<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>prose_contemporary</genre><author><first-name>Antonio</first-name><last-name>Gala</last-name></author><book-title>El manuscrito carmes�</book-title><annotation><p>Premio Planeta 1990</p><p>En los papeles carmes�es que emple� la Canciller�a de la Alhambra, Boabdil -el �ltimo sult�n- da testimonio de su vida a la vez que la goza o la sufre. La luminosidad de sus recuerdos infantiles se oscurecer� pronto, al desplom�rsele sobre los hombros la responsabilidad de un reino desahuciado. Su formaci�n de pr�ncipe refinado y culto no le servir� para las tareas de gobierno; su actitud l�rica la aniquilar� fat�dicamente una �pica llamada a la derrota. Desde las rencillas de sus padres al afecto profundo de Moraima o Farax; desde la pasi�n por Jalib a la ambigua ternura por Am�n y Amina; desde el abandono de los amigos de su ni�ez a la desconfianza en sus asesores pol�ticos; desde la veneraci�n por su t�o el Zagal o Gonzalo Fern�ndez de C�rdoba al aborrecimiento de los Reyes Cat�licos, una larga galer�a de personajes dibuja el escenario en que se mueve a tientas Boabdil el Zogoibi, el Desventuradillo. La evidencia de estar viviendo una crisis perdida de antemano lo transforma en un campo de contradicci�n. Siempre simplificadora, la Historia acumul� sobre �l acusaciones que se muestran injustas a lo largo de su relato, sincero y reflexivo. La culminaci�n de la reconquista -con sus fanatismos, crueldades, sus traiciones y sus injusticias- sacude como un viento destructor la cr�nica, cuyo lenguaje es �ntimo y apeado: el de un padre que se explica ante sus hijos, o el de un hombre a la deriva que habla consigo mismo hasta encontrar -desprovisto, pero sereno- su �ltimo refugio. La sabidur�a, la esperanza, el amor y la religi�n s�lo a r�fagas le asisten en el camino de la soledad. Y es ese desvalimiento ante el destino lo que lo erige en s�mbolo v�lido para el hombre de hoy. Esta novela obtuvo el Premio Planeta 1990.</p></annotation><date/><coverpage><image l:href="#cover"/></coverpage><lang>es</lang></title-info><document-info><author><first-name/><last-name/></author><program-used>Fiction Book Designer, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date value="2011-12-13">13.12.2011</date><src-url/><src-ocr/><id>FBD-AB9227-4CCC-5F40-6094-34B5-4EBC-A7C0AE</id><version>1.0</version></document-info><publish-info/></description><body><image l:href="#cover"/><title><p>Antonio Gala</p><empty-line/><p>El manuscrito carmes�</p></title><section><p>�<strong>a</strong><strong>c</strong>.�, sin cuya contradictoria ayuda no se habr�a escrito este libro</p></section><section><title><p><strikethrough>ENLACES</strikethrough></p><empty-line/><p>introducci�n</p></title><p><strong>e</strong>n 1931, <strong>f</strong>rancia encarg� a una comisi�n de t�cnicos y de eruditos el estudio, en el <strong>p</strong>rotectorado de <strong>m</strong>arruecos, de las construcciones y la historia de <strong>f</strong>ez.</p><p><strong>d</strong>e ellos, dos arquitectos se dedicaron a uno de los m�s trascendentales edificios de la ciudad: la mezquita la <strong>k</strong>arau�n. <strong>e</strong>s el mayor templo de <strong>m</strong>arruecos y de todo el <strong>m</strong>agreb. <strong>s</strong>u origen fue un peque�o santuario que, en los inicios del siglo <strong>IX</strong>, construy� <strong>f</strong>�tima, la rica heredera de <strong>m</strong>ohamed <strong>f</strong>ihri, fugitiva de <strong>k</strong>airu�n en una de las habituales conmociones de entonces.</p><p><strong>e</strong>n la primera mitad del siglo <strong>xII</strong>, el almor�vide <strong>a</strong>l� <strong>i</strong>bn <strong>y</strong>usuf construy� la actual mezquita, que tiene diez mil metros cuadrados, y que durante varios siglos fue la sede de la <strong>u</strong>niversidad de <strong>f</strong>ez, el centro intelectual m�s prestigioso de <strong>m</strong>arruecos. <strong>s</strong>u biblioteca, fundada en el <strong>xIII</strong>, conserva valios�simos e irrepetibles ejemplares.</p><p><strong>l</strong>os dos j�venes arquitectos franceses comenzaron su trabajo con el levantamiento de los planos de la <strong>k</strong>arau�n. <strong>d</strong>espu�s de meticulosos c�lculos, al plasmar en el papel las dimensiones perfectamente comprobadas, no cuadraban en cierto lugar las medidas externas con las interiores, aun descontando el grosor importante de los muros.</p><p><strong>r</strong>epitieron sus mediciones, y volvi� a producirse el mismo desajuste. <strong>e</strong>sto les hizo pensar que aquella diferencia de superficie deb�a de corresponder a un espacio que, con el tiempo, se clausur� por alguna raz�n ya olvidada. <strong>p</strong>or medio de tanteos y prudentes perforaciones lograron hallar la c�mara prevista. <strong>e</strong>n ella se encontraba un c�mulo de manuscritos y libros preciosos, los m�s recientes con cerca de cinco siglos de existencia, en un estado de conservaci�n mejor de lo imaginable, gracias a la virtual ausencia de agentes erosivos, si se except�an algunos insectos y alguna humedad acaso anterior al siglo <strong>XVI</strong>.</p><p><strong>e</strong>ntre ellos estaban -y hago alusi�n porque la <strong>h</strong>istoria es muy amiga de las simetr�as- las memorias de <strong>a</strong>bdal�, el �ltimo rey zir� de <strong>g</strong>ranada, destronado por el almor�vide <strong>y</strong>usuf -predecesor del constructor de la <strong>k</strong>arau�n-, y muerto en <strong>a</strong>gmat en circunstancias semejantes a las del rey de <strong>s</strong>evilla <strong>a</strong>lmutamid. <strong>h</strong>ubo algo, sin embargo, que llam� especialmente la atenci�n de los arquitectos, personas curiosas, pero no expertas en materia de paleograf�a. <strong>s</strong>e trataba de unos manuscritos que destacaban de los dem�s por dos razones: por estar encuadernados a la perfecci�n, como si una mano cuidadosa los hubiese depositado all� con esmero, y por su color carmes�, que el tiempo no hab�a apenas empalidecido.</p><p><strong>l</strong>a ordenaci�n de los hallazgos de la <strong>k</strong>arau�n dur� mucho, y no todas las manos que en ella intervinieron fueron tan honradas como habr�a sido de desear. <strong>d</strong>esaparecieron numerosos manuscritos de valor hist�rico incalculable. <strong>a</strong>lgunos de ellos han reaparecido, con los a�os, en bibliotecas p�blicas o privadas europeas, e incluso en poder de anticuarios y libreros m�s o menos desaprensivos. <strong>e</strong>l manuscrito carmes�, que formaba un tomo de grosor considerable, hab�a sido hurtado ya antes de la segunda visita de los arquitectos. <strong>p</strong>or avatares que el hombre no es qui�n no s�lo para descifrar, sino ni siquiera para plantearse, lleg� a mi conocimiento su paradero en una conocida biblioteca de <strong>r</strong>abat.</p><p><strong>c</strong>uando lo tuve en mis manos, admir� primero su elegante caligraf�a, que variaba con morosidad como si quien escribi� todas sus p�ginas lo hubiese hecho a trav�s de una vida entera, y me sobrecogi� una extra�a impresi�n que, al conocer su contenido, comprend�. <strong>e</strong>l manuscrito re�ne las memorias de otro �ltimo rey; pero �ste, definitivamente �ltimo. <strong>s</strong>on las memorias de <strong>b</strong>oabdil, el sult�n en cuyo tiempo se extingue de hecho el <strong>i</strong>slam en <strong>e</strong>spa�a: el que entreg� <strong>g</strong>ranada a los <strong>r</strong>eyes <strong>c</strong>at�licos el 2 de enero de 1492.</p><p><strong>c</strong>on la ayuda de numerosos peritos tanto marroqu�es como espa�oles, a quienes doy desde aqu� las gracias en conjunto, he procurado transcribir el -bell�simo de color- manuscrito carmes�. (<strong>c</strong>armes�es fueron los papeles de la canciller�a de la <strong>a</strong>lhambra). <strong>h</strong>a sido precisa, para llegar a una tolerable confirmaci�n, la consulta de numerosos textos, archivos, cr�nicas, referencias e historias.</p><p><strong>a</strong>l final de todos, para completarlos o para contradecirlos, se hallaba este relato, fr�o a veces, y a veces lleno de ardor.</p><p><strong>h</strong>e optado por trasladar la cronolog�a, los nombres de personas y lugares, las fechas y otras remisiones a un lenguaje m�s inteligible para los lectores occidentales de hoy. <strong>l</strong>a traducci�n, por mi culpa, no es todo lo fiel que los estudiosos habr�an demandado; a cambio de tal sacrificio, creo que el texto resultar� m�s asequible a nuestros ojos y a nuestros o�dos.</p><p><strong>a</strong>s� y todo, a pesar de mis apasionadas investigaciones, no he obtenido una conclusi�n taxativa en cuanto a la veracidad del manuscrito. <strong>i</strong>gnoro si lo que cuenta <strong>b</strong>oabdil es todo cierto, o se desv�a a su favor. <strong>n</strong>o s� si lo escribi� �ntegramente �l, o lo dict� a uno o a varios secretarios -lo que parece improbable por la similitud de la graf�a-; ni siquiera si se trata de una obra ap�crifa, aunque contempor�nea suya. <strong>s</strong>orprende en ocasiones la madurez de sus testimonios, hasta provocar la duda de si <strong>b</strong>oabdil redact� todas estas memorias en <strong>f</strong>ez, despu�s de cumplir los treinta a�os, y es una ficci�n atribuirlas a �pocas distintas; se oponen, sin embargo, a esta opini�n la persistencia y la mudanza que coexisten en el transcurso de la caligraf�a, as� como algunas reiteraciones, y el cambio del estilo a medida que pasa el tiempo, y las incoherencias existentes entre las decisiones expresas y la realidad. <strong>e</strong>n cualquier caso, del manuscrito se desprende una no peque�a aptitud para la reflexi�n y una mejor memoria de la que su autor afirma poseer.</p><p><strong>s</strong>obrepuestos al apretado cuerpo del manuscrito, se hallaron unos cuantos papeles, carmes�es tambi�n, y uno solo bajo �l, como si fuesen el pr�logo y el ep�logo de los que constituyen las memorias en s�; memorias que me he atrevido a dividir en cuatro partes para facilitar su lectura. <strong>h</strong>ay adem�s unos cuantos apuntes marginales, agregados evidentemente con posterioridad, que he incorporado al texto situ�ndolos entre corchetes.</p><p><strong>a</strong> cuantos historiadores y escritores han tratado, de cerca o de lejos, este triste y evocador asunto, comenzando por el propio <strong>b</strong>oabdil �el <strong>z</strong>ogoibi�, les doy fraternales gracias. <strong>e</strong>llos lo amaron como yo lo he amado. <strong>o</strong>jal� haya conseguido yo, igual que ellos, que mi amor sea correspondido. <strong>a</strong>l fin y al cabo, la <strong>h</strong>istoria, como viene a decir el autor del manuscrito carmes�, no es m�s que una larga carrera de relevos: sabemos de d�nde viene y por d�nde transcurre, pero, en �ltimo t�rmino, no ad�nde se dirige, ni cu�ndo concluir�.</p></section><section><title><p>papeles hallados al principio del manuscrito</p></title><p><strong>e</strong>scribo en los �ltimos papeles carmes�es de cuantos saqu� de la canciller�a de la <strong>a</strong>lhambra. <strong>q</strong>uiz� sea un buen motivo para no escribir m�s. <strong>n</strong>o estoy seguro -no lo estoy ya de nada-, pero creo que hoy cumplo sesenta y cuatro a�os. <strong>d</strong>esde que llegu� a <strong>f</strong>ez mi vida ha transcurrido como un �nico d�a largo y so�oliento. <strong>y</strong> adem�s nunca supe con exactitud la hora en que nac�; de ah� que los astr�logos no pudiesen establecer sin errores mi hor�scopo. (<strong>p</strong>ara un rey, eso tal vez sea deseable.) <strong>p</strong>or tanto, cuanto se ha dicho sobre mi destino trazado en las estrellas son imaginaciones. <strong>a</strong> veces he pensado que de ah� vino todo: andar a tientas nunca conduce a buenos resultados.</p><p><strong>a</strong>unque quiz�, por otra parte, la vida sea precisamente andar a tientas. <strong>e</strong>n la m�a, las certidumbres -y no he tenido m�s que dos o tresme han llevado en general a lo peor.</p><p><strong>h</strong>e despertado temprano -ahora duermo muy poco-, y no he llamado a nadie. <strong>a</strong>m�n y <strong>a</strong>mina se retiraron pronto anoche al notarme cansado.</p><p><strong>a</strong>mina hab�a estado cantando una canci�n que quer�a ser liviana y divertida.</p><p>���<strong>d</strong>�nde la has aprendido? -le pregunt�.</p><p><strong>m</strong>e contest� riendo:</p><p>��<strong>t</strong>� me la has ense�ado.</p><p><strong>s</strong>e conoce que pierdo la memoria. <strong>p</strong>ara evitar que volviera a olvid�rseme, aunque no va a darme el tiempo la oportunidad, la anot�, mientras miraba a <strong>a</strong>mina, maliciosa, sonre�r y ta�er. <strong>s</strong>e trataba de una canci�n de adivinanzas.</p><empty-line/><p>�<strong>s</strong>oy un fruto lascivo y redondeado que alimenta las aguas del jard�n.</p><p><strong>c</strong>e�ido por un c�liz rugoso, parezco el coraz�n de un cordero en las garras de un buitre�.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>m�n solt� una risotada.</p><p>��<strong>l</strong>a berenjena -dijo.</p><p><strong>e</strong>st�bamos bebiendo el vino oscuro y denso, lleno de madres, de esta tierra. <strong>s</strong>in darme cuenta, yo llevaba el ritmo de la canci�n con mi copa. <strong>p</strong>ensaba en otra cosa, como suelo, y en otras circunstancias.</p><empty-line/><p>�<strong>c</strong>rezco o decrezco entre los comensales, y, en mitad de la sombra, las l�grimas resbalan por mi cuello.</p><p><strong>s</strong>i me duermo, alguien corta mi cabellera, y permanezco insomne hasta mi muerte�.</p><p>��<strong>i</strong>nsomne hasta mi muerte -repet�.</p><p><strong>n</strong>o lo adivin�bamos. <strong>a</strong>carici� el rostro de <strong>a</strong>mina, id�ntico al de <strong>a</strong>m�n.</p><p>��<strong>l</strong>a vela -grit� ella, y tom� un sorbo de mi copa.</p><p><strong>v</strong>olvi� a cantar:</p><empty-line/><p>�<strong>s</strong>oy delgado, y tan p�lido y fr�gil que me dejo acuchillar f�cilmente.</p><p><strong>d</strong>e vez en cuando bebo, y de mis ojos luego brota el llanto�.</p><empty-line/><p><strong>q</strong>u� desgarradoras sonaban todas las letras. <strong>e</strong>ra el c�lamo; tampoco lo adivinamos. <strong>a</strong>mina palmoteaba.</p><empty-line/><p>�<strong>l</strong>o mismo que la espada nos portamos.</p><p><strong>i</strong>nseparables somos.</p><p><strong>s</strong>i algo entre las dos gemelas se interpone, de com�n acuerdo lo despedaza- remos�.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>sta vez fui yo el que acert�.</p><p><strong>v</strong>e�a a <strong>a</strong>m�n y a <strong>a</strong>mina, gemelos, ante m�. <strong>s</strong>i algo se interpusiese�</p><p>��<strong>l</strong>as tijeras.</p><p><strong>a</strong>mina me bes� entre halagos.</p><p><strong>q</strong>uiz� hab�amos bebido suficiente, pero continuamos. <strong>l</strong>as velas de la sala, como las del acertijo, parpadeaban y se desperezaban. <strong>e</strong>n los rincones se amontonaban las sombras como animales dispuestos a saltar contra nosotros. �<strong>l</strong>a noche es mi enemiga�, pens�. <strong>h</strong>e aprendido a temer a las sombras. <strong>s</strong>eguros frente a ellas, mis gemelos me proteg�an con su sola presencia. <strong>s</strong>on demasiado j�venes -�es que eso es un defecto?- para temerle a nada.</p><p><strong>a</strong>mina continu�:</p><empty-line/><p>�<strong>s</strong>oy el traidor a las palomas.</p><p><strong>a</strong>ntes, cuando fui su amigo, las sostuve temblando.</p><p><strong>a</strong>hora, vibrante, las acoso y les doy muerte con mi lengua�.</p><empty-line/><p><strong>r</strong>ecord� el momento en que escrib� esa letra. <strong>c</strong>asi reci�n casados, hab�a ido con <strong>m</strong>oraima a pasar unos d�as al <strong>c</strong>enete. <strong>p</strong>or las ma�anas sal�a con mi arco y mi aljaba para tirar a las torcaces.</p><p>��<strong>e</strong>s el arco -murmur�.</p><p>��<strong>d</strong>�nde estar�n aquellos d�as, la luz de aquellos d�as?�, me preguntaba. <strong>l</strong>os dos hermanos me abrazaron, cada cual por un lado.</p><p><strong>a</strong>mina bes� mi barba; <strong>a</strong>m�n, mi mano derecha.</p><p>��<strong>l</strong>a �ltima -dijo <strong>a</strong>mina-. <strong>e</strong>s muy alegre.</p><empty-line/><p>�<strong>s</strong>oy el due�o de la brisa.</p><p><strong>s</strong>i quiero, sopla el c�firo; si quiero, el viento <strong>s</strong>ur.</p><p><strong>p</strong>ero lo que prefiero es acariciar el rostro del m�s hermoso de los nazar�es�.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a cant� sin la�d, mientras me abanicaba.</p><p>��<strong>e</strong>l abanico -dije-; pero el resto es mentira.</p><p><strong>m</strong>e aplaudieron los dos, al un�sono como hacen casi todo. <strong>m</strong>e sirvieron una �ltima copa, y se retiraron, convencidos de que el m�s hermoso de los beni nazar -no el m�s hermoso, pero s� el m�s desdichado; el que estaba all�, lejos de todos los dem�s, vivos o muertos; el que hab�a perdido hasta su derecho al nombre de la estirpe; el que acababa de cerrar los ojos para ocultar las l�grimas- necesitaba descansar. <strong>s</strong>ent� como una arcada, y se me llen� de amargura la boca.</p><p><strong>l</strong>e ech� la culpa a la aspereza del vino.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>e dormido muy mal. <strong>h</strong>ace ya un largo rato que me levant�. <strong>a</strong>br� las vidrieras del mirador, y vi c�mo se dispon�a despacio a amanecer sobre la ciudad. <strong>e</strong>sta ciudad podr�a decirse que es la m�a: he vivido en ella m�s tiempo que en ninguna; pero algo dentro de m� lo contradice. <strong>f</strong>ez no ser� nunca mi ciudad, ni yo ser� suyo, porque mis huesos no conciliar�n en su tierra definitivamente el sue�o�</p><p>�<strong>e</strong>scribo s�lo para retrasar el adi�s?</p><empty-line/><p><strong>a</strong>�n era noche cerrada. <strong>l</strong>a voz del muec�n se alz� como quien rompe de repente un cacharro, y recoge luego los a�icos, y los recompone con torpeza, y lo deja caer de nuevo, sin remedio esta vez. <strong>d</strong>igo se alz�, pero tambi�n descend�a, y jugaba en el aire igual que un p�jaro, y se posaba de repente, y se enroscaba y se desenroscaba. <strong>p</strong>arec�a acabarse ya, y continuaba con m�s �mpetu. <strong>i</strong>nfinidad de veces habr� o�do la llamada a la oraci�n, y recordaba ahora algunas de ellas: la del im�n de la <strong>a</strong>lhambra por ejemplo, que era igual que un rebuzno y nos hac�a re�r, de ni�os, a <strong>y</strong>usuf y a m�; pero era como si �sta de hoy fuese distinta. <strong>f</strong>lotaba sobre la ciudad, que yo ve�a a mis pies, presintiendo m�s que viendo, a mi izquierda, el cementerio de los marin�es. <strong>f</strong>lotaba sobre la noche, como si no formase parte de ella, y fuese su mejor parte, sin embargo. <strong>e</strong>ra un llanto; pero no lo era, sino un reproche para provocar el llanto. <strong>s</strong>us palabras resultaban, como las de las canciones de <strong>a</strong>mina, indescifrables. <strong>y</strong>, no obstante, cualquiera podr�a descifrarlas. <strong>h</strong>ablaban de la obsesi�n m�s antigua del hombre: la de ser amparado; la de adorar a algo superior, a alguien superior, que a �l le conviene que exista para no quedarse absolutamente solo en medio de la noche, perdido sin asidero en el universo, sin que nadie m�s alto se tome el trabajo ni de re�rse de �l y de su soledad. <strong>e</strong>l hombre infeliz necesita a su <strong>d</strong>ios como el rebuzno de su asno, y sus palomas, y su arco, y su abanico, y el calor de su mujer, y la pesadilla de sus hijos que lo despiertan cuando lloriquean all� cerca de la madre, y el olor nauseabundo y caliente de la bosta a�n h�meda�</p><p><strong>t</strong>odo eso, amenazadora y suplicante, repet�a la voz. <strong>l</strong>as voces, porque eran muchas ya. <strong>d</strong>e pronto, muchas: trenzadas y hostiles, sustituy�ndose y ali�ndose como un humo agrio y suave y paciente y urgente que se elevara desde los alminares recordando a los que dorm�an descuidados que el hombre no es nada: una chispa que cruza y que se extingue sin haber compartido su calor. <strong>n</strong>ada, si no se pone de acuerdo con las otras chispas en aquello que debe ser cre�do. <strong>n</strong>ada, sino lo que �l mismo se proponga: ahora, un ser perezoso que acaso hizo el amor al principio de la noche, y se echa agua en la cara, y se moja la garganta y los brazos, y va en busca de su trabajo, sin gusto ni esperanza, bajo el peso de un <strong>d</strong>ios inventado y afortunadamente inasequible� �<strong>i</strong>nasequible e inventado? �<strong>n</strong>o lo hizo el hombre a su imagen y semejanza para tenerlo m�s a su alcance? <strong>l</strong>as voces, casi a centenares, lejos o cerca, eran s�lo una queja. �<strong>p</strong>or qui�n? �<strong>p</strong>or los hombres que abandonan al <strong>d</strong>ios que construyeron? �<strong>p</strong>or el <strong>d</strong>ios que, desde el comienzo, abandon� a los hombres? �<strong>q</strong>u� recurso queda?</p><p><strong>u</strong>na queja que parec�a que jam�s iba a terminarse. <strong>y</strong>, de improviso, termin�. <strong>c</strong>omo si no hubiese existido. <strong>e</strong>s la mejor manera.</p><p><strong>l</strong>a queja compart�a la noche con la luna menguante, indiferente y terca; con el canto de los gallos sucesivos; con la an�rquica geometr�a de la medina, no dibujada a�n del todo, pero que imperceptiblemente aparec�a; con el alborotado ruido de las aguas que el r�o comprime al pie de las casas humildes� <strong>i</strong>gnoro por qu� cuento esto.</p><p><strong>h</strong>e visto amanecer miles de veces en mi vida. <strong>y</strong>, no obstante, hoy�</p><p>�<strong>a</strong> qu� le digo adi�s? <strong>d</strong>etr�s de las colinas se anaranja el cielo; ya no es negra la ciudad, sino de un azul oscuro, o acaso del color de la antracita. <strong>s</strong>i la dejo de mirar un instante, la veo luego l�quida, te�ida por una aguada inconsistente. <strong>p</strong>arece imposible que de esa masa informe pueda brotar de pronto tanta vida reconfortante, hiriente, taxativa. <strong>a</strong>zulea y se aclara el cielo por el <strong>s</strong>ur; el <strong>o</strong>este a�n permanece herm�tico, verdea el <strong>l</strong>evante. <strong>l</strong>a ciudad nace, renace. <strong>l</strong>�neas visibles marcan lo inconcreto. <strong>s</strong>i me fijo bien, adivino un minarete, una suave palidez escurri�ndose sobre un tejado de cer�mica, entre el estent�reo di�logo de los gallos lejanos.</p><p><strong>c</strong>on lentitud se ampl�a el naranja del horizonte. <strong>e</strong>l extremo <strong>n</strong>orte se acerca, verdeando tambi�n con implacable delicadeza. <strong>p</strong>ero el <strong>o</strong>ccidente contin�a opaco, mientras el p�rpura asciende al amarillo. <strong>a</strong> partir de un punto muy concreto empieza a dorarse la �ltima raya de este mundo. <strong>t</strong>rina un p�jaro solo, y oigo un chorro de agua muy pr�ximo, un chapoteo en un agua, y el desgarro del aire por un vuelo. <strong>m</strong>i alma se entristece o se alegra, desconcertada y fr�a. <strong>e</strong>l hacinamiento de la medina es ya de un gris tenue, no como el agua, sino como un espeso vaho detenido, aguardando una orden para surgir y liberarse. <strong>c</strong>omo si un d�bil aire fuese capaz de trasladarlo, deformarlo, abatirlo. <strong>e</strong>n un amanecer lo primero que se percibe es siempre lo m�s oscuro: los m�s hondos callejones, los huecos de las casas, el lado en sombra de un minarete, un cipr�s, unas puertas; pero es porque la leve luz roza ya con sus dedos en algunas fachadas, en algunas esquinas, en alg�n plano �vido que mira hacia el <strong>o</strong>riente.</p><p><strong>l</strong>a llamada a la oraci�n ha dejado paso a un roznido estirado y vital, a m�s agua, quiquiriqu�es, trinos.</p><p><strong>r</strong>uidos incomprensibles amasan, unos con otros, una sonoridad confusa. <strong>e</strong>l lim�n del horizonte se convierte en un verdor muy tierno con breves y difusas pinceladas de malva. <strong>y</strong> ahora es el <strong>s</strong>ur el que, entre el rosa y el violeta, se incorpora a la vida.</p><p><strong>n</strong>o parece que la luz sobrevenga, ni que sea la ciudad alumbrada desde fuera de s� misma. <strong>e</strong>s como cuando el amor llega, y en su interior transforma el mundo entero; como si la luz fuese brotando de su propio centro, haci�ndose ella sola, despertando como el rebuzno que a�n se prolonga sin saber por qu�.</p><p><strong>l</strong>os barrios opuestos al <strong>l</strong>evante son los que primero comparecen; los otros, recortados contra el cielo verde y rosa como un rosal enhiesto, a�n est�n silueteados. <strong>u</strong>nas voces por fin, unas risas por fin� <strong>d</strong>esde la <strong>a</strong>lhambra ve�a el <strong>a</strong>lbayz�n -sus tapias y sus huertos-, y, a mis espaldas, la sierra siempre nevada se manten�a de inc�gnito. <strong>a</strong>qu� veo a la vez el trasunto del <strong>a</strong>lbayz�n y un monte blanco tras de �l, como si yo hubiese perdido la cabeza, o hubiese girado la geograf�a de <strong>g</strong>ranada para jugar conmigo al escondite o a ese juego de las adivinanzas que <strong>a</strong>mina anoche planteaba. <strong>s</strong>iento una punzada en el costado, que me sube a la garganta y a los ojos�</p><p><strong>d</strong>ebo olvidar aquello. <strong>d</strong>ebo mirar atentamente este mundo de aqu�, esta ma�ana de hoy, que es mi �ltima ma�ana. <strong>l</strong>os p�jaros arrecian su jolgorio, incontenible ya. <strong>y</strong> los hombres, el suyo. <strong>u</strong>n perro, tres, diez, ladran. <strong>l</strong>a medina, inm�vil, se debate por surgir de la noche, por romper la indecisa e inexorable placenta de la noche. <strong>p</strong>arece que, dentro de su manto, la ciudad ha persistido luminosa, y se desnuda ahora de las telas sombr�as; pero muy poco a poco, no dej�ndolas caer, ni desgarr�ndolas, sino asimil�ndolas, introduci�ndolas en s� misma con un amor tranquilo, para volver a usarlas dentro de no mucho, cuando yo ya no est� en este mirador de cristal coloreado, tan semejante a mi vida y tan falso como ella�</p><p><strong>l</strong>a luna, erguida y sola, aten�a su poder�o. <strong>t</strong>odo el cielo bajo es ya verde y se aleja; s�lo el alto es azul. <strong>h</strong>acia el <strong>n</strong>orte, una m�nima nube tenebrosa, una equivocaci�n, una mancha de tinta sobre este paisaje pintado por un ni�o.</p><p><strong>a</strong>�n queda un gallo, s�lo uno, y un millar de p�jaros resucitados y enloquecidos. <strong>l</strong>as colinas del fondo se distinguen unas de otras, se separan, se acercan o se alejan seg�n su oficio diario. <strong>e</strong>l caser�o del <strong>e</strong>ste se concreta; el del <strong>o</strong>este, trepa definido y exacto, azoteas sobre azoteas, a�n no quietas como habr�n de fingirse durante el dominio de la luz, sino temblorosas, ateridas acaso, o desentumeci�ndose. <strong>l</strong>a luz creciente, apoyada sobre la ladera o sobre los m�s elevados edificios, hace crecer las casas ruines, y vacilar y entrechocarse�</p><p><strong>y</strong>, como cada amanecer, un infinito bando de zorzales brotado del olivar negrea de repente en el cielo: una red espesa que se abate para alcanzar en silencio y por sorpresa a la ciudad. <strong>s</strong>erpea, seguro y borbotante; traza formas distintas en lo azul; se abandera, se expande, se concentra en el gozo del alba; se abre y se cierra como una palmera aventada. <strong>o</strong>igo el rumor difuso de su vuelo. <strong>y</strong> en un instante, lo mismo que lleg�, se aleja de nuevo al olivar. <strong>v</strong>ienen a mi memoria aquellos versos:</p><empty-line/><p>�<strong>c</strong>uando m�s necesita su venida, se van del olivar los estorninos��</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l cielo queda m�s puro, m�s destelleante. <strong>e</strong>l verde se diluye en el predominio de un azul casi blanco. <strong>l</strong>os ocres, los grises, los pardos de la medina recuperan su peso. <strong>u</strong>nos cuervos -las aves de la misericordia, seg�n el desterrado <strong>a</strong>lmutamid, tan despojado de ella como yo- cruzan muy cerca de mi frente. <strong>a</strong>l percibirme, frenan, o me parece as�, su prisa� <strong>y</strong>a identifico mezquitas, madrazas, mausoleos. <strong>h</strong>an roto a zurear las palomas, y oigo, sin verlas, los arrullos de las t�rtolas. <strong>s</strong>e aleja la luna por su propio agujero de luz. <strong>u</strong>n par de cig�e�as atraviesa muy bajo sobre las terrazas. <strong>h</strong>an brotado de la noche las rosas del jard�n entre los mirtos. <strong>e</strong>l calor de la vida se derrama despacio sobre el mundo, aunque no sobre mi coraz�n. <strong>y</strong> tambi�n el escalofr�o de la vida, que es lo que en m� siento esta ma�ana� <strong>l</strong>lora un ni�o sin consuelo posible. <strong>a</strong>�n no ha salido el sol, y es todo luz; no hay sombras todav�a, y todo yace bajo una leve sombra. <strong>c</strong>uando el sol, frente a m�, irrumpa violento, todo caer� en la sombra otra vez: en la sombra del sol -de eso el que mand� sabe-, en el humo y la niebla. <strong>s</strong>alvo los airones de las palmeras, que se levanten y lo reten, y los agudos alminares; salvo lo que mantenga la soberbia de aspirar y elevarse: de eso el que estuvo por encima sabe� <strong>h</strong>asta que suba el sol y se entronice y reine, la vida ser� bella� <strong>e</strong>ntretanto, me temo que ha llegado mi hora: de ah� que me demore sobre estos papeles carmes�es que me traen al recuerdo tantas cosas.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n los �ltimos meses los asuntos del califa de <strong>f</strong>ez, <strong>h</strong>amet al <strong>b</strong>enimar�n, no han ido bien. <strong>s</strong>e han estado tramando intrigas y partidos. <strong>y</strong>o revivo los d�as postreros de <strong>g</strong>ranada. <strong>h</strong>oy estoy convocado por �l a su palacio. <strong>c</strong>reo que pronto va a tener que salir al campo a defenderse; el olfato de la traici�n es lo �nico que los desterrados no perdemos. <strong>y</strong> yo s� lo que defenderse -no atacar- significa. <strong>a</strong>donde vaya -y tambi�n s� d�nde va- yo lo acompa�ar�. <strong>l</strong>os marin�es, una familia que es un poco la nuestra, son ambiciosos, y presionan los acontecimientos; nunca usaron de la paciencia. <strong>l</strong>a tribu de los jarifes le disputa al califa su trono; yo, a estas alturas, no cambiar� de rey. <strong>h</strong>e perdido a mis s�bditos, y acaso tambi�n os he perdido a vosotros: es bastante perder.</p><p><strong>d</strong>urante mucho tiempo dese� remitiros estos papeles m�os. <strong>c</strong>onsidero �til que conozc�is la historia cognoscible de vuestra sangre, si es que la sangre puede conocerse. <strong>a</strong>firman que toda historia se repite, y no es cierto: los que se repiten son los historiadores.</p><p><strong>c</strong>uando se escribe a la orden de alguien, siempre se acaba por escribir lo mismo: a los hombres los gu�an intereses mon�tonos. <strong>l</strong>a <strong>h</strong>istoria la suelen contar siempre los vencedores -los vencidos, o no viven, o prefieren olvidar-, y en consecuencia la alinean siempre entre sus aliados. <strong>s</strong>upongo que, si la contaran los vencidos, suceder�a igual; pero ellos la usar�an para mantener su esperanza. <strong>e</strong>n todo caso, cualquier historia tiene que reducirse, antes o despu�s, al tama�o de un libro: simplificarse, allanarse, decolorarse, es decir, en el fondo, dejar de ser. <strong>p</strong>or eso os advierto que no hago aqu� -o no lo hice mientras escrib�a- mi paneg�rico, ni siquiera mi alegato.</p><p><strong>n</strong>o es una historia de reyes la que os cuento, sino la de un testigo que, por ser el �ltimo, tuvo mayor valor. <strong>p</strong>or otra parte, no es mi intenci�n, ni lo fue nunca, corregir estas notas apiladas, cuyas fechas y cuyas procedencias son tan distintas como acr�nicas. <strong>e</strong>n ocasiones escrib�, y volv� sobre lo escrito; en otras escrib� de pasada, como quien suda o vomita a su pesar.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>os personajes que pueblan todos estos papeles, menos <strong>a</strong>m�n y <strong>a</strong>mina, han muerto ya; acaso yo tambi�n. <strong>y</strong> acaso tambi�n vosotros dos, de quienes ignoro casi todo, o uno de vosotros. <strong>s</strong>�lo tengo noticias vagas, probablemente inciertas. <strong>l</strong>o �ltimo que supe del mayor de vosotros, hijos m�os, es que hab�a estado en <strong>t</strong>remec�n, y que sali� de all� con sus mujeres y sus hijos. <strong>n</strong>o s� m�s. <strong>p</strong>rocurar� que alguien con mayores br�os que yo -no con mayor inter�s- os busque y os encuentre, y lleve a vuestras manos este manuscrito carmes� -el color es lo m�s persistente de �l-, que es lo �nico que os lego. <strong>a</strong>l califa, en pago a su generosidad, le ofrendar�, si hay lugar, esta casa. <strong>e</strong>l resto de mis bienes es ya vuestro: os lo ced� cuando la muerte, hace ya a�os, pareci� no rechazarme m�s. <strong>a</strong> partir de entonces no os he visto.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a pasada semana proyect� releer este penoso testamento, refundirlo, exponer con mayor orden y mayor detenci�n mi testimonio; pero se me ha hecho tarde. <strong>o</strong>s lo env�o como est�, amontonado sin concierto alguno, o con el desatinado concierto con el que fue fluyendo.</p><p><strong>q</strong>uiz� si todo hubiera sido de otro modo -y yo tambi�n- lo habr�a redactado con meticulosidad y pormenores; pero pertenezco a una �poca y a una cultura -que es la vuestraen que los m�s esplendorosos palacios se construyeron con unos cuantos maderos y un poco de escayola. <strong>a</strong>h� dejo, pues, los elementos necesarios para que alguien, si quiere, los mezcle y los transforme. <strong>n</strong>i tengo tiempo ya, ni ganas, ni la certeza de que haya algo en este mundo que merezca la pena. <strong>e</strong>l valor que conservan es el de haber sido escritos m�s o menos en la hora en que lo que narran ocurr�a.</p><p><strong>y</strong>o fui educado como un pr�ncipe, y, por lo tanto, no fui un buen gobernante. <strong>m</strong>e atrajo la lectura; tuve curiosidad; pude haber sido m�s o menos sabio. <strong>n</strong>o me lo permitieron; me obligaron, en cambio, a luchar por la supervivencia de mi pueblo. <strong>n</strong>o desempe�� un papel airoso, ni pudo ser de otra manera.</p><p><strong>p</strong>ero �por qu� volver -acaso me lo pregunto por la comodidad de no revisar estos papeles- sobre lo que ya queda lejos? <strong>l</strong>ejos para vosotros, porque para m�, no: hay circunstancias en que la vida se detiene, se paraliza sobre un momento concreto, como una mula que se niega a avanzar, como una vieja ebria que se desploma y se adormece ante los lugares en que le dieron de beber�</p><p><strong>n</strong>o, no quiero pensar en que haya habido jam�s acontecimientos m�s importantes que �ste de hoy.</p><p><strong>n</strong>o el que suceder� en la batalla del califa contra sus enemigos, sino el de haber visto amanecer en <strong>f</strong>ez el d�a en que cumplo quiz� sesenta y cuatro a�os� <strong>m</strong>i memoria no es buena: <strong>a</strong>mina me lo prob� anoche; podr�a a�adir algo a estos papeles, pero con el aroma del recuerdo perdido, y ya sin ton ni son. <strong>p</strong>ermanece el perfume de la rosa cuando la rosa se marchita; sin embargo, �qu� es el perfume sin la rosa? <strong>p</strong>refiero que los recoj�is con la misma espontaneidad con que nacieron. <strong>y</strong> adem�s, �qui�n sabe si llegar�n hasta vosotros, o si os interesar� siquiera echarles un vistazo?</p><p><strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza -que formaba parte del cuerpo de mis traductores en la <strong>a</strong>lhambra, y que fue amigo m�o y mi cronista- siempre aprob� que yo escribiera. <strong>p</strong>ero me conminaba -�sa es la palabra- a escribir lo que s�lo yo sab�a. <strong>y</strong> me sublevaba que fuese el hecho de ser yo rey lo que a �l le atra�a; no mi coraz�n, ni los sentimientos provocados por nacer en un trono en el ocaso, ni los resentimientos que el entorno, marchito como la rosa de antes, produc�a en m�. <strong>s</strong>e me ha injuriado como perdedor del <strong>r</strong>eino; sin embargo, nadie se ha ocupado de averiguar c�mo fui de veras, ni si luch� con todas mis fuerzas, que no eran muchas ciertamente. <strong>a</strong> nadie se le ha ocurrido que acaso fuese yo -y no por rey- la mejor personificaci�n de un pueblo condenado a abandonar el <strong>p</strong>ara�so� <strong>h</strong>e sido m�s tiempo s�bdito que rey, exiliado m�s que coronado. <strong>h</strong>ace m�s de treinta a�os que entregu� las llaves de mi casa: una reproducci�n, porque las verdaderas acompa�ar�n, para vosotros, este manuscrito, cuyo prestigio consiste en provenir de alguien que, cuando os llegue, no ser�, y de que apenas es mientras os lo dedica.</p><p><strong>a</strong>caso contenga lo que jam�s un hijo debe saber de un padre; pero he ejercido tan poco tiempo de ello� <strong>e</strong>l mayor de vosotros a�n no ten�a dos a�os cuando fue empleado como rescate m�o. <strong>a</strong>penas hemos vivido juntos. <strong>o</strong>s fuisteis en seguida de <strong>f</strong>ez. <strong>p</strong>ara vosotros, como para los dem�s, ser� el traidor tan s�lo. <strong>p</strong>or otra parte, �qui�n dice lo que un hijo debe saber o no de un padre? �<strong>n</strong>o os han contado ya, y de peor modo, lo peor? �<strong>n</strong>o han sido inicuos conmigo, en favor suyo, los cronistas?</p><p><strong>n</strong>o intento defenderme; tambi�n es tarde para eso. <strong>s</strong>oy un viejo, y a los viejos se nos niega la �pica tanto como la l�rica. <strong>e</strong>n la batalla pr�xima estar� al lado de quien me acogi� (ni ahora ni nunca fui yo el que decidi� las batallas): ya no queda en el mundo nadie al que le deba m�s que a este sult�n de <strong>f</strong>ez, si no es quiz� a vosotros, a quienes, imposibilitado de devolveros lo perdido, os obsequio con el relato de su p�rdida. <strong>n</strong>o intento siquiera con �l poner el punto sobre las �es. <strong>s</strong>�lo que esta arca, donde guardo lo que a�n permanece del jard�n -el arca de la novia:</p><empty-line/><p>�<strong>s</strong>i t� quisieras, <strong>g</strong>ranada, contigo me casar�a,�</p><empty-line/><p>como cant� el romance de los castellanos-, logre alcanzar, ya que yo no, manos andaluzas. <strong>y</strong>, de ellas, siguen las vuestras siendo las m�s significativas y las menos manchadas. <strong>n</strong>o espero nada de vosotros: ni un retorno, ni una correspondencia, ni la reivindicaci�n; pero llev�is a�n sangre nazar�, la �nica sangre nazar� incontaminada que hay ya sobre la tierra. <strong>m</strong>is antepasados hicieron <strong>g</strong>ranada, y la deshice yo; leed sin prisa estos papeles para que sep�is c�mo. <strong>p</strong>ero si os cogen desganados, arrojadlos al mar, o arrojadlos al fuego: dar� igual; no se perder� nada. <strong>a</strong>unque deb�is saber que en ellos s�lo relato lo que fue; de lo que ser�, nada sabemos. <strong>e</strong>l <strong>t</strong>odopoderoso dir� a su hora la palabra que quiera. <strong>u</strong>na historia -no lo ech�is en olvido- no puede contarse bien hasta que concluye. <strong>c</strong>omienza, por lo tanto, el turno vuestro. <strong>e</strong>l m�o se agot�:</p><empty-line/><p>�<strong>L</strong>o que tem� perder yo lo he perdido; lo que esper� ganar ya no lo espero�.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>i esperanza se ha muerto antes que yo; la que me queda es muy humilde: que este legado no testifique contra m�.</p><empty-line/><p>�<strong>n</strong>o te levantes t�, coraz�n, en mi contra tambi�n.</p><p><strong>u</strong>na vez muerto, no te levantes, coraz�n: descansa.�</p><empty-line/><p><strong>d</strong>ebo irme ya. <strong>h</strong>e de armarme -procurar� hacerlo solo- para acudir a la batalla. <strong>n</strong>o retornar� de ella: ni vivo, ni muerto. <strong>d</strong>eseo entregarme a las aguas del r�o, como <strong>a</strong>liatar en la derrota de <strong>l</strong>ucena; que no pueda encontrar nadie los restos del que fui, ni mis armas reales. <strong>s</strong>aldr� sin despertar a <strong>a</strong>m�n ni a <strong>a</strong>mina. <strong>e</strong>star�n juntos, id�nticos y amantes, rezumantes de vida sobre la misma cama. �<strong>p</strong>ara qu� despedirme de nada ni de nadie? <strong>t</strong>odo est� concluido.</p><p><strong>d</strong>ios a s� mismo se interpreta; pero yo dudo que le haya dado a ning�n rey un salario peor que el que me ha dado a m�.</p></section><section><title><p>el manuscrito carmes�</p></title><p><strong>m</strong>e encomiendo, antes de comenzar, a <strong>d</strong>ios -honrado y ensalzado sea-, si nos mira y si nuestra vida no es en vano. <strong>y</strong> a <strong>m</strong>ahoma, el <strong>p</strong>rofeta, <strong>s</strong>ello de los profetas anteriores y <strong>s</strong>e�or de la estirpe de <strong>a</strong>dnam.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>labado sea <strong>d</strong>ios, <strong>s</strong>e�or del <strong>u</strong>niverso, el <strong>c</strong>lemente, el <strong>m</strong>isericordioso, el <strong>d</strong>ue�o del <strong>d</strong>�a del <strong>j</strong>uicio. <strong>a</strong><strong>t</strong>i te adoramos, a <strong>t</strong>i te suplicamos. <strong>g</strong>u�anos por el camino recto. <strong>p</strong>or el camino de aqu�llos a quienes concediste gracia, y no por el de los que te airaron, ni por el de los que se extraviaron.</p></section><section><title><p>i. a salvo en el jard�n</p></title><section><p><strong>m</strong>i nombre y t� ya est�is a salvo en el jard�n: fuera del tiempo, su maleficio no os perturbar�.</p><p><strong>b</strong>oabdil</p><empty-line/><p><strong>d</strong>e lo poco que aprendo en la madraza, fundada por mi antecesor <strong>y</strong>usuf <strong>i</strong>, y de los encanecidos maestros, fr�os y desde�osos con los j�venes, una sola cosa es la base de todas las dem�s: no somos libres. <strong>n</strong>uestro destino se nos adjudica al nacer; se nos entrega, igual que la tablilla en que estudiamos de ni�os las primeras letras y sus combinaciones. <strong>p</strong>uede borrarse lo que en ella dibujamos, pero la tablilla permanece imperturbable; luego, cuando aprendamos a escribir y a leer, se nos regalar� como recuerdo, y la conservaremos, enternecidos y altaneros, toda la vida. <strong>e</strong>l texto de nuestro destino est� desde el principio escrito; lo �nico que podemos hacer, si somos bastante osados, es transcribirlo con nuestra mano y nuestra letra, es decir, aportar la caligraf�a que alguien nos ense��.</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o de m� puedo jurar que jam�s he elegido. <strong>s</strong>�lo lo secundario o lo accesorio: una comida, un color, la manera de pasar una tarde. <strong>l</strong>a libertad no existe. <strong>r</strong>epresentamos un papel ya inventado y concreto, al que nunca a�adimos nada que sorprenda esencialmente al resto de los representantes. <strong>e</strong>n m� nadie se fijar�a si no fuese el primog�nito de <strong>a</strong>bul <strong>h</strong>as�n, rey de <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>a</strong>qu� lo primero que aprende un pr�ncipe a decir -antes a�n que �padre� o �madre�- es �no abdicar�, para saberlo repetir con naturalidad desde el d�a de su coronaci�n. <strong>a</strong> pesar de eso, nunca se est� seguro de que la abdicaci�n no se producir�, aun en el caso de que la coronaci�n s� se produzca.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>omos distintos unos de otros, y eso nos induce a creer que somos libres; pero estamos prefigurados de antemano: nuestras determinaciones dimanan de nuestros jugos g�stricos y de nuestros razonamientos, o sea, de nuestro est�mago y de nuestro cerebro, que son intransformables. <strong>n</strong>os parece, por ejemplo, que elegimos a la persona amada; no es cierto: s�lo dos o tres posibilidades nos son -y apenas- ofrecidas. <strong>n</strong>o la elegimos: nos resignamos a ella; nuestro sexo, que con el est�mago y la cabeza nos perfila, es otro portavoz. <strong>e</strong>l destino es quien manda; por eso respeto y comprendo a quienes lo cumplen sin rebelarse. <strong>e</strong>llos son los que est�n m�s pr�ximos a alcanzar la felicidad, si existe, que no creo: quienes se desenvuelven y se acaban en el lugar y en la direcci�n en que nacieron. <strong>p</strong>ero no comprendo ni respeto a quienes se rebelan. <strong>p</strong>ienso en <strong>a</strong>lmanzor, el suplantador de los omeyas, que -con la ambici�n del que quiere reinar sin haber nacido en las gradas del trono, con su desastrosa ambici�n de r�bula que no repara en barrastrastorn� las p�ginas del libro de su vida al probar a los s�bditos que contra el poder cabe el desprecio. <strong>e</strong>st� escrito el destino: la dificultad reside en saberlo leer. <strong>h</strong>ay quienes, mientras aspiran a superar el suyo, son s�lo el arma del de los otros: se erigen en due�os del azar, y, a fuerza de combatir desde su vulgar sino, se transforman en los apoderados del ajeno, y juegan al ajedrez en nombre de la <strong>h</strong>istoria, derroc�ndolo todo, pieza a pieza, hasta inundar de sangre los tableros. <strong>q</strong>u� irreversible consternaci�n para un hombre comprobar, al final, a la entrada de su <strong>m</strong>edinaceli, que, cuando resolv�a en aparente libertad, estaba siendo utilizado.</p><p><strong>p</strong>orque nadie sobrevive a la tarea para la que naci�: todo fue enrasado y medido previamente. <strong>c</strong>umplida su misi�n, solo ya el poderoso sobre el tablero que fue desalojando, el destino -su destino esta vez- le lanza el jaque mate.</p><p><strong>l</strong>a vida es una inapelable partida en la que todos los jugadores acaban por perder�</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l discurso anterior era demasiado juvenil. <strong>h</strong>oy me parece t�pico y pedante; pero fue lo que estren� estos papeles. <strong>a</strong>ntes de que lo terminara, mi madre me llam� a sus habitaciones. <strong>e</strong>ntraba la ma�ana por el ajimez como una llamarada, y encharcaba de oro el pavimento. <strong>m</strong>iraba yo, distra�do de su pl�tica, las dos clases de losas. <strong>e</strong>n la primera, una figura femenina se enfrenta a otra masculina, con unos escudos entre ellas; visten trajes cristianos: �l, calzas altas; ella, unas mangas ajustadas m�s oscuras bajo otras amplias claras, y el largo pelo partido en dos y unido en una trenza; el dibujo es azul, en varios tonos.</p><p><strong>e</strong>n el otro modelo tambi�n se enfrentan, y tambi�n con distintos azules, un ciervo y un caballo, esbeltos y rampantes�</p><p><strong>m</strong>i madre acaba de trasladarse a la <strong>a</strong>lhambra desde su palacio del <strong>a</strong>lbayz�n, donde se hab�a retirado, en se�al de disgusto, cuando el rey comenz� sus relaciones con <strong>s</strong>oraya.</p><p><strong>p</strong>ero, al ver aumentar el poder de �sta, ha cre�do prudente recuperar su sitio de sultana y sus habitaciones oficiales.</p><p><strong>y</strong>o la escuchaba con los ojos en el suelo, sin prestarle demasiada atenci�n. <strong>s</strong>upon�a que se trataba de algo que yo hab�a hecho mal, o de alg�n proyecto pol�tico de los que no me apasionan: era para lo �nico que mi madre pod�a convocarme. <strong>n</strong>o obstante, percib� en sus palabras un tono nuevo, dulcificado, muy ins�lito en ella. <strong>l</strong>a mir�.</p><p><strong>r</strong>eclinada, no me miraba a m�, sino un pa�o bordado que, entre las manos, doblaba y desdoblaba. <strong>h</strong>ab�a ordenado retirarse a todas sus sirvientas, y, sorprendentemente, nos hall�bamos solos. <strong>c</strong>uando me decid� a atender, llevaba hablando un rato. <strong>y</strong>o estoy acostumbrado a o�r a rachas sus peroratas, en las que da rodeos interminables, y aborda los temas desde un lejano principio que s�lo ella relaciona con el final.</p><p><strong>s</strong>e refiere, por ejemplo, a su primo el rey <strong>m</strong>ohamed <strong>x</strong>, o a su padre <strong>m</strong>ohamed <strong>IX</strong>, antes de comunicar a quien sea que es necesario hacer obras en la planta de arriba, o modificar el trazado de un jard�n, o celebrar la <strong>f</strong>iesta de los <strong>s</strong>acrificios de este a�o con especial suntuosidad.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>u mon�logo estaba en marcha.</p><p><strong>y</strong>o puse los ojos en la delicada figura masculina de la soler�a, que ten�a junto a mi pie derecho.</p><p>��<strong>s</strong>i lo que fragua tu padre es atentar contra mis privilegios en favor de una esclava cristiana, le parar� los pies. <strong>s</strong>oy reina por los cuatro costados. <strong>n</strong>o dependo de �l ni por mi sangre, ni por mi econom�a, ni por mi inteligencia. <strong>s</strong>oy una mujer horra en todos los sentidos. <strong>n</strong>o necesito nada; pero, puesto que t� has sido designado heredero, quiero contar contigo. <strong>y</strong> te advierto que las trapacer�as de <strong>i</strong>sabel de <strong>s</strong>ol�s te alcanzan tanto a ti como a m�.</p><p><strong>e</strong>lla nunca la llama <strong>s</strong>oraya porque opina que su conversi�n �en lo cual acertaba� es una t�ctica.</p><p>��<strong>n</strong>o olvides que tu padre tiene tres hijos de ella. <strong>y</strong> que, aunque sean m�s j�venes que t�, o precisamente por serlo, los preferir�.</p><p><strong>e</strong>l poder de la lujuria (t� a�n no lo sabes, aunque tambi�n de eso quiero hablarte) es muy grande.</p><p><strong>y</strong>o, sin comprender muy bien, traslad� mi mirada a la figura femenina del azulejo. <strong>y</strong>a estaba hecho a lo sorprendente de los mon�logos maternos.</p><p>��<strong>y</strong> el de la vanidad. <strong>t</strong>u padre, siempre engre�do, nombrar� heredero, aunque sea volviendo sobre sus actos, a alguien m�s joven, como si eso le asegurara una m�s larga vida. <strong>a</strong>s� se ver� menos acuciado a dejarle el trono a nadie; ya sabes qu� poco partidaria es <strong>g</strong>ranada de los sultanes ni�os, y cu�nto da�o le ha venido por ellos.</p><p><strong>i</strong>gnoraba ad�nde conducir�a tal conversaci�n. <strong>e</strong>l trayecto era habitual. <strong>n</strong>o val�a la pena que hubiese interrumpido mis ejercicios para eso: ni los de equitaci�n, seg�n ella cre�a, ni los de poes�a, por los que los hab�a sustituido esa ma�ana, que me gustaban m�s.</p><p>��<strong>y</strong>o tengo que defender mi fortuna; tengo que defender mis derechos, y, por desgracia, ya que t� no lo haces, tengo que defender los tuyos. <strong>e</strong>res mi prolongaci�n y, dado el cariz de los acontecimientos, mi �nico medio de seguir en el trono, si hablamos claramente.</p><p><strong>q</strong>uiz� con otro hijo me habr�a ido mejor� <strong>m</strong>�rame cuando te hablo, <strong>b</strong>oabdil.</p><p><strong>l</strong>o hice. <strong>l</strong>evant� los ojos desde el ciervo azul, ahogado en el remanso de sol; pero ella tampoco me miraba. <strong>f</strong>ue entonces cuando levant� sus ojos. <strong>s</strong>on espl�ndidos.</p><p><strong>l</strong>o �nico espl�ndido que hay en su rostro no hermoso; oscuro, demasiado largo, con un ligero bozo sobre el labio superior; un rostro adusto y poco grato. <strong>s</strong>e puso de pie sin darme tiempo a ayudarla.</p><p><strong>a</strong>hora est�bamos muy cerca y frente a frente. <strong>c</strong>ontinu�:</p><p>��<strong>s</strong>in embargo, no tengo m�s hijos que <strong>y</strong>usuf y t�, y t� eres el mayor, qu� le vamos a hacer. <strong>e</strong>s hora de casarte -a�adi� de repente.</p><p><strong>p</strong>ercib� en su mirada la alarma que ella debi� de percibir en la m�a. <strong>m</strong>e puse, en efecto, tenso como quien acusa una amenaza, o una llamada brusca o en exceso sonora.</p><p>��<strong>h</strong>e llegado a la conclusi�n de que ninguna de tus primas nos conviene. <strong>s</strong>eguir mezclando sangres en una familia como la nuestra es arriesgarse a tener descendientes a�n m�s d�biles que t�. <strong>y</strong>a ves c�mo naci� tu hermano -se refer�a a la mano inv�lida de <strong>y</strong>usuf; fui a protestar, pero me interrumpi� con un gesto irrebatible-. <strong>d</strong>�jame proseguir. <strong>p</strong>or a�adidura, una esposa de sangre nazar� meter�a en casa la ocasi�n y el peligro. <strong>n</strong>o quiero que se susciten pretensiones al trono en contra de la tuya, ni que nadie se haga ilusiones de gobernar a tu trav�s. <strong>l</strong>as ramas familiares deben quedarse en donde est�n. <strong>b</strong>astante tenemos con la pasi�n de mando de los abencerrajes y con los disturbios de los <strong>v</strong>oluntarios de la <strong>f</strong>e (estoy convencida de que la �nica fe que tienen es en ellos mismos y en su propia fuerza). <strong>y</strong>a ves que trato el tema sin rodeos. <strong>n</strong>o s�, ni me importa, cu�les hayan sido tus escarceos amorosos, aunque tengo noticias contradictorias, no todas de mi agrado -ahora s� me miraba-. <strong>t</strong>ampoco eso va a pesar en contra ni a favor de lo que voy a proponerte.</p><p>(<strong>y</strong> digo proponerte por emplear una palabra amable). <strong>e</strong>spero que mi elecci�n de esposa te parezca plausible.</p><p><strong>f</strong>ui a interrumpirla, pero me interrumpi� ella a m�.</p><p>��<strong>t</strong>u prima <strong>j</strong>adicha ser�a la �ltima que querr�a a tu lado.</p><p><strong>p</strong>rimero, porque no estoy segura de que no sea un muchacho -continuaba mir�ndome-. <strong>y</strong>, si es una mujer, porque es de las que, para que el mundo entero sepa que son libres, le restriegan su libertad por la cara a todo el que se encuentran.</p><p><strong>e</strong>s exc�ntrica, llamativa y necia.</p><p><strong>n</strong>inguna mujer inteligente desaf�a a nadie si no es imprescindible.</p><p><strong>m</strong>e recuerda a aquella princesa <strong>w</strong>alada de los omeya: mucha estola blanca con versos de amor bordados en negro, mucha estola negra con versos de amor bordados en blanco; pero ni le sirvieron de nada, ni la acercaron un �pice a su meta. <strong>t</strong>u prima <strong>j</strong>adicha se ti�e el pelo de verde, y ti�e del mismo verde el pelo del caballo que monta: un despilfarro y una estupidez. <strong>a</strong>cabar� por quedarse calva y por dejar calvo al caballo, lo que ser�a peor.</p><p><strong>y</strong> todo para pasear y trotar por el <strong>g</strong>eneralife. <strong>t</strong>ales excesos me parecer�an bien en el alc�zar de <strong>s</strong>egovia, por ejemplo, para re�rse de los cristianos, tan torvos y tan pusil�nimes; pero, para andar por una huerta, s�lo son ganas de llamar la atenci�n.</p><p><strong>y</strong>o iba, en efecto, a referirme a mi prima <strong>j</strong>adicha, de la que cre�a estar enamorado. <strong>q</strong>uedaba claro que mi madre, a pesar de ser mandona y distante, sabe todo de todos.</p><p>��<strong>e</strong>l <strong>a</strong>lcaide <strong>m</strong>ayor de la <strong>a</strong>lhambra es un hombre que empez� de la nada; menos que de la nada: vend�a especias en el zoco de <strong>l</strong>oja. <strong>e</strong>s valiente, fuerte, leal y viejo; uno de los dos brazos de tu padre. <strong>m</strong>i intenci�n no s�lo es que deje de apoyarlo, sino que te apoye a ti. <strong>l</strong>os granadinos lo veneran; forma parte de los escasos indiscutibles de este <strong>r</strong>eino. <strong>d</strong>espu�s de los sucesos m�s recientes, me atrevo a decir que es m�s indiscutible que yo y que t�. <strong>s</strong>i se lo arrebatamos, cuanto tu padre pierda t� lo ganas (o nosotros, si quieres) haciendo lo que yo he planeado.</p><p><strong>p</strong>or fin iba a o�r el resumen.</p><p>��<strong>t</strong>iene una hija muy guapa. <strong>s</strong>e llama <strong>m</strong>oraima. <strong>l</strong>a he tratado estos d�as. <strong>p</strong>uede darte hijos con rapidez y sin melindres. <strong>n</strong>o tiene sangre real, pero tiene sangre en las venas, y de eso no andamos muy sobrados. <strong>a</strong><strong>a</strong>liatar le complacer� entroncar con la estirpe de los beni nazar, y se pondr� de parte de quien pueda otorgarle un nieto sult�n. <strong>e</strong>s el mejor general con que cuenta el <strong>r</strong>eino, y te asesorar� sin que tengas la duda de con qu� fin lo hace, o de si rematar� su buena carrera de especiero destron�ndote y sustituy�ndote. <strong>c</strong>omo carece de imaginaci�n, le satisfar� m�s ver a su hija en el trono por las buenas que sentarse �l mismo mediante un alzamiento. <strong>s</strong>� que, si yo te dejara, me dir�as que tienes poca afici�n a gobernar, y que tus anhelos se limitan a mirar el paisaje, beber un poco de vino, y escribir lo que el vino y el paisaje te dicten; pero me temo que no hayas nacido para escribir al dictado, hijo m�o, a no ser que quien te dicte sea yo. <strong>u</strong>na vez instalado en el trono, si deseas descansar en mi experiencia, te estar� permitido seguir la vocaci�n que crees tener; entretanto, no.</p><p><strong>y</strong>a estudiar�s despu�s; ya escribir�s despu�s. <strong>g</strong>ranada, aunque no siempre, ha tenido sultanes sumamente cultos; recuerda a <strong>m</strong>ohamed �el <strong>f</strong>aqu�. <strong>s</strong>in embargo, nosotros no somos los due�os de nuestra vida, �o no te lo han ense�ado en la madraza? <strong>t</strong>� te debes a tu destino y a tu pueblo. <strong>y</strong>, para tal deber, ning�n matrimonio m�s conveniente que el que te recomiendo, aunque sea quiz� poco vistoso. <strong>s</strong>i no te gusta <strong>m</strong>oraima -eso era lo que, sin conocimiento de causa, le iba a oponer-, puedes luego hacer lo que te plazca. <strong>t</strong>en un hijo con ella; o un par de hijos, mejor. <strong>s</strong>on dos o tres contactos, nada m�s, no es pedir demasiado. <strong>m</strong>�s tarde, toma una o dos concubinas: m�s no es aconsejable. <strong>n</strong>i necesario, creo.</p><p><strong>p</strong>ara ti, por lo menos; tu padre es otra cosa. <strong>t</strong>�, por lo que observo, te inclinas m�s por el amor udr�, ese que siempre parece hacerse de perfil. <strong>m</strong>e pregunto si es un puedo y no quiero, o es un quiero y no puedo, y no s� qu� ser� m�s desgraciado. <strong>y</strong>o, ni entiendo de tales conjeturas, ni querr�a entender -concluy�-. <strong>m</strong>e alegra que est�s de acuerdo con mi propuesta. <strong>e</strong>nhorabuena.</p><p><strong>d</strong>io una palmada para llamar a su servicio, y me se�al� la puerta al mismo tiempo. <strong>y</strong>o sal�, recordando sin querer un hadiz de <strong>b</strong>ujari. <strong>c</strong>uando un fiel le pregunt� al <strong>p</strong>rofeta qui�n merec�a, de todos los vivientes, el mejor de los tratos, le contest�: �<strong>t</strong>u madre, despu�s tu madre, a continuaci�n tu madre, y ya luego tu padre y los otros miembros de tu familia por orden de proximidad�.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>onoc� a <strong>m</strong>oraima en el palacio del <strong>a</strong>lbayz�n. <strong>l</strong>a vi cruzar el patio desde la galer�a superior, el lugar reservado a las mujeres, donde me hab�a apostado. <strong>v</strong>est�a de blanco y amarillo. <strong>a</strong>lguien le debi� de advertir que yo estar�a espiando, porque, levantando los ojos, me mir�. <strong>l</strong>os baj� a continuaci�n de un modo muy gracioso.</p><p><strong>a</strong>divin� que sonre�a debajo de su velo y, sin saber por qu�, me descubr� sonriendo yo tambi�n. <strong>e</strong>ra alta y no muy delgada. <strong>s</strong>e mov�a con una lenta majestad. <strong>t</strong>en�a -tiene- m�s aspecto de reina que yo de rey.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>as bodas se celebraron -con diecisiete a�os yo, y ella con quince- a finales de 1479. <strong>s</strong>emanas atr�s <strong>r</strong>odrigo <strong>p</strong>once de <strong>l</strong>e�n, el hijo del <strong>c</strong>onde de <strong>a</strong>rcos, hab�a conquistado el castillo de <strong>m</strong>ontecorto. <strong>d</strong>os d�as antes, la noche de la <strong>n</strong>avidad cristiana, mientras los castellanos se hallaban en los cultos de medianoche, los musulmanes de <strong>r</strong>onda hab�an reconquistado aquel castillo. <strong>t</strong>odo era, por ello y por mi boda, alegr�a en <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>y</strong>o iba de blanco y azul. <strong>m</strong>oraima llevaba una saya y un chal de pa�o negro bordados en seda azul, y una toca blanca le cubr�a la cara y los hombros. <strong>c</strong>uando dej� de mirar su figura, no pude ya separar mis ojos de los suyos, que me atra�an como si fuesen de piedra im�n y yo un peque�o hierro. <strong>u</strong>nos ojos inocentes y p�caros, negros y claros a la vez, igual que dos almendras dulces o amargas; unos ojos absoluta, rigurosa e irresistiblemente sinceros.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>obre la diadema del trono de la novia hab�an grabado un poema de <strong>i</strong>bn al <strong>y</strong>ayab:</p><empty-line/><p>�<strong>a</strong> la vista encanta la belleza de esta diadema, que parece un tejido de brocado.</p><p><strong>s</strong>obre su trono la novia es como el sol brillando en lo m�s alto de las constelaciones.</p><p><strong>d</strong>os astros se han reunido en este asiento y rivalizan sus deslumbrantes resplandores�.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o era cierto que rivalizaran: aquel d�a, junto a <strong>m</strong>oraima, cualquiera habr�a salido perdedor.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>omo reci�n casados asistimos a los festejos populares que regal� mi madre. (<strong>m</strong>i padre se mantuvo casi al margen de la boda, a pesar de que su consuegro era el jeque de <strong>l</strong>oja, se�or de la <strong>s</strong>agra, alguacil mayor del reino y su mejor lanza.</p><p><strong>s</strong>upongo que intu�a que todo era una treta de la sultana, a la que -por las no menos oscuras tretas de su amante <strong>s</strong>oraya- pretend�a destituir). <strong>e</strong>n la segunda tarde concurrimos a una fiesta taurina. <strong>s</strong>e hab�an soltado en el coso unos cuantos toros bravos de los que pastan en los cercados de la <strong>v</strong>ega s�lo para tal fin, y despu�s, una muta de perros alanos, bravos tambi�n. <strong>a</strong> los granadinos les encanta ver la l�nea y el �mpetu de los animales cuando luchan con nobleza y arranque unos con otros. <strong>a</strong>guardaban que los toros, cansados ante el acoso de los perros -los cuales, m�s �giles, esquivan las embestidas, y se cuelgan de sus orejas como zarcillos-, permitiesen salir a los caballistas, rej�n en mano, para terminarlos. <strong>i</strong>ba a correr mi t�o <strong>m</strong>ohamed <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal� con otros caballeros, y mi ansiedad por verlo me manten�a en vilo. <strong>p</strong>ero <strong>m</strong>oraima no gustaba de un juego tan sangriento y, aunque mi madre se opon�a, me rog� que sali�ramos del estrado. <strong>e</strong>l que desobedeciera la orden de mi madre me compens� de no ver a mi t�o, y me la hizo m�s deseable a�n.</p><empty-line/><p><strong>p</strong>or las confabulaciones que se despliegan a mi alrededor, y que no pocas veces me involucran, tengo muchas prevenciones contra la mujer. <strong>n</strong>o he entendido bien nunca a quienes afirman que el hombre posee tanto la naturaleza masculina cuanto la femenina, puesto que ambas componen su totalidad, creada a imagen y semejanza de <strong>d</strong>ios; la mujer, seg�n ellos, es para el hombre como un espejo de s� mismo, que le da a conocer la parte de su esencia que le est� oculta (la facultad del ojo consiste en ver, pero no puede contemplarse a s� mismo). <strong>y</strong> menos a�n entiendo la consecuencia de que, al ser el hombre en su primigenia integridad el s�mbolo m�s perfecto de <strong>d</strong>ios, y al encontrarse tal integridad en el complemento femenino, la mujer se transforme para el hombre en el s�mbolo m�s perfecto de <strong>d</strong>ios. <strong>h</strong>ay quien asegura que ah� reside la m�dula del amor; pero la verdad es que nada m�s lejano a nuestro concepto de �l que el compa�erismo entre hombre y mujer: sus �mbitos son tan divergentes que es imposible conjugarlos. <strong>d</strong>e la mujer es la casa, donde el hombre es un hu�sped; del hombre es el exterior, donde la mujer no aparece. <strong>o</strong>scilamos as� entre el har�n y la veneraci�n caballeresca -el amor udr� al que mi madre aludi�-; en ninguno de los dos extremos existe la mujer: ya por gastada y disponible, ya por ausente. <strong>n</strong>o obstante, de mis lecturas deduzco que el descuido y el menosprecio de la mujer es una secuela de la vida ciudadana, porque en el mundo beduino, donde aparecen los sexos como los dos polos de una esfera, el hombre admira a la mujer, y ella lo respeta como a su se�or. <strong>s</strong>in embargo, en ning�n caso -ni aun en �se- se produce el acercamiento necesario para la convivencia y lo que ella supone. <strong>l</strong>o m�ximo es un hadiz de <strong>t</strong>irmidhi, seg�n el cual el <strong>p</strong>rofeta aconsej�: �<strong>r</strong>ecordaos mutuamente tratar con amabilidad a las mujeres, porque ellas son vuestros dep�sitos, de los que habr�is de rendir cuentas. <strong>a</strong> menos que sean culpables de una manifiesta mala conducta, no les impong�is vuestra sanci�n. <strong>a</strong> las culpables, dejadlas solas en su lecho y castigadlas, aunque no con excesiva severidad; a las obedientes, no las trat�is con dureza. <strong>v</strong>osotros ten�is ciertos derechos sobre vuestras mujeres, y ellas sobre vosotros: ellas han de llevar vidas castas, e impedir la entrada en vuestro hogar de las personas que desaprob�is; a cambio, vosotros sois responsables de su subsistencia�.</p><p><strong>p</strong>ero �qu� representaban para m� tales ideas en mis relaciones con <strong>m</strong>oraima?.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>esde el primer momento ella se me manifest� como es: respetuosa y confiada, pero tambi�n respetable y confiable; necesitada de protecci�n, y protectora al tiempo. <strong>o</strong>bra conmigo como una esposa, pero tambi�n como una madre, o una amiga, o una hija, seg�n las circunstancias; goza adem�s del raro privilegio de saber sin error cu�ndo ha de desempe�ar uno u otro cometido. <strong>y</strong>, por a�adidura, no aspira, como mi madre, a reinar, sino que se halla conforme, orgullosa y humildemente a la vez, con lo que el destino le ha deparado: ser mi mujer. <strong>l</strong>a mujer de alguien como yo soy en realidad, no como ella se hubiese imaginado antes de conocerme que podr�a ser yo, ni como se imagine que podr�a llegar ma�ana a ser por ella.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>ntes de estar con <strong>m</strong>oraima hab�a yo envidiado a los campesinos de sexo grande y contundente, de manos poderosas y anchos hombros, que dominan la tierra a la que aman, y aseguran sin aspavientos la vida de sus hijos. <strong>y</strong> hab�a envidiado tambi�n a las mujeres de tales campesinos, penetradas por ellos -sin pudor en verano, y casi cubiertas en invierno cuando anochece- una y otra vez; las campesinas que mordisquean los gritos de placer para no distraer ni molestar a quien se lo provoca. <strong>a</strong>ntes de estar con ella, yo era un masturbador, porque el deseo de no s� qu� cuerpos me asaltaba de pronto en mitad de un jard�n, o en mitad de una lecci�n, como una ola a la que me ten�a que abandonar. �<strong>l</strong>a sola presencia de <strong>m</strong>oraima, sin que mediase siquiera su intenci�n, me transform� desde el principio. <strong>a</strong>un antes de que los hechos nos quitaran en parte nuestra hermosa y mutua raz�n de vida, y en parte nos la fortificar�n.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>uando esto escribo ella est� embarazada. <strong>s</strong>er� nuestro primer hijo. <strong>a</strong> media ma�ana nos hemos amado de una forma pausada y deliciosa. <strong>h</strong>ace cuatro meses, en los primeros encuentros, todo era apresurado y torpe. <strong>m</strong>oraima permanec�a, despu�s de derramarme yo, mirando los almoc�rabes del techo como si hubiese esperado algo m�s.</p><p><strong>p</strong>oco a poco, mi satisfacci�n ha conducido a la suya. <strong>a</strong>hora me presento a ella coronado de flores -s�lo de flores-, como a una cita en la que podr�a ser sustituido, pero ella y yo preferimos que no lo sea. <strong>e</strong>ntro en la alcoba como un copero que ha de servir a su joven ama, que lo espera, impaciente y �vida, sobre el lecho. <strong>y</strong> la miro despacio, casi extraviado el deseo de tanto desearla. <strong>n</strong>o soy ya hijo de rey; no lo necesito. <strong>n</strong>i ella es la esposa de un pr�ncipe, ni de ning�n otro hombre de este mundo: es s�lo una muchacha que ve a un muchacho semidesnudo, desatacados los nudos del cintur�n, acercarse a su lecho. <strong>y</strong> yo soy un hombre que besa la boca que en ese instante quiere; que desliza su mano, despojada de anillos, por el cuerpo que anhela, tembloroso de lascivia igual que quien al amanecer se destapa entre sue�os; que llega hasta el lugar propicio, entre los largos muslos, y moja sus dedos en el inconfundible testimonio del ansia.</p><p><strong>y</strong> estoy all� sin obligaci�n que me lo exija. <strong>y</strong> el cuerpo junto a m�, o bajo el m�o, se entrega y se abre, dulce y maduro lo mismo que una fruta, flexible y d�cil, generoso de s� y hambriento de mi cuerpo, emanador de placer y placentero s�lo con que se rocen su piel y la m�a, bienoliente y no perfumado, como un pan reci�n cocido dispuesto para saciar un apetito.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> media ma�ana nos hemos amado con tan solemne lentitud que parec�a que cumpli�ramos una ceremonia religiosa, y sin duda lo era. <strong>h</strong>e pasado mi lengua perezosa por los rincones de su cuerpo, y cubierto de saliva su ombligo, en el centro de su vientre, que guarece la promesa de nuestro hijo.</p><p>��<strong>a</strong>s� de pausadas dicen que se aparean las tortugas.</p><p>��<strong>y</strong> las serpientes -ha a�adido ella, mientras yo trataba de tocar con la mano derecha el cedro de la tarima, tan oculta por sedas y cojines que he resbalado, entre las carcajadas de <strong>m</strong>oraima.</p><p>��<strong>n</strong>o vuelvas a decir semejante palabra, o te arrastrar� al caerme de la cama, y malparir�s.</p><p><strong>m</strong>oraima, montada sobre m�, me ha devuelto todas las caricias. <strong>h</strong>a recorrido los misteriosos tri�ngulos de mi cuerpo, excit�ndome y aniquil�ndome. <strong>p</strong>ose�do por esa embriaguez, en que se deja de vivir por vivir m�s, o en que uno deja de ser uno mismo para confundirse con todo lo que goza, con todo lo que vibra, con todo lo que palpita en este mundo, he pensado a r�fagas qu� breve y suced�neo es el deleite de la masturbaci�n comparado con este otro, tan inducido como compartido, donde la crueldad y la generosidad, el ego�smo y la largueza se enredan y confunden.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>ebilitada la cabeza por las largas caricias, agitada con los ojos en blanco sobre los almohadones, ignoro por qu� me ha venido a las mientes una escena de mi adolescencia. <strong>f</strong>ue en una de las huertas del <strong>g</strong>eneralife, en la m�s grande. <strong>t</strong>en�a entre las manos el libro de un maestro suf�, y ve�a -como antes y despu�s tantas tardes- ponerse el sol. <strong>e</strong>ra en verano. <strong>l</strong>a humedad, y el ruido de las aguas que vienen y se alejan, y la luz resisti�ndose a morir en la ca�ada que separa la colina de la <strong>a</strong>lhambra y la del <strong>a</strong>lbayz�n, suscitaban una gustosa melancol�a.</p><p><strong>d</strong>ebajo de m�, que me hallaba sentado y silencioso, apareci� por la ladera un muchacho de los que cuidan la huerta. <strong>s</strong>in notar mi presencia, se dej� caer en un ribazo lleno de hierba a punto de agostarse. <strong>e</strong>staba frente al sol poniente con la cabeza erguida, abiertas las piernas, las manos entre ellas. <strong>y</strong>, sin prisa, con la parsimonia de quien obedece una sagrada r�brica, se levant� la t�nica, afloj� sus zarag�elles, y se masturb� como en un �ntimo y total sacrificio al sol que se mor�a. <strong>o</strong> as� lo entend� yo. <strong>e</strong>l coraz�n me lat�a con fuerza, no s� si por el deleite al que estaba asistiendo, o por el temor de que el muchacho, concluido su acto, me descubriese.</p><p><strong>c</strong>a�do sobre la hierba, se contrajo su rostro en un gesto que podr�a haber sido de un dolor insufrible, hasta que el crispamiento se suaviz�, y se apaciguaron sus labios. <strong>e</strong>l muchacho era tan esbelto, tan r�stico y delicado a la vez que, excitado yo mismo, sacrifiqu� tambi�n al sol, y me derram� sobre la tierra. <strong>e</strong>l libro de amor m�stico hab�a ca�do desde mis rodillas, y aquel d�a ya no le� m�s.</p><empty-line/><p><strong>a</strong><strong>m</strong>oraima le cont�, concluido nuestro rito, la visi�n que me hab�a asaltado mientras la amaba.</p><p><strong>e</strong>lla me interrog� sobre el pastor.</p><p>��<strong>n</strong>o era un pastor, sino un hortelano.</p><p>��<strong>e</strong>s lo mismo�</p><p>��<strong>n</strong>o, no es lo mismo. <strong>y</strong> adem�s no recuerdo c�mo era. <strong>s</strong>�lo la contracci�n de su boca y de su frente, como si fuese a gritar, y la mitigaci�n despu�s. <strong>p</strong>ienso si ser� eso lo que le sucede a quienes est�n a punto de morir: los convulsiona la agon�a, y la muerte luego suaviza las facciones. <strong>s</strong>�lo me acuerdo de eso.</p><p>���<strong>n</strong>ada m�s? -pregunt� <strong>m</strong>oraima con malicia.</p><p><strong>y</strong>o me ech� a re�r.</p><p>��<strong>r</strong>ecuerdo tambi�n algo muy ostensible: su sexo enhiesto y moreno, como los troncos que, seg�n he le�do, idolatran algunos africanos.</p><p>���<strong>e</strong>nhiesto y moreno? -repiti� mientras retiraba el cobertor con el que nos hab�amos tapado.</p><p><strong>m</strong>e bes�, riendo, la risa de mi boca, y recomenzamos, era pasado el mediod�a, otra morosa tanda de rec�procos tactos.</p><p>��<strong>e</strong>ste jazm�n -dijo <strong>m</strong>oraimano cesa de dar flores.</p><p>��<strong>y</strong> aun entre una y otra floraci�n -le repliqu�-, no le falta el perfume.</p><p><strong>y</strong> le bes� los pechos.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a comprensi�n y el afecto que descubr� en <strong>m</strong>oraima los hab�a buscado siempre; pero los hab�a buscado mal: en mi padre, en mi madre, en mis maestros, en todos aquellos que la vida oficial pon�a a mi alcance. <strong>s</strong>in embargo, el cari�o y el mundo real se alejan de los pr�ncipes; si no fuese por unas cuantas personas, no estar�a seguro de haber sido ni�o alguna vez. <strong>p</strong>or si alg�n d�a <strong>m</strong>oraima desea leer estos papeles para conocerme mejor, debo escribir en ellos c�mo -o m�s bien, entre qu� manos- transcurri� mi infancia. <strong>p</strong>ara <strong>m</strong>oraima, y tambi�n por evocar a quienes estoy agradecido, dejo estampados hoy sus nombres aqu�. <strong>h</strong>oy, el d�a m�s feliz, porque ha nacido mi hijo.</p><p><strong>a</strong>hmad ser� su nombre.</p><p><strong>p</strong>ara que tenga la voz fuerte y clara, su madre, que alardea de no ser supersticiosa, le ha restregado la boquita con un antiguo flor�n de oro; para que tenga gracia -como yo, dice- le ha puesto un grano de sal entre los labios. <strong>s</strong>us nodrizas, para que el pelo le crezca recio, han tra�do, antes de que el sol terminara de salir, agua de la fuente del camino que se desv�a al pie de la <strong>s</strong>abica, y le han frotado con ella la cabeza, ante la alarma de la madre, temerosa de que con el masaje no se le cierre bien la fontanela. <strong>p</strong>ara que sea fuerte, yo le he puesto sobre los pu�itos la espada de <strong>a</strong>l <strong>h</strong>amar, el <strong>f</strong>undador de nuestra <strong>d</strong>inast�a. <strong>y</strong> he mandado venir al im�n de la <strong>g</strong>ran <strong>m</strong>ezquita y al de la <strong>a</strong>lhambra -que, por cierto, se odian- para que recen sobre la cuna a fin de que las fuerzas del alma se unan a las del cuerpo, si es que no son las dos la misma cosa.</p><empty-line/><p><strong>q</strong>uisiera que la infancia de mi hijo fuese m�s alegre y m�s acompa�ada que la m�a. <strong>i</strong>magino que la ni�ez es un tesoro del que se nos va desposeyendo poco a poco. <strong>p</strong>or eso le deseo, y procurar� que encuentre, personas como las que, casi a escondidas, yo encontr�.</p><p><strong>f</strong>ueron ellas quienes me acercaron el mundo y, lo mismo que un puente, me permitieron llegar con suavidad a �l. <strong>s</strong>in ellas, nada o muy poco habr�a sabido de la vida verdadera; s�lo de las f�nebres ambiciones de los gobernantes y de quienes aspiran a serlo. <strong>d</strong>e ellas aprend� el lenguaje de la sinceridad, el variado y significativo espacio que rodea a cada hombre, el que disfrutan juntos en la fiesta de la fraternidad, y la palpitaci�n de los sentimientos elementales, que son los m�s puros, sin el disfraz de la cortes�a que los desfigura hasta desarraigarlos. <strong>d</strong>entro de m�, contin�o d�ndoles las gracias, y llevo sus rostros grabados en mi coraz�n. <strong>s</strong>on los que siguen.</p></section><section><title><p>la nodriza subh</p></title><p><strong>s</strong>us hijos, incluido el que entonces amamantaba, murieron cuando yo nac�. <strong>f</strong>ue en un ataque que el condestable de <strong>j</strong>a�n, <strong>m</strong>iguel <strong>l</strong>ucas de <strong>i</strong>ranzo, llev� a sangre y fuego contra <strong>l</strong>acalahorra para vengar su fracaso en el castillo de <strong>a</strong>renas. <strong>e</strong>lla se ocult�, con el ni�o m�s peque�o en brazos, entre unas zarzas, no lejos de la casa donde quedaron su marido y sus otros dos hijos. <strong>o</strong>�a el griter�o de los acuchillados, las broncas amenazas y las risotadas de la soldadesca, que se aprestaba a adue�arse de cualquier bot�n. <strong>e</strong>n manos de un pe�n vio sus enseres, los humildes aperos de su cocina, las ya inservibles ropas de sus hijos. <strong>r</strong>ebot� sobre el umbral la cabeza del mayor, y la sangre salpic� el alto z�calo. <strong>s</strong>ubh comprendi� que todo hab�a acabado all� para ella. <strong>h</strong>uy� por el camino de <strong>g</strong>uadix, cayendo y levant�ndose, mientras la tropa conclu�a de arrasar la aldea y de degollar a sus habitantes. <strong>c</strong>uando lleg� a <strong>g</strong>uadix, el ni�o estaba muerto: era en julio y, entre el sudor y el llanto, ella se hab�a secado.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>ubh era fuerte, grande y hermosa a su manera. <strong>t</strong>en�a unas manos maltratadas, pero de trazo fino, como si perteneciesen a un cuerpo diferente. <strong>s</strong>us pechos, de los que yo mam� durante a�os, pues la prefer�a a las otras nodrizas, estaban siempre llenos. (<strong>p</strong>ienso que de leche muy sabrosa, porque, seg�n me dec�a, yo me abrochaba a ellos con una insaciable avidez). <strong>n</strong>o odiaba a nadie: ni al condestable <strong>i</strong>ranzo, ni a mi padre (que era quien hab�a roto la tregua por abril con la batalla del <strong>m</strong>adro�o, cerca de <strong>e</strong>stepa, contra el alcaide de <strong>o</strong>suna, soliviantando la frontera. <strong>n</strong>o odiaba nada, sino la guerra s�lo).</p><p>��<strong>d</strong>ios no es bueno -dec�a-, puesto que yo le temo.</p><p><strong>e</strong>ra devota y cumplidora de la ley, tambi�n a su manera. <strong>r</strong>ezaba con fervor y, cuando se postraba, lo �nico que ped�a era que no hubiese guerras. (<strong>s</strong>upongo que eso era precisamente lo que <strong>d</strong>ios no estaba dispuesto a concederle).</p><p><strong>c</strong>on el tiempo comenz� a salirle un ligero bigote que, cuando me besaba, me pinchaba un poquito y, como lo hac�a casi de continuo, me irritaba la piel. <strong>y</strong>o la ve�a muy vieja, pero no lo era: los ni�os se equivocan al calcular las medidas de los objetos, de las habitaciones, del porvenir que los aguarda, de la edad; quiz� del cari�o, no.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>ubh justific� su vida con la m�a. <strong>m</strong>e hac�a, con sus manos enormes, extra�os sortilegios para preservarme de todo mal, y musitaba oraciones inaudibles con los ojos en alto. <strong>n</strong>o confiando en la bondad de <strong>d</strong>ios, deb�a precavernos a los dos hasta de <strong>�</strong>l. <strong>e</strong>ra una criatura misericordiosa, que se encontraba sola y acorralada en la mitad del mundo, como si cualquier conflagraci�n, que jam�s llegar�a a comprender, se dirigiese contra ella y contra m�. <strong>m</strong>e colgaba una gran variedad de amuletos, de azoras que le proporcionaban los hechiceros del zoco, y de hierbas ben�ficas.</p><p><strong>c</strong>uando mi madre iba a verme -lo que no era a menudo- procuraba quit�rmelos; pero se descuidaba en ocasiones, y mi madre armaba grandes alborotos quej�ndose de la incultura del bajo pueblo. (<strong>i</strong>magino que tampoco cre�a que me perjudicaran; en el fondo, descansaba en el afecto, ciego y arrebatado, de la nodriza <strong>s</strong>ubh).</p><p>��<strong>m</strong>i leche llegar� a ser sultana -repet�a mientras me com�a a besos, pues era una de las escasas servidoras que me antepon�a a mi hermano <strong>y</strong>usuf-. <strong>t</strong>� me recuerdas a todos mis hijitos juntos. <strong>e</strong>res un espejito donde los tres se reflejan. <strong>d</strong>e <strong>a</strong>l� tienes la cara redonda y asustadiza; de <strong>m</strong>ohamed, los ojos tiernos; de <strong>m</strong>alik, ay, mi <strong>m</strong>alik, al que no alcanc� a ver andar, de <strong>m</strong>alik tienes la boca mamoncilla y redonda� <strong>v</strong>as a vivir la vida m�s bonita del mundo. <strong>l</strong>as mujeres se van a volver locas por tus huesecitos y por otras cositas que no puedo decirte. <strong>l</strong>os hombres te van a obedecer tanto que s�lo les vas a ver la espalda, porque siempre estar�n boca abajo ante ti.</p><p><strong>e</strong>n tanto me recitaba la buenaventura, me prend�a de aqu� y de all� sus ineficaces y no siempre limpios amuletos.</p><p>��<strong>n</strong>o los pierdas. <strong>s</strong>i los pierdes, se volver�n antes o despu�s en contra tuya. <strong>t</strong>�, de cuando en cuando, en medio de las lecciones o de los juegos, t�calos para asegurarte que los tienes todav�a. <strong>y</strong> que no te los vean, porque te los quitar�n. <strong>t</strong>ienes muchos enemigos, ni�o m�o, pero t� no hagas caso: saldr�s triunfante de ellos. <strong>p</strong>orque a <strong>d</strong>ios le conviene; <strong>�</strong>l te va a utilizar. <strong>y</strong>o se lo pido a todas horas: que t� seas el que acabe con la guerra; y s� que me lo va a conceder. <strong>a</strong> ti te quiere mucho m�s que a m�: �es que no lo notas? �<strong>n</strong>o hueles t� a rosas, vida m�a? <strong>e</strong>s el olor de rosas que te sale del cuerpo la prueba de que t� acabar�s de una vez con las guerras.</p><p><strong>l</strong>o que m�s me un�a a ella es que, al no fiarse de los mayores, ni poder expresar ante ellos sus creencias ni sus intimidades, me hablaba a m�, en quien s� confiaba, como si fuese mayor y la entendiera. <strong>y</strong>, qui�n sabe de qu� modo, s� la entend�a, porque a�n hoy recuerdo en gran parte sus confidencias, que supongo que desgranaba en mi o�do como si hablara sola.</p><p><strong>m</strong>ezclaba unas con otras. <strong>m</strong>e contaba los chismes del serrallo: las tiranteces de las concubinas de mi padre con los eunucos y con los que, aparent�ndolo, no lo eran del todo; sus pavorosas peleas de palabra y de obra; cu�les de ellas manten�an entre s� profundas y ruidosas relaciones de amor� <strong>n</strong>o las quer�a, pero respetaba a las esclavas madres (princesas madres no hab�a, porque mi madre no lo hubiera consentido); quiz� era la maternidad lo �nico del mundo que a�n la emocionaba y la ganaba. <strong>y</strong> a todas las esclavas madres las atend�a dentro de sus l�mites; menos a <strong>s</strong>oraya, por la que sent�a un especial despego.</p><p>��<strong>t</strong>iene dos hijos �luego tuvo otro m�s� muy gu' pero me escama su perpetua sonrisa. <strong>u</strong>na esclava digna no tiene ning�n motivo para sonre�r, a no ser que prepare una jugada sucia.</p><p><strong>a</strong>parte de la maternidad, le apasionaba el tema de los cuernos.</p><p>�<strong>l</strong>os cuernos son la moneda m�s corriente en la <strong>a</strong>lhambra. <strong>t</strong>odo el mundo los pone, todo el mundo los lleva; con ellos se compra casi todo, y de ellos come la mayor�a�.</p><p><strong>p</strong>ara dormirme, me cantaba coplas alusivas:</p><empty-line/><p>�<strong>e</strong>l cuerno de <strong>a</strong>l <strong>h</strong>awzani creci� tanto que ya no lo deja ni embestir; cuando enrojece el cielo por las tardes es que �l le ha dado una cornada�.</p><empty-line/><p><strong>o</strong> esta otra, cuyo sentido yo no alcanzaba bien:</p><empty-line/><p>�<strong>l</strong>e dijeron a <strong>h</strong>as�n que su mujer era la mujer de todo el pueblo.</p><p>�<strong>c</strong>alumnias�, contest�, �no me lo creer� hasta que vea la espada dentro de la vaina��.</p><empty-line/><p><strong>y</strong> antes de terminar la copla con la que pretend�a adormecerme, ya comenzaba a soltar una carcajada que me despabilaba. <strong>s</strong>us carcajadas le sal�an del ombligo, y se le repart�an por el cuerpo entero con una resonancia de c�ntaro vaci�ndose.</p><p>��<strong>u</strong>n mediod�a vino una vecina, ni�ito m�o, all� en <strong>l</strong>acalahorra, cuando todav�a no hab�a sucedido nada de lo que iba a suceder y yo cre�a en <strong>d</strong>ios, y me dijo: �<strong>a</strong> tu marido lo traen uncido a un carro.</p><p><strong>p</strong>or la calle abajo viene; no cabr� por la puerta�. �<strong>a</strong>y, gran puta�, le respond�, �esta ma�ana mi marido no quer�a salir al campo a trabajar porque, cada vez que ve los cuernos del tuyo, se caga en los calzones�.</p><p><strong>r</strong>ecitaba ensalmos, tomaba bebedizos y manejaba ali�os para conseguir unos novios, que luego despreciaba sin probarlos. <strong>l</strong>e divert�a la conquista, pero no aprovecharla. �<strong>s</strong>oy como la batalla de la <strong>h</strong>igueruela�. <strong>p</strong>on�a los ojos en alg�n sirviente, dejaba caer aleteando los p�rpados, se atusaba el pelo bajo la capucha, se sacud�a bien la ropa, murmuraba dos o tres jaculatorias, sobaba de pasada sus propios talismanes, y se lanzaba al abordaje.</p><p>��<strong>�</strong>se me va a seguir hasta la muerte. <strong>n</strong>o resollar� m�s que a mi alrededor. <strong>h</strong>asta que no le corte yo los lazos, no querr� ver a nadie m�s que a m�.</p><p><strong>a</strong> los dos o tres d�as, me dec�a:</p><p>��<strong>h</strong>e tenido que cortarle yo los lazos, porque se ha puesto insoportable: ni a sol ni a sombra me dejaba. <strong>l</strong>os hombres son lo mismo que las moscas. <strong>p</strong>eor: a ellos no hay mosqueador que los espante.</p><p><strong>a</strong> veces yo no comprend�a alguno de sus comentarios, y le ped�a que me lo aclarara con una pregunta y otra y otra.</p><p>��<strong>e</strong>res tonto, <strong>b</strong>oabdil. <strong>m</strong>entira parece que me hayas mamado tanta leche y que con ella no hayas aprendido nada. <strong>t</strong>ontito de remate -repet�a.</p><empty-line/><p><strong>u</strong>na tarde -no s� por qu� recuerdo �sa y no otras- me ba�aba en una pila con agua muy caliente.</p><p>��<strong>p</strong>ara que te ense�es. <strong>p</strong>ara que te vayas ense�ando. <strong>l</strong>os mayores, si son ricos, se ba�an en agua fr�a y en tibia y en caliente, y se tumban, y se tocan las partes entre el vapor de las habitaciones, y descansan luego un ratito antes de volverse a tocar. <strong>a</strong>s�, as� -me restregaba con sus manos duras y delicadas-. <strong>y</strong> en los ba�os hay barberos, para cortarle el pelo a quien se deje (hombres y mujeres, no te creas), y masajistas que te dan palizas y patadas, y gente lavando su ropa y estruj�ndola, as�, as�, y ni�os como t�, que ya se alegran de haber nacido, porque este ni�ito m�o es que est� retrasado, muy retrasado el desventuradillo�</p><p>�<strong>f</strong>ue aqu�lla la primera vez que alguien me llam� con el mote que luego iba a seguirme de por vida, y aun m�s all�: �el <strong>z</strong>ogoibi�, el pobrecito infeliz.</p><p>��<strong>e</strong>ste ni�o es igualito, igualito a <strong>f</strong>aiz, el jardinero.</p><p><strong>f</strong>aiz era otro de mis amigos m�s queridos.</p><p>���<strong>e</strong>n qu� me parezco a <strong>f</strong>aiz? -pregunt� muy ufano.</p><p>��<strong>e</strong>n que �l tiene la muleta siempre tiesa, pero lo dem�s lo tiene siempre lacio.</p><p>���<strong>q</strong>u� es lo dem�s?</p><p>��<strong>l</strong>o que a ti no te importa -y se pon�a a canturrear-.</p><empty-line/><p>��<strong>q</strong>u� ha sido de mi cosa? �<strong>q</strong>u� ha sido de mi cosa?</p><p><strong>d</strong>esde abajito se me ha ca�do, igual que un muro al que le faltan los cimientos.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>i volviera <strong>j</strong>es�s, el profeta, quiz� podr�a curarte; pero el sitio en el que tienes la enfermedad es dif�cil que al profeta le gustara tocarlo�.</p><empty-line/><p>�<strong>e</strong>se jardinero no tiene ning�n porvenir: para cavar hoyos, un azad�n requiere un buen mango duro -y soltaba una risotada-. <strong>m</strong>i <strong>m</strong>ohamed y yo -agregaba con los ojos rebosantes de repentinas l�grimas-, ay, ni�o, <strong>b</strong>oabdil, mi <strong>m</strong>ohamed y yo, entre nuestros tres hijos, �ramos como una tijeritas: uno encima del otro, siempre uno encima de otro con un clavito en medio�</p><p><strong>d</strong>ios no puede ser bueno. <strong>n</strong>o lo es; si lo fuese, no har�a lo que hace. <strong>p</strong>orque, �qu� le hemos hecho nosotros, los infelices, ni�o, los zogoibis? �<strong>q</strong>uieres dec�rmelo t�, que tienes buenos maestros y alfaqu�es, y que te sabes de memoria ya medio <strong>c</strong>or�n? <strong>d</strong>�melo t�, mi vida, �qu� le hemos hecho a <strong>d</strong>ios para que se porte tan mal�simamente con nosotros?</p><p>���<strong>e</strong>s que t� eres cristiana?</p><p>��le pregunt�.</p><p>���<strong>c</strong>ristiana yo? <strong>�</strong>sa es una gente que s�lo tiene fe en tesoros enterrados, o en �dolos aparecidos a los que pedir tesoros enterrados.</p><empty-line/><p><strong>u</strong>n d�a, despu�s de ba�arme, dentro de la misma agua, ba�amos unos perrillos chicos que hab�a dejado una perra, a la que atropell� y mat� un carro de los que se emplean para subir la le�a a los ba�os desde el exterior. <strong>e</strong>ra una perra muy cari�osa. <strong>s</strong>ubh y yo la llam�bamos �<strong>n</strong>uba� -es decir, �<strong>s</strong>uerte�-, porque un d�a nos trajo en la boca una piedra negra que <strong>s</strong>ubh afirm� que ven�a de la <strong>l</strong>una y que era el m�s valioso de los talismanes. <strong>l</strong>a pobre �<strong>n</strong>uba� no la tuvo: una ma�ana la vimos con la cabeza aplastada por una rueda y con sus tres cachorros lloriqueando alrededor.</p><p><strong>s</strong>ubh lavaba a los perrillos, y ellos se sacud�an al sol y jugaban a montarse unos a otros. <strong>y</strong>o no distingu�a si eran machos o hembras, pero <strong>s</strong>ubh s�:</p><p>��<strong>m</strong>ira este bujarroncete -me dec�a-, �pues no quiere montarse encima de su hermano? <strong>y</strong> la machirulilla, m�rala, m�rala: en vez de recogerse la faldita, m�rala, empinada de una manera que ya la quisiera para s� el jardinero. <strong>y</strong> van los dos contra el m�s chico.</p><p><strong>a</strong>cu�rdate, <strong>b</strong>oabdil: siempre sucede igual.</p><p><strong>y</strong>, de pronto, los cachorros comenzaban a morderse y a pelearse desesperadamente entre los pies de <strong>s</strong>ubh, que yo creo que los amamantaba tambi�n, y ella re�a y palmeaba. <strong>y</strong>o estaba muy asustado al verlos tan emberrenchinados y llenos de odio entre s�.</p><p>��<strong>s</strong>i no es la guerra, bobo. <strong>n</strong>o es la guerra -dec�a-: son cosas de chiquillos.</p><p><strong>y</strong> les volcaba jofainas de agua para separarlos, y los perrillos se quedaban reducidos, con el pelo mojado, a casi nada.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>ubh acostumbraba contravenir casi todas las reglas. <strong>y</strong>o creo que gozaba haci�ndolo a hurtadillas.</p><p><strong>s</strong>i, por ejemplo, estaba prohibido darnos dulces, ella (no s� de d�nde los sacaba, ni a qu� concubina complac�a para conseguirlos) ven�a con un pa�izuelo atado por las puntas, lleno de golosinas duras y crujientes.</p><p>��<strong>p</strong>ara mi vida -dec�a, y me las iba dando de una en una.</p><p><strong>u</strong>n d�a apareci� inesperadamente mi madre y nos sorprendi� en flagrante delito. <strong>s</strong>in inmutarse, mand� que le propinasen diez latigazos a <strong>s</strong>ubh. <strong>l</strong>e bajaron all� mismo la ropa hasta la cintura y, delante de m�, cumplieron el castigo. <strong>y</strong>o ve�a al principio c�mo le temblaba la barbilla, c�mo se le frunc�a la cara de dolor, y c�mo se iba viniendo abajo su cuerpo tan grande y tan querido. <strong>l</strong>uego, los ojos se me enturbiaron y ya no ve�a nada.</p><p><strong>p</strong>ara evitar que lo notasen, me puse una mano ante ellos. <strong>o</strong>tra mano baj� la m�a, me levant� la barbilla, y me oblig� a mirar; era mi madre, que, un momento despu�s se alej� tan inesperadamente como hab�a venido. <strong>l</strong>os dulces se quedaron por el suelo, unos dentro y otros fuera del pa�izuelo en que <strong>s</strong>ubh me los trajo.</p><p><strong>r</strong>omp� a llorar entre hipos, y ella, sin cubrirse a�n del todo, me consolaba ri�ndose.</p><p>��<strong>p</strong>ero si no me han matado, vidita. <strong>s</strong>i no me han echado de tu vera, coraz�n m�o. <strong>n</strong>o nos han separado, mi rey. <strong>a</strong>nda, que no nos quedan dulces por comer juntitos�</p><p><strong>n</strong>o llores. <strong>t</strong>� no llores, mis ojos. <strong>s</strong>i no me ha dolido, <strong>b</strong>oabdil, si no me ha dolido nada. <strong>p</strong>orque, mientras me atizaban, pensaba que los latigazos se los estaban dando al jardinero en esa muleta siempre tiesa que tiene. <strong>y</strong> con la muleta no hay l�tigo que valga.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> los diez a�os segu�a amparado en las faldas de <strong>s</strong>ubh. <strong>n</strong>unca supe d�nde viv�a, aunque me hab�a llevado, de tapadillo, para satisfacer mi curiosidad, un d�a o dos a su casa. <strong>e</strong>lla ven�a cada ma�ana; me preparaba, me arreglaba, y se quedaba esper�ndome hasta la hora de comer. <strong>u</strong>na ma�ana no lleg�. <strong>a</strong>l mediod�a le pregunte a <strong>f</strong>aiz el jardinero d�nde podr�a encontrarla.</p><p><strong>n</strong>o quise decirle a nadie que no hab�a venido, no fuese a ocasionarle alg�n perjuicio. <strong>f</strong>ui hasta el extremo de la <strong>s</strong>abica, en donde los molinos. <strong>d</strong>i sus se�as. <strong>e</strong>ra muy conocida; no como yo, a quien nadie identificaba por all�. <strong>l</strong>legu� a su casa, que compart�a con otra mucha gente. <strong>l</strong>a puerta de la alcoba estaba abierta. <strong>e</strong>ntr�, la llam�. <strong>l</strong>a busqu�. <strong>s</strong>obre un mont�n de paja, tendida, con la mano derecha bajo la mejilla, sonriendo, estaba <strong>s</strong>ubh. <strong>g</strong>randes manchas de sangre enrojec�an la yacija. <strong>a</strong>lguien le hab�a arrancado por la fuerza su collar de amuletos. <strong>n</strong>o pude despertarla. <strong>e</strong>staba dura y fr�a.</p><p><strong>c</strong>uando por fin me encontraron, continuaba sentado junto a ella.</p><p><strong>e</strong>ra de noche ya.</p></section><section><title><p>faiz, el jardinero.</p></title><p><strong>l</strong>a primera vez que lo vi, yo atravesaba los jardines con <strong>i</strong>brahim, el m�dico jud�o. <strong>e</strong>ra yo muy ni�o, e �bamos desde las habitaciones principales a las de las mujeres. <strong>a</strong>lguna de ellas se encontrar�a enferma; de esas enfermedades imaginarias que las aquejan con frecuencia, o acaso por alguna descalabradura ocasionada por las peleas entre ellas, que provocan sangre y desmayos de rabia una o dos veces por semana.</p><p><strong>a</strong>ntes, y ahora tambi�n, la medicina recurr�a con frecuencia a las plantas. <strong>m</strong>uchos m�dicos -no era el caso de <strong>i</strong>brahim, que estudi� en la <strong>k</strong>arau�n de <strong>f</strong>ez- comienzan de herboristas. <strong>i</strong>brahim, que era pedag�gico siempre y magistral, no desperdiciaba ninguna circunstancia, y hablar con un ni�o le causaba la gran satisfacci�n de no ser contradicho. <strong>m</strong>e contaba que un m�dico antiguo, acaso <strong>a</strong>l <strong>s</strong>acuri, aplicaba el cardo borriquero sobre los tumores, con la seguridad de que los reabsorb�a, y que conven�a retornar -frente a la complicaci�n de la farmacopea actual-, a la simple, como la carne de v�bora, que era la esencia de la gran triaca y una verdadera panacea contra los venenos, seg�n un m�dico de <strong>m</strong>�laga -de cuyo nombre no me acuerdo ahora- que goz� de gran predicamento en la corte de <strong>y</strong>usuf <strong>i</strong>.</p><p>��<strong>d</strong>e momento no te importa, mi querido <strong>b</strong>oabdil; pero, si siguen as� las cosas, en esta corte har� falta un ant�doto contra muchos venenos.</p><p><strong>y</strong>o no adivin� a qu� se refer�a; aunque tem� preguntarle, porque se desbocaba en una catarata de datos que ni yo entend�a ni me interesaban. <strong>l</strong>uego qued� muy claro qu� era lo que el buen <strong>i</strong>brahim quiso decirme aquella tarde transparente y templada de fines de marzo. <strong>s</strong>� que fue entonces, porque <strong>f</strong>aiz, al detenerse el m�dico ante �l para tratar de yerbas y remedios, aludi� a la ben�vola aparici�n de la primavera, que, como derogadora de las escarchas nocturnas de <strong>g</strong>ranada, es muy de agradecer.</p><empty-line/><p><strong>f</strong>aiz le pregunt� que qui�n era yo.</p><p>���<strong>e</strong>s tu hijo? <strong>s</strong>e parece mucho a ti.</p><p><strong>r</strong>i� el m�dico y le replic� que yo era hijo del sult�n. <strong>e</strong>l jardinero, sin cortarse, corrigi�:</p><p>��<strong>d</strong>eb� figur�rmelo, porque se parece mucho a �l, a quien <strong>d</strong>ios guarde y ensalce seg�n su merecer -y me alarg� una flor.</p><p><strong>n</strong>o recuerdo cu�l, pero s� recuerdo su olor. <strong>u</strong>n olor que, si hoy no me equivoco, era leve y al mismo tiempo denso, como si tardara un momento en hacerse del todo presente, pero luego ya su presencia fuese rotunda e inapelable.</p><p><strong>e</strong>ra como el olor de la diamela o de la dama de noche o del nardo, pero ninguna pudo ser, porque tengo el convencimiento de que fue a finales de marzo o principios de abril cuando conoc� a <strong>f</strong>aiz. <strong>d</strong>esde entonces, cada vez que me ve�a -y me ve�a cada vez m�s porque yo procuraba hacerme el encontradizome brindaba la flor que tuviera m�s cerca. <strong>y</strong> yo volv�a a palacio, muy encrestado y un poco rid�culo, con la flor en la mano, o tras la oreja, como hac�an los muchachos mayores.</p><empty-line/><p><strong>i</strong>ntento averiguar qu� es lo que me cautiv� de <strong>f</strong>aiz desde el primer momento, y no lo consigo. <strong>f</strong>�sicamente era casi repugnante, con su ojo tuerto y su muleta renca.</p><p><strong>l</strong>levaba unos harapos por toda indumentaria, los pies descalzos en unos alcorques para que el corcho lo protegiera de la humedad, y un pingo atado alrededor de la cabeza.</p><p><strong>n</strong>o digo yo que fuese sucio, porque eso no se le habr�a tolerado; pero tampoco era el m�s aseado de todos los sirvientes. <strong>p</strong>oco a poco supe por qu� ten�a el privilegio de actuar con m�s libertad que ellos.</p><p><strong>h</strong>ab�a servido con mi abuelo, y, cuando mi padre lo destron�, entr� en seguida al servicio del nuevo sult�n, por lo que, al quedar inv�lido en una de las �ltimas incursiones que el rey <strong>e</strong>nrique <strong>i</strong>v emprendi� desde <strong>�</strong>cija en la <strong>v</strong>ega, pas� a engrosar la lista de los servidores palaciegos. <strong>q</strong>uiz� la expresi�n �servidores palaciegos�</p><p>produzca una impresi�n equivocada.</p><p><strong>n</strong>o hab�a uniformes, ni riqueza, ni bordados; por lo menos, en la mayor�a de las casas. <strong>h</strong>ab�a un aluvi�n de mutilados de guerra y de impedidos, cuya �nica forma de vida consist�a en desarrollar uno de los mil oficios que la <strong>a</strong>lhambra requer�a para ser lo que era: una ciudad aut�ntica. <strong>e</strong>l de jardinero era de los m�s importantes.</p><empty-line/><p>��<strong>y</strong>o nunca supe -me dec�a <strong>f</strong>aiz cuando ya trabamos amistad- una palabra de jardiner�a. <strong>n</strong>o es que la despreciara, pero no me parec�a cosa de soldados. <strong>l</strong>o m�o era la guerra. <strong>y</strong> la frontera. <strong>c</strong>on mis grandes bigotes (yo ahora, para que no me teman aqu�, me los he recortado, pero ten�a unos bigotes tan grandes que, para dormir mejor, me los ataba en la nuca), con mis grandes bigotes asustaba a los cristianos en cuanto me pon�a por delante de ellos.</p><p>���<strong>y</strong> t� ibas a la guerra con la muleta? �<strong>c</strong>�mo montabas a caballo?</p><p><strong>f</strong>aiz, que evidentemente no hab�a pertenecido nunca a la caballer�a, solventaba cualquier duda m�a de la manera m�s airosa que imaginarse pueda.</p><p>��<strong>y</strong>o antes ten�a piernas, reyecito. <strong>c</strong>uatro o cinco piernas.</p><p><strong>s</strong>irviendo a tu abuelo, que se llevaba muy mal con <strong>y</strong>usuf <strong>v</strong> (y viceversa, si me permites dec�rtelo), en pleno mes de febrero de 1464, una vez que muri� el rey anterior (o, bueno, no anterior del todo, porque coincid�an los dos reyes de cuando en cuando), digo que, muerto el rey <strong>y</strong>usuf, ya se qued� solo tu abuelo, un poquito antes de que tu padre lo sustituyese. <strong>l</strong>o sustituyese en vida, si me permites que te lo diga, reyecito; porque aqu� los reyes han ido y han venido, o incluso ni han ido ni han venido: unos se han quedado en aquella colina -se�alaba al <strong>a</strong>lbayz�n-, y otros, en �sta. <strong>y</strong>o siempre he preferido a los de �sta: la <strong>a</strong>lhambra es m�s s�lida, si me permites dec�rtelo. <strong>n</strong>o lo olvides, reyecito, que a lo mejor te hace falta alg�n d�a: la <strong>a</strong>lhambra es much�simo m�s s�lida y, a la larga, da mejor resultado.</p><p><strong>s</strong>e refer�a -creo- a algunas guerras civiles anteriores, y profetizaba -creo- las que luego vinieron. <strong>p</strong>ero lo que m�s me entusiasmaba era su estilo pomposo y zigzagueante de contar sus historias; de forma que, al concluir, no me hab�a enterado de lo que quer�a contarme, pero s� de alguna circunstancia apasionante.</p><p>���<strong>p</strong>or qu� ten�as tantas piernas?</p><p>��<strong>p</strong>orque en la guerra todas son pocas, reyecito. <strong>c</strong>on mis piernas y mis bigotes yo era el amo de la guerra. <strong>h</strong>asta que lleg� ese <strong>e</strong>nrique <strong>i</strong>v, y me mat� el caballo, y se me cay� encima, y me parti� esta pierna. <strong>m</strong>e la parti� de una manera que nada ten�an que hacer m�s que cort�rmela. <strong>a</strong>s� que me dieron unas adormideras y �zas!, me la cortaron, porque no era cosa de dejar desangrarse en medio de la <strong>v</strong>ega al amo de la guerra.</p><p>��<strong>y</strong> con las dem�s piernas, �qu� te hicieron?</p><p>��<strong>l</strong>as fui perdiendo una a una, hasta que tu padre, al verme con una sola, me dijo: �<strong>c</strong>omo las adormideras te salvaron la vida, mejor ser� que te dediques a cuidarme el jard�n, que, fuera de la guerra, es lo que m�s me gusta, y a distraer a mi hijo mayor, que yo oportunamente te presentar�. <strong>s</strong>i me permites dec�rtelo, lo que sucede es que echo de menos la guerra. <strong>e</strong>cho de menos, ya ves t�, hasta a aquel rey que los suyos dicen que tiene cara de le�n, y lo que tiene es cara de mono, feo como un pecado de incesto.</p><p>���<strong>q</strong>u� rey?</p><p>���<strong>n</strong>o te lo estoy diciendo?</p><p><strong>e</strong>nrique <strong>iV</strong>. <strong>m</strong>uy alto, con el culo muy gordo y con cara de mono.</p><p><strong>y</strong>o, a la segunda vez que me lo encontr� frente a frente, ya le habl� de t�, porque, si me lo permites, me estaba ya cansando. <strong>s</strong>eis entradas hizo en la <strong>v</strong>ega en muy poquito tiempo, y hubiera seguido haciendo m�s si es que no le paramos oportunamente los pies.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>ientras relataba sus gestas, cada d�a de una manera diferente, cavaba, podaba, regaba, quitaba hojas o recortaba los arrayanes.</p><p><strong>n</strong>ada pod�a detenerlo cuando estaba en vena. <strong>a</strong> veces se quedaba con una podadora o con una azada en la mano, o apoyaba en un astil la barba, y le resplandec�a la sonrisa, que era una de las m�s blancas y brillantes que yo he visto en mi vida. <strong>p</strong>orque �l, que por fuera todo lo ten�a feo, al acab�rsele la �spera c�scara del cuerpo y abr�rsele el postigo de los labios, dejaba ver la belleza de su interior, y su interior ya empezaba en los dientes.</p><empty-line/><p>�<strong>m</strong>is cualidades� -canturreaba- �se corresponden con las de un palacio real: por fuera, manchas y desconchones; por dentro, las maravillas.�</p><empty-line/><p><strong>y</strong> se sonre�a mirando de hito en hito al que tuviese en frente.</p><p>���<strong>t</strong>� ten�as caballo propio? -le preguntaba yo.</p><p>���<strong>n</strong>o hab�a de tenerlo? <strong>y</strong>o era amigo de tu padre, y todos los amigos de tu padre estamos llenos de caballos propios de raza pura.</p><p><strong>t</strong>en�a un caballito no muy largo, ancho de pecho, con una grupa que ni la de una mujer, y una cara alargada y fina, con ojos de princesa, y ollares como para colm�rselos de alhel�es. <strong>c</strong>uando cog�a el trotecito, era capaz de subirte a la <strong>a</strong>lpujarra en menos de lo que canta un mirlo. �<strong>n</strong>o hab�a de tener yo caballos? �<strong>o</strong> es que yo no soy amigo de tu padre?</p><p>��<strong>p</strong>ero �mi padre y mi abuelo se llevaban bien?</p><p><strong>y</strong>o hab�a o�do comentarios que a un ni�o, por muy simple que se le suponga, siempre se le quedan grabados. <strong>t</strong>rataban de reyertas o desagradecimientos familiares.</p><p>��<strong>m</strong>ira, reyecito, eso era cosa de ellos. <strong>y</strong>o fui amigo de tu abuelo, y soy el mejor amigo de tu padre. �<strong>c</strong>�mo no iba a tener yo caballo? �<strong>o</strong>, entonces, qu� fue lo que me pas�?: �que se me cay� en lo alto el caballo de un cristiano y me rompi� la pierna? <strong>s</strong>i me permites dec�rtelo, eso es sencillamente una suposici�n.</p><p><strong>y</strong>o, por muy peque�o que fuese, llegu� a la consecuencia de que lo que �l llamaba suposiciones es lo que llaman los dem�s realidades; pero un ni�o, igual que <strong>f</strong>aiz, nunca distingue cu�ndo acaba una suposici�n y cu�ndo empieza una realidad.</p><p>��<strong>a</strong> tu abuelo lo apodaban los cristianos �<strong>c</strong>ereza�, que es una fruta roja, peque�a, muy rica de comer, que crece en un gran �rbol que a finales de la primavera se pone como un milagro de <strong>d</strong>ios.</p><p>����<strong>c</strong>ereza?� �<strong>y</strong> por qu� �<strong>c</strong>ereza�?</p><p>��<strong>p</strong>orque le dec�an <strong>c</strong>idi <strong>s</strong>ad; pero, como ellos no saben hablar, le acabaron por llamar �<strong>c</strong>ereza�, lo mismo que a tu padre le llaman <strong>m</strong>uley <strong>h</strong>ac�n. <strong>e</strong>llos son as�.</p><p><strong>t</strong>ienen una lengua muy dura, que no pronuncia bien; igual que las urracas� <strong>p</strong>ero tu abuelo �<strong>c</strong>ereza�, antes de que tu padre se aliase con los abencerrajes para destronarlo, lo que quer�a era firmar treguas con los cristianos y comerciar con ellos, porque <strong>g</strong>ranada se hab�a quedado pobre. <strong>p</strong>ero tu padre es de otro modo de pensar.</p><p><strong>�</strong>l quiere la guerra y las victorias; �l no quiere el comercio, ni las treguas, ni los tributos.</p><p>��<strong>y</strong> t�, �qu� es lo que quieres?</p><p>��<strong>y</strong>o, seg�n. <strong>e</strong>n la �poca de tu abuelo, prefer�a el comercio.</p><p><strong>a</strong>hora, la guerra. <strong>p</strong>ero ya no puedo ir a ella.</p><p>���<strong>y</strong> en el ojo? �<strong>q</strong>u� te pas� en el ojo?</p><p><strong>�</strong>l ten�a un gran leucoma que se lo blanqueaba entero. <strong>p</strong>asado tiempo, yo tropec� en una antolog�a de <strong>i</strong>bn al <strong>j</strong>atib con unos versos de <strong>m</strong>alik <strong>i</strong>bn al <strong>m</strong>urahal:</p><empty-line/><p>�<strong>m</strong>iraba con una pupila en la que hab�a una nube, pero siempre se resist�a, incr�dulo, a aceptar la verdad, porque, en cierta ocasi�n, <strong>a</strong>l <strong>s</strong>airafi hab�a exclamado al verlo:</p><p>�<strong>h</strong>e aqu� un contraste de plata que sirve como piedra de toque��.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>lgo semejante es lo que le suced�a a <strong>f</strong>aiz. <strong>c</strong>uando alguien alud�a a su ojo, �l miraba con el otro a lo lejos y cambiaba de conversaci�n, o enmudec�a, o simplemente se iba. <strong>e</strong>l caso es que nunca nadie consigui� que inventara ninguna fantas�a como las que inventaba para explicar la p�rdida de su pierna. <strong>y</strong> eso que le habr�a costado poco esfuerzo. <strong>s</strong>ubh me lo advirti�:</p><p>��<strong>n</strong>o le preguntes por su ojo a <strong>f</strong>aiz; no te contestar�. <strong>f</strong>ue su segunda mujer que, con la mano del almirez, le dio un porrazo una noche en que lleg� borracho. <strong>y</strong> tan presente tiene el golpe, que no se atreve todav�a a inventar otra historia.</p><p><strong>p</strong>ero <strong>s</strong>ubh se re�a con tal gana, que hasta yo deduje que tal explicaci�n tambi�n se la acababa ella de inventar.</p><empty-line/><p>��<strong>c</strong>uando el copero del rey me dio la cuchillada en esta pierna (el copero de <strong>e</strong>nrique, al que llaman �el <strong>i</strong>mpotente�, y por algo ser�), cuando me la dio� <strong>e</strong>n la pierna que me falta, si me permites que te lo diga� <strong>c</strong>uando me la dio oportunamente, vi saltar mi pie solo, sin due�o, y le dije: �<strong>v</strong>e con <strong>d</strong>ios�, porque hasta entonces nos hab�amos llevado bien, y siempre me condujo por la buena senda, aun en las noches esas en que no sabes si la pared te est� sosteniendo a ti o t� a ella, porque los dos hab�is bebido demasiado y os est�is haciendo la mejor compa��a.</p><p>��<strong>p</strong>ero, <strong>f</strong>aiz, lo de la pierna, �te lo hizo una cuchillada, o un caballo?</p><p>��<strong>s</strong>i me permites decirlo, reyecito, oportunamente fue de una cuchillada y de un caballo -aclar� con un tono de reproche-. <strong>c</strong>uando uno defiende la santa religi�n en una guerra santa, uno ha de estar dispuesto a perder dos, tres, y hasta cuatro piernas por las causas que sean y en cualquier coyuntura.</p><p><strong>c</strong>omprob� que no era amigo de mi padre, ni siquiera conocido, cuando vi una ma�ana acercarse al sult�n.</p><p><strong>y</strong>o me escond� detr�s de un cipr�s grueso, aunque no estaba seguro de que mi padre me reconociera a m� tampoco. <strong>f</strong>aiz se qued� inm�vil, como aterrorizado, con la vista en el suelo, y dobl� la cintura al paso del sult�n, que lo mir� al pasar con la indiferencia de quien mira un mont�n de esti�rcol dispuesto para abonar un arriate.</p><p>���<strong>v</strong>es? -me dijo <strong>f</strong>aiz nada m�s perderse el cortejo-. <strong>m</strong>e ha dicho con los ojos que no ha olvidado mis haza�as y que c�mo ando de la pierna. <strong>y</strong>o le he contestado que much�simo mejor; que s�lo me molesta cuando va a cambiar el tiempo, aunque a veces me duele el pie que ya no tengo, lo cual no deja de ser una curiosa extravagancia de la <strong>n</strong>aturaleza. <strong>y</strong> tu padre me ha replicado que el a�o pr�ximo me mandar� a <strong>a</strong>lhama, porque las aguas de sus ba�os son muy ben�ficas para estos alifafes de las piernas cortadas.</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o, que en aquella �poca ten�a de mi abuelo una gloriosa idea, insist�a con torpe y desagradable frecuencia:</p><p>��<strong>d</strong>ime a qui�n prefieres t�: �a mi abuelo o a mi padre?</p><p><strong>h</strong>asta que un d�a, despu�s del almuerzo, <strong>f</strong>aiz, dando un golpe con la azada en la tierra y apart�ndome con cierta violencia del paseo, me solt�:</p><p>��<strong>�</strong>yeme, reyecito. <strong>e</strong>l <strong>p</strong>rofeta, <strong>d</strong>ios lo tenga en el <strong>p</strong>ara�so rodeado de toda su bendita familia, autoriza (llegado el caso, que llega m�s de prisa y en mayor n�mero de lo que se cree) la taquiya, o sea, la negaci�n, no s� si me permites dec�rtelo, la negaci�n, reyecito, de tus m�s redomadas convicciones. <strong>l</strong>a negaci�n pura y simple, as� como suena. <strong>p</strong>orque el viernes y las convicciones se han hecho en bien del hombre, no el hombre en bien de las convicciones ni del viernes. <strong>l</strong>a moralidad m�s alta, oportunamente lo sabr�s, hijo m�o, la m�s alt�sima, es la que m�s favorece al que la tiene. <strong>s</strong>i hay que traicionar para conseguir lo que t� te propones, �qu� le vamos a hacer? <strong>n</strong>o siempre es posible avanzar en l�nea recta. <strong>l</strong>os que hemos hecho la guerra santa lo sabemos muy requetebi�n: lo importante es ganar. <strong>s</strong>i hay que mentir al enemigo, se le miente. <strong>s</strong>e enga�a a quien sea preciso. <strong>u</strong>no, en tierra de cristianos, para salvar la vida, puede pedir el bautismo y renegar.</p><p><strong>d</strong>e mentira, claro: �qui�n va a querer convertirse en semejante porquer�a? <strong>l</strong>o que ocurre es que la vida est� por encima de todo. <strong>h</strong>ay que ser falso para ser decente, y apoyar la falsedad en el <strong>c</strong>or�n, reyecito, sin salirse de �l nunca.</p><p><strong>d</strong>isimular, canturrear, mirar a otra parte, a estas hojitas tan verdes, �ves?, que tienen por debajo de las grandes casi todas las plantas� <strong>c</strong>on la verdad verdad, si me permites, no se va a ning�n sitio. <strong>n</strong>o s� si me he explicado.</p><p><strong>p</strong>ues eso: yo he preferido siempre a tu abuelo y a tu padre; pero al que prefiero de todos, reyecito, es a ti.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>omo me hablaba muy poco de plantas, salvo cuando comparec�a el m�dico <strong>i</strong>brahim, me acuerdo muy bien de una vez en que me habl� de ellas, y me explic� el calendario de los jardineros, que es el calendario solar de los cristianos.</p><p>�<strong>p</strong>orque -dec�a- el lunar s�lo sirve para viajes y caravanas y guerras, y los jardineros no pueden viajar nunca, ni los cojos pueden ir a la guerra.�</p><p>��<strong>e</strong>n enero se recolecta la ca�a de az�car. <strong>e</strong>n febrero se injertan manzanos y perales. <strong>e</strong>n marzo se planta la ca�a, y el algod�n tambi�n, y salen de sus huevecillos negros los gusanos de seda. <strong>e</strong>n abril aparecen como loquitas las rosas y las violetas; se plantan las palmeras, la alhe�a y las sand�as; y es la ocasi�n que el andaluz aguarda para que la lluvia le riegue el trigo y la cebada. <strong>e</strong>n mayo se cubren de trama los olivos; nos caen en las manos la ciruela, el albaricoque, la manzana temprana y el pepino. <strong>e</strong>s el momento de recoger las habas y las adormideras, de segar el trigo y de arrancar el lino; las abejas nos regalan su miel, tan buena para todo (no quiera <strong>d</strong>ios que tengamos nunca el malpago de la colmena), y los pavos reales chiquitos vienen piando al mundo. <strong>e</strong>n junio y julio pasan tantas cosas que no podr�a enumer�rtelas aunque no callase en mi vida. <strong>h</strong>ay tanto por hacer, que nos volvemos tarumba y nos tienen que llevar al marist�n; la siega y la trilla son una siesta, no te digo m�s. <strong>e</strong>n agosto maduran las uvas y el melocot�n; se recogen la alhe�a, para que t� si quieres te ti�as tu pelo o las plantitas de tus pies, y las nueces, para que te las comas con la miel que ya tenemos en muy ricos pasteles, y las bellotas, que se desprenden as�, de un tironcito, de su caperuza. <strong>p</strong>ero, en cambio, hay que sembrar los nabos y las habas y los esp�rragos para cuando llegue nuevamente su turno. <strong>s</strong>eptiembre es el mes de las vendimias, tan alegres y cantarinas, y de las granadas y de los membrillos; el olivo engorda sus olivas, y el array�n rompe a brotar con m�s fuerza que nunca. <strong>e</strong>n octubre se abren las rosas m�s blancas, y se preparan, para chuparse los dedos, los dulces de manzana y de carne de membrillo. <strong>e</strong>n noviembre se cosecha el azafr�n, y se deshoja con delicadeza su rosita morada. <strong>e</strong>n diciembre retornan las lluvias que alimentan la tierra y nos quitan la sed, y los narcisos nos visitan, y se acumula el agua en los aljibes, y en los huertos se siembran, para el bien com�n, la calabaza y el ajo y las adormideras, a las que les debo la vida y esta muleta, que el d�a menos pensado echar� flores como los b�culos de los m�s santos profetas.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>urante mucho tiempo vi a <strong>f</strong>aiz casi todos los d�as. <strong>a</strong>l cabo de un mes de no encontr�rmelo, pregunt� por �l. <strong>u</strong>n jardinero que ocupaba su puesto me dijo:</p><p>��<strong>t</strong>u padre lo ha enviado a los ba�os de <strong>a</strong>lhama para ver si se le aliviaba el dolor de la pierna.</p><p><strong>y</strong>o -sorprendido, aunque no demasiado- bendije los nombres de <strong>d</strong>ios y de <strong>f</strong>aiz dentro de mi coraz�n. <strong>c</strong>reo que, desde entonces, no he cesado de hacerlo.</p></section><section><title><p>mi t�o yusuf</p></title><p><strong>f</strong>ue el hermano mayor de mi padre. <strong>m</strong>ayor en todos los sentidos, porque era tan grande que no lo vi entero de una vez jam�s. <strong>a</strong>lt�simo y redondo, le llamaban, por descontado, �el <strong>g</strong>ordo�: dec�an que para distinguirlo de otros <strong>y</strong>usuf de la familia, pero la verdadera causa saltaba a la vista. <strong>e</strong>staba siempre recostado, hasta para dormir, porque si se tumbaba del todo no pod�a respirar, y tampoco pod�a enderezarse luego. <strong>t</strong>en�a tanta lucha con sus enfermedades y con su corpach�n, que ni a �l ni a nadie se le hab�a ocurrido nunca que pudiese ser el sucesor de mi abuelo.</p><p><strong>c</strong>on sus hermanos y su padre, hab�a pasado la ni�ez y la juventud en la corte de <strong>j</strong>uan <strong>II</strong> de <strong>c</strong>astilla, y en el har�n se comentaba que se hab�a convertido al cristianismo.</p><p><strong>y</strong>o no creo que se hubiese convertido a nada: bastante ten�a con moverse un poquito, comiendo como estaba todo el d�a y, seg�n contaban, casi toda la noche. <strong>v</strong>iv�a s�lo para seguir viviendo, y lleg� a <strong>g</strong>ranada casado con una se�ora gallega, de nombre do�a <strong>m</strong>inia, de la que se dec�a que, a pesar de haberse convertido al <strong>i</strong>slam, secretamente continuaba practicando su religi�n. <strong>l</strong>o cierto es que en la familia nadie se ocupaba, salvo los m�dicos, de ellos dos, que resid�an en una de las torres, la segunda, de las que bordean el camino hacia el <strong>g</strong>eneralife.</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o los frecuentaba porque me entreten�an los episodios, no s� si absolutamente veraces, que �el <strong>g</strong>ordo� me contaba de su vida, cuando �l a�n no era tan gordo.</p><p>��<strong>s</strong>on embustes -puntualizaba do�a <strong>m</strong>inia-. <strong>y</strong>o lo conoc� con diecisiete a�os y ya era as�.</p><p><strong>y</strong> los dos se miraban, c�mplices, y se sonre�an con una expresi�n de cari�o tal que me causaba una profunda envidia.</p><p><strong>n</strong>o ten�an hijos, y nos adoraban como si lo fu�semos a mi hermano <strong>y</strong>usuf y a m�. <strong>n</strong>os regalaban toda clase de juguetes; en los env�os que recib�an de la <strong>c</strong>ristiandad siempre hab�a algo para nosotros.</p><p><strong>p</strong>or las fiestas del <strong>a</strong>�o <strong>n</strong>uevo, de la <strong>r</strong>uptura del <strong>a</strong>yuno, de la <strong>p</strong>rimavera, nos sorprend�an con animalillos de cer�mica o de plata.</p><p><strong>r</strong>ecuerdo las jirafas, de las que llegu� a tener hasta cuarenta, con un especial cari�o por ser un animal que yo nunca hab�a visto, y que sospechaba adem�s que no exist�a en ning�n pa�s de la <strong>t</strong>ierra. <strong>q</strong>uiz� lo que m�s ansiaba entonces era tropezarme con una jirafa, mucho m�s que con un le�n o con un elefante, en los bosques de la <strong>a</strong>lhambra.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>ientras que el t�o <strong>y</strong>usuf era sonrosado y rubiasco, do�a <strong>m</strong>inia, contra lo presumible, era morena, de ojos menudos, negros y muy vivos. <strong>e</strong>l t�o <strong>y</strong>usuf consist�a en una bola grande con otras menores a su alrededor: cabeza, brazos, piernas, manos y pies. <strong>m</strong>�s que en la torre, habitaba en un imponente sill�n horadado, dispuesto muy en alto para que los criados que se cuidaban de limpiar la letrina pudiesen realizar su tarea. <strong>u</strong>na vez por semana, entre siete u ocho de ellos lo apeaban, lo lavaban, le mudaban la ropa, y, en tanto aljofifaban y perfumaban el asiento, lo sosten�an para que anduviese cuatro pasos contados. <strong>p</strong>ero �sta era una ceremonia muy �ntima, que nunca vi.</p><p><strong>m</strong>i hermano y yo tem�amos que, si se ca�a del sitial donde estaba instalado, rodar�a hasta llegar por la pendiente del bosque al r�o, y all� el agua no podr�a moverlo de ninguna manera, y le brotar�an plantas y �rboles sobre la barriga, hasta formar una colina nueva entre la <strong>a</strong>lhambra y el <strong>a</strong>lbayz�n.</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o ten�a un gato que atend�a, aunque no mucho, por �<strong>l</strong>una�. <strong>s</strong>u nombre vino porque el t�o <strong>y</strong>usuf nos refer�a muchos enredos cuyo protagonista era don <strong>�</strong>lvaro de <strong>l</strong>una, visir y valido del rey <strong>j</strong>uan. <strong>m</strong>i intenci�n fue ponerle �<strong>j</strong>uan� al gato, pero do�a <strong>m</strong>inia me advirti� que ser�a una falta de respeto, y que la grandeza de un pueblo se demuestra por el respeto que tenga a sus enemigos, y que, si los empeque�ecemos o los ridiculizamos, somos nosotros a la larga los que salimos peor parados. <strong>y</strong> por si era poco, el gato result� ser gata, con lo cual ponerle �<strong>j</strong>uan� o �<strong>�</strong>lvaro� habr�a sido un contrasentido. <strong>p</strong>ara esa gatita, que era pelirroja como el t�o <strong>y</strong>usuf, me regal� el matrimonio un cascabel de oro, que ella se apresur� a perder, aunque hubo quien recel� que cualquier criado pudo haberlo cogido, porque era cosa de orates ponerle cascabeles de oro a un gato. <strong>s</strong>in embargo, el matrimonio sigui� regal�ndome un cascabel tras otro, cada vez que �<strong>l</strong>una� los perd�a, hasta que se perdi� ella misma, con lo cual se acabaron los gajes del ladr�n de los cascabeles.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>ra una pareja imperturbable, supongo que por las condiciones f�sicas de �l. (<strong>y</strong> aun de ella, que tambi�n era gorda, aunque, comparada con su marido, resultaba casi esquel�tica). <strong>c</strong>ada vez que nos present�bamos en la torre nos recib�an con el mismo calor que el primer d�a, y desaparec�amos entre sus enormes abrazos y sus besos.</p><p><strong>d</strong>espu�s nos sent�bamos para ver comer al t�o <strong>y</strong>usuf, cosa en la que �l nos complac�a con much�simo agrado. <strong>e</strong>n torno suyo hab�a innumerables ataifores con una incre�ble variedad de manjares: salados, dulces, �cidos y hasta agrios.</p><p>��<strong>e</strong>l ser humano est� mal terminado: s�lo es capaz de distinguir estos cuatro sabores. <strong>c</strong>u�nto mejor ser�a que, en lugar de dedicarse a la guerra y a otras majader�as, se concentrase en aprender a combinarlos con m�s diversidad y sutileza.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>on la comida, por supuesto, era muy exigente, y no s�lo en cuanto a la cantidad; pero, en �ltimo t�rmino, no desechaba ning�n plato por mal condimentado que estuviese, porque era presa de una fruici�n como nadie podr�a concebir. <strong>e</strong>l m�dico <strong>i</strong>brahim no dispon�a de armas frente a �l. <strong>l</strong>e hab�a diagnosticado muchas enfermedades: desde hidropes�a hasta el mal funcionamiento de una gl�ndula que dec�a que se hallaba en el cuello, aunque mi hermano y yo dud�bamos que eso fuese posible, dado que el t�o <strong>y</strong>usuf no ten�a cuello.</p><p><strong>i</strong>brahim, especializado en atenderle, le sermoneaba sin cesar, incapaz de hacer nada mejor por el desobediente.</p><p>��<strong>e</strong>l est�mago es la residencia de toda enfermedad, y la curaci�n ha de empezar por la cabeza. <strong>h</strong>asta la peste negra, el m�s inevitable l�tigo de la humanidad, se combate con la dieta; cu�nto m�s una simple obesidad como la que, por tus pecados, t� padeces.</p><p><strong>a</strong>l o�r llamar simple obesidad a su infinitud, <strong>y</strong>usuf romp�a en carcajadas que lo ahogaban, lo congestionaban, y lo pon�an a punto de destrozar el monstruoso trono en que viv�a.</p><p>��<strong>m</strong>ientras no te abstengas de salazones y pasteles, mientras no reduzcas tu raci�n de pan (y �ste hecho de harina sin cerner, con sal y levadura en dosis razonables, amasado con vinagre y mojado en agua), yo no podr� iniciar mi tratamiento.</p><p><strong>e</strong>l t�o <strong>y</strong>usuf se sofocaba de risa s�lo con imaginarse comiendo las inmundicias que el m�dico le recomendaba, o absteni�ndose de comer las exquisiteces que sol�a.</p><p>��<strong>s</strong>i lo tuyo fuese la gota, habr�amos empleado, de haberlo consentido t�, cataplasmas de bulbos de c�lquido, aplicadas sobre la grasa en fresco o por medio de una pasta de c�lquido seco molido.</p><p><strong>p</strong>ero t� te niegas a todo� <strong>r</strong>es�gnate, por lo menos, a comer carne con moderaci�n, mejor de aves de corral, nunca de caza, y a no beber sino agua bien fr�a con un chorreoncito de vinagre para limpiar los conductos corporales. <strong>p</strong>odr�as comer, eso s�, manzanas amargas, ajetes tiernos, zumaques, uvas en agraz, jugo de lim�n, verduras que te aligeraran el vientre, peras y granadas bien maduras, ciruelas, higos, d�tiles�</p><p>��<strong>y</strong>a como todo eso. �<strong>y</strong> legumbres? -preguntaba el t�o <strong>y</strong>usuf por chanza, sin el menor prop�sito de obedecer al m�dico.</p><p>��<strong>z</strong>anahorias, lentejas, garbanzos y calabacines -replicaba �ste con seriedad y con la ilusi�n de ser un d�a escuchado.</p><p><strong>p</strong>ara mantener el coraz�n, cansado como estaba de proporcionar sangre a tan inmensa humanidad, le suministraban sin interrupci�n cordiales y tisanas, cocimientos de hierbas y de bayas, y jugos de plantas arom�ticas que amortiguaban el amargor de las medicinas extra�das de otras plantas arom�ticas. <strong>e</strong>s decir, entre lo que com�a y lo que tomaba para impedir que lo que com�a lo matara, el t�o <strong>y</strong>usuf no dispon�a ni de un momento libre.</p><p><strong>c</strong>u�nto nos entreten�a a mi hermano y a m� asistir al incesante trasiego de platos, fuentes, cuencos, jarras, salvillas y bandejas, que un aluvi�n de criados acercaba o retiraba en las proximidades del sill�n.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>ra tanto el amor que me profes� siempre el t�o <strong>y</strong>usuf, aun antes de nacer yo, que en la fiesta de mi circuncisi�n fue su voluntad estar presente.</p><p>��<strong>e</strong>l ni�o -dijo con buen humor-, por esta purificaci�n aumentar� su hermosura, del mismo modo que aumenta la luz del cirio cuando alguien despabila su mecha.</p><p><strong>s</strong>eg�n me relataba <strong>s</strong>ubh, nadie podr� olvidar el jaleo que se arm� en el protocolo cuando compareci� do�a <strong>m</strong>inia, enjoyada y muy tiesa, precediendo a una especie de catafalco, formado por unas andas repletas de cojines, sobre el que navegaba la mole del t�o <strong>y</strong>usuf.</p><p><strong>�</strong>l mov�a levemente las esferas de sus manos para saludar a la multitud, que nunca lo hab�a visto hasta ese instante. <strong>d</strong>ada nuestra costumbre de construir no muy anchas las puertas de las casas y protegerlas con un recodo, para que la procesi�n de do�a <strong>m</strong>inia y el t�o <strong>y</strong>usuf cupiese por la entrada de la torre, fue preciso derruir un muro entero y echar abajo el arco principal por el que hab�a de emerger tan egregio asistente en sus no menos egregias parihuelas.</p><empty-line/><p>��<strong>e</strong>n <strong>c</strong>astilla -nos dijo a mi hermano y a m� una tarde, entre bocado y bocado- os llamar�an moritos.</p><p>��<strong>n</strong>o marees con insensateces a los ni�os -le previno do�a <strong>m</strong>inia.</p><p>��<strong>s</strong>i es verdad: son moritos. <strong>y</strong> t� eres tambi�n mora, de modo que no te pongas mo�os.</p><p>��<strong>d</strong>eja de impartir calificaciones, <strong>j</strong>os� -as� lo llam� en esta ocasi�n-. <strong>n</strong>o siembres la discordia en tu propia familia -alarg� la mano y le acarici� maternalmente la papada-. <strong>c</strong>ome y calla, ni�o m�o.</p><p>���<strong>p</strong>or qu� nos llaman moritos en <strong>c</strong>astilla, t�o <strong>y</strong>usuf? -pregunt� cuando la conversaci�n ya navegaba por otros derroteros.</p><p>��<strong>p</strong>orque lo sois. <strong>y</strong>o soy morazo, y vosotros, moritos. <strong>p</strong>ara que dejen de serlo, all� les vierten a los cr�os agua sobre la cabeza pronunciando unas palabras m�gicas.</p><p>���<strong>y</strong> se vuelven rubios?</p><p>��<strong>n</strong>o; s�lo se mojan.</p><p>���<strong>c</strong>u�les son las palabras?</p><p>��<strong>y</strong>o te bautizo, dicen, en el nombre del padre, del hijo y del esp�ritu santo.</p><p>��<strong>p</strong>orque ellos tienen varios dioses, y nosotros uno s�lo -aclar� mi hermano, que era mejor disc�pulo de los alfaqu�es que yo.</p><p>��<strong>d</strong>ejaos de irreverencias -insisti� do�a <strong>m</strong>inia-. <strong>n</strong>o me gusta, <strong>j</strong>os�, que hables a los peque�os de problemas teol�gicos. <strong>c</strong>ada cual se salva o se condena con arreglo a su propia religi�n y a su propia conducta.</p><p>��<strong>�</strong>se s� que es un problema teol�gico -coment� el t�o entre risas y con la boca llena.</p><p>��<strong>n</strong>o te r�as mientras comes, <strong>y</strong>usuf: est� muy feo. <strong>c</strong>laro que, si hicieses caso de esa elemental norma de cortes�a, no te reir�as nunca.</p><p><strong>y</strong> rieron los dos. <strong>p</strong>ero mi curiosidad estaba ya picada.</p><p>���<strong>p</strong>or qu� moritos? <strong>n</strong>osotros somos andaluces, �no? <strong>s</strong>omos igual que ellos, pero nacidos en el <strong>s</strong>ur.</p><p><strong>s</strong>i les disgusta nuestra tierra, �por qu� bajan a quit�rnosla? <strong>o</strong> a querer quit�rnosla, porque nunca lo conseguir�n, �verdad, do�a <strong>m</strong>inia, t� que has nacido all�?</p><p>��<strong>e</strong>speremos que no. <strong>l</strong>as cosas est�n bien como est�n -respondi� ella, mientras le alcanzaba una servilleta muy blanca a su marido para que se limpiase un chorrito de grasa que le resbalaba por la sotabarba.</p><p><strong>n</strong>o obstante, aquella conversaci�n y el apelativo de moritos me hab�a perturbado, y procur� enterarme de su fundamento. <strong>i</strong>nterrogu� a quien se dejaba, y fui cans�ndolos a todos, que terminaron por no escucharme o por no contestarme.</p><p><strong>m</strong>e enter� de que nosotros practic�bamos una religi�n diferente, o sea, que nuestro <strong>d</strong>ios era distinto del suyo; que el suyo ten�a tres cabezas, y que nuestra raza era tambi�n distinta, pero much�simo m�s perfecta. <strong>s</strong>in embargo, las cosas no me parec�an tan sencillas.</p><p><strong>p</strong>rimero, por las habladur�as de que el t�o <strong>y</strong>usuf era un poco cristiano, y su �nica mujer -porque �l no ten�a ninguna concubina-, algo musulmana. <strong>y</strong> segundo, porque nosotros no pertenec�amos, aunque se dijera lo contrario, a una sola raza.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>is investigaciones y reflexiones sobre el tema se han ido acumulando; de ah� que ya ignore cu�nto averig�� entonces y cu�nto m�s tarde. <strong>n</strong>o me refiero a la casa real de los beni nazar, cuya pureza no pone nadie en duda, por lo menos ante nosotros, sino a la raza de los granadinos en general. <strong>a</strong>qu� est�n los descendientes de los bereberes iniciales, tanto de la tribu sinaya como de la zanata (de �stos proced�a la estirpe zir�, que gobern� <strong>g</strong>ranada a la ca�da del califato omeya). <strong>y</strong> est�n los que, cada cual de su padre y de su madre, vinieron a refugiarse desde los territorios conquistados por los cristianos. <strong>y</strong> est�n los �rabes, m�s o menos puros, que no pasar�n de cincuenta, y que miran al resto por encima del hombro. <strong>y</strong> los africanos acogidos, bien porque hu�an de los califas de <strong>m</strong>arruecos o de <strong>t</strong>�nez o de <strong>t</strong>remec�n, bien porque vinieron a ayudarnos en las guerras santas. <strong>y</strong> los religiosos m�sticos llegados de la <strong>i</strong>ndia, y muchos negros sudaneses, que viv�an reunidos en ermitas, aunque no siempre, ni siempre cas�ndose entre s�. <strong>y</strong> los mud�jares, que, despu�s de decidirse a permanecer en ciudades conquistadas, cambiaban de opini�n y se ven�an con sus hijos -no creo ya que tan puros- a la capital o al <strong>r</strong>eino, para no sentirse tan discriminados como en la <strong>c</strong>ristiandad. <strong>y</strong> est�n adem�s los tributarios, es decir, los cristianos y los jud�os. <strong>u</strong>nos cristianos hispanorromanos o hispanogodos (tampoco muy puros a su vez) que renegaron de su religi�n -los mulad�es-, como la guardia de los sultanes, por ejemplo; y otros que no renegaron -los moz�rabes-, y tienen su culto y sus iglesias, y hasta tocan las campanas media hora un d�a jueves que ellos llaman santo; y los cristianos que van y vienen mercadeando, de <strong>g</strong>�nova o <strong>v</strong>enecia, o que se exiliaron en <strong>g</strong>ranada descontentos de sus propios reyes. <strong>y</strong> junto a todos ellos, los jud�os, separados dentro de lo posible, pero ejerciendo sus oficios, y mezcl�ndose tambi�n en ocasiones.</p><p><strong>a</strong>l ni�o que yo era le indicaron que los cristianos, para distinguirse, llevaban un cintur�n particular, y los jud�os varones, una tela amarilla sobre los hombros, y las mujeres, una campanilla colgada del cuello o la escarcela. <strong>p</strong>ero yo, por mucho que me deshojaba, no ve�a a nadie con esas se�ales. <strong>p</strong>or lo que llegu� a dos conclusiones: que muchas leyes no se cumplen -y ni siquiera se dan para que sean cumplidas-, y que lo de morito era algo tan irreal y superfluo como esas mismas leyes. <strong>p</strong>orque en <strong>g</strong>ranada, desde que se construy�, todos se amalgamaban y se casaban y ten�an hijos, y tales hijos no pod�a saberse con certeza si eran moritos o cristianitos o judi�tos, salvo que se hable de religi�n tan s�lo y no de raza. <strong>y</strong> aun as�.</p><p>�<strong>d</strong>�nde est�n aqu� los puros curais�es, los puros fihir�es, u omeyas, o gais�es, o jazray�es, o ansar�es o yemen�es, o chozam�es, o gasan�es? <strong>n</strong>o quedan. <strong>t</strong>odos son hijos o nietos de alg�n renegado; todos tienen una madre o una abuela cristiana, o son ya cristianos ellos mismos. �<strong>q</strong>ui�n hay de pura raza aqu�? <strong>n</strong>i siquiera los mejores caballos. <strong>d</strong>e los doscientos cincuenta mil habitantes, no llegar�n a diez los que conservan una sola sangre. <strong>t</strong>odos somos aqu� andaluces, que es bastante. <strong>y</strong> es necio empe�arse en el orgullo de las aristocracias y de las genealog�as.</p><p><strong>p</strong>or �l nos critic� <strong>i</strong>bn <strong>j</strong>ald�n:</p><p>�<strong>s</strong>e imaginan que con el linaje y un empleo en el gobierno se llega a conquistar un reino y a dominar a los hombres�. (<strong>p</strong>robablemente hace falta mucho m�s. <strong>y</strong>, por descontado, que los hombres se dejen gobernar, y conquistar los reinos.) <strong>e</strong>n cuanto respecta a nosotros, los nazar�es, me temo que empezamos a exagerar desde el <strong>f</strong>undador de la <strong>d</strong>inast�a. <strong>y</strong>a cuando una dinast�a se funda, mala cosa; eso prueba que tuvo un principio y que se imagin� cuanto lo preced�a. <strong>p</strong>orque, �no eran esclavas cristianas <strong>b</strong>utaina, la madre del gran <strong>m</strong>ohamed <strong>v</strong>, y <strong>m</strong>ariam, la avariciosa madre de <strong>i</strong>smail <strong>II</strong>, y <strong>b</strong>uhar, la madre de <strong>y</strong>usuf <strong>i</strong>, y <strong>a</strong>lwa, la de <strong>m</strong>ohamed <strong>i</strong>v, y <strong>s</strong>ams al <strong>d</strong>awla, la de <strong>n</strong>azar <strong>a</strong>bul <strong>y</strong>uyus? <strong>y</strong> ellos eran -todos ellos, comprensivos y abiertos- quienes verdaderamente merec�an el nombre de andaluces.</p><p>�<strong>d</strong>espu�s, con mayor calma, he le�do en <strong>a</strong>verroes que �el clima y el paisaje de <strong>a</strong>ndaluc�a, m�s semejante a los de <strong>g</strong>recia que a los de <strong>b</strong>abilonia, hacen a sus hombres sosegados e inteligentes. <strong>y</strong> as� como la lana de las ovejas andaluzas es m�s delicada que otra ninguna, as� sus gentes son las de temperamento m�s equilibrado, como se trasluce por el color de su tez y por la calidad de sus cabellos.</p><p><strong>l</strong>a piel de los andaluces no es morena como la de los de <strong>a</strong>rabia, y su pelo no es ni crespo como el de los africanos, ni lacio como el de los n�rdicos, sino sedoso y ondulado�. <strong>y</strong> le� tambi�n en <strong>i</strong>bn <strong>j</strong>ald�n que la fusi�n de elementos tan dispares hab�a concluido en un tipo y una raza andaluces que se diferencian de los magreb�es por una singular vivacidad de esp�ritu, una notable aptitud para aprender y una graciosa agilidad en sus miembros. <strong>a</strong>unque �l lo atribuye, sobre todo, a la alimentaci�n, muy apoyada en la cebada y el aceite, porque era partidario de proclamar la prez beduina y sus escaseces como origen de la grandeza. <strong>y</strong>, desde m�s cerca, mi paisano <strong>i</strong>bn al <strong>j</strong>atib pint� un claro retrato que responde a la generalidad de los andaluces: nuestra talla mediana, nuestra tez apenas dorada, nuestro cabello oscuro y suave, nuestras facciones regulares y finas�</p><p><strong>n</strong>o s� qu� tendr�n que oponer a esto los cristianos, los �rabes o los jud�os; los andaluces somos diferentes de todos ellos. <strong>y</strong>, en cualquier caso, como dijo el califa <strong>a</strong>l�, yerno de <strong>m</strong>ahoma, �en el curso de mi larga vida he observado que a menudo los hombres, m�s a�n que a sus padres, se parecen al tiempo en el que viven�.</p><p><strong>t</strong>odos los humanos, s�lo por serlo, tienen tanto en com�n que las diferencias me parecen m�nimas.</p><p>�<strong>n</strong>o es mayor la que hay entre un tigre y un lince que entre mi padre y <strong>m</strong>uley �el <strong>n</strong>egro�, por distintos que sean su estatura, su religi�n, su color y su fortuna? <strong>m</strong>�s diferencia ve�a yo, por su forma de vida, entre mi t�o <strong>y</strong>usuf y <strong>f</strong>aiz el jardinero que entre el im�n de la mezquita de la <strong>a</strong>lhambra y un hombre que sol�a subir por la <strong>a</strong>ntequeruela, y que me se�alaron como sacerdote cristiano.</p><empty-line/><p><strong>t</strong>anto me conmovi� en aquel entonces este tema que quise comprobar los efectos de los ritos que el t�o <strong>y</strong>usuf nos describi�. <strong>u</strong>n anochecer fui en busca de un eunuco que conoc�a, del que despu�s escribir�, y le rogu� que me bautizara. <strong>�</strong>l no sab�a c�mo, pero yo le dije lo que hab�a escuchado. <strong>l</strong>o conduje a una fuente cercana a la <strong>t</strong>orre de <strong>m</strong>ohamed, el <strong>f</strong>undador de la <strong>d</strong>inast�a (una torre a la que iba mucho, atra�do por las pinturas que en ella se encontraban); le supliqu� -�l miraba a un lado y a otro, resisti�ndose a mi caprichoque tomara agua con las manos, y que la vertiera sobre mi cabeza repitiendo lo que yo le apuntase.</p><p><strong>r</strong>ecuerdo que, impaciente, lo taladraba con los ojos, y detr�s de �l ve�a el <strong>g</strong>eneralife y, m�s alto, el <strong>p</strong>alacio de la <strong>q</strong>uinta, y el cielo muy oscuro, porque ven�a la noche con mucha rapidez. �<strong>y</strong>o te bautizo -�l repet�a _�yo te bautizo_�- en el nombre de nuestro padre, de nuestro hijo y de nuestro hermano santo�. <strong>c</strong>uando concluy� la ceremonia, me apresur� a mirarme en una alberca pr�xima, pero nada ve�a en el agua negra. <strong>y</strong> fui corriendo en busca de un espejo, y all� estaba mi cara, igual que la hab�a visto siempre, aunque con el pelo empapado: mis ojos de color verde oscuro, demasiado grandes para el tama�o de las mejillas, mi nariz corta y recta, y mis labios quiz� en exceso abultados. <strong>n</strong>ing�n cambio se hab�a producido en m� a pesar del ceremonial.</p><empty-line/><p><strong>u</strong>n d�a, inopinadamente, nos prohibieron a mi hermano y a m� acercarnos en adelante a la torre en que viv�a el t�o <strong>y</strong>usuf. <strong>y</strong>o cre� que ser�a por algo de los cristianos y de mi bautismo, y me arrepent� de la apostas�a que siempre, hasta ahora, hab�a mantenido secreta. <strong>p</strong>ero la prohibici�n no s�lo nos afect� a nosotros, sino a todos los habitantes de la <strong>a</strong>lhambra, y provoc� una alteraci�n de las costumbres. <strong>e</strong>l m�dico <strong>i</strong>brahim fue a vernos a mi hermano y a m� una ma�ana muy temprano.</p><p><strong>e</strong>staba descompuesto, alborotado el pelo, y con el rostro demacrado de fatiga. <strong>n</strong>os examin� con detenimiento los ojos y las u�as; le pregunt� a los ayos si and�bamos bien del vientre; nos recet� unas p�cimas a mitad de camino, seg�n dijo, entre los evacuatorios y los astringentes. <strong>y</strong> entonces fue cuando nos enteramos de que se hab�a declarado una epidemia de peste, y de que el t�o <strong>y</strong>usuf hab�a sido su primera v�ctima.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>o�a <strong>m</strong>inia decidi� trasladar a su tierra el cuerpo de su marido.</p><p><strong>e</strong>l negro <strong>m</strong>uley, un amigo m�o que se ocupaba un poco de todo, supongo que para no ocuparse seriamente de nada, fue encargado de quemar las pertenencias del muerto, desinfectar la torre, y disponer un carromato, tirado por cinco mulas, para el transporte del cad�ver embalsamado. <strong>y</strong>o quise despedirme de �l, y me lo ense�aron, desde el piso superior, a trav�s de un mirador acristalado en colores. <strong>e</strong>speraba ver al �<strong>g</strong>ordo� manchado de azul, verde, rojo y morado. <strong>n</strong>o fue as�: lo vi a trav�s del hueco dejado por un cristal roto, y ya no estaba gordo, sino al rev�s, delgad�simo y alto como una torre ca�da, y con un sudario blanco que recortaba a�n m�s su silueta. <strong>a</strong>rrodillada junto a �l, do�a <strong>m</strong>inia rezaba pasando las cuentas de un rosario, que -digan lo que digan- es igual que los nuestros.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l negro me cont� que do�a <strong>m</strong>inia pidi� llevarse tambi�n la losa funeraria de m�rmol blanco que mi padre hab�a mandado hacer.</p><p>��<strong>c</strong>omo el peso de mi hermano ha disminuido tanto, no perjudicar� a�adirle el del m�rmol. <strong>q</strong>ue esa cristiana gallega (por <strong>d</strong>ios, que los gallegos en <strong>a</strong>ndaluc�a no han sido nunca sino esclavos cargadores) se lleve las dos cosas. <strong>n</strong>i la estela ni mi hermano nos servir�an aqu� ya para nada. <strong>y</strong> do�a <strong>m</strong>inia, tampoco. <strong>l</strong>o mejor es que los tres desaparezcan -dijo mi padre.</p><p><strong>y</strong> as� fue.</p></section><section><title><p>el negro muley</p></title><p><strong>e</strong>ra la persona m�s horrorosa que hab�a visto en mi vida. <strong>m</strong>�s a�n que <strong>f</strong>aiz. <strong>l</strong>e llamaban <strong>m</strong>uley por burla, porque �muley� quiere decir �se�or�. <strong>d</strong>e todas formas, �l no era un esclavo, sino alguien que uno de la familia abencerraje hab�a tra�do desde un pueblo de los montes de <strong>m</strong>�laga, donde pertenec�a a una comunidad musulmana muy severa.</p><p><strong>o</strong>, por lo menos, eso se chismorreaba en la <strong>a</strong>lhambra, donde se chismorreaba todo de todos. <strong>p</strong>or su inteligencia y un evidente don para contar historias, hab�a ascendido a donde estaba ahora, bastante arriba en el servicio de mi padre. <strong>c</strong>onvencido de su fealdad, no le extra�aba el espanto que de entrada causaba en cuantos lo ve�an. <strong>t</strong>en�a los ojos redondos y saltones, con venillas muy rojas, lo que los colmaba de crueldad y fiereza; las manos, desmesuradas, y una gran joroba que le hac�a parecer doblado, como si anduviese a gachas por recoger algo que se le hubiera ca�do. <strong>g</strong>astaba bromas, ideaba fantas�as, relataba historietas burlescas, gesticulando con sus descomunales brazos y girando de modo aterrador sus ojos, como los bufones que a los reyes cristianos divierten en sus cortes, seg�n hab�a yo o�do.</p><p><strong>s</strong>ubh dec�a que los muchachos guapos que sirven en las fiestas de la <strong>a</strong>lhambra lo quer�an tener siempre junto a ellos, para que resaltara su guapura. <strong>h</strong>ubo un mal poeta que le dedic� unos versos cuando actuaba de copero en una noche de septiembre, en la que mi padre se despidi� antes de retirarse a descansar a <strong>s</strong>alobre�a.</p><p>�<strong>n</strong>osotros acostumbr�bamos alejarnos de <strong>g</strong>ranada en oto�o e invierno, despu�s de las algaras del verano, para procurarnos un clima m�s benigno a la orilla del mar.</p><p><strong>d</strong>ec�an as� los versos:</p><empty-line/><p>�<strong>e</strong>t�ope <strong>m</strong>uley, con el que esta noche me he regocijado y ante cuyos destellos el sol se negaba a salir, prolongando la tiniebla.</p><p><strong>t</strong>u corcova hace pensar que llevas a cuestas el mundo y sus pesares, y que el cuello te brota en la mitad del cuerpo.</p><p><strong>l</strong>as mechas de tu pelo son un racimo apretado de moras; tus manos, aspas de molino; tus ojos, dos hornos de pan, y, cuando circulas incansable con la jarra de cristal llena de vino rojo, semejas un escarabajo que rueda ante �l su bola de excremento, s�lo que en ti la bola es un rub� andaluz�.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>uley le dio las gracias m�s sinceras al invitado poeta, y recitaba sus versos, a quienes ten�an la paciencia de o�rlos, con tal salero y tal abundancia de muecas y meneos que nadie pod�a sustraerse a la carcajada. <strong>c</strong>on lo cual el insultador quedaba en peor lugar que el insultado.</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o trab� contacto con �l a causa de <strong>s</strong>ubh y de <strong>f</strong>aiz. <strong>l</strong>os dos se hab�an puesto de acuerdo en que joroba m�s grande que la de <strong>m</strong>uley era imposible hallarla en toda <strong>g</strong>ranada, y ambos me hicieron un encargo com�n. <strong>y</strong>o deb�a coger el collar de amuletos de <strong>s</strong>ubh y una talega con unas cuantas monedas que me entregaba <strong>f</strong>aiz, y, sin que el terrible negro lo percibiera, pas�rselos por la joroba. <strong>s</strong>ubh estaba convencida de que, despu�s del restreg�n, sus amuletos ser�an los m�s eficaces e irresistibles de la ciudad, y <strong>f</strong>aiz, de que las monedas se multiplicar�an al instante en su bolsa.</p><p><strong>d</strong>os d�as llevaba ya en posesi�n del collar y de la bolsa sin atreverme a cumplir el encargo. <strong>a</strong>cechaba a hurtadillas -o eso cre�a yo- a <strong>m</strong>uley. <strong>i</strong>ba y ven�a tras �l, que correteaba por cierto con una rapidez insospechada para una carga tan abrumadora. <strong>s</strong>e impacientaban mis comisionantes, pero yo no me resolv�a a dar el pavoroso paso de rozar la joroba con los objetos ocultos debajo de mi t�nica. <strong>o</strong>ctubre comenzaba a refrescar; la tarde hab�a ca�do; trepaban las sombras por la ladera de la <strong>s</strong>abica, y se encend�an las antorchas.</p><p><strong>l</strong>os braseros empezaron a encenderse d�as atr�s, porque aquel a�o el fr�o se hab�a anticipado. <strong>a</strong> m� me hab�a puesto <strong>s</strong>ubh un albornoz de lana verde, bajo el que pod�a guardar con mayor disimulo el collar y la bolsa. <strong>m</strong>e aproximaba al <strong>p</strong>alacio de <strong>y</strong>usuf <strong>III</strong>, que era mi preferido (y a�n lo es, y vivir�a en �l mejor que en ning�n otro por ser el m�s �ntimo y moderado), cuando vi detenerse a <strong>m</strong>uley en la calle <strong>r</strong>eal. <strong>a</strong> m� me acompa�aba un ayo, al que enga�� dici�ndole que iba a dar un recado imprescindible, y que siguiese hasta la torre de mi t�o <strong>y</strong>usuf, que era adonde nos dirig�amos. <strong>d</strong>e una carrera, sobrepas� a <strong>m</strong>uley y me apoy� en el quicio de la puerta con la esperanza de que, al cruzarse conmigo, me rozase �l a m� con la joroba. <strong>p</strong>ero nada sucedi� como lo previne.</p><p><strong>l</strong>legado a mi altura, <strong>m</strong>uley volvi� a detenerse y se dirigi� hacia m� con una sonrisa escalofriante.</p><p>��<strong>t</strong>� eres hijo del sult�n, �no es cierto?</p><p><strong>c</strong>ontest� que s� con la cabeza: las palabras no me sal�an del galillo.</p><p>���<strong>e</strong>res el primog�nito?</p><p><strong>d</strong>e nuevo afirm� con la cabeza.</p><p>���<strong>t</strong>e llamas lo mismo que tu t�o?</p><p><strong>y</strong>a no tuve otro recurso que musitar:</p><p>��<strong>m</strong>i t�o se llama <strong>y</strong>usuf. <strong>v</strong>oy a su casa ahora.</p><p>��<strong>n</strong>o. <strong>m</strong>e refiero a tu t�o el m�s joven.</p><p>��<strong>e</strong>ntonces, s�.</p><p>��<strong>o</strong>jal� seas en todo igual. <strong>t</strong>u t�o es fuerte, generoso y valiente.</p><p>��<strong>e</strong>so aseguran todos.</p><p>��<strong>y</strong>o hice con �l una campa�a muy cerca de <strong>c</strong>omares, aunque no soy partidario de las guerras. <strong>d</strong>a gozo verlo galopar a banderas desplegadas.</p><p><strong>y</strong> luego, sin dejar de sonre�r, se despidi�. <strong>y</strong>o vi perdida mi oportunidad. <strong>a</strong>largu�, bajo el albornoz, la mano, pero ya sin motivo, porque <strong>m</strong>uley se alejaba. <strong>y</strong>, de repente, se volvi�.</p><p>��<strong>s</strong>i lo que quieres es tocarme la joroba con lo que guardas ah� debajo, no lo dudes y hazlo. <strong>y</strong>a estoy acostumbrado. <strong>m</strong>e encanta ser portador de buena suerte para los dem�s.</p><p>��<strong>n</strong>o, no -repliqu� aturullado-.</p><p><strong>d</strong>ios te bendiga, pero no.</p><p>��<strong>e</strong>st� bien. <strong>h</strong>asta pronto.</p><p><strong>y</strong> entr� en el palacio, que entonces habitaba uno de los visires de mi padre. <strong>e</strong>n ese momento, cayendo precipitadamente en la cuenta de que jam�s se me presentar�a ocasi�n tan propicia, corr� tras �l y, sin decir palabra, restregu� furiosamente el collar y la bolsa contra la chepa de <strong>m</strong>uley, que se retorc�a de risa, en un �ngulo del estanque.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>vergonzado de mi conducta, procur� esquivarlo durante mucho tiempo. <strong>f</strong>aiz me repet�a que sus monedas, contadas y recontadas, no se multiplicaban. <strong>s</strong>ubh, sin embargo, publicaba haber entrado en una racha de fortuna, tener novios a montones, y que su verruga del p�mulo izquierdo -que antes era un simple lunar, y ahora estaba lleno de pelos- se reduc�a por momentos, gracias a una navaja de jabal� que colgaba de su collar. <strong>p</strong>ero �c�mo iba yo a escucharlos? <strong>e</strong>n la <strong>a</strong>lhambra todos nos encontr�bamos, y yo tem�a la hora en que habr�a de enfrentarme cara a cara con el et�ope, �ante el que el mismo sol se negaba a salir�.</p><p><strong>f</strong>ue un mediod�a. <strong>a</strong>cababa de evitar un encuentro con <strong>m</strong>uley, que ven�a de frente hacia m�, no lejos de la rauda donde yacen los antepasados, y el coraz�n me lat�a tan fuerte que tuve que recostarme en la pared. <strong>p</strong>asado el peligro, casi ve�a a�n su chilaba azul inflada por la jiba, cuando por el otro lado, exactamente por el lado contrario de la calle, apareci� otra vez <strong>m</strong>uley. <strong>d</strong>ej� caer su terrible mano sobre mi hombro, y yo supe que estaba completamente perdido y que all� mismo me estrangular�a. <strong>s</strong>in embargo, aquella mano subi� hasta mi cuello y mi mejilla con una suavidad inesperada.</p><p>��<strong>c</strong>re� que �ramos amigos desde el otro d�a; por lo que veo, no es as�.</p><p><strong>t</strong>artamudeando de miedo le pregunt�:</p><p>���<strong>e</strong>s que t� quieres ser amigo m�o?</p><p>��<strong>n</strong>o deseo otra cosa. <strong>s</strong>i me das permiso, te acompa�o donde vayas.</p><p>��<strong>n</strong>o voy a ning�n lado. <strong>s</strong>�lo hu�a de ti.</p><p>��<strong>�</strong>se ser� un trabajo que te ahorrar�s de ahora en adelante.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>adie me hab�a fascinado tanto como �l con sus relatos fabulosos.</p><p><strong>n</strong>adie como �l despert� en m� el deseo de viajar y conocer tierras ex�ticas, remotos paisajes, gentes nuevas de costumbres ins�litas, animales y flores reci�n estrenados por mis ojos. <strong>p</strong>or desgracia, hasta ahora no he podido realizarlo.</p><p>��<strong>y</strong>o, <strong>b</strong>oabdil, como la granada y como t�, coronado nac�. <strong>p</strong>ertenezco a la familia imperial de <strong>e</strong>tiop�a, m�s antigua que el mundo, que se vio destronada por otra, enemiga aunque no de distinta sangre, hace ya quince a�os. <strong>t</strong>odos mis hermanos murieron; pero yo, a quien, por mi monstruosa apariencia confundieron con un esclavo desechable, logr� escapar de la matanza. <strong>e</strong>so prueba c�mo nunca se sabe qu� es lo malo o lo bueno, qu� lo que cae y qu� lo que se eleva, y c�mo hay algo siempre peor que lo peor. <strong>a</strong> m�, que me quejaba a los dioses de mi pueblo, antes de convertirme, por haberme hecho deforme y repugnante, qui�n me iba a decir que un d�a dar�a gracias al amor de <strong>d</strong>ios que, bajo este disfraz, salv� mi vida. <strong>m</strong>i nombre no es <strong>m</strong>uley; o a <strong>m</strong>uley deber�a seguir mi propio nombre. <strong>s</strong>oy <strong>f</strong>awcet, pr�ncipe de <strong>e</strong>tiop�a, aunque un pr�ncipe sin reino no es m�s que un vasallo que ha de ganarse el pan y la consideraci�n ajena, y mirar siempre el rostro de quien manda para procurar aligerarlo de nublados. <strong>d</strong>icen que engendra alegr�a beber en vasos de oro y oler narcisos; dicen que sentarse a la vera de un r�o junto a una mesa de array�n cura la melancol�a. <strong>y</strong>o, como copero de farsa que soy, sigo esas recomendaciones, salvo la de beber vino, porque acato los preceptos del <strong>p</strong>rofeta; pero lo �nico que con ello se consigue es reavivar los recuerdos de cuanto se tuvo y se perdi�. <strong>a</strong> pesar de todo, he aprendido de los andaluces la mejor lecci�n: disminuir las necesidades para disminuir las fatigas que cuesta satisfacerlas. <strong>y</strong> as� he llegado a necesitar muy pocas cosas, y esas pocas, muy poco. <strong>p</strong>orque la verdadera felicidad no est� en tener, amigo m�o, sino en ser y en no necesitar.</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o le planteaba la cuesti�n de si podr�a alguna vez sentarse en su trono familiar, y de si habr�a acertado al huir tan lejos de su patria.</p><p>��<strong>n</strong>adie -me contestaba- puede retener un reino sin contar con sus pobladores. <strong>q</strong>uiz� mi familia gobern� mal, y los s�bditos se sacudieron su yugo para siempre. <strong>p</strong>ero no hablemos del pasado: contar una cat�strofe es como perecer de nuevo bajo ella. <strong>h</strong>e visto demasiada hermosura en el universo como para entristecerme porque s�lo yo sea feo y desdichado. <strong>c</strong>u�nto me gustar�a ense�arte lo que llamas mi patria. <strong>y</strong>o nac� en el mismo macizo monta�oso en el que nace el <strong>n</strong>ilo <strong>a</strong>zul. <strong>s</strong>iguiendo su sendero de agua atraves� el <strong>s</strong>ud�n y el <strong>e</strong>gipto de los mamelucos y de los fatim�es. <strong>s</strong>erv� para lo que me mandaron servir, y complac� a quienes me asalariaban. <strong>h</strong>e sido esclavo libre tantas veces, que ya no veo diferencia entre la libertad y la esclavitud. <strong>h</strong>e desempe�ado oficios tan distintos, que podr�a naufragar en una isla solo y saldr�a adelante. <strong>h</strong>e tratado gente tan diversa, que nada hay ya que logre sorprenderme. <strong>s</strong>in embargo, a�oro aqu�, ante esta ciudad tan bella que un d�a heredar�s, las dimensiones de mi tierra. <strong>a</strong>�oro la lenta majestad de los leones, la serenidad indiferente y rayada de los tigres, los indescriptibles plumajes de las aves. <strong>a</strong>�oro una naturaleza no sometida al hombre, que se entrega, inagotable e incansable, sin esperar siquiera que nadie la recoja.</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o le mostraba mi colecci�n de animalitos de cer�mica, y �l me hablaba de animales inc�gnitos; de la jirafa, sobre todo, a instancias m�as. <strong>e</strong>ran tan expresivas sus palabras que las confundo a�n hoy con los versos de <strong>i</strong>bn <strong>z</strong>amrak. �<strong>e</strong>l poeta que colm� de aleyas y de ant�fonas las paredes de la <strong>a</strong>lhambra en la �poca de mi antepasado <strong>m</strong>ohamed <strong>v</strong>, y cuya historia, como ejemplo de la justicia de la vida, me complacer�a contar tarde o temprano, porque estoy convencido de que el que a hierro mata a hierro muere. <strong>d</strong>icen as�:</p><empty-line/><p>�<strong>d</strong>e terciopelo son sus flancos, tachonados de alhajas: la mano del destino recam� su prodigio.</p><p><strong>d</strong>eslumbrante su piel, como un jard�n donde florecen las juncias entre an�monas: blanca y jalde a la vez, igual que plata sostenida en oro.</p><p><strong>s</strong>emejante a unos arriates de narcisos en los altos ribazos donde serpea el arroyo�.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>uley me hac�a dibujos de flores, de fieras y de aves, que se cuidaba luego de romper para no quebrantar las normas del <strong>c</strong>or�n.</p><p><strong>m</strong>e describ�a criaturas incre�bles; r�os que, si yo hubiera so�ado, no habr�a conseguido so�ar nunca; gacelas con los cuernos m�s finos y altos y retorcidos que es dado imaginar; cabras tan distintas a las nuestras que jam�s les habr�amos dado ese nombre; paquidermos como edificios, y de piel m�s dura que las corazas de los guerreros; ingentes animales, inofensivos y cari�osos como p�jaros, y p�jaros que llevan los colores del iris en cada una de sus plumas. <strong>m</strong>e describ�a a los hombres que se comen unos a otros; a los que descansan apoyados sobre una sola pierna; a los que, igual que los cristianos, se alimentan de bestias impuras; a los que adoran piedras, o �rboles, o la <strong>l</strong>una, o el <strong>s</strong>ol; a los que gimen y gritan cuando sus mujeres est�n de parto, y a los que, para evitarles la vejez y sus tristezas, matan a sus padres por amor.</p><p>��<strong>a</strong>unque pienso -conclu�a- que lo mismo sucede en todos sitios.</p><p><strong>n</strong>os sorprendemos de aquello que no hemos visto desde ni�os; pero en <strong>g</strong>ranada hay tambi�n quienes adoran el dinero; quienes, para que se les considere, fingen el mismo sufrimiento que provocan; quienes descansan, como tu t�o <strong>y</strong>usuf, sin tenderse ni de noche ni de d�a; quienes destronan a su padre para sustituirlo en el poder�</p><p><strong>y</strong>o baj� los ojos al escuchar lo �ltimo, porque comprend� que se refer�a a mi padre, a quien no parec�a tener devoci�n excesiva.</p><empty-line/><p><strong>a</strong><strong>m</strong>uley toda la <strong>a</strong>lhambra lo hallaba grotesco y divertido igual que un chascarrillo inventado por la naturaleza. <strong>a</strong> m�, por el contrario, me parec�a solemne y variado como un libro que jam�s se acabase, y nunca me hartaba de escucharlo. <strong>�</strong>l era el �nico de los criados cuyo rostro no se cerraba al aparecer el amo a quien serv�a.</p><p><strong>e</strong>l �nico que adquir�a de repente una expresi�n se�orial y enigm�tica cuando entrecerraba los ojos, a pesar de tenerlos como huevos enrojecidos, y marcaba con los dedos sobre un tambor peque�o un ritmo volandero, tenaz y alucinante, que a m� me produc�a a veces sopor y a veces una excitaci�n incontenible.</p><p><strong>u</strong>na noche me fue a buscar y, contra el parecer de mis nodrizas, me sac� al patio bajo la fr�a luz de la luna llena, y me oblig� -tan s�lo con el son de unas frutas secas dentro de un cantarillo- a bailar y bailar lleno de gozo, mientras �l entonaba una insondable salmodia, y se mov�a m�s �gilmente que una bailarina, como si el peso de su jiba se hubiese evaporado.</p><p><strong>l</strong>as nodrizas, contagiadas por el alegre misterio, acabaron por acompa�arnos tambi�n con sus palmadas, hasta que un mayordomo nos orden� con muy malos modales volver a las alcobas.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>reo que fue al a�o siguiente -aunque insisto en que, para los ni�os, el tiempo se ampl�a o se empeque�ece, como un recipiente cuya importancia no depende de �l, sino de su contenido- cuando, a la vuelta de <strong>s</strong>alobre�a, no encontr� ya a <strong>m</strong>uley. <strong>u</strong>nos me dijeron que una noche se hab�a despe�ado desde el <strong>c</strong>erro del <strong>s</strong>ol, donde se aventur� a subir borracho; pero yo sab�a que �l era de los pocos que en la <strong>a</strong>lhambra no beb�a. <strong>o</strong>tros me dijeron que no hab�a regresado de la sierra, a la que subi� en busca de hierbas para los m�dicos. <strong>o</strong>tros me susurraron que mi padre hab�a mandado cortarle la cabeza, porque se neg� a burlarse de mi madre como le ordenaba <strong>s</strong>oraya. <strong>o</strong>tros, por fin, a los que me cuesta menos creer, me dijeron que, habiendo visto ya cuanto ten�a que ver en el <strong>r</strong>eino de <strong>g</strong>ranada, se fue a la <strong>c</strong>ristiandad a conocer otros lugares, otras costumbres y otras gentes.</p><p><strong>s</strong>ea de �l lo que fuere, me habr�a complacido tenerlo m�s tiempo junto a m�. <strong>h</strong>oy incluso, porque era alguien en quien se reflejaba el mundo entero. <strong>s</strong>ent� no haberme despedido de �l. <strong>d</strong>ificulto que haya otro hombre que merezca ser pr�ncipe m�s que �l, ni otro a quien le siente mejor el nombre de <strong>m</strong>uley.</p></section><section><title><p>ibrahim, el m�dico jud�o.</p></title><p><strong>d</strong>e cuantos m�dicos ejercen en la <strong>a</strong>lhambra, y su n�mero es grande, ninguno tan cercano a nosotros como <strong>i</strong>brahim. <strong>e</strong>ra minucioso y cargante: de una bondad y una paciencia tales que pon�an a prueba la paciencia y la bondad de todos.</p><p><strong>p</strong>erito en hidroterapia, ten�a una confianza acendrada en la virtud curativa de las aguas. �<strong>g</strong>ozaba fama de tener infalible ojo cl�nico y una estupenda facultad para diagnosticar; yo no estoy seguro de que a mi t�o <strong>y</strong>usuf le ayudara extraordinariamente, pero tampoco mi t�o se dejaba ayudar. <strong>o</strong>pinaba que el hombre hab�a nacido para la salud y que, si la perd�a, era por error suyo, aunque la naturaleza dispon�a de medios suficientes para devolv�rsela sin recurrir a la mano de otro hombre. <strong>r</strong>ecelaba de los astr�logos, y, a pesar de admirar a los cirujanos, los miraba por encima del hombro -lo cual es una paradoja-, por entender que las v�as de la naturaleza no es bueno contrariarlas, ni interrumpir sus ritmos. <strong>s</strong>e llevaba especialmente mal con otro m�dico, llamado <strong>a</strong>l� <strong>i</strong>bn <strong>m</strong>ohamed <strong>i</strong>bn <strong>m</strong>uslim, de notable habilidad en las intervenciones quir�rgicas, y su vanidad sufri� un rudo golpe cuando tuvo que ponerse en manos de su rival para que lo operara de cataratas, porque estaba perdiendo la vista a ojos vistas (si es tolerable hacer un retru�cano con algo tan grave).</p><p>�<strong>t</strong>engo entendido que las extirpan, o bien por extracci�n, o bien por reabsorci�n mediante agujas met�licas ahuecadas. <strong>c</strong>omentaba mi madre que en el plazo que su curaci�n hab�a impedido a <strong>i</strong>brahim tratarnos a nosotros, hab�amos gozado de envidiable salud.</p><p><strong>l</strong>a opini�n de mi madre es, sin embargo, rebatible; ella es poco propensa a contar con nadie que no sea ella misma. <strong>h</strong>asta tal punto que, siendo <strong>i</strong>brahim el responsable de sus viajes a <strong>a</strong>lhama para remediar su ci�tica -o fuese cual fuese la causa de sus molestias-, nunca le confes� que mejoraba, aunque continu� yendo a los ba�os con puntualidad, y llev�ndonos a mi hermana, a mi hermano y a m�, supongo que para aligerar su aburrimiento. <strong>a</strong>lguna vez nos acompa�� el propio m�dico. �<strong>c</strong>�mo olvidar esos viajes anuales? <strong>s</strong>u anuncio nos desvelaba desde muchos d�as antes, puesto que perd�amos memoria de un a�o para otro de lo pronto que nos hasti�bamos. <strong>y</strong>o, en cuanto ve�a el paisaje ondulado y f�rtil de las cercan�as de <strong>a</strong>lhama, las verdes vegas con tan vigilante amor cultivadas, las laderas de olivos, y las lejanas sierras, que hasta marzo conservaban a�n restos de la nieve, sent�a como un abandono interior, una disponibilidad, por gratitud quiz� al alejamiento de la monoton�a de la <strong>a</strong>lhambra. <strong>a</strong>�n hoy me enternecen el puentecito sobre el r�o, las ca�das de agua caliente, ferruginosa y salada, los barrancos con sus rocas todav�a no asentadas, los p�jaros que gorjean all� con otro brillo. <strong>y</strong>o paseaba bajo la arboleda. �<strong>p</strong>asear?: saltaba, como un p�jaro tambi�n, desde una franja de sol a la siguiente, y evitaba, casi volando, la sombra de las copas. <strong>e</strong>scuchaba el gran ruido de la cascada cerca del agua quieta, como un espejo rodeado de zarzas, donde los ruise�ores anidan. <strong>y</strong> siempre me sorprend�a comprobar que el agua humeante desembocara en un arroyo tan helado.</p><p><strong>e</strong>ra en <strong>a</strong>lhama donde las razones de <strong>i</strong>brahim, respetuoso investigador de la naturaleza, mejor se comprend�an.</p><empty-line/><p>�<strong>r</strong>eleyendo lo anterior, me viene a la memoria algo que quiz� nunca olvid�. <strong>u</strong>nos a�os despu�s de aqu�llos a los que se refieren estas l�neas, al salir de las termas romanas, que se hab�an conservado con sus hermosas esculturas, divis� a un muchacho tan gr�cil que nada ten�a que envidiar a los modelos de ellas. <strong>p</strong>ara entablar conversaci�n, le pregunt� no s� qu�. <strong>y</strong> �l, al ver de cerca al pr�ncipe heredero, sobrecogido y tembloroso, no logr� responder. <strong>v</strong>olvi� la espalda y huy�. <strong>y</strong>o me qued� a solas, observando un reba�o de cabras que trepaba por la otra orilla del r�o.</p><p><strong>e</strong>specialmente me fij� en una, coja, que se esforzaba en seguir a las dem�s, y renqueaba, y permanec�a la �ltima siempre, arreada por el pastor, y se deten�a un momento a descansar y considerar su mala suerte, y continuaba avanzando, fatigada y pesarosa, con su pata delantera r�gida e in�til. <strong>n</strong>o s� por qu� -o s�- recuerdo con tal viveza hoy a ese muchacho �gil que hu�a, y a esa cabra inv�lida que no pod�a aligerar.</p><empty-line/><p><strong>i</strong>brahim era muy religioso, y acud�a a todas partes con una bolsa en que transportaba, adem�s de las medicinas m�s habituales, la <strong>b</strong>iblia y la <strong>m</strong>isn�: para consultarlas si lo precisaba, o s�lo para sentirse acompa�ado. <strong>�</strong>l cumpl�a los preceptos de su religi�n con estricta observancia, y respetaba a los que cumpl�an con estricta observancia los preceptos de la propia.</p><p><strong>c</strong>uando se declar� la epidemia de peste, la gente la atribuy� a una conjunci�n nefasta de tres astros, y hasta algunos colegas de <strong>i</strong>brahim la juzgaron un azote divino descargado por nuestros pecados. <strong>s</strong>in embargo, <strong>i</strong>brahim, tan religioso, entendi� que todo eso eran tonter�as, y que se impon�a trabajar sin descanso en contra de planetas y de azotes. <strong>p</strong>regon� los peligros del contagio y la importancia del aislamiento de los enfermos; mand� hervir o quemar sus trajes y sus utensilios, y hasta los zarcillos de las mujeres; prohibi� concurrir a los ba�os p�blicos que dispersaban la contaminaci�n, y, en una palabra, atribuy� el mal a causas naturales, avivadas por la falta de higiene y por el hacinamiento y escasez de viviendas.</p><empty-line/><p><strong>�</strong>l sab�a que los de su raza hab�an sido -y ser�n, afirmabaperseguidos en <strong>g</strong>ranada y en muchos otros reinos. <strong>y</strong> sab�a que, en ocasiones, dieron motivos de persecuci�n a un pueblo empobrecido por usuras, por tributos que en gran parte ellos cobraban, y por los altos precios que deb�a pagar a los profesionales jud�os cuando los requer�a. <strong>i</strong>brahim habitaba en la juder�a, el barrio que trepa por la <strong>a</strong>ntequeruela -donde se refugiaron los fugitivos de <strong>a</strong>ntequera cuando la toma por el infante don <strong>f</strong>ernando- hasta las <strong>t</strong>orres <strong>b</strong>ermejas.</p><p>��<strong>a</strong>s� -dec�a-, estoy dispuesto a venir en cuanto me llamen. <strong>b</strong>asta tocar un silbato desde la <strong>a</strong>lhambra para que yo lo escuche.</p><p><strong>y</strong>, en efecto, comparec�a al instante con su bolsa repleta de hierbas, de remedios y de libros sagrados.</p><p><strong>s</strong>e reconoc�a de la escuela de <strong>i</strong>bn <strong>z</strong>arzar, un jud�o famoso que fue m�dico de <strong>p</strong>edro <strong>i</strong> de <strong>c</strong>astilla, y luego embajador suyo en <strong>g</strong>ranada ante <strong>m</strong>ohamed <strong>v</strong>, cuyos destierros y retornos sigui� para conservar la vida. <strong>i</strong>brahim estaba orgulloso de su antecesor, como f�sico y como hombre brillante partidario de dejar obrar a la naturaleza y despejar de obst�culos su acci�n. <strong>�</strong>l mismo era tambi�n hombre de gran predicamento; incluso, seg�n o�, un respetado talmudista, consultor de sus compa�eros de raza en las situaciones nebulosas que a menudo suscitan sus escrupulos�simas leyes. <strong>y</strong> m�s de una vez le escuch� dos afirmaciones. <strong>l</strong>a primera, que, para los andaluces, la religi�n es m�s que nada una cuesti�n de liturgia.</p><p>��<strong>y</strong> hablo de cualquiera de las tres religiones -puntualizaba-.</p><p><strong>u</strong>na serie de reglas pr�cticas, devociones o supersticiones para ganarse el <strong>p</strong>ara�so; una serie de amenazas y prohibiciones para evitar el mal f�sico, y, por fin, una serie de procedimientos con que conquistar el dominio social. <strong>e</strong>so es la religi�n para nosotros.</p><p><strong>y</strong> la otra afirmaci�n es que la superioridad literaria de los jud�os andaluces sobre los de otros pa�ses se debe, s�, a que son descendientes de las tribus de <strong>j</strong>ud� y <strong>b</strong>enjam�n; pero a�n m�s que a eso, al profundo aprendizaje de la lengua ar�biga, que hab�a enriquecido y ampliado la suya. <strong>i</strong>brahim, �l mismo, era la demostraci�n de cuanto dec�a: un hombre exquisita y firmemente religioso, que hablaba un bello �rabe cl�sico, pero salpicado por las deslumbrantes locuciones y los hallazgos del �rabe popular (con el acento de <strong>i</strong>mala, con el que aqu� lo pronunciamos), y aderezado con numerosas expresiones romances.</p><p>��<strong>a</strong>l fin y al cabo -afirmaba-, un idioma ha de servir para entenderse con los otros, no para ocultarse detr�s de �l.</p><empty-line/><p>���<strong>q</strong>ui�nes son los jud�os?</p><p>�<strong>q</strong>u� hay que hacer, o dejar de hacer para ser jud�o? -le preguntaba yo.</p><p>��<strong>e</strong>st� claro, jovencito: haber nacido de madre jud�a, o haberse convertido al juda�smo. <strong>p</strong>ero, si quieres saber mi opini�n, en el fondo, todas las religiones son la misma. <strong>a</strong>l menos, las tres que cohabitan en <strong>g</strong>ranada. <strong>s</strong>u diferencia depende de d�nde se detengan, de qui�nes sean sus �ltimos profetas.</p><p><strong>p</strong>ara nosotros, los del <strong>a</strong>ntiguo <strong>t</strong>estamento; para los cristianos, <strong>j</strong>es�s; para vosotros, <strong>m</strong>ahoma.</p><p><strong>p</strong>or eso muchas veces me asalta la duda de si yo soy un aut�ntico ortodoxo; aunque espero en <strong>d</strong>ios que as� sea, pero en el buen sentido de la palabra. <strong>y</strong>o le temo a los ortodoxos, porque suelen convertirse en fan�ticos. <strong>a</strong>cu�rdate de los almor�vides: para nuestra cultura y nuestra tranquilidad fueron como un martillo. <strong>e</strong>n la biblioteca de la <strong>a</strong>lhambra existe la copia de un libro escrito por el �ltimo rey zir�, que deber�as leer por si un d�a te encuentras en el mismo aprieto. <strong>a</strong> �l le arrebataron <strong>g</strong>ranada los ortodoxos, y lo desterraron a <strong>�</strong>frica. <strong>n</strong>o lo olvides, <strong>b</strong>oabdil. <strong>a</strong>bdal� fue tambi�n su nombre. <strong>v</strong>ivi� hace exactamente cuatro siglos.</p><p>��<strong>s</strong>i es como dices, �qu� diferencia hay entre las religiones para que sean tan incompatibles?</p><p>��<strong>q</strong>uiz� ellas no lo son, sino nosotros. <strong>a</strong>h� est� mi peligro de heterodoxia. <strong>d</strong>espu�s del exilio del pueblo jud�o a <strong>b</strong>abilonia, en el que no cant�bamos porque no �ramos libres y colgamos nuestras c�taras de los �rboles; despu�s de la destrucci�n del primer templo, surgi� entre los jud�os el temor a ser asimilados, a que se nos borrara como pueblo por la importancia de los vencedores, o por la importancia del helenismo en tiempo de los <strong>m</strong>acabeos. <strong>p</strong>or eso nuestro fin principal fue la continuidad, nuestra preservaci�n como pueblo con caracter�sticas propias y singularidades. <strong>y</strong> para ello se insisti�, sobre todas las cosas, en las prohibiciones, paralizando la evoluci�n. <strong>e</strong>n tales circunstancias, imag�nate qu� tragedia supuso la destrucci�n del segundo templo por los romanos. <strong>e</strong>llo confirm� nuestros temores. <strong>p</strong>udimos haber aceptado la doctrina de <strong>j</strong>es�s; pero sus seguidores gentiles la hicieron antag�nica del esp�ritu hebreo, y, por si fuera poco, mi pueblo perdi� la tierra prometida. <strong>t</strong>uvimos que defendernos, agruparnos, encerrarnos alrededor de nuestros rabinos: el <strong>t</strong>almud fue nuestra patria, el sustituto del suelo de la patria.</p><p><strong>c</strong>omo lo fue <strong>s</strong>efarad, es decir, <strong>a</strong>l <strong>a</strong>ndalus, desde hace muchos siglos. <strong>h</strong>ijo, el pueblo jud�o se ha visto obligado a luchar, a lo largo de toda la <strong>h</strong>istoria, por seguir siendo �l mismo. <strong>n</strong>uestra religi�n no es dogm�tica como la cristiana, ni reglamentadora de comportamientos como el <strong>i</strong>slam; nuestra religi�n es pol�tica: ha llegado a ser s�lo pol�tica. <strong>v</strong>osotros y los cristianos cre�is que nos empuj�is y reduc�s a un barrio, a una comunidad, a un gueto. <strong>n</strong>o es cierto: somos nosotros los que nos reducimos para guardarnos las espaldas unos a otros, para fortificarnos; porque, api�ados, nos defenderemos mejor de los contagios y las infiltraciones, resguardaremos mejor nuestra inmutabilidad. <strong>s</strong>er jud�o, <strong>b</strong>oabdil, es luchar sin tregua por seguir si�ndolo de la manera m�s rigurosa posible. <strong>y</strong> por intentar a toda costa mantenernos indigeribles, es por lo que perpetuamente seremos expulsados del cuerpo que no puede digerirnos a pesar de intentarlo: �sa es tambi�n una elemental ley de la naturaleza.</p><p><strong>d</strong>e ah� que, en los momentos buenos, sintamos la tentaci�n de abrir las puertas de nuestras juder�as para perfeccionarnos, para evitar el estancamiento y la estrangulaci�n; pero en seguida sucede algo terrible que nos convence de que a�n no ha sonado la hora, de que acaso la hora nunca suene.</p><p><strong>o</strong>jal�, cuando llegue la tuya, <strong>b</strong>oabdil, se te permita ayudarnos; si es que se te permite dejar de ayudarte a ti mismo.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>ab�amos llegado paseando, a las primeras horas de una tarde, ante la <strong>t</strong>orre del <strong>h</strong>omenaje sobre la <strong>p</strong>uerta de <strong>a</strong>rmas. <strong>i</strong>brahim no se agotaba nunca, una vez tocado su punto flaco. <strong>s</strong>e�alando la <strong>t</strong>orre, me dijo:</p><p>���<strong>c</strong>onoces la historia del jud�o que comenz� la construcci�n de la <strong>a</strong>lhambra?</p><p>���<strong>u</strong>n jud�o? -pregunt�, convencido de que <strong>i</strong>brahim incurr�a en un apasionamiento racista.</p><p>��<strong>s</strong>�; �l levant� esa torre, y despu�s se edificaron las dem�s y todos los palacios. <strong>e</strong>scucha. <strong>e</strong>sta historia pone de manifiesto lo malo y lo bueno de mi pueblo. <strong>e</strong>l predecesor de <strong>a</strong>bdal�, el �ltimo zir� de que te habl�, fue su abuelo <strong>a</strong>l <strong>m</strong>uzafar. <strong>e</strong>ntreg�ndolo a una vida de cr�pula, se hab�a adue�ado de su reino un jud�o que comenz� de administrador. <strong>s</strong>e llamaba <strong>i</strong>bn <strong>n</strong>agrela. <strong>g</strong>obernaba a su antojo, cuando le sali� un contrincante.</p><p><strong>u</strong>n antiguo esclavo de <strong>a</strong>lmutamid de <strong>s</strong>evilla, que form� parte de una conjura contra su rey, lleg� a <strong>g</strong>ranada precedido de fama y reclamado por los esclavos negros del sult�n, que lo erigieron en jefe.</p><p><strong>a</strong>l <strong>n</strong>aya, el sevillano, con su creciente influencia, m�s militar que administrativa, encelaba a <strong>i</strong>bn <strong>n</strong>agrela, al que <strong>a</strong>bdal� en su cr�nica designa siempre como �el <strong>p</strong>uerco�. <strong>p</strong>ues bien, �el <strong>p</strong>uerco�, sinti�ndose en declive, con el af�n de precaverse, calcul� que la soluci�n era ofrecerle <strong>g</strong>ranada al rey de <strong>a</strong>lmer�a, al <strong>m</strong>utasin <strong>i</strong>bn <strong>s</strong>umad�, que, por agradecimiento, respetar�a sus privilegios. <strong>l</strong>a comunidad jud�a y sus rabinos le aconsejaron que tomase sus bienes y se fugase antes de que <strong>a</strong>l <strong>n</strong>aya acabara con �l; pero <strong>i</strong>bn <strong>n</strong>agrela se aferr� a su decisi�n, convencido de que, huyera donde huyera, <strong>a</strong>l <strong>n</strong>aya y el sult�n lo perseguir�an.</p><p>�<strong>e</strong>ntr�, por tanto, en contacto con el rey de <strong>a</strong>lmer�a, pero �ste le exigi� avales, porque, siendo <strong>g</strong>ranada la ciudad mejor defendida, le asustaba una derrota que le har�a perder su propio reino. <strong>i</strong>bn <strong>n</strong>agrela comenz� sus intrigas: mand� a los castillos principales del reino a los esclavos negros, a quienes indispuso con <strong>a</strong>l <strong>n</strong>aya, gan�ndoselos con tal comportamiento: por el contrario, los castillos secundarios los desguarneci� para que <strong>i</strong>bn <strong>s</strong>umad� pudiese conquistarlos con facilidad. <strong>c</strong>omo el jud�o y el sevillano, cada cual por su conveniencia, ten�an al sult�n placenteramente apartado de la vista del pueblo, comenzaron los granadinos a creer que hab�a muerto y que el jud�o les ocultaba la verdad. <strong>a</strong><strong>i</strong>bn <strong>n</strong>agrela le urg�a la toma de <strong>g</strong>ranada por el rey de <strong>a</strong>lmer�a, que, due�o de bastantes fortalezas menores, no osaba a�n acercarse a la capital. <strong>e</strong>sta tardanza dio lugar a que el populacho se rebelara, una vez m�s, contra los jud�os, pretendiendo, una vez m�s, sacar tajada de ellos.</p><p>�<strong>i</strong>bn <strong>n</strong>agrela, por si llegaba el caso que lleg�, hab�a resuelto construir esta fortaleza para protegerse con su familia una vez conquistada <strong>g</strong>ranada por el de <strong>a</strong>lmer�a, hasta que se apaciguasen los �nimos. <strong>p</strong>ero el pueblo y los nobles, que s�lo en las grandes algaradas se unen, le atacaron, ayudados y enfervorizados por los esclavos negros, que salieron borrachos de una reuni�n pregonando a voces la muerte del sult�n. <strong>i</strong>bn <strong>n</strong>agrela se ingeni� para mostrarlo vivo al gent�o, disfrazando para ello a alguien de su casa, desde una ventana de esa <strong>t</strong>orre. <strong>p</strong>ero los esclavos ya hab�an publicado que el rey de <strong>a</strong>lmer�a se aproximaba (lo que no era cierto), y se sumaron en contra demasiados factores: la aversi�n a los jud�os, la exageraci�n de su perfidia, la generalizaci�n a todos de los defectos de unos cuantos y de la ambici�n de uno solo, el acaparamiento de cargos y prebendas, la ruptura de las tradiciones zir�es, y el miedo a una conquista provocada.</p><p><strong>c</strong>iegos y embravecidos por el odio y el ansia de bot�n, consiguieron entrar en aquel primer cuerpo de la <strong>a</strong>lhambra incipiente y matar a <strong>i</strong>bn <strong>n</strong>agrela. <strong>d</strong>espu�s pasaron a espada, c�mo no, a todos los jud�os de la ciudad, aunque alguno qued�, como sucede siempre. <strong>a</strong>lguno, en efecto, que no tard� en hacerse con las riendas del nuevo gobierno.</p><p><strong>m</strong>ira, pues, <strong>b</strong>oabdil, c�mo este relato veraz demuestra que la <strong>a</strong>lhambra es obra de la previsi�n y el poder de un hombre de mi raza.</p><p><strong>y</strong> re�a el buen <strong>i</strong>brahim de sus propias palabras, que a pies juntillas yo cre�, ya que nada m�s lejos que la mentira de una persona tan pulcra y tan honrada.</p><empty-line/><p><strong>i</strong>brahim ten�a tantos hijos como tribus <strong>i</strong>srael. <strong>s</strong>u prole era numeros�sima; como si s�lo a �l se le hubiese encomendado la perduraci�n de su pueblo. <strong>v</strong>ivi� muchos a�os.</p><p><strong>h</strong>ace uno s�lo que ha muerto, o mejor, que se ha extinguido, seg�n la <strong>n</strong>aturaleza que a �l le complac�a respetar, entre el amor de su familia. <strong>e</strong>spero que en la <strong>s</strong>i�n celestial lo recibieran el <strong>c</strong>oro de los <strong>a</strong>ncianos y la bienvenida de <strong>y</strong>ahv�. <strong>s</strong>in embargo, confieso que siempre he considerado a <strong>y</strong>ahv� poco propicio a ofrecer bienvenidas.</p></section><section><title><p>el eunuco nasim.</p></title><p><strong>l</strong>a primera vez que tropec� con �l fue a causa de un tropiezo. <strong>m</strong>e explicar� mejor. <strong>m</strong>i hermano <strong>y</strong>usuf y yo jug�bamos una tarde en los jardines que hay ante el palacio de <strong>m</strong>ohamed <strong>v</strong>, donde est� la fuente de los leones. <strong>l</strong>as dependencias de la <strong>s</strong>ecretar�a hab�an sido ya cerradas, y nos entreten�amos viendo a los administradores y a los secretarios, con ese aire contrito e impersonal que caracteriza a los que escriben mucho, arqueada la espalda, de asuntos que no les interesan. <strong>y</strong>usuf y yo entramos en �la sala de la ayuda�. (<strong>l</strong>a llam�bamos as� entre nosotros porque sus muros tienen grabada de suelo a techo una misma aleya, que inicia esa palabra, con la reiteraci�n que pusieron en su quehacer los decoradores de la <strong>a</strong>lhambra. <strong>u</strong>na reiteraci�n que produce cierto mareo, como si uno estuviese rodeado de infinito, a fuerza de mirar las mismas frases innumerablemente repetidas.) <strong>c</strong>orr�amos uno detr�s de otro, acos�ndonos y agarr�ndonos de la ropa. <strong>y</strong>usuf me hab�a desgarrado una manga, y yo, con un agudo grito, me desprend� de �l. <strong>p</strong>as� entre unos cuantos secretarios sin mirarlos, y todos se apartaron. <strong>m</strong>enos uno, contra el que choqu� de forma irremediable. <strong>a</strong>si�ndome del cuello, me dio una bofetada. <strong>l</strong>evant� los ojos desconcertado, y vi que era el sult�n.</p><p>���<strong>d</strong>e qui�n es este ni�o?</p><p>��<strong>d</strong>e la sultana <strong>a</strong>ixa, se�or -dijo una voz.</p><p>��<strong>p</strong>ues dile a la sultana que lo eduque mejor; que le proh�ba alborotar y gritar como una mujerzuela.</p><p><strong>y</strong> apr�ndelo t� mismo.</p><p><strong>l</strong>uego continu� despacio entre su comitiva, hablando de alg�n tema de mayor inter�s.</p><p><strong>y</strong>o permanec� inm�vil y azorado.</p><p><strong>y</strong>usuf hab�a desaparecido, lo que hac�a con admirable habilidad.</p><p><strong>s</strong>�lo estaba a mi lado el due�o de la voz, que me conoc�a, aunque yo lo desconociera. <strong>e</strong>ra blanco como el arroz con leche, de labios rojos y delicada cara casi infantil; rubio y sin barba, y de buena estatura, aunque no ten�a el cuerpo tan fino como el rostro. <strong>u</strong>n rostro que en aquel momento me sonre�a con un asomo de confabulaci�n.</p><p>��<strong>m</strong>e ha confundido con uno de tus ayos. <strong>n</strong>o me disgustar�a serlo, porque eres muy agradable. �<strong>q</strong>u� haces aqu� a estas horas?</p><p>��<strong>j</strong>ugaba -respond�.</p><p>���<strong>t</strong>� solo? �<strong>n</strong>o tienes amigos?</p><p>�<strong>d</strong>e qui�n hu�as? -<strong>y</strong> concluy� riendo-: �<strong>d</strong>e ti mismo?</p><p>��<strong>s</strong>�.</p><p>��<strong>p</strong>ues huir de uno mismo es mala cosa. <strong>a</strong>cabar�s por no encontrarte nunca. -<strong>c</strong>ambi� de tono para preguntar-: �<strong>t</strong>� eres el mayor o el peque�o?</p><p>��<strong>e</strong>l mayor.</p><p>��<strong>p</strong>or tanto, eres <strong>b</strong>oabdil, el futuro heredero si no lo estropea este encontronazo. -<strong>m</strong>e escrutaba con indiscreci�n-. <strong>y</strong>o me llamo <strong>n</strong>asim. �<strong>q</strong>ue quiere decir �brisa�.</p><p><strong>e</strong>l nombre le sentaba como anillo al dedo: d�bil, pero persistente; y aun menos d�bil de lo que su cara denotaba, porque sus caderas eran marcadas y altas, un tanto femeninas.</p><p>���<strong>v</strong>ives aqu�? -le pregunt�.</p><p>��<strong>t</strong>rabajo aqu�. <strong>e</strong>n el har�n; pero hoy no tengo guardia. <strong>i</strong>ba con un grupo de amigos, cuando te diste de cara con el <strong>c</strong>onsejo en pleno.