<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>prose_contemporary</genre><author><first-name>Maxim</first-name><last-name>Huerta</last-name></author><book-title>El susurro de la caracola</book-title><annotation><p>�ngeles Alarc�n, una mujer que se gana la vida haciendo peque�os arreglos y remiendos entre sus vecinas, pasea una tarde de agosto por la Gran V�a de Madrid. Frente a ella, en la otra acera de la calle, le sorprende la maniobra de colocaci�n de un gran cartel de cine que ocupa toda la fachada del edificio. All� aparece el chico m�s guapo del mundo, Marcos Caballero, el protagonista de la pel�cula de moda, Los d�as m�s felices. A partir de ese momento la existencia de �ngeles dar� un giro radical: desatiende sus labores, acude el d�a del estreno para ver a Marcos de cerca, comienza a recortar todas las fotos y reportajes que de �l aparecen en las diferentes revistas -hasta llegar a coleccionar 450 im�genes-, le sigue a las fiestas, averigua su direcci�n y comienza a espiarle para entender su rutina diaria�</p></annotation><date/><coverpage><image l:href="#cover"/></coverpage><lang>es</lang></title-info><document-info><author><first-name/><last-name/></author><program-used>Fiction Book Designer, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date value="2011-11-28">28.11.2011</date><src-url/><src-ocr/><id>FBD-EB57A4-365E-0B48-05AA-EB9A-EF4C-ABF026</id><version>1.1</version></document-info><publish-info/></description><body><image l:href="#cover"/><title><p>Maxim Huerta</p><empty-line/><p>El susurro de la caracola</p></title><section><p>� 2011</p></section><section><epigraph><p><emphasis>A mi abuela Irene, que cocinaba siempre dulce</emphasis></p><p><emphasis>A mis amigos, con los que comparto vinos, chimeneas, veranos y mensajes</emphasis></p></epigraph><epigraph><p>�Mientras tanto, Mar�a conservaba estas cosas y las meditaba en su coraz�n.�</p><p>Lucas 2, 19</p></epigraph><epigraph><p>�Y aquella vez fue como nunca y siempre:</p><p>vamos all� donde no espera nada</p><p>y hallamos todo lo que est� esperando.�</p><p>PABLO NERUDA</p></epigraph><epigraph><p>��Ah� est� el mar? Muy bien, que pase.</p><p>Dadme la gran campana, la de raza verde.</p><p>No, esa no es, la otra, la que tiene</p><p>en la boca de bronce una ruptura,</p><p>y ahora, nada m�s, quiero estar solo</p><p>con el mar principal y la campana.</p><p>Quiero no hablar por una larga vez,</p><p>silencio, quiero aprender a�n,</p><p>quiero saber si existo.�</p><p>PABLO NERUDA</p></epigraph><empty-line/></section><section><title><p>PRIMERA PARTE. EL CHICO DE PAPEL</p></title><section><title><p>1</p></title><p>En la c�rcel me han dicho que me quede calladita. Que cuente hasta diez y me mantenga en silencio.</p><p>Uno, dos, tres, cuatro� Tal vez es el momento de ser por una vez lo que no he sido en toda mi vida, una mujer prudente. Cinco, seis, siete, ocho� Por eso, esta ma�ana, cuando me desnudaron para hurgarme en todos los agujeros de mi cuerpo, sent� tambi�n que acababan de hacerme la radiograf�a de mi vida. �Calladita est�s m�s guapa, desn�date y abre las piernas sin decir tonter�as�, fue lo primero que me solt� la uniformada. La mir� con asco, con el mismo asco con el que siempre he mirado a los hombres porque todas las palabras me sonaban de viejo. Me quit� el vestido manchado de mermelada, me baj� las medias, las bragas, me liber� del sujetador y en ese instante, desabrigada frente a dos mujeres armadas y cuando en el reloj de mi madre marcaban las doce horas del d�a de Todos los Santos, decid� que hab�a llegado el oportuno momento de cuidar de m� misma. Y diez.</p><p>En casa me hab�a dejado las ventanas abiertas conscientemente para que entrara aire, para que se llenara de ox�geno lo que llevaba a�os almidonado en el calendario de la rutina. Sobre todo para que se fuera el olor a alpiste y a pis de gato. No lo soporto, es incre�ble con qu� fuerza se queda esta peste almacenada en las sienes y cu�nto cuesta quit�rsela de encima, es-no quisiera escribir esto- un tufo a miseria que retrat� mi vida durante a�os. El periquito no consigui� hablar a pesar de ser una preciosidad de colores, verde y amarillo, y eso que me hab�a pasado horas y d�as sentada frente a �l, metiendo el dedo untado en mantequilla para que el pobre bicho se hiciera amigo �ntimo m�o y repitiera su nombre de una pu�etera vez. Si debo explicar el porqu� de la insistencia con el animal, es porque fue mi �nica compa��a durante d�as, semanas� Deb�a de impresionarle demasiado porque me miraba fijamente y mov�a el cuello dudando de mi constancia, se mojaba el pico en mi dedo, lo pellizcaba y agarrado al palo con sus patitas d�biles volv�a a sus ejercicios f�sicos de escepticismo. Qu� ilusa. No aprendi� nada y empec� a ponerme pasta de dientes en los dedos para que diferenciara los d�as amargos de los dulces. Ni con esas.</p><p>Probablemente fuera sordo. O yo una obtusa. Incapaz de distinguir dulce de salado. El periquito cauterizaba mi fe en la ense�anza ornitol�gica con su simulado, espero, pasotismo. As� me pasaba horas, oliendo a alpiste reseco. M�s tarde vino el gato, un minino que parec�a bobo pero que se hizo a los dos d�as con el mejor espacio de la casa, el hueco entre el sill�n y el balc�n donde tend�a la ropa. Era la zona m�s fresquita. All� junto a las cortinas coloc� su morro cazador y vigilaba al periquito, meaba y urgaba en la arena. Concluyo: tambi�n ol�a a pis. Probablemente, he tolerado a los bichos porque en su d�a fueron regalos de Gonzalo, cuando llegaba a casa armado de cansancio y de sudor y limpiaba la falta de besos con un gato ro�oso y un periquito de feria. Por eso aqu� no me ha dolido sentirme violentada ante las funcionarias, su actitud fue infinitamente m�s cari�osa que la de �l, a pesar del �mpetu de la rutina con que me tocaron. Supongo que para eso me he estado acostumbrando al desapego familiar. De hecho la aversi�n que me provocaba su presencia en la cama se hizo invisible si yo quer�a. Aprend� pronto dos cosas: que el amor se puede simular y que los cuerpos son ajenos a los pensamientos. Es complicado decir con precisi�n, pero en mi caso consegu� dejar mi cuerpo en la cama sobornado a su lado hasta que concluyese sus cosas y salir a pasear por los tejados como una marypoppins para saltar libre y despreocupada entre los edificios o imaginar que me probaba ropas de las que hab�a memorizado en los escaparates. Tal vez no se me ha entendido, pero mi cuerpo era mi cuerpo cuando yo quer�a.</p><p>La c�rcel protege, estoy segura. Tanto que ya no huele a pis ni a alpiste y es mi primera victoria.</p><p>Abrigada en la celda he empezado a sacar mi colecci�n de fotograf�as. Los �lbumes en los que acumulo exactamente cuatrocientas cincuenta fotos plastificadas de mi idolatrado Marcos Caballero; son las fotos que he ido guardando y recopilando de mi actor favorito. La mayor�a son de entrevistas que le han hecho en revistas, cosas de moda y anuncios en los que aparece. Unas veces mejor, otras peor. No puedo ser objetiva, siempre est� absolutamente maravilloso. En ocasiones no le sacan tan guapo como es, pero debe de ser culpa de los fot�grafos. A veces est� result�n, con ese aspecto de buena gente que le envuelve; arrollador cuando aparece de traje, m�s o menos expresivo si se lo propone con la mirada, cabreado o sorprendido si le pillan los paparazzis, pero siempre como un dios, mi Dios. �He dicho que son cuatrocientas cincuenta fotos de mi protegido? He sido una obsesiva guardando todas sus im�genes, meticulosa hasta decir basta porque la paciencia a veces la domino. He ido seleccionando aquellas en las que sale guapo o las que retratan momentos de su vida que considero importantes. Por eso hay miles de recortes que he ido tirando, porque estas que tengo plastificadas son las importantes, las que relatan su vida. Me tiemblan las manos de pensarlo�</p><p>El otro d�a consegu� una foto que no ten�a contabilizada, una que ni siquiera sab�a que exist�a entre su filmograf�a. Aparece absolutamente et�reo. Como un ni�o el d�a de su primera comuni�n. Digo el otro d�a pero creo que fue hace un mes o dos, no s� muy bien. Est� posando con unas caracolas de mar de diferentes tama�os y tiene una en la mano, una m�s especial. En general, casi todos los d�as he reordenado las fotograf�as minuciosamente hasta acabar agotada en el recuento. Al fin y al cabo, es mi tesoro fotogr�fico y por eso he ido trat�ndolas con mucho cuidado. Es que no quiero que se me estropeen, me morir�a, por eso algunas las tengo repetidas y son con las que me manejo para verle y sentirle cerca. Para tocarlas.</p><p>Simplemente repasar sus gestos a lo largo de toda su carrera, foto a foto, me ha bastado para que no sea un desconocido, para tenerle localizado y para saber el punto exacto en el que estaba su coraz�n.</p><p>Mir�ndole he aprendido a distinguir cu�ndo estaba enamorado y cu�ndo no. No, no estoy loca, cuatrocientas cincuenta fotograf�as son pocas comparadas con las horas que no le he visto de cerca y que lo he tenido alejado de m�. Todo no ha sucedido ante mis ojos, �maldita sea! Yo querr�a haber sido testigo de toda su vida. Haber estado en todas sus clases de teatro, en los cumplea�os, haber abierto con �l los regalos, ser la compa�era de sus primeros secretos, de sus viajes, de los besos� o de los miedos.</p><p>Me he ido conformando la mayor�a de las veces con verle a trav�s de las fotos. Sobre todo ahora que estoy en la c�rcel�</p><p>He desplegado sobre la cama dos carpetas en las que he guardado su vida separada por bloques: en una he guardado aquellas en las que aparece solo y en la otra, aquellas en las que est� acompa�ado, esas las he ido separando. Justo en esta �ltima carpeta es donde est� la foto del otro d�a. La de las caracolas. Yo sab�a que estaba extra�o, como una desgana de enfado que le hac�a tener la mirada perdida, se le nota mucho en la foto, y eso que �ltimamente he observado que siempre se pone gafas de sol para todo y hacen invisible su des�nimo. Por eso tuve que empezar a fijarme en sus manos, en c�mo las colocaba y si las agarraba fuerte o las escond�a en los bolsillos. Su pose favorita es cruzado de brazos como abraz�ndose a �l mismo.</p><p>En la cabecera de la cama, justo bajo el colch�n de la litera de mi compa�era de celda, he puesto con celo una foto de la primavera, es cuando suele estar m�s guapo de todo el a�o, se le nota relajado y ausente de problemas como si el a�o empezara ese mismo d�a con alguna novedad. En la primera fotograf�a que he pegado en la pared tiene la sonrisa aut�ntica, no la que pone postiza para los fot�grafos, tan mentirosa y absurda; la que se ve en este retrato es real, feliz, abiertamente feliz.</p><p>Alrededor he ido desplegando otras parecidas, no siempre sale bien, pero a m� me gusta incluso cuando se le nota turbio y distra�do o cuando le pillan de improviso y sale como enfadado sin estarlo. He ido coleccionando todas sus fotos haciendo una cuidada selecci�n de las mejores y descartando las peque�as o las excesivamente repetidas. Tengo un primer plano del estreno de la primera pel�cula, que es mi favorita, tambi�n una en la que sale girado hacia su hombro y que se le ve tan dichoso como radiante. Y otra con gafas de sol. Y una con los brazos estirados como queriendo volar que me hartar�a a besarlo. Y la del bal�n de playa. Y la del sof� rojo. Y en la que est� disfrazado de espadach�n. Y�</p><p>Y� Me hace mucha gracia una serie de tres retratos en los que simula a los monos de la sabidur�a, con las manos en la boca, con las manos en las orejas y la tercera queriendo taparse los ojos a modo de gui�o. En el tabl�n de corcho he colgado una en que se le adivina sosegado ante la c�mara, va vestido de camiseta y vaqueros, y aparece acurrucado en la alfombra de su casa. Al lado he puesto la del traje azul clarito que llevaba el d�a que sal�a del restaurante con los directores y una chica. As� he ido cubriendo todo el corcho con fotograf�as, sin dejar huecos, montando un tapiz con sus miradas. Una junto a otra seg�n el orden con el que las he ido coleccionando para vigilarle de cerca. Es mi �nica tarea desde hoy, ir poniendo y quitando fotos para mejorar este escenario en el que me han metido y hacer f�cil el paso de los d�as. Puede parecer engorroso, pero no tengo nada m�s que hacer, ni quiero, la verdad. Me tocar� ganarme el cari�o de las guardianas porque �nicamente espero-y esto es de vital importancia- que me sigan trayendo las revistas. De hecho, lo que me gustar�a es ser la encargada del economato o de la biblioteca, me he enterado de que existen varios reclusos incorporados al trabajo, �socialmente �til� dicen, dentro del recinto penitenciario y as� me puedo evitar que sea una odisea tener que arrancar todas las fotograf�as que salgan en las revistas. He escuchado que hay un m�dulo que llaman de respeto en el que todo es distinto a este en el que me han metido esta ma�ana y en el que el trato es mejor y en el que la limpieza y el orden es fundamental. Har� todo lo posible desde hoy para que me cambien.</p><p>He dejado guardadas las carpetas para seguir ma�ana empapelando mi espacio y conseguir la sensaci�n de que puedo verle cada ma�ana al abrir los ojos. Algunas prefiero dejarlas guardadas para que no se estropeen, las he barajado tantas veces en busca de sus emociones que me conozco de memoria todas sus euforias, sus zozobras y sus triqui�uelas para fingir estados de �nimo. Ah� te pareces a m�. Te pareces much�simo a m�.</p><p>Antes de bajar a las zonas comunes he sacado cuidadosamente una foto de la carpeta azul; es una imagen que ha dado la vuelta a los quioscos a pesar de estar desenfocada. La foto me llam� especialmente la atenci�n por algo que me desconcertaba. Se les ve fracturados, sudados� Nunca me han gustado las bocas gruesas, es un presentimiento que barrunto desde que mi abuela me dijo que al abuelo le part�an la cara cada noche en prisi�n-qu� paradoja haber imitado sus pasos-, y ahora cuando veo ese tipo de bocas hinchadas y r�gidas, siento que todo empieza a torcerse. El abuelo muri� por culpa de la guerra, le delataron y fue encerrado, y yo desde entonces empec� a cogerle man�a a todo lo pol�tico. Mi madre, en esto he salido a ella, me mim� en el rezo diario y fue calc�ndome sus premoniciones. Ten�a todas las supersticiones del mundo que yo tambi�n he heredado. Yo le ten�a miedo, porque se ol�a el mal como los perros huelen el misterio y arrancan a ladrar mirando a un punto fijo. Ahora me he convertido en una mezcla de los dos, en prisi�n y supersticiosa. La primera vez que me barrunt� que algo negativo pasaba fue en la feria del pueblo, era septiembre, no hab�a hecho m�s que entrar al recinto de los pasacalles cuando, al mirar hacia la noria, empec� a o�r gritos. �Un muerto, mam�, advert�. Al acabar mi premonici�n empezaron a o�rse los gritos que hab�a escuchado en mi interior: una ni�a de mi edad se hab�a quedado enredada entre los hierros y hab�a ca�do al vac�o.</p><p>Esta vez, cuando vi la foto, intu� algo extra�o. No me gustaba la chica de la boca gruesa.</p><p>�M�dulo nueve, abrimos puertas. Salida general.�</p><p>El altavoz con el aviso ha sonado en todo el pasillo de forma met�lica, no ten�a origen, pero se hizo pastoso y bullicioso porque las puertas numeradas empezaron a abrirse electr�nicamente para que todas las reclusas empez�ramos a salir escaleras abajo en direcci�n al comedor. Observ� mis paredes con las fotograf�as reci�n puestas y agarr� una que ten�a repetida para dej�rmela doblada en el bolsillo del ch�ndal. Es la forma, la �nica forma, de que me acompa�es en este nuevo lugar.</p><p>��Hola, se�oras-dije al reconocer a las dos funcionarias que nos invitaban a caminar con prisa.</p><p>Eran las mismas de esta ma�ana.</p><p>��Salgan todas hacia abajo, al comedor.-No s� ni si me reconocieron porque, aunque cruzaron la mirada conmigo, hablaban sin hacer excesivos movimientos, lo hac�an de tal modo que resultaba fr�o.</p><p>���C�mo te llamas?-me pregunt� una extra�a de coleta y tatuajes que se uni� a la fila al mismo tiempo que yo.</p><p>��Bego�a Rojo. Me llamo Bego�a Rojo.-Cuando me pillan desprevenida, suelo inventarme mi nombre, es una barrera que me protege ante los desconocidos.</p><p>��Y �por qu� est�s aqu�?-me volvi� a preguntar. Aquello era real, aqu� s� que no ten�a necesidad de mentir porque con todo lo que llevaba recorrido durante a�os, con el cansancio de los mimos mal digeridos y con el agotamiento de seguirle a �l d�a y noche, sentirme ahora entre estos pasillos alicatados de blanco, esto no significaba una entrada al dolor, sino una salida. Llevaba meses chupando miserias, a�os aliment�ndome de las migajas del cari�o de un chico que no me conoce de nada y al que conozco del todo. Pr�cticamente del todo. Mientras bajaba las escaleras hacia la planta baja apret� firmemente la foto doblada de mi bolsillo, sent� su cara, sus hombros, sus manos, su aroma. Me qued� callada un momento y sonre�:</p><p>��Por amor.</p></section><section><title><p>2</p></title><epigraph><p>�El cine era uno de los m�s grandes, de entre los muchos que hab�a en una calle que llamaban Gran V�a.</p><p>Solo ver sus grandes carteles en color, sus muchas luces encendidas y aquellas letras luminosas [�] me hicieron latir el coraz�n. Present�a que all� me esperaba algo nuevo.�</p><p>ANA MAR�A MATUTE</p></epigraph><empty-line/><p>Todo comenz� un domingo en la Gran V�a de Madrid. Un domingo de esos de agosto en los que a las seis de la tarde no hay casi nadie circulando por las calles y el asfalto parece que respira. Yo iba con unas chanclas de goma, lo recuerdo porque me provocaron dos rozaduras que a�os despu�s han quedado marcadas como dos premonitorios estigmas. En el cine Avenida estaban colocando unos carteles gigantescos anunciando una pel�cula de estreno, <emphasis>Los d�as m�s felices</emphasis> (ESTRENO 29 DE AGOSTO); me qued� embobada desde el otro lado de la calle, bajo un entoldado que me daba cobijo instant�neo, pero sobre todo sombra. La maniobra de los cartelistas era muy lenta y excesivamente mec�nica, pero me estaba resultando entretenido ser la �nica espectadora de la composici�n de aquel gran cartel. De hecho, soy boba, mir� a los lados de la Gran V�a para ver si era la �nica que estaba prestando atenci�n a aquella lenta y organizada funci�n de montaje en la fachada. El ajuste en vertical suced�a tan pausado que daba la sensaci�n de que el cartel no se modificaba apenas, los obreros sub�an y bajaban con cuerdas trozos del puzle fotogr�fico que les habr�an encargado montar. A ellos no les deparaba sorpresa alguna la suma de todas las piezas, a m� s�. Por eso me qued� apoyada en la pared a la espera del resultado. De peque�a era de las que eleg�an una cifra muy alta y contaba del rev�s hasta que me cansaba, cuando no pod�a m�s, sumaba las cifras resultantes y decid�a que ese ser�a el n�mero de la suerte de ese d�a. As� que estaba acostumbrada a esperar por muy parsimoniosa que fuera la tarea. Esperar es lo �nico que he hecho en la vida. El cartel me hab�a conquistado porque, aunque solo pod�a verse la mitad del t�tulo del letrero y un enorme ojo de color verde, era un verde en el que me sent� cobijada.</p><p>El calor de aquella tarde de agosto era asfixiante y deb�a de serlo mucho m�s para los montadores del anuncio, pero cuando la cara del anuncio qued� totalmente formada�, me recorri� un escalofr�o helado. La calle se me hizo enorme. Sent� que se bati� a mis pies una convulsi�n seca, como si hubieran sacudido la Gran V�a a modo de alfombra. El cartel me zarande� todas las emociones de agosto. Tuve que moverme del sitio en el que estaba y menearme precipitadamente en busca de aire, hab�a perdido la respiraci�n normal. Mis pulmones se hab�an vaciado sin darme cuenta, estrujados sin ox�geno por una mano ajena, y la agitaci�n me imped�a volver a fijarme en el chico de papel. Me estaba ahogando. Por m�s que intentaba coger aire apret�ndome fuerte en el pecho para volver a mirar el anuncio definitivamente compuesto, me era imposible. Me apoy� en una de las papeleras de espaldas a su belleza como si todas las fuerzas f�sicas se me hubieran escapado por los desag�es de las aceras. Al llevarme la mano a la frente not� que estaba temblando nerviosa y me desvanec� empapada en sudor.</p><p>Minutos despu�s, al incorporarme del suelo, era incapaz de pronunciar todav�a su nombre. Me acord� de mi casa, de mi habitaci�n con los cuadros de mam� y recuerdos alojados en los estantes, de la ventana que daba al patio de los gatos; incluso cre� escuchar la voz de la abuela con su campanilla de aviso para comer que me devolvi� el olor a guisado como si el humo de entonces todav�a estuviera alojado en mis ojos impidi�ndome ver lo de hoy. El calor era el mismo, tal vez m�s por la hora, pero me parec�a que se apagaba de pura felicidad al saber que todo estaba sucediendo de verdad. En esto vi que hab�a perdido una de las chanclas con la conmoci�n, la busqu� con la mirada y me di cuenta de que se hab�a quedado bajo el entoldado donde antes, tranquila, me hab�a apoyado para ver la faena de los obreros. Sin separarme de la pared, m�s pegada que antes para sentir la columna segura sobre mis pies, y como si llevara un siglo conteniendo la respiraci�n, levant� de nuevo la vista hacia la luminosa fachada del cine Avenida. Bajo el t�tulo, <emphasis>Los d�as m�s felices</emphasis>, apareci� la sonrisa m�s bonita del mundo: Marcos Caballero. Me hab�a olvidado de Dios.</p><p>Durante los tres d�as y las tres noches siguientes pas� por la puerta del cine para mirar su cara. Con el cansancio de quien ha descubierto el sentido de su existencia, me quedaba analizando cada palmo del cartel como una reci�n enamorada por un flechazo y conforme pasaban los d�as establec� una conversaci�n imaginaria con la foto. Est�tica al otro lado de la acera, ajena al tr�fico, le hablaba de mi vida, de todo lo que hab�a pasado, de donde nac�, incluso de las veces que hab�a estado enamorada.</p><p>Estaba hablando con un p�ster de Marcos Caballero en plena Gran V�a y no me importaba. Supongo que alguno de los que pasaban me vio como una descerebrada sin casa que se pasaba las horas aquejada de gestos absurdos en esa conversaci�n muda. Estaba tan guapo que era imposible no contagiarse de su monumental sonrisa de papel y alojarse en ella. No solo eso, sino que tenerle all� enfrente me hac�a inmensamente feliz, me cambiaba mi visi�n del mundo y me desempolvaba de un mont�n de a�os de abatimiento. Es como si me hubieran dado un meneo por la espalda y me hubieran dicho a gritos: �Est�s viva, m�rale�. Me acababa de quitar de encima esa amargura que algunas mujeres tenemos atrapada en diagonal entre el pecho y la sien. Pero volvamos a aquella tarde de agosto. Como estaba loca de la emoci�n, decid� seguir est�ndolo y plantarme bajo los obreros a pedirles alguna copia del cartel.</p><p>���Qu� pasa?-gritaron desde las escaleras.</p><p>��Que si ten�is la foto del cartel en peque�o.</p><p>��No.</p><p>��Puedo esperar, no me importa.</p><p>��Que no, que no tenemos.</p><p>���Por qu�?</p><p>��Porque� Que no tenemos y punto.</p><p>Como no ten�an, eso me dijeron para quit�rseme de encima, se me ocurri� buscar una tienda de regalos para turistas en la que vendieran una de esas c�maras desechables que acababan de inventar.</p><p>Resultado, acab� por la calle Mayor sudada y acelerada por las prisas, pero con la c�mara en la mano y de vuelta al lugar m�s importante de Madrid. A esas horas, se estaba haciendo tarde, la Gran V�a ya ten�a m�s traj�n de gente y no hab�a manera de sacar una foto decente de Marcos. Marcos. Qu� bien sonaba: Marcos Caballero.</p><p>Ser�a una estupidez decirlo en voz alta. Marcos Caballero. Al intentarlo me sali� desarmado y arr�tmico como el tartamudeo de un borracho.</p><p>Tal vez no me hab�a repuesto de la ilusi�n porque-y esto que voy a decir es muy frecuente cuando me atacan los nervios- impulsiva soy una total desconocida incluso para m�. As� que toqu� al timbre de una oficina de seguros que ten�a los balcones a la altura directa frente al cartel; se me ocurri� que era la �nica manera de conseguir una foto perfecta, cara a cara con Marcos. Con el exceso de entusiasmo pod�a haber esperado a otro d�a, pero decid� hacerlo aquella misma tarde. Permanec� quieta en los timbres, temiendo que no me abriera nadie o que me preguntaran m�s de lo que se me puede ocurrir con la imaginaci�n. Sin embargo, santa Rita a veces se pone de parte de los optimistas. Me abrieron, me atus� el pelo sudado y sub� por las escaleras pensando que era la mujer m�s esperanzada de la tierra, al menos de Madrid.</p><p>���Qu� desea? La oficina est� cerrada.</p><p>��Vengo a mirar. Quiero pedirle un favor.</p><p>La se�ora de la limpieza intent� cerrar la puerta porque presinti� que iba a agredirla al verme sujet�ndome al marco de la puerta y con una zapatilla agarrada en la mano amenazante. Todav�a no me hab�a calzado y andaba con la chancla sin poner, ajena a la p�rdida de conocimiento y de sensatez.</p><p>��Perdone, es que ven�a corriendo.</p><p>No s� qu� le expliqu�, ni c�mo. Pero Julia, la se�ora, comprendi� el porqu� de mis prisas y de mi aturdimiento en dos segundos. Supongo que escuch� todo lo que era incapaz de decir y no intent� averiguar nada m�s para lo que yo no ten�a justificaci�n que darle. Una loca que quer�a fotografiar al gal�n. Una fan absurda que acababa de despertar de su monoton�a vital con la presencia del actor en la Gran V�a y que en cuestiones pr�cticas solo quer�a sacar una foto desde la balaustrada. Avanzando por el pasillo de las oficinas alcanc� enseguida las puertas que daban a la calle, la se�ora abri� una de las hojas y me dijo: �Ah� est�. Distingui� el nerviosismo de mis manos, porque me acarici� la espalda con los guantes de l�tex de limpieza. �spero y chocante. Lo recuerdo especialmente porque se me hizo rid�cula la sensaci�n que tuve, su tacto de pl�stico me pareci� fantasmal, como si la se�ora no existiera, como si me hubiera abierto las oficinas alg�n espectro enviado por Marcos.</p><p>Los cincuenta minutos que pas� mirando el cartel desde la posici�n m�s privilegiada fueron los cincuenta minutos m�s epif�nicos de mi vida hasta ese momento. Julia se apiad� de m� al verme, supongo que no era m�s que una mujer desprovista de misterio y llena de fantas�a. Estuve paralizada en la barandilla sin parar de llorar, sin parar de llorar, sin parar de llorar. Tal y como anunciaba el cartel, eran los d�as m�s felices. Decid� que iba a vivir por �l, que iba a saberlo todo de �l, que ir�a donde fuera �l, que conseguir�a conocerlo y contarle toda mi vida, que me lo ganar�a a besos, que me hartar�a de abrazarle, que dejar�a de ser un desconocido para m� desde aquel mismo instante.</p><p>��Estoy un poco mareada.</p><p>��Pero, hija, �no ves que hace una calor horrorosa y llevas una hora mirando el cine?� Te va a dar algo.</p><p>��Ya me ha dado. �Tiene agua?</p><p>��Me imagino: anda, pasa.</p><p>El suelo era de moqueta verde, no s� por qu� recuerdo esto.</p><p>��Coge un vasito de agua. A ver si se te va a torcer la cabeza.</p><p>Me puso la mano en la frente.</p><p>���Pero si est�s fr�a! D�os m�o, con la calor que hace.</p><p>���Me dejar� venir otro d�a? Si no le importa, me gustar�a volver al menos antes de que quiten la pel�cula del cine, antes de que se lleven el cartel.</p><p>Ella solo dijo: �Bueno�. Y me despidi�.</p><p>Antes de abandonar la habitaci�n me detuve frente a la ventana, mir� un instante para amarrarlo todo en la memoria. Luego, me di la vuelta, bes� a la se�ora y sal�. Sent� un ligero mareo otra vez. Julia pareci� entenderlo todo enseguida.</p><p>En la calle era una fan vulgar, otra m�s de las que a partir de hoy iban a quedarse mirando su foto, pero desde ah� arriba se acentuaba la privacidad de la mirada de frente, m�s m�a, m�s pr�xima. No tom� nota de aquella revelaci�n porque, como me dijo Julia, el calor seguramente me estaba afectando demasiado. Tanto que hab�a olvidado hacer la foto para la que hab�a subido en un primer momento y tuve que volver a llamar desde el portal para volver a subir, volver a atravesar las mesas de los ordenadores, volver a asomarme al balc�n, volver a llorar y� hacer la foto.</p><p>Esa misma noche, en la cama, no dej� de dar vueltas, inc�moda por el calor. Estaba totalmente desvelada, con una losa que me aplastaba las pocas fuerzas que siempre tengo. (Las pocas fuerzas que en ese momento me quedaban.) Hubiera sido la mujer m�s feliz del mundo si esa noche hubiera dormido con �l a mi lado. Claro. Pero no. Si lo pienso, tampoco hubiera dormido. Lo que deseaba era que se hiciera de d�a para volver a escaparme a la Gran V�a y seguir mir�ndole aprendiendo de �l hasta que se hiciera el d�a del estreno. Encend� la luz varias veces, la c�mara estaba en la mesita de noche, esperando ser revelada. �l estaba capturado dentro. Movi�ndose en peque�ito por el carrete. Un gui�ol chiquito que me miraba. Caminando min�sculo en color�, todo esto pasaba por mi mente, r�pido, como alucinada por el insomnio. Estaba agotada, ten�a que dormirme por necesidad. Gir� diez mil veces en la cama, suplic�ndole a Dios por �l como si quisiera decirme a m� misma que yo sola no pod�a conseguirlo.</p><p>So�� con Marcos toda la noche sin llegar a cerrar los ojos.</p></section><section><title><p>3</p></title><p>Son� el despertador sobre las siete, sent� que no hab�a descansado casi nada porque vi pasar todas las horas y todos los minutos en la manecilla del reloj fluorescente� Ten�a la boca seca y la camiseta pegada a la piel, llena de marcas calco de las arrugas de las s�banas. Quiz� deb�a anular las citas con las vecinas, pero me lo quit� de la cabeza con una ducha fr�a que me volvi� al principio de los tiempos, alej�ndome de aquella postraci�n. Result� que mi vida hab�a girado de golpe con una fotograf�a del tama�o de un edificio (�o deber�a decir del universo?), pero me hab�a provocado un decaimiento f�sico que nada ten�a que ver con la bombona de optimismo que hab�a crecido en mi cabeza.</p><p>Esa ma�ana me esperaba la rutina de la visita a las vecinas para hacerles la manicura, la pedicura, y asearles la ropa con remiendos y dobladillos como cada d�a desde que llegu� a Madrid. Hab�a heredado la m�quina de coser Singer de mi abuela y era mi sustento para pagarme la luz y la comida. Quiero decir que me estaba convirtiendo en ellas, que me estaba convirtiendo en mi madre, de la misma manera que mi madre se hab�a convertido en su madre y yo, en mi abuela. Te lo venden como una semejanza con la familia, como que todos nos acabamos pareciendo, pero no es m�s que la cadena gen�tica imposible de romper. Una se queda suscrita a sus genes como pegada al destino y no hay manera de emprender la huida por otro camino, se hace imposible. Descubr� que a m� se me hab�a hecho imposible y que la Singer me hab�a colocado en mi misi�n. Mi mundo. Mi territorio diario era un barrio en el que algunos d�as de invierno nos qued�bamos aislados por la falta de transporte y los d�as de verano, como este, nos ve�amos abocados a asomarnos a los balcones en busca de aire. Recuerdo que las gallinas en el corral de mi madre se asomaban al pienso igual que ahora nos asom�bamos nosotros en los patios de luces, buscando la vida. Yo ten�a diez a�os, ahora bastantes m�s. Pero, igual que entonces, cuando no conciliaba el sue�o, ten�a que levantarme e ir a la ventana para buscar la luna en el cielo a modo de sosiego. Qui�n me iba a decir que aqu� en la celda me provocar�a el mismo efecto, como si en el fondo el sat�lite no hubiera dejado de ser una gran pastilla para dormir.</p><p>Las personas m�s cercanas a m� eran la Teresa y la Mar�a Luisa. Quedaban en casa de la primera, que ten�a un sal�n m�s grande, para que yo les arreglara los pies y las manos. De este modo ten�a conversaci�n y dinero. Ellas me organizaban la agenda y me buscaban casas para ir a arreglar desechos de ropa que ni yo misma me pondr�a y que yo zurc�a a rega�adientes. A veces ten�a suerte y me encontraban encargos de �se�oras�: recomponer cortinas, remendar batas o cabecear toallas de puntilla.</p><p>Las �se�oras�, as� las llamaban con retint�n, pagaban mejor y se quejaban menos.</p><p>��Esta no ha tenido suerte con sus hermanos, qu� cosas, con lo bien preparado que dej� todo su padre-murmuraba la Luisa, siempre cotilla, a la Tere mientras yo le sujetaba la mano derecha en mis rodillas.</p><p>���La del octavo? Est� perdidica.</p><p>��A m� no me extra�a, no deb�a haber aceptado, con el sargento de marido que tiene.</p><p>��Lo decide todo. Once veces, exactamente, les he visto re�ir en la escalera.</p><p>���l tiene un temperamento� �Con lo peque�o que es!-Cambi� el tono de voz-. Ponme el rojo fresa ese del otro d�a.</p><p>��No me lo he tra�do-contest� asida a su mano.</p><p>��Pues venga, el que lleves. Pero me cobras lo mismo.</p><p>��Oye, pod�amos ir al cine-solt� la otra.</p><p>Casi quit� las manos de sus manos, como si hubiesen descubierto mi nuevo secreto. Me hab�a quedado agarrotada frente a la Luisa con la lima de u�as en su anular, evitando el olor a pies de la otra, que se acababa de descalzar.</p><p>��Coge el peri�dico, Tere, mira a ver qu� echan nuevo.</p><p>���Has visto alguna buena?-me pregunt�.</p><p>��No. No voy al cine desde hace no s� cu�nto�</p><p>��Pues esta tarde miramos algo, Luisa. Una de chicos guapos.</p><p>��Qu� boba eres.-Y se ech� a re�r.</p><p>Record� la fachada del cine Avenida. <emphasis>Los d�as m�s felices</emphasis>. No s� qu� extra�o escalofr�o me daba el recomendar la pel�cula, como si me fueran a arrebatar al chico, como si fuera la �nica que hubiera visto el cartel.</p><p>��Tienes que llevarte una bolsa que te he dejado en la cocina-me record� la Luisa-. Son coquitos. Ya sabes que cuando me pongo a hacer no paro.</p><p>��A m� tambi�n me das unos pocos�, que sabes que me gustan.</p><p>��Vale. Luego los cojo-le dije-. Si quieres te arreglo la cocina.</p><p>��Pues mira, s�, que la he dejado hecha un cisco.</p><p>��Yo me hice ayer un pollo con mostaza que le� en la revista� �F�cil dec�an que era! �Esos no lo han hecho nunca! Adem�s, yo no uso nunca los chismes estos.</p><p>���Qu� chismes?</p><p>��El microondas.</p><p>��Si es f�cil.</p><p>��Ser� para ti, chica, que eres moderna.</p><p>��Yo guardo las recetas, me las recorto-les dije sin levantar la mirada de las u�as de la Luisa-.</p><p>No est�n mal.</p><p>��Pues ser�s la �nica, porque las recetas de las revistas siempre son unas jeringonzas de no te menees.</p><p>Acab� con la Luisa y me puse con la Tere, que hab�a estado mirando la cartelera en la mesa camilla.</p><p>��Echan una del vasco ese, el que hizo la de las mariposas.</p><p>���Esa nos gust�!</p><p>��Hay una de Maribel Verd�. Ser� buena. Seguro que se meten con Franco.</p><p>��Ser� de la Guerra Civil, eso es lo que ser�. Quita, busca otra.</p><p>��<emphasis>Los d�as m�s felices</emphasis>, es nueva. En el Avenida. As� nos tomamos un algo en el Nebraska, nos pilla bien.</p><p>Call�.</p><p>��Se te ha ca�do algo del bolso�-me dijo la Luisa cuando me levantaba.</p><p>���Una c�mara de fotos? �D�nde vas con c�mara de fotos?</p><p>Antes de contestar abr� la bolsa de los coquitos y prob� uno.</p><p>��Est�n buenos. Me tienes que dar la receta.</p><p>���Pero si te la sabes de memoria! Anda, c�branos y ll�vate los encargos, est�n en la entrada. Y deja, que ya har� yo la cocina.</p><p>��Hasta ma�ana.</p><p>��No, ma�ana no vendr�.</p><p>A partir de entonces, me convert� en una embustera. La idea de que pod�a conocerle no me dejaba concentrarme. As� fue, el d�a del estreno llegu� la primera a la barrera que hab�an puesto en la acera del cine, me qued� pegada a la espera en la parte derecha evitando as� el golpe de sol que daba de espaldas, por eso busqu� el punto con mejor visi�n y menos solana. Me llev� una bolsita con galletas dulces y una botella de agua en el bolso para soportar la espera, la met� en el congelador la noche anterior y as�, convertida en un bloque de hielo, pod�a aliviarme todo el d�a de can�cula veraniega. Los de seguridad me sacaban de quicio con su exceso de profesionalidad porque cada diez minutos me recordaban que �eso� empezaba a las diez de la noche, que quedaba mucho, que si iba a esperar all� mientras organizaban las puertas y pegaban al suelo una alfombra roja que parec�a de fieltro. A todo les dec�a que s�, que yo me quedaba, que hab�a llegado de lejos, que se olvidaran de m�, que no quer�a perderme �eso�. Las nueve de la ma�ana pod�a parecer muy pronto para estar rondando la entrada del Avenida, pero era la �nica forma de no estar comi�ndome las u�as, o mejor dicho, de no estar haci�ndoselas a Mar�a Luisa y a Tere, las vecinas que ten�an cita aquella ma�ana otra vez. Les dije que estaba enferma y dej� las persianas semibajadas. El D�a Uno de mi nueva estrategia no pod�a haber empezado mejor. Una de las hijas de la Tere, al cruz�rmela en la parada de metro, me pregunt� y le dije que me iba al ambulatorio, que ten�a las tripas revueltas desde la noche anterior.</p><p>��Es esta calor que mata, entre el resol del d�a y que no se puede estar en estos pisos, me estoy finiquitando�</p><p>��Mej�rate-me dijo-, ya le dir� a mi madre que te vas al m�dico, que no vendr�s a casa hoy.</p><p>Me asegur� de poner gesto de angustia al decirle adi�s a la muchacha. Iba con mi blusa turquesa y mi falda nueva, una que me hice con los retales de un pantal�n del marido de la Luisa, que siempre ten�a telas de sobra. Puede parecer extra�o, pero, arreglada para ir al m�dico, no levantas sospechas porque las mujeres de mi barrio siempre nos hemos arreglado para ir al ambulatorio o para ir al centro, tanto vale.</p><p>El p�blico empez� a llegar sobre las ocho y media de la tarde, en su mayor�a ni�as y madres, jovencitos, todos fans del chico de papel. El griter�o empez� en ese momento, surg�a de forma improvisada en cuanto alguna enloquecida avistaba alg�n coche que se paraba a las puertas del cine y sospechaba que pod�a llegar. Primero me entraba risa porque parec�a que gritaban ��Tierra!� y decenas de grumetes se ajetreaban en cubierta en busca de Marcos. Suced�a cada cinco minutos sin m�s motivo que la sensaci�n de su llegada inminente, como si las ganas de su presencia nos hicieran verle en todos los que se acercaban rodeados de gente vestida de traje. Me dije: ��Pero qu� co�o estoy haciendo aqu�?�. Estaba en la puerta del cine, ten�a calor, estaba llorando como una ni�a, no sab�a si era el mejor lugar del mundo, me preguntaba qu� hacer, si escapar o quedarme. El caso es que cada vez sent�a menos verg�enza, se me evaporaba ese pudor molesto de verme en la concentraci�n de admiradoras. Porque, no s� c�mo, la segunda vez que empezaron a alborotar de nuevo con su nombre me un� al griter�o para liberarme de las tensiones. Rug�amos sin control, escandalizando a los que pasaban por la Gran V�a, que nos miraban at�nitos, unas veces aplaud�amos y otras nos daba por dar vivas que parec�an bramidos animales. Era la forma de sentirme una m�s del grupo, aunque lo que quer�a, lo que me ped�a el cuerpo, era echarlas a todas de un rugido y quedarme yo sola con �l a las puertas del cine. Quiz� hab�a m�s y mejores admiradoras de Marcos Caballero, pero yo me sent�a obviamente �nica, le acababa de encontrar y ten�a mil y una razones mejores para quererle. Mil y una razones para que me quisiera. Era mi actor favorito.</p><p>A una de las chicas se le cay� una foto al suelo, era similar a la del cartel, parec�a de aquellos promocionales de mano que guardaba mi abuela en la despensa con caras de famosos de Hollywood o retratos de escenas m�ticas del cine en tecnicolor. Me agach� entre la marabunta de ni�as y me la guard� en el bolsillo izquierdo. Esa fue mi primera foto de la colecci�n. A�n ten�a por revelar las que hice del cartel.