<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>prose_contemporary</genre><author><first-name>Manuel</first-name><last-name>Vicent</last-name></author><book-title>Aguirre, el magn�fico</book-title><annotation><p>Este relato no es exactamente una biograf�a de Jes�s Aguirre, sino un retablo ib�rico donde este personaje se refleja en los espejos deformantes del callej�n del Gato, como una figura de la corte de los milagros de Valle-Incl�n. Medio siglo de la historia de Espa�a forma parte de este esperpento literario.</p><p>Esta traves�a escrita en primera persona es tambi�n un trayecto de mi propia memoria y en ella aparece el protagonista Jes�s Aguirre, el magn�fico, rodeado de te�logos alemanes, escritores, pol�ticos y arist�cratas de una �poca, de sucesos, pasiones, �xitos y fracasos de una generaci�n que desde la alcantarilla de la clandestinidad ascendi� a los palacios. Un perro d�lmata se pasea entre los libros de ensayo de la Escuela de Fr�ncfort como un rasgo intelectual de suprema elegancia.</p><p>Jes�s Aguirre, decimoctavo duque de Alba por propios m�ritos de una gran escalada, sintetiza esta cr�nica, que va desde la postguerra hasta el inicio de este siglo. Su vida fantasmag�rica, pese a ser tan real, no puede distinguirse de la ficci�n literaria.</p></annotation><date/><coverpage><image l:href="#cover"/></coverpage><lang>es</lang></title-info><document-info><author><first-name/><last-name/></author><program-used>Fiction Book Designer, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date value="2011-11-18">18.11.2011</date><src-url/><src-ocr/><id>FBD-AC8609-DCE0-0E46-85BD-2202-D1AA-6D91CD</id><version>1.0</version></document-info><publish-info/></description><body><image l:href="#cover"/><title><p>Manuel Vicent</p><empty-line/><p>Aguirre, el magn�fico</p></title><section><p>� 2011, Manuel Vicent</p></section><section><title><p>1985</p></title><p><emphasis>De c�mo fui nombrado bi�grafo del duque ante el rey de Espa�a con un chorizo de Cantimpalos en la mano</emphasis></p><empty-line/><p>El 23 de abril de 1985, en la Universidad de Alcal�, el novelista Torrente Ballester acababa de pronunciar en el paraninfo el discurso de aceptaci�n del Premio Cervantes, y despu�s de la ceremonia, con la imposici�n de la inevitable medalla, se celebraba un vino espa�ol en el severo claustro renacentista alegrado con algunas flores y setos trasquilados. Bandejas de canap�s y chorizos de Cantimpalos, cuya grasa brillaba de forma obscena bajo un sol de primavera, pasaban a ras del pecho de un centenar de invitados, gente de la cultura, escritores, pol�ticos, editores, poetas. Uno de ellos era Jes�s Aguirre, duque de Alba. Lo descubr� en medio del sarao, transfigurado, redivivo, como reci�n descendido del monte Tabor. Me acerqu� y le dije bromeando: �Jes�s, �puedo tocarte para comprobar si eres mortal?�. El duque me contest�: �Querido, a ti te dejo que me toques incluso las tetillas�. Vista la proposici�n, expresada con una dosis exacta de iron�a y malicia, le confes� que me propon�a saludar al Rey, pero que en este caso prefer�a la compa��a de un Alba a la de un Borb�n. ��No conoces a Su Majestad?� El duque tir� de m� para conducirme ante la presencia del monarca. Saludar al Rey despu�s del frustrado golpe de Tejero del 23-F era un acto que estaba ya bien visto, incluso era buscado por los �cratas m�s crudos. El anarquista celeste Gil-Albert, poeta de la generaci�n del 27, regresado del exilio de M�xico, me dijo un d�a: �He rechazado muchas invitaciones a palacio, pero ahora no me importar�a ir a Madrid a darle la mano a ese chico�.</p><p>Don Juan Carlos vest�a chaqu�, empu�aba una vara de mando, se adornaba con el tois�n de oro, un collar�n con catorce chapas doradas, instituido en 1430 por Felipe III de Borgo�a en honor de sus catorce amantes, que al parecer ten�an todas el sexo rubio, como el vellocino de oro. Nuestro Rey luc�a esa orden y ahora estaba rodeado de tunos cuarentones que se daban con la pandereta en la cabeza, en el codo, en las nalgas, en los talones y le cantaban as�mate al balc�n carita de azucena y no s� qu� m�s, como si fuera una se�orita casadera. Jes�s Aguirre se abri� paso en el enjambre de guitarras y plantado ante el Rey dijo muy entonado: �Majestad, le presento a mi futuro bi�grafo�. Y a continuaci�n pronunci� mi nombre y apellido, mascando con fruici�n las s�labas de cada palabra. El Rey ech� el tronco atr�s con una carcajada muy espont�nea y exclam�: �Co�o, Jes�s, pues como lo cuente todo, vas aviado�. Esta salida tan franca no logr� que el duque agitara una sola pesta�a, sino una sonrisa c�nica, marca de la casa. En ese momento, entre el rey de Espa�a, el duque de Alba y este simple paisano apareci� a media altura una bandeja de aluminio llena de chorizos de regular tama�o, cada uno traspasado por un mondadientes, como se ven en la barra de los bares de carretera a merced de los camioneros. Una se�ora vestida en traje regional, de alcarre�a o algo as�, ofreci� el presente con estas palabras: ��Un choricito, Majestad?�. Y Su Majestad exclam�: ��Hombre, un chorizo! �Venga, a por �l!�. Jes�s Aguirre, obligado tal vez por el protocolo, alarg� tambi�n la mano. Con un chorizo ib�rico en el aire trincado con el mondadientes, Su Majestad me dijo: �Y t� qu�, �no te animas?�. Contest� algo confuso: �No puedo, se�or, estoy cultivando una �lcera de duodeno con mucho cari�o�.</p><p>Con la boca llena de chorizo, ni el Rey ni el duque pod�an emitir palabra alguna y menos una opini�n que no fuera el placer que se les escapaba a trav�s de una mirada turbia, y por mi parte yo no encontraba un pensamiento que fuera el apropiado para la ocasi�n. Mientras ambos en silencio salivaban el don del cerdo, pude contemplar c�mo por la barbilla real y por la comisura del duque se deslizaba una espesa veta de grasa, imagen de una felicidad que m�s que a la monarqu�a y al ducado correspond�a al pueblo llano. �No sabes lo que te pierdes�, dijo el rey de Espa�a cuando ya pudo hablar. Los tunos hab�an acompa�ado este encuentro con la canci�n de <emphasis>Clavelitos</emphasis>y luego se fueron a dar la tabarra a otros invitados.</p><p>En la fiesta se comentaba el atentado acaecido unos d�as antes en el restaurante El Descanso, cerca de Torrej�n, atribuido a la Yihad Isl�mica, que hab�a cosechado dieciocho muertos y m�s de ochenta heridos. La posibilidad de saltar por los aires mientras uno come chuletas con la familia en un merendero, a causa de un hipot�tico agravio a una secta religiosa o por una injusticia social que sucede en cualquier rinc�n del mundo, comenzaba a ser incorporada a la conciencia colectiva espa�ola. El sentido de la culpa universal era una d�diva que acababa de regalarnos la historia y que ya no nos iba a abandonar. Usted es responsable de la c�lera de un fan�tico, que expresa su venganza a diez mil kil�metros de distancia. ��Otro choricito, Majestad?� �No, gracias�, dijo el monarca.</p><p>El galardonado Torrente Ballester andaba cegato, ir�nico y un poco perdido recibiendo parabienes de todo el mundo en medio del cotarro. El duque de Alba y el escritor se encontraron y, despu�s de abrazarse y felicitarse mutuamente, comenzaron a recordar detalles de una escena extra�a que, al parecer, compartieron hac�a ya muchos a�os. �Fue en mi piso de la avenida de los Toreros -dijo Torrente- cuando sucedi� aquel prodigio. De pronto, Dios se apareci� debajo de la cama de mi hijo Gonzalito y, como t� entonces eras el cura m�s moderno del mundo, te llam� Ridruejo para que nos sacaras de aquel apuro�. El duque sonri�: �Lo recuerdo muy bien. Fue pr�cticamente la �ltima vez que ejerc� el ministerio eclesi�stico antes de abrirme al laicado. No est� mal haber terminado con aquello asistiendo a un milagro, �no te parece?�. El relato de este lance surrealista qued� interrumpido porque en ese momento vino alguien con la noticia que Camilo Jos� Cela, al que negaban el galard�n a�o tras a�o, acababa de declarar en Radio Nacional que el Premio Cervantes era una mierda. �Este Camil�n ha ido a Estocolmo a promocionarse para el Nobel. Ante el pleno de la Academia Sueca ha afirmado que puede absorber por el culo una palangana llena de agua�, coment� Torrente. �En ese caso<emphasis>, </emphasis>seguro que le dan el Nobel de F�sica�, dijo el duque.</p><p>Puesto que me hab�a nombrado su bi�grafo oficial siendo testigo el rey de Espa�a, lament� no tener el talento de Valle-Incl�n, ya que Jes�s Aguirre, como personaje, pod�a desafiar con ventaja a cualquier ejemplar de la corte de los milagros. Seg�n Valle-Incl�n, el esperpento consiste en reflejar la historia de Espa�a en los espejos deformantes del callej�n del Gato. Si este hijo natural, cl�rigo volteriano, luego secularizado y transformado en duque de Alba, se hubiera expuesto ante esos espejos, probablemente los habr�a roto en pedazos sin tocarlos o tal vez en el fondo del vidrio polvoriento habr�a aparecido la figura del Capit�n Ara�a.</p><p>Terminado el acto acad�mico en Alcal� de Henares, cuando regresaba a Madrid, en la radio del coche balaba la cabrita de Julio Iglesias echando caramelos por la boca. El locutor interrumpi� la canci�n <emphasis>Soy un truh�n, soy un se�or </emphasis>para dar la noticia de la muerte de otro militar a manos de ETA, seguida de las condolencias y repulsas de los pol�ticos, entre las que sobresal�a la voz engallada del ministro socialista de Interior con la amenaza difusa de tomar represalias. Luego en la radio son� <emphasis>El vals de lasmariposas, </emphasis>de Danny Daniel, mientras yo trataba de recordar cu�ndo y en qu� lugar me hab�a encontrado por primera vez con Jes�s Aguirre.</p></section><section><title><p>1970</p></title><p><emphasis>Unbellod�lmatasepaseabaentrelibros delaEscueladeFrancfortyelodiocomenz� rompiendoalpinosescaparates</emphasis></p><empty-line/><p>La memoria me llev� al palacete con jard�n de la plaza del Marqu�s de Salamanca, donde estaba ubicada la editorial Tauros, que entonces era un negocio del banquero Alfonso Fierro, adquirido a Pancho P�rez Gonz�lez, su fundador. Se mov�a por all� un gerente barbudo llamado Sanabria, de la confianza del Banco Ib�rico, con aspecto de no tener idea de libros, aunque en aquel tiempo consol� llevar barba ya se ten�a mucho ganado como intelectual. Sentado a una mesa en un rinc�n se hallaba un jovencito silencioso, muy introspectivo, que despu�s ser�a el novelista Jos� Mar�a Guelbenzu. En el zagu�n se hab�a cruzado conmigo un muchacho, a quien alguien llam� Jaime. Llevaba de la correa a un perro, los dos tan bellos como distantes. Ni el uno me ladr� ni el otro se dign� mirarme. El perro era un d�lmata y Jaime era hijo de Fierro, el amo del asunto, quien, seg�n dec�an, hab�a sido imantado por la inteligencia de Jes�s Aguirre,</p><p>Probablemente era la primavera de 1970, cuando yo pretend�a escribir una biograf�a de Aza�a, una estampa pol�tica o cosa parecida. Ten�a una amiga feminista de la v�a dura, con una tijera estampada en la camiseta entre los senos, Vicki Lobo, a quien todos los a�os al llegar el 14 de abril, excitada con la flor de las acacias, le sal�an ronchas republicanas en la cara, y alentado por ella me present� sin previo aviso en la editorial Taurus. Ten�a entendido que para hablar con Aguirre hab�a que pedir audiencia como si se tratara de un ministro o m�s y que �l la conced�a a capricho y con mucha reserva, pero ante mi sorpresa fui introducido enseguida por la secretaria Maripi en su despacho y sin conocerme de nada me recibi� muy afable, incluso sonriente. En ese momento yo cre�a que Jes�s Aguirre era cura y esperaba verlo con sotana o con alzacuello de clergyman, pero lo encontr� muy visual con chaqueta blanca, corbata de seda natural llena de elefantes con la trompa alzada, un chal sobre los hombros color fucsia y media melena que le cubr�a las orejas, signo de la modernidad progresista de la �poca. Del respaldo de su sill�n colgaba un bolso bandolera de lona, marca Yves Saint Laurent, pero no pude ver si calzaba zapatos italianos de tafilete con dos borlitas saltarinas y los famosos lacitos de colores en el empeine, de los que todo el mundo hablaba.</p><p>En ese tiempo la dictadura franquista se dejaba dar alg�n pellizco de monja por el diario <emphasis>Madrid, </emphasis>donde yo escrib�a art�culos en la Tercera P�gina y ejerc�a la cr�tica de arte, sobre todo de los pintores del grupo El Paso, que expon�an en la galer�a de Juana Mord�. La ley de prensa de Fraga acababa de suprimir la censura previa. Ya no era obligado ir con las galeradas al ministerio o a la delegaci�n de Informaci�n en las capitales de provincias para que un censor disp�ptico, oliendo a semen seco, tachara a su antojo con un l�piz rojo cualquier palabra, frase, pensamiento u opini�n que no le gustara. En cierto modo, Fraga hab�a cortado las alambradas, pero hab�a dejado el campo sembrado de minas y cualquier peri�dico se jugaba la edici�n entera y una editorial toda la tirada del libro impreso si una mina estallaba al pisarla. Poco despu�s de aquella primera cita con Jes�s Aguirre, el diario <emphasis>Madrid </emphasis>salt� por los aires, como aviso a navegantes.</p><p>Franco todav�a pescaba cachalotes en ese tiempo y mataba venados, perdices rojas y toda clase de marranos con rostro inexpresivo, el belfo entreabierto y la barbilla ca�da. Un d�a de Navidad en que para celebrar el nacimiento del Ni�o Dios el dictador tiraba a las palomas desde una ventana del palacio de El Pardo, la escopeta de caza le revent� la mano y no por eso dej� de firmar sentencias de muerte con la mano que le hab�a quedado intacta.</p><p>La rebeld�a ten�a varios frentes. En la Universitaria los estudiantes arrojaban tazas de retrete desde las ventanas de las facultades sobre los caballos de los guardias. En una de aquellas asonadas alguien descolg� un crucifijo que presid�a un aula de Filosof�a y Letras, lo utiliz� como arma ofensiva lanz�ndolo por los aires y el crucifijo qued� abandonado en el solar del paraninfo, pisoteado por la estampida de los b�falos. Por este sacrilegio hubo un acto multitudinario de desagravio en la iglesia de San Francisco el Grande, en el que participaron todas las autoridades acad�micas.</p><p>Cada reuni�n clandestina se cerraba con la ceremonia de la recaudaci�n de la voluntad para los presos pol�ticos y la nueva expedici�n de los argonautas consist�a en llevarles por Navidad turrones a Carabanchel, aunque la c�rcel de Carabanchel comenzaba a parecer una universidad expendedora de t�tulos antifranquistas y algunos tem�an que se les pasara el tiempo de adquirir su certificado para colocarse en la parrilla de salida que los llevar�a al poder. Manuel Aza�a era entonces un valor creciente en el hipot�tico horizonte republicano, con un sue�o que rebrotaba cada a�o en el aire de abril junto con las flores de las acacias.</p><p>Por otra parte, la Iglesia se estaba renovando merced al Concilio Vaticano II. Hab�an aparecido los curas obreros, las comunidades cristianas de base y algunos obispos contestatarios. El cardenal Taranc�n, a la hora de tomarse una paella entre naranjos en la huerta de Burriana, se sub�a las faldas de la sotana hasta las rodillas, se liberaba del alzacuello, se fumaba un puro en la sobremesa huertana y no ve�a mal que los curas echaran alguna vez una cana al aire, aunque este hedonismo mediterr�neo escond�a a un pragm�tico que usaba �l sentido com�n como un revulsivo en medio de la caspa de Tremo. El obispo Iniesta iba por el barrio de Do�a Carlota de Vallecas con una cartera de fuelle como un practicante del seguro y le saludaban los mec�nicos de taller, los tenderos, los mozalbetes tirados en la acera, que llevaban una navaja de labor en el bolsillo y una cerveza en la mano. Este obispo, que ya hab�a recibido alguna paliza por parte de los fascistas, impart�a teolog�a evang�lica entre la gente subalterna, convencido de que la justicia social abrigaba m�s que la caridad. Xabier Arzalluz era un jesu�ta que hab�a hecho apostolado entre los espa�oles emigrados en Alemania; el cura Miguel Benzo comenz� a introducir una rebeld�a espiritual entre universitarios de Acci�n Cat�lica; el padre Llanos, que en los a�os cincuenta, al frente de unos falangistas beatos, arroj� huevos podridos contra los carteles de la pel�cula <emphasis>Gilda</emphasis> en un cine de la Gran V�a, se fue a predicar el Evangelio de los pobres a El Pozo del T�o Raimundo; el can�nigo Espasa, en Valencia, abri� la facultad de Filosof�a a la espiritualidad moderna y en las clases de religi�n hablaba de Sartre y de Camus; el padre Gamo soliviantaba a los fieles en Moratalaz; en los templos, el gregoriano hab�a sido sustituido por las guitarras y se consagraba la eucarist�a con pan de pueblo de cuatro cereales, y para la sangre de Cristo serv�a el vino pele�n o un Vega Sicilia <emphasis>si</emphasis>se quer�a ver m�s bueno a Dios. Pero Jes�s Aguirre era un cl�rigo fino que se hac�a pasar por jesu�ta aunque s�lo era cura secular, que hab�a estudiado Teolog�a en Munich y a quien se supone que alg�n desaprensivo hab�a jurado que en el mundo hab�a obreros, cosa que �l parec�a ignorar, aunque hab�a visto de cerca a los emigrantes espa�oles por las calles de la capital de Baviera, encaramados en los andamios y durmiendo en barracones con gesto indigente. Dios le hab�a llamado para una misi�n mucho m�s elevada.</p><p>Primero Jes�s Aguirre fue asesor de publicaciones religiosas. Despu�s se hizo cargo de Cuadernos Taurus, pero al tomar por asalto el mando absoluto de la editorial, qued� desbancado su predecesor Garc�a Pav�n, el autor manchego del detective Plinto, y el esp�ritu de Tomelloso pas� a la est�tica de la Escuela de Francfort. Los partidarios de Garc�a Pav�n, al verlo en la calle, contraatacaron y en las mesas del caf� Gij�n aparecieron octavillas mal�volas en las que se dec�a que, m�s que de Adorno y Walter Benjam�n, el cura Aguirre entend�a de j�venes griegos y en ese asunto era todo un Plat�n. ��Me puedes decir qu� significa esto de Plat�n? -se preguntaban los enemigos del cura en el caf�-. �Ten�a Plat�n un d�lmata?�. Pero las calumnias cesaron y Jos� Luis Aranguren, llamado por algunos Amarguren, ya hab�a dejado de ser un moralista cenizo y despu�s de fumarse unos porros con los estudiantes en el campus de La Jolla se hab�a tra�do del exilio la felicidad californiana que impart�a Marcuse para convertirse en el intelectual de guardia en Taurus a pleno rendimiento, y en el palacete de la plaza del Marqu�s de Salamanca comenzaron a entrar y salir Fernando Savater, Juan Benet, Javier Pradera, Juan Garc�a Hortelano, Jaime Salinas y los catalanes Gil de Biedma, Carlos Barral y Jos� Mar�a Castellet. Nunca se hab�a visto hasta entonces una editorial con perro de lujo incorporado. El d�lmata confer�a a la Escuela de Francfort una elegancia inusitada. Se paseaba por los despachos y seg�n una maldad de Aguirre estaba especializado en comerse crudos los manuscritos de Baltasar Porcel. Despu�s Baltasar Porcel se veng� de semejante afrenta escribiendo contra Jes�s Aguirre un art�culo brutal, sangrante, titulado �Un duque de zarzuela�, cuando �ste subi� a los cielos de la Gasa de Alba.</p><p>La cultura se hab�a sacudido por fin el yugo de Ortega: el-que-lo-hab�a-dicho-todo-antes-que-Heidegger, seg�n contaba maliciosamente Juan Benet. Mart�n Santos parodiaba en la tertulia de Gambrinus la famosa conferencia en la que el fil�sofo analiz� una manzana en la mano desde cuatro puntos de vista; despu�s de escribir un libro de �xito, <emphasis>Naturaleza, Historia, Dios, </emphasis>que incluso se entend�a, Zubiri qued� encerrado en una caja fuerte del Banco Urquijo, pero su presidente Juan Liado lo sacaba una vez al a�o para que explicara a unas se�oras de la burgues�a perfumada en qu� consist�a la inteligencia sen-tiente; Aguirre serv�a a los suyos un martini seco con Adorno y Walter Benjam�n como gotas de angostura, en la barra de Taurus, en la tertulia del Parsifal o en el pub de Santa B�rbara.</p><p>Aquel d�a de primavera del difuso 1970, sentado frente a Aguirre, mientras �l cerraba unas carpetas antes de hablar, pens� que pod�a aplic�rsele el verso de Auden: �La rotura de una taza de t� es el camino que lleva al pa�s de los muertos�. Ten�a cada gesto exactamente estudiado y se le ve�a pulcro, sobrado, dominador del medio, pero era de esos intelectuales excesivamente cultos que no logran afianzarse del todo en el sill�n de mando si antes no se apoyan en una maldad contra un colega que les cae antip�tico. �Le he pedido un original a este fulano -fue lo primero queme dijo blandiendo en el aire un mazo de folios encuadernado- s�lo por el placer de devolv�rselo�. Y luego se adorn� con una cita que en este caso fue esta m�xima de Goethe: �La Iglesia lo debilita todo�. La pronunci� en alem�n y, despu�s de traducirla bien o mal, a�adi�: �Algunos ya me consideran un hereje�. Me dije: he aqu� a un tipo fuera de lo com�n, vestido como un veraneante del Adri�tico sin ser del todo rid�culo, con una inteligencia que se salva de la pedanter�a por el cinismo. �Ser� realmente tan culto como parece o ser� todo �l un simulacro?</p><p>Yo ten�a entonces una vaga idea del pasado de Jes�s Aguirre, Lo cierto es que en esa �poca constitu�a ya un referente cultural del progresismo religioso de la sociedad madrile�a, amamantador de teolog�a alemana para ovejas selectas descarriadas, lo que le hab�a merecido ser arbitro en el di�logo entre marxistas y cristianos con el diplom�tico julio Cer�n, Aranguren y Alfonso Carlos Com�n, en el que Aguirre hada de diablo, pero en ese momento a�n deb�a sobre todo la fama a su lengua mordaz contra sus enemigos y a sus sermones en la iglesia de Santo Tom�s de Aquino en la Universitaria, que hab�an dejado admirados a creyentes y agn�sticos, gracias a que no se entend�an nada, pero parec�an muy osados.</p><p>Un domingo de mayo de 1962 yo asist� a uno de ellos. El recuerdo m�s antiguo que <strong>ten�a </strong>del personaje era aquella misa en lat�n, que Aguirre celebraba de espaldas a los fieles, a los que s�lo daba la cara en el momento de volverse para emitir el dominus vobiscum abierto de brazos, cant�ndolo muy entonado. Pr�cticamente s�lo le recordaba el cogote bien trasquilado y la coronilla tonsurada, pero el vuelo de manos y el desparpajo lit�rgico con la hostia, el <strong>caf� </strong>y los corporales sobre el altar eran <strong>id�nticos </strong>a los que ahora usaba sobre la mesa cargada de supuestos libros de la Escuela de Francfort. Sentado frente a �l, despu�s de algunos titubeos de principiante en el oficio, temiendo una respuesta cruel, le manifest� mi proyecto literario. �Quiero escribir un libro sobre Aza�a�, le dije. Ante mi sorpresa, Jes�s Aguirre se mostr� casi euf�rico. ��ste es el momento preciso para que escribas ese libro. Podr�a ser una bomba. �Por qu� quieres hacerlo?� Le dije: �Tengo una amiga republicana que cada 14 de abril entra en erupci�n. Es la �nica forma de calmarla�. No le sorprendi� una respuesta tan cursi e imaginaria. �No escribas nunca por amor�, dijo, pero me anim� a complacerla. Fue un proyecto frustrado, uno m�s. Los cuatro tomos de las obras completas de Aza�a editadas por la editorial Oasis, que me hab�a tra�do de un viaje por M�xico, quedaron en un anaquel de mi biblioteca testigos de mi abulia. Estaba en esa �poca rodeado de aventuras, pasiones, sue�os y proyectos nunca realizados. Esa parec�a ser mi especialidad. Despu�s de haber ganado un premio literario pasaba por un periodo de des�nimo y Jes�s Aguirre comenz� a formar parte de las personas que me hab�an dado una nueva oportunidad desaprovechada. El recuerdo de esta visita a su despacho no hac�a sino acrecentar mi frustraci�n y durante un tiempo hice todo lo posible por rehuir su presencia.</p><p>Pero un d�a me enfrent� de nuevo con Jes�s Aguirre en la presentaci�n de su libro <emphasis>Sermonesen Espa�a,</emphasis>editado por Cuadernos para el Di�logo, en la librer�a Rayuela y de la calle Tutor, en el barrio de Arg�elles. Me llev� a remolque una vez m�s Vicki Lobo, la republicana, reci�n licenciada en Arqueolog�a, vestida para la ocasi�n con atuendo espec�fico: jersey de grano gordo, minifalda escocesa con un gran imperdible, botas altas, pendientes y collares de nueces ind�genas. Mi amiga venci� mi �ltima resistencia. Quer�a que renovara ante el editor de Taurus siendo ella testigo, la promesa de escribir el libro sobre Aza�a o cualquier otra cosa que me hiciera recuperar la autoestima.</p><p>Las chicas m�s libres de entonces ya hab�an dejado de tomar los temas a sus novios que preparaban oposiciones a notar�as. Tampoco mataban el tedio de las tardes de domingo con su pareja ante un caf� con leche en una cafeter�a a la espera de entrar en un cine de barrio y rendir en la �ltima fila de butacas un homenaje a On�n. A partir del Mayo del 68 iban ya en vaqueros abiertas en el trasport�n de las motocicletas de los primeros centauros de la progres�a, que hab�an dado de lado a las oposiciones y comenzaban a agarrar la vida directamente por el rabo y se hicieron cineastas, soci�logos, publicitarios, interioristas e incluso gastr�nomos, pero en los primeros a�os setenta la vanguardia femenina hab�a tomado la iniciativa en los abrevaderos, en las aulas de la facultad, en las carreras delante de los guardias y tambi�n en el sexo, hasta el punto de que los m�s t�midos se proteg�an juntos en un extremo de la barra de las discotecas temiendo ser asaltados por aquellas guerreras. Vicki era una de �sas. Ten�a una belleza lavada, los labios carnosos sin carm�n, los ojos negros sin r�mel, los senos sin sost�n, el alma delicada y fiera al mismo tiempo y s�lo ol�a a jab�n Lux, aunque se mord�a las u�as y llevaba los dedos manchados de bol�grafo. La tijera abierta a�n la llevaba en el pecho dispuesta a cortar el esqueje de cualquier clase de rosal. No hab�a una causa noble, desprendida, arriesgada e in�til, pero rom�ntica, que no tuviera a Vicki Lobo en primera fila llevando a remolque a los m�s remisos de la cuadrilla. En esa �poca no s� si era mao�sta, trotskista, de la ORT, del FRAP o todo a la vez. Creo que s�lo era una rebelde, una radical contra todo y nada.</p><p>La librer�a Rayuela ten�a una sala de exposiciones en la trastienda, repleta en este acto de feministas del estilo de mi amiga, y no s� por qu� el cura Aguirre, como entonces se le llamaba, atra�a a un p�blico femenino tan entregado. Hab�a dejado de decir misa en la Universitaria y aquel rito lo hab�a sustituido por estos actos culturales casi con la misma liturgia pero con unos fieles distintos, que la polic�a tomaba como elementos subversivos ya muchos de los cuales ten�a fichados. Jes�s Aguirre llevaba chaqueta a cuadros y bufanda de seda color lila y estaba detr�s de una mesa al fondo, su nuevo altar, con �l presentador, un micr�fono, un botell�n de agua mineral y una copa, su huevo c�liz, su nueva misa. Los asistentes ocupaban toda la sala, sentados en sillas de tijera, y hab�a oyentes de pie por todos los flancos, entre los que se contaban un par de polic�as de la Brigada Social y otros con aspecto torvo, a simple vista fuera de contexto.</p><p>Jes�s Aguirre empez� a contar que su obra recog�a una selecci�n de pl�ticas que hab�a dado durante las misas en la iglesia de la Universitaria. Luego se demor� explicando que el libro hab�a sido retenido por la censura dos a�os porqu� estaba dedicado a la memoria de Enrique Ruano, el estudiante de Derecho al que la polic�a, despu�s de torturar, peg� un tiro y arroj� por una ventana desde un s�ptimo piso en la calle General Mola simulando una huida. En ese momento se produjo un barullo en la �ltima fila. Un sujeto con gabardina plegada en el antebrazo grit�: ��Eso es mentira, cura maric�n!�. Hubo un conato de pelea y gritos de protesta, pero el provocador, lejos de largarse de la sala o de ser expulsado a la fuerza, qued� en pie muy engallado. Recuperada la calma, Aguirre entr� en materia de forma alambicada y conceptuosa para hablar de la inmortalidad y la resurrecci�n, de la desesperanza y la violencia, del amor c�libe, de la muerte como acto pol�tico, y se refiri� a un te�logo alem�n, amigo y maestro suyo en Munich, un tal Joseph Ratzinger, que hab�a dicho que una generaci�n debe morir para que renazca otra m�s avanzada, algo que estaba sucediendo ahora ante nuestros ojos. ��Una generaci�n de rojos, hijos de puta!�, volvi� a gritar aquel cabestro de la gabardina. Se arm� una pelea verbal considerable e incluso hubo algunos golpes, m�s insultos, hasta que aquel sujeto abandon� la sala no sin amenazar de muerte al conferenciante. �S�, se�or, a usted y a sus nuevos ac�litos�, aull� ya desde la calle. Pero Vicki Lobo se hab�a desprendido de mi lado y fue a por �l. Le cogi� de la solapa y le grit� a la cara: �Te conozco, eres el jefe de esos gilipollas hijos de puta guerrilleros de Cristo Rey que hab�is destrozado los grabados de Picasso de la galer�a Theo y hab�is robado dos�. Entre varios esbirros la apartaron a patadas. Volvi� a la sala con el collar de nueces destrozado y entonces me di cuenta de que era amigo de una leona. Calmada a duras penas la parroquia, el cura Aguirre comenz� a hablar del diablo como comparsa. Esta vez fue la bronca una excusa a la que me acog� para demorar mi proyecto de escribir sobre Aza�a,</p><p>Aquella noche caminaba con Vicki por la calle Hortaleza, hacia el pub de Santa B�rbara, por una acera muy estrecha donde hab�a un cubo de basura en cada portal. Para que mi amiga no pasara pegada a ellos, tratando de ser delicado, hice que se cambiara de lado y la coloqu� a mi izquierda. Lo tom� como una afrenta. Vicki se volvi� hacia m� y, tras llamarme machista con sumo despecho a�adi�: �Puedo soportar como t� toda la basura que genera cualquier familia cristiana y la puta colza del imperio americano�.</p><p>El pub de Santa B�rbara era un moderno abrevadero de la calle Fernando VI donde se reun�an los primeros modernos barbudos habitantes de la alcantarilla pol�tica. A esa hora testaba lleno de progres con patillas de hacha y pantalones de campana, distintas carnadas clandestinas de rojos, unificadas por la trenca con trabillas de falsos dientes de Jabal�, que compart�an abrevaderos en el tri�ngulo que formaba este pub con Boccaccio y Oliver. Escritores alcoh�licos, artistas de cine y de teatro, jueces jacobinos, chulos y bohemios comenzaban a atravesar las noches de Malasa�a. En el pub de Santa B�rbara, un psicoanalista, disc�pulo de Castilla del Pino, nos explicaba a Vicki y a m� la forma de tomar LSD con cierta garant�a que te permitiera arrojarte por la ventana, levantar el vuelo sobre los tejados, dar la vuelta a la noche de Madrid llena de colores psicod�licos y aterrizar suavemente en la cama sin ninguna paranoia. Mientras la penumbra unificaba todos los licores y por encima de mi gin tonic sonaban baladas aguardentosas de Ray Charles, Otis Redding y los Beach Boys, de pronto se oy� un griter�o en la calle y poco despu�s comenzaron a cantar algunas sirenas de la polic�a. �Los fachas acaban de romper otra vez el escaparate de la librer�a Antonio Machado�, lleg� diciendo alguien. Los cristales rotos reflejaban en la oscuridad los nuevos tiempos qu� se cern�an sobre Espa�a. Iluminados por los faros de los furgones de la polic�a, pisamos las esquirlas esparcidas por el asfalto y antes de despedirla en el portal de su casa mi amiga me amenaz�: �Si no escribes ese libro, me vas a perder. Y si lo escribes, haremos un viaje a Egipto a ver si descubrimos juntos alguna momia�. �No es necesario ir a Egipto. Madrid est� lleno de momias con corbata que van por la calle�, le dije. Un tiempo despu�s Aza�a fue estudiado y presentado de nuevo en sociedad en Espa�a por Juan Manchal y se puso de moda. Mi proyecto se perdi� en la nada. Y la arque�loga, tambi�n.</p></section><section><title><p>1965</p></title><p><emphasis>Lapalabrasagradasederramadesdelacolina delaUniversitariayllenadepreguntas eldulcecoraz�ndelosagn�sticos</emphasis></p><empty-line/><p>Jes�s Aguirre hab�a alcanzado la primera cumbre ejerciendo la palabra sagrada con un toque de marxismo cristiano mezclado con la teolog�a c�smica de Teilhard de Chardin. Serv�a ese c�ctel con una labia exquisita, alambicada y conceptuosa en la iglesia de la Universitaria, que algunos llamaban Casa Sope�a, porque era este monse�or quien regentaba esa parroquia, instalada en los locales del museo de Am�rica. Los sermones de Aguirre ten�an una clientela heterog�nea. Algunos fieles s�lo iban a misa porque esa iglesia les pillaba cerca, como era el caso del comandante del cuartel Inmemorial que me llev� a m�, pero su grey espec�fica estaba compuesta por estudiantes cat�licos inconformistas, por ejemplo Enrique Ruano junto con algunos profesores con cargos pol�ticos que quer�an o�rlo predicar en el filo de la navaja para denunciarlo si, llevado por la lengua de fuego, met�a la pata; hab�a tambi�n hombres maduros de izquierdas que intentaban comprender los nuevos tiempos del Concilio Vaticano, dispuestos a volver a la pr�ctica religiosa con sermones como �stos. Despu�s estaban los amigos del predicador, y por �ltimo los fr�volos que iban porque estaba de moda o�r al padre Aguirre. De hecho, algunos abandonaban el templo en cuanto terminaba la predicaci�n y entonaba el credo; en cambio, otros entraban en la sacrist�a al final de la misa para felicitarle por el serm�n como si se tratara del camerino de un actor al final de una obra de teatro. �Un pico de oro, s� se�or, y con un elegante movimiento de brazos�, le dec�a abraz�ndolo el viejo e ilustre historiador Ram�n Carande, que hab�a arrastrado a misa a su disc�pulo Gonzalo Anes, ambos agn�sticos pero prendados por la ret�rica barroca y sibilina del cura. �Hoy has estado fant�stico, Jes�s, mucho mejor que el domingo pasado. M�s valiente�, le dec�a el profesor Tierno Galv�n. ��Torero, torero!�, exclamaba el catedr�tico Maravall, mientras Jes�s Aguirre, sudoroso, se despojaba ceremoniosamente de la casulla, de la estola, del alba y el amito, dando un beso a cada una de estas vestiduras; luego se lavaba las manos ante la admiraci�n e impaciencia de sus amigos y se las daba a besar a todos, tambi�n a las feligresas, que las hab�a de dos clases, unas con collares de perlas y hablar melifluo, otras de las que se mord�an las u�as y soltaban muchos tacos, �joder, cabr�n, Jes�s, qu� bien has estado�, pero todas besaban la man� del padre Aguirre con unci�n y le dejaban en el dorso una leve mancha de carm�n. Sobre todo, ten�a enamoradas a tres mujeres que jugar�an un gran papel en su destino: a Nena Guerra Zunzunegui, la esposa de Alfonso Fierro, que le ayud� a entrar en Taurus como asesor de publicaciones religiosas; a Trini S�nchez Pacheco, mangoneadora del Frente de Liberaci�n Popular, que vest�a de forma exorbitante con medias rojas y sombrero malva, y a Mabel P�rez Serrano, hija del famoso catedr�tico de Derecho Pol�tico. Las tres se le cruzaron en momentos delicados de su vida.</p><p>Aparte de bien sermoneados, Aguirre ten�a arrodillados en su confesonario a universitarios que luego ser�an prohombres del gobierno socialista y padres de la patria. Alrededor de su sotana campaban los hermanos Solana, los hermanos Bustelo, Miguel Boyer, Nicol�s Sartorius, toda la familia Maravall, Peces Barba, Tamames, Fernando Moran, Herrero de Mi��n, cualquier componente de la burgues�a progresista con sus novias respectivas. A casi todos los ejemplares de la izquierda fina madrile�a los hab�a casado, hab�a bautizado a sus hijos, hab�a dado un responso a sus finados y por supuesto conoc�a con todo pormenor las flaquezas de la carne de cada uno. �S� muy bien de sus ca�das, de sus pecados solitarios y los que cometieron con sus parejas esos personajes, que luego han sido ministros, diputados, altos funcionarios del Estado e incluso banqueros -me dijo cuando ya era duque de Alba-. Pero no olvides, querido, que estoy ligado al secreto de la confesi�n. No me pidas ahora que te cuente sus miserias. Por otra parte, sus pecados no fueron nada del otro mundo. Te juro que el diablo no estaba orgulloso de ninguno de ellos�. Sentado en el interior del confesonario con sotana y estola morada, Jes�s Aguirre los ten�a ante �l de rodillas y los abrazaba, les acariciaba el l�bulo de la oreja y los empujaba con un leve pescoz�n en la mejilla, a medias caricia y acicate, a vaciar su coraz�n si se atascaban en alg�n pecado que sol�a ser casi siempre contra el sexto mandamiento. Pegados mejilla contra mejilla tuvo a pr�ceres de la pol�tica, a se�oritos intelectuales, a burguesitas posconciliares liberadas y sus alientos se mezclaban unos transportando culpas y ca�das, y otro el consejo y el perd�n. Pasados los a�os, yo contemplaba desde la tribuna de prensa toda la bancada de los socialistas en el hemiciclo del Congreso en las Cortes Constituyentes y Luis Carandell me dec�a: �A todos estos los ha confesado y casado Jes�s Aguirre, pero se ve que su bendici�n no serv�a porque todos se han divorciado�. Cuando casaba a una amiga embarazada, despu�s de la bendici�n, le dec�a: �El amor est� por encima de todo�. A otras parejas les preguntaba: ��C�mo quer�is que os case?, �l�nea P�o XII o modelo Juan XXIII?�. Al final de la ceremonia muchos novios se preguntaban: ��T� crees que estamos realmente casados?�. El cura les aseguraba que lo importante era celebrarlo con un cochinillo en Bot�n.</p><p>Un domingo de mayo asist� a una de las misas del padre Aguirre para o�r la famosa pl�tica. La iglesia, situada en una loma cerca del arco de triunfo de la Moncloa, estaba muy cerca del cuartel Inmemorial, del paseo de Moret, donde yo realizaba las pr�cticas de alf�rez de milicias. En el regimiento hab�a un comandante muy caballista con bigote de espadach�n, que ten�a una novia alemana muy rubia y una yegua que atend�a al nombre de Salina. En el comedor del cuartel, reci�n llegado del picadero, oliendo a establo todav�a, este comandante sol�a repetir que a este mundo se hab�a venido s�lo a creer en Dios y a montar a caballo. De hecho, algunos domingos iba a la misa del padre Aguirre montado en su yegua, que dejaba atada a un chopo como los vaqueros del Oeste lo hacen antes de entrar en la cantina. Siempre me animaba a acompa�arle. �Ir� si me lleva usted en la grupa, mi comandante�, le dije bromeando. �Eso est� hecho, alf�rez. Y si no me acompa�a usted, le mando al calabozo.� No obstante, el comandante y su novia aquel domingo fueron a misa cabalgando a trav�s del parque del Oeste cada uno en su jaca respectiva y yo fui caminando entre las dos yeguas con la estrella de oficial del Ej�rcito espa�ol en la frente.</p><p>All� estaba con la iglesia repleta Jes�s Aguirre, revestido con alba, estola y casulla verde bordada con grecas de plata, envuelto en lat�n, de espaldas a los fieles, muchos de ellos de pie desbordando la entrada. No recuerdo de qu� habl� en la pl�tica. Me pareci� conceptuoso. Daba la sensaci�n de que en medio de la oscuridad de su predicaci�n tocaba alguna materia inflamable que yo no percib�a. Puede que fuera peligrosa porque era recibida por el ce�o fruncido de algunos fieles, por la sonrisa maliciosa de otros y ciertos murmullos de aprobaci�n al t�rmino de alguna frase redonda. A mi lado, un se�or de bigote espeso, con calva apost�lica perlada de sudor, murmur�: �Este curita se la est� jugando, el muy jodido�. Imagin� que ser�a un tipo de la Secreta.