</p><p>�<strong>e</strong>n d�nde vives ahora?</p><p>��<strong>c</strong>on mi madre -me arrepent� de haberlo dicho, y �l lo not�.</p><p>��<strong>n</strong>o temas; no le transmitir� el encargo del sult�n. <strong>t</strong>odo eso ya pas�. -<strong>e</strong>ch� a andar-. <strong>a</strong> estas horas suelo estar en los ba�os, o en este mismo sitio. <strong>s</strong>i quieres que nos volvamos a ver, a m� me gustar�.</p><p>��<strong>d</strong>ios te guarde -le dije, y corr� en busca de <strong>y</strong>usuf.</p><p><strong>p</strong>ero <strong>y</strong>usuf estaba escondido detr�s de una columna exactamente a dos palmos de m�; su risotada me detuvo en seco.</p><p>��<strong>e</strong>s un eunuco -me dijo en voz muy baja-. <strong>n</strong>o tiene la cosita que duele en la circuncisi�n.</p><p>���<strong>p</strong>or eso parece un ni�o grande?</p><p>��<strong>n</strong>o lo s�, pero habr� que enterarse. <strong>y</strong>o no querr�a estar sin barba toda la vida.</p><p>��<strong>p</strong>ues eres rubio como �l -le advert� con muy mala intenci�n.</p><p>��<strong>p</strong>ero el que ha hecho la amistad has sido t�.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o tard� en informarme, m�s o menos, de qu� era ser eunuco, y de qui�n era <strong>n</strong>asim. <strong>t</strong>en�a reputaci�n de magn�fico alcahuete: suave, convincente, educado, portador de los m�s refinados mensajes y de los regalos m�s costosos. <strong>g</strong>ozaba, a causa de su puesto, de m�ltiples y favorables ocasiones. <strong>n</strong>o es que fuese uno de los grandes eunucos que se ocupan de la pol�tica, pero ten�a una buena preparaci�n y disfrutaba del respeto general. <strong>s</strong>e le estimaba como sirviente cumplidor, y todos le vaticinaban una buena carrera. <strong>i</strong>ncluso como poeta, porque seg�n <strong>s</strong>ubh, aspiraba a ser poeta de la corte y en v�as de ello estaba.</p><p><strong>m</strong>i amigo <strong>m</strong>uley, cuando me refer� a <strong>n</strong>asim, se ech� a re�r.</p><p>��<strong>p</strong>uede proporcionarte muchos datos que te ser�n muy �tiles. <strong>p</strong>or la <strong>a</strong>lhambra circulan unos versos que t� no entender�s; pero si un d�a deseas halagarlo, rec�taselos:</p><empty-line/><p>�<strong>t</strong>u cuerpo es una rama de sauce, y tu rostro, la luna llena sobre el estanque, amada.</p><p><strong>p</strong>ero no alardees de no otorgar a quien tanto te ama nada tuyo, porque mi mensajero es <strong>n</strong>asim, y las ramas terminan siempre por doblegarse ante la brisa, y hasta la luna, por dejarse mecer bajo su soplo�.</p><empty-line/><p>�<strong>s</strong>upongo que le encantar� o�rtelos. <strong>e</strong>st� orgulloso de sus tejemanejes, y con toda raz�n.</p><p><strong>u</strong>nos d�as <strong>n</strong>asim me dec�a que era de <strong>e</strong>slavonia, y otros, de <strong>c</strong>atalu�a. <strong>n</strong>o s� si quer�a encubrir su origen, o es que lo desconoc�a y lo inventaba de acuerdo con las circunstancias. <strong>p</strong>or lo que deduje, ignoraba qui�n lo hab�a conducido a su actual estado y por qu� albures hab�a llegado hasta <strong>g</strong>ranada. <strong>f</strong>ue esclavo, pero ya no lo era, porque mi padre lo hab�a liberado en pago de no s� qu�. <strong>�</strong>l sonre�a con misterio cuando alud�a a aquel servicio, y a m� me daba la impresi�n de que deb�a de estar relacionado con <strong>s</strong>oraya, la concubina. <strong>h</strong>ablaba de ella con devoci�n, y yo intu� que pertenec�a a un partido contrario al de mi madre, aunque hasta ese momento ignoraba la existencia de dos partidos tan poderosos dentro del har�n.</p><p><strong>n</strong>unca habr�a imaginado que mi madre anduviese en lenguas de la gente, y puedo afirmar que mi madre tampoco. <strong>p</strong>ero, por lo visto, as� era. <strong>s</strong>oraya se hab�a llamado antes <strong>i</strong>sabel, y fue hija del comendador de <strong>b</strong>�zmar, don <strong>s</strong>ancho <strong>j</strong>im�nez de <strong>s</strong>ol�s. <strong>l</strong>a apresaron en una incursi�n de la frontera y, adjudicada a mi padre, se la destin� a la servidumbre de mi hermana, de su edad m�s o menos. <strong>e</strong>l sult�n la vio un d�a y se prend� de su belleza, en elogio de la cual se deshac�a <strong>n</strong>asim.</p><p>��<strong>e</strong>l har�n est� lleno de mujeres -me dec�a-. <strong>t</strong>odas son bellas de alg�n modo. <strong>p</strong>ero a <strong>s</strong>oraya ninguna es comparable. <strong>�</strong>se es su m�rito. <strong>n</strong>o es cuesti�n del tama�o y el fulgor de los ojos, ni de la lisura de la tez, ni de la carnosidad de los labios, ni de cualquier otra perfecci�n. <strong>s</strong>�lo vi�ndola puede comprenderse. <strong>e</strong>s como un palacio, cuya fachada es tan hermosa que uno no aspira a llegar m�s que al umbral, y se queda ante ella perplejo y deslumbrado, satisfecho de que lo dejen estar all�, casi saciado ya. <strong>s</strong>e necesita habituarse, a lo largo de d�as y d�as, para acomodar nuestros ojos a su luz. <strong>y</strong> nadie que no sea el m�s poderoso puede arriesgarse a entrar.</p><p><strong>n</strong>inguna de las madres del har�n se hab�a preocupado por <strong>s</strong>oraya, ni siquiera ante la predilecci�n de mi padre tan mudadiza, hasta que se convirti� al <strong>i</strong>slam. <strong>c</strong>on ello, dej� clara su intenci�n de ascender y de desplazar a mi madre. <strong>r</strong>ota su esclavitud por su conversi�n, y afianzada por el nacimiento de su primer hijo, abandon� el har�n, y habit� en una de las torres exentas. <strong>p</strong>ero, seg�n aseguraba <strong>n</strong>asim, cuyo blas�n consist�a en estar al corriente de cuantos dimes y diretes herv�an por la corte, poco durar�a all�; mi padre le estaba habilitando uno de los palacios del <strong>a</strong>lbayz�n, de acuerdo con las demandas de ella, que exig�a el tratamiento y el fasto de sultana.</p><p><strong>n</strong>asim me contaba que la irritaci�n de mi padre por mi tropiezo con �l fue consecuencia de otro tropiezo bastante m�s serio. <strong>m</strong>i madre y <strong>s</strong>oraya hab�an coincidido, entre otras concubinas, en una fiesta que se dio con motivo de la venida de unos ta�edores desde <strong>m</strong>�laga. <strong>l</strong>a coincidencia se produjo a instancias de <strong>s</strong>oraya, que deseaba ya ostentar en p�blico su supremac�a. <strong>s</strong>in embargo, mi madre trat� con desprecio a la favorita; tanto, que �sta, herida en su amor propio, cuando lleg� mi padre, acus� a la sultana de desacato, cosa absolutamente inusual en la corte de <strong>g</strong>ranada. <strong>y</strong> mi padre, en lugar de serenar la situaci�n, devolver las aguas a su cauce, y cada mujer a su sitio, recrimin� en p�blico con dureza a mi madre. <strong>n</strong>unca lo hubiera hecho: mi madre, colmada, sac� de su escarcela unas tijeras -<strong>n</strong>asim opina que mi madre, m�s inteligente, hab�a previsto todo- y, con la rapidez de un rel�mpago, le cort� a <strong>s</strong>oraya su gruesa trenza de color leonado. <strong>e</strong>l alarido que dio la favorita se oy� hasta en <strong>s</strong>ierra <strong>e</strong>lvira. <strong>n</strong>aturalmente mi madre, por razones de seguridad, hubo de salir aquella misma noche de la <strong>a</strong>lhambra; pero fue a ocupar el palacio que mi padre dispon�a para la otra, que era propiedad suya. <strong>c</strong>on esto fracas� el ambicioso proyecto de <strong>s</strong>oraya, que estaba embarazada entonces de su segundo hijo, y llena de antojos y melindres.</p><p><strong>m</strong>ovido por una curiosidad no s� si infantil, porfi� por conocer a <strong>s</strong>oraya. <strong>n</strong>o fue dif�cil que <strong>n</strong>asim lo consiguiera. <strong>m</strong>e condujo un d�a a la torre que hay junto a la de mi t�o <strong>y</strong>usuf, la tercera en el camino del <strong>g</strong>eneralife. <strong>e</strong>s una calahorra que construy� <strong>y</strong>usuf <strong>i</strong>, las inscripciones de cuyas cuatro esquinas son versos de <strong>i</strong>bn al <strong>y</strong>ayab. <strong>a</strong> trav�s de la claraboya que da al patio, despu�s de aguardar un buen rato, vi cruzar a la favorita.</p><p><strong>l</strong>a verdad es que cualquier comparaci�n con mi madre, sea mucho o poco el amor que yo le tenga, carece de sentido. <strong>m</strong>i madre es arrogante, majestuosa y solemne; camina, habla y gesticula como una mujer educada para caminar -o ser�a mejor decir para desplazarse-, hablar y gesticular en p�blico. <strong>n</strong>o obstante, su cara es adusta, levemente asim�trica y, si no fuese mi madre, me atrever�a a decir que algo hombruna. <strong>e</strong>s lo contrario de lo que ocurre con la cara de <strong>n</strong>asim y, much�simo m�s a�n, con la de <strong>s</strong>oraya. <strong>d</strong>ice la tradici�n que hay unas hur�es en el <strong>p</strong>ara�so que se llaman a�n. <strong>e</strong>st�n conformadas de cuatro materias preciosas: desde los pies a las rodillas son de azafr�n; de las rodillas a los pechos, de almizcle; de los pechos a los cabellos, de alcanfor, y sus cabellos son de seda pura. <strong>e</strong>n el seno llevan escritas estas palabras: �<strong>q</strong>uien quiera ser mi due�o, que obre en la obediencia del <strong>s</strong>e�or�. �<strong>y</strong> si una de ellas escupiese en el mar, endulzar�a el agua. <strong>p</strong>or lo que pude ver, <strong>s</strong>oraya no est� hecha de retazos, ni necesita tanta mezcolanza para resultar �nica. <strong>y</strong>o era un ni�o, pero al verla me deslumbr� lo que a�n no conoc�a: su poder irresistible; al fin y al cabo, la raz�n que adquiere un adulto no es m�s que el envejecimiento de la inocencia. <strong>n</strong>o es que en m� despertase un deseo; era a�n peor, porque, sin desearla, me sent� dominado por la atracci�n que <strong>s</strong>oraya provoca en todo el que la ve. <strong>n</strong>unca se justific� tanto el velo femenino. <strong>n</strong>o me entender� quien tenga junto al suyo un cuerpo de hermosura dom�stica y trivial, de una hermosura subjetiva, agradable y afrodis�aca; s�lo quien se haya inclinado y bebido en la abrasadora fuente de la belleza: la belleza absoluta, que disculpa cualquier guerra, cualquier crimen y las mayores injusticias; la belleza por cuya posesi�n los hombres son empujados a perder o a quitar el honor y la vida.</p><p><strong>m</strong>i padre hab�a contra�do ya matrimonio con <strong>s</strong>oraya y otorg�dole rango de sultana. <strong>u</strong>na ma�ana mand� llamar al misuar, que era el guardi�n de su estado y persona, y su justicia mayor, y le orden� que se apostase a la puerta de la torre de la joven. <strong>s</strong>in necesidad de alharacas, aquello indicaba que una persona real habitaba all�. <strong>p</strong>or su parte, <strong>s</strong>oraya recibe los honores y homenajes con la naturalidad de quien, sin haber nacido entre reyes como mi madre, es depositaria de la belleza a la que todos los hombres deben pleites�a. <strong>s</strong>i esta mujer ha determinado ser reina de <strong>g</strong>ranada -y as� lo certifica <strong>n</strong>asim, que no s� a cu�ntas cartas apuesta-, raro ser� que no lo consiga, a pesar de mi madre.</p><p>��<strong>y</strong> -agregaba- si ha determinado que sus hijos sean reyes, tu hermano y t� deber�ais moveros con precauci�n extrema. <strong>s</strong>�lo porque tu madre es h�bil y hacendada, y tiene de su parte a la mayor�a del ej�rcito, de la nobleza y del comercio, no hab�is sido ya desplazados. <strong>t</strong>u padre hace tiempo que no ve m�s que por los ojos de <strong>s</strong>oraya, y el visir <strong>a</strong>bul <strong>k</strong>asim <strong>b</strong>enegas atiza cuanto puede tal pasi�n, remunerado con largueza por la que la suscita.</p><p>��<strong>p</strong>ero, �de qu� bando eres t�, si es que hay dos bandos?</p><p>��<strong>l</strong>os hay, y no soy de ninguno: �qu� ha de poder un pobre eunuco?</p><p><strong>o</strong> estoy quiz� en medio de las dos rivales, a la espera de que las cosas tomen un rumbo cierto.</p><p>��<strong>p</strong>ero �qu� rumbo querr�as que tomaran?</p><p>��<strong>e</strong>l m�o, <strong>b</strong>oabdil -dijo riendo-. <strong>n</strong>o obstante, ahora que te conozco, quiero que el r�o no se desborde, y que vaya a moler a tu molino.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>asim me acariciaba con ternura, y abandonaba, con aparente despreocupaci�n, su mano en mis hombros, en mi cuello, en mi talle.</p><p><strong>p</strong>or un lado, eso produc�a en m� un rechazo; pero, por otro, me lisonjeaba, y me excitaba la excitaci�n que demostraban sus caricias. <strong>n</strong>o es que me ofreciera a ellas, pero fing�a no notarlas. <strong>q</strong>u� complicada es el alma de un ni�o, al mismo tiempo transparente y herm�tica.</p><p>��<strong>e</strong>res muy guapo -me murmur� al o�do <strong>n</strong>asim una templada tarde de mayo-. <strong>m</strong>�s guapo te encuentro cuanto m�s te veo. <strong>y</strong> eso es extra�o en m�, que en seguida me canso de las cosas. -<strong>y</strong>, despu�s de mirarme largo rato con los ojos h�medos, concluy�-: <strong>s</strong>i <strong>s</strong>oraya fuese ni�o, ser�a igual que t�.</p><empty-line/><p><strong>u</strong>n anochecer, cerrada ya la canciller�a, subimos a la <strong>t</strong>orre de <strong>c</strong>omares. <strong>c</strong>omenzaba a cerrarse muy despacio la noche. <strong>n</strong>asim abri� con una llave prestada -ten�a amigos en todas partes- una puerta situada al lado contrario del oratorio, y ascendimos por la estrecha escalera, en lo alto de cuyos descansillos se abren unas menudas y graciosas c�pulas. <strong>e</strong>staban abiertas las ventanas de las espaciosas naves donde trabajan los encargados de la secretar�a.</p><p>��<strong>t</strong>u padre -iba dici�ndome <strong>n</strong>asim- ha agilizado tanto las tramitaciones que hasta los granadinos, que son los s�bditos m�s descontentadizos del mundo, se lo aplauden.</p><p><strong>d</strong>e repente, vi flotar y entrechocarse varias sombras. <strong>s</strong>e proyectaban agrandadas -<strong>n</strong>asim llevaba una luz- sobre los muros. <strong>e</strong>l eunuco apoyaba su mano libre sobre mi hombro, y, al seguir mi mirada, comprendi� por qu� me hab�a detenido.</p><p>��<strong>s</strong>on murci�lagos -dijo con ligereza.</p><p><strong>a</strong> m� me pareci� indecente gritar y descender como una exhalaci�n las escaleras, que era lo que el cuerpo me ped�a; pero me refugi� en el suyo, y �l me estrech� como si lo esperara. <strong>y</strong>o entrev� vagamente que por eso hab�a avivado mi af�n por visitar las salas de la <strong>a</strong>dministraci�n; pero �qu� pod�a hacer?: all� estaban los murci�lagos. <strong>p</strong>ermanec� petrificado mientras, una vez dejada en el suelo la luz, <strong>n</strong>asim me tom� entre sus brazos y me bes� con devoto entusiasmo, al tiempo que sus entrecortados susurros me tranquilizaban.</p><empty-line/><p>���<strong>q</strong>ue qu� es un har�n? -exclam� ante mi insistencia-. <strong>y</strong>a lo sabes, y si no, te lo imaginas: un batiburrillo de mujeres que arden por pasar el mayor n�mero posible de noches con su due�o. <strong>n</strong>o por amor (en un har�n no lo hay; si lo hubiera, lista estar�a la que lo sintiese), sino por conseguir una preferencia, un favor, o simplemente un tarro de ung�ento o de perfume, o un velo nuevo. <strong>a</strong> la que intriga en contra de la voluntad del amo, se le corta la cabeza, o desaparece una noche sin dejar huella alguna; a la que incordia, se la echa; a la que es repudiada, porque fue una de las cuatro esposas permitidas, se le proporciona una habitaci�n fuera, a no ser que se resigne a su declive. <strong>e</strong>n un har�n las �nicas contentas son las que aspiran s�lo a acicalarse, gulusmear y estar ociosas, sin cuidarse de hijos, ni de comidas, ni de maridos, ni de suegras; las que aspiran s�lo a chacharear, a o�r m�sicas y canciones, y a aguardar engordando al due�o o al que traiga sus mensajes.</p><p><strong>e</strong>ra casi de noche cuando me introdujo en el har�n. <strong>l</strong>a guardia nos observ� con simpat�a. <strong>e</strong>ra primavera avanzada, y no s� ahora por qu� -y supongo que entonces tampoco- yo estaba triste. <strong>a</strong>l desembocar en el segundo tramo de la escalera, se me sali� una babucha.</p><p><strong>n</strong>asim, en cuclillas, la bes� y me calz� de nuevo. <strong>c</strong>on el dedo �ndice sobre los labios me indicaba que guardara silencio, aunque la barah�nda que ven�a de arriba era espeluznante: gritos, insultos, risotadas, m�sicas. <strong>l</strong>as alcobas de las concubinas daban a un pasillo no muy ancho, cuyo z�calo imitaba con pintura la azulejer�a de los salones del palacio. <strong>y</strong>o ve�a a trav�s de una ventana moverse los laureles de un patio, y eso me entristeci� m�s a�n. <strong>a</strong> la altura de una puerta, <strong>n</strong>asim dijo:</p><p>��<strong>�</strong>sta era la habitaci�n de <strong>s</strong>oraya, al principio. <strong>a</strong>hora vive una negra.</p><p><strong>s</strong>ali�, en efecto, la negra.</p><p><strong>e</strong>ra alta y flexible, con una boca grande y la nariz aplastada. <strong>m</strong>e pareci� imponente, pero no repulsiva. <strong>l</strong>levaba unas cintas de colores prendidas en su pelo arracimado, y sonre�a de modo tan total que la sonrisa le rebosaba de la cara y le resbalaba cuerpo abajo.</p><p><strong>s</strong>e conoce que estaba en connivencia con <strong>n</strong>asim, porque �ste le dej� en las manos un min�sculo paquete, y recibi� a su vez algo que yo no vi. <strong>e</strong>n el patio del har�n se ergu�an dos columnas de m�rmol muy oscuro que jam�s he olvidado. <strong>i</strong>gnoro la raz�n; acaso porque las asoci� a la concubina negra. <strong>a</strong> la salida tropec� con una viga atravesada que sobresal�a, sin duda el sost�n de una de las c�pulas que coronan los salones de abajo. <strong>e</strong>l leve dolor del pie me distrajo de la tristeza, que alguna subterr�nea relaci�n guardaba con mi madre.</p><p><strong>e</strong>s cuanto recuerdo de aquella visita. <strong>y</strong> el llanto de uno o dos ni�os de pecho, y el trasiego de nodrizas, criadas, gruesas ta�edoras, bailarinas -que quiz� no eran tales, sino concubinas del propio har�n- y una vendedora, anciana y desdentada, de encajes y abalorios. <strong>a</strong>l bajar el primer tramo de la escalera, pensaba en la fatiga de mi padre para tener satisfecho a tal hato de hembras; aunque, por mi edad, no me fijaba en otra satisfacci�n que la del simple y vulgar mantenimiento.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>o que m�s me maravillaba de <strong>n</strong>asim era su capacidad para eclipsarse cuando alguien respetable aparec�a. <strong>m</strong>i hermano <strong>y</strong>usuf se eclipsaba un momento y m�s bien por diversi�n, pero <strong>n</strong>asim se evaporaba. <strong>n</strong>o se ten�a la sensaci�n de que hubiera desaparecido, sino la de que no hab�a estado nunca. <strong>u</strong>no quedaba convencido de haber sido v�ctima de una alucinaci�n, y de que estaba y hab�a estado a solas.</p><p><strong>l</strong>a primera vez que mostr� tal destacada facultad, despu�s de alg�n tiempo de tratarlo, estaba refiri�ndose a las ventanas con celos�as de un piso alto, que dan a un armonioso patio con una alberca profunda e indiferente. <strong>m</strong>e dec�a:</p><p>���<strong>a</strong> que no sabes qu� es lo que hab�a ah�? <strong>a</strong>ntes, pero no mucho antes.</p><p>��<strong>n</strong>o lo s�. �<strong>a</strong>lgunos oficios de la canciller�a?</p><p>��<strong>n</strong>o. <strong>e</strong>so es ahora. <strong>e</strong>n tiempos de <strong>i</strong>smail <strong>II</strong>, el que se peinaba con trenzas que le llegaban hasta la cintura, enredadas con hilos de oro y sedas, ah� hab�a un har�n masculino.</p><p>��<strong>d</strong>e eso hace m�s de un siglo -repliqu� con involuntario despecho.</p><p>��<strong>t</strong>ambi�n lo hubo con <strong>m</strong>ohamed <strong>v</strong>i, el que se te��a las canas con ale�a y c�rtamo, y por eso le llamaban �el <strong>b</strong>ermejo�. �<strong>l</strong>o sab�as?</p><p><strong>y</strong> fumaba hach�s, y m�s cosas.</p><p>���<strong>q</strong>u� m�s cosas fumaba?</p><p>��<strong>n</strong>o hablo de fumar. <strong>c</strong>osas que no debe saber un ni�o como t�, pero que con los ni�os como t� tienen algo que ver. <strong>n</strong>o siempre en la <strong>a</strong>lhambra han gozado las concubinas de tanto auge como ahora. <strong>e</strong>n un pasado pr�ximo hubo concubinos tambi�n. -<strong>a</strong>l notar que yo no aceptaba la conversaci�n, la cort�-. <strong>p</strong>ero dejemos eso: no es lo que yo quer�a decirte de <strong>i</strong>smail <strong>II</strong>. <strong>q</strong>uer�a decirte que su coronaci�n fue el resultado de las maquinaciones de una mujer sin el menor escr�pulo.</p><p><strong>e</strong>ra hermanastro del gran <strong>m</strong>ohamed <strong>v</strong>, y su madre, <strong>m</strong>ariam, consigui� que una noche de <strong>r</strong>amad�n, en pleno verano, en mitad del calor, y en mitad de este mismo patio, usurpase su hijito (no tan peque�o: ten�a veinte a�os) el trono de <strong>g</strong>ranada.</p><p>��<strong>p</strong>ues, adem�s de entronizarlo, esa <strong>m</strong>ariam pudo haberlo educado mejor: <strong>i</strong>smail, seg�n tengo entendido, era gordo, grosero, lleno de tics y, aparte de las trenzas, no se cuidaba nada de su aspecto exterior.</p><p><strong>n</strong>asim se ech� a re�r palme�ndome la espalda.</p><p>��<strong>d</strong>e todas formas, vigila a las madres del har�n: son m�s poderosas de lo que parecen, y tienen demasiado tiempo libre para trapichear.</p><p><strong>a</strong>unque, sean ellas como sean, t� ser�s un buen pr�ncipe heredero.</p><p><strong>a</strong>postar� por ti.</p><p><strong>p</strong>ero antes de que yo dejara de percibir la presi�n de su mano y percibiera la proximidad del visir <strong>b</strong>enegas, <strong>n</strong>asim se hab�a volatilizado.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>uando hace un a�o avanzaba yo por el patio de <strong>c</strong>omares hacia el <strong>s</strong>al�n del <strong>t</strong>rono el d�a de mi boda, intent� ver de reojo el s�quito que acompa�aba a <strong>m</strong>oraima al otro lado de la alberca. <strong>t</strong>anto me esforc�, que di un tropez�n contra uno de los portadores de las p�rtigas floridas. <strong>e</strong>ntre los invitados brot� un murmullo de simpat�a, ya que advirtieron el porqu�. <strong>e</strong>n primera fila de los espectadores, a unos pasos de m�, con la misma cara de ni�o grande de antes, mucho mejor vestido -incluso demasiado-, m�s erguido si cabe, descubr� a <strong>n</strong>asim. �<strong>e</strong>st� de <strong>d</strong>ios -pens�-, que mis relaciones con �l vayan de tropiezo en tropiezo.� <strong>a</strong>l verlo me invadi� una ambigua impresi�n: �l o yo est�bamos traicion�ndonos, no s� si el uno al otro o cada uno a s� mismo. <strong>y</strong> pens� tambi�n: �<strong>d</strong>e no haber nacido pr�ncipe, mi vida habr�a sido por una parte m�s aburrida, pero mucho m�s divertida por otra�. <strong>y</strong> conclu�: �<strong>a</strong>ntes de morir, me gustar�a ser una vez yo mismo. <strong>p</strong>ero qu� dif�cil� <strong>o</strong> quiz� ya lo he sido, en alg�n momento, y no me he dado cuenta, y ni siquiera guardo la memoria de ello, ni la memoria de cu�ndo pudo ser�.</p><p><strong>p</strong>or un instante me conmovi� una tristeza an�nima similar a la del d�a del har�n.</p><p><strong>n</strong>asim se inclin� en una exagerada reverencia. <strong>a</strong> punto de sobrepasarlo, o� su voz.</p><p>��<strong>s</strong>igues siendo un magn�fico pr�ncipe heredero. <strong>n</strong>o cabe otro mejor. <strong>a</strong>postar� por ti.</p></section><section><title><p>mi hermano yusuf.</p></title><section><p><strong>h</strong>ay hombres que nacen con una estrella en la frente. <strong>n</strong>o he conocido a ninguno con una m�s radiante que mi hermano. <strong>s</strong>ubh juraba que hab�a llorado en el vientre de mi madre, y que naci� envuelto en el manto, sin romperlo al salir.</p><p><strong>p</strong>ero no habr�an sido necesarios tales signos, ni que los astr�logos le vaticinasen una larga vida, fruct�fera, alegre y luminosa. <strong>l</strong>os hor�scopos lo han pintado siempre dotado de hijos, de felicidad, del amor de quienes lo traten y de a�os interminables. <strong>u</strong>n motivo m�s para desconfiar de los hor�scopos, tanto al menos como de la propia vida.</p><p><strong>e</strong>s l�gico que sea as�, entre otras razones, porque no se me parece en nada. <strong>y</strong>o soy en lo f�sico como la familia de mi padre; �l, como nuestro abuelo materno, <strong>m</strong>ohamed <strong>x</strong>, seg�n quienes lo conocieron.</p><p><strong>e</strong>s espigado, rubio, con una permanente sonrisa alumbr�ndole el rostro, de amabil�simo talante, y, para mayor precisi�n, zurdo como el abuelo. <strong>s</strong>in embargo, en el caso de <strong>y</strong>usuf, la zurder�a es obligada.</p><p><strong>n</strong>aci� con un defecto en la mano derecha: le faltan los dedos coraz�n, anular y me�ique, y su pulgar y su �ndice tienen s�lo una articulaci�n. <strong>p</strong>ero nunca le ha afectado esta falta, ni le ha impedido hacer cuantos ejercicios nos han impuesto para nuestra instrucci�n.</p><p><strong>y</strong>usuf y yo apenas nos hemos separado alguna vez, y muy recientemente. <strong>q</strong>uiz� yo he sido m�s fisg�n que �l y me he metido en m�s berenjenales; para salir de ellos, con frecuencia necesit� su ayuda.</p><p><strong>a</strong> sus ojos, el mundo est� bien como es: no pretende cambiarlo; ni lo acepta siquiera, sino que se incluye en �l con la naturalidad con que una tesela se incluye en un mosaico. <strong>d</strong>esempe�a gozoso su acendrado oficio de tesela en cada instante, sin reclamar m�s ni menos que aquello que le es dado y que su sino hace coincidir con lo mejor.</p><p><strong>d</strong>icen que los hermanos gemelos llevan a tal extremo su compenetraci�n que adivinan todo el uno del otro, o m�s a�n, que no precisan adivinarlo, sino que uno se siente el otro y viceversa. <strong>y</strong>usuf y yo no somos gemelos: �l es un a�o menor que yo, y somos casi opuestos; pero tenemos tal confianza, hemos convivido tanto, el vac�o de afectos familiares nos ha volcado tanto rec�procamente, que dudo que existan hermanos m�s unidos. <strong>p</strong>or ejemplo, si jug�bamos al escondite con otros ni�os, nos bastaba calcular d�nde nos habr�amos escondido si fu�semos el otro, para descubrirnos yo a �l o �l a m�. <strong>e</strong>l mundo se divid�a para nosotros en dos grupos: uno, <strong>y</strong>usuf y yo; el otro, los dem�s. <strong>y</strong>, en el reparto de actuaciones que en una pareja se plantea cuando ha de ser suficiente por s� misma, a <strong>y</strong>usuf le ha correspondido siempre la diplomacia con la otra mitad del mundo. <strong>�</strong>l es el que ha endulzado las acritudes suscitadas por m�; quien ha convencido a los extra�os de que nos concediesen un capricho; quien ha suplicado el perd�n de los castigos que se nos impon�an; quien ha alzado nuestras quejas o nuestras peticiones a los ayos y a los maestros.</p><p><strong>d</strong>ebo hacer constar que la mayor destreza de <strong>y</strong>usuf, y m�s cuando �ramos m�s chicos, consist�a en volcar sobre m� la culpa de todos los percances. <strong>n</strong>o de una forma expl�cita: ten�a suficiente con mirarme de soslayo. <strong>y</strong> eso s�lo al principio, luego las culpas me eran adjudicadas de manera autom�tica.</p><p><strong>s</strong>in embargo, en el mismo instante en que yo iba a sufrir las consecuencias de sus t�citas acusaciones, �l, con campechan�a, daba un paso al frente, se confesaba responsable, y se dispon�a a arrostrar cualquier sanci�n; pero con tal tono de inocencia que jam�s era castigado. <strong>c</strong>on lo cual los dos qued�bamos exentos.</p><p><strong>y</strong>o tiendo a ser menos expresivo con la gente que �l, pero a la vez frecuento gente m�s variada de lo que nos corresponde por razones de sangre, de vecindad o de estudios.</p><p><strong>n</strong>o obstante, a �l le basta con aparecer para arrebatarme la primac�a de una relaci�n que me ha costado semanas adquirir, y cualquier amigo m�o de los que hablo en estos papeles habr�a preferido sin duda ser amigo suyo; pero �l, con la misma simplicidad con que me la arrebata, abdica de tal preferencia como si su inter�s se cifrara siempre en otra cosa. <strong>e</strong>s decir, yo, con m�s dedicaci�n, consigo menos de lo que �l abandona una vez que le es dispensado sin esfuerzo.</p><p><strong>t</strong>iene los ojos muy oscuros y las pesta�as largas y vueltas, lo que da a su mirada un tinte pensativo y profundo, que contrasta con sus cabellos claros y su boca sonrosada y riente. <strong>y</strong> siempre, a�n hoy, ha tenido un aspecto infantil muy atractivo, entre indefenso y provocador -con su nariz corta y un poquito remangada-, junto a una fuerza f�sica impresionante y una aventajada estatura. <strong>c</strong>reo yo que todas las mujeres de <strong>g</strong>ranada, si fuesen tan sinceras como las ni�as que nos rodearon, admitir�an que se mueren de ganas de ser besadas por <strong>y</strong>usuf.</p><empty-line/><p><strong>q</strong>uiz� parezca que siento por �l una debilidad inmoderada. <strong>m</strong>e congratulo de que lo parezca porque es cierto. <strong>m</strong>i vida entera, no s�lo mi infancia, habr�a sido otra -m�s tenebrosa y menos rica- de no ser por la existencia de <strong>y</strong>usuf a mi lado. <strong>s</strong>us ocurrencias, sus iniciativas, su continuo invento de juegos y aventuras, su afici�n a los secretos compartidos, su amor por los animales y las plantas, han sido la atm�sfera que he respirado durante los no muy abundantes momentos de oro de mi ni�ez. <strong>e</strong>n �l he tenido una fe ciega; no recuerdo haber hecho nada que no le haya contado, o que no hubiese deseado contarle. <strong>s</strong>�lo el episodio del <strong>t</strong>�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal� en <strong>s</strong>alobre�a lo reserv� para m�, no por lo que signific�, sino porque no habr�a sabido c�mo cont�rselo ni qu� consecuencia sacar; ni quiz� <strong>y</strong>usuf habr�a querido o�rlo: �l no es inclinado a dar soluciones, ni a meditar sobre los hechos. <strong>p</strong>robablemente me habr�a aconsejado olvidarlo, y �l mismo lo habr�a olvidado de inmediato.</p><p><strong>n</strong>o tientan a <strong>y</strong>usuf los proyectos a largo plazo, ni el arreglo de la vida de nadie, ni de la propia: vive cada hora con la mayor intensidad, y se entrega al presente, sin preguntarse c�mo ha llegado, ni c�mo y cu�ndo concluir�. <strong>c</strong>uando los habitantes de la <strong>a</strong>lhambra coincid�an en que mi padre iba a elegirme sucesor oficial, coment� con <strong>y</strong>usuf cu�nto habr�a ganado el <strong>r</strong>eino teni�ndolo a �l por rey. <strong>c</strong>asi se asfixia con las carcajadas.</p><p>��<strong>s</strong>i soy como soy, no es por haber nacido as� -me replic� al cesar de re�r-, sino por la absoluta certeza de que nunca ser� rey.</p><p><strong>s</strong>�lo imaginar que alguien dependiera de m�, me har�a cambiar de modo de obrar y de pensar, si es que he pensado alguna vez. �<strong>o</strong> no te das cuenta de que soy el mayor irresponsable que hay en toda <strong>g</strong>ranada?</p><empty-line/><p><strong>a</strong> pesar de ser tan contrarios, o quiz� por eso, tenemos muchas afinidades. <strong>u</strong>na ojeada nos basta para comprobar que los dos nos hemos interesado por la misma muchacha, o que a los dos nos est�n emocionando las luces de un atardecer, o la gr�cil curva con que se reclina una flor, o la f�bula que alguien nos relata. <strong>e</strong>n este mismo instante pienso en <strong>y</strong>usuf, m�s separado de m� que nunca, y lo echo de menos, y s� que �l me echar� de menos a m�, y es suficiente eso para aproximarnos. <strong>c</strong>omprendo que nuestras mujeres puedan tener celos de esta reciprocidad, porque no hay ning�n sentimiento en este mundo que yo anteponga al nuestro� <strong>h</strong>oy evoco colores que no s� d�nde vi, ni qu� los sustentaba: vagos azules, verdes incipientes, rosas ya deca�dos; son como los colores de un antiguo amor, de una vida ya exhausta, de un breve d�a pasado.</p><p><strong>e</strong>voco colores tan difusos como el aroma de un jazm�n marchito -�y qui�n puede evocar un aroma?-, tan indescifrables y m�viles como la sombra de una nube por tierra o el reflejo de una cara en una alberca.</p><p><strong>y</strong>, sin embargo, s� que yo vi tales colores junto a <strong>y</strong>usuf, y que me llenaron de una alegr�a que se multiplicaba al ser com�n, y que cubr�an un cuerpo armonioso, o perfilaban el vidrio de un vaso, o trazaban la l�nea de un paisaje, o bordeaban unos ojos, que <strong>y</strong>usuf y yo vimos en el mismo instante y de id�ntico modo. <strong>y</strong> s� adem�s que es muy probable que <strong>y</strong>usuf ya los haya olvidado, y no me importa; fue verlos con �l lo que los ha hecho para m� inolvidables.</p><empty-line/><p><strong>u</strong>n d�a, en una almunia que la familia pose�a en la <strong>v</strong>ega, nos fuimos con <strong>j</strong>adicha a un melonar.</p><p><strong>n</strong>o tendr�amos m�s de nueve a�os.</p><p><strong>y</strong>usuf tuvo la idea de ir calando, con un cuchillito que le hab�an regalado, todos los frutos hasta encontrar uno lo bastante dulce como para ofrec�rselo a la prima, de la que and�bamos enamoriscados.</p><p><strong>c</strong>omo ninguno de los melones estaba a�n maduro, resolvimos volver a colocar los trocitos sacados de cada uno para que as� siguieran madurando. <strong>p</strong>or supuesto, destrozamos toda la plantaci�n. <strong>e</strong>so nos vali� una buena rega�uza de las nodrizas, y la cruel burla de <strong>j</strong>adicha, que nos dej� hacer a sabiendas de que el da�o era ya irrevocable. <strong>e</strong>l rid�culo ante los ojos verdes y la insufrible insolencia de <strong>j</strong>adicha hicieron que, como dos perrillos que empiezan por turno a gru�irse, y van levantando el vigor del gru�ido hasta pasar al primer zarpazo y luego ya al mordisco, <strong>y</strong>usuf y yo nos enzarz�ramos a la puerta de la almunia, junto al estanque, en una pelea sin precedente entre nosotros. <strong>f</strong>ue encarnizada y sordomuda, m�s terrible a�n por ser la primera, como si en ella se concentrasen todas las que no hab�amos tenido. <strong>c</strong>on los ojos cerrados nos golpe�bamos, al principio entre las risas, luego entre la alarma y los intentos de separarnos de todos los presentes. <strong>e</strong>n un momento dado, yo, sobre <strong>y</strong>usuf, abr� los ojos para atizarle donde m�s pudiese dolerle; junto a mis ojos vi su peque�o pu�o lisiado, decidido tambi�n a golpearme con furia. <strong>y</strong> de improviso me llen� de horror. <strong>s</strong>upongo que inexplicablemente para todos, y hasta para m� mismo, me desplom� sobre su pecho llorando. <strong>c</strong>on ese llanto a raudales no trataba de suplicar su perd�n, que sab�a concedido de antemano, sino el m�o, que me ser�a mucho m�s dif�cil de obtener.</p><empty-line/><p><strong>o</strong>tro d�a, en un patio de columnas -por entonces viv�amos en un peque�o palacio, no lejos del de <strong>m</strong>ohamed <strong>II</strong>-, cubiertas las cabezas y extendidas las manos, jug�bamos a encontrarnos sin m�s referencia que las voces. <strong>y</strong>o lo llam� en una direcci�n y, acto seguido, haciendo trampa, levant� el pa�o que me tapaba y, al ver a <strong>y</strong>usuf venir a la carrera, lo evit� poni�ndome detr�s de una columna.</p><p><strong>y</strong>usuf fue a estrellarse contra ella, y se hiri� en una ceja.</p><p><strong>c</strong>uando se descubri�, vi que sangraba. <strong>l</strong>a sangre le te��a media cara y le goteaba sobre el pecho.</p><p><strong>e</strong>l pavor me enmudeci�. <strong>l</strong>o limpi� con su albornoz y despu�s con el m�o; pos� mis labios sobre su herida para impedir, no sab�a c�mo, que brotase m�s sangre; pens� que el corte se abr�a igual que una peque�a boca� <strong>y</strong> grit�. <strong>g</strong>rit� hasta que vinieron, y el m�dico <strong>i</strong>brahim, con una impasibilidad que me soseg�, puso remedio al trance.</p><p><strong>p</strong>ero nunca he olvidado el gusto salado y met�lico de la sangre de <strong>y</strong>usuf. <strong>f</strong>ue la primera que sabore�.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>lguien nos hab�a garantizado que el unto de carnero hac�a crecer el bigote. <strong>p</strong>or aquella �poca, a <strong>y</strong>usuf y a m� eso era lo que m�s nos obsesionaba; nos unt�bamos, pues, continuamente. <strong>e</strong>n una bolsita de marroquiner�a llev�bamos la grasa que nos proporcionaba <strong>s</strong>ubh, y a escondidillas nos frot�bamos el labio superior. <strong>l</strong>os mayores, asombrados, cre�an que no par�bamos de comer cordero y que nos manch�bamos adem�s de grasa.</p><p><strong>p</strong>ero aquella pasi�n pil�fera cambi� de sitio cuando los mismos defensores del unto -unos primos con alg�n a�o m�s que nosotros- nos aconsejaron que, para apresurar el vello de las piernas, nos las afeit�ramos dos o tres veces por semana. <strong>n</strong>o s� qu� era lo que pretend�amos afeitar, pero le compramos una navaja al barbero del t�o <strong>y</strong>usuf, y, en un cuarto secreto, nos enjabon�bamos las piernas y pas�bamos el fr�o filo por ellas.</p><p><strong>�</strong>sa fue la segunda vez que vi correr la sangre de <strong>y</strong>usuf. <strong>a</strong>l resbalar a contrapelo la navaja -sin producirle en apariencia dolor alguno, puesto que no se quej� y fue el primer sorprendido- brot� de su espinilla un chorrito escarlata.</p><p><strong>�</strong>l debi� de recordar tambi�n el esc�ndalo de la columna, porque, para animarme y distraerme, dijo:</p><p>��<strong>e</strong>sta vez c�llate, y alc�nzame, si puedes, la piedra de alumbre; dijeron que era buena para casos como �ste. <strong>y</strong> no te afeites t�, que no s� si habr� para los dos.</p><p><strong>p</strong>ero estaba claro que yo no ten�a ni la m�s remota intenci�n de afeitarme.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a ojeriza que nos manifestaba la prima <strong>j</strong>adicha s�lo era comparable a la que, por supuesto fingida, le manifest�bamos nosotros a ella. <strong>m</strong>�s tarde llegu� a la conclusi�n de que ella fing�a tambi�n, porque le avergonzaba, lo mismo que a nosotros, admitir lo contrario.</p><p><strong>u</strong>n atardecer de abril la vimos ba�arse, entre el vocer�o de sus doncellas, en la gran alberca del <strong>p</strong>alacio de <strong>m</strong>ohamed <strong>II</strong>, uno de los m�s armoniosos de la <strong>a</strong>lhambra.</p><p>�<strong>l</strong>a <strong>a</strong>lhambra pose�a muchas residencias reales. <strong>c</strong>ada sult�n, si su reinado era lo suficientemente pr�spero y lo suficientemente prolongado, levantaba la suya respetando las de sus antecesores, salvo los casos de <strong>y</strong>usuf <strong>i</strong> y <strong>m</strong>ohamed <strong>v</strong>, que las engrandecieron. <strong>l</strong>a <strong>a</strong>lhambra era un ser vivo que crec�a y se embellec�a con el tiempo.</p><p><strong>h</strong>asta que, como a todo ser vivo, le lleg� el d�a de la muerte. <strong>p</strong>or aquella �poca el palacio estaba vac�o, ya que acababa de morir el alcaide que lo ocupaba y a�n no se hab�a asignado a nadie. <strong>l</strong>a rebelde muchacha, con la ropa mojada trasluciendo su cuerpo, chapoteaba y re�a entre la espuma, y surg�a del agua verde como dicen los griegos que surg�a <strong>a</strong>frodita. <strong>r</strong>ecordaba a las diosas que en algunas antiguas ruinas respetadas erigen todav�a su belleza. <strong>t</strong>anto nos impresion� a <strong>y</strong>usuf y a m� que no nos atrevimos ni a mirarnos, y permanecimos mucho tiempo silenciosos y azorados, como si hubi�semos quebrantado una prohibici�n de la que nadie -tan evidente era- nos hab�a advertido.</p><p><strong>n</strong>uestro amor mancomunado por <strong>j</strong>adicha deb�a de conducir a alguna meta. <strong>e</strong>n una pascua, no s� si la de <strong>a</strong>lfitra o la de las <strong>v</strong>�ctimas, formando parte de un grupo de muchachos, nos arroj�bamos, como es costumbre, flores, dulces, aguas perfumadas, naranjas y limones.</p><p><strong>p</strong>ero nunca nosotros a ella, ni a la inversa. <strong>d</strong>e pronto, como si un �rbitro del juego ordenase una pausa, nos detuvimos los tres y nos miramos con seriedad. <strong>y</strong>usuf y yo est�bamos muy juntos. <strong>j</strong>adicha alz� con vacilante lentitud una rosa blanca y luego la arroj� con fuerza hacia nosotros. <strong>m</strong>e golpe� en el pecho y, por primera vez en mi vida, sonre� a mi prima lleno de gratitud, de orgullo y de ternura.</p><p><strong>p</strong>ero ella, cohibida, con la mano que hab�a arrojado la flor ante la boca, dijo:</p><p>��<strong>n</strong>o era a ti, perdona, no era a ti; era a <strong>y</strong>usuf al que le quer�a dar.</p><p>��<strong>p</strong>ues eres tonta -le recrimin� <strong>y</strong>usuf-. <strong>b</strong>oabdil vale mucho m�s que yo.</p><p><strong>y</strong> arroj� al suelo la golosina con que se dispon�a a responderle.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>i matrimonio con <strong>m</strong>oraima ha sido un �xito. <strong>a</strong>l no llevar ella mi sangre, me proporciona la ausencia de emulaci�n entre los dos y la seguridad en m� mismo que siempre he necesitado. <strong>d</strong>e ni�o ya exig�a, por ejemplo, que mis nodrizas -salvo <strong>s</strong>ubh, cuya parcialidad era indudable- me repitieran que me quer�an infinitamente m�s y m�s y m�s que a <strong>y</strong>usuf; si no, yo no hubiese cre�do que me quer�an, por lo menos, igual. <strong>j</strong>adicha, prima m�a, altanera y audaz, habr�a llenado mi vida de inestabilidad. <strong>s</strong>in embargo, si hay una carencia dentro de m� (que ya se ha convertido en un peque�o descontento sin voz, que ni sangra, ni duele, ni rebulle), si hay noches en que siento una inconcreta insatisfacci�n dentro de m�, es por no haberme casado con <strong>j</strong>adicha. <strong>e</strong>lla es una de las poqu�simas criaturas afortunadas, lo mismo que <strong>y</strong>usuf, que he conocido; una de esas criaturas de las que la <strong>n</strong>aturaleza se enorgullece, y nos las deja contemplar de lejos, como un regalo que no nos ha sido destinado.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>ace s�lo unas semanas entr� en mi casa <strong>y</strong>usuf, entre inquieto y complacido. <strong>i</strong>ntu�, antes de que hablase, lo que me iba a decir.</p><p>��<strong>y</strong>a sabes qu� previsora es nuestra madre, y cu�nto disfruta con el manejo de las vidas ajenas.</p><p><strong>c</strong>omo considera que el flanco de <strong>a</strong>liatar ya est� cubierto con tu matrimonio, ha decidido utilizarme a m� para cubrir el otro flanco.</p><p>���<strong>c</strong>u�l?</p><p>��<strong>e</strong>l flanco del t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, que est� desguarnecido. <strong>n</strong>o voy a decirte que me sacrifico por ti ni por el <strong>r</strong>eino. <strong>n</strong>o voy a decirte que crea que la situaci�n va a empeorar tanto que t� precises de ninguna ayuda para suceder a nuestro padre. <strong>s</strong>upongo que son imaginaciones de quienes, a fuerza de maquinar y de sembrar discordias, terminan por ver visiones y por sospechar que todo el mundo se dedica a lo mismo. <strong>p</strong>ero, como nuestra madre se empe�a en encontrar conveniente lo que yo encuentro agradable, vengo a comunic�rtelo: voy a casarme.</p><p>���<strong>c</strong>on <strong>j</strong>adicha?</p><p>��<strong>c</strong>on <strong>j</strong>adicha.</p><p>��<strong>d</strong>esde que ten�amos siete a�os, los dos (y cuando digo ahora los dos, digo t� y ella) sab�ais que esto suceder�a. <strong>y</strong>, lo que es peor para m�, yo tambi�n. <strong>o</strong>s deseo de todo coraz�n que seais felices.</p><p><strong>n</strong>o me cabe la menor duda de que contigo ella s� lo ser�.</p><p><strong>y</strong> comenc� a recitar unos versos que aprendimos de peque�os, sin saber con exactitud qu� significaban, como una consigna de complicidad:</p><empty-line/><p>�<strong>l</strong>a mano de la aurora convierte en alcanfor el almizcle sombr�o de la noche�.</p><empty-line/><p><strong>�</strong>l respondi� la contrase�a:</p><empty-line/><p>�<strong>p</strong>erfume por perfume, no s� con cu�l quedarme.</p><p><strong>r</strong>enovar los olores no es ninguna torpeza�.</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o despu�s, descarg�ndolo de su preocupaci�n, remat� lo m�s alegremente que pude el poema:</p><empty-line/><p>�<strong>v</strong>erdad es lo que afirmas, mas no del todo acaso, porque el almizcle es perfume de esponsales, y el alcanfor, perfume de mortajas�.</p><empty-line/><p>�<strong>q</strong>ui�n hubiese imaginado entonces hasta qu� punto era una profec�a.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>unca he dormido bien; pero hace meses que apenas duermo. <strong>c</strong>omo remedio empec� a emplear un recurso que a veces me daba buenos resultados y, a veces, los peores.</p><p><strong>a</strong>penas apagadas las luces y abatidos los cortinajes, cierro los ojos e imagino una escena lo m�s lejana posible de m� y de mis desvelos: un par de rostros, sin edad ni sexo, que se inclinan conversando sobre una mesa; un emparrado bajo el que una criada se atarea; un hombre que pisa la uva, calzado con los �speros zapatos del lagar, o descalzo, y se detiene un momento para escuchar a alguien que le habla y que yo no veo. <strong>s</strong>e trata de inmovilizar poco a poco las figuras, en un proceso de concentraci�n: las voy viendo m�s precisas y, al mismo ritmo, yo voy dejando de ser alguien que imagina y paso a ser alguien que observa. <strong>e</strong>s decir, la escena est� ya ah�, y yo fuera de ella como quien est� mirando con atenci�n una caligraf�a o un paisaje, acaso asomado a una ventana. <strong>e</strong>l riesgo, en el que incurro con frecuencia, es que, si el sue�o no viene lo bastante pronto, tambi�n se traspase esa frontera, se deje atr�s la ventana, y penetre el durmiente -o mejor, el que pretende dormir- en la escena que ten�a que ayudarlo. <strong>y</strong> entonces se produce una de estas dos consecuencias: o el inter�s por lo que sucede en la escena se acent�a, alertando por completo al que la observaba desinteresado, o, al rev�s, sobreviene el sue�o m�s o menos tarde, pero rodeado por esas mismas circunstancias, y se ensue�a, por tanto, la escena contemplada, de la que el sujeto forma ya parte y en la que contra su voluntad interviene. <strong>a</strong> m� me ocurre con frecuencia esto �ltimo; hasta tal punto que he conseguido provocarme sue�os de ninguna manera previsibles y que en absoluto me ata�en. <strong>p</strong>or eso me esfuerzo en que las figuras sean ajenas a m� y sin la menor importancia; porque, de otra manera, se me imponen con tal vigor que caigo en donde no quisiera, y me veo implicado en casos remotos que aspiraba a olvidar, en episodios que trat� de abolir, en escenas violentas que un d�a sucedieron y me marcaron, o que no sucedieron y yo desear�a que hubiesen sucedido�</p><p><strong>e</strong>n la actualidad me resisto a emplear tal recurso. <strong>p</strong>orque, piense en lo que piense, y cualquiera que sea el principio de la t�ctica utilizada para dormir, acabo so�ando con la misma cosa. <strong>s</strong>ea una mesa con dos insignificantes y vulgares comensales, o una floresta donde dos amantes pasean y se detienen para acariciarse, o una elevada torre desde la que un espectador domina un panorama sin grandes perspectivas� <strong>d</strong>a lo mismo: acabo por ver, entre pa�os blancos y bolas de alcanfor, dentro de un arca que unas manos entreabren, sobre una bandeja cubierta con un lino que levantan unas manos de hombre o de mujer, o encima de un almohad�n entre hermosas flores perfumadas, o en medio de dos hachones que han sido encendidos con prisa por una figura de espaldas, siempre, siempre, acabo por ver la cabeza, separada del cuerpo, de mi hermano <strong>y</strong>usuf. <strong>y</strong> oigo alzarse y arreciar el llanto de las mujeres por el otro <strong>y</strong>usuf, el del <strong>c</strong>or�n, y veo c�mo ante su belleza se cortan las manos, y todo el sue�o es ya un puro alarido del que quiero despertar y no puedo, un puro charco de sangre que, al incorporarme de un salto, me obliga a mirarme y a mirar alrededor, tan seguro estoy de que voy a encontrarme empapado de ella.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n la fiesta del <strong>m</strong>awlid correspondiente a mis once a�os, a la vez que celebraba el nacimiento del <strong>p</strong>rofeta, celebr�, sin preverlo, mi entrada en la adolescencia; en ese laberinto confuso en que el muchacho, solitario, no sabe a qui�n busca, y se extrav�a hasta que, frente a un ignoto espejo, se da de manos a boca consigo mismo.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>as doctrinas de <strong>m</strong>alik que nos ense�an en la madraza, los libros de la justicia y la religi�n misma consideran los bailes y las canciones como licenciosos y proclives a la inmoralidad. <strong>d</strong>e las casas donde hay esa clase de festejos acostumbran ausentarse los alfaqu�es. <strong>i</strong>ncluso mi padre, no muy cumplidor de las normas, cuando sale al frente de una algara, no permite ta�er los instrumentos hasta atravesar la <strong>p</strong>uerta de <strong>e</strong>lvira.</p><p><strong>s</strong>in embargo, <strong>g</strong>ranada ha hecho siempre o�dos sordos a cualquier predicaci�n contra la m�sica. <strong>e</strong>n ese d�a del <strong>m</strong>awlid del que hablo no hab�a ni un rinc�n sin ella.</p><p><strong>t</strong>oda la ciudad era una resonancia vivaz y jolgoriosa. <strong>p</strong>or dondequiera se o�an los cantos andaluces que, desde que tengo noticia de m�, me enfervorizan: unos cantos que se levantan como varas de nardo, como afiladas lanzas y, de pronto, se desploman igual que las rapaces despu�s de cernerse; se desploman quej�ndose y ri�ndose al mismo tiempo. <strong>n</strong>o s� si esos cantos los encauz� <strong>z</strong>iryab el bagdad�, al que en <strong>c</strong>�rdoba llamaron �el <strong>p</strong>�jaro <strong>n</strong>egro�, pero siempre he cre�do que brotan de esta tierra como brotan las flores: de su clima, de su luz, de su conciencia de la muerte mezclada con el gozo de la vida.</p><p><strong>i</strong>gual que brotaban en mi alma, a la expectativa de lo desconocido, aquella tarde.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n la <strong>a</strong>lhambra, el sult�n celebraba una gran fiesta para los mayores, en todos los sentidos, del <strong>r</strong>eino. <strong>a</strong> nosotros, no s�lo a <strong>y</strong>usuf y a m�, sino a algunos de nuestros hermanastros, nos permitieron asistir a otra, que ofrec�a en su casa el hijo de un ministro.</p><p><strong>s</strong>u nombre es <strong>h</strong>usayn, y no lo conoc�amos porque hab�a pasado los �ltimos a�os en <strong>a</strong>lmer�a con unos familiares suyos dedicados al comercio por mar. <strong>s</strong>i me traslado a aquel atardecer que hoy veo tan distante, todav�a me estremece su fr�o. <strong>m</strong>ientras atraves�bamos la <strong>a</strong>lhambra para llegar a casa de <strong>h</strong>usayn, no lejos de la de los abencerrajes, yo hac�a un gesto con el que levantaba en torno m�o una barrera invisible: consist�a en apretar por sus junturas las mand�bulas, hasta producirme dentro de los o�dos un zumbido que multiplicaba mi sensaci�n de fr�o y de abandono. <strong>a</strong>islado por el ruido interior, que distanciaba todos los otros, ve�a con mayor precisi�n las hojas secas que el viento arrastraba y arremolinaba. <strong>l</strong>os jardines se hab�an convertido en una ruina hermosa y desolada; los amarillos, los ocres, los rojizos, se entreveraban y se desprend�an; ca�a una lluvia menuda, imp�vida y glacial, que levantaba de las enramadas un incipiente olor a corrupci�n.</p><p><strong>�</strong>bamos abrigados con mantos de lana listada de colores; es decir, ten�amos el aspecto de lo que �ramos: unos ni�os a los que, por primera vez, se autorizaba a asistir a una fiesta fuera de su casa, al caer el d�a, en oto�o. <strong>q</strong>u� ajeno estaba yo a que mi infancia se me romper�a entre las manos esa noche con el min�sculo estruendo con que se rompe una alcanc�a de cer�mica.</p><p><strong>a</strong>l entrar vimos que la fiesta estaba mejor organizada de lo previsto; pero peor, seg�n los principios cor�nicos. <strong>n</strong>umerosos cantores que no actuaban en la <strong>a</strong>lhambra -y alguno de los que ir�an luego all�- nos aguardaban. <strong>l</strong>os cantores granadinos, famosos no s�lo en la pen�nsula, sino fuera de ella -al <strong>n</strong>orte de los <strong>p</strong>irineos y en el <strong>m</strong>agreb-, son con mucha diferencia los m�s cotizados. <strong>h</strong>ab�a esclavas que nos convidaron con mosto y jugos de bonitos colores.</p><p><strong>e</strong>n un sal�n se preparaba una leila con dulzainas, chirim�as y ajabebas; pero, bajo el son de las bandolinas, las guzlas y los la�des, ya se revelaba triunfante el ritmo de adufes, panderos y sonajas, no bien considerados entre la aristocracia. <strong>s</strong>e respiraba un ambiente de zambra que, por ser demasiado popular, nos estaba vedado. <strong>y</strong>usuf, enrojecido en parte por el fr�o y en parte por la excitaci�n, me daba codazos de impaciencia y de confabulaci�n.</p><p><strong>m</strong>e acompa�aba �<strong>d</strong>in�, mi perro, que vive todav�a, achacoso ya y lleno de toses. <strong>a</strong>l salir de casa, me fue imposible conseguir que se quedara. <strong>e</strong>ra todav�a un cachorro -como yo, pero rubio y blanco- rechonchete, desvergonzado, gracioso y sin educar, por lo que me hab�an prohibido llevarlo conmigo a ning�n sitio. <strong>p</strong>ero estaba de <strong>d</strong>ios que, en aquella noche, todo fuese infracci�n.</p><p><strong>s</strong>e inici� el canto, y las letras de las canciones indicaban el cariz de la zambra, para nosotros a�n incomprensible. <strong>u</strong>na mujer cantaba:</p><empty-line/><p>�<strong>d</strong>icen que soy tu montura.</p><p><strong>s</strong>i de ti salgo al campo montada, a tu poder me acomodo: como una flecha corro cuando metes tu espuela, y me detengo cuanto t� te detienes�.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>usayn, el anfitri�n, me murmur� al o�do:</p><p>��<strong>e</strong>s un z�jel de un viejo e imp�dico poeta cordob�s. <strong>m</strong>e ha dicho la cantora que, en el original, habla un hombre de otro hombre.</p><p><strong>n</strong>o entend� lo que me dec�a, y volv� la cara para pedirle una aclaraci�n. <strong>e</strong>staba tan inclinado sobre m� que nuestras caras se juntaron. <strong>l</strong>a cantora continuaba:</p><empty-line/><p>��<strong>d</strong>ue�o m�o -me dice mi amigo-, cambia, hijito, de amor.�</p><p>��<strong>c</strong>�mo hacerlo, si t� eres mi mundo y mi tiempo de flores?</p><p>�<strong>p</strong>or qu� dices que yo soy tu due�o?</p><p><strong>e</strong>sa palabra sobra.</p><p><strong>d</strong>ime s�lo cari�os y arrullos; hazme s�lo arrumacos.</p><p><strong>l</strong>o que quieras quitar de respeto, me lo a�ades de amor.</p><p><strong>a</strong>�n con leche en los labios, no tengas en el pecho alquitr�n��.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>ifusamente pens� que <strong>h</strong>usayn no separaba con la debida rapidez su cara de la m�a, y not� que estaba arrebolado y ardiendo. <strong>p</strong>retend� separarme yo dando un paso hacia adelante, pero no lo di a pesar de intentarlo. <strong>u</strong>n instante despu�s, <strong>h</strong>usayn se sent� y tir� levemente de mi chilaba para que yo lo imitase. <strong>l</strong>o complac�, y me sent�. <strong>e</strong>n ese momento, �<strong>d</strong>in�, encantado con la nueva postura, que le permit�a alternar conmigo con m�s comodidad, se puso a retozar a mi alrededor. <strong>l</strong>e re��, y hasta le sacud� con mi c�ngulo, cosa ins�lita -yo lo mimaba mucho-, que hizo que <strong>y</strong>usuf, desde lejos, me mirase con extra�eza. <strong>p</strong>ero yo quer�a que todos me dejaran en paz. <strong>e</strong>staba alterado sin saber por qu�; tem�a parecer demasiado pueril al muchacho de la casa, que, por otra parte, no me llevaba m�s de un a�o o dos.</p><p>��<strong>s</strong>i no molesta. <strong>d</strong>�jalo. <strong>e</strong>s muy lindo -dijo mientras acariciaba a �<strong>d</strong>in�.</p><p><strong>s</strong>u mano, sacudida por los movimientos de simpat�a del perro, rozaba de cuando en cuando mi muslo, aunque con discreci�n se retiraba. <strong>o</strong> con una recalcada discreci�n. <strong>y</strong>o no sab�a ni qu� quer�a yo, ni si hab�a que querer algo.</p><p><strong>s</strong>�lo sab�a lo que quer�a �<strong>d</strong>in�: jugar con cualquiera; y lo que quer�a <strong>y</strong>usuf, que me hac�a se�as de que lo siguiese fuera del sal�n.</p><p><strong>p</strong>ero me hice el distra�do, y permanec� inm�vil. <strong>s</strong>ent� que mis mejillas se hab�an ruborizado y que mi cuerpo desped�a calor. <strong>l</strong>a m�sica sonaba cada vez con mayor alborozo. <strong>e</strong>l tiempo se detuvo, o quiz� corr�a m�s de prisa. <strong>p</strong>orque ahora cantaba un muchachito, con no m�s de nueve a�os.</p><p>��<strong>e</strong>s hijo de un herrero -me coment� <strong>h</strong>usayn, en voz tan baja que me tocaba la oreja con los labios-. <strong>y</strong>a ver�s qu� bien canta.</p><empty-line/><p>�<strong>q</strong>uiero sorberle el labio a una copa, ya que no me dejas sorberte a ti los labios.</p><p><strong>n</strong>o es un refresco el beso, sino una brasa al rojo.</p><p><strong>a</strong>y, nadie es tonto hasta que se enamora�.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>usayn, con cortes�a, tom� la copa de mi mano y bebi�, mir�ndome, un sorbo de ella. <strong>l</strong>uego me la devolvi�, y yo, sin darme cuenta apenas, beb� tambi�n. <strong>d</strong>entro de mi coraz�n revoloteaban mariposas; tan fuertes eran sus latidos que me asombraba de que la m�sica continuara oy�ndose. <strong>h</strong>usayn me cogi� la mano con la que yo sosten�a la copa, y la atrajo hacia �l. <strong>c</strong>re� que iba a beber de nuevo, pero no: acerc� su boca y me bes� la mano.</p><p><strong>l</strong>uego susurr�:</p><p>��<strong>p</strong>orque he besado tu mano, los reyes me besar�n la mano.</p><p><strong>y</strong> clav� sus ojos en los m�os.</p><p><strong>y</strong>o escuchaba la risa de <strong>y</strong>usuf, que se hab�a refugiado con otros muchachos en un sal�n cercano. <strong>y</strong> pens� que �l no entender�a lo que me estaba sucediendo, sencillamente porque no lo entend�a yo, ni sabr�a explic�rselo.</p><empty-line/><p>�<strong>m</strong>i coraz�n� -cantaba- �a pesar del invierno, con el amor y el vinillo palpita.</p><p><strong>n</strong>o he de atrancar la puerta de mi casa por si quien yo me s� viene esta noche�.</p><empty-line/><p>���<strong>e</strong>s que las copas tienen vino? -pregunt� a <strong>h</strong>usayn vuelto hacia �l.</p><p><strong>e</strong>so hubiese justificado mi malestar y mi bienestar. <strong>v</strong>i su cara de frente: era agraciado, con ojos chispeantes; los dientes le asomaban entre unos labios frescos.</p><p>��<strong>n</strong>o -contest�, y a�adi� sonriendo-: las copas, no. <strong>h</strong>ay vino en todo lo dem�s. <strong>t</strong>u hermano es cautivador y m�s audaz que t�.</p><p>�<strong>s</strong>abes lo que hace? <strong>f</strong>uma hach�s ah� dentro. �<strong>t</strong>e atreves t� a fumar?</p><p>��<strong>p</strong>refiero quedarme aqu� -musit�; pero <strong>h</strong>usayn no me oy�.</p><p>���<strong>q</strong>u� has dicho? -pregunt� acerc�ndose a�n m�s.</p><p>��<strong>q</strong>ue prefiero quedarme aqu�.</p><p>��<strong>y</strong>o tambi�n -insinu�. <strong>y</strong> puso su mano sobre la m�a-. <strong>a</strong>unque estar�amos mejor en otro sitio.</p><p>���<strong>d</strong>�nde? -le pregunt�.</p><p>��<strong>v</strong>en.</p><p><strong>m</strong>e llev�, sin soltarme la mano, a un aposento peque�o y retirado.</p><p>�<strong>d</strong>in�, que nos acompa��, saltaba alrededor, feliz con el cambio.</p><p><strong>v</strong>olv� a recriminarme no haberlo atado en casa. <strong>h</strong>usayn con una mano acariciaba mi cara, y, con la otra, mi cintura. <strong>y</strong>o, ignorando qu� hacer con mis manos, dudaba, hasta que las coloqu�, como si no fueran m�as -o acaso ellas se colocaron solas-, sobre sus caderas. <strong>h</strong>ab�a bajado los ojos, y me o� suspirar.</p><p><strong>h</strong>usayn me levant� la barbilla y nos miramos: todo el mundo eran sus ojos. <strong>t</strong>anto, que tuve que cerrar los m�os. <strong>l</strong>uego me bes� en la boca. <strong>s</strong>ent�a las patas y los ga�idos de �<strong>d</strong>in�, que reclamaba mi atenci�n, depositada entera en otro sitio. <strong>s</strong>e escuchaba una voz:</p><empty-line/><p>�<strong>p</strong>or la boca entra el licor que me embriaga y entra el humo venturoso del hach�s.</p><p><strong>p</strong>ero los restos del vino salen por una espita que no nombro y los restos del humo son s�lo risas y humo�.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a boca de <strong>h</strong>usayn se demoraba sobre la m�a. <strong>p</strong>ara poder respirar, entreabr� los labios. <strong>i</strong>magin� sus dientes algo grandes y sus labios, que hab�a visto de cerca un poco antes. <strong>p</strong>ero me pregunt� por qu� ten�a que imagin�rmelos si ahora estaban entre los m�os.</p><empty-line/><p>�<strong>e</strong>l vino y el hach�s son las muletas en que me apoyo: de agradecer son ambas; pero la del vino me traba los pies y la del hach�s me proporciona alas�.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>uestros cuerpos, apoyados el uno contra el otro, se frotaban y se apretaban. <strong>a</strong>lgo crec�a en m�, se dilataba en m� con un ins�lito sufrimiento. <strong>s</strong>ufr� un v�rtigo, cerr� los ojos en el vac�o y ech� las caderas de golpe hacia adelante. <strong>h</strong>usayn levant� el borde de mi falda, e introdujo su mano bajo ella. <strong>m</strong>e acarici� all� donde algo nuevo se tramaba, al parecer en contra m�a. <strong>c</strong>on la otra mano me empuj� en el hombro hacia abajo, y nos recostamos sobre unos almohadones. <strong>c</strong>ogi� mi mano y la puso entre sus piernas: entonces comprend� lo que se alzaba entre las m�as. <strong>a</strong>lguien cant�, y me sonaba dentro:</p><empty-line/><p>�<strong>a</strong>y, jilguero, ay, jilguero, p�sate en la rama de mi cuerpo, brinca sobre ella y trina, balanc�ate y canta y haz tu nido en mi pecho, que ya no puede servir para otra cosa�.</p><empty-line/><p>�<strong>d</strong>in�, ofendido por nuestra indiferencia, se tumb� a nuestro lado, mir�ndonos con ojos de reproche, atentos y suplicantes. <strong>h</strong>usayn me acariciaba y yo lo acariciaba.</p><p><strong>c</strong>on los ojos perdidos, lleg� un momento en que cre� que me estaba muriendo sobre los almohadones, y que se me escapaba la vida, y que nunca m�s podr�a ponerme de pie, ni ver, ni o�r. <strong>a</strong>br� los ojos porque �<strong>d</strong>in� me olfateaba el vientre, mojado de algo que no hab�a visto nunca. <strong>h</strong>usayn yac�a como desmayado al lado m�o, con el pene erecto, protegi�ndolo de �<strong>d</strong>in�, que a toda costa trataba de lamerlo.</p><p>���<strong>d</strong>in� -grit�, o no s� si grit�-. ��<strong>d</strong>in�!</p><p>��<strong>�</strong>l sabe lo que hace -sonri� <strong>h</strong>usayn y, despu�s de un instante en silencio, a�adi�-: <strong>v</strong>amos con los dem�s.</p><p><strong>a</strong> m� me parec�a que llev�bamos a�os apartados de ellos. <strong>a</strong>l volver al sal�n principal, todav�a cantaba el hijo del herrero con su blanca y aguda voz de ni�o:</p><empty-line/><p>�<strong>a</strong>y, jilguero, ay, jilguero, d�jame besar tu cuello mientras te digo adi�s�.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a mano de <strong>h</strong>usayn acarici� mi cuello sin detenerse en �l.</p><p>��<strong>t</strong>ienes -me dijo- el cachorro m�s bonito del mundo.</p><p>��<strong>q</strong>u�date con �l. <strong>q</strong>uiero regalarte algo por el <strong>m</strong>awlid y por tu fiesta.</p><p>���<strong>d</strong>e verdad?</p><p>��<strong>n</strong>ada me gustar�a tanto, siempre que me dejes visitarlo de cuando en cuando.</p><p><strong>s</strong>onri�, me hizo una reverencia de gratitud, y llam� a �<strong>d</strong>in�.</p><p><strong>c</strong>omo si comprendiese que hab�a cambiado de due�o, �<strong>d</strong>in� corri� hacia �l haci�ndole zalemas, y meneando, no el rabo s�lo, sino las ancas y casi el cuerpo entero.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>quella noche yo no pod�a dormir. <strong>e</strong>staba pose�do de una agitada felicidad. <strong>o</strong> quiz� no de felicidad, porque supon�a que �se habr�a de ser un sentimiento menos torturador. <strong>l</strong>o que no me dejaba dormir era una tensi�n que me representaba, detalle por detalle, lo sucedido; la necesidad de que la noche no pasara, y a la vez de que llegara el d�a siguiente para comprobar, a su luz, que todo hab�a sido cierto, y que, a pesar de ello, yo segu�a siendo el mismo.</p><p><strong>c</strong>on los ojos abiertos en lo oscuro, percib�a resonancias no percibidas hasta entonces en las noches de la <strong>a</strong>lhambra: los sonidos quebradizos y entrecortados del agua, los remotos chasquidos de las armas de la vigilancia, el aire insomne desordenando los jardines, el silencio armonioso que luego he escuchado tantas noches descender desde las estrellas. <strong>m</strong>e parec�a que, por fin, hab�a sabido qui�n era yo y para qu� era yo�</p><p><strong>m</strong>e qued� dormido sin querer.</p><p><strong>n</strong>o deb�a de haber pasado mucho tiempo cuando me despertaron los voraces lametones de �<strong>d</strong>in� humedeci�ndome la cara. <strong>s</strong>in abrir los ojos, sonre�. <strong>p</strong>ens� qu� f�cilmente hab�a encontrado �l el camino de vuelta, ahora que yo iniciaba otro de ida sin la menor idea de d�nde me conducir�a. <strong>s</strong>uspir� el perro, suspir� yo, y nos dormimos abrazados.</p><empty-line/><p><strong>p</strong>asaron dos d�as antes de que volviera a ver a <strong>h</strong>usayn. <strong>f</strong>ue a la salida de la oraci�n de la tarde en la mezquita de la <strong>a</strong>lhambra. <strong>m</strong>e salud� con amabilidad. <strong>m</strong>is ojos, llenos de intensidad, buscaron los suyos; despu�s los abati� la decepci�n: <strong>h</strong>usayn me miraba con la sencilla indiferencia con que miraba los �rboles, el minarete, los tejados verdes, la tarde, la suave cuesta que desciende hasta la entrada principal de los palacios, y los rostros de quienes nos rodeaban. <strong>m</strong>e pregunt� por �<strong>d</strong>in� y me cont� riendo que la otra noche no hab�a durado a sus pies ni una vela siquiera; en cuanto apag� la antorcha para dormir, �<strong>d</strong>in� huy� de su alcoba.</p><p><strong>h</strong>usayn, en adelante, me trat� como si nada hubiese ocurrido entre nosotros. <strong>y</strong> as� era, en efecto: nada importante hab�a ocurrido.</p><p><strong>s</strong>in embargo, yo tard� en descubrirlo. <strong>c</strong>uando lo descubr�, hab�a dejado para siempre de ser un ni�o ya.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>st�bamos jugando, entre lecci�n y lecci�n, en la madraza de los pr�ncipes, dentro del recinto de los palacios. <strong>�</strong>ramos doce o catorce. <strong>n</strong>os hab�an enviado hac�a muy poco, desde <strong>l</strong>oja, unos kurray: unos preciosos potros tallados en madera de colores brillantes, con los faldones de tela listada y bordada. <strong>n</strong>os los at�bamos, para correr ca�as, a la cintura. <strong>e</strong>l de mi hermanastro <strong>n</strong>azar acababa de chocar tan fuerte contra el m�o que le hab�a partido una oreja; yo la ten�a en la mano, la miraba con pena, pretend�a ajustarla de nuevo a la cabeza. <strong>e</strong>ntonces entr� un criado de la casa de mi padre, y, dirigi�ndose a m�, dijo tajantemente:</p><p>��<strong>e</strong>l sult�n, a quien <strong>d</strong>ios bendiga, desea verte ahora.</p><p><strong>e</strong>n el patio se hizo un silencio. <strong>q</strong>uiz� ese silencio me atemoriz� m�s que el mensaje. <strong>m</strong>i padre no me hab�a mandado llamar nunca, y yo no lo hab�a visto a solas en mi vida. <strong>m</strong>e desat� el kurray; lo deposit� con excesivo cuidado -no s� si para tomarme algo de tiempo o para simular una tranquilidad que no sent�a- en un rinc�n del patio. <strong>m</strong>ir� a <strong>y</strong>usuf, que me salud� con la mano para darme aliento, y segu� al sirviente, pregunt�ndome qu� habr�a hecho mal, o qu� quejas le habr�an dado a mi padre para que, de manera tan dr�stica, interrumpiera las lecciones y me reclamara delante de todos.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>e condujeron a la <strong>s</strong>ala del <strong>c</strong>onsejo, lo cual me alarm�, si cabe, m�s a�n. <strong>y</strong>o s�lo hab�a entrado all� una vez, en compa��a de uno de mis maestros, para pedir gracia a un ministro en favor de un sirviente nuestro, que hab�a quemado con un brasero el borde de un tapiz. <strong>a</strong>l atravesar el arco no distingu� nada en la penumbra, deslumbrado por la luz exterior.</p><p><strong>l</strong>uego ya vi a mi padre. <strong>n</strong>unca me hab�a parecido tan temible, quiz� porque nunca lo hab�a visto antes en funciones de rey, o quiz� porque mi estado de �nimo me lo engrandec�a. <strong>a</strong>l principio cre� que estaba solo: soberbio, de cejas espesas y fruncidas, y ojos relampagueantes como en una c�lera continua. <strong>d</strong>eb�a de vestir de oscuro, porque no distingu� sus ropas, s�lo su cara, cercada de una barba negra, y sus manos, poderosas y largas.</p><p>��<strong>a</strong>c�rcate -me dijo.</p><p><strong>e</strong>staba sentado, y me indic� que me sentara frente a �l. <strong>a</strong>l obedecer, adaptados mis ojos a la luz, alcanc� a ver dos hombres que lo flanqueaban. <strong>a</strong> uno lo identifiqu� como el gran visir <strong>a</strong>bul <strong>k</strong>asim <strong>b</strong>enegas; al otro no lo hab�a visto nunca. <strong>e</strong>l visir era muy delgado y cargado de hombros, con una barba en punta a�n no del todo blanca.</p><p><strong>e</strong>l otro, en cambio, era bajo y regordete, con una expresi�n un poco ida y bondadosa; cuando not� que lo miraba, sonri� inclinando la cabeza; era m�s joven que los otros dos. <strong>m</strong>i padre estaba hablando:</p><p>��<strong>c</strong>uando t� naciste, los pron�sticos que nos dieron los astr�logos no fueron favorables. <strong>y</strong>o no creo en ag�eros, salvo que sean propicios; sobre todo, si vienen de estrelleros trapisondistas, o pagados por enemigos m�os. <strong>y</strong> ciertamente los astr�logos de tu abuelo no me tuvieron nunca como amigo.</p><p><strong>y</strong>o hab�a nacido un par de a�os antes de que mi padre destronara a mi abuelo. <strong>l</strong>os astr�logos oficiales, tratando de apoyar al sult�n viejo, o acaso la candidatura de mi t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, pusieron de su cosecha cuanto pudiera ir en contra m�a y, por tanto, de mi padre. <strong>e</strong>n aquel tiempo la relaci�n de mis padres entre s� era m�s concertada de lo que fue despu�s, y mi madre false� el d�a y la hora de su parto para tener el pretexto, suponiendo la mala fe de los sabios, de echar por tierra el resultado de sus hor�scopos. <strong>p</strong>or eso nunca he sabido el momento exacto en que nac�. <strong>e</strong>l caso es que todos los vaticinios estuvieron de acuerdo en que, si un d�a me sentaba en el trono, el <strong>r</strong>eino se perder�a conmigo. <strong>s</strong>emejante maldici�n hab�a pesado turbiamente sobre m�, aunque nadie de las alturas tuviera una fe ciega en las cartas astrales, salvo -como acababa de decir mi padre- en cuanto les fuese conveniente. <strong>y</strong> yo hab�a sabido, unos meses antes, que los secuaces de mi t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, en los d�as de su frustrada rebeli�n contra mi padre, hicieron uso de esas predicciones perjudiciales para m�.</p><p><strong>e</strong>l visir y el otro acompa�ante atend�an a mi padre entre signos de aprobaci�n. <strong>e</strong>staban de pie, y yo sentado, lo que me desasosegaba, porque preve�a la importancia de lo que me iba a ser comunicado.</p><p>��<strong>c</strong>orren tiempos muy buenos para el <strong>r</strong>eino. <strong>l</strong>os reyes cristianos andan a la gre�a entre ellos y con <strong>p</strong>ortugal; en cambio, nuestra econom�a est� saneada, y nuestros s�bditos viven tranquilos y felices. <strong>g</strong>racias a mi gobierno, es fuerte la moneda; la agricultura, fruct�fera; los impuestos, tolerables; y el ej�rcito, disciplinado y bien dispuesto. <strong>n</strong>o se ven nubes en el horizonte. �<strong>t</strong>ampoco se vieron durante los d�as del gran alarde, y cuando se vieron, no hubo remedio ya. <strong>d</strong>e ah� que sea el momento ideal para iniciarte en las tareas pol�ticas. <strong>a</strong>qu� est�n dos de las personas que te van a servir de gu�a en ese empe�o. <strong>s</strong>� que tienes ya bastantes conocimientos de escritura y del <strong>c</strong>or�n; en adelante debes proponerte como punto de mira el de los pr�ncipes nazar�es. <strong>l</strong>a m�s alta instrucci�n es la que conduce al regimiento de nuestro pueblo: una forma de obtener el poder y de mantenerlo despu�s en nuestras manos. <strong>s</strong>i respondes a esa exigencia, ser�s mi sucesor cuando <strong>d</strong>ios sea servido; si no respondes, otro pr�ncipe te sustituir� en el privilegio. <strong>d</strong>e ti depende, pues, tu propio destino, y no de los est�pidos agoreros que pretendieron disturbar nuestra esperanza.</p><p><strong>s</strong>e�al� a su derecha.</p><p>��<strong>�</strong>ste es, ya lo sabes, mi brazo derecho en el gobierno: el gran visir <strong>b</strong>enegas. <strong>g</strong>oza de mi absoluta confianza. <strong>n</strong>ing�n hombre podr�a ilustrarte mejor que �l, ni asesorarte mejor en el viaje que emprender�s a trav�s del proceloso mar de la pol�tica. <strong>e</strong>l ser humano vive muy poco tiempo y agitado.</p><p><strong>n</strong>uestra �poca es temblorosa y cr�tica: en buena parte es nuestra mano la que ha de marcar su signo y la direcci�n de los acontecimientos. <strong>e</strong>n un pr�ncipe, el valor, la abnegaci�n y la defensa de su <strong>r</strong>eino hasta la muerte son virtudes que se dan por supuestas; a ellas hay que agregar la habilidad, la oportunidad en las acciones y la anticipaci�n a los enemigos, de los que fuera y dentro estamos rodeados. -<strong>l</strong>os tres mostraron, con una sonrisa, su connivencia-. <strong>n</strong>o puedo encarecerte con bastante insistencia que estudies, asimiles, experimentes y te apliques a discernir cuanto a tu alrededor suceda para que, cuando suene tu hora (y me es imposible desearla pronta) -los tres sonrieron de nuevo-, gobiernes con precisi�n, justicia y beneficio.</p><p><strong>s</strong>e�al� a su izquierda.</p><p>��<strong>e</strong>ste otro personaje es <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal� <strong>m</strong>ohamed <strong>b</strong>en <strong>a</strong>bdal� al <strong>a</strong>rab� al <strong>o</strong>kail�. <strong>u</strong>n hombre de prestigio, poeta y sabio. <strong>�</strong>l te orientar� entre los intr�ngulis de la corte, del protocolo y de la majestad, no siempre accesibles, sobre todo al comienzo, cuando el poder no es a�n suficiente como para cortar los nudos de un tajo y decidir con violencia. <strong>d</strong>e ti y de ellos espero que hag�is una obra buena a los ojos de <strong>d</strong>ios. <strong>d</strong>e vosotros dos -a�adi� dirigi�ndose a ellos- espero que hag�is una buena obra a mis ojos. -<strong>m</strong>ir�ndome con frialdad, concluy�-: <strong>a</strong>hora, vete.</p><p><strong>n</strong>o comentes nada de esta reuni�n.</p><p><strong>n</strong>i a tu madre. <strong>a</strong> tu madre menos que a nadie. -<strong>s</strong>onri�, y volvieron a sonre�r sus adl�teres-. <strong>v</strong>e en paz, y trabaja. <strong>t</strong>u triunfo y el del <strong>r</strong>eino lo escribiremos entre todos dirigiendo tu mano.</p><p><strong>m</strong>e puse en pie, di con torpeza las gracias, salud� y sal�.</p><empty-line/><p><strong>a</strong><strong>b</strong>enegas y a <strong>e</strong>l <strong>o</strong>kail� se agregaron un maestro de armas y un alguacil del tesoro. <strong>e</strong>l maestro de armas me ense�� su variedad, su empleo y el procedimiento para elegirlas y sacarles provecho; pero tambi�n c�mo utilizar a los soldados, a los que hab�a que conducir y alentar, casi m�s que en la guerra, en la paz. �<strong>s</strong>in embargo, nadie me advirti� que la artiller�a -una nueva manera de hacer la guerra- me iba a traer los disgustos m�s serios de mi vida. <strong>e</strong>ntonces en el <strong>r</strong>eino todos dormit�bamos, sin mirar -ni en el armamento ni en nada- hacia adelante, sino a los modos y a las costumbres del pasado. <strong>p</strong>ero m�s que nada me hablaba de caballos. <strong>m</strong>e dio a leer el �<strong>l</strong>ibro de los <strong>e</strong>scudos y de los <strong>e</strong>standartes�, y, al recomend�rmelo, agreg�:</p><p>��<strong>s</strong>eg�n la leyenda, cuando <strong>d</strong>ios quiso crear el caballo �rabe, se dirigi� al viento del <strong>s</strong>ur: �<strong>t</strong>� engendrar�s una criatura con el poder�o de quienes me defienden y con la fuerza de quienes me obedecen�. <strong>p</strong>or eso el <strong>p</strong>rofeta nos previno: �<strong>a</strong> quien posea un caballo y lo respete, lo respetar� <strong>d</strong>ios; a quien posea un caballo y lo desprecie, <strong>d</strong>ios lo despreciar�. <strong>�</strong>l simboliza la rapidez de nuestra victoria por el ancho mundo. <strong>n</strong>o hay otro m�s elegante ni m�s ligero de movimientos; ninguno le iguala en mansedumbre y docilidad; ninguno m�s inteligente para aprender alegr�as, o para hacer prodigios de agilidad. <strong>r</strong>ecuerda esto: nunca mandes cortar su larga cola de seda; no te asemejes a esos pueblos que, con la misma cuchilla con la que cortan la cola de sus caballos, cortan la cabeza de sus reyes. <strong>a</strong>l hombre de armas castellano -dec�a ahuecando el pecho- da risa verlo, si es que se le ve; porque lleva celada con visera, peto doble, protectores de muslos, grebas y zapatos de hierro. <strong>t</strong>iene un caballo principal, al que cubre tambi�n con bardas sobre ancas, cuello, pecho y testeras, y otro de dobladura para llevar la carga o sustituir al primero cuando lo rinde tanto peso. <strong>e</strong>se caballero, pesado como un elefante, porta una lanza largu�sima, de enristre, que descansa en una bolsa de cuero unida a la silla por el lado derecho, y estoque y maza o hacha. <strong>n</strong>uestro jinete, por el contrario, se defiende con una armadura m�s ligera, una lanza corta, la adarga y un pu�al.</p><p><strong>y</strong> mientras el castellano usa un estribo bajo, el estribo nuestro es muy alto y cabalgamos encogiendo las piernas, lo que hace m�s f�ciles y ligeros nuestros movimientos.</p><p><strong>c</strong>laro que los cristianos nos han copiado hace ya tiempo; sin embargo, les ser� siempre imposible competir con nosotros, porque el caballo es aliado nuestro.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l alguacil del tesoro, cuyo nombre es <strong>a</strong>bul <strong>k</strong>asim al <strong>m</strong>aleh, me mostr�, con el maestro de armas, durante una larga ma�ana, las riquezas guardadas en los s�tanos del palacio principal, que entonces habitaba mi padre. <strong>l</strong>os reyes de <strong>g</strong>ranada, tanto los zir�es como los nazar�es, han sido muy dados a acumularlas; por eso el resto de los reyes de <strong>t</strong>aifas nos llamaron �las urracas�. <strong>l</strong>as riquezas de los zir�es se las arrebataron los almor�vides: �qui�n arrebatar� las nuestras? <strong>c</strong>uando las vi me parecieron deslumbrantes e innumerables: ninguna guerra ni desgracia alguna las podr�a agotar. �<strong>h</strong>oy s� que no estaba en lo cierto y las recuerdo, en su mayor parte perdidas, m�s de lo que las recordaba al d�a siguiente de hab�rmelas mostrado.</p><p><strong>e</strong>ntr� en un subterr�neo excavado en la piedra roja de la <strong>s</strong>abica, con el silencio y la humedad rezumando por sus muros. <strong>l</strong>os siglos hab�an construido all� un prolongado agujero donde depositar sin prisas lo m�s fastuoso y lo m�s raro que se hallara. <strong>e</strong>n la primera sala hab�a armas suficientes para cubrir las demandas no s�lo del ej�rcito profesional granadino (la profesionalidad exist�a desde los tiempos de <strong>a</strong>lmanzor), que era propietario de su propio armamento, sino de los ej�rcitos ocasionales, aglutinados como consecuencia de hechos concretos o por levas repentinas.</p><p>��<strong>e</strong>n ellos se alistan, digamos que voluntariamente, los artesanos, los comerciantes y los ciudadanos del <strong>r</strong>eino, ordenados por villas, por se�or�os y por familias, y tambi�n los artesanos, los comerciantes y los ciudadanos de la capital ordenados por gremios, por barrios y por puertas.</p><p><strong>a</strong>s� me lo explic� el maestro de armas, en aquel espacio l�brego e inmenso, donde se repet�a, una vez y otra hasta amortiguarse, el eco de su voz y de nuestras pisadas.</p><p><strong>m</strong>ientras, me se�alaba gruesos haces con millares de lanzas apuntadas o de dos filos, partesanas, hachas, mazas, porras de astil amplio y flexible, ballestas y venablos armados de varias cuchillas, flechas emplumadas, y esbeltos y potentes arcos. <strong>a</strong>piladas en pir�mides, miles de adargas, clasificadas seg�n su material, su resistencia o su labor: hab�a broqueles redondos de madera, y adargas de piel de buey o de onagro o de ant�lope sahariano, con bellos adornos met�licos colgantes; cotas de malla y jacerinas, coseletes y lorigas, cascos y yelmos. <strong>e</strong>n una sala posterior, los arneses damasquinados y los tunecinos, hechos con chapa redoblada, las corazas labradas y las armaduras nieladas exhibidas sobre estafermos de madera, junto a los jaeces para los caballos y a los estandartes, los pendoncillos y los guiones. <strong>y</strong> cerca, despidiendo una larvada refulgencia, un n�mero infinito de alfanjes, cimitarras, gum�as, dagas, pu�ales, espadas, y las trompetas y los timbales que escoltan el paso del ej�rcito.</p><p><strong>e</strong>n un piso inferior, al que descendimos por unos pelda�os gastados trabajados en la roca viva, se guardan las armas de los sultanes y de los pr�ncipes: cascos orlados de oro y pedrer�a, espadas de combate y de alarde cuajadas de esmaltes y filigranas, armas blancas para las recepciones consteladas de perlas, rub�es y esmeraldas; espuelas, estribos, bocados de plata para las carreras; monturas recamadas en oro, guarniciones de caballer�as, tanto de guerra como de torneo, gualdrapas y cadenas, armaduras dise�adas y adornadas por los mejores or�fices y los m�s minuciosos joyeros de la <strong>t</strong>ierra�</p><p>��<strong>t</strong>odos los instrumentos de ataque y de defensa que el hombre ha inventado para sembrar con ellos bellamente la muerte -dijo <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh.</p><p><strong>e</strong>n las siguientes habitaciones, m�s aisladas y secas, se hallan el mobiliario y las ropas pertenecientes a los reyes de la <strong>a</strong>lhambra. <strong>s</strong>obre esteras de pita y de c��amo, se amontonan las alfombras y los alcatifes enrollados, y se alinean, en una guarda perenne, los armarios y las alacenas, los roperos y las cajoner�as. <strong>d</strong>e paso, abr� un caj�n al azar, y man� como un venero seco o como un arco iris desprendido de alguna vestidura.</p><p><strong>p</strong>ens� que, por mucho que viva, nunca podr� lucir, aunque no sea m�s que por un instante, cada una de las prendas que all� hay -albornoces, aljubas, capellares, marlotas, mantos, qu� s� yo- conservados en una mustia y sombr�a espera.</p><p><strong>n</strong>o lejos, miles de objetos disponibles para el ornamento de la corte y para la ostentaci�n de los sultanes: almimbares de maderas de <strong>o</strong>riente, guirnaldas de abalorios, ataifores de <strong>d</strong>amasco con incrustaciones de n�car, tibores de la <strong>c</strong>hina, copas de <strong>i</strong>rak, vasos de <strong>t</strong>abaxir, cueros de <strong>c</strong>�rdoba y una interminable serie de porcelanas, cristales y taraceas. <strong>v</strong>i cientos de instrumentos musicales: dulzainas, bandolinas, guzlas, chirim�as, trompas italianas, ajabebas, adufes, sacabuches, clarines, la�des, c�taras, rabeles. <strong>v</strong>i una multitud de pebeteros y de perfumes envasados; l�mparas y candeleros incrustados de �gatas y �nices; espejos de plata, o de marco de oro y cerco de diamantes� <strong>a</strong> mis j�venes ojos todo aquello se desplegaba como un sue�o, o como un cuento de �<strong>l</strong>as mil y una noches� que pudiera tocarse.</p><p><strong>m</strong>e llam� m�s la atenci�n, sin embargo, algo que no brillaba: rimeros altos y resguardados de pergaminos y papeles carmes�es: los usados en la canciller�a para la correspondencia oficial. <strong>p</strong>regunt�:</p><p>���<strong>p</strong>uedo llevarme alguno?</p><p><strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh, que me acompa�aba, sonri�:</p><p>��<strong>n</strong>o hay riesgo de que falsifiques ninguna carta regia: te falta el sello a�n. <strong>c</strong>�gelos.</p><p><strong>c</strong>og� un peque�o mont�n. <strong>t</strong>res a�os despu�s comenc� a escribir en ellos estas leves memorias.</p><p><strong>e</strong>n un corredor ancho, pr�ximo a numerosas tiendas de campa�a plegadas, de las que entrev� el lujo y los colores, un hormiguero de relojes de arena, de complicadas clepsidras que miden el tiempo con el agua, de largos telescopios, de astrolabios, de br�julas, de artefactos que hab�a visto en casa del m�dico <strong>i</strong>brahim, de extra�os �tiles de alquimia, de sopletes, de retortas, de matraces, de tablas geom�tricas, de aparatos y mecanismos cuya finalidad y funcionamiento yo ignoraba y a�n hoy sigo ignorando.</p><p><strong>y</strong> en estanter�as adosadas a paredes m�s lisas y protegidas por cueros, antiguos manuscritos y libros esmerada y lujosamente encuadernados. <strong>l</strong>os mir� con ojos compasivos al encontrarlos tan fuera de su destino de estudio y de lectura. <strong>y</strong> en mi interior les dije: �<strong>c</strong>uando reine, si reino, os subir�is conmigo. <strong>e</strong>n vosotros reside la �nica majestad�, y me desped� de ellos, sin poder desplegar mi mirada de su significado: porque ellos son la huella y la manifestaci�n de la sabidur�a, de las ciencias que nos han hecho c�lebres en la historia del mundo, de la literatura que alberga las palabras de amor y de tristeza por las cuales los hombres pueden quiz� salvarse.</p><p><strong>n</strong>o obstante, a�n me quedaba por ver lo m�s fant�stico. <strong>t</strong>ras una puerta que s�lo se abre con cinco llaves, cada una de las cuales custodia un alguacil distinto, est� la habitaci�n del tesoro real. <strong>e</strong>n el centro, una luenga mesa con tablero de �gata y patas de oro. <strong>s</strong>obre ella y a los lados, vasijas de cristal donde se depositan, ordenadas por tama�os y colores, la mayor cantidad de piedras preciosas que sea dado imaginar. <strong>a</strong> pesar de la oscuridad que reina all� dentro, al moverse la luz de la antorcha que <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh llevaba, se produc�a un verdadero incendio fr�o. <strong>s</strong>oy incapaz de transcribir la diversidad de piedras sin montar que all� arden, ni de aventurar su n�mero.</p><p><strong>s</strong>us ofuscantes destellos mariposeaban, lat�an, se apagaban, bull�an de un lado a otro, se contagiaban prendiendo y saltando de una a otra vasija.</p><p><strong>a</strong> un extremo, en arcones, cofres y talegos de piel, se api�an las monedas acu�adas de oro y plata, as� como bolsas repletas de oro en polvo, en lingotes y en barras.</p><p><strong>a</strong>l extremo contrario, las alhajas de los sultanes y de las mujeres de la casa real: diademas, brazaletes, arracadas, sartales, ajorcas, herretes, todo cuanto la jactancia crea para embellecer o para provocar una impresi�n de majestad y de opulencia. <strong>e</strong>n lugar de sentirme atra�do por tales galas, en que se hab�a holgado el deseo y el arte de muchos hombres y mujeres ya fenecidos, sent� por lo que sobrevivi� a sus propios due�os s�lo desd�n.</p><p><strong>a</strong>caso porque, acumulados en una cantidad sobre toda medida, perd�an aquello que verdaderamente aspiraban a ser: �nicos, irrepetibles y ensalzadores de una persona sola e irrepetible tambi�n. <strong>a</strong>l estar barajados unos con otros y constituir un apretado hervidero de esplendores, semejaban un mont�n de baratijas como las que se ven en un bazar cualquiera, susceptibles de servir para la colecci�n y el intercambio de los ni�os. <strong>y</strong> tal vez nunca fueron m�s que eso.</p><p><strong>e</strong>l <strong>o</strong>kail�, a quien expuse el juicio que me merec�a el tesoro, me habl� de la ilimitada insensatez de la ambici�n humana. <strong>p</strong>ero, por una parte, yo not� que no quer�a enemistarse con la tradicional actitud de sus reyes, y, por otra, que aquella insensatez le ata��a tambi�n a �l muy seriamente, ya que era aficionado a sortijas y joyeles. <strong>a</strong> m�, no obstante, la visita me sirvi� como cura de asombros y como prevenci�n; igual que el ni�o que entra a trabajar en un obrador de pasteler�a y, al primer atrac�n, deja de so�ar con los dulces y empieza a aborrecerlos.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l <strong>o</strong>kail� prefiri� desviar la conversaci�n de las joyas y tratar de las armas. <strong>m</strong>e dijo:</p><p>��<strong>a</strong>unque no es misi�n m�a adiestrarte en el arte de la guerra, debes saber que, entre nosotros, las artes y las ciencias no est�n separadas del todo, y que la poes�a, un aire aromado y c�lido, a todas las impregna. <strong>v</strong>oy a darte una prueba. <strong>a</strong>bu <strong>b</strong>akr al <strong>s</strong>airafi, un antiguo poeta, se permiti� aconsejar a los almor�vides, despu�s de una derrota asestada por los cristianos, la secular estrategia de los musulmanes andaluces. <strong>p</strong>orque nadie mejor que los guerreros nativos, buenos conocedores de las geograf�as y de los climas y del car�cter de sus enemigos, para acertar en la t�cnica b�lica que ha de ser empleada. �<strong>e</strong>l infeliz <strong>e</strong>l <strong>o</strong>kail� miraba asimismo al pasado, sin echar de ver que quien renovase las antiguas t�cnicas e incorporase las novedades, apostadas ya en el umbral, ser�a precisamente el que habr�a de cantar la victoria definitiva, si es que la hay. <strong>d</strong>ice <strong>a</strong>l <strong>s</strong>ayrafi a su imaginario interlocutor, uno de los invasores ortodoxos que so�aron con ser los propietarios del para�so andaluz:</p><empty-line/><p>�<strong>e</strong>n cuanto a la estrategia, te brindo los recursos por los que los reyes de <strong>p</strong>ersia se apasionaron y triunfaron mucho antes que t�.</p><p><strong>n</strong>o pretendo ser un entendido, pero acaso mi compendio animar� a los creyentes y les ser� beneficioso.</p><p><strong>v</strong>�stete una de aquellas cotas de malla doble que <strong>t</strong>uba, el h�bil artesano, recomendaba.</p><p><strong>t</strong>oma una espada india, delgada y cortante, pues es la que hace m�s mella en las corazas, y taja con m�s nervio que las otras.</p><p><strong>m</strong>onta un corcel veloz, que sea como una fortaleza bien guarnecida contra la que nadie puede nada.</p><p><strong>p</strong>arapeta tu campamento cuando te detengas, ya sea que persigas al enemigo como vencedor, ya sea �l quien te persiga a ti.</p><p><strong>n</strong>o atravieses el r�o; acampa mejor a su orilla, de manera que separe y proteja del contrario tu ej�rcito.</p><p><strong>e</strong>ntabla la batalla al atardecer, cuando tengas la certeza de apoyarte en una bravura denodada como un sost�n inquebrantable.</p><p><strong>c</strong>uando los dos ej�rcitos se encuentren con escaso espacio en la liza, que lo ampl�en las puntas de las lanzas; cuando hayas de atacar, hazlo al instante: cualquier indecisi�n es una p�rdida de posibilidades.</p><p><strong>e</strong>lige como exploradores a hombres intr�pidos, puesto que en ellos es tan natural el valor que nunca te defraudar�n.</p><p><strong>y</strong> no escuches jam�s al embustero que pretenda alarmarte: nadie ha obtenido nunca ni sabia ni �til opini�n de un mentiroso�.</p><empty-line/><p>�<strong>a</strong>�n me s� de memoria esos versos. <strong>u</strong>nas veces los puse en pr�ctica y otras no. <strong>p</strong>ero, poni�ndolos o sin ponerlos, en pocas ocasiones obtuve la victoria. <strong>q</strong>uiz� no aprend� a distinguir entre el mentiroso y el prudente. <strong>y</strong> he perdido la fe en consejos de poetas. <strong>c</strong>asi puedo decir que he perdido, en general, la fe en los consejos.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>e otro lado, <strong>a</strong>bul <strong>k</strong>asim <strong>b</strong>enegas (descendiente de los <strong>e</strong>gas de <strong>c</strong>�rdoba, de linaje cristiano, aunque esto se disimulaba, de la familia de los <strong>c</strong>eti <strong>m</strong>eriem, y uno de los hombre m�s enrevesados y codiciosos que he conocido, y he conocido muchos m�s de los que quisiera) comenz� en seguida a ocuparse de mi formaci�n pol�tica.</p><p><strong>s</strong>i esta expresi�n se hubiese de entender en su peor sentido, probablemente no habr�a encontrado un maestro mejor. <strong>l</strong>a teor�a y la pr�ctica eran en �l irreconciliables enemigas. <strong>a</strong>�n adolescente, yo me pasmaba de que mi padre tuviese a su servicio -m�s, de que se confiase por entero- a un personaje como aqu�l, favorecedor de sus amigos y clientes, y rival ac�rrimo de una familia decisiva como la de los abencerrajes.</p><p>��<strong>e</strong>l buen gobernante -me dijo la primera ma�ana- ha de ser el hombre m�s sabio y el m�s agudo.</p><p><strong>y</strong>o me consider� imposibilitado de alcanzar esa meta, y reconoc� para mis adentros que nunca iba a estar dispuesto para el trono. <strong>s</strong>in embargo, <strong>b</strong>enegas continu�, despu�s de una sonrisa:</p><p>��<strong>a</strong>unque no lo sea, pronto llegar� a serlo, porque bajo �l surgen y se despliegan todas las sabidur�as, florecen todas las inteligencias, tienen su antro todas las marruller�as y se instalan todas las querellas. <strong>e</strong>n un d�a s�lo, el gobernante puede adquirir una experiencia mayor que el resto de los hombres durante toda su vida.</p><p><strong>c</strong>omo afirm� <strong>o</strong>mar <strong>i</strong>bn <strong>a</strong>bdelas�s, <strong>d</strong>ios haya tenido misericordia de �l: �<strong>n</strong>o enga�o yo a nadie; pero ning�n enga�ador podr� enga�arme a m�. <strong>q</strong>uien sabe lo que es el mal y c�mo son los malvados, est� en una situaci�n inmejorable para precaverse de ellos.</p><p><strong>y</strong>o lo acechaba tratando de adivinar el porqu� de una chispa de sorna que ve�a en sus ojos; pero, apenas �l percib�a el prop�sito de mi mirada, la chispa se extingu�a.</p><p>��<strong>e</strong>l principio de toda pericia es tener claro que se sabe lo que de veras se sabe, y que se ignora lo que de veras se ignora. <strong>d</strong>e ah� que el pr�ncipe, como el otro d�a te previno tu padre, haya de instruirse con todo lo que observe; deducir ense�anzas de todo lo que oiga; mantener siempre una actitud digna sin dejarse arrastrar por sus pasiones -no pod�a yo evitar, al o�r esto, la imagen de <strong>s</strong>oraya-, ni por los encrespamientos de su c�lera; hablar con sinceridad y cumplir sus promesas; ganarse con su comportamiento el respeto de todos; no avergonzarse de preguntar, si tiene alguna duda; no resignarse a aceptar lo que no sea justo, y medir el grado de sus fuerzas, porque, cuando se dispara, lo que se pretende no es ir m�s all� del blanco, sino alcanzarlo.</p><p><strong>l</strong>a norma suprema consiste, por tanto, en conocer cu�l sea el impulso necesario y suficiente para lograr cada objetivo.</p><p><strong>a</strong>l escucharlo hablarme as�, yo juzgaba que aquellos consejos no eran para un pr�ncipe, sino para un hombre cualquiera, y que quiz� el pr�ncipe tendr�a que ser simplemente el mejor de los hombres comunes y no el hijo de un rey.</p><p>��<strong>m</strong>e alegra que tu padre, antes de tomar una determinaci�n irrevocable, haya querido que progreses en el arte de la pol�tica. <strong>p</strong>orque ninguna designaci�n es oportuna y v�lida si el designado sustituye a quien lo design� sin haberse provisto de la necesaria experiencia.</p><p><strong>c</strong>onf�a en m� para aprender, <strong>b</strong>oabdil, con la misma firmeza que tu padre conf�a en m� para gobernar.</p><p><strong>y</strong>o siempre tengo presente, por lo que a m� respecta, las cuatro faltas en que puede incurrir el ministro de un pr�ncipe virtuoso: la petulancia, si interviene cuando nadie le ha pedido su opini�n; la cobard�a, si no contradice a su due�o cuando �ste obra mal; la timidez, si no se atreve a expresar su juicio cuando se le solicita; y, sobre todo, la imprudencia, si habla sin haber examinado antes el estado de �nimo del pr�ncipe. <strong>u</strong>n ministro que no incurra en tales defectos ser� el mejor amigo de su rey. <strong>y</strong> no olvides, <strong>b</strong>oabdil, que el amigo mejor no es el que te acompa�a en la adversidad, sino el que te impide incurrir en ella.</p><p><strong>p</strong>orque la ausencia de amistad, o sea, la soledad en que el poderoso se encuentra, es m�s grave y m�s radical que la de otro hombre alguno. <strong>e</strong>n primer lugar, porque ha de mantenerse distante de quienes lo solicitan por inter�s y de quienes lo halagan y rodean para obtener beneficios. <strong>e</strong>n segundo lugar, porque los honestos que deber�a tener a su lado suelen alejarse impelidos por su delicadeza, su discreci�n y su dignidad. <strong>y</strong> en tercer lugar, porque no ha de dejar traslucir esa soledad, ni mostrar ante nadie que es d�bil por ella, porque ser� aprovechada para que el resentimiento de quienes lo circundan trate de destruirlo. <strong>p</strong>or eso no te lamentes nunca delante de quien no est� comprometido en lo mismo que t�, porque, o se desentender� de lo que le comunicas, o te expondr�s a sus agravios. <strong>n</strong>i siquiera expongas a la gente tu juicio sobre un tema, porque ser� in�til empe�o y una p�rdida de tiempo. <strong>s</strong>i aconsejas a un sabio en contra de su opini�n, se retraer� de ti; y si a un tonto, s�lo conseguir�s perder su afecto por completo sin mudar su car�cter. <strong>d</strong>ar consejos es, pues, tan peligroso como pedirlos, porque no hay instrucci�n que sea a la vez del gusto del maestro y del disc�pulo. <strong>y</strong> te lo digo yo, que he sido nombrado tu maestro. <strong>p</strong>orque un consejo dado y no seguido hace que quien lo dio se sienta humillado y cambie de postura; y, si fue seguido con �xito, quien lo dio se sentir� con derechos como contrapartida de su acierto. <strong>p</strong>or eso hay un refr�n que dice: �<strong>n</strong>adie te rasca la espalda como tus propias u�as�, y otro que dice: �<strong>n</strong>ing�n creyente se deja picar dos veces por el escorpi�n escondido bajo una misma piedra�.</p><p><strong>l</strong>a pol�tica, querido pr�ncipe, es, en lo m�s profundo, la sagacidad de saber elegir el mal menor, y de saber convencer a los s�bditos de que cualquier resoluci�n es un hecho consumado.</p><p><strong>m</strong>ientras peroraba <strong>b</strong>enegas, entusiasmado con su propia oratoria, yo lo atend�a con aplicaci�n, no porque �l me dijera lo que en realidad pensaba (salvo algunas excepciones m�s bien involuntarias), sino porque yo pensaba en la utilidad de lo que �l me dec�a (acaso a su pesar). <strong>a</strong>l ponerme en permanente guardia contra los dem�s, me pon�a en guardia tambi�n contra �l mismo. <strong>y</strong>o no le llevaba nunca la contraria; le formulaba cuestiones simples, cuya respuesta preve�a; fortalec�a su creencia en que yo no era muy advertido, ni llegar�a a serlo nunca; procuraba acomodarme a sus palabras para que, ante mi mansedumbre, que le era tan conveniente como posible sucesor (posible sucesor yo de mi padre, y �l de s� mismo), informara ben�volamente al sult�n. <strong>e</strong>n una palabra, yo obraba como el enfermo que se traga el brebaje no tanto para librarse de la enfermedad cuanto, por lo menos, para librarse del m�dico.</p><empty-line/><p>�<strong>t</strong>u t�o habr�a hecho un buen rey�, le o� un d�a a mi madre. <strong>y</strong> cuando m�s tarde mi padre comenz� a actuar con tanto desacierto, toda <strong>g</strong>ranada fue de la misma opini�n.</p><p><strong>m</strong>i t�o, que se llama como yo, es moreno, delgado y muy alto; tiene la tez p�lida y los ojos aterciopelados: �<strong>m</strong>ira como si acariciara�, dec�a <strong>s</strong>ubh. <strong>l</strong>as mujeres, cuando lo ven, no logran apartar de �l su mirada, y suspiran de pronto como si se les hubiese olvidado respirar por mirarlo. <strong>m</strong>i t�o responde con una carcajada a esos suspiros: conoce su causa y la desde�a. <strong>n</strong>o en balde anda siempre rodeado de mujeres; hasta en su casa, pues s�lo tiene hijas.</p><p><strong>d</strong>esde antes de adquirir uso de raz�n he sentido por �l una admiraci�n maravillada. <strong>m</strong>e hab�an contado que, teniendo yo dos a�os, �l sol�a buscarme -�<strong>v</strong>engo a verlo crecer�, dec�a-, me tomaba en brazos, me besuqueaba, y despu�s me arrojaba por el aire y me recog�a con la capa, ante el griter�o de <strong>s</strong>ubh. <strong>h</strong>asta que una ma�ana se le trab� la capa con el sable y, al no extenderla a tiempo, di yo con mis huesos, todav�a blandos, en las losas. <strong>a</strong>�ad�a <strong>s</strong>ubh que la cara de mi t�o se demud� de tal modo que ni ella se atrevi� a aumentar su sobresalto con insultos. <strong>a</strong><strong>d</strong>ios gracias, las consecuencias de la ca�da fueron s�lo unas cuantas moraduras y una gran hinchaz�n; pero mi t�o no volvi� a jugar con mi cuerpo a la pelota, y en la corte qued� confirmada su predilecci�n por m�. <strong>s</strong>i alguien me preguntaba en mi ni�ez a qui�n me gustar�a parecerme, respond�a sin dudar un instante. <strong>p</strong>or eso cuando, unos d�as atr�s, <strong>m</strong>oraima, despu�s de observarme con sonriente iron�a, me dijo que cada vez me asemejaba m�s a <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, levant� la cabeza con orgullo. <strong>s</strong>ospecho que ella no supo interpretar mi gesto, y call� pensando que la comparaci�n me hab�a incomodado.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>i padre y �l, a pesar de la diferencia de edades, se llevaban muy bien. <strong>e</strong>n los comienzos, mi t�o lo ayud� m�s que todo un ej�rcito.</p><p><strong>e</strong>ntre los dos consiguieron lo que afirm� mi padre la ma�ana en que me llam� al <strong>c</strong>onsejo: un buen momento para el <strong>r</strong>eino. <strong>e</strong>l gobierno se desenvolv�a con firmeza; los ciudadanos se sent�an seguros; se respetaban los principios religiosos, lo cual proporciona a los instalados una pl�cida sensaci�n de sosiego; se suprimi� la delincuencia, y, sobre todo, la frontera se mantuvo estable y defendida, cosa que casi nunca hab�a ocurrido. <strong>e</strong>l pueblo, pues, estaba satisfecho con mi padre. <strong>s</strong>in embargo, contra �l, y contra la ascendente estrella de <strong>b</strong>enegas, pronto se levantaron los alcaides que promovi� mi abuelo y que hab�an defendido su causa. <strong>l</strong>os secundaron algunos capitanes cristianos (siempre dispuestos a alimentar cualquier discordia interna) y los abencerrajes, que no olvidaban la hostil actitud con que mi padre inici� su reinado, y que sintieron la tentaci�n de imitar a los grandes castellanos que se comportaban en la frontera como se�ores absolutos. <strong>e</strong>stos grupos rebeldes izaron como bandera la m�s gallarda y noble que exist�a: el nombre de mi t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�. <strong>p</strong>or medio de artima�as, lo secuestraron y lo instalaron en <strong>m</strong>�laga a la fuerza, coron�ndolo rey, y as� declararon una guerra civil que pudo ser funesta. <strong>e</strong>n <strong>g</strong>ranada, tan hecha a vaivenes, a nadie extra�� mucho; la gente opinaba, como mi madre, que mi t�o hab�a nacido para rey. <strong>y</strong>o hab�a cumplido entonces ocho a�os, y cundi� por la <strong>a</strong>lhambra la noticia. <strong>t</strong>anto mi t�o como los abencerrajes y los viejos alcaides gozaban de una simpat�a que nunca alcanz� <strong>b</strong>enegas, generalmente odiado, aunque luego lo ser�a m�s a�n. <strong>p</strong>or si fuera poco, <strong>m</strong>�laga aspira por tradici�n a la independencia: en la dinast�a anterior tambi�n fue gobernada por el hermano del �ltimo rey; ojal� sea falso que la <strong>h</strong>istoria reitera sus cap�tulos.</p><p><strong>p</strong>ero mi padre no se arredr�; conoc�a demasiado a su hermano.</p><p><strong>d</strong>esde el principio supo que el alzamiento no era idea suya, sino una revuelta de los preteridos y humillados. �<strong>m</strong>i experiencia me dicta que los abencerrajes, como individuos, fueron siempre dignos de consideraci�n, responsables y honrados; pero, cuando actuaron como tribu, han proporcionado muchos quebraderos de cabeza al <strong>r</strong>eino.</p><p><strong>l</strong>es sucede al rev�s que a los <strong>v</strong>oluntarios de la <strong>f</strong>e, que, como cuerpo, son una buena guardia y un buen baluarte, pero cuando han ca�do en manos de alg�n jefe intrigante, se han metido en pol�tica y han dislocado todo. <strong>p</strong>or eso fue en persona hasta <strong>m</strong>�laga y, mediante argucias y dinero, consigui� que mi t�o escapara de las garras de los rebeldes y compareciera en su campamento. <strong>a</strong>ll� se mostraron los dos juntos y, sin mayor inconveniente, se sometieron los levantados ante el prestigio de uno y otro. <strong>m</strong>i t�o volvi� a ocupar el puesto que ocupaba; pero la represi�n contra los viejos alcaides y los abencerrajes fue terrible.</p><p><strong>m</strong>uchos de �stos fueron decapitados despu�s de una cena en la <strong>a</strong>lhambra, a la que acudieron embaucados por el perd�n de mi padre a su hermano. <strong>l</strong>os que huyeron con vida se refugiaron en <strong>c</strong>astilla, o en <strong>a</strong>guilar y en <strong>m</strong>edina <strong>s</strong>idonia, asilados por las familias fronterizas enemigas de las amigas de mi padre. <strong>y</strong>, tras aquel ba�o de sangre que suspendi� el �nimo de la ciudad, el poder se estabiliz� de nuevo. <strong>a</strong>unque qued� una sombra en la mente del pueblo, que estaba enamorado de los abencerrajes -apuestos y valientes y representativos- y cada d�a m�s reacio a <strong>b</strong>enegas. <strong>q</strong>u� misterioso el olfato de un pueblo para detectar con antelaci�n el mal que se avecina.</p><p><strong>t</strong>res a�os despu�s, es decir, el mismo en que me entrevist� con mi padre, me mandaron a <strong>a</strong>lmu��car con mi t�o, cuyo cari�o por m� aumentaba al seguir sin hijos varones.</p><p><strong>e</strong>l prop�sito era que me ejercitara en el uso de las armas y me perfeccionase en la equitaci�n. <strong>m</strong>i madre me despidi� dici�ndome:</p><p>��<strong>a</strong>dvi�rtele a tu t�o que, por mucho que se aspire a un trono, no se tira por el aire a quien ha de heredarlo. <strong>y</strong> que, si se le tira, no se le recoge.</p><p><strong>c</strong>on lo cual me daba a entender el cr�dito que la seriedad de mi t�o ten�a a sus ojos, y que conoc�a mi entrevista con mi padre antes quiz� de que yo saliese de la <strong>s</strong>ala del <strong>c</strong>onsejo.</p><p>��<strong>s</strong>eg�n el <strong>p</strong>rofeta -me dijo mi t�o el primer d�a-, a tres juegos humanos asisten complacidos los �ngeles: a las carreras de caballos, al tiro al blanco, y a otro, a�n prematuro para ti.</p><p>���<strong>c</strong>u�l es? -pregunt� de inmediato.</p><p><strong>m</strong>i t�o ri�:</p><p>��<strong>e</strong>l que juegan juntos un hombre y su mujer.</p><p><strong>c</strong>ada ma�ana descend�amos de la fortaleza y galop�bamos por la playa en competiciones apasionantes, cuyas reglas me permit�a mi t�o establecer, y en las que, a pesar de darme todas las ventajas, siempre me superaba. <strong>a</strong>quellos d�as felices, ilimitados y luminosos, estuvieron llenos de mi t�o y del mar. <strong>q</strong>uiz� son para m� los dos como uno solo: a la vez pr�ximos y lejanos, persistentes y mudables sin cesar, gozosos y severos, e inmensos. <strong>y</strong>o no deseaba m�s que estar al acecho de los dos, pero fingiendo que ni siquiera los miraba, y sentirme mirado por ellos, pero fingir tambi�n que no me daba cuenta. <strong>m</strong>i �nico anhelo era sobrepujarme a los ojos de mi t�o, por lo que pugnaba en aparentar m�s coraje, m�s resistencia, m�s reciedumbre y m�s preparaci�n de los que ten�a.</p><p><strong>t</strong>ierra adentro, una ma�ana me descabalg� con violencia la montura. <strong>m</strong>e produjo un soportable da�o en un brazo; pero -quiz� por excusar mi torpeza- cerr� los ojos y simul� un desmayo. <strong>e</strong>l t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal� se ape�, se abalanz� sobre m�, me toc� la garganta, y me abraz�, hasta que, al comprender que se trataba de un enga�o, se alej� enojado y sin decir palabra.</p><p><strong>p</strong>ero fue entonces cuando sobrevino el da�o verdadero: una viborilla, quiz� un alicante, a la que hab�a asustado mi ca�da, me mordi� en un muslo. <strong>s</strong>ent� la picadura, vi al animal, y quise no gritar, pero grit�. <strong>v</strong>olvi� mi t�o la cabeza y se percat� enseguida de todo. <strong>s</strong>e abalanz� de nuevo sobre m�, puso su boca en mi muslo y sorbi� el veneno. <strong>a</strong> m� se me hizo eterno el tiempo en que la boca de <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, como una ventosa, estuvo contra mi carne. <strong>p</strong>ens� que pod�a morir, y no me result� desagradabe esa manera. <strong>m</strong>i t�o apartaba la cara, escup�a, y volv�a a apretar mi muslo con sus labios. <strong>h</strong>asta que dio por hecho cuanto era posible hacer. <strong>y</strong>o yac�a sobre la hierba casi desnudo, mi mano sobre la negra cabeza de mi t�o; para serenarme, sus manos recorr�an mis piernas, mi pecho, mis mejillas.</p><p><strong>n</strong>inguno de los dos habl�bamos, s�lo se escuchaban nuestras respiraciones; pero era evidente que acababa de crearse entre nosotros un nuevo v�nculo de vida y muerte, de generosidad y de deber: un v�nculo que conven�a mantener en silencio. <strong>c</strong>on una honda y larga mirada as� lo establecimos. <strong>l</strong>a luz del sol ca�a en vertical sobre nosotros cuando, con su mano morena y vigorosa, me dio un azote, y dijo con voz severa:</p><p>��<strong>y</strong>a eres un hombre. <strong>q</strong>ue ese tonto veneno no envenene tu vida.</p><p><strong>n</strong>i la m�a. <strong>v</strong>olvamos.</p><p><strong>y</strong> como mi impericia hab�a dejado huir al caballo despu�s de que me arrojase por las orejas, montamos ambos en el suyo -yo delante de �l-, y retornamos a la ciudadela.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>o que voy a escribir a continuaci�n ocurri� dos d�as m�s tarde.</p><p><strong>e</strong>stoy casi seguro de que no fue imaginaci�n m�a, sino que sucedi� tal como lo cuento. <strong>s</strong>in embargo, cualquiera -yo mismo hoy- puede sacar distintas conclusiones.</p><p><strong>t</strong>odav�a me molestaba el muslo por la picadura, pero no lo ten�a apenas inflamado. <strong>e</strong>l f�sico me hab�a puesto un emplasto de hierbas -�<strong>e</strong>s de sapos�, bromeaba mi t�oque me imped�a moverme con soltura.</p><p><strong>m</strong>i t�o decidi� que, en lugar de montar, me ejercitase esa ma�ana con el arco. <strong>d</strong>isparaba bastante mal, y frente a m� se hallaba el testimonio: un blanco ileso. <strong>c</strong>uando marraba un tiro, escuchaba las risotadas de <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�.</p><p>��<strong>l</strong>a mejor manera de huir de tus flechazos es ponerse ante el blanco.</p><p><strong>n</strong>os encontr�bamos en la plaza del castillo. <strong>a</strong>bajo espejeaba el mar. <strong>e</strong>ra primavera, y ya sud�bamos. <strong>m</strong>i t�o se hab�a aligerado de ropa, y yo tambi�n. <strong>l</strong>os dos jug�bamos a la guerra, como dos viejos compa�eros de armas. <strong>d</strong>e repente vi c�mo mi camisa se te��a de sangre.</p><p><strong>n</strong>o sent� dolor, ni entend� qu� suced�a. <strong>m</strong>i t�o hab�a ido a recoger las flechas erradas y, cuando alz� la cara, lo vi palidecer. <strong>d</strong>e dos saltos se acerc� a m�, me arranc� la tela ensangrentada, cogi� mi cabeza entre sus manos, y le volvieron de nuevo el color y la risa.</p><p>��<strong>c</strong>ontigo siempre se est� en un ay. <strong>a</strong>hora sangras por la nariz; eres todav�a un ni�o. �<strong>e</strong>s que te has dado un golpe?</p><p><strong>n</strong>egu� con la cabeza, mientras me cubr�a la nariz con los dedos.</p><p><strong>m</strong>i t�o, despu�s de sentarse en el suelo, me tumb� boca arriba sobre sus piernas, me ech� la cabeza hacia atr�s, me levant� los brazos por encima de ella, y, tronchando una ramita del array�n que hab�a junto a �l, me la meti� dentro de la boca sobre la enc�a superior, oprimi�ndome luego con suavidad el labio. <strong>c</strong>asi en seguida la sangre dej� de manar. <strong>c</strong>on el vuelo de su camisa enjug� la que me manchaba la barbilla y la boca. <strong>y</strong>o hab�a entrecerrado los ojos porque el sol me deslumbraba. <strong>t</strong>rasl�cidos, los p�rpados me enrojec�an el cielo.</p><p><strong>s</strong>ent� que la sangre -y no ya la de la nariz- se aceleraba por mi cuerpo y frenaba de pronto su carrera.</p><p><strong>n</strong>o sab�a a qu� atribuirlo, pero me encontraba a gusto sobre el regazo de mi t�o. <strong>s</strong>u mano izquierda me acariciaba el muslo mordido por el alicante, y la derecha, cuyo brazo me estrechaba, no se hab�a movido de mis labios. <strong>a</strong>rrastrado por un cari�o m�s grande que yo mismo, la bes�. <strong>n</strong>o s� si fue s�lo una reacci�n de agradecimiento, o quiz� algo menos simple. <strong>s</strong>ent�a el aliento de mi t�o sobre mi rostro, como si un esfuerzo f�sico alterase el ritmo de su respiraci�n. <strong>e</strong>l sabor del array�n perfumaba mi boca, y el aroma del arriate removido al arrancar el tallo, el aire. <strong>c</strong>alentaba desde lo alto el sol. <strong>l</strong>a primera abeja runruneaba a nuestro alrededor. <strong>s</strong>in abrir los ojos, percib�a el cabrilleo del mar. <strong>e</strong>l leve jadeo de mi t�o se acerc� m�s a m�. <strong>m</strong>i boca presinti� la proximidad de la suya. <strong>a</strong>guard�, durante un segundo que dur� m�s que muchas vidas, lo que iba a suceder.</p><p><strong>a</strong>pretando los p�rpados, aguard�.</p><p><strong>d</strong>e repente, mi t�o se levant� con brusquedad dej�ndome ca�do boca abajo en el suelo. <strong>a</strong>br� por fin los ojos. <strong>l</strong>o vi de espaldas frente al mar. <strong>l</strong>os vi juntos y superpuestos a �l y al mar.</p><p>��<strong>y</strong>a no te sale sangre. <strong>d</strong>e prisa. <strong>t</strong>oma el arco y las flechas.</p><p><strong>e</strong>n aquel instante comprend� por qu� todos pensaban que mi t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal� <strong>i</strong>bn <strong>s</strong>ad habr�a hecho un buen rey.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>uando mi abuelo cas� a mi padre con mi madre no se molest� en preguntarle si la amaba: la respuesta saltaba a la vista. <strong>h</strong>ab�a estado casada con dos sultanes, al segundo de los cuales acababa de degollar mi padre; era mayor que �ste; se trataba, m�s que de una mujer, de una instituci�n nazar�, y ni yo mismo me atrever�a a decir que es bonita.</p><p>��<strong>d</strong>esde lejos, si no fuese por las ropas, se la confundir�a con un hombre; y aun desde cerca surgen dudas -le o� comentar a una concubina.</p><p><strong>t</strong>iene, eso es cierto, una clase de arrogancia que s�lo suele verse en los hombres; su instinto maternal es muy somero, y desaparece si se le compara con su instinto regio. <strong>s</strong>upongo que es porque nunca puso en tela de juicio que hab�a nacido para reina. <strong>e</strong>s hija de <strong>m</strong>ohamed <strong>IX</strong> �el <strong>z</strong>urdo�; su primer marido, del que no tuvo hijos, fue un primo suyo, <strong>m</strong>ohamed <strong>xI</strong> �el <strong>c</strong>ojo�, y el segundo, tambi�n por razones pol�ticas, <strong>m</strong>ohamed <strong>x</strong> �el <strong>c</strong>hiquito�, hijo de <strong>m</strong>ohamed <strong>vIII</strong> �el <strong>c</strong>hico�. (<strong>s</strong>� que este galimat�as puede resultar complicado; lo es para m� mismo, aunque se trata de nombres pr�ximos a nosotros. <strong>d</strong>e ah� que me proponga, en cuanto tenga tiempo, escribir la historia de la <strong>d</strong>inast�a, poniendo en claro lo que no lo est� y desbrozando las cr�nicas, tan cuajadas de elogios sobados y robados que, m�s que a poes�a, huelen a sudor cuando no a sangre. <strong>p</strong>ara ello tendr� que consultar la biblioteca de la <strong>a</strong>lhambra, porque en una sola cabeza -sobre todo si es la m�a- no caben tantos datos y menos a�n tantas traiciones). <strong>m</strong>i madre ha vivido entre intrigas, aventuras, destronamientos y entronizaciones, exilios y retornos. <strong>e</strong>s inteligente y representativa; personifica la m�s poderosa facci�n de <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>e</strong>ra, pues, prudente que quien se propusiera gobernar se la anexionase. <strong>y</strong> ning�n procedimiento m�s eficaz que casarla con su futuro heredero, que result� ser un usurpador. <strong>p</strong>or eso, ni mi abuelo ni mi padre se plantearon la cuesti�n de rechazar tal boda. <strong>p</strong>orque yo estoy convencido de que un florecimiento difiere de una decadencia en que hay una voluntad -no s�lo del poderoso, sino de la mayor�a de los s�bditos- que acierta al escoger, y que escoge y coloca en la primera fila a un hombre de signo positivo, y elimina o anula al de signo contrario. <strong>y</strong> tal es precisamente la �ltima raz�n de que no las tenga todas conmigo en este trance, a pesar de que la actitud de mi padre responda a la direcci�n positiva de que hablo; porque, �con qui�n, sino con ella misma, est� la mayor�a de los s�bditos?</p><p><strong>c</strong>ada d�a iba menos por la madraza de los pr�ncipes y pasaba m�s horas con mis instructores. <strong>b</strong>enegas, m�s que los otros, me atareaba poni�ndome al corriente, a su manera, de la pol�tica y de la tesorer�a, y eran justamente sus largas parrafadas las que, por un efecto contrario al perseguido, sembraban en m� la incertidumbre.</p><p>��<strong>t</strong>u padre tiene ahora tres armas en las manos. <strong>l</strong>a primera, las rivalidades entre los caballeros cristianos, ya sean andaluces, ya de los que habitan en la frontera, exiliados o instalados voluntariamente en ella. <strong>l</strong>a segunda, el manejo de las treguas con la joven reina <strong>i</strong>sabel; y la tercera, negarse al pago de los tributos pactados por sus antecesores. <strong>e</strong>stas tres armas son las que debes conocer mejor, porque no creo que t� puedas, llegada tu hora, utilizar otras distintas.</p><p>�<strong>e</strong>n el estado actual de <strong>c</strong>astilla, has de saber que la frontera es un palenque de hero�smos in�tiles, o �tiles s�lo para quienes los acometen. <strong>e</strong>s un campo de destierro o de castigo para banderizos ind�mitos; una palestra para empresas caballerescas, que nada tienen que ver con un reino tan confuso y decadente como el de los cristianos; un mercado de lucros y de granjer�as en el que cada cual arrambla con lo que tiene a mano, y un asilo donde se condonan las penas de los delincuentes y aun de los homicidas. <strong>n</strong>unca se ha visto tan azacaneada como ahora la vida en la frontera. <strong>d</strong>e ah� que tu padre, a pesar de las treguas, salga a mantenerla todos los veranos, y procure desanimar la audacia de los caballeros, que no guerrean por su rey, sino por ellos mismos.</p><p><strong>p</strong>orque cada hombre en la frontera se comporta no como se comportar�a en <strong>c</strong>astilla, sino como es o como lo dejan ser. <strong>l</strong>a corona no llega hasta aqu�, y eso redunda en nuestro beneficio. <strong>b</strong>astante tuvo el rey <strong>e</strong>nrique, y tiene hoy su hermanastra, con mantenerse en el trono: no pueden dilapidar medios ni energ�as en suministrar armas y dineros con que sostener de un modo convincente los l�mites del reino.</p><p><strong>i</strong>ncluso, en muchas ocasiones, los reyes cristianos se han servido de la frontera para quitarse de encima a personajes demasiado desafiantes o ca�dos en desgracia. <strong>e</strong>nrique <strong>i</strong>v tom� la costumbre de desterrar a ella a sus antiguos amantes cuando lo desde�aban o los sustitu�a: tal es el caso del condestable de <strong>j</strong>a�n, <strong>m</strong>iguel <strong>l</strong>ucas de <strong>i</strong>ranzo.</p><p><strong>y</strong> en muchas ocasiones, para acelerar el fracaso del desterrado, dejaron y dejan la frontera sin guarniciones ni abastecimientos, al simple albur de quien la defiende o la ataca; afortunadamente para nosotros, que as� reconquistamos o saqueamos a mansalva las plazas que nos arrebataron en reinados anteriores. <strong>e</strong>sto, como entender�s, ha multiplicado, sin muchas contraprestaciones, la gloria de tu padre y de tu t�o en los �ltimos a�os.</p><p><strong>p</strong>orque la frontera, tan distante de las cabezas coronadas cristianas, es un territorio para las ambiciones personales: est� lejos del coraz�n de los monarcas; se regatean en ella los socorros y los refuerzos; en ella no coincide la vida cotidiana con la pol�tica: entre otras cosas porque la vida est� siempre en continuo e inminente peligro. <strong>d</strong>e ah� que los se�ores de la frontera sean, si no se les embrida, aut�nticos reyes de taifas, que sobreviven o desaparecen seg�n su br�o. <strong>e</strong>s dif�cil creer, por muy levantiscos que los granadinos nos parezcan, qu� independientes de su rey y qu� enemigos entre s� son los castellanos.</p><p><strong>e</strong>llos sostienen con nosotros unas relaciones casi fraternales: viven en <strong>g</strong>ranada o se amparan en ella en cuanto consideran que sus reyes son injustos, o sus contrincantes demasiado terribles. <strong>l</strong>a frontera es, m�s que nada, un estado de �nimo, una manera de entender el mundo, algo que separa y que une. <strong>o</strong> sea, la demostraci�n de que toda pelea tiene mucho de abrazo, y de que, para batir a un enemigo cuerpo a cuerpo, se le ha de escuchar latir el coraz�n. <strong>l</strong>os que cuenten la <strong>h</strong>istoria, si no lo ven as�, no la contar�n bien.</p><p>�<strong>a</strong>parte de tu familia, <strong>b</strong>oabdil, hay otras tres en <strong>a</strong>ndaluc�a con las que, antes o despu�s �fue mucho antes de lo que yo cre�a�, habr�s de v�rtelas: los <strong>g</strong>uzm�n, en <strong>m</strong>edina <strong>s</strong>idonia, los <strong>p</strong>once de <strong>l</strong>e�n, en <strong>c</strong>�diz, y los <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba, que llevan dos siglos y medio en esa regi�n. <strong>l</strong>os dos primeros, por motivos de orgullo, de conquistas y de bot�n, son adversarios irreconciliables. <strong>d</strong>e su antagonismo, mimosamente cultivado por nosotros, hemos de sacar fruto; si un rey en�rgico sometiese a esos se�ores y los obligase a colaborar juntos, nuestra oportunidad habr�a cesado. <strong>e</strong>n cuanto a los <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba, su divisi�n es a�n m�s agria. <strong>l</strong>a casa tiene tres grandes ramas: la primera, la de <strong>a</strong>guilar, regida por el terrible don <strong>a</strong>lonso, e instalada en los pueblos de <strong>a</strong>guilar, <strong>m</strong>ontilla y la <strong>p</strong>uente de don <strong>g</strong>onzalo en la campi�a cordobesa, y, en la sierra, en <strong>p</strong>riego y <strong>c</strong>arcabuey; la segunda rama es la de <strong>l</strong>ucena y <strong>e</strong>spejo; la tercera, la del conde de <strong>c</strong>abra y se�or de <strong>b</strong>aena. <strong>e</strong>ntre las tierras de �ste y las posesiones de don <strong>a</strong>lonso de <strong>a</strong>guilar hay dos dominios: el de <strong>z</strong>ueros, que pertenece a don <strong>a</strong>lonso de <strong>c</strong>�rdoba, y el de <strong>l</strong>uque, de un pariente m�o, don <strong>e</strong>gas <strong>v</strong>enegas, un pobre ciego inv�lido; pero estos dos siempre bailan al son que los otros tocan. <strong>l</strong>o m�s importante es que don <strong>a</strong>lonso de <strong>a</strong>guilar y don <strong>d</strong>iego <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba, el de <strong>c</strong>abra, no se tratan desde hace algunos a�os. <strong>d</strong>on <strong>d</strong>iego es amigo de tu padre; pero quiero que lo entiendas bien: entre nosotros es amigo aquel con quien coincide nuestra conveniencia. <strong>e</strong>n la frontera, hijo m�o, tal es la norma: no tenemos m�s remedio que hacer una pol�tica repentina de alianzas y hostilidades seg�n el viento sopla.</p><p>���<strong>y</strong> por qu� guerrean entre s� estos se�ores, si comparten el mismo rey, la misma religi�n y el mismo enemigo com�n, que somos nosotros?</p><p>��<strong>n</strong>o puedo pedir a <strong>d</strong>ios que te conserve tanta ingenuidad -respondi� sonriendo con un ligero desd�n-. <strong>l</strong>os cristianos anteponen su soberbia a todo, incluso a su propio provecho. <strong>s</strong>on capaces de perderlo todo, y hasta de dejarse matar, con tal de perdurar con honra en la memoria de los otros. <strong>u</strong>na atrocidad, como ver�s. <strong>d</strong>on <strong>a</strong>lonso y don <strong>d</strong>iego representan las dos ramas principales del tronco de los <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba; pero la de don <strong>a</strong>lonso es la primog�nita. <strong>p</strong>or eso, cuando la segunda se le adelant� en nobleza y nombraron a don <strong>d</strong>iego conde de <strong>c</strong>abra y m�s tarde vizconde de <strong>i</strong>zn�jar, y aqu�l sigui� siendo s�lo se�or de <strong>a</strong>guilar, se le erizaron los bigotes. <strong>a</strong>dem�s, don <strong>a</strong>lonso ten�a que casarse con la octava hija de don <strong>d</strong>iego, lo cual hubiera suavizado las tensiones; pero, instigado por el maestre de <strong>c</strong>alatrava, se cas� con una hija del marqu�s de <strong>v</strong>illena, con lo que se rompieron definitivamente las concordias. <strong>t</strong>anto, que <strong>e</strong>nrique <strong>i</strong>v intent� en <strong>c</strong>�rdoba, en beneficio de la corona por supuesto, que firmaran la paz y se abrazaran. <strong>l</strong>o hicieron sin convicci�n ninguna. <strong>a</strong> los cuatro meses, don <strong>a</strong>lonso, en medio de un cabildo de la ciudad, prendi� a dos hijos del conde, y forz� al mayor -otro don <strong>d</strong>iego con el que te tropezar�s sin duda- a entregarle la tenencia de <strong>a</strong>lcal� la <strong>r</strong>eal, de la que era alcaide, y que es, como sabes, la puerta de nuestra <strong>v</strong>ega; porque entend�a que se la usurpaban. <strong>e</strong>n cuanto fue liberado, ese <strong>d</strong>iego desafi� a don <strong>a</strong>lonso sin que acudiese al reto, y despu�s apres� y retuvo tres a�os a un hermano del de <strong>a</strong>guilar, don <strong>g</strong>onzalo <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba, un buen soldado que se relacionar� contigo si alg�n d�a ocupas el trono de la <strong>a</strong>lhambra. <strong>y</strong>, por si fuera poco, cuando se puso en tela de juicio por los nobles la legitimidad de <strong>e</strong>nrique <strong>i</strong>v, don <strong>d</strong>iego lo defendi� frente a don <strong>a</strong>lonso, que tom� el partido del pr�ncipe su hermano. <strong>t</strong>odas estas malquerencias son complicadas de entender; pero considera que entre nosotros hay los mismos recovecos, y tampoco ser�n f�ciles de entender para los cristianos. <strong>e</strong>n pol�tica, a merced de los cambios, puedes encontrarte del brazo del que fue tu mayor enemigo el d�a anterior, y viceversa. <strong>y</strong>o no creo, bendito sea <strong>d</strong>ios, que ahora finalicen estas luchas tan fruct�feras, porque don <strong>d</strong>iego el de <strong>c</strong>abra es primo hermano de la jud�a <strong>j</strong>uana <strong>e</strong>nr�quez, madre del rey de <strong>a</strong>rag�n don <strong>f</strong>ernando, el marido de la reina de <strong>c</strong>astilla, y ese parentesco inclinar� a su favor el fiel de la privanza; lo cual enconar� m�s a�n a don <strong>a</strong>lonso.</p><p>���<strong>y</strong> que fue del hermano de don <strong>e</strong>nrique <strong>i</strong>v?</p><p>��<strong>a</strong> �se lo asesinaron en seguida.</p><p>��<strong>l</strong>a reina de <strong>c</strong>astilla es, por lo tanto, hija de don <strong>e</strong>nrique.</p><p>��<strong>n</strong>o; es su hermanastra <strong>i</strong>sabel. <strong>s</strong>u hija, que parece que no es hija suya y a la que llaman �la <strong>b</strong>eltraneja�, se cas� con el rey de <strong>p</strong>ortugal.</p><p>��<strong>q</strong>u� nombre m�s extra�o.</p><p>��<strong>l</strong>e viene de ser, seg�n se dice, hija del valido don <strong>b</strong>eltr�n de la <strong>c</strong>ueva.</p><p>���<strong>y</strong> por qu� se cas� con ella el rey de <strong>p</strong>ortugal?</p><p>��<strong>p</strong>orque el asunto de las paternidades no es infalible nunca.</p><p><strong>h</strong>asta don <strong>b</strong>eltr�n de la <strong>c</strong>ueva, en el momento de elegir partido, eligi� el de do�a <strong>i</strong>sabel, la hermanastra, y no el de su presunta propia hija. <strong>y</strong> es que parece que don <strong>b</strong>eltr�n entraba de noche en la c�mara regia, pero para acostarse no con la reina, sino con el rey.</p><p><strong>n</strong>o deber�a contarte tales aberraciones, pero la <strong>h</strong>istoria est� hecha por los hombres y para los hombres, y las camas importan, en consecuencia, m�s de lo que debieran. �<strong>n</strong>o sab�a entonces hasta qu� punto <strong>b</strong>enegas iba a manejar las camas luego, y hasta qu� punto depender�a el porvenir del <strong>r</strong>eino de las lujurias y las sensualidades.</p><p><strong>l</strong>os ojos de <strong>b</strong>enegas continuaban mirando en el pasado, con la a�oranza de una ocasi�n perdida.</p><p>��<strong>p</strong>or desgracia, la voluntad de <strong>d</strong>ios no quiso que el reto aquel entre don <strong>a</strong>lonso y don <strong>d</strong>iego se llevase a cabo. <strong>h</strong>abr�amos salido del retador o del retado. <strong>o</strong> quiz� de los dos. <strong>y</strong>o lo hab�a dispuesto todo con minuciosidad. <strong>e</strong>n caso de duda, habr�a sido preferible salir de don <strong>a</strong>lonso; ya te digo que don <strong>d</strong>iego, el padre del retador, es afecto a nosotros. <strong>n</strong>os lo suelen enviar como embajador, porque sabe nuestra lengua, y es el que firma las treguas en nombre de sus reyes.</p><p><strong>c</strong>on esto entramos en el segundo punto, el que se refiere a la segunda arma de tu padre.</p><p>�<strong>l</strong>as treguas, hijo, no son m�s que un pretexto para renovar fuerzas y para rehacerse econ�micamente: tal es su fin, y no otro. <strong>s</strong>i uno lo ha conseguido, hayan o no vencido los plazos, vuelve al combate. <strong>n</strong>inguna tregua llega hasta la fecha pactada: a poco que un bando se vea m�s recuperado que el otro, lanza sus ej�rcitos contra �l. <strong>c</strong>omo comprender�s, no vamos a sujetarnos a una palabra que se dio en un instante de debilidad o de derrota, o por un rey insensato o demasiado cauto. <strong>t</strong>u padre, en eso, es muy expeditivo, y yo tambi�n.</p><p><strong>a</strong>dem�s, las t�citas leyes de la guerra no consideran que las treguas se rompan por ciertos movimientos, que son habituales dentro de la frontera. <strong>s</strong>e reconoce la licitud de atacar ciudades fronterizas, siempre que la campa�a no pase de tres d�as, se convoquen las huestes sin tocar trompetas, no se levanten tiendas, y todo se realice tumultuosa y apresuradamente. <strong>o</strong> sea, cuando no se trata en realidad de luchas de conquista, sino de amagar y no dar, de destrozar cosechas, de debilitar a la otra parte, y de beneficiarse con lo que logre saquear la expedici�n.</p><p>���<strong>y</strong> estamos ahora en tregua con los cristianos?</p><p>��<strong>s</strong>�, casi siempre lo estamos.</p><p><strong>e</strong>s decir, cuando no estamos en guerra. <strong>e</strong>n junio de 1475, el conde de <strong>c</strong>abra acord� con nosotros una tregua: desde <strong>l</strong>orca a <strong>t</strong>arifa, de barra a barra. <strong>r</strong>evisti� un aspecto m�s serio que las otras, porque le conven�a a su reina, por una parte, tener en paz el <strong>s</strong>ur (bastante ten�a ella con el <strong>n</strong>orte) y, por otra, cobrar, a ser posible, nuestro tributo, que era muy alto desde la infortunada batalla de la <strong>h</strong>igueruela que nos gan� su padre.</p><p><strong>t</strong>an seria y tan conveniente fue esa tregua que, d�a por d�a, en 1476 vinieron un tal <strong>a</strong>randa y un tal <strong>b</strong>arrionuevo a firmar otra por otros cinco a�os. <strong>p</strong>ero tu padre se hab�a fortalecido ya, y a finales del primer a�o fue al reino de <strong>m</strong>urcia a acongojar cristianos.</p><p><strong>p</strong>orque nuestros s�bditos necesitan la acci�n: una paz demasiado larga los afemina y los invita a conspirar; y adem�s nos vienen muy bien el ganado de los castellanos y el rescate de los cautivos. <strong>c</strong>laro que, en el caso de que te hablo, igual que en muchos otros, los dos mil cautivos que trajimos de <strong>c</strong>ieza y de <strong>r</strong>icote se convirtieron al <strong>i</strong>slam en cuanto pisaron <strong>g</strong>ranada; con lo cual engrosaron nuestro ej�rcito, pero perdimos los rescates: v�yase lo uno por lo otro.</p><p>���<strong>s</strong>�lo <strong>d</strong>ios vencedor� es el lema nazar� -dije yo exagerando mi devoci�n-, pero <strong>d</strong>ios est� con nosotros en verdad.</p><p>��<strong>n</strong>o siempre. <strong>e</strong>n esa expedici�n s� estuvo; en la que le sigui�, a <strong>c</strong>a�ete, se ausent�. <strong>n</strong>o te ocultar� nada. <strong>e</strong>n aquella tierra no hay agua dulce; los nuestros hab�an avanzado durante dos jornadas, y el agua que encontraban era siempre salobre. <strong>d</strong>ecidieron retroceder haciendo el menor da�o posible, tanto para apresurar la marcha cuanto para que los perjudicados no los siguieran en venganza. <strong>d</strong>urante la retirada murieron de sed animales y hombres; muy pocos regresaron vivos. <strong>h</strong>an pasado muchos meses, y ese camino de la sed no se ha borrado de la memoria de los granadinos. <strong>d</strong>e ah� que tu padre proyecte hacer algo inmediato para distraerlos. <strong>n</strong>o debe dejarse mucho tiempo para meditar sobre un fracaso; los fracasos se enconan y se pudren en los corazones de los s�bditos. <strong>l</strong>o que tu padre va a hacer para evitarlo tiene mucho que ver con su tercera arma.</p><p>���<strong>l</strong>a de los tributos?</p><p>��<strong>e</strong>so es. <strong>t</strong>e agradezco que sigas mi dislocada explicaci�n.</p><p><strong>l</strong>as parias que ten�amos que pagar (porque tu abuelo, al materno me refiero esta vez, confirm� el vasallaje con <strong>c</strong>astilla despu�s de la <strong>h</strong>igueruela) eran muy elevadas: veinte mil doblones por a�o. <strong>r</strong>egateamos hasta veinticuatro mil cada tres; pero aun as� lo mejor era no pagar nada. <strong>c</strong>astilla, por un lado, pasa hambre de dinero, porque todo el suyo est� en manos de obispos y de nobles; por otro lado, no est� en situaci�n de exig�rnoslo y obtenerlo por las bravas. <strong>d</strong>e modo que las treguas �ltimas se han pactado, astutamente por su parte y por la nuestra, sin aludir a los tributos. <strong>d</strong>e aqu� a tres d�as vendr�n don <strong>j</strong>uan <strong>p</strong>�rez de <strong>v</strong>alenzuela y don <strong>f</strong>ernando de <strong>a</strong>randa, de los veinticuatro de la ciudad de <strong>c</strong>�rdoba, con cartas de sus reyes. <strong>e</strong>ntonces comprobar�s lo que te he dicho de que no es prudente dejar dormirse a un pueblo en la amargura.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>s� fue. <strong>r</strong>ecib� una lecci�n que no olvidar� nunca; acaso porque no se me cont� ni la le�, sino que la presenci�. <strong>y</strong> porque mi padre, en su puesto de rey en medio de la corte, me pareci� grandioso, y me expliqu� muchas cosas que no son explicables. �<strong>a</strong>�n hoy contin�o convencido de ellas, aunque ya in�tilmente.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a tarde anterior los pr�ncipes, desde la torre de la <strong>f</strong>ortaleza, hab�amos visto a los cristianos acercarse al palacio donde se alojar�an. <strong>e</strong>ra una tropilla reducida y silenciosa. <strong>n</strong>o hac�a m�s ruido que el de los cascos de los caballos encubertados con cuero y el de las armaduras. <strong>e</strong>l sol poniente reverberaba sobre ellas.</p><p><strong>l</strong>os criados sub�an detr�s de los seis u ocho se�ores, cuyos rostros asomaban apenas por los yelmos, y que avanzaban con un halo de hieratismo y altivez que nos sorprendi�, acostumbrados como est�bamos a identificar la nobleza con un porte menos r�gido e inflexible.</p><p><strong>d</strong>ijo <strong>y</strong>usuf:</p><p>��<strong>p</strong>arecen mu�ecos mec�nicos a los que hubiesen apretado un resorte para echarlos a andar. <strong>c</strong>reo que debajo de tanto hierro no hay nada.</p><p>��<strong>o</strong>jal� no lo hubiese -coment� yo riendo-. <strong>e</strong>n ese caso se habr�an terminado las guerras.</p><p>��<strong>y</strong> sin guerras, �de qu� servir�amos nosotros? -pregunt� mi hermanastro <strong>n</strong>azar.</p><p><strong>n</strong>os hablan desde peque�os en <strong>g</strong>ranada del mal gusto de los castellanos; de la tristeza de sus vidas y de sus muertes, referidas a una eternidad amenazadora de la que no tienen testimonios y a la que todo lo sacrifican; de la incomodidad de sus edificaciones de piedra, de las fr�as espada�as y de las campanas de sus iglesias tan inhumanas; de su mal olor y de su suciedad; de su rechazo de los ba�os como pecaminosos; de sus vestidos, pardos y rudos, como para estar de continuo en campa�a y confundirse con su �rido paisaje; de la dureza que persiste en sus gestos hasta cuando pretenden ser amables, y en sus ropas hasta cuando pretenden imitarnos aliger�ndolas. <strong>p</strong>ero a m� nunca me han parecido inamovibles tales afirmaciones.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> la ma�ana siguiente <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh me condujo al <strong>s</strong>al�n de <strong>e</strong>mbajadores. <strong>m</strong>e situ� en el habit�culo del centro, a la derecha y detr�s del lugar regio, para que pudiera atisbarlo y o�rlo todo. <strong>t</strong>ras las cristaleras se divisaba, vibrante, un <strong>a</strong>lbayz�n fant�stico, pintados sus blancos por los colores del cristal. <strong>l</strong>a corte, fastuosa y resplandeciente, se extend�a seg�n el protocolo hasta los rincones del sal�n. <strong>e</strong>l artesonado de los <strong>o</strong>cho <strong>c</strong>ielos, arriba, era lo �nico inm�vil y mudo. <strong>y</strong>o me entretuve mirando un �nfora dentro de la taca de la izquierda, seg�n se entra desde la <strong>s</strong>ala de las <strong>b</strong>endiciones.</p><p><strong>f</strong>resca y bella, aislada y perfumada, como una d�diva de la naturaleza incrustada en aquel min�sculo templo. <strong>c</strong>ontemplaba el techo de la taca de madera labrada, su piso de m�rmol, sus m�nimas paredes de cer�mica y de estuco; palpitaba a mis ojos el alicatado blanco y negro, y casi no percib�a el filo verde, ni las yeser�as que semejaban m�rmol en la fr�a ma�ana�</p><p><strong>d</strong>esde el gran arco se esparci� un murmullo entre los asistentes: mi padre entraba. <strong>s</strong>e ilumin� el sal�n con su presencia. �<strong>m</strong>e mir� al acercarse? <strong>e</strong>n cualquier caso, no me vio. <strong>s</strong>e sent� con una dignidad imposible de adquirir. <strong>s</strong>obre los almohadones, era una inasequible pir�mide de oro y seda. <strong>a</strong> trav�s del encaje de las ventanas que coronan las alcobas, penetraba el d�a con su luz plateada. <strong>y</strong>o hab�a empezado a leer en la cornisa m�s pr�xima los versos de <strong>i</strong>bn al <strong>y</strong>ayab:</p><empty-line/><p>�<strong>d</strong>esde m� te dan albricias, al orto y al ocaso, las bocas de la dicha, de la amistad y el gozo�.</p><empty-line/><p><strong>y</strong> pens� que, a pesar del lujo que lo disfrazaba, aquello era como el campamento de una tribu n�mada: la cercan�a del oasis representado por la alberca del patio con sus arrayanes, las peque�as jaimas confluyendo hacia la alcoba del sult�n, la c�pula inmensa en que se reflejaba el cosmos y los s�mbolos celestes. <strong>i</strong>bn <strong>j</strong>ald�n se avergonzar�a al comprobar hasta d�nde hab�an deca�do las virtudes beduinas: si hicieron esto con su vigor nativo, con su desarraigamiento y con su arquitectura de tapial, �qu� quedar�a de sus ideales, de su austeridad y de su fe?</p><p><strong>c</strong>uando aparecieron los cristianos me imagin� que ellos se hallaban m�s cerca que nosotros de aquellas antiguas costumbres. <strong>y</strong> me estremec�; pero segu� leyendo:</p><empty-line/><p>�<strong>a</strong>rriba se despliega la c�pula excelsa; nosotras somos sus hijas; no obstante, me cabe a m� m�s gloria y m�s honor, porque soy el coraz�n y ellas los miembros, y del coraz�n sacan su fuerza el alma y el esp�ritu�.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>os cristianos se inclinaron en una sola reverencia, y mi padre les mand� alzarse con un gesto de los dedos. <strong>l</strong>o vi destelleante y �nico como el sol.</p><empty-line/><p>�<strong>s</strong>i mis hermanas son los signos del <strong>z</strong>od�aco, en m� y no en ellas es donde el sol esplende� -dec�a, en efecto, la inscripci�n-.</p><p>�<strong>m</strong>i se�or <strong>y</strong>usuf, valido de <strong>d</strong>ios, me ha revestido con galas de honor y de honra incomparables.</p><p><strong>m</strong>e convirti� en el <strong>t</strong>rono del <strong>r</strong>eino, cuya gloria custodian, por la luz, el <strong>a</strong>siento y el <strong>t</strong>rono celestiales�.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a luz acariciaba y se multiplicaba en los brocados, se entreten�a en los oros, se deslizaba sobre los marfiles. <strong>l</strong>os cristianos rebull�an, desconcertados, en medio de aquel cuadro; pero s�lo unos instantes, hasta que mi padre les dio permiso para hablar. <strong>e</strong>ntonces las cabezas y los tocados de los cortesanos se ladearon, convergieron o se separaron entre bisbiseos.</p><p><strong>d</strong>e los cristianos �nicamente dos llevaban barbas. <strong>c</strong>asi ninguno tendr�a m�s de treinta a�os. <strong>p</strong>or su tez clara, todos parec�an rubios. <strong>s</strong>e hab�an vestido, para destacar menos, con lujosas ropas de tonos vivos. <strong>s</strong>in embargo, se adivinaba bajo ellas el almidonamiento del que se encuentra inc�modo; sonre� al descubrirlo. <strong>d</strong>etr�s de los dos embajadores, me llam� la atenci�n el due�o de unos ojos vivaces en un rostro armonioso, rodeado de una corta melena de color casta�o.</p><p><strong>u</strong>n mulad� inici� su tarea de trujam�n. <strong>y</strong>o di con cautela dos pasos para ver mejor el perfil de mi padre, concentrado y benigno al mismo tiempo, impenetrable y amistoso. <strong>y</strong> comprend� que las monarqu�as son hereditarias porque se tarda mucho en aprender ciertos gestos; porque no se improvisa la majestad, sino que se lleva en la masa de la sangre. <strong>t</strong>raduc�a el mulad�: mi padre hab�a mandado sus embajadores a <strong>s</strong>evilla para firmar una tregua; pero exigi� que fuera reconocida su parigualdad con los reyes cristianos, y que la firma fuese de poder a poder, sin haberles otorgado autoridad para obligarse al pago de tributo ninguno.</p><p><strong>l</strong>os embajadores presentes, encargados de confirmar las treguas ahora en <strong>g</strong>ranada, reclamaban el cumplimiento de los antiguos compromisos de vasallaje y el pago de las parias atrasadas, e invitaban a mi padre a que en las nuevas cl�usulas de paz constaran los tributos de sumisi�n correspondientes.</p><p><strong>e</strong>l discurso fue extenso y sinuoso. <strong>e</strong>l orador no se atrev�a a expresar con absoluta claridad lo que deb�a expresar. <strong>c</strong>on un fruncimiento de cejas, lo animaba el int�rprete a dejarse de circunloquios en una corte donde los circunloquios eran la norma. <strong>s</strong>e escuchaba, impreciso, el murmullo de los comentarios cortesanos. <strong>u</strong>n asomo de sonrisa alete� en la boca, carnosa y algo infantil a�n, del due�o de los ojos vivaces. <strong>s</strong>u nariz y su frente eran ya adultas; pero su boca y su barbilla, no.</p><p>���<strong>q</strong>ui�n es? -le pregunt� a <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh en un susurro.</p><p>��<strong>g</strong>onzalo <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba -me contest�-: la esperanza cristiana.</p><p><strong>t</strong>odo lo detuvo un parpadeo de mi padre, que suspendi� a la concurrencia, e hizo trastabillar al trujam�n. <strong>a</strong>penas concluida la perorata, mi padre levant� con irresistible lentitud la cabeza. <strong>l</strong>a corte entera se dispuso, cambiando de postura, a escuchar otro largo discurso de respuesta: un discurso m�s largo que el de los embajadores, en el que mi padre aplazara las treguas, escondiera su voluntad entre enjoyadas frases, se justificara, y agotase la atenci�n de los oyentes para poder, con m�s facilidad, burlarlos. <strong>s</strong>in embargo, mi padre, brill�ndole igual que ascuas los ojos verdinegros a los que tanto se asemejan los m�os, sencillamente dijo:</p><p>��<strong>t</strong>rasladad mi contestaci�n a quienes os env�an: �<strong>h</strong>an muerto ya los reyes de <strong>g</strong>ranada que pagaban tributo; tambi�n han muerto los reyes de <strong>c</strong>astilla que los recib�an�. <strong>y</strong> a�adid: �<strong>e</strong>n las cecas en donde se acu�aba la moneda de las parias, se forjan hierros hoy para impedir que se sigan pagando�.</p><p><strong>a</strong>hora -agreg� levant�ndose-, tened a bien, se�ores, aceptar mi hospitalidad.</p><p><strong>m</strong>ediaba el mes de enero, y era el fr�o muy grande. <strong>y</strong>o no lo hab�a sentido en toda la ma�ana. <strong>a</strong>l final, casi sent� calor.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o bien transcurri� un mes desde la partida de los embajadores cuando mi padre convoc� a los pr�ncipes a la <strong>s</strong>ala del <strong>c</strong>onsejo.</p><p><strong>c</strong>uando llegu� yo con <strong>b</strong>enegas estaban ya reunidos los dem�s visires y los altos cargos de la canciller�a. <strong>c</strong>on la mano y una sonrisa me salud� mi t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�.</p><p>��<strong>l</strong>a �nica manera -comenz� mi padre, y me miraba- de que nos respeten los cristianos es demostrarles nuestra fuerza. <strong>g</strong>ranada estuvo con frecuencia regida por sultanes blandos cuya pasi�n era disfrutar de todos los placeres con menor o mayor mesura, y hasta sin ella.</p><p><strong>h</strong>emos de probarles que esa parte de nuestra <strong>h</strong>istoria ha concluido.</p><p><strong>c</strong>omo primera providencia, me propongo hacer un recuento de las tropas de que disponemos, y exhibirlas en un alarde que enorgullezca a nuestro pueblo. <strong>p</strong>orque temo que est� m�s convencido cada d�a de que asiste al ocaso andaluz.</p><p><strong>m</strong>and� abrir un mapa que se hallaba plegado delante de �l, y prosigui�:</p><p>��<strong>m</strong>e he ocupado de que nuestros castillos fronterizos se aprovisionen bien. <strong>i</strong>nnumerables son las torres atalayas que avizoran los movimientos de los cristianos, que tanto las codician. <strong>a</strong>qu� veis los l�mites protegidos del <strong>r</strong>eino: por el <strong>s</strong>ur, desde <strong>v</strong>era hasta <strong>a</strong>lgeciras; por el <strong>e</strong>ste, <strong>g</strong>uadix y <strong>b</strong>aza; por el <strong>n</strong>orte, las fortificaciones que lindan con <strong>j</strong>a�n y su territorio; por el <strong>o</strong>este, desde la <strong>s</strong>erran�a de <strong>r</strong>onda hasta el <strong>e</strong>strecho. <strong>p</strong>or mi orden, se prenden en las torres vig�as cada noche fogatas que alientan y reposan los �nimos de los vecinos al comprobar que su emir se desvela por ellos.</p><p><strong>m</strong>i voluntad es abrir una �poca en que, de la atolondrada defensiva con que hasta hoy nos hemos conformado, pasemos a una ofensiva que se lucre de las penosas circunstancias en que se desenvuelve el enemigo.</p><p><strong>d</strong>e ah� que, para hacer visible mi decisi�n, proponga ese alarde grandioso -se plegaron sus p�rpados; no se puede decir que sonriera-. <strong>s</strong>in ocultaros que tal exhibici�n y su gran costo justificar� ante el pueblo los nuevos impuestos que preveo y que la coyuntura legitima.</p><p><strong>d</strong>esoyendo la �ltima frase, intervino mi t�o:</p><p>���<strong>n</strong>o ser� muy expuesto concentrar en <strong>g</strong>ranada los ej�rcitos?</p><p><strong>l</strong>a ciudad rebosa de esp�as que, al mismo tiempo que nuestro poder�o, transmitir�n la debilitaci�n de la frontera durante los desfiles.</p><p>��<strong>e</strong>l alarde se har� en fechas sucesivas, y no desguarneceremos ninguna plaza totalmente. <strong>s</strong>e realizar�, y os lo comunico para que as� lo dispong�is, en el primer mes del nuevo a�o. <strong>m</strong>ientras dure, ser� fiesta en <strong>g</strong>ranada. <strong>s</strong>e admitir� en ella a los habitantes de los pueblos cercanos, y los dem�s gozar�n de turnos y de festividades. <strong>s</strong>e habilitar�n fondas y mezquitas. <strong>d</strong>esde los extremos del <strong>r</strong>eino concurrir� lo m�s selecto y bravo de nuestras huestes. <strong>y</strong>, en la <strong>p</strong>uerta de los <strong>p</strong>ozos, yo presidir� cada ma�ana los desfiles -su rostro brillaba y parec�a haber aumentado su estatura-; saludar� a mis generales y a mis soldados, y ser� saludado con fervor por ellos.</p><p><strong>n</strong>os reconoceremos todos y nos abrazaremos. <strong>e</strong>l contagio de nuestro calor y nuestra fraternidad entusiasmar� al pueblo. <strong>y</strong> nos bendecir� <strong>d</strong>ios, puesto que somos los paladines de la fe.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>esde ese mismo d�a se iniciaron los preparativos. <strong>s</strong>e dispuso un estrado con escalones en la <strong>p</strong>uerta <strong>a</strong>lgodor, no lejos del campo donde los caballeros jugaban a la tabla y a la sortija. <strong>l</strong>a poblaci�n heterog�nea de los zocos, que es la primera en reunirse cuando hay una festividad entre nosotros, comenz� a subir las laderas de la <strong>s</strong>abica: vendedores ambulantes, prestidigitadores, narradores de historias, equilibristas, mendigos, domadores de animales, encantadores de serpientes, ciegos y lisiados verdaderos o falsos con sus escoltas infantiles, casamenteros, due�os de gara�ones para cubrir las yeguas, todo el mundo abigarrado e innumerable que se hab�a tratado de reducir a la alcaicer�a o al zacat�n de la ciudad.</p><p><strong>h</strong>asta nuestras habitaciones de la <strong>a</strong>lhambra ascend�a, desde el amanecer, el sordo ruido del gent�o que aumentaba cada ma�ana. <strong>a</strong>ll� mismo, de d�a en d�a m�s cerca, se rezaban las oraciones, se verificaban los contratos, se administraba justicia, e incluso se impart�an las clases de la madraza. <strong>y</strong> mi padre, antes del mediod�a, comparec�a ante el pueblo en el pabell�n construido por los alarifes, y nos hac�a comparecer a nosotros para que el gent�o conociera y se acostumbrara a sus j�venes pr�ncipes.</p><p><strong>y</strong>o, por las tardes, me acercaba a la <strong>p</strong>uerta de los <strong>p</strong>ozos, a menudo con mi t�o, que meneaba dubitativo la cabeza ante el batiburrillo alborotado y vociferante en que la celebraci�n se concretaba.</p><p><strong>a</strong>poyaba su mano sobre mi brazo o sobre mi hombro: yo hab�a crecido y era casi tan alto como �l. <strong>a</strong> su cargo se hallaban entonces las tropas mercenarias, ya deca�das, pero que fueron durante mucho tiempo el sost�n -y el peligro- del <strong>r</strong>eino. <strong>a</strong>l principio se redujeron a los <strong>v</strong>oluntarios de la <strong>f</strong>e; luego se acrecentaron con los rebeldes y los descontentos de los sultanes africanos: gente tosca, altanera, permanentemente descontentadiza y muy propensa a asonadas y a pronunciamientos. <strong>s</strong>u comandante hab�a de ser esencialmente fiel; mi t�o resultaba el m�s id�neo con creces.</p><p>(<strong>y</strong>o oscilaba entre admirarlo m�s por su gallard�a y su valor, o por su fidelidad.) <strong>a</strong> esos turbios soldados los cristianos sol�an llamarlos los gomeres, y ellos dieron su nombre al palacio de las recepciones.</p><p><strong>e</strong>l ej�rcito de los andaluces -desde el <strong>a</strong>lgarve a la <strong>a</strong>jarqu�a hab�an acudido todos a la convocatoria del emir- inaugur�, con su animaci�n y su gracia de siempre, la primera jornada del alarde. <strong>a</strong> su cabeza, <strong>a</strong>liatar, el alcaide de <strong>l</strong>oja, el anciano m�s garrido y m�s amado del <strong>r</strong>eino, el padre de <strong>m</strong>oraima, que hab�a de ser mi esposa y yo a�n no conoc�a. <strong>l</strong>o recuerdo a caballo, erecto lo mismo que un alminar, arrogante y de blanco, besuque�ndole el viento el rapacejo de su almaizar. <strong>s</strong>e aproxim� al estrado. <strong>m</strong>i padre, sobre un caballo negro azabache, ante tres alazanes de respeto que sosten�an por la brida tres esclavos negros, le dio la bienvenida con los ojos.</p><p><strong>a</strong>liatar se inclin� para besarle la rodilla. <strong>m</strong>i padre lo contuvo y lo abraz� con gesto cari�oso.</p><p><strong>e</strong>l ej�rcito estaba al mando de los amires o generales, que conduc�an las grandes banderas, cuyo contingente era de cinco mil soldados. <strong>b</strong>ajo ellos, los ca�des, que mandaban las peque�as banderas, de mil hombres cada una; despu�s, los estandartes, de doscientos hombres; las banderolas, de cuarenta, y los banderines, de ocho cada uno. <strong>l</strong>as telas de colores brillantes cantaban y gallardeaban con la brisa.</p><p><strong>l</strong>a multitud vitoreaba a los caballeros, excitada y contenta de pertenecer a un reino que pose�a tan hermosos caballos, tan �giles jinetes y tan disciplinadas compa��as. <strong>l</strong>os caballeros andaluces proced�an de las distintas ciudades y, dentro de ellas, de barrios o de tribus diferentes, cada cual con su ense�a y sus guiones. <strong>s</strong>us paisanos eran los fervorosos cantores de sus glorias, los incesantes ponderadores de sus m�ritos, y apostaban con los de otros lugares a qui�n corresponder�a la mayor perfecci�n en el desfile.</p><p><strong>t</strong>ras los andaluces, la mezcolanza de pasos, teces y m�sicas de los gomeres. <strong>d</strong>espu�s, la guardia personal del sult�n, la m�s r�gida y respetada de las formaciones, constituida por renegados de origen cristiano, con t�nicas blancas y capotes negros. <strong>y</strong> detr�s de ella, los monjes guerreros, que habitaban en ermitas fronterizas, o en morabitos dedicados a alg�n santo o un m�rtir. <strong>l</strong>os asistentes enmudecieron ante su aire hura�o, su aspecto descuidado y polvoriento, el fan�tico brillo de sus ojos, y el modo desatento y soberbio con que gobernaban sus cabalgaduras�</p><p><strong>j</strong>unto a mi t�o, que me daba noticia de las haza�as de cada cual, de la tribu a que pertenec�a y de la gloria de sus antepasados, yo los un�a a todos dentro de m� con lazos casi de sangre, como una familia construida por el compa�erismo y la admiraci�n mutua.</p><p><strong>n</strong>o s�lo se acrecentaba cada ma�ana la multitud de los espectadores, sino que parec�a acrecentarse la de los que hab�an de desfilar ese mismo d�a o en otros sucesivos.</p><p><strong>e</strong>n cada grupo romp�a primero la caballer�a pesada o de l�nea; despu�s, la ligera; luego, la infanter�a de ordenanza, seguida por los espingarderos, en proporci�n de uno por cada diez lanzas, y por los carros que transportaban la artiller�a gruesa y la menuda.</p><p>��<strong>�</strong>se es el secreto de la victoria en las guerras futuras -dec�a mi t�o-, pero tu padre se inclina m�s hacia lo m�s vistoso: la caballer�a, las trompetas, los atabales, los infantes. <strong>o</strong> sea, por el alarde. <strong>a</strong>h� est�, y es preciso, qu� le vamos a hacer.</p><p><strong>c</strong>ada grupo lo cerraban los cautivos que empujaban arietes, catapultas, manteletes y castillos de asalto. <strong>y</strong> era tal el conglomerado de ropas, banderas, lienzos, capas ondulantes, marchas y armamentos, que yo, que nunca hab�a so�ado, so�aba cada noche con ellos, un poco borracho por el olor de los aceites fritos, los pregones, las risas, las peleas, y el permanente hervidero bullicioso que trepaba por las faldas de la <strong>s</strong>abica hasta estrellarse contra los muros de la <strong>a</strong>lhambra.</p><p><strong>m</strong>i madre, que hab�a asistido los primeros d�as provocando la fogosidad de espectadores y soldados, dej� de asistir luego con la excusa de que el embrollo que rodeaba al alarde le produc�a dolor de cabeza. <strong>s</strong>upongo que en realidad fue porque comenz� a aparecer en el estrado, a pesar de su notable embarazo -o quiz� por �l-, <strong>s</strong>oraya, cuya belleza y cuyo vientre fascinaron al pueblo, tan tornadizo. <strong>y</strong> tambi�n influy� que a mi madre, como a mi t�o, le interesaba m�s, en cuestiones de guerra, la eficacia que la exhibici�n, y el espect�culo que se nos ofrec�a lo consideraba tan bello como in�til.</p><p><strong>e</strong>l pueblo, mucho m�s numeroso que de costumbre en la ciudad, entregado a su propio desenfreno, y aflojadas por no descontentarlo las riendas de su polic�a, empez� a cometer desmanes m�s abundantes cada d�a y m�s graves. <strong>l</strong>as reyertas entre gentes bebidas, el aprovechamiento de las aglomeraciones para hurtar las bolsas, y del abandono de las casas para robar los ajuares, la falta de respeto por las leyes y las fidelidades del mercado en medidas y en pesos, hicieron que el almotac�n tuviera que prodigarse a todas horas, ampliando tanto sus dependencias como sus atribuciones. <strong>y</strong> a tal extremo llegaron los des�rdenes, las cuchilladas, los desafueros, las embriagueces y las quejas de los faqu�es y de los imanes, que hubo mi padre de volver sobre sus propias decisiones, y abreviar decepcionado los desfiles. <strong>s</strong>e�al� el 25 de abril como el �ltimo d�a, y, por tanto, el m�s concurrido y el que hab�a de resumir el alarde completo y la comparecencia de todas las representaciones.</p><p><strong>n</strong>o lo olvidar� nunca. <strong>a</strong> medida que conclu�an su desfile, los generales y altos jefes permanec�an en el estrado presenciando los desfiles siguientes. <strong>e</strong>ra azul la ma�ana y radiante. <strong>u</strong>na suave brisa, que proven�a de la sierra, apenas refrescaba el calor que se iba apoderando del campo. <strong>l</strong>os esclavos bat�an mosqueadores de seda sobre las personalidades, tanto para espantar las moscas cuanto para aliviarnos del polvo y de un cierto bochorno que se insinuaba.</p><p><strong>l</strong>a muchedumbre era inmensa. <strong>e</strong>l mediod�a espejeaba en las bru�idas armaduras, en las sobrevestes de gala, en los paramentos de los corceles, en las primorosas espadas y lanzas y adargas labradas con atauj�as de oro y plata. <strong>e</strong>n ese instante pasaba ante nosotros la milicia de <strong>b</strong>aza. <strong>r</strong>ememor� los versos de <strong>i</strong>bn al <strong>y</strong>ayab para una <strong>f</strong>iesta de los <strong>s</strong>acrificios:</p><empty-line/><p>�<strong>e</strong>s como si los brillos de las espadas fuesen rel�mpagos y los relinchos de los caballos fuesen truenos�.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>unca lo hubiese hecho: una menuda nube, que por momentos velaba afortunadamente al sol, se hinch� de repente, se ennegreci�, y, sin darnos tiempo a considerar qu� suced�a, el aire se convirti� en agua. <strong>u</strong>na lluvia espesa, clamorosa, sombr�a y despiadada se desplom� sobre nosotros. <strong>e</strong>n un momento todo fue barro, resbalones, ca�das, atropellos, desbandadas.</p><p><strong>l</strong>as sombrillas dispuestas para cobijarnos del sol, no nos proteg�an de las cataratas que descend�an del cielo. <strong>l</strong>os funcionarios encargados del protocolo se ocuparon, mal que bien, de que el sult�n y las concubinas fuesen puestos bajo techado lo m�s pronto posible. <strong>t</strong>ras el desconcierto que sigui� a las risas y bromas y blasfemias con que el chaparr�n fue recibido, la gente comenz� a percibir su seriedad. <strong>s</strong>e escuchaban gritos de las madres separadas de sus hijos, el llanto acobardado de los ni�os, la ira de los vendedores que trataban de recoger sus mercanc�as, los alaridos de los pisoteados por quienes escapaban, la impotencia de todos. <strong>c</strong>asi en seguida empez� a subir desde el <strong>g</strong>enil el ensordecedor tumulto de las aguas. <strong>l</strong>as barreras, que se hab�an instalado para proteger de los caballos a la multitud, fueron arrastradas y asestadas por las aguas como un arma mortal. <strong>s</strong>e ve�an cuerpos inanimados, animales ahogados, ropas sueltas, babuchas, caballos sin jinete, jinetes desmontados por sus corceles, y una turba enloquecida y desbocada que buscaba ya s�lo su propia salvaci�n como en la m�s cruel de las derrotas, pasando por encima de ancianos, de mujeres, de ni�os, de bienes y destrozos. <strong>e</strong>l gent�o que ocupaba las zonas m�s altas intentaba bajar a sus hogares, y el que estaba abajo intentaba subir, ante la crecida de las aguas, a los puntos m�s elevados, con lo que se suscitaban sangrientos conflictos, en una lucha descarnada y pavorosa por la supervivencia. <strong>l</strong>a avenida desbord� el <strong>d</strong>arro en la ciudad, y su impetuosa corriente arras� casas, tiendas, mezquitas, las alh�ndigas que se le opon�an. <strong>s</strong>e derrumbaron los edificios m�s s�lidos, y de los puentes no qued� sino el arranque de los arcos. <strong>l</strong>os �rboles desarraigados se apilaron cegando la luz del puente mayor, y, contrariado el furor de las aguas, �stas invadieron barrios, comercios y viviendas. <strong>l</strong>a tromba arras� los cementerios, deshizo tumbas, desenterr� cad�veres. <strong>e</strong>ntre truenos, rel�mpagos y rayos, naufragaba <strong>g</strong>ranada bajo una maldici�n indescriptible�</p><p><strong>h</strong>asta que <strong>d</strong>ios, compadecido de ella y de sus moradores, abri� paso a las aguas destructoras por cauces, calles y puentes, y las forz� a salir fuera de las murallas. <strong>a</strong>l d�a siguiente, amainadas las asesinas, se contaron los da�os incontables. <strong>l</strong>a avenida sobrepas� los tejados de las casas de la ribera. <strong>m</strong>iles de familias hab�an perdido padres, hijos, hogares y parientes. <strong>l</strong>a riada y la lluvia hab�an inundado y destruido cuanto se interpon�a en su camino, y anegado la <strong>g</strong>ran <strong>m</strong>ezquita, las calles del comercio, la alcaicer�a, los zocos de los herreros, de los silleros, de los joyeros, de los alcorqueros. <strong>e</strong>l r�o hab�a asolado almunias, alquer�as y almazaras.</p><p><strong>t</strong>odo se hab�a perdido. <strong>t</strong>odo era desolaci�n y escombros. <strong>l</strong>a ciudad aparec�a engullida y hecha trizas por la cat�strofe; el luto se hab�a instalado como un sult�n siniestro sobre ella. <strong>e</strong>n los aires ya l�mpidos se cern�an, formando negras coronas, las aves carro�eras.</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o, sin embargo, guardo de aquel d�a un recuerdo muy especial.</p><p><strong>c</strong>egado por las cortinas de agua, despu�s de haber tratado de localizar a mi t�o y a mis hermanastros, separado a empellones de <strong>y</strong>usuf, desperdigada toda la familia real como un terr�n de az�car que se desl�e en un vaso de l�quido, corr� sin saber hacia d�nde, y, en lugar de introducirme como hicieron los otros en el recinto de la <strong>a</strong>lhambra a trav�s de la <strong>p</strong>uerta de los <strong>p</strong>ozos, me forzaron a descender camino de la <strong>e</strong>xplanada, y, presionado por la gente que chocaba entre s�, fui conducido hacia el barrio de los mauritanos, o quiz� hacia el de los antequeranos.</p><p><strong>a</strong>vanzaba sin poner los pies en el suelo, y, en un momento en que se descongestion� algo la multitud, me vi extraviado por unas callejuelas tortuosas que nunca hab�a recorrido antes. <strong>e</strong>scuchaba los alaridos del pueblo que, desdichado y an�nimo, tropezaba conmigo sin hacerme caso, y, al volverme para tratar de orientarme por las torres de la <strong>a</strong>lhambra, que desde aquel lugar no divisaba, choqu� contra alguien que me pareci� una muchacha muy joven.</p><p><strong>e</strong>l cielo estaba de color alquitr�n, y era como de noche. <strong>v</strong>i su cara a la luz de un rel�mpago, o vi sus ojos s�lo. <strong>e</strong>l trueno que sigui� fue tan aterrador que la muchacha se lanz� a mis brazos. <strong>y</strong>o la apret� contra m� porque era el primer ser humano no hostil, el primer ser individualizado que sent�a desde que comenz� el diluvio. <strong>p</strong>ermanecimos unos instantes -los interminables que dur� el trueno- abrazados. <strong>e</strong>l agua, que nos llegaba hasta las rodillas, nos empujaba calle abajo. <strong>e</strong>lla tir� de m�. <strong>m</strong>e hizo entrar en una casa unos pasos m�s all�, en la misma direcci�n de la corriente. <strong>y</strong>o, descalzo, deduje que atravesaba un zagu�n terrizo, un patio oscuro hacia la izquierda y el arranque de una escalera muy pina y muy estrecha, por la que subimos. <strong>l</strong>legamos a un mirador, o a un palomar.</p><p><strong>n</strong>o se ve�a: la falta de luz y las aguas torrenciales lo imped�an. <strong>l</strong>a mujer se dej� caer al suelo, y yo, tanto por agotamiento cuanto por no estar de pie en la tiniebla, tambi�n. <strong>c</strong>asi ca� sobre ella. <strong>o</strong>l�a a especias y desped�a calor. <strong>i</strong>magin� que de sus ropas brotaba un vapor tenue. <strong>s</strong>e oy� un aleteo de palomas azoradas. <strong>y</strong>o pens�: �<strong>t</strong>odos somos palomas azoradas�. <strong>l</strong>a muchacha, temblorosa, me oprimi� con fuerza, o mejor, se oprimi� contra m�, y luego inesperadamente me bes� con voracidad, como si le fuera en ello la vida. <strong>l</strong>os labios, las mejillas, los ojos, la nuca. <strong>s</strong>us manos recorr�an mi cuerpo; se clavaban en mi carne sus dedos. <strong>t</strong>uve la intenci�n de levantarme y huir, pero �ad�nde? <strong>e</strong>l agua chapoteaba en el tejado; se vert�a igual que una cascada entre los postes que lo sosten�an. <strong>l</strong>a muchacha se incorpor�, desbarat� lo poco que sin desbaratar quedaba de mis vestidos, meti� mi pene dentro de su boca, y, con un gesto brusco, coloc� mis manos sobre sus pechos, que eran menudos y duros. <strong>y</strong>o pens�: �<strong>s</strong>on como palomas azoradas�. <strong>e</strong>ntend� que su actitud era una rabiosa reconciliaci�n con la vida, o acaso un adi�s, en medio de la cat�strofe cuyas verdaderas proporciones ignor�bamos. <strong>y</strong>, al entenderlo, me pareci� que todo el descabalo de fuera pudo haber sido provocado para producir aquel encuentro. <strong>l</strong>a muchacha y yo no hab�amos hablado.</p><p><strong>y</strong>o desconoc�a su condici�n, su raza, su nombre, sus facciones y su voz. <strong>d</strong>esconoc�a en qu� casa est�bamos, y si saldr�amos vivos de ella. <strong>d</strong>e momento, la vida se desperezaba y abultaba entre mis piernas. <strong>y</strong> dej� de pensar. <strong>c</strong>uando entr� en la muchacha -no hab�a entrado en ninguna mujer hasta entonces- ella grit�. <strong>s</strong>u grito me hizo recuperar la conciencia y retroceder; pero ella, con un golpe de caderas, se confundi� conmigo.</p><p><strong>d</strong>espu�s de haber pose�do el suyo, se abandon� mi cuerpo al cansancio no s� por cu�nto tiempo. <strong>e</strong>scuch�, como si fuese lejos, un crujir de maderas. <strong>e</strong>l extremo m�s distante del tejado se desbarat�, y la lluvia inund� el lugar en el que yac�amos. <strong>a</strong> la muchacha y a m� nada nos importaba. <strong>y</strong>o me hallaba en la m�s ardiente de las vigilias, y so�oliento, no obstante. <strong>t</strong>odo me resultaba irreal y tangible. <strong>g</strong>ir� mi cuerpo, que en cierta forma parec�a haberse desprendido de m�, y volv� a poseerla. <strong>o</strong>�a su jadeo, �o era mi jadeo el que o�a? <strong>m</strong>e hab�a desinteresado del mundo, de las calamidades, de los gritos que se elevaban mojados desde la calle.</p><p><strong>c</strong>uanto hasta entonces me defin�a era improbable, remoto y sin sentido; me hab�a olvidado de todo -padre, madre, alarde, ej�rcitos, <strong>g</strong>ranada-, menos de aquel presente, apremiante y c�lido, reducido al cuerpo de una muchacha que se beb�a y devoraba el m�o una vez y otra vez. <strong>e</strong>ra como si estuvi�semos solos en una barca en medio de la mar. <strong>a</strong>menazados por la desaparici�n y por la muerte, nos hab�a asaltado la rec�proca urgencia de gozar. <strong>n</strong>o �ramos sino dos n�ufragos que se amparaban uno en otro, y se reconoc�an d�ndose placer. <strong>p</strong>or las gateras quiz�, o por las piqueras bajas de las palomas, se achicaba el agua casi insensiblemente. <strong>u</strong>na luminosidad amarillenta comenz� a dejar ver aquel lugar inveros�mil. <strong>a</strong>divin� el cuerpo que acezaba junto al m�o. <strong>m</strong>e pareci� el de una ni�a, pero, sin saber por qu�, comprend� que no lo era. <strong>c</strong>asi con crueldad, lo pose� de nuevo.</p><p><strong>d</strong>espu�s, exhausto, deb� quedarme un momento dormido. <strong>e</strong>ntre sue�os segu� oyendo el furor de la lluvia.</p><p><strong>l</strong>uego, en un duermevela, percib� que amainaba. <strong>l</strong>a disminuci�n del estruendo casi me despert�. <strong>a</strong>largu� la mano para acariciar el suave cuerpo de la mujer, pero no estaba.</p><p><strong>s</strong>u ausencia me despert� del todo.</p><p><strong>m</strong>e sent� en el suelo y no vi a nadie. <strong>p</strong>or un instante, dud� de que alguien hubiese estado all� conmigo. <strong>m</strong>�s tarde, muchas veces, he pensado que no. <strong>m</strong>e levant� tambale�ndome. <strong>l</strong>a lluvia hab�a cesado.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> partir de aquel desastre todo cambi� en <strong>g</strong>ranada. <strong>e</strong>l pueblo, por s� mismo y por sus imanes, se convenci� de que lo sucedido era un castigo con el que <strong>d</strong>ios hab�a sancionado la soberbia de mi padre.</p><p><strong>e</strong>l prop�sito de �ste, que no era sino el de deslumbrar a sus s�bditos en vista de los impuestos y de las campa�as del pr�ximo verano, fracas�. <strong>h</strong>ubieron de aumentarse, con otra finalidad muy distinta, los tributos, y reducirse las pagas. <strong>l</strong>a reconstrucci�n de lo destruido ocup� la atenci�n de todos.</p><p><strong>e</strong>l pasado le pudo al porvenir: las muertes hab�an sido demasiado abundantes. <strong>l</strong>a ciudad entera se sinti� descontenta y sin �nimo. <strong>l</strong>os militares profesionales tuvieron que vender sus armas, y hasta sus caballos, para poder comer. <strong>l</strong>os astr�logos y los adivinos deduc�an los m�s negros presagios. <strong>u</strong>na sombra de desaliento y de pesimismo se extend�a alrededor de la <strong>s</strong>abica, de colina en colina. <strong>l</strong>a tempestad, a la vez que el alarde, se llev� tras de s� las ilusiones y las esperanzas. <strong>y</strong> mi padre, incapaz de reaccionar y sin fuerzas para resarcirse del infortunio, se desliz� por una cuesta abajo que le arrastraba hacia la perdici�n.</p><p><strong>�</strong>se fue el momento que aprovech� <strong>s</strong>oraya para imponer su dominio. <strong>e</strong>lla se convirti� en la �nica criatura que continu� tratando a mi padre sin recriminaciones, ni t�citas ni expresas. <strong>l</strong>o agasajaba y fing�a venerarlo como el hombre fuerte que hab�a sido. <strong>a</strong>bul <strong>k</strong>asim <strong>b</strong>enegas y ella llegaron a un acuerdo. <strong>m</strong>i padre, salvo momentos espor�dicos, m�s espaciados cada vez, abandon� el gobierno en manos del visir, y se refugi� en los brazos de la favorita, que ya le hab�a dado su tercer hijo. <strong>c</strong>ada d�a <strong>s</strong>oraya le arrancaba un nuevo privilegio a costa de mi madre; cada d�a, un nuevo bien para sus descendientes. <strong>l</strong>a prosperidad de un s�bdito depend�a del grado de amistad o de sumisi�n que lo ligase con el visir o con la joven sultana. <strong>l</strong>os personajes de la corte medraban o se hund�an seg�n su devoci�n a ambos omnipotentes. <strong>y</strong> ante tal situaci�n, agravada por el recuerdo del pasado, nada ten�a trascendencia: era fugaz la vida, y el presente nuestro �nico bien. <strong>y</strong>o rememoraba la enajenada avidez que me hab�a asaltado en aquel palomar la tarde misma de la aniquilaci�n.</p><p><strong>p</strong>ara mi madre era la hora de su venganza: cuanto antes se produjera el resentimiento y el hast�o del pueblo, antes se producir�a su rebeli�n. <strong>p</strong>or eso espoleaba las locuras de mi padre y soliviantaba a los insatisfechos. <strong>y</strong> decidi� entretanto casarme con <strong>m</strong>oraima para poner de nuestra parte -de su parte- al honrado <strong>a</strong>liatar.</p><empty-line/><p><strong>v</strong>oy a contar algo que, cuando comenc� a escribir estos papeles, me propuse silenciar. <strong>s</strong>i mi designio es contradecir las mentiras ajenas, he de decir la verdad en lo que a m� me afecta.</p><p><strong>d</strong>esde la desgracia del gran alarde hasta la toma de <strong>a</strong>lhama todo es confuso para m�; porque yo mismo estaba confuso. <strong>f</strong>ue cuando me enamor� por vez primera, si es que aquello era amor, o si es que ha habido otra, o si es que uno no se enamora siempre por primera vez.</p><p><strong>n</strong>o tuve suerte, ni creo que sea una suerte enamorarse. <strong>e</strong>n el amor hay siempre un amo y un esclavo, y, cuando el amor subvierte las posiciones de la realidad, todo lleva m�s de prisa al fracaso. <strong>a</strong>hora s� que la vida no es esto, ni aquello; ni mi vida, ni la de otro cualquiera, sino un todo, y cada uno ha de responder de ese todo, que es lo que la hace avanzar. <strong>s</strong>in embargo, entonces yo s�lo ten�a ojos para mi amor. <strong>l</strong>os ten�a vueltos hacia el interior, de modo que me era imposible fijarlos en otro sitio que en mi propia herida por la que respiraba, y los avatares del <strong>r</strong>eino, tan decisivos de lo que vino luego, no consegu�an despeg�rmelos de all�. <strong>p</strong>orque, cuando uno ha llegado al amor, bueno o malo, y ha bebido y jugado con �l, y ha sido acribillado por �l, y alguna vez se ha re�do, por sorpresa, mientras conviv�a, �ad�nde ha de mirar?</p><p><strong>h</strong>oy no estoy ya seguro de que el tiempo transcurra y de que no seamos nosotros los que en �l nos movemos con torpeza. <strong>q</strong>uiz� me conviene pensar as�, no s�. <strong>h</strong>ay momentos que, si se intenta repetirlos o volverlos a gozar y sufrir, aunque sea s�lo en el recuerdo, desaparecen por completo como si no hubieran existido jam�s. <strong>m</strong>ientras vivimos el presente no lo percibimos. <strong>i</strong>gual que, si miramos un rostro desde demasiado cerca, no podemos abarcarlo entero: vemos arrugas que de lejos no ver�amos, o el matizado color de los ojos, o la implantaci�n de las cejas, o el sabroso alabeo de unos labios; pero �es eso un rostro? <strong>e</strong>s preciso que el presente se transforme en pasado y que nos distanciemos de �l para entenderlo. <strong>y</strong> entonces ya no existe: es s�lo una turbia fuente de recuerdos, una bald�a tentativa de resucitar lo que muri�. (<strong>l</strong>o que muri� quiz� con la esperanza de que nosotros, al evocarlo, estemos tambi�n muertos.) <strong>p</strong>ienso si la muerte no ser� un largo d�a de hoy construido con todos los d�as pasados, con todos los antiguos d�as ya inm�viles, ya explicables, y ordenados igual que en un tapiz los hilos, cada uno por fin en su lugar.</p><p><strong>s</strong>i hoy presto o�dos, escucho una m�sica que viene de muy lejos, del pasado tambi�n, de cuanto ha muerto, de horas y signos distintos a los de hoy, y de otras vidas.</p><p><strong>q</strong>uiz� la nuestra -y nosotros mismos no somos otra cosa que ella- no sea m�s que tal m�sica. <strong>p</strong>orque todos fuimos alguna vez mejores, o m�s felices y m�s dignos. <strong>n</strong>o obstante, toda m�sica cesa. <strong>h</strong>asta en nuestro recuerdo toda m�sica cesa.</p><p>�<strong>d</strong>e d�nde surgi� aquel extra�o sentimiento? �<strong>p</strong>or qu� me aguardaba, agazapado tras los mirtos, aquel d�a de mayo? <strong>s</strong>e asegura que mayo es el mes del amor; yo no conozco un mes que no lo sea. <strong>e</strong>l amor, aunque yo tard� mucho en darle nombre, se derram� como un perfume por mi vida, llenando d�as, meses, a�os, de su olor; impregnando cada pliegue de mi ropa, cada sonrisa, cada tristeza m�a; ti��ndolo todo con sus tonos de flor o de llaga; apart�ndome y desinteres�ndome de cuanto no fuera �l; transtornando las perspectivas y las formas; convirtiendo en esclavo al amo y viceversa. <strong>p</strong>orque cada amor -luego lo he aprendido- trae su propia dicha; pero a la pesadumbre de un amor se a�aden las pesadumbres de todos los amores.</p><p><strong>q</strong>u� injusto es eso. <strong>l</strong>as heridas cicatrizadas vuelven siempre, despacito, a sangrar. <strong>y</strong> aquel primer amor no ha dejado de dolerme todav�a.</p><p><strong>d</strong>e la nada brot�, de una tranquila noche. �<strong>f</strong>ue en la galer�a m�s pr�xima a la �ltima habitaci�n del palacio de <strong>y</strong>usuf <strong>III</strong> que vi al irme para siempre de <strong>g</strong>ranada mucho m�s tarde. <strong>d</strong>e la nada brot�, de una ma�ana clara. �<strong>q</strong>ui�n podr�a decir el instante preciso en que empieza a tramar sus telas de ara�a el destino? <strong>a</strong>lguien se cruz� conmigo cerca de aquella habitaci�n. <strong>p</strong>rimero o� una voz, no limpia ni totalmente hermosa. <strong>l</strong>o que la valoraba era que, dentro de ella, se desplegaba algo, igual que un ala que a�n no ha empezado a levantar el vuelo y ya est� el vuelo en ella. <strong>o</strong>� la voz. <strong>c</strong>antaba:</p><empty-line/><p>�<strong>l</strong>os secretos del amor s�lo est�n en la mirada.</p><p><strong>u</strong>nos bellos ojos ves que un hechicero cre�, y, cuando se van, se llevan tu raz�n y tu dominio.</p><p><strong>t</strong>u coraz�n has de ver maniatado y en prisi�n�.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>antaba un muchacho, al que el bozo a�n no le sombreaba las mejillas. <strong>m</strong>e sonre�a desde el otro lado de la alberca. <strong>i</strong>nclin� la cabeza en una reverencia, y, cuando iba a dejar de verlo porque continuaba mi camino, cort� un tallo de jazm�n y se lo puso entre los dientes. <strong>n</strong>o pas� nada m�s.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l empobrecimiento y la agitaci�n del <strong>r</strong>eino aumentaban sin cesar. <strong>s</strong>e recib�an noticias de que los abencerrajes se conjuraban contra mi padre en los territorios cristianos. <strong>n</strong>o hab�a tarde en que mi madre no me enviara, desde su casa del <strong>a</strong>lbayz�n, alguna queja contra la favorita.</p><p>��<strong>t</strong>u herencia est� en el aire.</p><p><strong>s</strong>i no obras con rapidez y audacia, el trono lo ocupar� un hijo de esa renegada. <strong>n</strong>o puedes tolerarlo. <strong>y</strong>, en el caso de que puedas t�, yo no lo har�.</p><p><strong>s</strong>ub�a hasta la <strong>a</strong>lhambra -incluso yo, absorto en mis lecturas, lo escuchaba- un desasosegado rumor de algarada. <strong>p</strong>ero, como siempre que sucede algo culminante en mi vida, yo estaba distra�do en otra cosa; esa vez, como quien ha enfermado sin saberlo. <strong>t</strong>ard� bastante en reparar con cu�nta frecuencia ven�an a mi memoria los ojos del muchacho cantor y su gesto al morder el tallo del jazm�n.</p><p><strong>c</strong>omenc� a escribir poemas que -eso cre�a yo- lo tomaban s�lo como pretexto. <strong>e</strong>scrib�a encima las cansinas falsillas de los versos acad�micos y nada humanos de nuestra poes�a, en la que los poetas se manifiestan desentendidos de lo que hacen, igual que rutinarias bordadoras. �<strong>g</strong>randes sucesos -pensaba yo- ocurren a su alrededor (asesinatos, adulterios, muertes de amor, guerras, espantosas venganzas), y los poetas se limitan a hablar de narcisos, de jacintos y rosas�. <strong>e</strong> incurriendo en el mismo defecto que ellos, mientras cruj�an los cimientos del trono, inspirado por un pobre muchacho, yo escrib�a poemas.</p><p><strong>s</strong>�lo pasado el tiempo me di cuenta de que los escrib�a con el jugo agridulce de mi coraz�n.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>urante el mes de junio vino de <strong>a</strong>lmer�a <strong>h</strong>usayn. <strong>d</strong>esde aquella noche en su casa, tan desigual para los dos, hab�a mantenido con �l un trato muy somero. <strong>a</strong>hora ascend�a en una r�pida carrera de secretario. <strong>d</strong>io una fiesta para <strong>y</strong>usuf y para m�. <strong>y</strong>o comprend� que nos halagaba como hijos del sult�n, y que sus atenciones eran bastardas; pero fui. <strong>e</strong>n aquella zambra cant�, entre otros, el muchacho al que yo dedicaba mis versos; sin embargo, me pareci� inferior al objeto de ellos, como les acaece a menudo a los poetas vanidosos. <strong>l</strong>o encontr� vulgar y gris. <strong>n</strong>i sus ojos eran tan grandes, ni su mejilla tan florida. <strong>n</strong>o cesaba de sonre�r, y al parecer contaba con la simpat�a de todos. <strong>c</strong>omprob� que su voz hab�a perdido la nitidez de las voces infantiles, y a�n no estaba afirmada. <strong>s</strong>in duda, eso fue lo que me produjo la impresi�n de falta de limpieza cuando lo o� junto a la alberca.</p><p>��<strong>c</strong>anta como una gallina clueca -coment�-. �<strong>q</strong>ui�n es?</p><p>��<strong>y</strong>a lo conoces -me repuso <strong>h</strong>usayn-. <strong>e</strong>s <strong>j</strong>alib, el que cant� la noche en que se inici� nuestra amistad. <strong>e</strong>ntonces era un ni�o.</p><p><strong>a</strong>hora ha abandonado la fragua de su padre, y canta por las fiestas de la corte. <strong>m</strong>e extra�a que no hay�is coincidido -y, con cierta malicia, agreg�-, �o s� hab�is coincidido? <strong>p</strong>arece que te mira de un modo algo especial.</p><p>��<strong>n</strong>i he coincidido -contest� heladamente-, ni me gustar�a coincidir. �<strong>c</strong>�mo has dicho que se llama?</p><p>��<strong>j</strong>alib.</p><p>��<strong>p</strong>ues dile a <strong>j</strong>alib que se calle. <strong>m</strong>ejor har� llenando nuestras copas. -<strong>s</strong>ent�a una sorda e injustificada irritaci�n contra el muchacho que iba de fiesta en fiesta, y no logr� disimularla-.</p><p><strong>e</strong>s provocativo y engre�do. <strong>a</strong> la gente que s�lo sirve para divertirnos hay que ponerla en su lugar.</p><p>���<strong>y</strong> cu�l es su lugar? -me pregunt� riendo <strong>h</strong>usayn.</p><p><strong>e</strong>l muchacho concluy� de cantar:</p><empty-line/><p>�<strong>s</strong>i vieras c�mo es de guapo el mozuelo que yo quiero.</p><p><strong>t</strong>iene unas largas pesta�as semejantes a saetas, y, en los labios, una rosa; pero no alargues la mano: con la boca hay que cortarla�.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>e acerc� jovialmente a servirnos con una jarra de cristal.</p><p><strong>n</strong>ot� un vac�o en el pecho: el aire me faltaba. <strong>t</strong>end� mi copa mirando hacia otro lado, desd�n que cort� la rosa y la sonrisa de su cara.</p><p>��<strong>p</strong>ara volver a cantar -le advert�-, deja pasar un par de a�os.</p><p><strong>a</strong>hora no tienes ya la voz de ni�o, y todav�a no la tienes de hombre.</p><p>��<strong>c</strong>omo mandes, se�or. <strong>n</strong>o volver� a cantar hasta que t� lo mandes.</p><p><strong>a</strong>l verter el vino, hab�a salpicado la mesa.</p><p>��<strong>h</strong>as manchado el mantel.</p><p>��<strong>e</strong>l vino derramado es presagio de alegr�a -murmur�, y su sonrisa renaci� en la comisura de los labios, curvados hacia arriba con delicada gracia.</p><p>��<strong>u</strong>n criado ha de servir el vino, no la alegr�a de los invitados.</p><p>��<strong>d</strong>e qu� me estoy defendiendo, y tan mal?�, me preguntaba.</p><p><strong>l</strong>e reclamaron de otro grupo, y se alej� en silencio. <strong>b</strong>romeaban con �l, lo acariciaban. <strong>e</strong>ra muy querido por todos, seg�n pude observar. <strong>�</strong>l repart�a besos con gentileza, amable y dadivoso de s� mismo. <strong>s</strong>ent� una punzada que no hab�a sentido nunca antes, y una devastadora ira tambi�n. <strong>n</strong>o era amor, desde luego. �<strong>o</strong> era amor?</p><p><strong>l</strong>os d�as y las noches se acumularon sobre m� sin otro prop�sito que el inexplicable de encontrarme de nuevo con el joven cantor, o copero, o lo que fuese. <strong>s</strong>e deslizaban en torno m�o los acontecimientos sin dejar huella, ni rozarme apenas. <strong>y</strong>o quer�a encontrarme con <strong>j</strong>alib, pero sin provocar el encuentro, sin confesarme siquiera a m� mismo que lo deseaba m�s que ninguna otra cosa. <strong>f</strong>ing� que me olvidaba de �l y de su nombre: qu� dif�cil de enga�ar es uno mismo; porque iba a todas las fiestas a que se me invitaba con la rec�ndita intenci�n de verlo. <strong>e</strong>ntretanto, mi madre insist�a en sus advertencias cada vez m�s ominosas, y me reprochaba que disipase mi tiempo -�igual que tu padre�- en m�sicas y zambras. <strong>n</strong>uestras tropas sufrieron la derrota de <strong>m</strong>ontecorto, que ensombreci� a�n m�s a los habitantes de <strong>g</strong>ranada; sin embargo, los ronde�os lo hab�an recuperado, lo cual alegr� a todos menos a m�, que procuraba olvidar a <strong>j</strong>alib, y por momentos lo consegu�a, o al menos de eso intentaba convencerme; pero me recordaba con demasiada frecuencia que deb�a olvidarlo. <strong>p</strong>ronto el capit�n <strong>p</strong>once de <strong>l</strong>e�n se veng� de los ronde�os destruy�ndoles la torre del <strong>m</strong>ercadillo, cosa que ech� por tierra, con la torre, la leyenda de inexpugnabilidad de <strong>r</strong>onda. <strong>l</strong>o irrompible ya se resquebrajaba.</p><p><strong>m</strong>i boda con <strong>m</strong>oraima me ayud� a separarme de las fiestas y me concentr� en ella. <strong>y</strong>o me di por curado; cant� victoria demasiado pronto. <strong>m</strong>i madre se desesperaba entre las �locuras sexuales� de mi padre y las m�as.</p><p>��<strong>s</strong>i alcanzo a saber hasta qu� punto ibas a enamorarte de <strong>m</strong>oraima, nunca hubiese consentido en tal boda. <strong>l</strong>os nazar�es de <strong>g</strong>ranada tienen que pasarse la vida mirando al enemigo. <strong>y</strong>a que tu padre ha perdido la verg�enza, hazte t� con el trono. <strong>n</strong>uestros s�bditos quieren ser protegidos, no desde�ados.