</p><p>��Qu� guapo es, �eh?-dijo una de las cr�as a mi lado-. Es ideal.</p><p>��Es ideal-repet�.</p><p>��Eh, mirad qui�n viene tambi�n� Es uno de la pel�cula.</p><p>��Qu� flaco.</p><p>��Pero, t�a, de qu� vas, est� buen�simo.</p><p>��A Marcos me lo follar�a.</p><p>���Me lo como!</p><p>���Marcooos!</p><p>Una tras otra encadenaban comentarios acerca de su culo y de su cuerpazo sin ninguna moderaci�n. Era la primera vez que escuchaba semejante retah�la de piropos chuscos en ni�atas de coleta y minifalda. Todas me parec�an iguales, amantes novatas del actor de aspecto primerizo y muy muy muy chillonas. No cesaban de gritar, hambrientas y febriles, levantando los brazos y compitiendo en osad�a con las compa�eras. El alboroto iba y ven�a desde la canallesca instalada en la primera fila hasta contagiarse a todas las muchachas del final, que, en peor sitio, esperaban ansiosas la llegada de la estrella. Yo al principio me vi rid�cula y solitaria entre el bullicio de gatas, pero la emoci�n se sostiene a veces en pilares firmes que apenas tiemblan. Por eso me un� al fandango de las ni�as sin rubor.</p><p>���Te gusta?-me dijo una de ellas, molesta ante mi privilegiado lugar en primera fila.</p><p>��Supongo que igual que a ti.</p><p>��Eres la fan m�s mayor que conozco, qu� guay.</p><p>Ha querido decir �vieja�, pens�.</p><p>��A nosotras nos encanta, nos encanta. Me lo como. Marcos: el m�s guapo, �mira qu� ojazos tiene!</p><p>��Verdes.</p><p>��Es un verde superespecial-matizaron.</p><p>��Y tan especial.</p><p>���Y qu� culazo, t�a! �Hello, Marcooos!</p><p>���Qu� ocurre? �Qu� te pasa?-me dijo una de las locas.</p><p>��Nada, estoy llorando. Es de alegr�a.</p><p>��Ya, t�a, qu� bueno que est� �C�mo te llamas?</p><p>��Me llamo Isabel-contest�. Como ya dije, en estos casos, cuando la situaci�n es as�, siempre me invento un nombre.</p><p>��Es superemocionante que tambi�n os guste a las mayores, �no?</p><p>Si alguien pudiera decir, volviendo la mirada atr�s, que ha sido feliz en el rid�culo, bien seguro que yo lo fui. Yo lo puedo decir bien alto. El amor, si sirve para algo, es para amar sin verg�enza, si no, no vale para nada. Fue exactamente lo que hice aquel d�a, porque el miedo es mal amigo de la necesidad. Me vi estirando los brazos para tocarle haciendo a�icos mi verg�enza, me atrev� a gritar dej�ndome la garganta en cada �Marcos, Marcos, Marcoos� y sobre todo apost� por rozarle para que viera que yo estaba all�, que me ten�a, que quer�a contarle mis cosas, que quer�a explicarle mi vida en un solo segundo. Ahora lo recuerdo mejor, much�simo m�s claro, porque en ese intante la cantidad de l�grimas que malgast� al verle llegar a la multitud me hicieron perderme su mirada. No s� bien si me mir�, si su sonrisa de agradecimiento a los cientos de fans que est�bamos en la Gran V�a rebot� con la m�a o si consegu� que se entendiera mi �cu�nto te quiero�. Ignoro lo que pas�, se dice que las emociones son imposibles de describir, necesitamos creer que pas�, c�mo lo recordamos o c�mo quisimos que sucediera. Quiz� por eso lo he mitificado y solo me recuerdo volviendo a casa apretando la foto de Marcos contra mi pecho y con la respiraci�n agitada: �No sabes cu�nto te quiero. Tengo planes para nosotros dos�. Lo dije masticando las palabras sin miedo, ajena a que ven�a caminando hacia mi portal sola. Sola. Hab�a empezado a hablar sola, como si tuviera todo el eco atrapado en los intestinos y necesitara hablar m�s que pensar. �Tengo planes para nosotros dos.� Al decirlo me liberaba de la tensi�n y de las ganas de estar a su lado y agarrarle de las manos. Me dol�a el pecho y me escoc�an los ojos. Es lo �nico que recuerdo medianamente.</p><p>Se me olvida casi todo. Solo con decir su nombre me siento bien.</p></section><section><title><p>4</p></title><p>Tard� dos d�as en pisar de nuevo la calle de Marcos Caballero. Cuando acab� el estreno aquel 29 de agosto, esper� a la salida del cine y les segu� hasta la fiesta posterior que celebraron en una sala cercana (de este modo no me despegu� de su <emphasis>troupe)</emphasis> y esper� durante horas en la acera de enfrente. Aquella noche Marcos llevaba un traje negro, con zapatos negros y camisa negra, de la fiesta sali� con unos pantalones vaqueros, una camiseta blanca y unas zapatillas del mismo color. Cuando abandon� el local, le segu� hasta su casa. Fue entonces cuando sorprendentemente me descubr� a m� misma m�s serena-ninguno se dio cuenta de mi presencia, seguramente ebrios-, y me convert� en una sombra de su figura.</p><p>Para m� acababan de empezar los t�tulos de cr�dito de la pel�cula, la mayor�a de las veces presagio de la incertidumbre. �ngeles Alarc�n era yo. La protagonista m�s desconocida de mi barrio, la mujer con m�s secretos enquistados en la memoria, la que dejaba colar a las vecinas por esperar un rato m�s en la cola, la huidiza, mentirosa por necesidad, la so�adora, la mujer que entraba sola al cine aunque fuera acompa�ada, la que compraba comida de gatos y alpiste, la que so�aba con ser Audrey Hepburn en cada joyer�a� Me hab�a aprendido las frases de todas las pel�culas y reten�a di�logos enteros. Ahora �ngeles Alarc�n ten�a todos los t�tulos de cr�dito delante de s� m�sma, pero en secreto. Esa noche de estreno dej� atr�s a la mujer miedosa y tantos a�os solitaria para dedicarme solo a �l.</p><p>Marcos era delgado y tonificado a la manera de un deportista de �lite, ten�a-ya lo he dicho- los ojos verdes. Su pelo cog�a algo de alboroto cuidado que ca�a sobre la frente de medio lado; de espalda ancha y paso firme, a veces simulaba que daba patadas a las cosas por la calle. En cualquier caso, sol�a jugar a caminar bromeando, de esos que est�n invitados por la vida y tienen algo de impetuosos. Todo esto lo imagino yo ahora porque, aquella noche de fiesta en la que averig�� el lugar donde viv�a, le acompa�aban a su casa varios miembros del equipo de la pel�cula-imagino-, que continuaban hablando del tema protegi�ndolo de los extra�os de la noche.</p><p>��Creo que es la noche m�s emocionante de mi vida.</p><p>��Eres la hostia, t�o.</p><p>��No imaginas c�mo me siento.</p><p>��Yo medio borracho. T� es que no has cogido una copa.</p><p>��Quer�a vivirlo. Es que no quiero que se me olvide. �Es mi sue�o!</p><p>��Hab�a cada t�a�, acojonante, eh. Joder, qu� bestial.</p><p>��En la puerta era como los estrenos de los americanos. �No voy a pegar ojo!</p><p>��Joder, �y es tu primera pel�cula!</p><p>��� Buff�, menos mal que no he bebido. �Estoy feliz!</p><p>��Pues gr�talo, co�o.</p><p>���Aqu� en la calle?</p><p>��Grita.</p><p>Marcos cogi� aire y grit�: �Estoy feliz, ��feliiiiiiiz!!�. Son� tan fuerte que el eco entre los edificios hizo que vibrara toda mi piel.</p><p>���A qu� hora quedamos ma�ana? Estoy muerto.</p><p>��Ya te dormir�s una siesta en el coche.</p><p>��Hab�a una que me gritaba tequieros.</p><p>��Ni me he dado cuenta. He entrado como un zombi en el cine detr�s de ti.</p><p>��A empujones, dir�s. Recuerda lo de ma�ana.</p><p>��Lo que quiero es recordar lo de hoy.</p><p>Era la primera vez que escuchaba su voz. Tal vez iba borracho, tal vez era la noche, pero sonaba tan adulto, tan mayor, tan sereno� Su voz resonaba como ciertos pasos en ciertos callejones: seguros, firmes, sigilosos.</p><p>��Por cierto, �te fijaste en la m�sica de los t�tulos de cr�dito?-a�adi� Marcos ya en su portal-.</p><p>Es como una versi�n de <emphasis>Moon River</emphasis>.</p><p>��S�, aflamencada. Anda, duerme. Te veo ma�ana.</p><p>��Me subo a casa.</p><p>��Buenas noches, estrella.</p><p>��� �Es verdad que me gritaban tequieros?</p><p>��Sobre todo una de primera fila.</p><p>���Y qu� m�s?</p><p>��Anda, vete a dormir. Hasta ma�ana.</p><p>En este punto de la noche, Marcos abri� la puerta y se col� en su casa. Yo me qued� esperando silenciosa en la parada del autob�s, fing� sentarme a la espera apoyada en la propaganda. Unos seguros del hogar que garantizaban mucha felicidad para toda la vida con una paradisiaca playa dominicana y una sonriente familia en primer plano. �Aseguramos su felicidad.� Yo la acababa de asegurar tambi�n.</p><p>Marcos apareci� de nuevo en su balc�n. Bueno, su silueta recortada al trasluz de sus cortinas. Tom� nota de la direcci�n exacta y sal� hacia casa como una absurda, pero campante y segura de lo que estaba haciendo. Por fin era una absurda feliz.</p><p>Ya eran las siete y media de la ma�ana, me compr� unos churros en uno de los bares cercanos que estaban amaneciendo a la clientela. Rocablanca. Y ahora es cuando tengo que decirlo, compr� los churros porque los vi humear en el ventanal del bar al mirarme de reojo en el cristal. Estaba agotada y el sonido de la persiana barri�ndose hacia arriba me despert� s�bitamente. Me qued� parada ante el aroma de los aceitosos churros como una Audrey Hepburn convertida en Holly Golightly ante mis propios brillantes. Por eso empec� a tararear <emphasis>Moon River </emphasis>mientras encend�an las luces de la cafeter�a y me brindaban los buenos d�as desde dentro dos camareros. De tanto sue�o no estaba para c�nticos, pero hice un esfuerzo para completar la escena que estaba imaginando en mi cabeza, lentamente pas� al interior del bar y me apoy� en uno de los taburetes que se alineaban en la barra. En voz muy baja, como si no quisiera molestar al camarero, dije:</p><p>��Unos churros, por favor.</p><p>���Caf� con leche?</p><p>��Tambi�n.</p><p>Y me sal� de nuevo al escaparate/ventanal como si me hubiera pose�do la Holly madrile�a que habita en todas las mujeres que paseamos solas por la capital. No me hizo falta bajarme las gafas de sol hasta la punta de la nariz para darme cuenta de que, por fin, me hab�a convertido en la protagonista de mi propia pel�cula. De hecho nunca he conocido, hasta ahora, a una mujer que no quiera ser la protagonista de un cuento de hadas y tirite de amor por un amor imposible. O posible.</p><p>Fundamentalmente tiritamos de amor cuando existe la posibilidad de que se haga cierto y, asustadas, acabamos enredadas en la historia que se cuela por el deseo inmaduro de las Hollys.</p><p>Con los churros en la mano me volv� a mirar en el reflejo, m�s pr�xima que antes al vidrio, y fantase� con la idea de que una c�mara de cine me grabase detr�s de mi espalda con la m�sica de inicio de la pel�cula. �Moon river, wider than a mile. I�m crossing you in style some day�� Me vi desde fuera de m�. Hab�a esa luz que solo aparece en las pel�culas de lujo, amor y fantas�a. La calle yerma de gente y yo frente a mi reflejo como �nica compa��a masticando unos churros aceitosos. Al igual que Holly, llegaba de una fiesta que no era m�a, pero, a diferencia de ella, estaba desayunando churros como simulados diamantes. Esper� el amanecer como los marineros esperan la hora de llegar a puerto; una luz, la del balc�n de Marcos encendido y apagado despu�s, me sirvi� de faro para sentir que mi vida empezaba a ordenarse en el n�mero exacto de una calle de Madrid.</p></section><section><title><p>5</p></title><p>Mi compa�era de celda me mira mal. Tampoco me resulta extra�o porque estoy acostumbrada a que me miren mal toda mi vida. Mi padre gritaba a mam� d�a s� d�a tambi�n. Y la cocina fue el refugio en el que, como esta celda, macer�bamos peras al vino, hac�amos conserva de tomate dulce o guard�bamos uva en sal para convertirla en agraz. A mi madre le gustaba cerrar la puerta con la excusa de que no salieran los humos, pero yo sab�a que era para protegernos de otros humos que habitaban en el sal�n. �l, mi padre (no puedo llamarle �mi padre� en voz alta, no s� c�mo consigo escribirlo), tos�a escupiendo y eructaba apoyado en la ventana, a la vista de todos. Y fumaba, y fumaba, y fumaba.</p><p>Gaby, la colombiana que est� instalada conmigo, tiene treinta y tres a�os pero aparenta los m�os.</p><p>Tiene la tripa descolgada y las manos secas. Me mira mal, pero no quer�a decir que me mira mal, apenas abre el p�rpado izquierdo.</p><p>��Me lo rompieron antes de entrar aqu�.</p><p>Mi madre tambi�n se cur� durante semanas una herida en la ceja que cicatriz� mal de puro profundo que era el corte. Se lo cur� ella sola porque no quiso ir al m�dico. Me dijo que se hab�a golpeado con la cabecera de la cama al levantarse de madrugada, pero era mentira. Siempre ment�a. Y esto lo he heredado de ella. Mentir me protege. Aquella noche escuch� el golpe seco desde mi habitaci�n. Pero no era el impacto de una persona al caer sobre la madera. Fue �l, como tantas otras veces. Yo empec� a dormir con la puerta de mi cuarto cerrada, no quer�a-no soportaba- escuchar los gritos mudos de mam� al retirarse de los fuertes bofetones y porrazos. Me tapaba los o�dos y formaba un eco interior murmurando letras y n�meros. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco�, contar me ha vuelto a salvar de la desesperaci�n aqu� tambi�n.</p><p>El d�a siguiente lo pas� tambi�n, casi entero, con la esperanza de verle. Pase� un rato por su barrio para hacerme a la vida que le rodeaba y me compr� alguna cosa� Una libreta para ir tomando notas de horarios, entradas y salidas de Marcos; la verdad que para no ser detective me parec�a la primera regla que deb�a cumplir. Am�n de la invisibilidad. Met� la libreta en mi bolso. El barrio era muy distinto al m�o.</p><p>La gente era m�s joven, m�s guapa. Y todo estaba lleno de escaparates que escond�an los precios de las prendas. El horno era un espect�culo para la vista, no hab�a visto cosa igual. Era un derroche de variedades de pan, con tonos diferentes, m�s o menos tostado, y en la vitrina-parec�a una joyer�a-hab�a tartas de las que sacan los americanos en sus pel�culas: con moras, con frutas, con chocolate de colores. En una estanter�a de madera, as� como de la Casa de la Pradera, ten�an mermeladas y dulces envasados en frascos tapados con tela de cuadritos. No quise mirar los precios. En la charcuter�a cercana, solo �calidad� seg�n el cartel, hab�a decenas de tipos de jam�n, unos colgados y el resto expuestos con jugosos cortes en mostradores iluminados por luz de ne�n. Hab�a tambi�n varias agencias de viajes, con destinos que sal�an por la tele. Y, aunque el barrio me pareci� amable, un circuito de edificios y tiendas ordenadas en el que daba la sensaci�n de que al cuarto d�a crees que los conoces a la perfecci�n a todos, ech� en falta cabinas telef�nicas. Todos caminaban con m�viles en la mano, o incluso auriculares, hablando en voz alta. Todos parec�an tener m�s dinero en este barrio. De hecho, en el supermercado, junto al cajero, hab�a un hombre que abr�a la puerta a las se�oras y le daban monedas porque las ayudaba a cargar las bolsas en el coche. No vi muchos carros de la compra, al contrario que en mi barrio.</p><p>Tuve claro que si segu�a yendo autom�ticamente todos los d�as por la zona, pod�a tropezarme con las mismas personas como si estuvieran girando de forma circular en unas v�as imaginarias. Tambi�n con Marcos. Una vez todos pon�an sus actividades en marcha, la teatralidad de la calle era id�ntica entre unos y otros. Quiz� alguno miraba mi cara, pero no me ve�a. Quiz� un joven que cruzaba el sem�foro se tropezaba conmigo, pero yo le era invisible. A ese y a todos.</p><p>Apenas estuve unas horas estudiando el terreno, de once a tres, pero al d�a siguiente reconoc� las facciones de la se�ora que entr� al banco sonriendo, sali� descompuesta y entr� en la cafeter�a; incluso a la que se col� en la peluquer�a y sali� diferente, coloreada y cargada de revistas caminando resuelta hacia un taxi. Todo consiste en mirar, observar; tomar nota si se hace necesario.</p><p>Esta era mi libreta de anotaciones, la tengo aqu� en prisi�n y me ayuda leerlo: Observo el sem�foro. Estoy aburrida. Se acerca una mujer despeinada. Dos horas. Rizado. Sonrisa. Para m� que solo le ha cambiado la expresi�n.</p><p>Mujer de gris. Lleva prisas. Toca timbre pero nota que est� abierta. Empuja puerta sucursal. Tarda cuarenta y cinco minutos. Triste. Alterada. Parece que llora. La mujer revisa una lista entre manos. Bus.</p><p>Hombre de traje. Amigo de traje bronceado baja de coche caro. Veinte minutos. Chica joven. Beso. Gesto fraternal de apoyo. Caricia en la mano. Hija.</p><p>Hombre de mediana edad con camisa arremangada. Susurra en voz baja. Se acerca a las personas. Viene a m�.</p><p>Disimulo. Sigo aburrida. Le veo susurrar a los dem�s. Pide dinero.</p><p>Opto por bajar la cabeza y centrar la mirada en mis zapatos.</p><p>Nota a mano: quiz� todo consiste en ser una relojera de los otros, esperar y descifrar sin datos qu� est� pasando alrededor, solo lo que observo, sin m�s preguntas. Esa puede ser la estrategia para entrar en el escenario de Marcos Caballero.</p><p>Mis cualidades no eran las de James Stewart, pero siempre tuve mucho olfato para los dem�s; para m�-tan cenicienta- he sido una desorientada toda la vida. En la primera de las semanas en las que me dispuse a moverme en su barrio, descubr� que no hac�a falta ser tan sigilosa como imaginaba. Las mejores horas eran las de la ma�ana, todo eran trabajadores, funcionarios y muchas se�oras. Las visitas al banco de la esquina eran muchas, sin embargo alucin� al comprobar que muchos de los an�nimos eran los mismos del d�a anterior. Esa semana un hombre de jersey marr�n a rayas repiti� tres veces cita con los empleados, era un cliente fijo que llegaba susurrando en voz baja n�meros y palabras, se atusaba el pelo al entrar y hac�a lo mismo al salir. Cuando estaba dentro se asomaba a la cristalera, entre los carteles, buscando nada. Llevaba zapatos de cordones, mal limpiados.</p><p>Otra vez aparec�a la mujer de la peluquer�a. No deb�a de tener nada que hacer en casa porque era de las que caminan hablando solas. Esta vez con dos bolsas con varias cajas. Masticando palabras. Una rara (como yo) de manual. Llevaba cajas de zapatos. La segu� y me qued� delante de la puerta mirando el escaparate. Dentro las dos dependientas arrugaban la nariz al verla llegar y vaciar las bolsas. Seg�n pude observar, cambiaba el g�nero por otro id�ntico para prob�rselo en casa porque, dec�a, le daba asco descalzarse en la moqueta marr�n. Muy interesante. Ten�a un pie m�s grande que el otro y no le cuadraban los n�meros. He aprendido a leer los labios.</p><p>Notas en mi libreta:</p><p>A la se�ora del bolso blanco y gafas de sol (unos setenta y nueve a�os) nunca le da tiempo a cruzar el sem�foro.</p><p>Se le pone en rojo a mitad de camino. Lo mismo sucede con los dos jubilados que pasan toda la ma�ana en el banco pr�ximo al quiosco de prensa. Llegan, hablan brevemente y dejan pasar las horas callados, abandonados.</p><p>Se aburren como yo. Uno de los dos l�a tabaco con dificultad porque le tiemblan las manos levemente y tiene los nudillos torcidos hacia dentro. No deben de tener buen o�do, las ambulancias que pasan con (esto es curioso) demasiada frecuencia no les alteran la calma. Les gusta estar mirando sin m�s, sin contrariedad.</p><p>He vuelto a ver a la chica de la bicicleta en bicicleta. Ahora coincido con ella cuando compra un cup�n de la Once y se acerca a la papelera a tirar el usado. De momento no le ha tocado nada. Insiste pero no parece tener esperanza, lo hace mec�nicamente en su t�mida incursi�n con la fortuna. Su amiga resopla y le insiste en que revise bien cuando tira el boleto a la papelera. Alguno de los d�as ha vuelto a recogerlo de entre los restos para volver a tirarlo. Esta manera de actuar me recuerda a m�. Todos nos parecemos. Mucha gente decepcionada. La gente no sonr�e.</p><p>Siempre aparcan los mismos en el parking. A las mismas horas. Ha habido dos colisiones en la rampa de subida porque ven�an hablando por tel�fono. Algunos hacen papeleo y aparcan junto a los contenedores del mercado, bloqueando la descarga del carnicero, otros ni salen del coche y se lo dicen todo desde la ventanilla como si no tuvieran piernas. Podr�a recordar alguno de los n�meros de tel�fono que se han dado. La memoria es mi carga tambi�n para cosas absurdas.</p><p>La ambulancia que pasa a la misma hora estaciona dos esquinas m�s abajo. Son enfermos de di�lisis que recogen a domicilio, la mayor�a ancianos. La ambulancia est� veinte minutos parada y vuelve a salir calle abajo.</p><p>Sus luces intermitentes giran y giran sin emitir sonido alguno y la calle se ti�e de un naranja ocre, como si cayera la noche.</p><p>Nota: me gusta ver la forma en la que la multitud espera el sem�foro. Ah� es donde se distinguen las prisas y la timidez de algunos que son educados y ceden el paso. Peat�n rojo, peat�n verde, peat�n rojo, peat�n verde, peat�n rojo�, verde. Es como el inicio de una carrera cada cinco minutos: preparados, listos, ya. Con cada pasada de pelot�n cambia el grupo, diferentes pelos, ropas y diferentes prisas. El ni�o agarrado de su madre, el agazapado detr�s de su abuelo, las mujeres charlando, el garrulo de tirantes, el joven sociable que se aparta, los que discuten como cotorras, los silenciosos ausentes� Siguiente pelot�n y siguientes diferencias. Rojo, �verde!</p><p>Me gusta mirar c�mo se disgrega la tropa que espera la se�al y se dispersa en racimo por el paso de cebra. Uno a uno. A�n incapaz de contarlos a todos, intento sumar cada montoncito de an�nimos antes de que se ponga en rojo otra vez. Me tomo mi tiempo. Soy una mujer que espera. Los peatones se borran cuando pasan la esquina en la que yo me siento a esperar y aparecen otros. Otros. �l no. Un desfile de zombis. De fantasmas con alma. Peces de ciudad.</p><p>Alguna de las ma�anas que iba al encuentro de Marcos Caballero no esperaba ver mucho m�s de lo que me hab�a tenido encandilada el d�a anterior. La libreta de notas era la �nica persona con la que manten�a una conversaci�n taciturna diariamente. Levantaba la vista a sus ventanas intentando verle en el reflejo del cristal, buscando el faro iluminado otra vez. No es que ambicionara m�s, pero suspiraba por �l. Y �l no estaba. Hab�a llegado a pensar que Marcos no se quedaba nunca en casa. Y yo all�, pasando hojas y sumando horas. Su ausencia hac�a de esa ventana un cr�ter en el edificio: un nicho en mi paisaje visual.</p><p>A los usuarios del autob�s no les gustaba mucho que me quedara sentada todo el rato en la parada, cuando ve�a con el rabillo del ojo alguna mala cara, volv�a a airearme caminando en otra ronda de vigilancia. Llevaba d�as comi�ndome las mismas fachadas y las mismas aceras. Hab�a contado los pasos entre una esquina y la otra, incluso el n�mero de barras del paso de cebra (seis), el n�mero de la expendedur�a de tabaco (524), me hab�a fascinado el n�mero de barrotes de los balcones de forja.</p><p>Resulta que los del primer piso tienen cuatro de ancho y conforme suben las alturas, son m�s estrechos y solo tienen uno, o dos. Los domingos eran sopor�feros para la espera. Me quedaba pensando m�s en mis cosas y apenas anotaba nada nuevo. Llegaba a quedarme hipnotizada por el rojo y verde del sem�foro cansino sin decir nada, atontada mirando al frente. Pero entonces llegaba el lunes y algunas de las rutinas de la gente me eran familiares. Estaba aprendiendo mucho, el tiempo que pasaba empuj�ndome a m� misma por las calles era sobre todo aburrido, pero ve�a c�mo la gente se relacionaba entre s�. Lo curioso es que los an�nimos de la tarde se saludaban m�s que los an�nimos de la ma�ana.</p><p>La se�ora del bolso blanco solo sonre�a al tropezarse con alg�n conocido, luego segu�a seca caminando; los se�ores de pantal�n beis y chaqueta azul (id�ntica) se mostraban m�s habladores si coincid�an despu�s de la comida que en horas de trabajo y cartera en mano. Me aburr�a inmensamente. En las ma�anas exist�an puntos �lgidos, y las tardes daban lugar a las cadencias.</p><p>Y, un d�a, me agotaba. Al d�a siguiente pensaba no volver. Ten�a la sensaci�n de estar encerrada en la calle, esperando robotizada. Dando tiempo al tiempo. Me hab�a percatado de que no hay mucha gente enamorada, y los que lo est�n no lo demuestran. Sea como sea, apenas anotaba �besos� en mi libreta. Si se abrazaban, no tardaban en soltarse. La normalidad no me gustaba. El hombre besa mal, me estaba dando cuenta d�a a d�a. Tiene por costumbre mirar a lo lejos o apretar los labios tras el beso. La mujer, en cambio, tuerce la cabeza hacia un lado visiblemente afectada por la acci�n beso. Lo s� porque yo he sido mal besada tantas veces.</p><p>Mi marido era el buenazo del pueblo. Y mi abuela se empe�� en que me casara con �l. Era el hijo �nico de los transportistas de la comarca, que, adem�s, tambi�n ten�an una tienda de paqueter�a y armas para la caza. Me iba con �l al cine porque all� en la sala era el �nico sitio en el que daba igual que �l no me diera conversaci�n, su mutismo parec�a una afon�a constante, mal curada. All�, callados, empezamos a querernos o a habituarnos mirando domingo a domingo en la sala de cine las historias de otros. Yo sent�a que lo ten�a al lado, pero solo lo sent�a, sin m�s. A la salida le preguntaba.</p><p>���Te gust�?</p><p>��Mucho.</p><p>���Qu� te gust� m�s?</p><p>��Los paisajes.</p><p>��Dan ganas de ir, �verdad?</p><p>��Es lejos.</p><p>��Claro, es lejos, pero dan ganas de ir.</p><p>��S�.</p><p>As� empec� a callar. �l eleg�a las pel�culas para ver y yo me sentaba a su lado. Los dos mirando la pantalla cogidos de la mano. Me entrelazaba los dedos en las escenas tiernas, y yo no sent�a pasi�n alguna, aunque me parec�a como un buenazo amordazado por su destino. Y yo no quer�a ese destino.</p><p>�El agua es ins�pida, pero es necesaria�, me dijo mi abuela cuando intent� explicar que era un desabrido. Yo sab�a que el agua era necesaria, pero en misa la mezclaban con vino, �por algo ser�a!�</p><p>Fueron as� a�os de dicha, digo, pero la felicidad est� hecha tambi�n de confeti, y el colorido no aparec�a por ning�n lado. Algo tan liviano como el confeti pod�a haber alegrado aquellas tardes de cine, pero-me lo dec�a mi abuela- �nicamente deb�a acostumbrarme a �l. Agua. Agua para quitar la sed. Agua.</p><p>Hay hombres que son simplemente agua. Agua. Creo que aquellos d�as de butacas no numeradas y cine fueron los que me hicieron aprender a caminar mirando al cielo tecnicolor. Esperando otra agua, otra pel�cula.</p><p>Los ojos muchas veces se me iban hasta uno de los balcones de la calle de Marcos Caballero. En uno de los que ten�an m�s barrotes, justo en el primero del n�mero 89, all� aparec�a siempre a la misma hora una se�ora de coleta canosa con una taza en las manos. Insisto, a la misma hora, matem�ticamente. La bata que vest�a era espantosa y, sin duda, no era de su talla. Anotaci�n: heredada. Pero me gustaba su forma de quedarse paralizada en el balc�n con los ojos clavados en la calle. Anotaci�n: campante. Lo bueno de la escena, se repet�a cada d�a, era el joven que dos alturas m�s arriba se asomaba en calzoncillos alegremente y miraba hacia abajo, busc�ndola. Se quedaba en el balc�n. En ese momento se pon�a a regar las plantas hasta que el goteo daba con la se�ora de la coleta canosa y esta se enfurec�a mirando hacia arriba. ��Otra vez!�</p><p>���Sinverg�enza!</p><p>Y tocaban el timbre los de correos y ella entraba irritada hacia su casa. Un d�a, como se repet�a muchas veces, saqu� mi c�mara de fotos para inmortalizar esa escena de pel�cula italiana, me parec�a la m�s evocadora del barrio. El timbre en la calle, la decepci�n en el primero y el lozano del cuarto. Tal vez era amigo de Marcos, por la edad. Ya todo era posible en mi imaginaci�n. Al fin y al cabo, alguna de las personas que estaba vigilando desde hac�a d�as ten�a que conocerle. Hice una foto al portal. Y otra a su balc�n. Deb�a averiguar d�nde tomaba caf�, sus costumbres, reunir todos sus h�bitos�, pero me daba cuenta conforme pasaban los d�as de que me ser�a m�s f�cil encontrar a un ladr�n que volver a coincidir con Marcos. Yo iba apuntando todo de forma cansina. La mayor�a de las veces por entretenimiento, para no perder la cabeza en esta desesperante vigilia.</p><p>Hab�a varios carteles que anunciaban la pel�cula de Marcos en las marquesinas de publicidad (�en los mejores cines�), as� que me mov�a como una aut�mata calle arriba calle abajo contando anuncios. Lo miraba en el cartel y la muerta viviente en la que me estaba convirtiendo cog�a algo de vida. La secuencia se repet�a todos los d�as. Pero entonces, un viernes, cuando m�s fatigada estaba�, pas�.</p><p>Mi recuento en ese momento era circular. Un estanco con todas las marcas de tabaco a la vista; una farmacia llena de productos para evitar las manchas de nicotina en los dientes y pastillas para adelgazar; en la tienda, ropa de todas las tallas con mujeres gordas felices; en el bar, oferta de bocadillo y caf� a dos cincuenta; y en la sucursal, cr�ditos a buen inter�s para �estar tranquilos toda la vida� y que me devolv�an la mirada anestesiada al cartel de seguros en el que garantizaban la felicidad en la playa dominicana. Me qued� mirando pensativa, era un c�rculo total. En una de esas vueltas absurdas ojeando todo para hacer tiempo en mi aburrimiento, un coche fren� en la puerta del n�mero 2, dio dos bocinazos y Marcos se col� apresuradamente. No me di cuenta hasta que no escuch� su voz y arranc� el coche.</p><p>Se me acababa de escapar. Mierda. Fue un instante en que lo atisb� con claridad, entre la puerta y el asiento, pero solo un segundo. Girarse hab�a sido una mal�sima idea. Tanto mirar el seguro, tanto dar vueltas embobada, tanto cr�dito dominicano hab�a sido tonter�a. Claro, yo miraba a todos, pero a m� nadie me miraba para avisarme.</p><p>�Tengo que verte�, me qued� pensando.</p><p>Volv� a pasar por la cafeter�a Rocablanca y me entr� la risa, un poco de verg�enza ajena por la situaci�n del desayuno con churros a lo Audrey. Dentro, tras el cristal, estaba el camarero. No se dio cuenta de mi presencia en la calle. He llegado a mirarme en muchos escaparates igual que en un espejo infinidad de veces, la realidad es mala. De todas las personas que conozco, la que menos se quiere a s� misma soy yo.</p></section><section><title><p>6</p></title><p>Como quien escribe en el agua. Perdida. Los d�as siguientes continu� yendo a su casa con la intenci�n de verle, pero lo hice mucho m�s temprano para que no se me escapara otra vez. A las ocho estaba ya en su barrio. Uno de esos d�as, Marcos se percat� de que alguien le hab�a seguido. Esa ma�ana sali� de casa a las nueve y veinticinco minutos, justo a la hora en la que el hombre de los cubos de basura los iba guardando de portal en portal, despu�s de haberlos rociado con agua apresuradamente.</p><p>��Buenas�-dijo sin levantar la cabeza de los pl�sticos.</p><p>��Buenos d�as, Manuel, que pase un buen d�a-correspondi� Marcos. Descubr� que el hombre de los cubos se llamaba Manuel y que se conoc�an, porque apenas cruzaron la mirada; mientras uno echaba agua absorto en sus pensamientos, el otro levantaba la vista al cielo como buscando el parte meteorol�gico a golpe de vista. A trav�s del aire las noticias vuelan. En cuanto Marcos se puso las gafas de sol y ejercit� el cuello para todos los lados, la joven de rizos de la zapater�a contigua al portal abri� puntual la persiana de su escaparate dejando sordos a la mitad de los que pasaban por la calle. Hizo un gesto con la barbilla y alert� a la compa�era-que se acercaba comiendo un cruas�n medio sacado de la bolsa- de que Marcos estaba all�. Una se�ora de negro con bolso negro apoyada en la parada del autob�s se dio cuenta tambi�n de su presencia justo cuando abr�a la cartera, besaba una estampa o foto guardada y sacaba su metrob�s. Un grupo de ecuatorianos mochila en ristre y vestidos de uniforme azul piropearon a la chica de rizos y uno de ellos se dio cuenta de Marcos. �Mira, el actor�, pareci� decir con el codo a su compa�ero. Los dos ejecutivos-tal vez pareja- que hu�an en taxis distintos despu�s de una mirada delicada y rutinaria tambi�n repararon en su vecino. Y en ese momento escuch� el rumor de un grupo de estudiantes que se acercaba, me di cuenta de que no pasaba desapercibido para nadie.</p><p>La zapatera ya hab�a pasado al interior del negocio caminando de espaldas. Era curiosa.</p><p>Marcos se dio cuenta de casi todos los gestos porque, tal y como hizo en d�as sucesivos, caminaba indiscreto analizando las caras de los transe�ntes para buscar muecas nuevas o expresiones desconocidas; al verlos, al descubrir un moh�n diferente en los extra�os, cambiaba el rictus imit�ndolos.</p><p>Deb�a de estar aprendiendo un nuevo papel y buscaba gestos para acompa�ar al personaje. Tengo mucha imaginaci�n. Al golpear la persiana en el techo de la zapater�a se apag� el letrero luminoso, al tiempo que Marcos comenz� a correr calle abajo siguiendo el descenso del agua de los cubos: calle de la Palma y la bajada posterior que lleva hacia la Corredera Baja de San Pablo. Tom� nota.</p><p>��No me lo puedo creer, se ha vuelto a estropear-dijo la zapatera.</p><p>���De qu� hablas? �Del cartel?-pregunt� la compa�era, esc�ptica.</p><p>��Otra vez. T� no quites ojo a la tienda, voy a la ferreter�a.</p><p>�Cartel fundido�, anot� en mi libreta de forma mec�nica. La visi�n del luminoso parpadeando me pareci� una contrase�a, un gui�o hacia m�. Hab�an pasado quiz� solo cuatro o cinco minutos cuando arranqu� a caminar hacia la panader�a de la esquina para esperarle. Primero sent� un hambre atroz al descubrir un arsenal de boller�a reci�n hecha, despu�s, unos celos espantosos. A m� me hab�a costado un bochorno entre adolescentes chochas tener una foto de mi actor, y aqu� en la panader�a ten�an colocado su retrato firmado (�Para mi horno favorito, Marcos�) entre un bodeg�n de panes de diferentes sabores.</p><p>Una horterada de premio: el altar de Marcos estaba formado con rosquillas de an�s y bollos cubiertos de s�samo y pipas; hab�a un bloque de edificios simulando una ciudad que eran simples panes de molde colocados en vertical al m�s puro estilo Benidorm o Nueva York. Sent� empacho ante la cursilada y me dieron ganas de buscar una piedra y ponerme bruta con el escaparate.</p><p>��Buenos d�as-sonaron las campanillas de la puerta y todas se giraron hacia m�.</p><p>��Buenos d�as.</p><p>���Qu� desea?-me preguntaron.</p><p>��No, no, puedo esperar. Est�n esas dos se�oras delante de m�.</p><p>��Estamos atendidas-dijeron al mismo tiempo, tan rid�culamente que me entr� una risa tonta primero y luego aquello se convirti� en una situaci�n embarazosa porque fui una descarada.</p><p>��Est�n atendidas-repet� imit�ndolas.</p><p>��Son hermanas-me explic� la panadera cuando las dos te�idas salieron a la calle.</p><p>���Monjas?-pregunt�.</p><p>��No, mujer, hermanas hermanas, hermanas de verdad. Menos mal que usted se ha re�do porque desde que vienen al horno siempre he tenido ganas.</p><p>��Es que tienen una voz�</p><p>��De pito. �Estamos atendidas�-repiti� la due�a con co�a.</p><p>���� atendidas�, ja ja-repet�-. Eran como dos meninas conjuntaditas. Nos va a castigar Dios.</p><p>��Dios no est� para estas cosas. Quite, quite. Bueno, d�game, �qu� desea?</p><p>La se�ora Matilde vio por el cristal de la puerta de entrada c�mo Manuel se acercaba a por los cubos de basura y saludaba con la mano desde la calle. Yo me qued� mirando la ofrenda que le ten�an dispuesta a Marcos en el escaparate. Estaba dudosa. El tiempo se alarg� porque entr� una pareja y me acerqu� a mirar de cerca la foto con intenci�n de besarle con los dedos. Necesitaba poner las cosas en orden en mi vida, pero sobre todo necesitaba sentirle cerca. Levant� la mano hacia el retrato, sent� mis yemas en su cara y en ese preciso instante de comuni�n y ausencia empez� a desmontarse el pabell�n fotogr�fico como si la India entera estuviera sacrificando a todas las vacas sagradas en el Ganges. Me sent� morir. Peor incluso cuando toda la panader�a sali� al mostrador alertada por los gritos de Matilde.</p><p>No sab�a si huir corriendo hacia la puerta o llamar al 091 en previsi�n de la somanta de palos que vi amenazante en la mirada de la due�a.</p><p>���Calma!-grit�. Atendi� a la pareja y vino hacia m� humillada por la escena que acababa de montarse.</p><p>��Perdone, perdone, perdone, perdone�-me doblegu� abochornada. Quer�a postrarme a sus pies, que me pisoteara, que hiciera justo sometimiento a la destroza que acababa de causarle.</p><p>��No hace falta que se mortifique. Es solo pan.</p><p>Calma. Sent� la calma de su mano en mi espalda cuando se acerc� al epicentro del terremoto panadero. Era la segunda vez que me calmaban as�. La primera fue la mano de pl�stico de Julia, en la Gran V�a. Se me hab�a quedado cara de boba, culpable del escenario que en segundos pas� de ofrenda tur�stico-nacional a zona catastr�fica.</p><p>��Soy una ruina.</p><p>��Tranquila, mujer, que esto lo montamos con pan nuevo, que este deb�a de estar ya seco y se ha ca�do nada m�s rozarlo.</p><p>��Estaba mirando la foto�</p><p>��Si espera unos minutos lo ver� entrar. Es Marcos Caballero. Marcos es el ni�o de mis ojos, viene cada ma�ana, es del barrio y acaba de hacer una pel�cula, es su primera pel�cula. Se lleva una barra de pan crujiente de cuarto, dos magdalenas integrales reci�n horneadas y pan de pipas.</p><p>As� era cada d�a. Y as� ser�a hoy porque si esperaba diez minutos �su chico favorito� pasar�a corriendo por delante de la tintorer�a, del bar, del garaje, de la colchoner�a, de la tienda de m�viles, del quiosco de prensa, la peluquer�a, el otro bar y, en segundos, la panader�a. Su panader�a. Ocurri� lo que ten�a que pasar, abri� la puerta, sonaron las campanillas, observ� de reojo su altar venido abajo y, tras un sonoro buenos d�as entre exhalaciones, Matilde seleccion� el pan, cogieron las dos magdalenas integrales del interior y lo metieron todo en una bolsa de papel.</p><p>���Qu� ha pasado aqu�?-pregunt� con una sonrisa de medio lado.</p><p>��Nada, que eres un terremoto y se me ha desmoronado tu retablo.</p><p>��Eres una friki. Eso te pasa por hacerme altares de pan-a�adi� ri�ndose.</p><p>���Qu� dices! Toma, ni�o, lo tuyo. Que vaya bien el d�a-dijo Matilde victoriosa.</p><p>Y Matilde recibi� sus dos besos y sus mejores buenos d�as. Yo me qued� paralizada en la esquina de las mermeladas con ganas de llorar y de decirle: �Soy yo, soy yo, soy yo, soy yo, la loca, la desquiciada, la que ha perdido la raz�n, la que te sigui� por la noche, la del portal, la que te mira� Soy yo, Marcos, Marcos, soy la mujer del otro d�a�.</p><p>Me qued� arrinconada sin abrir la boca. Agarrotada en la pared. Ten�a el cuerpo m�s recio de lo que imaginaba, era m�s alto a la luz del d�a, aparentaba m�s espigado que aquella noche que le segu� de madrugada cuando se retiraba de la fiesta. Desde el d�a de la epifan�a en la Gran V�a hab�a imaginado muchas veces c�mo ser�a el momento de verle de cerca. Pero, aun habiendo barruntado las mil y una maneras de arrimarme a �l, no pude reaccionar. La visi�n dur� los segundos que tard� en abrir la puerta, recoger su encargo, dar los dos besos-equivocados- y caminar a la puerta. Met� torpemente la mano en mi bolsillo donde ten�a la foto del cine y la retorc�. Cuando emprendi� la salida, volv� a aturullarme.</p><p>��Espera-le dijo Matilde.</p><p>En medio de aquella atm�sfera de panes y gui�os sent� una punzada en el coraz�n que volvi� a detenerme.</p><p>��Quiero que pruebes estas nuevas.</p><p>Entonces se gir� de nuevo y tom� del mostrador un paquetito envuelto en papel de horno.</p><p>��Toma. Ya me dir�s.</p><p>Marcos le correspondi� gui�ando un ojo desde la puerta. Ni cuando escap� de mi pueblo con rumbo desconocido aquella noche de Carnaval tuve tanta ilusi�n, algo se liber� dentro de m� provocando una euforia como no he vuelto a sentir.