<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>prose_history</genre><author><first-name>Anne</first-name><last-name>Rice</last-name></author><book-title>El Mes�as</book-title><annotation><p>Anne Rice abandona moment�neamente las historias de vampiros para adentrarse en la vida de Jesucristo, concretamente en los primeros a�os de vida de �ste. La autora cede la palabra al propio Jes�s, quien, con la voz de un ni�o de siete a�os, narra sus primeros recuerdos en Alejandr�a y su traslado, poco tiempo despu�s y junto a su familia, a Nazaret. Es la primera parte de una trilog�a que podr�a relevarse pol�mica: en un sue�o, Jes�s, el ni�o narrador, se encuentra con Sat�n.</p></annotation><date/><coverpage><image l:href="#cover"/></coverpage><lang>es</lang></title-info><document-info><author><first-name/><last-name/></author><program-used>Fiction Book Designer, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date value="2011-11-27">27.11.2011</date><src-url/><src-ocr/><id>FBD-7F0A4B-B23B-1148-C0BB-0590-06AF-BD878F</id><version>1.0</version></document-info><publish-info/></description><body><image l:href="#cover"/><title><p>Anne Rice</p><empty-line/><p>El Mes�as</p></title><section><p>T�tulo original:<strong/>Out of Egypt</p><p>Traducci�n por: Luis Murillo Fort</p><empty-line/><p>El Mes�as 1</p><empty-line/><subtitle>El ni�o jud�o</subtitle></section><section><epigraph><p><emphasis>Cuando Israel sali� de Egipto, la casa de Jacob de un pueblo extra�o, fue Jud� su santuario, Israel sus dominios.</emphasis></p><p><emphasis>El mar lo vio y se apart�, el Jord�n se torn� atr�s, las monta�as saltaron cual carneros, como corderos las colinas. �Qu� tienes, mar, para apartarte, y t�, Jord�n, para volverte atr�s, las monta�as para saltar como carneros, o como corderos, vosotras las colinas?</emphasis></p><p><emphasis>Tiembla, tierra, a la vista del Se�or, a la presencia del Dios de Jacob, el que convierte la roca en estanque, el pedernal en una fuente de agua.</emphasis></p><p>Salmo 114</p></epigraph><empty-line/></section><section><title><p>1</p></title><p>Yo ten�a siete a�os. �Qu� sabe uno cuando tiene siete a�os? Todo ese tiempo, pensaba, hab�amos vivido en la ciudad de Alejandr�a, en la calle de los Carpinteros, con otros galileos como nosotros, y tarde o temprano volver�amos a casa.</p><p>Era mediada la tarde. Est�bamos jugando, mi pandilla contra la suya, y cuando �l se lanz� sobre m�, bravuc�n como era, m�s corpulento que yo, haci�ndome perder el equilibrio, le grit�:</p><p>���Nunca conseguir�s lo que quieres!</p><p>En ese momento sent� que la fuerza sal�a de m�. El se desplom� en el suelo arenoso y todos hicieron corro a su alrededor. El sol pegaba fuerte y el pecho me sub�a y bajaba de la agitaci�n. Contempl� a mi rival. Estaba tan p�lido y quieto�</p><p>Alarmados, todos retrocedieron un paso. En la calle no se oy� otra cosa que los martillos de los carpinteros. Yo nunca hab�a o�do tanta quietud.</p><p>���Est� muerto! -dijo por fin el peque�o Jos�as, y al instante todos corearon:</p><p>���Est� muerto! �Est� muerto!</p><p>Supe que era verdad. El chico yac�a en el polvo, inerte. Y yo me sent�a vac�o.</p><p>La fuerza se lo hab�a llevado todo, me hab�a dejado vac�o.</p><p>La madre del chico sali� de su casa y lanz� un grito que pronto se convirti� en alarido. Empezaron a acudir mujeres de todas partes.</p><p>Mi madre me agarr� r�pidamente y ech� a correr calle abajo. Entramos en nuestro patio y nos metimos en la penumbra de la casa. Todos mis primos nos rodearon. Santiago, mi hermano mayor, corri� la cortina, dio la espalda a la luz y con voz temerosa dijo:</p><p>��Ha sido �l. Jes�s lo ha matado.</p><p>���No digas eso! -salt� mi madre, y me abraz� con tanta fuerza que casi me cort� la respiraci�n.</p><p>Jos� el Grande se despert�.</p><p>Jos� el Grande era mi padre porque estaba casado con mi madre, pero yo nunca lo llamaba padre. Me hab�an ense�ado a llamarle Jos�. Yo ignoraba la raz�n.</p><p>Estaba haciendo la siesta en la estera. Hab�amos trabajado todo el d�a en casa de Filo, y Jos� y el resto de los hombres se hab�an echado a dormir en la hora de m�s calor. Se puso en pie.</p><p>���Qu� es todo ese griter�o? -pregunt�-. �Qu� ha sucedido?</p><p>Mir� a Santiago, el mayor de sus hijos. Lo hab�a tenido con una esposa que hab�a muerto antes de que Jos� desposara a mi madre.</p><p>Santiago lo dijo otra vez:</p><p>��Jes�s ha matado a Eleazar. Jes�s lo maldijo y el otro cay� muerto.</p><p>Jos� me mir� con cara inexpresiva y adormilada. En la calle los gritos iban en aumento. Se acarici� su espeso pelo rizado.</p><p>Mis primos peque�os empezaron a entrar por la puerta, uno detr�s de otro.</p><p>Mi madre temblaba de nervios.</p><p>��No puede ser -dijo-. Jes�s nunca har�a una cosa as�.</p><p>��Yo lo vi -insisti� Santiago-. Y tambi�n vi cuando hizo unos gorriones con arcilla. El maestro le dijo que no hiciera esas cosas en el sabbat. Pero Jes�s mir� los p�jaros de barro y se convirtieron en p�jaros de verdad. Echaron a volar. Y ahora ha matado a Eleazar, madre. Yo lo vi.</p><p>Mis primos eran como un c�rculo de rostros blancos en la oscuridad: el peque�o Jos�as, Judas, el peque�o Sime�n y la peque�a Salom�. Observaban nerviosos, temiendo que los hicieran salir. Salom� ten�a mi edad y era la m�s querida de todos mis primos y primas. Era como mi hermana.</p><p>Entonces entr� el hermano de mi madre, Cleof�s, el m�s locuaz de la familia, y padre de todos estos primos salvo de Silas, que lleg� a continuaci�n y era mayor que Santiago. Silas fue hacia un rinc�n, y enseguida entr� su hermano Lev�; los dos quer�an ver qu� estaba pasando.</p><p>��Jos�, ah� fuera est�n todos -dijo Cleof�s-. Jonatan, hijo de Zakai, y sus hermanos dicen que Jes�s ha matado a su muchacho. Pero es porque tienen envidia de que hayamos conseguido ese encargo en casa de Filo, y de que consigui�ramos el otro encargo anterior, y de los encargos y m�s encargos que nos har�n. Ellos creen que hacen las cosas mejor que nosotros�</p><p>��Pero �el chico ha muerto? -pregunt� Jos�-. �O vive todav�a?</p><p>Salom� se acerc� y me dijo al o�do:</p><p>���Haz que viva, Jes�s, como hiciste que vivieran aquellos p�jaros!</p><p>El peque�o Sime�n se re�a, demasiado cr�o para entender lo que estaba pasando. El peque�o Judas lo sab�a, pero guardaba silencio.</p><p>��Basta -dijo Santiago, el peque�o mandam�s de los ni�os-. Salom�, calla.</p><p>O� los gritos en la calle. Y tambi�n otros ruidos. Lanzaban piedras contra nuestra casa. Mi madre rompi� a llorar.</p><p>���No hag�is eso! -grit� mi t�o Cleof�s, y sali� con vehemencia por la puerta. Jos� le sigui�.</p><p>Me zaf� de los brazos de mi madre y ech� a correr, adelant� a mi t�o y a Jos� y fui hacia la multitud, que agitaba los pu�os y no cesaba de proferir gritos. Tan r�pido corr� que ni siquiera repararon en m�. Como un pez en el agua, zigzague� entre la gente que gritaba y gritaba, hasta que llegu� a casa de Eleazar. Las mujeres estaban de espaldas a la puerta y no me vieron colarme en la habitaci�n. Lo hab�an colocado sobre una estera en la oscura estancia. Su madre estaba all�, sollozando, apoyada en su hermana. S�lo hab�a una l�mpara que apenas daba luz. Eleazar estaba p�lido, los brazos a los costados, la misma t�nica sucia y las plantas de los pies ennegrecidas. Estaba muerto. Ten�a la boca entreabierta y los dientes asomaban sobre el labio inferior.</p><p>Entr� el m�dico griego (en realidad era jud�o), se arrodill�, mir� a Eleazar y mene� la cabeza. Entonces me vio y dijo:</p><p>��Fuera.</p><p>La madre se volvi�, y al verme empez� a gritar. Yo me inclin� sobre �l.</p><p>��Despierta, Eleazar -orden�-. Despierta ahora mismo. -Apoy� la palma de la mano en su frente y la fuerza sali�. Mis ojos se cerraron y me sent� mareado. Entonces le o� inspirar.</p><p>Su madre se puso a gritar como una loca, los o�dos me zumbaban. Su hermana gritaba tambi�n; todas las mujeres gritaban.</p><p>Ca� de espaldas al suelo, exhausto. El m�dico me observ� con curiosidad.</p><p>Me sent�a enfermo. La habitaci�n estaba m�s oscura y hab�a entrado m�s gente.</p><p>Eleazar volvi� en s� y, antes de que pudieran sujetarlo, se lanz� sobre m� d�ndome rodillazos y pu�etazos; me peg� y atiz�, me golpe� la cabeza contra el suelo y me pate� sin miramientos.</p><p>���Hijo de David! �Hijo de David! -gritaba furioso, mof�ndose de m�-. �Hijo de David! -Y me soltaba una patada en la cara o en las costillas, hasta que su padre logr� agarrarlo por la cintura y lo levant� en volandas.</p><p>Me dol�a todo el cuerpo y apenas me llegaba el aire.</p><p>���Hijo de David! -segu�a gritando Eleazar.</p><p>Alguien me alz� en vilo y me sac� de la casa. Yo todav�a boqueaba de la paliza. Me pareci� que la gente chillaba m�s que antes, y alguien dijo que ya ven�a el maestro. Mi t�o Cleof�s le gritaba en griego a Jonatan, el padre de Eleazar, y Jonatan le respond�a tambi�n a gritos, mientras Eleazar segu�a increp�ndome: ��Hijo de David!�</p><p>Jos� me llevaba en brazos, pero la muchedumbre no lo dejaba avanzar.</p><p>Cleof�s empuj� al padre de Eleazar, quien a su vez trat� de darle un pu�etazo, pero otros hombres los contuvieron. A lo lejos, Eleazar segu�a gritando.</p><p>Y entonces el maestro declar�:</p><p>��Este chico no est� muerto (c�llate, Eleazar). �Qui�n ha dicho que estaba muerto? (Eleazar, �deja de gritar de una vez!) �A qui�n se le ha ocurrido que el ni�o estaba muerto?</p><p>���l le ha devuelto la vida -dijo uno del grupo.</p><p>Est�bamos en nuestro patio, pues la multitud nos hab�a seguido y entrado detr�s de nosotros, los familiares de Eleazar grit�ndose entre s� y el maestro pidiendo calma.</p><p>Tambi�n hab�an llegado mis t�os Alfeo y Sim�n. Eran hermanos de Jos� y acababan de despertarse. Trataban de contener a la gente con ademanes y gestos fieros.</p><p>Mis t�as Salom�, Esther y Mar�a estaban all� tambi�n, con todos los primos correteando por en medio como si fuera una fiesta, salvo Silas, Lev� y Santiago, que estaban con los mayores.</p><p>Luego ya no vi nada m�s.</p><p>Mi madre me llev� en brazos a la oscura habitaci�n principal. T�a Esther y t�a Salom� la rodeaban. La gente continuaba lanzando piedras contra la casa.</p><p>El maestro alz� la voz, en griego.</p><p>���Tienes sangre en la cara! -susurr� mi madre entre sollozos-. Tu ojo sangra y tienes cortes en la cara. Mira c�mo te han dejado. -Hablaba en arameo, que era nuestra lengua pese a que no la utiliz�bamos mucho.</p><p>��No me duele -dije, queriendo demostrar que no me importaba.</p><p>Mis primos aparecieron presas de la agitaci�n y me rodearon. Salom� me sonri� como diciendo que ella ya sab�a que pod�a devolverle la vida a Eleazar.</p><p>Yo le apret� la mano.</p><p>Pero all� estaba Santiago con su severa mirada.</p><p>El maestro entr� de espaldas en la habitaci�n con las manos en alto.</p><p>Alguien apart� la cortina y la luz lo inund� todo. Irrumpieron Jos� y sus hermanos. Y luego Cleof�s. Tuvimos que movernos para hacer sitio a tanta gente.</p><p>��Est�is hablando de Jos�, Cleof�s y Alfeo, �qu� es eso de querer echarlos!</p><p>��Dijo el maestro a la multitud-. �Llevan entre nosotros m�s de siete a�os!</p><p>La airada familia de Eleazar se asom� a la estancia. De hecho, el padre logr� entrar.</p><p>��Siete a�os, por eso mismo, �que vuelvan todos a Galilea! -grit�-. �Siete a�os es demasiado tiempo! �Ese chico est� pose�do por el demonio! �Juro que mi hijo estaba muerto!</p><p>���Te lamentas de que ahora est� vivo? �Qu� es lo que te pasa! -le espet� Cleof�s.</p><p>���Hablas como un loco! -agreg� Alfeo.</p><p>Y as� siguieron durante largo rato, entre gritos y amenazas, mientras las mujeres asent�an y se lanzaban miradas, y m�s gente iba sum�ndose a la discusi�n.</p><p>���Ah, c�mo es posible que dig�is estas cosas! -exclam� el maestro como si estuviera en la Casa de Estudio-.Jes�s y Santiago son mis mejores alumnos. Y estos hombres son vecinos vuestros. �Qu� ha pasado para que os pong�is en su contra? �O�d las barbaridades que dec�s!</p><p>���S�, tus alumnos, tus alumnos! -exclam� el padre de Eleazar-. Pero nosotros tenemos que vivir y trabajar. �La vida es algo m�s que ser alumno!</p><p>Mi madre se apret� contra la pared, ya que el gent�o iba en aumento. Yo quer�a escapar de sus brazos, pero no pod�a. Ella ten�a mucho miedo.</p><p>��S�, trabajar, eso es -dijo mi t�o Cleof�s-, y �qui�n eres t� para decir que no podemos vivir aqu�? Quer�is echarnos, s�, pero s�lo porque a nosotros nos conf�an m�s trabajo, porque somos mejores y porque damos a la gente lo que la gente quiere�</p><p>De pronto Jos� adelant� las manos y rugi�:</p><p>���Silencio!</p><p>Y todos callaron. Todo aquel populacho enmudeci�. Jos� nunca hab�a alzado la voz.</p><p>���El Se�or cre� la verg�enza para una discusi�n como �sta! -dijo-. Deshonr�is mi casa.</p><p>Nadie abri� la boca, todos los ojos pendientes de �l. Incluso el propio Eleazar estaba all� y lo miraba. Tampoco el maestro habl�.</p><p>��Ahora Eleazar est� vivo -dijo Jos�-. Y resulta que nosotros volvemos a Galilea.</p><p>Silencio.</p><p>��Partiremos para Tierra Santa tan pronto terminemos los trabajos que tenemos pendientes aqu�. Os diremos adi�s, y si nos encargan alg�n nuevo trabajo mientras hacemos los preparativos, os lo pasaremos a vosotros.</p><p>El padre de Eleazar estir� el cuello, asinti� con la cabeza y separ� las manos. Tras encogerse de hombros, hizo una ligera reverencia y se volvi� para marcharse. Sus hombres lo imitaron. Eleazar me lanz� una �ltima mirada, y luego se marcharon todos.</p><p>La muchedumbre abandon� nuestro patio, y mi t�a Mar�a, la egipcia, que era la esposa de Cleof�s, entr� y corri� a medias la cortina.</p><p>S�lo quedamos los de nuestra familia. Y el maestro, que no estaba nada contento. Mir� ce�udo a Jos�.</p><p>Mi madre se enjug� los ojos y me mir� a la cara, pero entonces el maestro se puso a hablar. Ella me abraz� y not� que las manos le temblaban.</p><p>���Os march�is a casa? -dijo el maestro-. �Y os llev�is a mis alumnos? �A mi buen Jes�s? �Y qu� esper�is encontrar all�, si puede saberse? �La tierra de la leche y la miel?</p><p>���Te burlas de nuestros antepasados? -repuso Cleof�s.</p><p>���O te burlas del Alt�simo? -dijo Alfeo, cuyo griego era tan bueno como el del maestro.</p><p>��No me burlo de nadie -dijo �ste, mir�ndome-, pero me desconcierta que decid�is abandonar Egipto por una simple trifulca.</p><p>��Eso no tiene nada que ver -dijo Jos�.</p><p>��Entonces, �por qu�? Jes�s est� progresando mucho aqu�. Filo est� muy impresionado con sus avances, y Santiago es una maravilla, y�</p><p>��S�, y esto no es Israel, �verdad? -repuso Cleof�s-. No es nuestro hogar.</p><p>��Exacto, y t� les est�s ense�ando griego, �las Sagradas Escrituras en griego! -dijo Alfeo-. Y nosotros en casa tenemos que ense�arles hebreo porque t� no sabes nada de hebreo, y eso que eres el maestro. Y la Casa de Estudio no es m�s que eso, griego, y t� lo llamas la Tora, y Filo, s�, el gran Filo, nos encarga trabajo, lo mismo que sus amigos, y todo eso est� muy bien y estamos muy agradecidos, s�, pero �l tambi�n habla griego y lee las Escrituras en griego, y le maravilla lo que estos chicos llegan a saber de griego�</p><p>��Todo el mundo habla en griego ahora -dijo el maestro-. Los jud�os de todas las ciudades del Imperio hablan griego y leen las Escrituras en griego�</p><p>���Jerusal�n no habla griego! -replic� Alfeo.</p><p>��En Galilea leemos las Escrituras en hebreo -observ� Cleof�s-. �Entiendes t� algo de hebreo? �Y te haces llamar Maestro!</p><p>��Oh, estoy cansado de vuestros ataques, no s� por qu� os aguanto. �Adonde pens�is llevar a vuestros chicos, a una sucia aldea? Porque si os vais de Alejandr�a ir�is a un sitio as�.</p><p>��En efecto -dijo Cleof�s-, y no es ninguna sucia aldea, sino la casa de mi padre. �Sabes alguna palabra de hebreo? -insisti�. Y pas� a salmodiar en hebreo el salmo que tanto le gustaba y que nos hab�a ense�ado-: �El Se�or guarde mis idas y venidas, a partir de ahora y para siempre.� -Y a�adi�-: Bien, �sabes qu� significa eso?</p><p>���Como si t� lo supieras! -le espet� el maestro-. Me gustar�a o�r tu explicaci�n. T� s�lo sabes lo que os explic� el escriba de vuestra sinagoga, nada m�s, y si has aprendido suficiente griego aqu� como para insultarme a gritos, mejor que mejor. �Qu� sabe cualquiera de vosotros, jud�os cabezotas de Galilea? Vinisteis a Egipto buscando refugio, y os vais tan cabezotas como llegasteis.</p><p>Mi madre estaba nerviosa.</p><p>El maestro me mir�.</p><p>��Y llevarse a este ni�o, a este ni�o tan sabio�</p><p>���Y qu� propones que hagamos? -replic� Alfeo.</p><p>���Oh, no! No preguntes tal cosa -susurr� mi madre. S�lo en muy contadas ocasiones ella tomaba la palabra.</p><p>Jos� la mir� de reojo antes de mirar al maestro.</p><p>��Siempre pasa igual -continu� �ste con un sonoro suspiro-. En tiempos de dificultades, ven�s a Egipto, s�, siempre a Egipto. Egipto acoge a las heces de Palestina�</p><p>���Las heces! -exclam� Cleof�s-. �Llamas heces a nuestros antepasados?</p><p>��Ellos tampoco hablaban griego -dijo Alfeo.</p><p>Cleof�s ri�:</p><p>��Y el Se�or no habl� griego en el monte Sina�.</p><p>Mi t�o Sim�n intervino con voz queda:</p><p>��Y el sumo sacerdote de Jerusal�n, cuando impone sus manos sobre el carnero, seguramente se olvida de enumerar nuestros pecados en griego.</p><p>Todos se echaron a re�r. Los mayores y t�a Mar�a. Pero mi madre continuaba llorando. Tuve que quedarme a su lado.</p><p>Hasta Jos� sonre�a.</p><p>El maestro, enojado, prosigui�:</p><p>��� si hay hambruna ven�s a Egipto, si no hay trabajo ven�s a Egipto, si a Herodes le da la vena asesina ven�s a Egipto, �como si al rey Herodes le importara algo el destino de un pu�ado de jud�os galileos como vosotros! �La vena asesina! Como si�</p><p>��Basta ya -dijo Jos�.</p><p>El maestro call�.</p><p>Todos los hombres lo miraron. Nadie dijo una palabra ni se movi�. �Qu� hab�a pasado? �Qu� hab�a dicho el maestro? La vena asesina. �Hab�an sido �sas sus palabras?</p><p>Hasta el propio Santiago ten�a la misma expresi�n que los mayores.</p><p>��Oh, �pens�is que la gente no habla de estas cosas? -pregunt� el maestro -. Como si yo creyera esas patra�as.</p><p>Nadie dijo nada.</p><p>Luego, en voz baja, Jos� tom� la palabra.</p><p>��El Se�or cre� la paciencia para esto, pero la m�a se ha agotado. Volvemos a casa precisamente porque es nuestro hogar -dijo mirando al maestro-, y porque es la tierra del Se�or. Y porque Herodes ha muerto.</p><p>El maestro se qued� de piedra. Todo el mundo mostr� su perplejidad, incluso mi madre. Las mujeres se miraron entre s�.</p><p>Todos los ni�os sab�amos que Herodes era el rey de Tierra Santa y un hombre malo. Hac�a poco tiempo hab�a hecho algo terrible, hab�a profanado el Templo de Jerusal�n, o eso o�mos comentar a los hombres.</p><p>El maestro miraba ce�udo a Jos�.</p><p>��No est� bien decir una cosa as� -lo reprendi�-. No puedes decir esas cosas del rey.</p><p>��Est� muerto -insisti� Jos�-. La noticia llegar� dentro de dos d�as en el correo de Roma.</p><p>El maestro no supo qu� cara poner. Todos los dem�s guardaron silencio, las miradas fijas en Jos�.</p><p>���Y c�mo lo sabes? -pregunt� el maestro.</p><p>No hubo respuesta.</p><p>��Tardaremos un poco en preparar el viaje -dijo Jos� al cabo-. Hasta entonces, los chicos tendr�n que trabajar con nosotros. Me temo que de momento se ha acabado la escuela para ellos.</p><p>���Y qu� pensar� Filo cuando se entere de que os llev�is a Jes�s? -pregunt� el maestro.</p><p>���Qu� tiene que ver Filo con mi hijo? -terci� mi madre, asombrando a todos los presentes.</p><p>Sigui� un nuevo silencio.</p><p>Supe que no era un momento f�cil.</p><p>Tiempo atr�s el maestro me hab�a llevado a presencia de Filo, un rico erudito, para presentarme como alumno ejemplar. Filo se hab�a encari�ado conmigo e incluso me llev� a la Gran Sinagoga -tan grande y tan hermosa como los templos paganos de la ciudad-, donde los jud�os ricos se congregaban con ocasi�n del sabbat, un lugar al que mi familia nunca iba.</p><p>Nosotros �bamos a la peque�a Casa de Oraci�n que hab�a en nuestra misma calle.</p><p>Fue a ra�z de aquellas visitas que Filo nos encarg� trabajo: hacer puertas y bancos de madera y unas estanter�as para su nueva biblioteca, y al poco tiempo sus amigos empezaron a encargar trabajos similares a nuestra familia, cosa que supuso buenos estipendios.</p><p>Filo me hab�a tratado como a un invitado cuando me llevaron a conocerlo. E incluso cuando hubimos montado las puertas en sus pivotes y llevado los bancos reci�n pintados, Filo hab�a pasado un rato hablando con nosotros y haciendo comentarios elogiosos sobre m� a Jos�.</p><p>Pero �hablar de esto ahora?, �de que Filo me hab�a tomado cari�o? No era el momento. Los hombres miraban inquietos al maestro. Hab�an trabajado duro para Filo y sus amistades.</p><p>El maestro no respondi� a mi madre.</p><p>Jos� dijo:</p><p>���A Filo le sorprender� que me lleve a mi hijo conmigo a Nazaret?</p><p>���Nazaret? -dijo el maestro con frialdad-. �Qu� es eso? Nunca he o�do hablar de Nazaret. Vosotros vinisteis de Bel�n. Aquella horrible historia� Filo opina que Jes�s es el alumno m�s prometedor que ha tenido nunca; si se lo permitieras, �l educar�a a tu hijo. Eso es lo que Filo tiene que ver con tu hijo, �l mismo se ofreci� a encargarse de su educaci�n�</p><p>��Filo no tiene nada que ver con nuestro hijo -repiti� mi madre, sorprendiendo de nuevo a todos al tomar la palabra, mientras sus manos me sujetaban con fuerza por los hombros.</p><p>Adi�s a aquella casa con suelos de m�rmol. Adi�s a aquella biblioteca repleta de pergaminos y al olor a tinta. �El griego es la lengua del Imperio. �Ves esto? Es un mapa del Imperio. Sostenlo por ese extremo. Mira. Roma gobierna en toda esta extensi�n. Aqu� est� Roma, aqu� Alejandr�a, ah� Jerusal�n. Mira, ah� tienes Antioquia, Damasco, Corinto, �feso, todas grandes ciudades donde viven jud�os que hablan griego y tienen la Tora en griego. Pero aparte de Roma no hay ciudad m�s grande que Alejandr�a, donde nos encontramos ahora.�</p><p>Volv� al presente. Santiago me estaba mirando y el maestro me hablaba.</p><p>��� pero a ti te cae bien Filo, �no es as�? Te gusta responder a sus preguntas. Te gusta su biblioteca.</p><p>��El se queda con nosotros -dijo Jos� con calma-. No ir� a ver a Filo.</p><p>El maestro continu� mir�ndome fijamente. Aquello no era justo.</p><p>���Jes�s, habla! -dijo-. T� quieres que te eduque Filo, �verdad?</p><p>��Se�or, yo har� lo que mis padres decidan -respond� y me encog� de hombros. �Qu� m�s pod�a decir?</p><p>El maestro levant� las manos al cielo, mene� la cabeza y finalmente dijo:</p><p>���Cu�ndo partir�is?</p><p>��Tan pronto podamos -respondi� Jos�-. Tenemos trabajo que terminar.</p><p>��Quiero comunicar a Filo que Jes�s se marcha -dijo el maestro, y se dispuso a marchar, pero Jos� a�adi�:</p><p>��Las cosas nos han ido bien en Egipto. -Sac� unas monedas y se las entreg�-. Te agradezco que hayas ense�ado a mis hijos.</p><p>��S�, claro, y ahora te los llevas a� �c�mo has dicho que se llama�? Jos�, en Alejandr�a viven m�s jud�os de los que hay en Jerusal�n.</p><p>��Es posible, maestro -dijo Cleof�s-, pero el Se�or mora en el Templo de Jerusal�n, y su tierra es la Tierra Santa.</p><p>Todos los hombres asintieron en se�al de aprobaci�n, y las mujeres asintieron tambi�n, lo mismo que yo y Salom� y Judas y Jos�as y Sime�n.</p><p>El maestro no pudo menos que asentir con la cabeza.</p><p>��Y si terminamos pronto el trabajo -dijo Jos� con un suspiro- podremos llegar a Jerusal�n antes de la Pascua jud�a.</p><p>Todos lanzamos v�tores al o�rlo. Era estupendo. Jerusal�n. La Pascua.</p><p>Salom� bati� palmas y hasta el propio Cleof�s sonri�.</p><p>El maestro inclin� la cabeza, se llev� dos dedos a los labios y nos dio su bendici�n:</p><p>��Que el Se�or os acompa�e en vuestro viaje. Y que llegu�is sanos y salvos a vuestra casa.</p><p>Luego parti�.</p><p>De golpe, toda la familia empez� a hablar la lengua materna por primera vez en toda la tarde.</p><p>Mi madre se dispuso a curarme los cortes y las magulladuras.</p><p>��Oh, han desaparecido -susurr� al examinarme-. Est�s curado.</p><p>��S�lo eran magulladuras -dije. Estaba content�simo de que volvi�ramos a casa.</p></section><section><title><p>2</p></title><p>Aquella noche despu�s de cenar, mientras los hombres descansaban tumbados en sus esteras en el patio, se present� Filo.</p><p>Se sent� a tomar un vaso de vino con Jos�, como si no le preocupara ensuciarse la ropa blanca que vest�a, y cruz� las piernas como har�a cualquier hombre. Yo me sent� al lado de Jos�, confiando en escuchar lo que hablasen, pero mi madre me llev� dentro.</p><p>Se puso a escuchar detr�s de la cortina y me dej� hacerlo a m� tambi�n. T�a Salom� y t�a Esther se sumaron a nosotros.</p><p>Filo quer�a que me quedara a fin de instruirme para despu�s volver a casa convertido en un joven culto. Jos� lo escuch� en silencio y luego le dijo que no, que era mi padre y deb�a llevarme consigo a Nazaret, que eso era lo que ten�a que hacer. Le dio las gracias por su ofrecimiento y le ofreci� m�s vino, y a�adi� que se ocupar�a de que yo recibiera una buena educaci�n de jud�o.</p><p>��Olvida, se�or -dijo con su hablar pausado-, que en el sabbat todos los jud�os del mundo son fil�sofos y eruditos. Y otro tanto ocurre en la aldea de Nazaret.</p><p>Filo asinti� y sonri�.</p><p>��Ir� a la escuela por las ma�anas, como todos los chicos -prosigui� Jos� -. Y debatiremos sobre la Ley y los profetas. E iremos a Jerusal�n y all�, en las festividades, quiz� podr� escuchar a los maestros del Templo. Como yo hice muchas veces.</p><p>Entonces Filo, resign�ndose, le ofreci� un regalo de despedida, un peque�o bolso, pero Jos� le agradeci� el gesto y rehus�.</p><p>Luego Filo descans� un rato y habl� de diversas cosas, de la ciudad y los trabajos que hab�an hecho nuestros hombres, y del Imperio, y luego le pregunt� a Jos� c�mo pod�a estar tan seguro de que el rey Herodes hab�a muerto.</p><p>��La noticia llegar� con el correo romano -repiti� Jos�-. Yo lo supe por un sue�o, y eso significa que debemos volver a casa.</p><p>Mis t�os, que hab�an permanecido sentados en la oscuridad, dijeron que estaban de acuerdo y hablaron de lo mucho que despreciaban al rey.</p><p>Las extra�as palabras del maestro, cuando hab�a mencionado la vena asesina, vinieron a mi mente, pero los hombres no lo mencionaron.</p><p>Finalmente, Filo se dispuso a partir.</p><p>Ni siquiera se sacudi� el polvo de sus finos ropajes al levantarse. Le dio las gracias a Jos� por el buen vino y nos dese� lo mejor.</p><p>Segu� a Filo y lo acompa�� un trecho por la calle. Llevaba con �l a dos esclavos que portaban antorchas, y yo nunca hab�a visto la calle de los Carpinteros tan iluminada a esas horas. Supe que la gente nos observaba desde los patios, donde descansaban a la brisa marina que corr�a al anochecer.</p><p>Me dijo que no olvidara nunca Egipto ni el mapa del Imperio que me hab�a ense�ado.</p><p>��Pero �por qu� no vuelven todos los jud�os a Israel? -le pregunt�-. Si somos jud�os, �no deber�amos vivir en la tierra que el Se�or nos dio? No lo entiendo.</p><p>Filo guard� silencio, y al cabo dijo:</p><p>��Un jud�o puede vivir donde sea y ser jud�o. Tenemos la Tora, los profetas, la tradici�n. Vivimos como jud�os all� donde estemos. �No llevamos acaso la palabra de Nuestro Se�or all� donde vamos? �No llevamos la Palabra a los paganos dondequiera que vivamos? Si yo estoy aqu� es porque mi padre, y su padre antes que �l, viv�an aqu�. T� vuelves a casa porque tu padre as� lo quiere.</p><p>Mi padre.</p><p>Sent� un escalofr�o: Jos� no era mi padre. Siempre lo hab�a sabido, pero no pod�a comentarlo con nadie, nunca. Tampoco lo hice en ese momento.</p><p>Asent� con la cabeza.</p><p>��No te olvides de m� -dijo Filo.</p><p>Bes� sus manos y �l se inclin� y me bes� en ambas mejillas.</p><p>Posiblemente le esperar�a una buena cena en su casa de suelos de m�rmol y l�mparas por todas partes y hermosas cortinas. Y habitaciones superiores con vistas al mar.</p><p>Se volvi� una vez para decirme adi�s y luego desapareci� con sus esclavos y sus antorchas.</p><p>Por un momento me sent� profundamente triste, lo suficiente para saber que nunca olvidar�a esa dolorosa despedida. Pero estaba muy excitado pensando en el regreso a Tierra Santa.</p><p>Me apresur� a volver.</p><p>Al llegar al patio, o� llorar a mi madre. Estaba sentada al lado de Jos�.</p><p>��Pero no s� por qu� no podemos instalarnos en Bel�n -estaba diciendo-. Es all� donde deber�amos ir. Bel�n, mi ciudad natal.</p><p>��Nunca -repuso Jos�-. Ni siquiera cabe como posibilidad. -Siempre le hablaba con dulzura-. �C�mo se te ha ocurrido que podr�amos volver a Bel�n?</p><p>��Ten�a esta esperanza -insisti� ella-. Han pasado siete a�os y la gente olvida. Si alguna vez llegaran a comprender�</p><p>Mi t�o Cleof�s, que estaba tumbado de espaldas con las rodillas levantadas, se re�a por lo bajo, como sol�a re�rse de tantas cosas. T�o Alfeo no dijo nada; parec�a estar contemplando las estrellas. Santiago miraba desde el umbral; quiz�s estaba escuchando.</p><p>��Piensa en todos los signos -dijo mi madre-. Recuerda aquella noche, cuando llegaron los hombres de Oriente. S�lo por eso�</p><p>��Ya basta -dijo Jos�-. �Crees que lo habr�n olvidado? �Crees que habr�n olvidado algo? No, no podemos volver a Bel�n.</p><p>Cleof�s ri� de nuevo.</p><p>Jos� no le hizo caso y tampoco mi madre. El la rode� con el brazo.</p><p>��Recordar�n la estrella -dijo-, los pastores que bajaron de las colinas. Se acordar�n de los hombres de Oriente. Pero sobre todo, se acordar�n de la noche en que�</p><p>��No lo digas, por favor. -Mi madre se tap� los o�dos con las manos-. Por favor, no digas esas palabras.</p><p>��Pero es que debemos llevarlo a Nazaret. Es la �nica alternativa. Adem�s�</p><p>���Qu� estrella? �Qu� hombres de Oriente? -intervine, sin poder contenerme-. �Qu� ocurri�?</p><p>Cleof�s volvi� a re�r por lo bajo. Mi madre me mir�, sorprendida. No sab�a que yo estaba all�.</p><p>��No te preocupes por eso -dijo.</p><p>��Pero �qu� ocurri� en Bel�n?</p><p>Jos� me mir�.</p><p>��Nuestra casa est� en Nazaret -me dijo mi madre con tono m�s firme, el tono con que se habla a un ni�o-. En Nazaret tienes much�simos primos. Nuestros parientes Sara y el viejo Justus nos estar�n esperando. Volvemos a casa. -Se puso de pie y me indic� que la siguiese.</p><p>��S� -dijo Jos�-. Partiremos lo antes posible. Tardaremos unos d�as, pero llegaremos a Jerusal�n a tiempo para la Pascua y luego iremos a casa.</p><p>Mi madre me tom� de la mano para llevarme dentro.</p><p>��Pero �qui�nes eran esos hombres de Oriente, mam�? -pregunt�-. �No puedes dec�rmelo?</p><p>Mi t�o no dejaba de soltar risitas socarronas.</p><p>Pese a la oscuridad, capt� la extra�a expresi�n de Jos�.</p><p>��Alg�n d�a te lo contar� todo -dijo mi madre. Ahora no lloraba. Volv�a a mostrarse fuerte por m�, ya no era la ni�a que era con Jos�-. Por ahora no debes preguntarme esas cosas. Te lo contar� cuando llegue el momento.</p><p>��Haz caso a tu madre -dijo Jos�-. No quiero que hagas m�s preguntas, �entendido?</p><p>Eran amables, pero sus palabras sonaron directas y perentorias. Todo aquello me resultaba muy extra�o.</p><p>Si no hubiese intervenido en su conversaci�n quiz� me habr�a enterado de m�s cosas. Intu�a que se trataba de algo muy secreto. �C�mo no iba a serlo? Y en cuanto a que yo los hubiera o�do, seguramente lo lamentaban.</p><p>No quer�a dormirme. Estaba tumbado sobre mi manta, pero el sue�o no ven�a ni yo lo deseaba. Nunca quer�a dormir. Pero ahora mi mente era un torbellino, entre la perspectiva de volver a casa, meditar sobre los extra�os sucesos de ese d�a y, encima, esas cosas tan extra�as que les hab�a o�do hablar. �Qu� hab�a pasado hoy? Lo ocurrido con Eleazar y el recuerdo de los gorriones, aun siendo muy vago, estaban en mi mente como formas brillantes que no lograba traducir en palabras. Nunca hab�a sentido nada parecido a cuando not� que la fuerza sal�a de m� justo antes de que Eleazar cayera muerto, ni despu�s, un instante antes de que se levantara de la estera y me agrediese. Hijo de David, hijo de David, hijo de David�</p><p>Todos fueron entrando en la casa para dormir. Las mujeres se acomodaron en su rinc�n y Justus, el hijo peque�o de Sim�n, se acurruc� pegado a m�. La peque�a Salom� canturreaba con voz queda a la reci�n nacida Esther, que, milagrosamente, estaba callada.</p><p>Cleof�s tos�a, mascullaba para s� y volv�a a dormirse.</p><p>Una mano toc� la m�a. Abr� los ojos. Era Santiago, mi hermano mayor.</p><p>��Pero qu� has hecho -susurr�.</p><p>���Yo?</p><p>��Matar a Eleazar y luego resucitarlo.</p><p>��S�. �Y qu�?</p><p>��No vuelvas a hacerlo nunca m�s -dijo.</p><p>��Ya lo s�.</p><p>��Nazaret es un pueblo muy peque�o y las habladur�as podr�an perjudicarnos.</p><p>��Lo s� -dije.</p><p>Santiago dio media vuelta.</p><p>Me puse de costado, apoyando la cabeza en un brazo, y cerr� los ojos.</p><p>Acarici� el pelo de Justus. Sin despertarse, se arrim� m�s a m�. �Qu� sab�a yo?</p><p>��Jerusal�n, en cuyo Templo mora el Se�or -musit�. Nadie me oy�.</p><p>Filo me hab�a dicho que era el mayor templo del mundo. Visualic� los gorriones que hab�a hecho con arcilla. Los vi cobrar vida, batir las alas, y o� la exclamaci�n de mi madre y el grito de Jos�: ��No!�, y luego c�mo los p�jaros se perd�an de vista como puntitos en el cielo.</p><p>��Jerusal�n�</p><p>Volv� a ver a Eleazar levant�ndose de la estera.</p><p>El d�a que me recibi� en su casa, Filo hab�a dicho que el Templo era tan bello que la gente acud�a a verlo por millares. Paganos y jud�os de todas las ciudades del Imperio, hombres y mujeres iban all� a ofrecer sacrificios al Se�or de Todos.</p><p>Mis ojos se abrieron de golpe. Todos dorm�an. �Qu� significaba todo aquello? �De d�nde me ven�a aquella fuerza? �Estaba todav�a ah�? Jos� no me hab�a dicho una sola palabra al respecto. Mi madre tampoco me hab�a preguntado qu� hab�a ocurrido con Eleazar. �Llegamos a hablar alguna vez de los gorriones? No. Nadie quer�a hablar de estos asuntos.</p><p>Y yo tampoco pod�a preguntar a nadie. Hablar de semejantes cosas fuera de la familia era imposible. Como tambi�n lo era que me quedara en la gran ciudad de Alejandr�a y estudiara con Filo en su casa de suelos de m�rmol.</p><p>A partir de ahora tendr�a que andar con mucho ojo, pues incluso en las cosas m�s nimias yo pod�a hacer mal uso de lo que hab�a dentro de m�, esa fuerza capaz de causarle la muerte a Eleazar y devolverle luego la vida.</p><p>Oh, por supuesto hab�a sido muy divertido ver sonre�r a todos ante la rapidez con que yo aprend�a: Filo, el maestro, los otros ni�os. Y yo me sab�a muchas cosas del libro sagrado, en griego y en hebreo, gracias a Jos�, t�o Cleof�s y t�o Alfeo, pero esto era diferente.</p><p>Ahora sab�a algo que escapaba a mi capacidad de definir con palabras.</p><p>Me entraron ganas de despertar a Jos�, de pedirle que me ayudara a comprender. Pero �l me dir�a que no hiciera m�s preguntas sobre esto ni sobre lo otro, lo que les hab�a o�do hablar. Porque esta fuerza que albergaba en mi interior se encontraba de alg�n modo ligada a lo que ellos hablaban en el patio, y a aquellas extra�as palabras del maestro que hab�an provocado un silencio general. Seguro que ambas cosas estaban relacionadas.</p><p>Eso me entristeci� tanto que me dieron ganas de llorar. Era culpa m�a que tuvi�ramos que irnos de all�. Era culpa m�a, y, aunque todos parec�an contentos, yo me sent�a triste y culpable.</p><p>Tendr�a que guardarme todas estas reflexiones, pero estaba decidido a averiguar qu� hab�a pasado en Bel�n. Lo averiguar�a como fuese, aun cuando tuviera que desobedecer a Jos�.</p><p>Pero por ahora, �cu�l era el mayor secreto en todo esto? �Cu�l el meollo?</p><p>�No debo hacer mal uso de quien soy.� Sent� un escalofr�o y me qued� inm�vil.</p><p>Me sent� muy peque�o y me envolv� en la manta. El sue�o me sobrevino como si un �ngel me hubiera rozado.</p><p>Mejor dormir, ya que todos dorm�an. Mejor dejarse llevar, ya que todos lo hac�an. Mejor confiar, ya que ellos confiaban� El sue�o me venc�a y no pude seguir pensando.</p><p>Cleof�s tos�a otra vez. Iba a enfermar como le suced�a a menudo. Y supe que �sa iba a ser una noche de sufrimiento. O� los estertores que le brotaban del pecho.</p></section><section><title><p>3</p></title><p>A los pocos d�as lleg� al puerto la noticia de la muerte de Herodes. Galileos y jud�os no hablaban de otra cosa. �C�mo lo hab�a sabido Jos�? El maestro se present� de nuevo, exigiendo una respuesta, pero Jos� no revel� nada.</p><p>Nos cost� mucho terminar las tareas que nos hab�an encomendado, acabando puertas, bancos y dinteles, y las piezas que a�n quedaban por desbastar y pulir, antes de entregarlas a los pintores. Despu�s hubo que recoger las cosas que ya estaban pintadas y colocarlas en las casas de sus propietarios, lo cual me gustaba porque me recreaba viendo diferentes clases de habitaciones y gente distinta, aunque siempre trabaj�bamos con la cabeza y la mirada gachas, por respeto, pero eso no me imped�a ver y aprender cosas nuevas. Pero todo esto supon�a volver a casa al anochecer, cansado y hambriento.</p><p>Era m�s trabajo del que Jos� hab�a pensado, pero �l no quer�a marcharse sin dejar todos los pedidos completados, todas las promesas cumplidas. Mientras tanto, mi madre se ocup� de informar de nuestro regreso a la vieja Sara y sus primos. Santiago se encarg� de escribir el texto y juntos fuimos a llevar las cartas al mensajero. Los preparativos ten�an a todo el mundo muy agitado.</p><p>Las calles volv�an a sernos propicias ahora que todo el mundo sab�a que nos march�bamos. Otras familias nos hac�an regalos, cosas como peque�as l�mparas de cer�mica, una vasija de barro, ropa de buen lino.</p><p>Ya se hab�a decidido viajar por tierra (y prevista la compra de burros) cuando una noche t�o Cleof�s se levant� tosiendo y dijo:</p><p>��Yo no quiero morir en el desierto. -�ltimamente estaba p�lido y flaco y ya no trabajaba mucho con nosotros. Eso fue todo lo que dijo. Nadie respondi�.</p><p>De modo que hubo cambio de planes: viajar�amos en barco. Nos saldr�a caro, pero Jos� dijo que no importaba. Ir�amos al viejo puerto de Jamnia y arribar�amos a Jerusal�n a tiempo para la Pascua. A partir de entonces, Cleof�s durmi� mejor.</p><p>Lleg� el momento de la partida. Vestidos con nuestra mejor ropa y calzado, salimos cargados de paquetes y dio la impresi�n de que la calle entera sal�a a despedirnos.</p><p>Hubo l�grimas, y hasta Eleazar vino a saludarme; yo lo correspond�.</p><p>Tuvimos que abrirnos paso entre la mayor multitud que jam�s hab�a visto en el puerto, mi madre preocupada de que no nos desperdig�ramos y yo llevando a Salom� bien agarrada de la mano, mientras Santiago nos dec�a una y otra vez que nos mantuvi�semos juntos. Los heraldos hac�an sonar sus trompetas anunciando la partida de los barcos, hasta que lleg� la hora del que zarpaba para Jamnia, y luego otro, y otro m�s. Por todas partes la gente gritaba y agitaba las manos.</p><p>��Peregrinos -dijo t�o Cleof�s, riendo otra vez como antes de enfermar-. El mundo entero va a Jerusal�n.</p><p>���El mundo entero! -Exclam� la peque�a Salom�-. �Has o�do eso? -me dijo. Re� con ella.</p><p>Avanzamos a empujones y codazos, aferrados a nuestros fardos, con los hombres mayores gesticulando y las mujeres vigilando que nadie del grupo se extraviase. Por fin, enfilamos la pasarela del barco, por encima de aquella agua turbia.</p><p>En mi vida hab�a conocido una experiencia como la de pisar la cubierta de un barco, y en cuanto nuestras cosas fueron apiladas y las mujeres se hubieron sentado encima, mir�ndose las unas a las otras con el velo puesto, y Santiago nos hubo mirado con una expresi�n de seria advertencia, Salom� y yo corrimos hacia la borda y a duras penas nos metimos entre las piernas de la gente para contemplar el puerto y la gente que atiborraba el muelle, vociferando, empuj�ndose y agitando los brazos.</p><p>Vimos c�mo recog�an la pasarela y las amarras. El �ltimo tripulante salt� a bordo, y el agua se ensanch� entre el barco y el muelle hasta que, de pronto, notamos una sacudida y todos los pasajeros lanzaron un grito mientras pon�amos proa a mar abierto. Yo estrech� a la peque�a Salom� y nos re�mos del puro placer de notar el barco movi�ndose bajo nuestros pies.</p><p>Saludamos y gritamos a personas que ni siquiera conoc�amos, y la gente nos salud� a su vez. El buen humor de todos era palpable.</p><p>Por un momento pens� que la ciudad desaparecer�a tras los barcos y sus m�stiles, pero cuanto m�s nos alej�bamos, m�s se apreciaba Alejandr�a, la ve�a como jam�s la hab�a visto. Una sombra cruz� mi �nimo y, de no ser por la felicidad de la peque�a Salom�, quiz� no me habr�a sentido tan dichoso.</p><p>El olor del mar se volvi� limpio y maravilloso y el viento arreci�, agitando nuestros cabellos y refrescando nuestros rostros. Est�bamos alej�ndonos de Egipto y me entraron ganas de llorar como un cr�o.</p><p>Entonces o� que nos gritaban que mir�semos el Gran Faro, como si fu�semos tan tontos que no lo advirti�semos erguido a nuestra izquierda.</p><p>Desde tierra firme yo hab�a contemplado muchas veces el mar y el Gran Faro, pero �qu� era eso comparado con verlo ahora frente a m�?</p><p>La gente lo se�alaba y Salom� y yo lo apreciamos en toda su grandeza. Se levantaba sobre su islote como una enorme antorcha apuntando al cielo.</p><p>Pasamos frente a �l como si se tratara de una especie de templo sagrado, profiriendo murmullos de admiraci�n.</p><p>El barco sigui� adentr�ndose en el mar, y lo que al principio parec�a un lento avance se convirti� en una apreciable velocidad. El mar empez� a agitarse y se oyeron gritos entre las mujeres.</p><p>La gente se puso a entonar himnos. La tierra quedaba cada vez m�s distante. El faro se hizo muy peque�o y finalmente se perdi� de vista.</p><p>La multitud se dispers�, y por primera vez me volv� y contempl� la enorme vela cuadrada henchida por el viento y a la tripulaci�n afan�ndose con los cabos, los hombres junto a la ca�a del tim�n y todas las familias arracimadas alrededor de sus bultos. Era hora de regresar a nuestro grupo, pues sin duda nos echar�an de menos.</p><p>La gente cantaba cada vez m�s fuerte y pronto un himno en concreto se propag� entre la multitud, y la peque�a Salom� y yo cantamos tambi�n, aunque el viento se llevaba la letra de la canci�n.</p><p>Tuvimos que abrirnos paso para dar con nuestros familiares, pero al fin lo logramos. Mi madre y mis t�as trataban de coser como si estuviesen en casa, y mi t�a Mar�a dec�a que t�o Cleof�s ten�a fiebre mientras dorm�a acurrucado bajo una manta, perdi�ndose aquel inusual espect�culo.</p><p>Jos� estaba un poco aparte, aposentado en uno de los pocos ba�les que ten�amos, callado como siempre, contemplando el cielo azul y la parte superior del m�stil, donde ahora hab�a una gavia. T�o Alfeo estaba en plena conversaci�n con otros pasajeros acerca de los problemas que nos aguardaban en Jerusal�n.</p><p>Santiago no perd�a detalle, y pronto me sum� yo tambi�n al grupo, aunque no quise acercarme demasiado por temor a que se dispersaran al verme.</p><p>Vociferaban para hacerse o�r por encima del rugido del viento, api�ados en un reducido espacio, pugnando por evitar que las r�fagas los despojaran de sus capas y por mantener el equilibrio a causa de los vaivenes del barco.</p><p>Decid� escuchar lo que dec�an y me acerqu� a ellos. La peque�a Salom� quiso acompa�arme, pero su madre la retuvo y yo le indiqu� que despu�s volver�a por ella.</p><p>��Os digo que es peligroso -dec�a en griego uno de los hombres. Era alto, de piel muy oscura, e iba ricamente vestido-. Yo en vuestro lugar no ir�a a Jerusal�n. Yo tengo mi casa all�, mi esposa y mis hijos me esperan. Debo ir por fuerza. Pero os aseguro que no es un buen momento para todos estos barcos de peregrinos.</p><p>��Yo quiero ir -repuso otro, igualmente en griego, aunque su habla era m�s tosca-. Quiero ver qu� est� pasando. Estuve all� cuando Herodes hizo quemar vivos a Mat�as y Judas, dos de los mejores eruditos que hemos tenido nunca. Quiero exigir justicia a Herodes Arquelao. Quiero que los hombres que sirvieron a su padre sean castigados. Habr� que ver c�mo maneja Arquelao esta situaci�n.</p><p>Me qued� pasmado. Hab�a o�do contar muchas cosas malas del rey Herodes, pero no sab�a nada de un nuevo Herodes, hijo del anterior.</p><p>��Bien, �y qu� le dice Arquelao al pueblo? -Replic� t�o Alfeo-. Algo tendr� que decir, �no?</p><p>Mi t�o Cleof�s, que por fin se hab�a levantado, se acerc� al grupo.</p><p>��Probablemente mentiras -dijo, como si �l supiera algo-. Tiene que esperar a que el C�sar diga si va a ser rey. No puede gobernar sin que el C�sar lo confirme en su corona. Nada de lo que diga tiene la menor importancia. -Y se ri� de aquella manera burlona.</p><p>Me pregunt� qu� pensar�an de �l los dem�s.</p><p>��Arquelao reclama paciencia, claro est� -dijo el primero de los hombres, hablando en un griego tan fluido como el del maestro, o el de Filo-. Y espera la confirmaci�n del C�sar, en efecto, y le dice al pueblo que espere. Pero el pueblo no escucha a sus mensajeros. No quieren saber nada de paciencia.</p><p>Quieren acci�n. Quieren venganza. Y seguramente la tendr�n.</p><p>Esto me dej� perplejo.</p><p>��Ten�is que comprender -dijo el m�s tosco, y tambi�n m�s airado- que el C�sar no conoc�a las atrocidades que cometi� Herodes. �C�mo va a saber todo lo que sucede en el Imperio? Yo os digo que es preciso un ajuste de cuentas.</p><p>��S� -dijo el m�s alto-, pero no en Jerusal�n durante la Pascua, cuando acuden peregrinos de todas partes del Imperio.</p><p>���Por qu� no? -pregunt� el otro-. �Por qu� no cuando est� todo el mundo all�?, �cuando al C�sar le llegue la noticia de que Herodes Arquelao no controla a quienes claman justicia por la sangre de los asesinados?</p><p>��Pero �por qu� Herodes quem� vivos a los dos maestros de la Ley de Mois�s? -pregunt� de improviso. Yo mismo me sorprend�.</p><p>Jos� abandon� sus cavilaciones, pese a que estaba lejos, y mir� hacia m� y luego a los hombres.</p><p>Pero el alto, el m�s sosegado, ya estaba respondiendo a mi pregunta.</p><p>��Porque descolgaron el �guila de oro que Herodes hab�a hecho colocar a la entrada del Templo, por eso. La Ley de Mois�s establece claramente que dentro de nuestro Templo no puede haber im�genes de seres vivos. T� ya eres lo bastante mayor para saberlo. �O no lo sab�as? Que Herodes construyera el Templo no le autorizaba a poner la imagen de un ser vivo. �Qu� sentido ten�a llevar a cabo la reconstrucci�n de un templo majestuoso si lo que pretend�a era transgredir la Ley de Mois�s y profanarlo con esa imagen?</p><p>Entend� lo que dec�a aunque sus palabras no eran f�ciles de entender. Me estremec�.</p><p>��Esos hombres eran fariseos, maestros de la Ley de Mois�s -prosigui� el alto, mir�ndome fijamente-. Fueron con sus alumnos a retirar el �guila. �Y Herodes los mat� por ello!</p><p>Jos� estaba ahora a mi lado.</p><p>El tosco le dijo:</p><p>��No te lo lleves. Deja que aprenda. As� conocer� los nombres de Mat�as y Judas. Estos dos chicos deber�an conocerlos -a�adi� se�al�ndonos a Santiago y a m�-. Hicieron lo que era justo, aun sabiendo la clase de monstruo que era Herodes. Todo el mundo lo sab�a. A vosotros, que estabais en Alejandr�a, �qu� m�s os daba? -Mir� a mis t�os-. Pero nosotros viv�amos all�, ten�amos que sufrir sus atrocidades. Las hubo de todas clases. Una vez, por un mero capricho de loco, temiendo que hubiera nacido un nuevo rey, un hijo de David, envi� a sus soldados desde Jerusal�n hasta el pueblo de Bel�n y�</p><p>���Basta! -orden� Jos�, aunque levant� la mano sonriendo gentilmente.</p><p>Me apart� de all� y me llev� con las mujeres. Dej� que Santiago se quedara con los dem�s.</p><p>El viento se llevaba sus palabras.</p><p>��Pero �qu� pas� en Bel�n? -pregunt�.</p><p>��Oir�s hablar de Herodes toda tu vida -respondi� Jos� con voz queda-. Recuerda lo que te dije: hay ciertas preguntas que no quiero que hagas.</p><p>���Iremos a Jerusal�n a pesar de todo?</p><p>Jos� no respondi�.</p><p>��Ve a sentarte con tu madre y los ni�os -dijo.</p><p>Obedec�.</p><p>El viento soplaba con fuerza y el barco se mec�a. Me sent� mareado y ten�a fr�o.</p><p>La peque�a Salom� me esperaba con muchas preguntas. Me acurruqu� entre ella y mi madre. All� se estaba calentito, y enseguida me encontr� mejor.</p><p>Jos�as y Sime�n estaban ya dormidos en su cama improvisada entre los fardos. Silas y Lev� se hab�an ovillado con Eli, un sobrino de t�a Mar�a y t�o Cleof�s que hab�a venido a vivir con nosotros. Se�alaban hacia la vela y el aparejo.</p><p>���Qu� dec�an? -quiso saber Salom�.</p><p>��En Jerusal�n est�n pasando cosas -respond�-. Espero que vayamos. Tengo ganas de conocer la ciudad. -Pens� en todo lo que hab�a o�do decir y a�ad�-: Imag�nate, Salom�, gente de todo el Imperio est� yendo a Jerusal�n.</p><p>��Ya lo s�. Debe de ser muy emocionante.</p><p>��S� -suspir�-. Espero que Nazaret tambi�n sea un lugar bonito.</p><p>Mi madre dijo:</p><p>��S�, primero tienes que ver Jerusal�n -dijo con cierta tristeza-. En cuanto a Nazaret, parece que eso es la voluntad de Dios.</p><p>���Es una ciudad grande? -pregunt� Salom�.</p><p>��Ni siquiera es una ciudad -dijo mi madre.</p><p>���No? -pregunt�.</p><p>��Es un pueblo -dijo-, Pero una vez lo visit� un �ngel.</p><p>���La gente dice eso? -pregunt� la peque�a Salom�-. �Que un �ngel baj� a Nazaret? �Ocurri� de verdad?</p><p>��La gente no lo dice, pero yo lo s� -contest� mi madre, y se qued� callada.</p><p>Ella era as�. Soltaba una cosita, y luego nada. Despu�s pod�a guardar silencio por m�s que la cosi�ramos a preguntas.</p><p>Mi t�o Cleof�s volvi�, tosiendo y enfermo, se tumb� y mi t�a lo tap� y le dio unas palmaditas.</p><p>Nos oy� hablar de �ngeles en Nazaret (dijo que confiaba en que pudi�ramos verlos) y empez� a re�rse para s� de aquella manera suya.</p><p>��Mi madre dice que una vez un �ngel visit� Nazaret -le expliqu�. Eso quiz� lo obligar�a a comentar algo-. Mi madre asegura que lo sabe.</p><p>�l sigui� riendo mientras se acomodaba para dormir.</p><p>���T� qu� har�as, padre, si vieras un �ngel del Se�or en Nazaret? -le pregunt� Salom�.</p><p>��Lo que hizo mi querida hermana. Obedecer al �ngel en todo cuanto �l me dijese. Y reanud� su risita particular.</p><p>Mi madre mont� en c�lera y mir� ce�uda a su hermano. Mi t�a mene� la cabeza d�ndole a entender que no hiciera caso. No era la primera vez, trat�ndose de su esposo. Normalmente, mi madre hac�a lo mismo, ignorar a su hermano.</p><p>La peque�a Salom� repar� en la furia de mi madre. Yo no supe a qu� atenerme, pues me extra�aba mucho. Alc� los ojos y vi que Jos� estaba all�, observando, y comprend� que lo hab�a o�do. Me supo muy mal. No sab�a qu� hacer. Pero Jos� se mantuvo al margen, absorto en sus pensamientos.</p><p>Entonces ca� en la cuenta de algo que no hab�a notado antes. Era que Jos� aguantaba al t�o Cleof�s pero de hecho nunca le respond�a. Por �l hab�a decidido hacer este viaje en barco en vez de por tierra. Y por �l ir�a a Jerusal�n, con todas las dificultades que eso supon�a. Pero nunca le dec�a nada. Nunca reaccionaba a las risas de Cleof�s.</p><p>Y Cleof�s re�a por todo. En la Casa de Oraci�n, se re�a cuando las historias de los profetas le parec�an graciosas. Empezaba a re�r por lo bajo, y luego los ni�os, como yo mismo, lo imit�bamos. As� lo hab�a hecho con la historia de El�as. Y cuando el maestro se enfad�, Cleof�s se mantuvo en sus trece, asegurando que algunos pasajes eran graciosos. Y que sin duda el maestro lo sab�a. Entonces los mayores se pusieron a discutir con el maestro sobre la historia de El�as.</p><p>Mi madre se soseg� y sigui� con sus remiendos, esta vez con un trozo de buen algod�n egipcio. Parec�a que nada hubiera ocurrido.</p><p>El capit�n del barco gritaba a su tripulaci�n. Al parecer, los marineros no pod�an descansar nunca.</p><p>Supe que era mejor no decir nada m�s.</p><p>El mar centelleaba mientras el barco cabeceaba, transport�ndonos suavemente. Otras familias estaban cantando, y como sab�amos las letras nos unimos entonando con fervor�</p><p>Qu� m�s daban los secretos, �bamos camino de Jerusal�n.</p></section><section><title><p>4</p></title><p>Hasta la peque�a Salom� y yo est�bamos cansados de los bandazos del barco cuando por fin arribamos al peque�o puerto de Jamnia. Era un puerto que s�lo utilizaban entonces los peregrinos y los barcos de carga lentos, y tuvimos que anclar lejos debido a los baj�os y los escollos.</p><p>Dos barcas nos llevaron a tierra, los hombres repartidos para cuidar de las mujeres en una y de los ni�os en la otra. Las olas eran tan grandes que pens� que �bamos a zozobrar, pero me lo pas� muy bien.</p><p>Por fin pudimos saltar y recorrer la peque�a distancia que nos separaba de la playa.</p><p>Todos nos postramos de rodillas y besamos el suelo, dando gracias por haber llegado sanos y salvos. Enseguida nos apresuramos, mojados y tiritando, hacia la peque�a localidad de Jamnia, bastante lejos de la costa, donde encontramos una posada.</p><p>Estaba repleta de gente. Nos alojaron en una peque�a habitaci�n en el piso de arriba, llena de heno, pero no nos import� porque est�bamos muy contentos de haber llegado. Yo me dorm� escuchando a los hombres discutir entre s�, gritos y risas que ven�an de abajo mientras m�s y m�s peregrinos iban entrando.</p><p>Al d�a siguiente elegimos unos burros entre los muchos que hab�a en venta e iniciamos un lento viaje por la hermosa llanura con sus distantes arboledas, alej�ndonos de la costa brumosa en direcci�n a las colinas de Judea.</p><p>Cleof�s ten�a que viajar montado aunque al principio protest�, y eso aminoraba nuestro avance -muchas familias nos adelantaban-, pero la alegr�a de estar en Israel era tan grande que no nos importaba. Jos� dijo que ten�amos tiempo de sobra para llegar a Jerusal�n a tiempo de la purificaci�n.</p><p>En la siguiente posada, preparamos nuestros jergones en una gran tienda contigua al edificio. Algunos que se dirig�an a la costa nos previnieron de que no continu�ramos, que lo mejor era dirigirse a Galilea. Pero Cleof�s estaba como pose�do cantando �Si yo te olvidara, Jerusal�n� y las dem�s canciones que recordaba sobre la ciudad.</p><p>��Ll�vame hasta las puertas del Templo y d�jame all�, �como mendigo, si quieres! -le rog� a Jos�-, si es que t� piensas ir a Galilea.</p><p>Jos� asinti� con la cabeza y le asegur� que ir�amos a Jerusal�n y visitar�amos el Templo.</p><p>Pero las mujeres empezaron a asustarse. Tem�an lo que podr�amos encontrar en Jerusal�n, y tambi�n por Cleof�s. Su tos iba y ven�a, pero la fiebre no le remit�a y estaba sediento e inquieto. Aun as� no paraba de re�r, como siempre, por lo bajo. Se re�a de los ni�os peque�os, de lo que dec�a otra gente.</p><p>A veces me miraba y re�a, y otras re�a para s�, tal vez recordando cosas.</p><p>A la ma�ana siguiente iniciamos la lenta ascensi�n a las colinas. Nuestros compa�eros de viaje se hab�an puesto ya en camino, y ahora est�bamos con gente venida de muchos lugares diferentes. Se o�a hablar en griego tanto como en arameo, e incluso en lat�n. Nuestra familia hab�a dejado de hablar en griego a otra gente y s�lo empleaba el arameo.</p><p>Hasta el tercer d�a de viaje no divisamos la Ciudad Santa desde un cerro.</p><p>Los ni�os empezamos a dar brincos de excitaci�n y gritar de entusiasmo. Jos� s�lo sonre�a. Ante nosotros el camino serpenteaba, pero all� lo ten�amos: el lugar sagrado que siempre hab�a estado en nuestras oraciones, nuestros corazones y nuestros c�nticos.</p><p>Hab�a campamentos en torno a las grandes murallas, con tiendas de todos los tama�os, y era tanta la gente que se dirig�a hacia all� que durante horas apenas si pudimos avanzar. Ahora se o�a hablar casi exclusivamente en arameo y todo el mundo estaba pendiente de encontrar a alg�n conocido. Se ve�a gente salud�ndose o llamando a sus amigos.</p><p>Durante un buen rato mi campo de visi�n se redujo bastante. Iba en un numeroso grupo de ni�os mezclados con hombres, de la mano de Jos�. S�lo sab�a que nos mov�amos muy lentamente y que est�bamos m�s cerca de las murallas.</p><p>Por fin conseguimos franquear las puertas de la ciudad.</p><p>Jos� me agarr� por las axilas y me subi� a sus hombros. Entonces s� vi claramente el Templo sobre las callejas de Jerusal�n. Me apen� que la peque�a Salom� no pudiera verlo, pero Cleof�s dijo que la llevar�a consigo subida al burro, de modo que t�a Mar�a la iz� y la ni�a pudo verlo tambi�n. �Est�bamos en la Ciudad Santa, con el Templo justo enfrente de nosotros!</p><p>En Alejandr�a, como cualquier buen chico jud�o, yo nunca hab�a mirado las estatuas paganas, �dolos que no significaban nada para un chico que ten�a prohibido contemplar tales cosas y las consideraba carentes de significado.</p><p>Pero hab�a pasado por los templos y visto las procesiones, mirando solamente las casas a las que Jos� y yo ten�amos que ir -raramente sal�amos del barrio jud�o-, y supongo que la Gran Sinagoga era el mayor edificio en que yo hab�a entrado nunca. Adem�s, los templos paganos no eran para entrar en ellos.</p><p>Incluso yo sab�a que supuestamente eran la casa de los dioses cuyo nombre recib�an y por los cuales eran erigidos. Pero conoc�a su existencia y, con el rabillo del ojo, les hab�a tomado las medidas. Lo mismo que a los palacios de los ricos, lo cual me hab�a dado lo que cualquier hijo de carpintero llamar�a una escala de las cosas.</p><p>Mas del Templo de Jerusal�n yo no conoc�a medida alguna. Nada que me hubiera comentado Cleof�s o Alfeo o Jos�, ni siquiera Filo, me hab�a preparado para lo que ten�a ahora ante mis ojos.</p><p>Era un edificio tan grande, tan majestuoso y tan s�lido, un edificio tan resplandeciente de oro y blancura, un edificio que se extend�a de tal manera a derecha e izquierda, que barri� de mi mente todo cuanto yo hab�a visto en Alejandr�a, y las maravillas de Egipto perdieron relevancia. Me qued� sin respiraci�n, mudo de asombro.</p><p>Cleof�s ten�a ahora en brazos al peque�o Sime�n para que pudiera ver, y la peque�a Salom� sosten�a a Esther, que berreaba no s� por qu�. T�a Mar�a ten�a en brazos a Jos�as, mientras Alfeo se ocupaba de mi primo el peque�o Santiago.</p><p>En cuanto al otro Santiago, mi hermano, que tantas cosas sab�a, �l s� lo hab�a visto. Siendo muy peque�o hab�a estado all� con Jos�, antes de nacer yo, pero incluso �l parec�a asombrado, y Jos� permanec�a en silencio como si se hubiera olvidado de nosotros y de cuantos nos rodeaban.</p><p>Mi madre estir� el brazo y me toc� la cadera. La mir� y sonre�. Me pareci� tan guapa como siempre, y t�mida con el velo que le cubr�a gran parte de la cara. Estaba visiblemente contenta de estar aqu� por fin, disfrutando de la vista del Templo.</p><p>Pese a la multitud all� reunida, pese a las idas y venidas, a los empujones y dem�s, observ� que se impon�a un silencio colectivo. La gente contemplaba el Templo admir�ndose de su tama�o y su belleza, como si tratara de fijar ese momento en la memoria, porque muchas de aquellas personas ven�an de muy lejos e incluso por primera vez.</p><p>Yo quer�a seguir adelante, entrar en el recinto sagrado -pensaba que lo �bamos a hacer-, pero no fue posible.</p><p>March�bamos en aquella direcci�n pero pronto lo perdimos de vista, intern�ndonos por estrechas y sinuosas callejuelas donde los edificios parec�an juntarse sobre nuestras cabezas, apretujados entre la riada de gente. Los nuestros preguntaban por la sinagoga de los galileos, que era donde deb�amos alojarnos.</p><p>Sab�a que Jos� estaba cansado. Despu�s de todo, yo ten�a ya siete a�os y �l hab�a cargado conmigo un buen rato. Le ped� que me bajara.</p><p>Cleof�s ten�a mucha fiebre, mas re�a de dicha. Pidi� agua. Dijo que quer�a ba�arse pero t�a Mar�a le dijo que no. Las mujeres aconsejaron acostarlo cuanto antes.</p><p>Mientras mi t�a lo miraba al borde de las l�grimas, el peque�o Sime�n empez� a berrear. Yo lo cog� en brazos, pero pesaba mucho para m� y fue Santiago quien se hizo cargo.</p><p>Y as� seguimos avanzando por aquellas callejuelas, no muy diferentes de las de Alejandr�a pero mucho m�s atestadas. La peque�a Salom� y yo re�mos al recordar que �el mundo entero estaba aqu��, y por doquier se o�a hablar, algunos en griego, unos pocos en hebreo, otros pocos en lat�n, y la mayor�a en arameo como nosotros.</p><p>Cuando llegamos a la sinagoga, un gran edificio de tres plantas, ya no quedaba alojamiento, pero cuando nos dispon�amos a intentarlo en la sinagoga de los alejandrinos, mi madre llam� a gritos a sus primos Zebedeo y su esposa, a quienes acompa�aban sus hijos, y todos empezaron a abrazarse y besarse. Nos invitaron a compartir el sitio que ten�an en el tejado, donde ya esperaban algunos primos m�s. Zebedeo se encargar�a de todo.</p><p>La esposa de Zebedeo era Mar�a Alejandra, prima de mi madre y a la que siempre llamaban tambi�n Mar�a, lo mismo que a mi t�a, la mujer de Cleof�s, hermano de mi madre. Y cuando las tres se abrazaron y besaron, una de ellas exclam�: ��Las tres Mar�as!�, y eso las puso muy contentas, como si nada m�s importara.</p><p>Jos� estaba ocupado pagando el hospedaje y nosotros fuimos con Zebedeo y su clan. Zebedeo ten�a hermanos casados y con hijos. Cruzamos un patio donde estaban alimentando a los burros, subimos una escalera y a continuaci�n una escala hasta el tejado, los hombres transportando a Cleof�s, que se re�a todo el rato porque le daba verg�enza.</p><p>Una vez arriba, fuimos recibidos por un ej�rcito de parientes.</p><p>Entre ellos destacaba una anciana que hizo adem�n de abrazar a mi madre cuando �sta la llam� por su nombre.</p><p>��Isabel.</p><p>Era un nombre que yo conoc�a bien. Como el de su hijo, Juan.</p><p>Mi madre se lanz� en brazos de la anciana. Hubo llanto y abrazos y finalmente me pidieron que me acercara, a ella y a su hijo, un chico de mi edad que no abr�a la boca para nada.