</p><p><strong>s</strong>us esp�as le tra�an noticias muy graves, algunas de las cuales pasaban al dominio com�n. <strong>l</strong>a tregua lleg� a su fin, y se avecinaban los peores a�os desde hac�a mucho tiempo. <strong>e</strong>l poder de los cristianos se afirmaba: la guerra con <strong>p</strong>ortugal termin� con el tratado de <strong>a</strong>lca &amp;obas por el que se reconoci� a <strong>i</strong>sabel reina de <strong>c</strong>astilla; muri� el padre de don <strong>f</strong>ernando, lo que le convirti� en rey de <strong>a</strong>rag�n; sus fuerzas, reunidas, eran capaces de producirnos un da�o irreparable; y los nobles due�os de las tierras que nos rodean, al percibir la autoridad creciente de la corona, se sometieron y se vincularon a ella. <strong>h</strong>ab�a terminado, pues, el tiempo en que los se�ores, divididos, nos permit�an hacernos ilusiones. <strong>n</strong>ada ten�a remedio, y todos lo sab�amos.</p><p><strong>l</strong>os informes recibidos por mi madre ennegrec�an a�n m�s la situaci�n. <strong>s</strong>eg�n ellos, el <strong>p</strong>apa de <strong>r</strong>oma, supremo poder de los cristianos, hab�a remitido a los reyes de <strong>c</strong>astilla y de <strong>a</strong>rag�n la orden de terminar con nosotros. <strong>a</strong>gobiado por el poder amenazador del <strong>g</strong>ran <strong>t</strong>urco al otro lado del <strong>m</strong>editerr�neo, quer�a que acabase de una vez la amenaza continua -tan d�bil, no obstante- de <strong>g</strong>ranada, que, aliada con los africanos, pod�a constituir otro peligro en el extremo occidental.</p><p>�<strong>n</strong>o me da la gana verme como una nuez dentro de un cascanueces�, les hab�a dicho.</p><p><strong>p</strong>or otra parte, el designio del rey <strong>f</strong>ernando y el procedimiento que iba a emplear quedaron al descubierto. <strong>a</strong>�os atr�s, cuando �l era a�n heredero de <strong>a</strong>rag�n, prometi� ayuda para conquistar el trono de <strong>g</strong>ranada al pr�ncipe de <strong>a</strong>lmer�a <strong>i</strong>bn <strong>s</strong>alim <strong>b</strong>en <strong>i</strong>brahim al <strong>n</strong>agar que, por ser hijo de <strong>y</strong>usuf <strong>i</strong>v ten�a a mi rama por usurpadora. <strong>e</strong>ra un pleito latente, que la astucia del cristiano pretend�a resucitar para salir ganancioso de nuestras disidencias. <strong>c</strong>on la ayuda cristiana, los se�ores de <strong>a</strong>lmer�a, padre e hijo -el pr�ncipe <strong>y</strong>aya-, se compromet�an a reverdecer sus aspiraciones al trono de <strong>g</strong>ranada y a lanzarse a una lucha fratricida contra nosotros. <strong>e</strong>n cambio, se reconocer�an vasallos de <strong>c</strong>astilla, y, como contraprestaci�n a los recursos suministrados, entregaban la ciudad de <strong>a</strong>lmer�a.</p><p><strong>p</strong>ara cubrir las apariencias ante sus s�bditos, los reyes cristianos hab�an de simular un bloqueo por mar y un ataque por tierra a la ciudad. <strong>n</strong>o s� por qu�, de lo que me contaba mi madre deduje que <strong>h</strong>usayn no era ajeno a este enredo.</p><p><strong>i</strong>gnoraba -y no quer�a aclararlosi estaba del lado de <strong>i</strong>bn <strong>s</strong>alim o del nuestro, o acaso del de nadie que no fuese �l mismo; pero presum�a que era �l quien le suministr� la noticia de estos pactos secretos a mi madre, que parec�a tenerlo en gran estima y que continuamente me recomendaba su amistad y su ejemplo. <strong>s</strong>upongo que yo, para ella, resultaba demasiado poco ambicioso y demasiado desentendido de lo que en torno m�o se fraguaba. <strong>y</strong> as� era: yo ve�a la vida como desde el centro de un torrente, distorsionada y girando a mi alrededor; absorto en lo m�o, sin que me quedaran ojos para lo que, lejos de m�, ocurr�a. <strong>y</strong>o era el protagonista de mi vida (o eso juzgaba, lo fuese o no; ahora pienso que no lo era en absoluto, como nadie lo es), y no ve�a a los dem�s -ni siquiera a <strong>j</strong>alib, para mi desgracia-, ni sus ideas, ni sus preocupaciones, sino a trav�s de las m�as. <strong>e</strong>s decir, me hallaba separado del mundo por un cristal oscuro, que era mi obsesi�n enfermiza por <strong>j</strong>alib.</p><p><strong>a</strong>�n hoy me cuesta trabajo convencerme de que una y otra cosa fueron reales: yo era la diana de las ilusiones y los odios ajenos, y se me erig�a en la esperanza del <strong>r</strong>eino, siendo as� que perd�a, cada vez con mayor celeridad, mi propia esperanza.</p><p>��<strong>l</strong>a situaci�n est� planteada con mayor evidencia que nunca -repet�a mi madre-. <strong>e</strong>n la historia de la <strong>d</strong>inast�a nunca se ha alcanzado tal l�mite. <strong>t</strong>u padre se enreda m�s y m�s en los brazos de la ramera; ella da por descontado que un hijo suyo lo heredar�; en <strong>g</strong>ranada se respira el aire de la sublevaci�n: yo tengo muy hecha a ese olor la nariz. <strong>e</strong>l trono lo tendr� que ocupar alguien que pese de veras sobre �l. <strong>o</strong> lo ocupas t� ahora, o lo conquistar�n los de <strong>a</strong>lmer�a. <strong>o</strong> acaso se anticipe, contra ti y contra ellos y contra los cristianos, tu t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�.</p><p>��<strong>e</strong>so es quiz� lo mejor que podr�a sucederle a <strong>g</strong>ranada. <strong>t</strong>� misma has dicho que ser�a un buen rey.</p><p>��<strong>l</strong>o ser�a; pero aqu� estoy yo para impedirlo. <strong>e</strong>s mi sangre la que tiene que reinar en <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>n</strong>o quiero volver a o�rte, ni en broma, esa majader�a.</p><p><strong>n</strong>o sab�a ella hasta qu� punto hablaba en serio yo.</p><empty-line/><p><strong>f</strong>inalmente, una noche, entre los asistentes a una zambra, descubr� a <strong>j</strong>alib. <strong>h</strong>ab�a crecido.</p><p><strong>e</strong>staba m�s moreno que la �ltima vez. <strong>r</strong>etroced� de pronto todo lo que por la senda del olvido hab�a adelantado. <strong>h</strong>ube de ocultar un temblor que me sacudi� de arriba abajo. <strong>m</strong>e casta�eteaban los dientes. <strong>c</strong>uando me seren�, me hice el encontradizo con �l.</p><p>��<strong>h</strong>ace tiempo que no te ve�a.</p><p>�<strong>o</strong> me equivoco?</p><p>��<strong>e</strong>stuve en <strong>a</strong>lmer�a, se�or.</p><p>��<strong>c</strong>on <strong>h</strong>usayn.</p><p>��<strong>s</strong>�, se�or.</p><p>���<strong>q</strong>u� tienes t� con �l?</p><p>��<strong>n</strong>ada, se�or; pero, como te disgusto, �l me invit� a su casa.</p><p>���<strong>m</strong>e disgustas? -pregunt� en un sollozo-. <strong>t</strong>engo que verte a solas.</p><p>���<strong>p</strong>ara qu�, se�or? -me sonre�a-. �<strong>p</strong>ara continuar ri��ndome?</p><p><strong>l</strong>o llev� cerca de un quiosco en medio del jard�n. <strong>s</strong>in darle explicaciones, lo bes� apasionadamente. <strong>t</strong>odos los besos que hab�a imaginado darle en mi soledad se los trat� de dar en uno solo.</p><p><strong>j</strong>alib, sorprendido, respondi� con la misma lejana condescendencia con que correspond�a a los cari�osos besos de los otros.</p><p>���<strong>e</strong>s que amas a <strong>h</strong>usayn?</p><p>��<strong>n</strong>o amo a nadie, se�or.</p><p><strong>e</strong>staba claro como el sol. <strong>y</strong>, sin embargo, para m� no lo estaba.</p><p>���<strong>a</strong> m� tampoco?</p><p>��<strong>s</strong>i quieres, te amar�. <strong>t</strong>� eres quien manda.</p><p>��<strong>e</strong>s que no deseo que me ames porque yo sea quien manda.</p><p>���<strong>c</strong>�mo entonces, se�or?</p><p>��<strong>c</strong>omo yo te amo a ti.</p><p><strong>l</strong>o acariciaba con tanto �mpetu como si lo golpease. <strong>l</strong>o estrechaba furioso entre mis brazos, a los que �l, sin resistencia, se abandonaba.</p><p><strong>u</strong>na sombra cruz� sus ojos, que me parec�an lo m�s precioso que hab�a visto en mi vida.</p><p>���<strong>m</strong>e amas, y eres duro conmigo?</p><p>���<strong>n</strong>o te das cuenta de que, si dejase escapar una sola palabra ben�vola, te inundar�a con mi amor?</p><p><strong>h</strong>e de estarme ante ti con las manos delante de la boca, para evitar que por ella salga mi alma y te asuste.</p><p><strong>e</strong>nvuelto en mi ofuscaci�n, no comprend�a yo que �l, ausente de <strong>g</strong>ranada, no me habr�a recordado siquiera. <strong>h</strong>irviendo en el jugo de mi amor y de mi desamor, no echaba yo de ver que nuestros caminos, durante los meses en que no lo vi, hab�an l�gicamente divergido. <strong>y</strong> pretend�a, en un instante, ponerlo al tanto de lo que ni yo mismo comprend�a.</p><p>��<strong>t</strong>� eres mi pan de <strong>e</strong>gipto.</p><p>���<strong>q</strong>u� es eso?</p><p>��<strong>u</strong>n pan por el que se pasa la noche entera en vela, y no puede comerse.</p><p><strong>s</strong>e ech� a re�r con sencillez:</p><p>��<strong>p</strong>ues c�meme, se�or.</p><p>��<strong>n</strong>o as�, no as�. <strong>y</strong>o quiero ser tambi�n tu pan de <strong>e</strong>gipto.</p><p>��<strong>e</strong>l pan hay que amasarlo antes, y echarle levadura, y cocerlo, y esperar que se enfr�e.</p><p><strong>t</strong>en�a raz�n. <strong>e</strong>l que no ama siempre tiene raz�n: es lo �nico que tiene. <strong>m</strong>e desped� de �l aparentando haberle gastado una broma, y me promet� apartarlo de mi coraz�n y de mi mente. <strong>f</strong>ui incapaz de cumplir mi promesa.</p><p><strong>n</strong>ada hay m�s sencillo que poseer un cuerpo, y nada tan complicado como poseer un alma: un alma que ni siquiera se niega a ser pose�da, sino que simplemente est� mirando hacia otra parte, o no mirando nada. <strong>e</strong>l enamorado es igual que un faquir de los que vienen desde la <strong>i</strong>ndia a exhibir sus artes en el zoco: se acuestan sobre clavos, devoran fuego, se traspasan con espadas puntiagudas y, en apariencia, contin�an ilesos. <strong>y</strong>o continuaba en apariencia ileso, pero me hallaba moribundo.</p><p><strong>e</strong>l d�a en que me acost� con <strong>j</strong>alib por vez primera hab�a visto a mi padre acariciar en p�blico a <strong>s</strong>oraya; encendido por ella, sus ojos incandesc�an de lubricidad.</p><p><strong>s</strong>e retiraron antes de que la fiesta concluyera, porque a mi padre le urgi� la posesi�n de aquel cuerpo que se le ofrec�a, pero que no correspond�a a su deseo. <strong>s</strong>ent� pena de �l, y de m�. <strong>b</strong>usqu� a <strong>j</strong>alib con desesperaci�n. <strong>l</strong>o hall� en la casa de <strong>h</strong>usayn, al que no le ligaba m�s relaci�n que la de la servidumbre, aunque los celos no cesaban de martirizarme. <strong>l</strong>o llev� conmigo sin decir una palabra. <strong>y</strong> lo tuve. �<strong>l</strong>o tuve? <strong>�</strong>l respondi� con cari�o y docilidad a mis caricias. <strong>m</strong>e entreg� cuanto pod�a entregarme. <strong>c</strong>omo lo de <strong>s</strong>oraya, lo suyo no era amor, y no lo iba a ser nunca. <strong>e</strong>ra dejarse poseer por mi ansia, igual que se deja comer el pan. <strong>p</strong>ero para m� ser�a siempre el pan de <strong>e</strong>gipto.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> partir de esa noche se materializaron mis tormentos. <strong>l</strong>a soledad del que est� solo no es la peor, porque a�n le queda la esperanza; pero a la soledad del que est� acompa�ado por quien no le corresponde, s�lo le queda la desesperaci�n. <strong>n</strong>o es posible conquistar a quien ya es nuestro, a quien nos obedece con sumisi�n y afecto, pero con un afecto que no es equiparable al que nosotros requerimos. <strong>e</strong>l amor seguramente no es m�s que un deseo, y el placer seguramente no es m�s que un alivio del dolor que ese deseo nos produce; pero cuando el deseo no se sacia, sino que se multiplica, el dolor, en lugar de calmarse, crece hasta hacerse irresistible. <strong>e</strong>s una hidropes�a en la que el agua da m�s sed; en la que se bebe a conciencia de que es en vano todo, y de que el mal est� dentro del hidr�pico mismo, y de que hasta el beber es ya tambi�n un da�o, quiz� s�lo inferior al que nos producir�a el no beber.</p><empty-line/><p>�<strong>m</strong>arav�llate� -dice el poeta- �del que siente que le arden las entra�as y se queja de sed, teniendo el agua fresca en la garganta.�</p><empty-line/><p><strong>p</strong>ero otro dijo:</p><empty-line/><p>�<strong>l</strong>a mano del amor nos ensart� para la alegr�a: nosotros �ramos las perlas, y el deseo era el hilo�.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> eso aspiraba yo. <strong>p</strong>ero cuando el hilo se rompe, ruedan las perlas separadas sin cumplir su rutilante destino de collar. <strong>y</strong>o supe, en cada momento, durante los agotadores meses que siguieron, hasta qu� punto el hombre disfruta de un espejismo de libertad y de enajenaci�n. <strong>n</strong>ada pod�a yo contra la inmovilidad del sentimiento de <strong>j</strong>alib. <strong>s</strong>aber que a �l le habr�a complacido enamorarse de m�, saber que le habr�a complacido complacerme, no me consolaba, porque le era imposible. �<strong>e</strong>n eso consist�a su libertad? �<strong>e</strong>n eso, la m�a? <strong>e</strong>l hombre jam�s alcanza aquello que m�s quiere: nunca se toca el horizonte. <strong>y</strong> all� est�bamos, frente a frente los dos, o lado a lado, o yo dentro de �l, y tan distantes como el <strong>s</strong>ol y la <strong>l</strong>una.</p><p><strong>m</strong>e sobrevino una especie de vesania. <strong>t</strong>en�a que vengarme del da�o que me hac�a, aunque sin intenci�n; ten�a que vengarme de necesitarlo de tal modo. <strong>l</strong>e prohib� cantar en p�blico; le prohib� servir a nadie. <strong>l</strong>e exig�, por el contrario, cantar y cantar y cantar para m� s�lo; cantarme con su voz ligeramente agria, de la que depend�a mi felicidad moment�nea y mi larga desdicha. �<strong>d</strong>�jame ver tu cuerpo en medio de tus palabras�, le suplicaba. <strong>y</strong> �l se despojaba con naturalidad de sus vestidos, y segu�a cantando:</p><empty-line/><p>�<strong>t</strong>us ojos no han dejado en todo mi coraz�n sitio sin agujeros: como un dedal lo tengo.</p><p><strong>m</strong>i dolor es la almunia donde t� te diviertes; mis ojos, las albercas; una acequia es mi cara.</p><p><strong>m</strong>ientras la fiesta es tuya, mi coraz�n se rompe�.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>o amaba y lo odiaba con igual fuerza al mismo tiempo. �<strong>d</strong>�a y noche trat� de acabar con aquel sentimiento m�o sin respuesta, aquel sentimiento impar y manco, que jam�s encontrar�a su necesario eco, a pesar de que en mis manos estaba matar la vida de quien me lo inspiraba, o exaltarla hasta el cielo. <strong>e</strong>n el fondo, lo que deseaba era hacer trizas aquello que se me resist�a sin oponerse ni al menor de mis deseos. <strong>u</strong>na tarde, en los <strong>a</strong>lijares, deslumbrado por su sonrisa imperturbable, cog� una piedra y le golpe� el rostro. <strong>q</strong>uise destruir aquella sonrisa que me destru�a, aquella hermosura que nunca iba a ser m�a, y que, por otra parte, ni siquiera me parec�a la mayor de este mundo� <strong>s</strong>us ojos, entre la sangre, me miraban aterrados, y yo me ech� a llorar sobre aquel rostro, el m�s amado de los rostros, destrozado por m�. �<strong>e</strong>l oficio del hombre -pensaba- no es el dolor; su oficio es la alegr�a, pero qu� mal lo ejerce�.</p><empty-line/><p><strong>j</strong>alib me tom� miedo. <strong>p</strong>rocuraba evitar las ocasiones de quedarse a solas conmigo. <strong>i</strong>nventaba para ello los m�s inveros�miles pretextos.</p><p><strong>n</strong>o consigui� m�s que transformarse para m� en un ofuscamiento que no me permit�a pensar en otra cosa.</p><p><strong>l</strong>o echaba de menos como al aire mismo, y, cuando lo ten�a junto a m�, lo detestaba y lo echaba de menos m�s a�n. <strong>l</strong>a gente de mi entorno me observaba con la medrosa atenci�n con que se observa a quien est� perdiendo la cabeza; con frecuencia sorprend� murmullos que se acallaban al aparecer yo. <strong>l</strong>os ojos y los o�dos de mi madre eran demasiado perceptivos como para ignorarlo. <strong>n</strong>inguno de sus emisarios, cada vez portadores de m�s oscuras nuevas, lograban distraerme de mi tema. <strong>m</strong>oraima, respetuosa, aguardaba a que pasase la tempestad -a su entender, tan intensa que no pod�a ser larga-, sin referirse a mi mudanza ni a mi desolaci�n. <strong>a</strong> veces agradec�a su mano sobre mi mano; a veces me repugnaba porque su amor no era capaz de sustituir al de <strong>j</strong>alib. <strong>y</strong> entretanto <strong>j</strong>alib, a quien hubiese atado a m� con cadenas de acero, cantaba, me serv�a de beber, me brindaba su adorable carne, me era fiel, y sonre�a: impenetrablemente sonre�a. <strong>c</strong>uanto yo deseaba me era concedido por �l, menos lo �nico que de verdad deseaba: eso no estaba en su poder, ni depend�a del m�o.</p><p><strong>u</strong>na noche fui al <strong>a</strong>lbayz�n a casa de mi madre, resuelto a participar en la conspiraci�n contra el sult�n. <strong>p</strong>ero mi proyecto nada ten�a en com�n con el de ella: yo hab�a llegado a la conclusi�n de que, siendo sult�n, acaso podr�a lograr que <strong>j</strong>alib me amara; el coraz�n humano se defiende con su propia insensatez. <strong>m</strong>i madre me recibi� con severidad y menosprecio. <strong>e</strong>n sus ojos no descubr� piedad alguna; y yo me estaba muriendo, sin embargo. <strong>y</strong>o anhelaba abalanzarme a sus brazos, volver a ser un ni�o en ellos, o desaparecer; ella, como si lo hubiese adivinado, cruz� sus brazos frente a m�.</p><p>��<strong>n</strong>o hay nada en este mundo, ni en el otro, que valga lo suficiente como para apartar a un hombre de su destino. <strong>p</strong>referir�a verte muerto a saber que algo te arrastra a semejante violaci�n. <strong>y</strong>a lo has o�do: muerto. <strong>y</strong> har� todo lo que est� en mi mano para impedirlo. <strong>n</strong>o lo olvides.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> la ma�ana siguiente un polvoriento mensajero trajo la desastrosa noticia. <strong>c</strong>undi� por la ciudad como un rel�mpago: se hab�a perdido <strong>a</strong>lhama, que era nuestra antesala. <strong>f</strong>ue el primer aldabonazo que el destino del que mi madre hablaba dio contra nuestra puerta.</p><p><strong>l</strong>a tarde de aquel mismo d�a busqu� a <strong>j</strong>alib por todas partes. <strong>n</strong>o apareci�. <strong>m</strong>and� que lo buscaran, alarmado por la sospecha de que definitivamente hab�a huido de m� y de mis insaciables exigencias. <strong>m</strong>e propuse, si volv�a, pedirle perd�n por tantos sufrimientos; me propuse postrarme de rodillas ante �l cuando volviera; me propuse ordenar su muerte; me propuse alcanzar el trono y abdicar en �l; me propuse incorporarlo, sin la menor prerrogativa, al ej�rcito que ya se convocaba para la reconquista de <strong>a</strong>lhama; me propuse pensar que todo se hab�a perdido para siempre, y era mejor as�; me propuse matarme para descansar un poco.</p><p><strong>e</strong>n las primeras horas de la noche de aquel 1 de marzo, en que la primavera, indiferente a todo, se insinuaba, <strong>m</strong>oraima pidi� verme.</p><p>��<strong>p</strong>refiero que lo sepas por m�: el cuerpo de <strong>j</strong>alib, el hijo del herrero, ha sido hallado. <strong>e</strong>sta madrugada, seg�n dicen, se despe�� en la <strong>s</strong>ierra.</p><p><strong>l</strong>a primavera, la alta noche, el palacio, mi vida, todo se ech� a rodar. <strong>u</strong>na calima� no, demasiado tarde para tanta calima, demasiada oscuridad: eran mis ojos.</p><p>���<strong>�</strong>l mismo? <strong>q</strong>uiero decir, �por propia voluntad?</p><p>��<strong>n</strong>o lo s�. <strong>a</strong>l parecer, tiene en el pecho una gran pu�alada�</p><p><strong>u</strong>na pu�alada anterior a la ca�da.</p><p>�<strong>l</strong>lorar, no�, me dije. <strong>m</strong>e flaqueaban las piernas. <strong>s</strong>e me acerc� <strong>m</strong>oraima y me sostuvo. <strong>v</strong>al�a m�s no pensar; hundirse. <strong>m</strong>e dobl� el cuerpo una arcada. �<strong>n</strong>o�.</p><p><strong>u</strong>n vac�o en el est�mago, como si la muerte se fuese haciendo un sitio. �<strong>r</strong>espira hondo�, me dec�a.</p><p>�<strong>o</strong> era <strong>m</strong>oraima? �<strong>n</strong>o, no�. <strong>n</strong>o pod�a contener el temblor de mi barba. <strong>o</strong>�a crujir mis dientes.</p><p><strong>c</strong>on un brusco gesto la apart�.</p><p>���<strong>q</strong>u� es lo que sab�as t�?</p><p>��<strong>t</strong>odo. <strong>l</strong>o sab�a todo -baj� sus dulces ojos-. <strong>y</strong> tu madre tambi�n.</p><p>�<strong>l</strong>lorar, no�, me repet�. <strong>y</strong> no llor�. <strong>p</strong>ero, con todas las fuerzas de mi alma, me puse a odiar al mundo entero, y a mi madre en el centro del mundo, con la certidumbre de que la iba a odiar siempre.</p><empty-line/><p>�<strong>c</strong>omo un vestigio de aquella �poca, dejo aqu� unos poemas. <strong>n</strong>o expresan, ni por lo m�s remoto, lo mucho que sufr� y que goc�. <strong>e</strong>l enamorado necesita enga�arse para seguir sufriendo, y necesita sufrir para seguir enga��ndose. <strong>c</strong>omo prueba, aqu� est�n estos restos de mi naufragio. <strong>s</strong>obre una playa ajena quedan, mancillando la arena, incapaces de describir cu�nta era la gallard�a y cu�nto el esplendor del alto barco del que formaron parte. <strong>s</strong>ano est� quien olvida.</p></section><section><title><p>1</p></title><p>�<strong>l</strong>a noche era indecible y era nuestra <strong>p</strong>ero, como me hab�as besado a m� al llegar, t� besabas, copero, a todo el mundo.</p><p><strong>t</strong>� besas en la boca, copero, traidor m�o�</p><p><strong>l</strong>a noche se volvi� en mi contra como una oscura espada.</p><p><strong>l</strong>a noche, ardiente y casta, lo mismo que una espada puesta al fuego.�</p></section><section><title><p>2</p></title><p>�<strong>a</strong>caso yo eleg� la frialdad pensativa, y no era de pensar de lo que se trataba, sino de sentir sin presentir; de darse, ay, de darse, con los ojos cerrados a la esperanza.</p><p><strong>p</strong>orque todos somos hermanos en la fiesta, y podemos besarnos sin temor en la boca.</p><p><strong>l</strong>a historia va despacio: va mucho m�s despacio que la noche.</p><p><strong>n</strong>ada de todo esto ha ocurrido todav�a jam�s.�</p></section><section><title><p>3</p></title><p>�<strong>m</strong>ientras borracho el viejo maestresala baila y se cimbrea, la mano en la cintura y la servilleta tremolando en el aire, nos miramos.</p><p><strong>e</strong>l placer que los j�venes amantes encuentran uno en otro se instal� entre t� y yo como un nuevo invitado.</p><p><strong>y</strong>o era tan joven como t�; quiz� algo menos joven.</p><p>�<strong>o</strong> quiz� yo era igual que el anciano maestresala, que danza con el rostro y el coraz�n marcados por el tiempo?�</p></section><section><title><p>4</p></title><p>�<strong>e</strong>n la canci�n que entonas, lo mismo que en la vida, la alegr�a y la tristeza son una sola cosa, la desesperaci�n despierta el hambre, y tambi�n el deseo despierta el hambre del pan que no lo sacia.</p><p><strong>c</strong>antor, amigo m�o, no s� si comeremos.</p><p><strong>e</strong>s la noche tan larga y se acaba tan pronto que debemos, al menos, beber juntos.</p><p><strong>p</strong>uede que as� yo olvide mi hambre.�</p></section><section><title><p>5</p></title><p>�<strong>n</strong>o recuerdo una noche semejante: distintos son la bebida y el asiento.</p><p><strong>a</strong>unque sea tu brazo mismo el que rodea mi cintura, y la misma la luna, como el asiento y la bebida yo soy otro tambi�n, y diferentes mi temor a la vida y mi ansia de la vida�</p><p><strong>l</strong>a noche, no; pero el amanecer siempre es id�ntico cuando acaba la fiesta.</p><p><strong>p</strong>ara todos, copero.</p><p><strong>l</strong>a luna no es eterna ni en <strong>b</strong>agdad, ni en <strong>g</strong>ranada: cuando amanece se disuelve en tu copa.�</p></section><section><title><p>6</p></title><p>�<strong>e</strong>n toda guerra tiene que haber victorias; pero hasta el final no sabremos qui�n ser� el vencedor.</p><p><strong>a</strong>cogido a las manos de la noche, yo me defiendo de tus ojos y te miro.</p><p>�<strong>e</strong>l duelo no es a muerte? �<strong>n</strong>o habr� sangre?</p><p><strong>s</strong>i la hay, ni el vaso manchar�, ni los manteles.</p><p><strong>e</strong>l denostado de antemano soy yo.</p><p><strong>e</strong>ntretanto, le robo a la amistad tus besos, y con el codo empujo mi soledad a un lado.�</p></section><section><title><p>7</p></title><p>�<strong>t</strong>� me provocas con gestos halag�e�os y con los mismos gestos me rechazas.</p><p><strong>e</strong>res una cadena que me detiene y que no se termina.</p><p><strong>e</strong>ntre tus manos se devana una madeja de todos los colores; hemos bebido tanto que ya no los distingo.</p><p><strong>s</strong>�lo me gu�o por la luz de tus ojos, que no s� ad�nde me conduce, ni si me orienta, copero, o me extrav�a.</p><p><strong>a</strong>l <strong>r</strong>achid se retir�, borracho, hace ya tiempo.</p><p><strong>b</strong>agdad no es ya <strong>b</strong>agdad, sino t� y yo entre la m�sica, las risas, la alborada y los dulces.�</p></section><section><title><p>8</p></title><p>�<strong>f</strong>uera, llueve sobre <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>l</strong>a noche da de beber a los jardines lo mismo que t� a m�; pone sus manos mojadas sobre el polvo; abrillanta las azules palmeras; decapita con mimo los pac�ficos, los altos alhel�es, los jazmines, las malvas reales, los claveles, las anchas rosaledas, las cal�ndulas.</p><p><strong>l</strong>os decapita y llora.</p><p><strong>s</strong>�, a pesar de mi herida, tarda en fluir la sangre, no me culpes: tus ojos secaron, cuando llegu�, mi coraz�n.�</p><empty-line/><subtitle>9</subtitle><empty-line/><p>�<strong>e</strong>l amor no es un huerto, ni un palacio.</p><p><strong>n</strong>i es la gloria, ni el oro, ni el olor de las flores.</p><p><strong>n</strong>o es la puerta del <strong>p</strong>ara�so, ni la canci�n risue�a de los d�as felices, si es que hubo alguno.</p><p><strong>e</strong>l amor no es un oasis, ni una torre de plata, ni una alegre palmera en medio de la noche.�</p></section><section><title><p>10</p></title><p>�<strong>t</strong>u voz es mi casa, cantor: mala o buena, es mi casa.</p><p><strong>e</strong>l alba junto a ti es lo mismo que un ni�o que pela una naranja.</p><p><strong>s</strong>us mondaduras es lo �nico que tengo para vivir de ahora en adelante.�</p></section><section><title><p>11</p></title><p>�<strong>t</strong>u amor est� tan ajeno del m�o como un califa en su fortaleza mir�ndose a s� mismo en espejos de oro.</p><p><strong>u</strong>na vez m�s, veo al enemigo frente a m� y el mar detr�s de m�. �<strong>a</strong>d�nde ir�?</p><p><strong>y</strong>, si permanezco quieto, �qui�n se acercar� antes: el mar o el enemigo?�</p></section><section><title><p>12</p></title><p>�<strong>t</strong>us abrazos se encarnizan con mi debilidad.</p><p><strong>c</strong>u�nto calor emana de tu cuerpo.</p><p><strong>v</strong>oy hacia ti igual que quien camina de espaldas y tropieza.</p><p><strong>t</strong>e miro, y eres como arena en mis ojos; te toco, y se desprende de mis dedos la piel.</p><p><strong>a</strong>l verte comprend� que mi amor no iba a ser m�s peque�o que yo.</p><p><strong>y</strong> yo soy mucho m�s grande que t�, copero, amigo m�o, porque te llevo dentro y no puedo encontrarte.�</p></section><section><title><p>13</p></title><p>�<strong>d</strong>icen que eres buen soldado, y que, entre lanzada y lanzada, escribes bellos versos.</p><p><strong>n</strong>o me sorprende: en ti se al�an la hermosura y la fuerza.</p><p><strong>c</strong>ontra m�, contra m�.</p><p><strong>p</strong>ero en el lecho, la batalla de amor a los dos nos derrota.</p><p><strong>n</strong>i un disparo se escucha, ni un poema.</p><p><strong>a</strong>qu� no es el dolor quien gime, sino el gozo; ni el odio tiraniza, sino s�lo el deseo.</p><p>�<strong>p</strong>or qu� los pueblos no aprenden de nosotros en este cuerpo a cuerpo que a los dos nos derrota?��</p><empty-line/><p><strong>d</strong>e una manera brumosa, como supongo que los peces ven desde sus abismos la claridad del sol, adivin� �simult�neamente a los hechos que acabo de relatar� que mi hora se acercaba. <strong>y</strong> que nadie, ni yo mismo, podr�a oponerse a ello. <strong>e</strong>l <strong>r</strong>eino se hab�a quedado sin cabeza, y los miembros sufr�an diariamente las consecuencias del desgobierno.</p><p><strong>a</strong> la autoridad la sustituy� una tiran�a arbitraria y ciega; las delaciones, justificadas o no, se multiplicaban; las represalias estaban a la orden del d�a. <strong>p</strong>ara evitar las murmuraciones y censuras contra tal anarqu�a -cort�ndolas, s�lo en apariencia, de ra�z- se ejecutaba a muchos hombres de direcci�n y de consejo, a los caballeros y a los maestros m�s ilustres del <strong>r</strong>eino. <strong>m</strong>i padre hab�a perdido la seguridad en s� mismo con que abri� su reinado, y necesitaba afirmar el fantasma que la sustitu�a. <strong>l</strong>a sultana <strong>s</strong>oraya, m�s pr�xima a su meta que nunca, interven�a sin recato en la administraci�n y en la justicia. <strong>a</strong>spiraba a sentar en el trono a uno de sus hijos, o a fortalecer tanto su econom�a que, sucediese lo que sucediese, quedase situada con holgura. <strong>p</strong>ara conseguirlo no reparaba en medios. <strong>h</strong>ab�a hundido a mi padre en los alba�ales de la lascivia: una lascivia torpe y enigm�tica que mi padre, menos potente que antes, s�lo con dificultad satisfac�a, y que le impulsaba a disfrazar sus fallos o carencias con la subordinaci�n a los caprichos de su compa�era.</p><p><strong>l</strong>a disciplina del ej�rcito, ni considerado ni pagado, se extingui�; los negocios del <strong>e</strong>stado se descuidaban; las informaciones que nos llegaban de los reinos cristianos eran desatendidas; la corrupci�n se propagaba como una mancha de aceite en los escalones de la jerarqu�a; aumentaba la ruina, y, para remediarla, <strong>b</strong>enegas sobrecarg� de impuestos a una poblaci�n abrumada por ellos. <strong>a</strong>cord� resucitar el injusto sistema de ingresos que hab�a emprendido mi abuelo, y que descontent� al pueblo hasta el punto de sostener a mi padre en su rebeli�n; consist�a en requisar los bienes que sus antecesores hab�an vendido. <strong>c</strong>ontra este proceder, las alquer�as y sus habitantes reclamaron. �<strong>s</strong>e nos hace un doble agravio -dec�an ante los jueces- porque ni siquiera los compramos en su momento por nuestra voluntad, sino obligados por los sultanes, que marcaron el precio y mandaron sus conminatorios alhariques a cobrarlo�. <strong>e</strong>l <strong>r</strong>eino se alter� con tales reclamaciones, que ata��an a muchas colectividades. <strong>y</strong> los jueces, entre la espada y la pared, resolvieron que el rey tomase la mitad de las propiedades y de las rentas, y que los s�bditos se resignaran a ser desvalijados.</p><p><strong>p</strong>ero algo se hab�a roto, acaso para siempre, entre la cabeza, que ordenaba en propio beneficio, las manos de la justicia, que actuaban sin libertad de juicio, y los otros miembros, a quienes tocaba tan s�lo obedecer sin el recaudo de la una ni de las otras. <strong>y</strong>, para colmo, como recurso �ltimo, se depreci� la moneda, lo que siempre inflige perjuicios que los s�bditos no perdonan jam�s. <strong>p</strong>orque no creo yo en la moralidad de los s�bditos, ni opino que las revueltas, al menos entre nosotros, se originen por la inmoralidad privada de los pr�ncipes.</p><p><strong>t</strong>oda protesta tiene su ra�z en el desgaste de las econom�as personales. <strong>s</strong>i un rey garantiza la vida pr�spera de sus s�bditos, los gobernar� sin riesgos por grandes que sean sus iniquidades; es cuando sus decisiones afectan al bienestar y al ego�smo de ellos cuando se sublevan los s�bditos. <strong>y</strong> eso ocurr�a en <strong>g</strong>ranada. <strong>h</strong>asta yo, tambi�n sumido en un problema personal, me percataba de ello.</p><p><strong>p</strong>or si fuera poco, <strong>s</strong>oraya se afianzaba por los medios, reales o imaginarios, que ten�a a mano. <strong>u</strong>no fue la leyenda sobre la veleta de la <strong>a</strong>lcazaba <strong>c</strong>adima, la m�s antigua de <strong>g</strong>ranada. <strong>l</strong>a llam�bamos el <strong>g</strong>allo de los <strong>v</strong>ientos. <strong>s</strong>e dec�a que estaba hecha de siete metales, y ten�a grabada la siguiente inscripci�n: �<strong>e</strong>l palacio de la bella <strong>g</strong>ranada es digno de alabanza.</p><p><strong>g</strong>ira su talism�n de acuerdo con las vicisitudes de los tiempos. <strong>a</strong> este jinete, a pesar de su solidez, lo rige el aire, pero no sin misterio. <strong>p</strong>orque, en verdad, despu�s de subsistir un breve ciclo, habr� de azotarlo un terrible infortunio que destruir� el palacio y a su due�o�. <strong>p</strong>or su deterioro, fue necesario reparar el edificio y apear su veleta. <strong>s</strong>oraya, astuta, atribuy� a esta coyuntura del <strong>g</strong>allo derribado el cumplimiento de la profec�a, y amarg� las lujuriosas noches de mi padre con sus siniestras predicciones. <strong>l</strong>e convenci� de que mi madre lo envenenar�a para no darle tiempo a rectificar mi designaci�n como heredero, a�n no oficial. <strong>y</strong> le urgi� a publicar su voluntad de que fuesen sus hijos los elegidos, ya que mi sangre estaba inficionada por la sangre enemiga de mi madre. <strong>e</strong>xhibi� los hor�scopos hechos cuando mi nacimiento, y sac� a relucir sus siniestros pron�sticos. �<strong>t</strong>ambi�n yo los consultaba de cuando en cuando, y por entonces les daba la raz�n sobre alg�n extremo: por ejemplo, el de que, al tener <strong>v</strong>enus en <strong>v</strong>irgo, mi uni�n amorosa se realizar�a con alguien de condici�n social inferior; aunque me preguntaba, con desconsuelo, a qu� llamaron �uni�n� los astr�logos, y a qui�n calificaron de �inferior�.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n efecto, por mi ascendente en <strong>t</strong>auro, los estrelleros hab�an certificado el fracaso, debido tanto a mi falta de aptitudes y de adaptaci�n a las nuevas ideas como a una obstinaci�n no adecuada a mis capacidades. <strong>y</strong> hab�an profetizado otros muchos desastres: por el <strong>s</strong>ol en cuadratura con <strong>s</strong>aturno, el enfrentamiento con cualquier autoridad, y en especial con la paterna, contra la que se anunciaba mi rebeld�a, confirmada por la situaci�n de <strong>m</strong>arte en <strong>v</strong>irgo; por la <strong>l</strong>una en <strong>g</strong>�minis, interminables indecisiones perniciosas, que acabar�an con la p�rdida del <strong>r</strong>eino, ratificada por la estancia de <strong>m</strong>arte en la <strong>c</strong>asa <strong>v</strong> y por la de <strong>j</strong>�piter en la <strong>c</strong>asa <strong>vIII</strong>, que prev�n adem�s el acabamiento y la muerte muy lejos del lugar en que se nace.</p><p><strong>e</strong>l signo de <strong>s</strong>aturno me era adverso, ya que, en <strong>a</strong>cuario, manifestaba reveses irremediables y, en la <strong>c</strong>asa <strong>x</strong>, una ineludible ca�da; mientras que, al entrar en conjunci�n con el <strong>m</strong>edio <strong>c</strong>ielo, advert�a, de modo categ�rico, enemistad dentro de la propia familia, una mala ventura contra la que ser�an vanas todas las precauciones, y una decadencia que acarrear�a el mayor duelo.</p><p><strong>e</strong>ntre la alarma y la incredulidad, yo hab�a le�do a mi vez tales cartas astrales, y estaba de acuerdo con ellas en que mi vida habr�a de navegar siempre entre procelosas incertidumbres, desde la decepci�n a la traici�n, de suerte que lo mejor para m� (y as� me lo suger�a <strong>m</strong>arte en semicuadratura con <strong>n</strong>eptuno, por emplear el lenguaje de los astros, que s�lo confirmaban lo evidente) era permanecer aislado, puesto que de los dem�s ya saltaba a la vista que nada bueno pod�a recibir.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>i padre, manejado por <strong>s</strong>oraya, crey� en lo que antes descre�a, o fingi� creer por no contradecirla.</p><p><strong>y</strong>, para suplir su debilidad con puntales superiores e imposibles de rebatir, pues no eran racionales ni palpables, se rindi� a los or�culos y a las agorer�as. <strong>e</strong>l ser humano, cuando trata de justificar decisiones err�neas, acostumbra acudir a argumentos de tejas para arriba implorando con ello el auxilio de sus divinidades; de ah� que las religiones y las ciencias hayan acabado por convertirse en una rentable prostituci�n de lo que fueron. <strong>c</strong>uando mi padre dej� de confiar en s� mismo, dio palos de ciego procur�ndose apoyaturas esot�ricas, y se redujo a la violencia, huyendo hacia delante en un desesperado itinerario sin futuro.</p><p><strong>p</strong>or todas estas razones yo supon�a que iba a sonar mi hora, y en el peor momento.</p><empty-line/><p><strong>p</strong>or su parte, mi madre no se resign� a esperar pasivamente los sucesos previstos, sino que suscitaba los contrarios. <strong>c</strong>onfi� en un miembro de una alta familia granadina, <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, y lo opuso a <strong>a</strong>bul <strong>k</strong>asim <strong>b</strong>enegas, pint�ndolo a los ojos del pueblo como un compendio de desinter�s, de lealtad y de virtudes. <strong>p</strong>or medio de �l solicit�, con sigilo y ardides, la intervenci�n de los abencerrajes, que acechaban tras de la puerta los avatares del <strong>r</strong>eino.</p><p><strong>a</strong>lgunos de ellos, convertidos al cristianismo, ten�an tambi�n sus m�viles secretos -�qui�n enga�aba a qui�n?-: aspiraban a fundar un dominio en que la importancia de la religi�n se diluyese poco a poco, y que se transformase en una regi�n de <strong>c</strong>astilla, con una administraci�n m�s o menos peculiar, para que, a la vuelta de unos a�os, se hubiese producido la total incorporaci�n de una forma insensible.</p><p>�<strong>e</strong>sta idea no era en absoluto contraria al procedimiento que los primeros musulmanes hab�an utilizado para penetrar -a trav�s de la cultura y las formas de vida, no a trav�s de las armas- en la <strong>h</strong>ispania de los godos; pero ahora el recorrido era el inverso-</p><p><strong>a</strong> pesar de hacer o�dos sordos al plan de los abencerrajes, y simulando ignorarlo para obtener su alianza, mi madre era muy consciente de cu�nto importa la religi�n en los d�as atribulados. <strong>p</strong>or eso se gan�, con sobornos y falsas devociones, a los imanes y a los alfaqu�es, y en la oraci�n de los viernes, dentro de todas las mezquitas, se predicaba a gritos contra la obscenidad de las costumbres, contra la lubricidad y la rijosidad de los ancianos, contra los excesos de la carne y del poder, contra la degradaci�n de los h�bitos tradicionales, y contra las nefastas influencias de los renegados fingidos. <strong>t</strong>odos los fieles entend�an contra qui�nes iban dirigidos tales dardos, y todo se encarrilaba, con cautelosa firmeza, hacia la sublevaci�n.</p><p><strong>p</strong>ero el otro partido no permaneci� ocioso. <strong>s</strong>ubrepticiamente, para no provocar las iras de nuestros simpatizantes -de acuerdo con la doblez del visir <strong>b</strong>enegas, que era la norma en la pol�tica de la <strong>a</strong>lhambra-, mi madre, mi hermano <strong>y</strong>usuf y yo fuimos puestos en prisi�n relativa. <strong>e</strong>n un principio, como por protecci�n, nos vedaron salir del recinto amurallado; pero, poco a poco, los l�mites de nuestra libertad se estrecharon. <strong>d</strong>ado que yo entonces me hallaba cautivo de m�s recias cadenas y envuelto en mi desdicha, no echaba de ver -o no me aflig�a- tal acoso. <strong>p</strong>ero mi madre, no sin causa, supon�a que el prop�sito de mi padre era que el pueblo nos olvidara a fuerza de no vernos; y, m�s tarde, simulando un mot�n o con cualquier otra artima�a, eliminarnos y dejar en el poder sola a <strong>s</strong>oraya. <strong>s</strong>in embargo, el destino se empe�� de momento en protegernos: a�n no hab�a resuelto nuestra destrucci�n, proyectada con mimo para m�s adelante. <strong>l</strong>a p�rdida de <strong>a</strong>lhama fue su treta.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a conquist�, repentina y dolorosamente, <strong>p</strong>once de <strong>l</strong>e�n ayudado por otros capitanes, antes sus enemigos; el cambio de las actitudes individualistas por las solidarias era un feroz presagio. <strong>m</strong>i perdici�n, tramada por mi padre, se detuvo ante la perdici�n com�n, m�s visible e impuesta. <strong>d</strong>urante cuatro d�as mi padre enloqueci�: lloraba, rug�a, caminaba sin descanso por los adarves, daba �rdenes incoherentes y romp�a nuevamente a llorar. <strong>e</strong>l golpe recibido era tan fuerte que hubiese resucitado a un muerto: <strong>a</strong>lhama era decisiva en las comunicaciones entre <strong>g</strong>ranada y <strong>m</strong>�laga, y la clave hasta <strong>r</strong>onda.</p><p>(<strong>p</strong>ara m� era adem�s el lugar sosegado donde transcurrieron muchos meses de mi infancia y de mi adolescencia.) <strong>p</strong>asados esos cuatro d�as, mi padre se dirigi� a <strong>a</strong>lhama y la siti�. <strong>t</strong>rataba de impedir su avituallamiento de agua y le�a con la pretensi�n de que se rindieran los cristianos, m�s necesitados cuanto m�s numerosos, pues parece que no bajaban de dos mil quinientos caballeros y de tres mil infantes. <strong>y</strong>o permanec� en la <strong>a</strong>lhambra con el alma enlutada y el cuerpo enfermo por una muerte que me afect� tanto como si hubiese muerto el mundo entero. (<strong>l</strong>o que ahora narro lo supe luego, porque en aquellos d�as no tuve o�dos sino para mi desesperaci�n.) <strong>m</strong>i padre mand� en busca de <strong>s</strong>oraya cuando vio que el sitio de <strong>a</strong>lhama se prolongaba. <strong>s</strong>oraya se hab�a ingeniado para hacerle creer que corr�a peligro, desprovista de su protecci�n, en la <strong>a</strong>lhambra, donde se la odiaba. <strong>q</strong>uiz� estaba en lo cierto; quiz� hubo de elegir entre el riesgo de su vida, m�s o menos ficticio, y el de ser, en su ausencia, sustituida por mi madre.</p><p><strong>s</strong>in embargo, mi madre no cont� con la reacci�n del pueblo, que, transtornado por la gran p�rdida, comprendi� no obstante que comenzaba una agon�a acaso larga, pero encaminada a la muerte; lo comprendi� con todo fundamento. <strong>e</strong>n consecuencia, se api�� otra vez junto al �nico capaz de preservarlo de mayores y muy pr�ximos reveses, es decir, mi padre, a quien absolvi� de sus pecados.</p><p><strong>d</strong>esfallecido nuestro ej�rcito por su empobrecimiento y por su falta de ejercicio, el primer sitio de <strong>a</strong>lhama hubo de levantarse a los veinticinco d�as. <strong>e</strong>l sult�n pronunci� la orden sollozando. <strong>e</strong>l hostigamiento corri� a cargo de las mesnadas del duque de <strong>m</strong>edina <strong>s</strong>idonia -a despecho de su visceral enemistad con <strong>p</strong>once de <strong>l</strong>e�n, lo que para nosotros significaba un p�simo augurio- y del <strong>c</strong>onde de <strong>c</strong>abra, cuya familia ten�a fama de ser aliada nuestra. <strong>e</strong>l tiempo de los se�ores levantiscos e independientes hab�a concluido.</p><p><strong>m</strong>i t�o, aprovechando la concentraci�n de las fuerzas cristianas en <strong>a</strong>lhama, corr�a algaradas por las tierras contiguas, esquilm�ndolas para que no pudieran prestarle a los sitiados auxilio alguno, y los ronde�os se apropiaban de cuantiosos ganados del enemigo y destru�an sus cosechas. <strong>p</strong>ero tambi�n otra cuesti�n quedaba clara: que la guerra de escaramuzas y guerrillas, en la que los andaluces �ramos invencibles, hab�a evolucionado hacia la guerra de sitios.</p><p><strong>p</strong>rimero, porque se ha reducido la extensi�n del <strong>r</strong>eino; segundo, por el choque moral que supone la conquista de las grandes ciudades; y tercero, porque la t�cnica es ya otra, y la artiller�a empieza a relevar a la secular preeminencia de la caballer�a.</p><p><strong>e</strong>l 14 de abril mi padre siti� de nuevo <strong>a</strong>lhama. (<strong>y</strong>o me recuperaba despu�s de mi enfermedad, que, originada por una pasi�n menos f�sica que ella, me hab�a tenido cerca de dos meses contemplando los almoc�rabes del techo, casi extraviada mi raz�n y extraviada sin casi mi raz�n de vivir.) <strong>p</strong>ero el rey <strong>f</strong>ernando le oblig� a levantar tambi�n ese segundo sitio, como le ha obligado a levantar el tercero, que comenz� en los primeros d�as de junio, muy poco antes del d�a en que esto escribo. <strong>c</strong>on este tira y afloja, el des�nimo ha cundido en <strong>g</strong>ranada. <strong>s</strong>i soy sincero, no porque los granadinos se preocupen por la desventura de sus hermanos de <strong>a</strong>lhama, cuya esclavitud o mortandad han sido totales, sino porque se ven retratados a s� mismos con antelaci�n en aquellos acontecimientos, y porque temen que, ante tales quebrantos, aumente la exacci�n de prestaciones y de impuestos. <strong>y</strong>, en definitiva, porque comprueban la ineptitud de un ej�rcito cuya decadencia se les presenta como irrevocable.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>a transcurrido casi un a�o desde la �ltima vez que escrib� en estos papeles carmes�es: un a�o denso y concluyente, que ha mudado a su antojo las posiciones de todos los personajes de esta historia.</p><p><strong>e</strong>scribo en el anochecer del d�a 20 de abril de 1483. <strong>m</strong>a�ana saldr� al frente de una expedici�n que nos dar� gloria -me cuesta a�n escribir que me dar� gloria, pero a eso se dirige- am�n de un gran bot�n. <strong>a</strong>�n estoy boquiabierto, y no niego que instruido por la prisa con que los hechos -que jam�s dependen de los hombres, aunque ellos as� prefieran creerlo- se han atropellado. <strong>c</strong>uando m�s honda era la desmoralizaci�n de los andaluces, <strong>d</strong>ios vino a alzar su �nimo, y a proclamar cu�l era su voluntad m�s cierta. (<strong>m</strong>e figuro que mis enemigos opinar�n exactamente lo contrario.)</p><empty-line/><p><strong>e</strong>nvanecido el rey <strong>f</strong>ernando por su �xito en <strong>a</strong>lhama, y asegurada la sumisi�n de la nobleza, tom� dos transcendentales resoluciones: sitiar <strong>l</strong>oja -porque si <strong>a</strong>lcal� es la puerta de la <strong>v</strong>ega por la sierra de <strong>p</strong>arapanda, <strong>l</strong>oja lo es por el valle del <strong>g</strong>enil- y cortar los posibles auxilios africanos, situando una flota en el <strong>e</strong>strecho.</p><p><strong>a</strong>lertado por nuestros esp�as, pero debilitado ante sus propios ojos, mi padre envi� a <strong>a</strong>liatar a defender <strong>l</strong>oja. <strong>�</strong>l, entretanto, se sirvi� de la distracci�n de las fuerzas cristianas para hacer una algara por tierras de <strong>t</strong>arifa (que finaliz� con la captura de un reba�o de tres mil bueyes, lo cual divirti� a los granadinos, porque las vacas, por muchas que sean, no ennoblecen la aureola de un sult�n). <strong>p</strong>ero antes de salir de <strong>g</strong>ranada, fija su mente en el tema que le tra�a sin sue�o, fue a la prisi�n en la que me encontraba con mi madre y mi hermano, y me pidi� que nos perdon�semos mutuamente en aras del peligro com�n, y que colaborara como pr�ncipe heredero y yerno de <strong>a</strong>liatar. <strong>l</strong>o que me propuso -y yo acept�- era que esa misma noche saliese al frente de una tropa que tratar�a de romper el cerco de <strong>l</strong>oja de acuerdo con mi suegro, que estaba dentro de ella.</p><p><strong>e</strong>ra el 9 de julio de 1482.</p><p><strong>s</strong>in embargo, las ideas de mi madre transitaban por otros caminos.</p><p>��<strong>d</strong>e ninguna manera ir�s a <strong>l</strong>oja. �<strong>n</strong>o te das cuenta de que lo que tu padre quiere es hacerte matar en la refriega, para que nadie piense que se manch� las manos con tu sangre? <strong>l</strong>as cosas ya han ido demasiado lejos. <strong>n</strong>i es un perd�n lo que te otorga, ni tiene de qu� perdonarte, ni �l es capaz de pedir perd�n a nadie; sencillamente es una trampa. �<strong>p</strong>or qu� �l, si no, se ha largado a otro sitio? <strong>s</strong>u mente perturbada tiene el convencimiento de que los cristianos tomar�n <strong>l</strong>oja, y pretende sacar ganancia de ello: librarse, al mismo tiempo, de <strong>a</strong>liatar y de ti. <strong>y</strong>, en �ltimo extremo, si no ocurriese lo que �l espera y teme, habr� mandado a un ballestero de confianza y buena punter�a que te mate de un ballestazo en la garganta.</p><p><strong>y</strong>o, aun no del todo persuadido, obedec� su sugerencia. <strong>p</strong>ara m� representaba un menor peligro y, desde luego, una mayor comodidad.</p><p><strong>l</strong>as s�plicas de <strong>m</strong>oraima hicieron el resto: mi esposa, al enterarse de las presunciones de mi madre (o quiz� no lo eran, porque ten�a muy buenos servidores al lado de mi padre), no s�lo se opuso a que yo marchase con el ej�rcito auxiliar, sino que se apresur� a enviar a su padre minuciosa noticia de cuanto recel�bamos.</p><p>��<strong>e</strong>sta noche -concluy� mi madre entre animada y herm�tica- vas a tener adem�s mucho que hacer.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l caso es que <strong>l</strong>oja, con su caudillo tradicional, resisti� la embestida cristiana. <strong>l</strong>os asediados, en dos o tres salidas, castigaron a los sitiadores, que ni estaban preparados para ese tipo de ataques desconcertantes, ni contaban con suficiente artiller�a por la improvisaci�n del sitio. <strong>l</strong>os contingentes de las distintas comunas cristianas, no bien trabados entre s�, fueron presa del p�nico, y unos a otros se contagiaban de �l. <strong>a</strong>l huir tropezaron con el peque�o refuerzo que mi padre -m�s como excusa para enviarme a m� que por otro m�s s�lido motivo- hab�a enviado con bastimentos desde <strong>g</strong>ranada. <strong>a</strong>liatar se apoder� de los ca�ones cristianos y de sus municiones, de sus armas, de sus v�veres y de una gran cantidad de harina que abandonaron en las tiendas. <strong>e</strong>l sitio, que el rey <strong>f</strong>ernando previno largo, dur� apenas cinco d�as. <strong>e</strong>l 14 de julio <strong>l</strong>oja fue liberada de su cerco, y el gozo de sus habitantes no tuvo l�mites.</p><p><strong>m</strong>ientras tanto mi padre hab�a vuelto de <strong>t</strong>arifa y se reuni� en los <strong>a</strong>lijares con <strong>s</strong>oraya. <strong>s</strong>e hallaban celebrando el triunfo, un tanto menor y de intendencia, de su bot�n de bueyes, cuando, ya bebido, demand� noticias de <strong>l</strong>oja. <strong>a</strong>lguien le dijo que yo no hab�a sido visto entre los soldados del refuerzo, con lo que se puso en guardia. <strong>n</strong>o tuvo tiempo de beber mucho m�s antes de recibir noticias m�s concretas. <strong>d</strong>os fueron las que le llevaron a la vez: los cristianos hab�an sido derrotados, y a m� me hab�an proclamado en <strong>g</strong>uadix nuevo sult�n. <strong>s</strong>u ira fue indescriptible; pero, por fortuna, tard�a. <strong>d</strong>icen que hiri� con la copa en que estaba bebiendo al servidor que le comunic� la nueva, y que, irritado por las recriminaciones de <strong>s</strong>oraya, que le echaba en cara no haber seguido al pie de la letra sus consejos, la volc� de un empuj�n sobre los almohadones del div�n. <strong>l</strong>uego corri� por el palacio gritando alarma con una antorcha en la mano, con la que estuvo a punto de incendiarlo.</p><empty-line/><p><strong>y</strong> es que una conspiraci�n hab�a sido urdida tiempo atr�s por mi madre y <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, en connivencia con un tal <strong>a</strong>brah�n de <strong>m</strong>ora, un mud�jar de esa villa, que est� en el reino de <strong>t</strong>oledo. <strong>s</strong>o color de vender cobre labrado, <strong>a</strong>brah�n obtuvo autorizaci�n para entrar algunas veces donde nos ten�an recluidos, que era en la parte baja de <strong>c</strong>omares. <strong>e</strong>l de <strong>m</strong>ora, hombre bueno y muy experto en cosas de guerra, remit�a las cartas de mi madre entre unas calderas que enviaba a <strong>g</strong>uadix a trav�s de un mancebo llamado <strong>a</strong>brah�n <strong>r</strong>obledo, natural de <strong>g</strong>uadalajara, cuyo oficio era traficar con metales por el <strong>r</strong>eino. [<strong>e</strong>s el mismo mozo que luego hizo campo por la <strong>v</strong>ega con <strong>f</strong>ernando del <strong>p</strong>ulgar.] <strong>e</strong>n <strong>g</strong>uadix recib�an los mensajes y acuerdos dos valerosos caballeros, <strong>a</strong>benadid y <strong>a</strong>benecid, que ma�ana partir�n conmigo a la expedici�n que emprendo.</p><p><strong>e</strong>l �ltimo concierto que se hizo fue que la noche del mes de julio m�s arriba indicada, a las diez, comparecer�an seis hombres con nueve caballos junto a una acequia en la falda del <strong>g</strong>eneralife. <strong>a</strong>bul <strong>k</strong>asim <strong>b</strong>enegas, sospechando que, a instancias de mi madre, me negar�a a ir a <strong>l</strong>oja, mont� una guardia especial esa noche ante las puertas de nuestra forzosa residencia, lo que dificultaba nuestra fuga. <strong>l</strong>os conspiradores se acercaron a pie, tras <strong>a</strong>brah�n de <strong>m</strong>ora, hasta el adarve exterior que se correspond�a con nuestras ventanas, e hicieron la se�al, que era un canto repetido de codornices. <strong>m</strong>i hermano <strong>y</strong>usuf y yo lo escuchamos, preciso e insistente, entre el clamoreo de los grillos. <strong>l</strong>a noche era espesa y parada. <strong>n</strong>o corr�a el aire. <strong>s</strong>ub�a hasta las ventanas el denso olor de los jardines. <strong>m</strong>i madre entr� en la alcoba con un apresuramiento desacostumbrado. <strong>l</strong>e brillaban los ojos, y hab�a una tensi�n en su boca cuando me dijo:</p><p>��<strong>e</strong>sas aves cantan hoy para ti; ma�ana todo el <strong>r</strong>eino ser� tuyo.</p><p><strong>a</strong>rroja por la ventana un cabo -me alargaba un cordel fino enrollado-: �sta va a ser la escala por la que subir�s al trono que te pertenece.</p><p><strong>y</strong>o, sin entender lo que dec�a, la obedec�. <strong>s</strong>ent� que alguien tironeaba del cordelillo desde el pie de los muros.</p><p>��<strong>t</strong>ira de �l ya -grit� impaciente mi madre.</p><p><strong>l</strong>o hice. <strong>h</strong>ab�an atado a �l una potente y gruesa soga.</p><p>��<strong>c</strong>on ella ahorcar�s a tus enemigos; pero ahora descu�lgate por ella hasta unas manos que te conducir�n sin riesgo a <strong>g</strong>uadix.</p><p><strong>s</strong>e volvi� a mi hermano:</p><p>��<strong>t</strong>� lo acompa�ar�s.</p><p><strong>m</strong>i hermano <strong>y</strong>usuf lanz� una carcajada; la novedad y la aventura aleteaban por la estancia como p�jaros inauditos. <strong>a</strong>�n se o�a, casi perdido, abajo, el canto de la codorniz. <strong>e</strong>ntre <strong>y</strong>usuf y yo anudamos al parteluz de m�rmol la soga y la dejamos caer al vac�o. <strong>f</strong>ui a despedirme de mi madre.</p><p>��<strong>v</strong>e ya -me dijo-. <strong>l</strong>a pr�xima vez que te vea, ver� al rey de <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>n</strong>o comprendo todav�a c�mo pude decidirme a saltar al espacio agarrado a una cuerda que me desollaba las manos, ni c�mo pude resistir sin soltarme. <strong>q</strong>uiz� el temor de herir a <strong>y</strong>usuf, que me preced�a, fue lo que me impidi� abandonar la empresa, y dejarme caer y terminar.</p><p><strong>y</strong>usuf y yo fuimos recibidos por los conspiradores con acatamiento y reverencia. <strong>a</strong>l llegar al sitio donde aguardaban los caballos nos entregaron armas y adargas. <strong>n</strong>o era a�n medianoche cuando partimos hacia <strong>g</strong>uadix a galope tendido.</p><p><strong>a</strong>penas hab�a pasado la hora en que ten�a que salir para <strong>l</strong>oja; mi padre y sus esbirros hab�an sido burlados. <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, c�mplice de mi madre, permaneci� junto a ella, atando bien los nudos para que en el tapiz que planeaban se dibujasen sus deseos.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>iempre he sentido hacia <strong>g</strong>uadix una especial inclinaci�n.</p><p><strong>b</strong>ajo sus abiertos cielos se yergue la alcazaba, en el centro de lo que hace mil a�os fue un lago circular, cuyas riberas son hoy naturales murallas recamadas. <strong>e</strong>n ellas viven felices trogloditas, gentes de sonrisa franca y expresivos ojos, rodeados de una vegetaci�n exuberante con que verdean y se enriquecen hoy los fondos que ayer fueron el sost�n de las aguas.</p><p><strong>l</strong>legamos a <strong>g</strong>uadix mientras amanec�a. <strong>d</strong>esde la azotea de la alcazaba vi una vez m�s sus rojas tierras, sus cuevas, su paisaje cercado de estribaciones dentadas, en las que la naturaleza ha construido torreones labrados por la erosi�n del tiempo, casas reales, cubos de murallas bien trazadas.</p><p><strong>a</strong>ll� vino el alcaide a rendirnos pleites�a y a ponerse, con los suyos, a nuestras �rdenes.</p><p>��<strong>n</strong>o me gusta -le coment� en voz baja a <strong>y</strong>usuf-; tiene la mirada huidiza.</p><p>��<strong>t</strong>an huidiza que le falta un ojo -me contest�.</p><p><strong>s</strong>e acerc� recatado a nosotros y, confundido quiz�, fue a besar primero la mano de <strong>y</strong>usuf. <strong>m</strong>i hermano, inexplicablemente m�s agotado que yo por la noche sin sue�o, ojeroso y p�lido, le dirigi� una peque�a sonrisa y lo detuvo con un gesto; luego dobl� su rodilla derecha y me bes� �l a m� la mano.</p><p><strong>l</strong>a reverencia de <strong>y</strong>usuf fue la primera que recib� como sult�n. <strong>s</strong>e me saltaron las l�grimas. <strong>y</strong>usuf, que lo not�, para librarme de una emoci�n inoportuna, me ense�� riendo su mano derecha deformada como d�ndome a entender que no era digno de que se la besasen. <strong>c</strong>alcul� mal su gesto: la emoci�n, duplicada, me desbord� los ojos y sent� que se mojaban mis mejillas. <strong>l</strong>e apret� aquella mano con mi mano izquierda, y, con la derecha, le acarici� y alborot� el pelo, a�n m�s claro que de costumbre por el polvo de la cabalgada.</p><p><strong>e</strong>l alcaide tuerto nos tranquiliz�. <strong>h</strong>ablaba sin cesar, acaso rebasado �l mismo por la solemnidad de las circunstancias en que se ve�a inmerso. <strong>l</strong>a conspiraci�n de mi madre se hallaba mucho m�s avanzada y su urdimbre era mucho m�s meticulosa de lo que cre�amos; casi todas las ciudades del <strong>r</strong>eino hab�an sido advertidas y tomado nuestro partido.</p><p>��<strong>l</strong>a sultana <strong>a</strong>ixa -dec�a el alcaide con admiraci�n- ha sido una hero�na previsora: qu� gran madre ten�is. <strong>y</strong> probablemente ser� tan inflexible como previsora con quienes no la acaten -agreg� de buen humor-: sin duda a una mujer le resulta m�s dif�cil que a un hombre no ejercer el poder cuando lo agarra. �<strong>s</strong>er� �sa la respuesta a su h�bito de subyugaci�n? <strong>l</strong>es sucede como a los t�midos -�me miraba a m� con su �nico ojo?-, que pasan de la cortedad al desenfreno apenas se les proporciona el pretexto.</p><p><strong>e</strong>l calor asentaba, a cada instante con m�s peso, sus doradas manos sobre las cosas. <strong>l</strong>a ma�ana era interminablemente pura e interminablemente azul, demasiado como para perderla escuchando los ingenios sobados de un alcaide. <strong>f</strong>ui hacia el pretil de la azotea. <strong>m</strong>ir� el ancho mundo que se me ofrec�a.</p><p><strong>m</strong>e flotaba la cabeza, tras la noche de viaje, como si la hubiese pasado bebiendo. <strong>p</strong>ens� aturdidamente: �<strong>a</strong>l hombre le gusta hacerse la ilusi�n de que es poderoso y de que es libre.� <strong>a</strong>penas o�a el murmullo del alcaide aburriendo a mi hermano. <strong>n</strong>o me sent� ni libre ni poderoso en aquella suntuosa ma�ana. <strong>y</strong> no s�lo en aquella ma�ana; quiz� no lo fui nunca, ni nunca lo ser�a. <strong>n</strong>i deseaba serlo� <strong>a</strong>caso nadie lo desea de veras, y se conforma s�lo con la ilusi�n, m�s llevadera que la realidad. <strong>y</strong> acaso, lo que es peor, el hombre act�a bajo esa misma confusi�n que �l se provoca. [<strong>l</strong>uego -debo confesarlo- los acontecimientos me arrastraron, y yo incurr� tambi�n en tal error.] <strong>m</strong>e volv� hacia la torre de la fortaleza, recortada contra el profundo azul.</p><p><strong>d</strong>esde ella, moviendo las ancas y las colas, d�ndome a su vez la bienvenida, m�s sinceros, por descontado, que el alcaide, se me acercaron unos alanos que hab�a visto corretear por el patio. <strong>m</strong>ir� sus dorados e inocentes ojos; uno era tuerto, lo mismo que su due�o.</p><p><strong>m</strong>ir� el subido de color de la tierra, el terso cielo. <strong>m</strong>ir� las flores que decoraban con su magia un macizo. <strong>p</strong>ens�: �<strong>l</strong>as flores son la sonrisa de <strong>d</strong>ios, la mejor prueba de su bondad; la belleza que, al ser superflua, es doblemente bella. <strong>q</strong>uiz� se nos anticipan como testigos de los colores que tiene el <strong>p</strong>ara�so. <strong>e</strong>llas son el �nico testimonio indiscutible de que podemos tener esperanza.� <strong>m</strong>e pareci� imposible, en aquella insondable y sencilla ma�ana de verano con que una vez m�s se inauguraba el mundo, que estuvi�semos los hombres tratando de matarnos unos a otros por algo que hemos dado en llamar poder o religi�n. <strong>m</strong>e pareci� imposible que, por vivir mejor -aunque ignoremos qu� sea lo mejor-, seamos capaces de perder la vida.</p><p><strong>a</strong>l llegar ten�a un hambre como desde antes de mi enfermedad no hab�a tenido; pero ahora me habr�a sido imposible tragar ni un bocado: se me cerr� el est�mago como una bolsa de cuyas cintas alguien hubiese tirado bruscamente. <strong>a</strong>gradec�a a quienes me invitaban a comer a la suave sombra de un emparrado; di un poco de comida a los perros, que continuaban meneando su incansable cola embebidos en m�; acarici� sus majestuosas y d�ciles cabezas, y ped� retirarme a descansar.</p><p><strong>n</strong>o descans�. <strong>e</strong>l amasijo de mudanzas era excesivamente complicado. <strong>s</strong>in querer -o peor a�n: cuando menos quer�a, m�s-, mi imaginaci�n volaba hacia mi t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�. �<strong>d</strong>�nde estar�a ahora?</p><p><strong>c</strong>on antelaci�n hab�a salido de <strong>g</strong>ranada hacia <strong>m</strong>�laga para planear unas defensas en el puerto y prevenir las posibles ayudas magreb�es. <strong>i</strong>gnoraba, por tanto, lo que hab�a sucedido. <strong>s</strong>u elecci�n entre mi padre y yo a�n estaba en el aire; pero yo sab�a qu� partidario era de la legalidad. <strong>m</strong>e ven�an a las mientes, desgranados, gestos suyos de lealtad y amor, su hombr�a y su rectitud. <strong>y</strong> me reiter� cu�nto habr�a ganado el <strong>r</strong>eino si, en lugar de proclamarme a m� sult�n, lo hubiese proclamado a �l.</p><p><strong>f</strong>ue entonces cuando me embarg� por primera vez la tentaci�n. <strong>e</strong>ra como una presencia corporal y creciente; me rodeaba y me oprim�a; me habr�a bastado alargar un poquito la mano para tocarla. <strong>a</strong>br� los ojos para librarme de ella. <strong>e</strong>l sol, cada vez m�s alto, calentaba en demas�a; se filtraba por la cristalera; iba a estrellarse contra el suelo casi ruidosamente, como un vidrio que se hace trizas, en aquella ma�ana, la primera a�n no sab�a de qu�. �<strong>t</strong>uve la tentaci�n? <strong>n</strong>o, la tentaci�n me tuvo a m�. <strong>y</strong> luego me ha tenido muy a menudo. �<strong>a</strong>bdica en el emir <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�. <strong>�</strong>l est� mejor preparado que t� para los graves d�as que se avecinan: la inmediata reacci�n de tu padre, la desalmada �ltima guerra con los cristianos. <strong>�</strong>l es m�s fuerte y m�s sereno. <strong>t</strong>� has sido educado como un pr�ncipe; para ser pr�ncipe, no para ser rey. <strong>n</strong>o tienes su vigor, ni sus recursos.</p><p><strong>n</strong>o est�s dispuesto para que se descargue sobre tus hombros el gobierno en el instante de la mayor dificultad y del mayor temblor. <strong>t</strong>� acaso habr�as sido un buen rey en un tiempo de paz, de desarrollo, de cultura y de artes; pero no en los tr�gicos tiempos tan expresamente vaticinados. <strong>a</strong>bdica, ahora que puedes, en el emir <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�.�</p><empty-line/><p><strong>m</strong>ir� la mano que <strong>y</strong>usuf y el alcaide hab�an besado: elegante y bien delineada. <strong>l</strong>a vi tan lejana de m� mismo quiz� por el cansancio, tan ajena a m� mismo, que me estremec�. <strong>l</strong>a vi como si se tratara de un objeto venerable que tuviese que devolver en un momento pr�ximo.</p><p><strong>v</strong>i sus u�as, pulidas y almendradas; vi, en la del dedo coraz�n, una min�scula selenosis. (<strong>s</strong>ubh, se�al�ndola, hab�a dicho: �<strong>h</strong>as mentido, has mentido.�) <strong>v</strong>i el rasgu�o que una rama de acebuche hab�a dibujado sobre el dorso, muy cerca del pulgar. �<strong>h</strong>ab�a examinado antes con tal detenimiento aquella mano?</p><p>�<strong>e</strong>ra a�n la m�a, a pesar de haber sido besada? <strong>l</strong>a levant� para contemplarla al trasluz; dentro de ella, el color de la sangre y la opacidad de su esqueleto. <strong>l</strong>evant� la otra mano. <strong>m</strong>ir� sus palmas, en las que las oscuras rayas de la vida trazan la red de sus caminos.</p><p><strong>c</strong>err� los ojos para intentar dormir, para intentar huir. <strong>p</strong>ero lo que ve�a con los ojos cerrados era m�s tenebroso. <strong>l</strong>os volv� a abrir.</p><p><strong>c</strong>ruc� en alto las manos, ante la luz del sol; las separ�; las mir� unirse y desunirse, como si estuviesen dotadas de una vida que no fuese la m�a. <strong>f</strong>ing� que una de ellas, la izquierda, era la de alguien idolatrado que hab�a muerto -que hab�a muerto sin presenciar ni desear esta ma�ana-, y supe que la muerte es contagiosa� <strong>f</strong>ing� que una de ellas, la derecha esta vez, era la mano de mi t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, y supe que no son contagiosos el poder�o y la serenidad� <strong>f</strong>ing� que una de ellas -cualquiera, s�, cualquiera- era la mano mutilada de <strong>y</strong>usuf, o era la mano de uno de aquellos seres que me quisieron en la infancia. <strong>n</strong>o, no eran de ellos aquellas manos, pero tampoco m�as.</p><p><strong>s</strong>i <strong>y</strong>usuf estuviese aqu� conmigo� <strong>p</strong>ero hac�a rato que hab�a salido hacia <strong>a</strong>lmer�a para confirmar en persona la obediencia de la ciudad. <strong>s</strong>i hubiese estado por lo menos �<strong>d</strong>in�, mi perro, entre los alanos del patio, que misteriosamente se alegraron al verme� <strong>n</strong>o hab�a nadie conmigo. <strong>n</strong>i el sue�o.</p><p><strong>n</strong>adie� <strong>m</strong>ir� con compasi�n, una vez m�s, las rayas de la mano, y le� claramente en ellas la fatalidad, el desorden y la ruina que mi hor�scopo hab�a profetizado.</p><p><strong>p</strong>or fin, solo en mitad de la ma�ana de mi exaltaci�n, insomne y solo, acerqu� las dos manos a mi rostro, y romp� a llorar entre ellas, igual que habr�a llorado entre las de mi madre si me lo hubiese permitido.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>sa misma tarde, desde las primeras horas, empezaron a llegar los representantes de las ciudades, de los pueblos, de las aldeas, para reconocerme y homenajearme. <strong>e</strong>l alcaide de <strong>g</strong>uadix me obsequi� ropas de un lujo semejante al que un d�a vi entre los tesoros de la <strong>a</strong>lhambra.</p><p>��<strong>a</strong>gradezco al <strong>a</strong>lt�simo la oportunidad que brinda al m�s humilde s�bdito de proporcionar al <strong>e</strong>mir de los <strong>c</strong>reyentes las ropas de su aclamaci�n -dijo.</p><p><strong>a</strong>quella noche el cansancio me venci�. <strong>a</strong>l segundo d�a, colmado y aturdido por los agasajos, volv� a tener la sensaci�n que me hab�a asaltado con frecuencia en los �ltimos meses, cuando me vi forzado a ocultar los destrozos de mi coraz�n: la sensaci�n de que representaba a otro en una ceremonia de la que pod�a ser eliminado sin que ella cesase. <strong>n</strong>ada me dol�a de veras, ni me regocijaba de veras; no sangraba, o aquella que corr�a no era mi sangre. <strong>s</strong>i pensaba en mi padre, me agred�a desde el fondo la certeza de que lo estaba suplantando. <strong>y</strong>o era como un mal im�n llamando a deshora a la oraci�n, un actor que recita su papel en una historia falseada y contingente.</p><p><strong>l</strong>a gesticulaci�n era la apropiada, adecuadas las postraciones, aprendidas de memoria las alabanzas, exactos el vestuario y la intensidad de las miradas y el tono de las r�plicas; pero no era mi vida verdadera, ni yo era aqu�l. <strong>m</strong>i verdadera vida se agazapaba y se escond�a, se afinaba hasta desaparecer -menuda y gris, pero palpitante como un animalillo- debajo de tanto derroche de palabras y tantos oropeles.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>l cuarto d�a recib� correos de <strong>g</strong>ranada. <strong>l</strong>os abencerrajes, que acudieron con presteza a la llamada de mi madre y <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, me hab�an aceptado; al pueblo extenuado lo ilusionaba la aparici�n de una intacta esperanza. �<strong>e</strong>l que a hierro mata, a hierro muere�, dec�an de mi padre entre jolgorios y celebraciones. [<strong>y</strong>o me planteaba por entretenerme, sin resolver la cuesti�n, qu� estar�an haciendo las concubinas del har�n, acostumbradas en los destronamientos a cambiar s�lo el nombre de su amo; los chismes, las bander�as, las peleas que entre ellas se habr�an provocado; c�mo recibir�an a la nueva sultana, mi mujer, a la vez que a la antigua, restituida en su honor de sultana madre; qu� har�a <strong>s</strong>oraya, cuyas ambiciones, de momento, parec�an naufragar� <strong>y</strong>, en ese imaginado batiburillo del har�n, ve�a los gruesos labios y la espigada estatura de la negra que conoc� en la visita con <strong>n</strong>asim. �<strong>a</strong>unque quiz� haya muerto -me dec�a-, o si sigue all�, por su edad, se habr� convertido en una servidora de las otras.�] <strong>m</strong>i padre, desde los <strong>a</strong>lijares, con unos pocos fieles, se hab�a lanzado a recuperar la <strong>a</strong>lhambra.</p><p><strong>e</strong>l due�o de ella se convierte en el del <strong>r</strong>eino al ser due�o del s�mbolo; hasta el punto de que las cartas africanas dirigidas al sult�n granadino se inician con la invocaci�n de �<strong>s</strong>e�or de la <strong>a</strong>lhambra�. <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, en mi nombre, se hab�a apoderado de ella, y, desde las murallas de la fortaleza, rechaz� la embestida del sult�n leg�timo. <strong>l</strong>uego, desde la <strong>t</strong>orre de <strong>a</strong>rmas, con los suyos -quiero decir con los m�os- consigui� sin mucha dificultad explulsarlo de la <strong>s</strong>abica. <strong>t</strong>ras una lucha sangrienta, pero breve, en las calles de la ciudad, con los tradicionalmente turbulentos habitantes del <strong>a</strong>lbayz�n a mi favor, el triunfo de mis partidarios hab�a sido completo.</p><p><strong>s</strong>eg�n los correos, el pueblo ard�a en deseos de contemplar a su nuevo rey; en la historia de la <strong>d</strong>inast�a era anormal que el caudillo de una insurrecci�n no se hallase al frente de sus secuaces.</p><p>���<strong>q</strong>u� se sabe de mi t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�? -hab�a preguntado.</p><p><strong>l</strong>leg� a tiempo, desde <strong>m</strong>�laga, de presenciar la derrota de mi padre, pero no de intervenir en la contienda. <strong>l</strong>os dos hermanos, a u�a de caballo, se hab�an refugiado en <strong>m</strong>�laga de nuevo, la ciudad predilecta de mi t�o, de la que �l era asimismo predilecto. <strong>p</strong>ara m�, pues, era ya ineludible retornar.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>ntr� por el <strong>a</strong>lbayz�n, entre v�tores. <strong>m</strong>i madre me esperaba en la <strong>p</strong>uerta de <strong>f</strong>ajala�za, m�s radiante que nunca; tanto que parec�a casi hermosa: acaso el poder embellece. �<strong>n</strong>o a m�, pens�. <strong>m</strong>oraima, sin embargo, me recibi� sin aspavientos, con una digna naturalidad.</p><p><strong>s</strong>us ojos, indagadores, buscaban los m�os. <strong>y</strong>o la bes� en los p�rpados, y ella reclin� un instante su cabeza en mi hombro.</p><p>��<strong>t</strong>odo sucede para bien -murmur�-. <strong>s</strong>ea lo que sea.</p><p><strong>b</strong>ajo arcos de flores entramos en la <strong>a</strong>lhambra. <strong>m</strong>i madre y <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa hab�an designado a quienes, en adelante, ser�n mis hombres de confianza. <strong>p</strong>or debajo de ambos, el que ostenta mayor poder es <strong>y</strong>usuf <strong>i</strong>bn al <strong>a</strong>dalbar, el cabecilla de los abencerrajes. <strong>a</strong>cept�: ni deseaba llevarles la contraria, ni habr�a servido para nada hacerlo.</p><p><strong>l</strong>a �nica condici�n que impuse, aunque no creo que pueda llamarse as�, fue habitar el palacio de <strong>y</strong>usuf <strong>III</strong>, en lugar del que mi padre hab�a habitado, que era el de los �ltimos sultanes; a�n para eso me cost� trabajo obtener la aprobaci�n de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, que consideraba m�s demostrativos de la majestad los palacios m�s suntuosos. <strong>m</strong>ientras le expon�a mi voluntad de no transigir en ese extremo, vi junto a �l al eunuco <strong>n</strong>asim, que me saludaba y me alentaba con los ojos.</p><p>��<strong>n</strong>asim ser� quien se ocupe de mi casa desde ahora -dije, y me sorprendi� o�rmelo decir.</p><p><strong>�</strong>l, como si lo estuviese esperando, se adelant�, bes� mi brazo, y me invit� a seguirle hacia el palacio de <strong>y</strong>usuf <strong>III</strong>.</p><p>��<strong>c</strong>omo conoc�a tu preferencia, he mandado disponerlo para ti.</p><p><strong>a</strong>l descender por la calle <strong>r</strong>eal, despu�s de una vacilaci�n, me anunci�:</p><p>��<strong>t</strong>u perro �<strong>d</strong>in� ha muerto hace dos d�as. <strong>e</strong>ra muy viejo ya: no ha resistido tu separaci�n. <strong>e</strong>s una pena que no haya sido el perro del sult�n.</p><p>��<strong>a</strong> �l no le interesaban estas majader�as. �<strong>d</strong>�nde lo han enterrado?</p><p>��<strong>p</strong>retend�an quemarlo; yo lo imped�. <strong>e</strong>st� enterrado no lejos del lugar donde tuve el honor de bautizarte -contest� sonriendo de una manera ambigua.</p><p>��<strong>l</strong>a muerte de mi perro, m�s a�n que mi proclamaci�n, me demuestra que una �poca de mi vida se ha cerrado; quiz� toda mi vida.</p><p><strong>p</strong>ero, sin duda, esa parte de ella, irresponsable y gozosa, en la que un ni�o musulm�n pudo persuadir a un eunuco de que lo bautizara.</p><p><strong>n</strong>asim, entendida la reticencia, dobleg� con gravedad su cabeza. <strong>e</strong>l resto de aquel d�a lo pas� sentado junto a la tumba de �<strong>d</strong>in�. <strong>a</strong> duras penas le perdon� su deserci�n.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>as mezquitas, en la oraci�n, ya hab�an comenzado a pronunciar mi nombre. <strong>s</strong>olicit� que las fiestas de la coronaci�n, dadas las circunstancias, se abreviasen. <strong>h</strong>ab�a -pretextaba- demasiado que hacer, mucha correspondencia y documentos que firmar, concertaciones, recepciones, demasiados asuntos que despachar con urgencia. <strong>n</strong>o sab�a hasta qu� punto el pretexto era cierto.</p><p><strong>e</strong>l rey <strong>f</strong>ernando, no bien empez� agosto, devast� la <strong>v</strong>ega, y prendi� fuego a cosechas y alquer�as al socaire del desarreglo ocasionado por el conato de la guerra civil. <strong>m</strong>e enter� de que mi padre hab�a conseguido un socorro, no grande, de algunos voluntarios magreb�es que desembarcaron en <strong>m</strong>�laga burlando en el <strong>e</strong>strecho los nav�os cristianos. <strong>y</strong> a principios de oto�o, mi padre y mi t�o -tambi�n �l: ya tom� partido-, para no reconocer que hab�an sido derrotados del todo, corrieron por <strong>s</strong>etenil y por <strong>c</strong>a�ete, arrasando sus guarniciones. <strong>c</strong>a�ete fue reconquistada en seguida por el adelantado de <strong>a</strong>ndaluc�a, <strong>p</strong>edro <strong>e</strong>nr�quez, que la fortific� y la repobl�; por el contrario, a pesar del ataque del marqu�s de <strong>c</strong>�diz, <strong>s</strong>etenil qued� en manos nazar�es.</p><p>�<strong>p</strong>ero ya no todas las manos nazar�es pertenecen al mismo cuerpo�, me dije con tristeza cuando me lo anunciaron.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l invierno, de acuerdo con lo que sucede en la naturaleza, que en tan pocas ocasiones respeta el hombre por desgracia, ha apaciguado o escondido las tensiones, d�ndonos tiempo para organizar, mal que bien, el <strong>r</strong>eino. <strong>h</strong>a sido un invierno largo y muy fr�o. <strong>g</strong>ranada, cubierta por la nieve, es una ciudad muda. <strong>e</strong>l azacaneo de esos meses me ha impedido casi del todo hacer lo que me gusta: leer, escuchar m�sica no demasiado cerca, pasear despacio sin objeto preciso, contemplar el cambio de las luces, escribir sin apremios. <strong>e</strong>n muy escasos momentos he podido zafarme, durante este invierno, de la impresi�n de que representaba.</p><p>��<strong>u</strong>n sult�n tiene la obligaci�n de serlo, no de aparentar serlo -me insiste <strong>m</strong>oraima de repente, vislumbrando lo que por dentro de m� pasa-. <strong>p</strong>or tu bien y por el de nuestro pueblo, s� t�, <strong>b</strong>oabdil.</p><p><strong>s</strong>ult�n o no, s� t�. <strong>s</strong>i resistes un poco, lo lograr�s. <strong>p</strong>or ahora, proc�ralo tan s�lo, y ap�yate en m� cuando lo necesites. <strong>e</strong>stoy convencida de que mi existencia no tiene otra raz�n.</p><p><strong>y</strong>o se lo agradezco como agradece el b�culo un convaleciente que, arrastrando un poquito los pies, se asoma a una ventana a ver crecer el d�a que lo anima a crecer. <strong>i</strong>ntento, ignoro si con �xito, cumplir mis deberes de sult�n; pero no soy capaz de borrar a <strong>m</strong>�laga de mi mente. <strong>e</strong>n m� est�, c�lida y radiante, con su alcazaba erguida entre las flores y el boscaje, con <strong>g</strong>ibralfaro como un ojo de luz encima de ella, y el puerto jubiloso y azul, y el arsenal y las atarazanas. <strong>y</strong> no sale de m� <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal� -�qu� opinar� de m� su integridad?-, cuyo auxilio me habr�a aligerado la carga del gobierno (si es que puede llamarse gobernar a seguir los �consejos� de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y de mi madre).</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a primavera este a�o tard� mucho en llegar, pero cuando lleg� se abrieron de par en par los ramos.</p><p><strong>a</strong> mediados de marzo, los cristianos se reunieron en <strong>a</strong>ntequera.</p><p><strong>a</strong>ll� acudi� la flor y nata de su nobleza, desde <strong>p</strong>once de <strong>l</strong>e�n al gran maestre de <strong>s</strong>antiago. <strong>l</strong>os asesoraba <strong>b</strong>ernardino, el renegado de <strong>o</strong>suna, que conducir�a una expedici�n a los montes de <strong>m</strong>�laga: los generales opinaron que el sult�n destronado se hallaba en una posici�n menos ventajosa que la m�a. <strong>y</strong> decidieron atacarlo a �l.</p><p><strong>s</strong>e les unieron el asistente de <strong>s</strong>evilla, conde de <strong>c</strong>ifuentes, el gran don <strong>a</strong>lonso de <strong>a</strong>guilar y el adelantado de <strong>a</strong>ndaluc�a: todos los nombres m�ticos de la frontera contra mi padre. �<strong>m</strong>e habr�a de alegrar? <strong>y</strong>, si era as�, �por qu� no me alegraba? <strong>e</strong>l d�a 19 de marzo pasaba de tres mil de a caballo y de mil infantes los que se dirigieron hacia la <strong>a</strong>jarqu�a. <strong>e</strong>l 20 por la ma�ana, seg�n me avisaron, las tropas de los concejos, con los se�ores a la cabeza, avistaban nuestra frontera, o mejor, la frontera del territorio de mi padre.</p><p><strong>a</strong>dvertidos de antemano, sus habitantes hab�an abandonado las aldeas y refugi�ndose en lo alto de la sierra o en las torres atalayas con sus mejores bienes. <strong>a</strong>l enterarme de la evacuaci�n, sent� el dolor de aquellas gentes y el pesar desarmado de mi t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, un emir casi sin ej�rcito. <strong>l</strong>os cristianos se adentraron en los montes sin encontrar resistencia; asolaron alquer�as y aldeas; quemaron frutales; alcanzaron la costa desde el interior a la altura de <strong>b</strong>ezmiliana. <strong>s</strong>obre un mapa segu�a yo, hora por hora, sus avances, confuso entre la tribulaci�n y el regocijo.</p><p>�<strong>a</strong>tentaba aquella agresi�n contra todos los musulmanes, o s�lo contra el poder declinante de mi padre?</p><p><strong>e</strong>l d�a 21 sali� el sol dentro de m�: se mudaron las tornas con un giro grandioso y violento. <strong>m</strong>irando el mapa, ve�a la afilada mano de mi t�o se�alarme desniveles, pueblos, tajos. <strong>c</strong>uando los cristianos estuvieron metidos de lleno en la serran�a, dentro de ese terreno rocoso, roto y perturbado de los montes de <strong>m</strong>�laga, los nuestros -ah, s�, por fin lo supe: los nuestros, los mandara quien los mandara- se lanzaron sobre las huestes enemigas, las dividieron, las devastaron, las acecharon por los desfiladeros, las agotaron en las vaguadas, las aniquilaron desde las cimas. <strong>p</strong>or los puertos, por las angosturas, por los barrancos, se precipitaron sobre ellas, y las sometieron a una minuciosa y triunfante matanza. <strong>a</strong>cosados y acuchillados, corrieron los cristianos hasta las proximidades de <strong>m</strong>�laga, la ciudad so�ada por ellos, que ve�an por primera vez con los ojos entorpecidos por la sangre. <strong>l</strong>a noche del jueves al viernes fue una noche que no olvidar�n nunca. <strong>c</strong>omo me imagino a mi t�o, vengador y magn�fico, me imagino esa noche.</p><p><strong>e</strong>l terror en medio de la oscuridad, la hostigaci�n por demonios invisibles y vociferantes, transformaron a los cristianos en enemigos de s� mismos. <strong>h</strong>u�an sin saber ad�nde, abandon�ndolo todo, abandonando tambi�n la vida, o la libertad en cualquier caso. <strong>l</strong>as �ltimas noticias -y el j�bilo que me proporcionaban deb�a disimularlo delante de mi madre y de mis visires- dec�an que m�s de dos mil cristianos, de los cuales muchos eran nobles, hab�an ca�do prisioneros; que toda la <strong>a</strong>jarqu�a estaba cubierta de caballos, monturas, armas y v�veres; que los malague�os llaman a gritos a mi t�o �el <strong>z</strong>agal�, es decir, �el <strong>v</strong>aliente�. <strong>l</strong>a luz que, cuando me lo refirieron, entraba por el ajimez de la alcoba no era tan limpia como mi alegr�a. <strong>q</strong>uiz� el informador entendi� que mi largo silencio lo produjo el disgusto: tanto nos desconocemos, unos a otros, los hombres. �<strong>e</strong>l <strong>z</strong>agal�. <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, �el <strong>v</strong>aliente�: as� lo llamar� yo tambi�n de ahora en adelante.</p><p><strong>a</strong>unque se mantenga a favor de mi padre, o quiz� por eso mismo; aunque luche en un simulacro de reino, entre <strong>g</strong>uadiaro y <strong>a</strong>lmer�a; aunque suponga que ese trozo de costa, cuando nos asentemos, caer� en nuestro poder. <strong>p</strong>orque no s� de cierto cu�l es nuestro poder.</p><p><strong>p</strong>orque s�lo podr� decir de verdad �nuestro� cuando mi brazo cuente con el brazo de mi t�o, �el <strong>z</strong>agal�.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l rey <strong>f</strong>ernando se apresur� a provisionar <strong>a</strong>lhama para impedir que, apoyados en la derrota de la <strong>a</strong>jarqu�a, nos aprest�semos los granadinos a reconquistarla. <strong>l</strong>o cierto es que esa posibilidad se plante� en el <strong>c</strong>onsejo por <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa; pero el <strong>c</strong>onsejo resolvi� que la pol�tica m�s cauta era la de mantenernos dentro de nuestros l�mites, y fortalecernos para lo que viniera. <strong>y</strong> que, en efecto, vino: los cristianos de <strong>m</strong>urcia entraron por <strong>v</strong>era en el <strong>r</strong>eino, destrozando sembrados, a principios de abril.</p><p><strong>y</strong> fue mi madre la que vio cernerse el m�ximo peligro; no en las tierras m�s pr�ximas a <strong>m</strong>urcia, sino en <strong>a</strong>lmer�a, residencia del pr�ncipe <strong>y</strong>aya, el hijo de <strong>i</strong>bn <strong>s</strong>alim.</p><p><strong>n</strong>o pas� una semana sin que se confirmaran sus sospechas: el rey <strong>f</strong>ernando iba a utilizar contra <strong>g</strong>ranada la misma traici�n que utiliz� de pr�ncipe; iba a introducir entre los nazar�es un tercer bando y una segunda discordia, m�s radical que la primera, entre mi padre y yo. <strong>d</strong>esde <strong>v</strong>era continuaron los cristianos su ruta hacia <strong>a</strong>lmer�a, que el traidor <strong>y</strong>aya hab�a prometido entregarles. <strong>d</strong>estacamos un reducido ej�rcito para impedir la traici�n. <strong>p</strong>ero no lo habr�amos conseguido si unas atroces y milagrosas lluvias, que decidimos atribuir a la misericordia de <strong>d</strong>ios, no hubieran colaborado con nosotros. <strong>c</strong>reo que, por el lado de <strong>a</strong>lmer�a, podemos moment�neamente respirar. <strong>s</strong>in embargo, tengo informes de que <strong>f</strong>ernando ha situado naves en el <strong>e</strong>strecho para evitar que los prisioneros de su religi�n sean expedidos por mi padre, desde la alcazaba malague�a al <strong>n</strong>orte de <strong>�</strong>frica, a cambio de refuerzos. <strong>l</strong>a pasada semana yo he puesto mi sello en cartas al sult�n de <strong>m</strong>arruecos en que le suplico que, si ha de enviar soldados, lo haga al <strong>s</strong>e�or de la <strong>a</strong>lhambra y no al se�or de <strong>m</strong>�laga. <strong>y</strong> he sufrido al sellarlas.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>�as atr�s parti� de aqu� una expedici�n de castigo, amparada en la estela del desconcierto de la <strong>a</strong>jarqu�a. <strong>l</strong>a mand� <strong>h</strong>amet <strong>a</strong>bencerraje, y se dirigi� a las tierras de <strong>a</strong>lonso de <strong>a</strong>guilar, a <strong>l</strong>uque y a <strong>b</strong>aena. <strong>s</strong>u retorno con un opulento bot�n hace dos d�as fue muy celebrado por la gente de <strong>g</strong>ranada; tanto que, celosa mi madre del �xito de <strong>h</strong>amet, vino anteanoche a verme.</p><p>��<strong>e</strong>s imprescindible que arranques una victoria, <strong>b</strong>oabdil. <strong>t</strong>u padre y tu t�o se han cubierto de fama a los ojos de los granadinos.</p><p><strong>c</strong>on un pueblo no puede jugarse a calentarlo y enfriarlo. <strong>d</strong>esde hace dos semanas se preguntan si han hecho bien; necesitamos persuadirlos de que eligieron al mejor. �<strong>n</strong>o te hierve la sangre ante la ocasi�n que te proporciona tu buena estrella? �<strong>v</strong>amos a conformarnos con unos cuantos reba�os de bueyes o de cabras? <strong>e</strong>l �xito de <strong>h</strong>amet se les olvidar� a los granadinos antes de que terminen de comerse la carne del ganado; acu�rdate de c�mo se burlaron de tu padre por la manada de vacas que trajo de <strong>t</strong>arifa.</p><p><strong>a</strong>yer se estudi� con detalle d�nde ser�a m�s cuerdo dar un golpe seguro: cu�l es la zona menos defendida; qu� poblaciones est�n sin sus alcaides, presos o muertos o heridos en la <strong>a</strong>jarqu�a, qu� territorios conocen mejor nuestros estrategas. <strong>e</strong>s la primera expedici�n que yo voy a mandar personalmente y, por lo tanto, he de volver rebosante de laureles y despojos. <strong>m</strong>i madre me lo exige, seg�n ella en nombre de <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>a</strong>liatar, con las cartas geogr�ficas por delante, se�al� con un ancho �ndice indiscutible -le dec�a yo luego a <strong>m</strong>oraima que es un �ndice m�s de vendedor de especias que de mayordomo de la casa real-.</p><p><strong>l</strong>ucena es una ciudad cercana a la frontera, con un luminoso y legendario pasado jud�o. <strong>t</strong>iene un recinto amurallado y un arrabal no extenso; no alberga m�s de trescientos vecinos, seg�n me indican.</p><p><strong>s</strong>u se�or, <strong>d</strong>iego <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba, emparentado con los <strong>a</strong>guilar, cuenta exactamente mis a�os, y es alcaide de los <strong>d</strong>onceles, me gustar� vencerlo. <strong>b</strong>ien manejada, esta victoria puede ser �til, no s�lo respecto a los granadinos, sino respecto a los pueblos lim�trofes, que en estos momentos calibran nuestras fuerzas.</p><p><strong>m</strong>e garantizan que no hay peligro alguno; no se emprender�a la acci�n si lo hubiese. <strong>l</strong>a comarca a que vamos la llaman en el <strong>r</strong>eino �la huerta de <strong>a</strong>liatar�: tan recorrida y dome�ada la tiene. <strong>e</strong>so allana todos los escollos.</p><p><strong>m</strong>e acompa�a, perfumada y lucida, la flor de <strong>g</strong>ranada. <strong>t</strong>emo que, en lugar de parecer que vamos a la guerra, parezca que vamos a un torneo -tal es la creencia general-, y los j�venes de <strong>g</strong>ranada, cuando se exhiben, gustan de vestirse con lo m�s rico que poseen. <strong>q</strong>uiera <strong>d</strong>ios que, si ricos vamos, retornemos m�s ricos todav�a. <strong>c</strong>omo dir�an los cristianos, es mi bautismo de sangre. <strong>m</strong>i suegro est� a mi lado: tengo en qui�n confiar. <strong>c</strong>on todo, s� que echar� de menos a mi t�o el emir; siempre so�� con ganar mi primera batalla junto a �l.</p><p><strong>a</strong>ntes de ponerse al frente de mis hombres me dispongo a dormir unas horas.</p></section></section></section><section><title><p>II. las aves de la misericordia</p></title><p><strong>p</strong>ara tus herederos no hay herencia: ni trino, ni array�n, ni limpia sombra ni agua alegre.</p><p><strong>l</strong>os cuervos te parecen, desde abajo, las aves de la misericordia.</p><p><strong>b</strong>oabdil, �<strong>e</strong>leg�a de <strong>a</strong>lmutamid�</p><empty-line/><p><strong>e</strong>ste a�o -ya lo dije- la primavera tard� mucho en llegar; m�s hubiese valido que no llegara nunca.</p><p><strong>e</strong>stoy preso. <strong>n</strong>o hay palabra en que quepa mayor desolaci�n; quien no lo haya estado, no podr� comprenderla. <strong>e</strong>l transcurso lent�simo del tiempo, la confusi�n de los d�as y las noches, la soledad exterior, que a veces me pareci� tan deseable y ahora sufro sin pausa, el c�rculo de los recuerdos, que se enmara�a alrededor de mi cabeza�</p><p><strong>u</strong>n rey preso: el ser humano prefiere pensar que ciertos hechos no suceden. <strong>e</strong>n la accidentada historia de la <strong>d</strong>inast�a no hab�a ocurrido antes. <strong>y</strong> ojal� sea s�lo esto lo que ocurra por vez primera; me asaltan inevitables temores de que habr� m�s. <strong>m</strong>i pluma y mi mano se niegan a escribirlo.</p><p><strong>h</strong>e pedido estos papeles, no carmes�es, para obligarme y concretarme en algo; para que mi voluntad y mis ojos tengan un asidero en que fijarse, y acaso mi esperanza: no s� qu� ser� de m� si se desangra. <strong>a</strong>hora estos fr�giles confidentes son la �nica ancla que me retiene, el espejo �nico en que puedo mirarme (en que debo mirarme, porque no lo deseo). <strong>m</strong>e propongo destruirlos si alg�n d�a retorno a ser libre. <strong>e</strong>l sentido de la libertad (aun el de la descabalada e imperfecta que gozamos los hombres) empiezo a vislumbrarlo, como siempre, a deshora� <strong>y</strong> entonces qu� ingratitud destruir estos papeles; porque ellos son hoy los solos amigos con los que me cabe dialogar, o por los que aspiro a ser interpretado. <strong>c</strong>omo ocurre siempre con los amigos, mucho trabajo y tiempo me cost� conseguirlos: los cristianos detestan la escritura y les da mala espina quien escribe.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a mayor diferencia que existe entre los cristianos y nosotros no es la religi�n, sino la forma de entender y de vivir la vida. <strong>a</strong>lguien puede opinar que tal forma es la consecuencia de nuestras religiones; yo opino exactamente lo contrario: cualquier pueblo acaba por acomodar su religi�n y su pensamiento a sus actitudes y a sus comprensiones, a sus modos de amar y de apenarse y de gozar y de aguardar la muerte.</p><p><strong>l</strong>os cristianos son a�n m�s �speros y rudos de lo que yo cre�a.</p><p><strong>a</strong>caso no por cristianos, sino por habitar bajo un clima tan diferente al nuestro. <strong>v</strong>eo esta estancia en la que estoy: cuadrada, agria, rotunda, con una chimenea desmesurada, con hostiles paredes de piedra, sin la ligera y acogedora suavidad de las nuestras. <strong>q</strong>uiz� ellos encuentran en alcobas como �sta una armon�a enjuta y m�s duradera, una densidad y una persistencia: eso no hace m�s que confirmarme que somos opuestos. <strong>l</strong>o nuestro es el ahora, lo inmediato; lo suyo, una inconcreta perennidad, una met�fora muy poco comprobable.</p><p><strong>m</strong>e llama la atenci�n, a primera vista, que los cristianos no se recreen con el agua; la utilizan para beber, y apenas. <strong>n</strong>osotros, quiz� por un recuerdo at�vico y colectivo del desierto, la veneramos; nuestro lujo consiste en admirarla y eschucharla correr, en extasiarnos ante los surtidores, en contemplar c�mo la luz la traspasa y la irisa, en ver nuestros jardines y nuestros rostros reflejados en las verdes albercas, en administrarla en los riegos de nuestra agricultura, y en adivinarla bajo el aroma de las flores. <strong>l</strong>os cristianos no huelen (mejor ser� decir que no tienen olfato). <strong>n</strong>osotros nos ba�amos y nos perfumamos; ellos consideran pecado tales h�bitos, como si se tratase de una blandura castradora, de un tributo al cuerpo que lo pusiera en trance de condenaci�n; las casas de ba�os son para ellos las antesalas del infierno, o acaso el mismo infierno.</p><p><strong>t</strong>odo es tosco y elemental entre ellos. <strong>c</strong>omen cuando pueden y lo que pueden, sea o no impuro; creen en los ideales m�s que en las ideas, se aferran a la tierra, y a la vez la desprecian; adoran a su <strong>d</strong>ios sin lavarse las manos y con las u�as descuidadas y sucias, y cuando van a la guerra, sus soldados van para saciar su hambre, no para defender algo (quiz� sencillamente porque no lo tienen, y su manera de adquirirlo sea la guerra). <strong>s</strong>u sentido de la intimidad, alrededor de la cual se cierran como erizos de mar, tambi�n es tosco. <strong>n</strong>unca como ahora me he sentido tan hostil a mi cuerpo. <strong>v</strong>estido con sus pesadas ropas opacas, sin ocasi�n de lavarme de continuo, como nosotros hacemos hasta por prescripci�n religiosa, percibo olores m�os no percibidos antes: los olores de mis axilas, de mis pies, de mi sudor, de mi semen h�medo o seco, de mi cabello, de mis ventosidades, de mi aliento.</p><p><strong>e</strong>sto me humilla y simult�neamente me reconcilia conmigo mismo. <strong>e</strong>voco a menudo -y hace s�lo unos d�as que estoy preso- el vapor de los ba�os, la humedad goteando sobre los azulejos, el enternecimiento de la m�sica y de la luz coloreada por las claraboyas, la tersura de la piel penetrada por el calor y los masajes, el aroma del humo que sale por los umbrales perforados desde los pebeteros subterr�neos, e impregna nuestras ropas livianas.</p><p><strong>e</strong>voco tal riqueza, y admito que la penuria de hoy me produce un conocimiento m�s profundo -y desde luego, m�s sucio tambi�n- de m� mismo, de una parte de m� que no tiene por qu� ser la peor, pero que s� es, sin duda, la m�s humilde y animal y, por ello, la m�s desatendida�</p><p><strong>s</strong>ea como quiera, los cristianos han ganado esta vez. <strong>a</strong>qu� estoy en sus manos. <strong>n</strong>o s� si para siempre; no s� por cu�nto tiempo, si es que el tiempo -su medida y lo que midesirve para algo en la cautividad.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>an prometido no quitarme la vida; acaso sea lo �nico que no me quitar�n. <strong>p</strong>orque la vida, sin lo que la mantiene y la rodea, �qu� es?; bajo la inminente y continua amenaza de perderla, �qu� es? <strong>v</strong>ivir no es s�lo no morir, es mucho m�s. <strong>s</strong>i fuese no morir, se reducir�a a algo precario y negativo, y para m� debe de ser positivo y flam�gero: es su ardor y su refulgencia lo que distingue la vida de la muerte. <strong>a</strong> la muerte yo no la temo sino como ausencia de lo que entiendo por vida plena, no una respiraci�n o un simple pensamiento. <strong>q</strong>uiz�, en definitiva, y contra lo que opinaba, sea cierto que, si se ama la vida, hay que estar dispuesto a morir por ella; no si se ama la desnuda y abstracta idea de la vida, sino la manera como uno la consume, como la consumieron -y la consumaron- sus antecesores: la vida nuestra frente a la de los otros. <strong>p</strong>orque antes de perder nuestra forma de vida m�s nos vale morir.</p><p><strong>e</strong>s a esta muerte a la que me refiero, y a la que estoy desde ahora resignado.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>yer me obligaron -con cortes�a, pero me obligaron- a asomarme a una ventana del piso bajo de esta torre para que me vieran, desde la plaza, los habitantes de <strong>l</strong>ucena; ellos ard�an en deseos de contemplar al rey moro. <strong>m</strong>e cargaron de cadenas, que no suelo llevar en mi prisi�n; me pusieron al cuello un ce�idor de hierro, y me exhibieron como un trofeo de caza. <strong>s</strong>e produjo un instante de silencio; su filo, con nitidez, parti� en dos la ma�ana. <strong>d</strong>espu�s, como para sacudirse una fascinaci�n, el griter�o y los insultos de la turba. <strong>y</strong> las serviles aclamaciones a sus caudillos, que todav�a no s� bien qui�nes son.</p><p><strong>h</strong>asta ahora, en general, el trato ha sido respetuoso. <strong>s</strong>on muchos siglos de ver en <strong>a</strong>ndaluc�a el para�so perdido como para que no miren a su rey con un sentimiento en que se mezclan el odio y el asombro y una inconfesable envidia.</p><p><strong>e</strong>n su imaginaci�n nos rodean espantosas leyendas, que sus gobernantes desde el principio fomentaron: crueldades atroces, costumbres deca�das, afeminamiento, personificaci�n de cuanto les han ense�ado a odiar y a temer al mismo tiempo; pero tambi�n somos lo que ellos, en su fuero interno, presienten que ser�an si se abandonasen a la vida. <strong>e</strong>s fundamentalmente por eso por lo que �necesitan� eliminarnos: porque constituimos el ejemplo de sus desmayos morales y de sus prevaricaciones, pero tambi�n constituimos la provocaci�n de su curiosidad y su m�s alta aspiraci�n secreta.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy he sentido el peso de esta c�rcel desplomarse sobre mis hombros con una insoportable crueldad.</p><p><strong>h</strong>e levantado los ojos a <strong>d</strong>ios, al que est� por encima de las religiones, y tambi�n por debajo y en nosotros. �<strong>n</strong>o me castigues por olvidarte o por caer en el error. <strong>n</strong>o me impongas una carga que sea superior a mis fuerzas, o dame fuerzas con que soportar la carga que me impongas. <strong>o</strong>mite mis pecados, que no fueron dirigidos contra ti, y conc�deme el perd�n y la paz y el b�lsamo de tu misericordia. <strong>t</strong>� eres el due�o y el refugio. <strong>e</strong>n ti he puesto mi esperanza, porque mi coraz�n la ha expulsado de s�.�</p><p><strong>m</strong>ientras oraba, reflexion� en lo que se nos ha dicho y repetido:</p><p>�<strong>d</strong>ios no grava a ninguno por encima ni m�s all� de su capacidad�; acaso tal promesa la hizo <strong>d</strong>ios un d�a en que no se le ocurri� otra cosa m�s alentadora. <strong>h</strong>oy no puedo creer sinceramente en ella.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>ablamos con ligereza de la vida y de la muerte; pero �qu� conocemos de una ni de otra? <strong>s</strong>on las caras de una misma moneda, y nuestro tesoro se reduce a esa sola moneda; oscilamos, como entre <strong>e</strong>scila y <strong>c</strong>aribdis, entre las dos reinas absolutas, de colores distintos, que nos gobierna, a los reyes tambi�n, desentendidas de nuestro benepl�cito. <strong>e</strong>n la vida, al menos, residimos; pero �qu� sabemos de la muerte? <strong>y</strong>o he visto desde ni�o cad�veres; �es eso saber algo de la muerte? (<strong>v</strong>iene a mi memoria el cad�ver de <strong>s</strong>ubh, el primero que vi. �<strong>d</strong>�nde est�s, <strong>s</strong>ubh, ahora? �<strong>n</strong>o habr�as preferido morir a ver a tu �vidita�, a tu �zogoibi�, expuesto a la befa de los enemigos? �<strong>n</strong>o iba a ser yo, con mi aroma de rosas, el que acabase con las guerras?) �<strong>n</strong>os dice algo de la muerte la podredumbre de lo que un d�a fue hermoso? <strong>s</strong>�, he visto su mano p�lida y desastrosa desatar el deslumbrante lazo de la vida; he visto las v�ctimas de las justicias de los hombres, y las v�ctimas de sus injusticias. <strong>h</strong>e herido y me han herido.</p><p><strong>h</strong>e atentado contra la vida ajena, y han atentado tambi�n contra la m�a. <strong>s</strong>e hallan tan abrazadas vida y muerte que es arduo decir �hasta aqu� o �desde aqu픅 <strong>e</strong>n mis relaciones con <strong>j</strong>alib, �no me he sentido morir a veces con mayor rigor que cuando <strong>m</strong>oraima vino a decirme que hab�a muerto? �<strong>n</strong>o de la plenitud de mi vida, y no me ven�a de ellos el aniquilamiento m�s sombr�o? �<strong>o</strong> quiz� es que esas mortales agon�as eran precisamente la expresi�n m�s intensa de la vida? <strong>a</strong>caso la desesperaci�n es cosa de ella, y la desesperanza, de la muerte. <strong>p</strong>ero �no es desesperanza lo que ahora mismo siento? �<strong>n</strong>o estar� muerto de alguna forma ya?</p><empty-line/><p><strong>m</strong>e lanzo a estos papeles cada d�a con mayor fruici�n; igual que el fam�lico a la comida, o el sediento a la fuente. <strong>l</strong>os miro como el enamorado mira, en cada despertar, los ojos de quien ama; porque, seg�n ellos, as� ser� la luz del d�a que se inicia. <strong>s</strong>on mi �nico sustento.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> trav�s de la mirilla de la puerta vislumbro los ojos del carcelero cuando �l acecha mis paseos, mis paulatinos o nerviosos movimientos, mis vanos esfuerzos por mantener una dignidad regia. <strong>e</strong>sos ojos que se cruzan con los m�os y los rehuyen son, a su vez, la mirilla del mundo para m�. <strong>p</strong>or un lado, estoy en una soledad que nunca imagin�; por otro, mi soledad salta en pedazos como un cristal cada vez que es acechada por esos ojos inquisidores, que me son tan extra�os. <strong>t</strong>an extra�os, pero tan necesarios. �<strong>s</strong>er� como ellos <strong>d</strong>ios?</p><empty-line/><p><strong>h</strong>ay momentos en que de tal modo se me hace presente el cuerpo de <strong>m</strong>oraima, su carne morena y armoniosa, su olor casi sonoro, que, si cierro los ojos, podr�a acariciarlo. <strong>n</strong>unca la dese� con tanto arrebato, ni se lo dije tanto como ahora. <strong>v</strong>eo su �ltima mirada mientras me reten�a con su abrazo, tratando de impedir, de amanecida, mi partida a <strong>l</strong>ucena, como si presintiese que iba a ser privada a la vez de su esposo y de su padre�</p><p><strong>y</strong> me asaltan tambi�n recuerdos muertos -no, los recuerdos no mueren; muere quien los suscitacon la misma vigencia, o acaso mayor, que los vivos recuerdos de los vivos. <strong>e</strong>st� muerto <strong>j</strong>alib; pero �c�mo olvidar nuestro extrav�o en la alcoba del palacio de <strong>y</strong>usuf aquella noche en que todo fue posible, y el orbe entero gir� en torno a nuestros cuerpos? <strong>m</strong>e anonadan con impaciente vigor las memorias de lo que tuve y no volver� nunca a tener: unas memorias mezcladas y confusas, pero tan netas que percibo con infinita exactitud -a pesar de las brumas con que el amor envuelve los sentidos cuando nos enajena- la leve yema de un dedo, una oreja con su m�rbido l�bulo, el deleitoso pez�n de un pecho, el vello rizado de un pubis, una corva de seda, una rodilla igual que una naranja, un lunar en la espalda� <strong>l</strong>a memoria de c�mo se deslizan las manos por el cuerpo desnudo de quien se ama; de c�mo, bajo sus manos, se muere y se resucita: desde los muslos hasta el cuello, desde la nuca hasta los muslos, por los hombros, por los tensos costados, por el c�lido rinc�n de las axilas, por los surcos que se entreabren entre los pechos o entre las nalgas.</p><p><strong>e</strong>n esos momentos mi sexo se yergue y reclama su dicha. <strong>h</strong>e de apoyarme contra la pared en que se abre la puerta para evitar que el carcelero presencie mi vergonzosa masturbaci�n de adolescente. <strong>n</strong>o, no, porque el adolescente presiente sin sentir, pero yo ya he sentido.</p><p><strong>p</strong>or eso, tras de los pobres gestos, me quedo descontento y vac�o.</p><p><strong>p</strong>aso despu�s marchita revista a los lugares en los que fui feliz -�fui feliz?- y tengo la impresi�n de estar entrometi�ndome en la vida de otro; de otro que me cuenta, a balbucientes retazos, su felicidad.</p><p><strong>o</strong> acaso es que yo entonces era otro -embriagado, alterado, irreflexivo-, no �ste de ahora. <strong>q</strong>u� raro que un feliz pierda el tiempo en pensar que lo es; porque la felicidad quiz� consiste en una paralizaci�n de raciocinio, o en un sopor, o en un instant�neo alivio de la raz�n. <strong>o</strong> quiz� el ser que fue feliz permanece todav�a all� donde lo fue, abandonado a su ventura por quien dej� de serlo. <strong>y</strong>o, el que he llegado a ser no s� por d�nde, no he gozado conscientemente de la felicidad ni una sola hora; porque, cuando estuve a punto de reconocer que la ten�a, me invadi� tal pavor a perderla, que la perd� sin m�s.</p><p><strong>s</strong>iempre admir� la lucidez de aquel califa del esplendor omeya que redact� su testamento con moroso cuidado. <strong>a</strong>l comienzo se defini� a s� mismo con resplandecientes oleadas. �<strong>f</strong>ui rey durante cincuenta a�os de la ciudad m�s hermosa del mundo, y, por si alg�n esplendor le faltaba, junto a ella constru� otra a�n m�s hermosa: la fulgurante joya de <strong>m</strong>edina <strong>a</strong>zahara. <strong>a</strong>m� a la mujer m�s bella de la <strong>t</strong>ierra (la divina <strong>a</strong>zahara), y ella me am�. <strong>a</strong> mi corte se acogieron los fil�sofos m�s profundos, los poetas m�s sutiles, los m�s alados m�sicos�� <strong>y</strong> as� continuaba, entre vanaglorias e hip�rboles, como si hubiese creado un cielo y residido en �l. <strong>h</strong>asta concluir su personal definici�n con una escueta frase: �<strong>y</strong> fui feliz catorce d�as�. <strong>p</strong>ero asombrado �l mismo de esta arrogancia �ltima, a�adi�: �<strong>n</strong>o seguidos�.</p><p>�<strong>p</strong>uedo yo proclamar que, aun no seguidos, haya sido feliz catorce d�as? �<strong>p</strong>uede el ser humano luchar con u�as y con dientes por algo tan gratuito como la felicidad? <strong>n</strong>os movemos entre la necesidad y la contingencia; entre el �si <strong>d</strong>ios quisiera� y el �si <strong>d</strong>ios hubiese querido�; entre el fatalismo y el escepticismo; entre el �todav�a no� y el �ya no�, con la sola certidumbre de que, cualquiera que sea la elecci�n, ambos caminos nos llevan a la muerte.</p><p><strong>e</strong>n cualquier caso, se hable de lo que se hable, la felicidad es siempre otra cosa; u otra cosa adem�s. <strong>m</strong>uy de vez en cuando al m�s afortunado le llega su perfume, pero s�lo cuando ella dej� de estar presente.</p><p><strong>d</strong>esde esta inmovilidad recorro ahora, entre v�rtigos, los instantes pr�ximos a la felicidad que desperdici� por aspirar a algo m�s, como si hubiese algo m�s alto. �<strong>y</strong> c�mo rectificar los errores que el pasado ha convertido en piedra? <strong>d</strong>e equivocarnos no acabamos nunca.</p><p><strong>l</strong>as lecciones que recibo en este cautiverio de nada me servir�n si un d�a -<strong>d</strong>ios lo haga- me devuelven la libertad. <strong>p</strong>orque el hombre no s�lo no recibe ense�anaza ninguna de los otros, sino que ni siquiera aprende de s� mismo.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l poder, en mi caso, es in�til: s�lo me vale para intentar sobrevivirme. <strong>c</strong>omo el enfermo grave que detiene toda la vida de la casa, tan ancha y tan segura, con tal de prolongar el quebradizo hilo de la suya; en el fondo, todos los moradores desean que esa lucha tan desigual termine. <strong>y</strong>o he llegado a la conclusi�n de que, a estas alturas, somos -me refiero a m� y a mi <strong>d</strong>inast�a y a la forma de vida que hemos representado- igual que las dagas de adorno, cuya hoja no corta, ni su extremo se clava.</p><p><strong>p</strong>orque no es defenderse con ellas lo que se pretende, sino que brillen y engalanen s�lo. <strong>d</strong>agas cuyo valor reside no en el filo y el corte, sino en la empu�adura: en el oro y la pedrer�a y la prolija y esmerada labor de la empu�adura, y en la vaina, labrada y enriquecida, que enfunda y esconde aquello en lo que debe consistir una daga, y lo que la define. <strong>p</strong>reveo que alguien impetuoso y b�rbaro se adornar� la cintura, sin tardar, con la daga fingida y deslumbrante en que nos hemos convertido.</p><p>�<strong>u</strong>n rey que no es patriota, �c�mo podr� ser rey?�, se me arg�ir�; pero �es que un rey debe negarse a la verdad? <strong>m</strong>�s a�n, �un rey es algo m�s que una argucia o un s�mbolo? <strong>a</strong>unque me acabe yo aqu�, no acabar� la guerra. <strong>p</strong>orque no soy yo el que la declar�, ni quien la concluir�. <strong>u</strong>n rey no es nunca un reino: por fortuna, el segundo dura m�s que el primero (o as� prefiero creerlo, porque yo, que nac� para rey, �en qu� habr�a, si no, de trasmudarme?, �o es que hay reyes sin trono aun sin ser destronados?). <strong>l</strong>a guerra entre los cristianos y nosotros no cesar� jam�s: de ella est� hecha la esencia de nuestras dos historias.</p><p><strong>g</strong>ranada, aun invadida, no terminar� nunca de ser conquistada; dicen que el amor tarda en olvidarse el doble justo del tiempo que dur� <strong>s</strong>e compone una guerra de m�ltiples batallas, y no todas visibles, y no todas ganadas por quien en apariencia las gan�. <strong>y</strong> el vencedor no ha de vencer s�lo en cualquiera: ha de vencer en la final, a la que debe llegar, sin saber cu�ndo, de una en otra victoria. <strong>n</strong>o se acabar� nunca nuestra guerra; como mis antecesores, nac� en ella y en ella morir�. <strong>q</strong>u� suplicio para alguien tan poco beligerante como yo; dan ganas de rendirse aun despu�s de haber conseguido una victoria; de decir:</p><p>�<strong>a</strong>qu� me quedo, ya no sigo.� <strong>y</strong> cu�nto m�s dan ganas de decirlo en el abismo de hoy; y de a�adir:</p><p>�<strong>v</strong>uelva la corona a mi padre, o al �<strong>z</strong>agal�, o a mi hermano�, si es que no ha vuelto ya y yazgo aqu� sin ella� <strong>p</strong>ero no, no me est� permitido. <strong>e</strong>s posible que haya de ser yo aquel a quien los cristianos definitivamente tengan que vencer (dentro o fuera de esta prisi�n, que no lo s�). <strong>a</strong>nte tal sino, �importaba haber salido victorioso en <strong>l</strong>ucena s�lo para ser definitivamente derrotado?</p><p><strong>h</strong>undido aqu�, me acosa la angustia de que sea mi destino el del supremo perdedor: el perdedor en el que todos pierden.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o acostumbro so�ar; pero anoche, despu�s de masturbarme y quedarme dormido, he so�ado. <strong>o</strong> quiz� no so��, sino que, reducido a un letargo, imagin� que so�aba.</p><p><strong>a</strong>seguran algunos que el sinsentido de los sue�os es una consecuencia de hechos anteriores, o que se explican luego en la vigilia y en ella se confirman. <strong>h</strong>e tenido un sue�o -o el sue�o me ha tenido- de desamor y de orfandad. <strong>h</strong>ab�a un mar sin movimiento, como un esta�o inerte; hab�a una alta fortaleza de ceniza, y una nevada sobre un jard�n de rosas, y una herida que no cesaba de sangrar y que hablaba. <strong>y</strong> so�� que, por fin, hab�a muerto.</p><p><strong>d</strong>ebe de haber sido entonces cuando inexplicablemente me derram� de nuevo; porque me he despertado m�s alica�do que ayer y h�medo a�n.</p><p><strong>a</strong>caso el final de la agon�a no sea otro que un orgasmo ya p�stumo, como dicen que les sucede a los ahorcados.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>espierto s� que sue�o: en todos los cautivos junto a los que he pasado sin fijarme; en los cristianos de las mazmorras de la <strong>a</strong>lhambra, cuyas condiciones de muerte -me niego a escribir de vida- jam�s me preocuparon; en los cientos de p�jaros ex�ticos encerrados en jaulas de plata, devor�ndose cada noche entre s�, enloquecidos por la contradicci�n de tener alas inservibles (con sus trinos y con sus plumajes me embelesaban y me cautivaban: me cautivaban los cautivos)� <strong>n</strong>o un ensue�o, sino una pesadilla son todos para m�, hoy que s�lo veo el cielo por la estrecha tronera de esta torre.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>sta ma�ana ha entrado por la tronera un gorri�n. <strong>a</strong>leteaba aterrado y se golpeaba contra el muro, me daba ejemplo de lo que tendr�a que hacer yo. <strong>c</strong>on la paciencia de todo prisionero, cuyo tiempo se dilata y no corre, y agradece cualquier distracci�n que lo distancie de s� mismo, he conseguido cansarlo y apresarlo (yo, el preso). <strong>s</strong>u peque�o coraz�n palpitaba, perdido el ritmo, entre mis dedos. <strong>y</strong> el miedo me ha invadido a m� tambi�n.</p><p><strong>d</strong>elante de una vida que nada tiene que ver con la m�a y que puedo extinguir, delante de su terror a m�, reflejado en sus ojos min�sculos con los que me ped�a perd�n por estar vivo, me aterr� yo. <strong>h</strong>e afinado mi punter�a y, a riesgo de estrellarlo, lo he lanzado como una piedra a la tronera. �<strong>t</strong>u muerte -le dije- es preferible a tu tenebrosa vida aqu�. <strong>s</strong>al. <strong>i</strong>nt�ntalo.</p><p><strong>p</strong>ara que vivas, es preciso este ensayo de muerte.� <strong>c</strong>on limpieza pas� entre las dos aristas del estrecho orificio. <strong>m</strong>e embarg� la primera alegr�a desde que fui apresado.</p><empty-line/><p><strong>y</strong> sue�o despierto en las criaturas que me acompa�aron, silenciosas, hasta ayer mismo, y que no es improbable que me a�oren.</p><p><strong>m</strong>is inquietos perros de caza y mis halcones, a los que las caperuzas oscurecen el d�a. <strong>l</strong>es estar� dando su pitanza, si lo hace, una mano distinta; �no me echar�n de menos?</p><p><strong>a</strong>caso la comida les oculte la mano� <strong>y</strong> las flores, que clamar�n con su aroma en los jardines alborotados de la primavera. <strong>s</strong>ue�o con los paseos de array�n, con el azahar ya desprendido (no hay estaciones para los cautivos: para ellos, en la libertad del exterior, es siempre primavera), con las lozanas huertas del <strong>a</strong>lbayz�n, con los almendros que, despojados de su manto blanco o rosa, comenzar�n a endurecer la almendra bajo el estuche tierno de la alloza. <strong>y</strong> sue�o con el sol que, al arreciar, con caricias ardientes, disipar� poco a poco la nieve de la sierra.</p><p><strong>p</strong>ero quiz� m�s que con nada sue�o con mis libros, los fieles obedientes que se dirigieron tanto tiempo a m� con voces disponibles.</p><p><strong>c</strong>uando en mis manos la soledad era como un verd�n; cuando s�lo los desprovistos me asist�an y los dem�s me hab�an desechado; cuando una y otra vez el amor se hizo el desentendido, me persigui� mi padre, me fustig� mi madre; cuando todos, quiz� excepto <strong>m</strong>oraima, requer�an de m� lo que no tuve nunca�</p><p><strong>e</strong>llos, inconmovibles, han sido mi soporte y mi certeza. <strong>p</strong>or eso los echo de menos en esta hora acongojada en que alargo la mano y no los toco.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>yer me atrev� a preguntarme: si no me liberaran, �c�mo escapar de aqu�? �<strong>y</strong> qu� rescate pedir�n por liberarme? �<strong>e</strong>s que un rey se rescata? �<strong>n</strong>o pagar� con el resto de su vida la torpeza de dejarse aprisionar con ella? <strong>a</strong>ntes de que me reconocieran los cristianos, me hab�an comunicado algunos oficiales la voz que sobre <strong>a</strong>liatar corr�a.</p><p><strong>c</strong>uando se persuadi� a nuestra destrucci�n, el anciano, sobre el que pesaba la responsabilidad del ataque a <strong>l</strong>ucena, entr� a caballo en el r�o <strong>g</strong>enil, y, al llegar a una poza, salt� de la silla y se hundi� por el peso de su armadura.</p><p><strong>p</strong>ensar�a que un general que fracasa en la primera batalla de su rey ha de asumir que ha sido para �l mismo la �ltima. �<strong>o</strong> pens� que m�s vale sofocarse en el l�gamo de un r�o que caer en manos de enemigos a los que tanto se ha sobrepujado? <strong>p</strong>ensara de una u otra manera, yo le doy la raz�n: abrir con mano fr�a las puertas de la muerte, antes de que ella las abra, es justo en ocasiones. �<strong>n</strong>o es esa misma idea la que, como un pertinaz t�bano, me ronda y me perturba?</p><p><strong>p</strong>orque un reino, cuyo rey est� preso, vacila y se detiene; es como una persona cuya actividad interrumpe un vahido. <strong>d</strong>emasiadas cuestiones afligen a <strong>g</strong>ranada como para agregarle la c�rcel del sult�n.</p><p>�<strong>n</strong>o puede ser utilizado aqu� como la m�s mort�fera arma contra ella?</p><p>�<strong>n</strong>o ser�a prudente que un voluntario punto final cerrase el puntiagudo p�rrafo de la <strong>h</strong>istoria que soy, y que, por pernicioso, convendr�a abreviar?</p><empty-line/><p><strong>b</strong>ajo la desabrida luz -del <strong>s</strong>ol o de la <strong>l</strong>una, �qu� me importa?que desciende casi invariable por la aspillera, me planteo c�mo ha podido suceder. �<strong>n</strong>o estaban desmoralizados los cristianos? �<strong>n</strong>o era <strong>l</strong>ucena una ciudad indefensa?</p><p>�<strong>n</strong>o hab�a de ser imprevisto nuestro ataque? �<strong>n</strong>o salimos de <strong>g</strong>ranada, mi alegre hueste y yo, como a una cacer�a? <strong>h</strong>ernando de <strong>a</strong>rgote, el alcaide de <strong>l</strong>ucena, que me visita por lo general acompa�ado de su se�or -un joven no muy alto, robusto y de mirada poco firme-, me ha contado algo en mi idioma. (<strong>y</strong>o a nadie he dicho que hablo el suyo, lo cual me permite escuchar por dos veces, disponer de m�s tiempo para la respuesta, y comprobar si yerra el trujam�n al traducirme.) <strong>c</strong>on ello, con lo que vi yo mismo y con lo que lleg� a mis o�dos en los d�as que pas� entre los oficiales, he podido saber c�mo los acontecimientos se opusieron a mi fortuna.</p><p>�<strong>t</strong>endr� que atender en adelante a los augurios y las supersticiones? <strong>a</strong>l cruzar gozosos la <strong>p</strong>uerta de <strong>e</strong>lvira entre el entusiasmo de los granadinos, recej� mi caballo, y se parti� contra una de las jambas el astil de mi lanza.</p><p><strong>y</strong>o, que conozco a mis s�bditos, mir� a los m�s pr�ximos y vi la alarma en sus rostros; ped� otra lanza riendo. �<strong>y</strong>o s� c�mo vencer al destino�, grit� con insolencia para confortarlos, y espole� a la cabalgadura. <strong>p</strong>ero a un tiro de ballesta de <strong>g</strong>ranada, al salvar la rambla del <strong>b</strong>eiro, una zorra de pelo reluciente y espesa cola enmudeci� a los que cantaban, atraves� las filas y pas� a la carrera junto a m�. <strong>n</strong>i flechas ni jabalinas la abatieron; desapareci� ilesa, tan veloz como hab�a aparecido.</p><p><strong>a</strong>lgunos principales me alcanzaron y, entre bromas y veras, me pidieron que aplaz�ramos la acometida a los cristianos. <strong>y</strong>o me burl� en sus barbas, maldije sus aciagos vaticinios que pon�an en entredicho la juventud de nuestros hombres, y continu� al trote. <strong>a</strong>l anochecer lleg�bamos a <strong>l</strong>oja; all� la impavidez de mi suegro tranquiliz� los �nimos de todos.</p><p><strong>e</strong>l ej�rcito constaba de tres cuerpos: uno, mandado por <strong>h</strong>amed <strong>a</strong>bencerraje; otro, por <strong>a</strong>liatar, y el tercero, por m�. <strong>c</strong>onsultado mi suegro, mand� a <strong>h</strong>amed con trescientos hombres a una operaci�n de hostigamiento y distracci�n por tierras de don <strong>a</strong>lonso de <strong>a</strong>guilar, ocupado a�n en enjugar y lamentar la derrota de la <strong>a</strong>jarqu�a. <strong>h</strong>ab�a de obtener all� trofeos y despojos.</p><p><strong>f</strong>ue el domingo 20 de abril. <strong>t</strong>ardar� en olvidarlo.</p><p><strong>m</strong>i suegro y yo partimos con el jubiloso ej�rcito hacia <strong>l</strong>ucena.</p><p><strong>g</strong>rande fue nuestro asombro al encontr�rnosla bien pertrechada y protegida; el efecto de la sorpresa se hab�a venido abajo. <strong>h</strong>e sabido que un lucentino cautivo en <strong>g</strong>ranada, <strong>b</strong>artolom� <strong>s</strong>�nchez <strong>h</strong>urtado, se enter� de nuestro prop�sito y avis� a sus paisanos a trav�s de un arriero de los que tienen paso franco por la frontera, y que son casi todos esp�as dobles. <strong>d</strong>esde las almenaras del camino se levantaron ahumadas para denunciar nuestra avanzada, y tiraron por las atalayas, en la direcci�n de <strong>l</strong>ucena, cinco hachos encendidos, lo que indic� que era yo quien capitaneaba la ofensiva. <strong>a</strong>dem�s, los atajadores de <strong>a</strong>guilar, a los que hab�a soliviantado <strong>h</strong>amed <strong>a</strong>bencerraje, sembraron la alarma por todos los se�or�os del contorno. <strong>d</strong>e ah� que nos encontr�semos barreadas las calles con maderos y fajina, provista la plaza con v�veres y bastimentos, y reforzada la d�bil guarnici�n con caballeros llegados aprisa desde <strong>c</strong>�rdoba. <strong>d</strong>e forma que nos fue imposible entrar por su arrabal y poner fuego a la puerta de la villa como era nuestro plan.</p><p><strong>e</strong>n consecuencia, establec� el cerco y di orden de talar vi�edos y olivares.</p><p><strong>a</strong>l d�a siguiente, vistas las dificultades del asedio, y ratificado por <strong>h</strong>amed, que no logr� imponerse a un enemigo m�s cauteloso y reforzado que nunca despu�s de lo de <strong>m</strong>�laga, opt� por levantar el cerco y retirarnos a nuestros confines. <strong>c</strong>onceb�, sin embargo, una �ltima intentona muy r�pida, por temor a que llegasen refuerzos cristianos desde las villas pr�ximas. <strong>h</strong>amed hab�a tratado al alcaide de los <strong>d</strong>onceles, el joven se�or de <strong>l</strong>ucena, en casa de su t�o el de <strong>a</strong>guilar, cuando se refugi� all� huyendo de la matanza de los abencerrajes que decret� mi padre; mand�, pues, a <strong>h</strong>amed que se entrevistase con el alcaide y le ofreciera unas aceptables condiciones de rendici�n total. <strong>d</strong>ud�, no obstante, que fuesen aceptadas.</p><p><strong>l</strong>a pl�tica se entabl� en uno de los postigos de la muralla. <strong>s</strong>erv�a de trujam�n este <strong>h</strong>ernando de <strong>a</strong>rgote de que hablo. <strong>e</strong>l alcaide de los <strong>d</strong>onceles discut�a con prolijidad cada una de las propuestas de la capitulaci�n con la idea, seg�n supe luego, de ganar tiempo y d�rselo a los socorros que esperaba.</p><p><strong>e</strong>l primero, el de su t�o el se�or de <strong>b</strong>aena, cuyo nombre y apellido coincide con los suyos, al que hab�a advertido de su situaci�n el d�a anterior. <strong>p</strong>asaban de una hora las discusiones, cuando mis atalayas me indicaron que, por el lado de <strong>c</strong>abra, se avecinaba una tropa de grosor incierto. <strong>m</strong>and�, desenga�ado, suspender la entrevista, recogerse los taladores, y reagruparse los tres cuerpos de ej�rcito para retirarnos en orden por el mismo camino que hab�amos tra�do.</p><p><strong>m</strong>ientras nos alej�bamos, o�amos ya las trompetas y los tambores del refuerzo, y los tambores y las trompetas con que los recib�an los sitiados.</p><p><strong>j</strong>uzgando concluido el incidente, aunque mortificados, nos detuvimos hacia el mediod�a en una campa para distribuir el rancho. <strong>n</strong>o lejos hay un arroyo que llaman de <strong>m</strong>art�n <strong>g</strong>onz�lez. <strong>c</strong>omentaba pesaroso con <strong>a</strong>liatar y <strong>h</strong>amed el sesgo de los sucesos, y, mirando mis tropas, seg�n estaban de animadas, aunque era el d�a bastante neblinoso, m�s parec�a que las hab�amos sacado de <strong>g</strong>ranada para invitarlas a una fiesta campestre.</p><p><strong>f</strong>ue entonces cuando escuch� el grito: ��<strong>s</strong>antiago, <strong>s</strong>antiago y a ellos, que hoy es nuestro d�a!�</p><p><strong>a</strong>liatar, cabizbajo, me aclar� que era el grito de guerra de su viejo amigo el conde de <strong>c</strong>abra y se�or de <strong>b</strong>aena. <strong>a</strong> pesar del imprevisto, se rehicieron mis soldados al instante. <strong>d</strong>ispusimos los tres cuerpos en orden de combate, y resolvimos encarar a los que, de atacados, se hab�an convertido en atacantes. <strong>d</strong>e los seis escuadrones de jinetes, mand� juntarse cinco en s�lo un batall�n, y dej� otro de trescientos cincuenta caballeros, apartado unos trescientos pasos, como refresco. <strong>a</strong> los costados de la batalla gruesa situ� toda la infanter�a, y la abrigu� a su vez con dos mangas de sesenta jinetes para apretarla y evitar que as� se rezagara. <strong>e</strong>ra una estrategia que creo haber visto aconsejada en alg�n libro, y que agrad� a mi suegro. <strong>l</strong>a niebla de por medio, nos encontr�bamos frente a frente con el enemigo, tan cerca de �l que unos cuantos de los m�os, desobedientes, no fueron capaces de resistir su ufan�a, y salieron de las filas con alharacas y voces y gestos con que echaban en cara a los contrarios la matanza de <strong>m</strong>�laga.</p><p><strong>n</strong>os hall�bamos a lo largo de una ladera, abajo de una cuesta, y me preocup� la situaci�n y la cantidad de nuestros perseguidores. <strong>a</strong>l observarlos, vi sobre ellos una ense�a que yo desconoc�a y pregunt� a <strong>a</strong>liatar, muy ducho en ellas.</p><p>��<strong>d</strong>esde aqu� me parece que es un perro, se�or. <strong>y</strong> �se es el escudo de <strong>�</strong>beda y <strong>b</strong>aeza. <strong>q</strong>uiz� nos convendr�a seguir viaje a toda velocidad; por lo que veo, se ha reunido buena parte de <strong>a</strong>ndaluc�a en contra nuestra. <strong>p</strong>uede que quieran vengar en nosotros sus �ltimos desastres.</p><p>(<strong>y</strong>a demasiado tarde, supe que no era un perro la divisa de la ense�a, sino una cabra, muy poco conocida porque el se�or de <strong>b</strong>aena no sol�a luchar con el escudo de su condado, sino con el de su se�or�o, y hac�a bastantes a�os que no sacaba aqu�l, pero acuciado por la urgencia, olvid� su ense�a habitual de <strong>b</strong>aena y, al pasar por <strong>c</strong>abra, recogi� su divisa.) <strong>l</strong>legados a este punto, la sugerencia de mi suegro no era admisible sin desdoro. <strong>m</strong>and� tocar a�afiles y melend�as, y dar la grita com�n entre nosotros. <strong>r</strong>espondieron con otra no menos nutrida los cristianos, con lo que el campo entero daba voces. <strong>s</strong>alieron ellos a buen paso fuera del monte que los encubr�a; avanzaron en orden. <strong>g</strong>oz�bamos nosotros de mejor posici�n para la lucha. <strong>d</strong>e repente, volvieron las espaldas. <strong>c</strong>re� que hu�an. <strong>o</strong>rden� atacar. <strong>l</strong>o que intentaban era, sin embargo, trepar por la ladera, de modo que, al romper, se equiparasen a nosotros y trabajasen menos sus caballos. <strong>s</strong>in m�s, el primer choque se produjo.</p><p><strong>e</strong>ntre el polvo y el griter�o, el tiempo se detuvo; creo que as� sucede siempre en las batallas. <strong>y</strong>a no exist�a el paisaje, verde, florido y aromado. <strong>n</strong>i la niebla ni la polvareda permit�an ver al enemigo, m�s numeroso en apariencia que nosotros. <strong>d</strong>escend�a con rapidez desde su posici�n, que hab�a abierto mucho, y nos cercaba. <strong>t</strong>uve un presentimiento; lo rechac�. <strong>l</strong>a confusi�n era terrible, y, pese a mi inexperiencia, percib� que perd�amos terreno. <strong>n</strong>o s� cu�nto llev�bamos luchando, cuando tronaron unas raras trompetas. <strong>c</strong>orri� hacia m� <strong>a</strong>liatar.</p><p>��<strong>p</strong>ienso, se�or, que hay tropas extranjeras. <strong>a</strong>qu� no se usan tales instrumentos. <strong>c</strong>ubro tu retirada.</p><p><strong>s</strong>�lvate.</p><p><strong>p</strong>ero era tarde ya. <strong>m</strong>is hombres reculaban sin orden ni concierto.</p><p><strong>y</strong>o, fuera de m�, les grit� para que se detuvieran.</p><p>��<strong>t</strong>eneos. <strong>s</strong>epamos antes de qui�n hu�s. <strong>e</strong>s gente que siempre hemos vencido.</p><p><strong>n</strong>o me hac�an caso. <strong>h</strong>u�an. <strong>n</strong>o todos, pero hu�an.</p><p>��<strong>l</strong>a salvaci�n est� en vuestras manos -gritaba yo-, no en vuestros pies ni en las monturas. <strong>t</strong>eneos.</p><p><strong>l</strong>os que quedaban a mi alrededor se bat�an con nobleza. <strong>b</strong>ajaban por la cuesta nuevos refuerzos enemigos. <strong>e</strong>ran los retrasados: <strong>a</strong>lonso de <strong>a</strong>guilar, el alcaide de <strong>l</strong>uque, el de <strong>d</strong>o�a <strong>m</strong>enc�a, los peones de <strong>s</strong>antaella, los auxilios venidos de <strong>l</strong>a <strong>r</strong>ambla, de <strong>m</strong>ontilla, de <strong>c</strong>astro del <strong>r</strong>�o, de la <strong>p</strong>uente de don <strong>g</strong>onzalo y hasta de <strong>a</strong>ntequera.</p><p><strong>h</strong>ab�an respondido ahora a las almenas de rebato. <strong>t</strong>odos estaban dispuestos a desquitarse del desbarato de los montes de <strong>m</strong>�laga, con encono y resoluci�n. <strong>m</strong>is pocos caballeros fieles se desmandaron y me arrastraron en su huida.</p><p>���<strong>e</strong>s que no vais a defenderme?</p><p><strong>t</strong>ornad por vuestra fama. <strong>t</strong>eneos, teneos -segu�a yo gritando in�tilmente.</p><p><strong>m</strong>e hab�a quedado solo. <strong>m</strong>e ensordec�a el fragor. <strong>o</strong>�a gritos, quejidos, amenazas, blasfemias, pero cada vez m�s lejanos. <strong>l</strong>a contienda se apartaba de m�, no yo de ella. <strong>a</strong> mi derecha, corr�an las aguas del <strong>m</strong>art�n <strong>g</strong>onz�lez. <strong>m</strong>i caballo �<strong>s</strong>hir� (que quiere decir �<strong>m</strong>agia�), se atasc� en el fango de la orilla. <strong>n</strong>o consegu�a avanzar ni retroceder. <strong>u</strong>na flecha se le clav� en el pecho. <strong>i</strong>nmovilizado, sangraba y resollaba con un ruido angustioso. <strong>m</strong>e di cuenta de que yo estaba a pie, en medio de los enemigos que volv�an. <strong>t</strong>odo se hundi�: la guerra, la vida, la muerte, el riesgo, y yo tambi�n, que nunca ser�a el mismo. <strong>s</strong>�lo vi ya los ojos de �<strong>s</strong>hir�. <strong>g</strong>iraban sin cordura, me suplicaban que lo sacara del atolladero para que �l me sacase a m� del m�o. <strong>q</strong>uiz� �se fue el momento de mi vida, antes de esta prisi�n, en que me haya encontrado m�s solo e impotente. <strong>n</strong>o sab�a qu� hacer. <strong>m</strong>i caballo, con su mirada pendiente de la m�a, esperaba desde el cieno que lo llevase a tierra firme. <strong>i</strong>gual que �l somos todos, siempre que tengamos a qui�n dirigir nuestra plegaria; no lo ten�a yo. <strong>e</strong>ntre la niebla, desamparado y a la vez protegido por ella, saqu� fuerzas de flaqueza, levant� con un sollozo mi espada, y degoll� de un tajo a mi caballo.</p><p><strong>s</strong>us ojos me miraron con estupor y sin ning�n reproche; se cuajaron despu�s. <strong>t</strong>uvo varios espasmos y dej� de sufrir. <strong>s</strong>u sangre me hab�a salpicado la cara, y me empapaba el brazo. <strong>s</strong>ent� una arcada. <strong>v</strong>omit� entre unas zarzas. �<strong>t</strong>raiciones y mentiras -me dec�a-. <strong>m</strong>entiras y traiciones. �<strong>c</strong>ontra cu�ntos enemigos ha de luchar un hombre? �<strong>e</strong>s mi guerra �sta? �<strong>e</strong>speraba alguien que yo hiciese algo con tanta fuerza en contra? �<strong>q</strong>u� ha faltado?</p><p>�<strong>e</strong>s m�a la culpa? �<strong>a</strong> qui�n conduzco? �<strong>q</strong>uienes son mis aliados?</p><p><strong>e</strong>stoy solo. <strong>e</strong>stoy solo. �<strong>q</strong>ui�n ha muerto por m� adem�s de mi caballo?� <strong>a</strong>s� pensaba cuando recib� una pedrada que me acab� de oscurecer la mente. <strong>n</strong>o perd�, sin embargo, el sentido del todo. <strong>v</strong>i tres o cuatro peones que se acercaban con pu�ales y palos y una pica. <strong>i</strong>ntentaban prenderme. <strong>m</strong>e defend� con el alfanje, y her� a uno. <strong>e</strong>l de la pica la enarbol� para atravesarme. <strong>m</strong>e rend�. <strong>e</strong>ra todo como si no estuviese sucediendo. <strong>e</strong>scuch� que se propon�an matarme y apropiarse de mis ropas y armas. <strong>l</strong>o iban a hacer, cuando aparecieron dos soldados de <strong>b</strong>aena: eso dec�an; los otros eran de <strong>l</strong>ucena. <strong>t</strong>ra�an a su cargo cuidar de la rezaga, e impedir que los codiciosos mataran a los heridos para adue�arse de un arma, de unas botas, de un velo o de una silla.</p><p><strong>a</strong>cudieron m�s soldados; con los que ya hab�a se disputaron la posesi�n de mi persona. <strong>s</strong>e enzarzaron a golpes y a empujones. <strong>s</strong>�lo estaban de acuerdo en que hab�an de matarme, y �aqu� paz y despu�s gloria�, repet�an. <strong>e</strong>ntretanto, despojaron a mi caballo de su arn�s. <strong>l</strong>os tres o cuatro primeros, al ver que les arrebataban su presa, gritaron a voz en cuello:</p><p>��<strong>l</strong>ucena! �<strong>l</strong>ucena!� <strong>l</strong>leg� al galope un muchacho con superioridad. <strong>e</strong>ra el alcaide de los <strong>d</strong>onceles, que persegu�a a los pocos que quedaban de mi hueste. <strong>l</strong>e refirieron, cada uno a su modo, la reyerta. <strong>m</strong>e pregunt� qui�n era yo.</p><p><strong>m</strong>uchos soldados saben suficientes palabras �rabes para entenderse con nosotros en cuanto les conviene.</p><p><strong>u</strong>no tradujo mis palabras.</p><p>��<strong>s</strong>oy hijo de <strong>a</strong>ben al <strong>h</strong>ajar, alguacil de <strong>g</strong>ranada y principal del <strong>r</strong>eino.</p><p><strong>e</strong>l alcaide me examinaba con sus ojos peque�os y sin energ�a. <strong>e</strong>ch� pie a tierra. <strong>s</strong>e desatac� una de sus agujetas y, con el cord�n, �l mismo, sin dejar de observarme, me at� los dos pulgares. <strong>s</strong>e volvi� luego a uno que lo acompa�aba:</p><p>��<strong>t</strong>oma diez lanzas, y ll�valo al castillo. <strong>y</strong>o sigo al conde, que va tras de los moros; no me f�o de �l, no sea que me deje sin nada que tomar.</p><p><strong>h</strong>asta ver lo que vi en el camino de <strong>l</strong>ucena ignoraba lo que es una batalla y por qu� se guerrea.</p><p><strong>n</strong>o es una cuesti�n de religiones, ni de ideales, ni siquiera de querer imponer por la fuerza nuestra religi�n y nuestros ideales; s�lo es una cuesti�n de ruindad y miseria: apoderarse de lo que otros disfrutan, apoderarse de sus bienes y de sus posesiones, y arrebatarles hasta sus vidas para que no puedan defenderlos. <strong>a</strong>rrastrar los cad�veres mientras se les quitan sus calzados; cortarles los dedos para sacarles los anillos; revolcarlos para arrancarles sus escarcelas; desnudarlos para robarles su ropa interior. <strong>l</strong>a guerra no es un asunto de azar, como hab�a cre�do hasta ahora, sino de carro�a. <strong>l</strong>os vencedores son los primeros buitres, que ceder�n su turno a los otros cuando se marchen con el bot�n.</p><p><strong>n</strong>adie hace la guerra porque crea en una cosa u otra, sino porque el enemigo tiene algo que �l desea tener, y es por eso precisamente por lo que se llama el enemigo. <strong>l</strong>o dem�s es mentira; lo dem�s son disfraces. <strong>a</strong>nte la indignidad de lo que me rodeaba no me extra�� que mis soldados diesen la espalda a aquello.</p><p><strong>m</strong>e llevaron junto a los dem�s presos. <strong>e</strong>ran muy numerosos. <strong>e</strong>l desastre hab�a sido total. <strong>e</strong>ntre muertos y cautivos, cerca de mil caballeros, de lo m�s decoroso de <strong>g</strong>ranada, y m�s de cuatro mil peones. <strong>e</strong>s decir, las dos terceras partes de mi tropa. <strong>y</strong> segu�an trayendo prisioneros, a los que yo, por se�as, ordenaba que no hicieran ning�n gesto que me pudiese denunciar.</p><p><strong>a</strong> la ma�ana siguiente, tras un insomnio mudo y hacinado en el que mis oficiales, abochornados por su comportamiento, se apartaban de m�, entr� un fraile de aire irrefutable y jactancioso.</p><p>��<strong>d</strong>ios -le dijo al cristiano a cuyo cargo nos pusieron- est� siempre de parte de los suyos, aunque parezca a nuestros ojos que nos abandona.</p><p><strong>y</strong> palme�ndole el hombro, agreg�:</p><p>��<strong>c</strong>on esto olvidaremos lo de <strong>m</strong>�laga. �<strong>d</strong>ominus vulnerat et medetur, percutit et manus ejus sanabunt.� <strong>a</strong> nosotros tambi�n nos sirve el consuelo de <strong>j</strong>ob: <strong>e</strong>l <strong>s</strong>e�or hace la llaga y la cura: sus manos hieren y sus manos sanan.</p><p><strong>l</strong>uego me apunt� con una de las suyas gordezuelas, y le advirti�:</p><p>��<strong>�</strong>ste debe de ser una buena pieza: sus ropas lo declaran. <strong>t</strong>ened cuidado de �l.</p><p><strong>y</strong> sali�, asest�ndonos antes una mirada de soslayo y de asco como si fu�semos animales inmundos.</p><p>�<strong>t</strong>odos los hombres -pens�- han opinado siempre as� de sus dioses.</p><p><strong>s</strong>i hubiese s�lo un <strong>d</strong>ios (como todos creemos, y es el nuestro), ser�a dif�cil de entender, salvo que lleguemos a la conclusi�n de que nuestras rencillas en su nombre no le importan absolutamente nada.</p><p><strong>o</strong> quiz� de que percibe, mejor a�n que nosotros, que nuestras rencillas nunca son de verdad en nombre suyo, sino s�lo en el nuestro.�</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o hab�an pasado dos d�as cuando trajeron cuatro nuevos cautivos, uno de los cuales era el hijo de un alfaqu� de gran predicamento. <strong>a</strong>ntes de que pudiera evitarlo, al verme, rompi� a llorar, se postr� y me bes� las manos.</p><p>��<strong>t</strong>� aqu�, se�or. <strong>t</strong>� aqu� preso, se�or -sollozaba sin soltar mis manos y mi ropa.</p><p><strong>s</strong>obre aviso los guardianes, dieron parte a sus superiores; hab�a sido descubierto, como tem� desde el principio. <strong>n</strong>o tard� en aparecer el alcaide de los <strong>d</strong>onceles, que me rog� que lo acompa�ara y me instal� en esta torre en que ahora escribo.</p><p>��<strong>a</strong>comodado -dijo (y vigilado, supongo)-, como a vuestra honra y linaje corresponde.</p><p><strong>a</strong>caso yo habr�a preferido la proximidad de mis compa�eros de desgracia, pero tampoco estoy seguro de ello.</p><p><strong>l</strong>a satisfacci�n de tener entre los cautivos al rey de <strong>g</strong>ranada fue demasiado grande para disimularla.</p><p><strong>d</strong>e uno en uno han venido a visitarme cuantos se�ores participaron antes o despu�s en la batalla.</p><p><strong>h</strong>asta el de <strong>l</strong>uque el pariente de <strong>a</strong>bul <strong>k</strong>asim <strong>b</strong>enegas, que es anciano y ciego, y se ha tenido que conformar con resbalar sus dedos por mi cara, agradeciendo a <strong>d</strong>ios que, antes de morir, le haya otorgado el privilegio de tocar a un rey moro derrotado.</p><p>��<strong>y</strong>a puedo exclamar lo que el viejo sacerdote <strong>s</strong>ime�n: �<strong>d</strong>omine, nunc dimittis�. <strong>a</strong>hora puedes llevarme.</p><p><strong>y</strong> se arrodill�, y se santigu�, y se llenaron de l�grimas sus ojos que, por lo visto, s�lo le sirven ya para llorar.</p><p><strong>l</strong>a madre del joven alcaide, que es do�a <strong>l</strong>eonor de <strong>a</strong>rellano, tambi�n ha venido desde <strong>c</strong>�rdoba a verme. <strong>i</strong>magino que ha quedado defraudada porque no tengo cuernos en la frente debajo de la toca. <strong>c</strong>uando me rodeaba por detr�s para inspeccionarme, he percibido en ella cierto desencanto: quiz� se deba a que tampoco se asoma un largo rabo debajo del rop�n.</p><p><strong>m</strong>i presencia, no obstante, ha ocasionado algunas preocupaciones, y no s�lo alegr�a. <strong>l</strong>os se�ores de <strong>b</strong>aena y de <strong>l</strong>ucena disputan entre s� por el honor -y tambi�n por las consecuencias econ�micas- de haberme apresado. <strong>l</strong>os soldados se quedaron con los despojos recogidos: capellares, albornoces, marlotas, alfanjes, adargas, dagas, plumas, pero tanto el conde de <strong>c</strong>abra como el alcaide firmaron un documento que me ha sido mostrado, y que transcribo aqu� por considerarme parte interesada. <strong>e</strong>n �l se comprometen �a juntar y traer a mont�n todas las cosas vivas, as� moros como caballos y ac�milas y asnos que por cualquier persona se tomaron y hubieron de los moros en la dicha victoria, para dar y repartir, a todos los caballeros y gente de a pie que se hallaron en la batalla, los que les perteneciere y cupiere, seg�n las leyes de <strong>p</strong>artida y usos y costumbres de guerra, jurando para complaci�n de nuestras conciencias y honras, y por <strong>d</strong>ios y por santa <strong>m</strong>ar�a y por las palabras de los santos evangelios y por esta se�al de la cruz, una, dos y tres veces, que bien y verdaderamente, sin arte y sin enga�o, guardaremos y cumpliremos lo contenido en esta escritura�.</p><p>��<strong>a</strong>hora -me dice el se�or de <strong>l</strong>ucena, por medio de <strong>a</strong>rgote-, mi t�o exige, nada menos que exige, que os env�e a <strong>b</strong>aena para que os vea su esposa, y que qued�is all� custodiado por �l hasta que os presente a los <strong>r</strong>eyes en nombre de los dos, lo que para �l es lo m�s justo. <strong>y</strong>, no conforme con eso, asimismo exige que comparezc�is en el mont�n estipulado, puesto que sois una cosa viva como el resto de los cautivos.</p><p>��<strong>y</strong> como las ac�milas y los asnos -complet�.</p><p>��<strong>p</strong>ero yo os prometo que no se har�; tendr�a que pasar el conde por encima de mi cad�ver. <strong>y</strong>a se ha mandado a <strong>m</strong>adrid a <strong>l</strong>uis de <strong>v</strong>alenzuela, su mayordomo, para que d� cuenta a los <strong>r</strong>eyes del hecho, y nos traiga su resoluci�n. <strong>e</strong>ntretanto, vos quedar�is en poder m�o.</p><p><strong>e</strong>stad tranquilo, que os custodiar� de tal modo que burlemos los deseos del conde.</p><p><strong>s</strong>alvo que no iba a entrar en el reparto con los dem�s soldados y con los caballos, no s� a qu� otra tranquilidad se refer�a.</p><p><strong>d</strong>esde la ventana del piso inferior, adonde como a una fiesta me llevaron, presenci� la almoneda de las cosas vivas que la escritura enumeraba. <strong>u</strong>nos se quedaban con lo que les correspond�a, otros lo vend�an acto seguido, o se citaban a voces para venderlo en otro sitio.</p><p><strong>y</strong> todo era alboroques y j�bilo y vino y borrachera. <strong>t</strong>odo, insultos soeces y ri�as y farfantoner�as como sucede siempre que entre la chusma se reparte un bot�n, sobre todo si hay posibilidades de rescates.</p><empty-line/><p>��<strong>e</strong>ste prisionero me pertenece -dijo el conde ayer ante m�, como si yo no estuviera, aprovechando la ignorancia que �l piensa que tengo de su idioma-, porque fue <strong>m</strong>art�n <strong>c</strong>ornejo, un soldado m�o, el que lo cautiv�, y tambi�n por las leyes de la caballer�a, entre las que se cuenta, sobrino, lo sepas o no, la de la gratitud. <strong>p</strong>ues de no ser por m�, ni te habr�as arriesgado a salir de tus murallas tras los moros.</p><p>��<strong>s</strong>e�or y t�o: fue mi soldado <strong>m</strong>art�n <strong>h</strong>urtado quien lo cautiv� antes de que se interpusieran los vuestros, atra�dos por el aspecto del sult�n. <strong>e</strong>sto es as�, y as� seguir� siendo.</p><p><strong>m</strong>iraba yo a uno y a otro aparentando curiosidad y desconcierto, y reflexionaba qu� m�s me daba a m� qui�n cargase conmigo, si un <strong>m</strong>art�n u otro <strong>m</strong>art�n, junto a un arroyo tambi�n <strong>m</strong>art�n de nombre.</p><p><strong>s</strong>in embargo, me suplicaron que identificara a mi apresador, puestos varios hombres en hilera. <strong>y</strong>o, sin muchos miramientos, se�al� a dos de ellos; pero con tanto tino que fueron precisamente los dos <strong>m</strong>artines en discordia.</p><p>��<strong>d</strong>udo cu�l de ellos sea -advert�.</p><p><strong>c</strong>on lo cual qued� sin resolver la duda, y enojados entre s� los dos se�ores, y convencidos ambos de su propio derecho.</p><p><strong>m</strong>is armas y mis ropas pasaron a la propiedad de mi aposentador el alcaide de los <strong>d</strong>onceles. (<strong>y</strong>o recordaba algo que en una fiesta cristiana de primavera -no, no era fiesta, porque todos lloraban- o� comentar sobre lo que el profeta <strong>j</strong>es�s exclam� a punto de ser crucificado: �<strong>s</strong>obre mi t�nica echaron suertes, y se repartieron mis vestidos�.) <strong>l</strong>as veinte banderas de las puertas de <strong>g</strong>ranada, m�s mi pend�n real y el de mi suegro, fueron a poder del conde de <strong>c</strong>abra, que se tiene en todo momento, y de ello alardea, como adalid indiscutible de la �gesta�.</p><p>��<strong>a</strong>dornar� con ellos las tumbas de mis padres; les servir�n de orgullo y testimonio a mis sucesores desde ahora en adelante.</p><p><strong>s</strong>� que se los ha llevado en procesi�n solemne, entre cruces y cantos religiosos, a su casa de <strong>b</strong>aena.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy ha venido a verme, como cada ma�ana, el se�or del castillo.</p><p><strong>m</strong>e tra�a ropa, imagino que a cambio de la m�a, que se ha quedado.</p><p>��<strong>n</strong>o est� a la altura de vuestra alcurnia, se�or; pero tambi�n iremos remediando esto.</p><p><strong>m</strong>e ha preguntado -lo hace de costumbre- si estoy bien atendido.</p><p><strong>e</strong>st� claro que no quiere que muera de hambre, ni de sed, ni de miseria; est� claro que quiere presentarme a su rey en buenas condiciones. <strong>�</strong>l y su madre se ocupan de m� con diligencia. <strong>n</strong>o me cabe agradec�rselo m�s que de palabra, porque no me han dejado ni una sola alhaja con que obsequiar a esta escrupulosa, antip�tica y cristian�sima se�ora.</p><p><strong>d</strong>on <strong>d</strong>iego, cuando se hab�a despedido ya, me ha preguntado:</p><p>���<strong>r</strong>ecibir�ais a un pariente m�o? <strong>e</strong>s don <strong>g</strong>onzalo <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba. <strong>m</strong>e ha manifestado un deseo muy especial de conoceros.</p><p><strong>n</strong>o necesitar�is un trujam�n, porque �l puede expresarse en vuestra lengua.</p><p><strong>a</strong>burrido como estoy, no menosprecio ninguna ocasi�n de conocer nuevos cristianos, con la remota expectativa de que alguno me resulte m�s interesante que interesado.</p><p><strong>h</strong>oy creo que top� con un espl�ndido ejemplar.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>l entrar en mi estancia, antes a�n de que levantara la cabeza tras rendirme pleites�a, lo he reconocido. <strong>n</strong>o es que se conserve id�ntico desde hace -�cu�nto ya?- cuatro o cinco a�os. <strong>l</strong>os labios se le han endurecido, ya no luce la �vida boca infantil que tanto me llam� la atenci�n en la faz de un guerrero; su nariz se ha afilado un poco m�s, se han levantado y ajustado sus p�mulos; se ha arrugado su frente.</p><p><strong>p</strong>ero sus ojos ostentan a�n la misma agudeza y el mismo br�o que ostentaban, delante de mi padre, la ma�ana en que asist� por vez primera a una embajada en el sal�n del <strong>t</strong>rono. �<strong>d</strong>on <strong>g</strong>onzalo <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba�, me musit� al o�do <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh. <strong>y</strong> ahora estamos solos los dos (y digo solos porque estar con el doncel alcaide de los <strong>d</strong>onceles es como estar sin �l), cara a cara los dos, midi�ndonos con respeto y con una simpat�a mutua, probablemente insensata y probablemente tambi�n inevitable.</p><p><strong>m</strong>e di cuenta de que �l o no me recordaba o no se fij� en m� en aquella ocasi�n, deslumbrado por el lustre de la corte nazar�, que es justamente para deslumbrar embajadores para lo que m�s sirve; sin embargo, me cuesta figurarme a don <strong>g</strong>onzalo bajo un deslumbramiento.</p><p><strong>e</strong>n cualquier caso, no era correcto que se lo preguntara: preso o no, yo soy rey; los castellanos tienen un culto por la realeza, sea la suya o no, dif�cil de igualar por otros pueblos.</p><p><strong>m</strong>e sent�; �l permaneci� en pie.</p><p><strong>j</strong>unto a su figura, la del alcaide se desvanec�a. <strong>p</strong>ens�: �<strong>e</strong>l muchacho desea ser como �l cuando tenga su edad; pero �l debi� de empezar a ser como es antes de la edad del muchacho. <strong>y</strong>, por otra parte, �cu�ntos a�os tendr�? <strong>n</strong>o creo que nos lleve, al alcaide y a m�, m�s de diez; quiz� menos: la guerra, cuando no mata al hombre, lo envejece.�</p><p>��<strong>p</strong>od�is hablar -le dije.</p><p>��<strong>l</strong>as noticias que os traigo, se�or, no van a ser de vuestro gusto; pero considero que un rey ha de estar al corriente de lo que ocurre en su reino, sea lo que sea y por cualquier medio. <strong>o</strong>s prometo que cuanto os diga ser� cierto, y que lo primero que os dir� lo lamento de todo coraz�n.</p><p><strong>m</strong>e estremec�, pero sin traslucirlo.</p><p>��<strong>n</strong>ecesito saberlo antes de agradecer que lo lament�is.</p><p>��<strong>v</strong>uestro padre ha ocupado <strong>g</strong>ranada, y se ha vuelto a instalar en la <strong>a</strong>lhambra.</p><p>��<strong>m</strong>ejor para los m�os; no se les podr� reprochar tener a su rey preso.</p><p>��<strong>v</strong>uestro trono se tambalea, se�or.</p><p>��<strong>p</strong>uede que mi trono s�; pero no el de los nazar�es. <strong>m</strong>i padre fue un gran rey.</p><p><strong>s</strong>us ojos se abrillantaron con un asomo de malicia, o eso me pareci�.</p><p>��<strong>l</strong>o es, se�or.</p><p><strong>c</strong>on un temblor en la voz que en seguida logr� aplacar, porque, al preguntarlo, preguntaba por todos mis partidarios, contin�e:</p><p>���<strong>q</strong>u� ha sido de mi madre?</p><p>��<strong>s</strong>eg�n mis informaciones, y espero que sean veraces, se ha hecho fuerte en <strong>a</strong>lmer�a. <strong>c</strong>on vuestro hermano <strong>y</strong>usuf y con <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa.</p><p><strong>s</strong>uspir�: no todo estaba perdido. <strong>a</strong>unque para m� quiz� fuese m�s simple que nadie contara conmigo.</p><p><strong>l</strong>a conversaci�n transcurr�a en un �rabe despojado, pero comprensible. <strong>e</strong>l capit�n lo pronunciaba bien. <strong>s</strong>e echaba de ver que era un hombre nacido en la frontera: eso me un�a a �l. <strong>b</strong>albuceaba a veces, y yo le suministraba la palabra oportuna. <strong>s</strong>in duda descubri� que yo hablaba el castellano tanto como �l mi idioma, pero no aludi� a ello: eso me un�a m�s.</p><p>��<strong>y</strong> mi t�o �el <strong>z</strong>agal�? <strong>m</strong>i t�o el emir abu <strong>a</strong>bdal�, quiero decir:</p><p>��<strong>d</strong>ec�s bien: �el <strong>z</strong>agal�; el <strong>i</strong>slam no tiene una espada mejor.</p><p><strong>e</strong>st� con vuestro padre.</p><p><strong>m</strong>e miraba con fuerza.</p><p>��<strong>a</strong>s� ha de ser -le dije.</p><p><strong>m</strong>e vino a las mientes la prestancia de mi t�o cuando lo vi antes de lo de <strong>a</strong>lhama: mimbre�o, recio, atractivo e impasible al mismo tiempo; con su rostro severo, digno y muy p�lido; vestido con un largo sayo de pelo de camello, bajo un manto de seda negra, y con un turbante de lino blanco enmarc�ndole la expresi�n imperturbable.</p><p>��<strong>a</strong>s� ha de ser -repet�.</p><p>��<strong>n</strong>uestros reyes, se�or, han determinado que concluya esta situaci�n de guerra permanente.</p><p>���<strong>d</strong>esean firmar treguas?</p><p>�<strong>c</strong>onmigo?</p><p>��<strong>c</strong>omo aquella ma�ana en <strong>g</strong>ranada, en la que vuestro padre afirm�: �<strong>s</strong>e acabaron las parias�</p><p>���es que me recordaba?-, yo hoy os digo: �<strong>s</strong>e acabaron las treguas.�</p><p>��<strong>t</strong>ambi�n entonces vuestro rey nos amenaz� diciendo: �<strong>d</strong>esgranar� uno por uno los granos de esa <strong>g</strong>ranada.�</p><p>��<strong>n</strong>o s� si dijo eso. <strong>l</strong>os cronistas son amigos de frases. <strong>e</strong>s sugestivo resumir con ellas un estado de cosas; sugestivo y expuesto. <strong>n</strong>o s� si lo dijo, pero est� dispuesto a cumplirlo.</p><p>��<strong>v</strong>iene intent�ndose, con grandes altibajos, durante muchos siglos. <strong>e</strong>spa�a somos todos, don <strong>g</strong>onzalo. <strong>v</strong>os habl�is de <strong>a</strong>rag�n y de <strong>c</strong>astilla; yo soy el rey de <strong>a</strong>ndaluc�a: ni pude desear m�s, ni puedo contentarme con menos.</p><p>��<strong>o</strong>tra frase, se�or. <strong>l</strong>as guerras no se ganan con frases.</p><p>���<strong>c</strong>on qu� se ganan?</p><p>��<strong>c</strong>on dinero -me dijo, despu�s de pensar un instante. <strong>y</strong> a�adi�-: <strong>t</strong>ambi�n yo soy andaluz. <strong>h</strong>e nacido en <strong>m</strong>ontilla; ya mis tatarabuelos fueron andaluces. <strong>l</strong>a situaci�n ha cambiado: <strong>a</strong>ndaluc�a hace cientos de a�os que no es vuestra del todo.</p><p><strong>n</strong>uestros reyes son j�venes y fuertes; vos tambi�n; pero ellos adem�s no tienen otro designio, ni otro problema ya, que el de adue�arse de <strong>g</strong>ranada. <strong>n</strong>o son �stos los tiempos en los que los castellanos ambiciosos ven�an aqu� para hacer su fortuna a vuestra costa. <strong>h</strong>oy nosotros luchamos, lo mismo que vosotros, por una tierra nuestra.</p><p>��<strong>a</strong>l final se ver� de qui�n es.</p><p>��<strong>e</strong>l final est� pr�ximo.</p><p>��<strong>s</strong>i era eso s�lo lo que quer�ais decirme�</p><p><strong>h</strong>ice adem�n de levantarme.</p><p>��<strong>p</strong>erdonad -con el gesto me suplic� que siguiera sentado-, perdonad. <strong>n</strong>o es un reto; no es tampoco una vana soberbia; no me la habr�a permitido en estas circunstancias. <strong>y</strong>o os admiro -mis cejas se levantaron, sin querer, denotando mi asombro-. <strong>a</strong>dmiro la entereza con que acept�is vuestra enrevesada misi�n. <strong>p</strong>ero, frente a la nueva pujanza y a la nueva sangre de <strong>c</strong>astilla, vosotros est�is invadidos de una vieja desgana; frente a nuestra unidad, opon�is s�lo vuestra dispersi�n; frente a nuestra luna creciente, vuestra luna menguante.</p><p>��<strong>u</strong>na frase m�s, don <strong>g</strong>onzalo.</p><p><strong>n</strong>o pareci� escucharme.</p><p>��<strong>t</strong>oda <strong>e</strong>uropa anhela que se apague en <strong>g</strong>ranada la llama nazar�.</p><p><strong>y</strong> a nosotros nos conviene que <strong>e</strong>uropa lo anhele. <strong>h</strong>emos mirado demasiado tiempo hacia dentro: es hora de abrir las ventanas y de asomarnos y de respirar. <strong>e</strong>l <strong>m</strong>editerr�neo est� llam�ndonos; para llegar a �l han de arreglarse antes los asuntos internos de la casa.</p><p><strong>y</strong>a est� bien de que <strong>e</strong>spa�a sea el rabo sin desollar de <strong>e</strong>uropa.</p><p>��<strong>b</strong>endito rabo: cuanto, a lo largo de siglos, <strong>e</strong>spa�a le ha regalado a <strong>e</strong>uropa de arte, de ciencia o de filosof�a, nos lo debe a nosotros.</p><p>��<strong>e</strong>s cierto: <strong>e</strong>spa�a nunca podr� entenderse del todo sin vosotros. <strong>p</strong>ero la <strong>h</strong>istoria no se detiene nunca; en lugar de cerrarse (<strong>y</strong> vuestro reino est� cerrado igual que una granada que s�lo madurar� para caer), se abre�</p><p>���<strong>n</strong>o ser� eso otra frase, don <strong>g</strong>onzalo? -le interrump�.</p><p>��<strong>p</strong>uede, pero expresa admirablemente una realidad -sonri�, y sonre�a bien-. <strong>e</strong>n lugar de cerrarse, hay que abrirse. <strong>e</strong>l rey <strong>f</strong>ernando ha enviado embajadas a <strong>e</strong>uropa. <strong>l</strong>a infanter�a de los suizos nos ayudar� contra vosotros, y los artilleros alemanes, y los campeones de <strong>i</strong>nglaterra, vistosos m�s que nada -a�adi� despectivo-.</p><p><strong>e</strong>l rey acaba de obtener del <strong>p</strong>apa una bula para que todos los prelados y maestres, y los estados eclesi�sticos de <strong>a</strong>rag�n y <strong>c</strong>astilla, le suministren un subsidio en florines. <strong>y</strong>, a trav�s de otra bula, se le otorga a la empresa, por fin y en serio, car�cter de cruzada (es lo que vosotros llam�is guerra santa), y se le concede, a quienes colaboren, muy generosas indulgencias.</p><p><strong>h</strong>ab�a dicho en castellano la �ltima palabra.</p><p>���<strong>q</strong>u� son indulgencias? pregunt�.</p><p>��<strong>v</strong>osotros obten�is el <strong>p</strong>ara�so si mor�s en la guerra; nuestras indulgencias son la remisi�n, por la limosna, de parte de las penas que nos esperan tras la muerte.</p><p>��<strong>n</strong>o sab�a que a <strong>d</strong>ios pod�a soborn�rsele.</p><p><strong>f</strong>ingi� no comprender.</p><p>��<strong>t</strong>odo eso va a permitir a don <strong>f</strong>ernando contar con un ej�rcito fijo nunca visto: seis mil caballeros y cuatro mil peones, como m�nimo.</p><p>��<strong>n</strong>o est� mal; sin embargo, el n�mero no lo es todo.</p><p>��<strong>y</strong> la buena causa, y el entusiasmo, y la certeza de que esta campa�a ser� la definitiva. <strong>n</strong>o se trata de proseguir una guerra desmayada e interrumpida cada invierno; es una forma nueva del conflicto, una �ltima etapa que comienza. <strong>y</strong>o tengo mis ideas, se�or: creo que la caballer�a no es desde ahora lo m�s importante, sino la infanter�a: una infanter�a brava y bien mantenida, agrupada en cuadros muy s�lidos, de f�cil maniobra, y apoyada por una artiller�a -vacil�convincente.</p><p>���<strong>p</strong>or qu� me dec�s esto? �<strong>n</strong>o son secretos vuestros? �<strong>o</strong> es que me mantendr�is aqu� hasta que ese nuevo conflicto -subray� la expresi�n- se resuelva?</p><p><strong>a</strong>hora la iron�a estaba en mis ojos; los suyos chispeaban. <strong>a</strong>�ad�:</p><p>��<strong>y</strong>o no soy un estratega, capit�n. <strong>s</strong>oy simplemente el rey.</p><p><strong>m</strong>e levant�. <strong>�</strong>l entendi� que cerraba la audiencia. <strong>i</strong>nclin� su hidalga cabeza. <strong>e</strong>l alcaide, que hab�a asistido a la entrevista sin mostrar curiosidad excesiva, crey� notar algo discordante en la despedida. <strong>s</strong>e apresur� a decir:</p><p>��<strong>d</strong>on <strong>g</strong>onzalo, el rey es mi prisionero. <strong>y</strong>a hab�is abusado bastante de su paciencia; espero que no hay�is abusado de mi hospitalidad.</p><p>��<strong>d</strong>isculpadme -respondi� don <strong>g</strong>onzalo.</p><p><strong>v</strong>olvi� a inclinarse frente a m�. <strong>l</strong>os dos salieron. <strong>y</strong>o pase� cabizbajo por el escaso trecho de la estancia.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>omprendo que el capit�n don <strong>g</strong>onzalo <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba dice la verdad, y la dice con justeza; que no es un iluso, ni un farsante. <strong>d</strong>eduzco que, dada su sinceridad, se va a tardar mucho en liberarme, o se pretende sembrar la zozobra dentro de mi coraz�n. <strong>y</strong> deduzco tambi�n que me he de ver si vivo, dentro o fuera de aqu�, otras veces con �l. <strong>l</strong>a expectativa no me desagrada: hasta como enemigo es preferible a los dem�s.</p><p><strong>d</strong>e cualquier modo, da igual que la guerra sea vieja o nueva. <strong>e</strong>st� yo fuera o dentro de aqu�, no podr� gobernar. <strong>n</strong>o regir� a mi pueblo en la paz, que es a lo menos que un rey puede y debe aspirar; toda mi vida habr� de hallarme en estado de sitio: un estado en el que la normalidad ser� siempre aplazada, y el bienestar siempre se dejar� para ma�ana, para un tiempo placentero y sosegado que no llegar� nunca.</p><p><strong>t</strong>endr� que contentarme con algo previo, que quiz� ni siquiera consiga: defender mi derecho al trono contra los de dentro y los de fuera, contra los que ya ni siquiera puedo llamar m�os y contra los que ellos mismos se llaman enemigos. <strong>p</strong>ero �qui�n me juzgar� por lo que nunca podr� hacer? <strong>p</strong>ara los venideros s�lo ser� un rey que no entendi� las exigencias de las razas y de las religiones; que no aprendi� a distinguir una sangre de otra; que s�lo tuvo una seguridad: la de que lo �nico que reclama cualquier sangre es no ser derramada.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy el alcaide me ha tra�do un traje de terciopelo, negro por descontado. <strong>m</strong>e hablaba con notable emoci�n.</p><p>��<strong>s</strong>e han recibido las �rdenes del rey. <strong>m</strong>a�ana partimos de <strong>l</strong>ucena. <strong>e</strong>n mi se�or�o de <strong>e</strong>spejo nos encontraremos con mi t�o, el conde.</p><p><strong>j</strong>untos os custodiaremos, con toda solemnidad, camino de la corte, que est� en <strong>c</strong>�rdoba.</p><p><strong>i</strong>nstintivamente mir� a lo alto; por la tronera se divisaba un gir�n de cielo de impert�rrito azul.</p><p>���<strong>v</strong>er� al rey?</p><p>��<strong>n</strong>uestros reyes no acostumbran ver a sus prisioneros si no es para darles la libertad con su presencia.</p><p>��<strong>q</strong>uer�is decir que yo no lo ver�.</p><empty-line/><p><strong>t</strong>ardamos dos jornadas. <strong>e</strong>l paisaje era propicio; la tierra, feraz y pr�diga; pero nadie le ped�a nada a su largueza. <strong>e</strong>n ella reinaba el abandono. <strong>s</strong>us redondeces eran las de una mujer a la que ning�n var�n cubre ni fertiliza.</p><p><strong>l</strong>os cristianos detestan ser labriegos; me pregunto para qu� quieren conquistar con tanto ardor la tierra. <strong>a</strong> la vista de <strong>c</strong>�rdoba, se situaron el alcaide y el conde a un lado y otro m�os. <strong>y</strong>, como a un cuarto de legua de la ciudad, salieron a recibirme los <strong>g</strong>randes y los caballeros de la corte. <strong>s</strong>in apearme del caballo, llegaba cada uno de ellos a m� y me hac�a acatamiento, mientras mis custodios enumeraban su dignidad y linaje: el arzobispo de <strong>s</strong>evilla, muchos otros obispos y prelados de su religi�n, los maestres de <strong>c</strong>alatrava y de <strong>s</strong>antiago, los duques de <strong>n</strong>�jera y de <strong>a</strong>lburquerque, y otros cincuenta o m�s se�ores, t�tulos e hidalgos.</p><p><strong>y</strong>o contestaba a sus saludos seg�n el grado de sus noblezas, midiendo las cortes�as a mi usanza. <strong>a</strong> continuaci�n, mis custodios brindaron a los <strong>g</strong>randes, con un gentil gesto de protocolo, la honra de llevarme.</p><p><strong>f</strong>ineza por fineza, los <strong>g</strong>randes rehusaron, y avanzamos todos juntos hacia <strong>c</strong>�rdoba.</p><p><strong>e</strong>l camino no se ve�a de gente.</p><p><strong>e</strong>l campo, sembrado s�lo de desidia, lo inundaba una inmensa muchedumbre, que, dada la aspereza de los cristianos y de su idioma, dud� si me denostaba o me aclamaba. <strong>m</strong>e inclin� m�s bien a lo segundo, aunque s�lo fuese por respeto a mi escolta. <strong>d</strong>e la masa brotaban manos extendidas como si quisieran tocarme, y notaba en los ojos el temblor que provoca la consecuci�n de algo muy largamente ansiado. <strong>e</strong>n un momento, al levantar mis ojos desde la multitud al gran r�o, aceitoso y manso, sent� una inesperada conmoci�n: al otro lado de �l, majestuosa, impar, de piedra y sue�o a la vez, estaba la <strong>g</strong>ran <strong>a</strong>ljama de los omeyas. �<strong>u</strong>n ideal no es nunca un sue�o�, me hab�a dado a entender d�as atr�s don <strong>g</strong>onzalo de <strong>c</strong>�rdoba. <strong>c</strong>ierto: un ideal es una realidad perpetuamente desvelada, la realidad m�s insomne de todas. <strong>y</strong> as� se me ofrec�a la mezquita, conmovida y sosegada, ilesa y malherida, ultrajada e imperturbable, mendiga y portentosa.</p><p><strong>f</strong>rente a ella se detuvieron los caballos; eran las casas del obispo de la ciudad, don <strong>a</strong>lonso de <strong>b</strong>urgos, donde me hospedar�a. <strong>n</strong>o quiso el rey, seg�n me advirtieron, conceder ese privilegio a ning�n noble por no hacer de menos a los otros, ya que en asuntos de honras son tan puntillosos los cristianos, y mucho m�s los nobles. <strong>s</strong>upuse que aquellas casas, dada su situaci�n, ocupaban un sitio del antiguo palacio califal. <strong>y</strong> era all�, en estricta justicia, donde un rey nazar� deb�a alojarse.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l obispo es un hombre mayor, artificial y fr�gil; de gestos ampulosos y breves a la vez. <strong>m</strong>e produjo la impresi�n que me han producido siempre los sacerdotes de su religi�n: hablaba como montado a dos caballos; el tono iba por un lado, y el contenido iba por otro; pod�a decir las mayores atrocidades con una entonaci�n meliflua y conmiserativa.</p><p>��<strong>m</strong>atar, entre nosotros -me dijo el mismo d�a, y como prueba lo transcribo-, no es infligir un da�o; es s�lo anticipar la justicia divina. <strong>o</strong> incluso ejercerla, si lo prefer�s. <strong>s</strong>e manda el cuerpo a la tierra, pues tierra es, y el alma, a gozar del <strong>s</strong>e�or, o a ser privada de <strong>�</strong>l en el infierno. <strong>e</strong>n cuanto a los infieles, exterminarlos es un precepto de nuestra santa religi�n, puesto que se oponen a <strong>d</strong>ios, de quien es �nicamente el poder y la gloria. <strong>s</strong>alvo que se conviertan; es en la conversi�n donde est� la vida.</p><p>��<strong>s</strong>i hay varios dioses -le repliqu� con desgana por amabilidad-, es que no hay ninguno. <strong>y</strong> si hay uno s�lo, y eso es lo que vosotros y nosotros creemos, es que ser� el de todos. <strong>n</strong>unca he entendido por qu� el hombre se endiosa tanto que se arroga la obligaci�n de defender a <strong>d</strong>ios. <strong>c</strong>omo si <strong>�</strong>l no tuviese medios suficientes.</p><p>��<strong>s</strong>� los tiene; claro est� que los tiene. <strong>u</strong>no de ellos es precisamente el hombre; el otro es el milagro. <strong>n</strong>osotros, alteza, contamos con los dos. <strong>y</strong> con <strong>m</strong>ar�a <strong>s</strong>ant�sima -recalc�.</p><p>��<strong>t</strong>ambi�n nosotros honramos a <strong>m</strong>ar�a, la madre del profeta <strong>j</strong>es�s -le aclar�-. <strong>c</strong>uando <strong>m</strong>ahoma mand� blanquear las paredes del templo de <strong>l</strong>a <strong>m</strong>eca como medio de abolir los �dolos pintados, puso su mano sobre una representaci�n de <strong>m</strong>ar�a con su hijo, para evitar que, confundidas con las otras, se expulsasen sus im�genes de nuestro acatamiento.</p><p>��<strong>n</strong>o os sorprender�, pues, que al dulce nombre de santa <strong>m</strong>ar�a est� consagrada la iglesia de ah� enfrente.</p><p>���<strong>o</strong>s refer�s a la mezquita?</p><p>��<strong>m</strong>e refiero a la catedral. <strong>y</strong>a no hay mezquita ah�, hijo. <strong>e</strong>n ella una vez m�s <strong>d</strong>ios escribi� derecho con renglones torcidos.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> la siguiente ma�ana me visitaron el conde y el alcaide. <strong>v</strong>en�an a despedirse. <strong>e</strong>l rey hab�a decidido que me entregasen, otorg�ndose p�blico documento de mi entrega y reato, a su t�o don <strong>e</strong>nrique <strong>e</strong>nr�quez, condestable del reino, y al contador don <strong>r</strong>odrigo de <strong>u</strong>lloa. <strong>a</strong>nte notario y testigos, en una ceremonia ininteligible para m�, aquellos dos caballeros me recibieron como si fuese un objeto precioso, cuyo bienestar peligrara y cuya rotura pudiera acarrear el mayor desdoro. <strong>y</strong>, para no complicarse la existencia con tanto riesgo, me dieron en guarda a su vez al comendador de <strong>c</strong>alatrava, don <strong>m</strong>art�n de <strong>a</strong>larc�n, alcaide de <strong>p</strong>orcuna, quien tambi�n, honrado y orgulloso, me recibi� oblig�ndose.</p><p>�<strong>n</strong>ada bueno puede venirme del nombre de <strong>m</strong>art�n�, pens� al enterarme de qui�n iba a ser mi guardi�n. <strong>n</strong>o pude evitar una sonrisa.</p><p>��<strong>e</strong>star� yo tambi�n -me pregunt�aficion�ndome a augurios y agorer�as?� <strong>p</strong>ero lo cierto es que son demasiados <strong>m</strong>artines.</p><p>��<strong>d</strong>entro de cuatro d�as saldremos, alteza, si lo permit�s, hacia la fortaleza de mi orden -dijo �ste de <strong>a</strong>larc�n.</p><p><strong>y</strong> a los cuatro d�as justos nos ausentamos de <strong>c</strong>�rdoba, no sin que el obispo antes me autorizara a contemplar la mezquita por dentro.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>ntraba en una alberca imp�vida; entraba en un estanque donde el agua se hab�a sustituido por una sombra quieta. <strong>f</strong>uera de cualquier duda, aqu�l era un lugar sagrado: junto a la corriente espesa del gran r�o, entre la sierra y la campi�a. <strong>a</strong>ll� hab�an adorado todos los hombres muertos: no los romanos s�lo, sino m�s all� a�n, los fenicios, los griegos, los cartagineses, los tartesios. <strong>c</strong>ulturas de las que ni el nombre queda, ni el nombre que les dieron a sus dioses.</p><p><strong>o</strong> a sus diosas quiz�: negras como la <strong>i</strong>sis egipcia, forjadas con el humus de la tierra, con todas las oscuras materias germinales, o blancas, luminosas y v�rgenes, escondidas debajo del invierno del mundo, al acecho de la incesante primavera.</p><p><strong>m</strong>ucho hab�a le�do sobre este monumento en los libros de la <strong>a</strong>lhambra, sobre todo en los pertenecientes a mi predecesor <strong>m</strong>ohamed �el <strong>f</strong>aqu�, tan usados por �l antes de reinar; pero lo que yo he visto no estaba en tales libros.</p><p><strong>c</strong>omo lo sagrado de su espacio no est� en su arquitectura, al mismo tiempo a�rea y pesante. <strong>e</strong>s anterior a ella: el aire denso y c�lido, como una alcoba en que se ama, y la llave radiante de la vida. <strong>n</strong>i se me ocurri� siquiera hacer la postraci�n que, con arreglo a mis ritos, se prescribe. <strong>a</strong>quello era otra cosa, precedente a mis ritos y a ritos precedentes a los m�os.</p><p><strong>c</strong>omo si la mano de <strong>d</strong>ios, desde el principio, hubiese descansado con su ingr�vida huella en aquella ribera. <strong>y</strong>o respiraba despacio el aire santo, y casi me ahogaba el respirarlo, igual que si estuviese respirando alguna agua bendita, alguna agua lustral que me preservase del da�o y de la �ltima muerte.</p><p><strong>h</strong>ab�a o�do decir a los m�s sabios, o sea, a los que no tienen que ponderar los aciertos de sus reyes, ni encubrir ni dorar sus desaciertos, que los pelda�os de nuestra decadencia descienden visiblemente a trav�s de los materiales de nuestras construcciones.</p><p><strong>l</strong>os califas de <strong>c</strong>�rdoba construyeron en piedra; las taifas de los almohades, en ladrillo; nosotros, en el momento del ocaso, adornamos las d�biles paredes con estuco para embozar nuestra pobreza. <strong>p</strong>ero en aquel espacio nada hab�a que embozar. <strong>a</strong>quella majestad se anticip� a la majestad de los omeyas, inclusive le indic� por d�nde hab�a de ir. <strong>e</strong>ra <strong>o</strong>riente; pero ya no era <strong>o</strong>riente, sino otra forma superior de la grandeza. <strong>a</strong>ll� hab�an concurrido todos los adoradores con toda su riqueza ofrecida al m�s alto poder, ll�mese como quiera. <strong>y</strong> no s�lo riqueza; era una anonadadora certidumbre lo que all� hab�a.</p><p><strong>e</strong>n la fresca penumbra, el obispo y los sacerdotes entonaban sus himnos demasiado imponentes, sinuosos y enf�ticos. <strong>l</strong>os cristianos ya hab�an impuesto su destrozo en la nave central; en ella se sentaban los ministros del culto, en cumplimiento de un rutinario oficio religioso. <strong>d</strong>esde donde me hallaba ve�a sus sitiales, sus arduos s�mbolos, las l�mparas de plata, el petulante y apagado brillo de sus retablos. <strong>d</strong>esentendido de ellos, me palpitaba el coraz�n, temeroso ante rincones sombr�os, sobrecogido como un ni�o por extra�as presencias, que nada ten�an que ver con las genuflexiones y las engoladas ant�fonas de la pompa cristiana, atra�do y asustado por los ecos de pasos no advertidos, de voces sin origen preciso que susurraban bajo los c�nticos� <strong>s</strong>umergido debajo de esta misteriosa piscina inm�vil, percib�a sobre el m�rmol del suelo la desflecada luz del sol implacable de mayo que flagelaba el exterior. <strong>i</strong>mpasible ante la lujosa ceremonia, cuyo motivo seguramente era agradecer mi apresamiento, demasiado pl�mbea para el poder de <strong>d</strong>ios, que es siempre m�s ligero y m�s vivo, mis ojos hu�an fuera del crucero improvisado que acribillaba el templo, en busca, como una enredadera, de las testimoniales columnas. �<strong>q</strong>u� hombres hab�an adorado all� con tal totalidad, con los entresijos enteros de su alma y de su cuerpo, hasta elevar a plegaria la alegr�a crom�tica de las columnas, colocadas seg�n sus coloraciones, y los capiteles, concertados los de orden compuesto sobre los fustes rosas y los de orden corintio sobre los azules?</p><p><strong>p</strong>ero -me preguntaba- �aquellas columnas hab�an sido erigidas para dar con su magnificencia culto a mi <strong>d</strong>ios?</p><p><strong>a</strong>ll� surg�a el presentimiento de una familiaridad antigua y extirpada, pero tampoco extirpada del todo, sino sobrevivida hasta sostener incluso los actuales fanatismos, como si tampoco �stos estuviesen all� fuera de lugar. <strong>l</strong>a certeza contradicha de un secreto, algo que se ocultaba y se manifestaba, a pesar o a causa quiz� de los gestos habituales de cualquier ser humano, que siempre en este templo ha infringido una norma cuando ha rubricado otra, y que, por el contrario, siempre atina si adora all�, sea cual sea el objeto de su adoraci�n.</p><p><strong>c</strong>all� por fin la m�sica de la extra�a liturgia. �<strong>t</strong>oda m�sica cesa -pens�- para abrir sitio a la m�sica callada.� <strong>p</strong>refer� aquel silencio, aquel desvanecerse las figuras humanas y sus modestos frenes�es religiosos. <strong>l</strong>a religi�n aqu� es s�lo la ausencia y el silencio, previos a uno u otro credo, posibilitadores de las sucesivas e inagotables fes; esta ausencia acogedora y maternal, este silencio activo y palpitante, lejano y envolvente al mismo tiempo. <strong>a</strong>ll� estaba la f�brica protectora y a la vez indiferente, nutricia y sombr�a, enmudecida y retumbante, perdurable y muerta: inmortal, inmortal. <strong>a</strong>travesaban entre los capiteles los mensajes ocultos del pasado, porque el progreso es a veces el regreso, y, con frecuencia, se arriesga el hombre en batallas de <strong>d</strong>ios, que no son <strong>s</strong>us batallas.</p><p><strong>p</strong>ero �es que el hombre puede elegir, o debe resignarse de continuo a ser el elegido? <strong>s</strong>omos lo que hemos ido siendo; no lo que fuimos, ni lo que aspiramos a�n a ser, ni tampoco lo que aparentemente somos. <strong>n</strong>uestra realidad es el resultado de cuanto se construy� y se destruy� y se reconstruy�: como este monumento; el producto de innumerables iniciativas y de fracasos innumerables. <strong>n</strong>uestra historia es much�simo m�s larga que nosotros. <strong>a</strong>ndaluc�a -y es un rey andaluz el que lo escribe- estaba ya presente dentro de m� como dentro de este templo. <strong>a</strong>ndaluc�a, eterna fusi�n de los contrarios, liberada mucho tiempo antes de caer en la esclavitud. <strong>y</strong>o la ve�a as�, fuesen quienes fuesen los que la habitaran: con esta actitud infinitamente abierta de la mezquita. <strong>e</strong>n <strong>a</strong>ndaluc�a como aqu�, copiosas columnas de exquisitas piedras sostienen su techumbre: m�s bellas unas que otras; alguna, con su propia leyenda estampada en el fuste; procedentes la mayor�a de templos, iglesias, sinagogas y bas�licas antecesoras, o llegadas de muy lejos, o hasta plantadas con apresuramiento, sin la augusta meticulosidad ni la soberbia realeza de sus hermanas� <strong>m</strong>uchas columnas, diferentes columnas, pero s� hermanas todas; y entre todas manteniendo el edificio en pie, manteniendo disponibles para quien llegue su especial genealog�a y su hermosura, distintas y solidarias. <strong>m</strong>uy pocas cosas hay perennes, y pocas tan ef�meras como nosotros mismos, como nuestro brillo y tambi�n nuestra ceniza, como nuestras victorias, pero tambi�n como nuestras derrotas. <strong>p</strong>orque en este monumento se aprende muy de prisa que ni siquiera la muerte es duradera. <strong>t</strong>al era la raz�n de tanta solidez. <strong>e</strong>ntonces fue cuando la descrub�: estamos los que est�bamos; los que estaremos, ya estamos. <strong>y</strong> cuanto hacemos y cuanto nos rodea es lo que hicieron y lo que rode� a aquellas manos, a aquellas bocas, a aquellos ojos, que hoy observan el esplendor del mundo, y acarician el gozo de este mundo, y besan las ma�anas azules de este mundo, con nuestros ojos y nuestra boca y nuestras manos. <strong>n</strong>o, aqu� no pod�a darme por vencido. <strong>s</strong>omos inmortales; inmortales como el templo en que estoy, como <strong>d</strong>ios mismo�</p><p>�<strong>p</strong>ero �en d�nde est� -me pregunt� de s�bito- el mirhab de esta mezquita?� �<strong>l</strong>o destruyeron los cristianos? �<strong>m</strong>achacaron, para implantar la suya, nuestra almendra m�stica; para devorar su fruto aniquilaron la recamada corteza de oro? �<strong>q</strong>u� se consigue con la destrucci�n? �<strong>n</strong>o consiste la <strong>h</strong>istoria en a�adir, en escribir en p�ginas ya escritas, en utilizar las l�neas trazadas por dedos ya extinguidos para componer nuestro p�rrafo propio? �<strong>d</strong>�nde est� aqu� el mirhab? <strong>a</strong>nsiosamente lo buscaba, y lo encontr� escondido. <strong>y</strong> entonces descubr� el porqu� de mi anterior descubrimiento: el enigma sobre el que se asientan los m�s hondos sillares de esta casa de <strong>d</strong>ios y de los hombres. <strong>e</strong>l enigma, pero no su soluci�n.</p><p>�<strong>q</strong>u� mezquita era �sta, en que el mirhab no resplandece exhibido ante los ojos de los fieles; en que el palmeral de columnas no deja ver los gestos del im�n que han de ser imitados? �<strong>p</strong>or qu� <strong>a</strong>bderram�n �el <strong>e</strong>migrado�, el omeya primero, se proclam� independiente entre estos muros, antes de que estuviesen consagrados a nuestro <strong>d</strong>ios? �<strong>l</strong>os cristianos de hoy no necesitan contemplar a su sacerdote cuando oficia el sacrificio incruento de la misa? <strong>a</strong>ntes de que los <strong>a</strong>bderramanes engrandecieran este templo, en honor de su <strong>d</strong>ios que es el m�o, �qu� cultos se rindieron aqu�, qu� dioses habitaron esta suntuosidad?</p><p><strong>s</strong>i este lugar se tuvo por sagrado desde su creaci�n, y aun desde siempre, �desde cu�ndo y para qui�n se alzaron las columnas? <strong>e</strong>sta hermosa e invasora serenidad no es el resultado de una guerra, ni de una victoria, ni de una cultura incipiente, sino de una paz asentada y de una culminante espiritualidad; no es obra de una persona, ni de muchas personas, sino de una idea fundamental del mundo. �<strong>q</strong>u� teolog�a levant� tanto bosque para envolver la mirada de los fieles, para elevarla no dirigi�ndola a ning�n celebrante, sino a un solo y divino <strong>c</strong>elebrado? �<strong>n</strong>o est� presente aqu� la filosof�a alejandrina y el genio de <strong>i</strong>srael, adorador de <strong>y</strong>ahv�? <strong>m</strong>entes y manos jud�as debieron de levantar este poblado ardid, y, en una de esas r�tmicas e inevitables �pocas en que <strong>s</strong>efarad deja de ser <strong>s</strong>i�n, quiz� manos arrianas lo heredaran, y <strong>d</strong>ios, est�tico y remoto, cambi� otra vez de nombre. <strong>l</strong>os cristianos arrianos, unitarios, antes de que la <strong>t</strong>rinidad introdujese el polite�smo, celebraron acaso aqu� sus silenciosos ritos, y luego <strong>r</strong>ecaredo, al abjurar, lo sustituy� por los ritos trinitarios, y despu�s, con el desencadenamiento de la guerra civil entre los godos, que entreabri� un estrecho postigo -lento, lento- a nuestra cultura y a nuestra religi�n, este templo retorn� jubiloso al cristianismo unitario, tan af�n a la doctrina mahometana. <strong>t</strong>an af�n que, insensiblemente, esta sala, as�ptica y callada, ofrecida s�lo como un pretexto para que el hombre se postre, fue haci�ndose mezquita.</p><p><strong>y</strong> el hermoso pretexto triunf� de las necesidades de otros cultos por su propia hermosura, y por ella y por el sentido de la divinidad, id�ntico en todas las religiones y a ellas previo, fue venerado y respetado este piadoso ambiente, donde el �nico <strong>d</strong>ios descendi� un d�a, y en el que permanece. <strong>p</strong>orque aunque las columnas fuesen taladas, y abatidos los capiteles, en la ra�z de cuanto veo se encontrar�a la ra�z de lo sagrado. <strong>y</strong> eso es lo que sostiene los cimientos de esta realidad�</p><p><strong>s</strong>in poder ni intentar evitarlo, me postr� sobre las losas, pulidas por tantas postraciones. <strong>y</strong>, desoyendo el clamor de las campanas, mientras alguien que apagaba las llamas de los cirios pas� roz�ndome, ador� a <strong>d</strong>ios.</p><p><strong>e</strong>l obispo de <strong>c</strong>�rdoba, a quien no hab�a o�do acercarse, impaciente ante mi tardanza, puso su mano sobre mi hombro, y, presumiendo acaso que mi fe en mi <strong>d</strong>ios flaqueaba, ilusionado por la conversi�n de un rey moro ante la grandiosidad del <strong>c</strong>ristianismo, que ha vuelto a instalarse aqu� con sus ocultaciones, murmur� cerca de mi o�do:</p><p>��<strong>d</strong>ios es m�s grande que nuestro coraz�n.</p><p>��<strong>a</strong>h� reside la primera verdad -le respond� mientras me levantaba.</p><p><strong>y</strong> entonces vi que la rica tela de oro de su capa hab�a sido tejida por alg�n musulm�n, porque en ella estaba escrita en �rabe la aleya 22 de la azora del <strong>�</strong>xodo del <strong>c</strong>or�n: �<strong>�</strong>l es el que conoce el misterio y el testimonio.�</p><p>�<strong>t</strong>odo est�, pues, en su lugar�, pens�.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>on <strong>m</strong>art�n de <strong>a</strong>larc�n es un hombre rollizo. <strong>s</strong>u cara m�s bien redonda y roja denota un buen comedor y bebedor. <strong>t</strong>iene fama tambi�n de buen guerrero, aunque de eso en <strong>a</strong>ndaluc�a todos tienen la fama, porque, si no, los devuelven a <strong>b</strong>urgos o a <strong>s</strong>egovia. <strong>l</strong>o que m�s destaca en �l son sus manos, afiladas y blancas, casi de mujer.</p><p><strong>l</strong>as enclavija con frecuencia, y, como una man�a, levanta la derecha al hablar hasta la cruz de su orden que ostenta sobre el coraz�n, como si tratase, engre�do por ella, de mostrarla.</p><p>��<strong>m</strong>i buen se�or -repite con la mano en la cruz-, �qu� puedo hacer por vos aparte de recomendaros paciencia? <strong>n</strong>o me est� permitido ni rogar por vuestra libertad a <strong>n</strong>uestra <strong>s</strong>e�ora de la <strong>m</strong>erced, en cuyas maternales manos -y entrelazaba las suyas- depositamos los cristianos el destino de nuestros cautivos.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l castillo de <strong>p</strong>orcuna se alza sobre una roca, cuyas tajaduras le sirven de cimientos. <strong>e</strong>n su torre octagonal me han habilitado hospedaje y prisi�n. <strong>e</strong>l trato de los caballeros calatravos es afectuoso y cordial, hasta el punto de forzarme a pensar que la prisi�n entre ellos va a ser larga; me gustar�a ser peor tratado, pero por menos tiempo. <strong>a</strong> trav�s de las ventanas veo la sierra de <strong>l</strong>uque y, en primer t�rmino, olivos y jarales. <strong>e</strong>s un paisaje adusto, a medio camino entre los mimados jardines de <strong>g</strong>ranada y los arriscados esquistos de la <strong>a</strong>lpujarra, con sus tajos y vaguadas grises y pedregosas, con sus abruptos barrancos; m�s abierto que uno y otro, dispensa la serenidad de �nimo que con tanto reconocimiento recibe un prisionero.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>eben de haberse iniciado las gestiones para mi rescate, quiz� apresuradas por mi madre, <strong>i</strong>bn <strong>a</strong>bdalbar y <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa. <strong>l</strong>o digo porque, al solicitar, entre otros utensilios de aseo y vestimenta, unos libros de la <strong>a</strong>lhambra y algunas manos del papel de la canciller�a, me han sido tra�dos antes de lo que esperaba -si es que lo esperaba, ya que mi padre reina all�-. <strong>p</strong>or eso puedo continuar escribiendo en los papeles carmes�es, a los que estaba acostumbrado.</p><p><strong>l</strong>o que me propongo, para poner en claro mi situaci�n que tan enlazada est� con la de mi pueblo, ahora que tengo todo el tiempo para reflexionar, es contarme a m� mismo someramente �la historia de la <strong>d</strong>inast�a� a la que pertenezco.