<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>antique</genre><author><first-name>Gary</first-name><last-name>Jennings</last-name></author><book-title>El otono azteca</book-title><lang>ru</lang></title-info><document-info><author><first-name>Gary</first-name><last-name>Jennings</last-name></author><program-used>calibre 2.30.0, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date>28.6.2015</date><id>84018e70-12cc-45b1-a582-b6e3e30749fa</id><version>1.0</version></document-info><publish-info/></description><body><section><p><strong>Oto�o Azteca</strong></p><p><strong>Gary Jennings</strong></p><p><image l:href="#1"/></p><p><image l:href="#0"/></p><p><strong>1</strong></p><p>Todav�a puedo verlo arder.</p><p>Aquel lejano d�a en que contempl� como prend�an fuego a un hombre yo ten�a dieciocho a�os, de manera</p><p>que ya hab�a visto morir a otras personas, ya fuera ofrecidas a los dioses en sacrificio, ejecutadas por alg�n</p><p>crimen atroz o, simplemente, muertos de forma accidental. Pero los sacrificios siempre se hab�an l evado a</p><p>cabo  por  medio  del  cuchil o   de  obsidiana  que  arranca   el  coraz�n.  Las  ejecuciones  siempre  se  hab�an</p><p>realizado con la espada maqu�huitl, con flechas o con la "guirnalda de flores" que estrangula. Los muertos</p><p>de forma accidental eran en su mayor�a pescadores de nuestra ciudad, una ciudad situada al lado del</p><p>oc�ano, que de alg�n modo hab�an ca�do en desgracia de la diosa del agua y se hab�an ahogado. En los</p><p>a�os transcurridos desde  aquel d�a  he  visto  tambi�n  morir a  gente en la  guerra  y de otras muchas y</p><p>variadas   maneras,   pero   nunca   antes   hab�a   visto   dar   muerte   a   un   hombre   prendi�ndole   fuego</p><p>deliberadamente, ni he vuelto a verlo desde entonces.</p><p>Mi madre y mi t�o estaban entre la inmensa multitud a la que los soldados espa�oles de la ciudad hab�an</p><p>ordenado asistir a la ceremonia, de manera que supuse que aquel acontecimiento iba encaminado a ser</p><p>una especie de lecci�n para todos los que no �ramos espa�oles. En realidad los soldados agruparon,</p><p>empujaron y l evaron en manada a tantos de los nuestros hasta la plaza central de la ciudad, que en el a</p><p>est�bamos apretujados unos contra otros. Dentro de un espacio delimitado por un cord�n de soldados se</p><p>alzaba   un   poste   de   metal  que   estaba   clavado   a   las   losas   de   la   plaza.  Aun   lado   del   mismo   se   hab�a</p><p>construido para la ocasi�n una plataforma y sobre el a se encontraban sentados o de pie varios sacerdotes</p><p>cristianos   espa�oles,   todos   el os,   igual   que   nuestros   sacerdotes,   ataviados   con   t�nicas   negras   que</p><p>ondeaban al viento.</p><p>Dos fornidos soldados espa�oles condujeron al condenado hasta la plaza y lo empujaron con rudeza dentro</p><p>de aquel espacio despejado. Cuando vimos que no se trataba de un espa�ol p�lido y barbudo, sino de un</p><p>miembro de nuestro propio pueblo, o� que mi madre exclamaba con un suspiro: -Ayya ou�ya...</p><p>Y lo mismo hicieron muchos otros entre la multitud.</p><p>El hombre vest�a una prenda suelta, informe y descolorida, y en la cabeza l evaba una escu�lida corona de</p><p>hierba. Que yo alcanzaba a ver, su �nico adorno era cierta clase de colgante que l evaba atado con un</p><p>cordel de cuero alrededor del cuel o y que bril aba cuando le daba el sol.</p><p>El hombre era bastante viejo, incluso mayor que mi t�o, y no ofreci� resistencia ante los guardias. En efecto,</p><p>aquel hombre parec�a estar o bien resignado a su destino o bien indiferente a �l, as� que no s� por qu�</p><p>decidieron sujetarlo fuertemente con ligaduras. Un tremendo pedazo de cadena de metal se descolg� sobre</p><p>�l, una cadena de tales dimensiones que un solo eslab�n de la misma bast� para que le introdujeran la</p><p>cabeza a la fuerza  y le aprisionaran el cuel o. Luego fijaron la cadena al poste vertical y los guardias</p><p>empezaron a apilarle alrededor de los pies un mont�n de le�a. Mientras hac�an aquel o, el m�s viejo de los</p><p>sacerdotes de la plataforma -el jefe de todos el os, supuse- empez� a hablarle al prisionero, dirigi�ndose a</p><p>�l  por  un   nombre   espa�ol,   Juan   Damasceno.   Luego   comenz�   a   hacer   una   larga   arenga,   en   espa�ol,</p><p>naturalmente, lengua que en aquel a �poca yo a�n no hab�a aprendido. Pero un sacerdote m�s joven que</p><p>iba ataviado con unas vestimentas ligeramente distintas a las de los dem�s fue traduciendo las palabras de</p><p>su jefe en fluido n�huatl, lo que para m� supuso una considerable sorpresa.</p><p>Eso me permiti� comprender que el sacerdote m�s viejo estaba enumerando las acusaciones contra el</p><p>condenado, y tambi�n que intentaba, con voz alternativamente zalamera o enojada, convencer a aquel</p><p>hombre de que se enmendase, mostrase contrici�n o algo por el estilo. Pero incluso traducidos a mi idioma</p><p>nativo, los t�rminos y expresiones empleados por el sacerdote me resultaban desconcertantes. Despu�s de</p><p>un rato largo y prolijo, al prisionero se le concedi� permiso para hablar. Lo hizo en espa�ol, y cuando lo que</p><p>dec�a se tradujo al n�huatl, lo entend� con claridad.</p><p>-Excelencia, una vez, cuando todav�a era un ni�o peque�o, me promet� a mi mismo que si alguna vez me</p><p>eleg�an para la Muerte Floral, aunque fuese en un altar extranjero, no degradar�a la dignidad de mi partida.</p><p>Juan Damasceno no dijo nada m�s, pero entre los sacerdotes, guardias y otros funcionarios presentes se</p><p>produjo un gran revuelo; se pusieron a conferenciar y a gesticular antes de que finalmente se diera una</p><p>orden muy firme y uno de los soldados aplicase una antorcha a la pila de le�a que hab�a a los pies del</p><p>prisionero.</p><p>Como   es   bien   sabido,   los   dioses   y   diosas   obtienen   un   mal�volo   placer   cuando   dejan   perplejos   a   los</p><p>mortales.   Con   frecuencia   confunden   nuestras   mejores   intenciones,   complican   nuestros   planes   m�s</p><p>sencil os y frustran hasta la m�s peque�a de nuestras ambiciones. Y a menudo hacen esas cosas con</p><p>facilidad, simplemente organizando lo que parece ser una mera cuesti�n de coincidencia. Y si yo no supiera</p><p>que no es as�, habr�a asegurado que no hab�a sido m�s que una mera coincidencia lo que nos l ev� a los</p><p>tres, a Mixtzin -mi t�o-, a su hermana Cuicani y al hijo de �sta -yo mismo, Tenamaxtli-, a la Ciudad de</p><p>M�xico en aquel d�a concreto. Doce a�os antes bien cumplidos, en nuestra propia ciudad de Aztl�n, el</p><p>Lugar de las Garcetas Nevadas, lejos hacia el noroeste, en la costa del mar Occidental, nos hab�a l egado</p><p>la primera noticia asombrosa: que el �nico Mundo hab�a sido invadido por forasteros de piel p�lida y tupida</p><p>barba. Se dec�a que hab�an venido de m�s al � del mar Oriental en casas enormes que flotaban sobre el</p><p>agua y estaban impulsadas por enormes alas como las de las aves. Yo s�lo ten�a seis a�os por entonces, y</p><p>todav�a tendr�a que esperar otros siete para poder vestir, debajo del manto, el taparrabos m�xtiatl que</p><p>significa haber alcanzado la virilidad. Yo era, por lo tanto, una persona insignificante, sin importancia alguna.</p><p>Pero ten�a una curiosidad precoz y era muy agudo de o�do. Adem�s mi madre, Cuic�ni, y yo resid�amos en</p><p>el palacio de Aztl�n con mi t�o  Mixtzin,   su hijo Yeyac y  su  hija Am�yatl, as�  que  me pod�a enterar de</p><p>cualquier noticia que l egase y de cualquier comentario que esa noticia provocase entre el Consejo de</p><p>Portavoces de mi t�o.</p><p>Como indica el sufijo "tzin" del nombre de mi t�o, �ste era un noble, el m�s alto noble entre nosotros los</p><p>aztecas, y era el Uey-Tecutli, -el Gobernador Reverenciado, de Aztl�n. Alg�n tiempo antes, cuando yo era</p><p>s�lo un beb� que apenas daba sus primeros pasos, el difunto Uey-Tlatoani Moctezuma, Portavoz Venerado</p><p>de los mexicas, la naci�n m�s poderosa de todo el �nico Mundo, hab�a concedido a nuestra entonces</p><p>peque�a aldea el estatus de "colonia aut�noma de los mexicas". Ennobleci� a mi t�o Mixtli como el se�or</p><p>Mixtzin, lo puso a gobernar Aztl�n y le orden� construir aquel lugar y convertirlo en una colonia pr�spera,</p><p>populosa y civilizada de la cual los mexicas pudieran enorgul ecerse. As� que, aunque est�bamos muy</p><p>distantes   de   la   ciudad   capital,   Tenochtitlan,   el   coraz�n   del   �nico   Mundo,   los   veloces   mensajeros   de</p><p>Moctezuma l evaban rutinariamente a nuestro palacio de Aztl�n, igual que a las dem�s colonias, cualquier</p><p>noticia que se estimase de inter�s para sus subgobernadores. Desde luego la noticia de aquel os intrusos</p><p>del otro lado del mar era cualquier cosa menos rutinaria. Caus� no poca consternaci�n y especulaciones</p><p>entre el Consejo de Portavoces de Aztl�n.</p><p>-En los antiguos archivos de diversas naciones de nuestro �nico Mundo -dijo el anciano Cana�tli, nuestro</p><p>Evocador de la Historia, que casualmente tambi�n era el abuelo de mi t�o y de mi madre- esta  escrito que a</p><p>la Serpiente Emplumada, el en otro tiempo m�s grande de todos los monarcas, el Quetzalc�atl de los</p><p>toltecas (que con el tiempo fue venerado como el mayor de los dioses), se le describ�a con la piel muy</p><p>blanca y la cara barbuda.</p><p>-�Acaso est�s sugiriendo...? -intervino otro de los miembros del Consejo, un sacerdote de Huitzilopochtli,</p><p>nuestro dios de la guerra.</p><p>Pero Cana�tli le hizo cal ar, como yo habr�a podido advertirle al sacerdote que ocurrir�a, pues sab�a bien</p><p>c�mo le gustaba hablar a mi bisabuelo.</p><p>-Tambi�n est� escrito que Quetzalc�atl abdic� de su gobierno de los toltecas a consecuencia de haber</p><p>hecho algo vergonzoso. Puede que su pueblo nunca lo hubiera sabido, pero �l lo confes� todo. En estado</p><p>de embriaguez, despu�s de haber abusado del octli, la bebida embriagadora, cometi� el acto de ahuilnema</p><p>con su propia hermana. O,  seg�n dicen algunos,  con su propia hija.  Los toltecas adoraban  tanto a la</p><p>Serpiente Emplumada que sin duda le hubieran perdonado su mala conducta, pero �l no pudo perdonarse a</p><p>si mismo.</p><p>Varios de los consejeros asintieron solemnemente. Cana�tli continu� hablando:</p><p>-Por eso construy� una balsa a la oril a del mar (unos dicen que la construy� con plumas entretejidas, otros</p><p>que la hizo con serpientes entrelazadas) y se fue flotando hacia el otro lado del mar Oriental. Sus s�bditos</p><p>se postraron en la playa y comenzaron a lamentarse a voz en grito de su partida. As� que �l les habl� y les</p><p>asegur� que alg�n d�a, cuando hubiera hecho suficiente penitencia en el exilio, regresar�a. Pero con el paso</p><p>de los a�os los toltecas se fueron extinguiendo poco a poco hasta desaparecer. Y a Quetzalc�atl no se le</p><p>ha vuelto a ver.</p><p>-�Hasta ahora? -rugi� el t�o Mixtzin. Casi nunca demostraba un temperamento muy acalorado ni alegre, y la</p><p>noticia que hab�a l evado el mensajero no era como para l enarlo de regocijo-. �Es eso lo que quieres decir,</p><p>Cana�tli?</p><p>El anciano se encogi� de hombros y dijo: -�Aquin ixnentla?</p><p>-�Qui�n sabe? -le hizo eco otro de los ancianos del Consejo-. Yo s� de eso, pues he sido pescador durante</p><p>mi vida de trabajo. Ser�a casi imposible hacer que una balsa se fuera flotando hasta el otro lado del mar.</p><p>Imposible hacerla pasar m�s al � de las olas grandes, de las olas largas y rizadas y del flujo hacia tierra que</p><p>forman las olas.</p><p>-Quiz�   no sea imposible para un dios -sugiri� otro-. De todos modos, si la Serpiente Emplumada tuvo</p><p>grandes dificultades para hacerlo, parece que ha aprendido de la experiencia, si ahora ha viajado desde al �</p><p>con casas haladas.</p><p>-�Y para qu� habr�a de necesitar la Serpiente Emplumada m�s de uno de esos buques? -pregunt� otro-. Se</p><p>march� solo. Pero parece que regresa con una tripulaci�n numerosa. O con pasajeros.</p><p>-Han transcurrido haces y haces de a�os desde que se march� -dijo Cana�tli-. Dondequiera que haya ido,</p><p>bien   podr�a   haberse   casado   con   una   esposa   tras   otra   y   haber   as�   engendrado   naciones   enteras   de</p><p>progenie.</p><p>-Si �ste es realmente Quetzalc�atl que vuelve -intervino el sacerdote del dios de la guerra con una voz que</p><p>le temblaba ligeramente- �alguno de vosotros es consciente de los efectos que puede tener este hecho?</p><p>-Espero   que   haya   muchos   cambios,   y   para   mejor   -respondi�   mi   t�o,   que   encontraba   cierto   placer   en</p><p>desconcertar a los sacerdotes-. La Serpiente Emplumada fue un dios apacible y beneficioso. Todas las</p><p>historias concuerdan: nunca antes de su �poca, ni despu�s de la misma, el �nico Mundo ha disfrutado de</p><p>tanta paz, felicidad y buena fortuna como entonces.</p><p>-Pero nuestros dem�s dioses quedar�n relegados a una posici�n inferior, incluso sumidos en la oscuridad</p><p>-dijo el sacerdote de Huitzilopochtli al tiempo que se retorc�a las manos-. Y eso es lo que nos ocurrira  a</p><p>todos nosotros, los sacerdotes de los dem�s dioses. Se nos rebajara, caeremos m�s bajo que los m�s</p><p>bajos de los esclavos. Seremos depuestos... despedidos... desechados para que mendiguemos y muramos</p><p>de hambre.</p><p>-Tal como he dicho -gru�� mi irreverente t�o-. Cambios para mejor.</p><p>Bien, el Uey-Tecutli Mixtzin y su Consejo de Portavoces pronto quedaron desenga�ados de cualquier idea</p><p>acerca   de   que   los   reci�n   l egados   trajeran   consigo   al   dios   Quetzalc�atl   o   fueran   sus   representantes.</p><p>Durante   el   a�o   y   medio   siguiente   m�s   o   menos,   apenas   pas�   un   mes   sin   que   un   mensajero   veloz</p><p>procedente de Tenochtitlan trajera noticias cada vez m�s asombrosas y desconcertantes. Por uno de el os</p><p>supimos que los forasteros no eran m�s que hombres, no dioses ni de la progenie de los dioses, y que se</p><p>hac�an l amar espa�oles o castel anos. Los dos nombres parec�an ser intercambiables, pero el segundo era</p><p>para   nosotros   m�s   f�cil   de   transmutar   al   n�huatl,   as�   que   durante   mucho   tiempo   todos   nosotros   nos</p><p>refer�amos a los extranjeros como los caxtiltecas. Luego, el siguiente mensajero que l eg� hasta nosotros</p><p>nos informar�a de que los caxtiltecas se parec�an a los dioses, por lo menos a los dioses de la guerra, en</p><p>que eran rapaces, feroces, despiadados y �vidos de conquista, porque ahora se estaban abriendo camino a</p><p>la fuerza hacia tierra adentro desde el mar Oriental.</p><p>M�s   tarde   el   siguiente   mensajero   nos   informar�a   de   que   los   caxtiltecas   exhib�an   ciertamente   atributos</p><p>divinos, o al menos m�gicos, tanto en sus m�todos como en sus armas de guerra, porque muchos de el os</p><p>cabalgaban montados en gigantescos ciervos machos sin cuernos, algunos bland�an temibles tubos que</p><p>descargaban truenos y rel�mpagos y otros ten�an flechas y lanzas cuyo extremo era de un metal que nunca</p><p>se   doblaba   ni   se   romp�a,   y   todos   el os   l evaban   armadura   del   mismo   metal,   armadura   que   resultaba</p><p>impenetrable para los proyectiles ordinarios.</p><p>Luego l eg� un mensajero que l evaba puesto el manto blanco de luto y el pelo trenzado del modo que era</p><p>indicativo de malas noticias. La informaci�n que nos dio fue que los invasores hab�an ido derrotando tribu</p><p>tras tribu y naci�n tras naci�n en su avance hacia el oeste: los totonacas, los tepeyahuacas, los texcaltecas;</p><p>y  luego   hab�an   engrosado  sus  propias filas con  los  guerreros  nativos  supervivientes.  De  modo que  el</p><p>n�mero de combatientes de que dispon�an no disminu�a, sino que aumentaba continuamente a medida que</p><p>avanzaban. (Yo podr�a mencionar, desde mi ventajosa percepci�n retrospectiva, que muchos de aquel os</p><p>guerreros nativos no eran demasiado reacios a unirse a las fuerzas de los extranjeros, porque su propia</p><p>gente hab�a estado pagando de mala gana y durante mucho tiempo tributos a Tenochtitlan, y ahora ten�an</p><p>esperanzas de resarcirse contra los dominadores mexicas.</p><p>Por �ltimo l eg� a Aztl�n un mensajero veloz, con manto blanco y peinado que significaba malas noticias,</p><p>para decirnos que los hombres blancos caxtiltecas y sus aliados nativos ya se hab�an adentrado en el</p><p>propio Tenochtitlan, el coraz�n del �nico Mundo, e, inconcebiblemente, por invitaci�n personal del en otro</p><p>tiempo  poderoso  y  ahora  irresoluto  Portavoz  Venerado  Moctezuma.  Adem�s,  aquel os  intrusos  no s�lo</p><p>hab�an seguido avanzando y continuaban hacia el oeste, sino que hab�an ocupado la ciudad y parec�an</p><p>inclinados a establecerse y quedarse al �.</p><p>El  �nico  miembro   de  nuestro   Consejo  de  Portavoces que  hab�a   temido  en  gran  medida  la  l egada  de</p><p>aquel os extranjeros, me refiero al sacerdote del dios Huitzilopochtli, �ltimamente se hab�a sentido muy</p><p>animado   al   saber   que   no   estaba   a   punto   de   ser   depuesto   al   regreso   de   Quetzalc�atl.   Pero   qued�</p><p>consternado de nuevo cuando este �ltimo mensajero veloz tambi�n inform� de otras cosas:</p><p>-En cada ciudad, en cada pueblo y en cada aldea a lo largo del camino hacia Tenochtitlan, los b�rbaros</p><p>caxtiltecas han destruido todos los templos teocali, han derribado las pir�mides tlamanacali y han volcado y</p><p>destruido las estatuas de todos y cada uno de nuestros dioses y diosas. Y en su lugar los extranjeros han</p><p>erigido toscas efigies de madera de una mujer blanca sosamente remilgada que sostiene en los brazos a un</p><p>beb� blanco. Estas im�genes, dicen los b�rbaros, representan a la madre mortal que dio a luz a un ni�o</p><p>dios, y son los cimientos de su religi�n, l amada Crixtan�yotl.</p><p>As� que nuestro sacerdote se retorci� un poco m�s las manos. Por lo visto estaba fatalmente condenado a</p><p>que se le desplazara de todos modos... y ni siquiera por uno de los antiguos dioses de nuestra propia tierra,</p><p>uno que ten�a grandeza y estatura, sino por una nueva religi�n incomprensible que, evidentemente, rend�a</p><p>culto a una mujer corriente y a un ni�o carente de ingenio.</p><p>Aquel mensajero fue el �ltimo que l eg� hasta nosotros desde Tenochtitlan o desde cualquier otro lugar de</p><p>las tierras de los mexicas que trajera lo que pod�amos asumir como noticias dignas de cr�dito y autorizadas.</p><p>Despu�s s�lo o�mos rumores que se propagaban de una comunidad a otra y que acababan por l egar hasta</p><p>nosotros por medio de alg�n viajero que recorr�a la regi�n o que remaba en una canoa acali costa arriba.</p><p>De todos esos rumores hab�a que cribar lo imposible y lo il�gico, milagros y presagios supuestamente</p><p>vistos por sacerdotes y clarividentes, exageraciones atribuibles a las supersticiones de la gente com�n, esa</p><p>clase de cosas, porque, de todos modos, lo que quedaba despu�s de la criba que pod�a reconocerse por lo</p><p>menos como posible, ya resultaba de por s� bastante espantoso.</p><p>En el transcurso del tiempo o�mos decir, y no ten�amos motivos para no creerlas, las siguientes cosas: que</p><p>Moctezuma hab�a muerto a manos de los caxtiltecas; que los dos Portavoces Venerados que le hab�an</p><p>sucedido,   aunque   por   poco   tiempo,   tambi�n   hab�an   perecido;   que   la   ciudad   de   Tenochtitlan,   -casas,</p><p>palacios,   templos,   mercados,   incluso   la   imponente   icpac   tlamanacali   ,   la   Gran   Pir�mide-   hab�a   sido</p><p>derribada y reducida a escombros; que las tierras de los mexicas y de sus naciones tributarias ya eran</p><p>propiedad de los caxtiltecas; que cada vez ven�an m�s casas flotantes del otro lado del mar Oriental y</p><p>vomitaban   un   n�mero   mayor   de   aquel os   hombres   blancos,   y   que   aquel os   guerreros   extranjeros   se</p><p>extend�an en abanico  hacia el norte, el oeste  y el sur para seguir conquistando y sometiendo a otros</p><p>pueblos  y tierras  m�s  lejanos.  Y seg�n   estos  rumores,   dondequiera   que   fueran  los caxtiltecas  apenas</p><p>necesitaban hacer uso de sus letales armas.</p><p>-Deben de ser sus dioses, esa mujer blanca con el ni�o, que Mictlan maldiga, quienes hacen la carnicer�a</p><p>-nos dijo un informador-. Infligen a poblaciones enteras enfermedades que matan a todos excepto a los</p><p>hombres blancos.</p><p>-Y son enfermedades horribles -nos inform� otro transe�nte-. He o�do decir que la piel de las personas se</p><p>l ena de for�nculos y p�stulas espantosas, y que sufren agon�as indecibles durante mucho tiempo antes de</p><p>que la muerte los libere piadosamente.</p><p>-Hordas enteras de nuestra gente se mueren de esa plaga -nos explic� otro-. Pero los hombres blancos</p><p>parecen inmunes. Tiene que ser un encantamiento maligno realizado por la diosa y el diosecito.</p><p>Tambi�n   o�mos   decir   que   a   los   supervivientes   �tiles,   ya   fueran   hombres,   mujeres   o   ni�os,   dentro   de</p><p>Tenochtitlan y en sus alrededores, se los obligaba a realizar trabajos de esclavo, y que se utilizaba cualquier</p><p>material que pudiera rescatarse de entre las ruinas para reconstruir la ciudad. Pero ahora �sta iba a ser</p><p>conocida, por orden de los conquistadores, como la Ciudad de M�xico. Segu�a siendo la capital de lo que</p><p>hab�a sido el Unico Mundo, pero �ste, por orden de los conquistadores, de al � en adelante se l amar�a</p><p>Nueva Espa�a. Y seg�n dec�an los rumores, la nueva ciudad no se parec�a en nada a la vieja; los edificios</p><p>eran de dise�o muy complejo y ten�an una ornamentaci�n que los caxtiltecas deb�an de hacer para recordar</p><p>a su Vieja Espa�a, dondequiera que estuviese.</p><p>Cuando finalmente l eg� hasta nosotros, los de Aztl�n, la voz de que los hombres blancos estaban luchando</p><p>para subyugar los territorios de los pueblos otoml y purepecha, esper�bamos que aquel os intrusos l egaran</p><p>pronto   hasta   el   umbral,   por   as�   decirlo,   de   nuestras   tierras,   porque   el   l�mite   norte   de   la   tierra   de   los</p><p>purepechas, l amada Michoac�n, no est� a m�s de noventa y una carreras largas de Aztl�n. Sin embargo</p><p>los purepechas opusieron una fiera e incansable resistencia que mantuvo a los invasores atascados al �, en</p><p>Michoac�n, durante varios a�os. Mientras tanto el pueblo otoml simplemente se derriti� ante los atacantes y</p><p>les permiti� tomar aquel pa�s con todo lo que tuviera de valor. Y no ten�a mucho para nadie, ni siquiera para</p><p>los rapaces caxtiltecas, porque no era ni es mas que lo que l amamos la Tierra de los Huesos Muertos:</p><p>�rida, inh�spita y desierta, como lo es tambi�n toda la regi�n situada al norte de Michoac�n.</p><p>As� que finalmente los hombres blancos se dieron por satisfechos y detuvieron su avance en el l�mite</p><p>meridional de aquel nada hermoso desierto (lo que el os l aman el Gran Lugar Yermo). En otras palabras,</p><p>establecieron la frontera septentrional de su Nueva Espa�a a lo largo de una l�nea que se extend�a por el</p><p>oeste desde el lago Chapalan hasta la costa del mar Oriental aproximadamente, y as� ha permanecido</p><p>hasta el d�a de hoy. D�nde qued� por fin establecida la frontera meridional de Nueva Espa�a, no tengo ni</p><p>idea. S� s� que algunos destacamentos de los caxtiltecas conquistaron y se asentaron en los territorios, que</p><p>en otro tiempo fueron de los mayas, de Ulu�mil Kutz y Quautemalan, y todav�a m�s al sur en las ardientes y</p><p>humeantes Tierras Calientes. En otro tiempo, los mexicas hab�an comerciado con esas tierras, pero a pesar</p><p>de su enorme poder no hab�an tenido deseos de qued�rselas o habitarlas.</p><p>Durante los azarosos a�os cuya cr�nica he esbozado aqu�, tambi�n tuvieron lugar otros acontecimientos</p><p>concernientes a mi propia juventud, que eran m�s de esperar y menos de hacer �poca. El d�a en que</p><p>cumpl� siete a�os me l evaron ante el viejo y apergaminado tonalpoqui de Aztl�n, el que pone los nombres,</p><p>para que pudiera consultar el libro ton�lmatl de nombres (y sopesar todos los augurios, buenos y malos,</p><p>que concurrieron a la hora de mi nacimiento) y as� fijar en m� el apelativo que l evar�a para siempre desde</p><p>entonces. Mi primer nombre, naturalmente, hab�a de ser simplemente el del d�a en que vine al mundo:</p><p>Chicuace-X�chitl,   Seis-Flor.   De   segundo   nombre,   el   viejo   vidente   eligi�   para   mi,   por   tener   "buenos</p><p>portentos", seg�n �l, T�otl-Tenamaxtli, Aguerrido y Fuerte como la Piedra.</p><p>Al mismo tiempo que me convert� en Tenamaxtli comenc� mi escolarizaci�n en las dos telpochcaltin de</p><p>Aztl�n, la Casa de Acumular Fuerza y la Casa de Aprender Modales. Cuando cumpl� los trece a�os y vest�</p><p>el taparrabos de la virilidad, me gradu� en esas dos escuelas inferiores y asist� s�lo a la szalm�cac de la</p><p>ciudad, donde sacerdotes importados de Tenochtitlan, que eran a la vez profesores, ense�aban el arte de</p><p>conocer las palabras y muchas otras materias: historia, medicina, geograf�a, poes�a... casi cualquier clase</p><p>de conocimiento que un disc�pulo deseara poseer.</p><p>-Tambi�n es hora -me dijo mi t�o Mixtzin el d�a en que cumpl� trece a�os- de que celebres otro tipo de</p><p>graduaci�n. Ven conmigo, Tenamaxtli.</p><p>Me acompa�� por las cal es hasta el mejor anyanicati de Aztl�n y, de las numerosas hembras que resid�an</p><p>al �, eligi� la m�s atractiva, una chica casi tan joven y casi tan bel a como la propia Am�yatl, la hija de mi t�o,</p><p>y le recomend�:</p><p>-Este joven se hace hombre hoy. Querr�a que le ense�ases todo lo que un hombre debe saber acerca del</p><p>acto de ahuilnema. Dedica la noche entera a su educaci�n.</p><p>La muchacha sonri� y respondi� que as� lo har�a. Y lo hizo. Debo decir que disfrut� completamente con sus</p><p>atenciones y con las actividades de la noche, y por el o le qued� poderosamente agradecido a mi generoso</p><p>t�o. Pero tambi�n debo confesar que, sin que �l lo supiera, yo ya hab�a estado saboreando de antemano</p><p>aquel os placeres durante algunos meses antes de merecer el taparrabos viril.</p><p>As� las cosas, durante aquel os a�os y los que siguieron, Aztl�n nunca fue visitada ni siquiera por una</p><p>patrul a perdida de las fuerzas caxtiltecas, ni lo fueron ninguna de las comunidades con las cuales nosotros,</p><p>los   aztecas,   nos   comunic�bamos.   Desde   luego,   las   tierras   al   norte   de   Nueva   Espa�a   hab�an   estado</p><p>siempre escasamente pobladas en comparaci�n con las tierras del centro. No me habr�a sorprendido si, al</p><p>norte de nuestras tierras, existieran tribus ermita�as que a�n no hubieran ni o�do ni siquiera que el Unico</p><p>Mundo hab�a sido invadido o que exist�a algo como hombres de piel blanca.</p><p>Aztl�n y esas otras comunidades se sintieron, naturalmente, aliviadas al comprobar que los conquistadores</p><p>no las molestaban, pero tambi�n hal amos que aquel a seguridad nuestra basada en el aislamiento l evaba</p><p>consigo algunas desventajas. Puesto que nosotros y nuestros vecinos no quer�amos atraer la atenci�n de</p><p>los caxtiltecas, no enviamos a ninguno de nuestros mercaderes viajeros pochtecas, ni siquiera a alg�n</p><p>mensajero veloz, para que se aventurasen a cruzar la frontera de Nueva Espa�a. Aquel o signific� que</p><p>nosotros nos quedamos voluntariamente apartados de cualquier comercio con las comunidades situadas al</p><p>sur de aquel a l�nea. Y aquel os hab�an sido antes los mejores mercados para vender nuestros productos</p><p>cultivados   y   fabricados   en   casa:   leche   de   coco,   dulces,   licor,   jab�n,   perlas   y   esponjas;   y   de   esas</p><p>comunidades nos hab�amos procurado art�culos que no se encontraban en nuestras tierras: toda clase de</p><p>comodidades,   desde   granos   de   cacao   hasta   algod�n,   incluso   la   obsidiana   que   necesit�bamos   para</p><p>nuestras herramientas y armas. As� que los jefes de diversos pueblos de nuestro alrededor, Yak�reke,</p><p>T�piz, Tecuexe y otros, empezaron a enviar discretos grupos de exploradores en direcci�n sur. Iban en</p><p>grupos de tres; uno de el os siempre era una mujer, iban desarmados y sin armadura y l evaban ropa</p><p>sencil a de campesinos para as� aparentar ser sencil a gente de campo que caminaban denodadamente</p><p>para dirigirse  a alguna inocua reuni�n familiar en alguna parte. No l evaban consigo nada que pudiera</p><p>levantar las sospechas o la rapacidad de ning�n soldado fronterizo caxtilteca; normalmente no l evaban</p><p>m�s que una bolsa de cuero que conten�a agua y otra de pinoli para l evar las provisiones del viaje.</p><p>Los exploradores avanzaban con aprensi�n comprensible sin saber qu� peligros podr�an encontrar en el</p><p>camino. Pero tambi�n iban l enos de curiosidad, y su misi�n consist�a en informar al regreso a sus jefes de</p><p>lo que hubieran visto acerca de la vida en las tierras centrales, en los pueblos y ciudades y, en especial, en</p><p>la Ciudad de M�xico, ahora que todo estaba gobernado por los hombres blancos. De aquel os informes</p><p>depender�a   la   decisi�n   de   nuestros   pueblos:   bien   iniciar   una   aproximaci�n   y   aliarnos   con   los</p><p>conquistadores, con la esperanza de reanudar el comercio normal y el intercambio social; bien permanecer</p><p>apartados, inadvertidos  e independientes,  aunque por el o m�s pobres; o  bien concentrarnos  en reunir</p><p>fuerzas poderosas, defensas inexpugnables y un arsenal de armas para luchar por nuestras tierras cuando</p><p>los caxtiltecas l egaran a venir, si es que ven�an.</p><p>Bien, con el tiempo casi todos los exploradores fueron regresando a intervalos, ilesos y a salvo de cualquier</p><p>infortunio, ya fuera a la ida o a la vuelta. S�lo uno o dos grupos hab�an l egado a ver un centinela fronterizo,</p><p>pero excepto que los exploradores hab�an quedado sobrecogidos de pavoroso respeto al ver por primera</p><p>vez a un hombre blanco de carne y hueso, no ten�an nada que informar acerca del hecho de cruzar la</p><p>frontera. Aquel os guardias los hab�an ignorado como si no fueran m�s que lagartos del desierto que iban</p><p>en busca de un nuevo terreno donde buscar comida. Y por toda Nueva Espa�a, en el campo, en las aldeas,</p><p>en los pueblos  y ciudades, incluida la  Ciudad  de M�xico,  no hab�an visto  -ni hab�an o�do  de boca de</p><p>ninguno de los habitantes de aquel os parajes- evidencia alguna de que los se�ores dominadores fueran,</p><p>en nada, m�s estrictos o severos de lo que hab�an sido los gobernantes mexicas.</p><p>-Mis exploradores -dijo K�vari, tlatocapili de la aldea de Yak�reke- me informan de que a todos los pipiltin</p><p>supervivientes   de   la   corte   de   Tenochtitlan,   y   a   los   herederos   de   aquel os   se�ores   que   no   l egaron   a</p><p>sobrevivir, se les ha permitido conservar las tierras y dem�s propiedades de sus familias, as� como sus</p><p>privilegios de nobles. Se les ha tratado con gran indulgencia por parte de los conquistadores.</p><p>-Sin embargo, excepto esos pocos que se siguen considerando se�ores o nobles -intervino Teciuapil, jefe</p><p>de Tecuexe-, ya no quedan pipiltin. Ni macehualtin de la clase obrera ni siquiera t�acotin esclavos. Nuestra</p><p>gente es considerada igual, y todos trabajan en lo que aquel os hombres blancos les ordenan hacer. Eso</p><p>me han dicho mis exploradores.</p><p>-S�lo uno de mis exploradores ha regresado -dijo Tototl, jefe de T�piz-. Y me informa de que la Ciudad de</p><p>M�xico est� casi terminada, excepto algunos edificios grandiosos que siguen en construcci�n. Desde luego,</p><p>ya   no   son   templos   de   los   antiguos   dioses.   Pero   los   mercados,   me   ha   dicho,   son   como   hormigueros</p><p>florecientes. Por eso mis otros dos exploradores, un matrimonio, Netzlin y Citlali, prefirieron quedarse al � a</p><p>probar fortuna.</p><p>-No me sorprende -gru�� mi t�o Mixtzin, a quien los dem�s jefes hab�an venido a informar-. Semejantes</p><p>patanes campesinos nunca, en su vida, habr�an visto una ciudad. No es de extra�ar que den informes</p><p>favorables de los nuevos gobernantes. Son demasiado ignorantes para hacer comparaciones.</p><p>-�Ayya! -buf� K�vari-. Por lo menos nosotros y nuestro pueblo hicimos un esfuerzo por investigar, mientras</p><p>tus aztecas y t� os quedasteis sentados aqu�, muy complacidos.</p><p>-K�vari   tiene   raz�n   -opin�   Teciuapil-.   Acordamos   que   todos   nosotros,   los   jefes,   nos   reunir�amos,</p><p>hablar�amos  de  lo   que   nos  hubi�ramos  enterado   y  luego   decidir�amos  nuestra   l�nea   de   actuaci�n   con</p><p>respecto a los invasores caxtiltecas. Pero t�, Mixtzin, lo �nico que haces es hablar con desprecio.</p><p>-S� -dijo Tototl-. Si tanto menosprecias los honrados esfuerzos de nuestros patanes campesinos, Mixtzin,</p><p>env�a a alguno de tus educados y refinados aztecas. O a alguno de tus domesticados inmigrantes mexicas.</p><p>Pospondremos nuestras decisiones hasta que el os regresen.</p><p>-No -respondi� mi t�o tras unos instantes de profunda reflexi�n-. Como esos mexicas que ahora viven entre</p><p>nosotros, yo tambi�n vi una vez la ciudad de Tenochtitlan cuando estaba en el cenit de su poder y de su</p><p>gloria. Ir� en persona. -Se dio la vuelta hacia mi-. Tenamaxtli, prep�rate y dile a tu madre que se prepare.</p><p>El a y t� me acompa�ar�is.</p><p>De manera que �se fue el orden de los acontecimientos que nos l evaron a los tres de viaje a la Ciudad de</p><p>M�xico, donde yo obtendr�a el reacio permiso de mi t�o para quedarme y residir durante alg�n tiempo y</p><p>donde yo aprender�a muchas cosas, incluida vuestra lengua espa�ola. Sin embargo nunca me tom� el</p><p>tiempo necesario para aprender a leer y a escribir vuestra lengua, que es por lo que en este momento te</p><p>estoy relatando mis recuerdos, mi querida muchacha, mi inteligente, bel �sima y adorada Ver�nica, para que</p><p>t� puedas escribir mis palabras a fin de que todos mis hijos y todos los hijos de nuestros hijos las lean alg�n</p><p>d�a.</p><p>Y la culminaci�n de aquel a sucesi�n de acontecimientos fue que mi t�o, mi madre y yo l egamos a la</p><p>Ciudad de M�xico en el mes de Panqu�tzal�ztli, en el a�o Trece-Junco, que vosotros l amar�ais octubre, del</p><p>a�o de Cristo  1531, en el preciso d�a -cualquiera, menos los dioses  caprichosos y  traviesos lo habr�a</p><p>considerado una coincidencia- en que el viejo Juan Damasceno fue quemado hasta morir.</p><p>Todav�a puedo verlo arder.</p><p><strong>2</strong></p><p>Para gobernar Aztl�n durante su ausencia, Mixtzin nombr� corregentes a su hija Am�yatl y a Kauri, consorte</p><p>de �sta, junto con mi bisabuelo Cana�tli (que ya deb�a de tener casi dos haces de a�os por entonces, pero</p><p>era evidente que iba a vivir eternamente), que deb�a ejercer de sabio consejero. Luego, sin nada m�s que</p><p>hacer y sin ceremonias de partida, Mixtzin, Cuikani y yo salimos de la ciudad en direcci�n al sudeste. Era la</p><p>primera   vez   que   me   alejaba   considerablemente   del   lugar   donde   hab�a   nacido.   As�   que,   aunque   era</p><p>realmente consciente de la seria intenci�n de nuestra aventura, para m� el horizonte era una sonrisa amplia</p><p>y acogedora. Me l amaba toda clase de experiencias y cosas nuevas que ver. Por ejemplo, en Aztl�n el alba</p><p>siempre l egaba tarde y con luminosidad plena, porque primero ten�a que saltar por encima de las monta�as</p><p>que hab�a tierra adentro. Ahora, una vez que hubimos cruzado esas monta�as y nos encontramos ya en un</p><p>terreno m�s l ano, realmente vi romper el alba, o m�s bien lo vi desplegarse como una cinta de color tras</p><p>otra: violeta, azul, rosa, perla, dorado. Luego los p�jaros empezaron a dejarse o�r para saludar el nuevo d�a;</p><p>cantaban una m�sica toda el a de notas verdes. Era oto�o, as� que no se esperaban l uvias, pero el hielo</p><p>era del color del viento y por �l se mec�an las nubes, l evadas por el aire, que eran siempre las mismas pero</p><p>nunca   eran   las   mismas.   Los   �rboles   que   soplaban   y   danzaban   eran   m�sica   visible,   y   las   flores   que</p><p>inclinaban la cabeza y asent�an las plegarias que el as mismas dec�an. Cuando el crep�sculo oscureci� la</p><p>tierra las flores se cerraron, pero las estrel as se abrieron en el cielo. Siempre me he alegrado de que esas</p><p>flores de las estrel as est�n fuera del alcance de los hombres, pues de otro modo las habr�an robado hace</p><p>mucho tiempo. Por fin, al caer la noche, se alzaron las suaves brumas de color paloma, que yo creo son</p><p>agradecidos suspiros de la tierra que se va a acostar cansada.</p><p>El viaje era largo, m�s de doscientas carreras largas, porque no pod�a hacerse en l�nea recta. Tambi�n era</p><p>a menudo arduo y con frecuencia cansado, pero nunca result� realmente peligroso, porque Mixtzin ya hab�a</p><p>recorrido antes aquel a ruta. Lo hab�a hecho unos quince a�os atr�s, pero todav�a recordaba el camino m�s</p><p>corto   para   atravesar   abrasadoras   zonas   de   desierto,   la   manera   m�s   f�cil   de   rodear   las   bases   de   las</p><p>monta�as en lugar de tener que trepar por el as y los lugares menos profundos por donde pod�amos vadear</p><p>los  r�os  sin  tener  que  esperar, confiando  en  que   pasara  alguien  en  un  acali.   Sin  embargo,  a  menudo</p><p>tuvimos que desviarnos para alejarnos de los senderos que �l recordaba a fin de dar un prudente rodeo en</p><p>aquel as partes de Michoac�n donde, seg�n nos dijeron los lugare�os, todav�a se libraban batal as entre los</p><p>implacables caxtiltecas y los orgul osos y testarudos purepechas.</p><p>Cuando en alg�n lugar de las tierras de los tepanecas por fin empezamos a encontrarnos de vez en cuando</p><p>con alg�n hombre blanco, con aquel os animales l amados cabal os, con los otros animales l amados vacas</p><p>y con los otros animales l amados perros, hicimos cuanto pudimos por asumir un aire de indiferencia, como</p><p>si l ev�ramos toda la vida acostumbrados a verlos. Los hombres blancos parec�an igualmente indiferentes a</p><p>nuestro paso, como si nosotros tambi�n fu�ramos animales corrientes y molientes.</p><p>Durante todo el camino, el t�o Mixtzin no dej� de se�alarnos a mi madre y a mi los lugares de inter�s que</p><p>recordaba de su anterior viaje: monta�as de forma curiosa; estanques de agua demasiado amarga para ser</p><p>potable, pero tan caliente que echaba vapor al sol; �rboles y cactus de especies que no crec�an donde</p><p>nosotros viv�amos, algunos de los cuales ten�an frutos deliciosos. Tambi�n hizo alg�n comentario (aunque</p><p>nosotros   ya   hab�amos   o�do   todo   eso   antes,   y  m�s   de   una   vez)   acerca   de   las   dificultades  de   aquel a</p><p>excursi�n anterior a Tenochtitlan.</p><p>-Como sab�is, mis hombres y yo l ev�bamos rodando el gigantesco disco de piedra tal ada que representa</p><p>a  Coyolxauqui,   la  diosa  de la   luna;   lo   l ev�bamos  para  ofrec�rselo  como   regalo  al  Portavoz  Venerado</p><p>Moctezuma. Un disco es redondo, cierto, y se podr�a suponer que rodar�a f�cilmente por el camino. Pero un</p><p>disco tambi�n es plano por ambas caras. As� que un bache inesperado en el suelo o una s�bita desigualdad</p><p>hacia que se ladease. Y aunque mis hombres eran fornidos y estaban atentos a lo que hac�an, no siempre</p><p>consegu�an evitar que la piedra cayera por completo de lado; incluso a veces, y me duele decirlo, la querida</p><p>diosa ca�a plana de cara. �Y lo que pesaba? Levantar aquel a cosa y ponerla de pie de nuevo requer�a que</p><p>cada vez, lo juro por Mict�an, tuvi�semos que suplicar la ayuda de cualquier hombre que se encontrase en</p><p>los alrededores... -Y Mixtzin segu�a evocando, como hab�a hecho m�s de una vez anteriormente-: Incluso</p><p>estuve a punto de no conocer al Uey-Tlatoani Moctezuma, porque me prendieron los guardias del palacio y</p><p>por muy poco me meten en prisi�n por saquear la ciudad. Como pod�is imaginar, todos �bamos sucios y</p><p>fatigados cuando l egamos, y nuestra ropa estaba rota y maltrecha, de manera que sin duda parec�amos</p><p>salvajes que hubieran l egado al � a la deriva desde alg�n lugar remoto. Adem�s, Tenochtitlan era la primera</p><p>y   �nica   ciudad   de   todas   las   que   hab�amos   atravesado   que   ten�a   cal es   y   unas   calzadas   estupendas</p><p>pavimentadas con piedras. No se nos ocurri� que al hacer rodar nuestra maciza Piedra de la Luna por</p><p>aquel as cal es aplastar�a y romper�a el elegante pavimento. Y entonces los guardias, muy enojados, se</p><p>echaron sobre nosotros...</p><p>Y Mixtzin se ech� a re�r al recordarlo. A medida que nos acerc�bamos a Tenochtitlan nos enter�bamos, por</p><p>medio de la gente por cuyas comunidades pas�bamos, de unas cuantas cosas que nos prepararon para</p><p>que al l egar a nuestro destino no pareci�semos unos absolutos patanes de campo. En primer lugar nos</p><p>enteramos de  que a  los hombres blancos no les gustaba que  los l amasen caxtiltecas.  Nos hab�amos</p><p>equivocado al suponer que los dos nombres, castel anos y espa�oles, eran intercambiables. Desde luego,</p><p>m�s tarde l egu� a comprender que todos los castel anos eran espa�oles, pero que no todos los espa�oles</p><p>eran  castel anos; que  estos �ltimos proced�an de una  provincia   en particular de Vieja  Espa�a l amada</p><p>Castil a. De cualquier manera, de al � en adelante los tres tuvimos buen cuidado de referirnos a los hombres</p><p>blancos como espa�oles y a su lengua como el espa�ol. Tambi�n nos aconsejaron que tuvi�ramos cuidado</p><p>en cuanto a l amar la atenci�n de los espa�oles hacia nosotros.</p><p>-No pase�is por la ciudad boquiabiertos -nos recomend� un individuo del campo que hab�a estado al � hac�a</p><p>poco- Caminad siempre a paso vivo, como si tuvierais un objetivo preciso hacia el que os dirig�s. Y al</p><p>hacerlo es prudente tambi�n l evar siempre algo a cuestas. Me refiero a ladril os para la construcci�n,</p><p>bloques  de   madera   o   rol os  de   cuerda,   como   si   fuerais   de   camino   a   alguna   tarea   que   se   os   hubiera</p><p>asignado. De otro modo, si and�is por ah� con las manos vac�as, cualquier espa�ol que se encargue de</p><p>supervisar alg�n proyecto de obra, con toda seguridad os dar   un trabajo que hacer. Y es   mejor que lo</p><p>hag�is.</p><p>As�, advertidos de antemano, los tres continuamos camino. E incluso desde el primer momento en que la</p><p>vimos, desde lejos, la Ciudad de M�xico, que se alza desde el fondo de aquel val e en forma de taz�n, nos</p><p>result� impresionante con aquel volumen enorme. Sin embargo nuestra entrada fue un poco decepcionante.</p><p>Mientras camin�bamos por una calzada de piedra larga, amplia y con barandil a, que nos l ev� desde el</p><p>pueblo de Tepeyaca, en tierra firme, hasta las islas de la ciudad, mi t�o murmur�:</p><p>-Es extra�o. Esta calzada pasaba por encima de una extensi�n de agua que se hal aba casi siempre como</p><p>un hormiguero l eno de acaltin de todos los tama�os. Pero ahora mirad c�mo est�.</p><p>As� lo hicimos, y no vimos otra cosa debajo de nosotros que una inmensa extensi�n de tierra mojada m�s</p><p>bien maloliente y l ena de fango, malas hierbas y ranas junto con unas cuantas garzas; muy parecido a los</p><p>pantanos que rodeaban Aztl�n antes de que fueran drenados.</p><p>Pero   m�s  al �   de   la   calzada   estaba   la   ciudad.   Y yo,   aunque   estaba   advertido   de  antemano,   sent�   de</p><p>inmediato,   lo   que   me   sucedi�   en   varias   ocasiones   a   lo   largo   de   aquel   d�a,   la   tentaci�n   de   hacer</p><p>precisamente lo que nos hab�an dicho que no hici�ramos; porque la grandeza y magnificencia de la Ciudad</p><p>de   M�xico   eran   tales   que   me   qued�   pasmado   y   sumido   en   una   inm�vil   actitud   de   admiraci�n   y   de</p><p>com�rmelo todo con los ojos. Afortunadamente en estas ocasiones mi t�o me daba un empuj�n para que</p><p>avanzase, porque �l, por su parte, no estaba muy impresionado por las hermosas vistas de aquel lugar,</p><p>pues hab�a tenido ocasi�n de ver la panor�mica de la desaparecida Tenochtitlan. Y de nuevo nos hizo un</p><p>comentario a mi madre y a mi.</p><p>-Ahora nos encontramos en el barrio de Ixacualco, sin duda el mejor distrito residencial de la ciudad, donde</p><p>viv�a aquel amigo mio l amado tambi�n Mixtli, el que me hab�a convencido para que me trajese la Piedra de</p><p>la Luna; lo visit� en su casa mientras estuve aqu�. Su casa y las que la rodeaban eran entonces mucho m�s</p><p>variadas y hermosas. Estas nuevas se parecen unas a otras. Amigo -le pregunt� a un transe�nte que</p><p>l evaba una carga de le�a sujeta con una correa alrededor de la frente al tiempo que lo tomaba de la mano-,</p><p>amigo, �este barrio de la ciudad todav�a se conoce con el nombre de Iixacualco?</p><p>-Ayya -mascul � el hombre mientras le dirig�a a Mixtzin una mirada recelosa-. �C�mo es que no lo sabes?</p><p>Este barrio ahora se l ama San Sebasti�n Ixacualco.</p><p>-�Y qu� significa "San Sebasti�n"? -quiso saber mi t�o.</p><p>El hombre puso en el suelo la carga de le�a.</p><p>-Santo es una clase de dios menor de los cristianos espa�oles. Sebasti�n es el nombre de uno de esos</p><p>santos, pero de qu� es dios, eso nunca me lo han dicho.</p><p>As� que seguimos adelante y el t�o Mixtzin continu� con su narraci�n:</p><p>-Fijaos. Aqu� hab�a un canal ancho, siempre concurrido y l eno de tr�fico de inmensos acaltin de carga. No</p><p>tengo idea de por qu� lo habr�n rel enado y pavimentado hasta convertirlo en una cal e. Y al �... ayyo, ah�,</p><p>delante de vosotros, hermana, sobrino -hizo un gesto impresionante y amplio con ambos brazos-, ah�,</p><p>cercado por la ondulante Mural a Serpiente pintada de muchos y vivos colores, eso era un extenso espacio</p><p>abierto, una plaza de m�rmol reluciente que era el centro del Coraz�n del Unico Mundo. Y en el a, al � a lo</p><p>lejos, estaba el suntuoso palacio de Moctezuma. Y al � estaba la pista para los juegos de pelota tiach�l</p><p>ceremoniales. Y al � la Piedra de Tizoc, donde los guerreros se bat�an en duelo a muerte. Y al �... -Se</p><p>interrumpi� para coger por el brazo a un transe�nte que l evaba un cesto de mortero de cal-. Dime, amigo,</p><p>�qu� es ese edificio gigantesco y tan feo que todav�a se encuentra en construcci�n al �?</p><p>-�Eso? �No lo sabes? Pues �se ser  el templo central de los sacerdotes cristianos. Quiero decir la catedral.</p><p>La iglesia catedral de San Francisco.</p><p>-Otro de sus santos, �eh? -dijo Mixtzin-. �Y de qu� aspecto del mundo es responsable ese dios menor?</p><p>El hombre respondi� con desasosiego:</p><p>-Por   lo   que   yo   s�,   forastero,   da   la   casualidad   de   que   s�lo   es   el   dios   favorito   y   personal   del   obispo</p><p>Zum�rraga, el jefe de todos los sacerdotes cristianos.</p><p>Y luego el hombre se alej� muy ligero.</p><p>-Yya ayya -se lament� el t�o Mixtzin-. Ninotlancuicui en Teo Francisco. Me importa un bledo el peque�o dios</p><p>Francisco. Si �se es su templo, resulta pobre sustituto de su predecesor. Porque al �, hermana, sobrino, al �</p><p>se alzaba el m�s sobrecogedor edificio que se erigi� nunca en el Unico Mundo. Era la Gran Pir�mide, una</p><p>construcci�n maciza pero gr�cil, y tan elevada hacia el cielo que hab�a que escalar ciento cincuenta y seis</p><p>pelda�os de m�rmol para alcanzar la cima; y al � uno se sobrecog�a de nuevo al contemplar los templos de</p><p>bril antes colores y los tejados peinados de los dioses Tl�loc y Huitzilopochtli. Ayyo, pero esta ciudad ten�a</p><p>dioses dignos de celebrarse en aquel os d�as! Y. .</p><p>Se interrumpi� bruscamente cuando a los tres nos empujaron de pronto hacia adelante. Hubi�ramos podido</p><p>estar   de   pie   en   una   playa   de   espaldas   al  mar,  sin   contar   las  olas,   y   as�   haber  recibido   la   avalancha</p><p>inesperada de la siempre grande s�ptima ola. Lo que nos empuj� por detr�s fue una multitud de gente a la</p><p>que los soldados estaban conduciendo en manada al interior de la plaza abierta que nosotros hab�amos</p><p>estado contemplando. Nos encontr�bamos en la parte delantera de la multitud y logramos permanecer los</p><p>tres juntos. As�, cuando la plaza estuvo l ena a rebosar, hubo cesado el trasiego y todo estuvo tranquilo, nos</p><p>dimos cuenta de que ten�amos una vista sin obst�culos de la plataforma a la cual estaban subiendo los</p><p>sacerdotes y del poste de metal hasta el cual se condujo y se at� al acusado. Ten�amos una vista bastante</p><p>mejor de lo que, mirando hacia el pasado en retrospectiva, hubiera deseado tener. Porque todav�a puedo</p><p>verlo arder.</p><p>Como he dicho, el anciano Juan Damasceno s�lo habl� brevemente antes de que se aplicara la antorcha a</p><p>la le�a que hab�a amontonada alrededor de �l. Y luego no profiri� queja ni gemido alguno, ni siquiera</p><p>suspir� a medida que el fuego le consum�a el cuerpo. Y ninguno de los que presenciamos aquel o emitimos</p><p>sonido alguno tampoco, excepto mi madre, que exhal� un �nico sol ozo. Pero no obstante hab�a sonidos.</p><p>Todav�a puedo o�rlo arder.</p><p>Entre aquel os sonidos estaban el crepitar de la madera al cumplir su funci�n de combustible, los �vidos</p><p>leng�etazos y lametazos de las l amas, los sonidos cercanos producidos por la piel del hombre al abultarse</p><p>hasta formar ampol as que reventaban al instante, el chisporroteo y el siseo de la carne, el silbido de la</p><p>sangre al evaporarse, los chasquidos y crujidos que se produc�an al contra�rsele tensamente los m�sculos</p><p>por el calor hasta romperle los huesos de su interior y, hacia el final, el indescriptible y horrendo sonido del</p><p>cr�neo al estal ar en fragmentos a causa de la presi�n del cerebro que herv�a dentro de �l.</p><p>Todos pudimos tambi�n olerlo mientras ard�a. El aroma de la carne humana al cocerse es, al principio, tan</p><p>deliciosamente apetitoso como el de cualquier otra clase de carne que se est� asando como es debido.</p><p>Pero luego aquel a carne asada en particular empez� a quemarse y se percibi� el olor a chamuscado y a</p><p>humo, el olor rancio de la grasa de debajo de la piel al burbujear y derretirse, el duradero olor a quemado</p><p>de su �nica prenda al desintegrarse, el tufo m�s breve, aunque m�s agudo, que se produjo cuando el pelo</p><p>de la cabeza desapareci� en una l amarada, el hedor de los �rganos, las membranas y las v�sceras al</p><p>asarse, el empalagoso, dulce y nauseabundo olor de la sangre al convertirse en vapor, y al cabo de un rato</p><p>el olor caliente y met�lico que se levant� cuando la cadena que lo sujetaba parec�a intentar arder el a</p><p>tambi�n,   y  el polvoriento   olor  de   los  huesos  al  convertirse  en  cenizas,   y  la   peste  repulsiva  cuando   el</p><p>intestino de aquel hombre y sus contenidos fecales fueron incinerados.</p><p>Puesto que el hombre que estaba atado al poste tambi�n pod�a ver, o�r y oler todas aquel as cosas variadas</p><p>que le suced�an a �l mismo, empec� a preguntarme qu� le estar�a pasando por la cabeza durante aquel</p><p>tiempo.   No   emiti�   ni   un   sonido,   pero   seguramente   ten�a   que   estar   pensando   en   algo.   �En   qu�?</p><p>�Lamentar�a las cosas que hab�a hecho o dejado de hacer y que le hab�an conducido a aquel espantoso</p><p>final? �Se recrear�a y saborear�a los peque�os placeres, incluso las aventuras que hubiera disfrutado en</p><p>alg�n momento de su vida? �Pensar�a en los seres queridos que dejaba atr�s? No, con la edad que ten�a lo</p><p>m�s probable era que hubiese sobrevivido a todos el os, excepto quiz� a sus hijos y a sus nietos, si es que</p><p>los hab�a tenido, pero por fuerza ten�a que haber habido mujeres en su vida; aunque viejo, todav�a era un</p><p>hombre de buen aspecto cuando subi� al poste. Adem�s hab�a l egado a aquel indecible destino sin miedo</p><p>y sin rebajarse; en sus buenos tiempos seguro que hab�a sido un hombre importante. �Quiz� estuviera</p><p>ahora, a pesar del dolor atroz que padec�a, ri�ndose por dentro de la iron�a de haber sido en otro tiempo</p><p>alto y poderoso y de haber ca�do tan bajo al final?</p><p>�Y cu�l  de   sus  sentidos,   me  preguntaba   yo,   ser�a   el  primero   en   extinguirse?   �Le   durar�a   la   visi�n   lo</p><p>suficiente para poder ver c�mo lo miraban sus ejecutores y c�mo sus paisanos se api�aban alrededor? �Se</p><p>estar�a preguntando en qu� pensaban los vivos al verle morir? �Pod�a ver c�mo sus propias piernas se</p><p>encog�an, retorci�ndose, ennegreci�ndose, mientras �l colgaba suspendido de la cadena que se rizaba</p><p>contra su vientre? �Y luego c�mo los brazos hac�an lo mismo, encogi�ndose, tost�ndose y enrosc�ndosele</p><p>en el pecho como si sus miembros estuvieran tratando de proteger el torso para el que hab�an trabajado</p><p>fielmente durante su vida? �O le habr�a quemado ya el calor los globos oculares cuando todo eso ocurri�,</p><p>de manera que no le quedase m�s luz ni vista para verlo?</p><p>Luego, ciego, �seguir�a por el o�do y el olfato el progreso de su corrupci�n? Los sonidos de las burbujas</p><p>que formaban las ampol as de la piel al aumentar, hacer erupci�n y estal ar viscosamente... �podr�a o�rlos?</p><p>�Podr�a   oler   su   propia   carne   humana   mientras   se   convert�a   en   aquel a   nauseabunda   carro�a   que   ni</p><p>siquiera los buitres tzopilotin querr�an comerse? �O simplemente sentir�a todo eso? Si era as�, �lo sentir�a</p><p>por separado, como pinchazos identificables, o como una agon�a que lo engul �a todo?</p><p>Pero aunque hubiera sido privado de la vista, del o�do, del olfato -y espero que de las sensaciones-, todav�a</p><p>durante  un rato  le  qued�  el cerebro.  �Seguir�a   pensando  hasta  el  �ltimo  instante?  �Temer�a  la   noche</p><p>interminable y la nada del infierno Mict�an? �O so�ar�a con una vida nueva y eterna en la tierra feliz,</p><p>exuberante   y   bril ante   de   Tonatiuh,   el   dios   del   sol?   �O   simplemente   el   cerebro   tratar�a   de   aferrarse</p><p>desesperadamente, aunque s�lo fuese por un poco m�s de tiempo, a los recuerdos de este mundo y de la</p><p>vida que fueran los m�s queridos para �l? �Recuerdos de juventud, de cielo y luz de sol, de amorosas</p><p>caricias, de haza�as y proezas, de lugares que visitara en otro tiempo y que nunca volver�a  a visitar?</p><p>�Habr�a logrado conservar esos pensamientos y recuerdos para su �ltimo y pat�tico solaz hasta el instante</p><p>en que su propia cabeza se resquebraj� y todo acab�?</p><p>Si aquel espect�culo realmente ten�a la intenci�n de dar alguna clase de lecci�n edificante para nosotros, a</p><p>quienes se nos hab�a ordenado mirar, me parece que hab�amos tenido m�s que suficiente desde hac�a ya</p><p>mucho rato. Para empezar, vimos que aquel hombre, Juan Damasceno, mor�a sin ning�n prop�sito �til: ni</p><p>su coraz�n, ni siquiera su sangre fueron a nutrir a ning�n dios, a ninguno de nuestros dioses ni tampoco a</p><p>los de los cristianos. Pero los soldados no nos dejaron marchar antes de que lo hicieran los sacerdotes que</p><p>presid�an el acto, y �stos permanecieron en aquel a plataforma hasta que de su v�ctima no qued� nada que</p><p>no fuera hedor y humo. Estuvieron observando aquel proceso con esa expresi�n seria de quien cumple con</p><p>un   deber   desagradable,   esa   expresi�n   que   cualquier   sacerdote   de   cualquier   religi�n   sabe   asumir   tan</p><p>virtuosamente. Pero sus ojos contradec�an la expresi�n que ten�an en el rostro. Los ojos de los sacerdotes</p><p>bril aban l enos de �vido regocijo y de aprobaci�n ante lo que estaban contemplando. Todos los sacerdotes</p><p>menos uno, debo expresarlo as�: aquel m�s joven que hab�a hecho la traducci�n al n�huatl.</p><p>El rostro de este hombre no estaba serio sino triste, sus ojos no se regodeaban sino que sufr�an. Y cuando</p><p>finalmente los dem�s sacerdotes bajaron de la plataforma y se marcharon, y los soldados nos ordenaron a</p><p>nosotros que nos dispers�semos, aquel joven sacerdote se qued� al � un poco m�s. Se detuvo delante de la</p><p>cadena que colgaba y se balanceaba de un lado a otro, con los eslabones al rojo vivo, y mir� l eno de pena</p><p>hacia abajo, hacia los insignificantes restos de lo que aquel a cadena hab�a sujetado.</p><p>Los dem�s, incluidos mi madre y mi t�o, se apresuraron a marcharse de la plaza. Pero yo tambi�n me</p><p>qued�, junto con el sacerdote; me puse a su lado y me dirig� a �l en el idioma que ambos habl�bamos.</p><p>-Tlamacazqui -le dije con el debido respeto.</p><p>El levant� una mano en se�al de protesta.</p><p>-�Sacerdote? No soy sacerdote -me explic�-. Pero puedo l amar a uno si me dices por qu� deseas hablar</p><p>con un sacerdote.</p><p>-Yo quiero hablar contigo -le indiqu�-. No hablo el espa�ol de los dem�s sacerdotes.</p><p>-Y yo te repito que no soy sacerdote. Y a veces me alegro de el o. Yo s�lo soy Alonso de Molina, notario de</p><p>mi se�or el obispo de Zum�rraga. Y como me tom� la molestia de aprender vuestro idioma, hago tambi�n</p><p>de int�rprete de su excelencia entre tu pueblo y el nuestro.</p><p>Yo  no   ten�a   ni   idea   de   lo   que   pudiera   ser   un   notario,   pero   aquel   hombre   parec�a   amistoso   y   hab�a</p><p>demostrado   cierta   compasi�n   humana   durante   la   ejecuci�n,   cosa   que   los   dem�s  oficiantes   no   hab�an</p><p>hecho.</p><p>De modo que ahora me dirig� a �l con el tratamiento honor�fico que significa m�s que "amigo"; de hecho,</p><p>"hermano", o incluso "hermano gemelo".</p><p>-Cuatl Alonso -le dije-. Me l amo Tenamaxtli. Unos parientes m�os y yo acabamos de l egar de muy lejos</p><p>para  admirar por  primera   vez vuestra  Ciudad  de  M�xico.  No  esper�bamos  que   a los visitantes se  les</p><p>proporcionase un... espect�culo p�blico. S�lo quiero preguntarte esto: a pesar de tu excelente traducci�n no</p><p>he podido, en mi ignorancia provinciana, comprender esos t�rminos de aspecto legal que has pronunciado.</p><p>�Tendr�as la bondad de explicarme, en palabras sencil as, de qu� se acusaba a ese hombre y por qu� se le</p><p>ha ejecutado?</p><p>El notario me estuvo contemplando durante unos instantes. Luego me pregunt�:</p><p>-�No eres cristiano?</p><p>-No, cuatl Alonso. He o�do hablar de Crixtan�yotl, pero no s� nada de esa religi�n.</p><p>-Bien. En palabras sencil as, como pides, te dir� que a don Juan Damasceno se le encontr� culpable de</p><p>haber fingido abrazar nuestra fe cristiana, cuando en realidad hab�a permanecido todo el tiempo sin creer</p><p>en el a. Se neg� a confesar esto, se neg� a renunciar a su antigua religi�n, y por eso se le sentenci� a</p><p>muerte.</p><p>-Empiezo a comprender. Gracias, cuatl. Los hombres pueden elegir entre hacerse cristianos o que los</p><p>ejecuten.</p><p>-Espera, espera. No es eso exactamente, Tenamaxtli. Pero una vez que alguien se hace cristiano, ha de</p><p>seguir si�ndolo.</p><p>-O vuestros tribunales de justicia ordenan que a esa persona se la queme viva.</p><p>-Tampoco es eso exactamente -repuso el notario frunciendo el entrecejo-. Los tribunales seglares pueden</p><p>adjudicar diversos castigos para los distintos tipos de delito. Y si votan por la pena capital, hay varias</p><p>maneras de l evarla a cabo: se le puede fusilar, se le puede matar con la espada, con el hacha de verdugo</p><p>o...</p><p>-O del modo m�s cruel de todos -termin� yo por �l-. En la hoguera.</p><p>-No. -El notario movi� la cabeza de un lado a otro; ahora daba la impresi�n de estar un poco inc�modo-.</p><p>S�lo los tribunales eclesi�sticos de la Inquisici�n pueden pronunciar esa sentencia. Desde luego, �se es el</p><p>�nico medio de ejecuci�n que la Iglesia puede especificar. Ver�s, la Iglesia tiene poder para castigar a</p><p>brujos, brujas y herejes como este difunto Juan Damasceno, pero le est� prohibido derramar sangre. Y est�</p><p>claro que si se quema a alguien no hay derramamiento de sangre. De ese modo est� establecido en la ley</p><p>can�nica, dice c�mo debe la Iglesia ejecutar a esas personas. Por las l amas... y s�lo por las l amas.</p><p>-Comprendo -dije-. Si, hay que obedecer la ley.</p><p>-Me complace decir que esas ejecuciones se l evan a cabo con escasa frecuencia -me explic� el notario-.</p><p>Han pasado tres a�os enteros desde que un marrano fue ejecutado en este mismo lugar por haberse</p><p>mofado de la fe de un modo parecido.</p><p>-Perd�name, cuatl Alonso -le interrump�-. Pero �qu� es un marrano?</p><p>-Un jud�o. Es decir, una persona que habiendo sido anteriormente jud�a se convierte al cristianismo. Y</p><p>Hernando Halevi de Le�n parec�a un converso sincero. Incluso com�a cerdo. As� que se le otorg� una</p><p>rentable concesi�n real de encomienda propia en Actopan, al norte de aqu�. Y se le permiti� casarse con la</p><p>hermosa   Isabel   de  Aguilar,   la   hija   cristiana   de   una   de   las   mejores   familias   espa�olas.   Pero   luego   se</p><p>descubri� que el marrano le prohib�a a do�a Isabel que asistiera a misa en los d�as del mes en que ten�a la</p><p>hemorragia femenina. Obviamente, De Le�n era un falso converso que segu�a observando en secreto las</p><p>perniciosas reglas del juda�smo.</p><p>Para m� aquel o no ten�a ning�n sentido, as� que volv� al asunto que m�s me importaba y le dije:</p><p>-Este hombre de hoy, cuatl... no parec�as muy feliz de verlo arder.</p><p>-Ayya, no te confundas -se apresur� a responder-. Seg�n las creencias, leyes y normas de nuestra Iglesia,</p><p>este Damasceno con toda certeza merec�a ese destino. Yo no discutir�a eso en absoluto. Es s�lo que...</p><p>bueno, con los a�os le hab�a tomado cari�o al viejo. -Ech� una �ltima mirada a las cenizas-. Y ahora, cuatl</p><p>Tenamaxtli, debes excusarme. Tengo obligaciones. Sin embargo, me sentir� muy complacido de volver a</p><p>conversar contigo en otra ocasi�n, siempre que est�s en la ciudad.</p><p>Yo hab�a seguido con los ojos aquel a mirada suya a las cenizas, y me hab�a percatado al instante de que,</p><p>aparte de la cadena de metal y el poste vertical de metal, s�lo una cosa hab�a sobrevivido a las l amas. Era</p><p>el colgante que yo hab�a visto fugazmente antes, aquel objeto que reflejaba la luz, que el hombre muerto</p><p>hab�a l evado colgado alrededor del cuel o.</p><p>Cuando el notario Alonso se dio la vuelta, me apresur� a agacharme y cog� el objeto; tuve que pas�rmelo</p><p>de una mano a otra durante un buen rato porque todav�a abrasaba. Se trataba de un peque�o disco de</p><p>alguna clase de cristal amaril o, y estaba pulido de un modo curioso aunque suave, plano por un lado,</p><p>curvado hacia adentro por el otro. El objeto hab�a colgado de un cordel de cuero, que naturalmente hab�a</p><p>desaparecido, y era evidente que hab�a estado montado en un anil o de cobre porque a�n quedaban restos</p><p>del mismo, aunque la mayor parte se hab�a fundido.</p><p>Ninguno   de   los   soldados   que   patrul aban   por   la   zona   ni   cualquier   otra   persona   espa�ola   de   las   que</p><p>circulaban, despacio o de prisa, por al � haciendo recados y que cruzaban la extensa plaza abierta, prest�</p><p>atenci�n a aquel a acci�n m�a de coger el talism�n amaril o o lo que fuese. As� que me lo met� debajo del</p><p>manto y me march� en busca de mi madre y de mi t�o.</p><p>Los encontr� de pie en un puente que salvaba uno de los pocos canales que quedaban en la ciudad. Mi</p><p>madre hab�a estado l orando, pues todav�a ten�a el rostro mojado por las l�grimas, y su hermano hab�a</p><p>tratado de consolarla rode�ndole los hombros con un brazo. Adem�s mi t�o estaba gru�endo, m�s para si</p><p>mismo que dirigi�ndose a mi madre:</p><p>-Esos exploradores nos dieron buenas informaciones acerca del gobierno de los hombres blancos. Pero no</p><p>es posible que presenciasen nada como esto. Desde luego, cuando regresemos insistir� todo lo que pueda</p><p>para que nosotros los aztecas nos mantengamos alejados de estos aborrecibles... -Se interrumpi� para</p><p>exigirme con enojo-: �En qu� te has entretenido, sobrino? Bien hubi�ramos podido decidir emprender el</p><p>camino de regreso a casa sin ti.</p><p>-Me he quedado para intercambiar unas palabras con ese espa�ol que habla nuestra lengua. Me ha dicho</p><p>que �l le ten�a cari�o a Juan Damasceno.</p><p>-�se no era el nombre verdadero de aquel hombre -me corrigi� mi t�o con voz hosca.</p><p>Mi madre volvi� a emitir un peque�o sol ozo. La mir� con cierto recelo y dije titubeante:</p><p>-Tene, t� has suspirado y has l orado en la plaza. �Qu� preocupaci�n terrena ha podido ser ese hombre</p><p>para ti?</p><p>-Lo conoc�a -dijo mi madre.</p><p>-�C�mo es posible, querida Lene? T� nunca hab�as puesto los pies antes en esta ciudad.</p><p>-No -reconoci� el a-. Pero �l vino una vez, hace mucho tiempo, a Aztl�n.</p><p>-Aunque tan s�lo hubiera sido por el ojo amaril o -me explic� mi t�o-, Cuicani y yo lo habr�amos reconocido.</p><p>-�El ojo amaril o? -repet�-. �Os refer�s a esto?</p><p>Y saqu� el cristal que hab�a cogido de entre las cenizas.</p><p>-�Ayyo! -grit� mi madre con j�bilo-. Un recuerdo del ser querido que se ha marchado.</p><p>-�Por qu� has l amado ojo a esto? -le pregunt� al t�o Mixtzin-. Y si ese hombre no era quien dec�an, Juan</p><p>Damasceno... entonces, �qui�n era?</p><p>-Te he hablado de ese hombre muchas veces, sobrino, pero supongo que no me acord� de decirte lo del</p><p>ojo amaril o. El era ese forastero mexicatl que vino a Aztl�n y result� que ten�a el mismo nombre que yo,</p><p>Tlil�ctic-Mixtli. �l fue quien me inspir� el deseo de empezar a aprender el arte de conocer las palabras. Y</p><p>fue  la   causa   de   que   yo   m�s   tarde   trajera   a   esta   ciudad   la   Piedra   de   la   Luna,   y  de   que   me   diera   la</p><p>bienvenida   el   difunto   Moctezuma,   y   de   que   el   mismo   Moctezuma   me   regalase   todos   esos   guerreros,</p><p>artistas, maestros y artesanos que regresaron conmigo a Aztl�n.</p><p>-Desde luego, recuerdo que me has contado lo que has dicho, t�o. No obstante, �qu� tiene que ver el ojo</p><p>amaril o con todo eso?</p><p>-Ayya, ese pobre cuatl Mixtli ten�a un defecto f�sico, cierta debilidad de la visi�n. Ese objeto que tienes en la</p><p>mano es un disco de topacio amaril o, muy especial y quiz� molido y pulido de forma m�gica. Ese otro Mixtli</p><p>sol�a pon�rselo delante de los ojos siempre que deseaba ver algo con claridad. Pero esa discapacidad</p><p>nunca le impidi� l evar a cabo sus aventuras y exploraciones. Y si se me permite decirlo, en el caso de</p><p>nuestro Aztl�n por lo menos, no le impidi� realizar buenas y grandes acciones.</p><p>-Bien puedes decirlo -murmur�, impresionado-. Y desde luego deber�amos l orarlo. Ese otro Mixtli nos ha</p><p>dado mucho.</p><p>-Y a ti, Tenamaxtli, mucho m�s a�n -dijo en voz baja mi madre-. Ese otro Mixtli era tu padre.</p><p>Me qued� at�nito y sin habla, incapaz durante largo rato de hacer otra cosa que mirar hacia abajo, al</p><p>topacio que ten�a en la mano, el �nico recuerdo del hombre que me hab�a engendrado. Por fin, aunque</p><p>sintiendo que me ahogaba, logr� barbotear:</p><p>-Entonces, �por qu� nos quedamos aqu� parados? �No vamos a hacer nada? �Es que yo, su hijo, no voy a</p><p>hacer nada para vengarme de esos asesinos por la espantosa muerte de mi padre?</p><p><strong>3</strong></p><p>En aquel a �poca todav�a hab�a mucha gente viva  en Aztl�n que recordaba la visita  de aquel mexicatl</p><p>l amado Tlil�ctic Mixtli, Nube Oscura. El t�o Mixtzin la recordaba, desde luego, y tambi�n su hijo Yeyac y su</p><p>hija Am�yatl, aunque por entonces no eran m�s que ni�os peque�os. (Su madre, esposa de mi t�o, que fue</p><p>la primera de todos los aztecas que hab�a hablado con aquel visitante, muri� de fiebre de los pantanos poco</p><p>despu�s.)   Otro   que   la   recordaba   era   el   anciano   Cana�tli,   porque   hab�a   mantenido   muchas   y   largas</p><p>conversaciones con aquel Mixtli en las que le hab�a contado la historia de nuestra Aztl�n. Y la nieta de</p><p>Cana�tli   tambi�n   lo   recordaba,   naturalmente,   porque   el a,   Cuicani,   hab�a   sido   la   m�s   hospitalaria   y</p><p>acogedora de todos los aztecas, pues hab�a compartido su jerg�n con el visitante, hab�a quedado encinta</p><p>de �l y con el tiempo hab�a dado a luz al hijo de aquel hombre, es decir, a m�.</p><p>Estos y otros muchos aztecas recordaban tambi�n cuando, m�s tarde, mi t�o hab�a emprendido viaje a</p><p>Tenochtitlan acompa�ado de un grupo numeroso de hombres que le ayudaron a l evar rodando la Piedra de</p><p>la Luna. Y el triunfal regreso de mi t�o de aquel viaje lo recuerdan v�vidamente todos los habitantes de</p><p>Aztl�n que viv�an en aquel a �poca, incluido yo mismo, que por entonces ten�a tres o cuatro a�os. Cuando</p><p>se   march�   s�lo   era   Tlil�ctic-Mixtli,   tlatocapili   de  Aztl�n.   El   t�tulo   de   tlatocapili   no   era   gran   cosa,   s�lo</p><p>significaba "jefe de tribu", y su dominio se limitaba a una aldea insignificante rodeada de pantanos. Mi t�o</p><p>mismo hab�a descrito Aztl�n en varias ocasiones como "este agujero en el culo del mundo". Pero regres�</p><p>al � con muchas  joyas en  los dedos, engalanado con un  tocado de plumas y acompa�ado  de muchos</p><p>sirvientes. Y ahora se le conocer�a por el nuevo y noble nombre de Tlil�ctic-Mixtzin, se�or Nube Oscura, y</p><p>l evar�a el titulo de Uey-Tecutli, Gobernador Reverenciado.</p><p>Nada m�s l egar, puesto que la poblaci�n adulta se hab�a reunido para ver y admirar su nuevo esplendor, le</p><p>habl� a su pueblo. Puedo repetir sus palabras con bastante exactitud, porque Cana�tli se las aprendi� de</p><p>memoria y me las repiti� cuando fui lo bastante mayor para comprender.</p><p>-Amigos aztecas -comenz� a hablar el Uey-Tecutli Mixtzin en voz alta y con determinaci�n-. En este d�a</p><p>reanudamos nuestra conexi�n familiar, largamente olvidada, con nuestros primos los mexicas, el pueblo</p><p>m�s poderoso del Unico Mundo. De ahora en adelante somos una colonia, y una colonia importante, de</p><p>esos mexicas, porque el os no han tenido con anterioridad un puesto avanzado ni un baluarte cercano al</p><p>mar Occidental al norte de Tenochtitlan que est� tan lejos como �ste. Y nosotros seremos un baluarte! -Hizo</p><p>un gesto hacia el considerable s�quito de personas que lo hab�an acompa�ado-. Los hombres que han</p><p>venido hasta aqu� conmigo no lo han hecho s�lo para hacer de mi regreso un espect�culo impresionante.</p><p>El os y sus familias se van a asentar entre nosotros, van a crear aqu� sus hogares como en otro tiempo lo</p><p>hicieron   sus   antepasados.  A cada   uno   de   estos   valientes,   desde   guerreros   hasta   conocedores   de   las</p><p>palabras, se le eligi� por su destreza y experiencia en diversos oficios y artes. El os os mostrar�n lo que</p><p>puede   ser   este   remoto   basti�n   de   Tenochtitlan,   otra   Tenochtitlan   en   miniatura,   fuerte,   civilizada,   culta,</p><p>pr�spera y orgul osa. -La voz se le hizo a�n m�s fuerte, exigente-. Y vosotros escuchar�is, har�is caso y</p><p>obedecer�is   a   estos   maestros.   Y   ya   nunca   m�s   nosotros,   los   de   Aztl�n,   seremos   torpes,   incultos   ni</p><p>ignorantes,   ni   estaremos   descontentos   de   serlo.   Desde   hoy   en   adelante   todo   hombre,   mujer   y   ni�o</p><p>aprender�,   trabajar�     y   luchar�     hasta   que   seamos,   en   todos   los   aspectos,   equiparables   a   nuestros</p><p>admirables primos mexicas.</p><p>Recuerdo s�lo vagamente c�mo era Aztl�n en aquel os d�as. Tened en cuenta que yo entonces no era m�s</p><p>que un ni�o. Y un ni�o ni estima ni desprecia el pueblo donde vive, no lo percibe ni como grandioso ni como</p><p>miserable; es lo que siempre ha conocido y a lo que se ha acostumbrado. Pero bien sea por retazos de</p><p>recuerdos, bien por lo que me contaron en a�os posteriores, estoy en condiciones de describir bastante</p><p>bien el Lugar de las Garcetas Nevadas tal como era cuando aquel otro Tlil�ctic-Mixtli, el explorador, l eg� a</p><p>�l.</p><p>En primer lugar el "palacio" en el cual viv�an mi t�o el t�atocapili y sus dos hijos -igual que mi madre y yo,</p><p>porque el a se convirti� en el ama de l aves de su hermano despu�s de que muriera la esposa de �ste-</p><p>ten�a numerosas habitaciones, pero era de una sola planta. Estaba hecho de madera, juncos y hojas de</p><p>palmera   y,  hasta   cierto   punto,   lo   hab�an   fortificado   y   "ornamentado",   pues   lo   hab�an   cubierto   con   una</p><p>especie   de   cemento   hecho   de   conchas   machacadas.   El   resto   de   los   edificios   de  Aztl�n   dedicados   a</p><p>viviendas   y   al   comercio   eran,   si   es   que   puede   creerse,   a�n   m�s   endebles   y   de   construcci�n   menos</p><p>hermosa.</p><p>La ciudad estaba asentada sobre una isla de forma ovalada que se encontraba en medio de un lago de</p><p>tama�o considerable. Los lados m�s lejanos del lago no ten�an bordes ni oril as. Sus aguas, salobres y no</p><p>potables,   simplemente   se   iban   haciendo   cada   vez   menos   profundas   con   la   distancia,   todo   alrededor,</p><p>mezcl�ndose con la rezumante tierra pantanosa que, al oeste, se fund�a con el mar. Aquel os pantanos</p><p>exudaban brumas nocturnas h�medas y malsanas, insectos infecciosos y quiz� malos esp�ritus. Mi t�a s�lo</p><p>fue una de las muchas personas que mor�an cada a�o a causa de una fiebre que las consum�a, y nuestros</p><p>m�dicos afirmaban que la fiebre la inflig�an los pantanos de alg�n modo sobre nosotros.</p><p>A pesar de que Aztl�n era un pueblo atrasado en muchos aspectos, nosotros los aztecas por lo menos</p><p>com�amos   bien.   m�s   al �   de   las   tierras   pantanosas   estaba   el   mar   Occidental,   y   del   fondo   del   mismo</p><p>nuestros   pescadores   sacaban,   bien   fuera   con   redes,   con   anzuelo   o   con   arpones,   no   s�lo   los   peces</p><p>comunes   y   abundantes:   rayas,   peces   espada,   platijas,   cangrejos   y   calamares,   sino   tambi�n   sabrosas</p><p>delicadezas: ostras, berberechos, orejas de mar, tortugas y huevos de tortuga, camarones y cigalas. A</p><p>veces, despu�s de una lucha violenta y prolongada que sol�a hacer que uno o m�s de nuestros pescadores</p><p>se   ahogase  o  quedase  inv�lido,  consegu�an  l evar  a  la  oril a   un  yeyemichi.   Es  un  gigantesco   pez  gris</p><p>-algunos l egan a ser tan grandes como un palacio- cuya  captura bien vale  la pena. Nosotros, los del</p><p>pueblo, nos d�bamos un atrac�n con los innumerables y deliciosos filetes que se cortaban de tan s�lo uno</p><p>de   aquel os   inmensos   peces.   En   aquel   mar   tambi�n   se   encontraban   ostras   con   perlas,   pero   nos</p><p>conten�amos de cosecharlas por los motivos que explicar� m�s adelante.</p><p>En cuanto a las verduras, adem�s de las numerosas algas comestibles, tambi�n ten�amos una variedad de</p><p>el as que crec�an en los pantanos. Y las setas se encontraban por doquier; a menudo, sin que nadie las</p><p>invitase,   en   el   suelo   de   tierra   siempre   h�medo   de   nuestras   casas.   La   �nica   verdura   que   en   realidad</p><p>cultiv�bamos   era   pic�etl,   que   se   secaba   para   fumarla.   Con   la   carne   de   los   cocos   se   confeccionaban</p><p>nuestros dulces, y la leche de coco se convert�a en una bebida mucho m�s embriagadora que el octli, tan</p><p>popular   en   todos   los   dem�s   lugares   del   Unico   Mundo.   Otra   clase   de   palmera   nos   daba   los   frutos</p><p>coyacapuli, y la pulpa interior de otra palmera se secaba y se mol�a hasta convertirla en sabrosa harina.</p><p>Incluso otra palmera nos proporcionaba fibra para tejer y hacer tela. Y la piel de tibur�n constituye el mejor y</p><p>m�s  duradero cuero que  se  pueda  desear. Las pieles de las nutrias  marinas cubr�an  nuestros suaves</p><p>jergones de dormir y serv�an para hacer capas de pieles para aquel os viajeros que se adentraban en las</p><p>fr�as y altas monta�as de tierra adentro. Tanto de los cocos como de los peces extra�amos el aceite que</p><p>utiliz�bamos en nuestras l�mparas. (Conceder� que, para cualquier reci�n l egado no habituado, el olor que</p><p>produc�a aquel aceite al arder deb�a de resultar abrumadoramente rancio.)</p><p>Mientras los maestros mexicas de diversas artes paseaban por Aztl�n en un primer recorrido de inspecci�n</p><p>para ver en qu� pod�an contribuir a la mejora de la ciudad, debieron de tener dificultad para contener las</p><p>risas y las mofas. Seguramente encontraron nuestro concepto de "palacio" bastante rid�culo. Y el �nico</p><p>templo de nuestra isla, dedicado a Coyolxauqui, la diosa de la luna, la deidad que en aquel os d�as nosotros</p><p>ador�bamos casi en exclusiva, no estaba construido de forma m�s elegante de lo que lo estaba el palacio,</p><p>aunque ten�a algunas caracolas, buccinos, Strombus y otras conchas incrustadas en el cemento alrededor</p><p>de la puerta.</p><p>Sea como fuere, los artesanos no se desanimaron por lo que vieron. Inmediatamente se pusieron a trabajar</p><p>y encontraron un sitio a cierta distancia de Aztl�n, en otra zona del lago, un mont�culo que en comparaci�n</p><p>no estaba tan empapado como el resto, en el cual levantar temporalmente las casas para el os y sus</p><p>familias. Las mujeres hac�an la mayor parte del trabajo de construcci�n de las casas, utilizando para el o</p><p>todo lo que hubiera a mano: juncos, hojas de palmera y barro. Mientras tanto los hombres se fueron tierra</p><p>adentro, hacia el este, y no tuvieron que recorrer una gran distancia antes de encontrarse en las monta�as.</p><p>Talaron robles y pinos, movieron a brazo los troncos para al anar el terreno del lado del r�o y los partieron,</p><p>los quemaron, los azolaron y los convirtieron en acaltin mucho m�s grandes que cualquiera de nuestras</p><p>naves de pescadores, lo bastante grandes como para transportar cargas pesadas. Aquel as cargas tambi�n</p><p>proced�an   de   las   monta�as,   porque   algunos   de   los   hombres   eran   canteros   expertos   que   estuvieron</p><p>buscando hasta encontrar dep�sitos de tierra caliza que excavaron profundamente, y luego rompieron la</p><p>piedra para formar grandes bloques y losas. Y en aquel mismo lugar de la cantera los cuadraban, los</p><p>nivelaban toscamente y luego los cargaban en los acaltin, que los transportaban por un r�o hasta el mar, y</p><p>de al � continuaban bordeando la costa hasta un entrante que hab�a en el mar y que conduc�a hasta nuestro</p><p>lago.</p><p>Los alba�iles mexicas empezaron por alisar y pulir las primeras piedras que se trajeron y luego las utilizaron</p><p>para erigir un palacio nuevo como es debido para mi t�o Mixtzin. Cuando estuvo terminado se vio que quiz�</p><p>no  hubiera  podido  rivalizar  con  ninguno  de los palacios  de Tenochtitlan,  pero para nuestra ciudad,  sin</p><p>embargo, era un edificio ante el cual nos qued�bamos maravil ados. Ten�a una altura de dos plantas y un</p><p>tejado curvo que lo hac�a el doble de alto; conten�a tantas habitaciones -incluido un imponente sal�n del</p><p>trono para el Uey-Tecutli- que incluso Yeyac, Am�yatl y yo ten�amos cada uno un dormitorio individual. Eso</p><p>era algo que por entonces desconoc�an casi todas las personas de Aztl�n, no digamos ya tres ni�os de</p><p>doce, nueve y cinco a�os de edad respectivamente. Antes de que ninguno de nosotros se fuera a vivir al �,</p><p>un enjambre de obreros -carpinteros, escultores, pintores, tejedoras- se dedic� a decorar las habitaciones</p><p>con estatuil as, murales y colgaduras en las paredes y otras cosas por el estilo.</p><p>Al mismo tiempo otros mexicas iban limpiando y recanalizando las aguas de Aztl�n y sus alrededores.</p><p>Dragaron la vieja inmundicia y la basura de los canales que siempre hab�an cruzado por varias partes la isla</p><p>y recubrieron el cauce con piedra. Drenaron los pantanos que hab�a alrededor del lago y excavaron nuevos</p><p>canales que se l evaron el agua vieja y dejaron entrar agua nueva procedente de r�os de tierra adentro. El</p><p>lago sigui� siendo salobre, pues era de agua de mar mezclada con agua dulce, pero ya no permanec�a</p><p>estancada,   y   los   pantanos   empezaron   a   secarse   y   a   convertirse   en   tierra   firme.   El   resultado   fue   una</p><p>inmediata disminuci�n de las nocivas brumas nocturnas y de aquel as molestas multitudes de insectos que</p><p>hab�a antes, y desde entonces -lo que demostr� que nuestros m�dicos estaban en lo cierto- los esp�ritus de</p><p>los pantanos s�lo afligieron a un par de personas cada a�o con aquel as fiebres malignas.</p><p>Mientras tanto los alba�iles pasaron directamente de construir el palacio a hacer un templo de piedra para</p><p>la diosa patrona de nuestra ciudad, Coyolxauqui, un templo que puso en evidencia el antiguo. Estaba tan</p><p>bien dise�ado y era tan gr�cil que hizo que Mixtzin refunfu�ase:</p><p>-Ahora me arrepiento de haber l evado a Tenochtitlan la piedra que representaba a la diosa... ahora que</p><p>tiene un templo que est� a la altura de su bel eza serena y su bondad.</p><p>-Est�s comport�ndote como un tonto -le dijo mi madre-. Si no lo hubieras hecho, ahora no tendr�amos el</p><p>templo. Ni ninguno de los otros beneficios que nos ha tra�do ese regalo que le hicimos a Moctezuma.</p><p>Mi t�o  refunfu�� un  poco m�s:  no  le gustaba  que le  discutieran  sus opiniones;  pero  no  le qued�  m�s</p><p>remedio que reconocer que su hermana ten�a raz�n.</p><p>A continuaci�n los alba�iles erigieron un tlamanacali de un modo que todos consideramos ingenios�simo,</p><p>pr�ctico   e   interesante   de   ver.   Mientras   los   que   trabajaban   la   piedra   colocaban   losas   inclinadas   hacia</p><p>adentro formando el simple caparaz�n de una pir�mide, obreros comunes tra�an, sirvi�ndose para el o de</p><p>unas tiras que se pasaban alrededor de la frente o del pecho, cargas de tierra, piedras, cantos rodados,</p><p>madera a la deriva venida del mar... es decir, toda clase de escombros imaginables; los descargaban para</p><p>rel enar el caparaz�n de piedra y los apisonaban firmemente. As� que al final se alz� una pir�mide perfecta</p><p>rematada en punta que parec�a de reluciente piedra caliza maciza.</p><p>Y desde luego ten�a la consistencia suficiente para sostener en lo alto los dos peque�os templos que la</p><p>coronaban: uno dedicado a Huitzilopochtli y el otro a Tl�loc, el dios de la l uvia; y tambi�n lo suficientemente</p><p>robusta como para soportar la escalera que conduc�a a lo alto de su parte frontal y a los innumerables</p><p>sacerdotes, adoradores, dignatarios y v�ctimas de los sacrificios que habr�an de pisar aquel as escaleras en</p><p>los a�os  siguientes.   No   afirmo   que  nuestra  tlamanacali  fuera   tan  impresionante   como  la   famosa  Gran</p><p>Pir�mide de Tenochtitlan -porque �sa, desde luego, nunca la vi-, pero la nuestra era seguramente el edificio</p><p>m�s magn�fico que se alzaba en cualquier parte al norte de las tierras de los mexicas.</p><p>A continuaci�n los alba�iles erigieron templos de piedra dedicados a otros dioses y diosas de los mexicas, a</p><p>todos el os, supongo, aunque algunas de las deidades menores tuvieron que agruparse de tres en tres o de</p><p>cuatro en cuatro para compartir un templo. Entre los muchos, much�simos mexicas que hab�an venido al</p><p>norte con mi t�o, hab�a sacerdotes de todos esos dioses. Durante los primeros a�os trabajaron al lado de los</p><p>constructores,   y   trabajaron   mucho,   exactamente   igual   que   los   otros.   Luego,   cuando   aquel os   templos</p><p>estuvieron   terminados,   los   sacerdotes   tambi�n   dedicaron   tiempo,   adem�s   de   atender   a   sus   deberes</p><p>espirituales, a ense�ar en nuestras escuelas, que fueron los edificios que se construyeron a continuaci�n. Y</p><p>cuando los terminaron, los mexicas se dedicaron a la construcci�n de edificios menos importantes: un</p><p>granero, tal eres, almacenes, un arsenal y otras necesidades semejantes de la civilizaci�n. Y por fin se</p><p>pusieron a transportar la madera de los bosques de las monta�as y a edificar casas s�lidas de madera para</p><p>el os as� como para aquel as familias aztecas que quisieran una, cosa que incluy� a todos excepto a unos</p><p>cuantos descontentos y mis�ntropos eremitas que prefirieron el antiguo estilo de vida.</p><p>Cuando digo que "los mexicas" hicieron esto o aquel o, debes comprender que no me refiero a que lo</p><p>hiciesen sin ayuda. Cada grupo de picapedreros, alba�iles, carpinteros, lo que fueran, reclutaba a todo un</p><p>equipo   de   nuestros   hombres   (y   para   los   trabajos   ligeros,   a   mujeres   e   incluso   a   ni�os)   para   que   los</p><p>ayudasen en esos proyectos. Los mexicas ense�aron a los aztecas a l evar a cabo cualquier cosa que</p><p>hiciera   falta,   supervisaron   su   realizaci�n   y   continuaron   ense�ando,   reprendiendo,   corrigiendo   errores,</p><p>reprobando y aprobando hasta que, al cabo de un tiempo, los aztecas sab�an hacer una buena cantidad de</p><p>cosas   nuevas   el os   solos.   Yo,   por   mi   parte,   bien   consciente   del   d�a   por   el   que   l evaba   el   nombre,</p><p>transportaba cargas ligeras, iba a buscar herramientas y repart�a agua y comida a los trabajadores. Las</p><p>mujeres y las muchachas estaban aprendiendo a coser y a tejer con materiales nuevos: algod�n, pa�o metl</p><p>e hilo y plumas de garceta, que eran mucho m�s finos que las palmas que hab�an utilizado hasta entonces.</p><p>Cuando nuestros hombres l egaban al final de una jornada de trabajo, los supervisores mexicas no se</p><p>limitaban a dejarlos irse a sus casas a tumbarse y a emborracharse con su p�cima de coco fermentado. No,</p><p>los capataces entregaban nuestros hombres a los guerreros mexicas. �stos tambi�n pod�an haber realizado</p><p>ya una jornada de duro trabajo, pero eran infatigables. Pon�an a nuestros hombres a aprender ejercicios, a</p><p>desfilar y a hacer otros elementos b�sicos militares; luego los iniciaron en el uso -y con el tiempo en la</p><p>maestr�a- de la espada de obsidiana maqu�huitl, el arco y las flechas, la lanza, y despu�s a aprender</p><p>diversas t�cticas y maniobras del campo de batal a. Las mujeres y las chicas j�venes estaban exentas de</p><p>aquel entrenamiento; de todos modos no muchas de el as se sent�an inclinadas, como lo estaban sus</p><p>hombres, a malgastar el tiempo libre en beber y dejarse l evar por la indolencia. Los muchachos, incluido</p><p>yo, nos habr�amos sentido colmados de j�bilo de tomar parte en entrenamiento militar, pero no se nos</p><p>permit�a hacerlo hasta tener la edad de vestir el taparrabos.</p><p>F�jate, nada de esta total remodelaci�n de Aztl�n y de su gente tuvo lugar de manera brusca, como puede</p><p>que haya dado a entender mi relato. Repito, yo era s�lo un ni�o cuando todo empez�. As� que el proceso</p><p>de   despejar   la   vieja  Aztl�n   y  construir   la   nueva   pareci�   -me   lo   pareci�   a   mi-   ir   al  paso   de   mi  propio</p><p>crecimiento, de mi fortalecimiento, de mi crecimiento, en definitiva, en madurez y sapiencia. De ah� que,</p><p>para m�, lo que sucedi� en mi ciudad fue igualmente imperceptible y poco notable. S�lo ahora, viendo las</p><p>cosas en retrospectiva, puedo recordar las muy numerosas pruebas, errores, trabajos, sudores y a�os que</p><p>transcurrieron para l evar a cabo el proceso de civilizaci�n de Aztl�n. Y no me he molestado en dar cuenta</p><p>de los casi igualmente numerosos reveses, frustraciones e intentos fal idos que tambi�n l ev� consigo el</p><p>proceso.   Pero   los  esfuerzos  triunfaron,   como   hab�a   ordenado   el  t�o   Mixtzin,   y  el  d�a   en   que   recib�  mi</p><p>nombre,   s�lo   unos   pocos   a�os   despu�s   de   la   l egada   de   los   mexicas,   ya   estaban   construidas   y</p><p>esper�ndome las escuelas telpochealtin para que yo empezase a asistir a el as.</p><p>Por las ma�anas los dem�s muchachos de mi edad y yo, adem�s de un buen n�mero de chicos mayores</p><p>que nosotros que nunca hab�an podido asistir a la escuela en su infancia, �bamos a la Casa de Acumular</p><p>Fuerza. Al �, bajo la tutela de un guerrero mexica nombrado maestro de atletismo, realiz�bamos ejercicios</p><p>f�sicos y  aprend�amos a  representar  un  extraordinariamente  complicado  ritual,  mitad  juego   mitad   baile,</p><p>l amado   tlachtli,   y   con   el   tiempo   nos   ense�aron   algunas   nociones   de   combate   cuerpo   a   cuerpo.   Sin</p><p>embargo,   nuestras   espadas,   flechas   y   lanzas   no   l evaban   hojas   o   puntas   de   obsidiana,   sino   simples</p><p>penachos de plumas humedecidos con tinte rojo para que simularan manchas de sangre en los lugares</p><p>donde golpe�bamos a nuestros oponentes.</p><p>Por las tardes esos mismos muchachos y muchachas de la misma edad y yo asist�amos a la Casa de</p><p>Aprender Modales. Al � el sacerdote maestro asignado nos ense�aba higiene y limpieza (de lo cual la mayor</p><p>parte de los ni�os de las clases bajas no sab�an nada en absoluto), a cantar canciones rituales, a bailar</p><p>danzas ceremoniales y a tocar algunos instrumentos musicales: tambores de diversos tama�os y tonos, la</p><p>flauta de cuatro agujeros y la jarra para producir gorjeos.</p><p>Para representar las ceremonias y rituales debidamente, ten�amos que ser capaces de seguir las melod�as,</p><p>los ritmos, los movimientos y los gestos exactamente igual que se hab�a hecho  desde los tiempos  de</p><p>anta�o. Para asegurarse de  eso, el sacerdote pasaba entre nosotros una p�gina  de instrucciones  con</p><p>im�genes toscas. De esta manera l egamos a entender por lo menos los rudimentos del conocimiento de</p><p>las palabras. Y cuando los ni�os volv�an a casa de la escuela, el os ense�aban a sus mayores lo que</p><p>hab�an aprendido; porque Mixtzin y los sacerdotes animaban aquel trasiego de conocimientos, por lo menos</p><p>hacia los varones adultos. De las hembras, como de los esclavos, no se esperaba que hubieran de tener</p><p>nunca necesidad del conocimiento de las palabras. Mi propia madre, aunque ten�a el rango m�s alto de</p><p>nobleza que se pod�a alcanzar en Aztl�n, no aprendi� nunca a leer ni a escribir.</p><p>El t�o Mixtzin hab�a aprendido, empezando en la �poca en que s�lo era el tlatocapili de la aldea, y continu�</p><p>aprendiendo   durante   toda   su   vida.   Su   educaci�n   en   las   letras   empez�   mucho   tiempo   atr�s,   bajo   la</p><p>instrucci�n   de   aquel  visitante   mex�catl,   el   otro   Mixtli.   Luego,   durante   el   viaje   de   regreso   de   mi   t�o   de</p><p>Tenochtitlan con todos aquel os otros mexicas en su s�quito, en todos los campamentos que se instalaban</p><p>para   pasar  la   noche   se  sentaba   con   un   sacerdote  maestro  para  recibir  m�s  instrucci�n.  Y desde  que</p><p>l egaron a Aztl�n hab�a mantenido a su lado a aquel mismo sacerdote para que fuera su tutor particular. As�</p><p>que   cuando   yo   empec�   mi   escolarizaci�n,   �l   ya   era   capaz   de   enviar   informes   con   representaci�n   de</p><p>palabras   a   Moctezuma   referentes   al  progreso   de  Aztl�n.   Y m�s   a�n,   incluso   se   entreten�a   en   escribir</p><p>poemas   -la   clase   de   poemas   que   quienes   lo   conoc�an   habr�an   esperado   que   escribiera   meditaciones</p><p>c�nicas acerca de la imperfecci�n de los seres humanos, el mundo y la vida en general. Sol�a le�rnoslos, y</p><p>yo recuerdo uno en particular:</p><p>�Perdonar? Nunca perdon�is, pero fingid que perdon�is. Decid amistosamente que perdon�is. Convenced</p><p>de que hab�is perdonado. As� devastador es el efecto cuando al final os lanz�is y busc�is la garganta.</p><p>Incluso en las escuelas inferiores a los estudiantes se nos ense�aba un poco de historia del Unico Mundo y,</p><p>aunque yo era muy joven, no pude evitar fijarme en que algunas de las cosas que se nos dec�an eran</p><p>considerablemente diferentes a algunos cuentos que mi bisabuelo, el Evocador de Historia de Aztl�n, nos</p><p>hab�a confiado alguna vez en el c�rculo de la familia. Por ejemplo, por lo que nos ense�aba el sacerdote</p><p>maestro mexica, uno pod�a suponer que la naci�n del pueblo mexica sencil amente hab�a brotado un d�a de</p><p>la   tierra   en   la   isla   de   Tenochtitlan,   todos   los   habitantes   completamente   adultos,   vigorosos,   educados,</p><p>civilizados  y  cultos.   