</p><p>Como digo, yo ten�a noticias de la prima Isabel lo mismo que de muchos otros parientes, pues mi madre hab�a enviado muchas cartas desde Egipto y recibido otras tantas de Judea y Galilea. Yo sol�a acompa�arla cuando iba a casa del escriba de nuestro barrio para dictarle las cartas. Y cuando ella recib�a alguna, la le�amos y rele�amos muchas veces, de modo que cada nombre ten�a una historia que yo conoc�a.</p><p>Me impresion� mucho Isabel, que era serena y atenta, y su rostro me result� agradable de un modo que no fui capaz de definir con palabras. Era algo que me ocurr�a a menudo con los ancianos, encontraba fascinantes sus arrugas y el hecho de que sus ojos brillaran todav�a bajo los pliegues de piel.</p><p>Pero puesto que estoy narrando la historia desde el punto de vista del ni�o que yo era, lo dejaremos as�.</p><p>Tambi�n mi primo Juan ten�a la delicadeza de su madre, aunque de hecho me hizo pensar en mi hermano Santiago. Como cab�a esperar, los dos se vigilaban de cerca. Juan ten�a el aspecto de un chico de la edad de Santiago, cosa que no era, y llevaba el pelo muy largo.</p><p>Juan e Isabel vest�an prendas blancas muy limpias. Supe, por lo que mi madre y su prima hablaban, que Juan estaba dedicado al Se�or desde su nacimiento. Nunca se cortaba el pelo y nunca compart�a el vino de la cena.</p><p>Todo esto lo vi en cuesti�n de segundos, porque no cesaban los saludos, las l�grimas y los abrazos, la emoci�n general.</p><p>En el tejado ya no cab�a nadie m�s. Jos� iba encontrando primos y, puesto que �l y Mar�a eran tambi�n primos, eso significaba doble alegr�a. Y mientras tanto, Cleof�s se negaba a beber el agua que su esposa le hab�a llevado, el peque�o Sime�n lloraba, y la reci�n nacida Esther berre� hasta que su padre Sim�n la tom� en brazos.</p><p>Zebedeo y su mujer estaban haciendo sitio para nuestra manta, y la peque�a Salom� intent� levantar a la peque�a Esther. El peque�o Zoker se solt� e intent� escapar. La peque�a Mar�a berreaba tambi�n, y entre eso y todo cuanto suced�a alrededor de m�, era casi imposible prestar atenci�n a nada.</p><p>As� pues, agarr� de la mano a la peque�a Salom� y empec� a zigzaguear entre los mayores hasta llegar al borde del tejado. Hab�a all� un murete lo bastante alto para ser seguro. �Se ve�a el Templo! Los tejados de la ciudad sub�an y bajaban a lomos de las colinas hasta los imponentes muros del Templo mismo.</p><p>Llegaba m�sica de la calle y o� gente cantando. El humo de las fogatas ol�a apetitoso y por todas partes la gente charlaba sin cesar, y aquello era como o�r un c�ntico sagrado.</p><p>��Nuestro Templo -dijo con orgullo la peque�a Salom�, y yo asent� con la cabeza-. El Se�or que cre� el cielo y la tierra vive all�.</p><p>��El Se�or est� en todas partes -dije.</p><p>Ella me mir�.</p><p>���Pero en este momento se encuentra en el Templo! -exclam�-. Ya s� que el Se�or est� en todas partes, pero pensaremos que ahora est� en el Templo. Hemos venido para ir all�.</p><p>��De acuerdo -dije.</p><p>��Para estar con los suyos, ahora el Se�or est� en el Templo -explic� ella.</p><p>��As� es. Y tambi�n en todas partes. -Segu� contemplando el imponente edificio.</p><p>���Por qu� insistes? -pregunt� ella. Me encog� de hombros.</p><p>��Sabes que es verdad. El Se�or est� aqu�, ahora mismo, contigo y conmigo. El Se�or siempre est� con nosotros.</p><p>Ella ri�, y yo tambi�n.</p><p>Las fogatas creaban una bruma ante nuestros ojos, y todo aquel bullicio, parad�jicamente, aclar� mis pensamientos: Dios est� en todas partes y tambi�n en el Templo.</p><p>Ma�ana entrar�amos al recinto. Ma�ana pisar�amos el patio interior.</p><p>Ma�ana, y luego los hombres recibir�an la primera rociada de la purificaci�n mediante la sangre de la vaquilla como preparativo para el banquete de Pascua, que comer�amos todos juntos en Jerusal�n para celebrar la salida de Egipto de nuestro pueblo hac�a muchos, muchos a�os. Yo estar�a con los ni�os y las mujeres, pero Santiago estar�a con los hombres. Cada cual mirar�a desde su lugar, pero todos estar�amos dentro de los muros del Templo. Cerca del altar donde ser�an sacrificados los corderos pascuales; cerca del sagrario al que s�lo ten�a acceso el sumo sacerdote.</p><p>Supimos de la existencia del Templo desde que tuvimos edad para entender. Supimos de la existencia de la Ley de Mois�s antes incluso de saber nada m�s. Jos�, Alfeo y Cleof�s nos la hab�an ense�ado en casa, y luego el maestro en la escuela. Conoc�amos la Ley de memoria.</p><p>Sent� una paz interior en medio de todo el bullicio de Jerusal�n. La peque�a Salom� parec�a sentirla tambi�n. Nos quedamos all� sin hablar ni movernos, y ni las risas ni las charlas ni los llantos de los beb�s, ni la m�sica siquiera, nos afectaron durante un largo rato.</p><p>Despu�s, Jos� vino a buscarnos y nos llev� de nuevo con la familia.</p><p>Las mujeres estaban regresando con comida que hab�an comprado. Era hora de reunirse todos y hora de rezar.</p><p>Por primera vez vi un gesto de preocupaci�n en Jos� cuando mir� a Cleof�s, que segu�a discutiendo con su esposa por el agua, neg�ndose a beber�a. Lo mir� y supe que Cleof�s no sab�a lo que dec�a. Su cabeza no funcionaba bien.</p><p>���Ven a sentarte a mi lado! -me llam�.</p><p>As� lo hice, a su derecha. Est�bamos todos muy juntos. La peque�a Salom� se sent� a su izquierda.</p><p>Cleof�s estaba enfadado, pero no con ninguno de los presentes. De repente pregunt� cu�ndo llegar�amos a Jerusal�n. �No se acordaba nadie de que �bamos a Jerusal�n? Todo el mundo se asust� al o�rlo.</p><p>Mi t�a ya no pudo aguantar m�s y levant� las manos al cielo. La peque�a Salom� se qued� muy callada, observando a su padre.</p><p>Cleof�s mir� en derredor y se dio cuenta de que hab�a dicho algo extra�o.</p><p>Y al punto volvi� a ser el de siempre. Cogi� el vaso y bebi� el agua. Inspir� hondo y luego mir� a su esposa, que se le acerc�. Mi madre fue con ella y la rode� con el brazo. Mi t�a necesitaba dormir, eso estaba claro, pero no pod�a hacerlo ahora.</p><p>La salsa, reci�n sacada del brasero, estaba muy caliente, lo mismo que el pan. Yo me mor�a de hambre.</p><p>Era el momento de la bendici�n. La primera oraci�n que dec�amos juntos en Jerusal�n. Inclin� la cabeza. Zebedeo, que era el mayor de todos, dirigi� la plegaria en nuestra lengua, y las palabras me sonaron un poco distintas.</p><p>Despu�s, mi primo Juan, hijo de Zacar�as, me mir� como si estuviera pensando algo muy importante, pero no dijo nada.</p><p>Por fin empezamos a mojar el pan. Estaba muy sabroso; no s�lo hab�a salsa sino un espeso potaje de lentejas y alubias cocidas con pimiento y especias. Y hab�a tambi�n higos secos para compensar su fuerte sabor, y a m� me encant�.</p><p>No pensaba en otra cosa que en la comida. Cleof�s se hab�a animado a comer un poco, lo cual alegr� a todos.</p><p>Era la primera cena buena desde que hab�amos salido de Alejandr�a. Y era abundante. Com� hasta quedar ah�to.</p><p>Despu�s, Cleof�s quiso hablar conmigo e hizo que los dem�s se alejaran.</p><p>T�a Mar�a volvi� a gesticular su desespero y se fue a descansar un rato, mientras t�a Salom� se ocupaba del peque�o Santiago y los otros ni�os. La peque�a Salom� ayudaba con la reci�n nacida Esther y el peque�o Zoker, a quienes quer�a mucho.</p><p>Mi madre se acerc� a Cleof�s.</p><p>���Qu� quieres decirle? -le pregunt�, sent�ndose a su izquierda, no muy pegada a �l pero s� cerca-. �Por qu� quieres que os dejemos solos? -lo dijo de un modo amable, pero algo la preocupaba.</p><p>��T� vete -le dijo Cleof�s. Parec�a ebrio pero no lo estaba. Hab�a bebido menos vino que nadie-.Jes�s, ac�rcate para que pueda hablarte al o�do.</p><p>Mi madre se neg� a irse.</p><p>��No lo tientes -le dijo.</p><p>���A qu� viene eso? -repuso Cleof�s-. �Crees que he venido a la Ciudad Santa para tentar a mi sobrino? -Y me acerc� tirando de mi brazo. Sus dedos quemaban-. Voy a decirte algo -empez� susurr�ndome-. Que no se te olvide. Ll�valo en tu coraz�n junto con la Ley de Mois�s, �me oyes? Cuando ella me cont� que hab�a venido el �ngel, yo la cre�. �Se le hab�a aparecido un �ngel!</p><p>El �ngel, s�, el �ngel que hab�a bajado a Nazaret. Se le hab�a aparecido a mi madre. Era lo que Cleof�s hab�a dicho en el barco. Pero �qu� significaba?</p><p>Mi madre lo mir� fijamente. La cara de Cleof�s estaba h�meda y sus ojos desorbitados. Ten�a fiebre.</p><p>��La cre� -repiti�-. Soy su hermano, �no? Ella ten�a trece a�os y estaba prometida a Jos�, y te aseguro que en ning�n momento se alej� de la casa, nadie pudo haber estado con ella sin que lo vi�ramos, ya sabes a qu� me refiero, hablo de un hombre. No hab�a ninguna posibilidad, y yo soy su hermano. Recuerda mis palabras. Yo la cre�. -Se reclin� en la pila de ropa que hab�a a su espalda-. Era una ni�a virgen, una muchacha al servicio del Templo de Jerusal�n para tejer el gran velo con las otras elegidas, y luego en casa vigilada por nosotros.</p><p>Se estremeci�. Mir� a mi madre largamente. Ella apart� la vista y se alej�, pero no demasiado. Se qued� de espaldas a nosotros, cerca de nuestra prima Isabel que nos estaba observando. No supe si ella hab�a o�do algo.</p><p>Me qued� quieto y mir� a Cleof�s. Su pecho sub�a y bajaba con cada estertor, y volvi� a estremecerse. Mi mente iba reuniendo todos los datos a fin de sacar alg�n sentido a lo que acababa de decir. Era la mente de un ni�o que hab�a crecido durmiendo en la misma habitaci�n con hombres y mujeres, a la que daban otras habitaciones, y que tambi�n hab�a dormido en el patio al aire libre con los hombres y las mujeres en plena can�cula, viviendo siempre cerca de ellos y ellas, oyendo y viendo muchas cosas. No cesaba de pensar, pero no consegu�a entender lo que Cleof�s me hab�a dicho.</p><p>��Recuerda lo que acabo de decirte. �Yo la cre�! -insisti�.</p><p>��Pero no est�s del todo seguro, �verdad? -pregunt� en voz baja.</p><p>Abri� desmesuradamente los ojos y su expresi�n cambi�, como si acabara de despertar de la fiebre.</p><p>��Y Jos� tampoco lo est�, �verdad? -a�ad�-. Y por eso nunca yace con ella.</p><p>Mis palabras se hab�an adelantado a mis pensamientos. Lo que dije me sorprendi� a m� tanto como a �l. Not� un s�bito escalofr�o y un escozor por todo el cuerpo. Pero no intent� retractarme de mis palabras.</p><p>Cleof�s se incorpor� un poco, su cara pegada casi a la m�a.</p><p>��Es justo lo contrario -resoll�-. Nunca la toca porque s� la cree. �No lo entiendes? �C�mo podr�a tocarla despu�s de aquello? -Empez� a re�r de aquella manera solapada-. �Y t�? �Tienes que crecer antes de cumplir las profec�as? S�, sin duda. �Y tienes que ser ni�o antes de llegar a hombre? Por supuesto. -Su mirada cambi� como si hubiera dejado de ver cosas delante de �l. Jade� de nuevo-. As� ocurri� con el rey David. Una vez ungido, volvi� a ser pastor de sus reba�os, �recuerdas? Hasta que Sa�l mand� llamarlo. �Hasta que el buen Dios decidi� llamarlo! �Eso es lo que confunde a todos! �Que t� tengas que crecer como cualquier ni�o! Y la mitad del tiempo no saben qu� hacer contigo. Y s�, �claro que estoy seguro! �Siempre lo he estado!</p><p>Volvi� a tumbarse, fatigado, incapaz de continuar, pero no dej� de mirarme. Sonri�, y volv� a o�r su risa.</p><p>���Por qu� r�es tanto? -le pregunt�.</p><p>��Es que todav�a me divierte -respondi�-. S�, me divierte. �Vi yo al �ngel?</p><p>Claro que no. Quiz� si lo hubiera visto no me reir�a, o puede que riera todav�a m�s. Mi risa es mi manera de hablar, �entiendes? Recu�rdalo. Ah, escucha a la gente en las calles. Claman justicia. Venganza. �Has o�do? Herodes hizo tal cosa y tal otra. �Han apedreado a los soldados de Arquelao! �Qu� me importa a m� ahora? �Yo lo que quisiera es poder respirar media hora sin que me dolieran los pulmones!</p><p>Levant� una mano para tocarme la nuca, y yo me agach� y bes� su h�meda mejilla.</p><p>�Haz que pase este dolor.�</p><p>El trag� aire y enseguida pareci� quedarse dormido; su pecho sub�a y bajaba normalmente, sin sacudidas. Le apoy� una mano y not� su coraz�n.</p><p>�Vigor para estos momentos. �Qu� da�o puede hacer eso?�</p><p>Cuando me apart�, tuve ganas de ir hasta el borde del tejado y llorar. �Qu� acababa de hacer? Tal vez nada. No, pero no cre�a que fuese nada. Y lo que �l me hab�a dicho, �qu� significado ten�a? �C�mo deb�a entender estas cosas?</p><p>Quer�a obtener respuestas, s�, pero aquellas palabras s�lo me planteaban nuevas preguntas y me dol�a la cabeza. Estaba asustado.</p><p>Me sent� recostado contra el murete. Ahora apenas si pod�a ver m�s all�.</p><p>Con todas las familias api�adas a escasa distancia, con tanta gente de espaldas a m� y tanta conversaci�n y tantas nanas cantadas a los ni�os peque�os, mi presencia pasaba pr�cticamente inadvertida.</p><p>Era ya de noche y hab�a teas encendidas por toda la ciudad, fuertes gritos de alegr�a, mucha m�sica. A�n se ve�an fogatas, tal vez para cocinar, tal vez para mitigar el fresco. Yo ten�a un poco de fr�o. Pens� asomarme y contemplar lo que estaba pasando abajo, pero luego desist�. En el fondo me daba igual.</p><p>Un �ngel hab�a visitado a mi madre, un �ngel. Yo no era hijo de Jos�.</p><p>Mi t�a Mar�a me pill� desprevenido. Se agach� delante de m� y me oblig� a mirarla a la cara. Ten�a el rostro anegado en l�grimas y su voz son� gruesa cuando pregunt� con vehemencia:</p><p>���Puedes curarlo?</p><p>Me qued� tan sorprendido que no supe qu� decir.</p><p>Mi madre se acerc� e intent� apartarla de m�. Se quedaron all� de pie, rozando mi cara con sus ropas. Hablaban en susurros pero enfadadas.</p><p>���No puedes pedirle eso! -Dijo mi madre-. �Es un ni�o y t� lo sabes!</p><p>T�a Mar�a solloz�. �Qu� pod�a decirle yo a mi t�a?</p><p>���No lo s�! -exclam�-. �No lo s�!</p><p>Entonces s� me ech� a llorar. Levant� las rodillas y me encog� todav�a m�s.</p><p>Luego me enjugu� las l�grimas.</p><p>Las l�grimas desaparecieron.</p><p>Las familias ya se hab�an instalado para pasar la noche y los peque�os dorm�an. En la calle, un hombre tocaba el caramillo y otro cantaba. El sonido se oy� claramente unos segundos para luego perderse en el rumor general.</p><p>La niebla me imped�a ver las estrellas, pero la visi�n de las antorchas que parec�an oscilar por las colinas de la ciudad y, sobre todo, el Templo, imponente como una monta�a iluminada, borraron de mi mente cualesquiera otros pensamientos.</p><p>Me sobrevino una sensaci�n de paz y me dije que en el Templo rezar�a para comprender no s�lo lo que me hab�a dicho mi t�o, sino tambi�n todo lo que hab�a o�do.</p><p>Mi madre regres� a mi lado.</p><p>Apenas si hab�a sitio junto al murete para los dos. Se arrodill� y apoy� el peso en sus talones. La luz de las antorchas alumbr� su cara cuando dirigi� la vista al Templo.</p><p>��Esc�chame -dijo.</p><p>��Te escucho -respond�. Lo hice en griego, sin pensar.</p><p>��A�n es pronto para lo que voy a decirte -susurr� tambi�n en griego-.</p><p>Pensaba hacerlo cuando fueses m�s mayor.</p><p>La o� pese al ruido de las calles y el rumor de las conversaciones en el tejado.</p><p>��Pero ya no puede postergarse m�s -a�adi�-. Mi hermano lo ha precipitado. Ojal� �l hubiera sabido sufrir en silencio, pero no ha sido as�. De modo que te lo contar�. T� escucha y no me hagas preguntas. Por lo que respecta a esto, haz como dijo Jos�. Ahora escucha.</p><p>��Te escucho -repet�.</p><p>��T� no eres hijo de un �ngel.</p><p>Asent� con la cabeza. Me mir� y la luz de las antorchas brill� en sus ojos.</p><p>Guard� silencio.</p><p>��El �ngel me dijo que la fuerza del Se�or vendr�a a m� -prosigui�-. Y as� fue. La sombra del Se�or vino a m� (yo la sent�) y a su debido tiempo empec� a notar la vida que crec�a en mi seno. Y eras t�.</p><p>No dije nada y ella baj� la vista.</p><p>El ruido de la ciudad hab�a cesado. Mi madre me pareci� muy bella a la luz de las antorchas. Tan bella quiz� como Sara se lo pareci� al fara�n, o Raquel a Jacob. Mi madre era bella. Modesta pero hermosa, por m�s velos que llevase para ocultarlo, por mucho que inclinara la cabeza o se ruborizara.</p><p>Sent� ganas de estar en su regazo, entre sus brazos, pero me qued� quieto.</p><p>No era correcto moverse ni decir nada.</p><p>��Y as� sucedi� -dijo, levantando de nuevo la vista-. Jam�s he estado con un hombre, ni entonces ni ahora, ni lo estar� nunca. He sido consagrada al Se�or.</p><p>Asent� con la cabeza.</p><p>��No puedes entenderlo, �verdad? No comprendes lo que intento decirte.</p><p>��S� comprendo -dije. Jos� no era mi padre, s�, lo sab�a. Yo nunca le hab�a llamado padre. Lo era ante la Ley, y hab�a desposado a mi madre, pero �l no era mi padre. Y ella, que se comportaba siempre como una muchacha y las otras mujeres como sus hermanas mayores, lo sab�a, s�, desde luego que lo sab�a-. Todo es posible con el Se�or -dije-. El Se�or hizo a Ad�n del barro y Ad�n no tuvo una madre. El Se�or puede crear un hijo sin necesidad de padre.</p><p>��Me encog� de hombros.</p><p>Ella mene� la cabeza. Ahora no era una muchacha, pero tampoco una mujer. Era dulce y parec�a triste. Cuando volvi� a hablar, no parec�a la de siempre.</p><p>��Oigas lo que oigas cuando lleguemos a Nazaret -dijo-, no olvides lo que te he dicho esta noche.</p><p>���La gente dir� cosas�?</p><p>Ella cerr� los ojos.</p><p>���Por eso t� no quer�as volver all�, a Nazaret? -pregunt�.</p><p>Mi madre exhal� el aire y se llev� la mano a la boca. Estaba azorada.</p><p>Inspir� hondo y luego susurr� con dulzura:</p><p>���No has entendido lo que te he dicho! -Se la ve�a dolida, cre� que se echar�a a llorar.</p><p>��No, mam�, s� que lo entiendo -dije enseguida. No quer�a que sufriera-.</p><p>El Se�or puede hacer cualquier cosa.</p><p>Parec�a decepcionada, pero me mir� y, haciendo un esfuerzo, me sonri�.</p><p>��Mam� -dije tendi�ndole los brazos.</p><p>La cabeza me vibraba de tanto pensar. Record� los gorriones, a Eleazar muerto en la calle y resucitando despu�s, y tantas otras cosas, cosas que se deslizaban por mi mente demasiado llena de cosas. Y las palabras de Cleof�s: que yo deb�a crecer como cualquier otro ni�o, igual que el peque�o David hab�a permanecido en el reba�o hasta que lo llamaron, y que no dejara que mi madre estuviese triste. �Qu� hab�a querido significarme con eso?</p><p>��Lo veo. Lo s� -le dije a mi madre. Sonre� apenas, de aquella manera que s�lo hac�a con ella. Era m�s una se�al que una sonrisa.</p><p>Ella me correspondi� con la suya: una sonrisa menuda. De repente pareci� olvidarse de todo lo que hab�a pasado y me tendi� sus brazos. Me incorpor� de rodillas y entonces me abraz� con fuerza.</p><p>��Ya basta por ahora -dijo-. Basta con que tengas mi palabra -me susurr� al o�do.</p><p>Al cabo de un rato, nos levantamos y volvimos con la familia.</p><p>Me tumb� en mi lecho de fardos y ella me tap�, y bajo las estrellas, mientras la ciudad cantaba y Cleof�s cantaba tambi�n, me dorm� profundamente.</p><p>Despu�s de todo, era el sitio m�s lejano al que pod�a ir.</p></section><section><title><p>5</p></title><p>Por la ma�ana, las calles estaban tan atestadas que casi no pod�amos movernos, pero aun as� avanzamos, incluso los beb�s en brazos de sus madres, camino del templo.</p><p>Cleof�s hab�a descansado y se encontraba un poco mejor, aunque todav�a se lo ve�a muy d�bil y necesitaba ayuda.</p><p>Yo iba a hombros de Jos�, y la peque�a Salom� en los de Alfeo, disfrutando de la vista mientras la multitud nos arrastraba por las callejas y bajo las arcadas, hasta que llegamos a la gran explanada delante de la enorme escalinata y los muros dorados del Templo.</p><p>All� las mujeres y los ni�os peque�os se separaron de los hombres en sendas filas que se dirig�an lentamente hacia los ba�os rituales, porque hab�a que ba�arse a conciencia antes de entrar en el Templo.</p><p>Aquello no era la ceremonia de la Pascua propiamente dicha, que constaba de tres etapas, la primera de ellas cuando los hombres fueran rociados ese mismo d�a dentro del Templo. Lo nuestro se trataba s�lo de una limpieza general puesto que ven�amos de un largo viaje, y porque nos dispon�amos a penetrar en el recinto sagrado. Y ya que los ba�os estaban all�, nuestra familia quiso hacerlo pese a que la Ley de Mois�s no lo exig�a perentoriamente.</p><p>Nos llev� bastante tiempo. El agua estaba fr�a y nos alegramos cuando por fin pudimos vestirnos otra vez, salir de nuevo a la luz y reunimos con las mujeres. La peque�a Salom� y yo volvimos a tomarnos de la mano.</p><p>Parec�a que la multitud iba en aumento, aunque yo no conceb�a c�mo pod�a haber cabida para m�s gente de la que ya hab�a. Cantaban los salmos en hebreo. Unos rezaban con los ojos casi cerrados, otros simplemente charlaban, y los ni�os lloraban como suelen hacerlo en cualquier parte.</p><p>Una vez m�s, Jos� me subi� a sus hombros. Y, cegados casi por la luz que desped�an aquellos muros, empezamos a subir la escalinata.</p><p>Mientras ascend�amos pelda�o a pelda�o advert� que todo el mundo estaba tan abrumado como yo por la magnitud del templo, y que la gente parec�a rezar en voz alta aunque las palabras que pronunciaban no fueran oraciones.</p><p>Parec�a imposible que el hombre pudiera construir muros de semejante altura, mucho menos decorarlos con un m�rmol tan absolutamente blanco. Las voces reverberaban en las paredes, pero cuando llegamos arriba y hubimos de apretujarnos para pasar por la verja, vi soldados abajo en la plaza, algunos de ellos montados a caballo.</p><p>No eran soldados romanos (yo no sab�a qu� otra cosa pod�an ser), pero la gente puso mala cara. Incluso desde tanta distancia pude distinguir que algunos los increpaban pu�o en alto; los caballos se encabritaban como suelen hacer los caballos, y me pareci� ver volar piedras.</p><p>El lento paso de la espera se me hac�a insoportable. Supongo que quer�a que Jos� empujara fuerte para poder pasar, pero �l no era de �sos. Y adem�s ten�amos que mantenernos todos juntos, lo cual inclu�a a Zebedeo y su gente, as� como a Isabel y el peque�o Juan y los primos de cuyos nombres ya no me acordaba.</p><p>Por fin franqueamos las puertas y, para mi sorpresa, nos encontramos en un enorme t�nel cuyos hermosos detalles decorativos apenas se distingu�an.</p><p>Los rezos de la gente resonaban en el techo y las paredes. Me sum� a los rezos, pero sin dejar de mirar alrededor, y de nuevo volv� a notar que me faltaba el aliento, igual que cuando Eleazar me hab�a dado una patada dej�ndome sin resuello.</p><p>Por fin llegamos a un gran espacio abierto dentro del primer patio interior del templo, y fue como si todo el mundo se pusiera a gritar a la vez.</p><p>A cada lado, pero lejos, muy lejos, se ve�an las columnas de los soportales y entre ellas una cola interminable de gente, mientras que ante nosotros se levantaba, alt�sima, la pared del sagrario. Y la gente que estaba subida a los tejados era tan peque�ita que yo ni siquiera pod�a verles la cara, tan grande era ese lugar santo.</p><p>Pude o�r y oler a los animales reunidos m�s all� en los porches, los animales que se vend�an para ser sacrificados, y el ruido de toda la gente se acumulaba en mis o�dos.</p><p>Pero la sensaci�n general de la muchedumbre cambi�; todo el mundo era feliz de estar all�. Todos los ni�os re�an de felicidad. El sol brillaba con fuerza, como no lo hac�a en las estrechas calles de la ciudad, y el aire era l�mpido y agradable.</p><p>Tambi�n se o�an gritos y sonidos de caballos, no sus cascos, sino los relinchos que daban al ser sofrenados bruscamente por las riendas.</p><p>Pero, por ahora, estaba absorto en mirar las relucientes paredes que circundaban los dos grandes patios. Yo era demasiado peque�o para que me llevaran al patio de los hombres y hoy me quedar�a con las mujeres. Pero podr�a ver c�mo rociaban a los hombres con el primer rito de purificaci�n de la Pascua.</p><p>Todo ello era para m� asombroso, y lo asombroso de estar all� dentro superaba mi capacidad de expresarlo. Sab�a muy bien que alrededor de m� hab�a personas de todas partes del Imperio, y era tan maravilloso como nosotros esper�bamos que fuera. Cleof�s hab�a logrado llegar con vida, hab�a vivido para ser purificado y comer el banquete pascual con nosotros. Tal vez tambi�n lograr�a llegar con vida a casa.</p><p>Era nuestro templo y era el templo de Dios, y era magn�fico haber entrado aqu� y estar tan cerca de la presencia de Dios.</p><p>Hab�a muchos hombres corriendo por encima de los porches y tambi�n sobre otros tejados, pero se los ve�a peque��simos, como he dicho, y no pod�a o�rlos pese a que adivinaba, por c�mo agitaban los brazos, que estaban gritando.</p><p>De s�bito nos vimos zarandeados por el gent�o. Cre� que Jos� se caer�a pero no fue as�. Entonces una gran exclamaci�n surgi� de la muchedumbre. La gente empez� a gritar, en especial las mujeres, y los ni�os estaban muy excitados. Quedamos tan apretujados que Jos� no pod�a moverse conmigo encima.</p><p>Por primera vez vi all� al fondo muchos soldados a caballo que se dirig�an hacia nosotros entre la multitud. Fuimos barridos hacia atr�s como si la muchedumbre fuera agua, y luego hacia delante, y mi madre y t�a Mar�a gritaban y la peque�a Salom� tambi�n, mientras trataba de agarrarse a m�, pero est�bamos demasiado distanciados como para que yo alcanzara su mano.</p><p>Casi todos los que ten�amos alrededor gritaban en arameo, pero muchos otros lo hac�an en griego.</p><p>���Salid, salid! -gritaban los hombres. Pero no hab�a forma de moverse.</p><p>De pronto o� los balidos de las ovejas, como si alguien estuviese ahuyentando los animales. Enseguida me lleg� el mugir de vacas y bueyes, un sonido espantoso.</p><p>Los soldados estaban cada vez m�s cerca, y ven�an con las lanzas en alto.</p><p>No hab�a d�nde refugiarse.</p><p>Entonces, como salidas de la nada, empezaron a volar piedras.</p><p>Todo el mundo gritaba. Un soldado fue alcanzado por una lluvia de piedras antes de caer de su montura y quedar sumergido entre la muchedumbre. Un hombre vestido con un manto se subi� al caballo y empez� a pelear con un soldado que le clav� su espada dos veces en el vientre; la sangre brot� a borbotones.</p><p>Tuve la sensaci�n de que me quedaba sin respiraci�n, igual que cuando Eleazar me hab�a pateado. Abr� la boca todo lo posible y ni siquiera as� entraba el aire. Jos� intent� bajarme de sus hombros, mas la aglomeraci�n de gente se lo impidi�, y adem�s yo no quer�a bajar. Todo aquello era terrible, pero quer�a verlo.</p><p>La gente enton� oraciones, ya no los alegres salmos de antes sino plegarias pidiendo ayuda, pidiendo ser rescatados. Algunos ca�an al suelo. Lo mismo ocurr�a por doquier en el recinto. Retrocedimos de nuevo como una ola al retirarse.</p><p>Jos� estir� el brazo y con ayuda de otras manos consigui� izarme sobre su cabeza y bajarme al suelo, llev�ndome en volandas mientras se abr�a paso entre la gente que gritaba y forcejeaba.</p><p>Pero cuando mis pies pisaron el m�rmol no pude moverme. Incluso mi t�nica hab�a quedado atascada entre las de quienes me rodeaban apretadamente.</p><p>���Salom�! -grit�-. �Peque�a Salom�! �D�nde est�s?</p><p>���Yeshua! -Llam� ella en arameo-. Ag�rrame.</p><p>Vi su cabeza a unos pasos de m�, como si estuviera nadando entre un mar de cuerpos agitados. Tir� de ella y la puse conmigo delante de Jos�, y entonces cre� o�r la risa de Cleof�s. Estaba delante de m� y se re�a con su carcajada de siempre.</p><p>La multitud se movi� hacia un lado y luego al frente, y todos nos ca�mos.</p><p>Unas manos tiraron de m� y yo logr� agarrar a la peque�a Salom� por la cabeza.</p><p>���Poneos de rodillas y quedaos quietos! -orden� Jos�. �Qu� pod�amos hacer para salir de ese tumulto? Obedecimos.</p><p>Mi madre exclam�:</p><p>���Mi hijo, mi hijo!</p><p>Jos� y Cleof�s alzaron sus manos y rezaron al Se�or. Sujet� a Salom� con una mano y levant� la otra.</p><p>���Oh, Se�or, t� eres mi refugio! -enton� Jos�. Cleof�s rez� otra oraci�n.</p><p>��Tiendo mis manos hacia ti, Oh, Se�or -dijo mi madre.</p><p>���Oh, Se�or, resc�tame! -exclam� la peque�a Salom�.</p><p>Todo el mundo clamaba al Se�or.</p><p>���Que los malvados caigan en su propia trampa! -exclam� Santiago muy cerca de m�.</p><p>��L�brame, Se�or, de todo el mal que me rodea -or�, pero no pude o�r mi propia voz. Los rezos iban en aumento, y tal era el murmullo que casi superaba las exclamaciones y gritos que sal�an de la refriega.</p><p>Los mugidos de los bueyes eran horribles, y los chillidos de las mujeres me hac�an da�o.</p><p>Levant� entonces los ojos y vi que alrededor de nosotros todo el mundo estaba de rodillas. Zebedeo se puso en pie para implorar al Se�or y luego inclin� la cabeza, y s�lo fue uno de los muchos que lo hicieron.</p><p>Al mismo tiempo hab�a gente que avanzaba como vadeando aquel mar de cuerpos, pisote�ndonos y empuj�ndonos en su intento de huir. Por un momento qued� aplastado contra el m�rmol del suelo, al lado de la peque�a Salom�, pero sin dejar de protegerle la cabeza con mi brazo.</p><p>De pronto sent� una salvaje determinaci�n y pugn� por levantarme. A empujones, consegu� situarme junto a Jos� y me puse de pie como si me dispusiera a correr.</p><p>Vi la gran plaza. M�s all�, la gente corr�a en todas direcciones, las ovejas hu�an despavoridas mientras los soldados a caballo pisoteaban a todo el que encontraban a su paso, y las personas, incluso las que estaban de rodillas, se levantaron y la emprendieron a pedradas contra los soldados.</p><p>Hab�a grupos de gente que parec�an muertos amontonados.</p><p>Se elevaron salmos al cielo.</p><p>��Huyo hacia ti, Oh, Se�or, para que me escondas� Clam� a ti, Oh, Se�or�</p><p>Soldados a caballo persegu�an a la gente, hombres y mujeres que ahora corr�an hacia nosotros.</p><p>���Jos�, mira! -Exclam� mi madre-. Ag�rralo, haz que se eche en el suelo.</p><p>Yo me zaf� de las manos que pretendieron sujetarme.</p><p>La gente corri� en desbandada sobre los que estaban arrodillados, pas� sobre ellos como si fueran rocas en la costa. Los que rezaban gimieron, y al ver que un jinete ven�a hacia nosotros, los cuerpos se separaron a ambos lados.</p><p>Alguien me tir� al suelo empuj�ndome por la nuca y la espalda. O� el resoplido del caballo y el repiqueteo de los cascos. Di con la cabeza en las piedras del suelo y por el rabillo del ojo vi las patas del caballo casi encima de m�. Cuando el animal se empin�, del mont�n de gente api�ada se levant� un hombre, sac� una piedra de entre la t�nica y se la arroj� al soldado.</p><p>���S�lo el Se�or tiene derecho a gobernarnos! -grit� en griego-. �Lleva este mensaje a Herodes! �Y al C�sar tambi�n!</p><p>Entonces sac� otra piedra y el soldado le clav� su lanza en el pecho, traspas�ndolo por completo. El hombre solt� la piedra y cay� hacia atr�s con los ojos desorbitados.</p><p>Mi madre solloz� y la peque�a Salom� se puso a gritar:</p><p>���No mires, no mires!</p><p>Pero �pod�a yo apartar la vista de ese hombre en sus �ltimos momentos? �Iba a dar la espalda a su muerte?</p><p>El soldado levant� su lanza, izando horriblemente a aquel desdichado con ella. De su boca manaba sangre. A continuaci�n agit� el cuerpo como si fuese un saco hasta que logr� recuperar su lanza y la v�ctima cay� a tierra. Rod� sobre su costado izquierdo y sus ojos miraron hacia nosotros, directamente a m�.</p><p>Ya no pude ver el caballo, s�lo o� el terrible sonido que produjo al encabritarse. El soldado fue atacado desde todos los flancos por la gente y lo descabalgaron violentamente. Su cuerpo se perdi� entre un mont�n de personas que se cebaban en �l a golpes.</p><p>Los nuestros siguieron rezando. El moribundo, si lo oy� o se enter�, no pareci� darse cuenta.</p><p>No nos ve�a. No sab�a nada del soldado. La sangre que manaba de su boca se extend�a por el suelo.</p><p>Mi madre gritaba espantosamente.</p><p>La gente que hab�a derribado al soldado se puso de pie y ech� a correr en todas direcciones. M�s personas se levantaron y los imitaron. M�s all�, otros segu�an rezando de rodillas.</p><p>El cuerpo del soldado qued� cubierto de sangre.</p><p>El moribundo intent� alargar la mano hacia nosotros, pero su brazo cay� inerte, y exhal� el �ltimo aliento.</p><p>Pas� gente corriendo entre nosotros y el cad�ver. O� otra vez las ovejas.</p><p>Not� que mi madre resbalaba e intent� agarrarla, pero ella cay� al suelo con los ojos cerrados.</p><p>De nuevo volaban piedras. Al parecer, nadie hab�a entrado en el Templo sin llevar piedras encima. Algunas piedras nos impactaban en cabezas y hombros.</p><p>Cuando Jos� levant� los brazos para rezar, yo me escabull� de su lado y me hinqu� de rodillas.</p><p>La multitud se dispersaba. Hab�a cuerpos tirados por todas partes. Y all� donde mirara ve�a hombres peleando y muriendo.</p><p>Sobre los hermosos porches, hombres que parec�an diminutos y negros contra el cielo azul peleaban tambi�n, soldados esgrimiendo sus espadas contra quienes trataban de pegarles con palos.</p><p>Vi a lo lejos, donde ya no hab�a multitud, a otro hombre que atacaba a un soldado, embistiendo contra la lanza que el otro le estaba clavando. Las mujeres lloraban y corr�an hacia los ca�dos. No les importaba nada m�s. S�lo lloraban y gritaban, aullando como perros. Los soldados no les hac�an da�o.</p><p>Pero nadie acudi� junto a nuestro muerto, el hombre que yac�a ensangrentado y mirando sin ver. El estaba solo.</p><p>Pronto hubo soldados por todas partes, tantos que no habr�a podido contarlos. Llegaron a pie, avanzando entre las familias que permanec�an arrodilladas y fueron cerc�ndonos por la derecha y la izquierda.</p><p>Ya nadie peleaba.</p><p>���Reza! -me orden� Jos�, interrumpiendo un instante sus propias oraciones.</p><p>Obedec�. Levant� los brazos y rec�.</p><p>��Pero las almas de los justos est�n en manos del Se�or y ning�n tormento puede lastimarlas.</p><p>Aparecieron m�s soldados a caballo. Alzaron sus voces, hablando en griego. Al principio no distingu� lo que dec�an, pero entonces uno de ellos se aproxim� a pie tirando de la brida de su caballo.</p><p>���Marchaos, idos a vuestras casas! -nos orden�-. Salid de Jerusal�n, por orden del rey.</p></section><section><title><p>6</p></title><p>La quietud no era tal. Estaba cargada de llanto y sollozos y del sonido de los caballos y los soldados grit�ndonos que nos march�ramos.</p><p>Hab�a muertos abandonados sobre los soportales. Yo pude verlos. Y nuestro muerto tambi�n segu�a solo. Las ovejas campaban por todas partes, ovejas sin m�cula que habr�an sido sacrificadas en la Pascua. Algunos hombres corr�an tras ellas, as� como tras los bueyes que segu�an mugiendo, y esos mugidos eran sin duda el sonido m�s espantoso.</p><p>Nos pusimos de pie, porque Jos� as� lo hizo. Cleof�s temblaba como una vara y re�a por lo bajo, sin que ning�n soldado lo oyera.</p><p>T�a Salom� y t�a Esther sosten�an a mi madre por los brazos. Ella parec�a desfallecer y gem�a. Jos� consigui� llegar a su lado, pero los peque�os segu�an en el suelo. Yo sujetaba a la peque�a Salom�.</p><p>��Mam�, tenemos que irnos -le dije-. Mam�, despierta. Nos marchamos.</p><p>Ella se esforzaba por recuperarse, pero hubo que empujarla para que caminara. T�o Alfeo estuvo un rato con Silas y Le vi, que le hac�an preguntas en voz baja. Ambos hab�an cumplido ya los catorce a�os y, probablemente, no ten�an del incidente la misma visi�n que nosotros los peque�os.</p><p>Toda la gente avanz� hacia la salida.</p><p>Cleof�s fue el �nico de nosotros que hizo como la mujer de Lot, darse la vuelta.</p><p>��Mirad all� -dijo a nadie en particular-. �Veis a los sacerdotes? -Se�al� hacia lo alto del muro del patio interior-. Han sido lo bastante listos como para ponerse a salvo, �no? Quiz� sab�an que los soldados iban a atacarnos.</p><p>Los vimos por primera vez: unos hombres congregados all� arriba, desde donde seguramente hab�an observado todo lo que pasaba. Costaba distinguirlos, tan alto estaban, pero me pareci� que llevaban sus mejores ropajes y tocados, aunque quiz� no era as�. �Qu� hab�an pensado al ver todo aquello? �Y qui�n vendr�a a recoger nuestro muerto solitario? �C�mo limpiar�an toda aquella sangre que hab�a profanado el Templo?</p><p>Pero no hubo mucho tiempo para mirar. Ahora s�lo quer�a salir de all�.</p><p>Todav�a no estaba asustado y mis ojos lo registraban todo. El miedo vendr�a despu�s.</p><p>Los soldados se acercaron por detr�s gritando �rdenes. Hablaron primero en griego y luego en arameo. Eran los mismos que hab�an matado a toda esa gente. Nos movimos lo m�s r�pido que pudimos.</p><p>Un soldado anunci� a gritos que ese a�o no habr�a celebraci�n de la Pascua.</p><p>���La fiesta ha terminado, no hay Pascua! �No hay Pascua! Idos a vuestras casas.</p><p>���No hay Pascua! -repiti� Cleof�s por lo bajo, riendo socarr�n-. �Como si ellos pudieran decidirlo! �Mientras haya un jud�o con vida en el mundo, habr� Pascua cuando toca Pascua!</p><p>��Calla -dijo Jos�-. Procura no mirarlos. �Qu� pretendes? �Quieres que mezclen la sangre de m�s jud�os y galileos? �No los provoques!</p><p>��Esto es abominable -dijo Alfeo-. Debemos salir de la ciudad cuanto antes.</p><p>��Pero �est� bien marcharse precisamente ahora? -pregunt� mi primo Silas. T�o Alfeo lo hizo callar con un gesto y un gru�ido.</p><p>Mi t�o Sim�n, siempre reservado, no dijo nada.</p><p>Al enfilar el t�nel, la gente empez� a apresurar el paso. Jos� me alz�. Los otros hombres hac�an lo mismo con sus peque�os. Cleof�s lo intent� con Sime�n, su hijo m�s peque�o, que lloraba para que lo auparan, pero tuvo otro acceso de tos, de modo que las mujeres se hicieron cargo del ni�o. Mi madre lo aup� en brazos. Era una buena se�al. Ten�a al ni�o en brazos, todo ir�a bien para los dos.</p><p>Me costaba ver en aquella penumbra, pero ahora no importaba. La peque�a Salom� no dejaba de sollozar, pese a los intentos de t�a Mar�a por consolarla.</p><p>Yo no pod�a hacer nada, pues iba bastante separado de ella.</p><p>���No hay Pascua! -dijo Cleof�s, y tuvo otro acceso de tos-. �Este rey que no espera a que el C�sar lo ratifique en el trono acaba de suprimir la Pascua!</p><p>Este rey, que tiene ya las manos tan manchadas de sangre como su padre, que se pone a la altura de su padre�</p><p>��C�llate ya -le advirti� Alfeo-. Si te oyen, se lanzar�n contra nosotros.</p><p>��S�, �ya cu�ntos inocentes han matado ah� dentro? -repuso Cleof�s.</p><p>Jos� alz� la voz como hab�a hecho en Alejandr�a.</p><p>���No dir�s una palabra m�s sobre esto hasta que hayamos salido de Jerusal�n! �Entendido?</p><p>Cleof�s no replic�, pero tampoco volvi� a abrir la boca. Ni �l ni nadie.</p><p>Salimos a la luz y nos encontramos con que todo estaba tomado por soldados que vociferaban �rdenes como si nos maldijeran. Hab�a muertos en las calles; parec�a que estuvieran durmiendo. Las mujeres rompieron a llorar al ver tantos cad�veres, porque ten�amos que pasar junto a ellos o por encima de ellos, y algunas personas lloraban de rodillas mientras otras ped�an limosna.</p><p>Nuestros hombres empezaron a sacar monedas, como hac�an otros.</p><p>Algunos eran demasiado desdichados para que les importara algo as�, o no lo necesitaban.</p><p>Por todas partes, incluso con las prisas, la gente lloraba. Tambi�n nuestras mujeres, y mi t�a Mar�a se lamentaba entre sollozos de que �sta era su primera peregrinaci�n, que estando en Egipto siempre hab�a deseado venir aqu�, y qu� macabro espect�culo hab�a tenido que presenciar.</p><p>Al llegar a la sinagoga, el miedo se respiraba en el aire. Jos� nos congreg� en el patio mientras esper�bamos a que las mujeres recogieran nuestros fardos del tejado. Alfeo y �l fueron por los burros. Santiago nos dijo que nos estuvi�ramos quietos y callados y que no solt�ramos a los m�s peque�os. Yo ten�a cogido de la mano a Sime�n. Cleof�s se recost� contra la pared, sonriendo, y dijo cosas que nadie entendi�.</p><p>Los gritos de dolor por los muertos segu�an en mis o�dos. No pod�a dejar de pensar en aquel hombre que hab�a muerto tan cerca de nosotros. �Habr�a ido alguien a enterrarlo? �Qu� pasar�a si nadie lo hac�a?</p><p>Yo no hab�a mirado la cara del soldado que lo mat� ni de ning�n otro. Lo �nico que vi de ellos fueron sus botas, su oscura y bru�ida coraza, y sus lanzas. �C�mo podr�a olvidar j amas aquellas lanzas?</p><p>���Marchaos de Jerusal�n! -grit� alguien en hebreo tambi�n all�, en el patio de la sinagoga-. Idos a vuestras casas. No hay Pascua. �Y el muerto? Sin duda sab�a que el soldado lo matar�a cuando arrojara la piedra que escond�a entre su ropa. Hab�a llevado piedras al Templo con el fin de lanzarlas contra los soldados. Sin embargo, su aspecto era como el de cualquiera de nosotros. La misma clase de manto y de t�nica, el mismo pelo oscuro y rizado, una barba como la de Jos� y mis t�os. Un jud�o como nosotros, aunque hab�a gritado en griego. �Por qu� en griego? �Y por qu� lo hab�a hecho? �Por qu� se hab�a abalanzado contra aquel soldado, cuando sab�a que �ste acabar�a con su vida?</p><p>Vi mentalmente el momento en que la lanza lo traspasaba, una y otra vez, y la expresi�n de su rostro. Vi los muertos diseminados por todo el patio del Templo, y las ovejas descarriadas. Me tap� los ojos con las manos. No pod�a dejar de ver estas cosas.</p><p>Sent� fr�o. Me acurruqu� junto a mi madre, quien enseguida me rode� con sus brazos. Me qued� de pie, pegado a ella, a su suave t�nica.</p><p>Nos colocamos junto a Cleof�s, dejando que el peque�o Sime�n se moviera y jugara por all�. Le dije a mi t�o:</p><p>���Por qu� tiraba piedras ese hombre, si sab�a que el soldado iba a matarlo?</p><p>Cleof�s lo hab�a visto. Lo hab�amos visto todos, �no?</p><p>El pareci� meditar una respuesta y levant� los ojos hacia la poca luz que llegaba a aquel patio.</p><p>��Era un buen momento para morir -dijo-. Tal vez el mejor que ese hombre hab�a tenido nunca.</p><p>���Te pareci� bueno? -pregunt�.</p><p>Se ri�, como siempre, y luego me mir� y dijo:</p><p>���Y a ti? �Te pareci� un buen momento? -no esper� mi respuesta-.</p><p>��Herodes Arquelao es un necio -me susurr� al o�do en griego-. C�sar deber�a ponerle en rid�culo. �Rey de los jud�os! -mene� la cabeza-. Estamos exiliados en nuestra propia tierra, �sa es la verdad. �Por eso peleaban! �La gente quiere deshacerse de esta infame familia de reyes que levantan templos paganos y viven como d�spotas paganos!</p><p>Jos� cogi� a Cleof�s del brazo y se lo llev�.</p><p>��Te he dicho que no hables -le espet�-. Ni una palabra m�s mientras estemos aqu�, �entiendes? Me da igual lo que pienses: cierra tu bocaza.</p><p>Cleof�s guard� silencio. Empez� a toser otra vez y emiti� ruiditos como si estuviera hablando, pero no estaba hablando.</p><p>Jos� se ocup� de atar los fardos al burro. Con voz m�s suave, dijo:</p><p>��Ahora ni palabra, �has entendido, hermano?</p><p>Cleof�s no respondi�. Mi t�a Mar�a se acerc� a �l y le sec� el sudor de la frente. De modo que me hab�a equivocado al creer que Jos� no le respond�a.</p><p>Cleof�s no dio muestras de haberlo o�do. Estaba absorto en su risa queda, mirando a lo lejos, como si Jos� no hubiera abierto la boca. Y ahora ten�a la cara ba�ada en sudor, y eso que el d�a no era caluroso.</p><p>Por fin, todos los clanes juntos, Jos� y Zebedeo se pusieron en cabeza y salimos del patio de la sinagoga.</p><p>��Hermano -le dijo Jos� a Cleof�s-, cuando estemos fuera de las murallas, quiero que montes este burro.</p><p>Cleof�s asinti� con la cabeza.</p><p>Avanzamos penosamente por la calle, m�s apretujados que un reba�o de ovejas.</p><p>El llanto de las mujeres era m�s sonoro cuando pas�bamos bajo las arcadas o por lugares estrechos y de muros altos. Vi puertas y ventanas bien cerradas, lo mismo que las cancelas de los patios. La gente pasaba por encima de los mendigos y de los que estaban acurrucados aqu� y all�. Los hombres repart�an monedas. Jos� me entreg� una y me dijo que se la diese a un mendigo. Lo hice y el hombre me bes� los dedos. Era un anciano flaco y de pelo blanco, con unos ojos azules y brillantes.</p><p>Me dol�an las piernas y tambi�n los pies de andar por el basto pavimento, pero no era momento de quejarse.</p><p>Tan pronto hubimos salido de la ciudad, nos encontramos con un panorama a�n m�s terrible que el que nos hab�a ofrecido el patio del Templo.</p><p>Las tiendas de los peregrinos estaban destrozadas y hab�a cad�veres por doquier. Bienes y mercanc�as estaban esparcidos por todas partes y la gente no se paraba a recogerlos.</p><p>Los soldados a caballo pasaban como energ�menos entre la gente indefensa, gritando �rdenes, sin prestar atenci�n a los muertos. Ten�amos que seguir adelante, todo el mundo ten�a que seguir adelante. El lugar estaba lleno de soldados, unos con la lanza en ristre, otros empu�ando la espada.</p><p>No pod�amos detenernos para ayudar a nadie, como tampoco hab�a sido posible en la ciudad. Los soldados empujaban a la gente con sus lanzas, y la gente se apresuraba para que no los tocaran de manera tan vergonzosa.</p><p>Pero, m�s que nada, fue la cantidad de muertos lo que nos dej� pasmados.</p><p>Eran innumerables.</p><p>��Esto ha sido una matanza -dijo mi t�o Alfeo. Atrajo hacia s� a sus hijos Silas y Lev� y dijo, para que todos lo oyeran-: Fijaos en lo que ha hecho este hombre. Ved y no lo olvid�is nunca.</p><p>��Ya lo veo, padre -dijo Silas-, pero �deber�amos quedarnos! �Deber�amos pelear!</p><p>Habl� en susurros pero todos pudimos o�rlo, y las mujeres le rogaron que no dijera esas cosas. Jos� replic� con voz tajante que no nos quedar�amos all�.</p><p>Me ech� a llorar. Llor�, pero no sab�a por qu�. Sent� que me quedaba sin respiraci�n, pero no pod�a refrenar mi llanto.</p><p>��Pronto llegaremos a las colinas -dijo mi madre-, lejos de todo esto. No te preocupes, est�s con nosotros. Y vamos a un sitio tranquilo. No hay guerra all� donde vamos.</p><p>Trat� de tragarme las l�grimas y me entr� miedo. Creo que nunca antes hab�a sentido miedo. Volvi� a mi cabeza la visi�n de aquel muerto.</p><p>Santiago me estaba mirando, y tambi�n mi primo Juan, el hijo de Isabel.</p><p>Esta iba montada en un burro. Como aquellos dos, Santiago y Juan, me miraban, dej� de llorar. Me cost� mucho.</p><p>El camino era cada vez m�s empinado. Ten�amos que subir y subir, hasta que pudi�ramos ver la ciudad a nuestros pies. Y cuanto m�s sub�amos, menos miedo ten�a yo. Al poco rato la peque�a Salom� se puso a mi lado. No nos habr�a sido posible ver la ciudad, sobre las cabezas de los mayores, aunque hubi�semos querido. Pero yo ya no quer�a verla, y nadie se detuvo para decir lo hermoso que era el Templo.</p><p>Los hombres hab�an hecho montar a Cleof�s en un burro y t�a Mar�a fue obligada a montar en el otro. Ambos llevaban ni�os peque�os en brazos.</p><p>Cleof�s farfullaba en voz baja.</p><p>La caravana sigui� adelante.</p><p>Sin embargo, a m� no me parec�a bien abandonar Jerusal�n de aquella manera. Pens� en Silas, en lo que hab�a dicho antes. No parec�a correcto abandonar, alejarse corriendo cuando el Templo necesitaba ayuda. Claro que hab�a centenares de sacerdotes que sab�an c�mo limpiar el Templo, y muchos de ellos viv�an en Jerusal�n y no podr�an marcharse. Se quedar�an all� -ellos y el sumo sacerdote- y limpiar�an el Templo como era preciso hacerlo.</p><p>Y ellos sabr�an qu� hacer con aquel muerto. Se ocupar�an de que lo amortajaran y enterraran debidamente. Pero yo procuraba no pensar en �l por temor a echarme a llorar otra vez.</p><p>Las colinas nos rodeaban. Nuestras voces resonaron en las laderas. La gente empez� a cantar, pero esta vez fueron salmos luctuosos de dolor y aflicci�n.</p><p>Cuando llegaron los jinetes, nos apartamos hacia los lados. Las mujeres gritaron. La peque�a Salom� iba dormida en el burro con Cleof�s, que daba cabezadas y hablaba y re�a; parec�an dos bultos m�s.</p><p>Prorrump� en sollozos sin poder evitarlo. Los jinetes nos adelantaban, eran muchos y cabalgaban r�pido, y atr�s quedaba Jerusal�n.</p><p>��Volveremos el a�o que viene -me dijo Jos�-. Y el siguiente. Ahora estamos en casa.</p><p>��Y el a�o que viene quiz� ya no estar� Arquelao -murmur� Cleof�s sin abrir los ojos, pero Santiago y yo lo o�mos-. �El rey de los jud�os! -se mof�-. �El rey de los jud�os!</p></section><section><title><p>7</p></title><p>Un sue�o. �Despierta.� Yo estaba sollozando. El hombre ca�a, traspasado por la lanza. Ca�a de nuevo, la lanza atraves�ndole el pecho. �Despierta�, dec�an m�s voces. Algo h�medo en mi cara. Sollozos. Abr� los ojos. �D�nde est�bamos?</p><p>��Despierta -dijo mi madre.</p><p>Me hallaba en medio de las mujeres, y el fuego era la �nica luz, aparte de otra cosa que iluminaba el cielo.</p><p>��Estabas so�ando -dijo mi madre. Me abraz�.</p><p>Santiago pas� corriendo por nuestro lado. La peque�a Salom� me llamaba a voces.</p><p>���Jes�s, despierta! -llam� mi primo Juan, que no hab�a pronunciado palabra hasta ahora. �Qu� sitio era �ste, una cueva? No. Era la casa de mis parientes, la casa donde viv�an Juan y su madre. Jos� me llevaba en brazos cuando llegamos all�.</p><p>Las mujeres me enjugaban la cara. �Est�s so�ando.� Tos�a de tanto llorar.</p><p>Ten�a mucho miedo, nunca iba a estar tan asustado como en ese momento. Me aferr� a mi madre y pegu� la cara a la suya.</p><p>��Es el palacio real -grit� alguien-. �Le han prendido fuego!</p><p>O� un fuerte ruido, rumor de caballos. Cay� la oscuridad. Y entonces la luz roja juguete� en el techo.</p><p>Mi prima Isabel rezaba en voz baja y uno de los hombres dijo que los ni�os se apartaran de la puerta.</p><p>���Apagad las l�mparas! -orden� Jos�.</p><p>De nuevo el ruido, ruido de caballos pasando al galope, y gritos en el exterior.</p><p>Yo no quer�a saber de qu� hablaban, todos los ni�os gritando y chillando, y los rezos de Isabel de fondo. El miedo me engull�, pero incluso con los ojos cerrados pude ver los destellos rojos de luz. Mi madre me bes� en la coronilla.</p><p>��Jeric� est� ardiendo -dijo Santiago-. El palacio de Herodes est� en llamas. Se est� quemando todo.</p><p>��Lo reconstruir�n -respondi� Jos�-. No es la primera vez que lo queman.</p><p>C�sar Augusto se ocupar� de que lo reconstruyan. -Su voz era firme. Not� su mano en mi hombro-. No te preocupes, peque�o. No te preocupes por nada.</p><p>Volv� a dormirme unos instantes: el Templo, el hombre precipit�ndose contra la lanza. Mis dientes rechinaron y grit�. Mi madre me abraz� fuertemente.</p><p>��Estamos a salvo, peque�o -dijo Jos�-. Dentro de la casa, todos juntos, estamos seguros.</p><p>Las mujeres se levantaron y fueron a ver el incendio. La peque�a Salom� chillaba de excitaci�n como chillaba cuando jug�bamos. Todos corr�an de un lado para el otro, empuj�ndose para salir al umbral y mirar.</p><p>El peque�o Sime�n grit�:</p><p>���El fuego, el fuego!</p><p>Alc� los ojos. Logr� ver m�s all� de la puerta y la simple visi�n del cielo enrojecido me hizo tiritar. Nunca hab�a visto un cielo as�. Me di la vuelta y vi a Cleof�s tumbado junto a la pared, con los ojos brillantes. Me sonri�.</p><p>��Pero �por qu�? -pregunt�-. �Por qu� est�n incendiando Jeric�?</p><p>���Por qu� no iban a hacerlo? -replic� Cleof�s-. �Que C�sar Augusto vea cu�nto despreciamos al hombre que envi� a sus soldados para que nuestra sangre se mezclara con la de nuestros sacrificios! La noticia llegar� a Roma antes que Arquelao. Las llamas siempre alcanzan m�s que las palabras.</p><p>��Como si las llamas tuvieran el prop�sito de las palabras -murmur� mi madre en voz baja, pero no creo que la oyeran.</p><p>Mi primo Silas entr� en la casa a la carrera, gritando:</p><p>��Es Sim�n, uno de los esclavos de Herodes. Se ha coronado rey y ha reunido muchos hombres. ��l ha prendido fuego al palacio!</p><p>���No vuelvas a salir de esta casa! -orden� mi t�o Alfeo-. �D�nde est� tu hermano?</p><p>Pero Lev� no se hab�a movido. En la cara ten�a una horrible expresi�n de miedo, y eso acrecent� mi propio miedo.</p><p>Los hombres se levantaron y salieron para ver el incendio. Observ� aquellas formas negras recortadas contra el cielo, muchas de ellas movi�ndose de ac� para all�, como si todo el mundo estuviera bailando.</p><p>Jos� se puso de pie.</p><p>��Yeshua, ven a ver esto -dijo.</p><p>��Oh, pero �por qu�? -protest� mi madre-. �Es preciso que salga?</p><p>��Ven, podr�s ver lo que ha hecho una banda de ladrones y asesinos -insisti� Jos�-. Podr�s ver c�mo corren a celebrar la muerte del viejo Herodes. Podr�s ver lo que pasa bajo la superficie cuando un rey se vale del terror y la crueldad para gobernar. Vamos.</p><p>���Y por qu� permitir que los tiranos vivan rodeados de lujo? -terci� Cleof�s-. Tiranos que asesinan a su propia gente, tiranos que construyen teatros y circos en Jerusal�n, la Ciudad Santa, sitios a los que ning�n buen jud�o deber�a ir. Y los sumos sacerdotes a los que designa, trat�ndolos como si un sumo sacerdote no fuera la persona que accede al mism�simo sanctasanct�rum, como si no fuera m�s que un criado a sueldo.</p><p>��Hermano -dijo mi madre-, �me voy a volver loca!</p><p>Yo temblaba de tal manera que tem�a ponerme en pie, pero lo hice y Jos� me cogi� de la mano.</p><p>Salimos de la casa. Todos los nuestros estaban en lo alto del cerro, mujeres incluidas -salvo mi madre-, y hab�a tambi�n otros grupos de personas que se hab�an aventurado a internarse en la noche.</p><p>Las nubes que cubr�an el llano herv�an de fuego. El aire estaba caliente y fr�o, y la gente hablaba en voz alta como lo habr�a hecho en una fiesta, los ni�os corriendo y bailando y mirando otra vez el fuego. Me arrim� a Jos�.</p><p>��Todav�a es muy peque�o -dijo mi madre detr�s de m�.</p><p>��Es preciso que lo vea -dijo Jos�.</p><p>Era un gran, un pavoroso incendio. De repente, un muro de llamas se elev� con tal furia que pareci� querer alcanzar las estrellas del firmamento. Volv� la cabeza. No pod�a mirar aquello. Me ech� a llorar. Expulsaba los gemidos como nudos de una cuerda que alguien me sacara de uno en uno. Entre las l�grimas me lleg� el fulgor del incendio. No pod�a sustraerme a �l. El olor a humo lo invad�a todo. Mi madre trataba de levantarme y yo no quer�a oponer resistencia, pero lo hac�a, y entonces Jos� me abraz� y pronunci� mi nombre una y otra vez.</p><p>���Estamos muy lejos del fuego! -dijo para tranquilizarme-. No puede alcanzarnos. �Me oyes?</p><p>No logr� contener el llanto hasta que me estrech� contra su pecho y ya no pude moverme ni volver la cabeza.</p><p>Me llev� r�pidamente de regreso a la casa. Me dol�a el pecho. Me dol�a el coraz�n.</p><p>Nos dejamos caer en el suelo, y mi prima Isabel tom� mi cara entre sus manos. Acerc� sus ojos a mi cara.</p><p>��Escucha lo que voy a decirte. No llores m�s. �Crees que el �ngel del Se�or habr�a bajado para decirle a tu padre, Jos�, que te trajera a casa si no hab�as de estar a salvo? �Qui�n puede conocer los designios del Se�or? Vamos, deja de llorar y conf�a en El. Descansa junto al pecho de tu madre, as�, y deja de llorar. Tu madre te abrazar�. Est�s en manos de Dios.</p><p>��El �ngel del Se�or -susurr�-. El �ngel del Se�or.</p><p>��S� -dijo Jos�-, y el �ngel estar� con nosotros hasta que lleguemos a Nazaret.</p><p>Mi madre me abraz�.</p><p>��Estamos aqu� de paso -dijo. Su voz sonaba grave y dulce-. Dentro de muy poco estaremos en casa, en nuestra propia casa. Comeremos higos de nuestro �rbol, uva de nuestro jard�n. Haremos el pan cada d�a en nuestro propio horno -a�adi� mientras nos acomod�bamos de nuevo al lado de Cleof�s.</p><p>Yo solloc�, todav�a en sus brazos, y ella me acarici� la espalda.</p><p>��Eso es verdad -dijo Cleof�s. Enlac� las manos alrededor del cuello de mi madre. Poco a poco me fui calmando.</p><p>��Pronto estaremos en Nazaret -dijo Cleof�s-, y te prometo, peque�o, que all� nunca ir� a buscarte nadie.</p><p>Yo estaba adormilado, pero esas palabras me despejaron. �Qu� quer�a decir Cleof�s con que nadie ir�a a buscarme? �Qui�n me buscaba? No quer�a dormirme, quer�a preguntar qu� significaba aquello, qui�n me estaba buscando. �Qu� significado ten�an todas esas extra�as historias? �Y qu� significaba lo que mi madre hab�a dicho del �ngel? Entre tantas desgracias y tanto dolor, hab�a olvidado sus palabras all� en el tejado, en Jerusal�n. E Isabel acababa de decirme que un �ngel se le hab�a aparecido a Jos�, pero �l no hab�a dicho eso.</p><p>La dulce sensaci�n de reposo me iba venciendo, pero aun as� logr� pensar que todo esto estaba relacionado. Ten�a que sacar alguna conclusi�n. �S�!</p><p>�ngeles. Un �ngel hab�a bajado antes y un �ngel hab�a bajado despu�s, y un �ngel estaba aqu� ahora. �O no? Pero el sue�o acab� venci�ndome, y �qu� a salvo me sent� entonces!</p><p>Mi madre me cantaba en hebreo y Cleof�s le hac�a coro. Se encontraba mucho mejor, pese a que segu�a tosiendo. En cambio, mi t�a Mar�a no se sent�a bien, pero nadie parec�a preocupado por ella.</p><p>Y ma�ana nos ir�amos de aquel horrible lugar. Dejar�amos all� a mis primos, al extra�o y solemne Juan, que hablaba tan poco y que tanto me miraba, y a su madre, nuestra querida Isabel, y seguir�amos camino hacia Nazaret.</p></section><section><title><p>8</p></title><p>Justo despu�s del amanecer, jinetes armados hicieron una incursi�n por los alrededores.</p><p>Abandonamos el peque�o c�rculo donde nos hab�amos reunido hac�a poco para escuchar a nuestra prima Isabel y fuimos todos a la habitaci�n trasera de la casa.</p><p>Cleof�s no se hab�a movido de all�, pues por la noche hab�a tosido mucho y volv�a a tener fiebre. Yac�a sonriente, como de costumbre, los h�medos ojos fijos en el techo bajo.</p><p>O�mos gritos, chillidos de p�jaros y corderos.</p><p>��Lo est�n robando todo -dijo mi prima Mar�a Alejandra.</p><p>Las otras mujeres le dijeron que callara y su esposo Zebedeo le dio unas palmaditas en el brazo.</p><p>Silas intent� levantarse para ir hasta la cortina, pero su padre le orden� con gesto firme que se quedase en el rinc�n.</p><p>Incluso los m�s peque�os, que siempre alborotaban por cualquier cosa, estaban callados.</p><p>T�a Esther, la esposa de Sim�n, ten�a a su peque�a Esther en brazos, y cada vez que el beb� romp�a a llorar le daba el pecho.</p><p>Yo ya no ten�a miedo, aunque no sab�a por qu�. Estaba entre las mujeres con los dem�s ni�os, a excepci�n de Santiago. En realidad Santiago no era un ni�o, me dec�a yo al mirarle. De habernos quedado en Jerusal�n, de no haber habido aquellos disturbios, Santiago habr�a ido al santuario de los hijos de Israel junto con Silas y Lev� y los dem�s hombres.</p><p>De repente, mis pensamientos se vieron interrumpidos por el temor s�bito que se apoder� de todos, que hizo que mi madre me aferrara un brazo: hab�a unos desconocidos en la habitaci�n principal. La peque�a Salom� se peg� a m� y yo la abrac� fuerte como mi madre hac�a conmigo.</p><p>Entonces la cortina de la puerta fue arrancada violentamente. Qued� cegado por la luz y parpade�. Mi madre me estrech� m�s. Nadie dijo una palabra ni nadie se movi� de su sitio. Yo sab�a que ten�amos que estarnos quietos y callados. Todo el mundo lo sab�a, incluso los m�s peque�os. Los beb�s lloraban quedamente, aunque su llanto nada ten�a que ver con los hombres que hab�an arrancado la cortina.</p><p>Eran tres o cuatro hombretones toscos, con harapos en las pantorrillas sujetados por las cuerdas de sus sandalias. Uno de ellos vest�a pieles de animal y otro llevaba un casco reluciente. La luz se reflej� en sus espadas y cuchillos. Tambi�n llevaban las mu�ecas envueltas en harapos.</p><p>��Vaya, vaya -dijo el del casco en griego-. Mira lo que tenemos aqu�. La mitad del pueblo.</p><p>���Vamos, entregadnos todo! -orden� otro, acerc�ndosenos amenazadoramente. Tambi�n hablaba en griego y su voz era horrenda-.</p><p>Hablo en serio, hasta el �ltimo denario que llev�is encima, y r�pido. El oro y la plata. Mujeres, a ver esos brazaletes, quit�oslos. �Si no entreg�is todo lo que teng�is os abriremos en canal!</p><p>Nadie se movi�. Las mujeres no hicieron nada.</p><p>La peque�a Salom� empez� a llorar. Yo la ten�a abrazada con tanta fuerza que probablemente le hac�a da�o. Pero nadie respondi� a los intrusos.</p><p>��Luchamos por la libertad de nuestra tierra -dijo uno de los hombres, tambi�n en griego-. Imb�ciles, �no sab�is lo que est� pasando en Israel?</p><p>Dio un paso al frente y blandi� su daga, mirando amenazador a Alfeo, luego a Sim�n y despu�s a Jos�. Pero �stos no dijeron nada.</p><p>Nadie se movi�.</p><p>���No hab�is o�do? �Os rebanar� el pescuezo uno por uno, empezando por los ni�os! �-grit� el hombre, retrocediendo.</p><p>Otro intruso dio un puntapi� a nuestros bien atados bultos, mientras otro levantaba una manta para mirar debajo y luego la dejaba caer.</p><p>Entonces Jos�, en hebreo, dijo:</p><p>��No os comprendo. �Qu� quer�is que hagamos? Somos gente de paz. No entiendo nada.</p><p>En el mismo tono y lengua, Alfeo a�adi�:</p><p>��No hag�is da�o a nuestros inocentes hijos ni a nuestras mujeres. Que no se diga de vosotros que hab�is derramado sangre inocente.</p><p>Ahora fueron los hombres quienes se quedaron desconcertados.</p><p>Finalmente, uno de ellos dijo en griego:</p><p>��Est�pidos, in�tiles campesinos. Basura de ignorantes.</p><p>��No han visto dinero en toda su desdichada vida -dijo el otro-. Aqu� no hay nada aparte de ropa vieja y cr�os apestosos. Dais l�stima. Comeos vuestra mierda en paz.</p><p>��S�, humillaos mientras nosotros peleamos por vuestra libertad -dijo otro.</p><p>Y salieron pisando fuerte, apartando a patadas cestos, petates y fardos.</p><p>Quedamos a la espera. Mi madre me sujetaba por los hombros. Mir� a Santiago, y se parec�a tanto a Jos� que me sorprendi� no haberme percatado antes.</p><p>Por fin los gritos y el ruido cesaron.</p><p>��Recordad esto -dijo Jos�. Nos mir� alternativamente, a Santiago y a m� y al peque�o Jos�as, a mis primos y a Juan, que estaba de pie al lado de su madre-. Recordadlo. Jam�s alc�is la mano para defenderos ni para golpear.</p><p>Sed pacientes. Y si es preciso hablar, sed sencillos.</p><p>Todos asentimos con la cabeza. Sab�amos lo que hab�a pasado. La peque�a Salom� sorb�a por la nariz. Y de repente, mi t�a Mar�a, que estaba tan enferma, rompi� a llorar y fue a sentarse al lado de Cleof�s, que segu�a mirando el techo. Parec�a como si ya estuviera muerto, pero no lo estaba.