<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>prose_contemporary</genre><author><first-name>Janne</first-name><last-name>Teller</last-name></author><book-title>Nada</book-title><annotation><p>Pierre Ant�n deja el colegio el d�a que descubre que la vida no tiene sentido. Se sube a un ciruelo y declama a gritos las razones por las que nada importa en la vida. Tanto desmoraliza a sus compa�eros que deciden apilar objetos esenciales para ellos con el fin de demostrarle que hay cosas que dan sentido a qui�nes somos. En su b�squeda arriesgar�n parte de s� mismos y descubrir�n que s�lo al perder algo se aprecia su valor. Pero entonces puede ser demasiado tarde.</p></annotation><date/><coverpage><image l:href="#cover"/></coverpage><lang>es</lang></title-info><document-info><author><first-name/><last-name/></author><program-used>Fiction Book Designer, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date value="2011-12-12">12.12.2011</date><src-url/><src-ocr/><id>FBD-C57EE5-3DCA-2C49-8789-825E-EC66-26B61B</id><version>1.0</version></document-info><publish-info/></description><body><image l:href="#cover"/><title><p>Janne Teller</p><empty-line/><p>Nada</p></title><section><p>Traducci�n del dan�s por Carmen Freixenet</p><p>T�tulo original: <emphasis>�ntet</emphasis></p><p>Primera edici�n: enero 2011</p><p>� Janne Teller, 2006</p></section><section><title><p>I</p></title><p>Nada importa.</p><p>Hace mucho que lo s�.</p><p>As� que no merece la pena hacer nada<strong>. </strong></p><p>Eso acabo de descubrirlo.</p></section><section><title><p>II</p></title><p>Pierre Anthon dej� la escuela el d�a que descubri� que no merec�a la pena hacer nada puesto que nada ten�a sentido.</p><p>Los dem�s nos quedamos.</p><p>Y a pesar de que el profesor se apresur� a borrar toda huella de �l, tanto en la clase como en nuestras mentes, algo suyo permaneci� en nosotros. Quiz� por eso pas� lo que pas�.</p><p>Era la segunda semana de agosto. El fuerte sol hac�a que nos sinti�ramos holgazanes e irritables; el asfalto se pegaba a las suelas de goma de nuestras playeras, y las peras y las manzanas de puro maduras eran propicias a la mano para usar como misiles. No mir�bamos ni a derecha ni a izquierda. Era el primer d�a de escuela tras las vacaciones de verano. La clase ol�a a productos de limpieza y a vac�o prolongado, las ventanas nos devolv�an reflejos de im�genes n�tidas y deslumbrantes y no se ve�a rastro de polvo de tiza en la pizarra. Los pupitres se hallaban colocados de dos en dos en filas rectas como pasillos de hospital, tal y como s�lo pod�a ocurrir ese �nico d�a del a�o. Clase de 7.� A.</p><p>Encontramos nuestros sitios sin que nos apeteciera zarandear la familiaridad de ese orden.</p><p>Con el tiempo, vienen los remedios, viene el desbarajuste. �Pero hoy no!</p><p>Eskildsen nos dio la bienvenida con la misma ocurrencia de cada a�o.</p><p>��Alegraos de este d�a, jovencitos -dijo-. No existir�a lo que llamamos vacaciones si no existiera lo que llamamos escuela.</p><p>Nos re�mos. No porque la ocurrencia fuera divertida, sino por la forma de decirlo.</p><p>Entonces fue cuando Pierre Anthon se levant� y dijo:</p><p>��Nada importa. Hace mucho que lo s�. As� que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo.</p><p>Con entera tranquilidad se agach�, recogi� sus cosas, que precisamente acababa de sacar, y las volvi� a meter en la mochila. Se despidi� con una inclinaci�n de cabeza acompa�ada de un gesto de todo me da igual y abandon� la clase sin cerrar la puerta tras �l.</p><p>Y la puerta sonri�. Era la primera vez que le ve�a hacer eso a la puerta. Pierre Anthon dej� la puerta entreabierta como fauces riendo que pod�an engullirme si me dejaba seducir y lo segu�a. Sonre�a. �A qui�n? A m�. A nosotros. Mir� a mi alrededor y a todos, aquel molesto silencio me revelaba que los dem�s tambi�n se hab�an dado cuenta.</p><p>�bamos a convertirnos en algo.</p><p>Y algo quer�a decir alguien. No era nada que se di- jera en alto. Aunque tampoco por lo bajo. Simplemente era algo que estaba en el aire o en las horas o en la valla que rodeaba la escuela o en nuestra almohada o en nuestros peluches que injustamente, tras haber hecho su funci�n, yac�an apilados en el s�tano o en la buhardilla acumulando polvo. No lo sab�a. La puerta sonriente de Fierre Anthon me lo revel�. Segu�a sin saberlo con la cabeza, pero ahora lo sab�a.</p><p>Tuve miedo. Miedo por Pierre Anthon.</p><p>Miedo, m�s miedo, much�simo miedo.</p><p>Viv�amos en Taering, un barrio de una ciudad mediana de provincias. No era un lugar bonito, pero casi. Era lo que nos dec�an a menudo, ni en voz muy alta ni tampoco demasiado por lo bajo. Caserones de muros agrietados color amarillo y peque�as parcelas con casas rojas rodeadas de jard�n; nuevas casas adosadas, marr�n gris�ceo, y despu�s pisos en los que viv�an aquellos con los que nunca jug�bamos. Tambi�n hab�a algunas viejas casas de ladrillo con entramado de madera y granjas que hab�an dejado de ser explotaciones agrarias para convertirse en parcelas para la construcci�n, y algunas mansiones blancas en las que viv�a la gente m�s fina que nosotros.</p><p>La escuela de Tasring estaba situada en el cruce entre dos calles. Todos, excepto Elise, viv�amos en una de las dos, la llamada Taeringvei. Elise, a veces, se desviaba del camino dando un rodeo para ir con nosotros hasta la escuela. Eso era antes de que Pierre Anthon dejara la escuela.</p><p>Pierre Anthon viv�a con su padre y el resto de la comuna en el n�mero 25 de Tseringvei, en una granja venida a menos. El padre de Pierre Anthon y los miembros de la comuna eran hippies que a�n viv�an en 1968. Eso era lo que dec�an nuestros padres, y aunque no acab�bamos de entender qu� significaba, nosotros lo repet�amos. En el jard�n de delante de la casa, junto a la calle, hab�a un ciruelo. Un �rbol grande, viejo y retorcido que se inclinaba sobre el seto tent�ndonos con ciruelas victoria de color rojo opaco que no alcanz�bamos a coger. Los a�os anteriores salt�bamos para cogerlas. Este a�o no. Pierre Anthon dej� la escuela para encaramarse a ese ciruelo, permanecer sentado en �l y desde all� lanzar ciruelas todav�a verdes. Algunas nos daban. No porque �l apuntara hacia nosotros, ya que el esfuerzo no val�a la pena, seg�n afirm�. S�lo la casualidad lo quer�a as�.</p><p>Y nos vociferaba.</p><p>��Todo da igual -dijo un d�a-. Porque todo empieza s�lo para acabar. En el mismo instante en que nac�is empez�is ya a morir. Y as� ocurre con todo.</p><p>��La Tierra tiene cuatro mil seiscientos millones de a�os, pero vosotros llegar�is como m�ximo a los cien! -chill� otro d�a-. Existir no merece la pena en absoluto.</p><p>Y continu�:</p><p>��Todo es un gran teatro que consiste s�lo en fingir y en ser el mejor en ello.</p><p>Hasta entonces no hab�a nada que nos hubiera hecho pensar que Fierre Anthon fuera el m�s inteligente de nosotros, pero de repente nos lo pareci� a todos. Porque era �l el que hab�a dado con algo revelador. Aunque no nos atrevi�ramos a reconocerlo. Ni ante nuestros padres ni ante nuestros profesores ni tampoco entre nosotros. Ni tan siquiera en nuestro fuero interno lo reconoc�amos. No quer�amos vivir en ese mundo que Fierre Anthon nos presentaba. Nosotros �bamos a ser algo, �bamos a ser alguien.</p><p>La puerta abierta sonriendo no nos tentaba.</p><p>De ninguna manera. �En absoluto!</p><p>Por eso se nos ocurri� todo. Que se nos ocurriera a nosotros quiz� sea exagerar un poco porque, en realidad, fue Fierre Anthon el que nos puso sobre la pista.</p><p>Fue la ma�ana en que dos ciruelas duras, una tras otra, le dieron a Sofie en la cabeza y ella se enfad� de veras con Fierre Anthon porque pasaba las horas en el �rbol arrebat�ndonos el coraje.</p><p>��Te pasas las horas muertas aqu� pasmado mirando el aire. �Acaso sea eso mejor que lo nuestro? -le grit� ella.</p><p>��Ni al aire ni pasmado -respondi� Pierre Anthon-. Miro al cielo y me ejercito en no hacer nada.</p><p>���Mierda haces, eso haces! -grit� Sofie enfadada y lanz� un palo hacia arriba, en direcci�n al �rbol y a Pierre Anthon. Pero aterriz� en el seto lejos de �l.</p><p>Pierre Anthon se ri� y chill� tan fuerte que se le pudo o�r desde la escuela.</p><p>��Si valiera la pena enfadarse por algo, tambi�n existir�a algo por lo que alegrarse. Si mereciera la pena alegrarse por algo, existir�a algo que importara. �Y no es as�!</p><p>Todav�a levant� la voz un tono m�s y aull�: -Dentro de pocos a�os, todos muertos y olvidados; os convertir�is en nada, as� que tambi�n vosotros deber�ais ya empezar a practicar.</p><p>Fue entonces cuando tuvimos claro que deb�amos conseguir que Fierre Anthon bajara del ciruelo.</p></section><section><title><p>III</p></title><p>UN CIRUELO TIENE MUCHAS RAMAS.</p><p>MUCHAS Y LARGAS.</p><p>DEMASIADAS Y DEMASIADO LARGAS</p><empty-line/><p>La escuela Taering era grande y cuadrada, de cemento gris y de dos pisos. Realmente fea, pero a la mayor�a de nosotros no nos sobraba tiempo para pensar en ello, y mucho menos ahora que todo nuestro tiempo se iba en procurar no pensar en lo que Fierre Anthon dec�a.</p><p>Pero ese martes por la ma�ana, transcurridos ocho d�as desde el inicio del nuevo curso, fue como si la fealdad de la escuela nos golpeara en la cara igual que una de esas amargas ciruelas de Fierre Anthon.</p><p>Yo, acompa�ada de Jan-Johan y Sofie, cruc� la puerta del patio. Rikke-Ursula y Gerda iban justo detr�s. Al girar la esquina y aparecer el edificio ante nuestros ojos, nos quedamos mudos. No puedo explicar qu�, pero fue como si Pierre Anthon nos hubiera revelado la existencia de algo. Como si la nada que �l vociferaba desde el ciruelo se hubiera apoderado de nosotrosipor el camino y se materializara ahora.</p><p>La escuela era tan gris y fea y cuadrada que casi me imped�a respirar, y de repente fue como si la escuela fuera la vida y la vida no debiera tener ese aspecto, pero, sin embargo, lo ten�a. Sent� una incontinente necesidad de correr hasta el n�mero 25 de la calle Taering y trepar al ciruelo y quedarme junto a Pierre Anthon mirando al cielo hasta convertirme en parte del exterior y de la nada, y no tener que pensar nunca m�s. Pero iba a convertirme en algo y tambi�n en alguien, as� que no corr� a ning�n sitio y en vez de ello hinqu� las u�as en la palma de mi mano hasta hacerme da�o y sentir dolor.</p><p>�Puerta sonriente, ci�rrate, ci�rrate de una vez!</p><p>No era la �nica que sent�a la llamada del exterior.</p><p>��Tenemos que hacer algo -susurr� Jan-Johan, bien bajo, para que los de la otra clase de s�ptimo que iban a unos pasos delante no nos oyeran. Jan-Johan sab�a tocar la guitarra y cantar las canciones de los Beatles sin que pudiera notarse ninguna diferencia entre �l y los aut�nticos.</p><p>��S� -susurr� Rikke-Ursula, de quien yo sospechaba que estaba un poco encaprichada por �l, y al instante Gerda solt� una risita apagada a la vez que lanzaba un codazo que rompi� en el aire, pues Rikke-Ursula acababa de avanzar un paso despeg�ndose de ella.</p><p>���Pero, qu�? -susurr� yo y corr� porque ahora los de la otra clase de s�ptimo estaban sospechosamente cerca, y entre ellos estaban los chicos que al primer descuido hac�an punter�a con gomas y guisantes secos contra nosotras, y ese momento parec�a que iba a llegar pronto.</p><p>Jan-Johan nos pas� un mensaje durante la clase de matem�ticas y todos nos reunimos abajo, en la cancha de f�tbol, al terminar el d�a. Todos a excepci�n de Henrik. Porque Henrik era el hijo del profesor de biolog�a y no quer�amos correr ning�n riesgo con �l.</p><p>Primero pareci� que se iba mucho tiempo hablando de otras cosas y fingiendo que no pens�bamos todos en una misma y sola cosa. Pero al fin Jan-Johan se irgui� y casi solemnemente dijo que le escuch�ramos con atenci�n.</p><p>��Esto no puede continuar as� -empez� diciendo, y as� fue tambi�n como concluy�, despu�s de decir sucintamente lo que todos sab�amos, es decir, que no pod�amos continuar haciendo como si hubiera cosas que importaban mientras Pierre Anthon siguiese sentado en el ciruelo grit�ndonos que todo carec�a de significado.</p><p>Acab�bamos de empezar s�ptimo curso y todos �ramos tan modernos y experimentados en la vida como para saber muy bien que todo consist�a m�s en c�mo luc�an las cosas que en c�mo eran. Sea como fuere, lo m�s importante era convertirse en algo que tuviera apariencia de algo. Y aunque este algo fuera un tanto vago y confuso, no era, en todo caso, como para quedarse sentado en un ciruelo lanzando ciruelas a la calle.</p><p>Pierre Anthon no ten�a por qu� pensar que podr�a convencernos de cualquier otra cosa.</p><p>��Seguro que se bajar� cuando llegue el invierno y no queden ciruelas -dijo la guapa Rosa.</p><p>No sirvi� de mucho.</p><p>En primer lugar, el sol cubr�a el cielo prometiendo varios meses de buen tiempo antes de la llegada del invierno. Por otra parte, no hab�a raz�n alguna para suponer que Pierre Anthon no se quedara sentado en el ciruelo cuando ya no quedaran ciruelas. S�lo ten�a que abrigarse bien.</p><p>��Entonces tendr�is que darle una paliza -dije mirando a los chicos, porque estaba claro que aunque las chicas pudi�ramos contribuir con ara�azos, eran ellos los que deb�an hacer el trabajo duro.</p><p>Los chicos se miraron unos a otros.</p><p>Y decidieron que no era una buena idea. Pierre Anthon era ancho y fuerte y con cantidad de pecas en la nariz que una vez, yendo a quinto, se rompi� por darle un cabezazo a un chico que iba a noveno. Y a pesar de su nariz rota, gan� la pelea. Al chico que iba a noveno lo ingresaron en el hospital con conmoci�n cerebral.</p><p>��Es mala idea eso de pegarse -dijo Jan-Johan.</p><p>Los dem�s chicos asintieron y no se habl� m�s del asunto, aunque en nosotras disminuy� el respeto que les ten�amos.</p><p>��Debemos rezar a Nuestro Se�or -dijo el piadoso Kai, cuyo padre pertenec�a a La Misi�n y era alguien importante all� dentro y, por lo visto, tambi�n su madre.</p><p>��Cierra el pico -atron� Ole y le peg� tan fuerte que el piadoso Kai no pudo mantener el pico cerrado porque grit� como un pollo decapitado y los dem�s tuvimos que sujetar a Ole para que los chillidos no atrajeran al conserje.</p><p>��Podemos presentar una queja -propuso la peque�a Ingrid, tan peque�a que no siempre record�bamos que estaba con nosotros.</p><p>Pero hoy lo recordamos y respondimos a coro:</p><p>���A qui�n?</p><p>��A Eskildsen.</p><p>La peque�a Ingrid se percat� de la incredulidad en nuestras miradas. Eskildsen era nuestro tutor, llevaba gabardina negra, reloj de oro y no se inmutaba ante los problemas, fueran �stos peque�os o grandes.</p><p>��Al subdirector entonces -continu� diciendo.</p><p>��El subdirector. -gru�� Ole, y le hubiera pegado si Jan-Johan no se hubiera interpuesto r�pidamente entre los dos.</p><p>��No podemos quejarnos ni a Eskildsen ni al subdirector ni a ning�n adulto, porque si nos quejamos de Pierre Anthon subido al ciruelo, tendremos que explicar lo que dice. Y eso es imposible, porque los adultos no querr�n o�r que sabemos que en realidad nada tiene sentido y que todos simplemente fingimos.</p><p>Jan-Johan abri� los brazos y al momento nos imaginamos a todos los expertos, pedagogos y psic�logos que vendr�an a analizarnos, a hablarnos y convencernos hasta que al fin desisti�ramos y volvi�ramos a fingir que algunas cosas importaban. Ten�a raz�n: era tiempo perdido, no nos llevar�a a ninguna parte.</p><empty-line/><p>Durante un rato nadie dijo nada.</p><p>Mir� hacia el sol frunciendo los ojos y despu�s mir� los palos de la porter�a sin red, y luego la arena de la pista de lanzamiento de pesos, las colchonetas para saltos de altura y la pista de los cien metros. Una leve brisa se arremolin� en los setos de haya que rodeaban el campo de f�tbol, y de repente fue como si estuviera en la clase de gimnasia un d�a corriente, y casi olvido por qu� deb�amos conseguir que Fierre Anthon bajase del ciruelo. �Por mi parte puede quedarse all� sentado y chillando hasta que se pudra�, pens�. Pero no lo dije. La certeza del pensamiento dur� s�lo el instante de ser formulado.</p><p>��Tir�mosle piedras -propuso Ole, y entonces iniciamos una larga discusi�n acerca de d�nde encontrar�amos las piedras, lo grandes que deb�an ser y qui�n las tirar�a, porque la idea era buena.</p><p>Buena, mejor, la mejor.</p><p>No ten�amos otra.</p></section><section><title><p>IV</p></title><p>Una piedra, dos piedras, muchas piedras.</p><p>Estaban en la carretilla que el piadoso Kai usaba normalmente para repartir los peri�dicos locales cada martes por la tarde, adem�s de la hoja parroquial el primer mi�rcoles del mes. Las hab�amos recogido abajo en el r�o donde eran grandes <emphasis>y </emphasis>redondas <emphasis>y </emphasis>la carretilla pesaba como un caballo muerto.</p><p>Est�bamos todos a punto de vomitar.</p><p>��Como m�nimo dos piedras para cada uno -orden� Jan-Johan.</p><p>Ole se cuidaba de que nadie se escaqueara. Incluso al sagaz Henrik hab�a sido convocado y hab�a lanzado sus dos piedras sin que �stas alcanzaran, ni mucho menos, al ciruelo. Las de Maiken y Sofie cayeron un poco m�s cerca.</p><p>���Os asust�is por nada vosotros, eh? -grit� Fierre Anthon mirando la piedra de Rikke-Ursula que acab� miserable en el seto.</p><p>���Te est�s aqu� arriba sentado s�lo porque tu padre se ha quedado colgado en 1968! -grit� el gran Hans y lanz� una piedra que, intern�ndose en el �rbol, choc� contra una ciruela y esparci� su pulpa Jugosa por doquier.</p><p>Vitoreamos por todo lo alto.</p><p>Yo tambi�n vitore�, a pesar de saber que ni una cosa ni la otra eran ciertas. El padre de Pierre Anthon y los miembros de la comuna cultivaban verduras ecol�gicas y practicaban religiones ex�ticas, y eran proclives a acoger esp�ritus, tratamientos alternativos y a otros seres humanos. Pero �sta no era la raz�n por la que no era cierto. No era cierto porque el padre de Pierre Anthon llevaba el pelo cortado al rape y trabajaba en una empresa inform�tica y todo era muy moderno, y nada ten�an que ver ni �l ni Pierre Anthon con 1968.</p><p>���Mi padre no se ha quedado colgado en nada, ni yo tampoco! -grit� Pierre Anthon y se sec� un poco el jugo del brazo-. Yo estoy sentado en la nada, que no es lo mismo. �Y mejor estar sentado en la nada que en algo que no es nada!</p><p>Era temprano por la ma�ana.</p><p>El sol lanzaba destellos oblicuos desde el Este, es decir, directos a los ojos de Pierre Anthon. Y ten�a que protegerse haci�ndose sombra con una mano para poder vernos. Nosotros est�bamos de pie con el sol a nuestra espalda, junto a la carretilla de los peri�dicos, al otro lado de la acera, donde era dif�cil que nos alcanzaran las ciruelas de Pierre Anthon.</p><p>No respondimos a sus palabras.</p><p>Le tocaba a Richard. La primera piedra que lanz� dio con fuerza en el tronco del ciruelo y la otra pas� silbando entre las hojas y las ciruelas y casi roz� la oreja izquierda de Pierre Anthon. Entonces tir� yo. Nunca he tenido buena punter�a, pero estaba enojada y decidida a dar en el blanco. Mientras que una de mis piedras fue a parar al seto, al lado de Rikke-Ursula, la otra dio con fuerza en la rama donde estaba sentado.</p><p>��Entonces, Agnes -grit� Pierre Anthon-. �Tanto te cuesta creer que nada importa?</p><p>Lanc� una tercera piedra y esa vez deb� de darle porque son� un au y durante un instante se hizo el silencio total en la copa del �rbol. Despu�s tir� Ole, pero demasiado alto y demasiado lejos y Pierre Anthon volvi� a vociferar:</p><p>��Si viv�s hasta los ochenta, habr�is dormido treinta a�os, ido a la escuela y hecho deberes cerca de nueve a�os y trabajado casi catorce a�os. Como ya hab�is empleado m�s de seis a�os en ser ni�os y jugar, y despu�s gastar�is, como m�nimo, doce a�os en limpiar, hacer la comida y cuidar a los hijos, os quedar�n como m�ximo nueve a�os para vivir. -Entonces lanz� una ciruela al aire que traz� un d�bil arco antes de caer pesadamente en la cloaca-. Y todav�a osar�is emplear esos nueve a�os en fingir que ten�is �xito actuando en este teatro sin sentido, cuando en lugar de ello podr�ais disfrutar de esos a�os inmediatamente.</p><p>Cogi� todav�a una ciruela m�s. Indolente, se inclin� hacia atr�s en la bifurcaci�n entre dos ramas a la vez que sopesaba el fruto en la mano. Le dio un gran mordisco y se ri�; las victorias estaban casi maduras.</p><p>���No es un teatro! -vocifer� Ole amenaz�ndole con el pu�o.</p><p>���No es un teatro! -se uni� el gran Hans haciendo volar una piedra.</p><p>���Por qu� finge todo el mundo que todo lo que no es importante lo es y mucho, y al mismo tiempo todos se afanan terriblemente en fingir que lo realmente importante no lo es en absoluto?</p><p>Pierre Anthon se ri� y se sec� con la manga el jugo de ciruela de la barbilla.</p><p>���Por qu� es tan importante expresar gratitud por la comida y por la �ltima vez que nos vimos, y gracias y buenos d�as y c�mo te va, si bien pronto ninguno de nosotros no ir� ya a ninguna parte, bien que lo sab�is todos, cuando en vez de eso puede uno quedarse aqu� sentado, comiendo ciruelas, observando la rotaci�n de la Tierra y acostumbr�ndose a ser parte de la nada?</p><p>Las dos piedras del piadoso Kai salieron disparadas una tras la otra.</p><p>��Cuando nada importa es mejor no hacer nada que hacer algo, principalmente si ese algo es tirar piedras porque uno no se atreve a trepar al �rbol.</p><p>Salieron piedras disparadas de todos lados en direcci�n al ciruelo. Los turnos ya no val�an. Las lanzaron a la vez y al poco se escuch� un chillido de Pierre Anthon que, con un fuerte batacazo, cay� de la rama yendo a dar en la hierba junto al seto. Eso estuvo bien porque se nos hab�an acabado las piedras y eran las tantas. El piadoso Kai ten�a que irse inmediatamente a casa con la carretilla de los peri�dicos si quer�a llegar a la escuela antes de que sonara el timbre.</p><p>A la ma�ana siguiente, cuando pasamos por delante camino de la escuela, el ciruelo estaba en silencio.</p><p>Ole fue el primero en cruzar la calle, seguido del gran Hans, quien, con un fuerte salto, alcanz� dos victorias y las arranc� junto a un mont�n de hojas a la vez que pegaba un fuerte chillido; al no ocurrir nada los dem�s lo seguimos con j�bilo.</p><p>�Hab�amos ganado!</p><p>La victoria es dulce. La victoria existe. La victoria.