</p><p>Tiempo despu�s, cuando esa misa era un suceso m�stico y social donde se daban cita seres muy evanescentes, sucedi� un percance que alcanz� la cota m�xima de la est�tica. Al parecer uno de sus amigos predilectos, con quien el cura hab�a establecido una relaci�n particular, lo hab�a abandonado. El ne�fito hab�a perdido la fe, hab�a dejado la pr�ctica religiosa y hab�a desaparecido de su vida. Hac�a casi un a�o que no se ve�an y se condol�a de su ausencia. Jes�s Aguirre ignoraba su paradero, le dijeron que se hab�a ido a Par�s, pero un domingo de primavera en que el cura lo daba por perdido y rememoraba aquel platonismo griego como una amarga dulzura del coraz�n, el amigo torn� al redil y acudi� a misa. Cuando Jes�s Aguirre se volvi� hacia los fieles para decir <emphasis>dominus vobiscum</emphasis>, de pronto, con los brazos abiertos, vio muy sorprendido a su amigo, que sonre�a sentado en la cabecera del primer banco. El cura tambi�n le sonri� y, en lugar de decir dominus vobiscum, realiz� un silencio muy medido, cinco segundos de eternidad, y despu�s, con los ojos fijos en su amigo recuperado, exclam�: �<emphasis>Bonjour, tristesse</emphasis>�. Qui�n era ese amigo no lo supe hasta unos a�os m�s tarde.</p></section><section><title><p>1980</p></title><p><emphasis>Ungabinetedelsiglo</emphasis><strong>XVIII </strong><emphasis>asalvodelosgritos hist�ricosylamagiadeun retratoenel palaciodeLiria</emphasis></p><empty-line/><p>Un domingo de oto�o de 1980, cuando a media tarde me dirig�a al palacio de Liria, pasaban coches por la calle de la Princesa de Madrid con banderas espa�olas enarboladas por las ventanillas, bajo el clamor de los meg�fonos que expand�an consignas patri�ticas en el aire. Grupos de neonazis armados con cadenas campaban a sus anchas por la plaza de los Cubos; irrump�an en las cafeter�as y pon�an algunas mesas patas arriba con todas las meriendas, tazas de caf�s con leche, platos con medias tostadas y cruasanes, botellas y cucharillas por el solo placer de sembrar el terror entre los clientes, en su mayor�a parejas apacibles de mediana edad. Otra fracci�n de estos cachorros engominados tambi�n se fajaba con las primeras tribus de la movida, que ya luc�an k cabeza con crestas de gallo pintadas de verde o rojo, en la cola de los minicines Alphaville, donde se exhib�a la pel�cula de Almod�var <emphasis>Pepi, Luc�, Bom y otras chicas del mont�n. </emphasis>Ante mis propios ojos sucedi� un hecho brutal. Un yonqui que ped�a con voz gangosa cien pesetas para un bocadillo en la puerta del Vips fue apaleado a fondo con bates de b�isbol, arrastrado luego por los pies y depositado dentro de un gran tambor de basura del McDonald's junto con los restos de hamburguesas, crocantis, botes de cocacolas y la nueva boller�a industrial, dobos, d�nuts, conguitos, en cuyos envases se notaba, m�s que en las ideas, la modernidad reci�n llegada a este pa�s. Despu�s de la concentraci�n celebrada por la ma�ana en la plaza de Oriente para conmemorar el quinto aniversario de la muerte de Franco, los patriotas excitados se hab�an diseminado por la ciudad para reconquistar el nuevo terror y la antigua gloria, que la historia les estaba arrebatando de las manos.</p><p>En un piso de la plaza de los Cubos viv�a el poeta Rafael Alberti, que en ese tiempo de zozobra andaba siempre con un peque�o transistor abierto en el bolsillo de la solapa, conectado d�a y noche con la Cadena Ser, por si ten�a que huir de nuevo al exilio en caso de que se levantaran los militares, seg�n el rumor cada d�a m�s espeso. Conociendo su natural cobard�a, pens� en el espanto que sentir�a el poeta si llegaban hasta su apartamento las violentas r�fagas de los altavoces, A unos pasos, en la Torre de Madrid, viv�a tambi�n Luis Bu�uel, pero este cineasta era sordo y lo l�gico era que no oyera nada.</p><p>A salvo ya de los gritos hist�ricos, llam� al timbre del palacio de Liria y una voz a trav�s del portero autom�tico pregunt� qui�n era yo, una cuesti�n que siempre he considerado metaf�sica. Dije mi nombre y los dos apellidos, seguido del n�mero del carn� de identidad. Junto a la verja de lanzas doradas, mientras esperaba a que me abrieran la cancela, pas� por mi lado otra reata de falangistas muy j�venes con camisa azul, aventada por un cojo cincuent�n de paisano, bigote de cepillo, gafas negras y algunas muelas de oro. Pese a que hab�a dos polic�as de carne y hueso guardando la entrada del palacio bajo la pareja de leones mesopot�micos de granito encaramada en las jambas, el cojo se vino hacia m� y se�al�ndome con su bast�n, que ejerc�a como vara de pastor, se dirigi� a su ganado con estas palabras: �Mirad, �ste es uno de esos progres de mierda�. Luego se golpe� la patilla entrecana con la punta de los dedos a modo de saludo paramilitar, seguido de una mueca de orgullo, y habl� a los polic�as con la boca rasgada: �Un d�a como hoy tengo a los chavales muy nerviosos, puede pasar cualquier cosa�, les dijo. �Suj�talos, Rufino, suj�talos bien, no vayamos a joderla otra vez. Lo que tengas que hacer, lejos de aqu��, le advirti� uno de los guardias, que, al parecer, sab�a su nombre de pila de alguna gloria anterior. El cojo y su recua siguieron camino hac�a la plaza de la Moncloa.</p><p>En ese momento, desde un mando a distancia se abri� la cancela, cuyos cerrojos eran de alta calidad, de esos que separan dos mundos, dada la forma rotunda con que sonaron. Comenc� a caminar por la pradera trasquilada pisando hojas crujientes de �lamo que la ventolina de aquella tarde de oto�o arrumbaba hacia la fachada neocl�sica del palacio de Liria. Mi visita constaba en el orden del d�a y estaba anunciada para las seis de la tarde. El mayordomo, que supe luego que se llamaba �ngel, adornado con galones verdes, me recibi� en la puerta de cristal y bru�idos metales, y me precedi� en la escalinata que desde el vest�bulo llevaba a la segunda planta.</p><p>El palacio estaba a media luz. A medida que avanzaba por un pasillo en penumbra, tuve la sensaci�n de que el siglo xx iba quedando a. mi espalda. Sobre algunas consolas de palosanto brillaban los candelabros y las porcelanas, en medio de un silencio absorbido por el sabor a melaza, que expand�an en el aire las alfombras, los tapices y las maderas nobles. En los salones apagados tal vez dorm�an en las paredes cuadros de Tiziano, de Rubens, de Murillo y de Goya. <emphasis>As�</emphasis>iba quedando atr�s la historia de Espa�a hasta que el mayordomo dio con los nudillos en una puerta con taraceas de limoncillo que al abrirse me dej� en un gabinete donde estaba Jes�s Aguirre, decimoctavo duque de Alba, medio extendido en una cama turca, acompa�ado del escritor Juan Garc�a Hortelano. Aunque Jes�s Aguirre no llevaba calz�n corto de terciopelo color berenjena ni peluca empolvada como un Diderot cualquiera, sino pantalones de pana fina y jersey rojo sem�foro de faney man, y fumaba un cigarrillo Winston extrafino, por sus maneras parec�a un personaje instalado en el siglo XVIII <strong>; </strong>en cambio, Hortelano fumaba Ducados repantigado en un sof�, con su�ter gris de mezclilla, al que faltaba uno de los botones de la tripa, lo cual le confer�a un aire apaisado, de aut�ntica y plena actualidad.</p><p>A modo de saludo les dije que en la calle los fachas hab�an montado una buena y que me hab�a salvado de milagro de que unos ni�atos de mierda alentados por un cojo llamado Rufino me dieran una paliza. ��Otra vez Rufino, ese hijo de perra!-exclam� Jes�s Aguirre y a�adi�-Hoy es mal d�a para andar por la calle. Lo de siempre. Unos tenderos cabreados, en nombre de la patria, lanzan al asfalto a sus cachorros con la camisa arremangada, como todos los a�os. Pero si se levantan los militares, como parece, y vienen a por m�, los esperar� en este gabinete <emphasis>leyendo</emphasis>tranquilamente a Ovidio�. Y dicho esto, dio una calada al extrafino de Winston e hizo un adem�n despectivo sobre su frente como si aventara un mal pensamiento. En todo caso, el gabinete del duque de Alba estaba insonorizado y hasta all� no llegaban los himnos, las marchas militares ni las consignas patri�ticas que impart�an los altavoces. �Por lo visto, a Adolfo Su�rez los militares le han puesto varias veces una pistola en el pecho para que dimita. Pero lo �nico malo que ha hecho este hombre ha sido no venir a mi boda, a la que le invit� personalmente.� En el gabinete de Jes�s Aguirre hab�a un �leo de Thomas Gainsborough <emphasis>y</emphasis>en un anaquel de su biblioteca privada estaban los retratos enmarcados en plata de Walter Benjam�n, del profesor Aranguren y del joven Enrique Ruano.</p><p>Aquella tarde de oto�o de 1980, despu�s de muchos avatares de su historia particular, el duque de Alba, con sus dedos largos de ave, su alta cadera cuadrada, sus ojos saltones a los que los lentes daban un aire de lib�lula intelectual, era un producto cultural lo mas alejado posible de la naturaleza, capaz de sobrevolar todas las charcas. Pese a su delgadez de hist�rico exquisito, pod�a pasar tambi�n por un abate exclaustrado que se hubiera salvado de la guillotina porsu labia, y en aquel gabinetes su boudoir privado, que parec�a decorado por Boucher, hablaba ya como un volteriano, que en efecto le� a a Ovidio, aunque tambi�n lo pod�as imaginar leyendo la revista <emphasis>Holay</emphasis>ten�ala gracia de tomar el t� con lascivia. Ya no le quedaba ni de lejos ning�n vestigio de cura. Sus silogismos escol�sticos hab�an sido sustituidos por las r�plicas ir�nicas, incluso por chismes furientes, aunque Hortelano, en un momento en que se pas� de malvado, le dijo: ��ndate con cuidado, Jes�s, que t� no eres duque de Alba. En realidad s�lo has conseguido la beca Alba y si te vas de la lengua y no te portas bien, te la van a quitar�.</p><p>Entre las docenas de t�tulos nobiliarios que ostenta la Casa de Alba, Cayetana le hab�a ofrecido la oportunidad de que escogiera el que m�s le gustara. �Querido -me dijo-, imagino que no te sorprender� que haya elegido el de conde de Aranda, un ilustrado, un afrancesado enciclopedista, que introdujo la modernidad en Espa�a. Pero este t�tulo s�lo lo uso cuando viajo de inc�gnito�.</p><p>Dicho esto, gust�ndose, Jes�s Aguirre encendi� otro extrafino de Winston y estir� las piernas en la cama turca envuelto en humo. Entonces me fij� en sus zapatos. Nunca hab�a visto que zapatos de esa clase los calzara nadie en este perro mundo. Ten�an el empeine de lonilla color manteca con horma y remaches de cuero marr�n ara�ado y cordones con botonaduras doradas. Estaban elegantemente gastados. Zapatos de esa hechura s�lo pudo haberles llevado alg�n millonario exquisito de entreguerras en la Promenade des Anglais en Niza, acompa�ado de una dama con pamela y un caniche en brazos, instalados en el hotel Negresco. Me parec�a poco apropiado interesarme en ese momento por el origen del calzado, pero cuando Jes�s Aguirre me pregunt� si quer�a contemplar el famoso retrat� de Cayetana de Alba, pintado por Goya, o leer la carta aut�grafa de Crist�bal Col�n y el testamento de Felipe II o tener en mis manos la primera edici�n del <emphasis>Quijote,</emphasis>que se conservaban en el archivo de la familia, le dije que prefer�a que me mostrara primero su fondo de armario.</p><p>No lo dud� un segundo. Junto con el escritor Juan Garc�a Hortelano� le segu� los pasos por varios salones en penumbra, que era como hacer espeleolog�a en la gruta del gran drag�n. Desde los �leos de las paredes algunos pr�ceres, que el duque ya hab�a comenzado a interiorizar como sus propios antepasados, tal vez nos acompa�aban tambi�n con la mirada. En la intimidad de unas estancias privadas hab�a un gran vestidor forrado de caoba. En una tabla al pie de las cajoneras se alineaban varias docenas de zapatos, pod�an ser cincuenta o cien, entre ellos algunos pares de terciopelo en forma de botines de media ca�a como los que calzaban los pajes de Lorenzo el Magn�fico en Florencia, seg�n aparecen en el cuadro de Gozzoli <emphasis>ElCortejodelosReyesMagos. </emphasis>Eran los zapatos del padre de Cayetana, que fue embajador en Londres al que Jes�s llamaba su suegro con absoluto desparpajo. Abri� el primer armario y apareci� un mono color azul mah�n desgastado. �Jacobo, mi suegro, el embajador, era muy elegante. En Londres, durante la guerra, en la embajada cenaba siempre con esmoquin. Cuando empezaba el bombardeo, los famosos V-2, entraba el mayordomo, le ayudaba a quitarse el esmoquin y le pon�a este mono de obrero por si se desplomaba el techo, le cubr�a la cabeza con un casco de acero y segu�a cenando como si nada. A veces me visto con este mono para escribir los art�culos de <emphasis>ElPa�s.</emphasis>Un d�a voy a recibir con �l a Javier Pradera y a Juan Benet; Tambi�n uso los zapatos de mi suegro, aunque algunos me aprietan demasiado porque calzo un n�mero m�s. No importa�, dijo. A continuaci�n abri� otra hoja de un armario y nos mostr� un uniforme colgado en la primera palomilla. Era un uniforme de capit�n general, de color azul oscuro, con los correspondientes entorchados, las estrellas de cuatro puntas y bastones de mando en las hombreras y en la gorra de plato. �A ver si sab�is a qui�n pertenec�a�, pregunt�. Garc�a Hortelano coment� con iron�a que pod�a ser de Franco, aunque aquel tirano era m�s corto de talla.</p><p>El uniforme pertenec�a al rey don Juan Carlos. El duque cont� que era tradici�n de la monarqu�a espa�ola regalar a la Casa de Alba el uniforme que ha llevado el rey en el acto de su coronaci�n o del juramento de la Constituci�n. Yo lo recordaba perfectamente, puesto que hab�a asistido a aquel acto desde la tribuna de prensa en el Congreso de los Diputados. ��Lo usas alguna vez, Jes�s, en tus delirios de grandeza?�, brome� Hortelano. �Delirios no, querido, lo m�o son realidades de grandeza, aunque el Rey es mucho m�s alto que yo. Puesto a travestirme, elegir�a el vestido que luci� la reina Mar�a Luisa de Parma el d�a de su boda con Carlos IV�, exclam� Jes�s Aguirre sacando un vestido de novia de otro armario.</p><p>As� lo hicieron en su d�a las trescientas damas, due�as, doncellas y criadas que la duquesa de Alba, la primera Cayetana, ten�a a su servicio, a las que engalan� con el mismo vestido de la reina para que asistieran a la boda real. Fue un acto de maldad femenina. La rivalidad de la reina Mar�a Luisa y la duquesa era muy conocida en la corte de Carlos IV. Durante los preparativos de la boda real, Cayetana pag� esp�as para enterarse de las galas que iba a lucir la futura reina en la ceremonia nupcial y para humillarla mand� que toda la servidumbre femenina de la Casa de Alba luciera el mismo vestido que la novia. Seg�n Aguirre, una de aquellas copias se conservaba en la guardarrop�a del palacio de Liria. Imagin� como un esperpento de Valle-Incl�n a Jes�s Aguirre cruzando los salones en penumbra vestido de reina Mar�a Luisa hacia el espacio de cocinas de palacio a altas horas de la noche, y una vez all�, abriendo armarios y haciendo sonar las perolas por si en ellas el jefe de compras hab�a guardado algunas monedas que le hab�an sobrado al volver del mercado. Esa era una de las maldades con que sol�a crucificar al duque el escritor Juan Benet.</p><p>En las tertulias de los s�bados en el bar Parsifal, de la calle Concha Espina, participaba Jes�s Aguirre, antes y despu�s de convertirse en un Alba, con el editor y periodista Javier Pradera, con el magistrado Clemente Auger, con los escritores Juan Benet, Garc�a Hortelano, Jos� Mar�a Guelbenzu y el cineasta Elias Querejeta. Nadie recordaba nunca que Jes�s Aguirre hubiera pagado un caf�. Juan Benet dec�a que la duquesa le hab�a asignado una exigua cantidad mensual para tabaco, unas dos mil pesetas, y el resto para sus vicios se lo agenciaba �l personalmente rebuscando en las perolas de la cocina el producto de algunas sisas y el dinero reservado para las propinas al chico de la tienda que llegaba con el pedido.</p><p>Jes�s Aguirre siempre andaba pillado de dinero y siendo duque odiaba que en pago de sus conferencias lo despacharan con una placa de recuerdo, con una bandeja o con una pluma estilogr�fica. Deseaba ser resarcido con dinero, pero �no era humillante ofrecerle unos sucios billetes en un sobre a un duque de Alba? Ninguna casa de cultura, universidad, caja de ahorros o centro de estudios osaba pagarle en met�lico y �l blasfemaba por lo bajo cuando recib�a un presente simb�lico al final de la charla. Un d�a lo llam� el librero y galerista de arte Manuel Arce, viejo amigo de juventud, para dar una conferencia en una instituci�n de Santander. �Manolo, querido -le dijo el duque-, nada de plaquitas esta vez, �de acuerdo? Quiero dinero, dinero, dinero�. Al final de la charla se le acerc� el director del evento y le entreg� de nuevo un paquete envuelto con papel de regalo. Maldijo su suerte por lo bajo. Otra mierda de placa, pens�, pero al abrir el envoltorio se encontr� con un delicioso dibujo de Riancho, cotizado pintor santanderino del siglo XIX. �O�oh, bell�simo, bell�simo. Lo colgar� en mi gabinete de Liria�, exclam�* pero enseguida llam� a Manolo Arce para que lo vendiera en secreto. La galer�a Sur lo coloc� por cuatrocientas cincuenta mil pesetas, que el duque se embols�, pero no por eso pag� esta vez el caf� de sus amigos de la tertulia.</p><p>Al salir del vestidor, Jes�s Aguirre se detuvo ante el cuadro de Goya. Encendi� una luz que daba directamente al lienzo y comenz� a explicar con buen vuelo de manos todos los pormenores t�cnicos de la pintura. Hablaba con la pasi�n de quien, en verdad, se cre�a uno de la familia. ��sta es nuestra famosa Mar�a Teresa Cayetana, la de la leyenda. La pint� Goya en 1795. Ella ten�a entonces treinta y tres a�os. Fijaos en la elegancia de esos blancos estampados y en su contraste con los rojos ardientes del faj�n. Se la ve triunfante, autoritaria, envuelta en la espesa cabellera negra de la que se sent�a tan orgullosa. Con el brazo extendido se�ala la dedicatoria trazada en el suelo. �Es �sta la famosa maja que Goya pint� desnuda? La maja que pint� Goya era una mujer de diecis�is a�os, y despu�s de analizar las pinturas se comprob� que las fechas no coincid�an. Por eso mi suegro sostuvo que la duquesa y la maja no eran la misma persona: �nada lo prueba, ni siquiera una carta! Y adem�s, <emphasis>mon Dieu!, </emphasis>una diferencia de cuarenta a�os o m�s. El pintor ya ten�a setenta cuando la conoci� y ella estaba entre los veinte y los treinta. �Qu� horror! Sin embargo, si ahora se le pregunta a mi mujer por su antepasado m�s querido, contesta que siente gran simpat�a por esta Cayetana.�</p><p>Simplemente por cortar su parrafada erudita, que sin duda hab�a aprendido en alg�n libro de arte, le pregunt� c�mo se llamaba el perrito con el lazo rojo en una pata trasera que aparece a los pies de la duquesa. �Lo ignoro, querido�, contest� Jes�s Aguirre no sin undeje de desolaci�n, como pillado en falta. ��No lo sabes? �Ni siquiera de qu� raza era? �Caniche? �Grif�n? Entonces olv�date de la Escuela de Francfort, de Adorno, de Walter Benjam�n y ponte a ello. Escribe una tesis doctoral sobre este chucho y si descubres c�mo se llamaba y las gracias que hac�a, ingresar�s en la Academia de Bellas Artes�, exclam� Hortelano soltando una carcajada, <emphasis>y </emphasis>no hab�a terminado de re�r cuando se me ocurri� una idea. �Te propongo un negocio -le dije al duque necesitado-. �Por qu� no llevas este cuadro al Jap�n, lo expones en un museo o en el vest�bulo de una empresa, en la Sony o en la Toyota, y cobras la entrada? Se formar�a una cola de tres kil�metros de nipones, Conozco a un marchante de Tokio. Yo te gestiono el proyecto, das all� una conferencia para difuminar culturalmente el acto y vamos a medias�. El duque qued� sorprendido. ��Lo dices en serio? Un d�a hablaremos de eso�, exclam� relami�ndose como un gato antes de comerse al canario.</p><p>La sombra del mayordomo cruz� el sal�n, se acerc� a Jes�s Aguirre y le pregunt� si no prefer�a que abriera una de las ventanas que daban a la fachada principal; puesto que, sin duda, el aire ol�a un poco a cerrado. Se notaba que la duquesa estaba en Las Due�as, en Sevilla, y desde que se fuera la sala no se hab�a oreado. En efecto, el c�mulo de tapices, �leos, muebles, l�mparas y alfombras hac�a m�s pesado el sabor de la riqueza<strong>. </strong>Junto con el aire fresco de noviembre por la ventana lleg� hasta el sal�n principal del palacio el sonido de ambulancias y de furgones de polic�a formando una algarab�a, que se mezclaba con un clamor de bocinas de coches y r�fagas de himnos patri�ticos, marchas militares y arengas que a trav�s de los meg�fonos no hab�an dejado de sonar en aquella tarde de oto�o. �Jes�s, acaba de entrar en el palacio otra vez el sucio siglo XX con toda su morralla de h�roes, que saludan a la romana�, dije. Hortelano exclam�: ��A la romana? Estos h�roes comparten el saludo con la forma de preparar la merluza y los calamares�. Jes�s Aguirre coment�: �No es normal tanto ruido. Parece como si hubiera pasado alguna desgracia ah� fuera�. El mayordomo descorri� un cortinaje: �Se�or, he o�do algo por la radio, pero no he logrado saber� Creo que han matado a alguien. �Desea el se�or duque que me entere?�, pregunt�. �No. Cierre la ventana, �ngel�, orden� Jes�s Aguirre.</p><p>El sal�n de palacio volvi� a tomar un silencio envasado en el siglo XVIII. En el gabinete privado, ante las miradas de Aranguren, de Walter Benjam�n y del joven Enrique Ruano, tomamos un t� con pastas, que ciertamente estaban un poco rancias, como correspond�a a la alta alcurnia de la casa. Para sacarle de su des�nimo le dije a Hortelano que ninguna aristocracia es fidedigna si los pasteles con que obsequia a los invitados no saben un poco a moho, pero �l trat� de salvarse y pidi� un gin tonic y si fuera posible, en caso de que las hubiera en palacio, tambi�n unas patatas fritas, marca Lolita, pero en Liria no hab�a patatas fritas esa tarde. Mat�as Cort�s, viejo amigo del' duque, dec�a que siempre que le hab�an invitado a comer en Liria le hab�an dado pollo. En uno de esos almuerzos en palacio con Polanco, Pancho P�rez y Pradera, la duquesa dijo a los comensales: �No s� si sab�is que est�is comiendo con el hombre m�s inteligente de Espa�a�. Mat�as Cort�s contest�: �S�, pero este vino est� oxidado�. Yo pensaba que en eso consist�a la verdadera nobleza. Por mi parte echaba de menos que en Liria no hubiera goteras. Un palacio que se precie debe tener goteras. Cuantas m�s palanganas en los salones, m�s grandezas de Espa�a. Tantos baldes, tantos blasones.</p><p>Luego las palabras se fueron dilatando hacia territorios de la memoria. Jes�s Aguirre trat� primero de desviar la conversaci�n cuando le habl� de aquella ocasi�n en que en la iglesia de la Universitaria cambi� <emphasis>el dominus vobiscum</emphasis> por el <emphasis>bonjour tristesse</emphasis>. ��Podemos saber de una vez qui�n era ese chico?� El duque de Alba no quer�a hablar del asunto, pero de pronto se levant� de la cama turca, se acerc� a la biblioteca, cogi� el retrato de Enrique Ruano y pas� la yema del dedo �ndice delicadamente por el marco de plata y luego la demor� sobre la frente bajo el flequillo de su joven amigo. �Buenos d�as, tristeza -exclam� el duque y a�adi�-: Fui su confesor y director espiritual, pese a que ya en ese tiempo me hab�a decidido a dejar el ministerio eclesi�stico y el padre Mart�n Patino me estaba arreglando los papeles con el Vaticano para volver al laicado. Enrique muri� cinco d�as despu�s de hacerse esta foto que le ped�an para el servicio militar obligatorio. Ten�a veinti�n a�os. Un chico idealista, un dandi, muy atractivo, como veis. Algunos envidiosos dec�an que era un exhibicionista. No es as�. Enrique estudiaba Derecho y pertenec�a al Frente de Liberaci�n Nacional, en el que tambi�n yo particip�. Tres polic�as de la Brigada Social lo arrojaron por la ventana de un s�ptimo piso de la calle General Mola, el 20 de enero de 1969. Fue un asesinato. Tres d�as antes de su muerte, la tarde en que lo apresaron en la plaza de Castilla, hab�a estado conmigo: acababa de salir del piso de soltero que yo ten�a en la plaza de Mar�a Guerrero, en El Viso. Lo detuvieron junto con su novia Lola, una chica estupenda que despu�s se cas� con Javier Sauquillo, al que asesinaron en el despacho de abogados en Atocha y a ella le dieron un balazo en la mand�bula�. El duque dio una honda calada de Winston, que le lleg� m�s abajo del diafragma, y luego qued� callado con el retrato en las manos.</p><p>Fue una ca�da muy sonada en el ambiente de la clandestinidad. Se contaba que a la novia de Ruano la interrogaron en los s�tanos de la Direcci�n General de Seguridad de la Puerta del Sol. Los esbirros se sab�an por completo la vida de los dos. A ella la pasearon por todo Madrid para que confesara de d�nde eran las llaves que llevaba en el bolsillo, un piso donde guardaban ciertas evidencias, panfletos y un ciclostil. La chica resisti� la tortura hasta dar tiempo a que escaparan otros amigos. Se comport� como una hero�na. Finalmente ya no pudo aguantar. Despu�s de torturarlo, a Enrique Ruano 1o llevaron a ese piso de General Mola. A las tres de la tarde su madre a�n logr� verlo salir esposado de la Direcci�n General de Seguridad hacia el registro, se abraz� a �l y al ver que nollevaba cazadora le dijo: �Vas a coger fr�o�. Alas seis la llam� la polic�a y le dijo: �Su hijo se ha suicidado�. Corr�an muchas versiones de este suceso. En el atestado no constaba que al cad�ver le hab�an serrado una clav�cula qu� habr�a sido determinante para el esclarecimiento de los hechos. Esa lesi�n provocada por un objeto cil�ndrico c�nico, una bala, era incompatible con la ca�da pero alguien hab�a hecho desaparecer el hueso. No se hicieron pruebas de bal�stica. El atestado s�lo dec�a que el cad�ver estaba boca-arriba, con los brazos encogidos, las piernas flexionadas y un charco de sangre a la altura de la cabeza en el lado derecho. Estaba vestido con ropa interior blanca, jersey azul oscuro, pantal�n gris, calcetines verdes y zapatos marrones. Se prohibi� publicar una esquela. Lo peor sucedi� al d�a siguiente, cuando el <emphasis>ABC </emphasis>sac� en primera p�gina un supuesto diario de Enrique Ruano en el que expresaba intenciones suicidas. Eran fragmentos manipulados de una carta a su psiquiatra Castilla del Pino. El franquismo mantuvo que se hab�a suicidado, que en un descuido hab�a conseguido zafarse de los tres agentes armados sin que ninguno lograra contenerle y se hab�a arrojado por la ventana.</p><p>Fue un crimen simb�lico. Enrique pertenec�a a una clase acomodada, su padre era procurador, viv�a en un piso confortable del barrio de Salamanca y era la primera vez que el franquismo mataba a un hijo de vencedores de la guerra que se hab�a puesto del lado de los vencidos. Aquellos padres de derechas que hicieron la guerra con Franco y que, tal vez, fueron a la Divisi�n Azul engendraron algunos hijos rebeldes e idealistas, que en la Universidad se enfrentaban a los guardias en una larga pelea contra la dictadura. En la d�cada de los sesenta� entre las dos generaciones se estableci� un abismo infranqueable. En la mesa, ante el plato de sopa, si se hablaba de pol�tica, se produc�an discusiones acaloradas. Poco a poco el padre de derechas y el hijo de izquierdas se convirtieron en dos desconocidos, pero entonces a los hijos, y mucho menos a las hijas, no se les ocurr�a irse de casa. Realmente la clandestinidad empezaba por el propio hogar. El estudiante volv�a de la facultad, donde hab�a participado en una asamblea revolucionaria, y al llegar a casa se estrellaba de nuevo contra el orden establecido. A la hora del almuerzo el padre a�n bendec�a los alimentos que les hab�a regalado el Se�or, cuando los v�stagos ya eran ateos. Estas dos generaciones usaban las mismas palabras para expresar cosas distintas. Al final ya no ten�an nada que decirse y, en el mejor de los casos, se impuso entre ellas un silencio pactado hasta que cada una se disolvi� por su cuenta. Algunos j�venes comunistas eran hijos de generales e incluso de ministros del r�gimen. As� era Enrique Ruano. Por eso su muerte caus� tanta, conmoci�n en la universidad, en la Iglesia y en ciertas capas de la burgues�a. �Lo quisieron presentar como un pobre chico manipulado por las fuerzas del mal, los comunistas -dijo el duque-. En aquella �poca era frecuente ir al psiquiatra. Una tarde est�bamos juntos en el mes�n de Fuencarral ante una puesta de sol y despu�s de un largo silencio exclam�: "�Cu�nto tarda en morir el d�a!". Nos un�a el amor a Mozart. Sus padres no comprendieron nada. Su asesinato marc� una l�nea divisoria del r�gimen de Franco�. Jes�s Aguirre, duque de Alba, dej� el retrato de Enrique Ruano sobre el anaquel de la biblioteca y volvi� a murmuran <emphasis>bonjour tristesse</emphasis>, como si oficiara un acto lit�rgico.</p><p>Aquella tarde en el palacio de Liria le pregunt� en qu� fecha exacta dej� de ser cura. No supo o no quiso contestar� pero dijo: �Cuando mis amigos me hac�an esta pregunta yo les dec�a: el d�a en que deje de ser cura os lo har� saber con un tarjet�n adornado con grecas doradas�. Supuse que al menos recordar�a cu�l hab�a sido su �ltima misa o acto como sacerdote. Tampoco lo recordaba. Tal vez fue el responso que dio a la hija de su secretaria Maripi, que muri� en la cl�nica de la Concepci�n. En ese momento sali� de la editorial con sotana. Luego ya pidi� una sotana prestada para casar a Mat�as Cort�s y a Fernando Savater y para bautizar a cualquiera de los hijos de sus amigos. En el proceso de secularizaci�n, Mat�as Cort�s tuvo que ir de testigo a la curia de la calle Bailen. En su declaraci�n dej� constancia de que Aguirre hab�a abandonado de hecho el oficio, ni dec�a misa, ni predicaba, ni bautizaba, ni bendec�a siquiera la mesa, ni daba de comulgar, ni rezaba y que se pasaba la mayor parte de la noche con sus amigos comunistas discutiendo de pol�tica en el pub de Santa B�rbara. Hab�a que ser sutil en el testimonio y no exagerar porque si los testigos lo hubieran contado todo, adem�s de arrancarle de cuajo el ministerio, le habr�an excomulgado y condenado p�blicamente a las tinieblas exteriores.</p><p>Juan Garc�a Hortelano le hizo memoria. Su �ltimo acto como ministro del Se�or file cuando apareci� un cop�n de oro lleno de hostias debajo de una cama en el piso del escritor Gonzalo Torrente Ballester, en la avenida de los Toreros. �Tal vez -coment� el duque- yo viv� aquella escena ya como una parodia�. En ese momento son� el tel�fono en palacio y entr� el mayordomo diciendo que le llamaba el duque de Ari�n. Jes�s Aguirre sali� del gabinete para hablar. Con un gesto dio a entender que nuestra visita hab�a terminado. Hortelano le pregunt� si se ver�an al d�a siguiente en un acto del diario <emphasis>ElPa�s.</emphasis>�Lo siento. Ma�ana parto para el Milanesado�, contest� el duque.</p><p>A la salida de Liria, Garc�a Hortelano me pidi� que le acompa�ara� a casa. Viv�a cerca, en el barrio de Arg�elles. Mientras abandon�bamos los sucesivos salones y cruz�bamos la pradera de palacio, el escritor comenz� a contarme la historia. �C�mo fue a parar un cop�n de oro junto con dos candelabros de plata bajo una cama del piso de Torrente Ballester? Fue sencillamente un milagro que qued� sin resolver, porque a la salida del palacio de Liria hab�a un control de polic�a con varios furgones en los que destellaban las linternas de cobalto y all� supimos que hab�an matado a un general y muy cerca de nosotros surgi� de la oscuridad un grupo de j�venes que arroj� un c�ctel molotov sobre el escaparate de una agencia de viajes de la calle Princesa. �Ma�ana parte el duque para el Milanesado, �qu� crees que va a hacer all� nuestro amigo?�, pregunt� a Hortelano bajo el resplandor del fuego. �Cualquiera sabe -exclam� el escritor-. Aguirre va ahora de palacio en palacio. En Mil�n, en Sevilla, en Salamanca, en San Sebasti�n, en Marbella, en Ibiza y en todas sus mansiones, entre alfombras, �leos, escalinatas, jardines y salones, ejerce su aristocracia como una liturgia sacerdotal, como si supiera de ni�o que estaba predestinado a ser duque de Alba, en caso de no haber podido ser cardenal o Papa. Ahora su obsesi�n es que la duquesa le compre un palacio en Venecia. Le da una tabarra enorme por este capricho. No s� si lo conseguir�.</p><p>En 1980 Jes�s Aguirre te�ricamente ten�a cuarenta y seis a�os o tal vez ten�a cincuenta. En alg�n registro de Madrid deber� constar la fecha exacta de su llegada a este mundo porque �l pidi� una vez copia certificada de su partida de nacimiento para sacar el pasaporte, pero el duque la manej� a su antojo. Est� escrita con tinta de calamar. Aunque en su biograf�a oficial consta que naci� en 1934, el secreto de este personaje, que ru� producto de un amor ciego, consiste en que desde ni�o supo tirar los dados de forma que siempre cayeran en la s�ptima cara, en la que s�lo se reflejaba la suya.</p></section><section><title><p>1931</p></title><p><emphasis>Nace un ni�o en Madrid sin una sola se�al en el cielo, ni con el cero en la frente de los predestinados, s�lo con iniciales inciertas bordadas en hilo rojo de seda</emphasis></p><empty-line/><p>Hacia el final de un incierto junio de un incierto a�o del siglo pasado en que estaba germinando la Segunda Rep�blica, una chica soltera, muy coqueta, de Santander, llamada Carmen Aguirre y Ortiz de Zarate hab�a quedado embarazada. La chica sol�a ir siempre acicalada en exceso desde muy joven, las pesta�as con mucho r�mel, los labios con un carm�n piment�n, colorete violento en las mejillas y el hecho de que le gustara vestir con muchos perifollos y las ballenas del cors� muy apretadas le hab�a servido para ocultar su estado de gravidez hasta poco antes de salir de cuentas, Llegado el momento, para alejarla de las malas lenguas, su hermano Ram�n, juez de Villaviciosa se la llev� a Madrid a casa de Jes�s, otro de sus hermanos, general de Ingenieros, que viv�a en la calle Zurbano. Despu�s de algunos concili�bulos decidieron aposentarla en un hotel cercano hasta el momento del parto.</p><p>Aqu� empieza el misterio que regir� la doble o triple vida de Jes�s Aguirre. El decimoctavo duque de Alba pudo �nacer en casa del hermano militar con ayuda de una comadrona de fortuna, pero lo l�gico es que Carmen diera a luz en la maternidad del hospital de la Beneficencia de la calle O'Donell, acogida por unas monjas hechas a este menester que luego entregaban la criatura a la inclusa o la daban en adopci�n. As� suced�a en aquel tiempo con los partos clandestinos de chicas solteras descarriadas, se�oritas de buena familia que hab�an tenido un desliz amoroso o simplemente con las criadas de los pueblos embarazadas por el cura, por el se�orito o por un casado en un pajar, que iban a parir a la ciudad y que por regla general se quedaban a ejercer la prostituci�n como carne fresca en el barrio chino.</p><p>La madre del futuro duque de Alba, una chica visceral, elegante, orgullosa, con sue�os de desayunos con champ�n y de lengua hiriente que heredar�a su hijo, no quiso entregarlo a la inclusa, pero trat� de ocultar su maternidad a los padres, don Ram�n, director de Aduanas, y do�a Jesusa, se�ora altiva con bast�n de empu�adura de plata, una familia muy formal de la burgues�a provinciana, acostumbrada al orden en las cosas. En aquella sociedad cerrada todo el mundo conoc�a la historia de cada apellido y la primera obligaci�n consist�a en no mancharlo. Para evitar el esc�ndalo, una amiga �ntima de Carmen, de origen humilde, llamada Alejandra, maestra de escuela, se prest� a servirle de tapadera. Escondieron al ni�o en casa de un matrimonio conocido en el pueblo de Entrambasaguas y le buscaron una nodriza pasiega para que lo amamantara. En el primer momento la madre se hac�a pasar por t�a carnal cuando iba con su amiga a visitarlo.</p><p>A veces tra�an al ni�o a Santander. En medio de las convulsiones pol�ticas que acompa�aron al parto de la Rep�blica, esta familia respetable, que viv�a en un piso con mirador y de buen portal de la calle Bonifaz, n�mero 5, al final comenz� a sospechar que su hija soltera, la primog�nita, fuera la madre de esta criatura que nadie sab�a de d�nde hab�a salido. �Pero este ni�o �de qui�n es?�, pregunt� do�a Jesusa se�alando despectivamente al beb� con su bast�n. �Lo recog� en el muelle de Puerto Chico, madre. Estaba llorando. Lo habr� abandonado alguien que se fue en un barco huyendo de la guerra. Yo le voy a dar mis apellidos�, contest� su hija. Do�a Jesusa siempre crey� que aquel ni�o era hijo de la revoluci�n de Asturias.</p><p>No hubo ninguna se�al en el cielo cuando naci� Jes�s. Ni el ni�o dej� de mamar los viernes como hac�an los que iban para santos, ni vino al mundo con una marca especial en la nalga izquierda como los malditos que han sido arrojados del Para�so, ni con un signo en la frente, el cero entre las cejas de los profetas o iluminados. Era simplemente un hijo natural que Alejandra y Carmen Aguirre paseaban a medias por las aceras del paseo Pereda o llevaban a tomar el aire bajo una sombrilla a Puerto Chico o a poner los pies en el agua en la playa del Sardinero ese mismo verano. El esc�ndalo de una madre soltera en los a�os republicanos en cierto modo estaba a cubierto gracias a la agitaci�n social seguida de toda clase de violencia y malos presagios que se hab�a apoderado de Espa�a. La ley del divorcio de 1932 pudo enmascarar la ausencia del padre, si es que el ni�o naci� en 1930 y no cuatro a�os despu�s como consta en su biograf�a oficial. Jes�s Aguirre se quitaba a�os y esa coqueter�a fue su primera m�scara. Lo cierto es que Carmen Aguirre y su amiga Alejandra hab�an montado a medias un parvulario en un bajo de la calle del Sol, n�mero 4, y all� <strong>iba </strong>el ni�o cogido de la mano de una ni�a llamada Teresita, su primera compa�era, nacida en 1929, y juntos jugaron al corro de la patata.</p><p>Mientras el ni�o abr�a los ojos a la vida, por todo el pa�s se estaba extendiendo una huelga general. Los mineros del norte, incluidos los de Santander, hab�an comenzado una lucha heroica. Ese verano de 1934, mientras Jes�s Aguirre hac�a las primeras gracias, el pueblo se preparaba para la revoluci�n, cuyo alumbramiento fue la insurrecci�n de los mineros en Asturias en el mes de octubre. El general Franco, desde el Alto Estado Mayor del Ej�rcito de Tierra, hab�a mandado a la cuenca minera al general L�pez Ochoa con dos tabores del Tercio de Regulares de �frica compuestos de tropas moras para reprimir con la m�xima dureza el levantamiento. Si don Pelayo hab�a conseguido que los �rabes, en su invasi�n del territorio espa�ol durante ocho siglos, no hollaran aquel rinc�n del mapa, el �nico que qued� a salvo de la victoria sarracena en toda la Pen�nsula, el general Franco se encarg� de que los moros tra�dos expresamente de Marruecos pisaran Asturias y llegaran hasta Covadonga para matar espa�oles. Poco pod�an hacer los mineros contra la crueldad del ej�rcito que entr� a sangre y fuego en aquel paraje hasta el asalto de Oviedo. Los mineros cargaban de dinamita a un humilde pollino y lo mandaban a las trincheras del enemigo.</p><p>El burro explosivo fue el arma imaginativa de la que hablaban los peri�dicos en toda Espa�a, mientras a un ni�o llamado a ocupar un alto destino en la sociedad Carmen y Alejandra lo vest�an de ni�a, con falditas de encajes y lacitos rosas en el pelo y zapatitos de charol. �Qui�n ser� el padre de esta linda criatura, que habla tan redicho como Jes�s entre los doctores del templo?, se preguntaban en la playa algunas lenguas maliciosas. Las mujeres ten�an la respuesta preparada: el padre era un militar que esos d�as estaba en Asturias defendiendo el orden constituido frente al levantamiento socialista en la cuenca minera.