<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>prose_contemporary</genre><author><first-name>Nino</first-name><last-name>Treusch</last-name></author><book-title>El conejo blanco</book-title><annotation><p>Jan Tes es un hombre de �xito. Tiene por delante una carrera envidiable, su mujer, Julia, es perfecta y tiene dos ni�os preciosos. Pero pronto se ver� obligado a tomar una decisi�n que lo cambiar� todo para siempre.</p><p>Una multinacional de telefon�a m�vil contrata a Jan, y a los pocos d�as de empezar se convierte en el testigo accidental de unas declaraciones que no deber�a haber escuchado. Cuando la empresa le ordena desmantelar el centro de fabricaci�n y desarrollo de m�viles en Bangalore, India, Jan decide que ha llegado el momento de decir la verdad. Su conciencia ya no le permite callar los motivos que se esconden tras la operaci�n y decide hacer p�blico aquello que mucha gente ha temido desde los inicios de la telefon�a m�vil: los usuarios est�n expuestos a una radiaci�n que puede resultar mortal.</p><p>Una informaci�n que la multinacional ha mantenido oculta y una decisi�n por la que pagar� un alt�simo precio. Pero si la verdad no sale a la luz miles de personas morir�n o enfermar�n gravemente. La cuenta atr�s ha empezado.</p><p>El conejo blanco es un original, compulsivo y trepidante thriller acerca de un tema de gran actualidad que ha dado pie a muchas teor�as: �Hasta qu� punto pueden ser da�inos los tel�fonos m�viles? �Qu� sabemos de las ondas que emiten? �Qu� nos esconden las multinacionales?</p></annotation><date/><coverpage><image l:href="#cover"/></coverpage><lang>es</lang></title-info><document-info><author><first-name/><last-name/></author><program-used>Fiction Book Designer, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date value="2011-11-24">24.11.2011</date><src-url/><src-ocr/><id>FBD-ECCFE1-0E5C-A949-39BD-4E6C-BEEA-F4E458</id><version>1.0</version></document-info><publish-info/></description><body><image l:href="#cover"/><title><p>Nino Treusch</p><empty-line/><p>El conejo blanco</p></title><section><p>� 2010, Nino Treusch</p><p>T�tulo original: Il coniglio bianco</p><p>� de la traducci�n, Maribel Campmany, 2011</p></section><section><epigraph><p>A Hedda, Simona y Anna,</p><p>y a los amigos de siempre</p></epigraph><empty-line/></section><section><title><p id="_Toc308278950">Jan</p></title><p>Jan se despert� lentamente.</p><p>Abri� los ojos. No lograba distinguir nada, la oscuridad era total. �D�nde estaba? No estaba acostado en una cama, seguramente se encontraba en el suelo. �Qu� hab�a ocurrido? �Se hab�a desmayado? Una sensaci�n de p�nico se apoder� de �l.</p><p>Trat� de levantarse instintivamente, se golpe� la cabeza contra el techo y volvi� a caer hacia atr�s, seguido de una peque�a avalancha de escombros que acabaron sobre su cara. Se qued� inm�vil. El aire era h�medo y denso, como el que se respira en un viejo s�tano. El peor de sus miedos se estaba materializando. Todav�a no hab�a movido los brazos, ten�a la mano izquierda apoyada en el vientre y la derecha sobre el muslo. Las piernas. No consegu�a moverlas, estaban bloqueadas. Hasta ese momento no se hab�a dado cuenta de que un enorme peso lo oprim�a hacia abajo. Con la mano derecha fue bajando por el muslo hasta encontrar un muro de piedras y tierra. Ten�a las piernas sepultadas.</p><p>Cada vez respiraba m�s de prisa, aunque intentaba mantener la calma, encontrar un sentido a todo aquello. Empez� a tantear con las manos a su alrededor, con mucha cautela. Hab�a un espacio de unos diez cent�metros a su derecha y a su izquierda, luego un muro, igual que el que le cubr�a las extremidades inferiores. El techo se hallaba a no m�s de medio metro. Dos tablones de madera lo hab�an protegido, impidiendo que quedara completamente cubierto. Con la mano izquierda consigui� quitarse la tierra que antes le hab�a ca�do en el rostro. Volvi� a abrir los ojos. S�lo pod�a imaginar lo que sus manos hab�an palpado. Not� que ten�a la nuca mojada, como si tuviera la cabeza apoyada en un peque�o charco de agua. Se toc� el pelo empapado. No era agua. Demasiado densa. El sabor le confirm� que era sangre. Empez� a percatarse del dolor.</p><p>�Qu� hab�a pasado?</p><p>Record� que estaba caminando, era de noche. Quer�a hacer una foto con su m�vil.</p><p>El tel�fono.</p><p>Palp� los bolsillos del pantal�n con las manos. Nada, ni siquiera la cartera. Se lo hab�an quitado todo.</p><p>En el bolsillo de la camisa encontr� el mechero.</p><p>Lo encendi�, s�lo un instante.</p><p>El p�nico aument�, tuvo la certeza de lo que ya hab�a entendido: lo hab�an enterrado vivo.</p><p>Los dolores que hasta entonces s�lo se hab�an insinuado estallaron de repente. La cabeza, las piernas. Unos aberrantes gemidos llenaron el peque�o espacio.</p><p>Le costaba respirar. Ten�a ganas de vomitar.</p><p>Consigui� ladear la cabeza un instante antes.</p><p>Se ech� a llorar.</p><p>No ten�a ninguna duda sobre el cabr�n que lo hab�a metido en esa situaci�n, pero �por qu�?</p><p>Jan no sab�a nada, no habr�a hecho nada, no era nadie. R�os de l�grimas resbalaban por su rostro.</p><p>Encendi� de nuevo el mechero.</p><p>El aire estaba impregnado de olores nauseabundos.</p><p>Haciendo fuerza con los abdominales, se levant� algunos cent�metros para ver mejor el punto donde desaparec�an las piernas. Si quer�a cavar, tendr�a que hacerlo lo m�s lejos posible del rostro. Quiz� se encontraba a unos pocos cent�metros del nivel del suelo. Un atisbo de esperanza le atraves� la mente. Empez� a rascar el techo a la altura de los muslos con ambas manos.</p><p>La tierra se desmoronaba sobre la parte de las piernas que permanec�a descubierta. Intentaba proceder lo m�s delicadamente posible.</p><p>Hizo una pausa. Se ilumin� con el encendedor. Hab�a excavado unos veinte cent�metros, no se percib�a ning�n signo de luz ni de aire. Apart� a un lado la tierra que se hab�a acumulado sobre su cuerpo. Apag� el mechero y sigui� escarbando. Encontr� una piedra m�s grande que las dem�s. Deb�a tener cuidado de que no le cayera encima. La sujet� con una mano y con la otra sigui� cavando alrededor.</p><p>Logr� sacarla, la puso a su derecha. Era demasiado grande, tuvo que apoyar una parte sobre la pierna.</p><p>Encendi� de nuevo el mechero. Hab�a creado una peque�a c�pula sobre las piernas, ten�a que continuar.</p><p>Pidi� auxilio en un intento por comprobar si desde esa c�pula pod�a propagarse un eco salvador.</p><p>Se detuvo un instante. Estaba empapado de sudor, el dolor de la cabeza y las piernas era cada vez m�s insoportable. Sigui� excavando.</p><p>A la tercera palada la tierra empez� a venirse abajo, primero lentamente, despu�s como un r�o en crecida que le cubri� la parte de las piernas que todav�a permanec�an libres, hasta la barriga. Un grito de dolor sali� de su boca. El peso era insoportable. No pod�a respirar. Liber� la mano derecha y se la llev� a la cara. Lloraba como nunca lo hab�a hecho en su vida.</p><p>Ten�a el brazo derecho bloqueado bajo la avalancha.</p><p>Le estallaba la cabeza, el aire se estaba acabando.</p><p>Jan hab�a pensado a menudo en la muerte y se hab�a prometido que, cuando llegara el momento, la afrontar�a con dignidad y valent�a. No ser�a de los que esperan su hora en una cama de hospital, no quer�a ser una carga para nadie, ni ver miradas tristes rehuyendo la suya; tomar�a alguna droga y se quitar�a la vida. Pero existen demasiadas maneras de morir, y nunca se est� preparado para ello. Y una muerte as�, sin escapatoria, sin ninguna posibilidad de buscar una forma mejor�</p><p>Pr�cticamente no pod�a moverse. El pensamiento se le fue hacia sus tres amores: su hija, su hijo, Julia. �Qui�n se ocupar�a de ellos? �Maldita sea! No los ver�a crecer, no podr�a ayudarlos. Quiz� un d�a otra persona entrar�a en la vida de Julia y ocupar�a su lugar. Lanz� un grito, luego otro, la falta de ox�geno le hac�a perder el sentido.</p><p>Le daban ganas de re�r, re�a y lloraba. Se imaginaba a su perro escarbando y sac�ndolo de all�, con sus hijos y su esposa riendo de alegr�a. Ahora �l tambi�n se re�a.</p><p>Estaba a punto de desmayarse. Le pareci� o�r ruidos, aunque quiz� s�lo fueran imaginaciones suyas.</p></section><section><title><p id="_Toc308278951">El conejo blanco</p></title><p>Julia se preguntaba d�nde pod�a haberse escondido el perro.</p><p>Era s�bado por la tarde y no soportaba perder el tiempo buscando al schnauzer cuando hab�a planeado ir de compras.</p><p>Los ni�os ya estaban con Jan en el coche, todos a punto para salir a hacer las t�picas compras veraniegas, y s�lo faltaba ella.</p><p>Nada m�s ver al animal se dio cuenta de que llevaba algo en la boca, pero no logr� distinguir con claridad de qu� se trataba.</p><p>A primera vista parec�a uno de los peluches de sus hijos. Despu�s, una vez que se hubo acercado, not� con horror que no era un peluche, sino <emphasis>Puffy</emphasis>, el querido conejo blanco de sus vecinos.</p><p><emphasis>Puffy</emphasis> estaba cubierto de tierra, inm�vil.</p><p>El perro lo hab�a matado y llevaba en la boca un conejo inocente. El conejo que los ni�os adoraban.</p><p>El conejo que ahora provocar�a el final de una larga amistad con los vecinos. Aunque quiz� <emphasis>Puffy</emphasis> todav�a estaba vivo.</p><p>Y, mientras, el schnauzer miraba a Julia con orgullo, decidido a no soltar su trofeo.</p><p>Pero Julia no era de las que se rend�an f�cilmente, y encima se trataba de la mascota de sus mejores amigos.</p><p>De un salto se abalanz� sobre el perro, lo inmoviliz� y le aferr� las mand�bulas con ambas manos.</p><p>Lanz� al mismo tiempo un grito desgarrador que se oy� a un par de manzanas de distancia. Esto, m�s que la fuerza bruta, convenci� al perro de que el juego hab�a terminado.</p><p>El conejo cay� al suelo. Sucio, muerto.</p><p>Julia todav�a ten�a los ojos clavados en <emphasis>Puffy</emphasis> cuando Jan apareci� corriendo, asustado tras o�r el grito procedente del jard�n.</p><p>Se detuvo delante del cuerpo ex�nime del conejo.</p><p>���El perro ha matado a <emphasis>Puffy</emphasis>?</p><p>��Tu perro ha matado a <emphasis>Puffy</emphasis>.</p><p>���Y qu� hacemos ahora?</p><p>��Es problema tuyo.</p><p>���Qu�?</p><p>��T�, propietario del perro, ma�ana, cuando nuestros amigos regresen del fin de semana, les contar�s lo que ha ocurrido.</p><p>��Espera, no nos dejemos llevar por el p�nico. �Has visto lo que ha pasado? �Ha sido el perro el que ha ido a su jard�n o ha sido el conejo el que ha venido aqu�?</p><p>��Jan, compartimos el jard�n, compartimos los hijos y compartimos las mascotas. Ahora, en vez de dos mascotas, s�lo hay una, y tenemos que dar una explicaci�n.</p><p>��Julia, �cu�nto puede vivir un conejo?</p><p>��No lo s�, dir�a que seis o siete a�os.</p><p>��<emphasis>Puffy</emphasis> ya estaba viejecito, �no? �Qu� te parece si lo limpiamos un poco y volvemos a meterlo en su jaula? Una dulce muerte durante su sue�o, �sa ser� la verdad.</p><p>���sa ser� tu verdad.</p><p>��Julia, �sta es nuestra verdad, de ahora en adelante. Ve a echarles un vistazo a los ni�os, que ya deben de haber destrozado el coche. No tardar� m�s de diez minutos.</p><p>Jan cogi� el conejo, lanz� una mirada a su perro y entr� en casa.</p><p>Con un cepillo hizo una primera limpieza al animal y complet� la obra con el secador de pelo de su mujer.</p><p>No hab�a signos de violencia en el cuerpo: perfecto, el schnauzer deb�a de haber matado al conejo de un modo delicado.</p><p>Con el animal ya limpio se dirigi� hacia el porche de los vecinos, donde estaba la jaula de <emphasis>Puffy</emphasis>.</p><p>M�s que una jaula se trataba de un cercado en una esquina del porche.</p><p>De joven, el conejo consegu�a saltar con facilidad y salir de aquella joya arquitect�nica; se necesitaban horas para encontrarlo. Sin embargo, �ltimamente prefer�a holgazanear en sus tres metros cuadrados.</p><p>Jan coloc� el conejo en la esquina donde sol�a dormir. Tambi�n intent� cerrarle la boca para darle un aspecto pl�cido, aunque sin resultado: el animal estaba r�gido como un trozo de madera.</p><empty-line/><p>El domingo hizo un d�a estupendo, soleado y con una ligera brisa refrescante. Lo aprovecharon para hacer una excursi�n a Bellagio, en el lago de Como.</p><p>A su regreso advirtieron que los vecinos todav�a no hab�an regresado de su fin de semana.</p><p>Julia y Jan se sentaron en el jard�n a saborear un vino blanco que hab�an comprado en Verona unas semanas antes y permanecieron all� mirando a los ni�os mientras jugaban en el columpio colgado de una de las ramas del gran manzano.</p><p>A la segunda copa de vino su conversaci�n se vio interrumpida por el ruido del BMW de los vecinos.</p><p>Julia mir� a Jan preocupada. �l asinti�.</p><p>Hab�a llegado el momento de la verdad.</p><p>Lo que sucedi� a partir de ese momento fue a�n peor de lo que se hab�an imaginado.</p><p>Jan pudo o�r claramente a los vecinos abrir la puerta y entrar en casa. Unos instantes despu�s se oy� c�mo se abr�a la puerta de la parte trasera, la que daba al porche. Evidentemente, lo primero que quer�an hacer los ni�os era saludar al conejo, pens� Jan.</p><p>El grito que sigui� fue intenso. La voz era la de Sara, la matriarca de la familia.</p><p>Jan intent� tranquilizar con la mirada a Julia, que no compart�a en absoluto el plan que hab�a ideado su marido.</p><p>La mirada que recibi� como respuesta hizo que comentara en voz baja:</p><p>��No te preocupes, se recuperar�n en seguida.</p><p>Pero se equivocaba.</p><p>Ahora Sara estaba llorando, gritaba y hablaba al mismo tiempo, y se dirig�a a Stefano, su marido.</p><p>Pero nada descifrable llegaba a los o�dos aguzados de Jan y Julia.</p><p>Ella se sent�a terriblemente culpable.</p><p>��Jan, tenemos que decir la verdad.</p><p>��Julia, es un conejo, un viejo conejo, en seguida se har�n a la idea. Ma�ana ya lo habr�n olvidado todo.</p><p>��Pero escucha, Sara parece haber perdido el juicio. Tenemos que hacer algo.</p><p>���Qu� va a cambiar? <emphasis>Puffy</emphasis> est� muerto. Punto. Cr�eme, es mejor si no nos metemos.</p><p>��Dios, qu� mierda de situaci�n. Voy a echar un vistazo.</p><p>��No, no, no. Espera unos minutos m�s, hasta que se tranquilicen un poco los �nimos�</p><p>No hizo falta esperar. Stefano apareci� frente a ellos cruzando el jard�n.</p><p>Jan lo salud� con aire inocente.</p><p>��Hola, Stefano, �qu� tal? �C�mo ha ido el fin de semana?</p><p>���No hab�is o�do los gritos de Sara?</p><p>��No, �qu� ha pasado?</p><p>Julia no ten�a valor para mirarlo a la cara, pensaba cont�rselo todo en contra de la �grandiosa� estrategia de Jan.</p><p>��Se trata de <emphasis>Puffy</emphasis>. El conejo est� en la jaula, muerto. Sara est� fuera de s�, aunque debo decir que a m� tambi�n me ha impactado bastante.</p><p>Jan intent� consolar a su amigo.</p><p>��Comprendo vuestro dolor, todos est�bamos muy unidos a <emphasis>Puffy</emphasis>. Pero era bastante viejo, �no?</p><p>���Viejo? S�, ya era viejo. De hecho, el viernes por la tarde, antes de irnos de fin de semana, me lo encontr� muerto. O, al menos, me pareci� que estaba muerto. Lo enterr� yo mismo en el jard�n, cerca del �rbol que est� junto a la verja.</p><p>�Ahora lo hemos encontrado en la jaula, definitivamente muerto. He ido a ver el sitio donde lo hab�a enterrado y parece que consigui� escarbar una salida y volver a su jaula.</p><p>�Adem�s, estaba tan limpio, como si hubiera querido presentarse inmaculado a su cita con la muerte. No logro encontrar otra explicaci�n.</p><p>Julia y Jan en seguida tuvieron claro lo que hab�a sucedido.</p><p>Ese est�pido perro hab�a desenterrado a <emphasis>Puffy</emphasis>. No lo hab�a matado, simplemente hab�a encontrado un trofeo.</p><p>Y ellos se hab�an ocupado del resto.</p><p>Hab�an creado un conejo zombi.</p></section><section><title><p id="_Toc308278952">M�nich</p></title><p>Hab�an transcurrido seis meses desde el episodio del conejo resucitado. Pasado el luto, los ni�os segu�an jugando juntos, y Jan y Stefano no renunciaban a su aperitivo del s�bado por la tarde.</p><p>Hab�an sido seis meses intensos para Jan.</p><p>Una semana despu�s de la historia del conejo de Nazaret, hab�a presentado su dimisi�n. Cre�a que pod�a emplear el tiempo de una manera mejor, estaba harto de trabajar como un esclavo para un banco de inversiones londinense.</p><p>Hac�a tiempo que hablaba de ello con Julia. Ella ten�a un buen empleo y pod�a mantener a la familia durante un tiempo. Al menos hasta que su marido hubiera encontrado su camino, o algo que se le pareciera. Le hab�a dado un a�o como m�ximo.</p><p>Jan era un buen ejemplo del falaz sue�o del capitalismo moderno.</p><p>Hablaba cinco idiomas, tres de ellos perfectamente y los otros dos lo bastante bien como para salir a cenar con los clientes.</p><p>Se hab�a licenciado en una de las mejores universidades europeas y se hab�a permitido el lujo de cursar un MBA, un M�ster en Administraci�n y Direcci�n de Empresas, en la Universidad de Columbia, en el que se hab�a gastado lo mismo que otros invierten en una casa en la playa. El MBA era considerado por los expertos como la f�rmula m�gica que hac�a realidad el sue�o de los sue�os: llegar a ser un directivo muy bien pagado y con poco trabajo, con tiempo para dedicarse al golf y a la vela.</p><p>Pero la realidad result� ser distinta. El t�tulo en papel pergamino s� suscitaba envidias, pero no estaba remunerado de una manera excepcional. No es que Jan ganara poco, pero era una pieza m�s del engranaje y su sueldo reflejaba esa situaci�n.</p><p>Jan ten�a treinta y siete a�os, una esposa a la que admiraba y amaba, dos hijos que lo conmov�an cada vez que los miraba mientras dorm�an, algunos ahorros que le habr�an permitido establecerse por su cuenta en el caso de tener la idea adecuada y un malestar creciente t�pico de quien ve que el tiempo pasa y que los sue�os se adentran en un t�nel cada vez m�s estrecho.</p><p>Su sector no atravesaba un buen momento, as� que no pod�a esperar grandes progresos, y tampoco ten�a un objetivo claro que perseguir. Para alguien como �l, medio americano por parte de madre y medio italiano por parte de padre, los �ltimos a�os hab�an sido especialmente pobres en cuanto a modelos de referencia.</p><p>La econom�a estaba por los suelos.</p><p>La pol�tica era un desastre que no alcanzaba a comprender: pon�a claramente en duda la utilidad de los m�ritos en los que Jan hab�a basado, al menos en parte, su carrera. La televisi�n y la prensa no serv�an de ninguna ayuda.</p><p>El innato optimismo del que pensaba que estaba dotado se ve�a sometido continuamente a duras pruebas.</p><p>Hab�a alcanzado la edad en que la mayor�a de la gente ha tenido que enfrentarse a la muerte de al menos una persona querida, a amistades que han acabado mal -algunas, incluso peor-, a enfermedades serias o menos serias, y a varias historias de sexo y sentimientos.</p><p>Los a�os universitarios quedaban lejos, la jubilaci�n no pertenec�a a su generaci�n, y el n�mero de cigarrillos que fumaba aumentaba en vez de disminuir.</p><p>Jan pas� los tres primeros meses analizando las v�as de escape m�s cl�sicas del mundo del asalariado: escribir un libro o convertirse en un empresario de �xito.</p><p>En cuanto al primer sue�o, tuvo que responder desde el principio preguntas como por qu� quer�a escribir y cu�l era el resultado que esperaba obtener, alej�ndose de ese modo de los elegidos, de los que pose�an un talento natural.</p><p>�Deseo de inmortalidad, fama, gloria y dinero pueden ser los motivos que empujan a alguien a escribir? �Y pueden desembocar en un buen libro?</p><p>�O el talento y la vocaci�n son elementos indispensables? Despu�s de beberse varias botellas de su whisky favorito, Jan sencillamente hab�a apartado el deseo de inmortalidad de sus motivaciones personales.</p><p>A pesar de que, por motivos profesionales, le�a muchos textos t�cnicos y relativamente pocas novelas, sab�a reconocer la diferencia entre un autor moderno al que se premiaba con fama y dinero, aunque dif�cilmente alcanzara la inmortalidad, y los que, en cambio, pod�an aspirar a un lugar en el olimpo de los grandes escritores. En el primer caso inclu�a <emphasis>Harry Potter</emphasis> o <emphasis>El c�digo Da Vinci</emphasis>, en el segundo, <emphasis>El Evangelio seg�n Jesucristo</emphasis> de Jos� Saramago.</p><p>As� pues, al ver que ten�a que concentrarse en la posibilidad de escribir para obtener fama y dinero se dio cuenta de que, incluso esta hip�tesis, menos noble, no era sencilla de realizar y requer�a, adem�s, alg�n tipo de talento literario. Cuando llevaba sesenta y cinco borradores de la primera p�gina dio un pu�etazo al teclado, dej�ndolo inservible. Decidi� no seguir adelante y perseguir el segundo sue�o, convertirse en un empresario de �xito.</p><p>Como hab�a recorrido medio mundo y le apasionaba la cocina, Jan concluy� que la mejor opci�n era abrir una cadena de comida r�pida india.</p><p>Descart� en seguida la idea de abrir un �nico restaurante: con un local se pod�a ganar la vida una persona, como mucho dos. Sal�a ganando el cocinero y el propietario, y a menudo los dos papeles los desempe�aba la misma persona. Jan sab�a que no pertenec�a al olimpo Walhalla de los escritores, y tampoco al de los cocineros, ni al de los propietarios de locales que se mostraban afables y carism�ticos, si es que exist�a.</p><p>La comida r�pida se adecuaba m�s a las posibilidades profesionales de Jan. Procesos y marketing, ubicaci�n y cadena de suministros, financiaci�n y formaci�n. La idea era suya, el dinero, de los dem�s.</p><p>�se era su idioma, �se era su proyecto.</p><p>Una cadena de comida r�pida india.</p><p>La cocina india es sana, generalmente vegetariana, y con una gran variedad de platos. En ese momento no exist�a ning�n competidor con ese tipo de estructura.</p><p>La mano de obra india se pod�a encontrar en cualquier parte, los indios son amables y ambiciosos. Adem�s, tambi�n son ricos y podr�an invertir en un proyecto que situara a su pa�s en una posici�n de relevancia.</p><p>Al mismo tiempo que escrib�a el borrador del bestseller y creaba el McDonald�s de Bombay, envi� varios curr�culums, aunque s�lo fuera para garantizar una alternativa a sus sue�os.</p><p>Porque ya se sabe: de sue�os �nicamente pueden vivir los poetas, los ni�os y los locos, y s�lo estos �ltimos por un tiempo ilimitado.</p><p>Para aquellos que no quieren molestar a familia, amigos o conocidos, encontrar trabajo en Italia puede convertirse en una aventura realmente complicada.</p><p>A pesar de anunciar a bombo y platillo fant�sticas ofertas de trabajo, los principales peri�dicos alternan en sus p�ginas anuncios para un puesto de mozo en una carnicer�a con empleos de vendedor de cualquier bien de consumo o servicio para la zona A del distrito B y con veh�culo propio. De este modo encuentran la manera de vender algunos ejemplares m�s a los pobres desgraciados que se lo creen.</p><empty-line/><p>Por esa raz�n, Jan encontr� natural que las cuatro entrevistas que consigui� concertar durante los tres primeros meses en el paro fueran en el extranjero: dos en Suiza, una en Inglaterra y otra en Alemania.</p><p>Esta �ltima era la que ofrec�a mayores posibilidades de concretarse. Por un lado estaba el hecho de que quien iba a ser su jefe -el director financiero de una multinacional de telefon�a m�vil- le hab�a ca�do bien, y le pareci� que el sentimiento era mutuo, y por el otro, que M�nich era una ciudad preciosa.</p><p>Era mucho m�s adecuada para los ni�os que cualquier metr�poli italiana. Ahora les agradec�a a sus padres, especialmente a Terry, su madre, que de peque�o lo hubiera llevado a la escuela alemana, o �germ�nica�, como prefiere llamarse, de Mil�n. Aunque su madre era de San Francisco, se hab�a criado cerca de una base militar norteamericana en Alemania, y le gustaba el alem�n.</p><p>Ella ya se encargar�a de ense�arle ingl�s, pero donde ten�a que aprender alem�n era en la escuela. Cuando era ni�o estaba de moda enviar a los hijos a la escuela de via Legnano. Aparentemente estaba m�s organizada y estructurada que las escuelas italianas y, obviamente, era mucho m�s internacional.</p><p>All�, Jan pudo aprender un alem�n perfecto, adem�s de conocer los usos y costumbres de ese pa�s. Hab�a hecho amistad con alemanes �de verdad�, con quienes hab�a mantenido el contacto en los a�os siguientes. Uno de ellos, Andreas, era desde siempre su mejor amigo, y se daba la feliz circunstancia de que viv�a precisamente en M�nich. Por este motivo, la idea de trasladarse a esa ciudad ten�a para �l un atractivo que iba m�s all� del trabajo.</p><p>A Julia le gustaba la idea de ir al extranjero. Le fascinaba la posibilidad de aprender un idioma nuevo y conocer una cultura distinta de la suya.</p><p>Durante los tres meses siguientes fueron necesarias otras cuatro entrevistas para que le hicieran una oferta concreta, y Jan decidi� que, durante algunos a�os, trabajar como ejecutivo todav�a pod�a ofrecerle ventajas respecto a la profesi�n del escritor que oye c�mo su madre le dice: �S�, el libro es bonito, pero �por qu� dejaste tu empleo en el banco?�</p><p>Adem�s ofrec�a algunas ventajas respecto al papel de propietario de una cadena de comida r�pida india que s�lo cuenta con un punto de venta, situado al lado de un Burger King siempre lleno, y con un franquiciado que te maldice por haberle arruinado la vida.</p><p>En resumen, resulta realmente dif�cil abandonar el camino conocido.</p><p>Si hubiera sabido lo que le esperaba habr�a aceptado el puesto de representante de productos de belleza que se anunciaba a media p�gina en la edici�n del jueves del <emphasis>Corriere</emphasis>, anuncio que probablemente le hab�a costado al ofertante el equivalente al salario anual del candidato.</p></section><section><title><p id="_Toc308278953">Un problema</p></title><p>Uwe se hab�a sentado y esperaba a que su jefe iniciara la conversaci�n. No era habitual que lo llamara a su despacho, lo que no le disgustaba en absoluto: cada vez que el jefe lo convocaba all� era porque en el horizonte se vislumbraban serios problemas, y �l ser�a el encargado de resolverlos.</p><p>���T� qu� opinas?</p><p>���De qu�?</p><p>���De qu�? Del reci�n llegado, el ayudante de Kluge.</p><p>��Me parece una persona tranquila, de buena familia, ha estudiado en universidades de prestigio, un trabajador discreto, nada del otro mundo.</p><p>��Pero �has le�do su ficha?</p><p>��Claro que la he le�do, �por qu�? �Me he perdido algo?</p><p>Uwe trabajaba para su jefe desde hac�a ya seis a�os y conoc�a sus propios l�mites, al igual que los conoc�a su superior. Si todav�a manten�a su empleo no era precisamente gracias a su astucia; sus capacidades eran otras.</p><p>���Has le�do de qui�n es amigo?</p><p>���Andreas Weber y esposa? -pregunt� Uwe t�midamente, intentando recordar otros nombres que pod�an hab�rsele escapado de la ficha que hab�a le�do por encima unas horas antes.</p><p>���Muy bien!</p><p>Sigui� un momento de silencio. Uwe intentaba recordar otros detalles, adem�s del nombre y del apellido del matrimonio, que pudieran justificar un juicio distinto del que acababa de dar sobre Jan.</p><p>��No se me ocurre nada. �Puedes ayudarme?</p><p>��El doctor Weber es el director del Fecher Institut.</p><p>No hab�a nada que molestara m�s a Uwe que ese juego. Pero esa vez tuvo suerte. Conoc�a el Fecher Institut porque Kristina, una amiga suya, hab�a trabajado all�. De repente todo estaba claro.</p><p>���Crees que Kluge podr�a�?</p><p>��Kluge est� fuera de control.</p><p>��Entiendo. Si lo miras as�, estoy de acuerdo. Weber puede ser peligroso. Con Jan de por medio.</p><p>��S�. Te felicito. �Qu� piensas hacer?</p><p>Uwe sonri�.</p><p>��Me ocupar� de �l como he hecho con los otros.</p></section><section><title><p id="_Toc308278954">El traslado</p></title><p>Jan sali� de Mil�n el 1 de febrero. Julia ten�a intenci�n de reunirse con �l y llevar a sus hijos en junio, una vez terminada la escuela. No fue una decisi�n f�cil, pero era la m�s l�gica pensando en los ni�os. Se prometieron que, pasado el primer mes que Jan necesitaba para organizarse, se ver�an el segundo fin de semana de cada mes y durante las vacaciones. Julia trabajaba como traductora de chino e ingl�s para una serie de organismos internacionales, y realizaba la mayor parte de su trabajo por Internet: ten�a la suerte de poder vivir donde quisiera, el trabajo la segu�a siempre. Los ni�os, Samuele y Anna, ten�an tres y cuatro a�os, la edad perfecta para aprender un nuevo idioma en pocos meses. Jan estaba contento de cambiar de ambiente, nunca hab�a trabajado para una verdadera multinacional.</p><p>A pesar de que el banco de inversiones donde hab�a trabajado hasta entonces era enorme, la oficina italiana no dejaba de ser una isla independiente y ten�a pocos contactos con la sede central de Londres.</p><p>Durante el tiempo que iba a estar soltero, Jan podr�a vivir en casa de Andreas y aprovechar para buscar un hogar para su familia.</p><p>Andreas era un reconocido investigador, especializado en ondas electromagn�ticas. Estaba casado con Ulrike, que tambi�n era investigadora en el mismo campo y trabajaba como directora de un centro p�blico.</p><p>Ten�an un bonito piso en Haidhausen, un barrio en la orilla oeste del r�o Isar, que divide la ciudad en dos. Jan ten�a a su disposici�n el sof� del sal�n y estaba contento de poder disfrutar del �nico televisor de la casa. Prefer�a dormirse viendo diez minutos la tele en vez de leyendo.</p><p>Andreas y Jan se hab�an hecho inseparables durante sus a�os en la Escuela Germ�nica de Mil�n, y desde entonces se consideraban como hermanos. Jan convenci� a Andreas de que se inscribiera en la Universidad de Columbia y, a pesar de que un curso sobre temas financieros fuera una opci�n ex�tica para alguien que ya pose�a un doctorado en f�sica, a Andreas le gust� la experiencia, que adem�s le hab�a resultado �til a la hora de administrar su centro.</p><p>La noche de la llegada de Jan salieron a cenar.</p><p>Ambos ten�an ganas de pasear. Hab�a nevado los d�as anteriores y la ciudad emblanquecida era a�n m�s hermosa. El aire era fr�o y seco, como en la monta�a. Caminaron hasta la Wiener Platz, que limita por un lado con la Hofbr�uhaus y por el otro con el parque que hay junto al r�o. En la plaza hab�a una serie de tenderetes donde vend�an <emphasis>Gl�hwein</emphasis> y bocadillos rellenos con varios tipos de salchichas llamadas <emphasis>w�rstel</emphasis>. El aroma del vino caliente, especiado con clavo y canela, se mezclaba con el de las salchichas a la plancha. La plaza estaba llena de gente, tambi�n hab�a muchos ni�os. A Julia le encantar�a, pens� Jan alegr�ndose, ya que era importante que se encontrara a gusto en la nueva ciudad.</p><p>Entraron en la cervecer�a, la Hofbr�uhaus estaba llena como siempre. Pidieron el cl�sico codillo de cerdo acompa�ado de varios vasos de <emphasis>helles</emphasis>, la cerveza t�pica de M�nich. La medida peque�a era de medio litro, y no pod�as ganarte el respeto de los dem�s clientes si no te beb�as dos como m�nimo. Tres parec�a ser la cantidad perfecta.</p><p>Guardar la l�nea viviendo en M�nich pod�a llegar a ser un problema.</p><p>Empezaba a trabajar al d�a siguiente, Jan estaba contento y excitado.</p><p>Pas� la noche relativamente tranquilo; durante un rato so�� que lo desped�an una semana m�s tarde, aunque no le result� realmente traum�tico.</p><p>A la ma�ana siguiente tom� un buen desayuno a base de mermelada casera y t� chino y se dirigi� a la oficina a pie, siguiendo un recorrido que ya hab�a estudiado el d�a anterior. No le hab�a sido dif�cil aprenderse el camino, ya que la mayor parte del trayecto estaba dedicado a Maximiliano II de Baviera. Tom� Einsteinstrasse, cruz� el r�o por Maximiliansbr�cke, recorri� Maximilianstrasse hasta el final y gir� a la derecha por Residenzstrasse a la altura del teatro de la �pera. Pocos minutos despu�s gir� a la izquierda y, tras superar los tres cruces siguientes, se encontr� en Maximiliansplatz, la plaza que albergaba el cuartel general de la multinacional, su nuevo lugar de trabajo. Tard� una buena media hora en hacer el recorrido.</p><p>Su despacho estaba en la �ltima planta de un antiguo palacio en el centro de la plaza. Era la sede de la presidencia, y �l, como ayudante especial del n�mero dos de la empresa, ten�a un despacho con vistas a la plaza, colindante con el del presidente y con el del director financiero. Alrededor de los despachos hab�a un gran vest�bulo con nada menos que cuatro secretarias que organizaban la vida profesional y privada de los dos dirigentes. Parec�a ser que el jefe de Jan se hab�a ido de viaje de negocios a Estados Unidos y estar�a ausente diez d�as.</p><p>Era una buena manera de empezar, le permitir�a salir temprano y poder buscar una casa.</p><p>Durante la primera semana de trabajo, Jan Tes tuvo que pasar por el protocolo normal de �iniciaci�n� al que se somet�an los nuevos empleados.</p><p>El ordenador lleg� tres d�as m�s tarde. Para tener acceso al correo electr�nico necesit� superar un cursillo para descifrar la contrase�a y que dos t�cnicos instalaran unas complicadas aplicaciones.</p><p>Tard� cuatro d�as en obtener la tarjeta magn�tica de identificaci�n, adem�s de las tres horas que tuvo que esperar en el despacho de una empleada que, entre otras cosas, era la encargada de hacer las fotograf�as a los nuevos trabajadores de la empresa.</p><p>El acceso a las diversas bases de datos de la firma le lleg� una semana despu�s. Para las tarjetas de cr�dito tuvo que esperar tres semanas.</p><p>Jan no se imaginaba que resultara tan complicado empezar a trabajar. Las secretarias eran tan numerosas como in�tiles, al menos para �l. Parec�a que compet�an por ver cu�l de ellas estaba m�s ocupada, y demostraban claramente que �l no formaba parte de sus prioridades.</p><p>Por suerte Karl Kluge, su jefe, le hab�a dejado encima de su escritorio una monta�a de documentos para que los leyera y se fuera familiarizando con un mercado, el de los tel�fonos m�viles, que no conoc�a muy bien.</p><p>Los m�viles: Jan sol�a preguntarse si no est�bamos mejor antes, cuando no exist�an, o si nos hab�an mejorado la vida y por ello estaba bien que todo el mundo tuviera uno. En poco m�s de diez a�os se hab�an convertido en un objeto indispensable. Las previsiones indicaban que se vender�an m�s de mil millones de m�viles durante ese a�o: con una poblaci�n mundial de algo m�s de seis mil millones de personas, hab�a pocas cosas en el mundo que pudieran venderse en cantidad superior.</p><p>En ocasiones, cuando justo antes de recibir una llamada o un mensaje parec�a que el televisor estuviera pose�do por un <emphasis>poltergeist</emphasis> o la radio se pon�a a graznar, Jan se cuestionaba si esas ondas ser�an nocivas.</p><p>Pero luego se perd�a en la definici�n de lo que se consideraba nocivo.</p><p>Nadie renuncia a los coches, a pesar de ser perjudiciales para la salud y el medio ambiente. Todo lo que representa una correlaci�n temporal muy breve entre causa y efecto es nocivo: un f�rmaco que induce a la muerte casi inmediata de un paciente, s�, eso s� que se considera perjudicial, y aun as� tendr�an que morir un cierto n�mero de personas para tener la certeza.</p><p>En cambio, todav�a no se hab�an producido alteraciones clim�ticas capaces de justificar una contrarrevoluci�n industrial, y si alguna vez se produc�an, ser�a mejor que Dios se apiadase de nosotros. Como todos, Jan hab�a le�do art�culos sobre los posibles perjuicios derivados de los m�viles, pero recordaba que primero dec�an una cosa y despu�s lo contrario, y nunca llegaban a ninguna conclusi�n.</p><p>Los tel�fonos m�viles eran como los coches, pensaba �l: quiz� provoquen alguna molestia, pero nunca generar�n una pandemia.</p><p>Los diez d�as de ausencia de su jefe transcurrieron sin m�s problema. Jan ley� el material que hab�a encontrado en su despacho y ya empezaba a familiarizarse con el sector. Tambi�n hab�a ido a ver unas treinta casas y, al final, exhausto, se hab�a decidido por la �ltima, esperando que no hubiera sido la desesperaci�n la que lo hab�a convencido de que era la m�s bonita. En abril podr�a instalarse en su nuevo hogar. No quer�a aprovecharse demasiado de la amabilidad de sus amigos, y de ese modo Julia podr�a trasladarse con los ni�os tal y como hab�an planeado.</p></section><section><title><p id="_Toc308278955">La excursi�n</p></title><p>��Despierta, Kumar, hemos llegado. Hemos llegado.</p><p>Los susurros de Scindia no produjeron ning�n efecto, su amigo no daba se�ales de vida. Acurrucado como un ni�o en el asiento del autob�s de l�nea que los hab�a llevado a Bandhavgarh despu�s de un viaje de ocho horas, Kumar parec�a poco dispuesto a apearse.</p><p>Estaba amaneciendo y al sol le costaba trabajo salir.</p><p>Patel, que iba sentado a su lado, intervino. Pos� dulcemente una mano en su hombro y, movi�ndola cuidadosamente, repiti� la frase de Scindia.</p><p>��Despierta, Kumar, hemos llegado. Hemos llegado.</p><p>Lentamente su amigo abri� los ojos.</p><p>���Ad�nde hemos llegado?</p><p>��A Bandhavgarh.</p><p>���Y qu� hacemos en Bandhavgarh?</p><p>Los amigos intercambiaron una mirada cargada de tristeza.</p><p>��Hemos venido porque quer�as subir a la monta�a y nos pediste que te acompa��ramos -respondi� Patel.</p><p>��Ah. Es verdad, ahora me acuerdo. Pues bajemos de esta mierda de autob�s, nos espera una bonita caminata.</p><p>Los dos amigos lo ayudaron a levantarse, se echaron su mochila y las bolsas al hombro y, con esfuerzo, finalmente bajaron los escalones del autob�s en el que hab�an pasado demasiadas horas.</p><p>Se encontraban ante la entrada del Parque Nacional de Bandhavgarh: no es que fuera una verdadera entrada, se trataba de un simple letrero que informaba al visitante de que, siguiendo el camino, se entraba en la reserva natural, dominada por una enorme roca que algunos consideraban una monta�a y que estaba rodeada de espl�ndidos lagos y cauces de agua.</p><p>���Quieres comer algo antes de irnos? -pregunt� Scindia.</p><p>��No, gracias, no tengo hambre -contest� Kumar, y ech� a andar.</p><p>Patel y Scindia en seguida se pusieron el uno junto al otro: durante el ascenso, si pod�an, quer�an charlar.</p><p>Cinco horas m�s tarde alcanzaron la llanura que delimitaba la cima de la monta�a. Se sentaron cerca de un despe�adero. Desde all� arriba se disfrutaba de una vista fant�stica: bosques, r�os, lagos sin rastro de contaminaci�n. P�jaros de todas las clases volaban ahora alrededor del grupo de amigos, haciendo el panorama todav�a m�s sugerente.</p><p>Patel cogi� de la bolsa el almuerzo que le hab�a preparado su madre y tres cervezas que milagrosamente hab�an sobrevivido indemnes a la larga caminata. Reparti� la comida en partes iguales y les tendi� una cerveza a sus dos amigos. Kumar rechaz� la especialidad de la casa de Patel, pero acept� encantado la cerveza.</p><p>���Os acord�is de cuando vinimos aqu� con nuestros padres? -pregunt� Scindia.</p><p>��Nos echaron el serm�n del adolescente idiota que se convierte en adulto, fue entra�able. Casi les da un infarto cuando Kumar les dijo que era un poco tarde para eso porque ya se hab�a acostado con tres chicas del pueblo.</p><p>Se echaron a re�r.</p><p>��No me acuerdo de todo, pero s� que aqu� ya he estado antes. Es de una belleza conmovedora. La paz, estar aqu� con vosotros. Gracias, amigos, por haberme acompa�ado. -La voz de Kumar estaba rota por la emoci�n-. S�lo tengo veintinueve a�os, pero he hecho muchas cosas, y estar aqu� junto a vosotros formar� parte de los grandes recuerdos.</p><p>��S�, has hecho muchas cosas, amigo. Has ganado m�s que nosotros dos juntos, le has comprado un coche a tu madre, tienes un estupendo trabajo. En cambio, m�ranos a Patel y a m�, qu� pareja de pobres y desgraciados campesinos somos -coment� Scindia, y se ech� a re�r.</p><p>Acabaron la cerveza mientras Scindia y Patel recordaban los momentos �picos que hab�an vivido juntos cuando eran j�venes, antes de que Kumar se trasladara a la ciudad vecina para hacer el curso de electrotecnia.</p><p>Transcurrieron las horas y hacia las cuatro lleg� el momento de regresar. La parte final del trayecto podr�an hacerla incluso a oscuras, pero el descenso de la monta�a no: habr�a resultado demasiado peligroso.</p><p>���Me dej�is cinco minutos a solas? Me gustar�a rezar una oraci�n -pidi� t�midamente Kumar a sus amigos cuando ya se hab�an colgado las bolsas al hombro.</p><p>��Claro, te esperamos ah� abajo, no tengas prisa, amigo -respondi� Scindia.</p><p>Kumar esper� a que se alejaran. Se acerc� la mochila y la abri�. Sac� una botella de agua. Se la qued� mirando unos instantes, se hab�a olvidado de lo que quer�a hacer. Una punzada se lo record�.</p><p>��Eh, Scindia, �qu� est� haciendo Kumar? �Se est� duchando? -pregunt� Patel mientras miraba a su amigo en la distancia.</p><p>Scindia se volvi� y en seguida intuy� lo que estaba ocurriendo: ech� a correr en direcci�n a su amigo, gritando.</p><p>Demasiado tarde. Una antorcha humana, con los brazos levantados al cielo, se precipit� en el abismo.</p></section><section><title><p id="_Toc308278956">Lyon</p></title><p>El d�a que el jefe regres� no fue muy distinto de los anteriores. Se saludaron brevemente por la ma�ana y luego desapareci� en su despacho.</p><p>Como Jan ya hab�a le�do todo lo que ten�a que leer, tuvo que buscarse una ocupaci�n. Empez� a caminar por los pasillos del edificio present�ndose espont�neamente a las personas que se iba encontrando. Era un bicho raro.</p><p>Su manera de vestir, fruto de las convenciones del mundo bancario italiano -zapatos Church, traje Caraceni azul oscuro, corbata Herm�s-, resaltaba en el reglamentario gris alem�n como una luci�rnaga en una noche oscura. Adem�s, su formaci�n estrictamente financiera desentonaba ligeramente con la de personas que, en su mayor�a, eran ingenieros que hab�an entrado en la empresa al d�a siguiente de haber acabado la carrera.</p><p>Tras haber repetido quince veces la misma frase de presentaci�n y notar que lo miraban como si fuera el enemigo que iba a acabar con ellos, decidi� que quiz� fuera mejor volver a su despacho. Deb�a aprender a tener paciencia, pens�.</p><p>Eran casi las seis y su jefe todav�a no hab�a dado se�ales de vida. Jan hab�a o�do comentar en varias ocasiones que Kluge era de los que llegaban temprano y sal�an tarde. Precisamente lo que le faltaba, pens�, Julia dar�a saltos de alegr�a. Hacia las ocho decidi� que pod�a irse; las ocho era una hora que estaba a medio camino entre la de un asesor que quiere hacer m�ritos y la de un funcionario del Estado.</p><p>La puerta del jefe estaba cerrada, de manera que Jan no pod�a despedirse ni demostrarle el esfuerzo que hac�a saliendo a esas horas.</p><p>Se pregunt� por qu� se hab�a quedado hasta tan tarde. Mientras cruzaba el vest�bulo donde se situaban las secretarias, Irene, la �nica que se hab�a quedado, lo llam� anunci�ndole que el jefe hab�a dejado instrucciones para que al d�a siguiente volara a Lyon a visitar una de las f�bricas junto al director de log�stica. �A qu� hora sal�a el avi�n? A las 7.20 desde M�nich. �A qu� hora estaba previsto el regreso? A las 22.30 sal�a el vuelo de Lyon. �Cu�ndo se hab�a decidido? Por la tarde. �No pod�a haberme informado antes? Estaba muy liada y no lo he visto, pensaba que estaba ocupado en su despacho. �C�mo se llama el director de log�stica? Doctor Ernst. �C�mo lo reconocer�? Se encontrar�n en el mostrador de Sixt en el aeropuerto de Lyon. Pero ��l de d�nde viene? De M�nich. �Y no puedo quedar con �l antes? �l vuela en clase <emphasis>business</emphasis>. �Y yo? No. �Hay algo m�s que deba saber? Los detalles del vuelo est�n en la carpeta que hay en su casillero de correo. �Que est�? All�.</p><p>��Gracias.</p><p>��De nada.</p><p>��Adi�s.</p><p>Una sensaci�n de malestar se apoder� de Jan, un malestar ligado al hecho de no ser due�o de su propio tiempo.</p><p>Se recuper� en seguida pensando que, en el fondo, el jefe hab�a sido muy considerado al querer que conociera el sector de la producci�n. Nunca hab�a estado en una f�brica de m�viles. Menos mal que Julia se encontraba en Italia, ella odiaba este tipo de sorpresas, cre�a que con dos hijos se requer�a un m�nimo de programaci�n.</p><p>Quiz� era que la comunicaci�n entre Jan y su jefe, que se hallaba a tres metros de su despacho, tendr�a que pasar a trav�s de una de las se�oras calificadas como secretarias que, en cambio, estaban a siete metros.</p><p>Despertador a las cinco, tren S-Bahn, para no hinchar demasiado la nota de gastos en el primer viaje, aeropuerto, facturaci�n electr�nica con tarjeta <emphasis>frequent flyer</emphasis> de Lufthansa, embarque. Nadie fue a encontrarse con �l en la puerta. Intent� cruzar la mirada con quienes pensaba que pod�an ser el doctor Ernst, pero no quer�a que lo tomaran por alguien que buscaba compa��a, as� que ya se ver�an en Lyon.</p><empty-line/><p>En el mostrador de Sixt hab�a cinco clientes, el doctor Ernst era el m�s bajo, mucho m�s bajo. El malet�n con la marca del ordenador de la empresa fue la clave para reconocerlo. Una marca as� no se la compraba nadie a menos que la recibiera gratuitamente como herramienta de trabajo sin posibilidad de escoger otra.</p><p>Despu�s de los saludos de rigor, Jan sigui� al rey de la log�stica hasta el parking, donde estaba aparcado el Smart de alquiler.</p><p>El doctor Ernst era una persona amable, un viejo zorro de la multinacional con treinta y cinco a�os de carrera a sus espaldas. Durante los treinta kil�metros de trayecto, el Smart circul� al l�mite de la velocidad que permit�a la quinta, cosa rara para un coche con seis marchas que el doctor Ernst aseguraba que alquilaba siempre porque era muy cuidadoso con los gastos.</p><p>A la tercera referencia a su moderaci�n, Jan empez� a pensar que su papel de brazo derecho del director financiero pod�a hacer que muchos lo vieran como el Judas del segundo milenio, el 007 del gran jefe. Un triste panorama, si eso significaba tener que ir siempre en Smart y comer en McDonald�s.</p><p>���Sabe que estuve viviendo un a�o en Lyon cuando empezamos a construir la f�brica? -dijo Ernst.</p><p>���Y le gust�?</p><p>��S�, se vive bien aqu�, a pesar de que trabajaba siete d�as a la semana. S�lo me cog�a alg�n d�a libre cuando mi hija ven�a a visitarme.</p><p>Llegaron ante la cancela de entrada, pero �sta no se abri� como Ernst esperaba. En vez de eso, un guardia muy receloso se acerc� al Smart.</p><p>El coche ten�a los cristales ahumados, as� que hasta que la ventanilla estuvo bajada el guardia no pudo reconocer al jefe supremo de las cinco f�bricas repartidas por todo el mundo. El pobrecillo se excus� de mil maneras explicando que al no ver el Mercedes de siempre no hab�a reconocido a quien iba al volante.</p><p>Jan fingi� ignorar las mejillas coloradas de su colega.</p><p>La visita a la f�brica se desarroll� de manera ejemplar. Por otro lado, ya estaban acostumbrados a recibirlas.</p><p>En la f�brica hab�an estado el primer ministro alem�n, el primer ministro franc�s, varias veces el consejo de administraci�n y decenas de clientes, entre otros. Seg�n lo esperado, Jan Tes qued� impresionado. Todo estaba limp�simo, hab�a diez l�neas de producci�n con capacidad para fabricar al a�o hasta un mill�n de m�viles cada una. Todo estaba automatizado.</p><p>Los componentes entraban en cintas transportadoras y luego varias m�quinas los ensamblaban a lo largo de la cadena de producci�n. Algunos ingenieros con bata blanca controlaban los monitores situados en varios puntos de la cadena. Hacia el final de la l�nea era cuando la intervenci�n de la mano del hombre aumentaba. Entraban en escena los que colocaban los m�viles, el manual de instrucciones y los diversos accesorios dentro de las cajas, listas para ser enviadas a distintos destinos europeos.</p><p>Despu�s de la producci�n propiamente dicha, era el momento de pasar los controles de calidad.</p><p>Una m�quina en particular llam� la atenci�n de Jan. Se trataba de un brazo mec�nico que cog�a el m�vil y lo dejaba caer desde alturas preestablecidas. Repet�a la operaci�n diez veces y luego pasaba al siguiente m�vil.</p><p>���Para qu� sirve? -le pregunt� a uno de los ingenieros.</p><p>��Es que en muchos pa�ses del mundo los m�viles tienen hasta dos a�os de garant�a. La garant�a no cubre posibles fallos de funcionamiento causados por ca�das. Hay que tener mucho cuidado con lo que se compra si se quiere que la garant�a sea v�lida. Y lo que suele ocurrir es que, en nuestros centros de asistencia, no podemos determinar si un fallo en el funcionamiento se debe a una ca�da o a otro motivo. As� que intentamos fabricar m�viles muy resistentes.</p><p>���Tienen que superar diez ca�das sin romperse?</p><p>��S�. -El ingeniero sonri�-. A trav�s de un estudio que encargamos hace a�os supimos que a un n�mero considerable de clientes se les ca�a el m�vil unas diez veces en el curso de dos a�os.</p><p>Jan se pregunt� si una m�quina tan compleja, que deb�a de costar una fortuna, sal�a m�s a cuenta que un operario de mil euros al mes, pero al mirar la cara de orgullo de los ingenieros que le hac�an de cicerones se guard� mucho de formular la pregunta, que habr�a sido tomada como un insulto.</p><p>Al final tambi�n hubo tiempo para visitar la guarder�a que la empresa pon�a a disposici�n de los hijos de los empleados. Entraba dentro del itinerario est�ndar mostrar las ventajas de que gozaban los trabajadores.</p><p>Jan, como buen padre que sab�a lo dif�cil que era encontrar una guarder�a m�nimamente decente que tuviera al menos una plaza libre, apreci� mucho ese aspecto.</p></section><section><title><p id="_Toc308278957">El primer encargo</p></title><p>A la ma�ana siguiente, en su despacho, Jan encontr� un enorme mont�n de papeles encima del cual hab�a una nota adhesiva que dec�a: �Leer y presentar. Reuni�n a las 20.00.�</p><p>�Qu� alegr�a!</p><p>Quinientas p�ginas sobre la India: mil millones de personas, cuatrocientos millones de potenciales clientes de m�viles en el a�o 2010. Es curioso que precisamente los que tienen menos posibilidades econ�micas parecen necesitar m�s un m�vil. La India, un pa�s que, al igual que China o �frica, se hab�a saltado una generaci�n tecnol�gica. Todav�a faltaban, en esos pa�ses, infraestructuras provistas de telefon�a fija. Era mucho m�s conveniente desarrollar una red m�vil, con una estaci�n de radio que sirviera para toda una poblaci�n, que excavar o instalar cables casa por casa. La oficina india ten�a su sede en Bombay, con una plantilla de veinticinco personas, y contaba con un centro de desarrollo cerca de Bangalore, con doscientos treinta trabajadores entre directivos, t�cnicos e ingenieros.</p><p>Casi siempre daba p�rdidas, desde hac�a ya cuatro a�os. A pesar de no encontrar ni una sola l�nea escrita por el jefe que explicara lo que deb�a presentar esa noche, Jan entendi� por los correos electr�nicos incluidos en el dossier que el futuro de la sede india no estaba claro. Para saber lo que se esperaba de �l, Jan intent� de varias maneras contactar directamente con el jefe. Al final tuvo que resignarse a la idea de comparecer como fuera ante el arrogante ramillete de directivos de mediana edad. El jefe estaba en Londres, regresaba por la tarde. �Hab�a dejado m�s instrucciones para �l? No. �Hab�a alg�n modo de ponerse en contacto con �l? S�lo por cosas muy urgentes, y �sa no parec�a serlo, pero era �l quien decid�a. Gracias, idiota. Eso lo pens�, pero no lo dijo. �Qu� pod�a hacer?, �lo molestaba o no lo molestaba? Eligi� la segunda opci�n.</p><p>De nuevo en su despacho Jan pens� que, teniendo en cuenta su posici�n, ten�a dos alternativas. La primera, resumir en diez diapositivas las quinientas p�ginas, ya que ninguno de los invitados de esa noche habr�a tenido tiempo ni ganas de leerse lo que hab�a tenido que leer �l; la segunda consist�a en analizar las posibles estrategias que se podr�an adoptar en la India y aconsejar una en particular.</p><p>Cerrar o invertir. Reducir o expandir.</p><p>Jan opt� por combinar las dos, ofreciendo un resumen de la situaci�n y dando algunas indicaciones estrat�gicas, tal como har�a un verdadero consejero. Son� el tel�fono. En seguida reconoci� el n�mero en la pantalla.</p><p>��Hola, cari�o, buenos d�as.</p><p>��Buenos d�as, tesoro, �c�mo est�s?</p><p>��Bien, esta noche debo hacer una presentaci�n. Tengo delante una monta�a de p�ginas que leer. �Y t�? �Todo bien?</p><p>��S�, te echamos de menos. Esta ma�ana Samuele me ha dicho que quer�a ir en seguida a M�nich para jugar con la nieve. �Qu� hago?, �vamos?</p><p>��Por m� ahora mismo, la verdad es que es una ciudad preciosa. �Has comprado los billetes para el mes que viene?</p><p>��Los he reservado, hoy los confirmar�. Te dejo trabajar, s�lo quer�a saludarte, �me llamar�s esta noche?</p><p>��S�, si salgo tarde de la oficina te mandar� un sms para ver si est�s despierta. Hasta luego, tesoro.</p><p>��Hasta luego, cari�o.</p><p>Jan se sumergi� de nuevo en la monta�a de papeles.</p><p>La verdad es que hacer un resumen de algo que apenas se ha hojeado, sobre todo si se trata de quinientas p�ginas, puede generar alguna que otra tensi�n emocional. Por fortuna, el deseo de destacar en su primera reuni�n oficial era mayor que el p�nico que sent�a.</p><p>A las ocho de la noche estaba sentado en la sala de reuniones presidencial repiti�ndose mentalmente la estrategia que iba a proponer.</p><p>Mantener e invertir, y en caso necesario, reestructurar. Elaborar un plan de inversiones para incrementar la distribuci�n y ampliar el conocimiento de la marca, crear un equipo de apoyo en la sede central, abrir un centro de producci�n local que se beneficiara de las ventajas fiscales del gobierno indio, y otras acciones que segu�an la misma l�nea.</p><p>La India, seg�n los c�lculos de Jan, era el pa�s del futuro. En pocos a�os el capital volver�a a entrar y revertir�a importantes beneficios a la empresa, cuya solidez financiera hac�a que la inversi�n fuera la opci�n m�s l�gica.</p><p>As� que no iba a ser una decisi�n dif�cil, se repiti� una vez m�s.</p><p>A las ocho y media entr� el director del departamento de investigaci�n y desarrollo. Se presentaron.</p><p>���D�nde est�n todos? -pregunt� Jan.</p><p>��S�lo s� que hoy el doctor Kluge est� en Londres.</p><p>���Nadie ha desconvocado la reuni�n?</p><p>��No, que yo sepa.</p><p>Entr� Pollini, el director de marketing. �l y el doctor Richard, director de desarrollo, se quejaron en seguida de lo poco que se respetaban los horarios. Y no era que ellos hubieran sido precisamente puntuales, pens� Jan.</p><p>��Tengo otras cosas que hacer que estar aqu� esperando a Kluge. Le concedo diez minutos m�s, despu�s me voy y la reuni�n ya se la har� �l solo. �Usted sabe algo? -pregunt� Pollini dirigi�ndose a Jan.</p><p>Y �qu� quiere que sepa? S�lo hace m�s de media hora que estoy aqu�, le habr�a gustado responder a Jan, pero de su boca sali� un m�s diplom�tico �No, lo lamento�.</p><p>Intent� seguir concentrado otra media hora, hasta que llegara el director general, repiti�ndose su historia sobre la India.</p><p>Peter Lee era un hombre sobre la cincuentena, vest�a de manera refinada y su porte era el de una persona importante. Salud� y se excus� por el retraso, con lo que los dos directores renunciaron a la reprimenda prometida. Lee se puso frente a Jan, pero no dijo nada. Se hab�an presentado durante la primera semana de trabajo de Jan y estaba convencido de que sus excusas no lo inclu�an tambi�n a �l.</p><p>���Por qu� no est� Kluge? -pregunt� Lee.</p><p>��No lo s�, no se ha puesto en contacto conmigo.</p><p>���Ll�melo!</p><p>��Por supuesto.</p><p>No hizo falta. El doctor Kluge entr� saludando a los presentes y quej�ndose de la ineficacia de la compa��a a�rea. Aparte de los �no se preocupe� de los dos directores presentes, a Jan le pareci� o�r que Kluge le susurraba a Lee: �He recibido el �ltimo informe. Por fin lo han entendido. �Ahora! Ahora que saben que morir�n todos.�</p><p>Con un gesto de asentimiento, Lee invit� a Kluge a sentarse.</p><p>Jan intentaba evitar las miradas de los presentes mientras esa frase le iba rondando por la mente. �Era posible que hubiera o�do lo que hab�a o�do? Y �qu� significaba?</p><p>��Podemos empezar -sentenci� Lee.</p><p>La mente de Jan regres� a la sala y, al instante, una sensaci�n de sofoco se apoder� de �l. Al cabo de pocos segundos ten�a que hacer una presentaci�n sobre algo que no sab�a si era lo que le hab�an pedido ante personas que hasta el momento no le hab�an transmitido ning�n calor humano.</p><p>Kluge fue el primero en hablar.</p><p>��Gracias por asistir a esta reuni�n, que tiene como objetivo tomar una decisi�n con respecto a la India.</p><p>Jan estaba a punto de proyectar la primera diapositiva en la pantalla gigante, pero el jefe no parec�a dispuesto a ceder la palabra a su nuevo fichaje. En realidad, aparte de despedirse de �l con un �buenas noches�, Kluge no hab�a vuelto a dirigirle la palabra a Jan.</p><p>��Como todos ustedes saben, hace cuatro a�os que tenemos p�rdidas. Vendemos menos m�viles que en Liechtenstein -prosigui� el director financiero-. A pesar de tratarse de uno de los mercados del futuro, hemos decidido que para nosotros ese futuro llegar� m�s adelante. Por el momento reduciremos los gastos y las inversiones y nos concentraremos en las �reas m�s rentables.</p><p>Jan permaneci� sentado intentando eliminar las dos �ltimas diapositivas tituladas <emphasis>�Go India. Here we come�</emphasis>. No acababa de comprender los motivos de esa decisi�n.</p><p>Richard fue el primero en reaccionar.</p><p>��Me imagino que se est� refiriendo a la oficina, y no al centro de desarrollo.</p><p>��En realidad vamos a cerrar el centro de desarrollo y el personal quedar� reducido a diez unidades.</p><p>��Pero all� abajo estamos aplicando programas inform�ticos de gesti�n de la interfaz de la red m�vil, y no solamente para la India.</p><p>De este modo Jan supo que cada tel�fono m�vil est� dotado de un m�dulo, o chip, que comunica con la estaci�n de radio de su operador. El m�vil tiene que funcionar en cualquier momento, y por ese motivo siempre tiene que reconocer los repetidores m�s cercanos con los que puede comunicarse. El tel�fono emite se�ales continuamente y los repetidores devuelven una respuesta; de esa manera siempre est� listo para realizar una llamada. Si nos movemos o estamos en un lugar con poca cobertura, el m�vil intenta buscar con m�s intensidad una base de radio, transmitiendo se�ales m�s potentes. El tel�fono no s�lo tiene que conseguir dialogar con las estaciones de radio, sino que adem�s tiene que saber reconocer qu� repetidores pertenecen a su operador. Los componentes y los programas necesarios para ese proceso los estaba desarrollando y produciendo en parte la empresa de Jan en la India.</p><p>Kluge y los dos directores, ambos claramente sorprendidos y contrarios a la decisi�n, estuvieron discutiendo durante media hora m�s. Jan se pregunt� si deb�a intervenir y plantear su an�lisis, que conllevaba una perspectiva opuesta a la que Kluge hab�a presentado, pero las normas dictan que un buen subordinado no debe contradecir nunca a su jefe, al menos en p�blico.</p><p>Al final Lee tom� la palabra y puso fin al debate.</p><p>��Lamentablemente la decisi�n est� tomada. El consejo de administraci�n ha establecido otras prioridades y nosotros no podemos oponernos, aunque no nos guste. Tendremos otras oportunidades en el futuro. Intentaremos reaccionar ante los da�os que puedan derivarse y no haremos p�blica la noticia hasta que hayamos dise�ado toda la comunicaci�n interna y externa. Les deseo muy buenas noches.</p><p>Dicho y hecho, Lee se levant�, cogi� a Kluge por debajo del brazo y ambos se dirigieron hacia sus despachos.</p><p>Jan desconect� su ordenador del proyector, se despidi� de los dos directores que todav�a estaban discutiendo sobre aquella decisi�n y se encamin� abatido hacia su despacho.</p><p>Una noche estupenda.</p><p>Decidi� que, si en el futuro volv�an a encargarle algo parecido, se leer�a las tres primeras p�ginas y presentar�a cuatro diapositivas: Cerrar, Ampliar, Estabilizar, y cerrar�a con una �ltima que preguntara: ��Qu� quieren hacer?�</p><p>Una vez hubo colocado el ordenador sobre el escritorio, Jan decidi� que se merec�a una cerveza y unas costillas de cerdo en el restaurante b�varo que estaba frente a la oficina o, mejor, quinientas cervezas, las mismas que las in�tiles p�ginas que se hab�a le�do.</p><p>Cuando hacia las once se dispon�a a salir vio que todav�a hab�a luz en el despacho del jefe. Bueno, se dijo, estar� decidiendo qu� me va a dar para leer ma�ana.</p><p>Mand� un sms a Julia, que todav�a estaba despierta. Estuvieron hablando un buen rato, los dos lo necesitaban.</p><p>A la ma�ana siguiente, a las siete y media, horario de samur�i, Jan ya estaba en la oficina. Su regla era: si sales tarde despu�s de haber estado trabajando con los jefes, entra muy temprano, los jefes lo tendr�n en cuenta. En cualquier otro caso, haz lo que te parezca.</p><p>Encontr� un mensaje del jefe sobre su escritorio. El mensaje que le asignaba su verdadero primer encargo.</p><p>Despu�s de leerlo se sent� y maldijo a la primera entidad que su escaso conocimiento religioso le sugiri�.</p><p>�Prepare con la secretaria los documentos para el visado. Acompa�ar� al doctor Lange a reestructurar nuestra filial india.�</p><p>Como primera tarea tendr�a que despedir a m�s de doscientas personas. �Maravilloso!</p><p>La secretaria le dijo que normalmente se necesitaban diez d�as para obtener el visado para la India; sin embargo, har�a lo imposible, teniendo en cuenta la urgencia dictada por el director financiero. Pues muy bien, pens� Jan, bastante triste por la ingrata perspectiva que ten�a en la India.</p><p>Consider� que, si normalmente se necesitaban diez d�as laborables para un visado, con las presiones correspondientes no iban a ser menos de tres. Era viernes por la ma�ana, as� que no ser�a posible tenerlo antes del mi�rcoles. Esa idea lo tranquiliz� en parte.</p><p>Al d�a siguiente Jan recibi� un sms del jefe: �Visado listo, nos vemos a las 17.00 en la oficina.�</p><p>No parec�a una pregunta, as� que despu�s de una comida pantagru�lica, seguramente la �ltima durante un largo per�odo, se present� en el trabajo con una peque�a maleta, listo para salir de viaje.</p><p>La escondi� en el despacho, temiendo que el jefe pudiera cambiar de idea y decidiera que partiera el lunes.</p><p>��Gracias por haber venido.</p><p>��No hay de qu�.</p><p>��Me gustar�a que acompa�ara al doctor Lange a Bombay ma�ana por la tarde y le entregara esta carta al se�or Nigam, el director indio.</p><p>���Tengo que hacer algo m�s?</p><p>��Ayude al doctor Lange y regrese con �l.</p><p>Y �cu�nto tiempo iba a estar el doctor Lange en la India del carajo? �Tres a�os? �Cuatro? Jan prefiri� traducir esas palabras a un lenguaje m�s diplom�tico.</p><p>���Cu�nto cree que durar� la reestructuraci�n, doctor Kluge?</p><p>��Lo decidir� Lange.</p><p>Sigui� otra media hora de conversaci�n m�s cordial, durante la cual el doctor Kluge se disculp� por ese inicio tan movido, y asegur� que, despu�s de lo de la India, se concentrar�an en un par de proyectos a medio y largo plazo. Jan se despidi� amablemente y volvi� a darle las gracias por esa estupenda oportunidad.</p><p>De camino a casa, mientras pasaba por delante del cartel publicitario de una pel�cula norteamericana, maldijo la industria cinematogr�fica, culpable de promover la imagen del directivo de �xito al que, a su regreso de un vuelo intercontinental despu�s de haber cerrado un negocio fant�stico, a�n le queda suficiente energ�a para pasar momentos memorables con su familia.</p><p>Menos mal que Julia y los ni�os todav�a estaban en Mil�n.</p><p>Cogi� el tel�fono y los llam�: necesitaba o�r sus voces.</p></section><section><title><p id="_Toc308278958">La India</p></title><p>Metro hasta el aeropuerto, una hora de espera. Vuelo a Frankfurt, cambio de terminal, otras dos horas de espera. Embarque para la India, ocho horas y media de vuelo. Llegada al amanecer. Jan, clase turista, horas de sue�o: cero. El doctor Lange, clase <emphasis>business</emphasis>, como nuevo.</p><p>Tras todas esas horas de viaje, Jan so�aba con darse una ducha, pero decidieron ir inmediatamente a la oficina porque desde que hab�an aterrizado hasta que salieron del aeropuerto hab�an perdido dos horas m�s.</p><p>La oficina de Bombay se encontraba cerca de la playa, en una zona de hoteles, y estaba rodeada por guardias de seguridad. Los edificios de las empresas extranjeras estaban sometidos a una rigurosa vigilancia por el temor a sufrir atentados terroristas. En la primera planta ten�a su sede la empresa de Jan. Los alquileres eran caros, incluso para un espacio tan peque�o como �se, aunque no se pod�a decir lo mismo de la cantidad de personal contratado as� que era preferible aplicar la f�rmula �poco espacio, mucha gente�. S�lo Nigam ten�a un despacho de diez metros cuadrados. Espacioso y con un solo inconveniente: no ten�a ventanas. Despu�s de las presentaciones se sentaron ante una mesa redonda con cuatro sillas diferentes entre s�. Antes de tumbarse al sol en la piscina del hotel, Jan ten�a una misi�n que cumplir. Entreg� la carta a Nigam.</p><p>��De parte del doctor Kluge.</p><p>Lange le lanz� una mirada, probablemente porque no hab�a sido advertido de ese acto inesperado. Pero Kluge hab�a sido claro: �No la lea, no la abra, no se lo diga a nadie.�</p><p>Aunque ese hecho hab�a puesto en marcha su fantas�a, Jan, como fiel empleado reci�n incorporado, se hab�a atenido a las instrucciones.</p><empty-line/><p>Mientras tanto, en M�nich, el doctor Kluge se preguntaba si hab�a hecho bien al confiar la carta a alguien que no conoc�a en absoluto. Estaba convencido de que hab�a hecho lo correcto, pero no ten�a ninguna importancia, ya que hab�a pedido al jefe de seguridad que viajara a la India. Mir� el reloj, dentro de poco lo llamar�an.</p><p>Kluge se gir� y volvi� a leer el t�tulo del estudio que ten�a sobre la mesa. Cerr� los ojos. Intent� relajarse, le dol�a el pecho.</p><p>Son� el tel�fono. Era Nigam.</p><p>��Me imagino que es el c�digo cifrado de la cuenta.</p><p>��Si va todo como acordamos, estar� activo a partir de pasado ma�ana.</p><p>���Qu� motivo hab�a para confi�rselo a ese mequetrefe?</p><p>��Necesitaba un testigo, en el caso de que usted cambiara de idea en el futuro.</p><p>��Comprendo, gracias por su confianza. No se preocupe, todo saldr� bien. Adi�s.</p><p>��Adi�s.</p><p>El dinero siempre ganaba.</p><p>Record� que Lee no estaba convencido de que fuera la mejor manera de actuar. Pero al final �l hab�a conseguido convencerlo: los datos que ten�a en su poder eran irrefutables.</p><empty-line/><p>Lange y Jan se quedaron algo estupefactos cuando Nigam, despu�s de haber le�do la primera l�nea de la carta, les dijo que hab�a recibido instrucciones que lo obligaban a continuar en privado y, excus�ndose, los dej� en su despacho.</p><p>Lange pregunt� a Jan qu� demonios dec�a esa carta: una pregunta agresiva para la que, lamentablemente, �l no ten�a respuesta.</p><p>El directivo indio regres� un cuarto de hora m�s tarde. En vista de las miradas interrogativas de los presentes, aclar�:</p><p>��Perdonen, era una petici�n privada: me imagino que conocen la pasi�n del jefe por el arte indio.</p><p>Lange asinti� y Jan hizo lo mismo, para no dejar entrever que el jefe no ten�a una relaci�n estrecha tambi�n con �l.</p><p>Como Lange se hab�a hecho otra idea, quiso asegurarse.</p><p>���No dec�a nada respecto a la raz�n de nuestra visita?</p><p>��No, de hecho, �a qu� debo su visita? M�s bien imprevista e inesperada, tengo que admitir.</p><p>��Se�or Nigam, lamento tener que comunicarle que el consejo de administraci�n ha decidido redimensionar nuestras operaciones en la India.</p><p>A Jan le parec�a m�s una carnicer�a que un redimensionamiento, pero Nigam, en vez de inquietarse, pareci� adoptar una expresi�n satisfecha. Intentaba prestar atenci�n mientras so�aba con su nueva casa, las actrices de Bollywood a las que invitar�a, la ropa, los relojes. Le importaban un pimiento esos cuatro desgraciados. Ojal� los mandaran a todos a casa.</p><p>Nigam se puso en pie de un salto.</p><p>���Qu� quiere decir redimensionar? Si no invierten en la India, actualmente el pa�s del futuro, �d�nde quieren invertir? Y �a qui�n quieren mandar a casa? Aqu� todos trabajan para la empresa, se dejan el alma, creen en ella. �C�mo se lo van a explicar?</p><p>��Se�or Nigam� -Lange hab�a vivido escenas peores a lo largo de su carrera, pero en ese momento Jan comprendi� que se trataba de un aspecto de su trabajo que segu�a detestando-. Se�or Nigam, nos vemos empujados por profundos motivos que podemos explicarle f�cilmente. Por favor, Jan, �quiere hacerlo usted, que estaba presente en la reuni�n?</p><p>�l balbuce� un �Por supuesto, doctor Lange�, al tiempo que pensaba: Qu� colega tan simp�tico, cuando volvamos le voy a rayar el coche.</p><p>��Mire, se�or Nigam, el consejo de administraci�n ha decidido que a corto plazo existen objetivos m�s rentables que la India. Como dec�a el doctor Lange, se trata de una reducci�n temporal, y no de un cierre, de nuestra sede aqu�. Seguir� habiendo una oficina con diez empleados que usted seguir� dirigiendo como ha hecho siempre.</p><p>��Y �el centro de Bangalore?