</p><p>Dos d�as despu�s Pierre Anthon estaba de vuelta en el ciruelo con tiritas en la frente y nuevas ocurrencias.</p><p>��Aunque aprend�is algo que os haga creer que sab�is algo, siempre habr� alguien que sabr� m�s de ese tema que vosotros.</p><p>��Cierra el pico -le contest� yo vociferando-. �Yo me voy a convertir en algo que significar� algo! �Y ser� famosa en todo el mundo!</p><p>��Claro que s�, Agnes -la voz de Pierre Anthon sonaba ahora amistosa, casi compasiva-. Te convertir�s en dise�adora y te pavonear�s por ah� con tus zapatos de tac�n alto, representando tu papel de forma inteligente y consiguiendo que otros piensen que tambi�n ellos son inteligentes si llevan precisamente la ropa de tu marca -mene� la cabeza-. Pero te dar�s cuenta de que eres una payasa en un insulso circo en el que todos intentan convencerse mutuamente de que es de vital importancia tener un determinado aspecto ese a�o y otro diferente al siguiente. Y tambi�n descubrir�s que la fama y el gran mundo est�n fuera de ti y que tu interior est� vac�o, y as� ser� hagas lo que hagas.</p><p>Mir� a mi alrededor, pero en la calle no hab�a ninguna piedra a tiro.</p><p>���Cierra el pico! -chill�, pero Pierre Anthon continu�.</p><p>���Por qu� no reconocer de inmediato q�e nada importa y disfrutar de la nada presente?</p><p>Levant� el dedo coraz�n.</p><p>Y Pierre Anthon s�lo se ri�.</p><p>Furiosa, agarr� a Rikke-Ursula del brazo porque ella era mi amiga, mi amiga de pelo azul y seis trenzas, y eso, a pesar de todo, era algo. Azul, m�s azul, lo m�s azul. Si mi madre no me lo hubiera prohibido determi-nantemente, yo tambi�n hubiera llevado el pelo azul. As� que ten�a que conformarme con las seis trenzas que con mi fino y gre�udo pelo no me quedaban muy favorecedoras, pero a pesar de todo eran algo.</p><p>No pasaron muchos d�as hasta que Jan-Johan nos convoc� de nuevo en la cancha de f�tbol.</p><p>No sal�a ninguna propuesta buena, s�lo montones de malas. A Ole ya no lo aguant�bamos, y si no hubiera sido el m�s fuerte de la clase -es decir, desde que Pierre Anthon hab�a dejado la escuela- le habr�amos dado una paliza.</p><p>Precisamente cuando nos dispon�amos a abandonar porque no pod�amos dar con una idea buena, Sofie dio un paso al frente.</p><p>��Tenemos que demostrarle a Pierre Anthon que existen cosas que importan -fue todo lo que dijo pero fue m�s que suficiente porque de inmediato todos supimos qu� hacer.</p><p>A la tarde siguiente nos pusimos manos a la obra.</p></section><section><title><p>V</p></title><p>Sofie viv�a justo donde Taering deja de ser ciudad y se convierte en campo. Detr�s de la casa de muros amarillos donde viv�a con sus padres, hab�a un descampado con una serrer�a en desuso en uno de los extremos. La serrer�a no estaba en funcionamiento e iba a ser derribada para acoger un polideportivo del que los importantes de la ciudad hab�an hablado durante a�os. Ya nadie cre�a realmente en ese polideportivo y, aunque la serrer�a estuviera en ruinas, con los cristales reventados y un agujero en el techo, se manten�a todav�a en pie y era exactamente lo que necesit�bamos.</p><p>A la hora del recreo le dimos una, dos o cinco coronas a Jan-Johan, que corri� hasta la ferreter�a, compr�, pag� y volvi� tambi�n corriendo y con un flamante candado con c�digo.</p><p>Tuvimos una discusi�n acerca del c�digo a escoger, porque todos y cada uno de nosotros pens�bamos que nuestra fecha de nacimiento era el mejor. Pero al final nos pusimos de acuerdo en el cinco de febrero porque era el d�a en que Pierre Anthon hab�a nacido. Cinco-cero-dos fueron los n�meros que nos esforzamos en memorizar, tanto que nos olvidamos de los ejercicios y de escuchar en clase, hasta que el profesor Eskildsen abrig� sospechas y pregunt� si la cocorota se nos hab�a llenado de p�jaros o era s�lo que acab�bamos de perder la poca sustancia gris que albergaba.</p><p>No le contestamos. Ni uno solo de nosotros. � Cinco-cero-dos!</p><p>Ten�amos la serrer�a, ten�amos el candado y sab�amos qu� hacer. De todas formas era m�s dif�cil d�io que hab�amos imaginado. Pierre Anthon llevaba un poco de raz�n en eso de que no importaba nada, y no era nada f�cil juntar cosas que s� importaran.</p><p>De nuevo fue Sofie quien nos salv�.</p><p>��Finjamos s�lo -dijo, y poco a poco dimos todos con algunas triqui�uelas que nos sirvieron de ayuda.</p><p>Elise record� que una vez llor�; ten�a seis a�os, y un perro schafer mordi� la cabeza de su mu�eca, as� que rebusc� a la vieja mu�eca y su cabeza descuajada en las cajas del s�tano y trajo las dos partes a la serrer�a en desuso. El piadoso Kai trajo un viejo salterio al que le faltaban las tapas y no pocos salmos, pero que a pesar de esto, de la p�gina 27 a la 389, estaba entero y sin m�s p�rdidas. Rikke-Ursula entreg� un peine nacarado al que s�lo le faltaban dos p�as, y Jan-Johan contribuy� con un c�sete de los Beatles que hab�a perdido el sonido, pero que nunca hab�a sido capaz de tirar.</p><p>Otros fuimos de casa en casa preguntando a sus due�os si nos pod�an dar una u otra cosa que significara algo para ellos. Nos dieron con una o dos puertas en las narices, pero conseguimos las cosas m�s extra�as y nunca vistas. Los ancianos fueron los mejores. Nos dieron perros de porcelana que pod�an cabecear y que s�lo ten�an alguna peque�a resquebrajadura, fotograf�as de padres que ya hac�a tiempo que hab�an fallecido o juguetes de los hijos que hab�an crecido hac�a mucho. Tambi�n nos dieron algunas prendas viejas de ropa, queridas aunque andrajosas, incluso una rosa de un ramo de novia de hac�a treinta y seis a�os.</p><p>A nosotras, las chicas, la rosa nos impresion�, porque era algo que importaba, ese sue�o de convertirse en una novia de blanco con un bonito ramo en la mano y que besa al hombre que ser� suyo para toda la vida. Pero entonces Laura, que era la que lo hab�a recogido, dijo que la se�ora se hab�a divorciado cinco a�os despu�s de casarse. Y ya que muchos de nuestros padres estaban divorciados, si es que alguna vez hab�an estado casados, el sue�o pod�a muy bien irse al traste.</p><p>El mont�n de significado crec�a y crec�a.</p><p>En pocos d�as alcanz� la estatura de la peque�a In-grid. Sin embargo era de significado endeble. Sab�amos todos muy bien que todo lo que hab�amos juntado, en realidad, significaba muy poco para nosotros; siendo as�, �c�mo persuadir�amos a Pierre Anthon de la importancia de aquello?</p><p>No, nos desenmascarar�a de inmediato.</p><p>Nada de nada. En absoluto. Nada.</p><p>Una vez m�s Jan-Johan nos convoc� a todos. De modo que tuvimos que reconocer que realmente exist�an cosas que nos importaban, aunque, por supuesto, no eran muchas ni muy importantes. Pero vale, era mejor que lo que hasta ahora ten�amos.</p><p>Dennis fue el primero. Lleg� con una pila de libros de la serie <emphasis>Dungeons &amp; Dragons </emphasis>le�dos y rele�dos, casi se los sab�a de memoria. Y Ole descubri� enseguida que faltaban cuatro vol�menes de la serie y Dennis tuvo que apechugar y soltarlos tambi�n.</p><p>Primero vocifer� y dijo que Ole pod�a ocuparse de sus asuntos, porque no ten�a intenci�n de entregar la totalidad de la colecci�n, que nosotros sab�amos que no era parte del plan, y que �ramos repugnantes, todos nosotros. Pero, por supuesto, cuanto m�s chillaba Dennis m�s le dec�amos nosotros que �l mismo pod�a ver lo mucho que significaban esos libros para �l. �Y acaso no hab�amos acordado precisamente que lo que m�s nos importara ir�a a parar al mont�n para que �ste hiciera bajar a Pierre Anthon del ciruelo?</p><p>Cuando Denis entreg� los cuatro �ltimos libros de la serie <emphasis>Dungeons &amp; Dragons </emphasis>fue como si se abriera una brecha en el significado. Porque Dennis sab�a que Sebastian estaba prendado de su ca�a de pescar. Y Sebastian sab�a que Richard adoraba su bal�n negro de f�tbol. Y Richard hab�a notado que Laura siempre iba con sus pendientes de cacat�as africanas.</p><p>Deber�amos habernos detenido antes de ir m�s lejos. De un modo u otro, era demasiado tarde, aunque yo hice todo lo que pude.</p><p>��No, a �stas no les tengo especial apego -dije.</p><p>���Ja! -se ri� con sorna Gerda y se�al� mis sandalias verdes con plataforma; me hab�a pasado todo el verano intentando convencer a mi madre para que me las comprara y <emphasis>s�lo </emphasis>hab�a <emphasis>accedido </emphasis>ahora que hab�a rebajas y estaban a mitad de precio.</p><p>Lo sab�a. Y para ser sincera, fue sin duda por eso que intent� pararlo todo. Que alguien se�alara mis sandalias era s�lo cuesti�n de tiempo. Pero que fuera acompa�ado de mofa, �oh, la tonta y maliciosa Gerda!, lo empeor� todo. Primero intent� hacer como si tal cosa, como si no me hubiera percatado de lo que Gerda se�alaba, pero Laura no me dej� escapatoria.</p><p>��Las sandalias, Agnes -dijo, y ya no hab�a nada que hacer.</p><p>Me puse en cuclillas e iba a desabroch�rmelas, pero no pod�a hacerlo y me levant�.</p><p>��No puedo -dije-. Mi madre me preguntar� que d�nde est�n, <emphasis>y </emphasis>entonces los mayores lo descubrir�n todo.</p><p>Cre� ser astuta. Pero no.</p><p>���Te crees mejor que los dem�s? -chill� Sebastian-. �Crees que mi padre no se pregunta d�nde est� la ca�a de pescar? -Y como para dar fuerza a sus palabras agarr� el hilo y el anzuelo que colgaba oscilando en mitad del mont�n.</p><p>���Y el m�o, d�nde est�n mis libros?</p><p>���Y el m�o, d�nde est� mi bal�n de f�tbol?</p><p>���Y el m�o, d�nde est�n mis pendientes?</p><p>Hab�a perdido y lo sab�a; s�lo ped� que se aplazara la entrega un par de d�as.</p><p>��S�lo hasta que se acabe el verano.</p><p>No hubo compasi�n alguna. Pero permitieron que Sofie me prestara un par de playeras para que no tuviera que volver descalza a casa.</p><p>Las playeras me iban peque�as y me hac�an da�o en el dedo gordo, y el camino a casa desde la serrer�a se me hizo m�s largo de lo acostumbrado. Me ech� a llorar al volver la esquina y enfilar sola el �ltimo tramo de calle hasta casa.</p><p>No entr�, me sent� en el cobertizo de las bicicletas donde nadie pod�a verme ni desde la calle ni desde la casa. Empuj� las playeras y les di una patada que las clav� en un rinc�n. La imagen de mis dos sandalias verdes con plataforma en lo alto del mont�n no se esfumaba de mi mente.</p><p>Mir� mis pies descalzos y me dije a m� misma que Gerda me las pagar�a.</p></section><section><title><p>VI</p></title><p>Me cost� tres d�as encontrar el punto d�bil de Cerda y durante esos tres d�as fui terriblemente amable con ella.</p><p>. Nunca me hab�a preocupado de Gerda. Ten�a esa forma de escupir cuando hablaba, y todav�a m�s cuando se re�a, y adem�s lo hac�a de continuo. Aparte, se pegaba siempre a Rikke-Ursula y no la dejaba en paz, y ella era mi mejor amiga y adem�s era muy especial. Aparte de sus seis trenzas azules, vest�a s�lo de negro. Si mi madre no me hubiera saboteado todo el tiempo con compras de ropa coloreada, tambi�n yo me hubiera vestido s�lo de negro. Tal y como estaban las cosas, ten�a que conformarme con un par de pantalones negros, dos camisetas negras con chistes en ingl�s y un jersey de lana negro que daba demasiado calor a principios de septiembre.</p><p>Pero ahora todo giraba en torno a Gerda.</p><p>Cambiaba la goma del pelo con la suya, le susurraba cosas de los chicos y le confes� que me gustaba mucho el gran Hans (lo cual no era ni mucho menos cierto, pero aunque no hay que mentir, esa mentira era lo que mi hermano mayor llamaba <emphasis>fuerza mayor, </emphasis>de cuyo significado no estaba del todo segura pero que en todo caso implicaba que precisamente en ese momento se ten�a autorizaci�n para decirla).</p><p>Los primeros dos d�as no saqu� mucho provecho del ardid. Gerda no parec�a tener especial debilidad por nada. O quiz�s me hab�a desenmascarado. Ten�a unos cromos viejos que le hab�a regalado su abuela, pero sab�a que no hab�a jugado con ellos desde que iba a quinto. Despu�s me ense�� una fotograf�a de Tom Cruise, por el que estaba arrebatadamente loca y al que besaba cada noche antes de acostarse. Tambi�n ten�a una pila completa de revistas rom�nticas con m�dicos que besaban a enfermeras y despu�s viv�an felices el resto de sus d�as. Tengo que reconocer que a veces hubiera deseado que me las prestara y seguramente Gerda habr�a derramado una o dos l�grimas si hubiera tenido que deshacerse de ellas, pero aun as� eran frusler�as y en el fondo nada importante. No, no, fue el tercer d�a cuando di con ello.</p><p>Descubr� su punto d�bil cuando est�bamos sentadas en la habitaci�n de Gerda bebiendo t� y escuchando una cinta que su padre acababa de regalarle. Los dos d�as anteriores hab�amos estado en la habitaci�n que Gerda ten�a en casa de la madre, repleta de objetos t�picos de chica y chucher�as. Ahora est�bamos en la habitaci�n que Gerda ten�a en casa del padre, con quien viv�a a semanas alternas. Y lo que convert�a la habitaci�n de casa del padre en especial no era ni el equipo estereof�nico ni el sill�n de pl�stico hinchable ni las fotograf�as de �dolos que colgaban de la pared. No, porque todo eso tambi�n lo ten�a en casa de la madre. Era que en la esquina hab�a una jaula gigante con un diminuto h�mster.</p><p>El h�mster se llamaba Oscarito y Oscarito fue lo q je al d�a siguiente le dije a Gerda que deb�a aportar al mont�n de significado.</p><p>Gerda llor� y dijo que se chivar�a de lo del gran Hans. �Ay, no, c�mo me re� cuando le cont� que era mentira y s�lo <emphasis>fuerza mayor. </emphasis>Eso la hizo llorar todav�a m�s, profiriendo a la vez que yo era la persona m�s infame que conoc�a. Y despu�s de dos horas de llanto y todav�a en un estado de total desconsolaci�n, estuve al borde del arrepentimiento y pens� que quiz� tuviera raz�n. Pero entonces mir� mis sandalias verdes en lo alto del mont�n y no me rend�.</p><p>Rikke-Ursula y yo acompa�amos a Gerda a recoger a Oscarito inmediatamente; no hab�a que brindarle la posibilidad de escapar.</p><p>Su padre viv�a en una de las nuevas casas adosadas de ladrillo y de color marr�n gris�ceo, especialmente en las partes con cemento, con grandes ventanas correderas en todas las habitaciones. Estaba situada en el otro extremo de Tasring, donde no hac�a mucho hab�a habido prados y corderos grises pastando. Que estuviera situada en el otro extremo de Taering hac�a el trayecto largo y pesado, pero la dificultad m�s importante eran las grandes ventanas. El padre de Gerda estaba en casa, y tuvimos que sacar a Oscarito a escondidas. Es decir, Rikke-Ursula se qued� dentro en la habitaci�n, mientras yo permanec�a afuera, y ella me entreg� a Oscarito y yo lo met� en la vieja jaula oxidada que hab�amos encontrado para el caso. Gerda se qued� de pie sollozando en un rinc�n de la habitaci�n sin querer ayudar en nada.</p><p>���C�llate ya! -le dije al final, cuando ya no pod�a resistir sus sollozos-. �O ser� un Oscarito muerto el que vaya a parar al mont�n!</p><p>Esto no la hizo callar, pero al menos suaviz� el lloriqueo hasta un punto soportable. Y sali� de la casa sin que el padre albergara sospecha alguna.</p><p>Oscarito era blanco con manchas de color marr�n, y, en realidad, bastante gracioso con sus bigotes temblorosos, y yo me sent� muy aliviada pensando que no ser�a necesario carg�rmelo. La jaula, como contrapartida, era pesada y de engorroso manejo y el trayecto hasta la serrer�a en desuso fue interminable. Deber�amos haberle pedido prestada la carretilla de los peri�dicos al piadoso Kai. Pero no lo hicimos, as� que tuvimos que compartir la carga con Gerda tambi�n, no hab�a ninguna raz�n para que ella no asumiera su parte del dolor de hombros igual que Rikke-Ursula y yo. Nos llev� mucho rato llegar al descampado y a la serrer�a con Oscarito chillando todo el trayecto como si creyera que yo iba a matarlo de verdad, pero al cabo de un buen rato llegamos y pudimos deshacernos de �l y de la jaula en la penumbra, pasada la puerta.</p><p>Le dimos permiso a Gerda para que acolchara la jaula con serr�n viejo, y tras darle a Oscarito una raci�n extra de pienso de h�mster y colocarle un cuenco con agua fresca, trep� por la escalera y deposit� la jaula en todo lo alto del mont�n.</p><p>Me baj�, apart� la escalera un poco y admir� el mont�culo con la jaula que parec�a una estrella un poco torcida all� en todo lo alto. Y fue cuando me di cuenta del silencio que embargaba la serrer�a.</p><p>Silencio. M�s silencio. Silencio absoluto.</p><p>Hab�a tanto silencio que no pude evitar, de repente, advertir lo grande y vac�o que era el edificio por dentro, la cantidad de hendiduras y grietas que pod�an adivinarse en el suelo de cemento debajo de una capa de sucio serr�n, lo densas que eran las telara�as que colgaban de pilares y vigas, la cantidad de agujeros que hab�a en el techo y los pocos cristales que quedaban enteros. Desplac� la mirada de una punta a la otra y finalmente mir� a mis compa�eros de clase.</p><p>Ellos continuaban en silencio y con la mirada fija en la jaula.</p><p>Era como si Oscarito provocara algo en el mont�n de significado que ni mis sandalias verdes, ni la ca�a de pescar de Sebastian ni el bal�n de Richard hab�an conseguido. Yo estaba orgullosa de mi ocurrencia, y por eso me molestaba que los dem�s no demostraran admiraci�n.</p><p>Fue Ole el que me salv�.</p><p>���Diantre, qu� mont�n de significado! -dijo con �nfasis mirando primero a Oscarito y despu�s a m�.</p><p>��Me pregunto si Pierre Anthon podr� luchar contra todo esto -se uni� el gran Hans, y nadie lo contradijo.</p><p>Tuve que morderme la lengua para no enrojecer de orgullo.</p><p>Eran las tantas y la mayor�a de nosotros ten�amos que irnos a casa a comer. Echamos una �ltima mirada de admiraci�n a nuestro atiborrado mont�n y acto seguido Sofie nos alumbr� y cerr� la puerta despu�s de que sali�ramos todos. Jan-Johan coloc� el candado y nos apresuramos hacia casa dispers�ndonos en todas las direcciones.</p><p>Ahora le tocaba a Gerda.</p></section><section><title><p>VII</p></title><p>Gerda no era muy ingeniosa y s�lo pidi� que Maiken entregara su telescopio. Todos sab�amos que Maiken hab�a tardado dos a�os y gastado todos sus ahorros en comprarlo y que lo usaba al caer la noche, los d�as que el cielo estaba despejado, porque ella quer�a ser astronom�a, pero, aun as�, realmente no le importaba tanto como para sentirlo de verdad.</p><p>Hubo m�s bufidos cuando le toc� escoger a Maiken.</p><p>Sin necesidad de pens�rselo dos veces, mir� a Frederik a la cara y dijo:</p><p>��La Dannebrog.</p><p>Frederik empeque�eci�, mengu� su estatura y su cara enrojeci� a la vez que meneaba la cabeza impetuosamente diciendo que no y que no.</p><p>Frederik ten�a el pelo casta�o y los ojos marrones y siempre llevaba camisa blanca y pantalones azules con raya que los dem�s chicos hac�an lo posible por cargarse. Y, como sus padres, que estaban casados y no divorciados y nunca lo estar�an, Frederik cre�a en Dinamarca y la Casa Real y no ten�a permiso para jugar con Hussain.</p><p>Dannebrog hab�a ca�do del cielo en mil doscientos y algo, afirm� Frederik, para que el Rey dan�s pudiera vencer al enemigo en Latvia. Qui�n mandaba al Rey dan�s meterse con Latvia era una cuesti�n a la que Frederik no sab�a responder, y tampoco le hubiera servido de nada si lo hubiera podido hacer.</p><p>En todo caso, a nosotros nos tra�a sin cuidado tanto el rey como Latvia y aullamos:</p><p>��La Dannebrog, la Dannebrog, Frederik ir� a por la bandera y la traer� al mont�n.</p><p>No era una canci�n demasiado interesante, pero la cantamos una y otra vez divirti�ndonos de lo lindo con ella. Quiz�s nos divert�a m�s a�n la aterrorizada expresi�n de Frederik.</p><p>En el jard�n, delante de la pequen! casa roja donde Frederik viv�a con sus padres casados, y para nada divorciados, se hallaba el asta m�s alta de todo Taering. Y en ella ondeaba la Dannebrog todos los d�as se�alados desde el amanecer hasta el atardecer, ya fuera el cumplea�os de la Reina o el de Frederik, festividades de guardar o domingo. En casa de Frederik era obligaci�n del hombre, adem�s de un placer, el izar la bandera, y desde que �l hab�a cumplido los catorce, no hac�a mucho, hab�a relevado con orgullo a su padre de esa obligaci�n y placer, tom�ndolo a su cargo.</p><p>Era evidente que Frederik no quer�a entregar la bandera. Pero nosotros no nos dejamos ablandar y no cedimos un �pice. Al d�a siguiente la Dannebrog pas� a formar parte del mont�n de significado.</p><p>Cantamos el himno nacional, en posici�n de firmes mientras Frederik ataba el trozo de tela rojo y azul a la barra de hierro que Jan-Johan hab�a hallado en la parte trasera de la serrer�a y que ahora se dispon�a a clavar en mitad del mont�n.</p><p>La Dannebrog era mucho m�s grande de cerca que ondeando en el asta del jard�n y todo este asunto me desasoseg� un poco, pensando en la historia y la naci�n y todo eso. Pero no pareci� que molestara a nadie m�s, y entonces pens� en el significado y pude darme cuenta de que Maiken hab�a dado en el blanco: con la Dannebrog ondeando all�, el mont�n de significado ten�a aspecto de algo realmente importante.</p><p>�Algo! �Mucho! �Significado!</p><p>A nadie se le hab�a ocurrido que Frederik pudiera ser malvado. Pero nuestro respeto por �l aument� cuando le exigi� a lady Guillermo su diario.</p><p>Lady Guillermo era, c�mo lo dir�a yo, lady Guillermo.</p><p>Y el diario de lady Guillermo era algo muy especial, encuadernado en piel oscura y hecho con papel franc�s, pulcras p�ginas escritas con letra apretada sobre algo que parec�a papel de envolver comida pero que al parecer era mucho m�s fino.</p><p>Ahora lady Guillermo dec�a uf no. Y que �l no pod�a y lo acompa�� de unas cuantas gesticulaciones de manos que despu�s las chicas intentamos imitar mientras revent�bamos de risa.</p><p>Pero no le sirvi� de nada.</p><p>El diario fue a parar al mont�n, aunque sin la llave porque a Frederik se le olvid� ped�rsela, y perdi� as�, con la misma rapidez con que lo hab�a adquirido, su reci�n ganado respeto.</p><p>Lady Guillermo dijo con voz nasal y condescendiente que con su diario el mont�n de significado hab�a alcanzado un definitivo y nuevo <emphasis>plateau </emphasis>-�l ten�a especial predilecci�n por palabras francesas que los dem�s no siempre comprend�amos-. Sin importar lo que significara, fue a causa de <emphasis>ese plateau </emphasis>que le present� sus excusas a Anna-Li por pedirle que entregara su certificado de adopci�n.