</p><p>Los ni�os corrimos hacia la peque�a puerta de la casa. La gente estaba saliendo a la calle, despotricando contra los bandidos. Unas mujeres persegu�an aves de corral, y all� en medio hab�a el cuerpo de un hombre tendido en el suelo, mirando el cielo tal como hac�a Cleof�s, pero le sal�a sangre por la boca. Era como el muerto del Templo.</p><p>Ya no ten�a alma.</p><p>La gente pasaba por su lado y nadie derramaba una l�grima por �l, nadie se arrodillaba.</p><p>Por fin, dos hombres llegaron con una cuerda que pasaron por las axilas del cad�ver y se lo llevaron a rastras.</p><p>��Era uno de ellos -dijo Santiago-. No lo mires.</p><p>��Pero �qui�n lo ha matado? -pregunt�-. �Y qu� van a hacer con �l? -A la luz del d�a no daba tanto miedo como en la penumbra, pero yo era consciente de que la noche siempre volv�a. Y entonces dar�a mucho miedo. El miedo era algo nuevo. El miedo era algo terrible. No lo sent� pero s� lo record�, y supe que iba a volver. Que nunca se ir�a.</p><p>��Lo enterrar�n -dijo Santiago-. No se puede dejar el cad�ver sin sepultar. Ser�a una ofensa al Se�or. Lo meter�n en una cueva o lo enterrar�n.</p><p>Da lo mismo.</p><p>Nos ordenaron entrar otra vez.</p><p>Hab�an despejado la habitaci�n, barrido el suelo y colocado bonitas alfombras cubiertas de flores hechas de lana. Nos dijeron que nos sent�ramos y estuvi�semos callados pues Isabel quer�a hablarnos antes de nuestra partida.</p><p>Record� entonces que ya nos hab�an congregado antes para este fin, pero las alfombras todav�a no hab�an sido desplegadas cuando llegaron los primeros jinetes.</p><p>Como si nada hubiera ocurrido, como si nadie hubiera muerto en la calle, continuamos.</p><p>Formamos un gran c�rculo, todos apretujados. Los beb�s estaban lo bastante callados como para que pudi�semos o�r a Isabel. Yo me sent� al lado de Jos� con las piernas cruzadas, igual que �l, y la peque�a Salom� a mi derecha, recostada contra su madre, que estaba detr�s. Cleof�s segu�a en la otra habitaci�n.</p><p>��Ser� breve -dijo Isabel.</p><p>Por la ma�ana, yo la hab�a o�do hablar de abuelos y abuelas, de qui�n se hab�a casado con qui�n y d�nde hab�a ido a vivir, pero me costaba retener tantos nombres. Los mayores hab�an repetido lo que ella dec�a, a fin de no olvidar nada.</p><p>Isabel mene� la cabeza antes de empezar y luego levant� las manos. Sus cabellos grises asomaron por el borde del velo, enredados con su pelo m�s oscuro.</p><p>��He aqu� lo que debo deciros, lo que nunca he puesto por escrito en ninguna carta. Cuando yo muera, que ser� pronto� No, no dig�is nada. S� que as� ser�. S� ver las se�ales. Cuando yo muera, pues, Juan ir� a vivir con nuestros parientes entre los Esenos.</p><p>De inmediato se produjo un gran alboroto. Incluso Cleof�s se asom� a la puerta, sujet�ndose el pecho con una mano.</p><p>���No, por qu� has tomado semejante decisi�n! -dijo-. �Enviar a ese ni�o con unas personas que ni siquiera van al Templo! �Y Juan es hijo de sacerdote!</p><p>T�, que has estado toda la vida casada con un sacerdote, y Zacar�as, hijo de sacerdote, y antes que �l�</p><p>Cleof�s se acerc� cojeando al c�rculo de oyentes y se dej� caer de rodillas.</p><p>Mi madre acudi� para ayudarlo a ponerse bien la t�nica. Cleof�s continu�:</p><p>���Y enviar�as a Juan, cuya madre es del linaje de David y cuyo padre es del linaje de Aar�n, a vivir con los Esenos? �Nada menos que con los Esenos? �Esa gente que cree saber mejor que nadie lo que est� bien y lo que est� mal, qui�n es justo y qui�n no y lo que el Se�or exige?</p><p>���Y qui�nes te crees t� que son los Esenos! -repuso Isabel en voz baja. Era paciente pero quer�a que la comprendieran-. �Acaso no son hijos de Abraham? �No son del linaje de David y del linaje de Aar�n, y de todas las tribus de Israel? �Acaso no son devotos? �No son celosos de la Ley de Mois�s?</p><p>Llevar�n a Juan al desierto y all� lo educar�n y se har�n cargo de �l. El propio Juan lo quiere, y tiene raz�n.</p><p>Mi primo Juan estaba mir�ndome. �Por qu�? �Por qu� no miraba a su madre como todos los dem�s? Su expresi�n no daba a entender nada, s�lo reflejaba serenidad. Juan no parec�a un ni�o, sino un hombre en peque�o. Estaba sentado delante de su madre y llevaba una sencilla t�nica blanca de una tela m�s buena que la de cualquiera de nosotros, y encima una prenda de la misma tela. Yo me hab�a fijado antes en estas cosas pero sin pararme a pensar, y ahora sent� ganas de saber m�s de �l, pero Cleof�s estaba hablando y tuve que escuchar.</p><p>��Los Esenos -dijo-. �Es que ninguno de vosotros hablar� por el chico antes de que se convierta en hijo de unos hombres que no se postran ante el Se�or cuando es debido? �Soy el �nico aqu� que tiene algo que decir? Isabel, te lo pido por nuestros abuelos, esto no debe�</p><p>��Hermano, tranquil�zate -dijo Isabel-. �Guarda tu vehemencia para tus hijos! Juan es hijo m�o, �el Se�or me lo confi� cuando por mi edad ya parec�a imposible! No hablas a una mujer cuando hablas conmigo; hablas a la Sara de anta�o, a la Ana de anta�o. Hablas con alguien que fue elegido por una raz�n. �No debo hacer por este hijo lo que creo que el Se�or demanda?</p><p>��Jos�, no lo permitas -dijo Cleof�s.</p><p>��T� est�s m�s cerca del chico -repuso Jos�-. Si debes hablar contra su madre, entonces hazlo.</p><p>��Yo no hablo contra ti, Isabel -dijo Cleof�s. Entonces tuvo un acceso de tos y vimos que le dol�a el pecho. T�a Mar�a y mi madre parec�an preocupadas.</p><p>Cleof�s levant� una mano, pidiendo paciencia. Pero no pod�a dejar de toser.</p><p>Finalmente logr� a�adir-: Hablas de Sara, la mujer de Abraham, y hablas de Ana, la madre de Samuel, pero �acaso alguno de ellos dej� de obedecer a Dios?</p><p>En cambio, t� hablas de enviar a tu hijo a vivir con quienes dan la espalda al Templo del Se�or.</p><p>��Tienes mala memoria, hermano -dijo Isabel-. �A qui�n acudi� tu hermana Mar�a cuando supo que hab�a sido elegida para dar a luz al ni�o Yeshua? Acudi� a m�. �Y te imaginas por qu�? Bien, antes de que caigan nuevas calamidades sobre esta aldea, te ruego que escuches mi decisi�n. Por favor, esc�chala y no discutas conmigo. No la expongo para que juzgues si la crees oportuna. El chico, insisto, ir� a vivir con los Esenos.</p><p>Jam�s hab�a o�do hablar a ninguna mujer con tanta autoridad. Cierto, en la calle de los Carpinteros, en Alejandr�a, hab�a mujeres venerables que eran capaces de hacer callar a los ni�os con una simple palmada, y mujeres que hac�an tales preguntas en la sinagoga que el maestro se ve�a obligado a consultar sus pergaminos. Pero esta mujer era m�s fuerte y hablaba con m�s claridad que ninguna.</p><p>Cleof�s enmudeci�.</p><p>Isabel baj� la voz y continu�:</p><p>��Tenemos hermanos all�, nietos de Matat�as y de Noem�, que se fueron hace tiempo al desierto para vivir con los Esenos, y ya he hablado con ellos y acoger�n a mi hijo, incluso ahora. Ellos saben educar de manera estricta, inculcar sus normas de pureza y ayuno, de comunidad severa, y �stas son cosas innatas en Juan. El estudiar� con ellos. Aprender� los profetas y aprender� la palabra del Se�or. Es en el desierto donde quiere estar, y cuando yo me re�na con mis antepasados �l ir� al desierto hasta que sea un hombre y decida su futuro. Lo tengo todo previsto y los Esenos s�lo esperan mi aviso, o que Juan vaya con los que viven al otro lado del Jord�n. Entonces ellos lo llevar�n al lugar donde ser� educado, lejos de los asuntos mundanos.</p><p>���Por qu� no vienes con nosotros a Nazaret? -terci� Jos�-. Eres bienvenida. Tu hermano sin duda estar� de acuerdo, puesto que es a la casa de sus padres adonde vamos todos�</p><p>��No -dijo Isabel-. Yo me quedar� aqu�. Ser� enterrada con mi marido Zacar�as. Y os dir� la raz�n de que este ni�o deba marchar.</p><p>��Bien, pues dila -pidi� Cleof�s-. T� sabes que quiero que vengas a Nazaret. Creo que ser�a justo que Juan y Yeshua se educaran juntos. -Se puso otra vez a toser, sin poder evitarlo. Si no hubiera tenido tantos accesos habr�a dicho mucho m�s.</p><p>��Esto es lo que no pude escribirte en ninguna carta -dijo Isabel-.</p><p>Escucha, por favor, porque no voy a repetirlo.</p><p>Las madres hicieron callar a sus beb�s. Cleof�s carraspe�.</p><p>��S�calo ya -dijo-, o me morir� sin haberlo o�do.</p><p>��Ya sabes que despu�s de que partierais a Egipto, t�, Mar�a, Jos� y el peque�o, Herodes empez� con sus atrocidades�</p><p>��S� -dijo Cleof�s-. Sigue. -Tosi� de nuevo.</p><p>��Y sabes que Juan vino al mundo siendo yo y Zacar�as ya muy viejos, como lo eran Sara y Abraham al nacer Isaac. -Se detuvo y mir� a los peque�os, que est�bamos en el corro interior, y nosotros asentimos con la cabeza-. Vosotros sab�is que Ana rez� para tener un hijo, �verdad, ni�os?, cuando estuvo ante el Se�or en Shiloh, y �qui�n fue el que la tom� por una ebria? �Lo sabe alguno de vosotros?</p><p>��Eli, el sacerdote -respondi� r�pidamente Silas-. Y ella le dijo que estaba orando y por qu� lo hac�a, y entonces �l rez� por ella tambi�n.</p><p>��As� es -dijo Isabel-, y yo tambi�n rec� a menudo, pero lo que quiz� no sab�is, vosotros los peque�os, es que el nacimiento de mi hijo fue anunciado.</p><p>Yo no lo sab�a y los dem�s tampoco. Juan permaneci� en silencio mirando a su madre; al parecer, nada lo inquietaba y estaba absorto en sus pensamientos.</p><p>��Bien, la explicaci�n de esto la dejo a vuestros padres, porque hay motivos para no hablar de ello, pero s�lo dir� que se sab�a que este hijo lleg� en las postrimer�as de nuestras vidas por voluntad del Cielo, y cuando naci� yo lo consagr� al Se�or. Comprobar�is que por su cabeza nunca ha pasado una cuchilla, y que jam�s prueba la uva. Juan pertenece al Se�or.</p><p>���Al Se�or de los Esenos? -dijo Cleof�s.</p><p>��Deja que hable -dijo mi madre-. �Te olvidas de todo lo que sabes?</p><p>Cleof�s no replic�.</p><p>Isabel prosigui�. Volvi� a mirarnos a todos, uno por uno. Est�bamos expectantes ante el posible significado de sus palabras.</p><p>��Somos del linaje de David -dijo-. T� sabes que Herodes odiaba a cualquiera que asegurase tener el menor rastro de sangre real, y por eso orden� quemar todos los archivos del Templo donde estaban escritos los nombres de nuestros antepasados. Y sabes lo que sucedi� antes de que vosotros os marcharais a Egipto, sabes por qu� mi querida prima Mar�a y su reci�n nacido tuvieron que huir a Egipto con Jos� y contigo, Cleof�s. Lo sabes muy bien.</p><p>No me atrev� a formular la pregunta que acudi� a mis labios. �Yo ignoraba el motivo de nuestra partida a Egipto! Pero entonces Isabel continu�.</p><p>��El rey Herodes ten�a esp�as por todas partes -dijo, ahora con voz m�s �spera y grave.</p><p>��Eso lo sabemos -repuso mi madre. Levant� apenas la mano y su prima Isabel se la tom� y ambas inclinaron la cabeza, sus velos toc�ndose casi, como si se contaran un secreto sin necesidad de emplear palabras.</p><p>Isabel dijo:</p><p>��Los hombres de Herodes, sus soldados, tan rudos como esos ladrones que acaban de pasar por nuestra aldea, que han entrado en esta misma casa con la idea de robarnos para sus rid�culas guerras, soldados as� entraron en el Templo y buscaron a mi Zacar�as para preguntarle por el hijo que hab�a engendrado, el hijo de la casa de David. Quer�an ver a ese hijo con sus propios ojos.</p><p>��No sab�amos nada de esto -susurr� Jos�.</p><p>��Ya he dicho que no quise ponerlo por escrito. Ten�a que esperar a que vinierais. Lo hecho, hecho estaba. Pues bien, esos soldados lo abordaron cuando sal�a del sagrario de cumplir con sus obligaciones, pues a la saz�n era sacerdote. Pero �cre�is que Zacar�as les dijo d�nde encontrar al beb�? No, �l ya nos ten�a escondidos en las cuevas, cerca de los Esenos, que nos hab�an llevado comida. Como se neg� a revelar d�nde est�bamos, los soldados lo derribaron all� mismo, delante del sagrario. Los otros sacerdotes no habr�an podido impedirlo, pero �pens�is que lo intentaron siquiera? �Cre�is que los escribas acudieron en su ayuda? �Que protestaron los principales sacerdotes?</p><p>Los ojos de mi prima Isabel se clavaron en m�. Luego, lentamente mir� a Jos� y a Mar�a, y de nuevo a cuantos la escuchaban.</p><p>��Pegaron a Zacar�as. Le pegaron porque �l se neg� a hablar, y de un golpe en la cabeza lo dejaron muerto. All�, delante del Se�or.</p><p>Aguardamos en silencio a que continuara.</p><p>��Muchos vieron lo que pas�, pero ignoraban cu�l era el motivo. Algunos sacerdotes s� lo sab�an. Lo supieron nuestros parientes, quienes a su vez se lo contaron a otros parientes, algunos de los cuales fueron a ver a los Esenos para informarles de lo ocurrido. Y as� me enter� yo.</p><p>Nos quedamos todos aturdidos. Mi madre se inclin� y apoy� la cabeza en el hombro de Isabel, y �sta la abraz�. Pero un momento despu�s ambas volvieron a erguirse.</p><p>��Los parientes de Zacar�as, muchos de ellos sacerdotes -prosigui� Isabel -, se ocuparon de que fuera enterrado con sus antepasados. Ahora bien, �cre�is que yo he vuelto al Templo desde entonces? Pues no, hasta que vinisteis vosotros. No hasta que el tirano muri� y fue a parar al fuego eterno.</p><p>No hasta que las historias de Yeshua y Juan quedaron olvidadas, pero �con qu� nos encontramos al llegar al Templo?</p><p>Nadie os� responder.</p><p>��As� pues, ahora entend�is por qu� mi hijo Juan debe ir con los Esenos, y pronto. All� estar� oculto. Vosotros desped�os de m� y seguid camino de Nazaret antes de que lleguen m�s bandidos. A m� no pueden quitarme nada.</p><p>Soy vieja y Juan es peque�o, nos dejar�n en paz. Pero yo no volver� a veros.</p><p>Nunca m�s. Sin duda Juan escuchar� la voz del Se�or alg�n d�a. Est� consagrado a �l y los Esenos lo saben. Se har�n cargo de �l, y Juan estudiar� all� hasta que llegue su momento. Ahora idos, partid.</p></section><section><title><p>9</p></title><p>Soldados de Herodes, bandidos, el hombre muerto en el Templo, mi primo asesinado en el Templo, un sacerdote asesinado por negarse a revelar el paradero de un ni�o, y ese ni�o era mi primo.</p><p>Yeshua y Juan. �Por qu� su nacimiento fue anunciado? �Qu� vinculaci�n hab�a entre nosotros? Y detr�s de todo ello, la gran pregunta: �qu� hab�a ocurrido en Bel�n? �Ese fue el motivo de que mi familia se trasladara a Egipto, donde yo hab�a pasado toda mi corta existencia?</p><p>Pero en aquella situaci�n s�lo era capaz de pensar a rachas de curiosidad y de temor. El miedo se convirti� en parte de mis pensamientos. En parte de la historia. Mi primo Zacar�as, un sacerdote de pelo gris, apaleado hasta la muerte por los soldados de Herodes. Y ahora est�bamos en aquella aldea, donde resonaban las protestas de quienes hab�an sido robados por los bandidos y tem�an que los desmanes se repitieran.</p><p>Encontramos a nuestros animales a la salida del pueblo. Una anciana desdentada se acerc� a nosotros riendo con malicia.</p><p>���Intentaron llev�rselas! -exclam�-. Pero las bestias no quer�an moverse.</p><p>��Se dobl� por la cintura, palme�ndose las rodillas entre carcajadas-. No hubo manera.</p><p>Un anciano sentado en el suelo al lado de una peque�a casa se re�a tambi�n.</p><p>��A m� me robaron el chal -dijo-. Yo les dije: �Adelante, hermanos, cogedlo.� -Agit� la mano y continu� riendo a mand�bula batiente.</p><p>Cargamos r�pidamente nuestras cosas y sujetamos a Cleof�s a lomos de un burro. T�a Mar�a mont� tambi�n. Mi madre se abraz� a Isabel y ambas lloraron.</p><p>El peque�o Juan estaba all� de pie, mir�ndome.</p><p>��Rodearemos Jeric� y cruzaremos el valle hasta Nazaret -dijo Jos�.</p><p>Partimos despu�s de que mi madre terminara de despedirse.</p><p>La peque�a Salom� y yo �bamos en cabeza con Santiago, seguidos por algunos primos. Cleof�s empez� a cantar.</p><p>��Pero �qui�nes son los Esenos? -me pregunt� la peque�a Salom�.</p><p>��No lo s�. Yo he escuchado lo mismo que t�. �C�mo voy a saberlo?</p><p>Entonces Santiago dijo:</p><p>��Los Esenos no est�n de acuerdo con el clero del Templo. Creen que ostentan el verdadero sacerdocio. Son descendientes de Zadok. Esperan a que llegue el d�a de purificar el Templo. Visten de blanco y rezan todos juntos.</p><p>Viven apartados.</p><p>���Son buenos o malos? -pregunt� Salom�.</p><p>��Nuestra familia los considera buenos -respondi� Santiago-. �Qu� podemos saber nosotros? Hay fariseos, hay sacerdotes, hay Esenos. Todos rezamos la misma oraci�n: �Oye, Oh, Israel, el Se�or nuestro Dios es Uno.�</p><p>Repetimos la oraci�n en hebreo tal como �l la hab�a dicho. Y luego cada d�a al levantarnos y tambi�n al anochecer. Yo lo hac�a casi sin pensar. Cuando dec�amos esa oraci�n todo se deten�a, y la pronunci�bamos de todo coraz�n.</p><p>Yo me abstuve de hacer ning�n comentario sobre las cosas que me preocupaban. Me sent�a mal al darme cuenta de que Santiago lo sab�a todo, pero prefer� no manifestar nada estando all� la peque�a Salom�. Mis sentimientos se volvieron m�s y m�s l�gubres, y el miedo segu�a all�, rondando muy cerca.</p><p>Tuve la impresi�n de que avanz�bamos a buen ritmo, adentr�ndonos en las monta�as. All� a lo lejos se extend�a la planicie, hermosa a la luz del sol, con palmeras por doquier aun cuando todav�a se ve�a el humo de los incendios, y hab�a muchas casas diseminadas por todas partes. No fue dif�cil comprobar que la gente continuaba con su vida como si los bandidos no hubieran pasado por all�.</p><p>Grupos de peregrinos nos adelantaban, algunos cantando, otros montados a caballo, y todos nos saludaban alegremente.</p><p>Pasamos por aldeas donde los ni�os jugaban y donde ol�a a comida.</p><p>��Ves -dijo mi madre, como si me leyera el pensamiento-, as� ser� hasta que lleguemos a Nazaret. Los ladrones vienen y van, pero nosotros somos quienes somos. -Me sonri� con dulzura, y casi pens� que nunca m�s tendr�a miedo.</p><p>���De veras luchan por la libertad de Tierra Santa? -pregunt� la peque�a Salom� a los hombres, pues ahora �bamos todos m�s juntos.</p><p>Cleof�s se ri� de la pregunta y le frot� la cabeza.</p><p>��Hija, cuando los hombres quieren pelear, siempre encuentran un motivo -dijo-. Hace centenares de a�os que los hombres arrasan pueblos con la excusa de luchar por la libertad de Tierra Santa.</p><p>Jos� mene� la cabeza.</p><p>Alfeo estir� el brazo para agarrar a la peque�a Salom�.</p><p>��T� no te preocupes -dijo-. En otro tiempo era el rey Ciro quien velaba por nosotros, ahora es C�sar Augusto. Da igual, porque el Se�or de los Cielos es el �nico rey que nuestros corazones reconocen, y lo mismo da si tal o cual hombre se hace llamar rey aqu� en la tierra.</p><p>��Pero David era rey de Israel -dije-. David fue rey, y Salom�n despu�s de �l. Y Josu� fue un gran rey de Israel. Todo esto lo sabemos desde muy peque�os. Y somos de la estirpe de David, y el Se�or dijo a David: �Har� que reines para siempre sobre Israel.� �No es cierto?</p><p>��Para siempre� -dijo Alfeo-. S�, pero �qui�n puede juzgar los designios del Se�or? El Se�or cumplir� su promesa de la manera que juzgue oportuno.</p><p>Mi t�o desvi� la mirada. Nos encontr�bamos en un valle. La gente que sal�a de las monta�as formaba una multitud considerable. Nos api�amos m�s.</p><p>��Para siempre� -repiti�-. �Qu� es �para siempre� en la mente del Se�or? Mil a�os no son para el Se�or m�s que un instante.</p><p>���Vendr� un rey? -pregunt�.</p><p>Jos� se volvi� para mirarme.</p><p>��El Se�or cumple sus promesas -dijo Alfeo-, pero el c�mo y el cu�ndo son cosas que nosotros ignoramos.</p><p>���Los �ngeles s�lo se aparecen en Israel? -pregunt� la peque�a Salom�.</p><p>��No -respondi� Jos�-. Pueden mostrarse dondequiera que sea, en cualquier parte y cuando lo deseen.</p><p>���Por qu� tuvimos que irnos a Egipto? -pregunt� ella-. �Por qu� los soldados de Herodes�?</p><p>��No es momento para hablar de ello -la cort� Jos�. Mi madre intervino:</p><p>��Llegar� el d�a en que se te explicar� todo despacio para que puedas entenderlo. Pero ese momento no ha llegado a�n.</p><p>Yo sab�a que dir�an eso, o cosas parecidas. Pero la ocasi�n se hab�a presentado, y me alegr� de que Salom� hubiera preguntado. No sab�a d�nde estaban mis primos Silas y Justus, ni los otros, y tampoco qu� pensaban de lo que Isabel hab�a dicho. Tal vez los chicos mayores sab�an algo, seguramente s�. Quiz� Silas sabr�a alguna cosa.</p><p>Me rezagu� un poco dentro del grupo apretado de mi familia, hasta quedar a la altura de Cleof�s y su burro.</p><p>Seguro que Cleof�s nos hab�a o�do hablar. �Me hab�a hecho prometer alguien que no le har�a preguntas a �l? Me parec�a que no.</p><p>��Ojal� viva para contarte cosas -dijo.</p><p>Pero no bien hab�a abierto la boca, apareci� Jos�, se puso a andar a su lado y dijo r�pidamente:</p><p>��Ojal� vivas para permitir que le cuente a mi hijo lo que yo desee. -Su voz son� afable pero firme-. Basta de preguntas. Basta de charla sobre los problemas del pasado. Hemos salido de Jerusal�n y estamos a salvo de las dificultades. Tenemos buena luz y a�n podremos andar un buen trecho.</p><p>���Yo quer�a entrar en Jeric�! -protest� la peque�a Salom�-. �No podr�amos entrar un rato en Jeric�? Quiero ver c�mo ha quedado el palacio de Herodes despu�s del incendio.</p><p>���Queremos ver Jeric�! -exclam� el peque�o Sime�n.</p><p>De pronto todos los ni�os clamaron por lo mismo, incluso los ni�os de los peregrinos nuevos que nos acompa�aban, y eso me hizo re�r de una manera que provoc� sonrisas en Jos�.</p><p>��Escuchadme -dijo-. �Esta noche nos ba�aremos en el Jord�n! �El r�o Jord�n! �Lavaremos en �l nuestros cuerpos y nuestra ropa por primera vez! �Y despu�s dormiremos en el valle bajo las estrellas!</p><p>���El r�o Jord�n! -gritaron todos, presas de gran agitaci�n.</p><p>Jos� se puso a contar la historia del leproso que hab�a acudido al profeta Eliseo, quien le dijo que si se ba�aba en el Jord�n se curar�a. Y Cleof�s cont� la historia de c�mo Josu� hab�a cruzado el Jord�n. Por �ltimo, Alfeo se puso a contarle otra historia a Santiago, y yo iba de una a otra mientras camin�bamos.</p><p>Zebedeo y los suyos nos alcanzaron; no los ve�amos desde que hab�amos dejado a Isabel, y �l tambi�n conoc�a una historia acerca del Jord�n, y la esposa de Zebedeo, Mar�a, que era prima de mi madre, pronto empez� a cantar:</p><p>���Benditos aquellos que temen al Se�or!</p><p>Ten�a una hermosa voz aguda. Todos coreamos.</p><p>��Pues comer�is el fruto de vuestro trabajo �y ser�is dichosos y todo estar� bien!</p><p>�ramos un grupo tan numeroso que por fuerza avanz�bamos despacio, haciendo muchas paradas para que las mujeres descansaran y para que pudieran envolver a la peque�a Esther en pa�ales frescos. Mi t�a Mar�a estaba enferma, por supuesto, pero mi madre dijo que la venida de un beb� era una buena noticia y yo dej� de preocuparme.</p><p>Cleof�s hubo de ser bajado del burro varias veces para que buscase un sitio alejado del camino donde hacer sus necesidades. Estaba d�bil y mi madre lo acompa�aba sosteni�ndolo del brazo, cosa que a �l le molestaba, pero necesitaba ayuda y ella no iba a desentenderse. �Es mi hermano�, les dec�a a los dem�s hombres, y se iba sola con �l.</p><p>Cleof�s nos cont� la divertida historia de cuando el rey Sa�l guerreaba contra el joven David, temeroso de �ste pues sab�a que hab�a de convertirse en rey. Sa�l se meti� en una cueva para hacer sus necesidades, y result� que su enemigo David estaba all� y podr�a haberlo matado. Mas �lo hizo? �No! David se aproxim� a �l en la oscuridad de la cueva mientras Sa�l hac�a de cuerpo y, vi�ndolo desprevenido, cort� una borla del manto real de Sa�l, una borla que �nicamente �l llevaba.</p><p>Horas despu�s, con la esperanza de hacer las paces con Sa�l, David le hizo llegar la borla para que supiera que �l, David, podr�a haberlo matado, pero �habr�a sido David capaz de asesinar a un rey ungido? �No!</p><p>A todos nos encantaban las historias de David y Sa�l. Incluso Silas y Lev�, a quienes sol�an aburrir estas cosas, se acercaron a escuchar a Cleof�s. Todo ese tiempo Cleof�s hablaba en griego, y ya est�bamos todos acostumbrados y nos gustaba, aunque nadie se atrevi� a manifestarlo.</p><p>Nos cont� la maravillosa historia de c�mo Sa�l, cuando el Se�or dej� de hablarle, acudi� a la adivina de Endor para rogarle que invocara al esp�ritu del profeta Samuel, a fin de que le dijera cu�l era su destino. Iba a haber una gran batalla al d�a siguiente y Sa�l, que ya no contaba con el favor divino, estaba desesperado, de ah� que buscara ayuda en una mujer que pod�a hablar con los muertos. Sin embargo, eso estaba prohibido por las propias leyes de Sa�l, as� como todo cuanto tuviera que ver con adivinaciones. Pero igual acudieron a aquella mujer.</p><p>Y gracias a sus poderes, el esp�ritu del profeta sali� de la tierra, preguntando: ��Por qu� has enturbiado mi descanso?� Luego predijo que los enemigos de Sa�l vencer�an a Israel y que Sa�l y todos sus hijos morir�an.</p><p>���Y qu� ocurri� entonces? -dijo Cleof�s, mir�ndonos a todos.</p><p>��Ella le hizo comer para que tuviera fuerzas -dijo Silas.</p><p>��Y eso es lo que nos gustar�a hacer ahora mismo. Todo el mundo ri�.</p><p>��Os dir� una cosa -exclam� Cleof�s-: no comeremos ni beberemos hasta llegar al r�o. As� que �adelante!</p><p>De modo que proseguimos con renovados �nimos.</p><p>Y finalmente llegamos al Jord�n.</p><p>M�s all� de la hierba crecida, el sol poniente lo te��a de rojo. Hab�a mucha gente ba��ndose en sus aguas. Otros muchos bajaban por las riberas, y algunos hab�an montado campamentos cerca de las orillas. Se o�an c�nticos por todas partes, canciones que se mezclaban con otras canciones.</p><p>Corrimos al agua, que nos cubri� hasta las rodillas. Lavamos nuestros cuerpos y nuestras ropas, cantando y gritando sin parar. El aire fresco no nos molestaba y pronto entramos en calor y el agua nos pareci� tibia.</p><p>Cleof�s desmont� del burro y se meti� en el r�o. Alz� las manos y cant� en voz muy alta para que todos pudieran o�rle.</p><p>��Loado sea el Se�or, alaba al Se�or, alma m�a, �canta! Mientras viva loar� al Se�or; cantar� alabanzas a mi Dios mientras tenga un soplo de vida. No confi�is en pr�ncipes ni en nadie incapaz de ayudar; el h�lito de vuestros hombres escapa de ellos; regresan a la tierra; y ese mismo d�a sus pensamientos desaparecen �para siempre!</p><p>Todos le siguieron en el canto:</p><p>���Dichoso aquel que cuenta con la ayuda del Se�or de Jacob!</p><p>El r�o entero era un c�ntico, y los que estaban en la ribera se unieron tambi�n.</p><p>Yo nunca hab�a visto as� a mi t�o, contemplando el cielo rojo con los brazos en alto y el rostro tan lleno de plegarias. Toda la ira hab�a desaparecido de �l.</p><p>No le importaba la gente. No cantaba para ellos. Cant� y cant� sin mirar a nadie. Miraba el cielo, y yo mir� tambi�n aquel cielo que se oscurec�a con cenefas rojas del sol moribundo, y vi las primeras estrellas.</p><p>Me mov� en el agua mientras cantaba y cuando llegu� a �l le pas� un brazo por el cuello y not� que tiritaba bajo la t�nica mojada. Cleof�s ni siquiera not� mi presencia.</p><p>�Qu�date conmigo. Se�or, padre celestial, permite que se quede con nosotros. Padre celestial, �yo te lo pido! �Es demasiado? Si no puedo hallar respuestas a mis preguntas, permite que tenga a este hombre un tiempo m�s, hasta que t� decidas.�</p><p>Me sent� d�bil. Tuve que sujetarme a �l para no caerme. Algo sucedi�.</p><p>Primero muy r�pido y despu�s lentamente. No hab�a m�s r�o ni m�s cielo ni m�s c�nticos, pero a mi alrededor hab�a otros seres, tantos que nadie hubiera podido contarlos; eran m�s que los granos de arena del desierto o las gotas de agua del mar. �Por favor, por favor, que se quede conmigo, pero si debe morir, que as� sea.� Tend� ambos brazos hacia lo alto. Y por un brev�simo momento supe la respuesta a todo y ya no me preocup� nada, pero el instante pas� y todos cuantos me rodeaban se elevaron, lejos de m�, lejos de donde yo pod�a verlos y sentirlos.</p><p>Oscuridad. Quietud. Gente riendo y charlando como se hace por la noche.</p><p>Abr� los ojos. Alguien se apart� de m� como el agua se retira de la playa, con tanta fuerza que nada puede detenerla. Desapareci�, fuera lo que fuese, desapareci�.</p><p>Sent� miedo, pero estaba seco y arropado y era agradable estar en aquel lugar �ntimo y oscuro. El cielo estaba tachonado de estrellas. La gente cantaba todav�a y hab�a luces movi�ndose por doquier, l�mparas y velas y fogatas junto a las tiendas. Yo estaba tapado y caliente y mi madre ten�a su brazo encima de m�.</p><p>���Qu� he hecho? -pregunt�.</p><p>��Te has ca�do al r�o. Estabas rezando y muy cansado. Por eso te has ca�do.</p><p>Hab�a mucha gente alrededor y clamabas al Se�or. Pero ahora est�s aqu� y enseguida te dormir�s. Yo te he acostado. Cierra los ojos y ma�ana, cuando despiertes, comer�s y repondr�s fuerzas. Eres peque�o pero no lo bastante peque�o, y eres un chico grande pero no lo bastante grande a�n.</p><p>��Pero estamos aqu�, en casa -dije-. Y ha pasado algo.</p><p>��No -repuso ella.</p><p>Y lo dec�a en serio. Ella no lo comprend�a. Me sonri�. Lo vi a la luz de la lumbre y not� el calor del fuego. Ella dec�a la verdad, como siempre. M�s all� estaba Santiago, que ya dorm�a, y a su lado los hermanos peque�os de Zebedeo, y tantos otros. No me sab�a los nombres de todos. El peque�o Sime�n se hab�a acurrucado junto al peque�o Judas. El peque�o Jos� roncaba.</p><p>Mar�a, la mujer de Zebedeo, estaba hablando con Mar�a, la mujer de Cleof�s, con frases r�pidas y tono de preocupaci�n, pero no pude o�r lo que dec�a. Me di cuenta, eso s�, de que ahora eran amigas, y Mar�a, la egipcia, la esposa de Cleof�s, gesticulaba con las manos, mientras la Mar�a de Zebedeo asent�a con la cabeza.</p><p>Cerr� los ojos. Los otros, la gran multitud, tan suaves como la manta, como el viento que huele a r�o, �d�nde estaban? Algo se agit� en mi interior, fui tan consciente de ello como si una voz me hubiera dicho: �Esto no es lo m�s dif�cil.�</p><p>Fue s�lo un instante. Luego volv� a ser yo mismo.</p><p>Nuevas voces entonaron c�nticos aqu� y all�, y la gente que pasaba frente a nosotros iba cantando tambi�n. Yo me sent�a feliz con los ojos cerrados.</p><p>��El Se�or reinar� eternamente -cantaban-, incluso tu Se�or, Oh, Si�n, sobre todas las generaciones. Loado sea el Se�or.</p><p>O� la voz de mi t�a Mar�a, la esposa de Cleof�s:</p><p>��No s� d�nde est�. Se ha ido junto al r�o, a cantar y charlar con los dem�s.</p><p>Primero hablan y luego se ponen a cantar.</p><p>���Vela por �l! -susurr� mi madre.</p><p>��Pero si se ha recuperado bastante. Ya no tiene fiebre. Volver� cuando necesite echarse un rato. Si voy a buscarlo se enfadar�. No pienso ir. �Qu� sentido tiene? �De qu� sirve tratar de dec�rselo todo? Cuando necesite venir, vendr�.</p><p>��Pero deber�amos cuidarle -insisti� mi madre.</p><p>���Acaso no sabes -le dijo mi t�a Salom�- que eso es lo que �l quiere? Si ha de morir, deja que muera discutiendo sobre reyes e impuestos, o sobre el Templo, y que sea en el Jord�n, clamando al Se�or. Deja que disfrute de sus �ltimas fuerzas.</p><p>Guardaron silencio.</p><p>Luego bajaron la voz y hablaron de cosas comunes, tambi�n de problemas, pero yo no quer�a o�r nada. Bandidos por todas partes, aldeas en llamas.</p><p>Arquelao se hab�a hecho a la mar rumbo a Roma. Si los romanos no estaban volviendo ya de Siria, pronto lo estar�an. �No dec�an las se�ales de fuego lo que estaba pasando? Jerusal�n entera se hab�a amotinado. Me acurruqu� junto a mi madre, aovill�ndome.</p><p>��Basta -la o� decir-. Las cosas no cambian.</p><p>Me fui adormilando</p><p>����ngeles! -dije de pronto en voz alta y abr� los ojos.</p><p>��Du�rmete ya -dijo mi madre.</p><p>Me re� para mis adentros. Ella hab�a visto un �ngel antes de que yo naciera.</p><p>Un �ngel hab�a dicho a Jos� que nos trajera aqu�. Y ahora yo los hab�a visto.</p><p>Los hab�a visto pero s�lo un momento. Menos que eso. Eran muchos, tan innumerables como las estrellas, y yo los hab�a visto un instante, �verdad? �Qu� aspecto ten�an? Dej�moslo. Esto no es lo m�s importante.</p><p>Me volv� y apoy� la cabeza en el blando petate. �Por qu� no hab�a prestado m�s atenci�n a su aspecto? �Por qu� no me hab�a aferrado a su visi�n, por qu� los hab�a dejado marchar? �Porque lo cierto es que ellos estaban siempre all�!</p><p>S�lo ten�as que ser capaz de verlos. Era como abrir una puerta o correr una cortina. Pero la cortina era gruesa y pesada. Tal vez ocurr�a tambi�n as� con la cortina del sanctasanct�rum, que era gruesa y pesada. Y la cortina pod�a caer, cerrarse, as� de sencillo.</p><p>Mi madre hab�a visto un �ngel, el �ngel le hab�a hablado. Debi� de apartarse de todos ellos, acercarse a mi madre para hablarle, pero �qu� significaron sus palabras?</p><p>Quise llorar otra vez, pero me contuve. Estaba contento y triste a la vez, lleno de sentimiento como un vaso lo est� de agua. Tan lleno que mi cuerpo se ovill� bajo las mantas, y entonces sujet� con fuerza la mano de mi madre.</p><p>Ella desliz� sus dedos entre los m�os y se acost� a mi lado. Casi me dorm�.</p><p>�Esta es la manera -pens�-. S�, de este modo nadie puede saberlo. Por favor, nunca se lo digas a nadie. No, ni siquiera a la peque�a Salom�, ni siquiera a mi madre. No. Pero, Padre celestial, yo los vi, �no? Y descubrir� lo que sucedi� en Bel�n. Lo averiguar� todo.�</p><p>Regresaron, muchos de ellos, pero esta vez s�lo sonre� y no abr� los ojos.</p><p>�Pod�is venir, no har�is que me asuste ni que me despierte. Pod�is venir, aunque se�is tantos que no existan cifras para vosotros. Ven�s del lugar donde no existen n�meros. Ven�s de donde no hay ladrones, ni incendios, ni hombres alanceados. Venid, pero vosotros no sab�is lo que yo s�, �verdad? No, no lo sab�is. Pero �c�mo lo s� yo?�</p></section><section><title><p>10</p></title><p>�Qu� fue de la paz de aquella noche? �Cu�ndo se hizo a�icos?</p><p>A la ma�ana siguiente, el valle se pobl� de los que hu�an de la sublevaci�n.</p><p>Nos despertaron gritos y llantos. Las aldeas cercanas estaban en llamas.</p><p>Cargamos las bestias y pusimos rumbo al norte.</p><p>Primero seguimos el r�o, pero enseguida la vista de los incendios y el fragor de gritos nos empuj� hacia el oeste, donde de nuevo vimos escaramuzas y gente que hu�a con bultos y ni�os en brazos.</p><p>Cruzamos a la otra orilla y encontramos el mismo panorama. El camino estaba abarrotado de gente desdichada que contaba entre l�grimas lo que hab�an hecho los bandidos y los reyezuelos, que hab�an ca�do sobre ellos para adue�arse del ganado y el oro, incendiando sus aldeas sin motivo. Mi miedo aument� hasta arraigar en lo m�s profundo de m�, de manera que la felicidad me pareci� nada m�s que un sue�o, incluso a plena luz del d�a.</p><p>Perd� la cuenta de los d�as y no reten�a los nombres de los pueblos y lugares por donde pas�bamos. Una y otra vez nos deten�an los bandidos. Se abr�an paso entre la muchedumbre, gritando y maldiciendo, sin otro prop�sito que robar a todo el mundo. Nosotros nos api��bamos y no dec�amos nada.</p><p>Poco antes de caer la noche, mont�bamos nuestro campamento lejos de los poblados, que en su mayor�a estaban desiertos o eran pasto de las llamas.</p><p>En un pueblo hubimos de escondernos mientras los bandidos prend�an fuego a las casas. La peque�a Salom� empez� a llorar y fui yo quien la consol�. Yo, que hab�a llorado tanto a las puertas de Jeric�, ahora la abrazaba a ella y le dec�a que pronto estar�amos a salvo en casa. Silas y Lev� quer�an enfrentarse a los hombres que nos abordaban, pero Santiago les repiti� las serias advertencias de su padre de que guard�semos silencio y no intent�semos nada, puesto que ellos eran muy numerosos.</p><p>Despu�s de todo, dec�an nuestros hombres, aquellos canallas portaban espadas y cuchillos. Mataban por capricho. Estaban sedientos de sangre. No hab�a que caer en ninguna provocaci�n.</p><p>A veces camin�bamos bien entrada la noche mientras otros peregrinos montaban el campamento, y los hombres discut�an, siempre con Cleof�s en medio de todo. T�a Mar�a dec�a que �l lo pasaba en grande teniendo a tanta gente nueva escuchando sus discursos. Adem�s, ya no ten�a m�s fiebre.</p><p>Yo procuraba mantenerme cerca para o�r lo que dec�a. Y Cleof�s no paraba de hablar del rey Herodes Arquelao sin hacer caso de las �rdenes de Jos�, y Alfeo tambi�n desisti� de hacerle advertencias. Todo el mundo sab�a que Arquelao hab�a zarpado para Roma, pero tambi�n lo hab�an hecho otros hijos de Herodes, �los que hab�an tenido la suerte de sobrevivir�, en palabras de Cleof�s. Al parecer, el rey hab�a asesinado a cinco de sus hijos varones, as� como a innumerables hombres indefensos, a lo largo de sus m�s de treinta a�os de reinado.</p><p>Sim�n, el hermano de Jos�, estaba callado, lo mismo que sus hijos y su hija. A ellos no les interesaban estas cosas. Tampoco a mi madre.</p><p>Cuando nos separamos de Zebedeo y de la prima m�s querida de mi madre, Mar�a Alejandra, hubo muchas l�grimas porque �las tres Mar�as� ya no volver�an a estar juntas hasta la pr�xima fiesta en Jerusal�n y, dada la actual situaci�n, nadie pod�a asegurar cu�ndo ser�a seguro ir.</p><p>��Y no olvidemos a Isabel -dijeron entre sollozos-, sola en el mundo y con el peque�o Juan viviendo con los Esenos.</p><p>Y aunque se hab�an separado de ella hac�a mucho tiempo, volvieron todas a llorar otra vez. Lloraron por personas que yo no conoc�a y luego Zebedeo y los suyos montaron en sus bestias para dirigirse al mar de Galilea y Cafarnaum. Yo tambi�n quer�a ir a ese mar. Deseaba verlo con toda mi alma.</p><p>Echaba de menos la presencia del mar. Quiero decir, lo echaba de menos cuando el miedo remit�a en mi interior. Alejandr�a era una peque�a porci�n de tierra entre el Gran Mar y el lago. En Alejandr�a siempre ol�as a agua, notabas la brisa fresca. Pero ahora est�bamos tierra adentro y el terreno era pedregoso, los caminos duros. Y hab�a aguaceros.</p><p>Los hombres, que conoc�an las estaciones, dijeron que eran las �ltimas lluvias, un poco tard�as, y que en cualquier otro momento hubieran sido bienvenidas. Pero ahora nadie pensaba en las cosechas, sino en huir de los levantamientos y los problemas. Y la lluvia nos hac�a arrimarnos unos a otros bajo nuestras capas, y ten�amos fr�o.</p><p>Las mujeres tem�an por Cleof�s, a causa de las lluvias, pero �l no enferm�.</p><p>Ya no tos�a nada.</p><p>Los que nos adelantaban tra�an historias de nuevas revueltas en Jerusal�n.</p><p>Se dec�a que el ej�rcito romano estaba de camino desde Siria. Nuestros hombres alzaban los brazos al cielo.</p><p>Todav�a �ramos un grupo muy numeroso -hab�a peregrinos que regresaban a poblaciones de Galilea-, y pronto alcanzamos terreno m�s elevado y verde, lo que me gust� mucho.</p><p>All� donde mirara hab�a bosques y ovejas paciendo en las laderas, y all� por fin vimos a los campesinos trabajar como si no hubiera ninguna guerra.</p><p>Yo me olvidaba de los bandidos, pero de repente, salido de la nada, sobre la cresta de una loma aparec�a un grupo de jinetes y todos nos pon�amos a gritar. A veces el n�mero de peregrinos sin casa era tan grande que no se atrev�an con nosotros y se alejaban hacia los campos, dej�ndonos en paz. En otras ocasiones torturaban a los hombres que s�lo les daban respuestas in�tiles, como si fueran imb�ciles, cuando en realidad no lo eran.</p><p>Noche tras noche, nuevos hombres se sumaban al c�rculo de la cena.</p><p>Algunos eran galileos que iban al norte; otros, parientes lejanos nuestros a los que no conoc�amos; y otros, en fin, gente que hu�a de las revueltas y los incendios. Los hombres se sentaban alrededor de la lumbre y se pasaban el odre y discut�an a viva voz y se acaloraban. A la peque�a Salom� y a m� nos encantaba escucharlos.</p><p>Hab�an surgido caudillos rebeldes por todas partes, contaban. Como Atronges, que junto con sus hermanos lideraba un grupo muy activo y estaba reuniendo fuerzas. Y tambi�n en el norte estaba Judas, hijo de Ezequ�as el galileo.</p><p>Y no s�lo eran romanos los que ven�an hacia aqu�, sino que se les hab�an sumado los hombres de Arabia, que incendiaban aldeas porque odiaban a Herodes. Ya no hab�a nadie que pudiera plantar cara y poner orden. Los romanos hac�an lo que pod�an.</p><p>Todo esto nos anim� a darnos prisa en nuestro viaje hacia Galilea, pese a que no sab�amos d�nde pod�amos toparnos con esas temibles partidas armadas.</p><p>Los hombres discutieron acaloradamente.</p><p>��S�, todo el mundo hablaba de las maldades del rey Herodes, que si era un tirano y un monstruo -dijo uno de ellos-, pero �mirad lo que est� pasando ahora! �Es que siempre necesitaremos un tirano que nos gobierne?</p><p>��Podr�amos apa�arnos con el gobernador romano de Siria -dijo Cleof�s-. Pero no necesitamos un rey jud�o que no sea jud�o.</p><p>���Y entonces qui�n tendr�a la autoridad aqu�, en Judea, Samaria, Peraea y Galilea? -objet� Alfeo-. �Funcionarios romanos?</p><p>��Mejor que los Herodes -dijo Cleof�s, y muchos compartieron su opini�n.</p><p>���Y si llegara a Judea un prefecto romano con una estatua de C�sar Augusto representado como el Hijo de Dios?</p><p>��Eso no lo har�an nunca -replic� Cleof�s-. Se nos respeta en todas las ciudades del Imperio. Observamos el sabbat y no se nos exige que nos alistemos como soldados. Respetan nuestras leyes ancestrales. �Mejor ellos que esta familia de locos que conspiran entre s� y asesinan a los de su propia sangre!</p><p>La discusi�n se prolong�. Me gustaba quedarme dormido escuchando. Me hac�a sentir protegido y a salvo.</p><p>��Os cuento esto porque lo he visto -dijo Alfeo-. Cuando los romanos sofocan un disturbio, matan por igual a inocentes y culpables.</p><p>���C�mo van a distinguir los soldados entre unos y otros si entran a saco en la ciudad, o en las aldeas? -dijo un jud�o de Galilea-. Son como una tromba. Os aseguro que si vienen, lo mejor es apartarse del camino. Los romanos no tienen tiempo para escuchar c�mo les dices que t� no has hecho nada. Es como una plaga de langostas detr�s de otra: primero los ladrones y despu�s los soldados.</p><p>��Y estos hombres, estos grandes guerreros -dijo Cleof�s-, estos nuevos reyes de Israel reci�n liberados de las cadenas de la esclavitud, estos caudillos ungidos de un d�a para otro, �qu� har�n de este pa�s salvo sumirlo en nuevas y mayores desgracias?</p><p>Mi t�a Mar�a, la egipcia, grit�.</p><p>Abr� los ojos y me incorpor� de golpe.</p><p>Mar�a se levant� r�pidamente de entre las mujeres y se acerc� a los hombres; las manos le temblaban y sus ojos vert�an l�grimas que brillaban a la luz de la lumbre.</p><p>���Basta, no dig�is nada m�s! -grit�-. �Hemos salido de Egipto para o�r esto? Dejamos Alejandr�a y hemos recorrido el valle del Jord�n aterrorizados por estos insensatos, y cuando la cosa est� calmada y casi hemos llegado, vosotros met�is miedo a los ni�os con vuestro griter�o, con vuestras profec�as. �Pero no conoc�is la voluntad del Se�or! �Vosotros no sab�is nada! Podr�amos llegar ma�ana y encontrarnos con que Nazaret es un mont�n de cenizas.</p><p>Ma�ana. Nazaret. �En esta hermosa tierra?</p><p>Dos mujeres la sujetaron y la apartaron de los hombres. Cleof�s se limit� a encogerse de hombros. Los otros siguieron hablando pero en voz m�s baja.</p><p>Cleof�s mene� la cabeza y bebi� un trago de vino.</p><p>Yo me levant� y me acerqu� a Santiago, que estaba mirando el fuego como sol�a hacer.</p><p>���Tan pronto llegaremos a Nazaret? -pregunt�.</p><p>��Puede -dijo-. Estamos cerca.</p><p>���Y si lo han quemado todo?</p><p>��No tengas miedo -dijo Jos� con voz grave-. No lo habr�n quemado.</p><p>Estoy seguro. Vuelve a dormir.</p><p>Alfeo y Cleof�s lo miraron. Algunos hombres rezaban en voz baja sus oraciones mientras se dirig�an hacia sus camas al raso.</p><p>���C�mo vamos a saber la voluntad del Se�or? -murmur� Cleof�s-. El Se�or quiso que abandon�ramos Alejandr�a por esto, el Se�or quiso que� -Call� porque Jos� volvi� la cabeza para fulminarlo con la mirada.</p><p>���Qu� nos ha pasado hasta ahora? -pregunt� Alfeo.</p><p>Cleof�s estaba enojado y murmur� algo, vigilado todo el tiempo por Jos�.</p><p>Pero no encontraba las palabras adecuadas.</p><p>���Qu�? -repiti� Alfeo-. Vamos, di. �Qu� ha pasado?</p><p>Todos estaban mirando a Cleof�s.</p><p>��Nada nos ha pasado -dijo Cleof�s al fin-. Hemos salido airosos de todo.</p><p>Todos quedaron satisfechos; era la respuesta que esperaban o�r.</p><p>Cuando me acost�, Jos� vino a arroparme. El suelo estaba fresco y ol�a a hierba. Me lleg� tambi�n el aroma de los �rboles cercanos. Est�bamos desperdigados por la colina, unos al abrigo de los �rboles, otros al raso como yo.</p><p>Judas y Sime�n se acurrucaron conmigo, sin llegar a despertarse.</p><p>Contempl� el cielo estrellado. Yo nunca hab�a visto las estrellas as� en Alejandr�a, tan claras y tantas que parec�an motas de polvo o granos de arena, o todas las palabras que yo hab�a aprendido y cantado.</p><p>Los hombres hab�an abandonado la lumbre y el fuego se hab�a extinguido.</p><p>As� pude ver a�n mejor las estrellas, y lo cierto es que no quer�a dormirme. Yo nunca quer�a dormirme.</p><p>A lo lejos se o�an tenues gritos, procedentes del pie de la colina. Me volv� y vi distantes llamas pendiente abajo, y me desagrad� la manera como temblaban en el aire, pero los hombres no se levantaron. Nadie se movi�.</p><p>Est�bamos a oscuras. Nada cambi� en nuestro campamento ni en los que estaban cerca de nosotros. O� caballos en el peque�o valle.</p><p>Cleof�s se acost� a mi lado.</p><p>��Nada cambia -dijo.</p><p>���C�mo puedes decir eso? -repuse-. Vayamos donde vayamos, est� cambiando.</p><p>Anhel� que cesaran aquellos gritos. Y casi lo hicieron. M�s llamas. Las llamas me daban miedo.</p><p>Un c�ntico entonado a gritos fue acerc�ndose cada vez m�s. Era una mujer quien los profer�a. Pens� que cesar�a, pero no fue as�. Y con los gritos me lleg� tambi�n sonido de pasos, primero tenues y luego fuertes, gente corriendo.</p><p>Una voz de hombre reson� en la oscuridad exclamando palabras horribles, palabras llenas de odio y maldad, mientras la mujer segu�a gritando. Llam� ramera en griego a la mujer, dijo que la matar�a cuando la atrapara, y de su boca salieron terribles juramentos, palabras que yo nunca hab�a o�do pronunciar.</p><p>Nuestros hombres se levantaron. Yo los imit�.</p><p>De pronto los pasos de la mujer sonaron muy cerca, afan�ndose cuesta arriba. Respiraba jadeando y ya no pod�a gritar.</p><p>Cleof�s corri� hacia ella, seguido de Jos� y los otros hombres, y alcanc� a distinguir que le tend�an las manos cuando su silueta apareci�, agitando los brazos contra el cielo furibundo. R�pidamente la hicieron agacharse y la escondieron entre nuestras mantas. Se quedaron quietos. Yo la o�a respirar, y tambi�n toser y sollozar, mientras las mujeres le ordenaban que callara como si fuera una ni�a.</p><p>Yo estaba de pie, y Santiago detr�s de m�.</p><p>Recortado contra el fondo del incendio vi aparecer al perseguidor. Se detuvo. Era una silueta grande y negra como las rocas que nos rodeaban.</p><p>Estaba ebrio. Not� que ol�a a vino y que meneaba la cabeza.</p><p>Llam� a la mujer empleando ep�tetos obscenos, palabras que yo s�lo hab�a o�do ocasionalmente en el mercado, y palabras que sab�a que jam�s deb�an ser dichas.</p><p>Luego se qued� callado.</p><p>La noche entera enmudeci�; s�lo se o�a la bronca respiraci�n del desconocido, y el ruido que hac�a al tambalearse sobre el suelo.</p><p>La mujer solt� un grito ahogado.</p><p>Al o�rlo, el hombre ri� y fue directo hacia mi padre y mis t�os, quienes lo sujetaron. Fue una mole de oscuridad apresando otra masa de oscuridad. La noche se llen� de sonidos sordos pero contundentes.</p><p>Se dirigieron colina arriba, todos ellos, y ahora me pareci� que eran muchos; quiz�s iban tambi�n los dos hijos de Alfeo; todo sucedi� muy deprisa y los sonidos se repet�an. Yo sab�a qu� los produc�a: estaban apaleando al hombre. Y �l hab�a dejado de maldecir e insultar. Nadie dec�a nada, salvo las mujeres que hac�an callar a la perseguida.</p><p>De pronto, desaparecieron de mi vista. No s� por qu� me hab�a quedado all� quieto. Me levant� dispuesto a seguirlos.</p><p>��No -dijo mi hermano Santiago. La mujer dijo en sollozos:</p><p>��Soy viuda y estoy sola, sola con mi esclava. Mi esposo no lleva muerto ni dos semanas y vienen todos a m� como langostas. �Qu� voy a hacer? �Adonde puedo ir? Han quemado mi casa. Se lo llevaron todo. Son la hez de las heces. Y mi hijo cree que pelean por la libertad. Os aseguro que es la peor de las chusmas. Arquelao est� en Roma, los esclavos matan a sus amos y todo el orbe est� en llamas.</p><p>La mujer continu� lament�ndose de esa guisa. Yo no ve�a nada. Tampoco o�a a los hombres. Me palp� todo el cuerpo.</p><p>���Qu� le est�n haciendo? -le pregunt� a Santiago. Apenas si pod�a verle por un tenue reflejo en sus ojos.</p><p>Abajo en el valle, las llamas se hab�an extinguido pero el incendio segu�a activo.</p><p>��No digas nada. Ve a acostarte -me dijo.</p><p>��Mi casa -dijo la mujer, transida de pena-, mi granja, mi pobre ni�a Riba; si la encuentran la matar�n. Eran muchos, demasiados. Seguro que la matan, seguro que la matan.</p><p>Las mujeres la consolaron como nos consolaban a nosotros cuando est�bamos tristes, m�s con sonidos que con palabras.</p><p>��Vuelve a la cama -repiti� Santiago.</p><p>Era mi hermano mayor y yo ten�a que obedecerle. La peque�a Salom� sollozaba, medio dormida.</p><p>Me acerqu� para calmarla y le di un beso. Ella entrelaz� sus dedos con los m�os y poco a poco se durmi� otra vez.</p><p>Estuve en vela hasta que los hombres regresaron.</p><p>Cleof�s vino a tumbarse a mi lado. A todo esto, los peque�os Judas y Sime�n dorm�an como si nada hubiera pasado. A los ni�os, en cuanto pillan el sue�o, no hay nada que los despierte. Todo estaba en silencio. Ni siquiera las mujeres hac�an ruido.</p><p>Cleof�s empez� a susurrar en hebreo pero no lo entend�. Los otros hombres cuchicheaban quedamente. Las mujeres hablaban en voz tan baja que parec�an estar rezando.</p><p>Yo s� rec�.</p><p>No pude pensar en la pobre ni�a, la que hab�a quedado all� abajo en la casa incendiada. Rec� por ella sin pensar en ella. Y, entretanto, me venci� el sue�o.</p></section><section><title><p>11</p></title><p>Cuando despert�, antes de decir nada contempl� el cielo azul y los �rboles.</p><p>Nazaret: tierra de �rboles y campos.</p><p>Me levant� y dije mis oraciones con los brazos extendidos.</p><p>���Oye, Oh, Israel, el Se�or nuestro Dios es Uno� Y amar�s al Se�or tu Dios con todo tu coraz�n, toda tu alma y todas tus fuerzas.�</p><p>Estaba contento.</p><p>Entonces record� los sucesos de la noche.</p><p>Los hombres estaban volviendo de la casa de aquella mujer desdichada, o eso me dijeron las mujeres.</p><p>Ella estaba con nosotros y aqu� ven�a ahora la esclava, que no estaba muerta, con su velo y su t�nica, llorando, acompa�ada de Cleof�s, que la ayudaba a subir la cuesta.</p><p>La mujer grit� y corri� hacia ella.</p><p>Los hombres tra�an fardos con pertenencias de la casa. Y tambi�n una vaquilla, una vaquilla grande y lenta de ojos asustados, tirando de la soga que la sujetaba.</p><p>Hablaron en griego, la mujer y la esclava, y se abrazaron. Para dirigirse a nuestra familia, la mujer habl� en nuestra lengua. Nuestras mujeres rodearon a las reci�n llegadas y las abrazaron y consolaron.</p><p>Bruria, se llamaba la mujer, y la esclava Riba era como una hija para ella.</p><p>Ahora estaba dando gracias al cielo de que Riba estuviera sana y salva.</p><p>Por fin nos unimos a la caravana y seguimos camino de Nazaret.</p><p>Bruria cont� que los bandidos se hab�an apropiado de casi todas sus posesiones: sedas, vajilla, grano, odres y todo aquello que hab�an podido llevarse. Despu�s hab�an quemado la finca, incluso los olivos. Pero no encontraron el tesoro escondido en un t�nel bajo la casa. De ese modo, Bruria recuper� su oro, que era todo lo que su marido le hab�a dejado al morir. Riba se hab�a ocultado en el t�nel, lo que la salv� de los bandidos.</p><p>Mientras avanz�bamos hacia Nazaret, supe que las dos mujeres se quedar�an con nosotros.</p><p>Bruria tambi�n ten�a otras noticias.</p><p>No s�lo hab�a ardido Jeric� sino otro de los palacios de Herodes, el de Amathace. Y los romanos no pod�an contener a los �rabes, que en su marcha incendiaban aldea tras aldea.</p><p>Pero los hombres de la noche anterior eran vulgares borrachos, dijo Bruria.</p><p>Por su parte, Riba dijo que hab�a conseguido meterse en el t�nel por los pelos.</p><p>Mientras nos contaban todo eso, las dos mujeres caminaban sin dejar de sollozar.</p><p>Un t�nel bajo la casa. Yo nunca hab�a visto un t�nel debajo de una casa.</p><p>��Si no hay rey, no hay paz -dijo Bruria, que era hija de Hezekiah, hijo a su vez de Caleb, y procedi� a nombrar a todos sus antepasados y los de su esposo.</p><p>Los hombres la escuchaban con inter�s. Al o�r tal o cual nombre, hab�a murmullos y asentimientos de cabeza. Los hombres no miraban a la esclava, pero no se apartaban mucho de ambas mujeres y estaban expectantes, con el o�do aguzado.</p><p>��Judas hijo de Ezeque�as, �se es el rebelde -dijo Bruria-. El viejo Herodes lo encarcel�, pero no lo hizo ejecutar, lo cual habr�a sido mejor. Ahora est� sublevando a los j�venes. Tiene su sede en S�foris. Se apoder� del arsenal.</p><p>Pero los romanos ya est�n viniendo de Siria. Lloro por S�foris. Todo aquel que no quiera morir deber�a escapar cuanto antes de S�foris.</p><p>Yo conoc�a el nombre de esa ciudad. Sab�a que mi madre hab�a nacido all�, donde su padre Joaqu�n hab�a sido escriba, y que su mujer, mi abuela Ana, hab�a nacido tambi�n all�. Se hab�an trasladado a Nazaret cuando mi madre se prometi� a Jos�, que viv�a con sus hermanos en la casa de la vieja Sara y el viejo Justus, parientes de mi madre, as� como de Jos�. Parte de esa casa se la hab�an dado a Joaqu�n y Ana y a mi madre, pues era una casa grande que ten�a habitaciones de sobra para familias que conviv�an en un mismo patio grande, y fue all� donde vivieron hasta que se fueron a Bel�n, donde yo nac�.</p><p>Al pensar en ello tuve conciencia de que desconoc�a partes de la historia.</p><p>No sab�a que mi madre y Jos� se hab�an casado en Betania, en la casa de Isabel y Zacar�as, y que esa casa estaba cerca de Jerusal�n. Pero Isabel y su hijo Juan ya no viv�an all�. Hab�an tenido que ocultarse, tal como nos hab�a explicado mi prima Isabel.</p><p>Y al pensar en esto, todas las preguntas volvieron a mi mente. Pero ten�a demasiadas ganas de ver Nazaret como para pensar en ello. No quer�a sufrir por ese motivo.</p><p>El entorno que me rodeaba era muy bello. Conoc�a esta palabra por los salmos, y comprend� su significado al contemplar esta tierra.</p><p>Sara y Justus nos estar�an esperando en Nazaret. Les hab�amos escrito para comunicarles que volv�amos a casa. La vieja Sara era t�a de mi abuela Ana, y t�a tambi�n de alguien de la familia de Jos�, aunque yo no sab�a de qui�n.</p><p>La regi�n era cada vez m�s verde. Y, pese a que empez� a llover un poco, ni siquiera nos detuvimos.</p><p>Hab�amos escuchado muchas veces sus cartas, en las que ella nombraba a todos los ni�os, y ya estaba al corriente de nuestra venida.</p><p>Los hombres no hablaban mucho, pero Bruria y Riba eran muy locuaces; los hombres se limitaban a escucharlas. Finalmente Bruria dijo que no pod�a seguir guard�ndose lo que m�s tristeza le produc�a: �su hijo se hab�a unido a los rebeldes de S�foris! Se llamaba Caleb y a�adi� que quiz� ya estaba muerto.</p><p>No volver�a a verlo nunca m�s.</p><p>Los hombres asintieron con la cabeza y guardaron silencio.</p><p>��Nadie vendr� a molestarnos en Nazaret. �A qui�n puede importarle ese lugar? -dijo Cleof�s por lo bajo.</p><p>��Todo ir� bien -dijo Jos�-. Estoy seguro.</p><p>El sol iba ascendiendo en el cielo y las nubes parec�an velas de barco, tan limpias estaban. En los campos hab�a mujeres trabajando.</p><p>Llev�bamos un buen trecho cuesta arriba por las colinas cuando llegamos a una aldea derruida y desierta. La hierba estaba crecida y los tejados se hab�an derrumbado. El lugar estaba deshabitado desde hac�a tiempo. No hab�a nada quemado. La mayor parte de la caravana sigui� adelante, pero los nuestros se detuvieron.</p><p>Cleof�s y Jos� nos guiaron hasta un peque�o manantial que sal�a de la roca; sus aguas llenaban un estanque rodeado de grandes �rboles frondosos. Era un lugar muy hermoso.</p><p>Montamos el campamento y mi madre dijo que pernoctar�amos all� y seguir�amos camino por la ma�ana.</p><p>Los hombres fueron a ba�arse en el manantial mientras las mujeres iban a prepararles ropa limpia. Aguardamos. Luego las mujeres llevaron a los peque�os y nos ba�amos. El agua estaba fr�a, pero todos re�mos y lo pasamos en grande, y la ropa limpia ol�a bien. Ol�a incluso como en Egipto. Hab�an conseguido t�nicas para Bruria y Riba.</p><p>���Por qu� no seguimos camino hacia Nazaret? -pregunt�-. A�n es temprano.</p><p>��Los hombres quieren descansar -dijo mi madre-. Y parece que va a llover otra vez. Si llueve, nos meteremos en una de esas casas. Si no, nos quedaremos aqu�.</p><p>Los hombres no parec�an los mismos. Antes no me hab�a dado cuenta, pero llevaban todo el d�a muy callados.</p><p>Cierto que las dificultades nos surg�an a diario y ten�amos que apa�arnos con lo que encontr�bamos, pero esta vez los hombres se comportaban de manera extra�a. Hasta Cleof�s estaba callado. Con la espalda apoyada contra un �rbol, contemplaba las colinas a lo lejos y no parec�a ver la gente que pasaba por el camino en direcci�n a Galilea. Pero cuando mir� a Jos�, como sol�a hacer en momentos como aqu�l, vi que estaba sereno. Hab�a sacado un peque�o libro para leer y lo hac�a susurrando las palabras. Era un libro escrito en griego.</p><p>���Qu� es? -le pregunt�.</p><p>��Samuel -respondi�-. Habla de David.</p><p>Escuch� mientras �l le�a en voz baja. David hab�a estado combatiendo y quer�a beber agua del pozo de los enemigos, pero cuando le llevaron el agua no pudo beber�a porque los hombres hab�an corrido un grave peligro para conseguirla. Pod�an haber muerto s�lo por ello.</p><p>Luego, Jos� se levant� y le dijo a Cleof�s que le acompa�ara.</p><p>Las mujeres y los ni�os estaban reunidos alrededor de Bruria y Riba, y hablaban sin parar de las muchas cosas que hab�an ocurrido en la regi�n.</p><p>Jos�, Cleof�s y Alfeo, m�s los dos hijos de �ste y Santiago, llamaron a Bruria para hablar con ella. Se alejaron hasta un bosquecillo de �rboles que se mec�an al viento. Era agradable de ver.</p><p>Las voces sonaban distantes, pero pude captar retazos de conversaci�n.</p><p>��No, pero si perdiste tu finca. No, pero t�� Y todo cuanto pose�as�</p><p>��Tienes todo el derecho a�</p><p>��Consid�ralo el rescate. �Rescate?</p><p>La mujer, con las manos en alto y meneando la cabeza, regres� al grito de ��No pienso hacerlo!�.</p><p>Volvieron todos para acostarse y hubo silencio otra vez. Jos� parec�a preocupado, pero al final pareci� serenarse.</p><p>La gente pasaba por el camino sin mirarnos, incluso hombres a caballo.</p><p>Y despu�s de la cena, cuando todo el mundo estaba durmiendo, yo pens� en aquel hombre surgido en la noche, el borracho. Sab�a que lo hab�an matado, pero no quer�a pensar en eso. Simplemente lo sab�a, as� como el motivo por el que lo hab�an hecho. Sab�a lo que pretend�a hacerle a la mujer. Y sab�a que los hombres se hab�an lavado y puesto ropa limpia conforme a la Ley de Mois�s, y que no estar�an limpios hasta que se pusiera el sol. Por eso no �bamos hoy a Nazaret. Quer�an llegar a casa limpios.</p><p>Pero �podr�an estar limpios jam�s de semejante acto? �C�mo limpiarse la sangre de un semejante; y qu� hacer con el dinero que ten�a, el dinero que hab�a robado, un dinero manchado en sangre?.</p></section><section><title><p>12</p></title><p>Por fin coronamos la colina.</p><p>S�lo un gran valle se extend�a ante nosotros, todo un espect�culo de olivares y campos. Parec�a una tierra alegre, pero el gran diablo, el fuego, ard�a otra vez a lo lejos, y el humo se elevaba hasta el cielo y sus blancas nubes. Los dientes me rechinaron. Not� que el miedo brotaba en mi interior, mas lo obligu� a desaparecer.</p><p>���All� est� S�foris! -exclam� mi madre, y lo mismo hicieron las otras mujeres y los hombres. Y nuestros rezos se elevaron mientras mir�bamos sin movernos.</p><p>��Pero �y Nazaret? -pregunt� la peque�a Salom�-. �Est� ardiendo tambi�n?</p><p>��No -repuso mi madre, y se inclin� para se�alar con el dedo-. All� est� Nazaret.</p><p>Apuntaba hacia un pueblo en lo alto de un cerro. Casas blancas, unas encima de otras, y los �rboles muy api�ados. A ambos lados hab�a otras pendientes suaves y valles, y a lo lejos m�s pueblecitos apenas visibles al resplandor del sol. Al fondo estaba el gran incendio.</p><p>��Bien, �qu� hacemos? -dijo Cleof�s-. �Escondernos en las colinas porque S�foris est� en llamas, o ir a casa? �Yo digo ir a casa!</p><p>��No tengas tanta prisa -repuso Jos�-. Quiz� deber�amos permanecer aqu�. No lo s�.</p><p>���T� no lo sabes? -se asombr� su hermano Alfeo-. Cre� haberte o�do decir que el Se�or velar�a por nosotros, y ya estamos a menos de una hora de casa. Si esos ladrones aparecen por aqu�, prefiero estar metido en la casa de Nazaret que rondando por estos montes.</p><p>���Tenemos t�neles en la casa? -pregunt�, sin �nimo de interrumpir.</p><p>��S�, tenemos t�neles. En Nazaret todo el mundo los tiene. Son t�neles antiguos y hace falta repararlos, pero los hay. Aunque estos bandidos sanguinarios est�n por todas partes�</p><p>��Es Judas hijo de Ezeque�as -dijo Alfeo-. Seguramente habr� terminado con S�foris y viene de camino.</p><p>Bruria rompi� a llorar y Riba tambi�n. Mi madre trat� de consolarlas.</p><p>Jos� lo medit� y luego dijo:</p><p>��S�, el Se�or velar� por nosotros, llevas raz�n. Iremos a Nazaret. No veo que ocurra nada malo all�, y tampoco en el trecho que nos falta por cubrir.</p><p>Empezamos a descender hacia el valle y pronto estuvimos entre hileras de �rboles frutales y extensos olivares. Los campos eran los mejores que yo hab�a visto nunca. Avanz�bamos despacio y los ni�os no ten�amos permiso para corretear o alejarnos.