</p><p><strong>e</strong>so quiz� me ilumine sobre c�mo actuar en circunstancias que, con no haberse visto en ellas ninguno de los sultanes anteriores, no ser�n tan contrarias que no saque de tal estudio alguna asesor�a. <strong>y</strong>, en �ltimo t�rmino, har� un bien a mis dos hijos -cualesquiera que sean los hechos posteriores en que me vea sumido- si les narro lo que hoy anda disperso y deformado, en tono familiar, sin los coturnos en que los cronistas oficiales suelen aupar a quienes los corrompen. <strong>n</strong>o ser� malo que, despu�s de haber aprendido en <strong>i</strong>bn <strong>j</strong>ald�n qu� es y c�mo ha de leerse la historia de los hombres, con mi propia voz diga lo que s�; a la manera de aquel pariente m�o <strong>i</strong>bn al <strong>h</strong>amar, hijo de <strong>y</strong>usuf <strong>II</strong> y nieto del gran <strong>m</strong>ohamed, cuyos escritos son algunos de los que ped�. <strong>o</strong>, para ser m�s sincero, quiz� a lo que aspiro es s�lo a entretener mis d�as vac�os, y a no desesperarme esperando contra toda esperanza. <strong>p</strong>orque, en el fondo, la grandeza del �nimo consiste en que la noche nos coja mirando de hito en hito al sol poniente. <strong>l</strong>a ciudad m�s hermosa, incluida <strong>g</strong>ranada, tiene b�rbaros arrabales, y es imposible contar la propia historia sin contar las ajenas, ya que la <strong>h</strong>istoria con may�scula -si la hay, y no es que se inventa cuando ya ha transcurrido- se compone de las min�sculas, igual que la cubierta de una jaima regia, de retazos y de humildes remiendos.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n el primer tercio del siglo <strong>xIII</strong>, los andaluces ten�amos dos enemigos de muy distinto orden: los cristianos, que arreciaban los ataques y se encontraban fuera, y los almohades, que se debilitaban, pero que se encontraban dentro; los almohades con su ortodoxia, siempre perjudicial, y sus pretensiones de pureza religiosa, a la que los andaluces ni estuvimos acostumbrados nunca, ni llegaremos nunca a acostumbrarnos.</p><p><strong>t</strong>odas las ciudades de una cierta entidad se sublevaron, aun disgregadas e inconexas como se hallaban ya, cada una por su lado.</p><p><strong>d</strong>esde la ca�da de los omeyas, �se fue nuestro mal, si no es que �l mismo origin� tal ca�da. <strong>y</strong> hasta hoy mismo lo sigui� siendo, y lo seguir� siendo hasta ma�ana, en el caso de que haya. <strong>l</strong>as ciudades buscaban y eleg�an caudillos fuertes, que las supieran defender y les otorgaran la seguridad y el estilo de vida anterior a la invasi�n almohade. (<strong>l</strong>os almohades, como antes los almor�vides, pisaron nuestra tierra como aliados; pero, entre nosotros, los aliados, ignoro por qu� terrible sino, siempre acaban por volverse enemigos. <strong>c</strong>omo en el juego, a menudo las ca�as se tornan lanzas.) <strong>d</strong>os caudillos se repart�an el predominio sobre los andaluces, por su impetuosidad y su carisma: uno, de la familia <strong>h</strong>ud, que era el se�or de casi todo el territorio; otro, de la familia de los <strong>m</strong>ardanis, que se hab�a alzado contra �l y dominaba <strong>v</strong>alencia. <strong>e</strong>l primero se dec�a descendiente de los antiguos reyes de <strong>z</strong>aragoza, e iz� con su mano la bandera negra de los abas�es de <strong>b</strong>agdad, aquellos que, sublevados contra la dinast�a omeya de <strong>d</strong>amasco, la extirparon de all�. <strong>l</strong>os hombres siempre pretendemos apoyarnos en alguien m�s s�lido que nosotros, que termina estorb�ndonos cuando nos juzgamos -en general, demasiado pronto- bastante s�lidos por nosotros mismos.</p><p>[<strong>a</strong>lgo de eso parece que hubo aqu�, seg�n luego he podido leer. <strong>u</strong>n victorioso general de <strong>a</strong>bderram�n <strong>i</strong> �el <strong>e</strong>migrado� se llam� <strong>a</strong>ben <strong>o</strong>mar <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>ud. <strong>e</strong>n premio de sus victorias, el emir omeya, ya independiente de <strong>d</strong>amasco, le concedi� el gobierno de <strong>z</strong>aragoza, que por entonces creo que llamaban <strong>s</strong>ansue�a. <strong>l</strong>os cronistas cristianos corrompieron, como siempre, su nombre, y lo llamaron <strong>o</strong>mar <strong>f</strong>ilius de <strong>o</strong>mar, lo cual dio origen a <strong>m</strong>arsilius o <strong>m</strong>arsilio, que es con el nombre con que pas� a la <strong>h</strong>istoria. <strong>y</strong> as� gobernaron sus sucesores en <strong>z</strong>aragoza hasta que fueron expulsados de ella por los reyes aragoneses, y volvieron a su original suelo granadino. <strong>u</strong>no de los postreros representantes conocidos de esa estirpe es este <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>ud de que hablaba en mis escritos de <strong>p</strong>orcuna. <strong>d</strong>e donde se deduce que aquel general, tan importante brazo del omeya, engendr� a la larga un abanderado de sus m�s irreconciliables enemigos: los abas�es.</p><p><strong>n</strong>unca se sabe cu�l ser� el final de una historia. <strong>e</strong>so, que preocupa al feliz, aplaca al desgraciado.] <strong>c</strong>omo es frecuente entre los andaluces, la ascensi�n de <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>ud fue r�pida: era bien parecido y gallardo, bizarro y vigoroso; caldeaba los �nimos. <strong>c</strong>onquist� con demasiada prisa -o mejor, se le entregaron- las ciudades de la mayor parte de <strong>a</strong>ndaluc�a. (<strong>p</strong>ocas enfermedades hay tan contagiosas como la esperanza; quiz� la desesperaci�n es una de ellas.) <strong>p</strong>ero los andaluces -carentes de iniciativa- no estaban todav�a preparados sino para obedecer, y obedecer a alguien tangible, presente, o muy bien representado; sin embargo, una organizaci�n que inspire confianza y sujeci�n no se improvisa.</p><p><strong>d</strong>e ah� que el edificio con tanta premura construido, con premura tambi�n se derrocara. <strong>a</strong>lfonso <strong>IX</strong> de <strong>l</strong>e�n y su hijo <strong>f</strong>ernando <strong>III</strong> de <strong>c</strong>astilla, al que dicen �el <strong>s</strong>anto�, triunfaron en <strong>m</strong>�rida y <strong>j</strong>erez; el resto de las ciudades sometidas a <strong>h</strong>ud, desilusionadas e incapaces de fortalecerse por s� mismas, no buscaban ya sino el medio de salir de su �gida, que era enojosa y r�gida. <strong>p</strong>ensaban, como suelen los pueblos cuando piensan, que lo �nico que hab�an conseguido era cambiar de tiran�a y que para tal viaje no se precisaban alforjas, por lo cual se dispusieron a descubrir otro tirano nuevo. <strong>l</strong>a oportunidad se la brind�, antes de lo previsto, un adalid osado y ambicioso, que buscaba asimismo su oportunidad. <strong>l</strong>as ciudades andaluzas, como en una subasta de mercado se ofrec�an entonces -�y no hoy?- al mejor postor. <strong>d</strong>e este adalid desciendo yo.</p><empty-line/><p><strong>t</strong>odo empez� la tarde templada de un viernes de <strong>r</strong>amad�n en <strong>a</strong>rjona, no lejos de <strong>j</strong>a�n. <strong>a</strong>�n no hab�a comenzado a anochecer sobre las colinas, y los olivos y las vides apenas se estremec�an bajo un aire muy leve. <strong>a</strong>l salir de la oraci�n, desde la mezquita no muy grande, nadie se fue a comer su sopa aquel d�a. <strong>p</strong>ermanecieron, enardecidos y hambrientos, proclamando a voz en cuello sult�n a un hombre que los miraba con ojos de le�n y los dejaba obrar aparentando desd�n. <strong>n</strong>o era guapo, ni alto, ni gallardo; era rudo y sab�a mandar con autoridad y, lo que es m�s importante, ser obedecido. <strong>p</strong>ero, sobre todo, llevaba en sus manos como un don la medida de sus posibilidades. <strong>s</strong>u nombre era muy simple: <strong>m</strong>ohamed <strong>i</strong>bn <strong>y</strong>usuf. <strong>s</strong>e dec�a -o luego los halagadores lo dijeron por �l- de la familia de los nazar (por eso nos llamamos nazar�es) y de los <strong>a</strong>l <strong>h</strong>amar (por eso nos llamamos alamares). <strong>t</strong>odos los que hab�an comprobado la incapacidad de <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>ud para protegerlos requirieron al nuevo caudillo, ya conocido por su genio belicoso y por su p�simo genio personal, que no se andaba con chiquitas. <strong>p</strong>or eso le apodaron en seguida el <strong>s</strong>e�or de los <strong>i</strong>nvasores -lo cual no era poco en aquellos a�os-, nombre que lo defin�a a �l como dominante, y como extranjeros a los almohades. <strong>j</strong>a�n y despu�s <strong>c</strong>�rdoba le abrieron sus puertas; pero ninguna de las dos fue apta mucho tiempo para soportar la estricta dureza de su disciplina.</p><p>�<strong>e</strong>n lugar de ir de mal en peor, bien est�bamos como est�bamos�, se dijeron. <strong>c</strong>�rdoba volvi� con el rabo entre las piernas, igual que un perro fam�lico y viejo, a <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>ud, que la oprimi� a�n m�s que antes. <strong>e</strong>n vista de semejante lecci�n, <strong>s</strong>evilla prefiri� declararse independiente de los almohades y de <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>ud, y as� continu�, de la ceca a <strong>l</strong>a <strong>m</strong>eca, hasta su doloroso final, que no tard�.</p><p><strong>m</strong>i antepasado ten�a muy claro su prop�sito, y se fabric� una �tica y un destino de acuerdo con �l. <strong>o</strong>br� como todo el que emprende una carrera extensa y complicada hacia una meta que lo mismo puede ser la glorificaci�n propia que la salvaci�n de su pueblo, si es que ambas cosas son separables y no conducen indefectiblemente la una a la otra. <strong>m</strong>ohamed se ali� con los almohades frente a <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>ud, que, acorralado, pact� con los cristianos una tregua y un costoso tributo de mil dinares diarios, lo que le debilitaba a chorros. <strong>l</strong>as cuestiones personales, como sucede siempre con los caudillos, se generalizaron, aunque la viceversa tambi�n podr�a afirmarse: las corrientes encuentran siempre un hombre. <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>ud fue vencido en <strong>a</strong>znalfarache, y <strong>m</strong>ohamed entr� aclamado en <strong>s</strong>evilla. <strong>m</strong>uy breve fue su triunfo; <strong>s</strong>evilla nunca ha sido una buena guerrera: su amor por la vida es vehemente y no se sacrifica. <strong>d</strong>espu�s de un mes, asustada por las exigencias de <strong>m</strong>ohamed y por la crueldad con que se veng� de los traidores, retorn� bajo la espada de <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>ud. <strong>m</strong>i antepasado hab�a jugado desde el principio demasiado fuerte, y comido m�s de lo que su est�mago de entonces pod�a digerir. <strong>v</strong>acilaba su estrella. <strong>n</strong>o s� si como astuta t�ctica o como recurso extremo, decidi� hacerse vasallo de <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>ud, cuyo platillo pesaba m�s en la balanza andaluza del momento; a cambio recibi� el reino de <strong>j</strong>a�n, con <strong>a</strong>rjona y <strong>p</strong>orcuna. (<strong>p</strong>orcuna, donde esto escribo. <strong>n</strong>o quisiera pensar que, all� donde empez� a reinar por derecho propio la <strong>d</strong>inast�a -el que la fund� se acababa de reducir a sus primeros l�mites despu�s de un modesto viaje de ida y vuelta-, all� mismo concluya.</p><p><strong>o</strong>jal� <strong>p</strong>orcuna y su fortaleza sean, como en aquella ocasi�n, s�lo una posada de paso para m� y lo que represento. <strong>p</strong>or lo pronto, dos siglos y medio despu�s, estoy preso en el castillo que restaur� mi antepasado. �<strong>s</strong>ic transit gloria mundi�, dijeron los latinos. <strong>l</strong>os tiempos cambian, se nublan, corretean -o cambiamos nosotros, y el tiempo nos mira inm�vil transcurrir-, y cambian las ciudades de due�o y de destino, o nos parece a nosotros que cambian, porque nuestra vida es breve al lado de la suya. <strong>q</strong>u� relativo es todo: para la rosa, el jardinero que la cuida es eterno; para el jard�n, ef�mero.</p><p><strong>a</strong>unque quiz� el destino sea siempre el mismo: sentirse triste y solo un poco antes de morir. <strong>c</strong>on una diferencia entre el <strong>f</strong>undador y yo: que, mientras el primer <strong>m</strong>ohamed tomaba impulso para su salto, yo he aterrado el salto m�o aun antes de iniciarlo.) <strong>f</strong>ernando �el <strong>s</strong>anto� se lanz� a la conquista de <strong>c</strong>�rdoba. <strong>p</strong>ara ello sigui� dos sugerencias: la del camino de agua del <strong>g</strong>uadalquivir, y la de su impresi�n personal de que el r�o, si era prudente al tomarlo, le iba a llevar hasta su desembocadura. <strong>e</strong>l <strong>g</strong>uadalquivir no ha sido nunca una defensa, sino un cauce de comunicaci�n; no una barrera, sino un lazo. <strong>l</strong>o malo y lo bueno que ha visitado <strong>a</strong>ndaluc�a desde el <strong>n</strong>orte ha bajado por �l; pero no s� si ha sido peor o mejor que lo que le vino a <strong>a</strong>ndaluc�a desde el <strong>s</strong>ur. <strong>a</strong>hora he de decir algo que quiz� escandalice; es mejor decirlo en dos palabras: el <strong>f</strong>undador de mi <strong>d</strong>inast�a ayud� a <strong>f</strong>ernando <strong>III</strong> en la conquista de <strong>c</strong>�rdoba. <strong>n</strong>uestras cr�nicas, por supuesto, se abstienen de mencionarlo; quiz� no por verg�enza, que es un sentimiento desconocido en la pol�tica, sino sencillamente porque nada supieron. <strong>e</strong>l pacto se llev� muy en secreto, en previsi�n de alteraciones y posteriores conveniencias; pero yo, que he trabajado con algunos secretarios en los archivos de la <strong>a</strong>lhambra, como premio a mi afici�n y a mi escrutinio, he encontrado la copia de unas paces en que, tras la ca�da de <strong>c</strong>�rdoba, el <strong>f</strong>undador de la <strong>d</strong>inast�a se al�a con el rey cristiano frente a los musulmanes. <strong>e</strong>l texto, que en un principio me pareci� un error de copia, deja traslucir una misteriosa alusi�n a otras alianzas anteriores. <strong>l</strong>os musulmanes contra los que se firma ese pacto son, por descontado, los de <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>ud, que continuaba malcontentando a todos y perdiendo terreno. <strong>n</strong>o puede discutirse -ya es demasiado tarde- que el fin justificaba entonces -�y ahora no?- cualquier medio. <strong>y</strong> yo he de reconocer algo que se desprende de cuanto leo en estos d�as: nuestro pueblo -y hasta es probable que tenga la raz�n- no es muy propenso a heroicidades; aspira a vivir en cada instante lo mejor posible, se dirige a quien para tal fin le sirva, y olvida con facilidad. <strong>q</strong>uiz� la sensatez sea poco m�s que eso.</p><p><strong>c</strong>on todos estos h�biles manejos, perdiendo por un lado y ganando por otro, el <strong>f</strong>undador se asegur� en <strong>g</strong>ranada un f�rtil apoyo, y <strong>j</strong>a�n se le entreg� de grado nuevamente. <strong>s</strong>u car�cter se suavizaba por una vida familiar amable, y enamor� a los andaluces orientales con su bandera roja. <strong>e</strong>n <strong>a</strong>lmer�a, en una conjura a la que yo no podr�a afirmar que era ajeno mi antepasado, muri� asesinado <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>ud. <strong>p</strong>or si era poco, lo asesin� un cliente suyo, de cuyo nombre quiero dejar constancia aqu� como recordatorio de la traici�n, que es poco singular entre nosotros y que es plural al lado de los grandes: <strong>i</strong>bn al <strong>r</strong>amimi se llam� esta vez el traidor. <strong>d</strong>esde hac�a tiempo, el <strong>f</strong>undador era due�o de <strong>b</strong>aza y de <strong>g</strong>uadix; ahora se hizo con <strong>a</strong>lmer�a, la antigua y prestigiosa capital de los beni sumad�, tan rica y codiciada, artesanal y marinera, en cuya alcazaba, si es que salgo de aqu�, tendr� que ser tambi�n un d�a proclamado. <strong>y</strong><strong>m</strong>�laga, agotada por las veleidades y deseosa de estabilidad, se le ofreci� en seguida. <strong>e</strong>l <strong>r</strong>eino, pues, iba alcanzando unas fronteras no muy diferentes de las que luego tuvo, y algo m�s dilatadas que las de hoy.</p><p><strong>m</strong>ientras, los cristianos se aclaraban tambi�n; ni nuestra <strong>h</strong>istoria tiene sentido separada de la de ellos, ni es s�lo entre los andaluces donde ocurren las decepciones y los cr�menes. <strong>j</strong>aime <strong>i</strong> el de <strong>a</strong>rag�n y <strong>f</strong>ernando <strong>III</strong> el de <strong>c</strong>astilla eran los que se repart�an la <strong>c</strong>ristiandad: poco m�s o menos como nos hab�a sucedido a nosotros con nuestros dos campeones. <strong>v</strong>alencia, con <strong>p</strong>e��scola y <strong>j</strong>�tiva y <strong>a</strong>lcira, la conquist� el aragon�s; <strong>m</strong>urcia estaba a�n gobernada por el hijo de <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>ud; un sevillano fugitivo de los almohades, <strong>i</strong>bn <strong>m</strong>afuz, se apoder� de <strong>n</strong>iebla; <strong>j</strong>erez constitu�a un peque�o reino, el de <strong>a</strong>bu <strong>h</strong>alid� <strong>a</strong>s� las cosas, los castellanos sintieron por primera vez la pasi�n por <strong>g</strong>ranada: una pasi�n devastadora y prolongada hasta hoy. <strong>p</strong>ara conseguir su amor, aspiraron antes al de <strong>j</strong>a�n. <strong>p</strong>revi�ndolo, con un golpe de sorpresa, puesto que estaban distra�dos en escaramuzas por <strong>m</strong>urcia, <strong>m</strong>ohamed <strong>i</strong> los atac� en <strong>a</strong>nd�jar y en <strong>m</strong>artos. <strong>a</strong>ll� derrot� al infante <strong>r</strong>odrigo, hermano del rey de <strong>c</strong>astilla. <strong>p</strong>ero, recuperados, respondieron con violencia, y <strong>n</strong>u�o <strong>g</strong>onz�lez, que luego hab�a de ser muy amigo nuestro, cerc� y, en menos de dos meses, nos arrebat� <strong>a</strong>rjona.</p><p><strong>p</strong>recisamente <strong>a</strong>rjona, la cuna de esa <strong>d</strong>inast�a, que, como un ni�o, apenas empezaba a soltarse de los brazos maternos. <strong>y</strong>, por si fuese escasa tal respuesta, el rey <strong>f</strong>ernando resolvi� vengarse sobre <strong>j</strong>a�n. <strong>e</strong>l <strong>f</strong>undador la defend�a.</p><p><strong>l</strong>a cerc� el castellano por hambre; cort� los pasos que la unen a la <strong>v</strong>ega de <strong>g</strong>ranada, y se sent� a esperar rezando. <strong>d</strong>urante siete meses resisti� el <strong>f</strong>undador; luego, temeroso de las fieras condiciones que se le hab�an impuesto a <strong>m</strong>urcia, se rindi�. <strong>e</strong>s preciso decir, en su descargo, que tambi�n desde dentro fue traicionado: los cristianos, instruidos por sus esp�as, atraparon m�s de mil quinientas ac�milas con provisiones, lo que imposibilit� la resistencia. <strong>q</strong>u� f�cil ha sido, en la tortuosa <strong>h</strong>istoria de la <strong>d</strong>inast�a, comprar ayudas con dinero: comparados los amigos y los enemigos, siempre han sido m�s constantes los segundos.</p><p><strong>l</strong>a paz se concluy� por veinte a�os; pero las condiciones del piadoso rey �<strong>s</strong>anto� fueron tan despiadadas que ning�n documento que yo haya visto las transcribe.</p><p><strong>a</strong>caso tampoco era discreto transcribirlas, a juicio de quienes las firmaban: los documentos se hacen para mejor exigir su cumplimiento, y hay ocasiones en que, aun antes de firmarlos, se tiene la intenci�n de no cumplirlos. <strong>e</strong>n marzo de 1246 entraron entre c�nticos los cristianos en <strong>j</strong>a�n. <strong>u</strong>n mediod�a se pronunci� en su mezquita la �ltima oraci�n; por la tarde se hab�a convertido en catedral. <strong>c</strong>on <strong>j</strong>a�n, otra ciudad inexpugnable fue expugnada: eso acaece en cuanto los atacantes son suficientemente poderosos en n�mero y en armas para derrocar un mito. <strong>e</strong>n vista de qui�n lo conquist�, la zona de <strong>j</strong>a�n cambi� de nombre: se llam� el <strong>s</strong>anto <strong>r</strong>eino.</p><p><strong>e</strong>sta desgracia no hizo sino ratificar lo que ya estaba escrito.</p><p><strong>d</strong>espu�s de la batalla de las <strong>n</strong>avas de <strong>t</strong>olosa, en 1212, los goznes de las puertas de <strong>a</strong>ndaluc�a rechinaron y crujieron para empezar a abrirse. <strong>e</strong>l reino musulm�n que subsist�a -<strong>g</strong>ranada- s�lo podr�a seguir subsistiendo si pronunciaba su propia sentencia de muerte: el vasallaje. <strong>n</strong>ada ten�a remedio, y todos lo sab�amos. <strong>a</strong>ntes o despu�s, fat�dicamente nos esperaba el hundimiento. <strong>v</strong>iv�amos de prestado, con un alquiler demasiado alto para nuestros bolsillos, y cuanto hici�ramos ser�a porque se nos consistiera. <strong>s</strong>i un d�a los cristianos se pon�an de acuerdo -y temo que ese d�a ha llegado por lo que o� en <strong>l</strong>ucena al capit�n don <strong>g</strong>onzalo <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba- no nos quedar�a otro recurso que hacer el equipaje. <strong>�</strong>ramos los tolerados, y la tolerancia, con altibajos y guerras menudas, fue el signo que marc� la <strong>d</strong>inast�a. <strong>m</strong>�s a�n, los cristianos permitieron que creciera por la comodidad de tener un �nico enemigo que se ocupase de acabar con los dem�s. <strong>a</strong>hora, y s�lo ahora, es cuando va a darse la batalla verdadera; ahora y s�lo ahora, cuando los reyes de la <strong>c</strong>ristiandad, unidos no s�lo por alianzas sino por matrimonio, se van a presentar delante de <strong>g</strong>ranada diciendo: �<strong>v</strong>engo aqu� por lo m�o.� �<strong>y</strong> qu� contestar� quien represente entonces el papel de <strong>s</strong>e�or de la <strong>a</strong>lhambra? �<strong>c</strong>reer� que es algo m�s que un papel? �<strong>s</strong>er� al �ltimo precisamente al primero que se le obligue a tomarse en serio el personaje; al primero que se le obligue a luchar hasta la muerte, de �l y del <strong>r</strong>eino, por aquello por lo que sus antecesores dieron s�lo una renta?</p><p><strong>l</strong>a prueba de lo que digo es que ya entonces, en los primeros tiempos de la <strong>d</strong>inast�a, como se act�a en un coto de caza, <strong>j</strong>aime <strong>i</strong> y su yerno <strong>a</strong>lfonso <strong>x</strong>, el hijo de �el <strong>s</strong>anto�, se repartieron lo que llaman �la reconquista�. <strong>p</strong>ara ellos fue un asunto de familia; trazaron una raya en el reino de <strong>m</strong>urcia, desde <strong>j</strong>�tiva a <strong>e</strong>nguera, y se distribuyeron los vedados.</p><p><strong>d</strong>esde esa hora, nos han permitido luchar como si fu�semos los verdaderos propietarios del <strong>r</strong>eino; ellos, de cuando en cuando, han bajado a ensanchar sus territorios, a fortalecerse con nuestro dinero, a educar a sus hijos, a refinarse con nuestras costumbres. <strong>n</strong>os han dejado cultivarles la tierra, y pagarles los tributos con lo que obten�amos. <strong>n</strong>os han dejado mentirnos y so�ar. <strong>p</strong>ero est�bamos en precario, y un due�o m�s osado o menos comprensivo nos pondr�a los muebles en lo ancho de la calle.</p><p><strong>y</strong>a se han divertido lo suficiente con nosotros; ya han cazado y corrido bastante; ya est�n hartos de cazar y correr; ya han cambiado de tono. <strong>q</strong>uiz� todo esto se ve s�lo desde el lado de ac�, desde esta perspectiva que da el lent�simo paso de los siglos; pero, aunque d�a a d�a se hubiese visto como yo hoy lo veo, �qu� puede hacer un pueblo sino seguir de pie, sino intentar seguir de pie mientras dure la vida?</p><empty-line/><p><strong>m</strong>ohamed �el <strong>f</strong>undador� entr� en <strong>g</strong>ranada. <strong>l</strong>a hizo su capital.</p><p><strong>q</strong>uiso ordenar el <strong>r</strong>eino. <strong>s</strong>ab�a que eso es una lenta tarea. <strong>y</strong>o tambi�n lo s� ahora: un campo se conquista en una sola ma�ana de suerte; luego hay que sembrarlo y aguardar la cosecha contando con el sol y con la lluvia, y con las heladas y el pedrisco y los incendios y las inundaciones. <strong>e</strong>l primer <strong>m</strong>ohamed, para ello, necesit� tranquilidad y paz, y tuvo que pagarlas; necesit� mucho obediencia, y tuvo que imponerla. <strong>p</strong>or fortuna los escarmientos le formaron un pueblo dispuesto a obedecer. <strong>s</strong>upo emplear la amenaza cristiana como arma: no era inventada, pero �l la emple� bien. <strong>i</strong>nstaur� con rigor el orden p�blico, que despu�s de las guerras queda tan malparado. <strong>a</strong>cogi� a los exiliados de las ciudades vencidas: abri� las puertas de <strong>g</strong>ranada y los instal� en el <strong>a</strong>lbayz�n para tenerlos enfrente de la <strong>s</strong>abica, bien visibles y bien vigilados, porque multiplicaban los brazos de su pueblo, pero tambi�n el avispero. <strong>v</strong>en�an a bandadas de <strong>m</strong>urcia y de <strong>v</strong>alencia; lloraban por sus vidas perdidas y anhelaban reconstruirlas. <strong>s</strong>ol�a ser gente trabajadora -m�s que la granadina-, que se arrobaba ante la belleza de su nueva ciudad. [<strong>y</strong>o he visto llegar despu�s a muchos como ellos: con toscos almazares secan sus l�grimas; en una cesta al brazo acarrean sus recuerdos, y en un burrito, sus mujeres mezcladas con aperos, y, tras �l, una recua de hijos silenciosos. <strong>l</strong>os vencidos, sean del bando que sean, tienen siempre los mismos ojos h�medos.] �<strong>e</strong>l <strong>f</strong>undador� fue, sobre todo, riguroso en el cobro de impuestos.</p><p><strong>e</strong>llos y los botines eran su �nica fuente de ingresos: no pod�a descuidarlos. <strong>e</strong>xig�a su pago a los ciudadanos como el precio de la seguridad que les vend�a: una inamovible condici�n para ser defendidos. <strong>p</strong>ara recuperar los impuestos impagados correspondientes a plazos anteriores, detuvo y tortur� a los recaudadores hasta que confesaron nombres, c�mplices y escri�os; el recaudador mayor de <strong>a</strong>lmer�a, por ejemplo, <strong>a</strong>bu <strong>m</strong>ohamed <strong>i</strong>bn <strong>a</strong>r�s, muri� a consecuencia de esas torturas. <strong>l</strong>a decisi�n tomada era irrevocable: administrar su <strong>r</strong>eino minuciosa y f�rreamente, como quien administra una finca privada: con el mismo derecho absoluto y el mismo amor tambi�n e id�ntica responsabilidad. <strong>u</strong>n mediod�a subi� hasta la fortaleza de los reyes zir�es, los que hab�an terminado de tan mala manera: aquella fortaleza que construy� el jud�o del que me habl� el m�dico <strong>i</strong>brahim. <strong>s</strong>ubi� hasta ella, y dijo: �<strong>�</strong>sta ser� mi casa.� <strong>a</strong> la espera de d�as mejores, durmi� en una tosca tarima en lo que hoy es <strong>t</strong>orre del <strong>h</strong>omenaje. (<strong>i</strong>gual que yo en <strong>l</strong>ucena y en <strong>p</strong>orcuna, pero �l all� era el rey.) <strong>e</strong>ntre sus blancas y severas b�vedas, bajo sus c�pulas primitivas, aliment� su destino, y se aliment� con su pasi�n de mando, tan poco nutritiva para quien no la siente. <strong>f</strong>ue construyendo el <strong>r</strong>eino en torno suyo, a su medida, como quien se hace un traje. <strong>y</strong>, en cuanto al exterior, para precaverse contra su propio soberano -el de <strong>c</strong>astilla, al que naturalmente odiaba-, con la remota expectativa de sacud�rselo a la primera oportunidad, se inclin� hacia sus hermanos musulmanes del <strong>m</strong>agreb. <strong>e</strong>s decir, puso la fe por encima de la vecindad; crey� en la religi�n, pero sin fanatismo, salvo que el fanatismo le beneficiara; la entendi� y la us� como algo pertinente y razonable, de lo que se ha de echar mano cuando conviene.</p><p><strong>p</strong>orque la religi�n, si no es un oficio amoroso interior, es un flameante espejismo, una llamada de socorro, o un grito de guerra: como tal ha sido utilizada, lo es y lo ser� por todos los pol�ticos.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l rey <strong>f</strong>ernando <strong>III</strong> puso su siguiente blanco en <strong>s</strong>evilla; asediarla y penetrarla requiri� sus fuerzas �ntegras; se le aproxim� por tierra y por agua; hasta el almirante vasco <strong>b</strong>onifaz baj� del <strong>n</strong>orte. <strong>e</strong>ra un bocado que merec�a la pena. �<strong>e</strong>l <strong>f</strong>undador� <strong>m</strong>ohamed formaba entonces parte de las �fuerzas �ntegras� del �<strong>s</strong>anto�: lo ayud� en la conquista de <strong>s</strong>evilla.</p><p><strong>l</strong>a religi�n, por consiguiente, en este caso, pas� a segundo plano: hab�a otras presiones m�s urgentes.</p><p><strong>e</strong>n otro <strong>r</strong>amad�n (se conoce que los cristianos son dados a aprovecharse de nuestros ayunos), tras seis meses de sitio -para ellos era diciembre de 1248- se rindi� la ciudad de la <strong>g</strong>iralda. <strong>c</strong>uando �el <strong>f</strong>undador� volvi� a <strong>g</strong>ranada, lo aclamaron sus ciudadanos: ��<strong>v</strong>encedor! �<strong>v</strong>encedor!�; pero �l, sabiendo muy bien lo que dec�a, contest� una vez y otra: �<strong>n</strong>o hay m�s vencedor que <strong>d</strong>ios.� <strong>y</strong> ese resumen de un pecado fue en adelante el lema de nuestra <strong>d</strong>inast�a.</p><p><strong>p</strong>ero, receloso del poder de <strong>c</strong>astilla, �el <strong>f</strong>undador� situ� otra vez la religi�n en primer plano: se oblig� con un pleito homenaje al califa de <strong>b</strong>agdad; sumisi�n por sumisi�n, eligi� someterse al grande m�s lejano. <strong>s</strong>in embargo, la relaci�n no dur� mucho: en cuanto vio que los almohades recuperaban su firmeza en el <strong>n</strong>orte de <strong>�</strong>frica, volvi� a ellos sus ojos y sus homenajes; se uni� al sult�n de <strong>m</strong>arraquech, <strong>a</strong>l <strong>r</strong>achid. pero se le muri� en seguida, y no dud� un momento en dirigirse hacia los emires de <strong>b</strong>erber�a y <strong>t</strong>�nez, que eran los enemigos de <strong>a</strong>l <strong>r</strong>achid.</p><p><strong>l</strong>as cosas como son: para los d�biles, y aun para los que comienzan a dejar de serlo, los gestos de sometimiento son los m�s eficaces; y a la eficacia, no a las haza�as ni a la epopeya, es a lo que han de aspirar. <strong>p</strong>ara ser cabeza de rat�n es bueno practicar siendo primero cola de le�n, y tener una idea exacta de la propia val�a: m�s exacta aqu�lla cuanto �sta m�s peque�a.</p><p><strong>c</strong>omo era de prever, aquellos veinte a�os de tregua de <strong>j</strong>a�n no llegaron al cabo. <strong>i</strong>ncluso duraron demasiado: lo que tard� �el <strong>f</strong>undador� en pisar firme dentro de <strong>g</strong>ranada y o�r el eco de sus pasos.</p><p><strong>a</strong> los dieciocho a�os se reanudaron las hostilidades. <strong>u</strong>nos testimonios aseguran que fue por el apoyo que prest� �el <strong>f</strong>undador� a los mud�jares sevillanos que pretendieron asesinar a <strong>a</strong>lfonso <strong>x</strong>; otros testimonios, que fue por una emboscada tendida por los cristianos para asesinar a <strong>m</strong>ohamed <strong>i</strong>. <strong>c</strong>uando la sangre hierve y los contendientes se estiman preparados, cualquier pretexto es bueno. <strong>y</strong>o creo que todos los testimonios tienen aqu� raz�n: la ruptura se produjo por ambas causas, si bien ignoro cu�l de las dos se realiz� antes, o si las dos se simultanearon. <strong>e</strong>l caso es que mi antepasado interpuso otra vez la religi�n: solicit� socorro a los marin�es de <strong>m</strong>arruecos, que hab�an sustituido definitivamente a los almohades; ellos le enviaron los primeros <strong>v</strong>oluntarios de la <strong>f</strong>e; se hizo una guerra santa. <strong>e</strong>n el nombre de <strong>d</strong>ios fueron protegidos -y, por supuesto, alborotados antes- los mud�jares de <strong>j</strong>erez y de <strong>m</strong>urcia, que se hallaban en las �ltimas. <strong>l</strong>os a�os de relativa paz hab�an reforzado a <strong>m</strong>ohamed: �l era ahora en exclusiva el emir <strong>r</strong>equerido. <strong>u</strong>trera y <strong>l</strong>ebrija, a ejemplo de los otros y por las ingerencias del emir, tambi�n se sublevaron contra los cristianos.</p><p><strong>a</strong>ndaluc�a ech� a arder igual que una almenara; el <strong>f</strong>undador, robustecido y h�bil, fue quien prendi� la mecha. <strong>n</strong>umerosos pueblos de la frontera se colocaron bajo su custodia. <strong>l</strong>a <strong>g</strong>ranada se redondeaba grano a grano.</p><p><strong>p</strong>or poco tiempo. <strong>s</strong>uegro y yerno cristianos sitiaron y redujeron a <strong>m</strong>urcia; la redujeron en todos los sentidos, en los peores sentidos. <strong>y</strong><strong>a</strong>lfonso <strong>x</strong> os� atacar <strong>g</strong>ranada. <strong>s</strong>in �xito, pero lo os�, y fue bastante; en <strong>j</strong>erez y en <strong>m</strong>edina <strong>s</strong>idonia s� tuvo �xito. <strong>l</strong>a <strong>g</strong>ranada, antes de granar del todo, empez� a desgranarse y a ce�irse a sus l�gicos l�mites. <strong>p</strong>orque, adem�s, a <strong>m</strong>ohamed, que en otras circunstancias habr�a reaccionado de modo m�s tajante, se le plante� un grav�simo problema; tanto, que afectaba a la misma existencia y continuidad de la <strong>d</strong>inast�a. <strong>m</strong>ohamed hab�a inaugurado el negocio de la pol�tica en <strong>a</strong>rjona con un cu�ado suyo, al que ofreci� promesas y ventajas. <strong>l</strong>os descendientes de su cu�ado, los <strong>b</strong>eni <strong>a</strong>squilula, ten�an mejor memoria que <strong>m</strong>ohamed.</p><p><strong>c</strong>uando tom� el acuerdo -consigo mismo, como de costumbre- de nombrar sucesores suyos a sus propios hijos, y cuando cas� a una hija con un sobrino no <strong>a</strong>squilula, sino hijo de su hermano <strong>i</strong>smail, que fue en vida gobernador de <strong>m</strong>�laga, los <strong>b</strong>eni <strong>a</strong>squilula, no sin cierta raz�n, opinaron que esa ciudad, que estaba en su poder, les iba a ser arrebatada. <strong>s</strong>in m�s demora, se hicieron vasallos directos del rey de <strong>c</strong>astilla, y se fortificaron en <strong>m</strong>�laga. <strong>e</strong>l rey <strong>a</strong>lfonso se sinti� encantado de utilizar la vieja t�ctica cristiana del �divide y vencer�s�. <strong>y</strong>o reconozco que cualquier arma, por muy sucia que sea, puede ser empleada por cualquiera: mis antepasados tampoco tuvieron, en ese sentido, ninguna preferencia.</p><p><strong>l</strong>a pr�ctica de sembrar la discordia ha sido, contra nosotros, el arma m�s asequible y la m�s fruct�fera: una vez puesta en nuestras manos, nosotros mismos nos encargamos de que nos haga el mayor da�o. <strong>p</strong>ero es cierto tambi�n que los andaluces s�lo hemos dejado de utilizarla contra los cristianos cuando no hemos tenido absolutamente ninguna posibilidad de hacerlo.</p><p><strong>e</strong>n el caso de los <strong>b</strong>eni <strong>a</strong>squilula s� la tuvimos. <strong>e</strong>l hijo mayor de <strong>m</strong>ohamed <strong>i</strong>, el que le suceder�a, consigui� separar a sus primos y a <strong>a</strong>lfonso <strong>x</strong>; firm� una paz con �ste en <strong>a</strong>lcal� de <strong>b</strong>enzaide [ahora se llama <strong>a</strong>lcal� la <strong>r</strong>eal]. <strong>f</strong>ue una paz muy cara: doscientos mil maraved�es por a�o, la renuncia a <strong>j</strong>erez y a <strong>m</strong>urcia (�sta y <strong>s</strong>evilla eran los ojos del rey), y el plazo de un a�o para que los <strong>a</strong>squilula se subordinasen. <strong>u</strong>na paz cara, pero ventajosa siempre que sus condiciones se cumplieran.</p><p><strong>s</strong>in embargo, la �ltima, que era para lo que se hac�a, no se cumpli�. <strong>a</strong>lfonso, muy poco dado a guardar su palabra, escrita o no, se encogi� de hombros: seg�n �l se trataba de asuntos familiares.</p><p><strong>p</strong>ero se encogi� de hombros justo hasta que estuvieron a punto de encogerle la cabeza los <strong>r</strong>icos <strong>h</strong>ombres de <strong>c</strong>astilla, que estaban hartos de sus prepotencias. (<strong>e</strong>st� claro que en todas partes cuecen habas.) <strong>l</strong>os capitaneaba aquel <strong>n</strong>u�o <strong>g</strong>onz�lez de <strong>l</strong>ara, antes tan opuesto a nosotros; ahora proporcion� ayuda a <strong>m</strong>ohamed contra los <strong>a</strong>squilula; no obstante, su ayuda result� in�til. <strong>p</strong>or eso, <strong>m</strong>ohamed, medroso de las represalias de <strong>c</strong>astilla por aliarse con los rebeldes, eligi� pactar con los <strong>a</strong>squilula boca a boca; un marroqu�, de esos devotos que se dedican a la guerra santa con mejor o peor fe, <strong>a</strong>l <strong>t</strong>ahurti, fue el intermediario. <strong>d</strong>e nuevo conven�a recurrir a la religi�n, poner los ojos en blanco, elevar el coraz�n y el brazo al <strong>d</strong>ios com�n, y firmar el acuerdo entre parabienes y azoras. <strong>y</strong> nada m�s llegar a ese pacto, que pacificaba de momento a los <strong>a</strong>squilula, <strong>m</strong>ohamed <strong>i</strong> ech� mano -esta vez s� taxativamente- de la religi�n, si es que la religi�n nos sobrevive y no es s�lo cosa de este mundo; ech� mano del cielo por no saber echar pie a tierra desde el caballo que lo llevaba a una algara de castigo muy cerca de <strong>g</strong>ranada. <strong>e</strong>l caballo era un purarraza, nervioso y negro como el cuervo; se desboc�; el emir, que montaba como nadie en el mundo, no acert� a desmontar. <strong>m</strong>uri� despu�s de la oraci�n del mediod�a, el 12 de febrero de 1273, con m�s de setenta a�os. <strong>e</strong>l <strong>r</strong>eino, entre tiras y aflojas, hab�a sido fundado. <strong>d</strong>ice <strong>i</strong>bn <strong>j</strong>ald�n que ocupaba desde <strong>r</strong>onda hasta <strong>e</strong>lvira, con una extensi�n de diez jornadas de marcha de <strong>e</strong>ste a <strong>o</strong>este, y con una anchura de dos jornadas del mar al <strong>n</strong>orte�</p><empty-line/><p><strong>e</strong>mple� muchas horas -tardes y ma�anas enteras- en redactar la <strong>h</strong>istoria de la <strong>d</strong>inast�a. <strong>c</strong>onsult� con meticulosidad los documentos enviados desde <strong>g</strong>ranada; confront� unos con otros; agregu� lo que en mi adolescencia hab�a escuchado, lo que mi raz�n me suger�a y lo que mi corta experiencia me apuntaba; pregunt� incluso al alcaide, bastante versado en los dos siglos �ltimos, a pesar de que tiende, como cada cristiano, a erigirse en su eje. <strong>l</strong>legu� a so�ar, tan embebido estaba, con los <strong>m</strong>ohamed, los <strong>y</strong>usuf y los ismail que me antecedieron. <strong>a</strong> veces con tal intensidad me puse en su lugar que consegu� explicar sus reacciones m�s inexplicables para los cronistas: algunos de ellos supieron esperar tanto que los resultados de alg�n acto, en apariencia il�gico, no se produjeron hasta a�os m�s tarde, acaso cuando ellos no estaban ya en el trono. <strong>e</strong>l trabajo ocup� muchos de los queridos papeles carmes�es, que son aqu� una fr�gil presencia de la <strong>a</strong>lhambra�</p><p><strong>l</strong>os he quemado hoy. <strong>s</strong>obre las brasas lanzaban llamaradas azules.</p><p><strong>m</strong>e ha parecido que con ellos quemaba muchas cosas, y, vi�ndolos arder, ni a m� mismo hubiese podido decirme si sent�a satisfacci�n o pesadumbre. <strong>a</strong>ntes de empezar a escribirlos, yo reflexionaba:</p><p>��<strong>q</strong>ui�n avala a los cronistas?</p><p><strong>u</strong>no de ellos quiz� eligi�, hace mucho, un chivo emisario a quien cargar de culpas, y los dem�s se transmiten el error de uno en otro como quien transmite una herencia opulenta. <strong>l</strong>a <strong>h</strong>istoria lo acepta casi siempre, porque es lo m�s sencillo no contradecirse y no alterar el desordenado orden que alguien estableci�, muy probablemente para zafarse de una acusaci�n o aumentar su provecho.� <strong>p</strong>ero despu�s de concluir mi relato, al releer lo escrito, comprend� que yo me hab�a convertido en un cronista m�s, en uno que delata para liberarse de una recriminaci�n o compartirla, y que se me habr�a podido hacer id�nticos reproches que a los otros.</p><p><strong>l</strong>a historia que contaba -nuestra y de los cristianos- es un c�mulo demasiado grande de traiciones, de deslealtades, de abusos de confianza, de palabras quebradas, que todos sus personajes ya infieren ya padecen; una mon�tona sarta de guerras interrumpida apenas por una mon�tona sarta de paces, indecisas las unas y las otras como jugadas de una extra�a partida cuyo final se hubiese convenido aplazar de antemano� �<strong>q</strong>u� iban a aprender mis hijos de semejante atestado? �<strong>p</strong>ara qu� describir los caracteres y los reinados de los ef�meros sultanes, que no duraron sino pocos d�as; ni los de aquellos que, por el contrario, volvieron a reinar, despu�s de destronados, dos y hasta cuatro veces? �<strong>p</strong>ara qu� insistir en el insensato ejercicio veraniego que cada a�o nos mov�a, a los cristianos y a los andaluces, a conquistar o perder o recuperar o volver a perder aldeas, puertos, torres y ciudades? �<strong>i</strong>ntroduc�a yo alg�n elemento, sacaba yo alguna conclusi�n que de veras cambiara el curso de los sucesos, o que los blanqueara y los santificara? <strong>e</strong>l recurso de las guerras santas, a que tan aficionados hemos sido los del <strong>n</strong>orte y los del <strong>s</strong>ur de esta <strong>p</strong>en�nsula, �fue algo m�s que una desesperada b�squeda de alianzas?</p><p><strong>m</strong>is antecesores, todos -eso quedaba claro-, supieron que de <strong>�</strong>frica nunca cruz� nada a <strong>a</strong>ndaluc�a que le trajera buenas consecuencias: �qui�n design� jam�s a un lobo custodio de un reba�o? <strong>s</strong>iempre que recurrieron al <strong>m</strong>agreb, revivieron antes o despu�s el pavor de los dos errores hist�ricos -la petici�n de auxilio a los almor�vides y luego a los almohades- en que los andaluces fuimos por lana y volvimos trasquilados. (<strong>s</strong>in embargo me divirti� distinguir, caso por caso, cu�ndo el sult�n de turno se asust�, como el ni�o que primero invoca al fantasma y despu�s grita, o hizo ver que se asustaba, como quien bebe vino para excusar lo que sabe que har� una vez beodo.) <strong>d</strong>e este lado del <strong>e</strong>strecho se hallaron a lo largo de los siglos, y a�n se hallan, nuestro coraz�n y nuestra fuerza. <strong>d</strong>e ah� -y esto no es f�cil reconocerlo, y a�n menos confesarlo ahora- que sea mayor nuestra afinidad con los cristianos de la <strong>p</strong>en�nsula que con los musulmanes africanos: la convivencia, a�n la m�s agria y violenta, siempre da un aire de familia.</p><p><strong>e</strong>n pro de esta opini�n, he comprobado como arriba y abajo de la oscilante frontera, en toda la duraci�n de la <strong>d</strong>inast�a, se reflejaron los mismos avatares igual que en un espejo. <strong>s</strong>i entraban los cristianos en �pocas desmayadas, tambi�n nosotros; si en disidencias internas, nosotros tambi�n. <strong>c</strong>uando, a principios de este infausto siglo, los castellanos se aferraron a la guerra como a un ideal caballeresco, nos equiparamos a ellos con la confirmaci�n, paralela y vistosa, de la familia de los abencerrajes. (<strong>d</strong>urante los �ltimos reinados, �stos han sido un puente entre <strong>c</strong>astilla, con quien mantuvieron y mantienen relaciones al margen de la oficialidad, y nosotros; de ah� su habilidad para sacarse de la manga, cuando nadie lo espera, un aspirante al trono cuya educaci�n es mucho m�s castellana que andaluza.) �<strong>n</strong>o han proliferado, en <strong>g</strong>ranada como en <strong>c</strong>astilla, durante la paz, las sublevaciones y los descontentos, hasta el extremo de hacernos a�orar las �pocas de guerra? <strong>y</strong>, cuando entre nosotros no ha sido necesaria la muerte para mudar de sult�n (no hablo de la natural, por descontado, aunque la provocada lleg� a ser entre nosotros la verdaderamente natural), es porque nuestra organizaci�n religiosa y social y familiar es menos apretada y coherente que la de ellos, y nuestras formas de sucesi�n m�s arbitrarias. <strong>p</strong>or eso a los reyes castellanos, que se suceden con estricta rigidez, les trae sin cuidado qui�n sea el sult�n de <strong>g</strong>ranada: ellos aspiran s�lo a que nadie lo sea de modo inamovible, para, a trav�s de familiares ambiciosos, alimentar desavenencias y urdir suplantaciones.</p><p><strong>p</strong>ero mejor ser�a preguntarse si es que a los propios granadinos les import� qu� sult�n los gobernara.</p><p><strong>e</strong>ra bueno el que les otorgaba seguridad, aminoraba los impuestos y espaciaba las algaradas: m�s no quer�an saber. <strong>s</strong>alvo ciertos relumbros o ciertas rachas de suerte, mis predecesores se parecieron todos, y m�s desde m�s lejos.</p><p><strong>c</strong>uando, poco despu�s de que los cristianos entronizaran la rama bastarda de los <strong>t</strong>rastamara, el primer <strong>i</strong>smail inaugur� la segunda rama de nuestra <strong>d</strong>inast�a, �qu� fue lo nuevo? <strong>s</strong>e ha dicho -y ya es mucho decir- que a simple vista los sultanes de esa rama usaron un mayor rigor moral y religioso. <strong>m</strong>�s cierto es, sin embargo, que los sultanes nazar�es no �bamos a ser ya ni poetas ni astr�nomos: no nos quedar�a tiempo; tendr�amos que apoderarnos, a la cabeza de las tropas, de fortalezas y ciudades.</p><p><strong>p</strong>ero, excepto para los reyes, �fue sustancial tal cambio? <strong>a</strong> pesar de lo que se ha escrito, �no continuaron siendo los pilares del <strong>r</strong>eino la unicidad de <strong>d</strong>ios y la espada de <strong>d</strong>ios, al menos de palabra? �<strong>n</strong>o persistieron las dos constantes de esta contienda interminable: la pugna por el <strong>e</strong>strecho, que puede favorecer o impedir los ambiguos socorros africanos, y que el �nico objeto de las treguas sea fortalecerse para las guerras pr�ximas y cambiar de aliados? <strong>l</strong>os sultanes de la segunda rama ejercieron, como <strong>d</strong>ios les dio a entender, su oficio: continuar la lucha invariablemente, legislar lo m�s �til sobre los jud�os, y procurar una mayor decencia en las costumbres: son los tres viejos anhelos de mis antepasados. <strong>n</strong>o obstante, creo que nada de lo antedicho caracteriza de veras a la segunda rama, sino la forma de morir sus sultanes: contra los de la primera se us� el agua o el veneno; a partir de <strong>i</strong>smail <strong>i</strong> ha habido s�lo sangre, mucha sangre, continua y ardientemente derramada, salpicando pavimentos y z�calos, a ser posible por mano de los m�s �ntimos miembros de la casa�</p><p>�<strong>c</strong>omo no alegrarme de que el fuego consumiera tan feroces evocaciones que s�lo la ferocidad de los cristianos -mayor a�n que la nuestra-, y su hambre, y su fingido y despreciable fanatismo, y su ansia de rapi�a, lograron empalidecer? <strong>d</strong>e los datos que aportaba yo en la <strong>h</strong>istoria se deduc�a que la heroicidad fue siempre menos productiva que los saqueos de pueblos y cosechas, que el rescate de los prisioneros, y que el comercio (que casi siempre permaneci� intangible, pues de �l se beneficiaba el enemigo tanto como nosotros). <strong>p</strong>orque, si lo que el enemigo llama reconquista fue una incansable continuidad de luchas religiosas -ni por su parte ni por la nuestra-, que se me vede a m� la entrada al <strong>p</strong>ara�so. <strong>b</strong>ien quemados est�n, pues, los papeles que tales pruebas aportaba.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy resumo a vuelapluma lo referente a los treinta �ltimos a�os de la <strong>d</strong>inast�a, que es lo que m�s me afecta.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>ludir� en primer lugar a un suceso significativo. <strong>e</strong>n 1452 mi abuelo materno <strong>m</strong>ohamed <strong>IX</strong> �el <strong>z</strong>urdo� mand� a <strong>a</strong>bdalbar, jefe de los mercenarios, al reino de <strong>m</strong>urcia con no m�s de doscientos caballeros y seiscientos infantes.</p><p><strong>t</strong>riunfaron en <strong>m</strong>urcia y <strong>o</strong>rihuela; pero a la vuelta, en <strong>l</strong>orca, tropezaron con <strong>p</strong>edro <strong>f</strong>ajardo, hijo del famoso <strong>y</strong>��ez, que los venci� en la batalla de los <strong>a</strong>lporchones.</p><p><strong>f</strong>ue una derrota sin pena ni gloria; pero los trovadores cristianos se la apropiaron y la exaltaron hasta la epopeya. <strong>e</strong>n esta �poca, que es ya la m�a, nadie como los poetas para inmortalizar bien una victoria bien una derrota: depende de lo que se les pague; o quiz� de algo m�s, no estoy seguro, aunque temo que tendr� ocasi�n de comprobarlo.</p><p><strong>j</strong>uan <strong>II</strong> otorg� a <strong>m</strong>ohamed una tregua de cinco a�os. <strong>p</strong>ero no los disfrut� quien los hab�a ganado a pulso: a principios del a�o 1454 muri� �el <strong>z</strong>urdo� de muerte natural: s�lo ella pod�a acabar con �l, tan contrastado en las resurrecciones, ya que fue destronado tres veces y entronizado cuatro. <strong>m</strong>ohamed <strong>xI</strong> �el <strong>c</strong>hiquito�, segundo marido de mi madre, sucedi� a su suegro. <strong>p</strong>ero los abencerrajes no lo quer�an; de nuevo opusieron otro candidato, educado tambi�n por destierro en la corte de <strong>j</strong>uan <strong>II</strong>.</p><p><strong>e</strong>ra <strong>a</strong>bu <strong>n</strong>azar <strong>s</strong>ad, pariente de <strong>y</strong>usuf <strong>i</strong>v, llamado <strong>s</strong>idi <strong>s</strong>ad, o <strong>c</strong>iriza, por los castellanos. <strong>e</strong>s decir, mi abuelo paterno.</p><p><strong>p</strong>ara entonces, <strong>�</strong>lvaro de <strong>l</strong>una ya hab�a sido ejecutado en <strong>v</strong>alladolid: no �ramos nosotros los �nicos que, desde lo m�s alto, ech�bamos a lo m�s bajo las cabezas.</p><p><strong>e</strong>l turno de la insensatamente llamada reconquista le correspond�a a <strong>e</strong>nrique <strong>i</strong>v. <strong>a</strong>ntes de que muriera su padre, <strong>j</strong>uan <strong>II</strong>, mi abuelo <strong>s</strong>ad le hab�a enviado emisarios solicit�ndole su intervenci�n en las peleas granadinas por el trono. <strong>a</strong>l frente de ellos, <strong>a</strong>bul <strong>h</strong>as�n <strong>a</strong>l�, mi padre, fue retenido en <strong>s</strong>egovia como reh�n no se sabe de qu�. <strong>l</strong>o acompa�aba una lucida escolta de ciento cuarenta caballeros y treinta infantes, a la que se agregaron por el camino otros adictos a mi abuelo: trescientos hombres en total, que fueron instalados en <strong>a</strong>r�valo, probablemente para impedir que defendieran los derechos de nadie.</p><p><strong>p</strong>orque, en la primavera de 1455, hubo en el <strong>r</strong>eino nazar� tres reyes compartiendo el poder (mi situaci�n, por tanto, no es nueva bajo el sol): el rey �<strong>c</strong>hiquito� (al que segu�an <strong>g</strong>ranada, <strong>m</strong>�laga, <strong>a</strong>lmer�a y <strong>g</strong>uadix); <strong>m</strong>ohamed �el <strong>c</strong>ojo� (que se negaba a retirarse, y ten�a <strong>i</strong>llora y <strong>m</strong>ocl�n con sus castillos, y tambi�n <strong>g</strong>ibraltar); y mi abuelo (que resid�a en <strong>a</strong>rchidona, gobernaba en <strong>r</strong>onda -cuya guarnici�n africana le era fiel-, y contaba en <strong>a</strong>lmer�a con algunos dignatarios). [<strong>m</strong>i madre fue esposa de dos de ellos y nuera del tercero.] <strong>u</strong>sufructuario del descabalo, <strong>e</strong>nrique <strong>i</strong>v se lanz� a la cruzada granadina.</p><p><strong>e</strong>n su primera entrada de cuatro d�as quem� las tierras de <strong>m</strong>ocl�n e <strong>i</strong>llora, y prohibi� la guerra de escaramuzas, porque, audaz y ostentosamente, para deslumbrar a sus cortesanos, quiso concentrarse en ataques a las fuerzas vitales. <strong>e</strong>n la segunda entrada, que dur� dos semanas, tal� <strong>a</strong>lora y <strong>a</strong>rchidona, en el camino hacia <strong>m</strong>�laga, donde resist�an <strong>a</strong>bdalbar y <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa; en sus alrededores se entrevist� con mi padre, con el que se entend�a bien, y se comprometi� a no robar cosechas ni asaltar las plazas favorables a mi abuelo. <strong>e</strong>n la tercera entrada abord� la <strong>v</strong>ega por <strong>a</strong>lcal� la <strong>r</strong>eal; durante tres semanas entreg� al pillaje las granjas y los pueblos de trayecto pero, en contra de lo que se hab�a propuesto al principio, se resisti� a comprometerse en una gran batalla.</p><p><strong>l</strong>a fogosa nobleza castellana murmur� y se quejaba, aunque yo creo que de dientes para fuera, frente a la nueva t�ctica de su rey, consistente en extenuarnos con acechanzas y agresiones menudas en una campa�a pertinaz y sin gloria. <strong>a</strong>l retirarse, dej� al gobernador de <strong>a</strong>lcal� la misi�n de firmar una tregua con <strong>m</strong>ohamed <strong>xI</strong> �el <strong>c</strong>hiquito�, representado por <strong>a</strong>bdalbar; las condiciones fueron tan onerosas y fuera de lugar que parec�an propuestas para publicarse en <strong>c</strong>astilla: reconocimiento de vasallaje a trav�s de pesados tributos, libertad de dos mil cristianos en cuatro a�os, cesi�n de lo conquistado desde la muerte de <strong>j</strong>uan <strong>II</strong>, y obligaci�n de un servicio militar a <strong>c</strong>astilla. <strong>a</strong>nte tal pol�tica de jactancia y bravuconer�a, las cosas se dejaron como estaban.</p><p><strong>m</strong>i abuelo entr� en <strong>g</strong>ranada secundado por los del interior de la ciudad; dentro ya, prosigui� las negociaciones con el mariscal <strong>d</strong>iego <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba, conde de <strong>c</strong>abra. [<strong>p</strong>adre del que luego se apropi� de las banderas en la batalla de <strong>l</strong>ucena.] <strong>e</strong>ra un buen amigo suyo y, en ocasiones, compa�ero de armas; el hecho era habitual todav�a en aquel momento, en el que se peleaba como una cansina costumbre secular, y en el que, como todo lo inevitable, el estado de guerra se hab�a incorporado a nosotros y a toda nuestra vida.</p><p><strong>p</strong>ero las tensiones de la situaci�n -m�s las interiores que las exteriores- preocupaban a mi abuelo <strong>s</strong>ad. <strong>u</strong>n nutrido grupo de partidarios de �el <strong>c</strong>hiquito�, ya anciano, lo llam� para introducirlo en <strong>g</strong>ranada. <strong>�</strong>l se puso en marcha a trav�s de la sierra; mi padre, advertido, le tendi� una emboscada, lo condujo a la <strong>a</strong>lhambra, lo convid� a cenar en el <strong>p</strong>alacio de los <strong>l</strong>eones, y lo degoll� con su propia espada. <strong>a</strong>l mismo tiempo mand� asfixiar a todos sus hijos con las servilletas de la cena. <strong>n</strong>o tardar�a mucho en tomar por esposa a su mujer, en quien me tuvo a m�.</p><p><strong>e</strong>ntonces se verific� la cuarta entrada de <strong>e</strong>nrique <strong>i</strong>v. <strong>p</strong>retext� para ello que mi abuelo hab�a roto la tregua t�cita, como si tal figura existiese cuando hasta las expresas y bien ratificadas se romp�an. <strong>t</strong>om� el castillo de <strong>s</strong>olera, conquist� <strong>e</strong>stepona, sembr� la <strong>v</strong>ega de estropicios. <strong>c</strong>amino de <strong>g</strong>ibraltar, consigui� que los defensores de <strong>f</strong>uengirola se refugiasen en el castillo, y los cerc�.</p><p><strong>c</strong>erca ya de la <strong>r</strong>oca, sali� a su encuentro <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa al frente de una tropilla, le rindi� homenaje y -sorprendentemente: <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa siempre estuvo lleno de recursoslo invit� a cazar leones en <strong>�</strong>frica. (<strong>p</strong>arece que la caza era la �nica afici�n de ese rey, si se except�an los hombres.) <strong>c</strong>omo era de esperar, las tribus del <strong>r</strong>if, es probable que ni siquiera avisadas, lo recibieron tan mal que regres� a <strong>t</strong>arifa y despu�s a <strong>s</strong>evilla.</p><p><strong>e</strong>ntretanto, mi abuelo, dedicado a las escaramuzas, hab�a hecho un avance hasta <strong>j</strong>a�n. <strong>e</strong>n agosto la <strong>v</strong>ega fue otra vez devastada, y en octubre, al volverse las tornas, mi abuelo se vio empujado a aceptar una tregua de cinco meses, mediante el pago de cinco mil doblones de oro y la libertad de seiscientos cautivos. (<strong>l</strong>a llamada reconquista desaparec�a como ideal pol�tico para convertirse en un negocio que pod�a resultar, seg�n los casos y quien lo emprendiera, ruinoso o saneado.) <strong>e</strong>n los primeros d�as de 1457, <strong>e</strong>nrique <strong>iv</strong> convirti� <strong>j</strong>a�n en una plaza de armas, e hizo su quinta entrada. <strong>c</strong>onquist� <strong>i</strong>llora, <strong>h</strong>u�scar y <strong>l</strong>oja; pero hubo de retirarse ante la abulia de sus tropas y la propia. <strong>m</strong>ientras, en <strong>c</strong>astilla, la oposici�n de los nobles trasladaba a un segundo plano la guerra de <strong>g</strong>ranada; hasta <strong>f</strong>ajardo �el <strong>b</strong>ravo� se rebel�. <strong>l</strong>os granadinos llegaron de nuevo hasta las puertas de <strong>j</strong>a�n, y el rey deleg� en el conde de <strong>c</strong>abra la firma de una tregua hasta el 61.</p><p><strong>e</strong>l verano del 62 se abri� con alguna ventaja para los castellanos; pero mi padre triunf� pronto en la batalla del <strong>m</strong>adro�o, no lejos de <strong>e</strong>stepa, sobre <strong>p</strong>once de <strong>l</strong>e�n, el hijo del conde de <strong>a</strong>rcos que luego ser�a marqu�s de <strong>c</strong>�diz, y sobre <strong>l</strong>uis <strong>p</strong>ern�a, gobernador de <strong>o</strong>suna. <strong>e</strong>l condestable del <strong>s</strong>anto <strong>r</strong>eino, <strong>m</strong>iguel <strong>l</strong>ucas de <strong>i</strong>ranzo, atac� el castillo de <strong>a</strong>renas y fue derrotado; pero en julio puso a sangre y fuego <strong>a</strong>ldeyra y <strong>l</strong>acalahorra, y regres� a <strong>j</strong>a�n cargado de prisioneros y riquezas, no sin antes tener un duro encuentro con el que m�s tarde ser�a mi suegro, a quien le un�a bastante amistad y un respeto rec�proco. [<strong>e</strong>n esa expedici�n iba <strong>m</strong>ill�n de <strong>a</strong>zuaga, el pintor, supongo que orgulloso de s� mismo y de su amante, que a su vez avanzaba ligero hacia una mala muerte. <strong>t</strong>odo hombre edifica su casa, sin saberlo, al borde de un derrumbadero.</p><p><strong>c</strong>omo prueba bastar�a decir que en aquel mismo a�o nac� yo.] <strong>e</strong>l duque de <strong>m</strong>edina <strong>s</strong>idonia y el conde de <strong>a</strong>rcos, mediante la traici�n de un renegado, se apoderaron de <strong>g</strong>ibraltar, y don <strong>p</strong>edro <strong>g</strong>ir�n, maestre de <strong>c</strong>alatrava, de <strong>a</strong>rchidona. <strong>t</strong>ales p�rdidas significaron un grave rev�s moral. <strong>d</strong>ecepcionados y exasperados, los abencerrajes [que ya hab�an destronado a los dos primeros maridos de mi madre] trataron de sacar a la luz otro de sus pasmosos pretendientes. <strong>m</strong>i abuelo <strong>s</strong>ad, en <strong>g</strong>ranada, tom� las medidas oportunas para librarse de su f�rula: ejecut� a los dos miembros m�s relevantes de la familia, uno de ellos <strong>m</strong>ufarrag, su visir. <strong>l</strong>os destacados abencerrajes que habitaban en la <strong>a</strong>lhambra huyeron a <strong>m</strong>�laga y se rebelaron all�; sin tiempo para improvisar otro aspirante al trono, se proclamaron s�bditos de <strong>y</strong>usuf <strong>v</strong>, que hab�a sido sult�n por unos meses cinco a�os atr�s, y al que <strong>c</strong>astilla abon� de nuevo como en el tiempo del condestable <strong>l</strong>una. <strong>s</strong>e apoderaron de <strong>m</strong>�laga, de <strong>g</strong>ranada y de la zona oriental del <strong>r</strong>eino con arter�as, sobornos y extorsiones. <strong>l</strong>a posici�n de mi abuelo empeoraba por momentos; se vio obligado a firmar una costosa tregua, de noviembre a mayo, con <strong>e</strong>nrique <strong>i</strong>v, para zanjar el peligro interior. <strong>e</strong>n noviembre de 1463, por fin, fueron sangrientamente expulsados los abencerrajes de <strong>g</strong>ranada. <strong>y</strong> en diciembre, para confirmaci�n de mi abuelo, falleci� <strong>y</strong>usuf <strong>v</strong>.</p><p><strong>s</strong>u sexta entrada la hizo <strong>e</strong>nrique <strong>iV</strong> en febrero de 1464. <strong>s</strong>e acerc� con el fr�o desde <strong>�</strong>cija, buscando imponer nuevas cargas y negociaciones que mejorasen su tesorer�a. <strong>e</strong>n <strong>j</strong>a�n firm� con mi abuelo <strong>s</strong>ad una tregua de un a�o en la que se respetaba la libertad de comercio; pero en agosto mi padre se ali� con los abencerrajes -indignados por las concesiones de mi abuelo a los cristianos, o fingi�ndose indignados- e intent� revivir gloriosas �pocas que quiz� siempre estuvieron muertas. <strong>d</strong>estron� a mi abuelo, y lo envi� cautivo a <strong>s</strong>alobre�a. [<strong>o</strong> quiz� a la fortaleza de <strong>m</strong>ocl�n, nunca lo he sabido de cierto.] <strong>l</strong>os abencerrajes se opusieron en seguida a mi padre, y levantaron la bandera de mi t�o, del que no solicitaron ni su consentimiento; era su t�ctica probada. <strong>h</strong>oy me pregunto si, en realidad, no habr�n estado de continuo en los �ltimos a�os s�lo de parte de los cristianos, suscitando o fomentando las bander�as que nos desustanciaban, y aspirando a su propio proyecto, sinuoso y desconocido para el <strong>r</strong>eino, en el que los dem�s o hemos obrado como d�ciles piezas, o hemos sido eliminados.</p><p><strong>m</strong>i abuelo no tard� en morir.</p><p><strong>r</strong>espetuoso p�stumamente con la realeza, mi padre hizo que su cad�ver fuese trasladado a <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>y</strong>o recuerdo que mi hermano <strong>y</strong>usuf, a�n en brazos de una nodriza, y yo, de la mano de <strong>s</strong>ubh, asistimos a su entierro en la rauda de la <strong>a</strong>lhambra. <strong>d</strong>eclinaba la luz, y yo s� que temblaba, no s� si por el fr�o o por la circunstancia. <strong>l</strong>a ceremonia fue muy breve y se verific� sin pompa alguna. <strong>e</strong>staban s�lo el sult�n y unos cuantos pr�ncipes de la sangre, entre ellos el espigado y hermoso <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�; pero el gordo <strong>y</strong>usuf hab�a excusado su asistencia. <strong>a</strong>cercaron el cad�ver sobre unas parihuelas reci�n hechas, de las que emanaba el olor de la madera y el del aceite de algalia con que estaban untadas. <strong>e</strong>l muec�n hab�a llamado antes, desde la puerta de la mezquita, al duelo con voz poco estent�rea, y fue el cad� el que excepcionalmente recit� la oraci�n ritual de las grandes exequias. <strong>l</strong>uego el alfaqu� mayor sahum� el cuerpo y las angarillas con un perfumador, cuyo aroma se uni� al de la algalia y la madera nueva. <strong>m</strong>e acuerdo, sobre todo, de esa mezcla de olores. <strong>m</strong>i madre, que acaso fue la �nica que quiso a mi abuelo, porque la reincorpor� al poder efectivo de la <strong>d</strong>inast�a, tampoco asisti�. <strong>o</strong> al menos yo no la recuerdo en aquella sombr�a tarde. <strong>n</strong>o es extra�o, sin embargo, que aunque asistiese no la recuerde yo; a pesar de la esencial importancia que mi madre ha tenido en mi historia -no s�lo d�ndome la vida, sino poni�ndola al servicio de la suya- la recuerdo siempre con una extraordinaria confusi�n. <strong>c</strong>omo si mi memoria, por un instinto de defensa, se negase a albergarla ante mi imposibilidad de convertirla en una madre diferente.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>staba claro que el alcaide <strong>a</strong>larc�n no encontraba el modo de dec�rmelo. <strong>e</strong>n realidad nunca acierta a decirme nada con sencillez, y carece del menor sentido de la oportunidad. <strong>e</strong>mpieza las conversaciones, y las acaba, hablando de sus haza�as contra �la morisma�.</p><p><strong>e</strong>quivoca fechas, nombres de conmilitones y de pueblos. <strong>n</strong>o s� c�mo se las arregla para terminar por ser �l el h�roe de todas las batallas. <strong>a</strong>unque tiene una predilecta, la de <strong>e</strong>stepa, que ri��, seg�n relata, contra mi t�o, en inferioridad de condiciones, en medio de una tormenta, bajo rayos y truenos, y de la que sali� lleno de gloria.</p><p><strong>l</strong>o cierto es que yo nunca he o�do hablar de esa batalla a nadie m�s que a �l. <strong>c</strong>on todo, le tolero que se explaye y me pongo a pensar en otra cosa; su apenas inteligible �rabe colabora conmigo. <strong>y</strong> no es que me parezca un embustero, sencillamente me parece aburrido; porque adem�s el tono de su voz, mientras abre y cierra y entrecruza sus manos, me provoca una irresistible somnolencia, aumentada por este calor que en el mes de julio est� haciendo en <strong>p</strong>orcuna.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n la ocasi�n a que me refiero tuve yo que empujarle para que concluyera de una vez y me dejara en paz. <strong>e</strong>ra la intempestiva hora de la siesta. <strong>c</strong>omenz� por hablarme de su sobrina <strong>m</strong>enc�a: una muchacha bonita, pero que ve muy mal; hasta el punto de que casi choc� conmigo cuando la trajeron para que la conociera. <strong>e</strong>l alcaide afirma que ella siente por m� una gran simpat�a, y probablemente sea verdad; tambi�n yo la siento por ella, o por lo menos una gran compasi�n: est� aqu� sola, con su fastidioso t�o <strong>m</strong>art�n, dedicada al orden del castillo, sin j�venes de su edad, ni otra compa��a que la del capell�n -al que le suenan las espuelas m�s que a nadie-, en una edad en que las muchachas todav�a juegan con sus trenzas, pero ya ese juego ha empezado a dejar de divertirles y sue�an con otros menos castos.</p><p><strong>e</strong>l alcaide habl� a continuaci�n de sus antepasados, de <strong>c</strong>uenca, del castillo roquero de <strong>a</strong>larc�n, de su investidura como maestre, y de la consabida <strong>e</strong>stepa como era de esperar. <strong>y</strong>o daba inevitables cabezadas. <strong>l</strong>uego, de pronto, aferradas una a otra las primorosas manos, rompi� por fin a exponer aquello a lo que hab�a venido:</p><p>��<strong>e</strong>l rey <strong>f</strong>ernando os tiene un profundo cari�o.</p><p>��<strong>i</strong>magino que s�; como yo a �l.</p><p><strong>p</strong>or fortuna no percibi�, ni por asomo, la iron�a.</p><p>��<strong>m</strong>e ha mandado un mensaje para que os pida� <strong>o</strong> mejor dicho, ha mandado a un pintor. <strong>q</strong>uiere que os haga un retrato. <strong>y</strong>a que no le fue posible conoceros en <strong>c</strong>�rdoba�</p><p>��<strong>e</strong>n casa del obispo tuve la impresi�n de ser espiado a trav�s de una celos�a -dije, pero no me escuch�.</p><p>��<strong>s</strong>u alteza desea tener un retrato de vos. <strong>y</strong>o s� de sobra que vuestros preceptos religiosos proh�ben cualquier figuraci�n humana -declar� sonriendo con una pedanter�a que, si no me hubiese apenado, me habr�a hecho re�r.</p><p><strong>n</strong>o quise desenga�arlo. <strong>p</strong>ara qu� iba a decirle que, entre nosotros, no est�n prohibidas las formas, puesto que <strong>d</strong>ios es el dador de ellas para nuestro recreo y nuestro aprendizaje; que son los maliqu�es quienes lo han exagerado todo en su rigidez, y que, para nosotros, los maliqu�es equivalen a la <strong>i</strong>nquisici�n para los cristianos y es muy probable que tambi�n al alcaide <strong>a</strong>larc�n. <strong>p</strong>ara qu� iba a decirle que, hace ya cinco siglos, cuando ellos se contentaban con un arte tosco y retorcido, la amante del califa, a las puertas de <strong>m</strong>edina <strong>a</strong>zahara, hab�a sido esculpida de cuerpo entero. <strong>p</strong>ara qu� iba a decirle que, en nuestros ba�os, se admiran las m�s bellas estatuas de quienes visitaron con anterioridad <strong>a</strong>ndaluc�a. <strong>p</strong>ara qu� iba a decirle que la <strong>a</strong>lhambra est� llena de pinturas de sultanes, de nobles y de adalides.</p><p>��<strong>e</strong>l rey <strong>f</strong>ernando os obsequia este retrato suyo para corresponder por adelantado al que os solicita.</p><p><strong>m</strong>e tendi� una miniatura, en la que se ve una cara llena, de mejillas redondas y labios curvados por la sorna, encuadrada por una melena lisa y corta. <strong>l</strong>e di las gracias.</p><p>��<strong>e</strong>l deseo del rey es para m� un mandato. <strong>c</strong>uando gust�is, traedme a ese pintor.</p><p><strong>d</strong>eb�a de estar al otro lado de la puerta, porque el alcaide sali�, y volvi� con �l al instante. <strong>a</strong>l verlo, me qued� perplejo.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>e llama <strong>m</strong>ill�n de <strong>a</strong>zuaga.</p><p><strong>n</strong>o he logrado saber si es de <strong>l</strong>a <strong>r</strong>ioja o de <strong>e</strong>xtremadura, porque alude a las dos con igual falta de cari�o. <strong>e</strong>s de peque�a estatura, a punto de ser m�nima; de manos menudas, que parecen m�s de dos porque gesticula con ellas sin cesar; de ojos hundidos y adormilados.</p><p>��<strong>m</strong>e dicen que tengo ojos de �rabe: �cree su alteza que es cierto? -me pregunt� el primer d�a.</p><p>��<strong>u</strong>na persona, hace tiempo, afirmaba que mis ojos son ojos de odalisca -dijo el segundo d�a, mientras me observaba con ansiedad.</p><p><strong>n</strong>o cuenta con muchos a�os, pero s� con muy poco pelo, y administra el que tiene artificiosamente: al ser muy largo, se lo enrosca para cubrir el lugar despejado por el que ya no tiene.</p><p>��<strong>a</strong>s�, se�or -me hab�a sugerido, como para compensarme, el alcaide-, distraer�is vuestros ocios.</p><p><strong>a</strong>unque estoy informado de que le�is y escrib�s y medit�is -agreg� con un tono, entre c�mplice y advertido, de fiel custodio al que nada se le escapa.</p><p><strong>y</strong> efectivamente el pintor distrae mis ocios. <strong>n</strong>o para de parlotear ni un s�lo instante. <strong>t</strong>iene gracia, y hablarme en �rabe -lo pronuncia con admirable suficiencia- no le corta un pelo (quiz� si se lo cortase no hablar�a). <strong>s</strong>u conversaci�n hay que seguirla como se sigue un p�jaro; no un p�jaro que canta y al que se oye, sino uno que revolotea, brinca, bate las alas, se posa en un punto, echa a volar de nuevo, y cesa y vuelve al aire y vuelve a detenerse. <strong>a</strong>caba por marear un poco; pero, si se posee bastante entereza como para seleccionar las voladas, resulta hasta instructivo. <strong>y</strong>o, al menos, me divierto con �l. <strong>a</strong>unque el pintor, como el alcaide, tambi�n tiene un tema de conversaci�n predilecto.</p><p><strong>t</strong>emo que es lo que a todos nos ocurre.</p><p>��<strong>y</strong>o era pintor de c�mara del condestable <strong>m</strong>iguel <strong>l</strong>ucas de <strong>i</strong>ranzo.</p><p><strong>a</strong>l principio pens� que se exced�a en lo de c�mara; ahora creo, m�s bien, que se quedaba corto.</p><p>��<strong>l</strong>uego, cuando pas� lo que pas�, me coloqu� al servicio de varios se�ores de la frontera.</p><p>(<strong>q</strong>ue, digan lo que digan, se siguen llevando como perros y gatos.) <strong>h</strong>asta que me qued� de asiento en <strong>c</strong>�rdoba. <strong>u</strong>na ciudad que a m� me gusta. <strong>m</strong>�s seria y menos liviana que <strong>s</strong>evilla, eso s�; pero d�nde va a parar en se�or�o� <strong>p</strong>orque su alteza sabe lo que pas�. <strong>l</strong>o sabe todo el mundo. <strong>a</strong>l condestable, me refiero. <strong>y</strong> es que a �l, que organizaba personalmente en <strong>j</strong>a�n tanta fiesta, y teatros, y sortijas, y procesiones, y mimos, y carnavaladas; a �l, aunque parezca mentira, no lo pod�a ver la gente ni en pintura, y mirad que un pintor es quien lo dice. <strong>a</strong>tragantado como un hueso lo ten�an. <strong>p</strong>orque no hac�a distingos entre moros, jud�os ni cristianos. <strong>y</strong> eso, ya lo habr� notado su alteza, eso aqu� no est� bien visto, ni much�simo menos.</p><p><strong>a</strong>s� que un d�a del <strong>c</strong>orpus <strong>c</strong>hristi (el <strong>c</strong>orpus es el d�a en que se celebra�, mejor ser� no entrar en teolog�as, no vayamos a terminar escaldados), un <strong>c</strong>orpus, en la catedral, en la misa mayor, que hab�amos estado hablando en la sacrist�a de que yo ten�a que pintar un descendimiento de la cruz, y a la media hora, v�lgame <strong>d</strong>ios�</p><p><strong>p</strong>rimero fue una piedra� (<strong>v</strong>oy a darle un poquito de movimiento a su alteza, que la luz ha cambiado.) <strong>u</strong>na piedra, primero; despu�s, otra, y despu�s ya diez mil quinientas quince. <strong>l</strong>o lapidaron, lo machacaron, lo molieron. <strong>l</strong>e saltaron los sesos delante mismo del altar mayor. <strong>q</strong>u� atrocidad.</p><p><strong>y</strong>o lo sue�o todav�a, no os digo m�s. <strong>p</strong>orque es que a m� me quer�a mucho. <strong>y</strong> yo a �l. <strong>a</strong>ll� se qued� despachurrado. <strong>y</strong> la condesa, como muerta, sin poder apartar los ojos de aquel barullo de sangre y ropa.</p><p><strong>m</strong>uerta tambi�n. <strong>b</strong>ueno, ella no, pero tan blanca y tan quieta como si lo estuviera. <strong>q</strong>u� falta de respeto al <strong>s</strong>anto <strong>s</strong>acramento� <strong>y</strong> todo porque son como los b�rbaros.</p><p><strong>l</strong>a gente del <strong>n</strong>orte, ya se sabe.</p><p><strong>n</strong>i <strong>c</strong>astilla la <strong>v</strong>ieja, ni <strong>c</strong>astilla la <strong>n</strong>ueva: iguales. <strong>e</strong>n los pueblos, todos iguales. <strong>p</strong>or eso yo me vine de rapaz a <strong>a</strong>ndaluc�a, donde las cosas son distintas. <strong>m</strong>i condestable, que era un �ngel, lo repet�a a cada instante: �<strong>l</strong>a gente baja desde <strong>b</strong>urgos y <strong>p</strong>alencia como a bodas de rey. <strong>a</strong>unque s�lo sea para sacudirse el fr�o y el hambre.</p><p><strong>e</strong>sto es el <strong>p</strong>ara�so terrenal.�</p><p><strong>e</strong>so dec�a el pobre: anda que�</p><p><strong>e</strong>ra un �ngel del cielo. <strong>s</strong>u alteza ya sabr� lo que son los �ngeles, porque en su religi�n tambi�n los hay, �no? <strong>l</strong>as religiones, en el fondo, son todas semejantes. <strong>c</strong>omo las personas. <strong>c</strong>omo las personas, no, porque algunas son much�simo peores� �<strong>u</strong>n �ngel! �<strong>p</strong>uede creer su alteza que durmi�, sin tocarla, much�simas noches con su esposa hasta que los velaron? <strong>c</strong>omo �l dec�a: �<strong>y</strong>a, ya habr� tiempo de velar, y sobrar�.� <strong>y</strong> es que en <strong>c</strong>astilla todo se vuelve hablar de bujarrones. <strong>q</strong>ue no entienden a alguien, o que alguien es m�s delicado o m�s artista, bujarr�n; que alguien se sit�a m�s arriba y lo quieren apear, bujarr�n. <strong>y</strong>a me aclarar� su alteza, si es que puede, a qu� viene todo ese rebumbio� <strong>l</strong>a nuestra es, c�mo decirlo, una �poca irritable; igual que una mujer encinta. <strong>e</strong>st�n pasando cosas que no hab�an pasado nunca.</p><p><strong>h</strong>ay ansias y palpitaciones por los aires� <strong>a</strong> don <strong>j</strong>uan <strong>II</strong>, el padre del rey <strong>e</strong>nrique <strong>i</strong>v y de do�a <strong>i</strong>sabel, ya le motejaron de �amador de toda gentileza�. <strong>y</strong>o no digo que no fuese el amante de don <strong>�</strong>lvaro de <strong>l</strong>una, pero tampoco digo que lo fuese. <strong>d</strong>esde luego, a gritos lo cantaron las �<strong>c</strong>oplas del <strong>p</strong>rovincial� y de �<strong>m</strong>ingo <strong>r</strong>evulgo�.</p><p><strong>c</strong>laro que cantaron todo de todos, porque hay que ver� <strong>y</strong> siendo el rey <strong>e</strong>nrique adolescente, el marqu�s de <strong>v</strong>illena se lo acostaba consigo. �<strong>n</strong>o era su ayo? <strong>c</strong>osa m�s natural� <strong>l</strong>as costumbres �rabes (que su alteza me sepa disculpar, que yo estoy muy de acuerdo) estaban imbricadas (�o no se dice as�?) en la corte, entre la gente alta sobre todo. <strong>y</strong> no era escandaloso� <strong>n</strong>o s� yo si las costumbres �sas ser�an costumbres �rabes: eso se dice siempre que no se quiere dar la cara, o siempre que se quiere dar otra cosa� <strong>e</strong>l resultado es que ahora, por lo que uno oye, todo est� lleno de hijos ileg�timos, y de maridos impotentes, y de bujarrones. �<strong>a</strong> qu� vendr� tanta simulaci�n y tanta hipocres�a? �<strong>n</strong>o han cambiado la gente y las costumbres? <strong>p</strong>ues m�s van a cambiar, como dec�a el condestable. <strong>e</strong>so lo he visto yo entre los se�ores de la frontera, que hay que ponerse las manos delante de los ojos para no ver lo que hacen. �<strong>p</strong>ara qu� tantas muecas y visajes, en lugar de aceptar con alegr�a las cosas como son? <strong>p</strong>orque las cosas son todas naturales. <strong>p</strong>or eso yo, <strong>a</strong>ndaluc�a.</p><p><strong>y</strong>o soy igualito que si hubiese nacido aqu� de una estirpe de aqu�; tanto, que me afean tener costumbres �rabes. �<strong>l</strong>levar�n raz�n, alteza? <strong>y</strong>o me perfumo, yo me lavo, yo me r�o, yo vivo� <strong>a</strong>l rey <strong>e</strong>nrique le llamaban �el <strong>i</strong>mpotente�.</p><p><strong>i</strong>mpotente, �con qui�n?, como dec�a el condestable. <strong>s</strong>er�a con la reina; porque lo que es con <strong>g</strong>�mez de <strong>c</strong>�ceres, o con <strong>f</strong>rancisco <strong>v</strong>ald�s, o con <strong>b</strong>eltr�n de la <strong>c</strong>ueva�</p><p><strong>b</strong>ueno, es que por �se, al que titul� duque, hizo de todo; hasta el rid�culo. <strong>p</strong>or �l fund� <strong>s</strong>an <strong>j</strong>er�nimo del <strong>p</strong>aso en <strong>m</strong>adrid; por lo lindo y lo intr�pido que estuvo un d�a cazando osos en semejante sitio. <strong>l</strong>oco hay que estar. <strong>y</strong> lo entronc� con los <strong>m</strong>endoza, y lo levant� hasta las sangres m�s empingorotadas. <strong>p</strong>ero �l lo traicionaba cada vez que quer�a.</p><p><strong>n</strong>o digo m�s que no tom� el partido de �la <strong>b</strong>eltraneja�; fuese su hija o no, lo debi� tomar aunque no hubiera sido m�s que por el nombre.</p><p><strong>d</strong>icen que entraba al palacio de noche porque se enamor� de la reina. <strong>a</strong> otro perro con ese hueso; de noche todos los gatos son pardos. <strong>f</strong>ue un piojo resucitado, que rebosaba alhajas hasta por los zapatos. <strong>y</strong> con mi condestable no se llevaba bien. <strong>p</strong>ero lo del rey yo lo veo natural. <strong>l</strong>e complac�an la m�sica y la caza, y le complac�an sus compa�eros de m�sica y de caza: natural. �<strong>q</strong>ue no eran gente de su rango? <strong>b</strong>ueno; pero eran m�s honrados y m�s agradecidos y m�s leales. <strong>p</strong>or lo menos, de entrada.</p><p><strong>l</strong>os <strong>g</strong>randes estaban corrompidos como el rey, y eran fines de raza como el rey. <strong>c</strong>astilla requer�a sangre limpia e ilesa. <strong>c</strong>astilla y �l, �o no lo cree su alteza? <strong>l</strong>as dinast�as se agotan, ya se sabe.</p><p><strong>p</strong>or descontado, ay, el amor no tiene por qu� ser correspondido, o no siempre; la verdad, casi nunca.</p><p><strong>q</strong>uiz� es m�s nuestro lo que no acabamos de conseguir del todo�</p><p><strong>h</strong>e o�do que <strong>b</strong>eltr�n de la <strong>c</strong>ueva, el marqu�s de <strong>v</strong>illena y <strong>m</strong>iguel <strong>l</strong>ucas andaban a la gre�a, celosos no del amor del rey, sino de sus favores y sus d�divas. <strong>y</strong>o ni quito ni pongo. <strong>y</strong>o ni entro ni salgo.</p><p><strong>y</strong>o me vine del <strong>n</strong>orte por respirar m�s hondo. <strong>y</strong> que all�, alteza, s�lo se pueden pintar santos. <strong>a</strong>qu� hay casas y se�ores y ropas de m�s lujo. <strong>y</strong> est� la luz, que ya s� bien que nadie es capaz de pintarla; pero de verla, s�. <strong>y</strong> el verde de los campos, y las flores. <strong>a</strong>qu� est� todo. <strong>a</strong> m�, con el permiso de su alteza, no me extra�a que quieran quedarse con <strong>g</strong>ranada. <strong>y</strong>o de pol�tica no entiendo, ni me gusta. <strong>y</strong> de guerras, tampoco. <strong>l</strong>o que se dice ir a la guerra, no he ido nunca. �<strong>q</strong>u� pinto yo en la guerra? <strong>y</strong>o pinto, como ahora, en la paz. <strong>y</strong> en la serenidad. <strong>p</strong>ero lo de <strong>g</strong>ranada lo entiendo, porque es un vergel. <strong>e</strong>s el jard�n de <strong>d</strong>ios, alteza: todo el mundo la quiere. <strong>s</strong>i es <strong>j</strong>a�n, con su monte morado, y da alegr�a verlo, cuanto m�s esa ciudad rendida (perd�n, quiero decir recostada), que parece que le han puesto un marco para que resulte m�s hermosa. <strong>y</strong>o no la he visto, pero de ning�n modo querr�a morirme sin verla� <strong>b</strong>ueno, una vez s� que estuve en una batalla, en <strong>l</strong>acalahorra, por lo que llaman el <strong>c</strong>enete; pero yo no intervine.</p><p><strong>e</strong>l condestable, que se empe�� en que lo acompa�ara. <strong>c</strong>omo su mujer no iba� <strong>s</strong>u alteza me preguntar�:</p><p>��<strong>y</strong> qu� tiene que ver que su mujer no fuera?� <strong>e</strong>s que no s� ni lo que digo� (<strong>s</strong>i este retrato sale mal, alteza, no ser� culpa vuestra, sino m�a. <strong>t</strong>an s�lo m�a, porque hay que ver qu� facciones y qu� mirada y qu� boca y qu� todo. <strong>y</strong> qu� color de piel, entre el nardo y la aceituna: dif�cil, raro, pero qu� color. <strong>n</strong>o s� si atinar� con ese tono que va del verde al negro; va, pero vuelve; de vuestros ojos hablo. �<strong>a</strong>hora!, se�or, �sta es la luz.) <strong>y</strong>o, si no os molesta, prefiero hablar un poquito mientras trabajo. <strong>a</strong>unque no me distraigo de lo m�o, �eh? <strong>y</strong> lo m�o es pintar.</p><p><strong>l</strong>o dem�s son entretenimientos, formas de no llorar; o formas de llorar, qu� s� yo� <strong>p</strong>ues, como os iba contando, el condestable siempre fue fiel y leal a su alteza don <strong>e</strong>nrique. <strong>d</strong>icen que �l se quejaba:</p><p>�<strong>a</strong> mi alteza, s�; lo que es a m�, no tanto.� <strong>�</strong>l lo hizo condestable del <strong>s</strong>anto <strong>r</strong>eino; �l le serv�a de comer por amor delante de la corte, que se ponen los pelos como cabetes s�lo de pensarlo, qu� pasar�a hoy d�a si alguien lo hiciese� <strong>p</strong>ero el condestable se le escurr�a, no quer�a verlo, lo rehu�a. <strong>e</strong>s como si lo hubiera aborrecido. <strong>y</strong> el asunto es que lo aborreci�; muchas veces hasta se her�a �l solo para tener la excusa de no acudir a sus llamadas. <strong>y</strong> eso que cuando yo aparec�, ya el rey estaba mirando hacia otro lado� <strong>e</strong>n la corte se murmuraba; �de qui�n no se murmuraba en esa corte? <strong>q</strong>ue si <strong>m</strong>iguel <strong>l</strong>ucas le hab�a regalado a su preferido <strong>m</strong>art�n <strong>m</strong>irones el palio que el rey le regal� a �l el d�a que entraron juntos en <strong>l</strong>e�n; que si, ya condestable, recibi� en <strong>b</strong>ail�n con palmas y con ramos a mos�n <strong>j</strong>uan de <strong>f</strong>ox, embajador de <strong>f</strong>rancia, que era pulido y mancebo� <strong>h</strong>abladur�as y malas condiciones. <strong>h</strong>ay quien nada m�s por ta�er la c�tara y cantar es se�alado� <strong>y</strong>o me esfum�. <strong>a</strong> m� me da lo mismo. <strong>y</strong>o me vine para quitarme de preocupaciones. <strong>d</strong>e cualquier forma, no pienso yo que <strong>d</strong>ios quisiera hacer el mundo como un valle de l�grimas. <strong>a</strong>y, qu� mal saben la <strong>h</strong>istoria los que no la han vivido; ni quienes la vivieron la saben como fue� <strong>y</strong>a da igual.</p><p><strong>a</strong>quello se acab�. <strong>q</strong>u� sosiego poder hacer lo que a uno le da la gana sin molestar a nadie, y sin que nadie lo moleste a uno. <strong>p</strong>or eso digo lo que digo de <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>n</strong>o s�lo porque sea una ciudad hermosa en un paisaje hermoso, sino porque all� se vive como deben vivir los hombres: haciendo su sant�sima voluntad, y aqu� paz y despu�s gloria. <strong>g</strong>loria, o lo que sea, pero despu�s� <strong>n</strong>o s� si me explico. <strong>n</strong>o s� si ya os he dicho que yo fui pintor de c�mara del condestable <strong>i</strong>ranzo. <strong>a</strong> m� (porque cuando me conoci� yo a�n no pintaba) sol�a decirme su mi��n. <strong>e</strong>ra como una burla, como una burla zalamera. <strong>s</strong>u mi��n me llamaba� <strong>c</strong>laro, yo entonces ten�a otra presencia; yo era bonito, aunque a su alteza le parezca mentira. <strong>l</strong>a vida es como un borracho cogido a nuestro brazo: anda a tumbos, y nos empuja a donde no queremos ir� <strong>l</strong>o que le pido a su alteza es que no le cuente a nadie lo que le cuento yo. <strong>a</strong>unque no es nada, comparado con lo que podr�a contarle� <strong>m</strong>uerto el condestable (yo estaba tan cerca de �l que me salpic� su sangre), muerto �l, �qu� iban a hacer conmigo? <strong>y</strong>o creo que no me apedrearon porque ni siquiera me vieron; tant�simo los cegaba el odio, que si no� <strong>m</strong>e fui de <strong>j</strong>a�n disfrazado de campesina, qu� le vamos a hacer. <strong>m</strong>e fui primero a <strong>b</strong>aeza y luego a <strong>�</strong>beda, que, de no ser por el fr�o, all� me habr�a quedado, porque tambi�n en ellas hay mucho se�or�o. <strong>p</strong>ero adem�s ya no quer�a yo servir a un se�or fijo. <strong>e</strong>l condestable era mucho se�or, ya yo ten�a bastante� <strong>s</strong>u mi��n me llamaba. <strong>y</strong> me hac�a regalos, y me puso un maestro de pintura, y estaba todo el d�a, cuando no ten�a que cumplir con la guerra, imaginando fiestas y tramoyas para altares y comedias y autos. <strong>p</strong>on�amos las iglesias que daba gozo entrar en ellas. <strong>s</strong>u mi��n me llamaba� <strong>y</strong>o he pintado a los condes de <strong>a</strong>rcos, y al marqu�s de <strong>c</strong>�diz, y al duque de <strong>m</strong>edina <strong>s</strong>idonia, que tiene un geniecito que se las trae. <strong>p</strong>ero no es gente guapa, las cosas como son.</p><p><strong>g</strong>ente engre�da, ufana de s� mismas, que se creen reyes porque no han estado nunca con reyes de verdad. <strong>c</strong>omo su alteza, <strong>d</strong>ios lo bendiga, que a cien leguas se ve que ha nacido rey, y para rey. <strong>y</strong> que se morir� (el cielo no lo quiera) siendo m�s rey que nadie.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l retrato avanza muy despacio.</p><p><strong>p</strong>odr�a decirse que no avanza.</p><p><strong>q</strong>uiz� por inter�s del autor, que se desahoga conmigo, mezclando el castellano y el �rabe como en una ensalada jugosa y verde. <strong>m</strong>e representa con una alcandora pespunteada en rojo, y con una jaqueta entreabierta, en la que ha dibujado, en lugar de los caracteres �rabes, que no conoce, unas flores de lis a un lado y unas peque�as rosas al otro, geom�tricamente dispuestas a imitaci�n del gusto nuestro. <strong>e</strong>n la cabeza me ha puesto un bonetillo que a m� no se me habr�a ocurrido ponerme en la vida.</p><p><strong>p</strong>ero imagino que, para la finalidad del retrato (dada la zorrer�a de don <strong>f</strong>ernando, no s� cu�l es tal finalidad, aunque me temo que el afecto no sea), bueno ser�. <strong>y</strong>a me hizo suficiente favor el pobre <strong>m</strong>ill�n con pintarme una corona -a�n no est� del todo rematada- de las que ostentan las personas reales en las monedas cristianas y en los cuadros y en las estatuas f�nebres, y que a nosotros tampoco se nos ocurrir�a ajustarnos en mitad de la frente por elementales razones de comodidad.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy, a primera hora de la tarde, estaba adormecido despu�s de la comida. <strong>s</strong>e me hab�a resbalado de la mano un libro de <strong>y</strong>alal al <strong>d</strong>in <strong>r</strong>umi. <strong>i</strong>gnoro con qu� excusa ha conseguido <strong>m</strong>ill�n de <strong>a</strong>zuaga que le permitieran entrar. <strong>y</strong>o fing� que segu�a dormido, porque me faltaba el �nimo para escuchar su ch�chara. <strong>p</strong>esaba el calor como una espesa manta; la flama que ven�a desde las altas ventanas era como el vaho de un horno, y a las cortinas no las agitaba ni la m�s leve brisa. <strong>e</strong>l pintor me ha llamado en voz muy baja, no s� si para despertarme o para comprobar que no me despertaba.</p><p>��<strong>a</strong>lteza -musitaba-. <strong>a</strong>lteza.</p><p><strong>s</strong>e ha acercado con sigilo al div�n; me ha rozado el pie izquierdo, del que se hab�a desprendido la babucha; he sentido su leve tacto como si de m� saliese vida.</p><p><strong>a</strong>l imaginar su expresi�n, sus ojos, sus labios, me ha costado un esfuerzo no echarme a re�r, o quiz� no echarme a llorar. <strong>m</strong>e ha acariciado el pie, con mayor efusi�n a medida que aumentaba su confianza en mi sue�o. <strong>m</strong>e lo ha besado, y he notado en mi piel la humedad de su beso. <strong>h</strong>e escuchado un suspiro tenue, que era casi un sollozo. <strong>m</strong>e he removido para que advirtiera el riesgo que corr�a; no por m�, sino por los posibles vigilantes. <strong>m</strong>urmuraba algo breve y apasionado para s� mismo. <strong>m</strong>e he vuelto hacia �l, y lo he visto, a trav�s de las pesta�as, en pie, contempl�ndome con un gesto de adoraci�n, ladeada la cabeza. <strong>t</strong>en�a mi babucha entre las manos, recogida contra su pecho.</p><p><strong>s</strong>in hacer ruido, se ha sentado sobre el taburete que no usa jam�s mientras me pinta.</p><p>��<strong>d</strong>elante de su alteza -dice-, no me consentir�a yo sentarme; aunque su alteza, que es un rey de cuerpo entero, me lo autorice.</p><p><strong>s</strong>e ha sentado, y ha apretado uno contra otro los muslos. <strong>e</strong>staba hecho un ovillo. <strong>a</strong>cariciaba y besuqueaba la babucha mir�ndome, mir�ndome sin verme, porque, si me hubiese visto, habr�a adivinado que yo lo ve�a a �l. <strong>s</strong>al�a de sus labios un resuello entrecortado.</p><p><strong>h</strong>e percibido en �l un deseo tan grande de mi cuerpo que se me han alterado los latidos del coraz�n, como quien presencia un agudo peligro para otro muy cerca de s� mismo. <strong>p</strong>asado un instante interminable, ha lanzado un suspiro muy hondo, supongo que cuando se ha vertido. <strong>e</strong>ch� luego hacia atr�s su pobre cabeza casi calva, dej� caer los hombros que ten�a encogidos, y se le escurri� la babucha de las manos. <strong>d</strong>urante unos momentos permaneci� inm�vil. <strong>d</strong>espu�s ha vuelto a suspirar con una indecible congoja. <strong>s</strong>e ha levantado; ha recogido la babucha del suelo; la ha puesto donde la encontr�, y, sin el menor ruido, de puntillas, girando la mirada para verme una vez m�s, ha salido de la estancia.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a otra ma�ana, <strong>m</strong>enc�a, la sobrina del comendador <strong>a</strong>larc�n, ha venido a visitarme con un cachorrillo de perro entre los brazos.</p><p><strong>u</strong>na perra del castillo ha parido nueve; en un arroyo vecino, metidos en un saco, han ahogado a todos menos a �ste. <strong>e</strong>s barrigoncillo y rubio. <strong>o</strong>scila su cabeza buscando con el hocico la teta de la madre, porque a�n es ciego. <strong>c</strong>asi tanto como su due�a, que me mira con ojos p�lidos y un poco estr�bicos, y que no sabe exactamente d�nde estoy hasta que oye mi voz.</p><p>���<strong>c</strong>�mo se llama? -le he preguntado por medio del int�rprete.</p><p><strong>e</strong>n tres o cuatro ocasiones, ella, sin propon�rselo, ha logrado, con su aire inofensivo y veraz, que olvide mi falsa ignorancia de su lengua, que hablo, por cierto, cada d�a mejor, aunque a solas.</p><p>��<strong>n</strong>o tiene nombre a�n. <strong>n</strong>o ha sido bautizado.</p><p><strong>s</strong>e ha ruborizado su frente al pensar que me molestaba la menci�n del bautismo, o al pensar que se refer�a a un perro.</p><p>���<strong>h</strong>ern�n� es un bonito nombre para un cachorro -le he dicho.</p><p>����<strong>h</strong>ern�n�, como si fuese una persona?</p><p>��<strong>n</strong>o creo que a �l le importe: los perros no son rencorosos.</p><p><strong>m</strong>enc�a ha sonre�do. <strong>c</strong>on una sola mano ha levantado en alto al cachorro, y le ha acariciado con la otra el hociquillo redondo y sonrosado.</p><p>���<strong>h</strong>ern�n. <strong>h</strong>ern�n� -le ha dicho con mimo. <strong>e</strong>l cachorro ha movido la cabeza redonda en un signo de afirmaci�n.</p><p>���<strong>l</strong>o veis? <strong>y</strong>a ha aprendido su nombre.</p><p><strong>a</strong>l reparar en la gracia que el cachorro me hac�a, me lo ha regalado para que me acompa�e. <strong>s</strong>ospecho que, si me lo da, es con la intenci�n, quiz� inconsciente, de buscarse una disculpa para poder venir a preguntar c�mo est�, y si se porta bien, y si lo quiero todav�a.</p><p>��<strong>q</strong>u� suerte tiene �<strong>h</strong>ern�n� -ha exclamado, mientras sus ojos trataban a tientas de encontrarme.</p><p>��<strong>m</strong>�s que sus ocho hermanos, desde luego.</p><p>��<strong>n</strong>o lo digo por eso -murmur�, y a�adi� enrojeciendo-: vivir no es siempre bueno. <strong>d</strong>epende tanto de con qui�n se vive�</p><p><strong>b</strong>arrunto que se ha enamorado de m�. <strong>e</strong>s l�gico; no porque yo sea atractivo o amable, sino porque soy el �nico hombre aqu� del que su alcurnia la dejar�a enamorarse. <strong>l</strong>o que yo de mi parte no pongo, lo pone ella con creces.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>o�a <strong>m</strong>enc�a es medio boba -ha dicho <strong>m</strong>ill�n de <strong>a</strong>zuaga al ver el cachorro, que todav�a est� mamando de su madre, y que me traen de cuando en cuando-. <strong>e</strong>ste chucho va a ensuciar la alcoba de su alteza.</p><p><strong>l</strong>a desventurada do�a <strong>m</strong>enc�a no sabe qu� hacer para llamar vuestra atenci�n. <strong>c</strong>omo si los dem�s fu�semos ciegos, y no nos di�ramos cuenta. <strong>h</strong>abr�a que ser tan ciego como ella, que est� todo el santo d�a d�ndose topetazos contra las puertas y contra los criados� <strong>m</strong>e ha dicho su t�o que tengo que pintarla antes de irme. <strong>d</strong>e ser as�, preferir�a no irme. <strong>p</strong>orque no es un plato de gusto pintar a una mujer que no se sabe nunca ad�nde mira. <strong>y</strong>a ver� su alteza c�mo tendr� que pintarla de perfil.</p><p>��<strong>e</strong>se pintor <strong>a</strong>zuaga -ha dicho <strong>m</strong>enc�a- siente tal devoci�n por vos que no se le cae el �su alteza� de la boca. <strong>h</strong>abla como si os conociese de toda la vida. �<strong>a</strong> su alteza le gusta tal comida�, �a su alteza le disgustan los ruidos a tal hora�� <strong>l</strong>leva menos de un mes en el castillo y ya manda y dispone en vuestro nombre m�s que vuestros sirvientes. <strong>l</strong>a gente, que no es tonta, sabe muy bien de qu� pie cojea.</p><p>���<strong>e</strong>s que cojea de un pie?</p><p>��<strong>y</strong>o, como comprender�is, no lo he notado.</p><p>��<strong>p</strong>or supuesto -dije refiri�ndome a su vista.</p><p>��<strong>p</strong>ero he o�do decir a todo el castillo que cojea de un pie.</p><p><strong>a</strong>s�, en esta peregrina compa��a, a la que prefiero con mucho la de �<strong>h</strong>ern�n�, transcurren los d�as, las noches, las semanas. <strong>c</strong>on una irremediable y abrumadora monoton�a. <strong>m</strong>enos mal que �<strong>h</strong>ern�n� crece, y cambia, y empieza ya a morder con una absoluta falta de respeto. <strong>y</strong> si s�lo fuese morder lo que hace sin respeto�</p><empty-line/><p><strong>d</strong>esconozco a ciencia cierta qu� van a decidir sobre m� los de fuera: ni los m�os, ni los contrarios, si es que los m�os no son tambi�n contrarios. <strong>h</strong>ay horas en que me descorazono y me gustar�a morirme antes que seguir pasando por el tiempo como quien nada en el vac�o. <strong>h</strong>oras en que me interrogo para qu� vivo, qu� significo y para qui�n� <strong>c</strong>omenc� a leer por distraerme y aprender algo de lo much�simo que ignoro; comenc� a escribir para mis hijos con una porfiada y gratuita esperanza. <strong>a</strong>hora ya no s� por qu� hago lo uno ni lo otro; ahora me da lo mismo leer que no leer, escribir o dejarlo. <strong>l</strong>a esperanza se ha muerto antes que yo.</p><empty-line/><p>�<strong>h</strong>ern�n� ha cumplido un par de meses. <strong>a</strong>yer ped� que lo dejaran pasar la noche conmigo, y mand� poner para �l un coj�n a los pies de mi cama. <strong>c</strong>omo era la primera noche sin su madre, lloriqueaba con incansable obstinaci�n. <strong>s</strong>ent�a la soledad como un dolor desacostumbrado e insufrible que no se amortiguaba. <strong>n</strong>o quise avisar a los criados. <strong>c</strong>uando prend�a el hachero, me miraba desde abajo, quieto y triste, dejando ver dos lunillas crecientes en sus ojos. <strong>f</strong>uera de m�, nunca he presenciado de cerca tanta orfandad, tal desamparo, una criatura viva y pr�xima tan inerme y tan tierna. �<strong>d</strong>in� siempre actu� con mayor seguridad.</p><p><strong>m</strong>e puse en cuclillas frente al peque�o �<strong>h</strong>ern�n�, fui a acariciarlo para probarle mi solidaridad, y se dio repentinamente la vuelta.</p><p><strong>s</strong>e qued� boca arriba, con la pancilla al aire, indefenso, gordito, desvalido, encogidas las patas, m�s crecientes que nunca las lunas de sus ojos. <strong>e</strong>l hombre es un animal como los otros que, si piensa suficientemente, deduce que es un animal como los otros: �sa es toda la diferencia. <strong>l</strong>o que pasa es que el hombre no piensa suficientemente casi nunca. <strong>t</strong>uve una apremiante tentaci�n de coger al perrillo en mis brazos y acunarlo, pero era preciso que se educara desde el primer momento. <strong>a</strong> �<strong>d</strong>in� lo retiraban de mi lado cada noche, salvo aqu�lla en que me despert� a lametazos porque hab�a resuelto recuperarme y no escapar de mi dominio� �<strong>d</strong>in�, y ahora �<strong>h</strong>ern�n�.</p><p><strong>l</strong>os otros que he tenido eran perros de caza, acompa�ados por el resto de la tra�lla. <strong>p</strong>ero �ste aqu� est� solo. <strong>i</strong>gual que yo.</p><p>�<strong>s</strong>olo� me repet� mientras apagaba el hachero. �<strong>q</strong>u� fatigoso acostumbrarse.� <strong>y</strong> luego, en alto, a �<strong>h</strong>ern�n�: �<strong>e</strong>s necesario adquirir buenas maneras si quieres convivir con los dem�s. <strong>l</strong>os hombres os exigen lo que ellos no hacen nunca.</p><p><strong>n</strong>o te puedo coger. <strong>a</strong> la soledad nos acostumbramos todos, ya lo comprobar�s. �<strong>n</strong>o me he acostumbrado yo, desde que ten�a tu edad sobre poco m�s o menos?� �<strong>h</strong>ern�n� gimoteaba. <strong>p</strong>arec�a cansarse un momento, pero era s�lo para gimotear m�s fuerte. <strong>y</strong>o, apenado, cumpl�a mi triste obligaci�n de hacerme el sordo. <strong>h</strong>asta que el cansancio me adormeci�.</p><p><strong>d</strong>e improviso, me despert� el silencio. �<strong>p</strong>ronto ha aprendido.</p><p><strong>e</strong>s muy listo�, pens�. <strong>p</strong>rend� la luz. <strong>e</strong>l coj�n de �<strong>h</strong>ern�n� estaba vac�o. <strong>n</strong>o tuve m�s remedio que re�rme. <strong>y</strong> tan listo: �<strong>h</strong>ern�n�, acomodado junto a mi almohada, estaba por fin satisfecho y dormido.</p><p><strong>a</strong>�n suspir� un poquito. <strong>l</strong>o dej�.</p><p><strong>s</strong>i mi contacto lo acompa�aba, �c�mo podr�a neg�rselo? �<strong>n</strong>o era para acompa�arme para lo que yo lo hab�a aceptado? �<strong>e</strong>s que no sucede lo mismo con los hombres? <strong>s</strong>u manera de darnos compa��a es ped�rnosla, hacer que nos sintamos imprescindibles para alguien, erigirnos por amor en padre y madre y <strong>d</strong>ios. <strong>y</strong>o, persuadido de que acababa de perder tambi�n la batalla de las buenas maneras, me dorm� abrazado al cachorro. <strong>l</strong>os dos dormimos bien.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>as diligencias de mi rescate se han iniciado ya. <strong>n</strong>o se me oculta que ser�n menos impetuosas de lo que desear�a. <strong>e</strong>l alcaide comendador ha recibido orden de informarme puntualmente de ellas. <strong>n</strong>o s� lo que el rey <strong>f</strong>ernando entender� por eso: imagino que ponerme al tanto de lo que a �l puntualmente se le antoje.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>os primeros pasos, por lo visto, fueron los de mi padre. <strong>l</strong>os dieron dos emisarios consecutivos.</p><p><strong>e</strong>l due�o y se�or de <strong>g</strong>ranada envi�, en primer lugar, a un caballero sevillano al que otorg� la libertad con tal motivo; por lo que me dicen, se trata de don <strong>j</strong>uan de <strong>p</strong>ineda. <strong>c</strong>on el achaque de negociar la liberaci�n de otros cautivos, se present� ante el rey <strong>f</strong>ernando para exponerle una de estas dos pretensiones: o la prolongaci�n de mi cautiverio, o, a�n mejor, el canje de mi persona y las de mis m�s notorios partidarios a cambio del conde de <strong>c</strong>ifuentes, asistente de <strong>s</strong>evilla, preso en <strong>g</strong>ranada desde lo de la <strong>a</strong>jarqu�a, y de otros caballeros que eligieran los reyes. <strong>e</strong>l segundo emisario, con id�ntica propuesta, ha sido un mercader de <strong>g</strong>�nova, <strong>f</strong>rancisco <strong>c</strong>enturi�n, relacionado por su comercio con la corte cristiana. <strong>s</strong>in duda la m�xima aspiraci�n de mi padre es conservarme preso en su poder, lo que le ofrece m�s garant�as que el hecho de que me halle en poder del enemigo; aunque lo que m�s garant�as le ofrecer�a -y temo que sea su determinaci�n �ltima- es no conservarme en absoluto, ni libre ni cautivo. <strong>e</strong>l mejor competidor es el competidor muerto.</p><p><strong>p</strong>or su parte, mi madre ha enviado a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa con <strong>a</strong>l� <strong>a</strong>lacer y otros nobles. <strong>p</strong>ropone, por mi libertad, un pago anual de doce mil zahenes -que equivalen a unos catorce mil ducados castellanos, me dice <strong>a</strong>larc�n- en concepto de parias y acatamiento del se�or�o de los reyes (o sea, que se resigna a reconocer el vasallaje, lo que es en ella una arrolladora declaraci�n de amor); la entrega de cuatrocientos cautivos de los que se hallan en las mazmorras de la <strong>a</strong>lhambra, m�s sesenta cada a�o durante cinco (con lo cual se asegura taimadamente de que los reyes me repondr�n y mantendr�n en el trono), y, como rehenes, diez j�venes hijos de dignatarios adeptos a mi causa. <strong>i</strong>nsin�a que acaso podr�a subir el n�mero de cautivos entregados, seg�n su rango e importancia, e incluso el montante del rescate en dinero. <strong>p</strong>ero parece ser que los reyes exigen, adem�s de los diez o doce j�venes rehenes, a mi hijo <strong>a</strong>hmad, que no tiene m�s de dos a�os, y a mi hermano <strong>y</strong>usuf.</p><p><strong>e</strong>sta condici�n �ltima sin duda desalentar� a mi madre. <strong>e</strong>lla, en donde est� y sin m�, puede conseguir que mis partidarios proclamen a <strong>y</strong>usuf en lugar m�o; o, si mejoran las circunstancias y se ve con influjo suficiente, que se le conceda la regencia de mi hijo. <strong>j</strong>ugar esas dos posibilidades contra una sola, y tan amortiguada, le parecer� correr un riesgo demasiado grande.</p><p><strong>l</strong>a conclusi�n a que llego -y temo que los reyes tambi�n- es que, por lo pronto, continuar� cautivo; digan lo que quieran, para todos soy m�s �til aqu�.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o hacia falta que, de fuentes que no mencionar�, me hayan llegado otras noticias. <strong>l</strong>os reyes, a�n antes de considerar las ofertas, se han planteado la conveniencia de liberarme o de mantenerme en prisi�n. <strong>d</strong>os opciones predominan entre los <strong>g</strong>randes del <strong>c</strong>onsejo. <strong>d</strong>on <strong>a</strong>lonso de <strong>c</strong>�rdenas, maestre de <strong>s</strong>antiago, a la cabeza de uno de los bandos, entiende que es m�s beneficioso continuar la guerra estando yo en <strong>p</strong>orcuna y apartado de ella; de esta forma se actuar� contra un sult�n viejo, enfermo y no amado por sus s�bditos, en lugar de ir contra un caudillo joven, rodeado de fervorosos partidarios, valiente y muy querido. <strong>c</strong>onmigo en libertad -opina el maestre, exagerando m�s de lo imaginable lo que a m� se refiere-, la conquista ser�a m�s gravosa y m�s cruenta.</p><p><strong>p</strong>or el contrario, don <strong>r</strong>odrigo <strong>p</strong>once de <strong>l</strong>e�n, el influyente marqu�s de <strong>c</strong>�diz, juzga que, una vez obtenidas las condiciones m�s favorables, deber�a conced�rseme la libertad. <strong>m</strong>i libertad -razonaser�a muy �til para atizar a�n m�s el fuego de la discordia entre mi padre y yo, entre sus partidarios y los m�os; las luchas intestinas desangrar�an definitivamente nuestro <strong>r</strong>eino, y se desperdigar�an nuestras fuerzas en guerras civiles y en odios de partidos, encamin�ndonos as� apresuradamente a nuestra propia destrucci�n.</p><p><strong>e</strong>s incuestionable que el marqu�s de <strong>c</strong>�diz, nacido en la frontera y ejercitado en ella, nos conoce mejor que el maestre de <strong>s</strong>antiago. <strong>a</strong> pesar de ello, �qu� resolver� la astucia de <strong>f</strong>ernando, tan superior a la de todos?</p><empty-line/><p><strong>m</strong>ientras alud�a una vez m�s a la inc�gnita batalla de <strong>e</strong>stepa, en la que �l era el arc�ngel <strong>m</strong>iguel, el alcaide -no sin envidia y con alg�n comentario ziza�oso- me ha enumerado las recompensas que los reyes han tenido a bien conceder al conde de <strong>c</strong>abra y al alcaide de los <strong>d</strong>onceles por haberme aprehendido.</p><p><strong>s</strong>in un aviso previo, ha llegado ya el fr�o. <strong>a</strong>parte de la chimenea, que a�n me produce espanto, pues es tan grande que podr�amos don <strong>m</strong>art�n y yo conversar dentro de ella, he solicitado un brasero, junto al que me encuentro m�s c�modo y seguro. <strong>c</strong>omo si de una conseja castellana se tratase -de las que ellos cuentan para aliviar el aburrimiento en las largas noches al amor de la lumbre, que es el �nico amor de que disfrutan-, el alcaide me ha puesto al tanto de lo sucedido en <strong>v</strong>itoria, una ciudad del <strong>n</strong>orte de la <strong>p</strong>en�nsula, donde los reyes tienen su residencia ahora.</p><p><strong>a</strong>ll� la reina trata de la boda del pr�ncipe don <strong>j</strong>uan con una princesa de la casa de <strong>f</strong>rancia.</p><p>[<strong>e</strong>sa boda no se hizo. <strong>a</strong>l infeliz pr�ncipe lo casaron con una archiduquesa austr�aca muy voraz de los placeres de la carne; tanto, que agot� la salud y la vida de su esposo. <strong>a</strong> los m�dicos y confesores que insist�an en separar sus cuerpos, ya que con tanta uni�n se aniquilaba el del joven marido, la reina, capaz, con tal de mantener su voluntad, hasta de tirar piedras contra el propio tejado, sol�a responder: �<strong>l</strong>o que <strong>d</strong>ios ha unido no lo desuna el hombre.� <strong>c</strong>on lo cual se quedaron sin el �nico heredero masculino. <strong>n</strong>o todas las mujeres se asemejan, pero do�a <strong>i</strong>sabel y mi madre, s�, y mucho. <strong>a</strong> m� la reina no tuvo escr�pulos en separarme de <strong>m</strong>oraima; se conoce que el enemigo se le mide con los preceptos de otro <strong>d</strong>ios: el cruel dios de la guerra.] <strong>t</strong>�o y sobrino llegaron a <strong>v</strong>itoria por separado; desde la pol�mica de <strong>l</strong>ucena han roto entre ellos toda relaci�n. <strong>f</strong>ueron acogidos -algo mejor el t�o, al parecer- por otros se�ores y el cardenal de <strong>e</strong>spa�a. <strong>l</strong>os condujeron ante los reyes como suelen los cristianos, entre a�afiles y trompetas. <strong>l</strong>es otorgaron privilegio de asiento ante las regias personas, lo que es mucho, y los convidaron a cenar. <strong>d</strong>oce platos sirvieron; cada vez que tra�an uno nuevo, tocaban atabales y ministriles. <strong>l</strong>uego se dio una fiesta, a la que asisti� la infanta do�a <strong>i</strong>sabel, prometida del rey de <strong>p</strong>ortugal, y otras treintaitantas damas muy ataviadas de brocado y chapado. [<strong>e</strong>sta infanta es a la que despu�s llamaron �reina <strong>s</strong>anta�. <strong>e</strong>nviud� hall�ndose en su primer embarazo, y a poco muri� tambi�n su hijo, que iba a heredar <strong>e</strong>spa�a y <strong>p</strong>ortugal. <strong>v</strong>olvi� a casarse con el siguiente rey de <strong>p</strong>ortugal, cuya boda se hab�a pactado con una hermana de ella; pero se cas� con la estricta condici�n de que en aquel reino se implantase el <strong>t</strong>ribunal de la <strong>i</strong>nquisici�n, a�n no disfrutado por �l. <strong>c</strong>omo dicen aqu� en <strong>f</strong>ez, feliz rama la que se parece a su tronco.] <strong>d</strong>anzaron todos, hasta los reyes; pero como hacen ellos: por parejas de damas con damas y de caballeros con caballeros, lo cual no s� si a la larga resulta divertido, aunque s� p�dico. <strong>e</strong>l alcaide no me aclar� si es que luego, cansados de danzar, cenaron otra vez, o es que los convidaron tambi�n al d�a siguiente.</p><p><strong>d</strong>on <strong>m</strong>art�n, a esas alturas, prefiri� volver a hablarme de su misteriosa batalla de <strong>e</strong>stepa; lo otro era para �l demasiado ligero. <strong>�</strong>l gusta de remitirse a la ��poca de oro� de la reconquista -es su expresi�n-, en donde las haza�as no eran tan bien pagadas.</p><p>��<strong>s</strong>alvo la excepci�n, claro est�, de que esos caballeros tuvieron la fortuna de coger por los pelos a un rey moro.</p><p><strong>y</strong>o he sonre�do, pero sin responder, ni interrumpirle, ni mencionar mis pelos; porque, m�s que con la �poca de oro, estaba gozando con el relato de la fortuna de mis aprehensores. <strong>a</strong> fin de cuentas, en premio de su victoria y de mi prendimiento, les han concedido la prerrogativa de traer dentro de sus escudos de armas, de ahora en adelante, la cabeza del rey de <strong>g</strong>ranada.</p><p>��<strong>b</strong>las�n que por primera vez aparece entre la nobleza cristiana -manifest� don <strong>m</strong>art�n innecesariamente.</p><p><strong>y</strong>, acoladas a su alrededor -o sea, a mi alrededor-, y a manera de orla, las veintid�s banderas que en la batalla nos fueron arrebatadas.</p><p><strong>s</strong>eg�n el alcaide, que asegura haberlo visto ayer por la ma�ana, en el nuevo escudo del conde se muestra el medio cuerpo superior de un sult�n con su corona y su turbante, y asida a su cuello -es decir, a mi cuello-, una cadena en se�al de perpetua servidumbre, en medio de un radiante y memorable nimbo circular de banderas.</p><p><strong>y</strong>o me he llevado la mano al gaznate con una expresi�n un tanto boba, con la sospecha de que mi liberaci�n se halla a�n remota: formar parte de un escudo no es, entre esta gente, cosa balad�.</p><p><strong>a</strong>sist�a a la entrevista la sobrina del alcaide, que, con dulzura, ha procurado mitigar lo zahiriente del relato.</p><p>��<strong>n</strong>o os hag�is mala sangre, alteza. <strong>n</strong>i ellos son <strong>g</strong>randes de <strong>c</strong>astilla, ni pone vuestro nombre en el blas�n.</p><p><strong>y</strong>o he pensado que, aunque lo pusiera, ella, tan corta de vista, jam�s lo leer�a. <strong>y</strong> que, si fuesen <strong>g</strong>randes de <strong>e</strong>spa�a, quiz� tambi�n habr�an incluido en el escudo mi medio cuerpo inferior. <strong>n</strong>inguno de los dos pensamientos me ha consolado. <strong>e</strong>l alcaide no me consinti� seguir pensando.</p><p>��<strong>t</strong>�o y sobrino, que andaban agarrafados por el protagonismo de la haza�a, como si el protagonista no fueseis vos, han vuelto a agarrafarse por el lema que cada uno ha escrito debajo del escudo. <strong>e</strong>l sobrino eligi� un vers�culo de la carta primera a los corintios del ap�stol san <strong>p</strong>ablo (es uno de nuestros libros santos), que reza:</p><p>��<strong>h</strong>aec omnia operatur unus��, lo cual viene a decir:</p><p>�<strong>u</strong>no solo hizo todo esto�, para dejar bien claro que �l y nadie m�s fue quien os aprision�. <strong>p</strong>ero, enterado el t�o, ha elegido una cita del <strong>e</strong>vangelio de san <strong>j</strong>uan para sintetizar el argumento de toda la aventura:</p><p>��<strong>s</strong>ine ipso factum est nihil��, que se traduce por: �<strong>s</strong>in �l no se hizo nada�, para que el mundo entero sepa que su participaci�n fue la decisiva. �<strong>q</strong>u� no habr�a tenido que poner yo en mi escudo despu�s de la gloriosa degollina de <strong>e</strong>stepa?</p><p><strong>y</strong>o me distraje pregunt�ndome si el mundo entero estar�a pendiente de c�mo, qui�nes, cu�ndo y d�nde me prendieron a m�. <strong>n</strong>o me atrevo siquiera a transcribir lo que me contest�.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>omo las campa�as descansan en invierno, se han acogido al castillo varios caballeros calatravos.</p><p><strong>h</strong>ay alguno muy joven. <strong>l</strong>os cristianos han celebrado con ceremonias muy solemnes y con grandes festines el nacimiento tanto del profeta <strong>j</strong>es�s como del nuevo a�o. <strong>d</strong>urante unas jornadas todos parecieron inusitadamente alegres, a pesar del fr�o que, como cuchillos, se filtra por las rendijas de puertas y ventanas. <strong>t</strong>odos, menos <strong>m</strong>ill�n de <strong>a</strong>zuaga, que ha venido a despedirse con la cara arrugada de un ni�o invadido por el terror.</p><p>��<strong>s</strong>uceda lo que quiera, alteza, no os olvidar� nunca -ha dicho, y su boca se frunc�a con un gesto de llanto.</p><p><strong>s</strong>e ha dejado caer de rodillas para besarme la mano. <strong>y</strong>o, con la que me dejaba libre, le he dado unos golpecitos de �nimo en la cabeza: lo preciso para que se desmoronara. <strong>h</strong>a roto a llorar, y gritaba repitiendo:</p><p>��<strong>s</strong>oy un desgraciado, se�or.</p><p><strong>m</strong>uy desgraciado. <strong>m</strong>uy desgraciado.</p><p><strong>u</strong>n guardi�n lo sac� a viva fuerza de la estancia.</p><p>��<strong>n</strong>o os olvidar�. <strong>a</strong>di�s. <strong>n</strong>o os olvidar� nunca�</p><p><strong>g</strong>em�a, en tanto lo arrastraba el guardi�n, asi�ndose con sus menudas manos al marco de la puerta.</p><p><strong>h</strong>a sido tan desgarradora y brusca su despedida que me he interesado por los motivos. <strong>u</strong>no de los sirvientes me cuenta que <strong>m</strong>ill�n de <strong>a</strong>zuaga fue sorprendido mientras era sodomizado por el hijo mayor del carpintero. <strong>a</strong> los dos se los han llevado a <strong>c</strong>�rdoba, donde ser�n juzgados. <strong>e</strong>s probable que mueran en la hoguera, como ejemplo para los dem�s.</p><p>��<strong>h</strong>ay que tener un cuidado exquisito -me ha dicho el maestre-.</p><p><strong>u</strong>na manzana puede corromper toda la cosecha. <strong>s</strong>i no se castigase con la muerte el pecado nefando, �en qu� terminar�an estas guerras que hacemos por el honor de <strong>d</strong>ios?</p><p><strong>t</strong>rat� de interceder, pero �l cort� de un tajo la conversaci�n.</p><p>��<strong>n</strong>ada de lo que ocurra, a partir de ahora, depender� de m�.</p><p><strong>l</strong>os relapsos se encuentran bajo el poder del brazo religioso. <strong>a</strong> trav�s de �l, <strong>d</strong>ios los sancionar�.</p><p><strong>p</strong>or nada de este mundo intervendr�a yo en un asunto tan deshonesto y repugnante.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>e estremezco al pensar qu� fuerte ha de ser el deseo, o el amor, de un cristiano para exponer as� su vida -incluso, dentro de su fe, la vida eterna- por gozar o poseer un cuerpo. <strong>e</strong>llos transforman los juegos de la carne en algo tan infinitamente temerario y tan comprometido, que me inclino a sentir admiraci�n por los amantes.</p><p><strong>s</strong>u intrepidez al arriesgar la eternidad entera por un beso me parece risible y prodigiosa al mismo tiempo. <strong>c</strong>on raz�n han inventado lo que llaman sacramento de la penitencia, y el secreto que, por lo visto, se obligan a guardar sus sacerdotes; si as� no fuese, no podr�an soportar esta vida insustitu�ble, que han convertido s�lo en el precio siniestro y usurero de la otra. <strong>e</strong>ntenderlos se me hace inalcanzable.</p><p><strong>q</strong>u� distinta es nuestra doctrina, o nuestro talante por lo menos, y, a mis ojos, qu� preferible. <strong>s</strong>obradas penas tiene el hombre como para increment�rselas con el helador concepto del pecado, que otros hombres se creen con derecho a perdonar o castigar aqu�.</p><p><strong>e</strong>l pecado personal, si es que lo hay, tendr�a que diagnosticarse en el interior de cada cual.</p><p><strong>c</strong>laro que, eso s�, el criterio cristiano enardece el sentimiento y multiplica la voluptuosidad con el fat�dico atractivo de la transgresi�n. <strong>p</strong>ero yo me pregunto qu� religi�n tiene derecho a juzgar y condenar, ni aun a pensar que existen, los pecados de amor.</p><p><strong>l</strong>a mala suerte del desventurado <strong>m</strong>ill�n de <strong>a</strong>zuaga y de su carpintero me ha tra�do a las mientes un poema que, sin saber por qu�, retuve en la memoria. <strong>e</strong>s de un valenciano que lo escribi� hace m�s de trescientos a�os. <strong>a</strong>l <strong>r</strong>usalfi fue su nombre.</p><empty-line/><p>�<strong>a</strong>prendi� mi amado el oficio de carpintero, y yo me dije: acaso lo aprendi� mientras con sus ojos asierra corazones.</p><p><strong>d</strong>esdichados los troncos que �l trabaja cort�ndolos, o tall�ndolos, o hiri�ndolos con su hacha.</p><p><strong>a</strong>hora que son s�lo madera pagar�n su delito: porque, cuando eran ramas, se atrevieron a copiar la esbeltez de su talle.�</p><empty-line/><p><strong>a</strong>firman que este invierno es singularmente fr�o; debe ser cierto. <strong>d</strong>e cualquier manera, a�n hace m�s fr�o, cuando el sol se retira, en <strong>g</strong>ranada. <strong>a</strong>qu�, metido dentro de la chimenea, arropado con el abrigo que me ha hecho llegar <strong>m</strong>oraima (�<strong>c</strong>osido por mi mano�, escrib�a en el escueto billete que lo acompa�aba, un tanto anodino, presumo que para eludir la curiosidad de mis guardianes), tirito s�lo al imaginar el fr�o insuperable de las calles y patios de la <strong>a</strong>lhambra. <strong>s</strong>i yo eleg� el palacio de <strong>y</strong>usuf <strong>III</strong> fue, entre otras cosas, por ser el m�s recogido al estar m�s abajo que el de <strong>y</strong>usuf <strong>i</strong> y el de <strong>m</strong>ohamed <strong>v</strong>.</p><p><strong>e</strong>scribi� alguien:</p><empty-line/><p>�<strong>g</strong>ranada, ninguna ciudad es semejante a ti en belleza, ni en <strong>e</strong>gipto, ni en <strong>s</strong>iria ni en <strong>i</strong>rak.</p><p><strong>t</strong>� eres la novia, <strong>g</strong>ranada: el resto de las ciudades es tu dote.�</p><empty-line/><p><strong>e</strong>videntemente acertaba. <strong>p</strong>ero tambi�n acert� un poeta de <strong>s</strong>antarem, <strong>i</strong>b <strong>s</strong>ara, cuando, aterido y tembloroso, se dirigi� a los granadinos:</p><empty-line/><p>�<strong>g</strong>entes de este pa�s, absteneos de orar, y no evit�is ninguna de las cosas prohibidas: as� podr�is ganar un lugarcito en el infierno, donde el fuego es tan de agradecer cuando sopla el viento del <strong>n</strong>orte.�</p><empty-line/><p><strong>t</strong>uvo raz�n <strong>i</strong>bn al <strong>h</strong>ay -hoy, ante el campo yermo, se me va el coraz�n con los poetas- al escribir:</p><empty-line/><p>�<strong>d</strong>ios protege a quien habita en <strong>g</strong>ranada, porque ella alegra al triste y acoge al fugitivo.</p><p><strong>s</strong>in embargo, mi compa�ero se aflige al comprobar que sus prados, bajo el fr�o, son el <strong>p</strong>ara�so del hielo.</p><p><strong>y</strong> es que <strong>d</strong>ios design� a <strong>g</strong>ranada como el acceso de su <strong>r</strong>eino, y no hay frontera eficaz en la que no haga fr�o.�</p><empty-line/><p><strong>q</strong>uienes envidian a los sultanes de la <strong>a</strong>lhambra desconocen que sus palacios son m�s pulcros que habitables, y que suele pensarse, al hacerlos, en el verano y en la primavera. <strong>d</strong>urante el invierno conviene emigrar a climas m�s templados; por eso <strong>a</strong>lmu��car y <strong>s</strong>alobre�a son mis ciudades favoritas: yo soy un friolento. <strong>n</strong>unca entend� por qu� los califas de <strong>c</strong>�rdoba viv�an con comodidad sobre hipocaustos, que les facilitaban un ambiente suave y c�lido, mientras los sultanes de <strong>g</strong>ranada hemos de conformarnos con braseros no siempre bienolientes, con tapices de limpieza embarazosa, y con cristaleras que no impiden el paso de los vientos.</p><empty-line/><p><strong>r</strong>ecuerdo, sin embargo, que un d�a como el de hoy, brillante y g�lido, sub� al mediod�a hasta el <strong>c</strong>erro del <strong>s</strong>ol. <strong>t</strong>en�a a mis espaldas sierra <strong>m</strong>�gina, severa y blanca. <strong>d</strong>e la <strong>v</strong>ega ascend�an docenas de columnas de humo, plateadas y doradas por los rayos del sol. <strong>a</strong> mi derecha, l�bregas sin �l, sobre las rastrojeras, hacia las sierras de <strong>e</strong>lvira y <strong>p</strong>arapanda, otras columnas de humo opaco.</p><p><strong>v</strong>e�a -y a�n me parece verla hoyen primer t�rmino la abigarrada colina del <strong>a</strong>lbayz�n, nevada y portentosa. <strong>y</strong>, de pronto, cambi� el sol de postura su embozo de nubes, e ilumin� el otro sector del paisaje. <strong>s</strong>e encendieron los humos sombr�os y se apagaron los otros, turn�ndose en una d�meda de luz y de hermosura. <strong>a</strong>h, verdaderamente <strong>g</strong>ranada no tiene ciudad que se asemeje a ella. <strong>l</strong>a echo hoy de menos de manera tan profunda -no como sult�n, sino como un simple morador- que el coraz�n se me desgarra.</p><empty-line/><p>�<strong>h</strong>ern�n�, que se ha convertido en un perro lagotero y grandote, de raza no muy pura, es mi mejor abrigo: �l me calienta como ning�n otro. <strong>n</strong>o lo dejo separarse de m�, cosa que, por otra parte, �l tampoco desea. <strong>s</strong>u disponibilidad me conforta y me abruma al mismo tiempo. <strong>n</strong>ing�n amigo sinti� por m� lo que �l; temo no llegar a corresponderle nunca en la misma medida.</p><p><strong>h</strong>ay momentos en que se pone especialmente expresivo: me lame las manos, coloca sus patas sobre mis hombros, busca con su hocico mi cara, y trata de arrastrarme a su juego. <strong>m</strong>e pregunto entonces qu� le ocurre, por qu� le asalta tan repentino afecto, qu� urgencia de m� le invade� <strong>h</strong>asta que caigo en la cuenta de que soy yo el necesitado, y, antes de que yo lo percibiera, lo ha percibido �l. <strong>c</strong>on una misteriosa premonici�n, me consuela a su modo de la tristeza o de la a�oranza que a�n no hab�a notado yo que me embargaban. <strong>n</strong>o sin turbaci�n, le doy las gracias, acaricio su cabeza basta y c�ndida, y me miro en sus dorados ojos inocentes.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, sin que lo precediera aviso alguno, lleg� a la fortaleza de <strong>p</strong>orcuna y estuvo conmigo una ma�ana. <strong>l</strong>a visita me ha producido un desasosiego que todav�a no consigo aplacar. <strong>m</strong>e ha dado explicaciones que no me tranquilizan. <strong>s</strong>eg�n �l, hab�a venido a entrevistarse con el rey <strong>f</strong>ernando -lo cual dobla mi desconfianzapara tratar de las efectivas condiciones de mi rescate. <strong>l</strong>o autorizaron a encontrarse conmigo, por lo que dice, tanto para que comprobara que no me hab�a fugado, lo cual es sorprendente, cuanto para agasajarme. <strong>e</strong>l agasajo consiste en un par de concubinas, mantos, braseros -ahora que es primavera-, alimentos nuestros, perfumes y algunos sirvientes granadinos que aligeren mi soledad. <strong>u</strong>na soledad que, a tenor de eso, se prev� larga.</p><p><strong>l</strong>as noticias que me proporciona del exterior me producen la angustiosa impresi�n de estar dentro de un sue�o, cuyos balanceos no soy capaz de dominar. <strong>l</strong>a monoton�a abrumadora de mi vida de cautivo es tan opuesta a lo que me dice que est� sucediendo fuera, que me veo como un valetudinario recluido en su alcoba y en su enfermedad; un valetudinario que, perdido todo contacto con su mundo anterior, hasta tal punto se ha alejado de �l, que prefiere no regresar ya nunca, no tener que aprenderlo de nuevo, no participar m�s en su vertiginosa corriente.</p><p><strong>m</strong>e asegura <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa -y no me extra�a tanto como debiera- que el rey <strong>f</strong>ernando, en los primeros d�as del pasado septiembre, hizo correr la voz de que yo hab�a sido liberado; m�s a�n, que yo opt� por aliarme con los ej�rcitos cristianos para ir contra el usurpador de mi trono, es decir, contra mi padre. <strong>y</strong> a�ade <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa que, en efecto, numerosos granadinos afirman haberme visto junto al conde de <strong>c</strong>abra y junto al marqu�s de <strong>c</strong>�diz haciendo frente a las algaras organizadas por el sult�n: concretamente, en el oto�o �ltimo, por el territorio de <strong>t</strong>eba y por los alrededores de <strong>a</strong>ntequera. <strong>y</strong> que cuando, en represalia, <strong>p</strong>once de <strong>l</strong>e�n volvi� a tomar <strong>z</strong>ahara yo marchaba a la cabeza de las tropas cristianas. (<strong>e</strong>n cierta forma, <strong>z</strong>ahara es un s�mbolo, porque su conquista fue la declaraci�n de guerra y la ruptura de la tregua hechas por mi padre hace tres a�os.) -�<strong>q</strong>u� justificaci�n te ha dado el rey de semejantes patra�as, suyas y de los granadinos?</p><p>��<strong>n</strong>inguna -me ha respondido <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa-, ni se me ha ocurrido siquiera ped�rsela. <strong>h</strong>abr�a sido in�til, y habr�a descubierto nuestro juego.</p><p>���<strong>q</strong>u� juego? -le pregunt�.</p><p><strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa sonri�.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>i esto es as�, comprendo ahora el empe�o del rey en obtener un retrato m�o. <strong>s</strong>u fin era encontrar a alguien -un renegado, por supuesto- cuyos rasgos fuesen similares a los m�os. <strong>a</strong>lguien que me sustituyese de lejos a los ojos, no muy acostumbrados a verme, de mis s�bditos. <strong>e</strong>s una nauseabunda argucia m�s del rey cristiano. <strong>c</strong>on ella se ha ahorrado el aprieto de elegir una de las dos soluciones que sus generales planteaban. <strong>c</strong>on ella sencillamente ha optado por las dos: yo sigo prisionero, y a la vez soy causa activa de una mortal divisi�n en el <strong>r</strong>eino de <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>p</strong>ero no es esto s�lo: hay much�simo m�s; hay aquello por lo que <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa sonri�. <strong>p</strong>reocupada mi madre por el inmediato efecto que la aparici�n entre los enemigos del sult�n joven -o sea, yo- produc�a en el �nimo de mis partidarios; preocupada porque tal aparici�n no era contradicha por el sult�n viejo, ya que robustec�a mi descr�dito, ha adoptado una soluci�n heroica, en el peor sentido de la palabra. <strong>e</strong>lla, por su parte, ha lanzado la especie de que yo me hab�a fugado, y de que me encontraba junto a ella, m�s entusiasta que antes del cautiverio, preparando una doble ofensiva: contra mi padre y contra los cristianos. <strong>c</strong>on el aval de su palabra, con la credibilidad que garantiza su presencia, y contando con el fruto que, de ser cierto, el hecho proporcionar�a, mi madre ha conseguido que a un tercero, tambi�n muy semejante a m�, se le reconozca como sult�n en <strong>g</strong>uadix. <strong>n</strong>o s� si a los adalides y jefes de los adeptos les habr� aclarado el embrollo y la realidad de sus intenciones; pero la ventaja que se obtiene es tan grande que no dudo de su aceptaci�n.</p><p><strong>e</strong>s decir, a estas horas, mientras en este castillo yo languidezco, tan poco aficionado a los combates como antes de que se me encerrase en �l, hay otros dos <strong>b</strong>oabdiles conduciendo cabalgadas, atacando ciudades con �xito o sin �l, arengando a soldados, compartiendo comida y cama con generales cristianos y tomando las m�s graves decisiones pol�ticas. <strong>e</strong>sto me lo relataba <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, estoy seguro que alborozado ante mi incredulidad, en voz muy baja y la zumba curv�ndole los labios. <strong>e</strong>s tan aficionado a las intrigas, que nadie podr�a juzgarlo ajeno a �sta.</p><p>��<strong>l</strong>a guerra -me ha dicho- la componen much�simas facetas. <strong>e</strong>s un complicado, duro y resistente cuerpo geom�trico. �<strong>q</strong>ui�n sabe cu�l es la principal de todas esas caras?</p><p><strong>q</strong>uiz� no sea la fuerza, ni las armas, ni la legitimidad, ni los ideales. <strong>q</strong>uiz� la principal faceta en estos tiempos sea una h�bil diplomacia.</p><p><strong>y</strong> se entretiene <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa narr�ndome mis propias aventuras.</p><p><strong>y</strong>o he sido auxiliar de don <strong>a</strong>lonso de <strong>a</strong>guilar; he comandado una hueste con el maestre de <strong>c</strong>alatrava, que es el superior de mi propio guardi�n aqu� en <strong>p</strong>orcuna; he prestado mi brazo a don <strong>l</strong>uis <strong>p</strong>ortocarrero en numerosas correr�as de frontera con feliz conclusi�n (pero �para qui�n feliz?); y, por el contrario, fui rechazado en esta misma primavera, es decir, hace no m�s de doce d�as, en <strong>c</strong>ardela junto al marqu�s de <strong>c</strong>�diz, y en <strong>i</strong>znalloz junto a otro gran maestre.</p><p><strong>m</strong>ientras el rey <strong>f</strong>ernando resolv�a sus asuntos del <strong>r</strong>osell�n, los �nicos capaces de distraerlo de la ofensiva final contra <strong>g</strong>ranada, yo he acompa�ado, d�a por d�a, al maestre de <strong>s</strong>antiago, por los territorios de <strong>a</strong>lora, de <strong>a</strong>lmog�a y de la sierra de <strong>c</strong>�rtama; he esperado con paciencia el avituallamiento que unas naves, desde <strong>s</strong>evilla, deb�an traer a la expedici�n dirigida contra <strong>c</strong>hurriana y <strong>p</strong>upiana. <strong>y</strong>o, con una reci�n estrenada bandera carmes�, he puesto sitio a <strong>c</strong>o�n y a <strong>a</strong>lhaur�n, antes de retomar el camino de <strong>a</strong>ntequera y alcanzar el valle del <strong>g</strong>uadalquivir galopando hacia <strong>c</strong>�rdoba.</p><p><strong>t</strong>odos mis movimientos est�n siendo exhibidos por los cristianos en provecho propio, y por la misma raz�n est�n siendo pregonados por los generales de mi padre.</p><p><strong>s</strong>i me permites condensar toda esta larga historia, de la parte cristiana, te dir� que lo que hace <strong>b</strong>oabdil (naturalmente, el suyo) es tomar parte trascendental en el trascendetal acoso que se planea contra <strong>m</strong>�laga.</p><p><strong>m</strong>e pregunt� entonces, y no consigo que la pregunta se me vaya de la cabeza, qu� opinar� de todo esto, precisamente en <strong>m</strong>�laga, mi t�o el emir <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�.</p><p>��<strong>p</strong>or fortuna -a�adi� <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa-, nosotros contamos con otro <strong>b</strong>oabdil.</p><p><strong>u</strong>n tercer <strong>b</strong>oabdil, que tambi�n soy yo, aunque empiezo a dudar que yo sea ni siquiera el primero. <strong>a</strong> trav�s de �l, despu�s de ser reconocido en <strong>g</strong>uadix, junto mi madre y mi mujer y mis hijos y toda mi familia, me instal� en <strong>a</strong>lmer�a, donde el pr�ncipe <strong>y</strong>aya, enemigo de mi padre desde siempre, nos ha acogido con calor y reverencia. <strong>a</strong>fianzado por mi presencia, se ha hecho fuerte contra la facci�n del nuevo sult�n -que es el sult�n viejo- y se ha erigido en defensor de mis derechos. <strong>u</strong>nos derechos que reverdecen con la gloria de haberme fugado de la c�rcel cristiana sin contrapartida de rehenes, ni de rescates, ni de tributos, ni de vasallajes. <strong>y</strong>o sospecho que el pr�ncipe <strong>y</strong>aya no obra a ciegas; sospecho que sabe que quien est� con �l en <strong>a</strong>lmer�a no soy yo, sino el segundo doble m�o. <strong>e</strong>so le otorga el vengativo placer de escarnecer a mi padre, y una valios�sima arma contra mi madre, si se decide a publicar la fals�a de todo.</p><p>��<strong>a</strong> ese respecto, tranquil�zate. <strong>p</strong>or muy astuto que sea <strong>y</strong>aya -�<strong>c</strong>omo lo eres t��, he pensado al o�r hablar as� a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa-, nada impedir� ya que la salpiquen los efectos de la suplantaci�n; una vez abonada por �l, no le conviene denunciarla.</p><p><strong>s</strong>ostiene <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa que la situaci�n -no provocada por mi madre, que sencillamente se ha visto arrastrada- era y es grav�sima.</p><p><strong>e</strong>n ella s�lo cabe luchar por el presente, aprovechar la racioncita de victoria que pueda ir obteni�ndose cada d�a, y resistir, resistir. <strong>s</strong>i el azar nos ha puesto en las manos una oportunidad, sea la que sea, no es ni cuerdo ni honrado rechazarla.</p><p>��<strong>e</strong>n definitiva, �qu� es un sult�n? -ha concluido-: un soldado victorioso, alguien a quien se sigue. -<strong>y</strong> con un dejo equ�voco, quiz� hasta levemente amenazador, ha agregado-: <strong>c</strong>ualquier hombre puede llegar a serlo. <strong>e</strong>l parecido de tu segundo doble (al primero no lo he visto) es tal, que podr�a suplantarte aun en las m�s complicadas y adversas circunstancias.</p><p><strong>d</strong>e los ojos se le borraba la amenaza, reemplazada por la iron�a.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>esconf�o de todos. <strong>d</strong>e tal manera desconf�o, que no me cabe duda de que tales complicadas circunstancias puedan llegar a darse.</p><p><strong>i</strong>ncluso de que se provoquen, si fuese necesario, hasta por mi propia madre. <strong>p</strong>ara ella los lazos del poder atan m�s que los lazos de la sangre. <strong>s</strong>i ha encontrado un testaferro d�cil, que suministra su cuerpo y sus facciones obedeciendo �rdenes suyas, ser� dif�cil que renuncie a �l. <strong>e</strong>l hecho de no tropezar en el gobierno con ninguna contradicci�n habr� de compensarla con creces de mi ausencia.</p><p>��<strong>l</strong>a sultana madre es cauta.</p><p><strong>p</strong>ara no abusar de una posici�n que puede convertirse en peligrosa, ha decidido que su <strong>b</strong>oabdil, con �su� <strong>m</strong>oraima, se retire a <strong>v</strong>era. <strong>s</strong>u misi�n all� es defender la frontera de <strong>m</strong>urcia y dirigir los movimientos de tropas, con decretos que ella se encarga de transmitir oficialmente.</p><p><strong>e</strong>n realidad lo que hace es regir todo con la complicidad de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y de <strong>a</strong>bdalbarr. <strong>c</strong>on socarroner�a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa continu�:</p><p>��<strong>p</strong>ara disculpar tu retiro y cubrir las apariencias, la sultana ha alegado razones de salud: de tu salud, quebrantada por el maltrato recibido en el cautiverio. <strong>a</strong>s� se a�aden a la heroicidad de la fuga los fulgores del martirio, con lo que el <strong>b</strong>oabdil de la sultana se encara con ventaja al <strong>b</strong>oabdil renegado y traidor de los cristianos.</p><p><strong>y</strong>o podr�a decir, como me han ense�ado los cristianos, ah� me las den todas, pero temo que cuando suene la hora de desenredar esta mara�a, si es que suena, ser� dolorosamente laborioso, o quiz� imposible, demostrar que el �nico <strong>b</strong>oabdil existente, mientras sus dobles actuaban a favor o en contra -o a favor y en contra a la vez- de su cabeza y de su coraz�n, se hallaba en un castillo, en <strong>p</strong>orcuna, donde naci� su propia <strong>d</strong>inast�a, inmovilizado entre los muros de una exigua torre del homenaje.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>as concubinas que trajo consigo <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa ven�an rigurosamente veladas. <strong>e</strong>l mismo d�a, cuando se hubo marchado el visir y redact� los papeles anteriores, llam� a las dos a mi estancia. <strong>s</strong>e resist�an, entre risas, a desprenderse del velo. <strong>a</strong>somaban sobre �l cuatro ojos magn�ficos: dos, de un azul casi turquesa; los otros dos, oscuros y centelleantes. <strong>r</strong>oc� con una mano cada uno de los cuerpos.</p><p><strong>p</strong>or un impulso, estrech� contra el m�o el de la propietaria de los ojos oscuros. <strong>s</strong>e abandon� a mis halagos de un modo que me hizo suspirar; pero, dando un paso atr�s, se hurt� de s�bito a ellos. <strong>u</strong>na mano que no me era extra�a desvel� el rostro; o� una carcajada, y vi unos labios frutales y queridos.</p><p><strong>e</strong>ra <strong>m</strong>oraima. <strong>n</strong>uestro encuentro fue tan deleitoso y prolongado que me ha impedido recapacitar sobre el asunto de los dobles. <strong>a</strong>hora, como dos seres an�nimos y ubicuos, ni ella ni yo estamos donde est�bamos.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>oraima, a la que me es forzoso llamar <strong>m</strong>ari�n para no descubrirla, me ha encontrado m�s metido en carnes a causa de la falta de ejercicio.</p><p>��<strong>d</strong>e cualquier ejercicio -dice, y se r�e al admitir que, en los lances de amor, soy m�s emprendedor que antes e irrebatiblemente victorioso.</p><p>��<strong>e</strong>l pasado -le coment� bien entrada la noche- no tiene prisa alguna: duerme. <strong>l</strong>o �nico que se puede hacer con �l y por �l es relatarlo. <strong>q</strong>uiz� por eso escribo los papeles que ves. <strong>n</strong>unca he sabido con tanta evidencia como hoy hasta qu� punto somos las min�sculas e involuntarias teselas de un mosaico, y c�mo es preciso retroceder y distanciarse para percibir con claridad su dibujo. <strong>d</strong>entro de �l, las teselas se confunden, ajenas a su particular significaci�n, en cumplimiento de su modesto oficio.</p><p><strong>e</strong>s con ellas con las que se logra la perfecci�n de trazos y colores que alguien superior decide, o acaso nadie; pero ellas no conocen qu� rostro, qu� cuerpo, qu� paisaje, qu� perfiles ayudan a formar.</p><p>��<strong>l</strong>as riendas de cuanto sucede fuera -me ha respondido <strong>m</strong>oraimano est�n ya, querido m�o, en tus manos. <strong>n</strong>o te entristezcas. <strong>l</strong>a historia de nuestro pueblo te eximir� de responsabilidad. <strong>q</strong>uiz� era eso lo que, de depender de ti, t� habr�as escogido.</p><p>��<strong>n</strong>unca la <strong>h</strong>istoria se enterar� de este galimat�as de <strong>b</strong>oabdiles. <strong>a</strong> ninguno de los de fuera le conviene esclarecerlo. <strong>y</strong> adem�s un rey sin atributos no es un rey.</p><p>��<strong>v</strong>ive y disfruta entonces como un hombre. -<strong>y</strong> a�adi� maliciosa-:</p><p><strong>c</strong>on los atributos de un hombre, que nadie te ha quitado.</p><p>��<strong>p</strong>ero sin libertad.</p><p>���<strong>q</strong>u� libertad crees t� que tienen los dem�s? <strong>y</strong>o soy, o fui, la hija de un especiero, <strong>b</strong>oabdil.</p><p><strong>t</strong>� me elevaste hasta tu altura.</p><p><strong>m</strong>i padre, por su merecimiento, lleg� a ser cuanto fue; pero a m� quien me elev� fue tu amor s�lo. <strong>y</strong> me elev� ya para siempre. <strong>p</strong>or mucho que a ti te parezca haber ca�do, yo no caer� jam�s. <strong>a</strong>unque dejases de amarme, nunca me podr�as arrebatar el privilegio de haber sido ya amada. <strong>d</strong>e ahora en adelante, yo ir� donde t� vayas; lo que sea de ti ser� de m�. �<strong>t</strong>rastornar� a mi alma que haya otro <strong>b</strong>oabdil y otra <strong>m</strong>oraima en <strong>v</strong>era, si estoy aqu� contigo? �<strong>q</strong>ui�n es de veras <strong>m</strong>oraima sino la que ama a <strong>b</strong>oabdil? �<strong>q</strong>ui�n es <strong>b</strong>oabdil sino el amado de <strong>m</strong>oraima? <strong>n</strong>o dejes que los nombres nos hieran.</p><empty-line/><p><strong>q</strong>u� lejos est� el d�a en que mi madre me propuso, o me orden�, casarme con una mujer sin rostro para m�. <strong>c</strong>�mo el destino, con su inextricable devanadera, ha oficiado en nuestro favor; a pesar de los pasos con los que parec�amos retroceder, a pesar de los episodios que se urd�an en nuestra contra. <strong>e</strong>l amor es este triunfo, esta valiente reciprocidad que no exige sino aquello que se le da; que dice s� cada ma�ana y se apresta a pasar el d�a, pendiente de quien ama, del modo m�s jubiloso que le sea posible.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>oraima sigui� habl�ndome:</p><p>��<strong>l</strong>o �nico que me entristece, y no tanto como para impedir que bendiga nuestra vida, es que hayamos perdido, tanto t� como yo, a quienes m�s am�bamos fuera de nosotros juntos, fuera del ser �nico que somos t� y yo juntos.</p><p>���<strong>a</strong> qui�n te refieres?</p><p>���<strong>a</strong> qui�n va a ser? -<strong>u</strong>na alarma aflor� a sus ojos; luego continu� m�s lentamente-. <strong>y</strong>o he perdido a mi padre; t�, a tu hermano.</p><p>���<strong>m</strong>i hermano <strong>y</strong>usuf? -grit�, quebrantando la norma que nos hemos impuesto de hablar bajo, para no despertar la susceptibilidad de los guardianes.</p><p>��<strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa no te ha contado nada. <strong>m</strong>e lo figur�. <strong>p</strong>ara �l era m�s c�modo que yo te lo dijera.</p><p><strong>m</strong>aldito raposo. <strong>p</strong>or eso me he tra�do: es lo �nico bueno que ha hecho, y a su pesar.</p><p><strong>m</strong>uy despacio, como la madre que arrulla a un ni�o, atus�ndome el pelo, sec�ndome con sus dedos las l�grimas, dej�ndome llorar contra su pecho, me ha relatado lo sucedido.</p><p><strong>y</strong>usuf ha muerto. <strong>y</strong>usuf ha sido asesinado.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>i t�o �el <strong>z</strong>agal�, a instancias de mi padre, hab�a cercado <strong>a</strong>lmer�a. <strong>e</strong>n ella, un simulacro de corte agrupaba a unos cuantos resistentes en torno a mi madre, a mis dos hijos y a mi hermano. <strong>e</strong>so lo supe por <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, pero con muy distinto matiz. <strong>m</strong>i madre, al ver tambalearse sus proyectos, deseosa de conservar en sus manos alguna ventaja, se refugi� con mis hijos en <strong>v</strong>era, donde estaba la corte del falso <strong>b</strong>oabdil. <strong>e</strong>l pr�ncipe <strong>y</strong>aya, cu�ado del �<strong>z</strong>agal�, se hallaba sin guarnici�n. <strong>s</strong>us habituales traiciones han ense�ado a precaverse a los sultanes granadinos, fuesen quienes fuesen; decidi�, pues, rendir la plaza. <strong>d</strong>esde la alcazaba sostuvo las pertinentes conversaciones con �el <strong>z</strong>agal�; pero, medroso de que mi t�o, al no encontrarnos a mi madre ni a m�, tomase represalias, quiso darle una prueba de que su sumisi�n era completa y de que se adher�a a su partido. <strong>h</strong>usayn, que pertenece a su desastrosa escuela y ha ganado su aprecio, estaba junto a �l. <strong>s</strong>in pensarlo dos veces, le mand� que matara a mi hermano, que lo decapitara y que llevase su cabeza, envuelta en alcanfor, a <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�.</p><p>�<strong>q</strong>u� cerraz�n le hizo olvidar que <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal� era el t�o y el suegro de mi hermano? �<strong>c</strong>reer�a que as� se adornaba al menos con la proeza de truncar la esperanza de la mitad del <strong>r</strong>eino? �<strong>c</strong>reer�a hacer m�ritos nuevos ante el <strong>s</strong>e�or de la <strong>a</strong>lhambra?</p><p><strong>h</strong>usayn fue en busca de <strong>y</strong>usuf.</p><p><strong>c</strong>uando mi hermano lo vio, supo a lo que ven�a, y m�s al presenciar c�mo tend�an una alfombra en el suelo y acercaban un alfanje afilado.</p><p>���<strong>t</strong>e env�a el sult�n mi padre para que me deg�elles?</p><p>��<strong>a</strong>s� es, <strong>y</strong>usuf -minti� <strong>h</strong>usayn.</p><p>��<strong>n</strong>unca o� ni le� que un padre hiciese nada semejante contra su hijo. -<strong>y</strong> a�adi� despu�s-: <strong>p</strong>ermite que lave mi cuerpo antes de entregarlo.</p><p><strong>s</strong>ali� a un patio con alberca, y se desabroch� las ropas, y purific� su joven cuerpo desnudo, y pidi� ropa limpia, y se la puso. <strong>l</strong>uego, mirando a <strong>h</strong>usayn que no lo hab�a dejado de vigilar, abri� los brazos y le dijo:</p><p>��<strong>s</strong>ea.</p><p><strong>y</strong><strong>h</strong>usayn cumpli� la orden. <strong>e</strong>l arca en que dispuso la cabeza de <strong>y</strong>usuf inclu�a tambi�n una cartela roja con una dedicatoria: �<strong>p</strong>ara el verdadero sult�n, de su primo <strong>y</strong>aya.� <strong>l</strong>a inscripci�n era equ�voca: �se dirig�a a mi padre, o estaba el gobernador de <strong>a</strong>lmer�a invitando al �<strong>z</strong>agal� a rebelarse?</p><p><strong>m</strong>i t�o contempl�, mudo, el l�gubre despojo y la cartela. <strong>s</strong>�, como si lo estuviese viendo, que mir� fijamente a <strong>h</strong>usayn, que le oblig� a bajar los ojos, que le congel� en los labios su sonrisa aduladora. <strong>d</strong>espu�s cerr� el arca damascena de nogal y de n�car en la que la cabeza le hab�a sido entregada, y le orden� a <strong>h</strong>usayn, ya sin mirarlo, que la llevase al instante a <strong>g</strong>ranada. <strong>t</strong>ras esto, prohibidas las gritas a su tropa, ocup� <strong>a</strong>lmer�a en el mayor silencio. <strong>e</strong>n la alcazaba, forz� a jurar a <strong>y</strong>aya sobre el <strong>c</strong>or�n, si no quer�a morir all� mismo a sus manos, que se somet�a para siempre a sus dictados.</p><p><strong>y</strong>aya lo obedeci�: est� demasiado hecho a jurar en falso como para arredrarse. <strong>y</strong> no s� si le dijo -aunque supongo que no, por su propio bien- que el <strong>b</strong>oabdil que hab�a tenido entre los muros de <strong>a</strong>lmer�a no era el aut�ntico.</p><empty-line/><p><strong>p</strong>or lo que ha contado un confidente, mi padre, al recibir la cabeza de mi hermano, a pesar de haberlo tenido �l mismo preso y amenazado de muerte, se sobrecogi� tanto que cay� al suelo presa de convulsiones. <strong>e</strong>l confidente, que no s� al servicio de qui�n lo es ni a qui�n vigila, dijo que fue un ataque de epilepsia, de los que el anciano no se ha visto en los �ltimos a�os completamente libre, y a�adi� que �se era el fin perseguido por mi t�o al enviarle el cruel trofeo. <strong>c</strong>uando mi padre se recuper�, estaba ciego; no ha conseguido recobrar ni la visi�n ni la salud. <strong>d</strong>e ah� -concluyen los informadores-, que anden revueltos los ulemas de <strong>g</strong>ranada en busca de una soluci�n que no est� ni a favor de mi padre ni al m�o.</p><p>��<strong>h</strong>ace tiempo -predican- que and�is divididos entre dos reyes, de los que ninguno tiene la autoridad requerida para remediar vuestros males. <strong>e</strong>l padre es inepto, por su edad y por sus dolencias, para salir contra el enemigo; el hijo es un ap�stata, desertor del trono y desgraciado por su destino. <strong>d</strong>igno de empu�ar el cetro s�lo es aquel que sepa blandir la espada. <strong>s</strong>i lo busc�is, no os ser� dif�cil encontrarlo.</p><p><strong>e</strong>n eso coinciden con la advertencia t�cita de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y con la sugerencia escrita por <strong>y</strong>aya en el horroroso regalo. <strong>t</strong>odos se refieren a mi t�o �el <strong>z</strong>agal�.</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o mismo aqu�, en <strong>p</strong>orcuna, he recapacitado a menudo sobre la renuncia de mis derechos en �l. <strong>p</strong>ero �qui�n respetar�a la voluntad de quien hoy llaman desertor del trono? �<strong>y</strong> de d�nde proceder�a esa abdicaci�n? <strong>s</strong>alvo contadas personas, no interesadas en dar constancia de ello, el resto ignora que a�n me hallo prisionero. <strong>t</strong>iene raz�n <strong>m</strong>oraima cuando dice que las riendas de lo que acaece fuera de aqu� no las tengo en mis manos.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>stos d�as pasados, desconcertado por el sesgo de los acontecimientos, he escrito unas cuantas frases, que me agradar�a que �el <strong>z</strong>agal� conociera alguna vez, pero s� que jam�s conocer�.</p><empty-line/><p>�<strong>a</strong>l enviado de <strong>d</strong>ios. <strong>a</strong>l invencible.</p><p><strong>a</strong><strong>a</strong>quel cuyo solo nombre provoca a�n el horror de los cristianos.</p><p><strong>a</strong><strong>a</strong>quel cuyos tambores son la �nica voz que se alza insobornable contra los reyes enemigos.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>o hab�a proclamado, y ahora te lo repito:</p><p>�<strong>i</strong>nt�ntalo; no te detengas m�s: ni t�, ni yo, ni nadie conoce el d�a ni la hora.</p><p><strong>a</strong>pres�rate; no te detengas, ind�mito.</p><p><strong>a</strong>lza tu brazo, valiente, y ve.</p><p><strong>e</strong>stamos todos suspendidos ante tu voz.</p><p><strong>c</strong>umple tu radiante destino de invencible.</p><p><strong>e</strong>narbola tu espada, y convoca y re�ne a las gentes dispersas.</p><p><strong>u</strong>n poco m�s, un poco m�s, �<strong>z</strong>agal�, porque no sabemos el d�a ni la hora.</p><p><strong>p</strong>ara que todos triunfemos, triunfa t� sobre todos, porque eres el �nico que puede comparecer solo frente a <strong>d</strong>ios.�</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o me desga�itaba en silencio, y en silencio en mi c�rcel me desga�ito y clamo:</p><p>�<strong>t</strong>oda la fuerza que yo no tuve nunca, todo el valor que fue siempre tuyo sin esforzarte, manifi�stalo ahora. <strong>h</strong>azlo y levanta tu arrebatador brazo.</p><p><strong>t</strong>riunfa. <strong>t</strong>riunfa, y d�janos anonadados.</p><p><strong>p</strong>orque sin ti no existe el <strong>r</strong>eino, y nada existir� si no lo salvas t�.</p><p><strong>e</strong>l d�a y la noche, sin ti, ser�n la misma cosa; sin ti, la vida y la muerte son iguales.</p><p><strong>d</strong>efi�ndenos: yo no soy ya capaz de defendernos.</p><p><strong>h</strong>e extraviado la ocasi�n y el sentido.</p><p><strong>h</strong>e llorado, y t� no; he aqu� la oportunidad de demostrarlo.</p><p><strong>t</strong>raici�name, �<strong>z</strong>agal�, yo no valgo la pena: olv�dame.</p><p><strong>d</strong>esde aquel d�a junto al mar, en que yo confund�, de ni�o, el mar contigo, y antes a�n, �<strong>z</strong>agal�, no he valido la pena.</p><p><strong>t</strong>raici�name, pero s� fiel a ti.</p><p><strong>o</strong>lv�dame, pero no olvides lo dem�s.</p><p><strong>m</strong>i pueblo y yo te lo agradeceremos.�</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n silencio, en mi celda, me desga�ito y clamo.</p><p><strong>v</strong>endr� quien venga.</p><p><strong>y</strong>o aqu� nada tengo que hacer. <strong>s</strong>e ha terminado todo.</p><p><strong>h</strong>abr�an de acudir, con rostros exigentes, mis interminables antepasados a caballo, y todo habr�a concluido.</p><p><strong>n</strong>o se trata de que suceda algo distinto, sino de que la serie de los sucesos se acab� para siempre.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>uego aparecer�n -d�jalo, �<strong>z</strong>agal�, olv�dalo- quienes me digan:</p><p>�<strong>t</strong>� lo perdiste todo�: pero s�lo yo s� lo que he perdido, y no lo dir� nunca.</p><p><strong>c</strong>uando se pierde tanto no se dice, porque tambi�n se pierde la palabra y el ansia de quejarse, y el derecho a la queja, y la estatura y la luz y la madre y el agua y la sed y los ojos.</p><p><strong>y</strong> la vida tambi�n se pierde, y ya no importa.</p><empty-line/><p><strong>u</strong>n pueblo viejo �ramos y un pueblo joven a la vez, y ahora, �qu� somos? <strong>n</strong>ada: un testimonio que, sin alegr�a, se extingue poco a poco; un subyugado, que no puede ser vencido porque no opone resistencia; una mercader�a que s�lo sirve para ser comprada, y a un precio muy barato�</p><p><strong>�</strong>ramos un pueblo que sab�a, y ahora somos un pueblo que no aprende; que no es viejo ni joven, sino triste.</p><p><strong>n</strong>o lloraremos sobre nuestros muertos, porque los hemos desobedecido; ni sobre nuestros hijos lloraremos, porque �qui�nes son nuestros hijos?</p><p><strong>a</strong>di�s decimos a los que ya no somos, y a los que nunca hemos de ser.</p><p><strong>p</strong>ero, m�s que a nada, adi�s decimos, desde ahora, a los muertos que desearon que fu�semos como ellos.�</p><empty-line/><p><strong>c</strong>uando le he le�do a <strong>m</strong>oraima estos versos, sin que el rostro se le descompusiera, llor� a mares.</p><p><strong>l</strong>as l�grimas resbalaban por sus mejillas libremente. <strong>c</strong>on las manos cruzadas sobre su regazo, me miraba sin parpadear. <strong>a</strong>l concluir, me ha besado con dulzura en los labios.</p><p>��<strong>n</strong>o s� si es verdad lo que has dicho, o si ser� verdad un d�a. <strong>d</strong>e lo que estoy segura es de que t� has hecho lo que deb�as hacer. <strong>y</strong> de que te amo.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a compa��a de <strong>m</strong>oraima ha sustituido a la de �<strong>h</strong>ern�n�, que cada noche sale de aqu� a rega�adientes.</p><p><strong>s</strong>in embargo, en medio del insomnio, a pesar de la ternura de <strong>m</strong>oraima que lo precede, se me aparece la imagen de <strong>y</strong>usuf.</p><p><strong>n</strong>unca consigo verlo vivo, ni jovial y reidor como era; ni lo veo ni�o, con su pelo tan claro, ni mayor, cuando ya el pelo se le hab�a oscurecido. <strong>l</strong>o veo siempre muerto. <strong>o</strong> veo s�lo en el aire su cabeza, que no me habla, ni me mira, con una expresi�n eclipsada e indescifrable. <strong>y</strong> huelo el alcanfor que la rodeaba, y siento como si alguien extendiese sobre mi rostro los ensangrentados pa�os que la envolv�an.</p><p><strong>n</strong>o me importa si mi hermano est� en el <strong>p</strong>ara�so o en el infierno; lo que me importa es que no est� ya aqu�, donde yo gozaba con la eventualidad -m�s o menos remota, o incluso inexistente- de verlo y de abrazarlo. <strong>y</strong> me asalta, como si yo mismo estuviese a la intemperie, la desaz�n que le produc�a la lluvia, y el inexplicable temor que le produc�a la luna llena. (<strong>d</strong>e ni�o se tapaba con la capucha los ojos para no verla, y se daba la vuelta, simulando una risa, para que yo no viese su temor.) <strong>y</strong> me pregunto d�nde estar� enterrado su cuerpo -su cuerpo solo, descabezado igual que una palmera desmochada-, lejos de nuestros antepasados, lejos de las raudas familiares, de los jardines en donde jugamos. <strong>y</strong> siento caer sobre m�, como dardos, las gruesas gotas de la lluvia que caen sobre su tumba, y la luz espesa y malvada de la luna. <strong>y</strong> dentro de m� crecen la n�usea y el desagrado y el terror que crec�an en �l, como si yo fuera �l. <strong>s</strong>� que el tiempo de la rosa y el tiempo del �rbol centenario tienen la misma duraci�n; s� que uno y otro contienen id�ntica cantidad de vida; pero acaso no es as� cuando la muerte se adelanta, cuando la rosa es cortada del rosal sin misericordia y a deshora.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>noche puedo jurar que me encontraba bien despierto cuando recib� una caricia. <strong>d</strong>escendi� por mi frente y mis mejillas, y se detuvo al llegar a mi barba. <strong>m</strong>e volv� para ver si era <strong>m</strong>oraima que se hab�a despertado; pero dorm�a.</p><p><strong>y</strong> he sabido, con m�s certeza que nada en este mundo, con mucha m�s seguridad de lo que podr�a expresar, que esa caricia era de <strong>y</strong>usuf.</p><p><strong>q</strong>ue era de la mano derecha de <strong>y</strong>usuf; de su mano incompleta y mutilada, pero lo bastante poderosa e inalterable como para colmarme de serenidad, y para persuadirme de que a�n no se ha ido, de que no se va nadie, de que -como promete <strong>m</strong>oraima, y pienso yo del amor- lo que una vez sucede, se queda sucediendo para siempre. <strong>e</strong>s la misma impresi�n de humildad y de grandeza, de plenitud y de vac�o, que tuve dentro de la <strong>m</strong>ezquita de <strong>c</strong>�rdoba; toda m�sica cesa, pero para dejar el silencio imprescindible donde ha de levantarse la verdadera m�sica, la que no cesa nunca.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>oraima y yo, igual que un viejo matrimonio bien avenido cuyos hijos salieron ya del hogar en persecuci�n de su destino -como si no fuese �l quien nos persigue-, pasamos las veladas refiri�ndonos historias o jugando al ajedrez.</p><p><strong>e</strong>lla suele ganarme. <strong>a</strong>yer mismo ha derrotado a mi rey con un simple pe�n. <strong>a</strong> veces hace trampas para hacerme ganar, no sea que me sobrevenga el aburrimiento de perder casi siempre. <strong>y</strong> otras veces soy yo quien hace trampas para intertar ganarle, aunque sin resultado.</p><empty-line/><p>��<strong>c</strong>omo la mansa concubina que eres aqu� -le he pedido esta noche-, toma el la�d, <strong>m</strong>ari�n, y distrae a tu due�o.</p><p><strong>e</strong>lla, con su voz densa y caliente, ha cantado un antiguo poema:</p><empty-line/><p>�<strong>s</strong>in cesar recorro con mis ojos los cielos, por si viese la estrella que t� est�s contemplando.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> los viajeros de todas las tierras les pregunto, por si alguno hubiese aspirado tu fragancia.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>uando soplan los vientos, les ofrezco mi rostro, por si ellos me trajesen noticias tuyas.</p><empty-line/><p><strong>p</strong>or los caminos yerro, sin objeto ni rumbo, por si escucho una canci�n que me diga tu nombre.</p><empty-line/><p><strong>f</strong>urtivamente miro a todo el que me encuentro, por si atisbo en alguno un rasgo que recuerde tu hermosura.�</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o, despu�s de besarla, he correspondido con otro poema:</p><empty-line/><p>�<strong>n</strong>o me tach�is de inconsecuente porque mi coraz�n haya sido apresado por una voz que canta.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> veces hay que estar severo, y a veces hay que abandonarse a la emoci�n: como la madera, de la que lo mismo procede el arco de un soldado que el la�d de una bella cantora.�</p><empty-line/><p><strong>d</strong>espu�s, abraz�ndola con todas las fuerzas de mi amor, le he recitado, como m�a, aquella declaraci�n de amor de <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>azm de <strong>c</strong>�rdoba:</p><empty-line/><p>�<strong>q</strong>uisiera rajar mi coraz�n, meterte en �l, y volver a cerrar despu�s mi pecho, para que estuvieses all�, y no habitaras en otro, hasta el <strong>d</strong>�a del <strong>j</strong>uicio y la <strong>r</strong>esurrecci�n.</p><p><strong>a</strong>s� vivir�as en m� mientras que yo existiera, y, a mi muerte, morar�as en el fondo de mi coraz�n iluminando las tinieblas del sepulcro.�</p><empty-line/><p><strong>l</strong>as manos cogidas, en un compartido silencio, no hemos vuelto a jugar al ajedrez en lo que a�n restaba de la noche.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy ha venido a despedirse <strong>m</strong>enc�a, la sobrina del comendador.</p><p><strong>s</strong>us p�lidos ojos estaban enrojecidos de llorar. <strong>d</strong>urante las �ltimas semanas hab�a hecho muy buenas migas con <strong>m</strong>oraima. <strong>s</strong>e intercambiaban menudos y c�mplices regalos, y se adiestraban la una a la otra en labores de costura y de bordado.</p><p>�<strong>h</strong>ern�n� hab�a cogido la man�a de gru�irle cada vez que entraba en nuestras habitaciones, como si alguien le hubiese hecho el indeclinable encargo de protegernos de cualquiera. (<strong>c</strong>ierto es que �<strong>h</strong>ern�n� se toma atribuciones que no nos son in�tiles del todo: apenas presiente unas pisadas que nosotros a�n no sentimos, se sobresalta, se amosca y rezonga, con lo que nos previene de lo que, sin �l, nos sorprender�a.) <strong>l</strong>a pobre <strong>m</strong>enc�a, deshecha en llanto, nos ha dicho adi�s hoy.</p><p><strong>m</strong>a�ana al alba sale para <strong>c</strong>uenca.</p><p><strong>s</strong>e va a vivir a casa de una vieja t�a, que habita en una aldea perdida a la orilla del <strong>h</strong>u�car.</p><p><strong>m</strong>enc�a es hu�rfana; ten�a la esperanza de conocer a un caballero fronterizo que la hubiese hecho su esposa. <strong>n</strong>o ha sido as�. <strong>h</strong>oy <strong>m</strong>enc�a lloraba y nada m�s.</p><p><strong>e</strong>l capell�n, con la cara inflexible y el ruido de espuelas que lo anuncia, vino a recogerla, y se la llev�, entre sollozos, sin contemplaciones.</p><p>��<strong>y</strong>o creo que la trasladan para evitar el roce con nosotros, y el excesivo afecto que te demostraba.</p><p>�<strong>n</strong>o has visto el ce�o del capell�n?</p><p>��<strong>s</strong>�, pero se la llevan por otra raz�n. <strong>q</strong>u� lerdos sois los hombres.</p><p>��<strong>n</strong>o te entiendo -le he confesado a <strong>m</strong>oraima.</p><p>��<strong>m</strong>enc�a est� embarazada. <strong>u</strong>no de los calatravos que estuvo aqu� por las fiestas de <strong>n</strong>avidad la sedujo, o quiz� ella a �l. <strong>m</strong>enc�a se niega a decir qui�n es el caballero, probablemente porque ser� casado. <strong>y</strong> ahora su t�o la devuelve a su tierra para que d� a luz a escondidas, sin duda fingiendo ser una cuitada viuda de guerra.</p><p>���<strong>c</strong>�mo puedes haber inventado semejante infundio? <strong>l</strong>os hombres seremos lerdos, pero las mujeres ten�is unas lenguas todav�a m�s venenosas que �giles.</p><p>��<strong>s</strong>i ese infundio lo ha inventado <strong>m</strong>enc�a, no lo s�; pero es exactamente lo que ella me cont�.</p><p><strong>n</strong>unca un hombre acabar� de conocer un alma femenina. <strong>l</strong>o que entre ellas se trasluce, con meridiana claridad, de un parpadeo, de una manera de sentarse o de enhebrar la aguja, constituye para nosotros un secreto insondable.</p><p><strong>d</strong>e nuevo, y no por motivos del todo diferentes, sale otro de mis compa�eros del castillo. <strong>m</strong>e qued� sin el desventurado <strong>m</strong>ill�n de <strong>a</strong>zuaga -que, en efecto, fue quemado en <strong>c</strong>�rdoba- y ahora me quedo sin <strong>m</strong>enc�a. <strong>p</strong>or fortuna mi buen hado me ha tra�do a <strong>m</strong>ari�n.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>asim el eunuco me env�a, de tanto en tanto, un mensajero. <strong>n</strong>o s� c�mo se las arregla para hacerlo a escondidas de los dignatarios de la <strong>a</strong>lhambra, y tambi�n de mis guardianes de <strong>p</strong>orcuna. <strong>n</strong>unca se ponderar�n bastante las argucias de un eunuco avispado. <strong>n</strong>asim tiene la habilidad de resistir indemne en <strong>g</strong>ranada y de satisfacerme aqu�.</p><p><strong>s</strong>� que no es fiel a ninguna de las partes, sino infiel a las dos; pero, aun as�, su deferencia nutre mis ilusiones de que no todo est� perdido. <strong>s</strong>u mensajero trae consigo noticias escritas, no muy profusas, de cuanto acaece. <strong>i</strong>magino que aligera lo que a m� me pudiese apenar. <strong>y</strong>o lo suplo, sin embargo, cargando las tintas en lo que me parece l�gico, aunque sea en contra m�a, y sus mensajes me ayudan a sobrellevar este aislamiento.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>as cr�nicas, por llamarlas de alguna manera, que me ha remitido en el mes de septiembre son alentadoras. <strong>v</strong>eo c�mo van asent�ndose las cosas, conducidas de la mejor manera a su fin, que acaso sea el nuestro.</p><p><strong>d</strong>esde la primavera, los cristianos no han echado pie a tierra, sin ocultar su prisa por asegurarse la dominaci�n de todo el territorio. <strong>l</strong>os hechos colaboran con ellos: a partir de primeros de a�o, a causa de su debilitaci�n, mi padre ha delegado sus poderes en mi t�o �el <strong>z</strong>agal�, cuya estrella brilla y se alza m�s cada d�a.</p><p><strong>l</strong>a campa�a castellana empez� en abril con unas operaciones secundarias: la ocupaci�n de dos plazas fortificadas, <strong>c</strong>o�n y <strong>c</strong>�rtama, y la toma de los castillos de <strong>a</strong>lmara y <strong>x</strong>itinin. <strong>p</strong>oco despu�s, ante su acoso, se rindieron dos ciudades situadas a muy poca distancia de <strong>m</strong>�laga, que es la m�s pr�xima ambici�n del rey <strong>f</strong>ernando: <strong>c</strong>ampanillas y <strong>c</strong>hurriana abren, en efecto, el camino hacia nuestro puerto primordial. <strong>s</strong>in embargo, mi t�o lo ha fortificado y se encuentra bien guarnecido, por lo que <strong>f</strong>ernando desisti� de momento.</p><p><strong>p</strong>ero s�lo para urdir una trampa: plane� con sutileza un falso ataque a <strong>l</strong>oja, ciudad estrat�gica por ser la llave del camino de <strong>g</strong>ranada, y logr� que mi t�o se dirigiese a ella con sus tropas. <strong>c</strong>ay� as� en el garlito, porque el aut�ntico grueso del ej�rcito cristiano se apostaba en <strong>r</strong>onda, que domina y sostiene todas las poblaciones nazar�es hasta la costa, pero de la que ya escribi� <strong>i</strong>bn al <strong>j</strong>atib que los enemigos le ten�an cogido el fleco de la t�nica.</p><empty-line/><p><strong>a</strong><strong>r</strong>onda la defend�an sus numerosos habitantes, reforzados por los gomeres, y, sobre todo, por su situaci�n. <strong>e</strong>l d�a 8 de mayo la vanguardia castellana, capitaneada por el marqu�s de <strong>c</strong>�diz, avist� la ciudad, de pie sobre sus farallones, blanca y cerrada, atractiva como ninguna otra para cualquier consquistador, precisamente por su larga historia de tentativas malogradas. <strong>l</strong>os continuos disparos de la artiller�a sitiadora, para la que no estaba prevenida, desmantelaron el d�a 17 sus murallas. <strong>y</strong> el 19 cortaron los asaltantes el suministro de agua, con lo que se sum� al cerco la terrible amenaza de la sed en un mes de mayo caluroso. <strong>d</strong>os d�as m�s tarde, el visir <strong>i</strong>brahim al <strong>h</strong>akim destac� un parlamentario con la propuesta de la rendici�n. <strong>f</strong>ue la contumacia de los cristianos y su inconmovible prop�sito de no moverse de all� lo que m�s influy� en el �nimo de los sitiados. <strong>e</strong>l visir obr� con cordura para evitar una mortandad in�til, aunque muchos de los que no eran vecinos de <strong>r</strong>onda, y estaban por tanto libres de sus angustias, opinen lo contrario. <strong>e</strong>l d�a 20 mayo <strong>r</strong>onda capitul�. <strong>p</strong>or consiguiente, capitularon las aldeas de la <strong>s</strong>erran�a y <strong>m</strong>arbella. <strong>l</strong>a resistencia nazar� por la frontera occidental, hab�a sido, desde ese punto y hora, aniquilada.</p><p><strong>c</strong>on qu� sucintas l�neas se puede describir una ca�da mortal.</p><p><strong>e</strong>n ellas no se incluye el pavor de la gente ante su futuro, ni el hambre y el llanto de los ni�os, ni la sangre, ni la negra viudedad de las mujeres, ni la vejaci�n de los varones, ni el abatimiento de los responsables, ni el hundimiento de todos. <strong>l</strong>as cr�nicas dir�n �<strong>r</strong>onda fue conquistada�, o �<strong>r</strong>onda fue perdida�, seg�n quien las escriba; en esas tres palabras se comprend�a todo el dolor de un mundo.</p><empty-line/><p><strong>r</strong>abioso por el enga�o, mi t�o �el <strong>z</strong>agal�, que no tuvo ni tiempo de confortar a los sitiados, destruy� un destacamento que se propon�a aprovisionar <strong>a</strong>lhama, y clav� en venganza las cabezas cristianas en picas, para enardecer a sus huestes, desalentadas por la p�rdida de <strong>r</strong>onda y todo su espeluznante significado. <strong>s</strong>e encamin� luego a <strong>g</strong>ranada, donde fue recibido en triunfo. <strong>�</strong>l conoce, sin embargo, mejor que nadie, lo comprometido del momento. <strong>l</strong>os gobernantes a menudo deben aceptar el laurel y el aplauso para no deprimir a sus s�bditos, a sabiendas de que con ello les hacen concebir nefastas ilusiones. <strong>p</strong>ero, para un enfermo condenado a muerte, �qu� es mejor: anunciarle con cruel franqueza su fin, o vivificarlo hasta que llegue lo que fatalmente ha de llegar? <strong>n</strong>o siempre es la verdad la mejor arma.</p><p><strong>t</strong>ambi�n <strong>s</strong>oraya, en la <strong>a</strong>lhambra, estaba a la perfecci�n al tanto del conflicto. <strong>d</strong>os d�as antes, previendo la llegada del �<strong>z</strong>agal�, hab�a enviado en secreto a su marido el sult�n a <strong>s</strong>alobre�a, por si su salud mejoraba con la proximidad del mar, el blando clima y la separaci�n de acucias y presiones. <strong>a</strong>bul <strong>k</strong>asim <strong>b</strong>enegas, el visir, que no contaba ya con el valimiento de la sultana y que vaticinaba cortos la vida y el reinado de mi padre, hab�a promovido, pag�ndolos, algunos motines populares. <strong>e</strong>n ellos se solicitaba la abdicaci�n del sult�n, para congraciarse con quien l�gicamente deber�a sucederle. <strong>n</strong>o obstante, mi t�o no aspiraba en apariencia a la corona; aunque el pueblo entero reclamaba un rey joven, en�rgico, decidido y capaz de ir en persona al frente de las tropas.</p><p><strong>s</strong>oraya, al borde de ver abortada su ambici�n, hizo un desesperado intento. <strong>f</strong>orz� a mi padre, antes de retirarse a <strong>s</strong>alobre�a, a abdicar en su hijo mayor, un ni�o a�n, dejando en manos de ella la regencia. <strong>p</strong>ero unos cuantos delegados de <strong>a</strong>bul <strong>k</strong>asim <strong>b</strong>enegas, fingiendo ignorar la ausencia del sult�n, subieron a comunicarle el lamentable estado de la situaci�n.</p><p><strong>s</strong>oraya pretendi� distraerlos; aludi� a un pasajero malestar del sult�n que lo reten�a en sus alcobas, y solicit� un aplazamiento de la audiencia. <strong>p</strong>ero ante la porf�a de los visitantes, desenmascarada, casi les insult�.</p><p>��<strong>a</strong>�n vive el rey leg�timo, adornado con las glorias del emirato y orgulloso de haber hecho por <strong>g</strong>ranada m�s que ning�n otro de la <strong>d</strong>inast�a; est� enfermo en la costa, y yo aqu� lo represento. <strong>p</strong>ero si consider�is igual estar enfermo que muerto, proclamad ahora mismo rey a su hijo. <strong>t</strong>ened la seguridad de que con ello serv�s al sult�n que <strong>d</strong>ios os depar�, un h�roe que se recuperar� en el reposo de la playa, y regresar� con la espada en la mano (no lo olvid�is) a sentarse en su trono.</p><p><strong>d</strong>espu�s de una reuni�n provocada por <strong>b</strong>enegas y sus parciales, todos los hombres que significaban algo en <strong>g</strong>ranada llegaron a un previsible acuerdo: a nadie conven�a ni un rey moribundo, ni un rey ni�o.</p><p>��<strong>t</strong>enemos a la mano -grit� el tornadizo <strong>b</strong>enegas- a quien puede proporcionar m�s beneficios a este <strong>r</strong>eino. <strong>e</strong>n estos mismos momentos est� postrado ante <strong>d</strong>ios en la mezquita de la <strong>a</strong>lhambra.</p><p><strong>c</strong>orrieron los reunidos y llegaron a tiempo de ver salir de ella al �<strong>z</strong>agal� y montar a un caballo, en el que se dispon�a a ir a <strong>s</strong>alobre�a a cumplimentar a su hermano. <strong>s</strong>in dejarlo siquiera descender la <strong>s</strong>abica, all� mismo lo proclamaron sult�n.</p><p>�<strong>e</strong>l <strong>z</strong>agal� toler� en la <strong>a</strong>lhambra la presencia de <strong>s</strong>oraya y de sus hijos, aun cuando su lugar estaba junto al enfermo. <strong>n</strong>o tard�, sin embargo, en comprender que la intenci�n de <strong>s</strong>oraya era seducirlo y contraer matrimonio con �l, a costa incluso de envenenar al sult�n agonizante; estaba m�s dispuesta que nunca a proseguir su carrera. <strong>a</strong>nte tan incorregible actitud, mi t�o la envi� a <strong>s</strong>alobre�a con sus dos hijos, y poco despu�s, cuando se convenci� de que nada restablecer�a la salud del sult�n, aconsejado por los m�dicos que encontraban m�s saludable para �l el clima de <strong>m</strong>ond�jar, lo traslad� all� con su familia. [<strong>u</strong>no de mis partidarios, al que me resisto a dar cr�dito, me asegura que si permiti� a <strong>s</strong>oraya quedarse en la <strong>a</strong>lhambra, e incluso �l -no ella- habl� de matrimonio, fue para que le descubriese en d�nde hab�a escondido los tesoros reales, imprescindibles para continuar la guerra.] <strong>a</strong>nte las primicias de un sult�n bravo, querido y no impuesto por innobles maniobras, <strong>g</strong>ranada estall� de j�bilo; con todo, una peque�a parte del <strong>a</strong>lbayz�n continuaba si�ndome fiel. <strong>e</strong>l alzamiento del �<strong>z</strong>agal� al trono alegr� tambi�n al rey <strong>f</strong>ernando, que ve�a as� a�n m�s dividida nuestra monarqu�a.</p><p><strong>l</strong>a �nica duda que le queda es cu�l ser� el momento justo, por m�s da�ino para nosotros, de librarme y echarme a pelear contra mi t�o y contra los legitimistas partidarios de mi padre.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>u alegr�a se enfri� un tanto con la primera haza�a del �<strong>z</strong>agal�, que justific� con ella las esperanzas en �l puestas. <strong>a</strong>l iniciar <strong>f</strong>ernando su campa�a estival, aunque tard�a, decidi� comenzarla por la <strong>v</strong>ega. <strong>e</strong>nvi� por delante su vanguardia al mando del conde de <strong>c</strong>abra, quien escogi� el camino de <strong>m</strong>ocl�n. <strong>p</strong>ero �el <strong>z</strong>agal� adivin� el regate, y acudi� al remedio con rapidez y un fuerte contingente de soldados. <strong>t</strong>ras una �spera batalla, la derrota del conde fue terrible.</p><p><strong>d</strong>estrozado su orden, la mayor parte de los cristianos pereci� en un barranco que los nuestros titularon de la <strong>m</strong>atanza, y el mismo conde sali� mal librado y herido. <strong>p</strong>or a�adiduras, mi t�o, para demostrar su insolente valor, tuvo la osad�a de retar al rey cristiano y de acampar dos d�as seguidos en el lugar de su victoria por si <strong>f</strong>ernando tentaba aceptar su reto y vengar el notorio descalabro de uno de sus capitanes predilectos. <strong>e</strong>n realidad, el vengado en el conde de <strong>c</strong>abra he sido yo.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>asim me comunica -y copio su carta casi literalmente- que, si la campa�a cristiana hubiese dependido de <strong>f</strong>ernando, se hubiese postergado hasta la siguiente primavera. <strong>a</strong> la derrota de <strong>m</strong>ocl�n se a�adieron la enorme mortandad que la peste causa en <strong>s</strong>evilla, donde se entierra a la gente amontonada, y el malestar y la tristeza de la <strong>c</strong>ristiandad entera. <strong>p</strong>ero, seg�n se dice, la reina <strong>i</strong>sabel, para fortificar el �nimo de sus s�bditos y encender su poquedad, a caballo delante de los soldados, les exhort�:</p><p>��<strong>h</strong>ijos m�os castellanos y aragoneses, quiero poner en vuestras armas la dicha de nuestros reinos. <strong>d</strong>e ahora en adelante, ni <strong>c</strong>astilla ni <strong>a</strong>rag�n se conformar�n con inestables treguas, ni con parias que puedan ser negadas a la primera coyuntura. <strong>c</strong>on la vista puesta en vosotros y en vuestras familias, arrodillados ante la voluntad de <strong>d</strong>ios, el rey y <strong>n</strong>os decretamos la continuaci�n de la guerra, sin cejar hasta que los infieles sean expulsados de esta tierra que es nuestra.</p><p><strong>a</strong>s�, como mujer y como reina, infundi� un nuevo aliento en su tropa. <strong>e</strong>ste matrimonio se ha acomodado con perspicacia en los dos platillos de una misma balanza. <strong>e</strong>l fiel de ella es la conquista; cuando uno de los c�nyuges desfallece, el otro medra y se levanta, impulsado por la misma fuerza que abate al primero. <strong>d</strong>e ah� que juzgue imposible vencerlos.</p><p><strong>m</strong>as lo que ignoran ambos -y lo ignorar�n mientras est� en mi manoes que he tomado, de acuerdo con <strong>m</strong>oraima, una determinaci�n no menos firme que la de ellos. <strong>c</strong>reer�n muchos que la tom� s�lo por mi ego�smo y para mi descanso, pero puedo jurar que la tom�, sobre cualquier otra consideraci�n personal, en beneficio de mi <strong>r</strong>eino.</p><p><strong>s</strong>u suerte me importa mucho m�s que la m�a, y, si sus d�as est�n contados, procurar� de todo coraz�n que sean lo m�s pl�cidos, luminosos y felices posible. <strong>a</strong>unque para ello tenga que sacrificar mi vida, que es a lo que equivale sacrificar mis derechos al trono.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy ha pasado el d�a conmigo <strong>g</strong>onzalo <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba.</p><p><strong>h</strong>emos almorzado juntos. <strong>m</strong>oraima actu� de sirvienta. <strong>a</strong>penas dos veces se han tropezado nuestros ojos, medrosos como estamos de que hasta una mirada nos delate. <strong>d</strong>espu�s de haberse ido, <strong>m</strong>oraima y yo hemos comentado lo que nos parec�a el personaje.</p><p><strong>g</strong>onzalo se muestra a�n m�s cuajado y viril que la �ltima vez.</p><p><strong>c</strong>ierta gravedad se ha hecho compatible con su soltura, y cierta severidad, con su simpat�a. <strong>d</strong>e expresi�n seria, sus rasgos son limpios y armoniosos. <strong>q</strong>uiz� administra su sonrisa con excesiva circunspecci�n; por eso, cuando sonr�e y muestra su blanca dentadura, es como si el sol se vertiese sobre un paisaje no amanecido a�n. <strong>t</strong>iene unas manos enjutas y marcadas por las riendas y por las armas, pero a la vez de una inocultable elegancia. <strong>s</strong>u cuerpo es esbelto y bien formado; sin ser muy alto, da la impresi�n de sobrepasar a quienes lo rodean por la inc�lume majestad que emana su figura. <strong>c</strong>reo que, si se except�a a mi t�o �el <strong>z</strong>agal�, nunca he visto a nadie tan nacido para mandar y tan dotado para ello.</p><p><strong>e</strong>stoy seguro de que don <strong>g</strong>onzalo no necesita levantar la voz para ser obedecido, ni alterarse para que sus �rdenes se acaten. <strong>d</strong>udo que un d�a le suceda a �l lo que en <strong>l</strong>ucena a m�, cuando mis hombres me abandonaron; �l no precisa arengas para retener a sus soldados, que preferir�n la muerte a una mirada suya de desd�n. <strong>e</strong>st� hecho, en una palabra, para conducir a un pueblo a la victoria. <strong>e</strong>s el capit�n cristiano que m�s temo y al �nico que quiero. <strong>p</strong>orque sus palabras y actitudes denuncian una limpia eficiencia y una perseverancia g�lida, pero no hay odio en ellas; �l se presenta como el �til y acerado instrumento de algo que ha de cumplirse, y en lo que su coraz�n no est� implicado.</p><p><strong>d</strong>urante el tiempo que permaneci� conmigo trab� un discurso sobre las armas y la guerra tan coherente y l�cido que me pesar� no transmitirlo con fidelidad. <strong>e</strong>n mis papeles carmes�es dibuj� planos e ingenios de artiller�a, escribi� n�meros, y distribuy� cuerpos de ej�rcito como si fuese un general antes de una batalla. <strong>c</strong>on una cortes�a y una cordialidad m�s de un aliado que de un adversario. <strong>s</strong>e comprende que, a pesar de su juventud, los reyes tengan en �l una fe insuperable. <strong>e</strong>s el mejor de sus nuevos capitanes: todos hechos a su imagen, compartidores de sus ideales, y no maleados por las luchas personales e interesadas de anta�o que tanto nos sirvieron a nosotros. <strong>d</strong>e escucharlo se sacan dos conclusiones. <strong>l</strong>a primera, su concepto renovado de la estrategia y de la t�ctica, su sabidur�a militar, en ocasiones se dir�a que infusa, y, sobre todo, su concordancia con los reyes en proyectos, en entereza y en determinaci�n, lo que lo convierte en un perfecto vasallo. <strong>l</strong>o segundo que se deduce, no s� si a su pesar o quiz� incluso a pesar de ignorarlo, es que est�, de una manera reservada o todav�a inconsciente, enamorado de su reina. <strong>m</strong>oraima lo ve m�s claro a�n que yo: al hablar de ella, sus opiniones extasiadas y sus ensalzamientos indican que es para �l la m�s alta maravilla que existe, y que su galard�n m�ximo es haber coincidido con ella en esta vida.</p><p>��<strong>u</strong>no se queda perplejo viendo a una mujer -dice- ocuparse directamente de los planes de campa�a, votar entre los m�s viejos y experimentados capitanes, tratar de t� a t� con ellos, y encauzar los preparativos con un conocimiento que con dificultad habr�an alcanzado los guerreros de los tiempos antiguos. <strong>�</strong>sta es la novedad que marca de un modo m�s visible lo que se aproxima o est� ya entre nosotros; esto es lo que no nos va a permitir fracasar, se�or, si me perdon�is que os lo diga. <strong>d</strong>espu�s de todo -se excusaba-, los resultados est�n en las manos de <strong>d</strong>ios, cuyos caminos son misteriosos y sus juicios inescrutables.</p><p><strong>y</strong>o admiraba y envidiaba c�mo se unen en �l la galanura con la autoridad.</p><p>��<strong>e</strong>l valor ciego -a�ade- no dirigir� m�s las operaciones b�licas como hasta ahora ocurr�a; la fuerza ser� s�lo el instrumento de la previsi�n y de la inteligencia.</p><p><strong>l</strong>a guerra de <strong>g</strong>ranada, de ello estoy convencido, ha inaugurado una escuela donde se estudiar� y ensayar� el arte militar para otras empresas a�n m�s dif�ciles que se nos preparan. <strong>a</strong>qu� van a formarse soldados que ser�n el espejo de todos y el adorno de la milicia universal. <strong>p</strong>orque nada se fiar� a la casualidad, y el azar va a ser nuestro primer enemigo. <strong>e</strong>xiste un plan bien pensado que habr� de respetarse, y que, junto a la labor diplom�tica del rey, nos conducir� al triunfo. <strong>s</strong>� que es duro, se�or, que venga un capit�n cristiano a hablaros de estas cuestiones; pero estimo que son las que m�s os interesan, y tambi�n que el compa�erismo y la cortes�a no est�n re�idos con los puestos, muy superior el vuestro al m�o, que ambos ocupamos en esta contienda. <strong>e</strong>ntendedlo como una prueba de mi respeto y de mi confianza en vos, que sois distinto de los sultanes anteriores; mi presencia aqu� y el contenido de nuestra conversaci�n no tienen otro objeto.</p><p><strong>l</strong>uego, a ra�z de mis preguntas -no s�lo curiosas, sino aturdidas por sus respuestas-, me expuso, con naturalidad, sus ideas y sus aspiraciones.</p><p>��<strong>s</strong>e trata de aplicar a la conquista del reino de <strong>g</strong>ranada las mismas reglas que sirven para tomar una sola plaza fuerte. <strong>e</strong>n primer lugar, hay que cortar sus comunicaciones y los posibles socorros exteriores, para reducir al enemigo a sus propias fuerzas y recursos.</p><p><strong>o</strong>s pido una vez m�s perd�n -se interrumpi� con una leve sonrisa-.</p><p><strong>n</strong>osotros, se�or, jugamos con la ventaja de re�ir la batalla en campo ajeno: �l ser� el que m�s sufra; en cambio, se nos exige, o nos hemos de exigir, no improvisar, sino proveernos de antemano. <strong>e</strong>l disminuir cuantos bienes les quedan a los granadinos en su propio territorio es una cuesti�n esencial para nosotros, sobre todo en un pa�s de tanta poblaci�n y tantas necesidades como el vuestro. (<strong>d</strong>ispensadme que hable de los granadinos como si vos les fueseis ajeno; lo hago para mayor comodidad: as� tendr�n un tono menos �cido nuestras reflexiones.) <strong>e</strong>s precisa, pues, la triste misi�n de destruir como se ven�a haciendo; pero ahora con norma y con sistema: hay que talar los bosques, asolar molinos y cosechas, cegar pozos, arrasar cualquier otro medio de subsistencia. <strong>y</strong>a desde nuestra segunda campa�a acompa�an al ej�rcito no menos de treinta mil peones diputados solamente para estos menesteres. <strong>p</strong>orque la guerra se ha transformado en una cuesti�n no ya de escaramuzas y guerrillas, sino de asentamientos y de sitios, y la capital de <strong>g</strong>ranada se ha de tomar como si fuese el cuerpo principal de la plaza a que antes compar�bamos el <strong>r</strong>eino entero. <strong>s</strong>us defensas externas son las otras ciudades, los pueblos murados, los castillos, las fortalezas, las atalayas y las torres. <strong>h</strong>ay que ir gan�ndolas para acercarse paulatinamente al destino final, es decir, a la ciudadela, que aqu� es <strong>g</strong>ranada misma y, dentro de ella, a su coraz�n, que es la <strong>a</strong>lhambra.</p><p><strong>y</strong>o, ante su fr�a precisi�n, prefer� descansar un momento y le interrogu� sobre la reina. <strong>�</strong>l sonri�.</p><p>��<strong>l</strong>a reina se encarga de la f�brica de municiones, de los acopios de p�lvora y madera, de lo referente a la intendencia, de lo referente a la recluta del ej�rcito y de la estabilidad de nuestro lado de la frontera, que no debe perturbar la marcha de la guerra. <strong>e</strong>sa marcha ha de ser m�s o menos lenta, pero ininterrumpida. <strong>t</strong>ambi�n se atarea en lo que ata�e a la rapidez de las comunicaciones, para lo que ha mandado instalar un sistema de postas. <strong>y</strong>, por si fuera poco, cuando estuve en <strong>v</strong>itoria con motivo de la recompensa que se otorg� a vuestros aprehensores, la reina expidi� all� una provisi�n sobre el modo en que han de cooperar con nosotros las fuerzas mar�timas, para barrer las costas africanas e impedir el desembarco de hombres y bastimentos. <strong>a</strong> tal efecto dispuso que pasase al <strong>m</strong>editerr�neo la flota de <strong>v</strong>izcaya, y que se emplazasen apostaderos junto al <strong>e</strong>strecho, desperdigados pero abundantes, y a lo largo de la costa, las naos capitaneadas por los mejores: <strong>m</strong>art�n <strong>d</strong>�az de <strong>m</strong>ena, <strong>c</strong>harles de <strong>v</strong>alera, el irland�s, <strong>g</strong>arcil�pez de <strong>a</strong>rriar�n, mos�n de <strong>r</strong>equess�ns, <strong>�</strong>lvaro de <strong>m</strong>endoza y <strong>a</strong>ntonio <strong>b</strong>ernal.