</p><p>Anna-Li era coreana a pesar de ser danesa y haber conocido s�lo a sus padres daneses. Anna-Li no dec�a nunca ni palabra y no se inmiscu�a en nada, s�lo parpadeaba y miraba al suelo cuando alguien le hablaba. Ni siquiera entonces respond�a. Fue Rikke-Ursula la que protest�.</p><p>��Esto no vale, Guillermo. Un certificado de adopci�n es como un certificado de nacimiento. Una no puede desprenderse de �l.</p><p>��Tendr�is que disculparme, en serio -dijo lady Guillermo con fingida indulgencia-. Mi diario es mi vida. Si �ste puede ir a parar al mont�n, tambi�n es v�lido para el certificado de adopci�n. �No se trata de que el mont�n adquiera significado?</p><p>��No de esta forma -dijo Rikke-Ursula y mene� la cabeza blandiendo sus seis trenzas azules al aire.</p><p>Lady Guillermo persisti� con su amabilidad y no hallamos m�s objeciones, s�lo atinamos a quedarnos ah� pasmados reflexionando.</p><p>Entonces, para nuestra estupefacci�n, Anna-Li profiri� retahilas seguidas:</p><p>��No importa -empez� diciendo-. O mejor dicho, importa mucho. Pero de eso se trata, si no el mont�n de significado no tendr� significado y Fierre An-thon llevar� la raz�n en lo de que nada importa.</p><p>Ten�a raz�n.</p><p>El certificado de adopci�n fue a parar a todo lo alto del mont�n, y cuando ella dijo que la peque�a Ingrid deb�a entregar sus muletas nuevas, nadie se opuso.</p><p>La peque�a Ingrid tuvo que usar las muletas viejas a partir de entonces.</p><p>El significado estaba cogiendo fuerza y nuestro j�bilo fue infinito cuando la peque�a Ingrid susurr� afable que Henrik deb�a entregar la serpiente sumergida en formol.</p></section><section><title><p>VIII</p></title><p>En la sala de biolog�a hab�a seis cosas dignas de contemplar: el esqueleto al que llam�bamos <emphasis>se�or Hansen, </emphasis>ese medio hombre al que se le pod�an extraer los �rganos, el cartel con los �rganos genitales y reproductores femeninos dibujados, un cr�neo reseco y agrietado que llevaba el nombre de <emphasis>La mano llena de Hamlet, </emphasis>una marta disecada y la serpiente sumergida en formol. De todas ellas, la serpiente era la m�s interesante; el hallazgo de la peque�a Ingrid era genial.</p><p>Henrik no estaba de acuerdo.</p><p>M�s que nada porque la serpiente era una cobra que a su padre le hab�a costado tiempo, much�simas cartas y negociaciones traer para que formara parte de la colecci�n de la escuela. Y tambi�n porque era asquerosa y te daban escalofr�os por toda la espalda cada vez que la mirabas. Con su forma prehist�rica y sus apretadas escamas, el cuerpo enroscado en una interminable espiral en el fondo del recipiente, la cabeza alzada y despierta, ese cuello dentado y dilatado como en pleno ataque de rabia, y a cada momento parec�a que la saliva paralizante iba a salir despedida de su roja, p�lida boca de bufido.</p><p>Nadie por voluntad propia tocaba el recipiente.</p><p>Es decir, a no ser que obtuviera diez coronas por ello.</p><p>Henrik se manten�a firme, tozudo y tonto en la postura de que la serpiente no era adecuada para el mont�n de significado. Pero ayud� el que, en la pausa, Hussain sostuviera en alto el recipiente con la serpiente por encima de la cabeza de Henrik mientras dec�a que lo estrellar�a contra su frente si �l no la trasladaba al mont�n.</p><p>Los dem�s tambi�n nos sent�amos impacientes y defendimos que deb�a hacerse de inmediato. Quer�amos acabarlo para poder cerrar la boca a Pierre Anthon. Las ciruelas estaban casi del todo maduras y ahora �l nos escup�a los huesos pegajosos mientras vociferaba sus ocurrencias.</p><p>���Qu� pretend�is vosotras las chicas teniendo novio? -hab�a vociferado la misma ma�ana que pas� por el n�mero 25 de la calle Tasring del brazo de Rikke-Ursula-. Primero te enamoras, despu�s te echas novio y luego el enamoramiento se esfuma y te separas.</p><p>���Cierra el pico! -chill� Rikke-Ursula, muy, muy alto.</p><p>Quiz� se sinti� especialmente herida porque precisamente acab�bamos de hablar de Jan-Johan y de los sentimientos que no se pod�an gobernar.</p><p>Pierre Anthon se ri� y continu� amistoso:</p><p>��Y as� una y otra vez hasta que est�is tan hartas que preferir�is fingir que el chico que en ese momento ten�is a vuestro lado es el �nico. �Qu� p�rdida de energ�a!</p><p>��Ahora cerrar�s el pico de una vez -grit� yo y ech� a correr. Porque aunque yo no tuviera novio ni tampoco supiera qui�n podr�a ser si en ese momento tuviera que escoger uno, deseaba con ansia tenerlo y pronto, Y Pierre Anthon no ten�a derecho a destruir mi amor antes de estrenarlo.</p><p>Rikke-Ursula y yo corrimos el resto del trayecto hasta llegar a la escuela, y entramos del peor humor que pod�amos recordar haber tenido juntas. Ni siquiera ayud� el que la guapa Rosa nos recordara que Pierre Anthon hab�a sido novio de Sofie durante catorce d�as y que incluso se hab�an besado antes de dejarlo, y que despu�s Sofie fue novia de Sebastian mientras que Pierre Anthon estuvo con Laura.</p><p>Esa historia sonaba demasiado a algo que yo no quer�a escuchar, y quiz� tambi�n a lo que Pierre Anthon hab�a dicho desde el �rbol.</p><p>No s� exactamente cu�ndo Henrik vio la ocasi�n de hurtar la serpiente de la sala de biolog�a, ni c�mo consigui� llevarla a la clausurada serrer�a sin ser visto. Lo �nico que s� es que Denis y Richard le ayudaron y que la serpiente cabeceaba repulsivamente como si estuviera viva cuando la depositaron en lo alto del mont�n dentro del recipiente.</p><p>A Oscarito tampoco le gust�.</p><p>El h�mster chill� lastimosamente y se acurruc� en el rinc�n de su jaula m�s alejado del bicho. Gerda Uor� y dijo que cubrieran la serpiente con papel para que no tuvi�ramos que verla.</p><p>Pero precisamente el chillido de Oscarito hac�a m�s valiosa la serpiente y nadie estuvo de acuerdo en cubrirla.</p><p>En su lugar dirigimos la mirada expectante hac�a Henrik.</p></section><section><title><p>IX</p></title><p>Henrik era un aut�ntico t�o pelota.</p><p>Exigi� los guantes d� boxeo de Ole. Lo �nico que esto ten�a de gracioso era que Ole les ten�a bastante aprecio a sus guantes de boxeo, y que al ser rojos hac�an juego con la bandera danesa.</p><p>Como contrapartida, Ole reflexion� durante ocho d�as antes de expresar su petici�n.</p><p>Si no hubiera sido porque era Ole y si su ocurrencia no hubiera sido tan grandiosa, nos hubi�ramos enojado todos con �l. Porque mientras �l pensaba empez� a hacerse sentir de nuevo el griter�o de Fierre Anthon subido al ciruelo.</p><p>��Se va a la escuela para despu�s tener trabajo, y se trabaja para tener tiempo para no hacer nada. �Por qu� entonces no hacer nada desde el principio? -chill� y nos escupi� un hueso de ciruela.</p><p>Fue como si el mont�n de significado se encogiera y perdiera un poco de su significado, y eso era del todo insoportable.</p><p>��Espera y ver�s -grit� lo m�s fuerte que pude y al instante tuve que saltar a un lado para esquivar una ciruela escurridiza que pas� silbando.</p><p>��No hay nada que esperar -grit� Pierre Anthon, ofensivo-. �Y no hay nada que ver! �Y cuanto m�s se espera, por supuesto, menos queda por ver!</p><p>Me tap� los o�dos con las manos y me apresur� a llegar a la escuela.</p><p>All� tampoco ocurr�a nada divertido porque los profesores estaban enfadados con nosotros. No cab�a la menor duda de que las sospechas por la desaparici�n de la serpiente sumergida en formol hab�an reca�do en nuestra clase. �C�mo pod�a haber sido Henrik tan tonto de hacerse con ella justo al terminar nuestra clase de biolog�a?</p><p>Tendr�amos que quedarnos una hora m�s cada d�a al terminar las clases hasta que dij�ramos d�nde estaba. Es decir, todos excepto Henrik, porque su padre estaba seguro de que no pod�a haber sido �l.</p><p>�Henrik t�o ro�a! �Pelota! �El pelota de Henrik!</p><p>C�mo lo maldijimos ansiando que llegara el d�a en que el mont�n estuviera acabado y Pierre Anthon lo hubiera visto, para poder revelar la correcta encadenaci�n de los hechos y que el pelota de Henrik tuviera su merecido.</p><p>Mientras tanto iba por ah� alardeando.</p><p>�Se pavoneaba, se deleitaba, se escurr�a!</p><p>En todo caso hasta que el gran Hans se encarg� de �l y le calent� cara y orejas, y �l pidi� clemencia y la tuvo porque su padre, entretanto, hab�a levantado el castigo.</p><p>��El hermanito de Elise -dijo Ole al fin y fue como si una r�faga de viento barriera la serrer�a.</p><p>Era por la tarde. Est�bamos sentados al pie del mont�n de significado y todos sab�amos lo que implicaban las palabras de Ole. El hermanito de Elise muri� con s�lo dos a�os. Y estaba enterrado en la cuesta del cementerio. Lo que Ole hab�a dicho supon�a que ten�amos que desenterrar �l ata�d con el hermanito de Elise dentro, acarrearlo cuesta abajo y llevarlo todo el trayecto hasta la serrer�a para depositarlo en el mont�n de significado. Tambi�n implicaba que deb�a ocurrir por la noche, al amparo de la oscuridad, si no quer�amos ser descubiertos.</p><p>Miramos a Elise.</p><p>Quiz� con la esperanza de que dijera algo que imposibilitara la acci�n.</p><p>No dijo nada. Su hermanito hab�a estado enfermo desde que naci�, y, durante todo ese tiempo, sus padres no hab�an hecho otra cosa que cuidarlo mientras Elise vagabundeaba por ah�, sacaba malas notas y se convert�a en una mala compa��a. Finalmente tuvo que irse a vivir con sus abuelos hasta que muri� su hermanito hac�a medio a�o, y Elise hab�a vuelto con sus padres.</p><p>No creo que ella se pusiera realmente triste por la muerte de su hermanito. Tampoco creo que le entristeciera la idea de colocarlo en lo alto del mont�n de significado. Creo simplemente que Elise ten�a m�s miedo, de sus padres que de todos nosotros y que por eso despu�s de estar callada mucho rato dijo:</p><p>��No podemos.</p><p>��Por supuesto que s� -dijo Ole.</p><p>��No, esas cosas no se pueden hacer -Elise frunci� el ce�o.</p><p>��Da igual que se puedan hacer o no. Lo hacemos y ya est�.</p><p>��Es una profanaci�n -dispar� el piadoso K|i, protestando m�s que Elise-, Vamos a invocar la ira y el castigo de Dios -explic�-. Los muertos deben descansar en paz.</p><p>Paz. M�s paz. Camposanto de paz.</p><p>Las objeciones del piadoso Kai no sirvieron de nada.</p><p>��Tenemos que ser seis -dijo Ole infatigable-. Cuatro para cavar por turnos y dos para montar guardia.</p><p>Nos miramos unos a otros. Nadie se apunt� voluntario.</p><p>��Lo echaremos a suertes -dijo Ole.</p><p>Discutimos largo y tendido sobre c�mo lo har�amos. Al fin nos pusimos de acuerdo en que lo echar�amos a suertes y que sacar�amos cada uno una carta de la baraja. Los cuatro que sacaran las cartas m�s altas se encargar�an de lo del cementerio. S�, s�lo cuatro, porque por supuesto Ole y Elise eran dos de los seis.</p><p>Yo dije que pod�a muy bien ir corriendo a casa para traer una baraja, pero se estaba haciendo tarde y decidimos hacerlo al d�a siguiente. Como contrapartida la tumba se abrir�a la noche del d�a siguiente. A menos que lloviera.</p><p>Siempre me ha gustado jugar a las cartas y siempre he tenido varias barajas. Tan pronto hube cenado, me fui a mi habitaci�n, cerr� la puerta y saqu� todas mis barajas.</p><p>Ten�a las cl�sicas con dibujos en azul y rojo que no iban bien para la ocasi�n. Tambi�n ten�a las cartas miniatura que tampoco me parecieron las correctas. Ni las que ten�an cabezas de caballo por detr�s, ni las de payasos, ni las que ten�an sotas y reyes que se asemejaban a sultanes �rabes. Al final s�lo quedaba una baraja. Sin embargo �sa iba bien, porque el reverso de las cartas era negro con un fino borde dorado y casi no las hab�a usado, as� que los bordes dorados estaban intactos y relucientes. Ser�a �sta.</p><p>Guard� las dem�s en su sitio y esparc� las de borde dorado sobre mi escritorio. Examin� cada una de las cartas durante un buen rato. Hab�a algo funesto en ellas. No s�lo en sus im�genes, con esa reina parecida a una bruja y el rey con esos ojos perforadores, y no s�lo por sus picas excesivamente negras y los tr�boles parecidos a garras, sino tambi�n por los diamantes azules y rojos y los corazones que m�s que nada me hac�an pensar precisamente en lo que no quer�a.</p><p>Y tambi�n empec� a temblar s�lo de imaginar que el ata�d del hermanito de Elise iba a ser desenterrado.</p><p>Desenterrar. Enterrar. Y montones de algo en4o que yo no quer�a pensar.</p><p>Ten�a dos posibilidades.</p><p>Apartar un dos de la baraja y met�rmelo en el bolsillo y luego apa��rmelas para cambiarlo por la carta que yo sacara ma�ana. O marcar una de las cartas del n�mero dos para poder localizarla en el momento de sacarla, sin que los dem�s lo notaran.</p><p>A pesar de no saber c�mo marcar�a la carta para que los otros no se dieran cuenta, escog� esta segunda opci�n. Porque si antes de empezar el sorteo le daba a alguien por contar las cartas, me descubrir�an al instante. As� que era m�s seguro marcarla.</p><p>Tras largas ponderaciones, rasqu� el borde dorado de las cuatro esquinas de un dos de picas. Para m�s seguridad hice lo mismo con las tres cartas restantes que llevaban el n�mero dos. Con un poco de benevolencia podr�a parecer desgaste casual. Ahora me encontraba en el lado seguro. No ser�a yo la que fuera a desenterrar al hermanito de Elise en plena noche.</p><p>Al d�a siguiente reinaba un extra�o y quedo desasosiego en la clase.</p><p>Nadie hac�a bromas, nadie pasaba mensajes ni nadie lanzaba aviones de papel. Ni siquiera en la clase de matem�ticas con el sustituto. Y a pesar de ello formamos un terrible barullo; sillas que se balanceaban hacia atr�s y hacia delante; pupitres empujados primero a un lado y despu�s al otro; bol�grafos que rascaban el canto de las mesas y l�pices que eran mordidos en la punta.</p><p>Las clases avanzaban a paso de tortuga y, sin embargo, demasiado aprisa.</p><p>La tarde nos pon�a de los nervios. A todos, excepto a m�. Yo sonre�a tranquila en mi sitio e incluso gan� un par de pluses para mi cartilla de notas, era la �nica que pod�a concentrarse en responder las preguntas del profesor Eskildsen sobre el tiempo, el viento y el agua en Am�rica, tanto del norte como del sur. De vez en cuando, como por azar, deslizaba el dedo por las esquinas de las cartas negras con borde dorado que yac�an en la mochila para asegurarme de que segu�a notando rasposas cuatro de ellas.</p><p>Cuando son� el timbre tras acabar la �ltima clase, ya ten�amos las cosas guardadas en las mochilas, y desaparecimos de tres en tres en diferentes direcciones para encaminarnos a la serrer�a en desuso. Nos servimos de cuatro rutas diferentes y adem�s salimos a intervalos en grupos peque�os. Los adultos no deb�an sospechar ni empezar a husmear.</p><p>Transcurrieron s�lo veinte minutos desde la salida del primer grupo hasta la llegada de los tres del �ltimo grupo. Saqu� las cartas negras de mi mochila y se las entregu� a Jan-Johan. �l las examin� largo rato y yo tuve que desviar la mirada para no descubrirme con la vista demasiado fija en sus manos, por las que pasaban las cartas marcadas. No pude abstenerme de sonre�r cuando al fin, satisfecho, se dispuso a barajarlas escrupulosamente.</p><p>Despu�s se deshizo de ellas y las deposit� en una tabla apoyada entre dos banquetas de serrar.</p><p>��Bien -dijo-. Para que no se hagan trampas cojamos, todos, la carta de encima del mont�n. Dos es el n�mero m�s bajo, el as es el m�s alto. Poneos en fila�</p><p>Dijo algo m�s, pero yo ya no lo o�. De pronto fue como si tuviera que mear a mares, me qued� helada y cre� que iba a enfermar. �Si hubiera escogido la otra soluci�n, ahora tendr�a un dos en el bolsillo!</p><p>Pero ya era irremediable. Tuve que ponerme en la cola detr�s de Rikke-Ursula y hacer como si nada.</p><p>Todos pateaban nerviosos y daba la impresi�n de que la cola se mov�a tambi�n estando parada. S�lo Ole y Elise parec�an no inmutarse, de pie a nuestro lado mirando, riendo y bromeando sin importarles que nadie siguiera sus bromas.</p><p>Gerda sac� la primera carta y no pareci� sentirse ni aliviada ni defraudada, simplemente la apret� contra su pecho nada m�s mirarla. El gran Hans solt� una carcajada y mantuvo un tres en el aire para que todos pudi�ramos verlo. Sebastian se ri� pero no tan fuerte; le hab�a tocado el ocho de diamantes. Uno tras otro avanzaban hacia la cabecera de la cola, algunos daban gritos de alegr�a, unos pocos se quedaban silenciosos, mientras la mayor�a hac�an como Gerda y apretaban la carta contra su pecho mientras los dem�s sacaban carta.</p><p>Lleg� el turno de Rikke-Ursula. Titube� un instante, despu�s levant� la carta de encima y dej� escapar un suspiro de alivio. Hab�a sacado un cinco. Entonces me toc� a m�.</p><p>Supe de inmediato que la carta que estaba encima no era un dos. El primer canto �spero que pod�a ver no ten�a demasiadas cartas encima. Por un instante especul� sobre c�mo podr�a volcar el mont�n para que pareciera un accidente y despu�s recoger las cartas y de forma casual hacer que el dos quedara encima. Pero Richard me met�a prisa por detr�s y no pude hacer m�s que levantar la carta con el borde dorado entero y brillante en cada esquina.</p><p>El as de picas.</p><p>Trece de trece son trece.</p><p>No me desmay�.</p><p>Pero el resto del sorteo transcurri� sin que yo tuviera conciencia de nada. Sal� de mi ensimismamiento cuando me hallaba formando parte de un c�rculo junto con Ole, Elise, Jan-Johan, Richard y el piadoso Kai. A partir de ah� fue Ole el que lo decidi� todo.</p><p>��Nos encontraremos a las once en el cobertizo para las bicicletas de casa de Richard. Desde all� no hay mucho camino hasta el cementerio.</p><p>��No es una buena idea -dijo el piadoso Kai con voz temblorosa-. A m� me pueden expulsar de la congregaci�n.</p><p>��A m� tampoco me parece una buena idea. -Elise tambi�n estaba ech�ndose para atr�s-. �No podr�as dar con otra cosa? Mi reloj, por ejemplo. -Y estir� el brazo para que todos pudi�ramos ver su reloj de pulsera rojo que su padre le hab�a comprado aquella vez que se traslad� a vivir a casa de los abuelos.</p><p>Ole mene� la cabeza.</p><p>���Mi discman? -Elise se meti� la mano en el bolsillo de la chaqueta donde sab�amos que escond�a el milagro con el cual nadie de la clase pod�a competir.</p><p>En realidad no creo que a Elise le entristeciera que desenterr�ramos a su hermanito. Creo que ten�a miedo de que sus padres lo descubrieran y la mandaran lejos para siempre. Porque cuando Ole le respondi� que ni hablar, ella no insisti�, s�lo dijo:</p><p>��Tenemos que recordar con exactitud d�nde est�n plantadas las flores para poderlas colocar de nuevo en su lugar despu�s.</p><p>Ole orden� a Jan-Johan que trajera una pala consigo, la otra la pod�amos tomar prestada del cobertizo de las herramientas de los padres de Richard. El piadoso Kai deb�a traer la carretilla de los peri�dicos y Elise y yo una linterna cada una. Ole se encargar�a de la escoba para dejar el ata�d limpio de tierra.</p><p>Al terminar el piadoso Kai ten�a un aspecto descompuesto, y creo que habr�a llorado si Ole no hubiera recordado en ese momento que la cita era a las once en el cobertizo para las bicicletas de casa de Richard.</p><p>Yo hab�a puesto el despertador para que sonara a las diez y mediarpero no hizo falta. Nunca llegu� a conciliar el sue�o, me qued� tumbada con los ojos abiertos durante una buena hora y media antes de que llegara la hora de levantarse. Puntualmente, a la que faltaban cinco minutos para las diez y media, salt� de la cama, cerr� el despertador, me puse los pantalones vaqueros y un jersey. Enfund� los pies en mis katiuskas y agarr� la linterna que hab�a dejado preparada sobre la mesa. La televisi�n del sal�n se o�a muy baja. Por suerte nuestra casa estaba en la planta baja. Sin esfuerzo pude descolgarme por la ventana de mi dormitorio, poner un libro entre las dos hojas de la ventana para que no se cerrara y ya iba de camino hacia all�.</p><p>Hac�a m�s fr�o del que yo pensaba.</p><p>Me estaba quedando helada s�lo con mi liviano jersey y tuve que sacudirme en los brazos para mantener el calor del cuerpo. Hab�a valorado quedarme en casa.</p><empty-line/><p>Pero �de qu� habr�a servido habiendo advertido Ole que si alguien no acud�a a la cita en casa de Richard, los dem�s se volver�an a sus casas y ese algujen tendr�a que apa��rselas para hacer el trabajo solo la noche siguiente? La idea de hallarme a solas en el cementerio por la noche era suficiente para que arrancara a correr. Y eso me fue bien tambi�n para quitarme el fr�o.</p><p>Faltaban s�lo diez minutos para las once cuando llegu� al cobertizo de las bicicletas de Richard. Jan-Jo-han y el piadoso Kai ya estaban all�. Elise no tard� en aparecer, seguida de Richard, que surgi� de la puerta trasera de la cocina. A las once en punto lleg� Ole.</p><p>��Vay�monos -dijo �l cuando se hubo asegurado de que todo estaba en orden: dos palas, las linternas y la carretilla de los peri�dicos del piadoso Kai.</p><p>Ninguno de nosotros abri� la boca mientras nos escurr�amos por las calles, camino del cementerio.</p><p>La ciudad tambi�n guardaba silencio.</p><p>Nunca hab�a demasiada vida por las noches en Taering y a�n menos tarde por la noche un martes corriente. Camin�bamos pegados a los setos de la calle de Richard, giramos hacia abajo por la calle donde Sebastian y Laura viv�an, pasamos corriendo por delante de la panader�a y tomamos el sendero de detr�s de la casa de Rikke-Ursula, que viv�a en la calle principal, para llegar a la cuesta del cementerio sin habernos cruzado m�s que con dos gatos en celo que Ole ahuyent� de una patada.</p><empty-line/><p>La cuesta del cementerio era empinada y el sendero entre las tumbas era de gravilla. Tuvimos que dejar el carrito de los peri�dicos al lado del port�n de hierro forjado. Al piadoso Kai no le hizo ninguna gracia, pero Ole le jur� que le pegar�a si sal�a con m�s majader�as.</p><p>Las calles resultaban l�vidas y bastante l�gubres bajo la amarillenta luz de las farolas. Grandes abetos escond�an el cementerio del camino y lo proteg�an suficientemente de miradas curiosas, eso por si pasaba alguien, pero tambi�n imped�an que penetrara la luz de las farolas que ya empez�bamos a echar en falta. No hab�a m�s luz que la que daba la media luna y la peque�a l�mpara romboidal de la entrada de la iglesia. Adem�s, por supuesto, de los d�biles focos de nuestras dos linternas penetrando la oscuridad.