</p><p>��Habr� que cerrarlo -respondi� Jan haciendo esfuerzos por continuar.</p><p>��Pero si lo que nosotros estamos desarrollando se usa en todos nuestros m�viles, �qu� sentido tiene? �D�nde van a encontrar mano de obra cualificada a esos precios? -estall� Nigam.</p><p>Jan contest� repitiendo las palabras de Kluge:</p><p>��Tenemos otro centro de desarrollo similar que en este momento no se est� utilizando completamente. Desplazaremos nuestra capacidad de producci�n a China, a Shangh�i, sin que se deriven otros gastos para la empresa.</p><p>Nigam dispar� una �ltima frase con efecto.</p><p>���Un operario indio vale lo mismo que diez jodidos chinos!</p><p>A Lange le pareci� que la peor parte ya hab�a acabado: la verdad es que esperaba que fuera peor. As� que volvi� a coger las riendas de la conversaci�n.</p><p>��Se�or Nigam, lo sentimos tanto como usted, pero por desgracia el consejo ha tomado esa decisi�n y tenemos que acatarla de la mejor manera posible. Yo sugerir�a que se informara al responsable de recursos humanos y, junto a �l, se seleccionara el personal b�sico para la empresa. Despu�s de eso, discutiremos el plan de despido para los dem�s.</p><p>��El director de personal soy yo, tenemos un contable para los pagos, nada m�s. Mu�streme el organigrama y veamos c�mo podemos resolver este problema -dijo Nigam.</p><p>A Jan le parec�a que estaba sonriendo: quiz� los indios son como los chinos, que r�en cuando se sienten inc�modos, pero cuanto m�s lo miraba, m�s contento le parec�a. Nigam, tal vez notando la mirada de Jan Tes, se puso serio, volviendo a echar pestes de la China, el Gran Imperio del Centro.</p><p>Tras seis horas de negociaciones, la sede de Bombay estaba liquidada. A los que aceptaran el plan de redimensionamiento se les ofrecer�a un a�o de salario neto, lo que significaba una media de seis mil d�lares por persona. Los que no aceptaran ser�an despedidos y punto. Parec�a una decisi�n sencilla para los empleados, pens� Jan. Con noventa mil d�lares iban a mandar a casa a quince personas. Y eso que Nigam hab�a propuesto una cantidad muy inferior: �un jefe ideal!</p><p>Hacia las cuatro de la tarde Lange empez� a mostrar los primeros s�ntomas de cansancio, as� que decidi� dejar para el d�a siguiente la cuesti�n de Bangalore. Despu�s de un cuarto de hora de conversaci�n privada entre Nigam y Lange, estaban listos para marcharse.</p><p>El ch�fer de la empresa los acompa�� al hotel. Jan no pod�a creer que por fin fuera a darse una ducha, despu�s de la cual nadie le quitar�a quince horas de sue�o. En el coche se enter� de su destino inmediato, que contrastaba ligeramente con el plan A.</p><p>��Oiga, Jan -empez� a decir Lange-, antes de nada le agradezco la valiosa ayuda que me ha prestado hoy. Por desgracia me acaban de convocar en M�nich, por lo que tengo que pedirle que siga adelante con este proyecto usted solo. De todos modos, lo ayudar� una colega m�a que llegar� ma�ana y, obviamente, puede llamarme en cualquier momento en caso de dificultades. Si le parece quedamos en el hotel para dise�ar un plan de acci�n. Ya he informado al se�or Nigam de que usted ser� quien contin�e el trabajo.</p><p>��Doctor Lange, no llevo en la empresa ni dos semanas: �est� seguro? -objet� Jan con cierta sorpresa.</p><p>��Mire, usted es una persona competente, de no ser as� no me fiar�a de dejarlo solo. Pero tenga presente que estamos en la India, no en Londres o en Par�s. Dispone usted de un presupuesto para cubrir las indemnizaciones equivalente al salario anual neto de un empleado de aqu�. Esta gente encontrar� empleo en una semana, en Bangalore hay m�s demanda que oferta para t�cnicos especializados como los nuestros. Y, adem�s, si consiguiera ajustar a la baja la cantidad que le he asignado (y, cr�ame, ser� pan comido), habr� hecho un magn�fico trabajo y tendr� todo mi reconocimiento dentro de la empresa.</p><p>�stos me van a despedir en Bangalore, asqueroso cabr�n, fue la en�sima frase que Jan no pronunci�.</p><p>��Como quiera, pero tendr� que llamar a Kluge para saber si est� de acuerdo.</p><p>��No se preocupe, yo lo llamar� en cuanto lleguemos al hotel. Si hay alg�n problema, ya buscaremos otra soluci�n.</p><p>El ch�fer, mientras tanto, ten�a que pelearse con los mendigos, en su mayor�a tullidos, que en cada sem�foro se pegaban a las ventanillas para pedir limosna. As� es como van a acabar nuestros t�cnicos, pens� Jan. �l y Lange se alojaban en un hotel de cinco estrellas de una cadena internacional, con vistas a la bah�a. Despu�s de registrarse quedaron en encontrarse en la piscina media hora despu�s para revisar las instrucciones m�s en detalle. El doctor Lange se ir�a a las tres de la madrugada, el c�modo horario de salida de casi todos los vuelos de la India a Europa.</p><p>Cuando lleg� a su habitaci�n, Jan llam� a Julia: la distancia aumentaba su deseo de verla, de abrazarla, de estar con sus hijos. Despu�s de hablar con Samuele y Anna, intent� hacer a su mujer un resumen optimista de la jornada, subrayando las ventajas y dejando de lado los posibles inconvenientes. A Julia le encantaba la India y le apenaba no poder compartir la gran oportunidad que se le hab�a presentado a su marido. Le dese� todo el �xito posible.</p><p>Concluida la llamada, Jan mir� el reloj: ten�a que acudir a su cita. Se puso el ba�ador, unos pantalones cortos y una camiseta y se dirigi� al ascensor. La piscina estaba al aire libre, aprovechando el buen clima. El doctor Lange estaba sentado bajo una sombrilla y disfrutaba del panorama. Al acercarse, Jan se dio cuenta de que estaba hablando por el m�vil. Su colega le hizo una se�a para que se sentara. Cuando lleg� el camarero Jan intent� descifrar si Lange estaba tomando una bebida con alcohol o no, para pedir lo mismo y as� acompa�arlo.</p><p>Tr�igame una cerveza y un paquete de tabaco, que no fumo desde ayer, le suger�a su mente.</p><p>��Una coca-cola, por favor -sali� de su boca.</p><p>Lange termin� la llamada, luego dijo:</p><p>��Parece que Kluge le tiene afecto. Si es necesario puede disponer de un presupuesto equivalente a dos a�os de salario neto, aunque yo le he asegurado que uno era m�s que suficiente. �Lo ve?, al final es Nigam el responsable de las negociaciones, usted s�lo tendr� que proporcionar los par�metros de los despidos y asegurarse de que el centro se cierre como m�ximo a final de mes.</p><p>���Qu� tengo que hacer si la situaci�n se me escapa de las manos, con huelgas, la prensa y todo lo dem�s? -aventur� Jan.</p><p>��Estamos en la India, los empleados reciben el sueldo de un a�o con la perspectiva concreta de encontrar un nuevo trabajo retribuido, quiz� mejor que el que tienen ahora, en el plazo de tres meses. �Usted qu� har�a? El comunicado oficial ya casi lo tenemos listo: cuando se haya resuelto la situaci�n en Bangalore, Nigam convocar� una rueda de prensa para anunciar nuestro cambio de intenciones a corto plazo y nuestro prop�sito de invertir doscientos millones de euros en una f�brica a partir de 2012.</p><p>���Y eso de d�nde sale? -pregunt� Jan, cada vez m�s desplazado.</p><p>��De la voluntad de Kluge de conservar la buena relaci�n que tenemos con el gobierno indio. Pasado ma�ana un par de nuestros asesores estar�n en Delhi para hablar con el gobierno y presentar el proyecto.</p><p>Discutieron los detalles durante media hora m�s, tras lo cual Lange se despidi� porque todav�a ten�a que hacer dos conferencias telef�nicas antes de descansar un par de horas. Coger un avi�n a las tres de la madrugada era una pesadilla, en eso Jan estaba de acuerdo. Lo que le costaba compartir era la l�gica empresarial: estaban dispuestos a ofrecer a esa gente el sueldo de dos a�os con tal de que se fueran a casa para luego volver a contratar el doble de trabajadores dos a�os m�s tarde. De todos modos, cuando trabajaba en el banco, hab�a visto cosas incluso peores. Salud� a Lange, que se despidi� con un �buena suerte�. Una vez solo al lado de la piscina, Jan pidi� inmediatamente una cerveza y un paquete de cigarrillos. Quer�a disfrutar de la puesta de sol. �Qu� maravilla! Desde la terraza de la piscina pod�a ver toda la bah�a de Bombay. La ciudad era enorme. Se levant� un ligero viento, cargado de sal. �l se acerc� a la balaustrada de la terraza.</p><p>Empez� a mirar el paseo que bordeaba la bah�a delante del hotel. No hab�a mucha gente: algunos vendedores en diminutos puestos construidos con lo que encontraban por la calle. Desde esa distancia no ve�a con claridad qu� era lo que vend�an. Se fij� en un anciano que se arrastraba recogiendo latas y botellas de pl�stico. Llevaba un saco transparente a la espalda lleno del fruto de su esfuerzo. Tambi�n hab�a dos pescadores, pero prefer�a no saber qu� era lo que se pod�a pescar en aquellas aguas. S�lo esperaba que lo que fuera que saliera de aquel caldo marr�n no acabara en la cocina de los restaurantes donde ir�a a comer o a cenar durante su estancia.</p><p>Asom�ndose un poco m�s, Jan pudo ver lo que ocurr�a delante de la entrada de su hotel. Hab�a dos filas de taxis aparcados a ambos lados de la calle, dos coches de lujo justo delante de la puerta, y porteros, mozos, curiosos, militares, polic�as, taxistas, que daban vida a la cl�sica rutina de la entrada de un importante hotel internacional.</p><p>Con la diferencia de que se encontraba en la India, y se notaba. Jan se la hab�a imaginado algo diferente, aunque tampoco es que tuviera ninguna expectativa muy concreta. Se imaginaba el pa�s a partir de los diversos reportajes period�sticos y las exposiciones fotogr�ficas que hab�a visto. Unas fotos de las que recordaba los colores �nicos, tanto de los paisajes como de la ropa, aunque tambi�n la enorme miseria: las condiciones de vida de los habitantes de la periferia de las grandes ciudades, las condiciones en que viv�an las mujeres, sin olvidar las condiciones de vida de las prostitutas. Durante muchos a�os, Jan hab�a sido un apasionado de la fotograf�a. A pesar de que hac�a mucho tiempo que no la compraba, ten�a que admitir que los reportajes fotogr�ficos de la revista francesa <emphasis>Photo</emphasis> hab�an contribuido en gran parte a la idea que se hab�a creado de la India. Y esa breve estancia no hab�a hecho otra cosa que confirm�rsela. El trayecto del aeropuerto a la oficina y desde all� al hotel hab�a sido una revelaci�n. Los colores, las aglomeraciones de personas a ambos lados de las calles, los olores, entre ellos la contaminaci�n de los tubos de escape de los camiones, dominaban cualquier otra cosa. As� era como se lo hab�a imaginado.</p><p>Por otra parte, Jan tambi�n hab�a seguido de cerca el desarrollo econ�mico del pa�s en los �ltimos a�os, su <emphasis>boom</emphasis> en el sector servicios, la explosi�n del consumo interior. Esperaba ver parte de ese desarrollo y de ese nuevo bienestar reflejado en las infraestructuras y en la edificaci�n urbana. No era as�: los edificios ruinosos y los atascos de tr�fico eran algunas de las atracciones de la ciudad.</p><p>Se volvi� hacia la terraza. No hab�a nadie en la piscina, excepto el piloto de Lufthansa que los hab�a llevado hasta all� y unos veinte cuervos que acud�an a beber agua dulce gratis. Incluso dos buitres hicieron una parada para abrevar. Ver buitres en la ciudad no era un fen�meno usual en Europa. Aqu�llos no eran muy grandes, s�lo un poco mayores que los cuervos con los que compart�an el agua, pero la cabeza era una miniatura del m�s conocido c�ndor, y ese particular no dejaba dudas sobre la rama biol�gica a la que pertenec�an.</p><p>Pod�an ser los mismos buitres que se alimentaban de los cad�veres expuestos en las Torres del Silencio del cementerio parsi situado en Malabar Hill, no lejos del hotel. Hab�a le�do sobre esa costumbre en la gu�a de la India que hab�a comprado en M�nich y que hab�a hojeado un par de veces en el avi�n.</p><p>Bombay y sus alrededores es el lugar con la mayor concentraci�n de parsis del pa�s. No quedan muchos, quiz� cien mil en todo el mundo. Proceden de la Persia iran� y se establecieron en la India hace m�s de mil a�os. A pesar de ser relativamente pocos, los parsis todav�a representan una minor�a culta y muy influyente. Adem�s de los miembros de la familia Tata, una de las m�s poderosas de la India, tambi�n Freddie Mercury, alias <emphasis>Farrokh Bulsara</emphasis>, pertenec�a a dicha etnia. Es un rito para los parsis exponer el cuerpo de los difuntos en unos edificios abiertos, las Torres del Silencio, y dejarlos a la merced de las aves rapaces. Es una pr�ctica controvertida en la ciudad de Bombay, principalmente porque el n�mero de buitres se ha reducido de manera dr�stica a causa de la contaminaci�n y del uso abusivo de pesticidas. Con menos buitres disponibles, el per�odo de �descomposici�n asistida� se ha dilatado mucho, con el consiguiente empeoramiento de la calidad del aire en las zonas lim�trofes al cementerio.</p><p>Jan la consideraba una pr�ctica aceptable, con la condici�n de que el lugar elegido para el rito estuviera alejado de la ciudad. Con todo, le provocaba cierta impresi�n ver a las aves beber en la que deb�a de ser una de las piscinas m�s exclusivas de la ciudad.</p><p>A la segunda cerveza y el segundo cigarrillo Jan se fij� en un hombre que estaba leyendo el peri�dico sentado en el otro extremo de la gran terraza. Le pareci� un rostro familiar, pero a esa distancia no pod�a estar seguro. Decidi� llamar a Andreas para charlar un rato, pero encontr� a Ulrike. Extra�amente, a pesar de estar viviendo con ellos en M�nich, s�lo hab�a podido verla los dos primeros d�as, ya que despu�s se hab�a retirado en clausura para trabajar en un importante proyecto del que tampoco sab�a nada.</p><p>��Hola, Jan -lo salud� reconociendo en seguida su voz-. �Qu� tal todo por Bombay?</p><p>��Todo bien. Me estoy tomando una cerveza y admirando el espect�culo de la bah�a. Y �t� qu� haces en casa a estas horas? -pregunt� �l, ya que acababa de darse cuenta de que en M�nich eran las tres de la tarde de un lunes laborable.</p><p>��Estoy preparando la maleta, me voy a Londres para una conferencia. Quiz� te interese saber que en Inglaterra un estudio aconseja que no se den tel�fonos m�viles a los chicos menores de catorce a�os, y me han invitado en calidad de experta a un debate organizado por el ente gubernamental responsable de las telecomunicaciones.</p><p>���Tengo que buscarme otro empleo?</p><p>���Por qu�? �Crees que hoy en d�a se puede convencer a los adolescentes de que no usen el m�vil?</p><p>��No, a menos que los mates. Si hablas con Andreas, sal�dalo de mi parte. Que tengas un buen viaje y buena suerte en la conferencia.</p><p>��Se lo dir�, no te preocupes. �Cu�ndo vuelves?</p><p>��Espero que dentro de un par de d�as, despido a doscientas treinta personas y regreso por mar en tres paquetes distintos.</p><p>��Hasta pronto, Jan, y no te olvides de meter un sari para m� en uno de esos tres paquetes.</p><p>��No lo olvidar�, hasta pronto.</p><p>Ulrike era experta en tel�fonos m�viles y en sus presuntos efectos colaterales. Jan nunca hab�a profundizado mucho en lo que en realidad significaba ser un experto en ondas electromagn�ticas, ni tampoco Ulrike y Andreas hab�an entablado nunca una conversaci�n que mencionara la posible peligrosidad de los productos que vend�a su nueva empresa. Quiz� era una cuesti�n de tacto, pens� �l.</p><p>Ya hab�a le�do la noticia de que en Inglaterra un ente gubernamental hab�a desaconsejado el uso de los tel�fonos m�viles a los menores de catorce a�os, pero no hab�a notado reacciones de p�nico en el sector, al contrario. Los expertos esperaban que el �ndice de expansi�n de los m�viles alcanzara en 2012 la franja de edad que empezaba a los siete a�os. Pensando en sus hijos, que todav�a no hab�an llegado a esa edad, pero que prefer�an jugar con los m�viles de sus padres que con sus juguetes, le pareci� un panorama realista.</p><p>Luego se acord� de todas las veces que no hab�a conseguido decir que no a los deseos inoportunos de sus hijos, y se convenci� de que tambi�n ellos, cuando tuvieran edad, tendr�an su m�vil, si es que para entonces la ley no los hab�a prohibido. Por otro lado, los chicos menores de diez a�os representaban la categor�a de usuarios que todav�a faltaba, y la verdad es que no ser�a dif�cil obtenerla. S�lo hab�a que incidir en el aspecto de la seguridad. �A qu� padre no le gustar�a que su hijo estuviera siempre localizable?</p><p>Sus pensamientos fueron interrumpidos por un conserje que le pregunt� si era �l, porque en tal caso hab�a una persona llamada Nigam que le rogaba que contactara urgentemente con �l. Bien, muchas gracias, �desde d�nde puedo llamarlo? Lamentablemente s�lo desde recepci�n o desde la habitaci�n, tenga el n�mero.</p><p>Jan se levant� lentamente, a rega�adientes, para ir hasta su habitaci�n.</p><p>��S�, �Nigam?</p><p>��Se�or Jan, gracias por llamarme, perd�neme que lo moleste, me preguntaba si le apetecer�a salir esta noche a tomar algo, una cosa r�pida, ya que me imagino que estar� muy cansado del viaje.</p><p>Jan sent�a todav�a una ligera embriaguez provocada por la cerveza y le pareci� que tampoco estaba tan cansado, as� que acept� de buen grado. No iba a tener muchas m�s oportunidades de ver Bombay de noche con alguien del lugar.</p><p>Despu�s de ducharse y afeitarse, se mir� al espejo con aire interrogante. Quer�a ver si se notaba que �ltimamente hab�a dormido poco.</p><p>A las ocho Nigam lleg� al vest�bulo del hotel, y Jan, al que mientras tanto se le hab�a pasado la dosis de energ�a y esperaba que un milagro cancelara la cita, fue a recibirlo tendi�ndole la mano.</p><p>En el coche Nigam decidi� que hab�a que ir a comer algo antes de beberse un par de c�cteles en el Passepartout, un bar de moda entre los indios bien, situado en un hotel de lujo de la ciudad. Jan retras� mentalmente la hora de irse a la cama de las diez a las doce de la noche.</p><p>El restaurante no se encontraba lejos del hotel, y el ch�fer, que aparentemente quer�a quedar bien, condujo como si llegara tarde a su boda. Tan bien quiso hacerlo que, intern�ndose en la en�sima callejuela-atajo, le dio de lleno a una de esas vacas sagradas que viven de desechos y donaciones. El pobre animal se encontraba ahora echado ante el cap� abollado del Audi con al menos dos patas horriblemente rotas y quiz� alguna cosa m�s. Jan estaba seguro de que para el ch�fer, culpable de tal sacrilegio, no hab�a ninguna esperanza, mientras se preguntaba si tambi�n exist�an penas para los pasajeros.</p><p>Entre una imprecaci�n y otra, Nigam encontr� tiempo para tranquilizar a Jan.</p><p>��No se preocupe, sucede todos los d�as, a esas pobres bestias no deber�a permit�rseles vivir en este tipo de ciudades, llenas de tr�fico.</p><p>Mientras tanto se hab�a congregado una peque�a multitud de curiosos que -qui�n sabe de d�nde hab�an salido- comentaban con gran �nfasis los da�os que hab�a sufrido el coche de lujo. La salud del animal parec�a no importarle a nadie, y Jan pens� que no deb�an de considerarlo tan sagrado como todo el mundo cre�a.</p><p>Nigam baj� del coche y empez� a confabular con algunos de los curiosos. Jan le vio meter la mano en la cartera y entregar billetes a uno de ellos, luego volvi� a subir al coche y orden� al ch�fer que prosiguiera.</p><p>Tras volver la cabeza, Jan pudo ver que algunos de entre los presentes arrastraban al animal por el arc�n y dejaban que muriera all�.</p><p>��Si se est� preguntando qu� va a suceder, no suceder� nada. Por desgracia estas cosas ocurren todos los d�as, en Delhi todav�a m�s, porque hay vacas por todas partes. Pero ya ver� como esto tambi�n cambiar�. Espero que nuestro ch�fer no le haya quitado el apetito -dijo Nigam, tras lo cual se dirigi� directamente al hombre en hindi mencionando la palabra Audi por lo menos diez veces.</p><p>El conductor estaba conmocionado. Probablemente tendr�a que trabajar gratis durante los pr�ximos cinco a�os para reparar el da�o que hab�a causado a su amo, pero al menos ahora conduc�a despacio, mejor dicho, muy despacio.</p><p>Por fin llegaron al Star of India, nombre del que se hab�a abusado mucho en el mundo de la gastronom�a india.</p><p>Nigam pidi� por los dos, pero qued� gratamente sorprendido por el espl�ndido conocimiento que Jan mostr� tener de los platos indios. Aunque no hab�a abierto ning�n restaurante, s� hab�a logrado hacerse una cultura culinaria despu�s de frecuentar durante dos meses todos los restaurantes indios de Mil�n.</p><p>���Cu�nto tiempo hace que trabaja para Kluge? -pregunt� Nigam.</p><p>��Casi dos semanas, me he trasladado hace poco de Mil�n a M�nich. Antes trabajaba en un banco de inversiones en Italia.</p><p>���Y ha abandonado el dinero f�cil para entrar en una industria de locos?</p><p>��No me parec�a tan f�cil, y estoy acostumbrado a los locos.</p><p>Durante la conversaci�n que sigui� se estuvieron estudiando el uno al otro, haci�ndose una pregunta tras otra: familia, visi�n del mercado, pasiones deportivas, Bollywood y sus reglas, Indira Gandhi.</p><p>A Nigam le gustaba aquel tipo, era distinto de los que hasta el momento hab�a conocido en M�nich. Era inteligente e ir�nico y, algo muy importante, no se tomaba muy en serio a s� mismo. Sin embargo, una cosa estaba clara: Kluge no le hab�a informado del verdadero motivo por el que se redimensionaba la filial india y, sobre todo, por qu� se cerraba Bangalore. Esa �ltima decisi�n, a pesar de todo el dinero que le hab�an ofrecido, era algo que Nigam no se ve�a capaz de llevar a cabo, no lograba entenderlo. Pero la cantidad que se barajaba era demasiado importante para que �l se obstinara en buscar la verdad.</p><p>Cuando acabaron de cenar fueron hasta el coche para seguir la velada en el Passepartout. El ch�fer estaba de pie delante del cap�, discutiendo con otros ch�feres, seguramente sobre los da�os que se apreciaban. Leyendo la desesperaci�n en sus ojos, a Jan se le ocurri� preguntarle a Nigam si el coche tambi�n estaba asegurado ante eventualidades de ese tipo.</p><p>��Querido Jan, por supuesto que s�, pero eso no significa que �l tenga que saberlo. No hay nada mejor que un empleado que se siente culpable o en deuda.</p><p>��No me pida nunca que conduzca en Bombay -respondi� Jan sonriendo entre dientes.</p><p>El Passepartout era un bonito local con acceso independiente, en el interior de un hotel de cinco estrellas. Seguramente no habr�a desentonado en Londres o Nueva York, con la �nica diferencia de que los quince clientes que Jan cont� eran todos hombres. Su n�mero fue en aumento durante las dos horas siguientes, mientras que el de las mujeres qued� invariable. La India y las mujeres, un misterio de dif�cil comprensi�n para Jan. Por otro lado, incluso Nigam, que hab�a estudiado seis a�os en Estados Unidos, hab�a aceptado un matrimonio concertado por la familia. La explicaci�n era l�gica: nadie te conoce mejor que tu madre y tu padre, as� que tienen la responsabilidad de encontrar la mejor esposa para su hijo. Para apoyar esta tesis a�ad�a el hecho de que el n�mero de divorcios en la India era muy bajo comparado con el de Estados Unidos o Alemania. Este dato demostraba por s� solo la eficacia del m�todo, seg�n Nigam. Jan se acord� de un libro que hab�a le�do sobre la condici�n social de las mujeres divorciadas en la India, pero se guard� mucho de sacar el tema.</p><p>Mientras tanto, un voluntarioso disc-jockey hab�a empezado a caldear el ambiente con algunos temas a los que aparentemente nadie pod�a resistirse. La mayor�a de los clientes se apresuraron a situarse en el rect�ngulo destinado al baile, cosa normal si no hubiera sido por el hecho de que todos eran hombres. Jan rechaz� la invitaci�n de Nigam: necesitaba tomarse algunos c�cteles m�s para atreverse a bailar con una mujer, y con un hombre ni digamos.</p><p>A medianoche, el cansancio se sum� al alcohol, y Jan le pidi� amablemente que le acompa�ara al hotel.</p><p>��Amigo m�o -a Nigam le hab�a dado por el lado fraternal, probablemente animado por los tres Chivas que se hab�a tomado-, ahora iremos a la fiesta privada que ofrece un conocido director. Lo que no has encontrado aqu� lo encontrar�s all� -y le gui�� el ojo.</p><p>���Me recuerdas a qu� hora sale el vuelo a Bangalore ma�ana por la ma�ana?</p><p>��Tarde, a mediod�a. Vamos, qu�date diez minutos; si est�s cansado mi ch�fer te llevar� luego de vuelta al hotel.</p></section><section><title><p id="_Toc308278959">La fiesta</p></title><p>Necesitaron una hora de coche para llegar a la fiesta y, mientras segu�an charlando, Jan intentaba descubrir a qu� remota parte de la ciudad se estaban dirigiendo. La fiesta se hab�a organizado para celebrar el final del rodaje de una pel�cula en la que la empresa hab�a invertido una peque�a suma para que en algunas escenas apareciera cierto modelo de m�vil. Se celebraba en una peque�a villa decr�pita de dos plantas, perdida en medio de ninguna parte. En la calle hab�a hileras de coches aparcados con sus correspondientes ch�feres durmiendo en el interior. Hasta all� llegaban la m�sica y las voces divertidas de una multitud de personas. Nigam iba pasado de vueltas y prometi� a Jan las mil y una noches. En la puerta montaban guardia dos gorilas que deb�an de conocerlo, ya que les abrieron la puerta con un ceremonioso saludo. La casa estaba atestada, no hab�a manera de moverse. Jan odiaba esa clase de fiestas. Necesitaba espacio.</p><p>Decidi�, pues, encontrar un lugar m�s tranquilo separ�ndose de Nigam, que en seguida se entretuvo con un grupo de hijos de pap� de la Bombay elegante. Detr�s de la casa hab�a un gran jard�n donde la densidad de poblaci�n por metro cuadrado parec�a m�s razonable. Encontr� incluso una silla con una mesa vac�a cerca de una piscina sucia. Desde all� pod�a observar a la gente con toda tranquilidad, cosa que siempre le hab�a gustado. Hab�a de todo: modelos, coristas medio desnudas, j�venes arribistas, otros menos j�venes pero igual de arribistas, camareros sudados y desencajados, se�oras vestidas de gran gala y gente m�s dif�cilmente clasificable. Todos rigurosamente indios.</p><p>Jan ten�a sue�o. Pidi� una �ltima cerveza al camarero. Era m�s de la una, le quedaba otra hora de coche hasta llegar al hotel. El camarero le sirvi� un Chivas caliente, las cervezas se hab�an terminado y hab�an enviado a alguien a comprar m�s. Terrible. Al segundo cigarrillo se present� en su mesa un tal Barthi j�nior, uno de los j�venes gallitos con los que Nigam se hab�a quedado hablando en el vest�bulo.</p><p>��Usted es uno de los jefes de M�nich, me ha dicho Nigam. �C�mo se encuentra en la India? -rompi� el hielo Barthi.</p><p>A Jan se le escap� una carcajada, pero no quiso empezar a discutir sobre la diferencia entre un jefe y un ejecutor de �rdenes.</p><p>��Para ser sincero hasta ahora no he visto mucho, pero Bombay es realmente fascinante. �Ha estado usted alguna vez en Europa?</p><p>��Estudi� en la London Business School, y todav�a paso un par de meses al a�o en Londres para ocuparme de los asuntos familiares. Pero he estado un poco por todas partes, Italia, Francia, Espa�a, Grecia, ya sea de vacaciones o por negocios.</p><p>Despu�s de diez minutos de simp�tica conversaci�n, Jan se excus�, estaba demasiado cansado y a la ma�ana siguiente le esperaba una larga jornada.</p><p>Por �nica respuesta Barthi j�nior invit� a la mesa a dos modelos que desde hac�a unos minutos estaban charlando all� al lado y que a Jan le pareci� que no esperaban otra cosa que esa invitaci�n.</p><p>��Shamira, Lisa, permitidme que os presente a Jan, el jefe de Nigam.</p><p>Estupendo, pens� Jan, ahora me tocar� ir directamente al aeropuerto desde aqu�.</p><p>Las dos chicas trabajaban para la principal agencia de modelos del pa�s, le explicaron a Jan, pero a diferencia de Barthi j�nior nunca hab�an cruzado la frontera. Ambas ten�an veintid�s a�os, eran altas, sobre un metro ochenta, y, en una palabra, eran guap�simas.</p><p>Barthi j�nior not� el cuarto bostezo de Jan y sac� del bolsillo de su chaqueta una cajita plateada de la que extrajo cuatro hojas dobladas en paquetitos rellenos de no se sab�a qu�. Despu�s de darles una a las dos ninfas, se trag� otra y le ofreci� la �ltima a Jan.</p><p>��Toma, coge, es una hoja de betel que dentro lleva una de nuestras especialidades. Te animar�.</p><p>��Te lo agradezco, pero es que tengo que irme.</p><p>��Mira c�mo baila Nigam: si ese viejo sigue el ritmo, t� no puedes ser menos -lo acuci� Barthi volvi�ndose hacia las cristaleras que daban al sal�n, donde su colega estaba bailando desenfrenado con una bonita chica que podr�a ser su hija.</p><p>���Qu� es exactamente este prodigio? -pregunt� Jan, resignado.</p><p>Todo natural, nada que resultara peligroso, fue la respuesta.</p><p>Las setas venenosas tambi�n son fruto de la naturaleza, consider� Jan, pero al ver que todos masticaban y chupaban aquella cosa decidi� que no deb�a de ser una droga especialmente peligrosa. Se llev� el paquetito a la boca y, una vez que la hoja se hubo desenvuelto, se liberaron unas piedrecitas que, seg�n las instrucciones, hab�a que ir chupando. El sabor era horrible y las chicas se rieron de la expresi�n de disgusto reflejada en la cara de Jan.</p><p>En un restaurante de Mil�n �l hab�a probado el <emphasis>paan</emphasis>, un suced�neo indio de los cigarrillos. En una hoja de nuez de betel se esparc�a una pasta extra�da del �rbol de la goma, despu�s se a�ad�an nueces de betel, tabaco, especias y, en algunos casos, az�car y fruta. Esa cosa creaba dependencia y, por lo visto, no hac�a ning�n bien. Seg�n algunos estudios m�dicos, en las poblaciones que lo consum�an espor�dicamente se contabilizaba una incidencia de tumores en la boca equivalente al doble respecto a las poblaciones que no lo consum�an. El efecto era similar al de un cigarrillo.</p><p>Entonces no le hab�a gustado y ahora todav�a le gustaba menos. Durante algunos minutos todos estuvieron m�s ocupados en terminar aquella delicia que en continuar con la conversaci�n.</p><p>���Has visto? No ha sido tan terrible -empez� a decir Barthi, que hab�a sido el primero en terminar su raci�n.</p><p>��Efectivamente�, estoy tan cansado como antes, pero al menos todav�a estoy vivo.</p><p>Las chicas se rieron por la sorprendente ocurrencia y pidieron cuatro whiskies con coca-cola al camarero. Una magn�fica idea para eliminar el sabor de detergente que se le hab�a quedado en la boca. Diez minutos despu�s el sue�o hab�a desaparecido, y veinte minutos m�s tarde se sent�a fresco como una rosa y exaltado como un adolescente.</p><p>Nunca hab�a sentido una sensaci�n de excitaci�n as�, pero �qu� se hab�a tomado? �Viagra mezclada con coca?</p><p>Se habr�a tirado a Shamira sobre la mesa, a Lisa en la silla y, si Barthi se hubiera entrometido, tambi�n se lo habr�a tirado a �l.</p><empty-line/><p>Se hab�a olvidado de todo: de ir a Bangalore al d�a siguiente, de los despidos, del cansancio, de Julia. S�lo se vive una vez. Ma�ana podr�amos no existir. Aquella cosa era extraordinaria. De jefe virtual de una multinacional pas� a convertirse en una m�quina de guerra, o al menos �sa fue su impresi�n. Le gustaba m�s Shamira, pero se las imaginaba desnudas a las dos abriendo una danza l�sbica para, a continuaci�n, ir directamente al grano. Entre un sue�o y otro y una serie infinita de cervezas, la conversaci�n prosigui� entre grandes carcajadas y una intimidad creciente.</p><p>Jan mir� el reloj.</p><p>�C�mo era posible?</p><p>Eran las dos y media, hab�a que acelerar. Le pareci� que Barthi notaba algo, porque invit� a Lisa a bailar. Perfecto, d�jame aqu� trabaj�ndome en serio a Shamira, agradeci� Jan. Sin embargo, para su pesar, Shamira tambi�n quiso bailar.</p><p>��Magn�fica idea -dijo �l escondiendo su desilusi�n.</p><p>Mientras se dirig�an al sal�n donde la gente bailaba tuvo necesidad de hacer una visita al ba�o. Se disculp� diciendo que en seguida se reunir�a con ellos.</p><p>Ya en el ba�o se mir� al espejo. Estaba destrozado. Daba asco, y entonces el cansancio volvi� a aflorar junto a la conciencia de que al d�a siguiente ten�a que trabajar. Era hora de irse, en seguida. Busc� a Nigam, sin resultado. Fue hasta la sala donde la gente bailaba y se fij� en que mayoritariamente s�lo quedaban hombres, pero no hab�a rastro de Barthi. Y tampoco de las dos chicas. Volvi� al jard�n, nada. Estaba mirando en las dem�s salas cuando un camarero se le acerc� y le dio una nota. �Hemos ido a por m�s gasolina. Volvemos dentro de treinta minutos. Barthi.�</p><p>Era el momento de irse. Le pidi� al mismo camarero si pod�a llamar a un taxi. Su respuesta fue que encontrar�a un par aparcados fuera. Gracias al cielo era verdad. Se acerc� al primero y despert� al ch�fer, que dorm�a tranquilamente en el asiento del conductor.</p><p>��Por favor, ll�veme al Sheraton.</p><p>��Por supuesto, se�or.</p><p>���Cu�nto tardaremos?</p><p>��Una hora, se�or. Estamos bastante lejos de Bombay.</p><p>��Vaya tranquilo, no tengo prisa -dijo forzando una sonrisa, y pens�: S�lo me faltar�a tener un accidente.</p><p>Para quien est� acostumbrado a las grandes metr�polis europeas, norteamericanas o chinas, donde en la periferia tambi�n hay farolas, tiendas y vallas publicitarias iluminadas, es dif�cil entender la noche de Bombay y sus alrededores. All� no hay toda esa luz, al contrario, la oscuridad es total, iluminada s�lo por los faros de los coches y los camiones, invariablemente de la marca Tata, que en la India circulan a todas horas.</p><p>Jan no era de los que se dorm�an en el coche, a menos que estuviera parado, y confi� en esa tradici�n, a pesar de estar muerto de cansancio.</p><p>La carretera era un desastre, no se pod�a ir a m�s de cuarenta por hora, tambi�n por culpa de los camiones decr�pitos que iban a paso de tortuga. Hab�a le�do en alg�n lugar que en la India mor�an cada a�o m�s de cien mil personas en accidentes de tr�fico, un r�cord mundial.</p><p>Cuando empezaron a vislumbrarse las primeras casas a los lados de la carretera eran las tres, media hora m�s y podr�a dormir. Hizo c�lculos: salida a mediod�a, una hora antes en el aeropuerto, media hora de taxi, despertador a las diez. Pod�a bastar, siempre era mejor que nada. Por desgracia, al siguiente sem�foro el plan result� ser demasiado optimista. Por la mediana iba caminando una familia y el ch�fer les pas� muy cerca antes de pararse en el sem�foro. Aparentemente el cabeza de familia hab�a tocado sin querer el espejo retrovisor con el codo y el taxista baj� la ventanilla para gritar en su direcci�n alguna frase que a Jan le result� incomprensible pero que no parec�a ser muy cari�osa. Apremi� al ch�fer para que continuara porque ten�a prisa, pero su petici�n no fue tomada en consideraci�n. Los dos hombres empezaron a vociferar el uno contra el otro y, al igual que hab�a sucedido en el atropello de la vaca sagrada, unas cuantas personas comenzaron a aparecer de no se sab�a d�nde.</p><p>Ahora el coche estaba rodeado de curiosos, que miraban con estupor a Jan y se pon�an del lado del desgraciado que a las tres de la madrugada iba andando por el centro de la carretera.</p><p>Jan descubri� que los indios eran m�s fogosos que los sicilianos, y ten�a la esperanza de que en esa parte del mundo tambi�n pudiera aplicarse el dicho: perro ladrador, poco mordedor. No era as�. A pesar de haberle gritado al ch�fer que siguiera adelante, incluso a costa de arrollar a esos cuatro desarrapados que bloqueaban la v�a, a �ste no se le ocurri� otra cosa m�s que salir y propinarle un pu�etazo en la boca a su rival. El hombre, de complexi�n m�s bien robusta, no tard� mucho en recuperarse y en responder del mismo modo al taxista. Y no fue el �nico. Algunos de los espectadores no pod�an creerse que iban a poder vengarse del taxista, que, a pesar de ser tan desgraciado como ellos, ten�a la suerte de conducir un coche.</p><p>��<emphasis>Stop, please, stop</emphasis>! -gritaba Jan sin esperanza de que lo escucharan.</p><p>S�lo cuando baj� del coche, quiz� a causa de su estatura, la gente dej� de ensa�arse con aquel idiota y se lo quedaron mirando con aire interrogativo. Jan ech� un vistazo a su alrededor, parec�a que el tiempo se hubiera detenido. Ten�a miedo.</p><p>De repente las fuerzas lo abandonaron. Estaba en medio de una carretera india, perdido en ninguna parte. Las �nicas luces, de los veh�culos que circulaban y del taxi detenido, estaban envueltas en una niebla de contaminaci�n y polvo que levantaban los camiones. Ten�a que poner fin a aquella extra�a inmovilidad, ten�a que decir algo.</p><p>Con voz temblorosa, que a �l mismo le sorprendi�, dijo:</p><p>��Por favor, dejen que nos vayamos. S�lo quiero volver al hotel, les dar� todo lo que tengo -y empez� a quitarse el reloj.</p><p>Los integrantes del grupo comenzaron a mirarse, dirigiendo finalmente sus miradas hacia el cabeza de familia, que probablemente en calidad de persona ofendida pod�a decidir el justo precio de su venganza. �l no pareci� tener dudas sobre la mejor soluci�n y se abalanz� nuevamente sobre su compatriota. El primer pu�etazo le alcanz� el rostro con poca fuerza, porque mientras lo lanzaba uno de los participantes m�s viejos del grupo hab�a gritado algo, cuyo significado Jan obviamente desconoc�a. El viejo sigui� hablando dirigi�ndose al agresor solitario, que no parec�a en absoluto contento por la interrupci�n. Pero los argumentos del hombre mayor parecieron funcionar y el indio se alej� del contusionado taxista soltando imprecaciones.</p><p>Jan se estaba abrochando el reloj mientras intentaba pasar lo m�s desapercibido posible.</p><p>El viejo se acerc� a �l.</p><p>��Le pido perd�n por lo que ha pasado, nos llevaremos a este desgraciado al hospital.</p><p>Dicho esto, orden� a dos chicos que sostuvieran al taxista que gem�a, reducido a una m�scara de sangre.</p><p>Consiguieron apoyarlo en el cap� del coche. Mientras tanto, dos hombres hab�an hecho parar un cami�n cuyo conductor, a cambio de una propina, acept� acompa�arlos al hospital.</p><p>Ayudaron al herido a subir y, despu�s de agradec�rselo a aquella alma caritativa con cuarenta d�lares, Jan tambi�n subi�. Fue un viaje infernal. Necesitaron otra media hora para llegar hasta el hospital m�s cercano, mientras Jan intentaba mantener al imb�cil del taxista derecho en el asiento. El hombre ofrec�a un aspecto lamentable. Ten�a la nariz rota, perd�a bastante sangre y se hab�a dejado varios dientes. Se encontraba en un estado de semiinconsciencia, gem�a y se quejaba continuamente. En cada bache, la cabeza del herido chocaba contra la camisa de Jan, dej�ndola manchada de sangre. A mitad de camino, a causa de un bache especialmente traicionero, el desgraciado se dio tal golpe que uno de los pocos dientes que le hab�an quedado colgando en la boca acab� en la camisa de Jan.</p><p>�l no se movi�. Con la mirada iba siguiendo el diente mientras resbalaba lentamente desde la altura del ombligo, donde hab�a ca�do, hasta el cintur�n de los pantalones. Estaba a punto de vomitar. El olor de la sangre lo hab�a dejado al l�mite de su aguante. El aire que entraba por la ventanilla le quemaba los ojos. Mir� afuera: contaminaci�n, polvo, matorrales, toldos, algunos �rboles, alguna vaca, ni�os de pie, inm�viles, hogueras con grupos de personas alrededor. �Ad�nde hab�a ido a parar?</p><p>Los sem�foros empezaron a hacerse m�s frecuentes. Jan notaba que no iba a resistir mucho tiempo m�s. El conductor del cami�n lo miraba de vez en cuando, pero no dijo una palabra durante todo el viaje. S�lo cuando llegaron a lo que a Jan le pareci� un gran barrio de la ciudad, se volvi� hacia �l y dijo: <emphasis>�Okay.�</emphasis> Dio dos curvas m�s y aparc� delante de un gran edificio de color beis. Se miraron. No hac�a falta ser ning�n genio para entenderlo. Abri� la cartera y le entreg� un billete de veinte d�lares. El conductor le pidi� veinte m�s y arrastr� al desgraciado hasta la puerta de lo que a Jan le pareci� un edificio a punto de derrumbarse en vez del mejor hospital p�blico de Bombay.</p><p>Manchado de sangre, Jan se puso a buscar un taxi que lo llevara sano y salvo al hotel. Cerca de la entrada del hospital hab�a un par aparcados. Subi� r�pidamente al primero. El ch�fer se volvi� y, al verlo, dio un respingo. La camisa blanca del extranjero estaba empapada de sangre. Y tambi�n las manos, y la cara.</p><p>Jan dijo en ingl�s: <emphasis>�Accident. I�m okay. Take me to the Sheraton, please.�</emphasis> El taxista estaba de vuelta de todo, pero eso todav�a no lo hab�a visto. Lo importante era que no le ensuciara el coche. Jan lo entendi� por la manera en que lo escrutaba.</p><p>Intent� tranquilizarlo mencionando una propina adecuada cuando llegaran. Cualquier cosa con tal de irse, �sa era su idea fija. Y la promesa de una propina hizo su efecto: el taxista arranc�, dio media vuelta y parti�.</p><p>M�s tranquilo y a salvo en el coche, Jan hizo un examen de la situaci�n. Entrar en el hotel en esas condiciones seguramente lo pondr�a en una situaci�n comprometida.</p><p>Entrar con el torso desnudo tampoco era una buena opci�n.</p><p>Despu�s de echar un r�pido vistazo al taxista, Jan le pregunt� si pod�a comprarle la camisa. El precio inicial de cien d�lares fue bajando r�pidamente a veinte. Le pag� y el taxista se quit� la camisa sin dejar de conducir, con una maniobra digna de un contorsionista. Se qued� s�lo con la cl�sica camiseta, la misma que Jan hab�a visto llevar a menudo a su padre cuando era peque�o. �l se quit� la camisa y la camiseta, las us� para limpiarse como pudo y se puso la camisa que acababa de comprar. Era evidente que le iba m�s de una talla peque�a, pero no quedaba demasiado rid�culo. Se dobl� las mangas y se sinti� mucho mejor.</p><p>Empezaba a tener la impresi�n de que se acercaba a la zona del hotel. Con la mirada buscaba afanosamente alguna referencia en la que se hubiera fijado durante el trayecto de la oficina al hotel el d�a anterior. El tr�fico de la ma�ana empezaba a ser fren�tico, pero no importaba, ya hab�an llegado.</p><p>Despu�s de un giro a la derecha, se encontr� de repente frente al Sheraton. Pocas veces hab�a sentido tanto alivio.</p><p>El taxista se detuvo ante la entrada.</p><p>Uno de los mozos del hotel le abri�. Jan pag�, incluyendo una espl�ndida propina, y baj� del coche. Dud� todav�a un momento pregunt�ndose si coger la camisa y la camiseta o dejarlas hechas un ovillo sobre el reposapi�s de pl�stico de los asientos posteriores del taxi. La duda qued� resuelta cuando el taxista se volvi� y cogi� el bulto de algod�n blanco y rojo y lo meti� debajo de su asiento.</p><p>En la entrada nadie pareci� fijarse en �l. Seguramente se hab�a limpiado bastante bien.</p><p>Cruz� el vest�bulo del hotel sin detenerse en ning�n momento y se encamin� directamente hacia los ascensores. Una vez en su habitaci�n repar� en un sobre que alguien hab�a pasado por debajo de la puerta. Era un mensaje del conserje que le informaba de que la cita era a las diez en el mostrador de Air India para coger el vuelo a Bangalore, mensaje que hab�a dejado la secretaria de Nigam. El ch�fer pasar�a a recogerlo a las ocho y media porque a esa hora el tr�fico de Bombay pod�a ser espantoso.</p><p>Eran las cuatro y media.</p></section><section><title><p id="_Toc308278960">Bangalore</p></title><p>Jan se despert� a las ocho. Se dio una larga ducha, primero con agua hirviendo y seguidamente helada, se afeit�, se visti� y prepar� la maleta. Luego se ech� en la cama mirando al techo. Repas� los acontecimientos de la noche anterior. Se sent�a como un imb�cil. �Qu� hab�a ido a hacer a aquella fiesta? �En qu� cojones estaba pensando cuando se tom� aquella asquerosidad? �Estaba loco? Ten�a una familia, no pod�a hacer ese tipo de estupideces.</p><p>Cada cinco minutos miraba el reloj, le daba p�nico quedarse dormido.</p><p>A las ocho y veinticinco sali� de la habitaci�n. Pag� la cuenta y se dirigi� a la salida a buscar a su ch�fer. Lo encontr� all�, esper�ndolo. Desde el coche envi� un sms a Julia -�Todo bien, te llamo esta tarde�-, le daba demasiada verg�enza llamarla en seguida. Se comi� dos pl�tanos que hab�a cogido de su habitaci�n e intent� dormir un poco. Imaginaba accidentes y peleas en cada cruce.</p><p>Una vez en el aeropuerto, Jan le dio las gracias al ch�fer, cogi� su equipaje y se dirigi� a la entrada. Una mano le toc� el hombro. Dio un respingo.</p><p>Era Nigam, que acababa de bajar de su Audi abollado.</p><p>��Lo hemos conseguido, bien. Perd�name que desapareciera anoche, pero te vi bien acompa�ado y me ten�a que ir. Espero que Barthi te avisara, me dijo que estabas en el ba�o y que se ocupar�a de ti.</p><p>��Y fue una espl�ndida velada hasta que decid� volver al hotel en taxi.</p><p>���Por qu�? �Qu� pas�?</p><p>Jan le cont� lo que hab�a sucedido, incluida la camisa que le hab�a costado veinte d�lares.</p><p>��Se la pagaste demasiado bien. Vaya historia, Jan. Lo siento. �Te encuentras bien? �Quieres que aplacemos el viaje? -coment� Nigam sacudiendo la cabeza.</p><p>��Estoy bien, gracias. S�lo un poco atontado. Tratar� de dormir un par de horas en el avi�n.</p><p>El otro asinti�. Se dirigieron hacia la zona de mostradores.</p><p>Al llegar al mostrador de facturaci�n se les acerc� una chica rubia que se present� como Sonia Kittel. Era una directiva de recursos humanos del departamento del doctor Lange. Hab�a llegado con el vuelo de la ma�ana y les estaba esperando. Rubia, alta, alemana, con el traje chaqueta de las ocasiones especiales, por debajo de los treinta, calcul� Jan. Era lo que le faltaba, una joven y ambiciosa ejecutiva que contaba menos que nada pero que quer�a hacer carrera r�pidamente. Sus peores temores se vieron confirmados en seguida.</p><p>��Jan, a ver si podemos sentarnos juntos y as� aprovechamos para trabajar en el avi�n -le propuso la chica.</p><p>S�, mira, ni muerto; necesito dormir, le sugiri� el cuerpo.</p><p>��Estupenda idea, te lo iba a proponer yo ahora -le sali� de esa boca mal�fica de empleado, perfectamente consciente de que los seis meses de prueba acababan de empezar.</p><p>Nigam tuvo buena cuenta de sentarse lejos de los dos occidentales, ten�a otras cosas que hacer y, de hecho, estuvo roncando durante todo el viaje.</p><p>Ya antes del despegue Sonia sac� un mont�n de papeles de su malet�n. Eran los perfiles de los doscientos treinta trabajadores de Bangalore. Seleccion� la documentaci�n de los directivos, eran cinco.</p><p>��Empecemos por �stos, Jan, yo ya me los he estudiado en el avi�n de Frankfurt, pero creo que ser� mejor que los repasemos otra vez juntos.</p><p>��Claro -dijo �l, que estaba oyendo roncar a alguien al fondo del avi�n y se imaginaba qui�n pod�a ser.</p><p>��Todos ganan trece mil euros al a�o, y est�n con nosotros desde hace unos cuatro a�os. Tres de ellos, incluido el responsable de inform�tica, tienen perfiles de alto nivel, y me gustar�a que nuestra prioridad fuera intentar conservar con ellos una magn�fica relaci�n, por si fuera el caso de que necesit�ramos incorporar profesionales parecidos en la India a corto plazo.</p><p>Jan no prest� atenci�n, pensaba en Shamira y se preguntaba qu� habr�a pasado si la hubiera esperado.</p><p>��Yo aconsejar�a ofrecerles seis meses de sueldo como punto de partida, con opciones de reincorporarse a la empresa dentro de dos a�os.</p><p>���Qu� quieres decir? -pregunt� Jan.</p><p>��Si dentro de dos a�os tuvi�ramos que incorporar perfiles similares, tendr�amos la obligaci�n de ofrecerles primero a ellos esta oportunidad.</p><p>��Hay que tener cara dura, �no?</p><p>��Ya, esa parte te la dejo a ti -sonri� Sonia.</p><p>���Ah, muy bonito! Y �c�mo vas a organizar las reuniones?</p><p>��T� y Nigam explicar�is los motivos, yo har� las ofertas de rescisi�n de contrato, y t�, como representante del director financiero, podr�s renegociar y hacer la �ltima oferta, �qu� te parece?</p><p>��Me parece una buena propuesta. �Conoces a alguna de esas personas?</p><p>��A decir verdad, no. Estuve aqu� el mes pasado para coordinar la contrataci�n de doce nuevos t�cnicos. Has tenido suerte, mi visado todav�a es v�lido, si no te habr�a tocado hacerlo todo a ti solo. Ahora que me acuerdo, �has venido a Bombay con Kroeger?</p><p>���Con qui�n?</p><p>��Con Kroeger, el responsable de seguridad. Un ex agente de los servicios alemanes que ahora se ocupa de que no nos roben los ordenadores y las carteras en la empresa. Me pareci� verlo esta ma�ana mientras embarcaba en un vuelo a Bangalore anterior al nuestro.</p><p>��No lo conozco, conmigo s�lo vino tu jefe, que hizo bien en salir corriendo en seguida.</p><p>���Lo prefer�as a �l en vez de a m�? -pregunt� Sonia con una sonrisa.</p><p>��Yo no, pero mi mujer probablemente s� -respondi� Jan, m�s dormido que despierto.</p><p>Efectivamente, fue la �ltima frase que pronunci� antes de sucumbir. Sonia lo despert� cuando el avi�n se hubo detenido y los pasajeros empezaban a levantarse para coger las maletas alojadas encima de sus cabezas.</p><p>Jan mir� el reloj. Hab�a dormido una hora y media, mejor que nada.</p><p>A la salida los esperaba un ch�fer que mostraba claramente un cartel con sus nombres. Despu�s de una hora de coche llegaron al centro de desarrollo. Era una especie de nave industrial blanca sin ventanas, de reciente construcci�n, en medio de otras naves parecidas. En la entrada fueron identificados y tuvieron que ponerse zapatos desinfectados con suela de goma y una bata blanca. La de Jan parec�a una minifalda, y provoc� una serie de risitas entre el personal de recepci�n. Los acomodaron en la sala de reuniones principal y les anunciaron que el director del centro se reunir�a con ellos en seguida.</p><p>Sonia prepar� sus papeles, Jan se repiti� mentalmente su discurso. Desde que hab�an aterrizado Nigam estaba casi constantemente pegado al m�vil. Abhat, el director, entr� diez minutos m�s tarde con el rostro ensombrecido; seguramente ya lo sab�a todo, pens� Jan.</p><p>Fue una tarde larga y complicada. Lange se hab�a equivocado, esa gente sab�a negociar. Eran las dos de la madrugada cuando se lleg� a un acuerdo para los cinco directivos. Un a�o y tres meses de sueldo, con opci�n a ser readmitidos, obligaci�n de otros seis meses de sueldo si en un a�o no hab�an conseguido encontrar un nuevo empleo con las mismas condiciones. Se profirieron gritos, amenazas, l�grimas, todo ello con incesantes interrupciones para dar tiempo a que la otra parte evaluara las diferentes ofertas. Al final Sonia y Jan consiguieron llegar a un acuerdo contra la opini�n de Nigam, que era m�s partidario de echarlos a todos a la calle con la intervenci�n de la polic�a y sin siquiera un mes de sueldo.</p><p>A Jan le pareci� que Nigam y Abhat se intercambiaban amenazas de muerte en hindi, y algunos puntos de su conversaci�n le recordaron la de la noche anterior entre el taxista y el caminante noct�mbulo. No pod�a m�s, propuso reanudar la reuni�n a la ma�ana siguiente para concretar la oferta que har�an a los doscientos veinticinco empleados restantes. Propuesta aceptada, quedaron en volver a reunirse a las nueve de la ma�ana.</p><p>El hotel se encontraba a veinte minutos. En el coche Jan comprob� su m�vil, que hab�a tenido guardado en la chaqueta durante todo el tiempo, y vio que ten�a m�s de diez sms. Dos eran de Julia, cinco de las secretarias de Kluge, que lo conminaban a que llamara al jefe a cualquier hora, y tres de Lange, que le ped�a lo mismo. Eran las diez de la noche en Europa; decidi� que los llamar�a cuando llegara a su habitaci�n. Tras registrarse en el hotel y despedirse de los otros dos, Jan se dio una ducha y llam� primero a Julia. En casa todo iba bien, lo echaban de menos. �l tambi�n echaba de menos a su familia, hac�a dos d�as que no pod�a hablar con los ni�os.</p><p>No tuvo tiempo de preguntarse por en�sima vez en su vida si todo aquello val�a la pena porque recibi� la llamada de Kluge. Quer�a saberlo todo y ten�a preparada una serie de recomendaciones que crey� oportuno repetir mil veces, como se hace con alguien un poco duro de mollera.</p><p>Despu�s de terminar la negociaci�n hab�a que cerrar el centro en un plazo razonable. Por este motivo Kluge deb�a ser informado de inmediato, en cuanto se llegara a un acuerdo.</p><p>�Cre�a que pod�a conseguirlo al d�a siguiente? Dif�cil, pero lo intentar�an. Fue una hora larga de conversaci�n. Eran m�s de las cuatro. Jan no pod�a cre�rselo. Era tarde para llamar a Lange, lo har�a al d�a siguiente.</p><p>Estaba a punto de apagar el m�vil cuando volvi� a sonar. Quiz� era Kluge, que se hab�a olvidado algo; sin embargo, la mala suerte quiso que fuera Lange. Esta vez s�lo tard� media hora en hacer el resumen de la jornada. Pero �por qu� no llamaba a Sonia, ese desgraciado? Las cinco menos diez, marcaba sin piedad el despertador que hab�a junto a la mesilla de noche. Jan apag� la luz.</p><p>A las seis son� el tel�fono que hab�a junto a la cama. Era Nigam, mal asunto. Alguien hab�a divulgado la noticia. Algunos empleados se manifestaban delante del centro enarbolando pancartas contra la empresa e imped�an entrar a nadie.</p><p>��Diez minutos y estoy en el vest�bulo -mascull� Jan.</p><p>No pod�a creerlo, le daba vueltas la cabeza. Encendi� un cigarrillo y entr� en el ba�o para darse otra ducha de agua fr�a.</p><p>En el coche Nigam plante� la estrategia. Ya se encargar�a �l de aquellos cabezas huecas. Ten�a contactos en la polic�a y tambi�n en la prensa, todo estaba controlado. Sonia intentaba frenarlo, Jan luchaba por seguir despierto.</p><p>A su llegada la situaci�n parec�a menos dram�tica de lo que esperaban. S�lo hab�a una docena de trabajadores delante de la puerta del centro y parec�an tranquilos. Nigam baj� del coche hecho una furia, era evidente que prefer�a la estrategia del ataque frontal. Jan se estaba despertando, la adrenalina lo ayudaba, y baj� con Sonia, teniendo bien presente que cuando los indios pegan, pegan. Le sugiri� a la chica que se quedara a una distancia prudencial, pero ella, como buena directiva, se acerc� a Nigam intentando una vez m�s mediar entre la dureza de los pa�ses en v�as de desarrollo y la gran diplomacia europea. El director le lanz� una mirada conmin�ndola a dejarlo actuar.</p><p>Jan pens� que era su deber intervenir.</p><p>��Se�ores, calma, soy el representante del consejo de la empresa y estoy seguro de que cualquier cosa que hayan o�do no se corresponde con la realidad. D�jennos entrar, nos sentaremos en un despacho y les explicar� la situaci�n.</p><p>Siguieron unos instantes de silencio, todos lo miraron con aire interrogativo excepto Nigam, que le clavaba los ojos como un toro a punto de salir al ruedo, hasta que el que parec�a ser el jefe de los sublevados se le acerc� y dijo que estaba de acuerdo con la propuesta.</p><p>De las siete de la ma�ana a las cinco de la tarde estuvieron negociando el cierre del centro con los cinco representantes escogidos por los empleados. Fue una batalla que a Jan le pareci� interminable. Sin embargo, Lange ten�a raz�n en una cosa: un a�o de sueldo garantizado en la India era una indemnizaci�n incre�ble. Cuando se corri� la voz, una fila de trabajadores se plantaron ante la sala de reuniones: quer�an asegurarse de que no quedaban excluidos de esa oferta. Sonia hab�a hecho preparar desde el departamento jur�dico indio las copias del contrato que firmar�an los trabajadores. Como Jan hab�a insistido en que el cierre de la empresa fuera inmediato, desde las cinco hasta las doce de la noche los empleados, en grupos de cinco, fueron entrando en la sala para firmar el finiquito y luego fueron escoltados hasta su puesto de trabajo, donde pudieron recoger sus efectos personales y dejar el edificio para siempre.</p><p>Hacia las once de la noche, los cinco directivos, que hab�an logrado obtener alguna mensualidad m�s, quisieron despedirse de Jan y de Sonia. La ceremonia de los grupitos de cinco fue brevemente interrumpida para dar paso a grandes muestras de afecto y promesas rec�procas, mezcladas con las ineludibles lamentaciones, que sustituyeron el clima hostil de antes.</p><p>Hacia medianoche Mohindroo, el director de innovaci�n tecnol�gica del centro, llev� a Jan aparte y le pidi� hablar con �l a solas. �l no dej� escapar la oportunidad: faltaban por firmar menos de treinta ingenieros, que se encontraban ante la puerta en una angustiosa espera. A �l no le quedaba m�s por hacer. Los ojos le lloraban de sue�o y anunci� a Nigam y a Sonia que todav�a deb�a discutir algunas cosas con el se�or Mohindroo en su despacho y luego se ir�a al hotel. Quedaron en verse a la ma�ana siguiente a las nueve durante el desayuno. Antes de sentarse en el despacho del directivo, Jan escribi� un sms a Kluge confirmando que a medianoche el centro pod�a considerarse cerrado.</p><p>��Si�ntese, por favor -dijo el director de innovaci�n tecnol�gica indicando una de las tres sillas que hab�a en el despacho.</p><p>Era un espacio peque�o pero acogedor, con plantas ex�ticas repartidas por todas partes. Jan no se hab�a preguntado lo que quer�a, de tan contento como estaba de poder aprovechar esa oportunidad como excusa para desaparecer. Fuera lo que fuese, no pod�a durar m�s de diez minutos.</p><p>��Quer�a decirle, se�or Jan, que puede fiarse de m�. No le contar� a nadie el verdadero motivo del cierre del centro. S�lo quer�a que lo supiera y que informara al doctor Kluge.</p><p>Jan cre�a que estaba so�ando. �Qu� le estaba diciendo? �El <emphasis>verdadero</emphasis> motivo del cierre?</p><p>���C�mo? �Qu� quiere decir? -pregunt�.</p><p>��Le he dicho que conozco el verdadero motivo del cierre del centro. Me ha llevado a�os entenderlo. Noches de trabajo. Pero al final lo he conseguido, he encontrado la clave. No estoy aqu� para juzgar, al contrario, les prometo que ser� discreto.</p><p>Jan cre�a que iba a estallarle la cabeza. Como atontado, pregunt�:</p><p>���Perdone? �A qu� se refiere?</p><p>��Mire, si usted no lo sabe, no me importa, s�lo refi�rale nuestra conversaci�n a Kluge.</p><p>��S� que lo s� -dijo Jan bajando los ojos, y se pregunt� de d�nde hab�a salido esa respuesta.</p><p>��Lamento haberlo molestado, veo que usted no sabe nada, cu�nteselo a Kluge. Adi�s. -El ingeniero dio por zanjada la conversaci�n y se levant�.</p><p>��Morir�n todos -dijo Jan, imperturbable.</p><p>Mohindroo se par� en seco y se lo qued� mirando fijamente, luego se le acerc� y se inclin� hasta que estuvieron cara a cara.</p><p>��Exacto, como nos suceder� a todos, s�lo que antes. �Usted puede ofrecerme una salida digna o tiene que pasar por su jefe?</p><p>Jan tuvo la impresi�n de que el fiel empleado se hab�a transformado.</p><p>��No, no, puedo encargarme yo. Informar� a Kluge de su situaci�n y alguien se pondr� en contacto con usted.</p><p>��Disfrute de la India, se�or Jan -fue la �ltima frase del t�cnico antes de salir del despacho cerrando la puerta a su espalda.</p><p>Jan se deshinch� en la silla como un globo pinchado y encendi� un cigarrillo. Qu� idiota hab�a sido. Hab�a querido jugar a los detectives.</p><p>Tendr�a que darle una explicaci�n a Kluge.</p><p>Pero ahora no, luego. Le dol�a demasiado la cabeza.</p><p>Pero �qui�n iba a morir?</p><p>�Y cerraban el centro porque causaba la muerte de qui�n?</p><p>Jan segu�a sentado, inm�vil, idiotizado. Mil preguntas le cruzaban por la mente. Se encontraba en una situaci�n para la que no estaba preparado. Mir� el cigarrillo. Se hab�a convertido en ceniza. Hab�a permanecido inm�vil durante todo el tiempo que tard� en consumirse, inmerso en sus pensamientos. Lo tir� al suelo y lo apag� aplast�ndolo con el zapato.</p><p>Se levant� y empez� a dar saltitos. Se par� y empez� a respirar profundamente. Recordaba haber le�do que la hiperventilaci�n iba bien en casos de estr�s. A la quinta inspiraci�n tuvo que volver a sentarse, le daba vueltas la cabeza. Cerr� los ojos esperando que la respiraci�n se normalizara.</p><p>Volvi� a recordar cuando, en M�nich, hab�a o�do a Kluge dirigi�ndose a Lee. No hab�a olvidado aquella frase: �He recibido el �ltimo informe. Por fin lo han entendido. �Ahora! Ahora que saben que morir�n todos.�</p><p>La frase de Kluge: �Por fin lo han entendido.�</p><p>El remolino que ten�a en el cerebro segu�a girando.</p><p>�Qu� hago?</p><p>Pero �qu� significa?</p><p>�Y Mohindroo?</p><p>Mohindroo lo sabe.</p><p>Est� demasiado seguro de s� mismo.</p><p>Pero �qu� sabe?</p><p>Pero �qu� importa lo que sabe? Tengo que llamar a Kluge.</p><p>Y �qu� cojones le digo a Kluge?</p><p>Le dices lo que ha pasado.</p><p>�Y tambi�n le digo que he mencionado por las buenas las palabras �morir�n todos�?</p><p>No, eso te lo ahorras. Pero �me explicas c�mo co�o se te ha ocurrido salir con esa frase? Me averg�enzo de lo gilipollas que eres.</p><p>Jan ya ten�a suficiente de ese mon�logo. Abri� los ojos y se levant�. Mientras conectaba el m�vil y llamaba a su jefe, hizo tres inspiraciones profundas.</p><p>El tel�fono son� un par de veces antes de que Kluge respondiera.</p><p>��Diga, Jan, estoy en una reuni�n.</p><p>��Es un asunto delicado, doctor Kluge, referente a algunas afirmaciones del director de innovaci�n tecnol�gica del centro sobre las verdaderas razones del cierre.</p><p>Despu�s de un silencio que a Jan le pareci� eterno, la voz de Kluge volvi� a o�rse:</p><p>���C�mo dice?</p><p>��El director me ha pedido que le informe de que conoce el verdadero motivo del cierre del centro.</p><p>���Y cu�l es? -pregunt� irritado Kluge.</p><p>Jan esperaba la pregunta, sab�a que no pod�a evitarla.</p><p>��Doctor Kluge, lamento haberlo interrumpido. Lo he llamado por si acaso, porque despu�s de leer el perfil de Mohindroo, que estudi� en el MIT de Boston, se doctor� en matem�ticas y ha hecho una gran labor en el centro, no me imaginaba que se le fuera la cabeza con la noticia del despido. Aparte de �s� el porqu�, informe a Kluge� no ha querido decir nada m�s. Yo me he atrevido a molestarlo s�lo porque se trata de uno de nuestros hombres m�s importantes, en otro caso habr�a ordenado a los guardias que lo acompa�aran afuera. De todos modos, el finiquito ya lo ha firmado. Si usted me confirma que est� loco, har� que lo echen inmediatamente a la calle.</p><p>Transcurri� un instante que pareci� interminable.</p><p>Jan estaba como pose�do. Daba dos pasos adelante, uno atr�s, se volv�a a la izquierda, a la derecha. Cuando oy� la voz del jefe se detuvo en seco, como un soldado en posici�n de firmes.</p><p>���D�nde est� Mohindroo ahora? -pregunt� Kluge mientras se secaba la mano sudada en los pantalones.</p><p>��En alg�n lugar del edificio.</p><p>��Entonces b�squelo, lo tranquiliza y le dice que ma�ana lo llamar� el doctor Lange. A ver qu� es lo que quiere. Siempre hay gente que reacciona mal ante un despido. Lo importante es que no cause da�os, aseg�rese de que abandona cuanto antes el edificio. Ll�meme cuando haya conseguido que acompa�en a nuestro ex colega afuera, y gracias por haberme avisado. Hasta luego.</p><p>Jan se pas� la mano por la frente brillante. El jefe no hab�a dejado traslucir ninguna emoci�n. Si esperaba obtener de �l alg�n indicio, qued� completamente defraudado.</p><p>Estaba exhausto, pero a la vez contento de c�mo hab�a enfocado la llamada. Hab�a ido como esperaba.</p><p>Tampoco era que tuviera mucho por lo que alegrarse.</p><p>Se imaginaba varias versiones de la conversaci�n telef�nica entre Mohindroo y Kluge, o Lange, o quienquiera que fuera el encargado de hablar con �l.</p><p>La peor era una en la que Lange trataba a Mohindroo como si estuviera loco y �ste le revelaba que hab�a sido Jan quien hab�a confirmado las posibles muertes.</p><p>Eso habr�a suscitado interrogantes, pero �l podr�a atrincherarse detr�s de su propia ignorancia.</p><p>No sab�a nada, era la verdad.</p><p>Una verdad cre�ble desde el momento en que estaba en la empresa desde hac�a muy poco.</p><p>Con esta idea alentadora decidi� que era el momento de ir a buscar a Mohindroo. Se acomod� la camisa por dentro de los pantalones y regres� a la sala donde se estaban cerrando los despidos.</p><p>Ante la puerta ya no quedaba nadie, pero por suerte Nigam, Sonia y el director del centro todav�a estaban all� revisando los �ltimos detalles del cierre.</p><p>��No puedes estar sin nosotros, �eh? -lo salud� Sonia.</p><p>��La verdad es que estaba buscando al se�or Mohindroo, �lo hab�is visto?</p><p>��Se fue hace diez minutos -contest� Abhat.</p><p>��Si no tienes nada m�s que hacer, Jan, podemos irnos, s�lo quedamos nosotros en el edificio. Los guardias se quedar�n hasta que se hayan desmantelado todas las instalaciones -dijo Nigam.</p><p>��S�, volvamos al hotel, han sido unos d�as agotadores -decidi� Jan.</p><p>En el coche llam� a Kluge y le inform� del cierre efectivo. En el centro ya no quedaba nadie. A la pregunta de si hab�a tenido m�s intercambios de opiniones con Mohindroo, Jan contest� que no. Como buen integrante del equipo, todav�a tuvo fuerzas para alabar la estupenda labor realizada por Sonia y Nigam, que escuchaban la conversaci�n mientras Sonia hac�a ver que miraba por la ventana y Nigam buscaba misteriosos sms en su m�vil.</p><p>Sonia le dirigi� una sonrisa y le dio una palmadita en el hombro. Ten�a el rostro desencajado.</p><p>El �nico que parec�a estar en plena forma era Nigam. No por casualidad.</p><p>Para alguien que ganaba veintitr�s mil euros al a�o, la posibilidad de embolsarse medio mill�n de euros por ayudar a Kluge a cerrar el centro era una oportunidad �nica en la vida. En realidad, Nigam todav�a no hab�a entendido el motivo de esa suma de dinero. Era un empleado, si Kluge quer�a cerrar el centro, �l habr�a actuado del mismo modo, incluso sin recibir nada a cambio. Ya se lo hab�a dicho a Kluge. Pero �l hab�a dispuesto que el centro ten�a que cerrarse en cinco d�as, o el �ltimo d�a del mes.</p><p>La explicaci�n hab�a sido que, al trasladar la capacidad de producci�n de la India a China, obtendr�an ventajas fiscales. El traslado har�a que alcanzaran el �ndice de productividad que les permitir�a volver a situarse en una tasa fiscal m�s baja. Pero para lograrlo necesitaban tener la prueba f�sica de que el centro de producci�n indio se hab�a cerrado, ya que los impuestos descend�an seg�n el porcentaje de componentes fabricados en China sobre el total de los componentes fabricados por el grupo en el mundo. De este modo se consegu�a un doble beneficio: trasladar la producci�n india a China y, al mismo tiempo, cerrar un centro fuera de China.</p><p>En resumen, Nigam no hab�a entendido ni jota de aquella explicaci�n, pero sonaba bien, las cl�sicas tonter�as de la sede central. As� que deb�a considerarlo como una gratificaci�n. Muy bien, consid�ralo como una gratificaci�n, le hab�a confirmado Kluge. Pero, entonces, �por qu� me lo pagas en negro?, hab�a preguntado Nigam a continuaci�n. Porque es una cantidad elevada y no quiero preguntas del comit� de las pagas anuales, o comoquiera que se llamen esos del sindicato que de vez en cuando pasan por aqu�.</p><p>Estas respuestas hab�an sido completamente satisfactorias para el jefe de la India.</p><p>Y Nigam hab�a contribuido a hacerlo posible.</p><p>Llam� a todos los directivos del centro y les explic� claramente que los alemanes pensaban hacer una escabechina. Que se cre�an que iban a negociar con unos memos y les ofrecer�an un mes de sueldo y luego a la calle, todos a casa. Si lo dejaban mediar a �l, conseguir�an llevarse un a�o de sueldo, quiz� dos, pero era necesario actuar de prisa. No podr�a ayudarlos por mucho tiempo. Circulaban rumores que lo situaban lejos de all� en breve. As� que orquest� toda la negociaci�n. Mand� sms a los directores durante las pausas sugiri�ndoles qu� deb�an pedir. Con Sonia y Jan se mostraba duro e intransigente. Pero lo cierto era que, durante las negociaciones, s�lo hab�a levantado la voz cuando Jan y Sonia propon�an algo. Y si Jan y Sonia estaban convencidos de que de ese modo quer�a demostrar su contrariedad por una oferta demasiado elevada, sus colegas indios ten�an justamente la impresi�n contraria.</p><p>Hab�a hecho un buen trabajo: se hab�a embolsado el dinero y hab�a mantenido la dignidad delante de sus colegas, y que le dieran morcilla a ese idiota de Kluge. Se sent�a satisfecho como quiz� nunca se hab�a sentido en su vida.</p><empty-line/><p>Una vez en el hotel, Nigam se retir� excus�ndose porque todav�a ten�a que responder a algunas llamadas y dej� solos a Jan y a Sonia en el vest�bulo. Se ver�an a las nueve en el desayuno y luego coger�an el vuelo de las once, �l se encargar�a de la reserva.</p><p>Jan segu�a reflexionando sobre lo que hab�a pasado y ahora el sue�o parec�a haber dejado paso a mil pensamientos. Decidieron tomar una cerveza en el bar antes de acostarse, los dos lo necesitaban. Se sentaron a la barra de uno de los locales m�s oscuros en los que Jan hab�a estado nunca.</p><p>���Te encuentras a menudo en estas situaciones? -le pregunt� a su colega.</p><p>��La verdad es que no. Hasta ahora hemos hecho m�s contratos que despidos. Sobre todo en la India. Cuando me enter� de la decisi�n me qued� bastante sorprendida, tengo que admitirlo. Pero si tuviera que preocuparme por cada decisi�n que no entiendo de esta empresa, no tendr�a tiempo ni de ir a la peluquer�a.</p><p>Termin� la frase con una sonrisa y se llev� el vaso a los labios. A Jan empezaba a gustarle. Era simp�tica, y tambi�n eficiente. A pesar del cansancio y una creciente necesidad de confiarle sus secretos, consigui� mantener a raya su instinto. Segu�a siendo una colega a la que conoc�a desde hac�a s�lo dos d�as.