</p><p>Estaba tan ansioso por ver Nazaret y tan lleno de dicha por encontrarme all� que tuve ganas de ponerme a cantar, pero nadie cantaba. Para mis adentros, dije: �Loado sea el Se�or, que cubri� los cielos de nubes, que prepar� la lluvia para la tierra, que hizo la hierba para que creciera en los montes.�</p><p>El camino era pedregoso e irregular, pero el viento soplaba suave. Vi �rboles repletos de flores y peque�as torres sobre unos promontorios, pero en los campos no hab�a ni un alma.</p><p>No hab�a nadie en ninguna parte. Y tampoco ovejas ni otro tipo de ganado.</p><p>Jos� nos dijo que apret�ramos el paso, e hicimos lo que pudimos. Pero no result� f�cil con mi t�a Mar�a, que de pronto hab�a enfermado, como si Cleof�s le hubiese transmitido el mal. Tir�bamos de los burros y nos turn�bamos para llevar al peque�o Sime�n, que pataleaba y lloraba reclamando a su madre.</p><p>Finalmente empezamos a subir la cuesta de Nazaret. Supliqu� ir en cabeza y adelantarme, y lo mismo hizo Santiago, pero Jos� dijo que no.</p><p>Nazaret era un pueblo desierto.</p><p>Una calle ancha colina arriba con callejuelas a ambos lados y casas blancas, algunas de dos y tres plantas, y muchas con patios descubiertos, y todo silencioso y vac�o como si all� no viviera nadie.</p><p>��D�monos prisa -dijo Jos� con semblante sombr�o.</p><p>���Pero qu� pasa para que todo el mundo se esconda de esta manera! -dijo Cleof�s en voz baja.</p><p>��No hables. Vamos -dijo Alfeo.</p><p>���D�nde se han escondido? -pregunt� la peque�a Salom�.</p><p>��En los t�neles. Seguro que est�n en los t�neles -dijo mi primo Silas. Su padre le orden� callar.</p><p>��Dejad que me suba yo al tejado m�s alto -propuso Santiago-. Echar� un vistazo.</p><p>��Adelante -dijo Jos�-, pero procura que nadie te vea, y regresa cuanto antes.</p><p>���Puedo ir con �l? -implor�. La respuesta fue no.</p><p>Silas y Lev� hicieron pucheros por no poder ir con Santiago.</p><p>Jos� nos hizo correr colina arriba.</p><p>Nos detuvimos en la calle principal, a media cuesta. Entonces supe que nuestro viaje hab�a tocado a su fin.</p><p>Era una casa grande, mucho m�s de lo que yo imaginaba, muy vieja y destartalada. Hac�a falta enyesar y limpiar, y cambiar el entramado de madera podrida que sosten�a las enredaderas. Pero era una casa para muchas familias, como nos hab�an explicado, con un establo en un amplio patio y tres plantas.</p><p>Las habitaciones se extend�an a cada lado del patio, con un tejado que daba sombra todo alrededor. La higuera m�s grande que hab�a visto en mi vida adornaba el patio.</p><p>Era una higuera encorvada, de ramas retorcidas que llegaban hasta las viejas piedras del patio formando un frondoso techo de hojas muy verdes.</p><p>Al pie del �rbol hab�a unos bancos. Las enredaderas se encaramaban al muro que daba a la calle, formando un p�rtico.</p><p>Era la casa m�s bonita que yo nunca hab�a contemplado.</p><p>Despu�s de la populosa calle de los Carpinteros, despu�s de las habitaciones donde mujeres y hombres dorm�an hacinados entre beb�s que no cesaban de berrear, aquello me pareci� un palacio.</p><p>S�, ten�a una d�bil techumbre de adobe, as� como manchas de humedad en las paredes y agujeros donde anidaban palomas -los �nicos seres vivos en todo el pueblo-, y el empedrado del patio estaba muy gastado. Y dentro probablemente habr�a suelos de tierra prensada; tambi�n los ten�amos en Alejandr�a. Nada de eso me preocup�.</p><p>Pens� en toda nuestra familia ocupando la casa. Pens� en la higuera, en las enredaderas con sus florecitas blancas. Cant� silenciosamente en acci�n de gracias al Se�or. Y �d�nde estaba la habitaci�n en que el �ngel se hab�a aparecido a mi madre? �D�nde? Ten�a que saberlo.</p><p>Todos estos pensamientos acudieron a m� en un instante.</p><p>Entonces o� un sonido, un sonido tan aterrador que borr� de un plumazo todo lo dem�s: caballos. Caballos entrando en el pueblo. Ruido de cascos y tambi�n de hombres gritando cosas en griego que no logr� entender.</p><p>Jos� mir� a un lado y a otro con ansiedad.</p><p>Cleof�s susurr� una plegaria y le dijo a Mar�a que metiera a todos en la casa.</p><p>Pero antes de que ella pudiera moverse, una voz autoritaria orden� en griego que todo el mundo saliera de las casas. Mi t�a se qued� inm�vil como si se hubiera convertido en piedra. Incluso los m�s peque�os enmudecieron.</p><p>Llegaban m�s jinetes. Entramos en el patio. Ten�amos que apartarnos de su camino, pero no pudimos ir m�s lejos.</p><p>Eran soldados romanos, y llevaban cascos de guerra y lanzas.</p><p>En Alejandr�a yo siempre ve�a soldados romanos yendo y viniendo por todas partes, en desfiles y con sus mujeres en el barrio jud�o. Incluso mi t�a Mar�a, la egipcia, mujer de Cleof�s, que estaba con nosotros ahora, era hija de un soldado romano jud�o, y sus t�os eran soldados romanos.</p><p>Pero aquellos hombres no se parec�an a nada de lo que yo hab�a visto.</p><p>Aquellos hombres ven�an sudorosos y cubiertos de polvo, y miraban con dureza a derecha e izquierda.</p><p>Eran cuatro. Dos esperaban a los otros dos, que bajaban la cuesta. Luego se reunieron los cuatro delante de nuestro patio y uno grit� que nos qued�ramos all�.</p><p>Refrenaron sus caballos, pero los caballos piafaban y echaban espuma, y no paraban de moverse inquietos. Eran demasiado grandes para la calle.</p><p>��Vaya, vaya -dijo uno de los hombres, en griego-. Parece que sois los �nicos que viv�s en Nazaret. Ten�is todo el pueblo para vosotros solos. Y nosotros a toda la poblaci�n reunida en un solo patio. �Estupendo!</p><p>Nadie dijo palabra. La mano de Jos� en mi hombro casi me hac�a da�o.</p><p>Todos nos quedamos quietos.</p><p>Entonces el que parec�a el jefe, haciendo se�as a sus camaradas de que callaran, avanz� como mejor pudo a lomos de su nerviosa montura.</p><p>���Qu� ten�is que decir en vuestra defensa? -espet�.</p><p>Otro bram�:</p><p>���Alg�n motivo para que no os crucifiquemos como a la otra chusma que encontramos por el camino?</p><p>Silencio. Y entonces, Jos� habl� con voz suave.</p><p>��Se�or -dijo en griego-, venimos de Alejandr�a. �sta es nuestra casa, pero no sabemos nada de lo que est� pasando. Acabamos de llegar y nos hemos encontrado el pueblo vac�o. -Se�al� hacia los burros con sus canastos, mantas y bultos-. Venimos cubiertos del polvo del camino, se�or. Estamos a vuestro servicio.</p><p>Tan larga respuesta sorprendi� a los romanos, y el jefe avanz� con su caballo, entrando en el patio y haciendo retroceder de miedo a nuestras bestias. Nos mir� a todos, a nuestros fardos, a las mujeres y a los peque�os.</p><p>Pero, antes de que pudiera hablar, el otro soldado dijo:</p><p>���Por qu� no nos llevamos dos y dejamos el resto? No tenemos tiempo para mirar en todas las casas. Elige dos y largu�monos de aqu�.</p><p>Mi t�a y mi madre gritaron al un�sono, aunque al punto se contuvieron. La peque�a Salom� rompi� a llorar y el peque�o Sime�n se puso a berrear, aunque dudo que supiera por qu�. O� a mi t�a Esther murmurar algo en griego, pero no entend� las palabras.</p><p>Yo estaba tan asustado que casi no pod�a respirar. Hab�an dicho �crucificar�, y yo sab�a qu� era una crucifixi�n. Lo hab�a visto cerca de Alejandr�a, pero s�lo con miradas r�pidas porque jam�s hab�a que quedarse presenciando una crucifixi�n. Clavado a una cruz, despojado de toda la ropa y miserablemente desnudo en su muerte, un crucificado era una visi�n horrible y vergonzosa. Sent� p�nico.</p><p>El jefe no respondi�.</p><p>��As� escarmentar�n -insisti� el otro-. Nos llevamos dos y dejamos que se vayan los otros.</p><p>��Se�or -dijo Jos�-, �qu� podr�amos hacer para demostraros que no somos culpables de nada, que tan s�lo acabamos de llegar de Egipto? Somos gente sencilla, se�or. Observamos las leyes, tanto las nuestras como las vuestras.</p><p>Jos� no exteriorizaba ning�n miedo, como tampoco ninguno de los hombres, pero yo sab�a que estaban aterrorizados. Mis dientes empezaron a casta�etear. Ahora no pod�a romper a llorar. Ahora no, por favor.</p><p>Entretanto, las mujeres temblaban y sollozaban de manera casi inaudible.</p><p>��No -dijo el jefe-, estos hombres no tienen nada que ver. V�monos.</p><p>��Espera, tenemos que llevarnos a alguien de este pueblo -dijo el otro-. Seguro que aqu� tambi�n apoyaban a los rebeldes. Ni siquiera hemos registrado las casas.</p><p>���C�mo vamos a registrar tantas casas? -repuso el jefe. Nos mir�-. T� mismo has dicho que no podemos. Y ahora, en marcha.</p><p>��Uno, llev�monos a uno solo, para que sirva de ejemplo. S�lo uno. -El soldado se situ� delante del jefe y empez� a mirar a nuestros hombres.</p><p>El jefe no respondi�.</p><p>��Entonces ir� yo -dijo Cleof�s-. Llevadme a m�.</p><p>Las mujeres gritaron al un�sono; mi t�a Mar�a se derrumb� sobre mi madre y Bruria cay� de hinojos y prorrumpi� en llanto.</p><p>��Es para esto que sobreviv�: morir� por la familia.</p><p>��No, llevadme a m� -dijo Jos�-. Ir� con vosotros. Si es que tiene que ir alguien, que sea yo. No s� de qu� se me acusa, pero ir�.</p><p>��No; voy yo -terci� Alfeo-. Si es preciso, ser� yo. Pero, os lo ruego, decidme el motivo por el que voy a morir.</p><p>��T� no morir�s -replic� Cleof�s-. �No te das cuenta? Es por eso que no mor� all� en Jerusal�n. Ahora voy a ofrecer mi vida por la familia: es el momento perfecto.</p><p>��Ser� yo quien vaya -intervino Sim�n, dando un paso al frente-. El Se�or no alarga la vida de un hombre para hacerle morir en la cruz. Llevadme a m�.</p><p>Siempre he sido lento y perezoso. Todos lo sab�is. Nunca hago nada bien; al menos ahora servir� para algo. Dejad que aproveche esta ocasi�n para ofrecerme por mis hermanos y por todos mis familiares.</p><p>���He dicho que no! �Ir� yo! -se obstin� Cleof�s-. Es a m� a quien se llevar�n.</p><p>De repente, los hermanos empezaron a gritarse unos a otros, incluso a darse empujones suaves, cada cual asegurando que morir�a por los dem�s.</p><p>Cleof�s porque de todos modos estaba enfermo, Jos� porque era el cabeza de familia, y Alfeo porque dejaba a dos hijos fuertes y sanos, y as� sucesivamente.</p><p>Los soldados, que hab�an enmudecido de asombro, prorrumpieron en grandes carcajadas.</p><p>Y Santiago baj� del tejado, mi hermano Santiago de s�lo doce a�os, vino corriendo y dijo que quer�a ser �l quien fuera.</p><p>��Ir� con vosotros -le dijo al jefe-. He venido a la casa de mi padre, y del padre de mi padre, y del padre del padre de mi padre, para morir por esta casa.</p><p>Los soldados se rieron todav�a m�s.</p><p>Jos� hizo retroceder a Santiago y todos empezaron a discutir otra vez, hasta que los soldados miraron hacia la casa. Uno de ellos se�al� con el dedo.</p><p>Todos volvimos la cabeza.</p><p>De la casa, de nuestra casa, sal�a una anciana, una mujer tan vieja que su piel parec�a cuero reseco. Tra�a en sus manos una bandeja de pastas y un odre de vino colgado del hombro. Ten�a que ser la vieja Sara, no pod�a ser otra.</p><p>Los ni�os la miramos porque los soldados as� lo hac�an, pero los hombres continuaban discutiendo sobre qui�n iba a ser el crucificado, y cuando ella habl� no pudimos o�r sus palabras. -�Basta, callaos de una vez! -grit� el jefe-. �No veis que la anciana quiere hablar?</p><p>Silencio.</p><p>La vieja Sara se adelant� a pasitos r�pidos.</p><p>��Har�a una inclinaci�n ante vosotros -dijo en griego-, pero soy demasiado vieja para eso. Y vosotros sois j�venes. Tengo unos dulces y el mejor vino de los vi�edos de nuestros parientes que viven m�s al norte. S� que est�is cansados y en tierra extranjera. -Su griego era tan bueno como el de Jos�, y su manera de hablar denotaba alguien acostumbrado a contar historias.</p><p>���Dar�as de comer y beber a unos soldados que crucifican a tus compatriotas? -pregunt� el jefe.</p><p>��Se�or, podr�a prepararos la ambros�a de los dioses en el Monte Olimpo -dijo Sara-, y convocar a bailarinas y m�sicos y llenar vasos dorados con n�ctar, si con eso perdonarais la vida a estos hijos de la casa de mi padre.</p><p>Los soldados prorrumpieron en tales risotadas que fue como si no hubieran re�do nunca. No era una risa malvada, no, sus rostros parec�an ahora menos crispados, y se les notaba la fatiga.</p><p>Sara se acerc� a ellos y les ofreci� los dulces. Y los soldados aceptaron, los cuatro, y el soldado malvado, el que quer�a llevarse a uno de nosotros, cogi� el odre de vino y ech� un trago.</p><p>��Mejor que n�ctar y ambros�a -dijo el jefe-. Eres una mujer bondadosa.</p><p>Me recuerdas a mi abuela. Si t� me dices que ninguno de estos hombres es un bandido, si me dices que nada tienen que ver con las revueltas de S�foris, yo te creer�, y dime tambi�n por qu� el pueblo est� vac�o.</p><p>��Estos hombres son lo que dicen ser -confirm� la anciana. Santiago le cogi� la bandeja mientras los hombres com�an los dulces-. Han vivido siete a�os en Alejandr�a. Son artesanos que trabajan la plata, la madera y la piedra.</p><p>Tengo una carta de ellos anunciando su regreso a casa. Y esta ni�a, mi sobrina Mar�a, es hija de un soldado romano jud�o estacionado en Alejandr�a, y su padre particip� en las campa�as del norte.</p><p>T�a Mar�a, que ya no se sosten�a en pie y necesitaba la ayuda de dos mujeres, asinti� con la cabeza.</p><p>��Tomad, aqu� tengo la carta. Me lleg� de Egipto hace solamente un mes, por el correo romano. Os la ense�ar�. Pod�is leerla. Est� en griego, la redact� el escriba de la calle de los Carpinteros.</p><p>Sac� un pergamino enrollado, el mismo que mi madre le hab�a enviado desde Alejandr�a.</p><p>��No, no hace falta -dijo el soldado-. Ver�is, ten�amos que sofocar esta rebeli�n, eso ya lo sab�is. Y buena parte de la ciudad ha sido pasto de las llamas. Eso no es bueno para nadie. Nadie quiere que eso pase. Mirad este pueblo. Mirad los cultivos. Estas tierras son buenas. �Para qu� esta est�pida insurrecci�n? Y ahora media ciudad incendiada, y los mercaderes de esclavos llev�ndose a rastras a mujeres y ni�os.</p><p>Un soldado empez� a refunfu�ar, pero el malvado guardaba silencio. El que hablaba continu�.</p><p>��Estos insurrectos no pueden unificar el pa�s. Sin embargo, se hacen coronar y se proclaman reyes. Y los rumores que llegan de Jerusal�n indican que all� las cosas est�n peor. Sab�is que buena parte del ej�rcito se dirige al sur, hacia Jerusal�n, �no?</p><p>��Rezo para que cuando la muerte venga a cualquiera de nosotros -dijo la anciana-, nuestras almas est�n juntas en el haz de los que viven ante el Se�or.</p><p>Los soldados la miraron extra�ados.</p><p>��Y no en el hueco de la honda, como las almas de quienes obran mal -concluy� la anciana.</p><p>��Bonita oraci�n -dijo el jefe romano.</p><p>��Y espera a probar el vino -terci� el soldado que le tendi� el odre.</p><p>El jefe bebi�.</p><p>��Muy bueno -repiti�-. Un vino excelente.</p><p>��Para salvar a mi familia -dijo la anciana-, �cre�is que os servir�a un vino malo?</p><p>Los soldados rieron otra vez. La anciana les ca�a bien.</p><p>El jefe quiso devolverle el odre, pero ella lo rechaz�.</p><p>��Qued�oslo -dijo-. Vuestro trabajo es muy duro.</p><p>��Duro, s� -asinti� el romano-. Una cosa es pelear en el campo de batalla, y otra las ejecuciones. -Nos mir� despacio a todos, como si fuera a hablar.</p><p>Pero en cambio dijo:</p><p>��Gracias, anciana, por tu hospitalidad. En cuanto a este pueblo, lo dejaremos como est�. -Tir� de las riendas e hizo girar al caballo para alejarse calle abajo.</p><p>Todos inclinamos la cabeza.</p><p>La anciana habl� y el jefe se detuvo para o�r sus palabras:</p><p>���Que el Se�or te bendiga y te guarde; que el Se�or haga resplandecer su rostro sobre ti y te otorgue su gracia; que el Se�or vuelva hacia ti su rostro y te d� la paz.� El jefe se la qued� mirando un momento mientras los caballos piafaban en el polvo.</p><p>Luego asinti� con la cabeza y sonri�.</p><p>Y, tal como hab�an venido, se fueron, con mucho ruido y estr�pito. Y Nazaret qued� tan vac�o como lo estaba antes de su llegada.</p><p>Nada se mov�a salvo las florecitas y las hojas de las enredaderas. Y los reto�os de la higuera, de un verde tan brillante. S�lo se o�a el arrullo de las palomas y el suave canto de otros p�jaros.</p><p>Jos� se dirigi� a Santiago en voz queda.</p><p>���Qu� has visto desde los tejados?</p><p>��Cruces y m�s cruces -dijo el peque�o- a ambos lados del camino a S�foris. No he distinguido a los hombres, pero s� las cruces. No s� cu�ntas habr�. Quiz�s hay unos cincuenta crucificados.</p><p>��Bien, el peligro ha pasado -dijo Jos�, y todo el mundo empez� a moverse y a hablar a la vez.</p><p>Las mujeres rodearon a la anciana y tomaron sus manos para cubrirla de besos, indic�ndonos por gestos que hici�ramos lo mismo.</p><p>��Esta es la vieja Sara -dijo mi madre-, la hermana de la madre de mi madre. Venid todos a saludar a la vieja Sara -nos dijo a los ni�os-. Dejadme que os la presente.</p><p>Sus ropas eran suaves, a pesar del polvo, y sus manos menudas y arrugadas como su rostro. Ten�a los ojos hundidos en profundas arrugas, pero le brillaban.</p><p>��Jes�s hijo de Jos� -dijo la anciana-. Y mi Santiago, venid, dejad que me ponga debajo del �rbol, venid, ni�os, venid todos, quiero veros uno por uno.</p><p>Ah, y deja que tome a ese beb� en brazos.</p><p>Yo hab�a o�do hablar mucho de Sara. Desde siempre hab�amos le�do cartas de ella. Aquella anciana era el punto de confluencia entre la familia de mi padre y la de mi madre. Yo no recordaba todos los v�nculos, pese a que me los hab�an repetido muchas veces. No obstante, sab�a que era verdad.</p><p>De modo que nos congregamos bajo la higuera y yo me sent� a los pies de la vieja. Hab�a luz y manchas de sombra, y corr�a un aire l�mpido y casi tibio.</p><p>Tan gastadas estaban aquellas piedras que apenas mostraban ya se�ales de las herramientas del alba�il, y eran piedras grandes. Me encantaron las enredaderas con sus flores blancas, que la brisa mec�a. All� hab�a espacio y las cosas eran m�s suaves, o eso me pareci�, que all� en Alejandr�a.</p><p>Los hombres fueron a ocuparse de las bestias y los chicos mayores estaban entrando los fardos en la casa. Yo quer�a ir a ayudar, pero tambi�n quer�a escuchar a la vieja Sara.</p><p>Mi madre le puso al peque�o Judas en el regazo mientras le contaba la historia de Bruria y su esclava Riba, y �stas dijeron que ser�an nuestras siervas para siempre y que hoy mismo se encargar�an de preparar la comida, y que cuidar�an de todos nosotros si les dec�amos qu� cosas utilizar y d�nde encontrarlas. Todo el mundo hablaba a mi alrededor.</p><p>En cuanto al resto del pueblo, la gente estaba escondida efectivamente en los t�neles subterr�neos, dijo la vieja Sara, y algunos hab�an huido a las cuevas.</p><p>��Yo soy demasiado vieja para arrastrarme por un t�nel -dijo-, y a los ancianos nunca los matan. Recemos para que no regresen.</p><p>��Los hay a millares -dijo Santiago, que hab�a podido verlos desde los tejados.</p><p>���Puedo subir al tejado a mirar? -pregunt� a mi madre.</p><p>��Ve a ver al viejo Justus -dijo Sara-. Est� en la cama y no puede moverse.</p><p>Entramos en la casa, la peque�a Salom�, Santiago y yo, y los dos primos hijos de Alfeo. Cruzamos cuatro habitaciones seguidas antes de encontrarlo.</p><p>Su cama estaba separada del suelo y una l�mpara encendida desped�a perfume. Jos� estaba all� con �l, sentado en un taburete junto a la cama.</p><p>Justus levant� una mano e intent� incorporarse, pero no pudo. Jos� le fue diciendo nuestros nombres, pero el viejo s�lo me mir� a m�. Se tumb� de espaldas y vi que no pod�a hablar. Cerr� los ojos.</p><p>Del viejo Justus tambi�n hab�amos hablado, s�, pero �l nunca escrib�a. Era m�s viejo todav�a que Sara, y t�o suyo. Pariente, adem�s, de Jos� y de mi madre, igual que Sara. Pero, una vez m�s, yo no habr�a podido distinguir los v�nculos de su parentesco como mi madre que s� pod�a.</p><p>En la casa ol�a a comida, a pan reci�n horneado y a potaje de carne. Esto lo hab�a preparado la vieja Sara en el brasero.</p><p>Aunque luc�a un sol radiante, los hombres nos hicieron entrar a todos.</p><p>Atrancaron bien las puertas, incluso las del establo donde estaban los animales (no hab�a otros que los nuestros), y encendieron las l�mparas. Nos sentamos en la penumbra. Hac�a calor, pero no me import�. Las alfombras eran gruesas y suaves, y yo s�lo pensaba en la cena.</p><p>Oh, s�, me mor�a de ganas de ver los campos y los �rboles, y correr arriba y abajo de la calle y conocer a la gente del pueblo, pero todo eso habr�a de esperar hasta que los graves problemas hubieran terminado.</p><p>Aqu�, juntos, est�bamos a salvo. Las mujeres ajetreadas, los hombres jugando con los peque�os, y la lumbre del brasero despidiendo un bonito fulgor.</p><p>Las mujeres sacaron higos secos, uvas con miel, d�tiles y aceitunas maceradas y otras cosas buenas que hab�amos tra�do desde Egipto, y eso, sumado al espeso potaje de cordero y lentejas -cordero de verdad- y el pan fresco, fue todo un fest�n.</p><p>Jos� bendijo el vino mientras beb�amos:</p><p>��Oh, Se�or del universo, creador del vino que ahora bebemos, del trigo para hacer el pan que comemos, te damos gracias por estar finalmente en casa sanos y salvos, y l�branos del mal, am�n.</p><p>Si hab�a alguien m�s en el pueblo, no lo sab�amos. La vieja Sara nos dijo que tuvi�semos paciencia, adem�s de fe en el Se�or.</p><p>Despu�s de la cena, Cleof�s se acerc� a t�a Sara, se inclin� y le bes� las manos, y ella le bes� la frente.</p><p>���Qu� sabes t� de dioses y diosas que beben n�ctar y comen ambros�a? -brome� �l.</p><p>Los otros hombres rieron un poco.</p><p>��Ya que te pica la curiosidad, mira en las cajas de pergaminos cuando tengas tiempo -respondi� ella-. �Crees que mi padre no le�a a Homero? �O a Plat�n? �Crees que �l nunca les le�a a sus hijos por la noche? No creas que sabes m�s que yo.</p><p>Los otros hombres fueron acerc�ndose para besarle las manos. Me sorprendi� que hubieran tardado tanto en decidirse a hacerlo, y que ninguno tuviera palabras de agradecimiento por lo que hab�a hecho.</p><p>Cuando mi madre me acost� en la habitaci�n con los hombres, le pregunt� por qu� no le hab�an dado las gracias. Ella frunci� el entrecejo, mene� la cabeza y me susurr� que no hablara de ello. Una mujer hab�a salvado la vida de unos hombres.</p><p>��Pero si tiene muchos pelos grises -dije.</p><p>��Sigue siendo una mujer -replic� mi madre-, y ellos son hombres.</p><p>Por la noche me despert� llorando.</p><p>Al principio no supe d�nde me encontraba. No ve�a nada. Mi madre estaba cerca y tambi�n mi t�a Mar�a, y Bruria me estaba hablando. Record� que est�bamos en casa. Los dientes me casta�eteaban pero no ten�a fr�o. Santiago se acerc� y me dijo que los romanos se hab�an ido. Hab�an dejado soldados vigilando las cruces, la rebeli�n estaba casi sofocada, pero el grueso del ej�rcito hab�a partido.</p><p>Me pareci� que hablaba con mucha seguridad. Se acost� junto a m� y me rode� con un brazo.</p><p>Dese� que fuera de d�a. Seguramente el miedo desaparecer�a cuando saliera el sol. Solloc� en silencio.</p><p>Mi madre me canturre� quedamente:</p><p>��Es el Se�or quien otorga la salvaci�n incluso a los reyes, es el Se�or quien libr� al mismo David de la odiosa espada; que nuestros hijos crezcan como crecen las plantas y que nuestras hijas sean piedras angulares, pulidas como las del palacio� Dichosa la persona cuyo Dios es el Se�or.</p><p>Tuve sue�os.</p><p>Cuando empez� a clarear abr� los ojos y vi amanecer por la puerta que daba al patio. Las mujeres ya estaban levantadas. Sal� antes de que nadie pudiera imped�rmelo. El aire era agradable y casi caliente.</p><p>Santiago sali� detr�s de m� y yo trep� por la escala que daba al tejado, y luego a otra escala que sub�a al siguiente tejado. Nos arrimamos al borde y miramos hacia S�foris.</p><p>Estaba tan lejos que lo �nico que distingu� fueron las cruces, y era como Santiago hab�a dicho. No pude contarlas. Hab�a gente movi�ndose entre ellas.</p><p>Gente tambi�n en el camino, as� como carros y burros. El incendio estaba apagado aunque a�n se ve�an columnas de humo, y buena parte de la ciudad no hab�a sido pasto de las llamas. De todos modos, era dif�cil decirlo desde nuestra atalaya.</p><p>A mi derecha, las casas de Nazaret trepaban colina arriba pegadas unas a otras, y a mi izquierda descend�an. No hab�a nadie en los tejados, pero distinguimos esteras y mantas aqu� y all� y, rodeando todo el pueblo, los verdes campos y los bosques frondosos. �Cu�ntos �rboles!</p><p>Jos� estaba esper�ndome cuando baj�. Nos agarr� a los dos del hombro y dijo:</p><p>���Qui�n os ha dicho que pod�ais hacer eso? No volv�is a subir.</p><p>Asentimos cabizbajos. Santiago se sonroj�, pero vi que cruzaban una mirada r�pida, Santiago avergonzado y Jos� perdon�ndole.</p><p>��He sido yo -admit�.</p><p>��No volver�s a subir ah� -dijo Jos�-. Los romanos pueden volver, no lo olvides.</p><p>Asent� con la cabeza.</p><p>���Qu� hab�is visto? -pregunt�.</p><p>��Se ve todo tranquilo -respondi� Santiago-. La gente est� recogiendo los cad�veres. Algunas aldeas han sido quemadas.</p><p>��Yo no he visto ninguna aldea -dije.</p><p>��Pues estaban ah�, muy peque�as, cerca de la ciudad.</p><p>Jos� mene� la cabeza y se llev� a Santiago para trabajar.</p><p>La vieja Sara estaba sentada al aire libre, toda encogida, bajo la vieja higuera. Las hojas eran grandes y verdes. Ella cos�a, pero m�s que nada tiraba de los hilos.</p><p>Un viejo se acerc� al port�n, salud� con la cabeza y sigui� su camino.</p><p>Tambi�n pasaron mujeres con cestos, y o� voces de ni�os.</p><p>Me qued� escuchando y volv� a o�r las palomas, y me pareci� percibir el sonido de la vegetaci�n sacudida por la brisa. Una mujer cantaba.</p><p>���Qu� est�s so�ando? -pregunt� la vieja Sara.</p><p>En Alejandr�a siempre hab�a gente, gente por todas partes, y lo normal era estar con otras personas ya fuera charlando o comiendo o trabajando o jugando o durmiendo apretujados, nunca hab�a habido tanta� tanta quietud.</p><p>Tuve ganas de cantar. Pens� en t�o Cleof�s y en c�mo se pon�a a cantar de repente. Quise cantar.</p><p>Un ni�o se asom� a la entrada del patio, y luego otro detr�s de �l.</p><p>��Entrad -les dije.</p><p>��S�, Toda, entra, y t� tambi�n, Mattai -los anim� la vieja Sara-. Este es mi sobrino, Jes�s hijo de Jos�.</p><p>Al momento, el peque�o Sime�n sali� de detr�s de la cortina que tapaba el umbral, seguido por el peque�o Judas.</p><p>��Yo puedo llegar m�s r�pido que nadie a la cima de la colina -dijo Mattai.</p><p>Toda le dijo que ten�an que volver al trabajo.</p><p>��El mercado ha vuelto a abrir. �Has visto el mercado? -me pregunt�.</p><p>��No, �d�nde est�?</p><p>��Vamos, id -dijo la vieja Sara.</p><p>El pueblo volv�a a la vida.</p></section><section><title><p>13</p></title><p>El mercado no era m�s que una peque�a reuni�n de gente al pie de la colina. La gente montaba toldos y colocaba sus mercanc�as sobre mantas, y las mujeres vend�an la verdura sobrante de sus huertos. Tambi�n hab�a un buhonero que ofrec�a algunos art�culos, incluida una vajilla de plata. Otro vend�a ropa de cama y rollos de hilo te�ido, as� como toda suerte de chucher�as y unos tazones de caliza, e incluso un par de peque�os libros encuadernados.</p><p>Encontr� m�s ni�os, pero las madres no los dejaban alejarse. Y Santiago vino a buscarme enseguida.</p><p>El pueblo estaba cada vez m�s animado. Pasaban mujeres camino del mercado, hab�a ancianos en los patios, y algunos hombres iban y ven�an de los campos.</p><p>Pero la gente estaba preocupada, los o�as hablar en voz queda de los sucesos de S�foris, y nadie parec�a tranquilo salvo aquellos que �ramos peque�os y pod�amos olvidarnos un rato de los problemas.</p><p>Cuando volv� a casa me encontr� con que otros ni�os hab�an ido a jugar con la peque�a Salom� y los dem�s, pero la mayor�a de la familia estaba trabajando.</p><p>Hab�a que evaluar las reparaciones m�s necesarias. Primero subimos al tejado de adobe y vimos los agujeros que era preciso arreglar, y luego fuimos de habitaci�n en habitaci�n para comprobar el enlucido y si los suelos de los pisos superiores estaban en buen estado. Hab�a mucho que pintar de blanco all� donde el yeso se hab�a vuelto gris o negro. En las habitaciones inferiores hab�a vestigios de z�calos bien pintados y con dibujos que sin duda hab�an sido muy bonitos.</p><p>Jos� y Cleof�s hablaron de repintarlo todo; en Alejandr�a sol�an hacerlo con eficiencia y rapidez. Yo era demasiado peque�o para esa tarea, y nunca una larga tira de z�calo me saldr�a perfectamente recta.</p><p>Pero hab�a muchas cosas que s� pod�a hacer.</p><p>Hab�a que reparar los pesebres del establo, y las celos�as de las enredaderas de la parte delantera del patio ten�an que ser cambiadas.</p><p>Lo que m�s me sorprendi� fue descubrir las grandes cisternas de que dispon�a la casa, ambas bastante llenas gracias a las intensas lluvias, aunque habr�a que remendarlas.</p><p>Y el �ltimo descubrimiento fue el gran mikvah, labrado en la piedra debajo de la casa hac�a muchos, muchos a�os.</p><p>El mikvah era una honda alberca para la purificaci�n de las mujeres, algo que nunca hab�a visto en Egipto. Ten�a escalones que bajaban hasta el fondo, de manera que uno pod�a andar bajo la superficie del agua y volver a salir por el otro extremo sin necesidad de agachar la cabeza. En ese momento ten�a s�lo la mitad de agua de la necesaria, y en muchos puntos sus paredes estaban desportilladas o renegridas. Jos� dijo que achicar�amos el agua y enyesar�amos de nuevo aquella gran ba�era. El agua le ven�a de una de las cisternas.</p><p>Nos contaron que el abuelo de la vieja Sara hab�a construido la alberca a poco de instalarse en Nazaret. Aqu�lla hab�a sido su casa y la de sus siete hijos. Jos� conoc�a los nombres de todos ellos, pero yo no me acordaba, como tampoco de los de todos sus descendientes; s�lo recordaba que el padre de mi madre descend�a de ellos, lo mismo que el padre de la madre de Jos�.</p><p>Ten�a ganas de que nos pusi�ramos a trabajar. A media tarde, un ej�rcito de escobas procedi� a barrer la casa. Las mujeres sacud�an las alfombras y Cleof�s acompa�� a algunas de ellas al mercado para comprar comida. El horno que hab�a en el patio no dej� de funcionar en ning�n momento.</p><p>Bruria lloraba por el hijo que se hab�a ido con los sublevados a S�foris.</p><p>Estaba casi convencida de que habr�a muerto. Todos sab�amos que eso pod�a suponer que lo hubieran clavado a una de aquellas cruces del camino, pero no dijimos nada. Nadie iba a ir hasta S�foris, por el momento. Seguimos trabajando en silencio.</p><p>Para la noche, la casa qued� dividida entre las familias: Alfeo, su mujer y sus dos hijos a unas habitaciones; Cleof�s y t�a Mar�a a otras con sus hijos peque�os; y Jos�, mi madre, Santiago y yo a otras, aunque las nuestras daban a la de t�a Mar�a, y Sara y Justus dorm�an tambi�n con nosotros. T�o Sim�n y t�a Esther y la reci�n nacida Esther estaban cerca del establo, en la parte central de la casa.</p><p>Bruria y su esclava Riba ten�an una habitaci�n propia.</p><p>Hab�a una vieja sirvienta, una mujer flaca y silenciosa, de nombre Ide, a quien yo no hab�a visto el d�a anterior. Cuidaba de la vieja Sara y el viejo Justus y dorm�a en el suelo del cuarto de ellos. No me qued� claro si la mujer pod�a hablar.</p><p>La cena volvi� a ser exquisita gracias al cocido de la noche anterior, el pan calentado en el horno y m�s d�tiles e higos. Todo el mundo hablaba a la vez sobre las cosas que hab�a que hacer en la casa y el patio, y de las ganas que ten�an de ir al huerto m�s all� del pueblo, y de ver a toda la gente que no hab�an visto todav�a.</p><p>Est�bamos tumbados, descansando, sin hablar mucho ya, cuando un hombre entr� por el patio. Jos� se puso de pie al instante. Cuando volvi� de la puerta y la cerr� para que no entrara fr�o, dijo:</p><p>��Las legiones romanas han salido de Galilea. S�lo ha quedado un peque�o grupo de soldados, y los hombres de Herodes, para mantener el orden hasta el regreso de Arquelao.</p><p>��Demos gracias al Se�or de las Alturas -dijo Cleof�s, y todo el mundo expres� lo mismo de un modo u otro-. �Y esos hombres de las cruces? �Los han bajado a todos?</p><p>Sab�amos que un crucificado pod�a tardar dos o m�s d�as en morir.</p><p>��No lo s� -dijo Jos�.</p><p>La vieja Sara, sentada en su taburete, inclin� la cabeza y cant� en hebreo.</p><p>Jos� dijo:</p><p>��Los �ltimos soldados han pasado por el camino hace m�s de una hora.</p><p>��Recemos para que no tengan que volver nunca -dijo mi madre.</p><p>���A un crucificado hay que bajarlo antes de que se ponga el sol! -dijo Cleof�s-. Es algo vergonzoso, y ya hace d�as que estos hombres�</p><p>��Cleof�s, d�jalo -dijo Alfeo-. �Estamos aqu� y con vida!</p><p>Cleof�s se dispon�a a replicar, pero mi madre estir� el brazo y le toc� la rodilla.</p><p>��Por favor, hermano -dijo-. En S�foris hay jud�os que saben cu�l es su deber. No le des m�s vueltas.</p><p>Nadie habl� despu�s de eso. Yo no quer�a dormirme, pero los ojos se me cerraban. Cuando fuimos a acostarnos me result� muy extra�o encontrarme en una habitaci�n s�lo con Sime�n y Jos�as. Yo siempre hab�a estado con las mujeres y los ni�os peque�os, pero �stos estaban ahora con sus madres. Y mi madre compart�a espacio con la vieja Sara, Justus, Bruria y su esclava, aunque tuvieran un cuarto separado. Ech� de menos a la peque�a Salom�. Incluso a Esther, la reci�n nacida, que se despertaba llorando y ya no paraba hasta quedarse dormida.</p><p>Me sent� muy mayor estando con Jos� y Santiago, pero aun as� le ped� a Jos� si pod�a acurrucarme con �l, y me dijo que s�.</p><p>��Si me despierto llorando -le dije-, �me llevar�s con mi madre, por favor?</p><p>���Es eso lo que quieres? -pregunt� �l-. �Que te pongan con tu madre?</p><p>Eres peque�o para estar aqu� con nosotros, pero tienes siete a�os y ya entiendes las cosas. Pronto cumplir�s ocho. �Qu� quieres? Si lo prefieres puedes estar con tu madre.</p><p>No respond�. Me di la vuelta y cerr� los ojos.</p><p>Dorm� de un tir�n.</p></section><section><title><p>14</p></title><p>Hasta el tercer d�a no nos dieron permiso para rondar por donde quer�amos. Para entonces Cleof�s hab�a recorrido un trecho del camino, y al volver dijo que ya no quedaba nadie en las cruces, que la ciudad hab�a recuperado la normalidad, el mercado estaba abierto� Y luego, con una carcajada, a�adi� que necesitaban carpinteros para reconstruir lo que se hab�a quemado.</p><p>��Aqu� ya tenemos trabajo suficiente -dijo Jos�-. En S�foris seguir�n construyendo aun mucho despu�s de que todos nosotros hayamos muerto.</p><p>Y era verdad que ten�amos mucho que hacer, en primer lugar llenar el mikvah, para lo cual los ni�os tuvimos que ir pasando vasijas a los hombres. Y despu�s hab�a que enyesar toda la casa. Y cuando hubi�ramos terminado con esto, hab�a m�s cosas que hacer.</p><p>Yo estaba contento porque pod�amos recorrer el pueblo, y tan pronto tuve oportunidad me fui al bosque. Vi muchos ni�os y tuve ganas de hablar con ellos, pero antes quer�a pasear por el campo y trepar por las cuestas bajo los �rboles.</p><p>Alejandr�a, como todo el mundo afirmaba, era una ciudad llena de maravillas, hab�a grandes festejos y procesiones y espl�ndidos templos y palacios, y casas como la de Filo con suelos de m�rmol. Pero all� hab�a hierba verde.</p><p>A m� me gustaba su aroma m�s que cualquier perfume, y cuando pasaba bajo las ramas de los �rboles el suelo se volv�a blando. De la parte del valle soplaba una brisa que agitaba los �rboles casi de uno en uno. Me gustaba mucho el crujir de las hojas sobre mi cabeza. Segu� cuesta arriba hasta que sal� de nuevo a un claro donde la hierba era m�s espesa, y me tumb�. El suelo estaba h�medo porque hab�a llovido un poco por la noche, pero se estaba bien. Contempl� el pueblo. Vi hombres y mujeres trabajando en los huertos, y m�s all� los campos y las granjas. Hab�a gente desbrozando la maleza, o eso me pareci�.</p><p>Pero mi mente estaba concentrada en las arboledas y en el cielo azul, all� arriba.</p><p>Me qued� ensimismado. Sent�a como si flotara. Me palp� el cuerpo. Era como si todo mi ser estuviera zumbando y el zumbido llenara mis o�dos, pero no estaba zumbando. �Qu� agradable era! A veces me sent�a as� antes de quedarme dormido. No ten�a sue�o. Permanec� quieto en la hierba y o� ruido de animalillos. Vi incluso unas alitas que se agitaban. Levant� la cabeza y vi muchos animales diminutos pululando entre la hierba.</p><p>Desvi� lentamente la vista hacia los �rboles. El viento volv�a a sacudirlos de un lado al otro. Las hojas parec�an de plata a la luz del sol y no dejaron de moverse incluso cuando ces� el viento.</p><p>Mis ojos volvieron a lo que ten�a m�s cerca: los animalitos que correteaban por el terreno irregular. Pens� que quiz�s, al tumbarme, hab�a aplastado a alguno, tal vez varios, y cuanto m�s miraba, mayor n�mero de ellos ve�a. El suyo era el mundo de la hierba; no conoc�an otra cosa. �Y qui�n era yo para tumbarme all� a sentir la hierba mullida y disfrutar de su aroma, sin importarme cu�nto podr�a molestarlos?</p><p>No lo lament�. Mi mano acarici� las briznas de hierba y los animalitos se movieron cada vez m�s r�pido, hasta que su universo empez� a vibrar sin ning�n sonido que me resultara audible.</p><p>La tierra era como un lecho debajo de m�. Los graznidos de los p�jaros eran m�sica. Cruzaban el cielo a tal velocidad que apenas si pod�a verlos.</p><p>Gorriones. Y entonces, enfrente de m�, vi min�sculas florecillas entre la hierba, tan peque�as que no las hab�a visto antes, flores de p�talos blancos y coraz�n amarillo.</p><p>La brisa arreci� y las ramas se agitaron en lo alto. Hubo una lluvia silenciosa de hojas.</p><p>De pronto apareci� un hombre. Surgi� de la arboleda que hab�a cuesta abajo y ven�a directamente hacia m�.</p><p>Era Jos�, ascendiendo con la cabeza inclinada. La brisa agitaba su t�nica y sus borlas. Estaba m�s delgado que cuando hab�amos salido de Alejandr�a.</p><p>Quiz� todos lo est�bamos.</p><p>Deb�a ponerme en pie en se�al de respeto, pero me encontraba muy bien all� tumbado, y continuaba sintiendo aquel zumbido, as� que me limit� a verlo acercarse.</p><p>Yo no ten�a juicio suficiente para saberlo, pero aquellos minutos en la hierba al pie de aquel �rbol fueron la primera vez en mi vida que estuve realmente solo. S�lo supe que la paz se hab�a roto, y que as� deb�a ser. �Qu� cosa era el tiempo, que yo pod�a pasarlo all� contemplando el mundo hasta que �ste perdiera su perfil? Por fin, me puse en pie como si acabara de despertar de un sue�o profundo.</p><p>��Ya s� -me dijo Jos�, un poco triste-. Es s�lo un pueblecito, poca cosa, nada en comparaci�n con la gran ciudad de Alejandr�a, en absoluto, y seguro que habr�s pensado muchas veces en tu amigo Filo y en todo cuanto hemos dejado atr�s. Lo s� muy bien.</p><p>No fui capaz de responder de inmediato. Quer�a decirle lo mucho que me gustaba todo aquello, lo bien que me hac�a, pero mientras buscaba las palabras que todav�a no pose�a, perd� la oportunidad.</p><p>��Pero, mira -a�adi�-, aqu� nadie vendr� a buscarte. Est�s a buen resguardo. Y as� vas a seguir.</p><p>�A buen resguardo.�</p><p>��Pero �por qu� he de�?</p><p>��No -dijo Jos�-. Nada de preguntas ahora. Ya habr� tiempo. Escucha: no puedes contarle nada a nadie. -Me mir� para asegurarse de que lo entend�a-.</p><p>No debes comentar lo que oyes que hablamos los hombres. No debes hablar de d�nde hemos estado ni por qu�. Guarda tus preguntas para ti, y cuando seas mayor, yo mismo te dir� lo que necesites saber.</p><p>No pronunci� palabra.</p><p>Me tom� de la mano y volvimos al pueblo. Llegamos a un peque�o huerto delimitado por piedras peque�as, cerca de unos cuantos �rboles. La maleza lo cubr�a todo, pero hab�a un �rbol grande, sano y lleno de brotes y nudos.</p><p>��El abuelo de mi abuelo plant� este olivo -dijo Jos�-. Y ese de ah�, un granado, ya ver�s cuando empiece a florecer. Queda cubierto de capullos rojos.</p><p>Inspeccion� el peque�o huerto. Los que hab�a en las colinas estaban cuidados y llenos de hortalizas.</p><p>��Ma�ana gradaremos todo esto para que puedan trabajar las mujeres -dijo-. No es demasiado tarde para plantar unas vi�as, pepinos y otras cosas. Veremos qu� opina la vieja Sara. -Me mir�-. �Est�s triste?</p><p>��No -respond� al punto-. �Esto me gusta! -Deseaba tanto encontrar las palabras, palabras como las de los salmos.</p><p>Jos� me cogi� en brazos y me bes� en ambas mejillas. Luego volvimos a casa. �l no me cre�a. Pensaba que lo hab�a dicho por amabilidad. Yo quer�a correr por el bosque y escalar las colinas. Quer�a hacer todo lo que no hab�a hecho en Alejandr�a. Pero hab�a trabajo pendiente cuando llegamos al patio, y cada vez ven�a m�s gente a presentarnos sus respetos.</p></section><section><title><p>15</p></title><p>La vieja Sara dijo que �ramos un torbellino. Con ayuda de sus hijos, Lev� y Silas, Alfeo repar� el tejado en un abrir y cerrar de ojos, y tan bien lo hicieron que pudimos comprobar los resultados brincando encima. Nuestros vecinos de la derecha, colina arriba, se alegraron de ello puesto que ten�an una puerta que daba a ese tejado, y les dijimos que pod�an utilizarlo, como hab�an hecho anta�o, para extender sus mantas en verano. Quedaba mucho tejado para nosotros en la parte principal de la casa y en el lado izquierdo, que daba sobre la casa de abajo y sobre las de la parte de atr�s.</p><p>Hab�a mujeres subidas a los tejados, cosiendo mientras sus beb�s jugaban, y en cada tejado hab�a un parapeto como los que hab�a visto en Jerusal�n, para que los ni�os no se cayeran. Alguna gente ten�a incluso macetas con plantas, peque�os �rboles frutales y otras plantas que yo desconoc�a. A m� me encantaba estar all� arriba y contemplar el valle.</p><p>El fr�o del invierno hab�a pasado casi del todo. Quedaba un aire fresco que me desagradaba, pero sab�a que el tiempo cambiar�a muy pronto.</p><p>Cleof�s y su hijo mayor Jos�as, que todav�a era peque�o, y Justus, un poco mayor y muy listo aunque era el hijo menor de Sim�n, se encargaron de enyesar el mikvah con el yeso impermeable que preparamos con los materiales de que dispon�amos. Pronto la alberca qued� blanca y lista para llenar con agua de la cisterna. En el fondo ten�a un diminuto desag�e por el que escurr�a agua constantemente, de manera que la alberca no contuviese agua estancada, sino viva, tal como requer�a la Ley de Mois�s para la purificaci�n.</p><p>���Y es agua viva gracias a ese peque�o desag�e? -pregunt� la peque�a Salom�-. Entonces, �es como si fuera un arroyo?</p><p>��S� -dijo Cleof�s, su padre-. El agua est� en movimiento. Est� viva. M�s o menos.</p><p>Nos congregamos todos alrededor del mikvah la tarde en que terminamos de llenarlo. El agua era transparente y estaba muy fr�a. A la luz de las l�mparas se ve�a muy bonito.</p><p>Jos� y yo reconstruimos los enrejados para las enredaderas de la casa y de la parte delantera del patio, cuidando de romper lo menos posible las verdes plantas. Algunas se echaron a perder y fue una pena, pero pudimos salvar la mayor�a y procedimos a anudarlas al enrejado con cordel nuevo.</p><p>Santiago se hab�a puesto a arreglar los bancos, aprovechando lo rescatable de unos y junt�ndolo con lo rescatable de otros, a fin de tener unos pocos en buen estado.</p><p>A ratos llegaban vecinos para charlar en el patio, hombres de pocas palabras que iban camino de los campos o mujeres que se quedaban un rato, con sus cestos del mercado, la mayor�a amigas de la vieja Sara pero pocas tan ancianas como ella, y tambi�n ven�an chicos a echar una mano. Santiago se hizo amigo de un tal Le vi, pariente nuestro, hijo de los primos que pose�an tierras y olivares. Y al cabo de unos pocos d�as, Salom� ya hab�a hecho buenas migas con un grupo de ni�as de su edad que se reun�an en casa y cuchicheaban y gritaban.</p><p>Las mujeres ten�an m�s trabajo que nunca, mucho m�s que en Alejandr�a, donde pod�an comprar pan fresco e incluso patatas y verduras a diario. Aqu� se levantaban muy temprano para hornear pan, y nadie tra�a agua. Ten�an que ir a la fuente que hab�a al salir del pueblo y volver con vasijas llenas. Aparte de esto, limpiaban las habitaciones de arriba que todav�a no utiliz�bamos, tambi�n los bancos en cuanto Santiago hubo terminado con ellos, y fregaban el patio y barr�an los suelos de la casa.</p><p>Eran suelos de tierra prensada similares a los de Alejandr�a, salvo que aqu� la tierra era m�s dura y no hab�a tanto polvo. Y las alfombras eran mucho mejores, m�s gruesas y mullidas. Cuando nos tumb�bamos para la cena, con alfombras y cojines, nos sent�amos muy c�modos.</p><p>Finalmente lleg� el sabbat. No nos dimos cuenta y ya estaba all�. Pero las mujeres hab�an preparado toda la comida de antemano, y fue un fest�n de pescado seco macerado en vino y luego asado, adem�s de d�tiles, nueces que yo nunca hab�a probado y fruta fresca, combinado con muchas aceitunas y otras cosas exquisitas.</p><p>Una vez dispuesta la comida, encendimos la l�mpara del sabbat. Esto le tocaba hacerlo a mi madre, y ella rez� la oraci�n en voz baja mientras prend�a la mecha.</p><p>Dijimos nuestras oraciones de acci�n de gracias por haber llegado sanos y salvos a Nazaret y empezamos, todos juntos, nuestro estudio, cantando y charlando y felices de celebrar el primer sabbat en casa.</p><p>Pens� en lo que Jos� le hab�a dicho a Filo. El sabbat nos convierte a todos en estudiosos, en fil�sofos. Yo no sab�a muy bien qu� era un fil�sofo, pero hab�a o�do antes esa palabra y la relacion� con aquellos que estudiaban la Ley de Mois�s. El maestro, all� en Alejandr�a, hab�a dicho que Filo era un fil�sofo.</p><p>Claro.</p><p>As� que ahora �ramos estudiosos y fil�sofos en aquella gran habitaci�n, limpia de polvo, y todos reci�n lavados, despu�s de haber pasado por el mikvah y cambiado nuestras ropas por otras limpias, todo ello antes de la puesta de sol, y Jos� leyendo a la luz de la l�mpara. �Qu� agradable era el aroma del aceite de oliva de la l�mpara!</p><p>Ten�amos nuestros pergaminos, igual que Filo, aunque �no en tal cantidad, por supuesto. Pero s� unos cuantos, aunque yo ignoraba la cantidad exacta pues proced�an de c�modas que hab�a en la casa y cuyas llaves guardaban Jos� y la vieja Sara.</p><p>EJ incluso algunos pergaminos estaban escondidos, sepultados en el t�nel, que los ni�os todav�a no hab�amos sido autorizados a ver. Si alguna vez los bandidos saqueaban la casa, si la incendiaban (me estremec�a s�lo de pensarlo), esos pergaminos estar�an a salvo. �Ten�a tantas ganas de ver el t�nel! Pero los hombres dijeron que hac�a falta apuntalarlo y que de momento era peligroso bajar all�.</p><p>Jos� hab�a sacado algunos pergaminos antes de que el sabbat empezara.</p><p>Los hab�a muy antiguos y con los bordes deteriorados. Pero todos eran buenos.</p><p>��A partir de ahora no leeremos m�s en griego -dijo, abarc�ndonos a todos con la mirada-. Aqu� en Tierra Santa s�lo se lee en hebreo. �Tengo que explicarle a alguien por qu�?</p><p>Todos re�mos.</p><p>��Pero �qu� voy a hacer con este libro que tanto amamos y que est� en griego? -Sostuvo en alto el pergamino. Sab�amos que era el Libro de Jon�s. Le suplicamos que lo leyera.</p><p>Jos� ri�. Nada le gustaba tanto como tenernos reunidos escuchando, y hac�a mucho que no se daba esa circunstancia.</p><p>��Vosotros me dir�is -continu�-: �debo leerlo en griego o cont�roslo en nuestra lengua?</p><p>Hubo v�tores de contento. Nos encantaba c�mo narraba la historia de Jon�s.</p><p>Y de hecho nunca la hab�a le�do en griego sin acabar cerrando el libro para continuar �l mismo el relato, pues le gustaba mucho.</p><p>Emprendi� con br�o la historia: el Se�or llam� al profeta Jon�s y le dijo que predicara en N�nive, ��esa gran ciudad!�, dijo Jos�, y todos repetimos con �l.</p><p>Pero �qu� hizo Jon�s? Trat� de huir del Se�or. �Es posible huir del Se�or?</p><p>Subi� a bordo de un peque�o barco que zarpaba para tierra extranjera, pero una gran tempestad sorprendi� a la embarcaci�n. Y todos los gentiles rezaron a sus dioses para que los rescataran, pero la lluvia y los truenos no cesaban.</p><p>La tormenta descarg� y los hombres echaron suertes para ver qui�n era el causante de ella y la suerte recay� en Jon�s. �Y d�nde estaba Jon�s? Dormido en la bodega del barco. ��Qu� haces, forastero, roncando aqu� abajo?�, dijo Jos� poniendo cara de capit�n enojado. Todos re�mos y batimos palmas.</p><p>���Qu� hizo Jon�s? -continu�-. Pues bien, les dijo que �l era temeroso del Se�or de la Creaci�n, y que lo arrojaran al mar porque hab�a huido del Se�or y el Se�or estaba enojado. Pero �le hicieron caso? No. Remaron con todas sus fuerzas para ganar la costa y�</p><p>���La tempestad pas� de largo! -exclamamos todos.</p><p>��Y ellos elevaron plegarias al Se�or, temerosos de �l. Y �qu� hicieron despu�s?</p><p>���Arrojaron a Jon�s al mar!</p><p>Jos� se puso serio y entorn� los ojos.</p><p>��Como los hombres tem�an al Se�or, ofrecieron en sacrificio a Jon�s, y all� en las profundidades del mar, el Se�or hab�a creado un gran pez que�</p><p>���Se trag� a Jon�s! -exclamamos.</p><p>���Y Jon�s estuvo tres d�as y tres noches en la panza de una ballena!</p><p>Nos quedamos callados. Y todos juntos, mientras Jos� nos dirig�a, repetimos la oraci�n de Jon�s al Se�or para que le salvara, pues todos la conoc�amos en nuestra propia lengua, as� como en griego.</p><p>��� descend� hasta las ra�ces de los montes, qued� encerrado en la tierra como en una mazmorra. Mas t� sacaste mi vida de la fosa, Oh, Se�or mi Dios.</p><p>Cerr� los ojos mientras lo dec�amos:</p><p>��Cuando mi alma desfallec�a me acord� del Se�or; y mi oraci�n lleg� hasta ti, hasta tu santo Templo�</p><p>Pens� en el Templo. No en la muchedumbre ni en aquel hombre agonizante, sino en la reluciente gran mole de piedra, con todo su oro, en las canciones de los fieles elev�ndose como si fueran olas, como las olas que yo hab�a visto solaparse en el mar, una y otra y otra mientras nuestro barco estaba anclado, olas sin fin�</p><p>Tan absorto estaba en mis pensamientos, tan metido en recordar las olas lamiendo el barco, los c�nticos que sub�an y bajaban, que cuando alc� la vista me di cuenta de que todos hab�an seguido adelante con el relato.</p><p>Jon�s hizo lo que el Se�or le ordenaba. Fue a la �gran ciudad de N�nive� y exclam�: ��Dentro de cuarenta d�as N�nive ser� destruida!�</p><p>���Todo el mundo cre�a en el Se�or! -exclam� Jos�, enarcando las cejas-.</p><p>Ayunaron todos, se vistieron de arpillera desde el m�s rico hasta el m�s pobre. �El propio rey se levant� de su trono y se cubri� de arpillera y se sent� encima de cenizas! Tendi� las manos como si dijera: �Mirad.� �El rey! -repiti�, y nosotros asentimos-. Se hizo saber a la poblaci�n que nadie, fuese hombre o animal, deb�a probar ni un solo bocado o beber una sola gota de agua. Y todos, hombres y bestias, ten�an que ir cubiertos de arpillera y clamar al Se�or.</p><p>Hizo una pausa. Luego se enderez� antes de preguntar:</p><p>���Qui�n puede saber si el Se�or se arrepentir� de su ira? -Hizo un gesto con las manos como invit�ndonos a responder.</p><p>��Y el Se�or se arrepinti� de su ira -dijimos todos-, �y N�nive se congraci� con el Se�or!</p><p>Jos� hizo una pausa y luego pregunt�:</p><p>��Pero �qui�n se sent�a mal? �Qui�n estaba enojado? �Qui�n sali� hecho una furia de la ciudad?</p><p>���Jon�s! -exclamamos.</p><p>����No era precisamente esto lo que yo sab�a que iba a pasar?�, grit� Jon�s. ��Cuando yo estaba en mi pa�s! �No fue por eso que hu� en un barco a Tarsis?�</p><p>Mientras nos re�amos, Jos� levant� la mano como hac�a siempre para pedir paciencia, y entonces impost� la voz del profeta:</p><p>���Yo sab�a que eras un Dios clemente, misericordioso y poco propenso a la ira, un Dios de gran bondad, �no es cierto?�</p><p>Todos asentimos con la cabeza. Jos� continu�.</p><p>����Pues bien! -dijo, mientras Jon�s se ergu�a lleno de orgullo-. �Qu�tame la vida!, �qu�tamela! -Levant� las manos-. �Antes prefiero morir que seguir viviendo!�</p><p>Risas generalizadas.</p><p>��Jon�s se sent� all� mismo, junto a las puertas de la ciudad, tan cansado y furioso estaba. Construy� un refugio con lo que pudo y se sent� all� a la sombra, pensando: qu� puede pasar, qu� puede pasar todav�a��Y el Se�or tuvo un plan. El Se�or hizo que una gran enredadera creciese del suelo y protegiera a Jon�s mientras estuviese all� sentado, cariacontecido, y la sombra de aquella enredadera lo puso muy contento.�Y as� transcurri� la noche y el profeta durmi� bajo aquella enredadera� Y �qui�n sabe?, puede que los vientos del desierto no fueran tan fr�os all� debajo. �Qu� os parece?�Pero antes de que llegara la ma�ana el Se�or hizo un gusano, s�, un gusano malo que se comi� la enredadera, y la planta se marchit�.</p><p>Jos� hizo una pausa y levant� un dedo.</p><p>��Y el sol sali� y el Se�or envi� un viento recio, s�, lo sabemos, envi� un viento recio contra Jon�s, y el sol le daba en la cabeza. �Jon�s se desmay�! En efecto, el profeta se desmay� con el calor y el viento. �Y qu� fue lo que dijo?</p><p>Todos re�mos, pero esperamos a que Jos� levantara las manos al cielo y exclamara con la voz de Jon�s:</p><p>���Quiero morir, Se�or. �Prefiero morir que seguir viviendo!�</p><p>Volvimos a re�r y Jos� esper� unos instantes. Luego compuso un gesto solemne pero sin dejar de sonre�r, y habl� con la voz pausada del Se�or:</p><p>����Te parece bien estar tan enojado por la muerte de una enredadera?�</p><p>���S�, Se�or, me parece bien estar enojado, �incluso hasta la muerte!�</p><p>Entonces el Se�or dijo: �As� que te daba pena una enredadera, una enredadera que t� no has plantado, una enredadera que creci� de la noche a la ma�ana y desapareci� con la misma rapidez. �Y no deber�a yo salvar a N�nive, esa gran ciudad, sesenta mil habitantes, y a todo ese ganado, y a todas esas personas que ni siquiera distinguen su mano derecha de su mano izquierda?�</p><p>Todos sonre�mos y asentimos con la cabeza, y, como siempre, la risa aviv� nuestro �nimo.</p><p>Despu�s, Cleof�s nos ley� un poco del Libro de Samuel, la historia de David, de la que nunca nos cans�bamos.</p><p>Un poco m�s tarde, mientras los hombres discut�an sobre la Ley de Mois�s y los profetas, dando vueltas y m�s vueltas a cosas que se me escapaban, me qued� dormido. Dormimos todos all� mismo, vestidos, mientras la l�mpara segu�a ardiendo.</p><p>El sabbat se prolongar�a hasta el atardecer del d�a siguiente. Despu�s de que todos hubimos comido del pan preparado especialmente, la vieja Sara tom� la palabra. Estaba recostada contra la pared sobre un nido de almohadones y no la hab�amos o�do hablar en toda la noche.</p><empty-line/><p>���No hay ya sinagoga en esta ciudad? -dijo-. �Ha quedado reducida a cenizas sin yo enterarme?</p><p>Nadie dijo nada.</p><p>��Ah, entonces, �se ha derrumbado?</p><p>Nadie dijo nada. Yo no hab�a visto ninguna sinagoga. S�, hab�a una pero ignoraba d�nde estaba.</p><p>���Responde, sobrino! -dijo Sara-. �O es que he perdido el juicio adem�s de la paciencia?</p><p>��Sigue ah� -dijo Jos�.</p><p>��Entonces lleva a los ni�os a la sinagoga. Y yo ir� tambi�n.</p><p>Jos� guard� silencio.</p><p>Yo nunca hab�a o�do a ninguna mujer hablarle as� a un hombre, pero �sta era una mujer con muchos, much�simos cabellos grises. Era la vieja Sara.</p><p>Jos� la mir�. Ella le sostuvo la mirada y levant� la barbilla.</p><p>Jos� se puso de pie y nos indic� que hici�ramos lo mismo.</p><p>La familia entera, salvo mi madre, Riba y los m�s peque�os, que ser�an un estorbo en la Casa de Oraci�n, nos dirigimos colina arriba.</p><p>Aunque yo me hab�a aventurado por los alrededores del pueblo y hab�a ido a ver el manantial, que me pareci� muy bonito, no hab�a bajado por la otra vertiente de la colina.</p><p>Las casas que hab�a en lo alto eran iguales por fuera, de adobe encalado la mayor�a de ellas, pero los patios eran incluso m�s grandes que el nuestro y las higueras y los olivos, muy viejos. En un portal, dos hermosas mujeres nos sonrieron, iban vestidas con el mejor lino que yo hab�a visto en Nazaret, muy blanco y con ribetes dorados en el borde de los velos. Me gust� mirarlas. Vi un caballo atado en un establo, el primero que ve�a en Nazaret, y nos cruzamos luego con un hombre sentado a una mesa de escribir, leyendo sus pergaminos al aire libre. Salud� con el brazo a Jos�.</p><p>La gente estaba en la calle, nos saludaba al pasar, algunos nos adelantaban porque �bamos despacio, otros ven�an detr�s. No hab�a atisbos de que nadie estuviera trabajando. Todo el mundo observaba el sabbat y se mov�a con lentitud.</p><p>Cuando llegamos a lo alto de la cuesta vi a mi primo Lev� y a su padre Jehiel, y por primera vez contempl� su enorme casa con sus bien encajadas puertas y ventanas, sus celos�as reci�n pintadas, y record� que eran propietarios de gran parte de los terrenos contiguos.</p><p>Se pusieron en fila con nosotros. La calle era m�s serpenteante aqu� que en la otra ladera, y cada vez hab�a m�s personas que llevaban la misma direcci�n.</p><p>Una arboleda se extend�a ante nosotros. Seguimos un sendero entre los �rboles y all� estaba el manantial, llenando sus dos cuencas abiertas en la roca mientras el agua flu�a y saltaba risco abajo.</p><p>La mayor de las cuencas estaba a rebosar, y era ah� donde muchos iban a lavarse las manos.</p><p>Eso hicimos nosotros, lavarnos las manos y la parte del brazo que pod�amos sin mojarnos la ropa. El agua estaba fr�a. Muy fr�a. Mir� hacia ambos lados. El arroyo serpenteaba como el camino que hab�amos dejado atr�s, pero alcanc� a ver un buen trecho en las dos direcciones.</p><p>Me incorpor�. Tuve que pellizcarme y frotarme para entrar en calor.</p><p>All� estaba la Casa de Oraci�n, o la sinagoga, un edificio grande a la izquierda del arroyo y un poco apartado del camino. La puerta estaba abierta y arriba hab�a habitaciones a las que se llegaba por una escalera adosada a un lado, todo muy cuidado y con hierba verde.</p><p>Fuimos hasta all� y esperamos nuestro turno mientras otros entraban.</p><p>Cleof�s, Alfeo, Jos�, Sim�n y la vieja Sara se colocaron detr�s de m�. Los otros siguieron adelante, primero las mujeres. Cleof�s tom� a la vieja Sara del brazo, y Silas y Lev� entraron. Santiago se situ� tambi�n detr�s de m�, con todos mis t�os y Jos�.</p><p>Jos� me empuj� suavemente hacia el interior.</p><p>Los hombres me flanquearon por ambos lados.</p><p>Me qued� en el umbral de madera. Era un recinto mucho m�s grande que la sinagoga donde sol�amos reunimos en Alejandr�a, que era s�lo para nuestros vecinos. Y ten�a bancos a lo largo de las paredes, colocados en grader�a, de manera que la gente se sentaba como en un teatro o en la Gran Sinagoga de Alejandr�a, a la que yo hab�a ido una vez.</p><p>Los bancos del lado izquierdo estaban ocupados por mujeres. Vi c�mo mis t�as y Bruria ocupaban sus sitios. Hab�a muchos ni�os, sentados en el suelo y por todas partes, y tambi�n en el lado derecho, delante de los hombres. Hab�a tambi�n una hilera de columnas, y al fondo un espacio para que un hombre leyera de pie.</p><p>Ya era momento de entrar. Hab�a muchas personas esperando detr�s de m�, y nadie delante. Pero un hombre alto se situ� a la izquierda, un hombre con una larga barba gris�cea y de aspecto suave, tan poblada en el labio superior que casi le ocultaba la boca. Sus ojos eran oscuros y ten�a una cabellera larga hasta los hombros, s�lo un poquito gris, bajo el chal de rezar.</p><p>El hombre alarg� su mano delante de m�.</p><p>Habl� con voz muy suave, mir�ndome al hacerlo, pero sus palabras iban dirigidas a los dem�s.</p><p>��Conozco a Santiago, s�, y a Silas y Lev�, los recuerdo, pero �y �ste? �Qui�n es?</p><p>Yo guard� silencio. Todo el mundo nos estaba mirando y eso no me gust�.</p><p>Empec� a asustarme.</p><p>Entonces habl� Jos�:</p><p>��Es mi hijo. Jes�s hijo de Jos� hijo de Jacob -dijo.</p><p>Los que estaban detr�s de m� se me acercaron m�s. Cleof�s me puso la mano en la espalda, y lo mismo hizo Alfeo. Mi t�o Sim�n se coloc� tambi�n detr�s y apoy� una mano en mi hombro.</p><p>El hombre de la barba, de rostro sereno, me mir� fijamente y luego mir� a los dem�s.</p><p>Entonces o� la voz de la vieja Sara, tan clara como antes. Estaba detr�s de todos nosotros.</p><p>��Ya sabes qui�n es, Sherebiah hijo de Janneus -dijo-. �Hace falta que te diga que hoy es el sabbat? D�jale entrar.</p><p>El rabino deb�a de estar mir�ndola, pero yo no pod�a volver la cabeza. Mir� al frente y tal vez vi el suelo de tierra, o la luz que entraba por las celos�as, o todos los rostros vueltos hacia nuestro grupo. Pero, viera lo que viese, supe que el rabino se dio la vuelta y que otro de los rabinos all� presentes -y hab�a dos en el banco- le susurr� algo.</p><p>Y acto seguido supe que �bamos a entrar en la sinagoga.</p><p>Mis t�os ocuparon el extremo del banco. Cleof�s se sent� en el suelo y me indic� que me sentara yo tambi�n. Santiago, que ya hab�a estado all�, tom� asiento al lado de Cleof�s. Luego los otros dos chicos se levantaron y vinieron a sentarse con nosotros. Ocup�bamos la esquina interior.</p><p>La vieja Sara avanz� con ayuda de t�a Salom� y t�a Mar�a hasta el banco de las mujeres. Y por primera vez pens�: �Mi madre no ha venido.� Pod�a haberlo hecho, dejar los peque�os al cuidado de Riba, pero no hab�a venido.</p><p>El rabino dio la bienvenida a muchas personas hasta que la sinagoga estuvo llena.</p><p>No levant� la vista cuando empezaron a hablar. Supe que el rabino recitaba de memoria cuando cant� en hebreo:</p><p>��Es Salom�n quien habla -dijo-, el gran rey. Se�or, Se�or de nuestros padres, Se�or misericordioso, t� creaste al hombre para que gobernara sobre la creaci�n, mayordomo del mundo� para que administrara justicia con el coraz�n virtuoso. Ot�rgame sabidur�a, Se�or, y no me niegues un lugar al lado de tus siervos.</p><p>Mientras lo pronunciaba, los hombres y los chicos empezaron lentamente a repetir cada frase, y el rabino hac�a pausas para que pudi�ramos seguirlo.</p><p>Mi temor remiti�, pues la gente se hab�a olvidado de nosotros. Pero yo no olvidaba que el rabino nos hab�a interrogado y hab�a pretendido impedirnos la entrada. Record� las extra�as palabras que mi madre me hab�a dicho en Jerusal�n. Record� sus advertencias. Supe que algo andaba mal.