</p><p>���<strong>y</strong> qu� armas habr�n de utilizarse, don <strong>g</strong>onzalo, para satisfacer unas demandas, si no del todo nuevas, s� notablemente mayores que hasta ahora? -<strong>f</strong>ui yo quien sonre�a esta vez al hacer la pregunta.</p><p>��<strong>a</strong>rmas de fuego mucho m�s poderosas, se�or. <strong>l</strong>os musulmanes conf�an la defensa de sus pueblos a la posici�n en que est�n emplazados, y por eso no suelen hacer fosos, ni trincheras, ni murallones, sino endebles tapias levantadas en planos confusos, que no resistir�n, ni resisten de hecho, las colosales balas de piedra de nuestros ca�ones. <strong>j</strong>unto a las bombardas, empleamos ya ribadoquines, cerbatanas, pasavolantes, b�zanos y otros artificios. <strong>y</strong> as�, los granadinos, que son muy valientes en la defensa de sus plazas, y resignados y sufridos ante las privaciones del hambre y de la sed, y temibles en sus salidas, a las que est�n m�s acostumbrados que nosotros, caen espantados y en desorden al comprobar que nuestra artiller�a aterra f�cilmente sus fortificaciones. <strong>e</strong>sto nos proporciona una ventaja no s�lo por el da�o material que les causamos, sino por la repercusi�n moral de desaliento�</p><p><strong>s</strong>i cometo, se�or, la falta de reverencia de hablaros como os hablo, es porque estimo que un general, preso y apartado como vos de los campos de batalla, tiene derecho a conocer cuanto conocen quienes, en el presente, lo sustituyen fuera.</p><p>��<strong>o</strong>s lo agradezco, y os ruego que continu�is.</p><p>��<strong>l</strong>os principales dirigentes de esta artiller�a proceden de <strong>i</strong>talia, <strong>f</strong>rancia y <strong>a</strong>lemania. <strong>s</strong>in embargo, hace ya ocho a�os que se nombr�, en <strong>t</strong>oro, a micer <strong>d</strong>omingo <strong>z</strong>achar�as, maestre mayor de artiller�a, y maestres bombarderos, en <strong>s</strong>evilla, hace seis a�os ya, a <strong>a</strong>lonso y <strong>t</strong>om�s <strong>b</strong>�rbara. <strong>e</strong>l jefe superior es <strong>f</strong>rancisco <strong>r</strong>odr�guez de <strong>m</strong>adrid, a quien el rey, �in pectore�, tiene designado caballero. <strong>l</strong>a fabricaci�n de p�lvora y de balas de piedra se hace en los mismos campamentos. <strong>c</strong>on el ej�rcito viajan carpinteros, herreros con sus fraguas, ingenieros, pedreros que buscan las canteras, y los que trabajan las piedras de canter�a y las pelotas de hierro.</p><p><strong>h</strong>ay aserradores, hacheros, fundidores, alba�iles, azadoneros, carboneros y hasta esparteros. <strong>u</strong>n campamento, vos lo sab�is, es como una ciudad. <strong>p</strong>or eso el inconveniente de llevar la guerra a tierra ajena es que tenemos que surtir precisiones a veces no previstas, con imaginaci�n y con medios s� previstos. <strong>y</strong>, a pesar de todo, el consumo de p�lvora es tan grande que, adem�s de la que se elabora en los campamentos en morteros de piedra, la traen de <strong>b</strong>arcelona y de <strong>v</strong>alencia, pero tambi�n de <strong>p</strong>ortugal, <strong>s</strong>icilia y <strong>f</strong>landes. <strong>p</strong>orque la guerra de <strong>g</strong>ranada, como os dije en nuestra primera entrevista, ha sobrepasado los l�mites peninsulares, y <strong>e</strong>uropa est� hoy pendiente de nosotros.</p><p><strong>s</strong>e refer�a a la guerra con la misma compostura y vocaci�n con que hubiese descrito su propia residencia. <strong>o</strong>y�ndolo no era veros�mil imaginar la muerte, el pillaje, la sangre, la felon�a y el aniquilamiento. �<strong>s</strong>i no hubiese sido porque yo conoc�a sus victorias, habr�a supuesto que estaba frente a un gran te�rico que no se levant� jam�s de su mesa de estudio, ni hab�a traspasado las puertas de su casa.</p><p><strong>a</strong>lgo, por medio de �l, me confirmaba que el mundo era ya distinto.</p><p><strong>s</strong>ent�, sin explic�rmela, una nostalgia por los m�todos aprendidos y periclitados, que hab�a de olvidar.</p><p>���<strong>y</strong> qu� se ha hecho, capit�n, de las antiguas m�quinas? <strong>y</strong>o ya llevo a�os preso, y la velocidad de nuestra �poca�</p><p>��<strong>l</strong>os trabucos e ingenios no han sido eliminados del todo. <strong>c</strong>on ellos se lanzan piedras como antes, pero tambi�n carcasas, que son cuerpos incendiarios destinados a causar un da�o irreparable en polvorines y pajares.</p><p>��<strong>y</strong>a entiendo -dije, y, por a�adir algo, balbuce�-: <strong>s</strong>in embargo, el transporte�</p><p>��<strong>t</strong>en�is raz�n. <strong>e</strong>s enrevesado y muy costoso. <strong>t</strong>endr� que mejorarse. <strong>a</strong> veces han llegado a dos mil los carruajes destinados al servicio de la artiller�a. <strong>v</strong>an tirados por bueyes y divididos en grupos de a cien. <strong>p</strong>ara la conducci�n de tal impedimenta se requieren caminos id�neos, y no siempre los hay en un pa�s tan fangoso y tan accidentado. <strong>p</strong>ara adecuarlo est�n los gastadores y los pontoneros. <strong>u</strong>n dato: en doce d�as abrieron tres mil gastadores un camino de tres leguas, en este mismo a�o, para acercar la artiller�a a <strong>c</strong>ambil. <strong>s</strong>e hubo de desmontar colinas, elevar valles y abrir sendas en terrenos intransitables y a�n hostiles� <strong>y</strong> el tren de la artiller�a cuenta con carros cuya misi�n es transportar la madera indispensable para los pontones que atraviesan las acequias y los arroyos, y para proporcionar los pasos sobre los barrancos y los r�os. <strong>d</strong>espu�s, por esa v�a abierta, arrastrar�n los carros las bombardas con las que demolemos las recias torres de vuestros alc�zares� <strong>p</strong>erdonadme, se�or: me he excitado.</p><p>��<strong>s</strong>eguid, seguid. <strong>a</strong>l fin y al cabo, �sta es vuestra afici�n.</p><p>��<strong>g</strong>racias, se�or. <strong>c</strong>uando es inexcusable, hacemos grandes obras de circunvalaci�n capaces de aislar la plaza entera de que se trate; fosos de la longitud y la profundidad que sean precisas, con castillos de tapial y con fortines cada trescientos o cuatrocientos pasos, as� como unos castillos desmontables de madera, que se arman en los parajes convenientes para construir, a su abrigo, los de f�brica m�s s�lida� <strong>c</strong>laro est� que todo lo que os estoy contando como un relato para entretener ni�os -yo no pude evitar sonre�r, si bien con amargura- reclama un elevado n�mero de trabajadores y soldados que edifiquen primero, mantengan y custodien despu�s. <strong>h</strong>abr� ocasiones, y estamos dispuestos para ellas, en que no se requieran menos de ochenta mil infantes y quince mil caballos -se trasluc�a de �l una comprensible vanidad, como la del adolescente que descubre un mundo, o que lo crea-. <strong>y</strong>, para hospedar a este gent�o, est� la reina. <strong>e</strong>lla se dedica a la intendencia y a los hospitales de campa�a (que son seis grandes tiendas con las ropas y camas necesarias, as� como cirujanos y f�sicos y medicinas y hombres que las sirvan y en las que nada cuesta nada, porque es nuestra se�ora quien lo paga). <strong>n</strong>uestra se�ora, digo, que se emplea asimismo en la construcci�n de los campamentos, esos pueblos ambulantes en los que nada referente a los menesteres de la vida diaria se echa en falta, y que poseen su propia polic�a, su propia vigilancia y sus ordenanzas r�gidas e intangibles.</p><p>��<strong>r</strong>econozco que, a pesar de la fama de riqueza de la <strong>a</strong>lhambra, las coronas de <strong>a</strong>rag�n y de <strong>c</strong>astilla tienen muchos m�s recursos que nosotros. �<strong>h</strong>abr� en el mundo un tesoro real que pueda hacerse cargo de gastos semejantes?</p><p>��<strong>q</strong>uiz� no. <strong>l</strong>os gastos se costean, en principio, con los desembolsos ordinarios del tesoro; pero existen tambi�n repartos extraordinarios entre los pueblos, y est� el dinero de la nobleza (que durante muchos a�os, y aun siglos, se ha beneficiado, sin participar en los gastos comunes), y est�n los empr�stitos, cubiertos por los hebreos y por los gremios de mercaderes, y est� -agreg� con un encantador gesto- hasta el empe�o de las joyas personales de la reina, que en este momento duermen en <strong>v</strong>alencia dentro de arcas jud�as. <strong>e</strong>n alguna se�alada circunstancia, como para la campa�a en que se tom� <strong>a</strong>lora, el <strong>p</strong>apa ha concedido tambi�n una bula de cruzada para los que asistieran a ella o ayudaran con sus limosnas.</p><p>���<strong>b</strong>ula de cruzada? -pregunt� enarcando las cejas.</p><p>��<strong>s</strong>�; a cambio de los bienes donados o de la asistencia a la guerra, confiere la <strong>i</strong>glesia determinadas indulgencias (cuando habl� con vos en <strong>l</strong>ucena os burlasteis de ellas), o determinadas dispensas, como la de poder comer carne en la cuaresma.</p><p>��<strong>p</strong>refiero que continu�is habl�ndome de guerra; cuando habl�is de vuestra religi�n no consigo entenderos.</p><p><strong>d</strong>espu�s de un instante de vacilaci�n, solt� una breve risa involuntaria.</p><p>��<strong>o</strong>s har� caso. <strong>m</strong>e preguntasteis por las fuentes de ingresos.</p><p><strong>l</strong>a <strong>i</strong>glesia de <strong>r</strong>oma es una de las m�s f�rtiles, cuando se presta a ello. <strong>h</strong>ace poco, el <strong>s</strong>anto <strong>p</strong>adre facult� a la corona de <strong>a</strong>rag�n, �l es aragon�s, para tomar cien mil florines carg�ndolos sobre las iglesias y monasterios de su reino.</p><p><strong>p</strong>ero debo advertiros, se�or, que el pueblo cristiano es negligente y acomodaticio, como todos, y se queja mucho de los tributos, y llega a veces hasta a la violencia con los recaudadores -ahora ri� abiertamente-. <strong>e</strong>l mes pasado, ante la escasez de los recursos, el tesorero aconsej� a la reina que prescribiese un nuevo reparto entre las poblaciones de <strong>c</strong>astilla; la reina se neg�, dici�ndole con toda sinceridad: �<strong>l</strong>es temo mucho m�s a las viejas de mis reinos que a los mism�simos moros.�</p><p><strong>c</strong>on la misma gentileza que hab�a re�do y la misma prontitud, dej� de hacerlo.</p><p>��<strong>a</strong>ll� donde est� nuestro bolsillo, all� est� nuestro coraz�n -dije, y complet� con iron�a-, sean de quien sean los bolsillos. <strong>l</strong>as viejas son muy parecidas en todas partes. <strong>d</strong>ec�dselo a la reina cuando la ve�is.</p><p><strong>l</strong>o mir� a los ojos, profundos y arrogantes.</p><p><strong>a</strong>s�, capit�n, que ten�is la terminante convicci�n de que ganar�is de una vez esta guerra de siglos.</p><p>��<strong>l</strong>a tengo, se�or, de que haremos todo lo humanamente posible por ganarla. -<strong>s</strong>e desped�a-. <strong>e</strong>spero no haberos fatigado habl�ndoos sin tregua (parece que ya no habr� treguas para nada) del �nico tema de conversaci�n, o al menos de los pocos, que me apasionan. <strong>y</strong> del �nico que acaso tenga en com�n con vos, aunque en los extremos m�s contrarios.</p><p>��<strong>g</strong>racias, capit�n, por considerarme digno de vuestras confidencias. <strong>y</strong>o, por mi parte, espero que la veracidad de vuestra informaci�n no tenga por fin amedrentarme.</p><p><strong>p</strong>orque, aunque as� fuera, de nada servir�a: yo estoy aqu�, impotente de contagiar a nadie ni mi temor ni mi optimismo.</p><p>��<strong>d</strong>eseo que tal impotencia dure poco, se�or. <strong>n</strong>o es por compasi�n, sino por hermandad, por lo que solicit� licencia para visitaros.</p><p><strong>j</strong>uzgo que el mayor mal que me podr�a suceder es verme como os veis: reducido a aguardar, apoyado en decisiones ajenas, ignorante de lo que sucede en vuestro reino, e incapacitado de luchar al frente de vuestros soldados, es decir, de participar en el desenvolvimiento de vuestro destino. <strong>a</strong>l comendador le he dicho que es una obra de misericordia visitar a un cautivo; pero a vos, en mi mal �rabe, os digo con franqueza que sois mucho m�s que un cautivo para m�, y mucho m�s que un rey: sois un compa�ero de armas al que deseo de todo coraz�n encontrar pronto frente a m� en un campo de batalla. <strong>q</strong>ue el <strong>s</strong>e�or os bendiga y os depare una ausencia muy breve.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>e sabido que al capit�n <strong>g</strong>onzalo de <strong>c</strong>�rdoba le fue posible visitarme, autorizado sin duda por sus reyes, a causa de una gran calma que sobrevino en el frente andaluz durante todo el oto�o. <strong>a</strong> partir de septiembre, las lluvias han sido arrasadoras en toda la regi�n -yo puedo garantizarlo por lo que a <strong>p</strong>orcuna se refiere-, y la peste sigue haciendo grav�simos estragos en <strong>s</strong>evilla, donde la mortalidad es a�n creciente. <strong>n</strong>o otra cosa sucede en nuestro bando: cada d�a hay m�s granadinos minados por el cansancio; el des�nimo se ha apoderado de ellos, y sue�an con reclinar la cabeza en sus propias almohadas, y en dormir con sus mujeres y abrazar a sus hijos. <strong>a</strong> todos los que luchan hay un momento en que les acomete una nostalgia irresistible de su hogar, y en que hasta f�sicamente les resuena en los o�dos su llamada.</p><p><strong>m</strong>e han dicho que algunos de los castillos de la <strong>a</strong>jarqu�a que permanec�an fieles a m�, en octubre se han pasado al partido del �<strong>z</strong>agal�.</p><p><strong>y</strong> s� que mi madre, con su <strong>b</strong>oabdil, reside ahora en <strong>h</strong>u�scar, no lejos de <strong>b</strong>aza, donde se ha fortificado. <strong>s</strong>upongo que, una vez que super� el peligro de que fuese descubierto su enga�o en <strong>g</strong>uadix o <strong>a</strong>lmer�a, prefiere no volver a correrlo en ciudades grandes, cuyos habitantes podr�an tener referencias sobre m�: mi modo de andar, de moverme, el tono de mi voz, mi manera de quedarme abstra�do mientras me plantean problemas, o el repentino eclipse de mis ojos ante el desinter�s por lo que me rodea. <strong>e</strong>st� claro que esta guerra no supone lo mismo para todos. <strong>l</strong>os gobernantes se buscan a s� mismos en ella; los nobles, la ampliaci�n de su nobleza; pero �qu� es lo que retiene en ella a la gente del pueblo? <strong>o</strong> el pavor encendido por las predicaciones, o el miedo a los de arriba, o la ventaja que puede sacar, o el vengarse de un enemigo pegajoso, si vive en la frontera; ninguno de estos motivos es capaz de retenerla m�s de un mes en campa�a.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l rey <strong>f</strong>ernando, que no descansa a pesar de la paz de hecho que por agotamiento se ha producido, acaba de publicar, a trav�s de sus esp�as y de gente pagada, una noticia sobre el <strong>b</strong>oabdil de mi madre. <strong>s</strong>eg�n �l, <strong>b</strong>oabdil, temiendo una ofensiva del emir <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, ha suplicado desde <strong>h</strong>u�scar un socorro de v�veres al <strong>c</strong>onsejo aragon�s de <strong>m</strong>urcia, y se le ha concedido. <strong>o</strong> sea, el rey cristiano, mientras escamotea al doble que maneja a su antojo, procura envilecer el juego del otro doble que mi madre maneja a su antojo a su vez, lo calumnia con acusaciones de traici�n. <strong>m</strong>oraima y yo no hemos tenido otro remedio que re�rnos, pese a tanta alevos�a por parte de los dos beligerantes, y pese a la irritaci�n y el tedio que nos causan las pertinaces lluvias.</p><p><strong>p</strong>ensar en la c�lera de mi madre al recibir en <strong>h</strong>u�scar unos cuantos burros cargados con v�veres cristianos, envenenados probablemente adem�s, nos divirti� esta tarde.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a lluvia, cumplidora y sorda a los altercados de los hombres, no deja de caer durante el d�a y la noche.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n la fortaleza de <strong>p</strong>orcuna se ha dado un caso de peste. <strong>u</strong>n soldado, integrante de un escuadr�n con prisioneros que era trasladado desde <strong>j</strong>a�n a <strong>c</strong>�rdoba, ha muerto.</p><p><strong>b</strong>ajo la responsabilidad del comendador, que no s� si hizo o no una consulta r�pida, mi risible corte y yo hemos sido evacuados.</p><p><strong>n</strong>os han transportado al castillo de <strong>c</strong>astro, del que es se�or el conde de <strong>c</strong>abra, el de �<strong>h</strong>aec omnia operatur unus�. <strong>e</strong>l anfitri�n, no recuperado todav�a del todo de las heridas de <strong>m</strong>ocl�n, nos ha recibido con un brazo sujeto por un pa�o.</p><p><strong>e</strong>s recio, bronco, con una voz tonante, pero abierto y cordial.</p><p><strong>t</strong>iene la piel tostada y martirizada por la intemperie, y grabado el rostro por arrugas, no muchas, pero hond�simas. <strong>h</strong>a de ser persona muy religiosa, porque, si se coincide con �l a mediod�a o al atardecer, detiene la conversaci�n al escuchar una campana, y se ensimisma musitando unas jaculatorias en lat�n que �l llama �<strong>a</strong>ngelus�. <strong>m</strong>e ha explicado que con esa oraci�n se conmemora el momento en que el �ngel <strong>g</strong>abriel descendi� del cielo para comunicar a <strong>m</strong>ar�a que ella era la elegida para ser madre del profeta <strong>j</strong>es�s. <strong>y</strong> lo fue sin perder su virginidad ni antes del parto, ni en el parto, ni siquiera despu�s del parto. <strong>t</strong>al hecho se nos antoja a <strong>m</strong>oraima y a m� un milagro tan excesivo como innecesario.</p><p><strong>q</strong>uiz� las caracter�sticas de un milagro sean precisamente �sas: el exceso y la innecesariedad; como si fuese un �adem�s� o un lujo de la <strong>n</strong>aturaleza, para que se distinga sin el menor titubeo la intervenci�n de lo sobrenatural. <strong>n</strong>o obstante, yo aborrezco los milagros que llevan la contraria a la evidencia, o incluso a la raz�n; no los que son suprarracionales, y consisten en un mayor despliegue de las facultades o potencias ya de la <strong>n</strong>aturaleza ya del hombre, sino los que son irracionales, o peor, antirracionales. <strong>i</strong>mponer al hombre el arrodillamiento sin un porqu�, me parece abusivo: un <strong>d</strong>ios que actuara as� no ser�a respetable. <strong>e</strong>s lo que me sucede con el dogma cristiano que nos separa m�s: el de la <strong>t</strong>rinidad. <strong>p</strong>ara m� es una pobre forma humana de pintar una teratolog�a, una monstruosidad. <strong>l</strong>a <strong>d</strong>ivinidad no tiene por qu� ser explicada, pero tampoco tiene por qu� ser inexplicable. <strong>p</strong>or supuesto que ha de estar sobre nosotros, pero no contra nosotros, que somos obra de ella. <strong>n</strong>os excede, pero no nos tacha.</p><p><strong>l</strong>a condesa es una mujer devotamente dedicada a su marido, y sospecho que tambi�n a las oraciones de su marido. <strong>e</strong>s menuda, descolorida y, aunque su salud parezca fr�gil, debe de ser de hierro, porque est� en todas partes, interviniendo y sacando a flote una casa que no estaba preparada para recibirnos. <strong>e</strong>n el corto tiempo que la he tratado, he adquirido el convencimiento de que es ella la que manda aqu�. <strong>e</strong>n todo; hasta en su esposo, que, tan grandull�n e hirsuto como es, se transforma ante ella en un perrazo inofensivo.</p><empty-line/><p>(<strong>y</strong> hablando de perros: �<strong>h</strong>ern�n� ha venido, a petici�n m�a, con nosotros. <strong>f</strong>ue tal el susto y la indefinible tristeza que vi en sus ojos al montar a caballo que me pareci� inhumano separarlo de m�.</p><p><strong>l</strong>as dos mujeres -<strong>m</strong>oraima y <strong>z</strong>ahira, la concubina de los ojos azules- viajaban en una litera; a ratos, con ellas viaj� tambi�n �<strong>h</strong>ern�n�. <strong>p</strong>ero sufr�a y sacaba la cabeza sin descanso para comprobar que yo no lo hab�a abandonado, y que delante, o atr�s, o al lado de ellas, prosegu�a el viaje junto a �l; era preciso dejarlo bajar de la litera, y entonces �l, jadeante y feliz, galopaba junto a mi caballo.</p><p><strong>e</strong>stoy seguro de que ahora �<strong>h</strong>ern�n� tambi�n cree en los milagros.)</p><empty-line/><p><strong>c</strong>omo de pasada, he mencionado ante el conde la existencia de un doble m�o en el ej�rcito cristiano.</p><p><strong>e</strong>l conde, sin afirmarlo ni negarlo, ha mirado por la ventana.</p><p>��<strong>e</strong>n la guerra todo es l�cito -ha dicho en seguida.</p><p><strong>e</strong>stos hombres piadosos son, por lo que veo, malos enemigos. <strong>c</strong>on una extempor�nea admiraci�n, ha a�adido:</p><p>��<strong>n</strong>uestro rey es un gran estratega.</p><p><strong>l</strong>uego, sin embargo, me ha dado a entender que conoc�a la existencia del segundo doble, el de mi madre. <strong>e</strong>st�, pues, muy al tanto de lo que sucede en mi <strong>r</strong>eino, lo que prueba la profusi�n y la eficacia de sus esp�as. <strong>p</strong>ero no creo que sus informes sean tan ver�dicos como si proviniesen de su pariente don <strong>g</strong>onzalo de <strong>c</strong>�rdoba. <strong>e</strong>n primer lugar, porque no me f�o del conde; en segundo, porque presumo que tiene menos referencias de primera mano.</p><p><strong>e</strong>n cualquier caso, lo que �l cuenta reviste cierta verosimilitud. <strong>d</strong>ice que <strong>b</strong>oabdil, el de mi madre, a trav�s de sus partidarios ha ganado para su causa buena parte del <strong>a</strong>lbayz�n, compuesta de gente instruida y de campesinos; en una palabra, de ciudadanos deseosos de vivir en paz, sea quien sea el que ostente el poder. <strong>p</strong>or el contrario, los barrios de la ciudad han permanecido fieles al �<strong>z</strong>agal�. <strong>s</strong>e ha desencadenado, seg�n el conde, una feroz pendencia entre unos y otros. <strong>y</strong> los granadinos, desde las alturas de la vieja alcazaba <strong>c</strong>adima, han disparado sin piedad contra el <strong>a</strong>lbayz�n. <strong>m</strong>e estremece que para esto haya servido la m�s antigua de las fortalezas, anterior incluso a los nazar�es; que haya sido usada para que unos hermanos aniquilen a otros. <strong>s</strong>iento una indecible pesadumbre al saber que, en torno a mi nombre, se derrama nuestra propia sangre.</p><p><strong>m</strong>e informa el conde que la lucha ha sido desigual: los partidarios de <strong>b</strong>oabdil eran muchos menos, y muy inferior su fuerza: s�lo contaban con sus manos y algunas armas improvisadas y caseras.</p><p><strong>b</strong>oabdil -es decir, mi madre- hab�a prometido comparecer para exaltar a sus adeptos, y tambi�n un refuerzo; pero ni �l ni el refuerzo han aparecido. <strong>s</strong>e conform� con enviar continuos mensajeros alentando a la resistencia. <strong>m</strong>ientras �l permanec�a en <strong>l</strong>oja, donde en estos momentos reside. <strong>m</strong>e desespera decepcionar a quienes me aman hasta a trav�s de unos representantes impostores.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a negociaci�n entre albayzineros y granadinos se ha hecho, por lo visto, inevitable. <strong>s</strong>e ha encomendado a los alfaqu�es, que son los principales defensores de mi t�o en <strong>g</strong>ranada, aunque una m�nima parte de ellos a�n sostiene mi bandera. <strong>e</strong>l resultado es que mi madre -quiero decir yo mismo, o mejor, el falso <strong>b</strong>oabdil-, imposibilitada de hacer otra cosa, reconoci� como soberano de la <strong>a</strong>lhambra y de <strong>g</strong>ranada a mi t�o. <strong>a</strong> cambio, por el acuerdo, ha consolidado su poder y sus posesiones en la parte oriental del emirato, con <strong>l</strong>oja por cabeza, de donde no se mueve mi doble, mientras mi madre y <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa han salido hacia <strong>v</strong>era.</p><p><strong>c</strong>onozco a mi madre y s� que, en el fondo, ha obtenido lo que persegu�a. <strong>l</strong>a guerra fratricida, consciente ella de que la iba a perder, no ha sido m�s que un instrumento para reafirmarse en un sector de nuestro territorio. <strong>m</strong>e atormenta la inutilidad de una sangre vertida sin otro motivo que regar una intriga.</p><empty-line/><p><strong>p</strong>or todas partes veo maniobras, y <strong>m</strong>oraima tambi�n. <strong>t</strong>odo se vuelve noticias que se anulan las unas a las otras, e ignoramos d�nde se encuentra la verdad, si es que hay alguna. <strong>n</strong>o entiendo qu� pretende <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, y me pregunto si no andar� en gestiones privadas con mi t�o para ir todos a una contra los cristianos. (<strong>e</strong>so no ser�a malo, pero dudo que mi madre las apruebe; tendr�an que llevarse a cabo a espaldas suyas.) <strong>i</strong>ncluso es posible que con quien est� tratando privadamente sea con los cristianos.</p><p><strong>d</strong>e lo que me dice el conde, que ha estado ausente unos d�as, y de un mensaje de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa fechado en <strong>v</strong>�lez, deduzco lo siguiente.</p><p><strong>e</strong>l rey <strong>f</strong>ernando, a la cabeza de un nutrido ej�rcito, siti� <strong>l</strong>oja.</p><p><strong>u</strong>na tropilla procedente del <strong>a</strong>lbayz�n, al tanto de que su sult�n se encontraba all�, fue a reun�rsele y a cumplir sus deberes en la guerra santa. <strong>l</strong>os partidarios del �<strong>z</strong>agal�, tanto de <strong>g</strong>ranada como de su entorno, recelosos de que el sitio de <strong>l</strong>oja fuese s�lo un ardid del enemigo, como ya sucedi� cuando la conquista de <strong>r</strong>onda, no acudieron al socorro de la plaza; pero el cerco, por desgracia, era cierto, si existe algo cierto en este caos. <strong>l</strong>os cristianos lo apretaron con una rigurosa l�nea de fortines y fosos, y entre los sitiados circularon rumores alarmantes de que todo era un asunto convenido por el rey de <strong>a</strong>rag�n y <strong>b</strong>oabdil durante el cautiverio. <strong>e</strong>n realidad, nada hab�a de ama�ado: el <strong>b</strong>oabdil de <strong>l</strong>oja era, en efecto, falso, pero no es �l el que sirve a los cristianos. <strong>l</strong>a toma de uno de los arrabales por el rey, la asolaci�n de gran parte de las murallas, la muerte de sus m�s intr�pidos defensores, la incomparecencia del fingido sult�n por una repentina enfermedad tambi�n fingida, y la convicci�n de que <strong>g</strong>ranada no les socorrer�a por estar de parte del emir <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, empujaron a los habitantes de <strong>l</strong>oja a rendirse.</p><p><strong>a</strong>s� lo hicieron el 29 de mayo despu�s de una valerosa y est�ril resistencia, que yo he sufrido como si me arrancasen los cabellos. <strong>l</strong>a capitulaci�n se firm� bajo el seguro de sus habitantes, hijos, caballos y ac�milas, con cuanto pudieran llevarse. <strong>q</strong>uedaron libres todos, salvo <strong>b</strong>oabdil, que permanece prisionero de los reyes cristianos por segunda vez -por segunda vez, y yo no me he movido sino de <strong>p</strong>orcuna a <strong>c</strong>astro-, con la intenci�n de someter por medio de �l a toda <strong>a</strong>ndaluc�a.</p><p><strong>t</strong>ales hechos han persuadido a los de <strong>g</strong>ranada, donde se han refugiado muchos de los exiliados de <strong>l</strong>oja, de que la toma de �sta no llevaba otra mira que la de cumplir lo pactado entre los reyes y el sult�n, como una parte del precio del rescate; un precio infame que incluir�a la entrega de ciertas ciudades, tras m�s o menos inventadas dificultades con que cubrir las formas.</p><p><strong>f</strong>ernando dej� un destacamento en <strong>l</strong>oja y public� que se retiraba a <strong>c</strong>�rdoba con su prisionero <strong>b</strong>oabdil. <strong>p</strong>ero unos d�as despu�s atac� el castillo de <strong>e</strong>lvira, y demoli� con su artiller�a la mitad de sus muros hasta rendir a su guarnici�n en igualdad de condiciones que <strong>l</strong>oja. <strong>l</strong>uego traslad� su campamento a <strong>m</strong>ocl�n, donde en la �ltima campa�a fue derrotado mi hu�sped el conde de <strong>c</strong>abra, y donde calculo, por las fechas de su ausencia, que fue a acompa�ar a su rey para resarcirse de la derrota. <strong>l</strong>o calculo por su relato de que, sitiada la fortaleza, la combatieron con sus ca�ones, entre los que figuraban algunos que lanzan globos de fuego -eso me cuentan, y ahora comprendo mejor las explicaciones de <strong>g</strong>onzalo de <strong>c</strong>�rdoba-: unos globos que se elevan por el aire y caen luego sobre el lugar elegido, abras�ndolo. <strong>u</strong>no de ellos prendi� en el almac�n de p�lvora, forzando a los nuestros a entregarse. <strong>l</strong>os habitantes de las ciudades que <strong>f</strong>ernando conquista -y me quita el sue�o imaginarlos desemparados, acosados, extenuados por campos ya de infieles- van refugi�ndose en <strong>g</strong>ranada, y engrosan as� el n�mero de los partidarios del �<strong>z</strong>agal�.</p><p><strong>l</strong>a misma suerte han corrido despu�s los musulmanes de <strong>c</strong>olomera, <strong>s</strong>alar e <strong>i</strong>llora que, ante lo sucedido en los castillos cercanos, entregaron los suyos sin resistir.</p><p><strong>y</strong> los de <strong>m</strong>ontefr�o, cuyos dep�sitos de v�veres y armas ardieron, y los de <strong>a</strong>daha, y los de la <strong>s</strong>agra, y los de otras fortalezas en el camino de la capital, de las que se ha apoderado el rey abasteci�ndolas de hombres y vituallas y artiller�as con el prop�sito de ir poniendo un estrecho cerco -cada vez m�s estrecho- a <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>p</strong>or fin, el rey <strong>f</strong>ernando, ufano y satisfecho, se dirigir� a <strong>c</strong>�rdoba. <strong>m</strong>e dice el conde que ahora no tardar�, siempre con su cautivo <strong>b</strong>oabdil, que ya no s� si es el apresado en <strong>l</strong>oja, que era el de mi madre, o el que �l ya ten�a; ni s� si el que sobra de los dos ha desaparecido o ha sido ejecutado.</p><p><strong>o</strong> quiz� el <strong>b</strong>oabdil que sobra soy yo precisamente.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>e han trasladado, a m� solo y a toda prisa, a <strong>c</strong>�rdoba. <strong>e</strong>l viaje se ha efectuado de noche. <strong>a</strong>l llegar, de inc�gnito, me han conducido directamente al palacio del obispo. [<strong>d</strong>ebo esperar aqu� la llegada del rey.]</p><empty-line/><p><strong>c</strong>ada vez que respiro el aire de esta ciudad, que huele como ha de oler el <strong>p</strong>ara�so; cada vez que imagino su grandeza, cuyas huellas perduran; cada vez que soy testigo de su serenidad, y adivino el sentido de lo universal que en ella persiste, y presencio la pujanza de la cultura contra la que no atent� la serie interminable de sus dominadores, se ratifica mi opini�n.</p><p><strong>e</strong>s una opini�n que proviene de copiosos aunque poco sonoros testimonios, y de alusiones halladas en libros de la biblioteca de la <strong>a</strong>lhambra, y de mis atrevidas pero insoslayables conclusiones. <strong>a</strong>qu� en <strong>c</strong>�rdoba, ni en ning�n otro lugar de la <strong>p</strong>en�nsula, los �rabes no entraron a caballo, sino a pie y de uno en uno. <strong>q</strong>uiero decir que jam�s hubo en esta <strong>p</strong>en�nsula una invasi�n guerrera musulmana como se nos ha hecho creer por los historiadores de un bando y otro.</p><p><strong>l</strong>a islamizaci�n de la <strong>p</strong>en�nsula -me entretengo en escribir hasta que alguien me anuncie para qu� me han tra�do- no se debe a una conquista �rabe procedente de <strong>�</strong>frica. <strong>t</strong>rabajo me ha costado adentrarme sin prejuicios en los textos, comparar datos y fechas, y procurar no abandonarme, yo tambi�n, a una idea preconcebida que demostrar. <strong>p</strong>orque �se suele ser el error de los cronistas, que a menudo no tienen m�s prueba de sus afirmaciones que el haber sido hechas de antemano por otros.</p><p><strong>e</strong>n el a�o 711 de la era cristiana no hab�a pasado a�n un siglo desde el comienzo de la mahometana.</p><p>(<strong>d</strong>e paso: qu� petulancia que cada religi�n aspire a que con ella comience la inasible <strong>h</strong>istoria de la <strong>h</strong>umanidad.) <strong>e</strong>l <strong>n</strong>orte de <strong>�</strong>frica, por descontado, no era a�n isl�mico -siempre ha seguido, no precedido, las evoluciones andaluzas-, y mucho menos �rabe. �<strong>q</strong>u� pintaban all�, tan sorprendentemente lejos de <strong>d</strong>amasco, ni los �rabes ni su idioma? <strong>e</strong>llos, agrupados en tribus n�madas poco numerosas, �c�mo iban a conquistar en tan escaso tiempo un imperio tan desmesurado, y en plazos m�s breves, por lo que se dice, cuanto m�s distantes de su <strong>a</strong>rabia: en cincuenta a�os <strong>t</strong>�nez, en diez <strong>m</strong>arruecos, en tres la <strong>p</strong>en�nsula <strong>i</strong>b�rica? �<strong>y</strong> con qu� medios? <strong>n</strong>o era posible trasladar caballos ni armamentos a semejantes distancias. �<strong>y</strong> c�mo una raza no marinera atraves� el <strong>e</strong>strecho, cuya navegaci�n no ha sido nunca f�cil? �<strong>e</strong>n cu�ntos nav�os?</p><p>�<strong>c</strong>u�ntos viajes dieron?</p><p><strong>y</strong>o me preguntaba qui�nes ser�an esos �sarracenos� que surgieron de pronto aqu� sin previo aviso.</p><p>�<strong>q</strong>ui�n fue su rey? �<strong>c</strong>u�l su origen? �<strong>p</strong>or qu� los hispanos, famosos por valientes y por enamorados de la independencia, no se defendieron de ellos, siendo adem�s diez millones frente a los veinticinco mil que desembarcan y los destruyen en tres a�os? <strong>p</strong>ero �los destruyen? <strong>n</strong>o se sabe; nadie dice qu� fue de esos hispanorromanos que entonces habitaban la <strong>p</strong>en�nsula.</p><p><strong>s</strong>�lo se mencionan, bastante despu�s, dos minor�as: la jud�a y la goda, es decir, sobre <strong>h</strong>ispania luchan los godos contra esos misteriosos sarracenos de las cr�nicas; todo se redujo, por tanto, a una contienda entre dos bandos extranjeros ante una concurrencia de nativos que no opinan.</p><p><strong>s</strong>iempre me llam� la atenci�n el nombre de <strong>t</strong>arik -heredado por <strong>g</strong>ibraltar, �la roca de <strong>t</strong>arik�-, tan ajeno a los nomencladores �rabes y tan pr�ximo a los germ�nicos.</p><p><strong>l</strong>os nombres de los reyes godos tienen terminaciones similares: desde <strong>i</strong>lderik y <strong>a</strong>malarik y <strong>t</strong>eodorik a <strong>r</strong>oderik, o don <strong>r</strong>odrigo. �<strong>q</strong>ui�n podr�a ser ese general? <strong>l</strong>os godos hispanos ten�an unas provincias, aparte de las pen�nsulares, m�s all� de los <strong>p</strong>irineos -la <strong>s</strong>eptimania y la <strong>n</strong>arbonense-, y otra en el <strong>n</strong>orte de <strong>�</strong>frica, la <strong>t</strong>ingitana, alrededor de <strong>t</strong>�nger, que la denominaba. <strong>e</strong>l �ltimo rey godo, <strong>v</strong>itiza, hab�a designado al gobernador de �sta.</p><p><strong>c</strong>uando el conde <strong>r</strong>oderik se levanta contra los hijos de <strong>v</strong>itiza en la <strong>b</strong>�tica, ellos piden ayuda a sus hermanos de la <strong>t</strong>ingitana. <strong>y</strong> al frente viene el gobernador <strong>t</strong>arik: al frente de sus godos, por descontado, y quiz� con alg�n refuerzo beduino. (<strong>s</strong>iempre hubo mercenarios africanos que auxiliaron -a veces lo contrario- a alguien en esta tierra.) <strong>e</strong>so explica el traslado de una orilla a otra del <strong>e</strong>strecho (lo cual no era extraordinario entre gentes de la misma naci�n) y el desmedido triunfo de unos miles de hombres (porque no conquistan, convencen; en la lucha din�stica est�n interviniendo en casa propia). <strong>l</strong>a batalla del <strong>g</strong>uadalete es un incidente local, que no proporciona ninguna ventaja estrat�gica, y es que se da en terrenos de marismas dominados por estrechos macizos monta�osos. <strong>n</strong>o obstante, de ella se pretende despu�s hacer una victoria decisiva, y no para una parte de <strong>a</strong>ndaluc�a ni para toda la <strong>p</strong>en�nsula, sino para <strong>e</strong>uropa entera; o sea, todo el occidente va a quedar subyugado por unos cuantos n�madas asi�ticos que llegan jadeando desde <strong>�</strong>frica. <strong>e</strong>s absolutamente inveros�mil.</p><p><strong>l</strong>o veros�mil es que, hartos los hispanorromanos de la sumisi�n a los godos y de las luchas religiosas, en las que prevalec�an los trinitarios sobre los unitarios, derrocan su monarqu�a y -cosa muy frecuente entre nosotros- se desperdigan en taifas m�s o menos inconexas. <strong>s</strong>er� precisamente el intento de retorno a aquella monarqu�a �nica, promovido por un grupo del <strong>n</strong>orte, el que inicie la mal llamada reconquista. �<strong>p</strong>or qu� del <strong>n</strong>orte? <strong>p</strong>orque, por las dif�ciles comunicaciones con <strong>a</strong>sturias y con <strong>v</strong>asconia, fueron ellas las menos influidas por la oleada de liberaci�n que ore� el resto de la <strong>p</strong>en�nsula.</p><p><strong>p</strong>ero �a que oleada me refiero?</p><p><strong>l</strong>a inmensa mayor�a de los habitantes en esa �poca eran hispanorromanos, de religi�n cristiana unitaria, seguidora de <strong>a</strong>rrio y perseguida entonces por her�tica.</p><p><strong>a</strong>�n reconoc�a su olfato los aromas cultos de <strong>r</strong>oma, y despreciaban y tem�an a la vez a los godos, que les hab�an impuesto su gobierno aristocr�tico. <strong>e</strong>ran propensos, pues, a abrir sus puertas y sus corazones a una corriente que les brindaba dones renovadores: una religi�n mucho m�s pr�xima a la suya; un comercio m�s extenso y fruct�fero; una cultura enriquecida por <strong>p</strong>ersia y por <strong>b</strong>izancio, y helenizada y romanizada a trav�s de <strong>s</strong>iria, la <strong>b</strong>actriana y la <strong>i</strong>ndia; una lengua que iba a sustituir a la propia, hermana del lat�n y pr�xima a �l, pero no el lat�n, que nunca tuvo capacidad de penetraci�n y que hab�a perdido adem�s su prestigio al ser usado por la iglesia trinitaria.</p><p><strong>n</strong>o obstante, tal transformaci�n se hizo con la vertiginosa paciencia con que la historia obra. <strong>e</strong>n las invasiones vencen, de prisa y siempre, no los mejores, sino los m�s fuertes, que son los menos cultos, a cuyo lado se pondr� luego el pueblo pusil�nime; lo que sucedi� aqu� fue lo contrario. <strong>l</strong>os hispanorromanos adoptan la cultura isl�mica, reemplazando con ella la barbarie visig�tica, que los extorsionaba y contra la que se rebelaron a menudo. <strong>y</strong> esa cultura nueva se introduce insensiblemente a trav�s del comercio, de sabios y pensadores influyentes, de embajadas literarias y art�sticas, de algunos exiliados de la revoluci�n abas� contra los omeyas, y, en definitiva, del progreso oriental, que se ofrece como un espejo atractivo en el que se reflejan -para los andaluces sobre todo- los pr�speros tiempos fenicios o tart�sicos.</p><p><strong>n</strong>o hubo invasi�n, ni �rabes; a lo largo de toda nuestra historia ha habido aqu� muy pocos. �<strong>q</strong>ui�n es -se me dir�- <strong>m</strong>uza, en tal caso?</p><p><strong>p</strong>ero �existi�? <strong>s</strong>eg�n mis lecturas, contaba m�s de setenta a�os cuando vino. �<strong>q</strong>u� caudillo, con esa edad, se arriesga a tal empresa? �<strong>d</strong>e d�nde obtuvo sus ej�rcitos, aun tan reducidos como se asegura? �<strong>n</strong>o son id�nticas sus haza�as a las que narran las leyendas atribuidas a cualquier arr�ez, una y otra vez, cambiando s�lo el nombre? <strong>d</strong>e existir, <strong>m</strong>uza habr�a sido un sant�n o un predicador, enviado quiz� por el califa de entonces, o por las cofrad�as musulmanas m�s pr�ximas, para intervenir a favor del <strong>i</strong>slam en las guerras religiosas entre trinitarios y unitarios; pero es tan incre�ble que aun eso lo rechazo.</p><p>�<strong>y</strong> qui�n fue <strong>a</strong>bderram�n <strong>i</strong> �el <strong>e</strong>migrado�? <strong>s</strong>e dice que un omeya que escap� de la matanza de los abas�es. <strong>s</strong>in embargo, nadie se refiere a los caudillos �invasores� que lo antecedieron; no hay ning�n h�roe con nombre �rabe antes que �l; nadie ha participado en batallas ni en triunfos. �<strong>c</strong>�mo es esto, si con raz�n se dice que los �rabes son imaginativos e hiperb�licos? <strong>y</strong>, si no hubo invasi�n �rabe, �qu� hac�a aqu�, en el extremo <strong>o</strong>ccidente, un omeya? �<strong>a</strong> qu� ven�a? �<strong>s</strong>e significa tanto alguien que huye? �<strong>q</strong>u� representa su �rbol geneal�gico? <strong>s</strong>eg�n �l, descend�a de <strong>m</strong>ahoma: �y qu� jefe musulm�n no? <strong>s</strong>omos muy inclinados a a�adir ramas donde anidar a tan sagrado �rbol: mi familia es una prueba.</p><p><strong>s</strong>i a <strong>a</strong>bderram�n se le emparent� con los omeyas, �por qu� hubo de guerrear durante treinta a�os contra todos los ��rabes invasores�, sin que nadie cayera deslumbrado ante su sangre y su progenie? <strong>y</strong> cuantos lo describen, lo describen germ�nico: pelo rojizo, piel blanca, ojos celestes; con los mismos caracteres que transmiti� a sus sucesores. <strong>p</strong>ara explicar lo inexplicable, a alguien se le ocurri� que su madre ser�a de raza ber�ber; pero, �qu� hac�a en <strong>d</strong>amasco una ber�ber teniendo hijos omeyas?</p><p><strong>m</strong>uy despacio se instal� la cultura �rabe; m�s despacio a�n, el idioma: los primeros <strong>a</strong>bderramanes no lo hablan, ni sus ministros, ni sus favoritos, y a quienes lo hablan se les llama �rabes sin serlo; y m�s despacio a�n, la religi�n: hasta <strong>a</strong>bderram�n <strong>II</strong> el <strong>i</strong>slam pasa inadvertido, y <strong>e</strong>ulogio, obispo de <strong>c</strong>�rdoba, no se entera de qui�n era <strong>m</strong>ahoma sino en el a�o 850, y en el monasterio de <strong>l</strong>eyre, en <strong>n</strong>avarra. <strong>y</strong> adem�s al <strong>i</strong>slam se le dio en <strong>a</strong>ndaluc�a una versi�n muy peculiar; abierta y comprensiva, proveniente de una mezcla de islamismo y arrianismo, fue una serie de preceptos de integraci�n social, cuyo equilibrio rompi� la llegada de los almor�vides africanos, que los ataques cristianos forzaron a llamar: tal llegada provoca el principio de la decadencia andaluza, e incoa el dogmatismo ortodoxo, enemigo de la belleza y de la ciencia. (<strong>y</strong>, por a�adidura, con cu�nta ligereza emplean los cronistas la expresi�n ��rabes de <strong>�</strong>frica�. <strong>e</strong>l caudillo almor�vide <strong>y</strong>usuf -en el siglo <strong>xII</strong> ya- no hablaba a�n el �rabe; cuando los gr�ciles poetas de la corte sevillana lo reciben con elogios y versos, no los entiende; su respuesta es clara: �<strong>n</strong>o s� lo que me dicen, pero s� lo que quieren: pan; que les echen de comer.� <strong>h</strong>e ah� un triste s�mbolo de todo cuanto digo.) <strong>p</strong>asado que fue el tiempo, a los historiadores de uno y otro bando les convino creer y hacer creer en una contundente invasi�n. <strong>a</strong> los cristianos, la irresistible fuerza del invasor los excusaba del hundimiento, �debido a sus pecados�; a los musulmanes los glorificaba la portentosa rapidez de la conquista.</p><p><strong>p</strong>ero eso no se escribe hasta el siglo <strong>IX</strong>; son datos inventados: unos vienen del <strong>s</strong>ur, por <strong>e</strong>gipto; otros, del <strong>n</strong>orte, por la cr�nica de un <strong>a</strong>lfonso <strong>III</strong> que, entre otros dislates, cuenta que en <strong>c</strong>ovadonga, donde germina la primera reacci�n, murieron por milagro de <strong>d</strong>ios, que reajust� sus preferencias, cerca de trescientos mil �rabes: milagro hab�a de ser, puesto que ni hab�a �rabes, ni en aquel valle caben m�s de cinco mil personas. <strong>q</strong>u� torpe o qu� ciego es el hombre cuando decide aceptar como ciertas las consejas que le favorecen, y destroza las pruebas que las desmentir�an. <strong>t</strong>odo este prolongad�simo proceso de asimilaci�n y digesti�n, seg�n esas consejas, se consum� en tres a�os; su contraofensiva, pese a ello, ha durado ocho siglos, y <strong>d</strong>ios quiera que siga.</p><p><strong>p</strong>ara saber qui�nes somos de veras hay que mirar mejor. <strong>l</strong>a cultura y la arquitectura andaluzas -como demuestra esta mezquita de <strong>c</strong>�rdoba- son las premusulmanas, con influencias de lo que luego se consider� lo mejor: lo oriental, heredero del legado bizantino y del persa. <strong>l</strong>os �rabes, gente del desierto, desconoc�an la navegaci�n y el refinamiento y las hermosas construcciones (habitaban en tiendas sobre arena), y su misi�n era la de convertir, no la de transmitir culturas que los superaban.</p><p><strong>a</strong>qu�, en la <strong>a</strong>ndaluc�a donde nacimos los nazar�es, existi� ya <strong>t</strong>artesos, un pueblo cuyas leyes se escribieron en verso, y ni siquiera <strong>r</strong>oma la civiliz�, sino al contrario: <strong>a</strong>ndaluc�a le dio sus mejores emperadores y puli� a sus soldados; como le dio luego al <strong>i</strong>slam su m�s lograda arquitectura y su sabidur�a literaria y cient�fica; como le dio a <strong>e</strong>uropa z�jeles y jarchas y moaxacas para que sus trovadores se inspiraran. <strong>e</strong>n <strong>a</strong>ndaluc�a -conquistadora siempre de sus conquistadores, cuanto m�s de visitantes enamoradizos- convivieron todas las culturas, y en ella se fertilizaron unas a otras y procrearon. <strong>p</strong>or culpa de la intransigencia de los cristianos por un lado, y de la intransigencia de los almor�vides por otro, se apag� la hoguera maravillosa de una <strong>p</strong>en�nsula que, gracias a los andaluces, fue un faro deslumbrante.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>on los primeros d�as de julio.</p><p><strong>e</strong>n la ciudad hace un calor muy grande. <strong>s</strong>in embargo, dentro de la antigua residencia califal apenas si se nota. <strong>s</strong>us amplias estancias est�n protegidas y refrescadas por los gruesos muros, los altos techos, las luces veladas y los surtidores de los patios. <strong>d</strong>esde sus ventanas todo parece blanco: el sol sorbe los colores de las piedras, de las fachadas, de los animales, de las ropas. <strong>e</strong>ntre la blancura y el temblor de la calima, <strong>c</strong>�rdoba es una ciudad fantasmal. <strong>y</strong> su calor, con todo, no es sofocante, sino -�c�mo podr�a decirlo?- salut�fero: inmediato y rotundo, como un signo de vida.</p><p><strong>s</strong>entado en un mirador de mi prisi�n, ll�menla aqu� como quieran, veo la sierra oscura perfilarse contra el horizonte, y veo el <strong>y</strong>ebel al <strong>a</strong>r�s, el �<strong>m</strong>onte de la <strong>n</strong>ovia�. <strong>n</strong>o hace mucho he sabido por qu� lleva ese nombre.</p><p><strong>m</strong>ovido por la a�oranza que aflig�a a <strong>a</strong>zahara por la nieve, ya que hab�a nacido en <strong>e</strong>lvira, su amante <strong>a</strong>bderram�n <strong>III</strong> plant� en ese monte incontables almendros para que, durante el mes de enero, en flor, semejaran una extensi�n nevada.</p><p><strong>a</strong>nte aquella olorosa blancura, comprend�a <strong>a</strong>zahara cada a�o que las pruebas del amor pueden ser infinitas. <strong>y</strong> lloraba de dicha en la ciudad a la que dio su nombre de flor.</p><empty-line/><p><strong>p</strong>resiento que algo va a suceder. <strong>n</strong>o s� con exactitud qu�, ni por qu�. <strong>q</strong>uiz� por esta llamativa falta de noticias y porque trajeron conmigo mis papeles y mis libros, o por la reserva que guarda el obispo en cuanto alude a mi futuro. <strong>s</strong>�lo me habla de religi�n o de la bondad de <strong>d</strong>ios, mientras aletean sus manos gordezuelas cargadas de sortijas. <strong>a</strong> mi pregunta de si ser� pronto recibido por los reyes -una pregunta insidiosa-, ha contestado:</p><p>��<strong>l</strong>o que haya de ser, ser� -y ha cambiado de conversaci�n.</p><p><strong>s</strong>u respuesta me parece una definici�n del fatalismo que ellos nos reprochan.</p><empty-line/><p><strong>p</strong>or fin s� algo. <strong>e</strong>n el palacio ha aparecido hoy <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, con una actitud equ�voca y una asombrosa naturalidad, como si nos acab�ramos de ver hace dos d�as. <strong>s</strong>� que no va a contarme con pormenores lo sucedido, ni ahora ni nunca. <strong>t</strong>endr� que ir descubri�ndolo por m� mismo; tendr� que entresacar los retazos de verdad que haya en su relato, e imaginar el resto.</p><p><strong>d</strong>e momento me ha comunicado, entre elogios a mi madre y a su propia labor, que las condiciones propuestas para aquel ya remoto primer rescate han sido aceptadas con algunas modificaciones. <strong>c</strong>onsisten en un pago de doce mil zahenes anuales en concepto de tributo y por raz�n del vasallaje, que ha de ratificarse; la devoluci�n escalonada de mil cautivos de los que mi parcialidad a�n conserve, porque no creo que haya hecho nuevos presos �ltimamente; y, desde luego, la entrega de los j�venes rehenes estipulados y de mi hijo <strong>a</strong>hmad, que va a cumplir seis a�os, si es que yo no he perdido la cuenta de los que sin �l llevo. <strong>s</strong>e me ordena adem�s establecerme en <strong>v</strong>�lez, en la <strong>a</strong>jarqu�a de <strong>m</strong>�laga, cuya guarnici�n me permanece fiel; a cambio, me otorgan el gobierno de una regi�n que va desde <strong>g</strong>uadix y <strong>b</strong>aza hasta <strong>v</strong>�lez <strong>b</strong>lanco, <strong>v</strong>�lez <strong>r</strong>ubio y <strong>m</strong>oj�car. <strong>c</strong>on una gravosa condici�n: que me apodere de ella con mis soldados, y supongo que con ayuda cristiana, dentro de un plazo de ocho meses contados desde la ca�da de <strong>l</strong>oja, que es cuando, a los ojos de todos, volv� a caer en poder de mi enemigo. <strong>m</strong>�s de un mes ya ha pasado.</p><p><strong>u</strong>na cl�usula secreta me prohibe intervenir en favor de mis correligionarios cuando los cristianos ataquen a ciudades que pertenezcan al �<strong>z</strong>agal�. <strong>e</strong>s evidente que buscan profundizar nuestra escisi�n, constituyendo en la parte oriental del <strong>r</strong>eino una especie de emirato independiente, cuyo mando me ofrecen y al que relevan de la obediencia de <strong>g</strong>ranada. <strong>s</strong>u pol�tica est� clara: prestarme su colaboraci�n para que sea yo quien los libre de mi t�o.</p><p><strong>d</strong>e esta estipulaci�n resulta que ahora soy yo el que tiene que elegir entre mi libertad, hipotecada a una traici�n, o la continuidad de mi cautiverio, tambi�n expuesto a toda clase de traiciones y desmanes. <strong>m</strong>i madre y <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa no dudan que aceptar� lo primero; tanto es as�, que el visir ha venido a <strong>c</strong>�rdoba con mi hijo <strong>a</strong>hmad de la mano. <strong>n</strong>o s� hasta qu� punto, por tanto, soy independiente de adoptar una elecci�n que se me da ya hecha. <strong>d</strong>espu�s de tres a�os y tres meses de prisi�n, �qu� podr�a elegir sino la libertad a cualquier precio? <strong>e</strong>l retorcimiento del rey <strong>f</strong>ernando se manifiesta una vez m�s.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>el tema de los dobles, <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa se resiste a hablar.</p><p>��<strong>s</strong>on agua pasada. <strong>y</strong>a no hay ninguno. <strong>i</strong>gnoro qu� habr� hecho el rey con ellos, pero me lo imagino.</p><p><strong>c</strong>ontigo en libertad no hay m�s <strong>b</strong>oabdil que <strong>b</strong>oabdil -y a�ade sonriendo-: como no hay m�s <strong>d</strong>ios que <strong>d</strong>ios.</p><p>���<strong>y</strong><strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa es su profeta? -le pregunto con aviesa intenci�n.</p><p>��<strong>y</strong><strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa es su profeta -me responde-. <strong>t</strong>� lo has dicho.</p><p><strong>l</strong>uego, con una inflexi�n mucho menos terminante, ha proseguido:</p><p>��<strong>d</strong>ec�an los del <strong>c</strong>onsejo <strong>r</strong>eal que, puesto que t� firmas la concordia declar�ndote vasallo, deb�as besar la mano de los reyes. <strong>y</strong>o me he opuesto en redondo; las r�bricas del protocolo, contra lo presumible, importan mucho. <strong>c</strong>on magnanimidad, el rey ha resuelto que te dar�a la mano a besar si estuvieses libre y en tu <strong>r</strong>eino, pero que, como est�s en el suyo, no te la debe dar. �<strong>e</strong>s o no es h�bil?</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy, d�a 7 de julio, se han firmado las capitulaciones.</p><p><strong>v</strong>ino al palacio a recogerme el comendador <strong>m</strong>art�n de <strong>a</strong>larc�n. <strong>e</strong>n �l se observaba una nueva actitud, doblegada y complaciente: yo ya soy mucho m�s que su prisionero.</p><p>��<strong>t</strong>odo llega, alteza -me ha dicho-. <strong>e</strong>stoy satisfecho de haberos custodiado, y de ser yo el que os entregue al rey.</p><p><strong>l</strong>uego, sin el menor tino, a�adi�:</p><p>��<strong>n</strong>o s� si sab�is que tambi�n vuestro hijo se ha encomendado a mi custodia.</p><p><strong>l</strong>as calles, los ajimezes, las celos�as, los balcones, las plazas, estaban repletos de una abigarrada muchedumbre. <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa me hab�a tra�do una ropa, para mi gusto excesivamente recargada, pero que imagino que es con la que un pueblo cristiano espera ver a un rey moro.</p><p><strong>l</strong>os se�ores y los titulados luc�an galas vistosas, acaso no menos recargadas que las m�as: sus reyes les han hecho creer que la grandeza de los pr�ncipes reside en la riqueza y calidad de sus vasallos. <strong>a</strong> mi alrededor iba el acompa�amiento de mancebos que me sustituir�n en el cautiverio y de cuantos han venido de mi <strong>r</strong>eino a testificar mi libertad. <strong>n</strong>o bajar�an de una cincuentena. <strong>e</strong>l cortejo era, en general, lucido. <strong>n</strong>o habr� defraudado las expectativas de la multitud que sali� a contemplarlo.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>noche dorm� mal. <strong>m</strong>e despert� a menudo empapado en sudor. <strong>d</strong>eb�a de sufrir pesadillas, que al despertar no recordaba, porque sent�a angustia y una gran opresi�n en el pecho. <strong>e</strong>sta ma�ana me he levantado con la boca seca y la cabeza como rellena de algod�n, igual que si hubiese pasado una noche de zambra y vino. <strong>e</strong>l malestar f�sico me ha impedido a�adir ninguna solemnidad al acto. <strong>e</strong>staba deseando terminar.</p><p><strong>m</strong>e ve�a a m� mismo como si me hubiese desdoblado (pero esta vez yo solo y por mi cuenta, sin argucias pol�ticas): por una parte, hac�a mec�nicamente los gestos que hab�an prevenido los cancilleres; por otra, miraba en torno m�o los movimientos de los dem�s a trav�s de una mente opaca y desgranada. <strong>n</strong>o he tenido en ning�n momento ni la menor conciencia de estar viviendo, como dec�a soberbio <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, �un momento hist�rico�; aunque la hubiese tenido, mi mayor inter�s habr�a sido que el momento pasara.</p><p><strong>p</strong>ara ba�arme el cuerpo en agua fr�a, para cerrar los ojos, reposar la cabeza en una almohada, y escabullirme de todos los que se esforzaban en tocarme y en saludarme entre muecas de adulaci�n.</p><p><strong>y</strong>a al salir del palacio, casi en el umbral, hab�a tenido una hemorragia de nariz; gracias a <strong>d</strong>ios fue leve. <strong>m</strong>e acord� de aquella otra que me resta�� mi t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, cuando no era previsible tanta pena. <strong>p</strong>ensaba en �l con tal intensidad que se me empa�aron los ojos de l�grimas, mientras el f�sico de los reyes, en quien reca�a una responsabilidad impensada, haldeaba por la alcoba, sudaba y me pon�a sobre la nariz una compresa fr�a. <strong>h</strong>a sido <strong>m</strong>oraima (yo solicit� que viniera con <strong>m</strong>art�n de <strong>a</strong>larc�n desde <strong>c</strong>astro, y no s� si ha venido con �l o con el conde de <strong>c</strong>abra) la que al cabo me ha sofocado la sangr�a de un modo muy sencillo: aplic�ndome, con la cabeza echada hacia atr�s, el filo de la daga contra la parte baja de la ternilla de la nariz. <strong>p</strong>or descontado, ante la protesta del m�dico, que mov�a la cabeza con incredulidad, como si mi esposa y yo fu�semos unos pobres salvajes. <strong>i</strong>gnora que, si �l sabe algo sobre <strong>h</strong>ip�crates o <strong>g</strong>aleno, es por mediaci�n de nuestros m�dicos y nuestros traductores.</p><p><strong>e</strong>n tan adversas circunstancias poco pude apreciar de los reyes, a los que he visto, entre nubes, un instante. <strong>m</strong>e han parecido los dos bastante m�s bajos de lo que esperaba. <strong>s</strong>orprendentemente el rey recuerda mucho a la miniatura que me envi�. <strong>l</strong>a reina tiene los ojos un poco oblicuos, claros, abultados y demasiado m�viles: seguirlos me mareaba; su cara es redonda, y sus mejillas se descolgar�n dentro de poco; da la impresi�n de ser rubia, pero no mucho. <strong>i</strong>mbuido por la veneraci�n con que habla de ella don <strong>g</strong>onzalo de <strong>c</strong>�rdoba, confieso que me ha decepcionado.</p><p><strong>a</strong> don <strong>g</strong>onzalo lo vi entre otros capitanes. <strong>s</strong>e destacaba de ellos. <strong>m</strong>e dirigi� con la mano un saludo de camarader�a, que interpret� como un afectuoso �hasta la vista�. <strong>m</strong>�s tarde supe que acababa de ser nombrado alcaide de <strong>l</strong>oja; no me pude alegrar.</p><p><strong>a</strong> mi derecha marchaba <strong>m</strong>art�n de <strong>a</strong>larc�n, que hinc� su rodilla -�la izquierda?- ante los reyes.</p><p><strong>y</strong>o, sin acordarme bien de qu� se esperaba que hiciera, me inclin� y alargu� la mano. <strong>m</strong>e han dicho que mi gesto fue entendido por los cristianos como un signo de humillaci�n y acatamiento: el amago de una genuflexi�n y una petici�n de las manos reales para besarlas.</p><p><strong>p</strong>or los m�os, al contrario, mi gesto ha sido interpretado como una cortes�a entre iguales. <strong>s</strong>ea como quiera, el rey me tom� entre sus brazos como si intentara levantarme; en falso, porque ya me hab�a incorporado yo.</p><p><strong>a</strong> continuaci�n un est�pido trujam�n, ampuloso y grandilocuente, recit� un texto compuesto por <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa. <strong>e</strong>ran tan peregrinas y altisonantes las loas que entonaba sobre la longanimidad y munificiencia de los reyes, que la reina se llev� los dedos a los labios mand�ndole callar. <strong>e</strong>l rey, tras la interrupci�n, dijo lo que no hac�a falta que nadie tradujera:</p><p>��<strong>d</strong>e vuestra bondad aguardo que har�is todo aquello que un hombre bueno y un buen rey han de hacer.</p><p><strong>y</strong>o reflexion�, entre m�, que no podr�a decirle lo mismo: siempre aguardo que �l haga lo contrario.</p><p><strong>p</strong>or fin, he jurado sobre el <strong>c</strong>or�n cumplir los cap�tulos del concierto, que estaba ya firmado, y ha concluido el acto con un presente que los reyes me han hecho de arreos, vestiduras y caballos. <strong>s</strong>in mirarlos, he ordenado su distribuci�n entre mis acompa�antes.</p><empty-line/><p>��<strong>h</strong>ijo m�o (permitid que os llame as� por el aprecio que os tengo), en vuestra mano est� que esta guerra que vuestros antepasados y los nuestros han sostenido muy cerca de ochocientos a�os, y que ahora sostenemos vos y nos, se interrumpa, y detenga el gasto en vidas y haciendas que extrav�a a los reinos. <strong>l</strong>os reyes hemos sido designados por <strong>d</strong>ios para conducir a nuestros pueblos por el camino de la felicidad, no de la perdici�n.</p><p><strong>p</strong>ensadlo bien. <strong>a</strong> la reina y a m� nos cabe la honra de haber sido elegidos como el cat�lico instrumento con que <strong>d</strong>ios <strong>n</strong>uestro <strong>s</strong>e�or quiere realizar su ya antiguo prop�sito de convertir a <strong>e</strong>spa�a en la naci�n m�s grande de <strong>e</strong>uropa. <strong>n</strong>osotros hemos de rematar tal divina encomienda, lejos de ambiciones y de sentimientos personales. <strong>p</strong>orque suyo es el reino, el honor y la gloria. <strong>s</strong>i consent�s con nos en lo que os ofrecemos, todo ser� como pretendemos que sea, y no ser�is vos el que salga menos ganancioso.</p><p><strong>e</strong>so, o algo similar, me dijo el rey en los <strong>r</strong>eales <strong>a</strong>lc�zares cuando <strong>m</strong>oraima y yo nos desped�amos de nuestro hijo, y ambos reyes se presentaron sin anunciarse.</p><p><strong>y</strong>o, en tanto el rey hablaba, sent�a clavados en m�, haci�ndome da�o, los bell�simos ojos, candorosos y enormes, de <strong>a</strong>hmad. <strong>y</strong> no eran opuestos a los del perro �<strong>h</strong>ern�n�, para el que sin duda yo soy omnipotente. <strong>p</strong>or eso respond�:</p><p>��<strong>n</strong>o hay guerra que dure ocho siglos, se�or. <strong>l</strong>o que durante tanto tiempo hemos tra�do entre manos vosotros y nosotros es evidentemente una cosa distinta.</p><p><strong>c</strong>uando <strong>m</strong>oraima se inclin� para besar a <strong>a</strong>hmad, tem� que la resistencia de los dos se derrumbara.</p><p><strong>n</strong>o fue as�. <strong>e</strong>lla con la voz un poco quebrada, pero serena, le dijo, acariciando su carita llena de estupor:</p><p>��<strong>s</strong>� d�cil, cumple con tus deberes de buen musulm�n, y recu�rdanos siempre. <strong>t</strong>u padre y yo no te olvidaremos ni un solo instante.</p><p><strong>e</strong>l ni�o volvi� de nuevo sus ojos hacia m�.</p><p><strong>l</strong>a reina <strong>i</strong>sabel puso una mano no del todo limpia sobre el brazo de <strong>m</strong>oraima:</p><p>��<strong>t</strong>ened por cierto que yo en persona velar� por la educaci�n de este morito, y que ser� tratado como si fuera un infante de <strong>c</strong>astilla. <strong>i</strong>d tranquilos.</p><p><strong>a</strong>cto seguido, en silencio por no multiplicar intercambi�ndolos nuestros pesares, emprendimos el camino de <strong>v</strong>�lez. <strong>y</strong>o ya no era ni un rey en exilio, ni un rey preso.</p><p><strong>a</strong>caso no era un rey. <strong>n</strong>o sab�a lo que era.</p><p><strong>a</strong>l entrar en nuestro territorio lo supe con una exactitud abrumadora. <strong>l</strong>os mismos que a mi t�o le nombran �el <strong>z</strong>agal�, es decir, �el <strong>v</strong>aliente�, me nombraban a m� �el <strong>z</strong>ogoibi�, es decir, �el <strong>d</strong>esventuradillo�. <strong>s</strong>eg�n el tono con que me lo dijeran, pod�a yo distinguir en ese mote la piedad o el desd�n.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a primera noche en <strong>v</strong>�lez, despu�s del caluroso recibimiento, <strong>m</strong>oraima lloraba sin ruido y sin consuelo. <strong>y</strong>o no le pregunt� por qu�: ten�a tantos motivos. <strong>a</strong>brazado a ella, le le�, para distraerla y distraerme, un poema que el rey <strong>a</strong>lmutamid de <strong>s</strong>evilla, muy poco aficionado de joven a las armas, dedic� a <strong>a</strong>l <strong>r</strong>adi, su hijo predilecto, tan semejante a �l.</p><p><strong>h</strong>ab�a puesto a su cargo una expedici�n contra <strong>l</strong>orca, pero <strong>a</strong>l <strong>r</strong>adi, para quien el orgullo b�lico no contaba, fingi� estar indispuesto. <strong>e</strong>ntre el horror de los combates y el atractivo por el estudio y la lectura, no titube�. <strong>s</strong>u padre acept� a sabiendas la excusa, y encarg� a su hijo menor, <strong>a</strong>l <strong>m</strong>utad, la expedici�n. <strong>i</strong>nfortunadamente, no tardaron en anunciarle su malogro. <strong>y</strong>, a su pesar, le guard� rencor a <strong>a</strong>l <strong>r</strong>adi, quiz� porque lo comprend�a, quiz� porque �l mismo no tard� en comprobar la inutilidad de sus armas contra sus enemigos. <strong>p</strong>ero para burlarse de aquel joven pr�ncipe pac�fico y culto, y darle una lecci�n, le dedic� unos versos, apuntados, sin mucha convicci�n y con mucha iron�a, contra las flamantes generaciones de pr�ncipes, tan andaluces o m�s a�n que sus propios padres fueron.</p><empty-line/><p>�<strong>l</strong>a realeza est� ahora en el manejo de gruesos libros; deja, pues, de acaudillar ej�rcitos.</p><p><strong>d</strong>a las vueltas rituales alrededor del pupitre, para besar la <strong>p</strong>iedra <strong>n</strong>egra, y vuelve a ella para despedirte de las c�tedras.</p><p><strong>m</strong>archa contra las huestes de los conocimientos para someter al sabio que combatir� contigo.</p><p><strong>g</strong>olpea, como si fueran lanzas, con los c�lamos: conseguir�s una gran victoria sobre los tinteros de las escriban�as.</p><p><strong>m</strong>altrata con el cortaplumas del escritorio, en vez de con la tajante espada corta.</p><p><strong>s</strong>i se habla de los m�s grandes fil�sofos, �no eres t� <strong>a</strong>rist�teles?; si se habla de <strong>a</strong>l <strong>j</strong>alil, �no eres t� gram�tico y poeta?; por lo que respecta a <strong>a</strong>bu <strong>h</strong>anifa, no es su opini�n la que se adopta estando t� presente.</p><p>�<strong>q</strong>u� importan <strong>h</strong>ermes, <strong>s</strong>ibaway, ni <strong>i</strong>bn <strong>f</strong>awrak cuando inicias t� una pol�mica?</p><p><strong>t</strong>odas esas nobles cualidades t� las re�nes, �no es cierto? <strong>p</strong>ues s� entonces agradecido a quien te cuid�; permanece en tu asiento, ya que est�s bien alimentado y bien vestido.</p><p><strong>p</strong>ero preg�ntate, por lo menos, si es que no hay otros t�tulos de gloria.�</p><empty-line/><p><strong>y</strong> le� despu�s la respuesta que al <strong>r</strong>adi, conmovido por el tono festivo pero amargo del poema, le dio a su padre el rey:</p><empty-line/><p>�<strong>a</strong>qu� me tienes, se�or. <strong>h</strong>e renegado de cuanto contienen los gruesos libros.</p><p><strong>h</strong>e mellado el cortaplumas del escritorio, y he roto los c�lamos.</p><p><strong>a</strong>hora s� que el t�tulo de rey se adquiere entre los hierros de las lanzas y entre las anchas hojas de los sables.</p><p><strong>l</strong>a gloria y la grandeza no se alcanzan sino en el encontronazo de un ej�rcito y otro, no en el encontronazo de una opini�n con su contraria, cuyos vestigios son perecederos.</p><p><strong>c</strong>re�, por torpeza, que ellas eran la principal peana del esplendor, pero no son m�s que sus ramas secundarias: la ignorancia es una excusa para el hombre.</p><p><strong>p</strong>orque el joven no adquiere la nobleza m�s que con una cimbreante lanza y un sable de hoja corta.</p><p><strong>h</strong>e hu�do, se�or, de aquellos que nombraste, y niego ya que fuesen grandes hombres.�</p><empty-line/><p><strong>r</strong>epet�, muy despacio, el pen�ltimo verso:</p><empty-line/><p>�� el joven no adquiere la nobleza m�s que con una cimbreante lanza y un sable de hoja corta��</p><empty-line/><p><strong>l</strong>as palabras quedaron un instante, temblorosas, en el aire.</p><p><strong>m</strong>oraima levant� la cabeza. <strong>y</strong>a no lloraba. <strong>m</strong>e mir� frente a frente, adivinando la magnitud de mi recado. <strong>y</strong>o baj� los ojos con desaliento. <strong>e</strong>lla hundi� -lloraba de nuevo- su cabeza en mi pecho. <strong>y</strong> murmur�:</p><p>��<strong>q</strong>ue sea lo que <strong>d</strong>ios quiera, <strong>b</strong>oabdil; pero que <strong>d</strong>ios quiera para los dos lo mismo.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>ay varios <strong>v</strong>�lez: para m� s�lo hay uno que ser� inolvidable: aqu�l en que, frente al mar, en la m�s absoluta soledad interior, una noche de la luna creciente de octubre, he tomado la decisi�n m�s grave de mi vida.</p><p><strong>h</strong>oy he recibido la noticia de que mi padre ha muerto. <strong>l</strong>as semanas que precedieron a su muerte sufri� las alucinaciones m�s terror�ficas y las m�s espeluznantes pesadillas: perdi� la raz�n antes que el ser. <strong>y</strong>a estamos cara a cara �el <strong>z</strong>agal�, el hombre que m�s amo y m�s respeto en este mundo, y yo, �el <strong>z</strong>ogoibi�. �<strong>e</strong>l <strong>z</strong>agal� es incapaz de pactar con los reyes cristianos: empujar� a nuestro pueblo hacia la muerte con los ojos abiertos, hasta el �ltimo hombre y el �ltimo dinar. <strong>y</strong> yo he llegado ya a la conclusi�n de que nadie puede cerrar los ojos; de que nadie puede decir �yo soy independiente o soy distinto�, sino que en toda vida hay un momento en el que tiene que tomarse partido por una causa u otra. <strong>e</strong>s el duro momento de elegir. [<strong>f</strong>ue la vida la que eligi�: muy pronto, y exactamente lo contrario de lo que yo escrib�.] <strong>a</strong>mo y deseo la paz por encima de todo. <strong>l</strong>a paz es la tierra en la que crecen nuestros hijos, y en la que nosotros somos de verdad nosotros mismos; es la rosa en la que caben todas las primaveras, y la aut�ntica benignidad de <strong>d</strong>ios; la huerta que trabajamos con sudor y cultivamos, y en la que hemos sembrado la esperanza. �<strong>p</strong>or qu� entonces las guerras? <strong>a</strong>h� est�n siempre, grandes o peque�as, si es que las hay peque�as, porque para cada cual la m�s grande es la que lo destruye. <strong>d</strong>onde pongo los ojos, all� est�n: mirando con sus cuencas vac�as, teniendo sus mu�ones, con las piernas cortadas, espantosas e inm�viles. <strong>l</strong>a guerra es m�s horrible que la muerte; porque la muerte es natural, pero la guerra no, a pesar de que al hombre, por habitual, se lo parezca. �<strong>s</strong>i quieres la paz, haz la guerra�, se dice, y es mentira. <strong>t</strong>al fue la burda historia de todos los imperios de este mundo: guerrear con la excusa de la paz; transformar la tierra en un cementerio, y titularlo paz. <strong>c</strong>on esa falacia se nos llena la boca. <strong>c</strong>ada tregua aqu� es un descanso para que los contendientes se laman las heridas y se preparen para ataques m�s fieros.</p><p><strong>i</strong>gual que tiembla esta noche el espacio salpicado de estrellas, tiembla la tierra salpicada de guerras y cat�strofes. <strong>s</strong>in cesar, sin cesar� �<strong>y</strong> qui�n las quiere?</p><p>�<strong>a</strong>caso los hombres, que abandonan su casa y su familia, con el coraz�n volcado a aquello que abandonan? �<strong>a</strong>caso los hombres enardecidos por las promesas de un <strong>p</strong>ara�so eterno, que borra a su alrededor este modesto y breve para�so del mundo? �<strong>a</strong>caso los hombres a los que se convence de que <strong>d</strong>ios les exige matar a semejantes suyos en su nombre? �<strong>o</strong> las mujeres, enlutadas y viudas, que pierden en la guerra la mitad de su vida, sin la que nunca ya estar�n completas? �<strong>o</strong> los ni�os, �nico e irrepetible cada uno, truncados por las guerras, como una lombriz a la que alguien parte en dos, en cinco, en siete trozos antes de proseguir indiferente? <strong>n</strong>o, no, no. <strong>q</strong>uienes quieran las guerras son los mismos que tendr�an que extirparlas y levantar la vida de sus pueblos, y mejorarlos y colmarlos de alegr�a y de luz y de prosperidad� <strong>p</strong>ero el pan que les dan les sabe a sangre; el bienestar escaso que les dan lo construyen sobre los huesos de otros hombres. <strong>a</strong>ntrop�fagos somos, como aquellos de que <strong>m</strong>uley me hablaba, devoradores los unos de los otros. <strong>l</strong>a victoria siempre consiste en aniquilaci�n: vencer es destruir. �<strong>q</strong>ui�n habla aqu� de paz?</p><p>�<strong>p</strong>or qu� no puede conseguirse la paz sino con las armas? �<strong>p</strong>or qu� las causas m�s hermosas son las que no pueden defenderse por s� mismas?</p><p><strong>s</strong>on los pac�ficos quienes tienen que defender la paz, pero �qui�nes son los pac�ficos?: los humildes, los desarmados, los perseguidos, los compasivos, los sinceros, los peque�os, es decir, los in�tiles.</p><p><strong>l</strong>os in�tiles como yo, que se dejan embaucar a sabiendas, so�ando con la paz en sus noches entrecortadas.</p><p><strong>p</strong>orque no soy yo quien ha inventado el mundo. <strong>p</strong>orque no me puedo desentender de la realidad. <strong>p</strong>orque no me est� permitido sumergirme otra vez en los libros, ni en los vagos anhelos. <strong>p</strong>ara m� lo escribi� <strong>a</strong>l <strong>m</strong>utanabi:</p><empty-line/><p>�<strong>s</strong>i he de vivir, habr� de ser la guerra mi madre; mi hermano, el sable; mi padre, el filo de la espada.�</p><empty-line/><p><strong>t</strong>engo, pues, que fingir; fingir que sigo siendo como soy, aunque haya decidido, de ahora en adelante, ser ya de otra manera. <strong>t</strong>engo que desempe�ar mi papel de hombre sin car�cter que a nadie satisface, porque, si alguien llegase a sentirse satisfecho de m�, todo estar�a perdido. <strong>y</strong> es necesario salvar aquello que a�n pueda ser salvado.</p><p><strong>e</strong>nga�ar� a los reyes cristianos, simulando cumplir la cl�usula secreta de mi pacto con ellos. <strong>e</strong>nga�ar� a mi madre, simulando que obedezco sus �rdenes con la mansedumbre que ella vio siempre en m�. <strong>e</strong>nga�ar� a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, que no vive sino para enga�arnos a todos en busca de su propio beneficio. <strong>e</strong>nga�ar� al �<strong>z</strong>agal�, simulando entablar con �l, si no hay otro remedio, una guerra que no podr�a entablar nunca, porque pienso que es m�s yo que yo mismo: el que yo habr�a deseado ser. <strong>e</strong>nga�ar� a mi pueblo, simulando esperar contra toda esperanza, para que no se hunda en la desesperaci�n. <strong>m</strong>e enga�ar� a m� mismo, simulando que a�n quedan batallas que re�ir y triunfos que alcanzar. <strong>a</strong> la �nica que no enga�ar� ser� a <strong>m</strong>oraima: sin ella no ser�a capaz de emprender este �spero camino de simulaciones.</p><p><strong>m</strong>iro los astros esta noche, y colijo que ha de haber otros mundos en que la paz florezca. <strong>s</strong>iento que ellos tambi�n me miran, como los ojos de los muertos que han luchado por lo que yo tengo que luchar sin convicci�n alguna. <strong>s</strong>oy igual que un caballo que en la carrera ha perdido a su jinete, y escucha una voz que le dice: �<strong>g</strong>alopa.� �<strong>p</strong>ero �hacia d�nde; en d�nde est� la meta?� �<strong>t</strong>� galopa�, le ordenan. <strong>y</strong> galopa a ciegas, sin porqu� ni para qu�; sin saber qui�n lo mira, ni qui�n le habla, ni qu� se aguarda de �l.</p><p><strong>a</strong>qu� abandono estos papeles, que no debo seguir escribiendo.</p><p><strong>f</strong>uera de ellos, he de arrostrar mucha faena. <strong>n</strong>o s� si ser�n obras trascendentales; lo �nico que s� es que me son ajenas. <strong>h</strong>a llegado la hora de la generosidad; de una generosidad que -lo presiento- nos llevar� al mismo lugar al que nos llevar�a el ego�smo: acaso los caminos son convergentes todos, y nada cambia, cualquiera que se elija. <strong>u</strong>na generosidad opuesta en apariencia a la raz�n; pero �qu� es la raz�n sino el envejecimiento de la inocencia? <strong>h</strong>oy, cuando acaba mi padre de morir en la desolaci�n de la locura, recuerdo los ojos de mi hijo <strong>a</strong>hmad en <strong>c</strong>�rdoba: me miraba tratando de sentirse orgulloso de m�, y el orgullo de un ni�o es un padre orgulloso. <strong>i</strong>gual que un ni�o, he de avanzar desde hoy -a impulsos de la ficci�n, porque no soy un ni�o- procurando desatender lo que la sensatez me dicte; procurando complacer a mi pueblo, que es tambi�n otro ni�o, para que crea en m� y descanse en m�. <strong>c</strong>omo si yo fuera lo bastante fuerte para soportar la carga de su despreocupaci�n�</p><p><strong>e</strong>sta noche de la luna creciente de octubre, extinguida la fe y perdida la confianza, me acobarda el temor de no enga�ar a nadie: ni a los cristianos, ni a mi madre, ni al �<strong>z</strong>agal�, ni a m� siquiera; me acobarda el temor de que quiz� a la �nica que consiga enga�ar sea a <strong>m</strong>oraima.</p><p><strong>a</strong>qu� abandono estos papeles, que de nada han servido.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>asi pasado el d�a, caigo en la cuenta de que he cumplido en �l veinticuatro a�os.</p></section><section><title><p>III. altos son y reluc�an</p></title><p>�-�<strong>q</strong>u� castillos son aqu�llos?</p><p><strong>a</strong>ltos son y reluc�an -<strong>e</strong>l <strong>a</strong>lhambra era, <strong>s</strong>e�or, y la otra la mezquita�� �<strong>r</strong>omance de <strong>a</strong>benamar�</p><empty-line/><p><strong>h</strong>an pasado seis a�os desde que dej� de escribir en estos papeles carmes�es. <strong>a</strong>hora ya tengo tiempo de volver a ellos; lo que me queda ahora es s�lo tiempo.</p><p><strong>c</strong>uando a un hombre se le impone al nacer una misi�n, gloriosa o desdichada, su vida tendr�a que concluirse cuando se concluyera esa misi�n. <strong>s</strong>i no, �qu� har� con lo que sobra?: �ordenar los recuerdos en la confusa arca de la memoria, trasladar, componer, recomponer, intentar situarlos, intentar que entre todos configuren una pieza coherente? <strong>p</strong>ero eso es imposible, porque la realidad no es ni remotamente parecida al relato que se hace de ella. <strong>c</strong>ada cual cuenta aquello que vio, o que se imagin� haber visto, o que dese� ver; si otro lo contara, lo har�a de distinta manera, incluso de una manera opuesta, seg�n sus impresiones, o seg�n sus prop�sitos. <strong>y</strong> eso, aunque todos act�en con honradez (lo cual es improbable), y aunque todos act�en con ecuanimidad, sin el �nico objeto de exponer lo que, antes de empezar, ten�an ya previsto (lo cual es imposible).</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o estaba hecho de dudas, y los reyes cristianos no ten�an ni una sola. <strong>p</strong>ersegu�an algo muy concreto y plausible; lo �nico que yo pod�a hacer era oscurecerlo, perturbarlo, aplazarlo.</p><p><strong>e</strong>l �<strong>z</strong>agal�, por el camino de la guerra, no habr�a conseguido sino destruirnos en m�s o menos tiempo: los cristianos ten�an muchos m�s medios que nosotros y, por a�adidura, una irrevocable decisi�n tomada en el mejor instante, en un instante de entusiasmo y de renacimiento. <strong>e</strong>l descorazonador estribillo me envolv�a una vez y otra vez: �<strong>n</strong>ada tiene remedio, y todos lo sabemos.� <strong>s</strong>�lo cab�a la eventualidad -no la certeza- de alargar el tormento, es decir, de continuar un d�a m�s, un mes m�s, un a�o m�s, en la disfrazada desesperanza en que viv�amos. <strong>l</strong>as capitulaciones de <strong>c</strong>�rdoba y de <strong>l</strong>oja hab�an allanado el camino a <strong>g</strong>ranada; yo las firm� consciente de su fin, que era precisamente nuestro fin.</p><p><strong>a</strong> mis partidarios se les conced�a en ellas la condici�n de mud�jares: el derecho a seguir en sus propias casas, disponer de sus bienes, tener sus mezquitas y casas de oraci�n, y ser eximidos de pechos, del alojamiento de soldados y de tributos durante diez a�os; as� como el casi p�stumo derecho de marchar a <strong>�</strong>frica sin incurrir en sanci�n y a costa del erario real.</p><p><strong>o</strong> sea, dada la cuesti�n por perdida, se aliviaba la desgracia de los perdedores. <strong>a</strong> los partidarios del �<strong>z</strong>agal�, por el contrario, no se les otorgaba derecho alguno, y s�lo por merced podr�an habitar en los barrios de las ciudades que se habilitasen como morer�as.</p><p><strong>m</strong>i m�xima aspiraci�n consist�a no ya en vencer, lo cual era absurdo, sino en ser vencido con el menor da�o. <strong>p</strong>ero absurdo era tambi�n que todas aquellas �generosidades� con los m�os s�lo entrar�an en vigor cuando yo hubiera entregado <strong>g</strong>ranada y su territorio; ante todo, deb�a expulsar de �l a mi t�o. <strong>l</strong>a sagacidad de <strong>f</strong>ernando fue aceptada con resignaci�n por m�, pero sin el �nimo de obligarme, sino de ir contra ella en cada oportunidad que se me presentara.</p><p><strong>e</strong>n las capitulaciones hab�a cl�usulas como �sta: �<strong>g</strong>anada que sea la ciudad de <strong>g</strong>uadix, sus altezas habr�n de continuar aparentemente la guerra contra <strong>b</strong>oabdil como la hacen ahora contra �el <strong>z</strong>agal�, para que as� <strong>b</strong>oabdil pueda cumplir, como impedido por la fuerza, lo que promete en esta capitulaci�n.� <strong>s</strong>e me proporcionaba, pues, la ocasi�n de traicionar a mi gente con el aire de protegerla; eso blanqueaba cualquier traici�n que yo cometiese contra los que me forzaban a traicionar as�. <strong>t</strong>al era mi prop�sito por debajo de todas las defecciones y de todas las desobediencias, a trav�s de todos los descuidos, por medio de todos los enga�os.</p><p><strong>m</strong>uy pocos de mis correligionarios prestaron fe a las promesas de paz cristianas; pr�cticamente se redujeron a los vecinos del <strong>a</strong>lbayz�n. <strong>y</strong> como el cauce exclusivo de esa paz era yo, para obtenerla se convirtieron en ac�rrimos m�os. <strong>c</strong>ada d�a denostaban con improperios a los habitantes de <strong>g</strong>ranada, partidarios del �<strong>z</strong>agal�; con ello propiciaron lo que los reyes <strong>i</strong>sabel y <strong>f</strong>ernando persegu�an: la rivalidad y la discordia.</p><p><strong>s</strong>in embargo, no tardaron ambos bandos en tener una cosa en com�n: la certidumbre de que yo era traidor a uno y a otro. <strong>p</strong>ara lo que me propon�a -y estaba lejos de saber con seguridad qu� era-, hube de cargar, como primera providencia, con ese sacrificio.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n <strong>g</strong>ranada hab�a dos reinos, delimitados por el r�o <strong>d</strong>arro. <strong>e</strong>n calles, en plazas y en plazuelas se peleaba cotidianamente, aspirando cada partido a alzarse con la ciudad y a aniquilar al otro. <strong>y</strong>o quise apresurar el t�rmino de tal desangramiento. <strong>d</strong>ej� <strong>v</strong>�lez, y me present� una noche en el <strong>a</strong>lbayz�n.</p><p><strong>f</strong>ue el 14 de octubre de 1486.</p><p><strong>m</strong>is partidarios se reafirmaron al verme en persona a la salida de la �ltima oraci�n. <strong>a</strong>quella misma noche, de improviso, entre antorchas que iban y ven�an arrastrando por la oscuridad ya fresca del oto�o sus rojas cabelleras, fui coronado por segunda vez. <strong>u</strong>n grupo de muchachos me irgui� sobre sus hombros y me subi� a lo alto de un aljibe. <strong>a</strong>ll� me qued� solo una vez m�s, con ojos h�medos, arropado por los candentes v�tores de quienes tanto me hab�an aguardado.</p><p>��<strong>d</strong>ios <strong>t</strong>odopoderoso -gritabante ensalce y te preserve para nosotros.</p><p>��<strong>g</strong>racias, hijos -les respond� con la espada en una mano y una adarga en la otra-. <strong>g</strong>racias, porque arriesgasteis vuestras vidas para salvar la m�a, y porque cre�steis en m� con honor y largueza, y porque supisteis esperar sin desmayo esta hora. <strong>y</strong>o os prometo que vuestro amable coraje no quedar� sin galard�n.</p><p><strong>n</strong>o cre�a en nada de lo que les dec�a; pero trat� por su bien de que ellos lo creyeran. <strong>m</strong>and� leer mis pactos en las plazas del arrabal por pregoneros, y brind� protecci�n a cuantos abrazaran mi causa. <strong>e</strong>l pueblo del otro lado del <strong>d</strong>arro, recordando lo sucedido en <strong>l</strong>oja -�c�mo iban a saber que yo a�n estaba preso?-, me tachaba de vendido a los cristianos y descre�a en m�; pero lo cierto es que suspiraba por la paz con la misma vehemencia que el pueblo del <strong>a</strong>lbayz�n.</p><p><strong>m</strong>i t�o �el <strong>z</strong>agal�, que ocupaba la <strong>a</strong>lhambra, se neg� a escuchar los mensajes en que le propon�a una entrevista. <strong>l</strong>e iba a exponer en ella mi exculpaci�n, mis argumentos, mi prop�sito; le iba a ofrecer incluso mi abdicaci�n, si �l penetraba los motivos que me impulsaron a firmar las capitulaciones, con el designio de incumplirlas. <strong>p</strong>rest� o�dos sordos a todas mis propuestas. <strong>d</strong>os d�as despu�s me declar� la guerra.</p><p><strong>e</strong>ra una ma�ana profunda y di�fana. <strong>r</strong>ecib� la noticia igual que se recibe un empell�n. <strong>m</strong>e tambale�. <strong>a</strong>poy� las manos en el antepecho de una ventana; desde ella ve�a la <strong>a</strong>lhambra, enhiesta y recortada sobre la verde <strong>s</strong>abica, con su belleza imperturbable. <strong>e</strong>ra contra ella, que lo simbolizaba todo para m�, contra lo que ten�a que luchar. <strong>c</strong>ontuve la expresi�n de mi abatimiento, y desped�a a los emisarios del �<strong>z</strong>agal�. <strong>f</strong>rente a la amada colina reflexion�. <strong>d</strong>os cosas deb�a de tener claras: que el emir <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal� me consideraba un esbirro al servicio de los cristianos, y que ten�a raz�n <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa cuando me advirti� que ahora las victorias hab�an de ser parciales y diarias, confirm�ndome en cada situaci�n con un fragmento de �xito. <strong>t</strong>en�a que olvidarme de las grandes palabras y de los grandes ideales: estaban muertos para siempre. <strong>c</strong>iertamente no era un destino de h�roe ni de salvador el que la historia me hab�a reservado; ten�a que prestarme a cumplir lo mejor posible el de hormiga calculadora, mal vista y despreciada, que procura, en el silencio y en la oscuridad, la perduraci�n de su hormiguero.</p><p><strong>e</strong>nvi�, en consecuencia, a pregonar mis paces por toda la frontera. <strong>f</strong>ue entonces cuando llam� a <strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza, luego mi secretario y mi cronista. <strong>�</strong>l viv�a en <strong>a</strong>lcaudete y all� fue a pregonar un caballero mud�jar, <strong>b</strong>obadilla, con el que mi amigo <strong>a</strong>brah�n de <strong>m</strong>ora, int�rprete m�o desde mi primera coronaci�n en <strong>g</strong>uadix, le mand� una carta. <strong>e</strong>n ella le ped�a en mi nombre que viniese al <strong>a</strong>lbayz�n para encargarse de mis conversaciones con los reyes cristianos, que preve�a cada vez m�s complicadas. <strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza juzg� la entrada al <strong>a</strong>lbayz�n demasiado peligrosa, y no acept�. <strong>l</strong>o lament�, porque lo hab�a conocido cuando convoqu� en <strong>a</strong>lcaudete a los grandes caballeros andaluces de mi partido poco despu�s de mi liberaci�n. <strong>n</strong>o acudi� casi ninguno, y el jefe de mi guardia, <strong>a</strong>l <strong>h</strong>aje, para distraerme, me habl� de un <strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza conocido suyo y sabedor del �rabe, con el que aquella triste noche compartimos cena y posada, ofrecidas gentilmente en su casa.</p><p><strong>d</strong>esatada la lucha entre mi t�o y yo, lo mejor era ultimarla cuanto antes para ahorrar vidas y bienes.</p><p><strong>c</strong>on tal fin acept� la ayuda de <strong>c</strong>astilla, y trat� de olvidar que quienes hab�an de morir ten�an nombres, cu�as, hijos y madres; s�lo importaba disminuir su n�mero.</p><p><strong>c</strong>ontra la contumacia del �<strong>z</strong>agal�, que se dispon�a a emplear contra m� hasta el �ltimo de sus seguidores.</p><p><strong>e</strong>n efecto, sus ulemas proclamaron que todo el que se aliase con los cristianos o secundase mis planes ser�a reo de rebeld�a contra <strong>d</strong>ios y su <strong>m</strong>ensajero. <strong>a</strong>s� desvirtuaron una reyerta en una guerra santa, y la religi�n, en un arma mortal entre los hermanos que la compart�an. <strong>h</strong>asta el extremo de que �el <strong>z</strong>agal� decidi� tomar el <strong>a</strong>lbayz�n por asalto, capitaneando �l mismo y su general <strong>r</strong>idu�n <strong>b</strong>enegas a sus hombres. <strong>c</strong>onvoc� para ello a los granadinos y a los habitantes de los alfoces.</p><p>��<strong>l</strong>a sangre y la hacienda de esa gente de ah� enfrente son vuestras. <strong>q</strong>uienes se unen a los cristianos no merecen m�s que la espada y el desprecio -les dijo.</p><p><strong>f</strong>alse� y deform� mi postura; me acus� p�blicamente de renegado y corrompido, y exalt� contra m� a sus partidarios, que eran no s�lo los de <strong>g</strong>ranada, sino los de <strong>b</strong>aza y <strong>g</strong>uadix y sus cercan�as.</p><p><strong>a</strong> estos �ltimos les previno de su plan: mientras los granadinos se abr�an paso por la puerta de <strong>h</strong>ierro, la de <strong>o</strong>neidir, la de <strong>c</strong>axtar, el <strong>p</strong>ortillo y la <strong>p</strong>uerta de <strong>v</strong>ivalbonuz, el <strong>p</strong>ortillo de <strong>a</strong>lbaide y la puerta de <strong>a</strong>bifaz, ellos hab�an de ascender por el <strong>f</strong>argue y atacar la <strong>p</strong>uerta de <strong>f</strong>ajala�za para de esta manera acosarnos a los del <strong>a</strong>lbayz�n por todas partes. <strong>a</strong>s� lo hicieron.</p><p><strong>y</strong>o, al tanto del momento en que iba a producirse la agresi�n, reun� a mis parciales, y los arengu� para que confiaran en m� un poco a ciegas, porque ni a ellos me era posible hablarles con toda claridad.</p><p>��<strong>e</strong>l principal impedimento para la paz -les dije-, es ahora <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal� y sus enloquecidas tropas.</p><p><strong>n</strong>os odian m�s a�n que a los cristianos, y pretenden pasarnos a cuchillo y ba�ar las calles del <strong>a</strong>lbayz�n con nuestra sangre. <strong>s</strong>�lo hemos dejado de ser hermanos por su af�n de muerte y venganza. <strong>n</strong>i en <strong>d</strong>ios ni en m�, os lo juro, existe otra raz�n.</p><p><strong>l</strong>os vecinos del <strong>a</strong>lbayz�n, bien ordenados y con el auxilio de <strong>g</strong>onzalo de <strong>c</strong>�rdoba -no al rev�s, como �el <strong>z</strong>agal� me echa en cara-, acudieron a sus puertas, cargaron contra sus enemigos -ay, llamar as� a quienes compart�an con nosotros fe, <strong>d</strong>ios, ciudad, historia, todo-, y los dispersaron. <strong>y</strong>o, desde mi puesto de mando, contemplaba c�mo la primera victoria de mi vida se realizaba contra mis propios s�bditos, y c�mo el destino juega con los m�viles de los hombres. <strong>l</strong>os vencidos se retiraron en tumulto, y, desconfiando de sus propias fuerzas, barrearon sus puertas y portillos. <strong>t</strong>oda posibilidad de comunicaci�n, incluso la material, quedaba as� excluida.</p><p><strong>m</strong>ientras las peleas parciales prosegu�an, y los insultos y las pedreas y los cintarazos eran diarios, el sult�n de la <strong>a</strong>lhambra convoc� a los alcaides de <strong>m</strong>�laga, <strong>b</strong>aza, <strong>g</strong>uadix, <strong>v</strong>�lez, <strong>a</strong>lmu��car y otros distritos. <strong>t</strong>odos a una se comprometieron a obrar de com�n acuerdo y a prestarse mutua asistencia en el caso de que cualquiera fuese atacado por los enemigos de nuestra religi�n. <strong>y</strong>o trat� de enviar representantes m�os a esa reuni�n; trat� de que los alfaqu�es de uno y otro bando se entrevistasen para pactar; trat� de convencerlos de mis intenciones, lo que me parec�a m�s f�cil ahora que hab�an sufrido una derrota. <strong>i</strong>n�til: me estrell� contra el mutismo del �<strong>z</strong>agal�. <strong>e</strong>nvi�, pues, a <strong>a</strong>bul <strong>k</strong>asim el <strong>m</strong>aleh, a quien hab�a nombrado visir, a los castillos de <strong>v</strong>�lez, de <strong>a</strong>lmog�a y de <strong>m</strong>�laga para informarles sobre mis tratados de paz con <strong>f</strong>ernando y sobre c�mo provocar�amos su enojo si no nos aten�amos a ellos. <strong>m</strong>�laga y <strong>a</strong>lmog�a se adhirieron a m�. <strong>n</strong>o as� <strong>v</strong>�lez, cuyo alcaide era <strong>a</strong>bul <strong>k</strong>asim <strong>b</strong>enegas, el que fue mi maestro de pol�tica.</p><p>��<strong>u</strong>n traidor siempre cuenta con la traici�n de los otros. <strong>d</strong>i a tu amo que recuerde mis lecciones.</p><p><strong>o</strong>jal� su padre hubiese hecho caso de los astros -fue la respuesta de <strong>b</strong>enegas.</p><p><strong>c</strong>on cu�nta frecuencia he visto desde entonces que los gobernantes se dejan llevar por la obstinaci�n de sus s�bditos que, desatada, ya es imposible de embridar. <strong>c</strong>on cu�nta frecuencia he visto desde entonces que aquello que uno desea se desborda a menudo hasta volverse irreconocible; que la pasi�n que en fr�o suscitamos llega a poseernos con mayor delirio que si hubiese sido aut�nticamente sentida; que, como la luz reflejada en un espejo, nos deslumbra aquella luz que nosotros encendimos para que los dem�s, no nosotros, la contemplasen.</p><p><strong>e</strong>so es lo que le ocurri� a mi t�o �el <strong>z</strong>agal�. <strong>a</strong>caso habr�a podido evitarse si los dos nos hubi�semos entrevistado a solas, sin la virulencia de quienes llam�bamos por separado nuestros.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>nte la negativa de <strong>v</strong>�lez a incumplir sus compromisos con �el <strong>z</strong>agal�, el rey <strong>f</strong>ernando se puso en marcha hacia all� y lo siti�:</p><p><strong>v</strong>�lez ser�a la antesala de <strong>m</strong>�laga. <strong>e</strong>ra el 10 de abril de 1487.</p><p><strong>c</strong>uando lleg� el aviso a <strong>g</strong>ranada, �el <strong>z</strong>agal� junt� a las gentes que hab�a aliado contra m�, su pacto exig�a un cumplimiento m�s arriesgado y m�s r�pido de lo previsto.</p><p><strong>l</strong>es pidi� parecer, y decidieron ir en socorro de <strong>v</strong>�lez en virtud de lo concertado unas semanas antes.</p><p><strong>m</strong>and� mi t�o al alfaqu� mayor que tomaran en sus manos el tahel� con el <strong>c</strong>or�n, y les habl� a los alcaides:</p><p>��<strong>j</strong>urad por las palabras aqu� escritas que ninguno de vosotros, ni los presentes ni los ausentes, en tanto que yo llevo a nuestros hermanos este socorro, har�is nada, ni dir�is, ni os aconsejar�is en nada que vaya contra el servicio de mi causa y en pro de la de mi sobrino.</p><p><strong>y</strong> sali� de <strong>g</strong>ranada, donde dej� una escasa guarnici�n, el d�a 19 de abril. <strong>c</strong>uando avist� <strong>v</strong>�lez, el sitio cristiano se hab�a afirmado por tierra y mar. <strong>a</strong>camp� en el castillo de <strong>b</strong>en <strong>t</strong>omiz. <strong>l</strong>e urg�a despachar el combate y regresar; en consecuencia, atac� sin dilaci�n al enemigo. <strong>p</strong>or entre los vi�edos, verdes todav�a, clamorearon sus gritos de guerra.</p><p><strong>e</strong>ntretanto yo, sin apenas verter sangre, me adue�� de <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>f</strong>ue la ma�ana del 29 de abril.</p><p><strong>u</strong>n moro viejo, escrofuloso y pordiosero, que vend�a perfumes a las mujeres en la entrada de los ba�os p�blicos de arriba, se subi� a la torre de la cercana <strong>p</strong>uerta <strong>m</strong>azdal, y se encerr� en ella. <strong>p</strong>uede que estuviera pagado por uno de los m�os: he dejado de creer en la gratuidad de los gestos. <strong>y</strong>a en lo alto, el viejo se quit� la toca de la cabeza, la desenroll�, la at� en el bast�n en que se apoyaba, y comenz� a vocear:</p><p>���<strong>d</strong>ios salve a <strong>b</strong>oabdil!</p><p>�<strong>d</strong>ios <strong>s</strong>alve al hijo de <strong>m</strong>uley <strong>h</strong>as�n! <strong>�</strong>l es quien mirar� por nosotros. <strong>n</strong>o le seamos desleales.</p><p>�<strong>d</strong>ios nos lo salve!</p><p><strong>a</strong> sus voces respondieron otras, y surgieron llamadas y reproches de azoteas y de murallas, hasta alcanzar mis propios o�dos en el <strong>a</strong>lbayz�n. <strong>n</strong>o me cost� mucho persuadir a los ciudadanos granadinos, que estaban indefensos, de que abrazaran mi causa. <strong>m</strong>e apoder� del talism�n que es la <strong>a</strong>lhambra, y me convert� en el �nico sult�n de <strong>g</strong>ranada. <strong>f</strong>ue una ma�ana triste, a pesar de las alb�rbolas con que mis fieles quebraban y estremec�an la pur�sima luz de los jardines. <strong>a</strong> las puertas del palacio de <strong>y</strong>usuf me aguardaba, como si lo hubiese convocado, el eunuco <strong>n</strong>asim; me salud� con la misma sonrisa con que lo vi la madrugada en que sal� para <strong>l</strong>ucena. <strong>s</strong>e interes� por <strong>m</strong>oraima y mis hijos. <strong>m</strong>e mostr� las alcobas aderezadas, las albercas limpias, los ba�os impacientes por ser usados. <strong>n</strong>o era preciso aludir a sus opiniones, ni a su pertenencia a bando alguno. <strong>�</strong>l, entre mi t�o y yo, no hab�a elegido; no ten�a por qu�: su puesto era la <strong>a</strong>lhambra; su fidelidad, hacia ella; sus desvelos, para quien la ocupara.</p><p><strong>c</strong>uando la nueva lo alcanz�, el ej�rcito del �<strong>z</strong>agal� afloj� en el combate y, antes de que la acci�n se generalizase, retrocedi� en desorden. <strong>l</strong>os cristianos, que hab�an levantado el asedio para ir contra �l, lo reanudaron con m�s �mpetu y, despu�s de tomar por asalto el arrabal, lo estrecharon definitivamente. <strong>e</strong>l ej�rcito de mi t�o fue disuelto; los soldados regresaron a sus casas, dando a <strong>v</strong>�lez por perdido. <strong>l</strong>os sitiados, ante la resoluci�n del enemigo de entrarles por la fuerza de las armas, y ya sin esperanzas de socorro, solicitaron la capitulaci�n.</p><p><strong>l</strong>a plaza fue evacuada el 3 de mayo.</p><p>�<strong>e</strong>l <strong>z</strong>agal� se retir� a <strong>a</strong>lmer�a, donde a�n gobernaba <strong>y</strong>aya al <strong>n</strong>agar. <strong>d</strong>errotado, seg�n �l, por un traidor, se refugi� junto a un dechado de traidores. <strong>s</strong>u destino no fue indulgente con semejante yerro.</p><p><strong>t</strong>ras la rendici�n de <strong>v</strong>�lez, se entregaron sus alquer�as y las poblaciones al <strong>o</strong>riente de <strong>m</strong>�laga, incluso la fortaleza de <strong>c</strong>omares.</p><p><strong>d</strong>e este modo, con mi t�o como instrumento, vengaron los cristianos su desastre de la <strong>a</strong>jarqu�a, donde precisamente �l recibi� el apodo del �<strong>v</strong>aliente�; y ah� fue donde mi aprehensor en <strong>l</strong>ucena, el alcaide de los <strong>d</strong>onceles, si es que fue �l, gan� su t�tulo de <strong>m</strong>arqu�s de <strong>c</strong>omares. <strong>l</strong>a <strong>h</strong>istoria, como suele, cubre o descubre a su antojo los naipes de su baraja.</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o, en <strong>g</strong>ranada, tom� tres decisiones. <strong>l</strong>a primera, llevarme a la <strong>a</strong>lhambra de nuevo a mi familia; mi madre, que no cab�a en s� de gozo, se aposent� en los palacios de mi padre. <strong>n</strong>asim se encarg� de que, desde la <strong>a</strong>jarqu�a, me trajeran a �<strong>h</strong>ern�n�. <strong>l</strong>o vi llegar atado una ma�ana. <strong>d</strong>ebi� de haber so�ado muchas veces que me reencontraba, y despertado en vano muchas veces; porque me mir� con tristeza, incr�dulo e inm�vil.</p><p><strong>s</strong>�lo cuando escuch� mi voz que dec�a su nombre rompi� la cuerda y salt� sobre m�. <strong>e</strong>l criado que lo llevaba, creyendo que iba a atacarme, le asest� un golpe con un palo; yo interpuse mi brazo, y me hiri� en �l. <strong>m</strong>�s tarde descubr� que �<strong>h</strong>ern�n� se hab�a orinado de dicha sobre mis vestidos.</p><p><strong>l</strong>a segunda decisi�n fue la de firmar nuevas capitulaciones con <strong>f</strong>ernando, por ver c�mo evolucionaban sus pretensiones ahora, y en qu� hab�an mudado. <strong>p</strong>ara ello volv� a enviar a <strong>a</strong>lcaudete al mud�jar <strong>b</strong>obadilla, con el fin de que, garantizada como estaba la paz interior de la ciudad (aunque s�lo relativamente, como se vio en seguida), trajera consigo a <strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza, hombre de poca guerra, como yo. <strong>e</strong>n las nuevas capitulaciones se estipul� que yo entregar�a <strong>g</strong>ranada cuando se diesen �las circunstancias propicias� -que yo no estaba dispuesto a admitir nunca-, y en compensaci�n recibir�a un principado constituido por las ciudades ya indicadas en <strong>l</strong>oja, m�s todo el <strong>c</strong>enete, el <strong>v</strong>alle del <strong>a</strong>lmanzora y la parte oriental de la <strong>a</strong>lpujarra. <strong>l</strong>a adhesi�n de mi nuevo visir <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh, con el que trataba en vano de sustituir al sinuoso <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, se gratificaba con el distrito de <strong>a</strong>ndarax, y a otros nobles se atribu�an otros bienes. <strong>a</strong> los albayzineros se les permit�a habitar en el �rea de <strong>g</strong>ranada con toda libertad, y una exenci�n de impuestos por diez a�os. <strong>e</strong>n contraprestaci�n, nosotros nos oblig�bamos a combatir al �<strong>z</strong>agal� junto a los cristianos.</p><p><strong>l</strong>a tercera decisi�n que tom�, contradictoria en principio de la segunda, fue despachar un embajador al sult�n mameluco <strong>q</strong>ait <strong>b</strong>ey de <strong>e</strong>gipto, implor�ndole socorro contra los adversarios de nuestra religi�n. <strong>e</strong>l sult�n escribi� al clero de la iglesia de la <strong>r</strong>esurrecci�n en <strong>j</strong>erusal�n, bajo su dominio; le instaba a escribir al rey de <strong>n</strong>�poles para que a su vez �ste escribiera al de <strong>c</strong>astilla con la petici�n de que no se mezclase en los asuntos andaluces y abandonase nuestro territorio. [<strong>p</strong>alabras nada m�s. <strong>l</strong>os efectos de mi solicitud se concretaron dos a�os despu�s -cuando los reyes sitiaban ya <strong>b</strong>aza- en forma de dos franciscanos del <strong>s</strong>anto <strong>s</strong>epulcro, que tra�an cartas del rey de <strong>n</strong>�poles y del <strong>p</strong>apa <strong>i</strong>nocencio <strong>vIII</strong> aconsejando el fin de la guerra de <strong>g</strong>ranada. <strong>l</strong>a expresi�n era equ�voca: no se sab�a con exactitud si aconsejaban que los reyes desistiesen de la guerra, o que se apresurasen a ganarla. <strong>l</strong>uego supe que la reina otorg� a los franciscanos una pensi�n de mil ducados anuales a t�tulo perpetuo y un velo muy rico, que ella misma bord�, para cubrir la tumba del profeta <strong>j</strong>es�s.</p><p><strong>a</strong>dem�s, las amenazas de represalia de <strong>q</strong>ait <strong>b</strong>ey, aparte de escasas, eran s�lo verbales. <strong>i</strong>gual que las advertencias pontificias, porque en 1488, <strong>f</strong>ernando pidi� permiso al <strong>p</strong>apa, que se lo concedi�, para venderle al mameluco trigo con que remediar la hambruna <strong>s</strong>iria. <strong>c</strong>on el precio de ese trigo, <strong>f</strong>ernando subvino a los gastos de la guerra de <strong>g</strong>ranada. <strong>e</strong>sta venta -dec�a el raposo en su petici�n de permisofavorecer�a a <strong>e</strong>gipto contra <strong>t</strong>urqu�a, �cuya potencia creciente es la que en verdad nos amenaza�.</p><p><strong>c</strong>omo se ve, hab�a demasiados intereses, y todos particulares y encontrados, como para que nadie nos ayudase a los andaluces.]</p><empty-line/><p><strong>a</strong><strong>f</strong>ernando no le importaba que lloviera sobre mojado en sus traiciones. <strong>e</strong>ndiosado por la facilidad de la campa�a de <strong>v</strong>�lez, crey� llegado el d�a de adue�arse de <strong>m</strong>�laga. <strong>p</strong>ero, por hab�rseme sometido, <strong>m</strong>�laga estaba exenta de su �rbita e incluida en mi paz; me quej� por medio de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa -que la gobernaba en mi nombre- y del alcaide castellano de <strong>j</strong>erez, en poder nuestro desde lo de la <strong>a</strong>jarqu�a. <strong>f</strong>ernando, hecho de recovecos, me respondi� que, si bien la alcazaba estaba de mi parte, la fortaleza de <strong>g</strong>ibralfaro estaba de parte del �<strong>z</strong>agal�, y mandaba por <strong>a</strong>gmad �el <strong>z</strong>egr�. <strong>y</strong> a�ad�a, como una burla, que en virtud de las �ltimas capitulaciones, me hallaba obligado a enviarle tropas que colaborasen con las suyas; su estrategia era responder a una reclamaci�n con una exigencia. <strong>l</strong>e mand� cincuenta cautivos cristianos y la excusa de que sobrada tarea ten�a yo con mantenerme en <strong>g</strong>ranada. <strong>i</strong>nmediatamente di �rdenes a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa de que uniera sus fuerzas a las del �<strong>z</strong>egr� -que, con much�simo menor n�mero de soldados, era mucho mejor general- fingiendo que, por un golpe de mano, �ste se hab�a apoderado de la ciudad y de su guarnici�n.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>�laga era nuestra ciudad del gozo. <strong>l</strong>os que nos precedieron hab�an elegido bien su asiento: las vertientes costeras de una sierra llenas de vides, de almendros, higueras y olivos, y una llanura f�rtil, resguardada por ella, al borde mismo de la mar. <strong>s</strong>us dos alc�zares, muy anteriores a nosotros, se alzaban dominando el caser�o, confiados y se�eros; se comunicaban entre s� por pasadizos subterr�neos, y ostentaban su faro y sus banderas ante las admiradas mariner�as. <strong>l</strong>a importancia de su comercio y la firmeza de sus baluartes la hab�an convertido en una ciudad orgullosa y despreocupada, entre la hoya que riega el <strong>g</strong>uadalhorce y la montuosa <strong>a</strong>jarqu�a.</p><p><strong>d</strong>urante aquel caluroso verano, yo la recordaba azul y blanca como la vi en mi adolescencia, prolongada en sus dos arrabales, ce�ida por un cintur�n de huertos y vergeles, bajo un cielo transparente y templado. <strong>r</strong>ecordaba los torreones rampantes que salvaguardan el barrio de los <strong>g</strong>enoveses, sus murallas anchas, su coracha, las espigadas torres de las atarazanas cuyos pies lamen las olas, sus barrios trepadores y pac�ficos, sus colinas suaves y su vega cuajadas de naranjos, su invariable primavera, la deleitosa vida de sus gentes� <strong>e</strong>lla sola es un reino: �c�mo no iba a provocar la avidez?</p><p><strong>a</strong> lo largo de su historia, siempre sucedi� as�.</p><p><strong>l</strong>os malague�os m�s ricos entraron -el dinero no tiene religi�n ni otro ideal que �l mismo- en clandestinas conversaciones con <strong>f</strong>ernando; pero el <strong>g</strong>obernador mand� decapitar a quienes pactaban la entrega, entre ellos a un hermano de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa. <strong>y</strong> a un nuevo ofrecimiento del rey, respondi�:</p><p>�<strong>e</strong>n <strong>a</strong>rag�n y <strong>c</strong>astilla no hay suficientes tesoros para comprar nuestra fidelidad.� <strong>a</strong>nte tal negativa, <strong>f</strong>ernando levant� sus reales de <strong>v</strong>�lez y se dirigi� a <strong>m</strong>�laga. <strong>e</strong>ra el 7 de mayo de 1487. <strong>t</strong>ra�a 12 mil caballeros y 50 mil peones. <strong>a</strong>vanz� por las ventas de <strong>b</strong>ezmiliana, mientras cerraba el puerto una escuadra al mando del catal�n <strong>g</strong>alcer�n de <strong>r</strong>equess�ns. [<strong>t</strong>iempo despu�s me remiti� con <strong>m</strong>art�n de <strong>a</strong>larc�n estos antecedentes, con el fin de que me aleccionaran.] <strong>c</strong>on esas fuerzas habr�a bastado para rodear toda la ciudad, pero <strong>f</strong>ernando buscaba un triunfo r�pido y sin dudas: tem�a la tradici�n de rebeld�a y entereza de <strong>m</strong>�laga. <strong>a</strong>ument�, por lo tanto, el tren del asedio: desembarcaron de las naves las piezas menores; la artiller�a gruesa se acerc� desde <strong>a</strong>ntequera; de <strong>f</strong>landes llegaron, despertando las so�olientas playas, dos barcos en que el <strong>r</strong>ey de <strong>r</strong>omanos [que iba a ser su consuegro] enviaba piezas de distintos calibres, gran cantidad de p�lvora, y experimentados lombarderos y artilleros. <strong>a</strong>ll� concurrieron los alemanes <strong>m</strong>aestro <strong>p</strong>edro y <strong>s</strong>anceo <strong>m</strong>anse, y <strong>n</strong>icol�s de <strong>b</strong>erna, y el portugu�s <strong>�</strong>lvaro de <strong>b</strong>raganza, y muchos fundidores franceses, y un sinf�n de mercenarios de otros sitios de <strong>e</strong>uropa.</p><p><strong>e</strong>l valle del paso estaba vigilado por <strong>g</strong>ibralfaro de una parte, y de otra por los �ltimos cerros de la sierra del <strong>n</strong>orte. <strong>s</strong>in embargo, a pesar de sus abundantes p�rdidas, aquel enorme ej�rcito logr� avistar la ciudad y cerrar el cerco por el mar y la tierra. <strong>l</strong>os malague�os reaccionaron con coraje; se propusieron como blanco de sus tiros la tienda real, y <strong>f</strong>ernando hubo de retirarla detr�s de una colina. <strong>l</strong>os primeros d�as fueron de prueba para los sitiadores; como una argamasa no bien mezclada, se descompon�an sus tropas. <strong>e</strong>l rey, recurriendo a un procedimiento ya habitual, solicit� la presencia de la reina, que estaba en <strong>c</strong>�rdoba.</p><p><strong>e</strong>l s�quito de <strong>i</strong>sabel, h�bilmente suntuoso, insufl� br�o a las huestes. <strong>p</strong>resionado por su esposa, el rey, que s�lo hab�a empleado hasta entonces artiller�a menor para conquistar la ciudad sin excesivo da�o, resolvi� utilizar los ca�ones de calibre m�s grueso, el estrago y la mortandad fueron incontables. <strong>y</strong> el estrechamiento del cerco permiti� adem�s a los sitiadores afinar su punter�a y ocupar uno de los arrabales altos de la ciudad, desde el que su capacidad de destrucci�n se acrecent�.</p><p><strong>m</strong>i t�o mand� de <strong>a</strong>dra un grupo de voluntarios, que intent� en <strong>v</strong>�lez una maniobra de diversi�n, y un cuerpo de morabitos, que burl� la vigilancia y penetr� en la plaza, ayudando a hacer nuevas, aunque cada vez m�s dificultosas, salidas.</p><p><strong>n</strong>o fueron de ninguna utilidad. <strong>e</strong>l hambre se agravaba por momentos; se acab� el trigo y se sustituy� por la cebada. <strong>h</strong>ubo que tomar medidas radicales; todos los alimentos se requisaron y se almacenaron; se daban a quienes combat�an cuatro onzas de pan por la ma�ana y dos por la noche; las raciones disminuyeron hasta su inexistencia. <strong>l</strong>os malague�os entonces devoraron sus asnos y ac�milas; despu�s, sus caballos; luego, perros, gatos, ratones y toda suerte de animales inmundos. <strong>c</strong>on ello s�lo intentaban retrasar la muerte. <strong>r</strong>ecurrieron a los cogollos de palmera cocidos y molidos, a las cortezas de �rboles, a las hojas de vid y de parra picadas y ali�adas con aceite. <strong>n</strong>ada quedaba en la ciudad que, aun sin ser comestible, pudiera ser comido.</p><p><strong>l</strong>as enfermedades por desnutrici�n y envenenamiento cund�an; se multiplicaban las defunciones y, sin embargo, el pueblo continu� su ciega resistencia. <strong>c</strong>on esforzado empuje y coraz�n bizarro, quienes no disparaban -hembras, ancianos, ni�os- reparaban las defensas, preparaban las municiones, secaban el sudor de los soldados, refrescaban su cansancio hasta que ellos mismos ca�an moribundos, extenuados por la debilidad. <strong>l</strong>os admirables malague�os clamaron por un socorro que nadie les prest�. [<strong>u</strong>n escuadr�n de voluntarios que envi� en secreto no acert� a entrar en la ciudad.] <strong>m</strong>ordi�ndome los pu�os, ve�a ensangrentarse los atardeceres de <strong>g</strong>ranada y era sangre malague�a lo que ve�a.</p><p><strong>a</strong> instancias del rey, el marqu�s de <strong>c</strong>�diz intent� comprar al �<strong>z</strong>egr�. <strong>l</strong>e ofreci� la villa de <strong>c</strong>o�n y cuatro mil doblas de oro, y otras mercedes para su lugarteniente y su alcaide y sus oficiales.</p><p>�<strong>e</strong>l <strong>z</strong>egr� escupi� en el rostro a los comisionados. <strong>y</strong> como, ante la desesperada obstinaci�n, se alargaba el asedio, en el mes de julio se incorporaron oportunistas y aventureros ansiosos de fortuna de toda la <strong>p</strong>en�nsula y de fuera de ella. <strong>e</strong>l ej�rcito cristiano lleg� a contar con 90 mil hombres y la gloria del �<strong>z</strong>egr� corri� de boca en boca. <strong>p</strong>ero otro era el punto flaco de aquel sitio, y su abyecci�n me ha salpicado a m�. <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa fue requerido al campamento cristiano. <strong>a</strong>menazado de muerte si se resist�a, hizo caso omiso de mi mandato; organiz� un levantamiento contra �el <strong>z</strong>egr� entre los desmoralizados despu�s de tres meses y medio de penalidades, y rindi� la ciudad.</p><p><strong>e</strong>l d�a 18 de agosto de 1487, en el mes de <strong>r</strong>ay�, en medio del calor, entr� por las puertas de <strong>m</strong>�laga el comendador de <strong>l</strong>e�n -el mismo que luego entr�, el primero tambi�n, por las de la <strong>a</strong>lhambra- a la cabeza de su caballer�a. <strong>e</strong>l 19, muertos sus defensores, <strong>g</strong>ibralfaro cay�. <strong>a</strong>l �<strong>z</strong>egr�, encadenado -sea para �l la gloria-, se le mand� a una miserable mazmorra de <strong>c</strong>armona. <strong>s</strong>us �ltimas palabras al despedirse de su tierra fueron:</p><p>��<strong>y</strong>o jur� defender mi patria, mi ley y el honor de quien en m� confiaba. <strong>m</strong>e han faltado ayudadores que me ayudaran a morir peleando. <strong>n</strong>o es culpa m�a seguir vivo.</p><p><strong>e</strong>n <strong>m</strong>�laga hab�an muerto 20 mil andaluces; los cerca de 15 mil restantes fueron vendidos por los reyes cristianos en cincuenta y seis millones de maraved�es. <strong>l</strong>a ciudad se us� como escarmiento de las que quedaban por conquistar; en ella incumpli� <strong>f</strong>ernando su �ltima y su pen�ltima palabras. <strong>s</strong>e apoder� de todas las haciendas, y llam� a su trinchante y capit�n <strong>a</strong>lonso <strong>y</strong>��ez <strong>f</strong>ajardo para que se hiciese cargo de las casas en que deber�an recogerse todas las mujeres j�venes del partido. [<strong>a</strong> �l se le hab�a concedido en exclusiva cuantas casas de lenocinio se instalaran en todo el <strong>r</strong>eino granadino, con lo que amas� una enorme fortuna: en tales logrer�as termina la espada de los bravos.] <strong>c</strong>on ello, la ciudad que hab�a sido opulenta y feliz, la ciudad que luego hab�a sido heroica se transform� en ciudad de prostituci�n y esclavitud; sin excepci�n, todos sus moradores, hasta los ni�os, fueron reducidos a ellas.</p><p><strong>t</strong>an grande fue su infortunio como hab�a sido su intrepidez. <strong>p</strong>or <strong>m</strong>�laga se estrujaron todos los corazones, se apenaron todas las almas y se derram� inacabable llanto. <strong>a</strong> ninguna villa ni lugar de su algarb�a les qued� deseo de resistir; pero sus habitantes en vano clamaron despu�s por la paz pactada: fueron hechos esclavos y sometidos a obediencia sin combate, ni cerco ni fatiga. <strong>y</strong>o sufr� como en carne propia sus padecimientos, y me encontr�, como ellos me encontraban, responsable de la tragedia.</p><p><strong>p</strong>orque lo sucedido en <strong>m</strong>�laga, al defraudar las promesas a m� hechas y por m� transmitidas, movi� a muchos musulmanes a sublevarse en mi contra y a reclamar el mando del �<strong>z</strong>agal�. <strong>l</strong>os granadinos volvieron a las andadas, el <strong>a</strong>lbayz�n dud�, y s�lo los refuerzos de <strong>g</strong>onzalo de <strong>c</strong>�rdoba me permitieron mantener mi cabeza y mi poder. <strong>a</strong>s� y todo, la ayuda de <strong>f</strong>ernando no fue graciosamente concedida: hube de comprometerme a entregar <strong>g</strong>ranada treinta d�as despu�s de que se conquistase la parte del <strong>r</strong>eino que �el <strong>z</strong>agal� manten�a. <strong>c</strong>on esto me vi de nuevo en la encrucijada de desear que mi t�o resistiese lo m�s posible, y de prepararme para luchar cuando �l dejase de hacerlo.</p><p><strong>a</strong> espaldas de todos, le mand� una embajada que le expusiera mi criterio; me tild� de embustero y de fel�n, y no se dign� atenderla.</p><p><strong>f</strong>ernando, por su parte, sospechando, me advirti� de que cualquier intento de concordia entre �el <strong>z</strong>agal� y yo significar�a una violaci�n de lo pactado y una confederaci�n contra <strong>c</strong>astilla que desencadenar�a la guerra sin cuartel.</p><p><strong>d</strong>urante un almuerzo me quej� de la incomprensiva intransigencia de su rey a <strong>g</strong>onzalo de <strong>c</strong>�rdoba.</p><p>��<strong>a</strong>lteza -me contest�-, ya son idos los tiempos en que los caballeros sosten�an su ideal a la vez y con la misma mano que su espada.</p><p><strong>s</strong>on idos ya los tiempos en que dos campeones luchaban entre s� por la suerte de los reinos a que representaban: las guerras son muy distintas hoy, y se ganan tanto m�s en las canciller�as que en los campos de batalla. <strong>y</strong>o de canciller�as no entiendo, ni me gusta entender. <strong>y</strong> os aseguro que, ya os lo dije en <strong>p</strong>orcuna, vuestro lugar es el �ltimo que desear�a ocupar. <strong>p</strong>orque, si mi rey es oscuro en sus conductas, bien claro manifiesta el prop�sito de acabar a toda costa con vuestro poder. <strong>y</strong> adem�s lucha contra quienes tampoco ofrecen rectitud ni en sus intenciones ni en sus m�todos; m�s que de ser enga�ados, pod�an lamentarse de ser torpes. <strong>l</strong>os perjudicados por mi rey, alteza, no lo son por m�s leales, sino por menos listos.</p><p><strong>d</strong>�as vendr�n en que record�is lo que ahora os digo y me deis la raz�n; si es necesario que para d�rmela, alteza, pase el tiempo.</p><p><strong>c</strong>on lo cual vino a decirme que comprend�a que tampoco yo iba a ajustarme a lo firmado. <strong>p</strong>orque cuando se juega el porvenir de un reino, cualquier ardid que se emplee es comprensible. <strong>a</strong>unque la ley de la caballer�a lo repruebe.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>os atentados contra mi persona se sucedieron en <strong>g</strong>ranada. <strong>a</strong>penas hab�a d�a en que alg�n fan�tico, excitado por las predicaciones de los sacerdotes del �<strong>z</strong>agal�, no osara dirigir sus gritos de amenaza y aun sus armas contra m�. <strong>m</strong>oraima viv�a en medio del terror; cada ma�ana me suplicaba que no saliera del palacio. <strong>m</strong>i madre, por el contrario, me incitaba -si es que con el desprecio puede incitarse a alguien- a reaccionar tanto frente a mi t�o cuanto frente a los cristianos; un buen arranque ser�a, seg�n ella, la matanza de los embajadores, <strong>g</strong>onzalo de <strong>c</strong>�rdoba el primero. <strong>s</strong>e negaba a aceptar la nulidad de mis posibilidades; a aceptar que me hab�a convertido en un rey de mentirijillas, cuya t�ctica hab�a de ser la de la ca�a, que se doblega al viento para levantarse a duras penas una vez pasado.</p><p><strong>q</strong>uiero dejar testimonio de que resist�a tan s�lo por mi pueblo, no por ambici�n personal alguna, ya que las contraprestaciones por mi rendici�n disminuir�an m�s cuanto m�s la aplazase. <strong>s</strong>i hubiese sido mi idea traicionar a los m�os, m�s fructuoso y descansado habr�a sido para m� contentarme con los ofrecimientos del rey y no seguir luchando.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>s� las cosas, el tiempo, mi enemigo, era tambi�n mi �nico aliado: esperar que �l volviera las tornas a nuestro favor, o llegara alguna ayuda de las solicitadas, o �el <strong>z</strong>agal� se aviniese a reconciliarse conmigo y a reunir nuestras disponibilidades, o la pol�tica internacional preocupase tanto a <strong>c</strong>astilla y a <strong>a</strong>rag�n como para poner sus miras en otra parte, o una decisi�n del <strong>g</strong>ran <strong>t</strong>urco hiciese que <strong>e</strong>uropa entera se uniese contra �l desviando sus ej�rcitos hacia <strong>o</strong>riente. <strong>p</strong>ero entretanto yo no pod�a hacer m�s que esquivar los atentados y mantenerme vivo. <strong>a</strong>unque hab�a momentos en que hubiese preferido terminar o que me terminaran. <strong>l</strong>as horas de zozobra eran m�s largas cada d�a. <strong>e</strong>n la <strong>a</strong>lhambra las noches rebosaban de angustia y soledad, y, si bien hasta el sentido de la derrota puede convertirse en una rutina, cada ma�ana tra�a su propia preocupaci�n, distinta de la preocupaci�n de la anterior y de la siguiente.</p><p><strong>s</strong>in embargo, como para que repusi�semos nuestras fuerzas, nos concedi� un respiro el a�o 1488; un respiro que sab�amos pasajero, pero que llev� cierta serenidad a nuestras almas: la serenidad -tambi�n lo sab�amos- que precede a los �ltimos desastres.</p><empty-line/><p><strong>f</strong>ue debido a una acumulaci�n de circunstancias: el agotamiento de los sevillanos, tras una larga e ininterrumpida serie de campa�as; la propagaci�n de algunas epidemias por la <strong>a</strong>ndaluc�a cristiana; el recrudecimiento de las deserciones; la negativa de sus pueblos a abonar nuevas prestaciones, derramadas sobre ellos demasiado a menudo, y que ya no eran capaces de cubrir; la rivalidad resurgida con <strong>f</strong>rancia por el <strong>r</strong>osell�n y la <strong>c</strong>erda�a, y la negativa del <strong>p</strong>apa a prorrogar las indulgencias de la cruzada si �l, con un extra�o concepto de la espiritualidad, no afanaba la mitad de lo recaudado.</p><p><strong>p</strong>ero aun en la pausa, <strong>f</strong>ernando tante� la posibilidad de conquistar <strong>a</strong>lmer�a. <strong>e</strong>nvi� unas comisiones de reconocimiento ante <strong>y</strong>aya al <strong>n</strong>agar, a quien �el <strong>z</strong>agal� hab�a encomendado su defensa; <strong>y</strong>aya, dudoso y desconfiado, lo hizo fracasar.</p><p><strong>y</strong>, como �el <strong>z</strong>agal� fortific� <strong>b</strong>aza y <strong>g</strong>uadix para rechazar la predecible ofensiva castellana, <strong>f</strong>ernando se dirigi� a otro lado.</p><p><strong>a</strong> principios de junio, el marqu�s de <strong>c</strong>�diz y el adelantado de <strong>m</strong>urcia conquistaron, casi por sorpresa, <strong>v</strong>era. <strong>s</strong>u capitulaci�n arrastr� consigo la de su territorio:</p><p><strong>c</strong>uevas, <strong>m</strong>oj�car, el valle de <strong>a</strong>lmanzora, la sierra de <strong>f</strong>ilabres, los dos <strong>v</strong>�lez y <strong>n</strong>�jar; es decir, la demarcaci�n que se me hab�a asignado en el imaginario tratado de <strong>l</strong>oja. <strong>l</strong>a explicaci�n que dio <strong>f</strong>ernando fue sencilla: yo deb�a hab�rselos arrebatado al �<strong>z</strong>agal� durante los ocho meses siguientes a aquella firma, y no lo hab�a hecho.</p><p><strong>e</strong>sta vez el conquistador fue �generoso�, por tratarse de tierras de mi futuro principado: sus habitantes pudieron permanecer en sus lugares respectivos con el estatuto de mud�jares; lo que el rey quer�a en realidad era subrayar mis amistosas relaciones con �l e invitar gentilmente a rendirse a m�s villas y aldeas. <strong>f</strong>ue exactamente lo que consigui�: mis s�bditos se airaron contra m�; los alrededores de <strong>b</strong>aza se rindieron: <strong>h</strong>u�scar, <strong>o</strong>rce, <strong>g</strong>alera y <strong>b</strong>enamaurel.</p><p><strong>d</strong>urante el resto del a�o, el cristiano aprovision� y mantuvo las fortalezas ocupadas en junio, y, para inutilizarme, firm� conmigo una renovaci�n de la tregua durante dos a�os.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>ientras, �el <strong>z</strong>agal�, m�s airado que nunca, se lanz� desde <strong>g</strong>uadix contra los campos de <strong>a</strong>lcal� la <strong>r</strong>eal, y se apropi� de bienes y reba�os. <strong>d</strong>espu�s recuper� <strong>n</strong>�jar, <strong>f</strong>ilabres y el valle del <strong>a</strong>lmanzora, asalt� <strong>a</strong>lmu��car, tom� <strong>n</strong>erja y <strong>t</strong>orrox y, entrando finalmente en la <strong>v</strong>ega, se apoder� de <strong>a</strong>lhend�n y <strong>p</strong>adul. <strong>d</strong>esde los muros de la <strong>a</strong>lhambra yo ve�a sus tropas. <strong>u</strong>na luminosa ma�ana, apoyado en las almenas, sent� un estremecimiento; lo atribu� al insensato gozo de contemplar c�mo mi t�o, indesmayable, pasaba revista a sus soldados. <strong>v</strong>acil� el suelo bajo mis pies, y pens� que la emoci�n me hac�a vacilar a m�; pero era un temblor de tierra, de los que son corrientes en <strong>g</strong>ranada. <strong>m</strong>oraima sub�� empavorecida con nuestro hijo peque�o en brazos.</p><p>��<strong>h</strong>asta <strong>d</strong>ios y la tierra est�n en contra nuestra -sollozaba.</p><p><strong>l</strong>os dos juntos observamos las evoluciones de las tropas del �<strong>z</strong>agal� al pie del castillo de <strong>a</strong>lhend�n, lejanas y tan pr�ximas.</p><p><strong>p</strong>ens� que, al menos, hab�amos compartido el terremoto.</p><p><strong>e</strong>l mismo d�a por la tarde supe que <strong>f</strong>ernando hab�a encomendado a <strong>p</strong>once de <strong>l</strong>e�n, nuestro m�s asiduo adversario, el mando unificado de los castillos fronterizos. <strong>d</strong>entro de m� reson� el eco de un aldabonazo m�s fuerte aun que los anteriores: el destino golpeaba con premura en nuestra puerta.</p><p><strong>a</strong> continuaci�n, <strong>b</strong>aza fue designada objetivo inmediato. <strong>a</strong>ntes de venir contra <strong>g</strong>ranada, <strong>f</strong>ernando se propon�a desguazar al �<strong>z</strong>agal�.</p><p><strong>p</strong>or su situaci�n, <strong>b</strong>aza era m�s asequible que <strong>a</strong>lmer�a y m�s c�moda para el aprovisionamiento de los asaltantes: por tierra, desde <strong>q</strong>uesada y el valle del alto <strong>g</strong>uadalquivir; por mar, desde <strong>v</strong>era y las playas murcianas. <strong>t</strong>odo hab�a sido tan concienzudamente calculado, que se transparentaba la mente matem�tica de <strong>g</strong>onzalo de <strong>c</strong>�rdoba.</p><p><strong>p</strong>or su parte, �el <strong>z</strong>agal�, prepar� su respuesta: al comandante de <strong>b</strong>aza, <strong>m</strong>ohamed <strong>h</strong>as�n, le envi� refuerzos al mando de <strong>y</strong>aya al <strong>n</strong>agar. <strong>c</strong>on ello incurri� en el error m�s grave de su vida.</p><p>�<strong>q</strong>ui�n es ese hombre funesto?</p><p><strong>e</strong>n �l confluyen las sangres de los dos caudillos de la lucha contra los almohades: <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>ud, que era un <strong>a</strong>l <strong>n</strong>agar, y <strong>m</strong>ohamed al <strong>a</strong>hmar, el <strong>f</strong>undador de nuestra <strong>d</strong>inast�a. <strong>d</strong>urante siglos, soterradamente o a las claras, las dos familias hab�an sido enemigas. <strong>d</strong>e un entronque, a trav�s de <strong>y</strong>usuf <strong>i</strong>v, brot� la rama de <strong>i</strong>bn <strong>s</strong>alim <strong>b</strong>en <strong>i</strong>brahim, padre de <strong>y</strong>aya. <strong>y</strong>a aqu�l hab�a conspirado contra mi abuelo con <strong>f</strong>ernando de <strong>a</strong>rag�n.</p><p><strong>y</strong>aya hered� de su padre su afici�n a vender: volvi� a acordar con el pr�ncipe aragon�s la entrega de <strong>a</strong>lmer�a. <strong>m</strong>i padre, sult�n ya, entr� en sospechas por la facilidad con que se rend�an sin resistencia las poblaciones en el camino a ella desde <strong>m</strong>urcia. <strong>c</strong>ompareci� personalmente en la ciudad, la reafirm�, la abasteci� de tropas, y desterr� a <strong>y</strong>aya, que se qued� deshonrado y sin tierras. <strong>f</strong>ue acogido en el ej�rcito cristiano, pero con dificultad, porque a <strong>f</strong>ernando, aun convencido de lo contrario, le conven�a acusarlo de impericia o de mala fe en el trato; hasta que acab� por expulsarlo de su lado.</p><p><strong>m</strong>�s tarde, cuando mi padre comprob� su deseo de venganza, repuso a <strong>y</strong>aya como gobernador de <strong>a</strong>lmer�a. <strong>a</strong>hora iba a demostrar que quien una vez traiciona s�lo excepcionalmente deja de traicionar.</p><p><strong>p</strong>ero, por otra parte, para afirmar su posici�n, <strong>y</strong>aya se hab�a casado con su prima <strong>m</strong>eri�n <strong>b</strong>enegas, hermana de <strong>a</strong>bul <strong>k</strong>asim y de <strong>r</strong>idu�n, los m�s altos dignatarios del �<strong>z</strong>agal�, y �ste, a su vez, con una hermana de <strong>y</strong>aya. <strong>a</strong>dem�s era cortesano, galante y muy valiente.</p><p><strong>s</strong>u historial de guerra s�lo era comparable a su �xito en la paz con las mujeres. <strong>t</strong>en�a el cabello muy rubio, ojos celestes y avizores, nariz prominente, p�mulos marcados y rojizos, barba puntiaguda y boca reidora. <strong>d</strong>e estatura elevada, era su porte marcial y dominador.</p><p><strong>c</strong>ualquiera que lo tuviese de aliado, gozaba de una buena pieza a su favor; quien lo tuviese en contra, de un mortal enemigo. �<strong>e</strong>l <strong>z</strong>agal� conoc�a lo bueno y lo malo de nuestro pariente. <strong>e</strong>n su opini�n, equivocada, pes� m�s lo primero. <strong>c</strong>onsider� que el odio contra <strong>f</strong>ernando, provocado por el desvanecimiento de sus designios, y lo cr�tico de la situaci�n para todo el <strong>i</strong>slam, eran argumentos que su cu�ado no desechar�a.</p><p><strong>m</strong>and�, pues, al pr�ncipe <strong>y</strong>aya a <strong>b</strong>aza; la fortaleci� con la guarnici�n m�s aguerrida que tuvo nunca una plaza andaluza, procedente de <strong>a</strong>lmer�a, de <strong>a</strong>lmu��car y de las <strong>a</strong>lpujarras, y la pertrech� con las mejores m�quinas de guerra que emple�bamos.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a reina <strong>i</strong>sabel, en el otro bando, exprimi� a�n m�s a sus vasallos: impuso pechos nuevos a los pueblos del <strong>s</strong>ur, que se le resist�an, y se ayud� con los de <strong>c</strong>astilla, donde se murmuraba que era preferible que la reina tomara de una vez sus haciendas y cumpliese por ellos. <strong>e</strong>xigi� subsidios de las iglesias y de la clerec�a, de las hermandades, del fisco, y hasta de los herejes y jud�os, porque todo era menester para los gastos que se avecinaban. <strong>y</strong> reuni� un ej�rcito de no menos de 13 mil jinetes y de 40 mil peones, a m�s de los que viajaban allegados a �l para auxiliarlo. <strong>a</strong> su cabeza, los m�s esforzados varones de la frontera, los laureados y los tra�dos en romances y en trovas: el de <strong>c</strong>�diz, caudillo principal, los triunfadores de <strong>m</strong>�laga y de <strong>r</strong>onda, el que defendi� <strong>a</strong>lhama con una decoraci�n de lienzos pintados para simular defensas de que carec�a, el conde de <strong>c</strong>abra y su sobrino, <strong>h</strong>ernando del <strong>p</strong>ulgar, mi carcelero <strong>m</strong>art�n de <strong>a</strong>larc�n, que participar�a en un hecho m�s real que el de <strong>e</strong>stepa, y <strong>g</strong>onzalo de <strong>c</strong>�rdoba tambi�n.</p><p><strong>n</strong>o contento con esto, el rey <strong>f</strong>ernando solicit� mi ayuda, como vasallo suyo, en hombres y dinero.</p><p>��<strong>n</strong>o dispongo de oro -le contest�-, sino muy al contrario: he de recibirlo hasta para los m�s menudos gastos de mi menuda corte.</p><p><strong>u</strong>na tarde baj� con mi esposa <strong>m</strong>oraima a las salas donde vi, de adolescente, el tesoro de los nazar�es; s�lo quedan las salas, unas cuantas ara�as por los rincones, y alg�n murci�lago. <strong>m</strong>ientras me tuvisteis en prisi�n, los sucesivos ocupantes de la <strong>a</strong>lhambra, para costear descubiertos y guerras, han consumido cuanto vi. <strong>h</strong>asta tal extremo que, cada vez que he pedido vuestro auxilio para restablecer el orden en <strong>g</strong>ranada, os lo he tenido que pagar con el importe de lo confiscado a los mismos cabecillas de la revuelta que aplacabais. <strong>y</strong>, en cuanto a hombres, ni un solo granadino combatir�a contra sus correligionarios. <strong>s</strong>u alteza habr� de conformarse, como yo, con estos cincuenta cautivos cristianos que os env�o, de los muy escasos que quedan ya en <strong>g</strong>ranada.</p><empty-line/><p><strong>f</strong>ue en junio cuando se dirigi� hacia <strong>b</strong>aza el gran ej�rcito.</p><p><strong>p</strong>rimero se apoder� de <strong>z</strong>�jar, as� como de las fortalezas y castillos del contorno; luego le puso sitio.</p><p><strong>e</strong>n la serie inicial de combates llevaron la mejor parte los sitiados, y dieron muerte a tantos enemigos que �stos flaqueaban sin poder defenderse m�s que con parapetos y trincheras. <strong>d</strong>esesperados de adue�arse de la plaza por asalto, retejaron sus estancias lejos de los muros, y aun dudaron si levantar el cerco y dejarlo para m�s propicia ocasi�n. <strong>e</strong>n esto, los de <strong>b</strong>aza entraban y sal�an sin ser hostilizados, y as� se mantuvieron julio y agosto: con el enemigo acampado a distancia, impidiendo la aproximaci�n de su artiller�a y de sus m�quinas, y rechazando con facilidad sus embestidas.</p><p><strong>e</strong>n septiembre, la reina -que era utilizada a tal fin con frecuencia- visit� el campamento y afe� a la tropa su poquedad. <strong>a</strong>nimados por ella, los cristianos estrecharon el cerco. <strong>c</strong>on una muralla de madera y una gran foso, guarnecidos ambos por guardias y peones, estorbaron la salida de los sitiados y la entrada de quienes acud�an con socorros. <strong>n</strong>o obstante haber acercado a la ciudad sus ingenios de batir, segu�an saliendo los de <strong>b</strong>aza por sus portillos o sobre la muralla, y los acomet�an en su propio campamento inflingi�ndoles da�os de consideraci�n, y apropi�ndose de sus provisiones.</p><p><strong>e</strong>n octubre y noviembre empeor� la situaci�n de los sitiados al escasear los alimentos; examinada su cuant�a por los jefes, echaron de ver que para pocos d�as les quedaban. <strong>s</strong>in embargo, se conjuraron para no decaer, con la esperanza de que el enemigo se retirar�a ante la proximidad del invierno. <strong>c</strong>u�l no ser�a su sorpresa cuando lo vieron labrar piedras y cimentar edificios donde ampararse de �l. <strong>e</strong>l pesimismo se aloj� en sus corazones.</p><p><strong>p</strong>ero tampoco para los cristianos la situaci�n era halag�e�a.</p><p><strong>e</strong>l invierno cay� sobre el campamento: mor�an de fr�o y hambre los soldados; los saba�ones y la congelaci�n les imped�an manejar las armas. <strong>f</strong>ernando, ante el fracaso de una campa�a en la que tanto perd�a, se dedic� a su arte favorita: la astucia y el soborno. <strong>p</strong>or medio de <strong>g</strong>utierre de <strong>c</strong>�rdenas, el comendador de <strong>l</strong>e�n, a quien despu�s me toc� ver m�s de cerca de lo que habr�a querido, entr� en contacto con el pr�ncipe <strong>y</strong>aya. <strong>y</strong>o conservo -porque me la remiti� para doblegar mis insolencias- copia de alguna de las cartas que se cruzaron entre ellos. <strong>e</strong>l rey propone la rendici�n de <strong>b</strong>aza al general, a cambio de donaciones y mercedes; el general contesta que no tiene fe alguna en las propuestas del rey, porque no ha olvidado sus informalidades y sus alevos�as; replica el rey prometiendo ser mejor cumplidor de cuanto ahora ofrece, y mostr�ndose muy arrepentido de haber faltado a su palabra en la ocasi�n de marras, que no es otra que la doble traici�n de <strong>a</strong>lmer�a. <strong>y</strong> as� siguen los tratos, las promesas y las garant�as de las promesas, sin que el rey desista ante la irritada suspicacia del general, y sin que el general los cierre, aunque s� los aplaza. <strong>c</strong>on tan prolongado tejemaneje, de pillo a pillo, la pretensi�n de <strong>y</strong>aya era recabar una avenencia m�s ventajosa para �l; la de <strong>f</strong>ernando, que los baezanos se extenuasen. <strong>p</strong>ara enterarse del aut�ntico estado de su aprovisionamiento, mand� el rey a unos de sus magnates con el pretexto de conferenciar. <strong>p</strong>ero, avisados los de dentro de su intenci�n, reunieron los alimentos que les quedaban -las hortalizas, las frutas, los montones de trigo, unas pieles de cabrito rellenas de pajay los colocaron en los mercados por donde iba a pasar el emisario, con el fin de probarle que la guarnici�n pod�a a�n mantenerse mucho tiempo. <strong>c</strong>omo he le�do en mi antecesor zir� <strong>a</strong>bdal�, la guerra no es m�s que falacia y ardid, y la estratagema de <strong>y</strong>aya, versado en ellos, surti� efecto. <strong>c</strong>ay� el rey en su propio cepo, y mejor� su importe el general, de forma que aqu�l vino en concederle cuanto le ped�a.</p><p><strong>s</strong>in embargo, <strong>y</strong>aya exigi� m�s a�n. <strong>s</strong>us demandas fueron tan altas que no hab�a modo de aceptarlas; la cantidad de mercedes, tierras, privilegios y concesiones era tal, que val�an m�s que la ciudad que iba a rendir. <strong>l</strong>os cristianos siguieron intentando el asalto y muriendo; los capitanes, planteando nuevas operaciones militares; la reina, rebuscando v�veres y recursos en <strong>c</strong>astilla, y <strong>f</strong>ernando, redactando cartas con juramentos y ofertas recrecidas. <strong>a</strong>nte su ineficacia, no se arredr�; m�s bien condujo el asunto con una inimitable maestr�a. <strong>s</strong>ugiri� al general la posibilidad de darle cuanto ped�a y mucho m�s, con una sola condici�n: la de entregar, con <strong>b</strong>aza, el feudo entero del �<strong>z</strong>agal�.</p><empty-line/><p><strong>p</strong>ara eso hac�a falta que el pr�ncipe <strong>y</strong>aya enga�ara a quien era su primo, su emir, su amigo, su cu�ado, y del que �l era hombre de confianza, general en jefe, brazo derecho y consejero. <strong>e</strong>xperto en deshonores, calcul� lo que �ste le valdr�a, y, mientras continuaba defendiendo <strong>b</strong>aza para aumentar su valor a ojos de <strong>f</strong>ernando, traz� su plan junto al �<strong>z</strong>agal�. <strong>e</strong>n connivencia con el cristiano, sali� a escondidas para entrevistarse con su v�ctima en <strong>g</strong>uadix; ante sus subordinados, incluido <strong>m</strong>ohamed <strong>h</strong>as�n, iba a solicitarle o socorros suficientes, o licencia para entregar la ciudad. <strong>l</strong>a finalidad del viaje era distinta.</p><p><strong>n</strong>adie como yo puede comprender la verdad y la fals�a de las alegaciones de <strong>y</strong>aya a mi t�o: la verdad de su fals�a, y la fals�a con que manejaba la verdad. <strong>e</strong>l general le describi� la espeluznante situaci�n aut�ntica de la ciudad cercada: sin v�veres, sin armas, sin recursos, con el invierno igual que una losa de m�rmol blanco sobre ella; sus habitantes, diezmados por el sitio, la epidemia y el hambre; los ni�os, muertos de inanici�n y de miseria; las madres, reclamando la rendici�n a voces; los hombres, neg�ndose a salir a los adarves; la soldadesca, fam�lica e indisciplinada, resisti�ndose a pelear. <strong>y</strong> frente a eso, �qu� es de los sitiadores? <strong>r</strong>esueltos a conquistar a cualquier precio, han construido un campamento de piedra; poseen armas muy superiores, y allegan m�s a�n; sus avituallamientos ponen los dientes largos a los sitiados, cada noche, alrededor del fuego, cantan canciones de amor y de alegr�a. <strong>e</strong>l rey <strong>f</strong>ernando ha resuelto castigar a <strong>b</strong>aza por resistir en una defensa in�til que dilata y perturba sus proyectos: quienes sigan vivos ser�n condenados a esclavitud y vendidos; sobre la ciudad, asolada, se sembrar� la sal. <strong>�</strong>sta es la realidad de la situaci�n; lo dem�s son enmascaramientos. <strong>t</strong>al tragedia no podr� ser evitada -as� lo asegura el general, que lo sabe muy bien- sino con una capitulaci�n r�pida que deje a salvo la vida, la libertad y el honor.</p><p>�<strong>e</strong>l <strong>z</strong>agal�, abatido, pide la opini�n de algunos consejeros; los consejeros han sido comprados previamente por <strong>y</strong>aya con oro castellano. �<strong>e</strong>l <strong>z</strong>agal� se aparta a los rincones m�s oscuros de la alcazaba: reflexiona golpe�ndose contra su impotencia; se contradicen su coraz�n y su cabeza; sufre la agon�a que s�lo conocen los gobernantes responsables en los peores momentos; se desespera. <strong>p</strong>asa un d�a, dos, tres, y no amanece. <strong>y</strong>aya s�lo lo ve para atosigarle y urgirle a sentenciar. <strong>u</strong>na madrugada en la que el fr�o chorrea por los muros, llama �el <strong>z</strong>agal� a <strong>y</strong>aya.</p><p>��<strong>h</strong>az lo que menos hiera a mis gentes de <strong>b</strong>aza -le dice con voz estrangulada-. <strong>q</strong>ue se cumpla la voluntad de <strong>d</strong>ios. <strong>s</strong>i <strong>d</strong>ios no hubiese decretado su p�rdida, mi brazo y mi espada, aun ellos solos, habr�an podido defender la ciudad.</p><p><strong>o</strong>lvid� �el <strong>z</strong>agal� que <strong>d</strong>ios decreta muy pocas cosas, y que su voluntad no siempre escoge intermediarios dignos para manifestarse; e ignoraba que la sombr�a labor de <strong>y</strong>aya no hab�a hecho m�s que empezar. <strong>y</strong>a abierta la herida, era preciso empujar la daga hasta la empu�adura. �<strong>e</strong>l <strong>z</strong>agal� est� demacrado y tembloroso; su mano ha derramado el agua de la copa en que beb�a; sus ojos insomnes, ribeteados de rojo y con anchas ojeras, no resisten el peso de los p�rpados. <strong>y</strong>aya pone su mano, de vello rojizo y fino trazo, sobre el hombro del emir.</p><p>��<strong>d</strong>�jame hablarte, como a mi hermano que eres, del mismo modo que, en las heladas noches de <strong>b</strong>aza, me he hablado a m� mismo. <strong>t</strong>u esp�ritu, respetado y querido <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, no es el m�s a prop�sito para resistir esta campa�a; una campa�a m�s agotadora que un desierto y m�s escarpada que la <strong>s</strong>ierra <strong>s</strong>olera. <strong>t</strong>e aseguro que todos los pasos que en ella demos se volver�n contra nosotros. <strong>l</strong>as fuerzas de los cristianos son inmensas e inacabables sus recursos; su ej�rcito est� aureolado por el fervor; cada uno de sus hombres vale por diez de los nuestros hoy en d�a. <strong>s</strong>omos inv�lidos contra ellos; estamos arruinados, empeque�ecidos y rodeados por las traiciones de tu sobrino <strong>b</strong>oabdil; �l, en <strong>g</strong>ranada, es un simple testaferro de los cristianos, y <strong>g</strong>ranada es la cabeza del <strong>r</strong>eino.</p><p><strong>c</strong>uando rindamos <strong>b</strong>aza, el rey <strong>f</strong>ernando se trasladar� frente a <strong>g</strong>uadix o frente <strong>a</strong>lmer�a, y, antes de que pase mucho tiempo, arrasar� todos tus baluartes. <strong>y</strong>o, que lo odio, s� de lo que es capaz; por eso lo odio� <strong>y</strong> no eches en olvido que, por a�adidura, tus generales y tus consejeros son partidarios de una rendici�n decorosa.</p><p><strong>t</strong>� ya hiciste bastante por tu pueblo: te llaman �el <strong>z</strong>agal� y han seguido con fe tu bandera; la han seguido hasta aqu�, pero ni un paso m�s. <strong>m</strong>i opini�n, <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, es que ha llegado el temido momento de envainar las espadas para no conducir al pueblo a las mazmorras de la esclavitud o al fr�o de las tumbas. <strong>�</strong>l te venera y te obedecer�; pero no debes, por soberbia, exigirle m�s sacrificios de los que hasta ahora le exigiste. <strong>c</strong>apitula con los cristianos, emir; ellos otorgar�n a tus s�bditos honrosas condiciones, tan opuestas a lo que una guerra a muerte provocar�a, y te mantendr�n a ti con la altura que tu estirpe y tu grandeza reclaman. <strong>n</strong>o es hora de batallas, sino de pactos. <strong>t</strong>e lo dice quien no sabe pactar, sino luchar. <strong>t</strong>e lo dice quien menosprecia su muerte, pero no la de sus soldados. <strong>t</strong>e lo dice quien te quiere bien, y sabe distinguir cu�ndo la sangre es �til y cu�ndo se derrama a oleadas est�riles como en un matadero.</p><p><strong>n</strong>adie puede comprender mejor que yo -repito- lo que hab�a de cierto y de incierto en los razonamientos de <strong>y</strong>aya.</p><p><strong>a</strong>l fin, acorralado �el <strong>z</strong>agal� por sus propias dudas, sin asidero alguno, llam� a su primer secretario. <strong>c</strong>on una cadav�rica inexpresi�n, le mand� extender una carta plenipotenciaria a favor de <strong>y</strong>aya para tratar con los cristianos en su nombre. <strong>u</strong>nida la paciente astucia de <strong>f</strong>ernando al m�s p�rfido abuso de confianza, hab�a triunfado una vez m�s.</p><empty-line/><p><strong>f</strong>ernando fingi� que la ventaja en las condiciones de la capitulaci�n s�lo rezaba con los habitantes de <strong>b</strong>aza, y no con quienes hab�an acudido en su auxilio desde <strong>g</strong>uadix, <strong>a</strong>lmer�a, <strong>a</strong>lmu��car y las <strong>a</strong>lpujarras; �stos deber�an de ser echados de la ciudad antes de firmar los contratos. <strong>t</strong>al propuesta fue rechazada y se suspendieron las visitas unos d�as. <strong>a</strong>l cabo, accedi� el rey cristiano, puesto que tal actitud era s�lo una maniobra de regateo para satisfacer en algo a los sitiados. <strong>d</strong>e las mutuas estipulaciones acordadas, unas se hicieron p�blicas y otras se mantuvieron secretas. <strong>y</strong>o he conocido las segundas porque el aragon�s me envi� copia fidedigna de ellas para mi ilustraci�n y como sugerencia.</p><p><strong>l</strong>os cristianos dejaron ir a <strong>g</strong>uadix, con sus caballos y equipos, a los caballeros y peones que compon�an la guarnici�n. <strong>e</strong>l 3 de diciembre los alcaides de la ciudad pusieron al rey en posesi�n de la alcazaba, sin que lo percibiera el pueblo. <strong>a</strong> �ste se le dijo que todo aquel que quisiera continuar en la plaza gozar�a, por el convenio, de paz y seguridad, y que quien deseara trasladarse a otro sitio podr�a hacerlo con sus armas y haberes. <strong>m</strong>uchos partieron para <strong>g</strong>ranada; en cuanto a los que se quedaron, por temor a su alzamiento, fueron arrojados poco despu�s de la ciudad y obligados a vivir en sus afueras.</p><p><strong>s</strong>e acord� que �el <strong>z</strong>agal� entregar�a, en un plazo no mayor de dos meses, todas las ciudades, villas, lugares, alquer�as, castillos y fortalezas de su jurisdicci�n.</p><p><strong>e</strong>so -salvo el recinto de <strong>g</strong>ranada, donde yo ejerc�a una sombra de autoridad bajo el vasallaje de <strong>c</strong>astilla- era cuanto quedaba del <strong>i</strong>slam andaluz.</p><p><strong>a</strong> cambio, �el <strong>z</strong>agal� recib�a los distritos de <strong>l</strong>ecr�n, <strong>a</strong>ndarax y <strong>l</strong>anjar�n, con sus lugares y sus rentas y los vasallos que los habitaban; la mitad de las salinas de la <strong>m</strong>alah�, y una cantidad equivalente al importe de la otra mitad: veinte mil doblas castellanas.</p><p><strong>o</strong>tras cl�usulas eran: que el emir, que hab�a dejado de serlo, pod�a instalarse con sus familiares en cualquier punto del territorio cristiano; que en sus t�rminos no se permitir�a entrar a ning�n infiel sin su permiso; que si deseaba vender sus propiedades, los reyes se las comprar�an en treinta mil doblas; que si quer�a marchar a <strong>�</strong>frica, se le conceder�a pasaje gratis a �l y a los suyos, con sus riquezas y sus armas, salvo bocas de fuego; y que, en cuanto los reyes cristianos entrasen en <strong>g</strong>ranada, le devolver�an a �l y a sus parientes y criados, y a los jefes de su parcialidad, y a <strong>s</strong>oraya y a sus hijos <strong>c</strong>ad y <strong>n</strong>azar, los bienes que yo les hab�a confiscado. <strong>e</strong>n un codicilo adicional se compromet�an los reyes a que tales mercedes no fuesen contrariadas �por nuestro muy respetado en <strong>c</strong>risto <strong>s</strong>anto <strong>p</strong>adre, ni por los prelados y caballeros, ni por otras personas de cualquier clase y condici�n que sean�. [<strong>e</strong>n lograr ese codicilo tuvo mi t�o m�s suerte que yo, aunque tampoco le sirvi� de nada.] <strong>a</strong><strong>a</strong>bul <strong>k</strong>asim <strong>b</strong>enegas, a los alcaides de las ciudades reunidas, a los jeques, a los cad�es, a los ministros y a los dignatarios se les adjudicaron, seg�n su importancia, propiedades, dinero y alhajas.</p><p><strong>e</strong>l pr�ncipe <strong>y</strong>aya cambi� de religi�n poco despu�s. <strong>s</strong>u nuevo nombre es don <strong>p</strong>edro de <strong>g</strong>ranada <strong>v</strong>enegas; lo hicieron caballero del h�bito de <strong>s</strong>antiago y se�or de <strong>m</strong>archena de <strong>a</strong>lmer�a; le asignaron m�s de sesenta mil doblas en oro castellano, honores que lo acercaban a los <strong>g</strong>randes de <strong>e</strong>spa�a, incalculables privilegios y derecho a mandar ciento cuarenta lanzas pagadas por <strong>c</strong>astilla. <strong>e</strong>n su escudo grab� un mote: ��<strong>s</strong>ervire <strong>d</strong>eo reinare est��, alusivo a sus aspiraciones al trono nazar�. <strong>y</strong> para congraciarse con los reyes cristianos, que le miraban con la reserva que se merecen los felones, se dispuso a ayudarles a que lo conquistaran.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l rey <strong>f</strong>ernando se dirigi� a <strong>a</strong>lmer�a. <strong>e</strong>n el trayecto no encontr� castillo ni aldea que no se le sometiera. <strong>l</strong>as guarniciones castellanas ocupaban las plazas a medida que sus alcaides las abandonaban despu�s del pago convenido.</p><p><strong>s</strong>�lo uno se neg�.</p><p>��<strong>y</strong>o, se�ores -dijo a los reyes-, soy andaluz, de linaje de andaluces y alcaide de <strong>p</strong>urchena. <strong>e</strong>n ella me pusieron para que la guardara. <strong>v</strong>engo aqu� ante vosotros no a vender lo que no es m�o, sino a entregaros lo que hizo vuestro la fortuna. <strong>y</strong> creed que, si no me enflaqueciese la flaqueza que encuentro en los que me deb�an esforzar, la muerte ser�a el �nico precio que admitiese por defender <strong>p</strong>urchena, y no el oro que me ofrec�is por venderla. <strong>r</strong>ecibid esta villa que la suerte hizo vuestra. <strong>s</strong>�lo os suplico que respet�is a los andaluces de la ciudad y a los moradores de su valle, y que mand�is que sean conservados en su ley y en lo suyo, en su religi�n y en sus costumbres. <strong>y</strong> que a m� me deis un seguro para que, con mis caballeros y mi familia, pueda pasar, vuelta la cara, a <strong>�</strong>frica.</p><p><strong>n</strong>o todos los andaluces se portar�an como �l.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>�as antes hab�a partido �el <strong>z</strong>agal� a fin de recibir al aragon�s, prestarle vasallaje y ponerle en posesi�n de cuanto estaba bajo su obediencia. <strong>c</strong>umplido el tr�mite, viajaron ambos juntos a <strong>g</strong>uadix, y �el <strong>z</strong>agal� entreg� la ciudadela en la que se me proclam� por primera vez sult�n y en la que �l resolvi� dejar de serlo. <strong>e</strong>n un abrir y cerrar de ojos, todo mud�; ya yo no era el traidor.</p><p><strong>e</strong>n las alcazabas dej� el rey un alcalde cristiano que regir�a los pueblos enajenados, mud�jares ya por obra y gracia de las firmas; a partir de entonces ser�an, como mucho, tolerados en su propia tierra. <strong>y</strong>, con �nimo de granjearse la voluntad de los arr�eces y de los adalides, encarg� a su gente que les guardasen toda clase de atenciones y fuesen con ellos generosos. <strong>p</strong>ara corresponder, �el <strong>z</strong>agal� y los suyos se brindaron a apoyarle en la empresa m�s ardientemente deseada por su coraz�n: la de entrar en <strong>g</strong>ranada. <strong>c</strong>on raz�n -ahora puedo escribirlo sin que se me desgarre el alma- pensaba mi gente, aunque por verg�enza no me lo dijera, que �el <strong>z</strong>agal� hab�a vendido sus dominios por vengarse de m�, y que yo tampoco tardar�a en caer en manos enemigas, a pesar de hallarme en paz con ellas y durante una tregua confirmada.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>os granos de la granada hab�an sido, uno a uno, arrancados. <strong>c</strong>on cu�nta melancol�a recordaba los versos que dediqu� al �<strong>z</strong>agal� durante mi cautiverio:</p><empty-line/><p>�<strong>a</strong>pres�rate, no te detengas, ind�mito.</p><p><strong>a</strong>lza tu brazo, valiente, y ve.</p><p><strong>e</strong>stamos todos suspendidos ante tu voz.</p><p><strong>s</strong>igue cumpliendo tu radiante destino de invencible.</p><p><strong>a</strong>lza tu espada, y convoca y re�ne a las gentes dispersas��</p><empty-line/><p><strong>a</strong>s� terminaba, para desgracia m�a, el a�o 1489, y con �l muchas otras cosas.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l siguiente empez� peor a�n.</p><p><strong>v</strong>iolando los pactos, <strong>f</strong>ernando se apoder� de las torres de la <strong>m</strong>alah� y de <strong>a</strong>lhend�n, mejor� sus defensas, e instal� en ellas una guarnici�n con municiones abundantes de boca y guerra. <strong>p</strong>or su gran proximidad, ser�an dos puestos claves cuando amaneciera el nefasto d�a de ponernos sitio. <strong>y</strong>o me encontraba entre la espada y la pared: mi impopularidad crec�a en <strong>g</strong>ranada a medida que se acercaban a ella los cristianos. <strong>e</strong>nvi� a mi hombre de confianza, el visir <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh, para reemprender negociaciones.</p><p><strong>r</strong>egres� con dos oficiales cristianos que yo ya conoc�a: <strong>m</strong>art�n de <strong>a</strong>larc�n, ahora alcaide de <strong>m</strong>ocl�n, y <strong>g</strong>onzalo de <strong>c</strong>�rdoba, ahora alcaide de <strong>i</strong>llora. <strong>n</strong>o olvido los ojos resbaladizos del primero y los ojos bajos del segundo al exponerme la demanda de sus reyes: rendici�n inmediata.</p><p>��<strong>d</strong>on <strong>g</strong>onzalo� -insinu�.</p><p><strong>�</strong>l bajo a�n m�s sus ojos. <strong>f</strong>ue don <strong>m</strong>art�n el que habl�:</p><p>��<strong>g</strong>randes preparativos se est�n haciendo por toda <strong>a</strong>ndaluc�a; vos est�is solo aqu�. <strong>s</strong>i os retiramos nuestra ayuda, ser�n vuestros propios s�bditos los que acaben con vos: ya don <strong>g</strong>onzalo ha tenido que libraros de ellos en varias ocasiones.</p><p><strong>v</strong>olv� mis ojos a <strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza, que asist�a a la entrevista; tambi�n baj� los suyos. <strong>l</strong>os capitanes, sin tener otra cosa que a�adir, se despidieron. <strong>m</strong>e daban dos d�as para comunicarles mi decisi�n. <strong>s</strong>in saber para qu�, ped� dos m�s.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>l tercero, volvi� de <strong>s</strong>evilla <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa al que, consciente de que andaba por su cuenta en tratos con los reyes, hab�a mandado a negociar.</p><p>��<strong>p</strong>on los pies en la tierra, <strong>b</strong>oabdil. <strong>d</strong>e acuerdo, seg�n ellos, con lo estipulado en <strong>c</strong>�rdoba y en <strong>l</strong>oja, los reyes exigen la entrega de <strong>g</strong>ranada sin dilaci�n ninguna.</p><p>��<strong>n</strong>o es cierto. <strong>a</strong>qu� tengo el contenido literal de las capitulaciones -le respond� mostr�ndoselas.</p><p>��<strong>l</strong>o han previsto tambi�n. <strong>p</strong>or si arg��as eso, me participaron que rehusan respetar cualquier compromiso anterior que se oponga a sus �rdenes de ahora.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>ntes de que se cumpliese el cuarto d�a del plazo llam� a los caballeros cristianos.</p><p>��<strong>e</strong>n virtud de los tratos secretos que existen entre vuestros soberanos y yo, apoyado en mi propia voluntad y en mis necesidades y en las necesidades de mi pueblo, he determinado entregar la ciudad de <strong>g</strong>ranada y sus alfoces de acuerdo con las capitulaciones que firmemos a trav�s de sus compromisarios y los m�os. <strong>i</strong>d a los reyes y dec�dselo as�.</p><p><strong>a</strong>dvert� un rel�mpago en los ojos de <strong>g</strong>onzalo de <strong>c</strong>�rdoba, no s� si de desestima, de alegr�a o de pena; en los ojos de <strong>m</strong>art�n de <strong>a</strong>larc�n no advert� nada; en los de <strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza, un gran asombro.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o hab�a salido a�n de <strong>g</strong>ranada cuando convoqu� a los ministros, que eran muy pocos, a los jefes del ej�rcito, a los alfaqu�es, a los nobles y a los s�ndicos de los gremios y trabajos y barrios. <strong>l</strong>es habl� con voz vibrante:</p><p>��<strong>a</strong>l entrar mi t�o, al que llamasteis con motivo �el <strong>z</strong>agal�, en la obediencia de los reyes cristianos, ha hecho infecundos los tratados de paz que yo ten�a ajustados. <strong>a</strong> nosotros no nos queda sino someternos, o apelar a las armas. <strong>m</strong>i intenci�n no es, como propalan sinuosos rumores, dar al infiel ni la ciudadela de la <strong>a</strong>lhambra ni vuestra ciudad. <strong>o</strong>s he llamado a este <strong>s</strong>al�n de <strong>c</strong>omares, donde en otro tiempo se acogi� con arrogancia a los embajadores, para que me expres�is vuestro dictamen.</p><p><strong>y</strong>o s� que muchos de vosotros hab�is conspirado contra m� por considerarme vendido al oro y a la fuerza de los reyes cristianos -acall� con la mano un murmullo de protesta que se iniciaba-; yo s� que soy para vosotros �el <strong>z</strong>ogoibi� -repet� a�n con m�s rotundidad el gesto-; pero quiz� hasta ahora no haya tenido la ocasi�n de manifestarme a vosotros como soy. <strong>s</strong>iempre cre� que llegar�a a una conformidad con �el <strong>z</strong>agal�, que era a quien vosotros segu�ais y admirabais -repet� el gesto por tercera vez-, aunque menos que yo. <strong>n</strong>o ha sido as�. �<strong>e</strong>l <strong>z</strong>agal� nos ha traicionado a vosotros y a m� -la frase no sali� de mi garganta con la brillantez requerida-. <strong>a</strong>hora, al girar su rueda, la fortuna ha invertido los puestos, y soy yo el �nico sult�n con que cont�is. <strong>c</strong>ontestadme: �luchar�is junto al �<strong>z</strong>ogoibi� para proteger <strong>g</strong>ranada, o prefer�s que �el <strong>z</strong>ogoibi�, respondiendo a su mote, les entregue <strong>g</strong>ranada a los cristianos? �<strong>m</strong>e forzar�is a aceptar un destino que me repele y una decisi�n vuestra que me har�a sangrar?</p><p><strong>e</strong>l sal�n se llen� de un clamor solo; todos se compromet�an a ser conmigo una mano para combatir al adversario. <strong>l</strong>a primera voz que escuch� fue la de <strong>a</strong>brah�n el <strong>c</strong>ais�; entrecerrando los ojos, le hice una se�a de gratitud. <strong>h</strong>ab�a advertido que se cruzaban muchas miradas pesarosas; pero tambi�n advert� que ninguno osar�a oponerse a la asamblea. <strong>p</strong>or si acaso, insist�:</p><p>���<strong>l</strong>o jur�is?</p><p><strong>�</strong>l s� ascendi� a la c�pula del sal�n y descendi� desde ella por los muros.</p><p>��<strong>h</strong>agamos, pues, la guerra santa, como nuestros antepasados, mientras <strong>d</strong>ios nos mantenga.</p><p><strong>a</strong>ntes de que se disolviese la asamblea, vinieron a decirme que el pueblo se hab�a alzado en las <strong>e</strong>ras de <strong>a</strong>benmordi y ped�a a voces la guerra; una comisi�n suya sub�a desde la <strong>p</strong>uerta de la <strong>e</strong>xplanada.</p><p><strong>s</strong>in vacilar, sal� a su encuentro rodeado por los notables. <strong>c</strong>on los brazos en alto, como quien promete un anhelado premio, les promet� la guerra.</p><p><strong>y</strong>o -y acaso todos- estaba seguro de que iba a ser la �ltima de <strong>a</strong>ndaluc�a. <strong>y</strong>, con toda la devoci�n de la que era capaz, supliqu� al <strong>o</strong>mnipotente morir antes de que ella concluyese.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>uando en una fecha m�s o menos pr�xima -pero, en cualquier caso, taxativa- iba a dejar de serlo, me sent� sult�n. <strong>l</strong>a primera decisi�n que adopt� fue la de organizar mi secretar�a. <strong>a</strong>l tipo de sult�n que yo era, por el momento le servir�an mejor los secretarios que las armas. <strong>l</strong>as que hab�a de emplear, antes que otra ninguna, era la habilidad, la precisi�n y la oportunidad. <strong>l</strong>o �nico que pod�a ganar era tiempo. <strong>p</strong>ara eso ten�a que prolongar las negociaciones, a conciencia de ad�nde me conducir�an.</p><p><strong>y</strong> el tiempo, �para qu�? <strong>p</strong>ara pedir ayuda a diestra y a siniestra.</p><p><strong>l</strong>os papeles carmes�es de mi canciller�a deb�an inundar las tierras andaluzas y cualquier otra donde nuestro <strong>d</strong>ios fuese adorado. <strong>y</strong> todo simult�neamente y a la velocidad del rayo. <strong>p</strong>orque con poco tiempo ten�a que ganar mucho. <strong>c</strong>onvoqu� al visir <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh, al alguacil mayor <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y a <strong>a</strong>brah�n el <strong>c</strong>ais�, que a�n manten�a relaciones comerciales con los cristianos que me interesaban y con la mayor parte de los musulmanes que iba a necesitar. (<strong>q</strong>uiero aclarar que <strong>e</strong>l <strong>c</strong>ais� era el nombre en <strong>g</strong>ranada de quien para los cristianos se llamaba <strong>a</strong>brah�n de <strong>m</strong>ora.) <strong>l</strong>es comuniqu�, por si no lo sab�an, aunque sospechaba que s�, el contenido de las cl�usulas secretas de <strong>c</strong>�rdoba y de <strong>l</strong>oja.</p><p>�<strong>c</strong>re�a en la fidelidad de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa? <strong>n</strong>o, pero me conven�a simular que s�: para quien se halla en la duda de ser o no leal, la sospecha es el empuj�n que lo lanza a la deslealtad. <strong>l</strong>os tres estuvieron de acuerdo conmigo en que era necesario eludir el cumplimiento de los pactos. <strong>l</strong>os nombr� embajadores reservados, les entregu� cartas acreditativas, y los mand� a la corte de <strong>c</strong>�rdoba para que trataran de encontrar una soluci�n llevadera. <strong>e</strong>ran hombres empedernidos en el regateo y la componenda; en peores circunstancias no pod�an ponerme.</p><p><strong>n</strong>uestra oposici�n se fundaba en muchas razones, desechables todas para los reyes; pero era preciso insistir, repetirlas, retorcerlas, adornarlas. <strong>e</strong>n primer lugar, a�n no hab�a expirado la �ltima tregua de dos a�os. <strong>e</strong>n segundo, con arreglo a la letra de los pactos, no hab�a llegado el momento de cumplirlos; en ellos se conven�a la entrega de <strong>g</strong>ranada �cuando pudiera ser�, y no pod�a: las bandas militares, los creyentes granadinos, el pueblo encrespado por la exhortaci�n de los santones, al solo anuncio de la rendici�n me cortar�an la cabeza, y as� la entrega se frustrar�a. <strong>e</strong>ra imprescindible preparar el terreno; eso nos llevar�a algunos meses. <strong>p</strong>orque, si bien los reyes podr�an entregar <strong>b</strong>aza y <strong>g</strong>uadix porque eran suyas, yo no pod�a disponer de <strong>g</strong>ranada, capital y <strong>r</strong>eino, todo en uno, sin provocar una sublevaci�n. <strong>n</strong>o ped�a yo tanto como ser desligado del compromiso, sino una pr�rroga que me permitiese cumplirlo de manera pac�fica. <strong>�</strong>ste fue mi mensaje.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>ntretanto dirig� una proclama a los musulmanes m�s representativos de los lugares rendidos por �el <strong>z</strong>agal�. <strong>l</strong>os fustigaba con sus deberes religiosos; los incitaba a la rebeli�n y a la guerra santa; los compromet�a a sostener con sus vidas y bienes la continuidad del <strong>i</strong>slam en <strong>o</strong>ccidente; les suger�a que evocasen las glorias de sus abuelos y el dolor de que nosotros, por cobard�a, dej�ramos perderse, en nuestra hora, tantas otras de esplendor y riqueza; y, en fin, les avisaba de lo que iba a sucederles cuando los reyes incumplieran, como era su costumbre, sus compromisos, y ellos se transformaran en inc�modos hu�spedes dentro de su propia casa. <strong>e</strong>n consecuencia, los alentaba a resistir, a tratar conmigo a trav�s de representantes furtivos, a conspirar entre ellos, a ponerse sigilosamente en armas, y a asaltar sus fortalezas y castillos aprovechando cualquier descuido de los conquistadores.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>is tres embajadores regresaron de <strong>c</strong>�rdoba con un ultim�tum de <strong>f</strong>ernando; no se hab�a dejado convencer. <strong>a</strong> m� me otorgaba el concertado se�or�o ducal contra la inmediata rendici�n de <strong>g</strong>ranada: eso era todo. <strong>d</strong>e lo contrario, actuar�a por las bravas; anular�a las estipulaciones favorables, y aplicar�a con el m�ximo rigor las cruel�simas leyes de la guerra; yo mismo quedar�a como esclavo a su merced. �<strong>e</strong>l que avisa -acababa- no es traidor.�</p><p><strong>c</strong>asi a la vez, llegaron a <strong>g</strong>ranada los primeros ecos de mi invitaci�n a los levantamientos.</p><p><strong>e</strong>ran m�s entusiastas de lo que hab�a imaginado. <strong>n</strong>ecesitaba tiempo, tiempo, tiempo�, aparte de todo lo dem�s. <strong>e</strong>nvi� mis apoderados al marqu�s de <strong>v</strong>illena, que ejerc�a la capitan�a general de la frontera en <strong>a</strong>lhama, en ausencia de <strong>f</strong>ernando. <strong>e</strong>l marqu�s, tal como yo esperaba, aleg� incompetencia; pero gan� unos d�as. <strong>v</strong>olv� a enviar a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa a la corte de <strong>c</strong>�rdoba con nuevas proposiciones dilatorias; en ellas hac�a depender la entrega, �que yo deseaba tanto como sus altezas�, de las circunstancias del pueblo granadino, que los tanteos me daban como muy adversas. <strong>e</strong>l recibimiento del rey a mi plenipotenciario fue terrible; no lo entretuvo ni una hora. <strong>m</strong>e lo devolvi� con una carta, en la que me amenazaba con hacer circular por toda <strong>g</strong>ranada cientos de copias de las cl�usulas secretas, para que se enteraran todos de qui�n era su rey y de c�mo los hab�a vendido a cambio del auxilio contra �el <strong>z</strong>agal�.</p><p><strong>n</strong>o me pareci� oportuno sentirme herido en mi dignidad. <strong>v</strong>olv� a enviarle a <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh esta vez, indic�ndole que era justamente ese alzamiento del pueblo contra m�, y en consecuencia contra �l, lo que era preciso evitar m�s que nada en el mundo. <strong>y</strong> para tratar personalmente de todo, le suger�a un encuentro en <strong>a</strong>lcal� la <strong>r</strong>eal, asegur�ndole que llegar�amos a una amistosa compostura. <strong>f</strong>ernando acept�; pero conocedor por sus esp�as -�qui�nes, <strong>d</strong>ios, qui�nes?- de cuanto yo tramaba, se present� en <strong>a</strong>lcal� -cosa que supe yo por mis esp�as- con una tropa que ocup� las afueras y el recinto. <strong>y</strong>o, que me acercaba a la villa disfrazado de arriero en una recua de <strong>e</strong>l <strong>c</strong>ais�, cre� mejor regresar. <strong>e</strong>so supuso lo que yo tem�a; una declaraci�n formal de guerra. <strong>h</strong>ab�a conseguido un mes de tiempo apenas.</p><p><strong>a</strong>hora mi t�ctica fue dar la callada por respuesta. <strong>f</strong>ernando entr�, desde <strong>a</strong>lcal�, por la <strong>v</strong>ega a banderas desplegadas. <strong>s</strong>us capitanes disputaban entre s� por el honor de pisar el primero la <strong>a</strong>lhambra. <strong>o</strong>�amos las gritas de sus soldados, el alegre galope de sus jinetes y el relinchar de sus caballos. <strong>y</strong>o mand� atrancar puertas y postigos, barrear las entradas, clausurar el castillo de <strong>a</strong>lfacar, que era mi �nica fuerza extramuros.</p><p><strong>p</strong>rohib� que nadie saliera del recinto cercado, ni se asomase siquiera a las almenas. <strong>n</strong>adie ten�a que disparar, ni responder a las provocaciones. <strong>d</strong>esde la torre de la alcazaba vieja, agachado tras una almena, vi talar campos, destrozar sembrados, destruir molinos, incendiar alquer�as, moverse las mesnadas como una plaga de langostas por la verde y feraz anchura de la <strong>v</strong>ega. <strong>l</strong>os cristianos no dejaron en pie ni un �rbol ni una torre; pero no tropezaron con ning�n andaluz a quien matar, ni a quien perseguir, ni a quien vencer.</p><p><strong>g</strong>ranada s�lo pod�a ser rendida por asalto o por sitio. <strong>p</strong>ara una cosa y otra se requer�an muchos elementos imposibles de improvisar.</p><p><strong>m</strong>is antecesores zir�es supieron, al trasladar la capital desde <strong>e</strong>lvira a <strong>g</strong>ranada, d�nde pon�an su seguridad. <strong>p</strong>ara conquistarnos, los cristianos necesitaban tiempo como yo. <strong>h</strong>asta la primavera no estar�an dispuestos: �sa era mi esperanza.</p><p><strong>n</strong>o de salvaci�n, que no la hab�a: mi �nica esperanza de poder esperar. <strong>y</strong> as� fue: despu�s de demoler algunos fuertes, como el de <strong>g</strong>abia, y de reparar los castillos de <strong>a</strong>lhend�n y de la <strong>m</strong>alah�, tuvieron que volverse. <strong>e</strong>l rey retorn� a <strong>c</strong>�rdoba mordi�ndose de rabia las yemas de los dedos. <strong>y</strong>o no me hac�a ilusiones: sab�a que la suerte estaba echada; pero esa mano hab�a sido m�a.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>lgunos capitanes renunciaron al viaje que sab�an de ida y vuelta. <strong>d</strong>espu�s de haber visto tan de cerca <strong>g</strong>ranada, optaron por quedarse en alguna ciudad de la frontera ejercit�ndose mientras duraran los hielos del invierno. <strong>e</strong>ntre esos nobles y los m�os se tram� una contienda de encuentros personales, de retos y desaf�os con m�s de torneo que de guerra, con m�s de emulaci�n que de eficacia. <strong>s</strong>e produjeron haza�as individuales, creo que en muchos casos exageradas o inventadas por poetas desocupados y anhelantes. <strong>u</strong>na de ellas fue la de <strong>h</strong>ernando del <strong>p</strong>ulgar, que, seg�n cuentan, clav� un pergamino con una oraci�n cristiana en la puerta de nuestra mezquita mayor. <strong>y</strong>o no vi el pergamino, ni el pu�al, ni la oraci�n cristiana; no creo que nadie de <strong>g</strong>ranada los viera. <strong>d</strong>e todas formas, prohib� malgastar fuerzas, que tanto �bamos a necesitar, en galanteos y fachendas. <strong>u</strong>na vez m�s ten�a raz�n <strong>g</strong>onzalo <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba: las guerras de romance hab�an concluido.</p><empty-line/><p><strong>y</strong> lleg� el mes de marzo. <strong>u</strong>n atardecer, en el que el d�a que hab�a sido muy claro comenzaba a nublarse, ataqu� de improviso la alquer�a del <strong>p</strong>adul. <strong>e</strong>ra la �ltima conquistada por <strong>f</strong>ernando. <strong>t</strong>om� su castillo por asalto, y pas� a cuchillo a la guarnici�n y a los mortad�es que la acompa�aban. <strong>m</strong>i odio por los mortad�es, esos renegados que aconsejaban y guiaban a los cristianos orient�ndolos a los lugares m�s desguarnecidos, se hab�a redoblado. <strong>c</strong>uando regres� a <strong>g</strong>ranada me entregaron muchos mensajes de aldeas de las <strong>a</strong>lpujarras en demanda de socorro para sacudir su yugo; lo promet� sin la menor idea de c�mo lo proporcionar�a. <strong>a</strong>l d�a siguiente sal� con mis tropas camino de <strong>l</strong>anjar�n. <strong>�</strong>bamos tan seguros sobre nuestros caballos -pienso que fue eso s�lo- que pusimos en fuga varios presidios cristianos con los que tropezamos en algunos lugares. <strong>n</strong>uestra expedici�n no parec�a tener un fin concreto; yo, sin embargo, sab�a a la perfecci�n ad�nde iba. <strong>i</strong>ba al castillo de <strong>a</strong>ndarax, donde supe que se encontraba �el <strong>z</strong>agal� con muchos de los suyos. <strong>m</strong>and� con antelaci�n un grupo de soldados que interceptara el camino de <strong>a</strong>lmer�a por donde yo estaba seguro de que �el <strong>z</strong>agal�, sin combatir, se alejar�a. <strong>a</strong>dvert� a los m�os que vigilaran como linces, porque tem�a que huyera disfrazado. <strong>m</strong>is hombres, ante el placer de la venganza, me obedecer�an; ya previamente se frotaban las manos.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o le era necesario disfrazarse. <strong>c</strong>uando me lo trajeron, entre unos mortad�es, me cost� mucho trabajo reconocerlo. <strong>s</strong>�lo sus ojos lo denunciaron, porque hu�an demasiado de los m�os. <strong>l</strong>o acompa�aba, ese s� disfrazado, <strong>h</strong>usayn. <strong>l</strong>a noche era muy clara. <strong>s</strong>e escuchaba un mochuelo y alg�n perro montaraz que respond�a a otro. <strong>l</strong>as gozosas fogatas del campamento salpicaban la ladera. <strong>y</strong>o me propuse recordarlo todo como lo ve�a, grabarlo todo en m� para despu�s; creo que no lo logr�. �<strong>e</strong>l <strong>z</strong>agal� se ape� de su caballo, seguido de <strong>h</strong>usayn. <strong>t</strong>odav�a guardaba un leve resto de prestancia. <strong>e</strong>l primer indicio me lo dio su forma de andar un poco r�gida. <strong>p</strong>ero hab�a engordado y hab�a envejecido. <strong>u</strong>n albornoz pardo lo envolv�a sin gracia. <strong>a</strong>vanz� hac�a m� con las manos tendidas; <strong>h</strong>usayn imit� su gesto de sumisi�n.</p><p><strong>a</strong> unos soldados que iban a maniatarlos, los detuve. <strong>c</strong>og� las manos del �<strong>z</strong>agal� entre las m�as.</p><p><strong>n</strong>os miramos muy largamente. <strong>y</strong>o murmur�:</p><p>��<strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�. <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�</p><p><strong>s</strong>in dejar de mirarlo, se�ale con la cabeza a su acompa�ante y les dije a mis hombres:</p><p>��<strong>a</strong> �se no quiero verlo. <strong>c</strong>ortadle la cabeza.</p><p>���<strong>s</strong>e�or! -grit� <strong>h</strong>usayn arrodill�ndose.</p><p><strong>c</strong>uando se lo llevaban a rastras los soldados, sin volverme, mirando al �<strong>z</strong>agal� todav�a, dije en un alarido:</p><p>��<strong>a</strong>cu�rdate de mi hermano. <strong>y</strong>o no lo he olvidado.</p><p><strong>n</strong>o hab�a olvidado nada: ni el anochecer lluvioso en que lo conoc�, ni a mi perro �<strong>d</strong>in�, ni a <strong>j</strong>alib, nada. <strong>p</strong>orque nada se olvida. <strong>p</strong>ero no era el momento de recordar.</p><p><strong>c</strong>on las manos del �<strong>z</strong>agal� a�n entre mis manos, susurr�:</p><p><strong>t</strong>engo graves reproches que hacerte. <strong>h</strong>ace mucho tiempo que nos deber�amos haber encontrado.</p><p>��<strong>a</strong>hora es ya tarde para todo -me contest�.</p><p>���<strong>m</strong>e entiendes t�? �<strong>n</strong>ecesito que me entiendas!</p><p>��<strong>y</strong>a es tarde para todo. <strong>t</strong>ambi�n para entenderte. <strong>y</strong> adem�s, dar�a igual: es como si ya estuviera muerto.</p><p>��<strong>�</strong>nete a m�. <strong>j</strong>untos recomenzaremos.</p><p>��<strong>n</strong>o. <strong>a</strong>hora �el <strong>z</strong>agal� eres t�, y yo soy �el <strong>z</strong>ogoibi�. <strong>n</strong>o le hago falta a nadie. <strong>a</strong>pr�ndelo, <strong>b</strong>oabdil. <strong>�</strong>sta es tu hora; aprende en m�.</p><p><strong>c</strong>on una torsi�n, desasi� sus manos de las m�as.</p><p>��<strong>d</strong>�jame ir -dijo, y era m�s un mandato que una s�plica-. <strong>n</strong>uestros destinos se separaron hace mucho.</p><p><strong>y</strong>o no recuerdo nada. <strong>n</strong>i recordar� nada: esta noche no existe� <strong>y</strong>o no existo. <strong>l</strong>o que dej� caer est� ah�, en esas manos tuyas. <strong>d</strong>�jame ir.</p><p>��<strong>a</strong>�n podemos triunfar, juntos t� y yo, como lo so�� siempre. <strong>a</strong>�n podemos hacer t� y yo que nuestro pueblo triunfe. <strong>m</strong>�rame, <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�: aunque tengamos que refugiarnos en los riscos de la <strong>a</strong>lpujarra. <strong>q</strong>u�date. �<strong>q</strong>u�date!</p><p>��<strong>e</strong>n m� se personifica la derrota. �<strong>e</strong>l <strong>z</strong>ogoibi� no te traer�a suerte. <strong>a</strong>di�s, <strong>b</strong>oabdil. <strong>m</strong>�tame a m� tambi�n y ense�a mi cabeza, en lo alto de una pica, a tus soldados. <strong>q</strong>uiz� �sa fuese mi �nica manera de serte �til.</p><p><strong>v</strong>olv� a oprimir sus manos; volvi� a soltarlas de las m�as.</p><p>��<strong>s</strong>i no quieres mi vida, como la de <strong>h</strong>usayn, deja que me vaya.</p><p><strong>q</strong>ue <strong>d</strong>ios te conceda la victoria.</p><p><strong>p</strong>ero aprende de m�.</p><p><strong>l</strong>e sostuve la brida del caballo mientras montaba. <strong>n</strong>o mont� con la misma agilidad de antes. <strong>p</strong>uso su mano abierta sobre mi cabeza.</p><p>��<strong>a</strong>di�s, <strong>b</strong>oabdil -lade� un poco su rostro, como si fuese a sonre�r-. <strong>a</strong>di�s otra vez, esperanza.</p><p>���<strong>n</strong>o te olvidar� nunca! -le grit�.</p><p><strong>p</strong>ero ya no me oy�. <strong>e</strong>l galope de los caballos se hundi� en la noche. <strong>y</strong> yo me hund� en la noche tambi�n. <strong>m</strong>ir� a mi alrededor. <strong>e</strong>staba solo. <strong>d</strong>e pronto sent� miedo.</p><p><strong>a</strong> la grupa de su caballo �l se llevaba demasiadas cosas; sin darse cuenta, se llevaba mi vida. <strong>m</strong>e pareci� mentira que cuanto hubo entre �l y yo, y cuanto pudo haber, se terminara as�: como un galope que se pierde entre la oscuridad.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n los siguientes d�as retornaron a mi obediencia las <strong>a</strong>lpujarras y <strong>d</strong>al�as y <strong>b</strong>erja. <strong>n</strong>ombr� alcaides en sus fortalezas y regres� a <strong>g</strong>ranada. pero ya no era el mismo que hab�a salido de ella.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n el mes de abril sufr� un decaimiento. <strong>m</strong>e agotaba el cansancio de tener que tomar tantas y tan urgentes decisiones diarias; me encontraba solo, porque, a fuerza de no querer preocupar a <strong>m</strong>oraima, dej� de contar con ella; y, sobre todo, comprend� lo que �el <strong>z</strong>agal� me sugiri�: la imposibilidad absoluta, contra la que enfrentarse es vano y torpe. <strong>e</strong>l rey <strong>f</strong>ernando, ocupado con las tensiones de <strong>f</strong>rancia, posterg� la campa�a. <strong>y</strong>o comenc� a dejar transcurrir los d�as entre la inactividad y los libros.</p><p><strong>l</strong>a primavera ganaba sus batallas, tan distintas de las nuestras, en los jardines del <strong>g</strong>eneralife. <strong>m</strong>e distra�an el rumor de las abejas y el olor de las rosas. <strong>p</strong>rocuraba no pensar sino en lo que ten�a al alcance de la mano. <strong>y</strong> suspiraba. <strong>m</strong>i coraz�n reclamaba sus derechos: echaba de menos, en contra de mi propia voluntad, los hermosos e inaplazables cataclismos del amor.</p><p><strong>y</strong>o me censuraba y me reconven�a; porque no era el momento oportuno, ni lo que mi pueblo me exig�a, ni lo que me exig�a yo. <strong>p</strong>ero, en medio de estas contradicciones, naufragaba. <strong>h</strong>asta mis paseos por la <strong>a</strong>lhambra se ensombrec�an.</p><p><strong>l</strong>a <strong>a</strong>lhambra es como un cuerpo.</p><p>igual que todos, tiene su m�sica y su aroma que, con el clima y con las horas, cambian. <strong>e</strong>n ella hay -y nunca lo hab�a percibido como entonces- la perenne palpitaci�n que es se�al de vida. <strong>c</strong>on el parpadeo de un par de mariposas, la luz y el agua se persiguen. <strong>l</strong>as incesantes atarjeas, dentro de las paredes, como venas de barro, reparten su rumorosa y limpia sangre, y las arterias en las acequias. <strong>e</strong>n la aparente quietud todo es movilidad.</p><p><strong>e</strong>l agua, por doquiera, entona su canto que subraya el cristalino sonido de lo visible. <strong>l</strong>os muros, con sus versos reiterados hasta el infinito, jam�s callan. <strong>l</strong>os estucos y los artesones, coloreados para dar la impresi�n de ligereza, contagian su vibraci�n a los paramentos y a las techumbres de marfil y de cedro. <strong>l</strong>as cristaleras de colores, al incidir sobre los colores de los muros, los agitan a�n m�s. <strong>e</strong>l mut�til resplandor de d�a, y de noche las mechas temblorosas, provocan inquietas sombras que conmueven de arriba abajo los palacios. <strong>e</strong>n el <strong>c</strong>uarto de los <strong>l</strong>eones los dobles atauriques, con un vano por medio donde anidan los p�jaros, tiritan de vida, y a su trav�s se escucha el fragor de las aguas como en el seno de las caracolas. <strong>t</strong>odo all� es trasl�cido, minucioso y significativo a la manera de un tatuaje beduino� <strong>d</strong>esde los altos artesonados profundos, casi sumidos en la oscuridad, del <strong>s</strong>al�n de <strong>c</strong>omares he escuchado a menudo el nombre de las constelaciones. <strong>y</strong> los he visto dudar, estremecerse, balbucir arriba cuando la luz trepa, escurri�ndose por los arabescos, hasta ellos, y los lame y los hace gozar un instante� <strong>q</strong>u� confusas las vislumbres de la realidad que nos ofrece la <strong>a</strong>lhambra. �<strong>d</strong>ios es la luz en ella? <strong>l</strong>a luz acaso es <strong>d</strong>ios. �<strong>p</strong>ero aqu� est� la vida�, me dec�a. <strong>t</strong>odos los moradores de la <strong>a</strong>lhambra, cualquiera que sea la �poca en que vivieron, en que vivimos, hemos compartido la convicci�n de que hab�amos cesado; era cuesti�n de tiempo. <strong>p</strong>or eso sus constructores eligieron no tener que elegir entre la verdad y la ilusi�n. <strong>l</strong>aten las murallas, contempladas desde abajo, rezumando por sus huecos un vacilante resplandor, y, por si fuera poco, al dibujarse en el temblor de las albercas o en la rizada serenidad de los estanques, le dan m�s vida al sue�o que a la vigilia. <strong>l</strong>os grandes y variados intradoses, cuando se contemplan en el agua, se ven como hay que verlos: de arriba abajo, no al rev�s. <strong>q</strong>uiz� ah� resida el secreto de esta ciudad corporal y sumergida, llamada a desaparecer desde antes de existir, como el amor. <strong>c</strong>omo el amor, algo delicado y ef�mero donde jam�s se sabe qu� escoger: si la fr�gil materia o su remedo. �<strong>c</strong>u�l es la torre real: la que construy� el hombre, o su imagen que se hunde dentro del aljibe? �<strong>q</strong>u� perdurar� m�s: la materia, o su representaci�n? �<strong>q</strong>u� es lo que nos sostiene: el sentimiento, o el presentimiento? <strong>o</strong> quiz� su recuerdo� <strong>p</strong>orque, en mi vida y en la <strong>a</strong>lhambra, lo real se ha hallado siempre m�s distante que el reflejo de lo real.</p><p><strong>l</strong>a vida y el amor son s�lo acaso el agua que espejea, la luz que tiembla; y ese espejeo y ese temblor son menos inasibles que lo que est� al alcance de la mano�</p><empty-line/><p><strong>a</strong>s� me desped�a, en aquel mes de abril, de cuanto hab�a amado.</p><p><strong>q</strong>uiz� tambi�n de cuanto pod�a amar. <strong>y</strong>, a mi pesar, rele�a, sentado en un ajimez, frente a la colina del <strong>a</strong>lbayz�n, como antes de que todo empezara a enlutarse, ardientes versos de <strong>y</strong>alal al <strong>d</strong>in <strong>r</strong>umi:</p><empty-line/><p>�<strong>e</strong>l consejo de cualquiera no es provechoso para los amantes; no es el amor un torrente que cualquier mano pueda detener�</p><empty-line/><p><strong>l</strong>os reyes menospreciar�an su monarqu�a si oliesen una vaharada de los vinos que los amantes beben en la asamblea de su coraz�n.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>elada est� la vida que transcurre sin este dulce esp�ritu; podrida est� la almendra que no se funde y no se pierde en este almendrado misterioso��</p><empty-line/><p><strong>m</strong>irando a mi alrededor, me sent�a mezclado con la muerte.</p><p><strong>m</strong>ientras paseaba por la rauda, entre tumbas, me sent�a mezclado con la vida y la muerte. <strong>m</strong>e asaltaba la tentaci�n de huir; el deseo voraz y la desgana de todo al mismo tiempo. <strong>c</strong>omo un convaleciente, que se exalta y se desanima; como un fantasma ciego, vuelto del otro mundo, que recorre a tientas las salas y el jard�n en que fue feliz vivo, y solloza de amor. <strong>a</strong>quel fantasma, que era yo, lloraba con unos ojos que ya s�lo para llorar serv�an, como los de <strong>e</strong>gas <strong>b</strong>enegas en <strong>l</strong>ucena. <strong>p</strong>orque la vida entera se hab�a convertido en un inaccesible d�a siguiente. <strong>p</strong>orque a todas horas comprend�a lo que mi t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal� me dio a entender, y hasta lo que ni siquiera �l hab�a entendido. �<strong>d</strong>e qu� me servir�a entonces el ardor de los versos?</p><empty-line/><p>�<strong>c</strong>uando la espada del amor conquista el alma de un amante, un millar de amantes deponen sus vidas sagradas en agradecimiento.</p><empty-line/><p>�<strong>q</strong>u� es esto? �<strong>d</strong>eseas el amor y despu�s temes la ruina?</p><p>�<strong>a</strong>prietas la bolsa y persigues el amor a trav�s de unos labios de az�car?</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o, no: aparta tu cabeza; si�ntate en el rinc�n de la seguridad: una mano tan corta no ha de aspirar al cipr�s alto�</p><empty-line/><p><strong>a</strong>mante, no seas t� menos que la mariposa nocturna, �y qu� mariposa nocturna se libr� de la llama?</p><empty-line/><p>�<strong>n</strong>o se le puede encontrar�, me dijeron. �<strong>n</strong>osotros tambi�n lo hemos buscado.