Eso   no   concordaba   con   lo   que   mis  primos  y  yo   le   hab�amos  o�do   contar  al  viejo</p><p>Cana�tli, as� que Yeyac, Am�yatl y yo acudimos a �l y le pedimos que nos lo aclarase.</p><p>Cana�tli se ech� a re�r y nos dijo con tolerancia:</p><p>-Ayya, los mexicas son personas un poco fanfarronas. Y algunos de el os no dudan en retorcer cualquier</p><p>verdad que les resulte inc�moda para hacer que encaje con la altiva imagen que tienen de si mismos.</p><p>-Cuando el t�o Mixtzin los trajo aqu�, habl� de el os como de "nuestros primos" -apunt� yo-, y se refiri� a</p><p>alguna clase de "relaci�n familiar largo tiempo olvidada".</p><p>-Imagino   -repuso   el   Evocador-   que   la   mayor�a   de   los   mexicas   habr�an   preferido   no   o�r   hablar   de   esa</p><p>relaci�n. Pero fue un hecho que no pudo evitarse ni ocultarse, sobre todo despu�s de que tu... sobre todo</p><p>despu�s de que aquel otro Mixtli tropezase con este lugar y le l evase a Moctezuma la noticia de nuestra</p><p>existencia. Ver�is, el otro Mixtli me pregunt�, como vosotros tres hab�is hecho, acerca de la verdadera</p><p>historia de los aztecas y su relaci�n con los mexicas, y crey� lo que le dije.</p><p>-Nosotros tambi�n te creeremos -le asegur� Yeyac-. Venga, cu�ntanoslo.</p><p>-Con una condici�n -nos dijo Cana�tli-. Que no utilic�is lo que aprend�is de m� para corregir o contradecir a</p><p>vuestro sacerdote maestro. Hoy d�a los mexicas est�n siendo muy buenos con nosotros. Ser�a malvado por</p><p>vuestra   parte   que   impugnaseis   cualquier   tonta   aunque   inofensiva   ilusi�n   que   el os   se   complazcan   en</p><p>albergar.</p><p>-Yo no lo har�. Lo prometo -le dijimos nosotros uno detr�s de otro.</p><p>-Pues sabed, joven Yeyac-Chichiquili, joven Patzcatl Am�yatl, joven T�otl-Tenamaxtli, que en una �poca</p><p>muy lejana, largos haces de a�os atr�s, pero una �poca que es conocida y que desde entonces cada</p><p>Evocador le relata a su sucesor, Aztl�n no era s�lo una peque�a ciudad al lado del mar. Era la capital de un</p><p>territorio que se extend�a hacia bien arriba de las monta�as. Viv�amos de un modo sencil o (la gente de hoy</p><p>dir�a   que   viv�amos   de  forma   primitiva),   pero   nos  las  apa��bamos  bastante   bien,   y  rara   vez   sufr�amos</p><p>contratiempos. Eso era gracias a Coyolxauqui, nuestra diosa de la luna, quien se ocupaba de que las</p><p>mareas del oscuro mar y las tenebrosas espesuras de las monta�as nos surtiesen con abundancia.</p><p>-Y una vez nos contaste que nosotros los aztecas no ador�bamos a ning�n otro dios -le record� Am�yatl.</p><p>-Ni siquiera a otros tan benefactores como Coyolxauqui. A Tl�loc, por nombrar uno, el dios de la l uvia.</p><p>Porque mira a tu alrededor, ni�a. -Se ech� a re�r otra vez-. �Qu� necesidad ten�amos de rezarle a Tl�loc</p><p>para que nos diera agua? No, est�bamos contentos con las cosas tal como eran. Eso no significa que</p><p>fu�ramos unos cobardes desventurados. Ayyo, defend�amos fieramente nuestras fronteras cuando alguna</p><p>otra naci�n envidiosa intentaba invadirnos. Pero por lo dem�s �ramos un pueblo pac�fico. Incluso cuando</p><p>ofrec�amos   sacrificios   a   Coyolxauqui   nunca   eleg�amos   a   una   doncel a   para   matarla,   ni   siquiera   a   un</p><p>enemigo capturado. En su altar inmol�bamos s�lo animales peque�os del mar y de la noche. Quiz� un</p><p>Strombus de concha perfecta y sin tacha... o una de esas grandes polil as de la luna que son suaves y</p><p>verdes y tienen grandes alas...</p><p>Dej� de hablar durante unos instantes, al parecer al evocar aquel os buenos y dorados tiempos, mucho</p><p>antes incluso de que naciera su bisabuelo. As� que yo suavemente le apunt�:</p><p>-Hasta que l eg� la mujer...</p><p>-Si. Una mujer ten�a que ser. Y fue una mujer de los yaquis, el m�s salvaje y malvado de todos los pueblos.</p><p>Uno de nuestros grupos de cazadores se top� en lo alto de nuestras monta�as con el a, que vagaba sin</p><p>rumbo, sola, infinitamente lejos de las tierras desiertas de los yaquis. Y aquel os hombres le dieron de</p><p>comer, la vistieron y la trajeron aqu�, a Aztl�n. Pero era una mujer rencorosa, ayya ouiya. Cuando nuestros</p><p>antepasados la trataron amistosamente, el a les pag� haciendo que los aztecas se volvieran amigos contra</p><p>amigos, familias contra familias, hermanos contra hermanos.</p><p>-�Ten�a nombre? -quiso saber Yeyac.</p><p>-S�, un nombre yaqui malsonante: G�nda Ke. Y lo que hizo esa mujer fue empezar por ridiculizar nuestras</p><p>sencil as costumbres y nuestra reverencia por la bondadosa diosa Coyolxauqui. �Por qu�, pregunt�, no</p><p>reverenci�bamos a Huitzilopochtli, el dios de la guerra, en vez de a nuestra diosa? El, nos dijo G�nda Ke,</p><p>nos l evar�a a la victoria en la guerra, a conquistar otras naciones, a tomar prisioneros para sacrificarlos al</p><p>dios, el cual as� se convencer�a y nos ir�a conduciendo a otras conquistas hasta que gobern�semos todo el</p><p>Unico Mundo.</p><p>-Pero   �por   qu�   buscar�a   aquel a   mujer   fomentar   pasiones   tan   ajenas   a   nosotros   y   esas   ambiciones</p><p>guerreras entre nuestro pac�fico pueblo? -le pregunt� Am�yatl-. �En qu� la beneficiar�a?</p><p>-No te halagar� o�r esto, bisnieta. La mayor�a de los antiguos Evocadores lo atribuyeron simplemente a la</p><p>natural terquedad de las mujeres.</p><p>Am�yatl   se   limit�   a   arrugar   su   linda   nariz   ante   �l,   as�   que   Cana�tli   sonri�,   mostrando   las   enc�as</p><p>desdentadas, y continu� hablando:</p><p>-Deber�as alegrarte, pues, de saber que yo sostengo una teor�a ligeramente diferente. Es algo sabido que</p><p>los hombres yaquis son tan inhumanamente crueles con sus mujeres como lo son con los dem�s seres</p><p>vivientes humanos que no son yaquis. Tengo la creencia de que aquel a mujer estaba obsesionada con</p><p>hacer que a todo hombre se le tratase como debieron de tratarla a el a los de su propio pueblo. Estaba</p><p>obsesionada con incitar a los hombres del Unico Mundo a que se masacrasen unos a otros en la guerra y</p><p>se inmolasen unos a otros en cruentos sacrificios dedicados a este o aquel dios, y chascar�a los labios de</p><p>satisfacci�n.</p><p>-Pues  como   casi  todas  las  comunidades  del   Unico   Mundo   hacen   ahora   -observ�   Yeyac-.  Y  como   los</p><p>mexicas sacerdotes y guerreros nos ense�ar�n a hacer a nosotros. Pero nosotros estamos en buenas</p><p>relaciones con nuestros vecinos. Tendremos que marchar mucho m�s al � de las monta�as para librar una</p><p>batal a o capturar a un prisionero al que sacrificar. No obstante, la despreciable G�nda Ke tuvo �xito, desde</p><p>luego.</p><p>-Pues bien, estuvo muy cerca de no tenerlo -dijo Cana�tli-. Convenci� a cientos de personas de Aztl�n para</p><p>que la imitasen al adorar al dios de manos ensangrentadas Huitzilopochtli. Pero otros cientos se negaron,</p><p>sensatamente, a convertirse. Con el tiempo el a dividi� a los aztecas en dos facciones tan enemistadas</p><p>(como he dicho incluso l eg� a enfrentar hermano contra hermano), que el a y sus adeptos se marcharon</p><p>sigilosamente   y   se   fueron   a   residir   en   siete   cavernas   que   hay   en   las   monta�as.  Al �   se   armaron,   se</p><p>entrenaron en las artes de la guerra y aguardaron la orden de la mujer yaqui para ponerse en marcha y</p><p>comenzar a conquistar otros pueblos.</p><p>-Y   seguramente   -coment�   Am�yatl,   que   era   un   poco   blanda   de   coraz�n-   los   primeros   en   sufrir   las</p><p>consecuencias ser�an los disidentes pac�ficos de Aztl�n.</p><p>-Con toda certeza. Sin embargo... sin embargo, por suerte, el tlatocapili de Aztl�n de aquel a �poca era casi</p><p>tan irascible, malhumorado e intolerante con los tontos como lo es vuestro propio padre Mixtzin. �l y su leal</p><p>guardia de la ciudad salieron hacia las monta�as, rodearon a los herejes y mataron a muchos de el os. Y a</p><p>los supervivientes les dijeron: "Coged a vuestro despreciable nuevo dios y a vuestras familias y marchaos</p><p>de aqu�. De lo contrario ser�is masacrados hasta el �ltimo hombre, hasta la �ltima mujer, hasta el �ltimo</p><p>ni�o, hasta el �ltimo infante que est� a�n en el vientre materno."</p><p>-Y se marcharon -dije yo.</p><p>-As� es. Al cabo de varios haces de a�os de vida errante, en los que nacieron nuevas generaciones de</p><p>herejes, l egaron por fin a una isla en medio de otro lago, donde divisaron el s�mbolo de su dios de la</p><p>guerra: una �guila encaramada en un cactus nopali; de manera que se asentaron al �. Llamaron a la isla</p><p>Tenochtitlan, el Lugar del Tenoch, que era, en alg�n dialecto local olvidado, la palabra con que se designaba</p><p>al cactus nopali. Y por alguna raz�n que nunca me he tomado la molestia de investigar, se rebautizaron con</p><p>el nombre de mexicas. Y con el transcurso de los a�os prosperaron, lucharon y sometieron a sus vecinos, y</p><p>luego a otras naciones m�s alejadas. -Cana�tli encogi� con resignaci�n sus viejos hombros huesudos-. Y</p><p>ahora, para bien o para mal, Tenamaxtli, debido a los esfuerzos de tu t�o y de ese otro mexicatl tambi�n</p><p>l amado Mixtli, todos estamos reconciliados de nuevo. Veremos qu� resulta de todo el o. Y ahora ya me he</p><p>cansado de recordar. Marchaos, ni�os, dejadme.</p><p>Echamos a andar, pero yo me volv� y le pregunt�:</p><p>-Y esa mujer yaqui, G�nda Ke, �qu� fue de el a?</p><p>-Cuando el tlatocapili arras� las siete cuevas, la mujer se cont� entre los primeros masacrados. Pero se</p><p>sabe que copul� con varios de sus seguidores varones. As� que no hay duda de que su sangre a�n corre</p><p>por  las  venas  de muchas familias  mexicas. Quiz�  de todas el as.  Eso explicar�a  que sigan siendo tan</p><p>beligerantes y sanguinarias como era el a.</p><p>Nunca sabr� por qu� Cana�tli se contuvo de dec�rmelo en aquel momento: que lo m�s probable era que yo</p><p>mismo l evase por lo menos una gota de la sangre de aquel a mujer yaqui, que yo ciertamente pod�a afirmar</p><p>ser el principal ejemplo de Aztl�n de la "relaci�n familiar" entre aztecas y mexicas, puesto que yo hab�a</p><p>nacido de madre azt�catl y hab�a sido engendrado por aquel mexicatl Mixtli. Puede que el anciano titubease</p><p>porque estimase que le correspond�a a su nieta revelar u ocultar aquel secreto de familia.</p><p>Y realmente yo tampoco s� por qu� el a me lo ocult�. Cuando yo era ni�o, la poblaci�n de Aztl�n era tan</p><p>peque�a y los lazos familiares eran tan estrechos que todo el mundo deb�a de estar al corriente de mi</p><p>ilegitimidad. Una mujer corriente de la clase macehuali habr�a sido severamente censurada y a lo mejor</p><p>castigada por dar a luz a un bastardo. Pero Cuicani, al ser hermana del entonces tlatocapili, que m�s tarde</p><p>ser�a   Uey-Tecutli,   dif�cilmente   pod�a  temer  las  habladur�as y  el  esc�ndalo.  Aun  as�,  me  mantuvo  en  la</p><p>ignorancia de mi paternidad hasta aquel horroroso d�a en la Ciudad de M�xico. S�lo puedo sospechar que</p><p>quiz� el a tuviera la esperanza, durante los a�os que transcurrieron hasta entonces, de que aquel otro Mixtli</p><p>regresase alg�n d�a a Aztl�n, se arrojase en sus brazos y se regocijase al saber que los dos ten�an un hijo.</p><p>Para ser sincero, ni siquiera s� por qu� yo, en ning�n momento, ni en la infancia ni despu�s, evidenci�</p><p>curiosidad alguna acerca de qui�n era mi padre. Bien, Yeyac y Am�yatl ten�an padre, pero no madre; yo</p><p>ten�a madre, pero no ten�a padre. Deb� de hacerme el razonamiento de que una situaci�n de por si tan</p><p>evidente s�lo pod�a ser normal y corriente. �Para qu� hacerse preguntas al respecto?</p><p>De vez en cuando, mi madre hac�a alg�n comentario propio del orgul o de madre:</p><p>-Veo, Tenamaxtli, que est�s creciendo, y a este paso te convertir�s en un hombre guapo y fuerte de rasgos,</p><p>exactamente igual que tu padre.</p><p>O bien:</p><p>-Te est�s haciendo muy alto para tu edad, hijo mio. Bueno, tambi�n tu padre era bastante m�s alto que la</p><p>mayor parte de los hombres.</p><p>Pero yo hac�a poco caso de aquel os comentarios; a causa del cari�o, las madres creen que sus pol uelos</p><p>l egar�n a ser �guilas.</p><p>Desde luego, si alguien alguna vez hubiera hecho la menor insinuaci�n, yo habr�a empezado a preguntar</p><p>acerca de ese padre ausente. Pero yo era el sobrino del se�or y el hijo de la se�ora que ocupaban el</p><p>palacio   de  Aztl�n;   nadie   en   su   sano   juicio   se   habr�a   arriesgado   a   desagradar   a  Mixtzin.   Y nunca   mis</p><p>compa�eros de juegos ni los ni�os vecinos me dijeron nada cruel al respecto. Y en casa, Yeyac, Am�yatl y</p><p>yo viv�amos juntos en amistad y armon�a, m�s como hermanastros que como primos. O as� fue, deber�a</p><p>decir, hasta cierto d�a.</p><p><strong>4</strong></p><p>Yeyac ten�a entonces catorce a�os y yo siete, acababan de ponerme el nombre y justo empezaba a asistir a</p><p>la escuela. Ya  est�bamos viviendo en el espl�ndido palacio nuevo,  y todos  nosotros, los j�venes,  nos</p><p>sent�amos en la gloria por tener cada uno nuestro propio dormitorio, porque as� guard�bamos separadas</p><p>celosa   e   infantilmente   nuestras   intimidades.   De   manera   que   me   sorprend�   much�simo   cuando   un   d�a,</p><p>aproximadamente a la hora del crep�sculo, Yeyac entr� en mi habitaci�n sin que nadie le invitase y sin</p><p>pedir permiso. Casualmente nos encontr�bamos los dos solos en el edificio, excepto los sirvientes que</p><p>pudieran estar trabajando en la cocina o en alg�n otro lugar de la planta baja, porque nuestros mayores,</p><p>Mixtzin y Cuicani, hab�an ido a la plaza central de la ciudad para ver a Am�yatl, que participaba en una</p><p>danza p�blica en la que actuaban todas las muchachas de la Casa de Aprender Modales.</p><p>De hecho, lo que me sorprendi� fue que Yeyac entr� sin hacer ruido mientras yo estaba de espaldas a la</p><p>puerta de la habitaci�n, as� que ni siquiera me enter� de que estuviera al � hasta que me meti� la mano por</p><p>debajo del manto, entre las piernas, y, como si estuviera sopes�ndolos, hizo botar con mucha suavidad mi</p><p>tepuli  y mi  ololtin.  Tan  sobresaltado   como  si  un  cangrejo  se  me  hubiera  metido  por  debajo   del  manto</p><p>batiendo las pinzas, di un prodigioso salto en el aire. Luego me di la vuelta con gran rapidez y me qued�,</p><p>desconcertado e incr�dulo, mirando a Yeyac. Mi primo no s�lo hab�a quebrantado mi intimidad, sino que</p><p>adem�s me hab�a manoseado mis partes �ntimas.</p><p>-�Ayya, quisquil oso, quisquil oso! -me dijo en tono medio de burla-. Todav�a sigues siendo un ni�o peque�o,</p><p>�eh?</p><p>-No me hab�a dado cuenta... no hab�a o�do... -farful �.</p><p>-No te indignes tanto, primo. S�lo estaba comparando.</p><p>-�Haciendo qu�? -le pregunt� completamente perplejo.</p><p>-Yo dir�a que el m�o era igual de canijo que el tuyo cuando yo ten�a tu misma edad. �Te gustar�a, primito,</p><p>tener lo que yo tengo ahora?</p><p>Se levant� el manto, se afloj� el taparrabos m�xt�atl y de al � emergi� -salt� hacia adelante, mejor dicho- un</p><p>tepuli como ning�n otro que yo hubiera podido ver hasta entonces. No es que hubiera visto muchos, s�lo</p><p>aquel os que se pon�an a la vista cuando mis compa�eros de juegos y yo correte�bamos desnudos por el</p><p>lago. El de Yeyac era mucho m�s largo, m�s grueso, estaba erecto y congestionado y ten�a un color casi</p><p>rojo bril ante en la bulbosa punta. Bueno, su nombre completo era Yeyac-Chichiquili, Flecha Larga, me</p><p>record� a mi mismo, as� que quiz� el viejo vidente que otorgaba los nombres realmente hab�a sido un</p><p>adivino   en   este   caso.   Pero   el   tepuli   de   Yeyac   parec�a   tan   abultado   y   enojado   que   le   pregunt�,</p><p>comprensivamente: -�Te duele?</p><p>Se ech� a re�r muy fuerte.</p><p>-S�lo tiene hambre -me contest�-. As� es como se supone que debe estar un hombre, Tenamaxtli. Cuanto</p><p>m�s grande, mejor. �No te gustar�a tener uno igual?</p><p>-Bueno... -dije titubeante-. Espero tenerlo. Cuando l egue a tu edad. Cuando sea como t�.</p><p>-Ah, ya; pero deber�as empezar a ejercitarlo ahora, primo, porque mejora y se agranda cuanto m�s se</p><p>utiliza.  Y de ese modo puedes estar seguro de que tendr�s un �rgano impresionante cuando seas un</p><p>hombre adulto.</p><p>-�Utilizarlo c�mo?</p><p>-Yo te ense�ar� -me indic�-. Empu�a el m�o.</p><p>Y me cogi� la mano y me la puso al �, pero yo la retir� bruscamente y le dije en tono severo:</p><p>-Ya le has o�do decir al sacerdote que no debemos jugar con esas partes de nuestro cuerpo. T� asistes a la</p><p>misma clase de limpieza que yo en la Casa de Aprender Modales. (Yeyac era uno de aquel os muchachos</p><p>mayores que hab�an tenido que empezar su educaci�n junto con nosotros, los que �ramos peque�os de</p><p>verdad, en el nivel m�s elemental. Y ahora, aunque hacia ya un a�o que l evaba el m�xt�atl, todav�a no</p><p>estaba cualificado para ir a un calm�cac.)</p><p>-�Modales!   -buf�  con   desprecio-.   Realmente   eres  un   inocente.   El  sacerdote   nos  advierte   en   contra   de</p><p>darnos placer a nosotros mismos s�lo porque espera que alguna vez le demos placer a �l.</p><p>-�Placer? -repet� m�s confundido que nunca.</p><p>�Pues claro que el tepuli es para el placer, imb�cil! �Te pensabas que s�lo es para hacer aguas?</p><p>-Eso es lo �nico que ha hecho el m�o desde siempre -le dije.</p><p>-Ya te lo he dicho -me explic� Yeyac con impaciencia-. Yo te ense�ar� a obtener placer con �l. Observa.</p><p>Coge el m�o con tu mano y hazle esto.</p><p>Estaba frot�ndose vivamente el suyo; lo apretaba y mov�a la mano arriba y abajo a todo lo largo de su</p><p>tepuli. Luego lo solt�, me abraz� contra si y cerr� mi mano alrededor de aquel o, aunque mi mano apenas si</p><p>pod�a abarc�rselo en todo su per�metro.</p><p>Me puse a imitar lo mejor que pude lo que �l hab�a estado haciendo. Yeyac cerr� los ojos, la cara se le puso</p><p>casi tan colorada como el bulbo de su tepuli y la respiraci�n se le hizo r�pida y superficial. Transcurrido un</p><p>rato sin que ocurriera nada m�s, le indiqu�:</p><p>-Esto es muy aburrido.</p><p>-Y t� eres muy torpe -me dijo mi primo con voz temblorosa-. �M�s fuerte, muchacho!  Y m�s de prisa! Y no</p><p>vuelvas a interrumpir mi concentraci�n.</p><p>-Esto  resulta  extremadamente  aburrido  -le  repet� al cabo de otro buen rato-.  �Y c�mo  se  supone  que</p><p>haciendo esto conseguir� un beneficio para el m�o?</p><p>-�Poch�oa! -gru��, lo cual es una palabra medianamente sucia-. Muy bien. Los ejercitaremos a ambos a la</p><p>vez. -Me dej� retirar la mano, pero con la suya reanud� el frotamiento de su tepuli-. T�mbate aqu�, en tu</p><p>jerg�n. Lev�ntate el manto.</p><p>Obedec� y �l se tumb� a mi lado, pero en sentido opuesto; es decir, con la cabeza cerca de mi entrepierna y</p><p>mi cabeza cerca de la suya.</p><p>-Ahora -me explic� sin dejar de frotarse vigorosamente- coge el m�o con la boca... as�.</p><p>ante   mi   asombro   e   incredulidad,   hizo   exactamente   eso   con   mi   peque�a   cosa.   Pero   yo   le   dije   con</p><p>vehemencia:</p><p>- Puedes estar seguro de que no lo har�. Conozco tus bromas, Yeyac. Te har�s aguas en mi boca.</p><p>Hizo un ruido parecido a un rugido en un ataque de frustraci�n, aunque sin soltarme el tepuli, que Yeyac</p><p>ten�a en la boca, ni romper el ritmo de la mano con la que se frotaba el suyo, muy cerca de mi cara. Durante</p><p>un momento tem� que estuviera tan enfadado como para morderme la cosa y arranc�rmela. Pero lo �nico</p><p>que hizo fue mantener los labios apretados alrededor de mi tepuli, chupar y menear la lengua por todas</p><p>partes. Confieso que not� sensaciones que no fueron del todo desagradables. Incluso daba la impresi�n de</p><p>que Yeyac tuviera raz�n, que mi peque�o �rgano realmente se estuviera alargando a causa de aquel as</p><p>atenciones. Sin embargo, no se puso tieso como el suyo, s�lo se dejaba manipular, y no dur� lo bastante</p><p>como para que yo no me aburriera de nuevo. Porque de repente todo el cuerpo de Yeyac se convulsion�,</p><p>abri� la boca para meterse en el a todo mi saco de ololtin y sorbi� con fuerza aquel as partes m�as. Luego,</p><p>de su tepuli sali� un torrente de materia blanca, l�quida pero espesa, como jarabe de leche de coco, que me</p><p>salpic� la cabeza.</p><p>Ahora fui yo quien lanz� un rugido, pero de asco, y comenc� a limpiarme fren�ticamente aquel a sustancia</p><p>pegajosa que me manchaba el pelo, las cejas, las pesta�as y las mejil as. Yeyac rod� sobre s� mismo para</p><p>apartarse m� y, cuando pudo dejar de jadear y recobr� el aliento, dijo:</p><p>-Ayya, deja de comportarte como un ni�o t�mido. Eso es s�lo omicetl. Es el chorro de omicetl lo que te da</p><p>tan sublime placer. Adem�s, el om�cetl es lo que crea los beb�s.</p><p>-�Yo no quiero beb�s! -grit� mientras me limpiaba a�n con m�s desesperaci�n.</p><p>-�Primo tonto! El omicetl s�lo les hace eso a las mujeres. Cuando se intercambia entre hombres es una</p><p>expresi�n de afecto profundo y pasi�n mutua.</p><p>-Yo no te tengo afecto, Yeyac, ya no.</p><p>-Venga -dijo con voz mimosa-. Con el tiempo aprender�s a que te gusten nuestros juegos juntos. Los</p><p>anhelar�s.</p><p>-No. Los sacerdotes tienen raz�n al prohibir ese juego. Y t�o Mixtzin rara vez est� de acuerdo con ning�n</p><p>sacerdote, pero apuesto a que lo estar�a si yo le contase esto.</p><p>-Ayya... quisquil oso, quisquil oso -repiti� Yeyac, aunque esta vez sin jovialidad.</p><p>-No temas. No se lo dir�. Eres mi primo y no me gustar�a ver c�mo te azotan. Pero no vuelvas nunca m�s a</p><p>tocarme las partes ni a ense�arme las tuyas. Haz tus ejercicios en otra parte. Y ahora besa la tierra por el o.</p><p>Con aire decepcionado y malhumorado, se agach� lentamente para tocar con un dedo el suelo de piedra y</p><p>l ev�rselo luego a los labios, el gesto formal que significaba que lo juraba.</p><p>Y mantuvo aquel a promesa. Nunca m�s intent� acariciarme, ni siquiera permiti� que yo lo viera, excepto</p><p>cuando estaba completamente vestido. Era evidente que hab�a encontrado a otros muchachos que no eran,</p><p>como yo, remisos a aprender lo que les ense�aba, porque cuando el guerrero mex�cati que estaba a cargo</p><p>de   nuestra   Casa   de  Acumular  Fuerza   asign�   estudiantes  para   el  tedioso   deber   de   montar  guardia   en</p><p>lugares remotos, me fij� en que Yeyac y tres o cuatro muchachos de distintas edades siempre estaban</p><p>ansiosos   por   dar   un   paso   adelante.   Y   puede   que   Yeyac   tuviera   raz�n   en   lo   que   dijo   acerca   de   los</p><p>sacerdotes. Hab�a uno que, cada vez que quer�a que le l evasen algo a su habitaci�n, siempre ped�a que lo</p><p>hiciera precisamente Yeyac, y a continuaci�n no se los volv�a a ver a ninguno de los dos durante un buen</p><p>rato.</p><p>Pero yo no utilic� aquel o contra Yeyac, ni guard� ning�n resentimiento contra �l a causa de la conducta</p><p>que hab�a tenido conmigo. Es cierto que las relaciones entre los dos estuvieron contenidas durante alg�n</p><p>tiempo, pero luego, poco a poco, se fueron relajando hasta quedar en mera frialdad y quiz� en una cortes�a</p><p>excesiva. Con el tiempo, yo  por lo menos me olvid� casi por completo de aquel episodio... hasta que</p><p>mucho, mucho m�s tarde, ocurri� algo que me hizo recordarlo. Y mientras tanto mi tepuli creci� por su</p><p>cuenta, sin requerir ayuda exterior, a medida que fueron pasando los a�os.</p><p>Durante aquel os a�os nosotros los aztecas nos fuimos acostumbrando al concurrido pante�n de dioses</p><p>que los mex�cas hab�an tra�do consigo y a los que hab�an levantado templos. Nuestra gente empez� a</p><p>participar en los ritos de este o aquel dios; al principio creo que s�lo para mostrar cortes�a y respeto hacia</p><p>los mexicas que ahora resid�an entre nosotros. Pero con el tiempo dio la impresi�n de que nuestros aztecas</p><p>hal aron que algo... no s�, �seguridad, inspiraci�n, solaz?, derivaba del hecho de compartir el culto de</p><p>aquel os dioses, incluso de alguno de los que de otro modo habr�amos encontrado repulsivos, como de</p><p>Huitzilopochtli, el dios de la guerra, y de Chalchihuitlicu�, la diosa del agua, que ten�a cara de rana. Las</p><p>muchachas n�biles le rezaban a Xochiquetzal, la diosa del amor y de las flores de los mexicas, a fin de</p><p>encontrar un joven que fuera un buen partido para casarse con �l. Nuestros pescadores, antes de hacerse</p><p>a la mar, adem�s de pronunciar sus oraciones acostumbradas a Coyolxauqui para conseguir una pesca</p><p>abundante, tambi�n le rezaban a Eh�catl, el dios del viento de los mexicas, para que no se levantara contra</p><p>el os una galerna.</p><p>No se esperaba de ninguna persona, como se espera de los cristianos, que limitase su devoci�n a ning�n</p><p>dios en particular. Ni se castigaba a la gente, como la castigan los cristianos, si transfer�a su fidelidad a</p><p>capricho de una deidad a otra, o si la repart�a imparcialmente entre varias de el as. La mayor parte de</p><p>nuestra gente todav�a reservaba su m�s sincera adoraci�n por la que durante mucho tiempo hab�a sido</p><p>nuestra   diosa   patrona.   Pero   no  ve�an   da�o  alguno   en  dedicar  parte  de  esa   adoraci�n,   adem�s,   a  las</p><p>deidades   mexicas,   en   parte   porque   aquel os   dioses   y   diosas   nuevos   les   proporcionaban   muchas</p><p>festividades, ceremonias impresionantes y motivos para danzas y canciones. La gente no se arredraba</p><p>demasiado   por   el   hecho   de   que   muchas   de   aquel as   deidades   exigieran   compensaci�n   en   forma   de</p><p>corazones y sangre humanos.</p><p>Nosotros nunca, durante aquel os a�os, entablamos guerras para proveernos de prisioneros que inmolar en</p><p>sacrificio.   Pero,   cosa   sorprendente,   nunca   faltaron   personas,   tanto   aztecas   como   mexicas,   que   se</p><p>ofrecieran voluntarias para morir y as� nutrir y complacer a los dioses. Aqu�l as eran las personas a las que</p><p>sus sacerdotes convenc�an de que, si se limitaban a repantigarse y se esperaban a morir de viejos de</p><p>cualquier  manera  com�n   y  corriente,  se   arriesgaban  a  sumergirse   al  instante  en las  profundidades de</p><p>Mict�an, el Lugar Oscuro, para sufrir al � despu�s de la muerte una vida eterna privada de deleite, diversi�n,</p><p>sensaciones, incluso hasta de la tristeza; una vida despu�s de la muerte de absoluta nada. Por el contrar�o,</p><p>afirmaban los sacerdotes, cualquiera que se sometiese a lo que l amaban la Muerte Floral, al instante ser�a</p><p>l evado por el aire a los elevados dominios de Tonatiuh, el dios del sol, para gozar al � de una dichosa vida</p><p>eterna.</p><p>Por eso numerosos esclavos se ofrec�an a los sacerdotes para que los sacrificaran a cualquier dios (a los</p><p>esclavos les daba lo mismo) creyendo que as� mejorar�a su suerte. Pero tan flagrante credulidad no se</p><p>limitaba a los esclavos. Algunos j�venes libres se ofrec�an para ser ejecutados, despu�s de lo cual les</p><p>desol ar�an el cuerpo hasta despojarlo de toda la piel, y esa piel la vestir�a un sacerdote para imitar y honrar</p><p>a Xipe Totec, el dios de la siembra. Algunas j�venes doncel as libres se ofrec�an para que les arrancasen el</p><p>coraz�n y representar as� la agon�a de Tetoinan, la diosa madre, al dar a luz a Cent�otl, el dios del ma�z.</p><p>Algunos padres incluso ofrec�an a sus ni�os de corta edad para que los asfixiasen como sacrificio a Tl�loc,</p><p>el dios de la l uvia.</p><p>Yo, por mi parte, nunca me sent� inclinado lo m�s m�nimo a la autoinmolaci�n. Sin duda influido por mi</p><p>irreverente t�o Mixtzin, nunca me import� demasiado ning�n dios, y mucho menos los sacerdotes. A los</p><p>sacerdotes dedicados a las deidades mexicas de importaci�n los encontraba especialmente detestables,</p><p>porque, como se�al de su alta categor�a, se practicaban diversas mutilaciones en el cuerpo y, lo que es</p><p>peor, nunca se lavaban y ni tampoco lavaban sus prendas de vestir. Durante alg�n tiempo despu�s de</p><p>l egar a Aztl�n hab�an vestido ropa tosca de trabajo y, como todos los dem�s trabajadores, se lavaban</p><p>despu�s de cada jornada de trabajo duro. Pero despu�s, cuando se les excus� de formar parte de los</p><p>equipos de trabajo y se vistieron con sus t�nicas sacerdotales, nunca se dieron ni siquiera un remoj�n en el</p><p>lago, no digamos ya hacerse una buena purificaci�n en una caba�a de vapor, por lo que muy pronto se</p><p>hicieron repulsivamente asquerosos y el aire que hab�a a su alrededor se volvi� casi visiblemente f�tido. Si</p><p>yo alguna vez me hubiera tomado la molestia de meditar acerca de los curiosos gustos sexuales de mi</p><p>primo Yeyac, probablemente no habr�a hecho m�s que extra�arme y sentir un estremecimiento al pensar en</p><p>c�mo podr�a abrazar algo tan abominable como un sacerdote.</p><p>Sin embargo, como ya he dicho, pas� mucho tiempo -cinco a�os enteros- antes de que yo tuviera de nuevo</p><p>ocasi�n de pensar, aunque s�lo fuera brevemente, en las proposiciones que me hab�a hecho Yeyac. Yo</p><p>ten�a   ya   doce   a�os,   la   voz   me   estaba   empezando   a   cambiar,  unas  veces   era   ronca   y   otras  chil ona,</p><p>alternativamente, y ya estaba impaciente por vestir el taparrabos viril para el que no me faltaba mucho. Y lo</p><p>que ocurri�, ocurri� exactamente igual que la vez anterior.</p><p>Como no hago m�s que comentar, los dioses sacan el mayor regocijo en ponernos a los mortales en</p><p>situaciones que podr�an dar la impresi�n de no ser m�s que meras coincidencias. Me encontraba en mi</p><p>habitaci�n del palacio, de espaldas a la puerta, cuando de nuevo una mano se desliz� por debajo de mi</p><p>manto, le dio a mis genitales un afectuoso apret�n... y me impuls� a dar a mi otro prodigioso salto.</p><p>-�Yya ou�ya, otra vez no! -exclam� a gritos mientras me levantaba en el aire, volv�a a bajar y me daba la</p><p>vuelta bruscamente para ponerme de cara a mi violador.</p><p>-�Otra vez? -repiti� el a sorprendida.</p><p>Era mi otra prima, Am�yatl. Por si no he dicho antes que era hermosa lo digo ahora: lo era. A los diecis�is</p><p>a�os era m�s hermosa de cara y de formas que ninguna otra muchacha o mujer que yo hubiera visto en</p><p>Aztl�n, y a esa edad lo m�s probable es que estuviera en el punto �lgido de su bel eza.</p><p>-Eso ha sido de lo m�s impropio -la reprend� con una voz que se me iba convirtiendo en un gru�ido-. �Por</p><p>qu� has tenido que hacer una cosa as�?</p><p>-Esperaba tentarte -respondi� mi prima sin rodeos.</p><p>-�Tentarme? -gru��-. �Para hacer qu�?</p><p>-A hacer el acto �ntimo que una mujer y un hombre hacen juntos. Lo confieso, me gustar�a much�simo</p><p>aprender. Pens� que podr�amos ense�arnos el uno al otro.</p><p>-Pero... �por qu� yo? -le pregunt� con un pitido agudo. Am�yatl sonri� traviesamente.</p><p>-Porque, igual que yo, t� todav�a no has aprendido. Pero por ese �nico toque que te he dado ahora mismo,</p><p>me doy cuenta de que est�s completamente crecido y capacitado. Y yo tambi�n. Me desnudar� y lo ver�s.</p><p>-Ya te he visto desnuda. Nos hemos ba�ado juntos. Nos hemos sentado juntos en la caba�a de vapor.</p><p>Hizo un gesto con la mano de menosprecio hacia aquel o.</p><p>-Cuando �ramos ni�os sin sexo. Desde que yo l evo mi prenda interior de feminidad t� no me has visto</p><p>desnuda. Ahora me encontrar�s muy diferente, tanto aqu�... como aqu�. Me puedes tocar, y yo a ti tambi�n,</p><p>y despu�s seguiremos haciendo todo lo que nos sintamos inclinados a hacer.</p><p>Para aquel entonces mis compa�eros de la infancia y yo a menudo hab�amos hablado con solemnidad,</p><p>como imagino que incluso los j�venes cristianos hacen, de las diferencias que existen entre el cuerpo</p><p>femenino   y   el   masculino,   y  tambi�n   hab�amos   hablado   de   lo   que   cre�amos   hac�an   los   hombres  y   las</p><p>mujeres en la intimidad, y de c�mo se hac�a, y de cu�l de los dos se pon�a encima, y de las variaciones que</p><p>hab�a, y de cu�nto duraba el acto y cu�ntas veces seguidas pod�a hacerse. Cada uno de nosotros, primero</p><p>en   secreto   y   luego   en   reuniones   competitivas,   averiguamos   c�mo   verificar   que   nuestros   tepultin   eran</p><p>er�ctiles de forma fidedigna, que nuestros huevos ololtin conten�an om�cetl viril en cantidad y capacidad de</p><p>proyecci�n no inferior a la de nuestros amigos.</p><p>Adem�s, siempre que nos pon�an a ayudar en una de las nunca terminadas obras de mejora de la ciudad,</p><p>escuch�bamos con avidez las bromas subidas de tono de los trabajadores adultos y los recuerdos de sus</p><p>aventuras con mujeres, con toda seguridad exageradas al contarlas. De manera que los muchachos a los</p><p>que conoc�a, y yo mismo, pose�amos s�lo una informaci�n vaga y de segunda mano, junto con una buena</p><p>cantidad de desinformaci�n, que iba desde lo que no era factible hasta lo anat�micamente imposible. Si</p><p>nosotros,   los   muchachos,   l egamos   a   alg�n   consenso   en   nuestras   conversaciones,   el o   fue   debido</p><p>sencil amente a que est�bamos m�s que ansiosos por ahondar en aquel os misterios por nosotros mismos.</p><p>Y heme a mi al � mientras la m�s encantadora doncel a de Aztl�n, no una ma�titl barata y corriente, ni</p><p>siquiera una auyanimi cara, sino una verdadera princesa, me ofrec�a su cuerpo. (Como hija del Uey-Tecutli</p><p>ten�a derecho a que se dirigieran a el a -y as� lo hac�a la gente com�n- como Am�yatzin.) Cualquiera de mis</p><p>compa�eros habituales se habr�a apresurado a coger aquel ofrecimiento sin oponer el menor reparo, con</p><p>j�bilo, gratitud y servil agradecimiento a todos los dioses que hubiera. Pero hay que recordar que, aunque</p><p>el a fuera cuatro a�os mayor que yo, hab�amos crecido los dos juntos. La hab�a conocido cuando s�lo era</p><p>una ni�a mugrienta que a menudo l evaba los mocos colgando y sol�a tener despel ejadas las huesudas</p><p>rodil as,   pues   con   frecuencia   se   hurgaba   las   costras;   hab�a   presenciado   sus   l antinas   y   sus   rabietas</p><p>temperamentales,   la   hab�a   visto   convertirse   en   un   verdadero   fastidio   y   m�s   tarde   hab�a   conocido   las</p><p>bromas pesadas, l enas de ese desprecio propio de una hermana mayor, con las que me atormentaba. As�</p><p>que, en la misma medida que el a no ten�a misterio para mi, tampoco ten�a atracci�n. No pod�a mirarla,</p><p>como me pasaba con cualquier otra muchacha bonita que me encontrase, y pensar: "Oye... �y si nosotros</p><p>dos...?"</p><p>No obstante, aqu�l a era una oportunidad ante la que yo dif�cilmente pod�a quedarme cruzado de brazos,</p><p>como   suele   decirse.   Aunque   copular   con   aquel a   prima   m�a   me   resultase   tan   aburrido,   incluso   tan</p><p>desagradable como  en  la  ocasi�n  que  tuvo  lugar  mucho  tiempo  atr�s  con su  hermano,  se me estaba</p><p>ofreciendo la oportunidad de explorar un cuerpo femenino adulto y todos los lugares secretos que �ste tiene</p><p>y de averiguar lo que todav�a nadie me hab�a explicado: c�mo se hac�a realmente el acto de copular. Aun</p><p>as�, lo que fue un m�rito para mi, expuse, aunque d�bilmente, un argumento en contra:</p><p>-�Por qu� yo? �Por qu� no Yeyac? Es mayor que nosotros dos. Tiene que ser capaz de ense�arte m�s</p><p>que...</p><p>-�Ayya! -exclam� Am�yatl al tiempo que hac�a una mueca-. Seguro que te habr�s dado cuenta de que mi</p><p>hermano es un cuilontli. Que �l y sus amantes s�lo se complacen en cuil�nyoti.</p><p>S�, yo sabia eso, y para entonces ya hab�a aprendido las palabras que designan esa clase de hombres y</p><p>esa clase de complacencia, pero estaba realmente at�nito de que una doncel a enclaustrada como aqu�l a</p><p>conociera tales palabras. Y me qued� a�n m�s at�nito si cabe de que una doncel a enclaustrada pudiera,</p><p>como Am�yatl estaba haciendo en aquel momento, quitarse con tanta soltura la blusa para quedar desnuda</p><p>hasta   la   cintura.   Pero   de   pronto   su   expresi�n   de   complacida   expectaci�n   se   convirti�   en   otra   de</p><p>consternaci�n, y entonces me pregunt� a gritos:</p><p>-�A eso te refer�as cuando has dicho "otra vez"? �Es que Yeyac y t�...? Ayya, primo, �t� tambi�n eres un</p><p>cuilontli?</p><p>No pude replicar al instante porque me hab�a quedado idiotizado al mirar boquiabierto aquel os pechos</p><p>divinamente redondos, suaves, sugerentes, con un capul o rojizo en la punta que yo estaba seguro de que</p><p>sabr�a a n�ctar de flores. Am�yatl ten�a raz�n; ahora era diferente. Antes era tan lisa en aquel lugar como</p><p>yo, y sus pezones se notaban tan poco como los m�os. Pero tras superar aquel momento de hechizo, me</p><p>apresur� a responder:</p><p>-No. Yo no lo soy. Yeyac vino una vez y me agarr�. Como has hecho t�. Pero lo rechac�. No tengo el menor</p><p>inter�s en la manera de hacer el amor cuilonyoti.</p><p>A mi prima se le ilumin� la cara, sonri� y dijo:</p><p>-Pues entonces vamos a practicar la manera correcta de hacer el amor.</p><p>Y dej� que la falda cayera al suelo.</p><p>-�La manera correcta? -repet� como un loro-. Pero de esa manera es como se hacen los ni�os.</p><p>-S�lo si se quiere -me corrigi� Am�yatl-. �Crees que soy una ni�a? Soy una mujer crecida y he aprendido</p><p>de otras mujeres adultas c�mo evitar el embarazo. A diario tomo una dosis de ra�z de tlatlaohu�huetl en</p><p>polvo.</p><p>Yo no ten�a ni idea de qu� pudiera ser aquel o, pero cre� en su palabra. Sin embargo -lo que tambi�n fue un</p><p>m�rito por mi parte, creo yo- prob� un nuevo argumento:</p><p>- T� querr�s casarte alg�n d�a, Am�yatl. Y querr�s desposar a un pili de tu propio rango. Y �l esperar  que</p><p>seas virgen. -Mi voz fue subiendo de tono hasta convertirse de nuevo en un graznido, mientras mi prima</p><p>empezaba   lentamente,   de   forma   casi   atormentadora,   a   quitarse   la   prenda   toch�mitl   de   fieltro   que   le</p><p>envolv�a los lomos-. Me han dicho que una hembra, despu�s de una sola vez de haber hecho el amor, ya</p><p>no   es   virgen,   y   que   ese   hecho   se   pone   de   manifiesto   la   noche   de   bodas.   Y   en   ese   caso   podr�as</p><p>considerarte muy afortunada si te aceptase como esposa aunque fuera un...</p><p>Am�yatl suspir� como si la exasperase mucho aquel as nerviosas divagaciones m�as.</p><p>-Ya te he dicho, Tenamaxtli, que me han ense�ado otras mujeres. Si es que alguna vez l ego a tener una</p><p>noche de bodas, estar� preparada para el o. Hay un unguento astringente que me puede poner el himen</p><p>m�s tirante que a una virgen de ocho a�os. Y hay cierta clase de huevo de paloma que puedo insertar</p><p>dentro de m� sin que mi marido se percate de el o, y que se romper  en el momento oportuno.</p><p>Mi voz volvi� a ponerse ronca cuando dije:</p><p>-Ciertamente parece que lo has considerado mucho antes de invitarme a...</p><p>-Ayya, �quieres cal arte? �Es que me tienes miedo?  Deja ya de decir imbecilidades, primo idiota, y ven</p><p>aqu�!</p><p>Y se acost� de espaldas en mi jerg�n y tir� de m� hacia abajo para atraerme a su lado. Me rend� por</p><p>completo.</p><p>Me percat� de que hab�a hablado de veras al decir que aquel a parte de su cuerpo tambi�n era diferente.</p><p>En   las ocasiones anteriores  en   que   yo  la   hab�a   visto   desnuda,   al �,   en  la   entrepierna,   s�lo   hab�a   una</p><p>peque�a y apenas definida grieta. El tipili ahora era bastante m�s que una grieta, y en su interior hab�a</p><p>maravil as. Maravil as.</p><p>Estoy seguro de que cualquiera que observase nuestros torpes e inexpertos manejos, incluso un cuilontli</p><p>desprovisto de todo inter�s, habr�a acabado vencido por la risa. Con voz insegura, que iba temblando de</p><p>tono en tono, desde el de la flauta de junco hasta el de la trompa de caracola o el tambor de tortuga, no</p><p>dej� de tartamudear necedades como: "�Es �sta la manera correcta? �Preferir�as que hiciera esto... o</p><p>esto? �Qu� hago con esto?" Am�yatl, con m�s calma, dec�a cosas como: "Si lo abres suavemente con los</p><p>dedos, como si fuera la concha de una ostra, te encontraras con una perla muy peque�a, mi xacapil�..." Y</p><p>ya sin calma alguna: "Si! Ah�! Ayyo, s�!" Y desde luego, al cabo de un rato abandon� toda calma, yo ya no</p><p>me sent� nervioso y los dos comenzamos a emitir ruidos inarticulados de �xtasis y deleite.</p><p>Lo que mejor recuerdo acerca de aquel a copulaci�n y de las que siguieron a aqu�l a, es lo bien que</p><p>Patzcatl-Am�yatl encarnaba su nombre. Significa Fuente de Jugo, y cuando nos acost�bamos juntos eso es</p><p>lo que era. He conocido a muchas mujeres desde entonces, pero no he encontrado ninguna que fuera tan</p><p>copiosa en jugos. Aquel a primera vez, con s�lo tocarla ya empez� su tipili a exudar ese transparente pero</p><p>lubricante fluido. Pronto los dos estuvimos, y tambi�n el jerg�n, resbaladizos y relucientes a causa de los</p><p>jugos. Cuando finalmente l egamos al acto de la penetraci�n, la membrana chitoli que proteg�a la virginidad</p><p>de   Am�yatl   cedi�   sin   resistencia.   Estaba   virginalmente   tensa,   pero   no   hubo   fuerza   ni   frustraci�n   en</p><p>absoluto. A mi tepuli lo acogieron aquel os jugos y se desliz� con facilidad hasta el interior. En posteriores</p><p>ocasiones Am�yatl empezaba con su manantial nada m�s quitarse el toch�mitl, y luego, m�s tarde, en</p><p>cuanto entraba en mi habitaci�n. Y tiempo despu�s hab�a ocasiones en que, a pesar de estar los dos</p><p>completamente   vestidos   y   en   compa��a   de   otros   comport�ndonos   con   impecable   propiedad,   el a   me</p><p>lanzaba una mirada que dec�a: "Te veo, Tenamaxtli... y estoy h�meda debajo de la ropa."</p><p>Por eso el d�a en que cumpl� trece a�os me re� para mis adentros cuando el padre de Am�yatl, mi t�o, sin</p><p>elegancia pero con buenas intenciones, me orden� que lo acompa�ase a la principal casa de auyanime de</p><p>Aztl�n y eligi� para m� a una auyanimi de primera calidad. Como yo era una espiga joven y presumida,</p><p>cre�a que ya sabia todo lo que un hombre pod�a saber acerca del acto de ahuilnema con una hembra. Bien,</p><p>pronto descubr�, con deleite, con varios momentos de aut�ntica sorpresa, e incluso de vez en cuando con</p><p>un ligero susto, que hab�a much�simas cosas que no sab�a, cosas que a mi prima y a m� ni siquiera se nos</p><p>hab�a ocurrido probar ni una vez.</p><p>Por ejemplo, me qued� brevemente desconcertado cuando la muchacha me hizo con la boca lo que yo</p><p>cre�a que s�lo los varones cuilontli hac�an entre el os, porque eso fue lo que intent� hacerme aquel a vez</p><p>Yeyac. Pero mi tepuli estaba m�s maduro ahora, y la muchacha me lo excit� con tanta destreza que estal �</p><p>con gloriosa gratificaci�n. Luego me mostr� c�mo hacer lo mismo con su xacapili. Aprend� que aquel a perla</p><p>apenas visible, aunque es mucho m�s peque�a que el �rgano de un hombre, puede igualmente introducirse</p><p>en la boca, acariciarse con la lengua y chuparse hasta que, el a sola, impele a la hembra a aut�nticas</p><p>convulsiones de gozo. Al aprender esto empec� a sospechar que ninguna mujer necesita en realidad a un</p><p>hombre, es decir, al tepuli de �ste, puesto que otra mujer, o incluso un ni�o, podr�a proporcionarle esa clase</p><p>de gozo. Cuando se lo coment�, la muchacha se ech� a re�r, pero se mostr� de acuerdo y me dijo que</p><p>hacer el amor entre mujeres se l ama patlachuia. Cuando a la ma�ana siguiente dej� a la muchacha y</p><p>regres� al palacio, Am�yatl me estaba esperando con impaciencia; tir� de m� con urgencia y me l ev� a un</p><p>lugar donde pudi�ramos conversar en privado. Aunque el a sabia d�nde hab�a pasado yo la noche, y lo que</p><p>hab�a estado haciendo, no estaba ni celosa ni disgustada. Justo lo contrario. Estaba casi temblando por</p><p>averiguar si yo hab�a aprendido alguna travesura nueva, ex�tica o voluptuosa que pudiera ense�arle a el a.</p><p>Cuando sonre� y le dije que as� era, ciertamente, Am�yatl me hubiera arrastrado en aquel mismo instante a</p><p>su habitaci�n o a la m�a. Pero le rogu� que me diera tiempo para recuperarme y revitalizar mis propios</p><p>jugos y energ�as. Mi prima se sinti� bastante molesta por tener que esperar, pero le asegur� que el a podr�a</p><p>disfrutar mucho m�s de todas las nuevas cosas que aprender�a cuando yo hubiera recuperado el vigor</p><p>necesario para ense��rselas.</p><p>Y as� lo hizo, y lo mismo yo, y durante los cinco a�os siguientes m�s o menos continuamos disfrutando el</p><p>uno del otro en cualquier momento en que dispon�amos de la suficiente intimidad. Nunca nos sorprendi�</p><p>nadie durante el acto, ni siquiera sospecharon de nosotros, que yo sepa, ni su padre, ni su hermano, ni mi</p><p>madre. Pero de hecho no est�bamos realmente enamorados. Resultaba que, simplemente, cada uno era el</p><p>utensilio m�s conveniente y dispuesto para el otro. Igual que el d�a en que cumpl� trece a�os, Am�yatl</p><p>nunca dio muestras de disgusto o indignaci�n las pocas veces en que seguramente se dio cuenta de que</p><p>yo hab�a catado los encantos de alguna moza sirvienta o de alguna esclava. (Muy pocas veces, beso la</p><p>tierra por el o. Ninguna comparable a mi querida prima.) Y yo no me habr�a sentido traicionado si alguna vez</p><p>Am�yatl hubiera hecho lo mismo. Pero s� que no lo hizo. El a, al fin y al cabo, era noble y no se hubiera</p><p>arriesgado a poner en peligro su reputaci�n con nadie en quien no confiara como confiaba en m�.</p><p>Y tampoco se le rompi� el coraz�n cuando, al cumplir veinti�n a�os, Am�yatl tuvo que abandonarme y</p><p>tomar marido. Como ocurre en la mayor�a de los matrimonios entre j�venes p�piltin, aqu�l fue concertado</p><p>por los padres, Mixtzin y K�vari, t�atocapil  de Yak�reke, la comunidad m�s cercana a la nuestra hacia el</p><p>sur. Am�yatl fue formalmente prometida para convertirse en la esposa de Kauri, el hijo de K�vari, que ten�a</p><p>aproximadamente su misma edad. Result� obvio para mi (y para Cana�tli, nuestro Evocador de la Historia)</p><p>que mi t�o estaba as� haciendo una alianza entre nuestro pueblo y el de Yak�reke como un sutil paso hacia</p><p>la meta de convertir de nuevo a Aztl�n -como lo hab�a sido hac�a mucho tiempo, en la capital de todos los</p><p>territorios y pueblos circundantes.</p><p>No s� si Am�yatl y Kauri hab�an l egado a conocerse bien, por no decir a amarse, pero, en cualquier caso,</p><p>estaban obligados a obedecer los deseos de sus padres. Adem�s Kauri era, en mi opini�n, un compa�ero</p><p>pasablemente bien parecido y aceptable para mi prima, as� que mi �nica emoci�n el d�a de la ceremonia</p><p>fue una ligera aprensi�n. Sin embargo, despu�s de que el sacerdote de Xochiquetzal hubiera atado las</p><p>esquinas de sus respectivos mantos con el nudo nupcial, de que terminaran las festividades tradicionales y</p><p>de que la pareja se hubiera retirado a sus habitaciones, bel amente amuebladas, del palacio, ninguno de los</p><p>invitados   a   la   boda   o�mos   alboroto   escandalizado   que   procediera   de   al �.   Supuse,   con   alivio,   que   el</p><p>ung�ento   y   el   huevo   de   paloma   introducido   dentro   de  Am�yatl,   tal   como   prescribieran   las   alcahuetas</p><p>consejeras de mi prima a�os atr�s, hab�an bastado para dejar a Kauri satisfecho y con el convencimiento</p><p>de que se hab�a casado con una virgen sin m�cula. Y sin duda el a le habr�a convencido del todo al mostrar</p><p>una virginal ineptitud en el acto que tan ma�osamente hab�a estado practicando durante aquel os a�os.</p><p>Am�yatl y Kauri se casaron muy poco tiempo antes del d�a en que mi madre, Cuicani, mi t�o Mixtzin y yo</p><p>parti�ramos hacia la Ciudad de M�xico. Y estimo que mi t�o demostr� perspicacia al nombrar para que</p><p>gobernasen en su lugar no a su hijo y presunto heredero, Yeyac, sino a su inteligente hija y al marido de</p><p>�sta.   Pasar�a   mucho,   mucho   tiempo   antes   de   que   yo   volviera   a   ver   de   nuevo   a   Am�yatl,   y   fue   en</p><p>circunstancias que ninguno de los dos hubiera ni remotamente imaginado cuando el a, aquel d�a, nos dijo</p><p>adi�s con la mano a los viajeros.</p><p><strong>5</strong></p><p>As� que yo estaba de pie en lo que hab�a sido el Coraz�n del Unico Mundo con los nudil os blancos a fuerza</p><p>de apretar el topacio que hab�a pertenecido a mi difunto padre, con ojos fieros les exig� a mi t�o y a mi</p><p>madre que hici�ramos algo para vengar la muerte de Mixtli. Mi madre, que estaba muy triste, se limit� a</p><p>hacer de nuevo ruido con la nariz. Pero Mixtzin me mir� con comprensi�n mitigada por el escepticismo y me</p><p>pregunt� con sarcasmo:</p><p>-�Y qu� podemos hacer nosotros, Tenamaxtli? �Incendiar la ciudad? Las piedras no prenden f�cilmente. Y</p><p>s�lo somos tres. La todopoderosa naci�n de los mexicas no fue capaz de resistir ante estos hombres</p><p>blancos. Bueno, �qu� te gustar�a que hici�ramos?</p><p>Me puse a tartamudear como tonto.</p><p>-Yo... yo... -Luego hice una pausa para poner en orden mis ideas y al cabo de un momento a�ad�-: Los</p><p>mexicas se vieron cogidos por sorpresa porque los invadi� una gente de cuya existencia nunca antes se</p><p>hab�a tenido noticia. Fue esa sorpresa y la confusi�n que sigui� a el a lo que provoc� la ca�da de los</p><p>mexicas. Simplemente no supieron ver la capacidad, la astucia y la avidez de conquista de los hombres</p><p>blancos. Pero ahora todo el Unico Mundo los conoce. Lo que todav�a no sabemos es en qu� aspecto los</p><p>espa�oles son m�s vulnerables. Deben de tener un punto d�bil en alguna parte, alg�n sitio donde se les</p><p>pueda dar un golpe bajo, donde se les pueda atacar y destripar.</p><p>Mixtzin hizo un gesto que abarcaba toda la ciudad a nuestro alrededor al tiempo que dec�a:</p><p>-�D�nde est�? Mu�stramelo. Con alegr�a me unir� a ti en ese destripamiento. T� y yo contra toda Nueva</p><p>Espa�a.</p><p>-Por favor, no te burles de m�, t�o. Te cito un fragmento de uno de tus propios poemas. "Nunca perdones... y</p><p>al final t�rate a la garganta." Los espa�oles seguramente tendr�n un punto d�bil en alguna parte. S�lo hay</p><p>que averiguar cu�l es.</p><p>-�Y eso vas a hacerlo t�, sobrino? En estos �ltimos diez a�os ning�n otro hombre de ninguna de las</p><p>naciones denotadas ha hal ado una sola grieta que penetrase en el blindaje espa�ol. �C�mo vas a hacerlo</p><p>t�?</p><p>-Pues por lo menos he hecho un amigo entre los enemigos. Ese que l aman notario y que habla nuestra</p><p>lengua me ha invitado a ir a hablar con �l siempre que quiera. Quiz� pueda sacarle alguna informaci�n de...</p><p>-Pues venga. Ve a hablar con �l. Te esperaremos aqu�.</p><p>-No, no -le dije yo-. Me costar� mucho tiempo ganarme su confianza por completo, albergar esperanzas de</p><p>hacer alg�n descubrimiento �til. Te pido permiso, como t�o y como Uey-Tecutli, para quedarme aqu�, en esta</p><p>ciudad, durante todo el tiempo que necesite para conseguirlo.</p><p>-Ayya ou�ya... -murmur� mi madre con aflicci�n.</p><p>Y Mixtzin se puso a frotarse de manera pensativa la barba. Finalmente me pregunt�:</p><p>-�Y   d�nde   vivir�s?   �Y   c�mo   lo   har�s?   Los   granos   de   cacao   que   tenemos   en   las   bolsas   s�lo   son</p><p>negociables en los mercados nativos. Para cualquier otra adquisici�n o pago, ya me han dicho que se</p><p>necesitan unas cosas l amadas monedas. Piezas de oro, plata y cobre. T� no tienes y yo tampoco tengo</p><p>ninguna que dejarte.</p><p>-Buscar� alg�n trabajo que hacer, y me pagar�n por el o. Quiz� ese notario pueda ayudarme. Y adem�s</p><p>recuerda que el tlatocapili Tototl dijo que dos de sus exploradores de T�piz est�n todav�a aqu�, en alguna</p><p>parte. Ya deben de tener un techo sobre sus cabezas, y a lo mejor est�n dispuestos a compartirlo con un</p><p>antiguo vecino.</p><p>-S� -asinti� Mixtzin-. Si que me acuerdo de eso. Tototl me dijo c�mo se l aman. Netzlin y su esposa Citlali.</p><p>S�, si pudieras encontrarlos...</p><p>-Entonces, �puedo quedarme?</p><p>-Pero bueno, Tenamaxtli -gimote� mi madre-, sup�n que tengas incluso que l egar a aceptar y adoptar las</p><p>costumbres de los hombres blancos...</p><p>Solt� un bufido y dije:</p><p>-No es probable, tene. Aqu� ser� como el gusano en un fruto de coyacapuli. Har� que me alimente hasta</p><p>que �l est� muerto.</p><p>Le preguntamos a unos transe�ntes si hab�a alg�n lugar donde pudi�ramos pasar la noche, y uno de el os</p><p>nos  envi�  hacia   la   Casa  de  los  Pochtecas,   algo   as�  como  una  sala  de  reuniones  y  almac�n  para  los</p><p>mercaderes que hab�an l evado sus mercanc�as a la ciudad y estaban de paso en el a. Pero hab�a un</p><p>portero a la entrada, y con disculpas pero con firmeza se neg� a dejarnos entrar.</p><p>-Este edificio est� reservado para uso exclusivo de los pochtecas -nos dijo-, y es obvio que vosotros no lo</p><p>sois, puesto que no l ev�is bultos ni tra�is s�quito de tam�mimes como portadores.</p><p>-Lo �nico que buscamos es un sitio para dormir -le indic� el t�o Mixtzin con un gru�ido.</p><p>-La cosa es -explic� el portero- que la Casa de los Pochtecas original ten�a casi el tama�o y grandeza de un</p><p>palacio, pero la demolieron, igual que hicieron con el resto de la ciudad. Esta que la sustituye es demasiado</p><p>pobre y peque�a comparada con aqu�l a. Y lo que sucede es, sencil amente, que no hay sitio para nadie</p><p>que no sea socio.</p><p>-Entonces, �d�nde, en esta acogedora y hospitalaria ciudad, encuentran alojamiento los visitantes?</p><p>-Hay un establecimiento que los hombres blancos l aman mes�n. Lo utiliza la Iglesia cristiana para albergar</p><p>y dar de comer a las personas indigentes o que est�n de paso. Se l ama Mes�n de San Jos�.</p><p>Y nos explic� c�mo l egar hasta al �.</p><p>-�Por Huitzli, otro de esos insignificantes santos suyos! dijo entre dientes mi t�o, pero nos dirigimos al �.</p><p>El mes�n era un edificio grande de adobe que funcionaba como anexo de un edificio mucho m�s grande y</p><p>consistente l amado Colegio de San Jos�. m�s tarde me enter� de que la palabra colegio significa algo muy</p><p>parecido   a   nuestra   calm�cac,   una   escuela   para   estudiantes   avanzados   donde   los   que   ense�an   son</p><p>sacerdotes, aunque en este caso sacerdotes cristianos, naturalmente.</p><p>El mes�n, como el colegio, estaba dirigido por unas personas que nosotros tomamos por sacerdotes, hasta</p><p>que algunos de los que l egaron al edificio nos dijeron que aquel os s�lo eran frailes, un grado m�s humilde</p><p>del clero cristiano. Llegamos casi a la puesta del sol, justo cuando algunos de aquel os frailes estaban</p><p>sirviendo cucharones de comida que sacaban de cacerolas enormes y los pon�an en cuencos que las</p><p>personas   que   hac�an   cola   l evaban   en   la   mano.   La   mayor   parte   de   aquel as   personas   no   estaban</p><p>manchados del viaje como nosotros, sino que eran habitantes de la propia ciudad que se ve�an harapientos</p><p>y ten�an aspecto derrotado. Era evidente que eran tan pobres que depend�an de los frailes para subsistir as�</p><p>como para cobijarse, porque ninguno de el os hizo adem�n ni ofrecimiento de pagar cuando le l enaron el</p><p>cuenco, y los frailes tampoco daban muestras de esperar que les pagasen.</p><p>Bajo   tales   circunstancias   yo   me   esperaba   que   aquel a   comida   de   caridad   fuera   alg�n   tipo   de   gachas</p><p>baratas y que saciaran, como atoli. Pero, sorprendentemente, lo que nos echaron en nuestro cuenco era</p><p>sopa de pato caliente, muy sabrosa y espesa a causa de la carne. A cada uno de nosotros se nos entreg�</p><p>una cosa con corteza marr�n, caliente y en forma de globo. Miramos lo que los dem�s hac�an con las</p><p>suyas, y vimos que se las com�an a bocados y las usaban para mojar en la sopa, igual que nosotros</p><p>hab�amos hecho siempre con nuestro tl�xcaltin plano, delgado y circular.</p><p>-A nuestro tl�xcaltin de harina de ma�z los espa�oles lo l aman tortil as -nos explic� un hombre muy delgado</p><p>que hab�a estado haciendo cola con nosotros-. Y a este pan suyo lo l aman bolil o. Se hace de harina, de</p><p>una que se saca de una especie de hierba que l aman trigo; lo consideran superior a nuestro ma�z y crece</p><p>en lugares donde el ma�z no puede hacerlo.</p><p>-Sea lo que sea -coment� mi madre con timidez-, est� bastante bueno.</p><p>Con raz�n lo hab�a dicho con tanta timidez, porque t�o Mixtzin le contest� al instante con brusquedad:</p><p>-�Hermana Cuicani, no deseo o�r ninguna palabra de aprobaci�n sobre nada que tenga que ver con esta</p><p>gente blanca!</p><p>El hombre flaco nos dijo que se l amaba Pochotl y se sent� con nosotros mientras cen�bamos; a lo largo de</p><p>la cena continu� inform�ndonos amablemente.</p><p>-Debe de ser que los espa�oles tienen s�lo unos cuantos patos canijos en su tierra, porque aqu� devoran</p><p>patos con preferencia a cualquier otra carne. Desde luego, en nuestros lagos hay verdaderas multitudes de</p><p>estas aves, y los espa�oles poseen unos m�todos extra�os, aunque eficaces, de matarlos... -Hizo una</p><p>pausa, se qued� escuchando y levant� una mano-. Ah� lo ten�is. �Hab�is o�do eso? Es a la hora del</p><p>crep�sculo cuando las bandadas vienen a refugiarse en el agua, y los cazadores de aves espa�oles las</p><p>matan a cientos cada noche.</p><p>Hab�amos o�do varios estal idos de lo que hubieran podido ser truenos lejanos; sonaron hacia el este y</p><p>continuaron resonando durante un rato.</p><p>-Por eso -continu� diciendo Pochot�- la carne de pato es tan abundante que incluso se puede utilizar para</p><p>dar de comer a los pobres. Yo, por mi parte, prefiero la carne de pitzome, pero no me puedo permitir el lujo</p><p>de comprarla.</p><p>-�Nosotros tres no somos pobres! -dijo el t�o Mixtzin con desprecio.</p><p>-Supongo que sois reci�n l egados. Pues quedaos un tiempo aqu�.</p><p>-�Qu� es un pitzome? -le pregunt�-. Nunca he o�do esa palabra antes.</p><p>-Es un animal. Lo han tra�do los espa�oles, y los cr�an en gran n�mero. Es muy parecido a nuestro jabal�,</p><p>pero es dom�stico y mucho m�s gordo. Su carne, que el os l aman puerco, es tan tierna y sabrosa como el</p><p>anca humana bien cocinada. -Mi madre y yo hicimos una mueca de repulsi�n al o�r aquel o, pero Pochotl no</p><p>se dio por enterado-. Verdaderamente es tan grande el parecido entre el pitzome y la carne humana que</p><p>muchos de nosotros somos de la opini�n de que los espa�oles y esos animales deben de tener alg�n</p><p>parentesco de sangre, que los hombres blancos y sus pitzome propagan sus especies copulando entre</p><p>el os.</p><p>Ahora los frailes nos hac�an se�as para que desaloj�ramos la gran habitaci�n, pr�cticamente sin muebles,</p><p>donde hab�amos estado comiendo y nos hicieron subir por las escaleras que conduc�an a los dormitorios.</p><p>Que yo recuerde, era la primera vez que me iba a la cama sin ba�arme, tomar vapor o, por lo menos, nadar</p><p>en el agua m�s cercana que tuviera a mi alcance. Arriba hab�a dos grandes habitaciones separadas, una</p><p>para hombres y otra para mujeres, as� que mi t�o y yo fuimos en una direcci�n y mi madre en otra, el a con</p><p>cara triste porque la hab�an separado de nosotros.</p><p>-Espero verla sana y salva por la ma�ana -refunfu�� Mixtzin-. Y ya, espero verla como sea. Bien puede ser</p><p>que estos sacerdotes blancos tengan una regla  seg�n la cual dar  de comer a una mujer les  concede</p><p>derecho a usarla.</p><p>-Ah� abajo est�n dando de comer a mujeres bastante m�s j�venes y m�s tentadoras que tene -le dije para</p><p>tranquilizarlo.</p><p>-Qui�n sabe los gustos que puedan tener esos extranjeros si, como ha dicho ese hombre, se piensa que</p><p>copulan incluso con cerdas. No me extra�ar�a nada en el os.</p><p>Aquel   hombre,   Pochotl,   tan   descarnado   que   contradec�a   su   nombre,   que   significa   cierto   �rbol   muy</p><p>voluminoso,   de   nuevo   se   estaba   reuniendo   con   nosotros;   puso   su   jerg�n   junto   al  m�o   y  acto   seguido</p><p>continu� obsequi�ndonos con m�s informaci�n sobre la Ciudad de M�xico y sus amos espa�oles.</p><p>-�sta -nos dijo- fue en otro tiempo una isla completamente rodeada por las aguas del lago Texcoco. Pero</p><p>ahora ese lago ha mermado tanto que la oril a m�s cercana se encuentra a toda una larga carrera al este</p><p>desde la ciudad, excepto por los canales que continuamente han de dragarse para proporcionar acceso a</p><p>los   acaltin   de   carga.   Las   calzadas   que   enlazan   la   ciudad   con   tierra   firme   antes   cruzaban   grandes</p><p>extensiones de aguas transparentes, las del lago, pero ahora, como pod�is ver con vuestros propios ojos,</p><p>esas extensiones son de cualquier cosa menos de agua. Por entonces tambi�n los otros lagos estaban</p><p>comunicados con el lago Texcoco y entre s�. Y el efecto era que parec�an un �nico y grandioso lago. Un</p><p>hombre pod�a ir remando en acali desde la isla de Zumpanco, situada al norte, hasta los jardines de flores</p><p>de Xochimilco, al sur, a unas veinte carreras largas, o a veinte leguas, como dir�an los espa�oles. Ahora ese</p><p>mismo hombre tendr�a que avanzar penosamente por entre las amplias ci�nagas que han separado a todos</p><p>esos lagos, que han encogido, entre s�. Algunos dicen que la culpa la tienen los �rboles.</p><p>-�Los �rboles! -exclam� mi t�o.</p><p>-Este val e est� circundado por monta�as que se ven en el horizonte. Todas esas monta�as conten�an</p><p>espesos bosques; casi se podr�a decir que estaban forradas de �rboles antes de que l egasen los hombres</p><p>blancos.</p><p>Mixtzin pareci� ir recordando lentamente.</p><p>-S�... s�, tienes raz�n -dijo-. Me ha sorprendido mucho en esta visita observar que las monta�as se ven m�s</p><p>marrones que verdes.</p><p>-Porque  las han despojado de la mayor parte de  los  �rboles -nos  explic� Pochot�-. Los espa�oles los</p><p>cortaron para obtener madera, troncos y le�a. Ciertamente, eso bien podr�a haber enojado a Chicomec�atl,</p><p>la diosa de las cosas verdes que crecen. Y quiz� se haya vengado convenciendo al dios Tl�loc para que</p><p>env�e su l uvia s�lo de forma escasa y espor�dica, como ha sucedido, y convenciendo tambi�n a Tonatiuh</p><p>para que abrase con m�s calor, como igualmente ha sucedido. Sea cual sea la raz�n, nuestros dioses del</p><p>clima se han estado comportando de un modo muy peculiar desde la l egada de las deidades crixtan�yotl.</p><p>-Perd�name, amigo Pochotl -le interrump� intentando cambiar de tema-. Conf�o en encontrar empleo aqu�,</p><p>no para hacer fortuna. S�lo busco un trabajo en el que me paguen lo suficiente para vivir. �Crees posible</p><p>que lo consiga?</p><p>Aquel hombre tan flaco me mir� de arriba abajo.</p><p>-�Tienes alguna habilidad especial, joven? �Sabes escribir el idioma de los hombres blancos? �Tienes</p><p>alg�n talento o arte? �Posees alguna habilidad art�stica?</p><p>-Nada de eso. No.</p><p>-Bien -concluy� Pochotl tristemente-. Entonces no est�s en situaci�n de rechazar los trabajos penosos:</p><p>como levantar bloques de piedra y cestos de mortero para los nuevos edificios; o trabajar como un esclavo</p><p>como porteador de tamemi o limpiar los canales sacando sedimentos, basura y excrementos. Si puedes o</p><p>no vivir de alguno de esos trabajos, depende, desde luego, de hasta qu� punto seas capaz de vivir en la</p><p>escasez.</p><p>-Bueno -le dije yo tragando saliva-, en realidad me esperaba algo mas...</p><p>El t�o Mixtzin me interrumpi�.</p><p>-Amigo Pochotl, t� eres un hombre bien hablado. Asumo que tienes cierto grado de inteligencia, incluso</p><p>educaci�n. Y est� claro que no amas a los hombres blancos. �Por qu�, entonces, subsistes de su caridad?</p><p>-Porque yo s� tengo habilidades -repuso Pochotl al tiempo que dejaba escapar un suspiro-. Yo era maestro</p><p>artesano del oro y la plata. Joyer�a delicada: col ares, brazaletes, aros para los labios, diademas, pulseras</p><p>para los tobil os.., cosas que los espa�oles no consideran de utilidad. Quieren el oro y la plata fundidos en</p><p>lingotes sin forma para envi�rselos a su rey o para acu�ar monedas toscas. �B�rbaros! Los otros metales</p><p>que manejan, los que el os denominan hierro, acero, cobre y bronce, se los conf�an a herreros musculosos</p><p>para que los forjen haciendo herraduras para cabal os, placas de armadura, espadas y cosas parecidas.</p><p>-�Y t� no sabr�as hacer eso? -quiso saber Mixtzin.</p><p>-Cualquier pat�n musculoso puede hacer eso. Pero considero que ese trabajo, propio de brazos fuertes, es</p><p>poco para m�. Y adem�s no me gusta l enarme las manos de cal os y deformarme los dedos de artista.</p><p>Quiz� alg�n d�a haya para el os alg�n trabajo decente que hacer.</p><p>Yo los escuchaba s�lo a medias. Estaba sentado con las piernas cruzadas en mi jerg�n rancio, pues ol�a a</p><p>innumerables   ocupantes   anteriores   que,   sin   duda   alguna,   no   se   lavaban,   y   meditaba   sobre   las   nada</p><p>atrayentes carreras que aquel hombre tan delgado me hab�a sugerido. Me hab�a jurado a m� mismo que</p><p>har�a cualquier cosa que los dioses requiriesen con tal de l evar adelante la venganza contra los hombres</p><p>blancos, y estaba dispuesto a mantener aquel juramento. La perspectiva de trabajo duro y mal pagado no</p><p>me asustaba. Pero el �nico prop�sito que me empujaba a quedarme en aquel a ciudad era buscar cualquier</p><p>punto d�bil que hubiera pasado inadvertido desde que los espa�oles dominaban el Unico Mundo, cualquier</p><p>grieta en el sistema de gobierno y control de Nueva Espa�a, cualquier inconsistencia en la supuestamente</p><p>infalible preparaci�n contra toda clase de derrocamiento. Y parec�a bastante improbable que yo pudiera</p><p>espiar con �xito si me pasaba la mayor parte del tiempo metido entre otros obreros en el fondo de un canal</p><p>o doblado bajo la cinta de transportar de un porteador tamemi. Bueno, quiz� el notario Alonso de Molina</p><p>pudiera proporcionarme otro tipo de trabajo mejor donde yo tuviera m�s oportunidad de emplear los ojos,</p><p>los o�dos y el instinto. Ahora Pochotl le estaba diciendo a mi t�o:</p><p>-Los hombres blancos nos han tra�do varios alimentos nuevos y muy sabrosos. Su pol o, por ejemplo, da</p><p>una carne mucho m�s tierna y jugosa que nuestra ave huaxolomi, que es m�s grande y que el os l aman</p><p>gal ipavo. Y cultivan una ca�a de la que extraen un polvo l amado az�car, mucho m�s dulce que la miel o</p><p>que   el   jarabe   de   coco.   Y   trajeron   una   clase   de   jud�a   l amada   haba,   y   otras   hortalizas   l amadas   col,</p><p>alcachofa, lechuga y r�bano. Buenos de comer para aquel os que pueden permitirse comprarlos o sigan</p><p>teniendo una parcela de tierra donde plantarlos. Pero yo creo que los espa�oles encontraron aqu� muchas</p><p>m�s cosas nuevas para el os. Est�n extasiados con nuestros xit�matl, Chile, choc�latl y ahu�catl, que el os</p><p>dicen no existen en su Vieja Espa�a. Oh, y adem�s est�n aprendiendo a obtener placer al fumar nuestro</p><p>pic�etl.</p><p>Poco a poco me fui percatando de que se o�an otras voces a mi alrededor en aquel a oscura habitaci�n,</p><p>pues otras personas permanec�an despiertas para conversar, como estaban haciendo Mixtzin y el hombre</p><p>delgado.   La   mayor�a   de   las  voces   se   o�an   en   n�huatl,   y   no   dec�an   nada   que   me   pareciera   digno   de</p><p>escucharse. Pero otras conversaciones ten�an lugar en idiomas incomprensibles; quiz� transmitieran toda la</p><p>sabidur�a del mundo o los m�s profundos secretos de los dioses, pues yo no entend�a nada. En aquel a</p><p>�poca yo no sab�a diferenciar las nacionalidades de aquel os diversos hablantes. Pero despu�s de pasar</p><p>unas   cuantas   noches   m�s   en   la   casa   de   hu�spedes   aprender�a   algo   interesante:   que   casi   todos   los</p><p>hombres que hab�a al �, excepto los nativos de la propia Ciudad de M�xico, hab�an acudido a aquel Mes�n</p><p>de San Jos� desde alg�n lugar situado al norte de la ciudad, y a menudo de muy al norte.</p><p>El o obedec�a a un motivo. Como he dicho, las naciones al sur, y tambi�n al este, de la Ciudad de M�xico</p><p>hab�an sucumbido pronto a la conquista espa�ola, de modo que por aquel entonces ya se hab�an adaptado</p><p>bien a la presencia y al poder de los espa�oles en sus tratos sociales y comerciales con el os. As� que</p><p>cualquier visitante procedente del sur o del este ser�a un enviado, un mensajero veloz o un pochteca que</p><p>l evaba a la ciudad mercanc�as para vender o intercambiar o que iba al � a comprar mercanc�as importadas</p><p>de Vieja Espa�a. Esos visitantes, pues, se alojar�an en la Casa de los Pochtecas, donde a nosotros tres se</p><p>nos hab�a rechazado, o incluso ser�an hu�spedes, cosa bastante probable, en alguna mansi�n o palacio de</p><p>alg�n espa�ol de alto rango.</p><p>Mientras tanto, los hu�spedes menos favorecidos que hab�a en aquel mes�n proced�an, excepto la gente</p><p>sin hogar de la ciudad, de las tierras del norte del Unico Mundo, todav�a sin conquistar. Hab�an venido bien</p><p>como exploradores, como el t�o Mixtzin, para tomarles las medidas a los hombres blancos y decidir cu�l</p><p>pod�a ser el futuro de sus pueblos, o bien como aquel os otros exploradores, Netzlin y Citlali, con intenci�n</p><p>de buscar un medio de vida entre los lujos de la ciudad de los hombres blancos. O quiz� algunos, pens� yo,</p><p>hubieran venido a hacer ambas cosas, como el gusano del fruto de coyacapuli y yo, con la esperanza de</p><p>ahondar, horadar y ahuecar aquel a Nueva Espa�a desde dentro. Si hab�a otros con intenciones igualmente</p><p>subversivas, ten�a que encontrarlos y unirme a el os.</p><p>Los frailes nos despertaron a la salida del sol y nos enviaron de nuevo al piso de abajo. A mi t�o y a m� nos</p><p>complaci� ver que mi madre hab�a pasado la noche sin problema alguno, y a los tres nos satisfizo el que los</p><p>frailes l enaran nuestros cuencos de gachas de atoli para desayunar, e incluso nos dieron una taza de</p><p>choc�latl espumoso para cada persona. Evidentemente mi madre, como el t�o Mixtzin, hab�a pasado la</p><p>mayor   parte   de   la   noche   despierta   hablando   con   otras   hu�spedes,   porque   nos   cont�   cosas   con   m�s</p><p>vivacidad de la que hab�a mostrado durante el viaje:</p><p>Hay mujeres aqu� que han servido a algunas de las mejores familias espa�olas, en algunas de las mejores</p><p>casas, y tienen cosas maravil osas que contar, especialmente de algunos tejidos nuevos que nunca se</p><p>hab�an   conocido   antes   en   el   Unico   Mundo.   Hay   un   material   que   denominan   lana   y   que   se   obtiene</p><p>esquilando a unos animales de piel rizada l amados ovejas, los cuales ahora se cr�an en grandes reba�os</p><p>en toda Nueva Espa�a. No tienen la piel como el fieltro, sino que se transforma en hilo, algo parecido a lo</p><p>que se hace con el algod�n, y eso se teje hasta convertirlo en pa�o. Dicen que la lana puede l egar a</p><p>abrigar tanto como las pieles y se la puede te�ir de colores tan vivos como si fueran plumas de quetzal.</p><p>�Me sent� contento al ver que mi tene hab�a encontrado novedades suficientes para borrar, o al menos para</p><p>atenuar, el recuerdo de lo que hab�a visto el d�a anterior, pero mi t�o no hizo m�s que gru�ir mientras mi</p><p>madre parloteaba.</p><p>Ech� un vistazo a mi alrededor por la sala comedor, intentando que no se notase mucho, mientras me</p><p>preguntaba cu�les de todas aquel as personas, si es que hab�a alguna, podr�an ser futuros aliados en</p><p>aquel a campa�a m�a de espiar y hacer maquinaciones. Bien, un poco m�s al � aquel hombre tan delgado</p><p>l amado Pochotl se inclinaba para engul ir su cuenco de atoli. Podr�a serme �til, puesto que era nativo de</p><p>aquel a ciudad y la conoc�a al detal e, aunque me resultaba imposible imagin�rmelo actuando c�mo un</p><p>guerrero, si es que mi campa�a l egaba alguna vez a eso. Y de los dem�s que se encontraban en la</p><p>estancia... �cu�les? Hab�a ni�os, adultos y ancianos, varones y mujeres. Quiz� decidiese reclutar a una o</p><p>varias de �stas, porque hay lugares a donde una mujer puede ir sin levantar sospechas y un hombre no.</p><p>-Y hay incluso otro de esos tejidos maravil osos del que hablan mucho -segu�a explicando mi madre-. Se</p><p>l ama seda y dicen que es tan liviana como la tela de ara�a, aunque resulta bril ante a la vista, voluptuosa al</p><p>tacto y tan duradera como el cuero. Aqu� no se fabrica; la traen de Vieja Espa�a. Y lo que es realmente</p><p>incre�ble es que dicen que el hilo lo hilan unos gusanos. Deben de referirse a alguna clase de ara�a.</p><p>-Conf�a en las mujeres para que se dejen engatusar por frusler�as y baratijas -refunfu�� el t�o Mixtzin-. Si</p><p>este Unico Mundo fuera s�lo de mujeres, los hombres blancos lo habr�an obtenido s�lo por una brazada de</p><p>chucher�as, y nunca nadie hubiera levantado una arma contra el os.</p><p>-Vamos, hermano, eso no es as� -dijo mi madre virtuosamente-. Yo detesto a los hombres blancos tanto</p><p>como t�, y tengo a�n m�s motivos que t� para el o, pues me han dejado viuda. Pero puesto que el os han</p><p>tra�do esas curiosidades... y puesto que nosotros estamos aqu�, donde pueden verse...</p><p>Como era de esperar, Mixtzin estal �.</p><p>-En el nombre de la m�s completa oscuridad de Mictlan, Cuicani, �ser�as acaso capaz de meterte en tratos</p><p>con esos aborrecibles intrusos?</p><p>-Claro   que   no.   -respondi�   mi   madre.   Y  a�adi�,   con   ese   sentido   pr�ctico   que   tienen   las   mujeres-:   No</p><p>tenemos monedas para comerciar. No deseo adquirir ninguna de esas telas, s�lo quiero verlas y tocarlas.</p><p>S� que tienes mucha prisa por marcharte de esta ciudad l ena de extranjeros, pero no nos apartaremos</p><p>demasiado de nuestro camino si pasamos por el mercado y me dejas que curiosee un poco entre los</p><p>puestos.</p><p>Mi t�o murmur� algo entre dientes, se resisti� y gru��, pero desde luego no iba a negarle a mi madre aquel</p><p>peque�o placer que nunca m�s volver�a a estar a su alcance.</p><p>-Bueno, pues si tienes que perder el tiempo ser� mejor que nos pongamos en camino en este mismo</p><p>instante. Que te vaya bien, Tenamaxtli. -Me puso una mano en el hombro-. Ojal� que tu temeraria idea</p><p>tenga �xito. No obstante, deseo a�n m�s que vuelvas a casa sano y salvo, y que no tardes mucho en</p><p>hacerlo.</p><p>La despedida de tene fue m�s prolongada y emotiva, con abrazos, besos, l�grimas y recomendaciones de</p><p>que   me   mantuviese   sano,   comiera   alimentos   nutritivos,   me   moviera   con   cautela   entre   aquel os</p><p>impredecibles hombres blancos y, sobre todo, que no tuviera nada que ver con mujeres blancas. Partieron</p><p>hacia el extremo norte de la ciudad, donde estaba situada la plaza en la que se celebraba el mayor y m�s</p><p>concurrido mercado de la ciudad. Y yo me dirig� hacia una plaza diferente, aquel a en la que el d�a anterior</p><p>hab�an quemado vivo a mi padre. Iba solo, pero no con las manos vac�as; cuando sal�a del Mes�n de San</p><p>Jos� vi a la puerta del mismo, por la parte de afuera, una tinaja de arcil a vac�a que al parecer nadie usaba</p><p>ni vigilaba. As� que me la cargu� al hombro, como si estuviera acarreando agua o atoli para los obreros de</p><p>alguna   cuadril a   de   construcci�n   en   cualquier   parte.   Fing�a   que   pesaba   mucho   y   por   el o   caminaba</p><p>lentamente,   en   parte   porque   as�   era   como   me   imaginaba   que   caminar�a   un   obrero   mal   pagado,   pero</p><p>principalmente porque quer�a tomarme tiempo para examinar a conciencia a cada persona, cada lugar y</p><p>cada cosa con la que me cruzaba.</p><p>El d�a anterior me hab�a sentido inclinado a mirar boquiabierto muchos aspectos de la ciudad, apreciando</p><p>cada escena de una sola mirada, por as� decir: las amplias y largas avenidas bordeadas de inmensos</p><p>edificios de arquitectura extranjera, con aquel as fachadas de piedra o enlucidas con yeso y adornadas con</p><p>frisos esculpidos, l enos de recovecos complicados pero sin ning�n significado, igual que los bordados con</p><p>que algunos de nuestros pueblos bordean sus mantos; y las cal es laterales, mucho m�s estrechas que las</p><p>otras, donde los edificios eran m�s peque�os, estaban muy apretados unos contra otros y cuya decoraci�n</p><p>no era tan lujosa.</p><p>Aquel d�a decid� concentrarme en los detal es. De modo que me di cuenta de que los grandiosos edificios</p><p>cuyas fachadas daban a las avenidas y plazas abiertas eran en su mayor�a lugares de trabajo para los</p><p>funcionarios   del   gobierno   de   Nueva   Espa�a   y   sus   numerosos   subordinados,   concejales,   oficinistas,</p><p>escribientes y dem�s. Adem�s tambi�n me fij� en que, entre los numerosos hombres que vest�an atuendo</p><p>espa�ol y que entraban y sal�an de aquel os edificios l evando libros, papeles, bolsas de mensajero o,</p><p>sencil amente, expresiones altivas para darse importancia, hab�a algunos con el cutis tan oscuro y tan</p><p>lampi�o como yo. Otros grandiosos edificios estaban a todas luces habitados por los dignatarios de la</p><p>religi�n de los hombres blancos, y tambi�n por sus numerosos subordinados y sirvientes. Y entre �stos, que</p><p>l evaban indumentaria clerical y ten�an una expresi�n blanda y complaciente, hab�a no pocos hombres con</p><p>el rostro cobrizo y lampi�o. S�lo en los edificios que albergaban a los militares, en el cuartel general de los</p><p>altos oficiales o en los barracones de los rangos inferiores, no vi a nadie de mi propia gente que vistiera</p><p>trajes formales de desfile, uniformes de trabajo, armaduras o que l evara armas de ninguna clase. Algunos</p><p>de los edificios realmente grandes y ornamentados eran, desde luego, palacios en los que resid�an los</p><p>personajes de mayor categor�a del gobierno, la Iglesia y el ej�rcito, y en cada una de aquel as puertas</p><p>montaban guardia soldados armados y con expresi�n de mantenerse alerta; normalmente l evaban atado</p><p>con correa a uno de aquel os fieros perros de guerra suyos.</p><p>Vi tambi�n otros perros de variadas formas y tama�os y con porte no tan fiero, aunque apenas se pod�a</p><p>creer que estuviesen emparentados con los peque�os y gordinflones perros techichi que nosotros, los del</p><p>Unico   Mundo,   l ev�bamos   siglos   criando   sin   otra   finalidad   que   usarlos   como   raciones   alimenticias   de</p><p>emergencia. De hecho, ya no quedaban tech�chime en la Ciudad de M�xico, pues los ciudadanos nativos</p><p>se hab�an aficionado a la carne de puerco, de la que al � hab�a gran abundancia, y los espa�oles nunca</p><p>comer�an carne de techichi. Hab�a adem�s otros animales al � que eran totalmente nuevos para m�, aunque</p><p>supongo que deb�an de ser la peculiar variedad de Vieja Espa�a de nuestro jaguar, nuestro cuguary nuestro</p><p>oc�lotl. Sin embargo eran siempre mucho m�s peque�os que estos gatos, y eran dom�sticos, amables y de</p><p>voz suave. Y estas versiones en miniatura incluso ronronean como s�lo el cuguar, de todos nuestros gatos,</p><p>sabe hacer. Los edificios de las cal es estrechas estaban muy juntos unos a otros y eran a la vez lugares de</p><p>trabajo y vivienda para sus ocupantes, todos el os blancos. Al nivel de la cal e era frecuente que hubiese</p><p>una tienda donde  se vendiera mercanc�as de alguna clase, un  herrero, un establo para cabal os o un</p><p>establecimiento   de   comidas   abierto   al   p�blico,   al   p�blico   blanco.   Los   dem�s   pisos   que   quedaban   por</p><p>encima, uno, dos o tres, deb�an de ser donde viv�an los propietarios y sus familias.</p><p>Excepto los que ya he mencionado, las personas de piel oscura que vi por aquel as cal es y avenidas eran</p><p>en   su   mayor�a   mensajeros   que   trotaban   ligeros   hacia   alguna   parte,   tam�mimes   que   avanzaban</p><p>penosamente bajo yugos o porteadores que l evaban fardos o bultos con la ayuda de cintas. Aquel os</p><p>hombres iban vestidos como yo, con manto tilmatl, taparrabos m�xt�atl y sandalias cactli. Pero hab�a otros</p><p>que deb�an de ser sirvientes de familias blancas, porque iban vestidos como espa�oles, con t�nicas, calzas</p><p>ajustadas, botas y sombreros de una forma o de otra. Algunos de aquel os hombres, los m�s viejos, ten�an</p><p>curiosas cicatrices en las mejil as. La primera vez que vi uno de el os supuse que se habr�a hecho la cicatriz</p><p>en la guerra o en alg�n duelo, porque la forma de la cicatriz, parecida a una "G", no me dec�a nada. Pero</p><p>luego me cruc� con varios hombres m�s cuyas mejil as estaban marcadas con la misma figura. Y vi a otros,</p><p>m�s j�venes, que ten�an tambi�n cicatrices, aunque los s�mbolos eran diferentes. Estaba claro que los</p><p>hab�an marcado de aquel a forma deliberadamente. Si a alguna de las mujeres de la ciudad la hab�an</p><p>tratado de igual modo es algo que no pude determinar, porque en aquel as cal es no tuve ocasi�n de ver a</p><p>mujer alguna, ni blanca ni oscura.</p><p>M�s tarde me enter� de que aquel a parte de la ciudad por la que me mov�a lentamente se l amaba la</p><p>Traza, y era un amplio rect�ngulo, cuya extensi�n comprend�a muchas cal es y avenidas, situado en el</p><p>centro   mismo   de   la   Ciudad   de   M�xico.   La   Traza   estaba   reservada   para   las   residencias,   iglesias,</p><p>establecimientos comerciales y edificios oficiales de los hombres blancos y sus familias. Hab�a algunas</p><p>excepciones. Los hombres de piel cobriza con atav�o clerical viv�an en las residencias de la Iglesia junto con</p><p>sus colegas eclesi�sticos. Y unos cuantos, pocos, criados de las familias blancas com�an y dorm�an en las</p><p>casas donde trabajaban. Pero los dem�s ciudadanos nativos, incluso los que trabajaban para funcionarios</p><p>del gobierno, ten�an que irse por la noche a las colaciones, que eran diversas partes de la ciudad que se</p><p>extend�an desde la Traza  hasta los l�mites de la isla. Y estos sectores variaban en calidad, aspecto y</p><p>limpieza, y eran desde respetables hasta mal�simos, pasando por los que se pod�an tolerar.</p><p>Mientras miraba los edificios grandes y buenos que compon�an la Traza, me pregunt� si los espa�oles no</p><p>conocer�an los desastres naturales a los que aquel a ciudad era proclive, y que eran bien conocidos de los</p><p>dem�s habitantes del Unico Mundo. Tenochtitlan hab�a sufrido con frecuencia inundaciones de agua de los</p><p>lagos circundantes, y en dos o tres ocasiones hab�a estado a punto de ser arrasada por las aguas. Supuse</p><p>que  ahora   que   las  aguas del  lago  Texcoco  hab�an  disminuido  tanto,   ya  no  habr�a  excesivo  peligro   de</p><p>inundaciones.</p><p>Sin embargo, la isla, que no era m�s que un promontorio del inestable lecho del lago, a menudo hab�a sido</p><p>barrida por lo que nosotros l am�bamos tlalolini, terremoto en espa�ol. En algunas de aquel as ocasiones</p><p>s�lo unos cuantos edificios de Tenochtitlan hab�an cambiado ligeramente de posici�n, se hab�an inclinado o</p><p>se hab�an hundido, hasta cierto punto, por debajo del nivel del suelo. Pero en otras ocasiones la isla hab�a</p><p>sido sacudida y levantada con violencia, hasta el punto de que los edificios ca�an tan bruscamente como las</p><p>personas en las cal es. Por eso en la �poca en que mi t�o Mixtzin vio por primera vez Tenochtitlan, los</p><p>edificios principales ten�an una base ancha y firme, y los de menor importancia estaban construidos sobre</p><p>masas   imponentes   que   s�lo   se   tambaleaban   o   ced�an   ligeramente   para   compensar   el   temblor   y   el</p><p>asentamiento de la isla.</p><p>Otra cosa de la que me enter� m�s tarde fue de que los espa�oles estaban empezando a percatarse de</p><p>que la isla era propensa a aquel o, y lo estaban averiguando por propia experiencia. La elevada iglesia</p><p>catedral de San Francisco, la mayor estructura y, por lo tanto, la m�s pesada que hab�an edificado hasta</p><p>entonces los constructores blancos -aunque ni siquiera la hab�an acabado-, ya  se estaba hundiendo y</p><p>ladeando de manera perceptible. Los muros de piedra se estaban agrietando en algunos lugares y los</p><p>suelos de m�rmol se estaban combando.</p><p>-Esto es obra mal�vola de los demonios paganos -afirmaron los sacerdotes que habitaban el lugar-. Nunca</p><p>debimos construir esta casa de Dios en el mismo lugar en el que se encontraba el monstruoso templo de</p><p>esos b�rbaros rojos, e incluso utilizamos piedras del templo antiguo en la construcci�n. Debemos empezar</p><p>de nuevo y edificar en otra parte.</p><p>De   manera   que   los  arquitectos  de   la   catedral   se   afanaban   en   poner  fren�ticamente   cu�as  debajo   del</p><p>edificio y contrafuertes a su alrededor, intentando por todos los medios de que se mantuviera levantada e</p><p>intacta por lo menos hasta que estuviera terminada. Y al mismo tiempo estaban dibujando los planos para</p><p>una   catedral  nueva,   a   la   que   dotaron   con   unos   extensos  cimientos   subterr�neos   que   el os   esperaban</p><p>pudieran sostenerla, que habr�a de erigirse a cierta distancia de la anterior.</p><p>Yo no sab�a nada de eso el d�a en que, con la tinaja vac�a al hombro, cruc� la inmensa plaza al lado de la</p><p>cual se alzaba la catedral. Puse la tinaja en el suelo junto a la enorme puerta principal a fin de parecer</p><p>menos un obrero itinerante y m�s un visitante estimable. Aguard� mientras varios hombres blancos con</p><p>t�nicas clericales entraban y sal�an; me dirig� a cada uno de el os y les pregunt� si yo pod�a entrar en el</p><p>templo. (Por entonces yo tampoco sab�a nada de las reglas concernientes a entrar al � con respeto; por</p><p>ejemplo, si ten�a que besar el suelo antes o despu�s de pasar por la puerta.) Lo que en seguida se me hizo</p><p>evidente fue que ni uno solo de aquel os sacerdotes blancos, frailes o lo que quiera que fuesen, y eso que</p><p>algunos l evaban residiendo en Nueva Espa�a diez a�os, hablaba o entend�a una sola palabra de n�huatl.</p><p>Y ninguna persona de nuestra gente que se hubiera convertido al Crixtan�yotl pas� por al �. As� que segu�</p><p>intent�ndolo,   repitiendo   las   preguntas   una   y   otra   vez   y   pronunciando   lo   mejor   que   pude   las   palabras</p><p>"notario", "Alonso" y "Molina".</p><p>Finalmente uno de los hombres chasque� los dedos al reconocer lo que yo le estaba preguntando y me</p><p>condujo a trav�s del port�n sin que ninguno de nosotros dos besase el suelo en ning�n momento, aunque</p><p>�l s� que hizo una especie de peque�a inclinaci�n reverencial en cierto punto, y atravesamos el cavernoso</p><p>interior,   recorrimos   pasil os   y   corredores   y   subimos   escaleras.   Me   fij�   que   dentro   de   la   iglesia   los</p><p>eclesi�sticos   se   quitaban   el   sombrero;   los   l evaban   muy   variados,   desde   peque�os   y   redondos   hasta</p><p>grandes y abultados, y cada uno de aquel os hombres ten�a un c�rculo de cabel o afeitado en la coronil a de</p><p>la cabeza.</p><p>Mi   gu�a   se   detuvo   ante   una   puerta   abierta   y   me   hizo   se�al   para   que   entrase,   y   en   aquel a   peque�a</p><p>habitaci�n se encontraba sentado a una mesa el notario Alonso. Estaba fumando pic�etl, pero no como lo</p><p>hacemos nosotros, con la hierba seca desmenuzada y enrol ada en un tubo de junco o de papel. Sosten�a</p><p>entre los labios una cosa delgada, larga y r�gida de arcil a blanca cuyo extremo m�s distante de la boca</p><p>estaba   doblado   hacia   arriba;   la   hab�a   l enado   de   pic�etl   apretado,   que   ard�a   lentamente,   y  por  el   otro</p><p>extremo, m�s estrecho, inhalaba el humo.</p><p>El notario ten�a ante s� uno de nuestros libros nativos de papel de corteza plegado y estaba copiando las</p><p>numerosas figuras de palabras de colores que al � hab�a. Yo dir�a que lo estaba traduciendo, porque la copia</p><p>que estaba escribiendo en otro papel no era en figuras de palabras. Lo estaba haciendo con una pluma de</p><p>pato   afilada   que   mojaba   en   un   tanto   de   l�quido   negro,   y   luego   garabateaba   en   su   papel   s�lo   l�neas</p><p>onduladas de aquel �nico color, lo que ahora s�, desde luego, que es el estilo espa�ol de escribir. Termin�</p><p>una l�nea, levant� la vista y pareci� complacido de verme, aunque titube� un poco antes de recordar c�mo</p><p>me l amaba.</p><p>-Ayyo, me alegro de volver a verte... er... cuatl...</p><p>-Tenamaxtli, cuatl Alonso.</p><p>-Cuatl Tenamaxtli, claro.</p><p>-Me dijiste que pod�a venir y hablar contigo de nuevo.</p><p>-Claro, no faltar�a m�s, aunque no te esperaba tan pronto. �Qu� puedo hacer por ti, hermano?</p><p>-Me gustar�a que hicieras el favor de ense�arme a hablar y a entender espa�ol, hermano notario.</p><p>Me dirigi� una larga mirada antes de preguntar: -�Por qu�?</p><p>-T� eres el �nico espa�ol que habla mi lengua. Y me dijiste que el o te hace muy �til como persona que</p><p>sirve para comunicar a tu gente y a la m�a. Quiz� yo podr�a ser igualmente �til. Si ninguno de esos paisanos</p><p>tuyos puede aprender nuestro n�huatl...</p><p>-Oh, no soy el �nico que lo habla -me indic�-. Pero a los dem�s, a medida que lo hablan con fluidez, se los</p><p>destina a otras partes de la ciudad o a los confines de Nueva Espa�a.</p><p>-Entonces, �me ense�ar�s? -insist�-. O si t� no puedes hacerlo, quiz� alguno de esos otros...</p><p>-Puedo y lo har� -me interrumpi�-. No dispongo de tiempo para darte clases particulares, pero todos los</p><p>d�as doy una clase en el Colegio de San Jos�. Es una escuela fundada s�lo para educaros a vosotros, los</p><p>indios.. - para educar a tu gente. Y al � los sacerdotes maestros del colegio hablan un n�huatl cuando</p><p>menos pasable.</p><p>-Entonces estoy de suerte -dije complacido-. Da la casualidad de que me alojo en el mes�n de los frailes</p><p>que hay al lado.</p><p>-Y todav�a tienes m�s suerte, Tenamaxtli, pues justo ahora acaba de empezar una clase para principiantes.</p><p>Eso te har� m�s f�cil el aprendizaje. Si haces el favor de estar en la puerta principal del colegio a la hora</p><p>prima...</p><p>-�Prima? -le pregunt� sin comprender.</p><p>-Oh, se me olvidaba. Bueno, no importa. Tan pronto como hayas desayunado, que ser� la hora de laudes,</p><p>lim�tate a estar en la puerta del colegio y esp�rame al �. Yo me ocupar� de que se te admita como es</p><p>debido, se te apunte en el colegio y se te diga cu�ndo y d�nde ser�n tus clases.</p><p>-No podr� agradec�rtelo lo bastante, cuatl Alonso.</p><p>Cogi� la pluma de nuevo confiando en que me marchase,</p><p>pero al ver que yo me quedaba al � de pie, titubeando delante de la mesa, me pregunt�:</p><p>-�Quer�as algo m�s?</p><p>-Hoy he visto una cosa, hermano. �Puedes decirme lo que significa?</p><p>-�Qu� cosa?</p><p>-�Puedo cogerte la pluma un momento? -Me la dio, y yo escrib� con aquel l�quido negro en el dorso de mi</p><p>mano (para no estropearle el papel) la figura "G"-. �Qu� es esto, hermano?</p><p>Lo mir� y me dijo:</p><p>-Ge.</p><p>-�Ge?</p><p>-Es el nombre de una letra. La ge. Se trata de una letra may�scula. Bueno, no hay ninguna palabra en</p><p>n�huatl para eso. Aprender�s esas cosas en las clases del colegio. La ge es una part�cula del idioma</p><p>espa�ol, como la hache, la i, la jota, etc�tera. �D�nde la has visto?</p><p>-Era   la   forma   de   la   cicatriz   que   un   hombre   ten�a   en   la   cara.   No   sabr�a   decir   si   era   un   corte   o   una</p><p>quemadura.</p><p>-Ah, s�... es la marca. -Frunci� el entrecejo y desvi� la mirada. Al parecer yo ten�a la facultad de hacer que</p><p>cuatl Alonso se sintiera inc�modo-. En ese caso es la inicial de la palabra guerra. Guerra. Significa que ese</p><p>hombre fue prisionero de guerra y por eso ahora es un esclavo.</p><p>-Varios hombres l evaban esa marca. Y vi a otros... que l evaban otras. Volv� a escribir en el dorso de la</p><p>mano las figuras "HC", "JZ" y quiz� otras que ahora no recuerdo.</p><p>-M�s letras iniciales -me explic�-. Hache ce, eso querr� decir marqu�s Hern�n Cort�s. Y jota zeta, eso ser�a</p><p>Su Excelencia el obispo Juan de Zum�rraga.</p><p>-�Eso son los nombres? �Marcan a los hombres con sus propios nombres?