</p><p>Estuvimos varias horas en la sinagoga. Se ley� y se habl�. Algunos ni�os se quedaron dormidos. Al cabo de un rato la gente empez� a desfilar. Algunos iban saliendo y otros llegando. All� dentro se estaba bien.</p><p>El rabino fue de un lado a otro haciendo preguntas e invitando a dar respuestas. De vez en cuando se o�an risitas. Cantamos un poco y despu�s se habl� de la Ley de Mois�s, dando lugar a discusiones acaloradas por parte de los hombres. Pero a m� me entr� sue�o y me dorm� con la cabeza apoyada en las rodillas de Jos�.</p><p>En cierto momento despert� y todo el mundo estaba cantando. Era muy bonito, y no se parec�a en nada a los c�nticos de la gente en el Jord�n.</p><p>Volv� a quedarme dormido.</p><p>Jos� me despert� para decirme que volv�amos a casa.</p><p>���No puedo llevarte en brazos durante el sabbat! -susurr�-. Levanta.</p><p>Lo hice. Sal� con la cabeza gacha, sin mirar a nadie a la cara.</p><p>Llegamos a casa. Mi madre, que estaba recostada contra la pared, cerca del brasero, y arrebujada en una manta, levant� la vista. Mir� a Jos� y not� que lo interrogaba con los ojos.</p><p>Me acerqu� a ella y me ech� a su lado, con la cabeza en sus piernas. Me adormil� a ratos.</p><p>Despert� varias veces antes de la puesta de sol. En ning�n momento estuvimos a solas.</p><p>Mis t�os hablaban en voz baja a la luz de las l�mparas que no deb�an apagarse durante el sabbat.</p><p>Aunque hubiera tenido la ocasi�n de hacerle alguna pregunta a Jos�, �qu� le habr�a preguntado? �Qu� pod�a preguntar que �l quisiera responder, que no me hubiera prohibido preguntar? Yo no quer�a que mi madre supiese que el rabino me hab�a parado en la puerta de la sinagoga.</p><p>Mis recuerdos se enlazaban como eslabones de una cadena: la muerte de Eleazar en Alejandr�a y todo lo que vino despu�s, paso a paso. �Qu� hab�an dicho aquella noche, antes de partir, acerca de Bel�n? �Qu� hab�a pasado en Bel�n? Yo hab�a nacido all�, pero �de qu� estaban hablando?</p><p>Vi a aquel hombre agonizando en el Templo, la muchedumbre asustada e intentando escapar, el largo viaje, las llamaradas que sub�an al cielo. O� a los bandidos. Me estremec�. Sent� cosas que no logr� relacionar con palabras.</p><p>Pens� en Cleof�s cuando crey� que iba a morir en Jerusal�n, y luego en mi madre en aquel tejado. �Te digan lo que te digan en Nazaret� un �ngel se apareci� no hab�a ning�n hombre� una ni�a que tej�a para el Templo, hasta que fue demasiado mayor� un �ngel se apareci�.�</p><p>Jos� dijo:</p><p>��Vamos, Yeshua, �cu�nto tiempo vas a poner esa cara de preocupaci�n? Ma�ana iremos a S�foris.</p></section><section><title><p>16</p></title><p>El camino de S�foris, salpicado de otros pueblos m�s peque�os, estaba repleto de gente ya desde Nazaret. Inclinamos la cabeza al pasar por delante de las cruces, aunque ya no hab�a ning�n cuerpo en ellas. Se hab�a derramado sangre en la regi�n y est�bamos apenados. Vimos casas reducidas a cenizas, tambi�n �rboles quemados, y gente que mendigaba diciendo que lo hab�an perdido todo por culpa de los bandidos o los soldados.</p><p>Nos detuvimos repetidas veces para que Jos� les diera monedas de la bolsa familiar. Mi madre les dedicaba palabras de consuelo.</p><p>Los dientes me casta�eteaban y mi madre pens� que ten�a fr�o, pero no era eso, sino la visi�n de las casas incendiadas de S�foris, a pesar de que buena parte de la ciudad estaba intacta y que la gente compraba y vend�a tranquilamente en el mercado.</p><p>Mis t�as vendieron el lino bordado de oro que hab�an tra�do de Egipto con ese �nico prop�sito, y obtuvieron m�s de lo que esperaban; lo mismo pas� con los brazaletes y las tazas. La bolsa del dinero abultaba cada vez m�s.</p><p>Nos acercamos a los que lloraban a sus muertos entre vigas quemadas y cenizas, o a aquellos que preguntaban: ��Hab�is visto a �ste, hab�is visto a aqu�l?� Dimos un poco de dinero a las viudas. Y durante un rato lloramos, quiero decir, la peque�a Salom� y yo, y tambi�n las mujeres. Los hombres hab�an seguido adelante.</p><p>Era el centro mismo de la ciudad lo que hab�a ardido, seg�n nos contaron; el palacio de Herodes, el arsenal, y tambi�n las casas pr�ximas a �ste donde se hab�an hecho fuertes los rebeldes.</p><p>Ya hab�a hombres despejando el terreno para empezar la reconstrucci�n.</p><p>Se ve�an soldados del rey Herodes por todas partes, alertas y vigilantes, pero los que estaban de duelo no se fijaban en ellos. Era un espect�culo muy humano: el llanto, el trabajo, el luto, la actividad del mercado� Los dientes ya no me casta�eteaban. El cielo estaba de un azul intenso y el aire era fr�o pero limpio.</p><p>En una casa cercana vi unos cuantos soldados romanos que parec�an dispuestos a marcharse de la ciudad cuanto antes. Deambulaban delante de las puertas con aire impaciente. El sol se reflejaba en sus cascos.</p><p>��Oh, s�, parecen inofensivos -dijo una mujer que vio que yo los miraba.</p><p>Ten�a los ojos enrojecidos y la ropa cubierta de ceniza y polvo-. Pero el otro d�a hicieron una matanza aqu�, y a cambio de dinero permitieron que los mercaderes de esclavos cayeran sobre nosotros y encadenaran a nuestros seres queridos. Se llevaron a mi hijo, mi �nico hijo var�n, �y ahora no volver� a verlo! Pero �qu� hab�a hecho �l, aparte de ir por la calle en busca de su hermana? A ella tambi�n se la llevaron, pese a que �nicamente trataba de llegar a la casa de su suegra. �Son unos malvados!</p><p>Al escuchar esta historia, Bruria rompi� a llorar por su hijo. Al final fue con su esclava hasta una pared donde la gente dejaba mensajes para sus desaparecidos. Pero Bruria confiaba muy poco en tener noticias suyas.</p><p>��Ten cuidado con lo que escribes ah� -la advirti� mi t�a Salom�. Las otras mujeres asintieron con la cabeza.</p><p>De las ruinas sal�an hombres pidiendo gente para trabajar:</p><p>���Vais a quedaros aqu� lloriqueando todo el d�a? �Os pago por ayudarme a retirar los escombros de mi casa! Y otro:</p><p>��Necesito gente para transportar cubos de tierra. �Qui�n se ofrece? -Ense�� unas monedas que destellaron al sol.</p><p>La gente maldec�a al tiempo que lloraba. Maldec�a al rey, a los bandidos, a los romanos. Unos fueron a trabajar y otros no.</p><p>Abri�ndose paso entre la multitud aparecieron nuestros hombres, con una carreta nueva llena de tablones de madera y sacos de clavos, e incluso tejas, motivo de discusi�n entre ellos. Cleof�s dijo que eran una buena compra, y bastante baratas, mientras que Jos� dijo que con el adobe el tejado ya estaba bien. Alfeo estuvo de acuerdo con este �ltimo y a�adi� que la casa era demasiado grande para tejarla toda.</p><p>��Adem�s, visto todo este af�n de construir, por aqu� se van a acabar las tejas enseguida.</p><p>Unos hombres los abordaron ofreci�ndoles trabajo.</p><p>���Sois carpinteros? Os pago el doble de lo que os ofrezca cualquiera.</p><p>Vamos, �qu� dec�s? Pod�is empezar a trabajar ahora mismo.</p><p>Jos� neg� con la cabeza.</p><p>��Acabamos de llegar de Alejandr�a. S�lo hacemos trabajos especializados�</p><p>���Pues es lo que yo necesito! -dijo un hombre orondo y bien vestido-. He de terminar una casa entera para mi se�or. Se ha quemado todo. No queda otra cosa que los cimientos.</p><p>��Tenemos trabajo de sobra en nuestro pueblo -explic� Jos�, mientras intent�bamos seguir nuestro camino.</p><p>Los hombres nos rodearon, quer�an comprarnos la madera de la carreta y utilizarnos como cuadrilla. Jos� les prometi� que volver�amos tan pronto nos fuera posible. El mayordomo del hombre rico se llamaba Jannaeus.</p><p>��Me acordar� de vosotros -dijo-: los egipcios.</p><p>Nos re�mos del comentario y, finalmente, pudimos salir de all� y encaminarnos de regreso a la paz del campo. Pero as� fue como acabaron conoci�ndonos, como �los egipcios�.</p><p>Volv� la cabeza y vi a lo lejos todo aquel traj�n humano bajo el sol de poniente. T�o Cleof�s me dijo:</p><p>���Alguna vez te has fijado en un hormiguero?</p><p>��S�.</p><p>���Y has pisado alguno?</p><p>��No, pero vi c�mo otro ni�o pisaba uno.</p><p>���Qu� hicieron las hormigas? Correr como locas de un lado al otro, �verdad? Pero no abandonaron el hormiguero, y luego lo reconstruyeron. Es lo que pasa con esta guerra, sea peque�a o grande. La gente sigue con su vida.</p><p>Se levanta y sigue adelante porque necesita comer y un techo, y vuelve a empezar ocurra lo que ocurra. Y un d�a los soldados pueden apresarte y venderte como esclavo, y al siguiente ni siquiera se fijan en ti cuando pasas, porque alguien ha dicho que todo termin�.</p><p>���Por qu� te haces el sabio con mi hijo? -lo pinch� Jos�.</p><p>Camin�bamos a paso lento detr�s de la carreta.</p><p>��Si no me hubiese pescado una mujer -respondi� Cleof�s, riendo-, yo habr�a sido profeta.</p><p>Toda la familia ri� a carcajadas, incluso yo. Su mujer, mi t�a, dijo:</p><p>��Habla mejor que canta. Y si hay un salmo en que salga una hormiga, no dejar� de cantarlo.</p><p>Mi t�o se puso a cantar y su esposa gru��, pero enseguida le hicimos coro.</p><p>Nosotros no conoc�amos ning�n salmo donde saliera una hormiga.</p><p>Cuando Cleof�s se hart� de cantar, dijo:</p><p>��Deber�a haber sido profeta.</p><p>Jos� ri�.</p><p>��Pues empieza ahora -dijo mi t�a-, dinos si va a llover antes de que lleguemos a casa.</p><p>Cleof�s me agarr� del hombro y me mir� a los ojos:</p><p>��T� eres el �nico que siempre me escucha. Te dir� una cosa: �a los profetas no les hacen caso en su propia tierra!</p><p>��En Egipto yo tampoco te hac�a caso -ri� su mujer.</p><p>Despu�s de que todos, incluido Cleof�s, nos hubi�ramos re�do de esto, mi madre dijo:</p><p>��Yo s� te hago caso, hermano. Siempre.</p><p>��Es cierto, hermana -reconoci� �l-. Y no te importa cuando le ense�o a tu hijo un par de cosas, porque �l no tiene abuelos en este mundo, y yo de joven fui casi escriba.</p><p>���Casi fuiste escriba? -pregunt�-. No ten�a ni idea.</p><p>Jos� me llam� la atenci�n agitando un dedo y mene� exageradamente la cabeza: �No es verdad.�</p><p>���Qu� sabr�s t� de eso, hermano? -salt� Cleof�s, divertido-. Cuando llevamos a Mar�a a Jerusal�n para entregarla a la casa donde tej�an los velos, yo estudi� varios meses en el Templo. Estudi� con los fariseos, con los m�s eruditos. Me sentaba a sus pies. -Me dio unos golpecitos en el hombro para cerciorarse de que le escuchaba-. Hay muchos maestros en las columnatas del Templo. Los mejores de Jerusal�n y, bueno, s�, tambi�n algunos no tan buenos.</p><p>��Y unos cuantos alumnos �no tan buenos� -apostill� Alfeo.</p><p>���Ah, lo que habr�a podido ser yo si no me hubiera ido a Egipto! -se lament� Cleof�s.</p><p>��Pero �por qu� fuiste? -pregunt�.</p><p>Me mir� y se produjo un silencio. Seguimos andando, callados.</p><p>��Fui -respondi� al cabo con una afable sonrisa- porque mi familia iba: t�, mi hermana, su marido y los hermanos de �l�</p><p>Esa no era una verdadera respuesta a mi pregunta.</p><p>O� tronar largo y grave.</p><p>Inmediatamente apretamos el paso, pero nos pill� una llovizna y hubimos de desviarnos del camino para guarecernos bajo unos �rboles. El suelo estaba cubierto de hojarasca.</p><p>��Muy bien, profeta -dijo mi t�a Mar�a-, ahora haz que pare la lluvia para que podamos continuar.</p><p>Todos re�mos, pero Jos� coment�:</p><p>��Un santo s� puede hacer que llueva o deje de llover. Hablo en serio. En Galilea hubo un hombre santo, Joni el trazador de c�rculos, de los tiempos de mi bisabuelo, que era capaz de conseguirlo.</p><p>��S�, pero diles a los ni�os lo que le pas� -intervino mi t�a Salom�-. Te dejas la mejor parte.</p><p>���Qu� le pas� a Joni? -pregunt� Santiago.</p><p>��Los jud�os lo lapidaron en el Templo -dijo Cleof�s encogi�ndose de hombros-. �No les gust� su oraci�n! -Se ech� a re�r. Y sigui� riendo a carcajadas, como si cada vez le pareciera m�s divertido.</p><p>Pero yo no fui capaz de re�rme.</p><p>La lluvia arreci�, las ramas ya no nos proteg�an y empez�bamos a mojarnos.</p><p>Se me ocurri� una cosa, un pensamiento tan diminuto que lo imagin� no m�s grande que mi dedo me�ique. �Quiero que pare esta lluvia.� Simple de m�, pensar estas cosas. Hice inventario de todo lo sucedido -los gorriones, Eleazar�-y luego mir� hacia arriba.</p><p>Hab�a dejado de llover.</p><p>Me qued� pasmado contemplando las nubes, incapaz de hacer nada, de respirar siquiera.</p><p>Todo el mundo se alegr� mucho. Salimos de nuevo al camino y continuamos hacia Nazaret.</p><p>No le dije nada a nadie, pero estaba preocupado, muy preocupado. Sab�a que nunca podr�a contarle a nadie lo que acababa de hacer.</p><p>Al llegar, Nazaret me pareci� muy bonito, la peque�a calle y las casas blanqueadas y las enredaderas que crec�an en nuestros enrejados pese al fr�o.</p><p>Me pareci� incluso que la higuera hab�a echado todav�a m�s hojas en estos �ltimos d�as.</p><p>Y all� estaba Sara, esper�ndonos. El peque�o Santiago le estaba leyendo al viejo Justus. Y los m�s peque�os se encontraban jugando en el patio o corriendo por las habitaciones.</p><p>Toda la tristeza y la pena de S�foris hab�a quedado atr�s.</p><p>Lo mismo que la lluvia.</p></section><section><title><p>17</p></title><p>Esa noche se decidi� que yo me quedar�a a trabajar con Jos� en la casa y que Alfeo y sus hijos Lev� y Silas, as� como Cleof�s y quiz� Sim�n, ir�an al mercado de S�foris para conseguir una cuadrilla de peones. Hab�a dinero y hac�a buen tiempo.</p><p>Se decidi� asimismo que, al margen de d�nde trabajara cada cual, los chicos visitar�amos la sinagoga donde se impart�an las clases y estudiar�amos all� con los tres rabinos. Hasta que nos dejaran marchar, probablemente a media ma�ana, no nos reunir�amos con los mayores.</p><p>Yo no quer�a ir a las clases. Y cuando ca� en la cuenta de que, una vez m�s, todos los hombres de la familia ven�an con nosotros colina arriba, me entr� miedo.</p><p>Luego vi que Cleof�s llevaba al peque�o Sime�n de la mano, y que t�o Alfeo llevaba al peque�o Jos�as y t�o Sim�n a Silas y Lev�. Quiz�s era la manera.</p><p>En la escuela nos encontramos a tres hombres que yo hab�a visto en la sinagoga. Nos acercamos al m�s anciano, el cual nos indic� por se�as que entr�ramos. Aquel hombre no hab�a hablado ni ense�ado durante el sabbat.</p><p>Era, como digo, un hombre muy viejo, y yo no hab�a llegado a mirarle del todo porque me dio miedo hacerlo en la sinagoga. Pero �l era el maestro.</p><p>���stos son nuestros hijos, rabino -dijo Jos�-. �Qu� podemos hacer por ti?</p><p>Ofreci� al rabino una bolsa de dinero, pero el rabino no la cogi�. Sent� un vah�do.</p><p>Yo nunca hab�a visto rechazar una bolsa de dinero. Al levantar los ojos vi que el rabino me estaba mirando. De inmediato baj� la mirada. Quer�a llorar.</p><p>No pude recordar una sola palabra de lo que mi madre me hab�a dicho aquella noche en Jerusal�n. S�lo me acordaba de su cara y de c�mo me hab�a hablado en susurros. Y el aspecto de Cleof�s en su lecho de enfermo, cuando habl� y todos cre�mos que se iba a morir.</p><p>El anciano ten�a el pelo y la barba completamente blancos. Con la mirada fija en los bajos de su t�nica, advert� que la tela era de buena calidad, las borlas cosidas con el apropiado hilo azul.</p><p>Habl� con voz suave y afable:</p><p>��S�, Jos�. Conozco a Santiago, Silas y Lev�, pero �Jes�s hijo de Jos�?</p><p>Los hombres que estaban detr�s de m� no dijeron nada.</p><p>��Rabino, viste a mi hijo en el sabbat -dijo Jos�-. T� sabes que es mi hijo.</p><p>No necesit� mirar a Jos� para adivinar que estaba soliviantado. Hice acopio de fuerzas y levant� la vista hacia el anciano, que miraba a Jos�.</p><p>Entonces, sin poder evitarlo, romp� a llorar en silencio. Mis ojos parec�an serenos, pero las l�grimas estaban all�. Tragu� saliva y aguant� como pude.</p><p>El anciano no dijo nada. Todos callaban.</p><p>Jos� habl� como si pronunciara una oraci�n:</p><p>��Jes�s hijo de Jos� hijo de Jacob hijo de Matan hijo de Eleazar hijo de Eliud de la tribu de David, que vino a Nazaret por unas tierras que le concedi� el rey para establecerse en la Galilea de los gentiles. E hijo de Mar�a hija de Ana hija de Matat�as y Joaqu�n hijo de Samuel hijo de Zakai hijo de Eleazar hijo de Eliud de la tribu de David; Mar�a de Ana y Joaqu�n, una de las que fueron enviadas a Jerusal�n para estar entre las ochenta y cuatro menores de doce a�os y un mes elegidas para tejer los dos velos anuales para el Templo, como as� lo hizo ella hasta que tuvo edad para volver a casa. Y as� consta en los archivos del Templo, sus a�os de servicio y este linaje, como se hizo constar el d�a en que el ni�o fue circuncidado.</p><p>Cerr� y abr� los ojos. El rabino parec�a complacido, y cuando vio que yo le miraba, me sonri� incluso. Luego volvi� a mirar a Jos�.</p><p>��No hay nadie aqu� que no recuerde vuestros esponsales -dijo-. Y hay tambi�n otras cosas que todos recuerdan, ya me entiendes.</p><p>Otro silencio.</p><p>��Recuerdo -prosigui� el rabino, sin alterar el tono- el d�a en que tu joven prometida sali� de la casa y alborot� a todo el pueblo�</p><p>��Rabino, estamos ante ni�os peque�os -dijo Jos�-. �No son los padres quienes tienen que contarles esas cosas a sus hijos cuando llega el momento?</p><p>���Los padres? -pregunt� el rabino.</p><p>��Seg�n la Ley, soy el padre del ni�o -dijo Jos�.</p><p>��Pero di: �d�nde se celebraron tus esponsales y d�nde naci� tu hijo?</p><p>��En Judea.</p><p>���Qu� ciudad de Judea?</p><p>��Cerca de Jerusal�n.</p><p>��Pero no en Jerusal�n�</p><p>��Nos casamos en Betania -dijo Jos�- en casa de los parientes que mi mujer tiene all�, sacerdotes del Templo, su prima Isabel y el marido de �sta, Zacar�as.</p><p>��Ah, ya, y el ni�o naci� all�</p><p>Jos� no quiso responder, pero �por qu�?</p><p>��No -dijo al fin-. All� no.</p><p>���D�nde entonces?</p><p>��En Bel�n de Judea.</p><p>El rabino mir� a un lado y otro, y las cabezas de los otros dos rabinos que lo acompa�aban se volvieron hacia �l. No dijeron ni una palabra.</p><p>��Bel�n -repiti� finalmente el viejo rabino-. La ciudad de David.</p><p>Jos� guard� silencio una vez m�s.</p><p>���Por qu� te marchaste de Nazaret para ir all� -pregunt� el rabino- si los padres de tu prometida, Joaqu�n y Ana, eran ya muy mayores?</p><p>��Fue por el censo -respondi� Jos�-. Tuve que irme. Todav�a me quedaba un poco de terreno all� en Bel�n, adonde los nuestros regresaron despu�s del cautiverio, y si no reclamaba esas tierras las perd�a. Fui a registrar d�nde hab�an nacido mis antepasados.</p><p>��Mmm� -dijo el rabino-. Y las reclamaste.</p><p>��As� es. Y luego las vend�. Y el ni�o fue circuncidado y su nombre qued� inscrito en los archivos del Templo, como he dicho antes, y all� est�n esos archivos.</p><p>��All� est�n, en efecto -dijo el rabino-, mientras otro rey de los jud�os no decida quemarlos para ocultar su herencia.</p><p>Eso hizo re�r por lo bajo a los otros hombres. Algunos chicos mayores que hab�a por all�, en los que no hab�a reparado, tambi�n rieron. No sab�a de qu� estaban hablando, tal vez de las fechor�as del antiguo Herodes, que parec�an no tener fin.</p><p>��Y despu�s de eso os fuisteis a Egipto -dijo el rabino.</p><p>��Trabajamos en Alejandr�a, mis hermanos, el hermano de mi mujer y yo -dijo Jos�.</p><p>��Y t�, Cleof�s, �dejaste a tus padres y te llevaste a tu hermana a Betania?</p><p>��Nuestros padres ten�an sirvientes -respondi� Cleof�s-. Y la vieja Sara hija de El�as estaba con ellos, y el viejo Justus no estaba enfermo.</p><p>��Ah, s�, lo recuerdo -dijo el rabino-, tienes raz�n. Pero �c�mo lloraron tus padres por su hijo y su hija!</p><p>��Y nosotros por ellos -dijo Cleof�s.</p><p>��Y desposaste a una mujer egipcia.</p><p>��Una mujer jud�a, nacida y criada en la comunidad jud�a de Alejandr�a. Y de una buena familia que te env�a este presente.</p><p>Gran sorpresa.</p><p>Cleof�s le tendi� la mano con dos peque�os pergaminos, ambos en finos estuches con ribetes de bronce.</p><p>���Qu� es esto? -pregunt� el rabino.</p><p>���Te da miedo tocarlos, rabino? -repuso Cleof�s-. Son dos peque�os tratados de Filo de Alejandr�a, erudito, o fil�sofo si lo prefieres, muy admirado por los rabinos de su ciudad, unos pergaminos procedentes de libros y que traigo a modo de regalo.</p><p>El rabino alarg� la mano.</p><p>Inspir� hondo cuando le vi coger los pergaminos.</p><p>Yo ignoraba que mi t�o ten�a esos escritos de Filo. Ni siquiera me habr�a pasado por la cabeza. Y ver que el rabino los aceptaba me caus� tanta alegr�a que casi me ech� a llorar otra vez, pero me contuve.</p><p>���Y cu�ntos pelos grises tiene Filo de Alejandr�a? -pregunt� el rabino.</p><p>Todo el mundo ri� disimulando.</p><p>Yo me sent� mucho mejor porque, al menos, no hablaban de m�.</p><p>���Si Filo te tuviera a ti por acusador, su cabeza se llenar�a de pelos grises! -dijo Cleof�s.</p><p>Jos� le reprendi� en voz baja, pero los chicos se hab�an echado a re�r, y vi que una gran sonrisa iluminaba el rostro del rabino.</p><p>Cleof�s no pudo aguantarse.</p><p>��Deber�amos hacer una colecta -dijo, abarcando con un gesto a todos los presentes- y enviar el rabino a Alejandr�a. All� est�n muy necesitados de fariseos que los enderecen.</p><p>M�s risas.</p><p>El viejo rabino ri�. Y luego los otros dos. Todos rieron.</p><p>��Gracias por tu regalo -dijo el anciano-. Veo que no has cambiado. Y puesto que est�is aqu� y sois todos buenos artesanos, ver�is que hay trabajo que hacer en esta sinagoga, pues el antiguo carpintero (que Dios lo tenga en su gloria) no pudo terminarlo mientras vosotros estabais fuera.</p><p>��Entiendo -dijo Jos�-. Somos tus servidores y repararemos cuanto creas necesario. Una buena capa de pintura a todo esto, unos dinteles, eso veo que har�a falta, y tambi�n podemos enyesar el exterior e incluso reparar algunos bancos.</p><p>Silencio.</p><p>Levant� la vista. Los tres ancianos estaban mir�ndome otra vez. �Por qu�? �Qu� m�s se pod�a preguntar? �Qu� m�s se pod�a decir? Not� c�mo se me encend�a la cara. Me ruboric�, pero sin saber por qu�. Me ruborizaba por todos los ojos que estaban pendientes de m�. No pude contener el llanto.</p><p>��M�rame, Jes�s hijo de Jos� -dijo el rabino. Obedec�.</p><p>Me pregunt� en hebreo:</p><p>���Por qu� los fenicios le cortaron el pelo a Sans�n?</p><p>��Ruego al rabino que me perdone, pero no fueron los fenicios -respond� en hebreo-. Fueron los filisteos. Y se los cortaron para privarlo de su fuerza.</p><p>Me habl� en arameo:</p><p>���D�nde est� Eliseo, el que fue arrebatado al cielo en un carro?</p><p>��Ruego que me perdone el rabino -dije en arameo-. Fue El�as, no Eliseo, y El�as est� con el Se�or.</p><p>En griego, me pregunt�:</p><p>���Qui�n habita en el Jard�n del Ed�n, escribiendo todo lo que acaece en este mundo?</p><p>Tard� un poco en responder. Luego, en griego, dije:</p><p>��Nadie. En el Jard�n del Ed�n no vive nadie.</p><p>El rabino mir� a ambos lados. Los otros rabinos le miraron a �l, y luego los tres a m�.</p><p>���Nadie vive all� dedicado a escribir los hechos del mundo? -pregunt� el anciano.</p><p>Reflexion� un momento. Ten�a que decir lo que sab�a, pero no c�mo lo hab�a sabido. �Acaso lo estaba recordando? Respond� en griego:</p><p>��Algunos dicen que Enoc, pero el Ed�n estar� vac�o hasta que el Se�or decida que todo el mundo puede volver all�.</p><p>El rabino habl� en arameo:</p><p>���Por qu� el Se�or rompi� su alianza con el rey David?</p><p>��El Se�or no la rompi� -dije. Esto lo sab�a yo de siempre, tan claramente que ni siquiera tuve que pensarlo-. El Se�or nunca rompe sus alianzas. El trono de David existe�</p><p>El rabino y los dem�s guardaron silencio.</p><p>���Y por qu� ning�n rey del linaje de David ocupa ese trono? -pregunt� el anciano, ahora en voz m�s alta-, �D�nde est� el rey?</p><p>��Vendr� alg�n d�a -respond�-. Y su casa durar� eternamente.</p><p>Su rostro se suaviz� todav�a m�s y pregunt� en voz queda:</p><p>���La construir� un carpintero, quiz�?</p><p>Carcajadas. Primero rieron los mayores y luego los chicos sentados en el suelo. Pero el viejo rabino no se ri�. Vi un fugaz atisbo de tristeza en sus ojos mientras esperaba mi respuesta con gesto franco y amable.</p><p>Me ard�an las mejillas.</p><p>��S�, rabino -dije-, un carpintero construir� la casa del rey. Siempre hay un carpintero. Incluso el propio Se�or es a veces carpintero.</p><p>El viejo rabino se ech� hacia atr�s, asombrado. O� ruidos a mi alrededor. No les hab�a gustado esta respuesta.</p><p>��Expl�came eso de que el Se�or es carpintero -dijo el rabino en arameo.</p><p>Pens� en lo que Jos� me dec�a muchas veces.</p><p>���No dijo el Se�or a No� cu�ntos codos deb�a tener el arca y con qu� madera construirla? �Y que hab�a que embrear la madera? �Y no dijo el Se�or cu�ntos pisos deb�a tener el arca, y no dijo que hab�a de tener un tragaluz de un codo de altura, y no dijo a No� d�nde ten�a que poner la puerta?</p><p>Call�. Una sonrisa apareci� lentamente en la cara del anciano. Yo no miraba a nadie m�s. Se hizo otra vez el silencio.</p><p>��Y �no fue el Se�or -prosegu� en nuestra lengua- quien dio al profeta Ezequiel la visi�n del nuevo templo, mostr�ndole la medida de las galer�as y las columnas, de las puertas y el altar, diciendo c�mo ten�an que estar hechas todas esas cosas?</p><p>��As� es -dijo el rabino, sonriendo.</p><p>��Y �no fue la Sabidur�a quien dijo que cuando el Se�or cre� el mundo, la Sabidur�a estaba all� como maestro artesano? Y si la Sabidur�a no es el Se�or, �qu� es la Sabidur�a? -Hice una pausa. No sab�a de d�nde hab�a sacado eso-. Fue a los carpinteros a quienes Nabucodonosor llev� a Babilonia despu�s de indultarlos, porque sab�an construir, y cuando Ciro el Grande decret� que pod�an regresar, los carpinteros volvieron para edificar el Templo como el Se�or hab�a indicado que lo construyeran.</p><p>Silencio.</p><p>El rabino se retrep�. No pude descifrar la expresi�n de su rostro. Baj� la vista. �Qu� hab�a dicho yo? Mir� de nuevo.</p><p>��Rabino, se�or -dije-, desde los tiempos del Sina�, donde hay Israel hay un carpintero; un carpintero para construir el tabern�culo; fue el Se�or quien dio las medidas del tabern�culo, y�</p><p>El rabino me hizo callar. Ri� y levant� una mano pidiendo silencio.</p><p>��Es un buen ni�o -dijo mirando a Jos�-. Me gusta este ni�o.</p><p>Los otros asintieron con la cabeza como lo hac�a el anciano. Hubo m�s risas, no carcajadas sino risas comedidas por toda la sala.</p><p>El rabino se�al� el suelo, delante de �l.</p><p>Me sent� en la estera.</p><p>El rabino recibi� a Santiago y los otros chicos, hablando brevemente con ellos de forma amistosa, pero yo no prest� atenci�n. S�lo sab�a que hab�a pasado lo peor. El coraz�n me lat�a tan fuerte que pens� que los dem�s podr�an o�rlo. A�n no me hab�a secado las l�grimas, pero ya no lloraba.</p><p>Por fin, los hombres se marcharon. Empez� la clase.</p><p>El viejo rabino recit� preguntas y sus respuestas, que los chicos repet�amos, y cuando las puertas se cerraron dej� de hacer fresco en la sala.</p><p>Aquella ma�ana no me dijeron nada m�s, y yo no ped� la palabra, pero s� recit� y cant� con los otros, y mir� al rabino y �ste me mir� a m�.</p><p>Una vez en casa, durante la comida familiar, hubo pocas ocasiones para preguntar nada, pero adivin� por las caras de los dem�s que nunca me dir�an por qu� el rabino me hab�a hecho tantas preguntas; lo not� en sus miradas, su intento de hacerme creer que no ocurr�a nada.</p><p>Mi madre estaba muy contenta, y comprend� que no se lo hab�an explicado.</p><p>Parec�a una muchacha mientras se ocupaba de los platos y nos dec�a que comi�ramos un poco m�s.</p><p>Yo me sent�a cansado como si hubi�ramos estado todo el d�a poniendo losas de m�rmol. Entr� en la habitaci�n de las mujeres sin darme cuenta, me tumb� en la estera de mi madre y me qued� dormido.</p><p>Cuando despert�, me lleg� aroma de gachas y pan reciente. Todo el mundo hablaba. Me hab�a pasado la tarde durmiendo como un beb�, y ya era hora de cenar. Fui al ba�o y me lav� la cara y las manos con agua fr�a de la jofaina, y despu�s me arrodill� para lavarme las manos en el mikvah. Volv� y me sent� a comer.</p><p>Me dieron un cuenco de delicioso reques�n con miel.</p><p>���Qu� es? -pregunt�.</p><p>��T� come -dijo Cleof�s-. �No sabes qu� es?</p><p>Entonces Jos� ri� un poco y todos mis t�os se contagiaron como si aquella risa fuera un viento que agitara los �rboles.</p><p>Mi madre mir� el cuenco y dijo:</p><p>��Deber�as comerlo, si te lo ha dado tu t�o.</p><p>Cleof�s dijo en voz baja pero perfectamente audible:</p><p>���Comer� cuajada y miel hasta que sepa rechazar lo malo y escoger lo bueno.�</p><p>���Sabes qui�n dijo esas palabras? -pregunt� mi madre.</p><p>Yo estaba comiendo la cuajada con miel. Satisfecho, le pas� el cuenco a Santiago pero �l no quer�a. Se lo di a Jos� y �ste lo pas� al de al lado.</p><p>��S� que fue Isa�as -contest� a mi madre-, pero no recuerdo m�s que eso.</p><p>Mi respuesta les hizo re�r. Yo me re� tambi�n, pero la verdad es que no lo recordaba. Quiz� no hab�a vuelto a pensar en ello.</p><p>Quer�a aprovechar un hueco, s�lo uno, para hacerle una pregunta a Cleof�s, pero la oportunidad no se present�. Estaba anocheciendo ya. Hab�a dormido demasiado y no hab�a hecho mi trabajo despu�s de la clase. No pod�a permitir que eso volviera a pasar.</p></section><section><title><p>18</p></title><p>A medida que pasaban los d�as le fui tomando gusto a las clases matinales.</p><p>Los tres rabinos eran conocidos como los �Mayores� y el m�s viejo de los tres era el maestro principal adem�s de sacerdote -aunque su avanzada edad le imped�a desplazarse a Jerusal�n-. Nos contaba unas historias maravillosas y se llamaba Berejaiah hijo de Fineas. Siempre estaba en casa a media tarde si alguno de los chicos quer�a ir a verle. Viv�a cerca de la cima misma de la colina en una casa espaciosa, pues su mujer era rica.</p><p>Por las ma�anas repet�amos y aprend�amos de memoria pasajes de los libros sagrados, como hab�amos hecho en Alejandr�a, pero aqu� era siempre en hebreo, y sol�amos hablar en nuestra lengua. Con un poco de insistencia no era dif�cil conseguir que el rabino nos contara aventuras.</p><p>Por las tardes estaba siempre en su biblioteca, con las puertas abiertas al patio, una habitaci�n modesta (seg�n dec�a �l, y de hecho lo era en comparaci�n con la gran biblioteca de Filo) pero c�lida y acogedora. �l nunca parec�a reacio a contestar preguntas, y por muy cansado que estuviera yo de trabajar, siempre sub�a a sentarme un rato a sus pies. Los sirvientes eran amables y nos tra�an agua fresca. Yo habr�a pasado horas all� escuchando sus historias, pero ten�a que volver a casa.</p><p>El rabino m�s joven, bastante reservado, se llamaba Sherebiah y era tambi�n sacerdote, aunque tampoco pod�a ir ya al templo pues hab�a sufrido un terrible accidente al ser asaltado junto con sus hermanos por unos ladrones camino de Jerusal�n. Los ladrones lo hab�an arrojado por un risco y a ra�z de eso hubo que amputarle una pierna.</p><p>Usaba una pata de palo, aunque la ropa imped�a que se le viera; parec�a un hombre normal y de aspecto muy saludable y ligero. Pero un sacerdote cojo o manco no pod�a ir ante el Se�or, de modo que oficiaba de rabino en la escuela del pueblo y era muy buscado por sus ense�anzas. Contaban que se hab�a hecho fariseo a partir del accidente. Sus hermanos, tambi�n sacerdotes, viv�an en la cercana Cafarnaum.</p><p>El otro rabino del tr�o de los Mayores, el que nos hab�a dado la bienvenida en la sinagoga, se llamaba Jacimus y era un gran fariseo -aunque los tres llevaban borlas azules en sus t�nicas-. Era muy estricto en todos los h�bitos que intentaba inculcarnos.</p><p>Todos los familiares del rabino Jacimus -numerosos t�os, hermanos y hermanas con sus maridos e hijos- eran fariseos y cenaban �nicamente unos con los otros, pr�ctica habitual entre los fariseos, y las costumbres de Nazaret no siempre eran de su agrado. Pero todo el mundo acud�a a ellos en busca de consejo. Dos hermanos del rabino Jacimus eran escribas que redactaban cartas para gente del pueblo, e incluso le�an cartas remitidas a personas muy mayores o poco diestras en la lectura. Estos hombres redactaban tambi�n otros documentos, y se los sol�a ver ocupados en sus patios pasando por escrito lo que les dictaba otra persona.</p><p>Los tres maestros ejerc�an de jueces en disputas diversas, pero hab�a otros hombres muy ancianos que raramente sal�an de sus casas debido a su edad y que sol�an venir con ellos si hab�a que hacer alg�n trabajo.</p><p>De hecho, tambi�n al viejo Justus, nuestro t�o, ven�an a preguntarle a veces su opini�n. Justus hab�a perdido el habla, y yo, como cualquier otro, ve�a que �l no sab�a lo que le estaban diciendo, pero la gente le contaba sus preocupaciones y el viejo asent�a con la cabeza. Agrandaba mucho los ojos y sonre�a. Le encantaba que la gente le dijera cosas, y la gente a su vez se sent�a bien y se marchaba d�ndonos las gracias a todos.</p><p>Entonces mi madre y la vieja Sara meneaban la cabeza.</p><p>Debo decir que muchas personas acud�an a esta �ltima. Hombres y mujeres por igual. A veces me parec�a que la vieja Sara era tan venerable como dec�a la gente, por su edad como por su inteligencia y agilidad mental, tanto que algunos ya no la consideraban un ser humano.</p><p>Y fue escuchando esta clase de conversaciones como me enter� de cosas relativas al pueblo, muchas de las cuales yo quer�a saber, pero algunas no.</p><p>Me enter� de muchas cosas por los otros ni�os del pueblo, como la ciega Marya que siempre estaba en el patio de su padre, riendo y charlando, o como los chicos que ven�an a jugar: Sim�n el Tonto, que en realidad no era tonto pero que se re�a todo el tiempo y era muy amable, Jas�n el Gordo, que s� era gordo, Santiago el Orondo, Santiago el Alto, Miguel el Osado y Daniel el Fan�tico, que deb�a su mote a que todo lo acomet�a hecho una furia.</p><p>Pero nadie me proporcion� realmente la respuesta a las preguntas que me reconcom�an. Me esforzaba por recordar las cosas que mi madre me hab�a dicho. Lo intentaba mientras me afanaba en mis tareas, como pulir la pata de una mesa, o cuando recorr�amos el camino hasta la escuela, aunque en estas ocasiones sol�amos charlar y cantar y no era f�cil concentrarse. En realidad s� me acordaba de lo que me hab�a dicho, pero s�lo en im�genes: a mi madre se le hab�a aparecido un �ngel y ning�n hombre hab�a sido mi padre. Mas �qu� significaba semejante cosa?</p><p>Pensaba cuando ten�a ocasi�n, pero llev�bamos una vida ajetreada.</p><p>Cuando no estaba trabajando, iba a ver a los rabinos. Nunca quer�a marcharme de all�. El rabino Berejaiah sent�a curiosidad por Alejandr�a y me preguntaba muchas cosas. Le gustaba o�r mis relatos, lo mismo que a su esposa Miriamne, que era la rica de la pareja y no tan anciana, as� como el padre de ella, que ten�a el pelo blanco, estaba a menudo por all� y nos escuchaba hablar.</p><p>Berejaiah hab�a le�do los pergaminos regalados por mi familia y me hac�a preguntas respecto a Filo. Yo le cont� que era muy amable, que me hab�a llevado a ver la Gran Sinagoga, que estudiaba la Ley de Mois�s y los profetas y que hablaba de ellos como un rabino, aunque algunos lo consideraban un poco joven para eso. Le describ� con detalle la casa de Filo, lo hermosa que era, en la medida en que era apropiado decir tal cosa.</p><p>Un carpintero deb�a tener cuidado con lo que dec�a de las casas de aquellos para quienes trabajaba. Una casa era un lugar privado. As� me lo hab�an ense�ado desde siempre. Pero la casa de Filo estaba llena de alumnos j�venes, de modo que me pareci� correcto describir los dibujos del m�rmol del suelo y la monta�a de pergaminos que llegaba hasta el techo.</p><p>Hablamos tambi�n del puerto de Alejandr�a, del Gran Faro que yo hab�a podido ver de cerca al zarpar de la ciudad. Y le cont� de los templos, que ni un buen chico jud�o pod�a dejar de ver pues los hab�a por todas partes, y del mercado donde pod�as comprar casi cualquier producto del mundo y donde o�as hablar en lat�n, griego y otras muchas lenguas. Yo sab�a algo de lat�n, pero poca cosa.</p><p>Tambi�n les encantaba o�rme hablar de los barcos, y en Alejandr�a hab�a muchos puesto que a los grandes nav�os que iban a Grecia, Roma, Antioquia y Tierra Santa, se sumaban los que hac�an la traves�a del Nilo.</p><p>A veces, al describirla, me parec�a estar viendo Alejandr�a con mucha m�s claridad, porque para responder a las preguntas de Miriamne y el viejo rabino, el suegro de Berejaiah, ten�a que hacer un esfuerzo por recordar. Habl� de la gran biblioteca, reconstruida despu�s de que Julio C�sar cometiera la torpeza de quemarla. Y les cont� de la fiesta especial de los jud�os, cuando festej�bamos la traducci�n al griego de la Ley de Mois�s, de los profetas y de todos los libros sagrados.</p><p>All� en Nazaret nadie habr�a ense�ado en griego, pero muchos lo hablaban, especialmente en S�foris donde todos los soldados del rey hablaban griego, as� como la mayor�a de los artesanos, y estos rabinos lo hablaban y lo le�an tambi�n. Conoc�an las Escrituras en griego. Ten�an copias de ellas, seg�n dec�an. Pero all� se ense�aba en hebreo, y la nuestra, el arameo, era la lengua para la vida diaria. En la sinagoga, las Escrituras se le�an en hebreo y luego el rabino nos las explicaba en nuestra lengua com�n. De ese modo, aunque alguien no conociera la lengua sagrada, s� pod�a entender su significado.</p><p>Podr�a haberme pasado toda la vida con el rabino Berejaiah, pero no pudo ser.</p><p>Muy poco despu�s de iniciar los trabajos en la casa, Jos� y yo tuvimos que ir a S�foris porque all� hab�a muchas cosas que hacer y la gente necesitaba un techo debido a la terrible guerra. Jos� no quiso aceptar el doble jornal que le ofrec�an, y se ci�� a lo que sac�bamos por un d�a de trabajo en Alejandr�a, aceptando los encargos donde nuestros conocimientos pod�an ser de mayor utilidad.</p><p>El, sus hermanos y mi t�o Cleof�s pod�an estudiar las ruinas de una casa, hablar de ello con los propietarios, y despu�s dejarla como estaba antes, ocup�ndose incluso de tratar con los pintores, enyesadores y alba�iles, tal como lo hac�an sin problema en Egipto. Santiago y yo sab�amos c�mo ir al mercado y elegir peones entre los hombres que hab�a por all�.</p><p>El trabajo era constante y fatigoso, siempre tosiendo con el polvo y las cenizas, y a m� me asustaban las noticias que llegaban de Jerusal�n, en cuyo Templo parec�a haber una sublevaci�n en toda regla. Judea era escenario de batallas y en las colinas de Galilea se escond�an bandidos. Se contaba incluso que algunos j�venes, a pesar de cuanto hab�a sucedido en Galilea, iban a Jerusal�n a pelear, y que esta guerra era una causa santa.</p><p>Entretanto, los romanos trataban de sofocar la rebeli�n por toda Judea, todav�a con ayuda de los �rabes, que segu�an incendiando aldeas. Toda la familia del rey Herodes segu�a en Roma, peleando y discutiendo con Augusto respecto a qui�n le correspond�a ser rey.</p><p>A m� ya no me casta�eteaban los dientes de miedo por las cosas que o�a, y nuestra familia tampoco hablaba de ello a menudo. Nuevos edificios para un rey Herodes, fuera quien fuese al final, surg�an de semana en semana.</p><p>Llegaban hombres de todas las procedencias para remendar tejados, para llevar agua a los que trabajaban, para mezclar pintura y aplicarla y preparar mortero para las piedras. Nuestro clan ten�a muchos amigos entre los artesanos, que, como nosotros, ya no daban abasto.</p><p>��Ahora S�foris ser� m�s grande que nunca -dijo un d�a Cleof�s.</p><p>��Pero �qui�n reinar�? -pregunt�.</p><p>�l chasque� la lengua para expresar su desprecio por la familia de Herodes, pero Jos� lo mir� y mi t�o no dijo lo que quer�a decir.</p><p>Los romanos no hab�an abandonado la ciudad, procuraban mantener el orden y estaban alerta por si bajaban los rebeldes de las colinas, pero tambi�n ten�an que escuchar las quejas de la gente: un hijo desaparecido, una casa que no debi� haber sido incendiada, hasta que a veces se hartaban y ordenaban silencio porque no sab�an qu� hacer al respecto.</p><p>Beb�an en tabernas al aire libre y en las esquinas donde compraban su comida. Nos miraban trabajar, Los escribas se ocupaban de redactarles cartas para sus mujeres e hijos.</p><p>Aqu�lla era, a todas luces, una ciudad jud�a. No exist�a ning�n templo pagano. Hab�a pocas mujeres p�blicas que pudieran ir con los soldados, s�lo las que atend�an las tabernas, las cuales a veces ten�an sus propios hombres.</p><p>Los soldados bostezaban y lanzaban miradas a nuestras mujeres cuando iban y ven�an, pero �qu� pod�an ver en ellas? Nuestras mujeres iban siempre adecuadamente vestidas, con sus t�nicas, chales y velos.</p><p>En Alejandr�a, en cambio, siempre ve�as grupos de mujeres griegas y romanas. Muchas de ellas llevaban velo, s�, y eran recatadas, pero hab�a otras que rondaban los locales p�blicos. Nosotros no deb�amos mirarlas, pero a veces no pod�amos evitarlo.</p><p>Esto era muy diferente.</p><p>Cuando llegaban malas noticias de disturbios en Jerusal�n, la gente formaba corro y hablaba de ello, mirando a los soldados, que se pon�an tensos y antip�ticos y patrullaban por las calles. Pero no pasaba nada.</p><p>Nuestra familia, como tantas otras, se dedicaba a lo suyo con independencia de las noticias. Rez�bamos en voz baja mientras trabaj�bamos.</p><p>Y cuando nos reun�amos para la comida del mediod�a, bendec�amos el alimento y la bebida. Y despu�s otra vez al trabajo.</p><p>A m� no me importaba, pero prefer�a estudiar en Nazaret.</p><p>Lo que m�s me gustaba, aparte de la escuela, era la excursi�n a S�foris y el regreso, porque el aire era c�lido, la cosecha estaba casi concluida y los �rboles luc�an preciosos. Ya no hab�a capullos en los almendros, pero otros muchos �rboles estaban repletos de hojas hermosas. En cada trayecto ve�a cosas nuevas.</p><p>Yo quer�a desviarme del camino y perderme por el monte, pero no pod�a ser. As� pues, a veces me adelantaba y exploraba un poco los alrededores.</p><p>�Alg�n d�a -pensaba- tendr� tiempo para perderme en esas peque�as aldeas que salpican los vallecitos.� Pero de momento estaba completamente ocupado entre el trabajo y la escuela. �Qui�n hubiera podido pedir m�s de lo que ten�amos?</p></section><section><title><p>19</p></title><p>No s� cu�ntos d�as pasaron hasta que empec� a sentirme mal.</p><p>Una tarde tuve fiebre. Cleof�s se dio cuenta antes que yo, y luego Santiago dijo que �l tambi�n se encontraba mal. Cleof�s me puso la mano en la frente y dijo que ten�amos que volver enseguida a Nazaret.</p><p>Jos� me llev� a cuestas la �ltima hora de camino. Me despert� con mucha sed y un fuerte escozor en la garganta. Mi madre estaba asustada cuando me acost�. La peque�a Salom� tambi�n estaba indispuesta. Primero fuimos cuatro y despu�s cinco, acostados en la misma habitaci�n.</p><p>O�a toser continuamente a mi alrededor. Mi madre me aplicaba agua a los labios. La o� decir a Santiago:</p><p>���Tienes que beb�rtela! �Despierta!</p><p>La peque�a Salom� gem�a, y cuando la toqu�, la encontr� ardiendo.</p><p>��Qui�n sabe qu� puede ser -me dijo mi madre-. Quiz� viene de los romanos. Podr�an haberlo tra�do ellos. O quiz�s es porque hemos estado fuera y ahora estamos en casa. En el pueblo no hay nadie m�s enfermo, s�lo nuestros ni�os.</p><p>Pero mi t�a Mar�a enferm� tambi�n. Cleof�s la llev� a la habitaci�n y la acost�. Pronunci� el nombre de ella como si estuviera enfadado, pero no lo estaba. Y ella no le respond�a. Yo vi todo esto, aunque medio dormido. La vieja Sara vino a cantarnos. Cuando yo no pod�a verla bien en la penumbra, al menos o�a su voz.</p><p>Ten�a todo el cuerpo dolorido -los hombros, las caderas, las rodillas- pero pod�a dormir. Pod�a so�ar. Por primera vez tuve la sensaci�n de que dormir era un lugar donde estar. Hasta aquel momento de mi vida siempre me hab�a resistido a dormir. Nunca quer�a dejarme llevar por el sue�o. Incluso cuando ten�a miedo por los incendios, yo quer�a que el fuego se apagara y que los bandidos se marcharan, mas no quer�a dormir. Dejarme mecer en brazos de mi madre, eso s�. Sentirme en casa, sano y salvo, eso s�. Pero dormir no.</p><p>Enfermo y con los hombros y las piernas doloridos, me hizo bien sumirme en un sue�o profundo. Empec� a so�ar cuando a�n estaba despierto. Fue el sue�o m�s placentero que hab�a tenido nunca. Sab�a que estaba en Nazaret.</p><p>Sab�a que mi madre estaba all� conmigo y que t�a Mar�a estaba acostada cerca.</p><p>Sab�a que me encontraba a salvo.</p><p>Pero al mismo tiempo estaba caminando por un palacio. Era mucho m�s grande que la casa de Filo, y cuando llegu� al fondo de una sala vi el mar azul.</p><p>La costa era rocosa y describ�a una curva, y abajo en el jard�n hab�a teas encendidas. Muchas teas. El techo estaba sostenido por columnas. Conoc�a el estilo de aquellas columnas, las hojas de acanto talladas en los capiteles.</p><p>Un ser alado estaba sentado en un banco de m�rmol. Parec�a un hombre, un hombre muy agraciado. Pens� en Absal�n, el hijo de David, que hab�a sido muy apuesto, y entonces suced�a la cosa m�s extra�a: a aquel hombre le crec�a mucho el pelo, en longitud y espesura.</p><p>��Intentas parecer Absal�n -le dec�a yo.</p><p>��Vaya, eres muy listo para tu edad, �eh? -replicaba �l-. El rabino te quiere mucho. -Su voz era suave y melodiosa. Sus ojos, azules como el mar, le brillaban. Su t�nica ten�a ribetes verdirrojos, una enredadera repleta de flores diminutas-. Sab�a que esto te iba a gustar -a�ad�a, sonriendo-. Lo que me gustar�a saber es� �Qu� crees que est�s haciendo aqu�?</p><p>���Aqu�? �En este palacio? So�ar, por supuesto. -Me re�a de �l y en el sue�o o�a mi risa. Luego contemplaba el mar y ve�a muchas nubes amontonadas en el cielo, y hacia el horizonte unos barcos navegando. Casi cre�a ver los remos hundirse en las olas, y los hombres al tim�n. Todo era di�fano bajo la luna llena.</p><p>Todo era belleza a mi alrededor.</p><p>��S�, es un palacio adecuado para un emperador -dec�a �l-. �Por qu� no vives en un palacio as�?</p><p>���Por qu� habr�a de hacerlo?</p><p>��Bueno, sin duda es mucho mejor que la tierra y la inmundicia de Jerusal�n -dec�a �l con su tono afable y su amable sonrisa.</p><p>���Est�s seguro de eso? -preguntaba yo.</p><p>��He vivido en ambos sitios. -Su rostro se ensombrec�a antes de mirarme con desprecio.</p><p>Yo volv�a a contemplar los barcos, que se mov�an raudos y ligeros bajo la luna, navegando de noche cuando la noche era un momento peligroso para hacerlo, pero �tan hermosos!</p><p>��Esas hermosas galeras han zarpado de Ostia -dec�a �l-. Tu Arquelao est� ansioso por volver a casa, igual que sus hermanos y su hermana.</p><p>��Lo s�.</p><p>���Qui�n eres? -exig�a saber el ser, impaciente. Despu�s de todo, aquel sue�o ten�a que terminar tarde o temprano, como todos los sue�os.</p><p>El estaba enojado pero trataba de disimular, sin conseguirlo. Me hizo pensar en mis hermanos peque�os. Pero aquel ser alado no era un ni�o.</p><p>���Y t� tampoco lo eres! -me dec�a.</p><p>��Vaya, por fin lo entiendo -replicaba yo, comprendi�ndolo con repentina satisfacci�n-. Cuando me hablas as� es porque no sabes lo que va a pasar, �verdad? �No sabes qu� ocurrir�! -Soltaba una carcajada y a�ad�a-: Ese es tu sino: no saber c�mo acabar�.</p><p>El se enfadaba tanto que ya no pod�a mantener la sonrisa. Y a continuaci�n romp�a a llorar. No pod�a aguantarse. Era un llanto intermitente de hombre mayor que nunca hab�a visto.</p><p>��T� sabes que soy lo que soy por el amor -dec�a-. Esto que soy es por el amor.</p><p>Aunque me daba pena, deb�a ir con cuidado. El hombre se cubr�a la cara con la mano y me miraba entre los dedos.</p><p>Llorando, s�, pero vigil�ndome, y el hecho de verlo as� me colmaba de pesadumbre. No quer�a verlo. No pod�a hacer nada por �l.</p><p>���Qui�n eres? -repet�a. Estaba tan enfadado que dejaba de llorar y tend�a una mano hacia m�-. �Exijo que me lo digas!</p><p>Yo me apartaba.</p><p>��No me pongas la mano encima -le dec�a. No estaba enfadado, s�lo quer�a que �l lo comprendiera-. Nunca jam�s me pongas la mano encima.</p><p>���Sabes lo que est� pasando en Jerusal�n? -preguntaba �l. Hab�a enrojecido de ira y sus ojos se agrandaban cada vez m�s.</p><p>Yo no respond�a.</p><p>��Deja que te lo muestre, ni�o �ngel -dec�a �l.</p><p>��No hace falta que te molestes.</p><p>Ante nosotros, en lugar del mar azul, vi de repente el gran patio del Templo de Jerusal�n. Yo no quer�a verlo. No quer�a pensar en los hombres que peleaban all�. Pero ahora era mucho peor.</p><p>Desde lo alto de los p�rticos unos arqueros disparaban flechas a los soldados romanos y otros les arrojaban piedras, y los combates se suced�an hasta que brotaban llamas al pie de las columnas, terribles y pavorosas llamas que al elevarse prend�an en los jud�os desprevenidos, mientras las columnatas se llenaban de fuego y los trabajos en oro del exterior empezaban a retorcerse y los cuerpos ca�an al fuego, y la gente gritaba clamando ayuda al Se�or.</p><p>El patio entero estaba rodeado de fuego, pero algunos jud�os se despojaban de su coraza y se lanzaban a las llamas, rugiendo, y algunos romanos trataban de escapar por donde pod�an mientras otros sal�an con los brazos cargados de tesoros. Tesoros del Templo, sagrados, tesoros del Se�or.</p><p>Los gritos de la gente me resultaban insoportables de o�r.</p><p>��Se�or de las Alturas -clamaba yo, muy asustado-, ten piedad de ellos.</p><p>��Estaba tiritando. Temblando. El miedo volv�a a m�, peor que las otras veces.</p><p>En mi mente se suced�an los incendios, como si cada uno prendiera la mecha del siguiente hasta que las llamaradas alcanzaran el firmamento. �Desde las profundidades, yo clamo a ti, Oh, Se�or.�</p><p>���No puedes hacer nada m�s? -me preguntaba aquel desconocido. Estaba muy cerca de m�, apuesto y ricamente vestido, sus azules ojos pre�ados de ira pese a que sonre�a.</p><p>Yo me tapaba la cara con las manos. No quer�a ver m�s. Le o�a susurrar:</p><p>���Te estoy observando, ni�o �ngel! Esperando a ver qu� tramas. Muy bien: camina como un ni�o, come como un ni�o, juega como un ni�o, trabaja como un ni�o. Pero yo te vigilo. Y puede que no conozca el futuro, de acuerdo, pero s� s� una cosa: tu madre es una prostituta, tu padre un embustero, y el suelo de tu casa est� sucio. La tuya es una causa perdida, perdida cada d�a y cada hora, incluso t� lo sabes. �Crees que tus peque�os milagros ayudar�n a esos pobres? Escucha bien: lo que manda es el caos. Y yo soy su pr�ncipe.</p><p>Entonces le miraba. De haber querido, habr�a podido responderle. Las palabras saldr�an sin dificultad y me dir�an cosas de las que yo a�n no era consciente: sacar�an ese conocimiento de mi mente, tan seguro como que el sonido saldr�a de mi boca. Todo estar�a all� a mi alcance, todas las respuestas, todo el devenir del tiempo. Pero no, no iba a ser as�, ni de esa manera ni de otra. Me quedaba callado. Su desdicha me hac�a da�o. Su cara sombr�a me hac�a da�o. Su furia me hac�a da�o.</p><p>Despert� en una habitaci�n a oscuras, empapado en sudor y con la boca reseca. S�lo hab�a una l�mpara encendida y se o�an gemidos. La cabeza me dol�a insoportablemente. Mi madre estaba cerca, pero con alguien m�s.</p><p>Cleof�s rezaba en voz baja. O� una voz desconocida, una voz de mujer.</p><p>��Si esto sigue as�, es mejor que ella no vuelva�</p><p>Cerr� los ojos. So��. Vi campos de trigo en Nazaret. Vi los almendros floridos de cuando llegamos a esta tierra. Vi los pueblecitos de casas blancas encaramados a las colinas. Hojas abarquilladas que las r�fagas de viento sacud�an. So�� con agua. Aquel hombre quer�a aparecer de nuevo, pero yo no iba a permit�rselo. No, no quer�a volver a los palacios y los barcos.</p><p>��Alto -dije-. No lo hagas.</p><p>��Est�s so�ando -dijo mi madre-. Yo te abrazo, est�s a salvo. �A salvo.�</p><p>Tard� d�as y noches en volver en m�. De eso me enter� despu�s, pero de momento pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo. Al final me despertaron unos gemidos y lloros, y entonces supe que alguien hab�a muerto.</p><p>Abr� los ojos y vi a mi madre alimentando al peque�o Sime�n, recostado y arrebujado en unas mantas. La peque�a Salom� dorm�a m�s all� y ten�a la cara h�meda, pero ya no estaba muy enferma.</p><p>Mi madre me mir� y sonri�. Su rostro, sin embargo, estaba p�lido y triste.</p><p>Supe que hab�a estado llorando, y tambi�n que uno de los que gem�an y lloraban al fondo era Cleof�s. O� el mismo llanto desigual de hombre maduro que hab�a percibido en el sue�o.</p><p>���Qu� ha pasado? -susurr�. El miedo volvi� a atenazarme la garganta.</p><p>��Los ni�os est�n mejor -dijo ella-. �No te acuerdas? Anoche te lo expliqu�.</p><p>��No; quiero saber qui�n�</p><p>Ella no respondi�.</p><p>���Es mi t�a Mar�a? -pregunt�, volviendo la cabeza. Record� que estaba acostada a mi lado. Ya no.</p><p>Mi madre cerr� los ojos y dej� escapar un sollozo. Me volv� y le toqu� una rodilla, pero no creo que lo notara. Advert� que se mec�a.</p><p>Cuando despert� de nuevo, me pareci� que estaban celebrando el funeral No pod�a ser otra cosa. El lamento de una flauta cortaba el aire como un cuchillo de madera.</p><p>Jos� me hizo tomar un poco de sopa. La peque�a Salom�, de pie a mi lado, dijo con los ojos muy abiertos:</p><p>���Sab�as que mi mam� ha muerto?</p><p>��Lo siento mucho -dije.</p><p>��Y el beb� tambi�n ha muerto porque el beb� estaba dentro de ella.</p><p>��Lo lamento de verdad -dije.</p><p>��Ya la han enterrado. La metieron en la cueva.</p><p>No dije nada.</p><p>Entraron mis t�as Salom� y Esther, e hicieron que la peque�a Salom� tomara sopa y se acostara. La ni�a no paraba de preguntar sobre su madre.</p><p>���Estaba tapada? �Ten�a la cara blanca?</p><p>Le dijeron que no preguntara m�s.</p><p>���Lloraba cuando muri�?</p><p>Me qued� dormido.</p><p>Al despertar, en la habitaci�n hab�a a�n muchos ni�os durmiendo, y tambi�n estaban mis primos mayores, enfermos todos.</p><p>No me levant� hasta la ma�ana siguiente.</p><p>Al principio pens� que no hab�a nadie despierto en la casa. Sal� al patio.</p><p>Corr�a un aire c�lido y las hojas de la higuera hab�an crecido. Las enredaderas ten�an flores blancas y el cielo azul estaba salpicado de nubes blancas que no tra�an lluvia.</p><p>Estaba tan hambriento que me habr�a comido cualquier cosa. Nunca hab�a sentido tanta hambre en mi vida.</p><p>O� voces procedentes de una de las habitaciones que utilizaban Cleof�s y los suyos al otro lado del patio. Entr� y vi a mi madre y a mi t�o sentados en el suelo, hablando y comiendo pan y salsa. La ventana ten�a solamente un velo fino. La luz les daba en los hombros. Me sent� al lado de mi madre.</p><p>���yo me ocupar� de ellos, los acoger� y los confortar�, porque ahora soy su madre y ellos son mis hijos -le estaba diciendo a Cleof�s-. �Entiendes?</p><p>Ahora son hijos m�os. Son hermanos de Jes�s y Santiago. Yo puedo cuidar de ellos, cr�eme que puedo hacerlo. Todos me tratan como si fuera una ni�a, pero no lo soy. Cuidar� de ellos. Formaremos una sola familia.</p><p>Cleof�s asinti� con la mirada perdida.</p><p>Me pas� pan, susurr� la bendici�n y yo la repet�. Empec� a zamparme el pan.</p><p>��No, no tan deprisa -dijo mi madre-. No comas as�. Ve despacio, y bebe esto. -Me dio un jarro de agua. Yo quer�a pan. Me pas� la mano por el pelo y bes� la mejilla-. �Has o�do lo que le he dicho a tu t�o?</p><p>��Que los ni�os son mis hermanos -dije-�, como siempre lo han sido. -Com� m�s pan mojado en salsa.</p><p>��Ya es suficiente -dijo ella. Cogi� todo el pan y la salsa, se levant� y sali�.</p><p>Quedamos a solas mi t�o y yo. Me acerqu� a �l. Ten�a el rostro sereno, como si hubiera agotado todas las l�grimas y se hubiera vaciado.</p><p>Me mir� con aire grave.</p><p>��Creo que el Se�or ten�a que llevarse a uno de nosotros -dijo-, y que como yo me salv�, se la llev� a ella en mi lugar.</p><p>Aquello me sorprendi�. Record� la oraci�n que yo hab�a pronunciado en el Jord�n pidiendo que �l viviera. Record� la fuerza saliendo de m� cuando lo toqu� con la mano mientras �l cantaba en el r�o, sin darse cuenta de nada.</p><p>Intent� decir algo pero no encontr� las palabras. S�lo me quedaba llorar.</p><p>El me rode� con los brazos y ambos nos mecimos.</p><p>���Ah, mi peque�o! -susurr�. Y luego rez�-: Oh Se�or de la Creaci�n, t� me has devuelto la vida. Habr� sido por mi bien que he conocido toda esta amargura� Los que vivimos te damos las gracias, como yo ahora. El padre hablar� a los hijos de tu lealtad.</p><p>Durante varias semanas no salimos del patio.</p><p>Los ojos me dol�an con la luz. Cleof�s y yo pintamos algunas habitaciones con jalbegue, pero los que ten�an que trabajar en S�foris se marcharon.</p><p>Por fin todo el mundo se recuper� de la enfermedad, incluso Esther, por quien hab�amos temido lo peor dado que era tan peque�a. Ahora volv�a a berrear a pleno pulm�n.</p><p>El rabino Sherebiah, el de la pata de palo, vino a nuestra casa con el agua de la purificaci�n a fin de que pudi�ramos ser rociados durante varios d�as.</p><p>Esta agua se preparaba con las cenizas de la vaquilla que hab�a sido sacrificada e incinerada en el templo a tal fin, y con el agua viva del manantial que hab�a al salir del pueblo, pasada la sinagoga.</p><p>Con el agua de la purificaci�n nos rociaron a nosotros y luego la casa entera, as� como a los cacharros de cocina y los recipientes que conten�an alimentos, agua o vino. Tambi�n el mikvah, donde nos ba��bamos despu�s de cada purificaci�n. Y as�, el �ltimo d�a del rito, al ponerse el sol, nosotros y la casa por fin estuvimos limpios.</p><p>Esto fue necesario por la impureza que hab�amos contra�do a causa de la muerte de t�a Mar�a bajo nuestro techo. Y fue algo solemne para todos, en especial para Cleof�s, quien hab�a recitado el pasaje del Libro de los N�meros que hablaba de la purificaci�n y de c�mo deb�a realizarse.</p><p>Aquella ceremonia me dej� cautivado; decid� que un d�a me gustar�a ver con mis propios ojos el sacrificio de la vaquilla en Jerusal�n. No ahora, habiendo disturbios no, pero s� alg�n d�a, cuando no hubiese ning�n peligro.</p><p>�El sacrificio e incineraci�n de la vaquilla, junto con su pellejo, carne, sangre y excrementos, para conseguir las cenizas de la purificaci�n, tiene que ser digno de verse�, pens�. Hab�a muchas cosas que ver en el Templo. Mas el Templo estaba ahora en plena revuelta.</p><p>Yo no lo recordaba de otra manera, s�lo lleno de cad�veres y de gente gritando, y aquel hombre muriendo delante de mis ojos y aquel soldado a caballo que en mi memoria hab�a quedado como una unidad caballo-hombre, y su larga lanza manchada de sangre. Y despu�s la cruenta batalla que hab�a visto en sue�os, en aquel sue�o extra�o. �C�mo pod�a mi mente haber producido semejante cosa?</p><p>Pero todo eso ya era historia.</p><p>En casa, durante la purificaci�n, s�lo se respiraba paz.</p><p>Yo no recordaba haber visto en Alejandr�a algo parecido a este ritual. S�lo me acordaba vagamente de la muerte de un ni�o de meses, hijo de t�o Alfeo.</p><p>Pero en Tierra Santa era costumbre hacer estas cosas, y todo el mundo se alegraba de hacerlas.</p><p>Sin embargo, mis t�os no hab�an esperado a la purificaci�n para ir a S�foris.</p><p>No debieron hacerlo. Algunos hab�an estado trabajando all� todo el tiempo que dur� la enfermedad. Y las mujeres hab�an salido al huerto. No hice preguntas al respecto. Yo confiaba en lo que mis t�os y Jos� dec�an que hab�a que hacer.</p><p>Todo el mundo hac�a lo que pod�a.</p><p>Ahora, no mucho despu�s de lo que he relatado y antes de que yo empezara a salir de la casa, mis t�os se enzarzaron en una encendida discusi�n. Hab�a tanto trabajo en S�foris que pod�an elegir las faenas que m�s les gustaban y las que requer�an lo que mejor sab�a hacer nuestra familia. Pero Jos�, en quien todos confiaban, no quer�a cobrar m�s por los trabajos dif�ciles.</p><p>A mis t�os no les parec�a bien, como tampoco a algunos carpinteros de S�foris.</p><p>Mis t�os y los carpinteros quer�an cobrar doble jornal por los trabajos especializados, pero Jos� se negaba.</p><p>Finalmente acudieron al rabino Berejaiah, pese a que en realidad quer�an ver al rabino Jacimus, el fariseo m�s estricto. �Esto s�lo puede arreglarlo un fariseo�, hab�a dicho mi t�o Cleof�s. Y todos estuvieron de acuerdo, incluso Jos�. Nadie quer�a consultar un rabino joven, sino al m�s anciano. Pero Berejaiah les dijo que fueran a ver a Jacimus y que hicieran lo que �l les dijese.</p><p>Los ni�os no pudimos entrar, y como hac�a mucho calor volvimos a casa.</p><p>Los mayores estuvieron fuera mucho rato y al fin volvieron todos de buen humor. Al parecer, el rabino Jacimus los hab�a convencido de que si cobraban el doble por los trabajos especializados podr�an enviarnos a la escuela medio d�a entero. �Y Jos� hab�a estado de acuerdo!</p><p>Brincamos de contento. Era una gran noticia. Santiago y yo nos miramos.</p><p>Incluso los primos Silas y Lev� se alegraron. Y tambi�n el peque�o Sime�n, que apenas entend�a nada. Como resultado de todo aquello, nosotros recibir�amos m�s educaci�n y la familia ingresar�a m�s beneficios.</p><p>Mi madre se alegr� mucho.</p><p>Aquella noche bebimos un buen vino en la cena, y luego Jos� nos ley� una de las historias griegas que tanto nos gustaban, de los pergaminos tra�dos de Alejandr�a. Era la historia de Tobit.</p><p>Todo el mundo se congreg� para escucharla, incluso las mujeres, porque todos disfrut�bamos con la historia del �ngel que se apareci� a Tob�as, el hijo de Tobit, y cuando el �ngel, �disfrazado�, le hablaba a Tob�as de ciertas curas que pod�a hacer con las entra�as del pez que hab�a intentado comerle el pie, y que deb�a casarse con la joven Sara, hija de Rag�el, y c�mo luego Tob�as objetaba que Sara hab�a tenido siete maridos ya y que todos hab�an sido abatidos por un demonio la noche de bodas.</p><p>Nos partimos de risa cuando Jos� ley� este fragmento parodiando la voz del inocente Tob�as. Luego adopt� de nuevo el papel del arc�ngel Rafael: ��Haz el favor de escucharme y no te preocupes por ese demonio!