� <strong>a</strong>lgo que no se puede encontrar: �se es precisamente mi deseo�</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l jard�n est� desconcertado, porque no sabe qu� es la hoja y qu� la flor; los p�jaros, turbados, porque no saben distinguir qu� es la trampa y qu� el cebo�</p><empty-line/><p><strong>g</strong>uarda silencio, no rasgues el velo; consume el jarro de los taciturnos; ci�galo todo, v�lalo todo, habit�ate a la impenetrable clemencia de <strong>d</strong>ios.�</p><empty-line/><p><strong>a</strong>fligida por mi mudez, me acompa�aba <strong>m</strong>oraima, pero hasta su compa��a me hastiaba. <strong>p</strong>orque yo no pod�a explicarle sin rubor lo que me estaba anonadando el alma, pero tampoco pod�a hablarle de otra cosa.</p><p><strong>e</strong>lla, incapaz de ayudarme, cedi� su sitio a unos hombres evidentes y herm�ticos, que yo ignoraba de d�nde hab�an salido. <strong>n</strong>o parec�an ni musulmanes, ni jud�os, ni cristianos. <strong>n</strong>o eran ni j�venes, ni viejos. <strong>m</strong>iraban el mundo con ojos transparentes que en nada se posaban, y sonre�an siempre. <strong>d</strong>aban la impresi�n de conocer el secreto de enigmas que nosotros ni siquiera nos hab�amos planteado, o mejor, de estar de vuelta de todos los enigmas, como si la soluci�n fuese no plante�rselos m�s una vez conocidos. <strong>e</strong>n los d�as que me frecuentaron no logr� adivinar qu� quer�an de m�. <strong>q</strong>uiz� no quer�an nada, y es eso lo que los volv�a misteriosos.</p><p><strong>m</strong>e trataban con el mismo respeto fraternal con que trataban a �<strong>h</strong>ern�n�, mi perro, o a los �rboles.</p><p>��<strong>s</strong>omos criaturas -respond�an a todo lo que yo les preguntaba-.</p><p><strong>e</strong>stamos aqu� para ayudarte; para ayudarnos mientras te ayudamos.</p><p><strong>y</strong> segu�an sonriendo. <strong>v</strong>iv�an, por lo visto, en una ermita -o en varias, no lo s�- por las vertientes de <strong>s</strong>ierra <strong>s</strong>olera. <strong>h</strong>ab�an bajado a la llamada de alguien. <strong>o</strong> quiz� nadie les dijo que viniesen.</p><p><strong>m</strong>oraima no hab�a sido. <strong>y</strong> ellos no parec�an haberse enterado de que yo era el sult�n. <strong>s</strong>us cuerpos eran como algo que su alma hubiere olvidado hac�a ya tiempo, pero eran tambi�n alma: no s� c�mo decirlo.</p><p><strong>n</strong>o hablaban; se quedaban mirando al frente y sonriendo -el tiempo no contaba-, y crec�a en torno suyo como una di�fana campana de imperturbabilidad, que a su vez los aislaba y los aproximaba. <strong>u</strong>n mediod�a, a la sombra de un �rbol, bordoneaba una mosca; su vuelo sonoro me distra�a de la sonrisa de los hombres aquellos. <strong>y</strong>, de pronto, vi c�mo la mosca se posaba en el aire. <strong>n</strong>o, no en el aire, sino en el limpio cristal de la campana de que hablo. <strong>y</strong> all� permaneci�, con sus patas apoyadas a un palmo de cualquier superficie, tranquila y satisfecha al sol de mayo.</p><p><strong>a</strong>quellos hombres, ausentes y tan vivos, siguieron sonriendo. <strong>m</strong>e vinieron a las mientes las frases de al <strong>a</strong>rab�, el mayor de los maestros, el divino suf� que cultivaba la virtud de la insignificancia:</p><empty-line/><p>�<strong>m</strong>e escond�, delante de mi tiempo, a la sombra de sus alas; mi ojo ve el mundo; pero el mundo no me ve a m�.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>i preguntas a los d�as mi nombre, te responder�n que no lo saben; ni el lugar en que me encuentro conoce en d�nde estoy.�</p><empty-line/><p><strong>u</strong>n d�a no los v�. <strong>p</strong>ens�:</p><p>�<strong>q</strong>uiz� nunca estuvieron.� <strong>l</strong>uego supe que los hab�a expulsado <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa. <strong>o</strong> acaso no expulsado, sino que les hab�a indicado de nuevo con un gesto el camino a la <strong>s</strong>ierra. <strong>h</strong>abr�a bastado para ellos: el aire los llevaba. <strong>l</strong>os sustituy� por un fan�tico penitente, que no cesaba jam�s de hablar en alto de <strong>d</strong>ios y sus mensajes.</p><p><strong>e</strong>ra un sant�n famoso, al que mi padre, en su primera �poca, de cuando en cuando consultaba.</p><p>��<strong>a</strong>unque no te importe la luz -me dec�a-, la luz existe. <strong>a</strong>qu�l a quien le es indiferente morir es el que trae la vida. <strong>t</strong>e est�s resistiendo a cumplir lo que debes, pero a la vuelta de la esquina est� la hora en que todo se romper� a tu alrededor: vas a verlo caer por tus costados como una t�nica que ya usaste demasiado tiempo� �<strong>a</strong>delante! -gritaba-. <strong>s</strong>al fuera de las murallas. <strong>n</strong>o te resguardes dentro de ti, ni dentro de ellas. <strong>n</strong>o te protejas m�s. <strong>s</strong>i te recoges la orla de tu falda para que no te la moje el agua, m�s de mil veces has de hundirte en el mar. <strong>y</strong>a es el momento de que pruebes tu propia medicina. <strong>e</strong>l remedio no te vendr� de fuera. <strong>v</strong>e a buscarlo. <strong>a</strong>delante. <strong>n</strong>i siquiera es preciso que despiertes. <strong>s</strong>al ya. �<strong>a</strong>delante!</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o creo que fuese por la influencia de nadie, sino porque acept� poco a poco dentro de m� lo que se me impon�a. <strong>l</strong>o acept� como quien lleva la carga que tiene que llevar hasta el sitio que puede, sin preguntarse m�s; entre otras razones, porque es incapaz de librarse de ella, o quiz� por esa raz�n sola. <strong>y</strong> comprend� por fin, sin que mi mente lo comprendiera, que luchar contra la imposibilidad no es ni vano ni in�til. <strong>s</strong>� que no he explicado lo que pas� por m� en aquel mes de abril y principios de mayo; pero tambi�n s� que quien se encuentre en circunstancias semejantes lo entender�, incluso no necesitar� que nadie se lo explique; y quien no, no lo entender� nunca.</p><p><strong>c</strong>uando empec� a resurgir de mi marasmo, una gozosa espuela me impuls� a escapar de �l. �<strong>e</strong>l <strong>z</strong>agal� me hab�a arrebatado <strong>a</strong>ndarax, y me mand� un mensajero: �<strong>d</strong>ile al sult�n mi sobrino que <strong>a</strong>ndarax, gracias a �l (�l te comprender�), va a estar m�s seguro en mis manos que en las suyas. <strong>�</strong>l tiene victorias m�s refulgentes que ganar.�</p><p><strong>a</strong>quel mismo d�a llam� al arma a mi reducido ej�rcito. <strong>e</strong>n busca de un camino al mar, galop� hacia <strong>a</strong>dra y, con una escasa ayuda de voluntarios africanos, la tom�.</p><p>�<strong>q</strong>u� importaba que unas semanas despu�s volviera al poder de los cristianos? <strong>y</strong>o ya estaba otra vez a caballo, que era donde deb�a.</p><p><strong>s</strong>in embargo, todav�a alg�n rinc�n de m� permanec�a a oscuras.</p><p><strong>f</strong>ue entonces cuando aparecieron las primeras pesadillas con los p�jaros negros. <strong>e</strong>llos hab�an entrado en mis sue�os a menudo; pero se conformaban con planear a mi alrededor, o cernerse sobre m�; en esos sue�os yo no exist�a, s�lo miraba. <strong>q</strong>uiero decir que no me ve�a yo a m� mismo, sino un paisaje donde habitaban esas aves siniestras, o, en alg�n caso, la misma habitaci�n en que dorm�a, por cuyas ventanas penetraban aleteando ruidosa y rudamente. <strong>n</strong>o obstante, a medida que la pesadilla se reiteraba, fueron haci�ndose las noches m�s y m�s trabajosas. <strong>q</strong>uiz� yo, durante el d�a, trataba de eliminar o de apartar de mi mente muchos motivos graves de temor y de preocupaci�n; ellos, olvidados y no muertos, comparec�an por su cuenta de noche en figura de esos p�jaros grandes, negros, que se lanzaban contra m� en son de guerra, me golpeaban con sus alas, rasgaban el aire con violencia en torno a mi cabeza, se desplomaban para picotear mis o�dos o mis ojos, chocaban con mi cuerpo, y me her�an, me her�an� <strong>h</strong>asta que despertaba jadeante como si hubiese corrido, para huir de ellos, un trecho interminable.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l mes de junio, que fue muy caluroso, pas� sin m�s incidentes que un par de escaramuzas iniciadas por nosotros contra un ej�rcito que, fatigado por las campa�as anteriores, intentaba tan s�lo un acto de presencia. <strong>a</strong> su frente se hallaban capitanes valientes, que ard�an en deseos de reemprender la guerra verdadera, cansados de lucirse, delante de sus soldados o de alguna dama, con armas relucientes y relampagueantes airones. <strong>q</strong>uiso marcar el rey <strong>f</strong>ernando aquellos d�as con una solemne ceremonia, que se realiz� una dulce ma�ana al aire libre. <strong>f</strong>ue la de armar caballero, ante nuestros ojos, a su hijo el pr�ncipe don <strong>j</strong>uan, que contaba a la saz�n doce a�os. <strong>m</strong>is s�bditos asistieron, fingiendo burlarse, pero impresionados, a los ritos aparatosos. <strong>l</strong>os padrinos del novicio eran dos irreconciliables rivales: el duque-marqu�s de <strong>c</strong>�diz y el duque de <strong>m</strong>edina <strong>s</strong>idonia.</p><p><strong>d</strong>esde la torre de <strong>a</strong>rmas, <strong>m</strong>oraima y yo contemplamos el soleado y vistoso espect�culo, considerando sin decirlo qu� distintas a aqu�llas eran las circunstancias en que viv�a nuestro hijo, no muy alejado ya de la edad del muchacho cristiano.</p><p><strong>t</strong>ratando de desatender los desaf�os, t�citos o expresos, y las exhibiciones envenenadas, nosotros emprendimos las labores de la tierra que las anteriores talas nos permit�an; introdujimos en la ciudad no muchos bastimentos, ante la duda de cu�nto durar�a tal quietud, y continuamos las relaciones con los campesinos de las <strong>a</strong>lpujarras, brav�os por su geograf�a, enardecidos por su fe, y apesadumbrados por su subordinaci�n y expolio. <strong>s</strong>upimos entonces un percance en la cercana <strong>t</strong>orre <strong>r</strong>om�n, donde se refugiaban los cultivadores de la <strong>v</strong>ega. <strong>a</strong> ella se dirigi� una noche un grupo de granadinos en solicitud de abrigo contra los cristianos que los persegu�an. <strong>s</strong>e les franque� la entrada con fraternal alegr�a, y, un instante despu�s, desnudos los alfanjes, se apoderaron de la <strong>t</strong>orre.</p><p><strong>e</strong>l que ven�a al frente del grupo era el pr�ncipe <strong>y</strong>aya. <strong>a</strong>s� quer�a confirmar su fidelidad -como si en �l cupiese- al rey <strong>f</strong>ernando. <strong>l</strong>a ciudad entera se estremeci� de ira al conocer la haza�a, y yo mismo pens� que la venganza es a veces el mayor de los placeres.</p><p><strong>f</strong>ue en ese mes en el que yo, sobre un mapa, trac� la t�ctica para acercarme al mar. <strong>n</strong>ecesitaba un punto de desembarque, porque la excusa para negarme sus auxilios que daba el sult�n marroqu� era que no se arriesgaba a envi�rmelos a una costa enemiga. <strong>p</strong>lane� acercarme hacia los puertos tradicionales de mi monarqu�a, <strong>a</strong>lmu��car y <strong>s</strong>alobre�a, a trav�s de <strong>a</strong>lhend�n.</p><p><strong>s</strong>in su conquista, la v�a hacia el mar era imposible.</p><p><strong>l</strong>a noticia de la empresa, aunque la llev� con la mayor reserva, corri� como la p�lvora. <strong>p</strong>or las vertientes de <strong>s</strong>ierra <strong>s</strong>olera, que conservaba a�n la nieve a pesar del calor en aumento, se derram� un pueblo ansioso de batirse, m�s ansioso cuanto m�s humillado. <strong>l</strong>o compon�an una juventud alterada, que se responsabilizaba de su propio futuro; unos pastores de aspecto desconocido y fiero, que forcejeaban por no doblegarse, y unos creyentes forjados en el retiro de las nieves perpetuas, que no se hab�an enterado hasta entonces de que el �nico reducto del <strong>i</strong>slam que quedaba en <strong>e</strong>spa�a era <strong>g</strong>ranada ya.</p><p><strong>y</strong> todo este gent�o, seguidor de sus caudillos y de sus alfaqu�es, vino a engrosar el no muy lucido ej�rcito que sali� una vez m�s por la <strong>p</strong>uerta de <strong>e</strong>lvira. <strong>e</strong>ra el atardecer del d�a m�s largo del a�o. <strong>a</strong>lzado sobre mis estribos, les dije solamente:</p><p>��<strong>e</strong>n nuestras manos est� la gloria de <strong>d</strong>ios. <strong>l</strong>os que caigamos muertos esta noche sobre la tierra que pisamos y que nos ha sido arrebatada, presenciaremos ma�ana el amanecer en el <strong>p</strong>ara�so.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>lhend�n estaba defendida por un castillo fuerte, y abastecida de hombres y artiller�a. <strong>l</strong>e puse sitio pese a que, ante su solidez y elevaci�n, la juzgu� inexpugnable, pero el juicio nada ten�a que hacer all�. <strong>s</strong>abiendo a lo que me expon�a, o precisamente por eso, di las �rdenes. <strong>b</strong>atimos sus muros; abrimos en ellos brechas con nuestros modestos medios, nuestros asaltos a oleadas se hac�an incontenibles, aunque en ellos perecieran bastantes de los m�os. <strong>l</strong>a noche era infinita, quiz� porque el tiempo se hab�a detenido. <strong>e</strong>l sudor y la sangre nos empapaban y nos cegaban cuando logramos apoderarnos de los tres primeros recintos y demoler las torres que los proteg�an. <strong>l</strong>os defensores se retrajeron a la m�s grande y principal, que era la ciudadela. <strong>l</strong>os m�os, para cubrirse de los proyectiles arrojados desde las almenas, se acercaban hasta su mismo pie bajo caparazones de madera y cuero fresco. <strong>l</strong>a minaban y la debilitaban. <strong>y</strong>, por fin -luego comprob� que era el quinto d�a de lucha-, horadada y a punto de hundirse la torre y sepultar en ella a lo que restaba de la guarnici�n, el alcaide don <strong>m</strong>endo de <strong>q</strong>uijada se entreg� con sus hombres, sus v�veres, sus armas y bagajes. <strong>t</strong>ras <strong>a</strong>lhend�n, cayeron en nuestro poder varios castillos de las <strong>a</strong>lpujarras y del valle de <strong>l</strong>ecr�n, el que nosotros llamamos <strong>v</strong>alle de la <strong>a</strong>legr�a.</p><p><strong>m</strong>i regreso a <strong>g</strong>ranada se celebr� como si se tratase de otra fiesta de la coronaci�n. <strong>l</strong>as prevenciones y la animadversi�n de los granadinos contra m� se tornaron en fervor y en agradecimiento. <strong>a</strong>l d�a siguiente mand� pregonar por todas las plazas una gran leva: altos y bajos, nobles y plebeyos, ricos y pobres eran invitados a acompa�arme contra <strong>a</strong>lmu��car. <strong>y</strong> se alistaron, orgullosos y optimistas como estaban, dispuestos a seguirme.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>ediaba el <strong>r</strong>amad�n, cuando, despu�s de la oraci�n del segundo viernes, vino a despedirse de m� <strong>m</strong>oraima con el ni�o <strong>y</strong>usuf de la mano. <strong>t</strong>en�a los ojos pardos y dorados, muy distintos de los de su hermano <strong>a</strong>hmad, que yo no olvidaba, y los labios como los p�talos redondos de una flor. <strong>l</strong>o tom� en brazos y, mientras el ni�o acariciaba mi barba, di �nimos a su madre.</p><p>��<strong>y</strong>o era un cachorro como �ste, y he crecido. <strong>a</strong>hora estoy seguro de que el le�n recobrar� su reino.</p><p><strong>b</strong>es� a los dos. <strong>y</strong>usuf lloraba porque no consent�a en separarse de m� y se agarraba con sus manitas a mis ropas. <strong>c</strong>on un nudo en la garganta, volv� bruscamente la espalda.</p><p><strong>m</strong>ont� a caballo y galop� delante del ej�rcito, que cantaba y alborotaba. <strong>p</strong>or el camino arrasamos la torre del <strong>p</strong>adul, que hab�an reconquistado los cristianos. <strong>c</strong>on igual �mpetu tomamos por asalto <strong>s</strong>alobre�a con excepci�n de la alcazaba, donde tantos pr�ncipes granadinos hab�an sufrido prisi�n o muerte, y alg�n destronado convivi� con sus cuitas. <strong>s</strong>u guarnici�n hab�a sido reforzada con tropas arribadas por mar desde <strong>m</strong>�laga, y por tierra a las �rdenes de <strong>h</strong>ernando del <strong>p</strong>ulgar. <strong>e</strong>ra evidente que la alcazaba ofrecer�a una desesperada resistencia. <strong>l</strong>a cercamos por todas sus partes y cortamos el suministro de agua. <strong>e</strong>l calor era muy riguroso. <strong>b</strong>andadas de aves carro�eras nos indicaron cu�ndo hab�an muerto de sed sus ac�milas y caballer�as.</p><p><strong>d</strong>espu�s de quince d�as que semejaron a�os, cuando tocaba ya su rendici�n con los dedos, recib� dos noticias: la inminente llegada de socorros cristianos, y la de que el rey <strong>f</strong>ernando se dirig�a con rapidez hacia <strong>g</strong>ranada, a la que yo hab�a dejado casi desguarnecida.</p><p><strong>t</strong>al era mi agotamiento, que no s� si odi� o agradec� unas noticias que me permit�an -e incluso me impon�an- abandonar con dignidad aquel suplicio insoportable, aquel aire espeso por el polvo, aquel barro en la boca y en los ojos.</p><p><strong>l</strong>evant� el cerco, y march� velozmente a la capital, que era lo que m�s me importaba.</p><p><strong>l</strong>a divisamos al atardecer.</p><p><strong>e</strong>ntramos en ella en las primeras horas de la noche. <strong>h</strong>ab�a un silencio de ciudad abandonada. <strong>c</strong>ontra las piedras se dejaban o�r los cascos de cada caballo. <strong>i</strong>mpresionaban las puertas atrancadas, las cortinas corridas, los miradores vac�os, las azoteas sin espectadores, las calles solitarias. <strong>l</strong>a ciudad, desentendida de sus soldados, se hab�a vuelto sobre s� misma. <strong>e</strong>ra la opuesta a la ciudad ferviente que nos recibi� despu�s de la victoria de <strong>l</strong>ecr�n. <strong>m</strong>is hombres, cabizbajos y sin fuerzas, fueron ape�ndose de sus monturas, y no encontraban manos amigas o enamoradas que los ayudasen. <strong>a</strong>�n hecho a los cambios de humor de mis vasallos, me pareci� injusta esa acogida despu�s de un mes terrible de interrumpidos sue�os al raso, de riesgos, de tormentos, de privaciones y de angustias. <strong>e</strong>ra la �ltima semana de agosto. <strong>l</strong>os grillos y las flores revest�an la noche en los jardines. <strong>e</strong>ntr� en la <strong>a</strong>lhambra como quien entra en el olvido.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n las �ltimas expediciones hab�a trabado amistad con un joven arr�ez. <strong>e</strong>ra un refugiado de <strong>b</strong>aza que contaba muy poco m�s de veinte a�os. <strong>l</strong>e llam�bamos <strong>f</strong>arax el <strong>b</strong>ast�. <strong>n</strong>uestra amistad surgi�, como el amor a veces, de un modo repentino. <strong>a</strong>l pie de la torre de la <strong>g</strong>uardia, en <strong>a</strong>lhend�n, me hab�a empujado con violencia, tir�ndome al suelo y cayendo sobre m�. <strong>p</strong>ens� en un atentado hasta que vi caer, en el preciso lugar que antes ocupaba, la gruesa piedra que me estaba dirigida. <strong>l</strong>e di las gracias y continuamos la lucha juntos; desde ese momento no se apart� de m�.</p><p><strong>c</strong>rec�a nuestra amistad y daba frutos continuos de desvelo y cuidados.</p><p><strong>�</strong>l -me fue contando con timidez y no sin reticencias- ten�a que haberse casado con una muchacha de holgada posici�n. <strong>p</strong>or un torvo azar del destino, en la p�rdida de <strong>m</strong>�laga, donde ella se encontraba visitando a su familia, fue hecha esclava. <strong>d</strong>e la muchacha, que se llamaba <strong>w</strong>idad, que quiere decir �cari�o�, no se hab�a sabido ni una palabra m�s. <strong>n</strong>o valieron pesquisas ni influencias; no valieron intentos de rescate ni indagaciones; su <strong>w</strong>idad, su cari�o, hab�a desaparecido del todo y para siempre. <strong>e</strong>n el coraz�n de <strong>f</strong>arax se levantaron dos sentimientos contradictorios: uno, activo, de aborrecimiento hacia los infieles que hab�an destruido el objeto de su amor; otro, pasivo, de un dolor que le cuajaba de l�grimas los ojos apenas sal�a del combate. <strong>f</strong>ue este segundo sentimiento, m�s a�n que el primero -que lo empujaba siempre a los lugares de m�s recio peligro-, el que despert� mi curiosidad. <strong>l</strong>a tristeza de <strong>f</strong>arax me recordaba otras tristezas, a cuyo sinvivir yo hab�a sobrevivido. <strong>e</strong>n las prolongadas noches de la guerra, en las que el sue�o es sustituido por la alarma, y el peligro aligera la coraza de suspicacia que aisla a unos hombres de otros, <strong>f</strong>arax y yo hab�amos intercambiado pareceres y opinado sobre asuntos no siempre referidos a los desastres o a las victorias.</p><p><strong>n</strong>os hab�amos descubierto fraternalmente afines. <strong>�</strong>l era un joven esbelto y de tez clara, cuya sonrisa, cuando por distracci�n de su dolor aparec�a en sus labios, no era distinta de la vital y luminosa de mi hermano <strong>y</strong>usuf. <strong>m</strong>uy despacito, de manera insensible, me fui adentrando en �l, y �l en m�.</p><p><strong>c</strong>uando nos dimos cuenta, hac�a semanas que �l no se separaba de mi mano derecha; no por nombramiento ninguno, sino de hecho, se hab�a convertido en mi arr�ez de �rdenes, con el que consultaba el cariz del combate, y que transmit�a las decisiones que �l mismo me ayudaba a tomar. <strong>i</strong>gnoro -tampoco me lo hab�a preguntado- si mi insistencia en que permaneciera sin apartarse de mi lado se deb�a a su utilidad, o a mi af�n de impedir que arriesgara su vida en la primera fila. <strong>p</strong>orque su principal empe�o parec�a, m�s que vengarse de los cristianos, morir a manos suyas.</p><p><strong>h</strong>asta esa noche del regreso no hab�amos tenido ning�n contacto fuera de los combates. <strong>y</strong>a en <strong>g</strong>ranada, �l iba a su cuartel y yo al palacio. <strong>p</strong>ero tanta amargura provoc� en m� el desapego de los granadinos, que invit� a <strong>f</strong>arax a una fiesta en mi casa. <strong>e</strong>ra como si tirase de m�, repentina y �vidamente, la vida, despu�s de un roce con la muerte y sus helados h�litos. <strong>c</strong>elebramos la fiesta los dos solos. <strong>d</strong>esde el ba�o, que tomamos juntos, hasta muy entrada la ma�ana, charlamos y bebimos. <strong>e</strong>scuchamos a dos hermanas cantoras de <strong>a</strong>lcal�, cuya alegre picard�a nos alegraba; nos pareci� mentira que a�n hubiese en el mundo m�sicas y delicadas bailarinas, y la intacta insinuaci�n del nuevo d�a, a la que nos abandon�bamos tendidos en mitad del jard�n, nos inund� el cuerpo y el esp�ritu. <strong>l</strong>uego atravesamos de puntillas la zona de la guardia y subimos, para ver el amanecer, con un par de coperos, a la <strong>t</strong>orre del <strong>h</strong>omenaje. <strong>n</strong>o s� por qu� puedo evocar, con tanta precisi�n como si los estuviese viendo, a la vez el panorama que se brindaba a nuestros ojos y el perfil de <strong>f</strong>arax, un paisaje tambi�n mudable y tan sutil. <strong>r</strong>emontaba hasta nosotros el aroma casi empalagoso de los jardines, tangible y denso igual que una caricia. <strong>l</strong>a sombra identificaba a�n las torres y las casas de la <strong>a</strong>lhambra, cuando comenz� el cielo a verdear, y se oscureci� por contraste el palacio de la <strong>q</strong>uinta, que vigila, m�s arriba del <strong>g</strong>eneralife, la <strong>a</strong>cequia <strong>g</strong>rande. <strong>e</strong>st�bamos bajo una c�pula azul, que negreaba hacia poniente. <strong>l</strong>os p�jaros iniciales piaban en un presentimiento balbuceante del d�a, y un ruido confuso e incipiente ascend�a de la ciudad. <strong>a</strong>ll� la luz se aposent� antes que en parte alguna, mientras el caser�o y las huertas del <strong>a</strong>lbayz�n apenas si vibraban y lat�an, a�n entre oscuros azules. <strong>l</strong>adraban perros, comenzaba a individualizarse una voz u otra voz, de las que no nos hab�an aclamado al llegar. <strong>l</strong>a <strong>v</strong>ega flotaba todav�a entre brumas.</p><p><strong>d</strong>etr�s de las primeras estribaciones mudas, clareaban las nevadas cumbres de <strong>s</strong>ierra <strong>s</strong>olera, se�aladas, como por un �ndice, por el minarete de la mezquita de la <strong>a</strong>lhambra. <strong>l</strong>os p�jaros m�s osados se llamaban y reclamaban ya unos a otros, y a la izquierda del <strong>p</strong>alacio de <strong>v</strong>igilancia se abri� un rosicler casi malva, mientras el primer t�rmino del poniente se iluminaba ya por el sol, que a�n no hab�a brotado desde el <strong>c</strong>erro que lleva su nombre.</p><p>��<strong>l</strong>a luz del sol nos llega antes que el sol -murmur�, como si estuvi�semos en un templo.</p><p><strong>d</strong>os l�grimas resbalaban por sus mejillas. <strong>a</strong>largu� la mano y estrech� la suya. <strong>c</strong>on un sollozo que parec�a un ronquido de tan hondo, apret� mi mano; tanto, que me hizo da�o. <strong>s</strong>ent� el dolor con una alegr�a inexplicable.</p><p><strong>c</strong>omenzaba a encenderse la izquierda de la <strong>q</strong>uinta y a blanquear el <strong>g</strong>eneralife. <strong>e</strong>l <strong>a</strong>lbayz�n aparec�a muy claro, y se concretaban las distancias que las sombras confunden. <strong>e</strong>nfrente, el horizonte era verde igual que una manzana. <strong>y</strong>, debajo de la torre, las casas de la tropa se entreabr�an. <strong>a</strong> un toque de timbal arreciaron los ruidos, las carreras, las risotadas; la torpeza novicia de los j�venes soldados tropezaba y jugueteaba, a�n so�olienta, entre las abluciones.</p><p>��<strong>t</strong>odav�a no saben que han sido ya vencidos -susurr�.</p><p><strong>l</strong>a mano de <strong>f</strong>arax volvi� a oprimir la m�a.</p><p>��<strong>n</strong>o vuelvas a decir eso, se�or. <strong>c</strong>onf�a en <strong>d</strong>ios, <strong>�</strong>nico y <strong>a</strong>lt�simo.</p><p><strong>c</strong>omo una aquiescencia, <strong>m</strong>ontevive, entre <strong>p</strong>oniente y <strong>m</strong>ediod�a, se convirti� en una llamarada en medio de la plomiza bruma de los montes que circundan la <strong>v</strong>ega. <strong>m</strong>�s all� del <strong>c</strong>erro del <strong>s</strong>ol no quedaban colores en el cielo: s�lo luz.</p><p><strong>e</strong>ra el mundo, que se revest�a de sus diarios tonos como quien, al madrugar, toma la ropa acostumbrada. <strong>t</strong>odos los p�jaros cantaban al d�a nuevo, confundidos y juntos.</p><p><strong>f</strong>rente a nosotros, una perspectiva de n�car, y el <strong>a</strong>lbayz�n, bajo una luminosidad mate y precisa. <strong>e</strong>l <strong>s</strong>ol se alz� entonando su himno de oro. <strong>y</strong><strong>f</strong>arax, sin embargo, rompi� a llorar. <strong>l</strong>o abrac�. <strong>s</strong>u llanto, entre hipos y sollozos, era estremecido como el de un ni�o. <strong>p</strong>alme� su hombro; le habl� en voz baja de cosas sin sentido; trat� de sosegarlo. <strong>�</strong>l, con los labios hinchados por el vino y la pena me bes� la mejilla. <strong>d</strong>escendimos abrazados por las estrechas escaleras de la torre. <strong>a</strong>brazados y un poco tambaleantes llegamos al palacio de <strong>y</strong>usuf, y abrazados dormimos, como si estuvi�semos bajo la misma tienda o la misma intemperie en las dilatadas y tr�mulas noches de la guerra.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l enemigo -los esp�as me lo hab�an anunciado- no tard�. <strong>a</strong>quella tarde se mostr� en la <strong>v</strong>ega.</p><p><strong>l</strong>o acompa�aban muchos mud�jares que le serv�an de asesores. <strong>d</strong>urante ocho d�as quem� o tal� sembrados, panes y vi�edos, y arras� torres, como la <strong>m</strong>alah�. <strong>n</strong>o cerc� <strong>g</strong>ranada, seg�n supe, porque la reina hab�a sido atacada de fiebres; pero orden� al marqu�s de <strong>v</strong>illena, al conde de <strong>t</strong>endilla, a <strong>a</strong>lonso de <strong>a</strong>guilar y a <strong>p</strong>ortocarrero que pusiesen, sin dilaci�n ni contemplaciones, freno a nuestras correr�as, y no se dejasen arrebatar ni una de sus posiciones conquistadas. <strong>l</strong>uego el rey <strong>f</strong>ernando, desmantelando castillos, se dirigi� a <strong>g</strong>uadix y, en represalia, expuls� a sus mud�jares. <strong>n</strong>i en ella ni en sus arrabales qued� un solo creyente. <strong>e</strong>n seguida orden� la destrucci�n del castillo de <strong>a</strong>ndarax y la evacuaci�n de los renegados que lo habitaban. <strong>l</strong>a orden tambi�n se aplic� a mi t�o �el <strong>z</strong>agal�, al que retir�, sin explicaciones, su estima y su rango. <strong>u</strong>na vez utilizado, �para qu� respetarlo?</p><empty-line/><p><strong>r</strong>ecogido en la <strong>t</strong>orre de <strong>c</strong>omares, donde de ni�o tembl� de miedo, pensaba en las tribulaciones del �<strong>z</strong>agal�: asaetado por el infortunio, incapaz de sujetar a los pocos vasallos que le quedaban, avergonzado por su defecci�n, debilitada y acongojada su alma, inh�bil para ser s�bdito donde hab�a sido rey� <strong>n</strong>o me extra�� lo que vinieron a decirme: dando por perdidos su vida y su esfuerzo pen�ltimo, pidi� a <strong>f</strong>ernando que lo dejara pasar a <strong>�</strong>frica en las condiciones establecidas. <strong>e</strong>l d�a en que �l, el invencible, se encomend� a la benevolencia de su vencedor, parti� en dos el escudo en que se le�a el lema que rigi� su destino hasta su peor hora: �<strong>q</strong>uerer es poder.� �<strong>e</strong>l <strong>z</strong>agal�, que personific� el coraje de todos, no tuvo m�s coraje; s�lo aspir� a vivir, apartado e ignorado de todos, en un lugar donde nadie supiese cu�nto hab�a sido el que ya nada era. <strong>e</strong>n la <strong>t</strong>orre de <strong>c</strong>omares, erguida sobre el trono nazar�, llegu� a la conclusi�n de que vive mejor el que mejor se esconde y de que nacer junto a un trono es igual que nacer junto a un abismo.</p><p><strong>o</strong>torgado el permiso de expatriaci�n, como si para morir hubiese que pedirlo, vendi� �el <strong>z</strong>agal� sus propiedades a los reyes de <strong>c</strong>astilla. <strong>a</strong>ntes de que se fraguaran las tempestades del <strong>e</strong>strecho, a principios de oto�o, se alej� de <strong>a</strong>ndaluc�a el que pudo ser su m�s cumplido rey. �<strong>q</strong>ui�n imaginar� lo que eso significa?</p><p><strong>e</strong>mpezar una vida nueva cuando la verdadera vida nos ha vuelto la espalda; cuando se ha llegado a la certeza de que lo m�s firme, rutilante y apasionado de un destino ha sucedido ya, y s�lo resta la rutinaria monoton�a a la que los mediocres llaman vida. <strong>q</strong>u� inicuo que no mueran los h�roes en el �pice de su heroicidad. <strong>l</strong>a grandeza, una vez consumada, deber�a devorar a su due�o; porque luego �ste se quebranta y se gasta y se achica, y de ella s�lo queda un recuerdo mortificante y homicida.</p><p><strong>q</strong>uien hab�a sido una leyenda y un modelo embarc�, despojado de s� mismo, en <strong>a</strong>lmer�a con unos pocos de los suyos que pidieron seguirlo.</p><p><strong>c</strong>amino de <strong>o</strong>r�n fue, para ocultarse y aguardar con ansiedad la muerte; una muerte que su sino de guerrero y de rey se olvid� de proporcionarle en el momento justo.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>segurado por tales sucesos, <strong>f</strong>ernando se desplaz� a la frontera <strong>n</strong>orte de su reino, donde los franceses lo aguijaban. <strong>e</strong>n su ausencia, yo, que llevaba al �<strong>z</strong>agal� siempre en mi coraz�n, fui con mis soldados, por �l mismo y por m�, como en una peregrinaci�n, a <strong>a</strong>ndarax. <strong>e</strong>stoy convencido de que, en la paz y en la guerra, hay instantes en que cualquier hombre es indomable; si aplica su absoluta voluntad a un fin, lo consigue, sin que valgan interposiciones ni obst�culos que traten de arredrarlo.</p><p><strong>n</strong>otaba yo la admiraci�n y el fervor de <strong>f</strong>arax reflejados en sus ojos cuando, a la cabeza de un desmedrado ej�rcito, ataqu� con fiera decisi�n, sin arengas y sin vacilaciones, aquel castillo. <strong>�</strong>l hab�a albergado la pen�ltima aflicci�n y la derrota interna del hombre que hab�a sido para m�, desde ni�o, el blanco de mis veneraciones. <strong>p</strong>or �l nada pod�a hacer ya sino vencer en donde fue vencido. <strong>a</strong> fines de septiembre tom� posesi�n de <strong>a</strong>ndarax, y entraron de nuevo en mi obediencia los lugares de aquella taha; al ocuparlos, sent� que mi poder y mis manos eran los delegados del �<strong>z</strong>agal�. �<strong>m</strong>ejor -me dije-, porque �l ya me advirti�, en su postrer mensaje, que sus manos conservar�an esta tierra con m�s firmeza que las m�as.�</p><p><strong>m</strong>ientras as� reflexionaba, puso <strong>f</strong>arax una mano oportuna sobre mi hombro.</p><p>��<strong>t</strong>� tienes que seguir tu propia estrella, se�or. <strong>q</strong>ue su luz te conduzca, y que yo te acompa�e.</p><p><strong>l</strong>leno de gratitud le repliqu�:</p><p>��<strong>s</strong>i todos mis hombres fueran como t�, obedecer a mi estrella ser�a mucho m�s f�cil.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> la reconquista de <strong>a</strong>ndarax prosigui� la de <strong>p</strong>urchena, donde tom� venganza en nombre del altivo jeque que se neg� a venderse. <strong>c</strong>ay� su guarnici�n prisionera m�a y, en vista de mi superioridad, tornaron a nuestra religi�n y acatamiento los habitantes que hab�an renegado.</p><p><strong>a</strong>nimada por su ejemplo, la gente de <strong>f</strong>i�ana se alz� contra los ocupantes de su alcazaba; pero, advertido el alcaide de <strong>g</strong>uadix, se ech� sobre ella de improviso y, ayudado por los que descend�an espada en mano del castillo, degoll� a cuantos moradores pudo, cautiv� a los supervivientes y se llev� consigo todo lo que encontr�. <strong>a</strong>larmados los habitantes de las otras aldeas del <strong>c</strong>enete, me suplicaron que los auxiliase con soldados y con ac�milas en que transportar sus ajuares y sus mantenimientos; lo hice as�. <strong>t</strong>erminaba septiembre, y a�n no hab�an comenzado a dorarse los bosques. <strong>o</strong>rden� la b�squeda de caballer�as que portaran los cereales de aquella feraz tierra, y dispuse que sus habitantes se refugiasen en <strong>g</strong>ranada, meta ya de cuantos se opon�an en su intimidad a los infieles. <strong>a</strong>nte la inseguridad de lo que nos aguardara en el invierno pr�ximo, me congratul� de que la cantidad de trigo, de cebada y de mijo fuese tan dif�cil de acarrear por incontable. <strong>e</strong>n <strong>j</strong>erez me llegaron noticias de que los cristianos se dispon�an a invadirnos, y regres� a <strong>g</strong>ranada. <strong>e</strong>l mismo d�a en que cumpl� veintiocho a�os supe que los cristianos, al ver abandonadas las alquer�as del <strong>c</strong>enete, ofrecieron seguro a cuantos retornaran a ellas. <strong>f</strong>iados en su palabra, muchos lo hicieron en seguida; pasada una semana, casi todos. <strong>s</strong>�lo unos cuantos quedaron en tierra musulmana. <strong>f</strong>ue un rumboso regalo de cumplea�os comprobar qu� volubles son las promesas y los deseos de los hombres.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>asta la primavera la <strong>p</strong>rovidencia fue piadosa. <strong>n</strong>os consinti� recrearnos en la ficci�n de que constitu�amos entre todos un reino reducido; nos adormeci� con una quebradiza y desmemoriada felicidad, esa felicidad de que a menudo se disfraza la interrupci�n de la desdicha. <strong>t</strong>ranscurr�an los d�as -eran los primeros y los �ltimos en los que yo disfrut� de una paz relativa- con una gustosa uniformidad. <strong>a</strong>dministraba justicia, muy vulnerada siempre en �pocas de guerra, porque, al ser la guerra el mal y el desorden mayores, parece disculpar con su presencia los otros menores; me esforzaba en juzgar los delitos, las violaciones, los robos, con gran serenidad, para convencer a mis s�bditos de que el orden -un orden que todos sab�amos artificial y ef�mero- era el supremo bien, y entre todos deb�amos precaverlo. <strong>a</strong>sist�a con devoci�n y puntualidad a las oraciones, que se elevaban en mi nombre. <strong>d</strong>aba, en los palacios, fiestas a los altos dignatarios de la corte, tan exigua que todos sus miembros nos conoc�amos, incluso demasiado. <strong>r</strong>ecib�a con j�bilo, m�s o menos sincero, a quienes ven�an a asilarse en <strong>g</strong>ranada desde tierras donde el yugo del vencedor era cada vez m�s pesado, y los recib�a intentando borrar de sus ojos y de sus corazones el zarpazo de la p�rdida. <strong>d</strong>espu�s de mi trabajo, descansaba en <strong>f</strong>arax y en <strong>m</strong>oraima; cada uno de nosotros procuraba que los otros dos olvidaran lo inolvidable, con la buena e inservible intenci�n con que a un moribundo puede d�rsele a oler un frasco de perfume. <strong>y</strong> me distra�a confirmar, cada tarde con mayor evidencia, c�mo �<strong>h</strong>ern�n�, mi perro, despu�s de un tiempo en que se hab�a ido familiarizando con mi hijo <strong>y</strong>usuf, lo prefer�a descaradamente a m�, y era correspondido con el mismo descaro. <strong>t</strong>rataba, pues, de dar a todos -y a m� mismo- la impresi�n de que nada extraordinario suced�a; de encubrir la amenaza que, pendiente de un pelo como la espada de <strong>d</strong>amocles, se balanceaba sobre nuestras cabezas.</p><p><strong>l</strong>o irremediable estaba sentado a las puertas de nuestras casas; no era preciso verlo. <strong>p</strong>ero el hombre, ya acostumbrado a vivir con la certeza de su propia muerte, es el animal m�s adaptable de la creaci�n. <strong>e</strong>l pueblo correspond�a con docilidad a mis mentidos desentendimientos; se divert�a mirando hacia otro lado; exageraba su preocupaci�n por las menudencias que suelen colmar los d�as de quienes los infortunados consideran felices: como si alguien lo fuese por entero. <strong>c</strong>onvive el doliente con su dolor, y se familiariza con �l hasta tal punto que lo echar� de menos si desaparece; el que reside en una ciudad de mal clima, o devastada por los vientos, de tal manera la tiene por suya que se negar�a a abandonarla aunque se le proporcionase la ocasi�n. <strong>y</strong> as�, los granadinos, compar�ndose con otros musulmanes m�s infelices -los procedentes de tierras ocupadas, y a�n m�s, los que ni siquiera se atrev�an a dejarlas-, se reputaban privilegiados, y se enga�aban unos a otros vi�ndose rodeados de sus casas, de sus hijos y de sus mujeres. <strong>c</strong>antaban cuando sal�an a trabajar la tierra, que, ajena a las malignidades de los hombres, se entreabr�a a las nuevas siembras, y cantaban al volver del trabajo.</p><p><strong>d</strong>urante seis meses se desprendi� sobre nosotros y sobre el territorio, desde el cielo, un manto de misericordia y conmiseraci�n: la imprescindible insensibilidad con que el ser humano, para no morir, embota los filos de sus desvelos y de sus obsesiones.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o obstante, no enmudecieron del todo los cristianos. <strong>e</strong>l conde de <strong>t</strong>endilla en <strong>a</strong>lcal� y los otros en sus correspondientes lugares fronterizos, pon�an a contribuci�n a sus esp�as y a sus pr�cticos del terreno. <strong>c</strong>ada uno, movido por un vano af�n de gloria, trataba de inferir el mayor da�o posible a quienes, entre nosotros, se sent�an asimismo movidos por un m�s vano a�n af�n de gloria. <strong>f</strong>ue ya en invierno, por ejemplo, cuando apresaron a ciento veinte jinetes que, con dubitativa autorizaci�n, dej� ir a rega�adientes para caer sobre los cristianos m�s desprevenidos.</p><p><strong>u</strong>n musulm�n tr�nsfuga los puso sobre aviso. <strong>y</strong> a medianoche, con el fr�o en los huesos, en un paraje boscoso, los sorprendieron descuidados don <strong>g</strong>onzalo de <strong>c</strong>�rdoba y el que ya era su �ntimo amigo, don <strong>m</strong>art�n de <strong>a</strong>larc�n. <strong>s</strong>aliendo de las acechanzas tendidas en los pasos precisos, con gran vocer�o, se lanzaron contra ellos de frente y por detr�s, y los derribaron y prendieron, y los condujeron a <strong>a</strong>lcal� la <strong>r</strong>eal.</p><p><strong>a</strong>lgo despu�s engros� las fuerzas fronterizas con las suyas el marqu�s de <strong>v</strong>illena, que vino a visitar a su cu�ado <strong>t</strong>endilla y a su hermana, llegada desde <strong>t</strong>orredonjimeno, donde pasaba la estaci�n, con lo que se acrecent� su atrevimiento; realizaron incursiones hasta el l�mite mismo de <strong>g</strong>ranada, y nos quemaron los almiares y las mieses en las eras, amontonadas desde la recolecci�n.</p><p><strong>l</strong>as vimos arder asomados a nuestras ventanas, entre el griter�o de las mujeres, con l�grimas de rabia.</p><p><strong>p</strong>ero yo prohib�, bajo pena de muerte, la salida, porque sospech� que semejante provocaci�n era una trampa.</p><p><strong>d</strong>on <strong>g</strong>onzalo, por distraerse, como si con sus correr�as me mandase recuerdos, buen conocedor de la zona como era, trababa emboscadas y saltaba con sus compa��as ocultas sobre nuestros soldados o pastores, arrebat�ndonos los reba�os, como nosotros los suyos en otras ocasiones. <strong>y</strong> de este modo, entre avances y retrocesos, entre p�rdidas y ganancias, entre menudas aventuras -que disminu�an el n�mero de mis caballeros lenta pero continuamente- desfilaba el invierno.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>ntretanto yo, con mis m�s pr�ximos ayudantes, organizaba a ciegas lo que hab�a de ser la campa�a que se avecinaba. <strong>p</strong>ed�a a <strong>d</strong>ios que sus diferencias con los franceses se alargaran para apartar de nuestras tierras a los ej�rcitos cristianos; pero mis oraciones se desvirtuaban con la certidumbre de que ni un milagro de los que considero tolerables los apartar�a definitivamente. <strong>i</strong>gual que las estaciones se turnan con puntualidad, as� las ofensivas cristianas se hab�an sucedido ante nuestras murallas; no quedaba m�s que una.</p><p><strong>c</strong>onsciente de ello, con un tes�n que a m� mismo me asombraba hasta dudar de si me hab�a contagiado del falso optimismo que sembraba en los dem�s, dirig� el abastecimiento, la distribuci�n y almacenaje de v�veres, el recuento, limpieza y reparaci�n de las armas, los ejercicios de la tropa, y todos los quehaceres de las jornadas normales. <strong>p</strong>ero con la misma reserva con que se rodean de una apariencia cotidiana los �ltimos momentos de alguien que nosotros, mejor que nadie, sabemos que se muere. <strong>y</strong> a�n me sobraba algo de tiempo, antes de que expiraran los breves d�as del invierno, para recobrar en mis libros un caedizo sosiego con el que enmascarar tal agon�a.</p><p><strong>n</strong>ada ocurri� en esos seis meses que merezca una especial menci�n; o sea, fueron meses venturosos. <strong>n</strong>i el amor de <strong>m</strong>oraima alcanz� los excesos de <strong>p</strong>orcuna, ni la salud del peque�o <strong>y</strong>usuf nos inquiet�. <strong>s</strong>�lo en inevitables circunstancias, cuando la realidad nos agred�a con sus rejones, escuchaba el suspiro de <strong>m</strong>oraima; sin que me dijera nada, entend�a que echaba de menos la mirada y la risa de <strong>a</strong>hmad. <strong>q</strong>ue nuestro primog�nito se hallara en poder de quienes nos amagaban el pan y el agua y el aire, era una desgracia demasiado ostensible.</p><p><strong>s</strong>in embargo, repito que a todo, hasta a la ausencia de lo que m�s ama, el hombre se habit�a. <strong>u</strong>na prueba viva me la daba <strong>f</strong>arax: se recuperaba de su desconsuelo; recog�a la vida como un trofeo de su juventud; se recreaba con los entrenamientos; se resarc�a con mi amistad y con su entrega a m�. <strong>l</strong>a primera vez que le o� re�r a carcajadas fue un d�a de diciembre en que, al salir de la sala del <strong>c</strong>onsejo, <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, que bajaba un escal�n mientras hablaba con <strong>e</strong>l <strong>c</strong>ais� que iba tras �l, se pis� la falda, lleg� trastabillando hasta la fuente del patio, y all� se cay� cuan largo era. <strong>f</strong>arax se qued� colgado de su carcajada, sorprendido �l mismo, mir�ndome con azoramiento.</p><p>��<strong>e</strong>nhorabuena -le dije-. <strong>n</strong>o te has olvidado de re�r.</p><p><strong>�</strong>l intent� recomponer su cara de tristeza, pero algo esencial hab�a cambiado. <strong>u</strong>na tarde me confes�:</p><p>��<strong>t</strong>� eres mi rey en todos los sentidos. <strong>j</strong>unto a ti he recuperado con creces cuanto me hab�a sido arrancado. <strong>t</strong>e pertenezco, se�or.</p><p>��<strong>h</strong>ay un sentido en el que no me gustar�a ser tu rey: justamente en el que lo soy para los otros.</p><p><strong>p</strong>ens� en <strong>j</strong>alib, y una leve niebla enturbi� la ma�ana. <strong>n</strong>o tard� en disiparse.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>leg� la primavera, y su dulzura agot� nuestra posibilidad de seguir enga��ndonos. <strong>d</strong>onde estuvieran, los granadinos se quedaban inm�viles de pronto, mirando el horizonte. <strong>s</strong>ub�an a los miradores, se asomaban a las murallas y oteaban por si ve�an acercarse una polvareda, o afinaban el o�do por si escuchaban aquello que tem�an.</p><p><strong>p</strong>ara un pueblo que aguarda a su enemigo, la primavera es la estaci�n mortal.</p><p><strong>f</strong>ue el 22 de abril. <strong>a</strong> la saz�n de verdear los trigos, desde <strong>a</strong>lcal� la <strong>r</strong>eal <strong>f</strong>ernando entr� en la <strong>v</strong>ega. <strong>d</strong>espu�s de estragar la tierra y de asolar las alquer�as, march� al valle de <strong>l</strong>ecr�n, que reluc�a lo mismo que un espejo feliz, y destruy�, mat� o cautiv� a cuanto hab�a vivo en �l. <strong>c</strong>uando lo vimos regresar a la <strong>v</strong>ega, sin ponernos de acuerdo, todos supimos que era para quedarse. <strong>e</strong>n la alquer�a del <strong>g</strong>ozco asent� sus reales. <strong>t</strong>ra�a una armada no menor de 40 mil peones y de 10 mil caballeros, bien provista de lo preciso para asegurar un triunfo r�pido. <strong>s</strong>u aparici�n enmudeci� a <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>a</strong>ll� estaba, delante de nosotros -como un testigo de nuestra debilidad, como un reproche por nuestros errores, como un emisario que a�n no ha decidido exponer su mensaje-, aquel campamento que llenaba los campos. <strong>l</strong>os pabellones de distintos tama�os y colores, las tiendas, las caba�as, los grandes establos, los grandes almacenes, los estandartes, las banderas: una ciudad construida s�lo para vencer, para aguardar sin prisas. <strong>p</strong>orque el modo m�s eficaz de conquistar una ciudad amurallada es cercarla por hambre. <strong>y</strong>a estaban arrasados los alrededores, desbaratadas las cosechas, desecados los pozos, trizadas las acequias; bastaba incomunicar las puertas de <strong>g</strong>ranada, cortar los caminos que descend�an de las <strong>a</strong>lpujarras, interceptar a quienes pudieran tendernos una ayuda. <strong>s</strong>in prisas; para esperar se hab�a instalado aquella ciudad de lonas y enramadas: una ciudad a la que se bautiz� con el potente nombre de <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e para darle con �l un mayor cimiento y compromiso. <strong>e</strong>n ella, por las noches, que en la <strong>g</strong>ranada de otro tiempo s�lo invitaban a la pereza y al amor, por las noches embalsamadas, desde los terrados ve�an los granadinos millares de hogueras encenderse. <strong>y</strong> o�an, o cre�an o�r, las risotadas de la soldadesca, los c�nticos con que rememoraban sus tierras, las danzas y las m�sicas. <strong>y</strong> o�an, o cre�an o�r, aquella otra m�sica m�s delicada y cortesana de las recepciones regias, cuyo ceremonial se manten�a all� igual que en los palacios, para imbuir en todos la seriedad y firmeza de la espera. <strong>y</strong> o�an el jubiloso alboroto de los festejos en los d�as de fiesta, los torneos, las bulliciosas diversiones. <strong>y</strong>, como un contrapunto, las voces de las vigilancias y el grito de los centinelas. <strong>p</strong>ara recordarnos que todo aquello estaba, en funci�n nuestra, despierto y al acecho, lo mismo que una fiera agazapada que se finge distra�da antes de dar su salto.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o mediaba a�n mayo cuando la noche entera, por <strong>p</strong>oniente, se convirti� en una descomunal fogata.</p><p><strong>l</strong>a luz era tan fuerte que, a la distancia, parec�a un amanecer rojo. <strong>l</strong>os granadinos despiertos sacudieron a los dormidos creyendo que se trataba de alguna estratagema. <strong>y</strong>o orden� que no molestaran a <strong>m</strong>oraima, y corr� con <strong>f</strong>arax a la <strong>t</strong>orre de la <strong>g</strong>uardia. <strong>a</strong>ll� estaba mi madre ya, cerca de las almenas.</p><p>��<strong>a</strong>rde el campamento, hijo.</p><p>�<strong>a</strong>rde! -gritaba trastornada por la alegr�a-. <strong>d</strong>ios est� con nosotros.</p><p><strong>e</strong>l aire de la noche acrecentaba el incendio. <strong>l</strong>legaba hasta nosotros el relincho de los caballos enloquecidos, el vocer�o de la multitud cogida en pleno sue�o, las explosiones de los polvorines que multiplicaban el desastre. <strong>m</strong>is s�bditos palmoteaban ante el espect�culo, como si fuese un esparcimiento de fuegos de artificio que una voluntad m�s inapelable que la de los hombres hubiese concebido para ellos. <strong>l</strong>a desventura del amenazador, una vez m�s, provocaba en el alma del amenazado un alivio, y despabilaba el tenue sue�o de la ilusi�n: se aplazar�a nuevamente el asedio; la suerte y <strong>d</strong>ios, como vociferaba sin cesar mi madre, se inclinaba de nuestro lado; los cristianos tendr�an que retirarse, renovar sus abastecimientos, sus viviendas, sus armas, su frenes� destructor. <strong>e</strong>l fuego se cebaba, meticuloso e insobornable, en cuanto all� se levantaba o se le interpon�a. <strong>c</strong>omo un enorme juguete que la imprevisi�n de un ni�o ha dejado prenderse, ard�a todo lo que nos acobardaba hasta ese instante; ard�a el flamear de las banderas, la magnificencia de los pabellones, las tiendas, las caba�as, los chamizos, los cuerpos. �<strong>t</strong>odo menos el odio�, pens� yo. <strong>e</strong>l aire tra�a ya hasta nosotros el olor de la carne chamuscada�</p><p><strong>t</strong>uve un escalofr�o. <strong>r</strong>efrescaba la madrugada. <strong>i</strong>magin� el calor que sentir�an, en ese infierno que estaba presenciando, los cristianos.</p><p><strong>m</strong>e amargaba la boca. <strong>m</strong>e vino a la cabeza, acaso en un momento impropio, lo balad� de todo lo humano, lo ef�mero del poder�o, lo caduco de cualquier grandeza. <strong>c</strong>omo si el fuego se hubiera levantado para que escarmentase yo en cabeza ajena.</p><p><strong>p</strong>�jaros sobresaltados hu�an del incendio; galopaban caballos sueltos en mitad de la noche.</p><p>��<strong>u</strong>na oportunidad para atacarlos -dijo despacio, sin mirarme, <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa.</p><p>���<strong>q</strong>u� ganar�amos con eso?</p><p>��pregunt� <strong>a</strong>bdalbar el <strong>a</strong>bencerraje.</p><p>��<strong>d</strong>estruirlos -grit� mi madre, que pasaba de una almena a otra almena-. �<strong>d</strong>estruirlos!</p><p>���<strong>e</strong>s que no lo est� haciendo el fuego por nosotros? -murmur�-.</p><p><strong>n</strong>o puede improvisarse una batalla.</p><p>���<strong>i</strong>mprovisar? -la c�lera enrojec�a m�s que el incendio la cara de mi madre-. <strong>l</strong>levamos ocho siglos luchando. �<strong>t</strong>oca alarma, <strong>b</strong>oabdil!</p><p><strong>m</strong>anda tocar alarma, y que salgan los hombres de <strong>g</strong>ranada a acabar lo que el fuego ha comenzado. <strong>e</strong>n la guerra no hay leyes.</p><p><strong>l</strong>a boca me amarg� m�s a�n.</p><p><strong>s</strong>ent� otro escalofr�o y el asomo de un remordimiento. <strong>p</strong>ens� en mi hijo <strong>a</strong>hmad, en los muchachos que se hab�an quedado de rehenes en <strong>c</strong>�rdoba. <strong>m</strong>ir� las llamas que sub�an al cielo. <strong>c</strong>onsider� la terrible venganza de los supervivientes. <strong>b</strong>aj� los ojos hacia la ciudad, los volv� hacia el <strong>a</strong>lbayz�n, vi a mi pueblo que cantaba y bailaba en los adarves, iluminado como por el fuego del poniente; pero cantaba y bailaba sobrecogido ante la destrucci�n del campamento que, hasta esa tarde, lo hab�a amedrentado, el campamento indomable y populoso. �<strong>s</strong>i <strong>d</strong>ios est� de nuestra parte -pens�-, continuar� est�ndolo.�</p><p>��<strong>t</strong>iene raz�n <strong>a</strong>bdalbar -dije-, �qu� ganar�amos?</p><p>���<strong>e</strong>s que no quedan hombres en <strong>g</strong>ranada? -grit� mi madre enfurecida.</p><p>��<strong>s</strong>� quedan -repuse con tristeza-. <strong>q</strong>uedan ciento cincuenta caballeros. <strong>n</strong>o s� si se improvisa una batalla, pero un ej�rcito no puede improvisarse.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>e retir� al palacio. <strong>t</strong>ranquilic� a <strong>m</strong>oraima, a la que el resplandor del fuego embellec�a.</p><p><strong>l</strong>a convenc� para que volviera a sus habitaciones. <strong>m</strong>e invadi� un gran agotamiento. <strong>c</strong>a� en el sue�o lo mismo que una piedra.</p><p><strong>n</strong>o amanec�a a�n cuando me despert� <strong>f</strong>arax.</p><p>��<strong>s</strong>e reorganizan los cristianos, <strong>b</strong>oabdil -me llam� por mi nombre.</p><p>���<strong>s</strong>e ha extinguido el incendio?</p><p>��<strong>s</strong>�. <strong>y</strong>a ha devorado cuanto hab�a que devorar. <strong>p</strong>ero el ej�rcito se reagrupa en orden de combate.</p><p><strong>s</strong>alt� de la cama. <strong>e</strong>ra cierto.</p><p><strong>a</strong>s� me lo confirm� un esp�a que llegaba jadeante. <strong>f</strong>ernando hab�a resuelto provocarnos en una escaramuza, para evitar el desaliento de sus tropas. <strong>s</strong>u proyecto era apartarnos de las murallas cuanto pudiesen, y hacernos frente entonces, no para herirnos ni matarnos, sino para entrarse por la puertas de la ciudad, aunque fuese revueltos con nosotros, muriese quien muriese. <strong>a</strong>bul <strong>k</strong>asim era el nombre del esp�a, no s� por qu� me acuerdo: como el de mi visir y el de mi alguacil mayor. <strong>r</strong>esbalaba ya la luz por la <strong>s</strong>ierra <strong>s</strong>olera. <strong>u</strong>na luz cenicienta, que nos dejaba ver el inmenso campo tambi�n ceniciento en que <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e se hab�a transformado. <strong>a</strong>�n brotaban bocanadas de humo; el olor a la carne quemada no es opuesto al acre olor de las batallas. <strong>s</strong>�bitamente supe con claridad lo que ten�a que hacer, lo que iba a hacer.</p><p>��<strong>n</strong>o s� si es imposible o no improvisar una batalla, <strong>f</strong>arax; pero lo vamos a saber antes del mediod�a. <strong>c</strong>uando termine de amanecer, saldremos por la <strong>p</strong>uerta de <strong>e</strong>lvira. <strong>q</strong>ue llamen a mi gente.</p><p>�<strong>a</strong> rebato! <strong>l</strong>a ventaja de tener un ej�rcito tan chico es que se junta pronto. <strong>a</strong>hora s� que ha llegado el final.</p><empty-line/><p><strong>f</strong>arax fue a encontrame en los ba�os de mi casa cuando acab� de transmitir mis �rdenes. <strong>s</strong>e desnud� despacio. <strong>y</strong>o me hallaba en la sala de la estufa. <strong>e</strong>ntr� inocente y fuerte, enjuto y aplomado. <strong>a</strong>l acercarse, las luces coloreadas de la claraboya le manchaban el cuerpo de verde, de rojo, de azul. <strong>n</strong>o apartaba sus ojos de m�, como imantados por los m�os. <strong>y</strong>o recorr� con la mirada su hermoso cuerpo.</p><p><strong>l</strong>uego, ya, con la mano. <strong>n</strong>os amamos furiosamente en la sala de reposo. <strong>n</strong>unca he hecho con tan devastadora fruici�n, con tal ferocidad, los gestos del amo. <strong>p</strong>arec�a que los est�bamos haciendo ambos por primera vez. �<strong>o</strong> era que los hac�amos por �ltima?</p><empty-line/><p><strong>n</strong>os ungieron los masajistas con el estricto rigor que suelen antes de un peligro. <strong>d</strong>espu�s ped� ropas limpias para <strong>f</strong>arax y para m�, y mand� que llevaran mis armas al palacio de mi madre y que convocaran all� a las mujeres: no era la primera vez que nos desped�amos mientras me armaba.</p><p><strong>l</strong>a ma�ana se anunciaba radiante y c�lida. �<strong>e</strong>l sol espejear� pronto en esta alberca�, pens�. <strong>m</strong>i intenci�n era quitarle importancia a palabras y gestos. <strong>c</strong>on el alm�far en la mano, antes de encasquet�rmelo, imagin� el calor que no tardar�a en darme. �<strong>p</strong>ero no durar�.�</p><p><strong>c</strong>on tono indiferente dije:</p><p>��<strong>p</strong>erdonad todos los enojos que hay�is recibido de m�. <strong>s</strong>on muchos, ya lo s�. <strong>p</strong>erdon�dmelos.</p><p><strong>e</strong>l rostro de <strong>m</strong>oraima se contrajo. <strong>r</strong>ompi� a llorar sin ruido.</p><p><strong>m</strong>e sorprendi� la mansedumbre de aquel llanto. <strong>l</strong>a atraje con el brazo izquierdo hacia m�. <strong>s</strong>e resisti� como un ni�o con el que uno quiere congraciarse despu�s de una azotaina indebida.</p><p>���<strong>q</strong>u� novedad es �sta, <strong>b</strong>oabdil? -pregunt� mi madre con voz alterada.</p><p>��<strong>n</strong>o es novedad ninguna. <strong>d</strong>�jalo.</p><p>��<strong>p</strong>or la obediencia que me debes, dime qu� quieres hacer y ad�nde vas.</p><p>��<strong>v</strong>oy a donde la obediencia que te debo me exige. <strong>a</strong>noche, en el adarve, preguntaste si es que no quedan hombres en <strong>g</strong>ranada. <strong>s</strong>� quedan. <strong>y</strong> vamos a cumplir con nuestra obligaci�n.</p><p><strong>l</strong>o m�s brevemente que me fue posible le expuse mi plan: no permanecer�amos mano sobre mano aguardando el ataque; era mejor suavizarlo aguantando la primera embestida; cuando los cristianos, atra�dos por nosotros hacia las murallas, nos siguieran, se encontrar�an en ellas con los granadinos restantes, que los acribillar�an; a la noche, retornar�amos. <strong>p</strong>ero no era verdad. <strong>n</strong>o era eso -o no era s�lo eso- lo que yo maquinaba. <strong>m</strong>i madre, que me atend�a con los ojos cada vez m�s abiertos, lo intuy�: me hab�a o�do decir lo que yo no hab�a dicho. <strong>y</strong><strong>m</strong>oraima, que lloraba con sollozos ahora, tambi�n. <strong>l</strong>as mujeres que las acompa�aban empezaron una a una a lanzar sus lamentos. <strong>s</strong>e hab�a complicado todo m�s de lo que supuse.</p><p><strong>h</strong>ice un enojado adem�n de marchar.</p><p><strong>i</strong>nterponi�ndose, mi madre me retuvo.</p><p>��<strong>b</strong>uscas una salida que no existe, <strong>b</strong>oabdil. <strong>t</strong>e conozco. <strong>i</strong>ntentas salir por una puerta que est� s�lo pintada en la pared. -<strong>a</strong>nte sus ojos, me sent� transparente.<strong>r</strong>ecapacita. �<strong>a</strong> qui�n nos encomiendas a nosotras, a tus hijos, a esta ciudad, a este pueblo? <strong>a</strong> mal recaudo nos dejas: si tu desapareces, el que no muera ser� esclavo. <strong>p</strong>ara las grandes ocasiones son los grandes consejos.</p><p>��<strong>n</strong>o te comprendo.</p><p>��<strong>s</strong>� me comprendes -sus ojos chispeaban.</p><p>��<strong>m</strong>ejor es morir de una vez que, vivo, morir muchas.</p><p>��<strong>s</strong>iempre que murieras t� s�lo y se salvasen los dem�s. �<strong>h</strong>asta para morir vas a ser ego�sta? <strong>d</strong>espierta. �<strong>d</strong>e qu� va a servirnos tu muerte, <strong>b</strong>oabdil?</p><p><strong>s</strong>u barbilla, no del todo desprovista de vello, temblaba no s� si de dolor o de ira. <strong>u</strong>na vez m�s comprob� que mi madre nunca estar�a de acuerdo con nada que yo hiciese.</p><p>��<strong>d</strong>�jame -dije libr�ndome de ella-. <strong>l</strong>os soldados me esperan.</p><p>��<strong>n</strong>o te dejar� -volvi� a asirme- sin que me jures que no te arriesgar�s, ni permitir�s que nuestra gente se aparte de las puertas. -<strong>a</strong>garraba el tahel�, y me lo pon�a ante la cara.- <strong>j</strong>�ralo.</p><p>�<strong>j</strong>�ralo sobre el <strong>c</strong>or�n!</p><p>���<strong>p</strong>or qu� jurar? �<strong>e</strong>s que nos oye <strong>d</strong>ios? �<strong>e</strong>s que nos mira? �<strong>n</strong>o ves ad�nde hemos llegado? -<strong>s</strong>e lo dec�a en voz baja e intensa, para que s�lo ello lo escuchara.<strong>a</strong>di�s, madre.</p><p><strong>l</strong>e bes� la mano. <strong>a</strong><strong>m</strong>oraima, que ahora apoyaba su cuerpo contra el m�o, le bes� las mejillas: not� el sabor de las l�grimas. <strong>p</strong>or encima de su hombro, vi en la puerta principal a <strong>f</strong>arax, que me hac�a se�as de que me apresurara. <strong>c</strong>on la mano cubierta por el guantelete, me desped� de las mujeres, que arreciaban sus lamentaciones como si me tuviesen ya muerto ante ellas, y sal� de la <strong>a</strong>lhambra.</p><p><strong>a</strong> las puertas de la ciudad, los soldados me esperaban, ruidosos y no muy ordenados. <strong>v</strong>erifiqu� qu� pocos eran.</p><p>��<strong>h</strong>�blales -me recomend� <strong>a</strong>bdalbar-. <strong>d</strong>ales �nimo. <strong>v</strong>an a necesitarlo -mi expresi�n le indic� que me resist�a a hacerlo-.</p><p><strong>h</strong>�blales, <strong>b</strong>oabdil. <strong>e</strong>s la costumbre. <strong>s</strong>obre todo en la �ltima batalla -suplic�.</p><p><strong>s</strong>in esforzar la voz, les dirig� unas cuantas frases, que sus oficiales repet�an:</p><p>��<strong>a</strong>migos m�os soldados: hoy no pelear�is para satisfacer la ambici�n de un sult�n. <strong>h</strong>oy no pelear�is por la independencia de vuestra patria. <strong>h</strong>oy no pelear�is tampoco para glorificar a <strong>d</strong>ios, ni para propagar la fe, ni para defenderla, ni para ganaros el <strong>p</strong>ara�so.</p><p><strong>p</strong>or todo eso pelearon vuestros antepasados. <strong>h</strong>oy os toca a vosotros pelear por vosotros: por vuestras casas, por vuestra ciudad, por el huerto que am�is, por los bienes que os costaron sudores. <strong>y</strong> por todo lo que est� dentro de vuestros hogares: el honor de las mujeres, el amor de las esposas, la doncellez de las hijas. <strong>h</strong>oy pelear�is por la vida. <strong>y</strong>, si mor�s, morir�is por la vida. <strong>q</strong>ue ella nos bendiga a todos.</p><p><strong>a</strong>brieron la puerta. <strong>s</strong>al� al galope por ella. <strong>f</strong>arax me segu�a; <strong>a</strong>bdalbar iba a mi izquierda.</p><p>��<strong>c</strong>uando atraviese el �ltimo soldado, que atranquen las puertas.</p><p><strong>y</strong> que no se abran sino por orden m�a.</p><p>���<strong>e</strong>s que quieres llevarlos al matadero? -me pregunt� <strong>a</strong>bdalbar.</p><p><strong>f</strong>ren� el caballo. <strong>v</strong>olv� la cara y lo mir� sin contestarle.</p><p>��<strong>q</strong>ue no abran las puertas desde ahora sino por orden m�a -insist�; luego me ech� a un lado para dejar pasar a la tropa, y le grit�-: <strong>n</strong>o os separ�is los unos de los otros por ninguna raz�n. <strong>n</strong>o os separ�is: os va en ello la vida.</p><p>��<strong>p</strong>oca les queda ya -o� que murmuraba <strong>a</strong>bdalbar.</p><p><strong>s</strong>in atenderle, levant� la mano.</p><p><strong>n</strong>o mir� hacia atr�s: sab�a que all� estaba <strong>f</strong>arax. <strong>a</strong> �l le advert�.</p><p>��<strong>t</strong>�, conmigo.</p><p><strong>g</strong>alop� hacia un alto pr�ximo a la muralla. <strong>s</strong>obre ella ve�a a los granadinos que se hab�an quedado en la ciudad -ni�os, viejos, inv�lidos-, y a las mujeres con ellos, dispuestos a derrotar a los cristianos en cuanto se acercasen.</p><p>�<strong>e</strong>st�pidos�, pens�. �<strong>n</strong>o, inconscientes�, pens�. <strong>s</strong>ent� piedad por ellos y algo muy parecido a la ternura. �<strong>l</strong>os estoy viendo, y dentro de muy poco no los ver� ya m�s.</p><p><strong>a</strong>hmad, mi hijo, est� en <strong>m</strong>ocl�n, ignorante de lo que aqu� sucede; <strong>m</strong>oraima y <strong>y</strong>usuf me aguardar�n en vano.� <strong>v</strong>i el ej�rcito enemigo, impaciente, piafante como sus caballos, ordenado. <strong>s</strong>in darme cuenta, buscaba con los ojos a <strong>g</strong>onzalo <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba; no lo encontr�. <strong>p</strong>ensaba: �<strong>p</strong>ara unas fauces tan grandes, somos s�lo un bocado. <strong>c</strong>uanto antes seamos engullidos, mejor.� <strong>m</strong>and� avanzar un poco. �<strong>e</strong>s como una corrida de toros: se cita al animal movi�ndose ante �l para que se arranque y embista. <strong>s</strong>eguramente es lo mismo que ellos planean. <strong>e</strong>l triunfo del que corre bien toros consiste en no perder la iniciativa. <strong>l</strong>os cristianos quieren que nos alejemos lo m�s posible de las murallas para correr luego m�s de prisa que nosotros, e impedir nuestra vuelta, y ganarnos la mano en las entradas.�</p><p>���<strong>e</strong>sperad ya! �<strong>d</strong>eteneos! �<strong>y</strong>a basta! -mand�.</p><p>��<strong>s</strong>e acercan -era la voz de <strong>f</strong>arax.</p><p><strong>m</strong>e volv�. <strong>e</strong>staba tenso, absorto en el ej�rcito contrario, de pie sobre los estribos, estirado el cuello de un modo incre�ble. <strong>e</strong>ra un ni�o atento a su tarea.</p><p>��<strong>v</strong>an a atacarnos. �<strong>n</strong>os atacan! -dec�a como para s� mismo.</p><p><strong>e</strong>n efecto, nos atacaban. <strong>p</strong>ero, en lugar de concentrarse, se abr�an como un gran abanico. �<strong>p</strong>retend�an envolvernos? <strong>a</strong>barcaban un frente mucho mayor que el nuestro. <strong>s</strong>e divid�an en numerosos cuerpos. <strong>s</strong>e adelantaban todos a la vez, seguros y ligeros. <strong>a</strong>ntes de que me diera tiempo a entender ni a decidir, <strong>a</strong>bdalbar baj� al galope la cuesta.</p><p><strong>m</strong>e distrajo su repentina decisi�n, tomada sin consultarme ni explicarse. <strong>b</strong>ast� ese instante de distracci�n; cuando mir� de nuevo, mis hombres se divid�an tambi�n. <strong>i</strong>ntentaban responder a los distintos cuerpos atacantes; vacilaban de uno en otro, sin orden ni concierto.</p><p><strong>a</strong>bdalbar impart�a desesperadas �rdenes. <strong>t</strong>odo era in�til. <strong>o</strong> no: acaso para lo que yo deseaba nada era in�til.</p><p>��<strong>t</strong>e dejo, se�or -grit� <strong>f</strong>arax incontenible.</p><p>���<strong>t</strong>e mando que te quedes! -le dije a voz en cuello: tanto, que mi voz se oy� por encima del encarnizado ruido de los encuentros de abajo.</p><p><strong>e</strong>l polvo se espesaba; apenas nos permit�a adivinar, pero el coraje de mis hombres reluc�a hasta velado por el polvo. <strong>u</strong>n solapado orgullo me hizo respirar hondo.</p><p>��<strong>b</strong>ravos, bravos -dije volvi�ndome a <strong>f</strong>arax-. <strong>p</strong>ero ya, �para qu�?</p><p><strong>f</strong>arax, m�s excitado de lo que puede describirse, no me oy�. <strong>d</strong>aba golpes al aire con su espada, agitaba la cabeza, re�a y lloraba a la vez. <strong>e</strong>ra un ni�o apasionado por un juego al que ve jugar a otros m�s afortunados que �l.</p><p><strong>s</strong>e multiplicaban los encuentros parciales. <strong>m</strong>is hombres estaban despilfarrando su valor. <strong>c</strong>uatro, diez, veinte cristianos por cada musulm�n, aislado de los suyos. <strong>y</strong>, de repente, por ambos lados, desde lejos, vi acercarse dos nubes de polvo. <strong>l</strong>o que tem�: nos envolv�an.</p><p><strong>l</strong>as alas de su ej�rcito, ocultas hasta ahora, tra�an reservas contra mis hombres fatigados. <strong>c</strong>on otra artima�a, <strong>f</strong>ernando me venc�a de nuevo. <strong>m</strong>i coraz�n, que hab�a latido hasta entonces a su comp�s, sin aceleraci�n ninguna, se arrebat�. <strong>s</strong>ent� a la vez odio y c�lera. <strong>u</strong>n odio y una c�lera ciegos contra aquellos extra�os que en lo �nico que nos aventajaban era en fuerza: m�s fuerza que nosotros y m�s odio y m�s c�lera. <strong>s</strong>i el deseo matara, delante de m� en ese instante habr�an muerto todos. <strong>l</strong>os refuerzos -a la cabeza de uno de ellos cre� ver a don <strong>g</strong>onzalofraccionaban m�s a�n a mi gente.</p><p><strong>m</strong>is peones retroced�an. <strong>n</strong>o porque se hubiesen puesto de acuerdo, ni por obedecer orden alguna: trataban de salvarse simplemente. <strong>m</strong>ir� a <strong>f</strong>arax. <strong>t</strong>en�a una mano delante de los ojos.</p><p>���<strong>a</strong>delante, <strong>f</strong>arax!</p><p><strong>s</strong>alt� como si le hubiese dado un golpe con la espuela:</p><p>��<strong>y</strong>a era hora.</p><p><strong>n</strong>os adentramos entre los que luchaban. <strong>m</strong>e escoltaban s�lo unos cuantos negros: los que quedaban de la guardia real. <strong>p</strong>rocur� reunir a los caballeros desperdigados; no lo consegu�. <strong>l</strong>a infanter�a cejaba hacia las murallas. �<strong>e</strong>n un combate, hasta el final no se sabe qui�n gana: es todo tan confuso. <strong>e</strong>n tanto dura, s�lo pierde quien muere.�</p><p><strong>c</strong>omo si me hubiesen escuchado, todos a una, girando ante el empuj�n del instinto, mis peones corr�an ya, sin remilgos, dando esta vez la espalda no a la muralla, sino al enemigo. <strong>m</strong>is caballeros, que no tardaron en percibirlo, flaqueaban. <strong>o</strong>� las voces de <strong>f</strong>arax:</p><p>���<strong>a</strong>brid las puertas! �<strong>q</strong>ue abran las puertas!</p><p>���<strong>n</strong>o! �<strong>n</strong>o! -grit�; pero supe que las abrir�an: �l era mi porta�rdenes.</p><p>��<strong>o</strong> volvemos, o esta noche <strong>g</strong>ranada ser� suya -me dijo.</p><p>���<strong>n</strong>o! -volv� a gritar.</p><p><strong>m</strong>i guardia hab�a sido separada de m�. <strong>s</strong>ent� un golpe en el capacete; no dolor, s�lo el golpe. <strong>n</strong>o s� ni qui�n me hiri�, ni si lo her� al responder. <strong>e</strong>n una batalla no se sabe nada si se est� dentro de ella. <strong>j</strong>ustifiqu� la desobediencia de mis tropas: s�lo los avezados y los expertos en batallas tienen clara la mente para ver qu� conviene. <strong>l</strong>o otro es el alboroto, el caos, el embrollo. �<strong>e</strong>sto no es una batalla: es una humillaci�n.�</p><p>��<strong>v</strong>amos, se�or. <strong>v</strong>amos. �<strong>d</strong>e prisa! -era <strong>a</strong>bdalbar, que refrenaba su caballo junto a m�.</p><p>��<strong>v</strong>e. <strong>t</strong>� ve. <strong>y</strong>a voy yo.</p><p><strong>u</strong>nas palomas grises volaban por el cielo azul, por encima del polvo y la barbarie. �<strong>t</strong>ontunas. �<strong>q</strong>u� hacen ah� arriba esas palomas en lugar de los buitres? �<strong>q</strong>u� hacemos aqu� abajo nosotros?� <strong>d</strong>ej� de pensar. <strong>e</strong>spole� mi caballo. <strong>m</strong>e lanc� hacia adelante. <strong>j</strong>unto a m� s�lo hab�a un par de jinetes de mi guardia y <strong>f</strong>arax. <strong>m</strong>e habr�a gustado tropezarme con <strong>g</strong>onzalo de <strong>c</strong>�rdoba; que al menos fuera �l quien� <strong>p</strong>ero ya daba igual.</p><p><strong>q</strong>uien fuese. <strong>a</strong>delante. <strong>m</strong>e sorprend� diciendo adi�s a voces. <strong>y</strong>a no hab�a nadie m�o cerca de m�.</p><p><strong>a</strong>unque quisiera evitarlo ahora, no podr�a. <strong>e</strong>staba bien. <strong>h</strong>ab�a estado bien. <strong>n</strong>o pensaba. <strong>n</strong>ada recuerdo de un modo concreto y distinto, sino como entre la niebla del sue�o que nos hunde y agita, donde ninguno de sus componentes tiene una estricta raz�n de ser. <strong>s</strong>i me esfuerzo hoy, veo un ojo desorbitado, una t�nica rasgada de la que mana sangre, una mano sin cuerpo sobre el suelo, el rostro angelical y rubio de un muchacho, una boca vomitando sangre, una extra�a mueca que remedaba -o era- una sonrisa.</p><p><strong>s</strong>�lo ten�a conciencia de que espoleaba a mi caballo. <strong>y</strong>, en medio del ruido estent�reo, de los alaridos, las quejas, los choques, las carreras, los mandatos, el v�rtigo de la muerte, o� con toda precisi�n un galope detr�s de m�. ��<strong>p</strong>or qu� oigo ese galope?�, me preguntaba, cuando, de un sablazo, alguien cort� mis bridas. <strong>l</strong>uego, con el sable de plano, golpe� el anca de mi caballo, y le hizo dar media vuelta.</p><p><strong>p</strong>or fin, pinch�ndolo en la grupa, lo puso al galope. <strong>c</strong>ontra mi voluntad, como una centella, vol� hacia <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>v</strong>i lo que a�n subsist�a de mi ej�rcito -�<strong>l</strong>lamar ej�rcito a esto�- correr ante m�. <strong>a</strong>tardec�a.</p><p>�<strong>a</strong>tardec�a? <strong>n</strong>o lo s�. <strong>q</strong>uiz� el sudor, el polvo, el mareo de los encontronazos, alguna abolladura que presionaba� <strong>n</strong>o lo s�. <strong>p</strong>asaba el campo a un lado y otro m�os. <strong>e</strong>ra el campo quien pasaba, no yo: tan desbocado iba mi caballo. <strong>h</strong>ab�an abierto las puertas de par en par. �<strong>f</strong>ui el �ltimo en pasar? <strong>o</strong>�: ��<strong>a</strong>hora! �<strong>y</strong>a! �<strong>y</strong>a!�</p><p><strong>o</strong>� el estruendo del portazo, el caer de las gruesas trancas, los primeros mandobles encolerizados contra los maderos chapados. <strong>o</strong>� el griter�o sobre las murallas. <strong>n</strong>o distingu� si era de pena o de alegr�a. �<strong>t</strong>ambi�n los derrotados aman la vida a veces�� <strong>a</strong> favor de querencia, mi caballo, con el que todav�a no me hab�a hecho del todo y que no obedec�a mi voz, sub�a igual que un rayo, a pesar de su agotamiento, la cuesta de la <strong>s</strong>abica camino de la <strong>a</strong>lhambra.</p><p>��<strong>p</strong>erd�name -era <strong>f</strong>arax, que se pon�a a mi altura. <strong>n</strong>o le quise mirar.</p><p>��<strong>h</strong>as sido t�, �verdad?</p><p>��<strong>p</strong>erd�name.</p><p>��<strong>t</strong>odo me ha traicionado: t� y la muerte.</p><p>��<strong>p</strong>erd�name.</p><p>��<strong>c</strong>re� que morir era mucho m�s f�cil.</p><p>��<strong>c</strong>uando llega la hora de cada cual, lo es.</p><p><strong>f</strong>arax retrocedi� unos pasos, e insisti� con voz suplicante:</p><p>��<strong>p</strong>erd�name, se�or.</p><p><strong>d</strong>ej� pasar unos momentos:</p><p>��<strong>e</strong>sta ma�ana me llamaste <strong>b</strong>oabdil.</p><p><strong>�</strong>l avanz� de nuevo hasta mi altura, y atravesamos juntos la puerta de la <strong>a</strong>lhambra.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> la ma�ana siguiente los granadinos vimos, desde las murallas altas, un extraordinario movimiento en el lugar donde hab�a estado el real cristiano. <strong>a</strong>l principio nos regocijamos creyendo que se preparaban para levantar el cerco y retirarse. <strong>p</strong>or la tarde supimos la verdad. <strong>l</strong>a reina hab�a llegado temprano con sus hijos desde <strong>a</strong>lcal� la <strong>r</strong>eal, donde resid�a. <strong>c</strong>onvers� aparte con su esposo, y los dos comunicaron su resoluci�n a los maestres y a los capitanes: no era prudente dar su brazo a torcer; no era prudente aplazar la tarea. <strong>l</strong>as decisiones hab�a que tomarlas en caliente, �y m�s caliente que despu�s del incendio es imposible�, brome� la reina. <strong>a</strong> partir de ese mismo d�a -es decir, ya- se comenzar�a a construir un campamento que no pudiera arder; una ciudad de f�brica, con cimientos de piedra verdaderos, y verdaderas calles y verdaderos pozos. <strong>a</strong> medida que el asedio se prolongara, crecer�a y se asentar�a la ciudad. <strong>c</strong>on m�s motivos que antes, se llamar�a <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e. <strong>l</strong>os musulmanes tendr�amos que bebernos con los ojos la inamovible provocaci�n de los cristianos. <strong>s</strong>e propon�an levantar ante nosotros una prueba tangible, la mejor, de que no se ir�an: una demostraci�n a prueba de lluvias y de fuego, de desalientos y vacilaciones. <strong>l</strong>a reina lo hab�a dicho:</p><p>��<strong>n</strong>o quiero ej�rcitos con los brazos ca�dos. <strong>m</strong>ientras se rinden los infieles, haremos algo bueno: un cuartel atrincherado como una ciudad, que dure m�s que nosotros mismos, y que haga preguntarse a los que despu�s vengan si es que est�bamos locos. <strong>p</strong>or esta <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e subiremos a la <strong>a</strong>lhambra. �<strong>a</strong> trabajar, soldados! <strong>n</strong>uestro <strong>d</strong>ios no es s�lo el <strong>d</strong>ios de las batallas, sino el de los hermosos campamentos con torres, fosos, muros, puertas y caballerizas. <strong>a</strong> santiguarse y a trabajar, soldados.</p><p><strong>l</strong>os granadinos y los evacuados de las proximidades, despu�s de ver c�mo cavaban las primeras zanjas y trazaban con cal el extenso contorno; despu�s de ver clavar los estandartes y distribuir las batallas; despu�s de ver llegar en carros, desde las alquer�as destruidas, los materiales para una duradera construcci�n, ya no tuvimos dudas. <strong>a</strong>quella noche nos acostamos pronto: nos fuimos a nuestras casas en silencio; cuando dej� de divisarse el asiento cristiano, se vaciaron las plazuelas. <strong>a</strong> pesar de ser mayo, no ten�a nadie ganas de cantar. <strong>e</strong>l agua de los aljibes y las fuentes corr�a solitaria, no escuchada por nadie. <strong>d</strong>esde mi alcoba -<strong>f</strong>arax segu�a durmiendo desde la noche anterior-, <strong>m</strong>oraima y yo o�mos gorjear un ruise�or. <strong>p</strong>ens� que estaba fuera de lugar aquel canto de intrepidez y gloria. <strong>a</strong> punto estuve de mandarlo matar.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>ontar lo sucedido en los meses que siguieron no es empresa sencilla. <strong>p</strong>rocurar� -ahora que me es posible- olvidarme de m�; procurar� quedarme al margen, aunque al margen estuve un poco siempre, o consiguieron que estuviese. <strong>p</strong>rocurar� ser objetivo, y no mezclar en el relato mis sentimientos de fracaso y decepci�n, la inestabilidad, e incluso el desequilibrio, que me pose�an, y que me empujaron a mudarme, sin razones evidentes y con frecuencia, desde la <strong>a</strong>lhambra a la alcazaba del <strong>a</strong>lbayz�n, y viceversa. <strong>p</strong>rocurar� enumerar los hechos de manera ordenada, si es que se puede enumerar con orden el desorden sin falsearlo: para describir los objetos que componen un informe mont�n, hay que extraerlos de uno en uno, individualizarlos, catalogarlos, aunque volvamos luego a revolverlos como estaban.</p><p><strong>d</strong>espu�s de mucho reflexionar sobre el episodio m�s trascendental de mi vida p�blica (aquel en que el destino me hab�a acorralado, y en el que ni siquiera se esperaba de m� otro gesto que el de acatar su fallo), he concluido que a las negociaciones con los reyes cristianos se lleg� por tres v�as, conducentes las tres a la misma meta, pero no siempre paralelas. <strong>a</strong> trav�s de ellas me propongo exponer los hechos con la visi�n de hoy, m�s completa y m�s clara que la que entonces tuve. <strong>l</strong>os cronistas -a�n los m�s afectos, como <strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza- s�lo tendr�n en cuenta una u otra de las v�as, y las tres eran simult�neas.</p><p><strong>l</strong>a primera fue la situaci�n de la ciudad, m�s desastrosa cada d�a, que saltaba a la vista, aunque no en todo caso saltasen a la vista sus or�genes o sus agravantes. <strong>l</strong>a segunda v�a no fue nada f�sico, ni perceptible por los ciudadanos granadinos, desdichados protagonistas -no agentes, sino pacientesde la primera; esa segunda v�a la recorrieron subrepticiamente mis apoderados y los del rey de <strong>c</strong>astilla. <strong>l</strong>a tercera, invisible no s�lo para los granadinos sino hasta para m�, fue una tortuosa mara�a de infidelidades, subterfugios y argucias, con las que ciertos personajes de ambas cortes -doloroso es reconocer que, sobre todo, de la m�a- se beneficiaron a costa de mi <strong>r</strong>eino. <strong>y</strong>, finalmente, ser� innecesario insistir en que la realidad es siempre m�s compleja que el relato de la realidad; como aquel informe mont�n de objetos a que me refer�a es m�s complejo que la suma o la enumeraci�n de todos los objetos. <strong>p</strong>orque estas tres v�as de que hablo no eran independientes entre s�, ni siquiera estaban trazadas con nitidez; seg�n la conveniencia de quienes las utilizaban, ellas se enfrentaban o coincid�an, se entrecruzaban o se superpon�an.</p><p><strong>e</strong>ran los cambiantes intereses de las personas y los pormenores acumulados del ambiente general los que las dibujaron y rigieron.</p><p><strong>a</strong> partir del mes de junio <strong>g</strong>ranada fue una ciudad que hab�a perdido la cabeza, y no aludo solamente a m�, que continuaba siendo su cabeza m�s nominal que efectiva.</p><p><strong>d</strong>e una forma impalpable, pero progresiva y r�pida, fue siendo dominada por el p�nico y por una sombr�a sensaci�n de cat�strofe.</p><p><strong>a</strong>l comienzo, el pueblo reaccion� con una especie de taciturna resignaci�n: como en esos casos en que, dada por supuesta una inevitable desgracia, no se menciona en las conversaciones. <strong>l</strong>as gentes intentaban no ya hacer su vida habitual, pero al menos que pareciera habitual lo que hac�a; salvo salir fuera de las murallas -impedimento que ya era mortal para los agricultores-, se consegu�a una imitaci�n bastante tolerable de la normalidad. <strong>p</strong>ero, poco a poco, lo que hab�a de falso en esa convivencia exacerb� los �nimos. <strong>n</strong>o s�lo el estar encerrados, sino la conciencia de estarlo, y la muda y rec�proca interdicci�n de reconocerlo en p�blico, crearon tensiones, suscitaron reyertas y fomentaron pendencias. <strong>u</strong>nos barrios se pregonaban preferidos ante otros; unos gremios friccionaban -lo que no hab�a ocurrido antes- con los vecinos; unos ciudadanos conminaban a la abolici�n de lo que calificaban de privilegios ajenos. <strong>d</strong>e modo imperceptible, o apenas perceptible, los pobres, que en <strong>g</strong>ranada se hab�an caracterizado por su particular alegr�a tan a menudo envidiada por los ricos, al perder tal alegr�a, se sublevaron contra �stos, que, seg�n los pobres ahora entristecidos, nunca hab�an perdido, y no perder�an aunque la ciudad se perdiera. <strong>l</strong>as levas, que afectaban a unos y a otros, pesaban m�s sobre los pobres, cuyos medios de subsistencia depend�an de sus manos, llamadas a servir al <strong>r</strong>eino, por cuyo bien com�n abandonaban o relegaban el propio. <strong>l</strong>as exacciones, imprescindibles para el armamento y el sost�n del ej�rcito y para la construcci�n de las defensas con que oponernos al cerco, afectaban por el contrario principalmente a los ricos. <strong>c</strong>on lo cual el costo de la guerra -ni siquiera de la guerra, s�lo de la resistencia- desagradaba a todos. <strong>y</strong> a�n m�s si consideraban, como lo hac�an, que era in�til seguir. <strong>l</strong>a ilusi�n era irrecuperable para ricos y pobres, y el derrotismo los agobiaba por igual.</p><p><strong>l</strong>os campesinos, ante los campos incultos, se hundieron en una consternaci�n hostil. <strong>s</strong>e les ve�a, no bien amanecido, acodados en las murallas, columbrando con ojos h�medos las eras de la <strong>v</strong>ega, las almunias, los huertos, las pardas rastrojeras en que se hab�an convertido sus lujuriantes plantaciones. <strong>e</strong>s imposible que quien no ame la tierra como nuestros labriegos la aman, quien no haya trabajado en su min�scula y mimosa artesan�a, con la que no doblegan, sino que acarician y embellecen a la naturaleza, adorn�ndola hasta transformarla de abrupta en d�cil con sus bancales, sus acequias y sus puntuales riegos, es imposible, digo, que sienta, como sent�an ellos cada ma�ana, la voz de esa naturaleza que llamaba a cada uno por su nombre y lo reclamaba y lo a�oraba, por encima de quienes fueran los due�os por razones pol�ticas, asunto que a ellos no les concern�a y que hab�an acabado por odiar. <strong>t</strong>anto que, ociosos y resentidos, se dedicaban por entero a conspirar, a urdir venganzas y a atajar por el camino que m�s derecho los llevase a su reencuentro con la tierra.</p><p><strong>e</strong>l comercio, que se desperezaba en cada alba y se enriquec�a en nuestros zocos; que proporcionaba bienestar y comodidad a nuestros artesanos, cuyos productos sal�an de <strong>g</strong>ranada en las manos de quienes aportaban los de otras geograf�as; que creaba apretados lazos, los �nicos irrompibles en principio, sobre montes y mares, se ausent�.</p><p><strong>l</strong>a ciudad consum�a lo que ella misma fabricaba, pero no todo lo que fabricaba, ni a medida que lo fabricaba. <strong>m</strong>uchos mercaderes, ocupados en el lujo, quedaron sin empleo, y los dem�s, ante la disminuci�n o desaparici�n de las demandas, dejaron de producir las cantidades que antes produc�an.</p><p><strong>l</strong>as operaciones de mayor envergadura, los cambios de moneda, las importaciones, los tr�ficos internacionales y mar�timos, fueron abolidos. <strong>y</strong> los perjudicados tampoco hallaban una raz�n ideol�gica o cordial que los compensase de su p�rdida.</p><p><strong>e</strong>n cuanto a los soldados, se ve�an en tal inferioridad de condiciones, y contaban con tan poca simpat�a de los ciudadanos, que inspiraban pena en lugar de admiraci�n o de respeto. <strong>s</strong>er soldado en tiempos de derrota es tan ingrato como ser alfaqu� en tierra de infieles. <strong>p</strong>or otra parte, la flor de nuestro ej�rcito hab�a perecido, durante los inmisericordes meses anteriores, en las algaras emprendidas para mantenerlo saludable y vibrante. <strong>e</strong>n las tierras de <strong>a</strong>lfacar y <strong>p</strong>uliana, en <strong>m</strong>aracena o en <strong>t</strong>af�a, en <strong>y</strong>amur, en el <strong>j</strong>arag�i, en <strong>a</strong>rmilla y en el <strong>r</strong>ebite o el <strong>m</strong>onachil, quedaron muertos nuestros mejores guerreros, o de all� regresaron inutilizados por sus heridas. <strong>t</strong>al era nuestra realidad, aunque las p�rdidas de los cristianos fuesen dobles o triples, que nunca fueron tantas, aunque, para no darnos por vencidos antes de que nos vencieran, nos hubiese parecido vital esa sangr�a.</p><p><strong>m</strong>oralmente, pues, la situaci�n era irremisible. <strong>y</strong> lo era desde mucho tiempo antes de que se manifestase como tal para los granadinos.</p><p><strong>e</strong>n cuanto al abastecimiento, nuestra insuficiencia no era a�n comparable a la que padecieron hasta su rendici�n <strong>m</strong>�laga o <strong>b</strong>aza, pero tambi�n es cierto que los granadinos y los refugiados ya no pod�an achacar a nadie el hundimiento del <strong>i</strong>slam: su rendici�n no era una rendici�n m�s, ni su entrega otra m�s, sino la entrega y la rendici�n de cuanto sus creencias y sus abuelos fueron, les ense�aron a ser y los animaron a defender desde hac�a siglos. �<strong>q</strong>u� les importaba que <strong>g</strong>ranada no pudiese conquistarse por asalto ni por sorpresa, y s� s�lo por un sitio que ser�a muy largo y que acaso diera tiempo a alguna alternaci�n?</p><p>�<strong>q</strong>u� les importaba que el aislamiento infligido por los cristianos no fuese total, y quedaran exentas de �l las cuencas altas del <strong>d</strong>arro y del <strong>g</strong>enil, con los frutos de la huerta y de la ganader�a de las vegas de <strong>z</strong>enes, de <strong>d</strong>�dar, de <strong>q</strong>u�ntar y <strong>b</strong>eas, de <strong>p</strong>inos <strong>g</strong>enil y <strong>g</strong>�ejar-<strong>s</strong>ierra, aparte de los caminos arriscados pero andables de las alquer�as y aldeas alpujarre�as, muchas de las cuales a�n eran musulmanas? <strong>l</strong>os granadinos, aunque no se lo confesasen, ard�an en deseos de zafarse como fuese de unas circunstancias que se les hac�an insostenibles, y salir de las cuales como fuese, por el solo hecho de salir, se les antojaba un bien inapreciable.</p><p><strong>y</strong> tampoco les importaba contar con defensas que eran otro bien inapreciable: la resistencia de <strong>a</strong>lfacar, por ejemplo, con la que todos los arranques cristianos, reiteradamente lanzados contra su fortaleza, no hab�an podido; o tener dentro de sus muros las dos ciudadelas mejor guarnidas y m�s grandes de <strong>e</strong>uropa seg�n mis noticias: la alcazaba del <strong>a</strong>lbayz�n y la <strong>a</strong>lhambra (entre las que yo oscilaba con <strong>m</strong>oraima y mi hijo <strong>y</strong>usuf, acompa�ado por <strong>f</strong>arax, sin ton ni son en apariencia, aunque generalmente por causa de amenazas y atentados que hab�a de eludir).</p><p><strong>y</strong> se manifestaban asimismo indiferentes los granadinos a las heroicas gestas que para animarlos toleraba yo, aunque estaban oficialmente vedadas; me refiero a las acciones campales, aceleradas y efectivas, que denodados j�venes emprend�an a�n, y que sembraban la inseguridad hasta en el campamento de <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e, cuyos muros algunas noches alcanzaron, matando centinelas, sorprendiendo guardias y asaltando convoyes. <strong>p</strong>ero los granadinos s�lo ten�an ojos para su mal, no para lo que los deb�a de alentar, y tampoco para el mal de sus enemigos, que en cierta amarga forma contrapesaba el suyo.</p><p>�<strong>o</strong> es que se encontraban los cristianos en condiciones �ptimas?</p><p><strong>a</strong> causa de la suciedad y de la inmundicia de piojos, chinches y pulgas, se desencadenaron en sus reales epidemias que, por alto que fuese el nivel de sus hospitales, ocasionaban bajas y fugas. <strong>f</strong>altaba el dinero, que no siempre lograban recaudar, ya porque se negaran los pueblos, ya porque los recaudadores lo sisaran, ya porque se aprovechara el papado y lo escatimaran las �rdenes religiosas, abrumados todos por la prolongaci�n de las campa�as: ni a los s�bditos ni a los aliados puede exig�rseles un gran esfuerzo duradero. <strong>e</strong>l agotamiento de los concejos, el desconocimiento de <strong>c</strong>astilla sobre qu� era <strong>g</strong>ranada, qu� su <strong>r</strong>eino, c�mo se desenvolv�an las conquistas y qu� se adquir�a con su dinero, eran muy perjudiciales. <strong>l</strong>a necesidad de hombres aumentaba al ritmo de nuestros asaltos; hubieron de establecerse por la <strong>v</strong>ega grupos de lanceros en turnos de d�a y de noche, y, alrededor de <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e, trincheras, parapetos y avanzadillas surtidos por soldados, en una incesante actividad que los desalentaba al transformarlos de asediadores en asediados. <strong>e</strong>ra tanta la perentoriedad que los reyes ten�an de apresurar la entrega de <strong>g</strong>ranada, ya que no su conquista, que tuvieron que intervenir con decisi�n, por procedimientos sesgados, para empeorar las condiciones f�sicas y morales de los granadinos y apremiarnos as� a la negociaci�n. <strong>r</strong>ecib�amos noticias del malestar de los cristianos, que presenciaban el correr del tiempo y el gasto de sus arcas y de sus m�rgenes de recuperaci�n, sin avanzar ni un s�lo paso. <strong>r</strong>ecib�amos noticias de la acuciante tentaci�n que sufr�a <strong>f</strong>ernando de levantar sus tiendas, dejar una guarnici�n como testigo y aplazar hasta el pr�ximo a�o, en que estar�a ya deshecha <strong>g</strong>ranada, la arremetida final. <strong>r</strong>ecib�amos, a trav�s de nuestros escuchas -que eran de vaiv�n en la mayor parte de las ocasiones-, los ecos de las desfavorables nuevas que les llegaban desde fuera a los reyes: el incendio de <strong>m</strong>edina del <strong>c</strong>ampo, una de las ciudades m�s ricas de <strong>c</strong>astilla y la mejor proveedora por devoci�n a su reina; la muerte del pr�ncipe heredero de <strong>p</strong>ortugal, hac�a tan poco casado con la hija mayor de los reyes, a la que le abrieron las puertas de <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e transformada en una casa de duelo, hasta el punto de que tuvieron que enviarla a <strong>i</strong>llora, con don <strong>g</strong>onzalo de <strong>c</strong>�rdoba, a que �l la consolase, ya que bastante ten�an los soldados con sus propios des�nimos. <strong>p</strong>ero los granadinos, desde que vieron blanquear el campamento, que encalaban los cristianos casi a diario precisamente para que fuese divisado y admirado, viv�an obsesionados por sus propias heridas, y no cesaban de contemplarlas y agrand�rselas a fuerza de hurgar en ellas. <strong>c</strong>on lo cual, cuando al acercarse el invierno se agravaron esas heridas para todos -sitiados y sitiadores-, la depresi�n de los granadinos lleg� a su �pice y se produjo el estallido.</p><p><strong>l</strong>os v�veres empezaron a faltar en cuanto las nieves y los hielos obstruyeron los contactos con las <strong>a</strong>lpujarras, menguaron las posibilidades de viajes productivos, y los cristianos, m�s duchos que antes en atajos y en trochas, se adiestraron en impedir entradas y salidas. <strong>c</strong>on ello se produjeron motines de los m�s poderosos, que no ve�an suficientemente protegidos por los justicias sus bienes, sus casas y posesiones. <strong>h</strong>ubo saqueos, con los que los pobres buscaban su manutenci�n a costa de los ricos; saqueos desenfrenados, en los que se lleg� a matar propietarios, a arrasar mansiones, o a instalarse por las bravas en ellas, destruyendo sus jardines, acampando en sus suntuosos salones y atropellando a las mujeres de sus harenes. <strong>l</strong>as discordias civiles, que antes se basaron en diferencias pol�ticas, se basaban ahora en profundas diferencias econ�micas, m�s insalvables todav�a y m�s tajantes. <strong>e</strong>l hambre, como consejera desatentada, hizo su aparici�n en este paisaje, incitando a quienes la padec�an a una especie de locura. <strong>l</strong>os hambrientos se asomaban a las murallas a las horas de comer, e imaginaban c�mo se saciaban los cristianos de los alimentos de que aqu� carec�amos. <strong>y</strong>a nadie recordaba que, no mucho tiempo atr�s, cuando hac�an presa nuestras tropillas en reba�os cristianos de vacas o carneros, hubo tanta abundancia de carne en <strong>g</strong>ranada que por un dirhem pudo comprarse un arrelde de ella; hecha la digesti�n, el cuerpo olvida, y reclama una ingesti�n nueva. <strong>v</strong>er a las mujeres con sus hijos en brazos, por las callejuelas, voceando su laceria y su indigencia; ver a los viejos sentados al sol contra los blancos muros, resignados a una muerte anticipada contra la que no hallaban remedio alguno; escuchar los gritos de numerosas cuadrillas que, sin otro quehacer, requer�an que se llegase a un arreglo con los cristianos, o que se les permitiese a ellas mismas hacerlo; escuchar a los m�s exaltados pedir que se abrieran las puertas, y se les dejara ir al real de los enemigos para rend�rseles; presenciar los continuos retos de caballeros cristianos bien atalajados y sustentados, aunque fuese s�lo en apariencia, que se acercaban con plumas y estandartes para provocarnos y excitar a los s�bditos a la rebeli�n, todos eran cuadros que originaban en quienes gobern�bamos -aunque, como luego dir�, no en todos- graves escr�pulos sobre nuestras decisiones.</p><p>�<strong>y</strong> cu�les eran �stas? <strong>s</strong>ospecho que, tanto las nuestras cuanto las de los adversarios, eran involuntarias y movidas por id�nticas causas. <strong>n</strong>uestra persistencia en no ceder se fundaba en lo mismo que su persistencia en asediarnos: ambos est�bamos convencidos de que, con el invierno, se imposibilitar�a la resistencia del contrario. <strong>e</strong>llos, de que nosotros nos ver�amos, por hambre, forzados a capitular; nosotros, de que ellos se ver�an forzados a abandonar el sitio, como en las campa�as anteriores. <strong>p</strong>ero el tiempo corr�a, se ennegrec�an las circunstancias, y ni unos ni otros nos supedit�bamos a ellas, aunque en <strong>g</strong>ranada los partidarios de resistir eran cada vez menos: una parte no mayoritaria del ej�rcito, los alfaqu�es, mis familiares y yo: quiz� los que m�s ten�amos que perder, si es que a�n nos restaba algo no perdido. <strong>i</strong>mposible expresar qu� violencia me hac�a, ante la ilusa esperanza de que se alzara el cerco, para no atender las razones del pueblo; un pueblo espantado de que, si la rendici�n se hac�a como consecuencia de la guerra, s�lo la muerte o la esclavitud le aguardaban. <strong>s</strong>e necesitaba un sutil y enorme don de la oportunidad para acertar hasta qu� momento podr�an mejorarse las condiciones de la capitulaci�n, y a partir de qu� momento ser�an destructivas. <strong>y</strong> era justamente yo quien ten�a que tomar, en definitiva, esa resoluci�n, insoportable en especial para unos hombros como los m�os, no hechos a cargas semejantes.</p><p><strong>f</strong>ueron estas consideraciones, que se hospedaban desp�ticamente en mis noches, las que pronto me movieron a iniciar contactos imprecisos que facilitasen, llegado el caso y la hora, las pertinentes diligencias. <strong>e</strong>sos contactos constituyeron la segunda v�a de que habl�.</p><p><strong>l</strong>a impaciencia de <strong>f</strong>ernando lo hizo precipitarse. <strong>a</strong>penas comenzada la construcci�n del segundo campamento, me envi� un mensajero, no personalmente a m�, sino a trav�s de <strong>a</strong>brah�n el <strong>c</strong>ais�. <strong>s</strong>e llamaba <strong>j</strong>uan de <strong>b</strong>az�n. <strong>y</strong>a hab�a recibido yo por medio de �l hac�a meses, antes de que se interrumpieran los �ltimos contactos, varias cartas del rey. <strong>e</strong>n ellas -aparte de reiterarme su gran amor y sus muchos deseos de hacerme mercedes, y excusarse por los da�os que nos causaba, atribuy�ndolos s�lo a los escasos deseos de servirle que ten�amos mi ciudad y yo, y a nuestro af�n de alteraci�n y discordia- insist�a siempre en llevar a cabo lo pactado; pero en ninguna de sus cartas explicaba sus flagrantes incumplimientos. <strong>e</strong>n la ocasi�n de que ahora trato, <strong>j</strong>uan de <strong>b</strong>az�n permaneci� unos d�as en <strong>g</strong>ranada. <strong>f</strong>ue alojado en el <strong>a</strong>lbayz�n, en una casa por bajo del <strong>c</strong>astillo del <strong>a</strong>ceituno, con el m�s riguroso sigilo. <strong>l</strong>os vigilantes que le puse me informaron de que muchos palaciegos y ministros m�os -muchos, en relaci�n con los que pose�a- acud�an de noche y disfrazados a entrevistarse con �l. <strong>c</strong>onociendo ya c�mo se las gastaba el rey cristiano, imagin� las ofertas que les har�a por traicionarme o persuadirme. <strong>y</strong> para darle una lecci�n, sin duda inconsecuente, me negu� a recibir la carta. <strong>e</strong>l <strong>c</strong>ais�, puesto de acuerdo conmigo, la devolvi� cerrada a su portador; un secretario m�o se hab�a esmerado en cerrarla y sellarla de nuevo, despu�s de le�da por m�. [<strong>e</strong>n ella se me repet�an los ofrecimientos de costumbre, quiz� algo acrecentados si entregaba sin m�s dilaciones la ciudad; pero no se refer�a sino a mis ventajas personales. <strong>y</strong>o, del mensaje y de la actitud del mensajero, deduje dos consecuencias: la primera, la urgencia que, pese a sus baladronadas, ten�a el rey de resolver cuanto antes el tema de la entrega; la segunda, que tratar�a de segarme la hierba bajo los pies empleando toda clase de ardides.] <strong>y</strong>a antes hab�amos tenido alguna correspondencia el rey <strong>f</strong>ernando y yo, a trav�s de personas interpuestas. <strong>e</strong>l marqu�s de <strong>v</strong>illena se dirigi� con insinuadas promesas a algunos nobles de mi corte poco escrupulosos, o f�ciles de abordar, o destacados por su enemistad hacia m�. <strong>o</strong>tros nobles cristianos -no don <strong>g</strong>onzalo <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba, ni don <strong>m</strong>art�n de <strong>a</strong>larc�n, mis m�s allegados- hab�an esgrimido discretas amenazas, sugeridas m�s que enunciadas, ante los padres de aquellos muchachos que permanec�an en <strong>c</strong>�rdoba como rehenes. <strong>y</strong> el mismo <strong>a</strong>brah�n el <strong>c</strong>ais�, so capa de sus andanzas comerciales, hab�a llevado alg�n despacho m�o en el que, aparte de interesarme por el estado de mi primog�nito, abr�a -o dejaba abierto- alg�n portillo a unas futuras y previsibles conversaciones. (<strong>i</strong>ncluso me trajo una carta de <strong>a</strong>hmad desde <strong>m</strong>ocl�n; tanto alegr� a <strong>m</strong>oraima aquella carta que el llanto no la dej� leerla, y se la le� yo. <strong>l</strong>e remitimos, con el mismo conducto, unas pocas monedas de oro y unas cosillas para que se vistiese a nuestro estilo en la pascua. <strong>m</strong>oraima besaba las telas que rozar�an la carne de su hijo, y yo mir� mucho tiempo el papel, y pens� que mi hijo crec�a y ya escrib�a con gracia las letras, y sus frases, tan cortas, me sonaron mejor que nada en este mundo.) <strong>s</strong>in embargo, de ninguna de estas inconcretas gestiones pod�a darse cuenta al pueblo, que las hubiese malogrado qui�n sabe si sublev�ndose o magnific�ndolas. <strong>s</strong>u esencia era el secreto, y su valor exclusivo el estar hechas con la mano izquierda, de forma que la derecha pudiera negarse no s�lo a cumplirlas sino a reconocer su existencia.</p><p><strong>d</strong>el mismo modo, de una manera no oficial, el alguacil mayor <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y el visir de <strong>g</strong>ranada <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh manten�an relaciones difusas -o eso pensaba yo- con la corte cristiana, a alguno de cuyos secretarios conoc�an ya de las negociaciones expresas anteriores. <strong>e</strong>n el campo cristiano hallaron un fidel�simo espejo de ellos, <strong>h</strong>ernando de <strong>z</strong>afra. <strong>�</strong>l y <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh intercambiaban votos de sincera, afectuosa y rec�proca amistad, en los que sospecho que ninguno de los dos confiaba; pero <strong>z</strong>afra agiliz� bastante las gestiones, empujando a los m�os a plantearme clara y rotundamente los asuntos. <strong>l</strong>os m�os, por lo que yo sab�a, y seg�n lo que yo les hab�a sugerido, se resist�an, balbuceaban, se hac�an de rogar. <strong>m</strong>is �rdenes eran que aplazaran, sin romperlos, los tratos; que aseguraran que mi resoluci�n de no entrar en el negocio era veraz e inflexible, y que arguyeran, contra cualquier apresuramiento de <strong>z</strong>afra, que no osaban arrostrar mi indignaci�n si alud�an, ni sesgadamente, a la entrega de la ciudad. <strong>p</strong>ero <strong>z</strong>afra era a�n m�s artero que su rey, quiz� por proceder de m�s abajo. (<strong>f</strong>ue criado de <strong>e</strong>nrique <strong>i</strong>v, y luego secretario de �nfima categor�a de la reina; con servilismo y paciencia, hab�a medrado: lleg� a confidente y consejero de <strong>f</strong>ernando. <strong>y</strong> cuando �ste, desvanecido su optimismo, se resignaba a aplazar la soluci�n del cerco hasta la siguiente primavera, �l lo disuadi� y se comprometi� a hacer la torva labor de zapa que el rey personalmente hab�a llevado a cabo en <strong>b</strong>aza, y de la que se encontraba muy cansado.) <strong>f</strong>ue con este villano inteligente, al que nada le imped�a arrastrarse con tal de alcanzar lo que deseaba, con el que entablaron negociaciones -cre� que en exclusiva- mis principales mediadores.</p><p><strong>l</strong>o que ignoraba yo -por lo menos en sus detalles- era que, desde el mes de abril, no s�lo <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh, sino muchos m�s personajes de mi corte, hab�an abierto tratos ya. <strong>t</strong>odo eran ambig�edades; todo, supuestos; todo, palabras en el aire, porque a cuanto se hiciera a espaldas m�as tendr�a yo que dar mi visto bueno; pero entretanto se hac�a. <strong>q</strong>uiz� la otra parte confiaba en que yo sab�a m�s de lo que sab�a, y en que t�citamente autorizaba y ratificaba esas gestiones como las m�s arriba expuestas del alguacil mayor y del visir. <strong>e</strong>n la diplomacia la habilidad consiste en revestir de autenticidad lo hipot�tico o lo inventado, en adornar lo ilusorio, y en presentar como verdad lo imaginario; apoy�ndose, entre otras cosas, en el anhelo del enga�ado de que sea firme cuanto se le insin�a.</p><p><strong>a</strong>s�, entremezclados los pasos oficiales con los semioficiales, e incluso, por desgracia, con los privados en estricto sentido -opuesto a veces a los intereses de <strong>g</strong>ranada-, era muy arduo para cualquiera -sin exceptuarme a m�- discernir cu�les eran los l�mites de unos y de otros. <strong>c</strong>autivos liberados sin mi consentimiento llevaban a <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e propuestas que yo desconoc�a; traidores siempre a punto para venderse iban y ven�an con recados que s�lo la parte interesada en darlos -o sea, el rey <strong>f</strong>ernando- se tomaba el trabajo de fingir.</p><p>[<strong>p</strong>ero �c�mo iba yo a suponer que, mucho antes de que yo decidiera negociar, aqu�llos en quienes m�s confiaba lo hac�an ya en la sombra?] �<strong>c</strong>�mo iba yo a suponer que <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh, al que siempre tuve -y a�n tengo- por fiel, se opon�a desde meses atr�s a que interviniera en las conversaciones <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, a quien tachaba en sus cartas a <strong>z</strong>afra de est�pido y de avariento, y exig�a el monopolio para �l, cosa en la que coincid�a con <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, que tambi�n opinaba que hab�an de hacerse por una sola mano: la suya en su caso, por supuesto? �<strong>c</strong>�mo iba a suponer que los dos personajes hab�an ya fijado con el enemigo el precio exacto de sus intervenciones: 10 mil castellanos de oro cada uno, adem�s del <strong>t</strong>emple con todas sus alquer�as, en donaci�n que hab�a de hacerse a juro de heredad, con pleno dominio en poblado y despoblado, en lo alto y lo bajo, m�s todos los pactos, salmas, diezmos, pechos, derechos y jurisdicciones privativas? �<strong>c</strong>�mo iba a suponer que, m�s adelante, cuando ya me hab�a implicado en la correspondencia, <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh me entregaba las cartas pero se reservaba unas hijuelas que en el mismo sobre le inclu�a <strong>z</strong>afra para que las leyera �l solo a escondidas del alguacil mayor y de m� mismo? �<strong>p</strong>odr�a creer a <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh -y sin embargo lo cre�-, cuando me explic� que as� me conven�a, y que tambi�n �l le mandaba otras hijuelas secretas a <strong>z</strong>afra, pues no es bueno que un rey pueda enojarse demasiado, o poner en riesgo su dignidad real, o enterarse de las peque�eces y cicater�as con que sus s�bditos obran compelidos por su servicio, o estar al cabo de las mentiras e hipocres�as que tan precisas son, para impedir que hasta de esos s�bditos, leales aunque no siempre limpios, acabe por desconfiar? <strong>c</strong>ierto que yo sab�a m�s de lo que aparentaba, porque no conven�a asustar a la liebre con un ballestazo prematuro, y porque los personajes de mi corte no eran tan respetables como para no denunciarse ante mi los unos a los otros; pero de ah� a conocer el aut�ntico estado de las cosas hab�a, por desgracia, un trecho demasiado grande.</p><p><strong>t</strong>ard� tiempo en caer en la cuenta de que los motines que se produc�an en <strong>g</strong>ranada eran provocados por agentes m�s o menos expl�citos del rey <strong>f</strong>ernando -y con su dinero-, que soliviantaba lenta pero seguramente hasta a los alfaqu�es. <strong>c</strong>omo eran provocados (los primeros; luego ya se encadenaron unos con otros, porque no hay nada m�s difusivo que la subversi�n bien gratificada) los saqueos de las casas ricas, que ten�an el efecto reflejo de poner contra m�, por falta de firmeza, a los robados.</p><p><strong>t</strong>ard� tiempo en darme cuenta de que se me alentaba a ser especialmente duro con los amotinados, insisti�ndoseme mucho en que las represalias contra ellos y sus fortunas, aparte de tranquilidad, me proporcionar�an medios suficientes para continuar la resistencia: �c�mo iba a suponer que quienes as� me aconsejaban eran precisamente los que pretend�an que la resistencia cesase? <strong>y</strong> as�, entre las sediciones de las clases altas contra m�, las �speras represiones con que se me impulsaba a reaccionar, y los robos continuados del populacho, me fui quedando poco a poco sin ricos, sin comerciantes, sin notables influyentes en los plebeyos y sin el respeto en general de los granadinos, a los que se daba una versi�n de los hechos opuesta por completo a la que se me daba a m�.</p><p><strong>a</strong> todo esto hay que agregar que mi madre sol�a tomar partido en mi contra, movida por su perpetua animosidad y por su amistad con <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, que era quien propon�a mano dura contra los levantiscos. <strong>m</strong>i madre no olvidaba que la aristocracia era m�s bien legitimista, y hab�a estado siempre de parte de mi padre y luego de mi t�o; ella hab�a contado m�s con los ricos y con buena parte del ej�rcito, es decir, con los m�s resentidos y rebeldes ahora: ambos eran ya fuerzas en plena decadencia. <strong>s</strong>u enemiga por la nobleza, de la que desconfiaba y a la que encontraba peligrosa, se acentu� por influencias del alguacil mayor, y propugnaba la necesidad de asestarle golpes certeros en la cresta, y aun de prescindir de ella por eliminaci�n.</p><p>��<strong>n</strong>o puedes permitirte el lujo, a estas alturas, de albergar enemigos dentro de tu alcoba. <strong>s</strong>on gentuza que te vender� cuando una puja les compense. <strong>s</strong>i se atreven a gritar aun delante de ti, imag�nate c�mo obrar�n detr�s.</p><p>��<strong>l</strong>o que no puede hacerse (a estas alturas, como t� dices, madre) es diezmar a los ciudadanos.</p><p><strong>t</strong>odas las fuerzas nos van a ser precisas. <strong>n</strong>o actuemos nosotros como si fu�semos nuestro peor adversario. <strong>f</strong>ieles o no fieles a m�, son granadinos, madre; son musulmanes, madre. <strong>q</strong>uiz� no se te mete en la cabeza -yo hab�a empezado a emplear ante ella expresiones tan bruscas como jam�s hubiese so�adoque no me estoy defendiendo yo, ni estoy defendiendo mi trono, que titubea y se hunde: estoy tratando de defender <strong>g</strong>ranada. <strong>s</strong>eamos sinceros: si la ciudad se salva, poco importa que no se salven la monarqu�a ni el <strong>i</strong>slam. <strong>y</strong>, si no se salva el <strong>r</strong>eino, ni la monarqu�a ni el <strong>i</strong>slam podr�n salvarse.</p><p><strong>m</strong>e niego a transcribir lo que mi madre me respondi�. <strong>a</strong>parte de acusarme de traidor a mi sangre y de blasfemo, me reproch� defraudar las tradiciones y los preceptos que un emir ha personificado desde el principio de la <strong>d</strong>inast�a.</p><p>��<strong>m</strong>i mayor desdicha -me lanz�, entre otras cosas, a la cara- es que t� seas imprescindible. <strong>u</strong>n emir es un due�o y, como due�o, ha de proteger a su reino y a sus s�bditos. <strong>s</strong>�lo como due�o; si dejase de serlo, la ciudad y su gente habr�an de protegerse solas.</p><p><strong>l</strong>a diferenciaci�n, y hasta la oposici�n, que yo hac�a entre <strong>g</strong>ranada y nosotros -ella dec�a �nosotros�- era un fraude. <strong>n</strong>osotros y <strong>g</strong>ranada, nosotros y el <strong>i</strong>slam, �ramos la misma cosa, y lo que fuese de uno ser�a de todos. <strong>e</strong>l hecho de que el rey <strong>f</strong>ernando estuviese all� enfrente, sentado como una cocinera que va a matar un pollo, o que acaso lo da por muerto ya, y lo despluma sin prisa, y le arranca los miembros uno a uno: alones, patas, barba, cresta, cuello, pico, ese hecho lo demostraba bien a las claras. �<strong>q</strong>u� era el pollo en �ltimo extremo? �<strong>d</strong>�nde resid�a el verdadero ser del pollo?</p><p>�<strong>d</strong>�nde se terminaba? �<strong>c</strong>u�ndo dejaba el pollo, despojado y descuartizado, de serlo? <strong>g</strong>ranada, sin cortijos, sin fortalezas exteriores, sin puertas, sin murallas, sin habitantes, seguir�a siendo <strong>g</strong>ranada mientras �nosotros� estuvi�semos en la <strong>a</strong>lhambra y la <strong>a</strong>lhambra tuviese una mezquita.</p><p>��<strong>t</strong>e recuerdo -le dije- que yo resido ahora en la alcazaba de enfrente.</p><p>��<strong>y</strong>a lo s�. <strong>e</strong>s una m�s de tus torpezas.</p><p>��<strong>s</strong>i vivo de vez en cuando en la alcazaba, es para ir perdiendo la costumbre de vivir en la <strong>a</strong>lhambra: aqu� siempre tengo la impresi�n de que alguien llegar� en cualquier momento con una sentencia de desahucio.</p><p>��<strong>m</strong>uy ingenioso -contest� con los dientes apretados-. <strong>e</strong>ste pueblo est� convencido de que el se�or de la <strong>a</strong>lhambra es el se�or del <strong>r</strong>eino. <strong>t</strong>u desidia y tu falta de respeto por los s�mbolos me obligan a vivir en el palacio que ocup� tu padre y su favorita, lo que no es para m� un plato de gusto.</p><p><strong>y</strong>o sab�a que eso no era verdad, pero no la contradije: prefer� aplicar mis esfuerzos en otras direcciones.</p><p>��<strong>m</strong>e temo que, por lo que he alcanzado a saber de gestiones demasiado particulares -subray� la expresi�n-, la violencia con que <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y t� hab�is sancionado los motines, muy exagerados en buena parte por intereses bastardos, ha sido contraproducente.</p><p><strong>h</strong>ab�is conseguido dejarme sin ciudadanos de alcurnia y de fortuna; sin ciudadanos cuya honradez y cuyo valor eran los que los animaban a decir la verdad a cara descubierta; sin ciudadanos que me habr�an ayudado mucho en la hora de la sacudida, tan cercana: los �nicos que habr�an de ayudarme. �<strong>y</strong> con qui�n cuento ahora? �<strong>c</strong>on un pueblo, cuyas iras alguien se ha ocupado en desatar, que ha acuchillado a los notables y desvalijado a los poderosos? �<strong>c</strong>on los nobles supervivientes, que se han ido de la ciudad, disfrazados de campesinos, para salvar la vida en aldeas y cortijos? �<strong>c</strong>on quienes est�n ansiando que entren aqu� los cristianos para implantar un orden y una seguridad que se han hundido?</p><p>�<strong>c</strong>on los comprados y los compradores que, con el pretexto de actuar en mi favor, me han aislado, para conseguir de ese modo no ser desenmascarados, de quienes me ofrec�an su honestidad, su apoyo y su consejo? �<strong>c</strong>on qui�n cuento?</p><p><strong>d</strong>�melo, madre, porque yo no lo s�.</p><p><strong>e</strong>ra verdad: no contaba con nadie. <strong>y</strong>o hab�a llegado a recelar de todos, y el pueblo recelaba de m�. <strong>c</strong>ada vez m�s a solas conmigo mismo, reduje al m�ximo el n�mero de mis servidores: hab�a d�as en que <strong>m</strong>oraima guisaba nuestra comida. <strong>y</strong> nunca dorm�amos m�s de tres o cuatro noches en el mismo lugar, temeroso yo de ser asesinado, y sin saber ni remotamente cu�l ser�a la mano que iba a asestar el golpe.</p><p>��<strong>d</strong>eja de hablarme, madre, de la esencia filos�fica del pollo.</p><p><strong>p</strong>orque de desplumes y de desmembraciones tengo m�s experiencia que t�. <strong>e</strong>n la <strong>c</strong>asa de los <strong>a</strong>migos del <strong>g</strong>eneralife recib�a hace meses a un par de docenas de granadinos, cuyas familias son tan de <strong>g</strong>ranada y tan <strong>g</strong>ranada como puedo yo serlo: ministros, primos lejanos, alcaides de las torres, jefes de barrio, o jeques, o ca�des, o wasides. <strong>m</strong>e asombraba que, de uno en uno, fuesen faltando a mis reuniones.</p><p><strong>d</strong>eb� de adivinar que los que no hab�an sido expulsados o asesinados o condenados por ti, empezaban sencillamente a visitar otra casa de otros amigos: la regentada por <strong>f</strong>ernando de <strong>a</strong>rag�n. <strong>p</strong>luma a pluma y miembro a miembro, me he quedado sin pollo. �<strong>e</strong>st� indispuesto�, me dec�an los otros, o �ten�a que hacer�, o �ha ido a firmar una compraventa�, o �su mujer est� de parto�. <strong>h</strong>asta que ca� en cu�l era el enredo, y ya pensaba oyendo al excusador: �<strong>m</strong>a�ana ser�s t� el que no venga.� <strong>y</strong> no ven�a, en efecto. <strong>a</strong>hora estoy solo, madre. <strong>v</strong>a a naufragar el barco; a la tripulaci�n me la hab�is tirado por la borda; a mi alrededor, s�lo hay ratas, y ya se sabe lo que las ratas hacen cuando peligra la nave.</p><p>�<strong>t</strong>e gustar�a que habl�ramos tambi�n de la esencia filos�fica de las ratas? �<strong>d</strong>�nde empieza y acaba una rata, qui�n la mantiene; qu� se necesita arrancar de una rata para que deje de serlo?</p><p>��<strong>n</strong>o me hacen gracia tus iron�as. <strong>n</strong>i te las consiento. <strong>s</strong>i quieres conocer mi opini�n, cosa que dudo, te aconsejo que convoques una reuni�n de notables y consejeros, y los oigas. <strong>s</strong>� que ellos piensan como yo, pero t� preferir�s escucharlos a ellos antes que a m�, igual que has hecho siempre.</p><p>��<strong>a</strong>s� se har� -cort�.</p><p><strong>y</strong> convoqu�, para dos d�as despu�s, una asamblea de alcaides, adelantados, alfaqu�es, dignatarios y comerciantes representativos de los gremios. <strong>e</strong>n el <strong>s</strong>al�n de <strong>c</strong>omares, por supuesto, testigo de los esplendores de la <strong>d</strong>inast�a. <strong>f</strong>ue en �l donde coincidieron por fin definitivamente las tres v�as de las que escrib� hace unas p�ginas.</p><p><strong>n</strong>o s� si por desgracia o por fortuna, todos los asistentes estuvieron de perfecto acuerdo. <strong>e</strong>n aquel sal�n y en aquel d�a aparecieron, aflorando las ocultas, las l�neas fundamentales que dibujaban con los trazos m�s negros la triste realidad.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>etr�s de un plato con membrillos y granadas ve�a dorarse el atardecer de fines de septiembre.</p><p><strong>a</strong>bstra�do, hab�a dejado transcurrir el tiempo. <strong>n</strong>asim me avis� de que era ya la hora.</p><p>��<strong>r</strong>efrescar�, se�or.</p><p><strong>m</strong>e puso sobre los hombros un manto oscuro. <strong>a</strong>l pasar cerca de un espejo, mir� de refil�n involuntariamente; me encontr� con un rostro ojeroso y delgado. <strong>m</strong>e cost� reconocerlo como m�o.</p><p><strong>f</strong>uera del <strong>p</strong>alacio de <strong>y</strong>usuf <strong>III</strong> jugaba <strong>f</strong>arax con mi hijo y el perro �<strong>h</strong>ern�n�. <strong>e</strong>l ni�o, manoteando, montaba sobre el paciente perro, auxiliado por las recias manos de <strong>f</strong>arax. <strong>y</strong>o hab�a encargado a un sillero -por precauci�n, no de la familia abencerraje, a la que seg�n su apellido le correspond�a- una min�scula silla para <strong>y</strong>usuf. <strong>s</strong>e manten�a sobre ella con garbo y con donaire. <strong>m</strong>e detuve un momento. <strong>m</strong>i hijo llam� mi atenci�n gritando. �<strong>e</strong>l bienestar desafecto y ruidoso de los ni�os�, pens�.</p><p>��<strong>v</strong>amos, <strong>f</strong>arax.</p><p>�<strong>s</strong>ab�a �l d�nde �bamos? <strong>d</strong>aba igual: me habr�a seguido a cualquier parte. <strong>p</strong>uso al ni�o en el suelo, tom� su albornoz y se dispuso a seguirme. <strong>l</strong>a tarde era vulnerable e �ntima: demasiado, para lo que yo ten�a que hacer. <strong>m</strong>e hubiese agradado m�s pasear con <strong>f</strong>arax por los jardines, en silencio, presenciando la ca�da de las primeras hojas, la huida de la luz, los misteriosos cambios del cielo hasta acabar en el azul profundo de los anocheceres que eran por aquellos d�as especialmente bellos.</p><p><strong>c</strong>amin� hacia la salida. <strong>d</strong>udaba el perro si seguirme o quedarse con el ni�o. <strong>a</strong> un perro le perturba siempre una separaci�n; quiz� ellos piensan -y, piensen o no, aciertanque cualquier separaci�n puede ser la �ltima. �<strong>h</strong>ern�n� volv�a la dorada cabeza de uno a otro, indeciso y acaso desgarrado. <strong>q</strong>uise ayudarlo:</p><p>��<strong>q</strong>u�date, �<strong>h</strong>ern�n�; guarda al ni�o. <strong>v</strong>olver� pronto. <strong>e</strong>n el <strong>s</strong>al�n de <strong>c</strong>omares habr� bastantes perros. -<strong>s</strong>upe, sin mirarlo, que <strong>f</strong>arax hab�a sonre�do-. <strong>m</strong>ucho peores que t�.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>l entrar en el patio, el sol resplandec�a a�n sobre uno de sus costados; al otro lo amortiguaban ya las sombras; la alberca, inm�vil, parec�a mucho m�s profunda de lo que es. <strong>p</strong>or sus canales de m�rmol entraba en ella el agua susurrante. <strong>s</strong>u color verde oscuro me entristeci�. �<strong>u</strong>na fatal serenidad.� <strong>s</strong>e ol�an los perfumes quemados en los pebeteros; avanzaban hasta nosotros por el aire quieto. <strong>m</strong>i madre, saliendo de sus habitaciones, se situ� a mi lado.</p><p><strong>e</strong>ntramos. <strong>l</strong>os convocados me saludaron con un inesperado calor.</p><p><strong>j</strong>unto al habit�culo central me aguardaban el alguacil mayor y el visir de <strong>g</strong>ranada. <strong>s</strong>e inclinaron.</p><p><strong>m</strong>e sent� sobre los almohadones e invit� a todos a sentarse. <strong>d</strong>ebi� de sorprenderles, porque tardaron en hacerlo. <strong>e</strong>staban expectantes.</p><p><strong>y</strong>o hab�a decidido no darles facilidad ninguna; no har�a m�s que escucharlos.</p><p>��<strong>h</strong>ablad -dije.</p><p><strong>n</strong>ada m�s. <strong>n</strong>o alud� al motivo de la convocatoria; no se�al� un orden de intervenciones; no le conced� a nadie la palabra. <strong>t</strong>odos sab�amos qu� hac�amos all�. <strong>y</strong> ellos, mucho m�s que yo, sab�an lo que se mor�an por decirme. <strong>d</strong>espu�s de una vacilaci�n, supongo que fingida, en que se consultaron unos a otros con un apagado murmullo, se levant� uno, al que cre� identificar como alguien con un puesto importante en el mercado de la ciudad, quiz� el zabazoque mismo, pero no record� de momento su nombre. <strong>c</strong>omenz� a perorar. <strong>s</strong>upuse que iba a perorar durante mucho tiempo. <strong>v</strong>i c�mo el atardecer abr�a sus alas despacio entre la <strong>s</strong>abica y el <strong>a</strong>lbayz�n. �<strong>q</strong>uiz� no me queden tantos atardeceres en la <strong>a</strong>lhambra como para desperdiciar uno en algo presupuesto.� <strong>m</strong>i madre, con una t�nica ocre, se hallaba a mi derecha. �<strong>e</strong>l <strong>c</strong>horrut.�</p><p><strong>e</strong>l que hab�a comenzado a hablar se llamaba <strong>m</strong>ohamed <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>alimet el <strong>c</strong>horrut. <strong>q</strong>uiz� fuese cad�; no estaba seguro; no importaba. <strong>c</strong>on el pulgar derecho me acarici� los dedos de la mano izquierda. <strong>r</strong>espir� hondo, o suspir� quiz�. <strong>b</strong>usqu� con los ojos a <strong>f</strong>arax; estaba pendiente de m�. <strong>n</strong>o cambi� de expresi�n, como si, pese a que nuestras miradas se encontraron, no hubiera notado que lo miraba. <strong>c</strong>onsent� que mis ojos lo dejasen. <strong>a</strong>mainaba la luz del patio. <strong>e</strong>n el interior nos envolv�a un delicado lubric�n: �se iba la luz, o, sin irse, acced�a a compartir el sal�n con la penumbra, que brotaba desde los rincones?</p><p><strong>p</strong>rendieron los hacheros. <strong>l</strong>a luz del d�a iba a hacer frente a la del fuego. <strong>l</strong>a primera, suave y carnal, gan� al principio; luego se rindi� a la otra, menos uniforme y menos cambiante a la vez, a la vez temblorosa y est�tica. �<strong>y</strong>a ser� visible, en el cielo de <strong>d</strong>ios, sobre este cielo del artesonado, encima del centro exacto de la torre, m�s alta que todo, convergiendo en ella los vericuetos de todas las simetr�as, amiga o enemiga seg�n el que la mire, ya ser� visible, orientadora y desde�osa, la estrella <strong>p</strong>olar.�</p><p>��<strong>e</strong>llos -el orador persist�aviven en las mismas condiciones en que podr�an vivir aunque el cerco durase a�os. <strong>s</strong>us soldados son innumerables. <strong>h</strong>an levantado como por arte de magia la ciudad que vemos desde la nuestra: con muros, con defensas inasequibles, con calles rectas y lisas, con hospitales, con establos. <strong>t</strong>ienen mercados donde abundan los alimentos, las ropas finas y las de abrigo; no carecen de cuanto <strong>g</strong>ranada, en sus mejores tiempos, disfrutaba; celebran fiestas y organizan torneos; acuden sus damas a distraerlos y animarlos desde las poblaciones m�s o menos vecinas; est�n instalados, por tanto, en la seguridad y en la esperanza.</p><p>��<strong>d</strong>a la impresi�n de que has estado all� -le interrump�.</p><p><strong>�</strong>l enrojeci�, o pens� yo que enrojec�a.</p><p>��<strong>n</strong>o es necesario ir. <strong>p</strong>or desdicha, se ve desde nuestras murallas -continu�-. <strong>y</strong>, adem�s de lo dicho -subrayaba-, tienen en su poder a unos cuantos mancebos, hijos nuestros, que fueron el precio de tu libertad. <strong>e</strong>n cambio, nuestro pueblo, fam�lico y desmoralizado, ve c�mo sus adversarios se satisfacen con aguardar, al pie del �rbol, la ca�da del fruto que no ha de tardar en madurarse. <strong>i</strong>gual que el ni�o que tiene un p�jaro atado de una pata se portan con nosotros.</p><p>�<strong>n</strong>os sentiremos libres porque podamos reunirnos hoy aqu�? �<strong>n</strong>os juzgaremos libres porque no nos juzguemos a�n esclavos; porque se nos permita alzar un poco el vuelo, s�lo un poco, lo que la cuerda d� de s�, lo que al ni�o se le antoje?</p><p>��<strong>p</strong>ens� en mi hijo, en mis hijos-.</p><p><strong>q</strong>ui�n sabe si, aburrido un d�a o harto, nos pinchar� los ojos con un alfiler, o nos estrangular� con una sola mano.</p><p>��<strong>s</strong>�, todo eso es posible -murmur�-. <strong>l</strong>os ni�os son crueles, quiz� tambi�n los p�jaros. <strong>t</strong>odo depende del tama�o de sus enemigos.</p><p>��<strong>n</strong>o hay posibilidad de resistir. <strong>c</strong>on los abastecimientos de los silos y de los almacenes, en cuanto desaparezcan bajo la nieve los caminos, no contamos ni para dos meses; para cincuenta d�as como m�ximo. <strong>a</strong>hora se distribuye harina a los hornos para que la gente recoja el pan que quiera; pronto s�lo recoger� el pan que pueda d�rsele.</p><p><strong>m</strong>e distraje otra vez. <strong>l</strong>a luz de un candelabro, en un extremo del sal�n, incid�a sobre una sola t�nica galoneada en oro, y la hac�a vibrar, destelleante y marchita, en la sombra. <strong>n</strong>o, no me distra�a por despreocupaci�n de lo que expon�a el cad�, o quien fuera: es que eso lo hab�a o�do decir cientos de veces; me lo hab�a repetido yo a m� mismo hace cientos de d�as.</p><p><strong>e</strong>l orador, quiz� desalentado por mi displicencia, concluy� antes de lo previsible. <strong>s</strong>in poder evitarlo, aunque nada m�s contrario a mi deseo, pens� en el camino recorrido para llegar aqu�; no en el recorrido por mi, sino por mis antecesores. <strong>�</strong>pocas gloriosas seg�n nuestros poetas, victorias que estremecieron de alegr�a los eslabones de una cadena que, lo mismo que un puente, nos condujo vinculados hasta este momento; sonoros triunfos. �<strong>s</strong>�lo <strong>d</strong>ios vencedor�� <strong>l</strong>a fatua y ofuscada presunci�n en el respaldo de la <strong>d</strong>ivinidad. �<strong>n</strong>inguno de mis predecesores hab�a presentido que llegar�amos a esto?</p><p>�<strong>s</strong>e enga�aron todos hasta el punto de creer que esto se mantendr�a en un persistente equilibrio? �<strong>n</strong>o ser�a que yo aspiraba a sacudirme la responsabilidad, culpando de obcecaci�n a los que, antes, se hab�an sentado en donde yo ahora?</p><p>�<strong>e</strong>st� verdaderamente todo escrito?</p><p>�<strong>e</strong>ra reo yo de que este hatajo de vientres ego�stas me estuviera dando hoy la monserga con sus quejas?</p><p>�<strong>q</strong>u� hab�an hecho de meritorio ellos? �<strong>d</strong>efenderme -�defenderme!frente al �<strong>z</strong>agal�, o defender sus intereses radicados en <strong>g</strong>ranada, yendo y viniendo a su conveniencia, mudando de opini�n seg�n el que reinara en la <strong>a</strong>lhambra? �<strong>y</strong> qu� pretend�an ahora? <strong>c</strong>ambiar de due�o nuevamente, echar al due�o de siglos y sustituirlo por otro m�s rico, m�s potente, m�s estable, con cuyo orden prosperar�an sus negocios. �<strong>y</strong>o era el traidor? �<strong>y</strong>o era el indiferente? <strong>e</strong>llos, que van con su tahel� portador del <strong>c</strong>or�n fingiendo que en algo esencial les afecta; ellos, cuyo coraz�n est� donde su tesoro, y su fe, donde su tesoro, y su <strong>d</strong>ios y su todo. <strong>l</strong>os mir� casi de uno en uno. <strong>r</strong>esbal� los ojos por sus vestidos, que hab�an despojado de recamados y bordaduras para no provocar al pueblo; por sus relucientes mejillas; por sus gruesas tripas insaciables. <strong>h</strong>abr�a preferido tener ante m� a un pueblo vociferador y gesticulante, desharrapado y hambriento. <strong>�</strong>se s� que me hubiese dicho con exactitud y brevedad qu� era lo que quer�a: vivir, vivir a costa de lo que fuese. �<strong>d</strong>ios no conduce a las gentes infieles.</p><p><strong>d</strong>ios no conduce a las gentes injustas�, dice el <strong>l</strong>ibro que llevan colgado de sus cuellos o de sus cinturas. ��<strong>e</strong>s que <strong>d</strong>ios y su <strong>e</strong>nviado s�lo nos prometieron un enga�o -le preguntar�a a ese pueblo-, o es que no nos merecemos el apoyo de <strong>d</strong>ios? �<strong>q</strong>u� hemos hecho? <strong>g</strong>uerrear entre hermanos, matarnos entre hermanos, mordernos y desangrarnos como fieras. <strong>y</strong> ahora esperamos que el <strong>t</strong>odopoderoso nos proteja.� �<strong>v</strong>ivir -dir�a el pueblo-. <strong>e</strong>so es lo que queremos. <strong>s</strong>i hasta la doblez religiosa la admite el <strong>p</strong>rofeta porque la vida es el mayor bien que nos otorga <strong>d</strong>ios, y es l�cito salvarla aun renegando en apariencia de la fe, �c�mo se nos va a prohibir rendirnos y entregarnos por vivir?� <strong>e</strong>so me dir�a el pueblo. <strong>p</strong>ero �no me bastar�a hablarle con calor y a voces de su <strong>d</strong>ios y de su <strong>p</strong>ara�so, de su honra y de sus abuelos, para conseguir encenderlo otra vez? <strong>a</strong>l pueblo, quiz� s�; a �stos les dije:</p><p>��<strong>e</strong>stamos en un lugar donde la gloria del <strong>i</strong>slam resplandeci� como el ornato m�s brillante del mundo.</p><p><strong>l</strong>eed los versos de vuestro alrededor. <strong>l</strong>os sultanes de mi dinast�a construyeron y decoraron los muros que nos acogen para que entre ellos se desplegase el orgullo de nuestra religi�n, la sabidur�a de nuestro pueblo y la gracilidad de nuestras artes. <strong>h</strong>ab�is venido desde vuestras casas a este palacio con el que unos hombres que ya no viven, pero que es imposible que mueran, nos hicieron el legado de lo mejor que pose�an para que nosotros lo enriqueci�ramos. <strong>g</strong>ranada es mucho m�s que una ciudad y mucho m�s que un reino: es una forma de haber sido, una forma de estar siendo, una forma de llegar a ser. <strong>y</strong> hoy, en este mismo sitio, en el coraz�n de la granada, s�lo ten�is ideas pesimistas.</p><p><strong>y</strong>o sab�a que era ret�rica, que era ruin hojarasca cuanto estaba diciendo; pero nunca como cuando se es ajeno a �l se dominan los pormenores de un discurso, las eficaces inflexiones de la voz, la emoci�n simulada. <strong>y</strong>o deseaba insultarlos; pretend�a demostrarles que ya eran incapaces de sostener la patria, de nutrirla y de sentise suyos. <strong>s</strong>u patria era su ambici�n, y yo no iba a tolerar que le dieran la vuelta al argumento, y justificaran su defecci�n con el sacrificado amor a su pueblo y con sus conmiseraciones. <strong>p</strong>ero ni siquiera me admitir�an que se lo escupiera a la cara: todos juntos -y estaban todos juntos- pod�an m�s que yo.</p><p><strong>v</strong>i que los ojos de <strong>f</strong>arax, los �nicos que sosten�an los m�os, brillaban llenos de una devoci�n absoluta. <strong>c</strong>onclu�:</p><p>���<strong>e</strong>st�is conformes con lo que vuestro portavoz ha declarado?</p><p><strong>t</strong>odas las cabezas, como apesadumbradas, se inclinaron a�n m�s.</p><p><strong>d</strong>ej� que el silencio se ense�orease, contundente y pesado, del sal�n. <strong>m</strong>e volv� a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa; luego, a <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh. <strong>u</strong>no con los labios y otro con las cejas, me transmitieron un recado que me negu� a entender.</p><p>��<strong>y</strong>o, no. <strong>m</strong>i portavoz no es �se. -<strong>e</strong>ra mi madre, con el tono grave y bien modulado de sus mejores intervenciones-. <strong>y</strong>o soy mi propio portavoz, y mi voz es mi sangre. <strong>p</strong>or voluntad de <strong>d</strong>ios, los nazar�es hemos sido depositarios de la fe. <strong>a</strong> nosotros se nos ha encomendado, desde hace cientos de a�os, traspasar a nuestros herederos esta gran mezquita de <strong>d</strong>ios que es <strong>g</strong>ranada, para que ellos a su vez la traspasen a los suyos.</p><p><strong>e</strong>so se lo hab�a o�do yo decir en <strong>c</strong>�rdoba, de ellos mismos, a los reyes cristianos. <strong>t</strong>odos los gobernantes que no se erigen en dioses se vinculan, antes o despu�s, a la <strong>d</strong>ivinidad: es su manera de perpetuarse y de vanagloriarse. <strong>d</strong>e tejas para arriba es m�s f�cil conciliar a los hombres, con promesas que no son exigibles de inmediato, con intimidaciones que otros poderes impalpables se encargar�n o no de cumplir. <strong>s</strong>egu�a mi madre:</p><p>���<strong>e</strong>s que no os averg�enza que seamos nosotros quienes rompamos las ligaduras que nos atan a <strong>d</strong>ios?</p><p>�<strong>q</strong>u� quer�is decir cuando afirm�is que la situaci�n es insostenible?</p><p><strong>a</strong> lo largo de mi vida yo no he atravesado sino situaciones insostenibles; la vida misma es una de ellas: de ah� que nos muramos.</p><p>�<strong>q</strong>u� clase de granadinos sois, que alarde�is de que los cristianos viven mejor que vosotros? �<strong>e</strong>s que vivir mejor es lo que importa ahora? <strong>s</strong>i dec�s que ellos tiene v�veres y armas, �por qu� no a�ad�s la hora en que hemos de arrebat�rselos? �<strong>a</strong>spir�is a imitar al traidor y vendedor del <strong>r</strong>eino, <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, al que tantos entre nosotros aclamaron como �el <strong>v</strong>aliente�? �<strong>q</strong>u� es lo que os propon�is?</p><p><strong>y</strong>o no os entiendo. <strong>q</strong>uiz� soy vieja ya. <strong>q</strong>uiz� mis muertos, emires en su mayor parte, tiran ya de mis miembros hacia abajo. <strong>q</strong>uiz� no me queda otra cosa que defender sino mi honra y la honra de mi <strong>r</strong>eino; un reino que pertenece a mi familia por derecho de conquista: recordadlo. �<strong>r</strong>ecordadlo! <strong>p</strong>ero, mientras haya en �l hombres con sangre en las venas, yo ser� su portavoz, porque me ensordezco a otra voz que la de esa sangre.</p><p><strong>c</strong>re� que, despu�s de purgas lancinantes, de tantas amputaciones de miembros gangrenados, <strong>g</strong>ranada, al fin, se hab�a quedado con los hijos cabales, con los api�ados. <strong>c</strong>re� que, despu�s de tantas aflicciones, de tantos sinsabores; despu�s de haber luchado como un hombre de una ciudad en otra cuando mi hijo el sult�n padeci� cautiverio, vosotros tendr�ais por mi la veneraci�n que se merece una ense�a. �<strong>n</strong>o es as�?</p><p>��<strong>a</strong>guard� con habilidad unos momentos. <strong>l</strong>evant� el tono-. �<strong>n</strong>o es as�? �<strong>d</strong>ecepcionar�is tanto a vuestra sultana que prefiera mil veces haber muerto antes que contemplar lo que contempla? <strong>s</strong>i nuestro pueblo est� desesperado, es de tal desesperaci�n de donde recabar� su mayor �mpetu. <strong>s</strong>i nuestro pueblo est� hambriento, es de su hambre de donde obtendr� la saciedad. <strong>v</strong>ayamos contra los cristianos; que llamen los pregoneros a los hombres. <strong>y</strong>o permanecer� en <strong>g</strong>ranada con las mujeres, y juntas la defenderemos. <strong>i</strong>d vosotros contra los enemigos de la fe; prended de nuevo fuego a su campamento.</p><p><strong>l</strong>os que regresen encontrar�n una ciudad prevenida para la felicidad y para la vida; quienes mueran resucitar�n en el <strong>p</strong>ara�so. �<strong>o</strong> es que nuestros antepasados nos mintieron? �<strong>s</strong>er� mentira todo aquello por lo que lidiamos y en lo que cre�amos? �<strong>d</strong>e pronto es ya mentira? <strong>c</strong>ontestad. �<strong>c</strong>ontestad!</p><p><strong>a</strong> sus elocuentes interpelaciones no le contest� nadie. <strong>f</strong>ue como si el contundente y pesado silencio que precedi� a su discurso lo hubiese rechazado. <strong>c</strong>omo si sus palabras se hubieran desvanecido por el aire -�flatus vocis�- sin que nadie las escuchara. <strong>e</strong>s in�til repetir lo que est� cansado de escuchar a alguien que ya ha desviado la vista en otra direcci�n, y al peligro, convertido en carne de su carne, lo ha sustituido por una intacta y peregrina perspectiva.</p><p><strong>a</strong>caso si no hubieran existido los cristianos, los musulmanes que estaban delante de nosotros se los hubiesen inventado. <strong>l</strong>o que a muy pocos les parec�a un suicidio, a la mayor parte le parec�a un renacimiento. �<strong>e</strong>st�n hasta el turbante de nosotros, madre -pens�-. <strong>n</strong>o malgastes tus centelleantes y bald�os recursos. <strong>y</strong>a no hay nada que hacer.� <strong>f</strong>arax mir� a su alrededor; dio un paso al frente. <strong>y</strong>o lo detuve con un gesto invisible para los dem�s. <strong>e</strong> interrump� el silencio:</p><p>��<strong>s</strong>� que est�is examinando vuestras conciencias. <strong>s</strong>� que med�s con tiento los pros y los contras.</p><p>��<strong>p</strong>or descontado, no era cierto-.</p><p><strong>s</strong>i decid�s resistir conmigo, reconstruiremos entre todos el <strong>r</strong>eino. <strong>l</strong>as potestades de <strong>d</strong>ios nos son desconocidas: �qui�n puede vaticinar lo que, despu�s del invierno, nos aguarda? �<strong>n</strong>o irrumpe siempre detr�s de �l la primavera?</p><p><strong>e</strong>l razonamiento era muy d�bil; no era un razonamiento. <strong>n</strong>i siquiera cab�a ser razonable en unas circunstancias como �sas. <strong>c</strong>ab�a ser heroicos; pero la heroicidad usa un idioma que mi auditorio no entend�a. <strong>m</strong>is s�bditos no hab�an o�do hablar jam�s de <strong>n</strong>umancia o de <strong>s</strong>agunto, y se echar�an a re�r si alguien tuviese la audacia de relatarles semejantes historias. <strong>l</strong>os razonables eran ellos. <strong>e</strong>llos se agrupar�an, pero para sobrevivir; se solidarizar�an, pero para durar, no para inmolarse. <strong>y</strong>o era su sult�n; en teor�a mandaba sobre ellos: una farsa m�s; para sobrevivir, como primera providencia, me destituir�an; como segunda, me cortar�an el cuello. <strong>y</strong> sin ellos, yo no era sult�n de nadie. <strong>n</strong>i con ellos, tampoco: su silencio lo confirmaba a voces.</p><p><strong>d</strong>ando unos breves pasos, se adelant� un hombre muy bajito. <strong>l</strong>a barba le cubr�a todo el rostro.</p><p><strong>t</strong>en�a ojos menudos y escudri�adores, y unas manos velludas, m�s grandes de lo proporcionado. <strong>e</strong>ra un alfaqu� que en las semanas �ltimas hab�a adquirido un gran predicamento. <strong>v</strong>en�a de <strong>h</strong>uenejar, o de <strong>h</strong>u�jar, o qu� s� yo de d�nde.</p><p><strong>s</strong>e llamaba, por supuesto, <strong>m</strong>ohamed el <strong>p</strong>equen�.</p><p>��<strong>s</strong>e�or, se�ora: no confund�is la voluntad de <strong>d</strong>ios con la vuestra. <strong>h</strong>ay contingencias en que sus juicios son oscuros; pero hay otras en que revisten una inequ�voca claridad. <strong>s</strong>i en el <strong>l</strong>ibro de <strong>d</strong>ios est� escrita la ruina de <strong>g</strong>ranada, nada adelantaremos con oponernos al destino. <strong>�</strong>l sabe cu�ndo recompensa y cu�ndo castiga; cu�ndo se es digno y cu�ndo se es indigno de ser su palad�n. <strong>n</strong>o porfi�is en prolongar la agon�a de nuestro pueblo; su agon�a no lo conducir� a la salvaci�n ni al triunfo. <strong>p</strong>or eso, si al enfermo lo alivia un cambio de postura, ayud�mosle a cambiarla.</p><p><strong>m</strong>irad, se�or, se�ora, en la hondura de vuestro coraz�n: quiz� no sea <strong>g</strong>ranada, ni la fe, ni el <strong>i</strong>slam, lo que est� en juego, sino s�lo vuestra <strong>d</strong>inast�a. <strong>p</strong>ermitidme advertiros que este pueblo nuestro, tan sufrido, nos inspira m�s respeto y m�s compasi�n que ella.</p><p><strong>e</strong>ntre la desaparici�n del uno o de la otra, no nos puede caber la menor duda al elegir.</p><p><strong>e</strong>l <strong>p</strong>equen�, que era casi un enano, hab�a enunciado a la perfecci�n lo que pensaban todos; tambi�n yo. <strong>m</strong>e levant� de golpe. <strong>c</strong>on un suspiro de liberaci�n, se levantaron todos dando por concluida la asamblea. <strong>p</strong>ero yo, sonriendo por dentro, alc� las manos para detenerlos.</p><p>���<strong>e</strong>so es lo que opin�is? �<strong>e</strong>st�is de acuerdo? <strong>d</strong>e este sal�n no saldr� nadie sin decirlo.</p><p><strong>q</strong>uer�a comprometerlos. <strong>q</strong>uer�a acorralarlos. <strong>d</strong>esde antes de iniciarse sab�a el resultado de la reuni�n; pero ahora necesitaba o�rselo decir en alta voz a cada uno.</p><p><strong>n</strong>o me bastaban ya las compungidas actitudes, las generosidades embaucadoras, los gestos histri�nicos de encogerse de hombros y resignar su p�stuma opini�n en el �estaba escrito�. <strong>m</strong>e dirig� primero al alguacil mayor:</p><p>��<strong>t</strong>�. <strong>d</strong>ilo t�.</p><p>��<strong>s</strong>� -respondi� <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa despu�s de un titubeo.</p><p><strong>m</strong>e plant� frente al visir:</p><p>��<strong>t</strong>�.</p><p>��<strong>s</strong>� -respondi� <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh.</p><p><strong>l</strong>uego pas� de uno a otro, sin prisa. <strong>l</strong>a c�lera me hac�a levantar la cabeza, erguir el cuerpo; acaso nunca he ostentado tanta majestad.</p><p><strong>d</strong>e uno en uno, sin prisa, fui escuchando sus s�es. <strong>m</strong>i c�lera, de todas formas, era relativa: no me la originaban sus respuestas, sino sus semblantes, sus asquerosos ego�smos que procuraba desenmascarar. <strong>a</strong> medida que interrogaba a m�s, los s�es eran m�s resonantes y robustos. <strong>n</strong>o me detuve frente a <strong>f</strong>arax: habr�a dicho que no. <strong>a</strong>l encararme con la �ltima fila, me hab�a acercado a las puertas del sal�n. <strong>f</strong>uera ca�a o se levantaba una noche pl�cida y tibia. <strong>v</strong>en�a de los jardines un olor a jazm�n.</p><p><strong>o</strong>� el ligero deslizarse del agua en los extremos del estanque. <strong>e</strong>n alg�n sitio cant� un p�jaro.</p><p>��<strong>s</strong>� -contest� el �ltimo.</p><p>��<strong>o</strong>s agradezco que me hay�is hecho part�cipe de vuestro dictamen.</p><p><strong>e</strong>llos y yo sab�amos que las negociaciones hab�an empezado hac�a ya tiempo. <strong>p</strong>robablemente cada uno de ellos hab�a recibido una remuneraci�n ya o una promesa. <strong>s</strong>e escuchaba el piar del p�jaro, agrandado por el silencio.</p><p>���<strong>v</strong>ienes, madre? -<strong>e</strong>staba p�lida, desencajada, casi invisible bajo su decepci�n-. �<strong>v</strong>ienes, madre? -repet�.</p><p><strong>s</strong>u voz fue como un chorro de agua hirviendo:</p><p>��<strong>n</strong>o. <strong>m</strong>e quedo. <strong>m</strong>e quedo aqu�. <strong>y</strong> no saldr� de aqu�. <strong>d</strong>�jame sola. <strong>b</strong>ien pensado, creo que estuve sola siempre.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>uando regresamos al <strong>p</strong>alacio de <strong>y</strong>usuf <strong>III</strong>, <strong>f</strong>arax me dijo:</p><p>��<strong>e</strong>llos no te merecen. <strong>e</strong>res el mejor sult�n que ha tenido <strong>g</strong>ranada. <strong>h</strong>as estado admirable.</p><p>��<strong>n</strong>o lo soy; pero, aunque lo fuese. <strong>c</strong>omo has podido ver, ser el mejor sult�n en el peor momento no sirve para nada.</p><empty-line/><p><strong>q</strong>uise entrar en la alcoba de <strong>y</strong>usuf para tocar algo limpio.</p><p><strong>m</strong>oraima me sonri� con un dedo sobre los labios:</p><p>��<strong>e</strong>l perro y el ni�o est�n durmiendo juntos. <strong>h</strong>an venido agotados los dos.</p><p>��<strong>t</strong>ambi�n yo he venido agotado.</p><p><strong>c</strong>reo que definitivamente -dije, y le pas� un brazo por los hombros.</p><empty-line/><p>��<strong>n</strong>o es hora de recriminaciones -les advert� a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y a <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh cuando los tuve delante un d�a despu�s.</p><p><strong>y</strong>, al ver que se miraban de soslayo, les previne:</p><p>��<strong>t</strong>ampoco es hora para que os culp�is el uno al otro: sois culpables los dos. <strong>e</strong>s hora de actuar.</p><p><strong>y</strong> de actuar con arte, de modo que ganemos lo m�s posible; o de modo que perdamos lo menos posible, ser� mejor decir. <strong>e</strong>n cuanto a ese arte, en vosotros y en el rey <strong>f</strong>ernando he tenido, hasta ahora cre� que por desgracia, los m�s eximios maestros. <strong>m</strong>ostradme las cartas que el apoderado de los reyes os haya dirigido, y la copia de las que vosotros le dirigisteis por vuestra cuenta a �l. <strong>n</strong>o repliqu�is -se aprestaban a hacerlo-, y mostradme las cartas.</p><p><strong>e</strong>videntemente me ense�aron las que les conven�an, y las minutas de las suyas quiz� rehechas. <strong>a</strong>l alguacil mayor, <strong>h</strong>ernando de <strong>z</strong>afra le llamaba �honrado se�or�; a <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh, a quien hab�a escrito mucho m�s, �especial y grande amigo y como verdadero hermano�. <strong>d</strong>e la lectura se desprend�a que llevaban conspirando mucho m�s tiempo del que yo imaginaba. <strong>c</strong>ualquiera que lea estos papeles se preguntar� por qu� acept� que ambos continuaran represent�ndome. <strong>m</strong>i posici�n era tal que ni siquiera lo dud�.</p><p><strong>m</strong>�s tarde, al reflexionar, comprend� que estaba resuelto de antemano. <strong>e</strong>n primer lugar -los hechos consumados tienen suficiente elocuencia-, ambos, por separado o unidos, ten�an ya un camino hecho, lo que era sustancial en un trance en que yo no pod�a andarme con finuras de protocolo, y adem�s, para encarecer su labor, ya hab�an insistido ante el contrario en lo dif�cil y costoso que resultar�a convencerme. <strong>e</strong>n segundo lugar, desconfiaba de los otros m�s a�n que de ellos. <strong>a</strong>l fin y al cabo, ellos me asesoraban desde la primera �poca, y eran ya conocidos por los cristianos como representantes m�os en otros tratos angustiosos; de lo que, por supuesto, tambi�n se hab�an aprovechado. <strong>e</strong>n tercer lugar, seg�n se deduc�a de las cartas, hab�an sido recompensados ya con mercedes y sobornos; y eso, si no colmado, s� habr�a atemperado su codicia, con lo que algo adelant�bamos.</p><p><strong>y</strong> de cualquier manera, estaba solo; la responsabilidad final, en �ltima instancia, iba a ser m�a.</p><p><strong>s</strong>obre todo, en cuanto saliera mal.</p><p><strong>c</strong>omo de pasada, me pregunt� a m� mismo qu� era la lealtad, y qui�n era capaz de ella en los d�as que est�bamos viviendo, en los que el �s�lvese quien pueda� era la consigna. <strong>y</strong>o, desde que me conozco -y no s� si me conozco del todo-, he buscado leales. <strong>c</strong>uando fui d�bil, o mejor, cuando fui ni�o, tuve unos pocos junto a m� y todos eran m�s d�biles que yo. <strong>a</strong>hora no podr�a exigir a nadie una fidelidad a ultranza; �sa, s�lo el amor la otorga �con sus a veces injustas exclusivas. <strong>p</strong>or el ansia de tener aunque s�lo fuese una persona leal es por lo que ciegamente he incrustado mi coraz�n en mis asuntos, o mis asuntos en mi coraz�n. <strong>f</strong>arax ha sido tal persona; desde otra perspectiva, tambi�n <strong>m</strong>oraima. <strong>s</strong>on las dos lealtades �nicas que poseo; aunque en cierta forma, porque m�s bien son como yo mismo. <strong>p</strong>ero una certeza semejante, a quienes nos ayudan a gobernar no es prudente ped�rsela, y menos a�n a quienes intentan sustituirnos. �<strong>e</strong>s que un rey sabe alguna vez -sobre todo si se plantea un dilema entre �l y el reino- qui�n le es fiel? �<strong>y</strong> no cabr� la eventualidad de que el infiel y desleal al rey sea, por ello mismo, fructuoso para el reino?</p><p><strong>p</strong>or otro lado, la deslealtad conmigo que hab�an tenido -y tendr�an- <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh se compensaba de una lamentable manera con su deslealtad rec�proca.</p><p><strong>�</strong>sta era la que me pondr�a en guardia, por medio de sus delaciones y sus celos y envidias, si uno de ellos tramaba algo de veras peligroso. <strong>y</strong>, al fin y al cabo -y con esto cerr� la reflexi�n-, m�s desleales ser�an con los otros: con los cristianos y con el resto de los dignatarios granadinos. <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh barrer�an para adentro, pero para su adentro nada m�s, y el tema era demasiado amplio como para detenerse en excesivos filil�es. <strong>a</strong>unque no me sirviese de un gran consuelo, ten�a la seguridad de que, entre los dem�s y yo, me elegir�an a m�; aunque no era menor mi seguridad de que, entre ellos y yo, se elegir�an ellos.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>i decisi�n -tomada a bote pronto, lo que los enorgulleci� y los puso literalmente a mis piesfue, por tanto, que el alguacil mayor del <strong>r</strong>eino y el visir de la ciudad emprendieran, ahora oficialmente, las negociaciones. <strong>h</strong>asta el menor movimiento de ellas tendr�a que llevarse entre nosotros tres con el m�s inexorable, r�gido y absoluto de los mutismos.</p><p><strong>m</strong>e informaron -aunque yo ya lo sab�a, y ellos supongo que sab�an que lo sab�a- de que su emisario habitual era <strong>h</strong>amet el <strong>u</strong>lailas, un medio renegado medio comerciante, elegido por <strong>h</strong>ernando de <strong>z</strong>afra y carente de toda moral, pero quiz� por eso utilizable. <strong>a</strong> partir de ahora, sin embargo, convendr�a arbitrar el medio de tener algunos encuentros personales, porque desconfiaban -�ellos, <strong>d</strong>ios m�o!- del traductor, un jud�o llamado <strong>s</strong>ime�n. <strong>l</strong>es pregunt� si desconfiaban m�s de la persona o de sus traducciones, y me respondieron a la vez que de todo.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a primera carta, cuyo borrador tengo ante mis ojos, se la escribi� <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh a <strong>z</strong>afra delante de m�.</p><p><strong>e</strong>ra la respuesta a una suya anterior. <strong>e</strong>mpieza: �<strong>e</strong>special se�or y verdadero amigo�, y despliega tal ristra de cumplidos respecto a <strong>z</strong>afra y a los reyes que no pude sofocar la risa.</p><p><strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh le�a al escribir:</p><p>���<strong>s</strong>us altezas, a los que no podr� olvidar hasta la muerte�� -<strong>n</strong>i yo -le interrump�.</p><p><strong>�</strong>l me mir� con reproche, y continu�:</p><p>���� porque conozco el bien que han hecho con nosotros�.</p><p>��<strong>s</strong>er� contigo -dije.</p><p>��<strong>a</strong>s� debe decirse, se�or. <strong>s</strong>i no, no sigo -me advirti� entre amoscado y c�mplice.</p><p><strong>y</strong>o aprend� la lecci�n.</p><p>���<strong>p</strong>or <strong>d</strong>ios y por mi ley que, si pudiese llevar <strong>g</strong>ranada a cuestas, se la llevase a sus altezas, y esto lo habr�is de creer de m�, y <strong>d</strong>ios me destruya si miento�.</p><p>��<strong>n</strong>o te excedas, <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh.</p><p><strong>s</strong>e sonri� a hurtadillas, y continu� escribiendo:</p><p>���<strong>y</strong> asimismo deseo mucho bien para mi se�or, porque yo lo cri�, y su bien y su merced est� sobre m� y sobre mi casa, y querr�a que saliese por fin de esta loca gente con bien, aunque ella me ha tratado muy mal�. -<strong>l</strong>uego se precav�a de las precauciones de <strong>z</strong>afra-: �<strong>n</strong>o quiero que sobre cada palabra que os escriba me pong�is una adarga por delante, y no pens�is que respond�is a un enemigo, sino haceos cuenta de que soy un servidor�. -<strong>y</strong> volv�a del rev�s los argumentos de <strong>z</strong>afra, d�ndole la raz�n para beneficiarse-: �<strong>a</strong> lo que dec�s de los enemigos que tiene en esta ciudad el rey mi se�or y nosotros, y de que est� poblada de gentes de muchas maneras, todo lo que dec�s es la verdad, y por eso ha resuelto mi se�or no hablar en ninguna cosa, porque la gente no est� a�n madura�.</p><p><strong>l</strong>evant� la vista de la carta y me dijo:</p><p>��<strong>c</strong>on esto comenzamos a demorar la fecha de la entrega y a mantenerla en nuestras manos. <strong>a</strong>hora les hablaremos del secreto, que mucho nos importa.</p><p><strong>y</strong> le cont� que su mensajero <strong>u</strong>laila trajo de <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e mercader�as y las dio a un primo suyo para venderlas en la alcaicer�a, y que la gente se arremolin�, y hubo pesquisas, y yo y la gente quisimos saber su procedencia.</p><p>���<strong>y</strong> yo disimul� mucho, y quiso <strong>d</strong>ios que, en un encuentro con la gente, desbarat� todo su consejo�.</p><p>��<strong>y</strong> segu�a-: �<strong>m</strong>e dijo mi se�or que no le deis m�s cartas a <strong>h</strong>amet y que, si quisierais escribir, tomaremos un cristiano cautivo y hablaremos con �l y har�mosle que se torne moro y le enviaremos con la carta�. <strong>y</strong>, de no poder ser, le ped�a que estuviera diez o veinte d�as sin utilizar a <strong>h</strong>amet el <strong>u</strong>laila -�<strong>o</strong>tra pr�rroga�, me dijo-, hasta que los granadinos olvidaran lo sucedido. <strong>y</strong>, para enturbiarlo m�s, le relataba que un gomer preso hab�a huido del campamento cristiano, y alardeaba en <strong>g</strong>ranada de tener m�s noticias que nadie y de saber que el cardenal llegar�a pronto, y que el real iba a alzarse, y que si no lo hab�a alzado ya el rey <strong>f</strong>ernando era por no hallar jefes y capitanes que aceptaran quedarse.</p><p>��<strong>e</strong>sto le preocupar�, y le enterar� de que estamos enterados de lo que �l nos oculta -coment�-.</p><p><strong>v</strong>ayamos concluyendo:</p><p>���<strong>e</strong>l sult�n y la sultana mis se�ores tuvieron mucho placer con la ropa que mandasteis dar al infante su hijo, y se encomiendan mucho a sus altezas, y querr�an mucho por <strong>d</strong>ios que se quitase esta enemistad, y trabajan por <strong>d</strong>ios en ello mucho y yo con ellos�.</p><p><strong>f</strong>irm� y sell�. <strong>m</strong>e mir� con cautela. <strong>y</strong>o comprend� que no hab�a hecho con �l una mala elecci�n.</p><empty-line/><p><strong>p</strong>ronto, legitimadas las relaciones, propuso <strong>z</strong>afra que mis representantes se entrevistaran en persona con �l y con los reyes, e insist�a en todas sus cartas. <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh le respondi� que ser�a m�s f�cil y reservado que el propio <strong>z</strong>afra se reuniese con mis representantes, si �se era su deseo.</p><p><strong>p</strong>ero hab�a encontrado la horma de su zapato. <strong>z</strong>afra le aclar�: �<strong>n</strong>o os escrib� que me quer�a ver con vosotros, sino que vinieseis a ver a sus altezas�, porque �as� se tomar�a m�s breve y m�s sana y mejor conclusi�n en los hechos� (que era lo que nosotros trat�bamos de evitar para alargar los tanteos y obtener m�s ventajas). <strong>c</strong>uando <strong>z</strong>afra le habl� de nuestras �necesidades� -palabra misteriosa e inconcreta-, y le ofreci� concurso, <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh lo rechaz� negando que tuvi�ramos necesidad ninguna, para impedir que creyera que est�bamos ansiosos y oprimidos. <strong>z</strong>afra le replic� plegando velas y a la vez solt�ndolas:</p><p>�<strong>l</strong>o que con buena voluntad se escribe y a buen fin, no se debe tomar y responder de aquella manera, y, si tan sin necesidad est�is como, hermano, dec�s tanto, es mejor mi consejo para que no veng�is ni os ve�is despu�s en ella. <strong>y</strong> tanto cuanto m�s sin necesidad est�is, tanto m�s servicio recibir�n sus altezas� (y tanto m�s os recompensar�n, daba a entender). �<strong>l</strong>as cosas que con amor se ofrecen, con amor se han de responder y recibir.</p><p><strong>a</strong>s� que, hermano, dejemos todo lo que no aprovecha y vengamos a lo que hace al hecho. <strong>p</strong>orque sus altezas� -agregaba- �no andan en todo sino por el camino de la verdad, que, si otra cosa quisiesen, buenamente podr�an tener para ello; de modo que si sin necesidad est�is vosotros, mejor aparejo y disposici�n para esperar cualquier tiempo y negociaci�n. <strong>y</strong>a que sus altezas tienen gana de que esto se concluya en seguida, y �se es vuestro provecho, lo mismo deb�ais querer vosotros�. <strong>m</strong>�s claro, el agua. <strong>p</strong>ero met�a dentro del sobre una hijuela para ser le�da s�lo por <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh. <strong>s</strong>e quejaba en ella de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, �que no anda muy claro ni cierto en el servicio y bien del sult�n y vuestro, y sospecho que ha gana de buscar algunas dilaciones para guiarlo por otro camino� (lo cual no es bueno ni para el sult�n ni para vos, dec�a entre dientes, porque os quedar�is sin estipendios). �<strong>y</strong> el alguacil� -remataba- �no mira lo de adelante, ni que el hijo de su se�or est� cautivo, ni que su se�or todos los d�as y horas y momentos tiene su persona y estado en peligro�.</p><p><strong>t</strong>raducido: tenlo tambi�n t� en cuenta y muy presente, �pues vos sois tan cuerdo que sab�is por qu� lo digo y todo lo entend�is bien�.</p><p><strong>y</strong> cerraba con la aclaraci�n de que, si nosotros no ten�amos necesidades, �sus altezas, <strong>d</strong>ios los guarde, con much�simas menos necesidades est�n�.</p><p><strong>y</strong>o no oculto que me solazaba con una esgrima en que cada cosa que se dec�a quer�a decir m�s que nada lo contrario, y precaver de otra no dicha, y sugerir much�simas m�s, y anunciar otra que tampoco se iba a decir jam�s. <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh, por orden m�a, postergaba la visita a los reyes que reclamaba <strong>z</strong>afra. <strong>y</strong>o quer�a cerciorarme antes de que la representaci�n que <strong>z</strong>afra se arrogaba era aut�ntica, y eso era lo que los reyes, con la visita, quer�an a su vez ratificar respecto de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh.</p><p><strong>p</strong>ero nosotros tuvimos m�s paciencia y m�s habilidad. <strong>a</strong> la petici�n de <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh de que convendr�a que los reyes nos escribieran a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y a m� para ablandarnos (lo que de verdad persegu�a era que confirmaran, bajo su fe y su palabra, que les dar�an buen trato, protecci�n f�sica, seguridad y gratificaci�n), los reyes, incomodados, escribieron dos cartas: una para m� y otra para mis representantes.</p><p><strong>l</strong>a m�a era taxativa; la hab�a redactado seguramente <strong>z</strong>afra. �<strong>n</strong>o pudiendo creer ni creyendo, seg�n la voluntad que en nosotros hallasteis y conocisteis, y seg�n lo que de vuestra bondad conoc�amos, que cosa alguna de lo pasado proced�a de vuestra voluntad, y asimismo no queriendo por todas estas causas ver el fin de vuestro perdimiento� en tanto que ten�is tiempo de servirnos, tuvimos por bien que vuestro secretario escribiese a vuestro alcaide y criado lo que creemos que habr�is visto, y porque todo ha procedido y procede de nuestra voluntad y ello escribi� por nuestro mandado, acordamos de escribiros as� para que de esto fueseis sabedor�. <strong>o</strong> sea, la petici�n encubierta hab�a sido admirablemente comprendida, y no menos admirablemente satisfecha.</p><p><strong>s</strong>i mi carta era di�fana, la de los otros dos, m�s a�n: �<strong>h</strong>emos visto el deseo y gana que dec�s que ten�is de servirnos, lo cual no dudamos, dada la voluntad que siempre tuvimos de haceros mercedes� <strong>c</strong>reyendo que para atajar y enmendar todo lo pasado, con nuestra ayuda y mediante el favor de <strong>d</strong>ios, el sult�n y vosotros ten�is ahora entero poder� <strong>p</strong>ues de venir luego a nuestro servicio os vendr� todo bien y seguridad y reposo, y somos ciertos que en todas las cosas el sult�n vuestro amo est� a vuestro consejo y pensar, os encargamos que deis pronto, en todo, aquel fin y conclusi�n que a nuestro servicio y al bien de vuestro amo y de vosotros cumple, certific�ndoos que, poni�ndolo as� en obra, recibir�is de nos se�aladas mercedes� y haciendo lo contrario -lo que dudamos- de aqu� en adelante, en todo lo que se hiciere, no tendr�is justa causa ni raz�n de quejaros, y la culpa de todo ser� vuestra. <strong>y</strong> no pens�is que alargar este hecho aproveche vuestros negocios, antes sed ciertos de que toda dilaci�n os es da�osa�. <strong>y</strong> se desped�an con una garant�a frente a la competencia de otros negociadores: �<strong>n</strong>o cre�is que nos placer� que este trato se trace por otra v�a ni por otra parte�; pero con una admonici�n: �pues por esta manera habr� m�s breve y mejor conclusi�n para lo que os cumple�.</p><p><strong>a</strong>quella tarde nos reunimos los tres en la alcazaba para comentar las dos cartas y responderlas.</p><p>�<strong>c</strong>�mo continuar aplazando la entrevista con los reyes?; porque, si estaban tan impacientes, cuanto m�s nos resisti�ramos, mejores condiciones obtendr�amos. <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh resolvi� escribirle a <strong>z</strong>afra que est�bamos content�simos con las cartas reales; de ellos dos a�ad�a:</p><p>�<strong>b</strong>esamos su muy honrada carta, y la pusimos sobre nuestras cabezas, y determinamos con entera voluntad servirles y hacer cuanto nos mandaren�. <strong>p</strong>ara que no mintiera del todo, yo le obligu� a ponerse la carta sobre la cabeza, y as� lo hizo burlando. <strong>e</strong>n cuanto a la entrevista, pon�a muchos inconvenientes: hab�a de tenerla uno de ellos dos, porque introducir una tercera persona prolongar�a el negocio y arriesgar�a el secreto; secreto que tambi�n se arriesgar�a yendo ellos, puesto que �no podemos estar una hora ausentes de nuestro se�or, porque es costumbre que todos los caballeros y la gente nos hallen de continuo juntos para desempacharles�, y entrar�an en sospecha de no encontrarlos, y, si la gente se enterara de las negociaciones antes de concluirlas, no ser�a bueno.</p><p><strong>a</strong>s� que propon�a aplazar la entrevista �hasta que acabemos con sus altezas y tengamos vuestro despacho en nuestro poder y estemos seguros de vosotros; entonces daremos orden y pensaremos c�mo se har� el negocio y se ablandar� la gente�. <strong>l</strong>uego, con destreza, transig�a: �<strong>e</strong>n todo caso, vaya uno de nosotros, pero ha de ser de manera que ha de ir y volver en la misma noche, y que en amaneciendo est� en su casa�. <strong>a</strong> tal fin era necesario el seguro de sus altezas para la ida, la estancia y el retorno, y que el silencio fuese total salvo para sus altezas y <strong>z</strong>afra.</p><p><strong>a</strong> los reyes, <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh les respondieron poni�ndose como una alfombra a sus pies.</p><p>�<strong>n</strong>uestra voluntad y gana es enteramente servir a vuestras altezas hasta que alcancen su voluntad y querer, y por esta causa escribimos a vuestro servidor, vuestro secretario, nuestro hermano, <strong>h</strong>ernando de <strong>z</strong>afra�� <strong>m</strong>i respuesta fue simple. <strong>a</strong> sus b�fidas declaraciones de amor, respond� repitiendo una docena de veces la palabra honrado: yo, su carta, ellos, su secretario, mis alcaides, otra vez su carta y otra vez ellos. <strong>p</strong>rotestaba de que �nunca se quit� nuestra amistad ni se quitar�a�, y aclaraba que, a su petici�n de �que vini�semos pronto a vuestro servicio antes de que nos alcance alguna necesidad y alguna falta� (para que comprendieran que hab�a comprendido su amenaza), les hac�a saber que, �si vuestro servidor no estuvo a vuestro servicio, fue por la necesidad de la gente de esta ciudad, que �l nunca se quitar� de vuestro servicio, con necesidad o sin ella�; si no cumpl�, fue �por el inconveniente de los tiempos y a causa de lo que nos acaeci� con la gente de esta ciudad�, que atentaban contra m� �diciendo que estaban muy fuertes y que no ten�an necesidad ninguna� (esto deb�a ser subrayado), porque aqu� �hay mucha gente, y eran descorteses con su se�or, y sol�an levantarse contra �l en tiempos de las divisiones� (ya no), �y han menester quien los ablande y allane�. <strong>a</strong>l final reconoc�a que mis servidores me representaban.</p><p>�<strong>s</strong>aludos muy honrados, y la bendici�n y la piedad de <strong>d</strong>ios sobre vuestras altezas�.</p><p><strong>p</strong>or la noche vino a verme <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh con una hijuela que, a espaldas de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, iba a agregar a su carta a <strong>z</strong>afra.</p><p>��<strong>z</strong>afra, se�or, desconf�a de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa.</p><p>��<strong>s</strong>i <strong>z</strong>afra desconf�a, yo debo confiar.</p><p>��<strong>s</strong>i desconf�a es porque el alguacil es torpe, no porque sea leal a ti.</p><p>��<strong>l</strong>a torpeza tambi�n puede ser �til: t� la finges a veces, y m�s se ganar�.</p><p><strong>e</strong>n la hijuela le dec�a a <strong>z</strong>afra que, �por <strong>d</strong>ios�, la carta de sus altezas no habr�a sido, �por <strong>d</strong>ios�, necesaria, sino que <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa lo expres� mal. �<strong>�</strong>ste es un lerdo y ha menester que lo aconsejen. <strong>y</strong>o, con la ayuda de <strong>d</strong>ios, le enderezar� a �l y a los otros con la buena voluntad que tengo de servir a sus altezas. <strong>y</strong>o le aquejo que vaya �l a entrevistarse, y no puedo con �l, que parece que est� muy temeroso� (era mentira: quer�a ir �l), �y por esta causa ped� el seguro para los dos� (�no acusaba al otro de haber pedido la carta de los reyes?), �porque yo, yendo o no yendo, soy servidor�. <strong>d</strong>espu�s se enredaba al insistir en que �l guardaba el secreto �hasta con <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa�, para insinuarle a <strong>z</strong>afra que �l hiciera lo mismo, y �juro por <strong>d</strong>ios que yo querr�a ver a sus altezas antes hoy que ma�ana, y que el d�a que ahora pasa sobre m� me parece un mes�; pero que hab�a tenido una mal�sima ca�da de caballo, y que poco a poco se recuperaba �gracias a <strong>d</strong>ios y con la buena dicha de la carta de sus altezas. <strong>p</strong>legue a <strong>d</strong>ios que no mienta mi pensamiento de vos ni vuestro pensamiento de m�, y seremos causa del bien de nuestros se�ores, y ganaremos los dos� (ah� no quer�a ambig�edades: s�lo los dos) �la honra y el honor y la fama y las mercedes en la casa real�.</p><p><strong>a</strong> mi amonestaci�n de que echaba de ver algunas contradicciones, me replic�:</p><p>��<strong>l</strong>as contradicciones m�as, se�or, ayudar�n a que ellos tambi�n se contradigan. <strong>y</strong>, entre unas y otras, algo sacaremos en limpio.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a noche en que <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh fue por fin a entrevistarse con los reyes, yo madrugu� mucho, y lo aguard� paseando entre zozobras.</p><p><strong>h</strong>ab�a amanecido un d�a gris y fr�o de octubre. <strong>n</strong>o mucho despu�s, lleg� cojeando <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh.</p><p>��<strong>s</strong>�lo por ti lo he hecho. <strong>n</strong>o hay favores, ni d�divas, ni premios que paguen estas cosas. <strong>o</strong>tra vez, que vaya <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa: �l es m�s listo, �l es m�s cultivado, �l es m�s valeroso.</p><p>��<strong>p</strong>ues no es eso lo que le dices a <strong>z</strong>afra. �<strong>h</strong>as corrido peligro?</p><p>��<strong>s</strong>i andar de noche cerrada, solo, entre enemigos, te parece poco� <strong>m</strong>e recogieron en la alquer�a de <strong>c</strong>hurriana. <strong>q</strong>u� camino, se�or. <strong>l</strong>os reyes me esperaban.</p><p><strong>l</strong>os dos han envejecido. <strong>s</strong>e ve que vivir al raso con estos relentes no les prueba. <strong>e</strong>lla, sin embargo, y eso que est� de luto, ha engordado.</p><p>���<strong>q</strong>u� fue lo que pas�?</p><p>���<strong>q</strong>ue por qu� ha engordado?</p><p><strong>c</strong>omprender�s que no iba a pregunt�rselo.</p><p>��<strong>n</strong>o me preocupa si ha engordado o no. <strong>l</strong>as condiciones, digo.</p><p>��<strong>a</strong>h, cre�. <strong>l</strong>e� las notas y memorias que hab�amos redactado en favor de los ciudadanos, las exigencias del com�n, tus privilegios y los de tu familia.</p><p>��<strong>y</strong> los tuyos, supongo.</p><p>��<strong>s</strong>�, y los m�os. <strong>y</strong> los m�os tambi�n: ya me dir�s por qu� no iba a leerlos. <strong>b</strong>ueno, pues bien. <strong>m</strong>uy bien. <strong>a</strong>sent�an sin gran dificultad. <strong>s</strong>e miraban entre s�, y asent�an. <strong>z</strong>afra estaba en la gloria.</p><p><strong>s</strong>in regateos, dec�an que s� con la cabeza. <strong>y</strong>, de repente, me interrumpieron los dos a la vez: quer�an saber la fecha en que se les entregar�a <strong>g</strong>ranada. <strong>h</strong>ubo una pausa. <strong>h</strong>ubo una larga pausa. <strong>a</strong> m� se me hizo eterna. <strong>d</strong>espu�s dije:</p><p>�<strong>l</strong>o antes posible�. ��<strong>c</strong>u�ndo ser� lo antes posible?�, pregunt� ella, aunque es m�s listo �l, que dej� que ella lo preguntase y que pasara por m�s lista. �<strong>p</strong>ronto�, contest� yo. <strong>�</strong>l golpe� el brazo de su asiento: ��<strong>p</strong>ronto para vosotros, o para nosotros? �<strong>c</strong>u�ndo?�, y golpe� otra vez. �<strong>h</strong>aciendo un gran esfuerzo, puede ser el �ltimo d�a de mayo venidero�, dije. <strong>�</strong>l se puso de pie, imagino que para dar con m�s firmeza la patada que dio en el suelo. <strong>d</strong>iscutieron enojados muy de prisa entre ellos. <strong>t</strong>anto discutieron y tan enojados estaban, que me atrev� a rebajar tres meses del plazo porque pens� que, si no, all� mismo me cortaban el ga�ote. <strong>v</strong>olvieron a negarse con parecida irritaci�n. <strong>y</strong>o trat� de seguir leyendo la memoria de las condiciones, pero me dijeron que hab�amos terminado; que si no se entregaba la ciudad en un viernes (tiene que ser un viernes) dentro de los pr�ximos treinta d�as, veintinueve ya, no seguir�amos con las conversaciones. <strong>y</strong>o pens�: �<strong>a</strong>qu� me acabo yo�. <strong>p</strong>ara defender mi vida, dije que te lo consultar�a, y me retir� m�s corrido que un toro y m�s avergonzado que una abubilla sin mo�o. <strong>y</strong> aqu� estoy.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o pasaron dos d�as sin que escribieran los reyes y <strong>z</strong>afra ratificando su propuesta a <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh y proponiendo otra entrevista personal. <strong>d</strong>e nuevo era preciso ganar tiempo: hasta que el invierno no se asentara y se acentuase la escasez de alimentos, el pueblo granadino no estar�a dispuesto; por otra parte, si accedi�semos a acortar el plazo propuesto por nosotros, ser�a por la mejora de las condiciones de la entrega en pro de mis vasallos.</p><p><strong>l</strong>e asegur� a <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh que ya contestar�amos a <strong>z</strong>afra y a los reyes, que se desentendiese. <strong>l</strong>o desped�; pero no hab�a pasado mucho tiempo, aunque era ya de noche, cuando volvi� a verme, demudado.</p><p>��<strong>s</strong>e�or, he descubierto, por coincidencias que no vienen al caso, que el alfaqu� <strong>m</strong>ohamed el <strong>p</strong>equen� se cartea con <strong>z</strong>afra.</p><p>��<strong>s</strong>eguramente porque has interceptado a su mensajero, o porque le pagas m�s que �l para que te ense�e sus cartas.</p><p>��<strong>n</strong>o hace al caso, se�or. <strong>l</strong>o importante es que nos han vendido.</p><p>��<strong>e</strong>stoy al tanto -lo tranquilic� ech�ndome a re�r- de que <strong>z</strong>afra se cartea con muchos que no s�, y con algunos que s�, pero no s� qu� le escriben: mis amigos del <strong>g</strong>eneralife van desapareciendo d�a a d�a�</p><p><strong>s</strong>e me hel� la risa; aquella misma tarde hab�a estado casi solo.</p><p><strong>m</strong>e entristecieron la hora y el lugar. <strong>d</strong>esped� a los tres amigos que me acompa�aban, ped� a <strong>f</strong>arax que me aguardara en el camino de la <strong>a</strong>lhambra, y contempl� como a mi alrededor y sobre m� se desmoronaba la tarde. <strong>s</strong>ent� la infinita melancol�a de las aguas que corren y se van, que cantan en surtidores y se van, siempre las mismas y otras siempre. �<strong>i</strong>gual que los amigos, si es que alg�n d�a los tuve.�</p><p>�<strong>a</strong>qu� -me dije- am� y no me amaron, y luego am� y me amaron, inhibido del mundo y sus batallas, inhibido de las ruinas cuyos escombros hoy me ahogan� <strong>n</strong>ing�n amor sustituye a otro amor. <strong>l</strong>o de ahora no s� si es m�s o menos: es una identificaci�n, una uni�n plena de amistad que, de vez en cuando, se expresa en una uni�n de cuerpos.</p><p><strong>e</strong>s as� con <strong>f</strong>arax, y es as� con <strong>m</strong>oraima��</p><p><strong>s</strong>e pon�a el sol entre la <strong>a</strong>lhambra y el <strong>a</strong>lbayz�n; entre la colina roja y la de enfrente, con sus huertos rampantes y armoniosos.</p><p><strong>c</strong>uando cayera el sol, habr�a acabado todo una vez m�s, como un juego de magia, cuyo truco sabemos.</p><p><strong>e</strong>n el mirador mov�a el aire mis ropas, acaso demasiado ligeras para la hora. <strong>v</strong>e�a la <strong>a</strong>lhambra de torres esbeltas y amontonadas, p�lidas con el sol tras ellas; la <strong>s</strong>ierra, blanca y muda. <strong>s</strong>e dejaba caer el sol sin resistirse, naufragado en su sangre m�s morada que roja. <strong>e</strong>n el <strong>a</strong>lbayz�n surgi� una m�sica de unas manos y de una boca inh�biles. <strong>d</strong>etr�s de m� el quejido de las acequias, que tan alegre me pareci� otras tardes, era hoy igual que un llanto. <strong>q</strong>u� solo estaba.</p><p>�<strong>q</strong>u� solo estoy.� <strong>m</strong>e volv� hacia la <strong>q</strong>uinta casi al alcance de mi mano, soberbia e inservible como yo mismo ahora�</p><p><strong>l</strong>a ciudadela hab�a vuelto a su color porque se hund�a el sol: roseaba y se doraba. �<strong>q</strong>uiz� es bueno que el sol se ponga para que todo sea de veras como es. <strong>y</strong>a no hay fieras en los bosques de la <strong>a</strong>lhambra, ni p�jaros ex�ticos bajo la <strong>t</strong>orre de <strong>c</strong>omares; s�lo queda la leyenda. <strong>e</strong>l sol se ha ido. <strong>a</strong>�n veo la terca lozan�a, a pesar de todo, de la <strong>v</strong>ega. <strong>s</strong>in sol, todos somos iguales: todos hemos extraviado nuestra sombra.� <strong>e</strong>l olor de algunas trepadoras trasminaba los dedos remisos de la noche; cantaban los mirlos �ltimos. <strong>e</strong>n su estremecimiento final, el cielo era amarillo y verde lo mismo que un lim�n. �<strong>a</strong>qu� yo am� y me amaron, y todo contin�a lo mismo, menos yo��</p><p><strong>m</strong>e hab�a distra�do de <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh; �l me acechaba. <strong>v</strong>olv� a sonre�rle.</p><p>��<strong>q</strong>ue no te desazone <strong>e</strong>l <strong>p</strong>equen�: tengo sus cartas.</p><p>��<strong>s</strong>e�or, �por qu� no lo dijiste?</p><p>���<strong>c</strong>�mo puedes hacerme t�, hijo de las tinieblas, esa pregunta a m�?</p><p>���<strong>m</strong>e las ense�ar�as?</p><p><strong>s</strong>e las ense��. <strong>l</strong>ey� en alto unos pasajes, y otros, para s�.</p><p>���<strong>l</strong>o que me parece a m� que aprovecha a sus altezas es que ablanden mucho al sult�n, y que pongan miel, y asimismo con la gente, porque las ciudades grandes no se toman sino con buenas maneras y buenas blanduras� <strong>l</strong>a reina nuestra se�ora debe escribir a la reina madre del sult�n y a su mujer para ablandarlas� <strong>l</strong>os locos han menester quien los ablande�. <strong>c</strong>on tanto ablandarnos vamos a acabar deshechos -dijo despectivamente <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh-. �<strong>y</strong>o os aconsejo que este negocio lo teng�is encubierto de los moros y de los cristianos hasta que se acabe de concluir�. <strong>l</strong>os moros debemos ser <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y yo.</p><p><strong>t</strong>om� otra carta:</p><p>���<strong>m</strong>enester es t�rmino que ser� de dos meses a lo menos� (qu� puerco es este alfaqu�), �y en este t�rmino se ablandar� la gente y har� el sult�n con la gente todo lo que quisiere, y el camino de soler, que es la sierra nevada, no se pasar�, y entrar� el tiempo de la sementera y se manifestar� la gente� <strong>e</strong>l sult�n ha de hablar por fuerza, pero quiere alargar�� <strong>s</strong>e�or, �qu� es esto?</p><p>��<strong>s</strong>igue -le dije.</p><p>���<strong>e</strong>scriba vuestra merced a <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh s�lo para apretarle que vaya a vosotros, y no recib�is de �l m�s habla por carta, y que vaya con un alfaqu� no nombrado por �l�. <strong>p</strong>or fin cant� la gallina: �l quiere meterse en el negocio. �<strong>n</strong>o teng�is recelo en quitar el habla con ellos, porque en todo caso han de venir a vuestras manos.� <strong>n</strong>os est� desacreditando y desfavoreciendo.</p><p>��<strong>n</strong>o: los est� confiando a ellos. �<strong>o</strong> es que t� obras por caminos derechos? <strong>e</strong>l <strong>p</strong>equen� les sugiere que, aunque hagan una pausa, que es lo que, en el fondo, deseamos, nada se habr� perdido.</p><p><strong>t</strong>� escribir�s a <strong>z</strong>afra abundando en lo mismo, que yo tambi�n escribir� a los reyes. <strong>d</strong>ile que yo me dol� de que no recibieran la fecha ofrecida por ti con la buena voluntad que se hizo; y que te dije: �<strong>p</strong>or ahora, basta. <strong>y</strong>a veremos. <strong>a</strong> otra vuelta ser�, dando por cancelada la cuesti�n.</p><p><strong>y</strong>o les escrib� a los reyes que si <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh hab�a rebajado el plazo tres meses fue por servirlos, sin comisi�n m�a, pero que lo daba por bueno. �<strong>o</strong>s hago juramento ante el poderoso <strong>d</strong>ios que es como os digo, y no puedo certificaros cosas dudosas, y no querr�a prometer m�s de lo que pudiese cumplir� <strong>e</strong>l plazo ser�a a primero d�a de marzo que es pr�ximo de abril, y no alarguemos m�s las hablas y las cartas� <strong>s</strong>i no lo reciben as� vuestras altezas, no ser� m�s en mi mano, y no podr� hacer m�s, y quedar� el negocio hasta que <strong>d</strong>ios quiera.� <strong>p</strong>ara cerrar -y a la vez abrir-, los animaba: �<strong>c</strong>on la ayuda de <strong>d</strong>ios, hablar� con la gente y enviar� por los alguaciles de las <strong>a</strong>lpujarras y procurar� concluir antes del t�rmino�.</p><p>��<strong>n</strong>o entiendo lo de primero de marzo m�s pr�ximo de abril -dijo <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh frunciendo las cejas.</p><p>��<strong>a</strong> ese intento est� escrito.</p><p><strong>m</strong>ientras se aclara, ganaremos algo. <strong>h</strong>ay que agarrarse a la confusi�n de nuestro calendario y el suyo, y a las diferencias de la semana, y a los errores de la traducci�n. <strong>c</strong>uanta m�s niebla, mejor avanzaremos. <strong>e</strong>scribe t� a los reyes.</p><p><strong>b</strong>ajo mi orden, les comunicaba:</p><p>�<strong>e</strong>n el t�rmino que piden es imposible hacerse, y no cabe en ning�n seso que el hecho de <strong>g</strong>ranada fuese tan de prisa, y juramos a vuestras altezas en nuestra ley que, si posible fuera hacerlo en aquel t�rmino, no quedar�a por nosotros, que por <strong>d</strong>ios desde el d�a que nos lo dijisteis no podemos comer ni beber, sino pensar c�mo podremos cumplir para que vuestras altezas alcanzaren su voluntad�.</p><p>��<strong>m</strong>uy bien. <strong>d</strong>esp�dete. <strong>b</strong>esa sus pies. <strong>y</strong> ponle fecha en domingo.</p><p>��<strong>h</strong>oy no es domingo, se�or.</p><p>��<strong>l</strong>o s�. <strong>t</strong>� pon domingo. <strong>c</strong>ada d�a de sitio para ellos significa un sacrificio y much�simo gasto. <strong>y</strong> con los a�os se multiplican m�s, como si cada d�a fuesen mil. <strong>s</strong>i retrasamos, o levantan el sitio o dan lo que pidamos.</p><p>��<strong>o</strong> atacan.</p><p>��<strong>m</strong>al ataque con el invierno en puertas. <strong>h</strong>ay que dar largas, hasta que todos los granadinos echen pie a tierra -y a�ad�, mientras �l me miraba con pasmo-: <strong>s</strong>er astuto no tiene tanto m�rito.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>s� fue. <strong>d</strong>e tal modo urg�a el asunto a los reyes, que <strong>h</strong>ernando de <strong>z</strong>afra me pidi� un salvoconducto para venir a <strong>g</strong>ranada de inc�gnito.</p><p><strong>s</strong>e lo di. <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh lo hosped� en la misma casa en que estuvo <strong>j</strong>uan de <strong>b</strong>az�n.</p><p><strong>p</strong>asada la medianoche, baj� a verlo desde el <strong>g</strong>eneralife. <strong>e</strong>ra como me lo hab�a imaginado: con cara de rat�n y manos de rat�n y ojos de rat�n. <strong>e</strong>staba inm�vil, y todo �l se mov�a: se le mordisqueaban los labios, le vibraban las aletas de la nariz, le parpadeaban los bigotes, le tabaleaban unos dedos sobre otros, y se le meneaban los ojos de ac� para all�. <strong>t</strong>odo a pesar suyo, porque �l segu�a, de pie o sentado, lo mismo que una estatua.</p><p><strong>l</strong>a cuesti�n batallona era el plazo de la entrega. <strong>z</strong>afra no tra�a poderes para negociar; s�lo una propuesta: treinta d�as. <strong>y</strong>o le pregunt�:</p><p>���<strong>t</strong>an mal se hallan sus altezas, tan rebeldes sus s�bditos, tan agotadas sus arcas, que no pueden aguardar a que madure el fruto? �<strong>n</strong>o escribisteis que no ten�an ni la menor necesidad?</p><p>��<strong>l</strong>a �nica que tienen es concluir este negocio, que est� ya concluido. <strong>p</strong>orque deben realizar muchas m�s cosas: bodas, navegaciones, pactos y conquistas en <strong>e</strong>uropa, y esta arenilla de <strong>g</strong>ranada les molesta los ojos.</p><p><strong>l</strong>os suyos se mov�an como si la arenilla le molestase a �l.</p><p>��<strong>e</strong>sta arenilla de <strong>g</strong>ranada la han tenido <strong>a</strong>rag�n y <strong>c</strong>astilla metida en sus ojos desde hace siglos -le repliqu�-. <strong>n</strong>o pienso que por llevarla tres meses m�s los ciegue.</p><p>��<strong>p</strong>recisamente porque llevan as� varios siglos, cuanto antes se resuelva, mejor. <strong>s</strong>obre todo, porque es un asunto terminado. <strong>c</strong>omo cuando hay un muerto (perdonadme la comparaci�n) en una casa: cuanto antes diga el f�sico que es muerto y se saque el cad�ver, antes descansar� la familia.</p><p>��<strong>l</strong>a familia, primero, habr� de convencerse de la muerte, y llorarla, y hacer el duelo, y velar el cad�ver. <strong>p</strong>ero si la familia desconoce hasta la gravedad del enfermo, no ya su muerte, �qui�n la convencer� de que debe enterrarlo?</p><p>��<strong>s</strong>e os pudrir� el difunto entre las manos.</p><p>��<strong>c</strong>onsentid que sigamos nuestras costumbres, y lo lavemos y lo perfumemos y lo embalsamemos para evitar que se nos pudra. <strong>n</strong>ada se adelanta si matamos, por las prisas, al agonizante, salvo que nos se�alen como asesinos. <strong>m</strong>�s sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena. <strong>d</strong>ispuestas est�n ya las jofainas y las toallas. <strong>y</strong> el llanto, se�or, tambi�n est� dispuesto; que si vuestros reyes tienen arenilla en los ojos, en los nuestros hay l�grimas. <strong>p</strong>ero no quer�is meter vuestras caballer�as por la fuerza en un alfar, porque no quedar� cacharro sano.</p><p>��<strong>p</strong>or eso, alteza, os damos treinta fechas para colocarlos en las estanter�as y anaqueles; si quisierais, de sobra tendr�ais. <strong>y</strong> nuestra ayuda tambi�n, para poner cada cacharro donde le corresponde -su intenci�n se afilaba-, y hasta para romper los que convenga.</p><p><strong>c</strong>omprend� que los argumentos que uno usara los retorcer�a el otro a su favor. <strong>p</strong>or eso le habl� m�s o menos as�:</p><p>��<strong>s</strong>i se os ha permitido entrar en nuestra casa no es para que olisqu�is ni para que fisgu�is, se�or <strong>z</strong>afra, sino para que atend�is mis razones, que las tengo y son muchas, y las conozco yo mejor que nadie, como vos conoc�is mejor las vuestras. <strong>c</strong>on <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh remit� a vuestros reyes las condiciones que exijo para que en todo se respeten la religi�n, las haciendas, las leyes y la independencia de mis s�bditos. <strong>p</strong>unto por punto quise que fueran le�das y confirmadas, que m�s me ata�e eso que todos los privilegios y t�tulos y tierras que a m� se me concedan.</p><p><strong>m</strong>�o es este <strong>r</strong>eino y de �l soy responsable. <strong>v</strong>uestros reyes no tratan sino de lo que a m� personalmente me ofrecen y del plazo en que debo aceptarlo. <strong>i</strong>gnoro si sus s�bditos son muy diferentes de los m�os, y si los quitan y los ponen los reyes como peones de ajedrez.</p><p><strong>l</strong>os m�os, lo crean ellos mismos o no, tienen en m� su salvaguardia.