</p><p>La ni�a de Matilde, de quince o diecis�is a�os, rebelde sin sustancia, le miraba con fingida indiferencia, como pensando �mi madre est� loca, yo paso de famosos�. Pero lejos de hacerse la impasible ante Marcos para diferenciarse de su madre, gesticulaba inconscientemente igual que ella, arregl�ndose la bata con dos tirones, las dos a la vez, mec�nicamente.</p><p>��Esta ni�a es una siesa-dijo delante de ella mientras le daba un codazo para animarla a pronunciarse sobre Marcos-. Ay, si yo tuviera tu edad�</p><p>���Qu�? Si tuvieras mi edad, �qu�, mam�?</p><p>��Nada, nada. Esta juventud�-contestaba con aparente melancol�a-. �Qu� desea, mujer?</p><p>�Qu� le pongo? A�n no me ha pedido nada.</p><p>��Gracias por no delatarme. Qu� lerda soy.</p><p>Sal� a la calle en un estado lamentable, con falta de reservas de ox�geno por el shock emocional.</p><p>Ignoro qu� habr�a sido si en ese momento hago todo lo que llevaba pensado, si en lugar de quedarme pegada a las mermeladas, me planto frente a �l, le toco la cara, las manos y� le hablo. Sal� a la calle, digo, transformada, y recorr� varios metros hasta que encontr� un banco para sentarme. De repente, mi abuela-ya fallecida- apareci� sentada a mi lado con los ojos cerrados.</p><p>�Cre�as que estaba muerta, �eh?�</p><p>Romp� a llorar. Saqu� mi libreta y anot� la hora y el horno en el que Marcos compraba el pan, y aprovech� para escribir tambi�n la lista de la compra para no pensar en una respuesta. No quer�a acabar como una demente y olvidar todo esto.</p><p>Estuve varios d�as o varias semanas volviendo a la panader�a como una clienta nueva del barrio. A Matilde le hac�a gracia recordarme que yo era la terrorista de su escaparate, as� me llamaba, y a m� me emocionaba especialmente que me tratara con aparente normalidad. Yo ya le hab�a contado que me ganaba la vida haciendo arreglos de ropa y la pedicura a las vecinas de mi barrio (bueno, a ella le dije �del barrio� porque no entender�a que viviera a ocho paradas de metro de all�, en Pac�fico). Un d�a, incluso, me ofreci� trabajo de verdad, no como mero tr�mite de cortes�a para halagarme. No. Me lo ofreci� con toda franqueza.</p><p>��Buenas, Matilde. �C�mo estamos hoy?</p><p>��Pues ya sabes�, sobreviviendo feliz. �Vas de compras?</p><p>��Bueno�, dando una vuelta. Si quieres, salte a tomarnos juntas un caf� con leche.</p><p>��Anda ya�-mascull� la panadera-, con la de trabajo que tengo.</p><p>��Pues yo regular. No te creas que me salen muchas cosas.</p><p>��Pero �vas mal de trabajo?</p><p>��Pues tirando, hija, tirando�</p><p>��A ver si te busco algo, que eres muy maja y se te ve muy apa�ada.</p><p>Se trataba de ir haci�ndome con la geograf�a de la calle, todo lo que compon�a su reino, el bar, la farmacia, el otro bar, el estanco� Si un�a mi deseo a mi esfuerzo, pod�a controlar los mil�metros y las horas exactas de entrada y salida de Marcos. Y, si un�a mi anhelo a mi necesidad, casi pod�a olerlo antes de que pisara el barrio. La cuesti�n era verle, sentirlo en la distancia m�s corta. Seg�n mi madre, las personas que saben mirar saben querer. Solo deber�amos evitar los besos de aquellos que no nos miran.</p><p>O nos malmiran.</p><p>Exactamente, Marcos volvi� a aparecer por la calle cincuenta y ocho minutos despu�s de haber salido de casa y haber sudado su particular marat�n ma�anero. Pantalones muy cortos dejando al aire sus piernas fibradas, fuertes, sudadera de capucha, ce�ida y arremangada hasta los codos, a veces azul, a veces verde. Guapo. Siempre guapo. La zapatera sal�a de su madriguera diez minutos antes de que el ocasional deportista llegara al portal, para empezar a fregotear la acera y arrojar las aguas sucias por el desag�e cercano al �rbol. Pero de esto ya era incapaz de darse cuenta �l porque llegaba jadeante, agotado. Ajeno a ella, estiraba las cervicales, buscaba las llaves y abr�a la puerta de regreso a casa.</p><p>A esas horas, ya entraba y sal�a gente de la sucursal del banco, el bar empezaba a gestionar almuerzos y los espectadores de la calle dejaban de ser estudiantes para convertirse en se�oras con el carro hacia el mercado de Barcel�, am�n de los jubilados en busca de un espacio al sol en los bancos de la parada de autobuses. Desde la calle se escuchaba el portazo de la doble puerta interior y tal vez dentro Marcos abr�a el buz�n, tiraba las hojas de publicidad, seleccionaba las cartas-decenas- y llamaba al ascensor manifiestamente cansado. Cuarto piso, derecha y centro. Tal vez Marcos, dentro de su casa, sintiera la necesidad de relajarse un rato mirando la tele. Tal vez, al desnudarse para ducharse activaba el contestador del m�vil con altavoz para escuchar las llamadas desde el ba�o, abr�a el grifo dejando caer el agua-ni muy caliente ni muy fr�a- y tal vez visualizaba su f�sico frente al espejo para comprobar el avance de su deporte. Las cortinas corridas en los tres balcones imped�an ver la vida privada del joven, aunque borrosamente se notaba alg�n movimiento de su figura tras las telas. Su silueta se difuminaba tras la opacidad del algod�n.</p><p>A la ma�ana siguiente, se volv�a a repetir exactamente la misma escena. Pantalones muy cortos dejando al aire sus piernas fibradas, fuertes, sudadera de capucha, ce�ida y arremangada hasta los codos, a veces azul, a veces verde. Guapo. Siempre guapo. La zapatera que mira, las aguas sucias, los estudiantes, la persiana, los autobuses, el portazo.</p><p>Uno de aquellos d�as, al volver de su habitual marat�n, me pregunt� la hora. Le dije-sin mirar el reloj</p><p>��que eran las nueve y veinticinco minutos, y me gir� r�pidamente hacia la zapater�a totalmente azorada.</p><empty-line/><p>���Usted estaba aqu� antes?-me pregunt�.</p><p>��No, no.</p><p>��Me ha parecido verla cuando sal�a de casa.</p><p>Aquel d�a signific� un tap�n en mi vigilancia. Fue un rel�mpago de una intensidad irrepetible.</p><p>Durante unas d�cimas de segundo pens� que mi plan se ven�a abajo. Dej� de deambular por su calle y me escond� durante semanas. Volv� a casa perpleja, tratando de visualizar sus palabras y su mirada dudosa cuando me pregunt� ��usted estaba aqu� antes?� y �me ha parecido verla�. Era cierto que descuid� un instante la discreci�n por cansancio, me hab�a quedado dormida en la parada de autobuses durante toda la noche esperando que llegara de una cena con amigos que nunca se terminaba. Me hab�an echado de la puerta del restaurante al verme vagar maleante del n�mero 50 al 60 con demasiada inquietud y no tuve m�s remedio que huir hacia su portal para quedarme a esperar su llegada. Fue un error de principianta que pagu� con un alejamiento voluntario y temporal de su zona. Sin embargo, hab�a descubierto mi punto fuerte: era una total desconocida para �l. Y ese era su punto d�bil: que yo le era invisible.</p><p>La idea de que pod�a entrar en casa de Marcos no me dejaba concentrarme. Tocar sus cosas, notar su perfume en el aire o incluso el de su piel.</p></section><section><title><p>7</p></title><p>�Es necesario buscar un acercamiento�, me dije mientras me acostaba. En lugar de aproximarme, estaba huyendo. Ten�a la impresi�n de que, al quedarme plantada all� (mi maldita suerte), Dios me castigaba. La vida entre dos exige que uno decida y yo estaba al ralent�, con el motor parado, segura de ver que podr�a caminar pero sin poder hacerlo. As� que asum� que estar�amos separados durante quince d�as.</p><p>Pas� las primeras ma�anas haciendo todo a otro ritmo; me levantaba m�s tarde, me quedaba acurrucada en la cama procurando continuar mis sue�os ya despierta. Daba la vuelta a la manzana en direcci�n contraria a la habitual para verlo todo distinto (no me hab�a dado cuenta de que los carteles por detr�s no son carteles, no son nada). Canturreaba: �Te tengo cerca�, te tengo cerca�, te siento cerca��.</p><p>De momento no iba a mover un dedo para retenerlo.</p><p>En ese estado de gracia estuve tres d�as. En soledad, uno descansa. Porque esta soledad era ya una soledad compartida. Intu� que salir a la calle por su zona podr�a tener consecuencias, pero deb�a mantenerme fr�a. Marcos Caballero era, evidentemente, un chico maduro para su edad, pero no pod�a dejarme llevar por la emoci�n. Recuerdo que baj� a comprar al mercado, y en la fruter�a Mercedes repar� en mi palidez y me pregunt� si me iba a desmayar.</p><p>��Estoy bien, yo creo que estoy mejor que nunca.</p><p>��Pues, hija, no lo parece. Llevas una cara que si fuera t� me ir�a directita al ambulatorio.</p><p>��Es que� �Son de hoy los melocotones?</p><p>���Pues no van a ser de hoy si te los llevaste ayer!</p><p>��Yo me llevar�a sand�a, est�n saliendo todas buen�simas. Si quieres te abro una y te la llevas-apunt� su marido.</p><p>��Bien.</p><p>��Est�s bien p�lida. Est�s p�lida� como la sand�a. �Abre otra, Juli�n!-dijo Mercedes ri�ndose.</p><p>Segu�a teniendo atravesada en la garganta la intensidad de nuestro cruce de palabras. Comprend� que, aun estando el uno al lado del otro, nos encontr�bamos todav�a en estadios diferentes. A �l le faltaba la�, no s� decirlo, toda esa carga emocional que yo depositaba en cada mil�metro de su cartograf�a. La realidad hab�a hecho que nos cruz�ramos, adem�s me hab�a hablado, incluso debi� de mirarme a los ojos. Entre aquellas personas, en el mercado, flotaba como una aparici�n mariana, de hecho no ten�a la certeza de que estuviera pisando el suelo adoquinado. Tuve que apuntarlo en mi libreta para no olvidarlo.</p><empty-line/><p>Esa misma tarde sal� a la calle y baj� hasta el centro de salud a mirarme. Compr� de camino gominolas (moras negras) y me las com� en la puerta de la consulta. Era una costumbre de aquellas tardes de cine con mi marido, ahora tambi�n estaba viviendo una pel�cula y cargu� con una bolsa.</p><p>Mientras saludaba a los que llegaban a la sala de espera fing�a que les escuchaba c�mo me contaban sus dolores, pero estaba pensando qu� hacer con mi nuevo prop�sito. Me imaginaba invadiendo el piso de Marcos. De propon�rmelo, habr�a sido una gran fabuladora. Ten�a una imaginaci�n espumosa. Bette Davis era la portera del edificio de Marcos, me daba varios montones de cartas para el actor y yo me sub�a por las escaleras agitada. Irma la dulce sub�a acompa�ada de su perro y un hombre fibroso. La del segundo era Lauren Bacall, sal�a en bata para dejar pasar a Humphrey Bogart, que llegaba fumando. La ni�a de <emphasis>El piano</emphasis> bajaba corriendo con una pelota roja que se iba inflando al dar botes en los escalones, vestida extra�a como sacada de otra pel�cula. Yo me vi clar�simamente entrando en casa de Marcos, con mis llaves, como si fuera la asistenta. Todo lo imaginaba en blanco y negro. Puse s�banas blancas limpias en su cama y abr� las ventanas de su habitaci�n para que se ventilara la estancia, recog� la ropa sucia del suelo y puse una lavadora, dos; orden� los geles y champ�s del ba�o y tir� los que estaban casi agotados. Dej� el acondicionador, la espuma de afeitar, las cremas, el colirio y el cepillo con la pasta de dientes en el mismo hueco de la repisa, bajo la lamparita. Perfum� la cama con su colonia y me puse a ordenar el armario replanchando las camisas arrugadas por el desorden y cosiendo alguno de los botones. El cuarto de Marcos se me aparec�a algo descuidado y en la mesilla oriental hab�a notas que no quise leer y libros y revistas de moda de meses anteriores. Las llev� al sal�n y las dej� repartidas en varios montones del revistero; pas� la aspiradora por toda la casa despu�s de ordenar las sillas, ahuecar los cojines del sof� y limpiar los ceniceros. Ech� m�s colonia. Sol�a criticar a las personas que se dejan los ceniceros llenos de colillas y ceniza reseca, pero a Marcos no. Cuando queremos, tenemos que aprender a aceptar al de enfrente. Seguramente en esa casa hab�a invitados cada dos por tres y poco tiempo para organizar su vida. Tan joven. Me prob� una de sus camisas al volver a su habitaci�n y sent�, entre el humo de mi fantas�a, que lo ten�a abraz�ndome y dici�ndome �te quiero mucho� al o�do. Al colocarme la camisa sent� la sutil ternura de su juventud envolvi�ndome como el humo. Me prob� tambi�n una de sus camisetas y acarici� alguno de sus zapatos de piel, todos negros, y aprovech� para limpiarlos a fondo. Al acabar, di una vuelta por la casa y me gust� el resultado. Me sent� en su cama y esper�.</p><p>Una vez recogida la casa, decid� hacer un poco de compra para dejarle la nevera lista, pues en la de Marcos apenas hab�a yogures y latas de cerveza. En el congelador dej� varias bandejas de carne, merluza congelada y croquetas listas para fre�r, cambi� de estante los yogures y los dej� junto a unos nuevos de sabores variados y puse fruta y verduras en los cajones, huevos frescos, queso, jam�n en taquitos, gazpacho envasado y algunas botellas de zumo. Le dejaba lo suficiente para que la nevera empezara a parecer una nevera y no un almac�n de vac�o. Me hice un caf� y recorr� la casa satisfecha y atiborrada de esperanza y espejismo. Y de ansias de aprobaci�n.</p><p>Pasado el rato, cuando se me acabaron las moras negras y me toc� el turno de la consulta, sent� que no ten�a nada que contarle, sin embargo me empezaba a marear levemente.</p><p>��A ver, �qu� te pasa?</p><p>��No s�. En el mercado me han dicho hoy que estaba p�lida como una sand�a mala.</p><p>��Qu� sabr�n ellos de estados de palidez-me recrimin� el m�dico-. Dime qu� te pasa.</p><p>��No s�. Estoy�</p><p>��Pero si est�s llorando.</p><p>Hac�a mucho tiempo que no visitaba la consulta y no ten�a ganas de contarle nada. Me inquietaba pensar si me hab�a dejado la nevera abierta al ordenar las cosas de Marcos, tal vez al probarme las camisas hab�a dejado restos de maquillaje, o quiz� tir� alguna de las notas que ten�a en su mesita al ventilar la habitaci�n y era alg�n tel�fono o una cita importante a la que no pod�a faltar. Enseguida not� que estaba fabulando demasiado. A veces pienso que estoy mal de la cabeza, demasiado mal de la cabeza. En mi delirio figurado por casa de Marcos abr� los primeros cajones de su c�moda y record� que ten�a preservativos (no deb� mirar) y ropa interior ajena. Estaba excitada por el exceso de nervios.</p><p>Las revistas estaban en su sitio, las luces apagadas, la cama hecha, las llaves en su lugar�</p><p>��Dime qu� te pasa, por favor-insisti� preocupado el doctor-. �Te acuerdas de �l otra vez?</p><p>No quiero darte ansiol�ticos.</p><p>��No, la que no quiere tomar ansiol�ticos soy yo.</p><p>���Est�s segura?</p><p>��Estoy segura, quiero dejarlos. Creo que es el momento.</p><p>��Esc�chame. Me parece bien. Deber�as empezar a madurar, a saber que las cosas pasan, que ya se agot� esa etapa, que debes mirar hacia delante-a�adi� conciliador-. No eres la �nica mujer separada ni vas a ser la �ltima.</p><p>��No me encuentro mal. Soy solo una sand�a sin color. Me lo ha dicho Mercedes y nada m�s.</p><p>Estoy bien.</p><p>El doctor me acompa�� a la salida despu�s de recetarme vitaminas. La mujer que hab�a estado mir�ndome comer de manera ansiosa las gominolas se despidi� con la cabeza y volvi� su mirada a la revista que ten�a entre manos.</p><p>��No seas boba y come, est�s falta de energ�a, tienes la tensi�n baja�-intentaba explicarse con benevolencia-, seguramente est�s durmiendo mal, dolor muscular. T�matelas y vuelves a verme.</p><p>Ten�a la impresi�n de estar viendo a Marcos en las manos de la se�ora, una foto dentro de la revista. Mientras me hablaba el doctor me iba acercando m�s para cerciorarme bien de la imagen. Me daba miedo que fuera otra vez producto de mi imaginaci�n.</p><p>Memoric� la revista y sal� a la calle con la idea de comprarla en alg�n quiosco cercano. Pas� por delante de una panader�a y me gir� al escaparate como si todas las panader�as de Madrid fueran a tener la foto de Marcos entre montones de bizcochos y bollos de pipas y s�samo. Me daba p�nico, yo no compraba revistas nunca, y, de pronto, la idea de que la publicaci�n fuera antigua me angusti�. Como si esa foto, a la que apenas acababa de ver entre las manos de la se�ora, fuera la �nica.</p><p>Tras caminar muy poco, par� en un quiosco y busqu� la revista entre el tapizado de portadas colgadas en cuerdas.</p><p>���La puedo ayudar en algo?</p><p>��Busco a� Marcos Caballero.</p><p>��Sale en esta.</p><p>Le� la revista de pie, junto a los peri�dicos. Era la primera vez que Marcos sal�a en una portada. Su fama estaba creciendo por d�as, era un chico famoso� Tras cerrarla en mis manos, tuve una enso�aci�n muy poderosa: imagin� una ciudad en la que solo vivi�ramos Marcos y yo y fuera imposible no verse porque todas las calles condujeran a su casa y todas las puertas abrieran con la misma llave. Los dos nos �bamos cruzando de esquina en esquina y nos ve�amos obligados a saludarnos y darnos besos como los que le daba a la panadera porque era la �nica persona a la que ver�amos en esa ciudad d�a tras d�a. Llegu� a casa con la confianza de una ni�a nueva. Cuando tus padres se dan cuenta de que tienes los deberes hechos y te delatan porque te miran de otra manera al saber que hay tiempo para jugar. As�. Durante mi �poca de estudiante hac�a siempre todo lo del d�a siguiente en el autob�s, justo cuando abandonaba el colegio y me volv�a a casa. El recorrido era suficientemente largo porque era la �ltima en bajarme del veh�culo. Procuraba sentarme al final para ir leyendo los apuntes del d�a y as� llegar a casa con todo organizado: cosas de orden pr�ctico; aprend� a diferenciar lo que me servir�a para el examen y lo que no.</p><p>Como una forense. Mi minuciosidad-ahora lo entend�a- llegaba a la capacidad de memorizar todo con dos �nicas lecturas y, a veces, me asustaba ser consciente de perder esa capacidad. Un d�a sorprend� a mi abuela recit�ndole el Credo en mi segunda asistencia a misa. Ancha de orgullo como solo lo hace una abuela, me toc� pasar a cantarlo en casa de sus amigas y de mis t�as abuelas. Dej� la revista abierta por su foto encima de la mesa, como si cerrarla fuera a desconectarme de �l. Luego fui a la cocina y me hice una tila sedante para quedarme dormida durante toda la noche y descansar. Ten�a sus palabras almacenadas en mi cabeza. En el fondo lo que quer�a era dormirme diez d�as y diez noches seguidas para acelerar el tiempo, volver a su portal y seguir sus movimientos.</p><p>Marcos estaba enamorado. Lo pon�a en el titular. Impreso en negro sobre color.</p></section><section><title><p>8</p></title><p>���ngeles, chiquilla, deja de seguir a los gatos por el corral. Me est�s poniendo de los nervios.</p><p>��No segu�a a los gatos.</p><p>��S�, segu�as a los gatos.</p><p>��Es que ha parido la gorda.</p><p>���No me discutas y sube a merendar!</p><p>El patio de la abuela era al mismo tiempo jard�n bot�nico, zool�gico y zoco de herramientas. Y</p><p>como a tal ol�a: a podredumbre, �xidos, a especias, vinagre y azufre. Solo se aguantaba la fresca junto al gigantesco rosal que daba entrada al garaje en el que se amontonaba la le�a. Era un macizo de flores que se desplegaba por la tapia con ramas rudas pero llenas de rosas, rosas enormes, que la abuela me imped�a cortar. �D�jalas ah�-recriminaba-, que crezcan y mueran en su sitio.� Yo era una insignificante cr�a que iba y ven�a a la escuela, que se escapaba a menudo a la playa para caminar descalza y que volv�a con los bolsillos llenos de caracolas lamidas por el mar. Guardaba especial cuidado en seleccionar las conchas que estaban agujereadas por el roce con el agua y las rocas, porque esas me pod�an servir para hacer colgantes y peque�os abalorios sonoros que luego colgaba de la cabecera de la cama, junto a la llave de la luz. Las inservibles, rotas o deterioradas, las empleaba para rellenar las macetas, porque as� la tierra conservaba la humedad. Me lo hab�a dicho mi t�o, que era la persona m�s sensata y m�s pr�ctica que he conocido nunca. Mi lugar preferido fue siempre bajo la sombra que proyectaba el rosal. Como no pod�amos cortar las flores, las rosas acababan marchit�ndose sobre la tierra despu�s de haberse abierto excesivas en las ramas. A m� me daba pena ver c�mo se deshojaban �lloraban? los p�talos cay�ndose o despidi�ndose de la mata. Esa imposibilidad de coger una y cortarla, cuando todav�a estaba desarroll�ndose p�rvula, me martirizaba. Cualquiera dir�a que con tanta rosa se iba a notar que yo escapara con una para colg�rmela del pelo o aplastarla entre mis libros paralizando as� su juventud. Pues la abuela lo notaba. No se pod�an regalar flores: era una batalla perdida de antemano.</p><p>��Nada de cortarlas.</p><p>��Abuela, yo quiero una.</p><p>��Te he dicho que las rosas no se cortan. Quiero que se mueran ah�, en el rosal.-As� que su cuna tambi�n era su tumba. La abuela lo notaba si lo intentaba.</p><p>�D�jalas ah�, que crezcan y se mustien en su sitio.� Eso fue lo que verdaderamente deb�a aprender desde entonces, que las cosas y las personas en mi pueblo crec�an y mor�an en su sitio. A mi pesar. Fue un proceso de vida que se sosten�a en la parsimonia de los d�as, todo viajaba lento, �o deber�a decir viv�a lento? Los domingos me pon�a el vestido de los domingos que llevaba los zapatos de los domingos a juego y que nunca dejaron de hacerme da�o. Se me quedaron peque�os y hubo que cambiarlos por otros nuevos antes de lograr domar la piel del empeine y del tal�n. Desde ese momento empec� a odiar las tiritas. Del mismo modo que las coletas me las sujetaban tensas cada domingo, todo el pelo tirante hacia atr�s con la fuerza de un peine mojado en agua y brillantina. �Qu� placer era soltarse el pelo! Y qu� placer la llegada del lunes para calzarme con los zapatos viejos.</p><p>Alrededor de las doce y media, despu�s de misa, donde le�a y pasaba la bandeja petitoria, llegaba el momento de hacer la ronda de visita por todas las casas de las t�as, que, como centinelas organizadas, me besaban con ruido de exagerado afecto en la puerta de la calle a la vista de todos los vecinos, y yo les ofrec�a la mejilla torciendo la cara con asco; ellas aceptaban mis besos que no quer�a dar y me brindaban a la fuerza un desayuno por casa� tres veces, uno por t�a. Luego llegaba a comer con la abuela y no ten�a hambre y me re��an por no tener hambre, por no querer comer, por esconder la carne masticada bajo el plato o en el bolsillo del vestido de los domingos. Crec�a as� por inercia absurda, sobrealimentada y expuesta en un c�rculo de rutinas que solo romp�a en el mar. Mirando c�mo se estallaban las olas rizadas en las barcas y, por las tardes, esperando la llegada de los barcos tras la pesca. En el puerto ol�a a carburante usado y a pescado fresco, a hielo picado que arrastraban en cajas para conservar las capturas. Me habr�a ido en uno de esos barcos que romp�an la monoton�a de mi casa, de mis zapatos y de mis coletas. Pero ni pod�a escapar, ni pod�a cortar las rosas.</p><p>Todo se viv�a lento. El verano era el m�s pesado del calendario, las moscas se pegaban a la piel despu�s de andar zumbando alrededor de las sillas. La abuela, despu�s de comer, se dorm�a en la mecedora con alguna pegada a las faldas, pero lo curioso es que las ahuyentaba con los ojos cerrados como si las viera a trav�s de los p�rpados.</p><p>�Du�rmete y deja de mirarme�, me dec�a.</p><p>Esa sensaci�n me persigui� toda la vida, que la abuela me vigilaba siempre, incluso a trav�s de las paredes y puertas cuando me gritaba-��deja de escudri�arme en las labores!�- porque yo estaba explorando curiosa entre los ovillos y las agujas de gancho. La abuela tiene hocico, pensaba. Hoy a�n sigo creyendo que me vigila. Que me observa. Que me protege.</p><p>Entre las cosas de su cestillo de costura hab�a todo un arsenal de posibles juguetes, desde botones de colores enormes de cuatro agujeros que serv�an de peonza, saquitos con romero y lavanda, alfileres de colores, un huevo de madera, papelitos doblados con cromos de descuento para la compra, una vieja funda met�lica de un puro habano que serv�a para guardar agujas de ganchillo, dedales, limas de u�as, hilos, etc�tera. Buscar algo nuevo era de las pocas cosas apasionantes que ten�a a mi alcance en aquella casa. Siempre era distinto porque al tocar la caja y remover las cosas volv�a a desordenarlo y promet�a novedad. En ocasiones le robaba algo, un peque�o bot�n de los irregulares para llev�rmelo a clase cosido en mi estuche de cremallera, el abanico de agujas de colores, alg�n imperdible�</p><p>���Has estado registrando la caja?</p><p>��No, abuela.</p><p>��No quiero que me escudri�es en mis cosas-recalcaba.</p><p>��No, abuela. Nada.</p><p>��Anda, si lo sabr� yo�</p><p>Enseguida recuperaba un tono m�s alegre:</p><p>��Ven que te ponga un imperdible en la falda, el grande. Que s� que te gusta.</p><p>Me di cuenta, por la forma de mirarme, que sab�a que ya hab�a cogido uno. Una tarde buscando entre los ovillos empec� a desenredar uno de ellos, era de lana violeta y del tama�o de una pelota gorda.</p><p>Cog� el cabo suelto que bailaba entre los tesoros de la cesta y empec� a anudarlo en mi dedo, segu� enred�ndolo para deshacer la madeja formando otra madeja. Hab�a algo en el interior que cruj�a, algo cavernoso y atractivo al o�do. Cuando la lana empez� a coger forma de ovillo, saqu� mi dedo y segu� gir�ndola para hacerla m�s grande al mismo tiempo que se hac�a m�s peque�a la bobina original de la abuela. Una crec�a vuelta a vuelta y el otro rollo se iba desvistiendo de sus capas para mostrarme su interior. La abuela no sospechar�a nada porque seguir�a quedando una bola de lana igual a la anterior y no cabr�a lugar a sus sospechas, sin embargo cuando iba formando y desmontando la madeja, vigilaba la puerta que daba a las escaleras como si ella, toda de negro, fuera a entrar alertada por su hocico. Me quedaban pocas vueltas, las que me conduc�an al tesoro.</p><p>No es que trate de recordar lo que estoy contando, es que lo estoy viviendo ahora mismito, como si hubiera sucedido el otro d�a. Aunque desconf�o de la memoria de la misma manera que desconf�o de los gatos; la memoria es una laguna traicionera en la que puedes caerte y ahogarte en cualquier momento.</p><p>Funciona igual que las trampas para los roedores: notas un zarpazo en cuanto te acercas a oler lo a�ejo.</p><p>Por eso mi recuerdo se ha quedado agarrado a la piel. Aquel d�a de verano, siempre es verano, descubr� que mi abuela hab�a sido mujer.</p><p>Junto al antiguo quiosco de la feria hab�a una fuente que disparaba agua si apretabas el pie. Junto a esa fuente desapareci� para siempre el hombre al que quiso. Suplantando a mi abuela le� el siguiente texto que apareci� en el centro del ovillo: �Querida Bego�a, si ves que no estoy el d�a se�alado es que he tenido que marcharme urgentemente con mis padres. Yo quisiera pasear a escondidas contigo por nuestro sitio, albergar la esperanza de tenerte para siempre sin miedo a ser vistos. Tengo la sensaci�n de que deberemos esperar a otra vida para volver a tenernos. [ilegible] Te respeto y te a�oro mientras escribo estas letras que s� que leer�s con resignaci�n, tal vez te has ido hacia el final de la alameda, tal vez sigues ah� en pie junto al sonido del agua. Yo estar� a estas horas de camino a no s� d�nde me llevar�n mis padres. Me quedo con el eco de tu voz imaginando mil y una veces una boda feliz en la parroquia, pero ya ves c�mo discurre la vida. Me apena inmensamente. Y s� que no hay opci�n a tenernos� [ilegible]. Piensa que ser� siempre el agua de esta fuente, que vendr�s a beber y pensar en m�. Te he querido, te quiero y te querr�. Agust�n�. �Qui�n pod�a buscar en un ovillo de lana violeta?</p><p>�Qui�n dar�a uso a ese color? �Qui�n buscar�a en el final del recorrido? Era una carta doblada en cinco pliegues que hab�a servido para ovillar de violeta una historia que no pudo ser. Su historia, la de mi abuela, hab�a quedado oculta entre vueltas y vueltas de lana. Le� el texto varias veces, preocupada por entender qu� pon�a entre las l�neas que hab�an quedado borradas por los pliegues del papel usado. Me parec�a mentira que una historia tan conmovedora formara parte de la vida de mi abuela. En alg�n momento dud� que fuera la carta de otra, que no le perteneciera, que el azar la hubiera llevado a coger papel como quien coge un cart�n para ovillar lana. Sin embargo, estaba su nombre, Bego�a. �Querida Bego�a.� Una vez le�da y aprendida, la ocult� entre mis cosas como si ahora el escrito fuera m�o. No alcanzo a imaginar cu�ndo esa carta pas� de acompa�arla en el bolsillo del delantal a quedar escondida entre los cajones-mil veces le�da y mil veces llorada- hasta pasar a formar parte de una madeja.</p><p>Violeta.</p><p>Entend� que durante a�os nos par�ramos a beber en la fuente de la Alameda como si fuera a aparecer un �ngel. �Bebe aunque no tengas sed-me dec�a a modo de juramento-, la sed llega y ya no tienes fuente, as� que bebe.� La fuente cambi� de emplazamiento y pusieron un banco circular en el que segu� sent�ndome cuando mi abuela dej� de acompa�arme a la feria.</p><p>Mi abuela hab�a sido mujer. Las rosas deb�an crecer y morir en su sitio. No me asombra: siempre ha sido as�. Qu� decepci�n. Empec� a mirar a la abuela-siempre quejosa- de otra manera porque en su descontento habitual y quisquillosa vigilancia estaba escondida la abuela mujer, la que hab�a callado su misterio haci�ndose la fuerte. Igual que el ladr�n oculta sus pruebas para no ser pillado, ella hab�a ido ovill�ndose a s� misma de lana violeta. Cre� que as� deb�a ser mi vida. Miento. Cre� que as� no pod�a empezar a vivir. Durante a�os so�� que me envolv�an de lana como los gusanos de seda se envuelven para suicidarse y me despertaba como una loca arranc�ndome las s�banas de la cama. Me jur�-</p><p>deber�a haberme prometido- que no doblar�a en cinco pliegues mis ganas de escapar y que ni mucho menos olvidar�a mis sue�os tap�ndolos de violeta. Me jur�-y a nadie puse por testigo- que mi fuente no ser�a reemplazada por ning�n banco. Y que mi sed habr�a siempre de ser saciada.</p><p>�Llor�?</p></section><section><title><p>9</p></title><p>M�dulo nueve. Prisi�n.</p><p>���Lloraste?</p><p>��Escap� de all�.</p></section><section><title><p>10</p></title><p>Esa noche dorm� peor. Quiz� era una mezcla entre desorientaci�n, tila sedante y ansiedad, pero sobre todo era una combinaci�n a partes iguales de sublevaci�n de la gen�tica y fotograf�as. Les dije a Mar�a Luisa y a la Tere que hab�a empezado a sentirme mal (no ment�) y que por eso tardar�a en llegar a sus casas.</p><p>��No vayas a ponernos excusas, que �ltimamente est�s muy rara. Tengo unos callos que me est�n matando. Vente para casa.</p><p>���Qu� voy a estar rara!</p><p>��Est�s rara. No te peinas, vas como una moderna.</p><p>��Pero�</p><p>Antes de que pudiera terminar la frase, la Luisa ya me hab�a sacado el tema del enamoramiento.</p><p>Me lo dijo suavemente, por si acaso:</p><p>��Angelita�, no vayas ahora a meterte en una relaci�n, que no estamos ciegas.</p><p>��Luisa, luego voy. No tardo.-Quise cortarla.</p><p>��Ya ver�s como est�s enamoriscada. Mal am�n.</p><p>Y le colgu�.</p><p>Me fui a pasear al parque con ganas de volver a cruzarme con Marcos. Era la sensaci�n de algo primario, algo b�sico. Verle. Incluso olerle. La persecuci�n de un sue�o desordenado� A m� me hubiera gustado que la primera vez, en el cine, cuando me met� entre las adolescentes, se hubiera fijado en m�; que todo hubiera acabado en un bar, sentados muy cerca, hablando de sus cosas, de mis cosas, de nuestras cosas; y que se hubiera hecho tarde con la compa��a de una mesa llena de vasos vac�os� y que me hablara de la pel�cula, de su pr�ximo trabajo, de sus inquietudes, que me perdonara por haberle gritado tequieros para llamar su atenci�n entre las fan�ticas del cine y por parecer una mamarracha como las dem�s. Bueno, por querer quer�a que mi vida hubiera sido distinta. Eleg� mal seguramente. O no s�.</p><p>��El coraz�n tiene razones que la raz�n no entiende, dicen.</p><p>��Eso dicen.</p><p>��Ni�a, la Tere piensa lo mismo.</p><p>���Qu� dec�s?-pregunt� arrodillada.</p><p>Mar�a Luisa hab�a metido los pies en agua caliente y la Tere se hab�a apoltronado en el sill�n de la ventana con una revista entre las manos. Se hab�a puesto un caf� con leche y dos gotitas de co�ac. Lo �nico que la aliviaba y le animaba el d�a. Apestaba. La puerta de la cocina golpeaba por la corriente y fui a cerrarla.</p><p>��A m� este chico me parece mon�simo.</p><p>���Qui�n? Que no me alcanza la vista desde aqu�</p><p>��Este-contest� Tere abriendo la revista y mostr�ndola en lo alto-. Marcos no s� qu�. Es nuevo. Mon�simo.</p><p>��Marcos Caballero-dije yo desde el suelo.</p><p>���Y qu� dice?</p><p>��Que quiere ser actor, que no piensa en el matrimonio y que es ecologista.</p><p>��Todos con la misma canci�n, que si el miedo al compromiso, que si el ecologismo, que si las manifestaciones, que si las pol�ticas�-apunt� Luisa.</p><p>��Si quieren que se metan a diputados, �qu� cansinos!</p><p>���Estos? Son drogadictos. Mira qu� flacos. Los artistas de antes eran guapos�</p><p>���Y limpios! Mira las camisetas que se ponen estos. Es que ni las planchan. Y ellas van hechas unas guarras, que se habr�n acostado con los directores. Son como las cupletistas de antes, unas frescas. Y ellos�</p><p>���Ellos? Vamos, drogadictos. Te lo digo yo.</p><p>��A m� me parece muy� formal.-Es lo �nico que pude decir.</p><p>La entrevista no era larga, ten�a algo de presentaci�n ante el p�blico y de promoci�n de su primera pel�cula <emphasis>(Los d�as m�s felices)</emphasis>. Por lo que dec�a era de esos j�venes que quieren cambiar el mundo, lleno de sue�os y de seguridad a la hora de hablar de su futuro cinematogr�fico. Comulgaba con la paz y con el ecologismo, dec�a que le apasionaba el mar, que ten�a una colecci�n de caracolas y otra de fotograf�as de Bette Davis. �Como yo! Hablaba de amor, pero sin la sensibler�a t�pica de las revistas tan insistentes en la cursiler�a, contaba que todav�a no pensaba seriamente en el matrimonio y que si lo imaginaba, ser�a en una capilla perdida en un acantilado.</p><p>��F�jate qu� mono. Esto es t�pico de los veinte a�os.</p><p>��Sigue leyendo.</p><p>��Vamos, vamos, vamos.</p><p>���Qu� pasa?</p><p>��No muevas los pies, Luisa, que no quiero hacerte da�o-le dije.</p><p>��� pues que, te leo lo que dice: �Me imagino casado con una chica normal y con muchos hijos por casa�.</p><p>��Estos no se casan con chicas normales, se les acercan busconas.</p><p>��Con lo mono que parece el muchacho� �T� qu� dices, �ngeles?</p><p>��Que s�. Que me parece muy mono. Tiene pinta de educado. Y de limpio.</p><p>��Bueno, de educado no s�. Est� bien, eso s�. Pero no entiendo por qu� siempre les preguntan lo mismo. Qu� cansinos los periodistas.</p><p>���Qu� van a decir!</p><p>La Luisa mov�a los dedos de su pie derecho en el agua, jugueteando con las burbujas. La Tere le�a en voz alta.</p><p>��No dice nada de sus padres. A m� me gusta cuando hablan de su familia.</p><p>��Di que s�. Que si su madre, que si su padre, que si sus hermanos�</p><p>��Hija, a m� me gusta. Cuentan sus cosas y, chica, me gusta. Ya le sonsacar�n la vida y la novia de foto en foto.</p><p>��� En cuatro d�as este�, famoso.</p><p>��Mira qu� bonito.-La Tere levant� la vista suspirando llamativamente para llamar nuestra atenci�n-. Dice que su olor favorito es la hierbabuena, la albahaca y el romero�</p><p>Ya lo hab�a le�do. Me reconfort� como un b�lsamo imaginar sus olores mientras limaba las u�as amarillentas de la Luisa. Estaba tan indefensa que apenas levantaba la vista de sus pies. La otra sigui�:</p><p>��� y dice que aplasta hojas de flores entre las p�ginas de los libros, all� donde hay una frase que quiere memorizar.</p><p>Me gust�. Supongo que cuando le�a, aspiraba el olor de las flores de la misma manera que yo tambi�n hab�a empezado a pellizcar p�talos y hojas y a dejarlas olvidadas en las novelas.</p><p>��Colecciona caracolas de mar y billetes de metro. Qu� raro, �no?</p><p>��Uy, qu� ganas de limpiar el polvo.</p><p>��Hija, tendr� alguien que le asee la casa, tienen quien les limpie�-contest� la Tere.</p><p>Cada cosa que le�an de Marcos Caballero empezaba a almacenarla en mis recuerdos.</p><p>Afortunadamente, ni Luisa ni Tere ten�an conocimiento de nada. All� donde ellas le�an una curiosidad, yo encontraba un motivo m�s para vivir. De hecho, d�as despu�s empec� a convertirme en una cirujana de su vida, recortaba cada una de las fotos que iban saliendo en las revistas, escrib�a la fecha detr�s de ellas y las guardaba en la carpeta azul cuidadosamente. As�, entre fotos y recortes, empec� a sentir que el �nosotros� era la persona m�s bonita del plural.</p><p>Sin embargo, en aquel momento yo todav�a permanec�a arrodillada mientras las escuchaba destripar aquella entrevista. Le empec� a rascar los tobillos a la Luisa, ten�a las durezas secas agarradas a la piel.</p><p>���Te hago da�o?-pregunt� nerviosa.</p><p>��Lo aguanto bien� A ver las fotos, d�jame la revista.</p><p>��Esp�rate a que acabe.</p><p>��Pues d�jame la otra.</p><p>��Es la de la semana pasada. �Tienes alguna, Luisa?</p><p>��Es la �nica nueva. Si quieres el suplemento del fin de semana, lo tengo por la mesa�</p><p>��L�eme el hor�scopo, venga.</p><p>��No me acuerdo qu� eres�-pregunt� Tere desde la butaca.</p><p>��Acuario. Desde que nac�.</p><p>Cuando acab� las dej� trasteando, me met� en el metro y me fui al centro. Me dej� caer en un banco de la Gran V�a como si tuviera una conversaci�n con la revista agarrada a las manos. Me empe�o en contarle mi vida al primero que me escucha, pero era la primera vez que me ve�a cont�ndosela a una fotograf�a con el quebradizo sue�o de que los dos fu�ramos un nosotros.</p><p>En casa recort� la foto con las tijeras de la costura. No solo era un chico guapo, alto, apuesto, de esos de belleza incontestable, tambi�n ten�a una llamarada de seguridad en la postura; en pie, con las piernas cruzadas y ladeando la cabeza, su actitud era seductora. Su cara era perfecta, le brillaban los ojos con un punto de melancol�a femenina y se apoyaba en un �rbol envolvi�ndose con los brazos. El pantal�n era azul, un azul imposible, un �azul lapisl�zuli�, seg�n precisaba el pie de foto. No era com�n, nada en �l sonaba a com�n. Hasta el �rbol parec�a escogido para hacer las veces de modelo segund�n avergonzado ante Marcos. Vaci� una carpeta con recibos de la luz viejos e inservibles y coloqu� la fotograf�a junto a la que guardaba del estreno, aquella que hice desde el balc�n, y la del suelo. Coloqu� las tres fotograf�as. Me sobraban razones para estar euf�rica, pero segu�a torpe, era desde hace un tiempo una mujer poco habilidosa para la audacia. Detr�s de cada fotograf�a escrib� en may�sculas la fecha. As� lo hice con las siguientes. Mi equilibrio se aguantaba ahora en ir todos los mi�rcoles a buscarle entre las revistas para ir almacenando su vida, mi vida. Descubr� que su color favorito era el verde, que le�a novelas de piratas y de grandes historias centradas en Egipto, que su comida favorita era el gazpacho sin tropezones y que detestaba el conejo al ajillo, que med�a exactamente 1,80, que pesaba setenta y un kilos, que hab�a estudiado en Londres durante varios veranos al mismo tiempo que se ganaba la vida como camarero en una hamburgueser�a, que admiraba a Sean Penn y a Meryl Streep, que le�a su hor�scopo de manera enfermiza, que su vocaci�n de actor le lleg� un verano en Edimburgo cuando perdi� a sus amigos y acab� enredado en un experimento grupal de unos actores brit�nicos callejeros.