginebra y de los guardias que cuidan la torre de Londres, quiere decir �comedores de carne�, y como Uruguay es gran exportador de carne� jow, jow, jow.</p></section></body><binary id="cover" 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