</p><p>Fueron miles los muertos y heridos, la mayor�a paisanos, que produjo la sublevaci�n de Asturias el a�o en que naci� oficialmente este ser privilegiado y m�s de cuarenta mil los insurgentes que llenaron las c�rceles y penitenciar�as de Espa�a. La paternidad de Jes�s Aguirre qued� sumergida en aquella tormenta social, que dos a�os despu�s acabar�a en una guerra civil.</p><p>Al final de la contienda hubo un momento en que Carmen ya no pudo ocultar la afrenta de madre soltera, por mucho desparpajo que le echara, a las lenguas malignas y decidi� asumir todas las consecuencias. En secreto comenz� a bordar la ropa del ni�o con tres iniciales, JPA, que respond�an al nombre y apellidos de Jes�s Prats Aguirre. �ngel Prats era un guapo militar catal�n, muy galanteador, que hab�a embarazado a la chica, pero ella estaba segura de que un d�a se casar�an, como le hab�a prometido. Por eso bordaba la inicial de su novio y cada puntada que daba con esa aguja sobre la ropa del ni�o era como si el hilo de seda lo pasara por su coraz�n destrozado por aquel amor loco que hab�a desaparecido.</p><p>Un d�a le pregunt� al duque de Alba por el primer recuerdo que guardaba de su llegada a este mundo. �Antes que nada -me dijo- fueron las palabras de un soldado que hablaba del general L�pez Ochoa y luego el sonido de las sirenas, las carreras hasta el refugio antia�reo. En un pueblo de Entrambasaguas en el que me cri� de ni�o durante la guerra una madrugada se estropeo un cami�n de aprovisionamiento del Ej�rcito de la Rep�blica. Los milicianos lo intentaban arreglar, pero ante la proximidad del enemigo optaron por huir y abandonaron el veh�culo delante de nuestra casa cargado con botes de leche, carnes enlatadas, sardinas, sacos de pan, todo un fest�n para gente hambrienta. Comenz� el desguace, ayudados por una monja esperp�ntica, que sol�a repetir en la iglesia mientras sacaba brillo al sagrario: "No pasar�n no pasar�n". Del cami�n s�lo qued� el esqueleto. Aquella pobre gente fam�lica se abat�a sobre las viandas con la misma furia con que ahora los ejecutivos, los banqueros y los burgueses se precipitan como gallinas sobre el bufet en cualquier fiesta elegante de Marbella. Poco despu�s o� contar que en Madrid el general L�pez Ochoa fue capturado por unos milicianos en un hospital-de Madrid donde se hab�a refugiado. Lo montaron en un cami�n hacia las afueras de Carabanchel para fusilarlo en un desmonte, pero durante el camino alguno de sus captores tuvo prisa y se precipit� sobre su cuello con un sable y le separ� la cabeza del cuerpo de un tajo y luego fue exhibida clavada en lo alto de una pica�. Terminada la guerra, Carmen Aguirre, por influencia de su hermano Jes�s, ascendido a general de divisi�n, se emple� en las oficinas de la papelera Sniace de Torrelavega como secretaria del director de la empresa, Eugenio Calder�n, amigo de Franco, quien en adelante proteger�a al ni�o y le pagar�a sucesivas becas de estudio. La madre se qued� a vivir en Torrelavega, en un piso adornado como un boudoir de madama, y dej� a su hijo en Santander al cuidado de los abuelos. El futuro duque de Alba creci� jugando con sus primos a las canicas y a las chapas en cualquier plazoleta cerca de la casa de la calle Bonifaz, 5, mientras se preparaba para tomar la primera comuni�n embuti�ndose de memoria todos los dogmas del catecismo. Eran tiempos de desolaci�n, de hambre canina remediada con boniatos y pan de serr�n, de terror por las delaciones y represalias, de venganzas privadas, de fusilamientos met�dicos de rojos en las tapias de los cementerios. A �ste horror se sum� tambi�n un estrago de la naturaleza. En la madrugada del 16 de febrero de 1941, cuando Jes�s iba a cumplir siete u once a�os, nadie sabe, �por qu� hablar de los seres divinos?, la mente del ni�o fue iluminada por un c�mulo de potent�simas y devastadoras llamas. Su inconsciente ya no pudo evadirse de aquel resplandor del infierno. Favorecido por un viento sur de 140 kil�metros por hora, un cortocircuito, que se produjo en el n�mero 5 de la calle C�diz, convirti� en cenizas el antiguo casco amurallado de la ciudad de Santander. Jes�s Aguirre conserv� siempre en su memoria la imagen fantasmag�rica de la catedral castigada por el fuego como una forma de la ira despu�s el duque de Alba cuando recorr�a los salones d� palacio con la memoria perdida.</p><p>Jes�s Aguirre fue bien recibido esta vez en el colegio Lasalle, el de los hermanos del babero, para estudiar el bachillerato. Aprobado el ingreso con el aplauso de familias y superiores, la abuela Jesusa, que ya comenzaba a sentirse orgullosa de las r�plicas inteligentes de su nieto, comenz� a bordar las iniciales del ni�o en el bolsillo de la tetilla izquierda de los guardapolvos a rayas con cuello y cintur�n azul. Bordaba con seda roja la P del primer apellido en toda la ropa del ni�o bajo el ruego imperioso de su hija, pero la se�ora ya hac�a tiempo que hab�a dejado de creer que el adulterio ser�a reparado para que ella pudiera pasearse por Santander con la cabeza bien alta. En todas las listas del colegio se le nombraba Aguirre y �se fue el motivo de las primeras bromas crueles en el recreo.</p><p>Entre las gracias de Jes�s, la mas notable fue su voz de contralto bien educada, un don que le permiti� formar parte de la escolan�a. Se enganch� a la m�sica. Se sum� a las lecciones de piano que una profesora particular le daba en casa a un condisc�pulo. Su madre quer�a educarlo en el refinamiento. �S�lo puedo decir que todo lo que aprend� de sensibilidad, de literatura, de m�sica, lo aprend� en mi casa, fundamentalmente de mi madre.� Sacaba las mejores notas del curso y era el primero de la clase, pero un d�a aciago en el patio del colegio, siendo ya un chaval con la primera pelusilla en el bigote, un compa�ero rufi�n lo llam� hijo de puta. Ese insulto sol�a estar desprovisto de malicia, a veces era incluso un elogio, y se dec�a contra cualquiera en un momento de ira o de camarader�a, pero esta vez, m�s que el insulto le hiri� el coro de risas malvadas qu� lo acompa��.</p><p>Comenz� a sentirse distinto y como reacci�n se refugi� en s� mismo con largos periodos de enclaustramiento. Mucha lectura en la mesa camilla bajo el flexo y, de cena, siempre verduras, �sa era la receta de nuestro h�roe. Mientras los dem�s alumnos jugaban, gritaban, daban patadas al bal�n, saltaban, se persegu�an y terminaban la media hora de asueto completamente sudados jadeando, �l cuchicheaba en un rinc�n del patio con un compa�ero de clase que le fuera propicio como si compartieran un secreto prolongado despu�s con sospechosas miradas y risitas cuando formaban filas para volver al estudio. Esas amistades particulares estaban muy mal vistas por los superiores del colegio y fue advertido por el prefecto. Era la primera vez.</p><p>Este af�n por ser aceptado y querido lo uni� al deseo de escapar. Le�a alguna que otra novela de aventuras, que desataba la parte m�s noble de la imaginaci�n. Julio Verne, Salgari<emphasis>, Loscuentosdeoro, Simbadelmarino,</emphasis>eran sus lecturas preferidas, que se prolongaron durante las vacaciones de verano con <emphasis>Jerom�n,</emphasis>del padre Coloma; <emphasis>Lapimpinelaescarlata, </emphasis>de la baronesa Orczy; <emphasis>QuoVadis,</emphasis>del polaco Sienkiewicz; <emphasis>Energ�aypureza,</emphasis>de monse�or Tihamer Toth; <emphasis>Fabiola,</emphasis>del cardenal Wiseman; <emphasis>Cuerposyalmas, </emphasis>de Maxence van der Meersch <emphasis>; HistoriadeCristo,</emphasis>de Papini. Un d�a, en la biblioteca abandonada de un t�o suyo exiliado descubri� un libro de aforismos de Goethe, editado por la Residencia de Estudiantes. Al abrirlo tuvo por primera vez la sensaci�n morbosa de lo prohibido, que le excitaba la inteligencia, y ya nunca abandon� esa inclinaci�n. Alguien le llam� pedante porque hab�a adoptado a ese autor como su gu�a en las conversaciones de sobremesa. Ese insulto lo sigui� llevando a cuestas el resto de su vida.</p><p>Por ese tiempo, mientras descubr�a el primer placer de la mente, Jes�s Aguirre vio que en su ropa marcada hab�a desaparecido la P misteriosa. Sus preguntas no fueron respondidas, pero el muchacho era bastante despierto como para saber en qu� consist�a el secreto acerca de su llegada a este mundo. Su madre acab� por aceptar que su amante no cumplir�a nunca la promesa de regularizar su matrimonio. La sospecha se hab�a confirmado. El militar Prats que se hab�a hecho pasar por soltero para enamorar a Carmen era, en realidad un hombre casado con tres o cuatro hijos. Al ser descubierto prometi� reconocer a su hijo, pero en aquellos a�os esto era pr�cticamente imposible. Jes�s Aguirre era un hijo natural, s�lo eso y nada m�s, ante la Iglesia y el registro civil.</p><p>La lectura de dos novelas en plena pubertad le ayud� a disolver el trauma en el inconsciente. Jerom�n, hijo bastardo del emperador Carlos V, educado durante la infancia por una familia en el poblach�n de Legan�s, cumplir� su alto destino por la persona que es y no por su origen. El emperador lo reclam� cuando al final de su vida estaba recluido en el monasterio de Yuste y Jerom�n se abri� paso por su inteligencia, sagacidad y elegancia en medio de la azarosa corte de su hermano Felipe II hasta ser reconocido como don Juan de Austria y nombrado capit�n de la Armada contra los turcos en la batalla de Lepanto.</p><p>Bajo la m�scara de Pimpinela Escarlata se mov�a el dandi Sir Percy Blakeney, miembro de la aristocracia inglesa, con todas las caracter�sticas de la doble personalidad, un justiciero que rescataba de la guillotina a muchos nobles en medio del Terror de la Revoluci�n Francesa y los pon�a a salvo en Inglaterra. Los ardores de la pubertad rebajaron el rango de las lecturas. Ah� estaban los engendros de Vicki Baum y Lajos Zilahy. Aguirre siempre recordar�a la primera pulsi�n sexual misteriosa que obtuvo de un oscuro relato que ley� en un folleto adquirido en un puesto de peri�dicos y de libros usados de la estaci�n de Santander. Formaba parte de una novela de Dostoievski, era la confesi�n de Stavroguin, en la que describe con pormenor un estupro. Ese delito pecaminoso y carnal que se comet�a con mujeres menores de quince a�os le llen� de un prolongado desasosiego, al tiempo que comenzaba a despertarse el fantasma de la sexualidad con su prima Mariluz. Pero siempre volv�a a Goethe para purificarse y sobreponer su inteligencia ante los dem�s con una cita aprendida de memoria.</p><p>Jes�s Aguirre tom� contacto con la vida intelectual de Santander en 1951 a trav�s del grupo Proel, una revista que el gobernador civil Reguera Sevilla, hombre ilustrado, editaba gracias al impuesto sobre las vacas. All� publicaban versos Pepe Hierro, Julio Maruri, Garlos Salom�n y muy especialmente escrib�a Ricardo Guit�n, cuya amistad fue muy importante para el protagonista de esta historia. A trav�s del grupo Proel descubri� Jes�s Aguirre a la generaci�n del 27, en especial a Pedro Salinas. La poes�a le abri� las carnes y una fuerza desconocida le hac�a correr por las calles recitando versos en voz alta contra el viento.</p><p>De Goethe pas� a Eugenio d'Ors, a Unamuno, a P�o Baroja, a Ortega. La pedanter�a era su levita preferida. Compraba libros en la librer�a Sur de Manuel Arce y en la Hispano-Argentina de Pancho P�rez Gonz�lez, unos nombres que ir�an unidos a su vida, antes de que nuestro h�roe alcanzara la cima de la aristocracia. Durante el bachillerato en el colegio Lasalle escrib�a versos er�ticos, que destru�a despu�s de leerlos en secreto a algunos compa�eros. El sab�a que deb�a afirmar su personalidad mediante la inteligencia. Necesitaba desarrollarla sobremanera para ocultar la oscuridad de un origen incierto. Termin� el bachillerato con premio extraordinario en el examen de Estado, que realiz� en 1951 en la Universidad de Oviedo.</p></section><section><title><p>1950</p></title><p><emphasis>En Espa�a, bajo el olor a sardina, el h�roe es elegido para una alta misi�n, mientras los poetas l�ricos del r�gimen duermen con una pistola bajo la almohada</emphasis>.</p><empty-line/><p>Cuando toda Espa�a ol�a a sardina entre cl�rigos, militares, lentejas y Concha Piquer, y en los descampados se lam�an mutuamente las heridas los perros fam�licos y los mutilados de guerra, por la calle Sacramento de Madrid, a la sombra de viejos palacios, se pavoneaba de noche Eugenio d'Ors con correajes, un �guila bic�fala en la hebilla del cincho, boina colorada con borla hasta la oreja y otros abalorios franquistas como un orondo fantasma. De regreso de Argentina, Ortega y Gasset se hab�a exiliado voluntariamente en Portugal, donde imperaba Salazar, otro f�rreo dictador, un hecho que dej� descolocados a sus incondicionales y sumergidos seguidores. Los intelectuales del r�gimen e incluso los poetas l�ricos dorm�an con las polainas puestas y la pistola bajo la almohada por si hab�a que levantarse otra vez a matar rojos. En aquel Madrid desolado de adoquines y ra�les de tranv�a, los se�oritos calaverascon esmoquin y bufanda blanca iban a bailar a Pasapoga y cada tronco de acacia ten�a un mendigo o un polic�a de la Secreta apoyado. Cualquier deseo administrativo, excepto el de acostarse con Ava Gardner en el hotel Hilton, necesitaba estar sellado con timbre m�vil y dos p�lizas.</p><p>En medio de aquella Espa�a con olor a amoniaco de urinario p�blico, resulta que Jes�s Aguirre no quer�a ser como los dem�s. Pod�a haber encauzado su talento hacia las musas o haber sido acogido por la diosa de la Justicia o tal vez por el amor a la ciencia, pero hab�a decidido dar un paso adelante para desprenderse de la clase subalterna y fue �l quien a la hora de pensar en el futuro marc� su destino y eligi� consagrarse a Dios.</p><p>El seminario pontificio de Comillas se levantaba como una poderosa f�brica clerical, regida por jesuitas en lo alto del monte de La Cardosa, rodeado de un parque de �rboles centenarios, y hasta el interior de sus paredones, erigidos por arquitectos catalanes a expensas de un marqu�s que seg�n las malas lenguas hab�a sido negrero, iban llegando alumnos de todos los pueblos, unos con vocaci�n religiosa y otros porque el patrimonio familiar no les permit�a otra educaci�n en colegios de pago con una salida civil.</p><p>Aguirre fue un seminarista de vocaci�n tard�a. Su madre lo llev� a un sastre especializado para que le tomara medidas para una sotana, un alzacuello de baquelita y una sobrepelliz con puntillas en el vuelo y en las bocamangas. Gracias a otra beca del director de la papelera Sniace, de ocho mil pesetas, el mes de octubre de 1951 entr� Jes�s Aguirre por la puerta del seminario de Comillas cargado con una maleta de cantoneras met�licas. Llevaba en ella mudas interiores, camisas, camisetas, zapatos y calcetines negros y un misal tambi�n negro con cantos rojos y una cruz dorada grabada en la tapa y una Biblia traducida por N�car-Colunga. Atraves� el enf�tico portal de azulejos azules con un gran escudo papal y las siglas JHS que se abr�a al pie de la colina junto a la cl�sica palmera de indiano. Al ascender por la pradera hab�a vislumbrado entre las copas de los falsos pl�tanos la crester�a neog�tico-mud�jar del edificio construido en 1892. Le recibi� con la sonrisa abierta en lo alto de la escalinata el padre prefecto. En el vest�bulo pis� el mosaico que representaba un le�n con trece garras, en honor a ese papa Le�n XIII que hab�a fundado el seminario, y sigui� a su superior hasta la nave del dormitorio, donde hab�a varias hileras de camas separadas por un panel, cada una con un taquill�n, donde el ne�fito dej� sus enseres en medio de un revuelo de sotanas de quienes en adelante ser�an sus compa�eros. Despu�s le fueron mostrados el patio, la capilla, las aulas, los corredores y el refectorio.</p><p>Jes�s Aguirre hab�a comenzado a escribir cartas a su prima Mariluz, en las que le iba desvelando sus sue�os, sus cuitas amorosas siempre diluidas con un amor a Cristo. Mariluz estudiaba Filosof�a y Letras en la Complutense de Madrid y era su �nica conexi�n en el mundo. Apenas llega al seminario, le escribe: �Querida prima m�a: he pasado unos d�as �fatales! Despistado y sin sotana, me sent�a rid�culo con mi traje claro y mi corbata roja. Eran d�as de saludos y mi posici�n entre desconocidos era violenta. Es curioso, un ser temible no me atemorizar�a tanto como unos pobres humanos cuya �nica defensa eran unos a�os de antig�edad en el seminario (�) los jesuitas son fin�simos, te tratan con una enorme deferencia (a los bachilleres). He congeniado perfectamente con ellos. Modifico mis antiguas opiniones.�Que hay mundo por dentro? Indudable, pero tambi�n hay mucho Dios y mucho trabajo. Adem�s, yo no me voy a meter en su mundo ni ellos en el m�o. Tienen unas formas sociales esmeradas, pero es falta grave hablarles sin permiso�.</p><p>En la entrada, apenas cruzado el vest�bulo, tambi�n hab�a visto un cuadro en el que aparec�a el diablo tentando a Jes�s de Nazaret. Un compa�ero muy ir�nico le interpret� la pintura. El diablo estaba tentando al Nazareno para que se hiciera jesu�ta y el Nazareno hab�a resistido la tentaci�n. De hecho, del seminario de Comillas se sal�a como sacerdote secular y se necesitaban tres a�os de meditaci�n y examen antes de ser admitido en la compa��a de Ignacio de Loyola. Jes�s Aguirre tuvo que hacer en Comillas un examen oficial y preparar un curso de perfecci�n human�stica, con griego y lat�n, dispensado de las asignaturas de ciencias, y emprender luego los tres a�os de filosof�a escol�stica para someter cualquier verdad a un buen silogismo.</p><p>En el examen de ingreso le preguntaron alguna lecci�n de la Historia Sagrada. La escalera que Jacob vio en sue�os, el lance de David y Goliat, las doce tribus de Israel y el arte con que Jos� enamor� a la mujer de Putifar. El subconsciente del joven seminarista qued� formado por sucesivas capas de este l�gamo sagrado. Dios lo hab�a escogido entre otros. adolescentes de su edad, lo hab�a se�alado con el dedo para que fuera su adalid. A partir de ese momento deber�a considerarse un elegido. �Querida prima m�a: este lugar es maravilloso, la paz infinita, soledad, mar, monta�as, valles� Se siente a Dios en toda la naturaleza, un elemento de vida que tiene presencia viva en mis sue�os. Lo encuentro cada d�a m�s hermoso y m�s m�o. Se me va metiendo, me lo voy metiendo. Cada d�a dejo los picos costosos, recostados, dif�ciles para mecerme en la forma ondulante, imprecisa de mi mar. Y me digo, �no habr� aqu� un poco de sensualidad? Sensualidad en la recepci�n y no en la impresi�n, naturalmente. Habr� que estudiarlo. Lo que s�, es que dentro de poco tendr� un mar propio, particular, m�o, s�lo m�o, a fuerza de admirar el que Dios nos dio. As� pasa siempre, de lo general a lo particular, de lo est�tico a lo �tico. As� pasa siempre.�</p><p>Era un tiempo gris plomo en que La�n Entralgo daba conferencias en el Ateneo madrile�o sobre Men�ndez Pelayo o en torno a la idea de la Hispanidad. A una de estas lecciones asisti� una chica jud�a que acababa de llegar a Espa�a en un Hispano-Suiza a cobrar una herencia de su marido, un sefard� de origen espa�ol, reci�n fallecido. Se llamaba Juana Mord�. Un d�a ley� en el peri�dico el anuncio de la conferencia de La�n y por puro aburrimiento entr� en la sala y al instante qued� prendada al ver a aquel hombre guapo, moreno, de pelo planchado, en lo alto de la tarima orlado por banderas hablando del Imperio espa�ol con palabras altisonantes. Dos donceles falangistas con camisa azul y correajes en posici�n de firmes le guardaban la espalda, cada uno con un estandarte en la mano. Al terminar el acto la chica le hizo una observaci�n que a La�n le gust� y as� iniciaran una amistad que se trab� de tal forma que la chica, que hab�a llegado por cuatro semanas, se qued� en Madrid toda la vida y al final se convirti� en la sacerdotisa del arte contempor�neo de nuestro pa�s.</p><p>En 1950 los coleccionistas todav�a se conformaban con un buen calendario de la Uni�n de Explosivos, con una Santa Cena de lata cromada para el comedor o con un conejo y tres perdices ensangrentadas encima de la consola. Los pintores mas consagrados aceptaban como un �xito que el dentista se aviniera a sacarles una muela a cambio de un paisaje o que el ur�logo les rebanara la pr�stata pagando con un bodeg�n. Entre poetas y pintores hab�a un intercambio de cuadros por sonetos. Las galer�as de arte estaban en la trastienda de alguna librer�a, iluminadas con bombillas de sesenta vatios mal contados.</p><p>�Yo era una joven muy pura, una chica de buena familia. Si hubiera vivido con mi marido ser�a una se�ora burguesa, jugar�a al bridge todas las tardes y leer�a alg�n libro de cuando-en cuando�, me dijo Juana Mord�. Pero la joven jud�a tuvo una aventura amorosa en Madrid. Hizo traer sus cosas desde Berl�n en un convoy militar franc�s, que atraves� la zona rusa y vendi� el coche para resistir mientras su hermano le mandaba dinero; pero el dinero nunca lleg� y se vio muy pronto sola en Espa�a, sin nada; as� que decidi� ponerse a trabajar y cay� en cierto medio de intelectuales, lo mejor qu� hab�a entonces en esa especie. Empez� a tener amigos que iban a su casa para charlar, Luis Rosales entr� el primer d�a algo impertinente e ir�nico, pero muy pronto comprendi� el car�cter fuerte de aquella joven jud�a, que ejerc�a de Madame Stein la millonaria de su misma raza que protegi� a muchos artistas en el Par�s de entreguerras s�lo que aqu� no hab�a ning�n James Joyce, ning�n Hemingway, ning�n Picasso, ning�n Henri Matisse y tuvo que abastecer su tertulia con lo que hab�a: escritores de la generaci�n literaria del 36 y algunos pintores de la escuela de Vallecas.</p><p>Juana Mord� me cont� un d�a: �Aquellas tertulias en mi casa duraron diez a�os, hasta que entr� a trabajar en la galer�a Biosca. Se celebraban los s�bados. Yo sol�a invitar formalmente a quien me interesaba y lo hac�a una sola vez para abrirle la casa. Despu�s ya acud�a la gente libremente si le gustaba. Ven�an amantes del flamenco, poetas, pintores, escritores e intelectuales. Yo preparaba unos panecillos de nada, cacahuetes y vino tinto, s�lo eso. Mi piso era peque�o, pero a veces llegaron a juntarse m�s de cincuenta personas. Entrabas en el dormitorio y dentro de una nube de humo gris adivinabas a Rosales, Luis Felipe Vivanco, Ridruejo, Pedro La�n hablando de literatura o a Benjam�n Palencia, que era el dios de aquel grupo, sentado en un sof� con varios disc�pulos. Yo trataba de abrir ventanas, pero todos quer�an humo, m�s humo. Fue entonces cuando descubrimos que Aranguren exist�a de veras* que no era un seud�nimo de Eugenio d'Ors, como cre�amos hasta entonces los amigos, ya que nadie le hab�a visto jam�s. Un d�a, Eugenio d'Ors me dijo que Daniel-Rops le hab�a pedido que explicara un poco su filosof�a, y �l cre�a que para eso nada mejor que traducir un cap�tulo de <emphasis>Elpensamientofilos�ficode Eugeniod'Ors,</emphasis>que hab�a escrito Aranguren. Me, pidi� que me encargara de la traducci�n y yo acept� convencida de que Aranguren era D'Ors en persona. Lo mismo pensaba Ridruejo. En el trabajo encontr� una expresi�n no muy correcta que en franc�s sonaba muy mal. Temblando de miedo, lo consult� con el maestro. Y D'Ors exclam�, muy sorprendido: "�A m� qu� me cuenta! D�gaselo a Jos� Luis". Sal� corriendo en busca de mis amigos, gritando: "Aranguren existe, Aranguren existe y lo voy a conocer". Viv�a retirado en �vila. Y lo conoc�. Me caus� impresi�n; no lo digas, pero era mucho m�s feo que ahora; con el tiempo ha mejorado mucho; ahora se acepta, o es que nos hemos acostumbrado. Le invit� a que viniera a mi casa. Y en sus memorias cuenta que all� conoci� a todo el grupo: a Panero, a La�n, a Jos� Mar�a Valverde, a Vivanco. En aquel tiempo era corriente en ciertos medios intelectuales o�r esta frase de despedida: "Te ver� el s�bado encasa de Juana Mord�". Un d�a Aranguren me trajo a casa a un seminarista que estudiaba en Comillas, un seminarista que fumaba en pipa, como un intelectual. Se llamaba Jes�s Aguirre�.</p><p>Entonces la gente fina acud�a a las conferencias de Ortega, reci�n llegado del exilio en Portugal, o a las que impart�a Zubiri, en las que bajaba a las profundas cavernas de la nada y dejaba turbadas a las se�oras de la burgues�a con collares de perlas y una mariposa en la solapa. Eugenio d'Ors hab�a convencido a Aurelio Biosca, due�o de una tienda de decoraci�n de la calle de Genova, para que abriera una galer�a de pintura en el s�tano, y as�, en medio del p�ramo, comenz� a moverse d�bilmente la afici�n al arte. En aquel s�tano de Biosca mont� Eugenio d'Ors sus salones, con charlas, exposiciones y coloquios. Las minor�as cultas y adineradas colgaron el primer cuadro de Benjam�n Paleneia de su vida donde antes ten�an tres ciervos abrevando o un San Onofre en �xtasis.</p><p>La galer�a Biosca estaba buscando una persona de mundo para ponerla al frente del negocio, alguien que supiera servirle un whisky al ministro Arbur�a si llegaba por all�. �Yo no ten�a ni idea de arte y me resist� m�s de dos horas cuando propusieron que la dirigiera, pero al final acept� y me met� en la mermelada. Piensa que tuve que esperar siete a�os para vender el primer Tapies<strong>, </strong>el primer Millares en Espa�a. Me sent�a atra�da por la vanguardia, pero ten�a todos los gustos en contra, y aunque la gente se burlaba de m�, enseguida organic� la primera exposici�n de arte abstracto. El grupo El Paso ya estaba formado desde 1956, era conocido en el extranjero pero aqu� la gente se echaba las manos a la cabeza; no comprend�a nada. Biosca, al ver el primer Ganogar, exclam�: "Parece que est� hecho con crema chantilly". Entraban en la galer�a las parejitas pensando en comprar un bodeg�n para el comedor y se encontraban con un cuadro abstracto. �Y esto qu� es? �Y qu� significa? �Y vale dinero? �Y le gusta a usted? �Y se: puede poner encima de la chimenea? Y ten�as que repetir mil veces que aquello se pod�a poner encima de la chimenea si la chimenea no estaba encendida. Y as� lleg� el momento en que mis amigos me forzaron a poner una galer�a propia. En la calle Villanueva hab�a un restaurante que se traspasaba. Lo alquil� y entre Millares, Saura y Canogar lo pusieron a punto trabajando como alba�iles con sus manos para convertirlo en una galer�a de arte y me vine aqu� con todo el grupo El Paso. En este despacho estaba la cocina.�</p><p>El a�o 1956 fue un paralelo que dividi� en dos el ambiente universitario. Eran los tiempos de la lucha contra el SEU en medio de un traj�n de albergues, bolsas internacionales de trabajo, esquelas mortuorias de Ortega, entierros de Baroja, delegados de curso que le�an a Casona, pistoletazos falangistas de febrero en el bulevar de Alberto Aguilera� primeras represiones con caballer�a armada y c�rcel para algunos hijos de pap�. Un grupo d� j�venes inteligentes y dorados, Ram�n Tamames, los Bustelo, Nadine Laffon, M�gica, Josito Ruiz Gallard�n� Javier Pradera realizaban el juego secreto de un comunismo de panfleto, tirado con ciclostil. Hab�a entre ellos un candor de filtraciones y submarinos con el encanto de un espionaje con teleobjetivo, firmaban manifiestos, predicaban la consigna de la reconciliaci�n nacional, liaban a algunos catedr�ticos. El grupo recib�a visitas del exterior. Unas veces aparec�a por Madrid un tal Guridi, llamado el Ciclista, enviado por el PSOE de Toulouse. Otras se dejaba caer Jorge Sempr�n, apodado Federico S�nchez, de parte de los comunistas de Par�s. A todos estos j�venes comunistas y socialistas cr�pticos, en el fondo cristianos evang�licos que iban a la caza del hombre nuevo, seg�n San Marx, los confesar�a de sus pocos pecados el cura Jes�s Aguirre.</p><p>Despu�s de los sucesos de Alberto Aguilera, donde dispararon contra el cr�neo de un joven falangista llamado Alvarez, un tiro que sali� de su propia carnada, Pradera fue represaliado por el Cuerpo Jur�dico del Aire, expulsado de la universidad como profesor de Derecho Constitucional y vetado en el Colegio de Abogados. Gracias a este favor de la Brigada Social tuvo que dedicarse a editar libros de Alianza y a emprender un viaje paralelo que en contra de todas las leyes de la f�sica acabar�a encontr�ndose con el viaje de Jes�s Aguirre.</p><p>Pero al final de los a�os cincuenta se produjo en Espa�a un Gran Accidente de Tr�fico: Franco hab�a sido atropellado en plena calle por un Seat 600� un coche utilitario, que se llev� por delante tambi�n un puesto de melones. Este pa�s hab�a pasado del jab�n de sosa c�ustica al Heno de Pravia; de soplarse los saba�ones a untarlos con grasa de tocino; salt� del pollino ala vespa; de la estame�a al plexigl�s, al nylon, al tergal; del ba�ador con cordoncillo al meyba; de la braga de esparto a un algod�n flexible que permit�a alcanzar su objetivo a la mano masculina si trepaba por los muslos de la novia en la �ltima fila de los cines de sesi�n continua, que ol�an a zotal mezclado con el perfume gordo de pachul� y una veta de bacalao.</p><p>Pese a que en el horizonte se hab�a quedado colgado el guante negro de Gilda, como una bandera pirata, los tiempos segu�an siendo de plomo, en los que la fan�tica conciencia de Arias Salgado, ministro de Informaci�n, hab�a convertido Espa�a en un mi�rcoles de Ceniza todo el a�o; el cilicio y el cintur�n de castidad eran prendas de alta costura y la espiritualidad asc�tica estaba unida a los bragueros ortop�dicos que se exhib�an en los escaparates galdosianos y a las pegatinas con anuncios contra la blenorragia en los urinarios p�blicos, donde los falangistas meaban ideas imperiales contra la raja espumosa de lim�n. Este ministro era un obseso sexual reprimido capaz de implantar los guantes de boxeo a todos los adolescentes para que no pudieran masturbarse. Ya que no hab�a guantes de boxeo para todos, la censura cumpl�a la misi�n de evitar que el sexto mandamiento fuera el principal abastecedor de carne espa�ola para el infierno.</p><p>El r�gimen econ�mico de la autarqu�a termin� cuando el gobernador del Banco de Espa�a abri� un d�a la caja fuerte y se encontr� con que el �nico tesoro que quedaba era un sello de cincuenta c�ntimos con la cara de Franco y una gaseosa La Casera. Y tuvo que llegar Ullastres, ministro de Comercio del Opus, a explicarle al Caudillo la ley de la oferta y la demanda. Aunque el Seat 600 hab�a quebrado la m�dula espinal del r�gimen franquista que discurr�a por la raspa de todas las sardinas de bota y ya se adivinaba en el horizonte el sue�o de la libertad unida al placer irremediable, en el cuartel Inmemorial. el alto mando le neg� al capit�n Cuesta la matr�cula en el curso para comandante porque presum�a en la sala de banderas de haber le�do <emphasis>Espa�ainvertebrada</emphasis>de Ortega y Gasset. Algo semejante le iba a suceder al seminarista Jes�s Aguirre, quien un d�a baj� desde Comillas a Madrid con un libro de Ortega bajo el brazo y una pipa en la boca y entr� en casa de Juana Mord� muy ufano.</p></section><section><title><p>1952</p></title><p><emphasis>De Comillas a la eternidad, las amistades particulares y el demonio se disfraza de Ortega</emphasis></p><empty-line/><p>En aquel caser�n lujoso del seminario pontificio de Comillas iba a pasar Jes�s Aguirre las �ltimas pulsiones de la pubertad y los primeros sue�os de juventud. Lleg� redicho, pedantuelo, muy le�do y sobrado. Desde el principio dio se�ales de una inteligencia r�pida que no se distingu�a de las r�plicas mordaces con las que se proteg�a del complejo de haber llegado a este mundo de una forma oscura, pero en el fondo el seminarista se sent�a redimido pensando que todos somos hijos de Dios. Sobrevolando el griego y el lat�n durante un curso, se incorpor� con facilidad a los rezos, al silencio del refectorio, a los juegos en el patio, al coro de la escolan�a, al rumor del gregoriano, a los paseos de los domingos en fila de a dos por las verdes colinas, a los ejercicios espirituales. El fuego del infierno estaba al alcance inmediato de su mente. La agon�a de la muerte seguida de putrefacci�n de la carne y los gusanos de la tumba era un plato que se consum�a con el hervido de jud�as verdes con patatas de cada cena. Pero mas all� de las postrimer�as tambi�n hab�a �ngeles con bucles dorados y v�rgenes azules. Una de las obsesiones de cualquier colegio regentado por los jesuitas era evitar que los alumnos tuvieran amistades particulares. La reclusi�n forzada de tantos muchachos en medio de la revoluci�n de hormonas que se establec�a entre aquellos severos paredones hac�a que el peligro de la homosexualidad se extendiera f�cilmente. Muy pronto el sexo se levant� como una barrera negra en el horizonte, una obsesi�n l�brica que acompa�aba al seminarista d�a y noche unida a la tibieza de la cera del altar, al olor de incienso, a la humedad pegada a la tela del pijama.</p><p>Reclinado en una cama turca en el palacio de Liria, me cont� Aguirre, como sinti�ndose ya a salvo de todo aquello: �Lo que para los padres de la compa��a eran amistades particulares para Goethe eran afinidades electivas y yo que hab�a le�do a Goethe as� lo cre�a. Un d�a me llam� el director espiritual a su despacho, un jesu�ta que era famoso por la voz de bar�tono y porque llevaba siempre un tomate en los calcetines, como el que describe P�rez de Ayala en <emphasis>A.M.D. G. </emphasis>Fui acogido por su sonrisa meliflua, que no borraba el rigor del entrecejo. Me hizo sentar a su lado muy cerca, me puso la mano en el hombro y luego me dio un suave pescoz�n en una mejilla. A continuaci�n comenz� el interrogatorio�.</p><p>Los superiores hab�an observado que Jes�s Aguirre ten�a predilecci�n por un compa�ero con el que siempre se le ve�a departiendo a solas durante el recreo en un rinc�n del patio. Un d�a el padre prefecto le vio muy p�lido, le cogi� de la oreja en un corredor y lo llev� a su habitaci�n. El prefecto pronunci� el nombre de un chico de Laredo llamado Antonio de aspecto curtido, de ojos negros, cejas prietas y mejillas muy carnosas. Jes�s puso cara de sorpresa. Ante las preguntas cada vez m�s directas e inquisitivas, con las orejas enrojecidas por el rubor, neg� que entre ellos pasara nada m�s all� de compartir la misma afici�n por la lectura. No se masturbaban, no s� intercambiaban ninguna caricia ni siquiera se tocaban. S�lo le�an a escondidas a Ortega y Gasset. No se sabe qu� era peor. Ante la rociada de amenazas y consejos, Jes�s prometi� que en adelante se dedicar�a s�lo a jugar al bal�n. El prefecto, antes de despedirlo del despacho, mientras no dejaba de sobarle las mejillas, le hizo esta confidencia: �Anoche, despu�s d� apagar la luz, me pase� como todas las noches por el dormitorio vigilando vuestro sue�o. Guando ya estabais todos dormidos me fij� en ti. Estabas destapado y ten�as las dos manos entre las piernas dentro del pantal�n del pijama. Eso es grav�simo. �Lo sabes? Te doy dos d�as para que te quites esas ojeras. Y si tienes que dormir con las manos atadas, hazlo como penitencia�.</p><p>La sensualidad evanescente que le despertaba su prima Mariluz segu�a siendo su obsesi�n. El 25 de mayo de 1952, desde Comillas le escribi�; �Querida prima m�a: espero mucho de ti y pido diariamente por tus intenciones al Se�or. Entr�gate al trabajo pero como medio, nunca como fin. Una vez fuera del aula, piensa por ti misma. Hoy faltan pensadores, meditadores<strong>� </strong>Quiero encontrar contigo comprensi�n y comunicaci�n de ideas; quiero llenar nuestras cartas, no de l�neas insustanciales, sino de ideas: Unamuno dec�a que cuan-do escribas s� denso, denso. Un virus irremediable me averg�enza cuando pongo el sello. Mis cartas son agotadoras por la extensi�n, parecen memoriales. Verter en mi correspondencia tantas cosas es quiz� haberme impuesto el ascetismo de escribir. Lo importante ahora es resistir y atesorar y m�s tarde, ya con suficiente riqueza para moverme con soltura, saldr� a la palestra�. En el refectorio hab�a un p�lpito donde un alumno de un curso superior le�a en voz alta un libro mientras los seminaristas com�an en silencio� excepto los jueves y los domingos, en que se permit�a hablar despu�s de la breve lectura de alg�n trance ejemplar del santoral. Jes�s Aguirre se recordaba leyendo en plena pubertad desde el p�lpito el relato moral del padre Risco titulado <emphasis>Pasoapaso,</emphasis>en el que el protagonista, un muchacho muy puro con mejillas de rosicler, es conducido al vicio por un t�o suyo. Primero lo lleva al cine, despu�s a bailar con unas se�oritas de Rebolledo, luego a una sala de juego, hasta que al final, en el camino de perdici�n, aquel ni�o tan guapo, completamente degradado, perdida la lozan�a de su pureza, con el estigma del vicio en el rostro, acaba por matar a su propio t�o y es condenado a muerte y sometido a garrote vil en una c�rcel de Granada. Quien a hierro mata, a hierro muere.</p><p>�Querida prima Mariluz: ayer le� una rese�a extensa sobre la conferencia que dio Dal� en el teatro Mar�a Guerrero el d�a 11. El texto es interesante no s�lo art�sticamente. He tomado notas. El ambiente y los sucedidos son realmente chuscos. Si fuiste o sabes algo, dime. Hoy probablemente no te escribir� m�s. Me esperan unas cuantas l�neas de Cicer�n. Una breve consideraci�n �po�tica? sobre mi rinconcito. Observar el valle, las monta�as escarpadas y caigo enamorado en el mar, un elemento de vida que tiene presencia viva en mis sue�os.�</p><p>Los jueves y domingos por la tarde hab�a paseo. Por las afueras de Comillas se ve�a pasar la fila oscura de seminaristas sobre las colinas verdes con sotana, bonete de cuatro puntas y esclavina con ribete morado. Algunos d�as iban al cine. <emphasis>Balarrasa,Lamiesesmucha, ElmilagrodeNuestraSe�oradeF�tima</emphasis>y <emphasis>Cercadelcielo,</emphasis>una pel�cula protagonizada por el padre Venancio Marcos sobre la muerte en la guerra del obispo Polanco. Con los primeros libros de la colecci�n Austral llegaron tambi�n las primeras miradas a las adolescentes y el amor griego al propio cuerpo y las cartas repletas de m�stica pasi�n a su prima Mariluz, su querida prima en Cristo. El seminario comenz� a ahogar sus sue�os. Un d�a le escribe: �Respecto a mi trabajo po�tico, he comenzado un libro titulado <emphasis>Lapiedrayelr�o.</emphasis>No pretendo en �l nada de justificaci�n, s�lo trazarme un programa a seguir y por el que trabajar. Tengo ya trece poemas y bastantes ideas m�s. Soy un impenitente intelectual y lo propongo con dos preguntas: �qu� tal va el Nobel?, �y la Bienal? Dime algo sobre ella. Aqu� no llega ning�n peri�dico. �Present� Dal� su <emphasis>Cristo</emphasis>Te mando estos versos con ecos de Fray Luis�</p><empty-line/><p><strong>A cuyo son divino</strong></p><empty-line/><p><strong><emphasis>El alma que en olvido est� sumida</emphasis></strong></p><p><strong>Vuelve a cobrar el tino</strong></p><empty-line/><p><strong><emphasis>Y memoria perdida</emphasis></strong></p><p><strong>De su origen primero esclarecida</strong></p><empty-line/><p>Oda a Salinas�</p><p>Despu�s de este alarde po�tico el seminarista Aguirre tiene una bajada incomprensible y le recomienda a su prima que lea a Carmen de Icaza.