</p><p>Hablaba de dos intentos fallidos en dos series de televisi�n y daba las gracias al director de casting que confi� en �l para <emphasis>Los d�as m�s felices</emphasis>. Le gustaba discutir de extraterrestres y de la vida astral alrededor de unas ca�as con los amigos, sal�a a pasear los domingos hacia el rastro con canciones de Jane Birkin al o�do, aunque su grupo, contaba, el que gritaba a solas en casa a todo volumen, era un tal Depeche Mode. No sab�a cocinar, quer�a aprender, pero preparaba c�cteles a los que bautizaba con nombres de ciudades que quer�a visitar, mezclando todo lo que le suger�a desconocerlas. Primero pens� en ser veterinario, pero se le cruz� la escena y esas cosas del cine empezaron a llamarle la atenci�n; aun as�, segu�a esperando encontrar el d�a id�neo para tener perro en casa. Un perro grande, dec�a. Como el del anuncio. Le gustaba llorar en el cine y re�r a carcajadas con pel�culas malas, guardaba muchos billetes de metro usados y siempre celebraba su cumplea�os con los �ntimos. No toleraba que criticaran a sus colegas, pod�a hablar con ellos hasta aburrirse, la copa era siempre la pen�ltima, se amenazaban con viajar eternamente en pandilla y el Palentino era su lugar fetiche de Madrid donde ped�a un vaso de caf� con leche en vaso tubo para coger fuerzas. Adoraba las peras, su asignatura pendiente eran las matem�ticas, copiaba en los ex�menes, dibujaba pinochos y gatos como el de <emphasis>Alicia en el pa�s de las</emphasis><emphasis>maravillas, </emphasis>no hab�a le�do la Biblia ni el <emphasis>Quijote</emphasis>, tem�a la muerte y envejecer, quer�a manzanas rojas, cerezas con rabo y ropa interior blanca. Brindaba con vino tinto, pero le gustaba el sabor ins�pido y soso del agua fr�a. Cuando alquil� su casa, tir� todos los tabiques porque siempre quiso vivir en un loft neoyorquino, coloc� un ficus y una gran alfombra para acotar una zona cerca de los balcones que llen� de almohadones. Era la forma en la que controlaba su espacio, su mundo m�s �ntimo. En una de las fotos de las semanas siguientes se le vio acurrucado en el suelo junto a un mont�n de caracolas de mar, algunas tan llamativamente grandes que parec�an rocas gastadas. Hablaba del Mediterr�neo, de cuando de peque�o-recordaba- jugaba escarbando entre la arena en busca de diminutos tesoros como conchas, caracolas y cristalitos moldeados por la mar, salados por la espuma, y monedas del extranjero perdidas por extranjeros. Aprend� que lo que buscaba haciendo agujeros en la orilla era amanecer en Australia a fuerza de cavar, porque-hab�a le�do- si segu�a explorando como un buzo, la isla de los canguros coincid�a en vertical con su casa. �l mismo se re�a ahora de sus rastreos infantiles en los que pasaba horas de verano. Dec�a que lo primero que miraba de una mujer eran sus ojos y sus piernas.</p><p>Aquel comentario me puso colorada: como si una cosa llevase a la otra, pens�. Evit� esa entrevista en la que solo le preguntaban por chicas. No dejaba de sonre�r nunca y, sin embargo, yo empezaba a adivinarle cu�ndo esa sonrisa era aut�ntica y cu�ndo era forzada para la foto. Primero porque le favorec�an exageradamente sus dos hoyuelos en las mejillas y, segundo, porque cuando desaparec�an se apreciaba una diferencia que le cambiaba completamente la sonrisa. No empeoraba, era diferente. En algunas se me ocurri� que guardaba una tristeza maquillada de sonrisas. Irradiaba algo especial, una timidez mezclada con bravura, m�s de lo que nadie pod�a esperar de un ser humano. �Exagerada? No lo s�. Se le ve�a puro afecto, justo uno de esos chicos que enamoran a las ni�as y a las madres.</p><p>En su dormitorio guardaba velas. Yo pens� que era un rom�ntico o un seductor, o que lo dec�a para provocar escenas de pel�cula entre sus admiradoras con las que alimentar sue�os er�ticos; sin embargo descubr� que era para las tormentas, que guardaba velas siempre a mano porque ten�a miedo de los rel�mpagos y que tem�a quedarse sin luz. Me dio pena. No me lo imaginaba miedoso, lo quer�a valiente y seguro como aparec�a en sus fotos, como su papel en el cine, como deb�an ser los fuertes, como yo lo imaginaba. Por eso me doli� descubrirle un temor entre sus respuestas, que, en un acto de sinceridad ante el entrevistador, dijo arrastraba desde la infancia.</p><p>Mi abuela era as�, mi madre era as� y yo era as�. S� qu� sensaci�n era esa, me sent� unida a �l pero lejana al mismo tiempo por no poder ayudarle. Lo quer�a fuerte, invencible como esos cuentos de piratas que coleccionaba o navegando mares llenos de caracolas gigantes. Cog� mi libreta y apunt� la palabra</p><p>�tormenta� varias veces para que se gastara de tanto escribirla, para eliminarla del diccionario y evitarla de �l. Tanto que se me rompi� el papel�</p><p>�Tormenta,</p><p>tormenta,</p><p>tormenta,</p><p>tormenta��</p><p>La foto de aquella primera entrevista permanece bien visible aqu� en prisi�n.</p><p>���Qu� te pasa? Est�s dando demasiadas vueltas.-Era Gaby, mi compa�era de celda.</p><p>��Me gustar�a que dejara de llover.</p><p>���Te dan miedo las tormentas?</p><p>��No tanto por m�.</p><p>��Pues pasar� r�pido. Conozco bien el cielo. Me he pasado mucho m�s tiempo en la calle que aqu�.</p><p>��Y adem�s est� anocheciendo�</p><p>��No te pongas nerviosa. Pasar�.</p><p>��Ahora habr� encendido una vela�</p><p>���Qui�n? �El de las fotos?</p></section><section><title><p>11</p></title><p>La chica con la que le relacionaban era una rubia con la boca gruesa. Ojal� fuera solo eso. Era la tercera vez que se les ve�a juntos y resultaba llamativo que aparecieran los dos, las tres veces, cogidos de la mano. Me atrever�a a decirlo claramente, era ella la que le cog�a a �l de la mano en las tres ocasiones.</p><p>Por esa raz�n se me atragant� la muchacha, distaba mucho de parecer una imagen rom�ntica. Si me acercaba al detalle de las manos, lo que supon�a ser un lazo de dedos no era m�s que un nudo del que ella tiraba gobernando el paseo. Por eso mismo digo, y seguir� diciendo, que lo que se ve�a era un simple maridaje con fecha de caducidad.</p><p>��Ave Mar�a Pur�sima-dijo con todas sus letras la Luisa mir�ndonos a la Tere y a m� revista en mano.</p><p>��Ave Mar�a Pur�sima-contestamos por seguirle la corriente.</p><p>���Qu� os dije? Lo que ha tardado en aparecerle muchacha al chico nuevo este.</p><p>��Marcos-aclar� yo.</p><p>��Qu� flaca.</p><p>���Dios m�o, cierra esa ventana!� Pues ya me gustar�a a m� estar as� de delgada.</p><p>���Qu� son? �Novios? Ya la cierro�</p><p>��Pareja, dicen en la revista.</p><p>De todas formas, dijeran lo que dijeran, un cuerpo tan delgado y andr�gino como el de la chica, que pr�cticamente no alimentaba, resultaba triste y correoso, pens�.</p><p>��Demasiado nervio para tanto pelo rubio y tanta boca.</p><p>Pese a la ensalada de adjetivos que derrochaban en uno de los reportajes, perd�a el tiempo la rubia.</p><p>Ya pod�a sacar una colecci�n de minifaldas, ojitos y caiditas de pesta�as que Marcos no estaba enamorado, estaba instalado en el purgatorio de las relaciones que no van a ning�n sitio. Y de estas, yo sab�a bastante. Tere, que lo notaba tambi�n, acababa de decir:</p><p>��M�ralo en esta foto, Luisa. �Te acuerdas de tu Jose? Se le parece�</p><p>��Mi Jose estaba hasta los huesos de amor� Aqu� no veo yo meneo. Pero s� que tienes raz�n, se le parece.</p><p>��Igualito-contest� sin levantar la vista de los pies de Tere.</p><p>As� que primero le� la entrevista con las conjeturas que hac�an los del semanario, cimentaban la</p><p>�relaci�n� en los coqueteos que se hab�an dado a la salida de un cine, en una terraza y en la puerta de su casa. Una fotograf�a en su portal que casualmente les hab�an hecho justo cuando yo hab�a renunciado a la persecuci�n por un tiempo.</p><p>��Ens��ame la foto-le dije, m�s curiosa que envidiosa.</p><p>��Mira. Esta es.</p><p>��Pero mira que es flaca�</p><p>Era almibarada, pero en absoluto aut�ntica y pura. Y, c�mo no, una inmadura, o eso deduje de su forma de vestir, incapaz de sentar la cabeza. Lo peor de todo (me estaba despachando a gusto) es que parec�a de esas que saben envenenar lentamente, con peque�as dosis espaciadas. Era pava. Una pava.</p><p>��Una pava.</p><p>��Eso.</p><p>��De las que se emborrachan y empiezan a dar risitas como gallinas, cacareando.</p><p>No s� cu�nto estuve mirando la foto, analizando la primera, la segunda y la tercera toma. A lo tonto hab�a estado toda la ma�ana preocupada por una que �ocupaba su coraz�n, bla, bla, bla�. No me hac�a ninguna gracia, no s� si ha quedado claro. Ten�a raz�n la abuela. �Me gusta aquel chico�, le confes� un domingo a la salida de misa. Era un chico moreno, de mi misma edad, jugaba al f�tbol y ten�a los brazos siempre llenos de heridas. Yo cre�a, lo cre�a de verdad, que estaba ante el hombre de mi vida; cre�a de verdad que me acababa de convertir en la chica m�s afortunada de la calle porque me iba a embarcar en una relaci�n, iba a ser la �nica de mis amigas con novio. Pero no consegu� nada, ni cartas de amor, ni besos, ni esperas a la salida del cine, nada. �No te gusta�, me dijo, aficionada como era ella a las frases cortas. A m� me dej� helada porque yo intu�a que como era el hijo de una vecina de la calle, concretamente cuatro portales m�s arriba, le parecer�a muy bien que yo tonteara con aquel chaval. Sin embargo me dijo que no. �Este no te conviene-remat� la conversaci�n-, ese va a lo que va.�</p><p>Aceler� el paso, atraves� la calle dando coletazos y dej� a mi abuela detr�s con la compra, para que se tragara su comentario y el cerrojazo que acababa de darle a mi incipiente relaci�n. Cuando yo estaba �fuera de m��, me gustaba que se me notara, incomprensible, y daba golpes de melena agitando mi coleta hacia los lados y mordi�ndome los labios, a veces, hasta hacerlos sangrar.</p><p>��T� sabes que lo que te estoy diciendo es la verdad.</p><p>�Yo qu� sab�a si era verdad, aquel era el guapo de la calle! A mi edad yo no sab�a a�n de princesas desterradas, ni de ranas embaucadoras. Yo sab�a de princesas con trenzas largas y arrojadas por el balc�n. Mientras ella cargaba con las bolsas yo cargaba con mi terquedad. Me entraron los siete males porque ahora, habi�ndole elegido de entre todos, me tendr�a que dejar de gustar, y-soy sincera como lo podr�amos ser todos- hacer ese recorrido a la inversa es devolver dinero de una inversi�n fallida.</p><p>Emple� buena parte de mis energ�as en dejarla de hablar, le pon�a mala cara en los desayunos, en las comidas y en la cenas, dejaba mi cama sin hacer o la revolv�a conscientemente para que le costara m�s encontrar las puntas de las s�banas. Mal. La cama me la volv�a a hallar tal y como la hab�a desordenado.</p><p>Y lo m�s terrible de todo, lo m�s cierto, es que me costaba hacerme la burra porque cuanto m�s turbia me pon�a, m�s me encaprichaba, ya que mi abuela no se inmutaba. No nos dijimos nada desde la salida de misa. Nos limit�bamos a mirarnos sin discutir, y con los d�as ella estaba euf�rica y yo deprimida.</p><p>No se equivocaba, no me conven�a. Pero duele reconocerlo. Lo que pasa es que en aquel momento me molestaban aquellas coletillas futuras de �con la edad� y los �ahoras�. Cuando me acerqu� a su pandilla, temblorosa y cruzando los dedos en mis bolsillos, le dije que se acercara, vino con prisas, pero no con prisas por verme, sino con prisas por volver a la explanada para seguir jugando. De hecho les grit� con el bal�n en la mano: ��Ahora vengo!�, as� se aseguraba que paraban la partida. Me enfrent� a m� misma y dije: �No podemos salir�; �l dijo simplemente: �Pues bueno�. �Pues bueno? �Pues bueno!</p><p>A �l le daba igual y yo me sent� perdida. Llor� interiormente pero no se me not� ni pizca. Volv� a acompa�ar a mi abuela a la compra mientras habl�bamos de la semana de feria, del vestido nuevo o la torta salada que �bamos a hacer a medias. Ni se mencion� de nuevo el nombre de aquel chaval, nunca m�s, de hecho desapareci� de mis conversaciones y de mi mirada, lo hice invisible, lo que no se nombra no existe; y eso que la pelota se le escapaba calle abajo diez veces al d�a y me lo encontraba en la ventana fingiendo que daba patadas al bal�n con los dem�s chavales. Se me empez� a convertir en un pesado, perd�a el control de su pelota demasiadas veces sin que nadie, excepto �l, fuera a recogerla hasta mi ventana. Cuando ve�a a sus amigos, pensaba que estaban sin �l, que ni siquiera les acompa�aba en el grupo. Opaco como una madera. A veces estuve observ�ndole desde casa, desde el ventanuco que ten�amos bajo el tejado y en el que siempre hab�a colgada una polea que ni sub�a ni bajaba nada; al volver a mirarle-fue como un proceso- empez� a parecerme demasiado desgarbado, hab�a cambiado de tama�o mal, las heridas que antes le hac�an fuerte y atrevido ahora se me antojaban de flojo y tontaina a fuerza de porrazos. No s� el tiempo que pas� hasta que volv� a dirigirle la palabra. Se limit� a mirarme fijamente con unos ojos desproporcionados.</p><p>��Hola-dijo.</p><p>��Hola-articul�.</p><p>La cosa nunca pas� de aquellas dos palabras repetidas como un espejo. No dijimos m�s ni �l ni yo.</p><p>Se me ocurri� pensar que si hubiera empezado la relaci�n aquel d�a que insist� en enamorarme del futbolista de la camiseta con el n�mero tres de mi calle, ahora me encontrar�a con la versi�n pobre de aquel chaval resplandeciente que un d�a me ten�a loca. A esa edad yo era capaz de ver pr�ncipes en todas las ranas, incluso en todos los sapos. La verdad es que esto tarda en irse, no he sabido contenerme. Creo que incluso ni se va. Pero entonces, en aquellos d�as de preadolescente, vi la rareza del amor cara a cara, un ejemplo claro de que a veces en la fase de enamoramiento uno idealiza demasiado al otro y los defectos se hacen peque�os hasta el punto de desaparecer. Son los amores plat�nicos que nunca pasan al descaro gracias a que alguien cercano hace de arc�ngel san Gabriel y nos anuncia al contrario que a Mar�a que no, que no hay que tirar adelante. El pelo se lo hab�a cortado a cero, como una bola; los dientes los ten�a revueltos y capitaneados por dos palas rotundas, y la masculinidad hab�a empezado a aflorarle por una especie de bigote difuso que todav�a no hab�a llegado el turno de afeitar. Fue la primera vez que le vi feo. No lo volv� a ver guapo en la vida. La abuela hab�a ganado la batalla. Y yo hab�a aprendido la lecci�n de las princesas desamparadas.</p><p>Ahora yo ten�a la sensaci�n de mi abuela. Esa chica, la pava de la boca gruesa, no me gustaba. Me sonre�, no pude evitarlo, mis genes estaban respondiendo como un ej�rcito de rusos, uniformados y milim�tricos, sin error alguno. Aun as�, recort� la foto y la un� a la colecci�n de la carpeta despu�s de anotar la fecha por detr�s de la imagen. Dediqu� los d�as siguientes a pedir revistas viejas en la peluquer�a, en el bar, en casa de las vecinas�, las requisaba en busca de m�s fotos. Por lo que se deduc�a, la rubia hab�a aparecido ahora, tras el estreno. A partir de la fecha me tropec� con otra instant�nea en la que se les ve�a a uno m�s cerca del otro y se�alaban que se hab�an conocido en el rodaje de la cinta. Los amantes, solos o en compa��a de amigos, aparec�an con frecuencia charlando de esto o lo otro, y siempre ella agarraba de la mano a Marcos con regocijo, igual que los perros mean para marcar el terreno.</p><p>Mientras le�a y hac�a recortes con las tijeras en busca de fotos, Marcos estar�a con ella, tal vez a punto de ser pillados por otro fot�grafo o tal vez en su casa. En la cama. La entrega f�sica de la chica de la boca gruesa a Marcos se me aparec�a como un fantasma. En ese momento no quer�a avanzar m�s en mi imaginaci�n, estaba fabulando demasiado (otra vez), buscaba la calma en la cocina ordenando cajones o recolocando los carretes de hilos de la m�quina de coser: rojos, azules, verdes, grises, amarillos, blancos�, ninguno violeta. Separar por colores todo el caj�n de costura me ayudaba a aliviarme de aquel estado de �nimo desasosegante e imprevisto. Era inexplicable c�mo la ve�a bes�ndole y tom�ndole por la cintura, dici�ndole cosas al o�do, susurr�ndole sexo, aspir�ndole suspiros y comi�ndole a mordiscos, mezcl�ndose los olores de ambos� El fantasma regresaba a mi cabeza sin pedirme permiso. Fabulaba la escena con horror. Me iba al ba�o y me pon�a crema hidratante en las manos, en los brazos, en las rodillas, en los tobillos� para relajarme por fuera, para intentarlo por dentro. Nadie sabe cu�nto la detestaba.</p></section><section><title><p>12</p></title><p>En la c�rcel no me dejan tener perfume. Dicen que las presas se lo beben como si fuera alcohol y lo mezclan con zumo para hacer cubatas. Pensaba que yo era la �nica loca del mundo y resulta que aqu� uno se trastorna tal vez mucho m�s. O ya venimos trastornadas de fuera. Qui�n sabe. Cubatas con perfume� El caso es que no me vendr�a mal uno, aunque fuera de Nenuco. Ser�a capaz de beb�rmelo para conciliar el sue�o aunque me calcinara la garganta� As� que me encuentro sin su perfume, me lo han requisado. Ahora me toca aferrarme al recuerdo de aquella esencia tan caracter�stica. La funcionaria me lo quit� en la entrada, junto con los cinturones y las horquillas. Sin embargo huelo su olor en la libreta en la que he ido escribiendo todo�</p><p>Encontr� a Marcos en el bar Palentino, bajando por la calle del Pez. La verdad es que me sent� contenta porque poco a poco descubr�a que toda la informaci�n de las revistas sobre �l era real. Conoc�a la intimidad de su presente aunque no me lo contara. La cristalera estaba llena de vaho, pero se le pod�a adivinar entre tanta gente. Disimul� pasando de largo, pero me qued� en la plaza vigilando la puerta. Era la cuarta vez que pasaba la tarde con sus amigos en ese bar, al menos la cuarta que yo tuviera controlada en mi libreta; lo hab�an elegido como lugar de moda y los due�os, unos se�ores de canas y respetable historia, se encontraban ahora con la modernidad de la zona a tiro de ca�a. Uno de los que se un�an con ellos tambi�n era actor, me sonaba de verlo en alguna de las fiestas que sal�an en las revistas, un tal Hugo o Rub�n. No lo recuerdo bien. Escuch� que les gritaban desde fuera para que salieran a hacerse una foto con unas fans que estaban apostadas bajo el balc�n; ellos salieron, los dos, tanto Marcos como su amigo. Volvieron a entrar lo que tardaron en hacerse la foto y regalarles dos besos. Me habr�a conformado con ser la de la foto, la que se peg� a su derecha, pero mi prop�sito era m�s discreto y, sin duda, mucho m�s firme. Esta vez iba en serio. Si hay algo que me gustaba era sentirle re�r a carcajadas desde fuera, ya reconoc�a su sonido entre los dem�s y me entraba un cosquilleo de alegr�a cada vez que soltaba sus risotadas. Me ped� un s�ndwich en el ultramarinos de enfrente, uno de at�n que result� bastante seco. Las dos horas que llevaba esperando mientras les escuchaba me hab�an dejado hambrienta, un poco cansada, sin embargo me encantaba ver las entradas y salidas de los clientes del Palentino. Una chica chillona, dos pensionistas, un grupo de jovencitos cl�nicos, un estudiante solitario, ellos entre la muchedumbre, unas chicas despeinadas a prop�sito�, todos de ca�as y bullicio. La media tarde se alargaba y acababan rondando por la zona de bar en bar, muchas veces hasta muy tarde. Hoy continuaban all� como si fueran empleados del local, unas veces en la barra y otras pegados a la mesa del espejo. Cuando me acab� el s�ndwich, vi que entraba una joven con prisas, la vi pasar de espaldas y en principio no reconoc� su cara, parec�a nerviosa. Apareci� con un enorme bolso marr�n de logotipos de marca dibujados, y cargada de folios en la mano, en carpetas transparentes. Se quit� el chaquet�n y lo dej� amontonado junto a otros que se acumulaban encima de la m�quina tragaperras. Al abrazarse a Marcos me di cuenta, pude verla bien, era la chica de la boca gruesa. La pava.</p><p>Cuando lleg� es cuando empezaron a liarse un porro. Ten�a un punto de pat�tica, disimulaba para sacar la mercanc�a de su bolso haciendo de barrera con ella misma para que no se la viera. Me di cuenta de repente de que era la que dominaba la escena, la que con su invitaci�n a fumar jugaba a ser la l�der de los amigos. Hablaba toc�ndose la melena de un lado a otro, pas�ndose la mata de pelo de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, se lo enredaba a modo de mo�o y volv�a a soltarlo. Me dieron ganas de entrar y arranc�rselo a tijeretazos. Sab�a que estaba siendo observada por algunos de los clientes porque saludaba insistentemente a otros conocidos llena de amaneramientos y disfrutaba de acercarse a Marcos, colgarse de su brazo y dar dos caladas al canuto.</p><p>Intent� sentirme culpable por estar siguiendo todos los pasos de Marcos, pero no lo consegu�. Era muy extra�o de explicar, me molestaba verle en esa intimidad tan personal y desconocida, sin embargo al mismo tiempo disfrutaba de mirarle, de observar sus gestos, de verle con sus amigos. Temblaba incluso de emoci�n al verle tan cerca, tan alto, tan guapo, tan feliz. Marcos se mord�a el labio inferior muy a menudo, parec�a un tic que se le activaba cuando se evad�a de la conversaci�n y pensaba en otras cosas, se quedaba ausente mirando entre las botellas de licores traspasando la mirada perdida hacia la calle.</p><p>Cuando, en cambio, le gustaba la charla, no dejaba de tocarse el l�bulo de la oreja. Asum� el riesgo y pas� a la barra.</p><p>���Has le�do lo que han publicado?</p><p>��No, cuenta.</p><p>��No poco, seguro que lo sabes.</p><p>���No, co�o! Cuenta.</p><p>��Dicen que te nominan por tu papel en la peli. Que est�s que te sales, t�o.</p><p>���D�nde lo has visto? Ya me gustar�a�-sonri�.</p><p>��Te lo dije, la peli est� genial, t� te sales. Los dos sab�amos que te hab�a tocado el gordo con el papel.</p><p>��Hombre, me lo curr� bastante. No ha sido loter�a, no jodas.</p><p>��A ver si me entiendes, no me malinterpretes. Ha sido la bomba, te toca un caramelo, te sale bien y� ah� vamos�, ahora te premian. Un a�o redondo.</p><p>��Mola.</p><p>��Eres lo m�s, t�o. No te quejar�s de la suerte que tienes, �qu� m�s puedes pedir! �Cu�ntas ofertas tienes? Te has mamado la suerte, t�o.</p><p>��Ahora estoy hecho un l�o. No sab�a que iba a salirme tan bien. La verdad.</p><p>��Pido cuatro ca�as m�s-dijo ella dirigi�ndose a la barra.</p><p>��Eso, pide otra ronda.-Los dos levantaron los vasos fingiendo un brindis-. Ha ido bien, ahora espero que no se tuerza, que no quiero darme un hosti�n despu�s de una peli as�. Cruzo los dedos.</p><p>Desde peque�o nunca he sido un t�o con mucha suerte�</p><p>Me mat� esa frase. Clav� los nudillos en la barra del bar Palentino hasta que el anillo se me marc� en la piel y empez� a sangrar. No me di ni cuenta. �Desde peque�o nunca he sido un t�o con suerte��</p><p>Lo �nico que pod�a hacer era escuchar. Me llev� la mano a la boca para lamerme el corte, lami�ndome la herida como los perros. Lo estaba escuchando todo de espaldas, con el reflejo de sus caras en el espejo de los precios escritos de colores. Saqu� del servilletero el papel suficiente para parar la llaga y alguien se movi� a mi lado. La pava se hab�a hecho hueco entre la clientela para pedir las ca�as y la sensaci�n fue comparable a cuando sabes qui�n es el asesino en las pel�culas y necesitas gritarlo al infeliz que no lo sabe. No dejaba de moverse inquieta. Est�bamos brazo con brazo en una extra�a intimidad moment�nea, molesta. Ella se hizo hueco a brazadas y le susurr� al camarero: �Ponnos cuatro ca�as m�s�, as� dicho despacio, con la lentitud minuciosa que da el hach�s.</p><p>���Te pongo algo? �Cacahuetes? �Algo salado? �Patatas?</p><p>��Ponlo en la cuenta de Marcos, que paga �l.-Gui�� el ojo.</p><p>Estaba deseando sacar las tijeras con las que recortaba las fotos de las revistas y volverme esquizofr�nica en medio del bar. Me mir� de reojo. Sonre� para evitar que leyera mis pensamientos. All� donde mirara de su cara solo ve�a labios, unos labios hinchados, gruesos, artificiales, absurdos. Ol�a a porro. Acababa de encender otro y aspir� el humo profundamente para soltarlo mirando el techo del bar. Se me hab�a quedado la frase de Marcos, �desde peque�o nunca he sido un t�o con suerte�.</p><p>Aquella tarde no pude disimular mi des�nimo, me entristec�a que se sintiera desafortunado. Ni siquiera pod�a abrazarle para llevarle la contraria o para borrarle esa sensaci�n. Me sent� rara. Me sent� fuera de lugar en el Palentino. No pod�a participar ni de la conversaci�n.</p><p>��Yo tengo unas pruebas la semana que viene-dijo Hugo o Rub�n cuando se acerc� ella con las ca�as-. Mi agente me ha buscado un papel para una serie. Tiene confianza en m� para el rol de enfermero. A ver, no es un papel de puta madre, pero en las series si va bien te forras. Dos temporadas y subid�n. Me ha puesto en contacto con el director, que resulta que fue profesor m�o en la escuela, el de an�lisis.</p><p>��En la otra te fue de esc�ndalo-le record� Marcos efusivamente-. Ya me hubiera gustado estar en un curro tanto tiempo seguido.</p><p>��A ti te pueden llamar ahora para cualquier principal.</p><p>��Estoy pendiente�, es mi primera pel�cula. No cantes victoria.</p><p>��Yo no me quiero hacer ilusiones-dijo el otro resignado.</p><p>��Pues mira, mientras te haces ilusiones eso que te llevas. As� has recorrido medio camino. Luego si no sale, pues no sale. A m� me sali� la peli y� buff.</p><p>���Somos actores! �No?-solt� el amigo en tono grandilocuente.</p><p>��De vez en cuando-dijo Marcos-. De vez en cuando.</p><p>���C�mo?</p><p>��Es una broma, pavo. Lo somos, claro que lo somos-aclar� Marcos para que el otro entendiera la iron�a.</p><p>���Quer�is una calada?-lleg� ella con una sonrisa de fumada.</p><p>Sent� que hab�a llegado la hora de irme. Pagu� mi caf� con leche y sal� a la calle. Desde fuera la escena era la misma, me gir� desde el quiosco para verle como si le deseara buenas noches.</p><p>�Buenas noches.�</p><p>Era consciente de que probablemente parec�a una idiota. No eran horas para estar pendiente de Marcos, pero se me pasaban las horas mir�ndole y acariciando su cercan�a. No s� c�mo lo consegu�a, pero me olvidaba de m� si lo sent�a a pocos metros. Esa noche eran ya las dos y hab�a bastante silencio.</p><p>Lo que sucedi� entonces es una prueba de que los sentidos se comportan de otra manera cuando est�s fuera de ti a cuando la serenidad te domina. Me asust� bastante andando sola camino de casa. Primero o� unos susurros, luego me pareci� que me segu�a un grupo de borrachos por la calle de la Madera, aceler� el paso, iba notando sus risas por detr�s mucho m�s cerca, el destino parec�a escrito a esas horas en las que deber�a estar en casa. Corr� m�s aprisa y gir� la esquina, pero al salir a la bocacalle estaban de nuevo, me parec�an cuatro, cinco, tal vez m�s, no quer�a girarme para que no percibieran mi miedo. Me apret� los brazos contra el pecho como si quisiera asegurarme a m� misma y empec� a rezar las cuatro cosas que me ven�an en ese momento a la cabeza. Les o�a el eco del entusiasmo que llevaban entre ellos y me estremec�a porque no me cruzaba a nadie por las calles. Aquellas voces me ten�an desconcertada. Roncos, desagradables. Pens� en meterme en un portal para fingir que buscaba las llaves y que estaba ya en casa. No soy tan audaz y no estaba segura de que fuera a ser la decisi�n m�s acertada de la noche. Segu� acelerando el paso hacia arriba m�s temblorosa que nunca. Les pod�a notar el aliento en la espalda, casi escarb�ndome en la nuca. Como si se estuvieran riendo de m� con esas voces sucias. Tropec� en uno de los contenedores de basura y me vine abajo. Me derrumb�.</p><p>���Se ha ca�do!-escuch� cuando se acercaban.</p><p>��Ir� borracha.</p><p>��No se encuentra bien-dijo otro-. No est� borracha.</p><p>��No me hag�is nada, por favor-supliqu�.</p><p>��Se�ora, no vamos a hacerle nada. Nos parec�a que iba tambale�ndose. �Quiere que la acompa�emos a un taxi?</p><p>��No, no, no quiero nada.</p><p>���Lo ves? Est� borracha.</p><p>��Dejadme, dejadme, �dejadme todos!-repet�a todav�a nerviosa.</p><p>No estaba borracha, estaba herida de culpa. As� me dorm�. Acurrucada entre los contenedores, tumbada de lado y pegada a la pared. No pod�a continuar as�, no sab�a c�mo seguir. Efectivamente, me estaba comportando como una idiota y pod�a caer en el trastorno. Me hab�a dejado llevar por algo que no sab�a explicar y que, en realidad, necesitaba. Al d�a siguiente era martes, ya era martes de hecho, sal� de mi pozo en direcci�n a la parada de metro para irme a casa. Tom� primero un caf� con leche en la cafeter�a de los churros durante un tiempo indeterminado, tal vez mucho, me dol�a todo el cuerpo. Yo, claro, esta vez ni canturre� <emphasis>Moon River</emphasis>, ni la naturaleza me permit�a estar centrada. Adem�s, la noche me dej� una voz rota, desconcertada; llevaba horas aguantando las ganas de llorar y ese tipo de angustia no mejora la voz para ponerse rom�ntica. Matilde la panadera ven�a caminando por la calle sin el delantal blanco (por eso no la reconoc�), de verde pistacho y peinada con mo�o, se quit� las gafas de sol y avanz� hacia m� como un hurac�n.</p><p>��Pero �qu� haces aqu�? �C�mo no has entrado esta ma�ana?-me pregunt� lozana como siempre.</p><p>��Tengo pan de ayer, me quedaba media barra y la he metido en el congelador�-Desvi� la conversaci�n-. �Y t�? Qu� guapa de buena ma�ana.</p><p>��Voy a la peluquer�a, bueno, vengo. Es el cumplea�os del peque�o de mi hermana.</p><p>��Hala, hala. Pues a pasarlo bien. Venga-le dije despach�ndola con una sonrisa.</p><p>��T� tienes cara de cansada, no ser� una reca�da�, no me digas que vas mal de trabajo� Te dije que te voy a buscar algo.</p><p>��Gracias, Matilde.</p><p>��Y, sobre todo, cu�date. P�sate por el horno, le har� ilusi�n a las chicas. Creo que la peque�a me dijo que quer�a que le arreglaras un jersey de cuello vuelto, uno que le encanta y al que ya se le han ido los puntos del codo; ya sabes c�mo son, se ponen las cosas cuanto m�s gastadas mejor. Yo, por m�, se lo tiraba, pero me mata. Me sobrepasa que tenga tan buen cuerpo y se vista como una hippy, va hecha una trasto, con lo mona que es. Yo a su edad�</p><p>Matilde no iba a ning�n cumplea�os. Era martes. Sent� que ella estaba guard�ndose un secreto. Lo not� en su mirada furtiva ajena a la verdad y por lo habladora que estaba a esas horas. Iba disfrazada, m�s maquillada de la cuenta� Ese tono estridente que delata la clandestinidad. Qu� curioso, pens�, todos guardamos secretos. S� cu�ndo alguien se guarda una confidencia para sus adentros porque en mi familia todos hemos guardado secretos bajo los ovillos de lana. Todos.</p><p>Me com� un bocadillo de sardinas en el bar para coger fuerzas, junto al mostrador. Quer�a pensar que todo lo hab�a so�ado, que era producto de mi mente desordenada y febril, pero me empe�aba en cre�rmelo, y me descompuso verme tan descentrada. Sin m�s remedio que admitir que estaba dejando de ser la mujer que se merec�a Marcos, la facilidad con la que estaba desorden�ndome era t�pica de quien se vuelve loca, loca de amor. Ni estaba para perder los estribos, ni tampoco para levantarme derrotada de entre dos contenedores. Tal como estaba, en el l�mite de la confusi�n, lo que deb�a era volver a casa. Pero no a la casa f�sica, sino a la mental. Ducharme, tumbarme boca arriba, abrazarme a los recuerdos m�s hermosos y admitir que deb�a pasar a otra fase. De hecho, estaba tan ofuscada que no fui consciente de que me hab�a cruzado con �l al salir de la cafeter�a hasta que camin� unos metros y descubr� que el perfume que se hab�a alojado en mi cerebro era el suyo. Me gir� y me puse nerviosa, pasmada pero hist�rica de emociones. Lo reconocer�a en una manifestaci�n de periquitos y gatos malolientes, por eso me gir�. Me gir� y estaba all�, de carcajadas con los dos hombres y dec�a algo de que �todo ir� bien, siempre ir� bien� mientras agarraba de la mano a la chica rubia de boca gruesa o ella lo agarraba a �l. Murmur� bajito: �Todo ir� bien, seguro que todo ir� bien�, haci�ndome c�mplice suya.</p><p>No me vio porque los fot�grafos empezaron a asediarle con sus flashes en una cruel batalla de empujones y voces por la acera, pero tuve el tiempo justo para darme cuenta de que se escapaba de la mano de la chica al segundo disparo de flash, la de la boca gruesa. Supongo que para no regalarles la foto.</p><p>Segu� caminando m�s relajada hacia casa, tal vez menos anestesiada que antes y con sus carcajadas de fondo como una m�sica que me acompa�aba segura pero dolorida. Al mi�rcoles siguiente sali� esa foto en las revistas. La que acabo de pegar en mi celda junto a la del reportaje en la playa. Se nota mucho en esta foto que estaba de descanso, se descuida un poco, no se afeita y repite camisetas, algunas que solo se pone para correr por las ma�anas. He seguido colgando algunas fotos en mi nueva pared, pero ahora las m�s sentimentales las estoy dejando apoyadas tras la ropa que he dejado doblada en los estantes encalados de yeso. No quiero que les d� la luz desde el ventanuco por si se me las come el sol y se quedan blancas. Quiero que mi mural, aqu�, en esta celda, sea una sucesi�n de bonitos recuerdos y no una colecci�n de fotos deste�idas. Sobre todo este retrato con un traje oscuro. �De cu�ndo era? Se nota que iba perfumado.</p><p>El aroma me viene de nuevo a la mente. Cual Jean-Baptiste Grenouille. Me empe�� en querer buscarlo una de esas tardes en una perfumer�a y la obstinaci�n me cost� salir borracha de olores. Era como haber bebido y mezclado alcohol. Estuve semanas con dolor de cabeza por mi torpeza. Pero por burra segu� igual, cuando ve�a una droguer�a, me colaba disimuladamente para probarme todas las colonias masculinas hasta que se acercaba la encargada.</p><p>���Desea alguna en especial? �Quiere que la atienda?</p><p>��No.</p><p>Era o�rla y un resorte me hac�a huir de la tienda trotando. As�, terca e ilusionada, fui peregrinando por todas las perfumer�as del barrio hasta que acab� en El Corte Ingl�s de Preciados. Me propuse encontrarlo en el laberinto de olores de los mostradores; no era f�cil, destapando los probadores y manch�ndome la piel poquito a poco en alg�n trozo libre del brazo. Al rato me notaba exhausta porque se me mezclaban las colonias y no era capaz de distinguir una de otra, empezaba a ponerme borracha.</p><p>Adem�s, mi �nica referencia era mental, deb�a recordar la primera vez que me cruc� con �l en su puerta.</p><p>Miraba los frascos y evitaba dejarme llevar por la forma o por la presentaci�n de colores de los cristales, por eso distribu� la planta baja de los grandes almacenes como el mapa de un tesoro. Sab�a que �l, al menos en esencia, estaba all�. Escondido tras las cajas. La nariz se me taponaba a los pocos minutos, despu�s de haber olido cuatro o cinco perfumes. As� que volv�a a salir a la calle para dar una vuelta a la manzana y volver a entrar disimulando entre los expositores. El guardia me miraba. As� pasaron tres d�as. El cuarto, recuerdo que era viernes, me sorprend� cuando una de las dependientas le ofreci� a un se�or perfumarse de la botella que llevaba entre manos, cerr� los ojos, sent� que aparec�a de nuevo. Marcos Caballero estaba en el aire.</p><p>��Perdone, �qu� perfume es ese?-le ped� a la chica.</p><p>���Quiere probarlo?-Y dispar� sobre una bandita de cart�n almidonado para agitarlo despu�s en el aire y ofrec�rmelo.</p><p>��Me gusta. No sabe cu�nto me gusta. Es �l.</p><p>���Lo quiere para regalo?</p><p>��S�. Para regalo.</p><p>He abierto la libreta para aspirar el olor a Marcos. El perfume se nota en cada una de estas p�ginas en las que he ido anotando todo. Huele a�n. Menos mal. Es la �nica forma de que me acompa�e, de que me abrace d�a y noche.</p></section><section><title><p>13</p></title><p>Aquel mes de noviembre estaba acab�ndose. Hac�a ya fr�o en Madrid, ten�a mucho m�s trabajo que de costumbre arreglando pantalones y remendando jers�is, y me permit�a poder ir comprando m�s revistas en busca de Marcos. Para ser su primera pel�cula estaba saliendo mucho. Yo iba a casa de la Luisa, donde concentraban las bolsas con la ropa para arreglar, cubierta con mi abrigo azul marinero y los guantes puestos. Me gustaba ponerme ese gab�n porque era de pa�o grueso y me sent�a protegida desde las rodillas.</p><p>Antes de llegar a la casa de la Luisa, paraba a tomarme un caf� con leche caliente-en vaso de tubo- en el Comarcal de Pac�fico, donde la temperatura estaba siempre m�s alta gracias a que la caldera estaba rota, pero adem�s-para qu� negarlo- donde siempre ten�an revistas amontonadas junto a los peri�dicos. En fin, ven�a a calentarme el pecho, pero tambi�n a arrancar algunas p�ginas en las que lo encontraba. El due�o no reparaba en ello porque con lo manoseadas que estaban algunas yo creo que agradec�a que las fuera deshojando y evit�ndole m�s montones. En d�as as�, cuando ve�a alguna foto nueva, el abrigo del bar me supon�a mucho m�s abrigo del que me ofrec�a el mero caf� con leche caliente.</p><p>Los d�as empezaban a ser m�s cortos y cuando acababa el recorrido por las casas de mis clientas, no ten�a muchas fuerzas para subirme al metro y volver al centro a esperarle en el portal. Al final del d�a estaba molida. Las cosas como son, sub�a por la calle Valderribas a recoger los encargos, bajaba hasta Catalina Su�rez y me colaba en la calle Pajaritos, donde me esperaba la Luisa. Luego volv�a a Valderribas, me cambiaba y me iba hasta la parada de Pac�fico. Y todo esto para un trabajo que me aburr�a. Cuando no era la Singer mi compa�era de tertulia, me pasaba horas sentada en un taburete con una palangana humedeciendo los pies de las vecinas; la liturgia iba acompa�ada de una toalla para secarlos y varias limas y tijeras con las que recortaba las u�as a fondo. Cuando no eran callos. Era de esperar mi agotamiento. La Luisa las quer�a de color clarito, la Reme prefer�a �solo brillo�, Elvira y su hija hac�an uso del color granate, las dos; a Julia le bastaba que se las recortara con cuidado-le sangraban- y que le apurara las durezas. As�, sentada en el suelo, hablando con las rodillas, me preguntaba qu� hab�a hecho para tener esa misi�n en la vida. Yo era una de ellas. Indistintamente pod�a haberme cortado las u�as la Reme a m�, o ser yo la que era atendida por la hija de Elvira. (No puedo explicar por qu� la Reme era la Reme y a Elvira, en cambio, no la llam�bamos la Elvira.) Pero ese era mi lugar en el mundo.</p><p>Hace un tiempo hab�a empezado a descifrar pies igual que las brujas leen la palma de la mano. Lo hac�a mientras bajaba las escaleras del metro, o mientras esperaba en la parada del autob�s. Pod�a predecir si esa se�ora que bajaba iba a tener juanetes o u�eros. Observar a trav�s de las rodillas era un ejercicio de paciencia incre�ble. Y c�modo, porque nadie se daba cuenta de que estaba analizando sus pies. Por ejemplo, all� estaba yo, sentada en el metro, mirando las butacas con la vista perdida. Y en verdad estaba trabajando en mis pron�sticos, haciendo conjeturas. Habr�a dado cualquier cosa por que despu�s de tener mi presentimiento-o mejor dicho, visi�n m�dica- se hubieran descalzado para ense�arme los pies. Con las clientas hab�a llegado a tener una precisi�n asombrosa, les miraba las rodillas y me hablaban. Sonaba inveros�mil, pero me pasaba la mitad del d�a arrodillada por encargo.</p><p>La calle empezaba a parecer un descampado a partir de las siete de la tarde. Los d�as, como dec�a antes, se hab�an hecho m�s cortos. A veces, sin darme cuenta, entraba a la iglesia de San Ildefonso para heredar algo de paz o sentarme en un banco a contar muchas de las cosas que no estoy contando aqu�.</p><p>Entonces deambulaba por las calles de Fuencarral, dando rodeos para olvidarme de las rodillas, del olor a gato, del alpiste seco de la jaula y� mirar a la gente. En esa calle y a esas horas era m�s numerosa la presencia de extra�os, intentaba no fijarme en las caras directamente, pero no las elud�a porque no quer�a que se me escapara la posibilidad de tropezarme con Marcos. A medida que se acercaba la hora de la cena, aceleraba el paso como agotando las caras, las miradas, los ojos de todos.