</p><p>Oscuro. M�s oscuro. Temiblemente oscuro.</p><p>Nunca me hab�a gustado estar en el cementerio. Y a esa hora era del todo insoportable. Aunque nos desliz�bamos con sumo cuidado, la gravilla cruj�a estridente bajo nuestras pisadas. Cont� para mis adentros una y otra vez hasta cien, primero en progresi�n ascendente y luego descendente y vuelta a empezar, y as� una y otra vez.</p><p>Cincuenta y dos, cincuenta y tres, cincuenta y cuatro�</p><p>Estuvimos tanteando en la oscuridad hasta que Elise encontr� la direcci�n correcta y pudo conducirnos a la tumba de su hermanito. Setenta y siete, setenta y ocho, setenta y nueve� Aqu� estaba: 3-1-1990/21-2-1992, <emphasis>Emiljensen, nuestro amado hijo y hermanito, </emphasis>pon�a en la l�pida.</p><p>Mir� a Elise y me atrev� a apostar querella no estuvo de acuerdo en eso del hermanito. Aunque yo pod�a muy bien darme cuenta de por qu� deb�a ir a parar al mont�n. A pesar de todo un hermanito era algo especial. A pesar de no haber sido del todo amado.</p><p>La l�pida era de m�rmol, blanca de verdad y bella, con dos palomas en la parte superior y flores rojas y amarillas plantadas al pie. Estuve a punto de echarme a llorar y tuve que mirar el cielo, las estrellas y la media luna, y pensar en lo que Fierre Anthon hab�a dicho por la ma�ana: que la Luna daba la vuelta alrededor de la Tierra en 28 d�as, mientras la Tierra tardaba un a�o en dar la vuelta alrededor del Sol.</p><p>Eso me hizo contener las l�grimas, pero no me atrev� ya a mirar m�s la l�pida y las palomas. Ahora Ole nos mandaba a Elise y a m�, a cada una en una direcci�n para montar guardia. Las linternas se las qued� �l. Los muchachos las necesitaban para ver d�nde cavaban, dijo, y tuvimos que encontrar el camino entre las tumbas y la iglesia s�lo con la luz de la luna, bajo la cual todo ten�a un aspecto fantasmal y casi azulado. Elise mont� guardia en la entrada trasera, al otro lado de la iglesia, no muy lejos de la casa del cura, muy alejada de donde yo estaba. Conversar era por supuesto imposible. Ni siquiera pod�amos tranquilizarnos la una con la presencia de la otra.</p><p>Intent� concentrarme en estudiar la iglesia que era �spera y blanca y con una puerta tallada en madera clara; y muy arriba, vidrieras de colores que a esa hora de la noche eran m�s negras que otra cosa. Al mismo tiempo me puse a contar. Uno, dos, tres.</p><p>Me llegaba un extra�o ruido sordo de la tumba a mis espaldas, cada vez que la pala daba en la tierra. Golpe seco seguido de un silbido cuando la tierra se deslizaba pala abajo. Golpe, silbido, golpe, silbido. Al principio los palazos eran seguidos, luego son� un restallido, los muchachos hab�an golpeado en el ata�d y ahora proced�an a ir despacio. Yo sab�a que ahora paleaban alrededor del ata�d para sacar la menor cantidad de tierra posible. Ese pensamiento me produjo un escalofr�o que me recorri� la espalda. Tirit� y no quise pensar m�s en ello. Y en lugar de eso mir� los abetos y me puse a contarlos.</p><p>Hab�a dieciocho grandes y siete peque�os y recorr�an el sendero que iba desde la calle hasta arriba, en la iglesia. Las ramas se agitaron levemente con un viento que yo no pod�a percibir. Me hallaba, claro, al abrigo de los muros del cementerio. Di dos diminutos pasos al frente, uno al lado y dos hacia atr�s. Y vuelta a empezar, esa vez hacia el otro lado. Y de nuevo, componiendo en mi mente una peque�a danza. Uno, dos al lado. Uno, dos, hacia atr�s. Uno, dos, al lado�</p><p>Me par� bruscamente.</p><p>Hab�a o�do algo. Como pasos en la gravilla. Mir� fijamente hacia el sendero pero no pude ver nada. Si tuviera la linterna ahora. Lo o� otra vez.</p><p>Krrruuunchh.</p><p>Ven�an del final del sendero, de abajo, cerca de la puerta. De inmediato sent� un incontenible deseo de mear, y estaba a punto de salir corriendo hacia los muchachos cuando record� lo que Ole me hab�a dicho. Y adem�s sab�a que me dar�a una si sal�a corriendo. Tom� una profunda bocanada de aire, junt� las manos y profer� un aullido grave soplando en la raja entre los dos pulgares y dentro del hueco de la mano.</p><p>��Uuuuuuh -son� despacio.</p><p>La gravilla cruji� todav�a otra vez y yo puse todas mis fuerzas en otros: �Uuuuuh. Uuuuuh.�</p><p>Y Ole ya estaba a mi lado.</p><p>���Qu� ocurre? -susurr�.</p><p>Yo estaba tan asustada que no acertaba a pronunciar palabra; levant� el brazo y se�al� al sendero.</p><p>��Ven -dijo Ole, y dado que yo ten�a tanto miedo a no obedecerlo como a ese o eso que produc�a el ruido crepitante, lo segu� hasta detr�s de los troncos de abeto donde la oscuridad era m�s densa.</p><p>Dimos unos pasos y nos detuvimos. Ole oteaba. Yo me qued� detr�s de �l sin poder ver nada. Pero estaba claro que tampoco hab�a nada que ver porque Ole continu� avanzando sigilosamente. Nos mov�amos muy despacio para no hacer ning�n ruido. Mi coraz�n lat�a y los latidos resonaban en mis o�dos y sent� que pasaban horas mientras and�bamos entre los troncos de abetos.</p><p>De golpe Ole apart� las ramas a un lado y pas� al sendero.</p><p>��Ja -se ri� y yo mir� avergonzada por encima de sus hombros.</p><p>Era Cenicienta, la vieja perra de Sorensen, que despu�s de la muerte de su due�o se negaba a vivir en otro lugar que no fuera en su tumba. La perra hab�a sentido curiosidad por el ruido de la pala y sub�a la cuesta pausada y Yertamente arrastrando sus patas aquejadas de reuma. Por fortuna no le dio por ladrar. S�lo nos mir� con<emphasis/>�nteres y husme� mis piernas. Le acarici� la cabeza y volv� a mi puesto.</p><p>Poco despu�s fue Ole el que silb�.</p><p>Hab�an terminado el trabajo de cavar y el peque�o yac�a encima de la gravilla con un aspecto terri-bieme^te triste y solitario, pero no hab�a tiempo para pe." sar en eso porque acababa de surgir otro problema. Los muchachos hab�an devuelto al hoyo toda la tierra que hab�an sacado y a pesar de ello s�lo hab�an quedado cubiertas las tres cuartas partes del mismo.</p><p>Una ley f�sica que no hab�amos aprendido: cuando un cuerpo se desentierra, el nivel de tierra del lugar que ocupaba disminuir� proporcionalmente al volumen del susodicho cuerpo.</p><p>Toda persona que se acercara a la sepultura del peque�o Emil Jensen podr�a darse cuenta de que el peque�ito ya no yac�a all�. Fue entonces cuando Elise se ech� a llorar desconsoladamente y sin parar, a pesar de que Ole le dijera que callase.</p><p>Nos quedamos helados y sin saber qu� hacer. Entonces se me ocurri� que pod�amos hacer rodar algunas l�pidas de las otras sepulturas y echarlas al hoyo para despu�s cubrirlas con tierra. El enterrador las echar�a en falta pero nunca descubrir�a que estaban en la sepultura de Emil Jensen. Eso si acert�bamos a colocar todas las flores tal y como estaban cuando llegamos.</p><p>Nos cost� un buen tiempo y fue m�s que agotador despegar dos l�pidas y hacerlas rodar hasta la sepultura del peque�o Emil Jensen. Principalmente porque no nos atrevimos a coger las que estaban cerca, por si alguien, a pesar de todo, se daba cuenta de que se hab�a removido la tierra no hac�a mucho. Pero al final las tiramos al hoyo y con cantidad de tierra encima, y la gravilla tambi�n, y luego las flores, que hab�an sufrido un poco de desgaste durante el proceso, pero que� a pesar de los pesares, despu�s de sacudirlas un poco con la escoba de Ole quedaron en un estado pasable.</p><p>Dieron las doce en el reloj del Ayuntamiento exactamente cuando terminamos y nos d�bamos la vuelta para mirar el ata�d.</p><p>Me qued� de una pieza e, incluso en la oscuridad, pude ver la cara p�lida de los muchachos. El reloj del Ayuntamiento lanzaba un ta�ido profundo y hueco, y cada campanada rug�a como un grito fantasmal sobre las sepulturas.</p><p>�Gooom! �Gooom! �Gooom!</p><p>Ninguno de nosotros se movi�.</p><p>No me atrev�a ni a mirar ni a cerrar los ojos y fij� la mirada en Jan-Johan como si fuera la �nica imagen que le permitiera captar a mi retina. No cont� las campanadas, pero pareci� que eran mucho m�s de doce. Despu�s de lo interminable que se hizo la �ltima campanada, el silencio nos cubri� de nuevo.</p><p>Nos miramos nerviosos los unos a los otros, despu�s Jan-Johan carraspe� y se�al� el ata�d.</p><p>��Prosigamos -dijo y me percat� de lo h�bil que hab�a sido evitando pronunciar la palabra ata�d.</p><p>El ata�d debi� de haber sido muy bonito, completamente blanco cuando introdujeron en �l al hermanito de Elise. Ahora lo blanco estaba hinchado de forma repulsiva y se resquebrajaba y no quedaba ni rastro de lo bonito que hab�a sido. Un gusano se arrastraba por un poco de tierra pegada a una esquina de la caja y el piadoso Kai se neg� a cogerla antes de que Ole lo hubiera sacudido. Luego la alzaron entre los cuatro: Ole y el piadoso Kai por un lado, Richard y Jan-Johan por el otro. Elise, que dej� de llorar cuando el reloj daba las doce, iba delante alumbrando con una de las linternas y yo detr�s con la otra.</p><p>El ata�d era m�s pesado de lo que hab�an cre�do los chicos y �stos resoplaban y sudaban, pero Ole no los quer�a dejar descansar antes de haber bajado hasta la calle. A m� no me pareci� mal. Yo no ve�a ninguna raz�n para permanecer en el cementerio m�s de lo estrictamente necesario.</p><p>Tras de m� cruj�a la gravilla.</p><p>Cenicienta, la perra de Sorensen, renqueaba lenta detr�s nuestro como si fuera la �nica con pena de todo el cortejo. Al principio nos resultaba muy agradable y nos hac�a sentir casi un poco m�s valientes, pero cuando llegamos a la calle y ya con el ata�d en la carretilla de los peri�dicos y la perra que continuaba sigui�ndonos, nos intranquilizamos un poco.</p><p>No era conveniente que ma�ana por la ma�ana el enterrador descubriera que adem�s de las dos l�pidas, tambi�n Cenicienta estaba ausente. Pero por el momento no hab�a nada que hacer. Tan pronto como uno de nosotros volv�a al cementerio con ella, daba la vuelta para seguirnos de nuevo. Despu�s de intentarlo cuatro veces nos rendimos y decidimos dejar que nos siguiera hasta que se cansara por s� misma y desistiera. No ocurri�, as� que cuando llegamos a la serrer�a e hicimos girar el c�digo del candado para abrir la puerta, fue ella la primera que se col� dentro.</p><p>Yo encend� la luz y los muchachos avanzaron hacia dentro con el ata�d en brazos. A la luz del intenso ne�n �ste dejo de ser tan horripilante. Se trata s�lo de un ni�o muerto con madera a su alrededor, pens�, y mir� el ata�d m�s pausadamente, ahora al pie del mont�n porque era muy pesado para subirlo arriba de todo.</p><p>Est�bamos demasiado cansados para preocuparnos por Cenicienta y por esa raz�n dejamos a la perra ser eso, perra; suspiramos, cerramos y volvimos aprisa a la ciudad. Al final de mi calle me desped� y me apresur� a llegar a casa con m�s coraje del que llevaba al salir.</p><p>El libro segu�a estando entre las dos hojas de la ventana; entr� y me met� en la cama sin despertar a nadie de la casa.</p></section><section><title><p>XI</p></title><p>Qu� fuerte, c�mo se quedaron de at�nitos los dem�s cuando vieron el ata�d con Cenicienta, la perra de S0rensen, encima.</p><p>Los seis que hab�amos estado en el cementerio por la noche nos sent�amos so�olientos durante las clases del d�a siguiente, pero no and�bamos cabizbajos. �Al contrario! La historia rae susurrada al de al lado, y al otro y al otro, hasta que el profesor Eskildsen enfureci� y dijo que ahora quer�a silencio. El silencio dur� un momento hasta que al rato el secreteo empez� de nuevo y el profesor tuvo que imponerse.</p><p>Pas� una eternidad antes de acabarse la �ltima clase y poder salir pitando cada uno por su calle hasta la serrer�a en desuso. Como contrapartida, el hero�smo y los sucesos de la noche en el cementerio fueron cosa de nunca acabar, se agrandaron m�s y m�s y, a medida que se repet�a la historia, cada vez era noche m�s oscura y todo m�s siniestro.</p><empty-line/><p>Durante los d�as siguientes, y fueron muchos, no hab�a persona en la ciudad que no hablara del vandalismo acaecido en el cementerio.</p><p>Dos l�pidas hab�an sido robadas, alguien hab�a pisoteado la sepultura de Emil Jensen y Cenicienta, la perra de Sorensen, hab�a desaparecido. De esto �ltimo no se quejaba nadie, porque hab�a sido, sin embargo, un esc�ndalo que una vieja perra bastarda merodeara por el cementerio me�ndose en las sepulturas y abandonando cosas peores por ah�, sin que se supiera exactamente d�nde.</p><p>Nadie sospech� de nosotros.</p><p>Bien es verdad que mi madre me pregunt� de d�nde hab�a salido la gravilla y la tierra de encima de la alfombra de mi habitaci�n. Pero yo dije simplemente que hab�a estado jugando con Sofie en el descampado de detr�s de su casa y que al llegar a casa me olvid� de quitarme las botas. Y mi madre me ech� una reprimenda, pero nada en comparaci�n con lo que hubiera podido ser si se hubiera enterado de lo que estuve haciendo.</p><p>Fue Cenicienta la que nos cre� las mayores dificultades.</p><p>Se negaba a separarse demasiados minutos seguidos del ata�d del peque�ito Emil, que ella pensaba que seguro conten�a los restos de Sorensen. Bajo ning�n pretexto pod�amos pensar en sacarla a plena luz del d�a. Si alguien nos hubiera visto con ella f�cilmente habr�a concebido sospechas y nos hubiera relacionado con los hechos del cementerio. Sofie, que era, de todos nosotros, la que viv�a m�s cerca, no pod�a sacarla despu�s del anochecer. No ten�a permiso para andar por ah� a esas horas y adem�s sus padres opinaban que ya pasaba demasiado tiempo en la serrer�a en desuso. Fue Elise la que encontr� la soluci�n.</p><p>Era como si Elise empezara a querer un poco m�s a su hermanito muerto despu�s de que el ata�d hubiera pasado a estar bajo nuestra custodia. Y quiz� porque la perra montaba guardia junto a �l, Elise la quer�a mucho. Sea como fuere, Elise se ofreci� para sacarla cada noche y dar un paseo con ella para que se aireara un poco. Est�bamos a mitad de septiembre y oscurec�a a eso de las ocho y media, as� que le daba tiempo a hacerlo y estar en casa antes de la hora de acostarse. De todas maneras a sus padres no parec�a preocuparles que estuviera fuera hasta tarde, seg�n dijo ella, y pareci� no saber si eso le agradaba o le disgustaba.</p><p>��Hay otra cosa -a�adi� Elise.</p><p>La miramos expectantes. Con el nerviosismo del cementerio, nos hab�amos olvidado de que le tocaba a Elise decidir qu� otra cosa ir�a a parar al mont�n de significado.</p><p>���El pelo de Rikke-Ursula!</p><p>Yo mir� a Rikke-Ursula que de inmediato alz� una mano hasta las trenzas azules y ahora abr�a la boca, signo de una protesta que ya sab�a que ser�a in�til.</p><p>���Yo llevo tijeras! -grit� Hussain carcaje�ndose.</p><p>Sac� una navaja, la mantuvo en el aire y sac� las tijeras.</p><p>��Se las cortar� yo -dijo Elise.</p><p>��Yo tambi�n quiero, son mis tijeras -dijo Hussain y se pusieron de acuerdo en cortar la mitad de trenzas cada uno.</p><p>Azul. M�s azul. Azul�simo.</p><p>Rikke-Ursula estaba totalmente quieta sin producir el m�nimo ruido mientras le cortaban el pelo, pero las l�grimas rodaban por sus mejillas y era como si el azul de su pelo quedara reflejado en sus labios, que se mordi� hasta hacerlos sangrar.</p><p>Mir� hacia otra parte para no echarme a llorar yo tambi�n.</p><p>Cortarle el pelo a Rikke-Ursula era peor que cort�rselo a Sans�n. Sin pelo ella ya no ser�a Rikke-Ursula con sus seis trenzas azules, y eso significaba que desde entonces dejar�a de ser ella. Y pens� que quiz� precisamente por eso las seis trenzas azules eran parte de lo que importaba, pero no me atrev� a pronunciarlo en alto. Tampoco por lo bajo. Porque ella era mi amiga, a pesar de que no fuera esa Rikke-Ursula que llevaba seis trenzas azules y fuera alguien tan especial y tan ella misma.</p><p>Primero Elise le cort� una trenza. Despu�s Hussein le cort� otra. Tuvieron que forcejear porque las tijeras</p><empty-line/><p>eran malas y su pelo era tupido. Tardaron veinte minutos en cortarle las seis. Despu�s Rikke-Ursula parec�a una persona de esas que andan extraviadas y deber�an estar encerradas en un manicomio.</p><p>Las trenzas cortadas se colocaron bellamente api�adas encima del mont�n de significado.</p><p>Azul. M�s azul. Azul�simo.</p><p>Rikke-Ursula mir� mucho rato sus trenzas.</p><p>Ya no resbalaban l�grimas por sus mejillas. En su lugar sus ojos brillaban de rabia. Se volvi� tranquilamente hacia Hussain y dijo con voz amistosa y con los dientes un poco apretados:</p><p>��Tu alfombra de rezos.</p></section><section><title><p>XII</p></title><p>Hussain protest�.</p><p>Protest� tanto que al final tuvimos que arrearle. Es decir que Ole y el gran Hans le arrearon. Los dem�s estuvimos mir�ndolo. Llev� su tiempo, pero al final, Hussain, en el suelo con las narices pegadas al serr�n y Ole encima de �l, ya no dijo nada m�s. Cuando permitieron que se levantara ten�a cara de estar muy asustado, casi parec�a que temblaba. Pero no era de Ole o del gran Hans de quien ten�a miedo.</p><p>De quien ten�a miedo lo descubrimos despu�s de que llorando entregara su alfombra de rezos y luego no asistiera a la escuela durante una semana. Cuando finalmente volvi�, todo su cuerpo era de color azul, amarillo y verde, y ten�a un brazo roto. No era un buen musulm�n, hab�a dicho su padre, y le hab�a dado una terrible paliza.</p><p>La paliza no fue lo peor.</p><p>Lo peor fue no ser un buen musulm�n.</p><p>�Un mal musulm�n! �Ni la sombra de musulm�n! �Ni la sombra!</p><p>Algo en Hussain parec�a haber sido destruido.</p><p>Andaba por ah� arrastrando los pies y con la cabeza gacha, y mientras que antes hab�a sido m�s bien bueno repartiendo golpes y empujones, ahora ni se defend�a aunque otros lo buscaran.</p><p>Tengo que reconocer que era una alfombra hermosa, tejida en un entramado de azules, rojos y grises, y era.tan blanda y fina que Cenicienta estuvo a punto de abandonar el ata�d de Emil por ella. Entonces Jan-Johan la coloc� en lo m�s alto del mont�n de significado, donde la perra no pudiera trepar, y funcion�. Cenicienta permaneci� en su sitio.</p><p>Primero Hussain no quer�a decir qui�n ser�a el siguiente. S�lo meneaba la cabeza con tristeza cuando intent�bamos presionarlo.</p><p>El aullido de Pierre Anthon hab�a empezado a alcanzarnos de nuevo y Hussain deb�a ponerse las pilas. Ya est�bamos en el mes de octubre y a�n lejos del final, pronto deber�a estar todo listo y todav�a nos faltaban seis.</p><p>Al fin, cuando Hussain ya no pudo excusarse m�s, se�al� al gran Hans y le dijo calmado:</p><p>��La bicicleta amarilla.</p><p>No era gran cosa, aunque la bicicleta fuera flamante y nueva, amarillo ne�n y de carreras, y el gran Hans, con un gran disgusto, tardara dos d�as enteros en depositarla en el mont�n de significado, all�, en la serrer�a. Pero un poco era mejor que nada y ahora por lo menos pod�amos continuar.</p><p>Si hubi�ramos sabido que esto de la bicicleta encolerizar�a tanto al grande de Hans que dar�a con algo del todo horripilante, seguro que algunos de nosotros le hubi�ramos rogado a Hussain que le pidiera otra cosa. Pero no lo sab�amos e insistimos s�lo para que el gran Hans entregara la bicicleta amarillo ne�n tal y como hab�a pedido Hussain.</p><p>Sofie fue una de las que m�s presion�. No deber�a haberlo hecho.</p></section><section><title><p>XIII</p></title><p>Casi no soy capaz de explicar lo que Sofie deb�a entregar. Era algo que s�lo un chico pod�a haber pedido, y era tan asqueroso y repugnante que casi todos los dem�s intercedimos por ella. Sin embargo, ella no dijo pr�cticamente nada, s�lo no y no y no, meneando la cabeza una y otra vez, y casi se le iba tambi�n el cuerpo en el movimiento.</p><p>El gran Hans se mostr� despiadado.</p><p>Y nosotros, por supuesto, al final tuvimos que darle la raz�n en eso de que los dem�s hab�amos sido inflexibles cuando �l tuvo que entregar la bici.</p><p>No es lo mismo, dijimos.</p><p>���C�mo pod�is saber que mi bici amarillo ne�n no significa lo mismo para m� que la inocencia para Sofie?</p><p>No, no pod�amos saberlo.</p><p>As� que a pesar de la aversi�n que sent�amos, se acord� finalmente que ser�a el gran Hans quien la ayudar�a en la entrega esa misma noche en la serrer�a en desuso. Cuatro de los muchachos se quedar�an para asistirlo en caso de que fuera preciso. Al resto se nos mandaba a casa para que no se nos ocurriera saliven ayuda de la muchacha.</p><p>Ese d�a fue un d�a escolar fe�simo.</p><p>Sofie estaba de un p�lido cadav�rico, sentada en su silla y sin abrir la boca, ni siquiera cuando alguna de las chicas intentaba consolarla. Las dem�s, al final ya no nos atrev�amos a decir nada, est�bamos aterrorizadas pensando en lo que iba a ocurrirle; y eso era casi peor que cuando mont�bamos bulla, porque ese silencio absoluto durante una hora nunca se hab�a visto en nuestra clase. Eskildsen estaba a punto de sospechar algo y empez� a decir que nuestra clase se hab�a comportado de forma muy extra�a desde el inicio del curso. Ten�a raz�n, pero por suerte no lo vincul� al pupitre vac�o de Pierre Anthon. Si se hubiera puesto a hablar de �l, no estoy segura de si habr�amos conseguido mantener la m�scara puesta.</p><p>Mientras Eskildsen hablaba y hablaba sobre nuestro extra�o comportamiento desde agosto, me gir� y mir� a Sofie. Creo que no se lo hubiera reprochado si en ese preciso instante se hubiera chivado de todo. Pero no lo hizo. Estaba totalmente quieta, tan blanca como deb�a de haber sido el ata�d nuevo del peque�o Emil, y, a pesar de todo, tranquila y entera, tal y como imaginaba yo que las santas deb�an abrazar la muerte.</p><p>Me puse a pensar en el inicio de todo y en c�mo Fierre Anthon nos vociferaba sin parar subido al ciruelo, ma�anas y tardes cuando pas�bamos por delante del n�mero 25 de la calle Taering. No s�lo nosotros �bamos a acabar mal de la cabeza, ten�a pinta de que �l mismo enloquecer�a si no consegu�amos pronto que bajara del �rbol.</p><p>��Los chimpanc�s tienen el cerebro y el ADN casi igual al nuestro -hab�a gritado ayer meci�ndose en las ramas-. No tiene nada de especial eso de ser una persona.</p><p>Y hoy por la ma�ana:</p><p>��Hay seis mil millones de personas en la Tierra. Son demasiadas, pero en el a�o 2025 seremos ocho mil millones y medio. �Lo mejor que podemos hacer para el futuro del mundo es morirnos!