</p><p>-No, no. Son los nombres de sus due�os. Cuando un esclavo no es alguien que fuera hecho prisionero</p><p>durante la conquista de hace diez a�os, sino que sencil amente alguien lo ha comprado y ha pagado por �l,</p><p>entonces el due�o lo marca, como si fuera un cabal o, para tener derecho permanente a poderlo reclamar</p><p>como suyo en cualquier momento. Ya ves.</p><p>-Si, ya veo -le dije-. �Y las esclavas? �Tambi�n las marcan a el as?</p><p>-No siempre. -Ahora parec�a sentirse inc�modo de nuevo-. Si es una mujer joven y linda, su due�o quiz� no</p><p>quiera desfigurar su bel eza.</p><p>-Eso   puedo   entenderlo   -coment�;   y   le   devolv�   la   pluma-.   Gracias,   cuatl  Alonso.  Ya  me   has   ense�ado</p><p>algunas cosas de la naturaleza espa�ola. Estoy muy impaciente por aprender la lengua.</p><p><strong>6</strong></p><p>Yo ten�a intenci�n de pedirle al notario Alonso otro favor: que me sugiriera alg�n trabajo que yo pudiera</p><p>hacer  que   me  permitiera  ganarme   la  vida.   Pero   cuando   me  habl�   del  Colegio   de   San  Jos�,   decid�  al</p><p>instante   no   hacerle   esa   pregunta.   Seguir�a   viviendo   en   el   mes�n   durante   tanto   tiempo   como   me   lo</p><p>permitieran los frailes. Estaba justo al lado de la escuela, y el hecho de no tener que trabajar para comer y</p><p>para pagarme el alojamiento me permitir�a aprovecharme de toda clase de educaci�n que el colegio pudiera</p><p>ofrecerme.</p><p>No vivir�a lujosamente, desde luego. Dos comidas al d�a, y no muy consistentes, eran apenas bastante para</p><p>sustentar a alguien de mi edad, vigor y apetito. Y adem�s tendr�a que idear alg�n modo de mantenerme</p><p>limpio. En mi mochila de viaje s�lo hab�a tra�do dos mudas de ropa adem�s de la que l evaba puesta; esa</p><p>ropa habr�a que lavarla por turnos. Y lo que era igual de importante, tendr�a que organizarme para lavarme</p><p>el cuerpo. Bueno, si pod�a encontrar a la pareja de T�piz quiz� el os me facilitasen el asunto de conseguir</p><p>agua caliente y jab�n de amoli, aunque no tuvieran caba�a de vapor. Y mientras tanto yo ten�a en la bolsa</p><p>una buena cantidad de granos de cacao. Por lo menos durante un tiempo podr�a comprar en los mercados</p><p>nativos todas aquel as cosas que me fueran indispensables, y de vez en cuando incluso alg�n bocado para</p><p>complementar la comida de caridad de los frailes.</p><p>-Puedes   quedarte   a   residir   aqu�   eternamente   si   lo   deseas   -me   dijo   Pochotl,   el   hombre   flaco,   a   quien</p><p>encontr� en el mes�n cuando regres� al �, pues ambos nos hab�amos puesto a la cola para la comida de la</p><p>noche-. A los frailes no les importa, lo m�s probable es que ni siquiera lo noten. A los hombres blancos les</p><p>gusta decir eso de que "no saben diferenciar a un asqueroso indio de otro". Yo l evo meses durmiendo aqu�</p><p>y vengo a buscar comida dos veces al d�a desde que vend� los �ltimos gr�nulos de mi provisi�n de oro y</p><p>plata. Puede que no lo creas -a�adi� con tristeza-, pero en otro tiempo yo era admirablemente gordo.</p><p>-Y ahora, �a qu� te dedicas durante el resto del d�a? -le pregunt�.</p><p>-A veces, cuando me siento culpable de ser un par�sito, me quedo aqu� y ayudo a los frailes a limpiar las</p><p>vasijas de la cocina y la habitaci�n donde duermen los hombres. Los dormitorios de las mujeres los limpian</p><p>unas monjas (que son frailes hembras), que vienen aqu� desde lo que l aman Refugio de Santa Br�gida.</p><p>Pero la mayor�a de los d�as me limito a deambular por la ciudad recordando d�nde estaban las cosas en las</p><p>�pocas pasadas, o me dedico a mirar en los puestos del mercado las cosas que me gustar�a comprar.</p><p>Haraganear, nada m�s que haraganear.</p><p>Poco a poco hab�amos l egado hasta las perolas; un fraile nos hab�a dado un bolil o a cada uno y nos</p><p>estaba l enando los cuencos otra vez con sopa de pato, cuando, igual que la tarde anterior, l eg� el distante</p><p>retumbar del trueno proveniente del este.</p><p>-Ah� los tienes -me indic� Pochot�-. Otra vez est�n cazando patos. Esas aves son tan puntuales como las</p><p>descabel adas campanas de iglesia que marcan las divisiones del d�a y que nos aporrean los o�dos. Pero,</p><p>ayya, no debemos quejarnos. Recibimos nuestra raci�n de pato.</p><p>Me dirig� al interior del edificio con el cuenco y el pan mientras pensaba que tendr�a que ir pronto al lado</p><p>este de la isla a la hora del crep�sculo para ver cu�l era el m�todo que los cazadores de aves espa�oles</p><p>empleaban para capturar los patos. Pochotl se reuni� de nuevo conmigo y sigui� habl�ndome:</p><p>-Te he confesado que soy un mendigo y un vago, pero �y t�, Tenamaxtli? Todav�a eres joven y fuerte y me</p><p>da la impresi�n de que no te da miedo el trabajo. �Por qu� piensas quedarte aqu� entre nosotros, pobres</p><p>desechos?</p><p>Se�al� hacia el colegio de al lado.</p><p>-Voy a asistir a clases al �, con la intenci�n de aprender a hablar espa�ol.</p><p>-�Y para qu� demonios quieres t� hablar espa�ol? -me pregunt� con cierta sorpresa-. Si ni siquiera hablas</p><p>n�huatl demasiado bien.</p><p>-No el n�huatl moderno que se habla en esta ciudad, eso es cierto. Mi t�o me explic� que nosotros los de</p><p>Aztl�n hablamos el idioma tal como se hablaba hace mucho tiempo. Pero todo el mundo que he conocido</p><p>aqu� me entiende, y yo tambi�n a el os. T�, por ejemplo. Adem�s es posible que hayas notado que muchos</p><p>de   nuestros   colegas,   los   otros   hu�spedes,   en   especial   aquel os   que   proceden   de   las   tierras   de   los</p><p>chichimecas, muy lejos al norte, hablan varios dialectos diferentes de n�huatl, pero el os se entienden entre</p><p>s� sin grandes dificultades.</p><p>-�Arrgh! �Y a qui�n le interesa lo que hablen las Personas Perros?</p><p>-Ah�   est�s   equivocado,   cuatl   Pochotl.   He   o�do   a   muchos   mexicas   l amar   Personas   Perros   a   los</p><p>chichimecas...   y   a   los   teochichimecas   Personas   Perros   Salvajes..,   y   a   los   zacachichimecas   Personas</p><p>Perros Rabiosos. Pero est�n equivocados. Esos nombres no derivan de chichine, palabra que significa</p><p>perro, sino de chich�ltic, que significa rojo. Esas personas son de muchas naciones y tribus diferentes, pero</p><p>cuando se l aman a s� mismos colectivamente chichimecas lo �nico que quieren decir es que son de piel</p><p>roja, lo cual es lo mismo que decir parientes de todos nosotros, los del Unico Mundo.</p><p>-Desde luego no son semejantes a m�, gracias -dijo Pochotl con un bufido-. Son una gente ignorante, sucia</p><p>y cruel.</p><p>-Porque viven su vida en el cruel desierto de las tierras del norte.</p><p>Pochotl se encogi� de hombros.</p><p>-Si t� lo dices. Pero �por qu� deseas t� aprender el idioma de los espa�oles?</p><p>-Pues para poder saber cosas de los espa�oles. Su naturaleza, sus supersticiones cristianas. Todo.</p><p>Pochotl emple� lo que le quedaba del bolil o para reba�ar la sopa, y luego dijo:</p><p>-Ayer viste c�mo quemaban vivo a aquel hombre, �verdad? Pues ya sabes lo que cualquiera necesita saber</p><p>acerca de los espa�oles y de los cristianos.</p><p>-Yo lo que s� es una cosa. Mi tinaja desapareci� del lugar donde la dej�, justo a la puerta de la catedral.</p><p>Debi� de ser un cristiano quien me la rob�. Yo s�lo la hab�a cogido prestada Ahora les debo una tinaja a los</p><p>frailes de este mes�n.</p><p>-�En nombre de todos los dioses! Pero �de qu� me est�s hablando?</p><p>-De nada. No importa. -Mir� largo y tendido a aquel que se describ�a a s� mismo como mendigo, par�sito y</p><p>vago. Decid� confiar en �l y continu� hablando-: Deseo conocerlo todo acerca de los espa�oles porque</p><p>quiero derrocarlos.</p><p>Pochotl se ech� a re�r con voz ronca.</p><p>-�Y qui�n no? Pero �qui�n puede hacerlo?</p><p>-Quiz� t� y yo.</p><p>-�Yo? -Esta vez se ri� estrepitosamente-. �T�?</p><p>-Yo he recibido el mismo entrenamiento militar que aquel os guerreros que hicieron que los mexicas se</p><p>convirtieran en el orgul o, en el terror y en los dominadores del Unico Mundo -le dije poni�ndome a la</p><p>defensiva.</p><p>-Pues s� que les sirvi� de mucho a esos guerreros su entrenamiento -gru�� Pochot�-. �D�nde est�n ahora?</p><p>Los pocos que quedan van caminando por ah� con unas marcas grabadas al aguafuerte en el rostro. �Y t�</p><p>esperas vencer al � donde el os no pudieron hacerlo?</p><p>-Yo creo que un hombre con determinaci�n y empe�o es capaz de hacer cualquier cosa.</p><p>-Pero   ning�n   hombre   puede  hacerlo   todo  �l  solo.   -Luego   volvi�   a  re�rse   de   nuevo-Ni  siquiera  t�  y  yo</p><p>podemos hacerlo.</p><p>-Pero con la ayuda de otros, desde luego que si. De muchos otros. Por ejemplo de esos chichimecas a</p><p>quienes t� desprecias. Sus tierras no han sido conquistadas ni el os tampoco. Y la suya no es la �nica</p><p>naci�n del norte que a�n desaf�a a los hombres blancos. Si esos pueblos se levantaran y cargaran contra el</p><p>sur. - Bueno, ya tendremos ocasi�n de hablar m�s, Pochotl, cuando yo haya comenzado mis estudios.</p><p>-Hablar. S�, hablar. He o�do mucho de hablar.</p><p>Estuve esperando a la entrada del colegio s�lo un breve espacio de tiempo antes de que el notario Alonso</p><p>l egase y me saludase afectuosamente; luego a�adi�:</p><p>-Estaba un poco preocupado, Tenamaxtli, de que quiz� hubieras cambiado de opini�n.</p><p>-�En lo de aprender tu idioma? Estoy realmente decidido...</p><p>-En lo de hacerte cristiano -me interrumpi�.</p><p>-�Qu�? -Como me hab�a cogido de improviso, protest�-: Nunca hemos hablado de semejante cosa.</p><p>-Di por supuesto que lo comprend�as. El colegio es una escuela parroquial.</p><p>-Esa palabra no me dice nada, cuatl Alonso.</p><p>-Es una escuela cristiana, sostenida por la Iglesia. Tienes que ser cristiano para asistir a las clases.</p><p>-Bueno, pues... -murmur�.</p><p>Se ech� a re�r y luego coment�:</p><p>-No es una cosa dolorosa hacerlo. El bautismo s�lo l eva consigo un toque de agua y sal. Y te limpia de</p><p>todo pecado, te cualifica para tomar parte en los dem�s sacramentos de la Iglesia y asegura la salvaci�n de</p><p>tu alma.</p><p>-Pues.. -</p><p>-Pasar� mucho tiempo antes de que est�s suficientemente instruido y preparado para el catecismo, la</p><p>confirmaci�n y la primera comuni�n.</p><p>Aquel as palabras tampoco ten�an ning�n sentido para mi. Sin embargo, deduje que yo ser�a s�lo una</p><p>especie de aprendiz de cristiano durante aquel "mucho tiempo". Y si mientras tanto pod�a aprender espa�ol,</p><p>ya me las arreglar�a para escapar de al � antes de que estuviera totalmente comprometido con la religi�n</p><p>extranjera. Me encog� de hombros y le dije:</p><p>-Como t� quieras. Gu�ame.</p><p>Y as� lo hizo. Me condujo al interior del edificio, hasta una habitaci�n que me explic� era "el despacho del</p><p>registrador". Aquel personaje era un sacerdote espa�ol, calvo en la parte superior de la cabeza como los</p><p>dem�s   que   yo   hab�a   visto,   pero   mucho   m�s   gordo,   que   me   mir�   sin   gran   entusiasmo.   Alonso   y   �l</p><p>mantuvieron una conversaci�n bastante larga en espa�ol, y luego el notario se dirigi� a m� de nuevo.</p><p>-A los nuevos conversos se les proporciona un nombre cristiano en el bautismo, y la costumbre es otorgar el</p><p>nombre del santo en cuya festividad se administra el bautismo. Como hoy es la festividad de san Hilari�n</p><p>Ermita�o, t� te l amaras Hilario Ermita�o.</p><p>-Preferir�a l amarme de otra manera. -�Qu�?</p><p>-Creo que hay un nombre cristiano que es Juan... -empec� a decir con tiento.</p><p>-Pues si -convino Alonso, que parec�a perplejo.</p><p>Yo hab�a mencionado ese nombre porque, si yo hab�a de tener uno, �se hab�a sido el nombre cristiano de</p><p>mi difunto padre Mixtli. Al parecer Alonso no relacion� aquel o con el hombre que hab�a sido ejecutado,</p><p>porque a�adi� con aprobaci�n:</p><p>-Entonces t� s� que sabes algo acerca de nuestra fe. Juan fue el disc�pulo m�s querido de Jes�s. -No</p><p>pronunci� ni una palabra, porque aquel o no era m�s que palabrer�a para m�, as� que �l continu� hablando-:</p><p>Entonces, �Juan es el nombre que prefieres?</p><p>-Si no hay ninguna regla que lo proh�ba.</p><p>-No, no hay ninguna regla... pero d�jame que lo pregunte... -Se volvi� de nuevo hacia el sacerdote gordo y,</p><p>despu�s   de   conferenciar   durante   un   rato,   me   dijo-:   El   padre   Ignacio   me   dice   que   hoy   es   tambi�n   la</p><p>festividad de un santo m�s bien oscuro l amado John de York, que en un tiempo fue el prior de un convento</p><p>en alg�n lugar de Inglaterra. Muy bien, Tenamaxtli, ser�s bautizado con el nombre de Juan Brit�nico.</p><p>La mayor parte de aquel discurso tambi�n me result� incomprensible. Y cuando el sacerdote, el padre</p><p>Ignacio, me roci� con agua la cabeza y me hizo probar un poco de sal de la palma de su mano, consider�</p><p>aquel ritual como un mont�n de tonter�as. Pero lo toler� porque estaba claro que para Alonso significaba</p><p>mucho, y yo no iba a decepcionar a un amigo mostr�ndome desagradecido. As� que me convert� en Juan</p><p>Brit�nico, y aunque no lo sab�a entonces, estaba siendo una vez m�s la v�ctima inocente de esos dioses</p><p>que p�caramente disponen lo que luego aparentan ser coincidencias. Aunque yo muy rara vez a lo largo de</p><p>mi vida me di a conocer por ese nuevo nombre, con el tiempo as� lo oir�an ciertos forasteros a�n m�s</p><p>extranjeros que los espa�oles que ocasionar�an algunos acontecimientos de lo m�s extra�o.</p><p>-Y ahora -me dijo Alonso-, adem�s de la clase de espa�ol, decidamos de qu� otras clases vas a querer</p><p>beneficiarte, Juan Brit�nico. -Cogi� un papel de la mesa del sacerdote y lo examin�-. Instrucci�n en la</p><p>doctrina cristiana, por supuesto. Y por si acaso m�s tarde fueras bendecido con la l amada a las sagradas</p><p>�rdenes, tambi�n hay una clase de lat�n. Leer, escribir... bueno, eso puede esperar. Hay otras clases que se</p><p>imparten s�lo en espa�ol, as� que �sas deben esperar tambi�n. Pero los maestros de manualidades son</p><p>nativos que hablan n�huatl. �Te atrae algo de eso? -Y me ley� de la lista-: Carpinter�a, herrer�a, curtido,</p><p>zapater�a, sil as de montar, trabajos de vidrio, fabricaci�n de cerveza, hilado, tejido, corte y confecci�n,</p><p>bordado, encaje, mendigar limosnas...</p><p>-�Mendigar? -exclam�.</p><p>-Por si te convirtieras en fraile de una orden mendicante.</p><p>-No tengo ambici�n alguna de convertirme en fraile -le expliqu� secamente-, pero creo que ya se me puede</p><p>l amar mendigo viviendo en el mes�n como vivo.</p><p>Alonso levant� la mirada de la lista.</p><p>-Dime,   �eres competente  en  la   lectura  de  los libros  aztecas y  mayas  de  im�genes  de  palabras,   Juan</p><p>Brit�nico?</p><p>-Me ense�aron bien -repuse-. Ser�a inmodesto por mi parte decir lo bien que lo aprend�.</p><p>-Pues quiz� pudieras serme de ayuda. Estoy intentando traducir al espa�ol los pocos libros nativos que</p><p>quedan en esta tierra. Casi todos el os fueron expurgados, los quemaron, pues se consideraban diab�licos,</p><p>demon�acos y enemigos de la verdadera fe. Yo me las arreglo bastante bien con los libros cuyas im�genes</p><p>de palabras las dibujaron personas que hablaban n�huatl, pero algunos los hicieron escribas que hablaban</p><p>otras lenguas. �Crees que t� podr�as ayudarme a descifrarlos?</p><p>-Puedo intentarlo.</p><p>-Bien. Entonces le pedir� permiso a su excelencia para pagarte un estipendio. No ser� mucho, aunque te</p><p>quitar�   la   sensaci�n   de   ser   un   z�ngano   desgraciado   que   vive   de   la   caridad.   -Despu�s   de   otra   breve</p><p>conversaci�n con Ignacio, el sacerdote gordo, a�adi�-: Te he matriculado s�lo para que asistas a dos clases</p><p>de momento: una en la que yo ense�o espa�ol b�sico y otra de instrucci�n cristiana que imparte el padre</p><p>Clemente. Las dem�s  clases pueden esperar por ahora.  Mientras tanto pasar�s tus horas  libres en la</p><p>catedral ayud�ndome con esos libros nativos, lo que nosotros l amamos c�dices.</p><p>-Me complacer� hacerlo -le indiqu�-. Y te estoy muy agradecido, cuatl Alonso.</p><p>-Ahora vamos arriba. Tus compa�eros de clase ya estar�n sentados en sus bancos, esper�ndome.</p><p>As� era, y me sent� avergonzado al ver que yo era el �nico hombre adulto en medio de unos veinte chicos y</p><p>cuatro   o   cinco   chicas.   Me   sent�   como   debi�   de   sentirse   mi   primo   Yeyac   a�os   atr�s,   en   las   escuelas</p><p>primarias de Aztl�n, cuando tuvo que comenzar su educaci�n con unos compa�eros de clase que no eran</p><p>m�s que ni�os peque�os. No creo que hubiera un solo var�n en la estancia lo bastante mayor como para</p><p>l evar el m�xt�atl debajo del manto, y las pocas chicas presentes parec�an a�n m�s peque�as. Otra cosa</p><p>que se percib�a inmediatamente era la gama de coloraci�n de piel que hab�a entre nosotros. Ninguno de los</p><p>ni�os era tan blanco como los espa�oles, desde luego. La mayor parte ten�an la piel igual que yo, pero un</p><p>buen n�mero eran mucho m�s p�lidos de tono, y dos o tres mucho m�s oscuros. Comprend� que los de piel</p><p>m�s clara deb�an de ser los reto�os producto de acoplamientos entre espa�oles y nosotros, los "indios". Sin</p><p>embargo, �de d�nde proced�an aquel os otros que eran tan oscuros? Obviamente uno de los progenitores</p><p>de cada uno de el os hab�a sido un miembro de mi propia gente, pero... �y el otro progenitor?</p><p>No hice ninguna pregunta en aquel momento. Me sent� sumiso en uno de los bancos colocados en filas y,</p><p>mientras  aquel os  jovenzuelos estiraban  el  cuel o  y  se   daban  la  vuelta   para  mirar  embobados  a  aquel</p><p>hombret�n que ahora se encontraba entre el os, aguard� a que empezase la primera lecci�n. Alonso se</p><p>coloc� de pie detr�s de una mesa en la parte delantera de la habitaci�n, y debo decir que me result�</p><p>admirable su inteligente forma de abordar la tarea de ense�arnos.</p><p>-Empezaremos -dijo en n�huatl- por practicar los sonidos abiertos de la lengua espa�ola: a, e, i, o, u. Son</p><p>los mismos sonidos que tenemos en las siguientes palabras de vuestra lengua. Escuchad. Acali. . - Lene...</p><p>ixtlil. -. pochotl... calpuli.</p><p>Las palabras que hab�a pronunciado eran reconocibles incluso para los m�s peque�os de la clase, puesto</p><p>que significaban canoa, madre, negro, �rbol de algod�n sedoso y familia.</p><p>-Oir�is   exactamente   los   mismos   sonidos   otra   vez   en   las   siguientes   palabras   espa�olas   -continu�-.</p><p>Escuchad atentamente. Acali... banco. Tene... diente. Ixtlil... piso. Pochotl... polvo. Calpuli. -. muro.</p><p>Nos hizo repetir aquel as diez palabras una y otra vez, poniendo �nfasis en el parecido de los "sonidos</p><p>abiertos".   S�lo   entonces,   a   fin   de   no   confundirnos,   nos   demostr�   lo   que   quer�an   decir   las   palabras</p><p>espa�olas.</p><p>-Banco -comenz�, y se inclin� para tocar repetidamente uno de los bancos de la primera fila-. Diente. -Y</p><p>se�al� uno de sus propios dientes-. Piso. -Se�al� y dio un golpe con el pie en el suelo-. Polvo. -Y pas� la</p><p>mano por la mesa, levantando una polvareda-. Muro. -Y se�al� la pared situada detr�s de �l.</p><p>Luego nos hizo repetir de nuevo aquel as palabras espa�olas una y otra vez, y que apunt�ramos con �l</p><p>hacia las cosas que significaban. Banco, banco. Piso, suelo. Polvo, polvo. Muro, pared. Y luego volvi� a</p><p>nuestra lengua para decir:</p><p>-Muy bien, chicos. Y ahora... �cu�l de vosotros, bril antes estudiantes, puede decirme otras cinco palabras</p><p>en n�huatl que contengan los sonidos a, e, i, o, u?</p><p>Al ver que nadie, ni siquiera yo, se ofrec�a voluntario para hacerlo, Alonso le indic� a una ni�a peque�a que</p><p>ocupaba un banco delantero que se levantase. El a lo hizo y empez� a decir t�midamente:</p><p>-Acali... tene...</p><p>-No, no, no -le indic� nuestro profesor mientras mov�a un dedo de un lado a otro-. Esas son las mismas</p><p>palabras que yo os he dicho. Hay muchas m�s, otras muchas. �Qui�n puede decirnos cinco de el as?</p><p>Los estudiantes, incluido yo, nos quedamos sentados en silencio y nos miramos t�midamente de reojo unos</p><p>a otros. As� que Alonso me se�al� a mi.</p><p>-Juan Brit�nico, t� eres mayor y s� que tienes una buena provisi�n de palabras en la cabeza. Dinos cinco</p><p>de el as que contengan esos distintos sonidos abiertos.</p><p>Yo ya hab�a estado meditando sobre eso y, no s� por qu�, me hab�an venido a la cabeza cinco palabras.</p><p>As� que ahora, de la misma forma traviesa con que lo har�a un colegial que tuviera la mitad de edad que yo,</p><p>sonre� y las pronunci�:</p><p>-Ma�titL.. ahuilnema... tipili... chitoli... tepuli.</p><p>Unos cuantos ni�os de los m�s j�venes parecieron no comprender aquel as palabras, pero la mayor parte</p><p>de los dem�s reconocieron por lo menos algunas de el as, y contuvieron la respiraci�n l enos de horror o se</p><p>echaron a re�r mientras se tapaban la boca con las manos, porque aqu�l as eran palabras que ning�n</p><p>maestro, sobre todo un maestro cristiano que ense�ara en una escuela eclesi�stica, o�a a menudo ni le</p><p>gustaba o�r. Alonso me mir� muy enfadado y me dijo bruscamente:</p><p>-Muy gracioso, imp�dico bobalic�n. Ve a ponerte de pie en aquel rinc�n de cara a la pared. Y qu�date al �, y</p><p>averg��nzate de ti mismo, hasta que la clase termine.</p><p>Yo no sab�a lo que era un bobalic�n, pero pod�a aventurar una suposici�n. De modo que me qued� de pie</p><p>en el rinc�n, sintiendo que me hab�an castigado justamente y lamentando haberle hablado as� a un hombre</p><p>que se hab�a portado muy bien conmigo. En resumen, la lecci�n de aquel d�a se dedic� a recitar una y otra</p><p>vez inocuas palabras que conten�an aquel os sonidos abiertos. Yo ya hab�a dominado los sonidos y hab�a</p><p>memorizado las cinco palabras espa�olas, por lo que en realidad no me perd� gran cosa por el hecho de</p><p>verme marginado e ignorado. Adem�s, al finalizar la clase, Alonso se dirigi� a m� y me dijo:</p><p>-Lo que has hecho, Juan, ha sido una groser�a impropia e infantil. Y he tenido que mostrarme estricto</p><p>contigo para que les sirviera de ejemplo a los dem�s. Pero, en confianza, he de decirte que ese travieso</p><p>capricho  tuyo   ha  servido   para  relajar  la   tensi�n  de  esos  ni�os.  La mayor�a   de  el os  estaban  tensos  y</p><p>nerviosos al comienzo de esta nueva experiencia. De ahora en adelante el os y yo nos l evaremos mejor y</p><p>nos trataremos con m�s familiaridad. As� que por esta vez te perdono la diablura.</p><p>Le   indiqu�,   y   as�   lo   pensaba   en   realidad,   que   nunca   m�s   se   producir�a   una   situaci�n   como   aqu�l a.</p><p>Entonces Alonso me condujo por el pasil o hasta donde se estaban reuniendo los alumnos para la clase</p><p>siguiente. Al � era donde me someter�a a mi primera instrucci�n en cristianismo, y me complaci� ver que ya</p><p>no era el alumno de m�s edad. Mis nuevos compa�eros de clase comprend�an distintas edades que iban</p><p>desde   la   adolescencia   hasta   la   madurez.   No   hab�a   ni�os,   eran   pocas   las   mujeres   y   entre   aquel os</p><p>estudiantes no hab�a nada de la inquietante variedad de color de piel que se daba en los ni�os de la otra</p><p>habitaci�n. Sin embargo, aqu�l a no era una clase donde se ense�asen simplemente los rudimentos del</p><p>tema a los principiantes. Estaba claro que hac�a ya tiempo que hab�an comenzado, puede que meses,</p><p>antes de que yo me uniese a el os. Por eso me vi zambul ido en lo que para m� eran unas profundidades</p><p>que quedaban fuera de mi comprensi�n.</p><p>En aquel mi primer d�a, el sacerdote que hac�a de profesor estaba exponiendo el concepto cristiano de la</p><p>"trinidad".   El  padre   Diego   no   l evaba   afeitada   s�lo   la   coronil a   de   la   cabeza,   sino   que   era   calvo   y  se</p><p>mostraba complacido cuando se dirig�an a �l l am�ndole tete, el diminutivo cari�oso de nuestro pueblo para</p><p>decir "padre". Hablaba un n�huatl casi tan fluido como el del notario Alonso, as� que yo entend� todo lo que</p><p>dec�a, aunque no lo que significaban las palabras o las expresiones. Por ejemplo, la palabra "trinidad" en</p><p>nuestra lengua es yeylntetl y sirve para denotar un grupo de tres, tres cosas en compa��a, tres entidades</p><p>que act�an juntas o un grupo de tres cosas, como por ejemplo los tres puntos de un tri�ngulo o las hojas de</p><p>tres l�bulos de ciertas plantas. Pero tete Diego no hacia m�s que animarnos a los que le escuch�bamos a</p><p>que ador�semos a lo que est� claro que es un grupo de cuatro.</p><p>Hasta el d�a de hoy nunca he conocido a un espa�ol cristiano que no venere de todo coraz�n a una trinidad</p><p>que comprende un solo Dios, que no tiene nombre, el hijo de ese Dios, que se l ama Jesucristo, la madre</p><p>de ese hijo, l amada Virgen Mar�a, y un Esp�ritu Santo, el cual, aunque no tiene nombre, por lo visto es uno</p><p>de esos santos de categor�a menor, como san Jos� y san Francisco. Sin embargo, con eso suman cuatro</p><p>los que hay que adorar, y c�mo cuatro pueden  constituir una trinidad es algo que yo  nunca  consegu�</p><p>entender.</p><p><strong>7</strong></p><p>Aquel   d�a,   y   todos   los   dem�s   a   partir   de   entonces   excepto   los   d�as   l amados   domingo,   cuando   hube</p><p>terminado   mis   dos   clases   en   el   colegio   me   present�   ante   Alonso   de   Molina   en   la   catedral.   Al �   nos</p><p>sent�bamos   entre   montones   de   libros   de   papel   corteza,   de   fibra   de   met�   o   de   piel   de   cervatil o   y</p><p>coment�bamos   la   interpretaci�n   de   esta   o   aquel a   p�gina   o   pasaje,   o   a   veces   de   un   �nico   s�mbolo</p><p>representado en una imagen.</p><p>Desde luego el notario estaba bien familiarizado con los temas b�sicos tales como el m�todo azteca y</p><p>mexica de contar n�meros, as� como con los diferentes m�todos empleados por otros pueblos, por ejemplo</p><p>en las lenguas zapoteca y mixteca, y con los que empleaban naciones m�s antiguas que ya no exist�an,</p><p>pero que hab�an dejado constancia de sus �pocas, entre el os los antiguos mayas y los olmecas. Tambi�n</p><p>sab�a que en cualquier libro dibujado por cualquier escriba de cualquier naci�n, una persona representada</p><p>con una n�huatl -es decir, con una lengua- cerca de la cabeza significaba que la persona estaba hablando.</p><p>Y si la lengua dibujada estaba enroscada significaba que la persona estaba cantando o recitando poes�a. Y</p><p>si la lengua dibujada estaba perforada por un espino significaba que la persona estaba mintiendo. Alonso</p><p>sab�a reconocer los s�mbolos que nuestros pueblos empleaban para indicar las monta�as, los r�os y cosas</p><p>as�. Conoc�a muchos rasgos de nuestra escritura en im�genes. Pero yo de vez en cuando lo correg�a en</p><p>alguna apreciaci�n equivocada.</p><p>-No   -le   dije   en   alguna   ocasi�n-,   los   habitantes   de   las   regiones   situadas   al   sur   del   Unico   Mundo,   los</p><p>denominados pueblos de Quautemalan, no conocen al dios Quetzalc�atl por ese nombre. Yo nunca he</p><p>tenido ocasi�n de visitar esas tierras, pero seg�n mis maestros calm�cac, en aquel as lenguas del sur el</p><p>dios siempre ha sido conocido como G�kumatz.</p><p>O en otra ocasi�n le indicaba:</p><p>-No, cuatl Alonso, est�s l amando con nombres equivocados a los dioses que aparecen aqu�. Estos son los</p><p>itzceliuqui, los dioses ciegos. Por eso siempre los encontrar�s representados, como aqu�, con la cara negra.</p><p>Recuerdo que este comentario m�o en particular me indujo a preguntarle a Alonso por qu� algunos de los</p><p>disc�pulos m�s j�venes del colegio ten�an la piel tan oscura que eran casi negros. El notario me lo aclar�.</p><p>Exist�an ciertos hombres y mujeres, me explic�, a los que en espa�ol l amaban moros o negros, que eran</p><p>miembros de una raza lamentablemente inferior que habitaba en cierto lugar l amado Africa. Eran seres</p><p>brutos y salvajes, y s�lo con gran dificultad se los pod�a civilizar y domesticar. Pero aquel os a los que se</p><p>pod�a domar, los espa�oles los convert�an en esclavos, y a unos cuantos de aquel os hombres moros, a los</p><p>m�s   favorecidos,   incluso   se   les   hab�a   permitido   alistarse   como   soldados   espa�oles.  Algunos   de   el os</p><p>hab�an formado parte de las primeras tropas que hab�an conquistado el Unico Mundo, y a �sos se los</p><p>recompens�, al igual que a sus camaradas blancos, con concesiones de lealtad aqu�, en Nueva Espa�a, y</p><p>con esclavos propios, "indios" prisioneros de guerra, aquel os hombres que yo hab�a visto con la figura "G"</p><p>marcada en el rostro.</p><p>-Tambi�n hab�a dos o tres de esos hombres negros por la cal e -le coment�-. Parecen ser muy aficionados</p><p>a los atav�os ricos. Se visten con ropas a�n m�s l amativas que los hombres blancos de clase alta. Quiz�</p><p>sea porque son fe�simos de cara. Con esas narices tan anchas, desparramadas e inmensas que tienen, con</p><p>los labios vueltos hacia afuera y con ese cabel o de rizos tan apretados. Sin embargo, no he visto a ninguna</p><p>mujer negra.</p><p>-Pues son igual de feas, cr�eme -me dijo Alonso-. La mayor�a de los conquistadores moros a los que se les</p><p>dieron concesiones se asentaron en la costa este, alrededor de Vil a Rica de Vera Cruz. Y algunos de el os</p><p>han importado esposas negras para s� mismos. No obstante, en general prefieren a las mujeres nativas,</p><p>que son m�s claras y mucho m�s guapas.</p><p>Los guerreros, claro, sienten inclinaci�n y se espera de el os que violen a las mujeres de sus enemigos</p><p>derrotados, los conquistadores espa�oles blancos, naturalmente, hab�an hecho eso en abundancia. En el</p><p>caso de los soldados moros, seg�n Alonso, se inclinaban de manera mucho m�s lasciva a apresar y violar a</p><p>cualquier cosa hembra que fuera m�s d�bil que el os. Y si aquel o hab�a tenido como consecuencia el</p><p>nacimiento de criaturas tales como ni�os tapir o ni�os caim�n, eso Alonso no lo pod�a asegurar. Pero me</p><p>dijo   que   en   Nueva   Espa�a,   y   tambi�n   en   las   colonias   espa�olas   m�s   antiguas,   los   patronos,   tanto</p><p>espa�oles como moros, todav�a hac�an uso, a su capricho, de las esclavas. Adem�s, aunque no se hablaba</p><p>mucho de el o, hab�a amplias evidencias de que algunas mujeres espa�olas hab�an hecho lo mismo; y no</p><p>s�lo se trataba de las guarras importadas de Espa�a para trabajar como putas de alquiler, sino de las</p><p>esposas e hijas de los espa�oles de m�s alta cuna. Bien fuera por perversidad, lascivia o simple curiosidad,</p><p>de vez en cuando copulaban con hombres de cualquier color o clase, incluso con sus propios esclavos.</p><p>Todo lo cual, me explic� Alonso, y teniendo en cuenta aquel a abundancia de cruce licencioso de razas,</p><p>tuvo como consecuencia una gran abundancia de ni�os cuya piel iba desde casi el negro hasta casi el</p><p>blanco.</p><p>-Siempre,   desde   que   Vel�zquez   tom�   Cuba   -me   cont�-,   nos  ha   parecido   conveniente   aplicar  nombres</p><p>diferentes para clasificar a los reto�os de distintos colores. El producto de un acoplamiento entre un var�n o</p><p>una hembra de raza india y un var�n o una hembra de raza blanca lo l amamos mestizo. El producto de un</p><p>acoplamiento entre moro y blanco lo l amamos mulato, que significa "terco", como las mulas. El producto de</p><p>un acoplamiento entre indio y moro lo l amamos pardo, un tipo de "gris". En el caso de que un mulato o un</p><p>pardo y una persona blanca se emparejen, su hijo es un cuarter�n, y un ni�o con s�lo ese cuarto de sangre</p><p>india o mora a veces puede dar la impresi�n de ser blanco puro.</p><p>-Entonces,   �por   qu�   molestarse   con   unas   especificaciones   tan   minuciosas   del   grado   de   mezcla?   -le</p><p>pregunt�.</p><p>-�Oh, venga, Juan Brit�nico! Puede darse el caso de que el padre o la madre de un bastardo de sangre</p><p>mezclada pueda l egar a sentir cierta responsabilidad por �l o a encari�arse verdaderamente con �l. Como</p><p>habr�s observado ya, a veces matriculan a esos mestizos para que reciban educaci�n. Y tambi�n a veces</p><p>el progenitor puede legar al hijo un t�tulo o propiedad familiar. No hay nada que proh�ba hacer eso. Pero las</p><p>autoridades,   especialmente   la   Santa   Iglesia,   deben   l evar   unos   registros   precisos   para   impedir   la</p><p>adulteraci�n de la pura sangre espa�ola. Imag�nate por un momento que un cuarter�n se hiciera pasar por</p><p>blanco o blanca, y por tanto enga�ase a alg�n incauto espa�ol aut�ntico para contraer matrimonio... Pues</p><p>bien... eso ha sucedido.</p><p>-�Y c�mo iba alguien a enterarse? -quise saber.</p><p>-Hace   poco,   en   Cuba,   un   hombre   y   una   mujer   en   apariencia   blancos   tuvieron   un...   lo   que   nosotros</p><p>l amamos un salto atr�s... un beb� inconfundiblemente negro. La mujer, desde luego, asegur� que era</p><p>inocente, que proven�a de un inmaculado linaje castel ano y que su fidelidad conyugal era intachable. m�s</p><p>tarde las habladur�as locales empezaron a decir que si se hubiera l evado un registro como Dios manda</p><p>desde que los primeros espa�oles l egaron a Cuba, el marido blanco bien hubiera podido resultar ser el</p><p>culpable poseedor de la sangre negra. Pero por entonces la Iglesia, claro est�, ya hab�a enviado a la</p><p>hoguera a la mujer y a su hijo. De ah� nuestra puntil osa atenci�n a l evarlo todo registrado. Porque el m�s</p><p>leve trazo de sangre no blanca, evidente o no, contamina al que la l eva y lo hace inferior.</p><p>-Inferior -repet�-. S�, claro.</p><p>-Incluso  los espa�oles  observamos algunas distinciones entre  nosotros mismos.  A los ni�os espa�oles</p><p>indiscutiblemente blancos que ves en las aulas de tu colegio los l amamos criol os, que significa que han</p><p>nacido a este lado del mar Oc�ano. Los ni�os mayores y sus padres, aquel os que como yo nacimos en la</p><p>Madre Espa�a, nos l amamos gachupines, que es como decir "los que l evamos el acicate", los espa�oles</p><p>m�s espa�oles de todos. Y me atrevo a decir que con el tiempo los gachupines mirar�n a los criol os como</p><p>inferiores, como si el haber nacido bajo cielos diferentes supusiera alguna diferencia en su condici�n social.</p><p>Para mi lo �nico que eso significa es que se me ordena que lo ponga as� en la lista de mi censo y archivos</p><p>catastrales.</p><p>Asent� para indicar que segu�a su explicaci�n, aunque yo no ten�a la menor idea de lo que significaban las</p><p>palabras kcicate" y "censo".</p><p>-Sin embargo -continu� diciendo Alonso-, de los otros, los mestizos, s�lo he mencionado unas cuantas de</p><p>las clasificaciones que indican fracci�n. Si, por ejemplo, un cuarter�n se empareja con un blanco, el hijo de</p><p>ambos   es   un   octavo.   Las   clasificaciones   l egan   hasta   el   decimosexto,   que   ser�a   un   ni�o   al   que</p><p>probablemente no se le distinguir�a de un blanco, aunque Nueva Espa�a es una colonia demasiado joven</p><p>a�n para haber producido ninguno. Y hay otros nombres para designar a aquel os que son fruto de las</p><p>combinaciones posibles de sangre blanca, india y mora. Coyotes, barcinos, bajunos, los desafortunados</p><p>pinto los de piel moteada y muchos m�s. Llevar sus registros puede resultar engorrosamente complicado,</p><p>pero debemos l evar esos registros, y lo hacemos, para distinguir la calidad de cada persona, desde los</p><p>m�s nobles hasta los m�s bajos.</p><p>-Desde luego -repet�.</p><p>Con el tiempo l egar�a a ser evidente en cualquier cal e de la ciudad, y sin ambig�edad alguna, que muchos</p><p>de mi propia gente l egaron a aceptar e incluso a estar de acuerdo con aquel a idea impuesta por los</p><p>espa�oles de que eran menos que seres humanos. Esa aceptaci�n de ser inherentemente inferiores la</p><p>expresaron nada menos que con el pelo.</p><p>Los espa�oles saben desde hace mucho tiempo que la mayor�a de nuestros pueblos del Unico Mundo son</p><p>bastante menos peludos que el os. Nosotros, los "indios", tenemos abundante pelo en la cabeza, pero</p><p>excepto la gente de una o dos tribus an�malas, no tenemos m�s que un indicio de vel o en la cara o en el</p><p>cuerpo. A nuestros hijos varones, desde su nacimiento y durante la infancia, sus madres les lavan la cara</p><p>repetidamente con agua de lima hirviendo, de modo que, en la adolescencia, ni siquiera les sale pelusa en</p><p>la  barba.   Las ni�as,   desde   luego,   no  tienen   que   soportar  ese   tratamiento   preventivo.   Pero,   varones  o</p><p>hembras, a nosotros no nos crece vel o en el pecho ni en las axilas, y s�lo unos cuantos de nosotros tienen</p><p>si acaso el m�s leve asomo de ymaxtli en la zona genital.</p><p>Muy bien. Los espa�oles blancos son peludos, y los espa�oles blancos, por propia definici�n, son muy</p><p>superiores a los indios. Y deduzco que la sangre de un antepasado blanco, por mucho que se diluya al</p><p>transcurrir las generaciones, confiere a los descendientes una tendencia a ser vel udo. As� que, con el</p><p>tiempo, nuestros hombres dejaron de estar orgul osos de tener el rostro suave y limpio. Las madres ya no</p><p>les   escaldaban   la   cara   a   sus   hijos   varones   mientras   �stos   eran   peque�os.   Los   adolescentes   que</p><p>encontraban el m�s m�nimo asomo de pelusil a en las mejil as se la dejaban crecer y hac�an todo lo posible</p><p>para conseguir que se les convirtiera en una barba completa. Y aquel os a quienes les brotaba vel o en el</p><p>pecho o debajo de los brazos se guardaban muy bien de arranc�rselo o afeit�rselo.</p><p>Y   lo   que   era   peor   a�n,   las   mujeres   j�venes,   incluso   aquel as   que   por   lo   dem�s   eran   guapas,   no   se</p><p>avergonzaban si descubr�an que les crec�a vel o en las piernas o debajo de los brazos. En realidad incluso</p><p>empezaron a l evar la falda m�s corta para mostrar aquel as piernas peludas, y cortaban las mangas de las</p><p>blusas para poder exhibir as� las peque�as matas de las axilas.</p><p>Hasta el d�a de hoy, cualquiera de nuestra raza, sea hombre o mujer, que desarrol a un rostro o un cuerpo</p><p>hirsutos, bien sea unos cuantos pelos ralos o algo parecido a un vel o poblado, se vanagloria de el o. Desde</p><p>luego los marca como poseedores de una mancha de bastard�a en alg�n punto de su linaje, pero eso no les</p><p>importa porque est�n proclamando al resto de nosotros: "Vosotros, personas de piel lampi�a, puede que</p><p>teng�is   el   mismo   color   de   piel   que   yo,   pero   vosotros   y   yo   ya   no   somos   de   la   misma   raza   inferior   y</p><p>despreciable. Yo tengo un exceso de vel o, lo cual significa que tengo sangre espa�ola en las venas. S�lo</p><p>con mirarme ya sab�is que soy superior a vosotros."</p><p>Pero me estoy adelantando a mi cr�nica. En la �poca en que me asent� en la Ciudad de M�xico no hab�a</p><p>tantos mestizos, mulatos y otras personas mezcladas a la vista. Hacia alg�n tiempo que hab�a pasado mi</p><p>decimoctavo cumplea�os, aunque exactamente cu�ndo, seg�n el calendario cristiano, no lo sabr�a decir,</p><p>puesto que yo  entonces no estaba demasiado familiarizado con dicho calendario. De todos modos los</p><p>conquistadores blancos y negros no l evaban todav�a entre nosotros el tiempo suficiente como para haber</p><p>producido m�s que algunos reto�os muy j�venes, como los que vi en mis clases del colegio.</p><p>Sin embargo, lo que s� vi en las cal es, tanto a mi l egada como siempre despu�s, fue un n�mero mucho</p><p>mayor de borrachos de los que yo hubiera visto nunca, ni siquiera en las celebraciones m�s licenciosas de</p><p>festividades en Aztl�n. A todas horas, de d�a o de noche, se pod�a ver, tambale�ndose o incluso cayendo</p><p>inconscientes en lugares donde los transe�ntes sobrios ten�an que saltar por encima de el os, a muchos</p><p>hombres, y a no pocas mujeres, borrachos. Nuestra gente, incluso nuestros sacerdotes, nunca hab�an sido</p><p>totalmente   abstemios,   pero   tampoco   hab�an   abusado   demasiado   a   menudo,   excepto   en   algunas</p><p>festividades, de las bebidas embriagadoras, como la leche de coco fermentada de Aztl�n, el ch�pari que los</p><p>purepechas hac�an de miel de abeja o el octli, conocido en todas partes y al que los espa�oles l aman</p><p>pulque, el cual se hac�a de planta de met�, que los espa�oles conocen como maguey.</p><p>S�lo me cupo suponer que los ciudadanos mexicas se hab�an dado en exceso a la bebida para olvidar</p><p>durante un rato su completa derrota y desesperaci�n, pero cuatl Alonso no estaba de acuerdo con esa</p><p>apreciaci�n m�a.</p><p>-Se ha puesto en evidencia -me explic�- que la raza de los pueblos indios es susceptible de sufrir los</p><p>groseros efectos de la bebida, que les gustan esos efectos y que est�n deseosos de obtener dichos efectos</p><p>a la menor oportunidad.</p><p>-Yo no puedo hablar por los habitantes de esta ciudad, pero nunca he visto que los indios de otros lugares</p><p>sean como t� dices -le indiqu�.</p><p>-Bueno, nosotros los espa�oles hemos sometido a muchos otros pueblos -dijo-. Bereberes, mahometanos,</p><p>jud�os, turcos, franceses. Ni siquiera los franceses se dieron masivamente a la bebida como resultado de su</p><p>derrota. No, Juan Brit�nico, desde nuestro desembarco en Cuba hace a�os hasta los m�s alejados confines</p><p>adonde hemos l egado en esta Nueva Espa�a, hemos comprobado que los nativos son unos borrachines</p><p>innatos. De Le�n inform� lo mismo acerca de los hombres rojos de Florida. Parece que se trata de un</p><p>defecto f�sico que es inherente a tu pueblo, lo mismo que el hecho de que mueran con tanta facilidad de</p><p>enfermedades triviales como el sarampi�n y la varicela.</p><p>-No puedo negar que enferman y mueren -le dije.</p><p>-Las autoridades, especialmente la Madre Iglesia -continu� diciendo Alonso-, han tratado piadosamente de</p><p>disminuir la tentaci�n que la bebida encierra para los d�biles indios. Hemos intentado hacer que cambien</p><p>de gusto y prueben a beber nuestros brandys y vinos espa�oles con la esperanza de que esas bebidas, que</p><p>son embriagadoras en mayor grado, l even a la gente a beber menos. Pero claro, s�lo los nobles y los ricos</p><p>se las pod�an permitir. As� que el gobernador fund� una f�brica de cerveza en San Antonio de Padua, que</p><p>antes se l amaba Texcoco, con la esperanza de acostumbrar a los indios a la cerveza, que es m�s barata y</p><p>tiene menos poder embriagador, pero fue in�til. El pulque sigue siendo el licor que se consigue con m�s</p><p>facilidad, es casi regalado, pues cualquiera puede hacerlo hasta en su casa, de ah� que para los indios siga</p><p>siendo la manera favorita de emborracharse. El �nico recurso que les ha quedado a las autoridades ha sido</p><p>hacer una ley contra el hecho de que cualquier nativo beba en exceso y encarcelar a todo aquel que lo</p><p>haga. No obstante, incluso la ley es impracticable. Tendr�amos que encerrar a casi toda la poblaci�n india.</p><p>O   matarlos,   pens�   yo.   Hac�a   poco   que   hab�a   tenido   ocasi�n   de   presenciar   c�mo   tres  soldados  de   la</p><p>guarnici�n que patrul aba regularmente por la ciudad capturaban a una mujer de mediana edad que, muy</p><p>borracha, se tambaleaba y voceaba de forma incoherente. No se hab�an molestado en encarcelarla. Se</p><p>hab�an lanzado sobre el a y, con aparente j�bilo, hab�an empezado a golpearla con las culatas de aquel as</p><p>armas suyas que eran palos que tronaban hasta que la dejaron inconsciente de la paliza. Luego utilizaron</p><p>las espadas, no para apu�alarla y matarla, sino s�lo para hacerle repetidos cortes en forma de zigzag por</p><p>todo   el   cuerpo,   de   modo   que   cuando   la   mujer   despertase   de   la   paliza,   si   es   que   l egaba   a   hacerlo,</p><p>�nicamente   estar�a   consciente   el   tiempo   necesario   para   darse   cuenta   de   que   se   estaba   muriendo</p><p>desangrada.</p><p>-Hablando de pulque -le dije para cambiar de tema-, se hace de met� o maguey. Y mientras traduc�amos</p><p>este texto �ltimo, cuatl Alonso, te he o�do hablar del maguey como un cactus. No lo es. El maguey tiene</p><p>resinas, s�, pero todos los cactus tienen tambi�n un esqueleto interno de madera, y el maguey no. Es una</p><p>planta, lo mismo que cualquier arbusto o hierba.</p><p>-Gracias, cuatl Juan. Tomo nota de el o. As� pues... continuemos con nuestro trabajo.</p><p>Yo segu�a durmiendo cada noche y tomando la comida de la ma�ana y la de la noche en el Mes�n de San</p><p>Jos�, mientras que los domingos, que los ten�a libres, me los pasaba recorriendo los diferentes mercados</p><p>de  la  ciudad  y preguntando  a  las  personas que  se  encargaban  de  los  puestos y  a los transe�ntes  si</p><p>conoc�an a unas personas l amadas Netzlin y Citlali, que eran oriundos del poblado de T�piz. Durante una</p><p>buena temporada mi b�squeda result� infructuosa. Pero el tiempo que emple� en aquel a tarea o en el</p><p>mes�n no fue tiempo perdido.</p><p>Mezclarme con la gente de la ciudad en los mercados me ayud� a refinar mi anticuada manera de hablar</p><p>n�huatl y a adquirir el vocabulario m�s moderno de los mexicas. Adem�s me relacion� todo lo que pude</p><p>con   aquel os   pr�speros   y   muy   viajados   pochtecas   que   hab�an   tra�do   mercanc�as   desde   el   sur   para</p><p>venderlas en la ciudad, y con los fornidos tam�mimes, que en realidad eran quienes hab�an acarreado</p><p>aquel as mercanc�as, y de el os aprend� un �til n�mero de palabras y expresiones de las lenguas sure�as:</p><p>el idioma mixteca del pueblo que se hace l amar Hombres de la Tierra, el zapoteca de los que se hacen</p><p>l amar Pueblo Nube e incluso muchas palabras de las lenguas que se hablan en las tierras de Chiapa y</p><p>Quautemalan.</p><p>Y, como ya he dicho, en el mes�n cada noche estaba en compa��a de extranjeros del norte. De el os, como</p><p>ya he dicho tambi�n, los hu�spedes chichimecas hablaban un n�huatl m�s o menos tan arcaico como el</p><p>m�o, pero comprensible. As� que me relacion� principalmente con otom�es y purepechas, y con los l amados</p><p>Pueblo Corredor, aprendiendo de este modo �tiles fragmentos de los idiomas otomite, por� y rar mun.</p><p>Nunca antes hab�a tenido ocasi�n, ni en mi casa ni en mi propia tierra, de descubrir la considerable facilidad</p><p>que yo ten�a para aprender otras lenguas, pero ahora se me hac�a evidente. Y supuse que deb�a de haber</p><p>heredado esa facilidad de mi difunto padre, quien la habr�a adquirido durante sus extensos viajes por el</p><p>Unico Mundo. Dir� una cosa, sin embargo: ninguna de las lenguas de nuestros pueblos, aunque pudieran</p><p>ser muy diferentes del n�huatl y a veces me resultasen dif�ciles de pronunciar, era tan diferente y tan dif�cil</p><p>como el espa�ol, ni me cost� tanto l egar a hablarlas con fluidez como me cost� el espa�ol.</p><p>Adem�s, en el mes�n pod�a entablar conversaci�n cualquier noche con aquel hombre que l evaba tanto</p><p>tiempo en la ciudad, el antes joyero Pochotl, que obviamente hab�a determinado pasar el resto de su vida</p><p>viviendo a costa de la hospitalidad de los frailes de San Jos�. Algunas de nuestras charlas consist�an en</p><p>que  yo   me  limitaba  a  escuchar,  esforz�ndome   por no  bostezar,  mientras �l  recitaba  sus innumerables</p><p>quejas y penas contra  los espa�oles, contra  los  tonalis que  desde  su  nacimiento  hab�an  predestinado</p><p>aquel a   su   actual  desgracia   y  contra   los  dioses  que   le   hab�an   echado   encima   a   los  tonalis.   Pero   con</p><p>frecuencia yo lo escuchaba atentamente, porque de hecho ten�a cosas que contar que me resultaban muy</p><p>�tiles. Por ejemplo, Pochotl me proporcion� el primer conocimiento que tuve de las �rdenes, los rangos y</p><p>las autoridades que reg�an y gobernaban Nueva Espa�a.</p><p>-El personaje m�s alto de todos -me explic�- es un hombre l amado Carlos que reside al � en lo que los</p><p>espa�oles l aman Viejo Mundo. A menudo se refieren a �l como "rey", a veces como "emperador" y otras</p><p>veces como "la corona" o "la corte". Pero est� claro que es el equivalente al Portavoz Venerado que en otro</p><p>tiempo tuvimos los mexicas. Hace muchos a�os ese rey envi� barcos l enos de guerreros a conquistar y</p><p>colonizar un lugar l amado Cuba, que es una isla muy grande situada en el mar Oriental, en un lugar que</p><p>est� m�s al � del horizonte.</p><p>-He o�do hablar de ese sitio -le indiqu�-. Ahora est� poblado por bastardos de razas mezcladas de diversos</p><p>colores.</p><p>Pochotl parpade� y dijo:</p><p>-�Qu�?</p><p>-No importa. Sigue, por favor, cuatl Pochotl.</p><p>-Hace aproximadamente doce o trece a�os que desde ese lugar l amado Cuba l eg� Hern�n Cort�s, el</p><p>capit�n   general   de   Carlos,   para   dirigir   la   conquista   de   nuestro   Unico   Mundo.   Cort�s,   naturalmente,</p><p>esperaba que el rey lo har�a se�or y amo de todo lo que conquistase. No obstante, ahora es del dominio</p><p>p�blico que hubo muchos dignatarios en Espa�a, e incluso bastantes de sus propios oficiales, que tuvieron</p><p>celos de la presunci�n de Cort�s. Convencieron al rey para que pusiera sobre �l una firme mano restrictiva.</p><p>De modo que ahora Cort�s s�lo ostenta el grandioso pero vac�o t�tulo de marqu�s del Val e, de este Val e</p><p>de M�xico, y los aut�nticos gobernantes son los miembros de lo que el os l aman la Audiencia, o lo que en</p><p>los viejos tiempos habr�a sido el Consejo de Portavoces del Portavoz Venerado. Cort�s, asqueado, se ha</p><p>retirado a sus propiedades de Quaun�huac, un lugar situado al sur de aqu�...</p><p>-Tengo entendido que ese lugar ya no se l ama Quaun�huac -le interrump�.</p><p>-Pues   si   y   no.   Nuestro   nombre   para   ese   lugar,   Rodeado   de   Bosque,   los   espa�oles   lo   pronuncian</p><p>"Cuernavaca" que resulta rid�culo. Significa Cuerno de Vaca en su idioma. De todas maneras, Cort�s ahora</p><p>reside malhumorado en la magn�fica propiedad que tiene al �. No s� por qu� ha de estar de mal humor. Sus</p><p>reba�os   de   ovejas,   las   plantaciones   de   la   ca�a   que   da   az�car   y   los   tributos   que   todav�a   recibe   de</p><p>numerosas tribus y naciones.., le han convertido en el hombre m�s rico de Nueva Espa�a. Quiz� de todos</p><p>los dominios de Espa�a.</p><p>-No me interesan demasiado las intrigas y explotaciones que los hombres blancos traman y se infligen entre</p><p>s� -le hice saber-. Ni las riquezas que han acumulado. Cu�ntame con detal e el poder que tienen sobre</p><p>nosotros.</p><p>-Hay muchos que no hal an tan oneroso ese dominio -me coment� Pochotl-. Me refiero a los que siempre</p><p>han pertenecido a las clases m�s bajas: campesinos, obreros y toda esa gente. Levantan tan pocas veces</p><p>la vista de sus trabajos que quiz� no hayan notado todav�a que sus amos han cambiado de color.</p><p>Continu� d�ndome detal adas explicaciones. Nueva Espa�a estaba gobernada por los consejeros de la</p><p>Audiencia, pero de vez en cuando el rey Carlos enviaba por el mar a un inspector real l amado visitador</p><p>para asegurarse de que la Audiencia atend�a como era debido sus asuntos. Los visitadores volv�an a Vieja</p><p>Espa�a para informar a un Consejo, el Consejo de Indias. Ese Consejo era supuestamente responsable de</p><p>proteger por igual los derechos de todos en Nueva Espa�a, tanto de los nativos como de los espa�oles, as�</p><p>que pod�a cambiar, enmendar o anular cualquiera de las leyes hechas por la Audiencia.</p><p>-Sin embargo, yo personalmente creo que en realidad el Consejo existe principalmente para asegurar que</p><p>se pague el quinto -me dijo Pochotl.</p><p>-�El quinto?</p><p>-La quinta parte que le corresponde al rey. Cada vez que se extrae de nuestra tierra una medida de polvo</p><p>de oro, un pu�ado de az�car, granos de cacao, algod�n o cualquier otra cosa, se aparta una quinta parte de</p><p>el o para el rey antes de que nadie coja la parte que le corresponde. Las leyes y normas de la Audiencia</p><p>hechas en la Ciudad de M�xico, continu� explicando Pochotl, se pasaban a unos funcionarios l amados</p><p>corregidores, que estaban destinados en las comunidades m�s importantes de toda Nueva Espa�a, para</p><p>que se encargasen de ponerlas en vigor. Y esos funcionarios, a su vez, ordenaban a los encomenderos,</p><p>que resid�an en los distritos, que se rigieran por dichas leyes y se encargasen de que la poblaci�n nativa las</p><p>obedeciera.</p><p>-Los encomenderos, desde luego, suelen ser espa�oles me indic� Pochotl-, pero no todos el os. Algunos</p><p>son los supervivientes o los descendientes de los que antes eran nuestros se�ores. El hijo y dos hijas de</p><p>Moctezuma, por ejemplo, en cuanto se convirtieron al cristianismo y adoptaron nombres espa�oles, Pedro,</p><p>Isabel y Leonor, recibieron encomiendas. Lo mismo ocurri� con el pr�ncipe Flor Negra, el hijo del difunto</p><p>Nezahualpili, el tanto y tan sinceramente l orado Portavoz Venerado de Texcoco. Ese hijo luch� al lado de</p><p>los   hombres   blancos   durante   la   conquista,   as�   que   ahora   se   l ama   Hernando   Flor   Negra   y   es   un</p><p>encomendero acaudalado.</p><p>-Encomendero. Encomienda. �Qu� es eso? -quise saber.</p><p>-Un encomendero es aquel a quien se le ha otorgado una encomienda. Y eso es un territorio de tama�o</p><p>variable dentro del cual el encomendero es el amo. Las ciudades, pueblos o aldeas que queden dentro del</p><p>rea le pagan tributo en dinero o en bienes, todo aquel que produce o cultiva algo est� obligado a darle una</p><p>parte a �l, todo est� sujeto a su mando, ya sea construirle una mansi�n, labrarle los campos, cuidarle el</p><p>ganado, cazar o pescar para �l o incluso prestarle a la esposa o a las hijas si �l as� lo exige. O a sus hijos,</p><p>supongo, si se trata de una encomendera de gustos lascivos. Una encomienda no incluye la tierra, s�lo lo</p><p>que hay sobre el a, incluidas las personas.</p><p>-Desde luego -dije yo-. �C�mo podr�a alguien poseer la tierra? �Poseer un pedazo del mundo? Resulta una</p><p>idea inconcebible.</p><p>-Pero no para los espa�oles -continu� explic�ndome Pochotl al tiempo que levantaba una mano en se�al</p><p>de advertencia-. A algunos de el os se les concedi� lo que se l ama una estancia, y eso s� incluye la tierra.</p><p>Incluso puede legarse de una generaci�n a otra. El marqu�s Cort�s, por ejemplo, posee no s�lo la gente y</p><p>los productos de Quaun�huac, sino tambi�n la misma tierra que hay debajo de toda el a. Y su antigua</p><p>concubina malinche, esa que traicion� a su propio pueblo, ahora es l amada respetuosamente por el t�tulo</p><p>de viuda de Jaramil o y posee una inmensa isla en medio de un r�o como su estancia.</p><p>-Eso va contra toda raz�n -gru�� yo-. Contra toda naturaleza. Ninguna persona puede reclamar la posesi�n</p><p>ni siquiera del m�nimo fragmento del mundo. Los dioses lo pusieron ah� y los dioses son quienes lo rigen.</p><p>En tiempos pasados los dioses lo han purgado de gente. S�lo le pertenece a los dioses.</p><p>-Pues entonces ojal� los dioses lo purgasen de nuevo de gente. De gente blanca, quiero decir -aclar�</p><p>Pochotl al tiempo que dejaba escapar un suspiro.</p><p>-Pero lo de la encomienda s� que puedo entenderlo -continu� yo-. No es m�s que lo que hac�an nuestros</p><p>gobernantes: cobrar tributos, reclutar obreros. No s� de ninguno que exigiera compa�eros de cama, pero</p><p>supongo que podr�an haberlo hecho si hubieran querido. Y puedo entender por qu� dices que muchas</p><p>personas hoy d�a no perciben ninguna diferencia en el cambio de amos de...</p><p>-He dicho las clases m�s bajas -me record� Pochotl-. Lo que los espa�oles l aman indios r�sticos: patanes,</p><p>paletos, sacerdotes de nuestra antigua religi�n y otras personas f�cilmente prescindibles. Pero yo soy de la</p><p>clase que l aman indios pal os, que somos personas de calidad. Y, por Huitzli, yo s� que alcanzo a percibir la</p><p>diferencia. Y lo mismo les ocurre a los dem�s artesanos, artistas, escribas y...</p><p>-Si, s� -le dije, porque a estas alturas yo ya sab�a recitar aquel as lamentaciones suyas tan bien como �l-.</p><p>�Y qu� me dices de esta ciudad, Pochot�? Debe de constituir la encomienda m�s rica y m�s grande de</p><p>todas. �A qui�n se le concedi�? �Al obispo Zum�rraga, quiz�?</p><p>-No, pero a veces se dir�a que le pertenece. Tenochtitlan, perdona, la Ciudad de M�xico, es la encomienda</p><p>de la corona. Del propio rey. De Carlos. De todas las cosas que se hacen aqu� y de las cosas con las que</p><p>se comercia aqu�, de cualquier cosa, desde esclavos hasta sandalias. Y hasta el �ltimo maraved� de cobre</p><p>de beneficio que se obtenga de el o, Carlos toma no s�lo el quinto real, sino todo, incluidos el precioso oro y</p><p>la preciosa plata que yo hab�a trabajado toda mi vida para...</p><p>-Si, s� -repet�.</p><p>-Y Adem�s, claro est� -continu�-, a cualquier ciudadano se le puede ordenar que deje la ocupaci�n con la</p><p>que se gana la vida para ir a ayudar a construir, a cavar o a pavimentar a fin de mejorar la ciudad del rey. La</p><p>mayor�a de los edificios de Carlos se han terminado ya. Y �sa fue la raz�n por la que el obispo tuvo que</p><p>esperar con tanta impaciencia el comienzo de su iglesia catedral y por lo que a�n sigue en construcci�n. Y</p><p>yo creo que Zum�rraga fuerza m�s a sus obreros de lo que lo hicieron nunca los constructores del rey.</p><p>-De manera que.. por lo que veo... -dije yo pensativamente- cualquier revuelta habr�a de fomentarse primero</p><p>entre esos hombres l amados r�sticos. Agitarlos para que hagan caer a sus amos en las estancias y en las</p><p>encomiendas. Y s�lo entonces nosotros, las personas de clase m�s alta, nos volver�amos contra las clases</p><p>m�s altas espa�olas. El puchero debe de empezar a hervir, como en realidad ocurre con el puchero, de</p><p>abajo arriba.</p><p>-�Ayya, Tenamaxtli! -Se tir� de los pelos con exasperaci�n-. �Otra vez est�s aporreando el mismo tambor</p><p>flojo? Yo cre�a que ahora que eres tan querido para el clero cristiano habr�as abandonado esa idea sin</p><p>sentido de la rebeli�n.</p><p>-Y me alegro de serlo -dije-, porque as� puedo ver y o�r mucho m�s de lo que de otro modo podr�a hacer.</p><p>Pero no, no he abandonado mi resoluci�n. Con el tiempo tensar� ese tambor flojo para que pueda o�rse por</p><p>todas partes. Para que retumbe. Para que ensordezca con su desaf�o.</p><p><strong>8</strong></p><p>Al cabo de poco tiempo yo hab�a adquirido la suficiente comprensi�n de la lengua espa�ola como para</p><p>entender la mayor parte de lo que o�a, aunque todav�a no me atrev�a a hablarla en otro sitio que no fuera el</p><p>aula del notario Alonso. As� que �ste, consciente de el o, advirti� a los cl�rigos de la catedral donde �l y yo</p><p>trabaj�bamos   juntos,   y   tambi�n   a   las   otras   personas   cuyos   deberes   las   l evaban   al �,   para   que   no</p><p>comentasen nada de �ndole confidencial siempre que yo estuviese en situaci�n de o�rlos. Dif�cilmente pod�a</p><p>pasarme inadvertido que, cada vez que dos o m�s hablantes de espa�ol se pon�an a conversar en mi</p><p>presencia, al l egar a cierto punto me echaban una fugaz mirada y luego se iban a otra parte. Sin embargo,</p><p>cuando yo caminaba an�nimamente por la ciudad pod�a aguzar el o�do sin avergonzarme de el o y sin que</p><p>se notase. Una conversaci�n que o� de pasada mientras curioseaba las hortalizas que se exhib�an en un</p><p>puesto del mercado, fue como sigue:</p><p>-No es m�s que otro condenado sacerdote entrometido -dijo un espa�ol, una persona de cierta importancia,</p><p>a juzgar por su vestido-. Finge estar derramando l�grimas por el cruel maltrato que se les da a los indios y</p><p>lo utiliza como excusa para hacer normas que lo benefician a �l.</p><p>-Cierto -convino el otro hombre, que iba igualmente ataviado con ricos vestidos-. El hecho de ser obispo no</p><p>lo convierte en un sacerdote menos astuto e hip�crita que los dem�s. Est� de acuerdo en que hemos tra�do</p><p>a estas tierras un don que no tiene precio, el Evangelio de la cristiandad, y que por el o los indios nos deben</p><p>toda la obediencia y el esfuerzo que podamos sacar de el os. Pero tambi�n, dice �l, debemos hacerlos</p><p>trabajar con menos rigor, pegarles menos y alimentarlos mejor.</p><p>-O   nos   arriesgamos   a   que   se   mueran   -dijo   el   primer   hombre-,   como   les   pas�   a   aquel os   indios   que</p><p>perecieron   durante   la   conquista   y   en   las   plagas   de   enfermedades   que   siguieron...   antes   de   que   los</p><p>desgraciados pudieran ser confirmados en la fe. Zum�rraga hace ver que lo que quiere salvar no son las</p><p>vidas de los indios, sino sus almas.</p><p>-De modo -continu� el segundo hombre- que los fortalecemos y los mimamos en detrimento del trabajo</p><p>para el cual los necesitamos. Luego �l los recluta para que construyan m�s iglesias, capil as y santuarios</p><p>por todo el condenado pa�s, y �l se queda con el m�rito de esa acci�n. Y a cualquier indio que le desagrade</p><p>a �l, al obispo Zurriago, puede quemarlo.</p><p>Continuaron de aquel a guisa durante un rato, y me sent�a complacido de o�rlos hablar as�. Era el obispo</p><p>Zum�rraga quien hab�a condenado a mi padre a aquel a muerte horrible. Y cuando aquel os hombres lo</p><p>l amaban obispo Zurriago, yo sab�a que no era que estuvieran pronunciando mal el nombre, sino que lo que</p><p>estaban haciendo era un juego de palabras con �l, una mofa, porque la palabra zurriago significa "flagelo".</p><p>Pochot� me hab�a contado c�mo al marqu�s Cort�s lo hab�an desacreditado sus propios oficiales. Ahora yo</p><p>estaba oyendo c�mo cristianos de importancia difamaban a su m�s alto sacerdote. Si tanto los soldados</p><p>como los ciudadanos pod�an manifestar su desagrado abiertamente y difamar a sus superiores, el o era</p><p>prueba de que los espa�oles no ten�an un parecer tan un�nime como para que espont�neamente fueran a</p><p>presentar un frente s�lido y unido ante cualquier desaf�o. Y tampoco estaban tan seguros de su cacareada</p><p>autoridad   como   para   ser   invencibles.  Aquel os   peque�os   atisbos   del   pensamiento   y   el   esp�ritu   de   los</p><p>espa�oles me resultaban alentadores; posiblemente me fueran �tiles en el futuro, y por el o son dignos de</p><p>recordarse.</p><p>Aquel mismo d�a, en el mismo mercado, encontr� por fin a los exploradores de T�piz a los que l evaba tanto</p><p>tiempo buscando. En un puesto en el que colgaban por doquier cestos tejidos con juncos y mimbre, le</p><p>pregunt�, igual que hab�a estado haciendo por todas partes, al hombre que atend�a al p�blico si conoc�a a</p><p>un nativo de T�piz l amado Netzlin y a su esposa l amada...</p><p>-Vaya, yo  soy Netzlin  -me  contest�  el hombre mientras me miraba con  cierta extra�eza y  un poco de</p><p>aprensi�n-. Mi mujer se l ama Citlali.</p><p>-�Ayyo, por fin! -exclam�-. Y qu� bien o�r otra vez a alguien que habla con los acentos de la lengua azteca!</p><p>Me l amo Tenamaxtli y soy de Aztl�n.</p><p>-�En ese caso bienvenido seas, antiguo vecino! -me salud� con entusiasmo-. Desde luego que da gusto o�r</p><p>hablar�n nahuatl al viejo uso y no al modo de esta ciudad. Citlali y yo ya l evamos aqu� casi dos a�os, y la</p><p>tuya es la primera voz que he o�do con el sonido de nuestra tierra.</p><p>-Y puede que sea la �nica durante mucho tiempo -le comuniqu�-. Mi t�o ha prohibido que ning�n habitante</p><p>de Aztl�n ni de las comunidades de los alrededores tenga nada que ver con los hombres blancos.</p><p>-�Que tu t�o lo ha prohibido? -repiti� Netzlin, que parec�a sorprendido.</p><p>-Mi t�o Mixtzin, el Uey-Tecutli de Aztl�n.</p><p>-Ayyo, claro, el Uey-Tecutli. Sab�a que ten�a hijos. Y te pido disculpas por no saber que te ten�a a ti por</p><p>sobrino. Pero si �l ha prohibido familiarizarse con los espa�oles, �qu� haces t� aqu�?</p><p>Ech� una r�pida ojeada a mi alrededor antes de responder:</p><p>-Preferir�a hablar de eso en privado, cuatl Netzlin.</p><p>-Ya -dijo �l gui�ando un ojo-. Otro explorador secreto, �eh? Pues ven, cuatl Tenamaxtli, d�jame que te invite</p><p>a nuestro humilde hogar. Esp�rate aqu� mientras recojo mis mercanc�as. Se est� acabando la jornada, as�</p><p>que probablemente habr� pocos clientes que se l even una decepci�n.</p><p>Le ayud� a apilar los cestos para transportarlos, y cada uno de nosotros levantamos una carga que, toda</p><p>junta, ten�a que ser un peso considerable para que lo l evase �l solo al mercado sin ayuda. Me condujo por</p><p>cal es traseras, salimos de la Traza de los hombres blancos y nos dirigimos hacia el sudeste, a una colaci�n</p><p>de viviendas nativas, la que se l amaba San Pablo Zoquipan. Mientras camin�bamos, Netzlin me explic�</p><p>que, despu�s de que su esposa y �l decidieran asentarse en la Ciudad de M�xico, a �l lo hab�an puesto</p><p>inmediatamente a trabajar en la reparaci�n de los acueductos que l evaban agua potable a la isla. Apenas si</p><p>le pagaban lo suficiente para comprar comida de ma�z, de la cual Citlali hacia atoli, y viv�an aliment�ndose</p><p>s�lo de esas gachas. Pero luego, cuando Netzlin pudo demostrar al tepizqui de su barrio que Citlali y �l</p><p>ten�an otros medios mejores para ganarse la vida, se le concedi� permiso para establecerse por su cuenta.</p><p>-Tepizqui -repet�-. Esa es claramente una palabra de la lengua n�huatl, pero nunca la hab�a o�do antes. Y</p><p>barrio en espa�ol significa una parte de la comunidad, un vecindario peque�o dentro de el a, �no es as�?</p><p>-En efecto. Y el tepizqui es uno de nosotros. Es decir, es el funcionario mexica responsable de hacer que su</p><p>barrio observe las leyes de los hombres blancos. El, desde luego, tiene que dar cuenta ante un funcionario</p><p>espa�ol, un alcalde que gobierna la colaci�n entera de barrios, a sus distintos tepizque y a toda su gente.</p><p>De modo que Netzlin le hab�a demostrado a su tepizqui lo duchos y ma�osos que eran su mujer y �l en</p><p>tejer cestos. El tepizqui hab�a ido a informar de el o al alcalde espa�ol, que a su vez pas� la informaci�n a</p><p>su   superior,   que   era   el   corregidor,   y   este   funcionario   a   su   vez   inform�   de   el o   al   gobernador   de   la</p><p>encomienda del rey, que, como yo ya sab�a, comprend�a todos los barrios, zonas y habitantes de la Ciudad</p><p>de M�xico. El gobernador present� el asunto a la Audiencia la siguiente vez que se reuni� en Consejo y,</p><p>finalmente, volviendo otra vez hacia atr�s por todos aquel os retorcidos canales, l eg� una concesi�n real</p><p>que conced�a a Netzlin licencia para utilizar el puesto del mercado donde yo lo hab�a encontrado.</p><p>-Hay que ver lo que tiene que conferenciar y perder el tiempo un hombre, lo que ha de soportar s�lo para</p><p>vender el trabajo que hace con sus propias manos -le dije.</p><p>Netzlin se encogi� de hombros todo lo que pudo bajo el peso de la carga que l evaba.</p><p>-Por lo que yo s�, las cosas eran casi igual de complicadas aqu� cuando �sta era la ciudad de Moctezuma.</p><p>De cualquier modo, la concesi�n me exime de que me hagan ir a la fuerza a hacer trabajos fuera.</p><p>-�Qu� te decidi� a fabricar los cestos en lugar de eso? -le pregunt�.</p><p>-Pues   mira,   es   el   mismo   trabajo   que   Citlali   y   yo   hac�amos   en   T�piz.   Los   juncos   y   las   ca�as   que</p><p>arranc�bamos de los pantanos salobres del norte no eran muy diferentes de los que crecen en los lechos</p><p>de los lagos que hay por aqu�. Los juncos y las hierbas de los pantanos son en realidad las �nicas plantas</p><p>que crecen por aqu� en las oril as, aunque me han dicho que en otro tiempo �ste fue un val e muy f�rtil y</p><p>verde. Asent�.</p><p>-Ahora s�lo apesta a barro y a moho.</p><p>-De  noche  camino  penosamente   entre   el  fango  y cojo  los  juncos y  el  mimbre  -continu�  explic�ndome</p><p>Netzlin-. Cit�ali teje durante el d�a, mientras yo estoy en el mercado. Nuestros cestos se venden bien,</p><p>porque est�n mejor hechos y son m�s bonitos que los que hacen los pocos tejedores que hay aqu�. Los</p><p>amos de las casas espa�olas, sobre todo, prefieren nuestras mercanc�as.</p><p>Aquel o era interesante. Decid� indagar.</p><p>-Entonces... �has tenido tratos con los residentes espa�oles? �Has aprendido a hablar su lengua?</p><p>-S�lo   un   poco   -respondi�   sin   lamentarlo-.   Yo  trato   con   los   criados:   cocineras,   fregonas,   lavanderas   y</p><p>jardineros. El os son de nuestra propia gente, as� que no necesito para nada ese lenguaje balbuceante de</p><p>los hombres blancos.</p><p>Bien, pens�, tener acceso a su servidumbre podr�a ser incluso m�s �til a mis prop�sitos que conocer a los</p><p>propios amos de las casas espa�olas.</p><p>-De todos modos -continu� diciendo Netzlin-, Citlali y yo nos ganamos la vida mejor que la mayor�a de los</p><p>vecinos de nuestro barrio. Comemos carne o pescado por lo menos dos veces al mes. En cierta ocasi�n</p><p>incluso compartimos una de esas raras y caras frutas que los espa�oles l aman lim�n.</p><p>-�Es a eso a todo lo que aspiras en la vida, cuatl Netzlin? -le pregunt�-. �A ser tejedor y vendedor de</p><p>cestos? Netzlin pareci� aut�nticamente sorprendido.</p><p>-Es lo que siempre he sido.</p><p>-Sup�n que alguien te ofreciera l evarte a la guerra y a la gloria. Liberar al Unico Mundo de los hombres</p><p>blancos. �Qu� dir�as a eso?</p><p>-�Ayya, cuatl Tenamaxtli! Los blancos son los que compran mis cestos. Son el os quienes me ponen la</p><p>comida en la boca. Si alguna vez deseo librarme de el os, lo �nico que tengo que hacer es volver a T�piz.</p><p>Pero al � nunca nadie me pag� tan bien los cestos. Y adem�s no tengo experiencia de guerra. Y ni siquiera</p><p>alcanzo a imaginar qu� pueda ser la gloria.</p><p>Abandon� la idea de reclutar a Netzlin como guerrero, pero todav�a pod�a serme �til para infiltrarme en los</p><p>aposentos de los criados de alguna mansi�n espa�ola. Sin embargo, siento decir que Netzlin no ser�a el</p><p>�ltimo   recluta   en   potencia   que   rehusar�a   unirse   a   mi   campa�a   bas�ndose   en   que   se   hab�a   vuelto</p><p>dependiente del patronazgo de los hombres blancos. Cada uno de aquel os que lo hicieron pudo haberme</p><p>citado, si es que lo hab�a o�do alguna vez, aquel viejo proverbio espa�ol que dice que un lisiado tendr�a que</p><p>estar loco para romper su propia muleta. O, para describir con m�s exactitud a los hombres que alegasen</p><p>ese   motivo   para   esquivar   servir   a   mi  causa,   podr�a   yo   decir   de   el os   lo   que   he   o�do   decir   a   algunos</p><p>espa�oles maleducados: que antes que eso prefer�a lamer el culo del patr�n.</p><p>Llegamos al barrio de Netzlin en San Pablo Zoquipan, uno de los que no eran demasiado s�rdidos; se</p><p>encontraba   en  las  afueras  de   la   ciudad.   Netzlin   me  dijo,   con   cierto   orgul o,   que   Citlali  y  �l  se   hab�an</p><p>construido su propia casa, como lo hab�an hecho la mayor�a de sus vecinos, con sus propias manos y a</p><p>base de esos ladril os de barro secados al sol que en espa�ol se l aman adobes. Tambi�n me indic� con</p><p>orgul o la caba�a de vapor de adobe que hab�a al final de la cal e, para cuya construcci�n se hab�an unido</p><p>todos los residentes del lugar.</p><p>Entramos en la peque�a morada de dos habitaciones a trav�s de una cortina que cerraba la entrada, y me</p><p>present� a su esposa. Citlali ten�a m�s o menos su misma edad -yo calcul� que ambos tendr�an alrededor</p><p>de treinta a�os-, una cara dulce y disposici�n alegre. Adem�s, y de el o me di cuenta en seguida, el a era</p><p>tan   inteligente   como   �l   obtuso.   Cuando   l egamos   andaba   muy   atareada   trabajando   en   un   cesto   que</p><p>acababa de empezar, aunque estaba en avanzado estado de gestaci�n y ten�a que agacharse alrededor</p><p>del vientre, por as� decirlo, en aquel suelo de tierra que era su lugar de trabajo. Contacto, creo yo, le</p><p>pregunt� que si en su delicado estado era conveniente hacer un trabajo manual.</p><p>Se ech� a re�r y me dijo sin apuro alguno:</p><p>-En realidad la barriga me es m�s una ayuda que un estorbo. Me las ingenio para utilizarla como molde a</p><p>fin de dar forma a cestos de cualquier tama�o: desde los peque�os y planos hasta los m�s voluminosos.</p><p>-�Qu� clase de alojamiento has encontrado t�, Tenamaxdi? -me pregunt� Netzlin.</p><p>-Estoy viviendo de la caridad de los cristianos, en el Mes�n de San Jos�. Quiz� hay�is o�do hablar de �l.</p><p>-S�, lo conocemos -asinti� Netzlin-. Citlali y yo utilizamos ese refugio durante unas cuantas noches cuando</p><p>l egamos aqu�. Pero no pod�amos soportar que nos pusieran cada noche en dormitorios separados.</p><p>Pudiera ser que Netzlin no fuera un guerrero dispuesto, pens�, pero evidentemente era un marido devoto.</p><p>Citlali volvi� a hablar.</p><p>-Cuatl Tenamaxtli, �por qu� no te vienes a vivir con nosotros hasta que te encuentres en situaci�n de</p><p>permitirte tener una vivienda propia?</p><p>-Eso es maravillosamente bueno y hospitalario por tu parte, se�ora m�a. Sin embargo, si estar separados en</p><p>el   mes�n   era   inaceptable   para   vosotros,   tener   a   un   extra�o   bajo   este   mismo   techo   ser�a   a�n   m�s</p><p>intolerable, sobre todo si tenemos en cuenta que otro extra�o m�s peque�o est� a punto de unirse a</p><p>vosotros.</p><p>La mujer sonri� con afecto al o�r aquel o.</p><p>-Todos somos extra�os en esta ciudad. En realidad t� no ser�as m�s extra�o de lo que lo ser   el reci�n</p><p>nacido que ha de venir.</p><p>-Eres verdaderamente gentil, Citlali -le dije-. Pero el hecho es que yo podr�a permitirme ir a vivir a otra parte.</p><p>Tengo un empleo por el que me pagan un salario por lo menos mejor que el de un obrero. Estoy estudiando</p><p>la lengua espa�ola en el colegio que hay justo al lado del mes�n, as� que me quedar� al � hasta que me</p><p>resulte demasiado cansado.</p><p>-�Estudiando la lengua de los hombres blancos? -repiti� Netzlin-. �Por eso es por lo que est�s aqu�, en la</p><p>ciudad?</p><p>-Eso forma parte del motivo. -A continuaci�n le cont� c�mo pretend�a aprender todo lo posible acerca de los</p><p>hombres blancos-. Para poder levantar contra el os una rebeli�n que sea efectiva. Para echarlos de todas</p><p>las tierras del Un�co Mundo.</p><p>-Ayyo...</p><p>Citlali respir� con suavidad, contempl�ndome con lo que hubiera podido ser pavor, respeto o admiraci�n... o</p><p>quiz� la sospecha de que el a y su marido estaban agasajando en su casa a alguien que parec�a realmente</p><p>loco.</p><p>-As� que es por eso por lo que me preguntaste si quer�a ir a la guerra y a la gloria -dijo Netzlin-. Y ya puedes</p><p>ver cu�l es el motivo -y me se�al� a su esposa- por el que no me siento ansioso de hacerlo. Y con mi</p><p>primer hijo a punto de nacer.</p><p>-�Primer hijo! -repiti� Citlali ri�ndose otra vez. Y dirigi�ndose a mi, a�adi�-: Nuestro primer descendiente - A</p><p>mi me da igual que sea ni�o o ni�a con tal de que est� sano y entero.</p><p>-Ser� un ni�o -asegur� Netzlin-. Insisto en el o.</p><p>-Y desde luego -le indiqu�-, tienes raz�n al no querer correr riesgos en semejante momento. Sin embargo,</p><p>quisiera pedirte un favor. Si vuestros vecinos no ponen objeci�n a el o, �podr�as concederme el permiso</p><p>para utilizar de vez en cuando la caba�a de vapor que ten�is aqu�?</p><p>-Pues claro que si. Ya s� que el mes�n no dispone de ning�n tipo de instalaciones para ba�arse. �C�mo es</p><p>que t� te mantienes aceptablemente limpio?</p><p>-Me ba�o en un cubo cuando hace falta. Y luego me lavo la ropa en el mismo cubo. A los frailes no les</p><p>importa que caliente el agua en el fuego del mes�n. Pero no he disfrutado de un buen ba�o de vapor desde</p><p>que me march� de Aztl�n. Me temo que debo de oler tan mal como un hombre blanco.</p><p>-No, no -me aseguraron los dos a un tiempo.</p><p>Luego, Netzlin a�adi�:</p><p>-Ni siquiera un bruto zacachichim�cat� reci�n l egado del desierto huele tan mal como un hombre blanco.</p><p>Ven, Tenamaxtli, iremos a la caba�a de vapor ahora mismo. Y despu�s de tomar un buen ba�o beberemos</p><p>un poco de octli y nos fumaremos un poquiet� o dos.</p><p>-Y la pr�xima vez que vengas -me sugiri� Citlali- tr�ete todas tus mudas de ropa. Yo me encargar� de hacer</p><p>tu colada de ahora en adelante.</p><p>As� que desde entonces pas� tanto tiempo visitando a aquel as dos agradables personas, y su caba�a de</p><p>vapor, como me pasaba conversando con Pochot� en el mes�n. Y durante aquel a �poca, desde luego,</p><p>continu� pasando mucho tiempo con el notario Alonso: por las ma�anas en el aula del colegio y por las</p><p>tardes en su habitaci�n de trabajo de la catedral. A menudo interrump�amos nuestra tarea de profundizar en</p><p>los antiguos libros de palabras im�genes para recostarnos y fumar un poco mientras habl�bamos de temas</p><p>que no ten�an que ver con aquel o. Mi espa�ol hab�a mejorado sensiblemente, hasta el punto de que yo ya</p><p>comprend�a  mejor aquel as palabras que �l ten�a que utilizar  con frecuencia porque,  sencil amente, no</p><p>hab�a t�rminos equivalentes en n�huatl.</p><p>-Juan   Brit�nico   -me   dijo   un   d�a-,   �conoces   ya   a   monse�or   Su�rez-Begega,   el   archidiacono   de   esta</p><p>catedral?</p><p>-�Conocerle? No. Pero s� que lo he visto a menudo por los vest�bulos.</p><p>-Pues es evidente que �l tambi�n te ha visto a ti. Como archidi�cono, ya sabes, aqu� es el encargado de la</p><p>administraci�n, el que se ocupa de que todas las cosas pertenecientes a la catedral marchen como es</p><p>debido. Y me ha ordenado que te d� un mensaje de su parte.</p><p>-�Un mensaje? �A m�? �De alguien tan importante?</p><p>-Si. Quiere que empieces a ponerte pantalones</p><p>Parpade� y me qued� mir�ndolo fijamente.</p><p>-�El alto y poderoso Su�rez-Begega puede l egar incluso a preocuparse por mis piernas desnudas? Yo</p><p>visto igual que los dem�s mexicas que trabajan por aqu�. Del modo como siempre han vestido los hombres.</p><p>-Ese es el asunto -me aclar� Alonso-. Los dem�s son obreros, constructores, artesanos como mucho. Est�</p><p>bien que el os l even capas, calzoncil os y guaraches. Pero tu trabajo te da derecho... te obliga, seg�n el</p><p>monse�or, a vestirte como un espa�ol.</p><p>-Si �l quiere, puedo ataviarme con un jub�n ribeteado de pieles, con pantalones bien ajustados, con un</p><p>sombrero con plumas en la cabeza, con unas faltriqueras y brazaletes, con botas de cuero labrado, e</p><p>intentar pasar por un contoneante espa�ol moro -coment� con aspereza.</p><p>Reprimiendo una sonrisa, Alonso me corrigi�.</p><p>-Nada de pieles, faltriqueras ni plumas. Bastar  con una camisa corriente, unos pantalones y unas botas. Yo</p><p>te dar� el dinero para compr�rtelos. Y s�lo hace falta que los l eves puestos en el colegio y aqu�. Cuando</p><p>est�s entre tu gente puedes vestir como te plazca. Hazlo por mi, cuatl Alonso, para que el archidi�cono no</p><p>ande detr�s de m� agobi�ndome con eso.</p><p>Refunfu�� que hacerme pasar por un espa�ol blanco era casi tan repugnante como tratar de hacerme</p><p>pasar por un moro, pero al final acept�.</p><p>-Lo hago por ti, desde luego, cuatl Alonso.</p><p>-Este espa�ol repugnantemente blanco te lo agradece me contest� con una aspereza equiparable a la m�a.</p><p>-Te pido disculpas -le dije-. T� personalmente no eres as�. Sin embargo, dime una cosa, si haces el favor.</p><p>T� siempre hablas de espa�oles blancos o de blancos espa�oles. �Significa eso que hay espa�oles en</p><p>alguna parte que no son blancos? �O que hay otras personas blancas adem�s de los espa�oles?</p><p>-Puedes estar seguro, Juan Brit�nico, de que los espa�oles son blancos. A menos que uno except�e a los</p><p>jud�os de Espa�a que se convirtieron al cristianismo. El os suelen ser de tez algo oscura y grasienta. Pero</p><p>s�, en efecto, hay muchos otros pueblos de gente blanca adem�s de los espa�oles: aquel os que habitan</p><p>las naciones de Europa.</p><p>-�Europa?</p><p>-Es un continente grande y espacioso del cual Espa�a es s�lo un pa�s. Algo parecido a lo que antes era</p><p>vuestro Unico Mundo... un extenso territorio ocupado por numerosas naciones todas el as diferentes entre</p><p>s�. No obstante, los pueblos nativos de Europa son blancos.</p><p>-Entonces, �son iguales en calidad los unos y los otros...? �E iguales a vosotros, los espa�oles? �Son</p><p>tambi�n cristianos? �Todos el os son igualmente superiores a las personas que no son blancas?</p><p>El notario se rasc� la cabeza con la pluma de pato con la que hab�a estado escribiendo.</p><p>-Haces unas preguntas, cuatl Juan, que han tenido perplejos incluso a los fil�sofos. Pero har� lo que pueda</p><p>por contestarte. Todos los blancos son superiores a los que no son blancos, s�, eso es cierto. La Biblia as�</p><p>nos lo dice. Es a causa de las diferencias entre Sem, Cam y Jafet.</p><p>-�Qu� o qui�nes son �sos?</p><p>-Los hijos de No�. Tu instructor, el padre Diego, puede explic�rtelo mejor que yo. En cuanto al tema de si</p><p>todos los europeos son iguales, bueno, pues.. - -Se ech� a re�r de un modo algo ir�nico-. A cada naci�n,</p><p>incluida nuestra amada Espa�a, le gusta considerarse a s� misma superior a las dem�s. Como sin duda os</p><p>ocurre a los aztecas aqu�, en Nueva Espa�a.</p><p>-Eso es cierto convine-. O lo era hasta ahora. Pero en el momento en que a nosotros y a los dem�s se nos</p><p>amontona juntos como meros indios, quiz� descubramos que todos tenemos m�s en com�n de lo que</p><p>cre�amos.</p><p>-Y respondiendo a tu otra pregunta... s�, Europa es cristiana, excepto algunos herejes y jud�os aqu� y al � y</p><p>los turcos de los Balcanes. Triste es decir, sin embargo, que en los �ltimos a�os ha habido inquietud e</p><p>insatisfacci�n   incluso   entre   los   cristianos.   Ciertas   naciones,   Inglaterra,   Alemania,   y   otras,   han   estado</p><p>poniendo en tela de juicio el dominio de la Santa Iglesia.</p><p>At�nito al o�r que tal cosa fuera posible, le pregunt�:</p><p>-�Han dejado de adorar a los cuatro que forman la Trinidad?</p><p>Result�   evidente   que   Alonso,   que   estaba   muy   preocupado,   no   me   oy�   decir   "cuatro".   Repuso</p><p>sombr�amente:</p><p>-No, no, los cristianos creen a�n en la Trinidad. En lo que algunos de el os se niegan ahora a creer es en el</p><p>Papa.</p><p>-�El Papa? -repet� l eno de extra�eza.</p><p>Estaba pensando, pero no lo expres� en voz alta, si es que habr�a una quinta entidad que adorar. �Era</p><p>concebible una aritm�tica tan rara como aqu�l a? �Una trinidad de cinco?</p><p>-El Papa Clemente S�ptimo -me explic� Alonso-. El obispo de Roma. El sucesor de san Sim�n Pedro. El</p><p>vicario de Jesucristo en la Tierra. La cabeza visible de la Iglesia Cat�lica y Romana. Su suprema e infalible</p><p>autoridad.</p><p>-�Este no es otro santo o esp�ritu? �Se trata de una persona viva?</p><p>-Claro que es una persona viva. Un sacerdote. Un hombre igual que t� y que yo, s�lo que m�s viejo. Y</p><p>enormemente m�s santo, puesto que �l l eva las sandalias del pescador.</p><p>-�Sandalias? -repet� sin comprender-. �Las sandalias del pescador?</p><p>En Aztl�n yo hab�a conocido a muchos pescadores, y ninguno l evaba sandalias ni era santo en lo m�s</p><p>m�nimo.</p><p>Alonso suspir� con exasperaci�n.</p><p>-Sim�n Pedro hab�a sido pescador antes de convertirse en el m�s prominente disc�pulo de Jesucristo, en el</p><p>m�s importante de los ap�stoles. Se le considera el primer Papa de Roma. Ha habido much�simos desde</p><p>entonces, pero de cada Papa que lo ha sucedido se dice que se ha calzado las sandalias del pescador y</p><p>por el o adquiere la misma eminencia y autoridad que Sim�n Pedro. Juan Brit�nico, �por qu� sospecho que</p><p>has estado so�ando despierto durante la instrucci�n del padre Diego?</p><p>-No lo he hecho -le ment�; y a�ad� poni�ndome a la defensiva-: S� recitar el credo, el padrenuestro y el</p><p>avemar�a.   Y   he   memorizado   las   jerarqu�as   de   los   cl�rigos   de   la   Iglesia:   monjas   y   frailes,   abades   y</p><p>abadesas, padres, monse�ores, obispos. Luego... eh... �hay algo que quede por encima de nuestro obispo</p><p>Zum�rraga?</p><p>-Arzobispos -me indic� Alonso con brusquedad-. cardenales, y patriarcas. Y luego est� el Papa, que se</p><p>encuentra por encima de todos. Te recomiendo encarecidamente que prestes m�s atenci�n en la clase del</p><p>padre Diego si es que deseas ser confirmado alguna vez en la Iglesia.</p><p>Me guard� muy bien de decirle que no quer�a tener nada que ver con la Iglesia m�s que lo que fuera</p><p>necesario para mis propios planes. Y era principalmente porque mis propios planes se encontraban a�n</p><p>sumidos en la penumbra por lo que yo continuaba asistiendo a la clase de instrucci�n en cristianismo. Estas</p><p>clases consist�an casi por entero en ense�arnos a recitar reglas, rituales e invocaciones, la mayor�a de el os</p><p>-el padrenuestro, por ejemplo- en una lengua que ni siquiera los espa�oles se tomaban la molestia de fingir</p><p>que entend�an. Cuando la clase, ante la insistencia de tete Diego, asist�a al servicio de la iglesia l amado</p><p>misa,   yo   fui   con   el os   unas   cuantas   veces.   Aquel o   tambi�n   era   incomprensible   para   nadie   excepto,</p><p>supongo, para los sacerdotes y los ac�litos que celebraban la misa. Nosotros los nativos, los mestizos y</p><p>dem�s ten�amos que sentarnos en una galer�a superior aparte del resto, pero aun as� el olor de muchos</p><p>espa�oles sin lavar api�ados habr�a sido intolerable de no ser por las embriagadoras nubes de humo de</p><p>incienso.</p><p>De   todos   modos,   como   yo   nunca   hab�a   tenido   gran   inter�s   en   mi   religi�n   nativa,   excepto   en   aquel o</p><p>referente   a   disfrutar   las   muchas   festividades   que   proporcionaba,   tampoco   me   interesaba   demasiado</p><p>adoptar una nueva. Ten�a una particular inclinaci�n a escarbarme los dientes con desd�n ante una religi�n</p><p>que parec�a incapaz de contar m�s al � de tres, puesto que sus objetos de adoraci�n, seg�n mis cuentas,</p><p>hac�an un total de por lo menos cuatro, y pudiera ser que cinco, pero el os se empe�aban en l amarlo</p><p>trinidad.</p><p>A pesar de la excentricidad num�rica de su propia fe, con frecuencia tete Diego vituperaba en contra de</p><p>nuestra   antigua   religi�n   como   superpoblada   de   dioses.   Aquel a   cara   suya   sonrosada   se   le   puso</p><p>perceptiblemente p�rpura cuando un d�a le hice notar que, mientras el cristianismo daba a entender que</p><p>reconoc�a   a   un   �nico   Se�or   Dios,   en   realidad   le   conced�a   igual   prestigio   a   los   excelent�simos   seres</p><p>l amados santos, a los �ngeles y arc�ngeles... Y el os eran a todas luces tan numerosos como nuestros</p><p>dioses, y algunos parec�an tan viciosos y vengativos como aquel os dioses nuestros tan oscuros que los</p><p>cristianos l amaban demonios. Le dije que la principal diferencia que yo pod�a apreciar entre nuestra antigua</p><p>religi�n y la nueva de tete Diego era que nosotros aliment�bamos a nuestros dioses, mientras que los</p><p>cristianos se com�an a los suyos, o fing�an hacerlo, en el ritual l amado comuni�n.</p><p>-Hay muchas otras cosas en las que el cristianismo no supone en realidad mejora alguna sobre nuestro</p><p>paganismo,   como   vosotros   lo   l am�is   -continu�   explic�ndole-.   Por   ejemplo,   tete,   nosotros   tambi�n</p><p>confesamos nuestros pecados a la bondadosa y misericordiosa diosa Tlazolt�otl, que significa Comedora</p><p>de  Porquer�a,  la  cual,   despu�s  de  nuestra  confesi�n,  nos  inspiraba  actos de  contrici�n  o  nos  daba  la</p><p>absoluci�n,  exactamente  igual  que  hacen  vuestros sacerdotes.  En  cuanto  al milagro   del  parto  virginal,</p><p>varias de nuestras deidades vieron la existencia de ese modo. E incluso as� fue como vino al mundo uno de</p><p>los gobernantes mexicas mortales. �se fue el primer Moctezuma, el gran Portavoz Venerado que fue t�o</p><p>abuelo del Moctezuma menor que reinaba en la �poca en que vosotros los espa�oles l egasteis aqu�. Fue</p><p>concebido cuando su madre a�n era una doncel a virgen y...</p><p>-�Basta ya! -me interrumpi� tete Diego, cuya cabeza calva se hab�a puesto roja-. Tienes el sentido del</p><p>humor de un payaso, Juan Brit�nico, pero ya has hecho bastante mofa y burla por hoy. Est�s rozando la</p><p>blasfemia e incluso la herej�a.  M�rchate de esta clase y no vuelvas hasta que te hayas arrepentido y te</p><p>hayas confesado, no a cualquier Glotona Asquerosa, sino a un sacerdote confesor cristiano!</p><p>Nunca lo hice, ni entonces ni nunca, pero me esforc� todo lo que pude por parecer contrito y arrepentido al</p><p>d�a siguiente cuando volv� a la clase. Y continu� asistiendo a el a por un motivo que no ten�a nada que ver</p><p>con   comparar   supersticiones   religiosas,   ni   con   sondear   los   modos   de   pensar   y   el   comportamiento</p><p>espa�oles, ni con l evar adelante mis planes de revoluci�n. Ahora asist�a a aquel a clase s�lo para ver a</p><p>Rebeca Canal uza y para que el a me viera a mi. Todav�a no hab�a hecho yo el acto de ahuilnema ni con</p><p>mujer blanca ni con mujer negra, y quiz� nunca tuviera ocasi�n de hacerlo con ninguna de las dos. Pero en</p><p>la persona de Rebeca Canal uza, yo Podr�a, en cierto modo, probar ambas clases de mujer de una sola</p><p>vez. Es decir, el a era lo que Alonso hab�a clasificado como mulato "terco", el fruto de la uni�n entre un moro</p><p>y un blanco.</p><p>Al haber de momento tan pocas mujeres negras en Nueva Espa�a, el padre de Rebeca deb�a de haber sido</p><p>la parte negra del acoplamiento y su madre alguna pelandusca o mujer espa�ola perversamente curiosa.</p><p>Pero la madre hab�a contribuido poco a la configuraci�n de Rebeca, lo que no era de extra�ar; tampoco la</p><p>leche de coco vertida en una taza de choc�latl lo aclara en absoluto.</p><p>Por  lo   menos  la   muchacha  hab�a   heredado   de  su  madre   un   pelo  decentemente   largo   y  ondulado,  no</p><p>aquel os rizos de musgo de las moras de pura sangre. Pero en todo lo dem�s. ayya, ten�a la nariz plana y</p><p>ancha con agujeros grandes, los labios abultados en exceso y de color p�rpura, y el resto de lo que yo</p><p>pod�a ver de el a era exactamente del mismo color que un grano de cacao. Adem�s tuve que suponer que</p><p>las hembras moras maduran a muy temprana edad, porque Rebeca era s�lo una ni�a de once o doce a�os,</p><p>e incluso resultaba peque�a para esa edad, pero ya ten�a las curvas de una mujer, considerables pechos y</p><p>unas nalgas que s�lo pod�an calificarse de protuberantes. Y adem�s las miradas que me echaba pon�an en</p><p>evidencia las codiciosas valoraciones que hacen las mujeres que est�n maduras para emparejarse.</p><p>Todas esas cosas pod�a verlas yo por mi mismo. Lo que no pod�a adivinar era el motivo de su nombre, que</p><p>era despectivo, burl�n e incluso degradante. No tanto su nombre de pila, Rebeca. Entre las peque�as y</p><p>edificantes historias de la Biblia que nos contaba tete Diego de vez en cuando, ya hab�a mencionado a la</p><p>b�blica Rebeca, y la �nica cosa mala que yo pod�a recordar de el a era que parec�a que se la sobornaba con</p><p>facilidad con chucher�as de oro y plata. Pero el apel ido Canal uza significa vagancia, bel aquer�a y lascivia.</p><p>Y si ese era el apel ido de la madre de Rebeca.., bueno, ciertamente le encajaba muy bien. Sin embargo,</p><p>�c�mo, me preguntaba yo sin cesar, habr�a adquirido la madre de Rebeca ese nombre antes de meterse en</p><p>la cama con un hombre negro?</p><p>Sea como fuere, la primera vez que aparec� por el colegio con camisa de manga larga, pantalones y botas</p><p>altas de becerro, a aquel a peque�a negra un poco marr�n l amada Rebeca Canal uza se le pusieron los</p><p>ojos ardientes, posiblemente porque el a siempre hab�a l evado atuendo espa�ol y debi� de pensar que yo</p><p>la estaba emulando, y empez� a seguirme literalmente, a sentarse a mi lado en clase, en el banco que yo</p><p>ocupase, fuera el que fuese, y a ponerse de pie junto a m� en las poco frecuentes ocasiones en que yo</p><p>asist�a a misa. A m� no me importaba. No hab�a disfrutado ni siquiera de una mujer de la cal e desde que</p><p>me march� de Aztl�n y, aparte de eso, sent�a una curiosidad tan perversa como la que debi� de sentir la</p><p>madre de Rebeca con su negro al pensar: "�C�mo ser�?" Yo tan s�lo deseaba que Rebeca fuera un poco</p><p>mayor y mucho m�s bonita. No obstante, le devolv� las miradas, luego las sonrisas y finalmente acabamos</p><p>por conversar, aunque su espa�ol era mucho m�s fluido que el m�o.