</p><p>��Comparto tu perplejidad. Me habr�a gustado preguntarle a Kluge, pero como hace tan poco tiempo que trabajo en la empresa no me atrev�. Quiz� en el futuro, si es que hay un futuro.</p><p>��Lo has hecho muy bien -le sonri� Sonia.</p><p>Pidieron otra cerveza. El tel�fono de Jan son�, quien llamaba era Kluge.</p><p>��Jan, espero no molestarlo. He llamado a Mohindroo, me ha hablado de unas muertes que usted le ha confirmado. Expl�quese.</p><p>Era el fin del detective novato, pens� Jan. Es hora de volver a Mil�n.</p><p>��Doctor Kluge, estoy en el bar con Sonia Kittel, d�jeme buscar un sitio apartado y lo llamo dentro de cinco minutos, �de acuerdo?</p><p>��No, espero en l�nea.</p><p>Jan desactiv� el micr�fono del m�vil y se disculp� con Sonia, pero era el jefe y quer�a hablar en privado. Se ver�an al d�a siguiente en el desayuno.</p><p>El vest�bulo del hotel era inmenso y estaba medio vac�o, no result� dif�cil encontrar un rinc�n tranquilo. Jan se sent� y activ� la l�nea.</p><p>��Ya estoy aqu�, doctor Kluge.</p><p>��Bien, �se acuerda de la pregunta o tengo que repet�rsela?</p><p>No hac�a falta que se la repitiera. Era la misma que Jan se hab�a hecho mil veces desde que hab�a decidido seguir los pasos de Marlowe.</p><p>��Doctor Kluge, durante la reuni�n en M�nich en la que decidimos cerrar el centro de la India, le o� decir una frase al doctor Lee, una frase que me qued� grabada. �Quiere que se la repita?</p><p>��No, contin�e.</p><p>��Al principio, en el centro, Mohindroo me ha dicho que quer�a hablar conmigo. Me ha contado que conoc�a el verdadero motivo del cierre. Estaba extremadamente alterado y yo, muy cansado. Cuando me ha dicho que yo no sab�a nada y que ten�a que informarle a usted de nuestra conversaci�n, he mencionado una parte de la frase, que Mohindroo me ha confirmado. En pocas palabras, eso es lo que ha sucedido. No s� lo que significa, doctor Kluge, expl�quemelo usted.</p><p>Jan sudaba como si hubiera estado corriendo. Hab�a hablado sin respirar, pero le pareci� que hab�a conseguido disimular bastante bien.</p><p>Kluge dej� escapar un largo suspiro y adopt� un tono paternalista.</p><p>��Entiendo. Aunque se quisiera escribir el gui�n de una pel�cula no se podr�a imaginar una situaci�n m�s absurda. Jan, usted ha hecho un buen trabajo en la India. De veras. Vuelva a M�nich cuanto antes y se lo explicar� todo. Est� claro que se trata de un enorme malentendido, s�lo lamento que todo esto se deba a una frase m�a referida a un contexto completamente distinto de la India y que no tiene nada que ver con el centro de desarrollo. Le ruego que no hable de esto con nadie. V�yase tranquilamente a dormir. Hasta pronto.</p><empty-line/><p>Jan no acababa de saber si la conversaci�n hab�a resultado positiva, y tampoco ten�a ni idea de cu�l ser�a su futuro en la empresa. Ten�a la impresi�n de haberse cerrado todas las puertas. Hab�a entendido mal el sentido de aquel �morir�n todos�, demostrando ser un idiota. Y, en el caso de no haberlo entendido mal, hab�a dado muestras de no ser muy astuto. Y una empresa seria no deber�a contratar a idiotas. Acabara como acabase todo aquello, la respuesta que le hab�a dado a Kluge era honesta, y la �nica que consideraba posible. Y hab�a pensado en muchas, fantas�a no le faltaba.</p><p>Mientras, todav�a trastornado, se dirig�a al ascensor, Sonia estaba saliendo del bar y le hizo se�as de que la esperara. De hecho, la llamada hab�a durado poco.</p><p>��Hola, �todo bien con el jefe?</p><p>��Muy bien, nos ha felicitado por el estupendo trabajo que hemos hecho. -No consigui� a�adir nada m�s porque le son� el tel�fono. Un n�mero oculto, perfecto-. Diga.</p><p>��No pensar�n que soy tan est�pido, �verdad? Pueden echar abajo el centro con las excavadoras, pero den por seguro que he tomado mis precauciones.</p><p>A Jan le pareci� reconocer la voz de Mohindroo.</p><p>��No s� lo que dice, �qui�n habla?</p><p>��He vuelto al centro porque hab�a olvidado algunos efectos personales y he visto que no han perdido el tiempo. Pueden quemar todos los servidores, no cambiar� nada, d�gaselo a su jefe.</p><p>��Mohindroo, si tiene algo que decir, d�gaselo personalmente a Kluge, yo no puedo ayudarlo -y colg�.</p><p>���Y ahora qu� ocurre?</p><p>��Nada. Mohindroo ha estado en el centro, ha visto que ya lo est�n desmantelando y no me ha parecido contento. Me voy a dormir, estoy destrozado, nos vemos ma�ana.</p><p>Se despidieron y Jan, una vez en su habitaci�n, se desplom� sobre la cama. Ni siquiera ten�a ganas de desnudarse.</p><p>Su malet�n estaba junto a la cama, lo cogi� y lo tir� sobre el sill�n. Estaba abierto, y entre los documentos que salieron volando tambi�n estaban los perfiles de los dirigentes del centro que Sonia le hab�a dado el d�a anterior. Se levant� y recogi� la carpeta de Mohindroo del suelo. Ley� su contenido atentamente. Luego las pocas fuerzas que le quedaban lo abandonaron.</p><p>Se durmi�.</p><empty-line/><p>Mohindroo baj� del coche. Hab�a olvidado una foto de su hija en el despacho y esperaba encontrar todav�a a alguien en el centro. Pero ya se hab�an ido todos. Maldijo para sus adentros. Son� el tel�fono. Era Kluge. No quer�a darle nada. Le dijo que no sab�a de lo que le estaba hablando. Le aconsej� que se tomara unas vacaciones y lo llamara a la vuelta; ver�an si ten�an alg�n puesto para ofrecerle.</p><p>Pero su hombre de paja se lo hab�a confirmado. Aqu� Kluge pareci� sorprendido. �Qu� hab�a confirmado? Le hab�a confirmado las muertes.</p><p>En ese momento, Kluge perdi� la paciencia.</p><p>��Mohindroo, que quede claro. No tengo ni idea de lo que me est� diciendo. Si se atreve a llamarme, o si me entero de que ha intentado ponerse en contacto con otros empleados de mi empresa, puede olvidarse del finiquito que le hemos ofrecido. Espero que quede claro -y colg�.</p><p>Al principio Mohindroo qued� estupefacto, luego dio rienda suelta a su fogosidad india. Chill�, maldijo, llor�. Empez� a dar patadas a las piedras del aparcamiento, una de las cuales fue a estrellarse contra la puerta delantera de su coche.</p><p>Se tranquiliz� ligeramente. Se dirigi� al autom�vil. Despu�s de comprobar los da�os de su bravuconer�a subi� y se fue conduciendo a casa.</p><p>Su mujer estaba en la cama durmiendo. Bien, pens� Mohindroo. �sa no se despierta ni con los monzones.</p><p>Se dirigi� al sal�n. Abri� una botella de whisky. Despu�s del primer vaso llam� al pelele. Jan tambi�n lo trat� como a un apestado y le colg� el tel�fono en las narices.</p><p>A cada vaso que beb�a, su rabia iba en aumento. Mir� algunas fotos que estaban colocadas sobre la mesa que hab�a frente al sof� en el que estaba sentado. Cogi� la de la boda de su hija. La hija que hab�a tenido en su anterior matrimonio.</p><p>Qu� guapa era. Siempre hab�a sido guap�sima, la m�s guapa de todas. Cu�ntas propuestas de matrimonio hab�a recibido. Se conmovi�, como siempre le ocurr�a cuando estaba borracho y pensaba en su hija, que hac�a bastantes a�os que ya no viv�a con �l. Encendi� un cigarrillo. Su mujer fumaba de vez en cuando, �l lo hab�a dejado tiempo antes. La botella estaba casi vac�a. Estaba borracho. Iba a ganar esa partida. Cogi� el tel�fono. Sali� el contestador. Dej� un mensaje.</p><p>�Con qui�n pensaban que se las iban a ver?</p><p>Quiz� no creyeran que se atrever�a.</p><p>No encontraba otra explicaci�n.</p><p>Pero �l lo hab�a logrado. Era un gran matem�tico. El mejor. En Boston lo hab�a demostrado. Las empresas hac�an cola para adjudic�rselo. Pero �l quiso volver con su esposa, con su familia. Siempre lo hab�a dado todo por aquella asquerosa empresa. Y �ahora dudaban de su capacidad?</p><p>Ma�ana le dar�a una prueba de ello a ese idiota. Y entonces s� que podr�an negociar. �Cu�nto pod�a valer lo que hab�a descubierto? �Cien millones? �Mil millones? �Diez mil millones?</p><p>Y ellos no quer�an darle nada. A �l, que no ped�a gran cosa, s�lo un par de millones. Nada. �C�mo era posible que no se dieran cuenta de que el suyo era un gesto de amor por la empresa? Con lo que sab�a, los ten�a cogidos. Con la informaci�n que ten�a pod�a crucificarlos y, en cambio, lo �nico que ped�a era desaparecer en silencio, con un peque�o fondo de pensiones. Podr�a haberse dedicado a sus estudios, a su pasi�n, quiz� a hacer de asesor para alguna empresa.</p><p>Ma�ana. Ma�ana ser�a su d�a. Les dar�a la prueba definitiva de lo que sab�a y luego ya se ver�a si aceptaban negociar o no. Cogi� su port�til y escribi� r�pidamente un mensaje a un amigo, necesitaba desahogarse.</p><p>Tambi�n ten�a que ir al ba�o, urgentemente. Se levant�. Decidi� usar el de la planta de abajo, que era m�s silencioso, no fuera que por una vez su mujer se despertara y lo viera en ese estado.</p><p>Nunca se hab�a ca�do por la escalera y no era la primera vez que estaba borracho. No atin� a agarrar la barandilla con la mano izquierda.</p><p>Se cay� hacia adelante con todo el peso.</p><p>Su mujer no oy� nada.</p><empty-line/><p>El tel�fono del hotel son� a las siete, era Nigam.</p><p>Hab�an encontrado a Mohindroo muerto. Se hab�a ca�do por la escalera de su casa estando borracho y se hab�a abierto la cabeza contra un canto.</p><p>Jan se qued� petrificado. Lo hab�an quitado de en medio, estaba seguro. Tard� un poco en tranquilizarse. Nadie hab�a hablado de asesinato. Seguro que se trataba del accidente de un borracho.</p><p>Llam� a Sonia para dec�rselo. Se reunieron en el vest�bulo media hora m�s tarde. Nigam hab�a llamado para avisarlos de que no iba a ir con ellos y despedirse. Se reunir�a con la viuda para concretar las diligencias administrativas y que le pagaran el finiquito de su marido cuanto antes.</p><p>���Crees que deber�amos ir tambi�n para darle el p�same a la viuda? -pregunt� Sonia.</p><p>Jan no estaba en condiciones de contestar, recordaba sus conversaciones con Mohindroo, incluida la llamada al final de la cual le hab�a colgado el tel�fono en las narices. La perspectiva de la explicaci�n de Kluge era cada vez m�s interesante, siempre que mantuviera su promesa.</p><p>Ahora estaba seguro, se volv�a a Mil�n.</p><p>Sonia le pregunt� por segunda vez si quer�a ir a casa de la viuda a darle el p�same.</p><p>��No. Nigam se ocupar� -respondi� finalmente.</p><p>Durante el desayuno permanecieron en silencio, y s�lo hacia el final Jan se acord� de que hab�a apagado el m�vil antes de caer rendido en la cama. Lo conect� y pocos instantes despu�s oy� el sonido que tanto odiaba: ten�a mensajes en el buz�n de voz.</p><p>��Perd�name, Sonia, en seguida vuelvo -y se levant�.</p><p>En realidad s�lo hab�a un mensaje, de Mohindroo: �No he llegado a un acuerdo satisfactorio con Kluge. Encontr�monos ma�ana por la ma�ana en Pushkar Road, frente a la tienda de electrodom�sticos. Quisiera mostrarle una cosa y me gustar�a que le contara a Kluge lo que ha visto. Pushkar Road es peque�a, no le costar� encontrar el sitio. A las ocho, por favor, le dar� tiempo a coger el avi�n.�</p><p>Bueno, una cita que se pod�a considerar cancelada. La cabeza empez� a dolerle de nuevo. �No he llegado a un acuerdo satisfactorio�: quiz� Mohindroo, desde el cielo, hoy ver�a las cosas de otro modo.</p><p>Volvi� a la mesa.</p><p>Cogi� su malet�n, lo abri� y ley� con discreci�n el expediente de Mohindroo. En �l aparec�an las personas con las que contactar en caso de indisposici�n o accidente. Su hija Pamira viv�a en el n�mero 10 de Pushkar Road. Recordaba esa direcci�n. Dej� el malet�n en el suelo, cerrado.</p><p>��Voy a coger un poco m�s de fruta, �T� quieres algo? -le pregunt� a Sonia mientras se levantaba.</p><p>��No, gracias, no quiero nada m�s.</p><p>Se dirigi� a la mesa del bufet donde estaba la fruta. Pregunt� a un camarero cu�nta distancia hab�a hasta Pushkar Road. Veinte minutos a pie. �Por casualidad estaba camino del aeropuerto? S�, s�lo hab�a que desviarse cinco minutos del trayecto.</p><p>Jan se sirvi� algunas rodajas de mango en el plato y regres� con Sonia.</p><p>��Est� bueno el mango indio. El que se encuentra en Mil�n da asco, comparado con �ste.</p><p>��En M�nich tampoco vale nada.</p><p>Fueron interrumpidos por el m�vil de Jan. Era Nigam. Todav�a estaba en casa de Mohindroo: la viuda era inconsolable. Se quedar�a all� un poco m�s y luego ir�a a hablar con la hija del primer matrimonio de Mohindroo, que, a decir de todos, era guap�sima. Jan percibi� cierta excitaci�n en la voz del indio.</p><p>Nigam s�lo quer�a asegurarse de que el ch�fer estuviera delante del hotel. Jan se volvi� hacia la entrada y vio un rostro conocido, el del ch�fer. Le confirm� que todo era correcto y que dentro de poco se marchar�an. Se despidieron.</p><p>Luego inform� a Sonia de las pocas cosas relevantes que su colega indio le hab�a dicho.</p><p>Ten�a poco tiempo, sab�a por la llamada que Nigam tambi�n ten�a intenci�n de ir a Pushkar Road.</p><p>��Oye, Sonia, todav�a nos queda algo de tiempo antes de ir al aeropuerto. Coger� un taxi, a ver si puedo encontrar un regalo para mi mujer. A ti puede acompa�arte el ch�fer. Nos vemos all�.</p><p>Se levant� y se volvi� r�pidamente para evitar la mirada de la chica. No quer�a que se invitara a acompa�arlo.</p><p>De hecho, a Sonia le habr�a gustado visitar un par de tiendas antes de regresar, pero ahora tendr�a que hacerlo sola, visto que �l ya estaba en recepci�n pagando la cuenta de su habitaci�n.</p><empty-line/><p>Jan cogi� un taxi en la parada de delante del hotel.</p><p>��Pushkar Road, 10, por favor.</p><p>��De acuerdo, se�or.</p><p>Durante el breve trayecto se le ocurri� que la hija de Mohindroo seguramente habr�a cambiado de apellido despu�s de casarse, y empez� a preguntarse si no ser�a mejor que fuera directamente al aeropuerto. Sin embargo, el asunto del nombre era una excusa: la verdad era que no sab�a lo que iba a decirle.</p><p>No tuvo tiempo de pensar mucho m�s, el taxi se detuvo: hab�an llegado.</p><p>El taxista lo mir� con aire interrogativo al ver que no parec�a dispuesto a bajar.</p><p>Al final Jan pag� y baj� del veh�culo.</p><p>Se encontr� delante de un edificio de dos plantas que s�lo albergaba dos apartamentos. Tras una breve reflexi�n toc� el timbre del que estaba en la segunda planta: ORIOL.</p><p>Le abri� una mujer guap�sima. Nigam no hab�a mentido. No pareci� molesta al ver a un extranjero; por su apellido franc�s, seguramente estaba familiarizada con los occidentales.</p><p>��Buenos d�as -dijo.</p><p>��Buenos d�as -respondi� Jan-. Perdone que la moleste, y disculpe que no la haya llamado antes para quedar con usted, pero se trata de un asunto delicado que debo atender con la m�xima urgencia.</p><p>Hizo una pausa.</p><p>��Me llamo Kroeger, soy el responsable a nivel global de la seguridad de la empresa de su padre. Tengo motivos para creer que el se�or Mohindroo est� en peligro porque tiene conocimiento de hechos que afectan a algunas empresas chinas fabricantes de m�viles.</p><p>Hizo una nueva pausa, esta vez para recuperar el aliento.</p><p>��Por desgracia esta noche su padre ha desaparecido, esta ma�ana no ha regresado a casa y tengo serias razones para pensar que usted tambi�n corre peligro.</p><p>���C�mo? -consigui� balbucear Pamira.</p><p>��Estamos convencidos de que su padre posee documentos muy importantes que quieren obtener algunos representantes de la competencia china y no tendr�n escr�pulos a la hora de recuperarlos. Le pido que escuche el mensaje que su padre me ha dejado esta noche. -Dicho esto, activ� de nuevo el buz�n de voz y le pas� el m�vil a Pamira, haciendo que empezara la escucha desde el momento en que terminaba la frase �No he llegado a un acuerdo satisfactorio con Kluge�.</p><p>Pamira pudo escuchar la voz de su padre solamente diciendo: �Encontr�monos ma�ana por la ma�ana en Pushkar Road, frente a la tienda de electrodom�sticos. Quisiera mostrarle una cosa y me gustar�a que le contara a Kluge lo que ha visto. Pushkar Road es peque�a, no le costar� encontrar el sitio. A las ocho, por favor, le dar� tiempo a coger el avi�n.�</p><p>��Pamira, es importante: �se acuerda de si su padre alguna vez le dio documentos para que los guardara, o de si copi� archivos en su ordenador o de cualquier otra cosa que le hubiera pedido que conservara por �l?</p><p>La mujer estaba visiblemente turbada, pero la voz de su padre era clara, al igual que el mensaje.</p><p>��Alguna vez ha usado mi port�til, dec�a que para instalar programas. De todos modos, �l es el experto de la familia. El ordenador me lo compr� �l y me instal� todas las aplicaciones.</p><p>��Pamira, si no es demasiada molestia, �puedo echar un vistazo a su ordenador? Quiz� consigamos identificar los archivos que usted no reconozca como suyos.</p><p>Ella asinti�.</p><p>��S�game.</p><p>Una vez dentro, la mujer condujo a Jan al estudio. Sobre el escritorio hab�a un ordenador port�til.</p><p>��Es �ste -indic� la hija de Mohindroo-. �Qu� quiere hacer ahora?</p><p>No hab�a terminado la pregunta cuando son� el timbre de la puerta.</p><p>Tras un instante de indecisi�n, Pamira se acerc� a la ventana, seguida de Jan. Ante la entrada estaba Nigam. Jan sinti� que se le aflojaban las piernas, le habr�a venido bien sentarse en la silla que hab�a delante del escritorio. �En qu� l�o se hab�a metido?, se dijo.</p><p>La mujer lo mir� con aire interrogativo.</p><p>��Pamira, �se es el jefe de la filial india. No me f�o de �l y creo que su padre tampoco se fiaba, de no ser as� no me habr�a llamado a m�. Vaya a ver qu� es lo que quiere pero, por favor, no lo deje entrar hasta que hayamos descubierto lo que su padre ha escondido en este ordenador.</p><p>��Esp�reme aqu�, vuelvo en seguida -dijo la mujer.</p><p>Entonces Jan hizo algo inimaginable s�lo unos d�as antes. Cogi� el ordenador, lo meti� en su malet�n y corri� hacia la ventana que daba a la parte trasera de la casa.</p><p>Vio un peque�o patio cerrado entre otras casas de dos pisos de alrededor. Abri� la ventana y consider� la altura que hab�a: no dejaba de ser una segunda planta. Pens� que lo conseguir�a.</p><p>Cogi� la maleta con la ropa y sopes� si pod�a tirarla abajo sin que quedara destrozada. Imposible. No es que fuera muy alto, pero aun as� se trataba de un salto considerable. Encontr� la funda de un sof� y pens� en usarla a modo de cuerda para bajar el equipaje y el malet�n, pero advirti� que era demasiado corta y no llegaba al suelo. No ten�a tiempo de buscar nada m�s largo, as� que desat� la funda. Que se rompiera todo, quiz� fuera mejor as�. Las maletas cayeron estrepitosamente en el patio, la que conten�a el ordenador encima de la otra. Quiz� no estuviera todo perdido, pens� Jan. Ahora le tocaba a �l. Le dio la sensaci�n de que la distancia se hab�a hecho mayor. Era un salto de locos. Pas� por encima del alf�izar y fue desliz�ndose por la pared manteni�ndose agarrado con las manos a la cornisa de la ventana. Mir� abajo, ten�a miedo de romperse todos los huesos, estaba seguro de que eso era lo que iba a pasar. Por otra parte, no ten�a alternativa: volver a subir sirvi�ndose s�lo de la ayuda de los brazos era imposible, al menos para �l. La �nica opci�n que le quedaba era permanecer colgado en esa posici�n hasta que alguien lo ayudara a volver a entrar. Se dej� caer.</p><p>Aterriz� en el patio sin graves consecuencias. Desat� los nudos y corri� hacia la salida de la casa de enfrente. Apareci� en la paralela de Pushkar Road. No hab�a ning�n taxi a la vista. Intentando pasar desapercibido, camin� r�pidamente hasta la esquina con Joshi Road, una calle m�s transitada donde pocos minutos despu�s consigui� parar un taxi.</p><p>Estaba completamente empapado de sudor y todav�a no se sent�a seguro. Lo arrestar�an en el aeropuerto, pens�.</p><p>Transcurri� el resto del viaje temiendo que lo iban a capturar y que acabar�a en una prisi�n india. Jan imaginaba que no podr�a sobrevivir m�s de veinte o treinta d�as en una c�rcel local, as� que cualquier pena, por leve que fuera, pondr�a fin a su in�til existencia.</p><p>Desde Bangalore llegaron a Delhi: sala de descanso en el aeropuerto hasta la fant�stica hora de salida hacia Frankfurt, las dos y media de la madrugada. Aterrizaje a las seis treinta hora local, despu�s vuelo hacia M�nich a las ocho con llegada a las nueve de la ma�ana al aeropuerto y a la oficina a las diez. Si la principal causa de muerte de los directivos era el infarto, bien mirado ten�a una raz�n de ser.</p><p>En ese lapso, Jan tuvo tiempo de inventarse todas las paranoias posibles; de concretar con Sonia sobre los �ltimos detalles del cierre del centro y de la muerte de Mohindroo; de aceptar una cita con Kluge a las once del d�a de llegada; de hablar por fin con su mujer y sus hijos; de encender el ordenador de Pamira en un ba�o del aeropuerto de Frankfurt y descubrir que necesitaba una contrase�a para acceder incluso a Windows; de redactar el informe de su viaje a la India para Kluge; de beberse cuatro caf�s y fumarse un par de cigarrillos.</p></section><section><title><p id="_Toc308278961">La explicaci�n</p></title><p>��Bienvenido, Jan, si�ntese. -Kluge parec�a cordial, iba vestido con elegancia y llevaba un reloj de coleccionista en la mu�eca. Adem�s, por primera vez, hab�a sonre�do. Una bonita sonrisa cordial.</p><p>Jan se sent�a sucio y pegajoso. Apenas hab�a podido refrescarse la cara en los lavabos del aeropuerto. Como de costumbre, en el avi�n no hab�a dormido, y estaba listo para ser despedido.</p><p>Se sent� en uno de los dos sillones que hab�a frente al escritorio del jefe. Ten�a fotos y diplomas por todas partes colgados de las paredes. Kluge hab�a ido acaparando cualquier trozo de papel que pudiera conseguirse del departamento para el desarrollo de recursos humanos: desde el curso de m�nager de nivel uno hasta el de nivel seis, s�lo accesible para los m�ximos dirigentes. Y todos ellos resaltaban por encima de su cabeza. No hab�a duda de que Kluge era un hombre de empresa. De los que conoc�an a todo el mundo, y no desde hac�a poco. Algunas fotos lo mostraban junto a los miembros del consejo de administraci�n, con un ex primer ministro alem�n y uno franc�s, en medio de un equipo de f�tbol patrocinado por la empresa, con un futbolista brasile�o, con un cantante famoso y, naturalmente, con su mujer y sus hijos. Por todas partes hab�a m�viles de �edici�n limitada� grabados con dedicatorias al n�mero dos de la empresa. Los palos de golf estaban colocados no lejos de la puerta.</p><p>��Jan, se lo agradezco mucho. Ha hecho un estupendo trabajo en la India. Un trabajo nada f�cil. Sobre todo con la historia de Mohindroo. Y adem�s con la desgracia que ha sufrido, pobre.</p><p>Despu�s de los tres segundos de silencio protocolario para respetar el luto, Kluge prosigui�.</p><p>��Pero ya se sabe que ocurren desgracias, y tambi�n ocurren muchas otras cosas en una gran empresa como �sta. Ahora, respecto a usted, Jan, yo puedo elegir entre tener un ayudante de paja o un brazo derecho. Es una cuesti�n de confianza, como podr� entender, dif�cil de establecer a priori. Tengo que poder fiarme completamente de su modo de actuar, de su discreci�n, y viceversa, eso vale tambi�n para usted en relaci�n conmigo. Ha hecho usted un buen trabajo, dadas las circunstancias. Claro, todav�a deber� pasar alg�n tiempo para que podamos ser una pareja unida profesionalmente hablando�</p><p>Jan sonri�.</p><p>��� pero creo que la situaci�n requiere una aclaraci�n que nos ayudar� a avanzar en esa direcci�n.</p><p>Con un hilo de voz, Jan repuso:</p><p>��Por supuesto.</p><p>Eran pocas las verdades que podr�an convencerlo.</p><p>Ni siquiera �l sab�a lo que quer�a o�r. Si Kluge admit�a irregularidades administrativas, lo pondr�a en la dif�cil posici�n moral de denunciar el hecho. Por otro lado, una historia inveros�mil ser�a una sombra demasiado grande en su potencial papel de brazo derecho y, probablemente, lo obligar�a a dimitir. No hab�a contemplado otras hip�tesis, y todas sus elucubraciones de los �ltimos d�as hab�an llegado a su fin.</p><p>��Jan, el cierre del centro y las afirmaciones de Mohindroo tienen or�genes completamente distintos. Nuestro ex colega indio asoci� dos hechos independientes y sac� conclusiones que no se corresponden con la realidad. Mire, el cierre del centro viene dictado por factores puramente econ�micos. No es necesario que le muestre las cifras, pero trasladar la producci�n a China conllevar� una notable mejora en los costes, teniendo en cuenta que la productividad por empleado es bastante superior en ese pa�s, o al menos en este caso concreto.</p><p>�Pero vayamos a la segunda parte, la m�s desagradable a causa de los equ�vocos que ha generado. Debe saber que cada a�o financiamos una serie de investigaciones que tienen por objeto definir los efectos que las nuevas tecnolog�as o determinados desarrollos tecnol�gicos ya existentes tienen sobre los seres vivos. Siempre hay alguien que profetiza sobre desastres provocados por las ondas, sean del tipo que sean. Debemos ser capaces de defendernos.</p><p>��Me imagino que se trata de una investigaci�n muy objetiva -sonri� Jan, aparentando saber c�mo funcionaban ciertas cosas.</p><p>���Objetiva? S�, creo que al final es la m�s objetiva y p�blica de todas. Claro, nosotros escogemos los institutos de investigaci�n a los que van destinados los fondos, pero no ejercemos ninguna presi�n ni en el m�todo ni en los resultados. Al menos hasta ahora.</p><p>Jan asinti�. No quer�a de ning�n modo interrumpir la argumentaci�n del jefe, estaba demasiado ansioso por llegar al final.</p><p>��Pero las investigaciones sobre las ondas son minor�a, principalmente invertimos en estudios que sirven para comprobar la comerciabilidad de nuevos servicios y tecnolog�as. �stos, en general, no se difunden inmediatamente al p�blico, sea cual sea el resultado. Ser�a una ventaja para nuestros competidores si divulg�ramos investigaciones que se refieren a productos o servicios futuros. �He recibido el �ltimo informe. Por fin lo han entendido. �Ahora! Ahora que saben que morir�n todos�: fue eso lo que oy�, �verdad?</p><p>Jan contest� que s� con una energ�a ins�lita. Evidentemente, aquella charla era un alivio para �l, una verdadera liberaci�n.</p><p>��Bien, esa frase�, me disculpo por la confusi�n que ha creado, pero cuando conozca toda la historia quiz� entender� mi ira.</p><p>�Hace dos a�os un investigador nuestro desarroll� una nueva tecnolog�a para la transmisi�n de datos, inimaginable hasta entonces, y que probablemente no tuviera competencia en los pr�ximos cincuenta a�os. Fue un descubrimiento del todo casual, ya que nosotros fabricamos m�viles y no enlaces de radio para operadores de telefon�a.</p><p>�Pero ten�a un gran inconveniente que advertimos en seguida: era nocivo. Nos dimos cuenta r�pidamente tras hacer las primeras pruebas de laboratorio. No pod�a tener una aplicaci�n comercial.</p><p>�Seguidamente, el ilustre doctor Richard decidi� que �l se encargar�a de hacer las modificaciones pertinentes para que fuera inocuo. No inform� a nadie de su proyecto y cre� un peque�o grupo de trabajo, una unidad compuesta por catorce de nuestros mejores t�cnicos, y los puso a trabajar en un proyecto in�til del que ya se sab�an de antemano los resultados. Fue tanta la presi�n que ejerci� sobre aquellas cabezas pensantes que, hace algunos meses, uno de ellos encontr� una posible soluci�n. Haciendo una serie de modificaciones en el protocolo pod�an reducir su peligrosidad, pero no se sab�a hasta qu� punto.</p><p>�Eso fue suficiente para nuestro amigo.</p><p>�A pesar de que el resto de los ingenieros, trece para ser exactos, consideraban que en teor�a las conclusiones de su colega eran posibles, todos estaban de acuerdo en que la mejora era insuficiente para que el proyecto pudiera tener un lanzamiento comercial.</p><p>�Pero la voz de ese �nico ingeniero fue suficiente para el doctor Richard. Pidi� reunirse urgentemente conmigo y con Lee para informarnos de la necesidad de invertir en esa �rea concreta: quer�a abrir una nueva divisi�n empresarial que, aprovechando el descubrimiento, operase en el mercado de las infraestructuras de redes m�viles.</p><p>�Probablemente usted no lo sepa, pero el doctor Richard ha hecho algo bien en su vida: casarse con Susanna Thon, hija de uno de los principales accionistas de nuestro grupo.</p><p>�A nadie le sorprendi� que Lee, antes del encuentro, recibiera una llamada telef�nica del suegro de Richard. Estaba al tanto del proyecto, naturalmente s�lo en parte. El parecer de los expertos hab�a sido excluido de la versi�n que ten�a. Thon insisti� en el hecho de que deb�amos poner el m�ximo inter�s en esa oportunidad: un avance tecnol�gico de ese tipo garantizar�a el desarrollo y la prosperidad de la empresa durante al menos los pr�ximos diez a�os. Lee le prometi� que seguir�a personalmente el asunto y que lo mantendr�a al corriente de los progresos. Despu�s de la llamada, convoc� en su despacho a los catorce ingenieros que participaban en el proyecto. En mi presencia, los interrog� a todos, de uno en uno. Lee es una persona extremadamente competente, tambi�n desde el punto de vista t�cnico, y fue capaz de hacerse una idea muy precisa de la situaci�n. Acabamos a las cinco de la ma�ana. La reuni�n con el doctor Richard estaba fijada para las once del mismo d�a.</p><p>�Aunque es verdad que yo no soy t�cnico, tras las entrevistas me qued� claro incluso a m� que el proyecto nunca podr�a salir al mercado. Hasta el ingeniero m�s optimista, el art�fice de la mejora de aquel modelo, en el fondo estaba de acuerdo con esa valoraci�n. �l mismo admiti� que no habr�a presentado su trabajo si el doctor Richard no hubiera prometido una gratificaci�n considerable a quien aportara mejoras al proyecto. Y lo hizo porque, si bien desde un punto de vista te�rico sab�a que en principio sus colegas no pod�an echar por tierra su teor�a, en la pr�ctica las posibilidades de llevarla a cabo eran muy escasas. Dijo que comprend�a la obsesi�n del doctor Richard: se trataba de un proyecto revolucionario. Y toda revoluci�n ejerce un atractivo hipn�tico.</p><p>�Una vez acabadas las entrevistas, nos quedamos media hora m�s definiendo la estrategia de la reuni�n que se celebrar�a pocas horas m�s tarde.</p><p>Kluge hizo una pausa. Bebi� un sorbo de agua y continu�.</p><p>��A las once el doctor Richard lleg� puntual al despacho de Lee. Nos present� su proyecto. No entr� en detalles, pero en esencia ped�a dos mil millones de euros para invertirlos inmediatamente en investigaci�n y desarrollo, una suma que podr�amos recuperar al cabo de pocos meses, una vez que se produjera el lanzamiento comercial de la nueva tecnolog�a, que tendr�a un impacto extraordinario ya que nadie en el mercado se imaginaba algo semejante.</p><p>�En realidad, lo corrigi� Lee, eran muchos los que reconoc�an el potencial de esa tecnolog�a, pero la consideraban demasiado peligrosa para la salud.</p><p>��Exacto� coincidi� el doctor Richard. �Lo cierto es que nosotros hemos conseguido lo imposible.�</p><p>�Despu�s de pronunciar esa frase triunfal, �l esperaba que descorch�semos una botella de champ�n <emphasis>mill�sim�</emphasis> para brindar por el �xito. En cambio, qued� bastante decepcionado cuando le propusimos destinar fondos para una investigaci�n independiente que comprobara la fiabilidad de los descubrimientos efectuados por su equipo.</p><p>�Tardamos dos horas en llegar a un acuerdo que de alguna manera satisficiera su sed de omnipotencia y nuestra intenci�n de reducir al m�nimo la inversi�n de recursos y tiempo en algo que, en nuestra opini�n, iba a resultar un fracaso.</p><p>�Al final Richard acept�, pero se qued� con la direcci�n de la investigaci�n: �l decidir�a los pasos y los criterios que hab�a que seguir. Adem�s, quer�a que su suegro estuviera en el comit� estrat�gico que se encargar�a de dar el veredicto final, bas�ndose en los resultados definitivos. Se lo concedimos.</p><p>�Tambi�n acordamos mantener el proyecto en total secreto y, dada su potencial relevancia estrat�gica, tomar las m�ximas precauciones para minimizar el riesgo de ser v�ctimas de espionaje industrial.</p><p>�As� pues, contact� con un instituto con el que ya hab�amos trabajado en el pasado en proyectos muy delicados y le encargu� la investigaci�n. Tenemos un acuerdo con ese centro: todos los datos de los an�lisis se conservan en nuestros servidores. No puede descargarse nada en un ordenador local, ni copiarlo en ning�n tipo de memoria port�til. En cualquier caso, a pesar de que tres meses despu�s los resultados preliminares de la investigaci�n ya eran claramente negativos, el doctor Richard se ocup� de prolongarla todo lo posible. Se encontraba en una posici�n inc�moda ante su suegro y esperaba alg�n tipo de milagro.</p><p>�El estudio se realiz� con varias especies animales, no s�lo con ratas de laboratorio. Cuando usted me oy� pronunciar aquella frase, acababa de recibir un informe mensual del instituto que anunciaba el fin de la investigaci�n, ya que no hab�a sobrevivido ning�n animal. Los datos eran tan claros desde hac�a meses, incluso para m�, que continuar flagelando a esos pobres animales me parec�a una crueldad in�til. Usted caz� al vuelo una parte de mi desahogo por una situaci�n muy irritante. Y es obvio que iba dirigido a Richard y a su suegro.</p><p>�Todav�a se estar� preguntando usted qu� ten�a que ver Mohindroo con todo esto. Ver�, el servidor donde almacen�bamos todos los datos de ese estudio estaba en la India, en Bangalore. Nuestro centro de innovaci�n tecnol�gica crea un espacio reservado en un servidor, seleccionado por casualidad en una de nuestras sedes en el mundo, y lo usa como servidor principal. El responsable local est� informado del hecho de que, para un proyecto �especial�, ocuparemos un espacio de su servidor, pero al cual �l no tiene acceso. Aparte de los investigadores, los �nicos que pueden acceder a �l somos Lee, yo y, en este caso, Richard. Hasta ahora nunca nadie hab�a conseguido leer archivos reservados. Parece ser que Mohindroo lo hizo.</p><p>�Desgraciadamente para �l, a causa de su ignorancia sobre las caracter�sticas del proyecto, cay� en un equ�voco garrafal.</p><p>��Mohindroo se cay� por la escalera -subray� Jan con una amarga sonrisa.</p><p>��Y ha sido una verdadera desgracia. Mohindroo era un experto en tecnolog�as de la informaci�n, no un experto en ondas, y todav�a menos un experto en an�lisis de laboratorio. En el servidor se conservaban principalmente datos, y las partes descriptivas eran limitadas, ya que el laboratorio todav�a ten�a que redactar el informe final. Yo habl� con Mohindroo despu�s de que usted me llam�. Estaba convencido de que la investigaci�n se basaba en una tecnolog�a actualmente en uso y, adem�s, que eran tecnolog�as que se desarrollaban en el centro de Bangalore. De ah� hab�a llegado a la simplista conclusi�n de que el centro se cerraba porque trabajaba con tecnolog�as peligrosas para el hombre.</p><p>��La verdad es que la premura con la que hemos intervenido resulta un poco inusual, �no le parece? -repuso Jan.</p><p>��No. Con el tiempo ya me ir� conociendo mejor. Cuando vislumbro la posibilidad de mejorar la rentabilidad de la empresa intento actuar lo m�s r�pidamente posible. Claro, algunos procesos requieren a�os, otros meses pero, en el caso de la India, la f�brica china puede absorber la producci�n india en cualquier momento, y entonces �para qu� esperar y perder dinero? Afortunadamente en la India se montaban componentes fabricados en China. El �nico ajuste que habr� que hacer ser� aumentar los turnos de trabajo en la f�brica china. Y si esa salida no presenta problemas, �por qu� no iba a darme prisa, seg�n usted? �Por el personal? Estamos en la India, no en Alemania, donde hay que negociar con los sindicatos.</p><p>Jan no ten�a argumentos para rebatir sus explicaciones y lo admiti�.</p><p>Mientras tanto, su cabeza segu�a analizando las palabras de Kluge.</p><p>As� pues, todo era un malentendido.</p><p>Eran animales, v�ctimas de crueles experimentos, los que iban a morir.</p><p>Mohindroo hab�a visto datos parciales de la investigaci�n y hab�a sacado conclusiones equivocadas.</p><p>Era un experto en tecnolog�as de la informaci�n, no sab�a nada de ondas electromagn�ticas.</p><p>Mohindroo hab�a muerto en un accidente.</p><p>��Eso es, brevemente, lo que ha sucedido -retom� Kluge-. La triste coincidencia de la muerte de Mohindroo hace que este malentendido sea todav�a m�s grotesco. Imagino que usted habr� hecho todo tipo de conjeturas: en su lugar yo habr�a hecho lo mismo.</p><p>��Tiene raz�n, doctor Kluge, no puedo pensar en otra cosa. Por otra parte, como convendr� conmigo, me he visto envuelto en una serie de acontecimientos que desconcertar�an a cualquiera.</p><p>��Claro, lo entiendo, y es principalmente culpa m�a y de mi estupidez al desahogarme con Lee. Le ruego que acepte mis disculpas: lamento sinceramente lo que ha pasado y estoy muy furioso conmigo mismo por mi imprudencia.</p><p>Con un gesto Jan le hizo entender que no hab�a nada por lo que disculparse. En realidad, cuanto m�s pensaba en las consecuencias que aquella frase hab�a tenido en los �ltimos d�as, incluido el hecho de saltar desde un segundo piso con un ordenador aparentemente in�til, m�s se enojaba. Sin embargo, el jefe parec�a sinceramente consternado, y Jan sab�a que m�s ya no pod�a decirle.</p><p>���Resuelve sus dudas esta explicaci�n? �Cree que podr� seguir trabajando para m�? -pregunt� Kluge, que parec�a algo inc�modo. Se notaba que no estaba acostumbrado a pedir disculpas.</p><p>��No he encontrado ning�n elemento que no fuera convincente en su explicaci�n, doctor Kluge. Me siento sinceramente aliviado, como puede imaginar. Deme veinticuatro horas de sue�o y volver� a trabajar para usted encantado.</p><p>��Me alegra o�rlo. Una cosa m�s. Considere esta conversaci�n totalmente confidencial. En particular le pido que no hable de ello ni con Lee ni con Richard. Ellos no entender�an por qu� le he revelado un proyecto confidencial a un empleado que lleva tan pocos d�as con nosotros. Espero que pueda comprenderlo.</p><p>��No se preocupe, no hablar� de ello con nadie.</p><p>Kluge sonri� y le tendi� la mano.</p><p>Jan se la estrech� y confirm� que se iba a casa a dormir, estaba sencillamente destrozado.</p><p>El jefe lo acompa�� hasta la puerta y le dijo que se tomara el tiempo que necesitara para descansar.</p><p>Al salir del despacho, Jan se fij� en una persona que estaba sentada esperando su turno.</p><p>Se le parec�a un poco; adem�s, aquel rostro ya lo hab�a visto antes, dejando a un lado los parecidos. Quer�a asegurarse. Le pregunt� a la secretaria que estaba m�s alejada de la sala de espera qui�n era aquel hombre. Era Kroeger, el responsable de la seguridad. Era la persona en la que hab�a reparado en el hotel de Bombay. Era la persona que Sonia hab�a visto embarcar hacia Bangalore. Era la persona que, seg�n la hija de Mohindroo, le hab�a robado el ordenador. Jan empez� a sentirse mal, se apoy� con las dos manos en la mesa de la mujer.</p><p>���Todo bien, doctor Tes?</p><p>��S�, gracias, todo bien. Me da un poco de vueltas la cabeza. Me ocurre de vez en cuando, y adem�s hoy sopla el <emphasis>f�hn</emphasis>.</p><p>��Oh, s�, no me hable, tengo dolor de cabeza desde esta ma�ana.</p><p>Jan se recuper� en seguida, se despidi� y sali�. Kroeger no lo hab�a visto.</p></section><section><title><p id="_Toc308278962">Kroeger</p></title><p>Jan estaba ya en casa cuando Kroeger termin� de hablar con Kluge. La reuni�n no hab�a ido especialmente bien. Una vez terminado el resumen del viaje a la India, Kluge le pregunt� repetidamente por un ordenador port�til que le hab�an robado a la hija de Mohindroo. Por lo que parec�a, la chica aseguraba que un tal Kroeger, responsable de la seguridad, le hab�a robado el ordenador en su casa y hab�a escapado saltando por la ventana. Qu� locura, �l no sab�a nada de eso. Llegados a ese punto, su jefe le advirti� que se hab�a metido en un asunto de mucha envergadura y que, por su bien, le conven�a colaborar. Pero Kluge tuvo que convencerse de que no hab�a nada en lo que pudiesen colaborar. �l no sab�a nada de ese ordenador. Si quer�a, pod�a acompa�arlo a la India a hablar con la hija de Mohindroo y ver si pod�a identificarlo, ya que no se hab�an visto nunca antes. Quer�a dejar bien claro ese particular. Y Kluge no insisti� m�s, al contrario, cambi� de tema y dej� que se marchara.</p><p>Un escalofr�o de miedo recorri� la espalda de Kroeger: Kluge le hab�a rogado que colaborara, de otro modo no podr�a protegerlo. �De qui�n quer�a protegerlo? Y �de qu�? Caminaba hacia su coche, aparcado a un par de calles de la oficina, mientras se hac�a esas preguntas.</p><p>Dos chicas que parec�an estudiantes, con minifaldas exageradas y grandes bolsos, se le acercaban de frente. Cuando se cruzaron, la m�s alta de las dos perdi� ligeramente el equilibrio y choc� con �l. Esos tacones son demasiado altos y no est�n hechos para caminar sobre la nieve blanda, pens� Kroeger.</p><p>��Perdone, �le he hecho da�o? -pregunt� la chica, visiblemente azorada.</p><p>��No es nada. Ser� mejor que ma�ana se ponga unas botas, ser� m�s seguro para todos -y le sonri�.</p><p>��Lo har�, le pido disculpas otra vez. -La chica reanud� su camino junto a su amiga, a la que le costaba contener la risa.</p><p>Kroeger camin� algunos metros. Intentaba pensar de nuevo en la conversaci�n que acababa de mantener con su jefe, pero un dolor creciente le sub�a por la pierna. Se mir� los pantalones, not� una peque�a mancha roja a la altura del muslo.</p><p>Se volvi�, no hab�a rastro de las chicas. En su lugar vio a dos hombres que parec�an empleados de banca con sus maletines. Caminaban en su misma direcci�n, algo m�s atr�s. La vista se le estaba nublando, empez� a tener miedo. Volvi� a ponerse en marcha m�s r�pidamente y se dio de nuevo la vuelta: los dos hombres no se hab�an acercado. La pierna derecha cedi�. Cay� de bruces delante de una anciana que en ese momento sal�a de la panader�a.</p><p>��Ay�deme. Estoy mal -susurr� Kroeger.</p><p>���C�mo? �Qu� ha dicho?</p><p>��Ha dicho que no se encuentra bien, que necesita ayuda -intervino uno de los dos hombres que se hab�an acercado corriendo a la escena-. No se preocupe, se�ora, soy m�dico, ahora lo llevaremos al hospital. Dir�a que es una bajada de tensi�n, suele pasar en d�as como �ste.</p><p>��Ah, s�, d�gamelo a m�: ayer nos congel�bamos de fr�o y hoy estamos a veinte grados.</p><p>��Ventajas e inconvenientes de M�nich. Max, coge el coche, iremos m�s de prisa si lo llevamos nosotros que si esperamos a una ambulancia. Gracias, se�ora, ahora ya me ocupo yo.</p><p>La mujer no se movi� hasta que cargaron al pobre hombre en el coche, conducido por Max.</p><p>��Espero que se recupere pronto, �ad�nde lo llevan?</p><p>��Al Hospital Universitario. Hasta la vista, se�ora, y gracias.</p><empty-line/><p>Un hombre alto, rubio, de ojos verdes y pelo cortado a cepillo entr� en la sala. Llevaba puesta una bata blanca.</p><p>��No creo que haya sido �l. Es un ex agente, pero no est� entrenado para aguantar todo lo que le hemos suministrado. Nunca ha estado en casa de esa Pamira, de eso estoy convencido.</p><p>���Est� seguro? -dijo un hombre de unos cuarenta a�os que estaba sentado a la gran mesa que, junto con otras cuatro sillas, compon�a todo el mobiliario de aquella habitaci�n.</p><p>��S�.</p><p>��Es usted quien sugiri� que �recogi�ramos� e �hici�ramos hablar� al se�or Kroeger despu�s del informe que ha llegado de la India, �verdad?</p><p>��S�, en efecto.</p><p>El hombre de la bata empezaba a sentirse un poco inquieto, no le gustaba el cariz que estaba tomando la conversaci�n.</p><p>��Y antes de dar este paso doy por supuesto que ha enviado una foto de Kroeger a uno de nuestros hombres en la India para comprobar con la se�ora Pamira que Kroeger es Kroeger, �verdad?</p><p>Hubo un largo silencio.</p><p>��Habr� que averiguarlo ahora. D� las instrucciones pertinentes.</p><p>��Claro, se�or -consigui� articular el subalterno.</p><p>��Cuando reciba la respuesta de la India tendremos dos problemas. O bien sus c�cteles de drogas no sirven de nada y tendr� que buscarse un nuevo trabajo, o bien tendremos que averiguar qui�n se present� en casa de la india haci�ndose pasar por Kroeger. Ahora v�yase, vuelva al trabajo.</p><p>El hombre sigui� con la mirada a aquel idiota mientras abandonaba la sala.</p><p>Luego se volvi� a su izquierda, donde estaba sentada su ayudante.</p><p>��A ti tampoco se te ha ocurrido obtener una confirmaci�n de la India, �verdad?</p><p>��No, ni a ti, si lo dices por eso. Te has dado cuenta porque hace s�lo diez minutos has o�do la grabaci�n de la conversaci�n de esta ma�ana entre Kluge y Kroeger, en la que el propio Kroeger suger�a hacer esa comprobaci�n.</p><p>El jefe la mir� de soslayo.</p><p>��Bueno, ahora tenemos que descubrir qui�n ha cogido ese ordenador. Kroeger no ha sido, si no lo ha admitido con todo lo que le han inyectado quiere decir que no tiene nada que ver con esto.</p><p>���Qu� pasar� con �l?</p><p>��Ya lo sabes, �por qu� me lo preguntas?</p><p>��No ha hecho nada.</p><p>��No hace falta que me lo recuerdes. Se lo haremos saber a quien se haya hecho pasar por �l.</p></section><section><title><p id="_Toc308278963">Andreas</p></title><p>Menuda noche, menudos sue�os. Jan se despert� a las cuatro, completamente sudado, en el sof� del sal�n de sus amigos. Cuando lleg� a casa ellos no estaban, pero deb�an de haber vuelto mientras dorm�a, ya que se encontraba bajo un c�lido edred�n y la tele estaba apagada. Por la tarde se hab�a echado una siesta, luego se hab�a pasado toda la noche hablando con Julia por el m�vil, al final deb�a de haberse venido abajo. No hab�a hecho una llamada as� en toda su vida. Todas las tensiones le estallaron de repente, hizo un mon�logo de una hora antes de que Julia pudiera pronunciar una palabra. Repas� todos los acontecimientos, dejando a un lado el asunto de las modelos indias, y acab� con el gran discurso que su jefe le hab�a soltado por la ma�ana. �Lo hab�a convencido? �Qui�n? El jefe. S�. Pod�a ser. Qu� historia tan absurda. Incre�ble. Aunque s�, le creo. Veremos c�mo ser� trabajar con �l a partir de ahora: tampoco es que hasta el momento haya tenido ocasi�n. Terminaron hablando del fin de semana siguiente, en el que su mujer y sus hijos ir�an a visitarlo a M�nich. Ninguno de los dos ve�a llegar la hora.</p><p>Mientras repasaba los puntos destacados de la conversaci�n, Jan se dio cuenta de que, aparte de las modelos y la fiesta alucinada, tambi�n hab�a omitido su visita a Pamira y el consiguiente robo del ordenador.</p><p>Estaba demasiado avergonzado: se hab�a convertido en un ladr�n.</p><p>Adem�s, hab�a aterrorizado a una inocente que estaba a punto de saber que su padre hab�a muerto.</p><p>Y, para acabar de arreglarlo, su temerario gesto pon�a en apuros a un colega si, como era presumible, Pamira denunciaba el hecho no solamente a la polic�a, sino tambi�n a la empresa.</p><p>Hundi� el rostro entre las manos.</p><p>�Qu� hab�a hecho?</p><p>Ten�a que cont�rselo a Julia.</p><p>Qu� idiota.</p><p>Al aceptar la versi�n de Kluge, todos los acontecimientos se le aparecieron bajo una luz diferente.</p><p>La verg�enza dej� paso al p�nico.</p><p>Se hab�a hecho pasar por Kroeger.</p><p>Podr�a haberse inventado cualquier otro nombre en vez de usar el de Kroeger.</p><p>No pod�a creerse lo idiota que hab�a sido. Un megaidiota.</p><p>El jefe de seguridad era un ex agente. No tardar�a ni veinticuatro horas en descubrir que hab�a sido �l. Un par de fotos y listo, no le iba a costar nada.</p><p>Ten�a que contar la verdad.</p><p>No ten�a otra elecci�n, deb�a hablar con Kluge. �l lo entender�a. Las circunstancias, el cansancio, �Dios, qu� idiota hab�a sido! Ser�a lo primero que har�a a la ma�ana siguiente. Ten�a que adelantarse a las averiguaciones de Kroeger, en otro caso todo estar�a perdido.</p><p>Al d�a siguiente entregar�a el ordenador.</p><p>Se levant�, fue hacia el armario, sac� una gran caja de zapatos y cogi� el ordenador que estaba escondido en el fondo. No hab�a encontrado un escondite mejor; tampoco lo hab�a buscado mucho, estaba demasiado cansado.</p><p>Cuando arranc�, el ordenador le pidi� la contrase�a, igual que sucedi� cuando lo encendi� la primera vez, durante el viaje de regreso de la India. Imagin� que los documentos tambi�n estar�an protegidos.</p><p>Jan se qued� mirando la pantalla.</p><p>Tecle� la palabra �Pamira�, puls� �Enter�.</p><p>Nada.</p><p>Aquello no era ninguna pel�cula.</p><p>Hizo un �ltimo intento antes de entregar el ordenador, el origen de todos sus males, males autoinfligidos gracias a su idiotez. Jan no dejaba de torturarse. Hab�a tardado un poco en asimilar las posibles consecuencias de su comportamiento, pero ahora estaba recuperando el tiempo perdido.</p><p>Tendr�a que pedir disculpas a Kroeger.</p><p>A Pamira.</p><p>A Julia.</p><p>A Kluge.</p><p>Qu� imb�cil.</p><p>Mientras se felicitaba a s� mismo, oy� abrirse la puerta de la habitaci�n de Andreas y Ulrike.</p><p>Era Andreas. Hab�a reparado en la tenue luz de la pantalla procedente del sal�n y fue a saludar a su amigo antes de entrar en el ba�o. No sab�a si se ver�an en el desayuno: �l iba a levantarse tarde, necesitaba dormir, era una de las pocas ventajas de ser el jefe.</p><p>���Qu� est�s tramando a estas horas? �Est�s trabajando? -La mirada de Jan lo asust�-. �Qu� pasa?</p><p>��Me parece estar viviendo una pesadilla.</p><p>���Por el trabajo?</p><p>��S�. �Te acuerdas de cuando tuve que presentar una estrategia para la India que al final no present�?</p><p>���Las famosas quinientas p�ginas?</p><p>Andreas se sent� en el sof� cama al lado de su amigo.</p><p>��S�, �sas. Pero no te cont� que cuando mi jefe entr� en la sala de reuniones le o� decir al director general una frase en la que no puedo dejar de pensar.</p><p>���Una frase?</p><p>��S�: �He recibido el �ltimo informe. Por fin lo han entendido. �Ahora! Ahora que saben que morir�n todos.�</p><p>����Que morir�n todos�? -Andreas estaba impresionado. Tras una breve pausa pregunt�-: Y �sabes lo que quiere decir?</p><p>��D�jame terminar. Obviamente no ten�a ni idea de lo que quer�a decir. Me lo he preguntado mil veces. Luego, cuando estaba en la India, en Bangalore, se me acerc� el director de innovaci�n tecnol�gica del centro. Pr�cticamente me agredi� dici�ndome que ten�a conocimiento del verdadero motivo por el que �bamos a cerrar el centro. Quer�a dinero, estaba claro. Yo estaba cansado, me pareci� que me estaba provocando, no s� c�mo pero le mencion� una parte de la frase, �morir�n todos�, y �l asinti�.</p><p>���Asinti�?</p><p>��S�.</p><p>��Pero �qui�nes?</p><p>��Ah� voy. El director de innovaci�n tecnol�gica llam� a Kluge despu�s de comprender que yo no ten�a ninguna posibilidad de negociar en nombre de la empresa, y �l me llam� a m�. Tuve que decirle que le hab�a o�do pronunciar aquella frase en la sala de reuniones.</p><p>���Y �l qu� dijo? -Andreas no pod�a dejar de interrumpir a su amigo, le costaba creer lo que estaba oyendo.</p><p>��Hoy�, ayer, en la oficina, Kluge me explic� lo que significaba.</p><p>���Y qu� significaba?</p><p>��Un segundo. Debes saber que la misma noche en que me vino al encuentro, el director de innovaci�n tecnol�gica del centro muri�.</p><p>��Es una broma. Me est�s tomando el pelo.</p><p>��No. Y no s�lo eso. Me dej� un mensaje poco antes de morir, en el buz�n de voz, en el que me citaba en una calle de Bangalore. En la misma calle donde viv�a su hija.</p><p>���Y t� c�mo lo sab�as?</p><p>��Hab�a le�do el perfil empresarial del hombre, la direcci�n de su hija se mencionaba como persona de contacto en caso de emergencia.</p><p>���Y c�mo muri�?</p><p>��Oficialmente se cay� por la escalera de su casa estando borracho.</p><p>���Y t� te lo crees?</p><p>��Ahora s�, en ese momento, no. No s�lo cre�a que lo hab�an matado, sino que adem�s fui a casa de su hija, como me ped�a en el mensaje. No sab�a qu� hacer, quiz� lo hice s�lo por desesperaci�n, estaba destrozado, llevaba tres d�as sin dormir, me drogu�</p><p>���Te drogaste?</p><p>��No importa, despu�s te lo explico, estaba cansado, exhausto. Llegu� frente a la casa de la mujer y llam� al timbre sin tener ni idea de lo que iba a decirle. Me present� como el jefe de seguridad de la empresa y le pregunt� si su padre ten�a un ordenador en su casa. Me pareci� natural pensar que, si ese hombre dispon�a de datos, datos comprometedores, los tendr�a en alg�n ordenador. La hija me dijo que su padre hab�a usado su ordenador, as� que se lo rob�.</p><p>���Le robaste el ordenador?</p><p>��S�, pero no fue un robo como puedas imaginarte t�. No me lo escond� debajo del jersey. Lo tir� por la ventana y luego salt� desde el segundo piso con el peligro de romperme el cuello.</p><p>���Saltaste desde un segundo piso?</p><p>��S�, no s� c�mo, pero no me hice nada. Todav�a no puedo creer el l�o que he organizado. Pero hoy Kluge, el jefe, me ha dado su versi�n.</p><p>���Su versi�n?</p><p>Jan describi� a su amigo todos los detalles de la conversaci�n que hab�a mantenido unas horas antes. Respondi� a todas sus preguntas y se lo explic� todo desde el principio, sin omitir nada, ni siquiera el episodio de las modelos indias.</p><p>Termin� de hablar. Miraba fijamente sus rodillas.</p><p>Andreas dej� pasar unos instantes.</p><p>���Y t� le crees, al jefe?</p><p>��S�, le creo. La historia es incuestionable. Podr�a hablar con el doctor Richard para verificarla, pero ser�a lo �ltimo que har�a en la empresa porque Kluge me ha pedido expl�citamente una total discreci�n en este asunto.</p><p>���Y si estuviera mintiendo? �No quieres intentar entrar en el ordenador?</p><p>��No. El ordenador se lo llevar� a Kluge ma�ana.</p><p>��Creo que es lo mejor que puedes hacer. Dios m�o, menuda historia. Pero �de verdad saltaste desde un segundo piso?</p><p>��No me lo recuerdes.</p><p>��D�jame ver el ordenador. �Has probado con alguna contrase�a?</p><p>��M�s de una, cr�eme.</p><p>Andreas estaba muy interesado, tambi�n profesionalmente, en el contenido del port�til. Como sol�a hacer cuando estaba concentrado, empez� a hablar consigo mismo. Jan conoc�a bien esa faceta de su amigo. A menudo le hab�a hecho perder los nervios, cuando se sal�a por la tangente y no hab�a posibilidad de discutir con �l.</p><p>��Entrar en Windows no deber�a ser muy dif�cil. Nosotros tenemos una aplicaci�n que va probando combinaciones; se trata de combinaciones de ADN, pero siempre en formato alfanum�rico, y estoy seguro de que uno de nuestros t�cnicos podr�a adaptarlo a este caso. En un teclado hay m�s o menos cuarenta y seis teclas, todas ellas con al menos dos variables, may�scula o min�scula, n�mero o s�mbolo. Comprobar todas las posibles combinaciones, y adem�s las repeticiones, puede suponer bastante tiempo. Cuanto m�s larga es la contrase�a y m�s caracteres distintos usa, n�meros, letras, s�mbolos, m�s tiempo se necesita.</p><p>�Pero, en mi opini�n, teniendo en cuenta que la chica india no sab�a que ten�a archivos secretos en su ordenador, la contrase�a debe de ser bastante f�cil. Cosa de un par de horas. �Qu� te parece? -pregunt� Andreas al final.</p><p>��No, gracias. Voy a devolverlo.</p><p>��Buena idea. Ya ver�s como todo se arregla. Tu jefe lo entender�. �Qu� hora es? -Andreas mir� el reloj. Las cinco y media-. Es muy tarde. Te dejo dormir un par de horas. �Quieres que ma�ana te acompa�e a la oficina?</p><p>��No, gracias, Andreas. Ir� andando. Buenas noches. Nos vemos luego.</p><p>��Ll�mame en cuanto hayas acabado con tu jefe, por favor.</p><p>��Lo har�.</p><p>Andreas se levant� y por fin pudo ir al ba�o antes de meterse de nuevo en la cama. No consigui� volver a dormirse, ni Jan tampoco.</p><p>A las seis Jan se levant�, se afeit�, se duch� y se prepar� el desayuno a base de tostadas con mermelada y t�. Mir� las noticias de las seis y media y a las siete sali� del apartamento.</p><empty-line/><p>Fue el primero en llegar a la oficina. Las secretarias empezaban su jornada a las ocho. Dej� el malet�n con el ordenador de Pamira en su mesa y encendi� el suyo. Como todas las ma�anas, empezar�a la jornada echando un r�pido vistazo a las webs de sus peri�dicos favoritos, <emphasis>Der Spiegel</emphasis>, el <emphasis>Corriere</emphasis>, el <emphasis>Economist</emphasis> y el <emphasis>Financial Times</emphasis>. Como de costumbre, la direcci�n que apareci� al abrir el navegador era la de la intranet de la empresa. Se qued� de piedra cuando ley� la primera noticia. El director de personal anunciaba que el brillante Kroeger hab�a dimitido para perseguir otros objetivos profesionales. La empresa lamentaba esa decisi�n, pero le deseaba todo el �xito posible al ex empleado y le agradec�a su excepcional contribuci�n durante el tiempo que hab�a permanecido en el cargo.</p><p>La noticia se hab�a publicado a las siete, treinta minutos antes.</p><p>Jan no sab�a si ten�a que alegrarse o preocuparse m�s todav�a. Detr�s de esos mensajes est�ndar de recursos humanos pod�a esconderse cualquier cosa. S�lo esperaba que Kroeger no hubiera sido despedido por su culpa.</p><p>Sus pensamientos fueron bruscamente interrumpidos por una voz familiar.</p><p>��Buenos d�as, Jan, pensaba que iba a descansar unas horas m�s -Kluge se asom� a su despacho.</p><p>��Buenos d�as, doctor Kluge, ya he dormido, estoy bien, gracias. Y usted, �todo bien?</p><p>��Todo bien, gracias. Oiga, ya que ha venido, pensaba� Ma�ana tengo que ir a Shangh�i para hacer un an�lisis de nuestros negocios en China con el gerente de la oficina. �Le ir�a bien acompa�arme? No es obligatorio, que quede claro. Si prefiere descansar unos d�as m�s, est� m�s que justificado.</p><p>Basta, no pod�a seguir viviendo as�.</p><p>��Doctor Kluge, �cree que en un futuro podr�amos planificar con un poco de antelaci�n ese tipo de viajes? Cuando mi mujer y mis hijos est�n en M�nich, no les gustar� mucho que llegue a casa con ese tipo de noticias un d�a s� y otro no. De todos modos, teniendo en cuenta que por un per�odo limitado de tiempo voy a seguir estando soltero, me encantar� acompa�arlo.</p><p>��Me alegro de o�rlo. En cuanto a la programaci�n, tiene usted raz�n. Le pedir� a mi secretaria que repase con usted mi agenda para las pr�ximas cuatro semanas. Tambi�n me gustar�a que me acompa�ara a Nueva York la semana que viene, donde tengo que reunirme con un importante cliente, y a final de mes a Londres, para el encuentro de los directores financieros de nuestra empresa. Adem�s quisiera que llevara un proyecto en mi nombre aqu� en M�nich. Se trata de un nuevo plan de incentivos para los vendedores. Hable con Pascul, nuestro director de ventas, ya le he informado de su participaci�n. Bien, dir�a que eso es todo. �Usted tiene algo que comunicarme?</p><p>Jan estaba tan impactado con la noticia de Kroeger que se olvid� de su confesi�n, de entregarle el ordenador y de pedir perd�n.</p><p>��No, ahora estudiar� un poco nuestros negocios en China y me ocupar� de los detalles para el viaje -consigui� farfullar.</p><p>��Estupendo, entonces hasta ma�ana en el aeropuerto. Que tenga un buen d�a.</p><p>��Igualmente, doctor Kluge. �Ah! Acabo de leer que hemos perdido al responsable de seguridad. �Era competente?</p><p>��Me enter� ayer a altas horas de la noche, fue una sorpresa. Una desagradable sorpresa. Y s�, era muy competente -Kluge se puso serio.</p><p>Dio media vuelta y se dirigi� a su despacho.</p><p>A Jan le cost� media hora recuperarse. Despu�s llam� a Andreas, que todav�a estaba en casa.</p><p>���Puedes pasar por mi oficina antes de ir a trabajar? Tengo que darte una cosa.</p><p>���Va todo bien? -pregunt� preocupado su amigo.</p><p>��S�, todo bien. Entonces, �puedes pasar?</p><p>��Claro, te llamo cuando est� abajo en la calle.</p><p>Veinte minutos despu�s Jan entreg� el malet�n con el ordenador a Andreas.</p><p>De regreso a la oficina, empez� a pensar en su viaje.</p><p>Shangh�i. Nunca hab�a estado en Shangh�i. Todo el mundo hablaba de esa ciudad, �c�mo ser�a en realidad? Hab�a estado varias veces en Pek�n con su mujer, pero nunca hab�a tenido la oportunidad de visitar otras ciudades chinas.</p><p>Bien mirado, ten�a ganas de ir, quiz� incluso podr�a ver algo. �Qu� hab�a en Shangh�i? No se le ocurr�a otra cosa m�s que mucha gente y rascacielos, lo que se le hab�a quedado impreso en la memoria a trav�s de los numerosos reportajes sobre la ciudad publicados en todo tipo de revistas en los �ltimos a�os. Su esperanza de hacer una visita tur�stica se desvaneci� cuando una de las secretarias, que ahora se hac�an llamar �asistentes personales�, entr� en el despacho con el programa de viaje. Salida de M�nich a las 12.00, a las 17.45 despegue hacia Shangh�i desde Frankfurt, llegada a las 12.00 hora local del d�a siguiente. M�s o menos once horas de vuelo y seis de cambio de horario. La primera reuni�n estaba prevista de tres a siete.</p><p>Llegada al hotel y luego cena de negocios a las ocho. Al d�a siguiente, reuni�n fijada a las ocho y media: una reuni�n interminable, ya que estaba previsto que durara hasta las siete de la tarde. Seguidamente, a las ocho, cena con el alcalde de Shangh�i y algunos representantes de su gobierno.</p><p>El �ltimo d�a se reunir�an con clientes y proveedores durante la ma�ana para, a continuaci�n, ir directamente al aeropuerto a mediod�a. Salida a las dos de la tarde, llegada a M�nich prevista para las cinco. Quiz� los museos estaban abiertos despu�s de la medianoche, pens� Jan con una sonrisa melanc�lica.</p><p>Cuando acab� de leer la agenda se meti� en la intranet para buscar el organigrama de la empresa en China y se esforz� en memorizar los nombres de los directores m�s importantes. No era dif�cil, los chinos que trabajaban para empresas extranjeras se asignaban nombres occidentales. De este modo, el director de marketing pasaba a llamarse Frank Li, el de ventas John Tong, y el responsable de la f�brica, Peter Liu. El director financiero y el director general eran europeos.</p><p>Despu�s de pasar m�s de una hora estudiando el material sobre China, la naci�n con m�s ventas anuales de m�viles del mundo, Jan pens� que era el momento de ponerse en contacto con Pascul para presentarse y averiguar cu�l podr�a ser su aportaci�n en el proyecto de los nuevos incentivos para la red comercial.</p><p>Naturalmente el director de ventas no estaba en la oficina, estaba en Par�s y volver�a al d�a siguiente. Jan se present� a la asistente personal de Pascul y le pidi� que lo llamara a su regreso.</p><p>Telefone� a Julia y le inform� del segundo viaje intercontinental, luego habl� con un par de amigos de Mil�n y pas� el resto de la jornada estudiando diversos modelos de incentivos de ventas en un libro que hab�a encontrado en la biblioteca de la empresa, biblioteca que, entre otras cosas, estaba muy bien provista de libros de todas clases.</p><p>Sali� de la oficina hacia las seis. Estaba extenuado, ten�a ganas de dar un paseo hasta casa, y decidi� que por la calle comprar�a vino para la cena. La adrenalina lo manten�a despejado. Hab�a intentado captar alg�n comentario sobre la dimisi�n de Kroeger, pero nadie sab�a nada. Seguramente hab�a sido una decisi�n repentina.</p><empty-line/><p>Andreas lo salud� con el signo de la victoria cuando se encontraron en casa por la noche.</p><p>��Hemos entrado en Windows.</p><p>Jan lo hab�a visto pocas veces en tal estado de excitaci�n.</p><p>��Adivina la contrase�a.</p><p>��No s�, �<emphasis>Slumdog millionaire</emphasis>?</p><p>��Suria2004. Dejando de lado los n�meros, ha resultado muy f�cil. S�lo hemos necesitado tres horas. Y, como te hab�a prometido, no he mirado nada m�s, aparte de que he estado reunido todo el d�a -argument� maliciosamente Andreas-. Ulrike volver� tarde, pong�monos en seguida a trabajar -propuso.</p><p>Pero Jan no compart�a el entusiasmo de su amigo, estaba seguro de que la historia de Kluge era cierta y, por tanto, de que no encontrar�an nada interesante en el port�til.</p><p>��Primero nos comemos un plato de pasta y luego nos ponemos a investigar.</p><p>���Tienes hambre? De acuerdo, yo me encargo de la pasta, t� ve a darte una ducha, si quieres.</p><p>Media hora m�s tarde estaban en la mesa, sentados uno al lado del otro, comiendo r�pidamente los espaguetis. El ordenador de Mohindroo estaba encendido en medio de los dos. Una vez introducida la palabra m�gica apareci� la pantalla del escritorio, con una bonita foto de Pamira con su marido y sus hijos.</p><p>��Guapa mujer -coment� Andreas.</p><p>���Qu� verg�enza! Imag�nate el susto que debi� de llevarse.</p><p>��Ya se le habr� olvidado, no te preocupes. Mejor haz clic en �Mis documentos�.</p><p>Pasaron horas mirando decenas de archivos.</p><p>No hab�a nada extraordinario.</p><p>Nada que estuviera protegido.</p><p>Algunas fotos de Mohindroo, algunos correos electr�nicos dirigidos a su hija. Nada que se pareciera a un estudio de alto secreto.</p><p>Jan casi se alegraba: estaba a punto de dar por terminada la partida.</p><p>��Prueba a situar el cursor sobre la carpeta �Mis documentos� -le pidi� Andreas.</p><p>���C�mo? �Qu� quieres hacer? Hemos mirado uno por uno todos los documentos de ah� dentro.</p><p>��Ahora pulsa el bot�n derecho del rat�n.</p><p>Jan lo hizo y en la pantalla se abri� un men� de opciones. Una de ellas contemplaba la posibilidad de ocultar o volver a hacer visibles las carpetas. Tambi�n podr�a hab�rsele ocurrido a �l, se recrimin� mentalmente Jan. Era un recurso que �l tambi�n conoc�a. Puls� la opci�n �Mostrar�.</p><p>Apareci� una carpeta: �Work.�</p><p>En la habitaci�n s�lo se o�an sus respiraciones.</p><p>Jan puls� dos veces sobre el icono con forma de buz�n.</p><p>La carpeta se abri� sin problemas. No estaba protegida con ninguna contrase�a. Dentro hab�a seis archivos.</p><p>Los nombres de cinco de ellos terminaban con un punto seguido de la extensi�n �dat�. Jan no conoc�a programas que trabajaran con esa extensi�n, pero Andreas s�.</p><p>��Son archivos Matlab, archivos binarios. Los usan los programadores. D�jame ver si en el ordenador hay alguna aplicaci�n que pueda leerlos.</p><p>Andreas busc� fren�ticamente durante unos minutos, pero no logr� ning�n resultado.</p><p>���stos no podemos abrirlos. Intent�moslo con este otro -y puls� sobre el sexto y �ltimo archivo que conten�a la carpeta, con la extensi�n �doc�. El procesador de textos del ordenador se abri� e inmediatamente despu�s apareci� el archivo.</p><p>En la pantalla hab�a una serie de letras y s�mbolos incomprensibles. Parec�a estar codificado.</p><p>��Habr�a sido demasiado f�cil.</p><p>��Lograremos descifrarlo -sentenci� Andreas-. Ma�ana miraremos lo que hay dentro.</p><p>��Si encuentras la clave, tendr�s que esperar a que regrese de China para leer el archivo. En otro caso me llevo el ordenador a la oficina y lo dejo all�. �De acuerdo?</p><p>��Est� bien. Si encuentro el c�digo, esperar� a que vuelvas antes de leer el contenido.</p><p>��Gracias, es importante que lo hagamos as� -zanj� Jan.</p><p>La noche termin� con una botella de vino y un partido de f�tbol en la tele.</p></section><section><title><p id="_Toc308278964">Shangh�i</p></title><p>Al d�a siguiente Jan no encontr� a Kluge en la oficina, as� que se fue solo al aeropuerto. Esta vez cogi� un taxi: hab�a visto con gran satisfacci�n que su billete era de clase <emphasis>business</emphasis>, y quien pod�a viajar en <emphasis>business</emphasis> tambi�n pod�a permitirse un taxi. Una vez hubo facturado el equipaje, busc� a Kluge en vano. Seguramente estaba en la sala reservada a los supervips. Ahora Lufthansa los denominaba �Hon�. Los acompa�aban desde la sala hasta el avi�n en un coche de lujo. Sin duda algunos de los vips hab�an conseguido esos privilegios a modo de obsequio gracias a la pol�tica de marketing del grupo Lufthansa, mientras que otros hab�an ido gan�ndoselos con su tes�n. Era necesario coleccionar una cantidad de puntos enorme para obtener este �honor�: los desgraciados que viajaban en turista nunca podr�an conseguirlo, ni aun pas�ndose d�as y noches enteros volando. Para algunos resultaba fascinante, especialmente para los que no llevaban ese tipo de vida. Pero era una vida demoledora para la mayor�a de los que se ve�an obligados a llevarla. Quiz� �l tambi�n llegar�a a tener ese estatus dentro de un a�o, pens� Jan. Si as� era, probablemente tambi�n significar�a que tendr�a una demanda de divorcio en el juzgado.</p><p>Subi� al avi�n sin haber visto todav�a a Kluge, que obviamente lleg� el �ltimo, directamente acompa�ado en limusina hasta su asiento de primera clase.</p><p>Como de costumbre, Jan permaneci� despierto durante todo el viaje. Intent� dormir con todas sus fuerzas. El resultado no fue distinto del de otras veces. Se bebi� los Jack Daniels con coca-cola de costumbre, que le provocaron el efecto de atontamiento habitual pero que no bastaron para enviarlo al mundo de los sue�os.</p><p>En una ocasi�n incluso prob� con los somn�feros.</p><p>Nunca podr�a olvidar aquella experiencia.</p><p>Una doctora amiga suya le dio una caja de somn�feros que s�lo se pod�an conseguir bajo prescripci�n facultativa. Jan recordaba que hab�a le�do el prospecto informativo y se hab�a asustado con la advertencia de la potencial dependencia que pod�an crear con s�lo un par de d�as de administraci�n.</p><p>A pesar de ello, se tom� dos p�ldoras en un vuelo de Chicago a Mil�n. Su vecino de viaje, un simp�tico gigante de color que ten�a el mismo problema de insomnio que �l, acept� encantado la oferta de Jan de compartir aquella promesa de sue�o.