</p><p>Deb�a de sacar todos esos conocimientos de los peri�dicos. No s� de qu� puede servir juntar todo el saber de otros. Es suficiente para arrebatar la valent�a de todo aquel que no es adulto y todav�a no ha experimentado por s� mismo. Pero los adultos aman acumular conocimientos, claro, cuantos m�s mejor, y da igual que sean el saber de otras personas y algo que s�lo puede hallarse en los libros. Claro que s�, Sofie hac�a bien en apretar los dientes. Hab�a algo que importaba a pesar de todo, aunque ese algo fuera algo que iba a perder.</p><p>No s� exactamente qu� sucedi� esa tarde cuando el gran Hans ayud� a Sofie a entregar su inocencia. Al d�a siguiente s�lo hab�a all� una pizca de sangre y algo de mucosidad en un pa�uelo a cuadros que estaba en todo lo alto del mont�n de significado, y Sofie caminaba de forma rara, como si sintiera dolor al mover las piernas. No obstante era Sofie la que se mostraba orgullosa e inaccesible, mientras que el gran Hans sol�cito corr�a a su alrededor como si intentara complacerla.</p><p>��Seguro que quiere hacerlo otra vez -susurr� Gerda a mi o�do y se ri� maliciosamente, olvidando por completo que no me hablaba desde lo de Oscarito.</p><p>No le respond�, pero m�s tarde intent� sacarle a Sofie qu� hab�a sucedido y c�mo.</p><p>No quiso contarme nada. Se limitaba a andar por ah� con aspecto de haber descubierto un secreto que si bien era terrible le hab�a dado acceso a la clave de algo de enorme significado.</p><p>�Enorme significado? �Mucho significado? �El m�ximo significado?</p><p>S�lo faltaban tres entregas para que pudi�ramos mostrar a Fierre Anthon el mont�n de significado, entonces �l nos prometer�a que nunca m�s se quedar�a all� sentado en el ciruelo chill�ndonos: faltaban el piadoso Kai, la guapa Rosa y Jan-Johan.</p><p>Sofie escogi� al piadoso Kai. Deb�a entregar a Jes�s<sup/>clavado en la cruz.</p></section><section><title><p>XIV</p></title><p>Jes�s clavado en la cruz no s�lo era el Todopoderoso del piadoso Kai, era tambi�n lo m�s sagrado de la iglesia de Taering, y la iglesia de Taering era b�sicamente lo m�s sagrado de la ciudad. Por lo tanto Jes�s clavado en la cruz era lo m�s sagrado que pod�amos imaginar, en caso de que crey�ramos en esas cosas. Y quiz� lo fuera aunque no lo crey�ramos.</p><p>Jes�s clavado en la cruz era una figura colgada en la pared justo detr�s del altar que infund�a temor en los ni�os y conmov�a a los adultos, con su corona de espinas y las gotas de sangre transformadas en nobles regueros bajando por su cara sagrada, retorcida de dolor y divinidad, y esos clavos atraves�ndole manos y pies, clavados en la cruz hecha de madera de rosal y muy hermosa seg�n las palabras del cura. Incluso yo, que insist�a en que Jes�s Nuestro Se�or no exist�a y por tanto no significaba nada, sab�a que Jes�s clavado en la cruz ten�a un enorme significado. Sobre todo para el piadoso Kai.</p><empty-line/><p>Necesitar�a ayuda.</p><p>La ayuda es tuya. La ayuda es nuestra. La ayuda somos nosotros.</p><p>Una vez m�s traje las cartas a la serrer�a, esta vez la baraja con payasos en el reverso. Y volvimos a echarlo a suertes.</p><p>Fueron Rikke-Ursula, Jan-Johan, Richard y Maiken los que sacaron las cartas m�s altas y los que ayudar�an al piadoso Kai, aunque �l se aferraba a que eso �l ni pod�a ni deb�a hacerlo. Se abland� un poco cuando Jan-Johan dijo que, conociendo �l tambi�n el c�digo del candado, podr�a ir a la serrer�a a rezar a su Jes�s clavado en la cruz cuando le apeteciera. Y que por supuesto lo devolver�amos a la iglesia tan pronto como el tema estuviera resuelto.</p><p>Yo no estuve all�, pero Rikke-Ursula sin sus seis trenzas me cont� el lunes por la ma�ana, durante la hora de m�sica, que no todo hab�a ido lo bien que hab�an imaginado.</p><p>El piadoso Kai se escondi� en la iglesia, tal y como se acord�, tras la �ltima misa del domingo. Y cuando la iglesia estuvo en silencio y no qued� ni un alma, Rikke-Ursula, Jan-Johan, Richard y Maiken llegaron y propinaron tres golpes flojos y tres fuertes en la puerta, y el piadoso Kai les abri�. Pero a partir de entonces todo se torci�.</p><p>Primero el piadoso Kai se ech� a llorar.</p><p>Fue cuando los dem�s se encaramaron al reclinatorio y rodearon el altar mientras �l sollozaba y suplicaba, con aut�ntico desespero, que le dejaran quedarse en el otro lado, apartado del Cristo. Maiken tuvo que permanecer a su lado para que no se escapara. Y no sirvi� de nada que ella le contara repetidas veces que nunca hab�a visto a Jes�s Nuestro Se�or con su telescopio, a pesar de que lo hab�a buscado mucho, y eso que val�a para todos los astr�nomos del mundo. El piadoso Kai se tapaba los o�dos y chillaba tan fuerte que era imposible que la oyera, as� que al final ella se call�. Y tambi�n porque tem�a que sus chillidos pudieran ser o�dos desde fuera.</p><p>Entretanto Jan-Johan y Richard intentaban descolgar a Jes�s.</p><p>Pero Jes�s estaba bien clavado y a pesar de que estaban sudando no se soltaba. Entonces Rikke-Ursula se acerc� a �l. Y en el mismo instante de tocarle el pie clavado y con sangre le quem� la mano. Rikke-Ursula tuvo que reconocer que a pesar de no creer en semejantes chorradas se asust� de lo lindo. Estaba tan vac�a la iglesia y era tan inconmensurable, que de pronto fue como si la figura de Jes�s cobrara vida. Despacio y sin que nadie lo tocara, Jes�s se desliz� por s� mismo rechinando y aterriz� en el suelo con un fuerte golpe, rompi�ndose justamente la pierna que Rikke-Ursula hab�a rozado.</p><p>Fue una de las cosas m�s horribles que Rikke-Ursula hab�a experimentado jam�s hasta la fecha.</p><p>Estaban todos a punto de salir corriendo, pero llegado este punto, no pod�an dejar a Jes�s all� tirado. As� que, a pesar de que pesaba terriblemente, entre todos consiguieron levantarlo y arrastrarlo hasta el reclinatorio y all� lo empujaron hasta tenerlo medio colgando encima. Era tan extra�o que Jes�s pesara tanto, que daba igual que el piadoso Kai no quisiera, tuvo que ayudar a llevarlo. Ahora eran cinco y, aun as�, les cost� arrastrarlo hasta la calle donde les esperaba la carretilla de los peri�dicos.</p><p>Eran las siete y media y hab�a oscurecido cuando atravesaron las calles con Jes�s crucificado en la carretilla de los peri�dicos del piadoso Kai. A pesar de ello tuvieron que detenerse un par de veces y esconderse detr�s de los �rboles para no ser vistos por los transe�ntes.</p><p>El piadoso Kai llor� todo el camino hasta la serrer�a repitiendo que eso no pod�a, que �l no pod�a. Y Rikke-Ursula, a quien segu�a quem�ndole la mano, estuvo a punto de darle la raz�n. Y Maiken repet�a que ella nunca hab�a visto ni a Jes�s ni a Nuestro Se�or mirando por su telescopio, m�s que nada como si intentara record�rselo a s� misma. Y el mismo Jan-Johan, a quien de normal nada lo echaba para atr�s, estaba nervioso y arisco y no pod�a hacer el trayecto todo lo r�pido que hac�a falta. �nicamente Richard parec�a impasible, pero fue s�lo hasta llegar a la serrer�a y comprobar que el c�digo del candado no serv�a. Entonces tambi�n �l perdi� los nervios; chill�, aull� y propin� patadas, primero a la puerta y luego a la carretilla, de tal suerte que Jes�s clavado en la cruz cay� al suelo y se rompi� la otra pierna.</p><p>El piadoso Kai se puso hist�rico del todo y dijo que era una blasfemia romperle la pierna a Jes�s crucificado, y que ya no podr�an devolverlo a la iglesia cuando hubieran convencido a Pierre Anthon de que Jes�s era parte del significado, y que �l nunca m�s podr�a aparecer por la casa del Se�or. Despu�s Jan-Johan le chill� que cerrara el pico y que �no hab�a dicho precisamente Jes�s que todo pecador ser�a perdonado si cre�a en �l? Eso apacigu� al piadoso Kai y casi le hizo sonre�r de nuevo; entonces el c�digo funcion� porque lo *que pasaba era que hab�an olvidado los n�meros correctos.</p><p>En ese momento surgi� un nuevo problema.</p><p>Cuando entraron en la serrer�a arrastrando a Jes�s clavado en la cruz, fue Cenicienta, la perra de Sorensen, la que se sali� de quicio.</p><p>Sin quicio. M�s desquicio. �Perra quejona, perra tontona!</p><p>Cenicienta ladraba y ladraba e intentaba morderles cada vez que trataban de acercar a Jes�s al mont�n de significado. Y al final tuvieron que irse a casa y abandonar a Jes�s tirado en mitad del enmohecido serr�n.</p><p>Y se convirti� en un problema de verdad el Jes�s y la cruz tirados en mitad del serr�n.</p><p>Adem�s del piadoso Kai, hab�a otros que tambi�n cre�an que eso no estaba bien. A Cenicienta le daba completamente igual que estuviera bien o no y se negaba sin descanso a aceptar que Jes�s estuviera cerca del mont�n de significado. Y eso hici�ramos lo que hici�ramos.</p><p>Sesuda. Sesuda perra. �Perra quejona, perra tontona!</p><p>Ni la presi�n ni las golosinas pudieron con ella e hicieron que dejara de morder, o mejor dicho, hicieron que mordiera el anzuelo, y ninguno de nosotros ten�a valent�a para enfrentarse a sus colmillos. Tras varias horas de intentarlo est�bamos a punto de darnos por vencidos e irnos a casa. Tambi�n era hora de comer. Entonces a m� se me ocurri� algo. Pens� en aquella noche que fuimos a buscar el ata�d del peque�o Emil Jensen.</p><p>��Ella cree que es Jes�s el que la ha separado de Sorensen -dije.</p><p>��Eso est� claro -se ri� Ole.</p><p>��No, en serio -insist� yo.</p><p>��S�, totalmente en serio -volvi� a re�rse Ole y yo me enfad�.</p><p>Elise irrumpi� en la conversaci�n diciendo que yo ten�a raz�n y que nunca conseguir�amos trasladar a Jes�s y la cruz al mont�n de significado mientras Cenicienta montara guardia al lado.</p><p>Pensamos un rato en eso porque Jes�s clavado en la cruz nunca tendr�a el significado acertado si no reposaba en el mont�n.</p><p>��Pues lo cortamos en pedazos m�s peque�os -propuso el gran Hans.</p><p>��No -estall� el piadoso Kai.</p><p>Y aunque los dem�s por lo general no le hac�amos demasiado caso al piadoso Kai, eso tampoco nos pareci� una buena idea. Si lo part�amos en pedazos peque�os, ser�a como arrebatarle el significado a Jes�s.</p><p>��Pues lo pintamos de negro para que Cenicienta no lo reconozca -propuso Sebastian.</p><p>��No, no ser�a lo mismo -protest� Jan-Johan y todos estuvimos de acuerdo: un Jes�s negro no ser�a exactamente lo mismo.</p><p>���Y si coloc�is a Jes�s en el mont�n mientras yo saco la perra? -propuso Elise, y fue una propuesta a la que nadie puso objeciones.</p><p>La misma tarde despu�s de la cena volvimos a la serrer�a.</p><p>Elise le at� la cuerda a Cenicienta y tan pronto desaparecieron por la puerta, Jan-Johan y el gran Hans agarraron a Jes�s y lo arrastraron hasta el mont�n de significado. Era demasiado pesado para subirlo a lo alto, as� que lo acomodaron de manera que quedara recostado en el mont�n. La Dannebrog tembl�, un guante de boxeo desapareci� de la vista, la serpiente en formol se balance� amenazadora y Oscarito chill�.</p><p>�Jes�s crucificado formaba parte ya <emphasis>del </emphasis>mont�n de significado! Por consideraci�n a los sentimientos de Cenicienta lo hab�amos acomodado lo m�s lejos posible del ata�d del peque�o Emil, s�, exacto, en el lado opuesto. Ahora, bien mirado y teniendo en cuenta lo que Cenicienta hizo despu�s, no creo que el lugar fuera importante para ella.</p><p>Elise golpe� la puerta tres veces suavemente y tres veces fuerte.</p><p>Todos nos apartamos del mont�n. Jan-Johan abri� y ella entr� con Cenicienta renqueando despacio detr�s. La perra resoplaba y gem�a como una cazuela en pleno hervor y parec�a que fuera a desplomarse en cualquier momento. Pero en el momento de desatarla alz� la cabeza, olfate� como una perra joven y se movi� con soltura y elegancia y la cola empinada hacia el mont�n de significado, donde husme� un instante a Jes�s crucificado, despu�s se apoy� en mitad de la cruz y se me� en �l, justo a la altura de la barriga.</p><p>Mear. Orinar. �Ah no, no, no!</p><p>Gerda solt� una risita apagada. De los dem�s no sali� sonido alguno.</p><p>Las consecuencias del comportamiento de Cenicienta eran bastante incalculables y complejas. No podr�amos ya nunca devolver la figura del Jes�s meado a la iglesia.</p><p>Sin embargo, al rato, nos echamos a re�r uno tras otro. Era una escena tan c�mica, toda la divinidad rociada con el l�quido amarillo que hab�a soltado Cenicienta y que ahora resbalaba por el lateral yendo a parar a la pierna mutilada para gotear despu�s al suelo de serr�n. Y qu� diantre, de todas maneras Jes�s con las piernas rotas no estaba de buen ver.</p><p>Nos re�mos a placer y se cre� un ambiente de verdad fenomenal; finalmente Sofie fue a buscar su radiocasete y pudimos escuchar m�sica. Cantamos y berreamos divirti�ndonos hasta que descubrimos que pasaban de las nueve.</p><p>Apagamos el radiocasete y salimos con prisas hacia casa por las diferentes rutas. Imag�nate si alg�n adulto hubiera salido en busca nuestra y hubiera o�do el jolgorio en la serrer�a en desuso.</p></section><section><title><p>XV</p></title><p>Del piadoso Kai no esper�bamos mucho, pero nos dej� a todos con la boca abierta: quer�a la cabeza de Cenicienta.</p><p>Resultaba rar�simo.</p><p>Principalmente porque Cenicienta no pertenec�a a ninguno de nosotros.</p><p>Ciertamente tal vez significaba m�s para Elise, pero ella ya hab�a entregado el ata�d de su hermanito. S�lo faltaban la guapa Rosa y Jan-Johan, y �por qu� raz�n entregar la cabeza de la perra iba a significar m�s para uno de ellos dos que para los dem�s?</p><p>El piadoso Kai insist�a.</p><p><emphasis>��</emphasis>-Acaba ya con eso, Kai -dijo Ole.</p><p>��La cabeza de Cenicienta -exigi� �l.</p><p>��S� serio, Kai -dijo Elise.</p><p>��La cabeza de Cenicienta -exigi� otra vez el piadoso Kai.</p><p>��Haz una propuesta admisible -dijo Maiken.</p><p>��La cabeza de Cenicienta -continu� exigiendo el piadoso Kai, inflexible dij�ramos lo que dij�ramos.</p><p>En realidad sab�amos muy bien el porqu�.</p><p>Desde que Jes�s fue arrastrado al mont�n de dignificado, y de eso hac�a cinco d�as, Cenicienta hab�a usado la cruz de madera como su v�ter personal, tanto para lo menor como para lo mayor. Jes�s crucificado hab�a perdido ya buena parte de su divinidad con sus dos piernas rotas, pero ahora con la contin�a actividad de la perra pronto no quedar�a mucha esperanza de recuperarla. �Pero aun as�!</p><p>Al final le dijimos al piadoso Kai que escogiera algo que tuviera un especial significado para la guapa Hosa o para Jan-Johan.</p><p>��Vale -dijo-. Entonces que la guapa Rosa le corte el cuello a Cenicienta.</p><p>Ah� nos pill� a todos. La guapa Rosa no soportaba ver sangre y por eso la acci�n adquir�a un especial significado para ella. No se hable m�s.</p><p>Esa vez lloraron dos.</p><p>La bella Rosa llor� y suplic� piedad diciendo que era incapaz de hacerlo, que se desmayar�a a la mitad y quiz� tendr�a un ataque epil�ptico, tendr�a que ir a emergencias y no ser�a ya nunca m�s la misma. Elise llor� como nunca lo hab�a hecho sobre la tumba de su hermanito.</p><p>No nos apiadamos de ninguna de las dos.</p><p>Por un lado, la bella Rosa deb�a calmarse. La cabeza de Cenicienta era un sacrificio sustancialmente menor que el que muchos de nosotros tuvimos que hacer. Por otro lado, todos hab�amos sospechado que Elise no hab�a hecho un gran sacrificio, y que en realidad se hab�a alegrado de que se desenterrara el ata�d de su hermano. El piadoso Kai obtuvo dos sacrificios con una sola oraci�n.</p><p>El padre de Jan-Johan era carnicero y ten�a la tienda en la misma casa donde viv�a la familia. Y despu�s de un par de intentos fallidos logr� zafarse con un largo cuchillo de cortar carne reci�n afilado, se lo trajo a la serrer�a y lo clav� en uno de los pilares donde esperaba reluciente a que la guapa Rosa se concentrara.. Fue m�s r�pido de lo que hab�amos imaginado.</p><p>Cuando salimos de la serrer�a esa tarde de oto�o fr�a y ventosa, Cenicienta hab�a finado y su cabeza nos miraba col�rica desde encima de todo el mont�n, mientras su cuerpo segu�a encaramado al ata�d del peque�o Emil, ahora m�s rojo que blanco y desconchado.</p><p>Blanco. Rosado. Rojo como muerto.</p><p>A la guapa Rosa se la hab�a visto extra�amente impasible durante todo el d�a en la escuela. M�s tarde afirm� que estuvo a punto de desmayarse, que hab�a sido peor que repugnante y que hab�a apagado la luz de la serrer�a para no ver la sangre.</p><p>Eso de apagar la luz tal vez hab�a sido bastante buena idea, porque al ver ella el ata�d con la sangre y el cuerpo de Cenicienta sin cabeza, se desplom� sin previo aviso. El gran Hans y Ole la trasladaron al otro extremo de la serrer�a y colocaron algunos tablones de madera delante para que impidieran la visi�n del ata�d y Cenicienta. A ella no se atrevieron a tumbarla afuera por si pasaba alguien en ese momento.</p><p>Jan-Johan mir� el cuchillo que volv�a a estar clavado en el pilar, ahora totalmente oscuro de sangre seca.</p><p>���Qui�n hubiera cre�do que viv�a una matarife dentro de la guapa Rosa! -irrumpi� �ste carcaje�ndose.</p><p>Quiz� no se habr�a re�do tanto si hubiera sabido cu�l iba a ser la contribuci�n de la guapa Rosa.</p></section><section><title><p>XVI</p></title><p>Hab�a algo sospechoso en ello.</p><p>No en que la guapa Rosa hubiera podido cortarle el cuello a Cenicienta sin tambalearse y despu�s se hubiera ca�do redonda al ver la sangre en el ata�d, aunque eso fuera ya bastante raro en s� mismo.</p><p>No, lo sospechoso aflor� cuando la guapa Rosa pidi� el dedo �ndice de la mano derecha de Jan-Johan.</p><p>Ocurri� un martes por la tarde, poco despu�s de que hubi�ramos llegado todos a la serrer�a, empapados por la persistente lluvia mon�tona que tambi�n se colaba por los agujeros del techo y formaba charcos en el serr�n, tan grandes que todav�a no �ramos lo suficiente altos para saltarlos.</p><p>Rikke-Ursula dijo que eso no se pod�a pedir y a�n menos de Jan-Johan, que tocaba la guitarra y cantaba las canciones de los Beatles tan exactas como las originales, y no podr�a hacerlo sin el dedo, y por eso la guapa Rosa no pod�a ped�rselo.</p><p>��S� -dijo la guapa Rosa sin explicar por qu�.</p><p>��No -dijo Rikke-Ursula, y los dem�s la apoyamos; en alg�n punto deb�a ponerse el l�mite.</p><p>��S� -dijo la guapa Rosa.</p><p>��No -repetimos nosotros.</p><p>Y cuando esto fue repetido un sinf�n de veces, fue como si a la guapa Rosa le abandonaran las fuerzas, y nuestro no acogido con un silencio producto del agotamiento hizo pensar que hab�amos ganado.. S�lo hasta que Sofie se entrometi�.</p><p>���C�mo? �Es que no tiene importancia alguna el dedo �ndice de Jan-Johan?</p><p>No pudimos responder que no, pero un dedo, sin embargo, no era algo que pudiera pedirse. Sofie se mantuvo en sus trece sin poder entender en absoluto que eso pudiera dar pie a controversia alguna.</p><p>��Los dem�s han obtenido lo que quer�an. Y si la guapa Rosa quiere el dedo �ndice de Jan-Johan debe poder obtenerlo.</p><p>Al final accedimos, porque de todas maneras, pensamos, ninguno de nosotros querr�a cortarle el dedo a Jan-Johan.</p><p>��Lo har� yo -dijo Sofie brevemente.</p><p>La miramos un�nimemente callados.</p><p>Una extra�a frialdad la envolv�a desde aquello de la p�rdida de la inocencia.</p><p>Fr�o. Muy fr�o. Helado, nieve y hielo.</p><p>En ese momento me acord� de que Jan-Johan hab�a estado aquella tarde en la serrer�a, y no quer�a imaginarme qu� hab�a hecho con el dedo. Pero ahora sab�a muy bien qui�n le hab�a cortado el cuello a la pobre perra.</p><p>Sofie la ladina.</p><p>No le comuniqu� a nadie mis pensamientos. En primer lugar porque no estaba segura de que el dedo tuviera que ver con la obligada entrega de Sofie. En segundo lugar porque ya no me sent�a segura con lo que Sofie pod�a llegar a maquinar.</p><p>Varios de nosotros est�bamos contentos porque el mont�n de significado estaba a punto de ser completado.</p><p>A Jan-Johan eso le daba igual. Para �l pod�a ser el principio o el final, no quer�a entregar su dedo �ndice.</p><p>Si Jan-Johan no hubiera sido el �ltimo, quiz� le hubi�ramos perdonado el dedo. �Qui�n sabe lo que podr�a ocurrir despu�s? De todas maneras �sa no es toda la verdad. Porque la verdad es que si Jan-Johan no hubiera sido el l�der de la clase, el que lo decid�a todo y tocaba la guitarra y cantaba las canciones de los Beatles cuando a �l le ven�a en gana, le hubi�ramos perdonado el dedo. Pero tal y como estaban las cosas no hab�a nada que hacer.</p><p>Ten�a que ser el s�bado por la tarde.</p><p>Primero Sofie le cortar�a el dedo, despu�s le har�amos un vendaje cubri�ndoselo y por �ltimo el piadoso Kai lo transportar�a a casa de sus padres en la carretilla de los peri�dicos para que lo llevaran a urgencias y all� le hicieran un vendaje como es debido.</p><p>El domingo ir�amos a buscar a Pierre Anthon.</p></section><section><title><p>XVII</p></title><p>Empleamos el viernes por la tarde para poner orden en la serrer�a.</p><p>Era el 14 de diciembre. No faltaba mucho para la Navidad, pero no pens�bamos en ella. Ten�amos cosas m�s importantes que hacer.</p><p>Hac�a cuatro meses que pas�bamos el tiempo en la serrer�a en desuso y se notaba. El serr�n se hab�a mezclado con tierra, envoltorios de chucher�as y otras tantas porquer�as. El suelo de cemento agrietado hab�a perdido su uniformidad para formar ondulaciones y mont�culos entre los pedazos de tablones que hab�amos esparcido por doquier para jugar a la-tierra-est�-envenenada y para sentarnos en ellos. Las ara�as parec�an no haber interrumpido su actividad a causa de nuestra presencia. Al contrario, era como si hubi�ramos favorecido sus posibilidades de captura; todas las esquinas y rincones estaban repletos de ellas. Los cristales de las ventanas, los que quedaban enteros, estaban si cabe m�s sucios que cuando llegamos.</p><p>Tras pelearnos un poco por qui�n har�a qu�, nos pusimos manos a la obra.</p><p>Frederik y el piadoso Kai recogieron los envoltorios de chucher�as. Sebastian, Ole y el gran Hans trasladaron los tablones adonde estaba el resto. Y Maiken, Elise y Gerda treparon por doquier y sacudieron las telara�as. Lady Guillermo, Laura, Anna-Li y el ro�a de Henrik quitaron toda la suciedad que pudieron de los cristales, y Dennis arranc� los restos de cristales rotos, agrietados cuartos y mitades, para que no impidieran la vista. Rikke-Ursula y yo misma nos turn�bamos para rastrillar el serr�n y dejarlo dispuesto en una uniforme capa a rayas, con un rastrillo que nos prest� Sofie. Al final la serrer�a qued� muy bonita.