</p><p>Su madre iba a la librer�a Sur y a la Hispano Argentina <strong>a </strong>comprar los libros que le encargaba su hijo. Durante las vacaciones Jes�s Aguirre le�a y so�aba con ganar batallas m�sticas mientras pon�a los pies a remojo en la playa del Sardinero. Ten�a las piernas muy blancas y en las r�tulas se le hab�an comenzado a formar unos callos de tanto estar de rodillas ante el sagrario. El gregoriano estaba modulando su mente en el canto de v�speras. El olor a alcanfor de los corporales, el brillo de los c�lices, el roce del alzacuello, el tomate en el calcet�n, las letras doradas del misal formaban la sustancia de las horas y los d�as hasta que lleg� la primera rebeld�a interior: estudiaba lat�n, griego, oratoria, declamaci�n, elocuencia y predicaci�n, pero no estaba dispuesto a renunciar a la lectura de Ortega y de Unamuno, que le ayudaba a salir de la jaula escol�stica y le introduc�a en la aventura libre de la inteligencia. Con citas de estos autores, que eran r�probos para los padres jesuitas, Aguirre comenz� a escandalizar a sus compa�eros. No daba el perfil del ne�fito que suda obediencia por todos los poros, aunque el coraz�n de seminarista a�n ard�a bien bajo la sotana y la esclavina.</p><p>Querida prima Mariluz: No he le�do nada de Mara��n. Pem�n me parece horrible, lleno de t�picos. Cada vez me afirmo m�s en que Pem�n no es un valor sino un antivalor. �Por qu�? Porque tiene capacidad y no la actualiza. Yo puedo perdonar al que no es un genio porque no puede pero no perdono al que por seguir un camino m�s f�cil y de �xito, m�s populachero, deja un fruto colgando en el �rbol de la fecundidad que Dios le da. Toda actividad ha de tener un matiz �tico y es faltar a la dignidad el no cultivar el don de Dios que es el genio creador.</p><p>Durante una pl�tica en la capilla, el padre prefecto de fil�sofos, Gonz�lez Quevedo, un jesuita de car�cter duro y obtuso, se destap� con un ataque feroz contra Ortega y Gasset, recre�ndose en una sarta de improperios. Jes�s Aguirre capitane� a un grupo de compa�eros rebeldes que en acto de protesta abandon� la capilla. Despu�s de este alarde los superiores le insinuaron que de seguir por ese camino deber�a abandonar el establecimiento, pero un d�a, ya muy crecido y enamorado de su propia brillantez, defendi� p�blicamente a Ortega en una discusi�n en el refectorio y la cosa se agrav� al ser sorprendido leyendo <emphasis>La agon�a del cristianismo, </emphasis>de Unamuno, en el retrete. Nunca tuvo ning�n problema con la disciplina, pero le montaron un auto de fe esperp�ntico por esta deriva intelectual y tambi�n por mantener correspondencia con Aranguren y La�n Entralgo, seguida de visitas largas y pedantes que les hac�a durante las vacaciones de verano cuando ven�an a la Magdalena, seg�n la acusaci�n. Afortunadamente, hubo otras autoridades acad�micas que impidieron que el ejercicio inquisitorial desembocara en la expulsi�n inapelable y le aconsejaron el traslado de lugar si quer�a seguir con los estudios.</p><p>Habiendo aprendido los latines correspondientes y los tres cursos de filosof�a escol�stica, antes de emprender el estudio de la teolog�a se vio en la disyuntiva de continuar en Comillas o buscarse una salida airosa antes de que lo expulsaran formalmente, Una dama desconocida de Santander estaba dispuesta a pagarle una beca de estudios en Alemania. Pod�a ser una se�ora de la aristocracia de Comillas que un d�a se vio prendada por la labia del seminarista, o gracias a una beca felizmente suculenta que consigui� de la Fundaci�n Humboldt, auspiciada una vez m�s por el director de la papelera Sniace o por la influencia de Aranguren y La�n. Sea como fuere, hacia la mitad de la d�cada de los cincuenta Jes�s Aguirre empez� tembloroso a estudiar Teolog�a en Munich, lo que le permiti� leer libros sin censura y obtener contactos personales inolvidables, entre ellos el de un profesor renano, Gotdieb Sohngen, que andaba entre las fronteras del saber sagrado y profano, tratando de relacionar la teolog�a con la filosof�a griega, el idealismo alem�n y la m�sica. Lo primero que oy� Aguirre de sus labios en clase fue: �Todos los hombres tienen un p�jaro en la cabeza, pero s�lo los obispos creen que es el Esp�ritu Santo y a veces confunden la inspiraci�n con el excremento de la paloma�.</p><p>En Munich se acababa de crear el Colegio Espa�ol Santiago Ap�stol, fundado por el sacerdote Jos� Mar�a Javierre, situado en Dachauer Strasse, para hospedar a posgraduados, tanto universitarios como seminaristas, que realizaban sus tesis doctorales. En ese tiempo hab�an coincidido en el colegio Rouco V�rela, Jim�nez de Parga, Alfonso P�rez S�nchez, Fr�hbeck de Burgos, Lucio Garc�a Ortega. Para ingresar en ese colegio de Munich regido por curas operarios, los mismos que dirig�an el Colegio Mayor P�o XII de Valencia donde yo estudiaba, estuve a punto de conseguir una beca de fin de carrera de Derecho, dispuesto a escribir un trabajo sobre el kantiano Kelsen y el derecho natural. El proyecto se frustr�, como tambi�n se frustr� mi viaje a Par�s cuando ya hab�a conseguido el permiso militar, algo casi imposible entonces, para estudiar un verano en un instituto donde se impart�a el pensamiento de Maritain y de Mauriac, escritores cat�licos. Cuando le ped� permiso a mi se�or padre, me contest�: �Hijo, puedes ir a Par�s o a Londres, pero a cenar te quiero a las nueve en casa�. En vista de que yo no ten�a ning�n Aranguren que me ayudara, hui de Valencia y me fui a Madrid a verlas venir sin otro prop�sito que el obedecer el destino que marcaran las suelas de mis zapatos.</p><p>De haber salido el proyecto de Munich, pude haberme cruzado con Jes�s Aguirre por la calle e incluso tomarme con �l una cerveza negra en la cervecer�a del F�hrer, la Hofbr�uhaus, pero desde el primer momento el seminarista Aguirre hab�a marcado las distancias con estos escolares del colegio Santiago Ap�stol y se fue a vivir al colegio ducal Giorgianum, uno de los edificios propiedad del estado de Baviera, junto a la universidad y el Ludwigs-kirche, la parroquia donde Romano Guardini daba sus lecciones y realizaba celebraciones. All� conviv�an aspirantes al sacerdocio llegados desde los seminarios de distintos pa�ses y constitu�a una fabrica de profesores de Teolog�a, de futuros obispos y profesionales alemanes de otras ramas de la ciencia. El joven te�logo Joseph Ratzinger vivi� y dio clases all� antes de ir de profesor a Tubinga.</p></section><section><title><p>1955</p></title><p><emphasis>Lateolog�aenlacascadadelaSelvaNegra yHeideggervaalavendimia</emphasis></p><empty-line/><p>Nadie sab�a qu� pretend�a en su inmersi�n alemana ni en sus intereses teol�gicos. Jes�s Aguirre era un artista a la hora de enmascarar su pasado y tambi�n su ambici�n. Se interesaba sobre todo por la reflexi�n te�rica. Quer�a escribir una tesis sobre Occam y en este trabajo le ayud� su maestro S�hngen. �En Munich conoc� a Heisenberg, el que desarroll� el Principio de Incertidumbre. Cuando este f�sico genial se enter� de que viv�a en el colegio ducal Giorgianum, me pregunt� d�nde estaba situado mi cuarto. Le dije que en el �ltimo piso mirando el Ludwigskirche, y Heisenberg me contest� que en la terraza que estaba sobre mi habitaci�n permaneci� �l de estudiante haciendo guardia durante los sucesos revolucionarios de la capital b�vara, la noche de los cuchillos largos cuando Hider estaba escalando el poder. Me dijo que ten�a en una mano un fusil que no sab�a manejar y en la otra una edici�n de los fil�sofos presocr�ticos que le inspir� su intuici�n de la f�sica.� El Principio de Incertidumbre, formulado en 1927, trata de demostrar que cualquier materia se altera por el hecho de analizarla. Este principio probablemente fue ratificado por Heisenberg despu�s de conocer a Jes�s Aguirre.</p><p>En Munich, a trav�s de Chano Mart�n-Retortillo, que ser�a su padrino en su primera misa cantada en Madrid, Aguirre conoci� a Wolfgang Dern, estudiante de Sociolog�a y Periodismo, muerto tr�gicamente a�os despu�s. Llegaron a compartir apartamento y con �l viaj� a Francfort, ciudad donde hab�a nacido este joven, convertido en amigo inseparable. La amistad con Wolfgang le llev� al contacto con los supervivientes de la Escuela Cr�tica y a conocer a Theodor W. Adorno. �Era un personaje en apariencia muy poco interesante, como un se�or�n, pero cuando entrabas en conversaci�n con �l terminabas por quedar encantado por una serpiente. Me atra�a su esp�ritu cr�tico permanente, enmarcado en la l�nea progresista. Tambi�n me fascinaba la lectura de Walter Benjam�n.�</p><p>Siempre proclive a las amistades particulares, que cultiv� en el colegio Lasalle y en el seminario de Comillas, en Munich sedujo con su simpat�a personal al disc�pulo predilecto del joven profesor Joseph Ratzinger. Con �l tuvo una experiencia religiosa, la misma que Romano Guardini explic� en teor�a durante una clase. Sucedi� durante un viaje que realizaron juntos en coche desde Munich a Friburgo de Brisgovia. Fue un viaje de iniciaci�n, el mismo que realizan los h�roes antes de matar al drag�n para salvar a la princesa, antes de bajar a los infiernos para poder resucitar, antes de conquistar el vellocino de oro, que es el sexo femenino, antes de perderse en el mar boreal para volver a los brazos de Pen�lope en Itaca, antes de convertirse en San Juan Bautista.</p><p>El te�logo Guardini hab�a expresado la sensaci�n pante�sta que acoge a un caminante cuando se pierde en un bosque. Durante la primera parte del trayecto reconoce cada encrucijada del sendero, el nombre de cada �rbol, percibe el rumor de la brisa y el canto de los p�jaros. El sol dibuja trazos de luz sobre el humus donde se proyecta la sombra familiar de su cuerpo y el caminante se reconoce todav�a en sus pensamientos, en sus deseos, en sus recuerdos, pero a medida que se adentra m�s en la espesura va perdiendo el sentido del camino que ha dejado atr�s y de pronto siente un escalofr�o, a continuaci�n es asumido por una turbaci�n, a la que sigue un golpe de angustia al comprobar que en ese momento su personalidad comienza a diluirse y el caminante extraviado se convierte en parte de la naturaleza. Dios es esa naturaleza que te posee, de ah� debe partir la teolog�a, seg�n la tesis de Guardini.</p><p>El amigo de Jes�s Aguirre era un seminarista de veinte a�os, Hans Kuss, alumno de Ratzinger en el curso de Dogm�tica, muy parecido a Helmut Berger en <emphasis>Laca�dadelosdioses.</emphasis>Seg�n el duque de Alba, al iniciar el viaje aparecieron muy pronto los lagos de Baviera, donde se reflejaban las cumbres nevadas de los Alpes. Cuando lograbas deshacerse de la fastuosa visi�n del paisaje hablaban de su pr�ximo sue�o de ordenarse di�conos. El aire limpio que envolv�a la claridad azul de los lagos le recordaba a Jes�s Aguirre la pulsi�n que sinti� al leer el libro <emphasis>Energ�aypureza</emphasis>en la adolescencia. Ahora tambi�n quer�a ser puro y fuerte para subir a la cima de la nieve a escoger la flor blanca del edelweiss para ofrec�rsela a un amor, por ejemplo a la Virgen o a cualquier joven Bautista. Despu�s de varias horas de viaje en el Volkswagen de su amigo, comenzaron a atravesar la Selva Negra por una carretera secundaria cada vez m�s herm�tica. Iban en silencio. Hacia la mitad del camino Hans le propuso detenerse a comer unas viandas en un claro del bosque. Par� el coche y al apagar el motor comenzaron a o�rse en la insonoridad del espacio gritos desgarrados que se desprend�an de los �rboles o emerg�an desde el fondo impenetrable de la maleza, y entre todos los sonidos llegaba hasta ellos el de una cascada invisible. Hans le invit� a bajar del veh�culo para adentrarse por un peque�o sendero hacia el salto de agua que hab�an visto brillar entre los abetos. Tal vez pensaban que ser�an acogidos por aquella sensaci�n confusa si la naturaleza consegu�a apropiarse de sus almas, pero la lecci�n sagrada de Guardini no se present�, o al menos ellos se cre�an libres.</p><p>Hans extendi� un pa�o blanco sobre el humus fermentado en un claro del bosque y despu�s de sacar las viandas pregunt�: ��Te parece que antes de comer hagamos un poco de teolog�a?�. Comenz� a desnudarse para tomar un ba�o en la cascada. �Le segu� en todos sus movimientos�, me cont� el duque de Alba en Liria. Mientras el agua sumamente fr�a irrump�a contra sus cuerpos, en medio de la luz del sol filtrada entre la oscuridad de los abetos vieron muy cerca dos corzos masculinos que se detuvieron muy sorprendidos a mirarlos. Bajo la cascada, Aguirre record� los versos de San Juan de la Cruz y comenz� a recitarlos a gritos confundido por el sonido del agua al caer en el estanque: �Goc�monos, amado, / y v�monos a ver en tu hermosura, / al monte o al collado, / do mana el agua pura, / entremos m�s adentro en la espesura�. Estos versos no tuvieron respuesta por parte de su amigo, que ni siquiera los hubiera entendido m�s all� de la emoci�n de los alaridos. Apenas pod�an hablar a causa del cuchillo helado que el agua hab�a introducido en sus entra�as. Lentamente fueron recuperando la respiraci�n y un golpe de sangre caliente comenz� a inundarles el cerebro y toda la piel. Desnudos y empapados, se sentaron a devorar un bocadillo de salchichas mientras dejaban que la brisa secara su cuerpo. Estaban bien, se sent�an bien con aquella vivencia religiosa. Los corzos se acercaron a ellos sin ning�n temor hasta dejarles ver sus ojos limpios, ingenuos, de terciopelo. Aguirre volvi� a recitar a San Juan de la Cruz: <emphasis>��Adonde te escondiste, / amado, y me dejaste con gemido? / Como el ciervo huiste / habi�ndome herido; / sal� tras ti, clamando, y eras ido</emphasis>�. Los corzos se acercaron a�n m�s y comieron de su pan, pero al tratar de ofrecerles en la boca unas frambuesas huyeron despavoridos hacia la oscuridad del bosque.</p><p>Hans le dijo que en Friburgo, con un poco de suerte, tendr�an ocasi�n de conocer a Heid�gger, amigo de un pariente suyo, profesor de la misma universidad. El hecho de conocer al autor de <emphasis>Ser y tiempo</emphasis><strong>, </strong>lejos de producir en Aguirre una exaltaci�n euf�rica de k inteligencia, le sumi� en una duda moral. Heid�gger hab�a sido un colaborador de los nazis, era el hombre que hab�a callado. Cuando la universidad b�vara le invit� a un curso en 1933, el fil�sofo respondi� que antes que nada deb�a servir al trabajo que estaba realzando Adolf Hider. Pero estos amigos ya hab�an quedado fundidos por ese lazo del alma que va m�s all� de los sentidos, y la duda moral de Aguirre se desvaneci�. La cascada proced�a de un arroyo servidor del Rin y se llamaba el Salto del Cisne Negro, seg�n Hans hab�a le�do en una roca esculpida junto al estanque.</p><p>Continuaron viaje unidos por un silencio que expresaba todas las palabras, todas las sensaciones, toda la armon�a del esp�ritu. La carretera dej� ver los primeros claros de la Selva Negra por el valle del Dreisam y luego se abri� a unos prados de pasto, campos de cereal y extensiones de vi�edo que a veces peinaban laderas de unos montes que cerraban el horizonte por la parte de la Alsacia bajo una batalla de nubes plateadas con la tripa negra que amenazaban tormentas de final de verano. Despu�s de dos horas de viaje apareci� la espada�a de la catedral de Friburgo contra una colina boscosa. Entraron en la ciudad por la Puerta Suaba, una de sus cinco torres fortificadas, y llegaron a la plaza del M�nster, donde hab�a un mercado medieval al pie de los sillares y vitrales. Estaban todav�a latentes los efectos del bombardeo de la guerra, que hab�a reducido a escombros la mitad de los edificios. Hans llev� a su amigo a casa, cerca de la torre de San Mart�n, en el casco antiguo. El alem�n de Aguirre no era muy correcto, de hecho nunca lo hablar�a bien, pero su estilo a la hora de ejercer ademanes dej� impresionados a los padres de Hans, toneleros de buen pasar, que se desvivieron por hacer su estancia muy agradable.</p><p>La visita a Heidegg�r, seg�n cont� Aguirre se produjo en la biblioteca de la vieja Universidad Albert-Ludwigs y Aguirre recordaba que la conversaci�n se produjo entre expresiones ininteligibles borradas por el estruendo de las hormigoneras que estaban reconstruyendo algunos colegios universitarios de alrededor destruidos por la guerra. Tal vez su filosof�a y su actitud ideol�gica proclive al nazismo hab�an contribuido a que la universidad donde ense�aba hubiera quedado aplastada por las bombas. Sentado en un sill�n de cuero rojo, vestido con traje cruzado de franela blanca, el viejo fil�sofo sab�a que esta pareja eran seminaristas a punto de ordenarse de di�conos. Heidegger les dijo que �l hab�a empezado estudiando teolog�a cat�lica. �Pero llegu� muy pronto a la conclusi�n de que si los te�logos supieran de cierto que Dios no existe, seguir�an haciendo teolog�a, y me pas� a la filosof�a�, y a continuaci�n comenz� a hablarles de la destrucci�n y de la muerte de Alemania. De pronto qued� en silencio, sonri� con cierta, amargura y les propuso ser felices asistiendo a la fiesta de la vendimia, que se iba a celebrar en la plaza de la catedral esa noche. �Beban ese c�liz antes de ser ministros de Cristo. Los vinos del Rin, aparentemente livianos, son m�s profundos que la fenomenolog�a que aprend� de Hiisserl.� Hans le cont� la experiencia de la cascada en la Selva Negra seg�n la teor�a religiosa de Guardini. Heidegger los anim� a viajar a Baden-Baden y darse all� un ba�o m�s civilizado pero igual de profundo, m�s teol�gico, si cabe, en las termas romanas. Aquella noche la plaza de la catedral se llen� de acordeones y de se�oritas robustas con trenzas rubias. Los j�venes bailaban sobre grandes cubas llenas de uva reci�n vendimiada y celebraban entre c�nticos el mosto que se derramaba por las gargantas de gente pl�cida, viejos rubicundos, mujeres de carnes espl�ndidas que simulaban ser felices olvidando la pasada tragedia de la guerra mientras devoraban salchichas. En medio de la multitud apareci� Heidegger rodeado de un grupo de alumnos. Al encontrarse en la plaza con Hans y con su amigo, los llev� hacia la catedral. Primero les se�al� las g�rgolas que escupen simb�licamente el mal que late en el interior de cada templo, y despu�s bajo el p�rtico de la torre con los arcos llenos de ap�stoles les record� la necesidad de purificarse con aguas romanas en Baden-Baden para olvidarse de las piedras sagradas y quedar a solas con sus cuerpos. Puesto que el hombre es un ser-para-la-muerte, mientras estuvieran vivos, el cuerpo era el �nico dios verdadero.</p><p>Dos d�as despu�s el viaje hacia Baden-Baden se desarroll� entre vi�edos maduros, campos de cebada y pastos con ganado. Algunos vendimiadores les saludaban con el brazo y al llegar a la ciudad balneario se establecieron en un peque�o hotel de la plaza de Goethe cerca del Friedrichsbad, un edificio del siglo xix que conten�a los ramosos ba�os levantados sobre las antiguas termas romanas de dos mil a�os de antig�edad.</p><p>En las calles de Baden-Baden hab�a orquestas de m�sica y coros de adolescentes rubios que interpretaban a Mozart. Los prados trasquilados estaban divididos por el r�o Oos, cuyos puentes de orfebrer�a de hierro colado eran atravesados con parsimonia cort�s y saludos de otra �poca por se�oras con sombrillas d� colores y caballeros provectos, veraneantes de final de verano, ejemplares supervivientes de toda una cultura que hab�a sido destruida por la guerra.</p><p>El recuerdo del ba�o en la cascada de la Selva Negra les hab�a dejado en el cuerpo una sensaci�n de libertad salvaje unida al regusto de unas frambuesas silvestres que comieron con los dedos manchados de zumo, pero no hab�an experimentado la posesi�n de la naturaleza que seg�n Romano Guardini era el inicio de la experiencia religiosa. Al pasar por delante de las termas del Friedrichsbad decidieron darse otro ba�o:, esta vez civilizado, seg�n un protocolo muy saludable. En el vest�bulo una se�orita les ofreci� un prospecto que conten�a las condiciones y ventajas del nudismo, una pr�ctica que se estaba iniciando en Alemania. Ese viernes el balneario ofrec�a la posibilidad, en este caso obligatoria, de ba�arse juntos hombres y mujeres. Hab�a varias piscinas de agua fr�a y caliente que se alternaban, distintos chorros y cascadas, masajes y sesiones de algas que se realizaban en grandes salas bajo c�pulas llenas de dioses paganos, ante la mirada de ninfas de m�rmol desde las hornacinas. Mientras se desnudaban por completo, Aguirre le dijo a Hans: �Tomemos un ba�o como si se tratara de una pr�ctica asc�tica�. En el palacio de Liria, recostado en una cama turca, haciendo volutas de humo con su Winston extrafino, el duque de Alba me confirm� que nunca hab�a sentido hasta entonces una espiritualidad tan profunda. Ning�n cuerpo desnudo se pod�a comparar con el de los h�roes de m�rmol que adornaban los pedestales, pero sentirse desnudo era una comuni�n con su amigo. La Selva Negra ten�a una resonancia m�stica cuando los gritos desgarrados de las aves bajaban hasta el humus atravesando las ramas de los abetos. Por las salas de las termas cruzaban cuerpos desnudos de hombre o de mujer que se zambull�an en las distintas piscinas, nadaban lentamente como una forma de meditaci�n, ard�an de sudor en las saunas y luego se sum�an en el agua helada.</p><p>�En aquel espacio el silencio ten�a una gran resonancia bajo las c�pulas repletas de divinidades. En ese momento, de una de las salas sali� un grito que lleg� hasta los �ltimos rincones del balneario -cont� el duque de Alba-. En una de las piscinas hab�a aparecido el cad�ver de una joven flotando boca abaj�, Fue un accidente muy desagradable. Al parecer le hab�a dado una congesti�n al salir de una sauna, pero fue suficiente para que toda la armon�a del cuerpo y del esp�ritu desapareciera�. El duque dio otra calada al cigarrillo recre�ndose en la memoria y a�adi� que su amigo Hans dijo que la muerte no era suficiente para romper aquella belleza. Habr�a sido m�s interesante si se hubiera tratado de un asesinato. Entonces le dije al duque: �Si alg�n d�a escribo tu biograf�a, mentir� para estar a tu nivel. Dir� que esa mujer que apareci� flotando en el Friedrichs-bad era bell�sima como Ofelia, que muri� apu�alada por un s�dico y que el agua de la piscina se convirti� en un ba�o de sangre�. El duque contest�: �No importa. En el fondo cualquier muerte siempre es un asesinato�.</p></section><section><title><p>1961</p></title><p><emphasis>Munich queda atr�s y en Espa�a comienza la ascensi�n del h�roe atravesando primero una nube de ceniza</emphasis></p><empty-line/><p>Bajo la larga ceniza de la posguerra hab�an comenzado a avivarse algunos rescoldos. Los universitarios m�s inquietos ya hab�an puesto el dedo gordo en la cuneta y hab�an partido hacia Europa a bordo de un cami�n cargado de naranjas, de tomates y melones; luego regresaron con la buena nueva de que en Par�s maullaba una gata con jersey negro de cuello alto que se llamaba Juliette Greco y en las aceras del Barrio Latino los novios se besaban con <emphasis>Lan�usea</emphasis>de Sartre en la mano. Por Montparnasse se mov�a un grupo de pintores espa�oles que alternaba el oficio de brocha gorda en los andamios con el trabajo de artistas nocturnos; los s�bados se los ve�a con �leos y carpetas bajo el brazo yendo de galer�a en galer�a a ofrecer sus cuadros y se alimentaban de sus' propios sue�os, unos de conocer a Picasso y otros a Santiago Carrillo. El Partido Comunista en el exilio remediaba su hambre a cambio de la filiaci�n en una c�lula. Unos estudiantes se iban en vacaciones a aprender alem�n en las minas del R�hr, otros optaban por fregar platos en los restaurantes de Londres. Aqu� en Espa�a, cuando se hablaba de oposici�n siempre se refer�a uno a la de notar�as o registros, a abogados del Estado o a judicatura nunca a Franco, que iba cogiendo un perge�o de abuelito p�nfilo y no por eso menos cruel y asesino. La aspiraci�n sublime a llegar a alto dignatario del Estado se compart�a con visitas rituales a los prost�bulos con olor a permanganato poblados de putas muy maternales, entre cuyos senos les bailaba una medalla de la patrona de su pueblo. De Alemania regresaba Aguirre a Santander o a Madrid de vacaciones envuelto en silogismos escol�sticos, brillantes y escurridizos. En casa de sus primos en la calle Costa Rica, durante los insomnios de las noches de verano, vaciaba su teolog�a sobre la cama y los dejaba admirados. Sus primos le dec�an: �Jes�s, vas a llegar a cardenal�. Y �l contestaba: �Nada de cardenal. Yo quiero ser Papa�.</p><p>Hab�a muerto Ortega. La noticia lleg� muy pronto a Munich. El padre F�lix Garc�a, experto en arrancarles la �ltima aterrorizada confesi�n a los intelectuales descre�dos, hab�a entrado en la alcoba del agonizante, en la calle Montesquinza, hab�a permanecido media hora all� envuelto en el misterio y al salir no respondi� a la pregunta capital: �Ortega se hab�a confesado, hab�a recibido la extremaunci�n, le hab�a untado el calca�ar con el sagrado aceite para que pudiera volar al cielo? En los corrillos de la universidad no se hablaba de otra cosa. Tambi�n hab�a muerto Baroja en su casa de la calle Ruiz de Alarc�ni pero esta vez el padre F�lix Garc�a se encontr� con el sobrino Julio Caro apalancado en la puerta con los brazos en cruz impidi�ndole la entrada. En plena agon�a el escritor Castillo-Puche hab�a llevado a Hemingway al lecho de Baraja, que ya ten�a perdida la memoria bajo el gorro de lana. Al ver a aquel gigante de barba blanca en su habitaci�n s�lo interesado en hacerse una foto, Baraja pregunt�: ��Qui�n es ese se�or de la sonrisa de arroz con leche?�. Alguien le dijo al obispo Leopoldo Eijo que fuera a confesar a su compa�ero de la Real Academia. El obispo de Madrid respondi�: �No voy. Que muera como ha vivido�.</p><p>En 1961 Jes�s Aguirre fue ordenado sacerdote en Munich, en el Ludwigskirche, a manos del obispo del lugar. Actu� de padrino el diplom�tico Julio Cer�n, que andaba perdido por las cervecer�as y fue obligado a alquilar un chaqu� para el acto. Las dos espada�as de la iglesia fueron iluminadas ese d�a de forma especial, pero no hubo ning�n revuelo barroco en torno a este acontecimiento, salvo el volteo general de campanas. Bajo los acordes del �rgano avanz� el misacantano, revestido s�lo de alba, estola y c�ngulo, por la nave principal y en la cabecera del primer banco lloraba su se�ora madre con teja y mantilla espa�ola y el r�mel corrido. Sin duda, muchas de aquellas l�grimas ser�an de orgullo por tener como hijo a un representante brillant�simo de Dios en la tierra, y otras tal vez se deb�an al recuerdo de un lejano amor loco qu� se desarroll� en medio de promesas ardientes en la primera oscuridad de una tarde al final de un verano junto a la playa. En el altar tambi�n le esperaba, junto con el obispo y otros sacerdotes, un di�cono que iba a oficiar en la ceremonia. Desde la grada, con las manos juntas en el pecho, Hans ve�a avanzar a su amigo Aguirre y probablemente recordar�a los a�os de amistad y aquel ba�o teol�gico que se dieron en la cascada de la Selva Negra la mirada de los corzos desde la espesura y el grito que reson� bajo las c�pulas de las termas de Baden-Baden que vino a romper toda la armon�a de los cuerpos. El hombre es un ser-para-la-muerte, hab�a dicho Heidegger. Con la joven muerta flotando boca abajo en una de las piscinas pod�a empezar la teolog�a.</p><p>Despu�s del acto lit�rgico de la ordenaci�n sacerdotal se sirvi� un aperitivo en el claustro de la iglesia y all� se pasaban las copas de vino del Rin los profesores Schmaus, S�hngen, Monzel, obispos y alumnos; luego hubo una fiesta en la pradera del colegio ducal Giorgianum presidida por el rector Pascher, catedr�tico de Liturgia y Pastoral, donde se cantaron canciones b�varas, casi paganas, con acordeones y trompetas de pistones. Finalmente Julio Cer�n pag� una cena en la cervecer�a del F�hrer a los amigos que hab�an llegado de Santander, y Jes�s Aguirre, a partir de ese d�a de junio, comenz� a navegar el sacerdocio como una aventura intelectual, lejos de la m�stica y mucho m�s lejos de la asc�tica. Las clases en la facultad de Teolog�a siguieron su curso sin este alambicado ne�fito, que ya no ten�a m�s excusas para quedarse en Alemania.</p><p>Despu�s de haber volado por las elegantes alturas del saber teol�gico, regres� a casa y en realidad le correspond�a adscribirse a una parroquia de la di�cesis de Santander. Era imposible imaginar a Jes�s Aguirre de coadjutor en un pueblo del valle del Pas confesando beatas, departiendo con el boticario, paseando por las afueras con el director de Banesto, dando siempre la raz�n al indiano, el m�s rico del lugar, bautizando, casando, llevando el vi�tico bajo la ventisca por los desmontes, dando responsos a gente innominada que pasa por este mundo sin enterarse de nada. �Tanto Goethe, tanto Guardini, tanto Adorno y Walter Benjam�n y Rahner para acabar jugando a la garrafi�a o al tute con el cabo de la Guardia Civil de pareja con un p�rroco de misa y olla? Tampoco en la ciudad de Santander hab�a ning�n puesto que fuera el adecuado para este ser brillante, navegador del cosmos teol�gico, ahogado por la caspa moral de una clase media qu� sab�a su origen y que sin duda se lo echar�an en cara en cuanto se saliera del orden constituido, que cualquier burgu�s espera de un cura. Una vez m�s, La�n Entralgo, Zubiri y Aranguren llegaron en su ayuda para sacarlo del pozo provinciano y lo dejaron en brazos del padre Federico Sope�a en Madrid. La rampa de despegue estaba preparada.</p><p>La primera misa se celebr� en la iglesia de la Universitaria. All� estaban todos los admiradores del padre Sope�a. La madre del misacantano segu�a llorando con el r�mel corrido. Despu�s de la solemne ceremonia asistida por varios prestes y adornada con una hermosa disertaci�n del te�logo <emphasis>y pensador </emphasis>Francisco P�rez, su amigo desde Comillas, Jes�s Aguirre, sentado en el presbiterio en un sill�n abacial, cara a los fieles, ofreci� a besar las palmas de sus manos perfumadas con agua de rosas flanqueado por el padrino Mart�n-Retortillo y la madrina Consuelo de la G�ndara. En fila bajo un motete de Palestrina cantado por la escolan�a, se acercaban a tributarle homenaje profesores liberales, agn�sticos de entre dos aguas, se�oras del barrio de Salamanca, universitarios rebeldes, toda la grey que hab�a acopiado el padre Sope�a y que a partir de ese d�a Jes�s Aguirre har�a suya y sobre la que actuar�a con su labia de encantador de serpientes. Cuando Sope�a se fue a Roma, �l se qued� de amo del reba�o.</p><p>Parece que Jes�s Aguirre tambi�n hab�a dejado Munich muy caliente al volver hecho un cura a Espa�a en 1961, porque en los primeros d�as de <emphasis>ju</emphasis>nio del a�o siguiente, en el hotel Regina Palace de la capital de Baviera, se celebr� el IV Congreso del Movimiento Europeo, al que asistieron invitados 118 pol�ticos espa�oles de todas las tendencias: mon�rquicos, liberales, democristianos, socialistas, social-dem�cratas, nacionalistas, excepto los comunistas, reunidos bajo la autoridad moral de Salvador de Madariaga con el prop�sito de sentar las bases para recuperar la democracia que le permitiera a Espa�a adherirse a Europa. A Fernando Alvarez de Miranda, cabeza de cartel de aquella expedici�n clandestina, le dijo Aranguren: �Yo no voy, pero hay un cura en la Universitaria llamado Aguirre que ha estudiado en Munich. Sin duda �l os podr� ayudar si le pag�is el viaje y la estancia�. Jes�s Aguirre acompa�� a los conspiradores y los pase� por Munich <strong>, </strong>les present� a gente de la radio y de la prensa y les resolvi� muchos problemas c�mo int�rprete de alem�n.</p><p>La reuni�n de los opositores espa�oles en Munich tuvo una repercusi�n muy sonada. Fue una convulsi�n pol�tica. Para ridiculizar este encuentro que significaba el fin de la guerra y el principio de la reconciliaci�n nacional, la prensa falangista del diario <emphasis>Arriba</emphasis>lo llam� el Contubernio de Munich <strong>.</strong></p><p>Atacado por una c�lera repentina contra estos grupos que hasta entonces s�lo hab�an ejercido una t�mida oposici�n dentro de las fronteras, Franco encarcel�, deport� y mand� al exilio a los asistentes a medida que retornaban a Espa�a, a Fernando �lvarez de Miranda, Jaime Miralles, Pep�n Vidal, Satr�stegui, Carlos Mar�a Bru Pur�n, Cavero, Jos� Mar�a Gil-Robles, Dionisio Ridruejo. Los buenos oficios de P�o Cabanillas, antiguo compa�ero del C�sar Carlos y ahora subsecretario de Fraga, sirvieron para que Aguirre no fuera desterrado a Fuerteventura a secar al sol sus jaquecas. El consejo de don Juan de Borb�n en Estoril fue disuelto y el conde de Barcelona se dedic� a navegar en su yate <emphasis>Giralda</emphasis>entre dos aguas, pero al pasar frente a Gibraltar le hac�a al Pe��n un corte de mangas con su antebrazo tatuado con un ancla. �He aqu� un gran patriota�, exclam� Pem�n ante este gesto.</p><p>Uno de los represaliados de Munich era el periodista valenciano Vicente Ventura, quien pas� dos a�os de destierro en la casa de labranza que el can�nigo Espasa ten�a en Denia. La casa, heredada de sus antepasados huertanos, estaba en la partida de La Pedrera, rodeada de siete hanegadas de almen<emphasis>dros, </emphasis>vi�edos, naranjos y olivos, y desde la que se divisaba todo el golfo de Valencia a trav�s d� un espacio esmerilado unas veces por el mistral y otras por las r�fagas violentas del llebeig, que romp�an el silencio preternatural cuando Denia era todav�a un para�so. A Ventura le hab�an prohibido escribir en el peri�dico, pero no hablar con sus amigos, entre los que me encontraba.</p><p>A Denia acud�an a veces el escritor Joan Fuster, el cantante Raimon y el escultor Andreu Alfaro. Yo hab�a conocido a Ventura en Valencia durante la carrera de Derecho cuando �l ejerc�a una agitaci�n pol�tica en las tertulias del Kansas City y en el oto�o de 1962 a veces lo ve�a en el puerto de pescadores de Denia. Yo quer�a ser escritor, pero esta obsesi�n de momento no hab�a dado ning�n resultado. Cre�a que bastaba con que a uno le gustaran las gaviotas. En realidad no se me ocurr�a nada, ning�n argumento c�mico o tenebroso, po�tico o vulgar, ninguna pasi�n o aventura, ning�n personaje. S�lo me excitaba mirar la vida, o�r el sonido y el silencio de la naturaleza, esperar el rayo; en cambio, Ventura s�lo hablaba de pol�tica, estaba obsesionado con derribar a Franco. Ven�a del Frente de Juventudes con incrustaciones de carlismo, pas� a la socialdemocracia de Ridruejo con un toque de humanismo cristiano y termin� en un nacionalismo contestatario de izquierdas. Pisando las algas podridas vomitadas por el mar despu�s de las tormentas de septiembre, me contaba los pormenores de la reuni�n de Munich, de una, extra�a misa que les celebr� un tal Jes�s Aguirre, el primer cura al que vio vestido de paisano, con un aire de Capit�n Ara�a porque a la hora de la represi�n desapareci� del mapa. En Espa�a la prensa franquista hab�a organizado una contraofensiva contra Europa, que fue motivo para que la solicitud espa�ola de entrar en el Mercado Com�n quedara pr�cticamente anulada, pero a m� me excitaba m�s la nube de gaviotas que acompa�aba la arribada de las barcas de pesca a media tarde al puerto y los gritos de la subasta del pescado en la lonja.</p><p>En Valencia le hab�an montado a Franco una manifestaci�n de desagravio. Miles de personas concentradas en la plaza del Caudillo vociferaban insultos y amenazas de muerte en el pared�n contra los conspiradores de Munich, y Ventura, unas veces pinchando berberechos con un palillo y otras sonriendo sin quitarse la pipa de la boca, o�a en la radio estas bocanadas de odio que desde La Pedrera se expand�an hasta el mar. Luego, en aguas de Denia, Franco se pavone� unos d�as en el yate <emphasis>Azor </emphasis>y desde La Pedrera se le ve�a arar la mar entre el cabo de la Nao y Cullera protegido por un destructor de la marina de guerra con varios ca�ones por banda apuntando al Montgo. A veces fondeaba frente a Las Rotas y desde el yate mandaban una fal�a al restaurante El Pegol�, donde le ten�an preparada una paella de pollo y conejo con un �Viva Franco� y un �Arriba Espa�a� dibujados con aras de pimiento rojo sobre la extensi�n del arroz. En algunos bares de la calle Marqu�s de Campo, al comentar este alarde alguien pregunt�: <emphasis>��Esverdad que se han atrevido a escribir el nombre de Franco con pimiento rojo? Se necesita valor. Los hay que los tienen bien puestos�. </emphasis>Frente a estos hechos, Ventura me consideraba un fr�volo porque s�lo me interesaba la bajamar extasiada que hac�a aflorar los erizos en los fondos de roca cerca de las calas, la luz inm�vil del mediod�a que condensaba el aroma de brea en el muelle, donde los gatos dorm�an sobre las redes tendidas. Tal vez ser escritor consist�a en saber expresar con las palabras exactas la sensualidad de la bruma dorada que se levantaba y se abr�a hasta dejar un sol blanco suspendido en la mente. Esa era mi filosof�a. Pero Ventura me dijo: ��Sabes qu� es la filosof�a? Seg�n Joan Fuster, la filosof�a consiste en agarrar a una vaca por los huevos�. Ning�n contubernio, ninguna pol�tica por muy honesta que fuera me conmov�a, sino el resplandor en los p�rpados cerrados como una verdad cierta e indemostrable, eso era lo que me gustaba� Por otra parte, mi fe en Dios ya se hab�a balanceado en el firmamento en las noches de verano bajo las vagas estrellas de la Osa. Cada verano yo hac�a firmar al propio Dios en el libro de visitantes ilustres de Denia y mi idea era que deb�a comportarse como un buen turista alem�n aunque fuera te�logo, y aceptar las reglas de este para�so: no molestar, no alterarla siesta de nadie, no tener ninguna iniciativa, dejar que la cadencia de las horas dulces se posara en el coraz�n y no tomar nunca represalias contra ninguna clase de placer. �sa era mi teolog�a. Yo entonces a�n cre�a en un Dios sonriente y hablaba de esto con Ventura mientras tom�bamos una cerveza en las terrazas del puerto a la sombra de los pl�tanos siguiendo con los ojos a las primeras chicas de piernas largas y sandalias grecolatinas. El talante consist�a en estar delgado, en saber alem�n, en ser un poco c�nico, malvado y despectivo contra toda la caspa franquista y los emblemas de la Espa�a negra. El placer de la cultura entre los exquisitos ya no pod�a separarse del goce de los sentidos. El marxismo se hab�a convertido en un m�todo de trabajo, pero lo elegante consist�a en ir un poco m�s all�, donde estaban los dioses inmorales que le hac�an a uno feliz por cuenta propia y comprometido s�lo consigo mismo sin tener que responder ante el elemento de la c�lula encargado de la ortodoxia.</p><p>Al parecer Franco se hab�a dado cuenta de que su reacci�n ante el Congreso de Munich hab�a sido un grave error. Unas semanas despu�s, el 10 de julio de 1962, liquid� al ministro Arias-Salgado, que ocupaba el cargo desde 1951 y al que Franco hac�a responsable de la histeria de la prensa sobre Munich. El ministro s�lo sobrevivir�a unos d�as a su destituci�n. Herido en el alma al perder el favor de su Caudillo, muri� de melancol�a, como en las viejas cr�nicas, en la escalera de su casa en la calle de Hermosilla. La noticia lleg� mientras tomaba uno de aquellos aperitivos con Ventura en un bar del puerto de Denia: �Los espa�oles ya no tenemos la obligaci�n de ir al cielo a patadas. Podemos elegir con toda tranquilidad el infierno que m�s nos guste�, dijo Ventura elevando como brindis una pata de pulpo seco. �Quiero ir a un infierno donde haya palmeras�, contest� con otra para de pulpo en la mano.</p><p>A Gabriel Arias-Salgado le sustituy� Manuel Fraga en el Ministerio de Informaci�n y Turismo. Su principal misi�n consist�a en mejorar la imagen internacional del franquismo. Todo qued� muy claro en su discurso de toma de posesi�n: �Llevamos veinticinco a�os en los que, con un nuevo estilo y un jefe inigualable, se ha realizado una obra que vamos a continuar para llenar esa importante p�gina de la historia que ya est� escribiendo el General�simo Franco. �Viva Franco! �Arriba Espa�a!