� Con la voz del �ngel, Jos� sigui� leyendo: Tob�as desposar�a a Sara aquella misma noche, y lo �nico que ten�a que hacer era echar el h�gado y el coraz�n del pez en la lumbre de la c�mara nupcial, �y el olor ahuyentar�a para siempre al demonio!</p><p>���Y a qui�n no iba a ahuyentar ese olor! -exclam� Cleof�s.</p><p>Hasta mi madre se re�a a carcajadas.</p><p>Jos� prosigui� el relato encarnando al sol�cito Rafael:</p><p>��Bien, antes de acostarte, reza para pedir que te sea concedida la seguridad y la misericordia. No temas, esa chica ha sido reservada para ti desde los inicios del mundo, t� la salvar�s, ella ir� contigo y supongo que tendr�is hijos que ser�n hermanos y hermanas. Y no hay m�s que hablar.</p><p>De nuevo nos desternillamos, al borde de las l�grimas.</p><p>��As� son las cosas -dijo mi t�a Esther, y todos rieron otra vez, mir�ndose los unos a los otros.</p><p>���Y no hay m�s que hablar! -exclam� mi t�a Salom�, y vuelta a re�r todos como si las madres entendieran m�s que nosotros lo gracioso que era eso.</p><p>���Y qui�n lo va a saber mejor que un �ngel! -a�adi� t�a Esther.</p><p>Todos callaron en seco y las risas cesaron. Miraron a mi madre fugazmente. Ella ten�a la mirada abstra�da, pero de pronto sonri� y solt� una carcajada. Mene� la cabeza y las carcajadas volvieron a brotar.</p><p>Hab�a muchos fragmentos graciosos en esa historia y los conoc�amos todos. El demonio huy� al oler el pescado, el �ngel lo amordaz�, Tob�as am� a Sara, el suegro de �l no le dejaba partir de tanto que lo quer�a, y el banquete nupcial dur� m�s de catorce d�as, y cuando por fin volvi� a casa s� cur� la ceguera de su padre con la medicina del pez que hab�a intentado comerle el pie, y hubo un nuevo festejo nupcial que dur� d�as y d�as y todo el mundo fue feliz. Luego ven�a una parte m�s seria, las largas y hermosas oraciones de Tobit, que todos nos sab�amos en griego y recitamos en esa lengua.</p><p>Cuando llegamos al final de la oraci�n, Jos�, que dirig�a la plegaria, pronunci� las palabras m�s despacio, como si ahora tuvieran un significado especial que no hab�an tenido cuando est�bamos en Egipto.</p><p>���Jerusal�n, ciudad santa, Dios te ha castigado por tus obras, pero tendr� piedad con los hijos de los justos. Alaba al Se�or pues �l es bueno y bendice al rey de los siglos, para que vuelva a montar su tienda en tus dominios��</p><p>Nos entristecimos al pensar en las reyertas que no cesaban. Y yo, mientras la oraci�n continuaba, apart� de mi memoria aquella violencia; vi el Templo como hab�a sido antes de saber que los hombres iban a enzarzarse all� unos contra otros.</p><p>Vi los muros enormes y los centenares de personas que se congregaban para orar, que llenaban los ba�os y los t�neles hasta el Patio de los Gentiles.</p><p>O� a la gente entonar salmos.</p><p>Seguimos rezando con Jos�:</p><p>���Una gran luz brillar� hasta los confines de la tierra y muchas naciones acudir�n a ti de muy lejos, los pueblos de la tierra, para morar cerca del nombre del Se�or, trayendo en sus manos presentes para el rey de los cielos��</p><p>Vi mentalmente la luz y experiment� una especie de sue�o hermoso y suave mientras o�a la oraci�n tumbado en mi estera, con el brazo bajo la cabeza.</p><p>���Y te llamar�n la Elegida eternamente y por los siglos de los siglos.�</p><p>Y pareci� que la pestilencia hab�a abandonado nuestra casa. La muerte se hab�a ido. La suciedad. Las l�grimas. Y aunque mi sue�o del extra�o ser alado de hermosos ojos me inquietaba mucho, pronto lo desech� como hab�a desechado la imagen del Templo de Jerusal�n anegado en sangre. Y la vida empez� de nuevo. Fui feliz de saberlo, pues ya hab�a conocido la desdicha, el miedo, la enfermedad y la congoja, y todas esas cosas hab�an desaparecido por fin.</p></section><section><title><p>20</p></title><p>Tan pronto mi madre me dio permiso, me ba�� en el mikvah, que ahora estaba muy fr�o y el agua tan alta que me cubr�a la cabeza. Luego me puse ropa reci�n lavada y sub� a la casa del rabino en la colina, el rabino Berejaiah.</p><p>Los sirvientes me dijeron que estaba en la sinagoga, de modo que fui y me lav� esmeradamente las manos en el arroyo pese a que ya me hab�a ba�ado.</p><p>Entr� y tom� asiento en un extremo, sorprendido de que hubiera tanta gente all� ese d�a de la semana, pero pronto vi que no estaban escuchando al rabino sino a un hombre que hab�a venido a contarles c�mo estaban las cosas en Jerusal�n. Era un fariseo e iba vestido con ropas suntuosas. Su cabeza estaba repleta de cabellos blancos.</p><p>Mi hermano Santiago estaba all�, al igual que Jos�, Cleof�s y mis primos mayores. El rabino Berejaiah sonri� al verme y me indic� que estuviera callado mientras aquel hombre continuaba con su relato. Estaba hablando en griego y de vez en cuando cambiaba a nuestra lengua.</p><p>��Este Sabinus, procurador de los romanos, ten�a a sus hombres rodeando el Templo. Entonces los jud�os tomaron los tejados de la columnata y empezaron a arrojar piedras a los soldados. A continuaci�n las flechas romanas surcaron el cielo, pero no pod�an alcanzar a los jud�os debido a su posici�n. As� pues, este hombre imp�o, Sabinus, cuyo �nico prop�sito era localizar el tesoro del rey en ausencia de �ste, este hombre avaricioso prendi� fuego a las columnatas, s�, las columnatas del Templo con sus dorados a la cera, y los jud�os fueron alcanzados por las llamas. El fuego explot� como si saliera de un volc�n y la brea de los tejados prendi�. Y todo el oro sucumbi� al fuego, as� como los hombres parapetados en los tejados. Se desconoce el n�mero de v�ctimas�</p><p>El miedo volvi� a m�. Aunque all� hac�a calor, not� fr�o mientras el hombre continuaba con su relato. -�y los romanos atravesaron las llamas para robar los tesoros del Se�or ante los ojos de quienes observaban impotentes. Cruzaron el Gran Patio hasta los almacenes para robarlo todo, y saquearon tambi�n la propia casa del Se�or.</p><p>Lo vi como lo hab�a visto en mi sue�o. Inclin� la cabeza y cerr� los ojos.</p><p>Pod�a ver claramente lo que nos contaba: enfrentamiento tras enfrentamiento, y la llegada de las legiones romanas, y las cruces irgui�ndose en el camino.</p><p>��Dos mil hombres crucificados -dijo-. Persiguieron a los que hab�an huido. Atraparon a los que les parec�an sospechosos y los ejecutaron. �C�mo saber si esos hombres eran culpables? �Los romanos no distinguen entre inocentes y culpables! No saben nada. Y no se sabe cu�ntas aldeas quemaron los �rabes antes de que el general Varus los mandara de regreso al ver que no pod�a confiar en ellos como portadores de paz. -Luego ofreci� una larga ristra de nombres: lugares incendiados, familias que hab�an perdido sus hogares�</p><p>Yo segu� con los ojos cerrados. Vi elevarse las llamas en el cielo nocturno y gente correr. Una mano me toc� el hombro y o� que el rabino me susurraba:</p><p>��Presta atenci�n.</p><p>��S�, rabino -dije.</p><p>Mir� al hombre, que ahora se paseaba frente a la asamblea hablando de los rebeldes. Sim�n, el que quem� el palacio de Jeric�, hab�a sido apresado por Gratus, general de Herodes que acudi� en ayuda de los romanos. Pero hab�a muchos, muchos m�s�</p><p>���Est�n escondidos en las cuevas del norte! -dijo-. Nunca ser�n derrotados.</p><p>La gente susurr�, asintiendo con la cabeza.</p><p>��Son familias, tribus de bandidos. Y ahora corre el rumor de que el C�sar nos ha repartido entre los hijos de Herodes, y estos pr�ncipes, si es que lo son, se han embarcado rumbo a nuestros puertos.</p><p>Vi el mar a la luz de la luna. Mi sue�o otra vez.</p><p>El mensajero hizo una pausa, como si supiera muchas m�s cosas pero no pudiera contarlas.</p><p>��Esperamos al gobernante que nos han adjudicado -dijo.</p><p>Uno de los presentes tom� la palabra:</p><p>���Los sacerdotes del Templo mandar�n!</p><p>��Los sacerdotes conocen la Ley de Mois�s y viven conforme a ella -salt� otro-. �Por qu� no tenemos sacerdotes de la estirpe de Zadok, como la Ley dice que deber�amos tener? Si purgamos el Templo de sus impurezas, los sacerdotes mandar�n otra vez.</p><p>Algunos se levantaron y se enzarzaron en agrias discusiones.</p><p>El rabino Jacimus se puso en pie para pedir orden, pero los hombres s�lo callaron cuando se levant� el rabino Berejaiah.</p><p>��Nuestros emisarios han presentado sus peticiones al C�sar -dijo-.</p><p>C�sar ha tomado una decisi�n y pronto sabremos el alcance de ella. Hasta entonces, s�lo nos queda esperar. -Pase� la mirada por la asamblea, escrutando los rostros de los hombres y mujeres all� reunidos.</p><p>��Nadie conoce a�n el linaje del sacerdote del Templo -a�adi�-. Ni siquiera si todav�a existe un sumo sacerdote.</p><p>Muchos asintieron en se�al de aprobaci�n. Los hombres volvieron a sentarse. El mensajero procedi� a contestar las preguntas de los reunidos.</p><p>Pero enseguida se reanudaron los gritos y las discusiones.</p><p>Me levant� y sal� disimuladamente de la sinagoga.</p><p>Fuera, con el calor, dej� de tiritar. Cruc� el pueblo y sub� colina arriba.</p><p>Hab�a mujeres ocupadas en los huertos. Los agricultores trabajaban en los campos con sus peones.</p><p>El cielo se ve�a inmenso y las nubes flotaban como barcos en el mar. La hierba estaba poblada de flores silvestres, peque�as y grandes; y los �rboles, cargados de aceitunas verdes.</p><p>Me tumb� en la hierba y palp� las flores con la mano. Mir� el cielo entre las ramas del olivo. Me gustaba verlo as�, a trocitos. A lo lejos o�a las palomas del pueblo, incluso las abejas en sus colmenas. O� tambi�n algo parecido a la hierba creciendo, pero no, eso no pod�a ser. Estaban todos los sonidos juntos, tan suaves y tan distintos de los de una ciudad.</p><p>Pens� en Alejandr�a, en el gran templo dedicado a C�sar Augusto junto al puerto de la ciudad, con todos sus jardines y bibliotecas. Lo hab�a contemplado infinidad de veces cuando �bamos a comprar provisiones en los almacenes del muelle. Y en nuestra procesi�n, la de los jud�os de Alejandr�a, que formaban la mayor�a de la poblaci�n, celebrando el d�a de la traducci�n de las Escrituras al griego. Les hab�amos dado una buena lecci�n a los paganos, �no? O eso dec�an los hombres cuando enton�bamos los salmos.</p><p>Visualic� el mar.</p><p>Pens� en todas esas cosas, pero yo adoraba este lugar. Sent�a amor por �l, amor por los empinados bosques frondosos de cipreses y sic�moros, y los mirtos. Jos� me ense�aba los nombres de las diversas plantas y �rboles.</p><p>Rec� para mis adentros: �Padre celestial, te doy gracias por esto.�</p><p>No dur� mucho mi soledad all�. Cleof�s vino a consolarme.</p><p>��No est�s triste -dijo.</p><p>��Soy muy feliz -respond�, poni�ndome de pie-. No estoy nada triste. No me siento desdichado por nada.</p><p>��Vaya -dijo �l, en su tono acostumbrado-. Pens� que estabas llorando por lo que o�ste en la sinagoga.</p><p>��No -negu� con la cabeza-. Este es un lugar feliz. Cuando estoy aqu� -se�al� en derredor- mis pensamientos se vuelven oraciones.</p><p>Eso le gust�.</p><p>Descendimos juntos la colina.</p><p>��Bien -dijo-. No debes preocuparte por esta �poca de violencia que estamos viviendo. Los romanos acabar�n hasta con el �ltimo rebelde que haya en Judea. Como ese tonto de Sim�n. Acabar�n con Atronges, el rey pastor, y con sus hermanos tambi�n. Y perseguir�n a esos bandidos que asolan Galilea; est�n escondidos en las cuevas, en las fuentes del Jord�n, pero tendr�n que salir cuando necesiten algo. Los oir�s pasar con estruendo� Oh, no por aqu�, claro. En Nazaret apenas ocurre nunca nada, salvo� Sea quien sea el rey aqu� o en Judea, se trate de Arquelao o de Antipas, a quien hemos de recurrir como juez es al C�sar. Te dir� una cosa: C�sar no quiere problemas aqu�; y estos Herodes gobernar�n s�lo mientras no haya problemas. Nosotros siempre tendremos a C�sar. Me detuve y lo mir�.</p><p>���Es lo que quieres, que siempre tengamos a C�sar?</p><p>���Por qu� no? �Qui�n va a mantener la paz sino �l?</p><p>Sent� una punzada de miedo en el est�mago. No respond�.</p><p>���Nunca vamos a tener otro rey que ocupe el trono de David? -pregunt� luego.</p><p>Cleof�s me mir� largamente antes de responder.</p><p>��Yo quiero paz -dijo-. Quiero construir, enyesar y pintar, alimentar a mis hijos y estar con mi familia. Eso es lo que quiero, lo mismo que todos los romanos. No son mala gente, �sabes? Ellos adoran a sus dioses y sus mujeres son decorosas. Tienen su manera de hacer como nosotros la nuestra. �Tampoco hay que pensar que todo pagano es un diablo que sacrifica a sus hijos a Moloch y comete atrocidades en su propia casa!</p><p>Solt� una carcajada.</p><p>��Pero esto es Galilea -continu� �l-. Cuando uno ha vivido en Alejandr�a y ha estado en Roma, sabe que esto son ilusiones. �Sabes qu� significa esta palabra?</p><p>��S� -respond�-. Caprichos. Fantas�as.</p><p>��Buen chico. Eres el �nico que me entiende.</p><p>Me re�, asintiendo con la cabeza.</p><p>��Soy tu profeta -dijo Cleof�s.</p><p>���Me servir�s de profeta?</p><p>��Ponme a prueba.</p><p>��Est� bien. Contesta: �por qu� me pararon a la entrada de la sinagoga? �Por qu� no quiso decir Jos� que fue en�?</p><p>��Alto ah� -dijo llev�ndose las manos a la cabeza. Baj� la vista-. No puedo contestar a eso. Jos� no quiere.</p><p>��Jos� me ha prohibido que le haga preguntas -dije.</p><p>���Y sabes por qu�?</p><p>���l no quiere o�rlas. -Me encog� de hombros-. �Qu� motivo puede haber?</p><p>Cleof�s se puso de rodillas y me agarr� por los hombros, mir�ndome a los ojos.</p><p>���l mismo no entiende ciertas cosas -dijo-. Y cuando uno no entiende, no puede explicar.</p><p>���Que no entiende?</p><p>��Eso he dicho. Pero que quede entre t� y yo.</p><p>���Y t� s� entiendes?</p><p>��Procuro. -Arque� las cejas y sonri�-. Ya me conoces. Sabes que intento entender, pero Jos� es paciente, conf�a ciegamente en el Se�or. Jos� no necesita comprender. Hay una cosa que s� puedo decirte y que no debes olvidar: un �ngel ha visitado a tu madre. Y a Jos� se le han aparecido tambi�n.</p><p>Pero a m� no ha venido a verme ninguno.</p><p>��Ni a m�, aunque� -Me call�. No quer�a decirlo: lo de Eleazar en Egipto, lo de detener la lluvia, y menos a�n lo del propio Cleof�s en el Jord�n, mi mano en su espalda. Ni lo de la noche en la ribera del Jord�n, cuando cre� que hab�a otros seres rode�ndome en la oscuridad.</p><p>�l estaba absorto en sus pensamientos. Se levant� y contempl� los montes que se elevaban al este y el oeste.</p><p>���Cu�ntame lo que pas�! -supliqu� en voz baja-. Cu�ntamelo todo.</p><p>��Hablemos de las batallas y la rebeli�n, y de esos reyes de la casa de Herodes. Es m�s sencillo -dijo sin mirarme. Entonces volvi� los ojos hacia m�-. No puedo decirte lo que quieres saber. Tampoco lo s� todo. Si intento explicarte algo, tu padre me echar� de la casa. Adem�s, no quiero causar m�s problemas. �Cu�ntos a�os tienes ahora, ocho?</p><p>��A�n no -dije-. Pero falta poco.</p><p>���Todo un hombre! -dijo sonriendo-. Escucha, alg�n d�a, antes de que yo muera, te contar� todo lo que s�. Lo prometo� -Volvi� a interrumpirse.</p><p>���Qu� pasa?</p><p>Su rostro estaba sombr�o.</p><p>��Te dir� algo, pero debes guardarlo como un secreto -dijo-. Llegar� un d�a� -Mene� la cabeza y apart� la mirada.</p><p>��Vamos, habla, estoy escuchando. Volvi� a mirarme y sonri�.</p><p>��Creo que debemos seguir en el bando de C�sar Augusto -dijo-. �Qu� m�s da qui�n cobra los impuestos o persigue a los ladrones? �Qu� importa qui�n vigila las puertas de la ciudad? T� viste el Templo. �C�mo se va a reconstruir si los romanos no devuelven el orden a Jerusal�n? Herodes Arquelao orden� aquella matanza en el Templo mismo. Los bandidos y los sublevados campan por los claustros y en el Templo mismo. Yo apoyar�a una paz romana, s�, una paz como la que disfrut�bamos en Alejandr�a. Te dir� algo de los romanos: su c�liz est� lleno, y es bueno que te gobierne alguien cuyo c�liz est� lleno.</p><p>No respond�, pero sus palabras se grabaron en mi mente.</p><p>���Qu� le hicieron a Sim�n, el rebelde al que apresaron?</p><p>��Fue decapitado -dijo Cleof�s-. Se merec�a eso y m�s, si quieres saber mi opini�n. Aunque a m� no me importa que quemara los dos palacios de Herodes. No es eso� es todo lo dem�s, los cr�menes, la destrucci�n. -Me mir�-. Bah, eres demasiado peque�o para entenderlo.</p><p>���Cu�ntas veces me has dicho eso?</p><p>Se ri�.</p><p>��Claro que lo entiendo -dije-. No tenemos un rey jud�o que pueda gobernarnos a todos, un rey jud�o que sea amado por el pueblo.</p><p>Asinti� con la cabeza. Mir� el cielo y las nubes que pasaban.</p><p>��Para nosotros no cambia nada -dijo.</p><p>��No es la primera vez que oigo eso.</p><p>��Y volver�s a o�rlo. Ma�ana vendr�s conmigo a S�foris y me ayudar�s a pintar las paredes que estamos terminando. Es trabajo f�cil. Ya he dibujado las l�neas. Yo mezclar� el color y t� s�lo tendr�s que aplicar la pintura. Trabajar�s tal como lo hiciste en Alejandr�a. Eso es lo que queremos, �no es as�? Eso y amar al Se�or con todo nuestro coraz�n, y observar la Ley de Mois�s.</p><p>Volvimos a casa.</p><p>No le dije lo que ten�a en mi coraz�n. No pod�a. Quer�a hablarle de aquel extra�o sue�o pero no pod�a. Y si no pod�a dec�rselo a mi t�o, tampoco a nadie. Nunca podr�a preguntar al viejo rabino acerca del ser alado ni acerca de las visiones que tuve, de las columnatas del Templo en llamas. �Y qui�n entender�a lo de la noche cerca del Jord�n, los seres que me rodearon en la oscuridad?</p><p>Est�bamos casi al pie de la colina. Hab�a una mujer cantando en su jard�n, y ni�os peque�os jugando.</p><p>Me detuve.</p><p>���Qu� ocurre? -pregunt� Cleof�s-. Vamos -dijo haciendo un gesto con la mano.</p><p>No le obedec�.</p><p>��T�o -dije-. �Qu� era lo que ibas a decirme all� arriba?</p><p>Nos miramos.</p><p>��Quiero saberlo -a�ad�.</p><p>Vi que experimentaba un cambio, que se ablandaba.</p><p>��Guarda para ti lo que voy a decirte -respondi� con voz grave-: llegar� el d�a en que ser�s t� quien nos dar� las respuestas.</p><p>Nos miramos, y ahora fui yo el que apart� la vista. �Yo tendr�a que dar las respuestas! Record� entonces la puesta de sol en el Jord�n, el fuego en el agua, un fuego hermoso, y la sensaci�n de estar rodeado por un corro de innumerables seres.</p><p>Y fue as� como tuve una repentina sensaci�n de certidumbre, de que por fin lo entend�a todo, �todo! Pero s�lo fue durante un instante y la sensaci�n se desvaneci�.</p><p>Mi t�o no dejaba de mirarme. Se inclin� para apartarme el pelo de la frente y me dio un beso.</p><p>���Est�s sonriendo? -pregunt�.</p><p>��S�. Porque has dicho la verdad.</p><p>���Qu� verdad?</p><p>��Que soy demasiado peque�o para comprender -dije.</p><p>Cleof�s ri�.</p><p>��No me tomes el pelo -sonri�.</p><p>Se incorpor� y continuamos andando hacia el pueblo.</p></section><section><title><p>21</p></title><p>Hab�a sido un verano estupendo.</p><p>La segunda tanda de higos colmaba nuestro �rbol del patio, los aceituneros bat�an las ramas en los olivares, y yo sent�a una dicha como nunca antes, y era consciente de ello. Para m� era el comienzo del tiempo: desde los �ltimos d�as en Alejandr�a hasta la venida aqu�.</p><p>A medida que pasaban los meses fuimos terminando las reparaciones en nuestra casa, y ya casi estaba perfecta para todas las familias, las de mis t�os Sim�n, Alfeo y Cleof�s, y para Jos�, mi madre y yo.</p><p>Riba, la esclava griega que hab�a venido con Bruria, iba a dar a luz un ni�o.</p><p>Hubo numerosos cuchicheos sobre el particular, incluso entre los ni�os. Un d�a, la peque�a Salom� me susurr�:</p><p>��Parece que Riba no se escondi� del todo en ese t�nel, �no?</p><p>La noche del parto o� llorar al beb� y c�mo Riba le cantaba en griego, y luego tambi�n Bruria. Mis t�as no cesaban de re�r y cantar juntas, con las l�mparas encendidas. Fue una noche feliz.</p><p>Jos� despert� y tom� al beb� en brazos.</p><p>��No es un ni�o �rabe -dijo mi t�a Salom�-. Es un ni�o jud�o y t� lo sabes.</p><p>���Qui�n ha dicho que sea �rabe! -exclam� Riba-. Ya os expliqu� que�</p><p>��Muy bien, muy bien -dijo Jos� con calma, como siempre-. Lo llamaremos Ismael. �Le parece bien a todo el mundo?</p><p>El beb� me gust� a primera vista. Ten�a una bonita barbilla y ojos grandes y negros. No lloraba todo el rato como el nuevo beb� de t�a Salom�, que alborotaba al menor ruido, y la peque�a Salom� disfrutaba llev�ndolo en brazos cuando su madre estaba ocupada en otros quehaceres. All� estaba, el peque�o Ismael. Juan, el hijo peque�o de t�a Salom� y Alfeo, era uno de los quince Juanes que hab�a en el pueblo, junto con los diecisiete Simones y trece Judas; tambi�n hab�a m�s Mar�as de las que pod�an contarse con las dos manos, y eso s�lo en cuanto a nuestros parientes de este lado de la colina.</p><p>Pero me estoy anticipando. Esos beb�s no llegar�an al invierno.</p><p>El verano fue muy caluroso, sin la brisa de la costa, y ba�arse en el manantial era muy divertido cuando volv�amos de S�foris por la noche. Los chicos hac�amos batallas de agua, mientras al otro lado del recodo las chicas re�an y charlaban. R�o arriba, en la cisterna abierta en la roca donde las mujeres llenaban sus vasijas, se hablaba y re�a tambi�n, y a veces mi madre iba all� al atardecer para ver a las otras mujeres.</p><p>A finales del verano hubo varias bodas en el pueblo, con largas celebraciones que duraban la noche entera y donde todo Nazaret parec�a congregarse para beber y bailar, hombres con hombres y mujeres con mujeres, e incluso las doncellas, aunque �stas se mostraban t�midas y se quedaban cerca del entoldado donde estaba la novia, �sta con los m�s bonitos velos y brazaletes de oro.</p><p>En el pueblo hab�a varios hombres que tocaban la flauta y algunos la lira, y las mujeres la pandereta sosteni�ndola en alto; por su parte, los viejos ta��an los c�mbalos para llevar el ritmo del baile. Hasta el viejo Justus fue llevado fuera y acomodado en unos almohadones contra la pared, y se le ve�a sonre�r contento, aunque la saliva le resbalaba por el ment�n y la vieja Sara ten�a que enjug�rsela.</p><p>El padre de la novia era a veces el que ejecutaba los pasos de baile m�s atrevidos, lanzando los brazos al aire y girando como una peonza con su vistosa vestimenta. Algunos se emborracharon y sus hermanos o sus hijos los recogieron y se los llevaron a casa sin suscitar comentarios de nadie.</p><p>Hab�a buena comida, cordero asado y un espeso potaje de carne y lentejas, y tambi�n hubo l�grimas, y los peque�os jugamos fuera hasta muy tarde, corriendo y chillando y lanzando v�tores en la oscuridad, porque a nadie le importaba. Yo fui corriendo hasta el bosque y luego colina arriba, y contempl� las estrellas y bail� como hab�a visto bailar a los hombres.</p><p>Ese a�o ocurrieron m�s cosas de las que soy capaz de contar.</p><p>Se cas� Alejandra, la hija del granjero rico, al decir de todos una belleza.</p><p>Estaba muy guapa de novia con sus velos ribeteados de oro. Cuando el entoldado y las antorchas fueron a buscarla a su casa, todo el mundo cant� al verla aparecer por la puerta.</p><p>Al banquete asisti� gente de otros pueblos. Cuando los fariseos se reunieron para desear lo mejor a todos y no quisieron comer nada, la madre de Alejandra se inclin� hasta el suelo delante de Sherebiah y le dijo que la comida hab�a sido preparada de manera perfecta y limpia, y que si no quer�a compartir la comida de la boda de su hija, ella tampoco comer�a ni beber�a pese a tratarse de la boda de su �nica hija.</p><p>El rabino orden� a su sirviente que le trajera agua para lavarse las manos, pues los fariseos as� lo hac�an siempre, lavarse los dedos antes de comer aunque ya los tuvieran limpios, y luego empez� a comer, mostrando a todos el trozo de carne, y la gente lo vitore�, y todos los fariseos le imitaron, incluso el rabino Jacimus, aunque ellos casi nunca cenaban en compa��a de otra gente.</p><p>Luego Sherebiah bail� a pesar de su pata de palo, y todos los hombres bailaron tambi�n.</p><p>Nuestro estimado rabino Berejaiah ejecut� despu�s una danza lenta y asombrosa que deleit� a sus alumnos. Es m�s, despu�s de eso su suegro tuvo que bailar, para no ser menos, y otro tanto hicieron los dem�s viejos del pueblo.</p><p>La madre de Alejandra fue a sentarse con la novia y las mujeres, y bebieron contentas de que los fariseos hubieran asistido al banquete.</p><p>El trabajo continuaba.</p><p>En S�foris crec�an edificios como plantas silvestres en un prado. Los lugares quemados sanaron como sana una herida. El mercado crec�a cada vez m�s, y nuevos mercaderes acud�an a diario para vender sus mercanc�as a los que ten�an que amueblar sus casas nuevas. Y hab�a numerosos peones que ayudaban en nuestro trabajo. Todo el mundo nos llamaba la Cuadrilla Egipcia.</p><p>Nadie se quejaba de nuestros precios. Alfeo y Sim�n dirig�an la colocaci�n de cimientos, suelos y paredes; Cleof�s y Jos� confeccionaban las hermosas mesas de banquete, estanter�as y sillas romanas que sol�amos hacer en Alejandr�a.</p><p>Aprend� a pintar m�rgenes mejor que antes, e incluso a pintar algunas flores y hojas, aunque por regla general s�lo rellenaba las perfiladas por los pintores expertos.</p><p>Nuestro trabajo de mamposter�a era de la mayor calidad; emparejar las losas de m�rmol requer�a paciencia, y hab�a que cuidar mucho la disposici�n.</p><p>Fuimos al pueblo de Cana para hacerle un suelo a un hombre que hab�a vuelto de las islas griegas y quer�a tener una biblioteca hermosa.</p><p>Ven�an a encargarnos trabajos desde otros lugares. Un mercader de Cafarnaum nos pidi� que fu�semos all�, y yo ten�a muchas ganas de ir porque estar�amos cerca del mar de Galilea, pero Jos� dijo que eso tendr�a que esperar hasta que la construcci�n en S�foris terminara.</p><p>Y tambi�n nos llev�bamos mucha faena a Nazaret para hacer en casa, sobre todo divanes o mesas taraceadas. Preguntamos cu�les eran los mejores plateros y esmaltadores de S�foris y acud�amos a ellos para los retoques finales.</p><p>Aparte de las noticias sobre constantes escaramuzas entre soldados y rebeldes en Judea, lo �nico malo era que la peque�a Salom� y yo no pod�amos estar juntos. Ahora ella estaba siempre ocupada con las mujeres, mucho m�s que en Alejandr�a, y a m� me parec�a que pese a todo el trabajo que ten�amos y al dinero que entraba en nuestras bolsas, las mujeres llevaban la peor parte.</p><p>Hab�an tra�do mucha comida de Alejandr�a, pero aqu� plantaban hortalizas y ten�an que recogerlas del huerto; y mientras que en Alejandr�a pod�an comprar pan caliente en la calle de los Panaderos, aqu� se pasaban el d�a horneando, y eso despu�s de moler ellas mismas el trigo cada d�a al amanecer.</p><p>Cada vez que yo intentaba hablar con la peque�a Salom�, ella me daba largas, y conmigo empleaba cada vez m�s la misma voz que las mujeres empleaban con los ni�os. Hab�a crecido de la noche a la ma�ana y siempre estaba cuidando de alg�n beb�. Normalmente era la peque�a Esther, que por fin ya no era tan llorona, o bien el beb� de alguna mujer que ven�a a visitar a la vieja Sara. La peque�a Salom� ya no era peque�a, no era la ni�a con quien yo compart�a juegos y risas en Alejandr�a, ni la que llor� en el viaje desde Jerusal�n. De vez en cuando iba con nosotros a la escuela -las pocas chicas que asist�an se sentaban aparte de los chicos-, pero se mostraba impaciente por volver a casa a trabajar. Cleof�s insisti� en que ten�a que aprender a leer y escribir el hebreo, pero a Salom� le daba igual.</p><p>Yo la echaba de menos.</p><p>Lo que m�s les gustaba hacer a nuestras mujeres era tejer, y cuando sacaban sus telares al patio en los meses c�lidos, eso era motivo de conversaci�n en todo Nazaret. Por lo visto, las mujeres de la regi�n utilizaban un telar con una vara y una pieza transversal sobre la que ten�an que estar de pie. Pero nosotros hab�amos tra�do de Alejandr�a telares m�s grandes con dos piezas deslizantes sobre las cuales las mujeres pod�an estar sentadas, y todas las mujeres del pueblo ven�an a ver el invento.</p><p>As� pues, como hac�a mi madre, una mujer pod�a estar sentada ante el telar, y, como hac�a mi madre, pod�a ir mucho m�s r�pido y hacer tejidos para vender en el mercado, como hac�a mi madre� cuando ten�a tiempo, es decir, cuando Salom� le echaba una mano con los peque�os Sime�n y Judas.</p><p>Pero mi madre adoraba tejer. Sus d�as en Jerusal�n, tejiendo los velos del templo con las ochenta y cuatro muchachas elegidas, le hab�an dado mucha velocidad y destreza, y sus telas eran de la mejor calidad. Tambi�n sab�a te�ir, e incluso trabajar con p�rpura.</p><p>A nosotros nos hab�an explicado que eleg�an a muchachas para confeccionar los velos porque todas las cosas destinadas al Templo ten�an que ser hechas en estado de pureza. Y que s�lo muchachas menores de doce a�os eran puras con seguridad, y que hab�a una tradici�n de chicas elegidas y la familia de mi madre formaba parte de esa tradici�n. Pero ella no hablaba mucho de sus d�as en Jerusal�n. S�lo para comentar sobre lo grande y lo complicado que era el velo, y que cada a�o ten�an que tejer dos. Este velo era el que cubr�a la entrada al sanctasanct�rum, el lugar donde el Se�or estaba presente. Ninguna mujer entraba nunca all�: s�lo el sumo sacerdote. Mi madre hab�a sido feliz tejiendo una parte del velo y sabiendo que sus manos colaboraban en aquella obra.</p><p>Varias mujeres del pueblo ven�an a hablar con mi madre y verla trabajar en su telar. Y su n�mero aument� cuando empez� a tejer en el patio, al aire libre.</p><p>Ten�a m�s amigas. Los parientes que no hab�an venido todav�a a vernos, lo hac�an ahora con frecuencia.</p><p>Pasado aquel verano segu�an yendo a verla, y las chicas j�venes que no estaban cuidando ni�os peque�os acud�an para acunar a los beb�s sobre sus rodillas. Esto era bueno para mi madre, porque ella era muy aprensiva. En un pueblo como Nazaret, las mujeres est�n al corriente de todo. C�mo, no lo s�, pero as� ocurre y as� ocurr�a entonces. Y mi madre sin duda sab�a del interrogatorio al que fue sometido Jos� cuando me llevaron a la sinagoga. Y ten�a aprensi�n por ello.</p><p>Yo lo sab�a porque me conoc�a hasta el m�s peque�o gesto de su cara, sus movimientos de ojos y labios, y me daba cuenta. Ve�a su temor ante las otras mujeres. Los hombres no la preocupaban, porque ning�n hombre iba a mirarla o dirigirse a ella, ni importunarla de manera alguna. Un hombre no hablaba con una mujer casada salvo que fuese un pariente muy pr�ximo, e incluso en tal caso nunca a solas, salvo que fuese su hermano. De modo que mi madre no tem�a a los hombres, pero �a las mujeres? S�, las hab�a temido hasta los d�as del telar, cuando acud�an para aprender de ella.</p><p>Todos estos pensamientos acerca del temor de mi madre no los hice yo conscientes hasta que la cosa cambi�; ella siempre hab�a sido de talante apocado. Por eso me alegr� mucho del cambio que experiment�.</p><p>Y se me ocurri� algo m�s, un pensamiento secreto, uno m�s de los que no pod�a revelar a nadie: mi madre era inocente. Ten�a que serlo. De lo contrario, habr�a tenido miedo de los hombres, �no? Pero a los hombres no los tem�a.</p><p>Como tampoco tem�a ir por agua al arroyo, ni ir de vez en cuando a S�foris para vender la ropa que tej�a. Sus ojos eran m�s inocentes a�n que los de la peque�a Salom�. S�, no me equivocaba.</p><p>La vieja Sara ya no estaba en condiciones de hacer trabajo de filigrana -ni de ninguna clase- con una aguja o en el telar, pero ense�aba a las muchachas a hacer bordados y a menudo las ve�a all� juntas, charlando y riendo y contando historias, con mi madre muy cerca.</p><p>Martillear y pulir y ensamblar y coser y tejer: el patio era un hervidero de actividad. Y luego los gritos y lloros y risas de los ni�os, beb�s gateando por el suelo, el establo donde los hombres atend�an a los burros que transportaban nuestras cosas hasta S�foris, los chicos mayores entrando y saliendo con haces de heno, uno o dos de nosotros frotando incrustaciones de oro en un nuevo div�n de banquete (un hombre nos hab�a encargado ocho), la lumbre de cocinar sobre el brasero y despu�s las esteras extendidas en el suelo de piedra cuando com�amos, todos all� reunidos rezando y procurando que los m�s peque�os callaran un momento para poder dar gracias al Se�or; todo esto, sumado, da una imagen de lo que fue ese primer a�o en Nazaret, un a�o que qued� grabado en mi memoria durante los muchos que todav�a iba a vivir all�.</p><p>�A buen resguardo�, hab�a dicho Jos�. Yo estaba �a buen resguardo�. Pero de qu�, no quiso decirlo, y yo no pod�a preguntar. Pero estaba felizmente escondido. Y cuando pensaba en eso y en las extra�as palabras de Cleof�s -que alg�n d�a yo habr�a de dar las respuestas-, me sent�a como si fuera otro; me palpaba el cuerpo y despu�s dejaba de pensar en ello.</p><p>Mi aprendizaje iba muy bien.</p><p>Aprend�a nuevas palabras, palabras que hab�a o�do y dicho pero cuyo significado s�lo conoc�a ahora, la mayor parte proveniente de los Salmos. �Que los campos sean gozosos, s�, gozosos, y que los �rboles del monte se regocijen. Escribid una canci�n gozosa al Se�or; cantad alabanzas.�</p><p>La oscuridad hab�a desaparecido; los incendios tambi�n. Y aunque la gente hablaba de los chicos que se hab�an sumado a la rebeli�n, y aunque de vez en cuando una mujer se desga�itaba de pena al tener noticias de un hijo perdido, nuestra vida estaba llena de cosas agradables.</p><p>A la �ltima luz de la tarde, sub�a y bajaba cuestas entre los �rboles hasta que perd�a de vista Nazaret. Encontr� flores tan dulces que me llev� algunas a casa para plantarlas all�. Y en casa, el olor dulz�n de las virutas y el del aceite con que unt�bamos la madera; el omnipresente olor del pan horne�ndose y el aroma de la salsa que nos recib�a a nuestro regreso.</p><p>Beb�amos buen vino del mercado de S�foris. Com�amos deliciosos melones y pepinos de nuestro propio huerto.</p><p>En la sinagoga aprend�amos las Escrituras batiendo palmas, bailando y cantando. La escuela era un poco m�s dif�cil, pues los maestros nos hac�an redactar cartas en nuestras tablillas, y repetir lo que no hac�amos bien. Pero incluso esto era agradable, y el tiempo pasaba volando.</p><p>Los hombres empezaron a recolectar la aceituna, bat�an las ramas de los olivares con sus largas varas y recog�an los frutos. La prensa estaba siempre en funcionamiento, y a m� me gustaba pasar por all� para ver c�mo los hombres extra�an aquel aceite que ol�a tan bien.</p><p>Las mujeres de la casa aplastaban aceitunas en una prensa peque�a para conseguir el mejor aceite de cocina.</p><p>Las uvas de nuestro huerto estaban maduras, y tambi�n los higos, de los que ten�amos todos los que quer�amos y m�s, para secar, hacer tartas, o comer tal cual. Eran tantos los �ltimos higos del patio y el huerto, que el sobrante lo vendimos en el mercado al pie de la colina.</p><p>La uva que no consum�amos la pon�amos a secar; no se hac�a vino con ella pues en la zona no hab�a vi�edos, todo era trigo y cebada y pasto para las ovejas, y los bosques que tanto me gustaban.</p><p>El aire empez� a refrescar y llegaron las primeras lluvias, muy abundantes.</p><p>Tronaba con fuerza sobre los tejados, y todo el mundo ofrec�a plegarias en acci�n de gracias. Las cisternas de la casa se llenaron, y se cambi� el agua del mikvah.</p><p>El rabino Jacimus, el m�s estricto de los fariseos, nos dijo en la sinagoga que el agua que ahora iba a parar al mikvah estaba viva, y que eso era lo que demandaba el Se�or, que nos purific�semos con agua viva. Deb�amos rogar que las lluvias fueran suficientes, no s�lo para los campos y arroyos sino para que las cisternas estuvieran llenas y nuestro mikvah tambi�n.</p><p>El rabino Sherebiah no estuvo del todo de acuerdo con Jacimus y empezaron a citar a los sabios sobre este particular y a discutir, y finalmente el anciano rabino nos pidi� que ofreci�ramos oraciones de acci�n de gracias por que las ventanas del cielo se hubieran abierto, lo que permitir�a empezar a plantar muy pronto los campos.</p><p>Durante la cena, mientras la lluvia repiqueteaba en los tejados, hablamos del rabino Jacimus y de aquel asunto del agua viva. Era algo que a Santiago y a m� nos inquietaba un poco.</p><p>Hab�amos llegado a Nazaret despu�s de las lluvias, y el mikvah estaba vac�o entonces. Lo hab�amos reparado, llen�ndolo despu�s con agua de la cisterna, agua que hab�a estado en reposo durante mucho tiempo. Pero era agua de lluvia, �verdad? �Se pod�a considerar �viva� la que usamos para llenar por primera vez el mikvah?</p><p>��Si no es agua viva -dijo Santiago-, entonces quiere decir que no quedamos limpios despu�s del mikvah.</p><p>��Pero nos ba�amos a menudo en el arroyo, �no? -dijo Cleof�s-. Y el mikvah tiene un agujerito en el fondo a fin de que el agua est� en constante movimiento. Cuando la lluvia llen� la cisterna, era agua viva. Sigue viva, no os preocup�is m�s.</p><p>��Pero el rabino Jacimus dice que con eso no basta -insisti� Santiago-. �Por qu�?</p><p>��S� basta -intervino Jos�-, pero �l es fariseo y los fariseos son muy concienzudos. Deb�is entenderlo: ellos piensan que esmer�ndose mucho en todos los aspectos de la vida estar�n m�s a salvo de transgredir la Ley.</p><p>��Pero no pueden decir que nuestro mikvah no es puro -repuso t�o Alfeo -. Las mujeres lo utilizan�</p><p>��Mirad -dijo Jos�-. Imaginaos dos senderos en la cima de una monta�a.</p><p>Uno cerca del borde y el otro m�s apartado. Este �ltimo es m�s seguro. Ese es el camino de los fariseos: estar lejos del borde del precipicio, lejos de caer en el pecado, por eso el rabino Jacimus cree en sus costumbres.</p><p>��Pero las costumbres no son leyes -objet� Alfeo-. Los fariseos afirman que todas estas cosas son leyes.</p><p>��Sherebiah nos dijo que era la Ley de Mois�s -intervino t�midamente Santiago-, que Mois�s recibi� unas leyes no escritas que se fueron transmitiendo a trav�s de los sabios.</p><p>Jos� se encogi� de hombros.</p><p>��Lo hacemos lo mejor que podemos. Y ahora han llegado las lluvias. �Qu� pasa con el mikvah? �Pues que est� lleno de agua dulce! -exclam� levantando las manos y sonri�.</p><p>Todos nos re�mos, pero no del rabino. Nos re�mos como siempre hac�amos al hablar de cuestiones para las que no parec�a haber una respuesta clara.</p><p>El rabino Jacimus era severo en sus cosas pero era un hombre afable, un hombre sabio, y me contaba historias maravillosas. Esas historias hac�an referencia a nuestra realidad, y hab�a veces en que nada me gustaba m�s que esas historias. Pero empezaba a comprender algo de importancia capital: todas esas historias formaban parte de una mayor, la historia de qui�nes �ramos, de nuestra identidad como pueblo. Nunca lo hab�a visto tan claro, y ahora me emocionaba.</p><p>A menudo en la escuela y a veces en la sinagoga, el rabino Berejaiah se ergu�a sobre sus piernas pese a que le temblaban, levantaba los brazos y, elevando los ojos, exclamaba:</p><p>��Decidme, ni�os, �qui�nes somos?</p><p>Y entonces enton�bamos con �l:</p><p>��Somos el pueblo de Abraham e Isaac. Fuimos a Egipto en los tiempos de Jos�. All� nos convertimos en esclavos. Egipto se convirti� en la fragua y all� sufrimos. Pero el Se�or nos hab�a redimido, el Se�or alz� a Mois�s para que nos guiara, y el Se�or nos salv� dividiendo las aguas del mar Rojo y conduci�ndonos a la Tierra Prometida.�El Se�or entreg� la Ley a Mois�s en el Sina�. Y nosotros somos un pueblo santo, un pueblo de sacerdotes, un pueblo fiel a los mandamientos. Somos un pueblo de grandes reyes: Sa�l, David, Salom�n, Josu�.�Pero Israel pec� a ojos del Se�or. Y el Se�or envi� a Nabucodonosor de Babilonia para que asolara Jerusal�n e incluso la propia casa del Se�or.�Pero nuestro Se�or es reacio a la ira y constante en su amor, y es todo misericordia, y nos envi� un redentor para que pusiera fin a la cautividad, y �se fue Ciro el Grande, y volvimos a la Tierra Prometida y reconstruimos el Templo.</p><p>Mirad siempre hacia el Templo, pues cada d�a el sumo sacerdote ofrece un sacrificio por el pueblo de Israel al Se�or de las Alturas. Los jud�os est�n desperdigados por todo el mundo, son un pueblo santo, fiel a la Ley de Mois�s y al Se�or, un pueblo que mira hacia el Templo y que no conoce otros dioses que el Se�or.�Oye, Oh, Israel, el Se�or nuestro Dios es Uno.�Y amar�s al Se�or tu Dios con todo tu coraz�n y toda tu alma y con todas tus fuerzas.�Y estas palabras, que yo hoy te impongo, estar�n en tu coraz�n. Y las ense�ar�s con af�n a tus hijos, y hablar�s de ello cuando est�s en tu casa y cuando vayas por los caminos y cuando te acuestes y cuando te levantes.</p><p>No era imprescindible estar en el Templo para observar las fiestas sagradas. Los jud�os repartidos por todo el mundo las observaban escrupulosamente.</p><p>Todav�a no era seguro viajar a Jerusal�n, pero nos lleg� la noticia de que los combates hab�an cesado en la ciudad y que el Templo hab�a sido purificado. Al parecer, todo iba bien.</p><p>Salimos fuera al amanecer del d�a de la Expiaci�n, pendientes de los primeros rayos de sol, pues sab�amos que el sumo sacerdote se levantaba al despuntar el alba para iniciar sus ceremonias en el Templo, esos ba�os que habr�a de repetir varias veces a lo largo del d�a.</p><p>Oramos con la esperanza de que no hubiera insurrecciones ni dificultades.</p><p>Porque durante ese d�a el sumo sacerdote procurar�a expiar todos los pecados del pueblo de Israel. Para ello, ir�a ataviado con sus mejores vestiduras. El rabino Jacimus, sacerdote ungido tambi�n, nos hab�a descrito estas prendas sagradas, y nosotros hab�amos aprendido c�mo eran en las Escrituras:</p><p>La larga t�nica del sumo sacerdote era azul, iba sujeta por una faja en la cintura, y los bajos ribeteados con borlas y campanillas doradas que tintineaban cuando el sumo sacerdote caminaba. Sobre la t�nica llevaba una segunda prenda llamada efod, que ten�a mucha filigrana en oro, as� como un peto de doce gemas brillantes, una por cada tribu de Israel, de modo que cuando se situara ante el Se�or estuviesen all� las Doce Tribus. Y en la cabeza, el sumo sacerdote llevaba un turbante con una corona de oro. Era algo digno de verse.</p><p>Pero antes de ponerse estas bellas prendas, estas vestimentas tan ricas como las de un sacerdote pagano, el sumo sacerdote se vest�a de lino, puro y blanco, para realizar los sacrificios.</p><p>En el d�a de la Expiaci�n, impon�a sus manos sobre el novillo castrado que iba a sacrificar por Israel. E impon�a sus manos sobre los dos machos cabr�os.</p><p>Uno de �stos ser�a sacrificado, y el otro se llevar�a consigo al desierto todos los pecados del pueblo de Israel. Era el macho cabr�o enviado a Azazel. �Y qu� era Azazel? Los peque�os quer�amos saberlo. Pero de hecho ya lo sab�amos. Azazel era la maldad, eran los demonios, era el mundo �de fuera�, el mundo del desierto. Todos sab�amos lo que significaba la palabra desierto, pues todo el pueblo de Israel hab�a cruzado el desierto para llegar a la Tierra Prometida. Y el macho cabr�o llevar�a los pecados a Azazel en se�al de que los pecados de Israel hab�an sido perdonados por el Se�or, y as� el mal recuperar�a el mal del que nosotros nos habr�amos despojado.</p><p>Pero el momento m�s importante era cuando el sumo sacerdote entraba en el sanctasanct�rum, el lugar del Templo donde el Se�or estaba presente, y al que s�lo pod�a entrar el sumo sacerdote.</p><p>Y todo Israel rezaba para que la ira del Se�or no cayera sobre el sumo sacerdote, sino que sus plegarias de expiaci�n fueran o�das y que pudiese salir de nuevo ante el pueblo habiendo estado en presencia del Se�or.</p><p>A media tarde nos congregamos en la sinagoga, donde el rabino ley� el pergamino que el sumo sacerdote estaba leyendo en el Patio de las Mujeres: �Y el d�a diez del mes s�ptimo ser� el d�a de la expiaci�n� y celebrar�is asamblea santa.� El rabino nos explic� lo que el sumo sacerdote estaba diciendo a los fieles en el Templo. �Todo lo que he le�do ante vosotros est� escrito aqu�.�</p><p>Oscureci�. Est�bamos descalzos en el tejado, esperando. Los situados en el punto m�s alto gritaron que ya pod�an verse las se�ales de fuego en los pueblos situados m�s al sur, que ahora encend�an fogatas para divulgar la palabra al norte, el este y el oeste.</p><p>Todo el mundo dio saltos de alegr�a y nos pusimos a bailar. El ayuno hab�a terminado. Empez� a correr el vino y se coloc� la comida sobre las brasas.</p><p>En el Templo, ahora purificado, el sumo sacerdote hab�a concluido su tarea.</p><p>Hab�a salido sano y salvo del sanctasanct�rum. Completadas sus oraciones por Israel, completados los sacrificios y las lecturas, ahora se marchaba a celebrar un banquete, como nosotros, con sus familiares.</p><p>Las lluvias tempranas hab�an sido buenas. Hab�amos empezado a plantar.</p><p>Y a continuaci�n del d�a de la Expiaci�n se celebraba la fiesta de las chozas, cuando todos los israelitas ten�an que vivir durante unos d�as en chozas construidas con ramas de �rbol en recuerdo del viaje de Egipto a Cana�n. Para los ni�os era una fiesta especialmente divertida.</p><p>Utilizamos las mejores ramas que encontramos en el bosque, sobre todo de los sauces lindantes con el arroyo, y vivimos en esas chozas, hombres, mujeres y ni�os, como si fueran nuestras casas, y cantamos los salmos.</p><p>Por fin tuvimos noticias de que Herodes Arquelao y Herodes Antipas acababan de llegar junto con todo el s�quito que hab�a ido a entrevistarse con C�sar Augusto. Nos congregamos en la sinagoga para o�r el anuncio de boca de un sacerdote joven reci�n llegado de Jerusal�n con la misi�n de comunicar la noticia. Hablaba muy bien el griego.</p><p>Herodes Antipas, hijo del temido Herodes el Grande, iba a ser gobernador de Galilea y Perea; Herodes Arquelao, a quien todo el mundo odiaba, ser�a el etnarca de Judea, mientras que otros hijos de Herodes gobernar�an lugares m�s alejados. El palacio de la ciudad griega de Ascal�n se adjudicaba a una princesa de Herodes. El nombre Ascal�n me gust�.</p><p>Cuando pregunt� a Jos� por esa ciudad, me dijo que hab�a ciudades griegas a lo largo y ancho de Israel y Perea, e incluso en Galilea, ciudades con templos a �dolos de m�rmol y oro. Alrededor del mar de Galilea hab�a diez ciudades griegas, conocidas como Dec�polis.</p><p>Aquello me sorprendi�. Estaba acostumbrado a S�foris y sus costumbres jud�as. S�, sab�a que Samaria era Samaria, y que no ten�amos tratos con los samaritanos pese a que estaban muy cerca de nuestras fronteras. Pero ignoraba que hubiera ciudades paganas en la regi�n. Ascal�n. Imagin� a la princesa Salom�, la hija de Herodes, paseando por su palacio en Ascal�n. Yo nunca hab�a entrado en un palacio, pese a que sab�a lo que era, tal como lo sab�a respecto a un templo pagano.</p><p>��Cosas del Imperio -dijo mi t�o Cleof�s-. No te preocupes por que haya tantos gentiles entre nosotros. Herodes, rey de los jud�os -dijo con tono de inquina-, construy� muchos templos al emperador y a esos �dolos paganos.</p><p>Ah� tienes a nuestro rey de los jud�os.</p><p>Jos� hizo un gesto para que se callara.</p><p>��Estamos en nuestro hogar -dijo-. En Israel.</p><p>��S� -ironiz� Alfeo-, pero si sales por esa puerta est�s en el Imperio.</p><p>No supimos si pod�amos re�rnos de eso, pero Cleof�s asinti� con la cabeza.</p><p>��Entonces, �d�nde empieza y termina Israel? -pregunt� Santiago.</p><p>���Aqu�! -dijo Jos�, se�alando-, �y all�! Y dondequiera que haya jud�os observando la Ley de Mois�s.</p><p>���Veremos alguna vez esas ciudades griegas? -pregunt�.</p><p>��Ya viste Alejandr�a, has visto las mejores, las m�s grandes -dijo Cleof�s-. Alejandr�a s�lo es superada por Roma.</p><p>Estuvimos de acuerdo.</p><p>��Recuerda esa ciudad y recuerda todo esto -prosigui� Cleof�s-, pues en cada uno de nosotros est� toda la historia de lo que somos. Estuvimos en Egipto, como estuvo nuestro pueblo hace mucho, y al igual que ellos regresamos a casa. Vimos combates en el Templo, como nuestros antepasados bajo el dominio de Babilonia, pero el Templo ya est� restaurado. Sufrimos durante el viaje hasta aqu�, como nuestro pueblo padeci� en el desierto y bajo el yugo de los enemigos, pero hemos vuelto a casa.</p><p>Mi madre levant� la vista de su costura.</p><p>��Ah, entonces fue por eso -dijo, como habr�a hecho una ni�a. Se encogi� de hombros, mene� la cabeza y sigui� con su labor-. Antes no lo comprend�a�</p><p>���El qu�? -pregunt� Cleof�s.</p><p>��Pues por qu� un �ngel tuvo que aparecerse a Jos� y decirle que volviera a casa pese a toda la sangre y todos los horrores, pero t� acabas de darle un sentido, �no? -Mir� a Jos�.</p><p>�l sonri�, creo que porque hasta ese momento no hab�a pensado en eso.</p><p>Los ojos de mi madre ten�an un brillo infantil, la confianza del ni�o.</p><p>��S� -dijo Jos�-. Ciertamente, as� parece. �sa fue nuestra traves�a del desierto.</p><p>Mi t�o Sim�n, que estaba dormitando en su estera con la cabeza apoyada en el codo, se incorpor� y dijo con voz de sue�o:</p><p>��Los jud�os le sacamos sentido a cualquier cosa. Sila ri�.</p><p>��No -dijo mi madre-, es verdad. Es s�lo cuesti�n de verlo. Recuerdo cuando estaba en Bel�n y le pregunt� al Se�or: �Pero �c�mo?, �c�mo?�, y despu�s�</p><p>Me mir� y me pas� la mano por el pelo, como hac�a a menudo. A m� me gustaba, pero no me acurruqu� con ella. Ya era mayor para eso.</p><p>���Qu� pas� en Bel�n? -dije, olvidando por un momento la orden de Jos� de no hacer preguntas-. Lo siento -susurr�.</p><p>Mi madre se dio cuenta de todo y mir� a Jos�.</p><p>Nadie dijo una palabra.</p><p>Mi hermano Santiago estaba observ�ndome con expresi�n severa.</p><p>��T� naciste all�, ya lo sabes -dijo mi madre-, en Bel�n. Hab�a mucha aglomeraci�n aquella noche. -Hablaba mir�ndonos alternativamente a Jos� y a m�-. No encontramos alojamiento en todo el pueblo (�ramos Cleof�s, Jos�, Santiago y yo), y el posadero nos instal� en un establo situado en una cueva que hab�a al lado. Fue una suerte, porque all� se estaba caliente. Fuera nevaba.</p><p>���Yo quiero ver la nieve! -dije.</p><p>��La ver�s alg�n d�a -respondi� ella.</p><p>Los dem�s permanecieron callados. La mir�. Mi madre quer�a continuar, se lo not� en la cara. Y ella sab�a lo mucho que yo deseaba que siguiera hablando.</p><p>��Naciste en aquel establo -a�adi�-. Y yo te envolv� y te puse en el pesebre.</p><p>Todos rieron, la acostumbrada risa familiar.</p><p>���En un pesebre?, �como si fuera heno para los burros? -Entonces, ��ste es el secreto de Bel�n?</p><p>��S� -respondi� mi madre-, y probablemente estuviste mejor all� que cualquier otro reci�n nacido en Bel�n aquella noche. Gracias a los animales estuvimos calentitos, mientras que los hu�spedes se helaban en las habitaciones de la posada.</p><p>Otra vez la risa familiar.</p><p>Recordarlo los puso a todos contentos, menos a Santiago, que estaba pesaroso, sumido en sus pensamientos. Deb�a de tener unos siete a�os cuando sucedi� aquello, la edad que yo ten�a ahora. �C�mo saber lo que �l pens�? Nuestras miradas se encontraron, y algo pas� entre los dos. �l apart� la vista.</p><p>Yo quer�a que mi madre me contara m�s.</p><p>Pero se hab�an puesto a hablar de otras cosas, de las primeras lluvias, de las noticias de paz que ven�an de Judea, de las perspectivas de volver a Jerusal�n en la pr�xima Pascua si las cosas segu�an yendo bien.</p><p>Me levant� y sal�. La noche era fr�a, pero me sent� bien despu�s del calor de la casa. �El secreto de Bel�n no pod�a ser s�lo eso! Ten�a que haber algo m�s.</p><p>Resultaba dif�cil encajar todas las piezas, las preguntas, los momentos y las frases pronunciadas, las dudas.</p><p>Record� aquel horrible sue�o, el ser alado y las cosas malas que me hab�a dicho. En el sue�o no me hab�an hecho da�o. Ahora s�, y c�mo. �Ah, si hubiera podido hablar con alguien! Pero no ten�a a nadie a quien contarle lo que llevaba en mi coraz�n, �y nunca lo tendr�a!</p><p>O� pasos detr�s de m� y al punto una mano me toc� el hombro. O� una respiraci�n y supe que era la vieja Sara.</p><p>��Ve dentro, Jes�s hijo de Jos� -me dijo-, hace demasiado fr�o para que est�s aqu� contemplando las estrellas.</p><p>Di media vuelta y obedec�, pero porque ella me lo dec�a, no porque quisiera entrar en la casa. Volvimos a la c�lida reuni�n familiar. Esta vez me tumb� con mis t�os, el brazo por almohada, y contempl� el brasero con sus ascuas encendidas.</p><p>Los peque�os empezaron a alborotar. Mi madre fue a ocuparse de ellos y luego pidi� ayuda a Jos�.</p><p>Mis t�os fueron a acostarse a sus habitaciones respectivas. T�a Esther estaba en la otra parte de la casa con su beb�, Esther, que volv�a a berrear.</p><p>La vieja Sara estaba sentada en el banco, porque era demasiado anciana para hacerlo en el suelo. Santiago me estaba mirando, y el fuego se reflejaba en sus ojos.</p><p>���Qu� pasa? -le pregunt�-. �Qu� quieres decirme? -pregunt� quedamente.</p><p>���Qu� ha sido eso? -salt� Sara, al parecer oyendo algo, y se puso de pie-. �Ha sido el viejo Justus? -Fue a la otra habitaci�n. No pasaba nada grave.</p><p>S�lo el viejo Justus tosiendo porque ten�a la garganta tan d�bil que ya no pod�a tragar.</p><p>Santiago y yo nos quedamos a solas.</p><p>��Dime qu� es -insist�.</p><p>��Los hombres dicen que vieron cosas. Cuando t� naciste vieron cosas. �Qu�?</p><p>Santiago apart� la vista con gesto de enfado, tenso. A los doce a�os, un chico ya puede ponerse el yugo de la Ley. Santiago pasaba de esa edad.</p><p>��Algunos aseguraron que vieron cosas extra�as -dijo-. Pero yo s� lo que pas�, y puedo dec�rtelo.</p><p>Esper�.</p><p>Volvi� a mirarme, ahora fijamente.</p><p>��Unos hombres fueron a la casa de Bel�n. Llev�bamos viviendo all� alg�n tiempo, era un buen alojamiento.</p><p>Mi padre se ocupaba de sus asuntos, buscaba a nuestros parientes, todo eso. Y entonces, una noche se presentaron aquellos hombres. Eran hombres sabios venidos de Oriente, tal vez de Persia, hombres que interpretan las estrellas y creen en la magia, encargados de aconsejar a los reyes de Persia lo que deben hacer en funci�n de los signos. Los acompa�aban unos sirvientes.</p><p>Eran hombres ricos, vest�an hermosas prendas. Preguntaron si pod�an verte y se arrodillaron ante ti. Te tra�an regalos. Y te llamaron rey.</p><p>Yo me hab�a quedado sin habla.</p><p>��Dijeron que hab�an visto una estrella muy grande en el cielo -continu�- y que hab�an seguido esa estrella hasta la casa en que est�bamos. T� estabas en una cuna, y esos hombres dejaron sus regalos delante de ti.</p><p>No me atrev� a preguntarle nada.</p><p>��En Bel�n, todo el mundo vio llegar a esos magos y sus sirvientes. Iban montados en camello, esos hombres. Hablaban con autoridad. Se inclinaron ante ti. Y luego se marcharon. Era el final de su viaje y estaban satisfechos.</p><p>Sab�a que Santiago me estaba diciendo la verdad. De sus labios jam�s brotaba mentira alguna. Y sab�a que �l sab�a que la muerte de aquel chico en Egipto hab�a sido causada por m�, y que yo le hab�a devuelto la vida. Y me hab�a visto dar vida a unos gorriones de barro, algo que yo apenas si recordaba.</p><p>Un rey. �Hijo de David, hijo de David, hijo de David.�</p><p>Las mujeres regresaron a la habitaci�n. Y mis primos mayores llegaron de no s� d�nde. T�a Salom� recogi� el pan que quedaba y los restos de la cena. La vieja Sara se sent� en su sitio habitual en el banco.</p><p>��Reza para que los ni�os duerman toda la noche -dijo.</p><p>��No te preocupes -dijo t�a Salom�-. Riba duerme con un ojo abierto y los vigila a todos.</p><p>��Esa muchacha es un primor -dijo mi madre.</p><p>��La pobre Bruria estar�a muerta de no ser por esa muchacha. Riba la cuida como si fuera una ni�a. Pobre Bruria�</p><p>��Pobrecilla�</p><p>Y as� continuaron.</p><p>Mi madre me dijo que fuera a acostarme.</p><p>Al d�a siguiente Santiago rehu�a mi mirada. Tampoco me extra��. El no me miraba casi nunca.</p><p>Los meses de invierno eran cada vez m�s fr�os.</p><p>Cuando lleg� el tiempo de la fiesta de las Luces, la casa se llen� de l�mparas encendidas, y desde los tejados se ve�an grandes fogatas en todas las aldeas. En nuestras calles los hombres bailaban con antorchas tal como habr�an hecho si hubieran estado en Jerusal�n.</p><p>Al final del octavo d�a, de amanecida, en las postrimer�as de la festividad, me despertaron unos gritos en el exterior. Al momento, todo el mundo estaba levantado y d�ndose prisa.</p><p>Sin preguntar qu� pasaba, me levant� presuroso.</p><p>La primera luz del d�a era de un gris perfecto. �El Se�or hab�a enviado nieve!</p><p>Todo Nazaret estaba cubierto por un manto blanco, mientras grandes copos segu�an cayendo, copos que los ni�os corr�an a recoger como si fueran hojas, pese a que se derret�an en sus manos.</p><p>Jos� me observ� con una sonrisa secreta mientras todo el mundo sal�a a ver la silenciosa nevada.</p><p>���Rezaste para que nevara? -pregunt�-. Pues ya tienes aqu� la nieve.</p><p>���No! -dije-. Yo no rec�. �O s�?</p><p>���Cuidado con lo que pides en tus rezos! -susurr�-. �Entiendes lo que digo? -Su sonrisa se ensanch� todav�a m�s, y me llev� fuera para que tocara los copos de nieve. Su risa y su felicidad me hicieron sentir muy bien.</p><p>Pero Santiago, que estaba aparte, bajo el alero del patio, se qued� mir�ndome. Y luego, cuando Jos� se alej�, se acerc� sigilosamente para susurrarme al o�do:</p><p>���Podr�as rezar para que lloviera oro del cielo!</p><p>Y se fue con los dem�s; casi nunca est�bamos a solas.</p><p>Aquel mismo d�a -la fiesta de las Luces hab�a concluido al amanecer- fui a echar un vistazo a la peque�a arboleda, el �nico sitio donde pod�a estar a solas. Hab�a mucha nieve. Llevaba los pies calzados con sandalias gruesas y envueltos en lana, pero cuando llegu� la lana ya estaba h�meda y me daba fr�o. No pude quedarme mucho rato bajo los �rboles. Estuve all� de pie, pensando y contemplando la maravilla del manto blanco que cubr�a los campos y los volv�a tan hermosos como una mujer vestida con sus mejores galas.</p><p>Qu� limpio, qu� nuevo se ve�a todo.</p><p>Or�. �Padre celestial, dime qu� esperas de m�. Dime qu� significan todas estas cosas.</p><p>Todo tiene su explicaci�n.</p><p>�Cu�l es la explicaci�n de todo esto?�</p><p>Cerr� los ojos, y al abrirlos vi que la nieve formaba un velo sobre Nazaret.</p><p>Lentamente, el pueblo desapareci� envuelto en la blancura. Pero yo sab�a que estaba all�.</p><p>��Padre celestial, no volver� a rezar para que nieve; nunca rezar� para nada que no sea tu voluntad. Padre celestial, no rezar� para que �ste viva o aqu�l muera; no, jam�s para que muera nadie, y nunca, nunca intentar� siquiera que deje de llover o que llueva, o que nieve, no, mientras el significado de todo esto se me escape�</p><p>Mi oraci�n deriv� entonces hacia recuerdos fugaces.</p><p>La nieve me cay� en los ojos al levantar la cabeza para mirar las ramas de los �rboles, y fue como si la nieve me estuviera besando.</p><p>Yo estaba a buen resguardo all�, a salvo, incluso de m� mismo.</p><p>A lo lejos, alguien grit� mi nombre.</p><p>Despert� de mi oraci�n, de la quietud, de la suavidad de la nieve, y corr� colina abajo agitando los brazos, dando voces, con ganas de volver al calor de la lumbre y la familia.</p></section><section><title><p>22</p></title><p>Mi primer a�o en la Tierra Prometida lleg� a su fin como hab�a empezado: con el comienzo del a�o nuevo para Israel.</p><p>Herodes Arquelao y los soldados romanos llegados de Siria hab�an implantado paz en Judea, o al menos la suficiente para que nosotros pudi�ramos atravesar los dominios de Arquelao, cruzar el valle del Jord�n y remontar el terreno monta�oso hasta Jerusal�n para asistir a las celebraciones de la Pascua.</p><p>Yo me consideraba un ni�o mayor desde aquel penoso y terrible viaje camino de Nazaret. Conoc�a muchas palabras nuevas con las que meditar acerca de lo que hab�a visto entonces. Y me encant� cuando llegamos a campo abierto. Me gustaron las sonrisas y las carcajadas. Y ba�arme de nuevo en el r�o Jord�n.</p><p>Muchas personas del pueblo se hab�an sumado a nuestra familia, ven�an tambi�n muchas esposas y un numeroso grupo de doncellas vigiladas por sus padres, y todos mis nuevos amigos del pueblo, la mayor�a parientes m�os.</p><p>Se dec�a que las lluvias hab�an sido benignas ese a�o, y durante un buen trecho la regi�n se ve�a reverdecida.</p><p>La vieja Sara hizo el viaje con nosotros montada en un burro, y fue estupendo tenerla all�. Mi madre tambi�n iba, pero t�a Esther se qued� para cuidar de los m�s peque�os, con ayuda de la peque�a Salom�.</p><p>Bruria, la refugiada, vino con nosotros en compa��a de su esclava griega, que llevaba a su beb� en cabestrillo y se ocupaba de todos.</p><p>Deber�a decir que uno de los motivos por los que Jos� decidi� traer a Bruria fue la esperanza de que cuando pas�ramos por su finca, ella decidiera reclamarla. Conservaba la mayor parte de los documentos, pues hab�an sido rescatados del incendio, y sin duda, dec�a Jos�, habr�a por all� personas que sab�an que las tierras eran de ella.</p><p>Pero Bruria no ten�a deseos de reclamar nada. No quer�a nada. Trabajaba como ida, ayudando pero sin pedir nada para ella. Y Jos� nos dijo, en un aparte, que no la juzg�ramos ni nos port�ramos mal con ella. Si Bruria quer�a quedarse con nosotros para siempre, adelante. Tambi�n nosotros hab�amos sido extranjeros cuando est�bamos en Egipto.</p><p>Nadie ten�a el menor inconveniente, y as� lo dijo mi madre. Riba era una bendici�n para las mujeres, seg�n mi t�a Salom�. Era modesta como una mujer jud�a, adem�s de limpia y servicial, y trabajaba a la par de los dem�s.</p><p>Quer�amos a ambas mujeres, y cuando Bruria pas� frente a su antigua granja y vimos que le daba igual, nos entristecimos. Eran sus tierras y le pertenec�an.</p><p>Con nosotros iban tambi�n los fariseos, todos en un grupo, con sus mujeres y ancianos. Y tambi�n se hab�an sumado otras familias de Nazaret, as� como de diversas aldeas.</p><p>Nuestros parientes de Cafarnaum, los pescadores y sus esposas e hijos, se reunieron con nosotros: estaban Zebedeo, el primo de mi madre, y su mujer Mar�a Alejandra, prima tambi�n de mi madre, a la vez que primos lejanos de Jos�, as� como otros muchos, de los cuales yo s�lo recordaba a algunos.