</p><p><strong>y</strong>o soy el que ha de velar para que, faltando yo (que yo, y no mi pueblo, soy aqu� el cad�ver de que hablaba), quede el pueblo bien guarnecido. <strong>y</strong> tambi�n soy yo el que sabe cu�ndo ha de decirle que ya no soy su due�o, que tiene ya otro que lo respetar� igual que yo lo respet�. <strong>s</strong>i no es as�, se�or <strong>z</strong>afra, nada se ha dicho. <strong>l</strong>levad al �nimo de vuestros reyes esta misericordia: antes de tratar de las fechas, tratemos de cuanto debe hacerse y debemos firmar en tanto llegan. <strong>l</strong>o otro es poner los caballos detr�s del carro, y pedir que lo empujen.</p><p><strong>m</strong>ientras le hablaba, y aun despu�s, <strong>z</strong>afra era un puro hormigueo.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>omo supuse, <strong>h</strong>ernando de <strong>z</strong>afra recibi� y conferenci� en <strong>g</strong>ranada con bastantes notables, y los llen� de regalos y de halagos: verde de <strong>f</strong>lorencia para jubones, terciopelos para sayas y grana de <strong>l</strong>ondres para calzas. <strong>c</strong>omo si a fuerza de telas se pudiesen cubrir otras verg�enzas que las que en serio no lo son. <strong>c</strong>on disfraz de acemilero entr� en el <strong>a</strong>lbayz�n el despreciable, y en sus dos ac�milas llevaba un c�mulo de sobornos con que corromper albedr�os. <strong>p</strong>ero �qu� me importaban diez o doce traiciones m�s, cuando era el acomodo de mi pueblo lo que yo m�s quer�a?</p><empty-line/><p><strong>n</strong>ada m�s regresar <strong>z</strong>afra a <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e, escribieron los reyes a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa. <strong>q</strong>uiz� a <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh lo daban por perdido; por lo menos, yo tuve que resignarme a escuchar sus lamentos. �<strong>r</strong>ecibir�is de nos las mercedes que merec�is� no podemos pensar qu� cosa os mueva a querer alargar este hecho, pues con ayuda de <strong>d</strong>ios, estando aqu� nosotros, no es muy grave al rey ni a vosotros tomar luego conclusi�n en lo que a nuestro servicio cumple.� <strong>y</strong> tambi�n me escribieron a m�, tach�ndome con suavidad de no haber quiz� entendido sus peticiones.</p><p>�<strong>p</strong>orque parece, por lo que hab�is escrito, que no hab�is entendido bien lo que sobre esto escribimos, mandamos aclararos lo que antes os hab�amos escrito� (�sa fue la raz�n de la visita de <strong>z</strong>afra, que no me aclar� mucho, pero a quien yo s� le aclar� algo), �que es que a nos placer� que, rebajando vos mucho del t�rmino que ped�s, y alargando alg�n t�rmino m�s de los treinta d�as que os dimos, se os cumplir� lo que solicit�is�. <strong>t</strong>an a la ligera aceptaban mis condiciones que me daba muy mala espina, como si ya por adelantado pensaran infringirlas. <strong>d</strong>iez d�as me daban para mandar a uno de mis representantes a la reuni�n definitiva, y, en otro caso, me conminaban: �<strong>n</strong>o queriendo vos cumplir en la manera que aqu� decimos y antes os lo escribimos, no pens�is ni cre�is que quedamos obligados para cumplir con vos cosa alguna de lo que de nuestra parte se os ha dicho o escrito�.</p><p><strong>e</strong>staban tan nerviosos que conven�a, en consecuencia, ponerlos m�s a�n. <strong>n</strong>o mand� a nadie en los diez d�as; s�lo mand� a <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh que le escribiera a <strong>z</strong>afra con subterfugios. <strong>l</strong>a carta era como ten�a que ser: incoherente. <strong>l</strong>e informaba que hab�a recibido una suya con el salvoconducto, �y estoy maravillado de que <strong>h</strong>amet el <strong>u</strong>laila no os dijera mi enfermedad� (era una fantas�a), �porque desde el d�a que de aqu� partisteis no me levant� de la cama, y yo os juro en <strong>d</strong>ios y por mi ley que toda la noche me levant� al bac�n, con perd�n, diez y doce veces, y creo que tengo frialdad, y asimismo creo que tengo diviesos en el brazo� (�qui�n podr�a, pese a la gravedad de la situaci�n, no re�rse?), �y no puedo vestir salvo la camisa sola, y hoy pienso que el cirujano me los abra�. <strong>p</strong>or tan diversas y lastimosas peripecias no fue a ver a los reyes: �<strong>j</strong>uro por <strong>d</strong>ios y por el quitamiento de mi mujer, que soy servidor de sus altezas de coraz�n y voluntad limpia, y como vos dese�is que esta ciudad sea suya, ese mismo es mi deseo�.</p><p><strong>y</strong>, puesto que porfiaban que bastaba de cartas y se remit�an a una entrevista personal, y �l no pod�a ir, �ved vos, si os pareciese, que veng�is y que traig�is poder de sus altezas para que concluy�is ac�.</p><p><strong>e</strong>nviadme a <strong>h</strong>amet y yo os enviar� a mi primo y a la guardia, si quisi�reis, para recibiros�. <strong>e</strong>n una hijuela secreta le ofrec�a ir, si mejoraba; pero que no pod�a estar m�s de una hora en <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e y hab�a de tornar la misma noche, �porque esta gente no me deja holgar, y me exige en los negocios como si estuviese sano: bien lo visteis cuando estabais aqu�.</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o me figuraba a <strong>z</strong>afra, enloquecido, mandando a diestro y siniestro mensajes y billetes. <strong>e</strong>n s�lo un d�a supe de cinco personajes granadinos a los que trataba de seducir. <strong>a</strong> los m�os y a m� no nos conven�a excedernos: las negociaciones ten�an que hacerse con <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh y sin el conocimiento de nadie; aunque no cre�a yo que <strong>z</strong>afra tirase, public�ndolas, piedras contra su tejado. <strong>p</strong>or eso, <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh volvi� a escribirle. <strong>l</strong>e confesaba que hab�a mejorado del vientre, aunque se le qued� dolor de cabeza. �<strong>c</strong>on todo, determino con la ayuda de <strong>d</strong>ios ir a la presencia de sus altezas y par�ceme, si a vos os parece bien, llevar conmigo al hijo de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, porque llevando al hijo se atar� el padre y trabajar� con nosotros.� <strong>l</strong>a cita era para la noche del viernes al s�bado; el consentimiento se dar�a el jueves por la noche; y el viernes, de d�a, hab�an de hacerse ahumadas, que era la contrase�a, en la alquer�a de <strong>c</strong>hurriana, a la que deb�a ir, para que �l se encontrase seguro, don <strong>g</strong>onzalo <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba. <strong>e</strong>l final de la carta era un galope: no pod�a estar sino una hora; las capitulaciones del com�n de la ciudad, y las mercedes y sobornos, ten�an que estar ya escritas; los privilegios de la familia real quedar�an para despu�s de la entrevista con sus altezas; sus dos mil reales por a�o hab�an de doblarse a cuatro mil; saludos a don <strong>g</strong>onzalo, y �al escribano <strong>s</strong>amuel, que tenga todas las escrituras sacadas en ar�bigo y saludos, y fecha lunes�. <strong>e</strong>n la hijuela privada, le agradec�a los dos zamarros que le hab�a regalado para abrigarse, y le interrogaba sobre el tipo de poder m�o que deb�a llevar: �<strong>l</strong>o pedir� a mi se�or, aunque para conmigo no ser� menester nada de esto, que con lo que quedare con el sult�n mi se�or aquello ha de ser�. <strong>n</strong>o s� si lo escribi� para que lo leyera yo y descansara m�s en �l; pero tampoco s� si incluy� en el sobre una segunda hijuela adem�s de la de los zamarros. <strong>p</strong>refer�a creer que no.</p><p><strong>e</strong>sa misma noche intercept� una carta de <strong>e</strong>l <strong>p</strong>equen� que �l no me hab�a mostrado. <strong>l</strong>a copi�, y le di paso libre. <strong>p</strong>ropon�a mejorar las condiciones: un plazo de dos meses o de cincuenta d�as; la entrega de un lugar o dos -<strong>m</strong>ond�jar o <strong>a</strong>ndarax o <strong>d</strong>al�as- antes del fin del plazo, con lo que se �ablandar�a� la gente, y servir�a para ver su voluntad; petici�n de un salvoconducto para un mensajero; licencia para la sementera una vez que estuviesen las voluntades �blandas� (qu� man�a la de este alfaqu�, como la de todos los sacerdotes, por ablandar a golpes); permiso de ir y venir para la gente, �lo que la ablandar� mucho; en cuanto a los cautivos, cuantos m�s sean m�s bien hay en ello, y mucha blandura, y que de las tahas de las <strong>a</strong>lpujarras sea yo alcaide como era <strong>m</strong>uley <strong>z</strong>uleigui, y lo pido desde ahora porque creo que otros lo pedir�n, y en lo de mi ida all�, tengo un hu�sped que me la estorba� (fantas�a tambi�n). �<strong>t</strong>�ngame por excusado, que yo ir� la primera vez que venga <strong>h</strong>amet.� (<strong>h</strong>amet era el que me dio la carta. <strong>e</strong>n el fondo, todos lo mismo: traidores de ida y vuelta: vender bien el burro, que no era suyo adem�s, y no arriesgarse a dar la cara, inventando para ello hu�spedes o diarreas.)</p><empty-line/><p><strong>c</strong>uando al amanecer del s�bado volvi� de <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh, lo encontr� ensimismado y pensativo.</p><p>��<strong>n</strong>i yo mismo s� por qu� -me explic�-. <strong>t</strong>odo ha ido bien. <strong>t</strong>odo ha ido demasiado bien. <strong>q</strong>uiz� por eso me preocupo. <strong>n</strong>o logro fiarme de esos reyes. <strong>e</strong>sta vez no han hecho hincapi� en el punto del plazo. <strong>d</strong>an la impresi�n de que esperan conseguirlo por otras v�as, gracias a otros manejos. <strong>a</strong>lgo me huele mal. <strong>y</strong>, por si fuera poco, en el camino de vuelta se me han ocurrido algunos cap�tulos del com�n, y otros tuyos (incluso algunos m�os) que faltaban. <strong>p</strong>uesto que est�n en buena disposici�n, apretemos las tuercas, que luego ser� tarde. <strong>s</strong>i me autorizas, escribir� a <strong>z</strong>afra ahora mismo, y que complete con esta tanda los legajos.</p><p><strong>s</strong>e sentaba a escribir, cuando agreg�:</p><p>��<strong>v</strong>i a don <strong>g</strong>onzalo, y me dijo que aceptar�a una invitaci�n tuya a visitarte.</p><p><strong>l</strong>o que escribi� fue un anuncio del env�o de nuevas solicitudes, y otro del env�o de unos alpargates para la mujer de <strong>z</strong>afra. <strong>y</strong>, por supuesto, la petici�n para �l de la alh�ndiga del pescado, con derechos y provechos y, si no, la plaza de los zapateros y el provecho del deg�ello de ganados de la aduana, �aunque la mayor merced que me hab�is de hacer es que tenga yo favor en casa de sus altezas y con todos sus servidores, y que me cuenten como uno de ellos, y que me quede la casa de sus altezas abierta para suplicar por todos los que me vinieren a rogar, como tengo hoy en casa de mi se�or; no sea que se haga lo que han menester de m�, y despu�s me echen�. <strong>y</strong> rogaba el secreto una vez m�s, y que, para guardarlo, se castigase en <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e a quien hablara con cualquier moro en donde fuera, y que se pregonara la prohibici�n, porque �l hab�a escuchado lo que no le gustaba en el real. (<strong>p</strong>or lo que me dijo, le hab�an llamado hijo de puta.) <strong>y</strong>, como en un rapto, a�adi� una posdata: que hab�an llegado dos nav�os a <strong>a</strong>dra con mil fanegas de trigo cada uno y con noticias de que, en <strong>v</strong>�lez, once nav�os desembarcar�an trigo de limosna y caballos, �y estoy maravillado de vuestra armada c�mo los deja pasar.</p><p><strong>p</strong>oned esto a buen recaudo y encomendadles que guarden mucho la mar.</p><p><strong>y</strong> saludos�.</p><p>���<strong>e</strong>s cierto eso que escribes?</p><p>��<strong>q</strong>u� m�s quisi�ramos; pero as� queda claro que, si fuese cierto, nosotros no estar�amos tan mal, ni ser�an ellos tan buenos sitiadores.</p><p><strong>e</strong>l que r�a el �ltimo ser� el que mejor r�a.</p><p>��<strong>m</strong>e temo que a nosotros para entonces se nos hayan cortado las ganas de re�r.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l <strong>p</strong>equen�, por su parte, machacaba a <strong>z</strong>afra con la insistencia de que a los firmantes de las capitulaciones los acompa�ara un alfaqu�: como sacerdote, legalizar�a mejor el documento, y �ablandar�a� a los otros alfaqu�es, y dar�a al acto mayor solemnidad. <strong>p</strong>uesto que <strong>z</strong>afra hab�a sugerido, a instancias del propio interesado, que fuese �l mismo, <strong>e</strong>l <strong>p</strong>equen� reforzaba: �yo lo querr�a tambi�n, pero <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh no llevar� consigo sino a quien sepa menos que �l y a quien aprecien menos sus altezas�. <strong>e</strong>l resultado fue que, en contra de <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh, se eligi� a <strong>e</strong>l <strong>p</strong>equen� para acompa�arlo.</p><p><strong>p</strong>ero el resultado inapreciable fue que, en este largo toma y daca de dos o tres o cuatro cartas diarias, avanzaba noviembre.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l mensuar de la guardia entr� precediendo a una figura encapuchada y encapotada de negro hasta los pies. <strong>c</strong>uando se descubri�, vi a don <strong>g</strong>onzalo. <strong>n</strong>o lo esperaba tan pronto, aunque era ya noche cerrada. <strong>a</strong>s� que, con la sorpresa, no pude evitar que me besara la mano.</p><p>���<strong>q</strong>u� hac�is? -exclam�.</p><p>��<strong>y</strong>a lo veis, se�or: manifestaros mi respeto.</p><p><strong>h</strong>asta ese momento, empe�ado en tantos pormenores y accidentes que me exced�an a diario, no hab�a encontrado el tiempo -o acaso no deseaba encontrarlo- para reflexionar sobre la magnitud de lo que suced�a. <strong>y</strong>, de improviso, ante el gesto m�s compasivo que devoto de don <strong>g</strong>onzalo, se me impuso. <strong>m</strong>e pas� a m� lo que supongo que le pasa a alguien cuyo joven hijo ha muerto: se ocupa de los tr�mites y de las recepciones, y de que est� a su hora la comida, y atendidos los hu�spedes; hasta que llega el pariente que m�s quiso a su hijo, y en ese instante todo el tama�o de la p�rdida se manifiesta, y recuerda de golpe la luminosa infancia del ni�o que nunca iba a morir, y sus dulces ojos y su dulce esperanza, y toma cuenta de que ha ocurrido lo que nadie hubiese pensado y de que �l sigue vivo todav�a, y se derrumba llorando en brazos del pariente.</p><p><strong>t</strong>uve que sacar fuerzas de flaqueza para no caer en los de don <strong>g</strong>onzalo. <strong>l</strong>ogr� esbozar una pobre sonrisa, y abr� los m�os en signo de impotencia, y, sin saber qu� hacer con los brazos extendidos, le indiqu� una jamuga. <strong>�</strong>l aguard� de pie a que yo me sentara, y se sent� en el div�n cerca de m�.</p><p>��<strong>n</strong>o represento a nadie, se�or; no hablo en nombre de nadie.</p><p><strong>a</strong>gradezco que hay�is autorizado esta visita, que no tiene fundamento ninguno, ni otro prop�sito que el de expresaros mi afecto.</p><p><strong>s</strong>ent� un picor en la garganta; tragu� saliva un par de veces para que desapareciera. <strong>a</strong>lgo ascend�a tras de mis p�mulos, y me avergonz� que los ojos se me llenaran de agua; ten�a que evitar que resbalara. <strong>d</strong>esvi� la cabeza hacia otro lado. <strong>d</strong>ej� pasar un tiempo.</p><p>���<strong>p</strong>uedo ofreceros algo de comer o beber? -le pregunt�, una vez recuperado.</p><p>��<strong>y</strong>a me hab�is ofrecido lo que vine a buscar y lo que pronosticaba: la lecci�n de vuestra impavidez. <strong>e</strong>l triunfo no es la mejor medida de los hombres, y menos de los reyes.</p><p>��<strong>m</strong>e conforta o�roslo decir.</p><p><strong>c</strong>reo que no se le ha ocurrido a nadie, y seguro que a nadie se le ocurrir� nunca, juzgarme como vos me juzg�is. <strong>s</strong>i es que no se trata de una adulaci�n o de una cortes�a.</p><p>��<strong>n</strong>o habr�a venido hasta aqu�, tan a escondidas, para halagaros s�lo. <strong>n</strong>i me importa lo que escriban quienes escribir�n estos sucesos que nosotros vivimos. <strong>e</strong>llos vendr�n despu�s; traer�n limpias las manos, y con ellas dibujar�n un cuadro comprensible, y una frontera insalvable entre nosotros dos. <strong>y</strong> contar�n, con laudatorias o amargas frases, seg�n su bando, c�mo por fin se arruin� esa frontera. <strong>l</strong>as cr�nicas conviene que las comprendan los pueblos y los ni�os: tienen que ser muy simples, y enaltecedoras de lo que les beneficie enaltecer. <strong>e</strong>l malo es el que pierde, y el bueno es el que gana. <strong>e</strong>l que gana es siempre adem�s el que cuenta la historia.</p><p>��<strong>e</strong>n ese caso, don <strong>g</strong>onzalo, yo no me hago ilusiones; los dos bandos coincidir�n en una cosa: para uno y para otro, el malo ser� yo.</p><p><strong>e</strong>l malo es el que autoriza con su sello el desastre, el que abandona, el que se va.</p><p>��<strong>p</strong>ero yo s� lo que no sabr�n otros: todos los vuestros, de uno en uno, os han abandonado de antemano; se han ido en busca del sol nuevo; os han dejado solo. <strong>y</strong>o los he visto en <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e, se�or: cuanto m�s ricos, antes; cuanto m�s poderosos, m�s sumisos. <strong>f</strong>iables en <strong>g</strong>ranada no quedan sino los que no tienen nada que perder m�s que la vida, y ni �sos. <strong>d</strong>elante de la tienda de mis reyes, han tropezado unos con otros con las prisas; se han arrebatado unos a otros la palabra; han intentado venderos siempre que les supusiese una ventaja; han firmado su contrato de alquiler con el nuevo amo de la casa antes a�n de que el antiguo la desalojara.</p><p>��<strong>l</strong>o s�, lo s�; pero la historia la van a contar ellos.</p><p>��<strong>p</strong>erdonadme lo que os voy a decir, si es que os duele: con un pueblo como el que vos ten�is nada se puede hacer; s�lo castigarlo como a un ni�o sin darle explicaciones, o distraerlo como a un ni�o, para que no moleste, sin darle explicaciones.</p><p>��<strong>q</strong>uiz� la obligaci�n de quien manda es educar primero.</p><p>��<strong>a</strong> nadie se le educa �in articulo mortis�. <strong>v</strong>os recibisteis, con el trono, un pueblo sentenciado. <strong>y</strong> hab�is logrado diferir la sentencia y suavizarla para que hiera menos. <strong>v</strong>uestro pueblo no entiende que se pueda perseguir algo, durante cientos de a�os, sin descanso; por eso el triunfo final ha sido nuestro. <strong>v</strong>uestra grandeza personal, se�or, consiste precisamente en lo que acaso se os reproche: en haber conseguido no ser ya necesario. <strong>h</strong>ab�is luchado en estos meses �ltimos para que todo contin�e lo mismo que hasta ahora, pero sin vos de ahora en adelante.</p><p><strong>y</strong> adem�s cargar�is con la ingrata y borrosa responsabilidad que la <strong>h</strong>istoria necesita volcar sobre unos hombros �nicos.</p><p><strong>m</strong>e temblaba la voz al murmurar:</p><p>���<strong>e</strong>l <strong>z</strong>ogoibi�, traidor.</p><p>��<strong>p</strong>or esa majestuosa resignaci�n es por lo que estoy aqu�.</p><p><strong>v</strong>uestro t�o �el <strong>z</strong>agal� ser� siempre �el <strong>v</strong>aliente�. <strong>a</strong> vos os ha tocado la peor parte, y la �ltima. <strong>p</strong>erd�is cuanto tuvisteis; sal�s de vuestra <strong>a</strong>lhambra dando un portazo que se oir� en el mundo, y es por esa generosidad justamente por lo que ser�is injustamente acusado. <strong>q</strong>ue el d�bil es el fuerte lo sabremos muy pocos.</p><p>��<strong>c</strong>onviene que sea as�. <strong>e</strong>s dif�cil apoyarse en la virtud de la docilidad cuando desde ni�o le inculcaron a uno la de la rebeld�a.</p><p><strong>e</strong>n todo caso, la trama en que me he visto envuelto es tan espesa que ni yo mismo soy capaz de decir d�nde comienza la culpa y de qui�n es.</p><p><strong>t</strong>odo se me ha ido acumulando encima de un modo indescifrable.</p><p><strong>a</strong>caso la vida me d� tiempo para desembrollar esta madeja; pero ahora no lo tengo: puede que sea mejor� <strong>a</strong>hora necesito dejar de lamentarme, y suplicaros unas cuantas cosas.</p><p>��<strong>c</strong>ontad conmigo.</p><p>��<strong>o</strong>�dme. <strong>c</strong>uando <strong>g</strong>ranada sea de vuestros reyes, no quedar� esperanza para ning�n cautivo musulm�n, est� donde est�. <strong>l</strong>os alcaides y los muft�es y los sabios de esta ciudad opinan, como yo, que <strong>d</strong>ios no nos perdonar�a el pecado de no liberarlos antes.</p><p>��<strong>e</strong>so lo opin�is vos, se�or, no los muft�es.</p><p>��<strong>y</strong><strong>d</strong>ios tambi�n lo opina.</p><p><strong>p</strong>or eso yo pido a sus altezas la libertad de todos, sean de <strong>g</strong>ranada o del <strong>a</strong>lbayz�n, o de sus arrabales y de sus alquer�as. <strong>q</strong>ue no pierdan m�s ellos de lo que todos pierden.</p><p><strong>y</strong> que sean sus altezas los que paguen a los due�os que los tengan, porque mis granadinos no entran en otra cuenta que en recibirlos libres.</p><p>���<strong>n</strong>o veis, se�or? <strong>l</strong>o que os dec�a.</p><p>��<strong>y</strong> os pido asimismo, don <strong>g</strong>onzalo, que sea vuestra palabra la que avale que nada le ocurrir� a los quinientos rehenes, hijos y hermanos de los principales, que se me piden por diez d�as para garantizar la posesi�n pac�fica de la ciudad. <strong>l</strong>a palabra del rey, tan incumplida con los mud�jares, no ser� para mi pueblo garant�a bastante, y se provocar�an insurrecciones y motines que yo ser�a el primero en comprender.</p><p>��<strong>p</strong>or vos me comprometo. �<strong>a</strong>lguna cosa m�s?</p><p>��<strong>q</strong>ue los jud�os gocen de los beneficios de esta capitulaci�n en el mismo grado que los musulmanes.</p><p><strong>j</strong>untos hemos vivido la historia de este <strong>r</strong>eino, y no es cabal que, aunque entre los cristianos muchos los aborrecen, les demos nosotros de lado en esta hora. <strong>e</strong>n un naufragio, todos los que van en la nave son iguales. -<strong>h</strong>ice una pausa-. <strong>y</strong> escuchadme: cuando se acerque vuestro ej�rcito� -<strong>m</strong>e temblaron los labios. <strong>d</strong>on <strong>g</strong>onzalo, por delicadeza, apart� los ojos-. <strong>n</strong>o ser� menester que vuestro ej�rcito entre en la <strong>a</strong>lhambra sino por fuera y poco a poco, por el amor de <strong>d</strong>ios. <strong>p</strong>uede entrar por la <strong>p</strong>uerta del <strong>r</strong>efugio, que ten�is tan a mano, o la de la <strong>l</strong>oma, ya sab�is, entre la <strong>a</strong>cequia <strong>g</strong>rande y la <strong>a</strong>cequia del <strong>c</strong>ad�, si es que os viene mejor. <strong>y</strong> me atrever�a a pedir que se encargaran de ocupar los palacios aquellos capitanes vuestros que les dan mejor trato a los mud�jares: don <strong>r</strong>odrigo de <strong>u</strong>lloa, que tiene <strong>r</strong>icote, o <strong>p</strong>ortocarrero, que tiene la <strong>p</strong>alma, o vos, se�or, que ten�is <strong>i</strong>llora y me ten�is a m�. -<strong>u</strong>na l�grima rebelde me mojaba los p�rpados; pas� la mano, r�pida, por ellos-. <strong>y</strong> que se miren bien las cl�usulas todas de las capitulaciones: las del com�n de la ciudad, sobre todo, y las de la sultana madre; que ning�n ulema ni ning�n alfaqu� hallen nada que oponer, ni se deshagan unos puntos con otros, ni se contradigan, porque ser� escarbar con el cuchillo en las heridas. <strong>y</strong> os encarezco que lo testifiquen de veras, con responsabilidad plena, vuestro pr�ncipe heredero y vuestros grandes, adem�s de los reyes, y vuestros obispos y vuestro padre de <strong>r</strong>oma.</p><p><strong>p</strong>orque todas las precauciones son pocas cuando se entrega un reino y se conf�a a los s�bditos en manos forasteras.</p><p><strong>s</strong>e me quebr� la voz. <strong>d</strong>on <strong>g</strong>onzalo, al notarlo, dio un quiebro a la conversaci�n.</p><p>��<strong>p</strong>ara vos, sobre lo estipulado, �nada ped�s?</p><p>��<strong>c</strong>omo hasta mis monturas estar�n contadas -le sonre�-, me atrever�a a pedir cuatro ac�milas buenas y dos mulas, que sea la una de ellas alta y ancha, para que pueda sufrir a <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh, que es tambi�n alto y ancho.</p><p><strong>r</strong>i� don <strong>g</strong>onzalo y dijo:</p><p>��<strong>y</strong>a <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh tendr� mulas que lo lleven, seg�n lo que ha sacado de los reyes; pero se har� como dec�s, aunque tenga yo que pagar esa mula que cargue con el peso del m�s grande traidor.</p><p>��<strong>u</strong>nos con otros, all� se van todos. <strong>y</strong>, por fin, don <strong>g</strong>onzalo, hablad con vuestra reina, a la que tanta afici�n ten�is como ella os tiene a vos. <strong>t</strong>odo lo pactado se escribi� para ser cumplido en el plazo que se concierte; pero �y si no se llega a un concierto en el plazo? �<strong>s</strong>e deshar� lo que con tanto esfuerzo hemos conseguido? �<strong>n</strong>o tendremos siquiera sesenta d�as para ordenarlo todo desde aquel en que se firmen las capitulaciones?</p><p>��<strong>y</strong>o, que vine a veros en mi nombre, no en el nombre de nadie, me vuelvo al campamento lleno de recados que dar en nombre vuestro.</p><p><strong>m</strong>e miraba y se sonre�a. <strong>y</strong>o le repuse:</p><p>��<strong>a</strong> los hombres y a los reyes se les mide en la derrota, dijisteis antes; pero se les mide tambi�n en la manera de saber ganar.</p><p><strong>y</strong>o era un adolescente cuando os vi por vez primera. <strong>m</strong>i padre os recib�a con otros caballeros. <strong>l</strong>os temas fueron entonces muy distintos; pero algo dentro de m� me dijo que vos erais tambi�n distinto de los otros. <strong>a</strong>quella primera vez no me enga�� <strong>h</strong>oy es la �ltima que nos vemos a solas.</p><p>���<strong>q</strong>ui�n puede asegurarlo? -me interrumpi�.</p><p>��<strong>c</strong>ualquiera, don <strong>g</strong>onzalo.</p><p><strong>h</strong>abr�a deseado que a esta conversaci�n asistieran, detr�s de esos tapices, los m�os y los vuestros.</p><p><strong>l</strong>a verdadera historia de esta <strong>p</strong>en�nsula que es una piel de toro va a terminarse ahora; s� que no est�is de acuerdo, pero as� es.</p><p><strong>a</strong>hora vendr�n cap�tulos dorados en que nosotros no estaremos. <strong>d</strong>igo nosotros, y me refiero a los musulmanes; vos s� estar�is como protagonista.</p><p>���<strong>c</strong>�mo no vais a estar? <strong>s</strong>e os respetan todas vuestras diferencias de una en una: lo hab�is firmado vos.</p><p>��<strong>n</strong>o estaremos. <strong>v</strong>uestros reyes se encuentran demasiado seguros de s� y de lo que quieren; los criados nunca marcan la conducta de la casa. <strong>y</strong>, sin nosotros, la historia de <strong>e</strong>spa�a ser� otra. <strong>c</strong>ristianos y musulmanes, durante ocho siglos, hemos vivido y muerto los unos por los otros; nos hemos observado, odiado, perseguido, imitado; hemos convivido. �<strong>c</strong>�mo vivir�is ahora sin el otro, en qu� espejo miraros, qu� <strong>g</strong>ranada a�orar, qu� <strong>p</strong>ara�so perdido para reconquistar, qu� quim�ricos jardines echar de menos en medio del invierno? <strong>t</strong>endr�is nostalgia de nosotros, porque no sabr�is qu� hacer con <strong>g</strong>ranada�</p><p><strong>t</strong>odo lo que colorea nuestra vida, la nuestra, se considerar� pecado y crimen: la variedad de los amores corporales, la pasi�n esencial por este mundo, el refinamiento y la indolencia. �<strong>q</strong>u� ser�, fuera de ellos, <strong>g</strong>ranada, sino un bien decorado t�nel que no conducir� a ninguna luz? <strong>v</strong>uestras plegarias han sido concedidas: quiz� eso es lo peor que a un pueblo guerrero le puede suceder; ahora tendr�is que inventaros aventuras nuevas, nuevos proyectos inimaginables, enemigos diferentes. <strong>p</strong>orque, �qu� es <strong>c</strong>astilla sin enemigos, don <strong>g</strong>onzalo?</p><p>��<strong>r</strong>ompi� a re�r-. <strong>v</strong>os y yo, en esta helada noche, representamos la verdad verdadera: el fr�o de <strong>g</strong>ranada y, en �l, el abrazo de los dos contrincantes. <strong>p</strong>ara los dem�s se queda la calidez embalsamada de una ciudad que tantos siglos anhelasteis, y que es mentira, y el asalto y el poder�o con el que la adquir�s, que tambi�n es mentira.</p><p><strong>p</strong>ara los dem�s se quedan <strong>d</strong>ios y <strong>s</strong>antiago, las banderas al viento, la cruz sobre los minaretes, el �plus ultra� y la <strong>y</strong> y la <strong>f</strong> de vuestros reyes rompiendo la geometr�a de nuestro alicatado; es decir, la fanfarria y la excitaci�n. <strong>a</strong>qu� todo se ha reducido a una forzada operaci�n de compraventa; para que todo siga lo m�s parecido posible a lo que hay, desaparezco yo. <strong>s</strong>in embargo, no os bastar� con eso: se procurar� que desaparezca todo; se tratar� de borrarnos cuanto antes, con nuestros bienes y nuestra religi�n, pero sobre todo con nuestras costumbres que llam�is licenciosas, y nuestra lengua y nuestra cultura, que estorbar�n a la unidad artificial que buscan vuestros reyes.</p><p><strong>n</strong>o s�lo cambiar� de due�o el <strong>p</strong>ara�so, sino que el tiempo durante el que fue nuestro ser� ra�do de la historia. <strong>o</strong>cho siglos se comprimir�n entre dos parpadeos. <strong>d</strong>espu�s, hasta nuestros nombres sonar�n ajenos y ser�n abolidos, y nuestro rostro quedar�, encadenado por el cuello, tan s�lo en el escudo de dos nobles como s�mbolo de lo que nunca debi� ser. <strong>t</strong>odo ha de volver a su cauce anterior; para eso, desarraigar religi�n, lengua, usos y leyes es una precauci�n que hay que tomar� <strong>y</strong> aqu� estamos, despidi�ndonos, las dos �ltimas personificaciones de lo que la desmesura de estos siglos ha sido.</p><p><strong>d</strong>el choque de dos mundos, en este campo que ya se llama <strong>e</strong>spa�a, saltaron chispas que han ense�ado todas las ciencias y todas las artes a los extra�os; pero uno de los mundos se ha deshecho en el choque.</p><p><strong>d</strong>e la uni�n de dos cuerpos, en esta yacija que ya se llama <strong>e</strong>spa�a, ha brotado una fascinaci�n inolvidable; pero en el amor uno de los amantes pierde siempre� <strong>n</strong>o nos olvid�is, don <strong>g</strong>onzalo, vos al menos. <strong>e</strong>l alma de un pueblo es algo que no puede morir; puede ocultarse como se oculta una rosa, o secarse como una rosa, pero permanece como permanece su olor.</p><p><strong>d</strong>ecidme, �c�mo fueron los muchachos beduinos ya olvidados? <strong>n</strong>adie lo sabe y, sin embargo, dentro de m�, esta noche, late el coraz�n de un muchacho beduino.</p><p><strong>m</strong>e levant� al mismo tiempo que �l. <strong>m</strong>e abraz�. <strong>f</strong>ue a apartarse, azorado por su gesto impulsivo, pero lo abrac� yo. <strong>m</strong>e dijo:</p><p>��<strong>o</strong>jal�, �inch <strong>a</strong>llah�, a esta reuni�n hubiesen asistido los vuestros y los m�os. <strong>a</strong>s� no olvidar�an nunca la enamorada y tormentosa aventura que han vivido en com�n.</p><p><strong>s</strong>�lo cuando se hubo ido don <strong>g</strong>onzalo ca� en la cuenta de que hab�amos empleado en la conversaci�n indistintamente el �rabe y el castellano. <strong>s</strong>in embargo, �l habl� m�s en �rabe, y en castellano, yo.</p><empty-line/><p><strong>p</strong>or fin estaba persuadido de que se hab�a hecho m�s de lo humanamente posible. <strong>g</strong>racias a nuestras fingidas reticencias, las capitulaciones eran para mis s�bditos las m�s ventajosas que jam�s se firmaron por unos reyes cristianos para recibir ciudad alguna. <strong>y</strong>o era quien m�s perd�a, pero tambi�n quien ten�a m�s: de soberano pasaba a ser vasallo. <strong>g</strong>anaba, en cambio, esa paz casi f�nebre que proporciona la desgracia una vez que se consuma y que se asume.</p><p><strong>n</strong>o obstante, la misma largueza de <strong>f</strong>ernando me hac�a desconfiar.</p><p><strong>p</strong>or su ansia de <strong>g</strong>ranada y por su prisa hab�a aceptado un tanto a la ligera. <strong>p</strong>or eso exig� que cada cl�usula se expresase con toda nitidez en privilegio fuerte, firmado, rodado y sellado. <strong>y</strong> solicit� la confirmaci�n del pr�ncipe �entonces no sab�a que jam�s iba a heredar las coronas de sus padres� y del <strong>c</strong>ardenal de <strong>e</strong>spa�a y de los maestres de las �rdenes militares y de los prelados y arzobispos, por lo que sirvieran para m�s adelante, y de los marqueses, condes, adelantados y notarios mayores. <strong>q</strong>uer�a que todas sus firmas estuviesen all�, y que fuesen conocedores y testigos y avaladores de lo concertado, y que la palabra de cada uno reforzara las ingr�vidas palabras de los reyes, de forma que lo contenido en las capitulaciones valiera y fuera inamovible ahora y despu�s de ahora y en todo tiempo para siempre jam�s. <strong>y</strong>, recelando a�n de la firmeza de todos esos hombres, solicit� que el <strong>p</strong>apa de <strong>r</strong>oma verificase con su firma lo acordado; con ella salvar�a de la precariedad las palabras humanas.</p><p><strong>t</strong>odo se hizo tal cual yo lo ped�; sin embargo, no se obtuvo ese �ltimo recaudo: los reyes se resistieron a mezclar en sus asuntos -que cuando les conven�a eran temporales y, cuando no, ocupaci�n de <strong>d</strong>ios- a la cabeza de la <strong>c</strong>ristiandad. <strong>c</strong>on la disculpa de que la recogida de esa firma alargar�a a�n m�s la conclusi�n de los tratados, declinaron la exigencia. <strong>y</strong> ofrecieron bienes y dinero a mis emisarios, que se los embolsaron en la seguridad de que ni rechaz�ndolos se llevar�a a cabo la firma del pont�fice. <strong>c</strong>uando le� los c�dices, se me antoj� su falta un mal presagio.</p><p><strong>l</strong>o m�s importante, de lo que el resto era una enumeraci�n de previsiones desglosadas, se resum�a en esto:</p><empty-line/><p>�<strong>s</strong>us altezas y el se�or pr�ncipe don <strong>j</strong>uan, su hijo y sus descendientes, tomar�n y recibir�n al dicho rey <strong>m</strong>uley <strong>b</strong>oabdil y a los dichos alcaides, cad�es, alfaqu�es, sabios, muft�es, alguaciles y caballeros y escuderos y comunidad, chicos y grandes, machos y hembras, vecinos de la dicha ciudad de <strong>g</strong>ranada y del dicho <strong>a</strong>lbayz�n y de sus arrabales y villas y lugares de su tierra y de las <strong>a</strong>lpujarras y de las otras tierras que entraren bajo este asiento en capitulaci�n, de cualquier estado o condici�n que sean, por sus vasallos y s�bditos y naturales, y bajo su amparo y seguro y defendimiento real, y los dejar�n y mandar�n dejar en sus casas y haciendas y bienes muebles y ra�ces y leyes y religi�n y costumbres, ahora y en todo tiempo para siempre jam�s, sin que les sea hecho mal ni da�o ni desaguisado alguno contra justicia, ni les sea tomada cosa alguna de lo suyo, antes ser�n de sus altezas y de sus gentes honrados y favorecidos y bien tratados como servidores y vasallos suyos.�</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l �nico descanso de mi alma era que a todos se nos tratara mejor como servidores y vasallos que como enemigos; mi �nica inquietud, que as� no fuese. <strong>a</strong>cert� la inquietud.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa no se aven�a a que <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh hubiese acaparado las negociaciones. <strong>c</strong>asi en v�speras de las firmas escribi� al conde de <strong>t</strong>endilla, reci�n llegado de <strong>a</strong>lcal� la <strong>r</strong>eal, con el que manten�a buenas relaciones y del que supo que iba a ser nombrado m�xima autoridad militar y civil de <strong>g</strong>ranada. <strong>t</strong>ales relaciones se hab�an afirmado meses atr�s, cuando el conde apres� a una sobrina de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa que se dirig�a a <strong>t</strong>etu�n para contraer matrimonio con su alcaide. <strong>l</strong>as gestiones del rescate fueron laboriosas. <strong>y</strong>o ofrec� la entrega de unos cuantos sacerdotes cristianos y de otros cien cautivos. <strong>t</strong>endilla trajo a la joven <strong>f</strong>�tima a las puertas de <strong>g</strong>ranada, pregonando entre los cristianos que era el suyo un adem�n caballeresco y que, por si no era bastante, al enterarse de su rango y de sus circunstancias -como si no los supiera de antemano-, le hab�a hecho un presente de joya por su boda. <strong>t</strong>odo fue una faramalla del conde que, de tal modo, consigui� sus prop�sitos y una fama de galanter�a y gentileza que no le era debida.</p><p><strong>e</strong>n su carta de ahora, el rastrero <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa le advert�a indignamente que, dentro de la ciudad, no marchaban las cosas tan bien como se sosten�a; que era �dificultoso reducir a un pueblo tan grande si una vez se alteraba�, y que todos conoc�an lo inconstante de la condici�n del sult�n. <strong>a</strong>nte estas amonestaciones, quiso el conde entrevistarse conmigo para cerciorarse de la situaci�n. <strong>l</strong>o recib� en la <strong>a</strong>lhambra, en el <strong>c</strong>uarto de los <strong>l</strong>eones.</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o llegu� un poco antes de la hora, y mand� que me dejaran solo.</p><p><strong>m</strong>e desped�a de cada capitel, de la luz, del agua y de m� mismo. <strong>c</strong>hispeaba el p�lido azul de la luna tras el encaje espeso de las arquer�as como una travesura y una risa. �<strong>n</strong>i las arquer�as ni la luna est�n a�n enteradas�, me dije.</p><p><strong>s</strong>ent�a que me rodeaba una presencia m�ltiple: la de quienes vivieron all� y se ilusionaron. <strong>p</strong>ens� en la multitud de quienes hab�an visto, desde alg�n mirador, platearse el jard�n como ahora se plateaba, y escuch� el l�quido rugido de los leones, que se hac�an espaldas en c�rculo unos a otros, defendi�ndose de un peligro que hasta hoy hab�a sido imaginario y que ya era real.</p><empty-line/><p>�<strong>p</strong>lata fundida corre entre las perlas, a las que se asemeja en belleza sin mancha y transparente.</p><p><strong>a</strong>gua y m�rmol parecen confundirse sin que sepamos cu�l de los dos se desliza.�</p><empty-line/><p><strong>t</strong>en�a raz�n el poema que enriquece los bordes de la taza. <strong>n</strong>ada pesaba all�. <strong>e</strong>l patio entero estaba sostenido en el aire; suspendido de algo, no apoyado en la tierra. <strong>l</strong>as habitaciones de los testeros eran el minucioso y fr�gil producto de un ensue�o: no hab�a dureza ni resistencia en ellas, tan s�lo agilidad. <strong>n</strong>unca tuve la certidumbre de que a lo largo de toda la noche permanecieran aquella arquitectura y aquel embrujo; quiz� se evaporaban entre las brumas del anochecer, y al reconstruirse en cada alba no lo hac�an de la misma manera�</p><p><strong>a</strong>lguien, un centinela, pisaba con apresuramiento las galer�as y se acercaba con una tea en las manos. <strong>s</strong>e estremecieron los quioscos, cambiaron de lugar, ondularon las delgadas columnas, como si una rama destrozase agit�ndola una imagen reflejada en el agua.</p><p><strong>a</strong>rriba se afirmaron las estrellas ante la luz del hacha que portaba el intruso; abajo se hizo el agua m�s ruidosa, como afirmando su potestad absoluta. <strong>m</strong>e ocult� en la <strong>s</strong>ala del <strong>m</strong>ediod�a. <strong>a</strong>caso el centinela me buscaba y, al no encontrarme, se alej�. <strong>t</strong>odo retorn� a su sue�o, a su tenue inexistencia, a su serenidad sepulcral, como un disciplinado bosque durmiente o quiz� desvelado para siempre. <strong>t</strong>uve un sobresalto: los leones me parecieron agruparse acechantes, decididos a saltar sobre m�, como cuando era ni�o.</p><empty-line/><p>�<strong>q</strong>uien contempla estos leones amenazadores sabe que s�lo el respeto al emir contiene su enojo.�</p><empty-line/><p>�<strong>e</strong>l respeto a qu� emir? <strong>l</strong>a lividez de la luna se cuaj�, consternada; se hicieron m�s opacos los atauriques y m�s densos. <strong>s</strong>e me aceleraba el coraz�n. <strong>v</strong>i, en la fuente de la <strong>s</strong>ala, reflejarse la enjoyada y rielante indiferencia de su c�pula de almoc�rabes. <strong>y</strong>, al retroceder, reflejado tambi�n, vi el p�rtico de la <strong>s</strong>ala del <strong>n</strong>orte.</p><empty-line/><p>�<strong>j</strong>ard�n soy yo que adorna la hermosura.</p><p><strong>m</strong>i ser sabr�s si mi belleza miras.�</p><empty-line/><p><strong>a</strong>s� es, como dice: s�lo hermosura; sin motivo, sin objeto, sin t�rmino� �<strong>n</strong>o puede ser�, me dije. ��<strong>c</strong>�mo es que alcanzo a verlo en esta pila de agua? <strong>e</strong>stoy dormido o muerto.� <strong>n</strong>o; s�lo estaba abrumado y de rodillas. <strong>s</strong>in saber por qu� -�o s�?- ni c�mo, me hab�a postrado; alc� los ojos desvalidos.</p><p><strong>t</strong>ropezaron con la incesante cascada de estalactitas del techo, conjuradas en estrellada asamblea.</p><p>�<strong>c</strong>ontra m�, conjuradas? <strong>s</strong>olloc�: el agua, siempre el agua. <strong>t</strong>om�ndola en las manos, humedec� mi cara. �<strong>e</strong>s un amante cuyos p�rpados rebosan de l�grimas y que las esconde por miedo a un delator�, dec�an los versos de la fuente. <strong>m</strong>e sequ� con el manto. <strong>h</strong>ac�a fr�o.</p><p><strong>o</strong>� una voz que me llamaba. <strong>s</strong>upuse que el conde de <strong>t</strong>endilla hab�a llegado. <strong>c</strong>amin� lentamente hacia el fondo del <strong>c</strong>uarto, hasta el <strong>s</strong>al�n <strong>r</strong>eal.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l conde es avellanado y seco, de aire desabrido, cara estrecha y larga, nariz grande, ojos muy juntos, y la boca, que apenas si se mueve al hablar, sin labios, plegada en una mueca de desd�n o de asco; sus manos son huesudas y nerviosas. <strong>c</strong>on nosotros estaban <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh y <strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza, que nos traduc�a cuando era necesario. <strong>a</strong>hora le�a <strong>b</strong>aeza uno por uno los puntos de las capitulaciones. <strong>l</strong>evantaba la vista del papel, y me miraba para confirmar que yo estaba de acuerdo. <strong>e</strong>n alg�n caso se agregaba una aclaraci�n, o se emit�a un comentario que hiciera expl�cito lo le�do. <strong>e</strong>l conde inclinaba la cabeza con un gesto de aprobaci�n. <strong>e</strong>ra palmario que el acto le cansaba, y que, m�s que a recoger mi conformidad y mi sello, hab�a venido a plantear una cuesti�n f�cil de adivinar.</p><p><strong>r</strong>ecuerdo, por ejemplo, que, en cuanto a la obligaci�n de entregar a los cautivos cristianos por parte de sus due�os, yo ped� que se a�adiese: �<strong>s</strong>i alguien hubiera tenido alguno y lo hubiera vendido al otro lado del mar, no est� obligado a darlo, en caso de que jure y aporte testigos bajo juramento que demuestren que la venta se efectu� antes de estos asientos, y que no es suyo ya, ni se encuentra en su poder�. <strong>o</strong> que los jud�os que antes eran cristianos tuvieran un plazo de tres meses, contados desde el 18 de diciembre siguiente, para embarcar a <strong>�</strong>frica. <strong>o</strong> que los cristianos que se hubiesen tornado moros no fuesen forzados a hacerse cristianos contra su voluntad. <strong>o</strong> que las rentas de las cofrad�as y de las escuelas cor�nicas y las limosnas quedasen bajo la vigilancia de los alfaqu�es para que las gastaran y distribuyeran como fuese menester, sin que los reyes se entremetan, ni las tomen ni embarguen. <strong>o</strong> que mis s�bditos no sean llamados a guerra alguna a la fuerza, y que, si los reyes necesitan caballeros con armas y caballos (que fue lo que opuso el conde), vayan cuando los reclamen, pero no fuera de <strong>a</strong>ndaluc�a, y con un sueldo desde el d�a en que salgan de sus casas hasta el regreso a ellas. <strong>y</strong> asimismo ped� que se estableciera que los nombramientos para oficios y puestos recaer�an en miembros de nuestra comunidad, y que las plazas y las carnicer�as de los cristianos ten�an que estar apartadas de las nuestras, y sus mercader�as lejos de nuestros zocos, y que se castigase a los infractores.</p><p><strong>a</strong>l concluir la lectura con la descripci�n del documento de pergamino y del sello de plomo pendiente de hilos de seda, coment� el conde:</p><p>��<strong>l</strong>a generosidad de sus altezas es cosa probada. <strong>j</strong>usto es que ahora vos correspond�is. -<strong>c</strong>all�, aguardando lo que me tem�a.- <strong>q</strong>uiz� es lo primero que don <strong>h</strong>ernando debiera haber le�do.</p><p><strong>l</strong>e tendi� un papel escrito.</p><p><strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza lo ley�:</p><p>���<strong>e</strong>s asentado y concordado que el rey de <strong>g</strong>ranada y sus principales y la comunidad de ella y del <strong>a</strong>lbayz�n y de sus arrabales han de entregar a sus altezas, a su cierto mandado, pac�ficamente y en concordia, realmente y con efecto, dentro de los treinta d�as primeros siguientes contados desde el d�a veinticinco de este mes de noviembre, que es el d�a del asiento de esta escritura�� -<strong>n</strong>o le�is m�s -interrump� a <strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza-. <strong>t</strong>en�ais raz�n, esto era lo primero que debi� de leerse: habr�amos concluido mucho antes.</p><p><strong>c</strong>on un gesto de desentendimiento, desvi� los ojos por el <strong>s</strong>al�n, reluciente a la luz de las antorchas. <strong>v</strong>i las pinturas de la c�pula, que representaban el opulento y alegre pasado; me vi a m� mismo vestido de blanco y amarillo, cosa que no hab�a observado antes; hice girar la sortija del sello en mi me�ique izquierdo; trat� de que el silencio se sentara, como un hu�sped de honor, entre nosotros�</p><p>���<strong>q</strong>uer�is darme a entender que no est�is de acuerdo en el plazo? -pregunt� el conde con un asombro tan desmesurado que pareci� fingido.</p><p>��<strong>e</strong>so os digo.</p><p><strong>s</strong>u boca se curv�, con un mayor desd�n, en una sonrisa que nos insultaba.</p><p>��<strong>s</strong>e�or� -empez� a decir <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, pero lo detuve con los ojos.</p><p>���<strong>q</strong>u� solicit�is vos entonces? -dijo el conde tras una pausa y muy a su pesar.</p><p>��<strong>s</strong>esenta d�as como m�nimo, para ablandar al pueblo -me vino a las mientes <strong>e</strong>l <strong>p</strong>equen�-, para preparar las entregas y para evitar las posibles revueltas. <strong>e</strong>s algo que interesa tanto a vuestros reyes como a m�.</p><p>��<strong>t</strong>odo eso se resuelve en menos de los treinta d�as que os ofrezco.</p><p><strong>s</strong>�lo con uno, podr�a yo poner a punto la ciudad y �ablandar� a sus habitantes -se recre� en el �ablandar�.</p><p>��<strong>v</strong>os, puede; yo, no. <strong>n</strong>uestros procedimientos son distintos; precisamente es eso lo que m�s me conturba.</p><p><strong>e</strong>l conde se revolvi� en la jamuga donde estaba sentado. (<strong>a</strong>l llegar declin� sentarse sobre cojines, seg�n nuestra costumbre, que tambi�n era ya la suya: fue su manera de no dejarse seducir.) -<strong>s</strong>e�or, traigo la orden de plantear tajantemente el problema del plazo: o entreg�is la ciudad en esa fecha, o ma�ana mismo la asaltamos a sangre y fuego.</p><p>��<strong>n</strong>o s� si �sa es la orden exacta que tra�is, aunque me extra�ar�a; de haberos sido factible el asalto, no estar�amos sentados aqu� juntos, bebiendo jarabe de manzana y comiendo pasteles de almendra. <strong>p</strong>or cierto, �dese�is una bebida algo m�s fuerte?</p><p>��<strong>s</strong>� -exclam� irritado-: me gustar�a algo mucho m�s fuerte. <strong>s</strong>i de m� dependiera, hace tiempo que estas necias discusiones habr�an terminado.</p><p>��<strong>s</strong>e�or conde� -comenz� <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa.</p><p>���<strong>d</strong>ejadme en paz! -le ataj� <strong>t</strong>endilla, y supe que el exabrupto me estaba dirigido.</p><p><strong>h</strong>abl� <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh:</p><p>��<strong>y</strong>a contestes en el contenido, el tema del plazo podr�amos postergarlo para una pr�xima entrevista.</p><p><strong>i</strong>r�amos nosotros�</p><p>��<strong>n</strong>ada de postergar. <strong>p</strong>or vosotros estar�amos postergando la entrega hasta el juicio final.</p><p>�<strong>a</strong>hora o nunca!</p><p>��<strong>s</strong>e�or -dije en voz baja-, soy el sult�n de este <strong>r</strong>eino, due�o de darlo o de negarlo. <strong>y</strong> due�o, en consecuencia, de se�alar la fecha en que lo d�. <strong>v</strong>uestros reyes proponen condiciones, que yo puedo aceptar o rechazar.</p><p>��<strong>o</strong>s atendr�is a las consecuencias -casi grit�.</p><p>���<strong>e</strong>s que he dejado de atenerme a ellas ni un solo d�a? <strong>l</strong>o menos que cabe esperar de los fuertes es que tengan buenas maneras.</p><p>��<strong>y</strong>a me hab�an dicho de vos que erais dubitativo y veleidoso.</p><p>��<strong>s</strong>�, no acostumbro a entrar a caballo en casa ajena. <strong>s</strong>� que os lo hab�an dicho. -<strong>m</strong>ir� a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, que desvi� los ojos avergonzado-. <strong>p</strong>or cortes�a no os repito lo que a m� me dijeron de vos, y aun lo que he visto.</p><p><strong>s</strong>u irritaci�n se desbordaba:</p><p>��<strong>n</strong>os obligar�is a hacer lo que no quisi�ramos. <strong>m</strong>a�ana, quinientos cautivos moros de los que tenemos en <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e ser�n liberados. <strong>y</strong> vendr�n a <strong>g</strong>ranada, cada uno con una copia del tratado secreto en que vos y vuestros consejeros consegu�s insolentes ventajas personales. <strong>e</strong>l pueblo sabr� as� c�mo ha sido subastado.</p><p>��<strong>o</strong>s respondo, se�or conde -repliqu� sonriendo-, porque est�is en mi casa y porque no tengo cosa mejor que hacer. <strong>m</strong>i hijo duerme ahora; si no, me ir�a a entretener con �l: perder�a menos tiempo. <strong>s</strong>i pod�is hacer en una noche quinientas copias de cualquier documento, ten�is el real de <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e mejor organizado de lo que imaginaba. <strong>s</strong>i lo que dese�is es que mis vasallos me asesinen, hab�is tenido mejores ocasiones de lograrlo, porque los motines que he sufrido fueron todos provocados por sus altezas. �<strong>p</strong>ara qu�, pues, esperar hasta hoy? -<strong>e</strong>l conde hab�a vertido un poco del jugo de su vaso-. <strong>o</strong>s excit�is demasiado. <strong>y</strong> amenaz�is demasiado tambi�n: o un asalto, o una delaci�n p�blica. <strong>y</strong> delaci�n, �de qu�?</p><p>�<strong>d</strong>e haber obtenido �insolentes ventajas personales�! <strong>n</strong>o hablo de mis consejeros: lo que les hay�is dado a espaldas m�as es cosa vuestra y de ellos; yo lo ignoro, no meto mis narices en las jugadas de los criados. <strong>p</strong>ero �de veras llam�is un buen negocio a trocar todo mi <strong>r</strong>eino por unas tierras yermas en <strong>a</strong>ndarax y <strong>u</strong>g�jar? �<strong>l</strong>o hubi�rais hecho vos? �<strong>l</strong>lam�is �insolentes ventajas� a que mi madre la sultana conserve s�lo una parte de las propiedades que como horra le corresponden, y que son patrimonio privado de ella, no del trono? �<strong>l</strong>lam�is �ventajas personales� a salir infinitamente peor parado que cualquiera de mis vasallos, que conservar�, seg�n vos, cuanto posee? �<strong>y</strong>, con la prueba de esa mala venta, los quer�is sublevar en contra m�a? <strong>s</strong>e�or conde, no me gust�is, ni me gustan vuestra actitud ni vuestro tono; pero os voy a hablar en �l, para que oig�is c�mo suena. -<strong>a</strong>lc� la voz-. <strong>y</strong>o soy el propietario de este <strong>r</strong>eino. <strong>s</strong>i habl�is de vender, yo vendo lo que es m�o; pero a mi pueblo, no. <strong>e</strong>n lo que hemos le�do creo que queda claro. <strong>y</strong> en el plazo que exijo, tambi�n queda.</p><p>��<strong>o</strong>s conozco. <strong>h</strong>e pasado mi vida en <strong>a</strong>ndaluc�a. <strong>c</strong>onozco las tretas y las ma�as de los de vuestra raza.</p><p>��<strong>d</strong>e tretas y de ma�as nos faltaba a los andaluces mucho por aprender; desde hace unos cuantos a�os, sabemos mucho m�s. <strong>y</strong>o tambi�n os conozco, se�or conde.</p><p><strong>i</strong>ncluso he le�do los versos de vuestro abuelo <strong>s</strong>antillana, lo que no s� si vos mismo habr�is hecho, y s� que sois sobrino del <strong>c</strong>ardenal de <strong>e</strong>spa�a, lo cual os califica frente a m�. <strong>p</strong>ero, por mucho que hay�is vivido en <strong>a</strong>ndaluc�a, aunque hubiesen nacido aqu� todos vuestros abuelos, sangre andaluza no llev�is, ni la llevar�is nunca. <strong>a</strong>fortunadamente, dir�is vos� <strong>a</strong>ndaluc�a la hemos hecho nosotros, se�or; a vosotros os cabe el dudoso laurel de deshacerla. <strong>n</strong>o nos veng�is con fatuidades. <strong>v</strong>uestros t�tulos, que os parecen tan grandes, los ganaron soldados de fortuna a costa de la nuestra. -<strong>h</strong>izo una mueca soberbia y col�rica-. <strong>s</strong>osegaos. <strong>p</strong>ara hacer olvidar tales or�genes se necesitan muchas generaciones. <strong>t</strong>ambi�n los tuve yo; pero los sultanes de mi <strong>d</strong>inast�a hemos sido treinta y uno, y mi t�o �el <strong>z</strong>agal� fue, s�lo de los nombrados <strong>m</strong>ohamed, el decimotercero: un n�mero decididamente infausto.</p><p>��<strong>m</strong>e temblaban las manos; as� fuerte la sortija que antes acarici� para que nadie lo notara-. <strong>v</strong>os s�lo sois el segundo conde de <strong>t</strong>endilla; hace muy poco que empezasteis a encumbraros: por eso justifico vuestros �mpetus. <strong>f</strong>ijaos, en cambio, en m�: yo no soy ambicioso. <strong>g</strong>racias, claro, a que mis lejanos antepasados s� lo fueron.</p><p><strong>y</strong>o lo he tenido todo ya, se�or conde; no aspiro a tener m�s. <strong>l</strong>a ambici�n, en el fondo, es cosa de vasallos. -<strong>s</strong>e�al� a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y a <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh-. <strong>d</strong>e estos m�os, pero tambi�n de los de vuestros reyes. <strong>q</strong>uien empieza a medrar es siempre codicioso; quien se apea, ya no. -<strong>p</strong>od�a cortarse su ira; la sent�a a mi alrededor como un reptil. <strong>c</strong>ambi� la entonaci�n-. <strong>d</strong>ispensad que os haya aburrido con estas reflexiones. <strong>s</strong>i no tra�is el poder suficiente para negociar el plazo que os propongo, llevad mi proposici�n a vuestros reyes. <strong>n</strong>o s� si ellos la aceptar�n, pero en cualquier caso la entender�n mejor que vos.</p><p><strong>l</strong>a provocaci�n dio resultado.</p><p><strong>s</strong>alt� el conde:</p><p>���<strong>e</strong>s que dud�is que traiga poderes suficientes de representaci�n?</p><p>��<strong>n</strong>i entro ni salgo en ello.</p><p><strong>s</strong>i es as�, resolved.</p><p>��<strong>s</strong>�lo pensando en la largueza de �nimo del rey y en la caridad maternal de la reina, me he contenido al escuchar esas torpezas que llam�is reflexiones: los fuertes hemos de tener para los vencidos una actitud cort�s.</p><p>��<strong>u</strong>n poco tarde lo record�is, se�or.</p><p>��<strong>p</strong>ara que certifiqu�is una vez m�s la grandeza de miras de nuestra religi�n, que no desea que muera el pecador, sino que se convierta y viva; para que certifiqu�is qu� ciertos descansamos en la alianza con la divina providencia, y c�mo lo que podr�amos tomar por las armas lo adquirimos con fraternales pactos, en nombre de sus altezas los reyes de <strong>c</strong>astilla y de <strong>a</strong>rag�n, os concedo la pr�rroga del plazo tal como lo ped�s: sesenta d�as a partir de la firma, que escribir�is ahora, d�a veinticuatro de noviembre.</p><p>��<strong>c</strong>on la amable conversaci�n, ha avanzado la noche: ya es d�a veinticinco.</p><p>��<strong>d</strong>e esa forma contar�is con un d�a m�s para vuestros manejos.</p><p><strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza derriti� la cera sobre el pergamino que me presentaban. <strong>c</strong>on la sortija la sell�. <strong>m</strong>e asaltaron unas incontenibles ganas de llorar: el esfuerzo y el freno hab�an sido excesivos.</p><p><strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh suspiraron, y se intercambiaron miradas ufanas.</p><p>��<strong>s</strong>e�or conde -conclu�-, lamento que sea a vos a quien se encomiende el gobierno de la <strong>a</strong>lhambra y <strong>g</strong>ranada; pero vaticino que servir�is muy bien a sus altezas. <strong>p</strong>or lo menos, a ellos.</p><p>��<strong>a</strong> eso, y no a otra cosa, es a lo que aspiro.</p><p><strong>f</strong>ue a salir con brusquedad.</p><p>��<strong>a</strong>guardad, se�or. -<strong>s</strong>e detuvo y se volvi� hacia m�, apretadas las mand�bulas-. <strong>b</strong>uenas noches. -<strong>h</strong>ice en el aire un lev�simo gesto de adi�s-. <strong>n</strong>o debo reteneros m�s aqu�, donde est�is por �ltima vez como invitado. <strong>o</strong>s doy permiso para que os retir�is.</p><p><strong>s</strong>ali� en silencio, tras una insignificante reverencia.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> la noche siguiente mis delegados ten�an que tomarles juramento a los reyes cristianos. <strong>d</strong>urante la tarde me acerqu� al <strong>p</strong>alacio de <strong>c</strong>omares para poner en antecedentes a mi madre. <strong>e</strong>st�bamos los dos solos. <strong>m</strong>ientras le enumeraba las condiciones, una l�grima, que ella crey� que yo no ve�a, resbal� por su rostro ya arrugado. <strong>s</strong>u respiraci�n se alteraba, y brotaban de su pecho unos ahogados suspiros, que yo fing� no o�r. <strong>m</strong>e arrebat� el escrito, y se retir� a la luz de un ajimez. <strong>l</strong>ey�, sentada, durante largo rato. <strong>l</strong>uego pleg� los papeles y permaneci� muda, mirando sin verlo el dorado paisaje.</p><p>��<strong>e</strong>sto es hecho -murmur�-.</p><p><strong>n</strong>unca lo hubiesen presenciado mis ojos.</p><p><strong>p</strong>or si le serv�a de consuelo, me aproxim� con un gesto sol�cito.</p><p><strong>m</strong>e atrev� a acariciar su hombro.</p><p><strong>s</strong>e levant� de s�bito.</p><p>���<strong>c</strong>u�l es el protocolo de la entrega?</p><p>��<strong>l</strong>os ej�rcitos entrar�n por las puertas de arriba�</p><p><strong>m</strong>e interrumpi�:</p><p>��<strong>e</strong>n cuanto a ti concierne, digo.</p><p>��<strong>l</strong>as dos canciller�as han estimado que debo entregar personalmente a don <strong>f</strong>ernando las llaves de la ciudad.</p><p>���<strong>b</strong>es�ndole la mano? -grit� como quien mira un nido de alacranes.</p><p>��<strong>c</strong>reo que s� -balbuce�.</p><p>���<strong>j</strong>am�s! <strong>a</strong>�n nos quedan alientos y recursos y hombres para arrojarnos contra ese sucio campamento y echar abajo sus malditas cruces. �<strong>j</strong>am�s! <strong>s</strong>i por m� fuera, les obsequiar�a con un mont�n de cenizas y huesos. <strong>s</strong>i por m� fuera, cuando estuvieran dentro sin posible salida, los desmenuzar�a: <strong>d</strong>ios bendice las celadas contra los enemigos si se hacen en su nombre.</p><p><strong>s</strong>i por m� fuera, mandar�a a seis u ocho renegados que, con astucia y afilados cuchillos, asesinasen a esos reyes usurpadores�</p><p>��<strong>l</strong>o s�, madre, lo s�: si por ti fuera.</p><p>���<strong>y</strong> vas a arrodillarte t�, y a besar la mano que nos humilla y que nos roba? <strong>e</strong>sto no es una rendici�n, es un concierto entre dos partes por igual soberanas. <strong>a</strong>unque lo parezcas, t� no eres un vencido, sino un emir que ejecuta un acuerdo: un acuerdo que no has de consentir que te degrade. <strong>a</strong>hora aqu� se resuelve un viej�simo pleito, pero por medio de una transacci�n; no hay m�s. <strong>q</strong>ueden al margen los ej�rcitos y los alardes de victoria. <strong>h</strong>az con tu honra lo que quieras; pero yo, que soy hija de sult�n, viuda y esposa de sultanes�</p><p><strong>l</strong>a interrump�:</p><p>��<strong>y</strong> madre y cu�ada de sultanes.</p><p><strong>d</strong>e acuerdo: se har� lo que se pueda.</p><p>��<strong>s</strong>e har� lo que se deba. <strong>y</strong>o, con alg�n fiel que a�n tengo, escupir� a los reyes a la cara, har� que me deg�ellen, y mi sangre amotinar� a los granadinos -dijo, y sali� de la sala.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>ict� una carta que <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa le llev� al rey <strong>f</strong>ernando a la hora de jurar. <strong>e</strong>n ella, aunque era el alguacil quien la firmaba, refer� la conminaci�n de la sultana, tan comprometedora si se cumpl�a. �<strong>e</strong>lla -le avisaba- se propone morir antes que ceder, y tendr�a falta de consejo quien hiciese m�s caso de que le besaran la mano que de que le entregaran un reino.�</p><p><strong>e</strong>l rey, m�s sagaz y m�s pr�ctico que mi madre, cedi� respecto a lo secundario; ya hab�a cedido en <strong>c</strong>�rdoba. <strong>s</strong>e me dijo que yo no hab�a de hacer m�s que un acatamiento, que consistir�a en sacar un pie del estribo y en llevar mi mano al bonete; en ese momento el rey me impedir�a seguir y me abrazar�a como a otro rey. <strong>p</strong>ens� que era mucho m�s dif�cil aprender y ejecutar aquel rito que el que estaba previsto: los movimientos incoados y a medio concluir siempre me han parecido de gran complicaci�n. <strong>m</strong>e asalt� la duda de en qu� instante preciso deb�a detenerme y aguardar la interrupci�n del rey, sin que la maldad de �ste me dejase colgado en una est�pida postura. <strong>l</strong>uego pens� que llevaba mucho tiempo colgado en la peor.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n las fechas posteriores hube de hacer la vista gorda ante ciertos trajines. <strong>s</strong>upuse -y as� me lo ratificaron <strong>f</strong>arax y <strong>n</strong>asim- que los reyes, por medio de <strong>z</strong>afra, de <strong>e</strong>l <strong>p</strong>equen� y de <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh, enviaban dineros y regalos �para ganar amigos�, como dec�an ellos, con que fomentar una opini�n favorable entre los alfaqu�es y las personas prestigiosas.</p><p><strong>e</strong>l 29 de noviembre, con id�ntico fin y con el de empujarme a no demorar mi informaci�n a los granadinos, los reyes dirigieron una carta �a chicos y grandes�. <strong>e</strong>n ella ratifican -la conservo y la estoy releyendo- su resoluci�n de mantener ej�rcito y real frente a <strong>g</strong>ranada, �<strong>d</strong>ios queriendo�. <strong>y</strong> advierten que si los ciudadanos con brevedad vienen a su servicio y les entregan sus fortalezas, �no ser�n causa de su propia perdici�n como los de <strong>m</strong>�laga, sino que estar�n seguros en sus personas y bienes, o de pasar a <strong>�</strong>frica� gratuitamente, despu�s de vender su hacienda a quien les plazca, y podr�n salir a labrar sus heredades, y andar por donde quisieren de sus reinos.</p><p><strong>p</strong>ero lo importante era el final: se�alaban un t�rmino de veinte d�as, desde la data, para que el com�n enviase a un representante que capitulara; pasado tal plazo, juraban por su fe que �no admitir�an ni oir�an m�s palabras sobre el asunto, quedando a los destinatarios de la carta la responsabilidad y culpa de su perdici�n�.</p><p><strong>c</strong>ontra la ruda idea de los reyes y contra su matrera intenci�n, yo me alegr� de que se entendieran directamente con el pueblo.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l estado de la ciudad, entre las nevadas crecientes de la sierra y los acaparamientos de provisiones, empeoraba. <strong>e</strong>l 16 de diciembre, muy temprano, vino a verme una comisi�n de alfaqu�es, alamines de los gremios, jeques, alarifes, viejos y sabios; me suplicaban, sin aludir en absoluto a la carta de los reyes, como si no hubiese existido, que convocara sin demora por pregoneros a la gente de la ciudad y que les plantease los aut�nticos extremos en que ella se encontraba: subsistencias menguadas y, lo que era m�s grave, irrenovables por la intransitabilidad de los caminos y la falta de cultivos y brazos; quebranto del ej�rcito, por ausencia tanto de caballeros como de peones, y falta de ayudas africanas, en las que nunca confiamos mucho. <strong>t</strong>ambi�n reconocieron, con sonrojo, que hab�an desertado muchos granadinos, y que se hallaban sirviendo a los cristianos de exploradores y gu�as para sus incursiones.</p><p>��<strong>e</strong>stamos en invierno, se�or -a�adieron-, y los cristianos han suspendido sus hostilidades. <strong>s</strong>i ahora tratamos con ellos, nos escuchar�n; pero si no lo hacemos, aunque logr�semos mantenernos hasta la primavera, lo que es irrealizable, reunir�an un ej�rcito mayor con que atacarnos, y entonces estar�amos la ciudad y nosotros al descubierto y sin seguro frente a su ira. <strong>t</strong>e rogamos, se�or, que digas esto al pueblo.</p><p><strong>y</strong>o les respond� que comprend�a sus razones, y que, si bien consideraba m�s prudente que fuesen ellos, por su predicamento, quienes hablasen con el pueblo, no ten�a inconveniente en ser yo quien lo hiciera, siempre con su sost�n y su presencia.</p><p><strong>c</strong>onvoqu� la asamblea de ciudadanos para aquella misma tarde en la <strong>t</strong>abla, el lugar donde mi padre se empe�� en celebrar aquel alarde con el que se emprendi� el decaimiento. <strong>s</strong>ubieron gentes de todos los barrios, aun de los m�s lejanos, a pesar de no ser a una fiesta a lo que sub�an, y en sus rostros se echaba de ver que no lo era. <strong>y</strong>o no pod�a impedir que mi memoria, a rachas, me trajera canciones, risas, juegos, marchas de trece a�os atr�s y tambi�n la desflecada calamidad en que todo acab�. <strong>s</strong>�lo faltaron representantes de los barrios de la <strong>a</strong>lcazaba y de la <strong>p</strong>uerta de <strong>e</strong>lvira.</p><p><strong>m</strong>e estaba yo dirigiendo, rodeado de notables, al gent�o, que era muy numeroso, cuando se escuch� un ruido de armas o voces que anunciaban ruido de armas. <strong>l</strong>a turba se alter�. <strong>y</strong>o volv� a recordar el siniestro remate del alarde. <strong>l</strong>as gentes del <strong>a</strong>lbayz�n y las de los <strong>a</strong>lijares me gritaron: �<strong>n</strong>o tengas miedo, se�or, que hemos de morir nosotros antes que t��, y se lanzaron en tropel cuesta abajo.</p><p><strong>u</strong>n hombre, cuya delgadez era tan grande como sus ojos, que dijo habitar en la <strong>a</strong>ntequeruela, fue quien dio cuenta de lo que suced�a: los de la <strong>a</strong>lcazaba y <strong>p</strong>uerta de <strong>e</strong>lvira, determinados a pelear, hab�an levantado empalizadas en sus calles, y clausurado la <strong>p</strong>uerta de <strong>g</strong>uadix y la del <strong>o</strong>sario, a la otra orilla del <strong>d</strong>arro. <strong>p</strong>ed� al hombre que se aproximara. <strong>a</strong>vanz� entre la multitud. <strong>e</strong>ra manco del brazo izquierdo.</p><p>���<strong>p</strong>or qu�? -le pregunt�.</p><p><strong>p</strong>ens� inmediatamente que me iba a contestar la causa de su manquedad, pero no.</p><p>��<strong>p</strong>orque dicen que de ellos saldr�n los rehenes y que no volver�n m�s, igual que t� no has vuelto a la <strong>a</strong>lcazaba desde hace d�as, y que entrar�n los cristianos y les robar�n sus casas.</p><p>��<strong>s</strong>on cosas de almog�vares y de gandules, se�or -grit� otro hombre muy grueso con dos ni�os en brazos.</p><p>���<strong>n</strong>o son soldados ellos? <strong>p</strong>ues que sean ellos quienes vayan a la guerra. <strong>n</strong>osotros ya tuvimos bastante -voce� un anciano, apoyado en un retorcido bast�n.</p><p>��<strong>v</strong>enid -dije a los notables, y me fui, con ellos y muchos ciudadanos, en busca de los descontentos.</p><p><strong>c</strong>uando me vieron llegar, agarraron con m�s fuerza las herramientas que estaban usando para empalizar. <strong>n</strong>o era momento de andarse con rodeos. <strong>l</strong>es habl� con parsimonia.</p><p>��<strong>h</strong>e sabido que un n�mero abundante de caballeros granadinos y algunos alcaides de aldeas negocian con los reyes cristianos contra mi parecer. <strong>v</strong>osotros y yo somos, en com�n, quienes hemos de hacerlo.</p><p><strong>a</strong>s� han venido a ped�rmelo vuestros superiores, y de lo hecho en su nombre no pienso desdecirme. <strong>s</strong>i alguien quiere pelear con ellos y conmigo, nos hallar� en la <strong>a</strong>lhambra; pero si alguien tiene algo que pedir, o algo de que asegurarse, o entiende que algo no se realiz� con rectitud, hable en su pro con su alam�n y dele su poder, y que vengan a exponerme qu� es lo que les inquieta y qu� lo que les falta. <strong>y</strong> no salga yo de <strong>g</strong>ranada sino para bajar al cementerio si dejo a mis vasallos indefensos. <strong>n</strong>o otra cosa que �sa es ser sult�n.</p><p><strong>t</strong>ropec�, lo mismo que otras veces, con los ojos de <strong>f</strong>arax embebidos en mi voz; me escuchaba con la boca abierta, y yo, incapaz de evitarlo, sonre�. <strong>f</strong>ue entonces cuando la poblaci�n entera resolvi� enviar una embajada p�blica a los reyes cristianos. <strong>m</strong>uchos, por descontado, opinaron que todo era una estratagema, y que al cabo el pueblo me hab�a venido a pedir lo mismo que yo ya hab�a pactado. <strong>q</strong>uiz� tampoco la pol�tica sea otra cosa que esa anticipaci�n. <strong>e</strong>l hecho es que la embajada la condujeron <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh, y encontraron al rey propicio y �ablandado�, y les otorg� cuanto le pidieron; a nadie se le ocurri� pedir m�s de lo ya concedido en las capitulaciones.</p><p><strong>a</strong> los embajadores les regal� doblas y alhajas: unas para ellos, y otras para seguir �ablandando� resistencias, aunque dudo que las segundas llegaran a su destino.</p><p><strong>s</strong>in embargo, las embajadas particulares a <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e eran m�s de d�a en d�a, y lleg� a mis o�dos lo avanzado de las negociaciones con los alcaides de <strong>a</strong>lfacar, la �nica fortaleza exterior que a�n quedaba en mis manos; unas negociaciones que se desarrollaron sin mi consentimiento, y se firmaron precisamente el 20 de diciembre.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>ije precisamente, porque �se fue el d�a en que saqu� de la <strong>a</strong>lhambra los restos de mis antepasados. <strong>y</strong>o, que para muchos era su ultrajador, ten�a que impedir que fueran ultrajados. <strong>y</strong>a al margen de nuestras contiendas, ellos ten�an derecho a descansar en paz.</p><p><strong>e</strong>ran tantas las tumbas que me abrum� la idea. <strong>p</strong>ed� a <strong>f</strong>arax que me ayudara; pero necesit�bamos a alguien m�s de total confianza.</p><p><strong>r</strong>ecurr� a un secretario que, al t�rmino de una asamblea de las que d�as atr�s menudeaban, se me hab�a acercado con una sinceridad rara entonces y me hab�a dicho:</p><p>��<strong>s</strong>e�or, sobre lo que sucede, si es que sucede algo, no tengo yo opini�n. <strong>s</strong>�lo tengo mi brazo, y �se es tuyo.</p><p><strong>l</strong>o mir�, agradecido ante una declaraci�n que poco antes habr�a resultado obvia, descans� la mano, y quiz� m�s que ella, sobre el brazo que me ofrec�a, y le contest�:</p><p>��<strong>a</strong>caso antes de lo que creemos me ver� obligado a usarlo. <strong>g</strong>racias.</p><p><strong>l</strong>o us� con el motivo que ahora digo. <strong>e</strong>l nombre del secretario es <strong>b</strong>ejir el <strong>g</strong>uibis.</p><p><strong>s</strong>in particip�rselo a ning�n familiar, porque tem�a la barah�nda de juicios en un caso que exig�a ser solventado aprisa, decid� llevar los restos a <strong>m</strong>ond�jar. <strong>a</strong>ll� se encontraban ya los de mi padre, y me pareci� sensato reunirlos a todos en ese valle de <strong>l</strong>ecr�n, rojizo y f�rtil como un vientre de mujer, bajo las agrias estribaciones de la <strong>a</strong>lpujarra, y lo m�s semejante al <strong>p</strong>ara�so que yo pod�a ofrendarles.</p><p><strong>p</strong>usimos manos a la obra en cuanto anocheci�. <strong>m</strong>e entristec�a tener que hacer a escondidas, como si se tratase de un crimen, una ceremonia que habr�a requerido tanta solemnidad; pero no era razonable exasperar m�s la sensibilidad a flor de piel de los granadinos. <strong>n</strong>o convoqu� a ning�n alfaqu�: los muertos gozan ya, o eso espero, de las promesas con las que alentaron, y no precisan intermediarios que les hagan de puente con la <strong>d</strong>ivinidad. <strong>h</strong>ab�amos conseguido una decena de hombres del pueblo de lealtad confirmada, ocho de ellos jardineros de la <strong>a</strong>lhambra lo mismo que <strong>f</strong>aiz. <strong>e</strong>l secreto, tanto de la exhumaci�n como de la inhumaci�n en el nuevo lugar, y el nombre de �ste, era esencial para mi prop�sito.</p><p><strong>c</strong>reo que lo conseguimos.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>l atravesar la puerta de la rauda, con su portentosa y alta c�pula que tanto me sedujo desde ni�o, me invadi� un ligero mareo, quiz� provocado por la tensi�n a que los acontecimientos ven�an someti�ndome. <strong>s</strong>e me nubl� la vista; me apoy� contra el muro. <strong>c</strong>re� escuchar la voz de <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh de hace veinte a�os, cuando me dio, por vez primera, la explicaci�n de aquella puerta un tanto incomprensible.</p><p>��<strong>e</strong>sto -me dijo se�al�ndola-, y el aljibe que surte el <strong>c</strong>uarto de <strong>c</strong>omares y sus ba�os, son los �nicos restos -en mi cabeza resonaba el eco de la palabra �restos�- del palacio del primer <strong>i</strong>smail, el asesinado -ahora era �asesinado� lo que en m� resonaba-, que yace con los otros sultanes en la rauda. <strong>s</strong>u hijo <strong>y</strong>usuf agrand� ese palacio, y lo transform� en el de <strong>c</strong>omares. <strong>y</strong> su nieto <strong>m</strong>ohamed construy� el <strong>p</strong>alacio de los <strong>l</strong>eones y le a�adi� a <strong>c</strong>omares sus bell�simas puertas� <strong>t</strong>odos duermen ahora en esta rauda, tan pr�xima a sus obras inmortales� -�inmortales�, o�a, y volv�a a o�rlo.</p><p><strong>m</strong>e repuse, auxiliado por <strong>f</strong>arax, y entramos. <strong>e</strong>ra quiz� mi jard�n preferido. <strong>m</strong>�nimo y dom�stico, acompasado y mecido por el agua y los p�jaros, siempre me figur� que en �l se dormir�a bien.</p><p><strong>e</strong>n verano se esparce en su �mbito una suave penumbra, verdosa y fresca; en invierno, su orientaci�n y los �rboles altos lo resguardan de los vientos. <strong>p</strong>ero como en la <strong>a</strong>lhambra hab�a otros cementerios dispersos, anteriores a �ste, a cinco de los diez hombres los enviamos a ellos, y nos citamos cuanto antes en <strong>m</strong>ond�jar.</p><p><strong>l</strong>a labor fue intermitente y melanc�lica. <strong>e</strong>ra imposible realizarla con la pulcritud que habr�a deseado; el tiempo trabaja en contra nuestra hasta cuando ya hemos salido de �l. <strong>l</strong>os ata�des estaban quebrantados, sueltas las osamentas, fracturadas las piedras de las estelas y las magabrillas. <strong>h</strong>ube de sobreponerme a la angustia de acumular los restos sin saber con certeza de qui�n eran, o de qui�n hab�an sido. <strong>d</strong>ispon�a su colocaci�n sobre los carros en el orden inverso al de la inhumaci�n del d�a siguiente. <strong>y</strong> a mi manera, oraba; ped�a perd�n a mi manera por esta intromisi�n perturbadora antes del <strong>d</strong>�a del <strong>j</strong>uicio y de la <strong>r</strong>esurrecci�n.</p><p><strong>a</strong>ll� estaban los soberbios sultanes de los mejores a�os, los pr�ncipes frustrados, las sultanas madres de nuestros emires y adalides, los muertos a mano airada de la segunda rama de la <strong>d</strong>inast�a�</p><p><strong>c</strong>uanto hubo de relumbre y de usurpaci�n hab�a descansado all� por fin: el brillo y la ceniza, los sue�os, las vanidades, los anhelos, los cuerpos armoniosos, los infinitos y coloreados mundos que caben en la reducida calavera de los hombres; los esqueletos esbeltos o combados, engarzados a�n o desmandados ya; el breve relato exagerado de haza�as no siempre verdaderas, caligrafiado con primor sobre las alargadas losas, que duran mucho m�s que lo que narran� �<strong>a</strong>qu� concluye todo�, me dec�a; pero me lo dec�a de prisa y sin fijeza, porque ten�a que ordenar aquel osario, aquel tremendo zoco de humildad. <strong>e</strong>ntre las cenizas relampagueaban de cuando en cuando perlas desparramadas de alg�n collar, o filigranas de oro. <strong>d</strong>e lo nombrado, ni su nombre queda: �qui�n aprende el discurso de las ruinas?</p><p>�<strong>c</strong>�mo meditar sobre lo balad� de nuestra vida, ni sacar consecuencias que me consolaran del desdichado extremo en el que yo -o con pretexto de m�, o en mi tiempohab�a puesto al <strong>r</strong>eino? �<strong>c</strong>�mo acusarme, o suplicar excusas? <strong>m</strong>i labor ahora era s�lo, bajo la espectral iluminaci�n de la luna y unos pocos candiles, amontonar cuanto restaba de quienes, desde el h�medo silencio de sus fosas, hab�an depositado t�citamente su legado en m�, y a quienes yo sin duda hab�a defraudado. <strong>m</strong>i misi�n consist�a en librarlos de las fat�dicas contingencias provocadas por m�. <strong>y</strong> la cumpl� sin miedo en la noche m�s fr�a de diciembre.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>hora, reunidos en una imponente asamblea, yacen en <strong>m</strong>ond�jar.</p><p><strong>a</strong>ll� ser� yo tambi�n enterrado.</p><p><strong>s</strong>i la muerte le proporciona al hombre la sabidur�a de que carece, supongo que ellos me habr�n justificado y me recibir�n cuando me llegue mi hora. <strong>s</strong>i la muerte no perfecciona al hombre, dar� igual, porque ellos continuar�n siendo tan escasamente virtuosos como fueron.</p><p><strong>s</strong>i la muerte es el paso a la nada, nada seremos todos, ellos y yo.</p><p><strong>q</strong>uiz� esto �ltimo sea lo preferible; incluso lo probable. <strong>d</strong>espu�s de haber tenido entre mis manos tantos despojos taciturnos e inexpresivos, �qu� <strong>d</strong>�a del <strong>j</strong>uicio cabe, o qu� <strong>r</strong>esurrecci�n? <strong>p</strong>ocos hombres hay tan perversos que merezcan un juicio condenatorio p�stumo; pocos, tan excelentes que merezcan una resurrecci�n. <strong>r</strong>esucitar no es imprescindible para quienes, por sus actos, a�n viven en la memoria de sus agradecidos; es la mejor manera de inmortalidad que reconozco. <strong>q</strong>uiz� la vida no se extingue jam�s, sino que se transforma, irisada y ubicua. <strong>y</strong> no porque triunfe de la muerte, sino porque lo invade todo, y todo es uno u otro aspecto de la vida mientras viene la muerte, y la muerte tambi�n. <strong>p</strong>ero el hombre, que no entiende casi nada m�s que su propia vida -y eso apenas-, a lo �nico que aspira es a resucitar para volver a ella. <strong>c</strong>u�nta es su peque�ez y, sin embargo, qu� ansia de perdurar. <strong>d</strong>e perdurar �l mismo, siendo el mismo, en vez de confundirse con la naturaleza, que es la gran madre que no da explicaciones, porque, aunque las diera, resultar�a inexplicable. <strong>e</strong>lla es el manantial y ella es el mar. <strong>n</strong>o es cruel, ni piadosa. <strong>n</strong>o se rige por nuestros cicateros e inminentes niveles. <strong>c</strong>ada oleada suya trae a unos seres y se lleva a otros. <strong>n</strong>o es que se mueva la vida: la vida sigue inm�vil, cercada de fronteras misteriosas que lindan con la muerte. <strong>n</strong>osotros entramos o salimos a ella o de ella -es decir, �estamos�-, mientras que ella �es�.</p><p>�<strong>p</strong>odr�a decirse, entonces, que la vida es quien tiene la raz�n?</p><p><strong>n</strong>o, no la tiene; no la necesita.</p><p><strong>c</strong>omo no tiene alas, ni fragancia, ni exaltada lujuria: eso es cosa de p�jaros, o flores, o de yeguas y percas; son peculiaridades. <strong>y</strong> una f�til peculiaridad del hombre es la raz�n, como la de ruborizarse o la de sonre�r, que lo distinguen de los animales. <strong>p</strong>ero �l piensa -pensamos- que la raz�n es una corona y un camino infinito, y pierde la oportunidad de ser feliz. <strong>e</strong>s su inmodestia la que lo estropea. <strong>l</strong>a felicidad consistir�a en atenerse a su insignificancia y hacerse cargo de ella; en usar la raz�n para crecer, para multiplicarse y alegrarse, para ruborizarse y sonre�r.</p><p><strong>p</strong>ero, no: el hombre se hincha y se enmascara; desea aparentar m�s fuerza y un tama�o mayor�</p><p><strong>v</strong>anidad, vanidad. <strong>c</strong>omo si nuestra forma de vida fuese toda la vida; como si los astros incontables fuesen un lujo de nuestro artesonado. <strong>c</strong>u�nta necia soberbia.</p><p><strong>s</strong>omos como mi madre, como esos viejos trastornados que reducen el mundo a sus alcobas, y viven convencidos de que el exterior entero los acata, y el exterior no sabe ni que existen. <strong>c</strong>u�nta jactanciosa insistencia en permanecer siempre.</p><p><strong>n</strong>i este desabrigo de tener que inventar a <strong>d</strong>ios y una vida futura y una recompensa inveros�mil, nos da la pauta de lo pobres que somos.</p><p><strong>p</strong>orque si a un principio superior a nosotros es a lo que llamamos <strong>d</strong>ios, nos rodean los dioses; y si lo amenazante y lo terrible es <strong>d</strong>ios -lo cual ser�a muy triste-, es casi todo <strong>d</strong>ios� <strong>l</strong>a vida s� que lo es. <strong>u</strong>n <strong>d</strong>ios perpetuamente de manifiesto y a la vez silencioso, providente y materno, cre�ndonos y us�ndonos como se crea y se usa un instrumento, sosteni�ndonos y dej�ndonos. <strong>p</strong>ero nosotros no queremos eso, no queremos s�lo eso: queremos perdurar, y perdurar en la felicidad. <strong>e</strong>s decir, queremos ser precisamente dioses.</p></section><section><title><p>IV. toda m�sica cesa</p></title><p>�<strong>s</strong>i hoy presto o�dos, escucho una m�sica que viene de muy lejos, del pasado tambi�n, de cuanto ha muerto, de horas y signos distintos de los de hoy, y de otras vidas. <strong>q</strong>uiz� la nuestra -y nosotros mismos no somos otra cosa que ella- no sea m�s que tal m�sica. <strong>p</strong>orque todos fuimos alguna vez mejores, o m�s felices y m�s dignos. <strong>n</strong>o obstante, toda m�sica cesa.</p><p><strong>h</strong>asta en nuestro recuerdo toda m�sica cesa.� <strong>b</strong>oabdil</p><empty-line/><p><strong>y</strong>a ordenados los hilos de esta costosa trama, para eludir que otros convenios de los reyes perjudicaran los que hab�amos firmado, transig� con adelantar el d�a de la entrega. <strong>s</strong>e fij� el 6 de enero.</p><p><strong>y</strong>o percib�a, pese a que los m�s cercanos a m� me lo negaban, chispazos de malestar entre los granadinos, ciertos alborotos y descomedimientos como de quienes, sus causas ya perdidas, se desmandan y tratan de vivir a cuerpo de rey -�de qu� rey?- los d�as que les quedan. <strong>s</strong>e hab�an asaltado casas de jud�os, y de noche aumentaba la delincuencia. <strong>e</strong>ra prudente, pues, apresurar los acontecimientos.</p><p><strong>e</strong>l d�a primero del a�o solar fue domingo. <strong>n</strong>unca vi uno tan l�brego. <strong>h</strong>ab�a resuelto mandar en ese d�a los quinientos rehenes, con <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh a la cabeza. <strong>a</strong>penas descendieron las sombras de la noche, no mediada a�n la tarde, se agruparon los rehenes cerca del barrio de los alfareros.</p><p><strong>p</strong>ero no pudo evitarse que, aunque el fr�o hab�a recluido a la gente en sus casas, se corriera la voz, y se form� un tumulto en torno a ellos, que yo hab�a mandado salir, desde la <strong>h</strong>uerta <strong>c</strong>hica de la <strong>a</strong>lmanjara, por la <strong>p</strong>uerta del <strong>p</strong>oniente. <strong>t</strong>em� que un litigio cualquiera perjudicara la pac�fica marcha de las cosas, e invitase o excusase la intervenci�n del ej�rcito cristiano, lo que acarrear�a derramamientos de sangre. <strong>c</strong>on el pretexto de que recogiera un par de caballos y una espada que yo obsequiaba al rey <strong>f</strong>ernando, hice volver a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y le di una carta para que se la entregara en propia mano. <strong>e</strong>n ella le ped�a que aquella misma noche, con el mayor sigilo, mandara tropas a hacerse cargo de la <strong>a</strong>lhambra; al d�a siguiente, los que eran todav�a mis vasallos, ante lo irrevocable, aceptar�an, sin la tentaci�n de levantarse en armas, la entrega de <strong>g</strong>ranada. <strong>a</strong>s� se eliminaban riesgos y contingencias.</p><p><strong>d</strong>esde que recibi� mi aviso, no dej� pasar ni una hora el �vido <strong>f</strong>ernando. <strong>a</strong> la medianoche envi� una tropa capitaneada por <strong>g</strong>utierre de <strong>c</strong>�rdenas, el comendador mayor de <strong>l</strong>e�n. <strong>v</strong>ino, envuelta en el fr�o, por la parte de los <strong>a</strong>lijares, cuyo camino era el m�s discreto y apartado. <strong>e</strong>n la <strong>t</strong>orre del <strong>a</strong>gua aguardaban a los cristianos <strong>f</strong>arax y <strong>n</strong>asim; los introdujeron en la <strong>a</strong>lhambra por la <strong>p</strong>uerta de los <strong>p</strong>ozos. <strong>e</strong>l amanecer, si es que iba a amanecer, a�n tardar�a.</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o me encontraba en el sal�n del <strong>c</strong>uarto de los <strong>l</strong>eones con doce dignatarios. <strong>v</strong>i entrar, un poco p�lido, a <strong>f</strong>arax, y comprend� que el destino hab�a llegado. <strong>d</strong>esped� a mis caballeros, y les orden� retirarse a la ciudad. <strong>y</strong>o pas� solo al <strong>c</strong>uarto de <strong>c</strong>omares. <strong>e</strong>n el trayecto me quit� las insignias reales y se las di a <strong>f</strong>arax, que me bes� las manos al tomarlas. <strong>d</strong>on <strong>g</strong>utierre hab�a distribuido sus soldados, que no eran muchos, en dos alas, para tomar posiciones por si fuera preciso. <strong>l</strong>o recib� en el <strong>s</strong>al�n de <strong>c</strong>omares. <strong>l</strong>o hab�a mandado adornar con diecisiete estandartes, arrebatados en diferentes �pocas a los cristianos: alguno de ellos llevaba dos siglos y medio con nosotros. <strong>a</strong>l comendador lo cercaban unos pocos capitanes; vi en sus rostros tal fervoroso estupor ante el palacio como si se encontrasen con <strong>d</strong>ios en el <strong>p</strong>ara�so.</p><p>�<strong>s</strong>evilla, comparada con esto, es una casa pajiza�, o� decir a uno.</p><p><strong>t</strong>an absortos estaban, que hube de adelantarme hacia don <strong>g</strong>utierre con las llaves de la <strong>a</strong>lhambra en las manos; se las tend� en silencio.</p><p><strong>�</strong>l me reconoci�, y me bes� tambi�n las manos al tomarlas. <strong>d</strong>espu�s de �l, hicieron lo mismo los dem�s.</p><p><strong>y</strong>o le rogu� al comendador de <strong>l</strong>e�n con voz muy baja -el estupor y la expectaci�n de la noche la agrandaban- que me diera un papel firmado con su nombre en que testificase como recib�a la fortaleza y como el acto se hac�a a su satisfacci�n. <strong>e</strong>l recibo lo escribi� un sacerdote de su comitiva; era rollizo y calvo y sacaba la lengua al escribir. <strong>d</strong>on <strong>g</strong>utierre me lo alarg� sin una sola palabra; s�lo una acobardada sonrisa en alg�n rinc�n de su rostro. <strong>e</strong>l patio todo era una muda b�veda. <strong>a</strong>lguien dej� caer una espada; el estr�pito se desparram� sobre el pavimento y sobre el agua aterida del estanque.</p><p>��<strong>y</strong>a no tenemos nada que hacer aqu�. <strong>v</strong>amos -dije a <strong>f</strong>arax. <strong>y</strong> a <strong>n</strong>asim-: <strong>t</strong>� acompa�a a los hu�spedes. <strong>y</strong> qu�date con ellos, si es tu gusto.</p><p><strong>a</strong>l salir de la <strong>a</strong>lhambra para ir a la <strong>a</strong>lcazaba, donde por la tarde hab�a mandado instalar a mi madre y a <strong>m</strong>oraima con sus damas, vi que las tropas de don <strong>g</strong>utierre ocupaban ya las torres y los puntos m�s fuertes del recinto. <strong>m</strong>e cayeron encima los versos de <strong>y</strong>arir:</p><empty-line/><p>��<strong>q</strong>u� mansiones son �stas que a un triste no responden?</p><p>�<strong>e</strong>s que han ensordecido, o es que son s�lo ruinas?</p><p><strong>r</strong>egresad, regresad a aquella venturosa e inolvidable tarde; porque, si hubiesen muerto estas moradas, nosotros morir�amos.�</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l d�a anterior hab�a sido tormentoso; �ste, por el contrario, amanec�a limpio y azul. <strong>s</strong>i no hubiera sido por la temperatura, se habr�a dicho que era primavera.</p><p>���<strong>y</strong><strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh? -le pregunt� a <strong>f</strong>arax.</p><p>��<strong>n</strong>o ven�an con don <strong>g</strong>utierre: prefirieron quedarse en <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e.</p><p>��<strong>c</strong>obardes hasta el fin -murmur�, y mir� el inabarcable cielo.</p><p><strong>n</strong>os cruzamos con un grupo de cautivos cristianos que sub�a la ladera de la <strong>s</strong>abica. �<strong>y</strong>a nadie me reconoce�, recuerdo que pens�. <strong>y</strong> dije:</p><p>��<strong>v</strong>an a unirse a los otros.</p><p><strong>c</strong>elebrar�n juntos una misa de acci�n de gracias. -��<strong>q</strong>u� sitio habr�n elegido para profanarlo el primero?�, me pregunt�. <strong>y</strong> me respond�: �<strong>n</strong>o me importa: eso es cosa de <strong>d</strong>ios�.</p><p><strong>e</strong>ntr�bamos en la <strong>a</strong>lcazaba cuando o�mos tres ca�onazos. <strong>f</strong>arax me mir� sobresaltado.</p><p>��<strong>e</strong>s la se�al para advertir al campamento.</p><p><strong>m</strong>e volv� hacia el <strong>l</strong>evante.</p><p>��<strong>e</strong>l sol no es fiel: acaba de salir cuando empieza para el <strong>i</strong>slam la luna nueva.</p><p><strong>l</strong>uego, cerca de mis habitaciones, dije a los que me segu�an:</p><p>��<strong>a</strong>quel que pueda debe dormir algo.</p><p>���<strong>m</strong>e permites permanecer contigo? -me pregunt� <strong>f</strong>arax.</p><p>���<strong>e</strong>s que lo necesitas? -<strong>�</strong>l asinti� con desolaci�n-. <strong>p</strong>asa entonces.</p><p><strong>h</strong>ac�a fr�o en la alcoba, o lo ten�a yo. <strong>m</strong>and� avivar los braseros; uno desped�a tufo.</p><p>��<strong>q</strong>ue lo retiren -ped�-. <strong>y</strong> que quemen un poco de madera de olor.</p><p><strong>f</strong>arax puso su mano sobre la m�a:</p><p>���<strong>c</strong>�mo te encuentras?</p><p>��<strong>n</strong>o me encuentro. <strong>y</strong> no quiero encontrarme. <strong>n</strong>o me preguntes nada.</p><p><strong>q</strong>uisiera dormirme, y despertar cuando todo esto empezara a olvidarse. <strong>o</strong> mejor, no despertarme nunca.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o consegu� dormir. <strong>a</strong>pretaba con tal fuerza los p�rpados que eso me lo imped�a; puse tal fuerza en cerrar los o�dos a lo que tem�a o�r, que escuchaba mil ruidos interiores, como si tuviera la cabeza llena de vientos. <strong>a</strong>pret� tanto las mand�bulas que sent�a dolor. <strong>m</strong>i cuerpo ten�a la tensi�n de las cuerdas de un la�d. <strong>n</strong>o consegu� dormir. <strong>f</strong>arax me propuso que fu�semos al ba�o. <strong>a</strong>caso el calor y el masaje me aliviaran. <strong>l</strong>o mir� largamente, largamente. <strong>y</strong>, de pronto, se ech� a llorar con rabia igual que un ni�o, y me estrech� contra su pecho. <strong>l</strong>uego, trag�ndose las l�grimas, me separ� de �l. <strong>y</strong>o le envidi� que pudiese llorar y tambi�n que pudiese dejar de llorar.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> mediod�a vino a buscarme <strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza. <strong>e</strong>staba muy conmovido y, por circunspecci�n, trataba de disimularlo, lo que le hac�a parecer m�s conmovido a�n.</p><p>��<strong>s</strong>e han quitado el luto, se�or.</p><p>���<strong>q</strong>u� luto? -pregunt� desconcertado.</p><p>��<strong>e</strong>l que llevan por la muerte del pr�ncipe de <strong>p</strong>ortugal.</p><p>��<strong>a</strong>h, ellos. <strong>t</strong>e refieres a ellos. <strong>e</strong>l nuestro empieza hoy.</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o no ve�a nada; no o�a nada.</p><p><strong>p</strong>rocuraba in�tilmente lo contrario de lo que hab�a procurado in�tilmente en el lecho. <strong>a</strong>hora s� quer�a ver y o�r, y no pod�a. <strong>m</strong>e hab�an ba�ado; me hab�an perfumado; me hab�an vestido. <strong>a</strong> la puerta me esperaba una cincuentena de caballeros. <strong>m</strong>ont� tambi�n yo. <strong>e</strong>l barro me manch� un borcegu�. <strong>e</strong>l mundo entero se redujo de repente a esa mancha de barro. <strong>n</strong>o consegu�a separar mi vista de ella. <strong>m</strong>archaba y la miraba. <strong>e</strong>n el cuero claro, era como un cuajar�n de una vida extra�a y repugnante.</p><p><strong>d</strong>�as m�s tarde <strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza, seguro de que estaba viviendo un d�a se�alado e inolvidable -cu�nto dar�a yo porque fuese olvidado-, me entreg� una p�gina con el orden del alarde que hab�a organizado el rey <strong>f</strong>ernando. <strong>i</strong>gual que aquel alarde de mi padre, era excesivo: no s� si m�s para infundir temor que en se�al de j�bilo; no s� si para imponerse �a la morisma, liviana y levantisca�, o para exhibir su gloria ante nosotros. <strong>y</strong>o, por m�, no puedo hablar de esa gloria: no la vi, no escuch� sus instrumentos, ni sus aclamaciones, ni sus cantos. <strong>p</strong>or lo que leo en esta p�gina, la delantera del ej�rcito castellano la formaban -y no me asombra- el alcaide de los <strong>d</strong>onceles, junto al duque de <strong>a</strong>lburquerque, aquel <strong>b</strong>eltr�n de la <strong>c</strong>ueva que fue amante de su rey, y los mariscales. <strong>e</strong>n la vanguardia, el maestre de <strong>s</strong>antiago con los caballeros de su orden y casa y la <strong>h</strong>ermandad; en sus alas derecha e izquierda, respectivamente, las tropas de los duques de <strong>p</strong>lasencia y de <strong>m</strong>edinaceli. <strong>d</strong>etr�s marchaba el marqu�s de <strong>c</strong>�diz con la gente de <strong>g</strong>onzalo <strong>m</strong>ej�a. <strong>l</strong>a tercera batalla la compon�an el conde de <strong>u</strong>re�a y don <strong>a</strong>lonso de <strong>a</strong>guilar.</p><p><strong>l</strong>a cuarta, la gente del arzobispo de <strong>s</strong>evilla y las de <strong>p</strong>edro de <strong>v</strong>era y las del alcaide de <strong>m</strong>or�n.</p><p><strong>l</strong>a quinta, el duque de <strong>m</strong>edina <strong>s</strong>idonia. <strong>l</strong>a sexta, el maestre de <strong>c</strong>alatrava. <strong>l</strong>a s�ptima, el conde de <strong>c</strong>abra. <strong>l</strong>a octava, el cardenal don <strong>p</strong>edro <strong>g</strong>onz�lez de <strong>m</strong>endoza.</p><p><strong>l</strong>a novena, el duque de <strong>n</strong>�jera.</p><p><strong>l</strong>a d�cima, el conde de <strong>b</strong>enavente, el alcaide de <strong>a</strong>tienza y don <strong>�</strong>lvaro de <strong>b</strong>az�n. <strong>l</strong>a batalla real la formaban un nutrido grupo de lanzas y peones gallegos, asturianos, vizca�nos y monta�eses, y figuraban en sus alas los contingentes de <strong>s</strong>evilla y de <strong>c</strong>�rdoba. <strong>a</strong>l gui�n le daban cortejo 400 caballeros continuos y gente de corte de sus altezas. <strong>l</strong>a custodia y la guardia del fardaje estaba a cargo de 200 jerezanos y una nutrida dotaci�n de infantes. <strong>p</strong>or fin, a la zaga iban <strong>f</strong>rancisco de <strong>b</strong>obadilla con la gente de <strong>j</strong>a�n y de <strong>a</strong>nd�jar, y <strong>d</strong>iego <strong>l</strong>�pez de <strong>a</strong>yala, con la de <strong>�</strong>beda y <strong>b</strong>aeza. <strong>l</strong>a artiller�a, que entr� en <strong>g</strong>ranada por distinto camino, marchaba escoltada por gran n�mero de escuadrones y peones, y mandada por el maestre de <strong>a</strong>lc�ntara, el conde de <strong>f</strong>eria, <strong>m</strong>art�n <strong>a</strong>lonso, el alcaide de <strong>s</strong>oria, <strong>h</strong>enao y <strong>l</strong>ope <strong>h</strong>urtado.</p><p><strong>t</strong>odos los descendientes de los que hab�an luchado en la mal llamada reconquista se hallaban presentes ese d�a en su culminaci�n.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o supe por d�nde �bamos. <strong>n</strong>o hab�a nadie en las calles. <strong>m</strong>e preguntaba: ��<strong>d</strong>�nde est�n todos?</p><p>�<strong>d</strong>�nde han ido?� <strong>a</strong>hora supongo que estar�an en las murallas contemplando el espect�culo; acaso distraerlos era su �nica finalidad.</p><p><strong>y</strong> de �l formaba parte yo. <strong>a</strong> cierta altura del trayecto, no puedo decir cu�ndo, me di cuenta de que junto a m� iba don <strong>g</strong>onzalo <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba; fui incapaz de saludarlo. <strong>j</strong>unto al arenal del <strong>g</strong>enil, delante de un morabito que a m� me gustaba ver de ni�o cuando �bamos a <strong>a</strong>lhama porque era la se�al de que sal�amos de <strong>g</strong>ranada -en cierta forma, lo mismo que un ensayo de este d�a-, vi un reducido grupo de caballeros al que nos dirigimos.</p><p>��<strong>a</strong>h� est� el rey, se�or. -<strong>e</strong>ra la voz de don <strong>g</strong>onzalo.</p><p>��<strong>g</strong>racias -le dije. <strong>p</strong>ero no distingu� cu�l era: don <strong>g</strong>onzalo lo not�.</p><p>��<strong>e</strong>s el del centro -me lo se�alaba con el dedo-. <strong>n</strong>o le bes�is la mano.</p><p><strong>f</strong>ue entonces cuando me decid� a mirarlo; el capit�n ten�a el rostro tenso, y tambi�n me miraba. <strong>a</strong>vanc�. <strong>s</strong>aqu� un pie del estribo.</p><p>�<strong>e</strong>st� manchado de barro -me dije-.</p><p><strong>e</strong>sa mancha de barro�� <strong>m</strong>e llev� la mano derecha a la cabeza, y la izquierda al arz�n. <strong>n</strong>o sab�a qu� significaba aquello; quiz� que iba a descabalgar. <strong>v</strong>acil�. <strong>g</strong>ir� los ojos. <strong>e</strong>l rey se adelant� con una mano extendida, como para detenerme. <strong>t</strong>ampoco s� lo que significaba, porque, cuando iba a tom�rsela, la retrajo. <strong>m</strong>e dije: �<strong>q</strong>uiz� ha entendido que se la solicitaba para bes�rsela. <strong>n</strong>o, me hab�an dicho que no�. <strong>l</strong>e alargu� las llaves que me daba uno de los m�os, no s� qui�n.</p><p>��<strong>e</strong>stas son las llaves de vuestro <strong>p</strong>ara�so. <strong>m</strong>ucho os quiere <strong>d</strong>ios -dije sin saber por qu�, ni si me comprendi�. <strong>c</strong>reo que s�, porque <strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza me tradujo. <strong>d</strong>espu�s lo tradujo a �l:</p><p>��<strong>n</strong>o dud�is de que cumpliremos lo prometido. <strong>q</strong>ue no os falte la fortaleza en vuestra adversidad.</p><p><strong>m</strong>ientras o�a a <strong>b</strong>aeza observ� lo mal que encubr�a su exultaci�n aquel rey, y la mancha de barro del borcegu� otra vez.</p><p>��<strong>d</strong>adle el sello al conde -me apunt� don <strong>g</strong>onzalo.</p><p>���<strong>a</strong> qu� conde? -pregunt�.</p><p><strong>m</strong>e lo se�al� con los ojos. <strong>e</strong>ra el de <strong>t</strong>endilla, que aguardaba altivo. <strong>l</strong>e tend� la sortija. <strong>n</strong>o dije nada. <strong>v</strong>i su boca sin labios.</p><p><strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza murmur� unas palabras. <strong>d</strong>espu�s me enter� de que hab�an sido: �<strong>c</strong>on esta sortija he gobernado <strong>g</strong>ranada. <strong>q</strong>ue <strong>d</strong>ios os haga m�s dichoso que a m�. <strong>b</strong>aeza asegura que yo lo dije, pero no consigo acordarme.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>eguimos al trote bastante trecho hasta llegar a un cerro alto, por <strong>a</strong>rmilla, desde donde se domina la ciudad y la <strong>s</strong>ierra. <strong>e</strong>l caballo, desmandado, se me volvi� en una corveta y las vi. <strong>p</strong>arec�a como si la ciudad tambi�n hubiese abdicado: la <strong>a</strong>lhambra se exhib�a no en la cima como se la ve desde <strong>g</strong>ranada, sino formando parte de un conjunto mucho m�s elevado que ella, blanco y aun m�s altivo que <strong>t</strong>endilla. �<strong>a</strong>s� sucede a los reyes cuando tropiezan con otros m�s poderosos que ellos.�</p><p>��<strong>l</strong>a reina, se�or -me advirti� don <strong>g</strong>onzalo-. <strong>e</strong>ntre el cardenal y el pr�ncipe heredero.</p><p><strong>l</strong>evant� la cabeza y la encontr� en seguida. <strong>h</strong>ab�a otras mujeres detr�s. <strong>t</strong>uve la impresi�n de que una de las damas me era muy conocida, pero no repar� sino un instante en ella. <strong>s</strong>alud� a la reina igual que a su marido. �<strong>a</strong>cabar� por hacer bien estos gestos incomprensibles.� <strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza, cerca de m�, me hablaba:</p><p>��<strong>d</strong>ice su alteza que conservar�is siempre su amistad y su ayuda, mientras no traspas�is los l�mites de lo que se ha firmado.</p><p>��<strong>e</strong>so no es siempre -dije con una amarga sonrisa.</p><p>��<strong>y</strong> el cardenal os dice que los d�as del hombre son cortos y llenos de pesares; que <strong>d</strong>ios da y <strong>d</strong>ios quita, y que tenemos el deber de bendecir su santa voluntad.</p><p>��<strong>e</strong>s m�s f�cil bendecirla si da. <strong>p</strong>ero no traduzc�is -murmur�; mi caballo se inquiet�; tambi�n yo me inquietaba-. <strong>v</strong>olvamos. �<strong>e</strong>n d�nde est� mi hijo? -<strong>i</strong>nici� un movimiento hacia don <strong>g</strong>onzalo y casi le grit�-: <strong>y</strong>o he cumplido.</p><p><strong>q</strong>uiero ver a mi hijo.</p><p><strong>d</strong>on <strong>g</strong>onzalo cruz� una mirada con otro caballero que iba a su par, y que luego me enter� que era don <strong>r</strong>odrigo de <strong>u</strong>lloa.</p><p>��<strong>e</strong>st� en el real de <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e, se�or. <strong>v</strong>amos ahora a buscarlo.</p><p>��<strong>d</strong>e prisa. <strong>e</strong>stoy harto de tanta ceremonia. <strong>p</strong>ara vosotros puede que sea un bautizo o una boda; para m� es un torvo funeral.</p><p><strong>d</strong>e mi cohorte seleccion� a <strong>f</strong>arax y a <strong>b</strong>ejir, del que me atra�a cada vez m�s su laconismo y la inteligencia de sus ojos; al resto lo mand� regresar a la ciudad. <strong>s</strong>alimos al galope por la v�a m�s recta. <strong>s</strong>e retrasaba <strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza, y hubo que aminorar la marcha. <strong>a</strong> mitad de camino transcurr�a un arroyo, que ven�a crecido por las nieves. <strong>e</strong>l agua no alcanzaba el pecho de los caballos.</p><p><strong>f</strong>ui a espolear el m�o.</p><p>���<strong>s</strong>e�or! -exclam� <strong>b</strong>ejir-, �se�or!</p><p><strong>�</strong>l y <strong>f</strong>arax se me arrimaron flanque�ndome. <strong>s</strong>e propon�an cumplir el protocolo tradicional de proteger los estribos del sult�n con los suyos.</p><p>��<strong>e</strong>so ya termin�. <strong>o</strong>s lo agradezco, pero ya termin�.</p><p><strong>d</strong>on <strong>g</strong>onzalo se hab�a situado a nuestra altura.</p><p>��<strong>p</strong>ara nosotros ser�s siempre el sult�n -dijo <strong>f</strong>arax.</p><p>��<strong>p</strong>ues vamos a librar a mi heredero -murmur� al entrar en el agua.</p><p><strong>d</strong>on <strong>g</strong>onzalo se ech� a un lado, e inclin� a mi paso la cabeza.</p><p><strong>a</strong> punto ya de entrar en el real, el aire todo se transform� en estruendo. <strong>n</strong>os alarmamos. <strong>d</strong>on <strong>g</strong>onzalo sonri� un poco, se�al� a nuestras espaldas y nos tranquiliz�; era el adorno �ltimo de la proclamaci�n de los reyes cristianos como los nuevos se�ores de <strong>g</strong>ranada: una atronadora salva de toda clase de armas de fuego e instrumentos de guerra; se mezclaban bombardas y ca�ones con clarines, arcabuces con trompetas, mosquetes con atabales y tambores.</p><p><strong>p</strong>arec�a que la tierra temblaba, y no digo yo que no lo hiciera: ten�a motivos; tambi�n temblaba yo, no s� si por los mismos.</p><p><strong>n</strong>o me fij� en el campamento.</p><p><strong>d</strong>eb�a de tener una plaza central, de la que part�an cuatro calles derechas principales; otras menores las cruzaban.</p><p>��<strong>e</strong>l cardenal <strong>m</strong>endoza os brinda su aposento -me dijo don <strong>r</strong>odrigo de <strong>u</strong>lloa.</p><p><strong>m</strong>e guiaron a un gran pabell�n situado en la plaza cerca de otro de aspecto muy rico, que presum� ser el de los reyes. <strong>d</strong>esaparecieron los capitanes cristianos.</p><p><strong>y</strong>o no tuve la paciencia de sentarme a esperar, y me mov�a sin cesar en aquella gran tienda, delante de uno que me hab�an presentado como hermano del cardenal, y a quien se encomend� mi custodia. ��<strong>m</strong>i custodia?� <strong>p</strong>or la expresi�n de <strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza y de <strong>f</strong>arax -la de <strong>b</strong>ejir era m�s impenetrable- deduje que se trasluc�a demasiado la agitaci�n de mi �nimo. <strong>t</strong>rat� de sobreponerme, pero seguramente no lo consegu�. <strong>p</strong>ara disimularla, fing� que me distra�a mirando el mobiliario: un altar port�til muy bello, con estampas de la vida de <strong>j</strong>es�s, las l�mparas y los candeleros de plata sobredorada, un reclinatorio de oro y p�rpura� <strong>n</strong>o, nada de aquello me interesaba.</p><p><strong>q</strong>uer�a recoger a mi hijo. <strong>q</strong>uer�a recoger a toda mi familia y salir de <strong>g</strong>ranada. <strong>s</strong>e demoraban don <strong>g</strong>onzalo y don <strong>r</strong>odrigo. <strong>c</strong>uando regresaron, ven�an tan cariacontecidos que present� algo malo.</p><p>��<strong>s</strong>e�or -me dijo don <strong>g</strong>onzalo con un tono azorado-, ha habido una orden mal dada, o una contraorden.</p><p><strong>n</strong>o os alter�is; nada ha ocurrido que sea irremediable. <strong>d</strong>on <strong>m</strong>art�n de <strong>a</strong>larc�n, desde <strong>m</strong>ocl�n, ha llevado a vuestro hijo a la <strong>a</strong>lcazaba. <strong>e</strong>s de suponer que a estas horas se encuentra en brazos de su madre.</p><p><strong>n</strong>o hice ning�n comentario.</p><p><strong>t</strong>em�a algo peor. <strong>e</strong>ra cuesti�n de una hora m�s.</p><p><strong>e</strong>n ese momento entraron en el aposento <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh. <strong>t</strong>ra�an unas caras que a ellos les parec�an de circunstancias; estuvieron a punto de hacerme re�r.</p><p><strong>f</strong>alsamente contritos y serviles, me besaron el brazo y la mano. <strong>n</strong>o les pregunt� por qu� no volvieron la noche anterior a la ciudad: lo sab�a; ni por qu� no se hab�an ocupado en recoger a mi hijo <strong>a</strong>hmad. <strong>e</strong>llos, sin embargo, se apresuraron a darme una miserable explicaci�n.</p><p>��<strong>s</strong>e nos ha rogado, se�or -fue <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa quien habl�-, que permanezcamos junto a los rehenes que ayer trajimos de <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>n</strong>uestra asistencia, seg�n sus altezas, reforzar� su seguridad.</p><p>��<strong>l</strong>uego balbuce� como si dudase en decirme, o en c�mo decirme, lo que segu�a. <strong>m</strong>e puse en guardia-. <strong>e</strong>l jefe de este campamento, se�or, me pide que os suplique que permanezc�is en �l, en este aposento del cardenal, donde hay orden de que nada os falte, hasta que vuestros vasallos� -otro titubeo-, hasta que vuestros s�bditos de <strong>g</strong>ranada entreguen sus armas a los conquistadores�</p><p><strong>d</strong>e improviso, me invadi� una gran frialdad. <strong>m</strong>e sent�.</p><p>��<strong>n</strong>o son conquistadores, <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa. <strong>t</strong>� mejor que nadie, puesto que tanto has trapicheado, deber�as saberlo. -<strong>m</strong>e volv� a don <strong>r</strong>odrigo-. �<strong>q</strong>u� armas han de ser entregadas?</p><p>��<strong>t</strong>odas -me respondi�-, tanto ofensivas como defensivas. <strong>y</strong> han de hacerlo persona por persona; eso alargar� los tr�mites. <strong>l</strong>as espingardas y los tiros de p�lvora los entregar� despu�s el jefe de la ciudad.</p><p>��<strong>e</strong>n las capitulaciones -habl� muy despacio-, salvo esos tiros de p�lvora, se estipula que sus altezas no tomar�n a los granadinos sus armas, ni se las mandar�n tomar.</p><p><strong>n</strong>i sus armas, ni sus caballos, ni ninguna otra cosa. <strong>n</strong>i ahora, ni en tiempo alguno, para siempre jam�s.</p><p>��<strong>s</strong>obrevino un silencio-. �<strong>n</strong>o es as�, <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh?</p><p>��<strong>p</strong>or lo que yo recuerdo, as� es, se�or.</p><p><strong>i</strong>ntervino don <strong>g</strong>onzalo:</p><p>��<strong>q</strong>uiz� para garantizar estos primeros d�as el sosiego de la ciudad y de la toma, se haya estimado prudente tal decisi�n�</p><p>��<strong>a</strong>un as�, debi� ser consultada conmigo. <strong>e</strong>s excesiva la presteza con que comienzan a incumplirse las cl�usulas. <strong>h</strong>asta a m�, tan hecho a traiciones, me maravilla.</p><p><strong>e</strong>l hermano del cardenal, para descargar la tensi�n, nos ofreci� un almuerzo. <strong>y</strong>o me propuse comer algo, m�s que nada por complacer la cari�osa y muda petici�n de <strong>f</strong>arax; pero me fue imposible. <strong>m</strong>ientras masticaba interminablemente, me descubr� pensando en d�nde podr�an ocultar mis s�bditos sus armas.</p><p>�<strong>n</strong>o son mis s�bditos.� <strong>q</strong>u� f�cil les ser�a esconderlas en sus casas, puesto que nadie podr�a entrar sin consentimiento de nuestros jueces, y qu� f�cil encontrar una cueva com�n, ignorada por los cristianos, donde acumular un arsenal crecido� <strong>d</strong>entro de m� se levantaba un arrebato; me remord�a, como una carcoma, el arrepentimiento, y hasta escuchaba el ruido de esa carcoma. �<strong>p</strong>actar con estos reyes es pactar con el aire.�</p><p><strong>l</strong>a luz se retiraba; encendieron hachones. <strong>d</strong>on <strong>g</strong>onzalo y don <strong>r</strong>odrigo se despidieron: si les daba permiso, ten�an alg�n quehacer.</p><p>���<strong>s</strong>oy yo el reh�n por la entrega de las armas, caballeros, o se proh�be mi presencia en <strong>g</strong>ranada para que no se rebelen, vi�ndome, mis vasallos? �<strong>e</strong>s que no he demostrado en demas�a mis buenas intenciones?</p><p>��<strong>n</strong>o sospech�is, se�or, que ni don <strong>r</strong>odrigo ni yo estemos implicados en este asunto. <strong>h</strong>emos recibido noticia de �l a la misma hora que vos.</p><p><strong>s</strong>e notaba en su voz, en sus ojos, en sus manos el disgusto que le causaba; no quise aumentarlo con mis quejas. <strong>l</strong>es di venia para retirarse. <strong>e</strong>l hermano del cardenal, gordo y bobo, anadeaba por la tienda.</p><p>��<strong>v</strong>os tambi�n pod�is retiraros, si as� lo dese�is -le dije, y eso hizo.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l tiempo se hab�a detenido, y, sin embargo, era ya de noche. <strong>h</strong>ernando de <strong>b</strong>aeza y <strong>b</strong>ejir jugaban al ajedrez en un tablero de �bano y marfil, colocado sobre un ataifor.</p><p>�<strong>s</strong>alvo el altar, todo es morisco aqu�. <strong>c</strong>u�nta dificultad van a hallar en tacharnos.� <strong>f</strong>arax y yo guard�bamos silencio. <strong>s</strong>i lo miraba, lo descubr�a mir�ndome, y �l desviaba los ojos. <strong>m</strong>e hizo recordar tanto a �<strong>h</strong>ern�n� el perro que le golpe� con dulzura la cabeza.</p><p><strong>m</strong>e venc�a el cansancio; quise tenderme a solas. <strong>u</strong>n servidor me pas�, detr�s de unos recargados tapices, a una alcoba donde hab�a un amplio lecho. ��<strong>c</strong>on qui�n dormir� aqu� el cardenal, cuyos pecados (cuyos hijos) son, seg�n creo, tan bellos?� <strong>m</strong>e tumb� suspirando.</p><p><strong>c</strong>err� los p�rpados de plomo. <strong>i</strong>ba a dormir enseguida�</p><p><strong>n</strong>o fue as�. <strong>a</strong>l contrario: tomaron m�s cuerpo y m�s voz y m�s hostilidad los fantasmas. <strong>i</strong>maginaba lo que en la ciudad estar�a sucediendo, e imaginaba lo peor, es decir, la verdad. <strong>u</strong>nos, ante la absoluta indefensi�n que supon�a la entrega de las armas, habr�an huido a la <strong>s</strong>ierra, y se hallar�an all�, desarraigados, desprovistos, derrotados en todos los sentidos, entre la nieve, maldiciendo mi nombre. <strong>o</strong>tros, dentro de la ciudad, sufrir�an infracciones, que yo no sabr�a nunca, de los pactos firmados: soldados en sus casas mirando a sus mujeres con ojos l�bricos; oficiales acogidos por azorados y temblorosos cortesanos; los salones de la <strong>a</strong>lhambra abarrotados por una soldadesca ebria de vino y de excitaci�n tartamuda; calles repletas de una tropa ind�mita y zahare�a; el cardenal, cuyo aposento ocupaba a la fuerza, entonando c�nticos a otro <strong>d</strong>ios, que escandalizar�an nuestros muros y estremecer�an el agua de nuestras albercas, que ascender�an hasta los artesonados conmovi�ndolos de consternaci�n y de tristeza; caballos cristianos relinchando en nuestros establos, si era en nuestros establos y no en nuestras mansiones donde hab�an instalado sus pesebres� �<strong>y</strong> mis hijos? �<strong>y</strong><strong>m</strong>oraima? �<strong>l</strong>levar�an los cristianos su avilantez hasta un extremo que no me toleraba ni temer? <strong>s</strong>ent� un violento impulso de escapar de all� y de ponerme al frente de mis granadinos, o de ordenar a <strong>f</strong>arax que galopase hasta <strong>g</strong>ranada y trasmitiese de boca en boca una sentencia de muerte contra cuantos cristianos tropezase, de deg�ello contra los borrachos, de estrangulamiento contra los dormidos, de acuchillamientos de los centinelas por la espalda. <strong>s</strong>e desplomaba el mundo sobre m�; me ve�a trastabillando y a tientas por l�bregas e insondables calles desconocidas en las que me cruzaba con gente de rostro confuso y empapado de sangre, con mujeres que gritaban injurias contra m� y en los brazos acunaban ni�os muertos, con soldados a los que les faltaban piernas o brazos, o que caminaban erguidos y solemnes con su cabeza cortada entre las manos� <strong>y</strong> me dol�a, como cintarazos r�tmicos y salvajes, el ruido de las armas que ca�an, amontonadas unas sobre otras, en medio de una plaza, bajo un almez negro cuyos frutos eran globos de ojos sin rostro. <strong>g</strong>rit�. <strong>g</strong>rit� <strong>a</strong> mi lado estaba <strong>f</strong>arax.</p><p>��<strong>h</strong>as tenido una pesadilla.</p><p>��<strong>s</strong>udaba, tiritaba, y un ronco quejido sal�a de mi garganta-.</p><p>�<strong>d</strong>eseas esperar el d�a para volver a la <strong>a</strong>lcazaba?</p><p>���<strong>e</strong>s que puedo volver? -pregunt� con ansiedad.</p><p>��<strong>s</strong>i quieres, s�.</p><p>��<strong>v</strong>amos cuanto antes.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l camino a <strong>g</strong>ranada lo entorpec�an carros de guerra, artiller�as, mulas que transportaban mantenimientos y provisiones. <strong>n</strong>os escoltaban unos caballeros cristianos, y avanz�bamos con mucha dificultad. <strong>t</strong>ardar�amos mucho m�s de lo previsto. <strong>l</strong>a noche estaba clara; el fr�o pulimentaba el cielo y bru��a las estrellas; un viento alto barr�a los �ltimos girones de nubes, que galopaban m�s de prisa que nosotros. <strong>p</strong>or fin entramos en la ciudad por la <strong>p</strong>uerta de la <strong>a</strong>caba. <strong>e</strong>n la <strong>a</strong>lhambra hab�a luces; quiz� <strong>n</strong>asim, tan fiel a ella, se atareaba en mantenerlas y en hospedar a la tropa y a los se�ores. <strong>q</strong>uiz� se hab�a acomodado ya en el <strong>p</strong>alacio de <strong>y</strong>usuf el antip�tico conde de <strong>t</strong>endilla. �<strong>q</strong>u� m�s daba? <strong>c</strong>uando apremia empezar una vida, se ha de hacer cuanto antes.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n la <strong>a</strong>lcazaba me informaron de que a mi hijo <strong>a</strong>hmad lo hab�a tra�do don <strong>m</strong>art�n de <strong>a</strong>larc�n, y de que dorm�a en el piso superior, en la misma alcoba que su hermano menor. <strong>m</strong>e descalc� ante la escalera. <strong>s</strong>iguiendo otra vez el protocolo, <strong>b</strong>ejir recogi� mi calzado.</p><p>��<strong>p</strong>erdona, se�or, pero no hay nadie aqu� con t�tulos mejores.</p><p><strong>q</strong>ue mi intenci�n supla los escasos m�os.</p><p><strong>e</strong>stuve a dos dedos de echarme a llorar. <strong>c</strong>og� con delicadeza mis borcegu�es de sus manos y los dej� en el suelo.</p><p>��<strong>d</strong>e ahora en adelante, amigo <strong>b</strong>ejir, olvida el ceremonial de los sultanes. <strong>p</strong>uesto que hay que hacerse a costumbres m�s duras, comienza por desterrar las m�s ligeras.</p><p><strong>e</strong>ntr� en la alcoba de mis hijos. <strong>u</strong>na masa inesperada salt� sobre m� y me empuj� con fuerza.</p><p><strong>e</strong>ra el perro �<strong>h</strong>ern�n�. <strong>m</strong>ov�a el rabo con j�bilo imparable; saltaba en torno m�o como si yo fuese su piedra de la <strong>k</strong>aaba; corr�a desde el lecho hasta m� y desde m� hasta el lecho. <strong>m</strong>e acerqu�. <strong>l</strong>os dos ni�os dorm�an con abandono, una mano del peque�o colocada sobre el pecho del mayor. <strong>e</strong>ran muy distintos y parecidos a la vez. <strong>a</strong> la luz que <strong>f</strong>arax sosten�a, las curvas pesta�as les sombreaban las mejillas, tersas y sonrosadas. <strong>s</strong>us labios estaban entreabiertos; o�a su acompasada respiraci�n. <strong>a</strong>hmad ten�a las manos, sin mancillar a�n y bien formadas, casi perdidas entre las ropas del lecho; en la izquierda, una peque�a herida: una zarza quiz�, o un pu�alito de los que a los ni�os entusiasman. <strong>e</strong>sta mano chiquita era testigo de c�mo un mundo se ven�a abajo: el mundo que habr�a tenido que regir. <strong>l</strong>a tom� para cubrirla con el embozo; la bes� antes; acaso la apret� sin querer. <strong>m</strong>i hijo se despert�. <strong>m</strong>e mir� con ojos turbios de sue�o, hab�a miedo en ellos. <strong>n</strong>o me reconoc�a. <strong>l</strong>e sonre�; pero el miedo segu�a redonde�ndole los ojos.</p><p>��<strong>s</strong>oy tu padre, <strong>a</strong>hmad -le dije.</p><p><strong>f</strong>ui a acariciarle el cuello.</p><p><strong>�</strong>l se apart� de la caricia echando hacia atr�s la cabeza. <strong>e</strong>sa postura le dio un aire de reto.</p><p>���<strong>p</strong>or qu� me has despertado?</p><p>��<strong>s</strong>u tono era insolente.</p><p><strong>f</strong>arax me cogi� del brazo y me sac� de la alcoba.</p><p>��<strong>n</strong>ecesitas descanso. -<strong>m</strong>e acarici� con ternura el cuello-.</p><p><strong>a</strong>hora no puedes hacer m�s que descansar.</p><p>�<strong>h</strong>ern�n�, meneando a�n el rabo, pero ya con mesura, hab�a salido de la alcoba tras de m�. <strong>p</strong>use la mano sobre su cabeza.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>a� en el sue�o como una piedra dentro de un pozo. <strong>e</strong>ra mediod�a cuando surg� de �l.</p><p><strong>e</strong>n seguida me comunicaron los nombramientos que hab�a hecho el rey <strong>f</strong>ernando para el gobierno de la ciudad: alcaides, almocadenes, jueces y almoharriques o porteros.</p><p><strong>t</strong>odo estaba resuelto de antemano: le hab�a sobrado tiempo. <strong>l</strong>as designaciones confirmaron lo que yo adivinaba; los nombres de quienes hab�an ido faltando a mis reuniones del <strong>g</strong>eneralife aparec�an en la lista. <strong>y</strong><strong>e</strong>l <strong>p</strong>equen�, en los puestos m�s productivos, y <strong>e</strong>l <strong>c</strong>horrut, y todos aquellos que hab�an colaborado, con mi aprobaci�n o sin ella, con <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh y con <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa. <strong>c</strong>uantos eran menester para el despacho de los asuntos ordinarios, all� figuraban ya elegidos. <strong>t</strong>en�a raz�n don <strong>g</strong>onzalo <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba: mi m�rito principal era no ser preciso.</p><p><strong>c</strong>omo una iron�a, entre los se�alados para el regimiento de la ciudad, se encontraban <strong>f</strong>arax y <strong>b</strong>ejir. <strong>a</strong>mbos, incr�dulos ante su nombramiento, me suplicaron que los llevase conmigo cuando me ausentara, y que entretanto los tuviese a mis �rdenes. <strong>h</strong>ab�a tal amorosa ansiedad en los ojos de <strong>f</strong>arax, y era tan hostil el resto de mi entorno, que demor� un momento en aceptar para saberme necesario a alguien.</p><p><strong>e</strong>l mayordomo de la ciudad y los contadores -me dijeron- se escoger�an en la primera junta del ayuntamiento esa misma semana. <strong>l</strong>os alamines o jefes de los gremios hab�an sido se�alados, en <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e, d�as antes de la entrega, y ya se hab�an hecho cargo de sus cometidos. <strong>e</strong>l asunto de los oficios, que tantos piques y roces y disgustos nos proporcionaba, y tan arduo era de resolver, lo hab�a solucionado de un plumazo el rey <strong>f</strong>ernando.</p><p>���<strong>d</strong>e todos los gremios? -pregunt� asombrado.</p><p>��<strong>h</strong>asta del de los pregoneros; su alam�n es <strong>m</strong>ohamed al <strong>a</strong>zeraqui.</p><p><strong>s</strong>in duda llevaban meses preparando las sustituciones.</p><p>��<strong>m</strong>e alegro. <strong>a</strong>s� <strong>g</strong>ranada no me echar� a faltar. <strong>d</strong>e eso era de lo que se trataba.</p><p><strong>u</strong>na bocanada de tristeza me subi� desde el coraz�n.</p><empty-line/><p><strong>p</strong>ed� ver a mi madre. <strong>u</strong>na camarera me trajo el recado de que la sultana se encontraba indispuesta; cuando mejorase, ella me llamar�a.</p><p><strong>e</strong>staba claro que, de momento, se negaba a recibirme.</p><p><strong>m</strong>oraima, en cambio, apareci� con unas flores en las manos como si nada de particular hubiese sucedido. <strong>s</strong>onriente y muy bella.</p><p>���<strong>h</strong>as visto a <strong>a</strong>hmad? -<strong>s</strong>e ensanch� su sonrisa.</p><p>��<strong>n</strong>o -ment�.</p><p>��<strong>h</strong>a crecido tanto. <strong>e</strong>st� tan guapo. <strong>s</strong>e parece a ti mucho m�s que antes. <strong>v</strong>e a verlo en cuanto puedas. -<strong>s</strong>e acerc� mucho a m�-.</p><p>�<strong>c</strong>u�ndo saldremos de <strong>g</strong>ranada?</p><p><strong>l</strong>a mir� con curiosidad y con detenimiento. ��<strong>f</strong>inge? -me pregunt�-. <strong>f</strong>rente a todo este desatinado descalabro, �se propone animarme, o es que de veras est� contenta por abandonar este nido de fracasos, de envidias, de alevos�as, para encontrarse otra vez, como en la prisi�n de <strong>p</strong>orcuna, sola conmigo?�</p><p>�<strong>s</strong>ea como quiera -me respond�-, ella me ama. <strong>a</strong>ct�a as� porque me ama.� <strong>l</strong>a bes�. <strong>e</strong>lla me ech� los brazos al cuello, y me mir� con unos ojos absolutamente francos y absolutamente incapaces de mentir.</p><p>��<strong>t</strong>e amo m�s que nunca, <strong>b</strong>oabdil. <strong>m</strong>e parec�a imposible, pero as� es.</p><p><strong>e</strong>so me confirm� algo de lo que no estaba seguro: es cierto que la felicidad perfecta del hombre no existe, pero tampoco existe la perfecta infelicidad. <strong>m</strong>e refugi� en ese pensamiento.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>i familia y yo hab�amos sido bastante menos previsores que los reyes cristianos. <strong>d</strong>adas las circunstancias, era imprescindible decidir lo m�s conveniente para <strong>m</strong>oraima, mi madre y mi hermana respecto de sus heredamientos: sus huertas, hazas, molinos, ba�os y casas de recreo, tanto en <strong>g</strong>ranada como en <strong>m</strong>otril y en la <strong>a</strong>lpujarra.</p><p><strong>a</strong> m� me parec�a que venderlos era romper toda relaci�n con nuestra vida, pero tambi�n significaba una soltura que nos permitir�a inaugurar con mayor libertad otra enteramente nueva, sin tener que apoderar a nadie para cobranzas y derechos que, de no estar muy sobre ellos, ir�an amenguando. <strong>q</strong>uiz� el momento para vender no fuese malo, puesto que muchos nobles cristianos aspirar�an a instalarse en <strong>g</strong>ranada; sin embargo, tambi�n era probable que la inestabilidad y el descabalo convirtiesen el momento en el peor de todos. <strong>s</strong>e lo expuse a <strong>m</strong>oraima. <strong>e</strong>lla prefer�a que continuasen administrando sus bienes las mismas personas que hasta ahora lo hab�an hecho.</p><p>��<strong>e</strong>n todo caso -a�adi�-, que sean nuestros hijos los que vendan, si es su gusto, cuando llegue la hora. <strong>m</strong>e doler�a dejarlos sin algo m�o en una tierra que habr�a sido toda suya.</p><p><strong>n</strong>o se dejaba traslucir ni un reproche en su voz: s�lo sencillez y naturalidad. <strong>s</strong>onre�a de forma encantadora. <strong>y</strong>o aprovech� la oportunidad:</p><p>��<strong>t</strong>u hijo <strong>a</strong>hmad no me quiere.</p><p><strong>e</strong>stoy seguro de que reprueba lo que he hecho.</p><p>��<strong>t</strong>iene once a�os, <strong>b</strong>oabdil.</p><p><strong>n</strong>adie le ha hablado con conocimiento de causa. <strong>a</strong> su edad s�lo se espera de un padre que sea un h�roe: el amor se confunde con la admiraci�n.</p><p>��<strong>t</strong>� nunca te sentiste defraudada por el tuyo; y, de ni�o, yo por el m�o, tampoco.</p><p>��<strong>h</strong>ay heroicidades m�s evidentes, <strong>b</strong>oabdil. <strong>l</strong>a tuya es rec�ndita, dif�cil de descubrir para cualquiera, cuanto m�s para un ni�o; ya la ir� descubriendo. <strong>q</strong>ue no te angustie eso. <strong>a</strong>hora nos quedaremos solos, como una familia corriente que se re�ne y no tiene otro oficio que ella misma. <strong>t</strong>e garantizo que <strong>a</strong>hmad te quiere m�s que a m�, y por eso te exige m�s que a m�. <strong>s</strong>u reacci�n es la prueba m�s clara.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>i madre, que segu�a enferma al parecer, me transmiti� un recado que no dej� de sorprenderme: �<strong>p</strong>or lo que a m� y a tu hermana se refiere, despreoc�pate de todo: te sobrar� con tus propios desvelos�.</p><p><strong>e</strong>llas ya hab�an tomado las resoluciones pertinentes en cuanto a su fortuna inmueble. <strong>i</strong>ncluso -agreg� la camarera- mi madre hab�a solicitado de los reyes, y obtenido, una escritura separada de las capitulaciones que le ata��an. <strong>e</strong>sa copia, firmada por sus altezas, ten�a fecha del 15 de diciembre, o sea, era m�s de dos semanas anterior a la entrega. <strong>n</strong>o supe si entristecerme por la desconfianza, o alegrarme por el respiro que representaba. <strong>u</strong>na cosa era innegable: imposible darme a entender mejor que mi madre iba a seguir siendo la mujer horra e independiente que hab�a sido hasta ahora.</p><empty-line/><p><strong>t</strong>anto para la interpretaci�n e inteligencia de las cl�usulas acordadas cuanto para la resoluci�n de los problemas jur�dicos, no siempre simples, que nuestro exilio planteaba, todos los familiares recurr�an a m�. <strong>a</strong> m�, que era quiz� el menos h�bil y el menos enterado, puesto que me hab�a volcado por completo en otros asuntos menos personales. <strong>e</strong>so me hac�a aplazar la salida de <strong>g</strong>ranada, que me apremiaba m�s cada hora.</p><p><strong>p</strong>asados unos d�as, un anochecer borrascoso, me trajeron la noticia de que el pr�ncipe <strong>y</strong>aya ser�a nombrado alguacil mayor de <strong>g</strong>ranada, en sustituci�n de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa; por ese cargo iba a corresponderle la custodia de las capitulaciones. <strong>a</strong>l saberlo, no pude menos de sonre�r. <strong>d</strong>os d�as despu�s solicit� ser recibido por m�. <strong>l</strong>o rehus�, entre otras razones porque estimaba que �l tampoco deseaba de veras que lo recibiese, y que su petici�n respond�a a una mera exigencia de la etiqueta del ca�do emirato. <strong>�</strong>l hab�a decretado la muerte de mi hermano <strong>y</strong>usuf; �l hab�a traicionado y vendido al �<strong>z</strong>agal� y a mi pueblo; �l se hab�a puesto contra nosotros al servicio del enemigo. <strong>d</strong>espu�s de tanto tiempo y tantas amarguras, �qu� sentido tendr�a nuestro encuentro, a no ser el de tomarme la justicia por mi mano? <strong>e</strong>ra mejor venganza dej�rselo vivo a los reyes.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n uno de los salones de la <strong>a</strong>lhambra -como no volv� a ver a <strong>n</strong>asim, ignoro en cu�l exactamente, pero alguien me aclar� que en el del <strong>c</strong>onsejo-, se hab�a instalado provisionalmente una iglesia cristiana, a la espera de decisiones posteriores; yo me figuraba cu�les ser�an, y arreciaba mi impaciencia por irme. <strong>u</strong>na de las primeras ceremonias religiosas que all� se celebraron fue la del bautizo de <strong>c</strong>ad y <strong>n</strong>azar, mis hermanastros, los hijos de <strong>s</strong>oraya. <strong>e</strong>lla, que confes� p�blicamente haber sido violentada para renegar, recuper� su nombre de <strong>i</strong>sabel de <strong>s</strong>ol�s.</p><p><strong>s</strong>us hijos se llamaron <strong>f</strong>ernando y <strong>j</strong>uan, porque sus padrinos de bautismo fueron el rey y el pr�ncipe heredero.</p><p><strong>m</strong>e estaba poniendo al tanto de estos pormenores y del t�tulo de <strong>i</strong>nfantes de <strong>g</strong>ranada que los reyes les hab�an concedido, cuando ca� en la cuenta de que aquella dama de la reina cuyo rostro me pareci� ya visto el d�a de la entrega era precisamente <strong>s</strong>oraya. <strong>c</strong>on los ropajes cortesanos de <strong>c</strong>astilla, peinada y tocada de otra forma, no la identifiqu�. <strong>p</strong>ero en ese instante me vino a las mientes, como si lo estuviese volviendo a ver, su porte desafiante y altanero y el indecible desprecio con que me contemplaba. <strong>t</strong>ambi�n a mi pesar, sonre�; me pregunto por qu� me hacen sonre�r siempre las peque�as miserias de los hombres: �acaso no soy yo un dechado de ellas?</p><empty-line/><p><strong>e</strong>st�bamos almorzando en la <strong>a</strong>lcazaba, con la informalidad no del todo desagradable que da a ciertos actos el ser accidentales, cuando lleg� un mensaje del conde de <strong>t</strong>endilla. <strong>e</strong>l conde, como supuse bien, resid�a en mi palacio de la <strong>a</strong>lhambra �por ser el mejor acondicionado y el m�s habitable, no por otra raz�n�, seg�n hab�a explicado.</p><p><strong>s</strong>u mensaje decapit� el almuerzo.</p><p><strong>e</strong>ra una carta en la que, aparte de f�rmulas corteses, aunque no excesivas, me comunicaba que se agradecer�a que abreviase cuanto me fuera dado mi estancia en <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>c</strong>omo no escapar�a a mi penetraci�n, se prestaba a malas interpretaciones, alentaba ciertos sentimientos adormecidos en el �nimo de los ciudadanos, soliviantaba el l�gico desenvolvimiento de las trasmisiones, y obstaculizaba la sedimentaci�n de unos procesos que los reyes deseaban acelerar. <strong>e</strong>l conde, en nombre de sus soberanos, salvo que mi opini�n fuese diferente, lo que no les complacer�a, osaba sugerirme que la alquer�a de <strong>a</strong>ndarax, en el centro de la taha de ese nombre, era el lugar ideal para mi retiro con toda mi familia.</p><p>�<strong>c</strong>on toda� -apostillaba-, �excepto con los pr�ncipes <strong>a</strong>hmad y <strong>y</strong>usuf, que han resuelto los reyes que permanezcan en <strong>m</strong>ocl�n� bajo la custodia de mi ya conocido don <strong>m</strong>art�n de <strong>a</strong>larc�n. <strong>s</strong>eguramente no era mucho pedir de mi comprensi�n que entendiera que mis hijos ser�an no unos rehenes -eso de ninguna manera-, sino un lenitivo para el recelo que acaso podr�an sentir sus altezas ante la posibilidad -no dudaban que improbable- de un alzamiento de los naturales de �esta tierra�, en tanto el que hab�a sido su r�gulo habitase en ella.</p><p>��<strong>n</strong>o lo puedo entender, porque no lo veo claro -dije-. <strong>s</strong>i me voy de <strong>g</strong>ranada, mis hijos me acompa�an. <strong>e</strong>so es lo que quiere decir �esta tierra�.</p><p>��<strong>s</strong>u sentido es algo m�s amplio, al parecer -me aclar� el mensajero-. <strong>y</strong>o dir�a que se refiere a todos los dominios de sus altezas.</p><p><strong>m</strong>oraima solloz�. <strong>m</strong>e resist� a mirarla.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o nos vali� de nada que <strong>m</strong>oraima tratara de entrevistarse con la reina <strong>i</strong>sabel: no se le otorg� audiencia. <strong>y</strong>o, por mi parte, busqu� a don <strong>g</strong>onzalo por toda <strong>g</strong>ranada; tras muchas indagaciones, se me sugiri� que, no conforme con el cariz que tomaban las cosas, se hab�a retirado a su alcaid�a de <strong>i</strong>llora. <strong>i</strong>ntent� llegar hasta �l saliendo de inc�gnito de la <strong>a</strong>lcazaba; fui descubierto, sospecho que por la delaci�n del mismo centinela que yo hab�a sobornado. <strong>s</strong>e me requiri� a abandonar <strong>g</strong>ranada dentro de los dos d�as siguientes, y a no mostrarme entretanto fuera de mi residencia, a cuyas puertas se puso una discreta guardia. <strong>v</strong>olv� a sobornar a unos altos caballeros cristianos -por fortuna gente venal que cumple, no como el centinela, hay en todas partes, no s�lo entre nosotros-, y les encomend� una carta m�a a don <strong>g</strong>onzalo. <strong>l</strong>e expon�a en ella el caso que nos atribulaba, y le recordaba con infinita pena sus ofrecimientos.</p><empty-line/><p><strong>t</strong>odo nos dec�a ya adi�s. <strong>p</strong>artimos de <strong>g</strong>ranada el d�a 25 de enero. <strong>a</strong>�n no hab�a amanecido.</p><p><strong>l</strong>a tarde anterior <strong>m</strong>oraima y yo nos despedimos de nuestros hijos.</p><p><strong>d</strong>on <strong>m</strong>art�n de <strong>a</strong>larc�n vino a llev�rselos. <strong>n</strong>o intentar� expresar lo que sent�amos. <strong>l</strong>a certidumbre de que ning�n sacrificio, de que nada de lo dolorosamente aceptado, ni nuestras renuncias, hab�an sido m�nimamente �tiles, nos hac�a mordernos los labios para no romper en lamentaciones delante de los ni�os.</p><p><strong>a</strong>mbos nos miraban sin comprender por qu� nos separ�bamos. <strong>e</strong>n vano procur� explicarle al mayor la desdicha que envuelve a veces el destino de las familias regias, y c�mo los privilegios son contrapesados siempre por deberes crueles.</p><p>��<strong>e</strong>so lo s� -me asest� mir�ndome con provocaci�n.</p><p><strong>p</strong>or un lado me sent� orgulloso de �l, y por otro, herido ante mi impotencia de aclararle muchas cosas, acaso imposibles de aclarar a quien por s� mismo no las imagine. <strong>s</strong>e me ocurri� confiarle la guarda de �<strong>h</strong>ern�n�, como prenda de que muy pronto los tres estar�an con nosotros, y los dejamos irse hacia <strong>m</strong>ocl�n, rota el alma, en manos del comendador, que ahora los guardaba a ellos como antes me hab�a guardado a m�.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l resto del d�a lo pas� ante un ajimez contemplando la <strong>s</strong>abica, ribeteada por la portentosa diadema de la <strong>a</strong>lhambra. <strong>e</strong>n la <strong>t</strong>orre del <strong>h</strong>omenaje se alzaba una alta cruz; en la de <strong>c</strong>omares, los pendones de <strong>s</strong>antiago y el real. <strong>m</strong>e hab�an dicho que la cruz era la del cardenal <strong>m</strong>endoza, y que la levant� el confesor de la reina, al que hab�an consagrado ya obispo de <strong>g</strong>ranada: un fraile desmedrado, de una gran nuez y ojos centelleantes que vi pasar un d�a, montando un asno sucio, por la puerta de la <strong>a</strong>lcazaba. <strong>g</strong>utierre de <strong>c</strong>�rdenas plant� el pend�n de <strong>s</strong>antiago, y <strong>t</strong>endilla, el de los reyes. <strong>l</strong>ocura parec�a que una ciudad pudiese cambiar tanto en tan corto plazo.</p><p><strong>m</strong>ientras se desplegaba sobre el valle y las colinas una g�lida noche de seda, se pusieron de pie dentro de m� mi infancia toda, mis gracias y desgracias, mi obstinado e incomprensible deseo de vivir, que ahora me abandonaba. <strong>e</strong>scuch� las voces de los centinelas, que ya ni se gritaban ni se respond�an en mi lengua, unos relinchos, la percusi�n de unos cascos sobre un empedrado: ruidos algunos s�litos, y otros que en tal grado no lo eran que podr�a enga�arme pensando que me hab�a dormido y que so�aba. <strong>a</strong>scend�a desde el patio la voz de <strong>f</strong>arax, ocup�ndose de la expedici�n, porque �l y <strong>b</strong>ejir, como <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh y <strong>e</strong>l <strong>c</strong>ais� y otros muchos, nos acompa�aban. <strong>l</strong>as tajantes �rdenes de mi madre hab�an dejado de o�rse hac�a ya rato. <strong>e</strong>lla vendr�a con todas sus mujeres; sus literas estaban dispuestas desde el d�a anterior. <strong>u</strong>n silencio total y s�bito llen� el paisaje, la ciudad, la casa. <strong>q</strong>uerr�a haber escuchado, para mi consuelo, la callada m�sica visual de las estrellas. <strong>e</strong>n cambio, escuch� a <strong>i</strong>bn <strong>z</strong>amrak:</p><empty-line/><p>�<strong>l</strong>a <strong>s</strong>abica es una corona sobre la frente de <strong>g</strong>ranada en la que aspiran a engarzarse los astros.</p><p><strong>l</strong>a <strong>a</strong>lhambra -<strong>d</strong>ios la guarde hasta el fines un rub� en la cimera de la corona.</p><p><strong>s</strong>u trono es el <strong>g</strong>eneralife; su espejo, la faz de los estanques; sus arracadas son los alj�fares de la escarcha.�</p><empty-line/><p>�<strong>g</strong>ranada -pens�- es para m� lo mismo que fue <strong>j</strong>alib: alguien a quien se ama y que se deja amar, pero a quien le es imposible correspondernos. <strong>h</strong>uir de ella -me dije-, y convencerme de que ha dejado de existir, de que nunca ha existido. <strong>p</strong>ero �y <strong>s</strong>ubh, y <strong>f</strong>aiz el jardinero, y los amados puntales de mi ni�ez, <strong>y</strong>usuf mi hermano, el mismo <strong>j</strong>alib, muerto en una de las estribaciones de esa <strong>s</strong>ierra que blanquea en la noche? �<strong>y</strong> yo? �<strong>e</strong>s que yo nazco ahora, sin pasado, sin presente siquiera?� <strong>m</strong>e cubr� la cara con las manos, abrumado por un peso insoportable, m�s oneroso cuanto m�s trataba de disimularlo ante los otros� <strong>a</strong>lguien me acarici� el pelo como se hace con un ni�o despeinado; una boca maternal emiti� esos leves chasquidos con que se tranquiliza a un ni�o que despierta, aunque no del todo, en medio de un mal sue�o. <strong>m</strong>oraima, porque era ella, se inclin� y me bes� en la frente. <strong>n</strong>o s� el tiempo que llevaba junto a m�, ni c�mo hab�a entrado sin que yo la sintiera. <strong>s</strong>eguimos juntos hasta que fue la hora de emprender el viaje.</p><p><strong>n</strong>o nos dijimos nada.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>ay un punto, camino de las <strong>a</strong>lpujarras, en las alturas del <strong>p</strong>adul, desde donde por �ltima vez se divisa <strong>g</strong>ranada y se deja luego de ver. <strong>e</strong>n �l se dividen las aguas del <strong>g</strong>enil y las del <strong>g</strong>uadalfeo; en �l se divid�a mi ayer y mi ma�ana.</p><p><strong>y</strong>a estaban las m�s altas cumbres doradas por el sol, y una niebla, anunciadora de una ma�ana hermosa, sumerg�a en pereza la <strong>v</strong>ega. <strong>m</strong>i intenci�n era haber llegado antes a ese punto, o pasar por �l sin advertirlo. <strong>s</strong>ab�a y s� a la perfecci�n, con ojos ciegos, lo que desde �l se ve: colinas, caser�os, c�rmenes, alquer�as, mezquitas, minaretes, almunias, arboledas, murallas: cuanto <strong>g</strong>ranada tiene de incitaci�n a la codicia para quienes no son sus amos; cuanto tiene de placentero para los que lo son; cuanto tiene de pesadumbre para los que han dejado de serlo. <strong>i</strong>bn al <strong>j</strong>atib tambi�n lo supo:</p><empty-line/><p>�<strong>a</strong>quel funesto d�a en que me obligaron a alejarme de ti, acosado por la adversidad, no hac�a sino mirar hacia atr�s en el viaje de la separaci�n.</p><p><strong>h</strong>asta que me pregunt� mi compa�ero: ��<strong>q</strong>u� es lo que te has dejado?�</p><p>�<strong>m</strong>i coraz�n�, le respond�.�</p><empty-line/><p><strong>a</strong>pretaba el paso de mi caballo, cuando escuch� voces que me suplicaban hacer una pausa. <strong>y</strong>o no quise volver el rostro; no quise ver <strong>g</strong>ranada una vez m�s; no quise sentir, como una espada de fuego, la expulsi�n del <strong>p</strong>ara�so. <strong>f</strong>arax, que lo intuy�, se puso a hablarme atropelladamente de las minucias de la organizaci�n y la llegada, de los problemas que hab�an surgido en la carga de las ac�milas y con los conductores. <strong>y</strong>o o� los alaridos de las mujeres, sus pla�idos que se trenzaban y se reforzaban unos a otros igual que enredaderas. <strong>s</strong>e desped�an del lugar del mundo sin el que no conceb�an sus vidas.</p><p><strong>�</strong>ramos ya los desterrados; �ramos la caravana que abandona el oasis de la abundancia y la felicidad, y ve a�n las estacas de las tiendas, las huellas de los lechos en la arena, las lomas en que el amor la acogi�, el rostro de la amada mojado por las l�grimas en el momento del adi�s. <strong>y</strong>o no quise volver la cara m�s; no quise ver <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>s</strong>ent� que no iba a poder resistirlo y, sin escuchar el parloteo con que <strong>f</strong>arax quer�a distraerme, espole� mi caballo y me lanc� al galope para huir, cuanto antes, de lo que yo hab�a sido.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>ecimos o leemos: �<strong>e</strong>l sult�n destronado fue recluido en <strong>s</strong>alobre�a, o se refugi� en <strong>a</strong>lmu��car, o se le permiti� exiliarse con su corte en <strong>g</strong>uadix�. <strong>q</strong>u� f�cil; pero qu� distinto cuando uno es el destronado. <strong>y</strong> a�n m�s, cuando uno es el que cierra, al salir, las puertas del palacio. �<strong>q</strong>u� tiene que ver la historia con la vida?</p><p>�<strong>a</strong>caso la historia trata, ni le importa, de cu�l es el contenido del coraz�n? �<strong>h</strong>abla de la aspereza del camino que se pierde de vista y que no vuelve? �<strong>q</strong>u� lector reflexiona sobre la tribulaci�n del desterrado, que siente la indiferencia de este mundo a una y a otra orillas de su viaje? <strong>u</strong>n viaje que ni siquiera sabe ad�nde lo conduce, ya que ha perdido su sentido, su meta y su porqu�. �<strong>q</strong>u� es la esperanza, cuando no queda ni la menor posibilidad de recuperaci�n; cuando se derrumban los escombros de los recuerdos, y el que se va de ellos no se asemeja ni aun a la v�ctima de un terremoto, que sobrevive ocho o diez o doce d�as, sostenida por el dif�cil consuelo de ser salvada, de que alguien atienda el inaudible ritmo de su respiraci�n, de que una mano mueva en la superficie el c�mulo de desechos y la descubra?</p><p><strong>t</strong>al salvaci�n no se hizo para �l; �l no tendr� ninguna. <strong>o</strong>culta su cabeza acongojada, y ya no aspira ni a salir de su devastaci�n, porque en la superficie no reconocer�a la ciudad, ni la calle, ni la alcoba donde antes fue feliz o estuvo vivo al menos. <strong>y</strong> tampoco ser�a reconocido por esa ciudad, ni esa calle, ni esa alcoba, que tienen ya otros due�os. <strong>y</strong> examina los escombros, su �nico patrimonio, de uno en uno, y busca una se�a de lo que fueron y lo que significan, y apenas si comprende que un d�a no remoto formaron parte de �l, que un d�a fueron �l� �<strong>e</strong>s que su vida ser� desde hoy estos escombros, o es que ellos, muertos, arrastraron su vida verdadera y aqu� ya no hay ninguna? �<strong>e</strong>s el hombre una historia coherente, o una sucesi�n de inconexos momentos? �<strong>p</strong>or qu� se rige, qu� persigue, o es s�lo como un corcho que las olas trasladan sin objeto y sin t�rmino? �<strong>e</strong>s el aniquilado que yo soy, �el <strong>z</strong>ogoibi� que yo soy, todos los <strong>b</strong>oabdiles a trav�s de los cuales he llegado hasta aqu�, a este muro definitivo e insensato, o, lo que es peor a�n, a nadie representa?</p><p>�<strong>e</strong>s el desventurado el mismo que fue ayer, pero hoy mordido ya por el fracaso, o es otro diferente, reci�n nacido de la muerte de tanta vida como tuvo, de tanta vida como le cantaba en torno canciones que no iban a acabarse? �<strong>y</strong> qu� m�s da, en la sima en que se halla, qui�n sea o lo que sea? <strong>e</strong>st� solo -porque el amor no es un aliado en esta soledad-, y a un solitario no se le otorga sino el trivial alivio de que entre lo que es, si es algo todav�a, y lo que haga, si le queda algo por hacer, exista un somero equilibrio. <strong>u</strong>n equilibrio, aunque sea imaginario, que le impida hundirse, ahora ya sin testigos, en la m�s terminante y la m�s profunda de las oscuridades.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a sierra pr�xima a <strong>l</strong>�jar a�n exhib�a los estragos de las escaramuzas, las arboledas taladas, la incuria y el descuido. <strong>b</strong>ajo el cielo gris, el gris de la piedra verdeaba. <strong>a</strong>vanz�bamos entre rocas puntiagudas al pie de los altos montes amoratados, que se ergu�an envueltos en nubes rabiosas. <strong>d</strong>e trecho en trecho, sobre las lomas de pizarra, unos manchones anaranjados recreaban los ojos.</p><p><strong>a</strong>l entrar en la <strong>a</strong>lpujarra, unas camp�nulas nos dieron su gr�cil bienvenida; azules, blancas, rosas, con tenues y amables dedos acariciaban las vaguadas, las cicl�peas heridas sin cicatrizar, los atroces derrumbaderos. <strong>e</strong>llas y el agua suavizan el paisaje. <strong>y</strong> el agua lo redondea y lo mece con su perenne urgencia, y entona una canci�n sin estrofas ni fin. <strong>m</strong>e conmov�an las casitas de los bancales, donde habita el amor a la tierra de mi pueblo, la agricultura convertida en geometr�a, el lujo y la largueza con que la mantienen quienes malviven en cuevas o entre adobes. <strong>m</strong>e conmov�an -y en eso s� era el mismo de antes- la abnegaci�n del hombre sobre las tajaduras pedregosas �los inm�viles ojos de quienes est�n configurados por el silencio y por la soledad�; los aliviaderos que traza el agua entre las alquer�as; las sendas rampantes que el trabajo y la constancia se esmeran en delinear; los implacables lechos de los torrentes, transmutados en min�sculos huertos; el destello de las lajas, que parecen al sol siempre mojadas por la lluvia; el palpable mutismo rayado por los p�jaros y los insectos inmortales; la bruma que, para no descorazonar a los viajeros, s�lo les autoriza a percibir tres o cuatro lontananzas� <strong>t</strong>odo aquello me conmueve mucho m�s que las vituperables inquietudes humanas; el grandioso mundo sin concluir, detenido en un segundo de su perpetuo movimiento, roto, dentado, erosionado, rechazador, repleto de sorprendentes formas agudas o truncadas, como una gigantesca gruta de estalagmitas cuya b�veda fuese el ancho cielo. <strong>s</strong>i las c�pulas de las salas de la <strong>a</strong>lhambra no pretenden asemejarse a esto, �qu� pretenden?</p><p><strong>e</strong>l fr�o nos cortaba la piel.</p><p><strong>m</strong>oraima me inquietaba; pero cada vez que retroced�a para interesarme por ella, tropezaba con su sonrisa inalterable.</p><p>���<strong>v</strong>as bien? -me dec�a ella a m�-. �<strong>q</strong>uieres algo? �<strong>p</strong>recisas algo?</p><p><strong>e</strong>ntonces yo le arrojaba un beso con mi mano gruesamente enguantada.</p><p><strong>l</strong>a noche la pasamos muy juntos.</p><p><strong>�</strong>ramos como dos beduinos que se aprietan bajo la congelaci�n nocturna del desierto; �ramos dos compa�eros de armas que ignoran lo que ser� de ellos en la jornada siguiente, y se estrechan uno contra otro para darse aliento y calor, y desentumecerse.</p><empty-line/><p><strong>f</strong>rente al verde oscuro o el a�il, frente a los azules violentos de las otras sierras, la de <strong>g</strong>�dor tiene reflejos sonrosados. <strong>e</strong>s m�s blanda y m�s femenina. <strong>s</strong>us cerros son redondos, y hasta las grandes piedras que los forman son benignas y suaves. <strong>d</strong>espu�s de su estridente afirmaci�n, muestra en ella la <strong>n</strong>aturaleza su afabilidad.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>uando llegamos al valle de <strong>a</strong>ndarax est�bamos rendidos. <strong>f</strong>ue ese benevolente cansancio el que me impidi� recordar -lo cual hubiera sido a�n m�s desgarrador- la escena con mi t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�. <strong>p</strong>ens� que el rey <strong>f</strong>ernando, en castigo por mi conquista de entonces y por la posterior sublevaci�n del �<strong>z</strong>agal�, hab�a designado <strong>a</strong>ndarax como sede de mi destierro, y centro del agreste se�or�o que se dign� adjudicarme.</p><p><strong>m</strong>ir� a mi alrededor como el preso que contempla su celda cuando le empujan a ella y escucha rechinar tras �l la reja. <strong>s</strong>errijones sin gracia, bajo una llovizna, asist�an nada acogedores a nuestra aparici�n. <strong>l</strong>a tierra se mostraba inculta y mustia por los vaivenes de la guerra. <strong>j</strong>unto a la nava, una hondonada, y luego un lento ascenso. <strong>a</strong> la derecha se iniciaba una sierra de matojos sombr�os. <strong>e</strong>n la rasa hab�an construido, y destruido, la alcazaba, contra una suave ladera, frente a una cadena baja y agallonada de montes �ridos que, cuando el sol logr� hacerse sitio entre la lluvia, se embelleci� muy lentamente. <strong>e</strong>l arco iris abri� su precaria cola de pavo real en medio de los cielos. <strong>m</strong>ir� a <strong>m</strong>oraima, y ella me miraba. <strong>u</strong>na bandada de torcaces gir� arriba en el aire� �<strong>l</strong>o que nos restara de vida lo tendr�amos que vivir aqu�?</p><p>�<strong>p</strong>or el momento, �sta es mi casa�, me dije.</p><p><strong>m</strong>i madre, antes de entrar en la alcazaba, detuvo en m� sus ojos, secos y muy duros. <strong>l</strong>as mujeres lloraban; los cortesanos que me hab�an seguido empezaban acaso a arrepentirse; la servidumbre se hab�a arrepentido hac�a ya mucho.</p><p><strong>m</strong>oraima me aguard� para entrar a mi lado.</p><p>��<strong>a</strong>hora yo soy tu reino: �qu� importa lo dem�s? -me dijo con ternura.</p><p><strong>f</strong>arax y <strong>b</strong>ejir nos rodeaban con un respeto no exento de ceremonia, como si aquellas ruinas fuesen uno de los palacios de la <strong>a</strong>lhambra.</p><p><strong>d</strong>etr�s de nosotros entraron <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh y, m�s alegre que ninguno -para lo que no se necesitaba demasiada alegr�a-, <strong>a</strong>brah�n el <strong>c</strong>ais�.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>s aqu� donde he escrito estos papeles �ltimos.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy me ha dado por meditar sobre una cuesti�n muy relacionada con mis penas. <strong>s</strong>i la religi�n nos es otorgada por <strong>d</strong>ios, se nos otorgar� para nuestro consuelo: �y c�mo puede malograrse hasta convertirse en fuente de los mayores males? <strong>e</strong>l hombre, aunque lo olvide, es un ser d�bil y ef�mero, que vive un poco y muere; un ser que transcurre a trav�s de un universo indiferente.</p><p><strong>l</strong>as religiones tienden a solidificarlo, a darle fuerza y peso, como las piedras que algunos campesinos ponen en los bolsillos de los ni�os para impedir que el viento los derribe. �<strong>d</strong>e d�nde viene, pues, ese af�n, en apariencia desprendido, que lanza a unos contra otros porque sus formas de adorar a <strong>d</strong>ios son diferentes? �<strong>n</strong>o fueron hechas quiz� para coexistir?</p><p><strong>c</strong>u�ntas contradicciones en el comportamiento de los hombres, y no s�lo en su comportamiento, sino en su misma esencia. <strong>a</strong> no ser que se halle bajo tales contradicciones una idea persistente; pero �cu�l?</p><p><strong>n</strong>uestra religi�n es, en principio, respetuosa: el juda�smo y el cristianismo no son para nosotros religiones extra�as; la salvaci�n es susceptible de ser alcanzada tambi�n por sus caminos, y no puede la fe coaccionarse. �<strong>n</strong>o fue <strong>i</strong>bn <strong>a</strong>rab� quien dijo: �<strong>m</strong>i coraz�n es pasto para las gacelas, un convento para los monjes cristianos, un templo de �dolos, la <strong>k</strong>aaba del peregrino, las tablas de la <strong>t</strong>or� y el libro del <strong>c</strong>or�n�? �<strong>y</strong> no a�adi�: �<strong>p</strong>ractico la religi�n del amor; en cualquier direcci�n que progresen sus caravanas, la del amor ser� mi religi�n y mi fe�? �<strong>o</strong> es que son s�lo los que m�s se elevan, los que m�s progresan, quienes entienden los preceptos?</p><p>�<strong>y</strong> por qu� no imitarlos? �<strong>n</strong>o ser� que los hombres vulgares -y los reyes vulgares- no se rigen ni act�an, en realidad, bajo preceptos religiosos?</p><p><strong>n</strong>uestra enemiga contra los jud�os se apoya en que denigran al profeta <strong>j</strong>es�s; nuestra enemiga contra los cristianos se apoya en que lo divinizan: porque lo que el <strong>i</strong>slam pretende es renovar la religi�n de <strong>a</strong>braham, de la que nace el <strong>l</strong>ibro que a las tres las concreta. <strong>y</strong> aun as�, seg�n el <strong>e</strong>nviado, la guerra santa grande es la que se desenvuelve dentro de nuestra propia religi�n; la peque�a, la dirigida contra los atacantes exteriores. <strong>m</strong>�s todav�a: si �stos se rinden antes de ser vencidos, gozar�n del �aman�, es decir, de la inmunidad y del perd�n. <strong>l</strong>as sinagogas y las iglesias se conservaron; fue tolerado el ejercicio de sus cultos. <strong>e</strong>l impuesto personal con que los andaluces gravamos a los cristianos y a los jud�os s�lo era un sustituto del servicio militar: quienes no estuviesen obligados a �l -mujeres, ni�os, monjes, inv�lidos-, tampoco estaban obligados a pagarlo. �<strong>a</strong>caso el <strong>i</strong>slam no mejor� la vida de la mayor�a?</p><p>�<strong>n</strong>o fueron repartidos y mejor cultivados los amplios latifundios anteriores? �<strong>n</strong>o se libertaron los esclavos por su conversi�n, porque ning�n musulm�n puede serlo, o por su rescate, cosa que antes no estaba autorizada? <strong>y</strong> la conversi�n, �no se reduc�a a la aceptaci�n del <strong>i</strong>slam como una ley social? <strong>l</strong>o obligatorio es s�lamente la conducta exterior que el <strong>c</strong>or�n marca; el grado en que se interiorice esa conducta no es objeto de mandato.</p><p>(<strong>o</strong>curre con esto lo contrario que con las arquitecturas: la nuestra se concibe desde dentro y para dentro; su aspecto nos es indiferente; el exterior se contempla por ventanas con celos�as que resguardan la plena intimidad. <strong>p</strong>or el contrario, los cristianos construyen para ser vistos por quienes pasen por la calle, y procuran ser por ellos envidiados.) <strong>s</strong>in embargo, por esa �nica obligatoriedad de la conducta aparente es por lo que los cristianos nos acusan de hip�critas, siendo as� que ellos, al exigirse a todos una perfecci�n imposible, lo son en mayor grado. <strong>e</strong>s algo similar a lo que sucede con los m�sticos que adelantan por las v�as espirituales: entre nosotros, son s�lo los reclamados por una vocaci�n imperativa; entre los cristianos, a partir del bautismo que es su rito inici�tico, son todos los llamados, aunque muy pocos perseveren. <strong>d</strong>e tal raz�n -de tales razones- dimana que las conversiones al <strong>i</strong>slam fuesen mucho m�s numerosas que las contrarias. <strong>n</strong>o fueron provocadas por nosotros: los musulmanes siempre hemos asistido con curiosidad a las celebraciones cristianas, y nos ha seducido visitar sus monasterios en las festividades de sus santos; jam�s empleamos la fuerza como palanca de abjuraci�n, aunque s�lo fuese por una causa ruin: por cada cristiano que se convert�a, perd�amos un tributo.</p><p><strong>m</strong>e pregunto c�mo ha sido posible alcanzar este punto de encarnizamiento de hoy. <strong>l</strong>a religi�n, en los comienzos musulmanes de <strong>e</strong>spa�a, no divid�a. <strong>l</strong>a guerra no era una cuesti�n esencialmente religiosa; los cristianos andaluces combatieron a menudo contra los ej�rcitos del <strong>n</strong>orte al lado nuestro; los del <strong>n</strong>orte enviaban a sus hijos a educarse entre nosotros, y casaban a sus princesas con nuestros caudillos, m�s cuanto m�s notables: �con cu�ntas hijas de reyes, <strong>s</strong>anchos y <strong>g</strong>arc�as y <strong>a</strong>lfonsos y <strong>b</strong>ermudos, se casar�an nuestros <strong>a</strong>lmanzores? <strong>l</strong>os cristianos, con quienes conviv�amos, aprendieron el �rabe hasta el punto de que <strong>�</strong>lvaro de <strong>c</strong>�rdoba se plante� traducir a �l la <strong>b</strong>iblia, no para convertirnos a nosotros, sino para que pudiese ser le�da y entendida por ellos. �<strong>q</strong>u� sucedi� despu�s? <strong>l</strong>a batalla de <strong>z</strong>agrajas, con <strong>y</strong>usuf el almor�vide ortodoxo, al que los andaluces tuvimos que recurrir para ampararnos contra <strong>a</strong>lfonso <strong>v</strong>i, lo cambi� todo. <strong>l</strong>a guerra expresamente pol�tica, por una geograf�a que los del <strong>n</strong>orte trataban de recuperar, se transform� en una guerra religiosa, mucho m�s despiadada e implacable. <strong>e</strong>ntonces se plante� si era el <strong>i</strong>slam o el cristianismo quien dominar�a la <strong>p</strong>en�nsula. <strong>p</strong>ero �se no era de ninguna manera un dilema andaluz; era un dilema importado de <strong>�</strong>frica.</p><p><strong>n</strong>uestra debilidad reclamaba socorros exteriores; de all� vinieron, y con los africanos no ten�amos otro punto en com�n sino la religi�n. <strong>p</strong>ara desgracia de todos -sea quien sea el que se haya favorecido-, fue tal sentido de la guerra el que se impuso hasta ahora desde entonces. <strong>s</strong>in embargo, a pesar de los pesares, como yo le dec�a a don <strong>g</strong>onzalo <strong>f</strong>ern�ndez de <strong>c</strong>�rdoba, cada vez menos, pero hasta ayer, entre luchas y rapi�as, entre esperanzas y desesperaciones, musulmanes, jud�os y cristianos, cada cual con su credo, hemos aspirado y respirado en un mundo espiritual no s� si id�ntico, pero s� rec�procamente comprensible. <strong>a</strong> partir de ahora ese mundo no existe. <strong>l</strong>a historia que ha empezado es otra historia. �<strong>e</strong>n la realidad m�s profunda, �qu� es lo que ha sucedido? -me vuelvo a preguntar-. �<strong>n</strong>o se habr�n tomado las religiones s�lo como un pretexto?� <strong>l</strong>os hombres son con frecuencia manejados por circunstancias que ellos mismos no entienden, como quien es arrastrado sin poderlo impedir por un torrente.</p><p><strong>e</strong>l rey <strong>f</strong>ernando �el <strong>s</strong>anto� de <strong>c</strong>astilla fue el primero que se equivoc� al contradecir nuestra partici�n de los latifundios, y al decidir darles a los nobles, como cebo para que le auxiliasen en la conquista, las extensas tierras conquistadas. <strong>l</strong>os ricos se�or�os de los monjes o de los seglares fueron configurando un poder grande, sin que el poder reducido de los plebeyos o de los comerciantes de las ciudades constituyese un contrapeso suficiente. <strong>f</strong>ue <strong>p</strong>edro <strong>i</strong> quien se dio cuenta de ello, y contra ello reaccion�; pero �l era ex�tico en <strong>c</strong>astilla: �l era, por supuesto, arabizante. <strong>s</strong>u hermano, por el contrario, ciment� su ambici�n sobre los nobles perjudicados; cont� con el apoyo de los se�ores, cuyo predominio peligraba.</p><p><strong>y</strong> la redenci�n incoada se deshizo: para ellos y tambi�n para nosotros.</p><p><strong>p</strong>orque <strong>c</strong>astilla es de una pobreza contagiosa; cuando sus pastores descendieron a nuestra <strong>a</strong>ndaluc�a, trashumando al amparo de las �rdenes religiosas, trajeron su hambruna y su miseria, y hundieron la riqueza de nuestro califato. <strong>c</strong>astilla no produce: consume; no trabaja: guerrea. <strong>t</strong>al ha sido su oficio. <strong>y</strong> con el militarismo que bajaba de ella, bajaba no s�lo el empobrecimiento para la econom�a, sino para la cultura y para nuestra organizaci�n social m�s justa.</p><p><strong>l</strong>a pretensi�n integradora del <strong>i</strong>slam, por la que los habitantes de una ciudad o un pueblo se compenetran y equilibradamente se combinan, toc� a su fin; la batalla de la justicia se hab�a perdido ante el abuso de los privilegiados.</p><p><strong>e</strong>ste efecto destructivo no hizo m�s que acentuarse con el tiempo.</p><p><strong>s</strong>e vaciaba <strong>c</strong>astilla: todos deseaban refugiarse en el <strong>s</strong>ur; paralizaron su tosca agricultura; se expandieron las grandes y depredadoras trashumancias de la <strong>m</strong>esta; se admitieron negociantes extranjeros que compraran la lana, lo �nico que <strong>c</strong>astilla produce, aparte de su fr�o. <strong>y</strong>, ante la ruina, se recurri� a las bolsas hebreas, tambi�n andaluzas en su mayor parte.</p><p><strong>l</strong>os castellanos, para continuar comiendo y para continuar gastando, no han contado m�s que con dos fuentes de ingresos: las expediciones contra nosotros y las matanzas de jud�os. <strong>l</strong>os malos pagadores emplean el decisivo m�todo de asesinar a sus acreedores para saldar sus deudas. <strong>t</strong>al situaci�n era propensa a encubrirse bajo un exterior de religiosidad; cuanto m�s fan�tica, m�s ciega y, por tanto, m�s pr�ctica. <strong>p</strong>ero �combaten los castellanos por su fe, o combaten por su subsistencia? �<strong>n</strong>o es por el dinero por lo que luchan contra quienes lo tienen? <strong>n</strong>o obstante, desacostumbrados a ejercer un oficio o una t�cnica -en lo primero, nosotros, y en lo segundo, los jud�os, �ramos los versados-, de poco les sirvi� poseer la tierra si no la cultivaban, u ocupar los puestos si no sab�an hacer uso de ellos, ni c�mo administrarlos. �<strong>e</strong>s verdadero due�o de una clepsidra o de un astrolabio o de una br�jula quien desconoce su utilidad, o de un jard�n quien no lo labra ni disfruta sus flores? <strong>e</strong>l pueblo menudo de <strong>c</strong>astilla s�lo se mantuvo a fuerza de botines de guerra y saqueos de aljamas; por inter�s, siempre estuvo dispuesto a secundar la voz que lo condujera contra <strong>g</strong>ranada y contra las juder�as. <strong>y</strong> sus reyes, desde el extremo opuesto, se adiestraron en emplear con impune seguridad tales argumentos homicidas: no argumentos religiosos, que miran hacia la otra vida, sino econ�micos, que miran hacia �sta, aunque finjan devoci�n con los ojos en blanco.</p><p><strong>e</strong>stos reyes de hoy, <strong>i</strong>sabel y <strong>f</strong>ernando, han aportado dos novedades: la de reunir en sus personas el <strong>a</strong>rag�n, que viv�a de fuera, y la <strong>c</strong>astilla hambrienta, y la de fortificarse contra los se�or�os, una vez enardecido, colmado de promesas y dominado el pueblo pordiosero. <strong>l</strong>os dos de consumo se fortalecen y mutuamente se sostienen: para fundar una monarqu�a consistente, el poder ha de estar en una mano sola. <strong>p</strong>or las noticias que tengo, el primero que adivin� sus intenciones fue el cardenal <strong>m</strong>endoza, que con habilidad someti� su gran familia a ese mando exclusivo; no en funci�n de la patria, que es para ellos un concepto inexistente, sino del propio beneficio: los <strong>m</strong>endoza inundaron las administraciones de la iglesia, del reino, de los ej�rcitos, de las ciudades; pero ya no en nombre propio, sino al servicio de quienes los nombraban. <strong>l</strong>a ganancia, si no la dignidad, segu�a siendo la misma.</p><p><strong>c</strong>on qu� claridad veo que el pueblo menudo y menesteroso no cree con sinceridad en su <strong>d</strong>ios, ni los grandes se�ores en sus pueblos, ni los reyes en sus vasallos chicos o grandes, del tama�o que sean. <strong>l</strong>os reyes mienten cuando exclaman postrados: �<strong>n</strong>o para nosotros, <strong>s</strong>e�or, sino para ti el poder y la gloria�.</p><p><strong>c</strong>ada hombre busca su provecho; a veces lo disfraza con vistosos ropajes de desprendimiento, y lo denomina <strong>d</strong>ios, rey o patria; a veces lo deja desnudo, y se bate como un lobo solitario. <strong>p</strong>ara que renuncie a la violenta codicia de un cubil, de un alimento, de una pareja, ha de unirse con otros hombres bajo un poder com�n que satisfaga esas tres necesidades, y que despu�s le invite a vivir en una ciudad justa, donde la convivencia con los otros enriquezca la vida de cada uno, sea cual sea el <strong>d</strong>ios que adore, la lengua en que se exprese y el matiz de su piel. <strong>e</strong>so fue lo que, dentro de la <strong>p</strong>en�nsula, el <strong>i</strong>slam intentaba.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>noche he sufrido una aniquiladora pesadilla. <strong>s</strong>o��, con toda clase de detalles v�vidos y exactos, c�mo perd�a <strong>g</strong>ranada, y c�mo la entregaba, y c�mo era expulsado de ella. <strong>e</strong>n el sue�o, no obstante, hab�a una nebulosa mitigaci�n del sufrimiento: de un modo enigm�tico, que s�lo obra en los sue�os, sab�a que so�aba. <strong>p</strong>ara sacarme de aquella angustia que me hac�a gemir, me despert� <strong>m</strong>oraima.</p><p><strong>c</strong>on ello me indujo a otra pesadilla peor: la de esta realidad de la vigilia, en la que todo lo que so�� se hab�a producido de antemano.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>as cr�nicas, no s� si para facilitar su acceso a futuros lectores, o para simplificar las historias, que son siempre inenarrables, reducen cada reinado y cada batalla a una partida de ajedrez.</p><p><strong>y</strong>o mismo tiendo a ello: tan grande es la pasi�n del hombre por el juego, que de alguna manera disculpa sus errores con el azar.</p><p><strong>c</strong>uando se conquist� <strong>t</strong>oledo, un sabio, <strong>a</strong>bu <strong>m</strong>ohamed al <strong>a</strong>sal, lanz� un grito de alarma:</p><empty-line/><p>�<strong>h</strong>abitantes de <strong>a</strong>ndaluc�a, espolead vuestros corceles.</p><p><strong>d</strong>etenerse ahora ser�a una hueca ilusi�n.</p><p><strong>l</strong>os vestidos suelen rasgarse por los bordes, pero <strong>e</strong>spa�a empez� a desgarrarse por el centro.�</p><empty-line/><p><strong>p</strong>or el centro del tablero -y cada tablero ostenta a los adversarios de un mundo, sea grande o sea peque�o- avanzaron los peones de la partida. <strong>t</strong>emerarias fueron las apuestas, y la baza, cuantiosa; las jugadas se llamaron irremisiblemente unas a otras. <strong>c</strong>on raz�n lo que en �rabe denominamos �al sak mat� lo denominan los cristianos �jaque mate�: para nosotros significa �el rey ha muerto�. <strong>t</strong>al es lo que en mi partida y en mi tablero ha sucedido. <strong>e</strong>n lo esencial se identifican todos los idiomas.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> veces, en estas noches tan prolongadas que parecen detenerse, cuyas horas son como d�as oscuros, juego al ajedrez con <strong>b</strong>ejir o <strong>f</strong>arax; r�en cuando me ganan, es decir, r�en siempre. <strong>m</strong>oraima levanta sus ojos de la labor y les rega�a; ella, cuando juega conmigo no juega contra m�: se olvida de hacer el movimiento que le dar�a la victoria. <strong>s</strong>in embargo, con <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa o <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh me niego a enfrentarme: aunque no me hagan trampas, no consigo evitar la sospecha de que me las hacen. <strong>p</strong>refiero ver c�mo juegan entre s�, y se traban en eternas discusiones, que conducen a un empate final al que ninguno de ellos se resigna.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>e traje de la <strong>a</strong>lhambra mis libros predilectos y otros a�n no le�dos. <strong>m</strong>uchos est�n encuadernados bellamente en cuero rojo o azul con abrazaderas de plata cincelada.</p><p><strong>p</strong>ero los que antepongo a los otros son los usados y envejecidos por el roce de manos que me precedieron, y que percibo que se unen a las m�as mientras los sostengo. <strong>n</strong>umerosas generaciones leyeron las p�ginas que, al albur, leo hoy. <strong>e</strong>l libro se ha transmitido, como un emisario silencioso, de siglo en siglo, de pa�s en pa�s y de hombre en hombre.</p><p><strong>�</strong>l acoge la memoria del mundo y tambi�n la profec�a del mundo; la historia pret�rita de la <strong>h</strong>umanidad y la brumosa historia venidera.</p><p><strong>t</strong>odo est� resumido y prevenido en esa antorcha que va de mano en mano iluminando la tiniebla.</p><p><strong>e</strong>vocar la casi infinita continuidad y la inabarcable herencia de los libros, en cuyo regazo se apacienta la sabidur�a y la curiosidad y el cataclismo y el amor de los hombres, me enaltece y me emociona.</p><p><strong>e</strong>llos me conducen a una compartida serenidad, y cada d�a me imagino menos sin su compa��a generosa.</p><p><strong>e</strong>n �stos de la <strong>a</strong>lhambra, no s�lo me instruye su contenido, sino el ambiente que los rode� y los sabore�: las negligentes estanter�as en las que descansaron, el meticuloso trabajo de quien los escribi� y de quien los copi� y de quien los cosi� y encuadern�, un inmarchito aroma de humedad y de piel, sus palabras que fueron susurradas, las vibraciones que provocaron en alg�n coraz�n, o las llagas que resta�aron. <strong>l</strong>os objetos, a los que nunca respetamos lo bastante, son enriquecidos por quienes los usaron a trav�s de los a�os, a trav�s de los siglos. <strong>t</strong>omo en ocasiones libros que pertenecieron a mi antepasado <strong>m</strong>ohamed �el <strong>f</strong>aqu�; tomo otros que provienen de la biblioteca omeya de <strong>a</strong>lhaquem <strong>II</strong>, que reuni� en <strong>m</strong>edina <strong>a</strong>zahara m�s de 600 mil vol�menes, antes de que la barbarie humana la destruyera, y me quedo sobrecogido, sin atreverme a leer, como con un coraz�n entre los dedos, o como con un p�jaro inm�vil y anhelante que podr�a, de s�bito, romper a gorjear. <strong>a</strong>qu� en <strong>a</strong>ndarax hay horas en que el libro es en s� mismo, independientemente de lo que contiene y significa, el que palpita y emana y quema y apresura el ritmo del mediod�a y satura las tardes. <strong>e</strong>n esas horas es la fusi�n de quienes lo escribieron y confeccionaron y de los lectores previos a m� lo que m�s me conmueve; el engarce con los due�os sucesivos que acaso un d�a, como ahora yo, volvieron su imaginaci�n hacia atr�s y se vincularon con el pasado, igual que yo hago hoy con el m�o, del que ellos forman ya parte. <strong>o</strong> quiz� miraron hacia su futuro y me entrevieron o me adivinaron a m�, lector tambi�n, o sult�n derrocado, tataranieto suyo.</p><p><strong>o</strong> vieron todav�a m�s lejos de m� mismo, despu�s de m�, cuando yo forme parte del pasado de otros, a los lectores que vendr�n, ya desprovistos de la <strong>a</strong>lhambra y del trono, o incluso ajenos a nuestra <strong>d</strong>inast�a y a su ansiedad. <strong>m</strong>e alegra suponer que unas manos que ya no existen -me pregunto si no existen- abrieron esta cubierta, pasaron estas hojas; que una mirada que no existe -o existe acaso s�lo por este libro- se desliz� sobre estas l�neas, descifr� esta frase, se sumergi� en el laberinto de esta caligraf�a. <strong>m</strong>e rejuvenece pensar que alguien como yo hoy, pero hace siglos, interrumpi� un momento la lectura y reflexion� con un dedo entre estas mismas p�ginas, mirando como miro yo al vac�o, entre muros quiz� ya derruidos y ante un paisaje quiz� irreconocible.</p><p><strong>a</strong>parece la vida -o aparecemos nosotros en la vida- avasalladora, ecuestre, verde, jocunda; nos deslumbra, y luego contin�a sin nosotros. <strong>h</strong>oy est� aqu�, en esta apartada fortaleza, en esta virginal ma�ana de fines de febrero en que se infiltra ya la primavera; una ma�ana que han hecho posible mis predecesores porque me hicieron a m� y a estos libros ilustres. <strong>d</strong>e ah� que, pese al sentimiento de fracaso que me impregna, esta intensa ma�ana yo me sienta comprometido a o�r y a ver y a acariciar -a vivir, en una palabra-; porque con mis ojos y mis o�dos y mis manos, ven y oyen y acarician los que llamamos muertos acaso desacertadamente. <strong>o</strong>tra limpia ma�ana vendr�, y yo ya no estar�. <strong>e</strong>star�n estos libros y alg�n otro lector.</p><p><strong>y</strong> acaso �l recordar� mi nombre sin facciones, y yo ver� por medio de sus ojos, y escuchar� la armon�a del mundo por medio de sus o�dos, y acariciar� el aire azul y gozoso con sus manos. <strong>p</strong>ara m� entonces, dormido sin remedio, se rendir� y se consumar� la impetuosa carrera de la vida: la carrera que hoy me toca a m� seguir en el puesto de quienes antes la corrieron.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>eo la poes�a de los viejos poetas de <strong>b</strong>agdad o de <strong>c</strong>�rdoba, de <strong>s</strong>evilla o de <strong>m</strong>urcia, o de los m�s antiguos a�n y de m�s remotas tierras, cuyo lenguaje es casi incomprensible porque la expresi�n de la vida se ha transformado m�s que la propia vida. <strong>c</strong>on los poemas viajo �en compa��a de guerreros de pelo crespo, que afrontan la muerte sonriendo, como si perecer fuese su fin �nico: beduinos de pura sangre que, cuando relinchan los caballos, saltan impetuosos de la silla, llenos de br�o y de placer�</p><p><strong>l</strong>o que m�s les complace es matar adversarios, pero el destino tampoco les prolonga mucho su plazo, despu�s del de sus v�ctimas��</p><empty-line/><p><strong>e</strong>stos versos los escribi� un poeta de <strong>c</strong>ufa, que pens� de s� mismo lo que yo de los libros:</p><empty-line/><p>�<strong>i</strong>r�n mis versos al <strong>o</strong>riente, hasta donde ya no hay m�s <strong>o</strong>riente, y al <strong>o</strong>ccidente, hasta donde se acaba el <strong>o</strong>ccidente.�</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n los poemas de los viejos poetas leo las quejas tan vivas de sus amores, y leo la agitaci�n de sus corazones cuando fueron correspondidos.</p><p><strong>l</strong>a poes�a me alcanza m�s cuando brota del libro, y se despierta de �l, como de un lecho, y es abrazada por la voz y desperezada por la m�sica. <strong>m</strong>e gusta le�rsela, armonizada con alg�n instrumento, a <strong>m</strong>oraima y a <strong>f</strong>arax, cuando los dem�s se han retirado, y provocar en ellos el �tarab�: la alteraci�n f�sica por la tristeza o por la alegr�a, el �xtasis, el rapto.</p><p>��<strong>e</strong>n tanto que el �tarab� te bambolee -me dijo anoche <strong>m</strong>oraima-, nada se habr� perdido.</p><p><strong>y</strong> me lo dijo ella, que, recostada entre los almohadones, hab�a sollozado irreprimiblemente con el poema que le le�, mientras <strong>f</strong>arax arrojaba, delirante, los d�tiles de una bandeja por la ventana, y se golpeaba despu�s con la bandeja en la frente. <strong>d</strong>ec�a as� el poema:</p><empty-line/><p>�<strong>g</strong>rita mi nombre cuando muera.</p><p><strong>e</strong>l llanto aqu� no cabe: todav�a la boca no me sabe a ceniza.</p><empty-line/><p><strong>i</strong>nm�vil esta luz se rezaga sobre el jard�n.</p><p><strong>c</strong>ansada y no marchita retorna a las constelaciones de las que descend�a.</p><p><strong>s</strong>obre nosotros caer� lo oscuro en vano, porque el sol, al acecho en su cubil, maquina la venganza.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>esterrados del mediod�a, la oquedad pronto de la tarde nos sorber� como el jugo a una toronja.</p><p><strong>a</strong>stros desorbitados nos vigilan.</p><p><strong>d</strong>e par en par abiertos estamos a la noche; el insomnio es nuestro �nico armamento, y, alrededor del agua, la planicie perfuma.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>escuelga el lubric�n desde la nieve su fatigado verde y su amarillo�</p><p>�<strong>q</strong>ui�n cerrar� estos ojos, esta boca, esta carne?</p><p><strong>n</strong>adie se librar� del postrer d�a, ni del luto.</p><p><strong>l</strong>a luz se aleja, pero la vida y t� permanec�is.</p><empty-line/><p><strong>c</strong>uando muera la luz, grita mi nombre.</p><p><strong>m</strong>i nombre y t� ya est�is a salvo en el jard�n: fuera del tiempo, su maleficio no os perturbar�.�</p><empty-line/><p><strong>c</strong>omo <strong>a</strong>lcaide de <strong>a</strong>ndarax, <strong>b</strong>ejir ha escrito ya dos cartas en mi nombre a los reyes de <strong>c</strong>astilla para implorarles -�qu� otra cosa puede hacer un vencido?- que me devuelvan a mis hijos. <strong>m</strong>oraima y yo, aunque no hablemos de ello, no los apartamos de nuestro pensamiento. <strong>e</strong>l peque�o <strong>y</strong>usuf nos echar� a�n m�s de menos que <strong>a</strong>hmad, educado en la separaci�n, a pesar de que <strong>m</strong>oraima me recrimina que opine de este modo.</p><p><strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh van con frecuencia, si bien nunca juntos, a <strong>g</strong>ranada. <strong>s</strong>e entrevistan all� con <strong>h</strong>ernando de <strong>z</strong>afra, ahora regidor perpetuo de la ciudad, con el que <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh ha estrechado una amistad muy �til para nosotros y nuestra informaci�n, aunque supongo que ser� a�n m�s �til para ambos.</p><p><strong>m</strong>e cuentan, y as� debo creerlo, que el rey se porta muy generosamente con los musulmanes: les administra justicia con equidad, les dispensa de los tributos, y es con ellos sol�cito y respetuoso. <strong>p</strong>or lo visto, los cristianos se lo echan a los nuestros en cara: �<strong>n</strong>o os quejar�is -les dicen-: m�s ensalzados y honrados por nuestro rey sois vosotros que nosotros�. <strong>s</strong>in embargo, <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh conjetura que la intenci�n del rey es conseguir lo que est� consiguiendo: confirmar la opini�n de la gente en que durar� tal clemencia para que se resuelvan a vivir con los cristianos y compren casas y tierras y se arraiguen. <strong>a</strong>l rey viene que abandonen la ciudad para pasar a <strong>�</strong>frica: �qui�n trabajar�a sino ellos, qui�n conoce las tierras y los riegos, qui�n realizar� las labores humildes que ning�n cristiano aceptar�a, porque para eso no sali� �l de <strong>c</strong>astilla?</p><p><strong>s</strong>obre mis hijos s�lo les ha dado <strong>z</strong>afra, hasta ahora, buenas palabras y una muy breve carta de <strong>a</strong>hmad.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>oraima lleva unos d�as muy p�lida. <strong>d</strong>esganada y absorta, pasa las horas muertas sentada ante una ventana sin darse cuenta de que se ha ido la luz, o deambula por la casa sin detenerse en ninguna labor ni habitaci�n concretas. <strong>y</strong>o la observo en silencio, y se me cae a los pies el alma.</p><p><strong>e</strong>l m�dico, que tambi�n es jud�o y se llama <strong>y</strong>usuf, asegura que nada grave le sucede. <strong>s</strong>e trata de una pasi�n del �nimo -�no es eso nada grave?-, que le estruja el coraz�n con una fuerza insoportable cuando recuerda a nuestros hijos.</p><p>��<strong>q</strong>uiz� si tuvieseis uno aqu�, se curar�a -me ha sugerido hoy.</p><p>��<strong>p</strong>ero no tenemos a ninguno de los dos -repuse suspirando.</p><p>��<strong>m</strong>e refiero a que la dejases embarazada y diera a luz aqu�.</p><p>��<strong>t</strong>endr� que consultarlo con ella. <strong>e</strong>l remedio puede ser peor que la enfermedad. <strong>q</strong>uiz�, hasta que nosotros no alcancemos la certidumbre de que amamos la vida, no debamos engendrar otra nueva.</p><p>��<strong>y</strong>o amo la vida -me confes� hace d�as <strong>m</strong>oraima- porque t� est�s en ella. <strong>s</strong>i as� no fuera, dejar�a de amarla.</p><p>���<strong>e</strong>s que a nuestros hijos no los amas?</p><p>��<strong>s</strong>�; ellos son como una prolongaci�n tuya para m�. <strong>s</strong>on, para m�, t� mismo de otra forma. <strong>t</strong>� aqu� est�s incompleto.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>levo una vida reposada y perezosa. <strong>q</strong>uiz� la felicidad consista sencillamente en este adormecimiento. <strong>p</strong>or la ma�ana, salgo con <strong>f</strong>arax a vigilar c�mo construyen el breve jard�n. <strong>h</strong>oy le dec�a, y me escuchaba �l con una atenci�n de disc�pulo:</p><p>��<strong>n</strong>uestra sabidur�a sobre los jardines proviene de los nabateos, que convirtieron los �speros desiertos de la <strong>a</strong>rabia p�trea en una tierra f�rtil. <strong>e</strong>llos pose�an grandes conocimientos de la relaci�n que hay entre los movimientos celestes y los crecimientos vegetales. <strong>t</strong>odos los primitivos pueblos agricultores han considerado el cielo como la fuerza activa y generadora, y la tierra como la fuerza paciente y receptora del universo.</p><p>���<strong>i</strong>gual que el hombre y la mujer?</p><p>��<strong>m</strong>�s o menos. <strong>y</strong> en esa teor�a se funden los dos sentidos: el espiritual e ideal, y el material y pr�ctico. <strong>l</strong>a agricultura siempre la ha referido el hombre al culto de la <strong>d</strong>ivinidad. <strong>c</strong>uando no ha sido as�, no la ha amado, ni la ha desenvuelto con la debida unci�n.</p><p><strong>e</strong>so es lo que le sucede a los cristianos, y a los romanos antes; ellos son agricultores de secano, de los que s�lo usan el agua cuando la tienen cerca. <strong>p</strong>ara nosotros, el jard�n es un reflejo, o mejor a�n, una anticipaci�n del <strong>p</strong>ara�so.</p><p>�<strong>v</strong>es? -y le mostraba lo que le expon�a-. <strong>a</strong>qu� he dispuesto la alberca: en el centro de dos ejes, que se cruzan en ella y se�alan los cuatro puntos cardinales del horizonte, a semejanza de los r�os del <strong>e</strong>d�n. <strong>n</strong>uestros primeros antepasados �rabes, estudiosos de otras culturas, tomaron esta iconograf�a de los mandalas budistas, y la difundieron por el mundo. <strong>e</strong>l jard�n representa de ese modo un s�mbolo de vida, un esbozado laberinto, como una miniatura del cosmos. <strong>e</strong>n nuestro idioma, jard�n y <strong>p</strong>ara�so se expresan con la misma palabra, y tambi�n jard�n y cementerio. <strong>p</strong>orque todo es uno y lo mismo. <strong>y</strong>o opino que la tierra y el cielo son rec�procos, se miran y se anhelan� -<strong>y</strong> a�ad�-: <strong>a</strong>qu� estoy prepar�ndome mi tumba como un imperecedero domicilio. <strong>n</strong>o quiero que me lleves a <strong>m</strong>ond�jar: he renunciado a aquella compa��a; en m� se rompe la cadena de mis antepasados.</p><p>���<strong>p</strong>iensas que vas a morir antes que yo? -exclam� <strong>f</strong>arax riendo.</p><p>��<strong>t</strong>e lo ruego, <strong>f</strong>arax. <strong>n</strong>unca me has decepcionado; no lo hagas al final. <strong>n</strong>o te perdonar�a� <strong>y</strong>usuf <strong>III</strong>, el constructor de mi casa, mand� grabar en su estela f�nebre:</p><empty-line/><p>�<strong>q</strong>ue empape este sepulcro la lluvia de las nubes, y que lo vivifique.</p><p><strong>q</strong>ue el h�medo jard�n haga llegar hasta �l el frescor de su aroma��</p><empty-line/><p>�<strong>c</strong>u�nto ha sido siempre nuestro fervor por el agua. <strong>n</strong>unca la malgastamos: es preciso lograr grandes resultados con cantidades m�nimas; no hay que usar el agua como fuerza estruendosa, sino como un murmullo pacificador. <strong>e</strong>n realidad, seguimos siendo gente de los desiertos, que no se acostumbra a tenerla a la mano. <strong>p</strong>or eso en ella juntamos el deleite y la utilidad -le se�alaba una raya imaginaria a�n en el jard�n-. <strong>h</strong>asta aqu� el agua se derrama, trina, goza, y en este templete nos curar� de la melancol�a.</p><p><strong>d</strong>esde aqu�, la pondremos a trabajar: rociar� verduras y frutales.</p><p><strong>e</strong>n su tratado sobre la agricultura nos aconseja c�mo hacerlo <strong>i</strong>bn <strong>l</strong>uy�n. <strong>y</strong>o pienso que hay que crear el silencio para que el agua rompa ese silencio; hay que aceptar el calor para que el agua lo refresque; hay que crear el secreto para que alguien lo comparta.</p><p><strong>d</strong>e repente, <strong>f</strong>arax se detuvo y musit�:</p><p>��<strong>n</strong>o tengo cuerpo ni alma, pues pertenezco al alma del amado.</p><p>���<strong>d</strong>�nde has le�do eso? -le pregunt� con asombro.</p><p>��<strong>e</strong>n uno de tus libros.</p><p>��<strong>g</strong>racias, amigo -le dije, y prosegu�-: <strong>e</strong>l jard�n, si no representa nuestra alma, es que no est� bien hecho. <strong>o</strong>curre con �l como con la arquitectura; pero, as� como una muralla puede tenerse en pie mil a�os, un jard�n es m�s delicado y m�s ef�mero: necesita solicitud, constancia, miramientos.</p><p><strong>e</strong>n una palabra: como nosotros mismos, necesita de amor.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>is horas, sin apresurarse en absoluto, resbalan de puntillas y equivalentes. �<strong>t</strong>ienen raz�n los relojes de sol de los romanos:</p><p>�<strong>t</strong>odas hieren; la �ltima, mata�?</p><p><strong>h</strong>oy no s� si el sol tiene raz�n: no lo hay. <strong>h</strong>ace d�as que llueve.</p><p><strong>s</strong>eparo los ojos del libro, y se anegan con las cortinas de la lluvia, mansas ahora, pero no ayer.</p><p><strong>a</strong>yer rein� el viento con una indiscutida tiran�a. <strong>i</strong>ncansable y acezante, recorr�a el endeble jard�n y el campo entero. <strong>s</strong>e ergu�a col�rico, retumbaba, se revolv�a como un toro invisible. <strong>d</strong>estroz� cuanto se opuso a su no s� si ciega voluntad: desgaj� ramas, asol� los rosales que hab�an tra�do de <strong>g</strong>ranada, zarande� los grandes �rboles del monte. <strong>a</strong>lzaba, sobre un constante bramido sordo, silbidos hoscos y acelerados; sobre un movimiento, alzaba otro dispar; llegaba al paroxismo en rachas s�bitas, como si por irritaci�n se hubiese propuesto destruir el mundo, y le irritara a�n m�s no conseguirlo.