�. Para empezar, fue recibido por una huelga de mineros en Asturias, silenciada completamente por la prensa. En todo el pa�s se desat� una gran campa�a de solidaridad. Muchos huelguistas fueron detenidos, torturados y encarcelados, a algunas de sus mujeres combativas se les rap� el pelo al cero. Ram�n P�rez de Ayala, Vicente Aleixandre, Pedro La�n Entralgo, Fernando Fern�n G�mez, Aranguren y hasta cien artistas e intelectuales publicaron una carta exigiendo informaci�n sobre los sucesos de Asturias. Fueron represaliados. Mientras tanto, Fraga inauguraba paradores, bautizaba costas, levantaba muros de cemento en los litorales, a medias entre el fascismo y la especulaci�n, ambas pasiones ponderadas por el mal gusto a cargo de promotores de cuello gordo, analfabetos y con mucha barriga. La Guardia Civil a�n se paseaba por la arena de las playas con mosquet�n al hombro y la testa charolada y apuntaba s�lo con el dedo el estern�n de las chicas en biquini, que quedaban paralizadas de espanto. Las actrices de cine sal�an de la ba�era siempre envueltas con una toalla y Fraga com�a n�coras con cuchara, se ba�aba en Palomares con calzones antinucleares, que resist�an a las bombas de hidr�geno, pegaba escopetazos de perdigones en el culo de la hija de Franco en las cacer�as y cortaba el hilo del tel�fono de un tijeretazo si el interlocutor se pon�a pesado. En caso de tener una amante, habr�a sido de esos que suben a su apartamento, dejan el taxi esperando en la calle, arriman a la mujer de pie contra un armario y con los pantalones en los tobillos, sin quitarse los zapatos, se satisfacen y luego bajan disparados, se largan al primer bar y piden tambi�n a toda prisa una de calamares y se ponen a jugar a los chinos. Eran los tiempos en que Adolfo Su�rez todav�a bajaba a comprarle tabaco a Herrero Tejedor, ministro del Movimiento.</p><p>A cada cambio de gobierno segu�a una condena a muerte. Franco se aseguraba as� la firma solidaria de la sentencia capital de los nuevos ministros para tenerlos trincados hasta el fondo de la conciencia. Poco despu�s de llegar Fraga al ministerio, se produjo la captura, juicio sumar�simo y ejecuci�n del militante comunista Juli�n Grimau. Fraga tambi�n se trag� con gusto el anzuelo.</p></section><section><title><p>1965</p></title><p><emphasis>Juli�n Grimau recibe el �ltimo plomo de la guerra civil y el padre Aguirre se convierte en una estrella, cazador de mariposas</emphasis></p><empty-line/><p>Jes�s Aguirre quer�a dejar atr�s los traumas familiares y provincianos de Santander. Amparado por monse�or Federico Sope�a, obtuvo un empleo de vicario en la iglesia de la Universitaria y all� se convirti� en una estrella. En 1963 tambi�n ejerc�a de capell�n en el Colegio Mayor C�sar Carlos, donde se hospedaban posgraduados que preparaban oposiciones a c�tedra universitaria, a diplomacia y a altos cuerpos de la administraci�n del Estado. Era un colegio de �lite, ubicado en un elegante chal� de la colonia Metropolitano, con perfume de buenas maderas, escaleras alfombradas, vitrales emplomados y l�mparas de mil l�grimas, todas de felicidad para no m�s de treinta escogidos residentes. Comenz� como un reducto falangista, fundado por un Rodr�guez de Valc�rcel, para terminar siendo un foco de rebeld�a liberal. All� Jes�s Aguirre zascandileaba, tal vez bendec�a la mesa y conspiraba consigo mismo. Iturriaga, un alumno que luego fue embajador, se lo quitaba de encima: �Anda, Jes�s, vete a merendar y no me des el co�azo�. All� conoci� a Ra�l Morodo, a Elias D�az, a Garc�a A�overos, a P�o Cabanillas, quien llegado el momento lo nombrar�a director general de M�sica, y a Mat�as Cort�s, que un d�a le presentar�a en Marbella a los duques de Ari�n y a trav�s de ellos a la duquesa de Alba, una bifurcaci�n esencial de su vida.</p><p>Aguirre nunca tuvo buenas relaciones con las autoridades eclesi�sticas oficiales: ni con el arzobispo Morcillo, un antediluviano que por verg�enza hab�a hecho cambiar el nombre de su pueblo Chozas de la Sierra por el de Soto del Real, ni con el obispo Eijo y Garay, que iba al trinquete de Recoletos en compa��a de una amiga coja. En cambio, se llevaba muy bien con monse�or Benelli, brazo derecho del nuncio que luego ser�a papable. Parad�jicamente, Tierno Galv�n y Nicol�s Sartorius, ambos ateos formales, le introdujeron en la nunciatura y, dejado a su aire, al poco tiempo, Jes�s Aguirre ya tomaba por las tardes un t� con pastas con el representante del Vaticano charlando de fiorituras teologales.</p><p>En 1963 Jes�s Aguirre trataba de hacer compatible la musicolog�a de Adorno con el apostolado sociol�gico entre las �lites progresistas de Madrid, quer�a disolver la teolog�a de Romano Guardini con la est�tica idealista y el neomarxismo cr�tico de Walter Benjam�n con una misma pulsi�n de amor a Cristo y al mart�n seco, formando con ello una sola m�stica. As� comenz� a flotar entre la minor�a selecta del Colegio Mayor C�sar Carlos, cuando en las sobremesas les hablaba a sus amigos de la unidad precristiana de Plotino bajo el tintineo de cucharillas y tenedores de alpaca.</p><p>Era un tiempo en que los televisores en blanco y negro de veinte pulgadas con cortinilla y coronados con flores de pl�stico lanzaban los primeros frigor�ficos al aire de una Espa�a de clase media envuelta en espuma de jab�n Lux. A las amas de casa desde la pantalla se les aconsejaba que fregaran los platos con un determinado detergente que dejaba las manos suaves para la caricia nocturna. Al Seat 600 lo acababa de adelantar por la derecha el Renault Dauphine en su escapada a Benidorm cuando en los cines de Italia se exhib�a la pel�cula <emphasis>Il sorpasso</emphasis>de Vittorio Gassman con una musiquilla del claxon, el himno de la modernidad desenfadada que pronto traer�a a Espa�a un sue�o de descapotables.</p><p>La gente entreve�a ya el primer placer del consumo de pollos al ast entre boleros de Los Cinco Latinos y bailes muy pegados de sudor perfumado en Micheleta con aquellas chicas de faldas tubulares, cuando un d�a a la superficie de una sociedad dispuesta a olvidar la aciaga desdicha del pasado, aflor� de pronto el nombre de un clandestino desde el fondo negro del franquismo. La noticia consist�a en que un comunista llamado Juli�n Grimau, hombre al parecer muy importante y peligroso, se hab�a arrojado al vac�o por una ventana en la trasera de la Direcci�n General de Seguridad. Ese nombre acapar� la conversaci�n en las redacciones de los peri�dicos y los claustros de la universidad hasta terminar por apoderarse de las sobremesas familiares. Poco a poco se iban sabiendo cosas, Juli�n Grimau pertenec�a al comit� central del Partido Comunista y hab�a sido enviado a Madrid por la direcci�n desde Par�s. Fue delatado y en noviembre de 1962 la polic�a lo detuvo en un autob�s cerca de la plaza de las Ventas, como no pod�a ser de otra parte dado que se trataba de una misma forma de lidia ib�rica. Durante los interrogatorios en la Puerta del Sol se dijo oficialmente por medio del ministro Fraga que el convicto hab�a tenido un trato exquisito, pero que en un momento de descuido se hab�a subido a una silla y, aunque iba maniatado con formidables esposas de gran calidad, pudo abrir una ventana y de forma inexplicable hab�a logrado saltar a la calle desde un despacho del tercer piso hasta el asfalto de un callej�n, donde cay� como un gui�apo entre unos furgones de polic�a all� aparcados. Junto a aquellos furgones hab�a uno preparado por la funeraria, seg�n contaron algunos testigos, pero hab�a sobrevivido de milagro con graves heridas en el cr�neo.</p><p>Toda la clandestinidad comenz� a movilizarse. A Juli�n Grimau se le iba a juzgar por supuestos cr�menes cometidos durante la guerra civil, que hac�a m�s de veinte a�os que hab�a terminado. No hab�a modo de sacudirse aquel cuervo de la conciencia colectiva. Se puso en marcha la recogida de firmas de un manifiesto para salvar a Grimau de la pena de muerte anunciada. A Javier Pradera, miembro del Partido Comunista, le correspondi� recabarlas en el Colegio Mayor C�sar Carlos y all� se encontr� por primera vez con el capell�n Jes�s Aguirre, quien muy suelto de ideas y maneras le ayud� a vencer la resistencia de algunos residentes timoratos o dubitativos. Esta circunstancia tr�gica fue el inicio de una amistad que ya no se extinguir�a. No se sabe qui�n de los dos ejerci� en este caso de Capit�n Ara�a. De hecho Jes�s Aguirre tuvo la sensaci�n de que Adorno y Wafcer Benjam�n estaban de m�s en esos d�as de plomo y tampoco serv�an para este caso las voladuras c�smicas de la teolog�a impoluta de Teilhard de Chardin. En el extranjero hubo conatos de incendiar algunas embajadas espa�olas y en el bulevar de Saint-Germain de Par�s se realiz� una gran manifestaci�n de protesta contra el juicio de Grimau, que hab�a comenzado a celebrarse en los juzgados militares del barrio de Campamento el 18 de abril de 1963, y entre la multitud aparec�a tres filas detr�s de la pancarta la pipa de Jean-Paul Sartre y no muy lejos de este intelectual comprometido iba una joven brasile�a que se llamaba Solange, seg�n vi despu�s en un recorte del peri�dico <emphasis>LeF�garo,</emphasis>que ella trajo a Madrid en el bolso.</p><p>Mientras se celebraba el juicio contra Juli�n Grimau ard�a la Feria de Abril en Sevilla y Jes�s Aguirre, que estaba muy lejos todav�a de imaginar que un d�a ser�a un personaje ducal en la barrera de la Maestranza con un nardo en la solapa, ahora se ve�a obligado a apearse de las esferas celestes y ensuciarse las manos con la realidad. �El famoso compromiso del marxismo pod�a remediarse con una misa? Despu�s del juicio sumario por supuestos cr�menes cometidos ya prescritos s�lo cab�a esperar que Franco conmutara la pena de �muerte a la que hab�a sido condenado el reo sin deliberaci�n del tribunal. �Que pase la viuda del acusado�, se dec�a en estos casos.</p><p>Al mismo tiempo que suced�a esta tragedia pol�tica Berlanga estaba rodando la pel�cula <emphasis>Elverdugo,</emphasis>con gui�n de Rafael Azcona. En este alegato contra�a pena de muerte el encargado de ejecutar la sentencia tiene que ser arrastrado a la fuerza hasta los palitroques del garrote por los funcionarios de prisiones al negarse a cumplir con su oficio. Guando se estren� esta pel�cula Juli�n Grimau acababa de ser ejecutado y tambi�n en su caso, como una premonici�n de arte, hubo una resistencia por parte del pelot�n de fusilamiento. En teor�a le correspond�a a la Guardia Civil apretar el gatillo, pero su director aleg� que s�lo ten�a la responsabilidad de custodiar al reo. Por su parte, el capit�n general se neg� a que fuera ejecutado por militares de carrera. Fue el propio dictador quien dio la orden de que a Juli�n Grimau lo fusilara un pelot�n de soldados de reemplazo que, sin experiencia, al parecer, seg�n los testigos, tuvieron que disparar hasta veintisiete balas sin acertar mortalmente con ninguna y hubo de ser el teniente el que rematara al reo con un tiro de gracia en la nuca. Este militar acab� a�os m�s tarde en un psiqui�trico al no lograr disolver este crimen en su conciencia.</p><p>Mientras el futuro ajusticiado estaba en capilla, Jes�s Aguirre convoc� a sus fieles m�s pr�ximos y comprometidos a una misa casi clandestina en la Universitaria por la suerte del alma de Juli�n Grimau y para la ocasi�n luci� una casulla negra con grecas de plata, y previendo que a esa hora ya estar�a muerto or� un responso con hisopo cuya agua bendita lanz� al vac�o, y para eso se invisti� con una capa pluvial tambi�n tan negra como la Espa�a que trataba de exorcizar. Este acto lit�rgico fue considerado como una proeza por lo que pronunci� en la pl�tica. La Iglesia fue fundada por un inocente condenado a muerte y sigue siendo un esc�ndalo que, pese a tener a un crucificado inocente como s�mbolo, sea partidaria de la pena de muerte y haya callado una vez m�s en este caso. �D�nde est�n nuestros obispos? �Por qu� es de plomo tambi�n su silencio?</p><p>Pero en la televisi�n la escueta noticia del cumplimiento de la sentencia capital de Grimau en la madrugada del 20 de abril de 1963 fue acompa�ada de im�genes de Ava Gardner y de Orson Welles en la Feria de Sevilla, de anuncios de Soberano, de lavadoras Balay, de la tortilla de patatas familiar los domingos entre los pinares de la sierra, del horizonte de Marbella donde se dec�a que hab�a fiestas paganas junto a piscinas en forma de ri��n.</p><p>��T� eres partidaria de la pena de muerte?�, le pregunt� a la explosiva Solange. �No soy partidaria de la pena de muerte por la simple raz�n de que un d�a me la podr�an aplicar a m��, me contest�. En Madrid una de mis haza�as en ese tiempo hab�a consistido en beberme a medias con Solange una botella de ron que le hab�a regalado Sartre en Par�s, al cual a su vez se la hab�a regalado Fidel Castro durante su visita con Simone de Beauvoir a La Habana. A la tercera copa le formul� la pregunta existencialista de rigor: ��Te acostaste con Sartre?�. Me cont� algunos pormenores de la conquista. Su primera cita fue en el caf� de Flore, con la pipa interpuesta y los requiebros sinuosos a trav�s del humo con sabor a chocolate. Dado el cuerpo explosivo de la chica y la admiraci�n que sent�a por el fil�sofo, apenas hubo pre�mbulos. S�lo una palmada en el trasero almendrado en la escalera de su apartamento en la Ru� Bonaparte. �Fue en un sof� en la biblioteca, que parec�a preparado como un altar del sacrificio. Nada que merezca la pena recordar, nada que se saliera de las palabras rituales, de las pautas previstas de un conquistador profesional. "Je t'aime, ma petite mignone", ronroneaba en mi cuello, a m�, que le doblaba en envergadura; �l, que era un pichoncito desplumado en mis brazos. Y yo le dec�a: "O, meu pobrinho!". Quiero ahorrarte detalles. En fin, una aventura para contarla el d�a de ma�ana a mis nietos. Alrededor de Sartre pululaban una docena de joven-citas que apacentaba la Beauvoir. Yo era demasiada mujer para un fil�sofo que en el �ltimo momento s�lo estaba pendiente de quedar bien como gal�n maduro�, me dijo Solange. ��Y no se te pas� por la imaginaci�n rechazar su oferta?�, le pregunt�. �Imposible. Sartre era mi �dolo y yo me habr�a considerado una infiel si no le hubiera rendido tributo.� Beber un ron de Fidel Castro, el libertador, pasado por el existencialismo de Sartre, compartido con una chica de singular belleza que llevaba dentro un caballo de fuego, me pareci� una cumbre. Sucedi� en un hostal del barrio de Arg�elles, cerca de la casa de las Flores, donde en tiempos de la Rep�blica Neruda y Garc�a Lorca se disfrazaban de sultanas. Fue la primera vez que o�a una bosanova con el t�tulo <emphasis>LachicadeIpanema.</emphasis></p><p>Una vez cumplidas las pr�cticas de alf�rez en el Inmemorial, sin oficio ni beneficio, segu� obedeciendo el destino de mis zapatos por Madrid. Ellos me llevaban al caf� Gij�n, a las Cuevas de S�samo, a tomar patatas bravas en la plaza de Santa Ana, al bar de Cultura Hisp�nica donde acud�an muchas chicas latinoamericanas, a los bailes de la Gasa do Brasil, hasta que un d�a sin horizonte alguno me encontr� en la cafeter�a Yago, de la calle Princesa, con un cuaderno y un bol�grafo escribiendo la forma absurda en que se mat� en la vespa mi amigo Vicentico Bola, que pesaba m�s de ciento cuarenta kilos.</p><p>Mientras esto suced�a, Jes�s Aguirre comenzaba a triunfar en la iglesia de la Universitaria y en ciertos ambientes intelectuales se dec�a que hab�a un curita con el pico de oro que impulsaba por los aires a un tal Teilhard de Chardin, le disparaba con un dardo encendido y lo hac�a caer desde las galaxias a los pies del altar abatido como una perdiz roja. Pancho P�rez Gonz�lez, fundador y propietario de Taurus en Santander, vendi� la editorial al Banco Ib�rico y Jes�s Aguirre comenz� a dirigir las publicaciones religiosas gracias a la admiraci�n que le ten�a la mujer del banquero Fierro, su nuevo propietario, a la que hab�a confesado y absuelto de sus pecados, sin duda todos veniales.</p></section><section><title><p>1973</p></title><p><emphasis>Sucedi� en Madrid el milagro del cop�n de oro mientras Carrero Blanco volaba a los cielos.</emphasis></p><empty-line/><p>La llamada generaci�n literaria del 36, compuesta entre otros por Luis Rosales, Dionisio Ridruejo, Luis Felipe Vivanco, Camilo Jos� Gela, La�n Entralgo, Torrente Ballester, Antonio Tovar y el mercantilista Rodrigo Ur�a, ten�a la costumbre de reunirse una vez por semana a tomar caf� por rotaci�n en la casa de uno de ellos. Tambi�n asist�a a esa tertulia el pintor Zabaleta cuando ven�a a Madrid desde Quesada, un pueblo de Ja�n. Esta vez Torrente ejerc�a de anfitri�n y Garc�a Hortelano, amigo de Maris�, una de sus hijas, aunque no pertenec�a a esa generaci�n, era un invitado a�adido, que enjugar de caf� tomaba gin tonic, seg�n su costumbre.</p><p>En esas tertulias caseras de media tarde se hablaba de todo y de nada, aunque cada uno de los contertulios estaba muy cargado de recuerdos. Sobre la muerte de Garc�a Lorca pod�a hablar Luis Rosales, ya que el poeta hab�a sido detenido en su casa, en el numer� 2 de la calle �ngulo de Granada, donde se hab�a refugiado. Ridruejo pod�a dar detalles de su exilio interior en Mallorca y en Catalu�a por haberse enfrentado al franquismo y del partido socialdem�crata que pensaba fundar. Cela pudo haber soltado cualquier animalada como un sargent�n fascista con voz tonante, que dejar�a apabullado al poeta Vivanco. Antonio Tovar ya hab�a repetido mil veces la escena de la entrevista de Franco con Hitler en aquel vag�n de tren en la estaci�n de Hendaya en la que �l intervino como int�rprete. Y tambi�n Torrente pod�a insistir en cualquier caso de monjas emparedadas en alguna sacrist�a de Santiago de Compostela, en alg�n crimen del de�n y en otras milagrer�as. A veces asist�a a la reuni�n el fot�grafo h�ngaro Nicol�s Muller y sacaba algunas placas.</p><p>Seg�n Garc�a Hortelano, se estaba hablando en ese momento del libro que iba a sacar La�n Entralgo sobre el descargo de conciencia de aquella generaci�n que hab�a participado en la Falange, cuando la mujer de Torrente le llam� desde la puerta del pasillo. El escritor abandon� el sal�n, circunstancia que aprovech� Garc�a Hortelano para pedir otro gin tonic.</p><p>Al poco rato Torrente Ballester volvi� desolado a la reuni�n. Tra�a una noticia extra�a que al principio sus amigos creyeron que era una de sus historias de milagros. En la habitaci�n de su hijo Gonzalito hab�an aparecido debajo de la cama dos candelabros! de plata labrada y un cop�n de oro lleno de hostias. El escritor jur� que no era una m�s de sus ficciones m�gicas. Uno tras otro, todos los componentes de la generaci�n del 36 abandonaron las butacas y los sof�s del sal�n para dirigirse al cuarto de la aparici�n milagrosa. Ridruejo, el m�s aventado, levant� las faldas del cubrecama y los dem�s doblaron el espinazo para ver lo que hab�a debajo piel lecho, y ninguno dej� de soltar una exclamaci�n de pasmo o de sorpresa. En efecto, entre los dos candelabros de plata antigua relumbraba el oro de un cop�n cargado de obleas� Nadie se atrevi� a tocar aquel alijo prodigioso. Las hostias pod�an estar consagradas, en cuyo caso el hecho de tocarlas ser�a un sacrilegio.</p><p>Despu�s de algunas opiniones contradictorias y devaneos desesperados, en un acto de inspiraci�n exclam� Ridruejo: �Hay que llamar al padre Aguirre. Es el �nico que tiene tablas para solventar este asunto�. Camilo Jos� Cela dio su parecer: ��Qu� cono, �se ya no es cura!�. Otros protestaron. ��C�mo que no? Alg�n resabio le quedar�.� Al final se pusieron de acuerdo y volvieron al sal�n. La�n Entralgo llam� a la editorial Taurus. Era pasada la media tarde y Aguirre ya no estaba en el despacho, pero la voz que contest� al tel�fono, un empleado llamado Sacarino, dijo que sab�a d�nde encontrarlo. Lo m�s seguro es que a esa hora el cura Aguirre estuviera en el pub de Santa B�rbara. All� fue a buscarlo un emisario, quien le dio el aviso de que le requer�an para un caso de extrema gravedad en casa del escritor Torrente Ballester de la avenida de los Toreros.</p><p>Durante el camino Aguirre pens� que le llamaban para dar la absoluci�n a alg�n escritor infartado de los all� reunidos, pero al llegar a la casa de Torrente Ballester no los encontr� compungidos, sino a unos admirados, a otros preocupados, a alguno divertido y a Garc�a Hortelano con un nuevo gin tonic en la mano. Explicado el caso de forma sucinta, el padre Aguirre pidi� ver el alijo y fue acompa�ado por todos hasta la habitaci�n. Se arrodill� junto a la cama, alarg� el brazo, cogi� el cop�n y lo llev� hasta el sal�n y lo deposit� sobre la mesa de centro, donde hab�a tazas de caf� y restaos de boller�a, Camilo Jos� Cela hab�a cargado con los dos candelabros de plata, hab�a seguido al padre Aguirre y previendo la ceremonia que iba a tener lugar hab�a prendido las ocho velas con el mechero, y la mesa de centro se convirti� en un improvisado altar. Al amparo de la luz casi tenebrosa de los candelabros que echaba las sombras puntiagudas de los escritores contra las paredes de la estancia, como en la pel�cula expresionista <emphasis>Nosferatu,</emphasis>el padre Aguirre reclam� la atenci�n de los presentes y con la voz debidamente engolada pronunci� con autoridad estas palabras: �La santa madre Iglesia, en un canon, que en este momento ya no recuerdo, dice que cuando se encuentren unas obleas fuera del sagrario, en caso de duda se considerar� que est�n consagradas, as� que procedamos como Dios manda�. A continuaci�n pidi� a todos los presentes que se arrodillaran porqu� iba a darles la comuni�n y todos consternados as� lo hicieron, pero dado que en el cop�n hab�a m�s de trescientas hostias les advirti� que no iba a ofrec�rselas una a una, sino en peque�os tacos para abreviar �porque �l hab�a quedado con un amigo y no terminar�a la ceremonia hasta la madrugada�; �Deber�n ustedes sacar la lengua lo m�s posible, disolver las formas en la boca, sin rozarlas con los dientes* y trag�rselas sin masticar, �de acuerdo?�, advirti�.</p><p>Toda la generaci�n del 36 se arrodill� sobre las baldosas. Toda excepto Garc�a Hortelano, que permanec�a repantigado en un sof� con el gin tonic en la mano. El padre Aguirre, en medio del corro con el cop�n, les dio de comulgar. <emphasis>CorpusdominiIesu Chrtsti</emphasis> custodiat <emphasis>animamtutaminvitamaeternam, Amen�,</emphasis>murmuraba el cura y cada escritor sacaba la lengua en el momento oportuno con m�s o menos fe o devoci�n. Guando el taco de sagradas formas llegaba a su altura; Garc�a Hortelano se limitaba a decir: �Paso, padre�. Tampoco Camilo Jos� Cela desaprovech� la ocasi�n de soltar la inevitable blasfemia: �Aunque est�n consagradas me gustar�a tomarme estas hostias con un poco de mistela y mermelada�. El pintor Zabaleta, enfermo del coraz�n, tuvo que ser abanicado por el padre Aguirre debido a una congesti�n que le dio al atragantarse. Probablemente fue �sta la �ltima ceremonia en que Jes�s Aguirre ejerci� el ministerio sacerdotal.</p><p>Pocos meses despu�s de este milagro recib� una llamada de Dionisio Ridruejo y fui a su casa de la calle Ibiza. Me recibi� en su despacho rodeado de libros por todas partes. Dijo que estaba pasando por ciertos apuros econ�micos y me pidi� que tratara de ayudarle a vender un �leo de Zabaleta. El pintor hab�a muerto por no pagar al m�dico. Un d�a se sinti� mal y tom� el autob�s desde Quesada a Ja�n, donde a las cuatro de la tarde ten�a cita en la consulta del cardi�logo. Mientras esperaba la hora en un caf� se encontr� con un paisano que volv�a al pueblo en su coche particular. Zabaleta dud� entre ir al m�dico o aprovechar la oportunidad de volver a Quesada ahorr�ndose el billete del autob�s. Decidi� saltarse la visita al cardi�logo para volver gratis con su amigo a casa. Poco despu�s le dio un infarto y muri�.</p><p>Ridruejo ten�a un bodeg�n de Zabaleta, con una jarra, unos panes y un florero. Concertamos el precio, seg�n mis conocimientos del mercado del arte. Luego hablamos de pol�tica. De cualquier cosa. Realmente de aquel hombre enteco, que a simple vista no ten�a salud, emanaba una elegancia moral y fortaleza interior absolutas. Estaba creando el partido socialdem�crata, cuyos militantes cab�an en un taxi, entre ellos Juan Benet, con todas las bendiciones del padre Aguirre. La operaci�n de arte fue r�pida y correcta con ayuda de Juana Mord�.</p><p>El �xito me llev� a recibir otra llamada. Esta vez al otro lado del tel�fono estaba la mujer de La�n Entralgo. Tambi�n quer�a vender un Zabaleta. Acud� a su casa, un piso muy profesoral situado en el �tico de un pabell�n universitario de la Moncloa. Primero hablamos de literatura. Iba a publicar un libro en Taurus con el padre Aguirre. La�n conservaba la serenidad y nobleza en el porte que me record� a la descripci�n que hizo de �l Juana Mord� cuando lo vio en el Ateneo en los a�os cuarenta dando una conferencia y qued� admirada por su dise�o varonil orlado por dos donceles falangistas con estandarte. El Zabaleta de La�n tambi�n era un bodeg�n. El pintor pudo haber regalado a sus amigos un cuadro de pastores, que era lo m�s cotizado; pens�. Si fue lanzado al mercado con las bendiciones de estos intelectuales, me parec�a un acto m�s de su famosa cicater�a. A La�n tambi�n lo despach� con otra jarra, unos panes y un florero. La operaci�n fue r�pida y correcta. Tanto Ridruejo como La�n recibieron el dinero, como un don llovido del cielo y a la vez como una materia vulgar que manchaba las manos.</p><p>El segundo �xito provoc� la tercera llamada. Luis Rosales ten�a otro Zabaleta, otro bodeg�n, �ste de mejor calidad, puesto que ten�a un paisaje al fondo y estaba pintado con una paleta m�s alegre. Estaba citado a las diez de la ma�ana en su casa de la calle Altamirano y era cerca de Navidad. Un altavoz derramaba villancicos sobre los puestos del mercado de enfrente. Mientras los pastores iban a Bel�n a ver al Ni�o en la cuna, de pronto un tipo que vend�a pollos sali� de una tienda diciendo que hab�an matado a Carrero Blanco. A esa hora ya se sab�a que no hab�a sido una explosi�n de gas y en los corrillos de la acera se contaban algunos pormenores del atentado. Hab�a sido ETA. Hab�a volado por los aires. Su coche hab�a ca�do en una terraza interior de un patio del colegio de los jesuitas. La operaci�n del tercer Zabaleta fue correcta, pero no tan r�pida porque una sombra muy negra cay� sobre Madrid, aunque muy pronto se puso de moda ir por la noche con una botella de champ�n a celebrarlo junto al enorme socav�n de la calle Claudio Coello. Por fin el dinosaurio un mill�n de a�os hibernado comenz� a mover el rabo.</p></section><section><title><p>1976</p></title><p><emphasis>Muertoelperroempez�larabiaybajo unanubedegaseslacrim�genosaparecieron lasdistintasfigurasdelteatro.</emphasis></p><empty-line/><p>Puesto que Franco hab�a gobernado Espa�a durante treinta y nueve a�os como un cuartel, llegado el momento su muerte consisti� en entregar su cuchara del rancho al sargento, que en este caso era el propio Satan�s. El dictador se despidi� de este mundo con cinco penas de muerte, que fueron ejecutadas en Hoyo de Manzanares al alba un septiembre negro en la noche m�s larga, mientras en la radio sonaba <emphasis>Con un sorbito de champ�n, </emphasis>de Los Brincos, y todo el mundo empezaba a creer que llegaban nuevos tiempos a Espa�a. Flanqueado por el brazo incorrupto de Santa Teresa, por el manto de la Virgen del Pilar y por toda suerte de reliquias, incluida la sangre s�lida de San Pantale�n, su cuerpo formaba la parte menos interesante de un circuito de cables adherido aun monitor cibern�tico. La habitaci�n de la cl�nica era a medias un cuadro de la Espa�a negra de Solana y un puesto de control aeroespacial) preparado para un despegue inmediato. Puertas y rampas.</p><p>Antes de ser trasladado al hospital de La Paz, los progres acud�an a El Pardo en peregrinaci�n nocturna a enterarse de la cuenta atr�s, y el pr�ximo fin del dictador era celebrado con solomillos de choto, de venado, conejos con tomate, platos t�picos de los mesones de El Pardo. ��C�mo est�?�, preguntaba el reci�n llegado a la mesa del restaurante. �C�mo est� qui�n, �Franco o el conejo?�, contestaba alg�n comensal. Franco desarrollaba heces en forma de melena y una noche fue operado de fortuna iluminado con faros de cami�n en las cocheras del propio palacio. Por un art�culo en <emphasis>Hermano Lobo </emphasis>en que comentaba este detalle fui llevado a declarar ante el juez Chaparro, el mismo que poco despu�s me encaus� por desacato por otro art�culo titulado �<emphasis>Paracuellos, mon amour</emphasis>�, un delito com�n que no mereci� ser contemplado por la ley de amnist�a, aunque el fiscal Jes�s Chamorro me rescat� en el �ltimo minuto cuando ya estaba preparado el estoque.</p><p>Los espa�oles hab�an dejado morir a Franco en la cama. Algunos piensan que si no se hubiera retirado su capilla ardiente instalada en el Palacio Real, todav�a hoy seguir�a all� la cola petrificada de patriotas y curiosos que no estaban dispuestos a perderse la �ltima visi�n del magn�fico fiambre, unos para rendirle homenaje brazo en alto, otros para cerciorarse de que estaba realmente muerto. Tal vez sobre esa cola inm�vil habr�an ca�do nevadas, vientos y soles, a�o tras a�o, pero por puro azar de la historia bajo una losa de mil kilos fue enterrado el dictador en Cuelgamuros, y desde sus propios genitales brot� una enorme cruz de granito de ciento cincuenta metros de altura llena de �ngeles y evangelistas, prueba evidente de su complejo de castraci�n. Era un rumor consolidado que a Franco en la guerra de Marruecos, con el tiro que le dieron en la barriga le hab�an volado tambi�n la bolsa con ambos atributos. Seg�n los m�dicos se salv� de la septicemia porque antes de salir del cuartel cargado de hierros a matar moros por las trochas de Tetu�n, esa ma�ana s�lo hab�a tomado un vaso de leche, como era su costumbre. El efecto mariposa de ese vaso de leche caus� en Espa�a la tragedia de una guerra civil, seguida de una f�rrea dictadura de cuarenta a�os, que produjo despu�s de la paz mas de cien mil inocentes fusilados y enterrados en barrancos y cunetas.</p><p>Que los muerdos entierren a los muertos, dijo el Se�or en mala hora. Con los primeros pistoletazos fascistas de la Transici�n en el asfalto, Alfonso Fierro, cansado de un negocio que no entend�a, revendi� Taurus a su antiguo propietario y fundador Pancho P�rez Gonz�lez, personaje m�tico de este sector. Las oficinas de la editorial se trasladaron a la calle Vel�zquez, 76, y el palacete de la plaza del Marqu�s de Salamanca pas� a la mitolog�a con sus sombras de fiestas en el esfumado jard�n. Al cambiar de lugar, la editorial tambi�n cambi� de perro. El d�lmata de Jaime Fierro que paseaba en el palacete entre libros se transform� en un enorme mast�n blanco que entraba y sal�a de las oficinas de Taurus en la calle Vel�zquez, llevado con correa de lujo por Pedrusco, un joven y fornido anticuario, nuevo amigo de Aguirre.</p><p>Eran tiempos de gases lacrim�genos y de balas de goma, de saltos en la calle, de pancartas, gritos, pareados pol�ticos y estampidas. Santiago Carrillo iba por Madrid emboscado bajo una peluca color tapa de piano. Com�a con su millonario protector Lagunero en restaurantes de lujo para disimular su identidad amparado por una docena de ostras y era refugiado por los camaradas de casa en casa. El poeta maldito Carlos Oroza se hab�a ligado a una francesa en el caf� Gij�n. Ella le pag� la habitaci�n en el hotel Nacional, frente a la plaza de Atocha, para ejercer una siesta del fauno. A media tarde comenzaron a o�rse bocinazos y sirenas de la polic�a y hasta la cama llegaban los gritos de una manifestaci�n de los obreros de la Pegaso. La chica pregunt� muy alarmada: ��Qu� pasa ah� abajo, amor?�. El poeta se levant�, fue hacia la ventana, apart� un visillo, mir� la calle y se volvi� a la cama. �Tranquila, s�lo es una cosa de pobres�, dijo muy seductor.</p><p>Al frente de su nuevo despacho, Jes�s Aguirre segu�a siendo un escritor sin libros, autor de pr�logos y de alg�n art�culo, pero daba conferencias sobre el di�logo de marxistas y cristianos y sobre sus experiencias de editor. Uno de estos actos se celebr� en el Instituto Boston, en la plaza de Rub�n Dar�o, con la sala repleta de mujeres de la progres�a y se�ores democristianos, socialistas y liberales, muchos de los cuales hab�an participado en el Contubernio de Munich. Eraotra de las misas laicas que impart�a a sus nuevos fieles Jes�s Aguirre. Hablaba en su pl�tica de Adorno, efe, Walter Benjam�n y del caso Heidegger. En ese momento unos tipos que estaban de pie en la �ltima fila abrieron unos bolsos de lona y soltaron unas ratas por la sala al grito de �Arriba Espa�a! Era una provocaci�n de unos guerrilleros de Cristo Rey para poner a prueba a las feministas. Su prop�sito tuvo el resultado que ellos esperaban, aunque el �xito no fue absoluto. Por un instinto incontrolado, algunas mujeres se subieron a las sillas y al no guardar el equilibrio dieron en el suelo; otras se limitaron a gritar, pero las dem�s permanecieron imp�vidas s�lo paralizadas por la ira en medio del barullo. Pasado el primer susto, las ratas ganaron la calle para buscarse la vida, todas salvo una, a la que un joven catedr�tico de Biolog�a logr� agarrar por el rabo, la exhibi� ante el p�blico balance�ndola en el aire como un p�ndulo y, antes de arrojarla a una alcantarilla, exclam�: �Mirad. As� hay que hacer con los fachas�. Fuera de la sala, a salvo en la calle Miguel �ngel, un cojo con gafas negras y muelas de oro llamado Rufino grit� a los suyos: ��Largu�monos de aqu�, chavales, misi�n cumplida!�.</p><p>El atentado del despacho de abogados laboralistas de Atocha hab�a marcado un punto de inflexi�n en el pulso contra los �ltimos ramalazos de la dictadura. Bajo esa nube negra alentaba el primer viento democr�tico irreversible y en ese momento Jes�s Aguirre ya pilotaba con mucha soltura intelectual, entre la erudici�n y las frases malvadas, la dosis exacta de cinismo y el riesgo calculado en el negocio editorial, con Javier Pradera siempre al tel�fono, con visitas de Hortelano y Benet, bajo la bendici�n laica de Pancho P�rez. En el despacho Aguirre sol�a recibir una llamada diaria de su madre, que viv�a sola en la calle Francisco S�lbela, en Madrid, en un piso de cuarenta metros cuadrados, y despu�s de colgar el tel�fono siempre dec�a: �Esta pesada nunca me dejar� en paz�, pero se pon�a suave, meloso y encantador cuando la llamada era de la duquesa de Ari�n o entraba Pedrusco en el despacho sin llamar y el mast�n se dejaba rascar las orejas mientras daba un par de leng�etazos a cualquier original que hubiera encima de la mesa en se�al de aprobaci�n. No eran tiempos propicios para la frivolidad. La masacre de los abogados de Atocha le hab�a devuelto a Jes�s Aguirre una pulsi�n nost�lgica de otros tiempos. Lola, la antigua novia de Enrique Ruano, se hab�a salvado de milagro en ese despacho con un balazo en la mand�bula, y su marido Javier Sauquillo hab�a sido acribillado. Ya no pod�a celebrar una misa por su alma. Ahora s�lo cab�an las l�grimas laicas. Aunque sea muy dif�cil, hay que imaginarse a Jes�s Aguirre llorando.</p><p>No obstante, frente a la duda de si volv�a a galopar el caballo de Pav�a para aplastar con sus herraduras los primeros sue�os de libertad, en la editorial Taurus se suced�an presentaciones de novedades? fiestas y saraos de cultura. Una tarde de primavera, de 1976, los salones y pasillos de Vel�zquez, 76 estaban abarrotados. Se presentaba un libro sobre Juli�nBesteiro. S�lo unos pocos, los m�s cualificad, entre aquella densidad de escritores, poetas y pol�ticos que efectuaban remolinos en torno a las bandejas de canap�s, sab�an que esa tarde pod�a apareced un caballo blanco. Aguirre esperaba muy nervioso una llamada de aviso y �sta no se produjo, pero supo que algo distinto suced�a en la sala porque pronto se oy� un rumor cuando apareci� en el rellano un joven moreno, de patillas hasta media mejilla, traje de pana rayada, camisa de le�ador y melena sobre las orejas, rodeado de unos tipos cuajado� que le abrieron paso hacia su despacho tambi�n abarrotado sin que los invitados al c�ctel lograran adivinar qui�n era aquel ser que llegaba orlado del guardaespaldas. Ante la jurisdicci�n de Jes�s Aguirre, despu�s del abrazo y las palmadas en la espalda muy madrile�as, aquel joven sac� del bolsillo un puro Montecristo, lo encendi� con parsimonia y despu�s de tres caladas cadenciosas, alguien mand� silencio al p�blico api�ado para que el reci�n llegado pudiera ser o�do. �Me llamo Felipe Gonz�lez y soy el secretario general del Partido Socialista Obrero Espa�ol�, dijo sonriendo. Y sigui� la fiesta de presentaci�n como si nada, pero desde ese momento aquel joven moreno dej� de llamarse Isidoro, apodo de guerra, y con su nombre y apellidos comenz� una larga batalla pol�tica.</p><p>A este joven no lo hab�a confesado ni casado ni hab�a bautizado a sus hijos el cura Aguirre, si bien a�os despu�s, cuando Felipe Gonz�lez alcanz� el poder, el duque de Alba se vanagloriaba en los salones de la aristocracia de que el l�der socialista hab�a salido de la alcantarilla por el sistema del butr�n y hab�a aparecido en su despacho de Taurus, donde fue bendecido por el estamento intelectual aglutinado en torno al diario <emphasis>El Pa�s, </emphasis>puesto que Pancho P�rez y Jes�s de Polanco, que estaban presentes, ya hab�an unido sus intereses empresariales.</p><p>En las fiestas, en los bares y en los ascensores de los grandes hoteles sonaba <emphasis>Mis manos en tu cintura, </emphasis>de Adamo, una melod�a amartelada que bailaban los j�venes con pantalones de campana, jersey con cuello de cisne y las patillas de hacha, ellas con minifalda, botas altas y sin sost�n, pero los m�s modernos y concienciados se enamoraron tarareando al o�do de su pareja las letras de <strong>Leo</strong>Ferr�, Jacques Brel y Georges Brassens. Estas canciones envolvieron las primeras elecciones democr�ticas.</p><p>El teatro pol�tico acababa de subir el tel�n. En escena, frente al socialista Felipe Gonz�lez, consagrado en el congreso de Suresnes de 1974 por la bendici�n y el cheque del canciller alem�n Willy Brandt, se alzaba la contrafigura del comunista Ram�n Tamames, y en 1977 la izquierda tuvo que apostar entre estos dos caballos. Del l�der socialista la opini�n p�blica apenas sab�a nada, porque los a�os de obligada clandestinidad hab�an proyectado sobre su persona extensas zonas de sombra. Se sab�a que hab�a empezado a hacer pol�tica en la sacrist�a de la catedral de Sevilla, donde un can�nigo de buen coraz�n reun�a a un grupo de obreros de Acci�n Cat�lica y Felipe estaba all� como abogado laboralista y era amigo de un librero enamorado de Antonio Machado, que escrib�a piezas de caf� teatro de LadyPepa.</p><p>En cambio Tamames era un apellido muy sonoro en la sociedad madrile�a. Este nuevo adalid hab�a llegado al uso de raz�n en medio de un Madrid fam�lico, cuando Franco cre�a que el agua del r�o Henares pod�a convertirse en gasolina si se le a�ad�an unas flores silvestres, seg�n una f�rmula que le; hab�a vendido y cobrado un h�ngaro muy espabilado. Tamames guardaba una memoria de bombardeos, lluvia de pan sobre los tejados, sopas de ajo, lentejas con gusanos, el primer <emphasis>Cara al solen el </emphasis>asfalto de la ciudad y �l asomado a la ventana viendo c�mo se llevaban preso a su padre, que hab�a sido comandante de Sanidad en el ej�rcito republicano. Le acusaban de haber intentado cambiar el nombre del pueblo extreme�o Don Benito por el de Camarada Benito.