</p><p>La columna de gente era interminable, todo el mundo iba charlando y entonando salmos como hab�amos hecho aquel primer lejano d�a en Jerusal�n.</p><p>Entonamos los salmos de alabanza, que son los m�s bonitos.</p><p>Mis antiguos temores reaparecieron al dejar atr�s el Jord�n y empezar la ascensi�n a las monta�as. Necesitaba a mi madre, pero no quer�a que nadie lo supiera. Aquellos malos sue�os los hab�a tenido hac�a mucho tiempo, pero volvieron. Dorm�a pegado a la vieja Sara cuando pod�a, y si me despertaba llorando, ella ahuyentaba mis pesadillas con su voz. Sab�a que Santiago se despertaba al o�rme, y no quer�a que �l supiera lo que me pasaba. Quer�a ser fuerte y estar con los hombres.</p><p>No fue un viaje duro; era bonito ver c�mo los pueblos incendiados volv�an a la vida; la ciudad de Jeric� estaba siendo reconstruida y a su alrededor los palmerales y los grandes bosques de �rbol del b�lsamo se ve�an igual de hermosos que antes. El �rbol del b�lsamo s�lo crec�a all�; su perfume se vend�a a precio de oro y los romanos lo codiciaban.</p><p>Qu� diferencia, este nuevo Jeric� bajo un sol brillante, de aquella ciudad ardiendo en mitad de la noche y que me hab�a hecho llorar de miedo. Por supuesto, fuimos a ver los cimientos del nuevo palacio y c�mo avanzaban sus carpinteros. Mis t�os lo observaron todo, desde las pilas de mampuestos hasta el desbroce del terreno donde estar�an las nuevas habitaciones de Arquelao.</p><p>Pasado Jeric� llegamos al pueblo donde hab�amos dejado a nuestra prima Isabel y al peque�o Juan. Mi madre estaba preocupada, y otro tanto Zebedeo y su mujer; hac�a mucho que no recib�amos ninguna carta de Isabel.</p><p>Nos encontramos la casita vac�a y con las ventanas cerradas. Pens� que iba a ser un golpe terrible para mi madre, pero el golpe -que s� lleg�- no fue tan grave como me tem�a.</p><p>Parientes lejanos vinieron a decirnos que Isabel, la esposa del sacerdote Zacar�as, hab�a sufrido una ca�da hac�a s�lo un mes y que se encontraba en Betania, cerca de Jerusal�n. Ya no pod�a hablar, nos explicaron, ni moverse demasiado. El peque�o Juan se hab�a ido a vivir con los Esenos en el desierto.</p><p>Varios de ellos se lo hab�an llevado a un lugar pr�ximo a las monta�as que bordeaban el mar Muerto.</p><p>Y despu�s de atravesar los largos y sinuosos desfiladeros, llegamos al monte de los Olivos, desde donde pudimos ver ante nosotros la Ciudad Santa, al fondo del valle de Quidr�n. All� estaban las blancas paredes del Templo, con sus adornos de oro, y las casitas que salpicaban las colinas circundantes.</p><p>Todos rompieron a llorar de alegr�a, dando gracias al Se�or, mientras que yo volv� a sentir miedo. Jos� me iz� sobre sus hombros, aunque yo ya era demasiado grande para eso. Varios ni�os trataron de abrirse paso hasta la primera fila. Yo no.</p><p>El miedo me ten�a atenazado como una inflamaci�n de garganta. No importaba que hiciese sol, yo no lo ve�a. No ve�a otra cosa que oscuridad. Creo que la vieja Sara se dio cuenta, porque me atrajo hacia ella. A m� me gustaba el olor de sus prendas de lana, el tacto suave de su mano.</p><p>Una vez ofrecidas las plegarias, la gente repar� en las columnatas, all� donde se ve�an los efectos del fuego, as� como las partes que estaban siendo reconstruidas.</p><p>��Seguro que los carpinteros y alba�iles est�n contentos -dijo Cleof�s-. Ellos lo queman, nosotros lo reconstruimos.</p><p>Nos re�mos porque era cierto, pero Santiago lo mir� con ce�o, como si no quisiera que Cleof�s dijera esas cosas. Entonces habl� mi t�o Alfeo:</p><p>��Los carpinteros y alba�iles de Jerusal�n siempre est�n contentos. �Llevan trabajando en el Templo desde que nacieron, la mayor�a!</p><p>��Y no terminar�n nunca -dijo Cleof�s-. Para qu� iban a hacerlo.</p><p>Tenemos reyes con las manos manchadas de sangre, y la culpa los hace construir el Gran Templo como si eso pudiera lavar sus pecados a ojos del Se�or. Bueno, que lo hagan. Que ofrezcan sacrificios, los profetas ya se han pronunciado sobre esos sacrificios�</p><p>��Dejemos de criticarlos -dijo Alfeo-. Vamos a bajar a la ciudad.</p><p>��Y los profetas lo han dicho -apunt� Jos� con una sonrisa.</p><p>Cleof�s pronunci� en voz baja las palabras del profeta:</p><p>���S�, yo soy el Se�or, y yo no cambio.�</p><p>Y continuaron hablando y hablando sobre lo grande que era el Templo, el mayor del mundo, pero yo lo o�a todo a trav�s del temor, del recuerdo de los cad�veres diseminados por doquier. Y m�s que nada sent�a una horrible desdicha, algo que me dec�a que nunca iba a conocer nada m�s que desdicha.</p><p>Alguien me iz� de nuevo, esta vez Alfeo.</p><p>Mir� por fin el Templo, tratando de vencer el miedo, contempl� su majestuosidad y c�mo la ciudad parec�a crecer a su alrededor y aferrarse a �l.</p><p>La ciudad formaba parte del Templo, no era nada sin �l. No hab�a en Jerusal�n otros templos. Y es cierto que desde aquella distancia parec�a glorioso y bello, tan blanco y brillante y lleno de oro.</p><p>Hab�a otros edificios grandes. Cleof�s me se�al� el palacio de Herodes as� como la fortaleza, justo al lado del Templo y llena de soldados. Pero estos edificios no eran nada. El Templo era Jerusal�n. El sol estaba brillando, y de pronto el temor, los recuerdos y la oscuridad desaparecieron.</p><p>Mi madre deseaba ir a Betania, a escasa distancia de donde nos encontr�bamos, a fin de visitar a su prima Isabel. Pero los parientes quer�an bajar primero a Jerusal�n y buscar un alojamiento. Y eso hicimos. �bamos apretujados, hasta el punto de que a veces hac�amos un alto porque no pod�amos ni movernos, pero cant�bamos para animarnos unos a otros. Cuando llegamos por fin a la Ciudad Santa, nos result� muy dif�cil pasar por las puertas, tanta gente hab�a all�, y los peque�os ya est�bamos muy cansados. Algunos ni�os lloraban y otros se hab�an dormido en brazos de sus madres. Yo era demasiado mayor para pedir a alguien que me aupara, de modo que no pod�a ver hacia d�nde �bamos.</p><p>No hab�amos avanzado mucho en el interior de la ciudad cuando nos lleg� el rumor de que las sinagogas estaban llenas y que las casas ya no pod�an acoger a m�s peregrinos. Jos� decidi� entonces encaminarnos a Betania, donde ten�amos parientes en cuyos patios podr�amos acampar.</p><p>Hab�amos previsto llegar antes que el grueso de la gente, para asistir a las ceremonias de purificaci�n, pese a que ese rito ya lo hab�amos practicado en el pueblo, con las cenizas y el agua viva. Sin embargo, otras muchas personas ven�an con la misma idea, ya que esa festividad atra�a a todo el mundo.</p><p>Con semejante multitud era de esperar que se produjeran roces y discusiones, y de hecho se o�an gritos a cada momento, y cuando esto suced�a, a m� me rechinaban los dientes. Aun as�, no hab�a enfrentamientos. En lo alto de los muros hab�a soldados de guardia; procur� no mirarlos. Me dol�an las piernas y estaba hambriento, pero sab�a que a todos les pasaba lo mismo.</p><p>Despu�s del largo trecho cuesta arriba desde la ciudad hasta el pueblo, estaba tan cansado que quise ahorrar mi alegr�a por estar cerca de Jerusal�n para el d�a siguiente. Era la hora del crep�sculo y hab�a gente acampada por todas partes. Mi madre y mi padre me tomaron de las manos y fuimos r�pidamente a ver a Isabel.</p><p>La casa era grande, una casa rica, con buenos pavimentos, paredes pintadas y ricos cortinajes en las puertas. El joven que nos recibi� ten�a modales exquisitos, lo que sin duda significaba que hab�a sido rico. Vest�a de lino blanco y llevaba unas sandalias de hermosa factura. Su pelo negro y su barba brillaban de aceite perfumado. Ten�a un rostro luminoso, y nos recibi� con los brazos abiertos.</p><p>��Este es tu primo Jos� -nos present� mi madre-. Es sacerdote, y su padre Caif�s tambi�n, como lo fue su propio padre. Jos�, �ste es nuestro hijo Jes�s.</p><p>��Me puso una mano en el hombro-. Venimos a ver a nuestra prima Isabel de Zacar�as. Nos han dicho que se encontraba mal y que se alojaba aqu�. Te damos las gracias por tu hospitalidad.</p><p>��Isabel es mi prima, como vosotros tambi�n -dijo el joven con voz suave.</p><p>Ten�a ojos oscuros y vivaces, y me sonri� de una manera que me hizo sentir bien-. Entrad, por favor. Os ofrecer�a un sitio donde dormir, pero ya veis, tenemos gente por todas partes. Ya no cabe nadie m�s�</p><p>��Oh, no, no venimos por eso -dijo Jos� r�pidamente-, s�lo para ver a Isabel. Y para pedirte si podemos acampar fuera. Somos toda una tribu.</p><p>Venimos de Nazaret, Cafarnaum y Cana.</p><p>��Sois bienvenidos -dijo el joven, indicando que le sigui�ramos-. Encontrar�is a Isabel tranquila pero callada. No s� si os conocer�. No os hag�is muchas ilusiones.</p><p>Yo sab�a que est�bamos ensuciando la casa con el polvo del camino, pero no hab�a nada que hacer. Hab�a peregrinos por todas partes, tumbados en mantas en cada habitaci�n, y gente que iba de ac� para all� con vasijas, y ya hab�a bastante polvo. Seguimos adelante.</p><p>Entramos en una habitaci�n tan repleta como las otras, pero con grandes ventanales de celos�a por donde entraba el sol de la tarde; el ambiente era agradable y c�lido. Nuestro primo nos llev� hasta un rinc�n donde, en una cama levantada del suelo, Isabel yac�a inclinada sobre unas almohadas, muy abrigada con mantas de lana blanca. Estaba mirando hacia la ventana, al parecer contemplando el paisaje.</p><p>Nuestro primo se inclin� hacia ella y le cogi� el brazo.</p><p>��Esposa de Zacar�as -dijo con dulzura-, unos parientes tuyos han venido a verte. Fue in�til.</p><p>Mi madre se inclin� para besarla y le habl�, pero no obtuvo respuesta.</p><p>Isabel segu�a mirando por la ventana. Se la ve�a mucho m�s vieja que el a�o anterior. Sus manos estaban tensas y retorcidas, apuntando r�gidas hacia abajo. Parec�a tan vieja como nuestra querida Sara, como una flor marchita a punto de desprenderse de la enredadera.</p><p>Mi madre mir� a Jos� y llor� contra su pecho, y nuestro primo Jos� mene� la cabeza y dijo que hab�an hecho todo cuanto era posible.</p><p>��Ella no sufre -a�adi�-. Est� como so�ando.</p><p>Mi madre no pod�a dejar de llorar, de modo que sal� con ella mientras Jos� hablaba con nuestro primo sobre sus respectivos antepasados, la charla habitual de familias y matrimonios.</p><p>Una vez fuera, mi madre y yo encontramos a los t�os y la vieja Sara c�modamente reunidos en las mantas, un poco aparte del resto de los peregrinos y no lejos del pozo.</p><p>Varios parientes de la casa se nos acercaron para ofrecernos comida y bebida, y nuestro primo Jos� ven�a con ellos. Vest�an todos de lino, eran bien educados y nos trataron con amabilidad, m�s aun que si hubi�ramos sido personas de su condici�n.</p><p>El mayor de ellos, Caif�s, padre de Jos�, nos dijo que como est�bamos tan cerca de Jerusal�n pod�amos comer la Pascua en su casa. Que no nos preocup�ramos por no estar dentro de las murallas. �Qu� importaban unas murallas? Hab�amos venido a Jerusal�n y est�bamos all�, y ver�amos las luces de la ciudad en cuanto anocheciera.</p><p>Las mujeres salieron de la casa y nos ofrecieron mantas, pero nosotros ya ten�amos las nuestras.</p><p>La vieja Sara y los t�os entraron a ver a Isabel antes de que se hiciera tarde.</p><p>Santiago fue con ellos y luego volvi�.</p><p>Cuando estuvimos todos reunidos y los primos ricos se hubieron marchado a Jerusal�n para cumplir con sus obligaciones en el Templo por la ma�ana, la vieja Sara dijo que le gustaba el joven Jos�, que era un buen hombre.</p><p>��Son descendientes de Zadok, y eso es lo importante -dijo Cleof�s-. Con eso basta.</p><p>���Por qu� son ricos? -pregunt�.</p><p>Todos rieron.</p><p>��Son ricos gracias a las pieles de los sacrificios que les pertenecen por derecho -dijo Jos�, muy serio-. Y proceden de familias ricas.</p><p>��S�, �y qu� m�s? -dijo Cleof�s.</p><p>��La gente nunca habla bien de los ricos -dijo la vieja Sara.</p><p>���Es que tienes algo bueno que decir de ellos, anciana? -replic� Cleof�s.</p><p>���Ah, con que se me permite hablar en la asamblea de los sabios! -respondi� ella, ir�nica. M�s risas-. Pues s�, tengo cosas que decir. �Qui�n crees que los escuchar�a si no fueran ricos?</p><p>��Hay muchos sacerdotes pobres -dijo Cleof�s-�. Lo sabes tan bien como yo. Los sacerdotes de nuestro pueblo son pobres. Zacar�as era pobre.</p><p>��No, �l no era pobre -repuso Sara-. Rico tampoco, pero nunca fue pobre. De acuerdo, hay muchos que trabajan con sus manos y no tienen m�s remedio. Y van ante el Se�or, s�. Pero �poner en lo m�s alto a quienes protegen el Templo? No, eso no. Ese sitial s�lo pueden ocuparlo hombres que sean temidos por otros hombres.</p><p>���Importa qui�nes sean mientras cumplan con sus obligaciones, mientras no profanen el Templo, mientras tomen de nuestras manos los sacrificios? -terci� Alfeo.</p><p>��No, claro que no importa -dijo Cleof�s-. El viejo Herodes eligi� a Joazer como sumo sacerdote porque era el que m�s le interesaba. Y ahora Arquelao quiere a otro distinto. �Cu�nto tiempo hace que Israel no elige a su sumo sacerdote?</p><p>Levant� la mano como habr�a hecho en la escuela. Mi t�o Cleof�s se volvi� hacia m�.</p><p>���C�mo sabe la gente si los sacerdotes hacen lo que deben hacer? -pregunt�.</p><p>��Todos observan su comportamiento -dijo Jos�-. Los otros sacerdotes, los levitas, los escribas, los fariseos.</p><p>���Oh, desde luego, los fariseos sobre todo! -brome� Cleof�s.</p><p>Y eso s� nos hizo re�r. Quer�amos mucho a nuestro rabino, el fariseo Jacimus, pero su estricta observancia de las normas se prestaba para las chanzas.</p><p>���Y t�, Santiago? -dijo Cleof�s-. �No tienes nada que preguntar?</p><p>Sombr�o, Santiago estaba absorto en sus pensamientos.</p><p>��El viejo Herodes asesin� a un sumo sacerdote -dijo en voz baja, como un hombre m�s-. Asesin� a Aristobulos porque �ste deslumbraba a su pueblo, �no es verdad?</p><p>Los hombres asintieron con la cabeza.</p><p>��As� es -dijo Cleof�s-. Orden� que lo ahogaran por ello, y todo el mundo lo sab�a. Todo porque Aristobulos se presentaba ante el pueblo con sus vestiduras y al pueblo le gustaba.</p><p>Santiago apart� la vista.</p><p>���Pero qu� conversaci�n es �sta! -dijo Jos�-. Hemos venido a la casa del Se�or para ofrecer sacrificios. Para ser purificados. Para comer la Pascua. No hablemos de estas cosas.</p><p>��S�, tienes raz�n -dijo la vieja Sara-. Yo digo que Jos� nuestro primo es un buen hombre. Y cuando despose a la hija de Anas, estar� m�s cerca de quienes tienen el poder.</p><p>Mis t�as, y Alejandra tambi�n, estuvieron de acuerdo.</p><p>Cleof�s estaba asombrado.</p><p>���No llevamos aqu� ni dos horas y las mujeres ya sab�is que Jos� Caif�s se va a casar! �C�mo hac�is para enteraros de esas cosas?</p><p>��Todo el mundo lo sabe -dijo Salom�-. Si no estuvieras tan ocupado citando a los profetas, t� tambi�n te enterar�as.</p><p>��Qui�n sabe -dijo la vieja Sara-. Quiz�s alg�n d�a Jos� Caif�s llegar� a sumo sacerdote�</p><p>Supe por qu� dec�a eso. Pese a su juventud, Jos� ten�a un aire especial, en su manera de moverse y hablar, una facilidad de trato con todos, una gentileza peculiar. Al recibirnos se hab�a preocupado por nosotros pese a que no �ramos ricos, y detr�s de sus expresivos ojos negros hab�a un alma fuerte.</p><p>Pero ahora mis t�as estaban discutiendo sobre ese punto con m�s ardor que los hombres, que les dec�an a ellas que se callaran, que no sab�an nada de nada, y que eso era avanzar mucho las cosas, pero todos sab�an que Arquelao pod�a cambiar al sumo sacerdote cuando le viniera en gana.</p><p>���Te has vuelto profeta, Sara, y por eso sabes que ese hombre ser� sumo sacerdote? -la pinch� Cleof�s.</p><p>��Quiz� -dijo ella-. S� que ser�a un buen sumo sacerdote. Es inteligente y devoto. Es pariente nuestro. Es� es un hombre que me llega al coraz�n.</p><p>��Pues dale tiempo -dijo Cleof�s-. Y que nuestros primos que nos han acogido aqu� sean bendecidos por su generosidad. �Qu� opinas t�, Jos�? -a�adi�.</p><p>Jos�, que se manten�a callado, sonri�, fingi� estar reflexionando profundamente, y luego dijo:</p><p>��Jos� Caif�s es un hombre alto. Muy alto. Y camina muy erguido, y tiene unas manos largas que parecen p�jaros volando pausadamente. Y se casa con la hija de Anas, nuestro primo, que es primo de la casa de Boethus. S�, yo creo que ser� sumo sacerdote.</p><p>Todos re�mos. Incluso la vieja Sara.</p><p>El miedo me hab�a abandonado, pero yo a�n no lo sab�a. La cena estuvo muy apetitosa.</p><p>La familia de Caif�s nos sirvi� un buen potaje de lentejas con muchas especias, una pasta de deliciosas aceitunas en aceite y abundantes d�tiles confitados, que nosotros casi nunca com�amos en casa. Y, como siempre, hab�a pasteles de higos secos, pero �stos estaban muy ricos. El pan era ligero y reci�n sacado del horno.</p><p>La esposa de Caif�s, madre de Jos� Caif�s, se ocup� personalmente de que nos sirvieran vino; sus velos eran muy decorosos y le cubr�an todo el cabello, dejando visible s�lo una peque�a parte de la cara. La luz de las teas nos permiti� verla en el umbral. Ella salud� con el brazo y volvi� a entrar en la casa.</p><p>Hablamos del Templo, de nuestra purificaci�n y de la festividad en s�: las hierbas amargas, el pan sin levadura, el cordero asado y las oraciones que pronunciar�amos. Los hombres lo explicaban de manera que los chicos pudieran entenderlo, pero otro tanto hab�an hecho los rabinos en la escuela, de modo que ya sab�amos lo que pasar�a y lo que deb�amos hacer.</p><p>Est�bamos ansiosos porque el a�o anterior, entre los disturbios y el miedo, no hab�amos podido cumplir con el ritual. Ahora quer�amos aparecer ante el Se�or tal como la Ley de Mois�s lo exig�a.</p><p>Debo decir que Santiago ya casi hab�a terminado la escuela. Ahora ten�a trece a�os y ante el Se�or era ya un hombre. Silas y Lev� eran mayores que �l y ya no asist�an a la escuela. Ambos hab�an tenido problemas con los estudios.</p><p>El rabino no quer�a que se fueran pero ellos le hab�an suplicado, aduciendo que ten�an mucho trabajo en casa. As�, mientras los dem�s repas�bamos las normas de la festividad, ellos se alegraron de saltarse las clases.</p><p>Mientras nos acab�bamos la cena, varios chicos de los campamentos vinieron a buscarnos. Eran simp�ticos, pero yo estaba pensando en mi primo Juan hijo de Zacar�as, que se hab�a ido a vivir con los Esenos. Me preguntaba si se sentir�a bien all�. Estaba en pleno desierto, dec�an. �Cada cu�nto ver�a a su madre? �Reconocer�a ella a su propio hijo? Pero �por qu� pensar en estas cosas? Vinieron a mi mente aquellas palabras sobre que su nacimiento hab�a sido anunciado. Mi madre tambi�n hab�a acudido a los Esenos cuando supo que yo iba a nacer. Ard�a en deseos de ver a Juan, pero �cu�ndo iba a tener esa posibilidad?</p><p>Los Esenos no asist�an a las festividades. Viv�an una existencia muy apartada y eran m�s estrictos a�n que los fariseos. Los Esenos so�aban con un Templo renovado. Una vez vi a un grupo de Esenos en S�foris, todos con sus prendas blancas. Estaban convencidos de que ellos eran el verdadero Israel.</p><p>Al final, aunque ten�a ganas de jugar, dej� a los chicos y trat� de localizar a Jos�. Estaba anocheciendo y all� abajo la ciudad empezaba a llenarse de luz.</p><p>Las luces del Templo eran brillantes y hermosas, pero yo no pod�a buscar en todo el pueblo y los campamentos, y ni siquiera di con Cleof�s.</p><p>Solo, Jos� estaba contemplando la ciudad, escuchando la m�sica y el batir de c�mbalos que proced�an de alg�n lugar cercano. Daba sorbos a un vasito de vino.</p><p>Se lo pregunt� a bocajarro:</p><p>���Volveremos a ver alg�n d�a al primo Juan?</p><p>��Qui�n sabe. Los Esenos est�n al otro lado del mar Muerto, al pie de las monta�as.</p><p>���T� crees que son buena gente?</p><p>��Son hijos de Abraham como el resto de nosotros -dijo-. Se puede ser peores cosas que Eseno. -Hizo una pausa y continu�-: Eso pasa con nosotros los jud�os. Ya sabes que en nuestro pueblo hay hombres que no creen en la resurrecci�n del �ltimo d�a. Y luego est�n los fariseos. Los Esenos creen con toda su alma y se esfuerzan al m�ximo para agradar al Se�or. Asent� con la cabeza.</p><p>A m� me constaba que todos los del pueblo quer�an ir al Templo, y que observar las festividades era importante para ellos. Pero no lo dije, porque me pareci� que en sus palabras hab�a verdad. No ten�a m�s preguntas que hacer.</p><p>Me consum�a la tristeza. Mi madre quer�a a su prima. Record� verlas abrazadas al despedirse la �ltima vez que hab�amos estado juntos. Y que yo hab�a sentido mucha curiosidad por mi primo. Desped�a tal sensaci�n de� de seriedad, s�, �sa es la palabra, seriedad. Eso fue lo que me atrajo de �l.</p><p>Los otros chicos del campamento eran muy simp�ticos y los hijos de los sacerdotes hablaban bien y dec�an cosas buenas, pero yo no ten�a ganas de estar con ellos. Dej� a Jos�. Yo ten�a prohibido preguntarle las cosas que me pesaban en el coraz�n. Prohibido.</p><p>Me tumb� en la estera e intent� dormir pese a que en el cielo apenas empezaban a aparecer las primeras estrellas.</p><p>Alrededor, los hombres discut�an sin parar, unos dec�an que el sumo sacerdote no era el mejor, que Herodes Arquelao se hab�a equivocado en su elecci�n, mientras otros sosten�an que el sumo sacerdote era aceptable y que nos conven�a tener paz, no m�s revueltas.</p><p>Sus voces airadas me asustaron.</p><p>Me levant�, dej� all� la estera y ech� a andar alej�ndome del campamento por la ladera. Me sent� bien estar bajo las estrellas.</p><p>Hab�a otros campamentos pero m�s peque�os; cubr�an las pendientes y sus fogatas iluminaban poco, mientras en lo alto la luna brillaba hermosa sobre la regi�n. Las estrellas desparramadas por el firmamento formaban sus bonitos dibujos.</p><p>La hierba ol�a muy bien y no hac�a demasiado fr�o. Me pregunt� si Juan estar�a viendo ahora esas mismas estrellas en el desierto.</p><p>Entonces se acerc� Santiago llorando.</p><p>���Qu� te pasa? -pregunt� incorpor�ndome. Le cog� la mano. Nunca hab�a visto as� a mi hermano mayor.</p><p>��Necesito dec�rtelo� -empez�-. Lo siento. Perdona todas las cosas malas que te he dicho. Perdona por� haber sido malo contigo.</p><p>���Malo? Santiago, pero �qu� est�s diciendo?</p><p>��Nadie pod�a o�rnos ni vernos.</p><p>��No puedo ir ma�ana al Templo con esto dentro de m�, sabiendo que te he tratado tan mal.</p><p>Fui a abrazarle, pero �l se apart�.</p><p>��Santiago -dije-, �t� nunca me has hecho da�o!</p><p>��No ten�a ning�n derecho a contarte lo de los magos que fueron a Bel�n.</p><p>��Pero yo quer�a que me lo contaras -repuse-. Quer�a saber lo que pas� cuando nac�. Necesito saberlo, Santiago. �No quieres cont�rmelo todo?</p><p>��No te lo cont� para complacerte. �Lo hice s�lo para fastidiarte!</p><p>Sab�a que eso era verdad. La dura verdad. Una m�s de las duras verdades que Santiago sol�a decir.</p><p>��Pero me dijiste lo que yo quer�a saber -repliqu�-. Eso estuvo bien. Yo lo quer�a.</p><p>Santiago neg� con la cabeza. Sus l�grimas no cesaban. Era el sonido de un adulto llorando.</p><p>��Santiago, te apenas por nada, en serio. Yo te quiero, hermano, no sufras por esto.</p><p>��Tengo que decirte otra cosa -susurr�, como si hablar en susurros fuera necesario, aunque no lo era: est�bamos lejos de los dem�s-. Te he odiado desde que naciste -dijo-. Te odiaba ya antes de que nacieras. �S�lo por existir!</p><p>La cara se me encendi�. Me palp� el cuerpo. Jam�s hab�a o�do a nadie decir semejante cosa. Tard� un momento en reaccionar:</p><p>��No me importa.</p><p>Santiago guard� silencio.</p><p>��No lo sab�a -continu�-. Mejor dicho, creo que lo sab�a pero tambi�n sab�a que se te pasar�a. En cualquier caso, nunca pens� en ello.</p><p>��Mira c�mo hablas -dijo con voz triste.</p><p>���C�mo?</p><p>��Sabes mucho para la edad que tienes -respondi�, �l que era tan alto a sus trece a�os, todo un hombre-. Te ha cambiado la cara desde que salimos de Egipto. Entonces ten�as cara de ni�o y tus ojos eran iguales a los de tu madre.</p><p>Supe lo que quer�a decir. Mi madre siempre ten�a cara de ni�a. Lo que no sab�a era que yo hubiera cambiado. �Qu� pod�a responderle?</p><p>��Siento haberte odiado -dijo-. Lo siento de veras. Deseo quererte y serte leal.</p><p>��Yo tambi�n te quiero, hermano -dije.</p><p>Silencio.</p><p>Santiago se enjug� las l�grimas.</p><p>���Puedo abrazarte? -pregunt�. Asinti� con la cabeza. Al hacerlo, not� que �l estaba temblando. Era evidente que se sent�a muy mal.</p><p>Me apart� despacio.</p><p>��Santiago -dije-, �por qu� me odiabas?</p><p>��Demasiados motivos -respondi� meneando la cabeza-. No puedo cont�rtelo todo. Alg�n d�a lo sabr�s.</p><p>��No, Santiago, d�melo ahora. Necesito saberlo. Te lo suplico.</p><p>Tard� en responder.</p><p>��No soy yo quien debe decirte lo que ocurri�.</p><p>���Qui�n, entonces? Santiago, dime por qu� me odiabas. Dime al menos eso. �Qu� fue?</p><p>Me mir� y tuve la impresi�n de que su cara reflejaba mucho odio. Tal vez s�lo era infelicidad. Sus ojos, en la oscuridad, llameaban.</p><p>��Te dir� por qu� debo quererte -dijo-. Los �ngeles bajaron cuando t� naciste. �S�lo por eso tengo que quererte! -Se ech� a llorar otra vez.</p><p>���Te refieres al �ngel que se apareci� a mi madre?</p><p>��No. -Neg� con la cabeza y esboz� una sonrisa opaca, amarga-. Los �ngeles descendieron la noche misma de tu nacimiento. Ya sabes lo que pas�, te lo han contado. Est�bamos en aquella posada, en Bel�n, compartiendo el establo y el heno con las bestias. Era el �nico sitio disponible y esa noche hab�a mucha gente all�. Tu madre soport� los dolores en un rinc�n del establo, sin gritar ni nada. T�a Salom� la ayud� cuando lleg� el momento, y cuando te sostuvieron en alto para que mi padre te viera, tambi�n yo te vi. Llorabas, pero s�lo como lloran los reci�n nacidos porque no saben hablar. Y te envolvieron como se envuelve a un beb� para que no se mueva ni se haga da�o, en pa�ales, y te acostaron en el blando heno de un pesebre. Tu madre yaci� en brazos de t�a Salom� y entonces s� rompi� a llorar, y fue horrible o�rla.�Mi padre se acerc� a ella. Estaba muy arropada y le hab�an retirado los trapos del parto. Mi padre la abraz�. "�Por qu� aqu�? -dijo ella-. �Hemos hecho algo malo? �Es esto un castigo? �Por qu� en este establo? No es justo." Eso fue lo que le pregunt�. Pero �l no sab�a qu� contestar. �Entiendes ahora? Un �ngel se hab�a aparecido a ella para anunciarle tu nacimiento, y acababa de ocurrir en un establo.</p><p>��Entiendo -dije.</p><p>��Fue horrible o�rla llorar -repiti�-, y mi padre no sab�a c�mo consolarla. Pero entonces se abri� la puerta y entr� una r�faga de aire helado. Todo el mundo se acurruc� y protest� para que cerraran la puerta. Eran unos hombres y un muchacho que portaba un farol. Hombres vestidos con pieles de oveja, los pies bien envueltos para protegerse del fr�o invernal, y con sus cayados. Todo el mundo vio que eran pastores.�Ya sabes que un pastor nunca abandona su reba�o, menos a�n en mitad de la noche y nevando, pero all� estaban ellos, y sus expresiones bastaron para que todos se incorporaran de su lecho de heno y se los quedaran mirando, yo incluido. �Era como si el fuego de la l�mpara ardiera en sus rostros! �Yo nunca hab�a visto caras como aqu�llas!�Fueron directos al pesebre donde yac�as y te miraron. Luego se postraron de rodillas, tocando el suelo con la cabeza y alzando las manos. "Gloria al Se�or en las alturas, y paz en la tierra entre los hombres, paz y buena voluntad", exclamaron. A todo esto, tu madre y mi padre no dec�an nada, s�lo los miraban, como todos. Entonces los pastores se pusieron de pie y empezaron a explicar que un �ngel se les hab�a aparecido mientras vigilaban sus reba�os en la nieve. Nadie podr�a haberles impedido contarlo, y todos los que est�bamos en el establo formamos corro a su alrededor. Uno de ellos dijo que el �ngel hab�a dicho: "No tem�is pues os traigo nuevas que son motivo de gran alegr�a; hoy ha nacido un Salvador en la ciudad de David: �Cristo, el Se�or!" Santiago call� de repente. Todo �l se hab�a transformado. Ya no parec�a enfadado ni hab�a l�grimas en sus ojos. Su rostro estaba m�s sereno y distendido.</p><p>��Cristo, el Se�or -dijo.</p><p>No sonri�, pero hab�a vuelto a Bel�n, a aquel momento. Su voz son� grave y llena de aplomo.</p><p>��Christos Kyrios -dijo en griego. El y yo habl�bamos casi siempre en griego. Continu� en esa lengua-: Aquellos hombres estaban gozosos, llenos de j�bilo y convicci�n. Nadie podr�a haber dudado de ellos. Y nadie dud�. -Se interrumpi�, como dej�ndose llevar completamente por los recuerdos de aquella noche.</p><p>Me qued� sin habla.</p><p>As� que eso era lo que me ocultaban. S�, y yo sab�a por qu�. Pero, ahora que lo sab�a, necesitaba saber el resto. Ten�a que saber qu� hab�a dicho el �ngel a mi madre. El porqu� y el c�mo ten�a yo poder para dar y quitar la vida, para hacer que nevara o dejara de llover, si es que se trataba de eso, y qu� actitud tomar. No pod�a esperar m�s tiempo. Ten�a que saberlo en ese momento.</p><p>Y me colm� de miedo pensar en lo que hab�a dicho Cleof�s, que yo iba a ser quien dar�a las respuestas.</p><p>Eran demasiadas cosas para mi cabeza. Demasiadas incluso para concretar las preguntas que quedaban por responder.</p><p>Y Santiago, mi hermano, parec�a empeque�ecerse m�s y m�s mientras lo ten�a delante de m�. Lo ve�a cada vez m�s fr�gil y distante. Por un momento tuve la sensaci�n de no formar parte de aquel lugar, la hierba, la cuesta, la ladera frente a Jerusal�n, la m�sica que llegaba hasta nuestros o�dos, las risas distantes, y sin embargo todo era muy hermoso para m�, y tambi�n Santiago, el hermano a quien tanto quer�a; lo quer�a y le comprend�a, a �l como a su congoja, con todo mi coraz�n.</p><p>Santiago habl� otra vez, moviendo los ojos como si estuviera viendo lo que describ�a.</p><p>��Aquellos pastores dijeron que el cielo se hab�a llenado de �ngeles. Una hueste de �ngeles en el firmamento. Y mientras lo dec�an, alzaron sus brazos al cielo como si viesen a los �ngeles. Y �stos hab�an cantado �Gloria al Se�or en las alturas, y en la tierra paz y buena voluntad�. -Inclin� la cabeza. Hab�a dejado de llorar, pero parec�a agotado y triste-. Imag�nate -continu� en griego-. El cielo entero. Y los pastores hab�an visto eso y hab�an ido a Bel�n en busca del ni�o nacido en un pesebre, como los �ngeles les hab�an pedido que hicieran.</p><p>Esper�.</p><p>���C�mo he podido odiarte por eso? -se pregunt� �l.</p><p>��S�lo eras un ni�o, un ni�o un poco m�s peque�o que yo ahora -dije.</p><p>Santiago mene� la cabeza.</p><p>��No me ofrezcas tu bondad -dijo casi inaudiblemente. El segu�a con la cabeza gacha-. No la merezco. Me he portado mal contigo.</p><p>��Pero eres mi hermano mayor.</p><p>Se levant� la t�nica para enjugarse las l�grimas.</p><p>��No -dijo-. Yo te odiaba. Y eso es pecado.</p><p>���Adonde fueron aquellos hombres, los pastores? -pregunt�-. �D�nde est�n ahora? �Qui�nes son?</p><p>��Lo ignoro. Se marcharon. Contaron a todo el mundo la misma historia. No s� adonde fueron. No volv� a verlos. Imagino que volver�an con sus reba�os. Ten�an que hacerlo. -Me mir�. El claro de luna me permiti� ver que se hab�a serenado otra vez-. Despu�s de aquello, tu madre estaba radiante. Hab�a sido una se�al. Se puso a dormir muy pegada a ti. �Y Jos�?</p><p>��Ll�male padre.</p><p>���Y padre?</p><p>��Como siempre, escuchando sin decir nada. Cuando los que estaban en el establo le preguntaron su opini�n, �l no respondi�. Todos se acercaban a ti y se pon�an de rodillas. Rezaban y luego volv�an a su rinc�n y su manta. Al d�a siguiente buscamos un nuevo alojamiento. En Bel�n todos se enteraron de lo ocurrido. Empez� a llegar gente preguntando por ti, incluso viejos apoyados en bastones. Pero Jos� dijo que no nos quedar�amos mucho tiempo, s�lo el suficiente para que te circuncidaran y para ofrecer un sacrificio en el Templo. �Sabes?, los magos de Oriente se presentaron en aquella posada porque iban a ver a Heredes�</p><p>Call� en seco.</p><p>���Los magos fueron a ver a Heredes? -pregunt�-. �Y qu� ocurri�?</p><p>Pero Santiago no pod�a decir m�s porque Jos� se acercaba lentamente por la cuesta. Lo reconoc� en la oscuridad por su manera de andar. Se detuvo a cierta distancia.</p><p>��Ya hab�is estado fuera mucho rato -dijo-. Volved. No quiero que os alej�is tanto del campamento.</p><p>Nos esper�.</p><p>��Te quiero, hermano m�o -dije en hebreo.</p><p>��Te quiero, hermano m�o -respondi� Santiago-, No volver� a odiarte nunca. Jam�s te tendr� envidia. La envidia es algo horrible, un pecado horrible. Te querr� siempre.</p><p>Jos� ech� a andar delante de nosotros.</p><p>��Te quiero, hermano -repiti� Santiago-, seas quien seas.</p><p>�Seas quien seas� Cristo, el Se�or� Ojal� los magos no se lo hayan contado a Herodes.�</p><p>Me rode� con el brazo y yo hice lo propio.</p><p>Mientras baj�bamos, comprend� que no podr�a decirle a Jos� que Santiago me hab�a contado todas esas cosas. Jos� nunca lo hubiera permitido. El estilo de Jos� era no hablar de nada. El estilo de Jos� era vivir d�a a d�a. �Pero yo necesitaba conocer el resto de la historia! Si mi hermano me hab�a odiado todos aquellos a�os, si el rabino me paraba a la puerta de la escuela para preguntar qui�n era yo, �yo ten�a que saberlo! �Eran estos extra�os acontecimientos la raz�n de nuestra marcha a Egipto? No, no pod�a ser s�lo eso. Aunque todo Bel�n hubiera hablado de lo sucedido, nosotros podr�amos haber ido a cualquier otro lugar. Podr�amos haber vuelto a Nazaret, pero �y el �ngel que se apareci� a mi madre?</p><p>Ten�amos parientes all�, en Betania. Y no todos eran sacerdotes importantes y ricos. Por ejemplo, aqu� estaba Isabel. Pero, un momento, �los hombres de Herodes hab�an matado a Zacar�as! �Tal vez a causa de todas estas historias? �Por un reci�n nacido que era �Cristo, el Se�or�! Ah, ojal� hubiera podido recordar m�s cosas de lo que Isabel nos hab�a dicho aquel d�a terrible, despu�s de que los bandidos saquearan el pueblo, acerca de la muerte de Zacar�as en el Templo. �Cu�nto tiempo habr�a de pasar hasta que conociera todos los detalles?</p><p>Aquella noche, mientras estaba acostado, cerr� los ojos y or�. Todas las palabras de los profetas pasaron por mi cabeza. Yo sab�a que los reyes de Israel hab�an sido ungidos por el Se�or, pero no hab�an sido anunciados por ning�n �ngel. Claro, ninguno de ellos era hijo de una mujer que nunca hab�a yacido con un hombre.</p><p>Al final, no pude seguir pensando. El esfuerzo me agotaba. Contempl� las estrellas e intent� ver a las huestes cantando en el cielo. Rec� para que se me aparecieran los �ngeles como a cualquier otro ser humano.</p><p>Una gran dulzura me sobrevino entonces, una paz de esp�ritu. �El mundo entero, la tierra, es el Templo del Se�or -pens�-. Toda la creaci�n forma su Templo. Y lo que hemos construido en esa colina de all� es s�lo un peque�o lugar, un lugar que nos sirve para mostrar que amamos al Se�or que todo lo cre�. Padre celestial, ay�dame.� Cuando por fin me dorm�, en sue�os escuch� un potente c�ntico. Luego, al despertar, por un momento no supe d�nde me hallaba; aquel sue�o fue como un velo de oro que alguien apartara de m�.</p><p>Me sent�a muy bien. El d�a apenas despuntaba. Las estrellas a�n estaban all�.</p></section><section><title><p>23</p></title><p>Ya no era un ni�o. Seg�n la costumbre, un chico asume el yugo de la Ley de Mois�s al cumplir los doce a�os, pero eso no importaba. Yo hab�a dejado de ser un ni�o. Lo supe cuando vi jugar a los otros ni�os aquella ma�ana. Y cuando nos unimos a los peregrinos que se dirig�an al Templo.</p><p>Fue lo mismo que el d�a anterior, los apretones, los c�nticos para pasar el rato, el lento avance hasta llegar a los ba�os, donde nos zambullimos desnudos en el agua fr�a para luego ponernos la ropa limpia que hab�amos tra�do.</p><p>Por fin est�bamos en el t�nel, avanzando hacia el Gran Patio. Aqu�, las voces de los que discut�an resonaban en las paredes y en ocasiones sonaban airadas, pero yo ya no ten�a miedo.</p><p>No hac�a otra cosa que pensar en la historia que Santiago no hab�a terminado de contarme.</p><p>El torrente de peregrinos, con sus diversas lenguas, desemboc� finalmente en el patio del Templo, y fue un alivio ver all� en lo alto el cielo despejado. La gente se dispers�, inspir� hondo y a placer, pero enseguida nos atascamos de nuevo en la cola para comprar las aves de nuestro sacrificio. Santiago quer�a hacer una ofrenda por su pecado, y entonces comprend� que hab�amos ido por ese motivo.</p><p>Qu� pecado quer�a expiar Santiago, eso lo ignoraba. O quiz� no. Pero �y qu�? Cleof�s hab�a dicho que yo ten�a que verlo, y por eso me hab�a llevado consigo.</p><p>Hasta el d�a siguiente no recibir�amos la primera agua de purificaci�n. Esto me ten�a perplejo.</p><p>���C�mo es que vamos a ir al santuario para el sacrificio si no hemos sido purificados todav�a? -pregunt�.</p><p>��Te equivocas -dijo Cleof�s-. Nos purificamos en el mikvah antes de partir de Nazaret. Esta ma�ana nos hemos ba�ado en el arroyo junto a la casa de Caif�s. Nos rociar�n porque es la Pascua. Una purificaci�n en toda regla por si hemos contra�do alguna impureza de la que no tengamos noticia. -Se encogi� de hombros-. Adem�s, es la costumbre. Pero no hay motivo para que Santiago tenga que esperar. Santiago es bueno. Vamos a entrar en el santuario.</p><p>��Los jud�os griegos deben pasar por la purificaci�n antes de que entren -dijo t�o Alfeo-. Y tambi�n los jud�os de otras tierras.</p><p>Jos� guard� silencio. Ten�a una mano sobre el hombro de Santiago mientras lo guiaba, a �l y a nosotros, entre la multitud.</p><p>Antes de comprar las aves, previamente seleccionadas para el sacrificio, tuvimos que cambiar nuestro dinero por los shekels recibidos por el Templo.</p><p>Por encima de las mesas de los que cambiaban monedas al pie de la columnata, vi el techo quemado y a los hombres que trabajaban all�, sudando al sol, mientras restregaban y limpiaban las piedras que hab�an sobrevivido al incendio, y a otros que colocaban piedras nuevas con mortero. Yo conoc�a bien ese trabajo. Pero jam�s hab�a estado en un edificio tan grande, y ni siquiera alcanzaba a ver el final de la columnata ni a derecha ni a izquierda. Los capiteles eran muy hermosos y buena parte del trabajo en oro hab�a sido restaurado.</p><p>O� un clamor de voces delante de m�. Hombres y mujeres discut�an con los encargados de cambiar el dinero. Cleof�s se impacientaba.</p><p>���A qu� viene tanta discusi�n? -me dijo en griego-. F�jate. �Es que no saben que estos tipos son unos salteadores? -Emple� la misma palabra en griego que utiliz�bamos para los bandidos que viv�an en las colinas, aquellos rebeldes que hab�an tomado S�foris y hab�an sido perseguidos luego por los romanos.</p><p>En nuestra primera visita, el derramamiento de sangre nos hab�a impedido llegar hasta aqu�. Y ahora, cuando nos tocaba ya el turno ante las mesas, el alboroto era tremendo.</p><p>��Pues si quieres comprar dos aves, �tienes que cambiar esto! -le dijo uno de ellos a una mujer, la cual no pareci� entender lo que el otro le dec�a en griego. La mujer hizo una pregunta en un arameo diferente del nuestro, pero yo logr� entenderla.</p><p>Cuando Jos� se ofreci� a darle las monedas exactas que necesitaba, ella rehus� aceptar nada.</p><p>Jos�, Cleof�s y el resto de los hombres cambiaron sus monedas sin decir palabra, pero luego Cleof�s se apart� un poco y espet�:</p><p>��Hatajo de bribones, �est�is orgullosos de lo que hac�is?</p><p>Los que cambiaban el dinero apenas si se dignaron mirarle, y Jos� le apremi� para que callara.</p><p>��En la casa del Se�or, no -dijo.</p><p>���Por qu� no? -replic� Cleof�s-. El Se�or sabe que son unos ladrones.</p><p>Se quedan demasiada comisi�n por el cambio.</p><p>��D�jalo correr -dijo Alfeo-. Hoy todav�a no ha pasado nada. �Qu� quieres, provocar un altercado?</p><p>��Pero �por qu� cobran tanta comisi�n, padre? -pregunt� Santiago.</p><p>��Yo no s� lo que hacen, simplemente lo acepto -respondi� Jos�-. Hemos tra�do dinero suficiente para el sacrificio. Nadie me ha quitado nada que yo no estuviera dispuesto a dar.</p><p>Est�bamos ya en el sitio donde guardaban las t�rtolas. El calor apretaba.</p><p>Las piedras estaban duras bajo mis pies, aunque eran hermosas. O� nuevas voces airadas, discusiones mezcladas con el alboroto de las aves. Tardamos bastante en llegar a las mesas.</p><p>El hedor de las jaulas era peor que el de cualquier corral de Nazaret. La inmundicia rebosaba de ellas.</p><p>Hasta el mismo Jos� se sorprendi� del precio que tuvo que pagar, pero el mercader estaba enfadado y se quejaba de tener tanto trabajo.</p><p>���Te gustar�a estar aqu� sentado y tener que aguantar a toda esta gente? -inquiri�-. �Por qu� no te traes las aves de Galilea? Es de ah� de donde vienes, �no? Lo adivino por tu forma de hablar.</p><p>Por todas partes se o�an las mismas protestas. Una familia hab�a tenido que volverse porque los sacerdotes no aceptaban sus aves. El mercader grit� en griego que esas aves estaban perfectas cuando �l las hab�a vendido. Jos� se ofreci� a costearles el sacrificio, pero el padre dijo que no, aunque le dio las gracias. La mujer lloraba.</p><p>��Ha caminado catorce d�as para venir a ofrecer este sacrificio -balbuce�.</p><p>���Pues deja que paguemos nosotros otras dos t�rtolas! -dijo Cleof�s-. No te doy el dinero a ti -le dijo a la mujer-. Se lo doy a este individuo y �l te entrega otras dos. Sigue siendo tu sacrificio, �entiendes? T� no me quitas nada. Es �l quien se queda mi dinero.</p><p>La mujer dej� de llorar y mir� a su esposo. El hombre asinti� con la cabeza.</p><p>Cleof�s pag�.</p><p>El mercader entreg� dos peque�as t�rtolas asustadas y, r�pidamente, meti� las otras en una jaula vac�a.</p><p>���Miserable brib�n! -dijo Cleof�s por lo bajo.</p><p>El mercader asinti�:</p><p>��S�, s�, s�.</p><p>Santiago hizo su compra.</p><p>Me vinieron pensamientos a la cabeza y empec� a sentir miedo; no recuerdos de aquella batalla campal ni del hombre que hab�a muerto all�, sino otros pensamientos: que �se no era un sitio para orar, que no era el hermoso lugar de Yahv� al que todos ven�an para adorarle. Cuando recit�bamos las Escrituras todo parec�a sencillo, incluso los rituales del sacrificio, pero aquello era un enorme mercado lleno de ruido, enojo y decepci�n.</p><p>Hab�a muchos gentiles all�, en medio de aquella multitud, y yo sent� verg�enza ajena por lo que ten�an que ver y o�r. Pero repar� en que a muchos les daba lo mismo. Hab�an venido a ver el Templo y parec�an m�s contentos casi que los jud�os a mi alrededor, los que seguir�an hasta el Patio de las Mujeres, lugar en el que ning�n gentil estaba autorizado a entrar.</p><p>Por supuesto, los gentiles ten�an sus propios templos, sus propios mercaderes que vend�an animales para sacrificar. Yo hab�a visto muchos en Alejandr�a. Posiblemente discut�an y peleaban tanto como los jud�os.</p><p>Pero nuestro Se�or era el creador de todas las cosas, nuestro Se�or era invisible, nuestro Se�or lo era de todos los lugares y todas las cosas. Nuestro Se�or moraba s�lo en su Templo, y nosotros, hasta el �ltimo de nosotros, �ramos su pueblo sagrado.</p><p>Cuando llegamos al Patio de las Mujeres la vieja Sara, mi madre y las dem�s se detuvieron, pues las mujeres no ten�an permiso para ir m�s all�. All� no hab�a tanta aglomeraci�n. Los gentiles no pod�an entrar so pena de muerte.</p><p>Ahora s� est�bamos en el Templo, aunque el ruido de los animales no nos hab�a abandonado pues los hombres tra�an sus propias vacas, ovejas y aves.</p><p>Los incendios no hab�an da�ado aquel lugar. Por todas partes ve�as plata y oro. Las columnas eran griegas, tan bellas como cualquiera de las que hab�a en Alejandr�a. Varias mujeres subieron a la terraza para contemplar el sacrificio en el Patio Interior, pero la vieja Sara ya no pod�a subir m�s escaleras y nuestras mujeres se quedaron con ella.</p><p>Quedamos en encontrarnos de nuevo en la esquina suroriental del Gran Patio, y a m� me preocup� c�mo dar�amos los unos con los otros.</p><p>Las piernas me dol�an mientras sub�amos los pelda�os, pero me sent�a imbuido de una nueva dicha, y por primera vez mis dolorosos recuerdos, mi confusi�n, me abandonaron.</p><p>Me encontraba en la casa del Se�or. Ya se o�an los c�nticos de los levitas.</p><p>Al llegar a la verja, el levita guardi�n nos detuvo.</p><p>��Este chico es muy peque�o -dijo-. �Por qu� no lo dej�is con vuestras mujeres?</p><p>��Es mayor de lo que su edad dice, y conoce la Ley de Mois�s -dijo Jos�-. Est� preparado -a�adi�.</p><p>El levita asinti� con la cabeza y nos dej� pasar.</p><p>Aqu� volv�a a estar repleto de gente. El ruido de animales era ensordecedor, y las t�rtolas de Santiago se agitaron. Pero la m�sica sonaba en todas partes.</p><p>O� las flautas y los c�mbalos y las bien ensambladas voces de los cantantes.</p><p>Jam�s hab�a o�do m�sica tan sublime, tan plena, como la de los levitas cantando. No eran los c�nticos alegres y mal interpretados de cuando nosotros enton�bamos los salmos por el camino, ni las canciones de ritmo r�pido de las bodas. Era un sonido oscuro y casi triste que flu�a ininterrumpidamente con fuerza tremenda. Las palabras en hebreo se fund�an en el estribillo. No hab�a un principio ni un final.</p><p>Qued� tan cautivado que hasta un rato despu�s no me percat� de lo que estaba sucediendo ante mis ojos, frente a la barandilla.</p><p>Los sacerdotes, vestidos de puro blanco y con turbantes blancos, se mov�an al comp�s del vaiv�n de los animales, entre la multitud y el altar. Vi los corderitos y los machos cabr�os que iban a sacrificar. Vi las aves.</p><p>Los sacerdotes estaban tan apretujados alrededor del altar que no distingu�a lo que estaban haciendo, s�lo de vez en cuando alcanzaba a ver la sangre que sal�a disparada hacia arriba o abajo. Sus bellas prendas de lino manchadas de sangre. Un gran fuego ard�a sobre el altar, y el olor a carne quemada era indescriptible. Cada vez que tomaba aire ol�a aquella pestilencia.</p><p>Aunque Jos� se�al� el altar del incienso y yo pude verlo tambi�n, no percib� el olor del incienso.</p><p>��Mira los cantantes, �los ves? -dijo Cleof�s, inclin�ndose para hablarme al o�do.</p><p>��S� -dije-. Santiago, mira. -Se distingu�an entre las idas y venidas de los sacerdotes.</p><p>Estaban en los escalones que llevaban al santuario y eran muchos, hombres barbudos de largas guedejas, todos con pergaminos en las manos; vi tambi�n las liras que produc�an los deliciosos sonidos que yo no hab�a sabido identificar entre la armoniosa belleza de su m�sica.</p><p>Los c�nticos de los levitas me llegaron con m�s nitidez al verlos a ellos. Era tan hermoso que me sent� flotar. Aquella m�sica borr� todos los dem�s sonidos.</p><p>Mis preocupaciones desaparecieron por completo mientras estaba all�, rezando, mis palabras convertidas en algo distinto, en simple adoraci�n al Creador, en tanto escuchaba la m�sica y miraba todo cuanto estaba pasando.</p><p>�Se�or, Se�or, sea yo quien sea, sea yo lo que sea, sea yo lo que haya de ser, formo parte de este mundo que es una fluida maravilla, como esta m�sica. Y T� est�s con nosotros. Est�s aqu�. Has montado aqu� tu tienda, entre nosotros. Esta m�sica es tu canci�n. Esta casa es la tuya.�</p><p>Empec� a llorar, pero por lo bajo. Nadie lo advirti�.</p><p>Santiago cerr� los ojos en oraci�n mientras sujetaba las dos t�rtolas, esperando a que llegara el sacerdote. Hab�a tantos que no se pod�an contar.</p><p>Recib�an los corderos que balaban y los machos cabr�os que chillaban hasta el �ltimo momento. La sangre era recogida en cuencos, conforme a la Ley de Mois�s, para luego ser arrojada sobre las piedras del altar.</p><p>��Ver�is -dijo Cleof�s-. Este no es el altar de la Presencia. Ese est� all� arriba, detr�s de los cantantes, en el santuario, m�s all� del gran velo. Y estas cosas nunca las ver�is. Vuestra madre fue una de las que teji� parte de esos velos, dos cada a�o. Ah, qu� portentosos bordados. S�lo el sumo sacerdote puede entrar en el sanctasanct�rum, y cuando entra lo hace envuelto en una nube de incienso.</p><p>Pens� en Jos� Caif�s. Me lo imagin� entrando en aquel sagrado lugar.</p><p>Luego pens� en el joven Aristobulos, el sumo sacerdote a quien el viejo Herodes hab�a hecho asesinar. �Ojal� los magos no se lo hayan contado a Herodes��</p><p>Record� las palabras de mi madre: �T� no eres hijo de un �ngel.� Qu� ni�o era yo cuando me dijo eso. No hab�a vuelto a pensar en aquellas palabras desde la noche en que ella me habl� en el tejado, aqu� en Jerusal�n. No me hab�a permitido pensar en ello. Pero ahora s�, y todas las extra�as im�genes que me hab�a formado al o�r el relato de Santiago explotaron de color en mi mente.</p><p>Pero yo no quer�a esos pensamientos, esos fragmentos de algo que era incapaz de completar. Yo quer�a la paz y la dicha que hab�a sentido hac�a s�lo unos momentos. Y la paz y la dicha volvieron. Tanto es as�, que ya no fui un muchacho all� de pie entre otras personas, sino que fui mi alma, mi entendimiento, como si pudiera salir de mi cuerpo, mi alma transportada en las olas de la m�sica, como si yo no tuviera peso ni tama�o y de este modo, en ese momento, pudiera entrar en el sanctasanct�rum, y asilo hice: atraves� la cancela y la pared, sin dejar de proyectarme m�s y m�s hacia fuera de m� mismo. �Te llamaron Christos Kyrios.�</p><p>�Se�or, dime qui�n soy. Dime qu� debo hacer.�</p><p>Volv� en m� al sonido de un llanto, un sonido empeque�ecido por la m�sica y las oraciones susurradas en hebreo. Era Santiago. Estaba temblando.</p><p>Mir� de nuevo el gran altar de piedra de los sacrificios, y los sacerdotes arrojando la sangre sobre las losas. La sangre pertenec�a al Se�or. Ya pertenec�a al Se�or cuando a�n estaba en el animal, y tambi�n ahora. La sangre era la vida del animal. Un israelita j amas deb�a ingerir sangre. Las piedras del altar estaban empapadas de sangre.</p><p>Era una cosa hermosa y oscura como la m�sica, y como las oraciones que se o�an por doquier en hebreo. El propio ir y venir de los sacerdotes recordaba los movimientos de una danza.</p><p>�No, ya no soy un ni�o. Ya no.�</p><p>Pens� en los hombres que hab�an muerto un d�a como aqu�l el a�o anterior. Pens� en los que hab�an perecido quemados en ese mismo Templo.</p><p>Pens� en este Templo cubierto de sangre. Sangre. Siempre sangre.</p><p>Santiago sujetaba con fuerza a las dos t�rtolas, que trataban de escapar, formando una jaula con sus dedos.</p><p>��Confieso mis pecados -susurr�-. Soy culpable de envidia y de rencor.</p><p>Intent� tragarse las l�grimas. A sus trece a�os, era un hombre que lloraba.</p><p>Yo no sab�a si alguien se hab�a dado cuenta de que lloraba, pero entonces vi la mano de Jos� en su hombro, d�ndole consuelo. Jos� le bes� en la mejilla. Jos� quer�a a su hijo Santiago. Le quer�a mucho. Y tambi�n a m�. Quer�a a cada uno de un modo diferente.</p><p>Santiago mostr� sus p�jaros e inclin� la cabeza cuando el sacerdote se acerc� a nosotros.</p><p>���Pues nos ha nacido un ni�o -recit� Santiago del profeta Isa�as-, se nos ha dado un hijo que lleva sobre sus hombros el dominio. -Trat� de contener las l�grimas, antes de continuar-. Y se le ha dado el nombre de Consejero Portentoso, H�roe-Divino, Padre-Sempiterno, Pr�ncipe de Paz.�</p><p>Me volv� para mirarle. �Por qu� esa oraci�n?</p><p>��Que el Se�or perdone mi envidia. Que el Se�or perdone mis pecados y yo pueda quedar limpio. Deja que no tenga miedo. D�jame comprender. Me arrepiento de todo.</p><p>De s�bito, el sacerdote estaba all� plantado delante de nosotros, con la barba y el rostro salpicados de sangre. Pero era hermoso con su lino blanco y su mitra. Detr�s de �l estaba el levita. El sacerdote acerc� el cuenco dorado.</p><p>Con los ojos casi cerrados mir� fijamente a Santiago, quien hizo una inclinaci�n con la cabeza y le entreg� las dos t�rtolas.</p><p>��Esto es una ofrenda por pecar -dijo Santiago.</p><p>Me empujaron hacia delante y me inclinaron para que pudiese ver, pero el sacerdote se perdi� enseguida entre los dem�s sacerdotes y ya no pude ver lo que hac�an en el altar. Lo sab�a por las Escrituras, eso s�. Le retorc�an el pescuezo al p�jaro y derramaban su sangre. Esa era la ofrenda por pecar. El segundo p�jaro ser�a quemado.</p><p>No estuvimos all� mucho tiempo.</p><p>Hab�a terminado. Deuda saldada.</p><p>Regresamos, casi a empujones, y pronto estuvimos entre la multitud del Patio de los Gentiles. Esta vez no fuimos hacia el centro sino que seguimos la columnata conocida como P�rtico de Salom�n.</p><p>Hab�a maestros sentados bajo el porche, y muchos hombres j�venes formando corro alrededor. Tambi�n algunas mujeres se deten�an para escucharlos. O� a uno que ense�aba en arameo, y luego otro que contestaba a una pregunta en griego ante una abigarrada multitud.</p><p>Yo quer�a parar, pero la familia sigui� adelante, y cada vez que yo aflojaba el paso para mirar a los maestros, para pescar alguna palabra suelta, alguien me cog�a de la mano y tiraba de m�.</p><p>Finalmente vi el gran p�rtico un poco m�s all�. No hab�a tanta gente como antes. Salimos y vimos a la vieja Sara bajo el tejado, sentada a la sombra de una columna con Bruria, nuestra triste refugiada, y tambi�n Riba, que jugaba con su beb�. Estaban all� mi madre y mis t�as. Me hab�a olvidado por completo de ellas. Ni siquiera sab�a que las est�bamos buscando. Sara recibi� a Santiago con un abrazo y un beso.</p><p>Como est�bamos muy cansados, nos sentamos con ellas. Enseguida me fij� en que mucha gente hac�a lo mismo pese a que los alba�iles estaban trabajando a escasa distancia, en la pared del fondo. Nos pusimos muy juntos para que la gente pudiese pasar.</p><p>Muchos se marchaban del Templo. Dos o tres mercaderes hab�an recogido sus jaulas y estaban bajando las escaleras. Pero todav�a hab�a otros que protestaban y se gritaban entre s�, y varias personas se demoraban todav�a en las mesas de cambiar dinero.</p><p>Los levitas que vend�an el aceite y la harina para el sacrificio estaban plegando sus mesas. Entonces vi que los guardias se aproximaban a la escalera para observar a quienes abandonaban el Templo.</p><p>El sacrificio vespertino del cordero pronto habr�a terminado. Yo no lo sab�a con certeza, pero no me preocupaba; a�n ten�a muchas cosas que aprender, todo a su tiempo.</p><p>Cerca de all� vi a un ciego sentado en un taburete, un hombre con una largu�sima barba gris que estaba hablando en griego a nadie con los brazos extendidos, o tal vez hablaba a todo el mundo. La gente le lanzaba monedas al regazo. Los hab�a que se paraban a escuchar unos segundos. Yo no pod�a o�rle bien debido al alboroto general. Le pregunt� a Jos� si me dejaba darle algo y escuchar lo que dec�a.</p><p>Jos� lo pens� un momento y luego me dio un denario, que era mucho. Cog� la moneda y corr� a sentarme a los pies del ciego.</p><p>Hablaba un griego muy bonito, tan suave como el de Filo de Alejandr�a.</p><p>Estaba recitando un salmo:</p><p>���Permite que mi grito de alegr�a llegue a ti, Se�or, dame comprensi�n como me prometiste�� -Call� un momento y palp� la moneda que yo hab�a dejado en su regazo. Roc� el dorso de su mano. Ten�a los ojos velados, de un gris p�lido-. �Y qui�n es �ste que me da tanto y viene a sentarse a mis pies? -pregunt�-. �Un hijo de Israel o alguien que busca al Se�or de Todos?</p><p>��Un hijo de Israel, maestro -respond� en griego-. Un alumno en busca de la sabidur�a de tus cabellos grises.</p><p>���Y qu� quieres saber, ni�o? -pregunt� �l, mirando al frente. Desliz� la moneda en el cinto que ce��a su t�nica.</p><p>��Maestro, por favor, dime qui�n es Christos Kyrios.</p><p>��Ah, peque�o, son muchos los ungidos -dijo-, pero �el ungido por el Se�or? �Qui�n crees t� que podr�a ser, aparte del hijo de David, el rey ungido de la ra�z de Jes� que habr� de gobernar Israel y traer la paz a la Tierra Prometida?</p><p>��Pero, maestro, �y si unos �ngeles cantaron cuando ese ungido naci�?, �y si unos magos fueron a llevarle presentes, siguiendo una estrella en el cielo?</p><p>��Oh, esa vieja historia -dijo el ciego-. El beb� que naci� en un pesebre, all� en Bel�n. De modo que la conoces. Ya casi nadie habla de esa historia. Es demasiado triste. Cre�a que estaba olvidada.</p><p>Me qued� sin habla.</p><p>��La gente dice �aqu� est� el Mes�as� y �all� est� el Mes�as� -continu�, diciendo �Mes�as� en hebreo-. Cuando venga el Mes�as lo sabremos, �c�mo no vamos a saberlo?</p><p>Yo estaba demasiado agitado para decir nada.</p><p>��Dime las palabras de Daniel, ni�o� �El que vendr� como Hijo del Hombre.� Ni�o, �est�s ah�?</p><p>��S�, maestro, pero �qu� historia es �sa, la del ni�o que estaba en un pesebre? -pregunt�.</p><p>��Fue algo espantoso, y adem�s �qui�n sabe qu� pas� exactamente? Todo ocurri� muy r�pido. S�lo Herodes pudo hacer algo tan horrible, �un malvado sediento de sangre! Pero no debo decir estas cosas. Su hijo es ahora rey.</p><p>��Pero, maestro, �qu� fue lo que hizo? Estamos a solas, no hay nadie por aqu� cerca. El ciego me tom� la mano.</p><p>���Cu�ntos a�os tienes? Tu mano es peque�a, y est� �spera de trabajar.</p><p>No quise dec�rselo. Sab�a que se iba a sorprender.</p><p>��Maestro, debo averiguar lo que sucedi� en Bel�n. Cu�ntamelo, te lo ruego.</p><p>��Cosas indecibles� -Mene� la cabeza-. �C�mo hemos podido acabar bajo el yugo de semejante familia?, �de unos hombres que ceden a la c�lera, que asesinan a sus propios hijos? �A cu�ntos de sus propios descendientes aniquil� Herodes? �A cinco? �Y qu� dijo C�sar Augusto acerca de Herodes cuando �ste asesin� a sus dos hijos varones? �Preferir�a ser un cerdo de Herodes a ser su hijo.�</p><p>El ciego ri�. Yo hice otro tanto por respeto a �l, pero mi mente estaba conmocionada.</p><p>��Ni�o, responde por m� -dijo-. Debido a mi ceguera ya no puedo leer mis libros, y los libros lo eran todo para m�, mi �nico consuelo, y me cuesta un dinero tener alguien que me los lea, mis libros son mi tesoro. No los regalar� para pagar a un muchacho que me lea lo que queda de ellos. No puedo regalar los que yo mismo copi� con tanto esmero, conforme a la Ley. Dime de Zacar�as: �En ese d�a� En ese d�a�� Vamos, la �ltima l�nea, ni�o�</p><p>���En ese d�a no habr� ya m�s mercaderes en la casa del Se�or� -dije.</p><p>El anciano asinti�.</p><p>���Los oyes? -pregunt�.</p><p>Se refer�a a los hombres que cambiaban las monedas y a quienes discut�an con ellos.</p><p>��S�, los oigo.</p><p>���En ese d�a! -repiti�-. En ese d�a.</p><p>Mir� sus ojos, el grosor del velo que los cubr�a. Era como leche sobre sus ojos. Si yo� No, pero hab�a hecho una promesa. Si yo hubiera sabido que eso estaba bien� pero lo hab�a prometido.</p><p>Sus dedos, blandos y resecos, apretaron los m�os.</p><p>Y yo as� su mano y rec� silenciosamente por �l. �Oh, Dios misericordioso, s�lo si �sa es tu voluntad, conc�dele el consuelo, conc�dele alg�n alivio��</p><p>Jos� estaba detr�s de m�.</p><p>��Ven, Yeshua -dijo.</p><p>��Que Dios te bendiga, maestro -dije yo, y le bes� la mano.</p><p>El hombre se qued� agit�ndola a modo de despedida.</p><p>Tan pronto la vieja Sara se puso de pie y Riba se hubo asegurado el beb� con unas ligaduras, iniciamos el trayecto para salir del Templo.</p><p>En lo alto de la escalera que daba al t�nel, Jos� se detuvo y me agarr� de la mano. Santiago hab�a seguido andando.</p><p>El ciego ven�a presuroso hacia nosotros, sus ojos negros y centelleando de luz. Mir� a derecha e izquierda y luego de nuevo a Jos�. Ver resucitar a un muerto no habr�a sido menos pasmoso.</p><p>El coraz�n me dio un vuelco.</p><p>���Aqu� hab�a un ni�o! -exclam� el anciano-. �Un ni�o! -Mir� hacia m� y luego escalera abajo hacia la muchedumbre-. Un chico de doce o trece a�os. Acabo de o�r su voz hace un momento. �Adonde ha ido?</p><p>Jos� mene� la cabeza y, agarr�ndome con su fuerte brazo derecho, me subi� a su hombro y camin� hacia el t�nel.</p><p>De camino a casa no me habl� en ning�n momento.</p><p>Yo quer�a repetirle las palabras de mi oraci�n, para que viera que me hab�an salido del alma, que yo no hab�a querido hacer nada malo, que tan s�lo hab�a orado y me hab�a puesto en manos del Se�or.</p></section><section><title><p>24</p></title><p>Los d�as que siguieron fueron alegres y plenos para la familia. Estuvimos en el Templo para la purificaci�n y nos ba�amos despu�s de ser rociados por segunda vez, como era de rigor. Durante el per�odo de espera paseamos por las calles de Jerusal�n, maravillados de las joyas, los libros y las telas que vend�an en el mercado, y Cleof�s compr� incluso un librito en lat�n. Jos� le compr� a mi madre unos bonitos bordados, que ella podr�a coser en un velo para lucirlos en las bodas del pueblo.</p><p>Eso durante el d�a. Por la noche hab�a m�sica e incluso bailes en Betania, entre los campamentos.</p><p>Y la Pascua propiamente dicha fue una maravilla.</p><p>Jos� se encarg� de degollar el cordero delante del sacerdote y el levita, que recogieron la sangre. Y cuando estuvo asado, cenamos seg�n la costumbre con pan sin levadura y las hierbas amargas, contando la historia de nuestro cautiverio en tierras de Egipto, y c�mo el Se�or nos hab�a rescatado de all� y hecho cruzar el mar Rojo para devolvernos a la Tierra Prometida.</p><p>Com�amos el pan �zimo porque al huir de Egipto no hab�amos tenido tiempo de hacer pan con levadura; las hierbas amargas eran en recuerdo de lo amargo que hab�a sido nuestro cautiverio; el cordero, porque ahora �ramos libres y pod�amos celebrar que el Se�or nos hab�a salvado; y fue la sangre del cordero en las puertas de los israelitas lo que hab�a hecho que el �ngel de la Muerte pasara de largo cuando hab�a asesinado a los primog�nitos de Egipto porque el fara�n no quer�a dejarnos ir. �Y qui�n de nosotros, de nuestra peque�a asamblea, no iba a dar a todo esto un significado especial, haciendo un a�o que hab�amos salido de Egipto, padecido guerras y penurias, y encontrado nuestra tierra prometida en Nazaret, desde donde hab�amos acudido gozosos al Templo del Se�or?