</p><p>El hombre se qued� dormido antes del despegue y se despert� en Mil�n. Jan, en cambio, se durmi� en el taxi en el aeropuerto de Malpensa, mientras iba de camino a la oficina. El taxista tard� media hora en despertarlo delante de la oficina y luego necesit� diez minutos m�s para que Jan se decidiera a cambiar la ruta y le dijera que lo llevara a su casa, donde se pas� catorce horas seguidas durmiendo profundamente antes de que desapareciera el efecto del somn�fero.</p><p>Cuando despert� no sab�a qu� hora era ni por qu� estaba all�.</p><p>Desde entonces hab�a abandonado la idea de dejarse ayudar en cuesti�n de sue�o.</p><empty-line/><p>El doctor Kluge baj� por la escalerilla interior del 747, la que conduc�a a primera clase, aparentemente fresco como una rosa, mientras que Jan mostraba su acostumbrado aspecto de viaje intercontinental: estaba gris como una momia. Seguramente tambi�n ol�a mal, mientras que Kluge iba perfumado con colonia. El aeropuerto de Shangh�i era nuevo, como por otra parte lo era todo en esa ciudad, y muy funcional. A Jan le habr�a encantado coger el Transrapid, un tren ultrarr�pido que vuela sobre un monorra�l a m�s de trescientos kil�metros por hora, pero hab�a un ch�fer aguard�ndolos a la salida del control de pasaportes.</p><p>Llegaron puntuales a la oficina, el responsable de China los estaba esperando en el vest�bulo.</p><p>Fue una buena tarde. Kluge era competente, Jan pens� que se pod�a aprender de �l. Hac�a preguntas oportunas y somet�a a las personas a la justa presi�n, sin desmotivarlas. Ten�a una memoria excelente y un buen conocimiento del mercado; por otra parte, iba a China m�s o menos una vez al mes.</p><p>Hacia las cinco Jan se dio cuenta de que estaba a punto de quedarse dormido. Sent�a tal modorra que tuvo que levantarse y abandonar la sala de reuniones. Fue al ba�o y se moj� la cara varias veces con agua helada. Ahora se encontraba mejor, ostras, qu� espeso estaba. Todav�a ten�a que aguantar un par de horas, luego la cena y por fin se ir�a a su habitaci�n. Mientras se imaginaba la cama del Pudong Shangri-la, entr� un chino que lo salud� con reverencia. Jan respondi� al saludo y evidentemente fue un error, porque el chino empez� a hablar en un ingl�s complicado de entender para una persona que estuviera al ciento por ciento, y todav�a m�s para alguien como �l, que estaba al quince. Era el responsable de innovaci�n tecnol�gica y, como todos los responsables de innovaci�n tecnol�gica, no contaba mucho, de no ser as� estar�a en la sala de reuniones con Kluge. Pero Jan siempre hab�a sido muy educado y se esforz� por entenderlo. Se llamaba Franz. Al o�r el nombre Jan intent� contenerse, pero no consigui� dejar escapar una sonrisa. No se dijeron nada interesante, excepto cuando Franz -era realmente dif�cil imaginarse a un chino de Hangzhou con ese nombre- le pregunt� si durante su viaje a la India hab�a conocido a Mohindroo. Franz probablemente not� la sorpresa en la cara de su interlocutor.</p><p>S�, lo conoc�, respondi� Jan. �Por qu� se lo preguntaba?, si pod�a saberse.</p><p>���ramos amigos, hicimos una serie de cursos juntos en Alemania y en Estados Unidos. Perdone que lo moleste, pero seguramente usted fue una de las �ltimas personas que estuvieron con �l, y me preguntaba�, me preguntaba�</p><p>��Diga, no se preocupe, si puedo ayudarlo le contestar� encantado.</p><p>��Es que, �c�mo lo dir�a?, hace unos d�as recib� un correo electr�nico suyo. Un correo muy extra�o. Intent� llamarlo al d�a siguiente para aclararlo, pero hab�a muerto. Fue algo terrible.</p><p>��S�, una desgracia -subray� Jan.</p><p>��S�lo quer�a saber qu� impresi�n le caus�. Si estaba preocupado por el cierre del centro o si a usted le pareci� que no se encontraba bien.</p><p>Evidentemente Franz no quer�a revelar el contenido del correo electr�nico e intentaba averiguar si hab�a sido escrito por una persona alterada o en precarias condiciones emocionales.</p><p>��Qu� quiere que le diga, Franz, la verdad es que la noticia del cierre del centro de Bangalore fue una sorpresa para todos, pero creo que las condiciones de salida que se ofrecieron fueron muy dignas, lo que hizo que el golpe resultara menos traum�tico. Habl� personalmente con Mohindroo, estaba preocupado como todos, ni m�s ni menos. �Qu� le escribi�?</p><p>��Una especie de c�digo, no lo entiendo.</p><p>��Mire, Franz, si quiere dejarme leer el correo quiz� pueda ayudarlo, en otro caso olv�delo y qu�dese tranquilo. Por otro lado, Mohindroo debi� de envi�rselo antes del accidente, y la polic�a dijo que estaba completamente borracho cuando se cay� por la escalera.</p><p>��Se lo agradezco, se�or Jan, debi� de suceder as�. Es lo que yo tambi�n me he dicho. El alcohol juega malas pasadas. Perd�neme si lo he molestado -concluy� Franz, y pr�cticamente sali� corriendo del ba�o.</p><p>Jan se qued� mir�ndose al espejo, la conversaci�n que acababa de mantener le parec�a irreal. Volvi� a mojarse la cara y regres� a la sala de reuniones, no sin antes detenerse a fumar un cigarrillo en el balc�n del despacho del jefe chino.</p><empty-line/><p>A las siete llegaron al hotel, seg�n lo previsto. La habitaci�n, en la decimocuarta planta del Pudong Shangri-la, era confortable y amplia. Jan se tom� una copa r�pida que cogi� del minibar mientras se llenaba la ba�era. Un ba�o caliente, hac�a doce horas que no so�aba con nada m�s. Las palabras de Franz lo hab�an puesto de mal humor, no quer�a tener nada que ver con aquella historia. Cuando se termin� el vaso, m�s borracho por el cambio de hora que por otra cosa, decidi� revisar el correo.</p><p>Se conect� a la intranet de la empresa para descargar sus correos electr�nicos.</p><p>Era incre�ble la cantidad de correos que recib�a, las secretarias del jefe lo hab�an incluido en casi todas las listas de correo principales. Al mirar r�pidamente por encima los ciento veintisiete mensajes que se hab�an acumulado en su buz�n, sus ojos se detuvieron en uno de los m�s recientes. Era de Franz.</p><p>Lo abri�.</p><p>Distinguido doctor Jan:</p><p>Le remito el correo del que le he hablado, quiz� pueda darle mejor uso que yo.</p><p>A continuaci�n, Franz hab�a adjuntado el correo electr�nico original que Mohindroo le hab�a enviado poco antes de su muerte.</p><p>Dear Franz:</p><p>There is something you must know, it is really important</p><p>Bw2#srey e35ngjlk�9gf6Fre5!!243�</p><p>El texto continuaba as�, en un c�digo, si es que era un c�digo, que Jan no entend�a. Claro que Franz tambi�n deb�a de estar confuso, si no se trataba de un c�digo que ambos usaban.</p><p>�Qu� ten�a que hacer?, se pregunt� Jan.</p><p>Se dio un ba�o. En su cabeza se agitaban hip�tesis, miedos, posibles iniciativas.</p><p>Se sec� y volvi� frente al ordenador.</p><p>Distinguido doctor Kluge:</p><p>Hoy he mantenido una conversaci�n con nuestro responsable de innovaci�n tecnol�gica aqu� en China. Me ha informado de que hab�a recibido un correo electr�nico enigm�tico por parte de Mohindroo antes de su muerte. Usted quiz� no lo sepa, pero parece ser que eran amigos. Obviamente he intentado tranquilizarlo respecto al desgraciado accidente que sufri� Mohindroo. En persona, Franz no ha querido explicarme el contenido del correo, pero est� claro que lo ha pensado mejor porque me lo ha enviado. Encontrar� el mensaje original de Mohindroo a continuaci�n.</p><p>Atentamente,</p><p>Jan</p><p>Mir� el reloj, era la hora de bajar al sal�n. Pero antes envi� el mismo correo electr�nico a Andreas.</p><p>Querido Andreas:</p><p>Quiz� te sirva.</p><p>Hasta pronto,</p><p>Jan</p><empty-line/><p>Al llegar al sal�n Jan se fij� en que Alstrom, el director ejecutivo de China, estaba sentado en el bar. Hab�a ido a recogerlos �l solo. Se sent� a la misma mesa y pidi� una cerveza. Veinte minutos despu�s lleg� Kluge, con cara de pocos amigos, o al menos eso le pareci�.</p><p>Salud� a los dos hombres. Luego, dirigi�ndose en voz baja a Jan, teniendo cuidado de que Alstrom no lo oyera, dijo:</p><p>��Gracias por el correo. Me parece que podr�a haberlo escrito en el c�digo que usamos para proteger los archivos delicados como los que estaban en el servidor indio. Ya se lo he pasado a alguien que puede ayudarnos a entenderlo. Lo mantendr� informado.</p><p>��Gracias, doctor Kluge, me pareci� importante que estuviera al corriente.</p><p>��Ha hecho bien. Ahora vayamos a cenar, tengo hambre.</p><p>Cogieron un taxi y cruzaron el t�nel que conecta Pudong con el centro de la ciudad. El t�nel pasa por debajo del Huangpu, el r�o de Shangh�i: un caldo marr�n, peor que la bah�a de Bombay, en el que s�lo pod�an sobrevivir monstruos radiactivos, o al menos eso fue lo que pens� Jan cuando ech� un vistazo antes de entrar en el restaurante.</p><p>El viaje fue breve. El local estaba en la �ltima planta del Peace Hotel, un alojamiento de estilo franc�s con vistas sobre el Wai Tan, tambi�n conocido como Bund, el bulevar del muelle.</p><p>La cena fue agradable y deliciosa.</p><p>Todos estaban cansados, y cuando acabaron de cenar decidieron irse a dormir. Kluge los invit� a tomar la �ltima copa en el bar del hotel. El bar era en realidad una especie de local nocturno situado debajo del vest�bulo, donde tocaba una banda musical de filipinos que cantaban en directo canciones en ingl�s. Lo hac�an bien. Tambi�n hab�a numerosas chicas que s�lo parec�an esperar una se�al. Un par de estas se�oritas se acercaron en seguida al grupo de reci�n llegados, pero con poco �xito.</p><p>Dejando a un lado que el ingl�s de las chinas era elemental, los tres hombres eran poco proclives a aventuras de ese tipo, por lo menos esa noche.</p><p>Kluge se retir� despu�s de la primera copa, seguido de Jan y Alstrom.</p><p>Como ten�a una habitaci�n para no fumadores, Jan decidi� dar un peque�o paseo por los alrededores del hotel para fumarse el �ltimo cigarrillo.</p><p>Pudong era incre�ble: el Shangri-la ser�a un rascacielos imponente en Europa, pero parec�a un edificio normal y corriente en Shangh�i. En Pudong tambi�n se encontraba el Centro Financiero Mundial de Shangh�i, la torre Perla de Oriente y la torre Jin Mao, en cuyo interior estaba el Grand Hyatt Shangh�i.</p><p>Todas ellas eran maravillas arquitect�nicas que se disputaban la primac�a de la altura y la luminosidad.</p><p>Desde el otro lado del r�o se ve�a el Bund y sus casas de principios del siglo XX, iluminadas como en Europa s�lo se ve en Navidad. Pero m�s all� de esa primera hilera de casas de mucho prestigio se levantaba un perfil digno de Nueva York, quiz� incluso m�s sugestivo. Donde �l se encontraba, en cambio, era todav�a un mundo en construcci�n. En Pudong se estaba edificando el rascacielos m�s alto del mundo, e innumerables edificios m�s. Aquello que s�lo unos a�os antes era una gran charca se hab�a convertido en un centro arquitect�nico de valor mundial.</p><p>Aqu� y all� segu�an sobreviviendo casitas con sus restaurantes y peque�as tiendas, destinadas a desaparecer en poco tiempo. China s�lo ten�a un dogma, el desarrollo. Lo viejo no era historia, era obsoleto.</p><p>El panorama que ve�a a su alrededor era tan fascinante que Jan iba caminando sin una meta concreta, perdido en aquella org�a de edificios y luces. Ahora recorr�a una peque�a calle por detr�s del hotel, donde aparcaban los taxis mientras esperaban a que salieran los clientes. De repente gir� a la derecha y se encontr� en un solar destinado a edificar el pr�ximo rascacielos. Estaba vallado, hab�a maquinaria esparcida por todas partes y se ve�a el cl�sico cartel que ilustraba lo que se iba a construir all�. Setenta plantas de cristal. Pero, por el momento, prosiguiendo todav�a unos veinte metros m�s en aquel embri�n de obra, se disfrutaba de una espl�ndida vista del Bund y sus maravillosos edificios. La verja del recinto estaba abierta. Jan entr�, se sac� el m�vil del bolsillo, quer�a hacer una foto de los edificios que se asomaban al Wai Tan.</p><p>Mientras pensaba en lo bonito que ser�a que Julia estuviera all� con �l en ese momento oy� unos pasos a su espalda. No tuvo tiempo de volverse, algo contundente lo golpe� en la cabeza.</p></section><section><title><p id="_Toc308278965">Por la ma�ana</p></title><p>El jefe de obra observ� con aire interrogativo al operario que le mostraba el acto vand�lico que alg�n gamberro hab�a cometido durante la noche. �Qui�n pod�a haberse divertido cerrando el foso donde iban a colocar uno de los veinticuatro ascensores previstos para el futuro rascacielos del Banco de Shangh�i?</p><p>�Ten�a que actuar como si no hubiera pasado nada y hacer que lo volvieran a perforar?</p><p>Decidi� que primero era mejor presentar una denuncia a la polic�a, de ese modo, si el jefe de proyecto le ped�a explicaciones por los posibles retrasos, la denuncia le servir�a de excusa.</p><p>Llam� personalmente.</p><p>��Buenos d�as, diga.</p><p>��Buenos d�as, soy el jefe de obra del Banco de Shangh�i en Pudong. Esta noche alguien se ha divertido rellenando el foso que iba a servir para alojar uno de los ascensores. Debo volver a empezar el trabajo desde el principio, corriendo el riesgo de que se produzcan retrasos en la programaci�n de la obra. Tenemos un seguro para cubrir determinadas situaciones. Quisiera que enviara a alguien para evaluar los da�os, �nicamente para tener un documento oficial.</p><p>��Le mando una patrulla, cinco minutos.</p><p>��Much�simas gracias, se�ora.</p><p>El coche de la polic�a entr� en la zona de obras casi inmediatamente despu�s de la llamada telef�nica. Jing, el jefe de obra, se dirigi� a los dos agentes que hab�an bajado del veh�culo.</p><p>��Gracias por venir. Les mostrar� los da�os.</p><p>Se encamin� hasta el foso cubierto de tierra.</p><p>��Ayer acabamos de excavar, hasta la misma profundidad que los que ven aqu� alrededor. Esta ma�ana lo hemos encontrado cubierto de tierra.</p><p>Los dos agentes comprobaron el estado de las obras. No tuvieron que hacer otra cosa m�s que confirmar lo que Jing acababa de decir. Redactaron un informe. Vandalismo.</p><p>Una vez que los polic�as se hubieron marchado, el jefe de obra dio orden de volver a empezar el trabajo de excavaci�n.</p><p>Uno de los operarios se subi� a la excavadora y empez� a cargar tierra en el cami�n.</p><p>Jing entr� en la caseta. Quer�a prepararse un t� y estudiar el programa de la jornada.</p><p>Veinte minutos despu�s el operario que manejaba la excavadora entr� corriendo.</p><p>��Jefe, de prisa, tiene que venir a ver una cosa.</p><p>���C�mo? �Qu� tengo que ver?</p><p>��Venga, no hay tiempo para explicaciones.</p><p>Llegaron corriendo al lado del agujero, hab�an vaciado la mayor parte.</p><p>���Qu� pasa?</p><p>��Mire all�, en la esquina, �ve la pierna?</p><p>Jing la vio, y entonces comprendi� por qu� hab�an tapado el agujero.</p><p>��Voy a llamar a la polic�a.</p><p>��No estoy seguro, quiz� la he tocado con la cuchara, pero me ha parecido que la pierna se mov�a.</p><p>Jing se meti� el m�vil en el bolsillo y salt� al agujero.</p><p>���P�same una pala, r�pido!</p><empty-line/><p>Julia se despert� con un sobresalto. Hab�a tenido una pesadilla horrible, seguramente incluso hab�a gritado, ya que al lado de la cama vio a sus hijos, que la hab�an despertado zarande�ndole un brazo.</p><p>��No es nada, ni�os, un sue�o desagradable. �Quer�is dormir en la cama con mam�?</p><p>Tard� m�s de dos horas en volver a conciliar el sue�o. Antes de caer rendida intent� llamar a Jan. Eran las dos de la madrugada, en Shangh�i ser�an las ocho de la ma�ana. No contest� nadie, el m�vil estaba apagado.</p><empty-line/><p>Eran las ocho. Kluge hizo que el conserje llamara a Jan por tercera vez. No contestaba. Lo intent� con el m�vil. Estaba apagado. �D�nde se hab�a metido ese idiota? El director estaba de p�simo humor, odiaba los contratiempos.</p><p>Alstrom se manten�a prudentemente a distancia, conoc�a a Kluge desde hac�a muchos a�os y sab�a cu�ndo era el momento de no hacer preguntas ni comentarios.</p><p>Decidieron irse. Dejaron un mensaje al conserje rogando a Jan que se reuniera con ellos cuanto antes en la oficina. El ch�fer de Alstrom le dedic� una amplia sonrisa a Kluge mientras le abr�a la puerta del flamante Audi A8. Kluge no ten�a nada por lo que sonre�r.</p><p>Todo era condenadamente complicado. Hac�a varios meses que no pod�a dormir bien. Ten�a pesadillas tremendas. En el mundo todo iba de mal en peor, la econom�a, el clima y la contaminaci�n, Israel y Palestina, Bagdad, Afganist�n, pol�ticos ineptos. Y la gente no sab�a lo que sab�a �l, idiotas.</p><p>Malditos, todos.</p></section><section><title><p id="_Toc308278966">Jasmine</p></title><p>El recepcionista entr� en la sala de reuniones balbuceando. Hab�a venido la polic�a, quer�an ver al jefe. Alstrom y Kluge se levantaron a la vez, el pobre hombre tampoco hab�a especificado a qu� jefe se refer�a. Sospecharon de inmediato que se trataba de Jan. Eran ya las seis de la tarde y Alstrom hab�a llamado a la polic�a a trav�s de la secretaria para comprobar si hab�a noticias. Hab�an contactado con los principales hospitales de Shangh�i, sin resultados.</p><p>Los polic�as esperaban en la entrada, pero eran distintos de como Kluge se imaginaba. Eran tres y ninguno iba de uniforme, cosa bastante rara en un pa�s como China, donde el uniforme representaba un estatus muy determinado, una posici�n mal pagada pero que denotaba poder. Un poder que a menudo redondeaba el sueldo gracias a favores que pod�an llegar incluso a la extorsi�n. Los m�s afortunados eran los que trabajaban en la aduana, en el puerto. �sos s� que, si quer�an, pod�an permitirse coches de alta gama. Por otro lado, cuando hab�a mercanc�as que no deb�an pagar los aranceles oficiales, el importador de turno siempre se mostraba generoso. Volviendo a los tres chinos, eran dos hombres y una mujer ins�litamente alta. Era in�til adivinar su edad, para un occidental era casi imposible. Tanto pod�an tener treinta a�os como cuarenta y cinco. La mujer ten�a cierto estilo. Llevaba un traje de chaqueta oscuro y zapatos de tac�n, ropa de calidad, no la hab�a comprado en un mercadillo. Su rostro era dulce y duro a la vez, dif�cil de definir. Fue ella quien tom� la palabra cuando Kluge y Alstrom se acercaron al grupo.</p><p>��Soy Jasmine Liu, del Ministerio del Interior. �Qui�n de ustedes es el se�or Kluge? -Su ingl�s era perfecto.</p><p>El director dio un paso hacia ella y se present�.</p><p>��Yo soy Kluge. �Qu� ha pasado? �Se trata de Jan Tes?</p><p>Antes de contestar, Jasmine lo escrut� a fondo de un modo que a Kluge no le gust� nada, acostumbrado como estaba a infundir temor, no a sentirlo.</p><p>��Se�or Kluge, le presento al se�or Tan y al se�or Li. Tengo que pedirle que venga con nosotros a la comandancia.</p><p>Kluge estaba irritado. No estaba acostumbrado a que nadie lo tratara de ese modo, y menos una funcionaria china. Ech� una ojeada a los dos hombres que lo observaban inexpresivos. Eran elegantes y ten�an estilo, algo no muy habitual. Deb�a de ser un equipo de �lite, incluida la antip�tica se�ora Liu.</p><p>��Me parece normal preguntar de qu� se trata antes de interrumpir una reuni�n muy importante, en la que entre otras cosas se discute sobre enormes inversiones en China. Le ser� �til saber que esta noche me esperan a cenar en casa del alcalde de Shangh�i junto con varios asesores. Espero que entienda que tengo que programar el resto de la jornada en detalle, y me gustar�a saber de qu� se trata.</p><p>Seguidamente intervino Alstrom, y encima en chino, lengua que hablaba muy mal, a pesar de llevar muchos a�os en China y de estar casado con una taiwanesa.</p><p>��Creo que la petici�n del se�or Kluge es muy leg�tima -farfull� en mandar�n, y acab� con-: Por favor, d�ganos de qu� se trata.</p><empty-line/><p>Cuando Jasmine Liu recibi� una llamada al m�vil, esa ma�ana a las diez, estaba visitando a su t�o, el jefe de la aduana de Shangh�i, una de las personas m�s influyentes y poderosas de la ciudad. El objetivo de la visita era recoger un jeep nuevo que su t�o le hab�a regalado. Habr�a sido inadecuado preguntarle a su t�o de d�nde hab�a sacado aquel coche, y Jasmine sab�a cu�ndo no era el momento de hacer preguntas. Era su primer coche, a la venerable edad de cuarenta y dos a�os. Cu�ntas cosas hab�an cambiado en Shangh�i durante los �ltimos veinte a�os. Incre�ble. Jasmine era feliz, hac�a mucho tiempo que no se sent�a as�. Qu� maravilla de veh�culo. Ni siquiera ten�a carnet de conducir, se lo sacar�a m�s adelante. Eso no iba a ser un problema: sab�a conducir, su ex novio le hab�a dejado probar un par de veces su Buick, y luego estaba por ver si alg�n polic�a tendr�a algo que objetar, en caso de que la parasen. Una representante del Ministerio del Interior ten�a suficiente poder para hacer m�s o menos lo que quisiera, con tal de que no creara problemas a un superior. As� pues, el m�vil no le hab�a sonado precisamente en un buen momento, pero era el jefe de polic�a de Shangh�i en persona, no pod�a no responder.</p><p>Hab�a muerto un occidental enterrado vivo en las obras del Banco de Shangh�i en Pudong. Cuando mor�a un occidental era una lata: no era como con los chinos, por lo menos hab�a que fingir que hab�an hecho todo lo posible por capturar a los culpables, a los verdaderos. Una verdadera lata.</p><p>Jasmine se despidi� de su t�o d�ndole mil gracias y sensiblemente emocionada. Un regalo as� no se recib�a todos los d�as.</p><p>De camino hacia Pudong llam� a sus dos mejores agentes para que se reunieran con ella en el lugar del crimen.</p><p>A Jasmine no le gustaba ver cad�veres, pero se entretuvo largo tiempo mirando el cuerpo ex�nime de Jan. Seguramente deb�a de ser un chico guapo, dentro de los par�metros occidentales. Le costaba definirlo como un hombre porque parec�a tener m�s o menos su edad y ella a�n se consideraba una chica: �mujeres� eran las amigas de su madre.</p><p>Pero el hecho de que fuera guapo era una proyecci�n de su fantas�a, porque era dif�cil ver la belleza en la cara de una persona que hab�a muerto asfixiada. S�lo se ve�a sufrimiento, desesperaci�n, rabia, soledad. Cerr� los ojos por un momento, intent� sacudirse de encima sus temores y volver a ponerse en la piel de la funcionaria objetiva que hab�a conseguido hacer una carrera fulgurante, al menos hasta ese d�a. La zona de las obras era un hervidero de polic�as: era la demostraci�n de que la muerte de un occidental resultaba ser una verdadera lata.</p><p>El cuerpo de Jan se hallaba en el fondo de un agujero de unos tres metros de profundidad. La polic�a cient�fica estaba recogiendo las �ltimas pruebas. Era como en una serie de televisi�n americana, estilo �CSI�, pero Jasmine sab�a que una vez terminados los an�lisis de laboratorio le tocar�a a ella y a los tradicionales m�todos chinos descubrir la verdad o algo que se le pareciera. Tan y Li llegaron poco despu�s, a tiempo para ver c�mo izaban el cuerpo sin vida del agujero con unas cuerdas.</p><p>���Qui�n es? -pregunt� Tan.</p><p>��No se sabe. Lo han dejado bien limpio, no lleva nada encima excepto la ropa y un encendedor. La polic�a ha hecho unas fotos y ha enviado a unos agentes a los hoteles de la zona, quiz� alguien lo reconozca.</p><p>Mientras pronunciaba esa frase se volvi� hacia el mont�n de tierra, maderas y piedras que la excavadora hab�a sacado de lo que se hab�a convertido en la tumba de Jan. Hab�a decenas de polic�as que lentamente iban examinando uno por uno todos los fragmentos antes de cargarlos en un cami�n para hacer futuros an�lisis.</p><p>Pas� uno de los m�dicos del equipo especial. Era incre�ble la cantidad de organizaciones paralelas que se encontraban en ese lugar. Jasmine lo conoc�a, hab�an hecho juntos un par de cursos en la Fudan Daxue, una de las universidades de Shangh�i. Y �l la conoc�a a ella, todo el mundo la conoc�a. �l pod�a vanagloriarse de caerle simp�tico, nada m�s, pero ya era mucho considerando la cantidad de hombres completamente ignorados por aquella diosa. Era la encarnaci�n de la nueva China, guapa, inteligente, imbatible, al menos as� era como el doctor Zhong Hui se la imaginaba.</p><p>��Doctor, �ha venido a verme a m� o para echar una mano en la investigaci�n? -lo increp� Jasmine con una sonrisa.</p><p>Conoc�a la debilidad que el guapo doctor sent�a por ella; no era distinto de la gran mayor�a de los hombres con los que trataba, pero a diferencia de �stos, el t�mido Zhong Hui alg�n d�a podr�a convertirse en el se�or Liu�, quiz�.</p><p>��Dir�a que es europeo o americano, pero por la ropa me inclino m�s por europeo. Edad, alrededor de los treinta y cinco, cuarenta a�os. Alguien debi� de golpearlo con un palo u otro objeto contundente por detr�s de la cabeza. Ya he dado instrucciones para que recojan cualquier objeto que pueda haber servido para ello. Creo que perdi� el conocimiento durante un tiempo, aunque la causa de la muerte es la asfixia. Debi� de morir entre las doce y las dos de la madrugada, no he apreciado otros signos destacables, no hay se�ales de pelea -explic� Zhong.</p><p>Permanecieron unos minutos en silencio, Jasmine imagin�ndose mentalmente qu� pod�a haber pasado, Zhong perdi�ndose en los ojos de la mujer.</p><p>Ella estaba desconcertada. �Qui�n pod�a haberlo hecho? Un atraco que hab�a acabado en tragedia era imposible, los chinos sab�an que los extranjeros no se pod�an tocar, era demasiado arriesgado. Seg�n las estad�sticas oficiales de la polic�a, ning�n homicidio de extranjeros en territorio chino hab�a quedado sin resolver. Siempre encontraban a un culpable, fuera o no el verdadero.</p><p>La semana anterior alguien hab�a irrumpido en una villa y hab�a matado a toda una familia de origen alem�n. Y a Jasmine no le hab�a costado mucho cerrar el caso: hab�an sido dos est�pidos a los que encontraron borrachos a quinientos metros del lugar del crimen.</p><p>La mujer despert� de su trance y, mirando a Zhong directamente a los ojos, le pregunt�:</p><p>���Qui�n ha sido?</p><p>��No lo s�, s�lo s� que ten�an intenci�n de matarlo desde el principio. No ha sido un robo que ha acabado mal. Probablemente recibi� el golpe en la cabeza sin que la v�ctima pudiera ver a los agresores, y estoy seguro de que, por el tama�o del hematoma, tard� bastante tiempo en despertarse. As� que, �por qu� matarlo si ni siquiera hab�a visto a sus agresores?</p><p>��Claro -asinti� ella-, �por qu� matarlo?</p><p>Los dos colegas se acercaron a Jasmine. Tan llevaba una serie de fotograf�as de la v�ctima que hab�a imprimido en una de las furgonetas de la polic�a.</p><p>���C�mo lo hacemos, jefa? -pregunt� Li.</p><p>Exist�an procedimientos est�ndar para averiguar la identidad de un fantasma, pero �se era un caso especial.</p><p>Jasmine mir� a su alrededor. Estaban detr�s del Shangri-la, y en un radio de quinientos metros hab�a otros dos hoteles de lujo. La v�ctima iba bien vestida y era occidental: en el caso de que se alojara en un hotel era probable que fuera en uno de �sos. Estaba segura de que la polic�a de Shangh�i ya estaba haciendo averiguaciones en todos los hoteles, pero �sos no eran capaces de encontrar una pista ni aunque la tuvieran delante de sus narices, era mejor comprobarlo en persona.</p><p>��Tan, ve al Hyatt; Li, pasa por el Saint Regis, yo me acercar� al Shangri-la. Nos llamamos dentro de media hora para informarnos. Doctor, gracias por todo, mant�ngame informada, por favor.</p><p>Jasmine pidi� a Tan que le diera un par de fotos y los tres se dirigieron hacia la salida de la zona de obras.</p><p>Conoc�a bien el Shangri-la, el a�o anterior hab�a pasado tres meses haciendo una vigilancia, cuando le asignaron seguir una investigaci�n de corrupci�n que hab�a acabado en suicidio. Aunque ella sab�a perfectamente que no se hab�a tratado de un suicidio -hab�a visto salir del hotel personajes de los servicios secretos que no dejaban lugar a dudas-, su superior no quer�a saber nada de todo eso, y Jasmine ten�a la suficiente experiencia para saber cu�ndo no era el momento de imponer sus teor�as.</p><p>En recepci�n nadie reconoci� al cliente de aquellas terribles fotos, pero pod�a deberse al hecho de que el personal de la ma�ana no fuera el mismo del de la tarde, y si el extranjero hab�a llegado por la noche ninguno de los empleados del turno de ma�ana ten�a posibilidad de conocerlo.</p><p>La polic�a ya hab�a pasado media hora antes con fotos parecidas, pero se fue al no encontrar a nadie que pudiera responder afirmativamente a las preguntas.</p><p>Jasmine pidi� la lista de los clientes extranjeros que hab�an llegado el d�a anterior. Eran cuarenta y nueve. Dejando a un lado a �rabes, asi�ticos no chinos, a los demasiado viejos y a los demasiado j�venes, la lista qued� reducida a seis nombres.</p><p>Dio la orden de examinar todas las habitaciones; ten�a suerte, todav�a no las hab�an arreglado, y s�lo una segu�a con la cama intacta: la de Jan Tes.</p><p>Jasmine no entr�, no quer�a estropear las pruebas. Llam� a Tan y a Li, que llegar�an al hotel al cabo de diez minutos, luego inform� a la cient�fica para que se reunieran con ella.</p><p>Se puso a leer la ficha del cliente que uno de los recepcionistas le hab�a entregado. Jan Tes, empleado de una conocida multinacional, con pasaporte italiano, residente en Mil�n. Jan viajaba a menudo con el pasaporte italiano en vez de hacerlo con el norteamericano, era m�s c�modo cuando se mov�a, sobre todo en Europa. Adem�s, al no tener casa en M�nich, todav�a no hab�a cambiado de residencia. Para Jasmine fue f�cil acceder a todos esos detalles en las veinticuatro horas siguientes.</p><p>Tan fue el primero en llegar. Llevaba consigo guantes de pl�stico y cubrezapatos del mismo material. Odiaba el ritmo de la cient�fica; si de �l dependiera lo har�a todo por su cuenta. Se pusieron todas las protecciones en los pies y entraron en la habitaci�n. No hab�a gran cosa: una toalla tirada sobre la cama, una botellita del minibar abierta, el ordenador port�til sobre el escritorio, una maleta abierta pero a�n no deshecha del todo. Cuando Li lleg�, Jasmine lo envi� a la recepci�n para averiguar si hab�a otros hu�spedes del hotel que pertenecieran a la misma multinacional de Jan. Luego Jasmine hizo lo que mejor se le daba: adulterar las pruebas met�dicamente. Orden� a Tan que cogiera el ordenador y se lo llevara a la oficina, lo analizar�an ellos.</p><p>Tan desapareci� con el objeto, mientras Jasmine distra�a al personal del hotel que curioseaba alrededor de la habitaci�n.</p><p>La cient�fica lleg� una media hora m�s tarde, el momento ideal para desaparecer.</p><p>En recepci�n Jasmine se encontr� con Li para volver a comprobar la lista de los seis hu�spedes del hotel que no hab�an descartado. Una de esas personas era un colega del difunto, un tal doctor Kluge.</p><empty-line/><p>Jasmine le respondi� a Alstrom en ingl�s.</p><p>No se fiaba de su comprensi�n del chino, hab�a notado que lo hablaba realmente mal.</p><p>��Se�or Alstrom, se�or Kluge, lamento no poder darles m�s detalles. Ahora tenemos que irnos. Vamos, se�or Kluge, sus compromisos de esta noche ya han sido cancelados y el alcalde ha sido informado de la situaci�n.</p><p>Esta �ltima observaci�n hizo montar en c�lera a Kluge. �C�mo se permit�a aquella chinita interferir en su agenda sin ni siquiera explicarle el motivo? Sin embargo, estaba desconcertado por la personalidad de Jasmine, y comprendi� que no ten�a mucho sentido discutir con alguien que seguramente sab�a lo que estaba haciendo.</p><p>��Entonces ser� mejor que nos vayamos, pero sepa que har� llegar una queja formal a mi embajada por el modo en que he sido tratado -dijo el director sin conseguir parecer muy convincente.</p><p>��Como quiera, doctor Kluge, ahora acomp��enos, por favor -concluy� Jasmine-. Usted no -dijo categ�ricamente dirigi�ndose a Alstrom, que se estaba uniendo al grupo-. No necesitamos su ayuda.</p><p>Alstrom llevaba en China el tiempo suficiente para saber que no era el momento de contradecir a aquella mujer, era demasiado decidida para no contar con un pleno apoyo de las alturas. Aunque consigui� pronunciar una frase para quedar bien con su jefe:</p><p>��Doctor Kluge, ll�meme en cuanto pueda, ir� a recogerlo a cualquier hora y en cualquier punto de la ciudad.</p><p>Recibi� un gru�ido como respuesta.</p><p>El viaje en coche, en plena hora punta, fue largo y silencioso. Kluge se peg� al m�vil, hablando con monos�labos, y s�lo par� cuando el coche entr� en el parking subterr�neo de un gran edificio con forma de cubo. Era el cuartel general de Jasmine.</p><empty-line/><p>Jasmine se qued� en silencio, pensando. Cuando mencion� el nombre de Kluge a un colega del ministerio descubri� que el caso era de competencia com�n con la oficina para el desarrollo econ�mico. Eso se deb�a al hecho de que la persona en cuesti�n era el representante de una empresa internacional con grandes influencias en el pa�s.</p><p>A sus �rdenes. Jasmine sab�a c�mo funcionaban esas cosas.</p><p>Hab�a entendido el sistema mejor que todos los dem�s. Pensaba en sus compa�eras de academia: ellas no lo hab�an conseguido. Era un mundo de hombres. Ella hab�a sido lista y afortunada. Lista porque conoc�a cada una de las organizaciones que ten�an que ver con la seguridad nacional del pa�s. Ese conocimiento, adquirido durante sus estudios, mientras preparaba una tesis sobre comunicaci�n entre entes gubernamentales encargados de la seguridad nacional, le hab�a permitido ser much�simo m�s competente en el desarrollo de sus funciones que cualquiera de sus colegas masculinos. Y afortunada porque era sobrina de su t�o, una persona importante y respetada en Shangh�i e incluso m�s lejos.</p><p>No es que la hubiera ayudado directamente, pero le hab�a servido para darle una ulterior aura de fuerza. Adem�s, tampoco hab�a que dejar de lado el hecho de haber sabido mantener a distancia a alg�n funcionario entrometido que pensaba poder aprovecharse f�cilmente de ella.</p><p>Jasmine miraba por la ventana. Hab�a coches por todas partes. Bicicletas, motocicletas, todos ellos cargados de personas y mercanc�as. El gris parec�a ser el color predominante. Entonces record� que por la tarde la hab�an llamado del consulado norteamericano. Hab�an sabido que hab�a muerto un extranjero y quer�an asegurarse de que no se trataba de un compatriota suyo.</p><p>No lo sab�an, les informar�an en caso afirmativo. C�mo odiaba a los del consulado estadounidense. Aunque en realidad no soportaba a casi ning�n funcionario extranjero con los que hab�a tratado en los �ltimos a�os.</p><p>Qu� ignorantes eran, con qu� arrogancia miraban a China. Y no sab�an nada. Se hablaba de la CIA, del Mossad, como ejemplos de servicios eficaces, presentes en todas partes. No ten�an ni idea. Ignorantes. Y los que m�s, los estadounidenses. Arrogantes. Pensaban que pod�an darles lecciones de relaciones internacionales. A ellos. A los chinos. Los estadounidenses limitaban con Canad� y M�xico y se consideraban los expertos del mundo. China limitaba con Vietnam, la India, Rusia, Corea del Norte, Mongolia, Afganist�n, Laos, Birmania, Nepal, Kazajst�n, But�n, Tayikist�n, Pakist�n y Kirguist�n. �C�mo ten�an que considerarse ellos? �C�mo proceder�an los norteamericanos con una frontera semejante?</p><p>Jasmine hab�a participado en congresos organizados por la CIA. Le hab�an mostrado la organizaci�n, al menos la parte p�blica, el personal involucrado, el presupuesto, las sedes. Era otro mundo. Y con sus miles de millones de d�lares se cre�an superiores.</p><p>Ella sab�a el valor del departamento de inteligencia chino, sin embargo siempre hab�a sido fiel a las ense�anzas principales de sus tutores: nunca hay que pavonearse frente al enemigo. Nunca hay que ser arrogante. Nunca hay que demostrar fuerza num�rica, a menos que sea en el campo de batalla.</p><p>Estados Unidos no exist�a como pa�s cuando China desarroll� el arte del espionaje, el arte de saberlo todo del adversario. Y era precisamente en eso, en la capacidad de infiltrar agentes en cualquier nivel, que Estados Unidos se hab�a alejado del concepto esencial del espionaje tal y como lo hab�a ense�ado Lao Tze a las generaciones anteriores.</p><p>Ning�n servicio secreto del mundo pod�a contar con una red de infiltrados como el chino. Ninguno. Y no era una cuesti�n de dinero y tecnolog�a. Los chinos en el extranjero eran casi cuarenta millones.</p><p>En Estados Unidos hab�a m�s de tres millones, en Canad� unos dos millones, en Inglaterra cuatrocientos mil. En Rusia un mill�n, en Italia doscientos mil. Los chinos estaban en �frica, en Latinoam�rica (un mill�n y medio s�lo en Per�), en Asia, m�s de siete millones en Tailandia, Indonesia y Malasia. Siete millones en cada pa�s, para ser exactos. En Australia, setecientos mil. Y �stos eran datos m�s o menos oficiales. Los servicios chinos estimaban que en realidad hab�a muchos m�s. Los chinos ten�an una ventaja: eran irreconocibles para los occidentales. Eso hac�a tiempo que lo sab�an. A menudo, cuando mor�a un chino en un pa�s occidental, gozaba de una prerrogativa que en la madre patria nadie pose�a: la capacidad de resucitar.</p><p>Los documentos se pasaban a alg�n compatriota clandestino, vagamente parecido al difunto, que perpetuaba su existencia. As� pues, no era sorprendente la longevidad de los chinos en el extranjero porque, fuera cual fuese la edad a la que alguien mor�a, ten�a una lista de espera de clandestinos listos para ocupar su lugar.</p><p>Eran invisibles.</p><p>Y hab�an tardado centenares de a�os en darse cuenta. No es f�cil de ver cuando, para ti, los rasgos de tus vecinos son muy distintos entre s�.</p><p>Ahora que lo hab�an comprendido, sab�an hacer buen uso de ello. Estaban por todas partes.</p><p>Hab�an llegado.</p><empty-line/><p>��S�game, doctor Kluge -orden� sin mucha gracia Jasmine dirigi�ndose a uno de los ascensores del subterr�neo.</p><p>Una vez en la segunda planta se encontraron en una recepci�n dotada de todas las medidas de seguridad: guardias armados, c�maras, detector de metales. Todas ellas se pod�an evitar f�cilmente si se iba acompa�ado de la persona adecuada; de hecho, Jasmine, Tan, Li y el doctor Kluge pasaron directamente a trav�s de una puerta que se abri� autom�ticamente. Despu�s de atravesar una serie de largos pasillos, llegaron a lo que deb�a de ser uno de los despachos destinados a los encuentros formales. Hab�a una mesa con ocho sillas y nada m�s, ninguna ventana, ninguna distracci�n.</p><p>��Si�ntese, por favor -dijo Jasmine indicando una silla al director alem�n-. Se�or Kluge, �reconoce a esta persona? -requiri� la funcionaria china, y le pas� cuatro fotograf�as que hab�an tomado a Jan en el dep�sito de cad�veres.</p><p>Mientras observaba una tras otra aquellas fotograf�as espeluznantes, Kluge permaneci� en silencio: sus temores se hab�an confirmado.</p><p>Los dem�s segu�an mir�ndolo, esperando.</p><p>��Es Jan Tes, trabajaba para m�. Esta ma�ana no lo hemos visto en el hotel y hacia las once hemos avisado a las autoridades y hemos pedido informaci�n a casi todos los hospitales de la ciudad. �Qu� ha pasado?</p><p>��Lo han asesinado, se�or Kluge, lo han enterrado vivo en unas obras no lejos de su hotel. Unos obreros lo encontraron esta ma�ana -explic� Tan tomando la palabra por primera vez.</p><p>Kluge estaba como aturdido, no pod�a creer lo que estaba oyendo. Intent� dar su versi�n.</p><p>��Anoche estuvimos cenando juntos, con el se�or Alstrom, luego tomamos una cerveza en el bar del hotel y hacia las once nos despedimos.</p><p>�Fue la �ltima vez que lo vi. Todos est�bamos cansados, hab�amos aterrizado el mismo d�a.</p><p>�Qu� tragedia.</p><p>��Ya han encontrado a los culpables?</p><p>��Se�or Kluge, ayer, a las ocho de la tarde, llam� usted por tel�fono a una centralita de Alemania que resulta ser la centralita de su empresa. �Quiere que le deje o�r la conversaci�n o se acuerda de ella? -pregunt� Jasmine, que ya hab�a empezado con su cl�sica estrategia de interrogatorio-. Mire, se la dejar� escuchar de todos modos, as� le resultar� m�s f�cil explicarnos su significado.</p><p>En ese mismo instante Tan hizo una se�a y desde cuatro altavoces colgados de la pared empez� a o�rse la voz de Kluge:</p><p>��Hola, soy yo.</p><p>���Qu� pasa? Nunca llamas por esta l�nea.</p><p>��Mohindroo ha descifrado el c�digo.</p><p>���C�mo?</p><p>��Envi� una frase cifrada a un tal Franz, un chino que trabaja para nosotros en Shangh�i. Parece ser que eran amigos.</p><p>��Y �qu� sabe ese Franz?</p><p>��No sabe nada, pero ha enviado el correo electr�nico de Mohindroo a Jan, que me lo ha mandado a m�.</p><p>��Y �Jan sospecha algo?</p><p>��Si no es retrasado mental, algo debe de sospechar. Pero no te llamo por eso. La verdad es que no aguanto m�s. Lo dejo. He llegado al l�mite. No me importa lo que pueda sucederme.</p><p>��Kluge, c�lmate. Todo es muy complicado, pero t� no puedes abandonar. No puedes hacerlo por un mont�n de razones que t� ya sabes.</p><p>��Pero no puedo seguir adelante, �no lo entiendes?</p><p>��S�, lo comprendo. Creo que deber�as tomarte un descanso. Han pasado demasiadas cosas. Yo me encargo. Tambi�n pensar� en algo para Jan. No te preocupes. Regresa pronto y ya hablaremos. Mejor en persona.</p><p>��De acuerdo. Hablaremos en persona. Pero quiero que lo sepas desde ahora: he terminado. Lo dejo.</p><p>Los altavoces enmudecieron, en la habitaci�n s�lo se o�a la respiraci�n de Kluge. Seis ojos implacables escrutaban cualquier ligero movimiento que hiciese. Cu�ntas veces hab�an estado en aquella habitaci�n y hab�an salido siempre de ella con lo que quer�an: eran los mejores y lo sab�an.</p><p>En las cinco horas que hab�an pasado desde la identificaci�n del cad�ver hasta que se hab�an llevado a Kluge, se hab�a puesto en marcha lo mejor de la Inteligencia china.</p><p>��Se�or Kluge -Jasmine rompi� el silencio-, tendr� todo el tiempo para explicarnos lo que hemos o�do, pero primero perm�tame que le deje escuchar otra cosa.</p><p>��Sabe?, aqu� en China somos muchos, y de vez en cuando eso incide positivamente en nuestra eficacia en temas de investigaci�n. Hemos localizado una llamada procedente de Alemania, poco despu�s de su conversaci�n telef�nica, que creemos que est� relacionada con nuestro caso. Tan�</p><p>Bast� una se�al de su colega con la mano y empez� a o�rse otra grabaci�n amplificada por los bafles:</p><p>��Diga.</p><p>��Oye, tenemos una emergencia. Un asunto delicado, prioridad absoluta.</p><p>���Cu�ndo?, �d�nde?</p><p>��En Shangh�i. �Tienes a alguien?</p><p>��No te preocupes, siempre hay alguien.</p><p>��Quiero algo como en Helsinki, �me explico? Por favor, toma nota: Uniforme/Juliet/Charlie/Papa/India/Tango/Kilo/Noviembre/Charlie/Londres/Charlie/ Papa/Venecia/Ginger/ Uniforme.</p><p>��Repito para confirmaci�n: UJCPITKNCLCPVGU.</p><p>��Correcto.</p><p>Hubo unos segundos de pausa.</p><p>��Lo haremos.</p><p>Kluge sudaba, no hab�a reconocido la voz, pero �qu� importaba? Se hab�a acabado. Lo hab�an matado.</p><p>�C�mo se pod�a llegar tan lejos? Enterr� la cabeza entre las manos. Adem�s, esos tres estaban convencidos de que lo hab�a matado �l, sobre eso no ten�a dudas. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la guapa funcionaria.</p><p>��Doctor Kluge, �a qui�n llam�? Le ruego que no nos haga perder el tiempo, los chinos tenemos bastante paciencia en general, pero eso no es aplicable ni a m� ni a mis colegas. Por favor, por su inter�s, no nos obligue a usar m�todos que yo misma detesto.</p><p>��Quiero a mi abogado, no tengo nada que declarar, lo siento -consigui� decir Kluge, temblando.</p><p>Jasmine ech� una mirada a Li, que desapareci� detr�s de la �nica puerta de la habitaci�n.</p><p>��Se�or Kluge. -Jasmine alternaba �doctor� y �se�or� con mucha maestr�a; serv�a para tener bajo control la altivez de esos grandes directivos occidentales-. Esto no es Alemania. Negarse a colaborar con la justicia conlleva graves consecuencias. No nos subestime, es mi �ltimo consejo.</p><p>�Sus esbirros ya lo han hecho al usar un c�digo que nuestros especialistas han descifrado en una hora. �Han utilizado el c�digo que usaba C�sar! No pueden esperar mucha seguridad con una elecci�n tan banal.</p><p>�Pero quiz� usted no sea un experto. Por favor, intente usted mismo descifrar el mensaje telef�nico -a�adi�, y le tendi� un papel.</p><empty-line/><p>UJCPITKNCLCPVGU</p><p>A=C, B=D, C=E, D=F, E=G, F=H, G=I, H=J, I=K, J=L,</p><p>K=M, L=N, M=O, N=P, O=Q, P=R, Q=S, R=T, S=U,</p><p>T=V, U=W, V=X, W=Y, X=Z, Y=A, Z=B</p><empty-line/><p>��Divi�rtase, Kluge, divi�rtase. Voy a ayudarlo: la clave de lectura es al rev�s, es decir, debe encontrar la segunda letra de la correspondencia y convertirla. La primera U es una S.</p><p>�Mientras se divierte con la enigm�stica, le gustar� saber que la persona que recibi� la llamada en Shangh�i se encuentra en nuestras oficinas. Lo est�n acompa�ando hasta aqu� para que se re�na con nosotros.</p><p>��Y bien? �Qu� ha conseguido traducir?</p><p>Kluge estaba m�s perdido que un ni�o, �si lo vieran sus colegas, su familia! Se concentr� al m�ximo y al final descubri� el mensaje: �Shangrila Jan Tes.�</p><p>En ese mismo momento se abri� la puerta. Arrastraron hasta dentro a un chino tumefacto que profer�a d�biles gemidos de dolor.</p><p>El agente lo sent� en la silla que estaba junto a Kluge, que tuvo un conato de v�mito y rompi� a llorar: nunca hab�a visto nada parecido. Ahora su miedo se hab�a vuelto incontrolable.</p><p>��Kluge -grit� Jasmine-. Ahora, m�reme: �a qui�n llam�?</p><p>��Quiero a mi� -No pudo terminar, aterrorizado, porque fue interrumpido de nuevo por Jasmine.</p><p>���Basta! Tan, oc�pate t�, yo volver� dentro de media hora, voy a comer algo.</p><p>��De acuerdo: llam� a mi jefe, el doctor Lee -susurr� Kluge sin tener el valor de mirar a ninguno de los presentes a la cara.</p><p>���Ve qu� f�cil es? Aqu� en China siempre encontramos una soluci�n. Li, acompa�a a este desgraciado a la enfermer�a -dijo Jasmine mirando al chino-. Ahora ya nos ha dicho lo que quer�amos.</p><p>�Se�or Kluge, seguramente le gustar� saber que los tres idiotas que cometieron el asesinato han sido arrestados poco antes de que fu�ramos a recogerlo y ya han confesado. Imag�nese, lo hicieron por tres mil d�lares.</p><p>Hizo una se�a con la cabeza y Li tambi�n sali� de la habitaci�n.</p><p>��Kluge, m�reme -reanud� Jasmine en un tono m�s conciliador-. Ahora dir� que lo acompa�en al hotel. Estar� siempre bajo vigilancia, no haga estupideces.</p><p>�Ma�ana por la ma�ana a las diez tiene una cita con el ministro de Telecomunicaciones y con el alcalde de Shangh�i.</p><p>Kluge no cre�a lo que estaba oyendo, pero entendi� que le estaba ofreciendo una salida.</p><p>Jasmine continu�:</p><p>��No me interesa lo que tengan que decirse, s�lo s� que su pasaporte y el nivel de incriminaci�n oficial van unidos al resultado de la reuni�n de ma�ana.</p><p>�Pero bien, a nivel muy privado, sepa que yo hago cualquier cosa por mi pa�s, pero si dependiera de m� lo acusar�a de asesinato, junto al caballero que ha tenido el placer de conocer hace unos minutos y sus amigos.</p><p>��Yo no quer�a que ocurriera lo que ha ocurrido, creo que se entiende claramente en mi llamada telef�nica -contest� Kluge, que lentamente iba volviendo en s�, fortalecido por la posibilidad de salir indemne de aquello.</p><p>��Adi�s, Kluge, y no se preocupe por dar la noticia a la familia de ese pobre a quien usted no quer�a matar pero que ha muerto de todos modos. Nosotros informaremos a la embajada italiana y a la estadounidense esta noche, a las once para ser exactos.</p><p>��Har� lo necesario para que la familia reciba todo el apoyo posible -consigui� musitar Kluge mientras se levantaba.</p><empty-line/><p>Julia hab�a intentado contactar con su marido durante todo el d�a sin conseguirlo y empezaba a estar seriamente preocupada. Hab�a mirado todas las p�ginas web de noticias para saber si hab�a ocurrido algo grave en Shangh�i, pero nada de nada. Eran ya las seis de la tarde, medianoche en Shangh�i, y hac�a veinticuatro horas que no ten�a noticias de �l. Decidi� llamar a la sede central de la empresa donde trabajaba Jan.</p><p>Pero en ese momento son� el tel�fono.</p><empty-line/><p>Andreas estaba de p�simo humor, todav�a no hab�a conseguido descifrar aquel maldito c�digo y ten�a el mal presentimiento de que nunca lo conseguir�a.</p><p>Al final pens�, a modo de consolaci�n, que quiz� fuera mejor as�.</p><p>Son� el tel�fono, Andreas mir� el reloj: eran las ocho.</p><p>��Diga.</p><p>��Andreas, soy Patty -empez� a decir con un hilo de voz la hermana de Julia. Una voz que lo dec�a todo.</p><p>��Patty, �qu� ocurre?</p><p>Ella se ech� a llorar.</p><p>��Jan ha muerto, ha sido asesinado, acaban de llamar de China.</p><p>Sigui� un silencio interminable.</p><p>���Julia lo sabe?</p><p>��S�, tiene que ir a China para identificarlo.</p><p>��Ir� con ella.</p><p>��Gracias, Andreas.</p><p>��Pero �c�mo? �Qu� ha pasado?</p><p>Patty se lo explic�.</p></section><section><title><p id="_Toc308278967">El viaje</p></title><p>Andreas iba sentado en la tercera fila del vuelo M�nich-Frankfurt. Desde all� coger�a el avi�n para Shangh�i con Julia. La llegada a China estaba prevista para el d�a siguiente a las 9.40 hora local.</p><p>Andreas estaba destrozado. No hab�a dormido.</p><p>Despu�s de la llamada de Patty, inform� a Ulrike, que r�pidamente se fue de camino a casa, y luego se encerr� en el estudio.</p><p>Sentado junto al escritorio, se hab�a quedado ensimismado mirando la pared durante mucho tiempo, donde estaba colgada la fotograf�a. La foto de su boda, con Jan, que fue su padrino, abraz�ndolo.</p><p>Lo hab�an asesinado. De la manera m�s horrible que pudiera imaginar.</p><p>Andreas sollozaba como un ni�o.</p><p>�Por qu�? Patty le hab�a dicho que hab�a sido un atraco.</p><p>Mohindroo hab�a muerto en un accidente. Jan en un atraco, era demasiado. De por medio estaba el ordenador que ten�a escondido en su despacho. S�lo �l y Jan lo sab�an. Una sensaci�n de miedo lo atenazaba. Jan hab�a sido asesinado, �iban a parar sin haber encontrado el ordenador? Andreas se acord� del correo electr�nico que hab�a recibido de su amigo unas horas antes.</p><p>Mohindroo hab�a enviado una clave de lectura a un colega suyo. Tambi�n en ese caso pocas horas antes de morir.</p><p>La versi�n de Kluge ya no era cre�ble, hab�a matado tambi�n a Jan, no cab�a duda. Todas esas historias sobre el cierre del centro por motivos financieros eran mentira, la explicaci�n de las muertes, referidas a las ratas de laboratorio, eran mentira. Eran asesinos sin escr�pulos.</p><p>Un odio que nunca antes hab�a sentido se apoder� de Andreas, pero dur� poco, el miedo ocup� su lugar.</p><p>�Qu� pod�a hacer? �Tambi�n llegar�an hasta �l?</p><p>Claro que iban a llegar, s�lo ten�an que leer el mensaje enviado desde el ordenador de Jan. Andreas temblaba.</p><p>Deb�a ir a la polic�a. Ten�a que pedir protecci�n.</p><p>Ir�a en cuanto volviera de China. Ten�a que reflexionar, preparar la historia, comprometer a ese maldito Kluge.</p><p>Cuando Ulrike regres� se abrazaron llorando, recordando a una persona que siempre hab�a formado parte de su vida, una parte importante de su vida, desde que se hab�an conocido.</p><p>En Frankfurt Andreas se encontr� con Julia, se abrazaron y luego buscaron un sitio m�s discreto donde abandonarse a las emociones. No quer�an hacerlo delante de extra�os, en eso se parec�an.</p><p>Un representante del consulado estadounidense, uno del consulado italiano y un funcionario chino los esperaban directamente a la salida del avi�n.</p><p>��Se�ora Tes, soy Mike Pulski, represento al gobierno norteamericano. Lamentamos profundamente lo que ha ocurrido. Mi colega Patrizio Fugazzola y yo hemos intentado facilitarle al m�ximo los tr�mites burocr�ticos.</p><p>��Mi m�s sentido p�same -a�adi� el colega italiano.</p><p>��Gracias -respondi� Julia con un hilo de voz.</p><p>��S�gannos, ya nos hemos ocupado de los documentos de Inmigraci�n.</p><p>Los acompa�aron a una salida secundaria, donde los esperaba un coche. Las maletas las llevar�an m�s tarde directamente al hotel. No hab�a mucho que decir, as� que pasaron gran parte del viaje mirando por la ventana.</p><p>Menudo sitio, pensaba Andreas. Hab�a estado en Shangh�i muchos a�os antes, en un congreso internacional, pero la ciudad hab�a cambiado por completo. Era impresionante el desarrollo que hab�a experimentado en los �ltimos veinticinco a�os.</p><p>Y luego asoci� la ciudad a la muerte de su amigo. Aqu� te han asesinado, en este lugar tan alejado de casa.</p><p>Julia se ocultaba tras sus gafas de sol. Nunca le hab�an gustado, pero ahora le resultaban muy �tiles, la proteg�an del mundo. Viv�a en una especie de trance. Hab�a enviado a sus hijos a la playa con los abuelos, todav�a no lo sab�an, pero lo intu�an: nunca hab�an visto a su madre en esas condiciones.</p><p>Ten�a sentimientos encontrados, de una violencia que nunca hab�a experimentado. La empresa de Jan hab�a llamado el d�a anterior: la ayudar�an de todas las maneras posibles, le reembolsar�an los gastos, �pod�a, por favor, guardar las facturas? Le garantizaban un adecuado apoyo financiero, el jefe en persona hab�a dado instrucciones al respecto, y muchas palabras m�s a las que Julia no hab�a prestado atenci�n, mientras pensaba qu� iba a ser de sus hijos sin un padre.</p><p>���Quieres un poco de agua, Julia? -pregunt� Andreas tendi�ndole una botellita que hab�a cogido en el avi�n.</p><p>��S�, gracias, gracias por estar aqu� conmigo.</p><p>�l la abraz�, con los ojos empa�ados.</p><p>Mientras tanto el coche hab�a atravesado el gran puente sobre el Huangpu y circulaba en direcci�n al viejo aeropuerto.</p><p>Andreas no hab�a dejado de pensar en ning�n momento en el ordenador que ten�a en su despacho y en el �ltimo correo electr�nico que hab�a recibido de Jan. Ten�a que dec�rselo a Julia, era justo que ella lo supiera, pero no hoy, ahora no era el momento.</p><p>El coche entr� en el parking subterr�neo de uno de los dep�sitos de cad�veres de la ciudad. Estaban all� para hacer la identificaci�n oficial y organizar el traslado del cuerpo o, en su caso, el transporte de la urna con las cenizas, porque Jan, a pesar de no haber hecho testamento, siempre se hab�a referido a la cremaci�n como la pr�ctica que m�s se aproximaba a su manera de pensar.</p><p>Subieron a la cuarta planta y se acomodaron en una sala de espera. La visita a los restos mortales se realizar�a dentro de unos minutos. Julia temblaba, Andreas la abrazaba acarici�ndole la espalda.</p><p>Entr� otro funcionario, todo estaba listo. La peque�a comitiva se dirigi� hacia un largo pasillo y luego entr� en una sala donde los salud� un hombre con bata blanca. Era uno de los responsables del dep�sito. Hablaba un discreto ingl�s.</p><p>��Mi p�same m�s sincero, se�ora Tes. Por desgracia no podemos evitar un reconocimiento oficial por parte de un familiar.</p><p>��Quiero verlo -murmur� Julia.</p><p>��Claro, se�ora. Hemos intentado preparar el cad�ver lo mejor que hemos podido. Lamentablemente, la muerte por asfixia nunca es un espect�culo agradable. Sea fuerte, se�ora Tes. �Usted tambi�n viene? -pregunt� dirigi�ndose a Andreas.</p><p>��S�, yo tambi�n voy.</p><p>��Bien. S�ganme, por favor.</p><p>Entraron en una sala adyacente, donde hab�a unas veinte mesas. Alguna estaba vac�a, la mayor parte estaban separadas por biombos. Jan estaba tendido en una de las primeras.</p><p>Julia se acerc� temblorosa, sujetada por Andreas.</p><p>Era una visi�n terrible. El rostro de Jan era de un color inhumano, un color que alguien hab�a intentado enmascarar con maquillaje, que lo hac�a todo a�n m�s espeluznante. La ropa que llevaba no era suya, era nueva. Jan no se habr�a puesto nunca algo parecido.</p><p>���Qu� te han hecho, amor? -gimi� Julia-. Cu�nto te han hecho sufrir.</p><p>El llanto de su amiga tuvo un efecto detonante para Andreas. �l, que quer�a servirle de apoyo, tambi�n necesit� ayuda.</p><p>El doctor chino se dio cuenta antes que los dem�s.</p><p>��Si�ntese aqu� -y le acerc� un taburete.</p><p>Andreas lo us� como bast�n, apoy�ndose encima con una mano. Quer�a permanecer junto a su amiga.</p><p>���Vamos, Julia?</p><p>��Un momento, quiero despedirme de �l. -Se volvi� hacia su marido-. Les explicar� a Samuele y a Anna que estabas preparado para esta nueva aventura. No sabr�n nunca c�mo te he encontrado. No se lo dir� nunca.</p><p>Le acarici� el rostro y rompi� a llorar desesperadamente. Era el momento de sacarla de all�.</p><p>Cuando salieron de la sala, Andreas not� que, apoyada en una de las paredes del pasillo, hab�a una mujer china vestida de manera muy elegante. Los observaba y ten�a una mirada triste. Era Jasmine.</p><p>Se trasladaron a un despacho donde, durante las tres horas siguientes, se ocuparon de los documentos para la cremaci�n y el posterior traslado de la urna.</p><p>Julia tambi�n tuvo que firmar una declaraci�n en la que elogiaba el excelente trabajo de la polic�a, que en el transcurso de muy poco tiempo hab�a conseguido arrestar a los culpables, y afirmaba estar satisfecha del resultado de las investigaciones.</p><p>No pronunci� ni una sola palabra en chino, y se hizo traducir cada uno de los documentos por el funcionario que estaba presente. Jan hab�a sido asesinado durante un atraco. Los tres culpables hab�an sido arrestados y ser�an fusilados en un par de semanas. No le estaba permitido asistir a la ejecuci�n, aunque tampoco lo deseaba.</p><p>El mismo coche que los hab�a recogido en el aeropuerto los llev� al hotel. Estaban deshechos, los dos. Se registraron en recepci�n y quedaron en verse por la ma�ana despu�s del desayuno. Permanecer�an en Shangh�i veinticuatro horas m�s y luego coger�an el vuelo de regreso al d�a siguiente.</p><p>Andreas acompa�� a Julia a su habitaci�n, y se ofreci� a dormir en el sof� o en el suelo, si ella no se ve�a con fuerzas de pasar la noche sola. Julia rehus� amablemente. Quer�a estar sola, ya lo llamar�a si lo necesitaba.</p><p>Fue una noche larga para ambos.</p><empty-line/><p>Andreas se encontraba en el vest�bulo de recepci�n. Eran las ocho y estaba despierto desde las seis. Se puso a hojear el <emphasis>Shanghai Daily</emphasis>. Aparentemente no hab�a ocurrido nada de particular, excepto, como se le�a en primera p�gina, la noticia que anunciaba el excelente acuerdo econ�mico al que hab�an llegado China y la empresa de Jan, seg�n el cual esta �ltima se compromet�a a invertir una suma muy respetable en el desarrollo de algunos centros de investigaci�n cerca de Shangh�i. El art�culo aparec�a junto a la foto del alcalde de la ciudad acompa�ado por el director financiero Kluge. El nombre puso a Andreas la carne de gallina.</p><p>Desde el otro extremo de la sala Jasmine lo observaba.</p><p>Estaba preparando su estrategia. Sab�a lo suficiente como para entender que Andreas era el eslab�n que necesitaba para llegar a la verdad. La ficha que le hab�an dado describ�a un perfil de persona tranquila, inteligente, leal, honesta. En casos como �se le hab�an ense�ado que la diplomacia no era efectiva: el miedo era el resorte m�s eficaz. Una estrategia que no le iba a servir con Julia: su perfil era mucho m�s complejo y no permitir�a una excesiva falta de respeto, era demasiado arriesgado.</p><p>Hizo una inspiraci�n profunda, estaba lista. Se encamin� hacia el alem�n.</p><p>��Se�or Weber, �puedo sentarme aqu� un instante? Soy detective del grupo de investigaci�n que se ha ocupado del caso Tes, me llamo Jasmine Liu -se present�. Llevaba un traje chaqueta de pantal�n Armani azul oscuro y zapatos negros de piel con tacones de aguja.</p><p>Andreas en seguida la reconoci� como la mujer que lo hab�a mirado cuando salieron del dep�sito de cad�veres el d�a anterior.</p><p>��Claro. Si�ntese, por favor, se�ora Liu. D�game -dijo �l amablemente.</p><p>��D�game usted -respondi� sonriendo Jasmine. Su sonrisa, sin embargo, no result� en absoluto contagiosa-. D�game usted.</p><p>Andreas la miraba muy fijamente, entre desconcertado y asustado.</p><p>Jasmine no se anduvo con rodeos.</p><p>���Ha resuelto el enigma del correo electr�nico que Jan le envi� la misma noche de su muerte? Parece que su amigo se divert�a jugando al peque�o detective, ocupaci�n que a veces puede resultar peligrosa, �no cree?</p><p>El coraz�n de Andreas parec�a una locomotora.</p><p>��Si le soy sincero, se�ora Liu, le� ese correo por encima antes de salir hacia Shangh�i. No tengo ni idea de lo que puede significar, no soy ning�n experto en criptograf�a.</p><p>��Claro, se�or Weber. Esperaba esa respuesta. Usted era el mejor amigo de Jan, �no es cierto?</p><p>��Creo que s�, crecimos juntos.</p><p>��Jan estaba viviendo en su casa en M�nich, �no es as�?</p><p>��As� es -respondi� Andreas-. Perdone, �c�mo lo sabe? �Hay algo que quiera decirme, quiz� sin dar tantos rodeos?</p><p>��S�, se�or Weber, hay algo que quiero decirle. Y quiero que me preste mucha atenci�n, porque en realidad es una pregunta a la que me gustar�a que me respondiera. �Cree usted en la justicia?</p><p>Andreas se imaginaba ad�nde quer�a ir a parar la funcionaria, pero tendr�a que hacerlo mejor si quer�a su colaboraci�n.</p><p>��S�, se�ora Liu, creo en la justicia, al menos en la del pa�s de donde procedo. �Y usted?</p><p>��Yo represento a la justicia, se�or Weber, y he entregado a la justicia a los ejecutores materiales del asesinato de su amigo. Ahora d�game usted si su sed de justicia est� saciada o si quiere m�s.</p><p>Los ejecutores materiales�, as� que hab�a alguien que lo hab�a ordenado. Andreas vio confirmadas sus sospechas y en el mismo instante se sinti� desfallecer. Le temblaban las manos. Estaba a punto de abrir la boca cuando una voz lo hizo volver en s�.</p><p>��Hola, Andreas.</p><p>�l la mir� con un alivio infinito.</p><p>��Hola, Julia, �has podido dormir un poco?</p><p>��Un poquito, me tom� un somn�fero a mitad de la noche. �Est�s acompa�ado? -le pregunt� reparando en la presencia de Jasmine.</p><p>��Se�ora Tes, perm�tame que me presente, soy la agente Liu. He conducido las investigaciones relativas a la muerte de su marido. S�lo he pasado para darle mi p�same y para saber si puedo serles �til de alguna manera.</p><p>Andreas no hab�a entendido una palabra porque Jasmine le hab�a hablado a Julia en mandar�n.</p><p>Ella se volvi� hacia Andreas.</p><p>���Se lo has dicho t� que hablo chino?</p><p>��No, no le he dicho nada, Julia -contest� �l, que, en el instante en que Jasmine empez� a hablar en mandar�n, comprendi� que estaba perdido.</p><p>No le hab�a dicho nada a su amiga, ni del correo electr�nico que hab�a recibido pocas horas antes de la muerte de Jan ni del ordenador, no hab�a tenido tiempo.</p><p>Ahora Julia se enterar�a.</p><p>Se sent� a mirar a las dos mujeres mientras discut�an entre s�.</p><p>���Por qu� me habla en chino, se�ora Liu?</p><p>��Porque usted lo habla muy bien, mientras que mi ingl�s no es tan fluido.</p><p>Julia miraba a Jasmine con inter�s. Sin embargo, no era su manera de vestir lo que m�s llamaba su atenci�n. Era una mujer que cuidaba todos los detalles. El corte de pelo era perfecto para esa cara alargada, el maquillaje ligero resaltaba sus rasgos, que ten�an algo muy dulce. Era indudablemente guapa, incluso para los c�nones occidentales. Llevaba las manos arregladas, con las u�as pintadas de un rojo vivo. Su perfume era delicado y enigm�tico. No era una mujer del mont�n, y no s�lo en China. Julia se convenci� de que deb�a tener mucho cuidado con Jasmine: era una persona fuera de lo com�n en un pa�s que, por el contrario, a nivel burocr�tico ensalzaba el conformismo.</p><p>��No me ha contestado, se�ora Liu. �C�mo sabe que hablo chino? -continu� Julia.</p><p>��No le he contestado porque no es importante. M�s bien es importante saber por qu� han matado a su marido, y le aconsejo que le haga la misma pregunta a su amigo. Despu�s, y s�lo despu�s, podremos seguir hablando si lo desea.</p><p>Julia mir� a Andreas y, a pesar de que �ste no entend�a nada, comprendi� en seguida por su mirada que la frase de Jasmine ten�a que ver con �l. Le asalt� una rabia incontrolable.</p><p>��Adi�s, se�ora Tes -concluy� Jasmine-. �ste es mi n�mero de tel�fono. -Y en ingl�s a�adi�-: Adi�s, se�or Weber, hasta pronto.</p><p>Se dirigi� a la salida del hotel.</p><p>Andreas se la qued� mirando sin perderla de vista y se fij� en que antes de salir por la gran puerta giratoria Jasmine lanz� una mirada a la izquierda, donde en el fondo, cerca de la mesa del conserje, hab�a un chino apoyado en una columna. Era alto y elegante, y se le ve�a ocupado hablando por tel�fono. A Andreas le pareci� que se hab�an buscado con los ojos y no se equivocaba: el chino era Tan.</p><p>���Y bien? -le pregunt� Julia-. �Y bien? �Por qu� han matado a Jan? -y las l�grimas empezaron a resbalar bajo las gafas de sol.</p><p>��El porqu� no lo s�, Julia. No lo s�.</p><p>��Ha sido su empresa, �verdad? Aquella frase tiene otro significado, �verdad? Kluge minti�. Lo han matado. �Por qu�?</p><p>No pod�an permanecer en el vest�bulo, hab�a demasiada gente que pod�a o�rlos.</p><p>��Julia, vayamos a la habitaci�n. Te contar� lo que s�. Lo habr�a hecho de todos modos, pero ha sucedido todo muy de prisa. Demasiado de prisa. Ven.</p><p>Ella se sec� las mejillas.</p><p>Andreas la cogi� por debajo del brazo y se encaminaron a los ascensores. Pasaron a pocos metros del colega de Jasmine, que entonces parec�a atareado hablando con un conserje.</p><p>Junto a los ascensores hab�a una peque�a tienda que vend�a peri�dicos internacionales, cigarrillos y otras cosas.</p><p>��Esp�rame un segundo, voy a comprar tabaco -dijo Andreas.</p><p>���Desde cu�ndo fumas?</p><p>��De vez en cuando compro un paquete.</p><p>Entr� en la tienda, ten�a que darse prisa. Mientras ped�a los cigarrillos escribi� un sms en su m�vil. Sigui� escribiendo unos segundos m�s una vez que hubo pagado.</p><p>Despu�s se reuni� con su amiga.</p><p>Cuando estuvieron dentro del ascensor pulsaron el bot�n de la planta doce, donde estaban sus habitaciones.</p><p>Andreas le pas� el tel�fono a Julia.</p><p>��Mira, �sta fue la �ltima foto que le hice a Jan. No hago otra cosa que mirarla.</p><p>Ella cogi� el m�vil y mir� la pantalla. Ley� el mensaje que Andreas acababa de escribir en la tienda. Lo ley� dos veces. Se volvi� hacia Andreas, que le hizo una se�al para que permaneciese en silencio.</p><p>Julia le devolvi� el tel�fono.</p><p>En ese momento un funcionario inform� a Jasmine que no hab�a salido ning�n mensaje ni ning�n correo electr�nico del n�mero de m�vil de Weber.</p><p>���Te das cuenta, Tan? -le pregunt� Jasmine a su colega.</p><p>��As� pues, �qu� ha hecho? �Le ha escrito un mensaje a la se�ora Tes? -replic� Tan.</p><empty-line/><p>Una vez en la habitaci�n de Andreas, Julia se dej� caer en la cama. Necesitaba llorar, no pod�a contenerse m�s. Un llanto liberador reson� en el silencio del dormitorio.</p><p>�l cogi� dos botellines de whisky del minibar y los sirvi� en dos vasos con poco hielo.</p><p>Se bebi� uno. Le ofreci� el segundo a Julia, que no estaba en condiciones de responder, as� que dej� el vaso sobre el escritorio.</p><p>Necesitaba un poco m�s de tiempo.</p><p>Cuando se recuper�, Julia se sent� en la cama, ten�a que interpretar su papel. Aferr� el vaso que Andreas le tend�a y se lo bebi� de un trago. Terrible. Un p�lido color rosa le anim� el rostro.</p><p>��Puedes hablar, Andreas, te escucho.</p><p>��Julia, a Jan lo ha matado Jasmine.</p><p>���C�mo? -grit� ella.</p><p>Eso mismo exclam� la funcionaria delante del int�rprete oficial de chino-italiano que le tradujo la frase captada por uno de los muchos micr�fonos que hab�a en la habitaci�n.</p><p>��S�, no materialmente, pero dio la orden. Estoy seguro de ello.</p><p>��Pero �por qu�?</p><p>��Para obtener algo de la empresa para la que Jan trabajaba.</p><p>Sigui� un largo silencio. El mensaje que Andreas hab�a escrito de prisa y corriendo y que hab�a mostrado a Julia no dec�a otra cosa m�s que ten�an que salir y encontrar un lugar seguro en el que poder hablar.</p><p>Jasmine se preguntaba a qu� estaba jugando Andreas, pero si quer�an jugar, ella estaba dispuesta.</p><empty-line/><p>Andreas y Julia salieron de la habitaci�n y se dirigieron hacia los ascensores. No hab�a nadie en el pasillo. Una vez en el ascensor, �l puls� el bot�n que los llevar�a al subterr�neo, donde estaba el bar. Desde all� tomaron la escalera de emergencia. Salieron en la planta del vest�bulo, pero por la parte opuesta a la zona de los ascensores.</p><p>Andreas busc� a Tan. No estaba. Caminaron r�pidamente hacia la salida y se abalanzaron sobre el primer taxi que vieron.</p><p>��Acaban de subir al taxi -comunic� Tan a los dem�s agentes que estaban a la escucha.</p><p>��Tenemos que ir a un sitio donde haya mucha gente -le sugiri� Andreas a Julia-. As� ser� m�s dif�cil que puedan escuchar lo que decimos.</p><p>��Nanjing Lu, Xizang Lu -dijo Julia al taxista-. Vamos a unos grandes almacenes. Conozco unos que tienen un comedor en el �ltimo piso. Van tanto empleados como clientes. Es enorme y normalmente est� siempre lleno.</p><p>El trayecto en taxi fue breve, ninguna conversaci�n, ning�n atasco. Bajaron frente al Museo de Shangh�i, situado en el parque del Pueblo. Desde la parte opuesta del parque, en la Nanjing Lu, hab�a una sucesi�n de grandes almacenes, uno detr�s de otro.</p><p>Deb�an cruzar la calle y abrirse paso entre la multitud de personas que abarrotaban la principal arteria peatonal de la ciudad.</p><p>Julia marcaba el camino.