</p><p>Una cosa con la que no pudimos hacer nada fue el hedor que hab�a empezado a despedir el mont�n de significado.</p><p>Hedor nada agradable. Desagradable. Repulsivo.</p><p>Olor en parte debido a los bienes que la finada Cenicienta hab�a legado a Jes�s y a la cruz, y en parte a las moscas que zumbaban alrededor tanto de su cabeza como de su cuerpo. Otro olor todav�a m�s nauseabundo flu�a del ata�d del peque�o Emil.</p><p>El hedor me hizo recordar algo que Fierre Anthon hab�a gritado unos d�as antes.</p><p>���Un olor nauseabundo es tan aceptable como un buen olor! -Ya no le quedaban ciruelas para tirar, as� que para acompa�ar sus palabras golpeaba con la palma de la mano en la rama donde estaba sentado-. Es a podrido a lo que huele. Y cuando algo se descompone se est� convirtiendo en algo nuevo. Y lo nuevo que se crea huele bien. Por eso no hay diferencia entre algo que huele bien y algo que huele mal, los dos forman parte del eterno carrusel.</p><p>Yo no le di respuesta, tampoco Rikke-Ursula y Mai-ken que iban conmigo. S�lo nos encogimos un poco y nos apresurarnos hacia la escuela sin comentar lo que acab�bamos de o�r.</p><p>^ Ahora me hallaba en la ordenada serrer�a tap�ndome la nariz y supe de pronto que Pierre Anthon ten�a raz�n: algo que ol�a bien pronto se convertir�a en algo que despedir�a un olor nauseabundo. Y algo que ol�a mal iba en camino de convertirse en algo que oler�a bien. Pero tambi�n sab�a que yo prefer�a algo que ol�a bien a algo que ol�a mal. �Lo que no sab�a era c�mo explic�rselo!</p><p>Era hora de darle un final al significado.</p><p>�Hora ya! �La hora final! �El �ltimo momento!</p><p>Ya no era tan divertido como antes.</p><p>En todo caso no para Jan-Johan.</p><p>Ya el viernes empez� a lamentarse mientras limpi�bamos sin que sirviera de nada que Ole lo mandara callar.</p><p>��Me chivar� -respondi� Jan-Johan.</p><p>Entonces se hizo el silencio.</p><p>��No te chivar�s -dijo Sofie con frialdad, pero �l no se <emphasis>dej� </emphasis>impresionar.</p><p>��Me chivar� -repiti�-. �Me chivar�! �Me chivar�! �Me chivar�! -repet�a como una canci�n sin melod�a.</p><p>Jan-Johan quer�a chivarse diciendo que la historia -que hab�amos inventado para que explicara a sus padres era pura mentira. Que no era verdad ni mucho menos que �l hubiera hallado el desaparecido cuchillo de su padre y que se hubiera cortado el dedo al arrancarlo de la madera donde estaba clavado.</p><p>Era insoportable escuchar esos continuos lamentos, as� que Ole dijo gritando que se callara o le caer�an un par de tortas. Ni eso le hizo efecto. Y Ole tuvo que atizarle un par de ellas, pero eso s�lo transform� los lamentos en un agudo aullido que no ces� hasta que Richard <emphasis>y </emphasis>Dennis sujetaron a Ole diciendo que ya era suficiente. Entonces mandamos a Jan-Johan a casa con el encargo de que volviera al d�a siguiente a la una.</p><p>���Si no apareces te daremos una paliza! -le grit� Ole.</p><p>��No -dijo Sofie meneando la cabeza-. Si no apareces, te cortaremos la mano entera.</p><p>Nos miramos. Nadie tuvo duda alguna de que Sofie lo dec�a en serio. Ni tampoco Jan-Johan. Agach� la cabeza y sali� corriendo a todo gas de la serrer�a.</p><p>El s�bado, cuando faltaban cinco minutos para la una, apareci� Jan-Johan.</p><p>Esa vez no corr�a sino que caminaba lentamente, casi tambale�ndose, hacia la serrer�a. Lo s� porque Ole y yo est�bamos esper�ndole afuera tiritando, azotados por un viento helado y con las manos en los bolsillos. Preparados para ir a por �l si no ven�a por su propia voluntad.</p><p>Jan-Johan empez� a lamentarse nada m�s vernos. Yo record� el empecinado silencio de Sofie esa vez de la p�rdida de su inocencia, y ella le dijo que guardara silencio y se calmara. �Vaya llorica est�s hecho!</p><p>�Llorica! �Gallina! �Janne-Johanne!</p><p>No sirvi� de nada.</p><p>Y los lamentos de Jan-Johan empeoraron cuando entramos en la nave de la serrer�a y vio el cuchillo clavado en el tabl�n encima del banco de serrar donde hab�a que <emphasis>guillotinar </emphasis>el dedo. Fue lady Guillermo la que nos proporcion� esta magn�fica palabra que expresaba lo que iba a acontecer. A Jan-Johan le importaba un pimiento la palabra. Aullaba a viva voz y ridiculamente y era imposible entender esos sonidos que no llegaban a ser palabras claras. Pero entendimos una de ellas:</p><p>��Mam�, mam� -chillaba.</p><p>Se tir� al serr�n y rod� con las manos apretadas entre las piernas y todav�a no hab�amos empezado.</p><p>Era lastimoso.</p><p>�Llorica! �Gallina! �Janne-Johanne!</p><p>Peor que lastimoso, porque �l era el l�der de la clase y sab�a tocar la guitarra y cantar las canciones de los Beatles; pero en un tris tras se hab�a convertido en una chillona bola lactante a la que apetec�a chutar.</p><empty-line/><p>Uno de los Jan-Johan se hab�a transformado en otro, y a nosotros nos gustaba el primero. Pens� entonces que quiz� fuera ese otro el que Sofie hab�a visto esa * tarde de su inocencia, con la diferencia de que esa vez era �l el que estaba situado encima, y entonces un escalofr�o me recorri� el cuerpo tan s�lo con la idea de cu�ntas personas diferentes puede haber en una sola persona.</p><p>Poderoso y miserable. Distinguido y basto. Valiente y cobarde.</p><p>Era imposible tener todo eso bajo control.</p><p>��Es la una -dijo Sofie interrumpiendo mis pensamientos, lo que tal vez me salv� porque ya no estaba segura de qu� derroteros tomar�an �stos.</p><p>Jan-Johan lanz� un prolongado aullido quejoso y rod� por el serr�n sin miramiento alguno por el dibujo a rayas del rastrillado de Rikke-Ursula y m�o.</p><p>��Elise, Rosa y Fr�derik, idos afuera y ocupaos de que no se acerque alguien lo bastante para que pueda o�r algo -dijo Sofie con sangre fr�a.</p><p>La puerta se cerr� tras salir los tres; Sofie se volvi� hacia Ole y el gran Hans.</p><p>��Ahora os toca a vosotros.</p><p>Jan-Johan se levant� de un salto y se agarr� a un pilar rode�ndolo con los brazos. Ole y el gran Hans tuvieron que forcejear un rato antes de que pudieran despegar sus brazos. Cuando consiguieron separarlo, Richard y el piadoso Kai tuvieron que echarles una mano para conseguir arrastrarlo debido a lo mucho que se retorc�a.</p><p>��Mirad, se est� haciendo pis -irrumpi� Richard de repente, y era verdad.</p><p>Gerda se ri� entre dientes. Los dem�s miramos con asco ese irregular y oscuro reguero que quedaba en el serr�n.</p><p>Aunque al fin consiguieron tumbarlo en el banco de serrar, no se le pod�a mantener quieto. El gran Hans tuvo que echarse encima de su barriga. Funcion�, pero todav�a apretaba los pu�os neg�ndose rotundamente a abrir la mano, y eso a pesar de los argumentos f�sicos que le propinaban tanto Ole como el gran Hans.</p><p>��Si no quieres poner el dedo en el banco, tendr� que cort�rtelo en la posici�n en que lo tienes -dijo Sofie tranquilamente.</p><p>Hab�a algo de horrible en esa tranquilidad. Aun as� nos la contagi� a todos. Lo que iba a acontecer era un sacrificio necesario en la lucha por el significado. Todos deb�an poner de su parte. Cada uno de nosotros hab�amos aportado algo. Ahora le tocaba a Jan-Johan.</p><p>No era tan malo.</p><p>Cuando Jan-Johan todav�a bramaba a grito pelado, Hussain levant� su brazo que acababa de liberarse del yeso y dijo:</p><p>��No hay de qu� tener miedo. S�lo se trata de un dedo.</p><p>��S�, nadie muere de eso -dijo el gran Hans desde encima de su barriga y le oblig� a abrir la mano derecha</p><p>��Y si no hiciera da�o -a�adi� Anna-Li calmada-, no significar�a nada.</p><p>El cuchillo penetraba en el dedo chirriando tan horriblemente que me arranc� un jadeo. Mir� las sandalias verdes y aspir� profundamente. Durante un segundo se hizo un silencio total. Despu�s Jan-Johan chill� tan fuerte que nunca antes hab�a o�do algo similar. Me tap� los o�dos y aun as� resultaba insoportable.</p><p>Cuatro veces tuvo Sofie que apretar el cuchillo; era muy dif�cil acertar con �l revolvi�ndose de aquel modo. La tercera y la cuarta vez mir�. A pesar de todo era inte-<sup>% </sup>resante ver c�mo el dedo se convert�a en una hilacha y un mu��n. Despu�s todo se cubri� de sangre; fue acertado haber mandado afuera a la guapa Rosa porque hubo mucha sangre.</p><p>Hab�a durado una eternidad y acab� en seco.</p><p>Sofie se incorpor� despacio, sec� el cuchillo con una mano de serr�n y lo clav� en la madera donde hab�a estado. Las manos se las sec� en el pantal�n tejano.</p><p>��Ya est� -dijo y se volvi� para recoger el dedo.</p><p>Lady Guillermo y Maiken le hicieron un vendaje provisional a la mano, el piadoso Kai acerc� la carretilla de los peri�dicos y cuando a Jan-Johan le fallaron las piernas, el gran Hans lo traslad� afuera y lo subi� a la carretilla.</p><p>Jan-Johan sollozaba tanto que casi no pod�a tomar aire para respirar y hab�a aparecido una gran mancha marr�n y maloliente por detr�s de sus pantalones.</p><p>���Recuerda que t� eres el siguiente que escoger�! -grit� Ole para animarlo un poco, aunque no hubiera un siguiente.</p><p>A menos que se pensara en Pierre Anthon.</p><p>El piadoso Kai puso en marcha la bicicleta y la carretilla de los peri�dicos triscaba �gil detr�s, alej�ndose del lugar con el sollozante Jan-Johan.</p></section><section><title><p>XVIII</p></title><p>No s� lo que hubiera pasado si Jan-Johan no se hubiera chivado. Sucedi� que la polic�a fue a la serrer�a antes de que tuvi�ramos ocasi�n de llevar a Pierre Anthon all�.</p><p>Segu�amos all� cuando lleg�. Todos.</p><p>Lo que luego dijeron por escrito a nuestros padres fue que, adem�s de veinte impasibles alumnos de s�ptimo, encontraron un maloliente mont�n con un contenido singular y macabro; entre otras cosas hab�a un perro decapitado, un ata�d de ni�o, posiblemente con contenido (en consideraci�n a que constitu�a una prueba no quisieron abrirlo), un dedo sangrante, una figura de Jes�s v�ctima del vandalismo, una Dannebrog, una serpiente sumergida en formol, una alfombra de rezos, un par de muletas, un telescopio, una bicicleta amarillo ne�n, etc�tera.</p><p>Fue el �etc�tera� lo que nos ofendi�. Como si se pudiera reducir el significado a un �etc�tera�.</p><p>Etc�tera. Y m�s cosas. Y otras cosas que no hace falta nombrar, al menos por ahora.</p><p>No tuvimos posibilidad de protestar porque el esc�ndalo que se form� fue de abrigo.</p><p>Que faltaran pocos d�as para la Navidad nadie lo consider� una atenuante.</p><p>A la mayor�a de nosotros nos impusieron arresto domiciliario, algunos recibieron una paliza, y Hussain ingres� de nuevo en urgencias y all� se encontr� con Jan-Johan. En eso, al menos, tuvieron suerte porque pudieron compartir habitaci�n y hablar all� y quedarse en cama. Yo s�lo pod�a, desde la cama, mirar la pared y la alfombra rayada, desde el momento en que la polic�a me acompa�� a casa y le entreg� una carta a mi madre, el s�bado por la tarde, hasta que el lunes tuve permiso para ir a la escuela bajo la orden de que al terminar deb�a ir directamente a casa. Y eso era s�lo el principio.</p><p>En la escuela nos dieron un rapapolvo m�s.</p><p>Pero nosotros est�bamos obcecados y no nos d�bamos por vencidos. Es decir, casi: algunos lloraron y pidieron perd�n. El ro�a de Henrik solloz� y dijo que todo fue culpa nuestra, y que �l no quiso participar en nada. Ni siquiera en lo de la serpiente en formol.</p><p>��Perd�n, perd�n -gritaba el piadoso Kai al rato. Era para ponerse mala oy�ndolo y Ole, al final, se vio obligado a pellizcarle fuerte en el muslo.</p><p>��Lo siento, no lo har� nunca m�s -chill� Fre-derik, y aun estando sentado estir� tanto la espalda que pareci� que estaba de pie. En todo caso, hasta que Maiken atin� a clavarle la punta de un comp�s en el costado.</p><p>Sofie trasladaba su mirada de desprecio de un renegado a otro. Y se comportaba con absoluta calma. Cuando el profesor Eskildsen, tras reprendernos sin interrupci�n durante treinta y ocho minutos, golpe� su mesa diciendo que qu� provecho hab�amos sacado de todo eso, fue ella la que respondi�.</p><p>��Significado. -Asinti� como para s� misma-. Vosotros no nos hab�is ense�ado nada. As� que lo hemos aprendido solos.</p><p>Sofie fue enviada de inmediato al despacho del subdirector.</p><p>Las malas lenguas contaban que en el despacho del subdirector ella s�lo repiti� la misma palabra, a pesar de que �ste le impuso un castigo y la amonest� tan fuerte que pudo o�rse desde el patio de la escuela.</p><p>Cuando Sofie volvi� a entrar en la clase, ten�a una luz extra�a en los ojos. La contempl� largo rato. Aparte de un ligero sonrojo en las mejillas en la regi�n cercana a la ra�z del pelo, su rostro reflejaba palidez e impasibilidad, quiz� con una pizca de frialdad pero tambi�n con el rescoldo de una viva llama. Sin saber a ciencia cierta el qu�, present�a que esa llama interna estaba vinculada al significado. Decid� no olvidarlo pasara lo que pasara. Aunque esa llama ardiendo no fuera algo que pudiera depositarse en el mont�n, y aunque yo, de una u otra manera, tampoco pudiera refer�rsela a Pierre Anthon.</p><p>En el recreo pateamos por todo el patio mientras discut�amos qu� har�amos.</p><p>Hac�a fr�o y los guantes y los gorros calentaban poco rato; el asfalto del patio estaba cubierto por una ligera capa de aguanieve que nos dejaba las botas mojadas y asquerosas. Pero no nos quedaba otra; formaba parte de nuestro castigo eso de tener que pasar los minutos de recreo afuera.</p><p>Algunos eran m�s partidarios de que cont�ramos toda la historia y dej�ramos claro que Pierre Anthon ten�a la culpa de todo y despu�s devolvi�ramos las cosas a su lugar de origen.</p><p>��As� quiz� me den permiso para izar la bandera de nuevo -dijo Frederik esperanzado.</p><p>��Y yo pueda volver a la iglesia -dispar� el piadoso Kai.</p><p>��Quiz� sea esto lo mejor -parec�a que Sebastian se alegraba con la idea de poder ir a pescar otra vez.</p><p>��No -estall� Anna-Li sorprendi�ndonos una vez m�s-. Todo lo que hemos hecho perder�a el significado.</p><p>���Y a m� nadie me devuelve a Oscarito, verdad! -a�adi� Gerda disgustada y ten�a raz�n. Oscarito hab�a sucumbido a la primera helada la noche del 3 de diciembre.</p><p>���Pobrecita Cenicienta! -suspir� Elise pensando que quiz� hubiera muerto sin provecho alguno.</p><p>Yo no dije nada. Era invierno y en esa estaci�n del a�o mis sandalias verdes no me serv�an de nada. La mayor�a de nosotros todav�a est�bamos unidos. Y So-fie tuvo absoluto respaldo cuando escupi� en el asfalto delante de las botas del piadoso Kai.</p><p>���Gallinas! -gru��-. �Tan f�cilmente os dais por vencidos?</p><p>Frederik y el piadoso Kai rascaban el asfalto con los talones de las botas. Sebastian se encogi�.</p><p>��Hay tanto esc�ndalo, adem�s hemos hecho algo indebido -se lanz� Frederik cauteloso.</p><p>���Acaso �o se trata de significado lo que tenemos en la serrer�a? -Mir� a Frederik a los ojos hasta que �l baj� la mirada asintiendo-. �Si renunciamos al significado, no nos queda nada!</p><p>�Nada! �Ninguna cosa! �Nada en absoluto!</p><p>���Estamos de acuerdo? -Pase� la mirada por nosotros con la llama en su rostro ardiendo m�s que nunca-. �No es el significado m�s importante que todo lo dem�s?</p><p>��Por supuesto -dijo Ole, y aprovech� la ocasi�n para propinarle a Frederik un fuerte empell�n que casi lo tira al suelo.</p><p>Los dem�s asentimos murmurando: claro, por supuesto y naturalmente y no pod�a ser de otra manera. Porque as� era.</p><p>��Queda un problema por resolver -continu� Sofie-. �C�mo conseguir mostrarle el mont�n de significado a Fierre Anthon?</p><p>No tuvo necesidad de explicar lo que estaba pensando. La polic�a hab�a bloqueado la serrer�a y el mont�n de significado como pruebas del caso. Y todos est�bamos sujetos a arresto domiciliario.</p><p>Toc� el timbre, la �nica posibilidad de seguir discutiendo el tema era en las pr�ximas pausas de un cuarto de hora.</p><p>Sofie hall� la soluci�n a la primera parte del problema.</p><p>��Con un poco de suerte podremos burlar el cerco policial -dijo-. La serrer�a tiene una ventana en el techo del desv�n, justo en el lateral opuesto a la calle y a la entrada. La polic�a no monta guardia en ese lado. Si conseguimos una escalera, podremos encaramarnos y entrar por ah�.</p><p>Con el arresto domiciliario era peor. A pocos les apetec�a provocar a sus enojados padres precisamente ahora.</p><p>��Quiz� podr�amos pedirle a Pierre Anthon que acuda solo a la serrer�a y lo vea todo -propuso Richard.</p><p>��Nunca lo conseguir�amos -dijo Maiken-. Creer�a que intentamos burlarnos de �l.</p><p>Yo tuve una idea.</p><p>���Y si <emphasis>Taering Martes </emphasis>publicara una historia sobre nosotros y el mont�n? Seguro que �l sentir�a curiosidad y se acercar�a a verlo.</p><p>���Pero c�mo conseguimos que el peri�dico hable de nosotros? -dijo Ole. La polic�a manten�a en secreto lo de la serrer�a precisamente por nuestros nombres y edad.</p><p>��Llamamos al peri�dico fingiendo ser ciudadanos escandalizados que han sabido de esa profanada figura de Jes�s, etc�tera. -Yo misma me re� de la ocurrencia.</p><p>���No digas eso de etc�tera! -grit� Gerda pensando seguramente en Oscarito all� tieso en su jaula en lo alto del mont�n.</p><p>���No ser� yo quien llame!</p><p>���Pues qui�n entonces?</p><p>Nos miramos unos a otros. No entend�a por qu� todos acabaron mir�ndome a m�, eso me ocurr�a por no� mantener la boca cerrada.</p><p>��Boca cerrada. Callada. No decir____________________.</p><p>Podr�a haberme tragado la lengua.</p><p>Esa tarde no estuve a solas en casa ni un solo instante. Sin embargo al tercer d�a se me present� la ocasi�n: mi hermano fue a jugar f�tbol y mi madre ten�a que salir a comprar. Tan pronto como mi madre se alej� en su bicicleta cog� el tel�fono de la cocina y marqu� el n�mero.</p><p>��<emphasis>Taering Martes </emphasis>-dijo una chillona voz de mujer.</p><p>��Quiero hablar con el redactor jefe -dije, m�s porque no sab�a por qui�n preguntar que otra cosa. Hablaba con un jersey encima del auricular. Pero no vali�.</p><p>���A qui�n tengo que anunciar? -pregunt� la voz femenina demasiado curiosa.</p><p>��Hedda Huid Hansen.</p><p>Fue el �nico nombre que me vino a la mente, aunque enseguida me arrepent� porque la idea era que la llamada fuera an�nima. Pero se trataba del nombre de la esposa del pastor y no del m�o, as� que no ten�a por qu� preocuparme. Y al menos me pondr�an, como m�nimo, con el redactor jefe.</p><p>��Soborg -dijo �l con profunda voz rugiente.</p><p>La voz me tranquiliz�. Sonaba rara y amistosa como la de mi abuelo, as� que fui a por todas.</p><p>��Le habla Hedda Huid Hansen. S�, querr�a que tratara usted el tema confidencialmente, pero creo que hay algo de lo que su peri�dico tendr�a que encargarse. -Tom� una profunda bocanada de aire como si estuviera conmocionada-. S�, usted habr� o�do algo referente a los terribles sucesos ocurridos en la iglesia y entornos estos �ltimos d�as. Primero el cementerio fue arrasado y dos l�pidas robadas, despu�s nuestro Jes�s crucificado fue robado de la iglesia, incluso siendo domingo. -Aspir� otra vez produciendo un sonido sibilante-. De lo que estoy segura es de que usted no ha o�do que estas joyas nacionales acaban de ser halladas. Junto a un peque�o ata�d que quiz� contenga algo y a una serpiente en formol, a una bicicleta amarillo ne�n y -entonces baj� la voz- a un perro decapitado, a un h�mster muerto, a un dedo �ndice ensangrentado y cantidad de cosas m�s. Ah, y tambi�n a un par de sandalias verdes.</p><p>No pude evitar a�adir esto �ltimo, aunque en verdad no fue inteligente. Por fortuna el redactor jefe no lo asoci� con nada en especial.</p><p>��Eso es horrible.</p><p>��S�, horripilante, �cierto? En la serrer�a en desuso. Y se dice que existe un grupo de ni�os que han sido los que han reunido todos esos, s�, c�mo llamarlos, objetos, porque se dedicaban a juntar significado. S�, realmente aquello de la serrer�a debe de ser algo parecido a <emphasis>�un mont�n de significado! </emphasis>-y arrastr� el aire entre los dientes as� que silb� otra vez.</p><p>El redactor jefe repiti� que eso era, en verdad, una historia horrible, pero despu�s dijo que en esos d�as con la Navidad a la vuelta de la esquina no pod�a prescindir de personal. Aunque nada m�s colgar se asegur� de que la serrer�a en desuso de la que hablaba Hedda Huid Hansen estaba en Taering Markvei, totalmente en un extremo de la ciudad<sup>1</sup>.</p><p>Creo que el redactor jefe pens� que toda esa historia era un embuste, pero ten�a la esperanza de haberle provocado la suficiente curiosidad para que pusiera a un periodista a investigar. Para m�s seguridad llam� a Sofie. Quiz� valiera la pena estar al tanto de si se acercaba alguien a la serrer�a.</p><p>Se celebr� la fiesta de Navidad en la escuela (en la que s� nos prohibi� participar) y lleg� la noche anterior a la Nochebuena (ah� empezaron nuestros padres a ablandarse), y lleg� Nochebuena (con alivio constatamos que no nos hab�an hecho menos regalos que a nuestros formalitos hermanos y hermanas, o que en a�os anteriores). Pero la aut�ntica Navidad no lleg� hasta el d�a anterior a la Nochevieja, cuando pudo leerse en <emphasis>Taering</emphasis></p><empty-line/><p><emphasis>Martes </emphasis>que los demonios hab�an hallado el camino a Taering.</p><p>Esos demonios �ramos nosotros.</p><p>La p�gina tres conten�a una detallada descripci�n del mont�n de significado.</p><p>Debido a la prohibici�n de revelar la identidad de los autores no se daban nuestros nombres, s�lo pon�a que se sospechaba de uno de los cursos superiores de la Escuela Taering. Nos sentimos no poco halagados, y eso a pesar de que Pierre Anthon todav�a no se hab�a personado por las cercan�as de la serrer�a. Tan pronto como empez� la escuela el 4 de enero, nos paseamos por el patio con la espalda bien erguida y d�ndonos aires de importancia para que a los de la otra clase de s�ptimo y a los cursos por debajo del nuestro no les cupiera la menor duda de que est�bamos en posesi�n de algo que ellos no sab�an. Tambi�n los hubo, y muchos, que intentaron tirarnos de la lengua, pero lo �nico que les dec�amos era que hab�amos hallado el significado.</p><p>Fue Sofie la que nos instru�a. Deb�amos responder con la palabra significado y nada m�s y eso hicimos.