</p><p>Solo quedaba cenar, acostarme y volver a leer rodillas a la ma�ana siguiente. Por aquellos d�as de oto�o, me tuve que cobijar de nuevo en las revistas. Se trataba de volver a hurgar en las p�ginas del color�n busc�ndole bajo los titulares. En el descanso entre una clienta y otra, si las u�as ven�an sin problemas graves, les ped�a que me dejaran alguna publicaci�n. Me las fumaba. Si en alguna de las p�ginas aparec�a �l, disimulaba y me la echaba al bolso como si la revista hubiera venido conmigo.</p><p>De modo que ah� estaba, recortando u�as y recortando fotos. Se trataba adem�s de una tarea con horizonte, deb�a esperar al buen tiempo. Curiosamente, esperar-aunque fuera al tiempo- formaba parte de mi breve repertorio de verbos capaces de sacarme de ah�. Los atroces d�as de invierno se me hac�an largos. Mi consuelo era que mi colecci�n de fotograf�as estaba creciendo a pasos agigantados, Marcos asist�a a muchas fiestas y posaba en los eventos con una naturalidad que nada ten�a que ver con la del principio. Tambi�n es cierto que le llamaban para un mont�n de presentaciones de cine, de teatro, joyer�as y premios de revistas masculinas. Empec� a aprender m�s de su actitud y de su personalidad al analizar sus fotograf�as matem�ticamente, no ten�a otra posibilidad. Para eso deb�a pensar que Marcos no era mi Marcos. Distanciarme como un cirujano del enfermo. A veces lo consegu�a, a pesar de la dificultad y del componente emocional, y anotaba detalles en mi libreta: Hoy parece que ha llorado, tiene aspecto de cansado, no es cansancio f�sico, es agotamiento moral. Foto catorce. Hoy tiene la mueca de perplejidad. No sabe qu� hace ah�. Es una joyer�a. Foto cuarenta y tres. Tal vez se ve fuera de lugar. Seguramente se ve fuera de lugar, matizo. Lo l�gico, dado el lugar. Hoy oculta sus manos como en la foto tres, en la cuatro y en la siete. La cinco y la seis no puede apreciarse, est�n cortadas con un titular. Mi an�lisis es que est� nervioso. Corrijo. Mi an�lisis es que est� disperso y se agarra los dedos entrelaz�ndolos.</p><p>Foto diecis�is. Guapo. Un psic�logo me dar�a m�s datos pero me parece que es as�. En las �ltimas fotos utiliza para vestir el color negro. No quiero hacer un an�lisis excesivo, es invierno y es la prenda m�s c�moda para los chicos, no requiere de estudio, no hay que buscar en el armario�</p><p>Con esta confianza provocada por la foto diecis�is sal� a la calle. Lo misterioso de las reacciones es que a veces las provocamos inconscientemente. As� fue. Para nada esto me humillaba. Cada traspi�, cada d�a sin encontrarle paseando, se convert�a en un acicate para seguir. Yo ten�a clar�simo que el azar ha impulsado todos mis movimientos, lo fue de peque�a y lo estaba siendo entonces. Me puse el abrigo de pa�o azul marino y baj� a la parada de metro, iba movida por una fuerza especial, baj� las escaleras y coincidi� que el convoy pasaba justo en ese momento, con lo que no tuve que esperar en el and�n. No pod�a hacer m�s fr�o.</p><p>Ya dentro, la vista se me fue, otra vez, a una de las se�oras que iban sentadas frente a m�.</p><p>Comenc� analizando sus pies deformados por el calzado, segu� a las rodillas y luego sub� hasta su revista, la que iba mirando sin leer. Tuvo gracia. Se me ocurri� pensar que hubiera otra como yo en el metro, que esa se�ora que ten�a frente a m� fuera un caso id�ntico, que nos hubi�ramos desdoblado como las c�lulas de los microscopios y estuvi�ramos en el mundo con la misma funci�n. Preocupadas exactamente por lo mismo, como en un espejo. Ella tendr�a mis problemas, yo tendr�a sus quebraderos, las dos tendr�amos el mismo est�mulo en ese momento. Empec� a mirarle el rostro, despu�s el cabello, as� llegu� a la boca, para fijarme si sus labios se parec�an a los m�os. Tampoco es nada del otro mundo. Estas cosas yo las hab�a visto en algunos reportajes de televisi�n, explican con argumentos que existen seres que son iguales a otro pero que nunca se encuentran. Parece de ciencia ficci�n, pero todo tiene su fundamento, ya que es imposible que haya tantas diferencias entre los seres humanos. No es posible que podamos nacer millones y millones cada d�a y todos seamos diferentes. Lo mismo sucede con las huellas de la mano. No me lo creo. Si pod�an dos seres ser iguales f�sicamente y nunca encontrarse, por qu� no pod�a tambi�n haber dos seres con las mismas inquietudes, las desdichas, los mismos impulsos sentimentales, las mismas corazonadas. O lo que es m�s, por qu� no pod�a darse el caso de que despu�s de haber coincidido en un espacio y tiempo exactos estuvi�ramos pensando lo mismo en el mismo momento. Me qued� espantada al comprobar que, cuando volv� a mirar a la se�ora de la revista, como una r�plica m�a gestual, levant� la vista y nos cruzamos la mirada. Estuve pensando si ella estaba pensando. La ventaja de ser tantos en el mundo es que nunca coincides, �qu� hac�a all�? Dos cuerpos sentados frente a frente. Cuando vi que la pr�xima parada era la de Ant�n Mart�n, decid� levantarme para comprobar si ella tambi�n se levantaba. Era muy aficionada a verme parecidos con todos y me estaba poniendo nerviosa su presencia. Tengo que empezar a cuidarme de eso. No quise mirar, agarr� mi bolso bien fuerte, lo apret� junto al abrigo y me dispuse a ponerme en pie entre la gente. Aferrada a la barra de seguridad mir� a mi lado. Deseaba� No s� qu� deseaba. �Pr�xima parada Ant�n Mart�n�, dijo la megafon�a del vag�n. Mir� y no estaba. Quiz� hab�a pensado lo mismo y ahora estaba detr�s de m�, o estaba asustada como yo. Si pens�bamos lo mismo, estaba pensando como yo. Entonces tambi�n me estar�a buscando en el vag�n a punto de salir. Al abrirse las puertas me qued� parada en el and�n.</p><p>Paralizada. Ech� a andar lentamente el vag�n y, cuando fueron pasando las ventanillas frente a m�, pude comprobar que en el mismo asiento, ah� dentro, continuaba la se�ora, pasando p�gina a su revista, ajena a mis tonter�as. �Y yo? Yo estaba en una parada absurda, con ideas absurdas en mi cabeza, murmur�ndome �tranquila, �ngeles, tranquila�. No s� si enloquecida o con alg�n trastorno extravagante.</p><p>Hab�a comprendido que no iba a ser tan f�cil encontrarse a una misma. Lo bueno es que bastaba con haber encontrado a Marcos.</p><p>Estuve sentada en un banco de Ant�n Mart�n el tiempo justo. El t�nel estaba en una suave penumbra, deb�a de haber algunas luces fundidas y la gente, que pasaba extra�ada ante la situaci�n de semioscuridad, evitaba ponerse cerca del and�n. Daba un poco de miedo. Sin embargo, con o sin luz, yo segu�a destemplada. Nadie se fijaba en m� y todos me miraban. Toda esa gente que se pegaba a la pared buscando el resguardo seguro no sab�a qu� cosas tan raras se me pasan a veces por la cabeza. A pesar de la angustia que me despierta la curiosidad, me sent�a protegida porque un presentimiento crec�a dentro de m�. Nada ten�a que ver con la posibilidad de que existiera una mujer como yo en el metro anterior, no. No soy la protagonista de todos los viajeros del metro, sigo siendo una figurante. Se acerc� el siguiente metro y entr�.</p><p>Por primera vez en meses not� que el presentimiento ten�a algo de fundamento. Seg�n la abuela, me pasaba la vida diciendo que ten�a presentimientos, que ve�a un mont�n de piedras y me hac�a la vidente seleccionando una con toda la parsimonia del mundo como si fuera un amuleto.</p><p>��La piedra me habla, abuela-explicaba en voz baja-, me dice que la elija.</p><p>��Anda, anda, ni�a. Est�s loquita�</p><p>Quiz� lo estaba. Pero es que era verdad. A veces, ten�a presentimientos. Me daba una punzada al coraz�n. No s� c�mo ser�n las punzadas en el coraz�n m�dicamente hablando, pero eso era lo que sent�a. Algo real. Cog�a las caracolas de la playa y me quedaba horas escuchando los ecos, los sonidos rizados que me silbaban secretos.</p><p>��Eres una fantasiosa-remataba ella. Pero ahora ten�a ese sofoco caracter�stico de mis presentimientos. Ol�a a moscas. Rumiaba el runr�n.</p><p>���Pero bueno, Bego�a�! �Qu� estoy viendo? �Llevas d�as sin venir a verme! �Como hayas cambiado de panader�a!</p><p>Matilde ten�a el mismo br�o de siempre.</p><p>��He estado fuera-dije.</p><p>��Pues ya te echaba de menos.</p><p>��Ya lo s�.</p><p>���Trabajo?</p><p>��Bueno, que he tenido unos d�as con m�s encargos de lo normal.</p><p>���Me alegro, hija!</p><p>��Vamos, pero que ya est�, ha sido un atrac�n y vuelve la sequ�a. Debe de ser que todas han sacado la ropa del armario y me han enviado a arreglar hasta las mortajas.</p><p>��Quita, quita�-gru�� levemente-. Y �c�mo andas? Se te ve bien. El otro d�a estabas con una cara de harina que parec�as transparente.</p><p>��Me pillar�as sin desayunar. Con este fr�o�</p><p>��S�, hija. Much�simo fr�o.</p><p>��Adem�s, comparada contigo, que ibas de punta en blanco� Estabas toda resplandeciente de verde pistacho. As� cualquiera.</p><p>��Ah, hija. Fue una fiesta preciosa. Y mi hermana estaba estupenda. Y ni te digo el resto. �ramos de revista. Para que nos sacaran en las fotos. Te las tengo que ense�ar.</p><p>��Pues ens��amelas.</p><p>Nunca me las ense�� porque era su secreto. Lo sab�a. Eso me hizo confiar en ella mucho m�s. Me uno a la gente que guarda secretos.</p><p>Esa ma�ana me hab�a tirado un buen rato-no s� cu�nto- contemplando el sonido de las m�quinas tragaperras. No eran especialmente musicales, pero formaban parte de la rutina en la que me dejaba llevar. Y entonces me pareci� que las luces que giraban en las maquinitas coincid�an encendidas en el mismo dibujo. El due�o le animaba en el juego, grit�ndole al jugador: �Hala, hala, Pascual� Hala, hala, �que te toca el premio!�. El premiado era �l, pero yo sent� que el azar jugaba otra vez en mi vida a mi favor. Ni siquiera esper� a las vueltas cuando pagu� el caf� con leche y sal� del calor del Comarcal.</p><p>��Ten�a ganas de verte-me dijo Matilde.</p><p>��He estado ocupada con arreglos.</p><p>��De eso quer�a hablarte. No s� si los recoges y te los llevas o los haces a domicilio�-me pregunt�.</p><p>��Depende de si son cortinas, meter dobladillos, remiendos� Todas esas cosas. Yo puedo venir o llev�rmelas y devolverte todo bien planchado. Como t� me digas.</p><p>��Mi hija encantada con el jersey que le zurciste. Vamos, parece nuevo�</p><p>Hab�a algo en mi voz que sonaba distinto, una calma que seguramente se deb�a a las �ltimas semanas que pas� relajada en casa viendo y recortando fotos. Extra�ar a alguien reblandece los callos del alma y m�s si es �l. Me gust� o�rme as�.</p><p>���La plancha?-a�adi� curiosa.</p><p>��No sabes c�mo plancho. Te dejo la ropa a estrenar.</p><p>Matilde sac� unas llaves del bolsillo como si me ense�ara un talism�n. Como si prolongara el silencio con ellas en la mano o si estuviera indecisa, me explic� que era la mujer que necesitaba. Me incorpor� hacia el mostrador mientras Matilde sal�a de detr�s hacia m� para hablarme con aire afectado.</p><p>��Si planchas bien, te voy a ofrecer un trabajo. Te lo dije. Un trabajo trabajo. Nada de ir rondando, que acabas matada.</p><p>��Planchar no solo no me molesta, sino que me gusta. Es como volver a dejarlo todo nuevo. Y eso me relaja.</p><p>��Toma, estas son las llaves y esta es la direcci�n-dijo d�ndome un papelito junto al llavero-.</p><p>Si no hay nadie, la ropa la encontrar�s en la cocina, nada m�s entrar. Es un trabajo de asistenta, conf�o en ti. S� que no me vas a defraudar.</p><p>���Para qui�n es?</p><p>��Marcos Caballero, lo conoces. El chico actor.</p><p>Me ahogu�. Matilde me entreg� las llaves, volvi� al mostrador y cerr� los ojos en un gesto de complicidad hacia m�. Aturdida por la escena que acababa de vivir, le agradec� la confianza sin abrir la boca y me dirig� a la puerta, sal� a la calle y respir� profundamente ese aire fr�o y seco que ya estaba cubriendo Madrid. El aire helado, mortal y doloroso me abofete� en la cara. Sal� a refugiarme en la parroquia. Debi� de ser un sacrilegio, pero met� la cara en el agua bendita y all�, sumergida en la pila de m�rmol durante unos segundos, di gracias. Ya no necesitaba esconderme; iba a dejar de ser un fantasma: ya era una mujer visible.</p></section></section><section><title><p>SEGUNDA PARTE. LAS CARACOLAS ME HABLAN</p></title><section><title><p>14</p></title><p>Barcel�, n�mero 2. Cuarto piso. Por un momento tem� que no fuera la direcci�n que llevaba escrita, pero efectivamente era la suya. La euforia loca y desordenada me condujo hasta la puerta de su edificio sin enterarme pr�cticamente de si hab�a cruzado en rojo o si estaba caminando con los ojos cerrados. Hab�a vuelto a llorar sin darme cuenta. En aquel momento toda mi vida se me plant� de golpe en el portal de la calle, justo cuando met� la llave y gir� hacia la derecha.</p><p>La �ltima vez que abr� una puerta emocionada como en ese momento fue cuando me enamor� de Gonzalo. Hab�a malgastado cinco a�os de matrimonio con el bueno del pueblo, el hijo �nico perfecto, trabajador y callado, y apareci� el hombre m�s chispeante de mi vida. Ven�a despojado de problemas, fumando vida y dici�ndome que era la m�s guapa del baile. Algo que nunca me hab�a dicho nadie. Nunca me lo hab�a dicho nadie. Nunca. El Carnaval se hab�a terminado y era uno de los m�sicos de la banda, sin embargo, lo hac�a como entretenimiento, por pura pasi�n musical. Aquella misma noche en la que me dej� llevar por el alcohol y la oscuridad, me cont� su vida de profesor universitario entre beso y beso.</p><p>Viajaba constantemente, curioseaba con el arte, compon�a canciones para poemas que escrib�a de madrugada y ten�a una casa en Cadaqu�s. Yo no hab�a o�do hablar de Cadaqu�s. Pero s� hab�a o�do hablar de que los besos con abrazo eran m�s intensos, m�s prisioneros del amor, que se parec�an a los de las pel�culas. Y era cierto. Los besos con abrazo hacen que los huesos crujan sin dolor. Me escap� con �l. Sal� del baile abrazada a �l con la complicidad del disfraz que me hab�an cosido la abuela y mam�, con mucho sigilo avanc� hacia casa, cog� mis cosas y� nunca m�s volv�. Apenas tuve conciencia de estar abandonando mi mundo porque al huir de all� hu� tambi�n de m� y de la condena del ovillo violeta. Era la forma de cortar las rosas, de que por fin alguien dejara de hacer lo que tocaba seg�n el calendario familiar y gen�tico. Me dej� a la mujer aburrida que hab�a pasado las Navidades poniendo la mesa y sirviendo cenas para dejarme llevar por los abrazos del profesor. En el fondo no hice m�s que un exorcismo de lo que no pudo hacer mi abuela aquel d�a de la fuente, cuando su mujer interior se qued� sola en la fuente de la Alameda. Por eso sent� que aquella madrugada yo corr�a por las dos sin pedirle permiso a nadie, sin ceremonias, sin maldiciones morales, di esquinazo a mi vida y tambi�n a la de mi abuela.</p><p>Dormimos en el Pirineo, helados. Mi gabardina se hab�a quedado colgada en la entrada de casa porque hu� con el coraz�n abrigado y en aquel momento no sent� nada de fr�o al meterme en su coche.</p><p>Pero el desarropo empec� a sentirlo, como una se�al, cuando las curvas de la carretera fueron anunciando que estaba lejos de casa. Salimos a cenar en un pueblo en el que la calle principal estaba llena de tiendas de ropa de monta�a y cosas de esqu�, todav�a abiertas; all� Gonzalo me compr� un jersey de colores que todav�a guardo y un abrigo azul marinero de pa�o grueso. Frente al espejo me vi protegida del fr�o y del desafecto de a�os con el buenazo del pueblo. Entonces, en medio de la tienda y de las dudas, algo se despert� dentro de m�. F�sicamente empec� a verme guapa, resguardada y amada.</p><p>���Te gusta?</p><p>��Me gustas.</p><p>���Lo quieres?</p><p>��Te quiero.</p><p>No me arrepent� hasta mucho tiempo despu�s. Cadaqu�s fue precioso. Su casa, cuando abrimos la puerta, ol�a a cerrado. Encendi� la luz y toda la pared apareci� iluminada hasta el techo con una colecci�n inmensa de libros puestos en estantes atiborrados sin orden vertical. Yo pas� feliz al interior.</p><p>��Muy buenos d�as.-El portero, que en ese momento estaba repartiendo cartas en los buzones con un perro a sus pies, me revis� de arriba abajo-. Voy al cuarto, soy la asistenta.</p><p>���De Marcos, supongo?</p><p>��S�, la nueva asistenta.</p><p>Tras recorrer con determinaci�n el patio de entrada, invent� una conversaci�n para saludarle, si estaba en casa, con total normalidad.</p><p>�Me ha enviado Matilde, creo que necesitas a alguien para la plancha. Puedo arreglarte la casa si quieres e incluso dejarte algo de comida, no s� hacerlo mal, vivo cerca y me ha confiado tus llaves.</p><p>Supongo que prefieres por las ma�anas, pero si te va mejor por la tarde, tampoco tengo problema. Me organizo como tengas los d�as, es cosa de que t� me digas y que me dejes una nota con lo que quieras que haga. Hago tambi�n remiendos y coso para fuera, o sea, que si quieres� o tienes camisas para estrechar o darle una vuelta a los botones, te los recoso, que siempre acaban cay�ndose. Me llamo Bego�a. Ahora ven�a de la panader�a, compro siempre en la de la esquina, es que vivo cerca de aqu� y nos hemos cogido cari�o la due�a y yo, te tiene mucho cari�o, �sabes? Mucho. Yo no sab�a que eras actor. Bueno, me enter� porque ella me lo dijo, pero que soy una mujer discreta, callada. Bueno, que me llamo� Bego�a. �Te lo dije?�</p><p>En vez de tomar el ascensor sub� por las escaleras sin encender ninguna luz.</p><p>��Funciona.</p><p>��Ya lo imagino. Pero no me gustan los ascensores-ment� al portero.</p><p>��Pues es un cuarto.</p><p>Las ventanas de los descansillos iban iluminando la barandilla conforme iba subiendo hacia su casa.</p><p>En el �ltimo recodo me sent�, no s� si era agotamiento o la conciencia real de que estaba all�, por fin. No se escuchaba nada. �Estar�a dormido? Frente a la puerta intent� frenar la respiraci�n agitada que tra�a desde la calle, as� pod�a o�r bien los ruidos del interior de la vivienda de Marcos.</p><p>Entend� que no hab�a nadie. Me pellizqu� y cerr� los ojos.</p><p>Al abrirlos met� la llave. La puerta de Marcos hico clic. Entr� en acci�n una espiral de emociones antiguas y futuras� Las rosas del jard�n, los gatos de la abuela, las fiestas, mi ramo de flores, la cama a estrenar, el primer baile, las felicitaciones, los besos, los lloros, la ropa nueva, la usada, la prestada, el sue�o en el sof�, los lloros, las esperas, los juegos en el patio, las tilas, las noches en vela. De repente entend� el porqu� de las man�as de la abuela, de mam�. Su empe�o en que bebiera de la fuente aunque no tuviera sed, �para luego, bebe para luego, para cuando tengas sed y no haya fuente a mano�, dec�a, y �arr�glate que te vean guapa�. Ahora, a�os despu�s, le daba la raz�n de nuevo. Qu� bien, pens�, qu� bien. Me atus� el pelo inconscientemente.</p><p>Cuando se abri� la puerta del piso, me cruji� el coraz�n, esta vez no fue una punzada de presentimiento. ��Marcos, Marcos!� Estaba sola. Estaba sola all�, para bien y para mal. Cruc� el umbral como cruzan las sombras las pesadillas, semidormida o atontada, y me instal� en la cocina. All� me quit� el abrigo, colgu� la bufanda en una de las sillas y me cambi� el calzado por unas zapatillas que tra�a en el bolso. No ten�a ganas de comer desde hac�a d�as, ni de hablar. Sin embargo ten�a sed. En aquel momento solo quer�a digerir la felicidad con un vaso de agua. Hab�a parado de tiritar, pero me temblaban las manos, lo not� cuando fui a cerrar el grifo y vomit�.</p><p>Pis� la entrada, donde hab�a un gran cuadro de Nueva York en blanco y negro, me adentr� por el pasillo, todo amplio y luminoso porque al final se ve�an los ventanales de la calle. Avanzaba con el cuidado de unos ingenieros qu�micos, temerosa pero segura de que mi experimento iba a salirme bien.</p><p>Empec� a mirar cada una de las cosas que ve�a, aunque fuera un recibo, una cajita, unos caramelos� Lo iba rozando todo con los dedos, a medio camino entre el miedo y el pudor. Lo primero que hice fue sentarme en el sof� y empezar a observar todo. Corrijo, lo primero que hice fue ponerme a llorar y empezar a observar todo. El cuarto piso daba a la plaza de Barcel�, no ten�a ning�n edificio enfrente, y permit�a sentir que uno estaba flotando porque se ve�a mucho cielo.</p><p>Nada m�s entrar a su habitaci�n me vine abajo, era la sensaci�n de estar en casa de Marcos lo que me volv�a loca, confusa. Y creo que tambi�n esto es lo que me hac�a seguir llorando. Not� en el aire su perfume inconfundible. Vetiver. Nadie repara en esos peque�os detalles. Y eso me condujo por todos los rincones de la casa mientras yo misma me iba evaporando. Semidormida o atontada, todav�a. Me perfum� con la colonia del ba�o.</p><p>Volv� a cerrar los ojos para respirar con m�s calma. �Cuando llegue la primavera, pondr� flores en los jarrones, le comprar� margaritas�, pensaba. Iba a decir le comprar� flores, pero sab�a que le gustaban las margaritas blancas, lo hab�a dicho en una de esas entrevistas que me sab�a de memoria. Eso y volar. Tal vez por eso se ve�a tanto cielo desde su casa. Todav�a ten�a que recoger la cocina, poner lavadoras, hacer la cama, recoger el sal�n, ordenar la ropa, limpiar� Pero no sab�a por d�nde empezar.</p><p>Me hice el firme prop�sito de no tocar nada de las cosas que me parecieran personales, sin embargo el hecho de abrir una puerta o encender una luz nunca me hab�a provocado tantas emociones, tantos miedos. Tocar lo que tocaba �l. (El tacto me enciende todas las emociones.) Encima de las s�banas de la cama deshecha hab�a revistas de moda, alguna ten�a su imagen en portada, pero no me vi con capacidad de arrancarla. No pod�a cometer errores o adi�s. La puse en el sal�n junto a un mont�n de revistas id�nticas que se acumulaban a modo de colecci�n. Cog� los ceniceros y me fui con ellos hasta la cocina, donde el grado de desorden era llamativo. Hab�a un mont�n de vasos usados en la pila, unos manchados de chocolate, otros de tomate, otros con caf�, una taza color violeta que tir� (ya buscar�a una excusa)�</p><p>Lo puse todo en el lavavajillas y saqu� los productos de limpieza del armario. Ten�a de todo. Tal vez demasiadas cosas repetidas y demasiadas marcas, como si no quisiera preocuparse de que faltara de nada. Vi que toda la ropa sucia estaba ya dentro de la lavadora, repas� prenda a prenda para que no se mezclaran colores y la puse en marcha. Al girarme a cerrar el armario vi un papel post-it pegado en la puerta acristalada: �Toma nota de lo que haga falta, gracias. Marcos�.</p><p>��Gracias-me respond� de forma absurda a m� misma. No quise tirar el papel, me lo met� en el bolsillo doblado en dos despu�s de besarlo como una estampa. Retir� la aspiradora, saqu� la tabla de planchar y la dej� preparada para cuando la secadora acabara su funci�n. En mi casa habr�a encendido la radio, tal vez la tele por insatisfacci�n, pero aqu� no me sent�a sola. Entre �l y yo-o entre la casa y yo</p><p>��hab�a una comuni�n feliz. Pod�a volar.</p><p>Donde el olor era m�s personal era en su habitaci�n, la cama todav�a ten�a la forma de su cuerpo, incluso las dos almohadas parec�an estrujadas hac�a apenas minutos, por eso me acerqu� a tocarlas antes de cambiar las fundas. Quer�a sentirle. Aspir� el olor y le habl� en voz bajita como si quisiese contarle un secreto. Era un encanto extra�o, profundamente extra�o, qu� cosas hago, me dije, estoy perdiendo el tiempo, no puedo pasarme la ma�ana tocando sus cosas, oliendo las telas, pase�ndome de un lado a otro. Para m�, pasear por la casa era una nueva perspectiva de todo. Recog� los cables del ordenador, que se entrelazaban junto a la planta, donde alguien hab�a apagado cigarrillos, arregl� el sof� reordenando los cojines y dej� en un cuenco varias monedas que andaban desperdigadas por entre las rendijas. La estanter�a carec�a de orden, pero no cambi� nada de sitio, me parec�a que estaba todo colocado as�, por capricho. Muchos libros de Londres, novelas de piratas, peque�os recuerdos como un autob�s rojo de dos plantas, un edificio que se abr�a por detr�s, una bola de nieve, varias botellas con arena y miniaturas que se me antojaron de las que salen en los roscones de Reyes. Era afortunado. Fui limpiando el polvo a todo, con cuidado, m�s por afecto que por prudencia. La colecci�n de caracolas era la columna vertebral de la estanter�a, el punto central de su territorio de cosas; las grandes no las toqu�, sopl� por encima y pas� el pa�o suavemente, las m�s peque�as estaban sujetas unas sobre otras, por eso fui volc�ndolas sobre el sof� para limpiarlas. Las hab�a metidas en urnas de cristal y otras en vasijas transparentes. De ni�a yo las met�a en agua, les echaba sal y luego las secaba al sol. Se trataba de devolverlas a su origen, para que cuando me las acercara al o�do, me contaran historias entre sus zumbidos marinos. De pronto parec�a que era una sirena, un sonido de peces, un aleteo, me erizaba la piel. Empezaba a verlo todo azul, de un azul el�ctrico, como envuelta en una manta de agua. Todas las palabras se agolpaban en mi garganta de ni�a: me hablaban las caracolas. Yo conoc�a su sonido como si fuera un lenguaje secreto entre ellas y yo, navegaba con solo cogerlas. Sin embargo, estas eran de Marcos.</p><p>De buena gana me habr�a quedado a esperar su llegada. Pero no pod�a ser. Aun as� la plancha me ocup� m�s rato de lo normal porque ralentic� la marcha mirando cada treinta segundos el reloj. No dej� imperfecciones y no hab�a ropa mejor planchada en a�os, en alg�n momento me descubr� planchando doble. Era incapaz de pensar con tranquilidad, muy probablemente por el calor de la plancha, la humedad de la ropa y las l�grimas que tuve que ir secando de las s�banas. Creo que me desfogu� con la tarea porque estaba rob�ndole su energ�a a cambio de dejarle la m�a en cada movimiento sobre la tabla.</p><p>El silencio era tan espeso que me mantuve callada para no perturbar la casa. Durante un rato, al principio, planchaba encorsetada por el agobio de estar en su casa, me costaba incluso respirar, pero poco a poco fui entrando en el bienestar como si toda la vida hubiera estado con Marcos. Yo miraba por los cristales de la puerta de la cocina y me perd�a en enso�aciones. Al fin y al cabo, qu� estaba haciendo, formar parte de su rutina en un segundo plano, escondida. Ya estaba viviendo dentro de su trastienda desde hace meses, solo faltaba pasar a ser visible. Pasar de figurante a actriz secundaria.</p><p>Antes de irme volv� al sal�n, recog� los ceniceros, los limpi� en la cocina y al dejarlos de nuevo me acerqu� a las caracolas de la estanter�a. Cog� una y me la puse al o�do: �Qu� bien tenerte cerca�. Me la met� al bolso. Apenas cerr� la cremallera y me dirig� hacia la entrada, sucedi� por fin.</p><p>��Usted debe de ser la nueva asistenta-me sorprendi� Marcos cuando abr� la puerta.</p><p>�l estaba con las llaves en la mano a punto de entrar. Frente a m�.</p><p>��S�, soy yo�-Se me aceler� el pulso-. La asistenta. Me ha enviado Matilde, la del horno.</p><p>Fue un fogonazo de viento fr�o. Parec�a que mi coraz�n se sal�a por la blusa.</p><p>��Supongo que la volver� a ver�-dijo mientras dejaba una mochila en la butaca.</p><p>Call� y pens� para m�: �No te quepa la menor duda�.</p><p>Apret� el bolso con mi caracola robada, cerr� la puerta tras de m� y me qued� abierta de brazos en la entrada, como si hubieran apoyado un crucifijo de mi tama�o en su puerta. Barcel�, n�mero 2, cuarto piso. Suspir�. O expir�.</p></section><section><title><p>15</p></title><p>Amaneci� un d�a brillante, fr�o pero brillante. No me import� airear las ventanas y que el pueblo entero se metiera entre mis puertas oxigen�ndolo todo. Abr� las hojas como si fuera verano y me descolgu� a mirar la calle. �Estoy recuperando mi vida�, me dije. Luego me fui a la habitaci�n a mirarle dormir. Era la primera vez que me quedaba despierta en pie mirando c�mo un hombre, desnudo, se abrazaba a la almohada dormido. Mir� su espalda curvada sobre la cama, me fij� en sus muslos firmes y peludos, adivin� su sexo entre las s�banas, observ� la fuerza de los dedos con los que me hab�a hecho sentir mujer toda la noche. Estaba nerviosa. Como si hubiera cortado todas las rosas del rosal sin permiso de mi abuela. Gonzalo. Se llamaba Gonzalo. No sab�a ni sus apellidos. Nada m�s. Eso y que bajo los arcos de la casa hab�a un pueblo de pescadores-mayor que el m�o- que se llamaba Cadaqu�s. Cuando me puse a contar las barcas de la bah�a, sent� que se hab�a despertado y que caminaba hacia m�; no quise girarme, aun as� dio igual, la fuerza f�sica de su virilidad se me acopl� a la espalda como un puzle.</p><p>Encajado en m� firmemente, haci�ndome sentir segura. Segura por primera vez en mi vida.</p><p>���C�mo te llamas?</p><p>��Gonzalo, te lo dije anoche entre muchas cosas.</p><p>���Qu� m�s?-pregunt�.</p><p>���Es importante? Qu� m�s da.</p><p>��Tienes raz�n-respond� mientras me besaba el pelo y yo giraba la cabeza ofreciendo mi cuello</p><p>��. Qu� m�s da.</p><p>��Has visto qu� bah�a tenemos�</p><p>��Es preciosa.</p><p>��Es maravillosa-me corrigi� ajust�ndose a mi cuerpo.</p><p>��Anoche sent� que hab�a mucha curva hasta llegar aqu� Todo el rato curvas y curvas� �O</p><p>estaba mareada? Ya no s�.</p><p>��Hay ciento diecisiete curvas hasta llegar aqu�.</p><p>��No llega nadie entonces.</p><p>��Has llegado t�. Sobra.</p><p>Sonre� acompa�ada por el fr�o marinero que entraba por la ventana. Un �nico coche que circulaba lentamente por la calle, pegado a la fachada, rompi� la cantinela del mar, cuando se despereza por la ma�ana, callando las olitas blancas que se estrellaban en las rocas de la acera. El olor a flores me hizo asomarme m�s afuera, hab�a albahaca en el balc�n y estaba reci�n regada, lo que la convert�a en un ventilador de aromas. En cuanto me qued� a solas pase� por la casa descubriendo mi nuevo mundo. El sal�n ten�a una l�mpara de ara�a de cristal de la que colgaban multitud de objetos de mar, enredados en una red que todav�a conservaba los corchos envejecidos y repintados de azul mil y una veces. Adem�s de peces de pl�stico, conchas agujereadas, anzuelos� Bajo la l�mpara hab�a una mesa con libros, libros le�dos, arrugados, subrayados y con anotaciones de papelitos que sobresal�an entre las p�ginas. Hab�a velas derretidas en botellas de vino de cristal verde y una pared con multitud de espejos, peque�os y grandes, incrustados en marcos diferentes. No ten�a sentido, pero quedaba bien. Me mir� troceada en los espejos, en ninguno consegu�a verme reflejada entera. Frente a la pared era como un cuadro cubista que se deforma en varias partes descolocadas. Si me mov�a, mi reflejo se desordenaba m�s fraccion�ndose en las lunas cortadas. �Qu� curioso! Cuando entr� en la cocina, toda de cer�mica azul, puse agua a calentar en una cafetera que encontr� en los estantes, quer�a despejarme bruscamente a fuerza de caf�. Creo que Gonzalo estaba en la calle, en el patio interior que luego descubr� caminando por la casa; estaba hablando con alguno de los vecinos atropelladamente porque las voces sub�an confusas por los ventanales.</p><p>Los borbotones de caf� me despertaron despu�s.</p><p>Las barcas eran soltadas de los amarres del puerto invisible y sal�an de faena tranquilamente, por eso a m� se me antoj� que sal�an de paseo por el Mediterr�neo. �l estuvo pensando un rato, con una taza de t� en las manos, y al fin dijo:</p><p>��Me gustar�a que te quedaras aqu� conmigo. S� que has dejado cosas atr�s, pero� �qu� importa? �A ti te importa? �Quieres vivir? �De qu� color quieres que pintemos la habitaci�n?</p><p>Fue una carrera fugaz de preguntas que yo escuch� mansamente, sin desconfianzas.</p><p>��Est� bien as�. Pero cambiar� las cortinas lavanda.</p><p>��Son violeta.</p><p>��Por eso, porque son violeta. No soporto el violeta.</p><p>A �l no le importaba. Asunto zanjado. Gonzalo apur� la taza, la dej� en la pila, encendi� un cigarrillo que apag� al poco y se fue al ba�o. Dej� la puerta abierta. Se duch� mientras yo me aseaba y me peinaba con una coleta sencilla. Abri� la cortina y me invit� a pasar al agua caliente con un gesto tramposo. Yo no quise. Estaba ya peinada. Bueno, no. Todav�a contemplaba sus insolentes gestos estupefacta, todav�a me sorprend�a la forma de ser de un hombre tan alborozado y gozoso, tan natural y tan caradura.</p><p>���ngeles� �por qu� no bajamos al pueblo? As� paseamos. Luego te llevo a comer a un sitio que te va a encantar.</p><p>Me iba a encantar. Cualquier parecido con mi vida anterior era una casualidad. Yo hab�a abandonado a las personas que m�s me quer�an, seguramente; pero ahora estaba con quien yo quer�a.</p><p>Esa era la diferencia. No iba a esquivar ning�n sentimiento, creo que m�s por exigencia que por necesidad. Ten�a hambre de halagos y sexo. Hasta me sonaba bien mi nombre: ��ngeles�. Todo era asombroso, me revolv�a coqueta si �l me llamaba desde la calle, si sent�a un leve rumor de cortejo animal, si sacaba la lengua obsceno desde la puerta� a la vista de los vecinos. El primer d�a me sonroj�, el segundo menos, el tercero menos, el cuarto menos, el quinto menos a�n�, a la semana de estar all� nada. Era feliz, casi sin interrupci�n. Amorosa, divertida, liberada.</p><p>Serenaba tenerle abrazado a mi espalda constantemente, hasta cuando par�bamos en la puerta del Casino de la playa para merendar; iba continuamente protegi�ndome con sus manos.</p><p>Me llev� al final de Espa�a. �All� donde acaba la costa y se rompe con Francia�, me dijo. Era el cabo de Creus, conoc�a al farero y subimos. Incluso me subi� los �ltimos escalones a lomos como una amazona.</p><p>No elud�a ninguno de los besos. Ninguno.</p><p>��Merci, merci, madame�-Puse cara de boba y cont� para serenarme: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve�, cont� como siempre hasta sumar y sacar un n�mero de la suerte. En aquella ocasi�n, al contar, lo hice mirando al infinito, disfrutando del paisaje de rocas, observando c�mo el viento vigoroso abofeteaba los acantilados para intentar peinar la aspereza. Con el soplo violento se escapaban las gaviotas, que sobrevolaban el cabo de Creus dificultosas. Yo tambi�n estaba siendo atizada por el viento, pero me qued� imperturbable, entera, como si hubiera estado all� antes sin saberlo.</p><p>Me sujet� a la barandilla y a Gonzalo. Tengo muy presente aquella tarde, porque entend� bien el mensaje: las bocanadas de aire se estaban llevando mar adentro la plegaria aciaga de la abuela. �Deja las rosas ah�, que crezcan y mueran en su sitio.� Yo ya no estaba en mi sitio.</p><p>���Est�s bien?-me dijo Gonzalo retir�ndome el pelo de la cara.</p><p>��Estoy. Estoy feliz. �No me ves?</p><p>��Sonr�es� Me gusta� Qu� pena que hoy haga m�s viento de lo normal, este sitio es espectacular. As� no lo disfrutas del todo.</p><p>��Te equivocas. El viento me est� limpiando.</p><p>��Dir�s despeinando� Ten�a pensado que comi�ramos aqu�, pero si quieres volvemos a casa.</p><p>��Voy abrigada, tranquilo-a�ad�-: Debemos plantar rosas en el patio. Quiero poner flores reci�n cortadas todos los d�as en la entrada de casa.</p><p>Puse flores en casa de Marcos en mi segunda visita a su casa. Las compr� en la gitana del sem�foro, ya sab�a que se llamaba Inmaculada (lo llevaba anotado en mi libreta) y que siempre andaba angustiada a finales de semana porque las flores no le aguantaban tanto como pod�a aguantar ella. Organizaba en el suelo unos doce cubos de flores que iban de las margaritas a los claveles, las siemprevivas, los nardos, las rosas y� poco m�s, sobre todo mucho relleno verde para ramos de bulto. Cog� margaritas, las ten�a amarillas, blancas y moradas. Ver el improvisado jard�n apelmazado en cubos hac�a m�s llamativas y relumbrantes las flores de lo que luego eran al cogerlas en un sencillo ramillete. Me llev� un manojo de las blancas y pagu� con monedas. Llevaba en mi bolsillo una copia de la foto diecis�is en la que a Marcos se le ve�a tan guapo. Esa foto me hab�a dado suerte, hab�a sido la causante de mi est�mulo para salir a la calle y abordar el azar. La hab�a remirado un mont�n de veces. Era una fotograf�a nueva en la que aparec�a sentado en la ventana del caf� Comercial, en la glorieta de Bilbao, con un pantal�n vaquero un poco roto, una camiseta blanca y, por encima, una camisa de cuadros rojos y azules. Llevaba una bufanda de lana gorda anudada al cuello con varias vueltas, parec�a de ochos; y unas zapatillas sin cordones. Me daban ganas de decirle: �Marcos, voy a cuidarte desde hoy, te quiero�. Ahora lo conoc�a mejor.</p><p>Al tumbarme en su cama me preguntaba c�mo organizar mi vida desde ese momento, todo hab�a cambiado. Ya era la asistenta de Marcos. Todo volv�a a ser alegre y, sin embargo, no pod�a dec�rselo a nadie, no ten�a con quien compartirlo y era muy dif�cil de explicar lo que me estaba pasando. �Hab�a alg�n plan mejor? Hasta que llegu� al horno de Matilde a recoger las llaves no fui consciente de la nueva situaci�n. Hab�a aprendido a moldear los d�as revisando revistas, enumer�ndolas, poni�ndoles fechas, plastific�ndolas con cuidado, vigilando su calle para buscar encuentros clandestinos. No s� las semanas, los meses que hab�a estado esper�ndole, con la cabeza apoyada en la barandilla de la parada de metro de frente a su casa, o en la parada del autob�s, o repitiendo itinerarios, calles, plazas, bares� con mi soledad, mis pensamientos, siempre id�nticos, y volviendo a casa insatisfecha. Ahora ten�a las llaves de su interior. Eso pens�, estoy dentro de �l. Lo m�o era demasiado, pero sobre todo era dulce.</p><p>Me qued� dormida en su cama.</p><p>Son� dos veces el tel�fono del sal�n, la primera me despert�, me asust�. La segunda tuve intenci�n de cogerlo. (�) Mejor no contestar, pens�. (�) �l no me hab�a dicho nada de coger su tel�fono fijo, as� que no hice caso a las llamadas. Lo dej� sonar. (�) Quiz� debido a la hora, Marcos quer�a asegurarse de si ya estaba trabajando y si necesitaba algo. O cerciorarse de que era discreta no cogiendo su tel�fono. No lo cog� por esta �ltima raz�n y volv� a hacer su cama donde me hab�a quedado dormida.</p><p>En ese momento son� mi m�vil. Era Marcos.</p><p>���Bego�a?</p><p>��S�, soy yo.</p><p>��Te estaba llamando a casa.</p><p>��� No he querido cogerlo. Por si acaso son cosas tuyas.</p><p>��Soy yo, soy yo.</p><p>���S�? Dime.</p><p>��No hay problema en que lo cojas. Al contrario, lo prefiero� Si es alguien que quiere algo, me lo anotas en la libreta que hay al lado� si no te importa.</p><p>��No, no. Qu� va. No me importa.</p><p>���Todo bien en casa?</p><p>��S�.</p><p>��Pues entonces nada. Estoy en una grabaci�n. Lo que haga falta lo anotas tambi�n y ya lo compro yo esta tarde.</p><p>��De acuerdo.</p><p>���Falta de algo?</p><p>��Nada. Creo que nada. He visto de todo.</p><p>��Muy bien. Hablamos entonces.</p><p>��Vale.</p><p>��Oye, las croquetas riqu�simas.</p><p>�La pr�xima vez har� un flan�, pens�.</p></section><section><title><p>16</p></title><p>Cuando empec� a ir a su casa de forma continuada, empec� a conocer tambi�n el sufrimiento de forma continuada. Verle salir de la habitaci�n mientras yo abordaba la faena del hogar me hac�a un da�o inmenso. Me ve�a obligada a disimular que le quer�a, que quer�a abrazarle. Yo iba sudando, con mi escoba como asidero de mi estabilidad, un amor no superado. Destilaba ansiedad.</p><p>Tenerle cerca mientras ordenaba la estanter�a, sabiendo que pod�a pasar por mi espalda, era tan terrible como esperar en la parada del autob�s. Mucho peor. Al fin y al cabo, abajo tirada en la calle suspiraba por todo lo que mi imaginaci�n pod�a fantasear acerca de su forma de vida, esa que no conoc�a y que se me hac�a lejana. La que me quedaba tabicada por la fachada. En cambio ahora, arriba en su domicilio, me paseaba por la casa aguant�ndome las l�grimas, sujet�ndome a las paredes del pasillo para no perder en alguna ocasi�n el equilibrio. Sent� l�stima de m� misma. Estaba cumpliendo con la escrupulosa tarea de arreglar su ropa y su piso, me deb�a desenvolver bien� Ni siquiera ten�a que hacerle la comida. Sub�a a la casa, me encerraba en el ba�o y, presa de m� misma, me sentaba en la taza hasta que la respiraci�n se me calmaba. Ya all� dentro, en lo que se supon�a entonces que era el para�so, el �nico lugar que me importaba del mundo, me temblaban las rodillas y no paraba de llorar. Mi plan estaba fracasando.