</p><p>De pronto, cumplida la venganza franquista, en la baja posguerra, el apellido Tamames comenz� a sonar a trav�s de los aparatos de radio, marca Invicta o Telefunken, siempre asociado a cornadas de toro. El padre de Tamames y un t�o carnal eran unos famosos cirujanos especialistas en suturar femorales. Durante las fam�licas cenas, en las noches estrelladas de verano en plena autarqu�a, los espa�oles o�an el nombre del m�dico Tamames junto a un parte de enfermer�a, despu�s de una minuciosa descripci�n de las dos trayectorias de la cornada de veinte cent�metros en el vientre de cualquier torero, con salida o no del paquete intestinal. Cuando el 28 de agosto de 1947 el toro <emphasis>Islero</emphasis>hiri� de muerte a Manolete en Linares el doctor Tamames fue llamado urgentemente desde Madrid, pero este cirujano lleg� a la enfermer�a de la plaza cuando el h�roe nacional ya estaba expirando. �Doctor, no veo�, murmur� el torero dentro de una agon�a m�s pat�tica que la del Cristo de los Faroles. Esa frase se hizo muy famosa y elev� el apellido Tamames a los anales de la simbolog�a de Espa�a.</p><p>El v�stago Ram�n estudi� el bachillerato en el Liceo Franc�s, creci� ancho de espaldas delante de Dios y de los hombres, logr� las mejores notas con un talante de apisonadora. Un entusiasmo febril le impulsaba a ser el primero en todo, incluso en el amor a Cristo o en las carreras de cien metros lisos. Por ley natural, termin� la carrera de Derecho con un saco lleno de matr�culas de honor, y se doctor�, �es necesario decirlo?, con premio extraordinario; estudi� Ciencias Econ�micas, y repiti� en ella el paseo por las cimas despu�s de arrodillarse ante el padre Aguirre en el confesonario de la iglesia de la Universitaria. ��Cu�ntas veces, hijo m�o?�, le preguntaba el padre Aguirre previo pescoz�n en la mejilla. �Muchas, muchas, m�s que nadie, padre�, contestaba el tambi�n aguerrido y plusmarquista pecador.</p><p>Un toque de London School of Economics, un ba�o de Mercado Com�n en Bruselas, un �ltimo barniz de Ginebra como reflejo de Naciones Unidas y el producto ya estaba listo para consumir. Ram�n Tamames se hizo t�cnico comercial del Estado. Dio clases en una academia, y con aquellas lecciones fabric� el libro <emphasis>Estructura econ�mica de Espa�a; </emphasis>entr� de profesor ayudante en la facultad, consigui� llegar a catedr�tico e iba con el malet�n soltando conferencias por doquier a cien por hora con aires de gal�n intelectual.</p><p>A este v�stago de famosos cirujanos taurinos le dio por la pol�tica y llev� a ella el mismo empuje de le�ador con una visi�n apote�sica de las cosas. En el Congreso de Roma en 1976 fue elevado por Carrillo a un puesto en el comit� ejecutivo, y ya que la pol�tica entonces era cosa de gente joven y guapa, todos le aclamaron como a un delf�n en competencia con Felipe Gonz�lez, quien gustaba a las amas de casa por su atractivo f�sico y a los hombres por su labia. Tamames mir� alrededor y se vio rodeado con espanto de fresadores, jornaleros y peones de alba�il, pero segu�a subiendo cimas y se escalaba a s� mismo por la pared norte todos los d�as con grandes golpes de tac�n, basculando el tronco a contramano del p�ndulo de la corbata. Ten�a una mujer de una belleza espl�ndida, hija del catedr�tico Prieto-Castro, y con ella se iba a bailar a la discoteca Mau Mau, mientras Carrillo iba emboscado por Madrid y un d�a aterido de diciembre de 1976 se apareci� a los suyos sin peluca detr�s de una cortina.</p><p>Guando lleg� la democracia, en los altos despachos algunos caballeros del r�gimen y otra gente biempensante de la sociedad madrile�a se hac�an cruces al enterarse de que ese muchacho fuera un rojo siendo tan guapo y de buena familia. Nadie se explicaba que un comunista no llevara barba. Cre�an que estar�a cabreado por algo que no se sab�a. En cambio, los de la base se sent�an orgullosos de �l. Era un rojo homologable a escala europea, con un dise�o tipo Berlinguer, rico, infatigable y con un gui�o de modernidad, lo que se dice un rey de simposio. Tamames tambi�n cre�a que el comunismo espa�ol iba a ser como el italiano, algo no re�ido con el aperitivo de Campari en las terrazas de moda, una fuerza social mayoritaria muy ciudadana, poco campesina, elaborada por intelectuales con melena, gafas de gordos barrotes y trenca con capucha, un caldo de pol�tica casi er�tica donde podr�a nadar estilo mariposa y llegar, como siempre, el primero a la meta.</p><p>Paco Fern�ndez Ord��ez me cont� un d�a ante unos huevos estrellados de Casa Lucio que en un Consejo de Ministros del gobierno de Adolfo Su�rez, en medio de una crisis, alguien propuso como ministro de Econom�a a Ram�n Tamames. Ord��ez advirti�: �Por mi parte estar�a encantado, pero �c�mo vamos a justificar la presencia �de un comunista en el gobierno de UCD?�. Simplemente a Ram�n Tamames, en el subconsciente, s�lo se le consideraba un chico listo de una buena familia de derechas con apellido muy sonoro.</p><p>Tamames se equivoc�. Felipe Gonz�lez le hab�a ganado la partida. Lo que se esperaba de los comunistas lo hicieron los socialistas. Unos a�os despu�s, sus amigos de facultad estar�an en el poder; unos, sentados en el Gobierno; otros, de pie en la sala de espera, y todos eran dem�cratas finos y re�an con el esplendor de dientes de quien ha conseguido meter sus sue�os por el ojo de una aguja, como los famosos camellos de la par�bola. Desde la oposici�n anfibia, Ram�n Tamames le pidi� a Santiago Carrillo una oportunidad. �Bueno, t� ser�s concejal.� Hab�a logrado todos los premios, hab�a escrito gruesos vol�menes, hab�a dado conferencias y m�tines con mucha garra popular, estaba en la sede del partido la noche de S�bado Santo cuando lo legalizaron y all� recib�a a los camaradas con los brazos abiertos, se hab�a descamisado en las fiestas de la Casa de Campo, se hab�a puesto gorritos de verbena y hab�a bebido botas de vino com�n con sonrientes braceros s�lo para llegar a teniente de alcalde y encargarse de la gr�a municipal, mientras los socialistas se hab�an limitado a aprovecharse de la ola de surf para subir a la cresta del Gobierno. A partir de ese lance lleg� el resentimiento.</p><p>Jes�s Aguirre comenz� a escribir art�culos en <emphasis>ElPa�s.</emphasis>Garc�a Hortelano dec�a que, una vez escritos, Aguirre llamaba a un secretario y le mandaba que echara las comas como la sal de un salero. Eran el resultado de un pensamiento culto y enmascarado atacado por un exagerado perfeccionismo. Poco despu�s entr� a formar parte del consejo de <emphasis>ElPa�s</emphasis>junto con Tamames. Era un cruce de caminos en el que uno iba a despe�arse ideol�gicamente en el internacionalismo herbolario, con sus derivados pacifistas, para convertirse en un ser antisistema que se encadenaba ante las centrales at�micas, y el otro emprender�a la ascensi�n hasta el �ltimo pelda�o de la escala social sin dejar la chaqueta a cuadros, el morral de Yves Saint Laurent y el chal color fucsia, nuevos ornamentos con que se paseaba cada a�o por la Feria de Francfort. Uno a trav�s del comunismo descubri� el evangelio de las lechugas; a otro, las hechicer�as teol�gicas que aprendi� en Munich le sirvieron para aposentarse en el coraz�n del ducado de Alba.</p><p>Uno de aquellos d�as en que brillaba sobre su cabeza toda la gloria de Francfort, encontr� a Jes�s Aguirre en la estaci�n de Nuevos Ministerios plantado junto a la cabina del fotomat�n como s� estuviera esperando a alguien. Ten�a mala conciencia y trat� de que no me viera. Otra tarde desolada de domingo, con la estaci�n casi deshabitada, lo volv� a encontrar en el mismo lugar. Simulaba leer un peri�dico. Me produjo una sensaci�n inquietante, c�mo un tipo tan esteta pod�a estar all�, pens�, aunque yo desconoc�a cualquier tiniebla del personaje. Alrededor hab�a mozalbetes con una pinta extra�a. Esta vez cruzamos las miradas. Mientras me acercaba a hablarle, Aguirre parec�a estar buscando una excusa para justificarse. �En Madrid, en domingo, no hay forma de hallar un sitio donde te vendan un sello�, me dijo.</p></section><section><title><p>1977</p></title><p><emphasis>Comienza a sonar m�sica sinf�nica para dorar los recuerdos. La barcarola de </emphasis>Los cuentos de Hoffmann <emphasis>ser� la contrase�a del asalto al poder</emphasis></p><empty-line/><p>Una tarde de 1977, en su piso de soltero, abigarrado de objetos, las paredes enteladas con colores calientes* con pa�uelos de Herm�s enmarcados, regalo de Jaime Fierro, removiendo con su �ndice los hielos del whisky lentamente seg�n las ense�anzas que la gauche divine impart�a en Boccaccio, Aguirre confes� que a lo largo de su vida hab�a tomado varias veces la determinaci�n de viajar a Barcelona con el �nico prop�sito de conocer a su padre. En un anaquel de su biblioteca, dise�ada con madera de sic�moro por Jes�s de la Sota, estaban los retratos de Aranguren, de Walter Benjam�n y de Enrique Ruano, tres figuras ligadas a su intimidad afectiva e intelectual, que despu�s trasladar�a como iconos a su gabinete de duque de Alba en Liria. En aquella especie de boudoir, que era a medias gabinete de trabajo de Sherlock Holmes y laboratorio de distintos placeres a lo Georges Bataille, se hubiera movido con gusto Luchino Visconti. En la estanter�a ten�a tambi�n una fotograf�a de su madre, pero �sta qued� aprisionada dentro de un volumen del te�logo Karl Rahner y no viajar�a a palacio sino en un ba�l de pertenencias, donde permaneci� hasta el fin de sus d�as. Hubo un tiempo en que hab�a so�ado con poder unir a ella la imagen de su desconocido progenitor, de quien en familia se insinuaba y �l estaba dispuesto a creer y fomentar que hab�a sido marqu�s, gobernador militar o capit�n general o un alto funcionario del Estado. Esa mitolog�a serv�a para dorar su biograf�a con una est�tica de sonatas de Valle-Incl�n. Por estas fechas Jes�s Aguirre a�n era s�lo un editor que apacentaba los libros de Taurus con extrema soltura, aunque no todos se dejaban deslumbrar por su labia. Ten�a tambi�n enemigos irreconciliables, por ejemplo Rafael Guti�rrez Girardot, cofundador de la editorial y primer socio de Pancho, profesor en Alemania, quien afirmaba que Aguirre confund�a la Escuela de Francfort con la de Innsbruck, donde impart�a Teolog�a Karl Rahner, y s�lo hab�a le�do a Adorno en las solapas de los libros que ya hab�a traducido la editorial Losada en Argentina. La primera vez que sinti� la necesidad de <strong>co</strong>nocer a su padre fue el mismo d�a en que recibi� tambi�n la llamada de Dios y decidi� entregar su vida a la Iglesia. Antes de ingresar en el seminario pontificio de Comillas pens� que deb�a hacer de su parte todo lo necesario por desvelar esa zona oscura de su memoria. Su madre le hizo desistir, todav�a resentida, aunque le dio un n�mero de tel�fono y algunos datos, que su hijo conserv� muchos a�os en la cartera. Siendo ya un di�cono tonsurado, durante unas vacaciones de verano en que desde Munich tuvo que pasar varias horas en Barcelona antes de tomar el tren, despu�s de dejar su equipaje en consigna, sentado en un taburete de la cafeter�a Moka en la Rambla de Canaletas, pidi� una ficha de tel�fono y el camarero extra�amente no se la dio mojada, como sol�a ocurrir en Madrid, seg�n dec�a Juan Mars�. Algunos clientes no evitaron un gesto de sorpresa al ver a un joven cl�rigo bebiendo un refresco rojo, tal vez un Viteri Ciza�o, con semejante desparpajo mientras marcaba un n�mero en un extremo de la barra junto a la caja registradora. Son� la llamada al otro lado. Descolg� el aparato una voz adolescente con acento catal�n. Jes�s Aguirre pregunt� sin m�s por el se�or de la casa y, como quien echa al albur una piedra en un estanque, a continuaci�n se produjeron varias ondas de silencio en que el coraz�n del di�cono estuvo a punto de saltar como un caballo entre la botonadura de la sotana. Una voz muy varonil y decidida pregunt� qui�n llamaba. �Soy Jes�s Aguirre, de Santander, el hijo de Carmen. Estoy de paso en Barcelona y quisiera verle�, dijo balbuciendo. ��D�nde est� usted?�, respondi� de forma expedita la voz del otro lado. �En la cafeter�a Moka. Me reconocer� enseguida porque soy el �nico cliente del establecimiento que lleva sotana.� El interlocutor se mostr� de acuerdo. Le dijo que estar�a all� en media hora, un tiempo que Jes�s Aguirre utiliz� para bajarse del taburete de la barra, ir al lavabo, sentarse a la primera mesa de la entrada� fumarse varios cigarrillos, tomarse otro biter Cinzano y simular que estaba leyendo muy interesado el diario <emphasis>La VanguardiaEspa�ola.</emphasis>Miraba a cada rato el reloj y cuando se hizo m�s o menos la hora comenz� a observar, a escrutar, a analizar el aspecto de los se�ores que entraban en la cafeter�a. Sobre cada uno realizaba un juicio sumar�simo. A unos por gordos, a otros por j�venes, a otros por viejos, a todos por anodinos dentro de la masa gris de la humanidad, los iba repudiando como hijo. Deseaba que en el vano luminoso de la puerta de cristal se dibujara la silueta de un hombre fuerte, atractivo, jovial, de no m�s de cincuenta a�os, con el pelo ligeramente plateado y el rostro bru�ido de soles mediterr�neos. S�lo as� pod�a ser un padre imaginable, seg�n el retrato de familia, un gal�n con el dise�o del actor italiano Rossano Brazzi.</p><p>No obstante, pas� una hora y no se present� ning�n se�or que le dirigiera una mirada que no fuera de asombro al ver a aquel joven con sotana en una cafeter�a, un hecho extra�o en aquella �poca. Jes�s Aguirre se fue deprimiendo a medida que pasaba el tiempo, una vez que pr�cticamente todos los clientes del establecimiento se hab�an renovado, incluso el turno de los camareros que atend�an a las mesas. ��Desea usted alguna cosa m�s? �Est� esperando a alguien, padre?� Era una iron�a que le llamaran padre, precisamente. Muy nervioso, pidi� la cuenta y tuvo que abandonar el local para no perder el tren. En el camino a la estaci�n en el taxi, el locutor hablaba del gol que hab�a marcado Kubala a pase de Manch�n contra el Sevilla de Campanal en el partido del domingo anterior, seg�n recordaba a�os m�s tarde, puesto que aquellos pormenores estaban grabados a fuego en el coraz�n humillado.</p><p>Lo intent� por segunda vez, siendo ya editor, en una fiesta de Taurus en la terraza Martini de Barcelona, despu�s de haber pasado por el s�tano de Gil de Biedma, tan negro como su reputaci�n, seg�n contaba el poeta en un verso. Eran los tiempos de la gauche divine. Estaba euf�rico y un poco pasado de alcohol. Antes de desembocar en Boccaccio para hacerse el malvado sobre los peluches de terciopelo rojo entre Carlos Barral, Jos� Mar�a Castellet, Gil de Biedma, Oriol Bohigas, Teresa Gimpera y Terenci Moix, que actuaba de acarreador de chismes de mesa en mesa, Jes�s Aguirre hizo una parada en el bareto Boadas, en una esquina de la Rambla, y excitado por el p�blico que abarrotaba el local marc� el tel�fono que se sab�a de memoria. El aparato no funcion�. Los tel�fonos de Barcelona hab�an a�adido una cifra, pero bastaba con marcar un prefijo determinado para solucionar el problema, seg�n le dijeron despu�s sus amigos en Boccaccio. Esta vez desde el santuario de la gauche divine entre la alegre algarab�a de sus amigos, ech� otra piedra en el estanque y al otro lado del hilo salt� una voz de mujer muy amable, que permiti� ser interrogada. El teniente coronel Prats hab�a sido trasladado a Madrid, a un cuartel de Campamento. Jes�s Aguirre tom� nota de la nueva direcci�n.</p><p>Sucedi� en la galer�a de arte de Juana Mord�, en la calle Villanueva, durante una exposici�n de los pintores de El Paso, en homenaje a Manolo Millares, muerto en agosto de 1972. Juana Mord� hab�a pedido a Jos� Luis Aranguren que diera una peque�a charla en la galer�a para presentar su libro <emphasis>Erotismo y liberaci�n de la mujery</emphasis>que dijera unas palabras su amigo Jes�s Aguirre, aunque el libro estaba editado por Ariel, algo que el propio Aguirre consider� una amable trampa. Iba a intervenir tambi�n un cuarteto de cuerda con unas piezas cortas de Boccherini. El acto ven�a anunciado en la agenda cultural de los peri�dicos, de forma que la galer�a se llen� de una fauna muy escogida, con los primeros coleccionistas de arte abstracto, arquitectos, ingenieros y publicitarios, a los que hab�a que a�adir artistas e intelectuales contestatarios cuyos nombres eran muy habituales en las firmas a pie de los manifiestos contra el r�gimen franquista.</p><p>Moviendo el hielo del whisky lentamente con la yema del �ndice en un piso de soltero de la plaza de Mar�a Guerrero, n�mero 2,varios a�os despu�s de aquello, Jes�s Aguirre a�n recordaba el momento en que se present� en la galer�a aquel caballero pulido y encorbatado, con un dise�o exterior que a simple vista no se correspond�a con el resto de la concurrencia, adornada con barbas y melenas, vaqueros, chamarras y zapatones. En las palabras de bienvenida Juana Mord� hab�a recordado la sorpresa qu� se llev� un d�a ya muy lejano al saber que Aranguren exist�a de verdad y que no era un pseud�nimo de Eugenio d'Ors y que precisamente en las tertulias de su casa en la calle Rodr�guez Sampedro hab�a conocido tambi�n a Jes�s Aguirre. Despu�s Jes�s Aguirre habl� de su vieja amistad con el profesor desde sus a�os de Comillas, de Munich y d� la iglesia de la Universitaria. Al final de la charla, en la que Aranguren hab�a exaltado la figura de la mujer en la sociedad hasta l�mites orgi�sticos, comenz� a sonar Boccherini en medio de un silencio ya tosido, y fue entonces cuando se abri� la puerta y entr� aquel hombre en la galer�a, se coloc� de pie en la �ltima fila, cruz� los brazos y fij� la mirada en Jes�s Aguirre de forma obsesiva. �Sin conocerlo ni haberlo visto nunca, al primer golpe de vista supe que aquel hombre era mi padre�,confes�. Mientras el cuarteto de cuerda tocaba <emphasis>LaTirannaSpagnola,op.44,</emphasis>Jes�s Aguirre no ces� de escrutar con todo pormenor a aquel ser que formaba parte esencial de su subconsciente. �Esto es cosa de Juana Mord�, de Aranguren y de La�n Entralgo, una conspiraci�n entre los tres para que me enfrente de una vez con mi pasado�, pens�. En las paredes de la galer�a estaban colgadas las arpilleras de Millares, sacos rotos y alquitranados con brochazos de sangre; los cristos crucificados de Saura; algunas alambradas y botas militares de Canogar; las cuchilladas de color amarillo de Viola, sacadas de las mangas de los personajes m�sticos de El Greco. Al final del acto se pasaron unas copas de champ�n y alguna bandeja con caramelos de fresa y de menta. Entre las cabezas del p�blico api�ado en las dos salas, Jes�s Aguirre y aquel hombre se buscaron y despu�s de alg�n esfuerzo por abrirse paso se encontraron junto a una arpillera de Millares. ��Me puedes explicar qu� significa este cuadro tan horrible?�, le pregunt� el hombre. �Imag�nate que son mis despojos despu�s de haberme atropellado un tren�, contest� Jes�s Aguirre. �Por si quieres que hablemos, he reservado mesa en el restaurante La Corralada, est� aqu� al lado, los due�os son de Santander, me han dicho que preparan unas alb�ndigas extraordinarias�, dijo el hombre como toda respuesta. No fue una cena muy agradable, tampoco demasiado ruda. Sentados a la mesa, se produjo entre ellos un silencio muy tenso. �Siempre imagin� que ser�as m�s seductor, m�s guapo�, fue lo primero que dijo Jes�s. �Un a�o fui lo suficiente guapo y gracias a eso est�s t� aqu� en este mundo. Despu�s de todo, no te ha ido tan mal en esta jodida fiesta�, respondi� el hombre. �Mam� me cont� que cuando vino a dar a luz a Madrid a escondidas como una furcia se cruz� en el ascensor del hotel con tu mujer.� El hombre hizo una mueca de indiferencia: �Es posible. Bueno, �y qu�? Despu�s de tantos a�os �no ir�s a re�irme ahora?�. Jes�s insisti�: �Y seguiste diciendo que eras soltero y que te ibas a casar�. El hombre pinch� una alb�ndiga con el tenedor: �Nada d� melodramas, por favor. Por lo poco que s� de ti, no creo que sea tu estilo. No vayamos a joderla a estas horas. �Quieres mi apellido?�. Jes�s Aguirre neg� con la cabeza: �Prefiero que comamos juntos estas alb�ndigas en paz. S�lo quer�a unir tu nombre a un rostro. Con eso me basta�. El teniente coronel se qued� con la sonrisa de admiraci�n y despu�s continuaron hablando de otras cosas.</p><p>Esta escena la recordaba Jes�s Aguirre aquella tarde de 1977 mirando a trav�s de la ventana el �ltimo sol que doraba los cipreses y acacias de la plaza de Mar�a Guerrero, en la colonia de El Viso de Madrid, cuando recibi� la llamada de P�o Cabanillas, ministro de Cultura, su viejo compa�ero del Colegio Mayor C�sar Carlos, en que de forma ambigua le insinuaba que la reina do�a Sof�a y el presidente Adolfo Su�rez parec�a que no pondr�an ning�n reparo a su decisi�n de nombrarlo director general de M�sica. Semejante noticia le hizo saltar de la butaca, pero Aguirre trat� de disimular su euforia. No era elegante expresar tanta alegr�a y se sirvi� del ardid de poner una condici�n, por otra parte anodina. S�lo aceptar�a el cargo si lograba que Jos� Mar�a Guelbenzu le sucediera como director de Taurus, algo que se consigui� sin ninguna dificultad, dado el talento y la ideolog�a del escritor.</p><p>La vida de Jes�s Aguirre comenz� a tomar otra dimensi�n a partir de ese d�a. No es que la Direcci�n General de M�sica fuera un puesto muy relevante, s�lo que le permit�a entrar en pol�tica y sobre todo conquistar el palco del Real y los proscenios del teatro de la Zarzuela, espacios donde sol�an posarse cisnes muy blancos, incluso alguno negro. Un jueves, despu�s del Consejo de Ministros, el telediario de la noche iba a dar la noticia y para ese minuto de gloria en que su nombre saltar�a a las esferas celestes prepar� una peque�a fiesta en casa. Su amigo Pedrusco Diez cocin� una inmensa tortilla de patatas y de ella dieron buena cuenta Javier Pradera, Andr�s P�rez-Sierra y Alfredo Dea�o. Llegado el momento, Jes�s Aguirre arrastr� el televisor desde detr�s de la c�moda de barco hasta la embocadura de la biblioteca y con un pincho de tortilla en el aire oy� que el locutor proclamaba su nombre. A continuaci�n alguien puso un disco de cuarenta y cinco revoluciones de Las Madres del Cordero, en el que se canta el cupl� <emphasis>Soy director general</emphasis>y enseguida comenz� a sonar el tel�fono. El padre Sope�a, su antigua jefe en Santo Tom�s de la Universitaria, en esta �poca director de la Academia de Roma en San Pedro in Montorio, junto al templete de Bramante, le llam� para felicitarlo. Su jefe ahora ser�a Aguirre. Tambi�n le dio la enhorabuena seca e ir�nica su madre. En la terraza Jes�s Aguirre bail� y cant� un n�mero de Celia G�mez, en <strong>Yola, </strong>que dice: �Un mill�n, sensaci�n, da lo mismo de suspiros que de tiros, un mill�n es un mill�n�-. Y as� hasta que al clarear el alba comenzaron a piar tambi�n los p�jaros en la plaza de Mar�a Guerrero.</p><p>En medio de la peque�a org�a de aquella noche, Jes�s Aguirre pronunci� con mucha decisi�n estas palabras: �Voy a conquistar el poder�, una frase que repiti� tres veces mirando a las estrellas. Javier Pradera no pudo evitarla iron�a. Le propuso instalar un trampol�n en la terraza, no para arrojarse al vac�o sino para impulsarse hacia la Moncloa o al palacio de la Zarzuela, y a cambio de esta idea le pidi� bol�grafos, calendarios y gomas de borrar de su negociado como �nica contrapartida. A altas horas de la noche son� de nuevo el tel�fono. El teniente coronel �ngel Prats le pregunt�: ��Quieres o no quieres mi apellido?�. Jes�s contest� a su padre, muy alto y enorme: �Me llamo Aguirre y Ortiz de Zarate, con siete apellidos m�s, alaveses y bilba�nos, y a partir de hoy vas a o�r hablar mucho de m��. No ser�a la primera vez que se iba a conquistar el poder desde una tortilla de patatas: tambi�n lo har�a, uri grupo de amigos socialistas en Sevilla. Aguirre record� que Churchill ten�a sobre la mesa del despacho un peque�o cartel con esta consigna: �Acci�n ahora mismo�.</p><p>Ese a�o de 1977 hab�a comenzado con una manifestaci�n por la amnist�a en que al grito de ��Viva Cristo Rey!� hab�a sido baleado y muerto el estudiante Arturo Ruiz. Sucedi� el 23 de enero y no m�s de veinticuatro horas despu�s fueron asesinados en un despacho de la calle Atocha los abogados laboralistas. Los sicarios fascistas Cerra, Lerdo de Tejada y Garc�a Julia hab�an vaciado a mansalva el cargador de sus pistolas Super-Star largas de 9 mm sobre los all� reunidos y dejaron amontonados cinco cad�veres y cuatro heridos. Lola Gonz�lez se hab�a librado de la muerte con un balazo en la cara puesto que se hab�a desplomado un segundo antes bajo el mont�n de cad�veres. Aquella mujer extraordinaria estaba muy metida en el coraz�n de Jes�s Aguirre desde los tiempos en que fue novia de Enrique Ruano. Tal vez por eso en el entierro de los abogados, que fue la puesta en escena en la calle del Partido Comunista, aparece Jes�s Aguirre llorando entre la multitud en torno al palacio de Justicia. Despu�s de este entierro, la legalizaci�n del Partido Comunista s�lo era cuesti�n de poco tiempo y de muchas agallas, cosa que sucedi� en S�bado Santo, antiguamente llamado de Gloria. A medianoche, en la hora en que se supone que Cristo salt� de la tumba del G�lgota como un tap�n de champ�n para inaugurar una era de nuestra historia, comenzaron a flamear banderas rojas junto a la sede en la calle Virgen de los Peligros de Madrid, ante el p�nico de los burgueses que sal�an del teatro Alc�zar y del Reina Victoria.</p><p>El a�o de la ascensi�n de Jes�s Aguirre a los palcos del Teatro Real, el pa�s estaba envuelto en una violencia extrema. Algunos militares levantiscos zarandeaban p�blicamente al ministro de Defensa Guti�rrez Mellado y otros le negaban la mano al presidente Su�rez durante una revista a la tropa. ETA asesinaba a un ciudadano cada tres d�as y los GRAPO redondeaban la cuenta. Ya sin peluca, Carrillo hab�a entrado y salido de la c�rcel; hab�a aceptado la bandera espa�ola, y despu�s de las elecciones de junio entraron en el palacio de las Cortes los rojos. En el sal�n de los pasos perdidos hacia la cafeter�a del Congreso se cruzaban Fraga con Dolores Ib�rruri, Calvo Sotelo con Rafael Alberti, Ram�n Tamames con Felipe Gonz�lez y todos ped�an un caf� cortado con leche en taza mediana, �nico prop�sito en que entonces estaban de acuerdo. |</p><p>Dolores Ib�rruri, apenas aterrizada un jueves en Madrid, ese mes de mayo se present� el domingo en Villa Valeria, en la colonia de Camorritos, en los altos del Guadarrama, al pie de Siete Picos, y un grupo de progres le hicimos una paella de pollo y conejo en la que intervine en el momento solemne de echar el arroz mientras ella, sentada en un sill�n de mimbre descalabrado, cantaba un zorcico con voz muy modulada. En un pared�n de la estaci�n de Cercedilla estaba escrito con grandes letras rojas ��Muera la Pasionaria!�. Y junto a ese grito de muerte pasaban los primeros adolescentes de la nueva generaci�n, que pronto olvidar�an el pasado tenebroso de Espa�a, cargados con mochilas de colores para escalar las bre�as m�s altas.</p><p>Antes de ser nombrado director general de M�sica, Jes�s Aguirre hac�a los agostos en Madrid, pero se tomaba unas vacaciones en julio, ese verano en casa de Mat�as Cort�s y Mai, su mujer, en Marbella. Una tarde su amigo dio una copa y por all�, de forma espor�dica, cayeron los duques de Ari�n acompa�ados por Cayetana de Alba. Aguirre luc�a un pareo, barba negra y gafas de espejo como de motorista. Le fueron presentados estos arist�cratas y, despu�s de unas intelectualidades, moner�as y los chismes marbelleros de rigor, al final, cuando se largaron los invitados y quedaron solos, Jes�s dijo a Mat�as: �Esta tal Cayetana me ha ca�do de la patada�. Camino de casa en su coche, la tal Cayetana dijo a su amiga la duquesa de Ari�n: �A m� este hombre me ha parecido un fatuo, un impertinente�. Mat�as Cort�s no pod�a imaginar en ese momento el sortilegio que producir�a poco despu�s la barcarola de <emphasis>Los cuentos de Hoffmann. </emphasis></p></section><section><title><p>1978</p></title><p><emphasis>Tomarelpodercomoquienbailaunvalslento, mientraslamanoseelevahacialablancura dondelateelcoraz�n</emphasis></p><empty-line/><p>En los peri�dicos comenz� a aparecer la imagen de Jes�s Aguirre sentado junto a la reina do�a Sof�a en el palco del Teatro Real. Su cargo de director general estaba hilado con sonatas, sinfon�as, �peras <strong>y </strong>cantatas, todo eran violines o timbales en medio de peque�os odios, conspiraciones <strong>y </strong>zancadillas, ya que la m�sica amansa a las fieras pero no a los propios m�sicos. Con un baile de corcheas, fusas <strong>y </strong>semifusas Jes�s Aguirre desarrollaba su propia ambici�n, como un pentagrama, en recepciones, conciertos, c�cteles <strong>y </strong>besamanos. En ese ambiente nadie como �l sab�a emitir una sonrisa encantadora acompa�ada de la frase exacta, inteligente unas veces, otras erudita, ir�nica o malvada, seg�n le conven�a!, pero sab�a detenerse antes de parecer impertinente si el que ten�a enfrente, aunque lo considerara un idiota, pod�a servir a sus planes. Era muy agrio con los inferiores, trataba mal a las criados, <strong>y </strong>de pronto en cualquier restaurante decid�a odiar a un se�or desconocido sentado a otra mesa. No se sabe si ese car�cter era el m�s indicado para tomar el poder como se hab�a prometido a s� mismo ante un coro de amigos, todos con un gin tonic en la mano, pero en el �ltimo momento solucionaba la ca�da doblando gentilmente la bisagra. Aguirre sol�a cambiar mucho de ricos <strong>y </strong>si iba a una de sus piscinas a ba�arse, despu�s ven�a contando c�mo eran las toallas.</p><p>Ahora merodeaba ya por los vericuetos m�s pr�ximos a la monarqu�a musical. Le bastaba con una sola boutade volteriana para dejar admirados a todos los comensales si eran arist�cratas poco le�dos, y esa capacidad de encantador de serpientes le daba la sensaci�n de que �l mismo pod�a enroscarse por el tronco del �rbol del Para�so para morder la fruta prohibida. Todo era f�cil, todo le parec�a posible. Pod�a ser la princesa Irene de Grecia la Eva de turnos Jes�s Aguirre intent� invadir ese jard�n vedado. �Por qu� no enamorar con un verso de H�lderlin a �ste corza huidiza en el verde soto de palacio? Un d�a el monarca le dijo: �Jes�s, por ah�, no. Pon tu fe en otra caza�. Jes�s contest�: �Majestad, la fe es la salvaci�n, pero no un consuelo�. La princesa Irene de Grecia pas� a ser una de las manzanas del Para�so, que qued� intacta en el �rbol de la ciencia del bien y del mal, y entonces Jes�s Aguirre, que se mov�a a sus anchas por los salones de la aristocracia ca��, gracias a <emphasis>su </emphasis>amistad con la duquesa de Ari�n, se consol� jugando a seducir a la duquesa de Alba.</p><p>�Lo m�o con Jes�s -dijo un d�a Cayetana<strong>- </strong>fue un flechazo en toda regla. Yo, que presid�a la Asociaci�n de Amigos de la Opera, fui a hablar con �l al Ministerio de Cultura. Ya hab�amos acabado, y �l me dijo: "Espera un poco, que te quiere conocer el ministro". Yo creo que el ministro, que era P�o Cabanillas, no me quer�a conocer para nada, y que fue un truco de Jes�s para alargar la conversaci�n, as� que nos quedamos charlando. Cuando estaba a punto de marcharme, Jes�s me pregunt� si me pod�a llamar. Le dije que s�. A los dos d�as fuimos a almorzar, y luego vino otra cita, y luego otra�.</p><p>Sucedi� en el teatro de la Zarzuela durante la representaci�n de <emphasis>Los cuentos de Hoffmann, </emphasis>de Offenbach. Jes�s Aguirre y la duquesa ocupaban el palco principal unidos s�lo por el protocolo, pero cuando son� la barcarola �l la tom� de la mano, la mir� a los ojos de forma sostenida, sin palabras, y la m�sica de aquel vals lento hizo lo dem�s. A partir de ese momento se ve�an discretamente en Liria y en el castillo de Malpica de los duques de Ari�n, en tierras de Toledo. El le hac�a la escena del sof� en tresillos isabelinos, pero desde los ripios del Tenorio era capaz de elevarse a las alturas rom�nticas inmarcesibles de John Keats: coloca tu mano sobre la blancura donde el coraz�n late. Una de aquellas tardes de oto�o, despu�s de una cita secreta en Malpica, de regreso a Madrid entre chopos de hojas amarillas, con las nubes color sangre sobre la sierra del Guadarrama al fondo y encendidos ya los collares de luz que rodean la gran ciudad� �n el asiento trasero del Mercedes k duquesa se puso blanda, le cogi� la mano, la deposit� sobre el coraz�n, acerc� los labios hasta el o�do de Jes�s y le susurr� muy ardiente: �Jes�s, li�monos�. Y Jes�s respondi�: �No es suficiente, no me basta�, Pronunci� estas palabras con helada autoridad como si diera una orden perentoria al compromiso del sacramento m�s all� del deseo de la carne.</p><p>Despu�s de los encuentros amorosos en Malpica, viendo que las relaciones iban a un ritmo desbarrancado la madre del duque de Ari�n, Hilda Larios, le dijo a Cayetana: �Aseg�rate bien, hija, aseg�rate de que todo va a funcionar. Y cuando digo todo, ya sabes a qu� me refiero�. Algunos vecinos de la plaza de Mar�a Guerrero hab�an visto corretear a Jes�s Aguirre a trav�s de las cuatro ventanas de su piso de soltero persiguiendo a alg�n jovenzuelo, una escena de caza casi pastoril, en la que tal vez se recitaba a Garcilaso. Las juergas griegas que se celebraban en aquel piso de soltero hab�an dado que hablar entre sus antiguas feligresas, se�oras de familias conocidas. De hecho, su casero Jos� Luis Cifuentes quer�a echarlo, sobre todo un d�a en que Jes�s Aguirre cay� desmayado en la escalera y Georgina Satr�stegui, por mediaci�n de la cual hab�a alquilado el piso, tuvo que pedir ayuda a Mabel P�rez Serrano para llevarlo a urgencias del hospital de La Paz. Despu�s de esta ca�da Aguirre desapareci� de Madrid� dijo que no le llamara nadie, se fue a meditar a una playa desierta y al cabo de unos meses regres� ya totalmente desinhibido y dispuesto a vivir libremente. A Mabel P�rez Serrano le dijo: �He reflexionado, he estado solo este tiempo y reconozco que tengo una tendencia sexual distinta�.</p><p>De momento la duquesa ve�a en �l a un tipo cort�s, divertido, brillante, que sab�a de todo, que para cualquier pregunta tenia una respuesta erudita o mordaz. Mientras Jes�s Aguirre y la duquesa d� Alba se empataban y encarnaban sus sentimientos en gabinetes secretos de algunos palacios y paseaban entre �lamos y riachuelos en cortijos, castillos y casas solariegas de amigos que les preparaban y guarec�an su nido de amor, en Espa�a por un lado se estaba elaborand0 una constituci�n democr�tica en el Congreso y por otro se gestaba el huevo de la serpiente en las salas de banderas en medio de la violencia de un parto a contradi�s. Por todas partes se o�an voces de golpes de Estado. El presidente del Consejo de Estado, Oriol y Urquijo, y el teniente general Villaescusa hab�an sido secuestrados por los GRAPO, pero Jes�s Aguirre juraba a sus amigos de la tertulia de Parsifal que los hab�a visto comiendo paella en La P�rgola de la Cuesta de las Perdices, propiedad de Camorra. El bar Parsifal estaba en una esquina de Concha Espina y paseo de la Habana, frente al estadio Bernab�u. La tertulia de escritores e intelectuales amigos se reun�a los s�bados por la ma�ana y uno de aquellos d�as, de pronto, Garc�a Hortelano dijo: �Ya es la tercera vez que veo pasar a la duquesa de Alba por la acera. Se para y mira hacia ac� como si estuviera espiando a alguien. El s�bado pasado sucedi� lo mismo. �Qu� estar� buscando por aqu� dentro esa se�ora?�. Jes�s Aguirre no se dio por enterado. Mientras este amor clandestino discurr�a a la sombra de tapices gobelinos y �leos de pr�ceres todav�a para �l desconocidos, fuera de ese nido de oro el terrorismo produc�a m�s de cien asesinados con bombas lapa, coches bomba, tiros en la nuca y en la calle todo eran gritos y pancartas por la amnist�a.</p><p>Jes�s Aguirre estaba en pleno proceso de secularizaci�n el mismo a�o en que el Vaticano tambi�n produjo la cosecha de dos papas muertos. Pablo VI hab�a entregado su alma a Dios y la paloma se hab�a posado sobre la cabeza del cardenal Luciani, quien bajo el nombre de Juan Pablo I tard� s�lo un par de meses en volar tambi�n al cielo. Un d�a sali� al balc�n de la plaza de San Pedro, abrazado por la columnata de Bernini, y ante una multitud llena de fervor proclam� que Dios era una Madre, no un Padre, una afirmaci�n que pese a ser muy cierta produjo una conmoci�n entre los cardenales de la curia romana. A rengl�n seguido el Papa pidi� las cuentas de la empresa y comprob� que el banco del Vaticano invert�a gran parte del dinero de las indulgencias en armas y condones. Estaba dispuesto a cortar por lo sano y a impedir este prop�sito fue ayudado mediante un t� bien cargado. Viejos amigos de Jes�s Aguirre desde los tiempos en que estudiaba brujer�as en Munich, los te�logos Hans K�ng y Joseph Ratzinger ahora andaban tir�ndose silogismos a la cabeza en una gresca escol�stica a cara de perro. A todo esto Vicente Aleixandre hab�a ganado el Nobel de Literatura sin haberse levantado de la butaca durante treinta a�os en su casa de la calle Velintonia, que era la meca de los poetas venecianos, de la experiencia, viejos y nov�simos. En los tresillos isabelinos del Congreso algunos diputados socialistas liaban canutos de marihuana mientras se hablaba de los pactos de la Moncloa y en el aeropuerto de Barajas pillaban a Carmen, la hija de Franco, sacando de contrabando las insignias y las medallas conmemorativas de oro que le hab�an regalado a su padre, gracias a que se hab�a instalado por primera vez un detector de metales y ella lo ignoraba.</p><p>La noticia de que Jes�s Aguirre y Cayetana de Alba se iban a casar circulaba por Madrid desde principios de 1978. Todo el mundo lo consideraba un disparate. Nadie se esperaba ese lance moderno de la corte de los milagros. �D�nde diablos estaba Valle-Incl�n? �Por qu� hab�a muerto tan temprano si el gran esperpento del ruedo ib�rico no hab�a hecho m�s que empezar?. El cura Aguirre �duque de Alba! Ha sido lo mejor que nos ha pasado en la vida�, exclam� Jos� Mar�a Castellet. �Primera impresi�n, desconcierto. Primera reflexi�n, entusiasmo�, fue el telegrama que le mand� Carlos Barral. �Vamos a convertir Liria en nuestro palacio de invierno�, gritaron chocando las copas en alto los contertulios de Parsifal. Pero la duquesa no entend�a por qu� se escandalizaba la gente. Era viuda, se casaba con un hombre soltero del que estaba enamorada. No se explicaba d�nde estaba el problema, teniendo en cuenta, adem�s, que ella siempre se hab�a puesto el mundo por montera y hab�a hecho lo que le hab�a dado la gana. Lo que se criticaba no era la boda, sino la persona del novio. Jes�s Aguirre era un ex sacerdote que ten�a fama de izquierdista liberal, con ocho a�os menos que la duquesa, al que algunos de la nobleza acusaron de ser un simple arribista, un cazadotes.