</p><p>-El motivo de mi horrible nombre -me explic� en respuesta a una pregunta m�a- es que soy hu�rfana.</p><p>Cu�les fueron los nombres de mi padre y de mi madre, nunca lo sabr�. Me abandonaron, igual que a</p><p>muchos otros ni�os, a la puerta del Refugio de Santa Br�gida, el convento de monjas, y al � he vivido desde</p><p>entonces.   Las   monjas   que   se   encargan   de   nosotros,   los   hu�rfanos,   obtienen   cierto   extra�o   placer   en</p><p>otorgarnos nombres indignos para marcarnos as� como hijos de la verg�enza.</p><p>He ah� un aspecto de las costumbres espa�olas que yo hab�a encontrado antes. Entre nosotros los indios,</p><p>desde luego, hab�a ni�os que sufr�an la p�rdida del padre, de la madre de ambos a causa de la guerra, de</p><p>la enfermedad o de cualquier otro desastre. Pero no ten�amos una palabra para designar al "hu�rfano" en</p><p>ninguna lengua nativa que yo conociera. Y eso era porque a ning�n ni�o se le abandonaba, se le expulsaba</p><p>ni se le encajaba a la fuerza en la comunidad. Cada uno era querido por nosotros, y cualquiera de el os que</p><p>quedara solo en el mundo era, en el mismo instante y con gran anhelo adoptado por alg�n hombre y su</p><p>esposa, ya fuera porque por desgracia no tuvieran hijos o porque tuvieran un hogar rebosante de otras</p><p>criaturas.</p><p>-Por lo menos a m� me pusieron un nombre de pila bastante decente -continu� explic�ndome Rebeca-.</p><p>Pero a ese gris que est� ah�, un poco m�s al � -y me lo indic� discretamente-. al muchacho pardo, a ese tan</p><p>feo que tambi�n es un hu�rfano que vive en el refugio, las monjas le pusieron Niebla Zonz�n.</p><p>-�Ayya!   -exclam�,   sin   saber   si   re�rme   o   apiadarme-.  Los   dos   nombres   que   tiene   significan   apagado,</p><p>nebuloso, est�pido!</p><p>-Y, ay de m�, lo es -dijo Rebeca con una sonrisa nacarada-. Bueno, ya lo has o�do balbucear, tartamudear y</p><p>perder el hilo aqu� en clase.</p><p>-De cualquier modo, las monjas os proporcionan a los hu�rfanos una educaci�n -le indiqu�-. Si es que la</p><p>instrucci�n religiosa puede l amarse educaci�n.</p><p>-Para mi lo es -reconoci� Rebeca-. Estoy estudiando para hacerme monja cristiana yo tambi�n. Para l evar</p><p>el velo.</p><p>-Cre� que eran sandalias -coment�, confundido.</p><p>-�Qu�?</p><p>-Nada. �Qu� significa eso de l evar el velo?</p><p>-Que me convierto en la esposa de Cristo.</p><p>-Cre�a que estaba muerto.</p><p>-Desde luego, no escuchas con mucha atenci�n lo que dice nuestro tete, �verdad, Juan Brit�nico? -me dijo</p><p>el a con tanta severidad como Alonso-. Me convertir� en la esposa de Cristo s�lo de nombre. Todas las</p><p>monjas se l aman as�.</p><p>-Bueno,   es   mejor   que   el   nombre   Canal uza   -observ�-.   �Tambi�n   el   feo   pardo   l amado   Niebla   Zonz�n</p><p>cambiar� de nombre?</p><p>-�Cielos.., no! -exclam� Rebeca ri�ndose-. No tiene cerebro suficiente para ser religioso de ninguna orden.</p><p>Cuando sale de esta clase, ese pobre simple, Zonz�n, se va a un s�tano donde se prepara para ser</p><p>aprendiz de curtidor de pieles. Por eso siempre huele tan mal.</p><p>-Dime, pues -le ped�-, �qu� l eva consigo ser la esposa de un diosecil o muerto?</p><p>-Significa que, como cualquier otra esposa, me consagro s�lo a �l para el resto de mi vida. Renuncio a todo</p><p>hombre   mortal,   a   todo   placer,  a   toda   frivolidad.   En   cuanto   est�   confirmada   y   haya   hecho   la   primera</p><p>comuni�n me convertir� en novicia del convento. Y a partir de ese momento me dedicar� tan s�lo al deber,</p><p>a la obediencia, al servicio. -Baj� los ojos para desviarlos de los m�os-. Y a la castidad.</p><p>-Pero ese momento no ha l egado todav�a -le coment� yo con suavidad.</p><p>-Pero l egar� pronto -respondi� el a, a�n con los ojos bajos.</p><p>-Rebeca, yo soy casi diez a�os mayor que t�.</p><p>-Eres guapo -me dijo sin levantar los ojos-. Te tendr� a ti para recordar durante todos esos a�os en que no</p><p>tendr� a ninguno m�s que a Jesucristo.</p><p>En  aquel os  momentos  de  tristeza   la  ni�a  estaba   casi  encantadora,   y  desde  luego  resultaba   digna   de</p><p>l�stima. No hubiera podido negarme a aquel a t�mida y tierna s�plica aunque lo hubiera querido. As� que</p><p>acordamos encontrarnos en un lugar privado despu�s de anochecer, y al � le proporcion� todo lo que el a</p><p>quer�a recordar.</p><p>Sin embargo, a pesar de su �vida colaboraci�n nuestro acoplamiento no result� f�cil. Primero, cosa que ya</p><p>habr�a tenido que esperarme, descubr� que la ropa de estilo espa�ol, tanto la m�a como la suya, resultaba</p><p>dif�cil de quitar con cierta gracia. Requer�a inc�modas contorsiones que disminu�an considerablemente la</p><p>gratificaci�n de dos personas desnud�ndose. A continuaci�n, el tama�o de su cuerpo, comparado con el</p><p>m�o, result� ser una desventaja. Yo soy bastante m�s alto que casi todos los dem�s hombres azt�catl y</p><p>mex�catl (seg�n mi madre, yo hab�a heredado mi estatura de mi padre, Mixtli), y, como ya he dicho, a pesar</p><p>de sus proporciones femeninas, Rebeca era una ni�a muy bajita. Aqu�l era su primer intento de realizar el</p><p>acto, y bien hubiera podido ser el primero para mi a juzgar por la torpeza con que lo hicimos aquel a noche.</p><p>Rebeca, sencil amente, no pudo separar las piernas lo bastante como para que yo me introdujera entre</p><p>el as  como   es  debido,   as�   que   mi  tepuli   s�lo   pudo   introducir   la   punta   en   su   tipili.   Despu�s  de   mucha</p><p>frustraci�n mutua, al final nos decidimos por hacerlo a la manera de los conejos, el a apoyada en los codos</p><p>y   las   rodil as   y   yo   cubri�ndola   desde   arriba   y   por   detr�s;   aunque   aun   as�   sus   extraordinarias   nalgas</p><p>resultaban un considerable estorbo.</p><p>Si que aprend� dos cosas de aquel a experiencia. Rebeca era todav�a m�s negra de piel en las partes</p><p>�ntimas que en el resto, pero cuando se abrieron los negros labios de al � abajo, era tan rosa como una flor,</p><p>igual   que   las   dem�s   hembras  que   yo   hab�a   conocido   �ntimamente.  Adem�s,   como   Rebeca   era   virgen</p><p>cuando empezamos, al terminar hab�a una peque�a mancha de sangre, y descubr� que su sangre era tan</p><p>roja como la de cualquiera. Desde entonces me he sentido inclinado a creer que todas las personas, sea</p><p>cual sea su color externo, por dentro est�n hechas de la misma carne.</p><p>Y Rebeca tuvo tal deleite en su primer ahuilnema que despu�s de aquel o lo hicimos en todas las ocasiones</p><p>que se nos presentaron. Le ense�� algunos de los recursos m�s c�modos y placenteros que yo hab�a</p><p>aprendido de aquel a auyanimi en Aztl�n y que luego hab�a perfeccionado en la pr�ctica con mi prima</p><p>Am�yatl. As� que Rebeca y yo a menudo disfrutamos el uno del otro, incluso la misma noche antes del d�a</p><p>en   que   el   obispo   Zum�rraga   la   ungi�   a   el a   y   a   varias   de   sus   hermanas   hu�rfanas   en   el   rito   de   la</p><p>confirmaci�n.</p><p>No asist� a aquel a ceremonia, pero s� que vislumbr� a Rebeca con su t�nica ceremonial. Tengo que decir</p><p>que estaba m�s bien c�mica: sus manos y su cabeza, de un color medio negro medio marr�n, hac�an un</p><p>severo   contraste   con   la   t�nica,   tan   blanca   como   el   �nico   rasgo   blanco   de   Rebeca,   los   dientes,   que</p><p>resplandec�an en una sonrisa mezcla de excitaci�n y nerviosismo. Y desde aquel d�a nunca volv� a tocarla,</p><p>ni siquiera a verla, porque el a no volvi� a salir del Refugio de Santa Br�gida.</p><p><strong>9</strong></p><p>-�A cu�ntos patos ha matado hoy? -le pregunt� con cierta falta de confianza en mi mismo.</p><p>-Caray, cientos! Y a tenaz�n -me contest� �l sonriendo con orgul o-. Y adem�s unos gansos y cisnes.</p><p>Bien, �l me hab�a entendido al preguntarle yo que cu�ntos patos hab�a matado aquel d�a, y tambi�n yo</p><p>hab�a entendido su respuesta: "Ah, cientos! Y sin apuntar siquiera. Y adem�s algunos gansos y cisnes."</p><p>Era la primera vez que yo pon�a a prueba mi dominio del espa�ol con alguien que no fuera mi profesor o</p><p>mis compa�eros de clase. Aquel joven era un soldado que montaba guardia para cazar aves junto al lago;</p><p>parec�a   amigable,   quiz�   porque   yo  l evaba   atuendo   espa�ol  y �l  me  tom�   por  alguna   clase   de  criado</p><p>domesticado y cristianizado. Continu� hablando:</p><p>-Por supuesto, no comemos los cisnes. Demasiado duro a mancar.</p><p>Se tom� grandes molestias con tal de dejarme aquel o bien claro, y para el o se puso a mover la mand�bula</p><p>de un modo exagerado. "Desde luego, no nos comemos los cisnes. Son demasiado duros de masticar."</p><p>Yo me hab�a acercado al � al lago en otras ocasiones para observar lo que Pochot� hab�a l amado los</p><p>"m�todos raros pero efectivos" empleados por los espa�oles para cazar las aves acu�ticas que descend�an</p><p>al lago cada crep�sculo. Ciertamente era un m�todo extra�o, y lo hac�an con el palo de trueno (l amado</p><p>propiamente   arcabuz),   pero   en   verdad   era   efectivo.   Ataban   firmemente   un   considerable   n�mero   de</p><p>arcabuces a unos postes hundidos en la oril a del lago, armas que apuntaban directamente hacia el agua.</p><p>Otra bater�a de arcabuces se ataba de igual modo a estacas, pero apuntando hacia arriba desde varios</p><p>�ngulos y en diversas direcciones. Tan s�lo un soldado atend�a y disparaba aquel as armas. Primero tiraba</p><p>de un cordel y los arcabuces igualados disparaban sus destel os y sus humos con estruendo hacia toda la</p><p>superficie del lago, matando a muchos de los p�jaros que flotaban al � y asustando al resto, que levantaban</p><p>el vuelo de repente. Cuando esto ocurr�a, el cazador tiraba de otro cordel y los arcabuces inclinados hacia</p><p>arriba que apuntaban en distintas direcciones disparaban todos a la vez abatiendo a verdaderos enjambres</p><p>de las aves que estaban en el aire. Luego el soldado recorr�a todas las armas haci�ndoles algo en la parte</p><p>delantera de los tubos y otra cosa en la parte trasera. Cuando hab�a completado esa tarea, los p�jaros ya</p><p>se hab�an calmado y hab�an vuelto a posarse sobre el agua, y la doble matanza comenzaba otra vez.</p><p>Finalmente, antes de  que  se hiciera de  noche por completo, el cazador enviaba barqueros  en canoas</p><p>acaltin para recoger los p�jaros muertos que flotaban.</p><p>Aunque yo hab�a presenciado este procedimiento en varias ocasiones, aqu�l a era la primera vez que ten�a</p><p>el valor de hacer preguntas sobre el o.</p><p>-Nosotros, los indios, s�lo utilizamos redes -le dije al joven soldado-, y hacemos que los p�jaros se metan</p><p>en el as. Vuestro m�todo es mucho m�s gratificante. �C�mo funciona?</p><p>-Muy simple -me inform�-. Se ata un cordel al gatil o de cada uno de los arcabuces que est�n al mismo</p><p>nivel. -Esto ya me extra��, porque gatil o significa gato peque�o o gatito-. Todos esos cordeles se atan a su</p><p>vez a un cordel �nico del que yo tiro y disparo todas esas armas a la vez. Y del mismo modo se atan</p><p>cordeles a los gatil os de los que apuntan hacia arriba...</p><p>-Eso ya lo he visto -le indiqu�-. Pero �c�mo funciona el arcabuz en s�?</p><p>-Ah -dijo �l; y l eno de orgul o me condujo hasta donde se encontraba una de las armas apostadas, se</p><p>arrodil � al lado y empez� a se�alar-. Esta cosita de aqu� es el gatil o. -Se trataba de un pedacito de metal</p><p>que sobresal�a por debajo de la parte de atr�s del arcabuz; ten�a forma de media luna y hab�a que tirar de �l</p><p>con un dedo o, en este caso, un cordel, y estaba dentro de una protecci�n de metal, evidentemente para</p><p>impedir que se disparase por accidente-. Y esto de aqu� es la rueda, que un muel e que t� no puedes ver</p><p>hace girar aqu�, dentro de la c�mara.</p><p>La rueda era justo eso, una rueda, pero peque�a, aproximadamente del tama�o de una moneda ardite,</p><p>hecha de metal y estriada con peque�os dientes alrededor.</p><p>-�Qu� es un muel e? -le pregunt�.</p><p>-Una hoja estrecha de metal delgado enrol ada fuertemente por esta l ave. -Me ense�� la l ave y luego la</p><p>utiliz� para dibujar en la tierra, a nuestros pies, una peque�a y apretada espiral-. Ese es el aspecto que</p><p>tiene el muel e, y cada arcabucero l eva consigo una l ave. -Insert� la suya en un agujero en lo que �l</p><p>l amaba "la c�mara", dio vuelta a la l ave una o dos veces y o� un sonido d�bil y rasposo-. Ah� tienes, la</p><p>rueda est� lista para girar. Y ahora, esto de aqu� lo l amamos garra de gato. -Era otra peque�a pieza de</p><p>metal, que no se parec�a en nada a una garra de gato, sino que m�s bien ten�a la forma de la cabeza de un</p><p>p�jaro que estuviese sujetando con el pico un grano de grava-. Esa piedra -me explic� el soldado- es una</p><p>pirita.</p><p>Y yo reconoc� un fragmento muy peque�o de lo que nosotros l amamos "oro falso".</p><p>-Ahora amartil amos la garra de gato hacia atr�s, lista para golpear -continu� explicando mientras apretaba</p><p>hacia atr�s y produc�a un chasquido-, y otro muel e la retiene al �. Luego, f�jate, aprieto el gatil o, la rueda</p><p>gira y en el mismo instante la garra de gato hace que la pirita golpee contra la rueda y ver�s que produce</p><p>una rociada de chispas.</p><p>Eso fue exactamente lo que ocurri�, con lo que el soldado pareci� m�s orgul oso que nunca.</p><p>-Pero -observ�- no ha habido destel o ni ruido, y tampoco ha salido humo por el tubo.</p><p>Se ech� a re�r con indulgencia.</p><p>-Eso es porque yo a�n no hab�a cargado el arcabuz ni hab�a cebado la cazoleta. -Sac� dos grandes bolsas</p><p>de cuero y de una de el as dej� caer en la palma de mi mano un montoncito de polvo de color oscuro-. Esto</p><p>es la p�lvora. Mira, ahora vierto una medida exacta de el a por la boca del ca��n, y detr�s meto un trozo</p><p>peque�o de trapo. Luego, de esta otra bolsa cojo un cartucho. -Me ense�� un saquito transparente, como</p><p>un pedazo de intestino de animal atado, rel eno de peque�as bolitas de metal-. Para disparar a enemigos o</p><p>a animales grandes, desde luego, utilizamos una bala grande y redonda. Pero para los p�jaros utilizamos</p><p>cartuchos de perdigones. -Luego, con una varil a larga de metal apret� con fuerza todo el contenido al �</p><p>dentro-.  Y por  �ltimo,   pongo   s�lo   un  toque   de  p�lvora   aqu�,   en   la   cazoleta.   -Aqu�l a   era   una  cazuela</p><p>peque�a que sobresal�a de la c�mara como un estante, donde las chispas procedentes de la rueda y el oro</p><p>falso la golpear�an-. Observar�s -concluy�- que aqu� hay un agujero estrecho que va desde la cazoleta</p><p>hacia el interior del ca��n, donde est� comprimida la carga de p�lvora. Y ahora mira, enrosco el muel e y t�</p><p>aprietas el gatil o.</p><p>Me arrodil � con curiosidad, timidez y temor entremezclados junto al arma cargada. Pero la curiosidad pod�a</p><p>m�s, porque yo hab�a ido al � y hab�a abordado al soldado precisamente con esa intenci�n. Pas� el dedo</p><p>por la protecci�n del gatil o, que estaba debajo de la c�mara del arcabuz, lo dobl� en torno a aqu�l y apret�.</p><p>La rueda gir�, la garra de gato se solt�, las chispas se desparramaron, se oy� un ruido como un gru�idito</p><p>enojado, una polvareda de humo sali� de la cazuela l ena de p�lvora... y luego el arcabuz retrocedi� y yo</p><p>me encog� como un loco mientras la boca del arma rug�a y escup�a una l ama, una flor de humo azul y, no</p><p>me   cupo   la   menor   duda,   todas   aquel as   bolitas   de   metal   que   causaban   la   muerte.   Cuando   me   hube</p><p>recuperado del susto y el ruido dej� de resonarme en los o�dos, vi que el joven soldado se estaba riendo de</p><p>buena gana.</p><p>-�Caspita! -exclam�-. Apuesto a que ser�s el primero y el �nico indio que dispare alguna vez una arma as�.</p><p>No le cuentes a nadie que te he dejado hacerlo. Ven, puedes estar mirando mientras cargo todos los</p><p>arcabuces para la pr�xima descarga.</p><p>-Entonces la p�lvora es el componente esencial absoluto del arcabuz -observ� mientras segu�a al soldado-.</p><p>La c�mara, la rueda, los gatos y dem�s s�lo son para hacer que la p�lvora act�e del modo que deseas.</p><p>-En efecto, as� es -dijo �l-. Sin la p�lvora no habr�a armas de fuego en el mundo. Ni arcabuces, ni granadas,</p><p>culebrinas, petardos. Ni siquiera triquitraques. Nada.</p><p>-Pero �qu� es la p�lvora? �Con qu� se hace?</p><p>-Ah, mira, eso no te lo voy a decir. Ya me he arriesgado bastante dej�ndote jugar con el arcabuz. Las</p><p>�rdenes son que a ning�n indio se le permita manejar arma alguna de los hombres blancos, y el castigo</p><p>que recibir�a por el o ser�a espantoso. De ninguna manera puedo revelar la composici�n de la p�lvora.</p><p>Deb� de parecer abatido, porque el soldado se ech� a re�r una vez m�s y a�adi�:</p><p>-Pero te dir� una cosa. La p�lvora es, obviamente, propiedad de los hombres, para uso varonil. Pero f�jate si</p><p>es raro, uno de sus ingredientes es una contribuci�n muy �ntima de las se�oras.</p><p>Continu� ri�ndose mientras trabajaba, y yo me alej� de al �. No hizo caso de mi partida ni se fij� en que la</p><p>peque�a cantidad de p�lvora que me hab�a vertido en la mano hab�a ido a parar a la bolsa de mi cintur�n,</p><p>ni en que yo hab�a cogido una de las l aves para darle vueltas a la rueda que hab�a encontrado junto a uno</p><p>de los otros arcabuces. Con aquel os art�culos encima me dirig� a la catedral a toda prisa, porque se me</p><p>pod�a olvidar alg�n detal e de las invenciones que me hab�a mostrado. Era pasada la hora de completas</p><p>cuando l egu� a la habitaci�n de trabajo de Alonso, por lo que el notario ya no se encontraba al �, lo m�s</p><p>probable   era   que   estuviese   ocupado   en   sus   devociones.   Encontr�   un   pedazo   en   blanco   de   papel   de</p><p>corteza, y con un carboncil o empec� a dibujarlo todo: el gatil o y su protecci�n, la garra de gato, la rueda, la</p><p>espiral de muel e...</p><p>-�Has vuelto para trabajar a estas horas tan avanzadas de la noche, Juan Brit�nico? -me pregunt� Alonso</p><p>nada m�s entrar por la puerta.</p><p>Logr� no asustarme ni parecer sobresaltado.</p><p>-S�lo estoy practicando algunas palabras im�genes m�as -le dije con informalidad mientras arrugaba el</p><p>papel y lo conservaba as� en la mano-. T� y yo traducimos tanto el trabajo de otros escribas que me ha</p><p>entrado miedo de que se me estuviera olvidando la habilidad. As� que como no ten�a nada mejor que hacer</p><p>he vuelto aqu� para practicar.</p><p>-Me alegro de que lo hayas hecho. Me gustar�a preguntarte una cosa.</p><p>-A su servicio, cuatl Alonso -dije yo confiando no parecer cauteloso.</p><p>-Vengo  de una reuni�n con el  obispo Zum�rraga, el  archidi�cono  Su�rez-Begega, el ostiario S�nchez-</p><p>Santove�a y varios otros custodios. Todos est�n de acuerdo en que ya es hora de que se provea a la</p><p>catedral de muebles y vasijas m�s dignos y esplendorosos. Hemos estado utilizando parafernalia port�til</p><p>�nicamente porque dentro de poco tiempo hay que construir una catedral nueva. No obstante, ya que hay</p><p>art�culos como el c�liz y la custodia, el p�xide y la pila de agua bendita, e incluso otros objetos m�s grandes,</p><p>como una reja entre la nave y el coro y una pila bautismal, que pueden trasladarse f�cilmente al nuevo</p><p>edificio,   se   ha   acordado   que   nos   procuremos   esas   cosas,   y   que   todas   sean   de   la   calidad   que   le</p><p>corresponde a la catedral.</p><p>-Supongo que no estar�s pidiendo mi aprobaci�n.</p><p>Sonri�.</p><p>-Desde luego que no. Pero puedes sernos de ayuda, pues s� que te dedicas a deambular con frecuencia</p><p>por la ciudad. Estos bienes y accesorios deben ser de oro, plata y gemas preciosas. Tu pueblo sol�a ser</p><p>muy diestro, casi sublime, en la realizaci�n de tales obras. Antes de enviar a un pregonero por las cal es</p><p>para pedir que un maestro joyero se presente ante nosotros, he pensado que quiz� t� pudieras sugerirnos</p><p>alguno.</p><p>-Cuat� Alonso -le dije aplaudiendo en mi interior con regocijo-, precisamente conozco al hombre apropiado.</p><p>Cuando volv� al mes�n le dije a Pochotl:</p><p>-�Conoces esa arma espa�ola que nosotros l amamos palo de trueno?</p><p>-El arcabuz, s� -repuso--. Bueno, por lo menos he visto lo que puede hacer. Una de el as le hizo un agujero</p><p>a mi hermano mayor y lo atraves� de parte a parte, como si le hubiera alcanzado una jabalina invisible.</p><p>-�Sabes c�mo funciona?</p><p>-�C�mo funciona? No. �C�mo voy a saberlo?</p><p>-T� eres un artista de gran genio. �Ser�as capaz de construir uno?</p><p>-�De fabricar un artilugio que es a la vez estrafalario y prodigioso? �Una cosa que s�lo he visto de lejos?</p><p>�Sin saber siquiera c�mo funciona? �Est�s t�ahuele, amigo, o sencil amente te has vuelto xolopitli?</p><p>Hay dos palabras en n�huatl que significan "mentalmente trastornado" T�ahuele se refiere a una persona</p><p>que es violenta y peligrosamente demente. Xolopitli se l ama a alguien que es est�pido, inofensivo y que</p><p>est� en la inopia.</p><p>-Pero �podr�as construir uno si te ense�o dibujos de las partes que lo hacen funcionar? -le pregunt�.</p><p>-�Y c�mo ibas t� a hacer eso? A ninguno de nosotros se nos permite acercarnos a las armas ni a las</p><p>armaduras de los hombres blancos.</p><p>-Pues yo lo he hecho. Aqu� lo tengo, mira.</p><p>Le ense�� el papel con los dibujos que yo hab�a hecho, y al � mismo, con un poco de carb�n, complet� un</p><p>par de im�genes que hab�an quedado sin terminar cuando Alonso me interrumpi�. Le dije a Pochot� lo que</p><p>los dibujos representaban y c�mo actuaban las distintas piezas para que un arcabuz hiciera aquel papel de</p><p>causar la muerte para el que estaba hecho.</p><p>-Bueno,   no   ser�a   imposible   forjar,  dar   forma   a   las   piezas   y   ensamblarlas   tal   y   como   t�   las   describes</p><p>-refunfu�� Pochotl-. Pero �ste es trabajo para un herrero corriente, no para un art�fice de joyer�a delicada.</p><p>Todo, menos esas extra�as cosas que t� l amas muel es.</p><p>-Excepto los muel es, exacto -convine yo-. Por eso he acudido a ti.</p><p>-Aun suponiendo que pudiera conseguir el hierro y el acero que se requiere, �por qu� iba yo a perder el</p><p>tiempo tonteando con un armatoste tan complicado?</p><p>-�C�mo, perder el tiempo? �Qu� tiempo? -le pregunt� con sarcasmo-. �En qu� empleas t� el tiempo,</p><p>aparte de en comer y en dormir?</p><p>-�Sea como sea, te he dicho que no quiero tener nada que ver con esa rid�cula idea tuya de revoluci�n!  Si te</p><p>construyo un arma en contra de la ley, yo tambi�n me involucro en tu delirio t�ahuele, y acabar�a en la pira,</p><p>atado a la estaca, a tu lado!</p><p>-Te librar� de toda culpa e ir� a la hoguera yo solo -le asegur�-. Mientras tanto, sup�n que te ofreciera una</p><p>recompensa irresistible en pago por el arcabuz. �Qu� te parece?</p><p>No respondi�, s�lo se limit� a mirarme con expresi�n sombr�a y enojada.</p><p>-Los cristianos est�n buscando un artista que esculpa para su catedral numerosos objetos de oro, plata y</p><p>piedras preciosas. -Los ojos de Pochot� pasaron de aquel a expresi�n sombr�a al bril o resplandeciente-.</p><p>Platos, copas y otras vasijas, y tambi�n art�culos que no s� describirte, y todo el o ha de estar trabajado del</p><p>modo m�s ornamental. Cosas esplendorosas. El hombre que las haga dejar� un legado para la posteridad.</p><p>Una posteridad extravagante, desde luego, pero...</p><p>-�Pero el arte es el arte! -exclam� Pochotl-. Aunque sea al servicio de un pueblo extranjero y de una religi�n</p><p>extranjera!</p><p>-Indudable -convine complaciente-. Y como t� mismo has comentado, a mi se me quiere bastante entre el</p><p>clero cristiano. Si yo dijera unas cuantas palabras en favor de cierto art�fice incomparable...</p><p>-�Lo har�as? Yyo ayyo, cuatl Tenamaxtli, �lo har�as?</p><p>-En el caso de que lo hiciera, creo que a ese artista se le encomendar�a con seguridad hacer el trabajo. Y lo</p><p>�nico que yo le pedir�a a cambio ser�a que �l perdiera su tiempo libre en la construcci�n de mi arcabuz.</p><p>Pochot� me arrebat� el papel con los dibujos.</p><p>-Perm�teme que coja esto y lo estudie. -Empez� a alejarse mientras mascul aba entre dientes-: Tengo que</p><p>idear alg�n modo de procurarme los metales... -Pero en seguida volvi� con el entrecejo fruncido y me</p><p>pregunt�-: Cuando me has explicado c�mo funciona el arcabuz has dejado claro que ese polvo secreto</p><p>l amado p�lvora es el �nico componente vital. �De qu� sirve  que yo construya esta arma si no tienes</p><p>p�lvora?</p><p>-Tengo un pel izco  -le confi�-, y creo que quiz� sea capaz de adivinar los distintos componentes. Para</p><p>cuando t� hayas hecho el arma, Pochotl, espero tener p�lvora en abundancia. Aquel joven soldado ha sido</p><p>lo bastante indiscreto como para darme una pista que a lo mejor pueda ayudarme.</p><p>-La pista -les expliqu� a Netzlin y a Citlali- fue que las mujeres contribuyen en cierto modo a esta mezcla de</p><p>polvos. Una contribuci�n �ntima, dijo.</p><p>Citlali abri� mucho los ojos al o�r aquel o, y el a, su marido y yo, que est�bamos sentados en el suelo de</p><p>tierra de su casita, observamos el pel izco de p�lvora que yo con mucho cuidado hab�a guardado en un</p><p>pedazo de papel de corteza.</p><p>-Como   pod�is   ver   -continu�   diciendo-,   el   polvo   tiene   en   apariencia   un   color   gris.   Pero   trabajando</p><p>meticulosamente con la punta de una pluma peque�a, he logrado separar los casi impalpables granos que</p><p>la componen. Por lo que he podido distinguir, s�lo hay mezcladas tres cosas diferentes. Una de el as es</p><p>negra, otra es amaril a y otra es blanca.</p><p>-Tanto trabajo concienzudo y delicado, �y qu� sacas de todo el o? -gru�� Netzlin con escepticismo-. Las</p><p>motas podr�an ser p�lenes de muchas flores diferentes.</p><p>-Pero no lo son -le asegur�-. Ya he identificado dos de el as simplemente tocando con la lengua unos</p><p>cuantos   granos   de   cada   una.   Las   motas   negras   no   son   otra   cosa   que   carb�n   vegetal   corriente.   Las</p><p>amaril as son polvo de esa excreci�n crujiente que se encuentra alrededor de los respiraderos de cualquier</p><p>volc�n. Los espa�oles lo utilizan tambi�n para otros prop�sitos: para conservar la fruta, para hacer tintes,</p><p>para calafatear los toneles de vino... y lo l aman azufre.</p><p>-Entonces esas dos cosas te ser�n f�ciles de conseguir me indic� Netzlin-. Pero... �los granos blancos</p><p>resisten esa investigaci�n tuya tan inteligente?</p><p>-S�. Lo �nico que puedo decir sobre el os es que tienen un sabor parecido a la sal, pero m�s punzante y</p><p>amargo. Por eso he tra�do la p�lvora aqu�. -Me volv� hacia Citlali-. Porque aquel soldado habl� de las</p><p>mujeres.</p><p>Citlali sonri� con buen humor, pero se encogi� de hombros al sentirse impotente.</p><p>-Yo soy capaz de distinguir los granos blancos de ese montoncito, pero en verdad no los reconozco. �Por</p><p>qu� crees que iban a ver m�s en el os los ojos de una mujer que los tuyos, Tenamaxtli?</p><p>-Quiz� los ojos no -le dije-. Sin embargo, es sabido que otros sentidos e intuiciones de la mujer son mucho</p><p>m�s agudos que los del hombre. Mira, voy a separar unas cuantas de esas motas. -Hab�a l evado conmigo</p><p>la peque�a pluma y la utilic� con delicadeza; as� que apart� una diminuta cantidad de granos blancos del</p><p>resto-. Ahora pru�balos, Citlali.</p><p>-�Tengo que hacerlo? -me pregunt� mir�ndolos con recelo. Luego se inclin� hacia adelante haciendo un</p><p>considerable esfuerzo, porque el protuberante vientre se interpon�a; baj� la cabeza hacia el papel y olfate�-.</p><p>�He   de   probarlos?   me   pregunt�   otra   vez   al   tiempo   que   volv�a   a   sentarse   sobre   los   talones-.   Huelen</p><p>exactamente a xitli.</p><p>-�Xitli? -repetimos al mismo tiempo Netzlin y yo parpadeando al mirarla, porque esa palabra significa orina.</p><p>Citlali se ruboriz�, l ena de verg�enza, y dijo:</p><p>-Bueno, por lo menos como mi orina. Ver�s, Tenamaxtli, nosotros s�lo tenemos un retrete p�blico aqu�, en</p><p>esta cal e, y s�lo las mujeres imp�dicas van al � a orinar. La mayor�a de nosotras usamos orinales axixcaltin,</p><p>y cuando est�n l enos, vamos y los vaciamos en ese pozo ciego.</p><p>-Pero estoy seguro de que nadie, ni siquiera las mujeres espa�olas, orina polvo -le dije-. A no ser, Citlali,</p><p>que t� seas un ser humano fuera de lo corriente.</p><p>-�Pues no lo soy, so bobalic�n! -me asegur� con enfado fingido, aunque volvi� a ruborizarse-. Sin embargo,</p><p>he notado que mientras el xitli se asienta sin que se le moleste entre uno y otro vaciado, en el fondo del</p><p>axixcali se convierte en un tipo de cristales blanquecinos.</p><p>La mir� con fijeza mientras meditaba sobre lo que dec�a.</p><p>-Igual  que  se forma  un  musgo  o un sarro  en el fondo de  una jarra  de agua  -me explic�  como si me</p><p>considerase tan torpe que necesitase una explicaci�n sencil a e ilustrada.</p><p>Continu� mir�ndola, lo que hizo que se pusiera todav�a m�s colorada.</p><p>-Esos cristales de los que hablo -continu� diciendo Citlali-, si se molieran muy finos en una piedra met�at� se</p><p>transformar�an en polvo, exactamente igual que esos granos que tienes ah�.</p><p>-Puede que hayas dado en el clavo, Citlali -le indiqu� casi sin aliento.</p><p>-�Qu�? -exclam� su marido-. �Crees t� que por eso el soldado habl� de las mujeres en relaci�n con el</p><p>polvo secreto?</p><p>-En �ntima relaci�n -le record�.</p><p>-Pero �ser�a diferente en algo el xitli femenino del de un var�n?</p><p>-En un aspecto, al menos yo estoy seguro de que lo es, y t� tambi�n. Debes de haber visto que cuando un</p><p>hombre orina al aire libre, sobre la hierba, �sta no se ve afectada en absoluto. Pero dondequiera que orina</p><p>una mujer, la hierba se pone marr�n y despu�s se muere.</p><p>-Tienes raz�n -dijeron al un�sono Netzlin y su esposa.</p><p>Luego �l a�adi�:</p><p>-Es algo tan corriente que nadie habla nunca de el o.</p><p>-Y el carb�n vegetal tambi�n es una cosa muy corriente -le record�-. Y tambi�n lo es el azufre volc�nico</p><p>amaril o. Es razonable que algo tan corriente como el xitli de hembra pueda constituir el tercer ingrediente</p><p>de la p�lvora. Citlali, perdona mi audaz groser�a, pero �podr�as prestarme tu orinal axixcali durante alg�n</p><p>tiempo para que haga unos experimentos con su contenido?</p><p>La cara se le puso a�n m�s roja, pudiera ser que ahora el rubor le l egase hasta el tenso vientre, pero se</p><p>ech� a re�r sin el menor apuro.</p><p>-Haz con el o lo que quieras, hombre absurdo. Pero, por favor, devu�lveme el orinal. Ahora que el ni�o ha</p><p>de l egar en cualquier momento, tengo m�s necesidad que nunca de �l.</p><p>Me hicieron falta las dos manos para transportar el recipiente de arcil a, que estaba tapado pero produc�a</p><p>un chapoteo audible, mientras volv�a al mes�n; y algunos transe�ntes me dirigieron unas miradas muy</p><p>extra�as por el camino, porque la gente reconoce un axixcali cuando lo ve.</p><p>S�, durante aquel tiempo yo hab�a estado viviendo en el mes�n, o por lo menos al � dorm�a y hac�a las</p><p>comidas, igual que Pochotl, mientras otros hu�spedes ven�an y se marchaban. De modo que, como me</p><p>sent�a  culpable  de  mi  dependencia,   igual  que  una  sanguijuela,  respecto   de  los  frailes  de  San  Jos�,  a</p><p>menudo me un�a a Pochot� para ayudarlos a limpiar aquel lugar, a traer le�a para el fuego, a remover y</p><p>servir la sopa y cosas as�. Quiz� yo pensara que los frailes consideraban con indulgencia mi prolongado</p><p>alojamiento al � porque sab�an que asist�a a las clases que ten�an lugar al lado. Pero consideraban con la</p><p>misma indulgencia el hecho de que Pochot� residiera al � de forma perpetua, de modo que era evidente que</p><p>no mostraban parcialidad alguna conmigo. En mi opini�n estaban l evando la caridad hasta la benevolencia.</p><p>Aunque yo era uno de sus principales beneficiarios, aquel d�a, al volver de casa de Netzlin y Citlali, tuve la</p><p>osad�a de preguntar a uno de los frailes que serv�an la sopa acerca de el o.</p><p>Perplejo, comprob� que el fraile me habl� literalmente con desprecio.</p><p>-�Crees que hacemos todo esto por vosotros, holgazanes, gandules? -gru��-. Lo hacemos en el nombre de</p><p>Dios,   por   nuestras   almas.   Nuestra   orden   manda   que   nos  degrademos,   que   trabajemos   entre   los   m�s</p><p>humildes de los humildes, entre los m�s asquerosos de los asquerosos. Yo estoy aqu�, en este mes�n,</p><p>porque son tantos los hermanos de la orden que se han ofrecido voluntarios para ir a la leproser�a que ya</p><p>no hay sitio para m�. Tuve que colocarme para serviros a vosotros, indios haraganes. Y eso hago, y al</p><p>hacerlo acumulo m�ritos para el cielo. Pero una cosa que no tengo que hacer es tratar con vosotros. As�</p><p>que vuelve con tus vagos compa�eros de piel roja.</p><p>Bueno, me dije, la caridad se presenta de muy variada guisa. Me pregunt� si las monjas de Santa Br�gida</p><p>sentir�an   un   desprecio   semejante   por   los   hu�rfanos   multicolores   que   ten�an   a   su   cargo;   los   cuidaban</p><p>ostensiblemente   en   el   nombre   de   su   Dios,   pero   en   realidad   lo   hac�an   con   la   esperanza   de   obtener</p><p>recompensa en el m�s al �. Tambi�n me pregunt� si Alonso de Molina se habr�a portado bien conmigo y me</p><p>habr�a ayudado por ese mismo motivo. Estos pensamientos, naturalmente, reforzaron mi resoluci�n de no</p><p>adoptar una religi�n tan est�pida como aqu�l a. Ya era bastante desgracia que mi tonali hubiera decretado</p><p>que   yo   naciera   en   el   Unico   Mundo   precisamente   cuando   ten�a   que   compartir   mi   vida   con   aquel os</p><p>cristianos; bueno, pues ciertamente no ten�a intenci�n de pasarme la otra vida entre el os.</p><p>Sin sentirme culpable ya, pero s� avergonzado de mi mismo por haber aceptado la poco generosa caridad</p><p>de los frailes, decid� marcharme del mes�n. Los que gobernaban la catedral me hab�an estado pagando</p><p>s�lo una miseria por el trabajo que hac�a con el notario Alonso, aparte de los extras que hab�an pagado</p><p>para mis tres prendas de atuendo espa�ol: camisa, pantalones y botas. Sin embargo, de mi sueldo yo s�lo</p><p>hab�a gastado un poquito de vez en cuando para comprarme una comida extra a mediod�a; as� que mis</p><p>ahorros me permit�an alojarme en una de las hoster�as baratas para nativos situadas en aquel os barrios</p><p>l amados colaciones. Me ech� en el jerg�n decidido a que aqu�l a fuera la �ltima noche que dormir�a al �, y</p><p>que por la ma�ana recoger�a mis escasas pertenencias, entre las que ahora se contaba el axixcali de Citlali,</p><p>y me marchar�a. No obstante, tan pronto hube tomado aquel a decisi�n result� que alguien ya la hab�a</p><p>tomado por mi; sin duda la hab�an tomado esos mismos dioses traviesos y entrometidos que durante tanto</p><p>tiempo ven�an pis�ndome los talones.</p><p>En mitad de la noche me despertaron, igual que a los dem�s que est�bamos en el dormitorio de hombres,</p><p>los   gritos   del   anciano   guardi�n   a   quien   dejaban   los   frailes   para   que   vigilase   los   locales   cuando   el os</p><p>marchaban.</p><p>-�Se�or Tennamotch! �Hay aqu� un se�or bajo el nombre de Tennamotch?.</p><p>Yo  sab�a   que   se   refer�a   a   m�.   Mi   nombre,   como   muchas   otras   palabras   en   n�huatl,   siempre   era   un</p><p>verdadero trabalenguas para los espa�oles, en particular porque son incapaces de pronunciar el suave</p><p>sonido "sh" representado por la letra x con la que el os escriben mi nombre. Me levant� atropel adamente</p><p>del jerg�n, me ech� encima el manto y baj� por las escaleras hasta el lugar donde estaba parado el viejo.</p><p>-�Se�or Tennamotch?  -ladr�,  enojado porque lo  hubieran  molestado-. Hay  aqu�  una mujer insistente e</p><p>inoportuna. La vejezuela demanda a hablar contigo.</p><p>�Una mujer? �Una mujer que exig�a insistentemente hablar conmigo? Que yo fuera capaz de recordar, la</p><p>�nica hembra que pod�a estar busc�ndome a medianoche era la ni�a mulata Rebeca, cosa bastante poco</p><p>probable. De todos modos, el guardi�n la hab�a l amado "vieja bruja"... Desconcertado, lo segu� hasta la</p><p>puerta delantera y sal� a la cal e; y al � estaba de pie una mujer, vieja verdaderamente, y no era nadie que yo</p><p>hubiera visto antes. Las l�grimas le corr�an por las numerosas arrugas de la cara al tiempo que me dec�a en</p><p>n�huatl:</p><p>-Soy la partera de Citlali, la joven amiga tuya. El beb� ha nacido, pero el padre ha muerto.</p><p>Qued� impresionado, pero no tanto como para no corregirle:</p><p>-Querr�s decir la madre, supongo.</p><p>Incluso yo sab�a que la mujer de aspecto m�s sano pod�a morir al dar a luz, pero me produjo un gran dolor</p><p>en el coraz�n que le hubiera ocurrido a la querida Citlali.</p><p>-�No, no! El padre. Netzlin.</p><p>-�Qu�? �C�mo ha podido ser? -Entonces record� que �l estaba ansioso en extremo por ver nacer a un hijo</p><p>suyo-. �Ha muerto de la excitaci�n? �Del golpe de las manos de un dios?</p><p>-No, no. �l aguardaba en la habitaci�n delantera, paseando. En el instante en que la criatura dio el primer</p><p>grito en la otra habitaci�n, Netzlin lanz� un rugido de triunfo y sali� con estr�pito por la puerta a la cal e</p><p>bramando "Tengo un hijo!", aunque todav�a ni siquiera hab�a visto a la criatura.</p><p>-Bueno, �y qu�? �Volvi� y se encontr� con una hija en vez de con un hijo? �Y eso lo ha matado?</p><p>-No, no. Reuni� a los hombres del barrio, compr� mucho octli para ofrec�rselo y se emborracharon, pero �l</p><p>mucho m�s que los dem�s.</p><p>-�Y eso  lo ha matado?  -le  pregunt� en tono  exigente,  pues ya   empezaba a  sentirme  frustrado-. Vieja</p><p>madre,   nunca   l egar�s   a   ser   una   buena   narradora   de   historias.   Mejor   ser     que   sigas   haciendo   de</p><p>comadrona.</p><p>-Pues... s�. Pero despu�s de esta noche, creo que quiz� incluso deje esa humilde profesi�n y...</p><p>-�Quieres continuar? -le grit�, pues yo ya no pod�a dejar de bailar a causa de la impaciencia que sent�a.</p><p>-S�, s�. Podr�a decirse que fue la bebida lo que mat� al pobre y borracho Netzlin. Lo capturaron los soldados</p><p>de la patrul a nocturna. Lo golpearon y le hicieron tantos cortes que le provocaron la muerte.</p><p>Yo estaba demasiado aturdido para decir nada. La vieja partera continu� hablando:</p><p>-Los vecinos vinieron a dec�rnoslo. Citlali ya estaba cerca del frenes�, y la noticia de la muerte de Netzlin,</p><p>adem�s de lo que ha ocurrido en el parto, estuvo a punto de volverla loca. Sin embargo, fue capaz de</p><p>decirme d�nde encontrarte y...</p><p>-�A qu� te refieres al decir adem�s de lo que ha ocurrido en el parto? �Le ha producido da�os? �Sufre</p><p>dolores? �Est� en peligro?</p><p>-T� ven conmigo, Tenamaxtli. El a necesita consuelo. Te necesita. En lugar de seguir haciendo preguntas</p><p>fren�ticas y obtener respuestas chochas que casi me estaban volviendo a ni fren�tico, dije:</p><p>-Muy bien, vieja madre, d�monos prisa.</p><p>Al aproximarnos a la casa sin iluminar no o�mos gritos, gemidos ni ning�n otro sonido de desaz�n que</p><p>procedieran del interior de la misma. Pero dej� que la vieja me precediera y me qued� esperando en la</p><p>habitaci�n delantera mientras el a entraba de puntil as en la otra. Regres� con un dedo puesto en los labios</p><p>y me susurr�:</p><p>-Por fin duerme.</p><p>-�No est� muerta? -le pregunt� con una especie de grito en voz baja.</p><p>-No, no. S�lo est�  dormida, y eso  es bueno. Pero ahora  ven, sin hacer ruido,  a ver al  reci�n nacido.</p><p>Tambi�n duerme.</p><p>Con unas tenazas cogi� una ascua del hogar y lo us� para encender una l�mpara de aceite de coco, y</p><p>ayud�ndose de el a me condujo hasta la habitaci�n donde dorm�a Citlali. En una caja acolchada con paja</p><p>que hab�a junto al jerg�n que el a ocupaba se encontraba el beb�, pulcramente envuelto; la comadrona</p><p>levant� la l�mpara para que yo pudiera mirarlo. A m� me pareci� como cualquier reci�n nacido: rojo, crudo y</p><p>tan arrugado como la comadrona, pero al parecer entero, con todos los ap�ndices de rigor, el n�mero</p><p>apropiado de orejas, dedos y todas esas cosas. Le faltaba el pelo, eso es cierto, pero no hab�a nada raro en</p><p>el o.</p><p>-�Por qu� quer�as que lo viera, vieja madre? -le susurr�-. He visto otros reci�n nacidos antes, y �ste no me</p><p>parece especialmente diferente.</p><p>-Ayya, amigo Tenamaxtli, no tiene ojos. -�Es ciega la criatura? �C�mo lo has sabido?</p><p>-No s�lo ciega. No tiene ojos. Mira con m�s atenci�n.</p><p>Como la criatura estaba dormida, yo hab�a dado por sentado que ten�a los p�rpados cerrados. Pero ahora</p><p>pude ver que las pesta�as cerradas no formaban una l�nea. Donde hubiera debido haber p�rpados, la</p><p>cuenca de cada ojo estaba cubierta, desde las casi imperceptibles cejitas hasta los p�mulos, con la misma</p><p>piel delicada que cubr�a el resto de la cara. S�lo estaba ligeramente hundida donde hubieran debido estar</p><p>los oculares.</p><p>-Por toda la oscuridad de Mict�an -murmur� entre dientes, horrorizado-. Tienes raz�n, vieja madre. Es un</p><p>monstruo.</p><p>-Por eso Citlali estaba tan disgustada incluso antes de recibir la noticia de la muerte de Netzlin. Por lo</p><p>menos �l se ahorr� conocer esto. -Titube� y luego me pregunt�-: �Te parece que lo arroje al canal?</p><p>Eso habr�a sido lo m�s piadoso tanto para Citlali como para el reci�n nacido. En realidad era lo que hab�a</p><p>que hacer de forma obligatoria, de acuerdo con las costumbres del Unico Mundo. A los ni�os que nac�an</p><p>defectuosos, ya fuera de cuerpo o de intelecto, se los desechaba inmediatamente despu�s de descubierto</p><p>el defecto. Era lo natural y lo que se esperaba que se hiciera a fin de que aquel os seres no crecieran para</p><p>ser una carga para si mismos y para la propia comunidad. O, lo que es peor, quiz� para traer al mundo</p><p>otros ni�os igualmente defectuosos. Nadie l oraba, lamentaba ni cuestionaba que aquel os desafortunados</p><p>se eliminaran. Resultaba demasiado claro que era necesario mantener sin diluir las mejores cualidades</p><p>f�sicas y mentales de la raza. Una naci�n, el Pueblo Nube de Uaxy�cac, famosa por su bel eza, incluso se</p><p>deshac�a de los ni�os reci�n nacidos que eran sencil amente feos. Sin embargo, me record� a mi mismo</p><p>que aquel o ya no era el Unico Mundo, libre para seguir sus propias tradiciones antiqu�simas y sabias. Yo</p><p>sabia que los cristianos dejaban que sus variopintos y despreciados reto�os mestizos vivieran y crecieran,</p><p>incluso aquel os desgraciados de tez manchada de marr�n y blanco que el os l amaban pintojos, de quienes</p><p>todos los de cualquier otro color desviaban la mirada con repulsi�n. As� que probablemente habr�a una ley</p><p>cristiana que requiriese que cualquier criatura, aunque fuera ileg�tima y, por un simple motivo pr�ctico, no</p><p>deseada, deb�a mantenerse viva y criarse a cualquier coste, para desgracia de s� misma, de sus padres y</p><p>del resto de la sociedad. Yo no estaba seguro de que existiera tal ley; tendr�a que acordarme de preguntarle</p><p>a Alonso si los cristianos verdaderamente eran tan insensibles, despiadados e inmisericordes. De todos</p><p>modos, el destino de aquel a pobre criatura no hac�a falta decidirlo aquel a misma noche, as� que le dije a la</p><p>comadrona:</p><p>-No   soy   yo   a   quien   le   corresponde   decirlo.   Lo   m�s   probable   es   que   Netzlin   te   habr�a   dicho   que   te</p><p>deshicieras de �l. Pero ya no est� entre nosotros, y Citilali es su �nica progenitora. Esperaremos a que se</p><p>despierte.</p><p><strong>10</strong></p><p>-Deseo   conservar   a  la   criatura   -me  confi�   Citlali  despu�s  de   despertarse,   de  que   yo   le   hubiera   dicho</p><p>algunas palabras de consuelo y �nimo y de que el a hubiera sido capaz de considerar los dos s�bitos</p><p>desastres de su vida con m�s compostura de lo que hab�a podido hacerlo la noche anterior.</p><p>-�Has   considerado   lo   que   vas   a   tener   que   soportar?   -le   pregunt�-.  Aparte   de   que   tendr�s   que   estar</p><p>cuidando y vigilando a la criatura a toda hora, posiblemente hasta que sea adulta o incluso hasta que uno</p><p>de  vosotros dos muera,  vas a  sufrir  el desprecio  y las burlas de  tu  gente,  especialmente  de nuestros</p><p>sacerdotes. �Y a qu� clase de tonali ha sido destinada tu beb�? A una vida de abyecta dependencia de su</p><p>madre. A una vida de incapacidad para enfrentarse a los acontecimientos m�s corrientes de cada d�a, y no</p><p>digamos a cualquier verdadera dificultad que pueda presentarse. Apenas hay esperanza de que alguna vez</p><p>haga   nada   en   la   vida   para   ganarse   un   lugar   en   el  feliz  mundo   del  m�s  al �   de  Tonatiucan.  Y  ning�n</p><p>tonalpoqui se dignar� nunca consultar su libro de augurios para darle a la criatura un nombre propicio.</p><p>-Entonces   el   d�a   de   su   nacimiento   tendr�   que   servir   como   su   �nico   nombre   -murmur�   Citlali   con</p><p>determinaci�n-. Ayer fue el d�a Dos-Vientos, �no? De modo que Ome-Eh�catl ser   su nombre, y resulta</p><p>bastante apropiado. El viento tampoco tiene ojos.</p><p>-Ah� lo tienes -le indiqu�-. T� lo has dicho. Ome-Eh�catl ni siquiera te ver� jam�s, Citlali; nunca sabr� c�mo</p><p>es su propia madre; nunca se casar� y te dar� nietos; nunca te mantendr� en tu vejez. Todav�a eres joven y</p><p>bonita, tienes talento en tu oficio y posees un car�cter muy dulce, pero no es probable que atraigas a otro</p><p>marido, al menos con un impedimento tan grande dependiendo de ti. Mientras tanto...</p><p>-Por   favor,   Tenamaxtli,   basta   -me   interrumpi�   con   tristeza-.   Mientras   dorm�a   he   confrontado   esos</p><p>obst�culos, uno tras otro, en mis sue�os. Y tienes raz�n. Son enormes. No obstante, Eh�catl es todo lo que</p><p>me queda de Netzlin y de nuestra vida juntos. Y deseo conservar lo poco que me queda.</p><p>-De   acuerdo,   entonces   -acept�-.   Si   has   de   persistir   en   esta   locura,   yo   insisto   en   ayudarte   a   hacerlo.</p><p>Necesitar�s a un amigo y un aliado para luchar contra esos obst�culos.</p><p>Me mir� con incredulidad.</p><p>-�Est�s dispuesto a cargar con el impedimento que suponemos nosotros dos?</p><p>-Durante tanto tiempo como pueda, Citlali. Pero f�jate bien, no hablo de matrimonio ni de quedarme a tu</p><p>lado para siempre. Espero que alguna vez l egue el momento oportuno en que yo pueda hacer... otras</p><p>cosas.</p><p>-Ese plan del que has hablado. De echar a los hombres blancos del Unico Mundo.</p><p>-S�, eso es. Pero de momento voy a hacer algo que ya ten�a decidido de antemano: marcharme del mes�n</p><p>y buscarme un alojamiento privado. Me quedar� a vivir aqu� contigo, si est�s de acuerdo, y contribuir� con</p><p>mis ahorros a los gastos de la casa. Creo que ya no necesito m�s clases de espa�ol, y estoy seguro de que</p><p>no quiero estudiar m�s la doctrina cristiana. Continuar� haciendo mi trabajo con el notario de la catedral</p><p>para ganarme el sueldo. Y en mi tiempo libre me ocupar� de la concesi�n de Netzlin en el mercado. Veo</p><p>que hay a�n una buena provisi�n de cestos por vender, y cuando recuperes las fuerzas puedes hacer m�s.</p><p>Siempre tendr�s a Eh�catl a tu lado. Y por las noches me ayudar�s en mis experimentos para fabricar</p><p>p�lvora.</p><p>-Es m�s de lo que yo hubiera podido esperar, y eres muy bueno al ofrec�rmelo, Tenamaxtli.</p><p>Pero parec�a vagamente turbada.</p><p>-T� siempre te has comportado muy bien conmigo, Cit�ali, desde el mismo momento en que nos conocimos.</p><p>Y ya me has ayudado, creo yo, en el asunto ese de la p�lvora. �Tienes algo que objetar a mi ofrecimiento?</p><p>-S�lo que yo tampoco tengo intenci�n de casarme con nadie. Ni de ser la mujer de nadie. Ni aunque �se</p><p>sea el precio de la supervivencia.</p><p>-No he sugerido tal cosa -le indiqu� con frialdad-. tampoco esperaba que lo entendieras as�.</p><p>-Perd�name, querido amigo. -Tendi� una mano y cogi� la m�a-. Estoy segura de que t� y yo podr�amos</p><p>ponernos de acuerdo f�cilmente, y conozco la ra�z en polvo que evita aunque no siempre previene, los</p><p>accidentes... Ayya, Tenamaxtli, lo que intento decir es que muy bien podr�a ser que alg�n d�a yo anhelase</p><p>tenerte... pero no quiero arriesgarme a dar a luz otro hijo deforme como...</p><p>-Comprendo, Citlali. Viviremos juntos tan castamente como hermanos, como solteros, te lo prometo.</p><p>Y eso es lo que hicimos, y durante bastante tiempo, a lo largo del cual ocurrieron muchas cosas que</p><p>intentar� narrar en orden cronol�gico.</p><p>Aquel mismo d�a saqu� mis pertenencias, junto con el chapoteante orinal axixcali, del Mes�n de San Jos�</p><p>con intenci�n de no volver al � nunca m�s. Tambi�n le ped� al art�fice Pochod que me acompa�ara; lo</p><p>conduje hasta la catedral, se lo present� al notario Alonso y se lo recomend� encarecidamente como el</p><p>hombre mejor cualificado, el �nico, para idear todas aquel as chucher�as sacramentales que quer�an. Antes</p><p>de que Alonso, a su vez, se lo l evase a conocer a los cl�rigos que lo instruir�an y lo supervisar�an, le dije a</p><p>Pochotl d�nde pensaba vivir yo a partir de entonces, y luego le susurr� en voz baja:</p><p>-Desde luego, te ver� a menudo aqu�, en la catedral, y me interesar� en gran manera por los progresos que</p><p>hagas en este trabajo. Pero conf�o en que ir�s a informarme a mi nueva morada acerca de tu progreso en el</p><p>otro trabajo.</p><p>-Claro, puedes estar seguro de que lo har�. Si las cosas me van bien aqu�, me sentir� en deuda contigo de</p><p>un modo inmensurable, cuatl Tenamaxtli.</p><p>Y aquel a misma noche empec� mis intentos de fabricar p�lvora. A pesar de todo el ajetreo que el axixcali</p><p>hab�a soportado, no se hab�an disuelto ni alterado los peque�os cristales blanquecinos que, tal como hab�a</p><p>dicho Citlali, se hab�an formado en el fondo del orinal. Con mucho tiento los extraje del xitli y los puse a</p><p>secar en una hoja de papel de corteza. Luego; simplemente por empezar a la ventura por alg�n sitio, puse</p><p>el   orinal   al   fuego   del   hogar   hasta   que   la   orina   que   quedaba   dentro   en   ebul ici�n.   Produjo   un   hedor</p><p>espantoso e hizo que Citlali exclamase, con horror fingido, que lamentaba haber permitido que me fuese a</p><p>vivir a su casa. Sin embargo, result� que mi empresa vali� la pena; cuando todo el xitli se hubo evaporado,</p><p>en el fondo quedaron a�n m�s de aquel os peque�os cristales.</p><p>Mientras se secaban me fui al mercado; al � encontr� con facilidad algunos pedazos de carb�n vegetal y de</p><p>azufre amaril o que estaban a la venta y me l ev� a casa cierta cantidad de cada uno de los dos elementos.</p><p>Mientras apisonaba aquel os pedazos con el tac�n de mi bota espa�ola hasta convertirlos en polvo, Citlali,</p><p>aunque permanec�a en cama, moli� los cristales de xitli sobre una piedra m�tiatl. Luego, sobre un pedazo</p><p>de papel de corteza, mezcl� a conciencia los granos negros, los amaril os y los blancos en igual proporci�n.</p><p>Para evitar cualquier riesgo de accidente, me l ev� el papel al cal ej�n fangoso en el que estaba la casa.</p><p>Varios ni�os de la vecindad, atra�dos por el olor que yo hab�a producido por los alrededores, me miraron</p><p>con curiosidad mientras yo aplicaba una ascua del hogar a aquel a mezcla de polvos. Y luego comenzaron</p><p>a vitorearme, aunque el resultado de mi experimento no fue un trueno ni un rel�mpago, sino tan s�lo una</p><p>peque�a efervescencia chisporroteante y una nube de humo.</p><p>Yo no estaba tan decepcionado como para no hacer una elegante reverencia a los ni�os para agradecerles</p><p>los aplausos. Ya me hab�a dado cuenta, al estudiar el pel izco de p�lvora que le hab�a cogido al joven</p><p>soldado cazador de aves, que la mezcla no se compon�a por igual de negro, blanco y amaril o. Pero ten�a</p><p>que   empezar   por   alguna   parte,   y   aquel   primer   intento   hab�a   sido   un   �xito   al   menos   en   un   aspecto</p><p>importante. La nube de humo azul ol�a exactamente igual que el humo que hab�a salido de los arcabuces</p><p>colocados en la oril a del lago. De modo que aquel cristal derivado de la orina femenina deb�a de ser el</p><p>tercer  elemento necesario para fabricar p�lvora.  Ahora s�lo ten�a que probar  diversas proporciones de</p><p>aquel os ingredientes hasta conseguir el equilibrio apropiado. Mi principal problema, evidentemente, ser�a</p><p>procurarme la cantidad suficiente de aquel os cristales de xitli. Hasta se me pas� por la cabeza pedirles a</p><p>aquel os  ni�os  que   me   trajeran   los  axixcaltin   de   sus  madres.   Pero   desech�   la   idea,   ya   que   originar�a</p><p>muchas preguntas por parte de los vecinos... la primera de el as por qu� un demente andaba suelto por sus</p><p>cal es.</p><p>Pasaron varios meses durante los cuales continu� hirviendo orina a la menor oportunidad, hasta el punto de</p><p>que se podr�a decir que el vecindario ya se hab�a acostumbrado al olor, pero a m� personalmente me pon�a</p><p>enfermo de asco. De todos modos, aquel as penalidades daban realmente como fruto los cristales, aunque</p><p>a�n en cantidades diminutas, por lo que se me hac�a dif�cil probar las diferentes medidas del polvo blanco y</p><p>de los otros dos colores. Guardaba un registro de los experimentos que l evaba a cabo, apunt�ndolos en un</p><p>pedazo de papel que ten�a mucho cuidado de no extraviar. Hice la siguiente lista: dos partes de negro, dos</p><p>de amaril o y una de blanco; tres partes de negro, dos de amaril o y una de blanco; y as� sucesivamente.</p><p>Pero ninguna de las mezclas que probaba daba resultado m�s alentador que la primera vez, en la que las</p><p>porciones hab�an sido una, una y una. Es decir, que la mayor parte de las mezclas s�lo proporcionaban una</p><p>chispa, una efervescencia y un poco de humo, y algunas de el as no dieron resultado alguno.</p><p>Mientras tanto yo le hab�a explicado al notario Alonso por qu� dejaba de asistir a las clases del colegio. El</p><p>convino conmigo en que mi fluidez en espa�ol mejorar�a convenientemente, de al � en adelante, si, m�s que</p><p>estudiar las normas, me dedicaba a hablarlo y o�rlo. No obstante, no se mostr� tan conforme con el hecho</p><p>de que quisiese retirarme de las ense�anzas de tete Diego acerca del cristianismo.</p><p>-Podr�as estar poniendo en peligro la salvaci�n de tu alma inmortal, Juan Brit�nico -me advirti� de forma</p><p>solemne.</p><p>-�No contar�a Dios como una buena obra que arriesgue mi salvaci�n para mantener a una indefensa viuda?</p><p>-me atrev� a preguntarle.</p><p>-Bueno... -repuso inseguro-. Pero s�lo hasta que el a sea capaz de mantenerse sola, cuatl Juan. Luego</p><p>debes reanudar tu preparaci�n para la confirmaci�n.</p><p>Despu�s de aquel o Alonso me preguntaba de vez en cuando por la salud y las condiciones en que se</p><p>encontraba la viuda, y en cada ocasi�n le contest�, con sinceridad, que todav�a estaba confinada en la</p><p>casa, pues ten�a que cuidar a aquel a criatura suya lisiada. Y creo que a partir de entonces Alonso me tuvo</p><p>empleado mucho m�s tiempo del que realmente le era de utilidad, pues siempre encontraba p�ginas muy</p><p>oscuras, incluso aburridas y sin valor alguno, de palabras im�genes hechas muy lejos y mucho tiempo</p><p>atr�s, y me ped�a que le ayudase a traducirlas s�lo porque sab�a que mi salario se dedicaba en su mayor</p><p>parte a mantener a aquel a peque�a familia que yo ten�a ahora.</p><p>Siempre que yo no estaba ocupado con esto, aprovechaba para visitar los varios tal eres que la catedral le</p><p>hab�a proporcionado a Pochotl. Los jefes del clero que ten�a hab�an puesto a prueba primero su habilidad</p><p>d�ndole una cantidad muy peque�a para ver qu� pod�a hacer con el o. Se me ha olvidado qu� fue lo que</p><p>hizo, pero dej� extasiados a los sacerdotes. Y a partir de entonces le proporcionaron cantidades cada vez</p><p>m�s   gandes   de   oro   y   plata,   le   dieron   instrucciones   acerca   de   lo   que   ten�a   que   hacer   -candelabros,</p><p>incensarios   y   urnas   variadas-y   le   dejaban   que   dise�ase   �l   mismo   aquel as   cosas.   Quedaron   muy</p><p>complacidos con cada una de el as.</p><p>De manera que ahora Pochotl era maestro de un tal er y dispon�a del horno de fundici�n donde los metales</p><p>se fund�an y se refinaban; de una fragua donde a los metales m�s toscos -hierro, acero o lat�n- se les daba</p><p>forma con el martil o; de una sala con morteros y crisoles en los cuales se licuaban los metales preciosos;</p><p>de otra sala con bancos de trabajo, sembrados de herramientas para los trabajos delicados. Y desde luego</p><p>ten�a   muchos   ayudantes,   algunos   de   los   cuales   tambi�n   hab�an   sido   anteriormente   artesanos   en</p><p>Tenochtitlan. Pero casi todos los que le ayudaban eran esclavos, en su mayor parte moros, porque estas</p><p>personas   son   inmunes  al   calor   m�s  caliente,   que   hac�an   aquel os   trabajos   pesados   que   no   requer�an</p><p>demasiada habilidad.</p><p>Como es natural, Pochotl se sent�a feliz, tan feliz como si hubiera sido transportado en vida al m�s al � l eno</p><p>de dicha de Tonatiucan.</p><p>-�Te has fijado, Tenamaxtli, en que estoy engordando de manera envidiable otra vez, ahora que estoy bien</p><p>pagado y me alimento como es debido?</p><p>Y disfrutaba ense��ndome todas y cada una de sus producciones nuevas, y obten�a placer en el hecho de</p><p>que   yo   las   admirase   igual   que   las  admiraban   los   sacerdotes.   Pero   al �,   en   la   catedral,   �l   y   yo   nunca</p><p>habl�bamos del otro trabajo que Pochoil l evaba a cabo; ese proyecto s�lo lo coment�bamos cuando �l</p><p>ven�a a casa y me hac�a preguntas acerca de las distintas partes del arcabuz que yo le hab�a dibujado.</p><p>-�Se supone que esta pieza ha de moverse as� o as�?</p><p>Y con el tiempo empez� a l evar aut�nticas piezas de metal para ense��rmelas a fin de que yo diera mi</p><p>aprobaci�n o hiciese comentarios.</p><p>-Ha sido una gran cosa -me dijo- que consiguieras que me diesen el trabajo en la catedral al mismo tiempo</p><p>que me pediste que fabricase esta arma. S�lo hacer el largo tubo hueco del arcabuz habr�a sido imposible</p><p>sin las herramientas que tengo ahora. Y precisamente hoy estaba intentando doblar una tira delgada de</p><p>metal para convertirla en esa espiral que t� l amas muel e, cuando de manera inesperada me interrumpi�</p><p>un tal padre Diego. Me sobresalt� al hablarme en n�huatl.</p><p>-Conozco   a   ese   hombre   -le   indiqu�-.   Te  sorprendi�,   �eh?   Y  dif�cilmente   creer�a   que   un   muel e   fuese</p><p>ninguna clase de decoraci�n para la iglesia. �Te rega�� por descuidar tu trabajo?</p><p>-No. Pero s� que me pregunt� con qu� estaba jugueteando. Con astucia, le dije que hab�a tenido una idea</p><p>para un invento y que me estaba esforzando para hacerlo realidad.</p><p>-Un invento, �eh?</p><p>-Eso mismo me dijo el padre Diego, y luego se ech� a re�r, burl�ndose. Me dijo: "Eso no es ning�n invento,</p><p>maestro. Es un artilugio que hace muchos siglos que a nosotros, la gente civilizada, nos es familiar." Y</p><p>luego... �a que no adivinas lo que hizo, Tenamaxtli?</p><p>-Lo  reconoci�   como   una   pieza   del  arcabuz  -dije   con   un   gemido-.   Han   descubierto   y  frustrado   nuestro</p><p>proyecto secreto.</p><p>-No, no. Nada de eso. Se fue y al poco rato volvi� con un pu�ado entero de diferentes clases de muel es. El</p><p>rol o espiral que me hace falta para hacer girar la rueda dentada. -Me ense�� el muel e-. Y adem�s otro del</p><p>tipo plano que se dobla hacia atr�s y hacia adelante, el que necesito para hacer que se suelte lo que t�</p><p>l amas garra de gato. -Tambi�n me ense�� aquel otro-. En resumen, ahora que s� hacer estas cosas no</p><p>necesito hacerlas. El buen sacerdote me las regala.</p><p>Solt� el aliento y dej� escapar un suspiro de alivio.</p><p>-�Maravil oso! -exclam�-. Por una vez los dioses amantes de las coincidencias han sido magn�nimos. Debo</p><p>decir, Pochotl, que t� est�s teniendo m�s �xito que yo.</p><p>Y le estuve hablando de mis desalentadores experimentos con la p�lvora.</p><p>Pochotl se qued� pensando durante unos instantes y luego me sugiri�:</p><p>-Quiz� no est�s experimentando en las condiciones adecuadas. Por la descripci�n que me has hecho del</p><p>funcionamiento del arcabuz, creo que no puedes juzgar la eficacia de la p�lvora hasta que la embutas bien</p><p>apretada en un espacio reducido antes de aplicarle fuego.</p><p>-Es posible -convine-. Pero es que s�lo dispongo de unos cuantos pel izcos de p�lvora con los que trabajar.</p><p>Pasar  mucho tiempo antes de que pueda fabricar la suficiente como para embutirla en ninguna parte.</p><p>Sin embargo, precisamente al d�a siguiente los dioses de la coincidencia organizaron otro avance feliz en</p><p>mi proyecto. Como le hab�a prometido a Citlali, yo cada d�a pasaba un rato en el puesto que Netzlin ten�a</p><p>en   el   mercado.   Eso   requer�a   poco   esfuerzo   por   mi   parte,   excepto   estar   al �   de   pie,   entre   los   cestos,</p><p>esperando  a  que  un  cliente  desease  comprar  uno.  Citlali  me  hab�a  dicho   el  precio  que  esperaba  que</p><p>pagasen por cada uno en granos de cacao, en retazos de hojalata o en monedas maraved�es, y el cliente</p><p>pod�a juzgar la calidad sin que hiciera falta que yo se la se�alase. Los clientes incluso pod�an verter agua</p><p>en cualquiera de los cestos de Citlali para probarlo; todos estaban tan bien tejidos que el agua no se sal�a, y</p><p>no digamos si dentro se pon�an semil as, harina o cualquier otra cosa que pudieran contener. Puesto que no</p><p>ten�a otra cosa que hacer, entre un cliente y otro me pasaba el tiempo conversando con los transe�ntes,</p><p>fumando pic�etl con los vendedores de otros puestos o, como estaba haciendo el d�a en que ocurri� lo que</p><p>voy a contar, vertiendo sobre el mostrador de mi puesto montoncitos de polvo de carb�n, azufre y xitli para</p><p>poder meditar reposadamente sobre el os y el infinito n�mero de sus posibles combinaciones.</p><p>-�Ayya, cuatl Tenamaxtli! -bram� una voz campechana, fingiendo estar l ena de consternaci�n-. �Es que vas</p><p>a hacerle la competencia a mis mercanc�as?</p><p>Levant� la vista. Era un hombre l amado Pelolo , un mercader pocht�catl a quien yo conoc�a de encuentros</p><p>anteriores.   Ven�a   regularmente   a   la   Ciudad   de   M�xico   para   traer   los   dos   productos   principales   de   su</p><p>Xoconochco natal, esa costera Tierra Caliente situada muy al sur, de donde proced�a la mayor parte de</p><p>nuestro algod�n y de nuestra sal desde mucho antes de que los hombres blancos pusieran los pies en el</p><p>Unico Mundo.</p><p>-�Por Iztoc�uatl! -exclam�, invocando a la diosa de la sal al tiempo que apuntaba hacia mi pat�tico mont�n</p><p>de granos blancos que estaban extendidos sobre el mostrador-. �Es que intentas derrotarme en mi propio</p><p>negocio?</p><p>-No, cuatl Pelolo  -le contest� sonriendo con tristeza-. Esta no es una sal que alguien quiera comprar.</p><p>-Tienes raz�n -reconoci� tras l evarse unos granos a la lengua antes de que yo pudiera detenerle y decirle</p><p>que era puramente esencia de orina. Pero luego, cosa que me sorprendi�, a�adi�-: No es m�s que la</p><p>primera cosecha amarga, lo que los espa�oles l aman salitre. Se vende tan barata que apenas te dar�a para</p><p>vivir.</p><p>-Ayyo -resol �-. �Reconoces esta sustancia?</p><p>-Pues claro. �Y qui�n que fuera del Xoconochco no la reconocer�a?</p><p>-Entonces, �en el Xoconochco herv�s la orina de las mujeres?</p><p>Aquel hombre pareci� no comprender.</p><p>-�Qu�?</p><p>-Nada. No importa. Has l amado a ese polvo "primera cosecha". �Qu� significa eso?</p><p>-Lo que su nombre indica. Algunos creen que nosotros, sencil amente, metemos una pala en el mar y</p><p>filtramos la sal directamente de al �. Pues no. Hacer sal es un proceso bastante m�s complicado. Nosotros</p><p>ponemos diques para separar las partes menos hondas de nuestras lagunas y dejamos que se sequen, s�,</p><p>pero luego hay que liberar de impurezas esos terrones, pedazos y copos de sustancia seca. Primero se</p><p>tamizan en agua dulce para quitarles la arena, las conchas y las algas. Luego, tambi�n en agua dulce, se</p><p>hierve la sustancia. De ese hervor inicial se obtienen unos cristales que tambi�n hay que tamizar. Esos son</p><p>los cristales de la primera cosecha, el salitre, exactamente lo que tienes aqu�, Tenamaxtli, s�lo que esto</p><p>tuyo est� pulverizado. Para l egar a obtener la aut�ntica y valios�sima sal de la diosa hay que l evar a cabo</p><p>varias etapas m�s de refinamiento.</p><p>-Has dicho que este salitre se vende, y muy barato.</p><p>-Los granjeros del Xoconochco lo compran exclusivamente para esparcirlo sobre los campos de algod�n.</p><p>Dicen que as� aumenta la fertilidad de la tierra. Los espa�oles emplean de alg�n modo el salitre para hacer</p><p>sus curtidos. No s� qu� uso estar�s pensando en darle t�...</p><p>-�En curtidos! -ment�-. S�, eso es. Estoy pensando en a�adir a mis existencias mercanc�as de cuero fino.</p><p>Pero no sab�a d�nde conseguir el salitre.</p><p>-Con mucho gusto te traer� una carga entera de tamemi en mi pr�ximo viaje al norte -dijo Pelolo -. Barato</p><p>es, pero a ti no te cobrar� nada. T� eres un amigo. Me fui a casa a todo correr para anunciar la buena</p><p>noticia. Sin embargo, con la excitaci�n, lo hice con poca elegancia. Me precipit� por la cortina de la puerta</p><p>gritando:</p><p>-�Ya puedes dejar de orinar, Citlali!</p><p>Mi poco elegante entrada la sumi� en un paroxismo de risa tal que pas� un buen rato antes de que Citlali</p><p>pudiera decir con voz jadeante:</p><p>-Una vez... te l am�. - - absurdo. Me equivoqu�. Est�s completamente xolopitli!</p><p>Y pas� a�n un rato m�s antes de que yo pudiera hacer acopio de ingenio y formulase mi anuncio con otras</p><p>palabras, cont�ndole la gran fortuna que hab�a ca�do sobre mi.</p><p>Citlali me dijo con timidez, y eso que el a rara vez se mostraba t�mida:</p><p>-Quiz�   debi�ramos  hacer   una   peque�a   celebraci�n.   Para   mostrar   agradecimiento   a   la   diosa   de   la   sal</p><p>Jztociuatl.</p><p>-�Una celebraci�n? �De qu� clase?</p><p>Todav�a con timidez, pero ahora ruboriz�ndose ligeramente, me comunic�:</p><p>-He estado tomando la ra�z en polvo tlatlaohu�huetl desde hace un mes. Creo que no hace falta que nos</p><p>preocupemos   por   la   posibilidad   de   que   haya   un   accidente   si   queremos   probar   esa   tan   cacareada</p><p>invulnerabilidad que proporciona.</p><p>La mir�, iba a decir que "con nuevos ojos", pero no ser�a verdad. Durante aquel tiempo en que hab�amos</p><p>estado durmiendo separados en jergones colocados en distintas habitaciones, yo la hab�a deseado, pero</p><p>me hab�a comportado virtuosamente y no hab�a dado muestras de el o. Adem�s, hab�a pasado tanto tiempo</p><p>desde la �ltima vez que yo hab�a yacido con una hembra, la peque�a y marr�n Rebeca, que posiblemente</p><p>hubiera recurrido pronto a los servicios de una ma�titl. Citlali debi� de interpretar mi peque�a vacilaci�n</p><p>como reticencia, porque ahora, ri�ndose, y haci�ndome re�r a mi tambi�n, me dijo con descaro:</p><p>-Niez tlalqua ayquic�asitlinema. Que significa: "Te prometo que no orinar�." Y as� nos abrazamos, riendo los</p><p>dos, cosa que entonces, aprend� por vez primera que era la mejor manera de empezar.</p><p>Durante aquel tiempo Ome-Eh�catl hab�a ido creciendo, hab�a dejado de ser un ni�o de pecho y se hab�a</p><p>convertido en una criatura que gateaba y que, despu�s del destete, estaba aprendiendo a dar sus primeros</p><p>y vacilantes pasos. Yo siempre esperaba que el d�a menos pensado Eh�catl se morir�a, y sin duda lo mismo</p><p>le ocurr�a a Citlali, porque una criatura afectada al nacer de una deformidad f�sica tan evidente suele tener</p><p>otros defectos que no son visibles, por lo que es corriente que muera muy joven. Durante la infancia de</p><p>Eh�catl   s�lo   se   hizo   evidente   otra   deficiencia,   y   es   que   la   criatura   nunca   aprendi�   a   hablar,   lo   que</p><p>posiblemente  fuese   signo  tambi�n   de   sordera.  Aquel o   quiz�   perturbase  a   Citlali  m�s  que  a   m�;   a   m�,</p><p>francamente, me complac�a que la criatura nunca l orase tampoco. Sea como fuere, parec�a que el cerebro</p><p>le funcionaba lo suficientemente bien. Mientras aprend�a a andar, Eh�catl tambi�n aprendi� a moverse con</p><p>habilidad por la casa, y en seguida aprendi� a virar para no acercarse al fuego del hogar. Siempre que</p><p>Citlali decid�a l evar a la criatura a hacer ejercicio fuera de la casa, la pon�a de pie en la cal e, la situaba en</p><p>la direcci�n adecuada y le daba un suave empuj�n. Entonces la criatura, imp�vida, comenzaba a caminar</p><p>insegura y en l�nea recta por el medio de la cal e, confiada en que su madre se hab�a cerciorado de que no</p><p>hubiese  ning�n   obst�culo  en  el camino.   Desde  luego,   Citlali siempre  era  amable  y  buena  con  todo  el</p><p>mundo, pero yo creo que adem�s ten�a sentimientos maternales, incluso para un reto�o como Eh�catl.</p><p>Manten�a siempre limpia a la criatura, vestida con pulcritud... y bien alimentada, aunque al principio la</p><p>criatura hab�a tenido dificultad en encontrar la teta de Citlali y m�s tarde le hab�a costado aprender a</p><p>manejar la cuchara. Los dem�s ni�os de la vecindad me sorprendieron bastante con su actitud. Parec�an</p><p>considerar a Eh�catl como una especie de juguete... no un ser humano como el os, desde luego, pero</p><p>tampoco  tan  inerte como la paja o un mu�eco de arcil a, aunque nunca se mostraron  ofensivos ni se</p><p>burlaron.   En   conjunto,   al   mismo   tiempo   que   consegu�a   vivir   m�s   de   lo   que   suelen   semejantes</p><p>monstruosidades, Eh�catl pas� aquel os a�os del modo m�s agradable que un lisiado incurable hubiera</p><p>podido esperar.</p><p>Yo sab�a que la principal preocupaci�n de Citlali por la criatura era la cuesti�n de la otra vida, ya fuera</p><p>Eh�catl a parar al � pronto o tarde. Lo m�s probable es que Citlali tuviese tambi�n cierta preocupaci�n por</p><p>su propia vida del m�s al �. ninguna persona en el Unico Mundo est� necesariamente condenada a la nada</p><p>de Mict�an despu�s de la muerte -como lo est�n los cristianos al infierno- s�lo porque haya nacido, haya</p><p>vivido y haya muerto. Sin embargo, para asegurarse de que uno no va a zambul irse en Mict�an y para</p><p>merecer residir despu�s en el Tonatiucan del dios del sol o en alguno de los otros apetitosos mundos del</p><p>m�s al � pertenecientes a otros dioses benefactores, hay que haber hecho necesariamente algo en la vida.</p><p>La �nica esperanza que un ni�o tiene de poder hacerlo es sacrific�ndose, es decir, que sus padres lo</p><p>sacrifiquen,   para   apaciguar   el   hambre   y   la   vanidad   de   un   dios   u   otro.   Pero   ning�n   sacerdote   habr�a</p><p>aceptado un objeto in�til como Eh�catl como ofrenda ni siquiera al m�s insignificante de los dioses. La</p><p>mejor manera que tiene un hombre adulto de alcanzar la vida del m�s al � que desee es muriendo en la</p><p>batal a o en el altar de un dios, o l evando a cabo alguna haza�a lo bastante notable como para complacer</p><p>a los dioses. Una mujer adulta tambi�n puede morir como sacrificio a un dios, y algunas han realizado</p><p>haza�as tan dignas de elogio como las de cualquier hombre, pero la mayor�a han merecido su lugar en</p><p>Tonatiucan o en Tl�locan, o donde sea, simplemente por ser madres o hijas cuyo tonali las ha destinado a</p><p>el as a ser guerreras, ofrendas de sacrificios o bien madres. Ome-Eh�catl nunca podr�a ser ninguna de esas</p><p>cosas, y es por el o que digo que Citlali deb�a de albergar cierta inquietud acerca de las perspectivas que su</p><p>reto�o ten�a despu�s de la muerte.</p><p><strong>11</strong></p><p>Algunos meses despu�s de nuestro anterior encuentro en el mercado, el pocht�catl Pololo  volvi� de nuevo</p><p>del Xoconochco. Trajo consigo un tamemi cargado con un gran saco del salitre de "primera cosecha" y me</p><p>lo regal� con solemnidad, e incluso le orden� al porteador que lo l evase hasta mi casa. Y al � empec� a</p><p>dedicar todos los ratos que ten�a libres a probar distintas mezclas y proporciones de los polvos negros,</p><p>blancos y amaril os, apuntando por escrito cada experimento que hac�a. Ahora dispon�a de mucho m�s</p><p>tiempo libre que antes, porque a Pochotl y a mi nos hab�an despedido de nuestras obligaciones en la</p><p>catedral.</p><p>-Es porque la Iglesia tiene un Papa nuevo en Roma -me explic� el notario Alonso en tono de disculpa-. El</p><p>antiguo papa Clemente S�ptimo ha muerto, y ahora le ha sucedido el papa Paulo Tercero. Acaban de</p><p>informarnos de su toma de posesi�n y de las primeras instrucciones que ha dirigido a todo el clero cat�lico</p><p>cristiano del mundo.</p><p>-No parece complacerte la noticia, cuatl Alonso -observ�.</p><p>Hizo una mueca amarga.</p><p>-La Iglesia ordena que todo sacerdote sea c�libe, casto y honorable... o por lo menos que finja serlo. Eso,</p><p>desde luego, debe aplicarse tambi�n al Papa, que es el sacerdote m�s alto de todos. Pero es bien sabido</p><p>que,   mientras   s�lo   era   el   padre   Farnesio,   comenz�   su   escalada   a   trav�s   de   la   jerarqu�a   eclesi�stica</p><p>mediante ese procedimiento que la gente m�s grosera l ama "lamerle el culo al patr�n" - Es decir, meti� a</p><p>su propia hermana, Giulia la Hermosa, en la cama con el anterior papa Alejandro Sexto, y con el o se gan�</p><p>sustanciales ascensos. Y por su parte este papa Paulo en modo alguno ha sido c�libe durante su vida.</p><p>Tiene numerosos hijos y nietos. Y a uno de el os, a un nieto l amado Paulo, lo ha nombrado, nada m�s</p><p>acceder al papado, cardenal de Roma. Y ese nieto s�lo tiene catorce a�os.</p><p>-Interesante -dije yo aunque en realidad no me lo parec�a demasiado-. Pero �qu� tiene que ver eso con</p><p>nosotros, los que estamos aqu�?</p><p>-Entre las instrucciones que ha dado, el papa Paulo ha decretado que las di�cesis empiecen a restringir los</p><p>gastos. Eso significa que ya no podemos seguir financiando ni siquiera un lujo tan peque�o como es el</p><p>trabajo que t� est�s haciendo conmigo en los c�dices. Adem�s, el Papa se ha dirigido en particular al</p><p>obispo   Zum�rraga   para   l amarle   la   atenci�n   sobre   un   asunto   que   �l   l ama   "derrochar"   oro   y   plata   en</p><p>"perifol os". El Papa ha decretado que los metales preciosos que la Iglesia ha adquirido aqu�, en Nueva</p><p>Espa�a, sean repartidos entre los obispados menos dotados. O eso dice �l.</p><p>-�T� no le crees?</p><p>Alonso dej� escapar un largo resoplido.</p><p>-Sin duda estoy predispuesto a desconfiar de �l a causa de lo que s� de su vida personal. No obstante, me</p><p>suena como si el Papa se estuviera apropiando del quinto real de los tesoros de Nueva Espa�a. Sea como</p><p>fuere, por eso es por lo que Pochotl debe abandonar el maravilloso trabajo de joyer�a que est� realizando</p><p>para nosotros, y t�, tu ayuda con las traducciones.</p><p>Le sonrei.</p><p>-Cuatl Alonso,  los  dos,  t�  y  yo,   sabemos  que   hace   mucho  tiempo  que,  sencil a   y  compasivamente,  te</p><p>inventas trabajos para que yo los haga. Por suerte, tengo algunos ahorros. Creo que la viuda, el hu�rfano y</p><p>yo, pues a el os los mantengo, no sufriremos excesivas penurias porque yo deje este empleo.</p><p>-Sentir� verte partir, Juan Brit�nico. Sin embargo, te recomiendo encarecidamente, ahora que no estar�s</p><p>ocupado aqu�, que aproveches bien ese tiempo del que dispondr�s y reanudes tus estudios cristianos con</p><p>el padre Diego.</p><p>-Es muy considerado y cari�oso por tu parte recomendarme que haga eso -le dije.</p><p>En realidad, as� lo pensaba, pero no le promet� nada. Alonso suspir� y luego volvi� a hablar:</p><p>-Me gustar�a entregarte un peque�o regalo a modo de despedida. -Levant� un objeto bril ante que sujetaba</p><p>los papeles que hab�a sobre la mesa-. Todo el mundo posee una cosa como �sta hoy d�a, me refiero a</p><p>todos los espa�oles, pero �sta en particular me la dio aquel pobre hereje a quien t� y yo vimos ejecutar a la</p><p>puerta de esta catedral hace cuatro o cinco a�os.</p><p>Ayya, pens�, mi propio padre le hab�a hecho aquel regalo y ahora �l me lo regalaba a mi. Alonso me lo</p><p>entreg�; era un pedazo de cristal del tama�o de la palma de mi mano, circular y suavemente pulido. Yo</p><p>todav�a ten�a aquel otro cristal que me hab�a legado mi padre de forma involuntaria, y lo guardaba a buen</p><p>recaudo entre mis pertenencias. Pero aqu�l era un topacio amaril o, y �ste era de cuarzo transparente.</p><p>Adem�s �ste ten�a una forma diferente y estaba suavemente redondeado por ambas caras.</p><p>-Aquel anciano me relat� c�mo hab�a descubierto estos objetos en alg�n lugar de las tierras del sur -me</p><p>explic� Alonso- y los hab�a convertido en utensilios muy populares entre su gente. Ahora las utilizamos</p><p>mucho nosotros, los espa�oles; de hecho son unas cosas muy �tiles, pero al parecer vosotros los indios os</p><p>hab�is olvidado de el as.</p><p>-�Utiles? -le pregunt�-. �C�mo?</p><p>-Observa. -Me la cogi� de la mano y la sostuvo en un haz de luz del sol que entraba por la ventana. Con la</p><p>otra mano cogi� un pedazo de papel de corteza y lo situ� de manera que el sol pasara a trav�s del cristal y</p><p>diera en el papel. Moviendo el papel y el cristal adelante y atr�s, poco a poco hizo que el haz de luz se</p><p>convirtiera en un punto bril ante sobre el papel. Y al cabo de un momento muy breve, el papel empez� a</p><p>emitir   humo   en   aquel   mismo   punto   donde   luego,   sorprendentemente,   brot�   una   l ama   peque�a   pero</p><p>aut�ntica. Alonso la apag� de un soplo y me devolvi� el cristal-. Esto es un vidrio que quema -me dijo-.</p><p>Nosotros tambi�n lo l amamos una lente, porque su forma es igual a la de la legumbre del mismo nombre.</p><p>Con el a una persona puede prender fuego sin necesidad alguna de acero ni pirita, y sin la molestia penosa</p><p>del pedernal y la yesca. Siempre que bril e el sol, claro est�. Conf�o en que a ti tambi�n te resulte �til.</p><p>"Ya lo creo que s�", pens� yo, exultante. Era como un regalo de los dioses. No... un regalo de mi padre</p><p>Mixtli, que ahora seguramente morar�a en Tonatiucan. Ten�a que haber estado observ�ndome desde el otro</p><p>mundo mientras yo me esforzaba por dominar el proceso de fabricaci�n de la p�lvora. Deb�a de saber por</p><p>qu� lo hac�a y habr�a decidido hacerme el esfuerzo m�s f�cil. Aunque hacia mucho tiempo que se hab�a ido</p><p>y estaba muy lejos de las preocupaciones mortales, mi padre Mixdi deb�a de estar de acuerdo con mi</p><p>intenci�n de librar al Unico Mundo de sus actuales amos extranjeros. Y aqu�l a era la manera que ten�a de</p><p>dec�rmelo desde m�s al � de las inmensas distancias que nos separan a los vivos de los muertos. Yo no le</p><p>coment� nada de aquel o a Alonso de Molina, por supuesto, s�lo le dije:</p><p>-Te lo agradezco much�simo, de verdad. Pensar� en ti cada vez que haga uso de la lente. Y luego me</p><p>desped� de �l. Pochotl no se qued� m�s desconsolado que yo por el hecho de que lo despidieran como</p><p>trabajador   de   la   catedral.   Hab�a   invertido   astutamente   los   salarios   que   le   hab�an   pagado   y   se   hab�a</p><p>construido una casa m�s que decente y un tal er en una de las mejores colaciones de la ciudad reservada</p><p>para asentamiento de los nativos. En realidad su casa estaba al borde de la Traza reservada para los</p><p>espa�oles.   Y   eran   tant�simos   los   espa�oles   que   hab�an   quedado   deslumbrados   por   los   art�culos   que</p><p>Pochotl hab�a hecho para la catedral, que ya lo solicitaban continuamente para que les hiciera numerosos</p><p>encargos privados.</p><p>-Por fin los hombres blancos se afanan por imitarnos en cultura, refinamiento y buen gusto -me dijo-. �Te</p><p>has fijado, Tenamaxtli? Ya ni siquiera huelen tan mal como antes. Han adquirido nuestra costumbre de</p><p>ba�arse, aunque quiz� no con tanta frecuencia ni tan a conciencia como nosotros. Y ahora han aprendido a</p><p>apreciar la clase de joyas que yo siempre he hecho.., mucho m�s finas y m�s ingeniosas que las de sus</p><p>torpes artesanos. As� que me traen el oro, la plata o las gemas y me dicen lo que quieren... un col ar, un</p><p>anil o, la empu�adura de una espada, y me dejan que sea yo quien decida el dise�o. De momento ninguno</p><p>ha quedado descontento, al contrario, est�n contentos sobremanera con los resultados, y nadie ha dejado</p><p>de pagarme con generosidad. Y tampoco nadie ha hecho comentario alguno por el hecho de que yo me</p><p>haya quedado con un poquito del metal sobrante y lo haya guardado para m�.</p><p>-Me alegro enormemente por ti. S�lo confi� en que te quede alg�n tiempo libre para...</p><p>-Ayyo, si. El arcabuz ya est� casi terminado. He acabado las piezas de metal y ahora s�lo tengo que</p><p>montarlas   en   la   culata   de   madera.   Me   ha   ayudado   mucho,   por   raro   que   parezca;   el   que   me   hayan</p><p>despedido de la catedral. El obispo me orden� que vaciase y limpiase mis tal eres, y puso vigilancia para</p><p>asegurarse de que no me l evaba ninguna de las muchas cosas valiosas que se me hab�an confiado. Y no</p><p>lo hice, pero s� que aprovech� la oportunidad, al poder ver las armas de los soldados tan de cerca, para</p><p>comerme con los ojos cada detal e y ver el modo como est�n compuestos esos arcabuces. Y dime... �c�mo</p><p>te va a ti en la fabricaci�n de la p�lvora?</p><p>Yo todav�a estaba embebido en el, al parecer, interminable proceso de probar diferentes mezclas de polvos,</p><p>y no dar� cuenta de todo el mon�tono tiempo y los enojosos intentos que tuve que soportar. S�lo dir� que</p><p>finalmente logr� el �xito... con una mezcla que era dos tercios de salitre y un tercio que comprend�a carb�n</p><p>vegetal y azufre en medidas iguales.</p><p>Cuando, una tarde, emple� mi lente nueva para aplicar un punto de luz del sol y encender aquel montoncito</p><p>de polvo gris ceo -lo que resultar�a ser la prueba definitiva y concluyente-, el cal ej�n donde estaba nuestra</p><p>casa se hal aba vac�o de ni�os del vecindario. Hab�an l egado a aburrirse m�s a�n que yo de aquel as</p><p>repetidas   e   insignificantes   efervescencias.   No   obstante   en   aquel a   ocasi�n   el   polvo   ech�   literalmente</p><p>chispas, y s�lo hizo una modesta polvareda de humo azul. Pero lo que es lo m�s importante de todo, emiti�</p><p>aquel sonido enfadado semejante a un gru�ido apagado; el que yo hab�a o�do cuando el joven soldado me</p><p>dej� apretar el gatil o y disparar el arcabuz. Por fin, ya sab�a hacer p�lvora , y pod�a fabricarla en cantidades</p><p>significativas. Despu�s de l evar a cabo una peque�a danza �ntima de victoria y de dar las gracias en</p><p>silencio, pero de coraz�n, al dios de la guerra Huitzilopochtli y a mi venerado y difunto padre Mixtli, sal�</p><p>corriendo hacia la casa de Pochotl para anunciarle aquel gran logro m�o.</p><p>-�Yyo ayyo, te admiro y te respeto! -exclam�-. Ahora, como puedes ver, yo tambi�n ya casi he terminado.</p><p>-Me se�al� con un gesto su banco de trabajo, donde se encontraban los componentes de metal que yo ya</p><p>hab�a examinado y ahora tambi�n la culata de madera a la que Pochotl estaba dando forma-. Mientras</p><p>termino mi trabajo, te pido que hagas lo que ya te he sugerido otras veces con anterioridad: que pruebes la</p><p>p�lvora en alg�n tipo de recipiente firmemente constrictivo.</p><p>-Tengo intenci�n de hacerlo -le indiqu�-. Mientras tanto, Pochot�, fabrica tambi�n para este arcabuz algunas</p><p>bolas redondas de plomo para que las dispare. Tienen que ser del tama�o adecuado para que se puedan</p><p>introducir por el tubo hueco, pero es necesario que ajusten completamente en �l.</p><p>Fui de nuevo al mercado y ped� por favor a un alfarero de los que al � hab�a que me diese un pedazo de</p><p>arcil a corriente. Me lo l ev� a casa y, mientras Citlali me miraba con orgul o, vert� sobre aquel pedazo de</p><p>arcil a una medida de p�lvora muy modesta, enrol � con fuerza la arcil a alrededor de la p�lvora hasta</p><p>formar una pelota de aproximadamente el mismo tama�o que un fruto de nopali, le hice un agujero muy</p><p>peque�o con una pluma de ave y luego puse a secar aquel a pelota junto al fuego. Al d�a siguiente estaba</p><p>tan dura como cualquier cacharro de barro y me la l ev� al cal ej�n. Como aquel o ahora era nuevo para</p><p>el os, los ni�os del vecindario s� que se congregaron alrededor de mi otra vez, e igualmente les provocaba</p><p>inter�s la lente que yo estaba a punto de utilizar. Pero les hice se�as con la mano para que se retirasen</p><p>hasta una respetuosa distancia, y tambi�n me proteg� la cara con un brazo, antes de aplicar el cristal</p><p>caliente al agujero que hab�a hecho con la pluma. Me alegro de haber tomado esas precauciones, porque la</p><p>pelota entera desapareci� al instante, produciendo una l amarada que resultaba cegadora incluso a la luz</p><p>del d�a, una nube de aquel humo azul de olor penetrante, un ruido casi tan fuerte como el que hab�a</p><p>producido el arcabuz que yo en una ocasi�n hab�a disparado... y una l uvia de afilados fragmentos que se</p><p>me clavaron en el brazo que manten�a levantado y en el pecho desnudo. Dos o tres de los ni�os lanzaron</p><p>peque�os gritos, pero ninguno de el os recibi� m�s que alg�n pinchazo por los fragmentos. Cuando ya era</p><p>demasiado tarde se me ocurri� que pod�a haber habido una patrul a en alg�n lugar lo bastante cercano</p><p>como para haber o�do la explosi�n. Nadie acudi� a investigar, pero decid� que, de entonces en adelante,</p><p>l evar�a a cabo mis experimentos bien lejos de la ciudad.</p><p>De manera que, unos d�as despu�s, l evando conmigo una bola de barro dura tan grande como mi pu�o</p><p>cargada de p�lvora y un poco de polvo suelto en una bolsa, embarqu� en embarcaci�n acali en el extremo</p><p>occidental de la isla y hasta el risco de tierra firme l amado Chapultepec, la Colina de los Saltamontes.</p><p>Hubiera podido ir andando hasta al �; aquel a parte del lago era poco profunda, apenas l egaba ha la rodil a,</p><p>ten�a un color entre verde y marr�n y un olor f�tido Seg�n me hab�an dicho, antiguamente la parte frontal</p><p>rocosa del risco ten�a esculpidos unos rostros gigantescos, los rostros, a un tama�o muchas veces mayor</p><p>que el natural, de cuatro Portavoces Venerados de los mexicas. Pero los rostros hab�an desaparecido</p><p>porque los soldados espa�oles los hab�an utilizado, en medio de un gran jolgorio, para hacer pr�cticas de</p><p>tiro, disparando aquel os inmensos palos de trueno de bocas grandes montados sobre ruedas que l amaban</p><p>culebrinas y falconetes. Ahora el risco volv�a a ser nada m�s que risco con el frente rocoso, y el �nico rasgo</p><p>notable de digna menci�n era el acueducto que sal�a de �l y l evaba el agua desde los manantiales de</p><p>Chapultepec a la ciudad.</p><p>Y alrededor, el parque que el �ltimo Moctezuma hab�a eregido, con jardines, fuentes y estatuas, hab�a sido</p><p>eliminado   totalmente.   Ahora   al �   s�lo   hab�a   hierba,   flores   silvestres,   maleza   baja   y,   aqu�   y   al �,   los</p><p>magn�ficos, enormemente altos y m�s antiguos de todos los �rboles, los cipreses ahuehuetquin, demasiado</p><p>duros e invulnerables para que ni siquiera los espa�oles pudieran talarlos. Las �nicas personas que vi por</p><p>los alrededores fueron los esclavos que trabajaban al � cada d�a, que reparaban los escapes y grietas que</p><p>siempre se produc�an en el acueducto. Tuve que avanzar penosamente tierra adentro, aunque s�lo un corto</p><p>trecho, hasta que consegu� encontrarme a solas en un lugar cuyo suelo estaba desprovisto de maleza y en</p><p>el cual coloqu� el objeto que l evaba. Esta vez hab�a hecho la bola plana por la base y al � hab�a perforado</p><p>el agujero, de modo que el orificio quedaba a nivel del suelo cuando la deposit� en �ste. Abr� la bolsa y,</p><p>empezando por el agujero hecho con la pluma, fui haciendo un reguero de p�lvora hasta una distancia</p><p>considerable, incluso di la vuelta a la extensa ra�z de un gran cipr�s. Al �, a salvo detr�s del tronco del �rbol,</p><p>saqu� la lente de quemar, la sostuve bajo un rayo de sol que se abr�a camino entre el fol aje y encend� una</p><p>peque�a l ama justo al final del reguero de p�lvora. Tal como hab�a supuesto, la p�lvora suelta empez� a</p><p>lanzar chispas y gru�idos, y esas chispas se pusieron a danzar alegremente mientras volv�an por el mismo</p><p>camino por el que yo hab�a ido hasta el �rbol. Me di cuenta de que aqu�l no ser�a un modo pr�ctico de</p><p>encender habitualmente aquel as bolas experimentales, pues el menor soplo de viento pod�a interrumpir el</p><p>avance de las chispas; pero aquel d�a no ocurri� as�. Las chispas dieron la vuelta alrededor del tronco del</p><p>cipr�s y a continuaci�n desaparecieron de mi vista, aunque yo todav�a pod�a percibir el olor penetrante del</p><p>reguero de p�lvora al arder.</p><p>Luego, aunque ya lo ten�a previsto, o por lo menos hab�a esperado fervientemente que fuera as�, se produjo</p><p>un ruido tal que, a mi pesar, me hizo saltar. El �rbol tras el que me cobijaba tambi�n pareci� tambalearse.</p><p>Innumerables aves salieron despavoridas de la vegetaci�n circundante chirriando y graznando, y la maleza</p><p>baja cruji� con violencia en el momento en que animales invisibles salieron en desbandada. O� el sonido</p><p>silbante de los fragmentos cortantes de arcil a que volaban en todas direcciones, y algunos de el os se</p><p>clavaron con un ruido sordo en las ramas del �rbol que me proteg�a, mientras unas cuantas hojas y ramitas</p><p>que esos fragmentos hab�an cortado revoloteaban al caer y el humo azul esparc�a su penetrante y acre</p><p>miasma a lo largo y a lo ancho por el aire en calma.</p><p>Desde alg�n lugar a lo lejos me l eg� tambi�n el sonido de gritos humanos. As� que, en cuanto dejaron de</p><p>caer cosas alrededor, abandon� mi refugio tras el �rbol y me dirig� al lugar donde hab�a estado situada la</p><p>bola. Una extensi�n de tierra tan grande como una estera petatl hab�a quedado chamuscada y ennegrecida,</p><p>y los arbustos cercanos se ve�an quemados y marchitos. Al borde del claro yac�a un conejo muerto; uno de</p><p>los fragmentos lo hab�a atravesado de parte a parte.</p><p>Los gritos se acercaban y sonaban cada vez m�s excitados. S�lo entonces record� que los espa�oles</p><p>hab�an construido, en lo alto de la Colina de los Saltamontes, un edificio que hac�a las veces de fuerte y</p><p>prisi�n, algo como una fortaleza que el os l amaban el Castil o y que estaba siempre l eno de soldados,</p><p>porque al � era donde se entrenaba a los nuevos reclutas del ej�rcito. Incluso el recluta m�s novato, desde</p><p>luego,   habr�a   "conocido   el   sonido   de   una   explosi�n   de   p�lvora   y,   al   comprobar   que   proced�a   de   las</p><p>profundidades de un bosque normalmente deshabitado, todos se habr�an precipitado a averiguar c�mo</p><p>hab�a ocurrido y de qui�n era obra. Yo no quer�a dejar ninguna evidencia para aquel os soldados. No ten�a</p><p>tiempo de intentar hacer desaparecer la marca quemada, pero si que cog� el conejo antes de salir corriendo</p><p>en direcci�n a la oril a del lago.</p><p>Aquel a noche Pochotl vino a visitarme a casa; l evaba un manto grasiento enrol ado debajo del brazo y una</p><p>sonrisa en el rostro, muy arrugado. Con el taimado y sigiloso porte de un prestidigitador, dej� el bulto en el</p><p>suelo y lo desenrol � muy despacio mientras Citlali y yo lo observ�bamos con los ojos bril antes. Al � estaba:</p><p>era una r�plica de arcabuz, y parec�a aut�ntico.