</p><p>Cuando todo estaba silencioso y me enteraba de que Marcos segu�a durmiendo en su habitaci�n mientras yo me ten�a que poner con la plancha en la habitaci�n contigua, me entraba el desespero. Ese era el decaimiento total. Sucedi� as� varios d�as. Yo llegaba y �l dorm�a en su cuarto.</p><p>As� no pude resistirme, abr� la puerta y le mir� por la rendija� Marcos estaba tendido con los brazos abiertos. Se movi� y yo cerr� los ojos a la vez que cerraba la puerta de una manera rid�culamente sigilosa para no ser pillada al verle desnudo. Cuando volv� a abrir la puerta pasados unos minutos, se hab�a quedado de lado en posici�n fetal agarrado a la almohada, como un beb� grande tirado en medio de su cuna con las s�banas revueltas. Dorm�a en calzoncillos y sin camiseta, dejando la espalda al aire, huesuda y musculada a partes iguales, masculina; not� la columna curvada en un arco de huesos en el que se pod�an enumerar las v�rtebras como una secuencia. Yo deb�a cerrar la puerta, pero mis ganas por �l me llamaban dici�ndome �entra y c�brele con la s�bana, no lo dejes as��. Callada y semiescondida, pero sin soltar la mano del pomo, escuchaba su respiraci�n�, fuerte, soltaba y cog�a aire por la boca de forma sonora� Me dej� llevar por sus bocanadas de aliento. Era un jadeo de soplos c�lidos y acompasados sin cadencia alguna, irregulares en la desnudez. Volv� al cuarto con la ropa de la plancha despu�s de dejar su puerta entornada sin hacer el m�nimo ruido. Rec� un avemar�a para colarme en sus sue�os.</p><p>Lo que quer�a era acostarme a su lado, estrecharme en su espalda recogida en su descanso, envolverme con la s�bana sintiendo el calor de su cuerpo, abrazarle incluso sin que me notara. Pero no pod�a, no pod�a, no pod�a� Esa era mi tortura. Esa era mi rabia. Me mor�a. La tristeza que provoca el saber que no puedes besar es infinitamente m�s dolorosa que un �ltimo beso.</p><p>Me ahogaba continuamente en su casa; y cuando se levantaba y me lo cruzaba en el pasillo, tuve que explicarle en m�s de una ocasi�n que eran cosas de la fatiga, que ten�a una alergia cr�nica y que me aparec�a cuando estaba baja de defensas. �Coge lo que quieras de la nevera�, me dec�a para consolarme.</p><p>���Has desayunado bien?</p><p>��S�, s�. Es una fatiga tonta.</p><p>��Bueno, pues desayuna algo.</p><p>Y mi �gracias� debilitado se me atascaba en la garganta suplic�ndole un roce, un beso, un algo que me reconfortara de ese ir y venir por su vida sin permiso. No s� c�mo pude aguantar. Lo que en un principio era simp�tico, todos esos d�as en busca de sus fotos, recopilando revistas, recortando fotos, enumer�ndolas, fech�ndolas, intentando saber de su vida por las entrevistas o hurgando en las tiendas donde compraba�, ahora era desolador. Todos los martes y jueves, mis d�as de limpieza, cuando sub�a las escaleras (lo prefer�a por no llegar en ascensor y ralentizar mi ilusi�n), llegaba dispuesta a sentirle cerca, a ver lo jovial que estaba, lo accesible que se me entregaba con sus comentarios y envolverme de su vitalidad� El aire se me hac�a t�xico nada m�s entrar.</p><p>As�, una tarde le dije:</p><p>��A veces siento que molesto.</p><p>Y �l contest�, sinceramente:</p><p>��No quiero que tengas esa sensaci�n.</p><p>No quer�a que me sintiera mal. Tal vez, me explic�, el problema era que ahora no ten�a tantas grabaciones ni sesiones de fotos y se pasaba m�s horas en casa.</p><p>��S� que puede incomodarte que est� por aqu� mientras haces la casa, pero es que me quedo dormido porque alargo las noches leyendo o salgo a tomar una copa. A lo mejor as� no trabajas bien, conmigo dentro�</p><p>��No, no. No te excuses. No lo dec�a por eso, es por si quieres que venga en otro momento, tal vez te viene bien otra hora. As� duermes tranquilo�</p><p>Me sonri� y d�as m�s tarde, cuando llegu�-era jueves-, cogi� sus cosas y se baj� al jard�n del museo, el que estaba pegado a la parada de autob�s. No me pareci� bien, pero empec� a respirar mejor. Yo creo que tuve, incluso, demasiada suerte. Empec� a impacientarme menos y a llorar menos con �l fuera de la casa. Su presencia no f�sica ya me era bastante dif�cil como para tenerle dentro junto a m�. Me bastaba con saber que todo aquello que tocaba y limpiaba era suyo. Era un fun�mbula que deambulaba entre cacharros, lavadoras y toallas. Ya hab�a o�do hablar de que los objetos tienen energ�as, el magnetismo del due�o se queda impregnado en las cosas y puedes sentir la piel ajena cuando tocas algo de la persona que amas m�s all� de la muerte. Tan cierto� No pod�a estar m�s de acuerdo con eso, aunque me sintiera rid�cula palpando s�banas, libros o ceniceros. Me hab�a resignado a esa felicidad de segundo grado, enfermiza.</p><p>Mientras �l estaba en el parque leyendo con unos auriculares chiquititos blancos, yo le sent�a en los almohadones, revolviendo las mantas, apoy�ndome en la dureza del colch�n, manoseando la cabecera de la cama, acariciando el borde de los vasos en los que hab�a bebido, palpando con los dedos en los marcos de fotos o en las caracolas� Lo prefer�a as�. Al menos durante un tiempo. No soportaba caminar por el pasillo, entrar al ba�o, salir a la cocina y� tropezarme con �l como un fantasma. Es una de las paradojas m�s tristes de mi vida: �l era mi fantasma m�s que mi fantas�a.</p><p>�l sal�a cuando yo llegaba a su casa. Empezamos a cruzarnos solo en la puerta, tal vez cuando escuchaba las llaves en la cerradura emprend�a la marcha. As� como dejaba el bolso colgado en la percha de la entrada me entregaba un �Buenos d�as, Bego�a�, yo le dedicaba un �Muy bien, Marcos� y se bajaba. Mi vida empezaba a ir marcha atr�s. Todo lo que hab�a conseguido se me estaba esfumando por no sobrellevar bien su presencia f�sica a mi lado. Trato de imaginarme haci�ndolo todo mejor, digiriendo la normalidad con m�s paciencia, pero por aquel entonces� no pod�a.</p><p>A veces, cuando me marchaba de su casa y le dejaba una nota con las cosas que hac�an falta, �l todav�a segu�a leyendo en la calle ajeno a todo. Bueno, ajeno a m�. Desde el balc�n le miraba entre una faena y otra. Dejaba la escoba apoyada en la televisi�n y me acercaba a las cristaleras del balc�n como antes lo hab�a hecho con su cuarto, mirando por la rendija. Esta vez, disimulaba entre las cortinas.</p><p>�C�mo pod�a haber cambiado todo? �C�mo pod�a ser �l el que ahora estuviera en la calle ignorante de lo que pasaba arriba? �C�mo era tan absurda? Yo era una intrusa, me estaba convirtiendo en un mero</p><p>�buenos d�as�, cada d�a m�s distante, m�s breve. Casi siempre me he equivocado de decisi�n en la vida y otra vez, otra vez, otra vez, otra vez� me estaba volviendo a equivocar. Lo malo era que me estaba haciendo pedacitos por resignarme a casi nada. Y eso que yo esperaba con impaciencia los d�as de limpieza, llegaba con m�s fuerza que cuando esperaba en la calle, aquellos d�as en los que suspiraba con solo tropezarme con �l. Pero-me dije- se me va la cabeza, a veces olvido todo, olvido sobre todo lo que soy.</p><p>Aquel �lo que soy� era invariable. Pero lo olvidaba.</p><p>Ya no solo limpiaba la casa como una asistenta, sino que me estaba convirtiendo en una mujer invisible de nuevo. A menudo cuando yo llegaba, �l ya llevaba los auriculares puestos y mi entrada era muda. Tanto que empec� a decir �buenos d�as� solo vocalizando con los labios, sin llegar a emitir sonido porque, sab�a, no me estaba escuchando. Yo era ahora la foto, el retrato desaparecido, sin vida, que �l pagaba. Marcos cerraba la puerta de un portazo seco, yo aguantaba unos segundos dentro hasta que se escuchaba la maquinaria del ascensor en el rellano y, entonces, me pegaba a la pared inmovilizada, llorando derrotada por la �nica victoria que hab�a conseguido. �l.</p><p>A diferencia de la mujer que hab�a sido, me estaba evaporando. Y no solo eso: alguna ma�ana no acababa de planchar todo lo que se amontonaba en la cocina, ni siquiera ordenaba las revistas del sal�n.</p><p>Olvidaba poner el lavavajillas. Dejaba de lado la ducha. No repasaba la ropa. (�) En aquellos d�as, estando en su casa, convert� el balc�n en mi nueva parada de autob�s. �l estaba abajo y yo arriba.</p><p>Hab�a trastocado los escenarios. Marcos, sentado en el banco de madera, pasaba las p�ginas del libro que le�a con una suavidad que contrastaba con la dureza del paisaje de coches, ambulancias, pitidos de claxon y la marabunta de an�nimos conocidos en el sem�foro. Me sentaba y le miraba desde arriba embobada, intu�a qu� lectura le ten�a abstra�do o qu� llamadas recib�a al m�vil cuando se incorporaba en el banco y dejaba el libro a su lado. Tanto me sumerg�a en aquel punto del parque en el que �l, sentado, embeb�a la lectura en solitario que se me pasaba la ma�ana as�. Antes corr�a a esconderme por la calle, ahora ten�a sus llaves para vigilarle sigilosa y observarle desde su propia casa. En mi coraz�n todo continuaba igual, segu�a sintiendo AMOR, y lo escribo con may�sculas�, pero era incapaz de sobrellevarlo de cerca. No lo resist�a. La culpa impide aceptar la realidad, por muy enga�osa que sea la imaginaci�n, y eso era lo que pasaba. Me estaba resignando. Me hab�a desbordado por torpe, algo que increment� mi desorden emocional. Era de esperar, lo desma�ada que puedo ser al no controlar mis sentimientos se me convirti� en el peregrinar de un alma en pena.</p><p>Ya me estaba pareciendo a mi madre. Me estaba convirtiendo en ella. Ella, que hab�a hecho del silencio su forma de expresarse. Cuarenta a�os despu�s la estaba imitando involuntariamente. �C�mo act�a el subconsciente! Casi sin darnos cuenta, como si alguien la hubiera amordazado, empez� a callar en casa.</p><p>Yo llegaba del colegio y pon�amos la mesa con urgencia porque llegaba �l, mi padre, con ganas de tenerlo todo listo. Todo deb�a estar en su sitio, la silla de brazos frente al televisor libre para �l, �pon esto en el sitio de tu padre�, una cerveza fr�a; la jarra de agua a su alcance, el ba�o libre de trastos por si entraba, las cortinas corridas, la comida caliente, el vaso a su derecha, la copa de vino, �por si quiere��</p><p>Mi madre era ya muda. Hab�a dejado de existir en la casa y de tener opini�n sobre las cosas, todo estaba bien, todo le parec�a bien, todo pod�a hacerse, todo era s�. Pero su �s�� era un s� con la cabeza, no lo dec�a, lo gesticulaba cerrando los ojos.</p><p>Tir� al levantarme de la mesa el pan al suelo. Fue un d�a que me iba de excursi�n con mis amigas.</p><p>Mi padre empez� a descargar en c�lera una exagerada tromba de desaprobaciones.</p><p>��La est�s educando mal. �No ves que es una torpe, que no sabe hacer nada, que no sabe comportarse?</p><p>Mi madre asent�a y yo lloraba.</p><p>��No se llora. �No te he dicho que est� prohibido llorar?</p><p>Mi madre me pasaba su pa�uelo por la mesa, alargando su brazo bajo el tapete; era uno de esos pa�uelos bordados que guardaba siempre en la manga del jersey.</p><p>���Deja de consolarla!</p><p>Mi madre me miraba abraz�ndome con los ojos vidriosos mientras se arrodillaba a por el pan.</p><p>���Deja que lo coja ella!</p><p>Mi madre se hab�a agachado a por el canastillo que hab�a ca�do al suelo.</p><p>���Que lo coja!</p><p>Mi madre me miraba con misericordia.</p><p>���Y trae agua fresca! �Que esta est� caliente!� Y t�, �t� no te vas de excursi�n!</p><p>Mi madre se levantaba hacia la cocina mientras la poderosa voz de mi padre se pegaba al papel de las paredes como el humo de su tabaco. Yo me levantaba del suelo temerosa de volver a ver la c�lera en su mand�bula, firme de odio, agresivo, dando manotazos a la servilleta.</p><p>Mi madre, mi madre, mi madre� Mi padre, mi padre, mi padre�</p><p>Por lo visto la forma de encogerse de hombros y soportar la furia era callarse. Call�ndose se hab�a hecho invisible, imperceptible a la bilis de �l. A m� me indignaba que nunca reventara ante sus ataques y desatara por una vez el coraje que se estaba atrofiando en el mutismo. Pero callada pod�a huir. Lo entend�. Pero lo entend� mucho tiempo despu�s.</p><p>��La fruta no est� bien pelada.</p><p>��Espera que te doy otra.</p><p>��Ahora ya no, ya me la estoy comiendo. �Es que no sab�is ni pelar un melocot�n!</p><p>En la cocina estaba el refugio donde se pod�a llorar, donde se pod�an callar los enfados y apagar la amargura de mi madre. La fruta la hab�a pelado yo para que mi madre hiciera el caf� con el que se volv�a al trabajo, pero ella asum�a que tambi�n era la culpable de haber pelado mal la fruta. Y se quedaba callada. Mam� pon�a el caf� reci�n hecho en la taza de mi padre y murmuraba acerc�ndose a m�: �No te asustes, no te asustes��. Le serv�a el caf� con una cucharada de az�car, la exacta. Se la serv�a como si estuviera poniendo veneno, con todo mi odio. Sin embargo mi madre, arregl�ndose el delantal, me dec�a:</p><empty-line/><p>��Dale un beso a tu padre, que se va ya.</p><p>Los recuerdos me pod�an. Tanto que el volver a recordar la fruta mal pelada sirvi� de sacudida a la anestesia que estaba viviendo en casa de Marcos. Me sorprend� reaccionando instintivamente en una actitud m�s propia de una reacci�n gen�tica:</p><p>��Marcos, no quiero molestarte, soy Bego�a.</p><p>��No me molestas, dime-dijo incorpor�ndose en el banco del parque.</p><p>��Es que, como no est�s en casa, quer�a saber si la fruta de la nevera la puedo tirar. Est� pasada.</p><p>��Ah, ni me he dado cuenta. Mejor t�rala, s�. Gracias.</p><p>��Y las revistas que has dejado en el sof�, �son para tirar o para guardar?</p><p>��Ah, puedes tirarlas tambi�n. Ya he recortado lo que me interesaba.</p><p>���Tambi�n recortas fotos!</p><p>���C�mo, Bego�a? �Qu� quieres decir?-me pregunt� en un amago de escepticismo.</p><p>��Es que yo recorto fotos� Tambi�n me gusta coleccionar im�genes. Bueno, no importa. Las tiro entonces.</p><p>��S�, s�. No tardar� en subir. Hace bastante fr�o.</p><p>��Espero que est�s abrigado�</p><p>��Temo que hoy no lo suficiente�</p><p>��Pues mejor que subas-le dije-. En casa se est� bien.-Y colgu� el tel�fono.</p><p>Acababa de llamarle desde el tel�fono fijo de su casa para ver c�mo abandonaba el libro a un lado del banco, c�mo buscaba su m�vil en el bolsillo y c�mo me contestaba. A m�. Mentir�a si dijera que ten�a ganas de colgar en cuanto marqu� su n�mero, pero me pegu� al cristal del balc�n para observar todos sus movimientos. Apenas contest� la llamada, fij� la vista en la calle. �Cuerda? Poco consciente. Me entr� risa. Ciertamente estaba enloqueciendo. Me hab�a pasado, lo reconozco. Llevaba tantos d�as sin o�rle que necesitaba saber por su voz c�mo se encontraba. Mi madre se hab�a quedado muda de tanto callar, yo no pod�a copiarla. Percib� en el tono de Marcos una confianza hacia m� de la que me hab�a olvidado, o eso es lo que me imaginaba. A lo mejor estaba adormecida en una paranoia desasosegante.</p><p>Voluntaria. S�. Voluntaria. �l se encogi� de hombros cuando dijo que �hac�a fr�o en la calle� o algo as�, y se apoder� de m� el antojo urgente de querer abrazarle.</p><p>Me hab�a acostumbrado a mirarle oculta. Tal vez hasta �l se estaba dando cuenta. No s�. A lo mejor alucino. (�) Digo que me hab�a acostumbrado a mirarle apartada y, sin embargo, era feliz en mi infelicidad.</p></section><section><title><p>17</p></title><p>Al mediod�a del martes siguiente recuerdo muy bien lo que pas�. Me qued� en el barrio por la tarde para hacer unos recados, quer�a volver a la mercer�a de la Palma y comprar hilos. Ten�a varios encargos de Matilde, sobre todo dobladillos de pantalones y estrecharle camisas de su marido, que estaba adelgazando por culpa del az�car, y me recorr� los escaparates de la Corredera Alta de San Pablo.</p><p>Recuerdo perfectamente que me llev� unas bragas y un sujetador de oferta que vi en el escaparate junto con los hilos y las agujas para la m�quina. Tengo una memoria que se va cuando le da la gana y que se me agudiza para las cosas m�s insospechadas. La verdad que es una forma de automaltrato porque empiezo a querer recordar fechas o nombres y se me olvidan, sin embargo me aparecen todas esas sensaciones que una quisiera haber olvidado el d�a despu�s de haberlas vivido. No es el caso. Lo curioso es que me estaba amoldando a un barrio que no era el m�o, hab�a empezado a adaptarme como un flan a su molde. Incluso lo que antes era simple gente robotizada que anotaba en mi libreta de vigilancia ahora era parte de alguno de mis saludos matutinos. No solo eso, tengo que decir que la chica de la zapater�a era pura simpat�a conmigo, me hab�a hecho descuento en unas deportivas la mar de c�modas de las que me hab�a encaprichado y adem�s, otro d�a, me regal� una camisola larga que utilizaba para estar por casa. Me saludaba siempre, porque siempre estaba pegada a la puerta mirando la calle. Lo mismo me pasaba con la droguer�a, de tanto bajar a comprar los productos de limpieza para la casa de Marcos hab�a ido entablando una confianza de clientela fija y me ven�a genial porque, con el mismo descuento, aprovechaba para llevarme tambi�n la compra de mi casa. Isabel fumaba constantemente y ten�a los dedos amarillentos. No s� por qu� cuento todo esto, tal vez porque en mi felicidad tambi�n se inclu�a el pertenecer a la esfera de Marcos�</p><p>Marcos no estaba en casa esa ma�ana y el tel�fono no dejaba de sonar. En cualquier caso, nada particular deb�a ocurrirle porque me dej� las t�picas notas de cada visita con lo que deb�a hacer. �Tengo cena en casa, arr�glame el sal�n m�s a fondo. Las camisas limpias est�n para planchar en el estudio, las he dejado colgadas de la puerta. Todav�a estaban h�medas. Gracias. Marcos.� Supuse que estaba con una nueva pel�cula como proyecto porque, adem�s del libro que devoraba en el parque, tambi�n hab�a empezado a leerse un bloc de folios de texto que deb�a de estar aprendi�ndose. Lo miraba y cerraba los ojos, lo miraba y cerraba los ojos, as� todo el rato. No se despegaba de la rutina y supuse que estaba memorizando los p�rrafos constantemente. Puesto que no hab�amos hablado mucho-casi nada-, as�, de pronto, tampoco iba yo a insistir en preguntarle por la pel�cula que ten�a entre manos. Cuando se bajaba lo hac�a acompa�ado del manojo de folios envueltos en un pl�stico. En la carpeta, por fuera, pon�a �Roberto�. �Un personaje? Por eso le hice una sola pregunta: �Te llamas as� en tu nueva pel�cula�.</p><p>No son� a interrogaci�n, pero asinti� y entend� que era de los actores a los que les da mala suerte contar cosas de las pel�culas, porque me sonri� y se toc� la cabeza como quien toca madera.</p><p>��Conf�o en este papel, me encanta-me dijo.</p><p>��Te ir� bien-a�ad� arrastrando la �e�. Algo que detesto.</p><p>��Eso espero�</p><p>Marcos parec�a ilusionado. As� que yo me ilusion� por contagio. Las pel�culas esas que tanto me han acompa�ado desde que era adolescente hablaban siempre de enamoramientos, de dramas con final feliz, de estrellas que brillaban en la escena, de grandes besos y grandes abrazos. Y me gustaba infectarme de las esperanzas. Siempre sal�a del cine emocionada, como queriendo ser una de las protagonistas. Si era de llorar, lloraba. Si era de re�r, re�a. A todas esas actrices les ten�a respeto, suspiraba por ellas y me atragantaba con sus conflictos. �Qu� apuros! Me guardaba las entradas del cine y las almacenaba en una caja que perd� cuando hu� de casa. Pero todas las frases se me quedaron guardadas�</p><p>�-�A cu�ntos hombres has olvidado?-dec�a Johnny.</p><p>�-A tantos como mujeres recuerdas t�-respond�a Vienna.</p><p>�-�No te vayas!</p><p>�-No me he movido.</p><p>�-Dime algo agradable.</p><p>�-S�, �qu� quieres que te diga?</p><p>�-Eng��ame. Dime que siempre me has esperado. D�melo.</p><p>�-Todos estos a�os te he esperado.</p><p>�-Dime que te hubieses muerto si yo no vuelvo.</p><p>�-Estar�a muerta si no hubieses vuelto.� <emphasis>(Johnny Guitar)</emphasis> Me la s� de memoria. Todav�a ahora. La puedo decir entera. Entera. �Estar�a muerta si no hubieses vuelto�� La soledad hizo que fuera una borracha de las salas de cine. Aprend� a hablar repitiendo las frases, imitando los gestos, copiando palabras que no entend�a, cambiando de nombre si me apetec�a�</p><p>Llegu� a decir que me llamaba Sabrina, Diane, Karen, Vivian, Cecilia� y se re�an de m�. Hoy querr�a llamarme Blanche, como en <emphasis>Un tranv�a llamado deseo</emphasis>. �Supongo que eso es lo que llaman estar enamorada.� Supongo.</p><p>Conoc� Par�s sin haber ido, sub� a la torre Eiffel subiendo fotogramas como si fueran escalones, viaj� hasta Nueva York a trav�s del cine, me enter� de la estepa rusa con los paisajes de <emphasis>Doctor</emphasis><emphasis>Zhivago</emphasis>, conquist� el Oeste cuando los vaqueros bajaban de sus caravanas y me puse joyas cuando Lulamy se las quitaba� Yo viv� lo que vivieron ellas. En mi butaca. Sola. Por eso no me costaba enternecerme cuando ve�a a alguien emocionarse. Y Marcos sali� de casa ilusionado. En ese momento solo me quedaba interpretarme en <emphasis>La ventana indiscreta</emphasis>.</p><p>Me met� en su cocina para prepararle un pan de Calatrava. Pens� hacer magdalenas, espuma de lim�n o un pastel de manzana que llevo haci�ndolo desde que tengo uso de raz�n�, pero el pan me sal�a tan bueno que no dud�. Puse varias rebanadas de pan en un cuenco con leche para que se quedaran bien empapadas, casi hasta deshacerse. De hecho juguete� con los dedos para ayudar a desarmar el pan. Es algo que me gustaba hacer desde ni�a. Acaramel� con az�car un molde que no hab�a sido usado nunca, Marcos los guardaba en los cajones de la despensa junto a decenas de bolsas de ma�z para hacer palomitas (pens�). Calent� az�car hasta derretirlo y con una cuchara recubr� todo el borde para endulzarlo. Me basta con dos cucharadas de az�car. Bat� cuatro huevos con algo m�s de leche y m�s az�car� y lo junt� al pan empapado formando una masa. Luego lo met� al horno y segu� con la casa.</p><p>Eran m�s de las dos y media, y de pronto lleg� Marcos. Parec�a m�s feliz que antes incluso. Me pregunt� por el olor que sal�a de la cocina.</p><p>���A qu� huele?</p><p>Improvis� lo primero que me sali�.</p><p>��Huele a casa, �verdad?</p><p>��S�, huele a casa. Creo que es la primera vez que vuelvo a oler a az�car quemado. No lo recordaba.</p><p>Sonre�. Lo hice pegada a la pared porque cuando me habl�, le sali� un tono de a�oranza infantil, casi mimoso. Como de esos ni�os consentidos que piden m�s az�car en su plato.</p><p>��Estaba haci�ndote un pastel, bueno, un pan de Calatrava. Tampoco cuesta mucho. Y as� te vendr� bien para la visita de hoy�</p><p>���Ni te imaginas! Pero �no se creer�n que lo he hecho yo!</p><p>��Te lo explico y presumes luego. No ha hecho falta nada en especial, ten�as pan, ten�as leche, huevos y az�car�</p><p>���Nada m�s?-me pregunt�.</p><p>��Qu� va. Es muy sencillo y�</p><p>���Y me va a encantar.</p><p>��Espero que s�.</p><p>Y de pronto parec�a que �l y yo hab�amos estado hablando toda la vida. El az�car quemado estaba caramelizando la casa, el dulzor estaba recorriendo las paredes, col�ndose por las puertas y por sus poros. Hab�a dejado caer az�car caliente sobre el m�rmol de la cocina y se hab�an formado dos caramelos corrientes, demasiado espont�neos pero lo suficientemente dulces como para dejarse llevar.</p><p>���Caramelos de az�car?</p><p>��S�-le contest� feliz.</p><p>��Se habr�n pegado a la barra�</p><p>��He puesto aceite con el dedo para poder soltarlos ahora. Ver�s.-Y le ofrec� uno, el m�s grande, que se me rompi� al d�rselo al en ese momento ansioso de Marcos.</p><p>��Qu� rico.</p><p>��A veces me los hago en casa-le dije-. Me gustan m�s que los de las tiendas. No sabe a fresa, ni a menta�, sabe a az�car.</p><p>��Sabe a casa.</p><p>Sabe a casa. Ten�a raz�n. El az�car quemado cristalizado era el olor a casa. Mi abuela me hac�a cristalitos cada vez que se pon�a a hervir flanes de huevo. Si las casta�as traen el invierno a las calles, el az�car trae la sensaci�n de cobijo, de techo, de nido� a casa. Es incre�ble lo bien que me estaba sintiendo. Marcos todav�a no hab�a soltado los papeles de la mano, el gui�n que pon�a �Roberto�.</p><p>Aprovech�.</p><p>��Ahora te llaman Roberto en el trabajo.</p><p>���En el estudio? Bueno, algunos. Es la forma de meterme en el papel. A Roberto le gustan tus caramelos-contest� mientras arrancaba el otro trozo de la encimera.</p><p>��S�. Ya veo. Si quieres te hago m�s. El pan de Calatrava no tarda mucho en hacerse�</p><p>���Y si pongo caramelos de az�car en un plato esta noche? Es original.</p><p>��A lo mejor les parecen demasiado bastos. Es solo az�car�</p><p>��Son caramelos, les encantar�n. Por cierto, perdona. �Me has planchado las camisas?</p><p>��S�, las tienes colgadas en el armario. Hay una que la he dejado fuera, le falta un bot�n en el pu�o, pasar� a la mercer�a a comprar repuesto. Es de los de n�car, habr�. O lo mismo tengo yo en casa. De esos siempre guardo.</p><p>Estaba perpleja. Tratando de ser lo m�s natural posible porque en aquel instante si el az�car hirviendo me hubiera ca�do en las manos, no habr�a sentido el dolor, ten�a a Marcos caramelizado. Al mirarme en el cristal del horno me reconoc� diferente, estaba sonriendo gracias a la situaci�n. Ya no era necesario imaginar c�mo era Marcos en sus momentos m�s caprichosos, jugueteando con el dulce, intentando averiguar el sabor de mi pastel� Marcos respiraba hogar. Y yo ten�a m�s ganas de llorar de las que tengo ahora. Me veo las manos agrietadas por la sequedad de esta celda, el fr�o no es un fr�o que congela, pero s� es un fr�o que me perturba. Meter�a los dedos ahora mismo en leche con pan para volver a hacer otro pan amasado� y caramelizar�a el molde� para hacer flanes, o la tarta de manzana que hice semanas despu�s. Me di la vuelta en la cocina mientras Marcos romp�a con sus dientes el cristal azucarado y me met� al ba�o para desahogarme en soledad. Me romp� como el az�car. Desde all�, tambi�n se pod�a oler el calor del horno respirando leche, huevos, az�car� El pan que hac�a mi madre era el l�piz con el que estaba escribiendo el cap�tulo m�s maravilloso de mi vida.</p><p>���Sabes que en la pel�cula salgo con un perro? Antes me daban alergia, ahora parece que no.</p><p>Porque entre <emphasis>Cuco</emphasis> y yo hemos entablado una relaci�n espl�ndida. Es de la Once, es un perro gu�a�</p><p>Me estoy acostumbrando a �l. Bueno, ya he metido la pata. Qu� patoso, por no querer contar nada, al final te lo estoy contando a ti. Cruzo los dedos.</p><p>��Cruzo los dedos-repet�.</p><p>��Me estoy planteando si tener un perro aqu�. �T� tienes perro?</p><p>��No. Tengo un gato y un periquito.</p><p>���Habla el periquito?</p><p>��Qu� va, lo intento, pero pasa de m�. Es un borde. Siempre ha sido un borde. Bueno, ya est� viejo, no creo que hable ahora.</p><p>���Y el gato?</p><p>��Tampoco habla.</p><p>��No, ya me imagino-me solt� ir�nico-. Digo que qu� tal tu gato.</p><p>Me sent� rid�cula.</p><p>��Es un gato que me regal� mi marido. Lo tengo como compa�ero.</p><p>��Perdona, a lo mejor te estoy preguntando mucho. La culpa la tiene el az�car quemado. Tus caramelos.</p><p>��Pues tambi�n le encanta el az�car.</p><p>���A tu marido?</p><p>��Nooo.-Esta vez re� ir�nica yo-. A mi marido no s� qu� le gusta. Y� tampoco creo que�</p><p>��Perdona, Bego�a. Perdona.</p><p>��No te preocupes. Hace mucho que no forma parte de mi vida.</p><p>Yo continu� hablando a su lado, pero con otro tono. La presencia verbal de mi ex marido me acababa de amargar la garganta. Aquella frase me oxid� el �nimo y sent� necesidad de abrir el horno para ver c�mo estaba el pan de Calatrava. El humo me ceg� y aprovech� para llorar fingiendo que se me hab�a metido por el calor una pesta�a en la c�rnea. Marcos tuvo el prop�sito de soplarme en los ojos, pero me negu�. Era imposible tenerle tan cerca, volv� a entrar al ba�o y me lav� la cara con agua fr�a. Era como meter la cabeza otra vez en la pila de la iglesia. As� estaba yo delante de Marcos. Anestesiada. No era que estuviera nerviosa, era que estaba feliz. �C�mo digo feliz de otra manera? Feliz. No existe m�s satisfacci�n. Quiz�, sin quererlo, hab�a roto el az�car quemado de mi relaci�n con Marcos.</p><p>Y eso fue todo porque en ese momento se meti� a la ducha y yo dej� todo listo para irme a casa.</p><p>Alguien llam� por tel�fono y le dijo que llegar�an sobre las seis, era voz de mujer. (Ella.)</p></section><section><title><p>18</p></title><p>Cuando la luz se va yendo, me invade una tristeza enorme. No lo puedo evitar. Aqu� en la celda, rodeada de fotograf�as de Marcos pegadas por las paredes, me siento por momentos mal, por momentos bien. Ahora� mal. Escucho continuamente las voces del resto de las presas mezcladas en el pasillo, una frecuencia que suena a eco porque la barah�nda se confunde con los hierros y con las cisternas de agua que constantemente se llenan y se vac�an con ese molesto goteo que provocan las que est�n estropeadas. He rezado durante una hora mientras recordaba el olor del pan tostado, el horno caliente, la costra de az�car ba�ando el bizcocho de pan que hice aquel mediod�a� Al final he acabado rompiendo unas galletas que me he subido del economato. Son demasiado pastosas, demasiado secas, demasiado ins�pidas. Se me han roto sin querer, de tanto estrujarlas con el recuerdo entre las manos.</p><p>Odio estas galletas �speras que solo sirven para ba�ar en la leche caliente.</p><p>Al menos, por esta tarde, se me han movido las entra�as evoc�ndome a Marcos en su cocina, comi�ndose los caramelos que le hice. Est�n pasando demasiados d�as. Tengo las s�banas llenas de migas secas. Me da por darle demasiadas vueltas a la cabeza y no me gusta. Tengo fr�o, tengo calor, tengo miedo, tengo ganas de abrazarme a alguien y no veo m�s que fotos de Marcos en la pared.</p><p>Quisiera ser peque�a otra vez�</p><p>Mi abuela y yo nos ten�amos un afecto mutuo que enfurec�a a mi madre porque nos entend�amos mir�ndonos. Y eso que ella me daba miedo, su presencia f�sica era tan poderosa al entrar en la cocina grande, la de la chimenea, que abandonaba todo lo que estaba haciendo. Era m�s alta que mam�, m�s fuerte, m�s callada. Ten�a el pelo blanco pegado hacia atr�s con un mo�o que cog�a con horquillas despu�s de haber trenzado las canas con agua de colonia. Se lo pegaba estirado con la fuerza de unas manos arrugadas pero duras, fibradas como abanicos. Despu�s se maquillaba con Maderas de Oriente, unas cajitas aplastadas que llevaban dibujado un dromedario blanco y que conten�an una borla de terciopelo que, conforme se iba usando, se quedaba tiesa como la arena de playa mojada. Mi abuela me ten�a prohibido tocar su caja de tocador, incluso pon�a fuera de mi alcance las colonias y los peinadores ribeteados de ganchillo. Abr�a el armario del ba�o y, como era tan alta, los dejaba en el estante m�s alejado del suelo para que �no tocara nada�. Abajo quedaban las toallas, el papel, el botiqu�n, etc�tera.</p><p>Se calentaba la leche en un cazo viejo, que el fuego hab�a consumido hasta el extremo y que herv�a enrojecido a la primera llamarada del fuego. La leche, si no se vert�a del borboteo, se cuajaba de puro caliente soltando toda su nata en espuma de burbujas espesas. Herv�a pero no le quemaba. Ni la leche al beberla, ni el cazo al cogerlo. Un d�a la vi cambiar las brasas de la estufa met�lica con los dedos, sin alterarse nada al agacharse al fog�n, que ten�a tambi�n una portezuela met�lica. Cog�a las brasas que calcinaban el aliento, mov�a las patatas entre las llamas y sacaba la mano� fr�a. Yo no lo intent� nunca.</p><p>Tambi�n es cierto que no lo habr�a intentado nunca. Soy una miedosa.</p><p>Las galletas del economato de prisi�n las habr�a ba�ado en caf�; en casa hac�a un pastel de moca muy a menudo. Algunas tardes de aburrimiento y fr�o me met�a en la cocina y me organizaba una merienda para varios d�as. Total, como vivo sola� Son las mismas galletas de hoy. Secas, �speras, desabridas. Primero las mojaba en caf� con unas gotas de co�ac; despu�s, el caf� que me sobraba lo mezclaba con mantequilla y az�car para fabricar una pasta dulzona que iba extendiendo entre capa y capa de galleta calada de licor y caf�, borracha. El tenedor era la �nica forma de trabajar esa masa que se me iba pegando en el cuenco y que giraba apelmazada subi�ndose por los bordes. Luego, ya acabado, espolvoreaba nata y chocolate por encima� Me lo ense�� la abuela. Mi abuela.</p><p>��Si nos dejaran cocinar, har�a un pastel de moca para todas las del pasillo-le he dicho a mi compa�era, que me miraba hura�a. No me ha hecho caso. Gaby estaba muy seria cuando se ha girado a preguntarme. Tan seria que se ha quitado las gafas y ha empezado a balancearlas con la mano derecha.</p><p>���Por qu� dices que te llamas Bego�a Rojo?-me ha preguntado seca.</p><p>��Me gusta. Bego�a es nombre de flor. Como Margarita, como Azucena.</p><p>��Las funcionarias te han llamado �ngeles, lo he escuchado en el pasillo m�s de una vez.</p><p>��Es que me llamo �ngeles Alarc�n. Pero no me gusta.</p><p>���Qu� tonter�a es esa?</p><p>��Me daba miedo decir mi nombre�</p><p>���Por qu�?</p><p>��Porque as� parec�a que yo no estaba presa.</p><p>��Est�s loca.</p><p>��Estoy loca. Seguramente estoy loca.</p><p>��Y� �c�mo quieres que te llame?-ha dicho, sin mirarme.</p><p>��Bego�a. Como se llamaba mi abuela.</p><p>��Vale. Eres rara. Be-go-�a.</p><p>���-Me he callado.</p><p>Nos quedamos calladas, ella apoyada en la pared, yo sentada en la litera. Con las migas. Nadie se hab�a preocupado de preguntarme por qu� utilizaba un nombre ajeno, s� que algunas hab�an o�do c�mo en el almac�n de la lavander�a me hab�an llamado por mi nombre, pero no se distrajeron. Ella era la primera en rascar en mi embuste. Tal vez el aburrimiento de estas paredes, toscas. Resecas como las galletas.</p><p>��Eres la primera Bego�a que conozco.</p><p>��Ya ves.</p><p>��� El pastel de moca podr�as hacerlo para las del m�dulo, a lo mejor nos dejan.</p><p>En prisi�n somos muchas, pero no me f�o de casi ninguna. Aunque me imagino sus culpas y las penas por las que est�n aqu�, me niego a preguntarles. Lo hago con el prop�sito de que no me pregunten a m�. Gaby, la compa�era con la que hablo, es colombiana. Es su segunda prisi�n, por eso se maneja segura entre el carnaval de indolencia que recorre los pasillos de este centro. Con gran desenvoltura, como si ya estuviera acostumbrada a las paredes, va y viene del patio al gimnasio, se mastica los silencios con desidia y se sienta en el banco sola. Se desprende de la chaquetilla en cuanto entra en la celda y la dobla con lentitud para que ocupe el menor espacio posible en la estanter�a. Entre las ropas y los objetos de limpieza apenas tenemos hueco. Es parca en palabras, mejor. Alguna vez mira de cerca mis fotos, las fotos de Marcos.</p><p>��Pongo la tele, �vale?</p><p>��Tanto me da.</p><p>��Echan el concurso� �ayer gan� el de Guadalajara!</p><p>��Si mandamos cartas, �podr�amos ir?-dije.</p><p>��Claro, claro. -Puso la mano en su coraz�n con la solemnidad que requer�a su iron�a-. Y si nos toca el viaje, nos vamos tambi�n. Nos podemos ir juntas.</p><p>��A lo mejor nos lo guardan para la salida.</p><p>��A lo mejor, Bego�a. Quiz� nos lo guardan.</p><p>Yo rememoraba aburrida cuando al d�a siguiente, despu�s de la fiesta que hizo en su casa, Marcos me trajo una botella de vino envuelta en papel. Me dio las gracias por haberle hecho el pan de Calatrava y me pidi� que le volviera a hacer otro la semana siguiente. �Vendr� el director de la pel�cula�, me explic�.</p><p>�No tienes m�s que pedirlo�, le dije. La chica de la boca gruesa entr� cuando yo me iba, feliz con mi regalo en el bolso y perfumada de Vetiver. Me hab�a rociado de colonia en su ba�o despu�s de lavarme las manos. Me dio igual que entrara la fumeta, la sonrisa que le articul� de saludo era m�s franca que todo lo que esa lo ser�a en su vida. Entr� peinada con flequillo liso, se lo hab�a cortado como una geisha, en plan liso hasta las cejas, llevaba los ojos muy maquillados e iba subida sobre unos tacones que la hac�an m�s desgarbada de lo que era. Con los ojos pintados as�, con el vaquero ajustado y el escote abierto asomando vulgaridad, parec�a una puta. No era una novia, era una zorra pintada de escarlata. Y, sobre todo, con aquel bolso enorme color plata con el que golpe� la planta de la entrada sin misericordia. Todo lo que me apetec�a decirle se lo dije con la mirada, �he dicho que era franca?</p><p>Solt� el bolso y entr� directa a abrazarle.</p><p>���Qu� guapa est�s!-grit� Marcos.</p><p>���D�nde me vas a llevar?-pregunt� haci�ndose la boba.</p><p>��No, no� Hoy nos quedamos aqu�. Nos quedamos en casa. �Te apetece?</p><p>��� Me apetece, claro. Dame un beso.</p><p>Cerr� la puerta de un portazo. Lo s�, lo s�. No deb�. Me sobrepasaba su presencia de emperatriz de la China. Se mov�a agitada, con la gestualidad de una hiena, gui�aba el ojo para coquetear, se hac�a una coleta y se soltaba el pelo despu�s a golpe de melena, de derecha a izquierda. Nerviosa. Rid�cula.</p><p>Y, probablemente, as� era. Lo que me descompon�a era que Marcos, a veces, le segu�a el juego. La llamaba �ni�a�.</p></section><section><title><p>19</p></title><p>Gonzalo me llamaba �ni�a�. Igual que la Luisa y la Tere. Tambi�n ellas dos me llamaban �ni�a� cuando me ped�an hora. Incluso pap� cuando entraba a darme las buenas noches me llamaba �ni�a�. Por unas cosas y otras, todas las opciones me molestaban. Hac�a bastante tiempo que no lo hab�a escuchado con tono zalamero. �Ni�a�� Marcos se lo hab�a dicho con coraz�n, estaba contento, esperanzado. Sin embargo, ella lo recib�a como una marruller�a, sin fiestas.</p><p>Cuando volv� al d�a siguiente, retir� las s�banas de su cama con urgencia, con una sola mano di un tir�n y, sin mirar, las met� en la lavadora y di al <emphasis>on</emphasis>. Ol�a al perfume de ella, al de la �ni�a�. Empec� a abrir ventanas y puertas para que corriera el aire por toda la casa. Yo conoc�a ese olor a coito y arrambl� con todo lo que encontraba a mi alcance. Fui con una bolsa de basura por el sal�n vaciando ceniceros, los porros, bolsas de t� usadas sobre algunas revistas, tir� las viejas, papeles arrugados, bolsas de pipas que se hab�an quedado a mitad, unos montones de sobres de promociones y regalos, facturas caducadas� Cerr� los ojos. Un presentimiento corr�a dentro de m�. Entonces fue cuando me met� en la habitaci�n y decid� ordenar sus camisetas y ropa interior. �Pero qu� hace esto aqu��, era un pantal�n desgastado hasta el extremo, lo tir�, tambi�n tir� unas camisetas que ten�an el cuello desbocado en exceso y unos pares de zapatillas viejas. �Ni se va a enterar�, me dije. El presentimiento no era malo.</p><p>Las voces que abrazan los buenos augurios suenan en calma, seg�n dicen.</p><p>Cuando tuve todo hecho, organizado y limpio, me dispuse a hacer arroz con leche para Marcos.</p><p>Sin embargo ni ten�a arroz, ni ten�a leche. Al bajar a la calle descubr� a la �ni�a� hablando en el portal acaloradamente, estaba con el actor amigo, no s� si Rub�n o Hugo.</p><p>���Qu� pasa con Marcos�?</p><p>��Marcos est� subidito, pasa de m�. Est� con su pel�cula y con sus sesiones de fotos pasando de todo lo dem�s. Lo �nico que me env�a por m�vil son fotos de las sesiones, las que m�s le gustan, ni se preocupa de ponerme un �beso� o algo cari�oso, me las reenv�a directamente del fot�grafo.