</p><p>Entraron en uno de los muchos almacenes generales. Cogieron el ascensor y subieron a la pen�ltima planta. Era la de electrodom�sticos. Al lado de cada lavadora hab�a una dependienta encargada de dar las explicaciones. En realidad, al lado de cada nevera, lavaplatos, lavadora, secadora, horno hab�a una dependienta. La tienda deb�a de ofrecer un buen servicio: si cada empleada vend�a un solo producto, seguro que lo conoc�a bien.</p><p>Miraron a su alrededor y no tuvieron la impresi�n de que nadie los siguiera.</p><p>Subieron por la escalera que llevaba a la �ltima planta, la de las oficinas de administraci�n y el comedor. Este �ltimo era como un gran <emphasis>self-service</emphasis>, con largas mesas de madera y bancos en vez de sillas, y estaba incre�blemente abarrotado. Julia se dirigi� hacia una mesa del centro. Pidi� a las dos personas que estaban sentadas al fondo de la mesa si pod�an hacerles un poco de sitio. Los comensales, sorprendidos de o�r a una mujer occidental hablar un chino perfecto, se apretaron cuanto pudieron contra sus vecinos, creando as� una onda que recorri� la mesa.</p><p>En un primer momento todos se volvieron con aire de fastidio para ver qui�n hab�a causado aquel alboroto pero, al darse cuenta de que se trataba de dos turistas, se apretaron todav�a un poco m�s.</p><p>El resultado, algo embarazoso, fue que, una vez sentados, Julia y Andreas eran los que gozaban de mayor espacio.</p><p>��Ahora puedes hablar. �Por qu� lo han matado? -le espet�.</p><p>��La mayor parte de las cosas ya las sabes, Julia. Lo que no sabes te lo voy a contar ahora, pero no basta para aclarar el porqu�. Eso no lo s� ni yo. Jasmine ha mentido sobre ese punto. Cuando estaba en la India, Jan le rob� el ordenador a la hija del responsable de innovaci�n tecnol�gica del centro que fue a cerrar. Ese tipo, un tal Mohindroo, lo agredi� verbalmente la noche antes; concretamente le ped�a dinero por su silencio. Aseguraba que conoc�a el verdadero motivo del cierre del centro, sab�a algo de unas muertes que deb�an de ser el motivo de dicha decisi�n.</p><p>���Se refer�a a la frase que Jan le hab�a o�do decir a Kluge? -lo interrumpi� Julia.</p><p>��Exacto. Debes saber que Mohindroo tambi�n ha muerto, aparentemente en un accidente.</p><p>��Y �qu� hay en ese ordenador?</p><p>��Los archivos clave est�n codificados. Todav�a no hemos podido descifrarlos.</p><p>Julia no hizo m�s preguntas, reflexionaba sobre lo que acababa de o�r.</p><p>En el fondo, de una cosa estaban seguros: Jan hab�a sido asesinado por Kluge y sus socios porque hab�a descubierto algo muy importante.</p><p>���D�nde est� ahora el ordenador? -pregunt� Julia.</p><p>Andreas no respondi�. Se�al� el reloj, dando a entender que era hora de irse.</p><p>Se levantaron y se dirigieron a la escalera despu�s de que Julia dio las gracias a sus compa�eros de mesa por su amabilidad.</p><empty-line/><p>���Qu� ha dicho? �Qu� ha contestado el occidental a la pregunta? -Jasmine orden� al atemorizado int�rprete que respondiera, y �ste le repiti� por tercera vez que no hab�a o�do ninguna r�plica. Pero en el fondo Jasmine tambi�n lo sab�a, hab�a o�do la conversaci�n tal y como hab�a sido en traducci�n simult�nea.</p><empty-line/><p>���C�mo puedes seguir adelante?</p><p>Kluge hab�a aterrizado pocas horas antes en M�nich, despu�s de haber pasado los peores d�as de su vida en Shangh�i. Hab�a escapado de milagro.</p><p>Hab�a tenido que prometer el cielo a los funcionarios pol�ticos con los que se hab�a reunido. Menos mal que los chinos eran m�s pragm�ticos que nadie en el mundo.</p><p>��Yo me bajo aqu�, Peter, no puedo m�s.</p><p>��Lo s�, Karl. Pero, te lo ruego, no lo hagas. No te lo permitir�n. Sabes por qu� ha muerto Jan. No quiero que t� acabes como �l. Te lo estoy suplicando -respondi� Lee con la voz rota por la emoci�n-. T�mate una semana de vacaciones. Vete a la playa con tu familia. Ve a pescar, haz lo que te parezca. No tenemos elecci�n, lo hemos discutido centenares de veces. T� no tienes elecci�n. Yo no tengo elecci�n. Pero no puedo permitir que te ocurra nada. Karl, te necesito. Como amigo, como colega.</p><p>��Peter, me voy a casa. Es el momento de escoger otros caminos, que antes parec�an inimaginables. Los tiempos han cambiado.</p><p>��Vete a casa, Karl, pi�nsalo mientras descansas. Te llamar� ma�ana.</p><p>Lee se acerc� a su colega y lo abraz� con fuerza.</p><p>��No hagas locuras.</p><p>��Adi�s, Peter -concluy� Kluge.</p><p>Se levant� y sali� del despacho del director ejecutivo. Pas� r�pidamente por delante de las secretarias, las salud� y cogi� el ascensor para ir al garaje. Su Mercedes SL 600, obviamente de la empresa, lo esperaba en la plaza n�mero dos. Incluso hab�an numerado jer�rquicamente las plazas de aparcamiento.</p></section><section><title><p id="_Toc308278968">Un intercambio</p></title><p>Se encontraban de nuevo en medio de la corriente que discurr�a a lo largo de gran parte de los cuatro kil�metros de la calle Nanjing Lu. Empezaron a caminar en direcci�n al Peach Hotel.</p><p>Iban los dos en silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos.</p><p>�Qu� sab�a Jasmine? �A qu� estaba jugando? �Qu� quer�a? La muerte de Jan segu�a siendo un misterio. �Y si hubiera descubierto algo que Andreas no sab�a?</p><p>Tom� �l la palabra.</p><p>��Julia, �qu� hacemos?</p><p>��Creo que deber�amos hablar con Jasmine. La llamar� cuando llegue al hotel. Ella nos dir� lo que quiere a cambio del nombre del culpable. Me parece que no es muy dif�cil de adivinar.</p><p>���Y crees que es conveniente complacerla?</p><p>��No lo s�. Pero no quiero que te ocurra nada, lo decidiremos seg�n lo que ella nos diga.</p><p>�Oye, Andreas, necesito estar un rato sola. �Te molesta si nos vemos en el hotel dentro de un par de horas? Me apetece andar un poco.</p><p>El primer impulso de Andreas fue el de acompa�arla, por seguridad. Pero luego se dio cuenta de que Julia conoc�a la ciudad y el idioma mucho mejor que cualquier occidental, y quien deb�a temer algo de Jasmine era �l, no ella.</p><p>��Claro, Julia. Ll�mame cuando llegues.</p><p>Se abrazaron.</p><p>�l mir� c�mo se alejaba entre la multitud.</p><p>No era mala idea dar una vuelta. Se dirigi� a la plaza del Pueblo. Desde all� fue siguiendo su instinto. La muchedumbre de Nanjing Lu era demasiado para �l, y torci� por una peque�a calle a la izquierda.</p><p>Camin� durante unos diez minutos antes de encontrar a la derecha una callejuela donde parec�a haber un mercado, a juzgar por los tenderetes que se ve�an a ambos lados de la calle y la cantidad de personas que se agolpaba frente a ellos. �Cu�nta gente hab�a en esa ciudad?</p><p>Decidi� echar un vistazo. A su izquierda, los primeros puestos vend�an insectos en unos envases de pl�stico transparente. Andreas se acerc� para averiguar de qu� se trataba. Eran grillos. Grillos de pelea.</p><p>Los clientes discut�an animadamente con los vendedores sobre las cualidades para la pelea que ten�an los insectos, o al menos eso le pareci� a Andreas.</p><p>En el lado opuesto, otros tenderetes vend�an principalmente flores y p�jaros.</p><p>Los p�jaros peque�os se hacinaban en jaulas de bamb�. En la base yac�an los cuerpos de los pajaritos muertos en aquella aglomeraci�n. Pero all� no se tiraba nada: Andreas se fij� en que el vendedor cog�a uno y se lo daba a comer a una de las grandes �guilas que ten�a en exposici�n y que estaban sujetas a unos pedestales. Como tantos occidentales que pasaban por aquel mercado, �l tambi�n se pregunt� si era legal vender especies protegidas.</p><p>La callejuela donde discurr�a el mercado no era muy larga. Una vez que la hubo recorrido hasta el final, Andreas se sent� en un banco cerca del �ltimo tenderete, que vend�a flores para llevar a casa.</p><p>Cada cosa que hac�a, cada cosa que ve�a, estaba como envuelta en una niebla. Jan estaba en cada uno de sus pensamientos.</p><p>Como siempre, pero especialmente cuando le ocurr�a algo excepcional, como visitar un mercadillo en China, deseaba que su mejor amigo pudiera estar all� con �l. Y, aunque no estuviera, en su cabeza imaginaba di�logos que lo ten�an a �l como interlocutor.</p><p>Rompi� a llorar. Era terrible pensar que de ahora en adelante iba a estar solo.</p><p>Permaneci� sentado un rato m�s. Cuando se le acabaron las l�grimas se puso a observar a la gente.</p><p>S�lo la dependienta del puesto de al lado del banco se hab�a fijado en aquel occidental que le hab�a pasado por delante, se hab�a sentado y poco despu�s se hab�a echado a llorar como un ni�o. Se pregunt� qu� le habr�a ocurrido que fuera tan terrible. Cuando le pareci� que se hab�a calmado, se acerc� a �l llevando una orqu�dea en la mano. Se la tendi�.</p><p>Andreas la mir� con los ojos todav�a enrojecidos.</p><p>Cogi� la flor.</p><p>��<emphasis>Thank you. Xie Xie</emphasis>.</p><p>La chica le sonri� y volvi� a su puesto.</p><p>Andreas ahora estaba sentado, con los ojos brillantes, mirando la orqu�dea. Era preciosa. De nuevo tuvo ganas de llorar.</p><p>Se levant� y se volvi� hacia la vendedora buscando sus ojos para saludarla. Le estaba vendiendo una planta a una se�ora anciana con aspecto malhumorado que examinaba la mercanc�a desde todos los �ngulos.</p><p>Andreas se puso en marcha.</p><p>Le volvi� a la memoria la historia favorita de su amigo, la del conejo blanco resucitado, y sonri�.</p><p>Al llegar a un cruce con una calle m�s grande mir� el reloj: era mejor volver. Par� un taxi y se fue de regreso al hotel.</p><p>Cuando hubo llegado al Shangri-la, subi� directamente a su habitaci�n.</p><p>Se tir� sobre la cama y se derrumb�.</p><p>El tel�fono de la habitaci�n son� a las ocho de la noche. Era Julia.</p><p>��Hola, Julia -contest� �l algo confundido-. �Ya has vuelto?</p><p>��S�, hace un rato, he intentado descansar un poco. Despu�s he llamado a los chicos. Tambi�n he llamado a Jasmine. Nos vemos en el vest�bulo dentro de media hora.</p><p>���Ahora voy! Paso a recogerte por tu habitaci�n dentro de quince minutos.</p><empty-line/><p>Al salir del ascensor, la vieron en seguida.</p><p>Esta vez Jasmine no estaba sola, iba acompa�ada por dos dandis, uno de los cuales era el que Andreas hab�a identificado por la ma�ana. La verdad es que no hab�an sido muy discretos.</p><p>Los dos chinos, ambos vestidos con un traje marr�n, se colocaron haciendo de escudo de una mesa aislada, asegur�ndose de este modo la privacidad y a la vez la curiosidad de la mitad del hotel.</p><p>���Por fin ha conseguido que su amigo le cuente la verdad? -le pregunt� Jasmine a Julia en mandar�n.</p><p>��S�, ahora s�lo falta la suya -contest� esta �ltima.</p><p>��La m�a. Ya. Mire, mi verdad es incompleta, y hasta que usted me ayude a completarla no podr� compartirla. S� que con usted puedo hablar como lo har�a con una china, me han dicho que cuando hac�a traducciones pensaba como una de nosotras, as� que no le sorprender� mi petici�n.</p><p>��Estoy aqu� para eso.</p><p>��Entonces, se�ora Tes, siga mi razonamiento. A su marido lo han matado unos est�pidos y yo he descubierto que esos est�pidos en realidad segu�an instrucciones muy concretas. As� que no se trata de un atraco que ha terminado en homicidio, sino de un homicidio que han querido disfrazar de atraco. Ha sido f�cil descubrirlo. �Occidentales! Siempre creen que est�n tratando con un pa�s de obreros idiotas. Por desgracia, nos falta el m�vil. �Por qu� mataron a su marido? �Qu� gran delito pod�a haber cometido? Si usted me lo revela, estoy dispuesta a decirle qui�n orden� su asesinato. Me parece una propuesta sensata, �a usted qu� le parece? -pregunt� Jasmine con voz persuasiva.</p><p>Esta vez era la funcionaria la que escrutaba a su antagonista. Julia era una mujer fuera de lo com�n, y no s�lo porque lo hubiera le�do en la ficha que le hab�a enviado uno de los analistas. Pod�a percibirlo. Ten�a ojos de hielo, de un azul transparente, indicio de una inteligencia viva, curiosa. Su rostro estaba consumido por el dolor, pero segu�a expresando una profunda dignidad.</p><p>��Ya que me considera una de ustedes, d�jeme que le diga una cosa que aclara mi posici�n -replic� Julia-. Siempre he admirado China: su cultura, su complejidad, su gente. Pero eso no significa que la admire a usted. Podr�a haber arrestado a quienes ordenaron la muerte de mi marido, o al menos cursar una orden de b�squeda internacional. Y en vez de eso est� aqu�, sentada frente a m�, vestida con elegancia, intentando descubrir lo que podr�a preguntar directamente a quienes ordenaron el asesinato, ya que seguramente sabe qui�nes son.</p><p>�Se�ora Jasmine, como usted ya sabe, porque estoy segura de que lo sabe, he trabajado para varias agencias chinas y conozco su modo de pensar: interesado, lo definir�a yo. Me hacen gracia los que los llaman �comunistas�. �Qu� piensa obtener de todo esto? �Un secreto industrial que pueda beneficiar al gran pueblo chino? �Que les aporte �desarrollo�, su palabra favorita?</p><p>�Se�ora Jasmine, la he llamado para decirle que ma�ana me voy, regreso a Italia.</p><p>�No tengo nada m�s que decirle, a menos que usted no me trate con el respeto que merece mi inteligencia. Decida, pero h�galo de prisa porque, si le soy sincera, su tiempo conmigo ha terminado.</p><p>Jasmine la hab�a escuchado atentamente. Julia hablaba el chino como una china culta, con una riqueza de vocabulario que ni siquiera ella pose�a. La observaba con la misma seriedad y reflexionaba sobre su respuesta. Ning�n chino se habr�a atrevido a decirle nada parecido a ella o a sus colegas. Todos sab�an que si alguien del Ministerio del Interior quer�a obtener algo lo consegu�a sin muchos problemas.</p><p>Y ella quer�a obtener algo, a toda costa, pero no sab�a exactamente qu�. Si de ella dependiera habr�a tratado a Kluge de otro modo, no le habr�a costado mucho hacer hablar a alguien como �l.</p><p>�Ejecutivos! Gallinas, deber�an llamarse.</p><p>Pero las �rdenes hab�an sido claras, no se le pod�a tocar, de momento. Por desgracia, en el lenguaje cifrado de la burocracia, eso equival�a a decir nunca.</p><p>Apostar�a todo lo que ten�a a que ese hombre no volver�a a poner nunca m�s los pies en el Gran Imperio del Centro.</p><p>Hab�a le�do todos los correos electr�nicos del ordenador de Jan. Hab�an conseguido descifrar el mensaje que el director de innovaci�n tecnol�gica indio hab�a enviado a Franz, su colega chino. Desencriptar ese c�digo hab�a sido dif�cil. Era mucho m�s complejo que el que hab�an usado los torturadores de Jan, y lo hab�an logrado, seg�n dec�a el jefe de la oficina de criptograf�a, �nicamente gracias a una serie de afortunadas coincidencias.</p><p>Pero al final la traducci�n no hab�a aportado muchos elementos �tiles. Mohindroo sab�a, porque la empresa le hab�a informado, que en uno de los ordenadores indios se hab�an cargado datos a los que no le estaba permitido acceder directamente.</p><p>Se trataba de una cantidad enorme de datos. Estaba claro que ese hecho hab�a estimulado en Mohindroo cierta curiosidad, puesto que decidi� intentar descifrar el c�digo de seguridad del servidor.</p><p>El informe que le hab�a llegado a Jasmine desde la India tambi�n suger�a que la curiosidad del indio pod�a estar m�s relacionada con el c�digo de protecci�n que con el contenido mismo de los datos.</p><p>De hecho Mohindroo hab�a sido matem�tico, le apasionaba la criptograf�a. A pesar de sus reconocidas capacidades, tard� a�os en encontrar la clave para descifrarlo. En el correo electr�nico a Franz explicaba que descifrar ese c�digo se hab�a convertido en una obsesi�n para �l, pero al final lo hab�a conseguido. Los datos eran estremecedores, seg�n dec�a. Segu�an informaciones t�cnicas sobre c�mo acceder al servidor e identificar los archivos importantes. El correo electr�nico hab�a sido escrito con el mismo c�digo usado para la protecci�n de los datos, de ese modo Mohindroo demostraba que efectivamente hab�a logrado descifrarlo.</p><p>Eso era todo. Ni un detalle m�s. Lo que resultaba ser tan estremecedor no lo especificaba. Jasmine en seguida abri� los canales con la India: un equipo de <emphasis>hackers</emphasis> se puso a trabajar. Al final el resultado fue decepcionante. El servidor ya estaba cerrado, Mohindroo estaba muerto. Pero hubo un informe en particular de uno de los ocho equipos que ten�a en la India que espole� la imaginaci�n de Jasmine. La hija de Mohindroo hab�a denunciado el hurto de su ordenador port�til al d�a siguiente de que muriera su padre. Seg�n la denuncia, el culpable era un occidental llamado Kroeger.</p><p>Jasmine hizo algunas averiguaciones y descubri� que un tal Kroeger, jefe de seguridad de la empresa de Kluge, estuvo en Bombay los mismos d�as que Jan, cuando Mohindroo muri�. Kroeger, seg�n el informe que hab�a recibido desde Alemania, no estaba localizable. Hab�a desaparecido. Pero a Jasmine no se le escapaba el hecho de que la descripci�n f�sica del ladr�n se correspond�a de manera sorprendente con la fisonom�a de Jan.</p><p>Era probable que Mohindroo tuviera copia de ciertos archivos en el ordenador de su hija por seguridad. Si Jan hab�a robado el ordenador, no hab�a muchos sitios donde podr�a haberlo escondido. En la India seguro que no. Si de verdad hab�a sido �l, hab�a tenido muy poco tiempo para ocultarlo desde que lo rob� hasta que parti� hacia M�nich: deb�a de hab�rselo llevado consigo. Ten�a que estar en M�nich. Los dos equipos de Baviera que Jasmine hab�a puesto a trabajar no hab�an encontrado nada, ni en el despacho de Jan ni en el piso de Andreas, donde sab�a que Jan estaba viviendo entonces. Jasmine estaba convencida de que Andreas desempe�aba un papel determinante en el asunto del PC, teniendo en cuenta que Jan le hab�a enviado el correo electr�nico cifrado de Mohindroo a Franz. �Por qu� iba a hacerlo a no ser que Andreas estuviera al corriente de todo y si, adem�s, no pudiera ayudarlo de alguna manera? El trabajo de investigaci�n de Jasmine la hab�a llevado hasta all�. Ahora le tocaba a ella descubrir el resto de la historia.</p><p>��Se�ora Tes, cr�ame, no subestimo su inteligencia. Su marido ha sido asesinado y el motivo de su muerte todav�a es oscuro. Quien mata una vez normalmente no tiene reparos en hacerlo de nuevo.</p><p>Ahora Jasmine hab�a hablado en ingl�s, en un volumen suficientemente alto para que Andreas pudiera o�rla con claridad. Y �l lo hab�a entendido perfectamente. La frase le caus� una n�usea terrible. Por fortuna se recuper� en cuanto la funcionaria empez� a hablar de nuevo.</p><p>��Gracias por haber querido reunirse conmigo, se�ora Tes. Les dejo esta noche para pensar, ir� a despedirme de ustedes al aeropuerto. Mientras tanto los invito a que reflexionen y se planteen una pregunta: �vale la pena? D�jennos estos asuntos a nosotros, vuelvan a hacer su vida normal, piensen en sus familias, en sus seres queridos. Hasta ma�ana, Andreas. -Concluy� la conversaci�n con una sonrisa.</p><p>�l no sonre�a. La mujer ten�a raz�n.</p><p>��Un momento, se�ora Liu -la detuvo-. Yo tengo lo que est� buscando.</p><p>Sigui� una larga pausa.</p><p>Todos lo miraban como en trance.</p><p>A Julia le cost� ocultar su disgusto. La partida era entre ella y Jasmine, �l no deb�a entrometerse. Se dio cuenta de que no tenerlo al corriente de su estrategia antes de la reuni�n hab�a sido un grave error.</p><p>��Estoy dispuesto a entreg�rselo -continu� Andreas-, pero s�lo si hay una incriminaci�n oficial de los responsables por parte de las autoridades chinas, con la consiguiente orden de captura internacional.</p><p>Jasmine permaneci� en silencio unos instantes.</p><p>��Eso no ser� posible, se�or Weber. Lo que puede hacer es entregar el ordenador a un encargado m�o tan pronto como llegue a M�nich, y yo, de manera no oficial, le dir� qui�nes han ordenado el asesinato. Lo que hagan con esa informaci�n no me concierne.</p><p>��No podremos hacer mucho con ella si en el certificado oficial de defunci�n de Jan pone que fue asesinado en un atraco, �no le parece? -respondi� Andreas.</p><p>A Julia no se le escap� notar cierta satisfacci�n en los ojos de la china.</p><p>Andreas busc� la mirada de Julia, pero la que recibi� como respuesta no le pareci� muy amistosa. Lo interpret� como una invitaci�n a zanjar la conversaci�n.</p><p>��Le entregar� el ordenador, pero el nombre de quien est� detr�s de todo esto nos lo dir� ahora. Es la �nica condici�n que ponemos.</p><p>Jasmine lo mir� atentamente. Ten�a la sensaci�n de que Julia no estaba contenta con ese acuerdo. Pero ahora era con Andreas con quien ten�a que negociar, el ordenador lo ten�a �l.</p><p>��Se trata del doctor Lee, el director general de la empresa para la que trabajaba Jan Tes.</p><p>Sigui� una larga pausa.</p><p>Andreas y Julia sustituyeron en sus mentes el nombre de Kluge por el de Lee; por lo dem�s, esa revelaci�n confirmaba sus hip�tesis.</p><p>Jasmine continu�:</p><p>��Es todo cuanto puedo decirles. Adi�s, se�ores, que tengan buen viaje.</p><p>�Y usted, se�or Weber, no crea que estar� seguro cuando llegue a M�nich. Le garantizo que nuestros servicios son muy eficaces incluso en el extranjero, y no tolero que nadie me tome el pelo. Nunca. En cuanto aterrice en M�nich, uno de nuestros hombres se pondr� en contacto con usted para recoger el ordenador. Espero que no haya problemas.</p><p>A continuaci�n se dirigi� a Julia en chino:</p><p>��Espero que alg�n d�a pueda encontrar sosiego.</p><p>Se dispon�a a irse, pero Julia la detuvo.</p><p>��Un momento, me gustar�a hablar brevemente con usted en privado, si es posible.</p><p>A Jasmine no le sorprendi� su demanda.</p><p>��Claro, todo es posible, sent�monos en aquel rinc�n -contest� indicando el lado opuesto del vest�bulo-. Y usted, se�or Weber, qu�dese charlando con Tan. Sabe ser muy simp�tico cuando quiere.</p><p>Se alejaron dejando a Andreas mirando con aire interrogativo a los dos agentes chinos.</p><p>��Gracias por concederme unos minutos m�s -empez� Julia.</p><p>��En realidad era usted la que no ten�a m�s tiempo para m� -respondi� Jasmine-. �Quiere tomar un t�?</p><p>��S�, gracias.</p><p>La funcionaria hizo una se�a a una de las muchas camareras que hab�a, que fue corriendo a tomar el pedido.</p><p>Pasaron todav�a algunos segundos, Julia estaba ordenando sus ideas antes de empezar a hablar.</p><p>��Hay dos cosas sobre las que quiero hablarle. Quiero contarle una historia y quiero plantearle un posible escenario -dijo-. Mire, si pienso en mi infancia no tengo muchos recuerdos de cuando era peque�a, pero hay uno que no puedo olvidar.</p><p>�Ten�a cinco a�os, aparentemente era una ni�a modelo. Hija �nica, con unos padres que me adoraban. Una noche decidieron ir a cenar a casa de unos vecinos al piso de abajo, yo siempre dorm�a toda la noche sin despertarme. En esa �poca no exist�an los intercomunicadores que se ponen en la habitaci�n de los ni�os para comprobar que todo va bien. Ser�an las diez o quiz� un poco m�s tarde. Ten�a sed y empec� a llamar a mi padre, que por la noche siempre me tra�a un vaso de agua.</p><p>�Nadie respondi�.</p><p>�Llam� a mi madre.</p><p>�Nadie respondi�.</p><p>�Me levant�. La luz del pasillo estaba encendida. Fui a su habitaci�n, no estaban. Empec� a llorar y a llamarlos, pero no contestaban.</p><p>�Vagu� por la casa llorando cada vez m�s. Llor� desesperada hasta que me qued� dormida delante de la puerta de entrada. A la ma�ana siguiente me despert� en mi cama. Mis padres no hablaron del tema, pero no salieron nunca m�s dej�ndome sola en casa.</p><p>�Mire, Jasmine, mis hijos adoraban a su padre y de ahora en adelante vivir�n esa experiencia todos los d�as de su vida.</p><p>�Todav�a no saben lo que alguien ha decidido para ellos. O, lo que es lo mismo, que no volver�n a ver a su padre nunca m�s. Y tampoco saben que una distinguida funcionaria china ha decidido que el culpable nunca ser� juzgado.</p><p>Julia se detuvo un instante para coger la taza de t� verde que, mientras tanto, la camarera hab�a dejado en la mesa. Jasmine hizo lo mismo.</p><p>Despu�s de beber un largo sorbo, continu�:</p><p>���sta era la historia. Ahora vayamos al escenario.</p><p>�El escenario es el siguiente. Tendr� que empezar a trabajar a jornada completa. No es f�cil mantener a dos hijos, y a�n menos si est�s sola. Entre los varios trabajos que podr�a aceptar est� el de int�rprete oficial para el funcionario Liao Chen.</p><p>�Estoy segura de que lo conoce, teniendo en cuenta que estoy hablando de lo que en Europa llamar�amos ministro de Exteriores chino. No s� si aparece en sus informes, pero estuvo perdidamente enamorado de m� hace muchos a�os. �se fue uno de los motivos principales por los que empec� a dedicarme m�s a la traducci�n de textos, para la que no se requer�a mi presencia f�sica. Pero con Liao, que es una persona extremadamente agradable y refinada, siempre he mantenido el contacto. Ha ido surgiendo una profunda amistad. Y, entre usted y yo, no creo que se le haya pasado del todo su enamoramiento por m�. Podr�a llamarlo. Todav�a no lo he hecho.</p><p>�Pero entender� usted que si, en este momento, una viuda destrozada por el dolor y atemorizada por una agresiva funcionaria china le pidiera ayuda, podr�a despertar en �l sentimientos que cre�a distantes. �No opina que un hombre en determinadas condiciones emocionales puede tomar decisiones precipitadas y desproporcionadas a la realidad de los hechos?</p><p>�Pi�nselo, Jasmine, pi�nselo bien.</p><p>�En el fondo de mi coraz�n creo que es usted una persona con sentimientos y puede entender la desesperaci�n y la injusticia que mis hijos y yo nos vemos obligados a soportar. Espero que me ayude, porque eso es lo que necesito. Le pido que lo entienda. El escenario representa una opci�n extrema, espero por usted que no me obligue a llevarlo a cabo. De mujer a mujer, ser�a una decepci�n.</p><p>�Espero verla ma�ana por la ma�ana en el aeropuerto, cuando vaya a despedirse como ha prometido.</p><p>Las dos mujeres se miraron a los ojos.</p><p>���Qu� quiere?</p><p>��Quiero que me d� la posibilidad de comprender por qu� han matado a mi marido. Quiero el m�vil.</p><p>��No.</p><p>��Entonces no tenemos nada m�s que decirnos.</p><p>��Lo siento.</p><p>��Se�ora Liu, hasta ahora usted no ha hecho otra cosa m�s que amenazarnos. Yo la he avisado, no la he amenazado. Pero le aseguro que volver� a o�r mi nombre muy pronto. A trav�s del ministerio. Y ahora soy yo quien se lo dice: pi�nselo bien. Usted sabe d�nde encontrarnos.</p><p>Julia se levant� y dej� a Jasmine delante de su t�.</p><p>Luego hizo una se�a a Andreas para decirle que se iba a su habitaci�n.</p><p>Jasmine se volvi� para ver c�mo se marchaba.</p><p>No hab�a encontrado a muchas mujeres como �sa en su vida. Lo que Julia le hab�a dicho le hab�a hecho mella. No era una situaci�n f�cil.</p><p>Ten�a que reflexionar.</p><empty-line/><p>Andreas hab�a estado observando toda la escena mientras se tomaba un cubalibre. Despu�s de todas aquellas emociones, hab�a sido suficiente para dejarlo ligeramente aturdido.</p><p>No hab�a tenido tanto miedo en toda su vida. Jasmine le pon�a la carne de gallina. La idea de una c�rcel china, la tortura, el dolor, eran perspectivas a las que se enfrentaba por primera vez en su vida.</p><p>�Qu� habr�a pensado Jan de �l? Seguramente que era un cobarde. Hab�a descubierto qui�n lo hab�a mandado matar, pero tambi�n que su delito quedar�a impune para siempre. �Y si se tomara la justicia por su mano? Por los hijos de Jan, por Julia, por �l mismo.</p><p>Empez� a pensar en las varias maneras de matar al hombre que ahora odiaba; pero al final, todos los pensamientos que encadenaba acababan con �l sentado en una prisi�n alemana para el resto de su vida, mientras Ulrike le preguntaba por qu� la hab�a abandonado.</p><p>Una vez en M�nich le dar�a ese maldito ordenador a cualquier funcionario chino y la historia terminar�a ah�. Se encargar�a de los hijos de Julia y Jan como si �l fuera su padre.</p><p>Ten�a algunos ahorros, crear�a un fondo para asegurarles los estudios. Con ese pensamiento otra oleada de l�grimas le cubri� el rostro.</p><p>Se sec� la cara con las mangas de la camisa. El efecto de la copa era demoledor.</p><p>Mir� a su alrededor, nadie lo observaba.</p><p>Hab�a poca gente en las mesas cercanas a la suya, aunque todos parec�an estar inmersos en sus conversaciones y no se preocupaban de un desgraciado con la cara abatida por el dolor.</p><p>Le volvi� otra vez a la memoria c�mo hab�a muerto su amigo, enterrado vivo.</p><p>De repente se dio cuenta de que ten�a que salir de all�, estaba a punto de derrumbarse.</p><p>Se dirigi� a los ascensores.</p><p>Lleg� a su habitaci�n como atontado.</p><p>Se dej� caer en la cama y llam� a Julia para asegurarse de que estaba bien y para que le informara sobre la conversaci�n que hab�a mantenido con Jasmine.</p><p>Su amiga lo tranquiliz�, ahora deb�an dormir, ya hablar�an al d�a siguiente.</p><empty-line/><p>El funcionario del consulado estadounidense, acompa�ado nuevamente por su colega italiano, fue a recogerlos al hotel a las seis de la ma�ana. Durante el trayecto hacia el aeropuerto les dieron algunas informaciones t�cnicas: la urna con las cenizas de Jan la enviar�an al d�a siguiente y la entregar�an directamente en casa de Julia en Mil�n. Se pondr�an en contacto con ella para los detalles de la entrega.</p><p>Una vez en el aeropuerto de Pudong, Julia y Andreas hicieron los tr�mites del embarque y se dirigieron al control de pasajeros.</p><p>Hab�a la cola habitual, como en todos los aeropuertos.</p><p>Por lo menos all� no ped�an que te quitaras los zapatos.</p><p>Era casi su turno cuando una voz conocida los llam�.</p><p>��Se�ora Tes, se�or Weber, un segundo, por favor.</p><p>Era Jasmine. Salieron de la fila y se apartaron hacia un rinc�n menos concurrido.</p><p>��Quer�a desearles buen viaje. Han pasado unos d�as muy dif�ciles y lo lamento. Hay una cosa que todav�a me siento en la obligaci�n de darles -y diciendo esto sac� de su bolsillo una hoja de papel que entreg� a Andreas-. Es el correo electr�nico que Mohindroo envi� a Franz con el c�digo para descifrar los archivos. Quiz� pueda serles �til. Imagino que, si todav�a no han logrado saber lo que se esconde en el ordenador, seguramente es porque los datos est�n cifrados. Podr�a ser que el c�digo usado fuera el mismo que el del correo electr�nico: es extremadamente complejo.</p><p>�Se�or Weber, le doy tres d�as. Despu�s, un empleado del consulado chino se presentar� a usted en Alemania. No haga tonter�as, se lo digo desde el fondo de mi coraz�n. No implique a ning�n polic�a, a ning�n ente, a ninguna organizaci�n. Va su vida en ello. -Despu�s se volvi� hacia Julia-. Adi�s, se�ora Tes, ha sido un gran honor conocerla. Deseo que la verdad pueda servirle de consuelo.</p><p>No dijo nada m�s y no esper� respuesta. Dio media vuelta y desapareci�, dejando a Julia y a Andreas mirando una hoja de papel.</p></section><section><title><p id="_Toc308278969">Kluge</p></title><p>Hab�a dormido poco y mal. Kluge se despert� m�s cansado que cuando se hab�a acostado. Se duch�, se afeit� y se visti�, no para ir a la oficina sino para dar una vuelta con el aire fresco de M�nich. Viv�a en Lehel, uno de los barrios m�s bonitos de la ciudad, que daba al r�o Isar. Caminaba por el paseo peatonal y admiraba la estatua del Friedensengel, el �ngel dorado de la paz, que parec�a mirarlo desde lo alto.</p><p>Prosigui� todav�a un buen rato inmerso en sus pensamientos. Se encontr� delante del Museo de la T�cnica, la meta preferida de sus nietos. Al pararse all� delante se acord� de todo lo que hab�a hecho para que su empresa hiciera donaciones al museo.</p><p>No se trataba s�lo de filantrop�a: quer�a que desde peque�os los futuros clientes estuvieran familiarizados con el nombre de la empresa.</p><p>Se volvi�, hizo una inspiraci�n profunda. Se ol�a aire de monta�a. Consider� si era mejor volver a casa a pie o coger el tranv�a.</p><p>La parada estaba justo delante del museo.</p><p>Se decidi� por el tranv�a.</p><p>M�s tarde pasar�a por la oficina para preparar su salida de escena.</p><p>Ten�a que pensar en una historia cre�ble, quiz� alg�n leve problema de salud. O bien que hab�a decidido dedicar m�s tiempo a su familia y a s� mismo.</p><p>S�, eso sonaba mejor.</p><p>El tranv�a estaba llegando.</p><p>Se dispuso a esperarlo en el and�n. Hab�a bastante gente aguardando para subir. El tranv�a corr�a veloz como siempre. Los transportes p�blicos en M�nich no son s�lo extensos y puntuales, tambi�n son r�pidos. Eso hace que el uso de veh�culos particulares por parte de muchos de los habitantes de la ciudad sea muy limitado.</p><p>Cuando el tranv�a estuvo a pocos metros de �l, Kluge sinti� que cuatro manos lo aferraban y lo lanzaban hacia los ra�les. Vio que el tranv�a se le echaba encima, sin posibilidad de evitarlo. Las mismas manos que lo hab�an empujado, sin dejar nunca su presa, lo retiraron hacia atr�s en el and�n.</p><p>El conductor vio de repente una silueta delante del morro del tranv�a y casi en el mismo instante la vio desaparecer.</p><p>Por poco no tuvo un infarto. Como reacci�n, golpe� el freno de emergencia. La mayor�a de los pasajeros que iban de pie se cayeron.</p><p>El tranv�a se detuvo.</p><p>El conductor baj� hecho una furia a buscar al responsable de aquel desastre. No parec�a que hubiera heridos graves a bordo, s�lo un par de personas se quejaban de las contusiones sufridas en la ca�da.</p><p>El conductor no consigui� encontrar a nadie.</p><p>Kluge ya estaba en el otro lado de la calle y caminaba entre los dos hombres que le hab�an procurado aquella desagradable experiencia. No opon�a resistencia, sab�a que habr�a sido in�til.</p><p>���Ad�nde me llevan?</p><p>��A ninguna parte, s�lo lo acompa�amos hasta el final del Ludwigsbr�cke. No nos gustar�a que le ocurriera nada malo, doctor Kluge -respondi� uno de los dos.</p><p>Lo dejaron al final del puente, detr�s de �l pod�a o�r las sirenas de la polic�a acudiendo a la parada del tranv�a para las comprobaciones de rigor.</p><p>La advertencia hab�a sido clara.</p><p>No pod�a dejar la empresa.</p><p>Al menos, no por decisi�n suya.</p><p>Empez� a caminar hacia su casa.</p><p>A mitad de camino son� su m�vil. Era su hija. Estudiaba y viv�a en Heidelberg, donde estaba terminando la carrera universitaria.</p><p>��Hola, Astrid -respondi� en voz baja.</p><p>��Hola, pap�. �Te molesto? �Puedes hablar? -pregunt� t�midamente la chica, que sab�a los innumerables asuntos de trabajo que desde siempre abrumaban a su padre.</p><p>��Claro, tesoro, dime.</p><p>��Hoy me ha ocurrido algo extra�o. Cuando he ido a coger mi coche, en el parabrisas hab�a una hoja de papel que dec�a que comprobara los frenos antes de salir. Primero he pensado que se trataba de una broma. Pero luego, cuando he puesto en marcha el coche y he hecho un par de metros de prueba, efectivamente los frenos no funcionaban. Ni siquiera el freno de mano. He puesto punto muerto hasta que se ha parado. No te imaginas qu� susto.</p><p>���Te ha pasado algo? -pregunt� el padre, muy preocupado.</p><p>��No, no, estoy bien. Claro que, si no hubiera sido por la nota, no s� si ahora estar�a en condiciones de decir lo mismo. Te llamo para preguntarte qu� tengo que hacer. �Quieres que vaya a la polic�a?</p><p>��No. Yo me encargo del tema. No te preocupes -contest� con decisi�n Kluge-. No hagas nada. Te prometo que no volver� a suceder. Quer�an enviarme un mensaje a m�.</p><p>���Qui�nes?</p><p>��No s� dec�rtelo. Hemos despedido a algunos empleados �ltimamente a causa de la crisis econ�mica. Quiz� lo que te ha ocurrido est� relacionado con eso. Informar� en seguida al jefe de seguridad para que tome las medidas oportunas. No tienes nada m�s que temer -respondi� en�rgicamente un padre que, en realidad, ten�a ganas de sentarse y echarse a llorar en medio de la calle.</p><p>��De acuerdo, pap�. Pero �t� est�s bien?</p><p>���C�mo quieres que est� bien con lo que acabas de contarme? Pero no te preocupes, tesoro, nadie te har� da�o. Nadie. Te llamo m�s tarde. Un abrazo.</p><p>��Hasta luego, pap�. Ten cuidado, por favor.</p><p>Colgaron.</p><p>Kluge camin� hasta su casa.</p><p>Acababa de decidir lo que iba a hacer. No les dar�a otra oportunidad.</p><p>Una vez en casa se duch� por segunda vez esa ma�ana y se visti� para ir a la oficina. Escogi� el traje m�s elegante que ten�a. Deb�a irse.</p></section><section><title><p id="_Toc308278970">Julia</p></title><p>Iban sentados en sus asientos de clase <emphasis>business</emphasis>, el uno junto al otro. El avi�n acababa de alcanzar la velocidad de crucero y el capit�n hab�a apagado la se�al que los obligaba a permanecer sentados con los cinturones abrochados.</p><p>Julia abri� los ojos. Hab�a recorrido mentalmente los �ltimos d�as con creciente dolor y rabia. �C�mo se lo dir�a a sus hijos? Se cubri� la cara con las dos manos, inclin�ndose hacia adelante: nunca conseguir�a llenar el vac�o que Jan hab�a dejado en sus vidas. No pod�a ser madre y padre al mismo tiempo. Un lamento acompa�� sus l�grimas. Not� una mano acariciarle la espalda. Hizo una serie de respiraciones profundas y mir� en direcci�n a su amigo Andreas, que le tend�a un pa�uelo de papel.</p><p>Julia se sec� los ojos y se son� la nariz.</p><p>���Quieres algo de beber?, �agua, zumo?</p><p>��No. Ahora se me pasa, perd�name.</p><p>���Quieres intentar dormir un poco?</p><p>���Dormir? Ahora no. No podr�a.</p><p>Durante el despegue Andreas hab�a estudiado el papel que le hab�a dado Jasmine: las variables que determinaba cada letra eran efectivamente m�ltiples y complejas, sin la soluci�n nunca podr�a haber resuelto aquel enigma. Se volvi� hacia la mujer de su mejor amigo.</p><p>��Julia, �qu� quieres que haga?</p><p>���Te refieres al ordenador?</p><p>��S�.</p><p>La pregunta la sorprendi� y le molest� al mismo tiempo.</p><p>���Por qu�? �No quieres descifrarlo?</p><p>��Claro que quiero. Pero tambi�n tengo miedo. Por ti, por m�, por los ni�os. He pensado d�a y noche en qu� es lo que puede haber que sea tan secreto como para empujar a alguien a hacer lo que ha hecho. Est� claro que se trata de algo relevante para el director ejecutivo. Pero �qu� puede ser?</p><p>��Tienes el c�digo, pronto podremos saberlo, as� mandaremos a la c�rcel a ese asesino -intervino ella, decidida.</p><p>��Siempre que sea el c�digo correcto, Julia. Quiz� Lee haya hecho alguna estafa tipo Enron. Dinero negro o qu� s� yo. En ese caso deber�a ser f�cil incriminarlo.</p><p>��Ser� algo as�, �qu� otra cosa podr�a ser? Es el director general.</p><p>��Sin embargo, estoy bastante convencido de que los datos del ordenador son t�cnicos y no financieros.</p><p>���Por qu�? -pregunt� Julia.</p><p>��Porque la cuant�a de datos cifrados es enorme, y el formato no es el que podr�a esperarse de unas transacciones econ�micas. Pero si son datos t�cnicos, �a qu� pueden referirse?</p><p>���se es tu terreno, �no? �No te has planteado nada?</p><p>��Al principio pens� que quiz� los m�viles que fabrican puedan tener una serie de caracter�sticas que no se ajusten a las normativas internacionales.</p><p>���Qu� quieres decir? -lo interrumpi� ella.</p><p>��Los tel�fonos m�viles deben cumplir una serie de normativas para poder ser comercializados; quiz� han podido hacerlos pasar a pesar de no cumplir los requisitos.</p><p>�Pero es una hip�tesis improbable: los m�viles no s�lo los comprueban las empresas fabricantes, sino que tambi�n lo hacen quienes los compran y los operadores de telefon�a. Adem�s, tienen que superar los controles gubernamentales en cada pa�s donde se venden y obtener el certificado de conformidad.</p><p>��Dicho as�, me parece poco probable incluso a m�.</p><p>��Una posibilidad que me obsesiona -continu� Andreas- es que hayan obtenido nuevas pruebas de la relaci�n que tiene el uso del m�vil con determinadas enfermedades.</p><p>Julia permaneci� en silencio, era una posibilidad que no hab�a tenido en cuenta.</p><p>��Pero que alguien sea capaz de matar para mantener en secreto un descubrimiento de ese tipo est� fuera de mi entendimiento. �Verdad que comprendes que me cueste aceptar una explicaci�n as�?</p><p>��S�. Es dif�cil de imaginar, pero t� eres un experto, �crees que puede ser posible?</p><p>��Julia, a mi modo de ver, llegar a matar con tal de ocultar un descubrimiento significa querer esconder unos resultados de los que, a d�a de hoy, nadie puede imaginar su alcance real. Las investigaciones que se han llevado a cabo hasta el momento en ese campo no han obtenido resultados definitivos, y tambi�n es por eso por lo que, por regla general, caen r�pidamente en el olvido. Ahora bien, si ese hallazgo es tan revolucionario y presenta resultados claramente negativos, mantenerlo en secreto es un crimen contra la humanidad. Ning�n director, por codicioso que sea, puede estar tan loco.</p><p>��Andreas, t� no est�s loco, pero hay muchos locos de atar en este mundo.</p><p>��No lo niego. En realidad, otra cosa que me aleja de una hip�tesis similar es que, al formar parte del grupo de investigadores que se ocupan de estos temas, no puedo aceptar el fracaso, significar�a que hasta hoy no hemos entendido nada. -Se interrumpi�-. Tengo sed, d�jame que pida algo antes de continuar. �T� qu� quieres?</p><p>��Una copa de vino blanco, gracias.</p><p>Andreas par� a un asistente de vuelo que pasaba por el pasillo y le pidi� dos copas de vino blanco y un vaso de agua mineral. Se lo llevaron casi al instante.</p><p>Siempre eran r�pidos en el servicio durante las primeras horas de vuelo, luego normalmente sol�an desaparecer.</p><p>Andreas empez� a hablar de nuevo.</p><p>��Las investigaciones que hacemos nosotros en realidad est�n financiadas por compa��as privadas y tienen como objetivo el estudio de la optimizaci�n del uso de las frecuencias de las redes. Compresi�n de datos y cosas por el estilo.</p><p>�Pero siempre me han interesado los resultados de las investigaciones que persiguen identificar potenciales riesgos relacionados con el uso de la tecnolog�a. Hasta hoy se han hecho relativamente pocas.</p><p>���Por qu�? -pregunt� Julia.</p><p>��En primer lugar porque es extremadamente dif�cil encontrar financiaci�n. Tambi�n hay que destacar que, hasta ahora, los resultados de las investigaciones siempre han dejado un amplio espacio a las cr�ticas.</p><p>���Qu� tipo de cr�ticas?</p><p>��Metodol�gicas, principalmente. Pero, adem�s encuentran trabas a causa de la existencia de grandes intereses econ�micos: creo que, como lobby, el poder de las telecomunicaciones s�lo est� por debajo del petr�leo y del armamento.</p><p>��Quiz�, pero los posibles efectos colaterales del petr�leo y las armas ya se conocen, prescindiendo del poder que ejerzan -observ� Julia.</p><p>��Es verdad. Pero ninguno de los dos sectores se ha desarrollado a la velocidad en que lo han hecho las telecomunicaciones en los �ltimos a�os. El mercado mundial de la telefon�a m�vil genera hoy en d�a un volumen de negocio de aproximadamente un bill�n de euros al a�o.</p><p>�Y eso es s�lo la tajada de los operadores.</p><p>�Despu�s est� el mercado de los proveedores de infraestructuras, el de los tel�fonos m�viles, que por s� solo mueve cien mil millones de euros, el de los fabricantes de circuitos integrados, el de los fabricantes de pantallas�, en resumen, de todos los componentes, y luego est� el negocio de los derechos de autor sobre las aplicaciones inform�ticas.</p><p>�A eso tienes que a�adir las agencias de marketing, el dinero que se invierte en publicidad, las redes de distribuci�n. En el mundo trabajan centenares de miles de personas en ese sector. Hace s�lo diez a�os eran una parte infinitesimal de lo que son hoy.</p><p>Andreas se interrumpi� para beber un poco de agua con gas.</p><p>Julia estaba confusa.</p><p>���Est�s intentando decirme que a nadie le interesa subvencionar estudios m�s minuciosos, a pesar de tratarse de algo que utiliza la mayor�a de la poblaci�n mundial?</p><p>��Es uno de los negocios m�s grandes de nuestra era. No s�lo ha crecido a un ritmo vertiginoso, sino que adem�s se ha convertido en un servicio indispensable.</p><p>�Ya puede haber crisis financieras, recesiones: el mercado inmobiliario se derrumba, pero no el de los operadores de telefon�a m�vil.</p><p>�Comunicarse a trav�s del m�vil se ha convertido en una necesidad primaria.</p><p>�Y a todo el mundo le parece bien. A nosotros, a las empresas del sector y a los Estados. Puedes controlarlos a todos. Puedes interceptarlos a todos. Puedes saber la posici�n geogr�fica de todos. Aunque el m�vil est� apagado. �Te das cuenta? �Incluso si est� apagado! Hoy, la mayor�a de los cr�menes se resuelven estudiando las llamadas realizadas por los sospechosos, los lugares desde donde se han hecho, el contenido de las conversaciones.</p><p>��Pens�ndolo bien, lo que dices es cierto. Cuando lees los peri�dicos te das cuenta de que todas las investigaciones empiezan con la lectura del registro de llamadas -coment� Julia.</p><p>La azafata pas� para volver a llenar las copas y preguntar r�pidamente qu� quer�an para cenar.</p><p>Andreas sigui� hablando.</p><p>���Y la gente es feliz! Ni siquiera recuerdan c�mo viv�an hace s�lo quince a�os.</p><p>��Si lo piensas es sorprendente, us�bamos aquellas fichas telef�nicas -confirm� Julia.</p><p>��Y nos pon�amos contentos cuando escuch�bamos los mensajes del contestador al volver a casa -record� Andreas-. Pero, volviendo a las investigaciones, la financiaci�n es escasa, existen enormes intereses en contra y la tecnolog�a avanza a un ritmo tan vertiginoso que los estudios no consiguen llegar hasta el fondo de cada innovaci�n.</p><p>�En la �poca en que se hicieron los primeros estudios, la gente todav�a no usaba los m�viles continuamente.</p><p>�Las tarifas eran caras, no exist�an los sms, y ya no te hablo de descargar los correos electr�nicos. Serv�a para hablar unos pocos minutos.</p><p>��S�, ya me acuerdo. Era car�simo.</p><p>��Exacto, cada minuto costaba el equivalente a dos euros. Hoy, con las tarifas �todo incluido�, el uso se ha hecho ilimitado.</p><p>�No hace muchos a�os, cuando se realizaron gran parte de los estudios, hab�a que ir con cuidado de a qui�n se llamaba y durante cu�nto tiempo.</p><p>�Ahora, al disponer de mil minutos o m�s, se llama por cualquier tonter�a.</p><p>�Mil minutos son algo m�s de media hora al d�a. Parece poco, pero representan diecisiete horas al mes.</p><p>�Doscientas horas al a�o.</p><p>�En diez a�os son dos mil horas. Si tienes en cuenta que una jornada laboral tiene ocho horas, a este ritmo en diez a�os pasas doscientos cincuenta d�as laborables al tel�fono.</p><p>�Todo un a�o de trabajo de cada diez hablando por el m�vil.</p><p>��Visto as� es tremendo. Un a�o entero al tel�fono. Y me parece que hay mucha gente que se pasa media hora al d�a hablando. Creo que yo tambi�n formo parte de ese grupo, ahora que lo pienso -reflexion� Julia.</p><p>��S�, son muchos, y hay gente que telefonea mucho m�s que la media. Los ves por todas partes: llaman para decir que llegar�n a casa al cabo de dos minutos, pero �de qu� sirve? Estar�s en casa dentro de dos minutos. Todo el mundo llama para decir cosas irrelevantes, qu� tiempo hace, d�nde est�s. Pero �qu� cambia si no lo sabes?</p><p>��Probablemente nada -Julia esboz� una sonrisa.</p><p>��Y los operadores nos empujan a hacerlo. Si hace diez a�os te gastabas cincuenta euros en veinte minutos de llamadas, hoy, con la misma cantidad, tienes mil minutos, y debes usarlos todos.</p><p>��Y �por qu� no? Total, ya los has pagado, �no es as�?</p><p>��Claro, y los operadores pretenden que el cliente genere otros beneficios, por ejemplo, descargando aplicaciones o utilizando servicios que no est�n incluidos en la tarifa que tiene contratada. �Sabes c�mo miden su �xito los operadores?</p><p>���Con el n�mero de abonados? -aventur� Julia.</p><p>��S�. Pero adem�s del n�mero de clientes, calculan el beneficio que obtienen de cada usuario. Este �ndice se llama ARPU, <emphasis>Average Return Per User</emphasis>, es decir, ingresos medios por usuario.</p><p>�Si los precios por minuto bajan, para mantener el mismo ARPU debe aumentar el uso. Parece que el sistema funciona: cuanto m�s barato parece que es llamar, m�s se llama y se supera el l�mite m�ximo, pagando caros los minutos extra. La India es el pa�s del mundo donde cuesta menos llamar, porque la gente es pobre. Pero las tarifas son tan bajas que para la poblaci�n media es una ganga: se pasan horas al tel�fono; total, cuesta poco, casi nada.</p><p>�Las modalidades de consumo han cambiado radicalmente en los �ltimos a�os, lo que puede tener importantes consecuencias, incluso f�sicas, para los consumidores.</p><p>��No comprendo vuestro cometido, entonces. �No tendr�ais que formar parte de la garant�a que deber�an tener los consumidores? -Los discursos de Andreas empezaban a poner nerviosa a Julia.</p><p>��Te repito que hoy en d�a la investigaci�n discurre por detr�s de la tecnolog�a y de su uso intensivo, no al rev�s.</p><p>��Pero �qu� se sabe a ciencia cierta? -insisti� ella.</p><p>��Poco. Las comprobaciones se realizan con c�lulas in vitro. Se exponen algunas c�lulas a radiaciones constantes y se ve el efecto que tienen, simplificando mucho lo que es la realidad fisiol�gica. Se han descubierto modificaciones en la estructura de las c�lulas, pero estas evidencias tampoco sirven de nada. Como ves, ni siquiera es obligatorio usar el auricular. El �nico caso que recuerdo tuvo lugar en Inglaterra, donde se desaconsej� el uso de m�viles a los menores de una determinada edad, creo que era a los catorce a�os.</p><p>��No debes de ser el �nico de tu sector que tenga dudas, �no? -pregunt� Julia, cada vez m�s molesta.</p><p>��No, pero �qu� esperabas? �Cu�nto tiempo hace que se sabe que los gases de escape son nocivos para el medio ambiente? Y no han limitado su utilizaci�n. Lo mismo ocurre con el tabaco. Y con el alcohol.</p><p>��Pero no es lo mismo -intervino Julia una vez m�s.</p><p>��Es verdad, aqu� nos encontramos frente a algo distinto. No podemos comparar el consumo de alcohol y tabaco con el uso del m�vil. Hoy en d�a se sabe que fumar y beber en exceso perjudica la salud, y cada uno decide responsablemente. Los m�viles, en cambio, se han convertido en indispensables y no se consideran peligrosos a pesar de su uso indiscriminado. �sa es la diferencia.</p><p>���Qu� es lo que intentas decirme? �Que aunque los datos del ordenador confirmaran tus sospechas, no cambiar�a nada? Entonces, �qu� sentido tiene seguir adelante?</p><p>Andreas reflexion� durante unos segundos antes de responder.</p><p>��Si se demostrara que el uso del m�vil es irreversiblemente nocivo a largo plazo, significar�a que nos enfrentamos al riesgo de sufrir una pandemia.</p><p>�Para detenerla, habr�a que adoptar medidas extremadamente dr�sticas inmediatamente. Pero la experiencia nos dice que el progreso no se detiene, a menos que el coste financiero sea insostenible.</p><p>�En nuestro caso, el coste financiero ser�n los tratamientos m�dicos necesarios para aquella franja de poblaci�n que enferme con los a�os. Es muy probable que sea el progreso m�dico y tecnol�gico el que tenga que poner remedio a la imprudencia de nuestra �poca.</p><p>�La soluci�n no reside en dejar de utilizar las m�quinas, sino en crear m�quinas �limpias�.</p><p>�As� que tu pregunta de si vale la pena seguir adelante no es correcta. Cualquier cosa que haga progresar el conocimiento vale un sacrificio.</p><p>�La verdadera cuesti�n es que el estudio deber�a demostrar totalmente, de manera irrefutable, una clara relaci�n causa-efecto entre uso y enfermedad. En caso contrario ser�an necesarias largas y laboriosas comprobaciones que retrasar�an mucho el reconocimiento internacional del peligro.</p><p>��As� pues, �qu� piensas hacer? -le pregunt� Julia.</p><p>��Intentar� echarle un vistazo al ordenador, si me lo permiten. No hablar� de ello con nadie, ni siquiera con Ulrike, y t� debes hacer lo mismo.</p></section><section><title><p id="_Toc308278971">El documento</p></title><p>Andreas distingui� en seguida la mirada de su mujer. Hab�a ido a recogerlo al aeropuerto y lo esperaba en la puerta de llegadas. Hab�an hablado un par de veces por tel�fono en los �ltimos dos d�as, pero parec�a que hubieran pasado semanas sin verse.</p><p>Se abrazaron y se estrecharon como hac�a mucho que no lo hac�an.</p><p>��Me alegro de verte, cari�o. �C�mo est�s?</p><p>��Bastante bien. Contento de estar en casa. Vamos a recoger el coche -sugiri� Andreas.</p><p>���Y Julia?</p><p>��Julia ha sido muy fuerte. En el dep�sito fue horrible. Pobre Jan, qu� muerte tan espantosa. Cuando ella le habl�, prometi�ndole que nunca les contar�a a sus hijos en qu� estado lo hab�a encontrado, empec� a sentirme mal. Por suerte no has tenido que verlo, fue desgarrador.</p><p>Ulrike busc� un pa�uelo en el bolso.</p><p>��Toma, tesoro, �ste est� limpio -dijo Andreas, y le tendi� uno de los <emphasis>kleenex</emphasis> que llevaba en el bolsillo. La cogi� del brazo y se dirigieron a los ascensores que llevaban al parking cubierto.</p><p>��Todo esto es tan injusto, tan triste. �Cu�ndo ser� el funeral? -pregunt� Ulrike.</p><p>��La urna con las cenizas tendr�a que llegar ma�ana a Mil�n. Julia ya nos dir� la fecha. �Quieres que conduzca yo, cari�o? Estoy bien.</p><p>��No, ya lo cojo yo, gracias.</p><p>El Golf negro estaba aparcado en la tercera planta. Andreas se sent� al lado de su esposa, que ya hab�a puesto el motor en marcha.</p><p>���Est�s segura de que quieres conducir?</p><p>��S�, s�, no te preocupes. Los ni�os todav�a no lo saben, �verdad? -pregunt� Ulrike cuando salieron del aparcamiento.</p><p>��Julia se lo dir� hoy o ma�ana.</p><p>��Todav�a me acuerdo de las palabras de mi madre cuando me dijo que pap� hab�a muerto. Yo tambi�n era peque�a cuando ocurri�, c�mo llor�. Estaba desesperada.</p><p>Ulrike se intern� en la autopista, era el camino m�s r�pido.</p><p>��Fue un tumor en el h�gado, �verdad? -record� Andreas.</p><p>��S�, fulminante. Muri� dos semanas despu�s de que le dieran el diagn�stico. �Qu� ocurre? -Ulrike redujo bruscamente la velocidad.</p><p>Dos coches de la polic�a advert�an que se circulara con precauci�n un poco m�s adelante. Tuvieron que detenerse, el tr�fico estaba bloqueado.</p><p>��Ser� un accidente. �Tambi�n estaba as� cuando has venido? -pregunt� Andreas.</p><p>��Creo que no, no me he dado cuenta desde el otro carril, si no hubiera cogido la nacional.</p><p>Instintivamente Andreas se volvi�. Siempre ten�a miedo, en esas situaciones, de que alg�n coche por detr�s no frenara a tiempo. Lo que vio le dio un susto de muerte. Conduciendo el Mercedes que ten�an a su espalda vio a un joven chino. No pod�a ser una coincidencia. Deb�a de estar all� por �l. Jasmine hab�a mentido, no le iba a dar tres d�as, ni siquiera uno.</p><p>Ulrike not� que algo no iba bien.</p><p>���Qu� pasa, Andreas?, �no te encuentras bien?</p><p>��Nada, estaba pensando en los ni�os de Jan, me gustar�a contribuir a su educaci�n con un fondo -minti�.</p><p>��Me parece una idea estupenda, cari�o. Yo tambi�n hab�a pensado en algo parecido.</p><p>Andreas estaba intentando saber qu� hacer. Al principio pensaba volver a casa, descansar un poco y luego ir a la oficina para trabajar en el ordenador. Pero ten�a que cambiar los planes. No ten�a tiempo. Deb�a ponerse a trabajar en seguida.</p><p>��Ulrike, �puedes dejarme en la oficina, por favor?</p><p>���C�mo? �No quieres ir a casa a descansar? Despu�s de todo lo que has pasado, �quieres ir a la oficina? -pregunt� incr�dula su mujer.</p><p>��Preferir�a no tener que ir, tesoro, pero debo acabar un proyecto para la semana que viene, no tengo elecci�n. Es mejor que me ponga en seguida. Despu�s quiero dedicarme a Julia y a los ni�os sin tener que preocuparme de nada. No estoy muy cansado, he dormido bastante en el avi�n -minti� Andreas por segunda vez.</p><p>��Muy bien, pero tambi�n tienes que pensar en tu salud. �No hay nadie en el despacho que pueda hacerlo en tu lugar?</p><p>��No, es un tema que he llevado personalmente desde el principio, no tengo alternativa.</p><p>El tr�fico empez� a ser fluido, pasaron al lado de una ambulancia: hab�a habido un accidente, un coche destrozado estaba arrimado a la mediana.</p><p>���Por qu� no vas a casa al menos para darte una ducha? -Ulrike intent� convencer a su marido, pero sin �xito.</p><p>Cuando estuvieron cerca de la salida de Allianz Arena, �l le pidi� que dejara la autopista.</p><p>���Por qu�? �No quer�as ir al despacho? -pregunt� sorprendida Ulrike-. �Por d�nde quieres ir?</p><p>��Tengo la impresi�n de que alguien nos est� siguiendo. Coge la pr�xima salida, por favor -replic� Andreas.</p><p>���Qui�n nos sigue? �Has bebido en el avi�n? �Por qu� iban a seguirnos? -pregunt� ella, incr�dula.</p><p>��Porque hay mucha gente interesada en el proyecto que quiero terminar. Es un poco complicado, ya te lo contar� m�s tarde.</p><p>��Pero �qu� est�s diciendo?</p><p>��Mira, cari�o, es un encargo del gobierno, no puedo hablar de ello. No es la primera vez que ocurre. T� tambi�n conoces las cl�usulas que hay que firmar para obtener trabajos de esa clase. Ma�ana te lo cuento todo, como siempre hago, ahora no tenemos suficiente tiempo -sentenci� Andreas.</p><p>Ulrike cogi� la salida, seguida a distancia por otros dos coches que hicieron la misma maniobra. Empez� a sentir cierta inquietud.</p><p>���Quieres asegurarte? D�jame a m�, conozco un par de caminos que llevan a la ciudad. Los usa poca gente y s�lo cuando la autopista est� congestionada. Si alguien nos sigue, lo veremos en seguida.</p><p>Ulrike se conoc�a la zona y gir� en una carretera secundaria. Pocos kil�metros despu�s, desemboc� en un camino rural que pasaba cerca de una hilera de t�picas casas b�varas. No pasaba nadie, excepto ellos y, a distancia, los dos coches que hab�an tomado la misma salida de la autopista.</p><p>���Qu� coches son? -pregunt� Ulrike.</p><p>��Me parecen un BMW y un Volkswagen Touareg -contest� Andreas, que ya estaba m�s tranquilo porque no ve�a ning�n Mercedes detr�s de ellos.</p><p>Al siguiente cruce, el BMW gir� a la izquierda.</p><p>��Bueno, al menos uno no nos estaba siguiendo -coment� Ulrike.</p><p>��Parece que no.</p><p>��Pero �por qu� no llamas a la polic�a si crees que tu estudio puede estar en peligro? Quiz� puedan ayudarte.</p><p>��Los llamar�a si estuviera seguro, pero no lo estoy. A ver si el Volkswagen nos sigue hasta mi despacho. En ese caso, llamamos a la polic�a.</p><p>Sin embargo, en la siguiente rotonda, el Touareg se meti� por otra calle.</p><p>��Mejor as�, �no? Me has dado un susto de muerte. Al menos ahora estar�s tranquilo -dijo Ulrike.</p><p>��S�, gracias. Perdona por hacerte desviar y por mi paranoia. Han ocurrido demasiadas cosas �ltimamente.</p><p>��Te entiendo, cari�o, no te preocupes.</p><p>Veinte minutos despu�s llegaron frente a la oficina de Andreas.</p><p>���Quieres que venga a recogerte m�s tarde? -pregunt� ella.</p><p>��Ulrike, mira, no creo que vuelva antes de ma�ana por la tarde. Tengo que terminar de analizar unos datos y escribir el informe final.</p><p>��Pero �est�s loco? �Ma�ana por la tarde? No te aguantas de pie, antes tienes que dormir.</p><p>��Si veo que estoy demasiado cansado dormir� un par de horas en el despacho. Te lo ruego, cari�o, es lo mejor. Tenemos que ir a Mil�n dentro de poco para el funeral.</p><p>Ulrike sab�a cu�ndo no le quedaba otra opci�n que seguir las indicaciones de su marido. Si quer�a acabar el trabajo para dedicarse a Julia y a los ni�os, no habr�a modo de hacerlo cambiar de opini�n. Sin embargo, no estaba tranquila.</p><p>��Andreas, me preocupas.</p><p>��No tienes por qu� preocuparte, tesoro, todo est� bajo control. D�jame terminar este estudio, luego me tomar� dos semanas de vacaciones. Conf�a en m�. Te llamo cuando haya acabado. Me encerrar� en la sala de servidores, all� no hay cobertura. -Le dio un beso y baj� del coche.</p><p>Pero no entr� directamente en la oficina. Esper� a que Ulrike girara en el sem�foro del final de la calle.</p><p>Entonces se dirigi� hacia Zenettistrasse.</p><p>Tard� los veinte minutos de rigor. Se volvi� repetidamente, no parec�a que nadie lo siguiera. En el n�mero 2 llam� a Markus Spicker desde el portero autom�tico. Era uno de sus mejores amigos en M�nich. Trabajaba desde casa como arquitecto y sal�a raramente.</p><p>���Qui�n es? -reson� la voz de su amigo.</p><p>��Soy yo, Andreas, �puedo subir?</p><p>���Andreas? Claro, sube.</p><p>Markus viv�a en el primer piso, en un apartamento peque�o pero decorado con un gusto extremadamente sofisticado. Le abri� la puerta en bata de seda.</p><p>��Hola, Andreas, vamos, entra. �C�mo est�s? -Se acerc� a �l y lo abraz�-. Ayer me enter� de lo que hab�a pasado. He intentado llamarte, no s� si lo has visto. �Cu�ndo has vuelto?</p><p>��Esta ma�ana, he aterrizado hace un par de horas.</p><p>��Ven, nos sentaremos en el sal�n. �Te traigo algo? �Tienes hambre, sed?</p><p>��Estoy bien, gracias. �Te he despertado?</p><p>��No. Ya me hab�a levantado. La muerte de Jan me ha afectado mucho. Me habr� dormido hacia las cinco, pero s�lo durante un par de horas. �Est�s seguro de que no quieres nada? Yo necesito un caf�.</p><p>��Haz dos, gracias.</p><p>En cuanto su amigo entr� en la cocina, Andreas se puso al lado de la ventana. Escrutaba la calle. En la acera s�lo vio a tres personas. Una de ellas era un chino que estaba hablando por el m�vil mientras caminaba en direcci�n a Lindwurmstrasse. Andreas not� que se le aceleraba el ritmo card�aco como si acabara de hacer una carrera. No consegu�a apartar la vista de �l. El hombre se detuvo en el cruce, gir�ndose y mirando en direcci�n a la casa de Markus. Andreas se ech� hacia atr�s. Estaba sudado como si hubiera corrido.</p><p>��El caf� est� listo.</p><p>��Ahora vuelvo, voy un momento al ba�o.</p><p>��Claro.</p><p>En el ba�o apag� el m�vil y tambi�n quit� la bater�a y la tarjeta SIM. Esperaba que de ese modo no pudieran localizarlo. Se sinti� como un idiota por no haberlo hecho antes.</p><p>Se refresc� la cara varias veces antes de salir. No pod�a quedarse mucho.</p><p>��Sent�monos en el sof� -lo invit� Markus, que lo esperaba con la bandeja en la mano.</p><p>Estuvieron hablando durante veinte minutos, antes de que Andreas se marchara.</p><p>Quedaron en llamarse al d�a siguiente.</p><p>Abandon� el apartamento y baj� por la escalera. Luego, en vez de salir por la puerta principal, pas� por la que daba al jard�n. Al fondo hab�a un muro que daba al patio de la casa de enfrente. Lo salt�.</p><p>�l y Markus lo hab�an hecho miles de veces. Era un atajo para llegar a Theresienwiese cuando se celebraba la Oktoberfest.</p><p>Se encamin� hacia Goethestrasse.</p><p>All� lleg� hasta la parada de taxis y cogi� uno.</p><p>Baj� en la calle paralela a la de su oficina. Entonces hizo lo mismo que hab�a hecho en casa de Markus pero al rev�s. Entr� en el patio de un edificio del siglo XIX que albergaba cuatro despachos de notarios. Atraves� el peque�o aparcamiento interior. Mir� a su alrededor para asegurarse de que nadie lo observaba y salt� la verja que daba al jard�n de su oficina.</p><p>Era el �nico sitio donde estaba permitido fumar, as� que normalmente iban all� algunos de sus colegas. Por fortuna, en ese momento no hab�a nadie.</p><p>La oficina ten�a una peque�a puerta, supuestamente de emergencia, que permit�a el acceso al jard�n. Andreas utiliz� su tarjeta magn�tica para entrar.</p><p>Se encontr� delante de la escalera de servicio del edificio. Ten�a que subir a la tercera planta, donde estaba la sala de los servidores del estudio.</p><p>Subi� r�pidamente la escalera.</p><p>La puerta que conduc�a a los despachos era de cristal. Andreas mir� para ver d�nde estaban sus compa�eros. Para llegar hasta los servidores ten�a que entrar, recorrer unos metros hacia la derecha y cruzar la puerta blindada que proteg�a el lugar donde se conservaban todos los datos que se generaban en su estudio.</p><p>S�lo hab�a un ingeniero sentado a su izquierda; los dem�s deb�an de estar ocupados en alguna reuni�n. El hombre estaba concentrado escribiendo en su ordenador.</p><p>Andreas respir� profundamente, abri� y entr�.</p><p>Nadie lo vio.</p><p>Se dirigi� a prisa hacia la derecha y con una tarjeta especial abri� la puerta de la sala de los servidores.</p><p>El ordenador de la hija de Mohindroo estaba all�.</p><p>Andreas lo hab�a escondido detr�s del �nico escritorio que hab�a. Estaba enchufado a la red y segu�a elaborando c�lculos, conectado al ordenador central. La habitaci�n era grande y g�lida, como la mayor�a de las salas donde se alojan los servidores.</p><p>Hab�a por lo menos setenta servidores: tiempo atr�s habr�a sido una habitaci�n ruidosa, ahora s�lo se ve�an lucecitas parpadeando.</p><p>En esa sala no entraba nadie aparte de los encargados de inform�tica, y s�lo para realizar puntuales trabajos de mantenimiento y ampliaci�n.</p><p>No hab�a peligro de que se presentara nadie.</p><p>Sac� la hoja de papel que le hab�a dado Jasmine.</p><p>Necesitaba tranquilidad. Pero �l estaba de todo menos tranquilo. Se sent�a sucio y sudado, despu�s de pasarse trece horas en un avi�n y haber jugado a polic�as y ladrones por la ciudad de M�nich. Y encima con un enemigo imaginario, porque no estaba completamente seguro de que lo hubieran seguido.</p><p>Estaba claro que un chino conduciendo un Mercedes y otro escrut�ndolo en la Zenettistrasse no pod�a ser una coincidencia.</p><p>Empez� a pensar en c�mo usar el c�digo que le hab�a dado Jasmine para descifrar aquella monta�a de datos. Tendr�a que crear un programa, no hab�a otra forma de hacerlo. No era un experto, iba a ser una labor larga y dif�cil.</p><p>A las cinco de la tarde no pudo aguantar m�s las ganas de ir al ba�o. Pero no pod�a salir, era demasiado arriesgado. Lo hizo en una botella vac�a que hab�a en la mesa: menos mal que los empleados de inform�tica dejaban los restos de la comida por todas partes. Sigui� trabajando en el programa. Si encuentras A, se sustituye por C, pero si A va seguida de N, entonces se sustituye por P; si A es la segunda letra de la palabra, entonces se sustituye por G. Y as� sucesivamente.</p><p>A las nueve de la noche sali� de la habitaci�n. Ya no hab�a nadie, al menos en aquella planta. Se prepar� un caf� y fue al lavabo. Se refresc� la cara con agua. En la nevera de la cocina encontr� comida que le hab�a sobrado a alg�n colega. Se la comi� como estaba, fr�a.</p><p>Regres� a la sala de los servidores. Trabaj� hasta las cinco de la ma�ana, tom�ndose un caf� cada dos horas. Al final ya no ve�a nada, pero hab�a terminado el programa. Ahora ten�a que hacerlo pasar por todos los archivos cifrados y ver qu� suced�a. Eran ciento veinte gigas de datos, el disco duro ten�a doscientos. Tendr�a que salvarlos en uno de los servidores del centro.</p><p>Al ser el director, pod�a acceder a directorios s�lo reservados para �l. Abri� uno donde ten�a copias de los contratos de la empresa y guard� en �l su programa. Todos los datos traducidos ir�an a parar all�.</p><p>Descarg� el primer archivo, que sospechaba que era un documento de Word. Tard� pocos segundos. Luego pas� a los datos. El reloj que apareci� en la pantalla, y que indicaba el tiempo que faltaba para completar el trabajo, marcaba cuatro horas.</p><p>A�adi� dos l�neas m�s de comandos a su rudimentaria aplicaci�n antes de pulsar �Enter�.</p><p>Con gran satisfacci�n, Andreas vio que el ordenador estaba realizando lo que �l hab�a configurado en el programa.</p><p>Calculaba que pasar�an varias horas antes de la conversi�n total de los datos, pero los archivos de Word estar�an listos al cabo de pocos minutos.</p><p>Un cuarto de hora despu�s detuvo el programa y abri� el archivo en el que el ordenador estaba guardando los datos descifrados. Lo que apareci� ante sus ojos fue un documento de Word titulado �Londres, febrero de 2010. Memor�ndum�.</p><p>�Hab�a funcionado!</p><p>Estaba temblando. M�s que leer, comprob� que las palabras de la primera p�gina tuvieran sentido: �� responsable cient�fico� metodolog�a del estudio� enormes presiones� horrores que ha generado� motivos de conciencia� Doctor Bashir.�</p><p>Un escalofr�o le recorri� el cuerpo. Cerr� los ojos, ten�a que relajarse un momento antes de continuar. Respir� profundamente.</p><p>Alguien llam� con la mano a la puerta blindada.</p><p>Andreas se volvi� de golpe, todav�a estaba cerrada.</p><p>Tuvo la sensaci�n de que el coraz�n se le paraba.</p><p>Luego empez� a latirle de nuevo a un ritmo fren�tico. Ten�a la impresi�n de que se pod�a o�r a centenares de metros de distancia.</p><p>Intentando no hacer ruido, cerr� el ordenador port�til, desenchuf� el cable y apag� la luz del escritorio. Se escondi� detr�s de la puerta con el ordenador en la mano.</p><p>�Qu� pod�a hacer? Estaba perdido. Quiz� el m�vil funcionaba. Meti� la mano izquierda en el bolsillo interior de su chaqueta para sacar el tel�fono. No pod�a funcionar. Hab�a desconectado la bater�a y la tarjeta SIM en casa de Markus. Sostuvo el ordenador con las piernas y busc� la tarjeta SIM en el bolsillo. El pomo de la puerta segu�a movi�ndose.</p><p>Consigui� introducir la tarjeta y volver a colocar la bater�a, luego oy� saltar la cerradura.</p><p>Estaba petrificado. Lentamente vio abrirse la puerta.</p><p>Ahora pod�a sentir la respiraci�n de la persona que estaba entrando. La suya no se o�a: �l no respiraba.</p><p>Entr� un hombre alto que sujetaba una linterna.</p><p>���Est� ah�? -pregunt� una voz desde fuera de la habitaci�n.