</p><p>-Ouiyo ayyo -murmur� complacido mientras admiraba sinceramente el arte de Pochotl.</p><p>Al mismo tiempo, Citlali nos mir� y nos sonri� a uno y a otro, complacida por ambos.</p><p>Pochotl me entreg� la l ave para enroscar el muel e del anterior. La insert� en su lugar, la hice girar y o� el</p><p>mismo ruido de la vez anterior, el de la rueda al girar. Luego, con el pulgar; tir� hacia atr�s de la garra de</p><p>gato que sujetaba la escama de oro falso, que produjo un chasquido y qued� fija atr�s. Y a continuaci�n tir�</p><p>del gatil o con el dedo �ndice. La garra del gato se solt� hacia abajo, el oro falso golpe� la rueda dentada</p><p>justo cuando el muel e enroscado hac�a girar la rueda. - - y las chispas resultantes rociaron la cazoleta tal</p><p>como se supon�a que hab�an de hacer.</p><p>-Desde luego -dijo Pochotl-, la prueba crucial ser� cuando est� cargado con p�lvora y una de �stas. -Me</p><p>entreg� una bolsa l ena de pesadas bolas de plomo-. Pero te aconsejo que vayas a hacerlo bien lejos de</p><p>aqu�, Tenamaxtli. Ya se ha corrido la voz. Hoy se ha o�do una explosi�n inexplicable junto a la guarnici�n de</p><p>Chapultepec. -Me hizo un gui�o-. Los hombres blancos temen, y sus motivos tendr�n, que alguien adem�s</p><p>de el os posee cierta cantidad de p�lvora. Las patrul as cal ejeras detienen y registran a todos los indios que</p><p>l evan cacharros, cestos o cualquier otro recipiente sospechoso.</p><p>-Ya me esperaba eso -le indiqu�-. De ahora en adelante andar� con m�s tiento.</p><p>-Otra cosa m�s -a�adi� Pochotl-. Sigo considerando que tu idea de revoluci�n es una aut�ntica locura.</p><p>Pi�nsalo, Tenamaxtli. T� sabes cu�nto he tardado en hacer este �nico arcabuz. Creo que funcionar�, eso</p><p>casi puedo garantiz�rtelo, pero �esperas que yo o cualquier otro construya los miles que necesitar�as para</p><p>igualar el armamento de los hombres blancos?</p><p>-No -dije yo-. No hace falta construir m�s. Si �ste funciona como es debido lo utilizar� para... bueno... para</p><p>adquirir   otro   de   alg�n   soldado   espa�ol.   Luego   emplear�   esos   dos   para   adquirir   dos   m�s.   Y   as�</p><p>sucesivamente. -Pochotl y Cit�ali se quedaron mir�ndome fijamente, no pude distinguir si porque estaban</p><p>espantados o l enos de admiraci�n-. Pero ahora -exclam� con j�bilo-, vamos a celebrar la ocasi�n!</p><p>Sal�, compr� un jarro del mejor octli y nos pusimos a beber muy contentos, e incluso le dimos un poco a</p><p>Eh�catl. Los adultos nos embriagamos tanto que, al l egar la medianoche, Pochotl decidi� acostarse en la</p><p>habitaci�n delantera para no arriesgarse a tener un encuentro con una patrul a. Citlali y yo, tambale�ndonos</p><p>y sin dejar de re�rnos, nos fuimos hasta nuestro jerg�n, que se encontraba en la otra habitaci�n, para</p><p>continuar al � la celebraci�n de un modo a�n m�s entusiasta.</p><p>Para mi siguiente serie de experimentos s�lo hice bolas del tama�o de huevos de codorniz, cada una de las</p><p>cuales conten�a un pel izco m�nimo de p�lvora. Todas estal aron en pedazos con poco ruido m�s del que</p><p>hace una vaina de ricino cuando hace saltar sus semil as, de modo que los ni�os del vecindario pronto</p><p>perdieron   el   inter�s   por   el as.   Sin   embargo,   disfrutaron   mucho   con   otra   diversi�n   distinta   que   les</p><p>proporcion�:   pedirles   que   me   hicieran   de   vigilantes,   que   controlaran   todas   las   cal es   de   alrededor   y</p><p>corrieran a avisarme si divisaban a alg�n soldado o a alguna patrul a por alguna parte. Como yo ya sab�a</p><p>que hab�a fabricado p�lvora de forma satisfactoria y hab�a podido comprobar que era muy destructiva al</p><p>encenderla en un recipiente cerrado, lo que ahora intentaba hacer era encontrar el modo de hacer estal ar a</p><p>distancia una bola rel ena de p�lvora, peque�a o grande, de alg�n modo que fuese m�s seguro que dejar</p><p>un   reguero   de   p�lvora   por   el   suelo.  Ya  he   mencionado   el  modo   como   nuestro   pueblo,   generalmente,</p><p>fumaba pic�etl: enrol ado dentro de lo que l am�bamos poquiet�, un tubo de junco o de papel que ard�a</p><p>lentamente al mismo tiempo que la hierba, y no en una pipa de ticil a no combustible, como hac�an los</p><p>espa�oles. A veces a nosotros, y tambi�n a los hombres blancos, nos gustaba mezclar pic�etl con alg�n otro</p><p>ingrediente -cacao en polvo, ciertas semil as, flores secas- para cambiar el sabor o la fragancia. Lo que hice</p><p>ahora   fue   l�ar   una   cantidad   de   poquieltiz   de   papel   muy   fino   que   conten�an   la   hierba   mezclada   con</p><p>cantidades peque�as variadas de p�lvora. Un poquietl corriente arde lentamente a medida que el fumador</p><p>aspira las bocanadas, pero si se le abandona durante un rato lo m�s probable es que se apague. Yo cre�</p><p>que,   al   a�adir   la   p�lvora,   si   se   dejaba   el   tubo   y   no   se   chupaba   seguir�a   encendido,   aunque   siguiera</p><p>ardiendo lentamente.</p><p>Y no me equivoqu�. Probando aquel os poquieltin de papel en distintas circunferencias y longitudes, todos</p><p>el os con picietl y p�lvora, por fin di con la combinaci�n adecuada. Si se insertaba en el agujero que yo</p><p>hab�a hecho previamente con la pluma en mis bolas en miniatura hechas con arcil a, ese poquietl pod�a</p><p>encenderse y continuaba ardiendo durante un rato -m�s largo o m�s corto seg�n la longitud- antes de</p><p>alcanzar el agujero y destruir la bola con estruendo. No hab�a forma de poder medir aquel o con exactitud...</p><p>para hacer, por ejemplo, que varias bolas estal aran simult�neamente. Pero s� que pod�a hacer y recortar un</p><p>poquietl con la suficiente longitud para que, cuando lo encendiera, me diera tiempo de sobra para alejarme</p><p>de la escena antes de que l egase al agujero de ignici�n. Y el o tambi�n me aseguraba que ninguna brisa</p><p>errante o el pie de cualquier transe�nte interrumpir�a la combusti�n, como suele ocurrir con tanta facilidad</p><p>con el reguero de p�lvora.</p><p>Para   verificar   eso,   a   continuaci�n   hice   algo   tan   osado,   arriesgado   y   verdaderamente   malvado   que   ni</p><p>siquiera se lo dije antes a Citlali. Constru� otra bola de arcil a del tama�o de un pu�o, la rel en� de p�lvora</p><p>bien prensada e insert� en el agujero hecho con la pluma un poquietl largo. El primer d�a que hizo un sol</p><p>radiante me la met� en la bolsa que l evaba a la cintura y me fui caminando desde la casa hasta la Traza,</p><p>exactamente hasta el edificio que hacia mucho yo hab�a identificado como los barracones de los soldados</p><p>espa�oles   de   bajo   rango.   Hab�a,   como   siempre,   un   centinela   de   guardia   a   la   entrada,   armado   y   con</p><p>armadura. Poniendo la cara m�s est�pida e inofensiva que pude, pas� tranquilamente a su lado y me dirig�</p><p>a la esquina del edificio; una vez al � me detuve y me arrodil � como si estuviera sac�ndome una piedra que</p><p>se me hubiera metido en la sandalia.</p><p>Fui capaz, de prisa y sin hacer ruido, de encender el extremo que sobresal�a del poquiet�, y luego met� la</p><p>bola dura en el espacio que quedaba entre la esquina de piedra y los guijarros de la cal e. Ech� un fugaz</p><p>vistazo al guardia; no me prestaba atenci�n; ni tampoco se fijaba en m� ninguna de las personas que</p><p>pasaban por la cal e, que estaba muy transitada; as� que me puse en pie y continu� tranquilamente mi</p><p>camino. Hab�a avanzado por lo menos cien pasos cuando se oy� el estruendo de la explosi�n. Incluso a</p><p>esa distancia o� el silbido de los fragmentos que hab�an salido volando por el aire, y uno de el os me golpe�</p><p>ligeramente en la espalda. Me di la vuelta para mirar, y me gratific� ver el gran revuelo que aquel o hab�a</p><p>causado.</p><p>No se hab�an producido da�os visibles en el edificio, excepto una mancha negra y humeante en un costado,</p><p>pero cerca de ese lugar hab�a dos personas tumbadas en posici�n supina que sangraban: uno era un</p><p>hombre con ropa de espa�ol y el otro un tamemi cuya percha para el transporte yac�a junto a �l. De los</p><p>barracones salieron en desbandada no s�lo el centinela, sino un gran n�mero de soldados, algunos de el os</p><p>a medio vestir, pero todos l evando encima sus armas. Cuatro o cinco de los indios de la cal e echaron a</p><p>correr de puro terror ante aquel hecho sin precedentes, y los soldados se lanzaron en su persecuci�n.</p><p>Entonces me di la vuelta con tranquilidad y me un� a las numerosas personas que se hab�an detenido y se</p><p>hab�an quedado mirando boquiabiertas, y que, obviamente, no estaban implicadas en absoluto.</p><p>El espa�ol que se hal aba tumbado en el suelo se retorc�a y gem�a, todav�a con vida, y un soldado condujo</p><p>hasta al � al m�dico de los barracones para que lo atendiera. El inofensivo tamemi, sin embargo, estaba</p><p>bien muerto. Lament� este hecho, pero estaba seguro de que los dioses considerar�an que era un hombre</p><p>ca�do en combate y lo tratar�an con bondad. Aquel o en realidad no hab�a sido una batal a, desde luego,</p><p>pero   yo   le   hab�a   asestado   un   segundo   golpe   al   enemigo.   Ahora,   despu�s   de   estos   dos   hechos</p><p>inexplicables, por fuerza los hombres blancos ten�an que haberse dado cuenta de que pronto estar�an</p><p>acosados por la subversi�n; y ten�an tambi�n que sentirse desconcertados, quiz� incluso asustados, al caer</p><p>en la cuenta lo que el o significaba. Como les hab�a prometido a mi madre y a mi t�o, me hab�a convertido</p><p>en el gusano del fruto de acapuli, que se lo come por dentro.</p><p>Durante el resto de aquel d�a, los soldados -yo creo todos los que hab�a en la ciudad- se desplegaron por</p><p>las colaciones y registraron las casas, los puestos de los mercados, bolsas y los bultos que l evaban los</p><p>hombres   y   las   mujeres   nativos,   incluso   l egaron   a   obligar   a   algunos   de   el os   a   desnudarse.   Pero</p><p>abandonaron aquel a tarea al terminar el d�a y ya no lo hicieron m�s, seguramente porque sus oficiales</p><p>habr�an decidido que, si exist�a p�lvora il�cita en alguna parte, resulta muy f�cil esconderla (como yo hab�a</p><p>escondido la m�a), y que los ingredientes de la p�lvora por separado, si es que l egaban a encontrar alguno,</p><p>eran totalmente inocuos y ten�an f�cil explicaci�n. Sea como fuere, nunca l egaron a nuestra casa, lo que yo</p><p>me limit� a quedarme sentado y a disfrutar con el desconcierto de los hombres blancos.</p><p>No obstante, al d�a siguiente me l eg�  a m� el turno de estar desconcertado  cuando  vino  a verme  un</p><p>mensajero del notario Alonso, que sab�a d�nde viv�a yo; me ordenaba que me presentase ante �l lo m�s</p><p>pronto que pudiese. Me vest� con mi atuendo espa�ol, me dirig� a la catedral y fui a saludarle, poniendo de</p><p>nuevo cara de est�pido y de persona inofensiva. Alonso no me devolvi� el saludo, sino que se me qued�</p><p>mirando detenidamente durante algunos momentos antes de decir:</p><p>-�Todav�a piensas en m� cada vez que usas tu cristal de quemar, Juan Brit�nico?</p><p>-Pues claro, cuatl Alonso. Como me dijiste, me resulta util�simo...</p><p>-No me l ames cuatl nunca m�s -me pidi� con brusquedad-. Me temo que ya no seremos m�s gemelos, ni</p><p>hermanos, ni siquiera amigos. Tambi�n me temo que hayas abandonado cualquier pretensi�n de ser un</p><p>cristiano manso, sumiso y respetuoso, y de obedecer a ese credo y a tus superiores.</p><p>-Nunca he sido manso ni sumiso, y nunca he considerado que los cristianos sean mis superiores. Y no me</p><p>l ames Juan Brit�nico nunca m�s -le dije con descaro.</p><p>A Alonso se le not� en la cara que sent�a un gran enojo, pero se contuvo.</p><p>-Ahora esc�chame bien. No estoy implicado oficialmente en la b�squeda que el ej�rcito l eva a cabo para</p><p>encontrar al autor de ciertos disturbios recientes que han alterado la paz de esta ciudad. No obstante, estoy</p><p>tan preocupado como deber�a estarlo  cualquier  ciudadano decente y obediente. No te estoy acusando</p><p>personalmente a ti, pero s� que tienes muchas amistades entre tus paisanos. Creo que t� podr�as encontrar</p><p>al vil ano responsable de esos actos con tanta rapidez como nos encontraste a ese orfebre cuando tuvimos</p><p>necesidad de uno.</p><p>-Notario, yo no soy m�s traidor a mi pueblo que obediente al tuyo -le dije todav�a con actitud descarada.</p><p>Alonso dej� escapar un suspiro y dijo:</p><p>-Pues  que  as� sea,  entonces.  Una  vez fuimos amigos,  y por  el o  no te denunciar�  directamente a  las</p><p>autoridades.   Pero   quiero   hacerte   una   advertencia   honradamente.   Desde   el   mismo   instante   en   que</p><p>abandones   esta   habitaci�n   se   te   seguir�   y   vigilar�.   Cualquier   movimiento   tuyo,   cualquier   encuentro,</p><p>cualquier conversaci�n, cualquier estornudo ser� observado y anotado, y se informar� de el o. Antes o</p><p>despu�s te traicionar�s a ti mismo o a los dem�s, quiz� incluso a alguien que te sea querido. Y si t� no vas</p><p>a la hoguera, puedes estar seguro de que alguien ir�.</p><p>-No puedo soportar esa amenaza -le contest�-. Me das poco donde elegir, as� que no me queda m�s</p><p>remedio que abandonar esta ciudad para siempre.</p><p>-Creo que eso ser� lo mejor para ti -convino con una actitud fr�a y distante-, para la ciudad y para todos los</p><p>que han tratado contigo.</p><p>Dicho eso me despidi�, y el indio domesticado que serv�a en la catedral no hizo intento alguno de ser</p><p>discreto mientras me segu�a durante todo el camino hasta casa.</p><p><strong>12</strong></p><p>Hab�a resuelto abandonar la Ciudad de M�xico incluso antes de que Alonso me lo recomendase de aquel a</p><p>forma tan fr�a. esta decisi�n se deb�a a que yo hab�a desesperado de organizar alguna vez un ej�rcito</p><p>rebelde entre los habitantes de la ciudad. Como el difunto Netzlin, y ahora Pochotl, los hombres del lugar</p><p>eran demasiado dependientes de sus amos blancos como para querer levantarse contra el os. Y aunque</p><p>hubieran querido hacerlo, ya estaban tan debilitados y eran tan poco belicosos que no se habr�an atrevido a</p><p>intentarlo. Si ten�a que reclutar a hombres como yo, rencorosos a causa de la dominaci�n de los espa�oles</p><p>y lo bastante belicosos como para desafiarla, deb�a emprender viaje y volver sobre mis pasos. Ten�a que</p><p>dirigirme de nuevo al norte y adentrarme en las tierras no conquistadas.</p><p>-Eres m�s que bienvenida si deseas venir conmigo -le dije a Citlali-. Tengo en verdadera estima la bendici�n</p><p>de tu intimidad, tu apoyo y, bueno, todo lo que has significado para mi. Pero eres una mujer, y adem�s</p><p>algunos a�os mayor que yo, as� que a lo mejor el paso con el que camino te resultar�a demasiado vivo,</p><p>sobre todo porque tendr�as que l evar de la mano a Eh�catl.</p><p>-De manera que, decididamente, te marchas -murmur� el a con tristeza.</p><p>-Pero no para siempre, a pesar de lo que le he dicho al notario. Tengo la intenci�n de regresar aqu�. Y</p><p>conf�o en que lo har� a la cabeza de una fuerza armada, barriendo a los hombres blancos de todos los</p><p>campos y los bosques, de todas las aldeas, de todas las ciudades, incluida �sta. Sin embargo, es posible</p><p>que eso no sea pronto. Por tanto, no te pedir� que me esperes, querida Citlali. Sigues siendo una mujer</p><p>muy atractiva. Puedes atraer a otro marido bueno y amante, �aquin ixnentia? De cualquier modo, Eh�catl</p><p>ya es lo bastante mayor como para que pueda quedarse contigo mientras atiendes el puesto del mercado.</p><p>Con lo que ganes al �, y con la cantidad que hemos ahorrado, y teniendo en cuenta que ahora ya no ser�</p><p>una boca m�s que alimentar...</p><p>Citlali me interrumpi�.</p><p>-Yo  te  esperar�a,  querid�simo  Tenamaxtli,  por  mucho   tiempo  que  tardaras.   Pero  �c�mo  puedo  tener la</p><p>esperanza de que regreses alguna vez? Estar�s por ah� arriesgando la vida.</p><p>-Igual que la arriesgar�a si me quedase aqu�. Igual que t� has estado arriesgando la tuya. Si a mi me</p><p>hubieran cogido mientras comet�a el crimen de experimentar con la p�lvora, a ti te habr�an arrastrado a la</p><p>hoguera conmigo.</p><p>-Me arriesgu� a eso porque era una oportunidad que aceptamos los dos. Yo ir�a  a donde fuera, har�a</p><p>cualquier cosa con tal de estar juntos.</p><p>-Pero hay que tener en cuenta a Eh�catl. ...</p><p>-S� -susurr� Citlali. Luego, de pronto, estal � en l�grimas y me dijo en tono exigente-: �Por qu� est�s tan</p><p>empe�ado en perseguir esa locura? �Por qu� no puedes resignarte a reconocer la realidad y soportarla,</p><p>como han hecho otros?</p><p>-�Porqu�? -repet� yo, at�nito.</p><p>-Ayya, ya s� lo que los hombres blancos le hicieron a tu padre, pero...</p><p>-�Y no es �se motivo suficiente? -le pregunt� con brusquedad-. Todav�a puedo verlo arder!</p><p>-Y tambi�n mataron a tu amigo, mi marido. Pero �qu� te han hecho a ti, Tenamaxtli? T� no has sufrido</p><p>ninguna herida ni insulto, aparte de unas cuantas palabras que te dijo aquel fraile hace mucho tiempo, en el</p><p>mes�n. De todos los dem�s hombres blancos de los que has hablado s�lo has dicho cosas buenas. De la</p><p>bondad   de   ese   hombre   l amado   Molina,   de   los   otros   profesores   que   compartieron   sus   conocimientos,</p><p>incluso de aquel soldado que te inici� en tu b�squeda de la p�lvora...</p><p>-�Eso son migajas que se les caen de la mesa!  De una mesa cargada de ricos manjares que antes era</p><p>nuestra! Si mi tonali dictar� o no que yo tenga �xito en restituirle esa mesa a nuestro pueblo, no lo s�. No</p><p>obstante, de lo que s� estoy seguro es de que me ordena que lo intente. Me niego a creer que yo haya</p><p>nacido para conformarme con las migajas. Y me estoy jugando la vida por el o.</p><p>Citlali suspir� tan profundamente que hasta pareci� encogerse un poco.</p><p>-�Cu�nto tiempo vas a estar a�n conmigo? �Cu�ndo piensas marcharte?</p><p>-No lo har� de manera inmediata, porque no pienso marcharme a escondidas como un perro techichi, con</p><p>la cabeza gacha y el rabo entre las piernas. Quiero dejarle algo a la Ciudad de M�xico, y a toda Nueva</p><p>Espa�a, para que se me recuerde. Y lo que tengo ahora en mente, Citlali, es un �ltimo crimen que t� y yo</p><p>podr�amos cometer juntos.</p><p>No puedo refutar lo que Citlali me hab�a dicho: que yo, por mi parte, nunca hab�a sufrido da�o, privaci�n,</p><p>encarcelamiento ni siquiera humil aci�n alguna infligida por los espa�oles. Pero durante los a�os que hab�a</p><p>pasado en la ciudad me hab�a encontrado con una gran cantidad de paisanos que s� hab�an sufrido todo</p><p>eso, o hab�an tenido conciencia de el o. Estaban los en otro tiempo guerreros marcados con la "G", y los</p><p>dem�s esclavos que iban marcados con la se�al de su due�o. Y estaban todos aquel os desgraciados</p><p>borrachos, hombres y mujeres, a los que hab�a visto c�mo las patrul as los apaleaban y los hac�an picadil o</p><p>hasta morir, como le hab�a ocurrido a Netzlin. Y hab�a visto diluirse la otrora pura sangre de nuestra raza,</p><p>ensuciada y desgraciada en los variopintos mestizos de los espa�oles y los moros.</p><p>Adem�s yo conoc�a -no por experiencia personal, me alegra decirlo, sino por aquel os, muy pocos, que de</p><p>alg�n modo hab�an logrado escapar- los horrores de los obrajes. Estos obrajes eran grandes tal eres con</p><p>muros de piedra y cancelas de hierro donde se lavaba, se cardaba, se hilaba, se te��a y se tej�a en forma</p><p>de   telas   el   algod�n   o   la   lana.   Los   obrajes,   en   su   origen,   hab�an   sido   fundados   por   los   corregidores</p><p>espa�oles como un medio de sacar provecho de los criminales convictos. Me refiero a los criminales indios.</p><p>En   vez   de   encerrarlos   y   dejar   que   holgazaneasen,   a   estos   bel acos   se   los   destinaba   a   aquel   trabajo</p><p>espantoso,  asqueroso  y laborioso (y cruelmente  denigrante  para  cualquier hombre).  No  se  les pagaba</p><p>salario   alguno,   se   les   proporcionaba   un   alojamiento   s�rdido   y   sin   ninguna   clase   de   intimidad,   se   los</p><p>alimentaba escasamente, apenas pod�an vestirse, nunca se les permit�a ba�arse... y nunca se les dejaba</p><p>abandonar el obraje hasta el momento en que expirase su condena, por lo que eran muy pocos los que</p><p>viv�an lo suficiente para disfrutar de tal cosa.</p><p>Y los obrajes rend�an beneficios, tanto era as� que muchos espa�oles pusieron por su cuenta los suyos, y a</p><p>�stos se les dio gratis presos del Estado para que trabajasen al �, hasta que con el tiempo no hubo presos</p><p>suficientes   para   cubrir   la   demanda.   Llegado   este   momento,   los   due�os   de   los   obrajes   empezaron   a</p><p>engatusar   a   nuestro   pueblo   para   que   les   cedieran   a   sus   hijos.   Promet�an   que   esos   ni�os   y   ni�as</p><p>aprender�an un oficio que podr�an seguir ejerciendo m�s adelante en la vida, y mientras tanto los padres se</p><p>ahorrar�an el gasto de tener que criarlos. Y peor a�n, los abades y abadesas de los asilos cristianos para</p><p>hu�rfanos, como el del Refugio de Santa Br�gida, se dejaban convencer f�cilmente para que les dieran a</p><p>elegir, en cuanto los ni�os eran lo bastante mayores para comprender, a sus internos indios: o tomaban las</p><p>sagradas �rdenes y se convert�an en monjas o frailes cristianos, o se los condenaba a ir a vivir y a trabajar</p><p>en un obraje. (Los hu�rfanos de sangre mezclada, como Rebeca Canal uza, estaban exentos de este tipo</p><p>de condena, porque los encargados de los asilos no estaban seguros de que alg�n d�a no fuera a acudir</p><p>alg�n padre o madre espa�ol a fin de reclamarlos y reconocerlos.)</p><p>Fueran   condenados   merecidamente   o   no,   por  lo   menos   los   criminales  esclavizados   eran   adultos.   Los</p><p>hu�rfanos   y   "aprendices"   que   reclutaban   no   lo   eran.   Pero,   exactamente   igual   que   a   los   criminales,   a</p><p>aquel os ni�os y ni�as casi nunca se los volv�a a ver otra vez fuera de las puertas del obraje. Igual que a los</p><p>criminales,  eran  explotados  de  forma  inmisericorde,  a  menudo  hasta  la  muerte,   y  sufr�an   vejaciones  y</p><p>deshonras que a los adultos se les ahorraban. Los obrajes estaban vigilados y supervisados, no por los</p><p>propietarios espa�oles, sino por moros y mulatos a los que se les pagaba sueldos muy escasos. Y estos</p><p>seres se deleitaban sobremanera en mostrar su superioridad ante los ni�os indios r�sticos, a los que sol�an</p><p>apalear y matar de hambre, eso cuando no se los forzaba repetidamente a realizar ahuilnema en el caso de</p><p>las ni�as y cuil�nyotl en el de los ni�os.</p><p>Los  corregidores  y  los  alcaldes  cristianos,   los  due�os  cristianos de  los  obrajes y  los  tepisquin   nativos</p><p>convertidos al cristianismo se confabulaban todos el os para perpetrar aquel as atrocidades. Y la Iglesia</p><p>cristiana   las   consent�a   para   su   engrandecimiento,   desde   luego,   pero   tambi�n   por   otro   motivo,   Los</p><p>espa�oles estaban muy convencidos de que hasta el �ltimo de nosotros, los de nuestro pueblo, no era m�s</p><p>que un gandul perezoso e in�til que nunca trabajar�a a menos que se le obligase a el o mediante castigos</p><p>inminentes, el hambre o la muerte violenta.</p><p>Eso no era cierto, y nunca lo hab�a sido. En los viejos tiempos a nuestros hombres y mujeres sanos, a</p><p>menudo sus amos, fueran nobles locales o Portavoces Venerados, les exig�an que hiciesen trabajos sin</p><p>remuneraci�n alguna, en gran parte trabajos muy penosos, en muchos de los proyectos p�blicos. En esta</p><p>ciudad, por ejemplo, esos trabajos hab�an ido desde la construcci�n del acueducto de Chapultepec hasta la</p><p>erecci�n del Gran Templo de Tenochtitlan. Todos los miembros de nuestro pueblo hac�an esos trabajos de</p><p>buena gana, deseosos de el o, porque consideraban que la labor comunal era otra manera de reunirse para</p><p>l evar a cabo un alegre intercambio social. Y cuando l egaba el momento emprend�an cualquier tarea que se</p><p>les asignase no como un trabajo, sino como una oportunidad de convivir mezclados. Los amos espa�oles</p><p>habr�an podido aprovechar en su beneficio ese rasgo de nuestro pueblo, pero prefer�an usar el l�tigo, la</p><p>espada, la prisi�n, el obraje y la amenaza de la hoguera.</p><p>Admito que hab�a algunos hombres buenos y admirables entre los blancos: Alonso de Molina, por ejemplo,</p><p>y otros a quienes conoc� m�s adelante. Incluso hubo uno entre los moros negros que se convertir�a en mi</p><p>amigo, compa�ero de aventuras y aliado incondicional. Y luego estuviste t�, mi querida Ver�nica. Pero de</p><p>nuestro encuentro hablar� en su momento.</p><p>Admito tambi�n que en realidad las intenciones que yo ten�a de derrocar el reinado de los hombres blancos</p><p>se deb�an, al menos en parte, a mis deseos de venganza personal por el asesinato de mi padre. Pudiera</p><p>ser que mis prop�sitos tambi�n fueran en parte innobles, porque yo, como cualquier otro joven, me habr�a</p><p>cubierto   de   gloria   si   el   pueblo   me   hubiese   aclamado   como   un   h�roe   conquistador   o,   si   se   daba   la</p><p>circunstancia de que mor�a en el empe�o, cuando l egase al otro mundo de Tonatiucan todos los guerreros</p><p>del pasado me recibir�an con aclamaciones. Aun as� mantengo que, sobre todo, el prop�sito que me mov�a</p><p>era levantar a nuestro pueblo pisoteado y sacar al Unico Mundo de la oscuridad en que se hal aba sumido.</p><p>Para convertir  en algo memorable mi partida de la Ciudad de M�xico  hab�a concebido una despedida</p><p>verdaderamente tempestuosa. Aunque yo ya hab�a causado por dos veces a los espa�oles cierta alarma y</p><p>agitaci�n, el furor remiti� tras unos d�as en los cuales no se produjeron m�s disturbios. S�lo muy de vez en</p><p>cuando se deten�a en la cal e a alguna persona de aspecto sospechoso, se la registraba y se la desnudaba,</p><p>y s�lo dentro de los distritos de la Traza. Yo supon�a que continuaba a todas horas bajo la vigilante mirada</p><p>de   un   esp�a   de   la   catedral,   pero   me   cercior�   de   que   nunca   me   viera   haciendo   nada   que   pudiera</p><p>recompensar su vigilancia.</p><p>Cuando le dije a Citlali lo que ten�a en mente, se ech� a re�r con aprobaci�n, incluso mientras se estremec�a</p><p>con una mezcla de agitaci�n e ilusi�n gozosa, y accedi� con entusiasmo a ayudarme. As� que, mientras yo</p><p>preparaba cuatro de las bolas de arcil a, cada una de el as tan grande como la que se usa en el juego</p><p>tlachtli y todas bien rel enas de p�lvora, la fui instruyendo en todos los detal es de mi plan.</p><p>-La �ltima vez -le dije- s�lo logr� hacer una mancha negra en la parte exterior del edificio de los soldados</p><p>espa�oles, y en el proceso mat� a un tamemi que pasaba por al �. Esta vez quiero hacer que estal en en el</p><p>interior de un edificio; conf�o en que cause una enorme destrucci�n y en no matar a ning�n inocente.</p><p>Bueno, lo reconozco, siempre hay varias ma�time por el lugar vendiendo sus favores a los soldados, pero a</p><p>esas mujeres no las considero inocentes.</p><p>-�Te refieres al mismo edificio de la Traza?</p><p>-No. Al � la cal e siempre est� abarrotada de transe�ntes. Pero conozco un lugar en cuyo interior, as� como</p><p>en los alrededores, nunca hay m�s personas que espa�oles. Y las ma�time. T� l evar�s por m� la p�lvora</p><p>al � dentro. A esa escuela militar y fortaleza l amada el Castil o, la que se encuentra en lo alto de la Colina de</p><p>los Saltamontes.</p><p>-�Tengo que l evar al interior esos objetos mort�feros? -exclam� Citlali-. �Al interior de un edificio l eno de</p><p>soldados, y todo �l tambi�n rodeado de soldados?</p><p>-La fortaleza est� rodeada de �rboles, de unos �rboles viej�simos, y la guardia no es muy fuerte. Hace poco</p><p>me pas� un d�a entero merodeando por los alrededores; estuve curioseando escondido detr�s de alguno de</p><p>aquel os �rboles, y estoy satisfecho porque podr�s entrar y salir f�cilmente del Castil o sin peligro alguno de</p><p>que te hagan da�o ni te capturen.</p><p>-Me gustar�a mucho estar yo tambi�n convencida de eso -me indic� Citlali.</p><p>-Las puertas de la fortaleza siempre est�n abiertas de par en par, y los cadetes, como l aman a los reclutas,</p><p>entran y salen tranquilamente de al �. Lo mismo que los soldados que hacen de profesores. Y tambi�n</p><p>espa�oles corrientes, los que l evan comida, provisiones y esas cosas. Y otro tanto puede decirse de las</p><p>ma�time. Y el �nico guardia que va armado siempre est� por al � medio amodorrado, sin preocuparse de</p><p>nada.  No  se  mete  con  nadie,   ni  con  las  putas.   Supongo  que  los  espa�oles  opinan   que   no  hace  falta</p><p>esmerarse por proteger ese lugar, porque... �qu� persona que est� en su sano juicio va a tratar de infligir</p><p>da�o alguno en el interior de una guarnici�n militar?</p><p>-�S�lo yo? �Citlali la valiente y temeraria? -me pregunt� con coqueter�a-. Por favor, aseg�rame, Tenamaxtli,</p><p>que sigo estando en mi sano juicio.</p><p>-Cuando te lo haya explicado todo -le coment�-, te dar�s cuenta de lo pr�ctico que es mi plan. Ver�s, yo no</p><p>puedo entrar en esa fortaleza sin que me interpelen y sin que, con toda seguridad, me arresten. T� en</p><p>cambio si.</p><p>-�Quieres que finja que soy una ma�titl? Ayya, �tanto me parezco a una ramera?</p><p>-En nada. T� eres mucho m�s bonita que cualquiera de el as. Y l evar�s un cesto de fruta cogido por el asa,</p><p>y a tu lado ir� Eh�catl. Nada parecer  m�s inocente que una joven madre que pasea por el bosque con su</p><p>criatura. Y si alguien te pregunta, le dices que una de las ma�time es prima tuya, y que le l evas la fruta de</p><p>regalo,   O   que   vas  con  la   esperanza   de  vend�rsela   a   los  cadetes  porque   te   hace   falta  el  dinero  para</p><p>mantener a tu criatura, evidentemente minusv�lida. Te ense�ar� palabras espa�olas suficientes para que</p><p>puedas hacer esos comentarios. No te parar�n. Luego, cuando ya est�s dentro del Castil o, lo �nico que</p><p>tienes que hacer es dejar en el suelo la cesta de fruta y volver a salir tranquilamente. Y si es posible, d�jala</p><p>al lado de algo combustible.</p><p>-�Una cesta de fruta? Esas cosas de barro no se parecen mucho a la fruta.</p><p>-D�jame que acabe de explic�rtelo. Ahora mismo... �ves? En el agujero que he hecho con la pluma en esta</p><p>bola estoy insertando un poquietl delgado y tan largo como mi antebrazo. Lo encender� antes de que te</p><p>acerques a las puertas de la fortaleza, y pasar� mucho tiempo ardiendo lentamente hasta que prenda la</p><p>bola; ya para entonces Eh�catl y t� estar�is afuera de nuevo, a salvo y a mi lado. Y esa bola, cuando</p><p>estal e, prender� las otras tres. Y todas juntas causar�n una explosi�n espectacular. Muy bien. Cuando las</p><p>bolas se hayan secado, se hayan puesto duras como la roca y estemos preparados para irnos, las colocar�</p><p>en uno de esos elegantes cestos tuyos y luego las cubrir� con frutas del mercado. -Hice una pausa y</p><p>coment�, en cierto modo para mis adentros-: Deber�an ser frutas de coyacapuli. Y debo intentar encontrar</p><p>algunas que tengan gusanos, como yo, en su interior.</p><p>-�Qu�? -pregunt� Citlali sin comprender.</p><p>-Es una broma personal. No me hagas caso. Las frutas de coyacapuli son muy ligeras, as� que el cesto no</p><p>pesar� mucho. De todos modos, lo l evar� yo hasta que l eguemos al Castil o. Bueno, pues el primer d�a</p><p>que   haga   sol,   nos   marcharemos   los   tres   de   esta   casa   y   nos   iremos   caminando   despacio   y</p><p>desenfadadamente hacia el oeste, atravesando la isla. Yo l evar� el cesto y t� guiar�s a Eh�catl...</p><p>As� que eso es lo que hicimos unos d�as despu�s, vestidos con ropa inmaculadamente blanca y con un aire</p><p>inocentemente descuidado. A cualquiera que nos viera le habr�amos parecido una familia feliz que sal�a a</p><p>disfrutar de una comida al aire libre en alguna parte. Y yo supon�a que hab�a alguien que nos miraba con</p><p>inter�s, cualquiera de los mercenarios de la catedral.</p><p>Adem�s de la cesta, yo l evaba el arcabuz escondido bajo el manto, cuya culata hab�a metido debajo del</p><p>brazo   que  me quedaba   libre,   de  manera  que  colgara   verticalmente.  Me  obligaba   a caminar con  cierta</p><p>rigidez, pero resultaba invisible a ojos de los dem�s. Lo hab�a cargado de antemano, tal como en una</p><p>ocasi�n hab�a visto que se hac�a: una buena dosis de p�lvora, un trapo y una bola de plomo todo metido en</p><p>el tubo y bien prensado, una lasca de oro falso sujeta por la garra del gato y el arma dispuesta esperando</p><p>tan s�lo que pusiera un pel izco de p�lvora en la cazoleta para disparar su proyectil mortal. Verdaderamente</p><p>yo no ten�a ni idea de c�mo se apuntaba aquel a cosa, aparte de ponerla en la direcci�n hacia donde</p><p>quisiera disparar. Pero si el arcabuz funcionaba y la fortuna me favorec�a, aquel a veloz bola de plomo</p><p>voladora pod�a de hecho darle y herir a alg�n soldado o cadete espa�ol.</p><p>Si hab�a alguien sigui�ndonos, logramos burlarlo, al menos temporalmente, cuando, al l egar al borde de la</p><p>isla, le hice se�as a un barquero y nos subimos los tres a bordo de su acab. Primero le hice que nos l evase</p><p>en direcci�n al sur, hacia los jardines de flores de Xochimilco, donde incluso las familias espa�olas iban a</p><p>veces a pasar un d�a al aire libre, hasta que estuve seguro de que ning�n otro acali nos ven�a siguiendo.</p><p>Luego le di instrucciones al barquero de que diera la vuelta y desembarcamos en las l anuras de barro que</p><p>bordeaban   lo   que   en   otro   tiempo   hab�a   sido   el   parque   de   Chapultepec.   Subimos   por   la   colina   sin</p><p>encontrarnos con nadie hasta que tuvimos a la vista el tejado del Castil o. Una vez al � comenzamos a</p><p>avanzar escondi�ndonos en un �rbol tras otro, acerc�ndonos cada vez m�s hasta que pudimos ver la</p><p>puerta y las numerosas figuras que entraban y sal�an, que iban de un lado para otro o que se dedicaban a</p><p>holgazanear por al �. Nadie dio la voz de alarma. Por fin l egamos al ahu�huetl que yo hab�a elegido de</p><p>antemano, uno cuyo tronco era muy grueso, y que quedaba a no m�s de cien pasos de la entrada. Nos</p><p>agazapamos detr�s de �l.</p><p>-Parece que es un rutinario d�a m�s en el Castil o -observ� mientras me desembarazaba del arcabuz y lo</p><p>pon�a en el suelo, a mi lado-. No hay guardias extra, nadie parece estar especialmente alerta. As� que</p><p>cuanto m�s pronto lo hagamos, mejor. �Est�is dispuestos la criatura y t�, Citlali?</p><p>-Si -repuso el a con voz firme-. No te lo hab�a dicho, Tenamaxtli, pero anoche los dos fuimos a ver a un</p><p>sacerdote de la buena diosa Tlazolt�otl y le confes� todas las malas acciones de nuestra vida, incluyendo</p><p>�sta, si es que puede considerarse una mala acci�n. -Vio la expresi�n que hab�a adquirido mi rostro y se</p><p>apresur� a a�adir-: S�lo por si acaso algo saliera mal. De modo que si, estamos dispuestos.</p><p>Yo hab�a arrugado la cara al oir a Citlali mencionar a aquel a diosa, porque uno no suele invocar a la</p><p>Comedora de Porquer�a hasta que no presiente que la muerte est� cerca... y por tanto le pide que acepte y</p><p>se trague todos nuestros pecados con el fin de ir bien purgado y limpio al otro mundo. Pero si eso hac�a que</p><p>Citlali se sintiera mejor...</p><p>-Este poquietl seguir�  emitiendo un rastro de humo y olor mientras arda -le dije mientras utilizaba la lente y</p><p>un rayo de sol para encender el papel que sobresal�a ligeramente de la cesta-. Sin embargo, hoy sopla</p><p>brisa por aqu� arriba, as� que no se notar� mucho. Si alguien lo huele, sin duda pensar   que algunos</p><p>cadetes han estado practicando con sus arcabuces. Y te lo repito, el poquietl te proporcionar   tiempo de</p><p>sobra para...</p><p>-Pues d�melo de una vez -dijo Citlali- antes de que me venza el nerviosismo o la cobard�a. -Cogi� el asa de</p><p>la cesta y sujet� a Eh�catl por una mano-. Y tambi�n dame un beso, Tenamaxtli, para... para infundirme</p><p>valor.</p><p>Yo se lo habr�a dado de todos modos, y con mucho gusto, con amor, sin que el a me lo pidiera. Citlali</p><p>titube� y observ� desde detr�s del �rbol hasta que estuvo segura de que nadie miraba en nuestra direcci�n.</p><p>Luego sali� y, con la criatura a su lado, se puso a caminar tranquila y serenamente, y se apart� de la densa</p><p>sombra del �rbol, para introducirse en la bril ante luz del sol... como si acabasen de subir la colina por el</p><p>espeso bosque. Les quit� la vista de encima s�lo el tiempo suficiente para cargar la cazoleta del arcabuz</p><p>con un pel izco de p�lvora y tirar de la garra de gato hacia atr�s, para que se sujetase en su sitio con un</p><p>chasquido y quedase listo para disparar. Pero cuando volv� a mirar hacia la madre y la criatura, lo que vi me</p><p>desconcert�.</p><p>Muchos de los hombres que estaban por la parte de fuera de la puerta no dejaban de echarle miradas a la</p><p>atractiva mujer que se aproximaba. En eso no hab�a nada que no fuera natural. Pero luego bajaban la</p><p>mirada hacia Eh�catl, la criatura sin ojos, y sus sonrisas se convert�an en expresiones de incredulidad y</p><p>desagrado. Aquel revuelo capt� tambi�n la atenci�n del guarda armado que estaba apoyado en la puerta de</p><p>entrada. Mir� fijamente a aquel a pareja que se aproximaba, se irgui� y comenz� a avanzar hacia el os para</p><p>interceptarles el paso. Aquel o era una contingencia que yo ten�a que haber previsto, y deb�a haber estado</p><p>preparado para el o, pero no hab�a sido as�.</p><p>Citlali se detuvo ante �l e intercambiaron algunas palabras. Supongo que el guarda le dir�a algo as� como:</p><p>"En nombre de Dios, �qu� clase de monstruo l evas de la mano?" Pero Citlali no podr�a entenderlo, por lo</p><p>que no ser�a capaz de darle una respuesta coherente. Lo que el a deb�a de estar dici�ndole, o intentando</p><p>decirle, supongo que era alguno de aquel os comentarios que yo le hab�a hecho ensayar: que iba a visitar a</p><p>una prima suya ma�titl, o que iba a vender fruta.</p><p>De todos modos el guarda, al ver a aquel a guapa mujer de cerca, por lo visto perdi� inter�s en el peque�o</p><p>ser deforme que la acompa�aba. Por lo que yo pude ver desde mi escondite, el soldado sonri� y le dio una</p><p>orden   gesticulando   amenazadoramente   con   el   arcabuz,   porque   Citlali   solt�   la   mano   de   la   criatura   y,</p><p>asombrado, vi que le daba la cesta a Eh�catl Aquel a personita tuvo que usar ambas manos para sujetarla</p><p>Luego Citlali le dio la vuelta a Eh�catl, lo puso de cara a la entrada abierta y le dio un suave empuj�n.</p><p>Mientras Eh�catl, obediente, se dirig�a con pasos inseguros directamente hacia la puerta abierta, Citlali</p><p>levant� las manos y empez� lentamente a deshacer los nudos con los que se abrochaba la blusa huipil. Ni</p><p>el guarda ni los dem�s soldados que se encontraban por al � se fijaron en la criatura que l evaba la cesta, y</p><p>que   pas�   por   la   puerta   hacia   el   interior.   Todas   las   miradas   estaban   fijas   en   Citlali   mientras   �sta   se</p><p>desnudaba.</p><p>Evidentemente,  el  guarda  le hab�a  ordenado  que  se  desnudase  para  un  registro  completo,  pues  ten�a</p><p>autoridad para el o, y Citlali lo estaba haciendo lentamente, con tanta voluptuosidad como cualquier ma�titl,</p><p>para desviar la atenci�n de todos hacia Eh�catl, que ahora se encontraba fuera de mi vista en alg�n lugar</p><p>en el interior de la fortaleza. Aqu�l a era otra contingencia para la que no est�bamos preparados. �Qu�</p><p>ten�a que hacer yo? Por mis observaciones previas yo sab�a que la puerta del muro exterior del Castil o</p><p>estaba en l�nea recta con la del propio Castil o; era de suponer que Eh�catl continuar�a adelante, pasar�a</p><p>tambi�n por aquel a otra puerta y entrar�a en el fuerte. Pero �entonces qu�?</p><p>Yo ahora estaba muy erguido detr�s del �rbol, s�lo asomaba la cabeza lo suficiente como para poder seguir</p><p>observando,   y   acariciaba   con   bastante   inseguridad   el   gatil o   del   arcabuz.   �Deb�a   disparar   entonces?</p><p>Ciertamente me sent� tentado a matar a alguno de aquel os hombres blancos, a cualquiera de el os, que</p><p>ahora se hab�an api�ado alrededor de Citlali y la miraban con avidez. El a se hab�a desnudado de cintura</p><p>para arriba. Lo �nico que yo pod�a ver era la torneada espalda, pero sab�a que sus pechos eran algo</p><p>hermoso de contemplar. El a empez�, lenta y provocativamente, a desatar la cinta que sujetaba la cintura</p><p>de   la   falda   larga.   Me   pareci�,   y   quiz�   tambi�n   se   lo   pareciera   a   aquel os   que   miraban   con   sonrisas</p><p>satisfechas,  que   transcurr�a  un  haz  de  a�os  antes  de   que  aquel a  falda   cayera   al suelo.   Luego   Citlali</p><p>empez� a emplear otro haz de a�os para desenvolver su prenda interior toch�mitl. El guarda avanz� un</p><p>paso hacia el a, y los dem�s se apretaron junto a �l, cuando finalmente Citlali arroj� la prenda y se qued�</p><p>totalmente desnuda ante el os.</p><p>En aquel instante se oy� un estruendo procedente de alg�n lugar lejano en el interior de la fortaleza, dentro</p><p>del propio fuerte, al tiempo que surg�a una oleada de humo, lo que hizo que los hombres que la estaban</p><p>contemplando   se   acercasen   a�n   m�s   a   Citlali;   luego   se   dieron   la   vuelta   y   se   quedaron   mirando</p><p>boquiabiertos... y entonces se oy� otro trueno a�n m�s fuerte que reson� dentro del fuerte, y luego otro,</p><p>m�s fuerte a�n, y otro, todav�a m�s fuerte. Las tejas rojas del tejado del fuerte se removieron en su sitio y</p><p>algunas cayeron al suelo. Despu�s, como si aquel os rugidos que a�n reververaban no hubieran sido m�s</p><p>que ebul iciones preliminares -como a veces hace el gran volc�n Cit�alt�petl, que se aclara la garganta tres</p><p>o cuatro veces antes de vomitar una erupci�n devastadora-, hizo erupci�n el fuerte con un estal ido que</p><p>debi� de o�rse por todo el val e.</p><p>El tejado se levant� en el aire y al � se desintegr�, de manera que las tejas y las maderas se elevaron a�n</p><p>m�s. Desde abajo se alz� una tremenda nube amaril a roja y negra, sulfurante, de l amas, humo, chispas,</p><p>pedazos   no   identificables   del   mobiliario   interior   del   fuerte,   cuerpos   humanos   agit�ndose   en   el   aire   y</p><p>fragmentos inertes de cuerpos humanos, todo el o entremezclado. Yo estaba completamente seguro de que</p><p>ni   siquiera   mi   pr�digo   empleo   de   varias   bolas   rel enas   de   p�lvora   habr�a   podido   causar   semejante</p><p>cataclismo.   Lo  que   deb�a   de   haber  sucedido   era   que   Eh�catl  hab�a   caminado   vacilante,   sin   encontrar</p><p>obst�culos, hasta alg�n almac�n de p�lvora del fuerte o hasta el escondite de alg�n terriblemente sensible</p><p>combustible, justo en el momento en que mi cesto se prendi� y estal �. Me pregunt� si Huitzilopochtli,</p><p>nuestro dios de la guerra, habr�a guiado a la criatura. �O lo habr�a hecho el esp�ritu de mi padre muerto?</p><p>�O habr�a sido, sencil amente, el propio tonali de Eh�cat�?</p><p>Pero ten�a otras cosas que preguntarme. Al mismo tiempo que el fuerte volaba en pedazos, las personas</p><p>que se encontraban entre aquel lugar y el punto donde yo me hal aba, incluyendo el guarda, su cautiva</p><p>Citlali y varios de los hombres que estaban con el os, perdieron pie y cayeron al suelo como si hubieran</p><p>recibido una violenta bofetada. Adem�s, la ropa de Citlali sali� despedida del lugar en que se encontraba, a</p><p>los pies. No pude ver nada que explicase aquel os hechos. Pero luego sent� una sacudida como si dos</p><p>manos curvadas me hubieran abofeteado a la vez ambas orejas. Un poderoso vendaval, con la misma</p><p>fuerza de un muro de piedra al caer, se precipit� contra mi ahu�huetl y contra los dem�s �rboles de las</p><p>inmediaciones.   Hojas,   palitos   y   ramas   peque�as   salieron   despedidos   del   lugar   de   aquel a   espantosa</p><p>explosi�n. El muro de dentro ces� con tanta rapidez como hab�a venido, pero, de no haber estado yo detr�s</p><p>del �rbol, la p�lvora de mi cazoleta se habr�a volado y el arcabuz habr�a resultado in�til.</p><p>Cuando aquel as personas que estaban entre el lugar donde yo me encontraba y el fuerte recobraron el</p><p>equilibrio, miraron con horror la destrucci�n que reinaba en el interior de la fortaleza, el fuego que ard�a con</p><p>ferocidad y los pedazos de piedra, madera, armas -y de sus propios compa�eros- que ca�an del cielo.</p><p>(Algunos de los hombres que hab�an ca�do no se levantaron m�s; los objetos que hab�an salido despedidos</p><p>a causa de la explosi�n los hab�an alcanzado.) El guarda de la puerta fue el primero en caer en la cuenta de</p><p>qui�n era el responsable del desastre; se dio la vuelta bruscamente para ponerse frente a Citlali, y un</p><p>rugido le desfigur� el rostro. Citlali dio media vuelta y ech� a correr hacia mi mientras el guarda le apuntaba</p><p>a la espalda con el arcabuz.</p><p>Yo  tambi�n  le  apunt�  a  �l  con   el  m�o   y  apret�  el  gatil o.   Mi  arcabuz  actu�  exactamente  como   estaba</p><p>previsto, con un rugido y una sacudida que me dej� el hombro entumecido y me lanz� hacia atr�s un paso</p><p>o dos. A d�nde fue a parar la bola de plomo, si le dio al guarda o a alguno de los otros, no tengo la menor</p><p>idea, porque la nube de humo azul que yo hab�a provocado me ocult� la visi�n que ten�a de el os. De todos</p><p>modos, lo lamentable era que yo no hab�a podido impedir que el guarda disparase su arma. Citlali ven�a</p><p>corriendo hacia m�, con aquel os hermosos pechos suyos rebotando ligeramente, y en un instante aquel os</p><p>pechos, toda la parte superior de su cuerpo, se abri� como una flor roja cuando se abre el capul o. Gotas de</p><p>sangre y porciones de carne salieron despedidas por delante de el a y salpicaron el suelo, y sobre aquel os</p><p>fragmentos de s� misma Citlali cay� de cara y permaneci� inm�vil.</p><p>No hubo se�ales ni ruido de persecuci�n cuando colina abajo. Era evidente que no hab�an o�do la descarga</p><p>de mi arma, tal como yo hab�a previsto, en medio del tumulto general. Y si hab�a l egado a herir a alguien</p><p>con la bola de plomo, sus compa�eros soldados probablemente habr�an pensado que hab�a sido abatido</p><p>por alguno de los fragmentos que hab�an salido despedidos del fuerte. Cuando l egu� a la oril a del lago no</p><p>me qued� por al � esperando a que acudiera un acali. Me puse a caminar a grandes zancadas por las</p><p>l anuras de barro y luego, hundido hasta la rodil a en las aguas turbias, vade� el trayecto hasta la ciudad,</p><p>permaneciendo siempre cerca de los montones de troncos del acueducto para evitar que se me viera desde</p><p>ambas oril as. Sin embargo, una vez que l egu� a la isla tuve que esperar un rato antes de tener ocasi�n de</p><p>deslizarme y pasar desapercibido entre la multitud de gente que se hab�a congregado al � y comentaba con</p><p>excitaci�n al contemplar la torre de humo que todav�a flotaba sobre la Colina de los Saltamontes.</p><p>Las cal es estaban casi vac�as cuando corr� hacia nuestra familiar colaci�n de San Pablo Zoquipan y a la</p><p>casa que Cit�a y yo hab�amos compartido durante tanto tiempo. Dudaba de que ning�n esp�a de la catedral</p><p>siguiera vigilando, pues estar�a junto al lago, como casi todos los dem�s residentes de la ciudad, pero si</p><p>segu�a de guardia, y si me desafiaba o incluso si me segu�a, yo estaba decidido a matarlo. Una vez dentro</p><p>de la casa volv� a cargar el arcabuz, para estar preparado para aquel a contingencia o para cualquier otra.</p><p>Luego me ech� a la espalda, sujet�ndolo con una cinta alrededor de la frente, el fardo de mis pertenencias,</p><p>que prudentemente hab�a preparado de antemano. Adem�s de esto, las �nicas cosas que cog� de la casa</p><p>fueron nuestra peque�a reserva de dinero -ya fuera granos de cacao, en retazos de hojalata o en una gran</p><p>variedad de monedas espa�olas-y un saco que ten�a l eno de salitre, el �nico ingrediente de la p�lvora que</p><p>pod�a resultar dif�cil de obtener en otra parte. Con un pedazo de cuerda me las ingeni� para poder colgarme</p><p>el arcabuz, a fin de poder l evarlo sin que se notase debajo del petate y del saco.</p><p>De nuevo en la cal e no vi que ninguno de los pocos transe�ntes que hab�a en el a se tomase inter�s alguno</p><p>en mis movimientos, y tampoco vi, mirando furtivamente hacia atr�s de vez en cuando, que nadie me</p><p>siguiera. No me dirig� al norte por la calzada Tepeyaca por la cual mi madre, mi t�o y yo mismo hab�amos</p><p>entrado en la Ciudad de M�xico hacia tanto tiempo. En el caso de que enviasen soldados para que me</p><p>persiguieran, con toda seguridad el notario Alonso se ver�a obligado en conciencia a decirles que lo m�s</p><p>probable era que yo me ir�a directamente a mi tierra, hacia la Aztl�n de la que le hab�a hablado. As� que en</p><p>lugar de eso atraves� la ciudad en direcci�n al oeste y cruc� por la calzada que l eva a la ciudad de</p><p>Tl�copan. Y una vez al �, al poner pie en tierra firme, me volv� s�lo el tiempo suficiente para agitar el pu�o</p><p>apretado en direcci�n a la ciudad -la ciudad en la que hab�an asesinado a mi padre y a mi amante- y hacer</p><p>el solemne juramento de que regresar�a alg�n d�a para vengarlos a ambos.</p><p>Muchas cosas han ocurrido en mi vida que han permanecido para siempre en mi coraz�n como una pesada</p><p>carga. La muerte de Citlali fue uno de esos acontecimientos. Y he sufrido muchas p�rdidas lamentables que</p><p>han dejado vac�os en mi coraz�n que nunca volver�an a l enarse. Tambi�n fue una de esas p�rdidas la</p><p>muerte de Citlali.</p><p>Ahora acabo de hablar de el a como mi amante y, desde luego, en el sentido f�sico ciertamente lo fue.</p><p>Tambi�n se mostr� adorable y amorosa, y durante mucho tiempo me sentir�a desolado al verme privado de</p><p>su querida presencia, pero en realidad nunca la am� sin reservas. Lo supe entonces y lo mejor a�n ahora,</p><p>porque, en una �poca posterior de mi vid� yo si que amar�a con todo mi coraz�n. Aunque hubiera estado</p><p>total y completamente  chalado  por Citlali,  nunca  habr�a  dado el  paso  de casarme con el a. Y por  dos</p><p>motivos: el primero porque el a hab�a sido la esposa de otro antes. Yo hab�a sido sustituto, por as� decirlo. Y</p><p>el segundo porque nunca habr�a podido esperar tener hijos propios con el a, no con el triste ejemplo de</p><p>Ome-Eh�cati siempre a la vista.</p><p>Aunque estoy seguro de que Citlali siempre fue consciente de mis sentimientos, o de la carencia de el os,</p><p>nunca lo demostr� lo m�s m�nimo. El a hab�a dicho: "Har�a lo que fuera...", queriendo decir que, si hac�a</p><p>falta, morir�a por m�.</p><p><strong>13</strong></p><p>Nuestro   pueblo   tiene   un   dicho:   que   un   hombre   que   no   sabe   ad�nde   va   no   necesita   tener   miedo   de</p><p>perderse. Mi �nica meta era alejarme cuanto m�s mejor de la Ciudad de M�xico antes de torcer hacia el</p><p>norte en direcci�n a las tierras no conquistadas. De modo que desde Tl�copan tom� aquel os caminos que</p><p>continuaban l ev�ndome hacia el oeste. Con el tiempo me encontr� en Michoac�n, la tierra del pueblo</p><p>purepecha. Aquel a naci�n era una de las pocas del Unico Mundo que nunca hab�an sido sometidas ni</p><p>obligadas a pagar tributo por los mexicas. El principal motivo de la s�lida independencia de Michoac�n en</p><p>aquel os tiempos era que los artesanos y los armeros purepes conoc�an el secreto de componer un metal</p><p>marr�n tan duro y cortante que, en la batal a, las hojas de ese metal prevalec�an sobre las quebradizas</p><p>armas de obsidiana de los mexicas. Tras s�lo unos cuantos intentos de someter Michoac�n, los mexicas se</p><p>dieron por satisfechos y establecieron una tregua, y de al � en adelante las dos naciones intercambiaron</p><p>libre comercio.., o casi libre; los purepechas nunca permitieron que ning�n otro pueblo del Unico Mundo</p><p>aprendiera   el   secreto   de   su   metal   maravil oso.   Desde   luego,   ese   metal   ya   no   es   ning�n   secreto;   los</p><p>espa�oles lo reconocieron a simple vista como bronce. Y aquel as hojas marrones no pudieron hacer nada</p><p>contra el acero m�s duro y m�s cortante de los hombres blancos... ni contra aquel otro metal m�s blando</p><p>que  tambi�n  ten�an:   el  plomo  impulsado  por  la  p�lvora.  No  obstante,   a pesar  de  tener  un  armamento</p><p>inferior, los purepechas lucharon con m�s fiereza contra los espa�oles de lo que lo hab�a hecho ninguna de</p><p>las dem�s naciones que �stos hab�an invadido. En cuanto aquel os hombres blancos hubieron conquistado</p><p>y se hubieron asegurado bien lo que ahora es Nueva Espa�a, uno de los m�s crueles y rapaces de sus</p><p>capitanes, un hombre l amado Guzm�n, se puso en marcha al mando de sus tropas hacia el oeste desde la</p><p>Ciudad de M�xico por el mismo camino que yo hab�a seguido ahora. Su idea era apoderarse para s� de</p><p>tantas   tierras   y   s�bditos   como   hab�a   adquirido   su   comandante   Cort�s.   Aunque   la   palabra   Michoac�n</p><p>significa   solamente   tierra   de   pescadores,   Guzm�n   pronto   descubri�   -como   los   mexicas   lo   hab�an</p><p>descubierto antes que �l- que bien pod�a haberse l amado Tierra de los Guerreros Desafiantes. A Guzm�n</p><p>le cost� varios miles de sus soldados avanzar, y avanzar s�lo muy despacio, a trav�s de los f�rtiles campos</p><p>y onduladas colinas de aquel paisaje tan grato a la vista. De los purepechas cayeron muchos miles m�s,</p><p>pero siempre quedaba alguno para seguir peleando sin tregua. Guzm�n tard� casi quince a�os en abrirse</p><p>camino a base de cuchil adas, explosiones e incendios hasta la frontera norte de Michoac�n, donde �sta</p><p>limita con la tierra l amada Kuan�huata, y hasta el l�mite occidental, que es la costa del mar Occidental.</p><p>(Como ya he dicho antes, cuando mi madre, mi t�o y yo viajamos a la Ciudad de M�xico, a menudo tuvimos</p><p>que rodear cautelosamente las zonas de Michoac�n, en las que todav�a se libraban sangrientas batal as.)</p><p>Yo mismo, como guerrero, considerando lo que le hab�a costado a Guzm�n la conquista, en a�os y en</p><p>bajas, debo reconocer que se hab�a ganado justamente el derecho a reclamar aquel a tierra y a darle el</p><p>nuevo nombre que eligi�, Nueva Galicia, en honor de su provincia natal en Vieja Espa�a.</p><p>Pero tambi�n hizo algunas cosas que no tienen excusa. Reuni� a los pocos guerreros que hab�a hecho</p><p>prisioneros con vida y a los dem�s hombres y muchachos purepes de Nueva Galicia que alg�n d�a pudieran</p><p>l egar a convertirse en guerreros y los deport� como esclavos, por el mar Oriental, a la isla de Cuba y a otra</p><p>isla situada tambi�n por al � l amada La Espa�ola. As� Guzm�n pudo estar seguro de que aquel os hombres</p><p>y muchachos, incapaces de hablar el idioma de los esclavos nativos de aquel as islas y de los esclavos</p><p>moros importados, estar�an impotentes para fomentar cualquier desaf�o contra sus amos espa�oles.</p><p>Por eso cuando l egu� a Michoac�n, la poblaci�n estaba compuesta por hembras j�venes y viejas, hombres</p><p>ancianos y ni�os apenas adolescentes. Como yo era el primer hombre adulto que sin ser viejo se ve�a por</p><p>aquel os lares en los �ltimos tiempos, se me consider� como una curiosidad, aunque una curiosidad bien</p><p>acogida, por cierto. Durante mi viaje hacia el oeste a trav�s de lo que hab�an sido las tierras de los mexicas</p><p>hab�a tenido que pedir comida y cobijo en las aldeas y granjas por las que hab�a pasado. Los hombres de</p><p>esos   lugares   siempre   me   hab�an   concedido   hospitalidad,   pero   yo   hab�a   tenido   que   pedirla.   Al �   en</p><p>Michoac�n, verdaderamente me hab�an asediado con ofrecimientos de comida, bebida y de un lugar para</p><p>dormir; y me dijeron: "Qu�date todo el tiempo qu� quieras, forastero." Al pasar por las casas situadas junto</p><p>al camino, las mujeres -porque no hab�a hombres- sal�an literalmente corriendo por la puerta para tirarme</p><p>del manto e invitarme a que entrase en sus hogares. Y si yo era una novedad para el os, tambi�n los</p><p>purepechas eran una novedad para m� aunque ya me esperaba que fueran la clase de gente que era. Y</p><p>esto obedec�a a que yo ya hab�a conocido a varios de sus ancianos (supervivientes) en la Ciudad de</p><p>M�xico -mercaderes pochtecas, mensajeros o simples vagabundos-, en el Mes�n de San Jos� o en los</p><p>mercados. Aquel os hombres ten�an la cabeza tan calva como huevos de huaxolomi y, seg�n me explicaron,</p><p>as�   ten�an   la   cabeza   todos   los   hombres,   mujeres   y   ni�os   de   Michoac�n,   porque   los   purepechas</p><p>consideraban la calvicie lisa y reluciente como el toque que corona la bel eza humana. Aun as�, el que yo</p><p>hubiera visto a aquel os hombres con las cabezas afeitadas del todo, a excepci�n de las pesta�as, no me</p><p>hab�a causado una excesiva impresi�n; al fin y al cabo eran ya lo bastante viejos como para estar calvos de</p><p>todos modos. Por eso fue una sensaci�n totalmente diferente la qu� sent� al l egar a Michoac�n y ver a todo</p><p>ser viviente dotado de alma -desde los ni�os de pecho hasta las mujeres adultas pasando por los ni�os y</p><p>las ancianas- tan desprovistos de pelo como los viejos que hab�a entre el os.</p><p>La mayor�a de las personas del Unico Mundo, incluido yo, nos enorgul ec�amos de nuestro cabel o y lo</p><p>l ev�bamos largo. Los hombres nos lo dej�bamos crecer hasta los hombros, con un flequil o espeso en la</p><p>frente; el cabel o de las mujeres pod�a l egar hasta la cintura, incluso hasta m�s abajo. Pero los espa�oles,</p><p>al estimar la barba y los bigotes como los �nicos y verdaderos s�mbolos de virilidad, opinaban que nuestros</p><p>hombres parec�an afeminados y nuestras mujeres desaseadas. Incluso acu�aron una palabra, balcarrota</p><p>(que m�s o menos significa "almiar"), para referirse a nuestro peinado, y hablaban de �l en tono despectivo.</p><p>Adem�s,   como   siempre   estaban   acus�ndonos   de   peque�os   hurtos,   de   que   les   quit�bamos   sus</p><p>pertenencias, supon�an que ocult�bamos lo robado debajo de todo aquel cabel o. As� que Guzm�n y los</p><p>dem�s se�ores espa�oles de Nueva Galicia sin duda daban su m�s alta aprobaci�n a la costumbre purepe</p><p>de lucir una total calvicie. Sin embargo, hab�a en Michoac�n otras costumbres que estoy seguro de que los</p><p>espa�oles,   al   ser   cristianos,   no   aprobaban.   Y   el o   se   debe   a   que   a   los   cristianos   les   produce   gran</p><p>desasosiego la menor menci�n de los actos sexuales, y en realidad los aterroriza mucho m�s cualquier</p><p>conducta sexual fuera de lo com�n de lo que les repele, pongamos por caso, los sacrificios humanos a los</p><p>"dioses paganos". En la �poca en que yo estaba aprendiendo todo lo que pod�a del idioma por�, aquel os</p><p>purepechas de la ciudad me hab�an ense�ado muchas palabras y frases referentes a asuntos sexuales.</p><p>Esos hombres, repito, eran muy viejos, hac�a mucho tiempo que los hab�a abandonado la capacidad de</p><p>acoplamiento o cualquier peque�o deseo a ese respecto. No obstante chasqueaban las enc�as con lascivia</p><p>cuando relataban los variados, notables, indecorosos y escandalosos modos en los que hab�an apagado</p><p>sus apetitos sexuales de la juventud... y su tradici�n local les hab�a permitido hacerlo as�. Digo "indecorosos</p><p>y escandalosos" aunque yo personalmente no haya sido nunca un ejemplo de castidad o modestia. Pero mi</p><p>pueblo azteca, los mexicas y la mayor�a de los dem�s pueblos siempre hab�an sido casi tan mojigatos</p><p>como los cristianos con respecto al sexo. Nosotros no ten�amos leyes, normas ni prohibiciones escritas,</p><p>como tienen los cristianos, pero la tradici�n nos ense�aba que ciertas cosas, sencil amente, no hab�a que</p><p>hacerlas. El adulterio, el incesto, la fornicaci�n promiscua (excepto durante ciertas ceremonias de fertilidad),</p><p>la concepci�n de bastardos, la violaci�n (excepto por los guerreros en territorios enemigos), la seducci�n de</p><p>menores, el acto de cuil�nyotl entre varones y de patlachuia entre hembras, todas esas cosas estaban</p><p>prohibidas. Pero nosotros, a diferencia de los cristianos, al reconocer que cualquier persona pod�a ser de</p><p>naturaleza pervertida o incluso depravada y que tambi�n cualquier persona normal pod�a comportarse mal</p><p>cuando la lujuria la venc�a, no aprob�bamos estos hechos. Si se descubr�a este tipo de cosas, al autor (o a</p><p>los participantes) como poco se le exclu�a de la gente decente para siempre jam�s, se le desterraba al</p><p>exilio, se le castigaba severamente o incluso se le daba muerte con el nudo de "la guirnalda de flores".</p><p>Pero como aquel os ancianos purepes de la ciudad me hab�an advertido tan jubilosamente, las costumbres</p><p>de Michoac�n no habr�an podido ser m�s diferentes. O m�s permisivas Entre los purepechas ninguna clase</p><p>imaginable   de   relaci�n   sexual   estaba   prohibida   siempre   y   cuando   ambos   (o   todos)   los   participantes</p><p>consintieran   en   el   acto,   o   por   lo   menos  no   se   quejasen   ruidosamente,   como   en   el  caso   de   animales</p><p>empleados por hombres y mujeres a quienes les gustaba esa clase de copulaci�n. En tiempos antiguos,</p><p>dec�an los viejos, s�lo los ciervos, machos y hembras, hab�an satisfecho los dos requerimientos de aquel as</p><p>gentes, a saber: que el animal pudiera capturarse y que tuviera un orificio femenino o una protuberancia</p><p>masculina que pudieran utilizarse. Desde luego, todos, especialmente los sacerdotes, consideraban este</p><p>tipo de copulaci�n con un ciervo macho o hembra como un acto de devoci�n digno de alabanza, porque los</p><p>purepechas creen que los ciervos son manifestaciones terrenales del dios sol. Sin embargo, contaban los</p><p>viejos, desde la l egada de los espa�oles que muchas eran las hembras purepes, y tambi�n los varones</p><p>adolescentes   supervivientes,   que   hab�an   hal ado   motivo   para   alegrarse   de   la   introducci�n   de   los</p><p>aprovechables asnos machos y hembras, carneros y ovejas, cabras machos y hembras.</p><p>Bien, yo no tengo predilecciones de esa clase, y si alguna de las muchas mujeres que conoc� en Michoac�n</p><p>hubiera estado entreteni�ndose previamente con sustitutos animales de sus varones desaparecidos, hay</p><p>que decir que se mostraron bastante contentas de descartar a los animales cuando yo l egu�. Como hab�a</p><p>tal   abundancia   de   mujeres   y   muchachas   �vidas   de   mis   atenciones,   por   dondequiera   que   vagara   por</p><p>aquel as tierras pude elegir entre las m�s lindas, y as� lo hice. Al principio, lo admito, me result� un poco</p><p>dif�cil acostumbrarme a las mujeres calvas. A veces incluso me era dif�cil distinguir a las m�s j�venes de los</p><p>varones j�venes, porque entre los purepechas ambos sexos visten casi exactamente igual. Pero poco a</p><p>poco desarrol � una admiraci�n casi purepe por aquel a calvicie suya, a medida que, con el tiempo, aprend�</p><p>a percibir que la bel eza facial de algunas mujeres en realidad se ve realzada por la falta de otros adornos.</p><p>Y el hecho de haberse deshecho de sus cabel eras en modo alguno hab�a disminuido ninguno de sus</p><p>fervores femeninos ni de sus habilidades amatorias.</p><p>S�lo una vez comet� un error de apreciaci�n en ese aspecto, y culpo de el o al ch�pari, la bebida que los</p><p>purepechas   hacen   con   la   miel   de   las   abejas   negras   salvajes   que   hay   en   su   territorio,   una   bebida</p><p>incalculablemente m�s embriagadora incluso que los vinos espa�oles. Me hab�a detenido para pasar la</p><p>noche en una posada para viajeros en la que los �nicos otros hu�spedes eran un anciano pocht�catl y un</p><p>mensajero casi igual de viejo. La due�a de la posada era una mujer calva, y sus tres ayudantes tambi�n</p><p>calvos eran, aparentemente, sus hijas. En el transcurso de la velada particip� indiscretamente del delicioso</p><p>ch�pari de la posada. Me emborrach� lo suficiente como para que la m�s peque�a y hermosa de las</p><p>criadas tuviera que ayudarme a l egar a mi cub�culo, desnudarme y depositarme en mi jerg�n; y luego, sin</p><p>que   yo   se   lo   pidiera,   le   prodig�   a   mi   tepuli   aquel a   maravil osa   y   ardiente   ingurgitaci�n   que   yo   hab�a</p><p>experimentado por primera vez con aquel a auyanimi el d�a de mi cumplea�os en Aztl�n y m�s tarde,</p><p>muchas veces, con mi prima Am�yatl y otras mujeres. Ning�n hombre est� nunca demasiado borracho para</p><p>gozar de esa experiencia al m�ximo. De modo que, despu�s, le ped� a la criada que se desnudase y me</p><p>dejase que le correspondiera, como agradecimiento, con la misma atenci�n a su xacapili. Aturdido como</p><p>estaba, ya lo ten�a yo bien dentro de la boca antes de darme cuenta de que era excesivamente prominente</p><p>para ser un xacapili. Sali� escupido de mi boca, no por asco, sino porque solt� una carcajada s�bita al</p><p>percatarme de mi aturdido error. El bel o muchacho pareci� muy dolido y retrocedi�, y al instante el tepuli se</p><p>le marchit� hasta quedar casi tan achaparrado como un xacapili... y al ver todo esto tuve la inspiraci�n</p><p>propia de los borrachos de experimentar as� que le indiqu� que se acercase a m� de nuevo. Cuando por fin</p><p>se march�, le di una moneda maravedi una extravagancia de borracho, a modo de agradecimiento, y luego</p><p>me qued� dormido a causa de la borrachera; al d�a siguiente me despert� con un dolor de cabeza como un</p><p>terremoto y s�lo un lev�simo recuerdo de los experimentos en que nos hab�amos enzarzado el muchacho y</p><p>yo.</p><p>Teniendo en cuenta la abundancia que hab�a en Michoac�n de mujeres y muchachas disponibles (por no</p><p>hablar   de   muchachos   y   animales   dom�sticos,   si   es   que   en   alguna   ocasi�n   yo   l egase   a   estar   lo</p><p>suficientemente borracho otra vez como para ensayar m�s experimentos) y la prodigalidad de la tierra en</p><p>otras cosas buenas, habr�a podido suponer que hab�a sido transportado prematuramente a Tonatiucan o a</p><p>uno de los otros mundos del m�s al � de gozo eterno. Adem�s de su ilimitada libertad sexual y de las</p><p>tambi�n ilimitadas oportunidades para el o, Michoac�n ofrec�a adem�s una voluptuosa variedad de comida</p><p>y bebida: un delicado pescado del lago que no pod�a encontrarse en ninguna otra parte, huevos y guisos de</p><p>las   tortugas   que   abundaban   en   su   costa   mar�tima,   codornices   cocidas   en   arcil a   y   colibr�es   asados,</p><p>choc�latl con sabor a vainil a y, naturalmente, el incomparable ch�pari. En aquel a tierra, uno incluso pod�a</p><p>darse un fest�n s�lo con los ojos al contemplar los prados ondulados profusamente cubiertos de flores, los</p><p>torrentes chispeantes y los lagos cristalinos, los huertos ricos en frutas y los campos de cultivo, todo el o</p><p>bordeado de monta�as de un verde azulado. Si, un hombre joven, sano y vigoroso bien pod�a sentir la</p><p>tentaci�n   de  quedarse   en   Michoac�n   para   siempre.  Y yo   hubiera  podido  hacerlo,   de   no   haber  estado</p><p>dedicado a una misi�n.</p><p>-Ayya, nunca reclutar� aqu� a ning�n hombre belicoso les dije-. Debo seguir adelante.</p><p>-�Y qu� me dices de mujeres belicosas? -me pregunt� la que en aquel momento era mi consorte, una joven</p><p>radiantemente bonita cuyas pesta�as, semejantes a un abanico de plumas, parec�an a�n m�s exuberantes</p><p>en contraste con el resto del rostro, lampi�o y resplandeciente. Se l amaba Pak�pe�i, que en por� significa</p><p>de De Puntil as. Al ver que la miraba sin comprender, a�adi�-: Los espa�oles cometieron un descuido</p><p>cuando mataron o secuestraron s�lo a nuestros varones. Ignoraban las aptitudes que tenemos nosotras, las</p><p>mujeres.</p><p>-�Mujeres? �Guerreras? Bobadas. Y buf�, divertido.</p><p>-Eres t� quien dice bobadas -insisti� el a con brusquedad-. Lo mismo podr�as afirmar que un hombre puede</p><p>montar a cabal o m�s r�pido que una mujer. Yo he visto tanto a hombres como a mujeres espa�oles a</p><p>cabal o. Y con respecto a qui�n puede correr m�s, eso depende mucho del cabal o.</p><p>-Yo no tengo hombres ni cabal os -le indiqu� con pesar.</p><p>-Pero tienes eso -dijo de De Puntil as se�alando mi arcabuz. Yo hab�a estado practicando con �l toda la</p><p>tarde, intentando s�lo con mediano �xito abatir uno a uno los frutos ahu�catin de un �rbol que hab�a cerca</p><p>de la caba�a de la muchacha-. Una mujer podr�a utilizarlo con la misma destreza que t� -a�adi� poniendo</p><p>mucho af�n en que sus palabras no sonaran sarc�sticas-. Fabrica o roba m�s de esos palos de trueno y...</p><p>-Esa es mi intenci�n. En cuanto haya reunido un ej�rcito suficiente para garantizar que hay necesidad de</p><p>el os.</p><p>-Yo  no   tendr�a   que   viajar   muy  lejos   por  estos   alrededores   -me   hizo   saber-   para   reclutarte   un   n�mero</p><p>considerable de mujeres fuertes dispuestas y vengativas. Excepto aquel as a las que los espa�oles se</p><p>l evaron para ser esclavas de sus casas, o para que les calienten la cama, al resto de nosotras ni siquiera</p><p>nos echar�an de menos si desapareci�ramos de nuestra acostumbrada morada.</p><p>Yo sab�a a qu� se refer�a Pak�peti. Hasta el momento, en mi camino hacia el oeste yo hab�a tenido buen</p><p>cuidado   de   mantenerme   alejado   de   las   numerosas   estancias   espa�olas,   las   cuales,   naturalmente,</p><p>comprend�an todas el as las mejores tierras de cultivo y de pastos de Michoac�n. Como ya no quedaban</p><p>purepechas varones, y las mujeres eran consideradas aptas s�lo para el cuidado de la casa, el trabajo en el</p><p>exterior de las granjas y ranchos y huertos lo l evaban a cabo esclavos importados. Desde lejos yo hab�a</p><p>visto a aquel os moros negros trabajar muy duro supervisados por espa�oles a cabal o, cada uno de los</p><p>cuales sol�a l evar un l�tigo en la mano. Los nuevos amos de Michoac�n hab�an sembrado la mayor parte</p><p>de los campos de productos vendibles: trigo extranjero, ca�a dulce, una hortaliza l amada alfalfa y esos</p><p>�rboles que dan frutas extranjeras l amadas manzanas, naranjas, limones y aceitunas. Los campos menos</p><p>cultivables estaban cubiertos con espesos reba�os de ovejas, vacas o cabal os, y hab�a corrales l enos de</p><p>cerdos, gal inas y gal ipavos. Incluso zonas tan pantanosas que nunca antes se hab�an cultivado estaban ah</p><p>ahora sembradas de un grano extranjero que crece en el agua l amado arroz. Como los espa�oles lograban</p><p>arrancar cosechas con beneficios de hasta el �ltimo pedazo de Michoac�n, las parcelas que les hab�an</p><p>dejado a los purepechas supervivientes eran pocas, peque�as y s�lo a duras penas productivas.</p><p>-Me has hablado de lo bien que se come en esta tierra, Tenamaxtli -me dijo Pak�peti-. D�jame que te diga a</p><p>qu� se debe. Las parcelas que tenemos de ma�z, tomate y chiles las cuidan nuestros ancianos, hombres y</p><p>mujeres. Los ni�os recogen fruta, nueces, bayas y miel silvestre para hacer dulces y ch�pari. Somos las</p><p>mujeres quienes traemos la carne: aves silvestres, gamos peque�os, pescado, incluso un jabal� o un cuguar</p><p>de vez en cuando. -Hizo una pausa y luego a�adi� con cierta tristeza-: No lo hacemos con palos de trueno.</p><p>Utilizamos los medios antiguos de coger las aves con red y los peces con anzuelo, y hacemos servir armas</p><p>de caza de obsidiana y</p><p>adem�s nosotras, las mujeres, continuamos produciendo la antigua artesan�a purepe de cer�mica vidriada</p><p>y barnizada.</p><p>Esos objetos se los canjeamos por otros alimentos a las tribus costeras, y por cerdos, pol os, corderos o</p><p>chivos a los espa�oles. Vivimos incluso sin hombres, y no nos podemos quejar pero estamos en esta</p><p>situaci�n s�lo como una deferencia de esos amos blancos. Por eso digo que no nos echar�an de menos si</p><p>nos march�ramos a la guerra.</p><p>-Pero por lo menos viv�s -le contest�-. Y seguramente no vivir�ais tan bien si fuerais a la guerra. Eso si es</p><p>que viv�ais,</p><p>-Pues para que lo sepas, otras mujeres han luchado ya contra los espa�oles. Las mujeres mexicas, durante</p><p>las �ltimas batal as en las cal es de Tenochtitlan, se pusieron de pie en los tejados y arrojaron sobre los</p><p>invasores piedras, nidos l enos de avispas e incluso pedazos de sus propios excrementos.</p><p>-Pues no les sirvi� de mucho. Hace poco, yo conoc� a una mujer mexicatl muy valiente. Esta si que mat� a</p><p>un buen n�mero de hombres blancos, y a el a le sirvi� de mucho. Perdi� la vida a consecuencia de el o.</p><p>-Nosotras tambi�n dar�amos gustosas nuestra vida si pudi�ramos cobrarnos algunas de las suyas -dijo de</p><p>De Puntil as con impaciencia. Se acerc� a mi y abri� mucho aquel as extraordinarias pesta�as, clavando en</p><p>m� unos ojos tan oscuros y tan bonitos como las pesta�as-. T� ponnos a prueba, Tenamaxtli. Ser�a lo �ltimo</p><p>que los espa�oles se esperar�an. Un levantamiento de mujeres!</p><p>-Y lo �ltimo que yo esperar�a nunca, ser�a implicarme en el o -le solt� mientras emit�a a continuaci�n una</p><p>carcajada-. Yo... a la cabeza de un ej�rcito de hembras. Vamos, hasta el �ltimo guerrero muerto que se</p><p>encontrara en Tonatiucan se convulsionar�a al enterarse, ya fuera de risa o de horror. La idea es rid�cula,</p><p>querida m�a. Tengo que buscar hombres.</p><p>-Pues ve -me dijo recost�ndose y con una cara de extrema vejaci�n-. Ve a buscar a tus hombres. Todav�a</p><p>quedan algunos en Michoac�n.</p><p>Hizo un gesto vago con el brazo en direcci�n al norte.</p><p>-�Todav�a   quedan   hombres   aqu�?   -le   pregunt�   sorprendido-.   �Hombres   purepes?   �Est�n   escondidos?</p><p>�Emboscados?</p><p>-No. Est�n en pa�ales -me contest� con desprecio-. No son guerreros y no son purepechas. Son mexicas</p><p>que han tra�do hasta aqu� para fundar nuevas colonias alrededor del lago P�tzcuaro. Pero me temo que te</p><p>encontrar�s con unos hombres mucho menos valientes y mucho m�s mansos que yo y que cualquiera de</p><p>las mujeres que yo podr�a reunir para ti.</p><p>-Concedo, de De Puntil as, que t� eres cualquier cosa menos mansa. El que te puso el nombre debi� de</p><p>interpretar de una manera disparatada el libro de nombres ton�lmatl. H�blame de esos mexicas. �Qui�n los</p><p>ha tra�do hasta aqu�? �Y con qu� prop�sito?</p><p>-S�lo s� lo que he o�do. Cierto sacerdote cristiano espa�ol ha fundado colonias por todos los alrededores</p><p>del Lago de los Juncos con no s� qu� extra�o prop�sito. Y como ya no quedaban existencias de hombres</p><p>purepes, tuvo que traer hombres, junto con sus familias, de las tierras de los mexicas. Tambi�n he o�do que</p><p>el sacerdote mima a esos colonos con la ternura como si fueran sus hijos. Sus beb�s en pa�ales, como te</p><p>he dicho.</p><p>-Hombres  de   familia   -murmur�-.   Probablemente   tengas  raz�n   en   que   no   estar�n   muy  dispuestos   a   la</p><p>rebeli�n. Especialmente si su se�or los trata tan bien como dices. Pero si es as�, no se parece mucho a un</p><p>cristiano.</p><p>Pak�peti se encogi� de hombros y eso hizo sonre�r a mi cosonriente, sino con frialdad, me dijo:</p><p>-Ve a verlo por ti mismo. El lago s�lo est� a tres largas carreras de aqu�.</p><p>El Lago de los Juncos tiene exactamente el mismo color del chalchihuetl, la piedra de jade, la gema que</p><p>todos   los   pueblos   del   Unico   Mundo   consideran   sagrada.   Y   las   monta�as   bajas   y   redondeadas   que</p><p>circundan P�tzcuaro son de un tono m�s oscuro, pero de ese mismo color verde azulado. As� que cuando</p><p>coron� la cima de una de esas monta�as y mir� hacia abajo, el lago apareci� como una joya bril ante que</p><p>hubiera ca�do en medio de un lecho de musgo. Hay una isla en el lago l amada Xar�kuaro, isla que en otro</p><p>tiempo debi� de ser la cara m�s bril ante de esa gema, porque dicen que estaba toda el a cubierta de</p><p>templos   y   altares   que   resplandec�an   y   chispeaban   a   base   de   pinturas   coloreadas,   hojas   de   oro   y</p><p>estandartes de plumas. Pero los soldados de Guzm�n hab�an arrasado esos edificios y hab�an asolado la</p><p>isla hasta convertirla en terreno bald�o que ahora todav�a es.</p><p>Tambi�n hab�an desaparecido todas las comunidades originarias que hab�an existido alrededor del lago,</p><p>incluso   Tzintzuntzant,   "Donde   hay   colibr�es".   Aqu�l a   hab�a   sido   la   capital   de   Michoac�n,   una   ciudad</p><p>compuesta enteramente por palacios, uno de el os la sede de Tz�mtzicha, el �ltimo Portavoz Venerado de</p><p>los vencidos purepechas. Desde la cima de la monta�a donde me encontraba s�lo pude ver que quedaba</p><p>una cosa de los viejos tiempos. Era la Pir�mide, situada al este del lago, notable por su tama�o y su forma,</p><p>no alta pero s� extensa, y que combinaba las formas cuadradas con las redondeadas. Y aquel a iy�cata,</p><p>como se dice pir�mide en por� yo sab�a que perduraba desde tiempos verdaderamente antiguos pues la</p><p>hab�a erigido un pueblo que vivi� en ese lugar mucho antes que los purepechas. Incluso en �poca de</p><p>Tz�mtzicha   estaba   ya   ruinosa,   medio   derruida   y   cubierta   de   maleza,   pero   segu�a   siendo   una   vista</p><p>sobrecogedora.</p><p>Volv�a a haber aldeas diseminadas por la oril a del lago sustituyendo a las que los hombres de Guzm�n</p><p>hab�an   arrasado,   pero   �stas   no   ten�an   ning�n   rasgo   que   las   distinguiese   pues   las   casas   se   hab�an</p><p>construido al estilo espa�ol, bajas, planas y de ese ladril o seco l amado adobe. En la aldea m�s pr�xima,</p><p>situada directamente debajo de la altura del lugar donde yo me encontraba, vi gente en movimiento. Todos</p><p>iban ataviados al modo de los mexicas y ten�an el mismo color de piel que yo; no distingu� que entre el os</p><p>hubiera espa�oles por ninguna parte. As� que descend� hasta al � y salud� al primer hombre que encontr�</p><p>en   mi   camino.   Estaba   sentado   en   un   banco   a   la   puerta   de   su   casa   dando   forma   y   tal ando</p><p>concienzudamente un pedazo de madera.</p><p>Pronunci� el acostumbrado saludo en n�huatl que significa "En tu augusta presencia":</p><p>-Mixpantzinco.</p><p>Y �l no repuso en por�, sino tambi�n en n�huatl, con el acostumbrado y educado:</p><p>-Ximopanolti -que significa "A tu conveniencia". Luego a�adi�, con bastante cordialidad-: No hay muchos de</p><p>nuestros paisanos mexicas que vengan a visitarnos aqu�, a Utop�a.</p><p>No quise confundirlo dici�ndole que en realidad yo era azt�catl, ni le pregunt� el significado de aquel a</p><p>palabra extra�a que acababa de pronunciar. S�lo le dije:</p><p>-Soy forastero en estas tierras, y hace muy poco que me he enterado de que hab�a mexicas en estos</p><p>alrededores. Es bueno o�r otra vez hablar mi lengua nativa. Me l amo Tenamaxtli.</p><p>-Mixpantzinco, cuatl Tenamaxtli -me salud� con cortes�a-. Me l amo Erasmo M�rtir.</p><p>-Ah, por ese santo cristiano. Yo tambi�n tengo un nombre cristiano: Juan Brit�nico.</p><p>-Si eres cristiano y est�s buscando empleo, nuestro buen padre Vasco puede hacerte un sitio aqu�. �Tienes</p><p>esposa e hijos en alguna parte?</p><p>-No, cuatl Erasmo. Soy un viajero solitario.</p><p>-L�stima. -Movi� con �nfasis la cabeza de un lado a otro-. El padre Vasco s�lo acepta colonos con familia.</p><p>No   obstante,   si   quieres   quedarte   durante   alg�n   tiempo,   �l,   que   es   un   hombre   muy   hospitalario,   te</p><p>proporcionar� acomodo como hu�sped. Lo encontrar�s en Santa Cruz P�tzcuaro, la pr�xima aldea seg�n</p><p>vas hacia el oeste por la oril a del lago.</p><p>-Ir�, pues, al � y no te molestar� m�s en tu trabajo.</p><p>-Ayyo, no eres ning�n estorbo. El padre no nos hace trabajar sin descanso como esclavos, y es agradable</p><p>conversar con un mexicatl reci�n l egado.</p><p>-�Qu� es eso que est�s haciendo?</p><p>-Esto ser� un mecahu�huetl -me indic� al tiempo que se�alaba unas piezas casi terminadas que hab�a</p><p>detr�s del banco.</p><p>Se trataba de piezas de madera aproximadamente del mismo tama�o y forma gr�cilmente curvada de un</p><p>torso de mujer.</p><p>Asent� con la cabeza al reconocer lo que ser�an aquel as partes cuando estuvieran ensambladas.</p><p>-Lo que el os l aman guitarra.</p><p>De los instrumentos musicales que los espa�oles introdujeron en Nueva Espa�a, la mayor�a eran, por lo</p><p>menos b�sicamente, parecidos a los que ya se conoc�an en nuestro Unico Mundo. Es decir, produc�an</p><p>m�sica si se soplaba a su trav�s, se los golpeaba con palitos o se frotaban con una vara con muescas.</p><p>Pero los espa�oles tambi�n hab�an tra�do instrumentos diferentes de los nuestros, como aquel a guitarra, y</p><p>otros como la vihuela, el ama y la mandolina. Todo nuestro pueblo se sorprendi� mucho, y con admiraci�n,</p><p>de que tales instrumentos pudieran producir una m�sica dulce a partir de aquel as simples cuerdas, siempre</p><p>bien tensadas, que pulsaban con los dedos o rascaban con un arco.</p><p>-Pero �por qu� est�s copiando una novedad extranjera? Estoy seguro de que los espa�oles tendr�n sus</p><p>propios fabricantes de guitarras.</p><p>-Pero no tan expertos como lo somos nosotros -respondi� con orgul o-. El padre y sus ayudantes nos</p><p>ense�aron a hacerlas, y ahora dice que hacemos estas mecahu�huetin tan bien que son incluso superiores</p><p>a las que traen de Vieja Espa�a.</p><p>-�Nosotros? -repet�-. �Es que no eres el �nico que hace guitarras?</p><p>-No, desde luego. Los hombres de aqu�, de San Marcos Churitzio, se concentran en esta �nica habilidad.</p><p>Es la  empresa  particular  que  se ha asignado  a esta  aldea,  como a  otras  aldeas de  Utop�a  se les ha</p><p>asignado producir cer�mica laqueada, objetos de cobre o lo que sea.</p><p>-�Por qu�?</p><p>Fue lo �nico que se me ocurri� decir, porque nunca antes hab�a tenido noticia de que ninguna comunidad</p><p>se dedicase a hacer s�lo una cosa y nada m�s.</p><p>-Ve a hablar con el padre Vasco -me dijo Erasmo-. El tendr� mucho gusto en explic�rtelo todo acerca de</p><p>c�mo engendr� esta Utop�a nuestra.</p><p>-As� lo har�. Gracias, cuatl Erasmo, y mixpantzinco.</p><p>En lugar de decir "ximopanolti" a modo de despedida, lo que dijo fue:</p><p>-Vaya con Dios. -Y a�adi� alegremente-: Vuelve por aqu�, cuatl Juan. Tengo la intenci�n de aprender a tocar</p><p>una de estas cosas un d�a de �stos.</p><p>Segu� caminando penosamente en direcci�n oeste, pero me detuve en una zona deshabitada y me escond�</p><p>entre unos arbustos para cambiarme el manto y el taparrabos por la camisa, los pantalones y las botas que</p><p>l evaba en el petate. As� que iba ataviado a la espa�ola cuando l egu� a Santa Cruz P�tzcuaro. Cuando</p><p>pregunt�, me enviaron a la peque�a iglesia de adobe y a la casa del cura que estaba contigua a el a. El</p><p>padre en persona me abri� la puerta; en modo alguno era tan altivo e inaccesible como lo son la mayor�a de</p><p>los   sacerdotes   espa�oles.   Adem�s   iba   vestido   con   calzones   y   una   camisa   de   tela   fuerte,   pesada   y</p><p>manchada de trabajar, y no con una t�nica negra.</p><p>Tuve el descaro de presentarme a �l en espa�ol como Juan Brit�nico, ayudante lego de fray Alonso de</p><p>Molina, notario de la catedral del obispo Zum�rraga, y le expliqu� que en aquel os momentos ten�a la tarea,</p><p>por orden de mi amo Alonso, de visitar las misiones que la Iglesia ten�a en aquel os parajes para hacer una</p><p>valoraci�n e informar de los progresos.</p><p>-Ah, pues creo que de la nuestra dar�s buenos informes, hijo m�o -me contest� el padre-. Me complace o�r</p><p>que Alonso sigue trabajando con af�n y asiduidad en las vi�as de la Santa Madre Iglesia. Recuerdo a ese</p><p>muchacho con mucho cari�o.</p><p>De manera que a mi tergiversaci�n y a m� se nos acept� al instante, sin cuestionar nada, por aquel buen</p><p>sacerdote. Y verdaderamente encontr� que era bueno. El padre Vasco de Quiroga era un hombre alto,</p><p>delgado y de aspecto austero, pero con aut�ntico buen humor. Era lo bastante viejo como para no necesitar</p><p>tonsura a causa de la calvicie, pero todav�a era vigoroso, como lo atestiguaba el hecho de que l evara ropa</p><p>de trabajo, cosa por la que se disculp� humildemente.</p><p>-Ya s� que deber�a vestir una sotana como es debido para darle la bienvenida a un emisario del obispo,</p><p>pero es que hoy estoy ayudando a mis frailes a construir una porqueriza detr�s de esta casa...</p><p>-Pues no permitas que yo te interrumpa...</p><p>-No,   no,   no.   Cielo   santo,   me   alegro   de   tomarme   un   respiro.   Si�ntate,   hijo   Juan.   Veo   que   est�s   a�n</p><p>polvoriento del camino. -Llam� a alguien que se encontraba en otra habitaci�n para que nos l evase un</p><p>poco de vino-. Si�ntate, si�ntate, hijo m�o. Y cu�ntame. �Has visto muchas cosas de las que el Se�or nos</p><p>ha ayudado a realizar por estos parajes?</p><p>-S�lo unas cuantas. He estado hablando un rato con un tal Erasmo M�rtir.</p><p>-Ah, si. De todos nuestros habilidosos constructores de guitarras, quiz� �l sea el m�s habilidoso. Y adem�s</p><p>es un devoto cristiano converso. Y dime, Juan Brit�nico, puesto que l evas el nombre de un santo ingl�s,</p><p>�acaso conoces al difunto y piadoso don Tom�s Moro, tambi�n de Inglaterra?</p><p>-No, padre. Pero, perdona, yo ten�a entendido que los hombres de Inglaterra son blancos.</p><p>-Y as� es. Moro era el nombre de ese hombre, no su raza ni su color. Muri� hace poco de forma injusta y vil,</p><p>pues   su   �nico   crimen   fue   su   piedad   cristiana;   el   rey   de   esa   Inglaterra   que   es   un   hereje   odioso   y</p><p>despreciable, orden� que lo ejecutaran. De todos modos, si no has o�do hablar de don Tom�s, supongo que</p><p>no conocer�s su famoso libro De optimo Reipublicae statu...</p><p>-No, padre.</p><p>-�Ni de la Utop�a que prefigur� en ese libro?</p><p>-No, padre. Pero le he o�do pronunciar esa palabra al artesano Erasmo.</p><p>-Bien, Utop�a es lo que intentamos crear aqu�, alrededor de las oril as de este lago paradis�aco. Lo �nico</p><p>que lamento es no haber emprendido esta tarea hace a�os. Pero no hace tanto que soy sacerdote.</p><p>Entr� un fraile joven que tra�a dos copas de madera exquisitamente tal ada y laqueada, sin lugar a dudas un</p><p>producto purepe. Nos entreg� una a cada uno y se retir� en silencio; beb� con agradecimiento aquel vino</p><p>fresco.</p><p>-Durante la mayor parte de mi vida -continu� explic�ndome el padre en tono contrito- fui juez, hombre del</p><p>oficio de las leyes. Y cualquier ejercicio de la ley, perm�teme decirte, joven Juan, es una profesi�n venal,</p><p>corrupta y aborrecible. Por fin, gracias a Dios, me di cuenta de que estaba deshonrando mi vida y mi alma</p><p>de una forma horrible. Y entonces fue cuando me despoj� de la toga judicial, recib� las �rdenes sagradas y</p><p>por fin me orden� para vestir la sotana. -Hizo una peque�a pausa y se ech� a re�r-. Desde luego, muchos</p><p>de mis antiguos adversarios de los juzgados me han citado con j�bilo el viejo proverbio: "Hart�se el gato de</p><p>carne y luego se hizo fraile."</p><p>Me cost� un momento traducir aquel o en la cabeza. "El gato se hart� de carne antes de convertirse en</p><p>fraile."</p><p>-La  Utop�a que imagin� Tom�s  Moro  hab�a de ser  una  comunidad ideal cuyos habitantes existir�an en</p><p>perfectas   condiciones   -continu�   diciendo   el   padre-.   Donde   los   males   que   acarrea   la   sociedad,   como</p><p>pobreza, hambre, miseria, crimen, pecado o guerra, se habr�an desterrado para siempre. -Me contuve de</p><p>comentar que habr�a algunas personas, incluso en una comunidad ideal, que quiz� quisieran conservar el</p><p>derecho a disfrutar pecando o haciendo la guerra-. De modo que he repoblado esta parte de Nueva Galicia</p><p>con   familias   de   colonos.   Adem�s   de   instruirlos   en   los   dogmas   del   cristianismo,   mis   frailes   y   yo   les</p><p>ense�amos a usar las herramientas europeas y a emplear los m�todos m�s modernos de agricultura y</p><p>labranza. Aparte de eso, nos esforzamos por no dirigir a los colonos ni entrometernos en sus vidas. Cierto,</p><p>fue nuestro hermano Agust�n quien les ense�� a hacer guitarras. Pero encontramos a hombres purepes</p><p>ancianos a los que pudimos convencer para que dejaran de lado  viejas rivalidades  y ense�aran a los</p><p>colonos las artesan�as purepes ancestrales. Ahora cada aldea se dedica a perfeccionar una de esas artes:</p><p>trabajar la madera, la cer�mica, los tejidos y dem�s, en la mejor tradici�n purepe. Y todos los colonos</p><p>incapaces de aprender una artesan�a contribuyen a Utop�a cultivando la tierra, pescando o criando cerdos,</p><p>cabras, pol os y cosas as�.</p><p>-Pero padre Vasco -le pregunt�-, �qu� utilidad tiene para tus colonos algo como las guitarras? Ese Erasmo</p><p>con el que he hablado ni siquiera sab�a hacer m�sica con el a.</p><p>-Pues ver�s, hijo m�o, se venden a los mercaderes de la Ciudad de M�xico. Tanto las guitarras como los</p><p>dem�s objetos de artesan�a. Muchos de el os los compran agentes de negocios que, a su vez, los exportan</p><p>a Europa. Adem�s nos pagan muy buen precio por el os. El grueso del producto de nuestros agricultores y</p><p>ganaderos tambi�n se vende. Del dinero que recibimos, yo les pago una parte a las familias de la aldea,</p><p>dividida en partes iguales entre todas el as. Pero la mayor parte de nuestros ingresos la empleamos en</p><p>conseguir herramientas nuevas, semil as, ganado y todo aquel o que pueda mejorar y beneficiar a Utop�a</p><p>en su conjunto.</p><p>-Eso suena muy pr�ctico y loable, padre -le indiqu�, y lo dec�a sinceramente-. Sobre todo porque, como</p><p>dice Erasmo, t� no haces que tu gente se mate trabajando como esclavos.</p><p>-�V�lgame Dios, no! -exclam�-. He visto esos obrajes infernales en la ciudad y en otros lugares. Puede que</p><p>nuestros colonos sean de una raza inferior, pero son seres humanos. Y ahora son cristianos, as� que no son</p><p>animales brutos y sin alma. No, hijo m�o. La norma aqu�, en Utop�a, es que la gente trabaje en comunidad</p><p>s�lo seis horas al d�a, seis d�as a semana. Los domingos, desde luego, son para las devociones. Todo el</p><p>resto  del  tiempo  de  la  gente  es  suyo  y  pueden  emplearlo   como   gusten:  cuidando  los  jardines de  sus</p><p>hogares, en cosas privadas, en hacer vida social con sus paisanos. Si yo fuera un hip�crita podr�a decir que</p><p>simplemente me comporto como un cristiano al no ser un amo tirano. No obstante, la verdad es que nuestra</p><p>gente trabaja m�s y de manera m�s productiva que cualquier esclavo empujado a latigazos o que cualquier</p><p>obrero de los obrajes.</p><p>-Otra cosa que me dijo Erasmo es que s�lo permites que hombres y mujeres ya casados se establezcan en</p><p>esta   Utop�a   -le   coment�-.   �Acaso   no   obtendr�as   m�s   trabajo   de   hombres   y   mujeres   solteros,   que   no</p><p>tuviesen la carga de los hijos?</p><p>El padre pareci� un poco inc�modo.</p><p>-Pues no. Has abordado un tema m�s bien indecoroso. No presumimos de haber recreado el Ed�n aqu�,</p><p>pero desde luego tenemos que combatir con Eva y con la serpiente. O con Eva haciendo de serpiente,</p><p>mejor dicho.</p><p>-Ayyo, perdona que lo haya preguntado, padre. Debes de referirte a las mujeres purepes.</p><p>-Exactamente. Desprovistas de sus propios hombres, y al saber que aqu� en Utop�a hay hombres j�venes y</p><p>fuertes, a menudo han ca�do sobre nosotros para... �c�mo decirlo...? Camelar a nuestros hombres para</p><p>que act�en de sementales. Eran una verdadera plaga cuando nos establecimos aqu� al principio, y hasta la</p><p>fecha de vez en cuando todav�a recibimos la visita inoportuna de alguna hembra. Me temo que nuestros</p><p>hombres de familia no sean todos, o no lo sean siempre, capaces de resistir la tentaci�n, pero estoy seguro</p><p>de que los hombres sin esposa ser�an mucho m�s f�ciles de seducir. Y ese tipo de libertinaje conducir�a a</p><p>Utop�a a la ruina.