</p><p>���Hemos hallado el significado!</p><p>Era tambi�n lo que respond�amos a los profesores y a nuestros padres y a la polic�a y a todos los que nos preguntaban por qu� una y otra vez.</p><p>Y fue tambi�n lo que respondimos a los grandes peri�dicos cuando aparecieron.</p></section><section><title><p>XIX</p></title><p>Los peri�dicos de la costa oeste aparecieron primero. Luego los de la ma�ana. M�s tarde los de la capital y los diferentes peri�dicos locales. Al final llegaron las revistas semanales y el canal de la televisi�n regional.</p><p>Y quedaron divididos en dos.</p><p>El primer grupo estaba de acuerdo con el <emphasis>Taering </emphasis><emphasis>Martes: </emphasis>�ramos unos agitadores ingobernables y deb�an encerrarnos en un correccional. El segundo grupo empez� a murmurar, para sorpresa nuestra, sobre arte y sentido de la vida, mientras que el �ltimo se inclinaba m�s bien hacia el mismo lado que los primeros. El debate a favor y en contra no tard� en coger un ritmo atropellado.</p><p>�A favor! �En contra! �A favor por en contra!</p><p>No entend�amos la intensidad de la furia y las palabras tanto de los �a favor� como de los �en contra�. Y gentes de todo el pa�s, pero mayormente de la capital, aunque nunca antes hubieran mostrado inter�s alguno por Taering y sus alrededores, iniciaron una peregrinaci�n hasta aqu�. Un hecho consumado fue que la furia y las palabras a favor y en contra hac�an crecer la importancia del mont�n de significado. Pero lo que era m�s importante a�n: con toda esa prensa y las visitas de los cr�ticos de arte, de una pila de gente refinada y de unas cuantas personas corrientes, la polic�a se vio obligada a abrir la serrer�a y permitir las visitas de las doce a las diecis�is horas cada d�a.</p><p>Ahora le resultaba f�cil a Pierre Anthon acudir a ver el mont�n de significado.</p><p>Con lo que no hab�amos contado era con que Pierre Anthon no quer�a.</p><p>��Nada importa, y no vale la pena preocuparse por nada. Ni tampoco por vuestro mont�n de cachivaches -eso fue todo lo que dijo.</p><p>Hici�ramos lo que hici�ramos no lo sac�bamos de sus trece. Cada vez que intent�bamos seducirlo o amenazarlo para que se acercara, la respuesta era una y siempre la misma: �No!</p><p>Nos decepcion� much�simo.</p><p>S�, tanto que casi nos arrebata el coraje, porque su actitud lo despose�a todo de significado: Oscarito y la inocencia y Cenicienta y el dedo de Jan-Johan y el peque�o Emil y la Dannebrog y el pelo azul de Rikke-Ur-sula y todo lo dem�s all� en el mont�n de significado. Y no serv�a de nada que m�s y m�s personas pensaran que el mont�n significaba algo, ni que ya no se nos mirara con malos ojos, ni nuestros padres ni los profesores ni la polic�a.</p><p>Lo intentamos una y otra vez.</p><p>Algunas veces en grupos y otras veces toda la clase (exceptuando el piadoso Kai que se hab�a condenado a s� mismo a ayudar en misa y a mantener arresto domiciliario cuatro d�as m�s que nosotros). No hab�a nada que hacer. Ni siquiera sirvi� de nada que la prensa sueca, luego la noruega y la de los dem�s pa�ses n�rdicos junto a la mayor�a de la prensa europea y m�s tarde de la norteamericana, y finalmente de la prensa de todo el mundo, vinieran a Taering y nos convirtieran en algo.</p><p>Y algo era igual a alguien.</p><p>�A pesar de lo que Pierre Anthon dijera!</p><p>Hab�a sido emocionante que el <emphasis>Taering Martes </emphasis>escribiera sobre nosotros. Fant�stico que la prensa nacional llegara y entre ellos empezaran a pelearse y discutir sobre el mont�n de significado, pero fue del todo incre�ble y de significado extremo cuando apareci� prensa de todo el mundo. Normalmente enero en Taering no era un mes de festejos. Ese a�o enero no acababa.</p><p>Enero.</p><p>Enero.</p><p>Enero.</p><p>Enero.</p><p>Y en febrero continu� siendo enero, incluida lacuaresma; hasta el 1 de marzo fue enero.</p><p>Nos fotografiaron por delante, por detr�s y de lado, tanto desde un �ngulo inferior oblicuo como desde uno superior. Los fot�grafos nos persegu�an para obtener la mejor sonrisa, la m�s inteligente de las arrugas, de la frente, el gesto m�s magn�fico. Los periodistas llamaban de d�a y de noche a nuestra puerta, y los canales de televisi�n de todos los pa�ses habidos y por haber situaban sus c�maras afuera de la escuela y nos filmaban cuando entr�bamos o sal�amos. Incluso Jan-Johan estaba satisfecho y levantaba valiente el mu��n vendado mostr�ndolo a todos los fot�grafos para que la falta del dedo �ndice pudiera ser inmortalizada aqu� y all�.</p><p>Pero m�s que nada, periodistas y fot�grafos acud�an masivamente a la serrer�a en desuso para halar la propia perspectiva del fen�meno.</p><p>El mont�n de significado empezaba a ser del dominio p�blico.</p><p>Todo el mundo estaba impresionado. Todos a excepci�n de Fierre Anthon.</p></section><section><title><p>XX</p></title><p>���Todo esto ya ha sucedido antes! -grit� Fierre Anthon con una nube de vaho helado que rodeaba el oscuro agujero del pasamonta�as-. Ahora esto es noticia y todo el mundo tiene la mirada volcada en Taering. E1 mes que viene Taering ser� olvidado y el mundo entero estar� en otro lugar -dijo y escupi� desde�oso a la acera, pero no nos dio.</p><p>Ni con sus esputos ni con sus palabras.</p><p>���C�llate la boca! -chill� Jan-Johan-. S�lo nos tienes envidia.</p><p>���S�lo nos tienes envidia! �S�lo nos tienes envidia! -cantamos como un jubiloso eco.</p><p>�ramos famosos, y no exist�a nada que pudiera derrocarnos.</p><p>No exist�a nada que pudiera derrocarnos porque �ramos famosos.</p><empty-line/><p>Era el d�a despu�s de que apareciera el primer peri�dico ingl�s, y a pesar de que no quer�a, Pierre Anthon particip� del significado y de la fama. Por fortuna no nos importaba ni eso ni tampoco que no quisiera venir a la serrer�a a ver el mont�n de significado. Completamente, del todo, por completo.</p><p>Y los que estaban en contra del mont�n de significado nos tra�an sin cuidado, tanto si eran de Taering, de la prensa como de otros lugares del pa�s y del mundo. Porque hab�a much�simos que estaban a favor nuestro.Y tanta gente no pod�a equivocarse.</p><p>�Muchos! �M�s! �La verdad!</p><p>Y la verdad no disminuy� cuando nos invitaron a Atlanta para participar en un show televisivo que se retransmitir�a en Estados Unidos y el resto del mundo.</p><p>Todos en Taering estaban envueltos en la discusi�n de si se nos deber�a autorizar a viajar a Norteam�rica o no. A los habitantes de Taering que estaban en contra del significado, del mont�n y nuestro, no les hac�a falta valorarlo. Ni hablar de que se nos diera permiso para ponernos en evidencia -a nosotros, a Taering y a ellos- ante la mirada del mundo entero. �Como si no fuera ya bastante horrible el estado actual de las cosas! Los dem�s habitantes de nuestra ciudad estaban orgullosos de la invitaci�n, de nosotros y del significado porque Taering nunca antes hab�a sido objeto de tanta atenci�n, ni por una ni otra circunstancia.</p><p>La mayor�a apoyaba el significado.</p><p>A pesar de ello nos prohibieron hacer el viaje.</p><p>Claro, cuanto m�s a favor nuestro se estaba, m�s razones hab�a para brindarnos cuidados extras, tanto a nosotros como al mont�n de significado. Y a pesar de lo que dijeron los del canal de televisi�n, nunca se sab�a qu� pod�a pasarnos al otro lado del Atl�ntico.</p><p>Nos hartaba, pero no tanto. Que nos cuidaran tan bien s�lo aumentaba nuestro significado. Eso nos parec�a a nosotros.</p><p>Hasta que volvimos a pasar por delante de Tasringvei, 25.</p><p>Era un lunes por la ma�ana, oscuro, fr�o y ventoso. No habr�a sido especialmente agradable salir para encaminarse a l� escuela si no hubiera sido porque el significado continuaba haciendo sombra tanto a las matem�ticas como a la lengua, al alem�n, a la historia, a la biolog�a y a todo lo que era aburrido de la ciudad. Yo iba acompa�ada de Rikke-Ursula, Gerda y Lady Guillermo y, mientras nos inclin�bamos hacia delante bati�ndonos contra el viento, discut�amos sobre si �ramos lo suficiente importantes para que la presentadora del show televisivo norteamericano viniera a nuestra ciudad, ya que nosotros no pod�amos ir hasta ella.</p><p>Lady Guillermo estaba segura de estar en lo cierto.</p><p>��<emphasis>Bien s�r! </emphasis>-dijo y asinti� otra vez-. <emphasis>Bien s�r, </emphasis>vendr�.</p><p>Yo misma pensaba que no pod�a ser de otro modo, pero antes de llegar al tema de cu�l ser�a el lugar m�s adecuado para filmar el show y qu� nos pondr�amos, fuimos interrumpidos por Fierre Anthon.</p><p>��Ja -grit� sin problema alguno para ensordecer el viento desde su rama-. �Como si la prohibici�n de que hag�is el viaje tuviera algo que ver con vuestra seguridad! -se carcaje�-. Cu�nto dinero cre�is que Taering ganar�a si os llevarais de aqu� a periodistas y fot�grafos, en lugar de que siga llegando m�s y m�s gente y se aloje en fondas y dem�s lugares con un metro cuadrado por alquilar; comer tambi�n comen y consumen cerveza, chocolate y cigarrillos, se hacen arreglar los zapatos y todo lo impensable. �Ja, ja! �Hasta qu� punto os pod�is permitir ser tan tontos? -Pierre Anthon agit� su pasamonta�as al viento y �ste form� parte de su risa.</p><p>��El que r�e el �ltimo r�e mejor -grit� Rikke-Up-sula-. Espera y ver�s. Si<emphasis/>el significado no<emphasis/>puede ir al show televisivo, el show televisivo ir� al significado.</p><p>���S�, totalmente cierto! -se ri� Pierre Anthon-. �El que r�e el �ltimo r�e mejor! -Y solt� una carcajada fuerte que son� a convincente argumento y convencimiento.</p><p>���Ja, ja! �Jo, jo! �Yo llevo raz�n!</p><p>Tanto si Pierre Anthon sab�a lo que se dec�a como si lo adivinaba, acert�.</p><p>Lo de actuar para Estados Unidos y el resto del mundo qued� en agua de borrajas. Porque aunque fu�ramos importantes y significativos, la presentadora de televisi�n lo era m�s. Y no ten�a tiempo para venir a Taering a hablar con nosotros.</p><p>Eso ya era bastante malo en s� mismo.</p><p>Mucho peor fue, sin embargo, que eso sembrara en m� una sombra de duda acerca de si Pierre Anthon hab�a dado con algo importante: que el significado es relativo y por tanto vac�o de significado.</p><p>Pero no dije nada.</p><p>Ten�a miedo de Sofie, pero no s�lo eso. Era agradable estar rodeado de fama y de fe en el significado y no quer�a alejarme de aquello porque afuera no exist�a m�s que exterior y la nada. Por eso continuaba pavo-ne�ndome y d�ndome aires de importancia, como si realmente hubiera hallado el significado y no dudara de lo que era.</p><p>Era f�cil fingir. Si bien es cierto que continuaban sonando muchas voces en contra, la furia con la que se libraba la batalla por el significado del mont�n de significado s�lo pod�a entra�ar que el asunto era de una enorme importancia. E importancia era igual a significado, por eso enorme importancia era igual a enorme significado.</p><p>Incluso yo dudaba, claro, pero s�lo un poquito.</p><p>Poquito. Menos. Nada.</p><p>Ganamos la batalla sobre el significado en la prensa local y mundial.</p><p>Lo raro fue que esa victoria acabara por sentirse como derrota.</p></section><section><title><p>XXI</p></title><p>Fue un gran museo de New York el que decidi� el asunto. Su nombre estaba formado por unas c�micas abreviaturas que sonaban a algo que un ni�o no podr�a pronunciar con claridad. Aunque el nombre sonara a toemez, sell� el rabioso debate de una vez por todas: nos ofreci� tres millones y medio de d�lares por el mont�n de significado.</p><p>De pronto todos supieron que el mont�n de significado era una obra de arte y que s�lo ignorantes no iniciados pod�an sostener lo contrario. Incluso el cr�tico de arte de la prensa de la costa oeste se retract� y dijo que, despu�s de mirar ese mont�n con m�s detenimiento, vio que era, con todo, casi genial y quiz� un exponente de una interpretaci�n nueva y original del sentido de la vida. Resultaba que la primera vez s�lo lo hab�a visto de frente, escribi�.</p><p>Tres millones y medio de d�lares era mucho dinero, pensamos, sin realmente tener precisa conciencia de la enorme suma. A trav�s de un abogado, contratado para representarnos, insistimos en que el precio del mont�n de significado era tres millones seiscientos mil d�lares. Nunca hay que vender m�s barato si se puede vender i� m�s caro. S�, al final pedimos tres millones seiscientos veinte mil d�lares, un extra para pagar a la iglesia por un Jes�s crucificado nuevo porque �se ya no pod�amos devolverlo.</p><p>El museo acept�, y as� qued� la cosa.</p><p>S�lo quedaba pendiente acordar una fecha para que se llevaran el mont�n de significado.</p><p>Hubo que arreglar muchos papeles y permisos para que el mont�n pudiera sacarse del pa�s. Pero mientras tanto -a pesar de lo ins�litamente fr�a que fue aquella primavera- los componentes corruptibles se deterioraban muy aprisa cada d�a que pasaba. El museo se puso, al fin, de acuerdo consigo mismo en que fuera el 8 de abril, cuatro semanas y media despu�s de la fecha en que se acord�. Entonces la gente del museo y sus abogados abandonaron Taering, y con ellos la prensa mundial, entre ellos nuestra prensa nacional. Taering volvi� a ser la ciudad que siempre hab�a sido:</p><p>Aburrida. M�s que aburrida. Aburrid�sima.</p><p>Fue muy estramb�tico.</p><p>Hab�amos hallado el significado y con �l el sentido de todo. Todos los expertos habidos y por haber declararon lo magn�fico que era nuestro mont�n de significado. Un museo americano pagaba millones por �l.</p><empty-line/><p>Y aun as� parec�a que ya no interesaba a nadie. No lo entend�amos.</p><p>O el mont�n ten�a significado o no lo ten�a. Y habi�ndose puesto de acuerdo todo el mundo en que lo ten�a, no pod�a ahora dejar de tenerlo.</p><p>�bamos y ven�amos de la escuela sin la presencia ni de una sola c�mara ni de un solo periodista. Nos fuimos a la serrer�a. El mont�n de significado no hab�a cambiado en nada (ni se notaba que se hab�an sacado del resquebrajado ata�d los restos del peque�o Emil y se hab�an depositado en un nuevo ata�d que fue enterrado y ahora se resquebrajaba bajo tierra como el primero). Nada hab�a cambiado, que el mont�n pareciera haber disminuido ten�a que deberse exclusivamente a una alucinaci�n. �Verdad?</p><p>Por otro lado, era un hecho consumado el que enero, con toda la fama y el significado consiguientes, quedaron barridos de pronto, la primera semana de marzo.</p><p>A Pierre Anthon le divert�a.</p><p>��El significado es significado. Por tanto, si en verdad lo hubierais hallado, seguir�ais teni�ndolo. Y la prensa de todo el mundo seguir�a estando aqu� para intentar descubrir en qu� consiste. Pero la prensa no <emphasis>est� </emphasis>aqu�, �por tanto sea lo que sea lo que hab�is hallado no es significado porque �ste, por supuesto, no existe!</p><p>Intentamos hacer como si tal cosa andando con la cabeza bien alta y sinti�ndonos importantes, algo y alguien.</p><p>Al principio nos result� tan bien que casi nosotros mismos llegamos a creerlo. Ayud� un poco la relectura de muchos de los recortes de prensa pegados en una libreta apropiada para el caso y volver a ver las filmaciones de los v�deos. Despu�s fue como si los recortes palidecieran y las entrevistas se convirtieran en comedias gastadas; entonces Pierre Anthon tuvo la jugada m�s y m�s f�cil.</p><p>La duda se apoder�, uno a uno, de nosotros.</p><p>Era traici�n. No lo comentamos entre nosotros. S�lo se not� en la forma en que desapareci� la sonrisa de nuestras caras y fue reemplazada por una m�scara parecida a la de los adultos. Eso nos revelaba, tal vez con demasiada claridad, que quiz� no hubiera mucho que importara.</p><p>Sofie era la �nica que resist�a. Y al final su rostro p�lido y sus ojos encendidos eran lo �nico que nos imped�a darnos por vencidos.</p><p>Y darle la raz�n a Pierre Anthon.</p></section><section><title><p>XXII</p></title><p>Era primavera, pero ese a�o no se nos meti� en el cuerpo.</p><p>�bamos a pasar a octavo y estaba al caer el tener que escoger nueva escuela y nuevas asignaturas. C�mo demonios lo har�amos teniendo a Pierre Anthon record�ndonos que las cosas carec�an de sentido, era algo de lo que no ten�amos ni idea. Nos diseminar�amos a los cuatro vientos y perder�amos la conexi�n con el significado que primero hallamos y m�s tarde perdimos sin saber del todo adonde hab�a ido a parar.</p><p>Casi como para hacernos creer que no est�bamos en primavera, continu�bamos sufriendo los crudos efectos invernales. Nieve tard�a que ca�a y se fund�a, volv�a a caer y volv�a a fundirse. Todav�a nev� una �ltima vez y se fundi� pero m�s r�pido. Los erantis y las campanillas blancas se escond�an, todav�a cerradas y heladas, bajo la nieve, y cuando la �ltima capa desapareci� del todo, se abrieron entre las pocas hebras de hierba que hab�an sobrevivido al invierno en Taering, anunciando lo nuevo y la primavera.</p><p>Los de 7.� A no percibimos ni lo nuevo ni la primavera.</p><p>�Qu� significado ten�a la primavera si pronto llegar�a el oto�o y todo lo que brotaba se marchitar�a? �C�mo pod�amos sentirnos dichosos ante el renacer de las hayas y el regreso de los estorninos, o ante la creciente altura del sol en el cielo por cada d�a que pasaba? Pronto dar�a todo la vuelta y seguir�a el rumbo opuesto hasta la oscuridad de los d�as y el fr�o, sin una flor ni hojas en los �rboles. La primavera s�lo nos recordaba que pronto desaparecer�amos nosotros tambi�n.</p><p>Cada vez que levantaba un brazo era un aviso de que pronto bajar�a y el gesto quedar�a en nada. Cada vez que sonre�a y re�a me acosaba el pensamiento de cu�ntas veces lo har�a con esa misma boca, esos mismos ojos, hasta que un d�a ya no se abrir�an m�s, y entonces otros llorar�an y reir�an hasta ser tambi�n ellos enterrados bajo tierra. S�lo el paso de los planetas por el cielo parec�a ser eterno, y ni eso, porque una ma�ana Pierre Anthon explic� a grito pelado que el universo se comprim�a hasta que un d�a llegar�a al colapso total, un Big Bang a la inversa. Todo quedar�a tan reducido y apretado que ser�a como nada. Ni siquiera los planetas resist�an ser sometidos a tama�os razonamientos. Y as� era con todo. No exist�a nada que resistiera.</p><p>Resistir. Persistir. Todas las cosas, ninguna, nada.</p><p>And�bamos por ah� como si no existi�ramos.</p><p>Los d�as se parec�an. Y aunque durante toda la semana esper�bamos el fin de semana, �ste siempre nos decepcionaba y ya era lunes de nuevo; y todo volv�a a empezar; y eso era la vida y nada m�s. Empezamos a entender lo que Fierre Anthon intentaba decirnos. Y tambi�n por qu� los adultos ten�an ese aspecto. Aunque hubi�ramos jurado que nunca nos parecer�amos a ellos, hab�a ocurrido. Y ni siquiera hab�amos cumplido los quince.</p><p>Trece. Catorce. Adultos. Muertos.</p><p>S�lo Sofie segu�a respondiendo a Pierre Anthon cuando pas�bamos por delante de Taeringvei, 25 y del retorcido ciruelo.</p><p>���Esto es el futuro! -grit� Pierre Anthon de nuevo y manote� como si nos mostrara que todo estaba ya hecho y no quedaba nada para nosotros que no fuera Taering y la falta de sentido.</p><p>Los dem�s agach�bamos la cabeza. Sofie no.</p><p>��El futuro es aquello en lo que lo convertimos -grit� como respuesta.</p><p>��Monsergas -chill� Pierre Anthon-. �No hay nada que pueda convertirse en algo! Porque nada importa.</p><p>���Existen cantidad de cosas que importan! -Sofie, rabiosa, le tir� una mano de piedras peque�as. Algunas le dieron pero no lo suficientemente fuerte como para hacerlo desistir-. Ven a la serrer�a y ver�s las cosas que tienen significado.</p><p>Me di cuenta de que Sofie cre�a de verdad lo que estaba diciendo.</p><p>Para ella el mont�n de significado era el significado. O quiz� sea m�s correcto decir que para ella significaba algo que para nosotros ya no<emphasis>.</emphasis></p><p>���Vuestros cachivaches no significan nada! De otra manera la prensa mundial se habr�a quedado y, gente de todo el mundo peregrinar�a a Taering para hacerse con un poco de vuestro significado.</p><p>���No quieres ver el mont�n de significado porque no te atreves! -grit� Sofie lo m�s alto que pudo.</p><p>���Si vuestro mont�n de basura tuviera el m�s m�nimo significado, no ser�a yo el que no quisiera reconocerlo! -dijo Pierre Anthon condescendiente y a�adi�, sosegado, casi compasivo-: Pero no lo tiene porque de otra manera no lo habr�ais vendido, �verdad?</p><p>Por primera vez desde aquello de la inocencia, vi l�grimas en los ojos de Sofie.</p><p>Se las sec� con el pu�o, tan r�pido que yo m�s tarde dud� de si lo que hab�a visto era real. A eso �ltimo ella no le respondi�. Y desde aquel d�a Sofie daba un rodeo para llegar a la escuela.</p><p>Faltaba s�lo una semana para el 8 de abril.</p><p>Faltaba s�lo una semana para que el museo empaquetara, precintara y se llevara el mont�n de significado.</p><p>Faltaba una semana para que Pierre Anthon se quedara para siempre con la verdad.</p><p>Los dem�s, t�citamente, nos hab�amos dado por vencidos, pero, aun as�, ser�a insoportable que Sofie se rindiera. Y eso era lo que estaba a punto de ocurrir. Al menos era lo que yo cre�a. Pero Sofie no se rindi�. Sofie perdi� el juicio.</p></section><section><title><p>XXIII</p></title><p>Ocurri� de repente, aunque ahondando en ello y pensando en lo sucedido los �ltimos d�as, pod�a uno darse cuenta de que ya se ve�a venir. De pronto Sofie se mostraba pac�fica e indulgente cuando estaba con nosotros en la serrer�a, y de pronto se pon�a a correr d�ndose cabezazos contra los pilares y lanzando patadas al serr�n para rociar con �l el mont�n de significado. Y se hubiera encaramado a �l y lo hubiera despellejado de no ser por Ole y el gran Hans, que la inmovilizaron.</p><p>Era el d�a antes de que la gente del museo viniera a empaquetar el mont�n de significado y llev�rselo, y el significado -o lo que quedara de �l- abandonar�a Tsering para siempre.</p><p>���No es suyo, es nuestro significado! -chill� Sofie y entonces ca�mos en la cuenta de que era la primera vez en seis d�as que Sofie hablaba.</p><p>���Se lo hemos vendido!</p><p>���El significado no se vende! -Sofie aporre� con los pu�os a Ole en el pecho y en la barriga, y pude ver que le hac�a da�o. Luego el gran Hans le agarr� el brazo y se lo retorci� hacia la espalda, y en ese momento fue Sofie quien sinti� dolor.</p><p>Yo sab�a que Sofie ten�a raz�n.