</p><p>��Bueno� �Y lo dem�s?</p><p>��Lo dem�s soy yo, t�o.</p><p>��Nosotros nos vemos y hacemos planes.</p><p>��Ya, pero hac�is planes y no cont�is conmigo.</p><p>Ella estaba refugi�ndose en la cercan�a del otro.</p><p>��T� y yo, al menos, ya pens�bamos en vivir juntos a los cuatro meses. Marcos en cambio pasa.</p><p>Dice que es pronto, que no quiere meterse en una relaci�n completa.</p><p>��Es que�</p><p>���Qu�?</p><p>��Que lo mismo todav�a est� pendiente de ella. Tampoco hace mucho que rompieron.</p><p>���Pero yo le quiero!</p><p>��Ya, t�a, y �qu�? Pero cada uno es cada uno. A veces fluyen las cosas y otras veces se queda todo destemplado� por mucho que lo intentes, ni�a. �Qu� piensas hacer?</p><p>��No s�. No me llames ni�a. Marcos me llama ni�a.</p><p>Se hab�an apoyado en el portal, junto a los telefonillos, y yo estaba escuchando todo perfectamente desde dentro. Se o�a con absoluta nitidez, por eso esper� petrificada escuch�ndoles.</p><p>��La ex apareci� el otro d�a en el Palentino.</p><p>���Y qu�?</p><p>��Pues que vi sus ojos, muy abiertos, con ganas de acercarse a Marcos. Las t�as sabemos descifrar miradas�, todo eso que vosotros no ten�is ni puta idea.</p><p>��Pero t� no vas a negarle que se saluden�</p><p>��� �Se saludaron! Yo no negu� nada. Pero lo que me retuerce es que�, buff�, que Marcos se qued� en silencio mogoll�n de rato desde que ella le salud� y se fue. Ped� dos ca�as, t� llegaste despu�s, ni te enteraste�</p><p>��Estaba bien.</p><p>��Claro que estaba bien, li� hierba y acabamos en casa. Borrachos.</p><p>��Digo ella�</p><p>���Bah! Supongo.</p><p>��Os quedasteis en casa�</p><p>��Estaba la t�a esa, llegaba la asistenta. Y me ech�. Yo creo que se la ha buscado para que yo no me pueda quedar. Tengo las llaves y ahora ven�a a recoger� Es la hierba que me quedaba. Con la tonter�a se me qued� en el sal�n.</p><p>La medicina de la �ni�a� la llevaba entre la basura, entre los papelotes y cenizas que hab�a recogido del comedor. Abr� la portezuela del cuarto de basuras y vaci� todo con ganas, como si la arrojara a ella.</p><p>Entonces es cuando sal� a la calle.</p><p>��Hola-articul� fingiendo sorpresa.</p><p>��Hola-dijo ella.</p><p>��Qu� casualidad veros aqu� en la puerta. Voy a comprar unas cosas que me hacen falta�</p><p>��Ah-a�adi�-, yo voy a subir a casa de Marcos ahora.</p><p>���Te dejaste algo?-respond� desafiante.</p><p>Y en ese momento devolv� un �hola� al chico al mismo tiempo que desplegaba una sonrisa gratuita para ella y ech� a andar hacia el mercado reclamada por el arroz y la leche. Un desasosiego me recorri� el cuerpo al saber que Marcos, tal vez, todav�a estaba enamorado de la otra chica. La ex. No ten�a ni idea. Era la primera vez que escuchaba esa informaci�n, por eso empec� a darle vueltas a mis recuerdos: a todas las fotos que ten�a guardadas en casa, las entrevistas en las que hablaba de amor y de aspiraciones familiares. No recordaba nada que me hiciera encontrar alguna clave de su anterior relaci�n.</p><p>Cog� leche entera, un paquete de az�car y otro de arroz, un botecito de canela en rama y me volv� a casa.</p><p>���Has visto una bolsita por aqu�?-me dijo la chica de la boca gruesa al tropez�rmela hurgando entre los almohadones del sof�.</p><p>���Desde cu�ndo?</p><p>��Desde el otro d�a.</p><p>��No he visto nada.</p><p>���Has recogido ya todo?</p><p>��Pues s�. Ya he hecho limpieza. Estaba ahora con la cocina.</p><p>��� era una bolsa as�-dijo indic�ndome nerviosa con los dedos-. Y llevaba una goma. Como hojas secas.</p><p>��Pues, hija, no. No te puedo ayudar. Ya sabes que yo no toco nada. Marcos tiene todo muy ordenado y me limito a poner las cosas en su sitio� Lo que s� he visto es mucha ceniza�</p><p>Not� que no se fiaba de m�. Esas cosas se notan. Yo tampoco me habr�a fiado de m�. No quer�a contestarme ni preguntarme, solo me miraba chula, tan fanfarronamente que me pareci� que no se iba a ir del comedor si yo no me iba a la cocina. As� hice. Puse la leche a calentar con dos palitos de canela rotos en cuatro trozos, con la corteza del lim�n y una pizquita de sal. Sub� el fuego. Ella herv�a en el sal�n movi�ndose sobre sus tacones de un lado a otro. De pronto volvi� a la cocina.</p><p>���Qu� est�s haciendo?</p><p>��Remover la leche.</p><p>��Ya veo. �A qu� huele?</p><p>��� A canela. �Qu� pensabas?� Lo mejor es con una cuchara de madera, �sabes? No hay que dejar de remover para que no se pegue el arroz al fondo.</p><p>��Eso engorda.</p><p>��Engorda, s�, seguramente.</p><p>���Es para Marcos?</p><p>��� Y ahora lo retirar� del fuego, sacar� las pieles del lim�n y los trocitos de canela� Echo el az�car y� lo vuelvo a poner dos minutitos m�s�</p><p>El portazo de la �ni�a� al irse me removi� la cazuela del fuego sin necesidad de la cuchara de madera. Yo conoc�a ese m�todo de dar portazos. Hab�a impulso, necesidad, violencia. Era la primera vez que le encontraba utilidad pr�ctica al arroz con leche, la primera vez que perpetr� un acto de rechazo silencioso sin desfallecer en l�grimas en la cocina. Los genes otra vez. Los genes�</p><p>La cocina hab�a sido el refugio de guerra de mi abuela y el lugar donde mi madre se escond�a a puerta cerrada. Yo ahora acababa de encontrarle a las cuatro paredes alicatadas la utilidad para, envuelta en un delantal, resolver el desprecio. Creo que el fog�n encendido era el lugar que nos manten�a seguras ante la adversidad, como si no hubi�semos adelantado nada desde la prehistoria. El fuego protege y la cocina tambi�n. Mi abuela pod�a pasarse horas reflejada en los azulejos humeantes de vapor haciendo tortas de calabaza o sazonando solomillos de carne con ajo y perejil picado para que se maceraran en la despensa lentamente. Mi madre igual. Con las variaciones de los recuerdos culinarios ablandaba carne picada en un cuenco de barro con almendras molidas, removi�ndolo todo y mortific�ndose los dedos para mezclarlo perfectamente. Siempre cocinando, siempre de espaldas a la puerta de la cocina, pero seguras. Cuando mi madre estaba triste, cocinaba salado, cuando hac�a dulces es que estaba alegre. La abuela igual. Dulce si estaba feliz, salado si estaba apagada. No hab�a m�s misterio en la alacena de mi madre y su madre. Ahora pienso que los sentimientos tambi�n se pod�an guardar en botes de conserva para utilizarlos cuando nos hicieran falta, incluso guardarlos al vac�o cuando el sobrante se nos amontonara en la despensa. Y yo hoy me hab�a entregado al arroz con leche� dulce�</p><p>Una vez rotas mis relaciones con la �ni�a�, creci� dentro de m� la sensaci�n de que yo era la �nica mujer de la casa. Marcos ten�a la habitaci�n hecha, el comedor arreglado, las camisas y camisetas planchadas, los pantalones doblados, los botones recosidos para no perderlos, flores en el sal�n reci�n puestas, y la cocina, recuperada, hab�a empezado a utilizarse.</p><p>��Qu� rico, Bego�a.</p><p>��Sab�a que te iba a gustar�</p><p>��� me encanta�</p><p>Acababa de entrar Marcos a la cocina e imagin� que se hab�a tropezado con ella por las escaleras o en el portal, pero cerr� la puerta para que se quedara conmigo al abrigo del olor a arroz con leche que acababa de hacer. Me importaba un pito la moza.</p><p>��Nunca hab�a probado el arroz con leche-dijo Marcos al dar una primera cucharada.</p><p>���Nunca?</p><p>��Bueno, aqu� en casa. Hecho casero, digo. Alguna vez he comprado alguno, pero esto sabe tan distinto�</p><p>��Este es con canela en rama.</p><p>��Como las velas del sal�n�</p><p>��Parecido. Tambi�n lleva lim�n, un trozo de peladura.</p><p>��Creo que vas a hacer que me vuelva el m�s goloso de Madrid. Desde que has venido he conocido ya varios postres.</p><p>��Me gusta hacer cosas dulces.</p><p>��Y yo soy como un gato, que me voy relamiendo�</p><p>��Como no ten�as nada en la nevera he pensado que a lo mejor te gustaba.</p><p>���</p><p>Marcos sigui� comiendo de la taza cucharada a cucharada, casi dir�a que bruscamente.</p><p>��Mi madre lo hac�a, pero mi abuela consegu�a un punto espectacular que ya es irrecuperable.</p><p>��� Pues el tuyo no tiene nada que envidiar, imagino.</p><p>��No sabes c�mo era el de� mi madre. Se quedaba todo el rato mirando la cazuela y yo mir�ndola. Me gustaba verla cortar el lim�n en el m�rmol y romper la canela�, me daba una rama y me sab�a mejor incluso que el regaliz� �Has probado alguna vez el regaliz? Bueno, cruj�a la canela y todo ol�a como ahora�, y eso que ahora huelen menos estas ramas� A la abuela le gustaba hacerlo a escondidas y salir con la sorpresa a media tarde� �He hecho arroz con leche�, dec�a orgullosa mientras ven�a con cucharillas en la mano� Ay, no s� por qu� te estoy contando esto�</p><p>��Sigue, me gusta. Mientras me lo voy comiendo�</p><p>��Creer�s que me enrollo.</p><p>Marcos neg� con la cabeza. Hab�a empezado a deshojar una margarita rota que se hab�a soltado del ramo. �Que le salga s��, pens�. Aquel episodio fue para m� el m�s feliz desde que me encontr� el cartel en la Gran V�a con su cara y su nombre, porque ahora-como la canela en rama- se hab�a resquebrajado la frialdad del trato como mera asistenta y sent� el olor de la felicidad. Entonces fue cuando le relat� la receta paso a paso, �por si la quieres apuntar, aunque es f�cil recordarla�� Yo hab�a visto cocinar a mi madre tantas veces� Ya he dicho que viv�amos en la cocina, ajena a los humos del exterior. Me sentaba en la barra aupada por una silla de n�quel que hac�a las veces de escalera y atenta, sobre todo callada, observaba el aceite puesto a calentar. Cuando empezaba a hervir, mi madre echaba un mendrugo de pan para que se friera, luego lo sacaba, lo pon�a en un trapo y lo part�a para las dos cuando se enfriaba. Nos encantaba el pan frito brillante como la miel. Entonces echaba la carne cortada a cuadritos para dorarla por fuera porque ya ten�a la cazuela dispuesta con el agua para el guisado. M�s all� de verla y aprender a cocinar, lo que yo quer�a era estar all�, juntas. Seguramente m�s calladas que en misa, m�s incluso que en el colegio. Pero juntas. Sobre nuestras cabezas flotaba la presencia dura de padre, ajeno a todo.</p><p>���No te hac�an de peque�o arroz con leche?-murmur� casi a su o�do sin levantar la vista de la cazuela sucia puesta en el fregadero.</p><p>��No lo recuerdo.</p><p>��Pero te gusta�</p><p>��Me encanta. Aunque con los a�os he ido acostumbr�ndome a lo salado. Seguramente por obligaci�n, con lo que me gusta el az�car� Un amigo me dijo que el az�car se puede plagiar, los edulcorantes, las sacarinas; la sal, jam�s.</p><p>���Eso es de alguna pel�cula?</p><p>��� Jam�s encontrar�s az�car en unos labios, en una frente, en unas axilas. Es sal lo que rezuman las personas. Sal, lo que te proporciona el mar.</p><p>Empec� a pensar en mi mar, cuando buscaba caracolas entre la arena, y en que tal vez Marcos ten�a raz�n. Por eso la abuela prefer�a cocinarme dulces� Superada la infancia, fortalecidos los huesos mediante la leche y el az�car para todas esas ca�das que hemos de tener despu�s, el az�car es sustituible: sacarosa, fenilalanina, insulina� Por eso no debemos dejar de sudar, transpirar, alegrar nuestras comidas con sal�</p><p>Marcos a�adi�:</p><p>��Es esa sal la que nos permite saber que los lazos se deshacen, que los pa�uelos se sueltan, que los mo�os se desbaratan. �Qu�, sino la sal?</p><p>Entonces es cuando Marcos se call� y yo me call�. Est�bamos los dos apoyados en la mesa, donde hab�a dejado las margaritas que me hab�an sobrado del ramo del comedor. Se qued� mirando las hojas en silencio, apenas roto por mi respiraci�n. Yo conoc�a perfectamente esos silencios evocadores porque me recordaban a m� de peque�a, esos mutis eternos que manten�a con mi madre para decirnos de todo sin abrir la boca. Un se�or llamado pap� constru�a puzles gigantescos en la mesa grande del comedor, la del aparador. All� montaba paisajes de monta�as nevadas, bailarinas en acci�n de danza, ciervos de caza, caballos galopando inertes por campi�as verdes�, todos destrozados en miles de piezas chiquititas que desplegaba y ordenaba por colores. Una pieza, otra pieza, otra pieza, otra m�s�</p><p>Gritaba en seco cuando no consegu�a encontrar la miniatura que encajaba con la escena y aullaba cuando la encontraba. Luego segu�a en silencio, con el tabaco consumi�ndose en un cenicero pesado.</p><p>Tan alto como era, se curvaba sobre la mesa con una lupa cargado de gestos como los autistas. Miraba y remiraba las piezas y, a veces, nos echaba las culpas si no aparec�a la que buscaba.</p><p>���Hab�is tocado algo! �Hab�is tocado algo?</p><p>��No, pap�. No he tocado nada.</p><p>���Habr� sido tu madre!</p><p>Acabado el esfuerzo, con las miles de piezas ya en orden formando el dibujo, barnizaba con un pegamento especial toda la pintura para que se quedara fijada en el panel. Luego la enmarcaba con listones de madera y buscaba hueco en alguna pared. Una y otra vez, siempre haciendo puzles grand�simos. Todo era siempre igual: mientras mam� juntaba condimentos y especias, �l juntaba piezas.</p><p>Yo atend�a los gritos de uno y me zambull�a en los silencios de la otra, de mam�.</p><p>���Como me entere de que hab�is tocado el puzle! Me faltan piezas, he dicho que me faltan piezas�</p><p>Luego se calmaba cuando aparec�a la pieza que encajaba en la escena y ajustaba su disgusto.</p><p>���Est� la comida?-preguntaba despu�s.</p><p>Pero la comida no pod�a ponerse en la mesa. Com�amos en la cocina, donde ol�a a canela, a laurel, a perejil, a ajo picado, a tomates en conserva, a az�car moreno, a aceites, a vino moscatel, a albahaca, a piment�n rojo, a comino, a alb�ndigas de pollo con almendras, a potaje de jud�as blancas, a tortilla de pimientos, a fregasuelos, a gas, a jab�n, a embutidos y quesos� La mesa del sal�n, que se desplegaba en alas, quedaba para la Navidad, cuando deb�a estar listo su nuevo y voluminoso puzle despu�s de meses juntando piezas entre gritos, aullidos y disgustos. All� deb�amos poner el mantel, las copas sin uso, las servilletas bordadas, los cubiertos nuevos, que ni pinchaban bien ni cortaban; y all� deb�amos arremolinarnos todos, porque despu�s de todo �ramos familia.</p><p>Sin embargo una Navidad acab� asomando el diablo.</p><p>��Es el m�s dif�cil que he hecho nunca-dec�a jact�ndose-. El mejor y m�s grande.</p><p>Efectivamente, pero tambi�n fue demasiado dif�cil y costoso de acabar. Lleg� la Nochebuena, todo estaba listo para reunirnos y cenar juntos. Pap� no hab�a acabado su paisaje de nieves y casas suizas, y la mesa segu�a ocupada con el desplegable de piezas sin montar. Intent� pegarse un atrac�n de montaje los d�as previos, pero los fragmentos de su tesoro segu�an en peque�os montones de id�ntica forma y color. Apenas se inmutaba el horizonte.</p><p>���Vamos a cenar aqu�?-pregunt� mam� acerc�ndose.</p><p>Hubo un silencio atroz y mi padre se arranc� diciendo:</p><p>��No me calientes, �no me calientes! Sabes que no he acabado esto y es porque me pon�is nervioso, tu hija y t�.</p><p>���</p><p>��Como yo me entere de que est�is tocando mis puzles, vais aviadas. Soy muy paciente y� �lo sabes!</p><p>Mam� call�.</p><p>��No me mires as�. �Qu� quieres decir, eh? �Qu� quieres decir? �Que no est� la mesa lista! Pues no est� la mesa lista y se acab�. �Que se vaya tu madre a su casa a cenar!</p><p>Mi madre callaba abrazada al mantel bordado que guard�bamos en el segundo caj�n del aparador, bajo los cubiertos de la abuela. Lo abrazaba contra su pecho. Parec�a que se proteg�a del golpe irracional que de un momento a otro saldr�a de su mano perversa estamp�ndola sin reparos en mi madre.</p><p>Sin motivos. Por un puzle. Sin quejarse, para que yo no viera nada, ni dijera nada, ni gritara nada, mam� callaba.</p><p>El salvaje obligaba a mam� a agacharse de rodillas para recoger los segmentos del puzle que se ca�an por el nerviosismo s�dico de pap�, al revolucionarse enfurecido por el comedor, brazos en alto, con la idea infundada de que le toc�bamos las piezas como un complot para que nunca los acabara.</p><p>Estaba loco.</p><p>���No he terminado a�n!-gritaba-. No te vayas todav�a.</p><p>Yo juraba que de mayor matar�a a mi padre. Y se lo ped�a a la Virgen de escayola que ten�an en la habitaci�n, sobre el cabecero de su cama. Uno de mis mayores miedos de peque�a era que les cayera encima mientras dorm�an, pero en esos momentos-escondida viendo todo- rezaba para que esa Virgen cayera sobre mi padre mat�ndolo en sus sue�os. De hecho, una vez cay� sobre la cama y se rompi� el brazo con el que sujetaba al Ni�o Jes�s, pero no le mat� porque se desplom� de d�a, sobre las seis. Digo yo que no acert� con los avemar�as en las coordenadas de la cama ni en tiempo ni en espacio� Y que, a lo mejor, no estaba bien que pidiera la muerte de pap�. Eso s�, me pas� semanas dando portazos para que alguno de los puzles se viniera abajo desmont�ndose en el suelo.</p><p>��No des portazos-se me quejaba mam�.</p><p>���No me importa!</p><p>��No me grites t� tambi�n, �ngeles, no me grites�</p><p>��No te grito, mam�, no llores. Que lloro yo.</p><p>��Prom�teme que si tienes hijos, cuando seas madre y les quieras mucho�, te acordar�s de m�. Y, sobre todo, que no les gritar�s. Les har�s comidas dulces, les ense�ar�s a tener paciencia, a ordenar la casa, a decir �gracias�. Y a dar besos con abrazo. Acu�rdate de mam�.</p><p>Ella no sab�a que yo, con los portazos, lo que deseaba es que cayeran los trozos del espanto en el que nos obligaba a vivir pap�. Con los portazos lo que quer�a era ayudarla a gritar, a huir, a sacar el dolor afuera frente a los puzles. Despu�s de todo, eran puzles y ven�an desmontados. Nuestra vida estaba hecha pedazos y tem�a que acab�ramos tambi�n en cajas. Mi madre, curiosamente, peg� el brazo del Ni�o Jes�s con el pegamento de pap� y volvi� a colgar la Virgen en el cabecero de su cama sin haber cumplido su funci�n, matarle.</p><p>��No te hac�an de peque�o arroz con leche?� Marcos sali� hacia el pasillo y me qued� paralizada en la cocina, abr� el grifo y ech� agua en la cazuela donde hab�a hervido la leche con el arroz. Los restos hab�an empezado a quedarse pegados y resecos. Marcos puso m�sica en el comedor y me acerqu� a mirar disimuladamente� Estaba encerrado en s� mismo frente a la estanter�a, apoyado ligeramente sobre una pierna y toc�ndose con una mano el flequillo, que le rozaba ya las pesta�as. Le entend� desde una t�mida distancia. Hab�a cogido una de sus caracolas y estaba escuchando la voz interior, esa voz que susurran las caracolas de mar a los que saben escucharlas. En silencio me volv� a la cocina y cerr� la puerta despacio�, como la cerraba mi madre.</p></section><section><title><p>20</p></title><p>Cuando le llam�, tuve que despertarle entrando en su habitaci�n. Los fot�grafos de la sesi�n de moda que iban a realizar en casa me hab�an dicho que fuera �prepar�ndose el actor� mientras ellos iban subiendo los focos y el resto de los trastos a la casa. Yo hab�a dejado listo el comedor, echando atr�s las sillas y la mesa junto con el sill�n del medio. Todos los objetos peque�os los hab�a metido en uno de los cajones del mueble blanco para que no rondaran entre el jaleo. Marcos estaba dormido profundamente y me devolvi� un �s�, ya voy� con los ojos cerrados. Ni se acordaba de la sesi�n que iban a hacerle.</p><p>Me present� a los chicos que ven�an en grupo de la revista esa que tantas veces hab�a visto en el sal�n.</p><p>���Quer�is caf� o algo?-les ofrec�.</p><p>Marcos estaba duch�ndose r�pidamente.</p><p>Ellos aceptaron. Puse la cafetera a calentar y corr� las cortinas como uno de los fot�grafos me pidi�. Sacaron varios paraguas plateados, grandes como sombrillas de playa, que dispusieron delante de la estanter�a. Cruc� los dedos porque me daba mucho reparo que se abriera un paraguas bajo techo, otra de las herencias de la abuela. No quise ocultar mi malestar al ver el despliegue de cables y cajas que soltaron sobre el parqu�. No hab�a visto semejante acontecimiento para �unas fotos�, seg�n me hab�a explicado Marcos. Aquello era la cosa m�s sorprendente de ir y venir de chicos, todos j�venes, que murmuraban posiciones y comentarios que no entend�a. Iba una chica rubia muy ce�ida diciendo que le dejaran espacio para poner todos los maquillajes, los peines y el secador sobre la mesa.</p><p>��Tomad el caf�. Os lo dejo en esta jarrita, poneos lo que quer�is.</p><p>���Tiene sacarina?-me pregunt� la ce�ida.</p><p>��S�, y az�car moreno.</p><p>��Mejor sacarina.</p><p>Se presentaron todos con nombres que no parec�an nombres, toda una serie de peque�os diminutivos as� como ingleses o de perro. Evit� memorizar por ahorrarme preguntar y fui a la puerta de la habitaci�n de Marcos.</p><p>��Est�n desplegando una buena en el comedor, ahora ver�s-dije. Se sonri� y, sin embargo, parec�a triste. M�s mayor, m�s maduro. Estaba tan guapo como nervioso. Los de las fotos empezaron a organizar todo con una rutina que no se ajustaba al excesivo ceremonial de trastos que hab�a all� extendido. Marcos se sent� a las �rdenes de la ce�ida, que era maquilladora y peluquera. Lo puso muy moreno y muy despeinado, m�s de lo que me parec�a normal. Pens� que no hab�a hecho falta que se hubiera arreglado porque ahora estaba peor, lleno de laca y mechones sobre su frente totalmente tiesos.</p><p>���Os importa que me quede aqu�?-dije al ej�rcito de modernos.</p><p>Me qued� all� parada mirando porque nadie me contest�, solo uno que buscaba enchufes tras el sof� y que iba con una camiseta enorme y rota solt� algo amable. Tem� que se manchara la pared con tanta caja met�lica y esos paraguas abiertos. El secador hac�a mucho ruido y subieron la m�sica para que se escuchara tambi�n. En resumen: m�s bulla. A veces, Marcos me buscaba con la mirada entre los extra�os y yo intentaba abrazarle desde la puerta. Hab�a algo diferente. Un silbido de complicidad entre los dos. Las fotos empezaron en cuanto uno de los chicos, el m�s fr�gil pero m�s alto, dijo que ten�a todo �okey�, era el fot�grafo. Los otros disparaban flashes de luz con unos aparatos manuales que iluminaban la sala a fogonazos en peque�as detonaciones.</p><p>��Bego�a, pasa con nosotros.</p><p>Pas� a cambio de ir limpiando lo que iban tirando y me qued� lo m�s alejada del jaleo. Hac�an muchas fotos y siempre hab�a algo que no les gustaba. Eso era lo m�s raro, lo m�s chocante de todo.</p><p>Siempre les parec�a bien la sonrisa de Marcos, pero alguno pon�a alguna pega a la luz, de algo que llamaban �actitud� o expresi�n. Yo no pintaba nada, pero si me hubieran pedido opini�n, habr�a dicho que se callaran, que le dejaran estar, �c�mo no iba a estar nervioso con tanto chisme y tanta opini�n! En ning�n momento se quej�, a pesar de la murga que daba la ce�ida y el flaco del dispositivo. La rizada de nombre cortito iba tir�ndole de la camiseta verde por la espalda como si nunca le parecieran bien al fot�grafo las arrugas que le sal�an. Una foto y se acercaba, otra foto y retocaba, la siguiente y otra vez.</p><p>As� todo el rato. Y el del paraguas quej�ndose de que le pisaban los cables.</p><p>���Quer�is que la planche?-me ofrec�.</p><p>��Se�ora, es as�, no hace falta.</p><p>Estaba arrugada como un trapo. Normal que les incomodara tanto la dichosa camiseta para las fotos. Marcos me sac� la lengua cuco y advert� que se estaba burlando de ellos, de toda la feria.</p><p>��Dame agua-me dijo entre la m�sica y los flashes. Le pusieron otro conjunto de ropa sin que decidiera si le gustaba o no, a m� particularmente en absoluto porque le prefer�a con camisa y pantalones antes que con un andrajo de tirantes sobado. Pens� que era moderno, como ellos. En la barra de la cortina hab�an colgado varias prendas, todas por el estilo. Retales de mercadillo que trataban como oro en pa�o y que elogiaban con excesivos aspavientos. A Marcos, para no agobiarle, dej� de hacerle pucheros desde la puerta. A �l le daba igual una cosa que otra, ten�a la misma respuesta, la misma sonrisa a medias cuando le dec�an las estilistas: �Te gusta, �verdad?�.</p><p>Son� el timbre. Era ella.</p><p>��Abre, Bego�a.</p><p>��Voy, voy.</p><p>Yo me contuve porque mi madre me hab�a ense�ado a contenerme y a mirar al infinito cuando no quisieran dolerme los disgustos. Intent� sonre�rle pero no pude. Fui hacia la entrada a abrir la puerta.</p><p>Diez, nueve, ocho, siete, seis� Y volv� a contar como contaba mi abuela, sujet�ndome el pecho, que es como decir reprimiendo la verdad. Cinco, cuatro, tres� Me hab�a pasado la ma�ana mir�ndole posar ante los fot�grafos de moda. Estaba euf�rica, sobre todo entusiasmada ante la Vida porque me sent�a orgullos�sima de �l, me sent�a dichosa como jam�s me hab�a sentido en la vida. Su triunfo era mi triunfo, verle sonre�r ante los desconocidos, brillar como una estrella de la gran pantalla que elogiaban y aplaud�an era maravilloso. El chico m�s bello del mundo estaba ante la mujer m�s insignificante y, sin embargo, m�s importante de su vida. No necesitaba apuntarlo en mi libreta�, pero necesit� abrirla cuando tuve ocasi�n para apuntar una �nica palabra. Feliz.</p><p>���Es que nunca vas a ense�arme fotos del abuelo?-pregunt� a la abuela mientras nos mec�amos juntas en la entrada de casa.</p><p>��El abuelo ya no est�.</p><p>���Por qu�?</p><p>��El abuelo se fue.</p><p>���Cu�ndo?</p><p>��Un d�a.</p><p>Ah� se quedaban las dudas. Ella segu�a haciendo ganchillo sobre las faldas del sayo negro y respiraba hondo, entre dolida y satisfecha. Envaraba la respuesta-�un d�a�- con respeto pero sin levantar la vista de la labor. Por su gesto y su mirada entend�a que hab�a algo m�s en la callada de su respuesta. Tal vez era su secreto, como todas las mujeres de la familia empez�bamos a guardar irremediablemente un secreto en los bolsillos. Yo quer�a tener abuelo, quer�a que me llevaran a la feria en septiembre como iban el resto de las ni�as, con ropa a estrenar y lazo ancho. Pero ni estrenaba ropa ni me llevaban a la feria en comparsa familiar. Iba solo con ella, cuando tocaba, a sentarnos en la fuente y beber agua. Quiz� entonces percib� que las mujeres del pueblo no miraban bien a mi abuela, esperaban a que pasaran los perros para pasar ellas y dejaban caer alguna cosa como un pa�uelo para retardar sus andares. Me pareci� notar que a mi abuela le ten�a sin cuidado porque me apretaba la mano fuerte, m�s fuerte a�n que de costumbre, y tiraba adelante hacia la alameda del mar con disciplina. Eso no se lo pregunt� porque a m� no me gustaba que me preguntaran por mis amigas y, en vez de hacer evidente que me daba cuenta, le dec�a:</p><p>��Qu� feas son las mujeres del pueblo, abuela. T� eres guapa, guapa como mam�. Me da igual c�mo nos miran.</p><p>��Son mujeres. Las entender�s.</p><p>No se lo pregunt�, pero la densidad de la frase era un relato de medianoche que me inquiet� y dese� crecer r�pidamente. Hacerme mayor a toda prisa. No cre� entonces que pudiera entender la realidad de la frase y renunci� a ella. Si de algo estaba segura es de que iba a crecer como crecen los rabos de lagartija. El d�a menos pensado tendr�a edad para entenderlo todo. Por qu� nos miraban mal, por qu� susurraban a nuestro paso. Con esperar a crecer bastaba. Pero eso no se sabe de peque�a. Me met� a buscar fotos del abuelo en la despensa, donde hab�a un gran ba�l de madera vieja que escond�a telas, cajas y trastos oxidados. Escudri�ar entre los bultos del caj�n era lo m�s apasionante de mi infancia, pod�a salir manchada de holl�n o con unas monedas machacadas en el bolsillo. Todo era susceptible de embriagarme, de hecho, recuerdo perfectamente el olor del ba�l: alcanfor, matamoscas y humedad.</p><p>���De d�nde has sacado ese llavero?-me interrogaba la abuela si me pillaba jugueteando con mi capital.</p><p>��De ning�n sitio.</p><p>���De ning�n sitio?-insist�a.</p><p>��No, no.</p><p>��Ni�a, ni�a�</p><p>Ella sab�a que registraba el arc�n de madera cuando no estaba, que aprovechaba los momentos de ausencia y las misas de tarde; pero-evidentemente- si me dejaba hacerlo, o no rechistaba al sospechar de mi exploraci�n, es que all� no iba a encontrar nada. No val�a la pena buscar. All� no me tropezar�a con las fotos que buscaba. Estaba claro. As� que el ba�l dej� de tener inter�s y comenc� con los altillos del armario empotrado de la escalera. All� siempre hab�a restos de telas bien dobladas, cuadros, rayas, lunares, terciopelos�, y ovillos de lana con el instrumental para hacer punto. La caja de hilos se guardaba en ese lugar tambi�n.</p><p>���Te encuentras bien?-pregunt� con expresi�n inquisidora la abuela.</p><p>Yo acababa de cerrar el armarito de un portazo.</p><p>��S�, s�, estaba aqu�. Sentada.</p><p>��Ya te veo que est�s aqu�. Anda, d�jame que guarde una cosa.</p><p>Visualic� la clave de mis inquietudes en su mano. Tard� solo unos instantes en advertir el ovillo violeta que yo hab�a deshecho y rehecho entre sus dedos. Lo llevaba como los ni�os que tocan los peluches, mim�ndolo. Tragu� saliva y respir� llenando los pulmones hasta el tope de ox�geno. Pod�a esperarme lo peor. Por ejemplo, que hubiera sentido que ya no cruj�a en el interior el papel porque la carta la ten�a yo. Tampoco ser�a raro que distinguiera en mi mirada la mirada del p�nico. Ella me descubr�a si el temblor me cegaba, pero empec� a contar�, diez, nueve, ocho, siete�, seis�, cinco�</p><p>Mir� entre sus dedos comprobando que las dimensiones eran id�nticas a las que ten�a antes.</p><p>Entonces ocurri� lo que ten�a que ocurrir: la abuela me apart� suavemente, abri� la portezuela forrada de papel y dej� el ovillo violeta entre sus pertenencias con lit�rgico esmero. Nada m�s. Si segu�a all�, pens�, es que era el lugar donde se abrazaba de vez en cuando a sus recuerdos de amor. Me apart� y tuve otro de aquellos presentimientos que tendr�a de mayor. El amor de verdad no se olvida. Tal vez solo nos enamoramos una vez.</p><p>Y, bien, las fotos segu�an sin aparecer. Me equivoqu� al creer que ese era el �nico secreto de la abuela, ella, que sab�a mirar con los ojos cerrados. Hab�a sido abandonada por el amor, pero �qui�n hab�a sido el que la llev� al altar? A m� lo que me extra�aba era que la abuela no tuviera fotos de boda como las ten�an las t�as o las vecinas, por eso empec� a recelar de nuestro �rbol geneal�gico. �Y si nunca se hab�a casado? �Y si mi madre era adoptada? �Y si yo tambi�n era adoptada? �Y si nadie �ramos familia? En lugar de buscar parecidos f�sicos, tan evidentes entre nosotras, prefer�a desconfiar hasta que encontrara las fotos de boda que me atestiguaran la realidad y dejaran de preocuparme.</p><p>���El abuelo te quer�a mucho?</p><p>���ngeles, qu� man�as tienes de vez en cuando�</p><p>��Y� �quer�as mucho al abuelo?</p><p>�Qu� bien se va, cu�nta ilusi�n, ir a caballo as�, como Napole�n��, tiritaba de fr�o buscando fotos en el desv�n mientras cantaba una canci�n para disimular, como si estuviera jugando en el columpio de cuerdas. Porque el miedo que ofrec�a el tugurio de polvo y muebles viejos era infinitamente menor que la posibilidad de encontrar algo tras la le�a. Deseaba que apareciera la prueba. �Las pruebas! Pero cog� unas anginas terribles que me duraron semanas de convalecencia en mi cuarto. Quiz� fue el fr�o, quiz� los nidos de palomas que habitaban entre las vigas y que soltaban plumas y mierda en el suelo del desv�n.</p><p>Ya era una detective mala, como volv� a serlo muchos a�os despu�s rondando diariamente la casa de Marcos. All�, abrigada en la cama, mi madre me dijo que dejara de preguntarle a la abuela por el abuelo, que no me aficionara tanto a los jerogl�ficos familiares, que �no hac�a falta�.</p><p>���Por qu�, mam�?</p><p>��Porque a la abuela no le gusta hablar, lo sabes. Qui�rela mucho.</p><p>Alrededor del cabecero de mi cama empezaron a visitarme los fantasmas. Me ataban con cuerdas violetas que me aplastaban la carne en el cabecero conforme me iban rodeando con la lana. Eran se�ores, hombres sin cara que me tapaban la boca y que si los tocaba, se deshac�an en arena de playa.</p><p>Los fantasmas ven�an por el pasillo, de frente; pero cuando los ve�a llegar, la garganta se me anudaba y me resultaba imposible emitir sonido alguno. Respiraba agitada y me tapaba con las s�banas y el cubre de ganchillo, que se transparentaba en sombras con la luz que entraba por la persiana. Sent�a c�mo llegaban esos hombres, dirigidos por uno m�s alto y m�s guapo que susurraba aire al acercarse a m� con las cuerdas violetas. Cuando quer�a gritar y pod�a, mi madre se alteraba desde la habitaci�n contigua y ven�a a salvarme con un vaso de agua en la mano.</p><p>���Has tenido una pesadilla?</p><p>��No, era� un hombre.</p><p>��B�bete el agua. Me quedo contigo.</p><p>El apag�n de luz lo obligaba mi padre con gritos reales desde su habitaci�n. Los fantasmas me daban m�s miedo que �l, menos mal. A mi madre no. Nunca supe hasta qu� punto eran producto de la fiebre o del �estir�n� que estaba dando, seg�n dec�an las t�as. �Esta chiquilla va a ser m�s alta que el difunto.� Se dec�a entonces que el o�do se agudizaba al pasar a la adolescencia y yo ampli� la circunferencia de radio lo suficiente como para saber que �el difunto� era mi abuelo y que yo iba a ser tan alta como �el difunto�.</p><p>A�os m�s tarde, cuando conoc� el cementerio, supe d�nde estaban las fotos.</p></section><section><title><p>21</p></title><p>�M�dulo nueve, cerramos puertas.� El altavoz con el aviso son� met�lico. Toda la electr�nica de la prisi�n se puso en marcha para que las reclusas nos aisl�ramos en las celdas para pasar la noche. Mis fotos se iluminaron en la pared casi a la vez.</p><p>��H�blame de Gonzalo.</p><p>��Qu� quieres que te cuente�</p><p>Gaby estaba comi�ndose las u�as y yo, repasando mis fotos de Marcos, una a una. La casa pod�a pasearla con solo tocar el recorte de las caracolas.</p><p>��Qu� pas� con �l.</p><p>��Me enamor� perdidamente porque nunca hab�a estado enamorada. Desde el d�a que llegu� a Cadaqu�s mi forma de entender la vida se descoloc�. Yo ven�a de otro mar, hab�a visto c�mo nada era f�cil en mi familia y ten�a ganas de ser feliz. Supongo que eran m�s las ganas y la realidad. Cuando me besaba, era como si me dieran todos los besos de golpe, como si no fuera a besar a nadie nunca m�s.</p><p>���Era guapo?</p><p>���Gonzalo?</p><p>Gonzalo era muy guapo. Demasiado guapo. Yo le llamaba Ricardo Coraz�n de Le�n. Me abrazaba como si fuera a matarme de un zarpazo, como si fuera a quedarme desmayada en su pecho.</p><p>Sol�a entrar a la ducha, en una que me gustaba usar en verano, una en el patio interior que daba de frente a una pared de helechos�, preciosa, la hizo �l en sus ratos. All� el agua sal�a caliente porque ten�amos un dep�sito en el tejado, al sol, y ca�a por la presi�n hasta el �hamam�, lo bautiz� as�. Me duchaba despu�s de subir de la playa para quitarme la arenisca del pelo y de los pies, pero no me dejaba. Entraba impaciente a enjabonarme a la fuerza, m�s impaciente que cari�oso, vestido o desnudo. Todav�a siento su presi�n� Lo hab�a olvidado. Al principio me gustaba, luego ya no. Luego ya no. Nada. No me fue gustando nada. Cerraba los ojos y escuchaba el sonido del agua salada en las rocas de la playa, imaginaba c�mo las piedras se mojaban y se secaban, se mojaban y se secaban sin voluntad. Era mi forma de llorar.</p><p>Ya no jug�bamos a ser amantes, �l jugaba a que yo fuera su amante. Colg� una campana verde en la entrada, que seg�n me dijo era por el poema de Neruda, y la hac�a sonar si yo estaba lejos, en el eco del hierro en la bah�a me entraba la prisa y aceleraba el paso para volver a casa. En casa-iba a decir �en su casa�- me arreglaba para �l, siempre ten�a que estar dispuesta a salir a caminar por la bah�a o a tomar un agua con gas en el Casino de la playa. Echaba de menos el cine, la pantalla gigante, la oscuridad de los di�logos, que me aprend�a de memoria, la m�sica de los t�tulos de cr�dito, los actores, las palabras de amor ajenas. Algunos ratos me escapaba a buscar caracolas como las de mi pueblo, pero no me gustaban porque les faltaba el susurro de mis caracolas y optaba por quedarme sentada entre las barcas varadas volviendo a lanzar las caracolas sordas al mar.</p><p>��Cuando te fuiste, �dijiste algo?</p><p>��Nada, me fui. Me largu� caminando carretera arriba. Ciento diecisiete curvas.</p><p>En ese momento mi voz son� oscura y no respond�a a la nitidez de los recuerdos que estaba cont�ndole a Gaby. Las curvas de cuando llegu� ilusionada se me hab�an trenzado en la garganta. Para deshacer el nudo tuve que huir. Me asombr� de lo transparentes y precisos que son los olvidos cuando no quieres hablar. Asom� un poco la cabeza por la reja de la celda para coger aire. Fr�o. Segu� hablando:</p><p>��Aquellos d�as �l siempre estaba oliendo a sudor. El mismo olor a sudor que siempre hac�a mi padre. Tuvimos que pintar una de las habitaciones que �l ten�a llenas de libros. Los sacamos todos al comedor y fuimos distribuy�ndolos por la casa; Gonzalo construy� una estanter�a de obra en el pasillo de la entrada y despu�s de enjalbegarla empezamos a pasar all� todos los libros de la habitaci�n. Los ordenamos y clasificamos como dec�a �l. Yo todo empec� a hacerlo como dec�a �l.</p><p>��Y� �esa habitaci�n?</p><p>��Yo estaba embarazada.</p></section><section><title><p>22</p></title><p>Me vest� de negro, como si fuera una proyecci�n de la sombra de mi madre, que tambi�n iba de negro.</p><p>En la iglesia de Santa Mar�a estaban las cuatro primeras filas llenas de vecinas y la familia del pueblo, arremolinada en bloques, a la izquierda los hombres, a la derecha las mujeres. Como de costumbre. Ol�a a velas, a cera derretida sobre el m�rmol que goteaba desde la peana del santo; pero tambi�n ol�a a perfumes de vieja mezclados como en los mercados. Mi padre se qued� en casa fumando frente a un puzle y las dos caminamos solas a esperar el ata�d. Tal vez ser�a con �nimo de templar un poco el car�cter, que no cambiaba, y mi madre lo excus� explic�ndome que �a pap� no le gustan los entierros�.</p><p>A m� tampoco me gustaban los entierros, sobre todo ese, porque se me acababa de ir la abuela y ten�a todav�a muchas cosas que contarle. Se me fue sin haber podido despedirnos y, lo que era peor, sin decirme bien d�nde estaba la clave para saber qui�n me conven�a. Qui�n me convendr�a a lo largo de la vida. Su ojo cl�nico con el que me dec�a �no� o �s��, �come de eso�, �deja de gritar� o �bebe agua antes de que te venga la sed�� Se fue sin decirme por qu� los flanes eran tan esponjosos� y qui�nes eran los fantasmas que ven�an por la noche a mi habitaci�n. Quise odiarla. No obstante, no era capaz.</p><p>La caja estuvo abierta durante toda la ceremonia y no dej� de mirarle el pecho a la abuela, por si respiraba. Se me hac�a imposible que estuviera con los ojos cerrados y no moviera la mano para apartar las moscas como en verano o retocarse los pendientes, asegur�ndose el cierre de la oreja. Pese a mis quebraderos en primera fila, se manten�a quieta. Su adi�s no pod�a haberme gastado la mala pasada de dejarme sin saber d�nde estaban las fotos, sin explicarme el por qu� de todas mis dudas, sin decirle te quiero� Sin embargo all� estaba. El pelo se lo pein� mam� con su peine bueno, el que nunca usaba y siempre estaba brillante sobre la c�moda de su habitaci�n. Le retir� el cabello hacia atr�s, bien tirante con colonia, y con horquillas le sujet� un mo�o bajo para que no le bailara la cabeza en la caja, seg�n recomend� una de las vecinas al entrar a casa.</p><p>��Si lo haces muy arriba, acabar� mirando a un lado, se le torcer� la cabeza.</p><p>Mi madre no respondi�, pero hizo caso. La amortajaron abrazada a una cruz met�lica y con los pies atados con un lacito. La expresi�n de sue�o (�parece que est� dormida�, dec�an) se convirti� en calma fantasmal y con el transcurso de las horas sent� que se transform� en fastidio. Yo conoc�a a la abuela. As�, desplomada en la madera, me resultaba desconocida, como si hubieran metido all� a otra muerta y mi abuela fuera a esperarme en la cocina, de espaldas a la puerta y preparando flanes de huevo esponjosos y dulces.