</p><p>-Me parece, padre Vasco, que t� lo tienes todo bien pensado y bien atado -le dije con aprobaci�n-. Me</p><p>complacer� l evarle esa informaci�n al notario del obispo.</p><p>-Pero no solamente fi�ndote de mi palabra, hijo Juan. Da toda la vuelta al lago. Visita las aldeas. No te har�</p><p>falta   un   gula.   De   todos  modos,   no   me   gustar�a   que   sospechases  que   te  estaban   ense�ando   s�lo   los</p><p>aspectos ejemplares de nuestra comunidad. Ve t� solo. Mira las cosas sencil as y sin barniz. Y cuando</p><p>regreses aqu�, me gratificar� que puedas decir, como en una ocasi�n dijo san Diego, que a un hombre lo</p><p>justifican sus obras, no s�lo la fe.</p><p><strong>14</strong></p><p>As� que me dirig� al oeste, deteni�ndome por lo menos una noche en cada aldea a la que l egaba, y luego</p><p>hacia el norte, hacia el este y hacia el sur hasta que hube rodeado todo el lago de los Juncos y volv� de</p><p>nuevo al oeste, a la primera aldea de todas las que hab�a visitado, San Marcos Churitzio, aquel a en la que</p><p>resid�a Erasmo M�rt�r.</p><p>Encontr� que era cierto lo que el padre Vasco hab�a que la gente que habitaba junto al lago viv�a  en</p><p>amistad, prosperidad y convivencia, y era comprensible que estuvieran contentos de vivir as�. Y desde</p><p>luego hab�an dominado las antiguas artesan�as de los purepechas. Una aldea produc�a objetos de cobre</p><p>batido: platos, fuentes y jarros de gracioso dise�o y acabado ondulado. Otra hac�a utensilios similares, pero</p><p>de una clase de cer�mica que no se ve�a en ninguna otra parte de un lustroso color negro conseguido con</p><p>una mezcla de polvo de plomo con la arcil a. Otra aldea fabricaba los famosos objetos de laca por los que</p><p>los purepechas eran famosos desde tiempos remotos: bandejas, mesas, enormes biombos, todo el o de un</p><p>rico color negro bril ante, con incrustaciones de oro y muchos colores vivos. Otra confeccionaba esteras,</p><p>jergones   y   cestos   de   juncos   trenzados   procedentes   del   lago;   eran,   tengo   que   admitirlo,   incluso   m�s</p><p>elegantes que los que tej�a mi querida Citlali. Otra aldea hac�a joyas complicadas de alambre de plata; otra,</p><p>joyas de �mbar; otra trabajaba con el n�car de conchas de mejil �n. Y as� sucesivamente a lo largo de todo</p><p>el  per�metro   del   lago.   Entre   aldea   y  aldea,   y   alrededor   de   el as,   estaban   los   campos  labrados   donde</p><p>cultivaban la ca�a dulce y la hierba tambi�n dulce l amada sorgo, as� como otros productos m�s conocidos</p><p>para nosotros, como el ma�z y las alubias. Los campos se ve�an mucho m�s f�rtiles que nunca en tiempos</p><p>pasados,   antes   de   que   nuestros   campesinos   tuvieran   las   ventajas   de   las   herramientas   y   las   ideas</p><p>importadas por los espa�oles.</p><p>No se pod�a negar que aquel os colonos mexicas se hab�an beneficiado enormemente de su asociaci�n con</p><p>los espa�oles. Me pregunt� a m� mismo si acaso las virtudes de la atractiva Utop�a contrarrestaban las</p><p>miserias y las degradaciones que sufr�an sus paisanos mexicas en aquel os abominables obrajes. Llegu� a</p><p>la conclusi�n de que no, porque los mexicas que se encontraban en este �ltimo caso se contaban por</p><p>miles, muchos miles. Sin duda exist�an otros hombres blancos como el padre Vasco de Quiroga, hombres</p><p>que interpretaban el significado de la palabra cristianismo como "amorosa bondad". Pero yo sab�a a ciencia</p><p>cierta que, aunque hubiese hombres de esta clase, se ve�an ampliamente sobrepasados en n�mero por</p><p>esos otros hombres blancos malvados, avariciosos, enga�osos y de coraz�n fr�o que tambi�n se l amaban</p><p>a s� mismos cristianos e incluso sacerdotes.</p><p>En aquel momento, lo admito, yo era igual de enga�oso que cualquier hombre blanco. No estaba, como</p><p>supon�a el padre Vasco, recorriendo las aldeas de su Utop�a s�lo para evaluarlas o admirarlas; las estaba</p><p>peinando en busca de alg�n habitante que pudiera colaborar en la sedici�n que yo estaba planeando. A</p><p>todos los herreros de las aldeas que trabajaban con metales les ense�� mi arcabuz y les pregunt� si</p><p>podr�an   hacerme   una   copia   de   aquel   artilugio.   Todos,   desde   luego,   lo   reconocieron   como   un   palo   de</p><p>trueno... y alabaron con entusiasmo al mex�catl que lo hab�a construido. Pero tambi�n todos mostraron</p><p>unanimidad al decir que, aunque se sent�an inclinados a imitar a aquel artesano de talento, no dispon�an de</p><p>las herramientas necesarias. Y las respuestas que obtuve cuando les pregunt� a todos los hombres si</p><p>alguno de el os estada dispuesto a unirse a m� para rebelarse contra los opresores espa�oles podr�an</p><p>resumirse en la respuesta que obtuve de Erasmo M�rt�r, el �ltimo al que se lo pregunt�.</p><p>-No -me contest� l anamente. Est�bamos sentados juntos en el banco que hab�a a la puerta de su casa,</p><p>donde, esta vez, �l no estaba d�ndole forma de mujer a un pedazo de madera. Y continu�-: �Me tomas por</p><p>un t�ahuele loco de atar? Soy uno de los pocos afortunados mexicas que tienen comida en abundancia,</p><p>cobijo seguro, est�n libres del abuso de cualquier amo y disfrutan de libertad para ir y venir a su antojo.</p><p>Incluso tengo prosperidad y un futuro prometedor para mi familia.</p><p>despojado de hombr�a, pens� con amargura: "lami�ndole el culo al patr�n". Gru��:</p><p>-�Eso es lo �nico que deseas tener, Erasmo?</p><p>-�Lo �nico que deseo? �Eres t� el que est� t�ahuele, Juan Brit�nico? �Qu� m�s podr�a querer un hombre</p><p>en este mundo, tal como est� hoy en d�a?</p><p>-Hoy en d�a, t� lo has dicho. Pero hubo un tiempo en que los mexicas tambi�n ten�an orgul o.</p><p>-Los que pod�an permit�rselo. Los gobernantes tl�toantin, aquel os cuyos nombres acababan en -tzin, los</p><p>p�piltin, la clase alta, los cabal eros cua�tlin y otros por el estilo. El os eran tan orgul osos, en realidad, que</p><p>ni siquiera pensaban en nosotros, los plebeyos macehualtin, que les d�bamos de comer, los vest�amos y</p><p>�ramos sus sirvientes. S�lo se acordaban de nosotros cuando nos necesitaban en el campo de batal a.</p><p>-La mayor�a de los cua�tlin de los que hablas -le dije fueron antes simples macehualtin que consiguieron</p><p>subir desde la clase plebeya a la de los cabal eros porque lucharon contra los enemigos de los mexicas,</p><p>estuvieron orgul osos de hacerlo y lo demostraron con sus proezas en el campo de batal a.</p><p>Erasmo se encogi� de hombros.</p><p>-Yo aqu� tengo todo lo que cualquier cabal ero mex�cail tuvo en la vida, y me lo he ganado sin luchar.</p><p>-�No te lo has ganado! -le record� l eno de enojo-. Te lo han dado.</p><p>Volvi� a encogerse de hombros.</p><p>-Como   quieras.   Pero   trabajo   mucho   para   ser  digno   de  el o   y  para   poder  conservarlo.  Y tambi�n   para</p><p>demostrarle mi gratitud al padre Vasco.</p><p>-El padre es bueno y afable, eso es cierto. Pero �no te das cuenta, cuatl Erasmo? Est� degradando vuestra</p><p>hombr�a mex�catl lo mismo que lo har�a un amo blanco cruel que utilizase el l�tigo. Os trata como si no</p><p>fuerais m�s que animales salvajes domesticados. O ni�os en pa�ales.</p><p>Por lo visto, aqu�l era el d�a en que a Erasmo le tocaba encogerse de hombros.</p><p>-Incluso el hombre m�s hombre sabe apreciar que lo traten con tierna solicitud. -Ahora sorbi� por la nariz,</p><p>como si estuviera a punto de echarse a l orar-. Como una buena esposa trata a un buen marido.</p><p>Parpade�, at�nito.</p><p>-�Qu� tiene que ver una esposa con...?</p><p>-Cal a. Basta ya, por favor, cuatl Juan. Ven, acomp��ame un rato caminando. Me gustar�a hablar contigo de</p><p>algo que es de distinta naturaleza.</p><p>Extra�ado, lo acompa��. Cuando estuvimos algo alejados de la casa me aventur� a decir:</p><p>-No pareces ni mucho menos tan alegre como cuando te vi la �ltima vez y no hace tanto tiempo de eso.</p><p>Volvi� a sorber por la nariz y despu�s reconoci� con aire f�nebre:</p><p>-En eso tienes raz�n. Tengo la cabeza gacha. Me sangra el coraz�n y me tiembla la mano tanto que mi</p><p>trabajo se resiente.</p><p>-�Est�s enfermo, Erasmo?</p><p>-Ser� mejor que te dirijas a m� por mi nombre pagano, Ixt�latl, porque ya no soy apto para ser cristiano. He</p><p>pecado de un modo que no tiene redenci�n. Estoy.. - afectado de chahuacocoliztli. -Esa palabra tan larga</p><p>significa "la enfermedad vergonzosa causada por el adulterio". Y �l continu�, sin dejar de sorber-: No s�lo</p><p>gotea mi coraz�n. Tambi�n mi tepuli. Hace ya alg�n tiempo que no me atrevo a abrazar a mi buena esposa,</p><p>y el a no deja de quejarse y de preguntarme por qu�.</p><p>-Ayya -murmur� compasivamente-. Entonces es que te has acostado con una de esas inoportunas mujeres</p><p>purepes. Bueno, estoy seguro de que cualquier ticitl de nuestro pueblo, y a lo mejor incluso un m�dico</p><p>espa�ol, puede aliviar esa dolencia. Y cualquier sacerdote de nuestra bondadosa diosa T�azolt�otl puede</p><p>absolverte de la transgresi�n.</p><p>-Como cristiano converso, no puedo recurrir a la diosa Comedora de Porquer�a.</p><p>-Pues ve a confesarte con el padre Vasco. Me ha dicho que el pecado de adulterio no es precisamente</p><p>desconocido aqu�, en Utop�a. Seguro que ya habr� perdonado a otros antes y les habr� permitido que sigan</p><p>siendo cristianos.</p><p>Erasmo dijo en voz baja y en tono culpable:</p><p>-Es que, como hombre, me da demasiada verg�enza confesarme al padre.</p><p>-Entonces, �por qu�, si puedo pregunt�rtelo, te confiesas conmigo?</p><p>-Porque el a quiere conocerte.</p><p>-�Qui�n? -exclam� muy sorprendido-. �Tu esposa?</p><p>-No. La mujer ad�ltera.</p><p>Yo estaba perplejo.</p><p>-�Por   qu�,   en   nombre   de   todos   los   dioses,   habr�a   yo   de   consentir   en   ver   a   una   ramera   con   el   tipili</p><p>contaminado?</p><p>-Pregunt� por ti l am�ndote por tu nombre. Por tu nombre pagano. Tenamaxtli.</p><p>-Debe de tratarse de Pak�peti -dije, a�n m�s confuso porque si de De Puntil as ten�a ya la enfermedad</p><p>cuando   el a   y  yo   copul�bamos  con   tanta   frecuencia   y  con   tanto   deleite,   yo   tambi�n   tendr�a   que   estar</p><p>sufriendo  y  goteando.  Y apenas si hab�a  habido  tiempo  desde  entonces para que  otro  var�n  de paso</p><p>hubiera...</p><p>-No se l ama Pak�peti -me corrigi� Erasmo; y de nuevo me dej� pasmado al anunciarme-: Ah� l ega ahora.</p><p>Aquel a coincidencia era demasiado grande para ser una coincidencia. La mujer deb�a de haber estado</p><p>observ�ndonos mientras nos acerc�bamos desde alg�n escondite cercano, pues ahora se adelant� para</p><p>salir a nuestro encuentro. No era nadie que yo hubiera visto antes, y esperaba no volver a ver nunca</p><p>aquel a sonrisa fr�a y satisfecha con que me estaba sonriendo. Erasmo, hablando n�huatl, no por�, nos</p><p>present� sin entusiasmo.</p><p>-Cuatl Tenamaxtli, �sta es G�nda Ke, quien expres� un ferviente deseo de conocerte.</p><p>No le dirig� ning�n saludo de cortes�a, sino que solamente le dije:</p><p>-G�nda Ke no es un nombre purepe. Y tienes abundante pelo en la cabeza.</p><p>Estaba claro que el a entend�a perfectamente el n�huatl, porque respondi�:</p><p>-G�nda Ke es un nombre yaqui.</p><p>Y movi� altivamente la melena, negra como la muerte.</p><p>-Tengo que irme. Mi esposa... -murmur� Erasmo.</p><p>Y sali� corriendo en direcci�n a su casa.</p><p>-Si eres yaqui -le dije a la mujer-, est�s muy lejos de tu tierra.</p><p>-G�nda Ke ha estado muchos a�os alejada de esa tierra Ese era el modo como hablaba, sin decir nunca</p><p>"yo" o "mi". Siempre hablaba como si estuviera aparte de su propia presencia f�sica. No parec�a tener m�s</p><p>edad que yo, y era hermosa de cara y de formas; comprend� que ten�a que haber seducido a Erasmo con</p><p>gran facilidad. Pero ya sonriera, frunciera el entrecejo o no tuviera expresi�n alguna, aquel rostro suyo</p><p>nunca dejaba de parecer satisfecho. Eso implicaba que el a pose�a alg�n conocimiento secreto, �ntimo y</p><p>nada limpio, con el que pod�a hacer da�o o incluso condenar a Mictian a cualquier persona que eligiera.</p><p>Hab�a un �nico rasgo en su cara que s�lo se ve�a muy de vez en cuando entre nuestra gente.</p><p>-Tienes una gran profusi�n de pecas -coment� sin importarme si me estaba mostrando grosero, porque</p><p>supuse que era una manifestaci�n de su detestable enfermedad.</p><p>-G�nda Ke tiene pecas por todo el cuerpo -reconoci� con una sonrisa satisfecha, como invit�ndome a echar</p><p>un vistazo.</p><p>Yo no le hice caso y le pregunt�:</p><p>-�Qu� te ha tra�do tan al sur de las tierras yaquis? �Vas en busca de algo?</p><p>- Si.</p><p>�Qu� buscas?</p><p>-A ti.</p><p>Me ech� a re�r sin humor.</p><p>-No me hab�a dado cuenta de que mi atractivo tuviera un alcance tan largo. De todos modos, ya s� que en</p><p>lugar de encontrarme a m� encontraste a Erasmo.</p><p>-Pero s�lo para encontrarte a ti.</p><p>De nuevo me ech� a re�r.</p><p>-Erasmo tiene buenos motivos para desear que no lo hubieras encontrado nunca a �l.</p><p>La mujer me dijo con indiferencia:</p><p>-Erasmo no importa. G�nda Ke espera que �l le transmita la enfermedad a todos los dem�s mexicas que</p><p>hay por aqu�.</p><p>Todos el os se merecen ese sufrimiento y esa verg�enza. Son d�biles y cobardes como sus antepasados,</p><p>que se negaron abandonar Aztl�n conmigo.</p><p>Se me despertaron los recuerdos. Y, creo yo, tambi�n se me agitaron las ra�ces de los cabel os de la nuca.</p><p>Record� como mi bisabuelo Cana�tli, el Evocador, me hab�a hablado de la mujer yaqui de anta�o (y si, el a</p><p>se l amaba G�nda Ke) que hab�a convertido a algunos de los apacibles primitivos aztecas en los belicosos</p><p>mexicas que m�s tarde se abrieron camino hacia la grandeza por medio de la guerra.</p><p>-Eso fue hace haces y haces de a�os -le dije, convencido de que el a no necesitaba que yo le explicase a</p><p>qu� me refer�a con "eso"-. Si no moriste entonces, como se coment�, mujer yaqui, �qu� edad debes de</p><p>tener ahora?</p><p>-Eso tampoco importa. Lo que importa es que t�, Tenamaxtli, has abandonado Aztl�n. Y ahora est�s en</p><p>disposici�n de aceptar el regalo de la otra enfermedad de G�nda Ke.</p><p>-�Por Huitzli, yo no quiero ninguna de tus aflicciones! -estal �.</p><p>-�Ayyo, si que las quieres! Acabas de pronunciar la palabra precisa, el nombre de �l, Huitzilopochtli, el dios</p><p>de la guerra. Porque �sa es la otra enfermedad de G�nda Ke, una enfermedad que el a con mucho gusto te</p><p>ayudar� a extender por todo el Unico Mundo. La guerra!</p><p>No pude hacer otra cosa que mirarla con fijeza. �ltimamente no hab�a tomado ch�pari, as� que aquel a</p><p>horrible criatura no pod�a ser una alucinaci�n de borracho.</p><p>-Aqu� no podr�s reclutar guerreros, Tenamaxtli. Y no dejes que te tiente quedarte a holgazanear en esta</p><p>c�moda Utop�a. Tu tonali te ha destinado a una vida m�s dura y gloriosa. Dir�gete al norte. T� y G�nda Ke</p><p>os encontrar�is de nuevo, probablemente en muchas ocasiones, a lo largo del camino. Dondequiera que la</p><p>necesites, al � estar� para ayudarte a contagiar a otros de la enfermedad sublime que t� y el a compart�s.</p><p>Hab�a   ido   caminando   poco   a   poco   hacia   atr�s,   alej�ndose   de   m�   mientras   hablaba,   y   ahora   ya   se</p><p>encontraba a cierta distancia; as� que le grit�:</p><p>-�No te necesito! No me haces falta! Puedo hacer la guerra sin ti! Vuelve a Mict�an, de donde has venido!</p><p>Justo antes de que desapareciera detr�s de la esquina de una de las casas de la aldea, G�nda Ke habl�</p><p>por �ltima vez; no lo hizo en voz muy alta, pero si audible y amenazadora:</p><p>-Tenamaxtli,   ning�n   hombre   puede   nunca   rechazar   o   eludir   a   una   mujer   inclinada   al   desprecio   y   a   la</p><p>malevolencia. Nunca te ver�s libre de �sta mientras el a viva, odie y maquine.</p><p>-Ni siquiera he o�do hablar de los yaquis nunca -me dijo el padre Vasco.</p><p>-Moran en el rinc�n noroeste m�s remoto del Unico Mundo -le expliqu�-. En los terrenos monta�osos y</p><p>boscosos situados m�s al � de los desiertos bald�os que nuestro pueblo l ama la Tierra de los Huesos</p><p>Muertos. Los yaquis tienen fama de ser los m�s fieros, los salvajes m�s sedientos de sangre; desprecian a</p><p>todos los dem�s seres humanos, incluidos sus parientes m�s cercanos. Yo estoy dispuesto a dar cr�dito a</p><p>esa reputaci�n, sobre todo despu�s de conocer ayer a mi primer yaqui. Si las mujeres son como el a, los</p><p>hombres deben de ser verdaderos monstruos.</p><p>Era porque me ca�a bien y admiraba al padre Vasco por lo que yo me hab�a tomado la molestia de volver a</p><p>la aldea capital de Santa Cruz P�tzcuaro para visitarlo. Omitiendo mencionar las aspiraciones belicosas de</p><p>la mujer yaqui, tanto las que hab�a expresado el a el d�a anterior como las que se le imputaban en las</p><p>historias de Cana�tli de tiempos remotos, le relat� al padre todo lo dem�s que yo sab�a de sus malas obras</p><p>e intenciones.</p><p>-Sucedi� en una �poca anterior a lo imaginable -le coment�-, pero los hechos nunca se olvidaron. Las</p><p>palabras se las fueron repitiendo los ancianos Evocadores de uno a otro. Explican c�mo esa misteriosa</p><p>mujer yaqui se infiltr� en nuestra serena Aztl�n predicando el culto a un dios ajeno, y con el o enemistando</p><p>a hermano contra hermano.</p><p>-Hmmm -musit� el padre-. Lilit viene de Cain y Abel.</p><p>-�Perdona? -dije yo.</p><p>-Nada. Contin�a, hijo m�o.</p><p>-Bien. O el a no muri� hace todos esos siglos y se convirti� en un demonio inmortal, o engendr� un largo</p><p>linaje de hijas demonio. Porque ciertamente existe esa mujer yaqui que intenta desbaratar tu Utop�a. Esta</p><p>G�nda Ke es una amenaza mucho peor para tus colonos que cualquier cantidad de mujeres purepes, que</p><p>s�lo est�n hambrientas del abrazo de un hombre. Era creencia de mi bisabuelo que, como los varones</p><p>yaquis son tristemente famosos por abusar de sus hembras, esta mujer yaqui en particular se propone</p><p>vengarse de todos los hombres vivos.</p><p>-Hmmm -murmur� de nuevo el padre-. Siempre, desde Lilit, todos los pa�ses del Viejo Mundo han conocido</p><p>hembras depredadoras como �sta, ansiosas de arrancarle las entra�as a cualquier var�n. Mujeres reales o</p><p>mitos, �qui�n es capaz de distinguirlo? En diversos idiomas el a es la arp�a, la lam�a, la esposa bruja, la</p><p>hechicera de pesadil a, la bel a dama sin merced. Pero dime Juan Brit�nico si yo he de frustrar a este</p><p>demonio, �c�mo puedo encontrarla y reconocerla?</p><p>-Podr�a resultarte dif�cil -admit�-. G�nda Ke ser�a capaz de pasar por una joven transe�nte de cualquier</p><p>naci�n (excepto por una mujer purepe calva, desde luego), incluso por una se�orita espa�ola, si escogiera</p><p>ese disfraz. Confieso que no recuerdo su cara lo suficientemente bien como para describirla. Era bastante</p><p>atractiva, pero parece desdibujarse en mi memoria. Toda el a excepto tres cosas: puedo decirte que su</p><p>cabel o no es de ning�n color viviente, tiene la piel moteada con pecas y sus ojos son como los del lagarto</p><p>ax�lotl. Pero si, como creo esa mujer me vio tomar el camino que conduce hasta aqu�, padre, sabr� que</p><p>intento advertirte acerca de el a, y puede que se haya escondido o que haya huido de Utop�a para siempre.</p><p>Nos interrumpi� la s�bita entrada de aquel fraile joven que yo ya hab�a visto antes, agitado y gritando:</p><p>-�Padre! Venid de prisa! Hay un terrible incendio al este Parece que San Marcos Churitzio, la aldea de las</p><p>guitarras est� en l amas!</p><p>Nos precipitamos al exterior y miramos hacia donde se�alaba. Una inmensa columna de humo se alzaba</p><p>al �, muy parecida a la que hab�a producido yo sobre la Colina de los Saltamontes. Pero esta maldad no era</p><p>obra m�a, as� que permanec� donde estaba mientras el padre Vasco, sus frailes y los dem�s habitantes de</p><p>Santa Cruz sal�an corriendo para ayudar a sus vecinos de San Marcos. Yo, desde luego, supuse que el</p><p>fuego era obra de aquel a mal�vola G�nda Ke... hasta que not� que alguien me tiraba del manto, me volv� y</p><p>vi que se trataba de  De Puntil as, que esta vez hab�a personificado su nombre acerc�ndoseme de puntil as</p><p>y en silencio por detr�s. Luc�a una amplia y triunfante sonrisa, as� que al instante dije:</p><p>-�Has sido t� quien ha hecho eso! Incendiar la aldea.</p><p>-No he sido yo, sino mis mujeres guerreras. Desde que las reun�, te hemos estado buscando todo el tiempo,</p><p>Tenamaxtli. Te vi en aquel a aldea de al �. Cuando te marchaste les di �rdenes a mis mujeres, y luego te he</p><p>seguido hasta aqu�. -Con cierto desprecio, a�adi�-: Ya he visto que no has encontrado partidarios.</p><p>Se�al� hacia el humo.</p><p>-Pero �por qu� hacer eso? Esos mexicas son inofensivos.</p><p>-Precisamente porque son inofensivos. Para demostrarte lo que nosotras, unas simples mujeres, somos</p><p>capaces de hacer. Ven, Tenamaxtli, antes de que regresen los espa�oles. Ven a conocer a las primeras</p><p>reclutas de tu ej�rcito de rebeli�n.</p><p>La acompa�� a la falda de una monta�a que daba al lago, donde sus "guerreras" se hab�an reagrupado</p><p>para   esperarla   despu�s  de   atacar   con   antorchas  los  edificios  de  la   aldea   de   Erasmo.  Adem�s  de  De</p><p>Puntil as hab�a cuarenta y dos hembras de todas las edades, desde las que eran apenas n�biles hasta</p><p>venerables   matronas.   Aunque   su   apariencia   era   agradable   en   diferentes   grados   -eso   s�,   todas   el as</p><p>uniformemente  calvas-,  parec�an  saludables,  robustas  y  decididas a  demostrar  su   valor. Yo pens�  con</p><p>resignaci�n: "Bueno, s�lo son mujeres, pero son cuarenta y tres aliados m�s de los que he tenido hasta</p><p>ahora..." Y entonces, de pronto, mi presuntuosidad masculina sufri� un rev�s.</p><p>-Pak�peti -le ladr� una de las mujeres mayores-. Fuiste t� quien nos alist� en esta aventura. �Por qu� nos</p><p>pides ahora que aceptemos a este forastero como nuestro l�der?</p><p>Confiaba en que de De Puntil as dijera algo acerca de mis cualidades para el liderazgo, o por lo menos que</p><p>mencionase   el   hecho   de   que   aquel a   "aventura"   era   una   idea   m�a   originariamente,   pero   lo   �nico   que</p><p>coment�, dirigi�ndose a mi, fue:</p><p>-Tenamaxtli, mu�strales c�mo funciona tu arcabuz.</p><p>Aunque considerablemente exasperado, hice lo que me dec�a: cargu� el arma y luego dispar� contra una</p><p>ardil a que estaba encaramada en una rama de �rbol no muy distante. (Esta vez, felizmente, le di a aquel o</p><p>a lo que apuntaba.) La bola de plomo desintegr� por completo al animalito, pero las mujeres manosearon</p><p>con excitaci�n los restos hechos trizas de la piel, se los pasaron unas a otras, cloquearon con admiraci�n</p><p>ante la capacidad de destrucci�n del palo de trueno y se quedaron maravil adas de que yo poseyera una</p><p>cosa as�. Luego, juntas, empezaron a pedir a voces que les ense�ara a usar el arcabuz y que les dejase</p><p>practicar con �l por turnos.</p><p>-No -me negu� con firmeza-. Si cada una de vosotras se procura uno, cuando los teng�is os ense�ar� a</p><p>usarlo.</p><p>�Y c�mo vamos a lograr eso? -me pregunt� la misma mujer mayor en tono exigente; ten�a la voz (y el</p><p>rostro) de un c�yotl-. Los hombres blancos no suelen dejar sus armas s�lo porque alguien se las pida.</p><p>-Aqu� ten�is a alguien que os ense�ar  c�mo hacerlo -dijo una voz nueva.</p><p>Se nos hab�a unido la cuadrag�simo cuarta mujer, y �sta no era calva, no era purepe: se trataba otra vez de</p><p>la yaqui G�nda Ke, que de nuevo se entromet�a en mis asuntos. Era evidente que, en el poco tiempo que</p><p>hac�a que yo no la hab�a visto, aquel demonio se hab�a unido a la tropa de mujeres y se hab�a congraciado</p><p>con el as, porque la escucharon con gran respeto mientras hablaba. Y ni siquiera yo encontr� nada que</p><p>oponer a lo que dijo:</p><p>-Entre vosotras hay muchachas bonitas. Y hay numerosos soldados espa�oles aqu�, en Michoac�n, que</p><p>ocupan  puestos avanzados del  ej�rcito   o  protegen  las  estancias  de  los  terratenientes  espa�oles.   S�lo</p><p>ten�is que l amar la atenci�n de esos hombres, y con vuestra bel eza y vuestras tretas de seducci�n...</p><p>-�Sugieres   que   vayamos   a   horcajadas   sobre   el   camino?   -exclam�   una   de   las   j�venes   m�s   bonitas,</p><p>utilizando   una   expresi�n   que   connotaba   prostituci�n   o   promiscuidad   desenfrenada-.   �Querr�as   que</p><p>copul�semos con nuestros enemigos declarados?</p><p>Estuve tentado de decir que incluso los cristianos odiosos y sucios eran preferibles a las cabras machos y</p><p>otras parejas por el estilo que el as ten�an a su disposici�n en Michoac�n. Pero guard� silencio y dej� que</p><p>respondiera G�nda Ke.</p><p>-Hay muchas maneras de liquidar a un enemigo en la guerra, joven. Y la seducci�n es un modo que les</p><p>est� negado a los combatientes varones. Deber�as estar orgul osa de poseer una arma �nica y propia de</p><p>nuestro sexo femenino.</p><p>-Bueno... -murmur� la muchacha que hab�a protestado, un tanto suavizada.</p><p>G�nda Ke continu� hablando.</p><p>-Adem�s,   como   mujeres   purepes,   ten�is   otra   ventaja   �nica.   Las   hembras   de   los   espa�oles   son</p><p>repelentemente peludas en la cabeza y en el cuerpo. Los soldados espa�oles sentir�n curiosidad por...</p><p>�c�mo dir�amos...? Por explorar a cualquier mujer total y tentadoramente desprovista de pelo.</p><p>La mayor�a de aquel as cabezas calvas asintieron, indicando que estaban de acuerdo.</p><p>-Id hasta cada soldado o hasta cada puesto de guardia continu� la mujer yaqui-, solas o en grupo, y ejerced</p><p>vuestros encantos. Haced cualquier cosa que sea necesaria, ya sea para debilitar a los soldados con la</p><p>lujuria o, si quer�is l egar m�s lejos, para estrujarlos, dej�ndoles lacios e indefensos. Y luego les rob�is sus</p><p>palos de trueno.</p><p>-Y cualesquiera otras armas que puedan tener-me apresur� a a�adir-. Y tambi�n la p�lvora y el plomo</p><p>necesarios para que esas armas funcionen.</p><p>-�Ahora mismo? -preguntaron varias de las mujeres, casi ansiosas-. �Podemos ir en este mismo instante a</p><p>buscar a esos soldados?</p><p>-No   veo   por   qu�   no   -les   contest�-,   si   verdaderamente   est�is   dispuestas   a   emplear   vuestro   atractivo</p><p>femenino en nuestra causa. Pero comprender�is que no he tenido tiempo todav�a de pensar en ning�n plan</p><p>extenso de acci�n. Para que sea m�s seguro, tenemos que ser m�s. Y para encontrar a m�s, debo ir</p><p>mucho m�s al � de esta tierra.</p><p>-Yo ir� contigo -dijo de De Puntil as con decisi�n-. Si he podido reunir a todas estas mujeres en tan poco</p><p>tiempo, seguro que puedo hacer lo mismo entre otros pueblos y naciones.</p><p>-Muy bien -acept�, ya que no ten�a objeci�n alguna que hacer contra la compa��a de tan emprendedora (y</p><p>agradable) consorte-. Y puesto que t� y yo vamos a estar viajando -a�ad�, concedi�ndole con el o a de De</p><p>Puntil as   con   magnanimidad   el   rango   de   l�der   igual   al   m�o-,   sugiero,   Pak�peti,   que   los   dos   juntos</p><p>nombremos a un segundo en el mando aqu�.</p><p>-S� -convino el a; y ech� un vistazo a las al � reunidas-. �Por qu� no t�, camarada reci�n l egada?</p><p>Se�al� hacia la mujer yaqui.</p><p>-No, no -respondi� �sta tratando de parecer modesta y humilde-. Estas valientes mujeres purepes deber�an</p><p>tener como jefe a una de el as. Adem�s, igual que t� y Tenamaxtli, G�nda Ke tiene trabajo que hacer en</p><p>otra parte. Por la causa.</p><p>-Entonces -dijo de De Puntil as-, recomiendo a Kur�pani. E indic� a la mujer con cara de e�yotl; otra que</p><p>tambi�n ten�a un nombre egregiamente equivocado, porque la palabra por� significa Mariposa. Estoy de</p><p>acuerdo -indiqu�; y le habl� directamente a Mariposa-. Pasar� mucho tiempo antes de que podamos hacer</p><p>la guerra como es debido contra los hombres blancos. Pero mientras Pak�peti y yo recorremos el pa�s para</p><p>buscar m�s reclutas, t� te encargar�s de montar esa campa�a para conseguir armas.</p><p>-�Y  nada   m�s?   -me   pregunt�   la   mujer   al   tiempo   que   me   ense�aba   el  recipiente   con   ascuas   que,   de</p><p>momento, era su �nica arma-. �No podemos adem�s provocar algunos incendios?</p><p>-�Ayyo,   faltar�a   m�s!   -exclam�-.   De   todo   coraz�n   estoy   a   favor   de   cualquier   cosa   que   hostigue   a   los</p><p>espa�oles  y  los  preocupe. Adem�s,  los incendios  que  provoqu�is en  los  puestos  del  ej�rcito  o  en  las</p><p>haciendas   distraer�n   su   atenci�n   de   otros   preparativos   de   guerra   que   Pak�peti   y   yo   podamos   estar</p><p>haciendo en otra parte. S�lo una cosa m�s, sin embargo, Mariposa. Por favor, no molest�is m�s a ninguna</p><p>de estas aldeas que hay alrededor de P�tzcuaro. Ni el padre Vasco ni sus mexicas domesticados son</p><p>nuestros enemigos. -La mujer asinti�, aunque a rega�adientes. G�nda Ke frunci� el entrecejo y pareci�</p><p>dispuesta a desafiar mis instrucciones, pero yo le di la espalda y le habl� a de De Puntil as-: Desde aqu�</p><p>iremos hacia el norte, y podemos empezar a caminar ahora mismo, si est�s preparada. Veo que ya tienes el</p><p>petate de viaje. �Hay algo m�s que necesites, algo que yo pueda proporcionarte?</p><p>-Si -respondi� el a-. En cuanto sea posible, Tenamaxtli, quiero un palo de trueno para m�.</p><p><strong>15</strong></p><p>-Insisto   -dijo   de   De   Puntil as   unos   diez   o   doce   d�as   despu�s-.   Quiero   un   palo   de   trueno   para   m�.   Y</p><p>probablemente �sta ser� la �ltima oportunidad de que consiga uno.</p><p>Est�bamos   agazapados   entre   unos   arbustos   en   un   promontorio   desde   el   que   se   divisaba   un   cuartel</p><p>espa�ol. S�lo era una barraca de madera peque�a en la que hab�a apostados dos soldados, armados y con</p><p>armadura, con un corral cercado al lado que conten�a cuatro cabal os, dos de el os ensil ados y con riendas.</p><p>-Y   tambi�n   podr�amos   robar   un   cabal o   para   cada   uno   de   nosotros   -a�adi�   con   impaciencia   de   De</p><p>Puntil as-. Estoy segura de que podr�amos aprender a montarlos.</p><p>Nos   encontr�bamos   en   la   frontera   norte   de   Nueva   Galicia.   Todo   lo   que   quedaba   al   sur   lo   l amaban</p><p>c�modamente los espa�oles Tierra de Paz, y a lo que estaba al norte lo conoc�an como Tierra de Guerra; a</p><p>esta zona que se extend�a a lo largo de la frontera se la describ�a un poco borrosamente como Tierra</p><p>Disputable. A lo largo de el a, de este a oeste, hab�a puestos del ej�rcito como aqu�l situados a unas</p><p>cuantas carreras largas unos de otros, y patrul as a cabal o se mov�an continuamente entre el os. Los</p><p>soldados estaban siempre alerta contra cualquier ataque causado por grupos guerreros procedentes de las</p><p>naciones de la Tierra de Guerra.</p><p>A�os atr�s, aquel os mismos guardias u otros parecidos hab�an hecho poco caso cuando mi madre, mi t�o y</p><p>yo,   que,   obviamente,   �ramos   unos   viajeros   inofensivos,   cruzamos   por   alg�n   lugar   de   aquel a   misma</p><p>frontera en direcci�n al sur. Pero ahora no me atrev�a a suponer que en esta ocasi�n los soldados pusieran</p><p>tan poca atenci�n como entonces. Y uno de los motivos de que pensara as� era que estaba seguro de que</p><p>hasta el guardia m�s negligente tendr�a mucho gusto en detener y registrar a una joven tan l amativamente</p><p>poco com�n y atractiva como de De Puntil as; y probablemente le har�a algo m�s que eso.</p><p>-Bueno, �qu� hacemos? -me pregunt� el a clav�ndome un codo en las costil as.</p><p>-No estoy demasiado ansioso de compartirte con otro, en especial si ese otro es blanco -gru��.</p><p>-�Ayya! -se burl� de De Puntil as-. Pues no vacilaste en decirles a aquel as otras mujeres que fueran a</p><p>postrarse y a prostituirse con el os.</p><p>-No conoc�a tan �ntimamente a esas otras mujeres como te conozco a ti. Ni el as ten�an consortes que</p><p>objetasen que fueran a horcajadas por el camino. T� si.</p><p>-Entonces mi consorte tambi�n puede rescatarme antes de que me mancil en sin redenci�n. �Esperamos a</p><p>que uno de esos hombres se marche y s�lo nos quede uno del que ocuparnos?</p><p>-Sospecho que ninguno de los hombres se marchar� hasta que no l egue una patrul a de alg�n otro puesto.</p><p>Si de verdad est�s decidida a el o, ser� mejor que actuemos ahora. Mi arma est� cargada. Ve y utiliza las</p><p>tuyas: tu seducci�n. Cuando tengas a tu v�ctima completamente atontada y el otro est� boquiabierto, da un</p><p>grito... de admiraci�n extasiada, de emoci�n, de lo que sea.. - pero lo bastante fuerte como para que yo lo</p><p>oiga. Y entonces entrar� violentamente por la puerta. Estate preparada para agarrar y sujetar a tu hombre</p><p>mientras yo mato al que mira. Luego, entre los dos, reduciremos al tuyo.</p><p>-El plan parece bastante sencil o. Los planes sencil os son los mejores.</p><p>-Esperemos que as� sea. No te dejes l evar por la emoci�n tanto que se te olvide dar el grito.</p><p>De Puntil as me pregunt�, tentadora:</p><p>-�Tienes miedo de que quiz� me guste el abrazo de un hombre blanco? �De que incluso l egue a preferirlo?</p><p>-No -repuse-. Cuando te hayas acercado lo suficiente a un hombre blanco como para poder olerlo, dudo</p><p>que lo prefieras. Pero quiero hacer esto con rapidez. En cualquier momento l egar� una patrul a.</p><p>-Entonces... ximopanolti, Tenamaxtli -dijo el a despidi�ndose con toda formalidad a modo de burla.</p><p>Se levant� de entre los arbustos y comenz� a bajar por la cuesta, lentamente, pero sin ninguna formalidad,</p><p>moviendo las caderas como si estuviera haciendo lo que nuestra gente l ama el quequezcuicatl, "la danza</p><p>de las cosquil as". Los soldados debieron de verla por alg�n agujero que habr�a en la pared de la barraca.</p><p>Los dos se acercaron a la puerta y, excepto por una mirada significativa que intercambiaron entre el os, la</p><p>estuvieron observando con mirada imp�dica mientras el a avanzaba; luego, amablemente se apartaron para</p><p>que el a entrase, y la puerta se cerr� detr�s de los tres.</p><p>Esper�, esper� y esper�, pero no o� el grito de l amada de Puntil as. Al cabo de un rato considerable</p><p>empec�   a   maldecirme   por   haber   hecho   mi   plan   demasiado   sencil o.   �Sospechar�an   los   soldados   que</p><p>aquel a   mujer   joven   y   bonita   no   viajaba   sola?   �Estar�an   simplemente   reteniendo   a   su   reh�n   mientras</p><p>esperaban, con las armas dispuestas, a que el acompa�ante de el a apareciese? Por fin decid� que s�lo</p><p>hab�a un modo de averiguarlo.  Arriesg�ndome  a  que  uno  de los dos hombres siguiera mirando por  el</p><p>agujero, me puse en pie, con lo que qued� a la vista desde la barraca. Al percatarme de que no se produc�a</p><p>ninguna explosi�n de p�lvora, ni grito ni desaf�o, baj� corriendo del promontorio con el arcabuz dispuesto.</p><p>Como parec�a que nadie se hab�a percatado todav�a de mi presencia, cruc� el terreno l ano que se extend�a</p><p>ante la barraca y apoy� un o�do contra la puerta. Lo �nico que pude o�r fue una especie de coro de voces</p><p>que gru��an. Aquel o me dej� perplejo, pero era evidente que a de De Puntil as no la estaban torturando</p><p>para hacerla gritar, as� que aguard� un poco m�s. Al final, incapaz de soportar la intriga, le di un empuj�n a</p><p>la puerta.</p><p>No estaba cerrada, por lo que se abri� con facilidad hacia adentro permitiendo que la luz del d�a entrase en</p><p>el oscuro interior. En la pared trasera de la barraca, los guardias hab�an construido un estante con tablones,</p><p>que   probablemente   utilizar�an   tanto   de   mesa   para   comer   como   de   catre   para   dormir,  pero   que   ahora</p><p>estaban usando para algo distinto. Sobre aquel estante, de De Puntil as estaba estirada, con las piernas</p><p>desnudas separadas y el manto hecho un gui�apo alrededor del cuel o. Se manten�a en silencio, pero se</p><p>retorc�a desesperadamente porque ambos soldados la estaban violando a la vez. De pie, y cada uno en el</p><p>extremo   opuesto   del   estante,   hab�an   introducido   con   brusquedad   sus   tepulis   en   los   orificios   inferior   y</p><p>superior de el a, y se sonre�an el uno al otro con lascivia mientras bombeaban y gru��an.</p><p>Al instante descargu� mi arcabuz, y a tan corta distancia no pude errar el blanco. El soldado que estaba de</p><p>pie entre las piernas de Puntil as sali� despedido lejos de el a contra la pared de la barraca; la coraza de</p><p>cuero se rasg� y el pecho adquiri� un color rojo vivo. Aunque la habitaci�n qued� al instante l ena de una</p><p>nube de humo azul, pude ver al segundo soldado que tambi�n sali� despedido hacia atr�s, con lo que se</p><p>alej� de la cabeza de Puntil as; y, curiosamente, �ste tambi�n estaba empapado en sangre. Estaba claro</p><p>que segu�a vivo, pues gritaba como una mujer, pero obviamente no supon�a para m� un peligro inmediato,</p><p>porque con ambas manos se apretaba lo que quedaba de su tepuli, de donde la sangre manaba como del</p><p>chorro de una fuente. No gast� tiempo en echar mano de mi otra arma, el cuchil o de obsidiana que l evaba</p><p>en el cintur�n, sino que simplemente le di la vuelta al arcabuz con una mano y lo agarr� como si fuera una</p><p>porra. Tend� la otra mano hacia el soldado que sufr�a terriblemente, quien se puso de pie tambaleante; le</p><p>quit� de un tir�n el casco de metal y le golpe� la cabeza con la culata del arcabuz hasta que cay� muerto.</p><p>Cuando me separ� de �l y me di la vuelta, de De Puntil as se hab�a bajado del tabl�n como hab�a podido y</p><p>estaba de pie, tambale�ndose; hab�a dejado caer el manto que utilizaba para cubrir su desnudez mientras</p><p>se   atragantaba,   tos�a   y   comenzaba   a   escupir   en   el   suelo   de   tierra.   Su   rostro,   al �   donde   no   estaba</p><p>manchada de jugos viscosos, ten�a un color verdoso y enfermizo. La agarr� por un brazo, la saqu� a toda</p><p>prisa al aire libre y empec� a decirle:</p><p>-Habr�a venido antes, Pak�peti...</p><p>Pero el a se limit� a apartarse de m� tambaleante, sin dejar de emitir sonidos ahogados, para ir a apoyarse</p><p>en la val a del corral de los cabal os, donde un tronco de �rbol ahuecado que hac�a las veces de abrevadero</p><p>conten�a agua para los animales. Sumergi� la cabeza debajo del agua y la ech� varias veces hacia atr�s</p><p>para hacer g�rgaras con el agua en la boca y luego escupirla; mientras tanto hab�a formado un recipiente</p><p>con las manos y se echaba agua por debajo del manto para lavarse las partes bajas. Cuando por fin se</p><p>sinti� lo suficientemente limpia o compuesta como para hablar, empez� a hacerlo, aunque atragant�ndose y</p><p>teniendo arcadas entre palabra y palabra.</p><p>-Ya lo has visto... no pod�a... gritar...</p><p>-No hables -le recomend�-. Qu�date aqu� y descansa. Tengo que ocultar los cad�veres.</p><p>S�lo el hecho de mencionar a aquel os hombres hizo que la cara se le descompusiera y se le volviera gris</p><p>de nuevo, as� que la dej� y me dirig� a la barraca. Mientras arrastraba a uno de los hombres muertos y</p><p>luego al otro y los sacaba por la puerta cogi�ndolos por los pies, se me ocurri� una idea. Corr� de nuevo a lo</p><p>alto del promontorio y vi que no se divisaba ninguna patrul a ni ning�n otro ser que se moviera ni al este ni</p><p>al oeste. De modo que baj� corriendo otra vez al lugar donde estaban los soldados y, con torpeza, pero con</p><p>la mayor rapidez que pude, les desat� las diversas piezas de metal y de cuero de las armaduras. Cuando</p><p>puse  al  descubierto  el  uniforme  de  gruesa   lona  azul  que   l evaban  debajo,  tambi�n  se  lo  arranqu�   del</p><p>cuerpo. Varias de las prendas estaban destrozadas por el impacto de mi arcabuz o empapadas de sangre.</p><p>Pero salv� y puse aparte una camisa, unos pantalones y un par de robustas botas militares. Una vez</p><p>desnudos,   los   cad�veres   resultaban   bastante   m�s   f�ciles   de   mover,   pero   cuando   por   fin   acab�   de</p><p>arrastrarlos   a   ambos   hasta   el   lado   m�s   alejado   del   promontorio,   yo   estaba   jadeando   y   sudando</p><p>profusamente.  Al �   los   matorrales   eran   muy   espesos,   y   creo   que   realic�   un   trabajo   bastante   meritorio</p><p>escondi�ndolos a el os y a lo que quedaba de sus armas entre la maleza. Luego, ayud�ndome con una de</p><p>aquel as camisas suyas rotas, volv� sobre mis pasos y borr� los trazos que hab�a dejado (mis propias</p><p>huel as, las manchas de sangre, las ramitas rotas y las hojas en desorden), esforz�ndome todo lo posible</p><p>porque no se notasen.</p><p>El humo se hab�a disipado de la barraca ya, as� que entr� en el a otra vez y cog� los dos arcabuces que los</p><p>soldados  no  hab�an  tenido  ocasi�n de usar, las bolsas de cuero  en  las que  guardaban  las bolas y  la</p><p>p�lvora, dos cantimploras de metal y un buen cuchil o afilado de acero. Tambi�n hab�a una bolsa con carne</p><p>seca y fibrosa que me pareci� que val�a la pena l evarse y unas tiras de cuero y cuerdas. Mientras recog�a</p><p>esas cosas, vi que el suelo de tierra estaba muy salpicado de sangre que se iba ya coagulando, de modo</p><p>que utilic� el cuchil o para levantar la superficie de tierra y luego empec� a apisonarla de nuevo con los</p><p>pies. Estaba ocupado en eso cuando se me ocurri� una cosa; me detuve y mir� con m�s detenimiento por</p><p>todo el suelo a mi alrededor.</p><p>-�Qu� est�s haciendo? -me pregunt� de De Puntil as con impaciencia. Estaba apoyada contra la jamba de</p><p>la puerta, l�nguida,  todav�a  con  aspecto  enfermo  y desgraciado-.  Ya  los has escondido. Tenemos que</p><p>marcharnos de aqu�.</p><p>Me di cuenta de que intentaba valientemente reprimir aquel os espasmos de nauseas que le revolv�an el</p><p>est�mago, pero el pecho le lat�a a causa del esfuerzo.</p><p>-Quiero esconder cualquier rastro de el os -le dije-. Hay... er... un pedazo que falta.</p><p>De Puntil as pareci� de pronto a�n m�s asqueada que antes, y las sacudidas de su pecho volvieron a</p><p>convertirse en violentas arcadas mientras dec�a:</p><p>-No lo hice adrede... pero... con el ruido del trueno.., mord�... y luego yo...</p><p>Trag�,   con   un   golpe   de   flema,   para   reprimir   el   nudo   que   estrangul�   las   palabras   que   iba   a   decir   a</p><p>continuaci�n. Yo no necesitaba o�r esas palabras. Tambi�n tuve que tragar varias veces para evitar vomitar</p><p>del modo menos viril.</p><p>De Puntil as desapareci� de la puerta y yo me apresur� a acabar de apisonar el suelo de la barraca. Luego</p><p>corr� una vez m�s a lo alto del promontorio para asegurarme de que no nos interrumpiera ninguna patrul a o</p><p>alg�n viajero. Aunque ya me iba sintiendo muy cansado, continu�, tratando de portarme como un hombre</p><p>para infundir �nimo a la pobre de De Puntil as, que estaba de nuevo haciendo g�rgaras con el agua del</p><p>abrevadero. Virilmente, venc� lo que habr�a sido la timidez natural de cualquiera ante unos animales tan</p><p>enormes y desconocidos como los cabal os, y me aproxim� a el os dentro del corral val ado. Me sorprendi�</p><p>un poco, aunque me envalenton� mucho, el ver que no retroced�an al sentirme ni me atacaban con los</p><p>enormes cascos. Los cuatro animales se limitaron a mirarme con ojos de ciervo que denotaban una leve</p><p>curiosidad, y uno de los dos animales que ten�an el lomo descubierto se estuvo quieto y muy sumiso</p><p>mientras le pon�a sobre la espalda las diversas cosas que yo hab�a saqueado de los soldados y de la</p><p>barraca, at�ndolas encima de �l con los pedazos de cuerda y las correas que hab�a encontrado al �. Al ver</p><p>que el animal continuaba sin dar se�al de protesta, a�ad� a la carga mi petate de viaje y el de Puntil as.</p><p>Luego me acerqu� hasta donde �sta estaba sentada junto al abrevadero, acurrucada y pesarosa, y me</p><p>inclin� para ayudarla a ponerse de pie. de De Puntil as dio un respingo, rechaz� mi mano y dijo, casi en un</p><p>gru�ido:</p><p>-Por favor, no vuelvas a tocarme. Nunca m�s, Tenamaxtli.</p><p>-Haz un esfuerzo, lev�ntate y ay�dame a l evar a los cabal os, Pak�peti -murmur� para darle �nimos-.</p><p>Como t� has dicho, tenemos que marcharnos de aqu�. Y cuando estemos lejos y a salvo te ense�ar� a</p><p>matar espa�oles con tu propio palo de trueno.</p><p>-�Por qu� hab�a de limitarme a matar espa�oles? -mascul �; escupi� en el suelo y a�adi� con asco-:  -</p><p>Hombres!</p><p>Ahora hablaba de un modo inc�modamente parecido a como lo hac�a la bruja yaqui, G�nda Ke. Pero se</p><p>puso en pie y, sin dar se�al alguna de nerviosismo, cogi� las riendas de un cabal o ensil ado y la cuerda que</p><p>yo hab�a atado alrededor del cuel o del animal que l evaba la carga. Yo hice lo propio con los otros dos</p><p>cabal os, derrib� a patadas un pedazo de val a para poder salir del corral y nos pusimos en marcha.</p><p>Yo confiaba en que, cuando l egase una patrul a a aquel puesto avanzado, los hombres que la compon�an</p><p>quedar�an confundidos con la inexplicable ausencia de los guardias y de todos sus animales, y perder�an</p><p>alg�n tiempo esperando a que reaparecieran los ausentes antes de salir en su busca. Encontrara o no la</p><p>patrul a los dos cad�veres, casi con certeza asumir�an que el puesto hab�a sido atacado por alguna partida</p><p>de guerra procedente del norte. Y dif�cilmente se atrever�an a adentrarse en su persecuci�n en la Tierra de</p><p>Guerra hasta que hubieran reunido un refuerzo considerable de otros soldados. As� que de De Puntil as y yo</p><p>y nuestras  adquisiciones podr�amos poner una buena distancia entre cualquiera que nos persiguiera y</p><p>nosotros. No obstante, no nos dirigimos directamente al norte. Yo ya hab�a calculado, por el punto en que</p><p>se encontraba el sol en el cielo a cada hora del d�a, que deb�amos de estar casi al este de mi ciudad nativa</p><p>de Aztl�n. Si hab�a de empezar a reclutar guerreros de las tierras a�n no conquistadas, �d�nde mejor que</p><p>al �? As� que fue en esa direcci�n en la que decidimos marchar.</p><p>La primera noche que pasamos en la Tierra de Guerra nos detuvimos junto a un manantial de agua potable.</p><p>Atamos los cabal os a unos �rboles cercanos, cada uno de el os con una correa larga para que pudiera</p><p>pastar y beber, dispusimos un fuego peque�o y nos pusimos a comer un poco de carne seca de la que yo</p><p>hab�a l evado conmigo. Luego extendimos mantas, una al lado de otra, y, como de De Puntil as segu�a</p><p>desconsolada   y   cal ada,   alargu�   una   mano   para   hacerle   una   caricia   de   consuelo.   El a   me   apart�   con</p><p>irritaci�n la mano y me dijo con firmeza:</p><p>-Esta noche no, Tenamaxtli. Ambos tenemos muchas otras cosas en las que pensar. Ma�ana debemos</p><p>aprender a montar los cabal os y yo a manejar el palo de trueno.</p><p>A la ma�ana siguiente soltamos a los dos cabal os ensil ados; de De Puntil as se quit� las sandalias y puso</p><p>un pie descalzo en la pieza de madera colgante que al � hab�a para tal prop�sito. Los dos hab�amos visto a</p><p>muchos  espa�oles  a   cabal o,   as�   que   no   ignor�bamos  del  todo   el  m�todo   de   montar.  de   De   Puntil as</p><p>necesit�   un   empuj�n   m�o   para   l egar   hasta   al �   arriba,   pero   yo   consegu�   encaramarme   en   mi   cabal o</p><p>utilizando para el o un toc�n de �rbol a modo de soporte. De nuevo los cabal os no se quejaron en absoluto;</p><p>resultaba evidente que estaban acostumbrados a que los montase no un solo amo, sino cualquiera que</p><p>tuviera necesidad de el os. Pate� al m�o con los talones desnudos para que anduviera y luego trat� de</p><p>hacerle girar en c�rculo hacia la izquierda para permanecer cerca del lugar donde est�bamos acampados.</p><p>Yo hab�a visto a otros jinetes hacerlo; al parecer tiraban de una rienda para hacer ir la cabeza del cabal o en</p><p>la direcci�n deseada. Pero cuando as� lo hice con fuerza de la rienda izquierda, s�lo logr� que el cabal o me</p><p>mirase de reojo con el ojo izquierdo... casi una de esas miradas de maestro de escuela que parecen decir</p><p>mitad "te equivocas" y mitad "eres tonto". Entend� que el cabal o trataba de darme una lecci�n, de modo</p><p>que hice una pausa para poder reflexionar. Quiz� los jinetes a los que yo hab�a observado s�lo hab�an dado</p><p>aparentemente un tir�n de la cabeza de sus cabal os a un lado y a otro. Despu�s de experimentar un poco</p><p>durante cierto tiempo, descubr� que s�lo ten�a que dejar suelta la rienda del lado derecho con suavidad</p><p>contra el cuel o del cabal o y �ste torc�a a la izquierda, como yo deseaba. Le impart� esa informaci�n a de</p><p>De Puntil as, y los dos nos sentamos con orgul o en nuestras sil as mientras los cabal os describ�an c�rculos</p><p>hacia la izquierda con paso majestuoso.</p><p>A continuaci�n roc� los costados de mi cabal o con los talones para hacer que avanzase m�s de prisa. El</p><p>animal   emprendi�   el   andar   balanceante   que   los   espa�oles   l aman   trote,   y   aprend�   otra   lecci�n.   Hasta</p><p>entonces yo hab�a supuesto que montar en una sil a de cuero agradablemente encorvado deb�a de ser m�s</p><p>c�modo que estar sentado en algo r�gido como una sil a icpali. Me equivocaba. Aquel o era atroz. Despu�s</p><p>de que aquel paso al trote me hubiera hecho botar tan s�lo un rato muy breve, empec� a temer que el</p><p>espinazo se me clavara en lo alto de la cabeza. Y estaba claro que al cabal o no le estaba gustando estar</p><p>debajo de mi trasero, que le golpeaba al subir y bajar; volvi�  la cabeza  para dirigirme  otra mirada de</p><p>reproche y se puso de nuevo al paso. de De Puntil as hab�a sufrido la misma breve experiencia de verse</p><p>dolorosamente golpeada desde debajo, as� que los dos, de mutuo acuerdo, decidimos posponer cualquier</p><p>intento de avanzar a velocidad hasta que tuvi�ramos suficiente pr�ctica y pudi�semos estar montados a</p><p>horcajadas durante alg�n tiempo.</p><p>De modo que, durante todo el resto del d�a, seguimos cabalgando al paso; l ev�bamos de las riendas a los</p><p>otros dos cabal os, que iban detr�s de nosotros, y los seis march�bamos muy satisfechos con aquel paso</p><p>sin prisas. Pero luego, casi a la puesta del sol, cuando encontramos otro lugar con agua donde pasar la</p><p>noche, tanto de De Puntil as como yo quedamos muy sorprendidos al encontrarnos tan r�gidos que s�lo</p><p>conseguimos bajar de la sil a muy despacio y con los huesos crujiendo. Hasta entonces no nos hab�amos</p><p>percatado de cu�nto nos dol�an los hombros y los brazos s�lo de sujetar las riendas; de c�mo nos dol�an</p><p>las costil as, como si nos las hubieran aporreado; de c�mo nos sent�amos la entrepierna, igual que si nos la</p><p>hubieran abierto con cu�as. Y las piernas no s�lo las ten�amos temblorosas y l enas de calambres por</p><p>haber estado todo el d�a apretando los costados de los cabal os, sino que adem�s estaban en carne viva</p><p>debido al roce de los laterales de cuero de las sil as. Aquel os dolores se me hac�an dif�ciles de entender,</p><p>pues hab�amos cabalgado muy despacio y con comodidad. Empezaba a preguntarme por qu� los hombres</p><p>blancos habr�an l egado a encontrar que los cabal os eran un medio de transporte c�modo. De cualquier</p><p>modo,   de   De   Puntil as   y   yo   est�bamos   demasiado   doloridos   como   para   pensar   en   practicar   con   los</p><p>arcabuces precisamente entonces, y aquel a noche de De Puntil as no tuvo necesidad de defenderse de</p><p>ninguna tentativa amorosa por mi parte.</p><p>Pero al d�a siguiente nos sentimos intr�pidos y determinamos cabalgar de nuevo, aunque esta vez por lo</p><p>menos pudimos proveernos de ropas m�s protectoras que los mantos, los cuales nos dejaban las piernas</p><p>desnudas y expuestas, por tanto, a las raspaduras. Saqu� las diversas prendas de ropa espa�ola que hab�a</p><p>recogido. Aunque de De Puntil as se negaba, enojada, a ponerse nada que nos hubieran legado aquel os</p><p>dos guardias fronterizos, si que la convenc� para que se pusiera la camisa, los pantalones y las botas que</p><p>yo   hab�a   adquirido   en   la   catedral.   Eran   con   mucho   demasiado   grandes   para   el a,   desde   luego,   pero</p><p>sirvieron   para   nuestro   prop�sito.   Yo  me   puse   las   botas   militares,   la   camisa   azul   y   los   pantalones   del</p><p>uniforme de uno de los soldados. Cuando emprendimos el camino trat� de montar en el cabal o sin sil a que</p><p>no l evaba fardo alguno, pensando que tal vez podr�a adaptarme mejor a su espalda desnuda. Pero no</p><p>consegu�   hacerlo.   Incluso   yendo   al   paso,   pronto   empec�   a   temer   que   el   espinazo   del   cabal o   estaba</p><p>separ�ndome en dos, desde las nalgas hacia arriba. Abandon� el intento y volv� a montar en el cabal o</p><p>ensil ado.</p><p>Ayya, no me extender� en relatar todos los sufrimientos y errores que de De Puntil as y yo cometimos</p><p>durante los d�as que siguieron. Baste decir que acabamos por acostumbrarnos a montar a horcajadas en</p><p>los  animales,   lo   mismo   que   se   acostumbraron   nuestros  m�sculos,   nuestra   piel   y  nuestros  gl�teos.   En</p><p>realidad, con el tiempo, y como para demostrar la verdad del comentario que el a me hab�a hecho en cierta</p><p>ocasi�n, de De Puntil as se convirti� en mucho mejor amazona que yo jinete, y se deleitaba en hacer gala</p><p>de su proeza. Yo, por lo menos, logr� no irle a la zaga una vez que aprend� a animar a mi cabal o para que</p><p>pasase directamente del paso al galope, en que era mucho m�s f�cil ir sentado. Cualquier cosa menos</p><p>sufrir los botes del trote.</p><p>Adem�s, durante aquel os d�as, a medida que nuestros dolores y sufrimientos disminu�an, le ense�� a de</p><p>De Puntil as a cargar y descargar el arcabuz, permiti�ndole usar uno de los que les hab�a quitado a los</p><p>soldados.   Para   consternaci�n   m�a,   el a   result�   tambi�n   ser   mejor   que   yo   en   aquel o.   Es   decir,   el a</p><p>consegu�a que la bola de plomo le diera a cualquier cosa a la que apuntase -aunque fuese a una distancia</p><p>considerable- por lo menos tres veces de cada cinco, mientras que yo me habr�a considerado ducho si</p><p>hubiera podido hacer lo mismo una vez de cada cinco. Sin embargo, mi orgul o masculino qued� a salvo</p><p>cuando cambi� el arma con el a, y nuestro respectivo porcentaje de aciertos cambi� de acuerdo con el</p><p>arma. Era evidente que por alg�n motivo los arcabuces de los soldados eran m�s certeros que la copia que</p><p>el artesano Pochotl me hab�a hecho a mi. Examin� con cuidado las tres armas que ahora ten�amos en</p><p>nuestro poder y no pude apreciar diferencia alguna entre el os que explicase este fen�meno. Pero, desde</p><p>luego, yo no era experto en esas cosas, como tampoco lo era Pochotl.</p><p>As� que, a partir de entonces, de De Puntil as y yo l ev�bamos cada uno nuestro propio arcabuz robado. Yo</p><p>estim� prudente l evarlos ocultos en las mantas de dormir enrol adas, y s�lo sac�bamos uno cuando de De</p><p>Puntil as deseaba cazar para que tuvi�ramos carne fresca. A de De Puntil as le gustaba hacer de eso una</p><p>tarea particular suya, y ten�a inclinaci�n a alardear de su punter�a abatiendo conejos y faisanes. Pero le</p><p>advert�  que la  p�lvora   era  demasiado  preciosa para desperdiciarla  en seres  tan peque�os,  sobre  todo</p><p>porque cuando aquel a pesada bola le acertaba a uno de el os no quedaba gran cosa del animal para</p><p>comer.  Desde   entonces   el a   s�lo   apuntaba   a   ciervos   y  a   jabal�es.  Yo  no   desech�   el   arma   que   hab�a</p><p>fabricado   Pochotl   y   que   tanto   trabajo   le   hab�a   costado   manufacturar,  sino   que   la   guard�   oculta   entre</p><p>nuestros bultos, por si alguna vez la necesit�bamos.</p><p>Una de las noches que pasamos en las tierras del interior me aventur� de nuevo a acariciar a de De</p><p>Puntil as, que estaba acostada entre sus mantas a mi lado. Y de nuevo me rechaz�.</p><p>-No, Tenamaxtli -me dijo-. Me siento impura. Debes de haber visto que me ha salido un rastrojo en la</p><p>cabeza y... y en todas partes. Me parece que ya no soy una mujer purepe inmaculada como es debido.</p><p>Hasta que est�...</p><p>Y se dio media vuelta y se qued� dormida.</p><p>Exasperado y frustrado, durante la cabalgada del d�a siguiente me asegur� de buscar una planta de amoli y</p><p>desenterr� la ra�z. Aquel a noche, cuando estaba agachado asando un jabal� en el fuego de la hoguera que</p><p>hab�amos  encendido,   tambi�n   puse   a   hervir   mi   cantimplora   de   metal   l ena   de   agua.   Cuando   hubimos</p><p>terminado de comer le dije a de De Puntil as:</p><p>-Pak�peti, aqu� tienes agua caliente, aqu� tienes ra�z de jab�n y aqu� tienes un buen cuchil o de acero que</p><p>he afilado hasta conseguir la m�xima agudeza. Tienes todas las facilidades para volver a convertirte en</p><p>inmaculada.</p><p>De Puntil as respondi�, airada:</p><p>-Creo que no voy a aceptarlo, Tenamaxtli. Me has vestido con ropa de hombre, as� que he decidido dejarme</p><p>crecer el pelo para parecer un hombre.</p><p>Naturalmente yo la reconvine y le hice ver que los dioses hab�an puesto a las mujeres hermosas en este</p><p>mundo para otros y mejores prop�sitos que hacerse pasar por hombres. Pero el a se mostr� muy testaruda,</p><p>y l egu� a la conclusi�n de que la profanaci�n que hab�a sufrido en aquel puesto de guardia hab�a hecho</p><p>que le resultase odioso el acto de copular y que de De Puntil as estaba dispuesta a no volver a hacerlo</p><p>nunca de nuevo ni conmigo ni con ning�n otro hombre. En conciencia, yo no ten�a ninguna objeci�n que</p><p>hacer a eso. S�lo pod�a respetar aquel a decisi�n suya y, entretanto, alimentar dos esperanzas. Una era la</p><p>esperanza de que, puesto que ahora de De Puntil as sabia usar un arcabuz, no tuviera el capricho de usar</p><p>el suyo contra el var�n que ten�a m�s cerca, que era yo. Y esperaba tambi�n que pronto, durante el viaje,</p><p>nos tropez�semos con alguna aldea donde las mujeres no hubieran decidido, por el motivo que fuera,</p><p>rechazar   las   proposiciones   de   todos   los   hombres   de   la   humanidad.   En   vez   de   eso,   con   lo   que   nos</p><p>tropezamos un d�a a �ltima hora de la tarde fue con algo totalmente imprevisto: una tropa de espa�oles a</p><p>cabal o, la mayor�a de el os armados y con armaduras, que cabalgaban por esta Tierra de Guerra; y nos los</p><p>encontramos  tan  de  repente  que  no  tuvimos  oportunidad  de  escapar.  No  se  trataba,  como  yo   hubiera</p><p>podido   suponer,  de   un   cuerpo   de   soldados   que   nos   persiguiera   a   nosotros   para   vengarse   de   lo   que</p><p>hab�amos hecho en el puesto avanzado fronterizo. Yo en ning�n momento hab�a dejado de mirar hacia</p><p>atr�s con cautela. Si hubiera visto la menor se�al de que se nos acercaba alguna patrul a habr�a podido</p><p>tomar las precauciones oportunas para que no nos capturasen. Pero aquel a tropa se acerc� a nosotros a</p><p>cabal o desde el lado m�s alejado de una colina que tambi�n est�bamos subiendo, y result� evidente que</p><p>se sorprendieron tanto como nosotros cuando nos encontramos en lo alto.</p><p>No hab�a nada que yo pudiera hacer excepto decirle a de De Puntil as en por�:</p><p>-�Estate cal ada!</p><p>Luego levant� una mano con gesto de camarader�a hacia el soldado que iba en cabeza, el cual intentaba</p><p>coger el arcabuz que l evaba colgado del cuerno de la sil a de montar, y lo salud� cordialmente, como si �l y</p><p>yo estuvi�ramos acostumbrados a encontrarnos as� cada d�a.</p><p>-Buenas tardes, amigo. �Qu� tal?</p><p>-B-buenas tardes -tartamude� �l; y me devolvi� el saludo con la mano con la que hab�a intentado coger el</p><p>arma.</p><p>No   dijo   nada   m�s,   sino   que   se   someti�   a   la   opini�n   de   otros  dos  jinetes,   hombres  con   uniformes  de</p><p>oficiales, los cuales se abrieron paso hasta m� con sus cabal os.</p><p>Uno de el os solt� una blasfemia terrible.</p><p>-�Me cago en la puta Virgen! -Y luego, mirando el uniforme incompleto que yo l evaba puesto y las marcas</p><p>del ej�rcito de nuestros cabal os, me pregunt� en tono exigente y maleducado-: �Qui�n eres, don Mierda?</p><p>A pesar de lo intranquilo que me sent�a, tuve el suficiente ingenio para decirle lo mismo que le hab�a dicho</p><p>al padre Vasco, que yo era Juan Brit�nico, int�rprete y ayudante del notario que serv�a al obispo de M�xico.</p><p>El oficial se ech� a re�r con desprecio y exclam�:</p><p>-�Y un coj�n! -Era una expresi�n vulgar de incredulidad-. �Un indio a cabal o? Eso est� prohibido!</p><p>Me   alegr�   de   que   nuestros  arcabuces,   que   estaban   prohibidos  de   una   forma   mucho   m�s   estricta,   no</p><p>estuvieran a la vista y dije con humildad.</p><p>-T� cabalgas en direcci�n a la Ciudad de M�xico, se�or capit�n. Si te place te acompa�ar� hasta al �, donde</p><p>el obispo Zum�rraga y el notario De Molina me avalar�n con toda seguridad. El os fueron quienes me</p><p>proporcionaron personalmente los cabal os para este viaje m�o.</p><p>No s� si el oficial habr�a o�do antes aquel os dos nombres, pero el hecho de que yo los pronunciara pareci�</p><p>mitigar un poco su incredulidad. Estaba menos malhumorado cuando me pregunt� a�n en tono exigente:</p><p>-�Y qui�n es ese otro hombre?</p><p>-Mi esclavo y asistente -ment�, agradeciendo que el a hubiera elegido hacerse pasar por hombre; y le dije el</p><p>nombre de el a en espa�ol-: Se l ama de De Puntil as.</p><p>El otro oficial se ech� a re�r.</p><p>-�Un hombre que se l ama de De Puntil as! Qu� est�pidos l egan a ser estos indios!</p><p>El primero tambi�n se ech� a re�r; luego, pronunciando mal en son de burla mi nombre, dijo:</p><p>-Y t�, don Zonz�n, �qu� est�s haciendo aqu�?</p><p>Ya m�s compuesto, logr� decir con toda soltura una mentira.</p><p>-Estoy en misi�n especial, se�or capit�n. El obispo desea conocer el temperamento de los salvajes que hay</p><p>por aqu�, en la Tierra de Guerra. Me han enviado a m� porque soy de su raza y hablo varias de sus lenguas,</p><p>pero tambi�n estoy investido de autoridad espa�ola y cristiana.</p><p>-�Joder! -exclam� con voz �spera-. Todo el mundo conoce ya el temperamento de estos salvajes. Y es un</p><p>temperamento bastante feo. Asesinos. Sedientos de sangre. �Por qu� te piensas que nosotros viajamos</p><p>siempre en grupos tan numerosos? Pues para que no se atrevan a asaltarnos.</p><p>-Exactamente   -convine   con   blandura-.   Pienso   informar   al   obispo   de   que   quiz�   lograse   suavizar   el</p><p>temperamento de los salvajes envi�ndoles misioneros cristianos para realizar trabajos humanitarios entre</p><p>el os, a la manera del padre Vasco de Quiroga.</p><p>De nuevo lo mismo: no s� si el oficial habr�a o�do alguna vez hablar de aquel sacerdote, pero mi aparente</p><p>familiaridad con tantos hombres de la Iglesia pareci� por fin disipar todas sus sospechas. A�adi�:</p><p>-Nosotros tambi�n tenemos encomendada una misi�n humanitaria. Nuestro gobernador de Nueva Galicia,</p><p>Nu�o de Guzm�n, reuni� esta compa��a tan numerosa para escoltar a cuatro hombres hasta la Ciudad de</p><p>M�xico. Son tres valientes espa�oles cristianos y un leal esclavo  moro, que durante mucho tiempo se</p><p>hab�an   dado   por   perdidos   en   esa   lejana   colonia   l amada   Florida.   Pero   de   manera   verdaderamente</p><p>milagrosa se han abierto camino hasta aqu�, tan cerca de la civilizaci�n. Ahora desean contar la historia de</p><p>sus andanzas al marqu�s Cort�s en persona.</p><p>-Y estoy seguro de que t� los l evar�s a su destino sanos y salvos, se�or capit�n -le dije-. Pero se est�</p><p>haciendo tarde. Mi esclavo y yo ten�amos intenci�n de avanzar un poco m�s, sin embargo no hace ni una</p><p>legua que hemos pasado por un buen charco, lo suficientemente grande como para que acampen todos tus</p><p>soldados. Si me lo permites, regresaremos al � para guiaros, con tu venia, acamparemos con vosotros.</p><p>-Faltar�a m�s, don Juan Brit�nico -repuso �l ahora con compa�erismo-. Gu�anos hasta al �.</p><p>De Puntil as y yo dimos la vuelta a los cabal os y, mientras la compa��a nos segu�a con sonidos met�licos,</p><p>arrastrar  de  pies  y  otros  ruidos estrepitosos,  le  traduje  lo  que  hab�amos  dicho  el  oficial  y  yo.   El a   me</p><p>pregunt�, de nuevo con voz temblorosa porque hablaba de hombres blancos:</p><p>-En el nombre de Curicaurl, el dios de la guerra, �por qu� deseas pasar la noche con el os?</p><p>-Porque el oficial ha hablado de ese carnicero que se l ama Guzm�n, el hombre que debilit� tu tierra de</p><p>Michoac�n y la reclam� como propia -le expliqu�-. Yo cre�a que en estos parajes septentrionales no hab�a</p><p>espa�oles. Quiero averiguar lo que est� haciendo Guzm�n tan lejos de su Nueva Galicia.</p><p>-Haz lo que creas que debes hacer -me dijo de De Puntil as con resignaci�n.</p><p>-Y t�, de De Puntil as, por favor, trata de pasar desapercibida. Deja que los hombres blancos capturen su</p><p>propia caza para la cena. Por favor, no saques el palo de trueno para mostrarles el dominio que tienes de</p><p>�l.</p><p>El oficial, que se l amaba Tal abuena y ten�a s�lo el rango de teniente, aunque yo para caerle en gracia</p><p>continu�   l am�ndole   capit�n,   se   sent�   a   mi   lado   ante   la   hoguera   del   campamento.   Mientras   los   dos</p><p>d�bamos buena cuenta de una jugosa carne de ciervo asado, me confi� con mucha libertad lo que yo</p><p>deseaba saber sobre ese gobernador Guzm�n.</p><p>-No, no, no ha l egado tan lejos por el norte. Sigue residiendo en Nueva Galicia, al � est� a salvo. El astuto</p><p>Guzm�n sabe que no le conviene arriesgar ese gordo culo suyo aqu�, en la Tierra de Guerra. Pero ha</p><p>establecido su capital justo en la frontera norte de Nueva Galicia, y espera convertirla en una hermosa</p><p>ciudad.</p><p>-�Por qu�? -le pregunt�-. La antigua capital de Michoac�n estaba en la oril a del Lago de los Juncos, lejos</p><p>al sur.</p><p>-Guzm�n no es pescador. Su provincia natal al �, en Vieja Espa�a, es tierra de minas de plata. Por lo tanto</p><p>espera hacer aqu� fortuna a partir de la plata. As� que fund� su capital en una regi�n cercana a la costa</p><p>donde  sus  buscadores han   descubierto  ricas  venas  de   ese   metal  en   bruto  y  de  otros.   La   ha   l amado</p><p>Compostela.   Hasta   ahora   s�lo   est�   formada   por   �l,   esos   compinches   suyos   que   son   sus   aduladores</p><p>favoritos y su cuadro de tropas, pero l evar� esclavos nativos para que se maten a trabajar bajo tierra</p><p>extrayendo la plata para �l. Compadezco a esos pobres desgraciados.</p><p>-Yo tambi�n -murmur� al tiempo que decid�a que de De Puntil as y yo nos dirigir�amos m�s al noroeste</p><p>cuando prosigui�ramos el viaje para no tropezarnos con la tal Compostela. Sin embargo, me preocupaba</p><p>que aquel carnicero de Guzm�n hubiera fundado su nueva ciudad tan cerca de mi Aztl�n nativa. Por lo que</p><p>yo calculaba, no estaba a m�s de cien largas carreras de distancia.</p><p>-Pero ven, don Juan -dijo entonces Tal abuena-. Ven a conocer a los h�roes del momento.</p><p>Me gui� hasta donde estaban comiendo los tres h�roes. Varios soldados de rango inferior los estaban</p><p>atendiendo con devoci�n; los agasajaban con las porciones m�s delicadas de carne de ciervo, les serv�an</p><p>vino de unas bolsas de cuero y saltaban dispuestos a cumplir hasta el m�s m�nimo deseo de el os. Tambi�n</p><p>estaba a su servicio un hombre vestido con ropa de fraile apropiada para viajar, el cual todav�a trataba de</p><p>ganarse el favor de el os de una forma a�n m�s servil. Los h�roes, por lo que pude ver, en origen hab�an</p><p>sido de piel blanca, pero ahora estaban tan quemados por el sol que ten�an la piel incluso m�s oscura que</p><p>la m�a. El cuarto hombre, a quien tambi�n se habr�a considerado un h�roe si hubiera sido blanco, estaba</p><p>sentado comiendo solo, aparte y sin que nadie le sirviera. Era negro y el sol no habr�a podido ponerlo m�s</p><p>negro.</p><p>Yo nunca m�s volver�a a ver a esos hombres despu�s de aquel a noche. Pero aunque entonces no pod�a</p><p>saberlo,   el   tonali   de   cada   uno   de   el os   estaba   tan   ligado   al   m�o   que   nuestras   vidas   futuras   -y   otras</p><p>incontables vidas, e incluso los destinos de naciones- estar�an inseparablemente entrelazadas. De manera</p><p>que contar� aqu� lo que aprend� acerca de el os y c�mo entabl� amistad con uno de el os en el breve</p><p>tiempo que pas� antes de que nos separ�semos para siempre.</p><p><strong>16</strong></p><p>Al l�der de los h�roes todos se le dirig�an por su nombre de pila, don Alvaro. Pero cuando me lo presentaron</p><p>me extra�� que los espa�oles se hubieran re�do del nombre de De Puntil as, porque el apel ido de este</p><p>hombre Alvaro era Cabeza de Vaca. A pesar de un apelativo tan poco favorable, sus compa�eros y �l</p><p>verdaderamente hab�an realizado una haza�a heroica. Tuve que componer las piezas de su historia por la</p><p>conversaci�n   que   manten�an   con   los   soldados   que   los   atend�an   y   por   lo   que   me   cont�   el   teniente</p><p>Tal abuena; porque los tres h�roes, despu�s de haberme saludado con bastante cortes�a, no volvieron a</p><p>hablarme directamente. Y una vez que conoc� su historia, dif�cilmente puedo culparlos por no querer tener</p><p>nada que ver con indio alguno.</p><p>S� que Florida significa "l eno de flores" en lengua espa�ola, pero hasta el d�a de hoy sigo sin saber d�nde</p><p>est�  situada   exactamente  la  tierra  que  l eva   ese  nombre.   Dondequiera  que  est�,  debe  de  ser un  sitio</p><p>terrible. m�s de ocho a�os antes, este hombre l amado Cabeza de Vaca, sus compa�eros supervivientes y</p><p>algunos otros cientos de hombres blancos, junto con sus cabal os, armas y provisiones, se hab�an hecho a</p><p>la mar desde la colonia de la isla de Cuba con la intenci�n de establecer una nueva colonia en esa tierra</p><p>l amada Florida.</p><p>Desde   que   se   hicieron   a   la   mar  los   acosaron   las  tormentas   primaverales,   que   son   mal�simas.   Luego,</p><p>cuando por fin l egaron a tierra, se encontraron con otros problemas que los l enaron de consternaci�n.</p><p>Donde el paisaje de Florida no se hal aba cubierto de densos bosques pr�cticamente impenetrables, estaba</p><p>surcada de veloces r�os, que se entrecruzaban y eran dif�ciles de vadear, o cubierta de pantanos calientes y</p><p>f�tidos, y en esas tierras tan agrestes los cabal os resultaban casi in�tiles. Animales rapaces de los bosques</p><p>acechaban a los aventureros, las serpientes y los insectos los mord�an y les picaban, y los aflig�an las</p><p>fiebres letales de los pantanos y otras enfermedades. Mientras tanto, los habitantes nativos de Florida no</p><p>estaban nada contentos de recibir a aquel os invasores de piel p�lida, sino que iban acabando con el os,</p><p>uno tras otro, con flechas que disparaban emboscados desde los �rboles en los que se ocultaban, o bien en</p><p>campo   abierto,   atac�ndolos   frontalmente   en   gran   n�mero.   Los   espa�oles,   extenuados   por   el   viaje   y</p><p>debilitados por las enfermedades, s�lo pod�an oponer una d�bil resistencia, y cada vez se sent�an m�s</p><p>debilitados por el hambre, porque los indios se l evaban sus animales dom�sticos y quemaban las cosechas</p><p>de ma�z y otros comestibles antes de que avanzasen los hombres blancos. (A m� me parec�a incre�ble, pero</p><p>resultaba   evidente   que   los   supuestos   colonizadores   eran   incapaces   de   alimentarse   a   base   de   la</p><p>abundancia   de   animales,   aves,   peces   y   plantas   que   cualquier   tierra   salvaje   ofrece   a   hombres</p><p>emprendedores   y   de   iniciativa.)   De   todos   modos,   el   n�mero   de   espa�oles   disminu�a   de   manera   tan</p><p>alarmante que los que quedaban abandonaron toda esperanza de sobrevivir en aquel lugar. Dieron media</p><p>vuelta y retrocedieron hasta la costa. Una vez al �, se percataron de que las tripulaciones de sus barcos, sin</p><p>duda d�ndolos por perdidos, se hab�an hecho a la mar y los hab�an dejado abandonados en aquel a tierra</p><p>hostil.</p><p>Desanimados, enfermos, temerosos, asediados por todas partes, optaron por el recurso desesperado de</p><p>construir barcos nuevos. Y lo hicieron: cinco barcas hechas con ramas de �rboles y hojas de palmera</p><p>atadas con cuerdas que fabricaron con crines y colas de cabal o trenzadas; las calafatearon con brea de</p><p>pino y les pusieron velas que improvisaron cosiendo sus propias ropas. Para entonces ya hab�an matado a</p><p>los cabal os que les quedaban para comerse la carne, y hab�an utilizado las pieles para hacer bolsas donde</p><p>l evar agua potable. Cuando por fin las barcas soltaron las amarras, sus cinco patrones -Cabeza de Vaca</p><p>era uno de el os- no las condujeron hasta alta mar, sino que se mantuvieron a una prudencial distancia</p><p>desde donde pod�a verse la l�nea de la costa, pues pensaban que si la segu�an lo suficiente en direcci�n</p><p>oeste, con el tiempo tendr�an que l egar por fuerza a las costas de Nueva Espa�a.</p><p>Hal aron   el   mar   y   la   tierra   igualmente   hostiles,   pues   tanto   la   tierra   como   el   agua   eran   azotados</p><p>frecuentemente por tormentas, ahora fr�as tormentas de invierno, con vientos que lo barr�an todo a su paso</p><p>y con l uvias torrenciales. Incluso en tiempo de calma hab�a otra clase de l uvia, la de flechas, que proced�a</p><p>de los indios que sal�an a acosarlos en canoas de guerra. Los escasos v�veres se les acabaron y las bolsas</p><p>de cuero sin curtir se pudrieron en seguida, pero cada vez que los espa�oles intentaban desembarcar para</p><p>ver de renovar las provisiones, un nuevo enjambre de flechas los repel�a desde tierra. Inevitablemente, las</p><p>cinco barcas se separaron. Cuatro de el as no volvieron a verse ni se oy� de el as de nuevo. La barca que</p><p>qued�, la que l evaba a bordo a Cabeza de Vaca y a varios de sus camaradas, logr�, al cabo de mucho</p><p>tiempo, l egar a tierra.</p><p>Los  hombres  blancos,  ahora  apenas  vestidos,  medio   muertos  de hambre,   con  el  fr�o   calado  hasta  los</p><p>huesos y debilitados casi hasta la decrepitud, hal aron de vez en cuando alguna tribu nativa, tribus que a�n</p><p>no estaban informadas de que las estaban invadiendo, dispuesta a alimentar y a dar cobijo a los forasteros.</p><p>Pero a medida que los hombres blancos, sin arredrarse en absoluto, continuaron hacia el oeste con la</p><p>esperanza   de   hal ar   Nueva   Espa�a,   encontraron   m�s   oposici�n   que   socorro,   y   cada   vez   con   mayor</p><p>frecuencia. A medida que iban cruzando bosques, extensas praderas, r�os incre�blemente anchos, altas</p><p>monta�as y desiertos secos, los fueron capturando distintas tribus o bandas de indios errantes, una detr�s</p><p>de otra. Los captores los esclavizaban, los pon�an a trabajar en tareas dur�simas, los maltrataban, los</p><p>azotaban y los mataban de hambre. ("Los condenados diablos rojos -le o� comentar a Cabeza de Vaca-</p><p>incluso  dejaban que  aquel os mocosos suyos  del infierno  se  divirtieran  a nuestra  costa arranc�ndonos</p><p>mechones   de   la   barba.")   Y   en   cada   uno   de   esos   cautiverios   los   espa�oles   se   las   ingeniaron   para</p><p>escaparse, aunque perdiendo cada vez a uno o m�s de el os, que mor�a o era capturado de nuevo. Qu�</p><p>habr�a sido de aquel os camaradas que dejaron atr�s era algo que nunca sabr�an.</p><p>Cuando por fin, al cabo de mucho tiempo, consiguieron l egar a los aleda�os remotos de Nueva Espa�a,</p><p>s�lo quedaban vivos cuatro de el os: tres blancos -Cabeza de Vaca, Andr�s Dorantes y Alonso del Castil o-</p><p>y Estebanico, el esclavo negro que pertenec�a a Dorantes. Aparte de haberle o�do comentar a Castil o que</p><p>hab�an cruzado un continente entero -y yo s�lo tengo una vagu�sima idea de lo que es un continente-, no</p><p>tengo modo de calcular cu�ntas leguas y carreras largas se vieron obligados a recorrer tan dolorosamente</p><p>aquel os hombres. Lo �nico que el os y yo sabemos con certeza es que tardaron ocho a�os en hacerlo.</p><p>Habr�an hecho el viaje en menos tiempo, desde luego, si hubieran podido mantenerse cerca de la costa del</p><p>mar Oriental. Pero sus diferentes captores se los hab�an ido pasando de mano en mano entre tribus que</p><p>cada vez moraban m�s hacia el interior; y sus escapadas de esos cautiverios los hab�an empujado a�n m�s</p><p>hacia el interior, de modo que, cuando por fin se tropezaron con un grupo de soldados espa�oles que se</p><p>hab�an adentrado audazmente patrul ando en la Tierra de Guerra, se encontraban muy cerca de la costa del</p><p>mar Occidental.</p><p>Aquel os soldados, sobrecogidos a causa del respeto y la admiraci�n y bastante incr�dulos ante la historia</p><p>que relataban los forasteros, los escoltaron hasta un puesto avanzado del ej�rcito, donde los vistieron, los</p><p>alimentaron   y   luego   los   trajeron   a   Compostela.   El   gobernador   Guzm�n   les   proporcion�   cabal os,   una</p><p>escolta m�s numerosa, al fraile Marcos de Niza para que se encargara de sus necesidades espirituales y</p><p>los puso en el sendero campo a trav�s hacia la Ciudad de M�xico. Al �, les hab�a asegurado Guzm�n, se los</p><p>honrar�a y festejar�a y se har�an todas las celebraciones que merec�an. Y durante todo el camino los h�roes</p><p>hab�an contado una y otra vez su historia a cualquier persona que se encontraran y a cualquier oyente</p><p>�vido. Yo escuchaba con tanta avidez como el que m�s, y con admiraci�n no fingida.</p><p>Hab�a   muchas   preguntas   que   me   hubiera   gustado   hacerles   de   no   haberme   ignorado   el os   con   tanta</p><p>diligencia. Pero no pude evitar o�r que fray Marcos les hac�a precisamente algunas de las preguntas que a</p><p>m� me rondaban por la cabeza. Pareci� frustrado, y yo tambi�n, cuando los h�roes protestaron diciendo que</p><p>eran incapaces de proporcionarle esta o aquel a informaci�n que el fraile quer�a. As� que me acerqu� al</p><p>hombre negro, que estaba sentado aparte. Ahora bien, el sufijo -ico que los espa�oles hab�an a�adido a su</p><p>nombre es un diminutivo condescendiente como el que se usa cuando uno se dirige a un ni�o, as� que tuve</p><p>cuidado de dirigirme a �l como es debido, como a un adulto.</p><p>-Buenas noches, Esteban.</p><p>-Buenas... -murmur� �l mientras miraba con bastante recelo a un indio que hablaba espa�ol.</p><p>-�Puedo hablar contigo, amigo?</p><p>-�Amigo? -repiti�, como si se sorprendiera de que me dirigiera a �l como a un igual.</p><p>-�Es que acaso no somos los dos esclavos de los hombres blancos? -le pregunt�-. Aqu� est�s t� sentado,</p><p>desde�ado,   mientras   tu   amo   se   enorgul ece   y   se   regodea   en   las   atenciones   que   recibe.   Me   gustar�a</p><p>conocer algo de tus aventuras. Toma, tengo poc�etl. Fumemos juntos mientras yo te escucho.</p><p>Aquel hombre segu�a mir�ndome con cautela, pero o yo hab�a conseguido establecer cierta comunicaci�n</p><p>cort�s entre los dos, o sencil amente �l estaba deseando que le escucharan. Empez� pregunt�ndome:</p><p>-�Qu� quieres saber?</p><p>-S�lo que me cuentes lo ocurrido durante los �ltimos ocho a�os. He o�do lo que recuerda el se�or Cabeza</p><p>de Vaca.</p><p>Ahora cu�ntame tus recuerdos.</p><p>Y   as�   lo   hizo.   Desde   que   la   expedici�n   desembarc�   por   primera   vez   en   aquel   lugar   l amado   Florida,</p><p>pasando por todas las decepciones y desastres que afligieron y diezmaron a los fugitivos supervivientes</p><p>mientras atravesaban las tierras desconocidas de este a oeste. Su relato difer�a del de los hombres blancos</p><p>s�lo en dos aspectos. Estaba claro que Esteban hab�a sufrido todas las heridas, dificultades y humil aciones</p><p>que los dem�s viajeros hab�an sufrido, pero ni m�s ni menos. Hizo bastante �nfasis en esto en su relato,</p><p>como si as� afirmase que aquel os sufrimientos comunes le hab�an conferido una cierta igualdad con sus</p><p>amos.</p><p>La otra diferencia entre su relato y el de el os era que Esteban se hab�a tomado la molestia de aprender por</p><p>lo menos algunos fragmentos de las diferentes lenguas que hablaban los pueblos en cuyas comunidades</p><p>hab�an pasado alg�n tiempo. Yo nunca hab�a o�do antes el nombre de ninguna de aquel as tribus. Esteban</p><p>me dijo que viv�an lejos, al nordeste de esta Nueva Espa�a. Las dos �ltimas o las m�s cercanas tribus que</p><p>hab�an tenido en cautividad a los viajeros se hac�an l amar, me dijo, akimoel o�otam, o pueblo del r�o, y</p><p>to�ono   o�otam,   o   pueblo   del  desierto.   Y  de   todos   los   "condenados  diablos  rojos"   con   que   se   hab�an</p><p>encontrado,   �stos   eran   los   m�s   diab�licamente   diab�licos.   Guard�   los   dos   nombres   en   mi   memoria.</p><p>Quienesquiera que fueran aquel os pueblos y dondequiera que estuvieran, parec�an candidatos aptos para</p><p>alistarlos en mi ej�rcito rebelde privado.</p><p>Cuando Esteban hubo terminado su relato, los dem�s que se encontraban en torno a la hoguera ya se</p><p>hab�an enrol ado en sus mantas y se hab�an dormido. Yo estaba a punto de hacerle las preguntas que no</p><p>hab�a podido formularles a los hombres blancos, cuando o� una pisada sigilosa detr�s de m�. Me di la vuelta</p><p>con brusquedad y me encontr� con de de De Puntil as, que me pregunt� en un susurro:</p><p>-�Est�s bien, Tenamaxtli?</p><p>Le respond� en por�:</p><p>-Claro que si. Vuelve a dormirte, Pak�peti. -Y repet� lo mismo en espa�ol para que Esteban me entendiera-:</p><p>Vuelve a dormirte, hombre m�o.</p><p>-Estaba dormida, pero me despert� con el repentino temor de que estas bestias hubieran podido hacerte</p><p>da�o o te hubieran atado como a un prisionero. �Ayyo, esta bestia es negra!</p><p>-No importa, querida m�a. En todo caso es una bestia amistosa. Pero gracias por preocuparte.</p><p>Cuando de De Puntil as se alejaba sigilosamente, Esteban se ech� a re�r sin ganas y dijo en tono de burla:</p><p>-�Hombre m�o!</p><p>Me encog� de hombros.</p><p>-Hasta un esclavo puede ser due�o de otro esclavo.</p><p>-Me importa un pedo oloroso y maduro cu�ntos esclavos tienes. Y puede que �se sea esclavo y tenga el</p><p>pelo tan corto como yo, pero hombre no es.</p><p>-Cal a, Esteban. Es un enga�o, s�, pero s�lo para evitar cualquier riesgo de que estos tunantones casacas</p><p>azules abusen de el a.</p><p>-No me importar�a abusar un poco yo mismo -coment�; y sonri�, ense�ando los dientes blancos en la</p><p>oscuridad al hacerlo-. Unas cuantas veces durante nuestro viaje he probado a mujeres rojas, y desde luego</p><p>que las he encontrado sabrosas. Y el as no me encontraron a m� m�s desagradable que si hubiera sido</p><p>blanco.</p><p>Probablemente. Supongo que, incluso entre las personas de mi propia raza, una mujer lo bastante imp�dica</p><p>como para estar tentada a probar carne extranjera raramente considerar�a que la carne negra es m�s</p><p>espantosa que la blanca. Pero al parecer Esteban tomaba aquel a falta de exigencia de las mujeres por otra</p><p>muestra -aunque fuera una muestra pat�tica- de que al �, en las tierras desconocidas, �l era el igual de</p><p>cualquier hombre blanco. Estuve a punto de confiarle que yo en una ocasi�n hab�a gozado de una mujer de</p><p>su raza, o por lo menos medio negra, y no hab�a encontrado dentro de el a nada diferente a cualquier mujer</p><p>"roja". Pero en lugar de eso, s�lo dije:</p><p>-Amigo Esteban, creo que te gustar�a regresar a esas tierras lejanas.</p><p>Ahora fue �l quien se encogi� de hombros.</p><p>-Ni siquiera en la cautividad m�s cruel fui el esclavo de ning�n hombre.</p><p>-Entonces, �por qu� no te vuelves al �? Vete ahora. Roba un cabal o. Yo no dar� la alarma.</p><p>Hizo un movimiento negativo con la cabeza.</p><p>-He   sido   un   fugitivo   durante   estos  ocho   a�os.   No   quiero   que   los  cazadores  de  esclavos   me   persigan</p><p>durante el resto de mi vida. Y ten la seguridad de que lo har�an aunque tuvieran que adentrarse en tierras</p><p>salvajes.</p><p>-Quiz�... -dije yo pensativo-. Quiz� podamos idear alg�n motivo para que vayas al � legalmente, y con la</p><p>bendici�n de los hombres blancos.</p><p>-�Ah, si? �C�mo?</p><p>-He o�do a ese fray Marcos haciendo preguntas...</p><p>Esteban se ech� a re�r de nuevo, y dijo, otra vez sin ganas:</p><p>-Ah, el galicoso.</p><p>-�Qu�? -le pregunt�.</p><p>Si yo hab�a entendido bien la palabra, Esteban hab�a descrito a fray Marcos como alguien que padece una</p><p>enfermedad vergonzosa en extremo.</p><p>-Era una broma. Un juego de palabras. Ten�a que haber dicho el galicano.</p><p>-Pues sigo sin...</p><p>-El franc�s, entonces. El es de Francia. Marcos de Niza no es m�s que la transformaci�n en espa�ol de su</p><p>verdadero nombre, Marc de Nice, y Nice es un lugar de Francia. Ese fraile es un reptil, como todos los</p><p>franceses.</p><p>-Me da igual que tenga escamas -le dije con impaciencia-. �Quieres escucharme, Esteban? El fraile ha</p><p>estado sonsacando informaci�n a tus camaradas blancos sobre las siete ciudades. �A qu� se refer�a?</p><p>-�Ay de m�! -exclam�; y escupi� con asco-. Es una antigua f�bula espa�ola. Yo la he o�do muchas veces.</p><p>Las Siete Ciudades de Antilia. Se supone que son ciudades construidas con oro, plata, piedras preciosas,</p><p>marfil   y   cristal,   que   est�n   situadas  en   alguna   tierra   hasta   ahora   nunca   vista   mucho   m�s  al �   del   mar</p><p>Oc�ano. Esa f�bula se ha estado repitiendo desde un tiempo anterior al tiempo. Cuando se descubri� este</p><p>Nuevo Mundo, los espa�oles se esperaban encontrar aqu� esas ciudades. Nos l egaron rumores, incluso en</p><p>Cuba, de que los otros, los indios de Nueva Espa�a, podr�ais decirnos, si quisierais, d�nde se encuentran.</p><p>Pero yo ahora no te lo estoy preguntando, amigo, no me malinterpretes.</p><p>-Pregunta si quieres -le conmin�-. Puedo responder con honradez que hasta ahora nunca hab�a o�do hablar</p><p>de el as. �Has visto t� o los otros algo as� durante vuestros viajes?</p><p>-�Mierda! -gru�� Esteban-. En todas esas tierras que hemos atravesado, a cualquier aldea de ladril os de</p><p>barro   y   paja   la   l aman   ciudad.   Esa   es   la   �nica   clase   de   ciudades   que   vimos.   Feas,   desgraciadas,</p><p>miserables, piojosas y malolientes.</p><p>-El fraile se mostr� muy insistente en sus preguntas. Cuando los tres h�roes protestaron y alegaron total</p><p>ignorancia   acerca   de   tan   fabulosas   ciudades,   me   pareci�   que   fray  Marcos  incluso   sospechaba   que   le</p><p>ocultaban alg�n secreto.</p><p>-�Ya lo creo que si, el muy reptil! Cuando estuvimos en Compostela me dijeron que todos los hombres que</p><p>lo conocen lo l aman el Monje Mentiroso. Naturalmente el Monje Mentiroso sospecha que todo el mundo</p><p>miente.</p><p>-Bien... �Alguno de los indios con los que os encontrasteis insinu� la existencia de...?</p><p>-�Mierda y mierda! -exclam� Esteban en voz tan alta que tuve que indicarle otra vez que bajara el tono por</p><p>temor  a  que   alguien  se  despertase-.  Pues  si,  lo  insinuaron,   ser�  mejor  que  lo  sepas.   Un  d�a,   cuando</p><p>est�bamos entre el Pueblo del R�o, que nos utilizaban como animales de carga cuando se trasladaban de</p><p>uno de los feos meandros del r�o a otro, nuestros capataces se�alaron hacia el norte y nos dijeron que en</p><p>aquel a direcci�n se asentaban seis grandes ciudades del Pueblo del Desierto.</p><p>-Seis -repet�-. �No siete?</p><p>-Seis, pero por lo visto eran grandes ciudades. Lo cual quiere decir que lo m�s probable es que para esos</p><p>est�pidos las ciudades tuvieran cada una m�s de un pu�ado de casas de barro y quiz� un pozo de agua del</p><p>que poder abastecerse.</p><p>-�No las riquezas de esa fabulosa Antilia?</p><p>-�Oh,   pues   claro   que   si!   -reconoci�   Esteban   con   sarcasmo-.   Nuestros   indios   del   Pueblo   del   R�o   nos</p><p>explicaron que el os comerciaban con pieles de animales, conchas del r�o y plumas de p�jaros con los</p><p>habitantes de aquel as elegantes ciudades, y a cambio consegu�an grandes riquezas. Se ha de tener en</p><p>cuenta que el os l amaban riquezas s�lo a esas piedras baratas azules y verdes que vosotros los indios</p><p>tanto vener�is .</p><p>-Entonces, �nada que pudiese suscitar la avaricia de los espa�oles?</p><p>-�Quieres escucharme, hombre? De lo que estamos hablando es de un desierto!</p><p>-Entonces... �tus compa�eros no le est�n ocultando nada al fraile?</p><p>-�Ocult�ndole qu�? Yo era el �nico que comprend�a los idiomas de los indios. Mi amo Dorantes s�lo sabe</p><p>aquel o que yo le traduc�a. Y era bastante poco, porque poco hab�a que decir.</p><p>-Pero sup�nte que... ahora... t� te l evases aparte a fray Marcos y le susurrases al o�do que los hombres</p><p>blancos le est�n ocultando un secreto. Que t� conoces el paradero de ciudades realmente ricas.</p><p>Esteban me mir� boquiabierto.</p><p>-�Que   le   mienta?   �Qu�   ganar�a   yo   con   mentirle   a   un   hombre   al   que   se   le   conoce   como   el   Monje</p><p>Mentiroso?</p><p>-Seg�n mi experiencia, los mentirosos son las personas m�s dispuestas a creer mentiras. Al parecer el</p><p>fraile ya se cree esa f�bula de las Siete Ciudades de Antilia.</p><p>-�Y qu�? �Le digo que es verdad que existen? �Y que yo s� d�nde est�n? �Por qu� habr�a yo de hacer</p><p>eso?</p><p>-Como te he sugerido hace un rato, para que puedas volver a esas tierras donde no eras un esclavo; donde</p><p>encontraste que las mujeres nativas eran de tu agrado; y para volver al � en esta ocasi�n no como un</p><p>fugitivo.</p><p>-Hmm... -murmur� Esteban, consider�ndolo.</p><p>-Convence al fraile de que puedes l evarlo a esas ciudades de inmensurable riqueza. Se dejar� convencer</p><p>con facilidad si cree que est�s revel�ndole algo que los h�roes blancos no le quieren contar. Supondr� que</p><p>el os est�n esperando para revelarle el secreto al marqu�s Cort�s. Se regocijar� con la ilusi�n de que, con</p><p>tu ayuda, �l puede l egar hasta esas riquezas antes que Cort�s o que cualquier buscador de tesoros que</p><p>Cort�s pueda enviar. Y lo organizar� para que t� lo l eves al �.</p><p>-Pero...   �y   qu�   pasar�   cuando   l eguemos   al �   y   yo   no   tenga   nada   que   ense�arle?   S�lo   hay   risibles</p><p>conejeras de barro, guijarros azules sin valor y...</p><p>-Ahora eres t�, amigo, el que se est� comportando como un est�pido. Gu�alo hasta al � y oc�pate de que se</p><p>pierda. Eso te resultar� bastante f�cil. Si alguna vez �l l ega a encontrar el camino de regreso hasta aqu�,</p><p>hasta Nueva Espa�a, s�lo podr� informar de que lo m�s probable es que te hayan asesinado los vigilantes</p><p>que guardan esos tesoros.</p><p>La cara de Esteban empez� a resplandecer, si es que el negro puede resplandecer.</p><p>-Ser�a libre...</p><p>-Ciertamente merece la pena intentarlo. Ni siquiera hace falta que mientas, si es eso lo que te inquieta. La</p><p>propia avaricia y car�cter deshonesto del fraile le proporcionar�n a su mente la exageraci�n necesaria para</p><p>convencerle.</p><p>-�Por Dios, claro que voy a hacerlo! T�, amigo, eres un hombre sabio e inteligente.   T� deber�as ser el</p><p>marqu�s de toda Nueva Espa�a!</p><p>Puse modestos reparos, pero debo confesar que yo tambi�n resplandec�a de orgul o por el complicado plan</p><p>que estaba poniendo en marcha. Esteban, desde luego, no sab�a que yo lo estaba utilizando para l evar</p><p>adelante mis planes secretos, pero no por el o dejar�a �l de beneficiarse. Ser�a libre de cualquier amo por</p><p>primera vez en su vida, y libre de aprovechar la oportunidad de permanecer libre entre los habitantes de</p><p>aquel lejano Pueblo del R�o, y libre para retozar cuanto quisiera, u osase, con sus mujeres.