</p><p>Si Jes�s Aguirre era un cazadotes nadie dejar�a de admirar sus facultades, puesto que la pieza abatida s�lo con la lengua era de primera magnitud, Cayetana Fitz-James Stuart y Silva. He aqu� la cola luminosa que dejaba atr�s este astro en el firmamento. Su pasado ocupaba cuatrocientas cajas con cuatro mil legajos lacrados con sellos reales. La historia de la Casa de Alba pod�a mostrarse en un cuadro geneal�gico desplegable, de exactamente un metro de longitud en letra min�scula, donde aparec�a la trayectoria de la familia a trav�s de los siglos, con la anexi�n de las principales casas: Ler�n, Monterrey, Olivares, Carpi�, Berwick, Ayala, Gelves, Lemos, Andrade y Montijo. �Cu�nto tiempo tardar�a Jes�s Aguirre en asimilar este ba�l de los Alba, lleno de guerras, fidelidades, juramentos, victorias, conjuras y alianzas? �Todo eso se lo echa Jes�s al coleto en un par de semanas. Est� llamado por el destino a poner en orden esos legajos�, dijo Garc�a Hortelano en Parsifal.</p><p>Jes�s Aguirre deb�a empezar por remontarse al siglo XII, para encontrar a Ill�n P�rez de Toledo, famoso alcalde mayor de los moz�rabes, el primer antepasado de los duques de Alba. Se dice que fue capaz de cortar con un solo golpe de espada siete cuellos de sarracenos. Era la �poca de Alfonso VI el Bravo, un rey m�tico, pero fue Juan II de Castilla quien dio a don Gutierre, se�or de Balde cornejo y arzobispo de Sevilla, el se�or�o de Alba deTormes en recompensa a su fidelidad. El arzobispo pas� este honor a su sobrino Fern�n Alvarez de Toledo, que a su vez prosigui� defendiendo a Juan II con tal frenes� que en 1439 el rey elev� este se�or�o de Alba a condado. A lo largo de cinco siglos vendr�an las anexiones, la acumulaci�n de t�tulos, la multiplicaci�n de grandezas. La duquesa de Alba era dieciocho veces grande de Espa�a y pose�a cuarenta y cuatro t�tulos nobiliarios. De encontrarse la reina de Inglaterra y la duquesa en un ascensor, ser�a aqu�lla la que tendr�a que ceder el paso. �Qu� deber�a hacer Jes�s Aguirre si se tropezaba en el lavabo del pub de Santa B�rbara con Felipe de Edimburgo? Eran cosas que hab�a que aprender si quer�a aprobar el examen de ingreso en la Casa de Alba, como tuvo que saber de memoria toda la historia sagrada para entrar en el seminario de Comillas y manejar el instrumental escol�stico antes de ser aceptado en la facultad de Teolog�a de Munich.</p><p>Deb�a de ser una dura carga convivir con tan apretada colecci�n de antepasados, por ejemplo con Fernando Alvarez de Toledo, tercer duque de Alba, que fue general m�ximo de los ej�rcitos imperiales de Carlos V, vencedor en la batalla de M�hlberg, castigo de hugonotes y gobernador general de Flan-des, donde instituy� el Tribunal de la Sangre e hizo ejecutar, entre otros, a los condes de Egmont y de Horn. Eso se lo pasaba Aguirre por la cornisa de sus turbulentos genitales en una tarde. Pero la cosa comenz� a complicarse cuando sigui� leyendo m�s legajos. Pese a su feroz fidelidad, Felipe II mand� a prisi�n a este duque durante cierto tiempo por haber casado a un hijo suyo en una boda que no complac�a en palacio. �Se dar�a Jes�s Aguirre por enterado? �Sacar�a alguna consecuencia? Felipe II y la Casa de Alba deb�an de tener concepciones matrimoniales muy distintas, porque el quinto duque fue tambi�n encerrado a causa de otra boda que tampoco gust� al casamentero Felipe II. No todos los antepasados de la duquesa de Alba fueron tan severos. Jes�s Aguirre estaba dispuesto a afrontar este nido de alacranes. Emparentada con la emperatriz Eugenia de Montijo -que fue cu�ada de un Alba- y con los Estuardo, descendientes de Jacobo II rey de Inglaterra, est� tambi�n la vital y divertida Cayetana de Silva y �lvarez de Toledo, la famosa duquesa de Goya.</p><p>El padre de Cayetana, a quien Jes�s Aguirre llamaba suegro con gran desparpajo, fue dos veces ministro de Instrucci�n P�blica y de Estado en el gobierno de Berenguer en los a�os treinta y tuvo por esto mismo un serio enfrentamiento con Franco. Durante la guerra, el duque prest� importantes servicios al Movimiento, y en el 39 fue nombrado embajador de Espa�a en Londres. Sin embargo, en junio del 43 firm� junto con varios procuradores una carta dirigida al Estado en la que se le exhortaba discret�sima y cort�smente a regularizar su situaci�n pol�tica fundamentando la Constituci�n �en el r�gimen secular que forj� la unidad de Espa�a y su grandeza hist�rica: la Monarqu�a�. A ra�z de aquello, los consejeros nacionales firmantes fueron cesados,: el duque renunci� a la embajada y le fue retirado el pasaporte, lo que le impidi� ver a don Juan de Borb�n, de cuyo consejo privado formaba parte. �Es la primera vez en quinientos a�os que un duque de Alba no puede responder a la llamada de su rey�, declar�.</p><p>Puestos a hablar como los villanos, el braguetazo de Jes�s Aguirre hab�a alcanzado la altura del Himalaya. Cayetana es una de las cinco mujeres m�s ricas del mundo, due�a de cerca de veinticinco mil hect�reas de terreno en diversas fincas que se concentran sobre todo en Salamanca, Badajoz, Sevilla y C�rdoba. Al a�o de estar casados, Jes�s Aguirre se sab�a el catastro mucho mejor que ella. Un d�a que fueron invitados a una cacer�a a una finca de unos amigos iban los dos en un jeep atravesando una sucesi�n de trochas, montes, valles y barrancas durante varios kil�metros entre encinas y jarales, venados y marranos, y de pronto a mitad de camino la duquesa mand� detener el coche para contemplar la belleza del paisaje. ��Qu� hermoso es todo esto! Jes�s, me gustar�a comprar esta finca�, exclam�. �Por Dios, Cayetana, si esta finca es nuestra�, contest� Aguirre. Adem�s del palacio de Liria y el de Due�as, en Sevilla, le pertenec�an los castillos de Castro, Monterrey, Castro Caldelas, Andrade, Narah�o, Moeche o el famoso de Coca, que cedi� al Estado hace pocos a�os. S�lo por el coto de Baigorri, en Navarra, de dos mil quinientas hect�reas, que acababa de vender a las quinientas familias que lo trabajaban, hab�a cobrado 107 millones de pesetas. Una vez le pregunt�; ��Dar�s alg�n d�a una cacer�a de venados en cualquiera de tus fincas?�. Me contest�: �Querido, yo s�lo dar� una cacer�a de abubillas�. �Podr�a Jes�s Aguirre llevar a cuestas esta carga con s�lo dos mil pesetas al mes para tabaco?</p><p>Eran las doce y cuatro minutos del mediod�a del 16 de marzo de 1978. Envuelta en telas italianas, rosadas y et�reas, unas gasas firmadas por el modista Andr� Laug, y el pelo afro o a la escarola, Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, duquesa de Alba, y un antiguo cl�rigo volteriano de chaqu�, corbata gris, gafas ligeramente ahumadas y una sonrisa hasta la tercera muela entraban en la capilla de Liria decorada con pinturas de Sert, bajo la luz cenital de la vidriera redonda del techo, a los sones de un �rgano electr�nico que atacaba la marcha nupcial de Mendelssohn, la misma con que se casa una cajera de supermercado con un chapista de M�stoles en cualquier iglesia de barrio montada en un antiguo garaje. En Liria hab�a un centenar de invitados, algunos nobles con cara de caballo, como debe ser, algunos amigos intelectuales con un rictus de sue�o y alcohol en los ojos, algunos pol�ticos de adorno. Hubo pocos cuchicheos, ning�n uniforme y ni una sola pamela, pero dej� ofendidos a algunos familiares por no ser invitados. Aguirre tambi�n se olvid� de Eugenio Calder�n, su protector desde Sniace, un desaire que �ste no le perdon�. La madre del novio, Carmen Aguirre, estaba ya casi ciega. �Hijo, �qui�n me va a recoger?�, le pregunt� antes de salir a palacio para la boda. �En la puerta de Liria te estar� esperando Huescar�, le contest� su hijo. ��Huescar? �Huescar no es un pueblo?� �No, no, Huescar es el hijo mayor de la duquesa.� Carlos Mart�nez de Irujo, duque de Huescar, hijo mayor de la duquesa, fue el padrino y Carmen Aguirre y Ortiz de Z�rate, madre del novio, la madrina, nuevamente con el r�mel corrido por las l�grimas, como en la ordenaci�n sacerdotal de su hijo en el Ludwigskirche en Munich, como la primera misa en la Universitaria. Por parte de la duquesa firmaron como testigos, adem�s de sus otros cuatro hijos, do�a Mar�a Victoria Marone de Alvarez de Toledo, la duquesa de Santa Cruz y el conde de Teba. Por parte de Jes�s Aguirre lo hicieron P�o Cabanillas, el duque de Ari�n, Sebasti�n Mart�n-Retortillo, la condesa de Carvajal, Javier Pradera y la se�ora de L�pez Aranguren, en representaci�n de su marido, ausente en Barcelona. Al juez Clemente Auger, uno de los fundadores de Justicia Democr�tica, veterano luchador antifranquista en la universidad y castizo contertulio del caf� Gij�n, le hab�a sido encomendado asistir al acto desde un lado del presbiterio como autoridad civil para dar parte en el registro. En la ceremonia estuvieron presentes, entre otros invitados, toda la Familia Real excepto los propios Reyes y los condes de Barcelona, que por protocolo no asisten a este tipo de actos. El duque de Alburquerque y el marqu�s de Mond�jar representaban a la Casa Real. Junto a los duques de C�diz, los de Badajoz, la infanta Margarita y don Gonzalo de Borb�n pod�a verse a los pr�ncipes de Baviera y a la gran mayor�a de la aristocracia espa�ola. Antes de entrar en la capilla hab�a llegado la noticia de que hab�a sido secuestrado Aldo Moro.</p><p>La ceremonia fue oficiada por el padre Jos� Mar�a Mart�n Patino, provicario de la di�cesis de Madrid, quien en su momento, a trav�s del cardenal Taranc�n, hab�a movido los hilos del Vaticano para que este cl�rigo pudiera secularizarse sin demasiadas gabelas morales. No pronunci� ninguna pl�tica. Son� Bach mientras se intercambiaron arras y promesas de amor en la salud y en la enfermedad y despu�s de la bendici�n de turno los invitados ascendieron procesionalmente por una escalinata en cuya c�spide estaban los novios esperando a recibir las felicitaciones bajo la mirada de los pr�ceres antepasados colgados en las paredes tapizadas con sedas de damasco. A cualquier ceremonia de este estilo en Espa�a siempre le falta un punto para ser viscontiana, pero en este caso hab�a un aire de leyenda y de ficci�n inaprensible que doraba el ambiente. �Estoy dispuesto a todo, con tal de no aburrirme�, expres� Jes�s, que apenas llevaba media hora de duque de Alba consorte y ya depart�a como un antepasado grande de Espa�a con los invitados entre los tesoros de palacio, m�rmoles y tarimas, goyas, tizianos y vitrinas con insignes legajos hist�ricos. �Lo que m�s envidio de este palacio de Liria es que tiene en el jard�n un surtidor propio de gasolina gratis que le ha instalado Campsa -dijo Garc�a Hortelano-. Eso es mejor que tener un vel�zquez�.</p><p>Y en medio de todo el boato, aquel cura que hab�a dedicado sus sermones al estudiante Enrique Ruano, muerto al huir de la polic�a pol�tica de la dictadura, ahora sonre�a del brazo de una novia, que la noche anterior a la boda hab�a recibido un telegrama an�nimo con el siguiente texto: �Te casas con Jes�s, pero Jes�s ser� siempre m�o�.</p><p>Los pactos de la Moncloa trataban de salvar la quebrantada econom�a espa�ola, los reaccionarios de la caverna conspiraban para derribar a Adolfo Su�rez y sacar a Franco de la tumba, la inflaci�n hab�a perdido las bridas, pero Jes�s Aguirre, el antiguo promotor del di�logo entre cristianos y marxistas, se hab�a subido al �rbol geneal�gico m�s frondoso de Espa�a y en principio estaba a salvo de los lobos.</p><p>Como siempre, el vino de Liria estaba ligeramente oxidado. Los canap�s y limonadas eran de una extrema vulgaridad, como correspond�a a la alta alcurnia de la casa. Jes�s Aguirre, duque de Alba, organizaba el adi�s con su sonrisa. �Mejor que el arcano de los momentos estelares llego al misterio de lo cotidiano, de lo que parece casi dom�stico�, hab�a escrito en 1971. Ahora ya era dom�stico y normal el firmamento de todas las estrellas para Jes�s Aguirre. Los novios partieron de luna de miel a un castillo de Biarritz y los acompa�� Pedrusco Diez, el amigo de Jes�s desde los tiempos primeros de Taurus, al que no hab�a renunciado. No se sabe si tambi�n fue con ellos el mast�n blanco. Despu�s de la ceremonia, Javier Pradera y Clemente Auger se encontraron con Felipe Gonz�lez en el restaurante El Chulet�n. �Venimos de la boda de un ser permanente, t� eres provisional�, comentaron y pocos a�os despu�s Pradera a�adi� a esta lecci�n de ontolog�a: �Existen dos cosas que nunca pude imaginar, que el cura Aguirre se convertir�a en duque de Alba y que Solana llegar�a a ser jefe de la Nato�. Pero el decimoctavo duque de Alba dir�a que lo que m�s le cost� en el palacio de Liria hab�a sido encontrar los interruptores. Unas veces dec�a esto y otras exclamaba como Santa Teresa: �Deshaci�ndome estoy, hermanas, en esta operaci�n de amor�.</p></section><section><title><p>1982</p></title><p><emphasis>En el zafiro muy oscuro del anillo del duque se reflejaban las buganvillas del patio de Las Due�as, mientras Espa�a se debat�a entre una baza de copas y otra de espadas</emphasis></p><empty-line/><p>�Al principio fue dif�cil -manifest� la duquesa-. Era una persona nueva que entraba en nuestra vida, pero con el tiempo se cre� una armon�a estupenda entre nosotros. De todos los hombres que han pasado por mi vida, Jes�s es el que m�s lejos me ha llevado en los �xtasis�. La duquesa hablaba de esta forma desinhibida para atajar algunas insinuaciones maliciosas; por su parte, el duque se puso macarra y asegur� que �l y Cayetana follaban todos los d�as. Los amigos comenzaron a especular sobre qu� clase de sortilegios realizar�a este ser en la cama y d�nde los habr�a aprendido. �En privado mi mujer es m�s apasionante, m�s sorprendente, mucho m�s peculiar que yo, por eso se cas� conmigo.� �Qu� diablos har�a este hombre para mantenerla siempre en vilo y no desmerecer frente a la competencia de los toreros, gitanos, bailarines, actores famosos que hab�an atravesado su existencia? Le mandaba peque�os billetes galantes de una parte a otra de palacio cada d�a a horas inesperadas a trav�s del mayordomo, la sorprend�a con una llamada de tel�fono desde la habitaci�n de al lado para leerle un terceto de Dante, la asaltaba por un pasillo disfrazado de Pimpinela Escarlata con una m�scara veneciana o entraba en su alcoba vestido de bombero. Tambi�n le dedicaba versos de propia cosecha. �Deshojar� tus p�talos con tino, / �qu� guirnalda tan fresca en mis mu�ecas!, / para que tu roc�o vuelva a abrirlos / cuando el pulso enloquezca en mis sienes.� El libro de poemas <emphasis>Secreto a voces </emphasis>est� dedicado a la duquesa y fue urdido por Aguirre en diversas residencias y palacios, en Venecia, Ibiza, Liria, Monterrey, Las Due�as, Par�s. �Tus pezones como granos de caf酻 En las cenas oficiales o reuniones de familias conocidas, donde por protocolo ten�an que sentarse en mesas separadas, la duquesa no le perd�a ojo, tal vez celosa al ver c�mo triunfaba con su ingenio. Nunca dejaba de observarlo: �No s� por qu� lo mira tanto. No se lo vamos a quitar�, dec�an las amigas. Pese a las aguas de dulzura en que parec�a navegar la pareja, no tardaron en surgir nuevos rumores malignos. Como de costumbre, no sali� ning�n desmentido de la Casa de Alba. Pero los chismes arreciaron. Entonces, por primera vez en su vida, Cayetana perdi� los papeles e hizo unas declaraciones explosivas en las que aseguraba llevar con el duque una activ�sima vida �ntima. �Tengo un genio endiablado. Y cuando me pisan, salt�.� La c�lera dio resultado y por un tiempo los dejaron en paz. �Nadie como yo la conoce cabreada, a veces la llamo Kommandantur�, dijo el duque. Este enfado se deb�a a que corr�a la nueva maldad de que la duquesa hab�a sorprendido a su galante marido con un joven jardinero de palacio. El jardinero fue sulfatado como el pulg�n del rosal y a Jes�s su se�ora lo mand� al exilio, un castigo que cumpli� durante tres meses en el hotel Meli� de Princesa, situado frente a Liria, desde cuya ventana ve�a la pradera de palacio, como en el suplicio de T�ntalo, sin poderla alcanzar. All� se bebi� toda la melancol�a hasta ser perdonado.</p><p>La tertulia de Parsifal de los s�bados por la ma�ana se hab�a trasladado a la pecera del restaurante Jos� Luis y fueron Juan Benet, Javier Pradera y Clemente Auger los primeros en percibir que el deseo de tomar al asalto el palacio de Liria no hab�a sido m�s que un sue�o vano. Aguirre ni siquiera se pon�a al tel�fono cuando llamaban sus viejos amigos. El prop�sito de convertir Liria en sala de conciertos para cuartetos de cuerda y en un lugar privilegiado de citas para intelectuales <emphasis>y </emphasis>artistas a la sombra de un Tiziano qued� en nada. En palacio s�lo ten�a entrada franca Garc�a Hortelano, al cual el duque le permit�a que se fumara medio paquete de Ducados, echado en un sof�, mientras se nutr�an mutuamente de maldades, unas bajadas de los altos salones, otras subidas desde el asfalto m�s bajo.</p><p>Fuera de palacio la noche de Madrid, al iniciarse los a�os ochenta, se hab�a convertido en la estampida de un b�falo ciego. El tiempo comenz� a trepidar bajo las pezu�as de plata de aquel animal que ven�a huido del fondo de la posguerra y corr�a hacia el final de la historia. Empezaba la modernidad. En la trasera del caf� Gij�n, sobre la boca de las alcantarillas, hab�a seres anfibios plantados con zapatos de charol, bata de sat�n, una raja a lo largo del muslo que dejaba ver las medias rojas hasta el liguero, con una gardenia en la sien y los senos de parafina palpitando en las tinieblas. Para llegar hasta estas flores nocturnas hab�a que aplastar un sembrado de jeringuillas.</p><p>Sucedi� en un barrio maldito. El diario <emphasis>El Pa�s</emphasis>me hab�a encargado una cr�nica urbana de los nuevos seres que hab�an brotado en el asfalto en la noche de Madrid. Yo entonces trataba de ser un escritor comprometido con todas las cat�strofes de la sicolog�a humana. Peleaba contra m� mismo por no sorprenderme de nada y como un buscador del cofre del pirata iba en compa��a de un fot�grafo por la ruta de sucios garitos, bares de ambiente, cuartos oscuros y trastiendas podridas levantando acta. Una de aquellas noches, apoyado en la pared de un callej�n, un travestido agit� el bolso como un lazo de vaquero para llamar mi atenci�n. A simple vista, a trav�s de los diversos estratos de cremas que llevaba en el rostro, parec�a muy pasado de edad, frente a los j�venes d�natelos semidesnudos que hab�a a su alrededor en cada esquina. Me acerqu� discretamente y me enfrent� a su mirada ambigua. Aun en la oscuridad de la noche trat� de reconocer aquellos ojos pintados con una plasta de r�mel bajo las pesta�as postizas. Llevaba alas de mariposa y algunas sedas llenas de vidrios. Vend�a un amor fugaz en un portal por dos mil pesetas. En ese instante tuve a�n el valor de preguntarle qui�n era, pese a que ya sin ninguna duda �l me hab�a reconocido por la televisi�n y hab�a pronunciado mi nombre. Tard� un solo minuto en darme cuenta de que el rictus de su sonrisa me llevaba a un tiempo pasado. Era un compa�ero de colegio, aquel condisc�pulo tan listo que nunca quer�a acompa�arnos a los guateques con las chicas del Loreto en Valencia, el que ten�a siempre las r�plicas m�s divertidas, el m�s imaginativo en la primera rebeld�a estudiantil, el m�s guapo de la pandilla, al que las ni�as adoraban in�tilmente. Lo hab�a perdido de vista en segundo de Derecho. Despu�s de darme un abrazo, me dej� toda la camisa impregnada de un perfume gordo que me record� al pachul� con que fumigaban con un aspersor los cines de barrio. Le pregunt� qu� tal le iban las cosas. Me dijo que ten�a clientes fijos, camioneros y arist�cratas, pol�ticos y jueces, de todo. No se pod�a quejar. Los s�bados trabajaba en un cabar� de la calle Atocha. Sac� una tarjeta de su bolso de n�car. Comprob� que se hac�a llamar Arturo, pero, me dijo: �Para ti ser� siempre aquel Luis del colegio de curas, �de acuerdo?�. Un d�a supe por el cerillero del Gij�n que Luis hab�a venido a verme al caf� cuando ya estaba en las �ltimas. Fue de los primeros en morir de SIDA.</p><p>La tarde del 23 de febrero de 1981, una banda borracha de guardias civiles, al mando de un teniente coronel con vi got�n de zarzuela, asalt� el Congreso de los Diputados y en aquella zarabanda patri�tica, lejos de tirares al suelo, Su�rez salt� de su esca�o y se jug� la vida para salvar de las metralletas a su amigo, el teniente general Guti�rrez Mellado, un gesto muy ib�rico por el que ser� siempre recordado.</p><p>Ning�n gesto de gallard�a podr� compararse al que este pol�tico ofreci� a la historia al enfrentarse al golpista Tejero, y a su vez ning�n militar, como Guti�rrez Mellado, ha tenido la suerte de poder de mostrar su hero�smo en un cuerpo a cuerpo frente al cuatrero con im�genes transmitidas en vivo y en directo a todo el mundo. El asalto del Congreso fue el �ltimo cap�tulo de una pugna de la Espa�a negra por doblarle el codo a la democracia. Por fortuna, la historia se puso de parte de la libertad. Al general Guti�rrez Mellado le pregunt� qu� era lo que m�s le hab�a molestado del golpe de Estado. Contest�: �Ver a unos oficiales con la guerrera desabrochada�. El honor militar lo salv� este caballero.</p><p>El intento de golpe de Estado de Tejero purg� todos los fantasmas que la Transici�n llevaba en el vientre bajo diversas formas de reptil. En realidad, Juan Carlos se proclam� a s� mismo rey de los espa�oles a la una de la madrugada del 24 de febrero de 1981 en el famoso mensaje por televisi�n. Corr�an muchas an�cdotas, ciertas o falsas, en aquellas horas de hierro. A las ocho de la tarde, mientras Tejero y sus secuaces ten�an enca�onados a los diputados en la Carrera de San Jer�nimo, un equipo de Televisi�n Espa�ola, sorteando toda clase de controles militares, logr� llegar al palacio de la Zarzuela para grabar el mensaje real. Juan Carlos se visti� con el uniforme de capit�n general y quiso tener cerca a su hijo Felipe, que entonces no era m�s que un ni�o. Los t�cnicos de televisi�n preparaban muy nerviosos aquella operaci�n pilotada por el jefe de los servicios informativos, Jes�s Picatoste, y en medio del sal�n lleno de cables el Rey lo present� a su hijo. �Felipe, a ver si adivinas c�mo se llama este se�or.� �No s�, contest� el futuro Pr�ncipe de Asturias. �Vamos a ver. �Con qu� te gusta mojar el chocolate en el desayuno?�, pregunt� el monarca. �No s�.� �Piensa, piensa un poco.� �No s�.� ��Con un picatoste, con un picatoste! As� se llama este se�or tan importante.�</p><p>Al parecer, la devoci�n por el chocolate es una caracter�stica de los Borbones, porque esa madrugada aciaga del golpe de Tejero, despu�s de una noche de zozobra, cuando a la salida del sol nadie sab�a todav�a si los carros de combate de la Acorazada enfilar�an el camino de la Zarzuela, la hermana del Rey, la infanta do�a Margarita, dijo a toda la familia all� reunida con gran desparpajo: �Puede que nos tengamos que ir otra vez al exilio, pero yo no me voy de Espa�a sin tomarme antes un chocolate con churros�.</p><p>Un a�o despu�s del golpe me contaba Juana Mord� en su despacho: �El 23 de febrero de 1981, a las seis de la tarde, tuve un infarto. Algunos creyeron que se deb�a al susto de Tejero; pero fue el resultado de una amarga aventura, cuando Jacqueline Picasso, que se hab�a pasado la vida dici�ndome "Juana je t'aime, Juana je t'aime", porque hab�a educado en mi galer�a a su hija Catherine, despu�s de estar todo apalabrado, el seguro pagado y el cat�logo hecho, en el �ltimo momento, por un simple ataque de histeria, se neg� a entregarme los cuadros de Picasso para una exposici�n que ya estaba en marcha�.</p><p>La pregunta que en ese tiempo se formulaba la gente en televisi�n, en los bares, en las fiestas, en la radio y en cualquier parte y por cualquier motivo era �d�nde te pill� el 23-F? Todos lo recordaban. Unos estaban enterrando a un muerto, otros se hab�an encerrado con su amante a cometer adulterio en un motel, otros se hallaban en el hospital reci�n operados, otros recogiendo a los ni�os del colegio o fabricando una mesa, haciendo pan, esperando el autob�s para volver a casa. La brutal astracanada de Tejero seguido por una banda borracha rompi� la vida cotidiana, an�nima, feliz o desgraciada de la gente. El duque de Alba dijo que esa tarde, al enterarse del asalto al Congreso, se puso el mono de proletario que hered� de su suegro y se pase� por los salones de palacio leyendo en lat�n las <emphasis>Metamorfosis </emphasis>de Ovidio.</p><p>La tarde en que Juana me cont� su infarto, al salir de su despacho hab�a en la sala un barbudo alucinado bajo los focos mirando cuadros en medio de ese silencio sospechoso que exhalaba la crisis. Le acompa�aba una chica, que en el primer momento estaba de espaldas. Hac�a tiempo que los coleccionistas hab�an dejado la pintura en las paredes de las galer�as a merced s�lo de estetas pobres, barbudos puros e intelectuales con morral y bufanda. Cuando se dio la vuelta descubr� que aquella chica era Vicki Lobo, la arque�loga. Despu�s de diez a�os su cuerpo hab�a madurado y por la forma de sonre�r supe que su alma tambi�n hab�a perdido aquella fiereza tan espont�nea, pero segu�a igual de atractiva. Me present� a su pareja, un intelectual que empezaba a estar de moda en la radio. Ella hab�a dejado la arqueolog�a. Ten�a un cargo, era concejala socialista o algo parecido en una ciudad del extrarradio de Madrid. Brome� diciendo si estaba dispuesta a desenterrar muchas momias. Me contest� que un d�a hab�a intentado desenterrarme a m� y que no lo hab�a conseguido. Sab�a que no hab�a escrito el libro de Aza�a, pero me ve�a bien y le�a mis art�culos. ��D�nde has pillado a este novio?�, le pregunt�. �Una ma�ana al despertar me lo encontr� en mi cama. Es estupendo, divertido, un poco loco, eso s�.� Su pareja se ech� a re�r. ��Y adonde han ido a parar Mao, Trotsky y toda aquella gente?� �Vete a saber. Ahora estoy consagrada a San Felipe Gonz�lez�, contest� la chica con el mismo fervor de ne�fita.</p><p>A su compa�ero lo ten�an cercado los hermosos can�bales de la radio y este intelectual se coc�a a fuego lento. Por las ma�anas se desayunaba con un bocadillo de optalid�nes para estar a la altura de s� mismo y hac�a esfuerzos desmesurados por aplacar a esos cazadores de cabezas que quer�an saber su opini�n sobre la empanada de lamprea, el desembarco en las Malvinas, las elecciones generales, la receta de jabal� con vino de Burdeos, la estocada fallida con que homenajearon al Papa en Portugal. A su lado, en la mesa redonda del locutorio, a veces se encontraba con Aranguren enchufado a unos cables por las orejas, por la nariz, por la boca para extraerle cada opini�n del fondo de las entra�as.</p><p>La pareja de Vicki Lobo pertenec�a � la escuela cl�sica. Era un borracho escueto, con tres porros de marihuana al d�a, al que se le ve�a salir del supermercado de la esquina abrazado a una bolsa de botellas dando la imagen moderna de alcoh�lico neoyorquino. A los cuarenta y tres a�os estaba en plena gloria, hab�a sido bendecido por Aranguren como la revelaci�n de la temporada, a medias con Agust�n Garc�a Calvo, que predicaba la buena nueva de la modernidad en un caf� cantante de la plaza del Dos de Mayo. Por ejemplo, aquella ma�ana lo hab�an llamado de la Cadena Ser para hablar de su ensayo sobre Walter Benjam�n, en medio de un concierto de bater�as de cocina, pisos en Legan�s y jabones de tocador, y el intelectual de moda, convertido en otra cacerola m�s para amas de casa por la voz torrencial del locutor, tuvo que soltar algunas bobadas. �Dinos algo sobre el Papa.� El intelectual respondi�: �Me gusta. Sobre todo cuando besa aeropuertos. Da muy bien arrodillado sobre una charca de queroseno. Es como si esnifara una raya de farlopa�. Otra pregunta: ��Qu� pescado prefieres?�. �El torpedo bajo la l�nea de flotaci�n.� �Y qu� p�jaro.� �Cualquiera del Gobierno.� �Guauuu! Dubid�, dubid�. Marcha, mucha marcha. Estamos en el aire.</p><p>Hac�a un par de a�os que la mujer se hab�a largado con otro y, despu�s de vivir a solas con una perra cocker, ahora su territorio estaba invadido por una arque�loga llamada Vicki Lobo, que se propon�a desenterrarlo. En las noches de insomnio se hab�a hecho un dise�o de s� mismo. Hab�a que hacerse experto en vinos y practicar la nueva cocina para poder colocar en medio de una conversaci�n de neomarxismo la receta del besugo con habas o aludir a la cosecha del 72. Se hab�a acabado eso de ligar, ligar, ligar con esas chicas que se le restregaban al salir de la conferencia. Hab�a que ser duro y tener pegada. Odiaba a los intelectuales de culo gordo, que ol�an a cerrado. S�crates ense�aba filosof�a bajo la higuera, pero ahora estaban los chicos de la prensa, los cazadores de cabezas en la radio, los bares de Malasa�a por la tarde, los abrevaderos nocturnos de Oliver y Boccaccio, el pub de Santa B�rbara, y Carrusel, en cuya puerta de madrugada las chicas se pintaban los labios reflejando su rostro en los tubos de escape de las motos Harley Davidson. La nueva filosof�a se hab�a posado sobre el cap� de los coches y �l ten�a que percutir todos los d�as desde los medios de comunicaci�n para abrirse paso entre aquella pandilla de borrachos que se disputaban la gloria al amanecer.</p><p>El novio de Vicki me dijo: �S� que conoces a Jes�s Aguirre. �Podr�as present�rmelo? Necesito hablar con �l para cuadrar mi ensayo�. Le contest� que el palacio de Liria ten�a m�s murallas que Jeric�. El duque era inaccesible. �Entonces le pedir� ayuda a Aranguren para que detenga el sol en plena batalla. Estoy escribiendo sobre la Escuela de Francfort. Walter Benjam�n hab�a pasado algunas temporadas en Ibiza en los a�os veinte y el duque tiene all� una residencia. Tal vez durante unas vacaciones de verano podr�a hacerle una entrevista a la sombra de una higuera y recorrer juntos el paisaje y la casa de San Antonio donde habit�.�</p><p>Las chicas de los a�os ochenta se iban a comprar tabaco y ya no volv�an a casa. Eran sanas y eficientes, cog�an los b�rtulos y dejaban al marido sentado en el sof� y le llamaban desde el aeropuerto para decirle que en el frigor�fico encontrar�a unos huevos con bechamel, que se los tomara a su salud porque ella se hab�a enamorado de un italiano y estaba en la</p><p>sala de embarque de Barajas con un pasaje para Florencia. A�n quedaban machistas cl�sicos que cre�an que las mujeres eran m�quinas lloronas y encremadas, con dos biberones colgados de las costillas delanteras, obligadas a hacer canelones para los ni�os y ponerse monas en la peluquer�a para la noche del s�bado. Eso se hab�a acabado. Los cuarentones neur�ticos ahora ten�an compa�eras progres interiormente rebeladas que hac�an el supremo esfuerzo de ponerse el delantal en la cocina. Ellos acariciaban en secreto la idea de divorciarse y no hac�an sino darle vueltas a esta neurosis a�os y a�os; en cambio, ellas una tarde met�an el cepillo de dientes en el bolso y se esfumaban sin gritos ni traumas. Despu�s ven�an unos meses en que el intelectual se despertaba cada ma�ana con una chica distinta cuyo nombre ignoraba. La hab�a pescado de madrugada en cualquier garito que tampoco recordaba o tal vez en una gasolinera.</p><p>El intelectual de moda llev� a Vicki Lobo al caf� cantante de Malasa�a donde a media tarde, antes de que llegaran los clientes apaches de la noche, predicaba Agust�n Gac�a Calvo. Antes de que abriera el local hab�a j�venes barbudos apoyados en las fachadas con un libro bajo el brazo esperando, y llegaban m�s adictos que se sentaban en el cap� de los coches, se saludaban entre ellos con sus nombres y esperaban con pasividad de ne�fito a que alg�n sacrist�n descorriera la cerradura del santuario de la l�gica.</p><p>A la hora convenida se abrieron las puertas del caf� y los disc�pulos pasaron a ocupar sillas y divanes con la cadencia y el silencio con que se llena un aula. Era un p�blico joven, dominado por la barba y las la�as contraculturales. Hab�a de todo. Desde una chica con el pelo te�ido de rojo como una borla de cardenal o la pasota con sombrero de mormona y flecos de reina comanche, hasta el se�or suizo con pinta de fabricante de manteca o el muchacho lavado que lleva en la cara una dulzura de alumno predilecto. Era una parroquia desigual de disc�pulos de la universidad, gente nueva, oyentes curiosos, clientes tur�sticos, unificados por dentro con la devoci�n al maestro de la contracultura. Una m�sica de organillo comenz� a sonar sobre el cen�culo para amenizar la espera.</p><p>Y de pronto se present� Agust�n Garc�a Calvo con las vestiduras de la revelaci�n, con su bigotazo de herradura y la melena flam�gera. Ven�a con gorra de cosaco y camisola abombada de violinista z�ngaro, polainas de caballista y un c�ngulo dorado en el lumbar. El h�roe iba a hablar del lenguaje como creaci�n de la realidad, del quantum y el tiempo, de lo continuo y discontinuo. Se produjo un aplauso cerrado antes de que abriera el pico. A continuaci�n comenz� a emitir conceptos trincados sin aliviarse con alguna concesi�n a la galer�a. El intelectual de moda y Vicki Lobo escuchaban muy atentos con el entrecejo cruzado. La filosof�a puede apuntillar a una oveja merina, pero Garc�a Calvo ten�a la magia de un Anaximandro soltando un discurso bajo una parra, de un S�crates recostado en una escalinata del �gora, de un Di�genes dentro del bid�n. Por fin el �xito hab�a llegado. Garc�a Calvo hab�a adoptado a este intelectual y a su novia como disc�pulos. Aquella noche, despu�s de la charla presocr�tica en el caf� cantante de Malasa�a, el joven intelectual y Vicki cenaron en un restaurante del Madrid viejo con unos del cine que quer�an hablar de un gui�n. Luego cumplieron el rito como otras veces. A la hora en punto entraron en Boccaccio y se sentaron en el sarc�fago de terciopelo. Vicki Lobo levant� la mano al camarero y comenzaron a beber hasta que, llegado el momento, al joven intelectual se le hizo la oscuridad en el cerebro.</p><p>Era oto�o y los socialistas hab�an llegado al gobierno con mayor�a absoluta. En los peluches de Boccaccio se hablaba de que en la fiesta del hotel Palace, Paco Fern�ndez Ord��ez se hallaba en la cola para entrar y los del servicio de orden se negaban a dejarlo pasar porque lo consideraban un sospechoso arribista. Fern�ndez Ord��ez hab�a hecho con UCD la reforma fiscal y despu�s impulsar�a la ley del divorcio, pero en ese momento tuvo que acudir a los buenos oficios de Vicki Lobo para que un idiota le franqueara el cord�n sanitario hacia el interior del Palace, donde Felipe Gonz�lez y Alfonso Guerra estaban a punto de salir a la ventana con el pu�o en alto para proclamar la victoria. Luego, en el gobierno socialista, Fern�ndez Ord��ez ser�a el m�s coherente socialdem�crata, el �nico que no hab�a cambiado de chaqueta. Su�rez hab�a dejado de ser falangista; Gonz�lez hab�a abjurado del marxismo; Carrillo y Pasionaria hab�an dejado el estalinismo; Fraga trataba de hacerse olvidar el fascismo; Ram�n Tamames, en vista del fracaso del comunismo, hab�a comenzado la carrera loca hacia la derecha dejando atr�s las verduras de la ecolog�a. Por iron�as del destino, al estalinista Jorge Sempr�n, que en 1956 se jugaba el pellejo en cada viaje clandestino a Espa�a desde Par�s para organizar la huelga general que iba a abrir las puertas de la libertad seg�n los sue�os de estos j�venes, la huelga general del 14-D de 1988 le pill� por la espalda siendo ministro socialista de Cultura. Jes�s Aguirre hab�a dejado de ser cura y se hab�a convertido en duque de Alba. S�lo Ord��ez sab�a por d�nde iba a pasar la carretera de la democracia y puso su tenderete al borde de la cuneta y ya no se movi� desde que dimiti� del INI al d�a siguiente de que el r�gimen ajusticiara a garrote al joven anarquista Puig Antich.</p><p>Despu�s llegar�a la expropiaci�n de Rumasa y la fuga de Ruiz Mateos, el secuestro de Segundo Marey por parte del GAL, el aceite de colza, la desaparici�n del Nani, m�s asesinatos de ETA, Alaska y los Pegamoides, los primeros ordenadores, los bandos arcaizantes de Tierno Galv�n, las noches de Rock-Ola, de la discoteca El Sol, de Tip y Coll en Picadilly. E incluso la muerte del propio Tierno Galv�n y su entierro espectacular, para el cual se alquil� la carroza que Dr�cula sacaba los domingos. Un mill�n de madrile�os le hicieron pasillo en su camino hacia el cementerio de La Almudena, y en los bordillos de las aceras lloraban los travestis con el r�mel corrido.</p><p>A Jes�s Aguirre hab�an comenzado a caerle academias encima de la chepa. Ingres� en la de Bellas Artes en 1984 y el discurso no vers� sobre la raza del perro del cuadro de Goya que aparece a los pies de la primera Cayetana con un lacito rojo en la pata, sino acerca del descubrimiento que realizaron a medias �l y su mujer de un paisaje de Ribera, un cuadro en apariencia an�nimo lleno de polvo colgado en un pasillo de su palacio de Monterrey. La elocuci�n de Aguirre fue un encendido elogio del fino olfato de la duquesa para levantar esta clase de piezas de la propia pinacoteca. En la Real Academia de la Lengua ingres� en diciembre de 1985. El discurso vers� sobre el afrancesado conde de Aranda, t�tulo que ostentaba ahora el propio Aguirre. Despu�s del acto el duque invit� a una cena en Liria a todos los acad�micos. Desde una pizzer�a algunos amigos le llamamos a palacio haci�ndonos pasar por Camilo Jos� Cela. Nadie contest� al tel�fono. Cela hab�a dicho: �Que disfrute de su sill�n este escritor de pr�logos�.</p></section><section><title><p>1986</p></title><p><emphasis>El intelectual de la Escuela de Francfort se niega a ponerse zahones monteros y botas de ancas de potro. Por este motivo parti� hacia lalocura</emphasis></p><empty-line/><p>Ir a la Feria de Sevilla con una gastritis de primavera y tener que pedir un vaso de leche en la caseta mientras a mi alrededor andaban todos borrachos de manzanilla y verme obligado a bailar sevillanas brazos arriba como el que recoge peras de un manzano fue para m� una experiencia m�s dura que ir de corresponsal a una guerra. En plena Feria de Abril, Sevilla ol�a a zahones sudados y a elegante bo�iga de jaca. Ten�a que llamar al duque de Alba. El camarero me ofreci� la ficha de tel�fono. ��Est� el duque?� �Un momento. No se retire.� Mientras la llamada recorr�a los salones del palacio de Las Due�as hasta llegar al nido de tapices donde sin duda estar�a �l, en aquel cafet�n de la calle Sierpes me hice lustrar los zapatos, como un se�orito, por un limpiabotas granadino, que no ces� de contarme fatigas: �Esto de la feria es como ir a la vendimia. O peor. S�lo de Granada hemos llegado doscientos limpiabotas a Sevilla. Adem�s de mil personas que s�lo vienen a pedir. Gente pobre, �sabe usted? Lo malo es la noche, cuando cae el fr�o y te quedas tieso. Yo duermo tapado con unos cartones de embalaje detr�s de los carromatos de la feria, en la vaguada del ferrocarril. Tendr�a usted que verlo. Hay m�s de quinientos mendigos tirados en el suelo. A veces llega la polic�a y nos echa los caballos encima. Y si alguien abre el pico, se lo llevan por delante. El a�o pasado unos se�oritos prendieron fuego a aquello y tuvimos que salir a toda leche�. Tratando de hacer un poco de sociolog�a, pregunt� al limpiabotas: ��Usted sabe qui�n es el duque de Alba?�. Sin levantar el rostro del cepillo el hombre contest�: �Ese es un gitano se�orito de verdad, de los de antes. Tiene mucho arte�.</p><p>Desde el cielo artesonado del palacio de Las Due�as volvi� por el tel�fono la voz del sirviente que gobernaba la centralita. �Oiga.� �S�, d�game.� �El se�or duque le invita encantado a tomar caf� a las cinco en punto de la tarde.� En Sevilla cada cosa estaba ese d�a en su sitio: el duque en el palacio, el toro en el chiquero, el matador en el vest�bulo del hotel Col�n, el limpiabotas a los pies del se�orito, el turista en el coche de caballos, la gente en el paro, el jam�n en la barra, el puro en la boca, el clavel en el ojal, la gitana pidiendo limosna, �l polvo en la feria.