</p><p><strong>e</strong>l viento fue ayer un rey desconcertado e insomne, que a todos nos traspas� su insomnio y su desconcierto. <strong>c</strong>on un moh�n asustado, <strong>m</strong>oraima me rog� que le pemitiese pasar conmigo la noche. <strong>e</strong>l viento gimi� fuera, se retorci�, se enredaba en s� mismo, trep�, se derrumb�, serpe�, erigi� altas torres vanas, expoli� los reto�os, ignor� el olor de las jaras y de los romeros y, olvidado de todo, balance� la tierra. <strong>m</strong>oraima se arrebujaba contra m� para no o�rlo.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy la lluvia, liberada del viento, cae con misericordia.</p><p><strong>l</strong>eo a <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>udail, el experto en paladines:</p><empty-line/><p>�<strong>s</strong>e derrama la crin por su �gil cuello como lluvia que cae sobre guijarros lisos.</p><p><strong>c</strong>uando otros purasangres, exhaustos, arrastran polvaredas sobre el pedriscal, �l se impacienta fogoso todav�a, bulle su furia, y el fragor de sus cascos es igual que el hervor de un caldero.</p><p><strong>r</strong>audo es como la peonza liada con un cordel que un ni�o descorre y suelta de su mano.</p><p><strong>c</strong>uando galopa, levanta las piedras, las parte con sus patas que marcan como hierros al rojo.</p><p><strong>m</strong>ontado solo en ellas, esbeltas y seguras, salta con ligereza, y es vigoroso en todo.�</p><empty-line/><p><strong>o</strong>bsesionado por el clima, no s� si habla de la lluvia, del viento, o de un caballo.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n la �ltima carta que <strong>b</strong>ejir el <strong>g</strong>ibis escribi� a los reyes reclamando a mis hijos, les ped�a que los enviaran a <strong>a</strong>ndarax conmigo y con su madre. �<strong>t</strong>ener a los hijos -le recordaba a la reina-, no es s�lo darles la vida, sino prepararlos para la suya con el calor y el roce.� <strong>y</strong>o a�ad�a una sugerencia nueva: que los manden pasar a <strong>�</strong>frica. <strong>p</strong>or una parte, quiz� eso sea menos dificultoso de obtener; por otra, mi deseo es que mis hijos se eduquen con arreglo a la cultura y a la acepci�n de la vida a las que sus abuelos y su padre pertenecen. <strong>n</strong>o estoy seguro, sin embargo, de lograrlo en <strong>�</strong>frica.</p><p><strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh me ha tra�do, desde <strong>g</strong>ranada, la opini�n de <strong>z</strong>afra. <strong>e</strong>n definitiva, �sta precede o se adhiere a la de los reyes: coincide, en todo caso. <strong>p</strong>arece que se duda si enviar a mis hijos a <strong>�</strong>frica o no. <strong>a</strong> favor de una decisi�n positiva est� que, una vez all� ellos, yo me determinar�a a trasladarme tambi�n con el resto de mi familia. <strong>e</strong>n contra, que, si por cualquier aciago accidente, mis hijos mueren, o caen en poder de un reyezuelo interesado en utilizarlos en su provecho, yo no pasar�a jam�s a <strong>�</strong>frica. <strong>y</strong>, en el fondo, que pase es lo que est�n procurando los reyes. <strong>l</strong>es estorba mi estancia en su territorio, aunque sea tan reservada y tan mansa, como estorba una mancha de sangre, por muy seca que est�, en un traje de fiesta.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy <strong>m</strong>oraima ha sufrido un desmayo. <strong>h</strong>ab�amos salido a ver los brotes del jard�n. <strong>s</strong>iempre me ha impresionado observar c�mo la delicadeza de un tallo -que no es nada, sino un presentimiento verde, una debilidad que un ni�o peque�o quebrar�a con su dedo- rasga un tronco agrietado y robusto, que ha resistido a�os y tempestades, y lo sobrepasa. <strong>a</strong>nte un reto�o lo coment�bamos <strong>m</strong>oraima y yo, cuando de pronto se ha llevado una mano a los ojos, ha movido la cabeza a un lado y a otro con suavidad, y se ha desplomado. <strong>s</strong>�lo me ha dado tiempo a alargar los brazos para evitar que se da�ara contra el �rbol o el suelo. <strong>a</strong>turdido y sin saber qu� hacer, le hablaba en voz baja, repet�a su nombre, la sacud�a con dulzura, le ped�a que volviese pronto en s�, no s� qu� le ped�a.</p><p><strong>p</strong>or fin -no ha tardado mucho en reanimarse-, <strong>m</strong>oraima ha abierto los ojos, ha sonre�do un poquito, y me ha dicho:</p><p>��<strong>e</strong>stabas dici�ndome algo, <strong>b</strong>oabdil. <strong>p</strong>erd�name, pero no te he o�do bien.</p><p><strong>l</strong>a he besado en los labios, y se ha ensanchado su sonrisa.</p><p>��<strong>n</strong>o hay mal que por bien no venga -ha susurrado-. �<strong>m</strong>e quieres ayudar a levantarme?</p><empty-line/><p><strong>a</strong> instancias de <strong>m</strong>oraima, he empezado a salir de caza. <strong>n</strong>o me atrevo a alejarme mucho, ni a pasar fuera m�s de dos o tres d�as, porque me preocupa ella. <strong>e</strong>st� notablemente m�s delgada. <strong>h</strong>asta mi madre, que no se fija m�s que en lo que le ata�e, lo coment� la semana pasada.</p><p>��<strong>q</strong>uiz� deber�as de fijarte un poco m�s en <strong>m</strong>oraima, ahora que no tienes nada m�s acuciante que hacer -me dijo con elocuente iron�a.</p><p><strong>n</strong>unca he sido un ardoroso aficionado a cazar. <strong>c</strong>omprendo que un infante de <strong>c</strong>astilla, en una �poca en que la realeza no estaba re�ida con la cultura, escribiese que la caza es �cosa noble y apuesta y sabrosa�, pero, por mucho que lo intento, no logro que me guste su sabor. <strong>r</strong>econozco que ayuda a paliar los da�os que trae el ocio para el alma y el cuerpo. <strong>y</strong> el ejercicio que supone, y la congregaci�n de los amigos, y la sana rivalidad, y las huidizas aves, y la prodigiosa presteza de los perros, me atraen. <strong>s</strong>in embargo, una vez ojeada y localizada la presa, yo detendr�a la marcha que ha conducido a ella. <strong>p</strong>orque tambi�n me atraen la elegancia de las garzas y la sombr�a tozudez del jabal� y el lastimero ajeo de la perdiz y la coronada agilidad del venado.</p><p><strong>e</strong>sta actitud no creo que proceda, contra lo que dice <strong>f</strong>arax, de un exceso de blandura o de sentimiento; ni siquiera de una identificaci�n con las v�ctimas, comprensible puesto que yo soy una. <strong>e</strong>s m�s bien porque hallo tan espl�ndida la vida de los animales, tan sujeta y bien regida por las leyes de la naturaleza, tan en consonancia con ella, que la caza por juego la considero como la infracci�n de un c�digo que desconozco y que nos sobrepuja, al que un d�a estuvimos subordinados todos, y que el hombre comenz� a desde�ar cuando comenz� a perder, frente a lo que �l opina.</p><p><strong>h</strong>asta m� no lleg� la colecci�n de animales ex�ticos que hubo en el bosque bajo de la <strong>a</strong>lhambra, que tanto me ponderaron en mi infancia como un dato de la disipada refulgencia familiar. <strong>y</strong> es cierto que tampoco he cazado mucho en los bosques de la <strong>s</strong>ierra. <strong>m</strong>i experiencia es muy corta: siendo adolescente, durante un mes de octubre, fui con mi t�o a los montes de <strong>f</strong>i�ana, y mat� un jabal�. <strong>t</strong>ard� mucho en olvidar -no lo he conseguido del todo- el rojizo rencor que hab�a en su ojo, s�lo vi uno, con el que me odi� mientras mor�a. �<strong>p</strong>or qu� inescrutable instinto supo que era precisamente de m� de quien su muerte proven�a? <strong>s</strong>i rememoro con nostalgia aquellas jornadas es por la proximidad de <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, que con el aislamiento se acentuaba, y no por la mortandad que sembramos a nuestro alrededor (por descontado, �l mucho m�s que yo). <strong>m</strong>atar a un ser cuya �nica posesi�n es la vida -no complicada, ni multiplicada, ni embellecida como la de los hombres puede ser, sino la vida pura y simple- es acaso el m�s grave de los delitos para m�. <strong>d</strong>ice <strong>p</strong>ero <strong>l</strong>�pez de <strong>a</strong>yala, un canciller cristiano, que en la caza los hombres toman el placer sin pecado, sirvi�ndose y aprovech�ndose de las cosas que <strong>d</strong>ios cri� y puso a su servicio. <strong>a</strong> m� me gustar�a estar de eso tan persuadido como �l.</p><p><strong>a</strong>unque es posible que este razonamiento sea un mero y superficial ejercicio de dial�ctica. <strong>y</strong>o no desprecio un asado de buey o de cordero, y los tengo por excelente comida; en la <strong>f</strong>iesta de los <strong>s</strong>acrificios, aunque sobreponi�ndome, yo deg�ello al carnero; y no se me ocurre hacerle ascos a un guisado de liebre: anteayer lo he comido. <strong>a</strong>caso es una prueba m�s de mi ego�smo el que procure no ser yo quien extinga una vida, pero disfrute despu�s de que otros lo hayan hecho. <strong>o</strong> a lo mejor, en definitiva, no es una cuesti�n de �tica, sino de est�tica: cortar en flor un salto, un vuelo, un canto, un bramido de celo, no me produce satisfacci�n ninguna, sino m�s bien remordimiento por haber interrumpido su hermoso frenes�.</p><p><strong>c</strong>laro que, aparte de mis libros, �qu� otras distracciones puedo encontrar aqu�? <strong>d</strong>urante unas semanas he mezclado ambos ejercicios: la lectura y la caza. <strong>h</strong>e tra�do conmigo varios libros sobre ella. <strong>e</strong>l mejor -del que todos proceden- es el de <strong>i</strong>sa <strong>i</strong>bn <strong>a</strong>l� <strong>a</strong>zadi, tan sabio en cetrer�a e ilustrador de los cristianos. <strong>s</strong>u minucioso tratado se refiere, aparte de las aves y los perros, al modo de correr liebres y preparar las redes, al tiempo del reclamo y a los parajes favorables al rececho. <strong>n</strong>o creo que nadie haya entendido de animales tanto como �l.</p><p><strong>m</strong>oraima me oy� un d�a hablar, entre suspicacias, del �<strong>l</strong>ibro de la caza� de don <strong>j</strong>uan <strong>m</strong>anuel, y de las dieciocho aves amaestradas que, a su juicio, ha de tener todo gran se�or para lograr una caza cumplida. <strong>c</strong>on habilidad y paciencia, encargando a �ste, comprometiendo a aqu�l, la constante <strong>m</strong>oraima, en poco tiempo, ha reunido el bando entero: un gerifalte y un sacre, que son garceros competentes; cuatro nebl�es abaneros, que no proceden precisamente de <strong>n</strong>iebla, sino de much�simo m�s al <strong>n</strong>orte; seis bahar�es de patas muy rojas, que mantienen entre ellos sigilosas y crueles enemistades; un azor, cuya ralea son las perdices; otro, cuya ralea son los �nades, y un tercero, cuya ralea son las garzas; un born�, que <strong>a</strong>brah�n el <strong>c</strong>ais� descubri� en una zona pantanosa cercana, y que es perseguidor de liebres; un gavil�n, para dedicarlo a las garcetas y p�jaros peque�os, y un esmerej�n, muy parecido al azor, y al que yo ni de nombre conoc�a. <strong>p</strong>or si esto fuera poco, superando el elenco de don <strong>j</strong>uan <strong>m</strong>anuel, <strong>m</strong>oraima lo ha completado con dos halcones, malhumorados y cejijuntos: uno proviene del norte de <strong>e</strong>uropa, y su precio ha sido un buen caballo, y el otro, un alfaneque, proviene de <strong>m</strong>arruecos.</p><p>��<strong>y</strong> su precio ha sido un buen camello, �no es eso? -brome�.</p><p>��<strong>n</strong>o -me contest� <strong>m</strong>oraima riendo-, es un regalo del sult�n.</p><p>��<strong>e</strong>l <strong>a</strong>lbayz�n fue durante mucho tiempo el arrabal de los halconeros -agregu�, y me volv� a extraviar en el profuso bosque del recuerdo.</p><p>��<strong>b</strong>oabdil -me reclam� <strong>m</strong>oraima toc�ndome la mano-, a�n sigo aqu�.</p><p><strong>s</strong>� en qu� pensabas; pero �t� sabes en lo que pensaba yo? <strong>e</strong>n un poema que me recitaste en <strong>p</strong>orcuna: aqu�l que le destin� un secretario a <strong>m</strong>utawaquil, el valiente sult�n de <strong>b</strong>adajoz. <strong>m</strong>e olvid� del principio; lo sustancial es esto:</p><empty-line/><p>�<strong>t</strong>�, que adornaste mi cuello con el collar de tus favores, adorna mi mano con un halc�n ahora.</p><p><strong>h</strong>�nrame con uno de alas l�mpidas, cuyo plumaje se haya combado frente al viento del <strong>n</strong>orte.</p><p><strong>l</strong>leno de orgullo saldr� con �l al alba, y jugar� mi mano con el viento para apresar lo libre con lo preso��</p><empty-line/><p>��<strong>e</strong>n <strong>g</strong>ranada hab�a halcones -murmur�.</p><p>��<strong>e</strong>n <strong>g</strong>ranada sigue habiendo de todo, <strong>b</strong>oabdil.</p><p>��<strong>q</strong>uiz�; menos sultanes -lanc� un suspiro-. <strong>t</strong>ienes raz�n, <strong>m</strong>oraima. <strong>r</strong>ecordar en s� no es ni bueno ni malo: depende de lo que se recuerde.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>n una alquer�a, dentro de los l�mites de la alcazaba, han instalado la jaur�a. <strong>l</strong>os perros de montear son todos muy parejos; de una rudeza cari�osa, como pastores hechos a lo abrupto. <strong>a</strong>gradecidos y atentos a la voz del perrero, saben, no obstante, con una incre�ble sutileza, que yo soy el amo, y que en la cacer�a a m� ser� a quien sirvan. <strong>a</strong> veces alguno ha de ser apartado de los otros: entre ellos surgen extra�os resquemores -sin duda fundados, pese a nuestra torpeza en entenderlos-, o peleas, que suelen ser mudas y a muerte, y que se desenfrenan como un rayo entre dos. <strong>e</strong>ntonces, al apartado le atan una argolla a la carlanca, y la argolla puede correr por una larga cuerda fija a dos �rboles distantes: eso le permite una amplia movilidad, que suaviza su traba.</p><p>�<strong>h</strong>abr�a estimado en mucho este invento -pens�- durante mi cautiverio de <strong>p</strong>orcuna o de <strong>c</strong>astro� <strong>a</strong>unque quiz� fuese a�n m�s estimable ahora, en este cautiverio de <strong>a</strong>ndarax.�</p><empty-line/><p><strong>c</strong>uando contemplo el campo que nos rodea, tan fragoso y a la vez tan abierto, donde �l ser�a feliz, echo a faltar a �<strong>h</strong>ern�n�. �<strong>q</strong>u� har� ahora? �<strong>s</strong>e sentir� investido por un deber de vigilancia y escolta de mis hijos? �<strong>c</strong>�mo se llevar� con <strong>a</strong>hmad? �<strong>y</strong><strong>a</strong>hmad con �l, lo que es m�s peliagudo? <strong>l</strong>os perros y los ni�os se percatan, sin plante�rselo siquiera, de qui�n los quiere y de a qui�n querer. (<strong>m</strong>e gustar�a que a m� me ocurriese lo mismo: tampoco en eso he sido perspicaz.) <strong>e</strong>sta tarde, cuando salt� un gazapo debajo de mis pies, imagin� la sorpresa de �<strong>h</strong>ern�n� y su alborozo al perseguirlo. <strong>o</strong> quiz�, hecho a los hombres, su instinto se haya deteriorado -qu� mala es nuestra influencia-, y prefiera su cazuela de arroz con zanahoria y carne, o las porquer�as que come a hurtadillas y que, por ser prohibidas o robadas, le parecen manjares.</p><p><strong>e</strong>ntre los buidos galgos, formados s�lo de viento, cuyo flexible y ondulado espinazo se curva bajo el halago de mi mano, hay uno negro, al que llaman �<strong>p</strong>risa�. <strong>e</strong>s un prodigio de armon�a. <strong>t</strong>iene los ojos verdes, y est� tan imbuido de su belleza que, salvo a la hora de la loca carrera, apenas si se mueve: permanece hier�tico, casi so�oliento y envuelto en su propia dignidad: como se figuran los que no han sido reyes que un rey debe de ser.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>e llegado al convencimiento de que <strong>h</strong>ernando de <strong>z</strong>afra me ha provisto de esp�as en <strong>a</strong>ndarax. <strong>m</strong>e es indiferente: aqu� no se conspira; cuando no puede sostenerse el trono desde el trono, �c�mo va a recuperarse, ya perdido? <strong>l</strong>o que me importuna es no saber qui�n es o qui�nes son. <strong>s</strong>upongo que forman parte de la servidumbre, y que quiz� su cometido sea espiar, m�s que a m�, a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y a <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh, que son quienes transmiten a <strong>z</strong>afra las m�s fidedignas noticias sobre m�, si es que para los intrigantes hay alguna noticia fidedigna. <strong>n</strong>o quiero obsesionarme con este espionaje; pero, en un lugar en que no ocurre nada sobresaliente, se propende a concentrarse en lo ins�lito: un ruido que se ha cre�do o�r tras un tapiz, unas pisadas furtivas que se alejan, o, como anoche, un cuenquecillo que, en la oscuridad, se cae desde una taca (por propio impulso al parecer, como si los cuencos de aqu� se suicidaran).</p><p><strong>f</strong>arax se propone interrogar a todos los habitantes de la alcazaba, los criados los primeros. <strong>e</strong>l alma de <strong>f</strong>arax es tan transparente que est� seguro de que la profesi�n de esp�a se trasluce en los ojos.</p><p><strong>l</strong>e he prohibido que lo haga. <strong>m</strong>e conformo con decir frases contradictorias, sembradas a voleo en la conversaci�n: �<strong>e</strong>n cuanto nos devuelvan a los pr�ncipes -digo, por ejemplo-, cruzaremos el <strong>e</strong>strecho�.</p><p><strong>p</strong>ara a�adir unos momentos despu�s:</p><p>�<strong>a</strong>ndarax, con los pr�ncipes, ser� otra vez la <strong>a</strong>lhambra; no a�oraremos nada. <strong>s</strong>er� bueno terminar aqu�, retirado, mis d�as. <strong>l</strong>os espliegos y los mirtos del jard�n crecen de prisa: en un par de a�os�� <strong>y</strong> enmudezco de pronto.</p><p><strong>u</strong>n par de a�os de cansino tedio, de voluntario letargo para desmemoriarse, para desaprender, para postergar el pasado. <strong>q</strong>u� inmenso plazo visto desde ahora. <strong>q</strong>uiz� antes de mirar al futuro, si es que eso existe, haya que cerrar mucho tiempo los ojos: dormir, o simular dormir. <strong>o</strong> quiz� lo contrario: abrir los ojos como platos, pero s�lo para el presente, para observar con minuciosidad c�mo crecen el mirto y la alhucema.</p><empty-line/><p><strong>p</strong>or la ventana entra el sol como un lebrel dorado. <strong>s</strong>e arrastra hasta mis pies sobre la alfombra; lame estos papeles en que escribo.</p><p><strong>c</strong>ada d�a es m�s fuerte; el clima es extremoso aqu�. <strong>e</strong>l que se acerca va a ser un verano candente.</p><p><strong>h</strong>oy he tenido que refugiarme en el interior; fuera, hasta la sombra ard�a, a pesar de la hora. <strong>h</strong>e paseado a solas. <strong>m</strong>e alej� m�s de lo que suelo de la casa, y de s�bito descubr� que estaba canturreando.</p><p><strong>s</strong>ent�, no s� por qu�, un poco de rubor. �<strong>d</strong>e qu�? �<strong>d</strong>e estar alegre?</p><p>�<strong>d</strong>e estar alegre sin conciencia de estarlo, que es la mejor, o la �nica, forma de la alegr�a? <strong>m</strong>uchas tenebrosidades me rodean; sin embargo, el coraz�n del hombre es como un pozo: puede haber alacranes en �l y tambi�n agua clara. �<strong>h</strong>abr� de resistirme a esta bonanza porque sea un poco torpe? �<strong>n</strong>o ser� mi desvelo por olvidar, diariamente reiterado, lo que me impide de veras olvidar? �<strong>c</strong>u�ndo aprender� a abandonarme, a desasirme, a dejar que la vida me maneje sin tratar de imponerle mis criterios?</p><empty-line/><p>�<strong>a</strong>unque el alba sea oscura, el d�a est� al llegar; cualquier rostro que gire hacia el sol ser� tan luminoso como el amanecer.�</p><empty-line/><p><strong>a</strong>yer lo le�. <strong>e</strong>l poeta que lo escribi�, como todo aut�ntico poeta, tiene raz�n porque tiene mucho m�s que raz�n.</p><empty-line/><p>�<strong>l</strong>a noche parti� el labio de mi alma con la dulzura de su conversaci�n; estoy sorprendido de que alguien diga �la verdad es amarga�.</p><p><strong>e</strong>l alimento de los mortales procede de su exterior, pero el del amante de la vida est� dentro: �l regurgita y mastica como lo hace un camello.</p><p><strong>n</strong>ing�n hombre razonable conocer� nunca el �xtasis que cabe en la cabeza de un borracho.</p><p><strong>s</strong>i el <strong>p</strong>ara�so no girara perplejo y enamorado lo mismo que un derviche, se cansar�a de su giro y gritar�a: �<strong>b</strong>asta. �<strong>h</strong>asta cu�ndo, hasta cu�ndo?��</p><empty-line/><p><strong>a</strong>noche entr� <strong>f</strong>arax en mi alcoba. <strong>t</strong>odo el campo era grillos que hab�an reemplazado a las chicharras; no a todas: algunas persist�an, alentadas por el calor que no cedi� con el crep�sculo. <strong>f</strong>arax, sin hablar, se qued� de pie frente a m� mucho tiempo. <strong>h</strong>asta que yo, entendi�ndolo, sonre�. <strong>h</strong>izo entonces adem�n de marcharse; pero antes pregunt�:</p><p>���<strong>n</strong>o necesitas nada?</p><p>��<strong>s</strong>� -contest�.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>oraima no mejora con el calor.</p><p><strong>p</strong>ermanece inm�vil, con los ojos perdidos y las manos cruzadas sobre el regazo. <strong>s</strong>�lo cuando yo le hablo finge alg�n inter�s; pero hasta tal punto ha de hacerse violencia para fingirlo, que dudo si obro bien al dirigirme a ella. <strong>u</strong>n anochecer en que la temperatura se suaviz�, quise animarla. <strong>l</strong>e propuse recitarle poemas, solos los dos, o llamar a los m�sicos, o visitar el jard�n que ya est� tachonado de jazmines. <strong>h</strong>ab�a luna creciente y se exhib�a la noche casi obscena.</p><p><strong>m</strong>oraima, sonriendo, negaba con la cabeza.</p><p>��<strong>c</strong>uanto quiero est� aqu� -pasaba su mano por mi barba-; cuanto tengo est� aqu�. <strong>n</strong>o te inquietes; no me sucede nada. <strong>a</strong> veces, cuando se ha deseado mucho y por mucho tiempo alguna cosa y por fin se nos concede, nos embarga el coraz�n una cierta so�era. <strong>h</strong>asta a nosotros mismos nos sorprende que no saltemos de gozo. <strong>y</strong> no saltamos -sonri� m�s-; pero si t� me lo pides, saltar�. -<strong>l</strong>uego a�adi� en voz m�s baja a�n-: <strong>c</strong>on frecuencia la vida, que es muy descuidada, nos inunda las manos de flores y se olvida de darnos un florero.</p><p><strong>e</strong>l silencio que sigui� a sus palabras fue tan grande que escuch�, tras los grillos, el chasquido del agua en el estanque. <strong>m</strong>e sent� junto a <strong>m</strong>oraima. <strong>l</strong>e cog� las manos. <strong>e</strong>lla, sin dejar de sonre�rme, comenz� a llorar; las l�grimas le mojaban la sonrisa. <strong>y</strong>o las bes� con profundo e ignorante respeto.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh engorda con la inactividad, que no es completa en �l pues no cesa jam�s de maquinar.</p><p><strong>p</strong>or el contrario, <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa est� cada d�a m�s enteco y desmedrado: no se halla bien aqu�. <strong>c</strong>omponen, las pocas veces que se les ve juntos, una irrisoria pareja.</p><p><strong>y</strong>, cada cual por su lado, traen de <strong>g</strong>ranada noticias poco gratas.</p><p><strong>h</strong>e sabido que el d�a 1 de mayo, aprovechando sin duda la gentil alegr�a de la primavera, los reyes cristianos han dado tres meses de plazo para abandonar sus reinos a los jud�os que no se conviertan.</p><p><strong>p</strong>ueden sacar sus bienes -me aseguran-; pero no oro, ni plata, ni moneda. �<strong>q</strong>u� sacar�n, entonces: sus casas y sus tierras a cuestas?</p><p>�<strong>s</strong>e cargar�n a la espalda sus sinagogas, sus tiendas, sus caballos?</p><p><strong>c</strong>u�nta crueldad y cu�nta cerraz�n.</p><p><strong>a</strong>unque el �nico verdadero <strong>d</strong>ios sea el suyo, tendr� que castigarlos. <strong>i</strong>magino a los jud�os, que habitan en esta <strong>s</strong>efarad desde hace dos mil a�os, trocando un vi�edo por un asno en que transportar a sus hijos; o un palacio, por una carreta; o un huerto, por un lienzo grueso con que cubrir el arca de sus liturgias. <strong>a</strong>qu� fundaron su <strong>s</strong>i�n, aqu� prosperaron y colaboraron a la prosperidad de todos. <strong>y</strong> ahora les fuerzan, a patadas, a decir adi�s; adi�s al sitio en que sus mujeres parieron, y en el que enterraron a sus difuntos; adi�s al sitio en el que basaron su esperanza como una torre sobre piedra.</p><p><strong>s</strong>us haciendas, desparramadas; desvanecidas sus familias. <strong>o</strong>tra vez al desierto; otra vez a colgar, enmudecidas, sus c�taras de los �rboles� <strong>l</strong>o que va a ser eterno se acaba en s�lo un d�a. <strong>s</strong>ola la fe les queda, y es precisamente la fe a lo que se les exige que renuncien.</p><p><strong>e</strong>n su cabeza conviene que escarmentemos; en su espejo temo que un d�a tengamos que mirarnos.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh me ha dicho:</p><p>���<strong>t</strong>e acuerdas, se�or, de aquel menesteroso que me extra�aba ver en el real de <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e cuando fui a entrevistarme con los reyes? <strong>s</strong>e parec�a a los hidalgos castellanos, que no tienen qu� comer y se las dan de nobles; que hurtan un trozo de tocino y lo devoran con aire regio, o lo conservan para restregarse a la hora del almuerzo los bigotes y fingir que han comido.</p><p><strong>e</strong>ra un hombre harapiento, liado en una capa ra�da, con ojos muy brillantes. <strong>d</strong>eambulaba sin dormir, noche y d�a, por las calles del campamento. <strong>e</strong>xtra�ado por su apariencia, le pregunt� a <strong>z</strong>afra qui�n podr�a ser. �<strong>n</strong>adie -me contest�-.</p><p><strong>e</strong>s un loco. <strong>h</strong>abla de hacer la ruta de las <strong>i</strong>ndias por el lado contrario al que siempre se us�.</p><p><strong>r</strong>epite, venga o no a cuento, que la <strong>t</strong>ierra es redonda. <strong>d</strong>e esas cosas no entiendo; tengo de sobra con el negocio de <strong>g</strong>ranada. <strong>p</strong>ero si de m� dependiera, ya lo habr�a echado. <strong>p</strong>orque aqu�, no asamos todav�a, y ya pringamos. <strong>e</strong>stos locos no son peligrosos hasta que se desmandan, o hasta que alguien les f�a.� <strong>p</strong>ues ahora resulta, se�or, que le han dado tres naves para que intente su viaje a la viceversa. <strong>d</strong>icen que ha sido cosa del rey, que es m�s navegante que la reina; <strong>c</strong>astilla no ha visto el mar ni en las cartograf�as. <strong>y</strong> dicen que <strong>p</strong>ortugal estaba interesado a medias, y adelant�rsele era buena pol�tica� <strong>e</strong>stos reyes, se�or, est�n en alza: de eso no cabe duda.</p><p><strong>p</strong>or remota que sea una posibilidad, rompen a andar. <strong>s</strong>on como aquellos que encuentran un tesoro, y, en lugar de ocultarlo, aparentan y gastan en esto y en aquello, y lo derrochan todo. <strong>l</strong>o �nico que no tengo claro es de qu� sitio sacan los dineros. <strong>p</strong>orque un tesoro no han encontrado, que yo sepa. <strong>c</strong>omo no sean los jud�os� <strong>p</strong>ero tesoro, no: �qu� opinas t�, se�or?</p><p><strong>y</strong> me miraba de hito en hito pesquis�ndome, como si yo me hubiese dejado en la <strong>a</strong>lhambra uno enterrado.</p><p>��<strong>s</strong>i no lo sabes t� -le dije-, es que no lo encontraron.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>cicateado por el relato de <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh, rebusqu� entre mis libros.</p><p><strong>l</strong>levo bastante tiempo inmerso en los de ciencia, astronom�a y n�utica. <strong>d</strong>os conclusiones voy sacando: una, que por muy grande que yo creyera la sabidur�a de los andaluces, la realidad prueba que fue mayor a�n; otra, que los estudiosos, si son fieles a su vocaci�n, est�n m�s unidos y se asemejan m�s entre s� que el resto de los hombres: no importa para ellos cu�l sea su rey y su reino, porque su ciencia es universal y �nica, y no puede ser puesta al servicio de ninguna soberan�a ambiciosa, ni de la destrucci�n.</p><p><strong>n</strong>uestros descubrimientos astron�micos y nuestros manuscritos cient�ficos, con la colaboraci�n de los traductores moz�rabes y de los jud�os, fueron asimilados por los cristianos. <strong>e</strong>s el <strong>i</strong>slam andaluz el que inspira al rey <strong>a</strong>lfonso, al que los castellanos llaman �el <strong>s</strong>abio�, que fue contempor�neo de mi antecesor �el <strong>f</strong>aqu�. <strong>y</strong> los eruditos granadinos, inc�modos por las ajetreadas circunstancias del <strong>r</strong>eino, emigraron a <strong>�</strong>frica <strong>m</strong>enor y a <strong>o</strong>riente, y provocaron as� intercambios mundiales. <strong>e</strong>s curioso observar c�mo la cultura andaluza procede de los rincones m�s lejanos del universo, y aqu� se sedimenta, y viaja de nuevo a los m�s lejanos rincones. <strong>l</strong>a ciencia y la sabidur�a est�n muy por encima de las enemistades de los gobernantes y de las furias de las religiones.</p><p><strong>m</strong>e ha complacido descubrir que matem�ticos andaluces trabajaron para el visir persa <strong>r</strong>achid al <strong>d</strong>in y hasta para los mogoles. <strong>i</strong>bn <strong>a</strong>qu�n, que fue disc�pulo de <strong>m</strong>aim�nides el cordob�s, y <strong>y</strong>aya <strong>i</strong>bn <strong>a</strong>bu <strong>s</strong>ukr, el granadino, son ejemplos de lo uno y de lo otro. <strong>y</strong> me he enterado, por la narraci�n de un astr�nomo viajero, <strong>m</strong>alik <strong>i</strong>bn al <strong>h</strong>aiz�n, en uno de los libros de la <strong>a</strong>lhambra, que durante la segunda mitad del siglo <strong>xIII</strong>, se llega a realizar en tres lugares distintos a la vez observaciones que conducen a unas semejantes tablas astron�micas. <strong>d</strong>e un lado, el soberano mogol <strong>h</strong>ulagu, el que destruy� la fortaleza de los asesinos de <strong>a</strong>lamut, y su visir <strong>a</strong>l <strong>d</strong>in (que tuvo el mismo nombre que mi perro) construyen en <strong>o</strong>riente las tablas ilyani�s con la ayuda del andaluz <strong>a</strong>bu <strong>s</strong>ukr. <strong>d</strong>e otro lado, en el extremo <strong>o</strong>ccidente, <strong>a</strong>lfonso <strong>x</strong>, a trav�s de los conocimientos de <strong>y</strong>abin <strong>i</strong>bn <strong>a</strong>fla, construye las suyas, redactadas por <strong>i</strong>chaq <strong>i</strong>bn al <strong>s</strong>id. <strong>y</strong>, por fin, la m�s vieja de las culturas trabaja sobre el mismo asunto en <strong>p</strong>ek�n, donde <strong>c</strong>ha <strong>m</strong>a <strong>l</strong>u <strong>t</strong>ing afin� sus exactos instrumentos de experimentaci�n en los eclipses. <strong>l</strong>o que m�s llena mi alma de alegr�a es adivinar que el nombre <strong>c</strong>ha <strong>m</strong>a <strong>l</strong>u <strong>t</strong>ing resulta de la adaptaci�n a otras gargantas del nombre, asimismo �rabe, de <strong>j</strong>amal al <strong>d</strong>in. (<strong>d</strong>ios sea loado, tambi�n como mi perro.) <strong>y</strong> es que el hombre -sobre todo, el musulm�n-, cuanto m�s sabio, m�s se incrusta en la <strong>n</strong>aturaleza y la examina con detenimiento y la venera como la fuente de su sabidur�a. <strong>s</strong>i todos los hombres se pusieran de acuerdo por medio de su inteligencia, quiz� aquel heterodoxo no habr�a escrito:</p><empty-line/><p>�<strong>d</strong>esconf�o del hombre, que engrandece su poder sin acatar los poderes que desconoce.</p><p><strong>q</strong>uiz� quienes habitan en las estrellas indecibles sean m�s dignos que nosotros; en ellos reside nuestra esperanza �ltima.�</p><empty-line/><p><strong>h</strong>ace poco -�qu� es poco?- he le�do sobre las m�quinas para medir el tiempo. <strong>m</strong>i antepasado �el <strong>f</strong>aqu� convoc� a <strong>g</strong>ranada al murciano <strong>i</strong>bn al <strong>r</strong>ag�n, que fue su astr�nomo y su m�dico y que supo m�s que nadie de relojes de sol.</p><p><strong>d</strong>e clepsidras, esos arcanos relojes de agua, el que m�s supo fue <strong>a</strong>bul <strong>k</strong>asim <strong>i</strong>bn <strong>a</strong>bderram�n, que trabaj� perseverante y oscuramente en <strong>t</strong>oledo, en cuyas afueras, a orillas del r�o, construy� grandes estanques, que se llenaban o se vaciaban seg�n las fases de la luna -la luna los gobernaba como gobierna las mareas-, hasta que un rey cristiano, para averiguar su funcionamiento, consigui� que dejaran de funcionar. <strong>y</strong> ya entonces hab�a una tercera forma, m�s misteriosa a�n, de medir el tiempo: el reloj sideral, que consiste, por lo visto, en un sencillo c�rculo de cobre agujereado, en cuya periferia dos circunferencias marcan las horas y los meses; a trav�s del orificio hay que mirar a la imperturbable estrella <strong>p</strong>olar, manteniendo el disco a medio palmo del ojo, e inclinado a la distancia de un palmo hasta la barba y medio hasta la frente.</p><p><strong>m</strong>and� construir un artilugio como el muy simple descrito en los libros, pero en mis observaciones no he tenido ni paciencia ni �xito.</p><p><strong>n</strong>o soy un sabio; no soy siquiera un aprendiz de sabio.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>uch�simo antes, desde el siglo <strong>xI</strong>, conoc�amos en <strong>a</strong>ndaluc�a las tablas de la declinaci�n solar a lo largo del a�o. <strong>l</strong>as utilizaban los muecines para fijar las horas de la oraci�n. <strong>y</strong>o he visto algunas en la <strong>a</strong>lhambra con millares de cifras; una de ellas hab�a sido calculada por el granadino <strong>i</strong>bn al <strong>k</strong>amad hace trescientos a�os. <strong>n</strong>o me extra�ar�a que el estrafalario navegante de <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh se haya provisto en <strong>g</strong>ranada de alguna parecida.</p><p><strong>s</strong>iempre se ha dicho que los musulmanes -cuyo origen, en el desierto, es tan poco marino- �ramos malos nautas. <strong>y</strong>o he corregido esa opini�n ahora.</p><p>�<strong>n</strong>o invent� el astrolabio <strong>s</strong>araf al <strong>d</strong>in al <strong>t</strong>uri (tambi�n <strong>d</strong>in como mi perro, <strong>d</strong>ios lo tenga en su gloria), y no lo trajo a <strong>a</strong>ndaluc�a <strong>i</strong>bn <strong>r</strong>idu�n al <strong>n</strong>umairi, �el <strong>g</strong>uadije�o�? �<strong>n</strong>o estuvo en manos andaluzas toda la matem�tica aplicada a la navegaci�n? �<strong>n</strong>o fue la marina m�s diestra y la m�s arriesgada la del califato de <strong>c</strong>�rdoba, cuyas flotas, al mando de <strong>i</strong>bn <strong>r</strong>umayis o de <strong>i</strong>bn <strong>g</strong>alib, viajaron desde <strong>i</strong>rlanda hasta <strong>m</strong>essina, con adelantados e innovadores medios de orientaci�n, de situaci�n y de medida y mantenimiento del rumbo; unos medios que muchos ni siquiera a�n han llegado a conocer, o que acaso ese estrafalario navegante empieza a conocer ahora, cinco siglos despu�s?</p><p><strong>p</strong>or lo que deduzco de lo que leo, no sin mucha fatiga y con toda aplicaci�n, la br�jula es tambi�n un invento andaluz. <strong>a</strong>l <strong>u</strong>dri nunca habr�a podido describir sin ella la geograf�a de <strong>a</strong>l <strong>a</strong>ndalus. <strong>e</strong>n este momento yo tengo ante mis ojos una copia del siglo <strong>xII</strong> de ella; <strong>a</strong>l <strong>u</strong>dri habla, y parece cosa de magia, de la pesca de ballenas en <strong>i</strong>rlanda, y cita los puertos africanos que est�n situados frente por frente de otros de la costa andaluza: exactamente enfrente, lo cual habr�a sido imposible de establecer sino con una br�jula, sea cual fuese su sistema.</p><empty-line/><p><strong>u</strong>no de los libros que provienen de <strong>m</strong>edina <strong>a</strong>zahara es el de �<strong>l</strong>as maravillas de la <strong>i</strong>ndia�. <strong>l</strong>o estudio con prolijidad, pero tambi�n con ineptitud. <strong>h</strong>ay una informaci�n que relaciono con la teor�a de la <strong>t</strong>ierra esf�rica que <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh atribuye al navegante de <strong>s</strong>anta <strong>f</strong>e. <strong>e</strong>n el siglo <strong>x</strong>, un gaditano viaja en un barco por el golfo de <strong>b</strong>engala; sobreviene un temporal, y el golfo se cubre de fuego; el andaluz apacigua a la tripulaci�n y a los pasajeros, porque �l ya ha presenciado ese fen�meno frente a sus costas maternas. <strong>e</strong>l autor del libro comenta que tambi�n se da esa luminiscencia -�c�mo denominarla, si no?- en el golfo <strong>p</strong>�rsico. �<strong>n</strong>o es una admirable coincidencia? <strong>y</strong> en el mismo fragmento de ese c�dice hay unas alusiones a la orientaci�n que me sumen en conjeturas probablemente equivocadas. �<strong>y</strong>a no se ve -dice- ni d�a, ni <strong>s</strong>ol, ni <strong>l</strong>una, ni estrellas con que podamos orientarnos: hemos entrado bajo la influencia de <strong>s</strong>uhail.� <strong>c</strong>onsult� otros libros m�s elementales -porque ahora son m�os los d�as y las noches-, y aprend� que <strong>s</strong>uhail es la estrella equivalente a <strong>y</strong>udai; equivalente en el sentido de que, mientras que �sta es la <strong>p</strong>olar del <strong>n</strong>orte, fija como una atalaya, la otra se llama <strong>c</strong>anopo, y ser�a la que guiase las navegaciones por la otra media esfera.</p><p><strong>m</strong>irar a la inmensidad del cielo, enjoyada por astros titilantes, desde esta tierra casi yerma, me produce escalofr�os y a la vez un gran reposo. <strong>e</strong>l hombre no es m�s que una centella que cruza el ancho pecho de la noche; pero la noche es infinita. <strong>q</strong>uiz� eso a la chispa la consuele.</p><p><strong>m</strong>e enorgullece, como a un ni�o que empieza a deletrear, adquirir y combinar estos datos. <strong>a</strong> menudo no los descifro bien; he perdido demasiado tiempo en nader�as. <strong>p</strong>ero me compensa de tal p�rdida el haber sido, aunque indigno, sult�n de lo que restaba de un pueblo que, durante una destelleante �poca, ostent� en sus manos el cetro del conocimiento.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>e asegura <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh que el navegante de la capa ra�da se llama <strong>c</strong>rist�foro <strong>c</strong>ol�n, y es de raza jud�a. <strong>n</strong>o me sorprende nada; jud�os son todos los del entorno de esos reyes: sus secretarios, sus administradores, quienes les prestan y quienes les guardan los dineros. <strong>s</strong>on jud�os hasta quienes les han preparado los documentos para expulsar a los jud�os.</p><p><strong>l</strong>os m�s sufrientes de esa raza no se me van de la cabeza. <strong>c</strong>uentan que bajan en un puro sollozo desde <strong>c</strong>astilla a los puertos andaluces en donde embarcar�n. <strong>p</strong>or lo que tienen prohibido llevarse y por lo que es materialmente imposible que se lleven, los que los expulsan, o los que se han bautizado y se quedan, les han dado unos pa�izuelos, y han tenido que morderse los labios y el alma y contentarse con lo que los abusadores les brindaban. <strong>h</strong>ay jud�os que han muerto a consecuencia de comerse su oro para atravesar las aduanas con �l en el vientre; me asegura <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh que a una mujer la abrieron, ya cad�ver, y le encontraron dentro m�s de setenta ducados. <strong>l</strong>a desesperaci�n los empuja a la muerte.</p><p><strong>n</strong>o lejos de aqu� han cruzado algunos camino de <strong>a</strong>dra. <strong>m</strong>e ha informado <strong>b</strong>ejir de que riegan literalmente la tierra con sus l�grimas. <strong>m</strong>uchos viejos se sientan a la orilla del camino a dejarse morir; rechazan, al final de su vida, reiniciarla en un sitio inimaginable para ellos. <strong>s</strong>e arrastran como animales los enfermos, los tullidos, las pre�adas, los ni�os de pies ensangrentados, y todos parten desvalidos, con el terror en los ojos, desprovistos de ajuares y de enseres, s�lo amparados en su fe.</p><p><strong>l</strong>os cristianos, como todo socorro, les ofrecen, por los pueblos que pasan, conversi�n y bautismo.</p><p><strong>d</strong>ice <strong>b</strong>ejir que sus rabinos, para alentarlos, llorando a mares, les hacen cantar himnos y salmos, y ta�er panderos y adufes como si fuesen de romer�a, hasta que las mujeres, de tanto pesar, se caen de las monturas, los hombres se mesan los cabellos, y no saben los mancebos hacia d�nde mirar que no sea muerte.</p><p><strong>y</strong>o he evocado hoy al m�dico <strong>i</strong>brahim, que ha resultado ser profeta de su ley. <strong>m</strong>e congratulo de que muriera antes de cumplirse su propia profec�a.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>stas �ltimas semanas se han escabullido con mucha m�s velocidad que las anteriores. <strong>q</strong>uiz� todo consista en que yo no me he detenido a ver c�mo pasaban.</p><p><strong>s</strong>�lo una novedad. <strong>c</strong>on siete d�as de diferencia, en agosto, han muerto nuestros dos principales enemigos: el duque de <strong>m</strong>edina <strong>s</strong>idonia y el bermejo marqu�s-duque de <strong>c</strong>�diz. <strong>f</strong>elices los que descansan, si es que ellos descansan, nada m�s concluir su tarea.</p><p><strong>e</strong>ntre estos dos pr�ceres todo fue contrario: su f�sico, sus opiniones, sus familias, sus gentes.</p><p><strong>s</strong>in embargo, la muerte se ha negado a separarlos; si hay otra vida, �qu� iban a hacer el uno sin el otro, si en �sta se dedicaron sobre todo a enfrentarse entre s�, m�s a�n que contra nosotros? <strong>c</strong>omo en una burla, la muerte ha sorprendido al primero en <strong>s</strong>anl�car, tan cerca de los dominios del segundo; al segundo, en <strong>s</strong>evilla, donde tuvieron lugar sus m�s grandes reyertas con el primero, y de la que fue obligado a salir.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy, bien avanzada la ma�ana, he o�do caballos y ruedas. <strong>c</strong>omo estaban aqu� <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh pens� que ser�a alg�n visitante granadino (aunque no doy aliciente a sus visitas por no encender la curiosidad de los esp�as, ni las sospechas de los reyes). <strong>e</strong>n seguida he escuchado gritos de las mujeres, que llamaban a <strong>m</strong>oraima y a mi madre, y el bullicioso ladrido de un perro. <strong>a</strong> m� mismo me parece inveros�mil; pero, sin razonarlo -quiz� el mejor camino del saber-, he tenido la certeza de que ese perro era �<strong>h</strong>ern�n�.</p><p><strong>c</strong>orr� hacia el comp�s de la entrada. <strong>r</strong>odeados de alborozo, all� estaban mis hijos. <strong>m</strong>oraima, muy seria, con los ojos cerrados y en cuclillas, abrazaba a los dos.</p><p>�<strong>h</strong>ern�n�, perdido todo recato, se me abalanz� de un salto. <strong>l</strong>as manos de <strong>m</strong>oraima se mov�an sobre el rostro de los muchachos como si estuviese confirmando sus facciones.</p><p>�<strong>l</strong>es da m�s cr�dito a ellas que a sus ojos, y �<strong>h</strong>ern�n�, m�s a su lengua�, pens�. <strong>c</strong>uando, bastante despu�s, los ha abierto, <strong>m</strong>oraima era otra mujer. <strong>r</strong>e�a a carcajadas, saltaba sobre uno u otro de sus pies, bat�a las palmas en el aire, y hasta ha empujado a mi madre para arrebatarle a <strong>y</strong>usuf de los brazos.</p><p><strong>l</strong>uego ha abierto los suyos de par en par y, con el rostro en alto, deslumbradora, me ha gritado:</p><p>��<strong>b</strong>oabdil!� <strong>y</strong>o pens�: �<strong>a</strong>s� ha de ser el <strong>d</strong>�a de la <strong>r</strong>esurrecci�n�.</p><p><strong>p</strong>or encima del hombro de <strong>m</strong>oraima, que se estrechaba contra m�, he visto a <strong>f</strong>arax. (<strong>p</strong>ens� tambi�n que no era �sa la primera vez que suced�a.) <strong>e</strong>staba con los brazos cruzados y una encendida expresi�n de j�bilo. <strong>l</strong>e hice un gesto para que se acercase, y los tres hemos cercado a los ni�os, como en el juego infantil en el que todos giran: un juego en el que cinco cuerpos, a disposici�n de cinco almas, se acariciaban unos a otros las manos sin saber de qui�n eran.</p><p><strong>e</strong>ntretanto, �<strong>h</strong>ern�n� nos lam�a vorazmente a todos a la vez.</p><p><strong>s</strong>in previo aviso, comenz� a caer una lluvia menuda, y todos, gritando y riendo -hasta �<strong>h</strong>ern�n� se re�a-, hemos corrido dentro.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>urante muchos d�as di de lado a estos papeles. <strong>n</strong>o porque me haya dedicado a otra cosa: tampoco he le�do, ni he cazado, ni he recibido a nadie.</p><p><strong>m</strong>e da miedo escribirlo, pero es cierto: no he hecho m�s que tomar posesi�n de mi felicidad.</p><p><strong>n</strong>unca cre� que <strong>a</strong>ndarax fuese tan bello; ni el jard�n, con las primeras lluvias del oto�o, tan fragante; ni mi madre, tan afable y comunicativa; y hab�a olvidado c�mo suena la risa de <strong>m</strong>oraima y c�mo recrea a las ma�anas la gallard�a de <strong>f</strong>arax. �<strong>c</strong>�mo no voy a entender que el mundo sea una esfera, y que este hemisferio de la felicidad, al que he llegado desde el de la desdicha, es un regalo que s�lo la mano de <strong>d</strong>ios puede dispensar?</p><p><strong>s</strong>i hoy he escrito estas l�neas es porque me ha asaltado el pavor de perderlo. <strong>d</strong>e que lo tuve, quede constancia aqu�.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>esde <strong>g</strong>ranada nos han tra�do nuevas milagrosas. <strong>e</strong>l navegante de la capa ra�da ha regresado de la mar despu�s de unos meses de ausencia. <strong>t</strong>odos se figuraban que hab�a naufragado. <strong>n</strong>ada de eso: ha descubierto ignotas tierras del <strong>c</strong>ipango y del <strong>k</strong>atay, con hombres distintos de nosotros, de color diferente a los que conocemos, que usan lenguas de sones peregrinos, menosprecian el oro y adoran a �dolos numerosos y extra�os. <strong>a</strong>hora va camino de <strong>b</strong>arcelona, donde los reyes lo aguardan.</p><p><strong>e</strong>l mundo, como si se hubiese vuelto loco, nos llena de pasmo y de alegr�as; pero las alegr�as sobrecogen m�s que las penas al desacostumbrado coraz�n de los humanos.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>i, contra tanta luz, me permitiese reconocer alguna sombra, ser�a el rechazo, no del todo visible, que <strong>a</strong>hmad siente hacia m�.</p><p><strong>i</strong>ntuyo que no me perdona su destronamiento, consecuencia del m�o, o la humillaci�n que ha sufrido en m�. <strong>p</strong>ero quiz� se trata de imaginaciones: es lo que me asegura <strong>m</strong>oraima. <strong>s</strong>in embargo, me incomoda la influencia que en mi hijo ejerce mi madre, y que �l consiente.</p><p>��<strong>s</strong>i hubiera llegado a sult�n, nada habr�a sido como ha sido -dogmatiz� mi madre el otro d�a-. <strong>a</strong>hmad es duro, callado y tiene buena memoria para los agravios. <strong>y</strong>o hubiera hecho de �l un rey extraordinario. -<strong>y</strong> luego, con un herm�tico fruncimiento de cejas-: <strong>q</strong>uiz� es posible a�n.</p><empty-line/><p><strong>f</strong>arax ense�a a montar a <strong>y</strong>usuf, que se sostiene sobre su peque�o caballo, responsable y airoso como un gomer. <strong>m</strong>oraima, vestida ahora de colores muy claros, dice que no puede estar en ning�n otro sitio que en la explanada porque teme que el caballo lo tire; la verdad es que se envanece con la gracia de su hijo menor, y no es capaz de estar sin mirarlo ni un instante.</p><p><strong>l</strong>as mujeres se desviven por agasajar a los dos muchachos, y se disputan la honra de servirlos.</p><p><strong>s</strong>i uno se fija, echa de ver que �<strong>h</strong>ern�n� ha envejecido. <strong>c</strong>uando nota que no se est� pendiente de �l, se tumba al sol, da unas cuantas cabezadas y dormita como los ni�os que, muertecitos de sue�o, se niegan a irse a dormir a su alcoba.</p><p><strong>y</strong>o los miro a todos. <strong>n</strong>o tengo gana de hacer otra cosa que mirarlos, lo mismo que <strong>m</strong>oraima. <strong>h</strong>asta que de pronto me descubro sonriendo y me sonr�o a�n m�s.</p><p><strong>i</strong>ncluso <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa y <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh (que ten�an, por separado, barruntos de la venida de los muchachos, aunque, empedernidos en desconfiar, nada hubieran anticipado) act�an de un modo m�s familiar y agradable: env�an de sus casas platos y dulces para los almuerzos, o compran en <strong>g</strong>ranada para <strong>m</strong>oraima velos, agremanes y babuchas doradas. <strong>q</strong>uiz� a quienes no son malos -y el hombre no lo es en general, sino s�lo ego�sta-, contemplar la felicidad ajena los incline a la suya; de ah� el anhelo de participar como sea en el bienestar de los otros por si redunda en el propio bienestar.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>noto embarulladamente cosas sin importancia; son ellas las que me hacen feliz. <strong>l</strong>as importantes disturban y arrastran a la meditaci�n. <strong>m</strong>e gustar�a tener la natural ecuanimidad de �<strong>h</strong>ern�n�, al que veo echado junto a un muro bajo el sol: los c�nicos de <strong>g</strong>recia no andaban descaminados. <strong>e</strong>mbarulladamente -repito- y con premura.</p><empty-line/><p><strong>f</strong>arax me ha persuadido. <strong>m</strong>a�ana salimos para cazar durante unas semanas por los campos de <strong>b</strong>erja y de <strong>d</strong>al�as. <strong>l</strong>a expedici�n es tan numerosa y complicada como la que organic� cuando la toma de <strong>a</strong>lhend�n. (<strong>e</strong>sta broma carece de toda gracia.)</p><empty-line/><p><strong>g</strong>radualmente les he ido tomando cari�o a estas extensiones desoladas y agrestes; acaso es la necesidad lo que me mueve. <strong>o</strong> se trata de una ley de vida: en la m�a ya concluy� la edad de los jardines.</p><p><strong>m</strong>e impresiona la desnudez de las tierras sin labrar, de los eriales, de los cabezos �speros. <strong>e</strong>n las tres semanas en que estuvimos fuera hemos cruzado arroyos que, llegado el verano, desaparecer�n; hemos guardado silencio en los bebederos de invierno, donde la caza, que no conoce al hombre, baja despacio cuando el sol se pone, al descolgarse sobre los campos la hora de la tregua, durante la que toda contienda se aplaza hasta ma�ana; hemos asistido a la abundancia celeste de luces y tonalidades irrepetibles, m�s llamativas todav�a sobre estos ocres, que, seg�n el momento del d�a, toman matices de oro, de carne, de topacio, de rosa.</p><p><strong>l</strong>a <strong>n</strong>aturaleza es aqu� una familia incalculable, todos cuyos miembros se asemejan y conservan entre s� el aire com�n que siempre caracteriza a los hermanos. <strong>p</strong>iedras, promontorios, animales, nubes, �rboles centenarios, florecillas, guardan un evidente parecido.</p><p><strong>e</strong>n este despojamiento de las cosas se ve mucho m�s claro. <strong>s</strong>�lo el hombre parece ser ajeno, como un usurpador sobrevenido que no hubiera encontrado su puesto verdadero, y �l mismo se excluyese.</p><p>�<strong>q</strong>u� �ramos sino eso nosotros, cazadores, infringiendo las normas no escritas de la vida? <strong>d</strong>e ah� que, cuando ya regres�bamos, al volverme hacia los campos imperturbables, me desped� de ellos con unas palabras de <strong>i</strong>bn <strong>h</strong>afaya, el poeta de <strong>a</strong>lcira. <strong>m</strong>e vinieron, sin pensar, a la boca:</p><empty-line/><p>��<strong>a</strong>di�s! <strong>t</strong>odos estamos condenados: vosotros a permancer, y yo a partir.�</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o obstante, acaso el que est� en lo cierto sea <strong>f</strong>arax. <strong>d</strong>esde los d�as de la guerra no lo hab�a visto tan audaz e incansable. <strong>y</strong> �sa es su esencia; yo lo hab�a perdido, yo hab�a perdido al <strong>f</strong>arax verdadero.</p><p><strong>p</strong>ero en la guerra buscaba, a sabiendas o no, la muerte; aqu� se desprende de �l un exceso de vida: un exceso que provoca muertes tambi�n, como en la guerra.</p><p><strong>l</strong>a monti�a, bajo la neblina, apenas late; adormilada a�n yace la ma�ana; es opaca la luz, denso y mate el cielo; entre las matas bajas s�lo vive el olor, y arriba, una orop�ndola. <strong>p</strong>ero cuando levanten las nubes desgarradas y la partida empiece, todo hervir� de vida. <strong>l</strong>os galgos, azuzados, quiebran el cuello a los conejos, transform�ndolos en un andrajo sucio que ellos traen orgullosos.</p><p><strong>l</strong>as rapaces despedazan en pleno vuelo a otras aves m�s d�biles; sus plumas quedan flotando por el aire, mientras las cetreras regresan erizadas al guante. <strong>i</strong>mplacable, la rehala suelta saca al venado de su encame, lo expulsa de sus tupidos rincones, lo acosa, lo aturde, lo dirige hacia los cazadores escondidos, y el ciervo, traspasado por la flecha, voltea sus ojos para no ver la mano de la muerte.</p><p><strong>e</strong>ntre el vocer�o de los monteros y el di�logo de las trompetas, <strong>f</strong>arax saltaba, con las mejillas rojas, la ropa ensangrentada, alzados los trofeos, como un victorioso y antiguo dios pagano. <strong>y</strong>o he cazado muy poco; he preferido observar fascinado c�mo unos animales, amaestrados por el hombre, cumplen su oficio de arma mortal contra otros animales. <strong>h</strong>e preferido observar c�mo el hombre -<strong>f</strong>arax, <strong>b</strong>ejir y los dem�s amigoses inconsciente y cruel: impone una sangrienta realeza sobre los m�s d�biles, y se rebela a que los m�s fuertes la impongan sobre �l. <strong>a</strong>nte una tempestad de truenos y rayos que despleg� su sombr�a majestad sobre nosotros, los reyezuelos depredadores nos cobijamos bajo las tiendas con rostro compungido. <strong>y</strong>o sonre�a mirando a los dem�s sin que ellos interpretaran el porqu�.</p><empty-line/><p><strong>u</strong>na noche vi danzar las risue�as llamas de la fogata en los negr�simos ojos de <strong>f</strong>arax. <strong>n</strong>o consegu� saber en d�nde se fijaban. <strong>a</strong> la ma�ana siguiente �bamos a cambiar de lugar de acampada; pero, cuando ya me retiraba, la mano de <strong>f</strong>arax se pos� sobre la m�a con la suavidad de una paloma. <strong>h</strong>ac�a tal fr�o que vaciaba mi cabeza y no me permit�a razonar.</p><p>���<strong>e</strong>st�s contento de haber venido? -me pregunt�.</p><p>��<strong>s</strong>�, por ti.</p><p><strong>s</strong>us labios se abrieron en una sonrisa m�s delicada que una flor.</p><p>��<strong>e</strong>s �ste el mismo hombre -me pregunt�- que remata, descuartiza, desuella, trocea y escarnece?�</p><p>��<strong>v</strong>e a descansar -dijo-.</p><p><strong>m</strong>a�ana ser� un d�a abrumador.</p><p><strong>m</strong>e levant�. <strong>m</strong>e acompa�� a mi jaima sin soltarme la mano y, con una voz dulce y espesa como la miel, a�adi�:</p><p>���<strong>q</strong>uieres que entre?</p><p><strong>a</strong>hora en sus ojos me ve�a yo.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>e hab�a retrasado a propio intento. <strong>e</strong>scuchaba las llamadas de los monteadores y un zureo de palomas ocultas. <strong>p</strong>ara recrearme en la paz, me recost� contra el tronco de un casta�o. <strong>s</strong>ent� un leve silbido y luego un golpe seco. <strong>u</strong>na flecha se hab�a clavado a menos de un palmo por encima de mi cabeza.</p><p><strong>s</strong>u astil se cimbreaba. <strong>l</strong>a sorpresa me dej� inm�vil un instante.</p><p><strong>d</strong>espu�s empu�� la ballesta que hab�a soltado al recostarme. <strong>n</strong>o o�a a nadie; no ve�a a nadie. <strong>l</strong>as voces se alejaban. <strong>c</strong>asi en seguida se reanud� el arrullo. <strong>n</strong>o dije nada a <strong>f</strong>arax; pero, a su regreso, di la orden de volver.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>e mantenido una conversaci�n reservada con <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh. <strong>e</strong>l episodio de la flecha no le ha impresionado tanto como yo esperaba.</p><p>��<strong>m</strong>�s pronto o m�s tarde, ten�a que suceder. <strong>d</strong>udo mucho que quisieran matarte.</p><p>���<strong>e</strong>s que eran varios?</p><p>��<strong>n</strong>o lo s�. <strong>n</strong>o hablo de quien la dispar�. -<strong>s</strong>us ojos expresaban m�s que su lengua-. <strong>s</strong>i lo hubiesen querido, lo habr�an hecho: estabas en sus manos. <strong>s</strong>upongo que lo que desean es que te sientas amenazado y en peligro.</p><p>���<strong>p</strong>or qu�?</p><p>��<strong>e</strong>s f�cil: les molestas.</p><p>���<strong>e</strong>st�s hablando de los reyes?</p><p>���<strong>d</strong>e qui�n, si no? <strong>l</strong>es quema tu presencia. <strong>e</strong>res como una espina en sus pies. <strong>t</strong>u se�or�o es un enclave perturbador dentro de su reino. <strong>t</strong>e lo concedieron a trancas y barrancas a cambio de <strong>g</strong>ranada; pero, una vez suya, lo quieren todo.</p><p>��<strong>i</strong>gual que el rey <strong>d</strong>avid dese� a <strong>b</strong>etsab�.</p><p>��<strong>s</strong>�, y mand� a la primera fila de la batalla a su marido <strong>u</strong>r�a, que no era due�o m�s que de ella.</p><p><strong>a</strong>l que lo tiene casi todo, no lo detiene nada. <strong>e</strong>llos pretenden atemorizarte (matarte ser�a provocar demasiado) para que les vendas tus tierras y te vayas a <strong>�</strong>frica.</p><p><strong>t</strong>� eres el testigo inc�modo de lo que ya les hiere recordar.</p><p>��<strong>n</strong>o me ir� nunca, <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh.</p><p><strong>d</strong>�selo; que lo sepan. <strong>s</strong>i les he dado mi <strong>r</strong>eino para estar en paz, no voy a irme ahora a un reino ajeno para estar en cuesti�n. <strong>y</strong> menos a�n a tierras musulmanas, donde se me reprobar�a mi conducta.</p><p>���<strong>e</strong>s que crees que ellos te dejar�n en paz?</p><p>���<strong>q</strong>ui�nes son ellos esta vez?</p><p>��<strong>l</strong>os mismos, <strong>b</strong>oabdil. <strong>n</strong>o te hagas el tonto. <strong>e</strong>llos, para ti, ser�n ya siempre ellos.</p><p>���<strong>n</strong>o has sido t� quien me cont� lo sucedido en <strong>t</strong>remec�n con �el <strong>z</strong>agal�? <strong>l</strong>o han juzgado entre ulemas y alfaqu�es, y lo han condenado por la disensi�n que sembr� entre los creyentes. �<strong>s</strong>er�a en mi caso m�s favorable su sentencia?</p><p><strong>c</strong>omun�cale a <strong>z</strong>afra mi respuesta a su flechazo: no saldr� nunca de mi patria. <strong>s</strong>oy andaluz; nac� en <strong>a</strong>ndaluc�a de un infinito linaje de andaluces, y en <strong>a</strong>ndaluc�a morir�.</p><p><strong>s</strong>i son �ellos� los que provocan mi muerte, caiga mi sangre sobre ellos y sus hijos.</p><p>��<strong>t</strong>ienen anchas espaldas, <strong>b</strong>oabdil. <strong>h</strong>an resistido muchas sangres ya.</p><p>��<strong>e</strong>n todos los sentidos -repliqu�-, porque sus sangres son confusas. <strong>q</strong>u� ciega voluntad de no entender. <strong>a</strong><strong>�</strong>frica, dicen como si de all� procedi�semos. �<strong>c</strong>u�ntos africanos hay en <strong>g</strong>ranada? <strong>d</strong>e los doscientos mil habitantes, no llegan a quinientos; el resto son espa�oles. <strong>e</strong>spa�oles, con menos mezcla de sangre que �ellos� todav�a: la reina tiene m�s sangre portuguesa que castellana; el rey, m�s sangre jud�a y castellana que aragonesa. <strong>e</strong>n <strong>e</strong>spa�a, purasangres, no hay m�s que los caballos.</p><p><strong>y</strong> menos cada d�a.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>e han venido a ver unos abencerrajes. <strong>a</strong>divin�, por su aspecto severo, a qu� ven�an. <strong>h</strong>ab�an dejado antes a sus mujeres y a sus hijos en las <strong>a</strong>lpujarras, y les di la bienvenida. <strong>s</strong>e han deshecho de sus haciendas y de sus bienes en <strong>g</strong>ranada. <strong>s</strong>e disponen a partir allende a fin de marzo. <strong>s</strong>eg�n ellos, la mayor�a de la gente significativa dejar� estas tierras, que fueron nuestras hasta donde la memoria de nuestro pueblo alcanza.</p><p><strong>p</strong>ara el verano, no quedar�n en la ciudad m�s que artesanos y labradores; puede que tampoco en la <strong>a</strong>lpujarra.</p><p>��<strong>t</strong>al como van las cosas, no tardar�s en reunirte con nosotros -me dijo el mayor de la familia-.</p><p><strong>e</strong>n los cristianos todo es fingimiento; nuestra ley no durar� en <strong>g</strong>ranada. <strong>n</strong>os despedimos de ti dese�ndote la paz.</p><p><strong>f</strong>ue a besarme. <strong>d</strong>e uno en uno los bes� y los bendije. <strong>n</strong>o hall� palabras de �nimo para ellos: tampoco las ten�a para m�. <strong>n</strong>os hemos dado un adi�s terminante. <strong>j</strong>untos hemos hecho muchas cosas, y soportado juntos m�s a�n. <strong>d</strong>e ahora en adelante no ver�n ni el cielo ni el paisaje que son consustanciales a su vida. <strong>a</strong>qu� dejan las cenizas de sus afanes y las cenizas de sus muertos�</p><p><strong>p</strong>ens� decirles: �<strong>c</strong>uando durm�is en <strong>�</strong>frica, quiz� ve�is en sue�os a <strong>g</strong>ranada�. <strong>m</strong>e contuve recordando mi amarga pesadilla.</p><p><strong>g</strong>ranada fue la desposada que se nos mostr�, llena de adornos, el d�a de su boda; el d�a de nuestra boda. <strong>l</strong>os pa�ses remotos a los que ellos se van no le sirven ni siquiera de dote a la que amamos.</p><p><strong>l</strong>os vi alejarse anonadados, con ese aire de indecible agotamiento que dobla el cuello a los rendidos.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>noche, cuando todos se hubieron retirado, se acomod� <strong>m</strong>oraima muy cerca de m�. <strong>c</strong>on su boca en mi oreja, me recit� un poema que yo, que cre�a haberle ense�ado cuanto sabe, no identificaba.</p><empty-line/><p>��<strong>h</strong>as olvidado los a�os en que las noches transcurr�an sobre un lecho de p�talos?</p><p><strong>e</strong>n �l est�bamos unidos por un solo cintur�n, y compon�amos un collar armonioso; en �l nos abraz�bamos como se abrazan en el aire las ramas, y nuestros talles se fund�an en uno, en tanto las estrellas, en el alto cielo, eran semejantes al oro que tachona el lapisl�zuli.�</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o, hechizado, respond� con otros versos. <strong>y</strong> a continuaci�n, de una boca en otra, se confundieron los de muchos poetas. <strong>e</strong>stuvimos a punto de morirnos de amor. <strong>l</strong>e dije:</p><empty-line/><p>�<strong>e</strong>l respeto que siento por ti hace que tenga miedo de tu cuerpo.</p><p><strong>y</strong>, sin embargo, �l es el objeto de mis deseos.</p><p><strong>s</strong>oy como el que se recupera de una borrachera, y se retrae y tiembla ante una nueva copa.�</p><empty-line/><p><strong>e</strong>lla escondi� su cabeza en mi hombro:</p><empty-line/><p>�<strong>e</strong>l amor ha hecho de mi cuerpo una sombra: tan ligero se siente y tan poco se muestra.</p><p><strong>m</strong>i aliento es tan d�bil que su h�lito desaparece y no se oye; pero mi cuerpo a�n es menos visible, y hace a�n menos ruido.</p><p><strong>a</strong>spiro a serte grata. <strong>t</strong>u consentimiento ser� mi curaci�n; gimo como gime el enfermo al venir la ma�ana.�</p><empty-line/><p><strong>y</strong>, en efecto, gem�a. <strong>s</strong>ell� su gemido con un beso:</p><empty-line/><p>�<strong>h</strong>e implantado tu amor en mi coraz�n, en el lugar preferente que ocupa la riqueza sobre las manos del avaro.</p><p><strong>b</strong>usco un refugio en tu amor para huir de mi propia resignaci�n, lo mismo que el cobarde busca en las armas su socorro.�</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a apret� tanto contra m� que tem�a hacerle da�o:</p><empty-line/><p>�<strong>c</strong>ontra mi pecho te oprimo como el guerrero su sable. <strong>c</strong>aen tus trenzas sobre mis hombros igual que un tahal�.�</p><empty-line/><p><strong>e</strong>lla separ� la cabeza y me mir� en los ojos:</p><empty-line/><p>�<strong>a</strong>ntes de quitarte el tahal�, estrecha de prisa a la que posee el cintur�n, y toma en su amor tu revancha.</p><p><strong>d</strong>espacito, despacito. <strong>m</strong>ira bien el lugar en que te mueves, no devastes con tus manos la que va a ser tu �nica morada.�</p><empty-line/><p><strong>m</strong>uy poco a poco, nos hab�amos ido aproximando al lecho. <strong>d</strong>esde anoche s� de cierto que el amor a la vida es lo que engendra vida.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o s� si es que han puesto en mi casa m�s esp�as, o es que los que hay tienen orden de multiplicarse; o quiz� es que yo me estoy volviendo loco. <strong>m</strong>e siento acechado hasta en el �ltimo escondrijo; escucho respiraciones detr�s de los tapices; cambian de lugar cosas que dej�, como prueba, mal colocadas adrede. <strong>s</strong>ospecho que han husmeado hasta en estos papeles carmes�es.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy, mientras me serv�an, hab�an depositado mi comida sobre la acitara de un ajimez. <strong>a</strong>lguien dej� entrar a �<strong>h</strong>ern�n� en el sal�n. <strong>y</strong>o a�n estaba fuera. <strong>e</strong>l perro meti� su hocico en un cuenco y se comi� la vianda de mi almuerzo. <strong>d</strong>esde el patio o� los gritos; s�lo llegu� a tiempo de presenciar su muerte. <strong>m</strong>e trastornaron el coraz�n sus ojos despavoridos, su lengua mordida y colgante, su cuerpo sacudido por convulsiones. �<strong>e</strong>sto fue �<strong>h</strong>ern�n�.�</p><p><strong>y</strong>usuf sollozaba, agarrado fren�ticamente a la ropa de su madre.</p><p><strong>a</strong>hmad, sentado en el suelo, ten�a entre las manos la dislocada cabeza del perro. <strong>m</strong>e dirig�a una mirada aguda y acusadora, como si yo fuese el culpable. <strong>s</strong>�lo se me ha ocurrido -y <strong>d</strong>ios sabe la pena que sent�a- prometerle un cachorro para �l solo.</p><p>��<strong>n</strong>o quiero otro perro -me ha dicho-. <strong>q</strong>uiero a �<strong>h</strong>ern�n�.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>esde el envenenamiento de �<strong>h</strong>ern�n�, <strong>a</strong>hmad me huye. <strong>f</strong>arax ha dado a los sirvientes la orden de probar la comida antes de que la coma yo. <strong>e</strong>l terror se dispersa por la casa. <strong>h</strong>an huido algunos criados. <strong>m</strong>oraima, que est� encinta, por primera vez no sabe qu� decirme ni c�mo confortarme.</p><p><strong>p</strong>ara distraer a mis hijos de este enrarecido ambiente, le he rogado a <strong>f</strong>arax que los instruya y los ejercite en la monta y en el manejo de las armas. <strong>e</strong>n otras circunstancias, me habr�a sido muy grato rememorar c�mo lo hac�a conmigo mi t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal� en <strong>a</strong>lmu��car; sin embargo, ahora mismo estoy viendo casi con aflicci�n los delicados brazos de <strong>a</strong>hmad guiados por los fornidos de <strong>f</strong>arax. <strong>t</strong>ienden entre los dos una ballesta.</p><p><strong>y</strong>usuf, mientras -los m�s peque�os se aferran al presente-, corretea dichoso.</p><p><strong>l</strong>es he prometido que, cuando est�n preparados -conf�o en que se demoren-, nos iremos un mes entero de cacer�a a la sierra de <strong>l</strong>�jar donde hay osos y jabal�es y venados. <strong>a</strong>hmad, en cuanto se levanta -y aun antes, porque creo que sue�a con ello-, corre en busca de <strong>f</strong>arax, su maestro, del que no se despega. <strong>f</strong>arax, a veces, en mitad del ejercicio, levanta los ojos a la ventana, desde la que yo los contemplo.</p><empty-line/><p><strong>q</strong>uiz� entre los criados desaparecidos estaba el esp�a o los esp�as. <strong>l</strong>a tensi�n se ha suavizado.</p><p><strong>t</strong>odos intentamos convencernos de que el peligro ha desaparecido.</p><p><strong>m</strong>oraima, a quien se le nota la incipiente pre�ez, est� m�s hermosa que nunca.</p><p><strong>d</strong>os perros de la jaur�a han muerto, pero <strong>b</strong>ejir le ha restado importancia: afirma que nada tienen que ver esas muertes con los atentados contra m�.</p><p><strong>y</strong>o, en secreto, he escrito una carta a los reyes. <strong>e</strong>s en <strong>b</strong>arcelona donde ahora est� su corte. <strong>e</strong>n la carta les propongo ir all� a tratar con ellos para dilucidarlo todo y suplicarles la paz en mi retiro. <strong>p</strong>or si a los reyes no les llega la suya, he enviado con <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh otra semejante a <strong>z</strong>afra.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>hmad me ha dado hoy las gracias por una nueva ballesta que le mand� hacer en <strong>g</strong>ranada. <strong>s</strong>e me acerc� de la mano de <strong>f</strong>arax. <strong>q</strong>uiz� ha sido �ste el que le recomend� que me la agradeciera.</p><p><strong>m</strong>i hijo es guapo, esbelto y bien plantado. <strong>a</strong> su abuela le satisface ver c�mo tiende la ballesta y dispara, y c�mo se aproxima cada vez m�s al blanco. <strong>a</strong><strong>m</strong>oraima, por el contrario, no parecen gustarle estos juegos de guerra.</p><p><strong>a</strong>penas si sentimos deslizarse el tiempo. <strong>p</strong>ronto el fr�o empezar� a entibiarse.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy he recibido respuesta de los reyes. <strong>e</strong>s breve; lo suficiente para declararme su prop�sito.</p><p><strong>e</strong>luden darme la licencia para viajar a <strong>b</strong>arcelona: una ciudad lejana, dicen, cuyo camino podr�a fatigarme. <strong>y</strong> me sugieren que, en mi lugar, env�e a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa.</p><p><strong>t</strong>odo, a su entender, tendr� una soluci�n satisfactoria. <strong>n</strong>o debo preocuparme; tanto yo como mi familia estamos bajo seguro, que ellos me garantizan.</p><p><strong>p</strong>ero despu�s a�aden, inesperadamente, que, con la misma fecha, han expedido otra carta al gobernador de <strong>a</strong>lmer�a en estos o parecidos t�rminos: �<strong>d</strong>esde la hora en que esta carta llegue a vuestras manos, no pondr�is obst�culo alguno a que <strong>m</strong>uley <strong>b</strong>oabdil embarque hacia el lugar de <strong>�</strong>frica que m�s le plazca. <strong>y</strong> que haga lo propio todo el que tuviese noticia de esta carta, guard�ndose fielmente lo pactado con �l. <strong>e</strong>l cumplimiento de todo lo cual ser� exigido con el m�ximo rigor�.</p><p><strong>c</strong>uando los fuertes aspiran a ser adem�s astutos, s�lo consiguen ser despreciables; un le�n no puede comportarse como un zorro sin inspirar repulsi�n.</p><p><strong>e</strong>n cualquier caso, <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa viajar� a <strong>b</strong>arcelona.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>os ciruelos y los albaricoqueros les han arrebatado su turno de flor a los almendros. <strong>p</strong>ronto los sustituir�n a ellos los membrillos.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>e ha hundido el mundo. <strong>f</strong>arax muri� hace una semana. <strong>h</strong>a sido todo tan inimaginable y tan injusto que s�lo a un <strong>d</strong>ios malvado puede atribuirse.</p><p><strong>l</strong>a ma�ana era suntuosa. <strong>a</strong>hmad disparaba con su nueva ballesta.</p><p><strong>f</strong>arax corri� hasta el blanco, se�al�ndole el centro para que atinara mejor. <strong>l</strong>o anim� con la risa y con los brazos.</p><p>��<strong>v</strong>amos -le dec�a-. �<strong>a</strong>hora!</p><p><strong>l</strong>a saeta le entr� por el ojo izquierdo.</p><empty-line/><p><strong>t</strong>odav�a no me he convencido de que es cierto, de que no volver� a ver m�s su joven hermosura, ni escuchar� su voz.</p><p><strong>a</strong>hora descansa en el jard�n que mi cuerpo ten�a que haber inaugurado.</p><p><strong>n</strong>o he salido desde entonces de esta habitaci�n. <strong>m</strong>e es imposible resignarme. <strong>l</strong>loro hoy, y llorar� el resto de mi vida. <strong>f</strong>arax y muerte eran las dos palabras m�s contrarias; ahora son una sola. <strong>m</strong>e reprocho no haberle confesado cu�nto lo amaba. <strong>m</strong>e reprocho no haberlo amado m�s.</p><p><strong>e</strong>l <strong>d</strong>estino se burla de nosotros: muri� en un juego aqu�l a quien la muerte acarici� mil veces en la guerra.</p><p><strong>n</strong>o se ausenta su rostro de mis ojos; no se ausenta su risa de mi o�do. <strong>h</strong>oy lo amo m�s que nunca.</p><p><strong>s</strong>i estuviera en mi mano, empezar�a a creer en la eternidad con tal de recobrarlo.</p><p><strong>n</strong>o quiero ver a nadie. <strong>n</strong>o quiero comer: comer�a s�lo si tuviese la certeza de que a�n me envenenaban las comidas. <strong>m</strong>e ha golpeado tan de plano el filo de su muerte que juro que la m�a es lo que m�s deseo.</p><p><strong>f</strong>arax, <strong>f</strong>arax: tu cuerpo se ha deshecho bajo el jard�n que trazamos y vimos crecer juntos. �<strong>c</strong>�mo iba yo a pensar que t� ser�as su abono? �<strong>p</strong>or qu� te escondes de quien te ama m�s cada d�a? �<strong>c</strong>�mo voy a dormir, cuando detr�s de m� tu muerte est� acech�ndome: tu muerte, no mi muerte?</p><empty-line/><p><strong>m</strong>i madre, con el pretexto de que la presencia de <strong>a</strong>hmad reaviva mis recuerdos, se lo ha llevado a vivir con ella. <strong>y</strong>o, como un son�mbulo, veo pasar con infinita lentitud los d�as ante m�. <strong>s</strong>� que <strong>m</strong>oraima siempre est� cerca, al alcance de mi voz; pero me siento incapaz de llamarla. <strong>m</strong>e siento incapaz de cualquier cosa.</p><p><strong>h</strong>e intentado quemar estos papeles, que ahora son s�lo un testimonio m�s de mi infortunio. <strong>m</strong>oraima lo impidi�.</p><p><strong>n</strong>o quiero ning�n lenitivo para mi dolor. <strong>e</strong>l de la muerte de <strong>f</strong>arax, que culmina los anteriores, quiero que no tenga atenuantes. <strong>l</strong>a �nica manera de terminar con el dolor es dejar que �l termine conmigo. <strong>m</strong>e propongo no reflexionar sobre lo sucedido: eso ser�a comenzar a aceptarlo. <strong>p</strong>orque no se trata s�lo de que me duela el alma, me duele todo: la piel y la carne y los huesos. <strong>m</strong>e he vuelto fr�gil; me he vuelto quebradizo, propenso a las heridas. <strong>m</strong>e hiere el fulgor del sol, y la temperatura agradable, y el rosa intenso del amanecer o el del <strong>p</strong>oniente. <strong>l</strong>evanto contra todo mis reproches. <strong>l</strong>a realidad es que me aborrezco.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy recojo estos papeles en que moment�neamente me hab�a reflejado.</p><p><strong>h</strong>ace tres meses que no escrib�a en ellos. <strong>l</strong>os recojo como si se refiriesen a una persona distinta, y acaso fallecida.</p><p>�<strong>c</strong>�mo no reflexionar?</p><p><strong>p</strong>ara llegar a la soledad no deseada, sino impuesta, pocos atajos tan directos como el dolor.</p><p><strong>p</strong>ero qu� ambigua es esa palabra; tan ambigua como hablar por separado de alma y cuerpo. <strong>c</strong>uando digo dolor, no me refiero s�lo al del esp�ritu, sino al f�sico, y uno y otro est�n m�s imbricados de lo que creemos. <strong>s</strong>i en su instante logr�ramos diferenciarlos con precisi�n, afirmar�amos que el moral es m�s participable, m�s susceptible de compasi�n o condolencia, mientras que el f�sico nos enajena y nos a�sla. <strong>p</strong>ero �se dan el uno sin el otro?</p><p><strong>h</strong>e estado enfermo. <strong>l</strong>a enfermedad provoca un alejamiento que nos deja olvidados y desnudos. <strong>e</strong>l dolor del cuerpo nos enfrenta s�lo con �l mismo y con la amenaza de la cual nos advierte, ya que tal advertencia es su �nico sentido. <strong>s</strong>i el dolor f�sico fuese gratuito, ser�a una incomprensible maldad de la <strong>n</strong>aturaleza.</p><p><strong>d</strong>icen que cuando el dolor nos emplaza, cualquiera que sea, no hay que escurrirle el bulto, sino sacarle el m�ximo partido: abrazarlo, asumirlo, hacerlo sangre nuestra, no p�rdida de sangre. <strong>d</strong>icen que ning�n sufrimiento, si no es asimilado, nos har� ni m�s nobles ni m�s dignos. <strong>e</strong>l sufrimiento es en s� torpe y feo y humillante como una mala digesti�n: por eso yo me oculto; pero dicen que en la incognoscible ret�rica de la vida, act�a igual que una parresia, que transforma el insulto en elogio. <strong>p</strong>ara ello, sin embargo, ser�a preciso dominar tal ret�rica. <strong>p</strong>uede que la vida, como el viejo rey <strong>m</strong>idas, convierta en oro cuanto toca; pero eso s�lo sucede si se ha convertido de antemano en provechosa la soledad que produce el dolor. <strong>c</strong>u�nta generosidad se necesita para alcanzar tal cima.</p><p><strong>a</strong>l principio, el dolor atrae un ofrecimiento mayor de compa��a, m�s comprensi�n, m�s amabilidad. <strong>p</strong>ero, si se prolonga, desanima y hast�a a los acompa�antes, inmunizados por sus continuas manifestaciones. <strong>e</strong>l dolorido acaba por quedarse con su dolor a solas. �<strong>q</strong>u� define el dolor precisamente m�s que el ensimismamiento del que lo padece? <strong>n</strong>o es algo cuya esencia se observe, ni algo que se comunique o se contagie, ni algo que se mida, por muy afinados que sean los aparatos de los f�sicos. <strong>p</strong>ara quien no lo siente, es incomprensible e inaccesible: por eso yo me callo. <strong>�</strong>l se apodera de un cuerpo y de un alma, y los envuelve, y los transporta a su l�brego reino. <strong>e</strong>l �nico testimonio que da de s� es un comportamiento externo -llantos, quejas, gemidos, expresiones descompuestas-, un lenguaje que comprendemos, pero que, como todos los lenguajes, puede ser falseado por quien lo emplea y malentendido por quien lo percibe. <strong>p</strong>orque un lenguaje no es s�lo un vocabulario, sino mucho m�s; un lenguaje no se posee hasta que no se es pose�do por �l. <strong>y</strong> eso es lo que sucede con el dolor: no se entiende hasta que uno mismo es el doliente, su vasallo exclusivo, inh�bil para aprender o entender otro idioma, o acatar otras �rdenes. <strong>y</strong>, aun as�, ning�n dolor es el mismo para todos, ni jam�s se repite. <strong>e</strong>l que siento hoy por <strong>f</strong>arax es diferente del que sent� por <strong>j</strong>alib, e incluso del que sent� ayer por <strong>f</strong>arax mismo. <strong>e</strong>l dolor (por eso yo me a�slo) es lo m�s personal que existe. <strong>m</strong>�s que la salud, que es un equilibrio y una euforia relativos a un ambiente; m�s que el amor, que requiere su espejo; m�s que la felicidad, que es difusiva y necesita un campo donde obrar, y nos radica en �l y de �l nos ba�a.</p><p><strong>e</strong>l dolor, hasta como s�ntoma de una enfermedad o de un estado de �nimo, se percibir� de formas diferentes seg�n las �pocas y los pa�ses y las circunstancias de quienes lo provocan y de quienes lo sufren. <strong>h</strong>e o�do hablar de esclavos a los que se acostumbra azotar antes de darles su condumio, y que, mantenidos en la inanici�n, al sentir los azotes, expresan en su rostro, presintiendo la comida, su voracidad y su agradecimiento. <strong>y</strong> es que, seg�n los sabios, el deseo de supervivencia est� por encima y por debajo de toda otra consideraci�n. <strong>y</strong>o, no obstante, conozco a un sufriente que preferir�a morir.</p><p>�<strong>e</strong>xiste alg�n remedio para esta soledad del dolor? <strong>l</strong>os estoicos romanos afirmaban que su percepci�n depende de c�mo lo atendamos; pero �es que le quedan al doliente resquicios por donde su atenci�n se diluya? �<strong>t</strong>iene otra distracci�n u otro punto de mira que su propio dolor? <strong>a</strong>segura <strong>a</strong>vicena que o�r c�nticos gratos lo mitiga, porque empujan al alma fuera de s� misma, y <strong>a</strong>l <strong>a</strong>rab� aconseja combatir el dolor con la meditaci�n sobre temas divinos, que arrancan al hombre de su empedernida soledad. <strong>d</strong>ice <strong>y</strong>alal al <strong>d</strong>in <strong>r</strong>umi:</p><empty-line/><p>�<strong>r</strong>um�o el dolor por ti como un camello; como un rabioso camello saco espuma.�</p><empty-line/><p>�<strong>m</strong>e resguardo contra mi dolor escribiendo, por instinto, esta p�gina? �<strong>n</strong>o ser� un desahogo del dolor de mi alma este dolor del cuerpo que a�n me tiene postrado?</p><p><strong>c</strong>omo el agua que, desbordada de la acequia, inunda el huerto y lo destroza. <strong>n</strong>o puede separarse lo que no es separable -lo que no es ni siquiera distinguible- sin llegar a la muerte. <strong>a</strong>lma y cuerpo son, juntos, una misma cosa. <strong>c</strong>ualquier puente con el mundo -aunque sea el liviano puente levadizo de estos papeles- acaso logre que yo no me confine en la miserable conmiseraci�n de mi pena. <strong>q</strong>uiz� el solo hecho de exponerla me acerque a los otros; porque, en definitiva, todo dolor es una forma de destierro. <strong>p</strong>ero no me encuentro con fuerzas para implorar ayuda. <strong>a</strong>yuda, �contra qu�? <strong>c</strong>ontra m� mismo, porque este dolor no es que sea m�o, es que yo soy s�lo �l: en �l consisten hoy todas las entretelas de mi ser.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>sta ma�ana, por primera vez despu�s de aquello, me he mirado a un espejo.</p><p>���<strong>q</strong>ui�n eres? -le he preguntado a mi imagen-. �<strong>o</strong> qui�n soy?</p><p>�<strong>s</strong>omos t� y yo el mismo? �<strong>h</strong>e sido el mismo siempre?</p><p><strong>n</strong>adie hab�a junto a m�, ni en el espejo ni en la realidad. <strong>m</strong>oraima no me habr�a entendido; no entender�a a la parte de m� de la que hablo: la que est� siendo hoy enjuiciada y quiz� condenada.</p><p>���<strong>d</strong>e qui�n son esos ojos que me observan, bordeado el iris de un turbio arco gris�ceo? �<strong>q</strong>u� tienen que ver conmigo las huellas de un cansancio tan largo? �<strong>d</strong>�nde estuve durante tanto tiempo como parece haber pasado? �<strong>c</strong>�mo es posible que tantas canas me blanqueen la melena y la barba? �<strong>q</strong>u� camino he seguido para llegar aqu�, para tropezarme con este deterioro, que no suscita mi inquietud por s� mismo, sino por su subitaneidad? �<strong>c</strong>�mo se puede envejecer de pronto?</p><p><strong>c</strong>u�ntas cosas mezcladas en la honda y vidriosa alacena de la memoria. <strong>q</strong>u� pereza ordenarlas.</p><p><strong>c</strong>u�ntas muertes alrededor. <strong>c</strong>u�ntos cad�veres colgados de los hombros como un siniestro manto que ha de arrastrarse, tan pesado al andar� �<strong>y</strong> para qu� andar m�s?</p><p>��<strong>t</strong>odo pasa, y tambi�n pasas t� -me dec�a mi imagen avejentada, si es que es la m�a-. <strong>l</strong>a vida es lo que importa: no t�, ni tus talentos malversados, ni tu vida tampoco.</p><p>��<strong>i</strong>rreparable, irreparable -repet�a yo.</p><p>��<strong>n</strong>o puedes dictaminar con estos ojos fr�os de hoy -me replicaba la imagen- las acciones entusiastas y fogosas de ayer, los despilfarros y las culpabilidades del coraz�n.</p><p>�<strong>e</strong>l tiempo derrochado ser� nuestro tesoro�, afirmabas entonces. �<strong>n</strong>o ha sucedido as�? <strong>c</strong>ont�state a ti mismo.</p><p>��<strong>y</strong>o no soy �se. <strong>s</strong>oy quien est� detr�s de �se -me defend�a-.</p><p><strong>s</strong>oy el ni�o que acechaba con ojos deslumbrados al mundo deslumbrante; cuyas cejas levantaba la sorpresa, y no agobiaba la desilusi�n. <strong>s</strong>oy el adolescente de ojos redondeados por la espera, verdeados por la espera, que miraron con fiereza al amor y fueron por �l correspondidos: no amados, no, que es otra cosa, pero correspondidos por el amor. <strong>s</strong>oy el estremecido por la impaciencia, el perpetuo insatisfecho de s� y de los dem�s, el insaciable. <strong>e</strong>l joven que volv�a ah�tos los ojos a su interior, cuando no resist�an ya la saciedad de la hermosura, y permit�a besar as� mejor sus p�rpados. <strong>p</strong>ero ese que ahora veo no soy yo.</p><p><strong>y</strong> mi imagen -o una voz dentro de m�- dec�a:</p><p>��<strong>p</strong>uesto que fuiste el otro, �ste, cuyo nombre la muerte est� aprendiendo, �qui�n ser�? �<strong>n</strong>o te haces cargo de �l? <strong>a</strong>hora que el fin se acerca, ahora que has recibido mensajes y advertencias, �lo vas a repudiar? <strong>h</strong>ay d�as en que escuchas pasos que no da nadie: �cu�nto tardar� en rozarte la muerte todav�a? �<strong>a</strong>larga ya la mano hacia tu hombro? �<strong>c</strong>�mo vendr�: lo mismo que un rel�mpago, o minuciosa y tarda? <strong>s</strong>ea como sea, no hay que hacer muecas delante de un espejo.</p><p>�<strong>o</strong> es que quien fuiste (el ni�o, el compungido, el ansioso que fuiste) no imagin� el final del f�til incidente que es tu vida?</p><p><strong>n</strong>o, no digas: �<strong>a</strong> estas alturas, �para qu� moverse, para qu� ilusionarse de nuevo y recomenzar la inequ�voca trayectoria del amor, para qu� desvivirse viviendo?� <strong>n</strong>o lo digas. <strong>m</strong>�tete dentro de esos ojos que ves marchitos a trav�s del espejo; atraviesa su mustio arco senil: es tu arco de triunfo. <strong>a</strong> su sombra te encontrar�s con todos los viajeros que aqu� te han conducido, y que t� reconoces como t� mismo hoy. <strong>t</strong>� eras la marcha y el camino; los caminantes eran s�lo los que te hac�an a ti. <strong>y</strong> ahora, tan pr�ximo a la llegada que alcanzaste por ellos, �los vas a defraudar? <strong>a</strong> ellos, que se afanaron en cubrir jadeantes su tramo establecido; a ellos, que arrimando su hombro te acompa�aron sudorosos hasta este espejo de hoy, tan veraz como amargo� <strong>e</strong>sta imagen la has de llevar m�s all� de ti mismo, porque no s�lo le pertenece a este t� de ahora, sino a los t�s de ayer y de anteayer. <strong>p</strong>orque no es tu imagen, <strong>b</strong>oabdil, sino la vida: la verdadera vida palpitante y sangrante.</p><p><strong>q</strong>uisiste y te han querido; es decir, los sucesivos apoderados que te representaban fueron queridos y quisieron. <strong>d</strong>ieron de s� (diste de ti a trav�s de ellos) casi cuanto estaba en tus manos: nunca se da la deseable totalidad. <strong>s</strong>e afanaron ellos para que t� fueses cada d�a m�s t�; cada d�a que se acercaba lentamente a hoy.</p><p>��<strong>p</strong>ero, si soy el mismo de ayer y de anteayer -dec�a, ya en voz alta-, �no he fracasado? �<strong>n</strong>o fracasaron ellos en m�?</p><p>��<strong>l</strong>a vida -me contest� la imagen desde dentro de m�- no es implacable; es comprensiva y misericordiosa; lo que sucede es que no la desciframos hasta despu�s. <strong>l</strong>a vida s�lo exige ser vivida con ciega confianza y con gozo creciente, porque el gozo que correspond�a a los muertos tiene que ser cumplido. <strong>t</strong>�, el meditabundo de hoy, el desentendido, has dejado de respirar el aire de la alegr�a, atareado en tu duelo tenebroso y en tu deber adusto. <strong>t</strong>e hablo de la alegr�a que ondea por encima de todo, de la radical y subyacente alegr�a que es la vida. <strong>t</strong>en cuidado, porque �sa es la primera y, en el fondo, la �nica obligaci�n de cada ser. <strong>n</strong>adie est� aqu� para enriquecer la vida (�qu� vanidad es �sa?), sino para gozarla. <strong>m</strong>ira tus labios yertos; �brelos; sonr�e.</p><p><strong>p</strong>erd�nate tu torpeza, y sonr�ete.</p><p><strong>s</strong>i pierdes la desenga�ada y compasiva alegr�a de estar vivo, es que la muerte irremediable avanza, alma adentro, por ti. <strong>l</strong>a esperanza (esperes o no esperes, da lo mismo) ha de durar hasta los mismos umbrales de la muerte. <strong>o</strong> quiz� m�s all�.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>levaba tanto tiempo mirando con fijeza el rostro ajado del espejo que tras �l vi la imagen, fugaz e improbable de <strong>f</strong>arax. <strong>m</strong>e volv�. <strong>n</strong>adie. <strong>s</strong>�lo yo. <strong>m</strong>i rostro en el espejo estaba a�n m�s p�lido.</p><p>���<strong>m</strong>oraima! -grit�-. �<strong>m</strong>oraima!</p><p><strong>a</strong>pareci� serena bajo el arco de la entrada. <strong>a</strong>poy� una mano en la jamba. <strong>e</strong>l embarazo le ha abultado el vientre y le ha ahondado los ojos. <strong>m</strong>e interrog� con ellos. <strong>s</strong>u calma me calm�. <strong>l</strong>e dije algo imprevisto:</p><p>��<strong>t</strong>engo canas, <strong>m</strong>oraima. <strong>m</strong>e han salido canas.</p><p><strong>s</strong>us labios se plegaron en un asomo de sonrisa.</p><p>��<strong>h</strong>ace mucho que el blanco dej� de ser el color del luto en <strong>a</strong>l <strong>a</strong>ndalus, <strong>b</strong>oabdil. <strong>n</strong>o trates de insinuarme que esas canas son el luto que llevas por tu juventud.</p><p><strong>p</strong>ens�: �<strong>e</strong>s buena, me ama, y me conoce bien�.</p><p><strong>m</strong>ientras se aproximaba continu�:</p><p>��<strong>h</strong>emos pasado juntos toda la velada; la noche ha sido larga y terrible; pero ahora, ya lo ves -me acariciaba el pelo que blanquea-, aparece la aurora.</p><p><strong>p</strong>ens�: �<strong>a</strong>marse quiz� sea s�lo esto: no el �xtasis, no el enloquecimiento, sino envejecer juntos, estropearse juntos�. <strong>m</strong>ir� la silueta deformada de <strong>m</strong>oraima y me complac� en ella; puse mis manos donde antes estuvo su cintura. <strong>e</strong>ra cierto: para engendrar la vida no hay necesariamente que amarla, sino entregarse a ella; es ella la que hace lo dem�s.</p><p><strong>p</strong>or eso le rogu� a <strong>m</strong>oraima que se quedase conmigo. <strong>d</strong>esde hace meses no lo hac�a. <strong>e</strong>lla asinti� y, con alguna dificultad, se sent� a mi nivel. <strong>y</strong>o, estremecido por esa continuidad de la vida, que se sumerge en un sitio y surge en otro, acarici� su vientre.</p><p><strong>e</strong>stuvimos as�, callados, mucho tiempo. <strong>l</strong>uego ella dijo:</p><p>��<strong>t</strong>ienes que hablar con <strong>a</strong>hmad; que sepa que no lo consideras responsable. <strong>s</strong>er� el mejor modo de que �l no te considere responsable a ti de lo que no lo eres. <strong>e</strong>l destino se esconde a menudo detr�s de nosotros, y nos empuja, y nos utiliza como arma suya. <strong>e</strong>s nuestra obligaci�n hurtarle el cuerpo, ponerlo al descubierto, y dejar que sea �l quien cargue con la culpa de sus propias cat�strofes.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>e recibido a los vasallos de <strong>a</strong>ndarax -�tengo derecho a llamarlos as�?- que durante las semanas que estuve enfermo, se interesaron por m�, o solicitaron audiencia.</p><p><strong>s</strong>e me ha ido la ma�ana procurando resolver con tiento sus pleitos, sus carencias, sus disputas. <strong>m</strong>e he sentido como un ni�o que imita los gestos de un sult�n a la puerta de su mezquita, y juega a administrar justicia, y se cansa de pronto de jugar. <strong>a</strong>brevi� cuanto pude la reuni�n, y sal� con suspicacia y cautela al jard�n. <strong>n</strong>o lo hab�a visto desde entonces. <strong>e</strong>st� en flor.</p><p><strong>i</strong>gnoro c�mo los vegetales trabajan en su sigiloso taller de savias y ra�ces. <strong>y</strong>o me despierto, como el jard�n, cada ma�ana, con la sensaci�n de haber so�ado la soluci�n de todo y de haber olvidado el sue�o al despertar. <strong>h</strong>e percibido hoy la soledad del jard�n contra la m�a; no en torno m�o su soledad, no, sino lidiando contra m�. <strong>i</strong>gual que si nuestra alcoba predilecta se hubiera convertido en una sala de tortura, y en ella hubiesen amordazado a alguien dentro de m�: alguien que necesita expresar algo con una urgencia ineludible. �<strong>p</strong>or qu� no llorar�? �<strong>p</strong>or qu� he reprimido el llanto desde hace tanto tiempo?</p><p><strong>h</strong>oy me asalta el temor de haber extraviado no s� el qu� no s� cu�ndo, o de haber omitido un quehacer: el m�s esencial, para lo que nac�. <strong>d</strong>espu�s he hallado muchos, cientos de ellos, y he trabajado y fracasado en muchos; pero ya distra�do, con la memoria apasionadamente vuelta atr�s, y el alma suspendida de una alegr�a ya no recuperable. <strong>h</strong>oy me encuentro -y me parece que tambi�n el jard�n que <strong>f</strong>arax y yo amamos- igual que quien escucha en vilo un complejo relato, y deja de atender un s�lo instante, y desoye un min�sculo fragmento, y a partir de ah� zozobra, y todo es ya un ininteligible laberinto y un enmara�ado ovillo en el que, cuanto m�s persigue el hilo, m�s se enreda. <strong>h</strong>oy estoy como alguien, sumergido en tinieblas, a quien se hubiese prometido que se har� una instant�nea luz sobre una rec�ndita salida, pero sin decirle exactamente cu�ndo, y, confiado en la promesa, acecha, se desoja, aguarda aquel destello, aquella salvadora chispa, sin atreverse a reposar ni a moverse, porque ignora c�mo y en qu� momento sobrevendr� la ef�mera ocasi�n de volver a la claridad.</p><p><strong>e</strong>n esta blanca ma�ana de primavera, �es el jard�n quien habla en mi favor? �<strong>e</strong>s <strong>f</strong>arax quien me habla, a trav�s del jard�n del que ya participa, o es la vida, que nos incluye a todos, vivos y muertos, y cuyos dr�sticos y maternos mandatos he desobedecido? �<strong>n</strong>o estar� yo sin saberlo, igual que <strong>f</strong>arax sin saberlo tambi�n, a salvo en el jard�n?</p><p><strong>b</strong>albuceantes y agridulces pasan as� mis horas. <strong>e</strong>st�riles en busca del destino, siendo as� que es al destino a quien le corresponde la labor de buscarme. <strong>o</strong> quiz� mi indecisi�n provenga, como la de este jard�n primaveral, de haber perdido lo que era m�s m�o que yo mismo.</p><p><strong>s</strong>in embargo, �no es ahora el jard�n quien lo posee? <strong>c</strong>uando pase la ardiente batalla de las rosas, tendremos que firmar una ardiente paz este jard�n y yo. <strong>q</strong>uiz� una paz eterna.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa volvi� de <strong>b</strong>arcelona. <strong>m</strong>e esquivaba, pretextaba cansancio, se hac�a el huidizo; tanto, que sospech� una mala pasada. <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh daba largas tambi�n a mis preguntas: alg�n atisbo hab�a de tener. <strong>s</strong>uperando mi desgana, convoqu� irrevocablemente a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa. <strong>u</strong>na vez en mi presencia, ante mi rigidez, eligi� cortar por lo sano. <strong>m</strong>e alarg� un legajo.</p><p><strong>m</strong>ientras lo le�a -aunque no necesit� m�s que echarle una ojeada para saber qu� era-, �l intento amortiguar el golpe ponder�ndome las ventajas obtenidas, lo benigno de las condiciones, y su prudencia al adelantarse a unos acontecimientos que se hab�an hecho, seg�n �l, inevitables.</p><p><strong>d</strong>ej� de leer los papeles.</p><p><strong>s</strong>upuse que �l, al tanto de mi marasmo, imagin� que una vez m�s yo iba a pasar por alto su vil comportamiento. <strong>l</strong>o flech� con los ojos.</p><p>���<strong>q</strong>u� significa esto? -pregunt� agitando los papeles.</p><p>��<strong>l</strong>os reyes han sido generosos porque, en vista del amor que te profeso�</p><p>���<strong>q</strong>u� significa esto? -insist�.</p><p>��<strong>c</strong>uando lo leas despacio, comprender�s cu�nto hemos de agradecer�</p><p><strong>l</strong>o interrump�. <strong>m</strong>e hab�a acercado a �l. <strong>e</strong>ntre su cara y la m�a no cab�a ni un pu�o.</p><p>���<strong>q</strong>u� significa esto? -le golpe� con los papeles en el rostro. <strong>r</strong>etrocedi� asustado. <strong>h</strong>ab�a palidecido-. �<strong>e</strong>s esto una escritura por la que vendes, en mi nombre, todas mis propiedades a <strong>c</strong>astilla? �<strong>p</strong>erro traidor! �<strong>e</strong>s esto un compromiso de abandonar mi tierra y no volver jam�s? �<strong>h</strong>ijo de puta!, �dilo!</p><p>��<strong>n</strong>o qued� otra salida -balbuceaba-. <strong>l</strong>os reyes lo exig�an. <strong>t</strong>u vida est� amenazada. <strong>s</strong>i no hubiese firmado, habr�as muerto�</p><p><strong>n</strong>o s� qu� aspecto ten�a yo; �l temblaba. <strong>v</strong>i sobre un arca un alfanje, y ya no vi otra cosa. <strong>s</strong>e hab�a borrado todo. <strong>s</strong>�lo estaban la traici�n y el alfanje: el alfanje, que lo llenaba todo, y la traici�n, que todo lo ensuciaba.</p><p><strong>d</strong>eb� de apretar tanto las mand�bulas que me duelen a�n. <strong>c</strong>og� el alfanje, lo desenvain�, lo enarbol� con una frialdad tan consciente como maquinal, y asest� un golpe contra el pecho de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa.</p><p><strong>s</strong>e retir� de un salto, pero no lo bastante como para que el filo no rasgara la tela de su traje. <strong>g</strong>rit� con voz aguda:</p><p>���<strong>a</strong> m�! �<strong>e</strong>l se�or me mata!</p><p>�<strong>a</strong> m�! �<strong>m</strong>e mata!</p><p><strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh deb�a de estar a la escucha en un lugar muy pr�ximo.</p><p><strong>a</strong>pareci� en el momento exacto: ni antes, ni despu�s.</p><p>��<strong>s</strong>al, perro -le dijo al alguacil-. <strong>p</strong>or fin has mordido a tu amo. �<strong>v</strong>ete! -<strong>l</strong>e empuj� fuera de la sala-. �<strong>c</strong>u�nto has cobrado, infame? -<strong>l</strong>uego se me acerc� con los brazos muy abiertos, como para indicarme su indefensi�n-. <strong>c</strong>alma, se�or. <strong>e</strong>studiaremos esos documentos. <strong>l</strong>os miraremos. <strong>c</strong>�lmate. <strong>e</strong>se cobarde apestoso fue a <strong>b</strong>arcelona sin poder tuyo. <strong>n</strong>o te representaba. <strong>l</strong>o que ha hecho es nulo.</p><p><strong>t</strong>endr� remedio; pero c�lmate.</p><p><strong>a</strong>rroj� el alfanje contra la pared. <strong>r</strong>ebot�. <strong>m</strong>ir� d�nde ca�a.</p><p><strong>c</strong>ay� junto a la puerta por la que en ese instante entr� <strong>m</strong>oraima. <strong>m</strong>e sorprendieron a la vez su rapidez, mucho mayor de lo que su embarazo le permite, y una sonrisa que la rejuvenec�a. <strong>p</strong>ens�: �<strong>v</strong>oy a marchitar esa sonrisa, pero�� <strong>i</strong>ba a contarle la felon�a del alguacil.</p><p><strong>a</strong>�n sosten�a -no entiendo c�mo- en mi mano los papeles.</p><p>��<strong>l</strong>o s� todo -me dijo.</p><p>���<strong>p</strong>or qu� sonr�es entonces?</p><p>��<strong>l</strong>evant� el legajo-. �<strong>s</strong>abes lo que quiere decir esto?</p><p>��<strong>s</strong>�; que est�s vivo, <strong>b</strong>oabdil.</p><p>��<strong>s</strong>e agach� con dificultad, recogi� del suelo el alfanje, y lo apret� contra su pecho-. <strong>q</strong>ue est�s vivo otra vez. <strong>n</strong>adie quiere matar si no est� vivo. <strong>e</strong>l resto no me importa.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o he vuelto a ver a <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa. <strong>n</strong>o fue preciso desterrarlo de este peque�o se�or�o: sin despedirse de nadie, ha desaparecido. <strong>s</strong>e llev� a su familia, y al mismo tiempo que �l me han dejado bastantes de los que me siguieron.</p><p><strong>l</strong>os comprendo muy bien. <strong>y</strong>o mismo me pregunto qu� hago aqu�, cercado y vendido en la tierra que me tuvo por rey. <strong>m</strong>is vasallos no llegan ya a dos mil.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy, 10 de abril de 1493, despu�s de tratarlo con <strong>m</strong>oraima y en presencia de ella, he llamado a mi secretario <strong>m</strong>ohamed <strong>i</strong>bn <strong>n</strong>azar, a <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh, a <strong>b</strong>ejir y a <strong>a</strong>brah�n el <strong>c</strong>ais�. <strong>r</strong>edactada por el primero, he otorgado autorizaci�n al segundo para que llegue, con <strong>h</strong>ernando de <strong>z</strong>afra, a un acuerdo sobre la venta de estos estados que me quedan y sobre mi partida a <strong>�</strong>frica. <strong>e</strong>l texto lo ha traducido <strong>e</strong>l <strong>c</strong>ais�. <strong>c</strong>on esta decisi�n s� que agoto mis �ltimos poderes; acaso no exist�an. <strong>o</strong>ponerse a la fatalidad es dar coces contra el aguij�n. <strong>a</strong>l ver la fecha, he pensado que otros abriles me fueron m�s propicios.</p><p><strong>i</strong>nmediatamente desech� el pensamiento: no quiero refugiarme en el pasado; no lo har� nunca m�s. <strong>f</strong>irm� con mi nombre, y sell� el documento con mi sello privado; es el �nico sello que conservo.</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o es que el hombre se solace en su desgracia, pero se amolda a ella. <strong>v</strong>ivir sin esperanza es un dislate, o quiz� un imposible. <strong>s</strong>e sacan fuerzas de la flaqueza con la espontaneidad con que crece la yerba en un estercolero. <strong>o</strong> en una tumba.</p><p><strong>m</strong>oraima, frente a m�, tiene su postura habitual: las manos recogidas sobre su regazo ya muy protuberante, y los ojos volcados hacia la vida nueva. <strong>y</strong>o he cubierto sus manos con las m�as.</p><p>��<strong>n</strong>o son s�lo nuestras manos lo que apoyamos aqu�, <strong>m</strong>oraima.</p><p>��<strong>e</strong>l sol es el mismo en todas partes -me ha respondido con su voz templada-. <strong>t</strong>� y yo juntos con nuestros hijos, fuera de tanta agitaci�n y tantas mezquindades, indiferentes a la avidez de los poderosos y de quienes tratan de serlo, conseguiremos finalmente la felicidad. -<strong>e</strong>n aquel momento era para m� la madre que nunca hab�a tenido-. <strong>e</strong>n una tierra que no te haya sido robada, y que no nos haya robado a su vez a los seres que am�bamos y amamos.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh regres� de <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>s</strong>�lo ha tardado cinco d�as en extender con <strong>z</strong>afra la escritura de mi entrega total. <strong>s</strong>in duda los reyes acucian mi partida, que redondea sus prop�sitos. <strong>t</strong>ienen ya virtualmente la <strong>p</strong>en�nsula entera bajo su cetro, y proyectan nuevos viajes a los mundos reci�n descubiertos. <strong>s</strong>i <strong>d</strong>ios est� con ellos y les vale, �qu� necia resistencia puedo oponerles yo?</p><empty-line/><p><strong>m</strong>e planteo ahora la elecci�n del lugar en el que emprenderemos otra aventura, si es que es factible semejante quimera. <strong>m</strong>oraima y yo deseamos uno pac�fico y salubre, en donde se preparen nuestros hijos para un porvenir que se les ofrece acaso demasiado vers�til, y en donde a nosotros se nos permita descansar. <strong>b</strong>arajamos los nombres de <strong>o</strong>r�n, de <strong>t</strong>�nez, de <strong>f</strong>ez, de <strong>a</strong>lejandr�a. <strong>t</strong>�nez me atrae por encontrarme en �l con mi t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, del que nada hab�a sabido en los �ltimos a�os, y que recientemente parece que ha pasado all� desde <strong>o</strong>r�n; pero hay nuevas de que esa tierra se halla afligida por la calamidad, la carest�a, la escasez y la peste. <strong>p</strong>or otra parte, <strong>a</strong>lejandr�a est� en exceso lejos de esta patria, de la que a�n conf�o que <strong>d</strong>ios no haya desarraigado el <strong>i</strong>slam para siempre.</p><p><strong>l</strong>a opci�n -y eso s� que es nuevo- depende en exclusiva de nosotros. <strong>q</strong>uiz� me pavoneo hablando as�; pero, ilusionados con tal libertad, proponemos sin prisa pros y contras como ni�os que vacilan, en las v�speras de su fiesta, sobre qu� regalo pedir�n a sus padres.</p><p><strong>a</strong>�n no he ratificado las escrituras; sin embargo, he prometido a <strong>z</strong>afra que, cuando pasen los calores del verano y antes de que las tormentas encrespen el <strong>e</strong>strecho, pasar� con los m�os al otro continente. <strong>d</strong>e momento somos libres -o nos sentimos, lo que es suficiente y habitual entre los hombres-. <strong>o</strong>, por lo menos, nos empe�amos en sentirnos libres.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l embarazo de <strong>m</strong>oraima avanza a velas desplegadas. <strong>m</strong>is hijos y nosotros, y conf�o que los que bien nos quieren, estamos consagrados a �l. <strong>d</strong>e �l hablamos; a �l nos remitimos de continuo. <strong>n</strong>unca antes he estado tan unido a mi esposa; en sus desfallecimientos, en sus caprichos un tanto inusitados, en sus vacilaciones al subir y bajar una escalera, siempre estoy cerca de ella. <strong>c</strong>reo que mi encomienda fundamental es ahora �sta: preparar la bienvenida a lo que venga. <strong>d</strong>eseo que mi tercer hijo nazca en <strong>a</strong>ndaluc�a, aunque el resto de su vida -�qui�n lo sabe, despu�s de mi experiencia?- se desarrolle en una tierra extra�a. <strong>e</strong>xtra�a para m�, no para �l. <strong>q</strong>uiz� sea eso lo que nos separe.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>i madre, entre las decepciones y la edad, est� m�s insufrible, si es que cabe. <strong>h</strong>a empezado a sentir -y a exteriorizarlos, que es peorcelos del ni�o que va a nacer, porque acapara nuestra atenci�n, y porque <strong>a</strong>hmad, que ha vuelto con nosotros a petici�n m�a, lo ha adoptado como algo de �l y protegido suyo.</p><p><strong>i</strong>magino que mi madre echa de menos sus intrigas con <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, que fomentaba sus bald�as presunciones para tenerla de su lado; que la contrar�a que no la consultemos en el asunto de nuestro traslado (<strong>m</strong>oraima y yo nos resistimos a llamarlo exilio), y que la mortifica tener que reducir su pasi�n de mando a los estrechos l�mites de una alcazaba provinciana. <strong>e</strong>lla, que sobre el mapa de <strong>g</strong>ranada, traz� en un tiempo estrategias y fronteras, ahora ha de conformarse con decidir si se muda un palmo m�s all� o m�s ac� la orla de espliegos de un arriate, o si se aplaza la poda de un laurel.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>os meses de mayo y junio, con sus amenas horas indolentes, me han hecho acordarme de <strong>f</strong>aiz, el jardinero de mi infancia. <strong>c</strong>�mo me gustar�a tenerlo, entre zafio y perspicaz, al cuidado de este jard�n que pronto dejaremos y que, como si lo adivinara, se esfuerza en prodigar perfumes y en regocijarnos el olfato y los ojos. <strong>y</strong> aun los dem�s sentidos, porque todos reciben gusto de �l.</p><p><strong>e</strong>n este preciso momento acaricio el p�talo amarillo que acaba de desprenderse de una rosa sobre estos papeles carmes�es. <strong>f</strong>resco y m�s suave y carnoso que la m�s cara de las sedas; con unas sutiles nervaduras que apenas si la vista percibe, y que matizan e intensifican su color; redondeado como una conchilla de las playas, y rematado en una suave punta igual que la comisura de unos j�venes p�rpados.</p><p><strong>l</strong>o huelo, y est� en �l todav�a el mensaje h�medo y vivificador de la tierra. <strong>e</strong>n �l, m�s terso que el p�mulo de una muchacha, se resumen las ra�ces, el tallo, las hojas, la comunidad entera y api�ada de que procede. <strong>s</strong>i lo muerdo, saboreo los jugos misteriosos que sostienen la vida.</p><p><strong>d</strong>e repente, han ca�do sobre los papeles casi todos los otros p�talos de la rosa amarilla. <strong>s</strong>on como una lluvia dorada; una muerte muy bella�</p><p><strong>m</strong>oraima ha le�do, por sobre mi hombro, lo que estoy escribiendo y me dice, mientras juega con los p�talos:</p><empty-line/><p>�<strong>n</strong>o era la marchitez de la rosa: era la mejilla de la bienamada cuando el miedo a perder tu amor la hace palidecer.�</p><empty-line/><p><strong>y</strong>o le he respondido con los versos de <strong>i</strong>bn al <strong>l</strong>abana con que sigue el poema, jugueteando a mi vez con sus sienes, sus p�mulos, su boca:</p><empty-line/><p>�<strong>n</strong>o hay posible comparaci�n entre la rosa y la mejilla de aquella que no quebranta el pacto de fidelidad que a m� la uni�.</p><p><strong>c</strong>onfrontadas con su expresi�n, nada valen las cualidades de la rosa; frente a su voz, nada significa el gorjeo del p�jaro.</p><p><strong>l</strong>a aurora y el array�n copian su movimiento de los latidos de su cuello, y su esplendor lo copian de la luz de su rostro.�</p><empty-line/><p><strong>l</strong>os dos hemos re�do, porque este juego de acertar la continuaci�n de un poema nos divierte de un modo extraordinario.</p><p><strong>l</strong>os p�talos de la rosa amarilla, desde los papeles, han resbalado al suelo.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy he encargado a dos joyeros de <strong>g</strong>ranada, si es que todav�a responden a la tradici�n que los hizo famosos, que hagan para <strong>m</strong>oraima un collar y un pectoral. <strong>d</strong>eseo que el primero est� compuesto de menudas flores con esmeraldas y rub�es: esas que aqu� llaman flores del pajarito. <strong>e</strong>l pectoral quiero que re�na -por sus destellos, ya que no por su olor- todo el jard�n. <strong>m</strong>e propon�a entregarle el obsequio el d�a del parto; pero no voy a resistir: se lo dar� en cuanto me lo traigan. <strong>y</strong>a estoy impaciente por ce�irlo a su cuello, y por presenciar la infantil manifestaci�n de su agradecimiento y su deleite; seguramente palmotear�.</p><p><strong>a</strong>yer le pregunt� si recordaba una primavera tan generosa con nosotros.</p><p>��<strong>c</strong>onmigo, no -me respondi�-.</p><p><strong>a</strong>hora t� est�s a mi lado todo el d�a y todos los d�as. <strong>c</strong>ada minuto junto a ti me es m�s precioso que la menuda estrella embalsamada de los jazmines.</p><p><strong>l</strong>a bes� muy despacio a la sombra de los redondos algarrobos y, casi vencida ya la tarde, ofreci�ndole una copa, le recit�:</p><empty-line/><p>�<strong>b</strong>ebe a traguitos el vino, en tanto sea dulce la brisa y tremole como una bandera la h�meda sombra.</p><p><strong>l</strong>a flor es un ojo que acaba de despertar y llora; la acequia, una boca que sonr�e con dientes fulgurantes.�</p><empty-line/><p><strong>e</strong>lla, bebiendo de un trago su copa, prosigui� envanecida:</p><empty-line/><p>�<strong>e</strong>l jard�n, para mostrar su bienestar, agita sus mantos esmaltados lo mismo que un borracho que, doblado por el viento, se inclina a punto de caer.�</p><empty-line/><p><strong>p</strong>or fin, los dos a la vez concluimos riendo a carcajadas:</p><empty-line/><p>�<strong>e</strong>sta ma�ana el roc�o plate� el cutis del jard�n; el atardecer ha venido con esmero a dor�rselo.�</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o le cuento a <strong>m</strong>oraima que, ciertas noches, mi sue�o se colma de terrores, que no quiero luego ni recordar ni referir. <strong>s</strong>er�n la secuela de tantas persecuciones y amenazas; el fiero e imborrable reato de los pecados que no tengo la certeza de haber cometido.</p><p><strong>a</strong>l amanecer, con el agua de la primera abluci�n me lavo de ellos; pero es m�s costoso borrar su huella que la huella de un crimen.</p><empty-line/><p><strong>a</strong> mis hijos los introduce y educa en nuestra poes�a, que tiene un sentido tan lato y abarca tantas ense�anzas, el mismo que a m� me form�, <strong>e</strong>l <strong>o</strong>kail�. <strong>m</strong>e produce la impresi�n de ser m�s bajo que hace veinte a�os; quiz� es que yo he crecido. <strong>l</strong>o evidente es que ha engordado mucho; si se le midiese con imparcialidad, se comprobar�a que se ha vuelto apaisado. <strong>s</strong>u pasi�n por las sortijas no ha remitido, sin embargo; yo le habr� regalado dos o tres por a�o, y cambia de ellas no s�lo cada d�a, sino casi cada hora.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>ace quince d�as trat� con �l sobre la oportunidad de escribir una carta al jeque <strong>e</strong>l <strong>w</strong>atasi, soberano de <strong>f</strong>ez. <strong>l</strong>e rogu� que fuese muy sencilla -lo conozco demasiado bien-; que expusiera mi vehemente deseo de exiliarme en su reino, y que le solicitara su hospitalidad: nada m�s que eso.</p><p><strong>h</strong>oy me ha tra�do, para revisarlo, un borrador eterno, en verso y prosa rimada, que �l titula con orgullo �<strong>j</strong>ardines de flores del que gusta de los perfumes e impetra el acceso de mi <strong>s</strong>e�or, el <strong>i</strong>m�n sult�n de <strong>f</strong>ez�. <strong>c</strong>on la extensi�n del t�tulo quiz� habr�a bastado para toda la carta.</p><p><strong>m</strong>oraima y yo hemos disfrutado con la improcedencia de algunos p�rrafos:</p><p>�<strong>a</strong>ntes de que el silencio y la oscuridad sobrevengan, tambi�n yo evoco lo que el d�a fue, y lo que fue el ardor del mediod�a, y el suave amanecer, en que no se imagina que la pisada de la luz se alejar�. <strong>p</strong>ero ya es tarde: un p�rpura final, en que naufragan todos los colores, ensangrienta la lejan�a. <strong>c</strong>ontra el horizonte, los �rboles despojados y secos: la luz s�lo embellece a la belleza. <strong>h</strong>ay edades en que el anochecer es preferible, porque deja caer con piedad su perd�n sobre todas las cosas.�</p><p><strong>p</strong>ero tambi�n hemos paladeado la exactitud -no s� si su lugar es el adecuado- de otros pasajes:</p><p>�<strong>s</strong>e dice que los �ngeles no distinguen si andan entre los vivos o los muertos. <strong>p</strong>uede que la vida sea para ellos un simple parpadeo; lo que dura es la muerte. <strong>a</strong> nosotros nos ocurre a menudo lo mismo que a los �ngeles: vivir es despedirse, estarse despidiendo. <strong>l</strong>a vida es s�lo un cambio de sitio o de postura; tambi�n, quiz�, la muerte sea eso s�lo.�</p><empty-line/><p><strong>a</strong> ra�z de la carta (que, para no discutir, he aceptado �ntegra, he firmado y la he mandado llevar a <strong>m</strong>ohamed al <strong>n</strong>azar), <strong>m</strong>oraima y yo hemos discurrido, a nuestro aire, sobre el tiempo.</p><p>�<strong>c</strong>�mo rememorar desde hoy nuestro pasado? <strong>s</strong>u ambig�edad la hemos convertido en certidumbre; lo despojamos de todo cuanto hoy nos parece accesorio y acaso no lo fue; lo interpretamos como algo lineal y definido. <strong>n</strong>o es as�; no fue as�.</p><p><strong>d</strong>esde nuestro punto de vista de ahora, el pasado es simplemente lo que nos ha hecho como somos; pero �era �sa su intenci�n, era su esencia �sa? �<strong>t</strong>en�a siquiera alguna intenci�n? <strong>y</strong> su esencia, cuando fue presente -o sea, cuando fue-, �no era, como la de hoy, su transitoriedad? <strong>e</strong>l pasado indeformable y p�treo que hoy vemos no es m�s que una invenci�n; sin embargo, el presente sin �l no habr�a existido� <strong>y</strong> es que la historia carece de principio y de fin; es como un r�o: el cauce s� comienza y termina, pero no el agua. <strong>n</strong>adie se ba�a en la misma dos veces: ya lo advirti� un griego.</p><p>��<strong>e</strong>l presente -le dec�a a <strong>m</strong>oraima- es el �ltimo momento de nuestra historia� por ahora.</p><p><strong>p</strong>ero �c�mo interpretaremos ma�ana este momento de hoy, tan lleno de contingencias y posibilidades? �<strong>n</strong>o depender� esa interpretaci�n de c�mo sea el ma�ana en que desembarquemos?</p><p>��<strong>s</strong>i no te emperrases tanto en comprender la vida -me ha replicado-, ser�a para ti una sonora fiesta.</p><p>���<strong>q</strong>ui�n es capaz de no emperrarse en comprenderla?</p><p>��<strong>y</strong>o -ha contestado sonriente.</p><p>��<strong>p</strong>ues yo no. <strong>n</strong>o porque mire, que s� miro, con m�s reiteraci�n hacia atr�s que hacia delante (lo hago porque tengo m�s trecho por detr�s, y el trecho resulta que soy yo); no porque me sienta viejo (la diferencia entre una edad y otra no se discierne con un n�mero); no porque olfatee m�s pr�xima la muerte (la muerte est� en la vida, y m�s en la medida en que transcurre). <strong>p</strong>or lo que procuro comprenderla es para sentirme yo.</p><p>��<strong>n</strong>o mires hacia atr�s, <strong>b</strong>oabdil: m�rame a m�.</p><p>��<strong>s</strong>i no miro hacia atr�s (y adem�s all� est�s t� tanto como delante) tropezar�: �sa es la paradoja. <strong>y</strong> si miro s�lo hacia atr�s, tropezar� tambi�n: �se es el callej�n sin salida en que reside la tragedia. <strong>d</strong>e ah� que procuremos concebir el pasado y falsearlo, para asirlo mejor y hacerlo nuestro y asegurarnos por lo menos de �l.</p><p>���<strong>e</strong>s que el pasado no es cambiante? -ha repuesto <strong>m</strong>oraima-. <strong>n</strong>o s�lo las cosas pudieron suceder de otra manera ayer, es que de verdad sucedieron de otra manera distinta a aqu�lla como la recordamos. <strong>y</strong>o lo veo muy claro: confundimos lo imaginado y lo vivido. <strong>y</strong> es porque deseamos referir nuestra propia historia con nitidez, y nuestra historia fue n�tida en muy cortas ocasiones.</p><p><strong>e</strong>n mi opini�n, <strong>m</strong>oraima arguye, sin quererlo, mejor que yo. <strong>l</strong>a vida es, en efecto, una enrevesada continuidad de rupturas, un rumor de manos agitadas que nos dicen adi�s. <strong>n</strong>os ausentamos de ciudades, de casas, de cuerpos, de amores y de desamores, de soledades y de compa��as, de convicciones y de debilidades. �<strong>n</strong>o estoy yo violentando este presente desde la ma�ana en que muri� <strong>j</strong>alib, o desde la ma�ana en que me derrotaron en <strong>l</strong>ucena, o desde la ma�ana en que entregu� <strong>g</strong>ranada, o desde la ma�ana en que enterr� a <strong>f</strong>arax? �<strong>y</strong> es en esa violencia en lo que la libertad consiste? �<strong>r</strong>etornar�a por mi voluntad a la hora que precedi� a alguna de esas, o de otras, ma�anas? �<strong>y</strong> el dolor ya sufrido?</p><p>�<strong>n</strong>o se reducir� el presente, sobre todo, a defenderse de ciertos aspectos del pasado por medio de una selecci�n de las despedidas, una selecci�n que a nuestros ojos es inteligente, pero acaso s�lo a nuestros ojos? <strong>p</strong>orque vivir no es m�s que estarse diciendo adi�s a uno mismo, mucho m�s que al resto del mundo. <strong>v</strong>ivir -�c�mo iba yo a confes�rselo a <strong>m</strong>oraima?- es una soledad resonante de adioses. <strong>t</strong>al es su �nica melod�a: una melod�a que tratamos de no o�r.</p><p>��<strong>t</strong>oda historia -dijo <strong>m</strong>oraima y rompi� el silencio- estar� siempre mal contada, porque todo narrador elige siempre lo que quiere contar, y porque cualquier cosa cabe dentro de cualquier historia.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy, 8 de julio, he firmado por fin la capitulaci�n con los reyes de <strong>c</strong>astilla. <strong>l</strong>es vendo los bienes que me reconocieron hace un a�o y medio, y me comprometo a pasar a <strong>�</strong>frica, desde el puerto de <strong>a</strong>dra, con cuantos deseen acompa�arme.</p><p><strong>l</strong>os reyes han retirado sus defensas de las costas de <strong>a</strong>lmer�a, lo cual quiere decir que se hallan en buenas relaciones con los sultanes africanos. <strong>a</strong>hora espero con impaciencia la contestaci�n del de <strong>f</strong>ez. <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh me asegura que no he de preocuparme: al mismo tiempo que yo envi� a <strong>m</strong>ohamed <strong>i</strong>bn <strong>n</strong>azar, <strong>z</strong>afra envi� un emisario de los reyes para certificar que mi exilio contaba con su benepl�cito.</p><p><strong>e</strong>stos reyes cristianos son ubicuos, casi como su <strong>d</strong>ios.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>e han llegado a la vez dos comunicaciones: la respuesta de <strong>e</strong>l <strong>w</strong>atasi y una carta de <strong>z</strong>afra. <strong>l</strong>a primera es tambi�n un poco inacabable: me acoger� en su reino con todo el placer de que es capaz -no ser� mucho: los africanos no han avanzado por esa senda a�n-, como si se tratase de su misma persona.</p><p><strong>z</strong>afra, por encargo de los reyes, me traza el itinerario que he de seguir hasta <strong>a</strong>dra. <strong>e</strong>n <strong>a</strong>dra hallar� surtas dos carracas genovesas para m� y los m�os. <strong>h</strong>asta el final y m�s all� tendr� que dar las gracias a mis verdugos, que encomiendan con caridad �mi vida y mi salvaci�n a las manos de <strong>d</strong>ios�.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>oraima, ya muy inc�moda, y yo nos proponemos uno a otro proyectos muy prolijos.</p><p>��<strong>n</strong>ecesitaremos dos o tres vidas para cumplirlos todos -le advierto.</p><p>���<strong>y</strong> es que no vamos a tener dos o tres vidas? -me replica simulando una gran decepci�n.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>hmad y <strong>y</strong>usuf, liberados a veces de sus ayos y de sus mentores, se agregan a nosotros en nuestros paseos. <strong>a</strong>hmad lleva consigo a todas horas el cachorro de alano que por fin me acept�. <strong>e</strong>s feo y muy gracioso, como una talega plegada que el tiempo se ocupar� de rellenar. <strong>e</strong>l primer d�a quiso que le pusiese nombre.</p><p>���<strong>t</strong>e parece bien �<strong>d</strong>in�? -le suger�.</p><p>����<strong>d</strong>in!� ��<strong>d</strong>in!� -vocifer� <strong>a</strong>hmad. <strong>e</strong>l cachorro arrug� el entrecejo como si se supiese llamado-. ��<strong>d</strong>in!� -repiti� su due�o una vez m�s, abraz�ndolo.</p><p><strong>e</strong>n este mundo ya hay otro perro �<strong>d</strong>in�. �<strong>n</strong>o se muere del todo?</p><p><strong>q</strong>uiz� es el nombre lo que m�s importe.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l calor, sofocante, mortifica a <strong>m</strong>oraima. <strong>o</strong>jal� su buena hora no se retrase mucho.</p><p><strong>l</strong>as mujeres dan por descontada la facilidad del parto. <strong>e</strong>l m�dico <strong>y</strong>usuf me tranquiliza: el embarazo ha sido tan normal que los estudiantes de la madraza pod�an haber aprendido en �l c�mo han de ser los embarazos.</p><p><strong>s</strong>i supiese cantar sin asustar a los que me oyen, entonar�a el viejo z�jel de <strong>b</strong>en <strong>q</strong>uzm�n:</p><empty-line/><p>�<strong>b</strong>endito sea aquel a quien dan parabienes por su hijo.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>chad velos sobre el ni�o, formulad votos de buena ventura, sahumad a su alrededor y escribid sobre la cuna en rojo:</p><p>�<strong>n</strong>i�o, di _�<strong>n</strong>o hay m�s <strong>d</strong>ios que <strong>d</strong>ios�_</p><empty-line/><p><strong>m</strong>oraima ya no me sigue la corriente en los proyectos; se niega a hacer planes remotos: siente el m�s inmediato demasiado pr�ximo.</p><p><strong>e</strong>l orden de la casa lo ha dejado en manos de mi hermana, que no sirvi� nunca para tal menester. <strong>m</strong>i madre mete su nariz por doquiera, y todo anda manga por hombro; pero eso, al involucrarnos a todos en un grato desorden, aumenta m�s la com�n expectativa. <strong>e</strong>s como si todos ayud�ramos con nuestro sacrificio y nuestra resignaci�n al parto de <strong>m</strong>oraima. <strong>a</strong>hmad y <strong>y</strong>usuf conspiran en los pasillos, seguidos por �<strong>d</strong>in�, apostando c�mo ser� -si rubio o moreno, o sea, si como uno o el otro- el hermanito que ya adoran.</p><p><strong>l</strong>as mujeres han preparado toda clase de amuletos, de supersticiones no siempre conocidas, de incontables y delicadas ropas. <strong>s</strong>� que se suavizan las manos con piedra porosa y se las ti�en con la mejor alhe�a. <strong>l</strong>a alcazaba entera se adorna y se adereza para darle la bienvenida a mi hijo.</p><p><strong>�</strong>ste s� va a llamarse como yo, por si verdaderamente es el nombre lo que m�s importa�</p><empty-line/><p><strong>h</strong>e vuelto de <strong>m</strong>ond�jar, de dar tierra a <strong>m</strong>oraima y a mi hija.</p><p><strong>a</strong>l cerrar para siempre estos papeles, ha ca�do de entre ellos el p�talo seco y mordido de una rosa amarilla.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>an pasado dos a�os desde la �ltima anotaci�n que hice en estos papeles.</p><p>�<strong>e</strong>s eso lo �nico que ha pasado: dos a�os? <strong>s</strong>e dir�a que ha pasado todo cuanto puede pasar.</p><p><strong>e</strong>stoy instalado de una manera provisional -�de qu� otra puede instalarse el hombre?- en <strong>f</strong>ez.</p><p><strong>a</strong>lgunos de los m�os merodean; son los que, fuera de m�, no tienen otro medio de vida, y los que no la conciben sin servirme.</p><p><strong>f</strong>ez es una ciudad en declive; yo s� bien cu�ndo lo es una ciudad.</p><p><strong>s</strong>u decadencia pol�tica es muy visible: los marin�es han perdido el impulso inicial; aqu� una dinast�a no dura mucho sin debilitarse (ni aqu� ni en ning�n otro sitio). <strong>s</strong>u declive econ�mico lo provocan las anarqu�as y las guerras, que entrecortan los intercambios comerciales con la <strong>c</strong>ristiandad. <strong>s</strong>u declive intelectual, si es que en alg�n momento estuvo en alza, es el m�s evidente. <strong>a</strong>unque la fachada es todav�a brillante (las ciudades, como la luz de las estrellas, tardan en apagarse aun despu�s de muertas), tras ella hay un vac�o muy profundo. <strong>u</strong>n vac�o que se acent�a cada d�a, porque el sult�n, en lugar de mirar hacia el <strong>s</strong>ur, que es de donde siempre le ha venido el peligro a esta naci�n, mira a <strong>e</strong>uropa. <strong>s</strong>ea como quiera, no es cosa m�a.</p><empty-line/><p><strong>s</strong>al� de <strong>a</strong>ndarax (alguien que los dem�s tomaban por m� sali� de <strong>a</strong>ndarax), sin levantar los ojos, el d�a en que cumpl� 31 a�os.</p><p><strong>e</strong>n <strong>a</strong>dra, a pesar de que el calor se prolong� ese oto�o, corr�a un aire fresco.</p><p><strong>n</strong>o sent�a nada, ni ganas de llorar: las despedidas son mi oficio.</p><p><strong>e</strong>n la d�rsena, tranquila y temblorosa, flotaban dos carracas, �horras y libres y francas de todos los fletes y derechos�: fue la �nica palabra que cumplieron los reyes con tal de que me fuera. <strong>a</strong> la que me hab�an reservado y a la otra subieron 1.120 personas, entre mi familia y mis alcaides y las suyas, y los criados de todos.</p><p><strong>m</strong>ientras lo hac�an vi, entre los malecones que forman la bocana, una raya oscura que separaba la plata del mar libre -ya no m�o- de la plata del puerto -ya no m�o-.</p><p>�<strong>c</strong>omo una loriga de escamas deslumbrantes -pens�-. <strong>e</strong>l <strong>c</strong>or�n dice que el primero que visti� una cota de malla fue <strong>d</strong>avid.� <strong>l</strong>uego pens�:</p><p>��<strong>p</strong>ara qui�n pienso?� <strong>m</strong>�s all� el mar era ya azul. <strong>y</strong> el cielo, arriba, azul; s�lo unas nubes desde�osas. <strong>s</strong>obre el horizonte, sin embargo, a�n era blanco el cielo.</p><p><strong>n</strong>o quise verlo; me volv�. <strong>e</strong>n la tierra, una palmera con largas barbas sin podar. <strong>a</strong>largu� la mano se�al�ndola como para decir: �<strong>n</strong>o puede descuidarse una palmera as�.</p><p>�<strong>d</strong>e qui�n es la desidia?� <strong>m</strong>e contuve; baj� la mano. <strong>a</strong>quello nada ten�a que ver conmigo ya. <strong>e</strong>l extremo del velo, llevado por el aire, me cubri� la cara y me roz� los ojos. <strong>h</strong>ab�a una excesiva luz, blanca tambi�n, aguzada e hiriente.</p><p><strong>l</strong>os ojos me lloraban. <strong>n</strong>o yo, mis ojos.</p><p><strong>v</strong>olv� otra vez la cara. <strong>e</strong>l pelado paisaje, en sucesivas ondulaciones, crecer�a desde las bajas tierras de <strong>a</strong>lmer�a hasta las alturas pr�ximas a <strong>g</strong>ranada. <strong>d</strong>esde all� ven�an hacia el mar unas nubes espesas. <strong>s</strong>e insinu� un leve viento. <strong>s</strong>e estremecieron las velas de las naves. <strong>y</strong>o, tambi�n.</p><p><strong>e</strong>n la atalaya de la alcazaba aleteaba el pend�n de <strong>c</strong>astilla.</p><p><strong>l</strong>o �ltimo que ve�a de mi <strong>r</strong>eino andaluz no era hermoso. <strong>a</strong>gradec� a <strong>d</strong>ios que no lo fuera.</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l viaje por tierra hasta <strong>f</strong>ez fue tan duro que mi madre, alegando la fragilidad de los ni�os, me rog� que volvi�ramos grupas y nos qued�semos en cualquier ciudad del <strong>n</strong>orte. <strong>y</strong>o, hecho a penalidades, no quise ahorrarme ya ninguna.</p><p><strong>c</strong>uando llegamos a <strong>f</strong>ez, nos hab�an precedido la peste y el hambre que se propagaron desde <strong>t</strong>�nez. <strong>m</strong>uchos de sus moradores, que la dejaban, se cruzaron con nosotros. <strong>a</strong> m� me pareci� una buena ocasi�n de terminar; sin embargo, a muchos de mis acompa�antes se les ocurri� que era una prueba a la que <strong>d</strong>ios somet�a a mis leales, y consideraron llegada la hora de dejar de serlo. <strong>u</strong>nos se desparramaron por el reino; otros volvieron a <strong>g</strong>ranada para convencerse de que, tras de lo malo, hay siempre algo peor. <strong>y</strong>o estaba anticipadamente convencido.</p><p><strong>e</strong>n <strong>g</strong>ranada, seg�n he ido sabiendo, los mud�jares est�n obligados a llevar un capuz amarillo y una luneta azul sobre el hombro derecho. <strong>l</strong>os reyes, cuando comprobaron que los musulmanes m�s humildes hab�an decidido permanecer all�, incumplieron una por una todas las capitulaciones. <strong>l</strong>os han recargado de tributos; los tratan con menosprecio y crueldad, y los someten a tir�nicas leyes. <strong>s</strong>e ha prohibido hacer desde las mezquitas el llamamiento a la oraci�n, y se les empieza a expulsar de la ciudad que era suya, y a relegarlos a los arrabales y alquer�as, en donde se retraen empobrecidos, envilecidos y afrentados.</p><p><strong>y</strong> si este primer rey, el m�s sujeto a su compromiso, no lo guarda, �qu� nos reservar�n sus sucesores? <strong>n</strong>uestra ca�da no lleg� todav�a a lo m�s hondo. �<strong>p</strong>or qu� se calla <strong>d</strong>ios?</p><empty-line/><p><strong>h</strong>e estado en <strong>t</strong>remec�n. <strong>v</strong>arios viajeros me notificaron que all� resid�a mi t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�. <strong>a</strong>l principio, corrieron rumores de que estaba en <strong>v</strong>�lez de la <strong>g</strong>omera, y de que, por su traici�n contra m�, lo hab�an cegado los jueces con una bac�a de az�far al rojo, y que se alimentaba de la mendicidad.</p><p>��<strong>a</strong>nda lleno de harapos -a�ad�an-, y sobre ellos lleva un cartel que dice: �<strong>�</strong>ste es el desventurado rey de los andaluces�.</p><p><strong>c</strong>on �l conmueve a la gente para obtener limosnas.</p><p><strong>s</strong>ent� que un pu�o me agarrotaba el coraz�n, y me propuse ir sin demora en su busca. <strong>f</strong>ue entonces cuando <strong>i</strong>bn <strong>n</strong>azar me acredit�, con pruebas, que habitaba en <strong>t</strong>remec�n.</p><p><strong>c</strong>uando llegu�, lo m�s velozmente que pude, hab�a muerto hac�a un mes. <strong>s</strong>us hijos, no sobrados de dinero, me mostraron su tumba dentro de un cementerio popular. <strong>e</strong>staba de pie ante ella cuando se me acerc� balance�ndose una mujer de aire humilde y muy gruesa, que me bes� la mano.</p><p>��<strong>s</strong>oy <strong>j</strong>adicha -me dijo, y se deshizo en llanto.</p><p>�<strong>n</strong>o es <strong>j</strong>adicha -pens� irritado-. �<strong>c</strong>�mo va a ser <strong>j</strong>adicha, afilada y tonante, esta ballena?�</p><p><strong>l</strong>os ojos, no obstante -lo que se adivinaba de ellos entre los p�rpados espesos-, s� eran los suyos.</p><p><strong>n</strong>o me atrev� a besarla. �<strong>c</strong>�mo profanar mi recuerdo de <strong>j</strong>adicha besando semejante estropicio?</p><empty-line/><p><strong>m</strong>and� grabar una estela muy rica, igual a la de los sultanes de la <strong>a</strong>lhambra. <strong>y</strong>o mismo redact� el texto: �<strong>e</strong>n el nombre de <strong>d</strong>ios clemente y misericordioso. <strong>q</strong>ue <strong>d</strong>ios bendiga al <strong>p</strong>rofeta <strong>m</strong>ahoma y a sus descendientes. <strong>�</strong>ste es el sepulcro de un sult�n muerto en el destierro, extranjero, abandonado en medio de sus mujeres. <strong>d</strong>espu�s de haber hecho la guerra contra los infieles, lo hiri� con su decreto el destino inflexible; pero <strong>d</strong>ios le otorg� resignaci�n a medida de su infortunio. <strong>q</strong>ue el <strong>s</strong>e�or derrame siempre sobre su sepulcro el roc�o del cielo�.</p><p><strong>y</strong> acto seguido especifiqu�:</p><p>�<strong>�</strong>ste es el sepulcro del sult�n justo, magn�nimo, generoso, defensor de la religi�n, cumplidor, emir de los musulmanes y vicario del <strong>s</strong>e�or de los <strong>m</strong>undos, nuestro due�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, el <strong>v</strong>encedor por <strong>d</strong>ios, �el <strong>v</strong>aliente�, hijo de nuestro se�or el emir de los musulmanes <strong>s</strong>ad, hijo de nuestro se�or el santo <strong>a</strong>bul <strong>h</strong>as�n, hijo del emir de los musulmanes <strong>a</strong>bul <strong>h</strong>achach, hijo del emir de los musulmanes <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, hijo del emir de los musulmanes <strong>a</strong>bul <strong>h</strong>achach, hijo del emir de los musulmanes <strong>a</strong>bul <strong>w</strong>alid, hijo de <strong>n</strong>azar el <strong>a</strong>nsar�, el <strong>h</strong>azrach�, el <strong>s</strong>ad�, el <strong>a</strong>ndalus�.</p><p>�<strong>q</strong>ue <strong>d</strong>ios santifique su sepulcro y le depare en el <strong>p</strong>ara�so un lugar elevado. <strong>p</strong>ele� en su reino de <strong>a</strong>ndaluc�a por el triunfo de la fe; se aconsej� s�lo de su celo por la gloria divina; prodig� su generosa vida sobre los campos de batalla en los acerbos combates en que los innumerables ej�rcitos de los adoradores de la cruz ca�an sobre un pu�ado de caballeros musulmanes. <strong>n</strong>o ces�, en los tiempos de su poder, de combatir por la gloria de <strong>d</strong>ios; dio a la guerra santa cuanto ella exige, y alent� a sus guerreros cuando vio que flaqueaban.</p><p>�<strong>l</strong>leg� a <strong>t</strong>remec�n, donde encontr� la ben�vola acogida y el afecto que merec�an sus desdichas.</p><p><strong>l</strong>a muerte le sorprendi� en tierra extra�a, lejos del <strong>r</strong>eino de sus abuelos, los grandes sultanes nazar�es, sostenedores de la religi�n del <strong>e</strong>legido.</p><p>�<strong>d</strong>ios lo llev� a las regiones de la felicidad, y lo visti� de su gracia, entre las dos oraciones de la tarde del mi�rcoles de la luna nueva de <strong>x</strong>ab�n del a�o de 899.</p><p><strong>t</strong>en�a aproximadamente cuarenta a�os.�</p><p><strong>c</strong>uando hubieron colocado la losa, la le� despacio. <strong>s</strong>ent� no saber su edad con mayor precisi�n.</p><p><strong>e</strong>l lapidario, en la caligraf�a, hab�a cometido alg�n error; me pareci� excusable: <strong>d</strong>ios tambi�n los comete. �<strong>l</strong>as historias de quienes tuvieron relaci�n conmigo rezuman la desgracia, o se tuercen�, pens�.</p><p><strong>p</strong>ara evitar el agradecimiento de su familia, sin despedirme de ella, mont� a caballo y volv� a <strong>f</strong>ez.</p><empty-line/><p>�<strong>d</strong>e qu� puedo ya hablar sino de entierros? <strong>a</strong>yer enterr� a mi madre. <strong>d</strong>ese� que los �ltimos rezos los vertieran los alfaqu�es sobre su cuerpo en la mezquita de los <strong>a</strong>ndaluces. <strong>f</strong>ue dif�cil atravesar la medina con el ata�d. <strong>y</strong>o hab�a decidido derrochar un poco del dinero que me queda para complacer la que habr�a sido su voluntad, y para que supieran los fas�es que se enterraba una persona regia. <strong>l</strong>a comitiva fue muy cara, y muy enrevesado el trayecto hasta la mezquita desde donde yo vivo; pero imagino que mi madre estar�a satisfecha, perturbando a sus semejantes hasta despu�s de muerta. <strong>a</strong>l ver abrirse paso al cortejo entre la turbamulta de compradores, vendedores, paseantes, ni�os, asnos y camellos, muchos dec�an: �<strong>e</strong>s una t�a del sult�n�. <strong>s</strong>�lo los andaluces, cuando me divisaban enlutado, comprend�an que era alguien de mi casa; pero nadie pens� que era mi madre: probablemente supon�an que hab�a muerto hace mucho.</p><p><strong>a</strong> todo conocido que me encontraba, me preguntase o no, le cont� cu�les fueron sus �ltimas palabras:</p><p>�<strong>c</strong>uando regreses a reinar a la <strong>a</strong>lhambra, enti�rrame en la rauda con los sultanes�. <strong>a</strong> ella le habr�a gustado haberlas dicho; ponerlas en su boca es lo menos que un hijo pod�a hacer. <strong>a</strong>l fin y al cabo, su vida consisti� en imponerse y en dejar claro que estaba por encima de todos. <strong>d</strong>esde que salimos de <strong>g</strong>ranada, muy pocas veces se hab�a dirigido a m�. <strong>n</strong>i siquiera cuando muri� <strong>m</strong>oraima; entonces s�lo dijo, sin mirarme:</p><p>��<strong>c</strong>re� que, por lo menos, sabr�a tener hijos. -<strong>d</strong>espu�s volvi� a la labor de aguja en que trabajaba, y a�adi�-: <strong>e</strong>lla remat� su bordado antes de lo previsto; mejor, as� no tendr� que soportar m�s degradaciones.</p><p><strong>a</strong>nteayer mostr� s�ntomas graves; se ahogaba. <strong>u</strong>na de sus mujeres me avis�. <strong>c</strong>uando entr� en su alcoba, agonizaba ya. <strong>l</strong>os ojos se le sal�an de las �rbitas. <strong>r</strong>espiraba con un jadeo parecido al de una carreta atollada en el barro.</p><p><strong>e</strong>ntre los dientes le brotaba un chirrido que me angustiaba m�s a m� que a ella. <strong>e</strong>mpec� a toser, como si fuese yo quien tuviese una flema, o como si mi carraspeo pudiese servirle de ejemplo para librarse del nudo que la estrangulaba.</p><p>���<strong>m</strong>e oyes? -le pregunt�.</p><p><strong>m</strong>e contest� que s� con la cabeza.</p><p><strong>q</strong>uise pedirle perd�n por tantas decepciones como a lo largo de mi vida le he proporcionado. <strong>m</strong>e excus�, eligiendo los t�rminos, por haber defraudado su esperanza, por haber cedido a los acontecimientos desde mi ni�ez sin enfrentarme con coraje a ellos. <strong>q</strong>uiz� fue una exposici�n demasiado extensa. <strong>m</strong>i madre, engarfiados los dedos de la mano con que me as�a el brazo, me lo apret� y dijo con agrio tartajeo:</p><p>��<strong>d</strong>�jate de historias. <strong>l</strong>lama al m�dico.</p><p><strong>c</strong>onvencido de que era in�til ya, y resuelto a que me perdonara, continu� exponi�ndole mis puntos de vista, mis exculpaciones, la vacilante seguridad de que no habr�a podido actuar de otro modo.</p><p>��<strong>u</strong>n refr�n reza -murmuraba yo con prisa-: m�s vale que digan �aqu� huy� que �aqu� muri�.</p><p><strong>y</strong> no pensaba en m�, sino en los granadinos: se acab� el <strong>r</strong>eino, pero no los hombres.</p><p><strong>s</strong>us dedos se clavaron en mi brazo con una fuerza incre�ble para una mujer tan anciana y en tales circunstancias.</p><p>��<strong>n</strong>o me importa nada de lo que dices -me escupi�-. �<strong>q</strong>u� me importa <strong>g</strong>ranada, si me voy a morir?</p><p><strong>l</strong>lama al m�dico. <strong>q</strong>uiero vivir.</p><p><strong>l</strong>o �nico que me importa es que me estoy muriendo�</p><p><strong>c</strong>uando apareci� el m�dico que yo solicit�, ella hab�a muerto.</p><p><strong>s</strong>�lo entonces me di cuenta de c�mo se hab�a reducido su cuerpo en todos estos a�os. <strong>e</strong>staba all� fruncido, como el de una ni�a chica amohinada. <strong>s</strong>u rostro, arrugado y menudo, con todas las facciones apretadas, conservaba a�n un gesto de desd�n como si, hasta despu�s de muerta, estuviese encolerizada contra m�.</p><p><strong>a</strong>nte ella pens� que la historia de los nazar�es ha sido igual que la de cualquier otra familia, o la de cualquier otra persona; no hay de qu� asombrarse, ni causas para elevar una querella. <strong>a</strong>lgo nace, se eleva, se entusiasma, y despu�s se debilita y cae: eso es todo. <strong>i</strong>gual que un juego en el que se apuesta con ilusi�n, y se gana o se pierde lo apostado; o se gana y se pierde al mismo tiempo. <strong>n</strong>o se tiene nada firme hasta despu�s, cuando el inter�s ya ha caducado; nada se sabe con exactitud hasta que ya pas�.</p><p><strong>s</strong>e aspira a la felicidad, y en tal aspiraci�n reside acaso la felicidad misma. <strong>c</strong>omo la vida de cualquier persona: un juego, un amor, una m�sica. �<strong>y</strong> es que hay un juego, un amor o una m�sica que no cesen un d�a?</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l m�dico que no lleg� a tiempo para ayudar a mi madre a expirar me visita alguna tarde. <strong>a</strong>yer salimos juntos. <strong>a</strong> la puerta de una mezquita me indic�:</p><p>��<strong>a</strong>s�mate. �<strong>v</strong>es ese estanque lleno de peces? <strong>a</strong>h� traemos a los ni�os bizcos para que, siguiendo un pez concreto con los ojos, pongan a trabajar sus nervios y se les corrija el estrabismo. <strong>e</strong>s un m�todo indoloro y grato a los bisojos, que juegan y apuestan, y aman cada cual a un pez como si fuese suyo.</p><p><strong>e</strong>l f�sico re�a. <strong>y</strong>, pasada la calle de los notarios, me mostr� una plazuela con un frondoso nogal entronizado en el centro. <strong>a</strong>l fondo de ella, en un amplio edificio, me dijo que est� el marist�n donde se alberga a los locos. <strong>�</strong>l va de cuando en cuando tambi�n a visitarlos.</p><p>���<strong>c</strong>omo a m�? -le pregunt�.</p><p>��<strong>c</strong>on m�s frecuencia (con mucha m�s de la que quisiera) y con much�sima menos confianza. <strong>c</strong>onfieso que me dan miedo.</p><p>��<strong>q</strong>uiz� dan miedo porque sienten miedo.</p><p>��<strong>l</strong>a mayor parte son peligrosos en grado sumo -continu�-. <strong>c</strong>uando les asalta ese furor fren�tico que no repara en nada, procuramos calmarlos tocando desde el patio m�sica andaluza. <strong>p</strong>arece que escucharla los aseda. <strong>y</strong> hasta hemos observado que mejoran despu�s de o�rla unas cuantas ma�anas. <strong>s</strong>e quedan entre sumisos y alelados, como si el mismo <strong>d</strong>ios les tocara en el hombro y les musitara un recado al o�do.</p><p>��<strong>n</strong>o me extra�a -le dije con tristeza-. <strong>p</strong>or el contrario, lo que a m� me faltar�a para enloquecer definitivamente es escuchar un concierto de esa m�sica andaluza que no he logrado, ni en sue�os, separar de mi o�do.</p><p><strong>h</strong>e mandado construir un alc�zar cerca del cementerio de los marin�es. <strong>p</strong>ara los toscos gustos de aqu�, se trata de un palacio refinado, r�plica de la <strong>a</strong>lhambra; cualquiera que conozca la <strong>a</strong>lhambra comprender� que nada hay en mi casa que se asemeje a ella. <strong>n</strong>i en mi casa, ni en ning�n otro sitio: el alma no se copia.</p><p><strong>e</strong>so me dicen los visitantes granadinos, huidos de nuestra ciudad. <strong>e</strong>so, y muchas m�s cosas.</p><p><strong>t</strong>oda <strong>a</strong>ndaluc�a se ha hecho cristiana, hasta el punto de no haber en ella quien diga en p�blico: �<strong>n</strong>o hay m�s <strong>d</strong>ios que <strong>d</strong>ios y <strong>m</strong>ahoma es su <strong>e</strong>nviado�. <strong>e</strong>n los minaretes el obispo <strong>c</strong>isneros ha instalado campanas; en las mezquitas, im�genes y cruces. <strong>s</strong>i alguien se rebela, es castigado con la tortura y con la muerte. <strong>p</strong>ara que abjuren los musulmanes, se les dice: �<strong>t</strong>u antepasado era cristiano y reneg�, reniega ahora t��. <strong>s</strong>e reconoce, pues, que la poblaci�n de <strong>g</strong>ranada estuvo llena de elches, de enaciados y de tornadizos, es decir, de gente que conservaba intacta la gana de vivir. <strong>c</strong>isneros, desde junio a diciembre, bautiz� a 70 mil musulmanes. <strong>l</strong>a reina le dec�a: �<strong>c</strong>uantos m�s cristianos y cuanto antes�. <strong>l</strong>as cabezas se bautizan, no el alma.</p><p><strong>y</strong>, como siempre, se ha alzado mi <strong>a</strong>lbayz�n, mi predilecto. �<strong>o</strong> conversi�n o muerte�, es la consigna de los atropellos. <strong>e</strong>spero que, como me dec�a <strong>f</strong>aiz, muchos sigan adorando a <strong>d</strong>ios en los rincones de su coraz�n; pero tambi�n espero, por desgracia, que los sorprendidos ser�n quemados. <strong>c</strong>uando se quiere extirpar lo que sea -una raza, una religi�n o una forma de vida-, el que tiene la fuerza no duda en emplearla.</p><p><strong>y</strong>o trato, sin embargo, de reanimar a los emigrantes andaluces dici�ndoles:</p><p>��<strong>g</strong>ranada pertenec�a a <strong>d</strong>ios, y a <strong>�</strong>l volver�. <strong>c</strong>uanto sucede est� escrito en el libro del <strong>a</strong>lt�simo, que no se cierra hoy.</p><p><strong>a</strong> pesar de mi buena intenci�n, no creo que eso les sirva de consuelo; a m� tampoco me ha servido nunca.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>e tiempo en tiempo, en fechas indecisas, releo una o dos p�ginas de estos escritos con la vaga curiosidad que despiertan los asuntos ajenos. <strong>t</strong>al arbitraria manera de leerlos ha acabado por introducir su incoherencia en mis recuerdos.</p><p><strong>c</strong>onfundo la intensidad de lo que cuentan, lo que representaron y su cronolog�a. <strong>s</strong>i me encuentro animado, agrego unas l�neas en los m�rgenes, o anoto algo ocurrido despu�s de lo ya escrito. <strong>e</strong>so he hecho en este instante.</p><p><strong>h</strong>ace unos meses me dio por pasear a menudo a trav�s del infinito y diligente hormiguero que es la medina, donde todas las profesiones hallan inc�modo acomodo.</p><p><strong>p</strong>osee, o la poseen a ella, tres c�rculos: el de los artesanos, el del zoco y el de las viviendas.</p><p><strong>p</strong>ero es todo confuso: dentro de ella el pueblo entero vive junto como en una gran casa. <strong>l</strong>as calles son, en realidad, pasillos breves.</p><p><strong>s</strong>us habitantes oyen la misma voz: la del almu�dano, paternal y esperada; huelen los mismos olores punzantes de ali�os y de yerbas; van caminando hacia los mismos sitios; adoran al mismo <strong>d</strong>ios, y reposan o rezan sobre la misma estera. <strong>l</strong>a medina es su �nica casa, no tienen otra; la de cada uno es demasiado peque�a para vivir en ella: es un simple cubil en el que duermen un poco para salir de nuevo, en cuanto amanezca, a aislarse o reunirse.</p><p><strong>t</strong>ienen una cultura -�o ella los tiene a ellos?- diestra en largas paciencias. <strong>s</strong>on capaces de sentarse a solas y pensar, o capaces de no pensar en nada, o de agruparse en corrillos taciturnos, en los que a veces zigzaguea una sonrisa id�ntica por todas las bocas y por la misma causa t�cita. <strong>u</strong>na cultura que, al parecer, se resigna y dormita; pero al parecer s�lo. <strong>s</strong>u com�n lujo es el verdor y el agua -la estancia en el desierto est� a�n muy pr�xima-, no la conversaci�n; el narrador de historias es el que debe hablar. <strong>v</strong>eo aqu� lo que en <strong>g</strong>ranada, desde arriba, no tuve oportunidad de ver; y comprendo, m�s desde dentro, lo que en <strong>g</strong>ranada ni me plante�.</p><p><strong>u</strong>n hombre, que viene desde el campo, arrea a sus cuatro burritos habl�ndoles como si fuesen cuatro personas fatigadas y levemente tontas. <strong>e</strong>n una puerta, tan baja que para poder pasar por ella es preciso descender dos pelda�os, leo:</p><p>�<strong>e</strong>l ojo del envidioso tiene una espina�. <strong>l</strong>a luz traspasa y juguetea con los ca�izos que cubren las callejas. <strong>e</strong>n las azoteas, las alfombras despliegan sus elegantes colores desva�dos. <strong>e</strong>l secular martilleo de los latoneros marca el ritmo de la existencia. <strong>u</strong>n ciego canturrea su demanda -�<strong>d</strong>adle algo a <strong>d</strong>ios�-, avanza con incalculable morosidad, y se lleva sin cesar la mano a la cara como si se lavase.</p><p><strong>u</strong>n hombre tan viejo como el mundo se aleja con dos grandes peces en la mano. <strong>d</strong>os carpinteros aserran riendo las maderas de un ata�d, cerca de un almimbar ya casi concluido. <strong>p</strong>aso por la concurrida entrada de unos ba�os. <strong>p</strong>aso por una tienda de alcandoras rayadas, donde el sastre cose y trenza a la vez los hilos, sujetos -tirantes y cuatro en cada mano- por un ni�o de la estatura de un escabel. <strong>p</strong>aso junto a una jaula donde se arrullan amorosamente dos t�rtolas desplumadas y sucias. <strong>p</strong>aso bajo pozos de luz, que se respetan como ninguna otra cosa, ante una esquina, delante de una puerta, en medio de un pasaje techado y oscur�simo. (�<strong>q</strong>u� indica aqu� lo que es una calle y lo que no, lo que es un zagu�n o una traves�a? <strong>s</strong>e ha conseguido una alta perfecci�n: simular, en pleno d�a, la noche.) <strong>p</strong>aso ante montones de aceitunas sobre los redores de esparto de las almazaras: negras, moradas, verdes, como piedras preciosas; mientras las admiro extasiado, un burro que cruza defeca sobre ellas. <strong>p</strong>aso ante un babuchero, que sujeta su labor sobre la rodilla por medio de una correa pisada, y mueve la cabeza al son de una melopeya que no entona. <strong>p</strong>aso ante un metalista, que elige entre treinta o cuarenta broqueles diferentes como el que escribe elige una palabra. <strong>p</strong>aso ante la opulencia de las verduras: desde el cilantro, cuyo sabor a vac�o abre sitio a los otros, al apio, al perejil, a las rotundas frutas y hortalizas; entre ellas, los pescados verdes del r�o y los quesos de cabra apresados en diademas de pleita. <strong>p</strong>aso ante un carro de cabezas cortadas: terneras, ovejas, cabras, bajo la luz del sol que, hecha a�icos, salpica de dibujos de oro la cochambre. <strong>p</strong>aso junto a los camellos de una caravana, de andar torpe y enredado, que me recuerdan a un hombre que conozco, d�a tras d�a afligido sin soluci�n posible, un hombre que desea morir. (<strong>j</strong>am�s he asimilado el misterio del porte altivo de los camellos. <strong>c</strong>argados, doblegados, hambrientos y sedientos, mantienen -a pesar de su extra�a fealdad- la pausa y el comp�s de su zancada, y el cuello erguido.</p><p><strong>a</strong>l verlos, me hiere siempre un sentimiento de fraternidad; un rey no ha de ser como un caballo purasangre, sino como un camello: eso lo he aprendido cuando no me era �til.) <strong>a</strong>l querer salir de la medina, me extrav�o, y ya orientado, me vuelvo a extraviar. <strong>s</strong>�lo hay una cosa patente en este laberinto: su fin es descarriar a quien no le pertenece.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a ciudad de los vivos, en <strong>f</strong>ez, se levanta en un hoyo entre cementerios. <strong>s</strong>e�alando las colinas llenas de tumbas, los fas�es sonr�en y afirman que ellos prefieren el m�s all�. �<strong>e</strong>s m�s bello -dicen-. <strong>l</strong>os fundadores de la ciudad lo demostraron dejando para los muertos lo mejor.� <strong>f</strong>rente a la <strong>p</strong>uerta de la <strong>l</strong>ey -o del <strong>h</strong>ombre <strong>q</strong>uemado, que alude a mi paisano <strong>i</strong>bn al <strong>j</strong>atib, cuyo cad�ver fue expuesto en ella-, junto a la que paso para ir a la medina, hay unas lomas suaves llenas de enterramientos entre olivos. <strong>c</strong>uando los veo desde mis ventanas, como escarbabueyes posados, pienso que no ser�a un mal sitio para descansar, si es que la muerte mata.</p><p><strong>a</strong>ntes de descender a la ciudad, la contemplo desde el mirador de mi alcoba. <strong>l</strong>as azoteas la cubren.</p><p><strong>e</strong>llas ofrecen, para el amor y otros encuentros, un camino m�s hacedero que los de la medina.</p><p><strong>a</strong>bajo y frente a m� veo, como desde la <strong>a</strong>lhambra, un <strong>a</strong>lbayz�n; con menos huertos y menor blancura, pero escucho sus aguas. <strong>a</strong>l fondo, no tan alta como la m�a -�es m�a a�n <strong>s</strong>ierra <strong>s</strong>olera?-, hay otra sierra igualmente nevada; pero no a mis espaldas, sino delante, como si mi transida cabeza hubiera enloquecido, o el horizonte de <strong>g</strong>ranada se hubiese dado media vuelta. <strong>s</strong>eg�n las estaciones -ahora es oto�o-, bajo un cielo de un mon�tono azul, vela una bruma las colinas que circundan el hormiguero.</p><p><strong>l</strong>as alquer�as desparramadas surgen apenas de ella; provoca el sol alg�n relumbro en las techumbres de las mezquitas; un humo calmo se iza y espesa la neblina; motea las laderas el blanco de las tumbas. <strong>p</strong>or fortuna, aqu� la temperatura del invierno es mucho m�s c�lida que la de <strong>g</strong>ranada. <strong>m</strong>i edad no soportar�a sus noches de enero: es la �nica a�oranza que no siento.</p><empty-line/><p><strong>p</strong>ara llegar al tumultuoso r�o de los curtidores y de los tintoreros que parte la ciudad, es preciso atravesar un universo: calles bordeadas de humeantes calderos y madejas de colores chillones; el buen olor a maderas quemadas; los suelos, de piedra abrillantada por los �cidos, que se adentran hacia los hornos interiores� <strong>u</strong>n d�a baj� al infierno de las curtidur�as por una cuesta resbaladiza y repugnante tapizada de pelos, lanas, bo�igas, regatos pestilentes. <strong>m</strong>is ojos, educados a huir de la fealdad, se refugiaron en una maceta de lirios rosas y albahaca: all� estaba, sobre un alf�izar, incontaminada y portentosa; en un sitio tan inmundo, �qu� es lo que hac�a? (<strong>q</strong>uiz� deber�a de preguntarme mejor por qu� llamo inmundo a ese sitio y portentosa a esa maceta.) <strong>a</strong>l final de la cuesta, las pilas de mordientes, hechos con excrementos de paloma, y los muros que cierran esta mina fogosa, tachonados de pieles puestas a secar; en el verano, para que no las perjudique el sol, s�lo de noche las extienden. <strong>l</strong>os curtidores y sus aprendices trabajan silenciosos y r�tmicos. <strong>e</strong>n medio de ese cr�ter hostil, sobre el filo de los pilones, semidesnudos, con las piernas te�idas, adoptan armoniosas y elegantes posturas, semienvueltos en vapores que brotan como un vaho de una garganta viva. <strong>a</strong>cuclillados, con cortantes y feroces utensilios, limpian de pelos y desigualdades el rev�s de las pieles.</p><p>(�<strong>l</strong>os animales j�venes -me dicensuministran mejores cueros�: es desalentador que hasta en la muerte sean los j�venes los que alcanzan m�s �xito; a los viejos, ni la muerte los aplaude.) <strong>e</strong>n esas tener�as, dentro de un t�trico zaquizam�, he conocido a un hombre que lleva trabajando en ellas setenta a�os; se�alando a un invisible rinc�n, en el que se adivinaba un redujo inm�vil, me dijo: �<strong>�</strong>se es mi padre�. <strong>u</strong>n muchacho, con un bichero, recoge pieles que llevan uno o dos meses en la cal. <strong>m</strong>�s all�, otro hace los movimientos de quien pisa en un lagar la uva, como si frotase las pieles contra el suelo, o buscase con los pies una transconejada en el fondo de una pileta. <strong>l</strong>as norias verticales marean el sonoro caudal del r�o.</p><p><strong>d</strong>esde los altos secaderos se otean los terrados de la orilla de enfrente: es el barrio de los <strong>a</strong>ndaluces; hacia �l se van mis ojos�</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l rostro de la medina se muda con las horas. <strong>a</strong>l mediod�a, en el <strong>z</strong>oco <strong>g</strong>rande, apenas se distingue una palmera contra el color arena del conjunto; apenas, las tejas verdes de una madraza, o la azulejer�a de un alminar; a la ropa tendida no la menea el aire. <strong>a</strong> las tres de la tarde, todo es un ruido vertiginoso y sin matices; de pronto, un griter�o: el <strong>z</strong>oco <strong>g</strong>rande reza. <strong>s</strong>i me descuido, s�bitamente me encuentro solo�</p><p>�<strong>d</strong>�nde se han ido las dem�s hormigas? <strong>l</strong>o mismo que en la vida de un hombre, hay aqu� horas en que se rompen todos los juguetes y s�lo queda ensimismarse. <strong>c</strong>on poderosos pies, se acerca la profunda noche de la medina; ni una luz hay ya en ella, un crujido no m�s, un resbalar inc�gnito, y las calles cuajadas de olores naturales�</p><empty-line/><p>�<strong>c</strong>�mo conoc� a <strong>a</strong>m�n y a <strong>a</strong>mina?</p><p><strong>a</strong> un paso de la mezquita de los <strong>a</strong>ndaluces tiene su min�sculo obrador un herrero. <strong>u</strong>no de los obreros, el de tez m�s morena, me sonre�a siempre que nuestros ojos se cruzaban. <strong>m</strong>ientras enderezaba los hierros sobre el yunque, o los retorc�a para soldarlos luego al lujoso enrejado, no dejaba de mirarme. <strong>c</strong>erca de la herrer�a estaba el taller de un tornero. <strong>p</strong>ero el tornero no me miraba nunca; tanto, que sent�a su desatenci�n con m�s intensidad que si no me quitase la mirada de encima. �<strong>h</strong>ab�a visto antes aquella cara angulosa y herm�tica? �<strong>q</strong>uiz� en el <strong>z</strong>acat�n granadino? <strong>e</strong>ra in�til tratar de recordar; mi tarea es ahora olvidar cuanto viv�, y cuanto supe y tuve.</p><p><strong>a</strong>quel tornero, mediante un sencillo e ingenioso mecanismo, trabajaba a la vez con las manos y con los pies, enfrascado en una envidiable concentraci�n -que yo notaba hostil- hasta despu�s de ponerse el sol. <strong>s</strong>us ojos, que parec�an dormitar, no se levantaban nunca de los maderos de laurel. �<strong>d</strong>e qu� color ser�an? <strong>n</strong>o lo pude saber.</p><p><strong>u</strong>na ma�ana me enter�, sin embargo, por el herrero de que era, en efecto, granadino.</p><p><strong>p</strong>ocos d�as despu�s apareci� cerrada la tienda del tornero.</p><p><strong>e</strong>ch� de menos su intrincada labor, que me divert�a observar como se observan, entre la admiraci�n y el asco, las contorsiones de un cuadrumano. <strong>y</strong> ech� de menos su intencionada ausencia de miradas. <strong>u</strong>na noche so�� con el tornero; ten�a los ojos verdes.</p><p><strong>p</strong>asaron unos d�as m�s. <strong>e</strong>l herrero cetrino y sonriente, por fin, me dijo:</p><p>��<strong>e</strong>l tornero se ha muerto, se�or. <strong>a</strong>qu�llos son sus hijos.</p><p><strong>e</strong>n los escalones de la mezquita hab�a sentados dos muchachos id�nticos de doce o trece a�os. <strong>p</strong>ese a una peque�a diferencia de estatura, saltaba a la vista que eran gemelos; pero por un error de la <strong>n</strong>aturaleza, si es que ella los comete, uno de ellos era var�n y el otro hembra. <strong>q</strong>uiz� el hecho de que su padre trabajara por igual con los pies y con las manos ten�a algo que ver. <strong>a</strong>l darlos a luz, hab�a muerto su madre. <strong>e</strong>sta circunstancia infeliz me los aproximaba. <strong>n</strong>o ten�an familia: sus padres vinieron de <strong>g</strong>ranada cuando yo sal� de ella.</p><p><strong>m</strong>e pareci� obligado traerlos a mi casa; aqu� est�n desde entonces.</p><p><strong>s</strong>on, para m�, el resumen de dos mundos: el de esa medina, que se me exhibe y se me esconde (un resumen, como ella, inexplicable, turbador y bello), y el de mi mundo de ayer, el resumen de los desperdigados y preciosos vestigios que hay de <strong>g</strong>ranada por la tierra.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>os dos son agudos y despiertos, de genio vivaracho y expresi�n penetrante. <strong>s</strong>u mirada es avizoradora, atenta a todo, saltarina y desconfiada. <strong>s</strong>u sonrisa asoma con rapidez apenas se les mira, como una excusa previsora de una probable acusaci�n. <strong>s</strong>u nariz es corta y no muy recta. <strong>s</strong>us ojos, verdes como los de su padre en mi sue�o, son tan brillantes que parecen encendidos en su interior; hasta el punto de que, si los detienen sobre m�, he de esforzarme para sostenerlos sin apartar los m�os. <strong>s</strong>us cuerpos son melodiosos: es la palabra que mejor les cuadra. <strong>e</strong>l muchacho tiene andares gallardos y retadores, y separa un poco las piernas, d�ndoselas de hombre; por eso mismo trata a su hermana al tiempo con dureza y benevolencia, como se trata a un ni�o. <strong>e</strong>l aspecto de ella es obediente y dulce -creo, sin embargo, que encubre una firmeza inamovible-, y, ante la menor duda, vuelve los espl�ndidos ojos a su hermano. <strong>e</strong>s notorio que hay un pacto entre ellos, expl�cito o no, que los vincula y los identifica frente al resto del mundo: un mundo del que yo formo parte todav�a. <strong>a</strong> falta de otra ocupaci�n, he vigilado a los muchachos, los he estudiado con detenimiento.</p><p><strong>a</strong>l principio, furtivamente; luego os� hablar con ellos. <strong>l</strong>a diferencia entre nosotros era tan grande como un mar: ellos, o estaban muy distantes, o se ocultaban tras las olas. <strong>n</strong>o obstante, a riesgo de precipitarme, saqu� mis conclusiones: la vida no los ha dejado intactos, pero s� ilesos; el dolor los atac�, pero no los ha acribillado o, por lo menos, no dej� huellas en su alma. (<strong>n</strong>o creo que se planteen siquiera ese asunto de su alma.) <strong>y</strong> reflexiono una vez m�s.</p><p><strong>q</strong>uiz� el dolor y el amor sean s�lo emanaciones de la individualidad.</p><p><strong>s</strong>�lo el verdadero individuo, es decir, el que tiene cubiertas ciertas necesidades inferiores, es capaz de sentirlos. <strong>e</strong>l pueblo es s�lo especie; como especie, es inmortal: incapaz de amor por ello, pero a cambio, por ello tambi�n, impasible.</p><p>�<strong>t</strong>engo derecho a hablar as�?</p><p>�<strong>h</strong>e merecido yo lo que poseo? <strong>m</strong>�s a�n, �soy pasible? <strong>d</strong>espu�s de tantas p�rdidas, �lo soy? <strong>s</strong>�lo un peligro de dolor o de muerte que se corre con deliberaci�n -un peligro no impuesto- hace pasar al hombre, de una vida latente y s�lo f�sica, a una vida esencialmente humana.</p><p><strong>c</strong>uando no se expone la vida, sino que se conserva y perpet�a nada m�s a trav�s de uno como un mero veh�culo, no merece tal nombre. <strong>y</strong>o lo s�: mucho tiempo he vivido para el conflicto, para el desaf�o, para el prodigio, lastimoso o ben�fico, que encend�a mis a�os; pero perd� el motivo y la raz�n del riesgo: me fueron total y absurdamente arrebatados. <strong>y</strong> su carencia es hoy un reguero de fuego que lo consumi� todo, hasta el dolor. (<strong>a</strong>hora el dolor, anestesiado para seguir viviendo, se ha convertido en un sordo estado de melancol�a, en un umbr�o fondo de desdicha que no me permite ver, ni querer ver, el mundo. <strong>a</strong>hora soy como un barco vac�o a la deriva.) <strong>y</strong>o he despreciado a quienes se resignaban a sobrevivir; a los que, como estos dos muchachos, nac�an destinados s�lo a eso. �<strong>p</strong>orque vivir -me dec�a- no es continuar vivo, sino participar en el misterio, en las desalmadas siembras de la vida y en sus recolecciones: crear vida, y no s�lo engendrarla.�</p><p>�<strong>a</strong>caso por eso est�n aqu� <strong>a</strong>m�n y <strong>a</strong>mina? �<strong>s</strong>er�n ellos el �ltimo reducto donde debe latir mi coraz�n?</p><p><strong>l</strong>os animales salvajes y el pueblo menesteroso, si los examinaba con detenimiento, me dejaban exhausto. <strong>c</strong>uando la vida es un irresistible impulso, dirigido con exclusi�n de lo dem�s a no morir, se vuelve incomprensible y r�gida, como un deber sordomudo desprovisto de cualquier recompensa. <strong>e</strong>n la incesante noria, los cangilones se llenan y se vac�an de un agua indiferente; suben y bajan, utilizados o inutilizados sin su consentimiento. �<strong>y</strong> es vida eso, ese constante azacaneo, esa persecuci�n del alimento, del cubil, de los hijos? <strong>e</strong>l ser humano tiene una parte que pertenece a la ind�mita naturaleza, pero �no tiene otra en que la contradice? <strong>e</strong>l amor, que en apariencia nos empuja a engendrar otra vida, �no mueve a los amantes a quitarse la suya en las mejores ocasiones? <strong>e</strong>l n�ufrago que se ahoga es m�s grande que el mar; porque el n�ufrago sabe que se muere y el mar no sabe que lo mata.</p><p><strong>s</strong>obrevivir; pero �hasta d�nde?</p><p>�<strong>s</strong>er� la ferocidad la �nica arma, una ferocidad tan inocente e irracional como la ternura con que el le�n lame a sus cr�as? <strong>s</strong>obrevivir a toda costa no es humano. <strong>l</strong>a muerte es seductora: la primera noche de veras relajada, el d�cil almohad�n en el que el cuerpo, con un suspiro, se evade y se disuelve.</p><p><strong>m</strong>orir es la irremediable meta de la casualidad, la conclusi�n del no solicitado encargo: reposar la cabeza, cerrar los ojos, y que cese el miedo. <strong>a</strong>y, qu� f�cil ser�a: un leve corte en la vena precisa, y desaparece el temor a un ma�ana de ataques impensados, de hoscos aires de enemistad, de derrotas y de envejecimiento; un ma�ana que desmoronar� la ferocidad imprescindible para sobrevivir, y que nos desamparar� bajo la dentellada del m�s joven que empieza. <strong>s</strong>e termin�: el leve corte, y lo oscuro nos arropa con su maternal connivencia. �<strong>n</strong>o ser� el hombre m�s hombre si exacerba lo que de menos animal hay en �l: esa capacidad de interrumpir a discreci�n de su vida? <strong>y</strong>, sin embargo, �en qu� afecta a la vida que un individuo muera, sea hombre, o fiera, o pez que sigue el ojo bizco de un ni�o peque�o?</p><empty-line/><p><strong>n</strong>o s� si eran �stas las razones que me movieron a acercarme, progresiva y lentamente, a <strong>a</strong>m�n y a <strong>a</strong>mina, como quien se acerca a unos cachorros hu�rfanos de tigre. <strong>n</strong>o s� si fue reemprender una tarea de experiencias y de ense�anzas, o defenderme detr�s de su escudo valeroso, o suministrarle un sentido a toda esta oquedad, o sustituir a mis propios hijos que ya no est�n conmigo y que no me respetan, ni acaso me respetaron nunca, o tratar de que suplanten a una hija nonata que por lo mismo no me ha decepcionado, o acaso todo junto.</p><p><strong>m</strong>ejor ser� no preguntarme si sobrevivir es tambi�n ir viviendo de una pr�rroga en otra.</p><empty-line/><p><strong>m</strong>e inunda un aluvi�n de noticias de lo que, a lo largo de estos a�os, ha ido sucediendo en <strong>g</strong>ranada. <strong>l</strong>os musulmanes de all� han podido irse haciendo a la idea; a m� se me desploma todo encima a la vez, y me abruma. <strong>e</strong>s cierto que el tiempo diluye y dosifica el dolor y la vida, y es �l quien nos lleva de su mano, con benignidad -si le dan tiempo al tiempo-, camino de la muerte.</p><p><strong>e</strong>n la plaza de <strong>b</strong>ibarrambla encendieron una hoguera con libros: los que dej� en la <strong>a</strong>lhambra y los hallados en las casas en que, seg�n las capitulaciones, no pod�an entrar. <strong>n</strong>ada se ha respetado: ni la ciencia, ni la filosof�a, ni la medicina. <strong>l</strong>ibros que representaban siglos de amor y de dedicaci�n: nuestras oraciones, nuestras �qasidas�, nuestra m�stica y nuestra m�sica. <strong>t</strong>odo ardi�. <strong>s</strong>i cierro los ojos, veo el humo, ascendiendo como un �rbol de insensatez, de resquemor y de contradicci�n, clamando hacia el limpio cielo de <strong>g</strong>ranada.</p><p><strong>v</strong>eo consumirse en el fuego libros lujosos como p�jaros, coloreados guadameciles, platas chapadas, meticulosas filigranas, figuras que el refinamiento de nuestra cultura tard� cientos de a�os en crear.</p><p><strong>v</strong>eo arder mi cultura, y escucho las campanas enemigas repicar a gloria. �<strong>a</strong> qu� gloria? �<strong>a</strong> qu� unidad aspiran los feroces? �<strong>e</strong>l camino de la unidad ser� el destrozo, la violencia de los cuerpos y de las fes y de las opiniones, la aniquilaci�n de cuanto no sea id�ntico?</p><p><strong>e</strong>n <strong>r</strong>onda han muerto tantos que la sierra <strong>b</strong>ermeja se llamar� desde ahora bermeja por la sangre, no por el matiz de sus piedras; las sublevaciones de la <strong>a</strong>lpujarra se han ahogado en m�s sangre todav�a.</p><p><strong>t</strong>oda aquella belleza sumida en sangre y llanto. <strong>q</strong>u� cristiana manera de cristianizar la de expedir al <strong>p</strong>ara�so a quienes les estorban. <strong>q</strong>u� fals�a la de disfrazar la pol�tica con los recados de la divinidad. �<strong>o</strong> bautizarse, o pasar a <strong>�</strong>frica en las naves del rey, a diez doblas por cabeza�; pero previamente les hab�an arrapado las doblas. �<strong>q</strong>u� le dir�n de noche a su <strong>d</strong>ios esos reyes, si es que de verdad creen en <strong>�</strong>l? <strong>l</strong>os criminales por decreto divino, los torturadores de la fe, �c�mo rezar�n a su <strong>d</strong>ios?</p><empty-line/><p><strong>m</strong>uchos granadinos de los que pasaron al <strong>n</strong>orte de <strong>�</strong>frica, a�n resisten dedicados a la pirater�a.</p><p><strong>q</strong>uiz� no esperan volver ellos mismos un d�a, sino que luchan para sus hijos y para sus nietos. <strong>h</strong>ay momentos en que me devora la necesidad de poner mi nombre y mi bandera carmes� al frente de ellos y de morir con ellos. <strong>s</strong>u pasi�n es la que ha ratificado a los cristianos en que el �nico medio de vender al <strong>i</strong>slam es cortar con el cuchillo de la religi�n las v�as del <strong>e</strong>strecho. <strong>b</strong>autizar a los musulmanes de la <strong>p</strong>en�nsula, pero conquistar tambi�n y convertir, para mayor descanso, las plazas costeras africanas.</p><p><strong>y</strong> aqu� se han presentado. �<strong>s</strong>e dejar� enga�ar por ellos su <strong>d</strong>ios?</p><p>�<strong>s</strong>e enga�an a s� mismos? <strong>c</strong>onquistaron <strong>o</strong>r�n por el puro bot�n; a nadie le interesaba convertir a nadie, ni convencer a nadie; la rapi�a tan s�lo: degollar, acuchillar, picar como toros a �la morisma� para acabar con ella. <strong>n</strong>o han dejado m�s de 80 moros vivos.</p><p>�<strong>u</strong>n moro muerto es el mejor de todos�, dicen sus capitanes. <strong>l</strong>as dos mezquitas se consagraron a la encarnaci�n de <strong>d</strong>ios y a <strong>s</strong>antiago <strong>m</strong>atamoros, para dejar bien claro a lo que hab�an venido: a escupir sobre nuestros cad�veres. <strong>e</strong>l temor al s�lo nombre de los espa�oles ha hecho que la mayor�a de los habitantes de <strong>t</strong>remec�n y los pueblos vecinos se precipitasen a huir.</p><p><strong>a</strong>qu� han llegado muchos; entre ellos, los familiares de mi t�o <strong>a</strong>bu <strong>a</strong>bdal�, a quienes he tenido en esta casa hasta que hallaron hospedaje en la medina. <strong>l</strong>a tumba del �<strong>z</strong>agal� ahora est� sola. <strong>j</strong>adicha -o esa inflamaci�n suya- se ha quedado conmigo en honor al recuerdo de mi hermano <strong>y</strong>usuf.</p><p>(<strong>a</strong>hora mismo la escucho bambolearse por la casa; cuando intenta no molestar es cuando m�s ruido hace.) <strong>r</strong>eyes cat�licos se llaman estos reyes de <strong>e</strong>spa�a. <strong>s</strong>i hay un <strong>d</strong>ios que se complazca en cuanto hacen, no desear�a conocerlo jam�s. <strong>a</strong>y, andaluces: igual que ayer vuestra sabidur�a, hoy vuestra simiente y vuestra sangre son esparcidas sin tino por el mundo, lo mismo que se aventan con un bieldo las mieses�</p><empty-line/><p><strong>t</strong>erminando de escribir lo que antecede, entraron <strong>a</strong>m�n y <strong>a</strong>mina, y me sorprendieron con la cabeza ca�da sobre estos papeles, sollozando. <strong>s</strong>us demostraciones de afecto han sido tan extremadas y efusivas que me he abandonado, como un ni�o, a ellas. <strong>m</strong>e han cubierto de los besos y las caricias que entre ellos se prodigan con absoluta y encantadora carencia de pudor.</p><p><strong>d</strong>esde el primer d�a me propuse no interferir entre ellos; hoy una c�lida y olvidada desaz�n se ha despertado en m�. �<strong>q</strong>u� se proponen con tales agasajos? �<strong>q</strong>u� me dan a entender?</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l hijo mayor de <strong>e</strong>l <strong>m</strong>aleh -hace tres a�os que muri� su padreha almorzado hoy conmigo. <strong>e</strong>stimulado por m�, goza de un puesto relevante en la corte, y est� al tanto de lo que acaece fuera de esta ciudad. <strong>m</strong>e ha contado la historia de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, desde que huy� de la alcazaba de <strong>a</strong>ndarax.</p><p><strong>h</strong>ab�a comprendido que para medrar era preciso convertirse; los reyes fueron sus padrinos de bautismo. <strong>a</strong>dopt� el nombre de don <strong>j</strong>uan de <strong>g</strong>ranada, y advertido de que, por la influencia del obispo <strong>c</strong>isneros, la orden franciscana le proporcionar�a un porvenir brillante, tom� sus h�bitos. <strong>n</strong>o se resign�, sin embargo, a vegetar en un convento que aplazaba indefinidamente su ambici�n. <strong>h</strong>uy� de �l, no sin llevarse el dinero de los frailes, que no era poco y, de nuevo musulm�n fervoroso, se estableci� en <strong>a</strong>rgel. <strong>a</strong>ll� se propuso llegar a valido del emir y, con halagos e insidias, lo consigui�.</p><p><strong>c</strong>on la misma inteligencia para el mal con que engatus� a mi madre, lo engatus� a �l, y logr� que le encomendase la defensa del reino.</p><p><strong>e</strong>ntr� entonces en negociaciones con el conde <strong>p</strong>edro <strong>n</strong>avarro y, por dinero, vendi� aquella plaza como vendi� mi se�or�o. <strong>c</strong>uando la escuadra espa�ola se present� en <strong>b</strong>uj�a, se desencadenaron, contra lo prometido por <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, luchas inesperadas y terribles.</p><p><strong>s</strong>us antiqu�simas y elevadas murallas albergaban un pueblo m�s numeroso que el de <strong>o</strong>r�n y m�s rico, pero menos guerrero y muy dado a placeres. <strong>u</strong>na vez que, durante el <strong>r</strong>amad�n, se rindi� la ciudad, el pueblo entero fue pasado por las armas. <strong>y</strong> cuando <strong>n</strong>avarro tomaba posesi�n del palacio, tropez� con un cuerpo apu�alado en el sal�n del trono: era el de <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa, muerto a manos del propio sult�n, que hab�a descubierto su traici�n.</p><p><strong>s</strong>upongo que, si existe otra vida y se castiga en ella la maldad, no habr� suficientes castigos para el mayor traidor. <strong>p</strong>ero, aunque as� sea, <strong>a</strong>ben <strong>c</strong>omisa ya reposa; hay hombres a quienes s�lo la muerte, a duras penas, es capaz de frenar.</p><p><strong>e</strong>l rey de <strong>b</strong>uj�a, unos meses m�s tarde, trat� de recobrarla.</p><p><strong>l</strong>os castellanos destruyeron sus tropas; �l ha pedido refugiarse aqu�, donde nos encontramos todos los destruidos.</p><p><strong>t</strong>anto que, si la indolencia no me desanima, pienso visitar en <strong>a</strong>gmat las tumbas del �ltimo sult�n zir� de <strong>g</strong>ranada y del �ltimo rey de <strong>s</strong>evilla, desterrados all�, en el lejano <strong>s</strong>ur, cerca de <strong>m</strong>arraquech.</p><p><strong>p</strong>recisamente a ese <strong>a</strong>lmutamid, que se impacientaba ante la tardanza de la muerte, le he escrito una eleg�a, que bien podr�a aplic�rseme.</p><empty-line/><p>�<strong>l</strong>a noche anida silenciosa en el pecho de la ma�ana.</p><p><strong>c</strong>uando caiga, equiparar� al camellero de <strong>�</strong>frica y al porquerizo de <strong>c</strong>astilla con el que m�s brill� en el alto cielo.</p><empty-line/><p><strong>a</strong>�icos de tu coraz�n yacen en <strong>c</strong>�rdoba y en <strong>r</strong>onda; con <strong>i</strong>timad se enterr� el �ltimo.</p><p><strong>p</strong>ara tus herederos no hay herencia: ni trino, ni array�n, ni limpia sombra, ni agua alegre.</p><p><strong>l</strong>os cuervos te parecen, desde abajo, las aves de la misericordia.</p><empty-line/><p><strong>l</strong>a embriaguez de tu vida -caricia, espada y verso- se concluye en esta resaca.</p><p><strong>a</strong>mar fue poseer: tu desaf�o no pueden mantenerlo manos cargadas de cadenas.</p><empty-line/><p><strong>p</strong>regunta a <strong>s</strong>ilves, donde empez� el gozo, si te recuerda.</p><p><strong>a</strong>�n las mismas palmeras se yerguen junto al mismo alc�zar, la misma luna, el mismo r�o que reflej� la faz de <strong>r</strong>umaiquiya.</p><p><strong>t</strong>odo igual y sin ti, y t� igual y sin todo.</p><p><strong>e</strong>ntre la alberca y los jardines, cu�ntos palacios para nada.</p><empty-line/><p>�<strong>r</strong>esponde, <strong>a</strong>gmat�, repites.</p><p>��<strong>c</strong>abe en ti tal grandeza sin romperte?�</p><p><strong>r</strong>esp�ndeme t� a m�: �se rompe acaso de dolor tu memoria, triunfante siempre del ansiado olvido?</p><p><strong>u</strong>na certeza te apacigua s�lo: en el <strong>d</strong>�a de la <strong>r</strong>esurrecci�n tus ojos se abrir�n otra vez en <strong>s</strong>evilla.</p><p><strong>p</strong>ero para resucitar hay que morir: es lo que m�s deseas.�</p><empty-line/><p><strong>t</strong>r�poli no ha tardado en caer ni tres meses. <strong>l</strong>os cristianos ya han puesto sus pies en <strong>�</strong>frica con fuerza. <strong>y</strong> yo bien s� qu� dif�ciles de parar son esos pies.</p><empty-line/><p><strong>h</strong>oy fue la fiesta del nacimiento del <strong>p</strong>rofeta. <strong>l</strong>e he regalado a <strong>a</strong>mina el collar y el pectoral que, hace ya tantos a�os, encargu� para <strong>m</strong>oraima, y que los joyeros granadinos no me enviaron hasta despu�s de muerta. <strong>n</strong>unca pude figurarme que unas alhajas produjeran semejantes transportes de alegr�a.</p><p><strong>h</strong>acer feliz a alguien quiz� sea la forma m�s modesta -pero tambi�n la menos peligrosa- de acercarnos a la felicidad.</p><empty-line/><p><strong>d</strong>os estremecimientos recorren el mundo isl�mico. <strong>p</strong>ara unos, es la esperanza de la uni�n de todas las fuerzas fraternales; para otros, el miedo a que el <strong>g</strong>ran <strong>t</strong>urco conquiste �l solo reinos isl�micos que son independientes.</p><p>�<strong>e</strong>s que no han cesado todav�a las fant�sticas conquistas del <strong>i</strong>slam?</p><p><strong>p</strong>ara alivio de mis tribulaciones, los enemigos del sult�n de <strong>f</strong>ez me instigan a una nueva ilusi�n. �<strong>q</strong>u� responderles?</p><p><strong>d</strong>esde <strong>b</strong>ayaceto, que conquistaba <strong>o</strong>tranto mientras yo fui coronado por primera vez, hasta <strong>s</strong>elim, hay una sucesi�n de triunfos que asombra al universo. <strong>a</strong><strong>s</strong>elim le llaman �el <strong>t</strong>orvo� o �el <strong>f</strong>eroz�: mat� a su padre, mat� a sus hermanos y a los descendientes de ellos, mat� a tres hijos suyos.</p><p><strong>a</strong>lgunos hombres no saben hacer m�s que avanzar, no saben mirar m�s que adelante: �son por eso admirables?</p><p><strong>n</strong>o lo s�; quiz� los pueblos, sin ellos, reptar�an. �<strong>q</strong>u� no es turco a estas horas? <strong>a</strong> partir de <strong>c</strong>onstantinopla, un renovado orgullo se despliega: <strong>s</strong>erbia, <strong>a</strong>natolia, <strong>i</strong>rak, la <strong>a</strong>rabia <strong>d</strong>esierta, la <strong>p</strong>�trea, la <strong>f</strong>eliz, y <strong>e</strong>gipto, y <strong>m</strong>edina, y <strong>l</strong>a <strong>m</strong>eca y <strong>b</strong>elgrado.</p><p><strong>l</strong>a <strong>c</strong>ristiandad vuelve a perder el sue�o y a temblar con su <strong>p</strong>apa a la cabeza. <strong>y</strong>a <strong>p</strong>�o <strong>II</strong>, por temor, le ofreci� a <strong>m</strong>ehmed la corona imperial si se convert�a; ya <strong>i</strong>nocencio <strong>vIII</strong>, por temor, acogi� en <strong>r</strong>oma al hermano de <strong>b</strong>ayaceto.</p><p>�<strong>p</strong>ierde el sue�o la <strong>c</strong>ristiandad con causa? �<strong>s</strong>e alegran con causa quienes piensan que pronto ser�n turcas la <strong>b</strong>erber�a entera, y <strong>s</strong>icilia otra vez, y <strong>c</strong>erde�a, y otra vez <strong>a</strong>ndaluc�a? <strong>e</strong>ntre el estremecimiento de j�bilo y el de alarma, me pregunto: �es lo turco lo isl�mico? <strong>y</strong>a pas� para siempre la bienaventuranza de los omeyas y de los abas�es, �sobre qu�, pues, si no sobre la fuerza puede fundarse el nuevo imperio? �<strong>o</strong> es que sentimos la religi�n como habr�a de ser sentida? �<strong>i</strong>mpidi� ella, apenas muerto el <strong>p</strong>rofeta, que ya el tercer califa luchase contra el cuarto? <strong>c</strong>on raz�n el <strong>p</strong>rofeta habl� m�s de la guerra santa interior que de la exterior. �<strong>n</strong>o lo escribi�, hace siglos, <strong>i</strong>bn <strong>j</strong>ald�n?: los �rabes -y nosotros alardeamos de ser como ellos o ellos- son, entre todos los pueblos, los menos propicios a subordinarse unos a otros; �speros, orgullosos y ambiciosos, todos quieren ser jefes; rara vez sus prop�sitos y aspiraciones las lograr� concretar y transmitir un portavoz; s�lo cuando la religi�n act�a sobre ellos, a trav�s de sus santos y profetas, alguna disciplina mengua su rebeld�a. <strong>y</strong> entonces el orden religioso los sojuzga y a�na en organizaciones comunales, hasta que de nuevo surjan entre ellos los odios de las tribus.</p><p><strong>p</strong>ero �se repetir�n las circunstancias favorables? <strong>l</strong>o dudo; la <strong>h</strong>istoria no reincide. <strong>l</strong>as fuerzas interiores disgregadoras del <strong>i</strong>slam, la afirmaci�n de los pa�ses y de las naciones, son demasiado potentes como para dar paso a una uni�n religiosa. <strong>a</strong>h, s�: si nos uni�ramos dominar�amos el mundo. <strong>y</strong> de continuo alguien nos lo propone a gritos; pero �cu�ndo se ha conseguido encarnar ese ensue�o?</p><p><strong>a</strong>caso permitirlo no est� en los designios del <strong>a</strong>lt�simo; puede que para todos sea mejor. <strong>n</strong>uestro destino, apenas y por poco tiempo rebatido, es ser reyes de taifas.</p><p><strong>l</strong>os demasiado poderosos no suelen ser muy h�biles; pero, aun aceptando que los turcos vinculasen a todos los musulmanes de modo continuado y convencido, �habr�a de alegrarme yo de que <strong>g</strong>ranada volviese a ser isl�mica? <strong>a</strong>unque se me restituyese el trono de la <strong>a</strong>lhambra, �qu� tendr�a que ver yo con los turcos? <strong>n</strong>uestra religi�n interviene, es cierto, en cada hora de la vida; pero �tanto como para que coincidan nuestras maneras de gozarla, de amar, de entristecernos, de contemplar el mar, de embriagarnos con la libertad o de movernos con la m�sica? <strong>a</strong>bismos nos separan de los cristianos, pero quiz� haya entre muchos de ellos y nosotros menos distancia que entre nosotros y los turcos. <strong>g</strong>ranada no ser� nunca m�s <strong>g</strong>ranada: nosotros, que la hicimos, lo sabemos muy bien. �<strong>y</strong> puedo yo regocijarme de que los otomanos pisen la <strong>v</strong>ega y la <strong>s</strong>ierra <strong>s</strong>olera? <strong>e</strong>n el nombre de <strong>d</strong>ios, como musulm�n, s�; pero como andaluz, jam�s. <strong>y</strong>, en el fondo, m�s que otra cosa alguna en este mundo -y en el otro, si lo hay-, �qu� soy, sino andaluz?</p><empty-line/><p><strong>e</strong>l amor -�por qu� no llamarlo valientemente as�?- de <strong>a</strong>m�n y de <strong>a</strong>mina ha levantado un tibio clima en torno m�o. <strong>p</strong>ronto voy ha cumplir sesenta a�os. <strong>m</strong>e he ido quedando solo. <strong>e</strong>llos se ocupan de allanar los obst�culos y las contrariedades que siempre existen alrededor de un extranjero viejo y solitario. <strong>s</strong>on, y lo digo con un conocimiento muy profundo, un ser �nico con dos cuerpos de sexos diferentes. <strong>m</strong>e mantienen vivo con sus risas, con su deseo aut�ntico de festejarme y agradarme, y, enamorados como est�n uno de otro, jam�s persiguen fuera de esta casa lo que encuentran sobradamente en ella.</p><p><strong>n</strong>adie comprender�a ni justificar�a nuestras relaciones: ni las de ellos conmigo, ni las que gozan entre s�. <strong>y</strong>o no aspiro a una comprensi�n tal: los hombres pocas veces entienden aquello que no sienten, pero, por el contrario, justifican lo que sienten sin el menor escr�pulo. <strong>q</strong>uiz� �se sea mi caso; no lo s�; no voy a pregunt�rmelo. <strong>a</strong>cepto el �ltimo obsequio de la vida como se acepta un postre jugoso y agradable; en �l, contra lo que cualquiera podr�a imaginar, no hay ni la menor sombra de complicaci�n.</p><p><strong>i</strong>gnoro cu�ndo comenzaron ellos a ser amantes, y voy a continuar ignor�ndolo; tambi�n ignoro cu�ndo resolvieron, si es que hubo una resoluci�n, ofrecerme su amor y requerir el m�o. <strong>t</strong>odo ha sido el resultado de muchas noches apacibles en que hemos le�do juntos, bebido juntos, aprendido juntos, compartido canciones y conversaci�n. <strong>s</strong>on dos criaturas gentiles y dadivosas de s� mismas. <strong>s</strong>� que habr� quien juzgue que, si me aman, es por mi fortuna. <strong>s</strong>e equivocan: mi fortuna, en su mayor parte, est� ya en manos de mis hijos, y, aunque no me amaran, el resto habr�a de ser para estos j�venes que iluminan mis noches y recrean mis d�as.</p><p><strong>e</strong>llos me dan m�s de lo que reciben. <strong>e</strong>n ellos he encontrado una compensaci�n y una tarea; alguien en quien depositar lo poco que aprend�, lo poco que obtuve de la vida, y la escasa capacidad de cari�o, curiosidad y sorpresa que a�n retengo. <strong>e</strong>so no quiere decir que me aferre, por medio de sus manos, a la supervivencia. <strong>n</strong>o me enga�o.</p><p><strong>h</strong>e alcanzado algo que jam�s supe lo que significaba: la serenidad, con todo cuanto acarrea de indiferencia y de resignaci�n. <strong>y</strong> s� que un postre, por gustoso que sea, lo �nico que puede hacer -no otro es su oficio- es concluir con dulzura una comida, y sugerir a los comensales que ha llegado la hora de levantar la mesa. <strong>e</strong>sa hora no la esquivo, ni la apresurar�. <strong>y</strong>a me han cansado las iniciativas.</p></section><section><title><p>papel agregado al final del manuscrito</p></title><p><strong>f</strong>ui a la batalla del sult�n y he regresado vivo. <strong>m</strong>�s de una vez lo he escrito aqu�: todo me ha traicionado, hasta la muerte. <strong>n</strong>o ha querido concurrir a la cita que le propuse; me rehuyeron las espadas y me evitaron los enemigos, acaso porque no lo eran m�os. <strong>e</strong>lla me dio la espalda. <strong>d</strong>e nuevo me someto a lo que no logro entender.</p><p><strong>d</strong>e ahora en adelante, no tendr� otra tarea que aguardarla. <strong>c</strong>uando la muerte llega a su hora -no a la que la citamos- es uno de los nombres de <strong>d</strong>ios. <strong>n</strong>o hay fuerza ni poder sino en <strong>�</strong>l, el <strong>e</strong>xcelso, el <strong>o</strong>mnipotente, el �ltimo heredero de la <strong>t</strong>ierra.</p></section><section><title><p>Antonio Gala</p></title><image l:href="#1"/><empty-line/><subtitle>***</subtitle><empty-line/><image l:href="#2"/></section></body><binary id="cover" 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