</p><p>He relatado gran parte de nuestra conversaci�n, que dur� toda la noche, al detal e porque el o aclarar� la</p><p>explicaci�n -que dar� en su debido momento- de c�mo en realidad mi encuentro con los h�roes y el fraile</p><p>redund� en beneficio de la realizaci�n de mi plan para derrocar a los hombres blancos. Y a�n hab�a en</p><p>reserva otro encuentro m�s para darme m�s �nimo. Para cuando Esteban y yo terminamos de hablar, ya</p><p>estaba clareando el d�a, y con la ma�ana l eg� una m�s de esas aparentes coincidencias que los dioses, en</p><p>su maliciosa interferencia con las obras de los hombres, est�n ideando continuamente.</p><p>De improviso l egaron cuatro nuevos soldados espa�oles a cabal o procedentes de la misma direcci�n por</p><p>la que de De Puntil as y yo hab�amos venido; entraron con estruendo en el campamento y despertaron con</p><p>un sobresalto a todos los que nos encontr�bamos al �. Cuando me enter� de que le hablaban a voces al</p><p>teniente Tal abuena, sent� un gran alivio; aquel os hombres no nos iban persiguiendo a de De Puntil as y a</p><p>m�.   Los   cabal os   estaban   profusamente   cubiertos   de   espuma,   luego   era   evidente   que   hab�an   estado</p><p>cabalgando mucho y durante toda la noche. Si hab�an pasado por el puesto de guardia que hab�a bastante</p><p>m�s atr�s, al parecer no se hab�an detenido a prestarle atenci�n alguna.</p><p>-�Teniente! -grit� uno de los reci�n l egados-. Ya no est� bajo el mando de ese zurul �n Guzm�n!</p><p>-Alabado sea Dios por eso -repuso Tal abuena mientras se frotaba los ojos para quitarse el sue�o-. Pero</p><p>�por qu� no lo estoy?</p><p>El jinete se dej� caer del cabal o de un salto, le ech� las riendas a un soldado somnoliento y exigi�:</p><p>-�Hay algo de comer? Tenemos las hebil as del cintur�n roz�ndonos el espinazo! Ay, han l egado noticias</p><p>de la capital, teniente. El rey por fin ha nombrado un virrey para que encabece la Audiencia de Nueva</p><p>Espa�a. Un buen hombre, este virrey Mendoza. Una de las primeras cosas que hizo fue o�r las numerosas</p><p>quejas existentes contra Nu�o de Guzm�n, las incontables atrocidades que ha cometido contra los indios y</p><p>los moros esclavos que hay por aqu�. Y uno de los primeros decretos de Mendoza es que a Guzm�n se le</p><p>despoje del cargo de gobernador de Nueva Galicia. Vamos al galope tendido a Compostela con �rdenes de</p><p>hacernos cargo de �l y de l evarlo a la ciudad para que se le castigue. -Yo no hubiera podido o�r nada que</p><p>me complaciera m�s. El portador de la noticia hizo una pausa para dar un enorme bocado a un pedazo de</p><p>carne de ciervo fr�a antes de continuar hablando-: Guzm�n ser� sustituido por un hombre m�s joven, uno</p><p>que ha venido de Espa�a con Mendoza, un tal Coronado, que en estos momentos se encuentra de camino</p><p>hacia aqu�.</p><p>-�Oye! -exclam� fray Marcos-. �No ser� �se un tal Francisco V�squez de Coronado?</p><p>-Pues s� -respondi� el soldado entre un bocado y otro.</p><p>-�Qu� feliz fortuna! -exclam� otra vez el fraile-. He o�do hablar mucho de �l, y todo lo que he o�do han sido</p><p>alabanzas. Es amigo �ntimo de ese virrey Mendoza, quien a su vez es amigo �ntimo del obispo Zum�rraga,</p><p>quien   a  su   vez   es  �ntimo   amigo   m�o.  Adem�s,   este   Coronado   ha   contra�do   recientemente   un   bril ante</p><p>matrimonio con una prima del mism�simo rey Carlos. Ay, pero Coronado ejercer� poder e influencia aqu�!</p><p>Los dem�s espa�oles mov�an la cabeza ante tantas noticias que l egaban todas al mismo tiempo, pero me</p><p>escurr� del grupo de personas y me acerqu� hasta donde estaba Esteban, de pie un poco m�s al �, y le dije</p><p>en voz baja:</p><p>-Las cosas se ponen cada vez mejor, amigo, para que t� regreses pronto con ese Pueblo del R�o.</p><p>Esteban asinti� y dijo exactamente lo mismo que yo estaba pensando.</p><p>-El Monje Mentiroso convencer� a su amigo el obispo, y al amigo del obispo, el virrey, para que lo env�e al �</p><p>como misionero entre aquel os salvajes. Si les dice o no al obispo y al virrey por qu� va al � en realidad, no</p><p>importa gran cosa. Con tal de que yo vaya con �l.</p><p>-Y este gobernador Coronado -a�ad�- estar� deseando hacer m�ritos. Si traes a fray Marcos y pas�is por</p><p>Compostela, apuesto lo que quieras a que Coronado se mostrar� de lo m�s generoso y proporcionar�</p><p>cabal os, armas, provisiones y cualquier otro tipo de equipamiento.</p><p>-S� -grazn� Esteban-. Te debo mucho, amigo. No te olvidar�. Y si alguna vez l ego a ser rico, puedes estar</p><p>seguro de que lo compartir� contigo.</p><p>Dicho eso, me rode� impulsivamente con los brazos y me dio ese apret�n estrujante que en espa�ol l aman</p><p>abrazo. Unos cuantos espa�oles estaban mirando, y me preocup� que pudieran preguntarse por qu�, a</p><p>cuenta de qu� se me estaban dando las gracias de manera tan efusiva. Pero ten�a otra preocupaci�n m�s</p><p>inmediata. Por encima del hombro de Esteban vi que de De Puntil as tambi�n estaba mirando. Abri� mucho</p><p>los ojos y se precipit� bruscamente hacia nuestros cabal os. Comprend� lo que estaba a punto de hacer, me</p><p>solt� del abrazo y sal� como un rayo tras el a. Llegu� justo a tiempo para impedir que sacase uno de los</p><p>arcabuces de los petates.</p><p>-�No, Pak�peti! No hay necesidad!</p><p>-�Sigues indemne? -me pregunt� con voz temblorosa-. Cre� que esa bestia negra te estaba atacando.</p><p>-No, no. Eres una chica querida y cari�osa, pero demasiado impetuosa. Por favor, d�jame a m� toda tarea</p><p>de salvamento. Te contar� m�s tarde por qu� me estaba estrujando.</p><p>Muchos espa�oles nos estaban mirando con curiosidad, pero les dirig� una sonrisa tranquilizadora a todos</p><p>el os, que devolvieron su atenci�n a los portadores de noticias. Uno de el os estaba diciendo a los que</p><p>escuchaban:</p><p>-Otra noticia, aunque no tan portentosa, es que el Papa Paulo ha establecido un nuevo obispado aqu�, en</p><p>Nueva Espa�a, la di�cesis de Nueva Galicia. Y ha elevado al padre Vasco de Quiroga a un nuevo y augusto</p><p>puesto. Otro de nuestros Correos se dirige ahora a cabal o a informar al padre Vasco de que ahora ha de</p><p>l evar la mitra, pues ya es el obispo Quiroga de Nueva Galicia.</p><p>Aquel  anuncio  me complaci�  tanto  como  cualquiera   de  los otros  que  hab�a  o�do   en  aquel  lugar.  Pero</p><p>confiaba en que el padre Vasco, ahora que era un dignatario tan importante, no renunciara a sus buenas</p><p>obras, buenas intenciones y buen car�cter. Sin duda el papa Paulo esperaba que el m�s reciente de sus</p><p>obispos exprimiera a todos aquel os colonos de Utop�a con m�s contribuciones si cab�a para lo que Alonso</p><p>de Molina hab�a l amado "el quinto del rey" particular del Papa. Fuera como fuese, aquel o tambi�n era un</p><p>buen augurio con vistas al plan que yo hab�a concebido para Esteban. Lo m�s probable era que el obispo</p><p>Zum�rraga viera a Quiroga como un rival y se sintiera a�n m�s dispuesto a enviar a fray Marcos como</p><p>explorador, ya fuese en busca de nuevas almas o de nuevas riquezas para la Santa Madre Iglesia.</p><p>Demor� a prop�sito mi partida de aquel lugar hasta que los cuatro soldados reci�n l egados se hubieron ido</p><p>al galope en direcci�n a Compostela. Luego me desped� de Esteban y del teniente Tal abuena, y tanto el os</p><p>como la tropa restante, excepto los tres h�roes blancos y el Monje Mentiroso, nos dijeron adi�s con la mano</p><p>cordialmente. Cuando de De Puntil as y yo, que l ev�bamos cogidos de las riendas a los otros dos cabal os</p><p>que ten�amos, estuvimos cabalgando de nuevo, desvi� nuestro rumbo ligeramente hacia el norte con la</p><p>intenci�n de apartarme de la direcci�n que hab�an tomado los soldados que se acababan de marchar, y me</p><p>encamin� hacia lo que yo esperaba que fuera la direcci�n a Aztl�n.</p><p><strong>17</strong></p><p>No muchos d�as despu�s nos encontr�bamos entre unas monta�as que reconoc� del viaje que hab�a hecho</p><p>con mi madre y mi t�o. Era todav�a el comienzo de la estaci�n de las l uvias, pero el d�a en que l egamos a</p><p>los l�mites orientales de las tierras gobernadas por Aztl�n, el dios Tl�loc y sus ayudantes los esp�ritus</p><p>t�atoque   se   estaban   divirtiendo   al   provocar   una   tormenta.   Desde   los   cielos   lanzaban   con   fuerza   sus</p><p>tenedores de rel�mpagos, y con el ruido de truenos golpeaban sus inmensas jarras de agua unas contra</p><p>otras para derramar l uvia sobre la tierra. A trav�s de aquel a cortina de agua divis� el resplandor de una</p><p>hoguera de campamento sobre la falda de una colina que se hal aba a no mucha distancia por delante de</p><p>nosotros.  Detuve  nuestra peque�a  comitiva   entre  unos  �rboles que  nos ocultaban  y aguard� a  que  la</p><p>l amarada de un rel�mpago me permitiese ver con m�s claridad. Cuando cay� el rel�mpago pude contar</p><p>cinco hombres, que estaban de pie o en cuclil as alrededor de una hoguera protegida por un abrigo hecho</p><p>con ramas cubiertas de hojas. Todos los hombres vest�an la armadura de algod�n acolchado propia de los</p><p>guerreros aztecas, y casi parec�a que los hubieran puesto al � para aguardar nuestra l egada. Pens� que si</p><p>era as�, aquel o resultaba bastante desconcertante, porque �c�mo iba a saber nadie en Aztl�n que nos</p><p>aproxim�bamos?</p><p>-Espera aqu�, de De Puntil as -le indiqu�-. Deja que me asegure de que son hombres de mi pueblo. Estate</p><p>preparada para dar media vuelta y huir si te hago se�as de que son hostiles.</p><p>Avanc� a largos pasos colina arriba bajo la l uvia torrencial. Cuando me acercaba al grupo levant� ambas</p><p>manos para mostrar que no l evaba armas y grit�:</p><p>-� Mixpantzinco!</p><p>-�Ximopanolti! -me respondieron con mucha cortes�a y con el familiar acento del antiguo Aztl�n, que me</p><p>result� muy agradable o�r de nuevo.</p><p>Unos cuantos pasos m�s y estuve lo bastante cerca para ver, a la luz del siguiente rel�mpago, al hombre</p><p>que hab�a respondido a mi saludo. Una cara familiar del viejo Aztl�n, aunque no me resultaba agradable</p><p>verlo de nuevo porque recordaba perfectamente c�mo era. Imagino que ese sentimiento se me reflej� en la</p><p>voz cuando lo salud� sin demasiado entusiasmo.</p><p>-Ayyo, primo Yeyac.</p><p>-Y�yactzin -me record� con altivez-. Ayyo, Tenamaxtli. Hemos estado esper�ndote.</p><p>-Eso parece -dije al tiempo que miraba a los otros cuatro guerreros, todos el os armados con maqu�huime</p><p>de filo de obsidiana. Supuse que ser�an sus actuales amantes cuilontin, pero no hice ning�n comentario.</p><p>S�lo a�ad�-: �C�mo supiste que ven�a?</p><p>-Tengo   mis   medios   de   saberlo   -respondi�   Yeyac;   y   el   estruendo   de   un   prolongado   trueno   acompa��</p><p>aquel as palabras suyas haciendo que sonaran como un mal presagio-. Naturalmente, no ten�a idea de que</p><p>fuera mi amado primo quien ven�a a casa, pero la descripci�n fue bastante exacta, ahora lo veo.</p><p>Sonre�, aunque no estaba de humor para hacerlo.</p><p>-�Acaso nuestro bisabuelo ha estado ejerciendo su talento de vidente?</p><p>-El viejo Cana�tli muri� hace mucho tiempo. -A aquel anuncio los tlaloc que a�adieron otro ensordecedor</p><p>golpear de jarras de agua. Cuando Yeyac pudo hacerse o�r me pregunt� en tono exigente-: Y dime, �d�nde</p><p>est� el resto de tu grupo: tu esclavo y los cabal os del ej�rcito de los espa�oles?</p><p>Yo cada vez estaba m�s turbado. Si Yeyac no estaba siguiendo el aviso de alg�n vidente azt�catl, �qui�n lo</p><p>ten�a tan bien informado? Me percat� de que hablaba de "espa�oles", sin usar la palabra "caxtilteca", que</p><p>antes hab�a sido el nombre que los de Aztl�n utilizaban para los hombres blancos. Y record� c�mo, muy</p><p>recientemente,   me   hab�a   sentido   intranquilo   al  saber   que   el   gobernador  Guzm�n   hab�a   establecido   la</p><p>capital de su provincia tan cerca de la nuestra.</p><p>-Siento enterarme de la muerte de nuestro bisabuelo -dije sin alterarme-. Perdona, primo Yeyac, pero s�lo</p><p>dar� informes a nuestro Uey-Tecutli Mixtzin, no a ti ni a ninguna otra persona inferior. Y tengo muchas cosas</p><p>de las que informar.</p><p>-�Pues informa aqu� y ahora! -ladr� Yeyac-. Yo, Y�yactzin, soy el Uey-Tecutli de Aztl�n!</p><p>-�T�? Imposible! -dej� escapar movido por un impulso.</p><p>-Mi padre y tu madre nunca regresaron, Tenamaxtli. -Al o�r aquel o hice alg�n movimiento involuntario, ante</p><p>lo cual Yeyac a�adi�-: Siento tener que comunicarte tantas noticias y adem�s dolorosas... -Desvi� sus ojos</p><p>de los m�os-. Tuvimos informes de que a Mixtzin y a Cuicani se los encontr� muertos, al parecer asesinados</p><p>por algunos bandidos de los caminos.</p><p>Era desolador o�r aquel o. Pero si era cierto que mi t�o y mi madre estaban muertos, comprend� al instante</p><p>por el semblante de Yeyac que no hab�an muerto a manos de extra�os. m�s destel os de rel�mpagos,</p><p>estruendos de truenos y r�fagas de l uvia me dieron tiempo para componerme. Luego dije:</p><p>-�Y tu hermana y su marido... c�mo se l ama...? Kauri, s�. Mixtzin los design� a el os para gobernar en su</p><p>lugar.</p><p>-Ayya, el debilucho Kauri -exclam� Yeyac con desprecio-. No era precisamente un gobernante guerrero; ni</p><p>siquiera un cazador diestro. Un d�a, en estas monta�as, hiri� a un oso al que iba dando caza y cometi� la</p><p>tonter�a  de perseguirlo.  El oso, naturalmente, se  dio la vuelta y  lo  descuartiz�.  La viuda Am�yatzin  se</p><p>content�   con   retirarse   a   los  pasatiempos   propios  de   cualquier   matrona   y  me   hizo   asumir   la   carga   de</p><p>gobernar.</p><p>Yo sab�a que eso tampoco era cierto, porque yo conoc�a a mi prima Am�yatl mucho mejor a�n de lo que</p><p>conoc�a a Yeyac. Voluntariamente, el a nunca le habr�a cedido el puesto ni siquiera a un hombre de verdad,</p><p>mucho menos iba a ced�rselo a aquel despreciable simulacro al que siempre hab�a despreciado y del que</p><p>siempre se hab�a burlado.</p><p>-�Basta de perder el tiempo, Tenamaxtli! -gru�� Yeyac-. T� me obedecer�s!</p><p>-�Que te obedecer�? -le pregunt�-. �Igual que t� obedeces al gobernador Guzm�n?</p><p>-Ya no lo hago -respondi� sin pensarlo-. Al nuevo gobernador, Coronado...</p><p>Cerr� la boca, pero ya era demasiado tarde. Yo sab�a todo lo que necesitaba saber. Aquel os cuatro jinetes</p><p>espa�oles hab�an l egado a Compostela para arrestar a Guzm�n y habr�an mencionado el encuentro que</p><p>hab�an   tenido   conmigo   y   con   de   De   Puntil as   por   el   camino.   Quiz�   entonces   hubieran   empezado   a</p><p>preguntarse sobre la legitimidad de mi "misi�n" eclesi�stica y hab�an dado a conocer sus sospechas. Ya</p><p>fuera que Yeyac se encontraba en Compostela o que le hubiera l egado la noticia m�s tarde, daba igual.</p><p>Estaba claro que estaba confabulado con los hombres blancos. Qu� otra cosa pod�a significar eso (si es</p><p>que todo Aztl�n, sus aztecas nativos y los residentes mexicas hab�an aceptado de igual modo l evar el yugo</p><p>espa�ol), ya lo averiguar�a a su debido tiempo. En aquel momento s�lo ten�a que v�rmelas con Yeyac.</p><p>Cuando   se   produjo   el  siguiente   momento   de   calma   en   el   alboroto   de   la   tormenta,   le   dije   en   tono   de</p><p>advertencia:</p><p>-Ten cuidado, hombre sin virilidad. -Y ech� mano al cuchil o de acero que l evaba en la cintura-. Ya no soy el</p><p>primo peque�o novato que recuerdas. Desde que nos separamos, he matado...</p><p>-�Sin virilidad? -bram�-. Yo tambi�n he matado! �Quieres ser t� el siguiente?</p><p>Ten�a la cara desfigurada por la rabia; levant� mucho la pesada maqu�huitl y avanz� hacia m�. Sus cuatro</p><p>compa�eros   hicieron   lo   mismo,   situ�ndose   justo   detr�s   de   �l,   y  yo   retroced�,   deseando   haber   l evado</p><p>conmigo   alguna   arma   m�s   �til   que   el  cuchil o.   Pero   de   pronto   todas   aquel as   amenazadoras   espadas</p><p>negras   de   obsidiana   adquirieron   un   bril o   plateado,   porque   los   tenedores   del   rel�mpago   de   Tl�loc</p><p>empezaron  a  apu�alar,  y  a  apu�alar  en  r�pida   sucesi�n,  rode�ndonos  de  cerca  a  los  seis. Yo  no  me</p><p>esperaba lo que sucedi� a continuaci�n, aunque lo agradec� y no me sorprend� demasiado cuando ocurri�.</p><p>Yeyac dio otro paso, pero esta vez hacia atr�s, tambale�ndose, y abri� la boca much�simo al proferir un</p><p>grito que no se oy� en el tumulto de truenos que sigui�; solt� la espada y cay� pesadamente de espaldas,</p><p>produciendo una gran salpicadura de barro.</p><p>No tuve necesidad de defenderme de los cuatro secuaces. Todos permanecieron de pie inm�viles, con las</p><p>maqu�huime levantadas y chorreando agua de l uvia, como si los rel�mpagos los hubieran petrificado en</p><p>esa posici�n. Ten�an la boca tan abierta como la de Yeyac, pero de asombro, respeto y miedo. No hab�an</p><p>podido ver, como lo hab�a visto yo, el agujero bril ante h�medo y rojo que se hab�a abierto en la parte del</p><p>vientre de la armadura de algod�n acolchado de Yeyac, y ninguno de nosotros hab�amos o�do el sonido del</p><p>arcabuz que hab�a causado aquel o. Los cuatro cuilontin s�lo pod�an haber supuesto que yo, por arte de</p><p>magia, hab�a hecho bajar sobre su l�der los tenedores de Tl�loc. No les di tiempo de pensar otra cosa, sino</p><p>que vocifer�:</p><p>-�Bajad las armas!</p><p>Al instante bajaron mansamente las espadas. Supuse que aquel as criaturas deb�an de ser como la m�s</p><p>d�bil de las mujeres, que se acobardan con facilidad cuando oyen la voz de mando de un hombre aut�ntico.</p><p>-Este vil impostor est� muerto -les dije d�ndole al cad�ver un desde�oso puntapi�; s�lo lo hice para darle la</p><p>vuelta a Yeyac y ponerlo de bruces a fin de que no vieran el agujero que ten�a en la parte delantera y la</p><p>mancha de sangre que se iba extendiendo-. Lamento haber tenido que invocar la ayuda de los dioses tan</p><p>repentinamente. Hay algunas preguntas que quer�a hacer, pero este desgraciado no me dej� elecci�n. -Los</p><p>cuatro miraban con aire f�nebre al cad�ver y no hicieron caso cuando le indiqu� con un gesto a de De</p><p>Puntil as que saliera de entre los �rboles y se adelantara-. Y ahora, guerreros -continu�-, vosotros acatar�is</p><p>mis �rdenes. Soy Tenamaxtzin, sobrino del difunto se�or Mixtzin, y por lo tanto, por derecho de sucesi�n, de</p><p>ahora en adelante ser� el Uey-Tecutli de Aztl�n.</p><p>Pero no se me ocurri� ninguna orden que darles, excepto decirles:</p><p>-Esperadme aqu�.</p><p>Luego volv� chapoteando entre la l uvia para interceptar a de De Puntil as, que se acercaba l evando de las</p><p>riendas a todos los cabal os. Pensaba decirle, antes de que se reuniera con nosotros, que escondiera el</p><p>arcabuz que tan a tiempo y tan certeramente hab�a empleado. Pero cuando me acerqu� vi que el a ya lo</p><p>hab�a ocultado prudentemente en su sitio, as� que s�lo le dije:</p><p>-Bien hecho, Pak�peti.</p><p>-Entonces,   �no   he   sido   demasiado   impetuosa?   -Me   hab�a   mirado   mientras   me   acercaba   con   cierta</p><p>ansiedad en su cara, pero ahora sonri�-: Ten�a miedo de que me rega�ases. Pero de verdad pens� que</p><p>�sta tambi�n era una bestia que te atacaba.</p><p>-Esta vez ten�as raz�n. Y tu actuaci�n ha sido espl�ndida. A tal distancia y con tan poca luz.., hay que</p><p>reconocer que tienes una habilidad envidiable.</p><p>-Si -convino el a con lo que me pareci� una satisfacci�n muy poco femenina-. He matado a un hombre.</p><p>-Bueno, no muy hombre.</p><p>-Habr�a hecho todo lo posible por matar a los otros tambi�n si no me hubieras hecho se�as.</p><p>-Esos son a�n menos peligrosos. Ahorra tu odio hacia los hombres, querida, hasta que puedas empezar a</p><p>matar a enemigos que verdaderamente valga la pena matar.</p><p>Los  tlaloc  que  del  cielo  segu�an  prodigando  su   clamor  y su  aguacero  cuando  les orden�  a  los  cuatro</p><p>guerreros que pusieran el cad�ver de Yeyac sobre uno de mis cabal os de carga; as� qued� boca abajo, de</p><p>manera   que   la   herida   del   vientre   resultaba   invisible.   A  continuaci�n   les   orden�   a   los   cuatro   que   me</p><p>acompa�asen mientras yo cabalgaba, y que se pusiesen dos a cada lado de mi cabal o; de De Puntil as</p><p>cerraba la comitiva mientras avanz�bamos. Cuando se hizo una pausa en los redobles de truenos, me</p><p>inclin� hacia abajo desde la sil a de montar y le dije al hombre que caminaba penosamente al lado de mi</p><p>estribo izquierdo:</p><p>-Dame tu maqu�huitl. -La levant� hacia m� mansamente; y yo a�ad�-: Ya o�ste lo que me dijo Yeyac...</p><p>acerca de todas esas muertes oportunas que de forma tan fortuita lo elevaron a �l al puesto de Uey-Tecutli</p><p>de Aztl�n. �Qu� cosas de las que me cont� son ciertas y cu�les no?</p><p>El hombre tosi� y contemporiz�:</p><p>-Tu bisabuelo, nuestro Evocador de la Historia, muri� de viejo, como deben morir los hombres si no los</p><p>matan antes.</p><p>-Eso lo acepto -le dije-, pero no tiene nada que ver con el r�pido y maravil oso ascenso de Yeyac hasta</p><p>alcanzar la posici�n de Gobernador Reverenciado. Tambi�n acepto que los hombres tienen que morir, pero,</p><p>te lo advierto, algunos deben morir antes que otros. �Qu� me dices de esas otras muertes: las de Mixtzin,</p><p>Cuicantzin y K�uritzin?</p><p>-Fue exactamente como te explic� Yeyac -respondi� el hombre; pero desvi� la mirada igual que hab�a</p><p>hecho aqu�l-. A tu t�o y a tu madre los asaltaron los bandidos...</p><p>No dijo m�s. Con un fuerte golpe de rev�s de su propia espada de obsidiana le separ� la cabeza de los</p><p>hombros, y ambas partes cayeron en una zanja junto al sendero por donde corr�a el agua de l uvia. Cuando</p><p>se produjo el siguiente intervalo entre unos truenos y otros, le habl� al guerrero que iba al otro lado de mi</p><p>sil a, el cual me miraba con los ojos saltones a causa del miedo, como una rana a punto de que la pisen.</p><p>-Como   ya   he   dicho   antes,   unos   hombres   tienen   que   morir   antes   que   otros.   Y   verdaderamente   me</p><p>desagrada invocar la ayuda de Tl�loc, que de momento est� muy atareado con esta tormenta, cuando yo</p><p>mismo puedo matar con igual facilidad. -Como si Tl�loc me hubiera o�do, la tormenta empez� a amainar-.</p><p>As� que, �qu� tienes que decirme t�?</p><p>El hombre balbuce� durante unos instantes, pero por fin comenz� a hablar.</p><p>-Yeyac minti� y Quani tambi�n lo ha hecho. -Hizo un gesto para indicar los pedazos que hab�an quedado</p><p>atr�s en la zanja-. Y�yactzin apost� vigilantes alrededor de los l�mites m�s alejados de Aztl�n para que se</p><p>quedasen al �, esperando con paciencia, hasta divisar el regreso de Mixtzin, su hermana y t� de aquel viaje</p><p>a Tenochtitlan. Cuando el os dos regresaron... bueno... les hab�an preparado una emboscada.</p><p>-Esos emboscados -repet�-. �Qui�nes estaban esper�ndolos?</p><p>-Yeyac,  desde luego, y Quani, que era su favorito, el guerrero que ahora acabas de matar. Ya te has</p><p>vengado por completo, Tenamaxtzin.</p><p>-Lo dudo -dije yo-. No hay en este mundo dos hombres, ni siquiera aunque atacaran cobardemente en una</p><p>emboscada, capaces de vencer el os solos a mi t�o Mixtzin.</p><p>Y de nuevo golpe� con la maqu�huit�. Por separado, la cabeza de aquel hombre sali� volando y el cuerpo</p><p>se desplom� entre la maleza empapada de aquel lado del sendero. Me di la vuelta otra vez y le habl� al</p><p>guerrero que iba caminando a mi izquierda.</p><p>-Todav�a estoy esperando o�r la verdad. Y como habr�s observado, no tengo mucha paciencia.</p><p>Este, casi balbuceando de terror, me asegur�:</p><p>-Voy a decir la verdad, mi se�or, beso la tierra para jurarlo. Todos somos culpables. Yeyac y nosotros cuatro</p><p>tendimos la emboscada. Fuimos nosotros, todos juntos, quienes ca�mos sobre tu t�o y tu madre.</p><p>-�Y qu� fue de Kauri, el corregente?</p><p>-Ni �l ni nadie m�s en Aztl�n supo la suerte que corrieron Mixtzin y Cuicantzin. Engatusamos a K�uritzin</p><p>para que nos acompa�ase a cazar osos en las monta�as. Lo hizo, y �l solo, comport�ndose como un</p><p>verdadero hombre, hiri� con la lanza y mat� a un oso. Pero nosotros, a nuestra vez, matamos a Kauri, y</p><p>luego utilizamos los dientes y las garras del animal para mutilarlo y desgarrarlo. Cuando l evamos a casa el</p><p>cad�ver y los restos del oso, su viuda, tu prima Am�yatzin, dif�cilmente pudo discutir la historia que le</p><p>contamos de que la bestia era responsable de la muerte de su marido.</p><p>-�Y luego? �Vosotros, viles traidores, la matasteis a el a tambi�n?</p><p>-No, no, mi se�or. Est� viva, beso la tierra para jurarlo. Pero ahora est� recluida, ya no es regente.</p><p>-�Por qu�? Tendr�a que haber seguido esperando el regreso de su padre para que �ste reasumiese el lugar</p><p>que le correspond�a. �Por qu� iba a abdicar de su regencia?</p><p>-�Qui�n sabe, se�or m�o? Quiz� fuera por el dolor que le caus� la viudedad, por el profundo dolor que</p><p>sent�a.</p><p>-�Tonter�as! -le interrump� con brusquedad-. Ni aunque las fauces de la nada de Mict�an se abrieran ante</p><p>el a,   Am�yatzin   nunca   habr�a   eludido   su   deber.   �C�mo   la   obligasteis   a   hacerlo?   �Tortur�ndola?</p><p>�Viol�ndola? �O qu�?</p><p>-S�lo Yeyac podr�a responderte a eso. Fue �l solo quien la convenci�. Y t� no lo has dejado en condiciones</p><p>de que te pueda contestar. Una cosa, sin embargo, si puedo decirte. -Con suma altivez y con un gesto de</p><p>fastidio, a�adi�-: Mi se�or Y�yactzin nunca se habr�a mancil ado violando ni jugueteando de ning�n otro</p><p>modo con el cuerpo de una simple hembra.</p><p>Aquel comentario me enfureci� m�s que todas las mentiras de sus camaradas, y mi tercer golpe con la</p><p>espada de obsidiana le hizo una hendidura desde el hombro hasta el vientre.</p><p>A mi otro lado, el �nico superviviente se hab�a alejado prudentemente y con sigilo del alcance de mi arma,</p><p>pero,   tambi�n   prudentemente,   miraba   al   cielo   que,   aunque   hab�a   dejado   de   derramar   agua,   segu�a</p><p>amenazadoramente oscuro.</p><p>-Haces bien en no echar a correr -le dije-. Los tenedores de Tl�loc son mucho m�s largos que mi brazo.</p><p>Pero puedes estar tranquilo. A ti voy a reservarte, por lo menos durante alg�n tiempo. Y por un motivo.</p><p>-�Motivo? -grazn� �l-. �Qu� motivo, mi se�or?</p><p>-Deseo que me cuentes todo lo que ha ocurrido en Aztl�n en los a�os transcurridos desde que me march�.</p><p>-�Ayyo, hasta el menor detal e, mi se�or! -acept� con ansiedad-. Beso la tierra para jurarlo. �C�mo quieres</p><p>que empiece?</p><p>-Ya  s�  que Yeyac  hizo  amistad y se confabul�  con  los hombres blancos.  As�  que  dime  primero: �hay</p><p>espa�oles en nuestra ciudad o en sus dominios exteriores?</p><p>-Ninguno, mi se�or, en ning�n lugar de las tierras de Aztl�n. Yeyac y nosotros, su guardia personal, hemos</p><p>visitado con frecuencia Compostela, eso es cierto, pero ning�n hombre blanco ha venido m�s al norte de</p><p>al �. El gobernador espa�ol le jur� a Yeyac que podr�a continuar gobernando Aztl�n sin discusi�n, aunque</p><p>con una condici�n: que Yeyac impidiera el paso de cualquier intruso nativo que fuera a hacer incursiones en</p><p>las tierras del gobernador.</p><p>-En otras palabras -resum�-, Yeyac estaba dispuesto a luchar contra su propio pueblo del Unico Mundo en</p><p>nombre de los hombres blancos. �Lleg� a ocurrir eso alguna vez?</p><p>-S� -respondi� el guerrero mientras intentaba poner cara compungida-. En dos o tres ocasiones Yeyac se</p><p>puso al frente de tropas cuya lealtad personal hacia �l era firme, y el os... bueno... desanimaron a algunas</p><p>peque�as bandas de descontentos que marchaban hacia el sur para crear problemas a los espa�oles.</p><p>-Cuando dices tropas leales, parece que no todos los guerreros y habitantes de Aztl�n se hayan alegrado</p><p>demasiado de tener a Yeyac como Uey-Tecutli.</p><p>-As�  es.  La  mayor�a   de  los  aztecas,  y tambi�n  los mexicas,  prefer�an  con  mucho  que  los gobernasen</p><p>Am�yatzin y su consorte. Quedaron consternados cuando la se�ora Am�yatl fue depuesta de la regencia.</p><p>Desde luego, les habr�a gustado a�n m�s que regresara Mixtzin. Y siguen esperando su regreso, aun</p><p>despu�s de todos estos a�os.</p><p>-�Tiene conocimiento el pueblo del traicionero pacto de Yeyac con el gobernador espa�ol?</p><p>-Muy pocos lo saben, ni siquiera los ancianos del Consejo de Portavoces. S�lo estamos enterados de el o</p><p>los de la guardia personal de Yeyac y esas tropas leales de las que te he hablado, y su consejero m�s</p><p>�ntimo y en quien m�s conf�a, cierta persona reci�n l egada a estas tierras. Pero la gente ha aceptado ya el</p><p>gobierno de Yeyac, aunque s�lo a rega�adientes, porque afirm� que �l, y s�lo �l, estaba en situaci�n de</p><p>impedir una invasi�n de los hombres blancos. Eso lo ha hecho. Ning�n residente de Aztl�n ha visto todav�a</p><p>a un hombre blanco. Y tampoco un cabal o -a�adi� el hombre echando una ojeada fugaz al m�o.</p><p>-Lo que significa -dije pensativo- que el hecho de que Yeyac mantenga a los espa�oles libres de molestias</p><p>les da a el os tiempo para incrementar sus fuerzas y su armamento sin que nadie se lo impida hasta que</p><p>est�n bien preparados para venir. Y lo har�n. Pero espera; has hablado de cierta persona que aconseja a</p><p>Yeyac. �De qui�n se trata?</p><p>-�Dije una persona, se�or m�o? Pues tendr�a que haber dicho una mujer.</p><p>-�Una mujer? Tu difunto compa�ero acaba de dejar claro que a Yeyac no le sirven las mujeres en ning�n</p><p>sentido, ni siquiera como v�ctimas.</p><p>-Y �sta tampoco tiene ninguna utilidad para los hombres, supongo, aunque un hombre al que le gusten las</p><p>mujeres a lo mejor la encontrar� muy linda y atractiva. Pero es verdaderamente sagaz en las artes de</p><p>gobernar, de la estrategia y de la conveniencia. Por eso Yeyac  estaba dispuesto a escuchar cualquier</p><p>consejo  que  viniese  de el a.  Fue  a instancias de el a  por lo que  en  principio  mand�  una embajada  al</p><p>gobernador espa�ol. Cuando tuvimos noticia de que te aproximabas, me atrevo a decir que el a habr�a</p><p>venido gustosa con nosotros a interceptarte, pero se encarga de mantener a tu prima Am�yatl en aislado</p><p>encierro.</p><p>-D�jame aventurar una conjetura -le dije sombr�amente-. El nombre de esa mujer inteligente es G�nda Ke.</p><p>-Lo es -respondi� el hombre, muy sorprendido-. �T� has o�do hablar de el a, mi se�or? �Acaso esa se�ora</p><p>tiene, debido a su sagacidad, la misma reputaci�n en el extranjero que tiene aqu� en Aztl�n?</p><p>-S�lo dir� que tiene reputaci�n -gru��.</p><p>La tormenta hab�a despejado y la mayor�a de las nubes hab�an desaparecido, as� que Tonatiuh, que se iba</p><p>poniendo serenamente por el oeste,  ilumin�  el d�a y reconoc�  el lugar donde  nos encontr�bamos. Las</p><p>primeras casas diseminadas y los campos labrados de los alrededores de Aztl�n pronto aparecer�an a la</p><p>vista. Le hice se�as a Pak�peti para que pusiera su cabal o junto al m�o.</p><p>-Antes de oscurecer, querida, estar�s en el �ltimo basti�n  que  queda de lo que en  otro tiempo  fue el</p><p>dominio azteca. Una Tenochtitlan menor, pero aun as� orgul osa y floreciente. Espero que la encuentres de</p><p>tu agrado.</p><p>El a, curiosamente, no dijo nada; se limit� a adoptar una expresi�n que pon�a en evidencia que aquel o no</p><p>la emocionaba lo m�s m�nimo.</p><p>-�Por qu� est�s tan alica�da, querida de De Puntil as? -le pregunt�.</p><p>En tono irritado, respondi�:</p><p>-Habr�as podido dejar que por lo menos a uno de esos tres hombres lo matara yo.</p><p>Dej� escapar un suspiro. Por lo visto, Pak�peti se estaba volviendo una mujer tan poco femenina como</p><p>aquel a terrible G�nda Ke. Me volv� de nuevo hacia el guerrero que caminaba junto a mi estribo derecho y le</p><p>pregunt�:</p><p>-�C�mo te l amas, hombre?</p><p>-Me l aman Nocheztli, mi se�or.</p><p>-Muy bien, Nocheztli. Quiero que camines delante de esta comitiva cuando entremos en la ciudad. Espero</p><p>que el populacho salga a las puertas para vernos pasar. Tienes que anunciar una y otra vez, en voz bien</p><p>alta, que Yeyac, que se lo ten�a bien merecido, ha ca�do muerto por los dioses, que por fin se hab�an</p><p>cansado de sus perfidias; y que yo, Tenamaxtzin, el leg�timo sucesor, l ego para establecer mi residencia en</p><p>el palacio de la ciudad como el nuevo Uey-Tecutli de Aztl�n.</p><p>-As� lo har�, Tenamaxtzin. Tengo una voz que puede vociferar casi tanto como la de Tl�loc.</p><p>-Otra cosa, Nocheztli. En cuanto yo l egue al palacio voy a despojarme de este atuendo extranjero y a</p><p>ponerme las galas e insignias reales que me corresponden. Y mientras hago eso quiero que congregues a</p><p>todo el ej�rcito de Aztl�n en la plaza central de la ciudad.</p><p>-Mi se�or, yo s�lo tengo el rango de tequ�ua. No dispongo de suficiente autoridad para ordenar...</p><p>-Aqu� y ahora yo te invisto de esa autoridad. En cualquier caso, lo m�s probable es que tus compa�eros se</p><p>congreguen movidos por la curiosidad. Quiero en la plaza a todos los guerreros aztecas y mexicas, no s�lo</p><p>a   aquel os   que   son   profesionales   de   las   armas,   sino   tambi�n   a   todo   hombre   sano   de   cualquier   otra</p><p>profesi�n u oficio que haya sido entrenado para combatir y est� sujeto a reclutamiento en tiempo de guerra.</p><p>Enc�rgate de el o, Nocheztli!</p><p>-Er... disc�lpame, Tenamaxtzin, pero algunos de esos guerreros que le fueron leales �ltimamente a Yeyac</p><p>quiz� huyan a las monta�as al saber de la muerte de su amo.</p><p>-Les daremos caza cuando tengamos tiempo. Pero aseg�rate de no desaparecer t�, Nocheztli, o ser�s el</p><p>primero a quien daremos caza, y el modo como acabaremos contigo se convertir� en leyenda para el</p><p>futuro. He aprendido algunas cosas de los espa�oles que horrorizar�an incluso a los m�s malvados dioses</p><p>del castigo. Beso la tierra para jurarlo.</p><p>Aquel hombre trag� saliva tan fuerte que incluso se oy� y luego dijo:</p><p>-Estoy y estar� a tus �rdenes, Tenamaxtzin.</p><p>-Muy bien. Sigue as� y quiz� a�n vivas lo bastante como para morir de viejo. Una vez que el ej�rcito est�</p><p>reunido, te pondr�s entre los hombres y me ir�s se�alando a todos y cada uno, desde el de m�s alto rango</p><p>hasta el m�s bajo, de los que se unieron a Yeyac en su servilismo hacia los espa�oles. m�s tarde haremos</p><p>lo mismo con el resto de la ciudadan�a de Aztl�n. Me se�alar�s a todo hombre y mujer, anciano respetado,</p><p>sacerdote   o  �nfimo   esclavo   que   haya   colaborado   alguna   vez  en  lo   m�s m�nimo   con  Yeyac   o  se  haya</p><p>beneficiado de su protecci�n.</p><p>-Disc�lpame de nuevo, mi se�or, pero la principal de todos esos ser�a esa mujer, G�nda Ke, que ahora</p><p>mismo reside en el palacio que t� piensas ocupar. Se encarga de vigilar la c�mara asignada a la cautiva</p><p>se�ora Am�yatl.</p><p>-S� muy bien c�mo tratar a esa criatura -le comuniqu�-. T� encu�ntrame a los dem�s. Pero ahora.., ah�</p><p>tenemos las primeras caba�as de las afueras de Aztl�n y a la gente que sale para vernos. Adel�ntate,</p><p>Nocheztli, y haz lo que te he ordenado.</p><p>Con cierta sorpresa por mi parte, pues aquel hombre era un cuilontli y por consiguiente hab�a que suponer</p><p>que ten�a un car�cter afeminado, comprob� que Nocheztli era capaz de bramar tan fuerte como ese animal</p><p>macho que los espa�oles l aman toro. Y bram� lo que yo le hab�a dicho que dijera y lo repiti� una y otra</p><p>vez, y la gente que miraba abr�a mucho los ojos y se quedaba boquiabierta. Muchos de el os se unieron a</p><p>nuestra comitiva poni�ndose detr�s de nosotros, de modo que, al caer la noche, cuando l egamos a las</p><p>cal es pavimentadas de la ciudad propiamente dicha, Nocheztli, Pak�peti y yo �bamos a la cabeza de una</p><p>procesi�n considerable, y l ev�bamos detr�s a una verdadera multitud cuando cruzamos la plaza central</p><p>iluminada por antorchas en direcci�n al palacio, que se hal aba cercado por un muro.</p><p>A cada lado del amplio portal abierto en el muro hab�a un guerrero montando guardia; iban vestidos con</p><p>armadura acolchada completa y el casco de pieles con colmil os de la Orden de los Cabal eros del Jaguar,</p><p>cada hombre armado con espada maqu�huitl, cuchil o al cinto y larga lanza. Seg�n la costumbre deber�an</p><p>haber cruzado aquel as lanzas para impedirnos la entrada hasta que hubi�ramos hecho saber el asunto que</p><p>nos l evaba al �.  Pero los dos hombres se limitaron a mirarnos boquiabiertos al ver a unos extranjeros</p><p>ataviados de manera curiosa, que l evaban extra�os animales, y las hordas de gente que l enaban la plaza.</p><p>Era comprensible que no supieran qu� hacer en aquel as circunstancias.</p><p>Me inclin� sobre el cuel o de mi cabal o para preguntarle a Nocheztli:</p><p>-Estos dos, �eran hombres de Yeyac?</p><p>-Si, mi se�or.</p><p>-M�talos.</p><p>Los dos cabal eros permanecieron de pie sin ofrecer resistencia en una actitud valiente mientras Nocheztli</p><p>bland�a su propia espada de obsidiana y, golpeando primero a izquierda y luego a derecha, los talaba como</p><p>si de maleza fastidiosamente obstructiva se tratase. La multitud detr�s de nosotros emiti� al un�sono un</p><p>grito ahogado y retrocedi� un paso o dos.</p><p>Y ahora, Nocheztli -le dije-, l ama a unos cuantos hombres fuertes de entre este gent�o y deshaceos de esta</p><p>carro�a. -Se�al� a los centinelas abatidos y al cuerpo de Yeyac, que segu�a colgado como un fardo de uno</p><p>de los cabal os de carga-. A continuaci�n ordena a la multitud que se disperse, bajo pena de que me</p><p>enfade.   Luego   haz  lo   que   te   ordene:   re�ne   al  ej�rcito   en   esta   misma   plaza   y   diles  que   aguarden   mi</p><p>inspecci�n; volver� en cuanto me hal e vestido formalmente de oro, piedras preciosas y plumaje, como</p><p>corresponde a su comandante en jefe.</p><p>Cuando se hubieron l evado los cad�veres le hice se�as a Pak�peti para que me siguiera y, sin desmontar y</p><p>l evando detr�s los otros dos cabal os, entramos cabalgando arrogantemente, como conquistadores, en el</p><p>patio del espl�ndido palacio del Gobernador Reverenciado de Aztl�n, de al � en adelante el palacio del Uey-</p><p>Tecutli T�otl-Tenamaxtzin. Yo.</p><p><strong>18</strong></p><p>Bajo antorchas sujetas a la cara interior del muro del patio, varios esclavos segu�an trabajando a aquel a</p><p>hora tan tard�a; cuidaban las muchas matas de flores dispuestas por todas partes en enormes urnas de</p><p>piedra. Cuando Pak�peti y yo desmontamos les dimos las riendas de nuestros cuatro cabal os a un par de</p><p>aquel os hombres. Con los ojos a punto de sal�rseles de las �rbitas, los esclavos aceptaron las riendas con</p><p>cautela y temor y las sostuvieron con los brazos muy separados del cuerpo.</p><p>-No tem�is nada -les dije a aquel os hombres-. Estos animales son muy mansos. Tan s�lo traedles mucha</p><p>agua y ma�z, y luego quedaos con el os hasta que yo os d� m�s instrucciones acerca de c�mo cuidarlos.</p><p>De Puntil as y yo nos dirigimos a la puerta principal del edificio del palacio, pero se abri� antes de que</p><p>l eg�semos. Aquel a mujer yaqui l amada G�nda Ke la abri� de par en par y nos hizo se�as para que</p><p>entr�semos con tanto descaro como si fuera la due�a o la anfitriona oficial del palacio y estuviese dando la</p><p>bienvenida   a  unos  hu�spedes  que   hubieran   acudido   invitados  por  el a.   Ya  no   vest�a   aquel as  prendas</p><p>toscas apropiadas para la vida en el exterior y para la vida errante, sino que iba espl�ndidamente ataviada.</p><p>Tambi�n l evaba profusi�n de cosm�ticos en el rostro, posiblemente para ocultar las pecas que le afeaban</p><p>el cutis. De todos modos resultaba bastante atractiva de contemplar. Incluso el cuilontli Nocheztli, que no</p><p>era precisamente un admirador del sexo femenino, se hab�a referido con toda raz�n a aquel esp�cimen del</p><p>mismo como "linda y atractiva". Pero yo me fij� en que segu�a teniendo ojos y sonrisa de lagarto. Y adem�s</p><p>continuaba  refiri�ndose  a  si  misma  siempre  por  su   nombre  o  como   "el a",  como  si  hablase  de alguna</p><p>entidad completamente distinta.</p><p>-Volvemos a encontrarnos, Tenamaxtli -me salud� con alegr�a-. Desde luego G�nda Ke ya sab�a que ven�as</p><p>y estaba segura de que destruir�as al usurpador Yeyac por el camino.  Ah, y la querida Pak�peti!  Qu�</p><p>preciosa estar�s cuando te crezca un poco m�s el pelo! G�nda Ke se alegra much�simo de veros a los dos</p><p>y est� realmente ansiosa de...</p><p>-�Cal a! -la interrump� l eno de enojo-. Cond�ceme hasta Am�yatl.</p><p>La mujer se encogi� de hombros y me gui�, mientras de De Puntil as nos segu�a, hasta los aposentos</p><p>superiores del palacio; pero no eran los que Am�yatl hab�a ocupado en otra �poca. G�nda Ke levant� la</p><p>pesada tranca de una puerta muy s�lida y dej� a la vista una habitaci�n no mucho mayor que una caba�a</p><p>de vapor, sin ventanas, maloliente por haber estado cerrada mucho tiempo y sin ni siquiera una l�mpara de</p><p>aceite de pescado para aliviar la oscuridad. Alargu� la mano, le quit� la tranca a la mujer no fuera a ser que</p><p>me encerrase al � a m� tambi�n y le dije:</p><p>-Tr�eme  una  antorcha.  Luego  l eva   a  de  De  Puntil as  a un  aposento  decente  donde  pueda   asearse   y</p><p>vestirse como es debido con ropas femeninas. A continuaci�n vuelve aqu� inmediatamente, mujer reptil,</p><p>para que yo no te pierda de vista.</p><p>Manteniendo la antorcha en alto y a punto de vomitar a causa del hedor que en el a hab�a, entr� en aquel a</p><p>reducida habitaci�n. El �nico mobiliario que conten�a era un orinal axixcali cuyo contenido apestaba. Algo se</p><p>movi� en un rinc�n; Am�yatl se levant� del suelo de piedra, aunque yo apenas pude reconocerla. Estaba</p><p>vestida   con   unos   harapos   asquerosos   y   ten�a   el   cuerpo   escu�lido,   el   cabel o   enmara�ado,   el   rostro</p><p>ceniciento, las mejil as hundidas y c�rculos oscuros alrededor de los ojos. Y aqu�l a era la mujer que hab�a</p><p>sido la m�s bel a de todo Aztl�n. Pero segu�a teniendo la voz noblemente firme, en absoluto d�bil, cuando</p><p>dijo:</p><p>-Doy gracias a todos los dioses de que hayas venido, primo. Durante estos meses he rezado...</p><p>-Cal a, prima -la interrump�-. Conserva las pocas energ�as que a�n te quedan. Ya hablaremos m�s tarde.</p><p>Deja que te l eve a tus aposentos y me ocupe de que te atiendan, te ba�en, te alimenten y tengas reposo.</p><p>Hemos de hablar de muchas cosas, pero ya encontraremos tiempo para hacerlo.</p><p>En sus aposentos la estaban esperando varias criadas, a algunas de las cuales yo recordaba de los viejos</p><p>tiempos; todas se retorc�an las manos con nerviosismo y evitaban mirarme a los ojos. Las ech� de al � sin</p><p>contemplaciones   y  Am�yatl   y   yo   nos   quedamos   esperando   hasta   que   regresaron   G�nda   Ke   y   de   De</p><p>Puntil as, a la que hab�an ataviado tan ricamente como a una princesa. Sin duda era la idea que ten�a</p><p>aquel a mujer yaqui de una broma ir�nica.</p><p>-El vestuario nuevo de G�nda Ke le venia bien a Pak�peti menos las sandalias -coment�-. Hemos tenido</p><p>que buscar un par lo bastante peque�o para el a. -Continu� hablando, ahora en un tono desenfadado-. Al</p><p>haber ido a pie y a menudo descalza durante tanto tiempo en su vida anterior, G�nda Ke ahora insiste</p><p>much�simo en ir calzada con lujo. Y est� agradecida por haber tenido como benefactor a Yeyac, por muy</p><p>odioso que lo encontrase en otros aspectos, porque pod�a complacer la afici�n de G�nda Ke por el calzado.</p><p>Tiene armarios enteros l enos de calzado. Puede ponerse un par de sandalias diferente cada...</p><p>-D�jate de parloteos est�pidos -le orden�; y luego le present� a Am�yatl a de De Puntil as-. Esta se�ora a la</p><p>que tanto se ha ultrajado es mi querida prima. Puesto que no conf�o en nadie en este palacio, Pak�peti, te</p><p>pedir� que la atiendas t�, y que lo hagas con ternura. El a te mostrar   d�nde encontrar la habitaci�n de</p><p>vapor, su ropero y lo que haga falta. Tr�ele comida nutritiva y buen choc�latl de las cocinas de la planta</p><p>baja. Luego ay�dala a acostarse y c�brela con muchas colchas suaves. Y cuando Am�yatl duerma re�nete</p><p>conmigo abajo.</p><p>-Es un honor para m� -dijo de De Puntil as- poder servir a la se�ora Am�yatl.</p><p>Mi prima se estir� para besarme en la mejil a, pero lo hizo brevemente y con ligereza para que el olor que</p><p>su cuerpo y su aliento hab�an adquirido durante el cautiverio no me resultase repelente, y despu�s se</p><p>march� con de De Puntil as. Me di de nuevo la vuelta hacia G�nda</p><p>-Ya he matado a dos guardias del palacio. Supongo que los dem�s empleados actuales sirvieron del mismo</p><p>modo a Yeyac sin poner reparos durante su falso reinado.</p><p>-Cierto. Aunque hubo algunos que desde�osamente se negaron a hacerlo, pero se marcharon hace mucho</p><p>para buscar empleo en otra parte.</p><p>-Entonces te encargo a ti que hagas que se busque a esos sirvientes leales y se los vuelva a traer aqu�. Y</p><p>te encargo tambi�n que te deshagas del s�quito actual, de todos aquel os que forman parte de �l. No voy a</p><p>tomarme la molestia de matar a tantos criados. Estoy seguro de que t�, siendo como eres una verdadera</p><p>serpiente, debes de conocer alg�n veneno capaz de envenenarlos a todos de manera expeditiva.</p><p>-Pues claro -contest� con tanta tranquilidad como si le hubiera pedido un jarabe analg�sico.</p><p>-Muy bien. Espera a que a Am�yatl la hayan alimentado bien; sin duda ser� la primera comida decente que</p><p>haga desde que comenz� su cautiverio. Luego, cuando los criados se re�nan para tomar la comida de la</p><p>noche, enc�rgate de que su atoli tenga una buena dosis de ese veneno tuyo. Cuando est�n muertos,</p><p>Pak�peti se encargar� de las cocinas hasta que podamos encontrar criados y esclavos que sean de fiar.</p><p>-Como t� ordenes. Y dime, �prefieres que esos criados mueran con mucho sufrimiento o con paz? �De</p><p>forma r�pida o lenta?</p><p>-No me importa ni un p�trido poch�oa c�mo mueran. S�lo enc�rgate de que sea as�.</p><p>-Entonces G�nda Ke elige hacerlo de forma misericordiosa, porque la bondad es algo natural en el a. Les</p><p>envenenar� la comida con una dosis de esa hierba t�apatl que hace que las v�ctimas mueran sumidas en la</p><p>locura. En su delirio ver�n colores maravil osos y gloriosas alucinaciones, pero luego ya no podr�n ver</p><p>nada. Y ahora, Tenamaxtli, acl�rale una cosa a G�nda Ke: �el a tambi�n ha de compartir esa comida final y</p><p>fatal?</p><p>-No. De momento todav�a  me resultas �til, a menos que Am�yatl diga lo contrario  cuando recobre las</p><p>fuerzas. Quiz� me exija que me deshaga de ti de alguna manera que resulte retorcida, imaginativa y nada</p><p>bondadosa.</p><p>-No eches la culpa a G�nda Ke de los malos tratos que ha recibido tu prima -me advirti� la mujer mientras</p><p>me segu�a hasta los aposentos reales que antes hab�an sido primero de Mixtzin y despu�s de Yeyac-. Fue</p><p>su propio hermano quien decret� que a esa mujer se la confinase de una manera tan inhumana. A G�nda</p><p>Ke se le orden� exclusivamente que mantuviera la puerta bien atrancada. Y ni siquiera G�nda Ke pod�a</p><p>contradecir a Yeyac.</p><p>-�Mientes, mujer! Mientes m�s a menudo y con m�s facilidad con que cambias tu preciado calzado. -A uno</p><p>de los criados que revoloteaban por al � le di �rdenes de que pusiera  carbones calientes y cubos de agua</p><p>en la habitaci�n de vapor real, y que lo hiciera al instante. Mientras empezaba a despojarme del atuendo</p><p>espa�ol, continu� dici�ndole a la mujer yaqui-: Con tus venenos y tus magias, ayya, incluso con tu mirada</p><p>de reptil, hubieras podido matar a Yeyac en cualquier momento. S� que ejerciste tu maligno encanto para</p><p>ayudarle en su alianza con los espa�oles.</p><p>-Una mera travesura, querido Tenamaxtli -dijo el a con aire satisfecho-. La malicia habitual de G�nda Ke.</p><p>Con deleite le gusta enfrentar a los hombres unos contra otros, simplemente para matar el tiempo hasta</p><p>que t� y el a estuvierais juntos de nuevo y pudierais comenzar a saquear y alborotar.</p><p>-�Juntos! -buf�-. Preferir�a que me uncieran a la terrible diosa del infierno Mictlanciuatl.</p><p>-Ahora eres t� quien est� diciendo una mentira. M�rate. -Yo ya estaba desnudo, esperando con impaciencia</p><p>a que el criado viniera a decirme que la habitaci�n de vapor estaba dispuesta-. Te sientes complacido de</p><p>estar de nuevo con G�nda Ke. Le est�s ense�ando tu cuerpo desnudo lasciva y seductoramente; y es un</p><p>cuerpo soberbio, adem�s. La est�s tentando de manera deliberada.</p><p>-De manera deliberada la estoy ignorando, pues considero que esa mujer no tiene ninguna importancia. Lo</p><p>que quiera que veas y pienses no me concierne m�s que si fueras una esclava o una carcoma del panel de</p><p>la pared.</p><p>El rostro se le oscureci� tanto al o�r aquel insulto que los ojos fr�os le bril aron como astil as de hielo. El</p><p>criado regres� y yo le segu� a la habitaci�n de vapor mientras le ordenaba a la mujer yaqui:</p><p>-Qu�date aqu�.</p><p>Despu�s de un prolongado, concienzudo y voluptuoso ba�o de vapor y de sudar, frotar y secarme con</p><p>toal as,   regres�,   a�n   desnudo,   a   la   habitaci�n,   en   la   que   a   G�nda   Ke   se   le   hab�a   unido   el   guerrero</p><p>Nocheztli. Estaban de pie, un poco apartados entre s�, mir�ndose el uno al otro, �l con recelo, el a con</p><p>desprecio. Antes de que Nocheztli pudiera hablar lo hizo la mujer, y con malicia.</p><p>-Vaya, Tenamaxtli, as� que por eso era por lo que no te importaba que G�nda Ke te viera desnudo. Ya s�</p><p>que Nocheztli era uno de los cuilontin favoritos del difunto Yeyac, y me dice que de ahora en adelante va a</p><p>ser   tu   mano   derecha.   Ayya,   de   manera   que   mantienes   a   la   dulce   de   De   Puntil as   en   tu   compa��a</p><p>simplemente como un disfraz. G�nda Ke nunca lo hubiera sospechado de ti.</p><p>-No le hagas caso a esa carcoma -le dije a Nocheztli-. �Tienes algo de que informarme?</p><p>-El ej�rcito reunido aguarda tu inspecci�n, mi se�or. Llevan ya esperando bastante rato.</p><p>-Pues que sigan esperando -repuse mientras empezaba a revolver en el guardarropa del Uey-Tecutli, que</p><p>consist�a en capas de ceremonia, tocados y otras insignias-. Es lo que se espera de un ej�rcito, y lo que un</p><p>ej�rcito espera: largos tedios y aburrimientos tan s�lo avivados de vez en cuando con matanzas y muertes.</p><p>Ve y aseg�rate de que contin�an esperando.</p><p>Mientras me vest�a, pidi�ndole de vez en cuando a la malhumorada G�nda Ke que me ayudase a sujetarme</p><p>alg�n adorno enjoyado o a ahuecarme un penacho de plumas, le dije a �sta:</p><p>-Es posible que tenga que desechar a la mitad de ese ej�rcito. Cuando t� y yo nos separamos en el Lago</p><p>de los Juncos dijiste que viajar�as en apoyo de mi causa. Y en cambio has venido aqu�, a Aztl�n, igual que</p><p>hizo esa perra antepasada tuya que l evaba tu mismo nombre haces y haces de a�os atr�s. Y has hecho</p><p>exactamente lo mismo que hizo el a: fomentar la disensi�n entre el pueblo, enemistar a guerreros que son</p><p>camaradas, volver a hermano contra...</p><p>-Un  momento,  Tenamaxtli  -me interrumpi�-.  G�nda  Ke  no  es culpable  de todos los males  que  se han</p><p>cometido en estos parajes durante tu ausencia. Debe de hacer a�os que tu madre y tu t�o volvieron de la</p><p>Ciudad de M�xico  y Yeyac  les  tendi� la emboscada, crimen  que  a�n  desconoce la mayor  parte  de la</p><p>poblaci�n de Aztl�n. Cu�nto tiempo esper� para liquidar al corregente Kauri, G�nda Ke no lo sabe, ni</p><p>cu�nto tiempo m�s transcurri� antes de que apartase tan cruelmente a su propia hermana y reclamase para</p><p>si el manto de Gobernador Reverenciado. G�nda Ke s�lo sabe que esas cosas ocurrieron antes de que el a</p><p>l egase aqu�.</p><p>-Momento en el cual t� incitaste a Yeyac para que colaborase con los espa�oles de Compostela.  Con los</p><p>hombres   blancos   que   he   jurado   exterminar.   Y   t�,   a   la   ligera,   le   quitas   importancia   a   tu   intromisi�n</p><p>calific�ndola de "mera travesura".</p><p>-Ayyo, y muy entretenida, desde luego. G�nda Ke disfruta entrometi�ndose en los asuntos de los hombres.</p><p>Pero piensa un poco, Tenamaxtli; en realidad el a te ha hecho un valioso favor. En cuanto a tu nuevo</p><p>cuilontli...</p><p>-�Maldita seas, mujer, vete al Mict�an m�s bajo! Yo no me trato en la intimidad con ning�n cuilontli... S�lo</p><p>libr� a Nocheztli de la espada para que pudiera revelar qui�nes son los dem�s conspiradores seguidores y</p><p>compa�eros de Yeyac.</p><p>-Y cuando lo haga, t� los eliminar�s como a malas hierbas, tanto a guerreros como a civiles: a los traidores,</p><p>a los que no son de fiar, a los d�biles, a los locos.., a todos los que preferir�an obedecer a un amo espa�ol</p><p>antes que arriesgarse a verter su propia sangre. Te quedar� un ej�rcito m�s reducido pero mejor, y un</p><p>populacho entregado de coraz�n a apoyar tu causa, la causa por la que ese ej�rcito luchar� a muerte.</p><p>-S� -tuve que admitir-, ese aspecto es de agradecer.</p><p>-Y todo porque G�nda Ke vino a Aztl�n a hacer travesuras.</p><p>-Hubiera preferido dirigir yo solo esas estratagemas e intrigas -le indiqu� secamente-. Porque como t� muy</p><p>bien dices, cuando yo haya quitado todas las malas hierbas de Aztl�n... ayya!, t� ser�s la �nica persona que</p><p>quedar� de quien yo nunca me atrever� a fiarme.</p><p>-Cr�eme o no, como quieras. Pero G�nda Ke es tu amiga, tanto como pueda serlo de cualquier var�n.</p><p>-Que todos los dioses me asistan -mascul �- si alguna vez te conviertes en mi amiga.</p><p>-Venga, dale a G�nda Ke alguna tarea de confianza. Ver�s si la cumple a tu satisfacci�n.</p><p>-Ya te he asignado dos: deshazte de los criados que ahora sirven en este palacio y busca y l ama a los</p><p>leales   que   se   marcharon.   Y   aqu�   tienes   otra:   env�a   mensajeros   veloces   a   los   hogares   de   todos   los</p><p>miembros del Consejo de Portavoces, a Aztl�n, a T�piz, a Yak�reke y a los dem�s, y ord�nales que se</p><p>presenten aqu�, en la sala del trono, ma�ana a mediod�a.</p><p>-As� se har�.</p><p>-Y ahora, mientras yo aviento a ese ej�rcito que se encuentra ah� afuera, t� qu�date aqu� dentro, donde no</p><p>te vean. Habr� muchos hombres en esa plaza que se preguntar�n por qu� no te he matado a ti antes que a</p><p>nadie.</p><p>Abajo, Pak�peti estaba esperando para informarme de que Am�yatl ya estaba limpia, fresca y perfumada,</p><p>de que hab�a comido con fruici�n y de que por fin se encontraba durmiendo el sue�o de los que est�n</p><p>extenuados desde hace mucho tiempo.</p><p>-Gracias, de De Puntil as -le dije-. Ahora me gustar�a que estuvieras a mi lado mientras paso revista a todos</p><p>esos guerreros que est�n ah� afuera. Se supone que Nocheztli me ha de se�alar a aquel os de los que</p><p>tendr�a que deshacerme. Pero no s� hasta qu� punto puedo fiarme de �l. Es posible que aproveche la</p><p>oportunidad para ajustar algunas viejas cuentas suyas: superiores que le denegaron el ascenso o antiguos</p><p>amantes cuilontin que lo abandonaron. Antes de que me pronuncie en cada caso, quiz� te pida tu opini�n</p><p>como mujer m�s blanda de coraz�n.</p><p>Cruzamos el patio, donde los esclavos segu�an ocup�ndose de los cabal os, aunque no daba la impresi�n</p><p>de que se encontrasen demasiado c�modos en dicha tarea, y nos detuvimos en el portal que hab�a abierto</p><p>en el muro, donde nos esperaba Nocheztli. A partir de unos tres metros del muro, el resto de la plaza estaba</p><p>abarrotada de hileras y filas de guerreros, todos con atuendo de combate pero desarmados, y un hombre</p><p>de cada cinco sosten�a una antorcha para que yo pudiera verles las caras individualmente. De vez en</p><p>cuando hab�a uno que manten�a en alto el estandarte de alguna compa��a particular de cabal eros, o el</p><p>bander�n de una tropa menor a la que guiaba un cu chic, una "�guila vieja". Creo que el ej�rcito de la ciudad</p><p>que ten�a ante m� sumar�a en total unos mil hombres.</p><p>-�Guerreros... firmes! -rugi� Nocheztli como si se hubiera pasado toda la vida mandando tropas. Los pocos</p><p>hombres que estaban relajados o distra�dos se pusieron r�gidos al instante. Nocheztli volvi� a vociferar-:  -</p><p>Escuchad las palabras de vuestro Uey-Tecutli Tena maxtzin!</p><p>Ya fuera por obediencia o por aprensi�n, la multitud de hombres estaba tan silenciosa que no tuve que</p><p>levantar la voz.</p><p>-Se os ha convocado a asamblea siguiendo �rdenes m�as. Por orden m�a tambi�n, el tequ�ua Nocheztli,</p><p>aqu� presente, recorrer� vuestras filas y tocar� el hombro de algunos hombres. Esos hombres saldr�n de</p><p>las filas y se pondr�n de pie ante este muro. No habr� p�rdida de tiempo, ni protesta, ni preguntas. Ning�n</p><p>sonido hasta que yo vuelva a hablar.</p><p>El proceso de selecci�n de Nocheztli dur� tanto que no creo necesario relatarlo paso a paso. Pero cuando</p><p>hubo terminado con la �ltima l�nea de guerreros, la que se encontraba m�s lejos, cont� ciento treinta y ocho</p><p>hombres de pie contra la pared, unos con aspecto desgraciado, otros avergonzados y el resto desafiantes.</p><p>Iban desde simples reclutas yaoquizquin sin rango alguno, pasaban por todas las categor�as de �yactin y</p><p>tequiuatin   y   l egaban   hasta   los   suboficiales   cu�chictin.   Yo  mismo   me   avergonc�   al   ver   que   todos   los</p><p>acusados sinverg�enzas eran aztecas. Entre el os no hab�a ni uno solo de los viejos guerreros mexicas que</p><p>tanto tiempo atr�s vinieran de Tenochtitlan para entrenar a este ej�rcito, y tampoco hab�a ning�n mexica</p><p>m�s joven que hubiera podido ser hijo de aquel os orgul osos hombres.</p><p>El oficial de m�s alto rango entre los que se encontraban contra la pared era un cabal ero azt�catl, pero</p><p>s�lo era de la Orden de la Flecha. Las �rdenes del Jaguar y del �guila confer�an el t�tulo de cabal eros a</p><p>verdaderos h�roes, a guerreros que se hab�an distinguido en muchas batal as y hab�an matado a cabal eros</p><p>enemigos. A los cabal eros de la Flecha se los honraba meramente porque hab�an adquirido gran destreza</p><p>en el manejo del arco y las flechas, con independencia de que hubieran abatido a muchos enemigos con</p><p>esas armas.</p><p>-Todos vosotros sab�is por qu� est�is ah� de pie -les dije a los hombres situados junto a la pared con voz lo</p><p>suficientemente alta como para que lo oyeran el resto de las tropas-. Se os acusa de haber respaldado al</p><p>ileg�timo Gobernador Reverenciado Yeyac, aunque todos vosotros sab�ais que �l se hab�a apoderado de</p><p>ese t�tulo asesinando a su propio padre y a su hermano pol�tico. Seguisteis a Yeyac cuando estableci� una</p><p>alianza con los hombres blancos, los conquistadores y opresores de nuestro Unico Mundo. Medrando con</p><p>esos   espa�oles,   luchasteis   al   lado   de   Yeyac   contra   hombres   valientes   de   vuestra   propia   raza   para</p><p>impedirles que opusieran resistencia a los opresores. �Alguno de vosotros niega esas acusaciones?</p><p>Hay que decir en su favor que ninguno lo neg�. Y eso tambi�n dec�a mucho en favor de Nocheztli; era obvio</p><p>que hab�a actuado con honradez al se�alar a los colaboradores de Yeyac. Formul� otra pregunta:</p><p>-�Alguno de vosotros quiere alegar alguna circunstancia que pudiera atenuar vuestra culpa?</p><p>Cinco o seis de el os se adelantaron, en efecto, al o�r aquel o, pero s�lo pudieron decir una cosa a este</p><p>respecto.</p><p>-Cuando prest� el juramento en el ej�rcito, mi se�or, jur� obedecer siempre las �rdenes de mis superiores,</p><p>y eso es exactamente lo que hice.</p><p>-Le hicisteis un juramento al ej�rcito -dije-, no a ning�n individuo que sab�ais que obraba en contra de los</p><p>intereses del ej�rcito. Ah� ten�is a otros novecientos guerreros, camaradas vuestros, que no se dejaron</p><p>tentar por la traici�n. -Me di la vuelta hacia de De Puntil as y le pregunt� en voz baja-: �Siente compasi�n tu</p><p>coraz�n por alguno de estos desgraciados ilusos?</p><p>-No, por ninguno -contest� el a con firmeza-. En Michoac�n, cuando los purepechas ten�an el gobierno, a</p><p>esos hombres se los hubiera sujetado a estacas clavadas en el suelo y se los habr�a dejado al � hasta que</p><p>se encontrasen tan d�biles que los buitres carro�eros ni siquiera tuvieran que esperar a que muriesen para</p><p>empezar a com�rselos. Te sugiero que t� les hagas lo mismo a todos �stos, Tenamaxtli.</p><p>Por Huitzli, pens�, Pak�peti se ha vuelto tan sedienta de sangre como G�nda Ke. Volv� a hablar en voz alta</p><p>para que me oyeran todos, aunque me dirig� a los hombres acusados.</p><p>-He conocido a dos mujeres que fueron guerreros m�s viriles que cualquiera de vosotros. Aqu�, a mi lado,</p><p>est� una de el as, que merecer�a el t�tulo de cabal ero si no fuera hembra. La otra mujer valiente muri� en la</p><p>empresa de destruir una fortaleza entera l ena de soldados espa�oles. Vosotros, por el contrario, sois una</p><p>deshonra para vuestros camaradas, para vuestras banderas de combate, para vuestro juramento, para</p><p>nosotros los aztecas y para todos los dem�s pueblos del Unico Mundo. Yo os condeno a todos vosotros, sin</p><p>excepci�n, a la muerte. Sin embargo, por misericordia, dejar� que cada uno de vosotros decida el modo en</p><p>que quiere morir. -De Puntil as murmur� indignada unas palabras de protesta-. Pod�is elegir entre tres</p><p>modos de poner fin a vuestras vidas. Uno ser�a vuestro sacrificio ma�ana en el altar de la diosa patrona de</p><p>Aztl�n,   Coyolxauqui.   Pero   puesto   que   no   ir�is   por   vuestra   propia   voluntad,   esa   ejecuci�n   p�blica</p><p>avergonzar� � vuestra familia y descendientes hasta el fin de los tiempos. Vuestras casas, propiedades y</p><p>posesiones ser�n confiscadas, dejando a esas familias  sumidas en  la indigencia adem�s de  l enas de</p><p>verg�enza. -Hice una pausa para que pudieran considerarlo-. Tambi�n aceptar� vuestra palabra de honor,</p><p>el poco honor que puede que a�n os quede, de que cada uno de vosotros se ir� de aqu� a su casa, pondr�</p><p>la punta de una jabalina contra el pecho y se apoyar� en el a, muriendo as� a manos de un guerrero,</p><p>aunque   sea   por   vuestra   propia   mano.   -La   mayor�a   de   los   hombres   asintieron   al   o�r   aquel o,   aunque</p><p>sombr�amente, pero unos cuantos esperaron a�n hasta o�r mi tercera sugerencia-. O bien pod�is elegir otro</p><p>modo, a�n m�s honorable, de sacrificaros vosotros mismos a los dioses: ofreceros voluntarios para una</p><p>misi�n que he proyectado. Y -a�ad� con desprecio- el o significar� que os volv�is contra vuestros amigos los</p><p>espa�oles. Ni uno solo de vosotros sobrevivir� a esa misi�n, beso el suelo para jurarlo. Pero morir�is en</p><p>combate, como todo guerrero espera. Y para gratificaci�n de nuestros dioses, habr�is derramado sangre</p><p>enemiga adem�s de la vuestra. Dudo que los dioses se ablanden lo suficiente como para concederos la</p><p>feliz vida de los guerreros en Tonatiucan. Pero incluso en la espantosa nada de Mict�an pod�is pasar la</p><p>eternidad  recordando   que,   por lo   menos  una  vez   en   vuestras  vidas,   os  comportasteis  como   hombres.</p><p>�Cu�ntos de vosotros quer�is ofreceros para eso?</p><p>Todos lo hicieron, sin excepci�n, dobl�ndose en el gesto talqualiztli de tocar la tierra, lo que significaba que</p><p>la besaban como muestra de lealtad hacia m�.</p><p>-Pues as� sea -dije-. Y a ti, cabal ero de la Flecha, te designo para que te pongas al mando de esa misi�n</p><p>cuando   l egue   el   momento.   Hasta   entonces   a   todos   vosotros   se   os   encarcelar�   en   el   templo   de</p><p>Coyolxauqui, bajo estricta vigilancia. De momento dad vuestros nombres al tequ�ua Nocheztli a fin de que</p><p>un escriba pueda registrarlos para mi.</p><p>Y dirigi�ndome a los hombres que a�n permanec�an en la plaza, grit�:</p><p>-A todos los dem�s, no menos importantes, os doy las gracias por vuestra inquebrantable lealtad a Aztl�n.</p><p>Pod�is retiraros hasta que vuelva a convocaros en asamblea.</p><p>Cuando de De Puntil as y yo volv�amos a entrar en el patio del palacio, el a me reprendi�:</p><p>-Tenamaxtli,   hasta   esta   misma   noche   has   matado   hombres   bruscamente   y   sin   concederle   a   el o   m�s</p><p>importancia de la que le conceder�a yo. Pero luego te has puesto ese tocado, esa capa y esas pulseras... y</p><p>con el os te has revestido de una indulgencia impropia de ti. Un Gobernador Reverenciado deber�a ser m�s</p><p>fiero que los hombres corrientes, no menos fiero que el os. Esos traidores merec�an morir.</p><p>-Y morir�n -le asegur�-, pero de un modo que ser� �til a mi causa.</p><p>-Ejecutarlos aqu�, en p�blico, tambi�n ayudar�a a tu causa. Eso les quitar�a las ganas a los dem�s hombres</p><p>de intentar en el futuro cualquier duplicidad. Si Mariposa y su ej�rcito de mujeres estuvieran aqu� para</p><p>ejecutarlos.., digamos abri�ndoles el vientre a esos hombres con cuidado para no producirles la muerte y</p><p>luego derramando en el os hormigas de fuego, ciertamente ning�n testigo volver�a a arriesgarse a caer bajo</p><p>tu ira.</p><p>Suspir�.</p><p>-�No has presenciado ya bastantes muertes, Pak�peti? Pues mira al �. -Y apunt� con el dedo. A lo lejos, en</p><p>la parte trasera del edificio principal del palacio, en la zona de las cocinas, una fila de esclavos sal�a por una</p><p>puerta iluminada; cada uno de el os iba doblado bajo el peso de un cuerpo que transportaba hacia la</p><p>oscuridad-. Siguiendo mis �rdenes, y de un solo golpe, por as� decir, la mujer yaqui ha matado a todos los</p><p>sirvientes empleados en este palacio.</p><p>-�Y ni siquiera me has permitido que ayude yo en eso! -protest� de De Puntil as con enojo.</p><p>Volv� a suspirar.</p><p>-Ma�ana, querida m�a, Nocheztli me har� una relaci�n de los ciudadanos de aqu� que, como los guerreros,</p><p>instigaron los cr�menes de Yeyac o se beneficiaron de el os. Si me prometes dejar de darme la lata, te</p><p>aseguro que te dejar� practicar tus delicadas artes femeninas con dos o tres de el os.</p><p>De Puntil as sonri�.</p><p>-Bueno, eso es m�s propio del viejo Tenamaxtli. Sin embargo, no me satisface por entero. Quiero que</p><p>tambi�n  me  prometas  que  puedo  ir  con   el  cabal ero   de  la  Flecha  y  los  dem�s  a  esa  misi�n  que  has</p><p>propuesto, sea lo que sea.</p><p>-Muchacha, �te has vuelto t�ahuele? Esa ser� una misi�n suicida! Ya s� que disfrutas, pero.. - �morir con</p><p>el os...?</p><p>-Una mujer no est� obligada a explicar todos sus antojos y caprichos -me asegur� de De Puntil as con</p><p>altaner�a.</p><p>-No te estoy pidiendo que me expliques �ste. Te estoy ordenando que lo olvides!</p><p>Me alej� de el a a grandes zancadas, entr� en el palacio y sub� las escaleras.</p><p>Estaba sentado junto a la cama de Am�yatl -hab�a estado vel�ndola toda la noche- cuando por fin, ya</p><p>entrada la ma�ana, el a abri� los ojos.</p><p>-�Ayyo! -exclam�-. Eres t�, primo! Tem� que s�lo hubiera so�ado que me hab�as rescatado.</p><p>-Pues es cierto. Y me siento contento de haber l egado a tiempo, antes de que t� te consumieras por</p><p>completo en esa celda f�tida.</p><p>-�Ayya! -volvi� a exclamar luego-. Aparta de m� la mirada, Tenamaxtli. Debo de parecerme a la esquel�tica</p><p>Mujer Llorona de las antiguas leyendas.</p><p>-Para mi, querida prima, est�s igual que estabas cuando eras una ni�a toda rodil as y codos. Para mis ojos</p><p>y para mi coraz�n eres bonita. Pronto volver�s a ser la misma de siempre, hermosa y fuerte. S�lo necesitas</p><p>alimento y descanso.</p><p>-Mi padre... tu madre... �han venido contigo? -me pregunt� con impaciencia-. �Por qu� hab�is estado tanto</p><p>tiempo ausentes?</p><p>-Lamento ser yo el que te lo diga, Am�yatl. No han venido conmigo. Nunca volver�n a estar con nosotros.</p><p>Am�yatl dio un peque�o grito de consternaci�n.</p><p>-Tambi�n lamento tener que decirte que fue obra de tu hermano. Los asesin� en secreto a los dos, y</p><p>despu�s   asesin�   tambi�n   a   tu   marido   Kauri...   mucho   antes   de   encerrarte   a   ti   y   de   suplantarte   como</p><p>gobernante de Aztl�n.</p><p>Mi prima se qued� meditando en silencio durante un rato; l or� un poco y finalmente dijo:</p><p>-Hizo   todas   esas   cosas   horribles..,   y   s�lo   por   un   poco   de   eminencia   insignificante..,   en   un   rinc�n</p><p>insignificante del Unico Mundo. Pobre Yeyac.</p><p>-�Pobre Yeyac?</p><p>-T� y yo sabemos, desde nuestra infancia, que Yeyac naci� con un tonali desfavorable. El o le ha hecho</p><p>sufrir infelicidad e insatisfacci�n durante toda su vida.</p><p>-T� eres mucho m�s tolerante y misericordiosa que yo, Am�yatl. No lamento decirte que Yeyac ya no sufre.</p><p>Est� muerto, y yo soy el responsable de su muerte. Espero que no me odies por eso.</p><p>-No... no, claro que no. -Me cogi� la mano y me la apret� con afecto-. Debe de haber sido dispuesto as� por</p><p>los dioses que lo maldijeron con ese tonali. -Se prepar� visiblemente para recibir malas noticias-. Pero</p><p>ahora, �me has dado ya todas las malas noticias?</p><p>-Debes juzgarlo por ti misma. Estoy en el proceso de librar a Aztl�n de todos los seguidores y confidentes</p><p>de Yeyac.</p><p>-�Desterr�ndolos?</p><p>-Lejos, muy lejos. A Mict�an, confi�.</p><p>-Oh. Ya comprendo.</p><p>-A todos el os, excepto a esa mujer G�nda Ke, que fue la guardiana de tu celda.</p><p>-No s� qu� pensar de el a -me dijo Am�yatl, que al parecer estaba perpleja-. Se me hace dif�cil odiarla. Se</p><p>ve�a obligada a obedecer las �rdenes de Yeyac, pero a veces se las ingeniaba para traerme unos cuantos</p><p>pedazos de comida m�s sabrosa que el atoli, o un trapo perfumado para que me lavase un poco con �l.</p><p>Pero algo... su nombre...</p><p>-S�. Probablemente t� y yo seamos los �nicos que, aunque sea d�bilmente, reconocer�amos ese nombre</p><p>ahora que mi bisabuelo est� muerto. Fue �l, Cana�tli, quien nos habl� de la mujer yaqui de anta�o. �Te</p><p>acuerdas? Eramos ni�os entonces.</p><p>-�S�! -exclam� Am�yatl-. La mujer mala que dividi� a los aztecas... y se los l ev� muy lejos para convertirlos</p><p>en los conquistadores mexicas! Pero Tenamaxtli, eso fue al principio de los tiempos. Esta no puede ser la</p><p>misma G�nda Ke.</p><p>-Si no lo es -gru��-, ciertamente ha heredado todos los instintos b�sicos de su antepasada.</p><p>-Y yo me pregunto -dijo Am�yatl-, �se dar�a cuenta Yeyac de eso? El escuch� el relato de Cana�tli al mismo</p><p>tiempo que nosotros.</p><p>-Nunca lo sabremos. Y todav�a no he indagado si a Cana�tli le ha sucedido otro Evocador de la Historia.., ni</p><p>si   Cana�tli   le   transmiti�   esa   historia   a   su   sucesor.  Me   inclino   a   creer   que   no.   Seguramente   el  nuevo</p><p>Evocador habr�a incitado al pueblo de Aztl�n a levantarse ultrajado, una vez que esa mujer se uni� a la</p><p>corte de Yeyac. Sobre todo despu�s de que el a incitase a Yeyac a ofrecer su amistad a los espa�oles.</p><p>-�Yeyac hizo eso? -me pregunt� Am�yatl aterrada y con voz ahogada-. Pero... entonces... �por qu� le</p><p>perdonas la vida a esa mujer?</p><p>-Me   hace   falta.   Te  explicar�   por   qu�,   pero   es   una   larga   historia.   Y. .  ah!,   aqu�   est�   Pak�peti,   mi   fiel</p><p>compa�era durante el largo camino que he recorrido hasta aqu�, y que ahora es tu doncel a.</p><p>De Puntil as hab�a l egado con una bandeja l ena de viandas ligeras -frutas y cosas as�- para que Am�yatl</p><p>desayunase. Las dos mujeres se saludaron amigablemente, pero luego de De Puntil as, al darse cuenta de</p><p>que mi prima y yo est�bamos en mitad de una conversaci�n seria, nos dej�.</p><p>-De Puntil as es m�s que tu sirvienta personal -le expliqu�-. Es chambel�n de todo este palacio. Y es</p><p>tambi�n la cocinera, la lavandera, el ama de l aves, todo. El a, la mujer yaqui, t� y yo somos los �nicos que</p><p>residimos aqu�. Todos los criados que sirvieron bajo las �rdenes de Yeyac han ido a reunirse con �l en</p><p>Mict�an. G�nda Ke est� ahora buscando sustitutos.</p><p>-Estabas a punto de decirme por qu� G�nda Ke a�n sigue viva, cuando tantos otros ya no lo est�n.</p><p>De manera que mientras Am�yatl com�a, con buen apetito y evidente placer, le cont� todos, o la mayor�a,</p><p>de mis actos y aventuras desde que nos separamos. A algunas de las cosas alud� s�lo de pasada. Por</p><p>ejemplo, no le describ� con todos los espeluznantes detal es la quema del hombre que luego supe que era</p><p>mi padre... y cuya muerte me hab�a impulsado a hacer tantas de las cosas que yo hab�a l evado a cabo</p><p>despu�s.  Tambi�n   le   resum�   el  relato   de   mi  educaci�n   en   la   lengua   espa�ola   y   en   las  supersticiones</p><p>cristianas,   y   c�mo   aprend�   a   fabricar   un   palo   de   trueno   que   funcionase.   Tampoco   me   prodigu�   en</p><p>explicaciones de mi breve relaci�n carnal con la mulata Rebeca, ni en la profunda devoci�n que la difunta</p><p>Citlali  y  yo   hab�amos  compartido,   ni  en  las  diferentes mujeres purepes  (y  el  muchacho)  que   yo  hab�a</p><p>probado antes de conocer a Pak�peti. Y le dej� bien claro que el a y yo desde hac�a mucho tiempo no</p><p>�ramos m�s que compa�eros de viaje.</p><p>Pero si le cont� a Am�yatl de forma concienzuda los planes, y los pocos preparativos hasta el momento,</p><p>que yo hab�a hecho para guiar una insurrecci�n contra los hombres blancos con intenci�n de expulsarlos</p><p>por completo del Unico Mundo. Y cuando hube acabado, mi prima coment� pensativa:</p><p>-Siempre fuiste valiente y ambicioso, primo. Pero esto parece un sue�o vanaglorioso. Toda la poderosa</p><p>naci�n mexica se derrumb� ante la arremetida de los caxtiltecas, o los espa�oles, como t� los l amas. Y sin</p><p>embargo piensas que t� solo...</p><p>-Tu augusto padre Mixtzin dijo eso mismo entre las �ltimas palabras que me dirigi�. Pero no estoy solo. No</p><p>todas las naciones han sucumbido como los mexicas. O como Yeyac hubiera hecho que le ocurriera a</p><p>Aztl�n. Los purepechas lucharon casi hasta el �ltimo hombre, tanto que ahora la tierra de Michoac�n est�</p><p>enteramente poblada por mujeres. E incluso el as quieren luchar. Pak�peti reclut� una buena tropa de</p><p>mujeres antes de que el a y yo nos march�semos de al �. Y los espa�oles a�n no se han atrevido a invadir</p><p>las fieras naciones del norte. Lo �nico que se necesita es alguien que gu�e a esos pueblos dispares, en un</p><p>esfuerzo aunado. No s� de nadie m�s lo suficientemente vanaglorioso para hacerlo. As� que si no lo hago</p><p>yo... �qui�n va a hacerlo?</p><p>-Bien... -dijo Am�yatl-. Si la pura determinaci�n sirve para algo en una empresa semejante... Pero todav�a</p><p>no me has explicado por qu� la extranjera G�nda Ke tiene algo que ver en esto.</p><p>-Quiero que el a me ayude a reclutar esas naciones y tribus a las que a�n no han conquistado, pero que</p><p>todav�a no se han organizado en una fuerza unida. Aquel a mujer yaqui de anta�o sin duda inspir� a una</p><p>chusma multitudinaria de aztecas proscritos a una beligerancia que condujo, con el tiempo, a la civilizaci�n</p><p>m�s espl�ndida del Unico Mundo. Si el a fue capaz de hacer eso, lo mismo, creo yo, podr�a hacer sus</p><p>muchas veces bisnieta... o quien quiera que sea nuestra G�nda Ke. Quedar� satisfecho si puede reclutar</p><p>para m� solo a su naci�n yaqui nativa. Se dice que son los combatientes m�s salvajes de todos.</p><p>-Lo que te parezca que es mejor, primo. Ahora t� eres el Uey-Tecutli.</p><p>-De eso tambi�n quer�a hablarte. S�lo asum� el manto porque t�, por ser mujer, no puedes hacerlo. Pero</p><p>todav�a no tengo el prurito del t�tulo, la autoridad y la sublimidad. Reinar� s�lo hasta que te pongas lo</p><p>bastante bien como para volver a ocupar tu posici�n de regente. Luego seguir� mi camino y reanudar� mi</p><p>campa�a de reclutamiento.</p><p>-Podr�amos reinar juntos, ya sabes -me sugiri� Am�yatl con timidez-. T� como Uey-Tecutli y yo como tu</p><p>Cecihuat�.</p><p>-�Tan breve recuerdo tienes de tu matrimonio con el difunto K�uritzin? -le pregunt� con guasa.</p><p>-Ayyo,   fue  un   buen   marido   para   m�,   considerando   que   el   nuestro   fue   un   matrimonio   concertado   para</p><p>conveniencia   de   otros.   Pero   nunca   estuvimos   tan   unidos   como   lo   estuvimos   t�   y   yo   en   otro   tiempo,</p><p>Tenamaxtli. Kauri era... �como te dir�a...? Era t�mido a la hora de experimentar.</p><p>-Confieso -dije sonriendo al recordar- que todav�a no he conocido a ninguna mujer que pueda superarte a</p><p>ese respecto.</p><p>-Y no hay tampoco ninguna constricci�n tradicional ni sacerdotal contra el matrimonio entre primos. Desde</p><p>luego, puede que consideres a una mujer viuda como una mercanc�a usada, como una prenda usada</p><p>indigna de ti. Pero por lo menos -a�adi� con picard�a- en nuestra noche de bodas no tendr�a que enga�arte</p><p>con un huevo de paloma y un ung�ento astringente.</p><p>Astringente, casi �cida, se oy� otra voz, la de G�nda Ke.</p><p>-Que conmovedor..., los amantes tanto tiempo separados recordando el oc�ya nechca, el �rase una vez.</p><p>-T�, v�bora, �cu�nto tiempo l evas acechando en esta habitaci�n? -le pregunt� con los dientes apretados.</p><p>G�nda   Ke   me   ignor�   y   le   habl�   a  Am�yatl,   cuyo   rostro   p�lido   a   causa   del   encarcelamiento   se   hab�a</p><p>ruborizado hasta adquirir un color muy rosa.</p><p>-�Por qu� iba Tenamaxtli a casarse con nadie, querida? El aqu� es el amo, el �nico hombre entre tres</p><p>mujeres deliciosas con quienes puede acostarse a su antojo y sin compromiso alguno. La amante que tuvo</p><p>en otro tiempo, la amante que tiene ahora y otra amante a la que a�n no ha probado.</p><p>-Mujer de lengua viperina -le dije hirviendo de ira-, eres veleidosa hasta en tus maliciosos sarcasmos.</p><p>Anoche me l amaste cuilontli.</p><p>-Y G�nda Ke se alegra mucho de saber que estaba equivocada. Aunque en realidad no puede estar segura,</p><p>�verdad?, por lo menos hasta que t� y el a...</p><p>-Nunca en mi vida le he pegado a una mujer -le indiqu�-. Y ahora precisamente estoy a punto de hacerlo.</p><p>Prudentemente se apart� de m�, con aquel a sonrisa suya de lagarto a la vez de disculpa y de insolencia.</p><p>-Perdonadme, mi se�or, mi se�ora. G�nda Ke no se habr�a entrometido de haberse dado cuenta... Bueno,</p><p>el a ha venido s�lo para decirte, Tenamaxtzin, que un grupo de posibles sirvientes aguarda tu aprobaci�n en</p><p>el vest�bulo de abajo. Algunos de el os dicen que tambi�n te conocieron en el oc�ya nechca. Y lo que es</p><p>m�s importante, los miembros de tu Consejo de Portavoces te aguarda en el sal�n del trono.</p><p>-Los sirvientes pueden esperar. Ver� al Consejo dentro de un momento. Ahora sal de aqu�.</p><p>Incluso   despu�s  de   que   el a   se   hubiera   marchado,   mi  prima   y  yo   nos  quedamos  tan  avergonzados  y</p><p>azorados como dos adolescentes sorprendidos en proximidad desnuda e indecente. Tartamude� como un</p><p>tonto cuando le ped� a Am�yatl permiso para marcharme, y al d�rmelo tambi�n tartamude�. Nadie hubiera</p><p>cre�do que �ramos dos adultos maduros, y adem�s las dos personas de rango m�s elevado de Aztl�n.</p><p><strong>19</strong></p><p>Los ancianos del Consejo de Portavoces no parec�an estar inclinados en modo alguno a considerarme un</p><p>hombre adulto, digno de mi rango y de su respeto. Nos saludamos con educaci�n, dici�ndonos unos a otros</p><p>"Mixpantzinco", pero uno de los ancianos, al que reconoc� como Totot�, tlatocapili de la aldea de T�piz, me</p><p>dijo de inmediato, con enojo y tono exigente:</p><p>-�Se nos ha tra�do aqu� con tanta precipitaci�n y sin mayores ceremonias por el presuntuoso mandato de</p><p>un insolente advenedizo? Muchos de nosotros te recordamos, Tenamaxtli, de los d�as en que no eras m�s</p><p>que un mocoso que entraba a gatas en esta habitaci�n para mirarlo todo boquiabierto y curiosear lo que se</p><p>dec�a en nuestros Consejos con tu t�o, el Gobernador Reverenciado Mixtzin. Incluso la �ltima vez que te</p><p>vimos, cuando partiste con �l hacia Tenochtitlan, no eras m�s que un mozalbete imberbe. Pero al parecer</p><p>has crecido mucho y de un modo inexplicablemente r�pido. Exigimos saber...</p><p>-�Guarda silencio, Totot�! -le interrump� con rudeza; y todos los hombres ahogaron un grito-. Tambi�n debes</p><p>de recordar el protocolo del Consejo, seg�n el cual ning�n hombre debe hablar hasta que el Uey-Tecutli</p><p>diga cu�l es el tema que se va a tratar. No estoy esperando pac�ficamente a que vosotros me acept�is o me</p><p>aprob�is. S� qui�n soy y lo que soy: vuestro leg�timo Uey-Tecutli. Eso es lo �nico que necesit�is saber. -Se</p><p>oyeron murmul os por la sala, pero nadie volvi� a desafiar mi autoridad. Pudiera ser que no me hubiera</p><p>granjeado   su   afecto,   pero   decididamente   hab�a   captado   su   atenci�n-.   Os  he   convocado   porque   tengo</p><p>algunas exigencias que haceros y, aunque s�lo sea por mera cortes�a y por la estima en que os tengo a</p><p>todos  por ser mis mayores,  me  gustar�a  que  aprobarais  dichas exigencias  con  vuestro  consentimiento</p><p>un�nime. Pero tambi�n os digo, y beso la tierra para jurarlo, que mis exigencias se cumplir�n, est�is de</p><p>acuerdo o no.</p><p>Mientras me miraban con los ojos muy abiertos y murmuraban un poco m�s, retroced� para abrir la puerta</p><p>del sal�n del trono y le hice se�as a Nocheztli y a dos de los guerreros de Aztl�n que �l hab�a declarado</p><p>dignos de confianza. No los present�, sino que continu� dirigi�ndome a los miembros del Consejo.</p><p>-A estas alturas lo m�s seguro es que todos vosotros teng�is noticia de los incidentes que han ocurrido en</p><p>los �ltimos tiempos y de las revelaciones que se han hecho recientemente en estos paraderos. De c�mo el</p><p>abominable Yeyac arrebat� el manto de Uey-Tecutli aunque para el o tuviese que asesinar a su propio</p><p>padre.</p><p>Al l egar a este punto me dirig� directamente a K�vari, t�atocapili de Yak�reke.</p><p>-Incluso a Kauri, tu hijo. Y c�mo derroc� y encarcel� a la viuda de tu hijo, Am�yatzin.</p><p>De nuevo habl� para todos.</p><p>-Seguro que hab�is o�do que Yeyac conspiraba en secreto con los espa�oles para ayudarlos a mantener</p><p>oprimidos a todos nuestros pueblos del Unico Mundo. Y ciertamente habr�is o�do, conf�o que con placer,</p><p>que Yeyac ya no existe. Tambi�n habr�is o�do que yo, como �nico pariente var�n vivo de Mixtzin, y por</p><p>tanto sucesor en el manto, he librado a Aztl�n sin piedad alguna de todos aquel os que apoyaban a Yeyac.</p><p>Anoche diezm� el ej�rcito de Aztl�n. Hoy voy a encargarme de los lameculos que Yeyac ten�a entre la</p><p>poblaci�n civil.</p><p>Me l ev�  una mano a la espalda  y Nocheztli me  puso  en el a varios papeles de  corteza. Examin�  las</p><p>columnas de im�genes de palabras que hab�a en el os y luego anunci� a la sala:</p><p>-Esta   es  una   lista   de   aquel os   ciudadanos  que   ayudaron   a   Yeyac   en   sus   nefastas   actividades;   desde</p><p>vendedores   de   mercado   hasta   respetables   mercaderes   y   prominentes   comerciantes   pochtecas.   Me</p><p>complace ver que en esta lista s�lo se menciona el nombre de un hombre de este Consejo de Portavoces.</p><p>Tlamacazqui Col�tic-Acatl, adel�ntate.</p><p>De este hombre he hablado antes en esta narraci�n. Era el sacerdote del dios Huitzilopochtli, quien al</p><p>conocer las primeras noticias de la l egada de los hombres blancos al Unico Mundo hab�a temido tanto que</p><p>se le desposeyera de su sacerdocio. Como todos nuestros tlamacazque, no se hab�a lavado en toda su</p><p>vida, igual que su t�nica negra. Pero ahora, incluso a pesar de la mugrienta ro�a, el rostro se le puso p�lido</p><p>y temblaba cuando se adelant�.</p><p>-Por qu� un sacerdote de un dios mex�catl ha de traicionar a los adoradores de ese dios es algo que no</p><p>alcanzo   a   comprender   -dije-.   �Tenias   intenci�n   de   convertirte   a   la   religi�n   de   los   hombres   blancos,   a</p><p>Crixtan�yotl?   �O   simplemente   esperabas   engatusarlos   para   que   te   dejasen   en   paz   en   tu   antiguo</p><p>sacerdocio?   No,   no   me   lo   digas.   La   gente   como   t�   no   me   importa   en   absoluto.   -Me   volv�   hacia   los</p><p>guerreros-. Llevad a esta criatura a la plaza central, no a ning�n templo, ya que no se merece el honor de</p><p>ser sacrificado, de tener otra vida en el m�s al �, y estranguladlo hasta que muera con la guirnalda de</p><p>flores.</p><p>Lo prendieron, y el sacerdote se fue de mala gana con el os l oriqueando mientras el resto del Consejo</p><p>permanec�a al � de pie perplejo.</p><p>-Pasaos unos a otros esos papeles -les ped�-. Vosotros, los t�atocapiltin de otras comunidades, encontrar�is</p><p>nombres de personas que pertenecen a vuestras comunidades que o bien prestaron ayuda a Yeyac o</p><p>recibieron favores de �l. Mi primera exigencia es que elimin�is a esas personas. Mi segunda exigencia es</p><p>que pein�is las filas de vuestros propios guerreros y guardias personales, y Nocheztli, aqu� presente, os</p><p>ayudar� en eso, y extermin�is tambi�n a los traidores que haya entre el os.</p><p>-As� se har� -me asegur� Tototl, cuya voz ahora manifestaba bastante m�s respeto hacia m�-. Creo que</p><p>hablo en nombre de todo el Consejo al decir que estamos de acuerdo por unanimidad con esta acci�n.</p><p>-�Tienes a�n alguna exigencia m�s, Tenamaxtzin? -quiso saber K�vari.</p><p>-S�,   una   m�s.   Quiero   que   cada   uno   de   vosotros,   t�atocapiltin,   envi�is   a  Aztl�n   a   todos   los   guerreros</p><p>verdaderos y sin tacha que teng�is y a todos los hombres sanos que hayan recibido entrenamiento militar</p><p>para coger las armas en caso necesario. Tengo intenci�n de integrarlos en mi propio ej�rcito.</p><p>-De nuevo, convenido -dijo Teci�apil, tlatocapili de Tecuexe. Pero �podemos preguntar por qu�?</p><p>-Antes de responder a eso -le indiqu�-, d�jame hacer a mi vez una pregunta: �qui�n de vosotros es ahora</p><p>el Evocador de la Historia del Consejo?</p><p>Todos parecieron un poco inc�modos ante aquel a pregunta, raz�n por la que se hizo un breve silencio.</p><p>Luego habl� un hombre  que  no lo hab�a hecho hasta  entonces. El tambi�n era anciano, un mercader</p><p>pr�spero, a juzgar por su atuendo, pero en mis tiempos no formaba parte del Consejo. Dijo:</p><p>-Cuando muri� el viejo Cana�tli, el anterior Evocador, que seg�n me han dicho era tu bisabuelo, no se</p><p>nombr� a nadie para ocupar su lugar. Yeyac insisti� en que no hab�a necesidad de tener un Evocador</p><p>porque, seg�n �l, con la l egada de los hombres blancos la historia del Unico Mundo hab�a l egado a su fin.</p><p>Adem�s,   a�adi�   Yeyac,   ya   no   contar�amos   el   paso   de   los   a�os   por   haces   de   cincuenta   y   dos,   ni</p><p>mantendr�amos m�s la ceremonia de encender el Fuego Nuevo para marcar el comienzo de cada nuevo</p><p>haz. Nos dijo que a partir de entonces contar�amos los a�os como lo hacen los hombres blancos, en una</p><p>sucesi�n ininterrumpida que empieza con un a�o simplemente numerado como el a�o Uno, pero que no</p><p>sabemos exactamente cu�nto tiempo hace que empez�.</p><p>-Yeyac estaba equivocado -contest�-. Todav�a queda mucha historia, y tengo la intenci�n de hacer a�n</p><p>mucha m�s para que nuestros historiadores la recuerden y la archiven. Por eso, consejeros, y con el o</p><p>contesto a vuestra pregunta anterior, es por lo que necesito a vuestros guerreros para mi ej�rcito.</p><p>Y a continuaci�n les cont� -como acababa de contarle a Am�yatl y, antes, a Pak�peti, a G�nda Ke, a la</p><p>difunta Citlali y a Pochot�, el artesano que me fabric� el palo de trueno- mis planes para organizar una</p><p>rebeli�n contra Nueva Espa�a y recuperar todo el Unico Mundo para nosotros. Igual que sucediera con</p><p>aquel os   cuando   escucharon   mis   intenciones,   los   miembros   del   Consejo   de   Portavoces   parecieron</p><p>impresionados aunque incr�dulos, y uno de el os empez� a hablar:</p><p>-Pero Tenamaxtzin, si hasta los poderosos...</p><p>Le interrump� con un gru�ido.</p><p>-EL primer hombre de entre vosotros que me diga  que no puedo triunfar donde incluso los poderosos</p><p>mexicas fracasaron, a ese hombre, por muy anciano, sabio y digno que sea, incluso por muy decr�pito que</p><p>pueda estar, a ese hombre le ordenar� que dirija el primer ataque contra el ej�rcito espa�ol. Le obligar� a ir</p><p>al frente de mis fuerzas, en la mism�sima vanguardia. E ir� desarmado y sin armadura!</p><p>Se hizo un silencio de muerte en la sala.</p><p>-Entonces,   �accede   el   Consejo   de   Portavoces   a   apoyar   la   campa�a   que   propongo?   -Varios   de   los</p><p>miembros lanzaron un suspiro, pero todos asintieron con un movimiento de cabeza-. Bien.</p><p>Me volv� hacia el mercader que me hab�a informado de que ya no hab�a Evocador de la Historia en el</p><p>Consejo.</p><p>-Sin duda Cana�tli dej� muchos libros de im�genes de palabras que relatan lo ocurrido en todos los haces</p><p>de a�os hasta su propio tiempo. Est�dialos y apr�ndetelos de memoria. Y te ordeno adem�s que hagas lo</p><p>siguiente: comienza un nuevo libro con estas palabras: "En este d�a de Nueve-Flores, en el mes del Barrido</p><p>del Camino, en el a�o de las Siete Casas, el Uey-Tecutli Tenamaxtzin de Aztl�n declar� la independencia</p><p>del Unico Mundo con respecto de Vieja Espa�a y empez� los preparativos para una insurrecci�n contra los</p><p>indeseados   se�ores   blancos,   tanto   en   Nueva   Espa�a   como   en   Nueva   Galicia,   teniendo   su   plan   el</p><p>consentimiento y el apoyo acordados en asamblea del Consejo de Portavoces."</p><p>-Todo lo que t� digas, Tenamaxtzin -me prometi�; y �l y los dem�s consejeros se marcharon.</p><p>Nocheztli, que segu�a en la sala, dijo:</p><p>-Disculpa,  mi  se�or,  pero �qu�  quieres  que  hagamos con  los guerreros que  est�n  encarcelados  en  el</p><p>templo de la diosa? Se encuentran tan apretados al � dentro que tienen que hacer turnos para sentarse, y</p><p>en modo alguno pueden tumbarse. Adem�s, van teniendo mucha hambre y sed.</p><p>-Se merecen algo peor que estar inc�modos -le indiqu�-. Sin embargo, di a los guardias que les den de</p><p>comer, aunque s�lo atoli y agua, y una cantidad m�nima de cada cosa. Quiero que esos hombres, cuando</p><p>yo est� preparado para utilizarlos, se encuentren hambrientos de batal a y sedientos de sangre. Mientras</p><p>tanto, Nocheztli, creo recordar que has dicho que tuviste ocasi�n de visitar Compostela en compa��a de</p><p>Yeyac, �no es as�?</p><p>-S�, Tenamaxtzin.</p><p>-Pues quiero que vayas al � de nuevo, pero esta vez a hacer de quimichi para m�. -Esa palabra en principio</p><p>significa "rat�n", pero nosotros la empleamos para significar lo que los espa�oles l aman un esp�a-. �Puedo</p><p>fiarme de ti para hacer eso? �Para que vayas al �, consigas informaci�n en secreto y regreses aqu� con</p><p>el a?</p><p>-Claro que s�, mi se�or. Estoy vivo s�lo por tu tolerancia, por tanto mi vida est� a tu disposici�n para lo que</p><p>ordenes.</p><p>-Entonces esto es lo que ordeno. Los espa�oles a�n no pueden haberse enterado de que han perdido a su</p><p>aliado Yeyac. Y puesto que ya te conocen de vista, supondr�n que eres el emisario de Yeyac que has ido a</p><p>hacer alg�n recado.</p><p>-Llevar� algunas calabazas l enas de nuestra leche de coco fermentado para vend�rsela. A los hombres</p><p>blancos, de alta o baja posici�n, les gusta mucho emborracharse con el a. Esa ser  excusa suficiente para</p><p>mi visita. �Y qu� informaci�n deseas que te traiga?</p><p>-Cualquier cosa. Ten los ojos y los o�dos bien abiertos y qu�date al � el tiempo que haga falta. Averigua, si</p><p>puedes, c�mo es Coronado, el nuevo gobernador, cu�ntas tropas tiene estacionadas al � y adem�s cu�ntas</p><p>personas, tanto espa�oles como indios, habitan ahora en Compostela. Est�te alerta ante cualquier noticia,</p><p>rumor o habladur�a de lo que est� pasando en cualquier otro lugar de los dominios espa�oles. Aguardar� tu</p><p>regreso antes de enviar a la mesnada de guerreros desleales de Yeyac a esa misi�n suicida, y el resultado</p><p>de la misi�n depender� en gran medida de la informaci�n que t� me traigas.</p><p>-Voy de inmediato, mi se�or -dijo.</p><p>Y as� lo hizo.