</p><p>El otro no respondi�. Ilumin� los diferentes estantes de los servidores, luego la mesa. Algo hab�a llamado su atenci�n, dado que se dirigi� a pasos r�pidos hacia un lado de la sala.</p><p>Ahora Andreas pod�a enfocarlo bien: no era un chino como esperaba, sino un occidental de mediana edad. Si se hubiera girado en ese momento sin duda lo habr�a descubierto. No pod�a pensar. Iban a matarlo. Como a Jan.</p><p>Volvi� a meterse el m�vil en el bolsillo de la chaqueta y cogi� el ordenador que sujetaba entre las rodillas.</p><p>��Estoy aqu� -dijo con un hilo de voz.</p><p>El hombre que hab�a en la sala dio un respingo. El otro entr� como una furia, blandiendo una pistola. La apunt� a la cara de Andreas.</p><p>��No se mueva, ni un movimiento o disparo -grit�.</p><p>��No dispare, se lo ruego, no voy armado -implor� �l, aterrorizado.</p><p>��P�ngase de rodillas, de prisa.</p><p>��No dispare, no dispare -susurr� Andreas cumpliendo las �rdenes que le daban.</p><p>El que hab�a entrado en la sala en primer lugar se hab�a recuperado y se acerc� a su colega d�ndole una palmada en el hombro. Luego se dirigi� a Andreas:</p><p>��Doctor Weber, qu� placer conocerlo. Si le digo la verdad, hace rato que lo estamos buscando. Muy simp�tica la visita de hoy a su amigo.</p><p>�Nos ha tenido casi cuatro horas delante de ese bonito edificio, hasta que su amigo ha salido a hacer la compra. �Qu� tiene en la mano? -pregunt�.</p><p>��Creo que es lo que est�n buscando. Es el ordenador que Jan trajo de la India.</p><p>��Bien, doctor Weber, veo que es usted una persona razonable. D�melo, no haga estupideces, as� podremos irnos todos a casa -dijo el tipo de la pistola, un alem�n de Colonia, a juzgar por su acento.</p><p>Med�a m�s de un metro ochenta, ten�a el pelo corto, rubio, y una nariz aplastada de boxeador. Le cogi� el ordenador de las manos.</p><p>��Ahora puede levantarse. Vay�monos de aqu�, fuera hay m�s luz -intervino el segundo. De los dos, era el que iba m�s elegantemente vestido, ten�a el pelo canoso, llevaba barba y unas gafas con montura azul. Andreas no pudo adivinar de d�nde era, porque hablaba un alem�n sin acento alguno.</p><p>Salieron y se quedaron al lado de una mesa. Las luces de ne�n de la oficina que daban a la calle segu�an encendidas.</p><p>El hombre sin acento sigui� hablando.</p><p>��Puede sentarse, si quiere. Doctor, tenemos que proceder con una cierta prisa, como puede imaginar. S�lo nos falta por saber lo que usted quiere.</p><p>La pausa que sigui� fue demasiado breve para que Andreas pudiera pensar una respuesta.</p><p>��Se lo pregunto como amigo: �quiere vivir?</p><p>Andreas hab�a resistido hasta el l�mite de sus fuerzas.</p><p>Se desplom� en la silla, las piernas ya no lo sosten�an.</p><p>��Claro que quiero vivir. Jan tambi�n quer�a vivir, �cambia eso algo?</p><p>��Doctor Weber, m�reme -orden� el de Colonia-. Usted vivir�. S�lo tiene que decir la verdad. �Ha hecho copias del contenido de este ordenador? �Ha conseguido descifrarlo? Pi�nselo bien antes de contestar.</p><p>Andreas se iba recuperando lentamente. Se sec� la cara cubierta de sudor con las mangas de la camisa.</p><p>��No he hecho ninguna copia. No soy especialista en c�digos, lo he intentado pero no lo he conseguido, de no ser as� no habr�a venido aqu�. Eso lo entienden, �verdad?</p><p>No tuvo tiempo de protegerse.</p><p>El de Colonia le asest� una patada en la espinilla de la pierna derecha. Antes de que pudiera gritar de dolor, un pu�etazo, procedente del otro hombre, debi� de acertarle en la nuca, porque de pronto se encontr� en el suelo.</p><p>Cuatro manos lo sentaron nuevamente en la silla.</p><p>Andreas se aferr� a los reposabrazos para no resbalar. Se sent�a derrotado.</p><p>��Doctor Weber -sigui� hablando el que le hab�a pegado por detr�s-, disculpe si no nos hemos explicado bien. Por desgracia, las hemos visto de todos los colores. Hemos estado en medio mundo y hemos presenciado cosas que ser� mejor que usted no sepa.</p><p>�Somos capaces de saber cu�ndo alguien dice la verdad. �C�mo decirlo? Lo olemos. Responda. No mienta. �Ha hecho copias de los datos?</p><p>Andreas no tuvo tiempo de abrir la boca. El de la nariz de boxeador le cogi� el dedo me�ique de la mano izquierda y se lo rompi�.</p><p>El dedo hizo crac.</p><p>Un crac delicado, como el que se oye cuando se parte un huesecillo de pollo. Un ruido que Andreas no olvidar�a en toda su vida.</p><p>Un grito de dolor rompi� el silencio que por la noche reina en las oficinas.</p><p>Andreas respiraba como si acabara de hacer tres minutos de apnea. La cabeza le daba vueltas, ten�a la vista desenfocada.</p><p>���Y bien, doctor? -pregunt� el canoso.</p><p>��He hecho una copia en el servidor -susurr� �l.</p><p>��Eso es, doctor, eso es. Vamos a borrarla, lev�ntese. As� podr� volver a casa con su Ulrike.</p><p>Fue como una sacudida para Andreas. Un sentimiento de disgusto lo recorri� de pies a cabeza mientras, haciendo palanca con los brazos, intentaba levantarse de la silla.</p><p>��Debe de ser un trabajo estupendo ir asustando a la gente -jade� con amargura.</p><p>De nuevo, el pu�etazo le lleg� desde atr�s.</p><p>Esta vez quien lo golpe� fue el de Colonia.</p><p>Andreas cay� hacia adelante. Apoy� mal la mano, descargando todo el peso sobre el me�ique roto.</p><p>Se desmay� al instante.</p><p>Cuando despert� estaba sentado en una silla de la sala de los servidores. En el reloj de la pared vio que no hab�a pasado mucho tiempo desde que hab�a perdido el conocimiento.</p><p>Reconoci� la voz sin acento:</p><p>��Bienvenido de nuevo, doctor. Por favor, encienda el ordenador y con�ctese a la red. Tenemos prisa y dentro de diez minutos mi colega le romper� el otro me�ique.</p><p>Andreas estaba m�s aturdido que en la peor de las borracheras. Ten�a ganas de vomitar, seguramente el golpe en la cabeza le hab�a provocado una conmoci�n cerebral.</p><p>Inspir� tres veces profundamente. Encendi� el ordenador y conect� el cable de red que estaba sobre la mesa.</p><p>��Ap�rtese, d�game la contrase�a para acceder al ordenador.</p><p>��Suria2004.</p><p>��Soy ingeniero electr�nico, no intente tomarnos el pelo -le advirti� el de Colonia.</p><p>Andreas lo mir� a la cara, ligeramente sorprendido. No esperaba que un ingeniero electr�nico pudiera romperle el dedo a nadie.</p><p>La contrase�a era correcta.</p><p>El canoso se la apunt� en una libretita. Una vez conectado, Andreas les indic� d�nde estaba la carpeta de red con la copia de los datos.</p><p>��Es �sta -dijo.</p><p>El ingeniero hizo clic con el rat�n sobre la carpeta y la abri�. Luego hizo lo mismo con varias carpetas secundarias, examin� la extensi�n de los archivos, sus propiedades, y estudi� el programa que hab�a escrito Andreas.</p><p>��Excelente trabajo, doctor. �Tambi�n ha salvado en el ordenador el programa para descifrar los c�digos?</p><p>��S�.</p><p>��Muy bien. Ahora borraremos las copias del servidor y luego ya podremos irnos.</p><p>Necesitaron un par de minutos para hacer desaparecer todos los datos.</p><p>Hecho esto, el experto tecle� una serie de instrucciones que ni siquiera Andreas, considerando su relativa experiencia como programador, habr�a sido capaz de escribir. Despu�s se levant� y empez� a hablar.</p><p>��Bueno, ahora pasemos a la segunda pregunta. �Ha le�do algo de lo que hay en el ordenador? -y le cogi� la mano, hinchada como un globo.</p><p>No tuvo que apretar mucho antes de obtener la confirmaci�n de que el pobre Andreas no hab�a le�do pr�cticamente nada. No hab�a tenido tiempo.</p><p>��Ahora podemos irnos, no ha quedado ninguna copia en el fichero de reserva. Coge t� el ordenador.</p><p>��S�, d�jame que haga primero una llamada -dijo el de las gafas, y recuper� el m�vil del bolsillo interior de su chaqueta.</p><p>���S�? Soy yo. S�, ya s� qu� hora es. Me dijo que lo llamara cuando tuvi�ramos algo. Hemos encontrado lo que busc�bamos. �Oiga? Ha colgado. Siempre de buen humor. Ya podemos irnos.</p><p>Levantaron a Andreas y caminaron sujet�ndolo entre los dos, como si fuera un s�ndwich.</p><p>Bajaron la escalera hasta la planta baja y se dirigieron hacia la salida secundaria, la misma que Andreas hab�a utilizado para entrar. Pod�a o�r los ronquidos del vigilante jurado.</p><p>Deb�an de haberlo dormido estando de guardia, en la entrada principal.</p><p>Salieron al jard�n.</p><p>Lo arrastraron hasta el alto seto que lo rodeaba por un lado.</p><p>��Doctor, lo ha hecho muy bien -dijo el de Colonia-. No se reproche nunca nada. Ha escogido la mejor opci�n. Por usted, por los hijos de Jan, por su mujer.</p><p>�El resultado habr�a sido siempre el mismo, pero el sufrimiento habr�a sido much�simo mayor.</p><p>�Nosotros nos vamos.</p><p>�La historia termina aqu�.</p><p>�Usted no hablar� con nadie de lo que ha sucedido. Si quiere ir a la polic�a, cont�rselo a su mujer, a la mujer de Jan�, a cualquiera, si cuenta a alguien lo que ha ocurrido esta noche, usted no morir�.</p><p>�Morir� Ulrike.</p><p>�Y un a�o m�s tarde, uno de los hijos de Jan. Hasta que un d�a vendr� a divertirme directamente con usted. �Quiere demostrarme otra vez que es una persona inteligente? -le pregunt� en un susurro.</p><p>��No hablar� con nadie. D�jeme volver a casa. S�lo quiero olvidar.</p><p>��Muy bien, doctor, entonces�</p><p>No pudo terminar la frase. Un borbot�n de sangre inund� la cara de Andreas y el hombre de Colonia se le desplom� encima. Le hab�an disparado. Pero no se hab�a o�do ning�n disparo. El segundo, que llevaba el ordenador en la mano, no pudo hacer un solo movimiento.</p><p>Un disparo le atraves� el cr�neo.</p><p>Cay� hacia atr�s sin soltar el objeto por el que hab�an torturado a Andreas.</p><p>�l, instintivamente, retrocedi�, con lo que el cad�ver le cay� delante.</p><p>Sent�a el sabor de la sangre en la boca y no pod�a apartar la vista del hombre que s�lo pocos segundos antes le estaba hablando y que ahora estaba tirado a sus pies con la sangre sali�ndole de la cabeza a borbotones.</p><p>��Doctor Weber. -Una voz lo devolvi� de nuevo a la realidad, como alguien que se despierta de repente. Un chino estaba a su lado-. Ahora est� seguro. Tenemos que irnos. �Puede caminar?</p><p>Andreas asinti�. Vio aparecer desde varios puntos del jard�n a una docena de chinos. Uno de ellos cogi� el ordenador apoyado en el pecho de uno de los cad�veres y se acerc� a �l.</p><p>��Venga, s�ganos.</p><p>Andreas no se movi�. No pod�a. Lo cogieron por debajo de los brazos y se dirigieron hacia la valla, al fondo del jard�n. Los otros se estaban ocupando de los cad�veres. La verja estaba s�lo entornada, salieron y se encontraron en el patio del edificio de detr�s de la oficina. Hab�a un coche esper�ndolos. Lo hicieron subir. El conductor arranc� el veh�culo.</p><p>El que le hab�a hablado iba sentado a su lado.</p><p>��Doctor Weber, ahora lo llevaremos r�pidamente a nuestro consulado. Podr� ducharse y le daremos ropa nueva. No s� si tendremos de su talla. -Hizo una pausa, mir�ndolo-. De todos modos, ser� mejor que la que lleva ahora. Hay una persona que quiere verlo.</p><p>Andreas s�lo pod�a imaginarse a una persona china que quisiera hablar con �l.</p><p>��Mientras tanto intente limpiarse un poco con esto -y le pas� una botellita de agua y unos pa�uelos.</p><p>��Gracias. -Ten�a que quitarse la sangre de la cara y enjuagarse la boca para eliminar aquel sabor que asociaba con la imagen de los dos muertos.</p><p>El chino vio la mano de Andreas.</p><p>��Espere, le abrir� la botella.</p><p>El coche cruz� M�nich y se dirigi� hacia el barrio residencial de Neuhausen.</p><p>Atravesaron la verja de la villa que albergaba el consulado, en el 107 de Romanstrasse.</p><p>Entraron en un garaje.</p><p>Hicieron bajar a Andreas. Como le hab�an prometido, lo llevaron a una habitaci�n con ba�o. Fue a ducharse.</p><p>Desnudarse con la mano hinchada no fue una operaci�n exenta de dolor.</p><p>Tuvo que dejar la ropa en una silla, un par de agentes la examinar�an. Cuando hubo terminado, se sec� y cogi� la ropa nueva que le hab�an llevado al ba�o. Era algo peque�a, incluso la chaqueta, pero su aspecto era la �ltima cosa que le importaba en ese momento.</p><p>��Tenga, doctor Weber, �stas son sus cosas -le comunic� uno de los dos agentes que hab�an permanecido con �l en todo momento indicando varios objetos que hab�a puesto sobre una mesita.</p><p>Andreas cogi� la cartera, las llaves de su casa, la tarjeta magn�tica del despacho, el pasaporte y el m�vil y se los meti� en los bolsillos de la chaqueta. Le sorprendi� que le devolvieran el tel�fono.</p><p>Uno de los guardias debi� de notarlo.</p><p>��Doctor, este edificio est� completamente blindado, de aqu� s�lo sale lo que nosotros queremos. No pierda el tiempo comprobando esa informaci�n, me har�a enfadar.</p><p>��Ahora salgamos, alguien quiere verlo -apremi� el que parec�a tener mayor graduaci�n del grupo de agentes especializados.</p><p>Atravesaron varias habitaciones y subieron por dos tramos de escaleras antes de detenerse ante una puerta oscura. Uno de los agentes llam�.</p><p>��Entren. -Era la voz de Jasmine.</p><p>La puerta se abri� desde dentro. Adem�s de ella y de otros tres chinos que Andreas no conoc�a, tambi�n estaban los dos ayudantes que ya hab�a visto en Shangh�i. Era evidente que no hac�an nunca nada por separado.</p><p>��Doctor, bienvenido a nuestra casa. Lamento que haya sido testigo de una escena de una violencia tan brutal. Yo le habr�a dado encantada los tres d�as que le hab�a prometido, pero convendr� conmigo en que no se dan las condiciones para seguir adelante.</p><p>��Ha podido descifrar el contenido del ordenador?</p><p>�Me han dicho que ha estado bastante tiempo en aquella salita oscura con todos esos servidores.</p><p>Andreas no la soportaba, con ese tono de suficiencia que empleaba.</p><p>��S�lo he podido comprobar que el programa funcionaba con una muestra de datos, no he podido hacer nada m�s.</p><p>��Bien, doctor, entonces ya est�.</p><p>Dicho esto se dirigi� en chino a todos los presentes en la sala.</p><p>��Fuera, tengo que hablar a solas con el profesor.</p><p>Salieron pr�cticamente en fila india.</p><p>��Se�or Weber, voy a hacerle una proposici�n. Es la mejor que puedo hacerle, y tambi�n la �nica. Es la m�s ventajosa para todos. Usted ha probado su programa y est� preparado para descifrar todos los datos. �Es as�? -Jasmine lo mir� fijamente a los ojos.</p><p>�l asinti�.</p><p>��Pues entonces, contin�e su trabajo.</p><p>�No es que nuestros t�cnicos no sean capaces de llevarlo a cabo en pocas horas, pero le hice una promesa a su amiga.</p><p>�Usted no estar� seguro mientras parezca que sigue teniendo el ordenador en su poder.</p><p>Se interrumpi�, mirando a Andreas con una media sonrisa.</p><p>��Le doy cinco horas para terminar el trabajo. Podr� leer los resultados, pero no podr� llev�rselos consigo, no podr� tomar apuntes, no podr� imprimir nada.</p><p>��Estamos de acuerdo, doctor?</p><p>�Despu�s podr� irse a casa y olvidar lo ocurrido. Nuestra misi�n terminar� aqu�.</p><p>���Y de los otros, los que me han dejado as�, qu� me dice?</p><p>��Los otros, que ahora cuentan con dos hombres menos, sabr�n que ya no tiene el ordenador, no puedo garantizarle m�s que eso.</p><p>�Ellos son un elemento que no influye en nuestro acuerdo. Nosotros no estamos aqu�, por eso no puedo ayudarlo.</p><p>A Andreas no le quedaba mucha energ�a.</p><p>��S�lo quiero leer un documento. Cinco horas ser�n m�s que suficientes.</p><p>Jasmine se dirigi� a la puerta, la abri� y llam� a dos agentes.</p><p>��El doctor trabajar� aqu�, traigan el ordenador.</p><p>Uno de los dos se dirigi� a otra habitaci�n, de donde regres� al cabo de un par de minutos con el port�til debajo del brazo.</p><p>��Enci�ndalo, por favor -le dijo a Andreas.</p><p>�l puso en marcha el ordenador, tecle� la contrase�a y esper� a que todos los programas se cargaran.</p><p>Una vez que el port�til estuvo operativo, la silla de Andreas, con �l encima, fue arrastrada a dos metros de la mesa.</p><p>��Eh, pero �qu� est�n haciendo? -exclam�, molesto.</p><p>��Tranquilo, aqu� est� entre amigos -le respondi� un chino con americana y corbata-. D�jeme que conecte el ordenador a nuestra red y salve todo el contenido en uno de los servidores, despu�s podr� empezar. No nos gustar�a que por error borrara los datos. �Sabe?, siempre puede haber una distracci�n.</p><p>Una explicaci�n incuestionable.</p><p>��Ya est�, tardar� sesenta minutos. Estar� de acuerdo en que no es mucho para todos esos datos.</p><p>�Mientras tanto puede comer algo. La comida que le hemos pedido debe de estar a punto de llegar.</p><p>Si hab�a algo que Andreas no ten�a en ese momento era hambre.</p><p>No tuvo tiempo de terminar ese pensamiento cuando entr� una funcionaria con una taza de t� y tres bolsitas de pl�stico.</p><p>Proced�an de un establecimiento chino de comida r�pida.</p><p>Lo dej� todo sobre una mesa. Meticulosamente, fue sacando el contenido de las bolsitas.</p><p>Luego hizo una se�al a Andreas para que se sentara a comer.</p><p>�l se sent� y mir� la comida.</p><p>Cerdo con sal y pimienta.</p><p>Pato Pek�n.</p><p>Arroz.</p><p>Se pregunt� de d�nde habr�an sacado la comida a esas horas. Todav�a no eran las diez de la ma�ana.</p><p>Se bebi� el t�.</p><p>Comi� poqu�simo. Ten�a n�useas, la mano le dol�a y le pasaban por la cabeza demasiadas im�genes horribles.</p><p>Se puso a leer el <emphasis>Frankfurter Allgemeine Zeitung</emphasis> que hab�an dejado sobre la misma mesa.</p><p>Una hora m�s tarde el chino le hizo una se�a.</p><p>��Venga, doctor.</p><p>Andreas se acerc�.</p><p>��Mire, �ste es el controlador del servidor -dijo indic�ndole con el dedo una p�gina de Windows abierta en la pantalla del port�til-. Aqu� puede salvar lo que quiera.</p><p>Se levant� de la silla para dejarle el sitio.</p><p>Andreas se sent�. Abri� el programa de descodificaci�n que hab�a creado y repiti� la operaci�n que hab�a hecho unas horas antes en la oficina. Se concentr� en el �nico archivo que le interesaba. Ten�a la mano con el dedo roto apoyada en el pecho, con la otra introduc�a lentamente las �rdenes en el teclado. Cada movimiento iba acompa�ado de una punzada de dolor. Arranc� el programa.</p><p>Ahora s�lo se trataba de esperar que todos los datos se fueran descifrando.</p><p>Los chinos deb�an de sentirse bastante tranquilos, ya que se hab�an situado a su espalda y parec�an distra�dos hablando entre s�.</p><p>Andreas miraba fijamente al ordenador, esperando.</p><p>Un adhesivo en la parte baja del teclado llam� su atenci�n.</p><p>Bluetooth.</p><p>�El ordenador ten�a Bluetooth!</p><p>La aplicaci�n permit�a comunicarse y transmitir datos a distintos aparatos tecnol�gicos entre s� sin necesidad de usar cables.</p><p>Aprovechando esa funci�n, en una ocasi�n un colega suyo le envi� una canci�n que le gustaba.</p><p>�C�mo se hac�a? Andreas intent� recordar qu� hab�an hecho aquella vez. Lo primero que deb�a hacer era activar el Bluetooth en su m�vil.</p><p>Ech� un vistazo a su espalda.</p><p>Nadie lo estaba mirando.</p><p>Con la mano sana se sac� el m�vil del bolsillo interior de la chaqueta. Se lo puso en la otra mano. Dos l�grimas le quedaron dibujadas en las mejillas.</p><p>Respir� profundamente. La mano estaba tan hinchada que el m�vil quedaba escondido de la vista de los que ten�a detr�s.</p><p>Encendi� el tel�fono. Unos instantes despu�s activ� la funci�n de Bluetooth.</p><p>Cada vez que pulsaba una tecla del m�vil con el pulgar, apretando el tel�fono contra la mano, sent�a unas punzadas terribles.</p><p>Activ� la misma funci�n en el ordenador. Se le abri� un programa que hizo un esc�ner del entorno para identificar todos los dispositivos, en un radio de veinte metros, que tuvieran el Bluetooth activado.</p><p>Aparecieron los siguientes aparatos:</p><p>H99_Chen</p><p>L_F9_Tang</p><p>S_Bird_Li</p><p>Seguramente eran los datos de los m�viles de las personas presentes en la sala. Luego apareci� el que esperaba:</p><p>H_Andreas</p><p>Era el suyo. Lo seleccion�.</p><p>Ahora el ordenador le preguntaba qu� quer�a hacer.</p><p>�l hizo clic sobre �Transferir datos�.</p><p>Estaba sudando. Con el rabillo del ojo no dejaba de comprobar si alguien lo estaba mirando.</p><p>Sosten�a el m�vil contra el pecho, protegi�ndolo con el mel�n que ahora ten�a en vez de mano.</p><p>Seleccion� el archivo de Word que le interesaba y puls� �Enter�.</p><p>Su m�vil se ilumin� y apareci� en la pantalla la pregunta: �Solicitud de transferencia de datos desde Pamira 005840. �Aceptar?�</p><p>Pamira005840 deb�a de ser el nombre del ordenador en el que estaba trabajando, Pamira era el nombre de la hija de Mohindroo, la verdadera propietaria del ordenador. Ten�a que ser el correcto. Con dificultad seleccion� �Aceptar�.</p><p>El proceso dur� pocos segundos, el archivo no pesaba mucho. Volvi� a guardarse el m�vil en el bolsillo haciendo un �ltimo esfuerzo. Nadie se hab�a dado cuenta.</p><p>Ten�a la camisa empapada de sudor. La empresa hab�a sido tan dolorosa que lo hab�a dejado completamente extenuado.</p><p>Abri� el archivo en el ordenador.</p><p>���Por d�nde va, doctor Weber? -le pregunt� el que parec�a tener el rango superior.</p><p>��He terminado de descifrar el primer archivo. Si se acuerda, su colega me ha dicho que pod�a leer los resultados de la investigaci�n. �Puedo hacerlo ahora? -pregunt� Andreas intentando parecer lo m�s tranquilo posible.</p><p>��Lev�ntese, por favor -inquiri� el chino-. Hua Lei, ven a ver.</p><p>El personaje que parec�a ser el experto en inform�tica ocup� el lugar que Andreas hab�a dejado libre y se puso a trabajar en el ordenador.</p><p>Estaba transfiriendo varios archivos a diversos directorios del servidor. Evidentemente quer�an asegurarse de que hab�a salvado todos los datos descodificados en una carpeta segura. Luego mir� el archivo de Word que Andreas hab�a pedido leer.</p><p>��Doctor Weber, todav�a le quedan tres horas y media del tiempo que la directora Liu le ha concedido. Ahora el archivo est� seguro, quiero decir que he hecho que nadie pueda moverlo de donde est� guardado y que tampoco pueda hacerse ninguna modificaci�n. Disc�lpenos si de ahora en adelante no le quitamos los ojos de encima -y dicho esto se levant�, cedi�ndole el sitio, para seguidamente coger una silla y ponerla junto a la suya. Otro chino se situ� a su espalda.</p><p>Andreas empez� a leer. El documento lo formaban trescientas cuarenta y ocho p�ginas, nunca conseguir�a terminarlo. En el �ndice del primer p�rrafo aparec�a el t�tulo: �Memor�ndum.� Esa parte comprend�a pocas p�ginas, tendr�a suficiente tiempo para leerlo todo.</p><p>Deb�a leerlo todo.</p><p>El riesgo de que se quedaran con su m�vil, en caso de que lo dejaran libre, era una posibilidad que hab�a tenido en cuenta.</p><p>En ese caso ya no tendr�a nada, aparte de su memoria. Ley� lo m�s r�pidamente que pudo.</p><p>M�s que un informe cient�fico, ante los ojos de Andreas se abri� una especie de testamento epistolar escrito por el autor de un enorme experimento m�dico.</p><p>Cuanto m�s le�a, peor se encontraba: �� la central convert�a las llamadas� poblaci�n bajo observaci�n� TAC corporal completo� se cumpl�an los cinco a�os� secuestrado��</p><p>No hab�a imaginado que deber�a enfrentarse a una verdad tan dram�tica. En su coraz�n siempre hab�a albergado la esperanza de que Jan se hubiera apropiado de datos financieros comprometedores, sobornos, balances falsificados o algo por el estilo.</p><p>No se trataba de nada de eso.</p><p>Era terrible.</p><p>El tiempo pas�.</p><p>Jasmine le toc� el hombro. Deb�a de haber entrado en la habitaci�n un poco antes, pero �l estaba como en trance.</p><p>��As� pues, doctor, �ha satisfecho su curiosidad?</p><p>Andreas se volvi�, la mir�.</p><p>Estaba triste como nunca lo hab�a estado en su vida. Triste y desesperado, como alguien que acaba de saber que tiene c�ncer.</p><p>��S�, Jasmine, he satisfecho mi curiosidad.</p><p>��Y �cu�les son sus conclusiones?</p><p>��Que usted est� asumiendo una enorme responsabilidad. Y lamentablemente no s� si estar� a la altura.</p><p>��Entiendo. Tome asiento en la sala de al lado -dijo ella, e hizo un gesto con la cabeza a uno de sus hombres para que lo acompa�ara-. Me reunir� con usted dentro de unos minutos.</p><p>Con el rabillo del ojo, Andreas pudo verla mientras se sentaba en la silla delante de la pantalla.</p><empty-line/><p>Pas� una hora hasta que Jasmine abri� suavemente la puerta.</p><p>Parec�a que se moviera a c�mara lenta. Entr� en la habitaci�n mirando al suelo.</p><p>���Salgan todos!</p><p>Andreas hizo adem�n de levantarse, pero su mirada se cruz� con la de la china e intuy� que la orden no iba dirigida a �l.</p><p>��Se�or Weber, si bien no creo que corra un especial peligro, tendr� una escolta hasta que considere que se encuentra a salvo.</p><p>�Tengo que decirle una cosa y quiero que me escuche con la m�xima atenci�n.</p><p>Andreas hizo un �ltimo esfuerzo de concentraci�n. Estaba extenuado.</p><p>��Le he dejado leer lo que ha le�do a t�tulo de favor. S�lo podr� hablar de ello con la se�ora Tes, si lo desea.</p><p>�A partir de ahora ustedes ser�n los responsables de sus destinos. Si uno de los dos se comunica con la prensa, con la polic�a o con cualquier organizaci�n que pueda estar interesada en su historia, estar�n muertos. Y no porque sea yo quien lo quiera.</p><p>�Mi misi�n concluye aqu�. Pasaremos lo que ha descifrado a otras personas para que se ocupen exclusivamente de ello.</p><p>�Es mi deber pedirle que sea muy claro con la se�ora Tes, en el caso de que decida contarle su historia: en ciertos ambientes no se hacen distinciones de sexo.</p><p>Se miraron fijamente durante unos instantes.</p><p>���Har� p�blico lo que acaba de leer? -pregunt� Andreas con un hilo de voz.</p><p>��Hasta la vista, doctor Weber. Ah, lo olvidaba. Por favor, d�gale a la se�ora Tes que el funcionario Liao Chen ha estado encantado de poder ayudarla autorizando esta operaci�n en territorio extranjero. Creo que espera un favor a cambio.</p><p>Jasmine acab� la frase con una ligera sonrisa, parec�a complacida.</p><p>No le tendi� la mano, y mucho menos la mejilla.</p><p>Dio media vuelta y abri� la puerta de una de las habitaciones adyacentes. La dej� abierta y Andreas la oy� hablar en chino. Deb�a de haber dado orden de que se lo llevaran, ya que un funcionario del consulado entr� inmediatamente y se dirigi� a �l.</p><p>��Vamos, s�game.</p><empty-line/><p>���Qu� ha dicho?</p><p>��Ya ha o�do lo que he dicho. Los han encontrado carbonizados en el coche.</p><p>���Cu�l fue su �ltima comunicaci�n?</p><p>��Que hab�an encontrado el ordenador.</p><p>���Nada m�s?</p><p>��No.</p><p>���D�nde estaban?</p><p>��En el estudio de investigaci�n que dirige el profesor amigo del que muri� en China.</p><p>���Y el ordenador?</p><p>��En el coche han encontrado algo que podr�a ser un ordenador.</p><p>���C�mo ha ocurrido?</p><p>��El veh�culo choc� a gran velocidad contra la mediana, volc� y en seguida se incendi�.</p><p>���Hay testigos?</p><p>��Varios, todos han confirmado la misma versi�n. El coche circulaba a gran velocidad, perdi� el control y se incendi� inmediatamente.</p><p>���Un accidente, pues?</p><p>��Estaban muertos mientras conduc�an, se�or.</p><p>���C�mo ha dicho?</p><p>��Seg�n el doctor Reichert ya estaban muertos antes del accidente. Ha encontrado orificios de bala en el cr�neo.</p><p>���Qui�n lo hizo?</p><p>��No lo sabemos.</p><p>���No lo saben?</p></section><section><title><p id="_Toc308278972">Ulrike</p></title><p>El coche del consulado lo dej� delante de su casa.</p><p>No se despidieron. Andreas baj�, cerr� la puerta y esper� a que se fueran. En la acera de enfrente hab�a un Audi aparcado con dos chinos dentro. Deb�a de ser la escolta que le hab�an prometido.</p><p>�Para lo que iba a servir!</p><p>Abri� el portal que daba acceso al edificio. Entr� en el vest�bulo y, en vez de subir a la primera planta, abri� de par en par la puerta que daba al s�tano. Baj� la escalera sin encender la luz. No hab�a ventanas, la oscuridad era casi total. Se apoy� en la pared y cogi� el m�vil de la chaqueta.</p><p>Quer�a comprobar que el archivo que hab�a copiado en el consulado chino estaba �ntegro y pod�a leerse.</p><p>Estaba convencido de que ten�an la casa vigilada, y lo que iba a hacer le parec�a lo m�s seguro y l�gico, dadas las precarias condiciones f�sicas y mentales en que se encontraba.</p><p>Busc� en las opciones del m�vil hasta que encontr� el archivo que hab�a salvado.</p><p>All� estaba.</p><p>Intent� abrirlo.</p><p>�Funcionaba! Apareci� la primera p�gina del documento que hab�a le�do poco antes en el consulado chino.</p><p>Cerr� el archivo, volvi� a guardarse el tel�fono en el bolsillo y subi� la escalera para irse a casa.</p><p>Eran las cuatro de la tarde, esperaba no encontrar a nadie.</p><p>Ulrike se precipit� a la entrada. Despu�s de innumerables intentos de llamar a su marido al m�vil y averiguar que nadie de la oficina lo hab�a visto, hab�a vuelto a casa a primera hora de la tarde, esperando encontrarlo en la cama durmiendo.</p><p>Estaba a punto de llamar a la polic�a cuando oy� entrar a Andreas. Lo vio. Estaba hecho una pena. Fue a abrazarlo, pero �l la detuvo con un gesto. S�lo pensar que alguien pudiera rozarle la mano le provocaba una punzada de dolor.</p><p>Ulrike vio la mano.</p><p>��Dime, �qu� te ha pasado? Vamos en seguida al hospital -dijo, preocupada.</p><p>��No, por favor. Ahora no, necesito descansar -contest� Andreas en voz baja.</p><p>��Tesoro, ven a sentarte.</p><p>Y lo acompa�� hasta la butaca del sal�n.</p><p>���Es s�lo la mano? -quiso saber Ulrike.</p><p>��Y alg�n cardenal. Me han atracado. Me han agredido. Delante de la oficina. Estaba volviendo a casa. Me han robado el ordenador port�til. He intentado resistirme, pero me he ca�do y me he roto un dedo.</p><p>��Oh, Dios m�o. �Delante de la oficina? Pero �c�mo? -pregunt� incr�dula Ulrike.</p><p>��Eran dos, no los vi llegar.</p><p>���Y crees que quer�an robarte la investigaci�n en la que has estado trabajando? -insisti� su mujer.</p><p>��No lo s�, es posible -respondi� Andreas.</p><p>���Y tu ropa? �De qui�n es esta americana?</p><p>��Es de G�nther, esta noche he cogido su ropa de recambio de la oficina, la m�a estaba demasiado sucia.</p><p>��Has llamado�</p><p>Andreas la interrumpi� con un gesto.</p><p>��Te lo contar� todo m�s tarde, me cuesta hablar.</p><p>��Claro, perdona, cari�o. �Quieres que te prepare un ba�o?</p><p>Andreas asinti�.</p><p>���Quieres una infusi�n?</p><p>��S�, cari�o, gracias -y rompi� a llorar.</p><p>Ulrike le dio un beso en la mejilla mojada y se levant� a prepararle la ba�era.</p><p>Diez minutos m�s tarde Andreas se zambull� en una org�a de espuma y perfumes.</p><p>Su mujer le lav� el pelo. Lo sec� con cuidado para no rozarle la mano hinchada. Le puso la bata y se dirigieron a la cocina.</p><p>Las infusiones humeantes estaban aguard�ndolos.</p><p>Se sentaron en las dos sillas de mimbre.</p><p>���Quieres hablar? -le pregunt� Ulrike.</p><p>��Un segundo. -Cogi� un viejo recibo del gas que hab�a sobre la mesa-. Sost�nmelo, por favor -le dijo a su mujer.</p><p>Cogi� un bol�grafo y empez� a escribir.</p><p>Cuando hubo acabado, Ulrike cogi� con �mpetu el trozo de papel y ley�: �No puedo hablar. Es probable que la casa est� vigilada. Ma�ana por la ma�ana saldremos y buscaremos un lugar seguro. No me hagas m�s preguntas sobre lo que ha pasado.�</p><p>Mir� a Andreas. Estaba asustada, �en qu� clase de l�o se hab�a metido su marido?</p><p>���Te apetece comer algo? -pregunt�.</p><p>��Un bocadillo, gracias. Debo introducir algo en el est�mago para tomarme un par de analg�sicos, despu�s me acostar� e intentar� dormir un poco.</p><empty-line/><p>Se despertaron a las siete. Para Andreas fue una noche de sufrimiento, entre pesadillas y dolor. Para Ulrike, una noche de preocupaci�n, con mil preguntas sin responder. Llamaron a sus respectivos trabajos para informar de que iban a tomarse una semana de vacaciones. A nadie le sorprendi�, todos sab�an que uno de sus mejores amigos hab�a sido asesinado en China pocos d�as antes.</p><p>Desde el centro de investigaci�n le dijeron a Andreas que no hab�a nada fuera de lo habitual, excepto una cosa: el vigilante nocturno se hab�a encontrado mal y hab�a estado durmiendo gran parte de la noche hasta que a las siete hab�a llamado a una ambulancia. Sin embargo, no hab�an notado que faltara nada.</p><p>Se vistieron, m�s concretamente Ulrike los visti� a los dos, y desayunaron.</p><p>��Tengo que llamar a Julia. �Podr�as pedirme una cita urgente con Inge para mi mano, mientras tanto? -le pidi� Andreas.</p><p>��En seguida lo hago.</p><p>La llamada a su amiga fue breve. Andreas le dijo que pod�a organizar el funeral cuando le pareciera mejor. Julia no hizo preguntas, entendi� que lo hab�a conseguido. El funeral, pues, se celebrar�a dentro de dos d�as, ya hab�an llegado casi todos los parientes m�s cercanos, era in�til posponerlo m�s. �A ellos les iba bien esa fecha? Claro, saldr�an de M�nich al d�a siguiente.</p><p>Andreas llam� a su secretaria para que reservara los billetes de avi�n y esper� en l�nea a que le confirmara los horarios.</p><p>Mientras tanto, Ulrike hab�a podido concertar una visita en la cl�nica de su amiga.</p><p>Salieron para coger un taxi que hab�an solicitado por tel�fono, en aquella zona hab�a pocas plazas de aparcamiento y normalmente estaban ocupadas.</p><p>Ulrike no aguant� m�s.</p><p>���Podemos hablar ahora? -pregunt� en voz muy baja, una vez estuvieron sentados detr�s.</p><p>���A ti te parece que estamos solos? -contest� Andreas, pero se corrigi� en seguida-: Perdona, cari�o, no quer�a�, todav�a estoy aturdido por todo lo que ha pasado. Despu�s de la cl�nica vamos a alguna parte y hablamos.</p><p>Ulrike asinti� y se contuvo de decirle a su marido lo que le habr�a gustado decirle.</p><p>Permanecieron en silencio el resto del viaje.</p><p>Andreas no se esperaba lo que la dulce Inge iba a hacerle. Pensaba que le tocar�a llevar escayola durante un mes y todo volver�a a ser como antes.</p><p>Lleg� el resultado de la radiograf�a, Inge examin� la imagen a contraluz.</p><p>��Una fractura fea. Mira aqu�, Andreas -y puso el dedo encima de una zona de la placa.</p><p>�l no pudo entender gran cosa, m�s que nada por la rapidez con que la amiga de su mujer apart� la radiograf�a de sus ojos y la puso sobre la mesa.</p><p>��Tendr� que enderezar la fractura. �Puedes apoyar el codo en la camilla, por favor, Andreas?</p><p>���Qu� vas a hacer? -pregunt�, preocupado.</p><p>��Nada. Por como est�, la fractura se curar� mejor si separamos el �ltimo fragmento de hueso que todav�a une los dos trozos.</p><p>Andreas no pudo decir nada m�s. Inge le hab�a cogido el dedo y tiraba de �l hacia ella.</p><p>El dolor fue atroz. Adem�s, le pareci� o�r un ruido familiar. Las rodillas cedieron. Ulrike lo sostuvo, lanzando una mirada a su amiga.</p><p>���Era necesario?</p><p>��La alternativa era operar. Tenemos que controlar los gastos -respondi� ella, y sonri�.</p><p>���Maldita seas! -susurr� el pobre Andreas m�s desde el otro mundo que desde �ste.</p><p>Le aplicaron una protecci�n de goma que le inmoviliz� el brazo sobre el pecho.</p><p>Ten�a que volver a visitarse al cabo de una semana y seguir un tratamiento a base de antiinflamatorios antes de poner el yeso definitivo, que deber�a llevar durante cinco semanas.</p><p>Se despidieron de su amiga: Ulrike le dio las gracias una vez m�s por haber encontrado un hueco para visitar a su marido; Andreas estaba menos agradecido.</p><p>Salieron a la calle. La cl�nica era adyacente al Englischer Garten, uno de los muchos parques de M�nich, el m�s grande, en el coraz�n de Schwabing, el barrio de moda.</p><p>��Vamos al Seehaus, all� podremos hablar -propuso Andreas-. Es temprano, a esta hora no habr� mucha gente.</p><p>��Muy bien, como t� quieras.</p><p>El Seehaus es una famosa cervecer�a que se encuentra en el interior del Englischer Garten, a la orilla del lago. Es un lugar maravilloso, donde se puede comer y beber, principalmente cerveza, sentados al aire libre frente a un panorama relajante. Cisnes y patos de varias especies se acercan a las mesas m�s cercanas al lago con la esperanza de recibir alg�n trozo de <emphasis>bretzel</emphasis>.</p><p>No tardar�an m�s de cinco minutos a pie en llegar.</p><p>Se pusieron en marcha.</p><p>Durante el trayecto hablaron del viaje del d�a siguiente. A Andreas le dol�a terriblemente la mano. El analg�sico que le hab�a dado Inge todav�a no hab�a hecho efecto.</p><p>A pesar de que s�lo eran las once de la ma�ana, hac�a un d�a radiante, con un cielo azul, sin una nube. Pidieron dos caf�s y dos <emphasis>butter bretzel</emphasis>, unos panecillos en forma de lazo rellenos de mantequilla, y se sentaron a una de las mesas justo a la orilla del lago.</p><p>Desde donde estaba, Andreas pod�a ver todo lo que ocurr�a a su alrededor. Parec�a que no hab�a nadie que se fijara en ellos, por fin pod�a hablar con Ulrike.</p><p>Entonces repar� en dos chinos que se sentaban dos mesas m�s all�. Las palabras se le quedaron atascadas en la boca: Jasmine lo hab�a dejado claro cuando especific� que Julia ser�a la �nica que pod�a estar al corriente.</p><p>La mujer lo miraba mientras esperaba. Se volvi�, siguiendo la mirada de Andreas. Vio dos turistas chinos, aparentemente inofensivos.</p><p>���Y bien?</p><p>��Ahora no.</p><p>���C�mo que ahora no? Habla bajo, no hay nadie que pueda o�rnos, cuatro patos y dos chinos.</p><p>��Esp�rame un minuto, por favor, tengo que ir al ba�o.</p><p>���C�mo, al ba�o�? -Pero la frase se le qued� en los labios. Andreas estaba poniendo a prueba su paciencia.</p><p>Su marido se levant�.</p><p>Los servicios estaban al otro lado de la cervecer�a.</p><p>�Si funcion� en Shangh�i, seguro que tambi�n funcionar� aqu��, pens�.</p><p>En el ba�o sac� el m�vil y escribi� un mensaje. Como en Shangh�i, no se lo envi� a nadie. Lo guard� en la carpeta �Borradores� y volvi� a la mesa donde estaba sentada su mujer.</p><p>Ulrike lo mir� como quien mira a un vidente.</p><p>���Y bien? -pregunt� con una pizca de nerviosismo.</p><p>��Qu� d�a tan maravilloso. �Te acuerdas de cuando vinimos la primera vez?</p><p>��Claro. �Has ordenado tus ideas en el ba�o? �Puedes hablar ahora?</p><p>��S�, pensaba que despu�s del funeral podr�amos pasar unos d�as de vacaciones en casa de Markus.</p><p>���En casa de Markus? -repiti� Ulrike, que empezaba a preguntarse si, aparte de los analg�sicos, su marido se hab�a tomado algo m�s.</p><p>��S�, en casa de Markus. Me ha enviado un mensaje esta ma�ana en el que nos invita a pasar el fin de semana que viene en el lago Starnberger. Creo que ser�a una buena idea. L�elo t� misma -y le pas� el m�vil a su mujer.</p><p>Con un gesto de rabia ella agarr� el tel�fono, indecisa de si lanzarlo directamente al lago o darle una �ltima oportunidad a su marido y leer el mensaje.</p><p>Se decidi� por la segunda opci�n.</p><p>Pero en vez del mensaje de Markus, ley�: �Nos esp�an. Los chinos de la mesa de al lado. S� qui�n mat� a Jan y por qu�, no fue un atraco. El m�vil es una investigaci�n y me he hecho con ella. Ma�ana, durante el viaje, encontraremos la manera de hablar sin correr riesgos. Hasta entonces no me hagas m�s preguntas. Nos controlan continuamente.�</p><p>Ulrike miraba fijamente la pantalla del m�vil. La primera frase le sent� como si le hubieran dado una patada en el est�mago. Empez� a temblar, no pod�a tener las manos quietas.</p><p>���As� qu�, cari�o?, �qu� opinas? �Vamos al lago?</p><p>Ella vio con el rabillo del ojo a los dos chinos que ten�an sentados cerca. Parec�an estar hablando de sus cosas.</p><p>��El lago Starnberger. Me parece una buena idea. �Crees que tendr�s �nimos? Habr�n pasado muy pocos d�as desde el funeral -consigui� decir con un hilo de voz.</p><p>��Creo que me ir� bien, siempre que Julia no quiera que nos quedemos algunos d�as m�s en Mil�n.</p><p>��Ma�ana ya veremos c�mo podemos ayudarla. Yo podr�a quedarme con ella un par de semanas. Podr�a cogerme vacaciones: con todos los d�as que me deben, puedo quedarme incluso m�s -dijo Ulrike.</p><p>Se le llenaron los ojos de l�grimas. Era todo tan triste, y ahora sab�a que la versi�n de los ladrones chinos que hab�an matado a su amigo no se correspond�a con la verdad. Su marido le hab�a desvelado que el asunto era mucho m�s serio y complicado de lo que hab�a cre�do hasta entonces. A Ulrike le costaba seguir comport�ndose con naturalidad, le costaba hablar, seguir el hilo de lo que Andreas le dec�a. Ten�a miedo.</p><empty-line/><p>���Has visto? Se pasan mensajitos. Qu� simp�ticos.</p><p>El funcionario Tao Liang sonri� por el comentario de su colega.</p><p>���Quieres otra cerveza?</p></section><section><title><p id="_Toc308278973">Mil�n</p></title><p>Regresaron a casa por la tarde.</p><p>Intentaron descansar un poco, pero varias llamadas de trabajo interrumpieron sus planes.</p><p>Por la noche prepararon el equipaje.</p><p>Aparte del esmoquin, Andreas no ten�a ning�n traje negro, y escogi� un conjunto azul oscuro. Ulrike no tuvo el mismo problema, el negro era su color preferido.</p><p>Fue otra noche agitada para ambos.</p><p>El taxi lleg� puntual a recogerlos a las nueve.</p><p>Treinta minutos y cincuenta euros despu�s estaban en el aeropuerto.</p><p>Recogieron la tarjeta de embarque, pasaron los controles de seguridad y se dirigieron hacia la sala de espera de Lufthansa. Andreas no hab�a localizado a ning�n chino sigui�ndolos. Se pusieron en un rinc�n apartado desde donde pod�an ver a cualquiera que tuviera intenci�n de espiarlos. Sac� el ordenador de Ulrike de la bolsa. Nadie los miraba. Encendi� el port�til, activ� la funci�n Bluetooth y se dirigi� a su mujer.</p><p>��Con�ctate a la red inal�mbrica de la sala para ver si podemos comprar en Internet un ramo de flores para el funeral, no hemos tenido tiempo de organizar nada hasta ahora.</p><p>Ulrike asinti�. Desde que hab�a le�do el mensaje en el parque no hablaba mucho, s�lo para decir cosas sin importancia.</p><p>Mientras ella empezaba a buscar florister�as, Andreas cogi� su m�vil. Despu�s de echar un r�pido vistazo a su alrededor, activ� el Bluetooth y empez� la b�squeda de aparatos receptores dentro del radio de acci�n del dispositivo. Apareci� el ordenador ULW1983343. Era el de su mujer. Seleccion� el archivo y puls� la orden �Transferir�.</p><p>Ulrike vio aparecer un mensaje en la pantalla: �Solicitud de transferencia de datos de� �Aceptar?�</p><p>Al reconocer el tel�fono de su marido acept� la petici�n. Lo mir� para asegurarse. Su gesto la tranquiliz�.</p><p>���Y bien? �Has visto algo?</p><p>��He encontrado esta corona. Es imponente, cuesta trescientos setenta euros, �es demasiado cara?</p><p>��No, est� bien. �Pueden entregarla ma�ana?</p><p>��Aqu� dice que las entregas urgentes las hacen el mismo d�a. La encargo.</p><p>Ulrike termin� de hacer la compra <emphasis>online</emphasis> mientras Andreas iba al bar a pedir algo para los dos.</p><p>Bebieron r�pidamente dos zumos de naranja, era hora de dirigirse a la puerta de embarque.</p><p>Ulrike apag� el ordenador y se encaminaron hacia all�.</p><p>El vuelo a Mil�n se hac�a en el Jumbo de costumbre, peque�o pero seguro, con cuatro motores de turbina. Ten�an los asientos en clase <emphasis>business</emphasis> gracias a la condici�n de �viajero frecuente� de Andreas: al hacer el <emphasis>check-in</emphasis> le hab�an premiado mejorando la clase de sus asientos. Por un vuelo de cuarenta y cinco minutos, gastar m�s del doble de dinero para estar en <emphasis>business</emphasis> era un lujo que no ten�a mucho sentido, teniendo en cuenta que la diferencia de servicio respecto a la clase econ�mica, en caso de que la hubiera, era m�nima.</p><p>El avi�n iba medio vac�o, ellos eran los �nicos pasajeros que viajaban en <emphasis>business</emphasis>.</p><p>Estaban sentados en la primera fila, asientos A y B.</p><p>Despegaron.</p><p>Andreas se inclin� hacia su mujer intentando mirar por la ventanilla.</p><p>��Enciende el ordenador. El archivo que te he enviado describe la metodolog�a y los resultados de un estudio. No se trata de ninguna de mis investigaciones, la ha encargado la empresa de Jan. No lo abras todav�a, quiero ver qui�n hay a bordo.</p><p>Se levant� para ir al ba�o. Escogi� el de la cola del avi�n. De este modo pudo fijarse bien en la cara de todos los pasajeros de aquel vuelo. No hab�a ning�n chino, pero eso no significaba nada. Entr� en el lavabo, se lav� la mano que no ten�a herida para dejar pasar un poco de tiempo y regres� a su asiento.</p><p>Ulrike estaba sentada con el ordenador encendido.</p><p>��No hay nadie sentado cerca de nosotros -la tranquiliz� Andreas-. Las cuatro filas que tenemos detr�s est�n vac�as. Puedes empezar a leer. Si veo que se acerca alguien, me pondr� de pie y t� cierras el archivo. �De acuerdo?</p><p>Ulrike hizo un gesto con la cabeza para asentir.</p><p>Empez� a leer.</p><empty-line/><p>MEMOR�NDUM RESERVADO</p><p>Londres, febrero de 2010</p><empty-line/><p>Como responsable cient�fico del proyecto �Mobile India�, me sirvo del derecho contractual para escribir un memor�ndum final. Este memor�ndum no s�lo incluye las conclusiones de la investigaci�n, que tambi�n se especifican con todo detalle en los documentos codificados como Alfa, sino que intenta esclarecer y describir la metodolog�a del estudio y los horrores que tal investigaci�n ha generado.</p><p>Teniendo en cuenta las presiones que he tenido que soportar y las personas que las han ejercido, no espero ning�n tipo de divulgaci�n de este escrito, pero por evidentes motivos de conciencia personal me siento en la obligaci�n de resumir los hechos que han caracterizado y, por desgracia, devastado el pasado reciente de mi vida.</p><p>El siguiente documento se divide en tres partes principales:</p><p>��Origen del proyecto</p><p>��Materiales y m�todos</p><p>��Cronolog�a y resultados</p><p>Algunos p�rrafos son transcripciones de la compa��a encargada de organizar la investigaci�n, otros son aportaciones del solicitante, el resto son mis consideraciones cient�ficas y la descripci�n de lo que ha sucedido en los �ltimos a�os.</p><p>Firmado,</p><p>Doctor Bashir</p><empty-line/><p>INTRODUCCI�N</p><p>23 de julio de 2000</p><empty-line/><p>A principios del a�o 2000, la empresa XXXXXX, representada por su director ejecutivo, el doctor XXXXX, contact� con la compa��a XXXXXXXX con el objeto de que investigara los efectos de las ondas electromagn�ticas a largo plazo sobre un grupo de estudio establecido por la misma empresa solicitante.</p><p>El solicitante pide expresamente que los resultados parciales, m�s concretamente los res�menes anuales redactados por el responsable cient�fico del proyecto, s�lo sean facilitados al mismo solicitante.</p><p>La investigaci�n debe llevarse a cabo en un espacio de tiempo de al menos diez a�os.</p><p>Es potestad del solicitante dar por finalizada la investigaci�n en cualquier momento, teniendo en cuenta su obligaci�n contractual de informar a las partes con al menos seis meses de antelaci�n y de cumplir con las cl�usulas financieras derivadas de esa decisi�n.</p><p>Siguiendo las indicaciones del solicitante respecto a la m�xima discreci�n en la metodolog�a y en los futuros resultados, se aplicar� el m�todo de la fragmentaci�n.</p><p>Eso significa que el n�mero de personas que intervienen en el proyecto se reducir� al m�nimo indispensable. Adem�s, cada una de esas personas s�lo tendr� acceso a algunas partes de la investigaci�n, preestablecidas y aisladas del contexto de la investigaci�n misma.</p><p>La �nica excepci�n la representa el doctor Bashir (nombre inventado), investigador externo designado por el solicitante para dirigir el proyecto, analizar los datos y redactar el informe final.</p><empty-line/><p>ORIGEN DEL PROYECTO</p><p>23 de julio de 2000</p><empty-line/><p>El solicitante de la investigaci�n afirma tener la oportunidad de realizar un estudio, dentro de su compa��a, mediante el cual puedan comprobarse los efectos en las personas del uso prolongado del tel�fono m�vil a largo plazo.</p><p>Se trata de un experimento �nico en su g�nero, ya que no se conoce la existencia de ninguna experiencia similar.</p><p>Todas las personas objeto de este posible estudio trabajan en un centro de llamadas propiedad del solicitante, situado en XXXXX, India. Actualmente trabajan en �l 523 empleados, en turnos de doce horas, siete d�as a la semana, desempe�ando funciones de servicio al cliente para cuatro divisiones empresariales pertenecientes a la organizaci�n del solicitante.</p><p>Con el fin de evitar al m�ximo los cambios de personal durante el mayor tiempo posible, se ofrece a los trabajadores una serie de contraprestaciones especialmente ventajosas.</p><p>Para justificar este tratamiento contractual extraordinario, se asigna a los empleados una responsabilidad a�adida. No ser�n simples operadores de un centro de llamadas, sino que tambi�n ser�n responsables de comprobar la calidad de funcionamiento de los nuevos m�viles para la divisi�n empresarial de telefon�a m�vil.</p><p>Andreas se levant� de golpe y Ulrike dio un respingo. Temblando, consigui� cerrar el archivo, despu�s levant� la mirada hacia su marido. La azafata estaba pasando con el carrito de las bebidas.</p><p>���Qu� quieres, cari�o? -pregunt� Andreas.</p><p>��Una cerveza, necesito relajarme, tesoro -respondi� ella, exhausta.</p><p>Andreas se sent� de nuevo, la azafata les tendi� las bebidas y sigui� con su trabajo.</p><p>��Lamento haberte asustado.</p><p>��No eres t�, es lo que estoy leyendo. -Tom� un sorbo de su cerveza y volvi� a abrir el documento.</p><p>En la pr�ctica, quien firme el nuevo contrato recibir� como regalo, cada tres meses, un nuevo tel�fono m�vil: se entiende por �nuevo� un modelo que todav�a no haya sido lanzado al mercado.</p><p>El empleado usar� el m�vil, en vez del aparato de l�nea fija, para desempe�ar las funciones normales de su trabajo de operador del centro de llamadas.</p><p>Adem�s, al finalizar su turno de trabajo deber� cumplimentar un formulario est�ndar valorando las prestaciones de ese m�vil.</p><p>El solicitante manifiesta que considera esencial la aportaci�n de los empleados indios en la puesta a punto de un producto final plenamente satisfactorio. Este cometido se define como altamente estrat�gico, justificando pues un salario netamente superior al que se pagaba con anterioridad.</p><p>As� pues, no resulta sorprendente que todos los empleados hayan firmado la nueva cl�usula contractual que garantiza ese beneficio a cambio del compromiso de permanecer en la empresa durante los pr�ximos cinco a�os, so pena de tener que devolver la diferencia entre el salario �base� y el �especial�.</p><p>En agosto el proyecto entrar� en su fase operativa, cuando todos los tel�fonos fijos del centro sean sustituidos por tel�fonos m�viles.</p><p>Teniendo en cuenta que el personal del centro de llamadas necesita ambas manos para poder desempe�ar su trabajo, ya que tambi�n deben utilizar el ordenador y los varios sistemas de servicio al cliente CRM <emphasis>(Customer Relationship Management)</emphasis> de la empresa, el solicitante ha puesto a punto unos auriculares especiales que permiten acoplar el m�vil, de manera que quede en contacto con la oreja del empleado, como en una situaci�n normal de utilizaci�n, sin que tengan que intervenir las manos.</p><p>El m�vil se conectar�, con un cable, a una toma de electricidad en la mesa de trabajo, de forma que no se produzcan interrupciones significativas para recargar las bater�as. Ese cable tambi�n estar� dotado de un comando que permitir� aceptar y finalizar las llamadas.</p><p>No es necesario recordar que los empleados no sabr�n que est�n siendo objeto de un proyecto de investigaci�n.</p><p>Con la firma del contrato, el empleado asume la obligaci�n de participar en un control m�dico anual gratuito.</p><p>Los chequeos anuales conllevar�n:</p><p>��an�lisis de sangre (an�lisis hematoqu�micos, hemocromo con f�rmula leucocitaria, funcionalidad renal y hep�tica);</p><p>��TAC corporal completo;</p><p>��chequeo general.</p><p>La �nica persona autorizada en todo momento para comprobar los resultados de los ex�menes y en su caso para comunicarlos a los empleados ser� el doctor Bashir.</p><p>Durante la primera semana de agosto de 2000, todos los empleados deber�n someterse a los controles antes indicados. Los que no se consideren id�neos desde el punto de vista f�sico ser�n despedidos y sustituidos por nuevo personal, que deber� superar la misma revisi�n.</p><p>Se entiende como personal id�neo el que en el momento de la visita presente:</p><p>��anamnesis patol�gica y familiar negativa para casos tumorales;</p><p>��ninguna forma de leucemia;</p><p>��ausencia de patolog�as cardiovasculares;</p><p>��todos los valores hemocromocitom�tricos dentro de los par�metros normales (para una exacta definici�n de normal se remite al ap�ndice de este documento).</p><empty-line/><p>MATERIALES Y M�TODOS</p><p>Con el fin de mantener el estudio bajo la m�xima confidencialidad, siguiendo indicaciones expresas, se propone el siguiente plan operativo, aprobado por el solicitante:</p><empty-line/><p>1. A cada empleado se le asignar� un c�digo. Nadie, excepto el doctor Bashir, tendr� acceso a la tabla que relaciona el nombre del empleado con su c�digo correspondiente.</p><empty-line/><p>2. Los controles m�dicos se realizar�n con el siguiente procedimiento:</p><p>2a. Los an�lisis de sangre se efectuar�n de manera rotatoria en cinco centros especializados. Las muestras enviadas no llevar�n ning�n nominativo, s�lo el c�digo interno de reconocimiento. Los centros especializados transmitir�n directamente los resultados al doctor Bashir.</p><p>2b. El TAC (tomograf�a axial computarizada) ser� realizado por radi�logos externos. No les estar� permitido examinar los resultados. El doctor Bashir es el �nico autorizado para emitir un diagn�stico.</p><p>2c. El doctor Bashir realizar� la revisi�n m�dica s�lo en el caso de que los resultados de los ex�menes de los puntos 2a y 2b indiquen su necesidad.</p><empty-line/><p>Los datos resultantes del punto 2a, 2b y, en su caso, 2c ser�n gestionados por un centro de tratamiento de datos perteneciente al grupo del solicitante en un archivo preestablecido.</p><p>Estos datos, al corresponder s�lo a c�digos, ser�n completamente an�nimos. Al personal responsable de introducir los datos se le explicar� que los datos se refieren a estudios gen�ricos procedentes de los laboratorios de una empresa farmac�utica.</p><p>El doctor Bashir es la �nica persona autorizada para ver los datos y hacer an�lisis de tipo cualitativo y estad�stico.</p><p>Ulrike se detuvo. Hab�a devorado aquellas primeras p�ginas y no pod�a creer lo que estaba leyendo.</p><p>�Una investigaci�n realizada con seres humanos que no estaban al corriente!</p><p>Busc� la mirada de Andreas.</p><p>�l sab�a lo que sent�a su mujer. S�lo hizo un gesto de asentimiento, quer�a que acabara de leer lo antes posible.</p><p>Ulrike continu�.</p><empty-line/><p>INFORME DE LA OPERACI�N</p><p>10 de febrero de 2010</p><p>(Extra�do del informe final redactado por la sociedad encargada de gestionar el proyecto)</p><empty-line/><p>Durante los 112 meses que ha durado el proyecto han surgido una serie de costes no presupuestados, a consecuencia de las dificultades organizativas del experimento y de la necesidad de confidencialidad absoluta.</p><p>El solicitante ha sido regularmente informado de la evoluci�n de los costes.</p><p>Tal y como estaba estipulado, certificamos que el solicitante ha efectuado todos los pagos y, de com�n acuerdo, consideramos que el proyecto ha concluido.</p><p>El an�lisis cl�nico del estudio ha sido redactado por el doctor Bashir. La sociedad a la que representamos, al no haber tenido acceso ni a los datos de la investigaci�n ni a sus conclusiones, no puede ser considerada responsable de su contenido.</p><p>Por esta misma raz�n no puede considerarse responsable de posibles errores u omisiones.</p><p>Quedamos a su disposici�n para posibles aclaraciones sobre la metodolog�a de la investigaci�n y los correspondientes gastos.</p><p>Esperando haber realizado el proyecto cumpliendo sus expectativas, los saludamos muy atentamente.</p><p>Doctor XXXXX</p><p>Sociedad XXXXXXXX</p><p>Londres, 10 de febrero de 2010</p><empty-line/><p>ADVERTENCIAS LEGALES</p><p>9 de febrero de 2010</p><p>Redactado por: doctor Bashir</p><empty-line/><p>El contrato firmado por m� con la sociedad que encarga la investigaci�n se basa en las siguientes condiciones, las cuales no han sido alteradas en el transcurso del proyecto y han sido respetadas en su integridad durante todo el tiempo invertido en el estudio m�dico.</p><empty-line/><p>1. No existe ninguna ley en la India, ni en ning�n otro pa�s del mundo, que limite el uso de los tel�fonos m�viles por motivos relacionados con la salud, a diferencia, por ejemplo, de la ley antitabaco, introducida en un n�mero cada vez mayor de pa�ses en lugares p�blicos, ya sean aeropuertos, restaurantes, bares, cines, oficinas o escuelas.</p><p>Las �nicas normas vigentes est�n relacionadas con su uso limitado a causa de la molestia que puedan acarrear a quienes se encuentran en las cercan�as del propio usuario, concretamente en trenes, tranv�as y autobuses; o bien donde las ondas electromagn�ticas puedan interferir en la seguridad del medio de transporte, concretamente el avi�n.</p><empty-line/><p>2. No existe ninguna ley en la India que obligue a informar a los sujetos de una investigaci�n de que forman parte de la misma, si tal investigaci�n no comporta, a efectos de ley, posibles riesgos para la salud del sujeto.</p><p>Para apoyar este punto, considerando su �ndole cuestionable, he pedido opini�n legal a una fuente independiente.</p><p>A pesar de no poder referirme al caso concreto de la investigaci�n que he dirigido, en un supuesto hipot�tico el bufete XXXXX, relevante grupo de abogados a nivel mundial, formul� su opini�n en los siguientes t�rminos:</p><p>�No existe ninguna ley en la India que obligue a informar a un grupo de control de que forma parte de un proyecto de diagn�stico m�dico, si la tesis que quiere probarse (en este caso, la posible peligrosidad de las ondas electromagn�ticas) no est� reflejada en ninguna normativa, e incluso es rechazada indirectamente por todas las normativas vigentes.</p><p>�No estamos ante una situaci�n en la que quiera probarse la eficacia de un f�rmaco experimental que puede tener efectos colaterales en el paciente. En este caso concreto quieren experimentarse los posibles efectos que conlleva el uso intensivo de un medio de comunicaci�n que en todo el mundo es considerado no nocivo, sea cual sea el tiempo de utilizaci�n.�</p><empty-line/><p>3. En el caso de que los resultados de los diversos chequeos m�dicos indicaran una m�nima sospecha de cualquier forma de enfermedad degenerativa, se comparti� el hecho con la persona afectada.</p><p>Puedo declarar, sin temor a equivocarme, que no se ha omitido ni comunicado con retraso ninguna informaci�n relevante a la persona afectada.</p><empty-line/><p>4. Los resultados de la investigaci�n han sido comunicados anualmente al solicitante.</p><empty-line/><p>De los informes Alfa 03 en adelante, el abajo firmante ha rogado en repetidas ocasiones al solicitante que interrumpiera la investigaci�n, ya que los datos indicaban una tendencia que seg�n todos los modelos estad�sticos hab�a que considerar irreversible.</p><p>De las amenazas personales recibidas por el abajo firmante durante el desarrollo de la investigaci�n hablar� en las pr�ximas p�ginas. No entra dentro de mis responsabilidades contractuales divulgar estos descubrimientos, tal deber y obligaci�n corresponde al solicitante.</p><empty-line/><p>CRONOLOG�A Y RESULTADOS</p><p>La investigaci�n, tal como estaba previsto, empez� el 5 de agosto de 2000.</p><p>En Europa, las ventas de m�viles hab�an registrado un incremento exponencial desde 1997.</p><p>En la India, las primeras licencias de operadores de red m�vil fueron distribuidas en 1995, pero en 2000, a�o de inicio de la investigaci�n, las infraestructuras del pa�s todav�a estaban en sus inicios.</p><p>El solicitante, gracias a su posici�n de liderazgo tanto en la tecnolog�a de los m�viles como en la de las infraestructuras de red, pudo ubicar el proyecto en una poblaci�n remota de la India.</p><p>A pesar de ello, el esfuerzo tecnol�gico ha sido considerable.</p><p>Las llamadas llegaban al centro de atenci�n al cliente a trav�s de la l�nea fija. Hab�a que convertirlas en llamadas entrantes desde una red m�vil.</p><p>Con este fin, la central telef�nica fue trasladada a un edificio situado frente al centro de llamadas. Aqu� las llamadas entrantes a trav�s de la l�nea fija se transformaban en se�ales m�viles y, a trav�s de cinco repetidores situados en el tejado del edificio, se enviaban a los operadores del centro. El proceso funcionaba tambi�n a la inversa, con las llamadas m�viles efectuadas por el centro que eran convertidas en llamadas de l�nea fija.</p><p>El 5 de agosto de 2000 la plantilla estaba formada por 523 operadores.</p><p>Estad�sticamente, no representaban a la poblaci�n india por los motivos siguientes:</p><p>1. Todas las personas contratadas eran sanas, ya que hab�an superado un chequeo m�dico.</p><p>2. La media de edad era de 28 a�os.</p><p>3. El nivel de estudios era medio-alto.</p><p>4. S�lo el 3% eran fumadores.</p><p>5. Nadie presentaba enfermedades hereditarias en su historia familiar.</p><empty-line/><p>Los empleados trabajaban en dos turnos de doce horas cada uno, siete d�as a la semana. Contaban con tres descansos diarios para comer y hacer sus necesidades f�sicas, por un total de una hora. Cada empleado hac�a cinco turnos de doce horas a la semana. Las rotaciones entre turnos nocturnos y diurnos se realizaban cada once d�as. Las semanas de trabajo anuales eran cuarenta y nueve, descontando vacaciones.</p><p>Tres semanas de vacaciones eran otra de las ventajas de que gozaban los empleados del centro de llamadas, inimaginable en la mayor�a de los puestos de trabajo similares.</p><p>El centro de llamadas estaba siempre al m�ximo de su capacidad. S�lo en caso de que todas las l�neas estuvieran ocupadas, la llamada en espera se transfer�a a otro centro de llamadas del grupo del solicitante.</p><p>Desde 2000 hasta 2009 los trabajadores transcurrieron una media del 92% de su tiempo �til utilizando el tel�fono m�vil.</p><p>Durante el primer a�o de actividad el trabajo se desarroll� sin ning�n problema. Los empleados estaban ilusionados y motivados.</p><p>Los primeros datos de an�lisis corresponden a agosto de 2001.</p><p>En ese a�o el 0,3% de los trabajadores contrajo neoplasias en mi opini�n lo suficientemente graves como para justificar la exenci�n de los empleados. Se trataba de dos sujetos, una mujer y un hombre.</p><p>La valoraci�n de este dato result� dif�cil por tres motivos:</p><empty-line/><p>1. La poblaci�n bajo observaci�n era m�s joven que la media india (28 vs. 32 a�os) y, dados los requisitos m�dicos, tambi�n m�s sana.</p><p>2. La India, a d�a de hoy, no dispone de estad�sticas m�dicas detalladas, por lo que no existen suficientes niveles de comparaci�n entre los datos originados por esta investigaci�n y los correspondientes a la poblaci�n india.</p><p>3. Comparar los datos de esta investigaci�n con datos occidentales resulta asimismo dif�cil.</p><p>Por un lado, las condiciones de vida en la India siguen siendo, sobre todo en zonas remotas, mucho m�s duras que las de los pa�ses europeos, lo que podr�a justificar porcentajes m�s elevados de enfermos.</p><p>Por el otro, los datos europeos se refieren a poblaciones de una media de edad generalmente muy superior a la de los empleados del centro en cuesti�n (la media europea es de 39 a�os), lo que podr�a inducir a esperar porcentajes m�s bajos de enfermos.</p><p>Una de las dificultades metodol�gicas de la investigaci�n es precisamente la de dar la justa importancia a esos dos elementos discordantes.</p><empty-line/><p>Teniendo en cuenta esta premisa, no consider� alarmantes los primeros datos.</p><p>De hecho, el resultado era muy inferior al que se daba en el resto del pa�s, y tambi�n era significativamente inferior a la media de un pa�s industrializado.</p><p>Considerando que, por ejemplo, en Italia cada a�o enferman de c�ncer 300.000 personas, lo que aproximadamente equivale al 0,5% de la poblaci�n, los resultados de nuestros sondeos no indicaban ning�n da�o espec�fico atribuible al uso extensivo del tel�fono m�vil en un a�o.</p><p>As� pues, en 2001 fueron contratados dos nuevos empleados para sustituir a los que hab�an enfermado.</p><empty-line/><p>Durante el transcurso de los ex�menes cl�nicos de 2002 se encontraron otros dos sujetos con formas tumorales de gravedad suficiente como para aconsejar que fueran apartados de su puesto de trabajo.</p><p>Se trataba del 0,4% de la mano de obra originaria, que en 2002 era de 521 empleados.</p><p>Ninguno de los dos nuevos empleados del a�o anterior mostraba signos de enfermedad.</p><p>Tambi�n en este caso los datos del grupo de estudio eran inferiores a la media de la Europa occidental, pero las cifras empezaban a acercarse.</p><p>Junto al solicitante se decidi� continuar con el proyecto: no hab�a elementos que sugirieran su interrupci�n.</p><empty-line/><p>Al a�o siguiente, 2003, hubo tres nuevos casos de neoplasia.</p><p>El porcentaje de enfermos sobre la poblaci�n originaria de 519 empleados hab�a ascendido ahora al 0,6% sobre la base anual.</p><p>La cifra, si bien era todav�a m�s baja que la media india, hab�a superado la media europea.</p><p>Pero el dato que resultaba realmente alarmante ten�a que ver con la tipolog�a de los tumores. De los siete casos de neoplasia diagnosticados en estos tres a�os, cinco eran tumores cerebrales (gioblastoma multiforme) y dos eran c�ncer de piel.</p><p>Un dato totalmente an�malo, si se compara con cualquier estad�stica de afectaci�n tumoral.</p><p>En 2003 escrib� el primer informe en que ped�a expresamente interrumpir el experimento.</p><p>En mi opini�n, no hab�a que seguir aumentando el riesgo que corr�an los trabajadores del centro de llamadas.</p><p>Los datos de los tres primeros a�os de estudio deber�an haber sido suficientes para convencer al mundo acad�mico, t�cnico y pol�tico de la inmediata necesidad de que las investigaciones en este sector se convirtieran en una prioridad absoluta.</p><p>Hab�a que aclarar los efectos reales del uso prolongado del tel�fono m�vil.</p><p>Y no s�lo eso. En el informe recomendaba que, hasta que los resultados de las investigaciones posteriores no contradijeran definitivamente los de la nuestra, se limitara el uso del m�vil.</p><p>Me prometieron que mi petici�n ser�a examinada pero, hasta que tuvieran una respuesta, la investigaci�n deb�a seguir adelante.</p><p>Seis meses m�s tarde el solicitante me comunic� que tomar�an una decisi�n bas�ndose en los resultados cl�nicos del a�o en curso.</p><p>Nadie del centro encontraba an�mala la situaci�n, y hay que se�alar que gran parte de los que hab�an enfermado quer�an seguir trabajando, cosa que no autoric�.</p><empty-line/><p>En 2004 los empleados que quedaban de los que hab�an iniciado el proyecto eran 516.</p><p>En el transcurso de las revisiones de 2004 diagnosticamos cinco casos m�s de tumor: cuatro en el cerebro, uno en la piel. Una tasa del 0,9% que ahora se equiparaba a la media india.</p><p>Los datos, a mi parecer, eran suficientemente alarmantes como para interrumpir la investigaci�n.</p><p>En primer lugar porque los casos de tumores estaban creciendo exponencialmente.</p><p>En segundo lugar porque, comparando los datos estad�sticos de las formas tumorales espec�ficas, los resultados eran demasiado an�malos.</p><p>Del 0,5% de la poblaci�n italiana a la que de media se diagnostic�, en los �ltimos a�os, alg�n tipo de neoplasia, s�lo hubo veinte mil casos de tumor cerebral. Esto representa el 0,03% de la poblaci�n italiana.</p><p>Los cuatro empleados del centro que hab�an enfermado de la misma patolog�a ese a�o representaban, sobre 516 personas, el 0,78%, una cifra veintis�is veces superior a la italiana.</p><p>El solicitante, una vez recibido el estudio Alfa 03, no consider� necesario interrumpir la investigaci�n.</p><p>Una semana despu�s de haber enviado el informe empezaron a trabajar a mi lado dos nuevos colaboradores, o al menos as� se presentaron.</p><p>Desde entonces he estado constantemente vigilado, amenazado y, en tres ocasiones, he sufrido maltratos f�sicos de los que todav�a no me he recuperado por completo.</p><p>Se me ha impedido de todas las maneras tanto divulgar los resultados de la investigaci�n al exterior como terminar el experimento.</p><empty-line/><p>En 2005 se cumpl�an los cinco a�os durante los que los empleados se hab�an comprometido a quedarse para no perder la diferencia de sueldo que se les hab�a ofrecido. En esos cinco a�os nadie hab�a dejado el centro por su propia voluntad.</p><p>Recuerdo que, un d�a, un directivo subray� que le parec�a extraordinario que ninguna mujer se hubiera quedado embarazada o que ning�n empleado hubiera querido cambiar de trabajo, entre otras cosas.</p><p>Desde mi punto de vista, solamente quiero comentar que un esquema de incentivos como el que se les hab�a ofrecido hac�a que fuera muy dif�cil para quien lo hab�a aceptado salir de la empresa, sobre todo si no lo hac�a en el primer a�o, o como mucho en el segundo.