</p><p>El significado no se vende. O lo tienes o no lo tienes. El haber vendido el mont�n de significado hizo que �ste perdiera su significado. Si es que lo hab�a tenido alguna vez. Pero sobre eso no me interrogu� en ese momento porque si nunca lo hab�a tenido, no era Sofie la que ten�a raz�n sino Pierre Anthon.</p><p>���Es lo que hemos hecho y por eso ya no existe! -respondi� Ole con una rabia tan enconada que dejaba claro que �l tambi�n reconoc�a que no deber�amos haberlo vendido.</p><p>���Entonces esto ya no significa nada! -grit� Sofie.</p><p>��Acaba ya, Sofie. Que se vaya a la porra ese mont�n, ya no importa -grit� el gran Hans. Y yo pens� que con el dinero del museo siempre podr�a comprarse una bicicleta nueva y mejor que �sa amarillo ne�n. As� que, para �l, claro que pod�a irse todo a la porra.</p><p>���Si el mont�n no significa nada, entonces Pierre Anthon tiene raz�n y en ese caso no hay nada que importe! -continu� diciendo Sofie-. �Nada!</p><p>��C�llate, Sofie -grit� Gerda.</p><p>��S�, cierra el pico, Sofie -son� la voz de Jan-Johan.</p><p>��Cierra el pico, Sofie -corearon Elise, Hussain, Rikke-Ursula, el piadoso Kai y un mont�n m�s<emphasis>.</emphasis></p><p>Pero Sofie no cerr� el pico. Al contrario. Se puso a chillar m�s alto.</p><p>��Nada -chill�-. �Nada! �Nada! �Nada! �Nada! �Nada!�</p><p>Sofie chill� y chill�. Tan fuerte y agudo que nos pitaban los o�dos y nos dol�a en lo profundo de los huese-cillos. Pero lo peor de todo fue que con el grito pareci� que se desmoronaba todo. Como si el mont�n de significado verdaderamente dejara de tener significado y con ello tambi�n lo perdiera todo lo dem�s.</p><p>Primavera, verano, oto�o, invierno, gozo, pena, amor, odio, nacimiento, vida, muerte.</p><p>Todo pod�a ya irse a hacer pu�etas.</p><p>Igual. Uno. Nada.</p><p>No s�lo yo lo percib�a as�.</p><p>Tras esa revelaci�n fue como si el Demonio se apoderara de todos nosotros.</p><p>Hussain peg� a Rikke-Ursula porque fue ella la que hab�a tenido la idea de la alfombra de rezos. El gran Hans la emprendi� a patadas con Hussain agradeci�ndole lo de la bicicleta. Elise ara�� a Ole y le mordi� tan fuerte como pudo. Entonces Rikke-Ursula peg� a Elise, y Sofie se lanz� sobre el gran Hans tirone�ndole del pelo y pude ver c�mo le arrancaba mechones abundantes. Jan-Johan se lanz� sobre Sofie y la moli� a palos. Con la ayuda del piadoso Kai porque tambi�n hab�a sido ella la que hab�a tenido la idea de Jes�s y la cruz. Frederik le plant� a Maiken una bofetada en la cara y enseguida empezaron a rodar los dos por el serr�n hasta que Maiken pudo deshacerse de �l porque lady Guillermo le dio una patada a Frederik en mitad de las costillas. Maiken se lanzaba ahora sobre Gerda, mientras Anna-Li lanzaba al suelo a lady Guillermo justo antes de que la peque�a Ingrid golpeara a Anna-Li con una de sus viejas muletas en la cabeza; y despu�s Henrik le quit� la otra muleta y la peque�a Ingrid cay� al suelo.</p><p>No vi nada m�s porque Gerda salt� sobre mi espalda desde atr�s y me ca� al suelo con ella encima y rodamos las dos por el serr�n, revueltas con los dem�s. Nuestros pu�os golpeaban con fuerza a pesar de no estar entrenados. Yo tir� a Gerda del pelo y ella a m�. Luego me agarr� mi pendiente y tir� de �l y chill� de dolor. Aprovechando su sorpresa por haberse quedado con el pendiente en la mano pude quit�rmela de encima y me levant� de un salto. Me palp� la oreja y mi mano qued� mojada de asquerosa sangre caliente. Y tambi�n hab�a sangre esparcida por la barah�nda de cuerpos combatiendo que mi mirada capt�, brotaba de los rostros de mis compa�eros de clase y despacio iba manchando tanto el serr�n como el suelo de cemento.</p><p>Parec�a que quisi�ramos matarnos.</p><p>Y de pronto supe que ten�a que ir a buscar a Pierre Anthon.</p><p>Consegu� deshacerme a patadas de Gerda, que me agarraba por las piernas, con esfuerzo sal� del tumulto, desaparec� por la puerta y baj� corriendo por la calle.</p><p>Corr� todo lo r�pido que pude.</p><p>Como nunca antes hab�a corrido.</p><p>Resollaba y me dio una punzada y dolor de garganta y en las piernas, pero segu� corriendo. No sab�a qu� le dir�a a Fierre Anthon para conseguir que me acompa�ara a la serrer�a. S�lo sab�a que necesitaba, ten�a que llev�rmelo.</p><p>Fierre Anthon estaba sentado en su rama del ciruelo y, vac�o, miraba a la nada.</p><p>Pude ver su su�ter azul, desde lejos, entre los incipientes brotes verde claro. No par� de correr hasta llegar al �rbol, me detuve s�bitamente en la acera y por un momento no pude decir palabra; tos�a, escup�a y jadeaba en busca del aire que se negaba a llenar mis pulmones. Fierre Anthon me miraba sorprendido y no poco divertido con mis fatigas.</p><p>���A qu� se debe el honor, Agnes? -dijo amistosamente, pero con una clara intenci�n de risa burlona por debajo.</p><p>Yo no me inmut� por la burla.</p><p>��Sofie ha enloquecido -balbuce� tan pronto como volvi� a m� el aliento para hablar-. Todos se atacan. Tienes que acompa�arme.</p><p>Iba a a�adir algo m�s para convencerle, aunque no sab�a exactamente qu�. Pero Pierre Anthon ya se deslizaba por la rama sin decir palabra, se qued� colgado de los brazos un instante y luego se dej� caer sobre la hierba. Desapareci� por el patio y apareci� poco despu�s con su vieja bicicleta de hombre; pedale� con fuerza, sin dejarme posibilidad alguna de seguir su marcha.</p><p>Cuando llegu� a la serrer�a, su vieja bicicleta estaba tirada en el borde de la zanja y a �l no se le ve�a por ninguna parte. Hab�a un silencio de muerte.</p><p>Abr� la puerta con precauci�n y entr�.</p><p>Una terror�fica visi�n apareci� ante m�.</p><p>La clase <emphasis>7� </emphasis>A rodeaba a Fierre Anthon formando un medio c�rculo.</p><p>Las narices golpeadas y torcidas; las cejas, abiertas; les faltaban dientes; los labios, manchados e hinchados; los ojos, azules y rojos; alguna oreja medio arrancada, y un par de ellos parec�a que casi no se pod�an tener en pie. Todos estaban empapados de sangre y serr�n. Pero no fue eso lo que vi. Lo que vi fue odio.</p><p>Odio. M�s odio. De todos contra todos.</p><p>Cerr� la puerta y avanc� pegada a la pared de la serrer�a.</p><p>Pierre Anthon los miraba uno a uno.</p><p>���Sois, maldita sea, una pandilla de idiotas! -estall� y meneando la cabeza se adelant� un poco-. �Si no existe nada que importe, no hay nada por lo que enfadarse! �Y si no existe nada por lo que enfadarse, tampoco existe nada por lo que pelearse! -Los recorri� a todos con la mirada como retando a cada cual a oponerse a lo dicho-. As� que �qu� est�is haciendo? -Dio una patada al serr�n. Mir� en direcci�n al mont�n y solt� una carcajada burlona-. �Os pele�is por ese mont�n de basura? -y lo se�al� desde�osamente, pero mir�ndolo se qued� absorto en algo, aunque no era posible saber el qu�.</p><p>Se acerc� un poco m�s y camin� con lentitud alrededor del mont�n. Durante rato contempl� el ata�d del peque�o Emil con el cuerpo putrefacto de Cenicienta encima. Examin� la cabeza de la perra en lo alto del mont�n, despu�s dej� deslizar la mirada por encima, del telescopio a la Dannebrog y a Jes�s crucificado. Y de los guantes de boxeo a la serpiente sumergida en formol, a las seis trenzas azules y a la bicicleta amarillo ne�n sobre la alfombra de rezos, a Oscarito muerto y al tieso dedo �ndice de Jan-Johan. Entonces descubri� algo que no entend�a.</p><p>���Por qu� esa tela? -pregunt� se�alando el pa�uelo a cuadros.</p><p>���Es significado! -grit� Sofie, hist�rica-. �Es significado!</p><p>Fierre Anthon desplaz� la mirada de ella hacia nosotros. Fue como si algo empezara a cobrar conciencia en su mente.</p><p>���Ah, s�, se trata de significado! -grit� col�rico agarrando a Sofie. La ten�a sujeta por los hombros y la zarande� hasta que dej� de gritar-. �Y por eso lo hab�is vendido?</p><p>��Significado -dijo Sofie con voz apagada.</p><p>���Significado, ja! -Pierre Anthon se ri� burl�n-. Si este mont�n de basura ha significado alguna vez algo dej� de hacerlo el d�a en que os pagaron por �l. -Se volvi� a re�r. Solt� a Sofie y mir� a Gerda-. �Cu�l es el precio por Oscarito, Gerda? �Cu�l es?</p><p>Gerda no respondi�. Tan s�lo se sonroj� y mir� al suelo.</p><p>Pierre Anthon contempl� la bandera y volvi� la vista hacia Frederik.</p><p>���La patria! -se burl�-. �De verdad que vendiste la patria por el maldito dinero, Frederik? � y mene� la cabeza-. �Feliz de verdad de no tener que ir a la guerra contigo de general!</p><p>A Frederik se le cubrieron los ojos de l�grimas.</p><p>���Y la alfombra de los rezos, Hussain? �Ya no crees en Al�? -mir� a Hussain, que estaba cabizbajo-. �Cu�l es el precio de tu fe?</p><p>Pierre Anthon continu�, nombr� los objetos del mont�n uno a uno y nosotros tambi�n empeque�ecimos uno tras otro.</p><p>��Y t�, Jan-Johan, �por qu� no te permit�as perder toda la mano si, de todas maneras, has mandado tu dedo al diablo y lo has vendido al mejor postor? Y t�, Sofie, �qu� te queda tras venderte a ti misma?</p><p>No le respondimos.</p><p>Permanecimos all� plantados rascando el serr�r con los pies y sin atrevernos a mirar a Pierre Anthon n los unos a los otros.</p><p>��Si eso hubiera realmente significado algo, no 1o habr�ais vendido, �verdad? -concluy� con eso su parrafada manoteando en direcci�n al mont�n de significado.</p><p>Pierre Anthon hab�a ganado.</p><p>Pero entonces cometi� un fallo. Nos dio la espalda.</p></section><section><title><p>XXIV</p></title><p>Fue Sofie la primera en salir corriendo hacia �l; si los dem�s nos hubi�ramos quedado quietos, Pierre Anthon se la hubiera sacado f�cilmente de encima. Pero no lo hicimos. Jan-Johan la sigui�, despu�s Hussain, luego Frederik, Elise, Gerda, Anna-Li, el piadoso Kai, Ole y el gran Hans, y ya no quedaba sitio en su cuerpo para pegarle al mismo tiempo.</p><p>No s� si fue horroroso o no.</p><p>Vi�ndolo ahora de forma retrospectiva pienso que debi� de ser muy horroroso. Pero no es as� como lo recuerdo. Lo recuerdo m�s como ca�tico. Y bueno. Ten�a sentido pegar a Pierre Anthon. Sentido el darle patadas. A pesar de que yaciera en el suelo sin posibilidad de defenderse y progresivamente dejara tambi�n de intentarlo.</p><p>Fue �l quien nos arrebat� el mont�n de significado, igual que un d�a nos arrebat� el significado. �l ten�a la culpa de todo. De que Jan-Johan hubiera perdido su dedo �ndice, de que Cenicienta estuviera muerta, de que el piadoso Kai hubiera profanado su Jes�s, de que Sofie hubiera perdido la inocencia, de que Hussain hubiera perdido la fe, de que�</p><p>�l ten�a la culpa de que hubi�ramos perdido las ganas de vivir y de tener un futuro, y de nuestra confusi�n.</p><p>Lo �nico que sab�amos era que Fierre Anthon ten�a la culpa. Y que pagar�a por ello.</p><p>No supimos cu�l era el estado de Pierre Anthon cuando abandonamos la serrer�a.</p><p>Yo s� qu� aspecto ten�a, aunque no fue lo que le dije a la polic�a.</p><p>Yac�a raramente desfigurado con el cuello colgando hacia atr�s, azul y con la cara hinchada. La sangre le brotaba por la nariz y la boca, y le hab�a te�ido el dorso de la mano con la que intent� protegerse. Ten�a los ojos cerrados, pero el izquierdo, hinchado, estaba c�micamente torcido bajo la ceja partida. Su pierna derecha yac�a rota describiendo un �ngulo del todo antinatural, y su codo izquierdo estaba doblado en sentido contrario.</p><p>Cuando nos fuimos reinaba un silencio total y no dijimos adi�s.</p><p>Ni los unos a los otros ni a Pierre Anthon.</p></section><section><title><p>XXV</p></title><p>La serrer�a en desuso ardi� toda la noche y tambi�n un poco a la ma�ana siguiente. Despu�s todo acab�.</p><p>Yo llegu� por la ma�ana, la �ltima. La mayor�a de los compa�eros estaban ya all�. Nos saludamos pero no hablamos entre nosotros.</p><p>Mir� lo que hab�a quedado: un humeante edificio destruido por el incendio.</p><p>No pod�a distinguirse lo que hab�a sido una serrer�a ni lo que hab�a sido un mont�n de significado. Exceptuando los restos de muros carbonizados, lo dem�s era s�lo ceniza.</p><p>Poco a poco fueron apareciendo los que faltaban y pronto estuvo toda la clase reunida. Nadie dijo nada. Ni a los padres, ni a la polic�a, ni al <emphasis>Taering Martes </emphasis>ni a la gente del museo de Nueva York. La prensa mundial no apareci�, pero si hubiera venido s� que tampoco le hubi�ramos dicho nada.</p><p>No preguntamos por Pierre Anthon, y pas� un poco de tiempo antes de que se relacionara su desaparici�n del d�a anterior con el incendio de la serrer�a. Ocurri� cuando, por la tarde, hallaron sus restos carbonizados all�, en ese edificio asolado. Cerca de lo que una vez fue el mont�n de significado.</p><p>Cuando la polic�a elucubr� la idea de que Pierre Anthon hab�a incendiado el mont�n de significado y la serrer�a en desuso porque se negaba a aceptar que nosotros hab�amos hallado el significado y con ello nos hab�amos ganado la fama, no les contradecimos. Simplemente era triste que �l mismo hubiera quedado atrapado en el fuego.</p><p>Fuimos al funeral.</p><p>Algunos de nosotros lloramos incluso.</p><p>Sinti�ndolo, creo; yo deber�a saberlo porque yo era una de ellos. Perdimos el dinero del museo porque a nadie se le hab�a ocurrido asegurar el mont�n de significado. Pero no llor�bamos por eso. Llor�bamos porque era todo muy triste y muy bello, con todas esas flores y tambi�n las rosas blancas de nuestra clase, porque el pulido y no resquebrajado ata�d, peque�o aunque el doble de grande que el del peque�o Emil Jensen, brillaba a m�s no poder, reflej�ndose en las gafas del padre de Pierre Anthon, y porque la m�sica serpenteaba dentro nuestro y se agrandaba queriendo salir pero no pod�a. Y era as� tanto si cre�amos en el Dios al que cant�bamos como en otro o en ninguno.</p><p>Lloramos porque hab�amos perdido algo y alcanzado otra cosa. Y porque hac�a da�o el perder tanto como el ganar y todav�a no pod�amos poner en palabras lo que hab�amos ganado.</p><p>Despu�s de que el ata�d blanco y no resquebrajado de Fierre Anthon hubiera descendido a la tierra, despu�s de beber cerveza de funeral en la comuna de Taering-vei, 25, y despu�s de que tanto el profesor Esk�dsen, el padre de Fierre Anthon y otros muchos que no conoc�amos, pero que adivinamos deb�an de ser familia suya, hubieran dicho un mont�n de cosas bellas sobre un Pierre Anthon que no hab�amos conocido, nos fuimos a la serrer�a.</p><p>Una sensaci�n imprecisa nos dec�a que a nadie le parecer�a apropiado que nos reuni�ramos precisamente ese d�a all�, as� que por primera vez en muchos meses, partimos hacia el lugar de tres en tres tomando las cuatro rutas diferentes.</p><p>El edificio asolado hab�a dejado de humear.</p><p>Todas las ascuas estaban apagadas y quedaba s�lo ceniza y trozos de ladrillos carbonizados, fr�os y de tonalidad blanca, gris y negra. Donde hab�a estado el mont�n de significado parec�a que la capa de ceniza era un poco m�s gruesa pero era imposible detectarlo con seguridad. El lugar estaba cubierto de techo derrumbado y pedazos de vigas. Nos ayudamos para apartarlas. Fue un duro y sucio trabajo, nos quedamos negros de arriba abajo incluyendo la ropa interior.</p><p>Hablamos lo menos posible. Simplemente se�al�bamos con el dedo si nos hac�a falta que alguien agarrara el extremo de una viga o de una piedra.</p><p>En los basureros de alrededor hallamos botellas vac�as, vasos de pl�stico y cajas de cerillas, recogimos todo lo aprovechable y Sofie fue corriendo a casa para recoger lo que pudiera, de manera que cada uno tuviera un recipiente.</p><p>Nos servimos de las manos para juntar la ceniza.</p><p>Los recipientes encerraron cuidadosamente aquella masa gris que era todo lo que quedaba del significado.</p><p>Necesit�bamos guardarlo con tes�n, porque aunque Pierre Anthon ya no estaba sentado en el ciruelo de Taeringvei, 25, chill�ndonos, nos parec�a seguir oy�ndolo cada vez que pas�bamos por all�.</p><p>��Si es tan f�cil morir, es porque la muerte no tiene ning�n sentido -chillaba-. Y <emphasis>si </emphasis>la muerte no tiene ning�n sentido, es porque la vida tampoco lo tiene. �Pero que os divirt�is!</p></section><section><title><p>XXVI</p></title><p>Ese verano nos diseminamos por escuelas m�s grandes, al norte, sur, este yoeste. Y Sofie a un lugar donde se protege a la gente como ella, de ellos mismos.</p><p>Nunca m�s fuimos compa�eros de juegos ni nos reunimos ni nos vimos, excepto por la calle y por casualidad si no se pod�a evitar. Nadie ha intentado reunimos para conmemorar aniversarios de clase o cosas similares, y dudo que alguien de nosotros acudiera si los profesores nos convocaran.</p><p>Han pasado ocho a�os.</p><p>Sigo conservando la caja de cerillas llena de ceniza de la serrer�a y del mont�n de significado.</p><p>De vez en cuando la tengo entre mis manos y la miro. Y cuando abro con cuidado esta gastada caja de cart�n y veo la ceniza gris de su interior, siento la misma rara sensaci�n en el vientre. Y aunque no pueda explicar de qu� se trata, s� que es algo que tiene significado.</p><p>Y s� que con el significado no se juega.</p><p>�O qu�, Pierre Anthon? �O qu�?</p></section><section><title><p>NOTA DE LA AUTORA</p></title><p>Hace un poco m�s de diez a�os, en enero de 2000, recib� una carta de una editorial danesa pregunt�ndome si escribir�a una novela para adolescentes.</p><p>Al escribir, mi fuerza motriz siempre ha sido intentar acercarme a algo que yo misma no entend�a. Un esfuerzo que nunca cre� posible si escrib�a para j�venes, de modo que la petici�n fue a parar de inmediato al mont�n de los <emphasis>No, gracias. </emphasis>Sin embargo, durante la hora siguiente escuch� una extra�a voz en mi cabeza que dec�a:</p><p>�Nada importa. Hace mucho que lo s�. As� que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo.�</p><p>Tangible de un modo inquietante, Pierre Anthon, de catorce a�os, acababa de nacer. Escuchando sus desmoralizadoras afirmaciones, que no pod�a rebatir, no me qued� otra opci�n que escribir a los compa�eros de clase de Pierre Anthon, en un intento desesperado por demostrarle que estaba equivocado. Para convencerlo a �l, pero m�s que nada a ellos mismos, de que en la vida s� hay cosas que importan.</p><p>No ten�a ni idea de lo truculenta que, inevitablemente, esta misi�n iba a volverse. No ten�a ni idea de d�nde terminar�a. Y fue s�lo mientras escrib�a que me di cuenta de que toda mi vida hab�a llevado un Pierre Anthon dentro de m�; lo que, si no estoy muy equivocada, le pasa a la mayor�a de la gente.</p><p>Mientras escrib�a <emphasis>Nada </emphasis>pas� a tener de nuevo catorce a�os. Pero despu�s me di cuenta de que eso no hac�a al libro necesariamente m�s ingenuo, como hab�a sido mi temor. S�lo tuve que liberarme de todo el equipaje que llevamos como adultos: todas nuestras ideas preconcebidas sobre c�mo se supone que tienen que ser las cosas, las decisiones con las que respondemos a (o ponemos a un lado) todas las preguntas sin respuesta de la vida. La gente joven todav�a est� abierta a las grandes preguntas. Tienen que buscar un sentido a sus vidas como base de las decisiones que van a tomar cuando opten por un camino u otro en la vida. El volver a tener mentalmente catorce a�os me ha permitido observar los inmensos interrogantes de nuestra existencia con ojos tan abiertos como los de los j�venes.</p><p>As�, <emphasis>Nada </emphasis>se convirti� en mi propia b�squeda de sentido. Fue una experiencia extraordinaria y desafiante, que finalmente hizo que en mi cabeza me hiciera amiga de Pierre Anthon.</p><p>Para m�, <emphasis>Nada </emphasis>ha sido siempre y en primer lugar un cuento. Un cuento que hubiese querido leer con catorce a�os, un cuento que extra�amente todav�a me sent�a con la necesidad de leer cuando lo escrib� con treinta y cinco, y la verdad es que todav�a me gusta leerlo ahora con cuarenta y seis.</p><p>Por eso, la virulencia de la oposici�n con la que <emphasis>Nada </emphasis>se ha encontrado a lo largo del tiempo nunca ha dejado de sorprenderme: primero el editor no quer�a publicarlo, despu�s -en un lugar tan liberal como Dinamarca- los adultos pensaban que a los adolescentes no se les deber�a permitir leerlo, y en una regi�n de Dinamarca fue incluso prohibido en las escuelas durante a�os. M�s tarde, cuando <emphasis>Nada </emphasis>fue cada vez m�s traducido en el extranjero, la historia se sigui� repitiendo: en Noruega fue prohibido en escuelas del oeste el pa�s, en Francia hubo librer�as que se negaron a comercializar el libro, y en Alemania unos padres no permitieron a sus hijos leerlo, aun cuando su profesor lo hab�a incluido en el curr�culo.</p><p>S�, el tono de <emphasis>Nada </emphasis>es oscuro. S�, tiene sus momentos duros. S�, cuestiona mucho de lo que normalmente damos por sentado. Sin embargo, para m� siempre ha sido un cuento de esperanza y luz. Una luz que quiz�s nunca pueda alcanzar a los ni�os del libro, que cometen actos tan horribles, pero una luz que est� ah� para el resto de nosotros. Afortunadamente, algunos lectores eso siempre lo han visto, y <emphasis>Nada </emphasis>ha tenido fuertes apoyos a lo largo del camino, a los que siempre estar� agradecida. Sin ellos, este libro seguramente no habr�a llegado nunca a tus manos.</p><p>Ha llevado tiempo, pero en los �ltimos dos a�os me ha alegrado mucho ver como <emphasis>Nada </emphasis>ganaba una creciente aceptaci�n y muchos m�s lectores. M�s importante: yo misma ya no me asusto de Pierre Anthon, al que s�lo estoy agradecida porque me hizo abrir todas las ventanas del oscuro, precario y tentador desv�n existencial que llevaba conmigo. Ahora hay luz y puedo visitarlo de vez en cuando sin abatirme. Pierre Anthon podr�a tener l�gicamente raz�n si observamos la vida a largo plazo. Pero la cuesti�n es que no vivimos en el largo plazo, vivimos en el corto, aqu� y ahora. Ha abierto mis ojos a lo verdaderamente sorprendente que es la vida, cuando no la reprimimos con artificiales y auto impuestas reclusiones.</p><p>Mi deseo es que Pierre Anthon tenga el mismo efecto en todos aquellos que alguna vez se crucen con �l.</p><p>Janne Teller</p><p>Nueva York, 7 de septiembre de 2010</p></section><section><title><p>Janne Teller</p></title><image l:href="#1"/><empty-line/><subtitle>***</subtitle><empty-line/><image l:href="#2"/></section></body><binary id="cover" 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