</p><p>Pasada la festividad, cuando muchos ya se marchaban de Jerusal�n y nuestra familia empezaba a hablar de la partida, si la vieja Sara estar�a en disposici�n de hacer el viaje, y de esto y de lo de m�s all�, yo busqu� a Jos� en vano.</p><p>Cleof�s me dijo que hab�a ido a Jerusal�n con mi madre, al mercado, ahora que hab�a poca gente, con la intenci�n de comprar hilo.</p><p>��Quisiera volver al Templo para o�r a los maestros del p�rtico -le dije-. No nos marcharemos hoy mismo, �verdad?</p><p>��No, qu� va. Busca alguien que te acompa�e. Est� bien que veas el Templo cuando no hay aglomeraciones, pero no puedes ir solo. -Fue a hablar con los hombres.</p><p>En todo este tiempo, Jos� no me hab�a dicho una sola palabra acerca del ciego. Lo que hab�a ocurrido con �l lo hab�a asustado. Yo no me hab�a dado cuenta en el momento, pero ahora lo sab�a. Lo que no sab�a era si Jos� pod�a ver el cambio operado en m�. Porque yo hab�a cambiado.</p><p>Mi madre s� lo notaba. Ella lo ve�a, pero no la preocupaba. Despu�s de todo, yo no estaba triste. S�lo hab�a renunciado a jugar con los otros chicos. Y como ve�a las cosas con otros ojos, me mostraba callado pero en absoluto infeliz. Escuchaba a los hombres cuando hablaban, prestaba atenci�n a cosas que antes no habr�a notado, y la mayor parte del tiempo estaba solo.</p><p>De vez en cuando ten�a tentaciones de enojarme, enojarme con aquellos que se negaban a decirme las cosas que yo quer�a o�r. Pero cuando recordaba que el ciego se hab�a negado a hablarme de aquellas �cosas horribles�, comprend�a por qu� nadie hab�a querido cont�rmelas. Mi madre y Jos� trataban de protegerme de algo, pero yo no pod�a estar protegido por m�s tiempo. Necesitaba saber.</p><p>Necesitaba saber lo que los otros sab�an.</p><p>Fui hasta el camino que llevaba al Templo. Jos� Caif�s estaba bajando en compa��a de varios miembros de su familia directa y me salud� con una sonrisa.</p><p>Yo me puse a la cola.</p><p>Jos� volvi� la cabeza un par de veces y me llam� por mi nombre, cosa que me sorprendi�, y me hizo se�as para que me sumara a su grupo, cosa que hice pero manteni�ndome un poco rezagado. Despu�s de todo, estaba cubierto del polvo del campamento, mientras que �l iba como siempre, de punta en blanco, lo mismo que quienes le acompa�aban, que probablemente eran tambi�n sacerdotes.</p><p>Pero yo hac�a lo que Cleof�s me hab�a dicho. Iba acompa�ado por alguien.</p><p>No estaba solo.</p><p>Cuando llegamos a las cercan�as del Templo me escabull�.</p><p>El Patio de los Gentiles no estaba muy lleno, y por primera vez pude apreciar realmente la magnitud del Templo y sus ornamentos. Era tal como dec�a Cleof�s.</p><p>Pero no era esto lo que yo quer�a ver.</p><p>Fui al P�rtico de Salom�n para escuchar a los maestros.</p><p>Hab�a muchos, y algunos de ellos atra�an m�s p�blico que otros. Yo buscaba a un anciano, un hombre fr�gil por sus muchos a�os y con el pelo blanco.</p><p>Finalmente di con el m�s anciano de todos, un hombre muy flaco, con unos ojos que desped�an chispas y sin un solo pelo en la cabeza debajo del chal, aunque s� pelos grises en los lados. Iba bien vestido y llevaba hilos azules cosidos a sus borlas. Ten�a un buen corro de j�venes alrededor, algunos bastante mayores que yo.</p><p>Lo observ� y escuch� sus palabras.</p><p>El anciano hac�a preguntas a los chicos, mirando fijamente a quien respond�a. Ten�a una risa f�cil, amistosa y agradable, pero todo �l irradiaba autoridad. Dec�a lo que ten�a que decir, sin malgastar una sola palabra. Y su voz ten�a la viveza de una persona mucho m�s joven.</p><p>Sus preguntas eran parecidas a las que nuestros rabinos podr�an habernos hecho. Me acerqu� un poco m�s y ofrec� algunas respuestas. El anciano pareci� complacido. Me indic� por gestos que me aproximara. Los chicos me hicieron sitio para que me sentara a sus pies. Ni siquiera pens� en Santiago. Ofrec� respuesta tras respuesta a sus preguntas. El rabino Berejaiah me hab�a adiestrado bien. Y al poco rato, el maestro dej� que otros chicos respondieran tambi�n.</p><p>Cuando son� el cuerno para el sacrificio vespertino, hicimos una pausa para decir las oraciones.</p><p>Lleg� entonces el momento que yo estaba esperando sin saberlo siquiera.</p><p>Mi coraz�n lat�a con fuerza. Los chicos se fueron a las habitaciones donde dorm�an o a sus casas en la ciudad. El maestro se encamin� hacia la biblioteca del Templo, y yo le segu� junto con otros dos chicos.</p><p>La biblioteca era grande, m�s que la de Filo, y estaba llena de pergaminos.</p><p>Hab�a escribas copiando textos con la cabeza gacha, y cuando el anciano entr� se levantaron en se�al de respeto.</p><p>Pero el maestro pas� de largo y fue hacia su lugar de estudio particular, permiti�ndonos entrar con �l. Uno de los chicos le hizo preguntas sobre la Ley de Mois�s.</p><p>Yo lo o�a todo, pero las palabras no penetraban en mi mente. Mi prop�sito era s�lo uno.</p><p>Por fin, quedamos a solas �l y yo. Se hab�a sentado a su mesa y le hab�an llevado un vaso de vino. Las l�mparas estaban encendidas y alrededor todo eran pergaminos. La sala ol�a a papiro y al aceite de las l�mparas. Si mi coraz�n no hubiera estado aporreando mi pecho, aquel lugar me habr�a encantado.</p><p>���Qu� quieres de m�, chico? -pregunt� el rabino-. Has esperado mucho este momento. Di lo que sea.</p><p>Esper� un instante, pero no me ven�a nada a la cabeza, ninguna pregunta en concreto.</p><p>��Hace ocho a�os, en Bel�n naci� un ni�o. Los �ngeles anunciaron el lugar a unos pastores. Lo llamaron �Cristo, el Se�or�. Unos d�as despu�s se presentaron tres hombres de Oriente, unos magos persas que le ofrecieron presentes, afirmando que una estrella los hab�a guiado hasta el ni�o.</p><p>��S� -asinti� �l-. Conozco esa historia.</p><p>���Qu� fue del ni�o?</p><p>���Por qu� te interesa saberlo? �Por qu� preguntas?</p><p>��Te suplico que me lo digas. No puedo pensar en otra cosa, noche y d�a. Soy incapaz de comer o beber mientras no averig�e lo de ese ni�o.</p><p>El maestro medit�. Tom� un sorbo de vino.</p><p>��Te lo contar� -dijo despu�s-, para que puedas quit�rtelo de la cabeza y estar en paz. Y estudiar, que es lo que deber�as hacer.</p><p>��S� -dije.</p><p>��Esos magos, como t� los llamas, esos hombres sabios, vinieron a Jerusal�n. Fueron al palacio de Herodes, al sur de Bel�n. Dijeron que hab�an seguido una estrella y que hab�an visto se�ales en el cielo que hablaban del nacimiento de un nuevo rey. -Hizo una pausa-. Eran hombres ricos, llevaban bellas vestiduras y ven�an con una caravana de sirvientes, eran asesores de sus gobernantes. Tra�an regalos para ese ni�o. Pero cuando estaban cerca de Jerusal�n, la estrella qued� flotando sobre una serie de poblados. No consiguieron encontrar el sitio donde pod�a estar el ni�o. Herodes hab�a recibido a esos hombres y hab�a fingido interesarse por ese nuevo rey. -Sonri� con amargura. Bebi� otro sorbo.</p><p>Esper�.</p><p>��Nos convoc� a nosotros, los ancianos, los escribas, los que conoc�amos las Escrituras, a fin de determinar d�nde hab�a de nacer el verdadero rey de Israel. El Cristo. Como de costumbre, Herodes ofreci� todo un espect�culo de ostentaci�n y fingimientos, implorando que le dij�semos qu� predec�an las Escrituras.</p><p>Mene� la cabeza y apart� la vista, mirando hacia las paredes, para luego mirarme de nuevo.</p><p>��Le dijimos que el nuevo mes�as hab�a de nacer en Bel�n. Era la verdad, ni m�s ni menos. No deber�amos haberle dicho nada. �Pero entonces no sab�amos que un ni�o hab�a nacido en Bel�n rodeado de signos milagrosos! No est�bamos todav�a al corriente porque el ni�o hab�a nacido s�lo unos d�as atr�s. No sab�amos nada de los �ngeles, ni de la virgen madre. De todo eso nos enteramos despu�s, mucho despu�s. S�lo conoc�amos las Escrituras, y pensamos que esos hombres de Oriente no eran m�s que gentiles embarcados en una est�pida b�squeda. De modo que respondimos, no con astucia, sino con la verdad. En cuanto a Herodes, comprend�amos perfectamente que la �ltima cosa que le habr�a gustado encontrar era al verdadero rey, el Cristo.</p><p>Inclin� la cabeza y se qued� callado.</p><p>Yo no pude soportar su silencio.</p><p>��Maestro, �qu� sucedi�? -dije.</p><p>��Los magos fueron all�, eso lo supimos m�s tarde. Encontraron al ni�o y le ofrecieron sus presentes. Pero no volvieron a hablar con Herodes como �ste les hab�a pedido. Se marcharon por caminos desconocidos. Y cuando Herodes descubri� que le hab�an enga�ado, mont� en c�lera. Muy de ma�ana, mientras todav�a estaba oscuro, envi� soldados de su fortaleza, y mientras �l observaba desde un torre�n, los soldados registraron todas las casas de Bel�n �y mataron a todos los ni�os menores de dos a�os!</p><p>Me estremec� y las l�grimas afloraron a mis ojos.</p><p>��Arrancaron a los ni�os de brazos de sus madres, les aplastaron la cabeza contra las piedras, los degollaron. Los mataron a todos. Ni uno solo escap� con vida.</p><p>���Pero eso es atroz! -exclam� quedamente, ahog�ndome casi con mis palabras-. �No es posible que hayan hecho eso!</p><p>��Por supuesto que s�- dijo el maestro.</p><p>Los sollozos se agolpaban en mi garganta. No pod�a moverme. Intent� taparme la cara pero no pod�a moverme. Me puse a temblar y llorar con todo mi cuerpo y toda mi alma.</p><p>Sent� las manos del maestro en mis hombros.</p><p>��Hijo -dijo, tratando de calmarme-. Hijo. Pero yo no pod�a parar.</p><p>No pod�a parar ni pod�a dec�rselo. �No pod�a dec�rselo a nadie! �Esa tragedia hab�a ocurrido por nacer yo! Empec� a gritar. Grit� como la noche en que vi arder Jeric�, y el terror que ahora me atenazaba era mil veces peor que aquel miedo, mil veces peor. No me ten�a en pie.</p><p>Alguien me sujet�. El maestro me habl� con dulzura, pero las palabras se perdieron en medio de mi p�nico.</p><p>Vi los beb�s. Los vi arrojados contra las piedras. Vi sus cuellos rajados. Vi los corderos degollados en el Templo durante la Pascua. Vi la sangre. Vi las madres gritando. No pod�a dejar de llorar.</p><p>Alrededor de m� alguien susurraba. Unas manos me izaron.</p><p>Fui tendido en una cama. Not� un pa�o fresco en la frente. Los sollozos me atragantaban. No pod�a abrir los ojos. No pod�a dejar de ver a los beb�s asesinados. No pod�a dejar de ver los corderos degollados, la sangre en el altar, la sangre de los beb�s. Vi al hombre, a nuestro hombre, agonizando traspasado por la lanza. Vi a la peque�a Esther, la peque�a Esther sangrando.</p><p>Beb�s sobre las piedras. Padre celestial, no. No por mi culpa. No.</p><p>��No, no� -repet�a una y otra vez, si es que llegu� a decir algo.</p><p>��Incorp�rate. �Debes tomar esto!</p><p>Me levantaron.</p><p>��Abre la boca, �bebe!</p><p>Me atragant� con el l�quido, la miel, el vino. Intent� tragar.</p><p>���Pero est�n muertos, est�n muertos�!</p><p>No s� cu�nto tiempo transcurri� hasta que pude llorar sin m�s, a rienda suelta, y luego dije:</p><p>��No quiero dormir. Estoy seguro de que los ver� cuando sue�e.</p></section><section><title><p>25</p></title><p>Estaba enfermo. Ten�a sed. Las voces y las manos eran bondadosas. Me dieron a beber vino y miel. Dorm�, y los pa�os en la frente me hicieron bien. Si hubo sue�os, no los record� despu�s. O�a m�sica, las voces profundas y suaves de los levitas. De vez en cuando volv�a a ver los beb�s, los inocentes asesinados, y lloraba. Apoyaba la cabeza en la almohada y las l�grimas me resbalaban.</p><p>Tengo que despertarme, pens�, pero no pod�a hacerlo. Cuando por fin lo consegu�, era de noche y el viejo maestro dorm�a en su silla. Era como estar en un sue�o, y me fui durmiendo otra vez sin poder evitarlo.</p><p>Finalmente, lleg� un momento en que abr� los ojos y supe que ya me encontraba bien. De inmediato pens� en los ni�os asesinados, pero esta vez no llor�. Me incorpor� y mir� alrededor. El viejo rabino estaba en la habitaci�n, y enseguida se levant� de su mesa. Hab�a otro hombre que se acerc� tambi�n a m�.</p><p>El m�s joven me palp� la frente y me mir� a los ojos.</p><p>��Bueno, ya pas� -dijo-. Vuelves a ser t� mismo, peque�o sin nombre.</p><p>Quiero o�r tu voz.</p><p>��Gracias -dije. La garganta me dol�a, pero supuse que era s�lo de no hablar-�. Gracias por cuidarme. No quer�a ponerme enfermo.</p><p>��Vamos, tengo ropa limpia para ti -dijo el m�s joven-. Te ayudar�.</p><p>Al levantarme, me tendi� una t�nica nueva, y ese detalle me lleg� al alma.</p><p>Cuando regres� del ba�o, renovado y vestido, el rabino despidi� al m�s joven y me dijo que tomara asiento.</p><p>Hab�a un taburete. Creo que nunca me hab�a sentado en uno. Obedec�.</p><p>��Eres un ni�o -dijo el rabino-, y yo no lo tuve demasiado en cuenta. Un ni�o con un gran coraz�n.</p><p>��Necesitaba las respuestas a mis preguntas, rabino. Ten�a que saberlas. Yo no hubiera dejado de preguntar.</p><p>��Pero �por qu�? Sabes que el ni�o que naci� en Bel�n muri� hace ocho a�os. Y ahora no te pongas a llorar otra vez.</p><p>��No, no llorar�.</p><p>��Y una virgen madre� �c�mo se puede creer en algo as�?</p><p>��Yo lo creo, rabino. Y el ni�o no est� muerto. El ni�o escap�.</p><p>Se me qued� mirando largamente.</p><p>Y en ese momento percib� toda mi tristeza, todo cuanto me separaba de los dem�s. Fue un sentimiento amargo.</p><p>Present� que el rabino iba a desechar mis palabras, que iba a decirme que aun en el caso de que el ni�o hubiera escapado de Bel�n, era s�lo una historia, y que la matanza de Herodes fue sin duda una cosa horrenda.</p><p>Sin embargo, antes de que el rabino pudiera hablar, o� unas voces que conoc�a muy bien. Mi madre y Jos� estaban all�.</p><p>Mi madre me llam� por mi nombre.</p><p>Me levant� al punto y fui a saludarlos, mientras dec�a r�pidamente al escriba que, en efecto, yo era hijo de ellos.</p><p>Mi madre me abraz�.</p><p>Jos� bes� las manos del viejo rabino.</p><p>No pude seguir bien toda la conversaci�n que mantuvieron, pero supe que Jos� y mi madre me buscaban desde hac�a tres d�as.</p><p>El rabino elogi� las respuestas que hab�a dado a sus preguntas, estando con los otros chicos. No me pareci� que dijera nada sobre lo que hab�amos hablado despu�s, ni sobre que yo me hubiera encontrado mal.</p><p>Me acerqu� a �l, bes� sus manos y le di las gracias por el tiempo que me hab�a dedicado.</p><p>��Ahora ve con tu madre y tu padre -me dijo.</p><p>Jos� quiso pagarle por cuidar de m�, pero el anciano rehus� su ofrecimiento.</p><p>Cuando estuvimos al sol en el Gran Patio, mi madre me tom� por los hombros y pregunt�:</p><p>���Por qu� nos has hecho esto? �Est�bamos muy preocupados!</p><p>��Madre, es preciso que sepa ciertas cosas -dije-. Cosas que tengo prohibido preguntaros a ti o a Jos�. �Debo ocuparme de las cosas que me incumben!</p><p>Fue un golpe para ella. Me result� muy doloroso notarlo en su cara.</p><p>��Lo siento -dije-. Lo siento mucho. Pero es la verdad.</p><p>Mir� a Jos�, que asinti� con la cabeza.</p><p>Salimos del Templo y cruzamos la ciudad vieja por sus estrechas calles hasta la sinagoga de los nazarenos, y una vez all� subimos a la peque�a habitaci�n donde se hab�an hospedado durante mi b�squeda.</p><p>La habitaci�n estaba limpia. Ten�a una ventana con celos�a y entraba una luz agradable.</p><p>Mi madre se sent� de espaldas a la pared, con las piernas cruzadas. Y Jos� sali� sin decir nada.</p><p>Esper�, pero �l no volvi�.</p><p>��Si�ntate aqu� y escucha -dijo mi madre.</p><p>Me sent� delante de ella. La luz le daba en la cara.</p><p>��Nunca he contado esto a nadie -dijo-. Voy a contarlo una sola vez.</p><p>Asent�.</p><p>��No me interrumpas mientras hablo. Asent� de nuevo.</p><p>Mi madre apart� la vista y empez�:</p><p>��Yo ten�a trece a�os. Me prometieron a Jos�, que era familiar m�o, seg�n nuestra costumbre, pariente lejano pero perteneciente a la misma tribu. La vieja Sara hab�a dado su visto bueno a mis padres antes de mi regreso de Jerusal�n, donde hab�a estado trabajando en los velos del Templo. Yo casi no recordaba a Jos�. Le conoc�. Era un hombre bueno.�Me educaron de manera muy estricta. Yo nunca sal�a de la casa. Los sirvientes iban al pozo. Cleof�s me ense�� lo poco que s� de leer y lo poco que s� del mundo. Deb�a casarme en Nazaret, pues mis padres hab�an ido all� desde S�foris para vivir con la vieja Sara. En la misma casa donde vivimos ahora.�Una ma�ana despert� muy temprano, sin saber por qu�. No hab�a amanecido a�n. Estaba de pie en mi habitaci�n y mi primer pensamiento fue que mi madre me necesitaba, pero fui a verla y estaba durmiendo pl�cidamente. Volv� a mi cuarto. Y de repente todo se llen� de luz. Sucedi� en un instante. Sin ruido. La luz estaba en todas partes. Todo cuanto hab�a en la habitaci�n segu�a all�, pero ba�ado por esa luz. Era una luz que no da�aba la vista, pero muy brillante a la vez. Como si uno pudiese mirar el sol sin que le haga da�o en los ojos. No sent� miedo. Me qued� all� y vi una figura en la luz.</p><p>Parec�a un hombre, s�lo que mucho m�s grande, y no se mov�a. Desde luego no se trataba de un hombre corriente.�Me habl�. Dijo que yo hab�a sido elegida entre las mujeres. Y que de mi vientre saldr�a un hijo llamado Jes�s, que llegar�a a ser grande y que ser�a el hijo del Se�or. A�adi� que Dios le dar�a el trono de David y que reinar�a eternamente sobre la casa de Jacob. Yo le respond� que nunca hab�a yacido con un hombre. La voz dijo que el Esp�ritu Santo vendr�a a m�. Y repiti� que el ni�o que nacer�a de m� ser�a el hijo de Dios.</p><p>Mi madre me mir�.</p><p>��Esta voz, este ser, este �ngel quer�a una respuesta de m�, y yo dije: �Soy la servidora del Se�or. Que as� sea.� Casi al instante, sent� vida dentro de m�. Oh, no me refiero al peso del beb� que notas m�s adelante, ni a sus movimientos, no. Pero s� un cambio. Supe que estaba sucediendo. �Lo supe! Lo supe mientras la luz desaparec�a por completo.�Sal� corriendo a la calle. No s� por qu�. No sab�a lo que hac�a. Empec� a dar voces y grit� que un �ngel se me hab�a aparecido, que un �ngel me hab�a hablado, que yo iba a tener un ni�o. -Hizo una pausa-. Y por eso hay gente en Nazaret que se mofar� de m� toda la vida. Aunque muchos lo olvidaron con el tiempo.</p><p>Esper�.</p><p>��Lo m�s dif�cil era cont�rselo a Jos� -continu�-. Pero mis padres, bueno, mis padres esperaron. Me cre�an, s�, pero decidieron esperar. Y cuando vieron que su hija virgen ten�a un hijo en su vientre, cuando ya no hubo ninguna duda, entonces y s�lo entonces se decidieron a dec�rselo a Jos�. Y lo que ellos hab�an visto lleg� tambi�n a o�dos de otras personas.�Pero Jos� hab�a recibido en sue�os la visita de un �ngel. �l no sali� dando voces a la calle, como yo. Y tampoco fue el mismo �ngel que se me apareci� a m�, resplandeciente de luz. Pero era un �ngel, y le hab�a dicho que me tomara por esposa. A Jos� no le importaron las habladur�as del pueblo. Ten�a que ir a Bel�n para el censo, y habl� con Cleof�s y decidieron que viajar�amos juntos a Betania, donde Cleof�s y yo podr�amos alojarnos en casa de Isabel, y luego Jos� y yo nos casar�amos, de manera que as� quedaba todo arreglado. Era invierno y el viaje result� muy duro, pero fuimos todos juntos, incluidos los hermanos de Jos�, como ya sabes, y nuestro querido Santiago, que entonces era peque�o.</p><p>Continu� hablando, pausadamente.</p><p>Me cont� la historia que Santiago me hab�a explicado: el establo, los pastores, sus rostros llenos de dicha, los �ngeles que hab�an visto. Me habl� de la llegada de los magos, de sus regalos.</p><p>Yo la escuchaba en silencio como si no supiera nada.</p><p>��Ten�amos que irnos de Bel�n. Hab�a corrido demasiado la voz. Los pastores, despu�s los magos. Ven�a gente a cada momento, por el d�a y por la noche. Y una ma�ana Jos� despert� diciendo que deb�amos irnos enseguida.</p><p>Lo recogimos todo y partimos en menos de una hora. Jos� no quiso decirme por qu�, s�lo que un �ngel se le hab�a aparecido otra vez en sue�os. Yo no supe que nos dirig�amos al sur, hacia Egipto, hasta que se puso el sol. No paramos de andar hasta bien entrada la noche.</p><p>Su rostro se nubl�. Volvi� a apartar la vista.</p><p>��Vagamos por diversos lugares. Estuvimos viviendo en muchos pueblecitos de Egipto. Los hombres aceptaban trabajos cuando pod�an, y las cosas no nos iban mal. Los carpinteros siempre tienen trabajo y la gente era amable con nosotros. T� me hac�as muy feliz, no pensaba en otra cosa que en ti. Eras el dulce beb� que toda mujer ansia. Y a todo esto segu�a sin saber por qu� hu�amos. Finalmente nos dirigimos al norte, hasta Alejandr�a, y nos establecimos all� en la calle de los Carpinteros. Qu� bonito era aquello. A Salom� y Esther tambi�n les gustaba mucho. Lo mismo que a Cleof�s.�S�lo pasado un tiempo empec� a o�r cosas sobre lo que hab�a ocurrido en Bel�n. Los rumores de un mes�as nacido all� hab�an despertado la c�lera y la envidia del rey. Herodes hab�a enviado soldados de su fortaleza, que estaba a escasa distancia. �Mataron a todos los ni�os m�s peque�os del pueblo! Unos doscientos ni�os asesinados en la oscuridad de la noche.</p><p>Mi madre me mir�.</p><p>Me esforc� por no llorar, por no tener miedo, por no temblar�</p><p>Ella baj� la cabeza y su gesto se crisp�. Cuando volvi� a levantarla, hab�a l�grimas en sus ojos.</p><p>��Le dije a Jos�: ��T� sab�as que iba a pasar eso? �Te lo dijo el �ngel que se te apareci�?� �l respondi� que no, que no sab�a nada. Yo dije: ��C�mo pudo permitir el Se�or algo tan horrible como la muerte de esos ni�os inocentes!� -Se mordi� el labio-. No pod�a entenderlo. Pens� que ten�amos las manos manchadas de sangre.</p><p>Por un momento cre� que iba a rendirme a las l�grimas, pero me esforc� en contenerlas.</p><p>��Jos� me dijo: �No, nosotros no tenemos las manos manchadas de sangre.</p><p>Vinieron pastores y gentiles a adorar a este ni�o. Un rey malvado ha querido matarlo porque las tinieblas no pueden soportar la luz, pero la luz nunca ser� ahogada por las tinieblas. Las tinieblas siempre intentan tragarse la luz. Pero la luz prevalece. Debemos proteger al ni�o, y eso es lo que vamos a hacer. El Se�or nos indicar� c�mo.�</p><p>Sus ojos se posaron en los m�os. Me mir� intensamente. Alarg� los brazos y me tom� por los hombros.</p><p>��T� no naciste de un hombre -dijo.</p><p>Guard� silencio.</p><p>���Eres el unig�nito de Dios! -susurr�-. No el hijo de Dios como el C�sar se hace proclamar hijo de Dios; no el hijo de Dios como un hombre bueno se hace llamar hijo de Dios. No el hijo de Dios como llamar�an hijo de Dios a un rey ungido. �T� eres el unig�nito de Dios!</p><p>Esper�, mir�ndome fijamente pero sin pedirme nada. Sus manos permanecieron firmes sobre mis hombros. Su mirada no cambi�. Cuando habl� de nuevo, lo hizo con voz m�s grave, m�s suave.</p><p>���T� eres el verdadero hijo del Se�or! -dijo-. Por eso puedes matar y devolver la vida, por eso puedes sanar a un ciego como Jos� te vio hacer, por eso puedes rezar pidiendo que nieve y nevar�, por eso puedes discutir con tu t�o Cleof�s cuando �l se olvida de que eres un ni�o, por eso haces gorriones con barro y puedes darles vida. Guarda ese poder dentro de ti, cons�rvalo hasta que tu padre celestial te indique que es el momento de usarlo. Si te ha creado ni�o, entonces lo ha hecho para que crezcas en sabidur�a como en todo lo dem�s.</p><p>Yo asent� despacio.</p><p>��Y ahora te vienes con nosotros, a Nazaret, no al Templo. Oh, s� cu�nto deseas ir all�. Pero no puede ser. El Se�or no te envi� a casa de un maestro del Templo ni de un sacerdote del Templo ni de un escriba ni de un rico fariseo.</p><p>Te envi� a Jos�, el carpintero, y a su esposa Mar�a de la tribu de David en Nazaret. Y ahora vuelves con nosotros a Nazaret.</p></section><section><title><p>26</p></title><p>Contemplamos por �ltima vez la ciudad de Jerusal�n desde el monte de los Olivos.</p><p>Jos� me dijo lo que yo ya sab�a, que tres veces al a�o regresar�amos a Jerusal�n para las grandes fiestas, y que as� yo podr�a conocer muy bien aquella gran ciudad.</p><p>El viaje a Nazaret fue muy r�pido, pues ya no �bamos con toda la familia, pero no nos dimos ninguna prisa y pudimos conversar a placer sobre la belleza de aquellos parajes, as� como sobre las cosas de nuestra vida diaria.</p><p>Cuando finalmente coronamos la colina y el pueblo fue visible all� abajo, yo les dije a mis padres que nunca volver�a a hacer lo que hab�a hecho, esto es, marcharme y abandonarlos sin m�s. No trat� de explicar lo sucedido, s�lo les dije que no se preocuparan porque nunca volver�a a abandonar la familia por mi cuenta.</p><p>Vi que eso les complac�a pero que prefer�an no hablar sobre lo sucedido. Ya hab�an decidido pasar p�gina y dejarlo al margen de los asuntos cotidianos. Mi madre se puso a hablar de cosas sencillas que ten�an que ver con la casa, y Jos� asent�a con la cabeza a cuanto ella dec�a. Yo iba andando con ellos, pero estaba solo.</p><p>Pens� en lo que mi madre hab�a dicho, en las palabras de Jos� sobre que las tinieblas tratan de engullir la luz sin conseguirlo nunca. Eran hermosas palabras, s�, pero palabras al fin y al cabo.</p><p>Vi mentalmente, sin sentir, sin llorar, sin estremecerme, a aquel hombre alanceado en el Templo, vi a los ni�os asesinados en Bel�n. Vi el incendio en la noche de Jeric� alzarse hasta el cielo. No pod�a quitarme todas esas im�genes de la cabeza.</p><p>Cuando llegamos a casa, fui a sentarme y descans�.</p><p>La peque�a Salom� vino a verme. Yo no dec�a nada porque pens� que me dejar�a algo de comer o de beber y luego se ir�a, como hac�a siempre, ya mujer y ya ajetreada.</p><p>Pero no lo hizo. Se qued� all� plantada.</p><p>Al final levant� la vista.</p><p>���Qu�? -dije.</p><p>Se arrodill� ante m� y me toc� la mejilla con la palma de la mano. Yo la mir�, y fue como si nunca se hubiera apartado de m� para estar con las mujeres, trabajando. Me mir� a los ojos.</p><p>���De qu� se trata, Yeshua? -pregunt�.</p><p>Tragu� saliva. Tuve el presentimiento de que la voz me saldr�a demasiado sonora para lo que ten�a que decir, pero lo dije igualmente.</p><p>��S�lo lo que todo el mundo tiene que saber. No s� c�mo no me di cuenta antes. -El hombre tendido en el suelo, el cordero, los ni�os. La mir�.</p><p>��Cu�ntamelo -dijo.</p><p>���S�! �Por qu� no me di cuenta antes?</p><p>��Habla -dijo ella.</p><p>��Es muy sencillo. No significa nada hasta que uno lo entiende, sea quien sea.</p><p>��Quiero saberlo.</p><p>��Pues que todo lo que nace en este mundo, no importa c�mo ni por qu�, nace para morir. Ella guard� silencio.</p><p>Me puse en pie y sal� de la casa. Estaba anocheciendo. Camin� por la calle y sub� la cuesta hasta donde la hierba estaba blanda e impoluta. Era mi lugar favorito, a poca distancia de la arboleda junto a la que tanto me gustaba ir a descansar.</p><p>Contempl� las primeras estrellas en el crep�sculo.</p><p>Nacido para morir. S�, nacido para morir. �Por qu�, si no, iba a nacer yo de mujer? �Por qu�, si no, era de carne y sangre sino para morir? El dolor fue casi insoportable. Llegar�a a casa llorando si no lograba dejar de pensar en ello.</p><p>Pero no, eso no ten�a que pasar. Nunca m�s. �Y cu�ndo se me aparecer�n los �ngeles con una luz tan brillante que no me d� miedo? �Cu�ndo llenar�n los �ngeles el cielo con sus c�nticos para que pueda verlos? �Cu�ndo se me aparecer�n en sue�os?</p><p>La quietud me invadi� justo cuando pensaba que el coraz�n me iba a estallar. La respuesta pareci� surgir de la tierra misma, de las estrellas, la hierba y los �rboles cercanos, del ronroneo del anochecer. �No me hab�an enviado aqu� para ver �ngeles! No me hab�an enviado aqu� para so�ar con ellos, ni para o�rlos cantar. Hab�a sido enviado para vivir. Para respirar y sudar y tener sed y, a veces, para llorar.</p><p>Y todo cuanto me sucediera, grande o peque�o, era algo que yo ten�a que aprender. Hab�a espacio de sobra en la mente infinita del Se�or, y yo ten�a que extraer de ello una lecci�n, por m�s dif�cil que fuese encontrarla.</p><p>Casi me re�.</p><p>Era tan sencillo, tan hermoso. Ojal� pudiera retenerlo en mi mente, ese momento de lucidez, no olvidarlo con el paso de los d�as, no olvidarlo pasara lo que pasase, no olvidarlo jam�s.</p><p>Oh, s�, yo me har�a mayor, y llegar�a un momento en que partir�a de Nazaret. Saldr�a al mundo y har�a lo que estuviera destinado a hacer, s�. Todo estaba claro. Mis temores hab�an desaparecido.</p><p>Pareci� como si el mundo entero me sostuviera. �Por qu� llegu� a pensar que estaba solo? La tierra me abrazaba, me abrazaban aquellos que me quer�an al margen de lo que pudieran pensar o comprender, las estrellas me abrazaban.</p><p>��Padre -dije en voz alta-. Yo soy tu hijo.</p></section><section><title><p>NOTA DE LA AUTORA</p></title><p>Todas las novelas que he escrito desde 1974 han supuesto cierto grado de investigaci�n hist�rica. Ha sido siempre un placer para m�, al margen de los muchos elementos imaginarios involucrados en una historia concreta, y al margen de lo ficticia que pudieran ser la trama o sus personajes, que el trasfondo fuese en todo momento hist�ricamente preciso. Si una novela m�a se sit�a en la Venecia del siglo XVIII, no quepa duda de que los detalles en cuanto a la �pera, los vestidos, el ambiente, los valores de la sociedad� todo eso es correcto.</p><p>Sin yo planearlo, he ido retrocediendo lentamente en la historia, desde el siglo XIX -donde me sent� a gusto en mis dos primeras novelas- hasta el siglo I -donde busqu� respuestas a preguntas tremendas que se hab�an convertido para m� en una obsesi�n insoslayable.</p><p>En el fondo, la figura de Jesucristo era el meollo de esta obsesi�n. Para ser m�s precisos, el nacimiento del cristianismo y la ca�da del mundo antiguo.</p><p>Quer�a saber, desesperadamente, lo que sucedi� en el siglo I y por qu� la gente en general no hablaba nunca de ello.</p><p>T�ngase en cuenta que yo hab�a vivido una infancia cat�lica, anticuada y estricta, en una parroquia americano-irlandesa (lo que ahora llamar�amos un gueto cat�lico) a finales de los a�os cuarenta y principios de los cincuenta.</p><p>O�amos misa y comulg�bamos diariamente en una enorme y majestuosa iglesia construida por nuestros antepasados, algunos con sus propias manos. Los chicos y las chicas estaban en clases separadas. Aprend�amos catecismo e historia de la Biblia, as� como las vidas de los santos. Vidrieras de colores, misa en lat�n, detalladas respuestas a preguntas sobre el bien y el mal� todo esto qued� grabado para siempre en mi memoria, junto con una buena dosis de historia de la Iglesia en forma de una gran cadena de acontecimientos, desde el triunfo sobre el cisma y la Reforma hasta el papado de P�o XII.</p><p>Abandon� esta religi�n a los dieciocho a�os porque dej� de creer que era �la �nica iglesia verdadera establecida por Cristo para conceder la gracia�.</p><p>Ning�n acontecimiento de �ndole personal precipit� esta p�rdida de fe. Ocurri� en el campus de un college laico; hab�a una intensa presi�n sexual, pero por encima de todo estaba el mundo mismo, sin catolicismo, lleno de gente buena y de gente que le�a libros, libros que yo ten�a prohibido leer. Quer�a conocer la obra de Kierkegaard, de Sartre y Camus. Quer�a saber por qu� tanta gente aparentemente buena no cre�a en una religi�n organizada pero s� se preocupaba mucho de su comportamiento personal y de sus valores. Como la r�gida cat�lica que yo era entonces, no ten�a la menor opci�n para explorar.</p><p>As� que romp� con la Iglesia. Y con mi fe en Dios.</p><p>Dos a�os m�s tarde me cas� con un ateo apasionado, Stan Rice, quien no s�lo no cre�a en Dios, sino que estaba convencido de haber experimentado una especie de visi�n de la que hab�a deducido la certeza de que Dios no exist�a.</p><p>Era una de las personas m�s honradas y conscientes que he conocido nunca. Ambos viv�amos para escribir.</p><p>En 1974 se public� mi primer libro. La novela reflejaba mi sentimiento de culpa y mi desdicha por estar apartada de Dios y de la salvaci�n; el hecho de sentirme perdida en un mundo sin luz. Estaba ambientada en el siglo XIX, un contexto hist�rico que hab�a investigado a fondo en busca de respuestas sobre Nueva Orleans, donde nac� pero ya no viv�a.</p><p>Despu�s escrib� muchas novelas sin ser consciente de que reflejaban mi b�squeda de significado en un mundo sin Dios. Como he dicho antes, estaba retrocediendo en la historia, buscando respuesta acerca de acontecimientos hist�ricos: por qu� tuvieron lugar ciertas revoluciones, por qu� la reina Isabel I era como era, qui�n escribi� realmente las obras de Shakespeare (esto no lo utilic� en ninguna novela), qu� fue realmente el Renacimiento italiano, c�mo fue la peste negra. Y c�mo se hab�a producido el feudalismo.</p><p>En la d�cada de 1990, viviendo de nuevo en Nueva Orleans entre cat�licos practicantes, aunque flexibles y de cierto refinamiento, absorb� sin duda ciertas influencias suyas.</p><p>Pero, inevitablemente, me puse a investigar el siglo I porque quer�a saber cosas sobre la antigua Roma. Ten�a novelas para escribir con personajes romanos. Tal vez llegar�a a descubrir algo que hab�a deseado saber toda mi vida y no hab�a sabido nunca. �C�mo �sucedi� realmente el cristianismo? �Cu�l fue de hecho el motivo de la ca�da de Roma?</p><p>Para m�, �stas eran preguntas decisivas, siempre lo hab�an sido. Ten�an que ver con lo que �ramos en la actualidad.</p><p>Recuerdo una fiesta en una hermosa casa de San Francisco, en honor de un famoso poeta. Corr�an los a�os sesenta y all� hab�a un intelectual europeo con quien de pronto me encontr� a solas, sentados en un div�n. Le pregunt�: ��Por qu� cay� Roma?� Su respuesta nos ocup� las dos horas siguientes.</p><p>No pude asimilar la mayor parte de las cosas que me dijo, pero nunca he olvidado lo que s� entend�: que todo el grano de la ciudad ten�a que venir de Egipto, que los alrededores de la gran urbe estaban ocupados por villas, y que las masas viv�an de la limosna.</p><p>Fue una maravillosa velada, pero no sal� de all� convencida de haber comprendido realmente lo que pas�.</p><p>La historia de la Iglesia cat�lica me hab�a hecho consciente de nuestra herencia cultural, aunque me la explicaron muy pronto y fuera de contexto; y yo quer�a conocer el contexto, por qu� las cosas fueron como fueron.</p><p>Una vez, siendo una ni�a de once a�os o menos, me encontraba tumbada en la cama de mi madre, tratando de leer uno de sus libros. Encontr� una frase que dec�a que la Reforma protestante dividi� culturalmente Europa por la mitad. Me pareci� absurdo y le pregunt� a ella si eso era verdad. Mi madre dijo que s�. Nunca lo he olvidado. Toda mi vida he querido saber qu� significaba.</p><p>En 1993 me sumerg� en ese primer per�odo, y por supuesto retroced� todav�a m�s, a la historia de Sumer y Babilonia y todo Oriente Medio, y de Egipto, que ya hab�a estudiado en la universidad. Le� textos especializados de arqueolog�a como si fueran novelas polic�acas en busca de pautas, me embeles� con la historia de Gilgamesh y con detalles como la herramienta de alba�iler�a que las estatuas de algunos reyes antiguos sosten�an en sus manos.</p><p>Por esa �poca escrib� dos novelas que reflejan bien lo que estaba haciendo.</p><p>Pero me sucedi� algo que probablemente no est� registrado en ning�n libro.</p><p>Me top� con un misterio sin soluci�n, un misterio tan inmenso que renunci� a intentar encontrarle una explicaci�n porque el misterio en s� resultaba imposible de creer. El misterio era la supervivencia de los jud�os.</p><p>Sentada en el suelo de mi despacho, rodeada de libros sobre Sumer, Egipto, Roma, etc�tera, y de cierto material esc�ptico sobre Jes�s que hab�a ca�do en mis manos, no fui capaz de comprender c�mo estas personas hab�an resistido como el gran pueblo que eran.</p><p>Fue este misterio lo que me acerc� de nuevo a Dios; puso en marcha la idea de que, en efecto, Dios pod�a existir. Y cuando eso ocurri�, creci� en m� el inmenso deseo de volver a la mesa del banquete. En 1998 retorn� a la Iglesia cat�lica.</p><p>Pero, incluso entonces, yo no me hab�a acercado a�n a la pregunta de Jesucristo y el cristianismo. S�, le� la Biblia, completamente pasmada ante su variedad, su poes�a, sus asombrosos retratos de mujeres, la inclusi�n de extra�os y a menudo sangrientos y violentos detalles. Cuando estaba deprimida, cosa que me suced�a con frecuencia, alguien me le�a la Biblia, a menudo traducciones literarias del Nuevo Testamento, esto es, las traducciones de Richmond Lattimore que son maravillosamente literales y hermosas y reveladoras, y que reabren el texto.</p><p>En 2002 decid� concentrarme �nica y exclusivamente en responder a las preguntas que me hab�an inquietado toda mi vida. La decisi�n la tom� en julio de ese a�o. Le�a la Biblia constantemente, a veces incluso le le�a a mi hermana fragmentos en voz alta, y me sumerg� en el Antiguo Testamento, decidiendo que me dedicar�a por completo a tratar de entender a Jes�s y el proceso del que surgi� el cristianismo.</p><p>Quer�a escribir la vida de Jesucristo. Eso lo sab�a desde hac�a a�os. Pero ahora estaba preparada para ello. Preparada para re�ir con mi carrera. Quer�a escribir el libro en primera persona. Era lo �nico que importaba. Consagr� el libro a Cristo.</p><p>Me consagraba yo misma, y mi trabajo, a Cristo. No sab�a muy bien c�mo iba a hacerlo. Ni siquiera entonces ten�a idea de c�mo iba a ser mi personaje de Cristo. Hab�a asimilado muchas nociones modernas acerca de Jes�s, como que se hab�a hecho demasiada propaganda a su favor, que los Evangelios eran documentos tard�os, que en realidad no sab�amos nada sobre �l, que el movimiento del cristianismo estuvo marcado por la violencia y las disputas ya desde un principio. Hab�a comprado muchos libros sobre el tema, y mis estanter�as estaban repletas de ellos.</p><p>Pero la verdadera investigaci�n comenz� en julio de 2002. En agosto me fui a mi apartamento en la playa para escribir el libro. Qu� ingenuidad. No ten�a la menor idea de que hab�a entrado en un campo de investigaci�n donde nadie est� de acuerdo en nada, se trate del tama�o de Nazaret, del nivel econ�mico de la familia de Jes�s, de la postura jud�a de los galileos en general, del motivo por el que Jes�s adquiri� celebridad, de la raz�n por la que fue ejecutado, o de por qu� sus seguidores se dispersaron por todo el mundo.</p><p>En cuanto a la magnitud del �mbito de trabajo, pr�cticamente no ten�a l�mites. Los estudios sobre el Nuevo Testamento inclu�an todo tipo de obras, desde libros esc�pticos que pon�an en duda que Jes�s tuviera el menor valor para la teolog�a, hasta libros que refutaban concienzudamente las objeciones de los esc�pticos con notas al pie que ocupaban media p�gina. La bibliograf�a era interminable. En ocasiones, las disputas ocasionaban rencor.</p><p>Y, en cuanto a los materiales de referencia para el siglo I, unos consideraban los Evangelios como fuentes secundarias mientras otros los consideraban primarias; por otra parte, la historia de Josefo y las obras de Filo eran sometidas a un an�lisis exhaustivo y se debat�a sobre su importancia o su validez, e incluso sobre si conten�an algo de verdad.</p><p>Luego estaba el asunto de los rabinos. �Pod�an dar la Mishn�, la Tosefta y los Talmuds una imagen precisa del siglo I? �Mencionaban realmente a Jes�s? Y si no, daba lo mismo, porque tampoco mencionaban a Herodes, que construy� el Templo.</p><p>Hab�a material como para perderse irremisiblemente.</p><p>Pero perm�taseme volver atr�s. En 1999 mi editora y mentora de muchos a�os me hab�a enviado por correo un ejemplar de Jes�s of Nazaret, King of the Jews, de Paula Fredriksen. Yo hab�a le�do buena parte de este libro, donde Fredriksen recreaba estupendamente el entorno jud�o en el que debi� de moverse Jes�s de ni�o en Nazaret, apuntando la posibilidad de que hubiera visitado el Templo de Jerusal�n con su familia con motivo de la Pascua jud�a.</p><p>Fredriksen hac�a mucho hincapi� en que Jes�s era jud�o, y en que hab�a que tener en cuenta esto a la hora de escribir sobre �l o de pensar en �l. Esa fue al menos la intenci�n que yo vi.</p><p>Ahora, seis a�os despu�s, he escrito un libro que sin duda se inspira en esa escena escrita por Fredriksen, y no puedo por menos de darle humildemente las gracias y reconocer la influencia que ejerci� en m�.</p><p>Mis creencias, por descontado, est�n en el polo opuesto de las de Fredriksen, como prueba mi novela. Pero fue Fredriksen quien me puso en el buen camino en el sentido de explorar a Jes�s en tanto que jud�o, y fue a partir de ah� que mi investigaci�n tom� la senda correcta.</p><p>Pero volvamos al a�o 2002. Mientras yo me pon�a a trabajar en serio, un d�a recib� una llamada de mi marido. Empezaba a tener los primeros s�ntomas de un tumor cerebral, del que morir�a en menos de cuatro meses.</p><p>Llev�bamos casados cuarenta y un a�os. Tras mi vuelta al catolicismo, �l hab�a aceptado casarse conmigo en la vieja y enorme iglesia de mi infancia, y que un primo m�o sacerdote oficiara la ceremonia. Fue una maravillosa concesi�n viniendo de un ateo militante. Pero mi esposo, por amor, accedi�.</p><p>Cuarenta y un a�os. Y ya no estaba conmigo. �Debo entender como un regalo el hecho de haber tenido un objetivo claro antes de que se produjera la tragedia, un objetivo que me ayudar�a a superarla? Lo ignoro. Pero s� s� que durante las �ltimas semanas, mi marido, cuando estaba consciente, se volvi� un santo; expresaba su amor por cuantos le rodeaban, comprend�a a personas a las que no hab�a comprendido nunca; quiso que se hicieran regalos a aquellos que le ayudaban en su enfermedad.</p><p>Antes de eso hab�a conseguido pintar, aun estando medio paralizado, tres cuadros asombrosos. No puedo dejar de mencionarlo. Luego, pasado ese per�odo de amor y comprensi�n, cay� lentamente en un estado de coma hasta que falleci�.</p><p>Dej� m�s de trescientos cuadros, todos hechos en un per�odo de quince a�os, as� como muchos libros de poes�a -la mayor�a publicados a lo largo de esos mismos a�os- y millares de poemas in�ditos. Su galer�a conmemorativa ser� pronto trasladada de Nueva Orleans a Dallas (Tejas), su ciudad natal.</p><p>Mi investigaci�n continu� durante la �ltima fase de su enfermedad. Mis libros me dieron fuerzas. Yo le contaba lo que estaba escribiendo, y a �l le parec�a maravilloso. Me hac�a encendidos elogios.</p><p>Desde su muerte, en diciembre de 2002, hasta 2005, he estudiado el per�odo del Nuevo Testamento, y ahora contin�o estudi�ndolo. Leo sin cesar, d�a y noche.</p><p>Mis lecturas abarcaron todo tipo de escritos cr�ticos esc�pticos, pero he bebido con voracidad y enorme placer en las fuentes de Josefo y Fil�.</p><p>Dado que empec� sumergi�ndome en la postura cr�tica, la que toma el relevo de los primeros esc�pticos de la Ilustraci�n especializados en el Nuevo Testamento, esperaba descubrir que sus argumentos ser�an muy s�lidos, y que el cristianismo, en el fondo, era una especie de fraude. Tendr�a que terminar compartimentando mi mente, con la fe en una parte y la verdad en la otra. �Y qu� escribir�a yo sobre mi Jes�s? No ten�a ni idea. Pero las perspectivas eran interesantes: pudo ser un progresista, pudo estar casado, tener hijos, ser homosexual o qu� s� yo qu� m�s. Pero, antes de escribir una sola palabra, ten�a que completar mi investigaci�n.</p><p>Estos eruditos esc�pticos parec�an tremendamente seguros de s� mismos.</p><p>Basaban sus libros en ciertas afirmaciones sin molestarse en analizar dichas afirmaciones. �C�mo iban a equivocarse? Los eruditos jud�os expon�an sus teor�as con mucho esmero. Sin duda, Jes�s fue simplemente un jud�o observante o un jud�o has�dico que acab� siendo crucificado. Fin de la historia.</p><p>Le�, le� y le�. A veces, durante la lectura, me parec�a estar andando por el valle de la sombra de la muerte. Pero segu� adelante, dispuesta a correr cualquier riesgo. Ten�a que saber qui�n era Jes�s; mejor dicho, si alguien lo sab�a, yo necesitaba saber qu� sab�a esa persona.</p><p>Aunque no puedo leer las lenguas antiguas, s� puedo seguir la l�gica de una argumentaci�n; ver las notas al pie y las referencias bibliogr�ficas; ir al texto b�blico en ingl�s. Puedo cotejar todas las traducciones que tengo a mi disposici�n, y tengo todas aquellas cuya existencia conozco, desde Wycliffe hasta Lamsa, incluidas la New Annotated Oxford Bible y la vieja English King James, que adoro. Tengo la antigua traducci�n cat�lica as� como todas las traducciones literarias que he podido encontrar. Tengo traducciones ins�litas que los entendidos no mencionan, como la de Barnstone y Schonfield. He comprado hasta la �ltima traducci�n por si pod�a arrojar alguna luz sobre alg�n pasaje oscuro, por breve que �ste fuera.</p><p>Lo que poco a poco vi con claridad fue que muchos de los argumentos esc�pticos -argumentos que insist�an en que los Evangelios eran por lo general sospechosos, o que fueron escritos demasiado tiempo despu�s para tratarse de relatos de un testigo fiable- pecaban de incoherentes. No eran elegantes. Todo cuanto hac�a referencia a Jes�s estaba lleno de especulaciones. Algunos de esos libros no eran m�s que suposiciones basadas en suposiciones. De un dato insignificante, o de ninguno en absoluto, se sacaban conclusiones absurdas.</p><p>En suma, toda esa historia acerca de un Jes�s no divino que lleg� casualmente a Jerusal�n y fue crucificado por no se sabe qui�n y que nada tuvo que ver con la fundaci�n del cristianismo y que se habr�a horrorizado de haberlo sabido -toda esa imagen que flotaba en los c�rculos progresistas que frecuent� como atea durante treinta y cinco a�os-, ese argumento no hab�a sido expuesto. Es m�s, descubr� aqu� algunos de los textos m�s malos y m�s tendenciosos que he le�do nunca.</p><p>Apenas encontr� una sola teor�a esc�ptica que fuera convincente, y los Evangelios, despedazados por los cr�ticos, perd�an toda intensidad al ser reconstruidos seg�n los diversos te�ricos. El Evangelio no era fiable considerado como testimonio hist�rico de �comunidades� posteriores.</p><p>No me dej� convencer por los alocados supuestos de quienes afirmaban ser hijos de la Ilustraci�n. Y hab�a intuido tambi�n otra cosa. A muchos de estos eruditos, gente que aparentemente hab�a dedicado su vida al estudio del Nuevo Testamento, les disgustaba Jesucristo. Algunos se compadec�an de �l tild�ndolo de fracasado. Otros se mofaban simplemente, y otros m�s sent�an por Jes�s mero desprecio. Eran cosas que estaban entre l�neas, que afloraban a la personalidad de los textos.</p><p>Nunca hab�a encontrado tal grado de implicaci�n emocional en ning�n otro campo de estudio, al menos a este nivel. Era desconcertante.</p><p>La gente que se dedica a los estudios isabelinos no se propone demostrar que la reina Isabel I era una est�pida. No sienten antipat�a por ella. No hacen comentarios burlones ni dedican toda su carrera a destrozar la reputaci�n hist�rica del personaje. Es m�s, ni siquiera aplican esta antipat�a, este recelo o este desd�n a otras figuras isabelinas. Y si lo hacen, es, porque la persona en cuesti�n no es el objeto principal del estudio. S�, por supuesto, de vez en cuando alguno se centra en la figura de un villano, pero por regla general el autor acaba abogando por las buenas cualidades del villano o por su lugar en la historia, o por alguna circunstancia atenuante, que redime al texto en s�. Es cierto que quienes estudian las cat�strofes de la historia pueden mostrarse muy cr�ticos con los gobernantes de la �poca, pero no es habitual pasarse media vida en compa��a de figuras hist�ricas por las que se siente desprecio.</p><p>En cambio, hay estudiosos del Nuevo Testamento que detestan y desprecian a Jesucristo. Por supuesto, estamos en un campo profesional que goza de entera libertad; nos beneficiamos de la ingente cantidad de estudios b�blicos a los que tenemos acceso y al sinf�n de aportaciones. No estoy abogando por la censura. Pero quiz�s estoy abogando por la sensibilidad en nombre de quienes leen estos libros. Quiz�s estoy abogando por un poco de precauci�n en lo que se refiere a este campo en general. Lo que parece terreno firme puede no serlo en absoluto.</p><p>Hab�a otra cuesti�n que me inquietaba mucho.</p><p>Todos estos esc�pticos insist�an en que los Evangelios eran documentos tard�os, que las profec�as que contienen hab�an sido escritas tras la ca�da de Jerusal�n. Pero cuanto m�s le�a sobre este �ltimo hecho, menos lo entend�a.</p><p>La ca�da de Jerusal�n fue espantosa y entra�� una tremenda guerra, un desgarrador conflicto que dur� a�os en Palestina, seguido de nuevas revueltas y persecuciones y leyes punitivas. Mientras le�a sobre este hecho hist�rico en las p�ginas de S. G. E Brandon, y en Josefo, me qued� asombrada por los detalles de esta cat�strofe en la que el mayor templo de la antig�edad fue destruido para siempre.</p><p>Yo nunca hab�a confrontado estos hechos anteriormente, nunca hab�a tratado de asimilarlos. Y ahora me parec�a imposible que los autores del Evangelio no hubieran incluido la ca�da del Templo de Jerusal�n en su obra, si como los cr�ticos insisten la hab�an escrito despu�s.</p><p>No ten�a, y no tiene, ning�n sentido.</p><p>Estos autores pertenec�an a un culto judeocristiano. Eso era el cristianismo; y la historia medular del juda�smo tiene que ver con la redenci�n, redenci�n de Egipto y de Babilonia. Y antes de Babilonia hubo una ca�da de Jerusal�n a ra�z de la cual los jud�os fueron llevados a Babilonia. Y tenemos aqu� esta horrible guerra. Si hubieran sido testigos, �no habr�an escrito sobre ella los autores cristianos? �No habr�an visto en la ca�da de Jerusal�n un eco de la conquista babil�nica? Por supuesto que s�. Ellos escrib�an para jud�os y gentiles.</p><p>Por el modo en que los esc�pticos descartaban este tema, se entiende que supusieron que los Evangelios eran documentos tard�os debido a las profec�as que aparecen en ellos. Esto no convence a nadie.</p><p>Antes de dejar de lado el asunto de la guerra de los jud�os y la ca�da de Jerusal�n, quiero hacer una sugerencia. Cuando los estudiosos jud�os y cristianos empiecen a tomarse en serio esta guerra, cuando empiecen realmente a estudiar lo que sucedi� durante los terribles a�os del asedio a Jerusal�n, la destrucci�n del Templo y las revueltas que siguieron en Palestina durante todo el Bar Kokhb�, cuando se centren en la persecuci�n que padecieron los cristianos en Palestina por parte de los jud�os, en la guerra civil en Roma durante la sexta d�cada de nuestra era -tan bien descrita por Kenneth L. Gentry en su obra Before Jerusalem Fell-, as� como en la persecuci�n de jud�os en la Di�spora durante ese per�odo, en suma, cuando toda esta �poca oscura sea puesta a la luz del an�lisis serio, los estudios b�blicos cambiar�n.</p><p>Ahora mismo, los expertos descuidan o ignoran sin m�s las realidades de dicho per�odo. A algunos les parece un engorro de hace dos mil a�os, y no estoy segura de entender por qu�.</p><p>Sin embargo, estoy convencida de que la clave para comprender los Evangelios es que fueron escritos antes de que todo esto sucediera. Por eso fueron preservados a pesar de que se contradec�an: ven�an de una �poca que qued�, para los �ltimos cristianos, irremisiblemente perdida.</p><p>Mientras perseveraba en mi investigaci�n, descubr� un autor que se diferenciaba mucho de la obra de los esc�pticos: John A. T. Robinson, y en concreto su libro The priority of John. Leyendo sus descripciones, que tomaban muy en serio las palabras del Evangelio, vi lo que le ocurr�a a Jes�s en el texto de Juan.</p><p>Fue un punto de inflexi�n. Pude acceder al Cuarto Evangelio y ver a Jes�s vivo y en movimiento. Y lo que finalmente me qued� claro a partir de los Evangelios fue su peculiar coherencia, la personalidad de sus autores, la impronta inevitable de cada autor individual.</p><p>Por supuesto, John A. T. Robinson explicaba mucho mejor de lo que podr�a hacerlo yo su teor�a de unos Evangelios escritos en fecha temprana. Lo hizo brillantemente en 1975, y luego puso a prueba a los eruditos progresistas y sus suposiciones en Redating the New Testamenta pero lo que dec�a es tan cierto ahora como cuando escribi� esas palabras.</p><p>Despu�s de Robinson, hice muchos y grandes descubrimientos, entre ellos Richard Bauckham, quien en The Gospelsfor all Christians refuta con contundencia la idea de que los Evangelios surgieron de comunidades aisladas y demuestra lo que es evidente: que se escribieron para ser divulgados y le�dos por todos.</p><p>La obra de Martin Hengel echa por tierra todo tipo de hip�tesis, y sus logros son enormes. Sigo estudiando sus libros.</p><p>Los trabajos de Jacob Neusner nunca ser�n suficientemente elogiados. Sus traducciones de la Mishn� y la Tosefta tienen un valor incalculable, y sus ensayos son brillantes. Es un coloso. Entre los expertos jud�os, destacar a G�za Vermes y David Flusser. Este �ltimo me hizo ver ciertas cosas del Evangelio seg�n san Lucas en las que no hab�a reparado antes.</p><p>Entre los libros que tratan todo el desarrollo de Jes�s en las artes quiero destacar The Human Christ, de Charlotte Alien, un ensayo que trata de c�mo las primeras investigaciones sobre el Jes�s hist�rico afectaron a la iconograf�a de Jes�s en el cine y las novelas. La obra de Luke Timothy Johnson me ha sido siempre de ayuda, lo mismo que los trabajos de Raymond E. Brown y John P.</p><p>Meier. La obra de Sean Freyne sobre Galilea es extraordinariamente importante, tanto como la de Eric M. Meyers.</p><p>Quiero mencionar tambi�n Lord Jes�s Christ, de Larry Hurtado; The Historical Reliability of John's Gospel, de Craig Blomberg; y la obra de Craig S.</p><p>Keener, que apenas he empezado a leer. Asimismo, admiro mucho a Kenneth L. Gentry, Jr.</p><p>Roger Aus siempre me ense�a alguna cosa aunque discrepo totalmente de sus conclusiones. Los escritos de Mary S. Thompson son maravillosos.</p><p>Tambi�n muy recomendables, las obras de Robert Alter y Frank Kermode sobre la Biblia en tanto que literatura, as� como Mimesis de Erich Auerbach. En general, debo elogiar la obra de Ellis Rivkin, Lee I. Levine, Martin Goodman, Claude Tresmontant, Jonathan Reed, Bruce J. Malina, Kenneth Bailey, D. Moody Smith, C. H. Dodd, D. A. Carson, Le�n Morris, R. Alan Culpepper y el gran Joachim Jeremias. Gracias especiales a BibleGateway.com.</p><p>Aprend� algo de todos y cada uno de los libros que examin�.</p><p>El experto que tal vez me haya dado las mejores pistas, y que contin�a haci�ndolo a trav�s de su ingente producci�n, es N. T. Wright. Es uno de los autores m�s brillantes que jam�s he le�do, y su generosidad al estudiar a los esc�pticos y comentar sus teor�as ha sido de gran inspiraci�n para m�. Su fe es tan inmensa como vastos sus conocimientos.</p><p>En su libro The Resurrection of the Son of God responde con fundados argumentos a la pregunta que me ha acosado toda la vida. El cristianismo, seg�n N. T. Wright, lleg� donde lleg� porque Jes�s resucit� de entre los muertos. Fue este hecho lo que dio a los ap�stoles la fuerza necesaria para crear y divulgar el cristianismo. No habr�a sido posible sin la resurrecci�n.</p><p>Wright va mucho m�s all� de situar toda la cuesti�n en una perspectiva hist�rica. No puedo hacerle justicia en estas pocas l�neas, tan s�lo recomendarlo sin reservas y seguir estudiando su obra.</p><p>Naturalmente, mi b�squeda no ha concluido. Hay miles de p�ginas de los eruditos ya mencionados que a�n debo leer y releer.</p><p>Me queda mucho por estudiar de la obra de Josefo, de Filo, de T�cito, de Cicer�n, de Julio C�sar. Y hay una ingente cantidad de textos de arqueolog�a: debo volver a Freyney a Eric Meyres, y hay nuevas excavaciones en Palestina, y mientras escribo esto se est�n imprimiendo m�s libros sobre los Evangelios.</p><p>Pero ahora veo una gran coherencia en la vida de Cristo y en el inicio del cristianismo que antes se me escapaba, y veo tambi�n la sutil transformaci�n del mundo antiguo debido a su estancamiento econ�mico y al asalto de los valores del monote�smo, valores jud�os mezclados con valores cristianos, algo para lo que esa sociedad no estaba quiz� preparada.</p><p>Hay tambi�n te�logos que deber�a estudiar, leer m�s a Teihlard de Chardin, a Rahner, a san Agust�n.</p><p>En alg�n momento de mi viaje particular, mientras me desilusionaba de los esc�pticos y sus fr�giles conclusiones, comprend� algo respecto de mi libro: el reto era escribir sobre el Jes�s de los Evangelios. �Por supuesto!</p><p>Cualquiera pod�a escribir sobre un Jes�s progresista, un Jes�s casado, un Jes�s gay, un Jes�s rebelde. La �b�squeda del Jes�s hist�rico� hab�a devenido una broma debido a las muchas definiciones que se hab�an adjudicado a Jes�s.</p><p>El verdadero reto era tomar el Jes�s de los Evangelios, esos Evangelios que yo ve�a cada vez m�s coherentes, que me atra�an como testimonios elegantes en primera persona, dictados sin duda a escribas, pero sin duda tambi�n tempranos, los Evangelios confeccionados antes de que cayera Jerusal�n; tomar el Jes�s de los Evangelios e intentar entrar dentro de �l e imaginar qu� sent�a.</p><p>Luego estaban las leyendas -los ap�crifos-, como las tentadoras historias del Evangelio de Tom�s, donde se describe a un Jes�s muchacho matando a un ni�o de un golpe, devolviendo la vida a otro, convirtiendo p�jaros de barro en seres vivos, adem�s de otros milagros. Me hab�a tropezado con esas historias en la primera fase de mi investigaci�n y en m�ltiples ediciones, y no las hab�a olvidado. Tampoco el mundo las olvid�. Eran historias fant�sticas, en algunos casos c�micas, excepcionales todas, pero hab�an pervivido hasta la Edad Media e incluso m�s all�. No pod�a quitarme esas leyendas de la cabeza.</p><p>Finalmente decid� incorporar ese material, insertarlo en el armaz�n can�nico lo mejor que pudiera. Estaba convencida de que conten�a una verdad profunda, y quer�a conservarla. Esto, por supuesto, no es sino una conjetura, pero la asum�. Y tal vez, al asumir que Jes�s manifest� efectivamente poderes sobrenaturales a temprana edad, estoy siendo fiel a la declaraci�n del Concilio de Calcedonia: que Jes�s fue Dios y Hombre en todo momento.</p><p>Intento ser fiel a Pablo cuando dijo que Nuestro Se�or se vaci� por nosotros, en el sentido de que mi personaje se ha vaciado de su conciencia divina a fin de sufrir como ser humano.</p><p>Ofrezco este libro a todos los cristianos, a los fundamentalistas, a los cat�licos romanos, a los cristianos m�s progresistas, con la esperanza de que mi aceptaci�n de doctrinas m�s conservadoras tenga para ellos cierta coherencia en el aqu� y ahora de este libro. Lo ofrezco a los eruditos con la esperanza de que disfruten quiz� viendo los frutos de mi investigaci�n, y por supuesto lo ofrezco a aquellos a quienes tanto admiro y que han sido mis maestros, aunque no los conozca personalmente ni probablemente haya de conocerlos nunca.</p><p>Ofrezco este libro a aquellos que nada saben de Jesucristo, con la esperanza de que puedan verlo o intuirlo a trav�s de estas p�ginas. Ofrezco esta novela con amor a los lectores que han seguido mi trayectoria en todos sus extra�os giros, con la esperanza de que Jes�s sea tan real para ellos como cualquiera de los personajes que he lanzado a este mundo que compartimos.</p><p>Despu�s de todo, �no es Cristo Nuestro Se�or el definitivo h�roe sobrenatural, el outsider definitivo, el m�s inmortal de todos ellos?</p><p>Si el lector me ha seguido hasta aqu�, le doy las gracias. Podr�a a�adir a esta nota una bibliograf�a de aterradora longitud, pero no lo har�.</p><p>Perm�taseme, para concluir, mostrar mi agradecimiento a las personas que me han apoyado y me han servido de inspiraci�n a lo largo de estos a�os:</p><p>El padre Dennis Hayes, mi director espiritual, que siempre ha respondido con paciencia a mis preguntas teol�gicas.</p><p>El padre Joseph Callipare, cuyos sermones sobre el Evangelio de san Juan fueron brillantes y maravillosos. El tiempo que he pasado en su parroquia de Florida ha sido uno de los per�odos m�s hermosos de mi investigaci�n y de mi trabajo.</p><p>El padre Joseph Cocucci, cuyas cartas y charlas sobre teolog�a han sido una gran inspiraci�n.</p><p>Los padres redentoristas, los sacerdotes de mi parroquia en Nueva Orleans, cuyos sermones me han sustentado y cuyo ejemplo ha sido siempre una luz brillante. Me apena dejarlos. La educaci�n de mi padre en el Seminario Redentorista de Kirkwood (Misuri) cambi� sin duda el curso de mi vida. Nunca podr� pagar mi deuda con los redentoristas.</p><p>Los padres Dean Robbins y Curt�s Thomas, de la parroquia de la Natividad de Nuestro Se�or, que me han acogido como nueva feligresa. Me apena dejarlos.</p><p>El hermano Becket Ghioto, cuyas cartas han sido pacientes, sabias y llenas de maravillosas revelaciones y respuestas.</p><p>Y para terminar, pero no por ello menos importante, dar las gracias a Amy Troxler, mi amiga y compa�era, que me ha dado respuestas a tantas preguntas fundamentales y soportado mis incesantes desvar�os, que ha estado conmigo en misa y me ha tra�do la comuni�n cuando yo no pod�a ir, que me ayud� tanto como para que me sea imposible expresarlo de palabra. Fue Amy la que estuvo a mi lado aquella tarde de 1998 cuando pregunt� si conoc�a a alg�n sacerdote que pudiera o�rme en confesi�n, que pudiera ayudarme a volver a la Iglesia. Fue Amy quien busc� al sacerdote y me acompa�� a verle. Fue el ejemplo de Amy en esos primeros meses de asistir a la misa en ingl�s lo que me ayud� a adaptarme a una liturgia que era completamente distinta de la que yo hab�a abandonado tantos a�os atr�s. Dejo a Amy, como dejo Nueva Orleans, con gran dolor de mi coraz�n.</p><p>Mi estimado personal, mis m�s queridos amigos, mi editora Vicky Wilson que ley� este manuscrito e hizo comentarios muy beneficiosos, mi familia, gracias a todos. Vivo en el entorno de su amor que me nutre. Soy muy afortunada.</p><p>En cuanto a mi hijo, esta novela est� dedicada a �l. Eso lo dice todo.</p><empty-line/><p>24 de febrero de 2005,</p><p>6 de la ma�ana.</p></section><section><title><p>Anne Rice</p></title><image l:href="#1"/><empty-line/><subtitle>***</subtitle><empty-line/><image l:href="#2"/></section></body><binary id="cover" 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