</p><p>En t�rminos absolutos, como media, los operadores del centro de llamadas ganaban cien al a�o. Con las nuevas atribuciones, este sueldo se hab�a convertido en novecientos al a�o.</p><p>En cuatro a�os hab�an ganado tres mil seiscientos. Si en ese momento hubieran querido dimitir, habr�an tenido que pagar a la empresa tres mil doscientos, dinero que probablemente ya se hab�an gastado.</p><p>Mis �colaboradores� enviados desde Alemania negociaron la prolongaci�n del contrato.</p><p>La mayor�a de los empleados estuvieron contentos de firmar por otros cinco a�os a cambio de un sustancial aumento de la retribuci�n.</p><p>Al final, los que decidieron irse fueron 69.</p><empty-line/><p>Ese a�o enfermaron diez empleados que, de los 511 originarios que se hab�an quedado, equival�an al 2%.</p><p>Sumados a los que hab�an dejado voluntariamente el centro, el n�mero de sujetos que quedaban del grupo originario se hab�a reducido a 432.</p><empty-line/><p>En el a�o 2006 se produjo un cambio radical.</p><p>Se comprobaron cincuenta nuevos casos de neoplasia, equivalentes al 11,6% de la poblaci�n originaria.</p><p>Esta explosi�n de casos provoc� importantes reacciones emocionales por parte del personal.</p><p>En ese momento todos conoc�an al menos a un compa�ero aquejado de alguna forma de enfermedad grave.</p><p>Los dos emisarios del solicitante fueron los encargados de reconducir la situaci�n.</p><p>Se organizaron varias reuniones con todos los empleados.</p><p>Se intent� trasladar las sospechas sobre los m�viles a otras posibles causas.</p><p>En aquellos a�os aparecieron una serie de estudios que conclu�an que el uso de m�viles no pod�a relacionarse en ning�n caso con la aparici�n de tumores.</p><p>Estos estudios se utilizaron como prueba irrefutable.</p><p>Y en realidad nadie los puso en duda.</p><p>Entre las varias explicaciones alternativas empez� a tomar fuerza la que relacionaba la situaci�n con un desastre ocurrido en el pa�s con anterioridad.</p><p>El centro estaba ubicado a s�lo cuatrocientos kil�metros de Bhopal, ciudad v�ctima del famoso desastre medioambiental provocado por la empresa Union Carbide.</p><p>Siguiendo los protocolos establecidos, examin� a fondo todas las teor�as, incluida �sta, que aparentemente pod�an resultar plausibles.</p><p>Explicar� brevemente lo que sucedi� en Bhopal. En 1984, en un tanque de la f�brica se produjo una fuga de cuarenta toneladas de isocianato de metilo, un gas usado en la fabricaci�n de pesticidas. Seg�n algunas fuentes m�dicas, murieron m�s de veinte mil personas. En la zona todav�a se producen un n�mero terror�fico de muertes causadas por los efectos a largo plazo de aquel accidente.</p><p>El gas en cuesti�n, sin embargo, era m�s pesado que el aire y se expandi� en una �rea muy vasta, pero delimitada a la ciudad de Bhopal y a sus alrededores inmediatos. As� pues, no era una situaci�n comparable a la acaecida en Chern�bil, donde las emisiones nocivas se propagaron a centenares de kil�metros.</p><p>Volv� a repasar los curr�culums de todos los empleados: ninguno proced�a de Bhopal, tampoco ninguno hab�a vivido all� temporalmente, ni por estudios ni por trabajo.</p><p>As� que pod�a excluirse por completo que el desastre de Bhopal pudiera haber influido en la salud de la poblaci�n del �rea donde estaba ubicado el centro de llamadas.</p><p>A pesar del gran miedo reinante, la gente sigui� trabajando y recibi� otro aumento de sueldo.</p><p>De los veintid�s empleados que hab�an enfermado en los a�os anteriores, dieciocho murieron sin haber podido seguir un tratamiento adecuado ni tampoco, claro est�, una terapia adecuada contra el dolor. En 2006 a �stos se a�adieron cincuenta m�s.</p><p>Ulrike se sec� la frente y bebi� un sorbo de la cerveza que ten�a junto al ordenador. Mir� a Andreas, �l le devolvi� la mirada con una sonrisa triste.</p><p>En el transcurso de 2007 enfermaron de varias neoplasias 104 personas, lo que equival�a al 27,2% de los empleados que hab�an iniciado el estudio.</p><p>Muchos de ellos presentaban s�ntomas tan avanzados que se pod�a asegurar un diagn�stico irreversible.</p><p>En el centro de llamadas se respiraba un clima de completo p�nico.</p><p>Recibimos 43 dimisiones y los directores del centro tuvieron muchas dificultades para convencer a los dem�s de que se quedaran.</p><p>Se consideraba que el lugar estaba maldito, y la direcci�n del centro decidi� trasladar la sede a otro edificio, situado a dos kil�metros de distancia.</p><p>La explicaci�n de las enfermedades, aceptada por la mayor�a de las personas, hab�a que buscarla en los materiales utilizados para construir el edificio. El traslado permiti� tranquilizar a la mayor parte de los empleados que se quedaron.</p><p>Eran pocos los que se preguntaban si las causas, en cambio, no estaban relacionadas con el uso tan intensivo de los m�viles. Era un medio tan integrado en su vida, tanto laboral como privada, que nadie parec�a ponerlo en duda.</p><p>Al final de 2007, durante unas breves vacaciones en Europa, decid� no regresar a la India a continuar un proyecto que para m� ya no ten�a sentido, aparte del de condenar a una muerte segura a un n�mero cada vez mayor de trabajadores.</p><p>Me raptaron el 19 de diciembre de 2007 y me retuvieron durante cuatro d�as.</p><p>Las torturas f�sicas y psicol�gicas que sufr� no pueden describirse con palabras. La amenaza de que tratar�an de la misma manera a mis seres queridos fue lo que me hizo regresar a la India.</p><empty-line/><p>En 2008, de los 235 empleados que quedaban, 219 contrajeron varias formas de tumor, lo que equival�a al 93,2%.</p><p>Me lleg� la noticia de que muchos de los trabajadores que hab�an dimitido el a�o anterior tampoco estaban bien, aunque, a causa de la total carencia de estructuras m�dicas serias en la zona, no sab�an exactamente qu� ten�an.</p><p>Escrib�a diariamente al solicitante suplic�ndole que pusiera fin a aquella carnicer�a. Me comunic� que cerrar�a el centro de llamadas a finales de 2009.</p><p>Ya no se contrat� a ning�n sustituto, incluso los directivos indios del centro estaban convencidos de que los edificios estaban pose�dos por el demonio, ya que ni siquiera la nueva sede hab�a obrado el milagro.</p><p>La situaci�n no era humanamente sostenible. Hab�an creado un centro de asistencia m�dica en el exterior del centro de llamadas. No era un verdadero consultorio, en realidad distribu�a opi�ceos de varios tipos para aliviar el terrible sufrimiento que soportaban diariamente gran parte de los ex empleados.</p><empty-line/><p>Empezamos el a�o 2009 con diecis�is de los 523 empleados originarios de 2000. Durante el a�o enfermaron catorce.</p><p>La tendencia generada durante los nueve a�os de investigaci�n es terrible e irrefutable. Existe un claro efecto acumulativo de la exposici�n a las ondas electromagn�ticas.</p><p>Las investigaciones precedentes nunca han podido comprobar nada comparablemente parecido por los siguientes motivos:</p><empty-line/><p>1. Insuficiente duraci�n de la investigaci�n.</p><p>2. La mayor parte de las investigaciones efectuadas hasta el momento se han realizado con c�lulas in vitro. A pesar de que este tipo de estudios han puesto en guardia a la opini�n p�blica contra los posibles efectos perjudiciales de las ondas electromagn�ticas, nunca han podido probar de manera irrefutable no s�lo la peligrosidad que conllevan, sino tampoco el grado de la misma.</p><empty-line/><p>Los datos estad�sticos m�s relevantes de nuestra investigaci�n es obvio que no s�lo son el n�mero absoluto de enfermos, sino tambi�n las tipolog�as de neoplasias generadas. En el 80% de los casos se trata de tumores cerebrales, de los cuales el 91% se manifiestan en la zona de la cabeza en la que normalmente se apoya el m�vil; en el 19% de los casos se trata de neoplasias malignas de la piel, asimismo imputables al hecho de haber sido sometida a una enorme cantidad de ondas; el 1% restante son tumores localizados, seg�n los porcentajes est�ndar, en mama, p�ncreas y pulmones.</p><empty-line/><p>RECOMENDACIONES</p><p>La primera y principal recomendaci�n es la de someter a una tercera opini�n, institutos de investigaci�n, entes nacionales e internacionales, todos los datos recogidos en estos nueve a�os para que mis conclusiones sean confirmadas por un c�rculo m�s amplio de expertos y se establezcan los criterios de actuaci�n m�s adecuados.</p><p>El grupo de an�lisis del centro de llamadas ha sido protagonista de un uso no com�n de la tecnolog�a m�vil. Durante los tres primeros a�os del proyecto, de 2001 a 2004, el estudio no revel� datos excesivamente alarmantes, teniendo en cuenta que se desarrollaba en un pa�s que en cuesti�n de prevenci�n m�dica puede equipararse con los del Tercer Mundo.</p><p>A partir del quinto a�o en adelante, sin embargo, los datos no dejan duda sobre el enorme peligro al que est� sometida la sociedad moderna.</p><p>Despu�s de nueve a�os de uso intensivo, pr�cticamente toda la poblaci�n del centro de llamadas enferm�.</p><p>�Qu� significa eso para un consumidor medio?</p><p>Considerando que los empleados del centro usaban el tel�fono una media de 11 horas al d�a, por 5 d�as a la semana, por 49 semanas al a�o, en un a�o estaban unidos al m�vil 2.695 horas.</p><p>�sa es seguramente una estimaci�n prudencial, teniendo en cuenta que los sujetos tambi�n habr�n utilizado el tel�fono durante sus horas libres. En nueve a�os han pasado, pues, un total de 24.255 horas hablando por el m�vil.</p><p>Esto puede traducirse del siguiente modo.</p><p>Si una persona actualmente usa el tel�fono una media de dos horas al d�a, y lo hace much�sima gente, puede formar parte del 97% de las personas que contraer�n una neoplasia en un per�odo de treinta y tres a�os, suponiendo que mantenga constante el uso.</p><p>Esto significa que un joven de diecis�is a�os, si empieza ahora a formar parte de ese grupo de usuarios, tiene la seguridad de que enfermar� de un tumor muy grave, hoy pr�cticamente incurable, a la edad de cuarenta y nueve a�os.</p><p>Eso suceder� en 2043.</p><p>Pero la cat�strofe tendr� lugar mucho antes, desde el momento en que la necesidad exponencial de tratamientos m�dicos por parte de la poblaci�n se enfrente con la carencia de infraestructuras.</p><p>Teniendo en cuenta que buena parte de los sistemas sanitarios de los distintos pa�ses hoy ya no son capaces de proporcionar un buen servicio a la mayor�a de los pacientes, podemos imaginar lo que podr�a ocurrir.</p><p>Siguiendo el mismo razonamiento, podemos afirmar que el 10% de los j�venes de diecis�is a�os que hoy usan el m�vil dos horas al d�a tienen una gran probabilidad de contraer una neoplasia grave, en la actualidad pr�cticamente incurable, dentro de veintid�s a�os.</p><p>A la edad de s�lo treinta y ocho a�os.</p><p>En 2032.</p><empty-line/><p>Teniendo en cuenta el hecho de que el uso intensivo del m�vil en muchas partes del mundo ha sufrido un boom, gracias a las tarifas cada vez m�s agresivas a partir de 2004, podemos afirmar que hacia 2013 tendremos una epidemia de tumores.</p><p>Este fen�meno afectar� claramente a toda la poblaci�n que hace un gran uso del m�vil, no s�lo los j�venes de diecis�is a�os que hasta ahora serv�an de dram�tico ejemplo.</p><p>Del mismo modo, el 97% de toda la poblaci�n que utiliza el m�vil una media de dos horas al d�a enfermar� antes de 2045.</p><p>Nuestra generaci�n ha gozado de un desarrollo tecnol�gico sin precedentes y parece dispuesta a aceptar compromisos cada vez mayores a cambio de innovaciones cada vez m�s audaces. Pero en este punto, obviamente, surge una cuesti�n �tico-normativa.</p><p>�Cu�ndo es correcto que nuevas tecnolog�as sean introducidas en el mercado para aplicaciones comerciales?</p><p>La cl�sica f�rmula, hoy universalmente aceptada, parece ser �a falta de pruebas concluyentes�, como dec�a una frase emblem�tica publicada en uno de los m�s prestigiosos peri�dicos europeos: �Caf�, tel�fonos m�viles y pr�tesis mamarias logran una sentencia absolutoria, a falta de pruebas concluyentes, de la acusaci�n de provocar c�ncer.�</p><p>Ahora bien, con esta investigaci�n se ha demostrado que existen pruebas concluyentes.</p><p>Vista la absoluta eficacia del solicitante al hacer que este proyecto fuera totalmente confidencial, s�lo puedo suplicarle que haga lo correcto y siga mis recomendaciones de permitir acceder a los datos a un grupo de expertos seleccionados para que se tomen decisiones acordes con la gravedad del problema.</p><p>Este informe ha sido salvado en el servidor del solicitante, en el que tambi�n se conservan todos los datos de la investigaci�n, analizados en una serie de documentos exhaustivos.</p><p>Que Dios nos perdone por lo que hemos hecho.</p><p>Doctor Bashir</p><p>Ulrike cerr� el documento y apag� el ordenador intentando parecer lo m�s indiferente posible. Temblaba. Andreas le puso una mano sobre la pierna.</p><p>���Tienes tambi�n los datos de la investigaci�n?</p><p>��No.</p><p>Ulrike sacudi� la cabeza.</p><p>���Han matado a Jan por culpa de este documento? -pregunt� con un hilo de voz.</p><p>��Creo que s�, no lo s�.</p><p>Ella empez� a llorar.</p><p>��As� pues, tambi�n nos matar�n a nosotros.</p><p>��No. Nadie sabe que tengo una copia -intent� calmarla Andreas.</p><p>���Y ahora qu� quieres hacer? -pregunt� ella.</p><p>��Hablaremos de ello con Julia, lo decidiremos juntos. -Le cogi� la mano y se la bes�-. Ahora borra el documento, por favor.</p><p>El piloto anunci� que empezaban a descender hacia Mil�n.</p><empty-line/><p>Aterrizaron en Malpensa dentro del horario previsto. Como s�lo llevaban el equipaje de mano, fueron directamente a la parada de taxis. Emplearon m�s de una hora y una incre�ble cantidad de euros para llegar a Monza, en los alrededores de Mil�n.</p><p>Julia y sus dos hijos viv�an all�.</p><p>Se registraron en el hotel De la Ville, un peque�o establecimiento cerca de la Villa Reale. S�lo subieron a la habitaci�n a dejar las maletas, despu�s salieron en direcci�n a casa de Julia.</p><p>Cuando cruzaron la puerta de entrada al hotel giraron a la derecha. Iban a tardar una buena media hora. Siguieron por la acera que bordeaba el parque. Estaban solos, no hab�a nadie por all�.</p><p>Andreas puso un brazo alrededor de los hombros de su mujer, la estrech� y empez� a hablar. Le cont� en voz baja todo lo que hab�a pasado, desde que Jan le hab�a explicado c�mo hab�a cogido el ordenador hasta que se hab�a encontrado con Jasmine, en M�nich, por segunda vez.</p><p>Ulrike no hizo ninguna pregunta, aterrorizada por lo que estaba oyendo.</p><p>Llegaron frente a la casa de Julia. El lugar del famoso episodio del conejo blanco. En la casa estaban tanto los padres de Jan como los de Julia. Dorm�an all� desde que Jan hab�a muerto. Eran una ayuda indispensable, sobre todo con los ni�os.</p><p>Despu�s de preguntarle a su esposa si estaba preparada para entrar, Andreas toc� el timbre.</p><p>Julia abri� la puerta, se abrazaron.</p><p>��Has podido venir, estoy contenta -dijo ella dirigi�ndose a Andreas.</p><p>��S�, he podido venir.</p><p>���Significa que tienes la respuesta?</p><p>��S�, la tengo -confirm� Andreas con un hilo de voz.</p><p>��Venid, est�n todos repartidos por la casa. Ahora los llamo.</p><p>Andreas pas� las dos horas siguientes jugando con los ni�os y hablando con los abuelos: se conoc�an desde hac�a mucho tiempo, era como de la familia. Ulrike intentaba permanecer apartada, hab�a recibido demasiada informaci�n y todav�a ten�a que digerirla.</p><p>Comieron algo que hab�a preparado la madre de Julia. Nadie ten�a apetito, estaban todos muy tristes.</p><p>El funeral estaba previsto para las diez de la ma�ana del d�a siguiente.</p><p>Despu�s de cenar, los abuelos llevaron a los ni�os a la cama, y Julia, Ulrike y Andreas se trasladaron al estudio que hab�a sido de Jan.</p><p>��Cuenta -impuso Julia.</p><p>Andreas la mir�.</p><p>��Es una historia compleja, necesitaremos algo de tiempo. �Est�s segura de que quieres o�rla ahora? Ma�ana es el funeral.</p><p>��Precisamente por eso quiero hacerlo ahora. Tenemos toda la noche. De todos modos, tampoco podr�a dormir.</p><p>��Gracias al c�digo que nos dio Jasmine he conseguido acceder a los datos que hab�a en el ordenador.</p><p>�Uno de esos archivos es el memor�ndum escrito por un m�dico que dirigi� un experimento en la India.</p><p>�No es un documento t�cnico, puedes leerlo y lo entender�s todo. Enciende el ordenador y te transferir� el archivo, lo he guardado en mi m�vil.</p></section><section><title><p id="_Toc308278974">Reflexiones</p></title><p>El doctor Kluge estaba sentado en su despacho, mirando fijamente la pantalla del ordenador.</p><p>Desde que le hab�a ocurrido el incidente a su hija, se hab�a portado bien.</p><p>Hab�a hablado con Lee, le hab�a prometido seguir siendo fiel a la causa. Se acab� lo de querer ir a contracorriente.</p><p>Desde entonces lo hab�an dejado tranquilo.</p><p>Kluge termin� de redactar un documento en el ordenador e imprimi� cuatro copias.</p><p>Orden� los pocos papeles desparramados que ten�a sobre la mesa y se puso la americana. Dobl� las hojas que hab�a cogido de la impresora y se las meti� en el bolsillo interior.</p><p>Al salir se despidi� de las secretarias, que le devolvieron el saludo respetuosamente.</p><p>Una vez fuera del edificio se encamin� hacia Ostbahnhof, la estaci�n de trenes, en cuyas cercan�as se encontraba la filial de su banco: ten�a que resolver un asunto.</p><p>Tard� diez minutos en llegar. Hac�a a�os que no iba a la sede bancaria, normalmente enviaba a una de las secretarias.</p><p>El director del banco lo reconoci� en seguida y se apresur� a saludarlo. Se sentaron en un despacho apartado.</p><p>Kluge le dio claras instrucciones, mientras el banquero tomaba nota.</p><p>Despu�s pidi� al director un favor personal. Sac� las copias del documento que hab�a imprimido poco antes en su despacho. El director lo ley� con atenci�n. S�lo le sorprendi� una cl�usula. Y bastante. Pero frente a �l ten�a a uno de los hombres m�s poderosos e influyentes de Alemania, en ning�n caso le har�a preguntas.</p><p>��Ning�n problema, doctor Kluge, como desee.</p><p>El director llam� a uno de sus empleados: para un asunto como �se se necesitaban dos firmas. Los cuatro documentos fueron firmados por todos los presentes.</p><p>Kluge dej� una copia al director, dobl� las suyas y se las meti� en el bolsillo interior de la americana.</p><p>Sali� del banco, dobl� a la derecha, luego otra vez a la derecha en la primera calle, y se detuvo poco despu�s delante de un quiosco y estanco donde se pod�a jugar a la loto.</p><p>Rellen� dos boletos.</p><p>Sonre�a, era algo en lo que nunca hab�a cre�do, estad�sticamente hablando.</p><p>Compr� tres sobres, tres sellos para correo urgente, dos paquetes de Marlboro e hizo validar los boletos.</p><p>Como no hab�a jugado nunca con anterioridad, no se dio cuenta de que en realidad hab�a escogido combinaciones m�ltiples de doscientos euros cada una. No parpade� cuando el dependiente le comunic� el importe. Abri� la cartera y pag� en met�lico. Era de la vieja escuela, siempre llevaba encima una notable suma de dinero. Las tarjetas de cr�dito eran c�modas, pero no siempre funcionaban.</p><p>Antes de salir se apoy� en la mesita donde poco antes hab�a rellenado el boleto de la loto e introdujo en cada sobre uno de los documentos que hab�a firmado en el banco. A dos de ellos les a�adi� tambi�n los boletos que acababa de jugar.</p><p>Cerr� los tres sobres, escribi� las direcciones de los destinatarios, copiando una de un papel que hab�a sacado del bolsillo de la americana, y peg� los sellos.</p><p>Despu�s salud� al vendedor del quiosco y sali�. Cerca del establecimiento hab�a un buz�n. Mir� a su alrededor, no hab�a nadie. Ech� las cartas y sigui� andando por la misma calle. Algo m�s adelante estaba Augustiner, una vieja cervecer�a de M�nich, adem�s de su marca de cerveza favorita.</p><p>Entr�. Conoc�a el lugar, no iba a menudo pero hab�a estado con anterioridad. Se sent� a una mesa para dos, de esas redondas con taburetes altos, cerca de la puerta. La camarera le pregunt� qu� quer�a tomar. Una <emphasis>helles</emphasis> y un <emphasis>schnaps</emphasis> de pera.</p><p>Beb�a y pensaba.</p><p>Si alguien lo estuviera observando, le resultar�a dif�cil saber en qu� estaba pensando. Sonre�a, luego se entristec�a, seguidamente volv�a a sonre�r, y hubo un momento que a la camarera le pareci� que estaba llorando. Pero fue s�lo un momento. Cuando termin� con la primera ronda sali� y se fum� dos cigarrillos. Hac�a treinta a�os que lo hab�a dejado. Y, sin embargo, en todo ese tiempo, cada vez que ve�a a alguien fumar, su cerebro le dec�a: �Enci�ndete uno.� �Qu� droga tan incre�ble, si despu�s de treinta a�os todav�a pod�a crear dependencia!</p><p>Disfrut� de una calada tras otra. Volvi� a entrar en el local, pidi� una segunda ronda. De vez en cuando alguien lo miraba, quiz� eran empleados de su empresa. Por otro lado, todo el mundo lo conoc�a, su cara aparec�a en la primera p�gina de la intranet de la compa��a. �l, en cambio, no conoc�a casi a nadie aparte de los directores. Y �por qu� tendr�a que conocer a los empleados? Cada vez que se dirig�a a alguno, �ste no le hablaba de otra cosa m�s que de problemas. �Ni que fuera su padre! �Qu� esperaban? Cogi� un peri�dico que estaba colgado con un soporte en la pared. Lo puso sobre la mesa y empez� a hojearlo, de este modo llamaba menos la atenci�n. No le�a, pensaba. Ten�a muchas cosas en las que pensar. Cuando se termin� la segunda ronda sali� y se fum� otros dos cigarrillos. Empezaba a sentirse bien. Estaba haciendo lo correcto, la �nica cosa correcta.</p><p>Las rondas de <emphasis>helles</emphasis> y <emphasis>schnaps</emphasis> de pera fueron cinco. Despu�s de cada ronda hab�a salido a fumar. Estaba ligeramente borracho, pero no llamaba la atenci�n, entraba dentro de la media de los clientes habituales. Adem�s, incluso cuando estaba bebido, nunca resultaba molesto.</p><p>Pidi� la cuenta, pag� dejando una buena propina y se fue.</p><p>Continu� por la calle principal. De vez en cuando se deten�a y respiraba el aire fresco de aquella ciudad maravillosa que, gracias a su cercan�a a las monta�as y a su clima ventoso, gozaba de una ventaja �nica en el mundo para un centro de aquellas dimensiones. Doscientos metros despu�s gir� a la izquierda, luego tom� la primera calle a la derecha, Sedanstrasse.</p><p>Entr� en la que consideraba la mejor cocteler�a de M�nich, el Negroni. Conoc�a a los dos propietarios, Mauro y Michele, italianos establecidos desde hac�a tiempo en Alemania. Pidi� un Long Island Ice Tea. En todo el mundo no hab�a nadie que lo preparase mejor. Era espectacular. Estuvo charlando un rato con Mauro, se termin� la copa y pidi� otra.</p><p>A la mitad de la segunda hab�a llegado al nivel que quer�a alcanzar. Dej� de beber.</p><p>Pag� y sali�.</p><p>Encend�a un cigarrillo nada m�s terminar el anterior. Recorri� toda Sedanstrasse, gir� a la derecha y sigui� hasta Rosenheimer Platz. Aqu� baj� la escalera que llevaba al S-Bahn, el metro interurbano de M�nich. Sab�a lo que deb�a hacer. Lleg� al and�n, a los pies de una largu�sima escalera mec�nica. Hab�a ocho l�neas de S-Bahn, que compart�an siete paradas, las que cruzaban el centro, tras lo cual se ramificaban hacia diversos destinos. Kluge se sent� en un banco. El primer convoy pasar�a al cabo de cuatro minutos. Pens� en su hija, en su mujer, en su vida. No hab�a hecho otra cosa en las �ltimas horas.</p><p>Cuando la pantalla anunci� que faltaba un minuto para la llegada del tren, se levant�. Se puso de pie cerca de la l�nea amarilla del and�n, al lado de un hombre corpulento que esperaba para subir al mismo tren o a otro que pasar�a algo m�s tarde. Kluge sac� el m�vil y ley� un par de correos electr�nicos que le hab�an llegado mientras tanto. El convoy estaba entrando en la estaci�n, r�pido como siempre.</p><p>Todo sucedi� muy de prisa.</p><p>Kluge dej� caer el m�vil, que rebot� entre los pies de su vecino, despu�s profiri� un juramento y se agach� con �mpetu a recogerlo. Choc� violentamente con el hombre corpulento y lo hizo caer hacia atr�s. La sacudida lo proyect� a �l a las v�as un segundo antes de que pasara el tren.</p><p>El conductor no pudo hacer nada. Se oyeron s�lo los gritos de las personas que estaban esperando para subir al tren. Un desgraciado accidente. Kluge no soportaba la idea del suicidio, era un concepto de d�biles, y �l nunca se hab�a considerado d�bil.</p><empty-line/><p>Su hija recibi� la carta al d�a siguiente, al igual que su mujer. Eran las indicaciones testamentarias del padre y marido. Se lo dejaba casi todo a ellas. Eran dos rentas vitalicias. No tendr�an que hacer nada, aparte de recibir quince mil euros netos al mes cada una durante el resto de sus vidas. A su muerte, esa cantidad se repartir�a mensualmente y en la misma proporci�n entre los herederos designados en los respectivos testamentos, hasta que la suma total se agotara.</p><p>Pero hab�a una cl�usula.</p><p>Ni su mujer ni su hija pod�an creer lo que estaban leyendo. No podr�an volver a usar nunca el tel�fono m�vil. Si lo hac�an, ni que fuera una sola vez, perder�an todos los privilegios a favor de una fundaci�n b�vara para la lucha contra el c�ncer. Naturalmente se preguntaron qui�n era Julia Tes, a la que en el testamento dejaba como beneficiaria de una renta vitalicia de cinco mil euros netos al mes.</p></section><section><title><p id="_Toc308278975">El funeral</p></title><p>��Dios m�o -susurr� Julia. Hab�a terminado de leer el informe-. �Y ahora qu�?</p><p>Dirigi� la mirada en primer lugar a Ulrike, despu�s a Andreas.</p><p>Fue �l quien habl� primero.</p><p>��No te gustar� lo que voy a decirte.</p><p>�Pero antes tengo que explicarte c�mo piensa y c�mo reacciona el mundo de la investigaci�n, que funciona seg�n sus propias reglas.</p><p>�Como sabes, Ulrike y yo somos investigadores. En realidad estamos entre los mayores expertos del mundo en cuanto a estudios sobre radiofrecuencia.</p><p>�Y no s�lo eso, en M�nich tienen su sede muchos institutos de investigaci�n y organizaciones internacionales que se ocupan de varios tipos de ondas, lo que nos permite interactuar con un gran n�mero de especialistas del sector.</p><p>�Lo que trato de decirte es que Ulrike y yo conocemos bien, pero que muy bien, el debate que desde hace varios a�os gira alrededor de la radiofrecuencia y su posible peligrosidad.</p><p>�Cuando le� el informe en el consulado chino, mi primera reacci�n no fue de horror. Fue de incredulidad. Pens� que ese estudio no era cierto.</p><p>���Qu�? -lo interrumpi� Julia-. �Ni siquiera la muerte de tu mejor amigo te ha convencido? Y, entonces, �por qu� iban a matarlo, por qu�?</p><p>��D�jalo hablar, Julia. No es f�cil de explicar, ya ver�s ad�nde quiere llegar -intervino Ulrike, conciliadora.</p><p>No hab�a hecho falta que hablara con su marido, se conoc�an demasiado bien. Hab�a bastado una mirada en el avi�n, despu�s de que ella termin� de leer el informe, para saber que ambos hab�an llegado a la misma conclusi�n.</p><p>Hubo una pausa de silencio. Andreas continu� hablando.</p><p>��Lo que quiero decirte es que los resultados de ese estudio se alejan tanto de los conocimientos que hoy en d�a tiene el mundo acad�mico que no nos creer� nadie, no sin tener los datos del experimento. Y aunque los tuvi�ramos� -Se frot� los ojos-. Necesito beber algo, �tienes agua, vino, cerveza, cualquier cosa?</p><p>��Voy a buscar vino. �Blanco o tinto?</p><p>��El que t� quieras.</p><p>Julia sali�.</p><p>Ulrike se acerc� a Andreas y le acarici� la espalda.</p><p>���Qu� vamos a hacer?</p><p>��Lo decidiremos con Julia.</p><p>Julia volvi� con una bandeja con tres copas y una botella de tocai friulano. Sirvi� el vino y se lo ofreci� a sus amigos. Andreas se bebi� la mitad de un trago, luego continu�.</p><p>��Tenemos que plantearnos dos preguntas. Qu� podemos sacar de ese informe y qu� podr�amos haber sacado si tambi�n tuvi�ramos los datos, que por desgracia no tenemos.</p><p>�Es evidente que el doctor Bashir quiso escribir una especie de testamento de su implicaci�n en el proyecto. Su lenguaje no es estrictamente el que se utilizar�a para redactar un informe t�cnico de ese tipo. Por lo que parece, distingui� entre una parte m�s cient�fica y anal�tica y otra muy simple, m�s apropiada para la comprensi�n de quien encarg� el estudio.</p><p>�Estamos, pues, delante de un documento cuya validez se basa s�lo en nuestra palabra de testigos oculares.</p><p>�Pero, Julia, para un asunto de estas proporciones, a falta de pruebas concretas, nuestra palabra caer� en saco roto. Y, por ahora, no tenemos muchas pruebas.</p><p>��A Jan lo asesinaron, �no es una prueba para ti? -pregunt� Julia sin mirarlo a la cara.</p><p>��Oficialmente Jan muri� en un atraco, y dudo que llegue de China una versi�n distinta sobre c�mo fueron las cosas.</p><p>��Pero, vuestra palabra� sois los expertos, �no? -lo interrumpi� Julia.</p><p>��Expertos, s�, pero una cosa es convencer a mis m�s estrechos colaboradores y otra muy distinta convencer a los diferentes organismos de control p�blicos y privados.</p><p>�Julia, no existen investigaciones que se hayan acercado siquiera lo m�s m�nimo a unas conclusiones como �sas. M�rate las p�ginas web de la Comisi�n Internacional de Protecci�n contra la Radiaci�n No Ionizante, de la Organizaci�n Mundial de la Salud, de la Agencia de F�rmacos y Alimentos estadounidense, todas dicen lo mismo. No existen estudios que pongan de manifiesto la peligrosidad de la radiofrecuencia para el hombre. Sin embargo, todas las instituciones animan a realizar m�s estudios, subrayando la necesidad de hacer investigaciones durante per�odos de tiempo m�s largos, y en concreto a que se fijen en los efectos potenciales que pueden tener sobre los adolescentes. Significa que nosotros los investigadores no podemos negar al ciento por ciento que la tecnolog�a sea peligrosa, pero todos los estudios hechos hasta el momento no han podido probar su peligrosidad. Se han realizado experimentos in vitro, con animales de laboratorio e incluso con seres humanos. Todos son insuficientes para descartar que el uso del m�vil pueda provocar alg�n da�o, pero nadie tiene una visi�n tan apocal�ptica como la que acabas de leer.</p><p>Ulrike se levant� y se qued� de pie detr�s de su marido, poni�ndole las manos sobre los hombros. Quer�a que sintiera que estaba all� con �l. No era f�cil lo que estaba haciendo. Andreas continu�.</p><p>��El estudio del doctor Bashir es �nico en su g�nero, como �l mismo escribe, nunca se ha hecho nada parecido. Pero los resultados son tan estremecedores que comportar�an una serie infinita de preguntas. Un resultado de este calibre pone en rid�culo a toda la comunidad cient�fica, incluso a m�. Y, como puedes imaginar, el mundo de la investigaci�n es un c�rculo muy competitivo donde nadie quiere parecer incompetente, so pena de ver desaparecer los fondos p�blicos y privados que mantienen vivas todas esas organizaciones.</p><p>�En resumen, Julia, no podemos enviar una copia del informe a cien peri�dicos del globo esperando que la opini�n p�blica haga lo que el mundo pol�tico y la comunidad cient�fica no consiguen hacer. La �nica posibilidad es demostrar que la investigaci�n se ha realizado. Deber�amos convencer a alg�n departamento de investigaci�n nacional para que compruebe la existencia de un centro de llamadas en la India, tratar de encontrar a ese doctor Bashir y�</p><p>��Podr�amos denunciar al director ejecutivo de Jan, �l lo sabe todo, tambi�n tendr� una copia de los datos -sugiri� Julia.</p><p>��Ser� mi palabra contra la suya. Y s�lo contamos con un documento que no est� avalado por ning�n instituto. No creo que tengamos muchas cartas para jugar, Julia.</p><p>�No, en mi opini�n habr�a que encontrar m�s pruebas que confirmen el experimento que se hizo en la India, entonces podremos ir a ver a ese cabr�n de Lee.</p><p>��No deber�a resultar tan dif�cil encontrar un centro de llamadas que sea propiedad de la empresa en el que todos los empleados hayan enfermado, �no? -pregunt� Julia, pol�mica.</p><p>Andreas bebi� otro trago de vino antes de continuar.</p><p>��Y �qu� pasar�a en ese caso? Si tuvi�ramos suficientes elementos para demostrar que en efecto ese estudio se realiz�, la cuesti�n se convertir�a inmediatamente en un problema de seguridad nacional e internacional. Aun as�, nadie publicar� la investigaci�n. Antes de poder divulgarla habr�a que analizar los datos de que se dispone y llegar a las mismas conclusiones.</p><p>�Despu�s habr�a que realizar una investigaci�n an�loga para confirmar los resultados de la primera. Y aqu� es donde surgen dos problemas, de los cuales el primero es �tico: �se va a sacrificar a otro grupo de personas que hagan de conejillos de indias en un experimento que podr�a conducirlos a una muerte casi segura? El segundo es un problema de tiempo: los datos de confirmaci�n estar�an listos dentro de nueve a�os. En cualquier caso, no se hablar�a de ello p�blicamente. No existen s�lo organizaciones privadas, tambi�n hay organizaciones militares, de la polic�a y muchas otras. Todas tendr�n algo que decir. Antes de que tomen decisiones serias pasar�n a�os. �Sabes cu�nto han esperado antes de informar al p�blico de que el tabaco es nocivo? Y, a pesar de que la Agencia Internacional para la Investigaci�n del C�ncer clasific� el tabaco como cancer�geno, nadie lo ha prohibido. �nicamente se limita su consumo, con restricciones e impuestos cada vez mayores. Quiz� har�an algo parecido con los m�viles.</p><p>�Adem�s, ese estudio demuestra que es necesario un uso intensivo durante un per�odo bastante largo antes de tener la certeza casi absoluta de enfermar. -Andreas se estaba alterando.</p><p>Ulrike se dio cuenta: empezaba a levantar la voz.</p><p>��Respira profundamente, cari�o.</p><p>�l hizo una pausa y termin� lo que le quedaba en la copa.</p><p>��Aumentar�n los impuestos de los m�viles y el tr�fico que generan, es as� como resuelven los problemas. Inculpan a los consumidores. �Est�pidos consumidores!</p><p>���Qu� es lo que est�s intentando decirme?, �que no vas a hacer nada? -pregunt� Julia, que empezaba a perderse en el discurso de Andreas.</p><p>��No he acabado, d�jame terminar, luego podremos decidir qu� hacemos.</p><p>�Supongamos que conseguimos encontrar los datos, o que de alguna manera logramos que nos crean. Convencemos a la polic�a alemana, o a un periodista competente, o usamos nuestros ahorros para contratar a un investigador privado que confirme al menos la veracidad de los puntos b�sicos del estudio. Es decir, la existencia de un centro de llamadas a unos cuatrocientos kil�metros de Bhopal cuyos empleados de los �ltimos nueve a�os est�n m�s o menos todos enfermos o muertos a causa del c�ncer. De este modo quiz� podamos provocar que alguien haga una investigaci�n al maldito Lee y al doctor Kluge.</p><p>�Quiz�, gracias a la investigaci�n, puedan localizarse llamadas que tambi�n prueben su implicaci�n en la muerte de Jan.</p><p>���Eso es lo que tenemos que hacer! -intervino Julia, que parec�a haber recobrado alguna esperanza.</p><p>Ulrike estaba triste. Estaba triste porque la investigaci�n hab�a fracasado: un estudio no oficial contra centenares de prestigiosos entes.</p><p>Andreas continu�.</p><p>��S�, Julia, ser�a lo mejor que podr�amos hacer. Pero tengo que a�adir un elemento m�s. Las implicaciones para nosotros. La noche que estaba en mi oficina intentando descifrar los datos entraron dos hombres y me quitaron el ordenador. Seguramente los hab�a enviado Kluge o Lee.</p><p>�No fueron muy amistosos. El dedo me lo rompieron ellos para saber si hab�a hecho copias del archivo que hab�is le�do.</p><p>A Julia la recorri� un escalofr�o.</p><p>��Pero no pens�is que soy ning�n h�roe, la copia que hab�is le�do la hice despu�s. Cuando acab�bamos de salir por la parte trasera del edificio, esos hombres fueron asesinados delante de mis ojos. Los dos.</p><p>Se pas� las manos por la cara, segu�a viendo aquella imagen de sangre, las caras inm�viles, torcidas en una expresi�n atroz.</p><p>��Fueron los agentes de Jasmine. Quiz� me salvaron la vida, no lo s�. Me llevaron al consulado, donde descifr� lo que hab�is le�do. Fue all� donde copi� el archivo en mi m�vil sin que me vieran.</p><p>�Jasmine lo ley� despu�s de m�. Fue taxativa.</p><p>�Si comunicamos a alguien lo que sabemos, ella no podr� defendernos m�s. Y dijo claramente que eso tambi�n va por ti, Julia. Quer�a que supieras por qu� muri� Jan. Nada m�s. Y, si quieres mi opini�n, la cre� cuando dijo que si descubren que hemos intentado hacer p�blica la investigaci�n nos quitar�n de en medio.</p><p>��Pero �por qu�?, �por qu� querr�an vernos muertos?</p><p>Ulrike tom� entonces la palabra.</p><p>��Julia, se trata de un descubrimiento estremecedor, es cierto, pero tambi�n es una investigaci�n que ofrece posibilidades enormes en t�rminos de ventajas econ�micas para quien la explote de forma adecuada. Pasar�n a�os antes de que otro estudio se acerque s�lo remotamente a los resultados de �ste. Mientras tanto China puede decidir qu� quiere hacer: desarrollar tecnolog�as alternativas, invertir en tratamientos. Tambi�n puede prohibir el uso de m�viles en su territorio y esperar que se produzca una hecatombe en los dem�s pa�ses. Habr� comit�s pol�ticos y militares que valorar�n las mejores oportunidades econ�micas que una investigaci�n de este tipo puede generar, sobre todo si le llevas diez a�os de ventaja al que venga detr�s.</p><p>���Y t� crees que nos quitar�an de en medio? -le pregunt� Julia a Andreas.</p><p>��Estoy convencido.</p><p>���Y que nuestro sacrificio servir�a para algo?</p><p>��Si tuvi�ramos los datos, podr�a ser. Pero si tenemos que hacer lo que he explicado antes, averiguaciones para validar la existencia de la investigaci�n, no creo que pas�ramos desapercibidos, y en ese caso estoy bastante seguro de que nos detendr�an a tiempo.</p><p>No se miraban.</p><p>Reflexionaban, sabiendo que no pod�an permitirse desestimar ni una sola opci�n.</p><p>��Y si mandas copias an�nimas del extracto de la investigaci�n a centros de estudios, peri�dicos, pol�ticos, �no crees que alguien se lo tomar�a en serio? -pregunt� Julia, que todav�a necesitaba tiempo para digerir el panorama que Andreas hab�a profetizado.</p><p>��Te lo repito: si lo hubiera recibido yo sin saber nada de lo que ha pasado, lo habr�a tirado a la papelera.</p><p>��Y, sin embargo, es real -coment� amargamente Julia. Necesitaba estar un rato a solas-. Tengo que pensarlo, quiz� se me ocurran otras preguntas que haceros. Ahora me voy a la cama, se ha hecho tarde. Ma�ana no ser� un buen d�a. �Quer�is el coche para volver al hotel? Pod�is devolv�rmelo ma�ana por la ma�ana.</p><p>��Muchas gracias, Julia, iremos dando un paseo, nos ir� bien -le agradeci� Ulrike.</p><empty-line/><p>Salieron de la casa y fueron caminando lentamente por la acera. Oyeron que se encend�a el motor de un coche detr�s de ellos. Se volvieron. A bordo iban dos chinos. Deb�a de ser su escolta.</p><p>No se dijeron nada durante el trayecto, por miedo y por cansancio.</p><p>Entraron en el hotel, cogieron las llaves y se dirigieron al ascensor. Una vez en la habitaci�n se prepararon para irse a dormir. Fue otra noche especialmente inquieta.</p><empty-line/><p>El funeral empez� puntualmente en casa de Julia. Estaban todos: familiares, amigos, viejos compa�eros de trabajo. S�lo entre estos �ltimos Andreas vio a algunos a quienes no conoc�a.</p><p>Hay funerales en los que se habla y otros en los que no hay nada que decir; �se pertenec�a a la segunda clase. La mayor parte de la gente se conoc�a bien y no ten�a nada que a�adir al dolor del de al lado.</p><p>Despu�s de la ceremonia hubo un peque�o refrigerio en casa, una ocasi�n para que alguien pudiera desahogar su dolor con alguna copa de m�s.</p><p>Hacia las cuatro se fue el �ltimo de los asistentes que no dorm�a en la casa. Julia, Andreas y Ulrike se sentaron en el estudio donde hab�an estado la noche anterior.</p><p>���Quieres que nos quedemos unos d�as m�s? -pregunt� Ulrike, sol�cita.</p><p>��Gracias, pero no hace falta. Los abuelos se quedar�n todav�a en casa dos semanas m�s. Si os necesito ya os lo dir�.</p><p>Permanecieron en silencio un instante.</p><p>Andreas retom� la conversaci�n.</p><p>��Estaremos siempre contigo, Julia. En todo lo que necesites, cuenta con nosotros. No tenemos hijos, los tuyos los hemos considerado siempre como nuestros. Si te parece bien, nos gustar�a contribuir en los gastos de sus estudios� -ten�a los ojos brillantes- y venir a veros cada vez que podamos.</p><p>Julia se acerc� y lo abraz�.</p><p>��Gracias.</p><p>Ulrike sali� del estudio y volvi� poco despu�s con tres copas de vino tinto. Le tendi� una a Julia y otra a su marido.</p><p>���Qu� quieres que haga? -pregunt� Andreas.</p><p>��Lo que creas que es mejor, sin poner en peligro vuestra vida ni la de mi familia. �Qu� se podr�a hacer?</p><p>Andreas la mir� largo rato antes de responder.</p><p>��Dame unos meses, ya te lo dir�.</p></section><section><title><p id="_Toc308278976">H�roes</p></title><p>Hablaron en el avi�n. Ya se hab�an dado cuenta de que los chinos se iban alternando de un aeropuerto a otro sin subir a bordo. Esa vez el vuelo tambi�n iba casi vac�o, y no ten�an a nadie sentado cerca de sus asientos. Empez� Ulrike.</p><p>���C�mo hemos podido estar tan ciegos? Ni siquiera nos hemos acercado a unos resultados semejantes, de un efecto acumulativo tan devastador y con un debilitamiento constante de las c�lulas hasta su rotura casi simult�nea, cancer�gena, en la mayor�a de la poblaci�n. No pod�amos excluir esa posibilidad, pero es distinto de como siempre lo hab�amos imaginado.</p><p>En su tono de voz se apreciaba una verdadera desesperaci�n, un sentimiento de inutilidad.</p><p>��Ulrike, hemos bombardeado con rayos c�lulas, cobayas, hemos hecho todo lo posible con las condiciones metodol�gicas y el apoyo financiero de que dispon�amos. Y t� tambi�n lo sabes, no pod�amos seguir el mismo ritmo del mercado y sus exigencias. Piensa en todos los medicamentos que salen a la venta y que luego resulta que son m�s da�inos que la enfermedad que pretenden curar. Si se comprobaran adecuadamente se evitar�an millares de muertes. Pero, para probarlos como es debido, se necesita tiempo.</p><p>�Y nadie quiere perder el tiempo.</p><p>�Lo que hoy interesa es la comercializaci�n, que la investigaci�n d� beneficios. Los cient�ficos deben ser infalibles: �sa es la imagen que la industria est� obligada a dar para crear confianza en los consumidores. Pero, en realidad, t� tambi�n sabes cu�ntos estudios est�n llenos de errores. Voluntarios e involuntarios.</p><p>��As� pues, �crees que hasta ahora hemos estado haci�ndolo mal? -lo interrumpi� Ulrike.</p><p>��El camino de la ciencia est� lleno de errores. La ciencia se basa en ellos. T� has le�do m�s a Popper que yo. Piensa por todo lo que han tenido que pasar los llamados her�ticos, los que revolucionaron el statu quo, Galileo, Darwin�</p><p>�T� tambi�n sabes que hasta mediados del siglo XIX nadie se desinfectaba las manos en los hospitales y no se ve�a la relaci�n entre la falta de higiene y el elevado n�mero de muertes que se produc�an.</p><p>�Hemos estudiado y comprobado en nuestra piel lo dif�cil que es cambiar las cosas. Hoy estamos convencidos de que la radiofrecuencia no es perjudicial porque no es ionizante y tiene una densidad de potencia en vatios muy baja. Por otro lado, todos sabemos que no podemos descartar completamente su peligrosidad.</p><p>�No existe otra investigaci�n como la que se ha realizado en la India, y se necesitar�n a�os para reproducirla. Adem�s, �c�mo reproducir�as una cosa as�? �Qui�n har�a un experimento en el que se condenara a muerte a personas, suponiendo que el resultado del primero sea cierto?</p><p>�Cambiar las cosas corresponde a los verdaderos h�roes. Si quisi�ramos serlo tendr�amos que aceptar las consecuencias.</p><p>���Cu�les? -pregunt� Ulrike.</p><p>��Sacrificar nuestra vida y quiz� la de Julia.</p><p>���Qu�?</p><p>��Ya lo sabes, Ulrike. Lo has sabido siempre. Es la suerte que a menudo les toca correr a los revolucionarios.</p><p>���Nos proteger�n?</p><p>���Qui�nes? �Los alemanes? Quiz�, si hacemos suficiente ruido en los medios de comunicaci�n. Pero lo dudo. Nadie saca provecho si nos ayuda. Ser� un sacrificio.</p><p>��Y, entonces, �qu� piensas hacer?</p><p>��Dejemos pasar unos meses, veamos c�mo se desarrollan los acontecimientos, despu�s decidiremos.</p><p>Andreas ech� un vistazo al <emphasis>Frankfurter Allgemeine</emphasis> que la azafata le hab�a entregado nada m�s subir a bordo y que ten�a sobre las rodillas desde que hab�an despegado.</p><p>��Dios m�o.</p><p>���Qu� ocurre?</p><p>��Kluge� Ha muerto.</p><p>���C�mo?</p><p>��Ha muerto. Dicen que en un accidente en el S-Bahn.</p><p>Ulrike no pudo decir nada m�s. Se preguntaba qu� hab�a de bueno en un sacrificio: ella no le encontraba nada de positivo, pero analizaba sus implicaciones.</p><empty-line/><p>A la semana siguiente intentaron comportarse de la manera m�s normal posible. Claro, sus colegas y amigos sab�an que hab�an sufrido una gran p�rdida y ello justificaba cualquier rareza.</p><p>Ulrike se aboc� al trabajo.</p><p>En los momentos libres se documentaba sobre los resultados de las diferentes investigaciones que negaban con vehemencia la peligrosidad de la radiofrecuencia.</p><p>Le�a esos estudios desde un punto de vista completamente distinto, a menudo descubriendo en ellos l�mites metodol�gicos y de an�lisis que con anterioridad no hab�a tenido realmente en consideraci�n.</p><p>A media semana Julia llam�, hab�a recibido una carta.</p><p>Le anunciaba que Kluge le hab�a dejado una renta vitalicia de cinco mil euros mensuales.</p><p>Estaba llorando mientras hablaba con Ulrike.</p><p>��Pero eso es una prueba, �no? Puede ayudarnos a hacer que arresten a Lee, �verdad? Nadie deja dinero de esa manera, a menos que no tenga la conciencia tranquila. Ese dinero podr�a hab�rselo dado a los pobres.</p><p>Tuvo que pasar mucho rato para que se calmara.</p><p>Pensar�an en ello, ahora deb�an digerir la noticia, y quedaron en llamarse al d�a siguiente.</p></section><section><title><p id="_Toc308278977">El encuentro</p></title><p>Pasaron tres meses. Los chinos hab�an desaparecido. La vida transcurr�a tranquilamente. Andreas y Ulrike hablaban a menudo con Julia, hab�an estado en Italia dos veces m�s para pasar largos fines de semana en Camogli.</p><p>Julia iba a ir a M�nich con sus hijos dos semanas m�s tarde, y Ulrike ya hab�a empezado a recoger entre colegas y amigos algunos juguetes para entretener a los dos ni�os.</p><p>Su casa era un poco aburrida para quienes ten�an menos de dieciocho a�os.</p><p>Esa tarde Andreas sali� pronto del centro, hacia las cuatro. Fue a dar una vuelta, como hac�a a menudo, sobre todo desde que Jan hab�a muerto. Camin� hasta Marienplatz, luego gir� a la derecha y lleg� a Odeonsplatz. Era una tarde nublada, con un fuerte viento que azotaba la ciudad. Las calles, como siempre, estaban llenas de gente, los turistas nunca faltaban a su cita.</p><p>Se detuvo a admirar la plaza: siempre le hab�a gustado la Feldherrnhalle, con sus dos leones esculpidos. Perdido en sus pensamientos, se puso a recorrer la Brienner Strasse, girando a la izquierda un poco despu�s. Se encontr� en Maximiliansplatz, la plaza donde estaba situado el cuartel general de la antigua empresa de Jan.</p><p>Se qued� absorto mirando el edificio, un imponente palacio del siglo XIX.</p><p>En el �ltimo piso estaba el famoso Lee. Andreas hab�a pasado a menudo por delante de aquella oficina, quiz� con la esperanza inconsciente de encontr�rselo. Miraba fijamente una ventana.</p><p>All� se imaginaba que estaba sentada la persona que quer�a ver pudrirse en la c�rcel m�s que a nadie en el mundo.</p><p>Una voz lo sac� de sus pensamientos. Era el conductor de un Mercedes oscuro que quer�a aparcar delante de la puerta principal.</p><p>Andreas se movi�. El coche prosigui� unos diez metros m�s y se detuvo.</p><p>Del coche baj� Lee.</p><p>Lo habr�a reconocido en cualquier parte, hab�a visto aquella cara en docenas de fotos. A menudo se hab�a imaginado que vengaba la muerte de Jan, haciendo que asumiera su culpabilidad. So�aba que lo pon�a contra las cuerdas, que le echaba en cara los resultados de la investigaci�n de los que ten�a copia, y ve�a c�mo se derrumbaba y admit�a su responsabilidad.</p><p>Empez� a caminar r�pidamente en direcci�n a Lee. No sab�a lo que estaba haciendo, la rabia aumentaba a cada paso. Se puso a su lado. Ahora caminaban los dos hacia la puerta de cristal del edificio.</p><p>��Doctor Lee, tengo que hablarle de Jan Tes.</p><p>El otro se par� en seco y lo mir� sorprendido.</p><p>���Perdone?</p><p>��Soy amigo de Jan Tes, un colega suyo al que mataron hace unos meses en China. Debe de recordar usted su nombre.</p><p>��Claro, se�or�</p><p>��Weber.</p><p>��Weber. Me acuerdo perfectamente, una terrible desgracia. Pero nos hemos ocupado de aprobar en el consejo una pensi�n especial para la familia, no s� de qu� otra cosa quiere hablarme. P�ngase en contacto con mi secretaria para concertar una cita -y le tendi� una tarjeta de visita donde s�lo aparec�a su nombre y apellido.</p><p>Entre la gente que se cre�a importante se hab�a puesto de moda no dar ninguna otra informaci�n.</p><p>��Doctor Lee, tengo una copia de la investigaci�n realizada en la India por un tal doctor Bashir. Aunque el nombre es ficticio, los datos que tengo en mi poder no lo son. �Cree que ahora podr� dedicarme algo de tiempo?</p><p>Lee lo mir� durante unos instantes. No daba la impresi�n de que le hubiera afectado demasiado lo que Andreas acababa de decirle.</p><p>��D�gale a mi secretaria que le concierte una cita. Hasta pronto, doctor Weber.</p><p>Andreas se qued� de piedra.</p><p>Permaneci� inm�vil, mirando c�mo el otro se alejaba.</p><p>Pero unos metros m�s all� Lee se detuvo, dud� unos instantes y volvi� sobre sus pasos.</p><p>��Doctor Weber, ha dicho, �no es as�?</p><p>Andreas intent� recobrar la dignidad que cre�a haber perdido cuando el director ejecutivo le hab�a vuelto la espalda.</p><p>��S�.</p><p>��Venga a mi despacho, tenemos que hablar.</p><p>Le cedi� el paso. Entraron en el lujoso vest�bulo.</p><p>Se acercaron dos empleados de la recepci�n que abrieron la puerta el�ctrica.</p><p>El director ejecutivo era el �nico en la empresa que no ten�a tarjeta magn�tica.</p><p>En la recepci�n alemana, todo aquel que visitaba la empresa, incluidos jefes de Estado, deb�an firmar, esperar a que los anunciaran y que alguien los acompa�ara. Pero no quien iba con el doctor Lee. Andreas pas� sin que le dijeran nada. Subieron al ascensor y se detuvieron en la cuarta planta. Las puertas se abrieron en otra recepci�n enorme: deb�a de ser la planta en la que Jan hab�a trabajado. Lee pas� con paso decidido junto a las dos mesas colocadas en semic�rculo donde se sentaban las secretarias. Las salud� haciendo un gesto con la mano. A Andreas le pareci� que estaban muy atareadas. Le vino a la memoria la descripci�n que le hab�a hecho Jan. Sigui� a paso r�pido al jefe, que fue directamente a su despacho. Cuando Andreas hubo entrado, Lee les dijo a sus secretarias que no quer�a que lo molestaran.</p><p>Tambi�n le pidi� a la que parec�a ocupar el puesto de m�s responsabilidad que se reuniera con �l en seguida con la agenda del d�a. Se sent� e invit� a Andreas a tomar asiento en una de las butacas que hab�a frente a su mesa.</p><p>Una secretaria muy profesional, de mediana edad, entr� en el despacho.</p><p>��Doctor, dentro de diez minutos llamar�n de China.</p><p>��Posp�ngalo para ma�ana.</p><p>��A las cinco vendr� Kultschl�ger.</p><p>��A �l tengo que verlo, retr�selo hasta las ocho. Comun�quele que est� invitado a cenar.</p><p>��A las seis vendr� Stromberg para firmar los contratos de los royalties de Malasia. -Lee se volvi� y mir� a Andreas como si quisiera calcular cu�nto tiempo iba a necesitar para liquidarlo-. P�ngalo a las siete. Y, despu�s de Stromberg, �qu� tenemos?</p><p>��Quer�a ir a cenar con su esposa al Vinaiolo.</p><p>Lee observ� a Andreas, que intentaba apartar la mirada.</p><p>��Llame a mi mujer e inf�rmele del cambio de planes, iremos a cenar otro d�a. Gracias, es todo. Un momento -a�adi� a continuaci�n, deteniendo a la secretaria-. �Quiere tomar algo, doctor?</p><p>Andreas se despert� del trance, ten�a demasiados pensamientos rond�ndole por la mente.</p><p>��No, gracias, estoy bien.</p><p>La secretaria sali� con una sonrisa en la cara. Le gustaba darle esa clase de noticias a la mujer de Lee, en la oficina no la soportaba nadie. Menos mal que no pasaba por all� muy a menudo.</p><p>���Y bien, doctor Weber?, �de qu� quer�a hablarme? Y, �qui�n es usted?, �no quiere presentarse?</p><p>Andreas se qued� sorprendido por la cordialidad de Lee y todav�a m�s de su calma. No parec�a que la revelaci�n que le hab�a hecho en la calle le hubiera afectado.</p><p>��Doctor Lee, me llamo Andreas Weber y soy el director del Fecher Institut. Imagino que conoce el edificio.</p><p>��S�, lo conozco, es muy bonito.</p><p>��As� es. Jan era mi mejor amigo. Viv�a conmigo mientras buscaba casa en M�nich. Me pas� la investigaci�n que usted ha financiado. La investigaci�n por la que Jan est� muerto. La investigaci�n por la que usted mand� asesinarlo.</p><p>Le cost� terminar la frase, hab�a agotado el ox�geno muchas palabras antes. Pero pudo decir lo que quer�a.</p><p>Lee lo mir�, absorto.</p><p>Andreas manten�a una calma que no sent�a: tem�a que el director pulsara una tecla y alguien entrara para matarlo.</p><p>��Y �qu� es lo que sabe de esa investigaci�n, doctor Weber?</p><p>Andreas no hab�a previsto la conversaci�n. En sus sue�os empezaba a darle pu�etazos, no estaba preparado para un interrogatorio, sobre todo para un interrogatorio en el que el interrogado era �l.</p><p>��Soy cient�fico, doctor Lee. Lo s� todo de esa investigaci�n. Tengo centenares de copias a punto de ser enviadas antes de las seis si no llamo cada hora para avisar de que estoy bien.</p><p>Mientras pronunciaba esas palabras tuvo la impresi�n de no haber sido muy convincente, las mentiras no eran su especialidad.</p><p>��Doctor Weber, deje que le aclare una cosa. No dispone usted de mucho tiempo. Como mucho de una hora m�s. Despu�s har� que lo acompa�en afuera. Si quiere explicaciones, es mejor que sea honesto y sobre todo r�pido.</p><p>La situaci�n era cada vez m�s complicada para Andreas.</p><p>���As� que piensa que yo mand� matar a su amigo?</p><p>��S�.</p><p>��Y �qui�n se lo ha dicho?</p><p>Andreas no habl�.</p><p>��Y �qu� opina de la investigaci�n?</p><p>���Me toma el pelo?</p><p>��No, hablo en serio. Es usted cient�fico, me parece leg�timo preguntarle su opini�n.</p><p>��Est� usted m�s loco de lo que imaginaba.</p><p>��Quiz� no tanto, espere hasta que haya pasado su hora para juzgarme, por favor.</p><p>���Qu� se puede pensar de una investigaci�n como �sa? Es la revelaci�n de una cat�strofe anunciada, algo sin precedentes en la historia de la humanidad.</p><p>��Y, como cient�fico, �le sorprende?</p><p>Andreas se qued� estupefacto. Se preguntaba ad�nde quer�a ir a parar.</p><p>��S�, me sorprende, me sorprende mucho y siento incredulidad. Pero no tengo elementos para rebatirla. S�lo me queda la sorpresa.</p><p>��Y �cree que pretendo guardarme esa investigaci�n para m� solo?</p><p>Andreas evit� repetirle la misma pregunta que le hab�a hecho poco antes.</p><p>���Por qu�? �Ha ordenado matar a varias personas para acabar public�ndola?</p><p>���Varias personas? As� que no cree usted que la muerte de Kluge haya sido un accidente. No lo hab�a pensado.</p><p>��Me est� poniendo en un aprieto, doctor Lee, teniendo en cuenta que sus amables hombres me rompieron un dedo -salt� Andreas mientras apretaba los pu�os.</p><p>��Le pido un poco de paciencia, estoy preparando la respuesta, doctor Weber. Una pregunta m�s. Suponiendo que yo no tenga intenci�n de esconder los resultados, �qu� propone usted?</p><p>Era una pregunta dif�cil, la misma que se hab�a planteado desde el momento que Jan le entreg� el port�til con los archivos para descifrarlos.</p><p>��Hay que informar a la opini�n p�blica. Todo el mundo tiene que saber el peligro que corre, antes de que los legisladores se ocupen del tema. Habr� que convalidar la investigaci�n y al mismo tiempo limitar al m�nimo el uso del m�vil. Habr� que prohibirlo, especialmente a los j�venes.</p><p>�Pero habr�a que ir m�s lejos, tomar nota de este desastre para establecer nuevas normativas antes de introducir en el mercado tecnolog�as y servicios afines a ellas. Ya sean servicios relacionados con la comunicaci�n o con descubrimientos militares, descubrimientos m�dicos o f�rmulas qu�micas.</p><p>�Y a usted habr�a que condenarlo a cadena perpetua.</p><p>Se detuvo.</p><p>Lee tom� la palabra. No parec�a turbado por la �ltima frase de su invitado.</p><p>��Doctor Weber, le agradezco que me haya dado la posibilidad de conocer su punto de vista. La materia es demasiado compleja para mantener una conversaci�n sin saber lo que opina el interlocutor.</p><p>�Quiero empezar dici�ndole algo.</p><p>�Fui yo quien cre� la divisi�n de telefon�a m�vil. No fue iniciativa m�a, pero yo la cre�.</p><p>�Empec� mi carrera como m�dico. Me licenci� en medicina en el 77 en la Universidad de Heidelberg.</p><p>�Poco despu�s de acabar la carrera empec� a trabajar en esta empresa, en la divisi�n que se ocupa de los equipamientos m�dicos, aparatos para todo tipo de an�lisis.</p><p>�Hice toda la carrera que pude como m�dico. Pero quer�a m�s.</p><p>�Durante tres a�os hice un m�ster empresarial en Fontainebleau, en Francia. Cuando regres� a la empresa empec� a ocuparme de proyectos innovadores, negociaciones con clientes, planificaci�n a largo plazo.</p><p>�En el 88 fui nombrado director general de la divisi�n m�dica.</p><p>�Ten�a treinta y seis a�os.</p><p>�En el 94 empec� a trabajar en las redes de telecomunicaci�n. En el 96 decidimos abrir una nueva divisi�n para el desarrollo y la comercializaci�n de m�viles. Era un mercado fascinante, maravilloso.</p><p>�Eran pocos los que se daban cuenta de que �bamos a transformar el mundo de ayer en el mundo de hoy. Pero ver�, doctor Weber, yo provengo de una familia campesina, y al final tomo todas mis decisiones a partir de l�gicas elementales.</p><p>�La radiofrecuencia que usan los m�viles, cosa que ya se sab�a entonces, penetra a un cent�metro de profundidad en la zona donde se apoya el tel�fono. A los pocos minutos provoca un efecto de calentamiento. Me parec�a imposible que de alguna manera no generara efectos colaterales.</p><p>�Mire, durante a�os me he ocupado de los rayos gamma, que todo el mundo consideraba los veh�culos causantes de varios tumores. Entonces empec� a interpelar a diversos representantes de su mundo, cient�ficos de renombre, adem�s, claro est�, de a nuestros ingenieros m�s capacitados. Pero todos, todos, me dieron siempre una respuesta negativa.</p><p>�Sin embargo, segu�a existiendo una duda. La peligrosidad no pod�a descartarse al ciento por ciento.</p><p>�No le niego que durante el primer a�o de actividad me pregunt� hasta qu� punto era �tico vender algo que la ciencia no pod�a considerar completamente seguro.</p><p>�Como esta idea no me ha abandonado nunca, en el 99 contact� personalmente con un ente londinense que estuvo encantado de organizar y poner en pr�ctica mi idea.</p><p>�El proyecto deb�a mantenerse en secreto, y como ya hab�a llevado a cabo otros en la divisi�n m�dica, no tuve muchas dificultades para establecer los par�metros de la investigaci�n.</p><p>��Y �nunca ha dudado de la moralidad de una investigaci�n de ese tipo? -lo interrumpi� Andreas.</p><p>���Qu� quiere decir?</p><p>��Quiero decir que, si ten�a algunas sospechas de las consecuencias provocadas por el uso del m�vil, podr�a haber patrocinado investigaciones realizadas por entes oficiales. Investigaciones que no habr�an incrementado el riesgo potencial de un grupo de personas que, si no hubieran estado expuestas a un estudio similar, nunca habr�an usado el tel�fono m�vil con la frecuencia que usted impuso.</p><p>��No, en ese momento no me hice esas preguntas. Pensaba que podr�a suspender el estudio en cualquier momento, si los datos as� lo suger�an. Hoy s�lo me queda el remordimiento. Al igual que el pobre Kluge, el �nico que estaba al corriente, ya que deb�a aprobar la inversi�n.</p><p>�Ahora d�jeme hacer un par�ntesis, porque me ha ofendido la observaci�n que ha hecho antes. Yo no mat� a Kluge y nunca lo habr�a hecho. Ni siquiera si hubiera ido a denunciarme a la polic�a. Kluge fue un compa�ero de viaje excepcional. Un amigo y un colega de un valor inestimable.</p><p>��De todos modos, la hip�tesis de un accidente parece algo inveros�mil, �no cree? -pregunt� Andreas, esc�ptico.</p><p>��Es cierto. Pero �ltimamente estaba muy cansado. No pod�a asumir el peso de lo que sab�amos. No dorm�a por la noche, tomaba fuertes somn�feros que lo dejaban de un humor inestable. Estaba buscando una soluci�n. �Sabe por qu� se cerr� el centro de la India? -Lee se call�, esperando una respuesta.</p><p>��Para destruir los datos de la investigaci�n -contest� Andreas.</p><p>��Seg�n usted, �es necesario cerrar un centro, despedir a m�s de doscientas personas para destruir el contenido de un par de servidores? No, se�or Weber.</p><p>�Desde que los datos del estudio empezaron a poner de manifiesto una tendencia alarmante, el doctor Kluge intent� de todas las maneras oponerse a que la investigaci�n prosiguiera.</p><p>�Cuando se dio cuenta de que no era posible, hizo de todo para mitigar los efectos que estaba teniendo.</p><p>�Fue �l quien convenci� al responsable de ventas y al director de marketing de que �bamos a vender m�s m�viles si los equip�bamos con radio y lector de archivos de m�sica. De este modo hizo que en cada caja se incluyeran unos auriculares, que tambi�n pod�an utilizarse para las llamadas.</p><p>�Adem�s, con la excusa oficial de controlar los gastos, introdujo criterios muy r�gidos sobre el uso del m�vil en la empresa, y as� las l�neas fijas siempre eran las m�s utilizadas en las oficinas. �ltimamente se hab�a concentrado en el problema de la exposici�n a la radiofrecuencia por parte de los ingenieros que se ocupaban de la investigaci�n y desarrollo de los productos.</p><p>�Durante uno de esos an�lisis se hab�a convencido de que trasladando el centro de la India a China podr�a reducir el n�mero de personas expuestas, ya que, seg�n su opini�n, la productividad en China ser�a muy superior a la del centro indio. Al no poder decir la verdad, se inventaba historias cada vez m�s inveros�miles.</p><p>�El asunto se hab�a convertido en una obsesi�n.</p><p>�La muerte de su amigo y los intentos de intimidaci�n que sufri� �l y su familia fueron la �ltima gota que lo empuj� a la decisi�n final.</p><p>�A Jan Tes lo asesinaron como se�al de advertencia a Kluge, no por lo poco que hab�a descubierto.</p><p>A Andreas se le encogi� el est�mago. Intent� controlar la rabia d�ndose un pu�etazo en el muslo.</p><p>Lee continu�.</p><p>��A consecuencia de todo ello, Kluge se quit� la vida.</p><p>�He visto el v�deo del S-Bahn docenas de veces. Se tir� encima del hombre que ten�a al lado. No se lo he dicho a nadie, pero se arroj� a las v�as voluntariamente. Y la polic�a tambi�n se dio cuenta. A mi parecer, fue un gesto muy humano por su parte respetar las �ltimas voluntades de mi amigo comunicando a la prensa la versi�n del accidente.</p><p>Hizo una larga pausa. Se sirvi� un vaso de agua y bebi� un par de sorbos.</p><p>Andreas estaba sobrecogido por todas aquellas revelaciones.</p><p>Lee sigui� hablando.</p><p>��Como sabe, la investigaci�n empez� en el a�o 2000. Hasta 2004 no sucedi� nada anormal, hasta el punto de que estuve discutiendo con Kluge sobre la posibilidad de terminarla al a�o siguiente. Parec�a dinero tirado a la basura.</p><p>�En 2006 me lleg� el informe del doctor Bashir con el resultado: aproximadamente el 11 por ciento de los empleados hab�a enfermado. Era un dato alarmante.</p><p>�No sab�a qu� hacer. Estaba aterrorizado.</p><p>Andreas lo interrumpi� impetuosamente.</p><p>���No pod�a suspenderla? �Qu� m�s necesitaba saber? Los datos ya eran relevantes estad�sticamente. El mismo doctor Bashir indicaba la necesidad de ponerle fin de inmediato.</p><p>��Tiene raz�n. No necesit�bamos saber nada m�s para pararla. -Lee baj� los ojos-. Pero comet� el mayor error de mi vida: habl� de ello con un amigo.</p><p>�Me dijo que no hiciera nada, que ya me dir�a algo.</p><p>�Me llam� al d�a siguiente.</p><p>�Deb�a encontrarme con �l en Berl�n. Pas� tres d�as en un subterr�neo, sede de algunas oficinas del Ministerio del Interior.</p><p>�Me presentaron a un grupo de trabajo. Estaba compuesto por tres investigadores como usted, tambi�n hab�a un economista, un analista financiero del sector, un experto militar, un soci�logo, un representante pol�tico y un moderador.</p><p>�Este �ltimo fue quien dirigi� los trabajos de aquellos tres d�as, con una lucidez y un control fuera de lo normal.</p><p>�Mi amigo me dijo que ninguno de ellos estaba al corriente de los resultados obtenidos hasta el momento por el estudio. Estaban convencidos de que formaban parte de un proyecto de simulaci�n sobre qu� habr�a que hacer si se produjera lo que yo ya daba por cierto.</p><p>�Fueron tres d�as intensos, tras los cuales regres� a M�nich.</p><p>�Al d�a siguiente me llam� mi amigo, en acto de servicio. Hab�an decidido que la investigaci�n deb�a continuar. Tendr�a que mantenerlos constantemente informados de los resultados.</p><p>�Me negu�.</p><p>�Les comuniqu� que har�a p�blicos los resultados y que, si lo deseaban, pod�an repetir la investigaci�n cuando y donde quisieran, pero no con mis empleados.</p><p>�Me convenci� para que esperara un d�a m�s antes de tomar cualquier decisi�n.</p><p>�Vinieron a verme a casa la noche siguiente. Una llamada de mi amigo por la tarde sirvi� para concertar el encuentro. Aparte de �l vinieron el moderador de las �tres jornadas� de Berl�n, a quien nunca lo llamaron por su nombre, y un hombre de unos cincuenta a�os que me presentaron como Matthias Hamme, de los servicios secretos alemanes.</p><p>�Nos sentamos en mi estudio. Est�bamos solos en casa, mi mujer hab�a ido al teatro aquella noche. Nadie quiso tomar nada, todos est�bamos muy tensos. Mi amigo abri� la conversaci�n. Explic� a los otros dos la decisi�n que hab�a tomado, como si no estuvieran al corriente, y me pregunt� si ten�a la amabilidad y la paciencia de escuchar la opini�n que sus dos acompa�antes ten�an al respecto.</p><p>�Empez� a hablar el moderador.</p><p>�Lo hizo con mucha tranquilidad.</p><p>�Aquel hombre pose�a una capacidad de oratoria superior a la de cualquier persona que hubiera conocido nunca. Era dif�cil no quedar fascinado.</p><p>�Y, adem�s, era un tipo guapo: alto, elegante, casi perfecto. M�s bien molesto, �no le parece? -Lee sonri� nerviosamente a Andreas. Cogi� el vaso de agua y volvi� a beber un par de sorbos.</p><p>��Lo que me molesta es todo lo que me est� contando, doctor Lee.</p><p>��Tiene raz�n. Me explic� que era el responsable de un departamento que se ocupaba de dar directrices al gobierno. As� lo defini�, �directrices al gobierno�. Cre�a que me estaba tomando el pelo. Con el paso del tiempo entend� que no era un mediador.</p><p>�Era un hombre poderoso que no necesitaba mediar. Se encargaba de la direcci�n estrat�gica del pa�s.</p><p>�Cualquier cosa pasaba por el filtro de su departamento.</p><p>��l y su equipo no pertenec�an a ning�n partido y no eran elegidos, eran contratados. Pr�cticamente no ten�an limitaciones de fondos ni de poder sobre cualquier organizaci�n de naturaleza p�blica. Me explic� por qu� hacer p�blicos los resultados de la investigaci�n pod�a ser una mala idea.</p><p>�Habl� ininterrumpidamente durante una hora.</p><p>�No irradiaba patriotismo, pero se notaba que se sent�a bien en su papel de comandante del barco alem�n.</p><p>�Podr�an haber hecho p�blica la investigaci�n. El gobierno podr�a haber tomado una decisi�n valiente, prohibir el uso del m�vil.</p><p>�Algunos gobiernos amigos tambi�n hab�an puesto a prueba esa soluci�n. Hicieron una simulaci�n similar a la que se hab�a hecho en Berl�n con algunos grupos internacionales: qu� pasar�a si un pa�s hiciera p�blico un estudio como el que conocemos y prohibiera el uso del m�vil.</p><p>�El resultado fue que ning�n otro pa�s adoptar�a la misma medida.</p><p>��Quiz� la misma medida no, pero tambi�n resulta poco cre�ble que no hubieran hecho nada -se entrometi� Andreas.</p><p>��No he dicho eso. En aquel momento las investigaciones oficiales estaban muy lejos de los resultados que conocemos. La incredulidad que suscitar�a obligar�a a confirmar de alguna manera su validez realizando m�s estudios, antes de tomar una decisi�n as�. Y, respondiendo a su objeci�n, seguramente se acabar�a limitando el uso prolongado del m�vil y se impondr�a la utilizaci�n de auriculares no Bluetooth confiando en el juicio de cada persona.</p><p>�Pero, en realidad, las razones de la falta de reacci�n del resto de los pa�ses fueron dos: el principal motivo estaba relacionado con el peligro de limitar el uso de las telecomunicaciones militares; el otro, no menos importante, ten�a que ver con la aportaci�n del sector de las telecomunicaciones m�viles a la econom�a de cada uno de los pa�ses: es demasiado relevante para decidir su cierre de un d�a para otro.