</p><p>A media ma�ana la calle Sierpes estaba bajo un sopor de churros y el ruido de las cucharillas de desayuno. Los turistas arrastraban los pies hinchados por all� entre gitanas con claveles, carteles taurinos, giraldas de pl�stico, sombreros de capataz, vendedores de loter�a, retratos de la Macarena y banderillas con los colores de la bandera espa�ola. En el aire de Sevilla se o�a un campanilleo de coches de caballos. Tuve que hacer tiempo hasta las cinco en punto de la tarde, la hora taurina y lorquiana en que me iba a recibir el duque de Alba en su palacio. Me entretuve contemplando el tejemaneje de unos trileros �hasta que no pude resistir la tentaci�n de entrar en el juego. Perd� con mucho gusto mil pesetas s�lo por averiguar qu� se sent�a en carne propia al ser estafado. Hab�a tres c�scaras de nuez. �En cu�l de ellas escond�a aquel tipo el garbanzo? Estaba y no estaba. Exist�a y no exist�a. Parecido al juego de los trileros era el misterio de la Sant�sima Trinidad y la vida trivalente de Jes�s Aguirre.</p><p>En el real de la feria hab�a una luz pastosa de resaca, las cubas regaban el albero y las furgonetas de reparto descargaban hectolitros de manzanilla para reponer el nivel de los abrevaderos agotados. A esta hora los verdaderos se�ores dorm�an la mona seg�n la tradici�n, mientras la servidumbre barr�a el pastizal de la juerga anterior. En la Feria de Sevilla, si alguien estaba en pie a las once del d�a se pod�a decir que no era nadie, un turista rubio interpretando un callejero, un guardia de la circulaci�n, un repartidor de ensaimadas, un empleado de la funeraria en acto de servicio, un borracho extraviado que no lograba dar con el hotel. Pero en 1986 la Feria de Sevilla ya hab�a sido desacralizada y Alfonso Guerra dec�a que hab�a que alquilar pollinos para que se pasearan los obreros por el real mezclados con las jacas de Osborne. Era el tiempo en que los socialistas se divid�an en dos: los que llevaban un pa�uelo con cuatro nudos en la cabeza y los que hab�an tomado al asalto la fascinaci�n de los veranos en Marbella junto a Gunilla von Bismarck.</p><p>En la Feria de Sevilla tambi�n ten�a caseta el Partido Comunista. A esa hora intempestiva de media ma�ana, mientras por el ferial se pasaba la escoba, en la caseta del Partido Comunista ya estaban todas las mesas repletas de jornaleros sonrientes y reci�n lavados, alineados frente al fino San Patricio como en un bautizo. Unas criaturas bailaban sevillanas al ritmo de palmas, que bat�an unas madres muy ib�ricas. Un responsable subi� a la tarima y reclam� silencio por el micr�fono para anunciar que a continuaci�n un camarada poeta iba a recitar unos versos en honor de Dolores Ib�rruri.</p><p>El palacio de Las Due�as est� situado en el casco antiguo de Sevilla. A las cinco en punto de la tarde un amable servidor me abri� la cancela. Entre setos, macizos de hortensias y madreselvas, por un camino dorado con albero, llegu� al primer zagu�n, cubierto de esteras, coronado con cornamentas y trofeos de caza, que daba entrada al patio mud�jar. El criado iba delante. Hab�a un silencio de mirlos y fuentes que se derramaban en las tazas, una claridad matizada de fresa entre los arcos aljamiados. La amplia escalinata de madera y azulejos llevaba a la galer�a, amueblada con tresillos, mecedoras, mesas y jarrones del siglo XVIII. El criado se�al� una butaca. �Espere aqu�, por favor. El se�or duque no tardar� en salir.� Durante la espera me puse a imaginar la vida de este personaje como la encarnaci�n humana de un r�o, pero no del r�o que va a dar a la mar que es el morir, seg�n los versos aciagos de Jorge Manrique, sino del r�o de Her�clito, en el que uno no se ba�a dos veces y que en este caso ha desembocado en un palacio de Sevilla. Conducidas sus aguas claras, oscuras, turbias por la azarosa y turbulenta orograf�a de Jes�s Aguirre, la inclusa de Madrid, los altos de Comillas en Cantabria, los lagos de Baviera, el laberinto de la teolog�a atravesado con un aire mundano, los libros, los t�tulos, las fiestas de la cultura, los palcos del Teatro Real, la cacer�a de cisnes, una corriente de barro que conlleva pepitas de oro. No sabr�a explicar lo elegante que es este palacio adonde fue a desembocar este ser acu�tico.</p><p>El palacio tiene siete patios con palmeras, limoneros, cipreses, paredes con buganvillas y rosales rampantes hasta el tejado. Baste con decir que si el establo de las mu�as y caballos, tal como est�, sin tocar nada, lo convirtieran en un bar del barrio de Salamanca ser�a el bar ingl�s m�s elegante de Madrid. Cuando met� all� la nariz exhalaba un aroma de bo�iga mezclado con perfume de Nina Ricci.</p><p>El duque de Alba estaba posando para un retrato de Enrique Segura, abajo, en un gran sal�n artesonado, a la luz tamizada de una cristalera que daba a un patio de limoneros. Eran las cinco y cuarto de la tarde, un d�a de Feria de Abril en Sevilla. �Pod�a haber algo m�s fino en cien kil�metros a la redonda que tomar caf� en el palacio de Las Due�as con el decimoctavo duque de Alba? En esta reserva sagrada, guardada por dos lecheras de la polic�a en la puerta, hab�a una solidez de siglos, sombreada por lienzos de Caravaggio. La brisa hac�a hervir levemente las buganvillas. Los cipreses cuajados de gorgoritos cabeceaban entre columnas de m�rmol. ��Qu� lejos ha llegado mi amigo! -pensaba yo viendo aquello-. �Adonde habr�n ido a parar Adorno, Walter Benjam�n y Karl Rahner? �Se acordar� todav�a de Enrique Ruano?�.</p><p>De pronto, apareci� por el fondo de la galer�a. El duque de Alba llevaba un traje azul p�lido, unos zapatos con mezcla de cuero y lonilla color hueso, ven�a con medio puro engarzado en sus dedos de ave y sonre�a con una felicidad preternatural, propia de un para�so que est� escriturado, sellado y lacrado en el pergamino. Un camarero de chaquetilla blanca y cuello azul sirvi� el caf� en tazas de La Cartuja sevillana. Mi visita era de cortes�a, como la del aficionado al g�tico que echa un vistazo a la catedral de Colonia, como la del taurino que rinde tributo a la plaza de la Maestranza. Hab�a que hacerlo. Mientras trataba de rizar el dedo me�ique al elevar la taza a los labios, Jes�s Aguirre comenz� a hablarme de estirpes, �rboles geneal�gicos, encuadernaciones, testamentar�as decimon�nicas, restauraciones de cuadros, de todo eso que comenta la gente noble, de todo menos de libros. �Todo este lujo, �c�mo lo llevas, Jes�s?�, le pregunt�. �Con naturalidad�, me contest�. �Sabes que en este palacio naci� Antonio Machado. Debi� de ser en una de estas salas de la derecha. Su padre no era un servidor de la casa, como se ha dicho. Sencillamente, un antepasado de mi mujer, en el siglo XIX, dej� de habitar el palacio y alquil� todo este lado de caballerizas a gente particular. El padre de Antonio Machado fue uno de los inquilinos. Mi suegro mand� poner unos azulejos ah� en el corredor del patio. Fue el primer homenaje que se rindi� a Machado despu�s de la guerra. No me negar�s que fue un valiente.� Jes�s Aguirre consideraba que era un acto de hero�smo haber instalado en la pared de un espacio privado los versos de Machado: �Mi infancia son</p><p>recuerdos de un patio de Sevilla / y un huerto claro donde madura el limonero�. Ni siquiera se sorprendi� de mi carcajada.</p><p>Los mirlos de la Casa de Alba cantaban en los limoneros de Antonio Machado. En mi lujuria so�aba con ver a Jes�s Aguirre, duque de Alba, en plena Feria de Abril, vestido de corto, con zahones, botas de anca de potro y sombrero ligeramente ladeado sobre su frente de intelectual de la Escuela de Francfort. �No es posible. Nadie en el mundo me ver� vestido as�. En compensaci�n te puedo ense�ar el palacio�, me dijo el duque. �Querido Jes�s, te estoy viendo las suelas de los zapatos. �Cu�ntos a�os hace que no pisas la calle?�, le pregunt� al verlas tan pulidas. �Probablemente no piso la calle como vosotros desde el siglo XVIII�, contest�.</p><p>Eran salones, lienzos del siglo XVII, jarrones, escaleras, artesonados, capillas, cuadras, vanos gr�ciles con un fondo de cipreses, limoneros, rosales, buganvillas, cuadros de Panini, criados que se pon�an de pie con una reverencia s�lida cuando pasaba el duque, �leos de Zuloaga, fotograf�as dedicadas por reyes, camas con baldaqu�n que un d�a recogieron el sue�o de algunas princesas, m�s criados en cada punto estrat�gico, habitaciones acicaladas para los invitados que estaban a punto de llegar para la feria.</p><p>El duque quiso mostrarme la colecci�n de carteles antiguos de toros, que cubr�an las paredes del comedor de la servidumbre. La visita inesperada del duque, que nunca se rebajaba a entrar en cocinas, dej� pasmados a una docena de criados que estaban merendando alrededor de una mesa muy larga. Cuando apareci� el duque por la puerta se pusieron en pie todos a la vez, con el mismo resorte autom�tico con que reaccionan los soldados cuando entra por sorpresa el general en la compa��a. �No se levanten, h�ganme ese favor�, exclam� Aguirre. ��Se�or duque!�, respondieron ellos a coro. �Sigan ustedes como estaban.� ��Se�or duque!� �Por Dios, no se muevan.� ��Se�or duque!� Un escalofr�o hab�a sacudido la espina dorsal de aquellos viejos criados y no hab�a forma de que dejaran de exclamar ��Se�or duque!�, a medida que el se�or duque trataba de calmarlos. Dimos la vuelta a la mesa y el intelectual de la Escuela de Francfort me fue se�alando carteles de toros de Pedro Romero, de Frascuelo, Espartero, Lagartijo, Manolete, mientras la servidumbre se hab�a convertido en seres de piedra.</p><p>Luego siguieron m�s salones, cuadros de Bassano, cornucopias, muebles de palosanto, todo en perfecto estado de revista, con esa palpitaci�n de algo vivo, con el plumero reci�n pasado. �Cayetana tiene todos los palacios a punto, las camas hechas, las toallas calientes y jaboneras en los cuartos de ba�o, los platos, las flores en la mesa, todo listo para el momento en que se nos ocurra habitarlos un fin de semana, de modo que si ahora mismo nos da por ir a Monterrey, encontrar� agua fr�a en la nevera y el hielo para el whisky.� El duque me ense�aba Las Due�as como si se tratara de su ajuar. Hab�a puesto en orden cada legajo. Hab�a ordenado los archivos. Se.sab�a cada detalle, cada fecha, cada pliegue de la memoria de la casa, algo que la misma duquesa ignoraba porque se hab�a criado entre aquellos enseres como la prolongaci�n de su vida sin darse cuenta, como algo natural, que le hab�a regalado la historia. Hab�a en los patios rumor de fuentes, vuelo blando de mirlos y una brisa perfumada que te acariciaba el l�bulo de la oreja. El duque me se�al� un banco de azulejos. �Ah� se sentaba la emperatriz Eugenia de Montijo, nuestra pariente�, me dijo. A continuaci�n le pregunt� por el nombre de un �rbol inmenso que yo desconoc�a. Al comprobar que el duque tampoco lo sab�a le dije: �Jes�s, se ve que sabes mucho de blasones y campos de gules pero no tienes ni idea de agricultura�. El duque me contest�: �Est�s muy equivocado, querido, yo personalmente me ocupo de la exportaci�n a Holanda de los esp�rragos que cultivamos en nuestra finca de Gelves�.</p><p>En un saloncito con una luz tamizada en rosa a trav�s de las buganvillas del patio hab�a un peque�o tablado donde la duquesa Cayetana bailaba flamenco todos los d�as de doce a una. Hab�a dos sillones con asiento de esparto. Uno era para Enrique el Cojo, un anciano bajito, gordo, con sonotone y cojo, como su propio nombre indica. Era maestro de flamenco. Seg�n los entendidos, lo ve�as y parec�a que te iba a vender una gamba, pero de pronto echaba a volar una paloma de cada mano y el duende te daba un pellizco en el coraz�n. La otra butaca era para el guitarrista que llamaban el Poeta. All� se le daban clases todos los d�as a Cayetana. ��La duquesa no monta en la feria?� El duque me contest�: �Hoy no. Tal vez ma�ana. Depende de c�mo se levante. De pronto, a las doce decide que montar. Entonces vamos hasta all� en el tronco de mu�as enjaezadas con los colores de la Casa de Alba, azul y amarillo. En la feria tiene los caballos a punto. Yo la sigo en el tronco por el real�.</p><p>Jes�s Aguirre me propuso que lo llamara a las once del d�a siguiente por si a la duquesa se le hab�a antojado montar en el real de la feria. Desde un cafet�n de la calle Sierpes volv� a marcar el tel�fono de palacio. La duquesa iba a montar. La salida de los duques de Alba hacia la feria estaba programada para una hora despu�s. Era un rito precedido por carreras de criados ornamentados, de palafreneros mudos, con una gravedad humilde que dejaba ver cierto empaque. La duquesa Cayetana apareci� vestida de Sevillana con su ni�a Eugenia. En el patio hab�a un equilibrio inestable debido al car�cter de la duquesa que de pronto pod�a desembocar en una tempestad. La ni�a hab�a desaparecido y la madre la reclamaba cada vez m�s nerviosa. Comprob� que Jes�s Aguirre trataba de calmarla temiendo que yo presenciara la tormenta que l�gicamente despu�s contar�a a los amigos. En ese momento se present� en el patio la marquesa de Saltillo y Jes�s Aguirre la recibi� con una exacta inclinaci�n de bisagra entre la elegancia y el desparpajo. Apareci� la ni�a Eugenia y de repente escamp�. El tiro de mu�as de much�sima raza, lleno de cascabeles, arranc� desde el patio de palacio, y en la calle esperaba el vecindario, con un silencio religioso, para ver pasar la comitiva, como si se tratara de la Macarena. Hacia la una de la tarde el real de la feria hab�a entrado en calor, en medio de un perfume de jaca. Los caballeros con zahones, el puro en la boca, el sombrero oscureci�ndoles una oreja, el pu�o en la ra�z del muslo, cabalgaban con una moza en la grupa que les punteaba con los pechos la espalda arqueada y se abr�an paso a galopadas entre el primer gent�o. Hab�a en el aire un erotismo muy ganadero de refajo sudado. A esta hora en la feria pasaban tiros de mu�as enjaezadas con borlas y escarapela de seda con los colores her�ldicos de la familia. A mi alrededor la gente preguntaba: ��Qui�n es �se?�. �Un Terry.� ��Y �se?� �Un Osborne.� ��Y �se?� �Un Medinaceli.� ��Y �se?� �Nadie.� De pronto alguien exclam�: ��Ah� vienen los duques de Alba!�. Cayetana pas� montada en un caballo blanco con su hija Eugenia a la grupa y detr�s ven�a Jes�s Aguirre acompa�ado de la marquesa de Saltillo en el tronco de mu�as enjaezadas con la escarapela de los Alba. Llevaba un puro en la mano y con �l me salud� al tiempo en que me hizo un gesto para que me acercara. Hizo detener a las mu�as. �Dile a Pradera que esta tarde ir� a los toros a la Maestranza y que estar� sentado en barrera al lado del capit�n general Merry Gordon, entre un Domecq y un Murube.�</p><p>Hac�a alg�n tiempo que lo hab�a perdido de vista y s�lo sab�a de �l por las revistas del coraz�n. Aquel d�a de la Feria de Abril en Sevilla tuve la sensaci�n de que Jes�s Aguirre hab�a entrado en la primera fase de la locura, pero a�n fue peor cuando le volv� a encontrar seis o siete a�os m�s tarde. Al bajar del AVE en la estaci�n de Santa Justa en Sevilla, coincidimos en el and�n. Yo iba sin equipaje, puesto que deb�a volver a Madrid por la tarde despu�s de una entrevista en Canal Sur. El duque se hab�a apeado del vag�n de club y llevaba una maleta en la mano. Le descubr� entre los pasajeros unos metros delante y comprob� que iba solo, sin guardaespaldas. Al verme, antes de preguntarme nada, a modo de saludo escueto, me dijo: �Querido, ll�vame la maleta�. Ante su mandato imperativo reaccion� con un automatismo m�s r�pido que el del perro de Pavlov. Cog� la maleta del duque sin interponer pensamiento alguno entre su orden y mi acci�n. Imagin� que tal vez en mi ADN hab�a genes de siervos de la gleba de los que yo no era consciente ni responsable. Cargado con su equipaje, camin� unos veinte pasos a su lado. En este breve trayecto me dijo: �He convencido a mi mujer para que compre un palacio en Venecia y lo ponga a mi nombre�. En ese momento reaccion�: �Oye, capullo, carga con tu maleta porque yo no soy tu esclavo, a menos que me des un puesto de secretario en ese jodido palacio�. Dej� el bulto en el suelo. El duque baj� un poco los humos y se quej� diciendo que ten�a lumbago. Lo encontr� notablemente envejecido. ��C�mo es ese palacio?�, le pregunt� con la maleta otra vez en mi mano. �Todav�a no lo s� -respondi� el duque-. He aprendido veneciano. Tengo all� muchos amigos eruditos y anticuarios. En Venecia he escrito poemas y he redactado art�culos a mi secretario. En un establecimiento de comidas hay una pasta blanca, con salm�n troceado, que se llama "a la duquesa de Alba". Siempre tenemos la misma mesa reservada. Una vez nos invit� la reina madre de la p�rfida Albi�n a tomar t� con ginebra en el <emphasis>Britannia. </emphasis>Quiero que el palacio d� al Gran Canal�. Al duque lo esperaba un mec�nico. La verdad es que la maleta no pesaba demasiado. El duque se meti� en un cochazo y se perdi� en el laberinto sevillano hasta el palacio de Las Due�as.</p></section><section><title><p>1996</p></title><p><emphasis>Hacia el fin de la historia con gomina en el pelo y un jabal� en el maletero. El milenio se lleva en su escatolog�a al h�roe a Hades, la regi�n de los muertos</emphasis></p><empty-line/><p>Ca�an a su alrededor las hojas amarillas de los �rboles amigos. Carlos Barral hab�a pasado a mejor gloria en diciembre de 1989. Un mes despu�s la guada�a de la muerte hab�a volcado otra ficha de domin�: en enero de 1990 Jaime Gil de Biedma hab�a rendido las armas de Eros aT�natos. El s�tano negro por donde hab�a pasado Jes�s Aguirre en lejanos d�as de fiesta hab�a quedado olvidado bajo el lavado de cara que Barcelona se dio con los juegos ol�mpicos. El AVE hab�a llegado a Sevilla sobre los fastos de la Exposici�n Universal y Aguirre fue nombrado comisario de no se sabe qu�, s�lo para que pudiera darse aire con un abanico blanco o negro seg�n un lenguaje del sigloXVIIIen que se hab�a instalado. Lo manejaba desafiante para aventar los rumores disolutos que corr�an en torno a su figura. �En Sevilla hace mucho calor�, dec�a como �nica excusa.</p><p>Y pese a todo Aznar gan� las elecciones en 1996 a la brava por unos miles de votos. Los socialistas dijeron que se trataba de ir a casa a ducharse y volver al gobierno. No fue as�. El Partido Popular hab�a salido de su postraci�n a principios de los noventa y comenz� a cabalgar a sus anchas a caballo del milenio. Otros j�venes constituyeron un nuevo paisaje urbano. Llegaron los pijos. Estos v�stagos felices comenzaron a hacer rodar en el dedo los llavines coches de gran cilindrada en la puerta de las discotecas y entre los alevines de la derecha se puso de moda matar marranos en la finca, hablar de Bolsa, dar pelotazos con los bonos basura y llevar el todo-terreno a misa los s�bados por la tarde. Se acabaron las barbas hirsutas y el desali�o prof�tico. Se desintegr� la movida y se instaur� la ropa de marca. Los bares comenzaron a llenarse de j�venes de pelo pegado con unos rizos lolailo-lailo en el pescuezo, la camisa abierta hasta el tercer bot�n, chaqueta de cachemira y vaqueros planchados, mocasines con borlitas y un par de m�steres de cualquier universidad americana. En las fiestas todos acababan bailando <emphasis>La Macarena. </emphasis>A la hora del almuerzo bajaban de los despachos grupos de ejecutivos vestidos de negro Armani y se les ve�a cerrando negocios con el m�vil en direcci�n al restaurante.</p><p>Aquel l�der pol�tico, Jos� Mar�a Aznar, por el que nadie habr�a apostado un duro si hubiera sido gallo, result� ser un gallo de pelea con dos cuchillas de afeitar en los espolones. Hab�a desarrollado sobremanera el gen del mando creando el terror entre sus propias huestes hasta trabar s�lidamente al Partido Popular a su alrededor, y de esta forma lograr�a derribar con una agresividad pol�tica muy medida, a Felipe Gonz�lez despu�s de darle con un latiguillo una y otra vez en la ceja que tra�a partida por la corrupci�n, producto inexorable de tres mayor�as absolutas.</p><p>La mayor parte de los espa�oles hab�a nacido y crecido en democracia. Un mill�n y medio de nuevos votantes, esos j�venes tatuados con mariposas, traspasada su carne con distintos imperdibles, rapados o con el pelo de cepillo mojado, se acercaron a las urnas por primera vez sin darse cuenta, tal vez, de que la libertad, ese ox�geno vital que respiraban, se les hab�a regalado despu�s de largos a�os de lucha. Pero por los s�tanos de la juventud corr�a un viento de rebeld�a que ven�a de lejos. La insumisi�n frente al servicio militar fue una de sus banderas y no ces� hasta conseguir su abolici�n. Javier Pradera ten�a colgada en su despacho de <emphasis>El Pa�s </emphasis>una foto ins�lita. En ella se ve�a a Jes�s Aguirre, duque de Alba, de pie muy firme montado en una tarima en medio de un descampado, y por delante desfilaba una compa��a de la Legi�n con la cabra incluida que le presentaba armas.</p><p>�Qui�nes eran Dolores Ib�rruri, Tierno Galv�n, Guti�rrez Mellado, Su�rez oTarradellas? Rostros <emphasis>y </emphasis>nombres de l�deres, que un d�a llenaron las tribunas, carteles y p�ginas de peri�dicos durante la Transici�n, hab�an muerto o se los hab�a tragado la historia. Los j�venes ya no sab�an nada de ellos. En las im�genes antiguas los pol�ticos supervivientes de entonces que todav�a estaban en activo aparec�an todos sin tripa, unos con aire montaraz, la barba negra y la melena tap�ndoles las orejas, con la pana dura o la trenca con capucha, otros con caras de empoll�n, finos y encorbatados, reci�n salidos de las oposiciones, pasados desde la burocracia a la pol�tica, de los despachos de abogados del Estado a los esca�os del Congreso.</p><p>El duque de Alba hab�a desaparecido de la vida p�blica. Una de sus caracter�sticas a lo largo de su vida consist�a en cambiar de amigos sin previo aviso. De pronto dejaba de llamar por tel�fono despu�s de hacerlo todos los d�as y tampoco contestaba a ninguna llamada de sus amigos m�s �ntimos. Ten�a un espacio reservado en el que nunca dej� entrar a nadie. Tambi�n hab�a dejado de asistir a los consejos del diario <emphasis>El Pa�s</emphasis><strong>, </strong>donde al final acud�a a remolque y se adornaba con un chal, en zapatillas, se pon�a en las rodillas una manta que llevaba estampado el escudo de la Casa de Alba y permanec�a callado, ajeno a cualquier problema editorial, y as� hasta que, despu�s de varios requerimientos en que ni siquiera atend�a al tel�fono, Polanco le dio de baja. Pese a dar la sensaci�n de que hab�a conseguido todo lo que se hab�a propuesto en este mundo, nunca parec�a estar satisfecho. �Aguirre llevaba dentro otro ser extra�o con el que nunca hizo las paces. Eso causaba en m� curiosidad y deseo de ayudarle�, dec�a el cura Mart�n Patino.</p><p>Las nuevas carnadas de la derecha fueron a votar a Amar en un coche de renting, formadas por abuelos, padres e hijos, una t�a monja y un bisabuelo en camilla con el gotero puesto. La hija acababa de llegar de una isla de la Polinesia donde hab�a practicado submarinismo y el hijo becado en la Universidad de Arizona hab�a venido de Estados Unidos s�lo para meter una papeleta en la urna. Despu�s la carnada, todos guapos y felices, con las mangas del jersey anudadas en el pecho, tomar�a el aperitivo en una terraza antes de almorzar en un famoso restaurante japon�s y por la tarde el jefe de la familia se echar�a la siesta y luego esperar�a en su estudio el resultado de las elecciones mientras analizaba el proyecto de una nueva urbanizaci�n en la costa, de la que esperaba sacar una sustanciosa tajada que coronara definitivamente su espl�ndida madurez.</p><p>Aquella ma�ana de s�bado, d�a de reflexi�n de las elecciones generales, tuve un encuentro inesperado que me devolvi� gran parte de la memoria. Entr� por casualidad en la librer�a Antonio Machado y all�, hojeando un libro en la mesa de novedades, estaba Vicki Lobo en compa��a de un adolescente con cara de aburrido. La salud� con cierto rubor y durante unos segundos le analic� el fondo de la mirada, que es el lago donde se ahogan todos los sue�os. Despu�s de expresarnos la mutua sorpresa, decidimos tomar algo en el bar de la esquina. El antiguo pub de Santa B�rbara ya hab�a desaparecido. La madera verde de su puerta estaba llena de telara�as. Hab�amos envejecido cada uno a nuestra manera, eso era evidente, pero se ve�a que �sta mujer ya no era aquella que apoyaba todas las causas perdidas sin dejar de cabalgar la noche m�s �crata y roja para convertirse al final de su rebeld�a innata en una concejala del PSOE. Bastaba con verla vestida de Valentino. Hab�a dejado la pol�tica. Fue lo primero que me dijo. ��Y tu gal�n, el h�roe de las ondas?�, le pregunt�. �Un soplapollas, como sin duda pensar�s, si lo ves en televisi�n. Espera que Aznar, si gana, le d� un cargo.� Aquel intelectual de moda, �crata troskoer�tico, ahora ten�a la barba entrecana y el pelo te�ido de negro azabache, las ojeras operadas y la papada tambi�n acuchillada, y de esta forma daba doctrina en tertulias de la televisi�n y de la radio donde liberaba toda la bilis negra contra Felipe Gonz�lez y los socialistas, como �nica obsesi�n.</p><p>Vicki hab�a evolucionado. Eso era todo. Se hab�a casado con un arquitecto que sali� indemne en dos casos de corrupci�n de una promotora de M�stoles. ��Y este ni�o tan guapo?� �Es mi hijo. Se llama Ad�n�, me dijo. �Est� bien. Veo que quieres empezar por el principio�, le dije. Recordamos los viejos tiempos, aquella noche en el pub de Santa B�rbara cuando los guerrilleros de Cristo Rey rompieron el escaparate de la librer�a. ��Sab�as que aquel psiquiatra que quiso ense�arte a volar por los tejados de Madrid con un trip de laboratorios Sandoz, de m�xima calidad, se ha hecho musulm�n y ha creado una comunidad en el Albaic�n de Granada?� Vicki me pregunt� sobre aquel famoso proyecto del libro de Aza�a. Le cont� que le hab�a hecho una entrevista a Aznar y en su biblioteca ten�a los cuatro tomos de sus obras completas, de la editorial Oasis, que su mujer le hab�a comprado en el Rastro de segunda mano. Ahora Aznar citaba mucho a Aza�a, a Cernuda, a Altolaguirre, con un desparpajo inaudito. �No escrib� la biograf�a de Aza�a con Aguirre en Taurus, en cambio Aguirre quiere que sea su bi�grafo y as� se lo ha dicho al rey de Espa�a�, dije. �No lo har�s. No cometer�s esa torpeza, �verdad?�, contest� Vicki. De pronto, guardamos silencio, ya no ten�amos nada que decirnos, los dos con una sonrisa congelada. No le quise preguntar a qui�n iba a votar al d�a siguiente. Me dijo que ten�a que volver a casa para darle de comer al perro, un rottweiler. Madrid se hab�a vuelto muy peligroso. �Hay bandas de atracadores por todas partes. El rottweiler es un perro muy cari�oso con los amos. Me adora.� Viv�a en Aravaca, en una casa con piscina en forma de ri��n y un Neptuno vomitando agua y dos mil metros de jard�n y varios gnomos en el c�sped que segaba un jardinero boliviano. �Desp�dete de este se�or, Ad�n. Este se�or es escritor, �sabes?�</p><p>Comenz� a cundir el rumor de que Jes�s Aguirre estaba enfermo o seriamente deprimido y entre los amigos se especulaba sobre qu� clase de mal le hab�a sobrevenido, pero un d�a todav�a sali� en televisi�n defendiendo muy engallado los derechos de unas tierras de la Casa de Alba que hab�an sido tomadas a la brava por los campesinos en un lugar de Extremadura. Las m�s de dos mil quinientas hect�reas de las dehesas Cabra Alta y Cabra Baja eran trabajadas por los agricultores de Zah�nos y fueron expropiadas en 1990. Sigui� un largo pleito. Al duque se le ve�a dispuesto como un latifundista tenaz a atajar aquel acto de rebeld�a y a resistir cualquier presi�n de la justicia ante una chusma que hab�a traspasado todos los l�mites, entendiendo como l�mites en este caso los lindes de su finca. �A la fuerza, nada�, exclam� con el dedo amenazador. Su imagen fue asimilada a otros casos de expropiaci�n forzosa junto a la figura del alcalde de Marinaleda, un resistente comunista frente a la vieja oligarqu�a agraria. Para el duque eran debates mucho m�s toscos que los distingos escol�sticos entre jesuitas y dominicos, m�s alambicados que las sutilezas teol�gicas de Karl Rahner, m�s profundos hist�ricamente que el neomarxismo cr�tico de Walter Benjam�n y sobre todo m�s agrios y con olor a ajo, pero ah� estaba ahora Jes�s Aguirre entero en el papel de oligarca olivarero. Esos pecados no pod�a perdonarlos. Pese a ese rasgo de car�cter, los rumores de su enfermedad persistieron.</p><p>Rotos ya todos los puentes con los amigos, se dice que iba de palacio en palacio, hac�a escapadas nocturnas embozado como Marcel Proust o el bar�n de Charlus en busca del tiempo perdido, y alg�n gacetillero de baja ley hab�a escrito que el duque de Alba hab�a sido cazado en dos redadas. A veces se le ve�a en la revista <emphasis>Hola</emphasis>con una sonrisa forzada en bodas y funerales, la mirada cada vez m�s perdida. Trat� de llamarle algunas veces por tel�fono pero no hab�a forma de localizarlo. Estaba en el Milanesado o en la Toscana o en Venecia, o en Monterrey de Salamanca o en Las Due�as de Sevilla, en Arbaizenea de San Sebasti�n, o en Marbella o en S'Aufabeguera de Ibiza. Lo imaginaba sentado en la terraza del hotel veneciano Gritti o en el Danieli, como Thomas Mann, siguiendo con la mirada a alg�n joven camarero, contemplando los palacios que se reflejaban en el Gran Canal. No sab�a si hab�a conseguido el sue�o de fotografiarse con un gato en brazos en uno de aquellos palacios, puesto a su nombre en escritura p�blica, antes de que se hundiera en el cieno amarillo lim�n de la laguna. Pensar�a tal vez en la escena de la playa del Lido en <emphasis>MuerteenVenecia,</emphasis>con el adolescente Tadzio en la raya del agua elevando de espaldas el dedo �ndice, que era la se�al con que se reconoc�an la sexualidad diferente Leonardo y Miguel �ngel. �Qu� habr�a sido de aquel Enrique Ruano sino lo hubiera asesinado la polic�a de Franco? Ser�a hoy un famoso abogado, un empresario, de derechas o de izquierdas, o se habr�a perdido en el anonimato convertido en un viejo bronqu�tico con tripa. Sin duda, Jes�s Aguirre recordar�a sus cuitas con aquel joven dandi cuando era su confesor y a�n hoy podr�a enumerar cada uno de sus pecados, los mismos pecados que hab�a perdonado a toda una generaci�n de progres bustelos, solanas, maravalles, en el confesonario de la iglesia de la Universitaria. Tambi�n recordar�a sus propias ca�das. �De todos los pecados prefiero siempre los capitales, los mortales�, hab�a dicho. Su querida prima Mariluz, casada con un norteamericano, un tal Peter Besas, hab�a muerto muy joven en Nueva York en 1962. No asisti� a su primera misa. Le escrib�a cartas de amor a Cristo en las que vaciaba sus primeras dudas, sus primeros sue�os. No siempre le fueron dulces los pecados precoces. Perdido en los salones de alguno de sus palacios, Jes�s Aguirre tambi�n ser�a invadido por la memoria de su madre. Hab�a pasado unos a�os recluida en una residencia de ancianos de la calle Cid, en Madrid. Nunca hab�a ido a verla, ni siquiera cuando la operaron al quedarse casi ciega. Hab�a muerto de c�ncer en la cl�nica Ruber hacia la mitad de los a�os ochenta. Le llamaron del diario <emphasis>ElPa�s </emphasis>para poner una esquela, pero �l se hab�a negado. Quer�a que su muerte pasara inadvertida para la prensa. El m�dico Caba, que la hab�a asistido en toda su enfermedad, le pas� una minuta de 110.000 pesetas. La mujer del m�dico, Anne-Marie, tuvo que ir a cobrarla directamente a Liria despu�s de varios intentos in�tiles. Ya con el sobre en la mano, fue despedida por la puerta de servicio.</p><p>En su memoria comenzar�a a sonar aquella cascada de la Selva Negra con la pareja de corzos mirando c�mo se ba�aba con su amigo Hans. Las canciones tirolesas, el coro de las Valquirias, que acompa�aban los estudios de Teolog�a, la tesis sobre Occam que nunca termin�. La chica muerta en los ba�os romanos de Baden-Baden, las clases de Guardini y su libro <emphasis>El Se�or</emphasis>y de Ratzinger en Munich, la visita a Heidegger en Friburgo, del que se hab�a vengado, cuando tom� conciencia, con un art�culo en <emphasis>El Pa�s</emphasis>en el que le acusaba de colaborador de los nazis. �Ser uno mismo su futuro predecesor�, le hab�a aconsejado su maestro S�hngen. Pero pensaba, como Bernanos, que al final todo es gracia. La muerte. Ten�a noticias de que su amigo el escritor Juan Garc�a Hortelano hab�a desarrollado un c�ncer de pulm�n y que estaba sentenciado. A la sombra de tapices gobelinos donde se establec�an escenas galantes le ven�an a la memoria sus amigos de Santander, sus primeros versos er�ticos que escribi� pensando en su querida prima o en aquel compa�ero del colegio Lasalle, y despu�s la sensaci�n de su nuez de adolescente que le bailaba en el alzacuello clerical. Pepe Hierro. Julio Maruri. Ricardo Gull�n. El padre Federico Sope�a. Mat�as Cort�s. P�o Cabanillas. Aranguren. La�n. Juana Mord�. Javier Pradera. La tenista Lili Alvarez. Gil de Biedma. Carlos Barral. Juan Benet. Pancho P�rez. Pedrusco Diez. Jaime Fierro. Hortelano. Clemente Auger. La hermosa pl�tica que pronunci� en su primera misa en la Universitaria el pensador Francisco P�rez. Un desfile de vivos y muertos pas� por su imaginaci�n aquella tarde aciaga en que esperaba en una salita privada de la cl�nica La Luz a que le dieran el resultado de una biopsia.</p><p>Una enfermera le hizo pasar al despacho del director del servicio de oncolog�a. Se sent� frente a �l en un sill�n negro, alto, muy c�modo. Con un rigor en el rostro que no presagiaba nada bueno, mientras abr�a el sobre de la anal�tica el doctor trat� de calmarlo de su ansiedad con palabras rituales, amables, sosegadas, pero eso no fue obst�culo para que con el mismo tono de voz le manifestara sin ninguna reserva aunque con palabras t�cnicas incomprensibles, neoplasia o algo as�, el mal que ten�a en la faringe. ��Eso qu� significa, doctor?�, pregunt� Aguirre con una angustia que ya no daba lugar a iron�as. �Eso significa que has desarrollado un c�ncer y que est� en su fase m�s aguda. Pero eso no significa que te vayas a morir. Hoy la medicina est� muy avanzada. Nos vamos a cruzar con ese demonio en unas sesiones de quimio y de radioterapia. Te pondr�s bien. Ya ver�s�, contest� el doctor. ��Un c�ncer a m�, decimoctavo duque de Alba, un c�ncer a m�, Jes�s Aguirre? �Un c�ncer a m�, que fui un elegido de Dios? �Voy a perder el pelo?� �No necesariamente�, dijo el doctor.</p><p>Se puso a llorar, como todos. Lloraba por nada. Al o�r m�sica, al ver que el perro le lam�a los zapatos, al sentir cualquier perfume que le llevaba a fiestas lejanas, al respirar el aire del jard�n del palacio, al contemplar la foto de Aranguren y de Enrique Ruano en su gabinete, al leer cualquier verso. Lloraba. Lloraba. El 26 de enero de 2001, un parte m�dico de la cl�nica La Luz inform� de que Jes�s Aguirre se encontraba ingresado all� desde la semana anterior para recibir un tratamiento oncol�gico por un carcinoma de faringe localizado. Para estas sesiones de radioterapia ten�a que guardar turno en un peque�o sal�n, pero tratando de ser el primero y de no cruzarse con nadie en los pasillos del hospital, llegaba siempre a las ocho de la ma�ana embozado con gafas negras, el cuello de la gabardina subido hasta las orejas y el ala del sombrero doblada hacia las cejas, pero un d�a se encontr� con que en la sala ya esperaba un paciente misterioso, quien al verlo entrar le dijo: �Se�or duque, bienvenido a Hades, la regi�n de los muertos�. La fiesta hab�a acabado. Poco despu�s supo que Juan Benet ten�a un c�ncer en el cerebro y trataba de operarse en Suecia, un pa�s donde suelen dar el Premio Nobel.</p><p>A caballo del segundo milenio de esta era cristiana llegaban bandadas de grajos radioactivos y pasaban bajos por encima del palacio de Liria. Jos� Mar�a Aznar hab�a ganado otras elecciones generales, esta vez con mayor�a absoluta. Poco despu�s cas� a su hija en el monasterio de El Escorial y por la gran explanada de granito desfil� la nueva corte de los milagros. Muchos de aquellos invitados estaban en busca y captura, unos de la justicia y otros de su propia conciencia. Aznar hab�a entrado en una fase de locura personal desde el momento en que, fum�ndose un puro, puso las patas en la mesa del amo del imperio George Bush, y en compensaci�n el amo del imperio George Bush puso sobre el hombro de Aznar su garra de tigre en las Azores.</p><p>Aquel primer atentado de la Yihad Isl�mica en el merendero El Descanso acaecido d�as antes de que Jes�s Aguirre, decimoctavo duque de Alba, me nombrara su bi�grafo ante el rey de Espa�a, en el claustro de la Universidad de Alcal�, tuvo una r�plica feroz, como sucede en los movimientos s�smicos que nacen del fondo de la tierra. El odio isl�mico hab�a reventado despu�s de los a�os en la espantosa tragedia de la estaci�n de Atocha, que entre otros muchos cad�veres tambi�n se llev� al gobierno de Aznar por los aires. Y en esto volvieron al poder los socialistas.</p><p>Las postrimer�as consist�an en pedir confesi�n, y nadie sabe si en la soledad del palacio de Liria, al o�r detr�s muy cerca los pasos de la Dama Blanca, ahogados por alfombras y tapices, Jes�s Aguirre pidi� un sacerdote para vaciarse de todo el terror. Puede que desde una ventana de palacio contemplara las nuevas rosas que hab�an florecido en las tapias, el ruido que produc�a la ciudad, las trompetas del Juicio Final que no eran sino los alaridos de las ambulancias y de los bomberos. La primavera estaba reventando en todas las acacias. �Cu�nto tarda en morir el d�a! Fueron las mismas palabras que hab�a pronunciado su amigo Enrique Ruano ante una puesta de sol infinita.</p><p>Una de aquellas ambulancias cuyo lamento o�a Jes�s Aguirre desde su lecho de agonizante se detuvo bajo los leones mesopot�micos de la cancela de Liria. Hab�a sido llamada con urgencia por el duque de Huescar, pero ya era demasiado tarde. En una habitaci�n de palacio rodeado de �leos de Tiziano y de bombonas de ox�geno, con un libro de Goethe entre frascos de medicinas en la mesilla de noche, bajo el denso perfume de l�udano, su �ltimo incienso, expir� el decimoctavo duque de Alba, el 11 de mayo de 2001, a las cinco en punto de la tarde, cuando otros arist�cratas y terratenientes amigos ocupaban la barrera de las Ventas en la tercera corrida de abono de la feria de San Isidro. Cayetana se encontraba en Sevilla entregando un premio a Curro Romero. Muri� solo y el llanto de la ambulancia, su �nica pla�idera, fue lo �ltimo que oy� Aguirre, el magn�fico en este mundo. Tambi�n cantaban los p�jaros en los �lamos de palacio excitados por el calor de una primavera ya rabiosa. El agonizante no pronunci� ninguna frase para la historia. Despu�s son� Mozart para ilustrar la capilla ardiente, instalada en Liria, por donde desfilaron los amigos de su juventud, aquellos que compartieron con �l los sue�os del amor a la inteligencia, pero no llegaron todos. Unos hab�an muerto, otros se encontraban en paradero desconocido. Jes�s Aguirre fue enterrado al d�a siguiente en el pante�n que la Casa de Alba posee en el convento de las madres dominicas en el pueblo de Loeches, a veintiocho kil�metros de Madrid. All� consigui� escalar finalmente el h�roe un gran sarc�fago de m�rmol por cuya conquista luch� toda su vida.</p></section><section><title><p>Manuel Vicent</p></title><image l:href="#1"/><empty-line/><subtitle>***</subtitle><empty-line/><image l:href="#2"/></section></body><binary id="cover" 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