</p><p>No respiraba.</p><p>Era evidente que no.</p><p>Me cuesta hablar en pasado.</p><p>La t�a Esmeralda, beata de nacimiento, pas� la bandeja de las limosnas y ley� en el altar como lo hac�a siempre, engolada y m�stica. Para m� que era la querida del cura, tal y como dec�an en la calle, porque no dejaba a nadie m�s que a ella cambiar el agua de los jarrones de misa, ni tocar las ropas blancas de los altares, ni abrir los cepillos, de los que adem�s guardaba la llave en su monedero, ni poner ofrendas fuera de donde dijera ella. Era el ama. Y la abuela tuvo que retorcerse de los siete males porque no la soportaba, aunque tampoco lo manifestaba verbalmente. Nunca lo hab�a dicho. Yo lo sab�a por c�mo se miraban. Lo intu�a. Como sab�a tambi�n que aparecer�an las fotos del abuelo, con el que al final se cas� y nacimos todos cargados de genes.</p><p>La abuela no se mov�a. El cura hablaba machaconamente. Mi madre me cog�a de la mano y no llor�bamos nada porque ella ya hab�a llorado todo y, en mi caso, empec� a saber llorar muchos a�os despu�s. Nos despedimos de la abuela en la sacrist�a cuando nos explicaron que iban a tapar la caja con los cierres.</p><p>���Quer�is un segundo a solas? Aunque ya est� todo hecho y el Se�or est� con ella-nos dijo el cura.</p><p>��Est� bien-dijo mi madre.</p><p>Nos quedamos las dos. Las tres. Silenciosas. Parec�a que est�bamos ensayando para salir huyendo juntas camino de la playa o de la alameda. Mi madre le quit� el anillo y se lo puso ella como ensart�ndose a una vida nueva. Yo entend� que acababa de dejar de ser hija para ser solo madre, mi madre. Al sentarse en la butaca de la sacrist�a me saqu� del bolsillo el ovillo violeta y, mirando a mi madre-que no entend�a qu� estaba haciendo-, se lo coloqu� a la abuela entre las manos y le quit� la cruz.</p><p>��Ad�nde vas con eso, �ngeles�, qu� haces.</p><p>��Es de la abuela.</p><p>��Ya s� que es de la abuela, pero no es necesario�</p><p>��Esto s�, mam�.</p><p>Y eso fue todo porque en ese momento entr� el cura a reclamarnos para recoger todo el protagonismo y cerrar la caja junto con dos hombres y la t�a Esmeralda. Me qued� mirando el cuerpo inerte y sent� que su pecho se deshinchaba ligeramente. Por supuesto que no dije nada m�s. Mi madre, exhausta, no quiso pedirme ninguna explicaci�n porque ya era tarde y no hab�a tiempo ni palabras para justificar nada. El cura ni se enter� de que hab�a quitado el crucifijo�</p><p>Una vez en la calle, nos acompa�aron a casa mientras los hombres se llevaban el ata�d al cementerio.</p><p>���Quer�is algo m�s?-pregunt� entristecida la vecina.</p><p>��No, tranquila, est� bien.</p><p>��Si necesit�is algo, ya sabes d�nde estoy.</p><p>��Nos vamos a quedar en casa, apenas hemos dormido.</p><p>���ngeles, �quieres venirte con mis hijas?-dijo mir�ndome y gir�ndose despu�s a mi madre-.</p><p>As� te quedas sola y te la quito de en medio por si tienes que arreglar papeleo.</p><p>��No, no. Prefiero que estemos juntas-respondi� mi madre, gracias a Dios, sacando las llaves del bolso y abraz�ndome con complicidad.</p><p>Mi madre y yo no volvimos a hablar de la abuela hasta que meses despu�s fuimos a ponerle flores en la l�pida del cementerio. Justo el 31 de octubre, un d�a antes de Todos los Santos. Llev�bamos gladiolos y claveles, rojos y blancos. Me pareci� que mi madre ten�a algo que decirme porque cuando intentaba sacar el tema de la abuela, se pon�a nerviosa y volv�amos a hablar de las flores y de las l�pidas de alrededor.</p><p>Gan� la batalla al arrodillarme a colocar los gladiolos en la jardinera que hab�a bajo los dos nombres.</p><p>��Mam�, la abuela no estuvo enamorada del abuelo, �verdad?</p><p>��T� no conociste al abuelo.</p><p>��Ya lo s�, pero no lo quer�a. Lo he o�do muchas veces.</p><p>��Era un hombre fuerte.</p><p>���Por qu� no hay fotos, mam�?</p><p>Y ah� fue cuando mi madre liber� su ansiedad al hablar de los hombres de la familia como nunca volvi� a hacerlo en toda su vida.</p><p>��Porque las rompi� todas.</p><p>��� las rompi�-repet�.</p><p>��La abuela no quiso saber nada m�s.</p><p>��En el pueblo dicen que la abuela fue diab�lica.</p><p>���Nunca han dicho que fue eso!</p><p>��Que lo llev� a la c�rcel� y por su culpa lo mataron.</p><p>Mi madre se ech� a llorar cuando solt� la metralla a dos metros de los nombres grabados de mis abuelos en m�rmol negro. Los gladiolos que ten�a entre las manos se cayeron al suelo y a m� me pareci� que los fantasmas se aparec�an de nuevo a nuestras espaldas. Mi madre, sin dejar de llorar, se hab�a alejado un poco hacia los pasillos de los nichos. Sent� miedo pero me gir� hacia ella, est�bamos solas, rodeadas de muertos.</p><p>��Mam�, al abuelo no lo conoc� porque lo metieron en la c�rcel�</p><p>��Calla.</p><p>��� porque la abuela lo delat� para que lo encerraran. Fue una chivata.</p><p>��La abuela no fue una chivata.</p><p>��No es justo, mam�. �Por eso rompi� sus fotos?</p><p>��Tu abuelo�, tu abuelo�</p><p>���Qu�, mam�?</p><p>��Tu abuelo�</p><p>Se oy� mal pero fue muy clara. La poca luz que quedaba de sol acababa de sucumbir en colores rojos, hac�a fr�o. Solloc�, mam� me hab�a respondido en voz baja mir�ndome: �Tu abuelo era como pap�. Entend� todo lo que significaba esa frase g�lida rodeada de muertos, de l�pidas numeradas y de flores frescas reci�n cortadas para el d�a de Todos los Santos. La abuela hab�a pedido que nunca la enterr�ramos junto al abuelo porque quer�a no volv�rselo a encontrar nunca, pero �yo no pod�a hacer eso�, dijo mi madre desvanecida por los recuerdos. Sigui� habl�ndome. Sin freno ya.</p><p>Mi abuelo hab�a sido como mi padre y sent� que el puzle de mi vida empezaba a deshacerse por un portazo del cielo. El infierno en este caso hab�a sido com�n a las dos. Lo delat� por rojo. Fue a la c�rcel por rojo. Y lo fusilaron. Y mi abuela se qued� tranquila, aunque corrieran mil voces por el pueblo.</p><p>Porque entonces no pasaba nada porque un hombre maltratara a una mujer. Pero llegaban a matarte si no pensabas igual.</p><p>��Yo le pregunt� muchas veces por qu� lo hizo-me intentaba explicar mi madre-. Se lo pregunt� a tu abuela una noche s� y otra noche tambi�n, pero opt� por callar. Ella me dijo que no soportaba m�s, que no le soportaba m�s, que estaba cansada, que el infame del abuelo le pegaba constantemente. Y la abuela, enferma de �l, no se lo pens� dos veces.</p><p>Mi madre repiti� las palabras de mi abuela: �Me plant� en el cuartel amoratada; aquellos uniformados, aquellos hombres, nunca habr�an entendido que era un infierno y no entender�an que quer�a pedir ayuda, por eso utilic� las razones de los hombres para sacarme del problema�.</p><p>El fr�o congel� el cementerio.</p><p>Mi madre me bes� a modo de posdata. Yo sab�a algo m�s que ella, ten�a la carta del �nico hombre que am� mi abuela. Esa carta y esa informaci�n que me cont� mi madre me asegur� la libertad moral para amar. Pero tambi�n para buscar soluci�n a mis problemas.</p></section><section><title><p>23</p></title><p>M�dulo nueve.</p><p>��Entonces, �qu� pas� con Gonzalo?</p><p>��Le mat�.</p></section></section><section><title><p>TERCERA PARTE. EL CINE</p></title><section><title><p>24</p></title><epigraph><p>�Lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino.�</p><p>C. G. JUNG</p></epigraph><empty-line/><p>Ocurri� entonces algo que no esperaba ni remotamente. Marcos me dijo que le acompa�ara a comprar, que fu�ramos juntos los dos.</p><p>���Y eso?�</p><p>Tras dar varias vueltas en su habitaci�n, se hab�a puesto un abrigo azul que me recordaba a mi abrigo azul de entonces, uno marinero de botones grandes y capucha. Yo iba con mi jersey de cuello vuelto, la bufanda enredada y los guantes que me regal� la Luisa, unos suyos que usaba en misa para no tocar las velas ni los bancos usados por las viejas de su edad. Creo que era de los meses m�s fr�os de los �ltimos a�os en la capital, un oto�o que se estaba agarrando a la piel calando hasta los huesos. Se notaba incluso desde los balcones de Marcos, la gente se frotaba los brazos y, al respirar, soltaban bocanadas de neblina. Era el �nico chico de Madrid que pod�a tener m�s fr�o que yo en estos d�as de oto�o. Hab�a bajado de peso en las �ltimas semanas, tal vez por eso ten�a m�s fr�o, justo los kilos que yo estaba cogiendo, de la felicidad, pens�. Para el d�a de Todos los Santos quer�a preparar en casa una fiesta de Halloween-disfraces y calabazas al estilo de los americanos- para sus amigos y la gente del cine.</p><p>��Ay�dame, Bego�a-me pidi� consejo para organizar la comida-. He pensado que pod�as preparar dulces de los tuyos y llenamos la mesa del sal�n de placeres golosos�-dijo.</p><p>Ahora hab�a llegado el momento de disfrutar de �l con todas las ganas y, a lo mejor, volver a meter la cabeza en la pila bautismal de la iglesia donde me refresqu� el d�a que sal� del horno de Matilde (es un decir) feliz como una perdiz. Para sentirme nueva, viva. De repente, sin aviso previo-mucho mejor-, me hab�a pedido ir juntos al mercado, acompa�arle para decidir las compras y todos los ingredientes para hacer eso que llamaba �placeres golosos�.</p><p>��Ser� mejor, porque hacer una lista va a ser m�s complicado y acabaremos por olvidar algo.</p><p>��Miramos todo y lo que se nos ocurra�, bueno, lo que se te ocurra. Vamos viendo y vamos comprando.</p><p>��No tengo problema. �Quieres pan de Calatrava?</p><p>��Claro, y caramelos, y copas con arroz con leche�, todo eso que sabes hacer.</p><p>��Pero se van a hartar de dulce.</p><p>��Mejor. El dulce crea buen rollo.</p><p>��Pues� tienes raz�n. Preparo una cena toda de dulce para tus amigos. Me parece bien, un poco empalagoso, pero bien.</p><p>��No te creas. Yo creo que el dulce es necesario. M�s que lo salado. De sal ya vamos sobrados.</p><p>Y de az�car m�s bien poco. �No crees, Bego�a? Yo cuando estoy algo depresivo, necesito urgentemente algo de chocolate, me cambia el �nimo. He llegado a bajar al quiosco en pijama con tal de comprarme algunas chocolatinas� con urgencia, como si fueran letales los minutos. Chocolate, chocolate, chocolate�, corriendo a por chocolate.</p><p>��Ni te cuento.</p><p>��Yo creo que los d�as son m�s felices con dulce.</p><p>��<emphasis>Los d�as m�s felices</emphasis>, como tu pel�cula.</p><p>��� Y por eso lloramos sal, si fuera al rev�s llorar�amos az�car. Todo lo celebramos con pasteles, con caramelos. Hasta el postre va al final, como la gran sorpresa que es, sin embargo, deber�amos ponerlo al principio.</p><p>��A lo mejor lo de dejarlo al final es porque lo bueno sucede al final.</p><p>��Tal vez, pero para qu� esperar a que llegue.</p><p>���Quieres que haga tarta de manzana? �Peras al vino?</p><p>���Sabes hacer natillas?</p><p>��Hacemos natillas.</p><p>Quiz� la abuela y mam� estaban haciendo todo, cocinando desde no s� d�nde, para que yo ahora no cometiera sus errores. Tras aquel �no cortes las rosas, d�jalas que crezcan y mueran en su sitio�, hab�a ido dando palos de ciego con tal de matar el hechizo. Ahora aparec�a la posibilidad de darle esquinazo a la gen�tica y cicatrizar mis faltas. Lo peor que me pod�a pasar era continuar en una situaci�n circular que acentuar�a mi angustia provocada por la trayectoria de las mujeres de mi familia.</p><p>Marcos salud� con un beso a una de las mujeres que ven�an del mercado, iba con su ni�a.</p><p>��Blanca, ven, ponte con el se�or, es un actor famoso-dijo. Le hizo una foto con su peque�a y luego le pidi� que firmara un aut�grafo en un papel de la cartera.</p><p>��Muy guapa la ni�a.</p><p>��Y tan rica� No sabe cu�nto. Muchas gracias, que tenga mucha suerte siempre en el cine. Me gust� <emphasis>Los d�as m�s felices</emphasis>.</p><p>��Gracias.</p><p>Marcos y yo seguimos caminando. Tras permanecer en silencio unos segundos, me mir� y dijo:</p><p>���Lo ves? A m� tambi�n me dicen de usted. Es mera cortes�a.</p><p>��Ya, pero cuando eres joven no sienta mal.</p><p>��Bueno�, suena bien.</p><p>��Ya ver�s cuando seas mayor.</p><p>��� Me lo dices como una madre.</p><p>Segu� mirando al frente, directa al supermercado. Temiendo que todo lo que iba a cocinar dulce me fuera a salir salado. Me daba miedo verme reflejada en alguna marquesina y descubrirme temblorosa.</p><p>��No eres mayor� �Cu�ntos tienes?-dijo Marcos mirando a los dos lados de la calle antes de cruzar.</p><p>��Veinticinco m�s que t�-consegu� decir.</p><p>��O sea�, hago cuentas. Entonces t� tienes�</p><p>���No hagas cuentas!-le cort�-. Tengo veinticinco m�s que t�.</p><p>Marcos me miraba sin entender.</p><p>��Ya s� que es de mala educaci�n preguntar la edad, pero me hace gracia que hayas hecho las cuentas y hayas restado la diferencia entre los dos. Qu� gracia.</p><p>��S�. Las tengo hechas� desde hace tiempo.</p><p>Y pronunci� su nombre con delicadeza, como mim�ndolo pensativa:</p><p>��Marcos.</p><p>��Ya s�, ya s� No debo preguntar la edad. Nunca se debe preguntar la edad, sobre todo la edad de las mujeres. Me lo dec�a mi padre.</p><p>���Tu padre?</p><p>Me pareci� que la calle se abr�a en canal y me entr� una fatiga nerviosa. Por primera vez Marcos me hablaba de su familia; yo nunca hab�a querido preguntarle porque tenerle cerca, cocinarle, planchar su ropa, verle dormir por las ma�anas cuando llegaba antes de hora a casa, su casa, me resultaba suficiente para vivir. Sobrevivir. No estaba segura de si deb�a insistir en preguntar por su padre, �qu� raro era todo�, pens�. El tiempo en el que yo no deb�a cortar las flores del jard�n hab�a pasado, pero present� a la abuela cruzando el sem�foro con nosotros, un escalofr�o, dici�ndome: �Ni�a, sentir�s el momento en que la canela debe romperse para echarla a hervir con la leche, no hace falta que te lo diga, es una sensaci�n, tus sensaciones son las que mover�n tus actos�. Era la imagen exacta de lo que deb� haber hecho durante a�os, esperar a sentir el momento, me gustara o no. Mir� a mi lado, de donde me ven�a el escalofr�o, por fortuna no se aparec�a nadie, porque habr�a asustado a los que tambi�n estaban cruzando por el paso de cebra. La abuela me persegu�a con sus plegarias. Dije su nombre completo para mis adentros a modo de invocaci�n silenciosa: Bego�a Rojo. Pens� que as� ella apreciar�a mi cari�o desde la distancia y me ayudar�a.</p><p>��As� que tu padre� te dijo que no preguntaras nunca la edad a una mujer.</p><p>��� Ummm. S�. Hablaba muy bien siempre de las mujeres. Y eso que�</p><p>���Qu�?</p><p>��Nunca tuvo una mujer. Siempre ha vivido solo.</p><p>No estaba segura de entenderlo todo, pero me di cuenta de que hab�a algo m�s en la necesidad de hablar de Marcos.</p><p>��Mi padre ha sido de pocas palabras.</p><p>��Ya.</p><p>��Un hombre muy silencioso.</p><p>��Casi todos los hombres son as�-le dije.</p><p>���Poco habladores?</p><p>��S�. Poco habladores. Y los que hablan al principio, al final no dicen nada� Es como si se agotaran, como si la pila de lo sentimental tuviera una caducidad distinta a la nuestra. Siempre est�s pensando que te van a decir algo m�s de lo que sue�as que te van a decir. Pero solo lo deseas, porque ese hombre del que te enamoraste se esfuma. Las mujeres nos acostumbramos con el tiempo, si te fijas, las parejas de jubilados acaban todas silenciosas, mir�ndose en las cenas, apenas se dan los buenos d�as, las buenas tardes, las buenas noches� Se va mitigando.</p><p>���T� crees?</p><p>��El tiempo nos va callando, a todos. Pero sobre todo a nosotras.</p><p>��A lo mejor tienes raz�n. Pero el silencio no es malo.</p><p>��Seg�n a qu� silencio te refieras.</p><p>��Me gusta ese silencio en el que no hace falta decirte nada, en el que todo se sobreentiende.</p><p>��Ese es de amor-dije.</p><p>���Y t� qu� silencio dices?</p><p>��Yo hablo del silencio por agotamiento, el que hace olvidar las palabras que se dijeron. Es la p�rdida.</p><p>��Ese es de da�o-dijo.</p><p>��Yo lo llamo silencio violeta. Las palabras que iban a decirte se quedan escondidas. Un d�a, los hombres cambian. No sabes c�mo, no sabes cu�ndo llega, pero llega. Y todos nos callamos.</p><p>��Virginia es muy habladora ahora.</p><p>���Qui�n es Virginia? �La chica de los labios gruesos?</p><p>����C�mo la has llamado!?</p><p>��� La chica de los labios gruesos.</p><p>Marcos empez� a re�rse.</p><p>��La verdad es que tiene los labios demasiado gruesos. Son falsos. Bueno, son de silicona.</p><p>��Hinchados.</p><p>��Demasiado tal vez. Yo creo que no me siente cuando me besa. Que el pl�stico nos separa en lo m�s b�sico, los besos. Hay una barrera artificial, me estoy dando cuenta �ltimamente.</p><p>��Pero� �la quieres?</p><p>��No lo s�.</p><p>��Perdona que te lo haya preguntado, no debo meterme, no es cosa m�a.</p><p>��No importa. No lo s�. No lo s�</p><p>��Dicen que si no lo sabes es que no. Cuando se quiere se sabe.</p><p>��Yo estuve enamorado de otra chica. Pero la dej�, lo dejamos. Y, sin embargo, sigo queri�ndola.</p><p>En su momento estaba convencido de que deb�a dejarla, le parec�a que el cine era cosa de famosos y de estrellas y ella no se ve�a en este mundo. Pens� que si no entend�a mi mundo, acabar�amos no entendi�ndonos nosotros. Pero� no es as�. La sigo echando de menos. �C�mo puede ser, Bego�a? Si yo la dej� voluntariamente�</p><p>��Porque el dolor no tiene memoria. Uno no siente el dolor m�s que en el momento, al d�a siguiente no se recuerda. Y ahora solo recuerdas lo bueno.</p><p>��El dolor no tiene memoria. Qu� curioso� Tienes raz�n. Con la chica de los labios gruesos, como t� dices, con Virginia, no s� qu� siento. Me acompa�a, me entretiene, me divierte�, s�, pero nada m�s. Le gusta mi mundo, siente fascinaci�n por el cine, pero creo que le gusta m�s que yo.</p><p>��Y�</p><p>��No s�, no s� ad�nde vamos. La verdad es que tiene bemoles la historia. Nos conocimos bajo los Seguros Ocaso, el edificio de la glorieta de Bilbao, ya sabes. Era un 16 de septiembre, a las siete menos cuarto, llov�a�, la cubr� con mi paraguas porque me reconoci� por un amigo suyo. A m� me pareci� la escena m�s rom�ntica del cine y pens� que se hab�a hecho real. Como si fu�ramos�</p><p>��<emphasis>Los paraguas de Cherburgo</emphasis>.</p><p>��Justo. Qu� guapa es Catherine Deneuve�</p><p>��Mucho.</p><p>��Sin embargo yo creo que la relaci�n naci� muerta. Bajo los Seguros Ocaso. Qu� paradoja,</p><p>�verdad? Por mucha escena rom�ntica bajo el gigantesco paraguas negro, la esquina del edificio Ocaso era una se�al, pero no me di cuenta. Por eso no creo que vaya a m�s. Bueno, por eso o por los labios.</p><p>Yo qu� s�. Te lo estoy contando y siento que ya se acab�. A veces, hasta que no verbalizamos lo que pensamos no somos conscientes de lo que pasa alrededor. Uff. Ahora es como si me hubiera quitado un peso de encima.</p><p>��Tal vez la culpa la tienen los labios.</p><p>Lo dije con un tono amable, pel�n c�ustico, para quitar drama a sus pensamientos acerca del desenga�o. Marcos permaneci� unos segundos en silencio, parec�a que se hab�a relajado al contarme lo de Virginia. Quiz� lo que acababa de contarme era una forma de confesi�n religiosa, esas que andan atragantadas, pero sin penitencia alguna porque me sonri�.</p><p>��Seguramente, demasiado ficticios-asinti� Marcos al entrar al mercado. El olor a pan del s�tano sub�a hasta la planta baja, era intenso como las casta�as asadas que empezaban a verse ya por las calles en aquellos d�as. Nos quedamos en el primer puesto de frutas para comprar granadas, naranjas y manzanas rojas. Lo llevaba todo anotado en mi libreta, en la que al principio hab�a anotado horarios y costumbres de los an�nimos. El d�a era fr�o y el mes era fr�o y el oto�o estaba siendo fr�o. Pero en esa sucesi�n de recuerdos que se agitaban en mi cabeza no consegu�a que se me congelaran los m�os. Mis recuerdos no se enfriaban. Quiero decir que, mientras me hablaba Marcos, sent�a que me estaba emocionando demasiado y no era de esas que saben disimular. De puro nerviosa. Llevaba veinticinco a�os intentando congelar un recuerdo y esto no ayudaba demasiado. Porque en ese momento lo que me estaba pasando era que se me estaban deshilachando las costuras del disfraz. Descongelando.</p><p>Descongelando. Descongelando. Descongelando. Cuando rascas el hielo de los recuerdos, aparecen dentro todos los olvidos que han sido almacenados voluntariamente (o no), ah� se han quedado archivados por cortes�a de la memoria, que act�a de forma diplom�tica a�o a a�o. Sin embargo no hay m�s que sentir un poco de calor cerca-con una canci�n, con un aroma, con una mirada, con una pregunta- para que empiecen a descongelarse involuntariamente sac�ndolos afuera.</p><p>Marcos no se daba cuenta, pero me acababa de empujar escaleras abajo buscando mi pasado.</p><p>Hay un momento de nuestras vidas en que decidimos proteger todo lo que no nos gusta con hielo, ignor�ndolo bajo cero, sin saber que enfriando lo mantenemos todo de manera intacta. Es el archivo fatal, el que parece invulnerable para hacernos vulnerables con los a�os. Una canci�n a destiempo destroza. Una palabra tambi�n. Los m�s mayores, pienso ahora en mi abuela, al final de sus d�as optan por dejar todos los recuerdos al aire, sin la protecci�n del fr�o que los mantiene callados. Como la carne, al aire se van pudriendo, olvidando, desgastando, fermentando�, pero nosotros, ahora, no podemos porque tenemos miedo. El fr�o mantiene.</p></section><section><title><p>25</p></title><p>M�dulo nueve. Prisi�n.</p><p>��Ahora empiezo a tener fr�o.</p><p>��Pero aquel d�a Marcos� �sospech�?</p></section><section><title><p>26</p></title><p>��Tal vez todos los hombres no somos as�.</p><p>���C�mo?-le respond� mientras nos acerc�bamos al puesto de las harinas.</p><p>��Hablabas del silencio violeta, de que los hombres con el tiempo nos callamos. Estaba pensando.</p><p>Algunos buscamos otras formas de hablar. Mira mi padre. �l busc� el cine para contarme cosas.</p><p>��Qu� bonito-dije. Sent� el fr�o lim�ndose en mi corteza de hielo.</p><p>��De hecho, como hablaba poco, ha conversado conmigo siempre a trav�s del cine. Ha sido nuestra forma de hablar. Sentados juntos en las butacas, desde ni�o. Su fascinaci�n por ir a ver pel�culas ha sido la clave para que yo hoy sea actor� Soy actor por �l. Por haber invocado tantas veces a san Cary Grant. Me entra risa, pero es verdad. Me llevaba todos los fines de semana a ver pel�culas y, en coche, a veces �bamos hasta Valencia para colarnos en el �cine de antiguo�, as� lo llamaba �l; a uno en el que solo pon�an pel�culas en blanco y negro. Algunas con un sonido espantoso, pero geniales. Luego, coment�bamos la pel�cula. �Un d�a ser�s actor�, me dec�a al acostarme. Y m�rame.</p><p>���S�?</p><p>��Para dormirme me recitaba frases de pel�culas; nunca me ley� cuentos�, nunca. Es que ni te imaginas la memoria de mi padre para repetir frases de grandes cl�sicos. Ni te imaginas, Bego�a� Ha sido un gran hombre, un buen tipo. Callado pero bueno.</p><p>Murmur� casi inaudiblemente:</p><p>��Un buen tipo.</p><p>��S�. Un buen tipo. Ahora estar� contento, hoy soy actor, �soy actor! Lo he conseguido. Y encima me llamo como �l, as� que cada vez que salga mi nombre en las revistas �l se sentir� orgulloso. Marcos Caballero. Me hace gracia. El d�a que pusieron mi cartel gigantesco en la Gran V�a me acord� de �l, su nombre, mi nombre, all� en letras enormes, mi estreno, su estreno� en medio de la gente, es como si los dos hubi�ramos sido actores a la vez. Los dos juntos. �l ten�a tantas o m�s ganas que yo de que estudiara cine, de que me metiera en una escuela de arte dram�tico y me convirtiera en su Cary Grant.</p><p>Antes de que empezara la pel�cula ya me dec�a: �Elige papel, t� eres uno de ellos�. Y yo eleg�a. Me hablaba del cine eligiendo t�tulos. Pero, sobre todo, insist�a en que yo deb�a ser actor. Entonces me parec�a que me estaba hablando de algo que solo suced�a a gente con nombre, a las estrellas, esos que aparec�an en letras en los carteles� Conf�a en el azar, me dec�a. Me he convertido en un actor por azar, te parecer� mentira, pero hay una fuerza invisible que me ha ido acompa�ando. Llevaba raz�n: el azar.</p><p>Lo cierto es que tiempo despu�s ca� en la cuenta de que aquella sala tuvo la culpa, conocimos al maquinista del cine de antiguo, ese al que �bamos� y, ya ves, cosas del azar�, yo creo que el azar me ha perseguido toda la vida.</p><p>Justo eso, pens�. Y Marcos sigui� deshel�ndome�</p><p>��Siempre ha habido algo extra�o, como premonitorio, que me ha dado el �nimo para seguir, justo cuando la cosa se pone gris� �Sabes, Bego�a? Cuando todo parece que ya no, pues ah� sale la luz. De tanto ir al cine mi padre se hizo proyeccionista, H�ctor (lo recordar� siempre porque me recordaba a H�ctor Alterio) se puso enfermo y mi padre y yo le recogimos en la escalerilla de las m�quinas. La gente estaba ya en la sala, el p�blico a tope, todo lleno. Yo cog� un taxi y me lo llev� al hospital y mi padre se subi� a la salita y proyect� la pel�cula� Era�, me acuerdo perfectamente, <emphasis>La ventana indiscreta</emphasis>.</p><p>Nadie ech� en falta al hombre, el pobre nos dio las llaves del cuarto y pudimos seguir poniendo pel�culas sin que los del cine se enteraran. El cine no par�. Y yo empec� a ver como m�as las pel�culas. Mi padre y yo nos qued�bamos sentados horas, callados.</p><p>Tras aquella confesi�n de Marcos, pens� que no me saldr�a dulce ninguna de las recetas que me hab�a propuesto para su fiesta. Ya lo s�, me entr� miedo. Dios y el diablo estaban juntos en cada una de las palabras. Mi madre habr�a cerrado la puerta de la cocina, mi abuela se habr�a puesto a cocer leche de cara a los fogones�, con el vaho llorando en los azulejos. �Y yo? Mi posibilidad de articular alguna palabra bien era peregrina, hab�a llegado a la meta del recorrido que empec� aquel d�a en la Gran V�a.</p><p><emphasis>Los d�as m�s felices</emphasis>. Estreno 29 de agosto. El bucle de mi vida estaba cerr�ndose. Mir� c�mo se compon�a el cartel y apareci� su cara llenando toda la fachada del cine Avenida, su nombre, s�, su nombre. Marcos Caballero. Yo, desde la otra acera, temblando de nervios y de felicidad, me desvanec� empapada en sudor. Como ahora. Otra vez.</p><p>En el pasillo del mercado se mont� un gran c�rculo de gente, al abrir los ojos estaba rodeada de desconocidos abrig�ndome con sus miradas. No estaba segura de si me hab�a desplomado, si hab�an sido unos segundos, unos minutos, una hora� diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos� El dos era mi n�mero favorito.</p><p>��Bego�a, �est�s mejor?</p><p>Balbuce� un �s�� ante la mirada de los otros, que empezaron a marcharse del lugar.</p><p>���Qu� te ha pasado? Te has ca�do. Yo creo que has tropezado con las cajas sin querer.</p><p>��S�, he tropezado.</p><p>���Has desayunado algo?</p><p>��Un caf�.</p><p>��Un caf� no puedes desayunar. Vamos a tomarnos algo. Los dos. Hala, vamos. En Rocablanca te vas a comer unos churros como ningunos, Santiago nos pone una mesa, nos comemos media docena y salimos tan campantes.</p><p>Al llegar a la cafeter�a me volv� a reflejar en el escaparate, esta vez ya no solo era Holly Golightly, de <emphasis>Desayuno con diamantes</emphasis>, era todas las mujeres que hab�an salido por la gran pantalla desde la invenci�n del cine porque no hab�a ninguna criatura en el mundo m�s feliz que yo. Y m�s desorientada.</p><p>Aun as� evit� tararear la canci�n <emphasis>(Moon River)</emphasis> y prefer� sacar de mi memoria otra pel�cula.</p><p>��Mire, se�or Jeffries, no soy una mujer de estudios, pero puedo decirle una cosa�</p><p>Marcos me mir� alucinado.</p><p>��� <emphasis>La ventana indiscreta</emphasis>!-dijo aplaudi�ndome-. Es una frase de <emphasis>La ventana indiscreta</emphasis>, qu� genio Hitchcock. �Te sabes el texto de la pel�cula!</p><p>��� cuando un hombre y una mujer se gustan el uno al otro, se unen as�: �pa!, como si fuera un choque entre dos trenes, y no se quedan sentados analiz�ndose mutuamente.</p><p>Marcos sigui� el juego y continu� la frase.</p><p>��Hay un modo inteligente de enfocar el matrimonio�</p><p>Yo segu�:</p><p>���Inteligente? Nada ha causado tantos problemas a la humanidad como la inteligencia. Antes conoc�as a alguien, te gustaba y te casabas. Ahora se leen muchos libros, se emplean palabras de cuatro s�labas y se psicoanaliza a la otra persona hasta que no se distingue entre una relaci�n amorosa y unas oposiciones al ayuntamiento.</p><p>Marcos se qued� callado. Yo me qued� callada.</p><p>��Eres un ser excepcional-arranc� a decirme-. Me acabas de recordar a mi�</p><p>��Qu� va.-Hice como que no escuchaba.</p><p>���Te la sabes? Claro que te la sabes.</p><p>��Tengo m�s, pero para recordarlas tendr� que comerme primero uno de estos churros. Qu� hambre tengo, debe de ser el fr�o.</p><p>��Te lo hab�a dicho, son los m�s sabrosos de Madrid.</p><p>��� Yo tambi�n iba mucho al cine, Marcos. Iba cada tarde, me compraban la entrada, fila diez, siempre fila diez, mir�bamos la pel�cula y nos volv�amos a casa. Pero en mi caso era distinto.</p><p>���Por qu�?</p><p>��Tal vez nunca supe entender al hombre que me llev� a ver las pel�culas. Yo me aburr�a porque pensaba que me llevaba porque no sab�a qu� decirme. Y yo, entonces, solo quer�a cortar rosas�</p><p>���Qu� quieres decir?</p><p>��Yo quer�a volar.</p><p>��Qu� bonito, Bego�a. Yo aprend� a volar mirando pel�culas una y otra vez, pap� se convirti� en el proyeccionista y me las vi una y otra vez, una y otra vez, hasta aprend�rmelas� Tengo grabado en la memoria la violencia con la que aquellos rollos daban vueltas en la m�quina, ese �clic� al pararse, el bufido del ventilador directo a la cara� �Qu� poco moderno era aquel cine!</p><p>��Yo hace mucho que no voy al cine.</p><p>��Pero mi pel�cula s� que la has visto.</p><p>��S�.</p><p>���Y te gusta?</p><p>��C�mo no me vas a gustar, est�s genial. Estoy convencida de que har�s muchas y de que las har�s mejores.</p><p>��Eso quiere decir que no te gusta del todo.</p><p>��Claro que me gusta, �claro! No quer�a decir eso. De hecho tengo que decirte que fui al estreno, bueno�, pasaba por la calle y lo vi. Os vi a todos. T� ibas de negro, muy guapo.</p><p>��Es verdad, iba de negro. Pero me quit� el traje al acabar la fiesta, me sent�a demasiado importante y me cambi�. Qu� lujo de noche, qu� nervios, era como si todo se hubiera hecho realidad, entr� al cine sin darme cuenta ni de la gente que me gritaba, que gritaban mi nombre, �Marcos, Marcos�.</p><p>Pens� en mi padre, en que dec�an su nombre, para evitar los nervios y la sensaci�n absurda de entrar por aquella alfombra roja� No fui consciente de lo que me estaba pasando porque estas cosas yo pensaba que solo pasaban en las pel�culas� Ha sido un golpe de suerte, Bego�a, he sido actor por suerte. Igual que mi padre un d�a se puso a hacer de proyeccionista, yo igual. Un d�a me cogieron en uno de esos castings.</p><p>��Te la mereces. Te mereces todo lo bueno que te pase. De hecho, solo deber�an pasarte cosas buenas. Y que tu padre� vea que has sido Cary Grant.</p><p>��Ojal�.</p><p>��No dudes de tu suerte, eres un pedazo de actor, una persona ejemplar y tienes una gran luz. No dejes que nadie te la apague, Marcos. Y encima eres guapo.</p><p>��Francamente, te lo agradezco. Al final, el miedo de ser lo que he so�ado me da v�rtigo, por si me fallo. Por si le fallo a �l.</p><p>���Lo sabe tu padre?</p><p>Titube�. Se abri� la puerta del Rocablanca y entr� una r�faga de fr�o hasta la mesa en la que est�bamos sentados. Me lleg� olor a canela, a rama reci�n rota entre los dedos. En ese instante son� el m�vil de Marcos, pero prefiri� no cogerlo, �se est� aqu� a gusto�. Volvi� a sonar y anot� en una servilleta varios n�meros. Eran los d�as de los ensayos de su segunda pel�cula, ten�an que dictarle las horas de recogida. Seguimos hablando como si no hubiera existido la pregunta anterior.</p><p>��Volar no ha sido sencillo-a�ad� yo justific�ndome-. De entrada he tenido que perder muchas cosas en el camino.</p><p>Me dieron ganas de decir: he perdido hasta mi nombre. Pero segu�:</p><p>��Me atemorizaba quedarme parada en mi pueblo, abrir las ventanas y volver a ver cada ma�ana las mismas casas y a las mismas personas. El mundo atroz era aquel mundo, el que me ahogaba sin poder escapar. Mi vida se quedaba atrapada en la calle de mi casa, la calle de mi abuela, la calle de mis t�as, la calle de las tiendas, la calle del mercado, la calle del puerto�</p><p>���Hay mar en tu pueblo?</p><p>��S�. Un peque�o puerto de pescadores, rid�culo pero �til. Y una playa estrecha en la que me sentaba a pensar cuando buscaba caracolas�</p><p>��Qu� pasada.</p><p>��Tal vez, pero yo quer�a escapar. Me devoraba la ansiedad de irme, de huir de all� para no ver en lo que se estaba convirtiendo mi madre. Creo que� estoy hablando demasiado� H�blame de tu padre.</p><empty-line/><p>���Sabes a qu� me recuerda esto?-me dijo Marcos acerc�ndome el �ltimo churro del plato.</p><p>���</p><p>��<emphasis>Tener y no tener</emphasis>, con Humphrey Bogart y Lauren Bacall. �Sabes que conmigo no tienes que fingir, no tienes que decir nada y no tienes que hacer nada, nada en absoluto o tal vez solo silbar. Sabes como hacerlo, �verdad? Tienes que juntar los labios y soplar.�</p><p>Me estaba recuperando del vah�do, de manera que, como quien dice, mi cuerpo y mi cabeza empezaban a ir por el mismo camino. Por eso volv� a repetir la pregunta.</p><p>���Y tu padre?</p><p>��Mi padre ten�a ganas de que fuera actor, a veces me silbaba bajito desde el ventanuco de la proyecci�n y yo sab�a que esa escena que ven�a a continuaci�n era para memorizar, as� lo dec�a �l.</p><p>�Gu�rdala, gu�rdala�� Yo pon�a todos los sentidos y, desde mi butaca, repet�a los gestos, imitaba las acciones, recordaba las frases�, incluso me las apuntaba a oscuras en una libreta que todav�a guardo.</p><p>Ah� est�n frases de <emphasis>El sue�o eterno</emphasis>, de <emphasis>Casablanca</emphasis>, de <emphasis>Anna Karenina</emphasis>, de <emphasis>Atrapa a un ladr�n�</emphasis></p><p>Buff�, ni te imaginas�, a veces creo que soy el ni�o de <emphasis>Cinema Paradiso</emphasis>.</p><p id="_ftnref1">���De donde yo vengo, las personas nunca te desilusionan�� <a type="note" l:href="#_ftn1">[1]</a></p><p>���Cu�l es esa? De qu� pel�cula es� No me sale� Me suena� �De qu� peli?</p><p>���Ah!</p><p>No s� cu�ntas veces lo repiti� pregunt�ndomelo, hasta que de pronto se dio cuenta de que era un juego para alborotar la complicidad que hab�a nacido entre los dos.</p><p>��Mi padre�-arranc� de nuevo a decirme- quer�a que yo hiciera cine, pero por una raz�n muy b�sica. Y �sabes por qu�? Porque dec�a que as� un d�a me tropezar�a con mi madre. �A tu madre le gustar�a verte ah�-me dijo-. Seguro que un d�a te ve en la gran pantalla y sonr�e por ti.� Mi madre coleccionaba caracolas, le gustaba o�r los sonidos que emiten cuando las acercas al o�do. Es lo �nico que conservo de ella, no tengo fotos. Solo sus caracolas� Me las guard� mi padre en una caja, son las que est�n en el sal�n. A veces cojo una y creo escucharla, como si me hablara y confiara en m�. Mi padre hac�a lo mismo, las cog�a y dec�a que escuchaba su voz. Dec�a que mi madre se parec�a a Romy Schneider. Te habr�a gustado conocerlo.</p><p>���</p></section><section><title><p>27</p></title><p>Aquel d�a de Todos los Santos me propuse que todo me saliera dulce, que no hubiera una sola l�grima que me cambiara el sabor de los platos. Cocin� todos los postres que hab�amos pensado: arroz con leche, pan de Calatrava, tarta de manzana, caramelos de az�car, flanes de huevo, natillas de frutas, granadas con miel, peras al vino, bu�uelos de viento� Cuando todo estuvo listo en los platos, llam� a Matilde para contarle por tel�fono qu� iba a hacer esa ma�ana. Me sirvi� de ensayo descongelarme con ella. Los platos los tap� con otros platos, dobl� toda su ropa reci�n planchada, puse unas flores en la entrada y baj� la basura.</p><p>Me abrigu� y me fui caminando hasta la comisar�a donde me hab�a renovado el carn�. Veinticinco a�os despu�s, confes� mi crimen ante la mirada at�nita de los polic�as�</p><p>���El mar a veces no devuelve los cad�veres porque no tiene ganas. Voy a ser clara y no les voy a entretener ni cinco minutos. Aquella noche en que le empuj� desde el faro despu�s de dejarme besar hac�a mucho viento, tanto que hasta los recuerdos buenos se me volaron. Le empuj� queriendo. No recuerdo nada m�s. Yo fing� en el pueblo durante semanas que le esperaba a que volviera a casa, sin ning�n miedo, porque no hab�a de volver. Pero los vecinos no sospecharon porque las mujeres sabemos mentir, m�s cuando estamos embarazadas.</p><p>� /�</p><p>�Sigo. Estaba ya de siete meses. Quedaba poco. Esper� a que naciera el ni�o para volver a escapar. Lo dej� junto al hombre bueno con el que estaba casada todav�a. Lo recuerdo como si fuera hoy. �Puedo beber agua?</p><p>� /�</p><p>�Entr� en mi casa, abrac� a mi madre, que no consigui� abrir la boca al verme llegar con un ni�o en brazos. Hice lo que deb�a haber hecho tiempo atr�s. Dar un portazo fuerte para que se desmontaran los puzles del sal�n a mi salida�, con fuerza. Se desmontaron todos. Del golpe. Mi madre se qued� callada pero aliviada, seguramente. No s� qu� decirles m�s. El parto fue un parto bueno.�</p><p>Los polic�as me miraban callados, como suelen callarse los hombres que no tienen nada que decir.</p><p>En casa de Marcos se qued� un olor intenso a az�car quemado, a los vapores del flan caramelizado, a la leche hervida con canela, a las peladuras del lim�n rallado, a las pieles de las manzanas, a la masa de la levadura, a la miel, al vino hervido� Todo el olor a dulce que, como dec�a mi abuela, cambiaba los estados de �nimo. Me fui hasta el sal�n y cog� una de mis caracolas, la m�s grande. Era una que me regalaron unos marineros al acabar la faena en la lonja, tendr�a yo doce a�os. Escrib� una carta para Marcos y la dobl� todas las veces que pude, hasta dejarla hecha un cuadradito para poder meterla por la boca de la caracola. Si el tiempo juega a su favor, a mi favor, un d�a sentir� que dentro hay un �ovillo violeta� con todo lo que nunca he podido decirle: Que me hubiera gustado vestirle de comuni�n, que le habr�a guardado su primer diente de leche, que yo tambi�n sab�a cuentos para dormir, que habr�a remendado sus jers�is, que habr�amos tenido tiempo para memorizar las tablas de multiplicar, que habr�a estado en la primera fila de la funci�n de Navidad, que no habr�an faltado besos, que pod�a haberle ense�ado a pintar, a cocinar bu�uelos, a buscar la Osa mayor en el cielo y ponerle su nombre a una estrella mientras se dorm�a. Dobl� todo lo que pude esa carta. Todo lo que pude. �Querido hijo��</p></section></section><section><title><p>NOTA DEL AUTOR</p></title><p>Cuando acab� de escribir esta novela, quiso el azar que el Instituto Cervantes de Madrid expusiera la colecci�n de caracolas m�s bonita que existe. La del chileno Pablo Neruda. De pronto, frente a una de ellas, mi madre y yo nos quedamos mirando una min�scula nota manuscrita del poeta. Neruda hab�a guardado en el interior de una de las caracolas una insignificante nota. �Encontrada por m� en la playa de Mocambo, M�xico, nov, 1942.� �Signific� algo m�s aquella caracola?</p></section><section><title><p>Maxim Huerta</p></title><image l:href="#1"/><empty-line/><subtitle>***</subtitle><empty-line/><image l:href="#2"/></section></body><body name="notes"><section xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink" id="_ftn1"><p><a l:href="#_ftnref1">[1]</a><emphasis>La rosa p�rpura de El Cairo</emphasis>.</p></section></body><binary id="cover" 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