</p><p>�Las presiones para obtener confirmaciones por parte del mundo de la investigaci�n habr�an tenido como resultado estudios discordantes, teniendo en cuenta que dif�cilmente se podr�a reproducir, al menos a nivel oficial, el mismo tipo de experimento realizado en la India.</p><p>�La colectividad no ver�a con buenos ojos un experimento que condena a una muerte casi segura a cobayas humanas. Sin embargo, todos los pa�ses implicados en la simulaci�n sugirieron intensificar las investigaciones sobre el c�ncer, especialmente sobre las tipolog�as detectadas en el curso de la investigaci�n.</p><p>���Investigaciones sobre el c�ncer? -pregunto incr�dulo Andreas.</p><p>��Es una simple diversificaci�n del riesgo: si la rama de la investigaci�n electromagn�tica fracasaba, quiz� la de los tumores obtendr�a resultados positivos.</p><p>�En realidad, lo �nico que importaba era no bloquear los servicios relacionados con la telefon�a m�vil. Nadie se atrev�a a retroceder hasta la edad de piedra. No inmediatamente, al menos.</p><p>�En cambio, Alemania ten�a que tomar la decisi�n correcta. Deb�a dar un paso m�s. Aquel hombre me hizo comprender que el Estado, o lo que �l pensaba que representaba, estaba orgulloso de m�, por ser un pionero, por haber hecho posible que mi empresa hiciera ese descubrimiento.</p><p>�Asimismo me dio a entender que yo tambi�n ten�a que estar orgulloso de vivir en un pa�s que se tomaba en serio mi investigaci�n y que no s�lo la consideraba de confianza, sino que adem�s estaba dispuesto a invertir ingentes sumas de dinero en estudios t�cnicos y cient�ficos. Porque �sta, al final, fue su oferta. Dinero. Enormes financiaciones para investigaci�n en tecnolog�as de radio alternativas a las que actualmente se comercializan y para la investigaci�n del c�ncer.</p><p>�Me dijo que al mismo tiempo incrementar�an los estudios sobre los efectos de las ondas producidas por los m�viles, para tener la confirmaci�n de lo que ya sab�amos.</p><p>��No me parece haber advertido en Alemania un incremento destacado, en los �ltimos a�os, de las inversiones en mi sector -replic� Andreas.</p><p>��Puede ser. De todos modos, no me convenci�. Habl� bien, pero no me convenci�.</p><p>�Le hice ver que si todos los pa�ses estuvieran informados, las inversiones ser�an enormemente superiores. No estuvo de acuerdo.</p><p>���C�mo pod�a no estar de acuerdo? -pregunt� Andreas, cada vez m�s nervioso.</p><p>��Ya no est�bamos hablando de un tema de humanidad, se hab�a convertido en un tema sobre la supremac�a tecnol�gica que Alemania pod�a alcanzar en el plazo de algunos a�os. No conseguimos poner de acuerdo nuestros puntos de vista. Estuvo intentando convencerme un poco m�s, despu�s decidi� que era hora de irse. Me estrech� la mano y le dijo a mi amigo que quer�a hablar a solas con �l.</p><p>�Pensaba que quer�a darle instrucciones sobre la manera de continuar mi adoctrinamiento.</p><p>�En realidad lo que quer�a era dejarme a solas con Hamme. �l no ten�a la misma clase que el moderador, cuando se trataba de convencer a alguien.</p><p>�Llevaba un traje marr�n y era alto, moreno, con unos ojos muy negros.</p><p>�Durante el tiempo que dur� el mon�logo de su colega, no se hab�a movido de la silla en ning�n momento.</p><p>�La acerc� un poco m�s a m�. Hablaba en voz muy baja, me costaba entender cada palabra, pero el mensaje era claro. Ya no era problema m�o. Se encargar�an ellos. El moderador hab�a sido muy amable al venir personalmente para explicarme los motivos de una soluci�n vital para la naci�n: no deb�a desafiar la paciencia de alguien que era m�s poderoso que el primer ministro.</p><p>�Hab�an sido corteses conmigo porque ten�a amistad con gente importante. Luego abri� un malet�n que hab�a tra�do consigo.</p><p>�Extrajo unas fotograf�as. Me las dio.</p><p>�Las mir�. Qued� confundido.</p><p>�Eran dos casos famosos de suicidios ocurridos en Alemania en los �ltimos treinta a�os.</p><p>�Se trataba de un hombre de negocios y un pol�tico. Ambos casos hab�an sido muy pol�micos, pero al final la versi�n oficial fue la del suicidio.</p><p>�En las fotos se ve�a a personas que preparaban la escena de los suicidios. �Los hab�an matado, a los dos!</p><p>��Pero �por qu�? -pregunt� Andreas.</p><p>��No lo s�, pero me explic� que si el moderador quer�a algo, lo obten�a. Las consecuencias, para quien no estaba de acuerdo con la l�nea de poder, se ve�an claramente en las fotos.</p><p>�Mi caso era muy delicado. La investigaci�n hab�a sido clasificada como secreto de Estado. Nunca podr�a compartirla con nadie.</p><p>�Me asegur� que, si no me aten�a a sus indicaciones, nunca llegar�an a procesarme por difundir un secreto de Estado, mi aventura se acabar�a antes. Me aconsej� que volviera a confiar en las instituciones alemanas.</p><p>�Desde entonces, doctor Weber, estoy constantemente bajo vigilancia. No sab�a c�mo comportarme.</p><p>�Aparte de compartir los secretos de la investigaci�n con mi gobierno, �qu� otra cosa podr�a haber hecho?</p><p>��Podr�a haberlos enviado a alg�n instituto de investigaci�n, comprobar si la tesis de su moderador ten�a tanto fundamento -lo interrumpi� Andreas.</p><p>��De hecho, no me dej� amedrentar. Envi� una copia de la investigaci�n, como usted ha sugerido, a tres laboratorios internacionales, utilizando sobres an�nimos y borrando todas las referencias de lugares y nombres. Pero inclu� los disquetes con las copias de los datos, lo que deber�a haber convencido a la comunidad cient�fica.</p><p>���Los datos tambi�n? -pregunt� molesto Andreas, seguro de que fuera lo que fuese lo que Lee hab�a enviado no hab�a tenido ninguna repercusi�n, o en otro caso �l lo habr�a sabido.</p><p>��S�, todo el material de que dispon�a. Una semana despu�s Hamme me hizo una visita. Me dijo que ninguno de los tres centros de investigaci�n se hab�a tomado en serio el material que les hab�a enviado.</p><p>�Me explic� que podr�an haber interceptado los sobres f�cilmente, pero quer�an comprobar una de sus hip�tesis, es decir, que nadie se iba a tomar en serio el material, sobre todo si se enviaba de forma an�nima.</p><p>�En conclusi�n, �se era el �ltimo favor que me hac�an. Pero tambi�n me inform� de que, por desgracia, los hab�a puesto en la desagradable situaci�n de tener que tomar otras medidas, aunque no eran dr�sticas, al menos as� las consideraba �l.</p><p>�Cuando se march� estaba exhausto, sudado, aterrorizado. �Qu� me iban a hacer?</p><p>�S�lo tuve que esperar dos d�as.</p><p>�No quiero recordar esos momentos, no aportar�a nada a nuestra conversaci�n, pero las medidas que tomaron fueron muy eficaces.</p><p>�Al d�a siguiente de la �represalia�, mi amigo me hizo una visita.</p><p>�Me dijo que s�lo era una peque�a advertencia.</p><p>�Ni siquiera �l hab�a podido evitarme aquella terrible experiencia.</p><p>�Me dijo que el asunto se hab�a hecho demasiado grande para m�. Ten�a que resignarme.</p><p>�No lo entend�a.</p><p>�Entonces decidi� explicarme qu� era la pol�tica con sus palabras. Me dijo que, a pesar de que la opini�n general consideraba la pol�tica como una opci�n entre el blanco y el negro, en realidad s�lo se trataba de escoger entre gris y gris.</p><p>�Gris porque no hab�a ning�n pol�tico en el mundo que despu�s de un per�odo de tiempo en el poder no se enamorara de su situaci�n y sus beneficios, incluidos los econ�micos, perdiendo de vista la l�gica y la racionalidad puestas al servicio de los ciudadanos.</p><p>�Si durante la campa�a electoral un pol�tico promete combatir la droga, la inmigraci�n clandestina, la delincuencia en su conjunto, la contaminaci�n, los electores esperar�n que intente combatirlos.</p><p>�Pero �qu� significa combatir? Se combate hasta el infinito en una guerra que no quiere ganarse.</p><p>�Porque, cuanto m�s grande es el problema, mayores son los intereses que suscita. Y son intereses de todos los colores, que al mezclarse forman un gris desolador.</p><p>�La droga, entendida como un problema social que hay que resolver, es una de las promesas electorales m�s f�ciles de mantener, sobre el papel.</p><p>��Cadena perpetua para todos los consumidores o liberalizaci�n?</p><p>�La segunda opci�n no atrae muchos votos, la primera ejerce cierta atracci�n electoral, pero se queda en una utop�a.</p><p>�Durante la primera semana en que entrara en vigor una nueva ley en ese sentido se podr�a arrestar a miles de personas, como una demostraci�n de lo que podr�a pasar, y as� se sembrar�a miedo para los diez a�os siguientes.</p><p>�Pero siempre habr� alguien tan dependiente como para desafiar una pena tremenda y caer� en la trampa.</p><p>�Peor para �l, �que los metan a todos en la c�rcel! Si la sociedad est� contra la droga, tambi�n est� contra todo aquello que tiene que ver con ella. Alguien podr�a objetar que la sociedad tambi�n est� formada por personas d�biles, incapaces de resistirse a sus propios demonios sin una ayuda externa.</p><p>��Ya tendr�n tiempo de hacerse m�s fuertes mientras cumplen condena!</p><p>�Aqu� el blanco y el negro se ti�en de gris.</p><p>�Dentro del gobierno se dan cuenta de que de vez en cuando a alguien no le va mal una esnifada, que hay hijos, esposas, amigos que regularmente toman sustancias no precisamente legales.</p><p>�Lentamente el gris va tomando cuerpo.</p><p>�Luego alguien apunta que el comercio anual de la droga aporta a los cultivadores que la producen en el mundo trece mil millones de d�lares.</p><p>��Que cultiven patatas!, insistir� alguno de los pol�ticos m�s j�venes e ingenuos.</p><p>�Despu�s otros, siempre los mismos, se�alar�n que el valor de la venta al por mayor ha subido a noventa y cuatro mil millones de d�lares.</p><p>�Y no es todo: el valor final de venta al detalle ser� de trescientos veintid�s mil millones de d�lares.</p><p>�El valor al por mayor representa el 14 por ciento de todas las exportaciones de productos agr�colas del mundo, y equivale a la suma de las exportaciones de productos agr�colas de toda Am�rica Latina y Oriente Medio.</p><p>�De trece mil millones de coste a trescientos veintid�s mil millones de facturaci�n, el margen es tal que la posici�n de los pol�ticos es todav�a m�s gris.</p><p>�Luego est�n los millones de consumidores, y no todos se sienten unos desesperados, como el mensaje electoral los describe.</p><p>�Muchos de ellos son personas de �xito, dotadas de cultura y dinero, que no se consideran precisamente la basura del pa�s, si acaso lo contrario.</p><p>�Al final alguien dir� que para derrotar realmente a la droga, es decir, para que fuera imposible encontrarla, habr�a que aplicar durante a�os medidas tan dr�sticas y persistentes que buena parte de la poblaci�n acabar�a por preguntarse si no se hab�an propasado los l�mites entre culpa y castigo. Y como probable consecuencia de ello los promotores de esa acci�n no volver�an a ser candidatos en las siguientes elecciones.</p><p>�As� que se �combate�.</p><p>�Se combate por nada, pero al menos de este modo la pol�tica se justifica a s� misma.</p><p>Lee recobr� el aliento.</p><p>Andreas lo miraba desconcertado.</p><p>��Y con esa historia sobre pol�tica, �qu� pretend�a aclarar?</p><p>��Era su manera de hacerme entender que, si no pod�a encontrarse una soluci�n para un problema aparentemente tan simple como el de la droga, las esperanzas de poder resolver el dilema que hab�a creado mi estudio, mucho m�s complicado desde un punto de vista financiero y estrat�gico, eran casi nulas.</p><p>Lee se acab� el agua que le quedaba en el vaso.</p><p>��Mi amigo continu� hablando. Repiti� que el mundo es gris porque nosotros tambi�n lo somos. Que siempre lo hemos sido y lo seguiremos siendo, aunque pudi�ramos empezar de cero.</p><p>�Me qued� sinceramente turbado por su total pesimismo. �ramos muy amigos, �l era un conocido intelectual y nunca se hab�a expresado en esos t�rminos conmigo, en los muchos a�os que nos conoc�amos.</p><p>�Estaba muy inc�modo.</p><p>�Termin� con un dato demogr�fico.</p><p>�En el a�o 2050 seremos nueve mil millones de personas.</p><p>�Seg�n algunos, en el a�o cero �ramos doscientos millones.</p><p>�La superpoblaci�n, el tema m�s gris de todos.</p><p>�En ese punto hubo una pausa, creo que ambos necesit�bamos reflexionar sobre lo que all� se hab�a dicho.</p><p>�Estaba completamente desorientado.</p><p>�Mi amigo acab� su disquisici�n con la �nica frase de la que entend� verdaderamente su significado: �No hagas estupideces, ir�as en contra del Estado y no puedes ganar.�</p><p>�Al a�o siguiente hubo la explosi�n de casos en nuestro centro de la India.</p><p>�Me vigilaban constantemente. Los informes del doctor Bashir los le� en presencia de mi amigo y de Hamme.</p><p>�No dijeron nada. Cogieron una copia de los resultados. Hamme me inst�, como de costumbre, a no hablar de ello con nadie, y dos semanas despu�s volv� a tener noticias suyas.</p><p>�Me informaron de que hab�an establecido contactos con una serie de Estados amigos con los que compartir los datos de la investigaci�n y que hab�a que continuarla.</p><p>�A partir de ese momento me prohibieron ver los resultados. Me opuse. Fue mi amigo quien negoci� el acuerdo; por otro lado, la sociedad que coordinaba el proyecto ten�a instrucciones claras de presentarme los resultados �nicamente a m�.</p><p>�Me explicaron que se hab�an tomado decisiones muy importantes. Fue as� como el gobierno concedi� una serie de subvenciones extraordinarias para investigaci�n.</p><p>�Eran fondos en negro, nunca los he encontrado en ning�n balance oficial. Eran, y son, inversiones importantes y deb�an emplearse en dos frentes, el m�dico y el relativo a las tecnolog�as alternativas de telecomunicaciones. S�lo en nuestra empresa se invirtieron diecinueve mil millones de euros en los �ltimos tres a�os.</p><p>Parec�a estar casi orgulloso de la cantidad. Andreas lo miraba incr�dulo.</p><p>���Me est� diciendo que mi pa�s y los Estados amigos que estaban al corriente decidieron tomarse tiempo de ventaja sobre el resto del mundo para poder sacar un beneficio estrat�gico, econ�mico y militar a costa de la salud de la poblaci�n?</p><p>��Doctor Weber, lo entiendo. Yo mismo he tardado muchos meses, incluso a�os, en convencerme de esta situaci�n.</p><p>�He intentado por todos los medios poner fin a la investigaci�n de la India. No val�a la pena continuar.</p><p>�Sin embargo, me obligaron a proseguir.</p><p>�Y, al igual que yo, mi amigo Kluge tambi�n intent� detenerlos.</p><p>��l tampoco lo consigui� y se las hicieron pasar canutas, cr�ame.</p><p>�La diferencia entre usted y yo es la siguiente: yo lo s� desde hace varios a�os, usted desde hace unos meses. Lo que usted est� esperando yo lo espero desde hace m�s de tres a�os.</p><p>�Y no pasa nada.</p><p>�No ha habido ning�n comunicado del gobierno, como tampoco ninguna investigaci�n comparable a la m�a. La versi�n oficial no ha variado un �pice, el servicio de telefon�a m�vil no se considera nocivo y la utilizaci�n que hace de �l el usuario medio aumenta, en vez de disminuir.</p><p>�Usted es investigador: �en qu� punto est�n?</p><p>��Con los medios de que disponemos no podemos seguir el mismo ritmo que el de las innovaciones de los �ltimos a�os, es evidente, vistos los resultados de su estudio. Sin embargo, tambi�n es verdad que nosotros tenemos que seguir unas determinadas reglas metodol�gicas, como la que nos obliga a salvaguardar siempre las vidas humanas.</p><p>��Ustedes disponen de poco dinero, pero tambi�n es cierto que son una raza aparte -coment� Lee con desprecio.</p><p>��Opino lo mismo que usted, si le sirve de algo -respondi� Andreas, cada vez m�s nervioso.</p><p>Lee no hizo caso del comentario y continu�.</p><p>��Pero sepa que estoy de acuerdo con usted en cuanto a la escasez de las inversiones. En los �ltimos a�os, el �nico gasto que ha aumentado de verdad es el militar, �se da cuenta?</p><p>�Estados Unidos gasta m�s de trescientos cincuenta mil millones de euros cada a�o en ese sector.</p><p>��Debe de ser uno de los Estados no amigos con los que no se han compartido los descubrimientos de su estudio -dijo ir�nicamente Andreas.</p><p>��Doctor Weber, �a usted le parece que si Estados Unidos tuviera en sus manos la informaci�n de que estamos hablando bloquear�a sus inversiones militares para dedicarlas a la investigaci�n m�dica?</p><p>��De verdad es tan ingenuo?</p><p>�El c�ncer existe, tanto si se publica nuestro estudio como si no.</p><p>�Incluso sin esa investigaci�n, el Foro Europeo de Gestores de Investigaci�n sobre el C�ncer, que usted conocer�, advierte que una persona de cada tres desarrollar� en el futuro alguna forma de tumor y una de cada cuatro morir�. �Una de cada cuatro, doctor Weber!</p><p>�A pesar de ello, las inversiones que se destinan a la investigaci�n son infinitesimales comparadas con los gastos militares.</p><p>�Doctor Weber, este mundo procede a grandes pasos cuando hablamos de consumismo, m�viles, coches, ordenadores, ropa, pero es extremadamente lento cuando se trata de decidir las prioridades del gasto p�blico con respecto a un futuro que todos hacen ver que queda lejos, pero que en realidad est� a la vuelta de la esquina.</p><p>�En 2004 se gastaron en todo el mundo catorce mil millones de euros en investigaci�n y desarrollo en el sector de la lucha contra los tumores.</p><p>�De �stos, m�s de cuatro mil proced�an del sector privado y de organizaciones sin �nimo de lucro, los diez mil restantes fueron �generosamente� donados por los gobiernos.</p><p>�En 2009 se estima que las inversiones militares en el mundo alcanzaron el trill�n de euros. �Sabe contar los ceros de una cifra como �sa?</p><p>��Estoy al corriente de esa desproporci�n, doctor Lee.</p><p>��Cien veces superior a la que se destin� a la investigaci�n m�dica de una enfermedad que barrer� de la Tierra a uno de cada cuatro de nosotros. Doctor Weber, no soy yo quien dirige este juego. Lo dirigen personas que velan por el mantenimiento del poder, del statu quo. Yo s�lo puedo utilizar esos fondos de la mejor manera posible.</p><p>�No tengo alternativa, a pesar de que usted est� convencido de lo contrario. Los consejeros del gobierno est�n entre los mayores expertos del pa�s. Expertos de todos los sectores: militar, financiero, cient�fico, pol�tico.</p><p>�Mi amigo me ha repetido a menudo que cuando surgen problemas complejos que implican decisiones de estrategia dif�ciles de tomar por parte del gobierno o entes especializados, el grupo guiado por el moderador no propone nunca una soluci�n, sino que presenta una serie de posibles escenarios calculando sus probabilidades de realizarse.</p><p>�Esos escenarios se resumen en medidas que adoptar y las probables consecuencias que se derivar�an. A menudo la opci�n de quedarse con un escenario y no con otro genera muchos debates.</p><p>�En nuestro caso, doctor Weber, hay unanimidad.</p><p>��Cree que podr� hacer que cambien de opini�n?</p><p>��Cree que podr� crear un movimiento popular que los obligue a revisar sus puntos de vista?</p><p>Andreas habl� en un tono que reflejaba su cansancio, una extenuaci�n mental nueva para �l. Era un sentimiento de disgusto, de desesperaci�n extrema.</p><p>��La �nica soluci�n es dejar que cada persona decida cu�nto da�o quiere hacerse, si el mundo pol�tico no es capaz de tomar una decisi�n que sea blanco o negro. No discuto que siempre habr� una parte de la poblaci�n que seguir� utilizando los servicios de la telefon�a m�vil, pero al menos deber�a estar informada, que supiera lo que podr�a encontrarse.</p><p>�La suya, y la del Estado si doy cr�dito a lo que dice, es la concepci�n oportunista de un potencial holocausto, la creaci�n de una supremac�a tecnol�gica a costa de un elevado precio en vidas humanas.</p><p>��No me sorprende su manera de verlo. Me gustar�a que el moderador y sus expertos lo vieran como usted. Pero no es as�. Es usted libre de intentar convencerlos de lo contrario, yo ya lo he intentado.</p><p>�Lo que puedo hacer ahora es utilizar los fondos que me han asignado de la mejor manera posible, y le aseguro que en los �ltimos a�os es lo �nico que me preocupa.</p><p>��Qu� otra cosa podr�a haber hecho, seg�n usted?</p><p>��Sacrificarme? Y �qu� resultado habr�a obtenido?</p><p>�Ser�a un m�rtir para nada.</p><p>�Nadie me habr�a cre�do, del mismo modo que nadie le creer� a usted. Si han parado a Kluge, tambi�n lo parar�n a usted.</p><p>�Doctor Weber, perm�tame que le haga una pregunta. �Lleva el m�vil encima?</p><p>Si bien en un primer momento la pregunta lo sorprendi�, Andreas vio ad�nde quer�a llegar.</p><p>��S�, lo llevo.</p><p>��Y �llama?</p><p>��S�, para conversaciones muy breves. Pero tiene que entender que mi situaci�n es un tanto especial.</p><p>��Se lo repito, yo no cuento. Lo que cuenta, en cambio, es que el moderador, sus expertos y la �lite pol�tica dominante piensan que usted no es un caso especial.</p><p>�Su caso est� dentro de la norma.</p><p>�Usted se ve en peligro, en posesi�n de un secreto de alcance mundial, as� que tiene necesidad de comunicarlo.</p><p>�Y �a qui�n piensa llamar?</p><p>��A la polic�a?</p><p>�Nunca le permitir�n llamar a ese n�mero. Al menos no desde su m�vil. Probablemente, aun teniendo miedo, querr� estar en constante contacto con sus seres queridos. Y como usted habr� muchos.</p><p>�Doctor Weber, el moderador piensa que una cantidad relevante de personas se considerar� en su misma situaci�n y seguir� utilizando el m�vil incluso despu�s de conocer el riesgo que corre.</p><p>��Esa excusa no vale. El concepto de libertad individual se basa en el hecho de que cada uno de nosotros se comporta de manera distinta. Sus amigos act�an deliberadamente contra un derecho constitucional.</p><p>��Sin duda tiene raz�n. Pero mire, puedo imagin�rmelos en la mesa discutiendo escenarios, esa experiencia ya la he tenido. �Qu� cree que dir� el experto militar?</p><p>�Alemania ser� el primer pa�s que dispondr� de una nueva tecnolog�a para la telecomunicaci�n m�vil.</p><p>�Porque al final, doctor Weber, se trata de eso. �Cree que el mundo puede prescindir de lo que hoy es un servicio indispensable durante un largo per�odo de tiempo?</p><p>�Se pondr� a punto una tecnolog�a alternativa. Un nuevo est�ndar mundial de telecomunicaci�n m�vil.</p><p>�Y los militares alemanes habr�n tenido a�os para estudiar sistemas de interceptaci�n que otros deber�n empezar a desarrollar.</p><p>�El pol�tico ver� en la posesi�n de nuevas tecnolog�as la posibilidad de garantizar una prosperidad econ�mica ilimitada a su pa�s, que gozar� de un monopolio important�simo durante mucho tiempo.</p><p>�Quiz� en el grupo de discusi�n tambi�n se siente alguien que piense como usted, doctor Weber, pero contra el militar y el pol�tico, como comprender�, no se puede ganar.</p><p>Hizo una pausa y mir� el reloj. Entonces hizo la �ltima pregunta.</p><p>���Por qu� ha venido a verme, doctor Weber? Sea sincero, por favor.</p><p>Andreas permaneci� en silencio pensando la respuesta.</p><p>��Porque directa o indirectamente ha matado usted a mi mejor amigo, doctor Lee. Y todas las historias que me ha contado no justifican su muerte.</p><p>Lee lo mir� a los ojos.</p><p>��Cuando supieron lo que Jan Tes estaba haciendo, Hamme y dos de sus colegas vinieron a mi despacho casi de inmediato. No me informaron de la decisi�n, pero no tuve ninguna duda sobre qui�nes hab�an sido los responsables cuando me enter� de la tragedia.</p><p>�Pudimos conseguir que Kluge regresara de China.</p><p>�Ya le he hablado de su final y de sus motivos. No hay d�a que no piense en tomar la misma decisi�n. Quiz� llegue la hora en que lo siga, por el momento estoy intentando maximizar el dinero que me han asignado para limitar el desastre inminente, a pesar de saber que mi modo de actuar es gris, gris como la concepci�n de la pol�tica que me ilustr� mi amigo.</p><p>��No ha hecho nada por detenerlos -objet� Andreas con un escalofr�o.</p><p>��No he hecho nada. Al igual que no he hecho nada por Kluge.</p><p>Permanecieron callados durante unos instantes que parecieron interminables.</p><p>Lee retom� la palabra.</p><p>��En realidad, doctor Weber, Kluge y yo lo intentamos, arriesgamos nuestras vidas y fracasamos.</p><p>�No nos estamos enfrentando a gente sencilla, doctor. Vaya usted a denunciarlos. �Dispone de los datos de la investigaci�n?</p><p>Andreas no dijo nada. Neg� con la cabeza, no ten�a sentido mentirle a Lee.</p><p>��Doctor Weber, no le permitir�n hacer nada. Yo he intentado informarle sobre c�mo se desarrollaron los hechos y sobre las personas con las que se enfrenta. Sepa que despu�s de esta conversaci�n es probable que alguien se ponga en contacto con usted.</p><p>���Me matar�n? -pregunt� Andreas en un murmullo.</p><p>��Hablar�n con usted. Deme mi tarjeta de visita, por favor, le anotar� mi n�mero privado. Puede llamarme a cualquier hora.</p><p>Andreas se la tendi� y, cuando Lee hubo terminado de escribir, se la meti� en el bolsillo. Hab�a llegado el momento de irse. Estaba aturdido, sent�a que todav�a le quedaban muchas cosas por decir, que la conversaci�n no hab�a acabado. Pero se dio cuenta de que necesitaba pensar, analizar todo cuanto Lee le hab�a dicho.</p><p>Se levant�, no le tendi� la mano, ni siquiera lo mir� a los ojos.</p><p>��Hasta la vista, doctor Lee.</p></section><section><title><p id="_Toc308278978">Hofgarten</p></title><p>Instantes despu�s se encontr� en la peque�a plaza de delante del edificio. Hac�a fr�o y soplaba viento. Ten�a escalofr�os pero no le molestaban. Necesitaba aire, mucho aire. Le zumbaban en la cabeza las frases que Lee hab�a pronunciado, los recuerdos de Jan, complots de todas clases, reales o imaginarios. Las Torres Gemelas. El desastre a�reo de Ustica. Terroristas �suicidas� en las prisiones alemanas durante los a�os setenta, la muerte de Kennedy. Nunca hab�a cre�do en las teor�as del complot pol�tico, siempre hab�a confiado en el Estado. Al menos en su Alemania.</p><p>Necesitaba una cerveza.</p><p>Decidi� ir al Tambosi, en Odeonsplatz. Lleg� al cabo de pocos minutos. Se sent� fuera, a una de las muchas mesas que hab�a dentro del parque de Hofgarten.</p><p>No se ve�a a nadie. La camarera tard� un poco en aparecer. Andreas pidi� un vodka doble y una cerveza. Era ins�lito en �l, era la primera vez que lo ped�a, pero ya nada era lo mismo. Tambi�n pidi� un paquete de cigarrillos.</p><p>Escribi� un sms a Ulrike. Volver�a a casa m�s tarde de lo normal, necesitaba pensar y estaba sentado en la terraza del Tambosi tomando el fresco.</p><p>La camarera lleg� con la bandeja.</p><p>Vodka doble, cerveza y cigarrillos. La mujer era rumana y estaba acostumbrada a la gente que beb�a as�. Al principio se hab�a sorprendido, nunca habr�a dicho que el doctor, porque as� lo hab�a clasificado por su aspecto, fuera un borrach�n.</p><p>Adem�s, en el pasado se hab�a equivocado muchas veces con las costumbres alcoh�licas de sus clientes.</p><p>Andreas pidi� en seguida una segunda ronda de lo mismo, pero sin cigarrillos. La camarera lo mir� a los ojos antes de asentir y entrar de nuevo en el bar.</p><p>No, no era un borrach�n: era un hombre desesperado. Le inspir� ternura y pena. Le habr�a gustado abrazarlo, como a menudo habr�a deseado que alguien la abrazara a ella. Andreas cogi� el m�vil y llam� a Ulrike, que en ese momento acababa de leer su mensaje.</p><p>��No te emborraches, esta noche me gustar�a ir al cine, si te apetece -le dijo su mujer.</p><p>��Claro que me apetece, pero me lo dices demasiado tarde. Ya estoy borracho.</p><p>Ulrike se lo tom� como una broma.</p><p>Andreas se termin� el vodka en dos tragos. Horrible.</p><p>La camarera not� la expresi�n de repugnancia en su cara y se le acerc�.</p><p>���No est� bueno el vodka? -pregunt�.</p><p>��S�, s�, gracias. Est� bien. No soy un gran bebedor de vodka, creo -respondi� Andreas con una c�lida sonrisa.</p><p>Encendi� un cigarrillo. Dio una calada, le daba vueltas la cabeza. Se lo pas� entre los dedos mir�ndolo con disgusto. Despu�s de una segunda calada las cosas fueron mejor. Se termin� la primera cerveza al mismo tiempo que el cigarrillo. Encendi� otro, lo esperaba el vodka. Hizo tres inspiraciones profundas, acerc� el vaso a los labios pero no pudo beber. El sentimiento de repugnancia era demasiado fuerte. Dio otra calada al cigarrillo, intensa. Ahora podr�a hacerlo. Se trag� la mitad del vaso. Ten�a que hacer un descanso. Atac� la segunda cerveza. Empezaba a encontrarse mejor.</p><p>No pasaba mucha gente. Alguna madre con sus hijos, un par de turistas. Intent� concentrarse de nuevo. Repas� toda la conversaci�n con Lee. No hab�a muchas esperanzas, si se cre�a todo lo que le hab�a contado. Tendr�a que resignarse. Evidentemente era algo demasiado grande para cualquiera.</p><p>Decidi� que hab�a llegado el momento de acabarse el vodka. Esa vez lo encontr� m�s bueno, primera se�al de que estaba casi borracho. La camarera fue a recoger los vasos vac�os.</p><p>���Quiere otro? -pregunt�.</p><p>��No, gracias. En su lugar, �tienen tequila?</p><p>��Claro. �C�mo lo quiere?, �solo?</p><p>��S�, con sal y lim�n, por favor. Doble -precis� Andreas.</p><p>El tequila. Record� un fin de semana con Jan en el que bebieron mucho tequila. Como al d�a siguiente no hab�an tenido dolor de cabeza, lo escogieron como su bebida favorita.</p><p>Deber�a haber pedido tequila desde el principio, pero no se hab�a acordado. Quiz� porque, en el fondo, le hab�a vuelto a la memoria un art�culo donde se explicaba que el vodka es la bebida preferida de los alcoh�licos, ya que, seg�n parece, no se nota en el aliento.</p><p>�Qu� deb�a hacer?</p><p>Lee le hab�a revelado que a Jan lo hab�an matado porque alguien que trabajaba para el Estado as� lo hab�a decidido. Pero �el gobierno lo sab�a? �El primer ministro alem�n hab�a sido informado del asesinato de su mejor amigo? �Lo aprobaba? Andreas no pod�a creerlo.</p><p>Entendi� que precisamente por eso la pol�tica delegaba el poder en la burocracia. Garantizaba la impunidad. En los casos m�s desagradables s�lo hab�a que echar al director de turno.</p><p>�Qu� esperanzas hab�a de que aquellos asesinos pagaran por lo que hab�an hecho?</p><p>Lleg� el tequila. Pidi� otra cerveza y, ya puestos, otro tequila.</p><p>La camarera respondi� que estaba a punto de acabar su turno y le llevar�a el pedido, pero ten�a que cobrar la cuenta. La siguiente camarera le har�a una cuenta nueva. Era un m�todo bastante frecuente para sacar una propina sin correr el riesgo de que se la quedara la compa�era que llegaba despu�s y que quiz� s�lo se ocupaba de llevarle la cuenta al cliente.</p><p>Despu�s del tequila con sal y lim�n, Andreas estaba oficialmente bebido. La camarera regres� con la �ltima ronda y Andreas pag�. Le dio diez euros de propina, lo que en una cuenta de cuarenta y cinco no estaba mal, y se alegr� al constatar que llevaba cien euros m�s en la cartera. Podr�a hacer dos veces m�s todo lo que acababa de hacer. No habr�a sido capaz, pero la idea lo tranquilizaba. Pod�a permitirse hacer estragos. Encendi� otro cigarrillo y se bebi� el tequila en dos tragos, despu�s de mojarse la mano entre el pulgar y el �ndice con un poco de lim�n y esparcir por encima un poco de sal. Se lami� la mano, bebi� el Don Julio y se comi� la rodaja de lim�n. El para�so. Cu�ntas cosas hab�a vivido con Jan. En la mente se le agolparon los recuerdos. Record� la historia del conejo blanco, la triste analog�a que la enlazaba con la muerte de su mejor amigo.</p><p>Las l�grimas empezaron a caerle sin control. Se sec� los ojos con las mangas de la chaqueta pero no era suficiente, estaba sollozando como un adolescente abandonado por su gran amor.</p><p>Tuvo que hacer una serie de respiraciones profundas antes de rehacerse. No hab�a manera de vengar su muerte.</p><p>Sorbi� por la nariz y mir� a su alrededor. Nadie lo estaba observando, aunque en ese momento le daba igual. Maldita sea, Jan, �qu� voy a hacer sin ti? �Qu� estar�s pensando de m� desde all� arriba? �Quieres que yo tambi�n me convierta en m�rtir? �Un m�rtir in�til como t�? Las l�grimas empezaron a fluir de nuevo. Se termin� la bebida. Estaba borracho.</p><p>La camarera del turno siguiente pas� a recoger los vasos vac�os.</p><p>���Quiere que le traiga algo m�s?</p><p>��Una cerveza, por favor, y, de paso, otro tequila doble. Con sal y lim�n. Gracias.</p><p>La camarera se dirigi� al bar. Qu� hombre tan guapo, pens�. Qui�n sabe qu� demonios le rondan, parece una buena persona.</p><p>Andreas no encontraba una soluci�n. Hac�a meses que no dorm�a una noche seguida. Todo aquello era mucho m�s grande que �l.</p><p>��Hola, doctor, �puedo sentarme un momento?</p><p>Andreas dio un respingo en la silla. Frente a �l se hab�a parado un hombre corpulento, moreno y con los ojos muy oscuros.</p><p>��Me llamo Hamme y me gustar�a charlar un rato con usted.</p><p>No esper� respuesta y, mientras se presentaba, acerc� una silla libre para sentarse.</p><p>Hamme, Hamme� Uno de los personajes que Lee le hab�a descrito. Andreas no estaba preparado. Le lat�a el coraz�n y no pod�a hablar. Era uno de los responsables de la muerte de su amigo.</p><p>La camarera lleg� con lo que hab�a pedido. Puso la cerveza, el tequila y el platito con el lim�n sobre la mesa. El salero ya estaba all�.</p><p>���Puedo traerle algo?</p><p>��Una coca-cola, gracias.</p><p>La camarera se alej� para ir a buscar lo que Hamme hab�a pedido.</p><p>���Todo bien, doctor?</p><p>��Todo bien. Estaba pensando en la muerte de un amigo. Una muerte in�til a manos de asesinos institucionales.</p><p>���Busca venganza, doctor?</p><p>��Soy ateo y no pertenezco a su ambiente, la venganza no me interesa. �Por qu� se ha sentado? �Qu� quiere de m�?</p><p>��Nada de particular. Ahora que lo sabe, me interesa conocer sus intenciones.</p><p>��No tengo ni idea, �tiene alguna sugerencia? �Usted qu� har�a?</p><p>��Le disparar�a. Varias veces.</p><p>Hubo una pausa.</p><p>Si Andreas no hubiera estado borracho seguramente habr�a empezado a temblar, pero en cambio estaba muy tranquilo. Siempre hab�a considerado y aceptado la muerte, al menos sobre el papel. Probablemente hab�a llegado su hora.</p><p>���Est� aqu� para matarme?</p><p>��No, doctor, no trabajamos as�. Si estoy aqu� es s�lo para saber cu�les son sus intenciones.</p><p>��No lo s�, �puede pasar ma�ana?</p><p>��Doctor, el alcohol nos hace muy valientes, pero no me provoque, no tengo un gran sentido del humor.</p><p>Lleg� la camarera con la coca-cola de Hamme.</p><p>Andreas se bebi� el tequila doble de un trago olvidando el ritual de la sal y el lim�n.</p><p>��Tr�igame otro, por favor. Tambi�n me gustar�a comer. �Tienen filete?</p><p>��Claro, se�or, �lo prefiere a la pimienta verde o con salsa bearnesa?</p><p>��A la pimienta verde.</p><p>���C�mo lo quiere de hecho?</p><p>��En su punto.</p><p>���Con ensalada o verduras cocidas?</p><p>��Con ensalada, gracias.</p><p>���Y para usted, se�or?</p><p>��Nada.</p><p>La camarera volvi� hacia la entrada del local.</p><p>��As� pues, doctor, �qu� piensa hacer?</p><p>��Enviar� todo lo que tengo a los peri�dicos. La gente debe saberlo. Debe tener la posibilidad de elegir.</p><p>���Usted cree? �Y qu� cree que elegir�, seg�n usted?</p><p>��Elegir� vivir.</p><p>��Doctor, �en qu� mundo vive? La gente no elegir� vivir, seguir� prefiriendo lo que tiene. Para que elija la vida es necesario que se lo impongamos nosotros.</p><p>�Y entender� que para que eso ocurra hay que ofrecer alternativas. Estamos hablando del futuro de nuestro pa�s.</p><p>��V�yase a la mierda.</p><p>��No, doctor, es usted quien se ir� a la mierda, junto con todos los que como usted saben de boquilla lo que es correcto, pero que no hacen nada por cambiar las cosas. Usted, como los dem�s, espera que nosotros le digamos lo que tiene que hacer. Siempre ha sido as�.</p><p>La camarera hab�a vuelto, puso el tequila sobre la mesa y un mantel de papel, servilleta, cuchillo y tenedor. Andreas lo recordaba perfectamente. En ese local serv�an el filete con un cuchillo especial. Un bonito mango de madera y una hoja larga y dentada. Intent� no mirarlo pero no lo consigui�.</p><p>En cuanto la camarera se hubo alejado, Hamme sigui� hablando.</p><p>���Alguna vez ha matado, doctor? Con un cuchillo es especialmente dif�cil, incluso estando borracho. Se requiere una fuerza sobrehumana para clavar esa hoja en un cuerpo. Una fuerza que s�lo se tiene si se es un experto o se pierde el control. Y mientras que en el primer caso uno no se arrepiente, en el segundo casi siempre s�. D�jeme que se lo diga, tengo cierta experiencia. Es incre�ble la poca fuerza que hay que hacer para cortar un filete, comparada con la que se necesita para matar a una persona.</p><p>Ahora Andreas temblaba. Ten�a ganas de vomitar. Se levant�. Se apoy� con ambas manos en el respaldo de la silla. Todo le daba vueltas. Consigui� caminar unos veinte metros y esconderse detr�s de uno de los muchos �rboles que adornaban el jard�n de la residencia. Vomit�. Una, dos, tres veces. Se apoyaba en el �rbol con las manos. Sudaba. Las gotas de sudor le resbalaban por la frente hacia los ojos y le quemaban. Se desplom� en el suelo. Intent� sentarse y mantener la dignidad. De nuevo le volv�an las arcadas. Vomit� dos veces m�s. No ten�a nada m�s que echar, era s�lo bilis. Se concentr� para recuperar el control. Temblaba de fr�o. Pasaron cinco minutos, que le parecieron una eternidad, antes de poder levantarse.</p><p>Se sec� la frente con las mangas de la chaqueta. Respir� profundamente y se separ� del �rbol. Parec�a que nadie lo estaba observando, excepto Hamme, que segu�a sentado donde lo hab�a dejado. Andreas se meti� una mano en el bolsillo, sac� el m�vil y se dobl� en dos. Hamme hab�a contado los conatos, calculaba que �se deb�a de ser el �ltimo.</p><p>Andreas se reincorpor� y con pasos cortos volvi� a la mesa. Ten�a un fr�o terrible. Se sent�.</p><p>��Me he permitido pedirle un vaso de agua con lim�n, doctor. Por favor, s�rvase.</p><p>�l bebi� un sorbo, se enjuag� la boca y, ech�ndose a un lado, la escupi� en el suelo de grava.</p><p>��Tambi�n me he permitido arreglar la cuenta. Me imagino que no se comer� el filete. L�stima, porque aqu� la carne es muy buena. Visto su estado intentar� ser breve, as� podr� volver a su casa y darse un buen ba�o caliente.</p><p>�Me habr�a gustado darle una noticia distinta, doctor, pero por desgracia lo considero una persona fuera de control. Debo impedirle que tome decisiones equivocadas, y nos moveremos en ese sentido. Esperaba que su conversaci�n con Lee lo hubiera�, c�mo decirlo, iluminado. No creo que haya sido as�. No es nuestra intenci�n hacerle da�o, doctor, ni a usted ni a su esposa, a menos que nos obligue. Le ruego que considere esto: no hay nada m�s in�til que un m�rtir que no consigue alcanzar el objetivo por el que se ha sacrificado. Y usted y su esposa entrar�an a formar parte de esa categor�a. H�gase un favor a s� mismo y siga mi consejo.</p><p>�Respecto a la venganza, yo de usted tendr�a la conciencia tranquila. Ya han muerto demasiadas personas como consecuencia directa de la manera de actuar del se�or Tes. Su amigo era un ladr�n. No s�lo rob� el ordenador, sino que al inculpar a un tercero provoc� que lo mataran. En algunos pa�ses ese comportamiento est� castigado con la pena de muerte.</p><p>�Que no se le olvide. Hasta la vista, doctor.</p><p>Se levant� y se dirigi� r�pidamente hacia Odeonsplatz. Andreas estaba aturdido, temblaba y se sent�a sucio como no se hab�a sentido en toda su vida. Bebi� otro sorbo de agua e intent� levantarse. Lo consigui� al segundo intento. Se pas� las manos por el pelo y se encamin� en la misma direcci�n que Hamme.</p><p>En Odeonsplatz tom� un taxi.</p><p>El taxista vio en seguida que era un pasajero de alto riesgo, no en balde llevaba veinte a�os de servicio a la espalda y siempre hab�a trabajado durante la Oktoberfest. Una vez que Andreas le indic� la direcci�n, el hombre le explic� muy secamente que vomitar en el taxi estaba multado con doscientos euros, el dinero necesario para limpiar el veh�culo e indemnizarlo por todas las horas de trabajo perdidas. Andreas consigui� prometerle que no ser�a necesario. El taxi arranc�.</p><p>�Qu� podr�an hacerle?, pensaba.</p><p>Lo convertir�an en un elemento inocuo, pero sin violencia.</p><p>�Lo encerrar�an en una especie de gulag? Quiz� todos los pa�ses ten�an uno, donde eran confinados los enemigos del Estado. Ten�a la cabeza apoyada en el cristal. El taxista hab�a bajado una de las ventanillas delanteras, a pesar de la baja temperatura, y el aire le llegaba a la cara. Ten�a fr�o, era como si lo viera todo desde fuera. Nunca se hab�a sentido de ese modo.</p><p>Sac� el m�vil.</p><p>Hoy en d�a los tel�fonos son capaces de hacer de todo. Incluso de grabar conversaciones. Puls� la tecla �Stop�. En casa escuchar�a lo que hab�a podido obtener.</p><p>No tard� mucho en llegar. Pag� al taxista y se arrastr� hasta la puerta. Entr� en casa, se desnud� y se meti� debajo de la ducha. Primero con agua hirviendo, despu�s fr�a.</p><p>Sali� y se sec� lo m�s de prisa que pudo. Temblaba. Se puso el ch�ndal que normalmente llevaba en casa: le daba un aire deportivo, a pesar de que hac�a a�os que no practicaba ning�n deporte. Cogi� el m�vil y regres� al ba�o. Abri� el grifo del lavabo y se puso los auriculares en los o�dos. Apret� la tecla �Play� seleccionando el �ltimo archivo grabado: se o�a bien. Las amenazas eran claras.</p><p>Se quit� los auriculares y se meti� el m�vil en el bolsillo. Lo que har�a con ello no lo sab�a, probablemente nada.</p><p>Ulrike lleg� a casa. Andreas esper� a que tambi�n se pusiera c�moda antes de reunirse con ella y explicarle su jornada.</p><p>No ten�a prisa, estaba convencido de que no pod�a hacer nada para cambiar el curso de los acontecimientos futuros.</p><p>Se sent�a completamente vac�o.</p><p>Estuvieron hablando durante toda la noche. Andreas relat� meticulosamente a su esposa su encuentro con Lee y el de despu�s con el caballero del gobierno. No se preocuparon por el hecho de que la casa estuviera llena de micr�fonos. No importaba.</p><p>Ahora Ulrike lo sab�a todo. Incluso que a su marido se le hab�a pasado por la cabeza agredir a un emisario del gobierno con un cuchillo de carne. Estaba conmocionada.</p><p>���Qu� nos har�n?</p><p>��No lo s�. Ha dicho que no nos har�n da�o, si es que la palabra de ese tipo sirve de algo. Quiz� nos desacrediten hasta el punto de que cualquier comentario que hagamos pase a ser irrelevante porque la fuente no es fidedigna.</p><p>Fue una larga noche.</p><p>A la ma�ana siguiente se despertaron hechos trizas. Hab�an dormido poco y mal. Pusieron en seguida la televisi�n para ver las noticias de las siete. No se hab�an convertido en estrellas, no mencionaban sus nombres. Desayunaron, se dieron un fuerte abrazo. Ir�an a trabajar como si fuera un d�a normal, de momento no ten�an alternativa.</p><empty-line/><p>Andreas cogi� dos aspirinas, la resaca de la noche en el Tambosi le hab�a provocado un fuerte dolor de cabeza. Cogi� el transporte p�blico, no se ve�a con �nimos de ir a pie.</p><p>Una vez en la oficina no le cost� mucho comprender que algo no iba bien. Hubo una serie de reuniones entre el director financiero y el director de investigaci�n, y adem�s a Andreas le pareci� entrever a dos de los tres miembros del consejo de administraci�n. El hecho de que �l, como director del centro, no estuviera invitado lo pon�a nervioso. No es que tuviera que participar en todas las reuniones, pero quedaba claro que algo ocurr�a. Llam� a Ulrike.</p><p>En su oficina tambi�n estaban pasando cosas.</p><p>Andreas no tuvo que esperar mucho.</p><p>A las dos, Klaus Steiner, uno de los miembros del consejo de administraci�n, entr� en su despacho. Quer�an hablar con �l, si ten�a tiempo. Una manera amable de dar una orden.</p><p>Se dirigieron hacia una de las salas de reuniones m�s alejadas, donde estaban sentados el director financiero, el director de recursos humanos y el otro miembro del consejo. Tambi�n lleg� el director de investigaci�n. El ambiente era tenso, las caras, serias. No presagiaban nada bueno.</p><p>��Si�ntate, Andreas, por favor -empez� Klaus.</p></section><section><title><p id="_Toc308278979">El mensaje</p></title><p>Andreas estaba recogiendo sus efectos personales de su despacho. A su lado ten�a al director de recursos humanos. No les quedaba nada por decirse. Andreas hab�a falsificado los datos de una investigaci�n. Gracias a esa investigaci�n el centro hab�a recibido fondos gubernamentales. El gobierno quer�a que le devolvieran el dinero y la cabeza de Andreas. El centro estaba negociando el tema financiero, pero respecto a la posici�n de Andreas, no hab�a nada que negociar.</p><p>Todos estaban conmocionados, pero la maquinaria administrativa se hab�a puesto en marcha. No pod�an hacer nada. Hubo grandes muestras de aprecio, palabras de �nimo, pero no era el momento adecuado para defender los derechos menoscabados por las agencias del gobierno. Era un sistema extremadamente pragm�tico.</p><p>Andreas se despidi� de sus colegas m�s pr�ximos entre l�grimas y la incredulidad general.</p><p>En cuanto sali� del edificio, llam� a Ulrike. Ella no contest�. Le devolvi� la llamada una hora despu�s, cuando ya se encontraba en casa y estaba arreglando las cosas que se hab�a llevado de su oficina.</p><p>La hab�an despedido: seg�n ellos hab�a falsificado una investigaci�n. Las pruebas eran irrefutables, seg�n el consejo. El hecho de que fueran todas inventadas era un detalle que el consejo no consider� necesario comprobar.</p><p>En Alemania, muchos peri�dicos est�n ya en la calle al final de la tarde del d�a anterior al de salida. A las cinco, Andreas y Ulrike aparec�an en todos los rotativos. No era una noticia de primera p�gina, pero s� una p�gina de cr�nica suficiente para que la comunidad cient�fica alemana e internacional los crucificara.</p><p>Ese tipo de noticias siempre se expanden como una mancha de aceite.</p><p>Se mantuvieron debates en los peri�dicos: la �tica de la investigaci�n, la responsabilidad de los entes de control, la responsabilidad de quien solicita el estudio, las posibles penas y m�todos de disuasi�n. Pero todo eso no interesaba en absoluto al matrimonio, ya que desde el punto de vista �tico ellos no hab�an hecho nada mal.</p><p>En los d�as sucesivos se pasaron mucho tiempo al tel�fono. Amigos, familiares, colegas, todos quer�an saber qu� hab�a pasado. La versi�n de Ulrike y Andreas coincid�a y no cambi� nunca. Eran v�ctimas, no verdugos. Una vez descubierta la falsificaci�n de los datos, habr�an presentado su dimisi�n de todos modos, ya que ambos desempe�aban papeles de primera responsabilidad en sus respectivos institutos, pero el verdadero problema era la falta de ciertos controles y la presencia de alguna persona deshonesta.</p><p>Julia, obviamente, quer�a saber m�s cosas. Por tel�fono no era posible, hablar�an de ello personalmente.</p><p>Viaj� a M�nich al d�a siguiente de recibir la llamada. Dej� a los ni�os con unos amigos. Lleg� por la tarde y volvi� a marcharse a la ma�ana siguiente.</p><p>La pusieron al corriente de todo durante el largo paseo que dieron por el centro; ya no ten�a sentido esconderse, todos lo sab�an todo. Al igual que cuando estuvo en China, durante el viaje de regreso no se quit� las gafas de sol en ning�n momento. No estaba presentable.</p><empty-line/><p>Andreas y Ulrike se marcharon a Grecia a la semana siguiente de su despido. No hab�a denuncias contra ellos, eran libres de ir donde quisieran. Aterrizaron en Atenas por la tarde. Durmieron en el Radisson que hab�a junto al aeropuerto. A la ma�ana siguiente recogieron el coche que hab�an reservado en Sixt y se dirigieron a uno de los istmos del Peloponeso.</p><p>Desde all�, un ferri los llev� a Elafonissos, su refugio secreto. Muchos a�os antes hab�an comprado un peque�o apartamento en el pueblo, junto al puerto. En aquella �poca no hab�a turismo; ahora las cosas hab�an cambiado pero segu�a siendo un sitio muy aislado.</p><p>Pasaron dos semanas discutiendo sobre lo que har�an con sus vidas, regando la conversaci�n con retsina y comiendo un magn�fico pescado. El hecho de no tener hijos y de que todav�a estuvieran enamorados como cuando se hab�an conocido hizo m�s sencillo tomar algunas decisiones. Aunque nada de lo que decidieron result� especialmente f�cil.</p><empty-line/><p>Hab�an pasado tres a�os desde su fuga a Elafonissos. Andreas estaba sentado en la terraza en su silla favorita. La brisa del mar le acariciaba el pelo y la vista que ten�a frente a �l era cautivadora. Su apartamento estaba en el �ltimo piso de un bonito edificio de Cartagena, en Colombia. Por un lado pod�a admirar el mar, por el otro, la fant�stica ciudad colonial.</p><p>Ulrike estaba en casa escribiendo un art�culo para una empresa farmac�utica norteamericana con la que colaboraba de manera externa. De vez en cuando echaba de menos Alemania, a sus amigos, a la familia. Muchos de ellos hab�an ido a visitarlos, pero la distancia era mucha y a�oraban los ritos cotidianos de M�nich, el pan, el peri�dico, los paseos por el r�o.</p><p>Andreas estaba preparado. Por fin estaba preparado.</p></section><section><title><p id="_Toc308278980">Colombia</p></title><p>A su regreso de Grecia las cosas se hab�an calmado, en los peri�dicos ya no quedaba rastro de su caso.</p><p>Encontraron centenares de cartas: la mayor�a eran insultos de personas que consideraban justo expresar lo que pensaban de los profesores que falsificaban las investigaciones.</p><p>Y �c�mo no darles la raz�n?</p><p>Las semanas siguientes las pasaron como una pareja normal de desocupados sin problemas econ�micos a corto plazo.</p><p>Gimnasio, largas caminatas por la monta�a, libros, amigos.</p><p>Pero hicieran lo que hiciesen, el sentimiento de malestar que los acompa�aba desde el d�a que Andreas hab�a tenido el encuentro con Lee y Hamme no parec�a disminuir.</p><p>No pod�an seguir viviendo en ese pa�s, en su pa�s.</p><p>Ten�an que volver a empezar en alguna otra parte.</p><p>Vendieron su casa de M�nich.</p><p>Vendieron los coches y los muebles que el nuevo propietario no quiso quedarse.</p><p>Andreas invirti� su capital en varios fondos internacionales de pensiones y lo que sacaron de la venta de la casa en un fondo de inversi�n con sede en Panam�, gestionado por un compa�ero de estudios del MBA.</p><p>Pocos d�as antes de su partida organizaron una fiesta de despedida en el Brenner. Aquella noche todos tuvieron que beber mucho antes de poder empezar a divertirse.</p><p>Fue un adi�s triste, con la remota esperanza de que s�lo se tratara de un hasta pronto.</p><p>Se marcharon llevando dos maletas cada uno con destino a Miami, donde un amigo los aloj� en Cayo Vizca�no.</p><p>Descansaron all� durante dos semanas m�s antes de proseguir su camino hacia Ciudad de M�xico.</p><p>El vuelo de la American Airlines aterriz� puntualmente, despu�s de dos horas y media de vuelo, en el aeropuerto Benito Ju�rez.</p><p>Fue a recogerlos �scar Gonzales, un mexicano que hab�a hecho el doctorado con Andreas en Alemania. �scar se hab�a tomado unos d�as libres y los llev� a visitar la ciudad y sus museos.</p><p>Fue �l quien se encarg� de comprar un coche de segunda mano para la pareja. Sin su ayuda les habr�a costado el doble.</p><p>Desde Ciudad de M�xico partieron hacia Acapulco para luego proseguir casi en seguida hacia Centroam�rica.</p><p>Estuvieron dos meses viajando por Nicaragua, Costa Rica, Honduras, Panam�.</p><p>Visitaron lugares maravillosos, de una naturaleza impoluta, conocieron a gente muy agradable. Seguramente fue el viaje m�s bonito de su vida.</p><p>Atravesaron Colombia y llegaron hasta Bogot�, donde Ulrike ten�a un amigo al que hab�a conocido durante unas conferencias internacionales que dirig�a el Centro Nacional para la Investigaci�n contra el C�ncer.</p><p>Fernando Valencia les mostr� toda la hospitalidad colombiana. Visitaron el fant�stico Museo Botero y el del Oro. Comieron en restaurantes excepcionales y conocieron al c�rculo de amigos m�s �ntimos de Fernando. Quedaron impresionados por el pa�s.</p><p>Andreas y Ulrike preguntaron a varias personas qu� lugar de Colombia escoger�an para vivir si tuvieran la oportunidad. Fernando los convenci� de que Cartagena pod�a ser una opci�n que tener en cuenta. Despu�s de una semana en Bogot� y algunas salidas por los alrededores de la capital, ambos decidieron visitar aquella ciudad colonial al norte del pa�s. A pesar de que hab�an estado estupendamente en Bogot�, Andreas y Ulrike se alegraron de irse: ninguno de los dos se hab�a aclimatado completamente a la altura.</p><p>Al llegar a Cartagena se alojaron en el Sofitel, en el centro de la ciudad antigua. El hotel era maravilloso. Ten�a un bonito vest�bulo con jard�n, dos tucanes encaramados en los respaldos de las butacas de mimbre, habitaciones espaciosas, piscina y un bar que no ten�a nada que envidiar a los de las grandes ciudades del mundo.</p><p>Se quedaron una semana, durante la cual visitaron la ciudad de arriba abajo, incluidas algunas islas a las que s�lo se tardaba una hora en barco en llegar.</p><p>Decidieron que era un sitio en el que pod�an quedarse a vivir.</p><p>Cuando Fernando supo lo que hab�an decidido cogi� un avi�n y se reuni� con ellos, tal como hab�an quedado. Durante el fin de semana estuvieron viendo una docena de apartamentos.</p><p>Se decidieron por uno cerca del Sofitel, un bonito apartamento de noventa metros cuadrados con una terraza de iguales dimensiones que gozaba de una vista espectacular. La pareja no tuvo ninguna duda y Fernando aprob� su decisi�n. �l se encarg� de negociar el precio y las condiciones.</p><p>Antes de firmar el contrato, su amigo quiso inspeccionar una vez m�s la casa minuciosamente para asegurarse de que todo estuviera realmente en orden, un detalle que Andreas y Ulrike no dejaron de agradecerle.</p><p>Pasaron las tres semanas siguientes organiz�ndose. Compraron muebles, abrieron una cuenta corriente y transfirieron suficiente dinero para poder vivir durante un a�o. Encontraron a una mujer de servicio que tambi�n los ayudar�a a aprender espa�ol.</p><p>Cartagena era perfecta. Y era m�s internacional de lo que imaginaban. Hab�a turistas, pero tambi�n muchos inmigrantes sudamericanos. Venezolanos, ecuatorianos, paname�os, peruanos.</p><p>Durante el primer a�o no hicieron gran cosa, estudiaron el idioma y empezaron a establecer contacto con alg�n ente americano y canadiense para comprobar la posibilidad de trabajar en proyectos a distancia.</p><p>Transcurrida la fase de aclimataci�n, Andreas prepar� la documentaci�n. En el sobre meti� un informe, un CDROM con la grabaci�n de las amenazas recibidas en el Tambosi de M�nich y el archivo copiado del ordenador de Pamira.</p><p>Escribi� la carta de acompa�amiento a mano. Le sali� de una tirada, hac�a doce meses que la ten�a en mente.</p><p>Era un d�a ventoso y no demasiado c�lido. Perfecto. Se meti� el sobre bajo la camiseta, por la parte de la espalda, y la sujet� con el cintur�n de los pantalones.</p><p>Le dio un beso a Ulrike y sali�. Se encamin� al Sofitel, donde se entretuvo hablando con el portero.</p><p>Esper� a que dos turistas cogieran el primer taxi e hizo se�al de detenerse al que ven�a detr�s. El taxista lo llev� en pocos minutos a la terminal de autobuses, un lugar muy transitado en cualquier lugar de Am�rica Latina.</p><p>Durante el recorrido Andreas mantuvo una apasionada conversaci�n con el taxista sobre el f�tbol europeo, sin olvidar mencionar a Higuita, el gran portero colombiano al que todo el mundo adoraba gracias a su estilo extravagante.</p><p>Antes de bajar del taxi hizo lo que hab�a ensayado en casa varias veces. Su espa�ol era casi perfecto.</p><p>��Maldita sea, se me ha olvidado parar en Correos. Si le doy este sobre, �podr�a usted envi�rmelo por correo urgente? Ya lleva los sellos. Le doy cien mil pesos, cincuenta d�lares.</p><p>��Es demasiado, se�or, lo hago incluso gratis, no se preocupe.</p><p>��No, c�jalos, por favor. Me hace un gran favor. Mi mujer me matar� si no env�o este sobre a su madre. Es que ahora sale el �ltimo autob�s hacia Cali y no puedo perderlo.</p><p>��Muy bien, se�or, no se preocupe, yo me encargo.</p><p>Andreas le dio las gracias al taxista efusivamente y sali� del veh�culo. Qu� lugar tan absurdo, la terminal de autobuses. Hab�a tanta contaminaci�n que no se pod�a respirar. Una aglomeraci�n de personas caminaban en todas direcciones. Se dirigi� a las taquillas, un enorme edificio en el centro de la terminal. Ley� todos los carteles de la sala y despu�s sali�.</p><p>Desde all� se dirigi� hacia su casa.</p><p>No tard� m�s de quince minutos andando en llegar.</p><p>Conoc�a la ciudad bastante bien, cada d�a daba un paseo por sitios distintos.</p><p>Ulrike lo recibi� con un abrazo.</p><p>No se dijeron nada, s�lo les quedaba esperar.</p><empty-line/><p>Dos semanas m�s tarde Hamme se present� en la puerta de su apartamento.</p><p>Los dos estaban en casa.</p><p>��Buenos d�as, doctor Weber.</p><p>��Buenos d�as, se�or Hamme.</p><p>��Hac�a mucho que no ven�a a Colombia. Pens� en pasarme personalmente. Parece que se han instalado muy bien.</p><p>��Hacemos lo que podemos.</p><p>��He venido como hab�a pedido. �Algo m�s?</p><p>��No, se�or Hamme, ha hecho lo que ten�a que hacer. Esp�reme un momento, por favor.</p><p>Andreas se retir� a la habitaci�n que hab�an habilitado como despacho y regres� poco despu�s con un m�vil y un ordenador.</p><p>��Aqu� est�n los archivos originales, no tenemos m�s copias. Puede borrarlos o llev�rselos, como prefiera.</p><p>Hamme se mostr� a la altura de las expectativas.</p><p>��Prefiero llevarme el ordenador y el m�vil, si me lo permite.</p><p>��Naturalmente, se�or Hamme.</p><p>Andreas le tendi� los aparatos, que el enviado de los servicios secretos alemanes introdujo en su malet�n.</p><p>��Doctor Weber, no tengo que recordarle lo que le sucede a quien me miente, �verdad?</p><p>��No, se�or Hamme, no hace falta. S�lo deseamos construirnos una nueva existencia, de ahora en adelante.</p><p>��Me alegro. Ah, puede quedarse su carta, a m� no me hace falta. -Hamme recuper� un sobre doblado en cuatro del bolsillo interior de la chaqueta y se lo entreg� a Andreas-. La pr�xima vez no vendr� yo, mandaremos a alg�n colaborador local. Intente no meterse en una situaci�n semejante.</p><p>Cuando se hubo ido, Andreas se volvi� hacia Ulrike.</p><p>��Esto es todo, aunque nos entristezca. Ahora pensemos en nosotros y en qu� hacer con nuestra vida.</p><p>Entreg� la carta a su mujer y se dirigi� hacia la terraza, su lugar de refugio desde que viv�an all�. Qu� maravilla poder estar en el balc�n todo el a�o.</p><p>Ulrike conoc�a el contenido de la carta, lo hab�an discutido largo y tendido. Pero nunca la hab�a le�do. Andreas hab�a esperado hasta el �ltimo minuto para escribirla. Se sent� en el sal�n, en su butaca: ella tambi�n ten�a un rinc�n favorito.</p><p>Empez� a leer.</p><p>Distinguidos se�ores:</p><p>Dentro de esta carta encontrar�n material que acredita uno de los descubrimientos m�s impactantes de los �ltimos a�os.</p><p>En el estudio, bajo el t�tulo de �Memor�ndum�, aparecen elementos suficientes para convencerlos de la gravedad del asunto. Algunos detalles, como la existencia de un centro de llamadas en la India, con un m�nimo esfuerzo de investigaci�n deber�an llevar a obtener m�s pruebas para confirmar todo cuanto les adjunto.</p><p>Tienen en sus manos una gran responsabilidad.</p><p>Deseo, por todos nosotros, que sepan tomar las decisiones m�s adecuadas.</p><p>Sin embargo, en el caso de que este mensaje sea interceptado por nuestros amigos, quiero pedirles un favor.</p><p>Considerando que, seg�n par�metros normales, se puede decir tranquilamente que nos han, si no arruinado, s� radicalmente cambiado la vida, considero que lo que les pido no es demasiado costoso, teniendo en cuenta la ingente suma que mi mujer y yo hemos pagado en impuestos en nuestro pa�s.</p><p>Ulrike se detuvo sonriendo y bebi� un sorbo de vino blanco que se hab�a servido antes de sentarse.</p><p>Retom� la lectura.</p><p>Supongo que convendr�n con nosotros en que, vista la gravedad del tema, es justo que personas civilizadas intenten por todos los medios que la verdad sea de dominio p�blico. Aun apreciando enormemente el hecho de que no han querido anularnos f�sicamente, sino s�lo intelectualmente, sigue qued�ndonos la duda de si hemos hecho lo suficiente por la causa com�n y por la de nuestro amigo Jan. Una cosa que nos ha quedado clara desde el principio es que no somos h�roes. Ni mi mujer ni yo queremos convertirnos en m�rtires. Evidentemente no tenemos suficiente amor por esta sociedad. Estoy seguro de que entender�n nuestro dilema: actuar, o no actuar.</p><p>Al final hemos decidido que intentaremos actuar.</p><p>Si este sobre llega a la direcci�n del <emphasis>Spiegel</emphasis>, a la que va dirigido, ser�n los periodistas quienes decidan si dar o no importancia a la noticia.</p><p>Por otro lado, si no tuviera ning�n encuentro con ustedes en cuatro semanas a partir del env�o del sobre, me inclinar� a pensar que sus controles no son tan eficaces, o que ya no nos consideran peligrosos.</p><p>En ese caso enviar� una copia exacta del contenido de este sobre a los principales peri�dicos y a los centros de investigaci�n m�s importantes del mundo.</p><p>El favor que les pido es tener noticias suyas antes de dos semanas. Imagino que saben d�nde vivimos. Si eso se produce, les doy nuestra palabra de que les entregaremos todos los originales y copias del material que se adjunta en el sobre y que tenemos en nuestro poder. Nuestro razonamiento es sencillo y pr�ctico.</p><p>Hemos intentado imaginar innumerables modos de difundir los datos de la investigaci�n que conocemos. Al final hemos decidido que comprobar su capacidad de respuesta es el �nico sistema posible para saber contra qui�n estamos jugando en realidad.</p><p>Internet no es una opci�n. All� se divulga todo y lo contrario de todo, convirti�ndolo en un canal menos cre�ble que los dem�s. Nuestro caso tiene que salir a la luz gracias al trabajo de periodistas y cient�ficos.</p><p>As� pues, hemos decidido intentar enviar todo el material. La carta la ha echado al correo un taxista en Cartagena, con destino a Bogot�. Una operaci�n que no deber�a levantar sospechas. Desde Bogot� el sobre se ha enviado a Santiago de Chile, y de Santiago de Chile a Alemania. Las personas que han intervenido son amigos y no tienen ninguna informaci�n sobre el contenido. Hemos tomado todas las precauciones de que hemos sido capaces. No hemos hablado con nadie de nuestra idea. Adem�s, hemos esperado un considerable per�odo de tiempo antes de dar este paso.</p><p>Podr�amos discutir largo y tendido sobre si nuestra estrategia es la mejor posible: probablemente no lo sea, pero es la mejor que se nos ha ocurrido.</p><p>Nuestro hero�smo acaba aqu�: quiz� sea limitado, pero considerando que incluso podr�an decidir eliminarnos, no es del todo insignificante.</p><p>Nos gustar�a vivir, y esperamos que acepten nuestra rendici�n incondicional.</p><p>Saludos.</p><p>Ulrike mir� la carta durante unos minutos.</p><p>Estaba agotada.</p><p>Mir� al techo y pens� en Jan. Esper� de todo coraz�n que lo que hab�an hecho en cierto modo pudiera servirle de consuelo.</p><p>Entonces rompi� a llorar, un llanto largo y liberador.</p></section><section><title><p id="_Toc308278981">Lena</p></title><p>Andreas se levant� de su silla de la terraza.</p><p>Entr� en casa y se dirigi� hacia el estudio. Le dio un peque�o masaje en la espalda a su mujer.</p><p>Hab�a llegado el d�a.</p><p>Dos a�os despu�s de la visita de Hamme, estaba listo. Hab�an sido dos a�os intensos.</p><p>La crisis econ�mica mundial estaba generando cambios estructurales m�s profundos de lo previsto y, adem�s, sin ning�n tipo de coordinaci�n entre ellos.</p><p>El mundo se hac�a preguntas.</p><p>En una �poca en la que se necesitaban l�deres mundiales m�s que nacionales, eran estos �ltimos los que ten�an el mando, con la consecuencia de que los verdaderos problemas, los que pueden resolverse solamente con un acuerdo mundial, como siempre se iban relegando.</p><p>As� pues, no era sorprendente que la nocividad de los m�viles no se hubiera convertido en un tema de relevancia internacional.</p><p>Las investigaciones efectuadas durante el tiempo que Andreas y Ulrike hab�an permanecido en Colombia hab�an sido fragmentarias y nada concluyentes.</p><p>Como siempre, no se pod�a descartar la nocividad de los m�viles, pero no hab�a suficientes elementos para asegurar la existencia de un peligro real.</p><p>Se hab�an hecho un par de campa�as en favor de limitar su uso y, en todo caso, de utilizar auriculares para mantener el m�vil alejado de la cabeza. Pero iban dirigidas a un p�blico adolescente y no hab�an encontrado mucho seguimiento.</p><p>Mientras tanto, hab�an transcurrido otros tres a�os en los que centenares de millones de personas segu�an pasando muchas horas al d�a al tel�fono.</p><p>Si el problema era la superpoblaci�n del mundo, ya se hab�a encontrado un remedio.</p><p>Andreas le dio un beso en la nuca a Ulrike, cogi� su bolsa y se despidi�. Ella lo llam�, se levant� de la silla y se le ech� encima abraz�ndolo con fuerza.</p><p>��Buena suerte, cari�o.</p><p>La cita era en el bar del Sofitel.</p><p>Los dos representantes de la editorial ya estaban sentados a una mesa. Andreas se dirigi� hacia ellos con una sonrisa y les tendi� la mano. Hac�a dos meses que manten�an contactos.</p><p>El libro les hab�a gustado. Una novela.</p><p>�se era su �ltimo encuentro. Andreas se hab�a puesto en contacto con ellos desde la casa de un vecino, bajo un nombre falso.</p><p>Los servicios secretos no hab�an intervenido: o no lo sab�an, o consideraban que una novela no pod�a suponer un peligro.</p><p>Seguramente ten�an raz�n, el tiempo lo dir�a.</p><p>Ley� el contrato que uno de los dos empleados le hab�a entregado.</p><p>Todo estaba en regla. El min�sculo anticipo se invertir�a en LENA, una sociedad de responsabilidad limitada que Andreas hab�a abierto con sede legal en Panam� y cuya cuenta bancaria estaba en la misma ciudad.</p><p>Sobre cada libro vendido recibir�a un porcentaje. La editorial se har�a cargo del lanzamiento, la comercializaci�n y la traducci�n a varios idiomas, en el caso de que otros pa�ses estuvieran interesados en publicarlo.</p><p>Firmaron el contrato y pidieron una botella de vino blanco. Cuando acabaron de beber, los dos empleados y Andreas se levantaron y se estrecharon la mano augurando un gran �xito para el libro.</p><p>Andreas se qued� en el bar.</p><p>Pidi� otra bebida.</p><p>Sigui� pensando en el libro y en la probabilidad de que se convirtiera en un superventas.</p><p>Pero, adem�s de eso, en las posibilidades que ten�a de convencer a la gente para que cambiara su relaci�n con el m�vil.</p><p>El mundo deb�a cambiar, se o�a decir a menudo. Una met�fora para decir que los hombres y las mujeres tienen que cambiar.</p><p>Era bastante ut�pico pensar que una novela, la suya, pod�a producir ese efecto.</p><p>Andreas lo sab�a bien.</p><p>La sociedad LENA de Panam� ten�a dos socios titulares de todo el capital. Como ambos eran menores, Andreas hab�a nombrado un tutor externo para que los representara hasta que alcanzasen la mayor�a de edad.</p><p>Ni siquiera Julia lo sab�a, s�lo lo sabr�a si el libro se convert�a en un �xito.</p><p>Una esperanza a la que Andreas dedic� un brindis solitario, y luego se bebi� de un trago el contenido de su copa.</p></section><section><title><p id="_Toc308278982">Agradecimientos</p></title><p>A Simona, por su amor, su aliento y sus consejos.</p><p>A Anna, mi ni�a.</p><p>A Hedda y Alberto por sus comentarios y su constante entusiasmo.</p><p>A Filippo y a su madre por habernos cre�do.</p><p>A los amigos de Londres, Corrado, Alessandra, Marco F., Patty y Geoff por sus valiosas sugerencias.</p><p>A Rainer, porque siempre me llama.</p><p>A Andrea por todos los a�os juntos.</p><p>A Adriana, Carlo, Valentina, Giorgio, Ivo, Markus G., Norman, Erminia, Paolo, Carolina, Adriana R., Marco B., Angelo, Nanni, Alberto, Serena y Giovanni por las cr�ticas constructivas y su afecto.</p><p>A los amigos Roberto <emphasis>Bepo</emphasis> y Sara, porque hacen que nos sintamos menos lejos de casa.</p><p>A Silvia <emphasis>Kikki</emphasis> por sus valiosas sugerencias m�dicas.</p><p>A Gian Luca por acabar donde hab�a empezado Filippo.</p><p>Y, para terminar, a Valeria Raimondi.</p><p>Gracias de todo coraz�n.</p></section><section><title><p>Nino Treusch</p></title><image l:href="#1"/><p>Nino Treusch naci� en 1966 en Colonia, Alemania, y pas� parte de su infancia y adolescencia en Italia. Tras licenciarse en marketing, estuvo varios a�os en China. En 2002 vuelve a M�nich para incorporarse a una importante multinacional de telefon�a m�vil y desde entonces trabaja en este sector.</p><p><emphasis>El conejo blanco</emphasis> es su primera novela, que ha sido traducida a varios idiomas con un gran �xito de cr�tica. Para la pr�xima novela, ni denuncias ni experiencias personales, se marcha a la Ruman�a de Ceaucescu en clave de misterio, pero sin truculencia, en un relato para el que se encomendar� a Saramago y Agatha Christie, sus dos mitos</p><empty-line/><subtitle>***</subtitle><empty-line/><image l:href="#2"/></section></body><binary id="cover" 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