</p><p>A continuaci�n di una r�pida y poco met�dica aprobaci�n a los aspirantes a criados que G�nda Ke hab�a</p><p>reunido   en   el   vest�bulo.   Reconoc�   a   algunos   de   el os   de   los   viejos   tiempos,   y   pens�   que,   con   toda</p><p>seguridad, si alguno de los restantes hubiera sido partidario de Yeyac no se habr�a atrevido a solicitar servir</p><p>conmigo. A partir de entonces a nosotros, los p�piltin del palacio (Am�yatl, Pak�peti, G�nda Ke y yo mismo),</p><p>se nos atendi� con asiduidad, se nos aliment� de manera suntuosa y nunca tuvimos que levantar un dedo</p><p>para   hacer   nada   que   otros   pudieran   hacer   por   nosotros.  Aunque   ahora  Am�yatzin   ten�a   un   grupo   de</p><p>mujeres para que la atendieran, a el a y a m� nos complaci� que de De Puntil as insistiera en continuar</p><p>siendo su doncel a personal m�s �ntima.</p><p>El tiempo que de De Puntil as no pasaba cuidando a Am�yatl lo empleaba gustosa en acompa�ar a los</p><p>guerreros que yo enviaba a detener y ejecutar a sus paisanos de Aztl�n cuyos nombres hab�an aparecido</p><p>en los papeles de corteza de Nocheztli. La �nica orden que di fue que los ejecutaran, y nunca me molest�</p><p>en averiguar qu� medio empleaban los guerreros para el o, si el garrote de la guirnalda de flores, la espada,</p><p>las flechas o el cuchil o que arranca el coraz�n. Y tampoco quise saber si de De Puntil as liquidaba en</p><p>persona a alguno de esos hombres con cualquiera de los horrendos m�todos que me hab�a mencionado.</p><p>No me importaba, sencil amente. Me bastaba con saber que todas las propiedades, posesiones y riquezas</p><p>de aquel os que mor�an fueran a parar al tesoro de Aztl�n. Puede que yo parezca insensible al decir eso,</p><p>pero   hubiera   podido   ser   a�n   m�s   cruel.   Seg�n   una   antigua   tradici�n,   yo   hubiera   podido   matar   a   las</p><p>esposas, a los hijos, a los nietos, incluso a los parientes lejanos de aquel os traidores, pero me abstuve de</p><p>hacerlo. No quer�a despoblar Aztl�n por entero.</p><p>Yo nunca hab�a sido Uey-Tecutli antes, y al �nico que hab�a observado en el ejercicio de ese cargo hab�a</p><p>sido a mi t�o Mixtli. Entonces me hab�a parecido que, para cumplir cualquier cosa que tuviera que l evarse a</p><p>cabo, lo �nico que Mixtzin ten�a que hacer era sonre�r, poner mala cara, hacer un gesto con la mano o</p><p>poner su firma en alg�n documento. Pero ahora aprend� con rapidez que ser Gobernador Reverenciado no</p><p>era una ocupaci�n tan f�cil. Continuamente se me solicitaba, hasta podr�a decirse que se me acosaba, para</p><p>que   tomase   decisiones,   emitiera   juicios,   me   pronunciase,   intercediese,   aconsejase,   dictase   veredictos,</p><p>consintiera o denegase, aceptase o rechazase... Los dem�s funcionarios de mi corte encargados de las</p><p>diversas responsabilidades de gobierno ven�an con regularidad a verme con diversos problemas. Un dique</p><p>de   contenci�n   de   las aguas  de  los  pantanos  necesitaba  reparaciones  cruciales,   de  lo   contrario  pronto</p><p>tendr�amos el pantano en nuestras cal es. �Querr�a el Uey-Tecutli autorizar el coste de los materiales y el</p><p>reclutamiento de los trabajadores? Los pescadores de nuestra flota oce�nica se quejaban de que el drenaje</p><p>que   se   hab�a   hecho   tanto   tiempo   antes  en   aquel   mismo   pantano   hab�a   tenido   como   consecuencia   la</p><p>paulatina obstrucci�n de sus habituales puertos costeros a causa de los sedimentos. �Querr�a el Uey-</p><p>Tecutli   autorizar   las   obras   de   dragado   que   volvieran   a   hacer   profundos   aquel os   puertos?   Nuestros</p><p>almacenes estaban a rebosar de pieles de nutrias marinas, esponjas, pieles de tibur�n y otras mercanc�as</p><p>que   no   se   hab�an   vendido,   porque,   desde   hac�a   ya   a�os,  Aztl�n   s�lo   comerciaba   con   las  tierras  que</p><p>estaban situadas al norte, pero no lo hacia con ninguna del sur. �Podr�a el Uey-Tecutli idear un plan para</p><p>deshacernos de ese exceso, y a cambio obtener un beneficio...?</p><p>Tuve que luchar no s�lo con mis funcionarios de la corte y con los asuntos importantes en materia de</p><p>pol�tica, sino tambi�n con las cosas triviales de la gente corriente. Aqu� un litigio entre dos vecinos por la</p><p>linde entre sus parcelas de tierra; al � unas disputas familiares por el reparto de las exiguas propiedades de</p><p>su padre muerto recientemente; acul � un deudor que solicitaba un respiro en el acoso al que lo somet�a un</p><p>prestamista usurero; al � un acreedor que ped�a permiso para desalojar a una viuda y a sus hijos hu�rfanos</p><p>del hogar para satisfacer alguna obligaci�n que el difunto marido no hab�a podido cumplir...</p><p>Me resultaba excesivamente dif�cil encontrar tiempo para atender asuntos que para m� eran mucho m�s</p><p>urgentes. Pero me las arregl� como pude. Di instrucciones a todos los cabal eros y cu�chictin leales de mi</p><p>ej�rcito para que comenzaran a entrenar de forma intensiva a sus fuerzas (y a todos los reclutas de que</p><p>pudieran disponer), y para que hicieran sitio en sus filas para los guerreros adicionales que se hab�an</p><p>reclutado y que l egaban a diario de las dem�s comunidades subordinadas a Aztl�n.</p><p>E incluso encontr� tiempo para sacar de su escondite los tres arcabuces que Pak�peti y yo hab�amos</p><p>l evado con nosotros y para instruir personalmente en el uso de los mismos. No hace falta decir que al</p><p>principio   los   guerreros   ten�an   miedo   de   manejar   aquel as   armas   extranjeras.   Pero   seleccion�   s�lo   a</p><p>aquel os que fueron capaces de superar su turbaci�n y que demostraron aptitudes para utilizar el palo de</p><p>trueno con eficacia. Al final los escogidos fueron m�s o menos veinte, y cuando uno de el os me pregunt�,</p><p>l eno de desconfianza: "Mi se�or, cuando vayamos a la guerra, �tendremos que turnarnos para emplear los</p><p>palos de trueno?", yo le contest�: "No, joven iyac. Conf�o en que les arrebat�is a los hombres blancos sus</p><p>arcabuces para armaros vosotros. Y adem�s tambi�n confiscaremos los cabal os de los hombres blancos.</p><p>Cuando lo hagamos se os entrenar� tambi�n para que pod�is manejarlos."</p><p>El hecho de estar continuamente ocupado por lo menos ten�a un aspecto gratificante: me evitaba el tener</p><p>nada que ver con G�nda Ke, la mujer yaqui. Mientras yo estaba ocupado con los asuntos de Estado el a se</p><p>encargaba de supervisar los asuntos dom�sticos del palacio. Pudiera ser que fuera un fastidio para los</p><p>sirvientes,   pero   as�   ten�a   pocas   oportunidades   de   fastidiarme   a   mi.   Claro   que   de   vez   en   cuando   nos</p><p>encontr�bamos por un pasil o del palacio y la mujer yaqui soltaba alg�n comentario bromista o guas�n: "Me</p><p>canso de esperar, Tenamaxtli. �Cu�ndo vamos a salir t� y yo a comenzar nuestra guerra?" O: "Me canso de</p><p>esperar, Tenamaxtli. �Cu�ndo nos iremos t� y yo juntos a la cama para que puedas besar cada una de las</p><p>pecas que salpican mis partes �ntimas?"</p><p>Aunque yo no hubiera estado demasiado ocupado para acostarme con nadie, y aunque el a hubiera sido la</p><p>�ltima hembra humana en el mundo, no me hubiera sentido tentado a el o. En realidad durante el tiempo</p><p>que fui Uey-Tecutli, cuando, por tradici�n, hubiera podido tener a cualquier mujer de Aztl�n que hubiese</p><p>deseado, no disfrut� de ninguna en absoluto. Pak�peti parec�a firme en su determinaci�n de no volver a</p><p>copular nunca jam�s con ning�n hombre. Y a mi no se me habr�a pasado por la cabeza, ni siquiera en</p><p>sue�os, molestar a Am�yatl en su lecho de enferma, aunque el a cada d�a estaba m�s saludable, m�s</p><p>fuerte y m�s bel a.</p><p>Desde luego visitaba a mi prima y me quedaba junto a su cama siempre que ten�a un momento libre, pero</p><p>s�lo para conversar con el a. La pon�a al corriente de las actividades que yo l evaba a cabo como Uey-</p><p>Tecutli y de los acontecimientos de Aztl�n y sus alrededores a fin de que el a pudiera reemprender con m�s</p><p>facilidad su regencia cuando l egase el momento. (Y francamente yo anhelaba que ese momento l egase</p><p>pronto para poder marcharme a la guerra.) Tambi�n habl�bamos de muchas otras cosas, por supuesto, y</p><p>un d�a Am�yatl, un poco turbada, me dijo:</p><p>-Pak�peti me ha cuidado amorosamente. Y el a ahora est� muy guapa, pues el pelo le ha crecido y lo tiene</p><p>casi tan largo como yo. Pero la querida muchacha bien podr�a ser repelentemente fea, porque la ira que</p><p>hay en el a es casi visible.</p><p>-Est� muy enojada con los hombres, y tiene motivos para el o. Ya te cont� el encuentro que tuvo con</p><p>aquel os dos soldados espa�oles.</p><p>-Entonces comprendo que lo est� con los hombres blancos. Pero, exceptu�ndote tan s�lo a ti, creo que</p><p>matar�a gustosa a todo hombre vivo.</p><p>-Tambi�n lo har�a la venenosa G�nda Ke -le coment�-. Quiz� estar cerca de el a haya influido en Pak�peti</p><p>para que les tenga un odio a�n m�s profundo a los hombres.</p><p>-�Incluyendo al que l eva en su seno? -me pregunt� Am�yatl.</p><p>Parpade� asombrado.</p><p>-�Qu� est�s diciendo?</p><p>-Entonces, �no te has dado cuenta? S�lo se le est� empezando a notar. de De Puntil as est� pre�ada.</p><p>-Yo no he sido -balbuc�-. No la he tocado desde hace...</p><p>-Ayyo, primo, c�lmate -me recomend� Am�yatl ri�ndose a pesar de la preocupaci�n- de De Puntil as lo</p><p>atribuye al encuentro ese del que has hablado.</p><p>-Bien, es razonable que est� amargada por l evar dentro al hijo mestizo de un...</p><p>-No por l evarlo dentro, ni porque sea mestizo, sino porque es un var�n, ya que detesta a todos los varones.</p><p>-Oh, venga, prima. �C�mo es posible que Pak�peti sepa que ser  un ni�o?</p><p>-Ni siquiera se refiere a �l como un ni�o. Habla salvajemente de "este tepuli que est� creciendo dentro de</p><p>m�". O de "este kur�", la palabra por� que designa el �rgano masculino. Tenamaxtli, �es posible que el</p><p>disgusto que tiene de De Puntil as le est� haciendo perder la cabeza?</p><p>-Yo no soy una autoridad en materia de locura ni de mujeres -le dije al tiempo que dejaba escapar un</p><p>suspiro-. Consultar� a un ticitl que conozco. Quiz� �l pueda prescribir alg�n paliativo para la angustia de De</p><p>Puntil as. Mientras tanto t� y yo vigilaremos que no intente hacerse da�o a si misma.</p><p>Pero pas� alg�n tiempo antes de yo lograse l amar a aquel m�dico, porque ten�a otras cosas que atender.</p><p>Una fue la visita de uno de los guardias del templo de Coyolxauqui, que vino a informarme de que los</p><p>guerreros encarcelados se encontraban en unas condiciones muy miserables, pues ten�an que dormir de</p><p>pie, no com�an otra cosa que gachas, l evaban mucho tiempo sin ba�arse, y algunas otras cosas por el</p><p>estilo.</p><p>-�Acaso alguno de el os se ha asfixiado o se ha muerto de hambre? -le pregunt� con exigencia.</p><p>-No, mi se�or. Puede que est�n medio muertos, pero al � se confin� a ciento treinta y ocho hombres, y el</p><p>n�mero todav�a permanece invariable. No obstante, ni siquiera nosotros los guardias que estamos fuera del</p><p>templo somos capaces de soportar el hedor y el clamor.</p><p>-Pues cambiad la guardia con m�s frecuencia. Y a menos que esos traidores empiecen a morirse, no</p><p>volv�is a molestarme. Medio muertos no es castigo suficiente para el os.</p><p>Y luego  Nocheztli  volvi�  de su misi�n  como quimichi en Compostela.  Hab�a  estado ausente  unos dos</p><p>meses, y yo hab�a empezado a preocuparme y a pensar que quiz� se hubiera pasado de nuevo al enemigo,</p><p>pero regres�, tal como hab�a prometido, y ven�a rebosante de noticias que contar.</p><p>-Compostela es una ciudad mucho m�s floreciente y populosa, mi se�or, que la �ltima vez que estuve al �.</p><p>Los habitantes varones son en su mayor parte soldados espa�oles, cuyo n�mero calculo en unos mil, la</p><p>mitad de el os montados a cabal o. Pero muchos de los soldados de alto rango han l evado al � a sus</p><p>familias, y otras familias espa�olas han acudido como colonos, y se han construido casas para todos el os.</p><p>El palacio del gobernador y la iglesia de la ciudad son de piedra bien trabajada; las dem�s residencias son</p><p>de ladril o de barro seco. Hay un mercado, pero las mercanc�as y productos que se venden al � las han</p><p>tra�do   caravanas  de   mercaderes  procedentes  del  sur.  Los  blancos  de   Compostela   no  cultivan   ni cr�an</p><p>ganado; todos prosperan con la explotaci�n de las numerosas minas de plata de los alrededores. Y es</p><p>evidente que prosperan lo suficiente como para poder permitirse el gasto de importar los comestibles y</p><p>otras necesidades.</p><p>-�Y cu�ntos de los nuestros residen al �? -le pregunt�.</p><p>-La poblaci�n india es casi igual a la de los blancos. Hablo s�lo de aquel os que trabajan como esclavos</p><p>dom�sticos en las casas de los espa�oles; y adem�s hay numerosos esclavos negros, esos seres a los que</p><p>l aman moros. Cuando los esclavos no tienen el domicilio en las casas de sus amos, viven en unas caba�as</p><p>y barracas miserables situadas a las afueras de la ciudad. Hay otra cantidad considerable de hombres de</p><p>los nuestros que trabajan en las minas, bajo tierra, y en unos edificios que hay alrededor de las minas, pero</p><p>encima de la tierra, a los que l aman tal eres. Me temo que no pueda calcular el n�mero exacto de esos</p><p>hombres, pues much�simos de el os trabajan bajo tierra, por turnos, la mitad de el os durante el d�a, la otra</p><p>mitad   de   noche.   Y  adem�s   el os   y   sus   familias,   si   es   que   las   tienen,   viven   encerrados   en   complejos</p><p>cerrados y vigilados donde no consegu� entrar. Los espa�oles l aman a esos lugares obrajes.</p><p>-Ayya, s� -asent�-. Conozco los infames obrajes.</p><p>-Corre el rumor de que esos obreros, puesto que nuestra gente nunca antes hab�a tenido que trabajar</p><p>esclavizada bajo tierra, mueren sin cesar, varios de el os cada d�a. Y los due�os de las minas no pueden</p><p>sustituirlos con tanta rapidez como mueren, porque, naturalmente, los indios de Nueva Galicia a los que no</p><p>han esclavizado se han dado prisa en marcharse y esconderse lejos del alcance de los cazadores de</p><p>esclavos. De modo que el gobernador Coronado le ha pedido al virrey Mendoza en la Ciudad de M�xico</p><p>que env�e a Compostela cantidades de esclavos moros de... de donde sea que traen a esos moros.</p><p>-De cierta tierra l amada Africa, me han dicho.</p><p>Nocheztli hizo una mueca de desagrado y dijo:</p><p>-Debe de ser un lugar parecido a nuestras espantosas Tierras Calientes del sur remoto. Porque he o�do</p><p>decir que los moros pueden soportar con facilidad el terrible calor, el encierro y el estruendo de las minas y</p><p>de los tal eres. Y adem�s los moros deben de ser m�s parecidos a las bestias de carga de los espa�oles</p><p>que a los seres humanos, porque tambi�n se dice de el os que pueden trabajar sin descanso y l evar cargas</p><p>aplastantes sin morir y sin siquiera quejarse. Puede ser que, si se importasen suficientes moros a Nueva</p><p>Galicia, Coronado deje de intentar capturar y esclavizar a nuestro pueblo.</p><p>-H�blame de ese Coronado, el gobernador -le ped�.</p><p>-S�lo tuve ocasi�n de verlo dos veces mientras pasaba revista a sus tropas elegantemente ataviado y</p><p>montado en un cabal o blanco que hacia cabriolas. No es mayor que t�, mi se�or, pero su rango, desde</p><p>luego, es inferior al tuyo de Gobernador Reverenciado, porque �l ha de rendir cuentas a sus superiores en</p><p>la Ciudad de M�xico y t� no has de rendir cuentas ante nadie. Sin embargo, est� determinado a hacerse un</p><p>nombre m�s se�orial para s�. No siente remordimiento alguno en exigir que los esclavos extraigan hasta el</p><p>�ltimo pel izco de Mena de plata, no s�lo para su propio enriquecimiento y el de sus s�bditos de Nueva</p><p>Galicia, sino para toda Nueva Espa�a y ese gobernante l amado Carlos que se encuentra en la lejana Vieja</p><p>Espa�a. Sin embargo, en conjunto, Coronado parece menos tirano que su predecesor. No permite que sus</p><p>s�bditos atormenten, torturen o ejecuten a nuestro pueblo a capricho, como sol�a  hacer el gobernador</p><p>Guzm�n.</p><p>-H�blame de las armas y de las fortificaciones que el gobernador tiene en Compostela.</p><p>-Esa   es   una   cosa   curiosa,   mi   se�or.  S�lo   puedo   suponer   que   el   difunto   Yeyac   debi�   de   persuadir   a</p><p>Compostela de que no ten�a que temer nunca un ataque de nuestro pueblo. Adem�s de los habituales palos</p><p>de trueno que l evan encima los soldados espa�oles, tienen tambi�n esos tubos de trueno mucho m�s</p><p>grandes montados en carros con ruedas. Pero los soldados no rodean la ciudad para defenderla; se ocupan</p><p>principalmente de mantener a los esclavos de las minas trabajando con sumisi�n, o de vigilar los obrajes en</p><p>los que est�n confinados. Y los enormes tubos de trueno que hay estacionados alrededor de la ciudad no</p><p>apuntan hacia afuera, sino hacia adentro, obviamente para rechazar cualquier intento de los esclavos de</p><p>rebelarse o escapar.</p><p>-Interesante   -murmur�.   Encend�   y   fum�  un   poquietl   mientras  meditaba   sobre   lo   que   hab�a   aprendido-.</p><p>�Tienes alguna cosa m�s de importancia que comunicar?</p><p>-Muchas m�s, mi se�or. Aunque Guzm�n afirmaba que hab�a conquistado Michoac�n y hab�a enviado a los</p><p>pocos guerreros supervivientes a la esclavitud en el extranjero, parece que no los someti� a todos. El nuevo</p><p>gobernador Coronado recibe regularmente noticias de levantamientos en el sur de sus dominios, sobre todo</p><p>en la zona de los alrededores del lago P�tzcuaro. Bandas de guerreros armados s�lo con espadas hechas</p><p>del famoso metal purepe y con antorchas han estado atacando los puestos avanzados espa�oles y las</p><p>estancias de los colonos espa�oles. Atacan siempre de noche, matan a los guardias armados, les roban los</p><p>palos de trueno y prenden fuego a los edificios de las estancias, matando as� a muchas familias blancas:</p><p>hombres, mujeres, ni�os... todos. Los blancos que han sobrevivido juran que los atacantes eran mujeres,</p><p>aunque no s� c�mo pudieron distinguirlo teniendo en cuenta la oscuridad y el hecho de que los purepechas</p><p>son calvos. Y cuando los soldados espa�oles que quedan peinan el campo a la luz del d�a se encuentran a</p><p>las   mujeres   purepes   haciendo   exactamente   lo   mismo   que   siempre   han   hecho:   tejer   cestos   de   forma</p><p>apacible, hacer cacharros de cer�mica y otras cosas por el estilo.</p><p>-Ayyo -exclam� para m� mismo con satisfacci�n-. Desde luego, las tropas de Pak�peti est�n demostrando lo</p><p>que valen.</p><p>-El resultado ha sido que han enviado tropas adicionales desde Nueva Espa�a para intentar, de momento</p><p>en   vano,   sofocar   esos   disturbios.   Y  los   espa�oles   de   la   Ciudad   de   M�xico   se   lamentan   de   que   esta</p><p>desviaci�n de las tropas los deja a el os vulnerables ante las invasiones o insurrecciones indias. Si los</p><p>ataques en Michoac�n en realidad s�lo han hecho un da�o insignificante, sin duda han conseguido que los</p><p>espa�oles, en todas partes, se sientan intranquilos y temerosos de perder su seguridad.</p><p>-Debo encontrar alguna manera de enviar mi felicitaci�n personal a esa espantosa mujer c�yotl Mariposa</p><p>-murmur�.</p><p>-Como te dec�a -continu� Nocheztli-, el gobernador Coronado recibe estos informes, pero se niega a enviar</p><p>al sur a ninguna de sus tropas de Compostela. He o�do decir que insiste en mantener a sus hombres</p><p>dispuestos   para   alg�n   grandioso   plan   que   ha   concebido   con   intenci�n   de   l evar   adelante   sus   propias</p><p>ambiciones. Tambi�n he o�do que aguardaba ansioso la l egada de cierto emisario del virrey Mendoza, de la</p><p>Ciudad de M�xico. Bien, esa persona l eg� justo antes de que yo me marchase de Compostela, mi se�or, y</p><p>result� ser un emisario muy peculiar. Un fraile cristiano corriente.., y lo reconoc� porque ese fraile hab�a</p><p>residido en Compostela antes y yo lo hab�a visto al �. No s� c�mo se l ama, pero en aquel a �poca anterior</p><p>sus compa�eros lo l amaban con desprecio el Monje Mentiroso. Y no s� por qu� ha regresado, ni por qu� el</p><p>virrey  lo   ha  enviado,   ni  c�mo   es posible   que  �l  pueda   ayudar  al  gobernador  Coronado   a  realizar   sus</p><p>ambiciones. Lo �nico que puedo decirle a este respecto es que el fraile l eg� acompa�ado de un ayudante,</p><p>un simple moro esclavo. Ambos, fraile y esclavo, entraron inmediatamente a conferenciar en privado con el</p><p>gobernador. Estuve tentado de quedarme y tratar de enterarme de m�s cosas acerca de este misterio. Sin</p><p>embargo, para entonces yo ya empezaba a resultar sospechoso a la gente de la ciudad. Adem�s tem�a que</p><p>t�, mi se�or, pudieras dudar de m� por mi tardanza en regresar.</p><p>-Confieso que dudas he tenido, Nocheztli, y te pido disculpas. Lo has hecho bien, realmente bien. Por lo</p><p>que t� has descubierto, yo puedo adivinar mucho m�s. -Me ech� a re�r de coraz�n-. Ese moro est� guiando</p><p>al Monje Mentiroso en busca de las fabulosas Siete Ciudades de Antilia, y Coronado conf�a en compartir el</p><p>m�rito cuando las descubran.</p><p>-�Mi se�or...? -dijo Nocheztli sin comprender.</p><p>-No importa. Lo que significa es que ese Coronado s� que enviar� algunas de sus tropas destacadas para</p><p>ayudar en esa b�squeda, y dejar   a la complaciente ciudad de Compostela todav�a m�s indefensa. Se</p><p>acerca el momento de que los guerreros leales al difunto Yeyac exp�en sus cr�menes. Ve, Nocheztli, y di a</p><p>los vigilantes del templo prisi�n que empiecen a alimentar a esos hombres con buena carne, pescado,</p><p>grasas y aceites. Hay que volver a ponerlos fuertes. Y que los guardias los dejen salir del templo de vez en</p><p>cuando  para  que  se  ba�en,  hagan  ejercicio,  entrenen  y  se  pongan   en  forma  para  entrar  en  combate.</p><p>Oc�pate de eso, Nocheztli, y cuando consideres que los hombres est�n preparados, ven a dec�rmelo.</p><p>Me dirig� a los aposentos de Am�yatl, donde el a ya no estaba postrada en el lecho, sino sentada en una</p><p>sil a   icpali,   y   la   puse   al   corriente   de   todo   lo   que   me   hab�an   contado,   lo   que   hab�a   deducido   de   esa</p><p>informaci�n y lo que pensaba hacer al respecto. Mi prima parec�a a�n tener sus dudas acerca de mis</p><p>planes, pero no retir� su aprobaci�n. Luego dijo:</p><p>-Entretanto, primo, no has hecho nada a�n acerca de la precaria condici�n de Pak�peti. Cada d�a me</p><p>preocupa m�s.</p><p>-Ayya, tienes raz�n. Me he descuidado. -Orden� a una de sus otras criadas que se encontraba asisti�ndola</p><p>en aquel momento-: Ve a buscar al ticit� Ualiztli. Es cirujano del ej�rcito. Lo encontrar�s en las barracas de</p><p>los cabal eros. Dile que requiero su presencia aqu� de inmediato.</p><p>Am�yatl y yo estuvimos charlando de varios asuntos; una de las cosas que me dijo es que se encontraba</p><p>muy restablecida y que, si yo se lo permit�a, empezar�a a ayudarme con algunos de los detal es rutinarios</p><p>de mi cargo. Y despu�s l eg� Ualiztli, que l evaba la bolsa de instrumentos y medicamentos que los ticiltin</p><p>l evan a todas partes. Como era un hombre de bastante edad, aunque robusto, y como hab�a acudido</p><p>corriendo a mi l amada, se encontraba casi sin aliento, hice que la criada le trajera una taza de choc�latl</p><p>para que se repusiera y al mismo tiempo le dije que condujese hasta nosotros a de De Puntil as.</p><p>-Estimado Ualiztli -comenc� a decirle-, esta joven es buena amiga Pak�peti, miembro del pueblo purepe. de</p><p>De Puntil as, este cabal ero es el m�dico m�s considerado de toda Aztl�n. A Am�yatzin y a m� nos gustar�a</p><p>mucho que le permitieras examinar tu condici�n f�sica.</p><p>De Puntil as pareci� un poco recelosa pero no protest�.</p><p>-De acuerdo con los s�ntomas, Pak�peti est� encinta -le dije al t�citl-, pero al parecer tiene un embarazo</p><p>dif�cil. A todos nosotros nos ser�a muy valiosa tu opini�n y tu consejo.</p><p>Inmediatamente de De Puntil as exclam�:</p><p>-�No estoy encinta!</p><p>Pero se tendi� obediente sobre el jerg�n de Am�yatl cuando el m�dico le dijo que lo hiciera.</p><p>-Ayyo, pues si que lo est�s, querida -sentenci� el m�dico despu�s de palpar un poco entre la ropa-. Por</p><p>favor, s�bete la blusa y b�jate un poco la falda por la cintura para que pueda realizar un examen completo.</p><p>No pareci� que a de De Puntil as le diera apuro descubrir sus pechos y el abultado vientre en presencia de</p><p>Am�yatl y de m�, y pareci� igualmente indiferente ante el entrecejo fruncido, los suspiros y los murmul os</p><p>del t�citl mientras le apretaba y le hurgaba por aqu� y por al �. Cuando por fin se apart� de el a, de De</p><p>Puntil as habl� antes de que pudiera hacerlo el m�dico:</p><p>-�No estoy pre�ada! Y tampoco quiero estarlo!</p><p>-Tranquila,   ni�a.   Hay   ciertas   pociones   que   hubiera   podido   administrarte   antes   para   inducir   un   parto</p><p>prematuro, pero tu estado es demasiado avanzado...</p><p>-�No parir� ni antes, ni despu�s, ni nunca! -insisti� con vehemencia de De Puntil as-. Y quiero matar a esta</p><p>cosa que l evo dentro!</p><p>-Bien, con toda seguridad el feto no habr�a sobrevivido a un parto prematuro. Pero ahora...</p><p>-No es un feto. Es una... cosa macho.</p><p>El t�citl sonri� con tolerancia.</p><p>-�Acaso alguna comadre entrometida te ha dicho que ser�a ni�o porque lo l evas situado muy alto? Eso no</p><p>es m�s que una vieja superstici�n.</p><p>-�Ninguna comadre me ha dicho nada! -asegur� de De Puntil as, cada vez m�s agitada-. No he dicho un</p><p>ni�o...   he  dicho   una   cosa   macho.   La   cosa   que   s�lo   una   persona   macho...   -Hizo   una   pausa   con   cara</p><p>avergonzada y luego a�adi�-: Un kur�. Un tepuli.</p><p>Ualiztli le dirigi� una mirada penetrante.</p><p>-D�jame tener unas palabras con tu eminente amigo. -Me condujo fuera del alcance del o�do de las mujeres</p><p>y me dijo en un susurro-: Mi se�or, �acaso hay en esto un marido que no sospecha nada? �Acaso la joven</p><p>ha sido inf...?</p><p>-No, no -me apresur� a defenderla-. No hay ning�n marido. Hace varios meses a Pak�peti la viol� un</p><p>soldado espa�ol. Temo que el espanto de l evar en su seno el hijo de un enemigo le ha alterado de alg�n</p><p>modo las facultades.</p><p>-A menos que las mujeres purepes est�n hechas de un modo diferente a las nuestras, cosa que dudo, algo</p><p>le ha alterado tambi�n las entra�as. Si est� encinta, le est� creciendo m�s en la zona del est�mago que en</p><p>el vientre, y eso es imposible.</p><p>-�Puedes hacer algo que la alivie?</p><p>El m�dico puso cara de incertidumbre; luego volvi� a inclinarse sobre de De Puntil as.</p><p>-Puede que tengas raz�n, querida, y que esto no sea un feto viable. A veces una mujer puede desarrol ar un</p><p>tumor fibroso que se parece mucho a un embarazo.</p><p>-�Te digo que est� creciendo! Te digo que no es un feto! Te digo que es un tepuli!</p><p>-Por favor, querida, �sa es una palabra inapropiada para que la pronuncie una se�orita bien educada. �Por</p><p>qu� persistes en hablar de un modo tan inmodesto?</p><p>-�Porque s� lo que es! Porque me lo tragu�! S�camelo!</p><p>-Pobre muchacha, est�s trastornada.</p><p>Ualiztli se puso a buscar algo dentro de la bolsa.</p><p>Pero yo estaba mirando a Pak�peti con la boca abierta. Estaba recordando... y me preguntaba...</p><p>-Toma, b�bete esto -le orden� Ualiztli al tiempo que le tend�a una tacita.</p><p>-�Me librar  de esta cosa? -le pregunt� de De Puntil as esperanzada, casi suplicante.</p><p>-Te calmar�.</p><p>-�No quiero que me calme! -Le tir� la taza de la mano-. Quiero librarme de este espantoso...</p><p>-De Puntil as -intervine yo con seriedad-, haz lo que dice el t�citl. Recuerda que pronto tendremos que volver</p><p>a ponernos en camino. Y no podr�s venir conmigo a menos que te pongas bien. Por ahora b�bete la</p><p>poci�n. Luego el m�dico consultar� con sus colegas ticiltmn en cuanto a las medidas que se tomar�n a</p><p>continuaci�n. �No es as�, Ualiztli?</p><p>-Exactamente as�, mi se�or -respondi� �l contribuyendo a mi mentira.</p><p>Aunque todav�a con expresi�n obstinada y desafiante, de De Puntil as me obedeci� y se bebi� la taza que</p><p>el m�dico hab�a vuelto a l enar. Despu�s Ualiztli le dio permiso para que se arreglase la ropa y se retirase. Y</p><p>cuando se hubo marchado nos dijo a Am�yatl y a mi:</p><p>-Est� bastante trastornada. Est� demente. Le he dado una tintura de la seta nan�catl. Eso por lo menos le</p><p>aliviar� el torbel ino que tiene en la cabeza. No s� qu� otra cosa puede hacerse, excepto cortar en su</p><p>interior con la lanceta de obsidiana, y pocos pacientes sobreviven a tan dr�stica exploraci�n. Os dejar� una</p><p>provisi�n de la tintura para que se la administr�is cuando vuelva a ponerse alterada. Lo siento, mi se�or, mi</p><p>se�ora, pero el pron�stico no es nada prometedor.</p><p>En los d�as siguientes Am�yatzin ocup� un trono ligeramente m�s peque�o que el m�o, situado un poco</p><p>m�s abajo y a mi derecha, asisti� a mis conferencias con el Consejo de Portavoces cuando hab�a ocasi�n</p><p>para que se reunieran aquel os ancianos, me ayud� en muchas de las decisiones que los otros funcionarios</p><p>ven�an a pedirme y me alivi� de gran parte de la cansina carga de tratar las peticiones de la gente corriente.</p><p>Am�yatl siempre ten�a a su lado izquierdo a nuestra querida Pak�peti, principalmente como precauci�n</p><p>contra alg�n da�o que la muchacha pudiera causarse a s� misma, pero tambi�n con la esperanza de que</p><p>con las actividades del sal�n del trono la mente de De Puntil as pudiera distraerse de su oscura obsesi�n.</p><p>Los tres est�bamos al � el d�a en que un mensajero del ej�rcito vino a decirme:</p><p>-Mi se�or, el tequ�ua Nocheztli te env�a el mensaje de que los guerreros de Yeyac se encuentran tan en</p><p>forma como en sus mejores tiempos.</p><p>-Entonces dile a Nocheztli que venga aqu� y que traiga consigo a ese cabal ero de la Flecha.</p><p>Cuando l egaron, el cabal ero, cuyo nombre era Tapachini, se inclin� con humildad para hacer el gesto</p><p>tlalqualiztli de tocar el suelo del sal�n del trono. Dej� que permaneciera en aquel a postura servil mientras le</p><p>dec�a:</p><p>-Os ofrec� a ti y a tus camaradas en la traici�n tres modos de morir. Todos vosotros escogisteis el mismo, y</p><p>en el d�a de hoy conducir�s a esos hombres en su marcha hacia la muerte. Como os promet�, ser� una</p><p>muerte en combate, por lo tanto buena a los ojos de los dioses. Y esto otro te lo voy a decir por primera vez:</p><p>habr�is tenido el honor de librar la primera batal a de lo que ser   una guerra total e incondicional para</p><p>expulsar a los hombres blancos del Unico Mundo.</p><p>Tapachini, con la cabeza a�n baja, dijo:</p><p>-Es un honor que dif�cilmente hubi�ramos esperado merecer, mi se�or. Estamos agradecidos. S�lo tienes</p><p>que mandarnos.</p><p>-Se os devolver�n a todos vuestras armas y armaduras. Luego marchar�is hacia el sur y atacar�is la ciudad</p><p>espa�ola de Compostela. Har�is cuanto pod�is por arrasar la ciudad y acabar con sus habitantes blancos.</p><p>Naturalmente, no lo lograr�is. Os superar�n de diez a uno en n�mero, y vuestras armas no ser�n rival para</p><p>las de los hombres blancos. No obstante, ver�is que la ciudad se cree fatuamente a salvo a causa del pacto</p><p>que hizo con el difunto Yeyac. Encontrar�is a Compostela desprevenida ante vuestro ataque. De modo que</p><p>los dioses, y yo, estar�n desolados si cada uno de vosotros no acaba por lo menos con cinco enemigos</p><p>antes de caer vosotros mismos.</p><p>-Conf�a en el o, mi se�or.</p><p>-Espero enterarme de el o. La noticia de una matanza as�, sin precedentes, no tardar� en l egar a mis o�dos.</p><p>Mientras tanto desecha cualquier ilusi�n de que tus hombres y t� podr�is eludir mi mirada tan pronto como</p><p>salg�is de Aztl�n.</p><p>Me di la vuelta hacia Nocheztli.</p><p>-Elige guerreros leales y fornidos para que sirvan de escolta. Haz que acompa�en al cabal ero Tapachini y a</p><p>su   contingente   por los  senderos  que  l evan  al  sur;  ser�  una  marcha  de  no  m�s  de cinco  d�as;  y  que</p><p>permanezcan con el os hasta que se encuentren dentro del radio de ataque de Compostela. Cuando el</p><p>cabal ero Tapachini dirija la carga contra la ciudad, y no antes, los escoltas regresar�n aqu� para informar.</p><p>Durante el camino hacia el sur han de contar continuamente a los hombres que est�n bajo su custodia. El</p><p>n�mero del cabal ero y el de sus hombres es de ciento treinta y ocho en este momento. Ese mismo n�mero</p><p>ha de atacar Compostela. �Queda bien entendido, tequ�ua Nocheztli?</p><p>-S�, mi se�or.</p><p>-Y a ti, cabal ero Tapachini -a�ad� con sarcasmo-, �te resultan satisfactorias las condiciones?</p><p>-No puedo culparte, mi se�or, por habernos considerado indignos de merecer tu confianza.</p><p>-Entonces, m�rchate ya. Y que seas perdonado cuando hayas derramado un r�o de sangre de los hombres</p><p>blancos. Y de la tuya propia.</p><p>El propio Nocheztli fue con los hombres de Tapachini y sus escoltas durante el primer d�a de marcha; luego,</p><p>al caer la noche, dio la vuelta, y a la ma�ana siguiente temprano me inform�:</p><p>-Ninguno   de   los  hombres  condenados  trat�   de   escapar,  mi  se�or,  y  no  ha   habido   incidentes  hasta   el</p><p>momento. Cuando me march� hab�a todav�a ciento treinta y ocho hombres.</p><p>No s�lo elogi� a Nocheztli por su asidua y continua atenci�n a todos los aspectos de aquel a misi�n, sino</p><p>que lo ascend� en aquel mismo momento.</p><p>-Desde este d�a, eres cu�chic, una "vieja �guila". Adem�s, te doy permiso para que elijas t� mismo los</p><p>guerreros que servir�n bajo tu mando. Y si alguno de los altivos cabal eros o de los otros cu�chictin tiene</p><p>alguna queja sobre eso, diles que vengan a quejarse a mi.</p><p>Nocheztli se apresur� a inclinarse para hacer el gesto de besar la tierra; se esmer� tanto que casi cay� a</p><p>mis pies. Cuando consigui� erguirse torpemente, se fue de mi presencia de una forma a�n m�s respetuosa,</p><p>caminando hacia atr�s todo el camino hasta que sali� del sal�n del trono.</p><p>Pero  apenas se  hubo  marchado  le  sucedi�  otro  guerrero  que solicitaba  audiencia, y �ste  hab�a  tra�do</p><p>consigo a una mujer del pueblo l ano de aspecto m�s bien asustado. Ambos tocaron el suelo con el gesto</p><p>tlalqualiztli y el hombre dijo:</p><p>-Perdona mi urgencia, mi se�or, pero esta mujer ha venido a nuestras barracas para informar de que esta</p><p>ma�ana, al abrir la puerta de su casa, ha encontrado un cad�ver en el cal ej�n.</p><p>-�Por qu� me dices esto, iyac? Probablemente alg�n borracho que hab�a bebido m�s de lo que pod�a</p><p>aguantar.</p><p>-Perdona que te corrija, mi se�or. Este era un guerrero, y lo hab�an apu�alado por la espalda. Y adem�s le</p><p>hab�an quitado la armadura de combate; s�lo l evaba puesto el taparrabos y no portaba armas.</p><p>-Entonces, �c�mo sabes que era un guerrero? -le pregunt� con enojo, bastante irritado por empezar el d�a</p><p>de ese modo.</p><p>Antes de contestarme, el yeyac se inclin� de nuevo para tocar el suelo y yo me volv� y vi que Am�yatl hab�a</p><p>entrado en la sala.</p><p>-Porque, mi se�or -continu� el hombre-, yo he servido como guardia de los prisioneros en el templo de</p><p>Coyolxauqui, as� que reconoc� a este guerrero muerto. Era uno de los detestables c�mplices del difunto</p><p>Yeyac.</p><p>-Pero.. - pero... -tartamude�, confuso-. Todos ten�an que abandonar la ciudad ayer. Y lo hicieron. Todos, los</p><p>ciento treinta y ocho.</p><p>Am�yatl me interrumpi� con voz insegura.</p><p>-Tenamaxtzin, �has visto a de De Puntil as?</p><p>-�Qu�? -exclam� a�n m�s confuso.</p><p>-Esta ma�ana no estaba al lado de mi cama, como sol�a suceder siempre. No recuerdo haberla visto desde</p><p>que los tres estuvimos en esta habitaci�n ayer.</p><p>Am�yatl y yo debimos de comprenderlo ambos al instante. Pero nosotros, los sirvientes e incluso G�nda Ke</p><p>fuimos   a   registrar   cada   rinc�n   del   palacio   y   sus   jardines.   Nadie   encontr�   a   Pak�peti,   y   el   �nico</p><p>descubrimiento significativo lo hice yo mismo, a saber: que uno de los tres palos de trueno que estaban</p><p>ocultos tambi�n hab�a desaparecido, de De Puntil as se hab�a adelantado deliberadamente para matar,</p><p>para que mataran a lo que fuera que hab�a en sus entra�as y para morir el a.</p><p><strong>20</strong></p><p>Yo hab�a calculado que las tropas del cabal ero Tapachini y sus escoltas tardar�an unos cinco d�as en l egar</p><p>a Compostela, y que a dichos escoltas les l evar�a bastante menos tiempo regresar para informar, quiz� si</p><p>hubiese un buen corredor entre el os se adelantase y l egara incluso antes. De todos modos tendr�a que</p><p>esperar varios d�as para poder escuchar los resultados de la misi�n, de manera que en vez de consumirme</p><p>de impaciencia y ansiedad decid� sacarles provecho a esos d�as. Dej� toda la aburrida y exasperante rutina</p><p>de gobierno en manos de Am�yatl y del Consejo de Portavoces (a mi se me consultaba s�lo en asuntos</p><p>muy importantes) y me dediqu� a mis otras ocupaciones en el exterior.</p><p>Mis cuatro cabal os estaban bien alimentados y cuidados, pues hab�a dado a los esclavos instrucciones al</p><p>respecto; ahora se ve�an  lustrosos y atractivos,  y resultaba evidente que se encontraban ansiosos por</p><p>estirar   las   patas.  As�   que   busqu�   voluntarios   que   quisieran   aprender   a   cabalgar.  A la   primera   que   le</p><p>pregunt� fue a G�nda Ke, pues yo ten�a esperanzas de que el a y yo estuvi�ramos pronto viajando a toda</p><p>velocidad hacia tierras lejanas, por delante de mi ej�rcito, a fin de reclutar soldados para ese ej�rcito. Pero</p><p>G�nda Ke rechaz� con desd�n la idea de montar a cabal o. En aquel inimitable estilo suyo, me dijo:</p><p>-G�nda Ke ya sabe todo lo que merece la pena saber. �Qu� necesidad tiene de aprender algo nuevo?</p><p>Adem�s, G�nda Ke ha cruzado una y otra vez todo el Unico Mundo, lo ha hecho muchas veces y siempre a</p><p>pie, como corresponde a un yaqui valiente y robusto. T�, si lo prefieres, cabalga, Tenamaxtli, como un d�bil</p><p>hombre blanco. G�nda Ke te garantiza que no podr�s dejarla atr�s.</p><p>-Gastar�s un buen mont�n de tus preciadas sandalias -le indiqu� secamente. Pero no la presion� mas.</p><p>A continuaci�n, en deferencia a su rango, les ofrec� la misma oportunidad a los oficiales del ej�rcito, y no</p><p>me sorprend� demasiado al ver que el os tambi�n rehusaban, aunque desde luego no de un modo tan</p><p>insultante como lo hab�a hecho antes G�nda Ke. Se limitaron a decirme:</p><p>-Mi se�or, el �guila y el jaguar se avergonzar�an de depender de bestias inferiores para tener movilidad.</p><p>As� que me dirig� a las filas del cu�chictin, y dos de el os se ofrecieron voluntarios. Como ya pod�a haber</p><p>supuesto, el nuevo cu�chic, Nocheztli,  apenas esper� a que le preguntase. El otro era un mexicatl de</p><p>mediana   edad   l amado   Comit�,   quien,   en   su   juventud,   hab�a   formado   parte   de   aquel os   guerreros   que</p><p>hab�an tra�do de Tenochtitlan para entrenar a los nuestros. �ltimamente hab�a sido uno de los hombres a</p><p>los que yo hab�a ense�ado a manejar el arcabuz. Qued� asombrado al ver que el tercer voluntario era el</p><p>cirujano del ej�rcito, aquel ticitl Ualiztli de quien ya he hablado.</p><p>-Si tan s�lo buscas hombres que puedan luchar a cabal o, mi se�or, comprender�, naturalmente, que me</p><p>rechaces. Como puedes ver, soy ya considerablemente viejo, tengo bastante peso de m�s para poder</p><p>marchar con el ej�rcito y adem�s he de l evar mi pesado saco mientras lo hago.</p><p>-No te rechazo, Ualiztli. Creo que un ticitl deber�a estar capacitado para moverse con rapidez por un campo</p><p>de batal a a fin de poder administrar con m�s rapidez sus servicios. Y he visto montar a cabal o a muchos</p><p>espa�oles m�s viejos y pesados que t�; si el os eran capaces de hacerlo, seguro que t� puedes aprender.</p><p>De modo que durante aquel os d�as de espera ense�� a los tres hombres todo lo que sab�a acerca de</p><p>manejar un cabal o. -mientras deseaba con ansiedad que de De Puntil as, mucho m�s diestra, estuviera al �</p><p>para   supervisar   su   entrenamiento.   Realizamos   las   pr�cticas   alternativamente   en   la   plaza   central,   que</p><p>estaba pavimentada, y en algunos terrenos l enos de hierba y, dondequiera que lo hici�ramos, una multitud</p><p>de gente de la ciudad ven�an a mirarnos, desde una distancia prudencial, l enos de temeroso respeto y</p><p>admiraci�n. Dej� que el ticitl Ualiztli utilizase la otra sil a en su cabal o, y Comitl y Nocheztli se abstuvieron</p><p>varonilmente de quejarse por el hecho de tener que ir dando botes sobre la espalda desnuda de las otras</p><p>dos monturas.</p><p>-Eso   os   endurecer�   -les   asegur�-,   de   manera   que   cuando   por   fin   confisquemos   otros   cabal os   a   los</p><p>soldados blancos, encontrar�is muy c�modo montar en sil a.</p><p>No obstante, cuando mis tres disc�pulos se hubieron vuelto por lo menos tan diestros como yo en el arte de</p><p>cabalgar, nuestras actividades ya no serv�an para distraerme de mi ansiedad. Hab�an transcurrido siete d�as</p><p>desde   la   partida   de  Tapachini  y  sus  hombres,   tiempo   suficiente   para   que   un  mensajero   veloz  hubiera</p><p>regresado a Aztl�n, pero no hab�a sido as�. Pas� el octavo d�a, y luego el noveno, tiempo suficiente para</p><p>que todos los guardias de escolta hubieran regresado.</p><p>-Ha sucedido algo terriblemente malo -gru�� al d�cimo d�a mientras paseaba malhumorado por el sal�n del</p><p>trono. De momento s�lo les confiaba mi consternaci�n a Am�yatl y a G�nda Ke-.  Y no tengo manera de</p><p>saber qu� es!</p><p>-Quiz� sea que esos hombres condenados hayan decidido esquivar su sino -sugiri� mi prima-. Pero no creo</p><p>que hayan podido escabul irse de la fila de uno en uno o de dos en dos, pues de ser as� los escoltas te</p><p>habr�an informado  de  el o.  De  modo que  lo  m�s probable  es que  se hayan sublevado  en  masa:  eran</p><p>muchos  y  los  escoltas  pocos;   y  despu�s  de   matar  a   los  guardianes  han   debido   de  huir,  juntos  o   por</p><p>separado, a un lugar donde no puedas darles alcance.</p><p>-Ya he pensado en eso, naturalmente -gru��-. Pero hab�an besado la tierra en se�al de juramento. Y en otro</p><p>tiempo hab�an sido hombres honorables.</p><p>-Tambi�n lo fue Yeyac... en otro tiempo -coment� Am�yatl con amargura-. Mientras nuestro padre estuvo</p><p>presente para mantenerlo leal, viril y digno de confianza.</p><p>-Sin embargo -objet�-, se me hace dif�cil creer que ninguno de esos hombres haya cumplido su juramento...</p><p>por lo menos para volver y decirme que los dem�s no lo hab�an hecho. Y recuerda, es pr�cticamente</p><p>seguro que Pak�peti estaba entre el os disfrazada de hombre. Y el a nunca desertar�a.</p><p>-Quiz� haya sido el a -apunt� G�nda Ke con aquel a caracter�stica sonrisa suya de satisfacci�n- quien los</p><p>ha matado a todos.</p><p>Aquel comentario no fue digno de ninguna observaci�n por mi parte. Luego Am�yatl dijo:</p><p>-Si los hombres de Yeyac mataron a sus escoltas, no creo que tuvieran reparos en hacer lo mismo con de</p><p>De Puntil as ni con ninguno de los suyos que les hiciese frente.</p><p>-Pero eran guerreros -segu� objetando-. Siguen siendo guerreros, a menos que la tierra se haya abierto y se</p><p>los haya tragado. No conocen otro modo de vida. Juntos o separados, �qu� har�n ahora con sus vidas?</p><p>�Recurrir al vulgar bandidaje clandestino? Eso ser�a impensable para un guerrero, por muy deshonrosa que</p><p>haya sido su conducta en otros aspectos. No, s�lo se me ocurre que puedan haber hecho una cosa. -Me di</p><p>la vuelta hacia la mujer yaqui y le dije-: En una �poca anterior al tiempo, una cierta G�nda Ke convirti� a</p><p>muchos hombres buenos en malos, as� que t� debes de estar bien versada en materia de traici�n. �Crees</p><p>que esos hombres han reanudado su alianza con los espa�oles?</p><p>G�nda Ke se encogi� de hombros con indiferencia.</p><p>-�Con qu� fin? Mientras fueron hombres de Yeyac pod�an esperar favor y preferencia. Sin embargo, sin</p><p>Yeyac   para   guiarlos   no   son   nadie.   Es  posible   que   los   espa�oles  los   aceptasen   en   sus  filas,   pero   los</p><p>despreciar�an por completo al pensar, y con raz�n, que unos hombres que se han vuelto contra su propio</p><p>pueblo tambi�n podr�an volverse f�cilmente contra el os.</p><p>-Hablas con l�gica -tuve que confesar.</p><p>-A esos desertores se los considerar�a como los m�s bajos de los bajos. Incluso ese cabal ero de la Flecha</p><p>ser�a  degradado a yaoquizqui.  Y lo m�s seguro es que �l y los dem�s supieran eso incluso antes de</p><p>desertar. As� que, �para qu� hacerlo? Ning�n guerrero, por muy desesperado que estuviera por escapar a</p><p>tu ira, habr�a aceptado ese destino, mucho peor.</p><p>-Bueno,   sea   lo   que   sea   lo   que   hayan   hecho   -coment�  Am�yatl-,   lo   hicieron   en   el   camino   de   aqu�   a</p><p>Compostela. �Por qu� no env�as a otro quimichi para que lo averig�e?</p><p>-�No! -intervino con brusquedad G�nda Ke-. Aunque esa tropa no se acerque a Compostela, es inevitable</p><p>que la noticia l egue al �. Cualquier campesino o le�ador que fueran de camino para l evar sus mercanc�as</p><p>al mercado de la ciudad ya debe de haber contado que han visto en los alrededores una amenazadora</p><p>fuerza armada de aztecas. Y puede que el gobernador Coronado ya haya puesto en marcha hacia aqu� a</p><p>sus soldados para adelantarse a tus planes de insurrecci�n y para devastar Aztl�n. Ya no puedes permitirte,</p><p>Tenamaxtil, molestar simplemente a los espa�oles con misiones al azar, como �sta, que ha fal ado, y las de</p><p>las   mujeres   de   Michoac�n.   Te  encuentres   preparado   o   no,   te   guste   o   no,   ya   est�s   en   guerra.   Est�s</p><p>comprometido a hacer la guerra. La guerra total. No tienes otra alternativa m�s que guiar a el a a tu ej�rcito.</p><p>-Me mortifica tener que admitir de nuevo que tienes raz�n, bruja -le dije-. Ojal� pudiera negarte el mayor de</p><p>tus placeres, el de ver c�mo se derrama la sangre y se siembra la destrucci�n. Sin embargo, lo que ha de</p><p>ser, ha de ser. Ve pues, ya que, de toda mi corte, t� eres la persona m�s ansiosa de guerra. Env�a recado a</p><p>todos los cabal eros de Aztl�n para que ma�ana al amanecer tengan a nuestro ej�rcito reunido en la plaza</p><p>central, armado, con provisiones y dispuesto para marchar.</p><p>G�nda Ke esboz� una sonrisa vil y abandon� de prisa la habitaci�n. Entonces le coment� a Am�yatl:</p><p>-No  voy  a  esperar  a  que  el  Consejo  de Portavoces  d�  su  asentimiento  para  este   despliegue.  Puedes</p><p>convocarlos   cuando   quieras,   prima,   e   informarles   de   que   ahora   existe   un   estado   de   guerra   entre   los</p><p>espa�oles y los aztecas. Dif�cilmente podr�n los miembros del Consejo revocar una acci�n que ya se ha</p><p>emprendido. -Am�yatl asinti�, pero no con j�bilo-. Destacar� un n�mero de hombres para que se queden</p><p>aqu� como tu guardia de palacio -continu� diciendo-. No los suficientes para repeler un posible ataque a la</p><p>ciudad, pero s� los necesarios para ponerte a toda prisa a salvo en caso de peligro. Mientras tanto, como</p><p>regente, vuelves a tener la autoridad de Uey-Tecutli, el Consejo ya lo sabe, hasta mi regreso.</p><p>-La �ltima vez que te marchaste estuviste ausente a�os -dijo Am�yatl con tristeza.</p><p>-�Ayyo, Am�yatl! -le contest� con alegr�a para tratar de animarla-. Esta vez espero que a mi regreso, sea</p><p>cuando   sea,   pueda   decirte   que   nuestra   Aztl�n   es   la   nueva   Tenochtitlan,   capital   de   un   Unico   Mundo</p><p>recobrado, restaurado, renovado y no compartido con extranjeros. Y que dos primos, nosotros dos, somos</p><p>los gobernantes absolutos de �l.</p><p>-Primos... -murmur�--. Hubo un tiempo, oc�ya nechca, en que �ramos m�s como hermanos.</p><p>-Bastante m�s que eso, si me permites que te lo recuerde -le dije alegremente.</p><p>-No hace falta que me lo recuerdes. Entonces, cuando eras s�lo un muchacho, te consideraba alguien muy</p><p>querido. Ahora eres un hombre, y un hombre muy viril. �Qu� ser�s cuando regreses de nuevo?</p><p>-Conf�o en no ser un viejo. Y espero seguir siendo capaz de... bueno... digno de que me tengas como a</p><p>alguien muy querido.</p><p>-As� fue, as� es y as� ser�. Cuando el Tenamaxtli muchacho se march� de Aztl�n s�lo le dije adi�s con la</p><p>mano. El hombre Tenamaxtli se merece una despedida m�s efusiva y memorable. -Me tendi� los brazos-.</p><p>Ven... querid�simo mio...</p><p>Como en su juventud, Am�yatl todav�a personificaba de manera tan efusiva el significado de su nombre</p><p>(Fuente) que repetidamente disfrutamos de nuestras mutuas oleadas de pasi�n durante toda la noche, y</p><p>por   fin   nos   quedamos   dormidos   s�lo   cuando   nuestros   jugos   estuvieron   completamente   agotados.   Yo</p><p>hubiera podido quedarme dormido sin acudir a la cita que ten�a con mi ej�rcito reunido de no ser porque la</p><p>maleducada G�nda Ke, que nunca respetaba la intimidad, entr� majestuosa sin que nadie la l amase en mis</p><p>aposentos y me zarande� bruscamente para que me despertase.</p><p>Frunciendo los labios al verme abrazado a Am�yatl, exclam� en un rebuzno ruidoso:</p><p>-�Mirad! Mirad al siempre alerta, entusiasta, vigilante y guerrero l�der de su pueblo revolc�ndose en la lujuria</p><p>y en la pereza! �Eres capaz de dirigir, mi se�or? �Puedes siquiera tenerte en pie? Ya es la hora.</p><p>-M�rchate -rug�-. Vete a burlarte de otro. Tomar� un poco de vapor, me ba�ar�, me vestir� y me reunir� con</p><p>el ej�rcito cuando est� listo. Vete.</p><p>Pero la mujer yaqui ten�a que lanzarle un insulto grosero a Am�yatl antes de marcharse:</p><p>-Si has dejado agotada por completo la virilidad de Tenamaxtli y l egamos a perder esta guerra, mi lujuriosa</p><p>se�ora, ser  por culpa tuya.</p><p>Ameyatl que ten�a la gracia y el ingenio de los que G�nda Ke carec�a, se limit� a sonre�r con satisfacci�n,</p><p>contenta y medio dormida, y respondi�:</p><p>-Puedo dar fe de que la virilidad de Tenamaxtzin soportar� cualquier prueba.</p><p>A la mujer yaqui le rechinaron los dientes y sali� de la habitaci�n enfadada y a toda velocidad. Hice mis</p><p>abluciones, me puse la armadura acolchada y el tocado quetzal de plumas en forma de abanico, s�mbolo de</p><p>mando, y luego me inclin� para darle un �ltimo beso a Am�yatl, que segu�a sonriente en la cama.</p><p>-Esta vez no te dir� adi�s con la mano -me susurr�-. S� que regresar�s, y que lo har�s victorioso. S�lo</p><p>intenta que ese d�a l egue pronto. Hazlo por m�.</p><p>Al ej�rcito, que ya se hab�a reunido, le anunci�:</p><p>-Camaradas, al parecer los guerreros de Yeyac han vuelto a traicionarnos. O bien han fracasado o bien han</p><p>desobedecido mi orden de sacrificarse en un ataque a la fortaleza de los espa�oles. As� que atacaremos</p><p>con todas nuestras fuerzas. No obstante, es probable que Compostela ya nos est� esperando. Por ese</p><p>motivo vosotros, cabal eros y cu�chictin, haced caso de mis instrucciones. Durante los primeros tres d�as de</p><p>nuestra marcha hacia el sur, iremos en formaci�n de columna para avanzar lo m�s r�pidamente posible. Al</p><p>cuarto d�a dar� otras �rdenes. Y ahora... adelante!</p><p>Yo cabalgaba, naturalmente, al frente de la comitiva, con los otros tres hombres a cabal o detr�s de m�, y a</p><p>continuaci�n los guerreros en columna de a cuatro, todos avanzando a paso ligero. G�nda Ke caminaba</p><p>trabajosamente al final de la procesi�n, sin armas ni armadura, pues no iba a pelear, s�lo nos acompa�ar�a</p><p>en la expedici�n que har�amos despu�s del combate para reclutar guerreros de otras naciones.</p><p>Existe   cierto   animal   que   mora   en   los   �rboles   al   que   nosotros   l amamos   huitzlaiuachi,   "peque�o   jabal�</p><p>espinoso (puerco esp�n en espa�ol), y que tiene todo el cuerpo erizado de afiladas p�as en lugar de pelo.</p><p>Nadie sabe por qu� Mixcoati, el dios de los cazadores, cre� a ese animal tan particular, porque su carne es</p><p>desagradable   para   los   humanos,   otros   depredadores   se   mantienen   sensatamente   alejados   de   esa</p><p>inexpugnable capa de innumerables espinas. Lo menciono s�lo porque imagino que nuestro ej�rcito en</p><p>marcha deb�a de parecerse a ese peque�o jabal� espinoso, pero a uno inmensamente largo y grande. Cada</p><p>guerrero l evaba a un hombro una larga lanza y al otro la jabalina m�s corta y el bast�n arrojadizo atlatl, de</p><p>modo que la columna entera era tan espinosa como el animal. Pero la nuestra era mucho m�s bril ante y</p><p>vistosa,  porque  la  luz  del  sol bril aba  en  la  punta  de  obsidiana  de  esas armas,  y la   columna  adem�s</p><p>ostentaba las banderas, estandartes y pendones de varios colores de sus diversos contingentes... y mi</p><p>propio   y  rimbombante   tocado   iba   al  frente   de   todo   el o.   Para   cualquiera   que   nos   observase   de   lejos,</p><p>verdaderamente   deb�amos   de   parecer   impresionantes;   lo   �nico   que   yo   hubiera   podido   desear   es   que</p><p>fu�semos m�s numerosos.</p><p>A decir verdad, yo ten�a bastante sue�o despu�s de haber estado retozando toda la noche con Am�yatl, as�</p><p>que,   a   fin   de   mantenerme   despierto   hablando   con   alguien,   le   hice   se�as   al   t�citl   Ualiztli   para   que   se</p><p>adelantase con su cabal o y se pusiese a cabalgar a mi lado. Estuvimos conversando de varios temas,</p><p>incluida la manera como hab�a muerto mi primo Yeyac.</p><p>-As� que el arcabuz es una arma que mata lanzando una bola de metal -coment� reflexivamente-. �Y qu�</p><p>clase de herida inflige, Tenamaxtzin? �Un golpe? �O penetra en la carne?</p><p>-Oh, penetra en la carne, te lo aseguro. La herida es muy parecida a la producida por una flecha, pero la</p><p>bola l ega con m�s fuerza y entra m�s adentro.</p><p>-He conocido hombres que han vivido, e incluso han continuado luchando, con una flecha clavada -dijo el</p><p>t�citl-. O con m�s de una flecha, siempre que ninguna le hubiera perforado un �rgano vital. Y una flecha,</p><p>desde luego, por sus propias caracter�sticas, tapona la herida que ha producido y resta�a la hemorragia en</p><p>una medida considerable.</p><p>-La bola de plomo no -le inform�-. Adem�s, si a un hombre herido de flecha se le atiende con rapidez, un</p><p>ticitl puede sacarle la flecha para tratarle la herida. Y una bola de plomo es casi imposible de extraer.</p><p>-Sin embargo -dijo Ualiztli-, si esa bala no hubiera da�ado irreparablemente alg�n �rgano interno, el �nico</p><p>peligro de la v�ctima ser�a que se desangrase hasta morir.</p><p>-Me asegur� de que a Yeyac le ocurriese exactamente eso -le indiqu� con severidad-. En cuanto se le</p><p>perfor� el vientre, lo volv� boca abajo y lo mantuve as� para que la sangre le saliese del modo m�s r�pido.</p><p>-Hmm -murmur� el ticitl; y continu� cabalgando en silencio durante un breve tiempo. Luego coment�-: Ojal�</p><p>se me hubiera l amado cuando lo l evaste a Aztl�n, as� habr�a podido examinar aquel a herida. Me atrevo a</p><p>decir que tendr� que atender muchas as� en los d�as venideros.</p><p>Nuestra columna continu� la marcha durante tres d�as siempre en formaci�n, como yo hab�a ordenado,</p><p>porque quer�a que mis guerreros se mantuvieran en un grupo compacto por si nos encontr�bamos con</p><p>alg�n ej�rcito que se dirigiera al norte desde Compostela. Pero no nos topamos con ninguno, ni siquiera</p><p>divisamos soldados enemigos que explorasen la ruta. As� que, durante ese tiempo, no tuve motivo para</p><p>ocultar o dispersar a mis hombres. Y al acampar cada noche no hac�amos el menor esfuerzo por ocultar la</p><p>luz   de   las   hogueras   en   las   que   cocin�bamos   la   comida.   Y   eran   comidas   muy   buenas,   nutritivas   y</p><p>fortalecientes, que consist�an b�sicamente en piezas de caza que iban cobrando a lo largo del camino los</p><p>guerreros a los que se les hab�a asignado tal tarea.</p><p>Yo hab�a calculado que a la cuarta ma�ana tendr�amos a la vista a los centinelas que Coronado hubiera</p><p>apostado alrededor de la ciudad. Al amanecer de ese d�a, convoqu� a mis cabal eros y cu�chictin para</p><p>decirles:</p><p>-Espero que al caer la noche estaremos a una distancia de Compostela apropiada para el ataque. Pero no</p><p>pienso hacerlo desde esta direcci�n, pues lo m�s probable es que los espa�oles lo prevean as�. Y tampoco</p><p>pienso realizar el ataque inmediatamente. Rodearemos la ciudad y volveremos a reunirnos en el lado sur de</p><p>la misma. As� que, de ahora en adelante, vuestras fuerzas han de dividirse en dos; una mitad avanzar�</p><p>hacia el oeste desde este camino, y la otra hacia el este. Y cada una de esas dos mitades ha de dividirse</p><p>a�n m�s: en guerreros separados, de uno en uno, y que cada uno de el os avance con much�sima cautela y</p><p>en silencio hacia el sur. Todos los estandartes se plegar�n, las lanzas se l evar�n al nivel del suelo, los</p><p>hombres han de beneficiarse de los �rboles, de la maleza, de los cactos, de cualquier camuflaje que sirva</p><p>para hacerlos tan invisibles como sea posible.</p><p>Me quit� el ostentoso tocado, lo dobl� con mucho cuidado y lo met� detr�s de la sil a de montar.</p><p>-Sin las banderas, mi se�or -quiso saber uno de los cabal eros-, �c�mo vamos a mantenernos en contacto</p><p>unos con otros los que vamos a pie?</p><p>-Estos   tres   hombres   montados   y   yo   continuaremos   avanzando   abiertamente,   a   plena   vista,   por   este</p><p>sendero -le indiqu�-. Encima de estos cabal os seremos gu�as lo bastante visibles para que nos sigan los</p><p>hombres. Y decidles esto: el m�s adelantado de el os ha de permanecer por lo menos cien pasos por detr�s</p><p>de mi. Mientras tanto no es necesario que est�n en contacto unos con otros. Cuanto m�s separados est�n,</p><p>mejor. Si un hombre se tropieza con un explorador espa�ol, ha de matar a ese enemigo, desde luego, pero</p><p>en silencio y sin que se note. Quiero que todos nosotros nos acerquemos a Compostela sin que se nos</p><p>detecte. Sin embargo, si alguno de vuestros hombres se encontrase con una patrul a enemiga o con un</p><p>destacamento que no pudiera derrotar �l solo, que entonces, y s�lo entonces, eleve el grito de guerra, que</p><p>se desplieguen los pendones y que todos vuestros hombres, pero nada m�s los situados a ese lado del</p><p>sendero, acudan a la se�al. Los hombres que se encuentren al otro lado han de continuar en silencio y</p><p>furtivamente, como antes.</p><p>-Pero dispersos como estaremos -intervino otro cabal ero-, �no es tambi�n posible que los espa�oles nos</p><p>aguarden igualmente escondidos y nos maten uno a uno?</p><p>-No -contest� l anamente-. Ning�n hombre blanco ser� nunca capaz de moverse tan silenciosamente y</p><p>permanecer   invisible   como   lo   hacemos   nosotros,   que   hemos   nacido   en   esta   tierra.   Y  ning�n   soldado</p><p>espa�ol cubierto de metal y plomo es capaz ni siquiera de permanecer pacientemente sentado y no hacer</p><p>alg�n sonido o movimiento sin darse cuenta.</p><p>-El Uey-Tecutli habla con verdad -intervino G�nda Ke, que se hab�a abierto camino a codazos entre el grupo</p><p>y, como siempre, tuvo que entrometer un comentario, aunque no hiciera falta-. G�nda Ke conoce a los</p><p>soldados espa�oles. Incluso un lisiado que camine arrastrando los pies y tropez�ndose podr�a caer sobre</p><p>el os sin que se dieran cuenta.</p><p>-As� pues -continu�-, suponiendo que no se vean interrumpidas por ning�n combate cuerpo a cuerpo, que</p><p>no sean descubiertas por ning�n tumulto u obstaculizadas por alguna fuerza superior, ambas mitades de las</p><p>tropas continuar�n marchando hacia el sur, guiadas por m�. Cuando juzgue que ha l egado el momento,</p><p>volver� mi cabal o hacia el oeste, hacia el lugar donde el sol se estar� poniendo entonces, porque me</p><p>gustar�a tener el favor de Tonatiuh, y que bril ase sobre m� tanto tiempo como sea posible. Los guerreros del</p><p>lado occidental del sendero continuar�n tras de m�, a cien pasos, confiando en que los conduzca a salvo</p><p>hasta el otro lado de la ciudad.</p><p>-Y G�nda Ke estar� justo detr�s de el os -coment� �sta complacientemente.</p><p>Le lanc� una mirada de exasperaci�n.</p><p>-Al mismo tiempo, el cu�chic Comitl volver� su cabal o hacia el este, y los hombres de ese lado del sendero</p><p>lo seguir�n a �l. Y en alg�n momento, cuando la noche ya est� avanzada, ambas mitades se encontrar�n al</p><p>sur   de   la   ciudad.   Enviar�   mensajeros   para   que   establezcan   contacto   entre   las   dos   y   organicen   el</p><p>reencuentro. �Me hab�is comprendido?</p><p>Todos los oficiales hicieron el gesto de tlalqualiztli y luego se marcharon para transmitir mis �rdenes a sus</p><p>hombres. Muy poco tiempo despu�s los guerreros hab�an desaparecido casi por arte de magia, como el</p><p>roc�o de la ma�ana, entre los �rboles y la maleza, y el sendero qued� vac�o detr�s de m�. S�lo Ualiztli,</p><p>Nocheztli, el mex�catl Comit� y yo segu�amos sentados en nuestras monturas a plena vista.</p><p>-Nocheztli -le orden�-, t� ir�s en cabeza. Cabalga delante, pero con paso tranquilo. Nosotros tres no te</p><p>seguiremos hasta que te hayamos perdido de vista. Sigue avanzando hasta que divises cualquier se�al del</p><p>enemigo. Aunque hayan puesto guardias o barricadas a este lado de la ciudad, incluso lejos de el a, y te</p><p>vean antes de que puedas evitarlo, no esperar�n que haya s�lo un atacante. Y adem�s tambi�n podr�a ser</p><p>que te reconocieran y los dejase perplejos el hecho de ver que te aproximas, sobre todo si vas a cabal o,</p><p>como un espa�ol. Y esa vacilaci�n suya te permitir� huir sin que te hagan da�o. De todos modos, cuando</p><p>divises, si es que lo divisas, al enemigo, ya sea en formaci�n o de cualquier otro modo, da media vuelta y</p><p>vuelve para informarme.</p><p>-�Y si no veo nada, mi se�or? -me pregunt�.</p><p>-Si estuvieras ausente demasiado tiempo y yo decidiera que ha l egado el momento de dividir a nuestros</p><p>hombres, har� muy fuerte la l amada del grito de la lechuza. Si oyes eso y no est�s muerto o prisionero,</p><p>vuelve corriendo a reunirte con nosotros.</p><p>-Si, mi se�or. Me voy ya. Y se march�.</p><p>Cuando ya no era visible, el t�citl, Comitl y yo pusimos nuestros cabal os al paso. El sol cruz� el cielo casi al</p><p>mismo ritmo que l ev�bamos, y los tres pasamos aquel largo y ansioso d�a en conversaciones espor�dicas.</p><p>Era ya avanzada la tarde cuando por fin vimos que Nocheztli regresaba hacia nosotros, y lo hacia sin la</p><p>menor prisa: avanzaba a un c�modo trote, aunque dudo de que su espalda se sintiera muy c�moda.</p><p>-�Qu� es esto? -le exig� en cuanto estuvo lo bastante cerca como para poder o�rme-. �No tienes nada que</p><p>informar?</p><p>-Ayya, si, mi se�or, pero son noticias muy curiosas. Cabalgu� hasta el barrio de los esclavos, a las afueras</p><p>de la ciudad, sin que nadie me dijera nada. Y al � encontr� las defensas de las que te habl� hace mucho, los</p><p>gigantescos tubos de trueno, rodeados por soldados por todas partes.  Pero esos tubos de trueno siguen</p><p>apuntando   hacia   adentro,   hacia   la   propia   ciudad!   Y   los   soldados   se   limitaron   a   saludarme</p><p>desenfadadamente con la mano. As� que hice gestos para indicarles que me hab�a encontrado este cabal o</p><p>desensil ado vagando suelto por las cercan�as, y que estaba intentando encontrar a su due�o. Luego di</p><p>media vuelta y regres� por este camino, sin prisas, porque no hab�a o�do el grito de la lechuza.</p><p>El cu�chic Comit� frunci� el entrecejo y me pregunt�:</p><p>-�Qu� te parece, Tenamaxtzin? �Hemos de creer el informe de este hombre? Recuerda que ya estuvo</p><p>confabulado con el enemigo.</p><p>-�Beso la tierra para jurar que es verdad! -protest� Nocheztli; y a continuaci�n hizo el tlalqualiztli lo mejor</p><p>que pudo sentado encima del cabal o.</p><p>-Te creo -le dije; luego me volv� hacia Comitl-. Nocheztli me ha demostrado su lealtad en varias ocasiones</p><p>ya. Sin embargo, la situaci�n es muy curiosa. Es posible que el cabal ero de la Flecha, Tapachini, y sus</p><p>hombres nunca l egasen a avisar a Compostela. Pero tambi�n es posible que los espa�oles nos hayan</p><p>tendido alguna astuta trampa. Si es as�, todav�a estamos fuera de su alcance. Procedamos tal como est�</p><p>planeado. Ualiztli y yo torceremos ahora hacia el oeste. Nocheztli y t� id hacia el este. Los hombres de a pie</p><p>nos seguir�n por separado. Rodearemos la ciudad holgadamente y volveremos a encontrarnos al sur de la</p><p>misma en alg�n momento despu�s de anochecer.</p><p>Aquel a zona del sendero estaba rodeada a ambos lados por un bosque muy espeso, y cuando el ticitl y yo</p><p>nos   adentramos   en   �l   nos   dimos   cuenta   que   poco   a   poco   el   crep�sculo   se   hac�a   m�s   profundo.   Yo</p><p>esperaba que los guerreros que se encontrasen a cien pasos detr�s de nosotros pudieran vernos a�n, y me</p><p>preocupaba la posibilidad de dejarlos demasiado atr�s cuando en realidad se hiciera de noche. Pero la</p><p>preocupaci�n se me fue de la cabeza cuando, de s�bito, o� un fuerte y familiar ruido que proced�a de alg�n</p><p>lugar a nuestras espaldas.</p><p>-�Eso ha sido un arcabuz! -exclam� ahogando un grito; y Ualiztli y yo tiramos de las riendas para detener a</p><p>los cabal os.</p><p>Apenas   hab�a   pronunciado   esas   palabras   cuando   se   oy�   un   inequ�voco   clamor   de   arcabuces   al   ser</p><p>disparados de uno en uno, varios a la vez, al azar o un buen n�mero de el os a la vez; y todos el os estaban</p><p>situados en alg�n lugar a nuestra espalda, aunque no muy lejos. La brisa del atardecer me trajo el acre olor</p><p>del humo de la p�lvora.</p><p>-Pero... �c�mo es posible que ninguno de nosotros hayamos visto...? -empec� a decir.</p><p>Luego record� algo y comprend� lo que estaba pasando. Me vino a la memoria aquel soldado espa�ol en la</p><p>oril a del lago Texcoco, y c�mo descargaba toda una bater�a de arcabuces tirando de un cordel. Aquel os</p><p>que ahora o�a ni siquiera los sosten�an los espa�oles. Los hab�an sujetado al suelo o a los �rboles, y una</p><p>cuerda tensa tiraba de los gatil os por entre la maleza. Mi cabal o y el de Ualiztli de momento no hab�an</p><p>pisado   ning�n   cordel,   pero   los   guerreros   que   iban   detr�s   de   nosotros   se   tropezaban   con   el os</p><p>continuamente, diezmando as� sus propias filas con bolas de plomo letales que volaban.</p><p>-�No te muevas! -le orden� al ticitl.</p><p>-�Habr� heridos a los que atender! -protest� �l; y empez� a tirar de las riendas para darle la vuelta al</p><p>cabal o.</p><p>Bueno, por fin resultaba que yo hab�a calculado mal m�s cosas que lo referente a la ingenuidad de los</p><p>defensores de Compostela. Pero si que hab�a acertado en una: la gente de mi propia raza se mov�a tan</p><p>silenciosamente como las sombras y se hac�a m�s invisible que el viento. Un instante despu�s un golpe</p><p>terrible en las costil as me tir� de la sil a. Al golpear contra el suelo tuve apenas tiempo de vislumbrar a un</p><p>hombre, ataviado con armadura azteca y que manejaba una maqu�huitl, antes de que �ste volviera  a</p><p>golpearme utilizando para el o la parte plana de madera de la espada, no la hoja de obsidiana; esta vez me</p><p>dio en la cabeza, y todo a mi alrededor se volvi� negro.</p><p>Cuando volv� en mi me encontraba sentado en el suelo con la espalda apoyada en un �rbol. Las sienes me</p><p>lat�an de un modo abominable y ten�a la visi�n nublada. Parpade� para ver de aclararla, y cuando vi al</p><p>hombre que estaba de pie ante m� apoyado en su maqu�huitl, esperando pacientemente a que recobrase el</p><p>conocimiento, gem� de forma involuntaria:</p><p>-�Por todos los dioses! He muerto y he ido a Mict�an!</p><p>-Todav�a no, primo -me asegur� Yeyac-. Pero puedes estar seguro de que vas a ir.</p><p><strong>21</strong></p><p>Cuando   intent�   moverme,   descubr�   que   estaba   firmemente   atado   al   �rbol,   lo   mismo   que   Ualiztli.   Era</p><p>evidente  que  a  �l  no  lo  hab�an  descabalgado  de  una  forma  tan  brusca,  pues estaba  bien  despierto   y</p><p>maldec�a en voz baja. Todav�a mareado, hablando con palabras confusas, le pregunt�:</p><p>-Dime, ticitl, �es posible que este hombre, una vez muerto, pudiera haber vuelto a la vida?</p><p>-En este caso est� claro que si -repuso el m�dico malhumorado-. Esa posibilidad ya se me hab�a ocurrido a</p><p>mi antes, cuando me explicaste que lo hab�as mantenido tumbado boca abajo para que la sangre se le</p><p>saliera m�s copiosamente. Lo que en realidad conseguiste con eso fue permitir que la sangre se coagulase</p><p>en la entrada de la herida. Si no se hab�a destrozado ning�n �rgano vital y si sus amigos retiraron el, en</p><p>apariencia, cad�ver con la rapidez suficiente, cualquier ticitl competente podr�a haberlo curado. Cr�eme,</p><p>Tenamaxtzin, no fui yo quien lo hizo. Pero, yya ayya ouiya, debiste mantenerlo boca arriba.</p><p>Yeyac, que hab�a estado escuchando aquel a conversaci�n muy divertido, dijo entonces con iron�a:</p><p>-Me ten�a preocupado, primo, la posibilidad de que hubieras recibido una de esas bolas de plomo en la</p><p>emboscada que mis buenos aliados espa�oles tendieron tan h�bilmente. Cuando uno de mis iyactin vino a</p><p>decirme que te hab�a capturado vivo, me puse tan contento que lo hice cabal ero en el acto.</p><p>Mientras mis disminuidas luces empezaban a aclararse algo, gru��:</p><p>-T� no tienes autoridad suficiente para nombrar cabal ero a nadie.</p><p>-�Ah, no? Pero, primo, si t� me has tra�do el tocado de plumas quetzal. Otra vez soy el Uey-Tecutli de</p><p>Aztl�n.</p><p>-Entonces, �para qu� habr�as de quererme vivo, si puedo disputarte esa burda usurpaci�n?</p><p>-Simplemente estoy complaciendo a mi aliado, el gobernador Coronado. Es �l quien te quiere vivo. Por lo</p><p>menos durante cierto tiempo, para poder hacerte ciertas preguntas. Despu�s... bueno, me ha prometido</p><p>que me dejar  que yo disponga de ti. Dejo el resto a tu imaginaci�n.</p><p>Puesto que yo no ten�a muchas ganas de prolongar aquel o, le pregunt�:</p><p>-�Cu�ntos de mis hombres han muerto?</p><p>-No tengo ni idea. Ni me importa. Ciertamente, todos los sobrevivientes se dieron a la fuga y se dispersaron.</p><p>Ya no son una fuerza de combate. Ahora, separados y a oscuras, sin duda est�n vagando lejos de aqu�,</p><p>perdidos, acobardados, desconsolados como la Mujer Llorona Chicoc�uatl y los dem�s fantasmas errantes</p><p>de la noche. Cuando l egue el d�a los soldados espa�oles tendr�n poca dificultad para someterlos a todos,</p><p>uno a uno. Coronado se pondr� contento de tener a unos hombres tan fuertes para esclavizarlos en sus</p><p>minas de plata. Y, ayyo, aqu� l ega un pelot�n para escoltarte hasta el palacio del gobernador.</p><p>Los soldados me desataron del �rbol, pero me mantuvieron los brazos fuertemente atados mientras me</p><p>sacaban de los bosques y me l evaban por el sendero hasta Compostela. Yeyac iba detr�s con Ualiztli, y</p><p>ad�nde se dirigieron no lo vi. Me encerraron toda la noche en una celda del palacio, sin darme agua ni</p><p>comida, me mantuvieron bien vigilado y no me l evaron ante el gobernador hasta la ma�ana siguiente.</p><p>Francisco V�squez de Coronado era, como me hab�an dicho, un hombre no mucho mayor que yo. Y para</p><p>ser blanco, ten�a buena presencia. Luc�a una barba pulcra e incluso ten�a un aspecto limpio. Los guardas</p><p>me desataron, pero se quedaron en la habitaci�n. Y hab�a tambi�n otro soldado presente, quien, seg�n se</p><p>vio luego, hablaba n�huatl e iba a servir de int�rprete.</p><p>Coronado le estuvo hablando largo y tendido (yo entend� cada una de sus palabras, naturalmente) y el</p><p>soldado me repiti� en mi lengua nativa:</p><p>-Su excelencia dice que otro guerrero y t� l evabais palos de trueno cuando fuisteis capturados. El otro ha</p><p>resultado muerto. Resulta evidente que una de las armas hab�a sido propiedad del Real Ej�rcito espa�ol.</p><p>La otra era una imitaci�n hecha a mano. Su excelencia quiere saber qui�n hizo esa copia, d�nde, cu�ntas</p><p>se   han   hecho   y   cu�ntas  se   est�n   haciendo.   Di   tambi�n   de   d�nde   ha   salido   la   p�lvora   para   hacerlas</p><p>funcionar.</p><p>-Nino ixnentla yanquic in tlaui pocuiahuime. Ayquic -le respond�.</p><p>-El indio dice, excelencia, que no sabe nada de arcabuces. Y nunca ha o�do nada.</p><p>Coronado sac� la espada de la vaina que l evaba al cinto y dijo con calma:</p><p>-Dile que se lo vas a preguntar de nuevo. Y que cada vez que declare que no lo sabe, le cortar� un dedo.</p><p>Preg�ntale de cu�ntos dedos puede prescindir antes de proporcionarme una respuesta satisfactoria.</p><p>El int�rprete repiti� aquel o en n�huatl y volvi� a hacerme la misma pregunta.</p><p>Trat� de aparentar sentirme intimidado, como debe ser en tales situaciones; habl� vacilante, aunque, claro</p><p>est�, s�lo estaba contemporizando:</p><p>-Ce   nechca...   Una   vez..,   yo   estaba   viajando   por   la   Tierra   Disputable...   y   me   tropec�   con   un   puesto</p><p>avanzado. El centinela estaba profundamente dormido. Le rob� el palo de trueno. Lo he guardado desde</p><p>entonces.</p><p>El int�rprete me pregunt� en tono de mofa:</p><p>-�Te ense�� �l a utilizarlo?</p><p>Entonces trat� de poner cara de tonto.</p><p>-No, �l no. No pod�a. Porque estaba dormido, ya sabes. Yo s� que hay que apretar esa cosa l amada gatil o.</p><p>Pero nunca he tenido ocasi�n. Me capturaron antes de...</p><p>-�Es que acaso ese soldado que estaba dormido te ense�� las partes internas y el funcionamiento del palo</p><p>de trueno para que incluso vosotros, unos salvajes primitivos, pudierais hacer una r�plica?</p><p>-Te aseguro que de eso no s� nada -insist�-. No s� nada de la r�plica de la que hablas... tendr�s que</p><p>pregunt�rselo al guerrero que la l evaba.</p><p>El int�rprete dijo con brusquedad:</p><p>-�Ya te lo he dicho! Ese hombre result� muerto. Le alcanz� una de las bolas de la trampa. Pero debi� de</p><p>pensar  que  se  enfrentaba  a  soldados de verdad, porque al  caer descarg�  su  palo de trueno.  Y sab�a</p><p>bastante bien c�mo usarlo!</p><p>Todo lo que yo hab�a dicho, y las preguntas que �l me hab�a hecho, se lo repiti� el int�rprete en espa�ol al</p><p>gobernador. Yo estaba pensando: "Comitl, buen hombre, has sido un aut�ntico "vieja �guila" mexicatl hasta</p><p>el final. Ya estar�s gozando de la dicha de Tonatiucan." Pero luego tuve que empezar a pensar en mi propia</p><p>situaci�n, que era bastante apurada, pues Coronado me miraba con furia y dec�a:</p><p>-Si su camarada era tan diestro con un arcabuz, �l tambi�n debe de serlo. Dile esto al condenado piel roja.</p><p>Si no me conf�as todo al instante �l...</p><p>Pero el gobernador se interrumpi�. Otras tres personas acababan de entrar en la habitaci�n, y una de el as,</p><p>con cierto asombro, le pregunt�:</p><p>-Excelencia, �por qu� os molest�is en utilizar un int�rprete? Ese indio habla un castel ano tan fluido como</p><p>yo.</p><p>-�Qu�? -exclam� Coronado, confundido-. �C�mo sab�is vos eso? �C�mo es posible que lo sep�is?</p><p>Fray Marcos de Niza sonri� con presunci�n.</p><p>-A los hombres blancos nos gusta decir que no podemos distinguir a estos condenados pieles rojas unos de</p><p>otros. Pero en �ste me fij� la primera vez que lo vi, pues es excepcionalmente alto para su raza. Adem�s,</p><p>en aquel a �poca iba vestido con atuendo espa�ol y cabalgaba en un cabal o del ej�rcito, as� que todav�a</p><p>tengo m�s motivo para acordarme de �l. Los hechos sucedieron cuando yo acompa�aba a Cabeza de Vaca</p><p>a la Ciudad de M�xico. El teniente que estaba a cargo de la escolta permiti� que este hombre pasara la</p><p>noche en nuestro campamento porque...</p><p>Esta vez fue Coronado quien interrumpi�.</p><p>-Todo esto resulta bastante incomprensible, pero guardaos vuestras explicaciones para m�s tarde, fray</p><p>Marcos. En este momento hay cierta informaci�n que necesito saber con urgencia. Y para cuando la haya</p><p>sonsacado a este prisionero y lo haya cortado en pedazos, creo que ya no ser  tan alto.</p><p>Solicit�   de   nuevo   al   int�rprete,   porque   ahora   habl�   el   otro   hombre   que   hab�a   entrado   con   el   Monje</p><p>Mentiroso: mi aborrecible primo Yeyac. Sab�a pocas palabras de espa�ol, pero era evidente que hab�a</p><p>comprendido el sentido del comentario de Coronado. Yeyac protest� en n�huatl y el int�rprete tradujo sus</p><p>palabras.</p><p>-Vuestra excelencia sostiene una espada desenvainada y habla de hacer pedazos a esta persona. Puedo</p><p>deciros que una lasca de obsidiana es m�s afilada que el acero, y puede cortar a�n con m�s ma�a. Quiz�</p><p>no le haya dicho yo a vuestra excelencia que l evo dentro de m� una bola de palo de trueno que esta</p><p>persona me meti� al �. Pero le recuerdo a vuestra excelencia que me prometi� que ser�a yo quien tendr�a la</p><p>oportunidad de hacerlo astil as, de hacerlo picadil o.</p><p>-Si, si, muy bien -convino Coronado con mal humor; y volvi� a meter bruscamente la espada en la vaina-.</p><p>Saca esa condenada obsidiana tuya. Yo har� las preguntas, y t� puedes ir cort�ndole en pedacitos cuando</p><p>las respuestas no me resulten lo suficientemente satisfactorias.</p><p>Pero ahora fue fray Marcos quien protest�.</p><p>-Excelencia, la primera vez que vi a este hombre aseguraba ser emisario del obispo Zum�rraga. Adem�s se</p><p>present� como Juan Brit�nico. Haya o no haya estado cerca del obispo, sin duda alguna lo han bautizado</p><p>en alg�n momento y ha recibido un nombre cristiano. Ergo, cuando menos es un ap�stata, y seguramente</p><p>un hereje. Y en consecuencia, en primer lugar est� sujeto a la jurisdicci�n eclesi�stica. Me sentir�a muy feliz</p><p>de poder juzgarlo, de declararlo culpable y de condenarle a la hoguera yo mismo.</p><p>Yo ya estaba empezando a sudar, y todav�a ten�a que o�r algo de la tercera persona que hab�a entrado con</p><p>Yeyac y el Monje Mentiroso. Se trataba de G�nda Ke, la mujer yaqui, y no me sorprend� demasiado de verla</p><p>al � en compa��a de aquel as personas. Era inevitable que, despu�s de haber sobrevivido a la emboscada</p><p>(quiz� incluso tuviera conocimiento de la misma por adelantado), ahora les hab�a dado su fidelidad a los</p><p>vencedores.</p><p>El soldado que hac�a de int�rprete parec�a bastante mareado por tener que volverse de una persona a otra</p><p>mientras traduc�a las conversaciones anteriores a los diversos participantes. Lo que dijo ahora G�nda Ke, y</p><p>lo hizo del modo m�s zalamero, �l lo tradujo al espa�ol.</p><p>-Buen fraile, puede que este Juan Brit�nico sea un traidor a vuestra Santa Madre Iglesia. Pero, excelencia,</p><p>tambi�n ha sido traidor en otro sentido. Puedo aseguraros que es el responsable de los numerosos ataques</p><p>l evados a cabo por personas desconocidas, a las que hasta el momento no han aprehendido, en toda</p><p>Nueva Galicia. Si a este hombre se le torturase como es debido, podr�a capacitar a vuestra excelencia para</p><p>poner fin a esos ataques. Eso, me parece a mi, deber�a tener preferencia sobre la intenci�n del fraile de</p><p>enviarlo directamente al infierno cristiano. Y en ese interrogatorio yo ayudar�a gustosa a vuestro leal aliado,</p><p>Y�yactzin, porque tengo mucha pr�ctica en esa arte.</p><p>-�Perdici�n! -voce� Coronado, desmesuradamente irritado-.  Hay tantos que reclaman la carne, la vida e</p><p>incluso  el alma  de  este  prisionero  que  casi siento  l�stima   por el pobre  desgraciado!  -Volvi�  la  mirada</p><p>iracunda de nuevo hacia mi y me exigi�, esta vez en espa�ol-: Desgraciado, t� eres el �nico en esta</p><p>habitaci�n   que   a�n   no   has   sugerido   c�mo   he   de   ocuparme   de   ti.   Seguro   que   tendr�s   alguna   idea   al</p><p>respecto. Habla!</p><p>-Se�or gobernador -dije yo, sin querer concederle ning�n tratamiento de excelencia-, soy prisionero de</p><p>guerra, y un noble de la naci�n azteca que est� en guerra con la vuestra. Exactamente igual que los nobles</p><p>mexicas, a los que vuestro marqu�s Cort�s destron� y derroc� hace tantos a�os. El marqu�s no era, ni es,</p><p>ning�n hombre d�bil, pero encontr� compatible con su conciencia tratar a aquel os nobles que hace tiempo</p><p>derrotase de un modo civilizado. Y yo no pedir�a m�s que eso.</p><p>-�Ah� ten�is! -dijo Coronado dirigi�ndose a los tres que hab�an l egado m�s tarde-. Estas son las primeras</p><p>palabras razonables que he o�do durante toda esta turbulenta conf�bulaci�n. -Volvi� a dirigirse a mi y ahora</p><p>me pregunt�-: �Vas a decirme cu�l es el origen de ese arcabuz y el n�mero de r�plicas que ten�is? �Vas a</p><p>decirme qui�nes son los insurgentes que est�n asediando nuestros asentamientos situados al sur de aqu�?</p><p>-No, se�or gobernador. En todos los conflictos que han existido entre las naciones de este Unico Mundo</p><p>nuestro, y creo que igualmente en todos en los que vuestra Espa�a ha luchado contra otros pueblos, jam�s</p><p>los captores esperan que los prisioneros de guerra traicionen a sus camaradas. Y tened la seguridad de</p><p>que yo tampoco lo har�, ni siquiera en el caso de que me interrogue esa mezcla de gal ina y buitre que se</p><p>encuentra ah� y que tanto fanfarronea de sus habilidades carro�eras.</p><p>La mirada dura que Coronado le dirigi� a G�nda Ke indic�, estoy seguro, que �l compart�a la opini�n que yo</p><p>ten�a de aquel a mujer. Quiz� realmente �l hubiera empezado a sentir cierta simpat�a hacia m�, porque</p><p>cuando G�nda Ke, el fraile y Yeyac empezaron a la vez a protestar indignados, los hizo cal ar con un</p><p>perentorio movimiento de mano y luego a�adi�:</p><p>-Guardias, l evad de nuevo al prisionero a su celda, y sin atar. Dadle comida y agua para mantenerlo vivo.</p><p>Meditar� sobre este asunto antes de volver a interrogarlo. Los dem�s, marchaos!, y ahora mismo!</p><p>Mi celda ten�a una puerta s�lida, atrancada por fuera, ante la cual estaban apostados dos guardias. En la</p><p>pared de enfrente hab�a una sola ventana que, aunque no ten�a barrotes, era demasiado peque�a para que</p><p>nada m�s grande que un conejo pudiera pasar a trav�s de el a. Sin embargo, no era tan peque�a como</p><p>para   no   poder   comunicarse   con   cualquier   persona   que   estuviera   en   el   exterior.  Y  en   alg�n   momento</p><p>despu�s del anochecer, alguien se acerc� a aquel a ventana.</p><p>-�Oye! -l am� una voz con un volumen apenas lo suficientemente alto como para que yo la oyera.</p><p>Me levant� de la paja que me serv�a  de cama y mir� hacia afuera. Al principio no pude ver m�s que</p><p>oscuridad; luego el visitante sonri�, vi unos dientes blancos y comprend� que quien me visitaba era un</p><p>hombre tan negro como la noche, el esclavo moro Estebanico. Lo salud� con afecto, aunque tambi�n lo</p><p>hice en un murmul o, procurando no alzar la voz.</p><p>-Te dije, Juan Brit�nico -me asegur� al comenzar a hablar-, que siempre estar�a en deuda contigo. Y a estas</p><p>alturas estoy seguro de que ya debes de saber que se me ha nombrado, como predijiste, para que gu�e al</p><p>Monje Mentiroso hasta esas inexistentes ciudades l enas de riquezas. As� que te debo cualquier ayuda o</p><p>consuelo que pueda proporcionarte.</p><p>-Gracias, Esteban -respond�-. Me sentir�a  muy bien si estuviera en libertad. �Podr�as distraer de alg�n</p><p>modo a los guardias y desatrancar la puerta?</p><p>-Mucho me temo que eso queda fuera de mi alcance. Los soldados espa�oles no le hacen mucho caso a</p><p>un hombre negro. Adem�s, y perdona si mis palabras me hacen parecer ego�sta, valoro mucho mi propia</p><p>libertad. Tratar� de pensar en alg�n medio para que t� puedas huir sin que el o me ponga a mi en tu lugar.</p><p>Pero mientras tanto te dir� que acaba de l egar una noticia a trav�s de una patrul a espa�ola que quiz� te</p><p>anime. Desde luego, a los espa�oles no les ha gustado en absoluto.</p><p>-Bien. Dime.</p><p>-Pues  bien,   despu�s  de   la   emboscada   de  anoche   se   encontr�   a  algunos  de   tus  guerreros  muertos  o</p><p>heridos. Pero el gobernador ha esperado hasta esta ma�ana para enviar a una patrul a a peinar toda la</p><p>zona. Y no han encontrado muchos m�s guerreros muertos o heridos. Resulta evidente que la mayor�a de</p><p>tus hombres consiguieron sobrevivir y escaparon. Y uno de esos fugitivos, un hombre que iba a cabal o, se</p><p>dej� ver audazmente por la patrul a esta ma�ana. Cuando los hombres de la patrul a regresaron aqu�,</p><p>describieron c�mo era el fugitivo. Los dos indios que ahora est�n compinchados con Coronado, Yeyac y</p><p>esa horrible mujer l amada G�nda Ke, al parecer reconocieron al hombre descrito. Pronunciaron un nombre:</p><p>Nocheztli. �Te dice algo eso?</p><p>-Si -dije-. Es uno de mis mejores guerreros.</p><p>-Yeyac   pareci�   extra�amente   molesto   al   saber   que   ese   Nocheztli   es   uno   de   los   tuyos,   pero   no   hizo</p><p>demasiados   comentarios,   pues   est�bamos   todos   en   presencia   del   gobernador   y   de   su   int�rprete.   Sin</p><p>embargo, la mujer se ech� a re�r con desprecio y l am� a Nocheztli cuilontli, y dijo que no era nada varonil.</p><p>�Qu� significa esa palabra, amigo?</p><p>-No importa. Sigue, Esteban.</p><p>-G�nda Ke le dijo a Coronado que un hombre tan poco viril, aunque estuviera armado y anduviese suelto,</p><p>no representar�a peligro alguno. Pero noticias posteriores demostraron que la mujer estaba equivocada.</p><p>-�C�mo ha sido?</p><p>-Ese Nocheztli tuyo no s�lo escap� a la emboscada, sino que al parecer se encontraba entre los pocos que</p><p>no se aterrorizaron y huyeron despavoridos al dejarse l evar por el p�nico. Uno de vuestros hombres, que</p><p>estaba herido y que trajeron aqu�, relat� con orgul o lo que pas� a continuaci�n. Ese hombre, Nocheztli,</p><p>sentado en solitario en su cabal o en medio de la oscuridad y el humo, comenz� a gritar imprecaciones a</p><p>los  que   hu�an,   los  insult�   l am�ndolos  d�biles  y  cobardes  y  estuvo   bramando   hasta   conseguir   que   se</p><p>reagrupasen a su lado.</p><p>-Desde luego, tiene una voz convincente -le asegur�.</p><p>-Reuni� a todos los guerreros que quedaban y se los ha l evado a alg�n sitio donde esconderse. Yeyac le</p><p>dijo al gobernador que seguro que eran varios centenares.</p><p>-Unos   novecientos,   en   principio   -le   dije-.   Deben   de   ser   m�s   o   menos   los   hombres   que   quedan   con</p><p>Nocheztli.</p><p>-Coronado se muestra reacio a perseguirlos. Las fuerzas que tiene aqu� ascienden a poco m�s de mil</p><p>hombres, contando incluso a aquel os que aport� Yeyac. El gobernador tendr�a que enviarlos a todos, y de</p><p>ese modo dejar�a Compostela indefensa. De momento, s�lo ha tomado la precauci�n de volver toda la</p><p>artil er�a de la ciudad, lo que vosotros l am�is tubos de trueno, apuntando hacia el exterior otra vez.</p><p>-No creo que Nocheztli montase otro ataque sin tener instrucciones m�as -le coment�.</p><p>-Pues te aseguro que es un hombre de recursos -me confi� Esteban-. Se l ev� algo m�s que a tu ej�rcito</p><p>fuera del alcance de los espa�oles.</p><p>-�A qu� te refieres?</p><p>-La patrul a que sali� esta ma�ana.., una de sus tareas era recuperar todos los arcabuces que se hab�an</p><p>colocado atados con cordeles para que tus guerreros se tropezasen con el os. La patrul a regres� sin el os.</p><p>Antes de desaparecer, por lo visto ese Nocheztli tuyo orden� que se recogieran todos y se los l ev� consigo.</p><p>Por lo que he o�do, consigui� un n�mero que oscila entre treinta y cuarenta de esas armas.</p><p>No pude evitar exclamar con j�bilo:</p><p>-�Yyo ayyo! Estamos armados! Alabado sea Huitzilopochtli, el dios de la guerra!</p><p>No deb� hacerlo. Un instante despu�s se oy� el sonido que la puerta de mi celda produc�a cuando la</p><p>desatrancaban. Esta se abri� de golpe y uno de los guardias se asom� a las tinieblas de la celda l eno de</p><p>suspicacia; para entonces yo ya me hab�a despatarrado de nuevo en la paja y Esteban hab�a desaparecido.</p><p>-�Qu�   ha   sido   ese   ruido?   -exigi�   el   guardia-.   Loco,   �acaso   est�s   gritando   para   pedir   ayuda?   No</p><p>conseguir�s nada.</p><p>-Estaba cantando, se�or -le expliqu� con altivez-. Entonando la gloria de mis dioses.</p><p>-Que Dios ayude a tus dioses -gru�� el guardi�n-. Tienes una voz condenadamente desagradable para</p><p>cantar.</p><p>Y volvi� a cerrar la puerta con violencia.</p><p>Me qued� al � sentado, en la oscuridad, y me puse a meditar. Ahora me daba cuenta de que hab�a hecho</p><p>otro juicio err�neo, y no ahora, sino hac�a mucho tiempo. Influido por el odio que albergaba hacia el odioso</p><p>Yeyac y sus varones �ntimos, hab�a estimado que todos los cuilontin eran mal�volamente rencorosos y</p><p>vengativos hasta que, cuando un hombre de verdad los desafiaba, se volv�an tan serviles y cobardes como</p><p>la m�s sumisa de las mujeres. Nocheztli me hab�a sacado de ese error. Obviamente, los cuilontin eran tan</p><p>variados de car�cter como los dem�s hombres, porque el cuilontli Nocheztli hab�a actuado con virilidad,</p><p>valor y capacidad dignos de un verdadero h�roe. Y si alguna vez volv�a a verlo, dejar�a bien claro el respeto</p><p>y la admiraci�n que sent�a por �l.</p><p>-Tengo que verlo de nuevo -musit� para mis adentros.</p><p>Nocheztli hab�a conseguido armar con un golpe r�pido y osado a una buena porci�n de mis fuerzas con</p><p>armas   iguales   a   las   de   los   hombres   blancos.   Pero   esos   arcabuces   eran   in�tiles   si   no   dispon�an   de</p><p>provisiones de p�lvora y plomo. A menos que mi ej�rcito pudiera asaltar y saquear el propio arsenal de</p><p>Compostela, perspectiva �sta no muy probable, habr�an de buscar el plomo y fabricar la p�lvora. Y yo era el</p><p>�nico hombre entre los nuestros que sab�a de qu� estaba compuesta la p�lvora, y ahora me maldije por no</p><p>haber compartido nunca dicho conocimiento con Nocheztli o con alg�n otro de mis suboficiales.</p><p>-Tengo que salir de aqu� -musit�.</p><p>S�lo ten�a un amigo al �, en la ciudad, y me hab�a dicho que intentar�a concebir alg�n plan para lograr mi</p><p>huida. Pero adem�s de los enemigos espa�oles, que era comprensible que lo fueran, tambi�n ten�a otros</p><p>muchos enemigos en la ciudad: el vengativo Yeyac, aquel mojigato Monje Mentiroso y la siempre malvada</p><p>G�nda Ke. Seguro que no pasar�a mucho tiempo antes de que el gobernador ordenara que me l evasen a</p><p>su presencia, o a presencia de todos el os, y no pod�a confiar en que Esteban lograse rescatarme en tan</p><p>breve espacio de tiempo.</p><p>Sin embargo, me record� a mi mismo, cuando Coronado me mandase l amar, por lo menos saldr�a de</p><p>aquel a celda. �Acaso tendr�a yo oportunidad, cuando estuviera en camino hacia �l, de deshacerme de mis</p><p>guardianes y echar a correr hacia la libertad? Mi propio palacio de Aztl�n ten�a tantas habitaciones, alcobas</p><p>y dependencias que esquivar a los perseguidores y ocultarse no ser�a imposible para cualquier fugitivo que</p><p>estuviese tan desesperado como yo. Pero el palacio de Coronado no era tan grande ni tan majestuoso</p><p>como el m�o, ni mucho menos. Repas� mentalmente la ruta por la que los guardias me hab�an conducido</p><p>ya dos veces, el trayecto entre la celda y el sal�n del trono, si es que se l amaba as�, donde el gobernador</p><p>me hab�a interrogado. Mi celda era una de las cuatro que hab�a en el extremo m�s remoto del edificio; no</p><p>sab�a   si   las   dem�s   estaban   ocupadas   o   no.   Y   m�s   al �   hab�a   un   largo   pasil o...   luego   un   tramo   de</p><p>escaleras.., luego otro pasil o...</p><p>No recordaba lugar alguno donde tuviera posibilidades de fugarme, ninguna ventana accesible por la que</p><p>pudiera   arrojarme.   Y   una   vez   en   presencia   del   gobernador,   me   hal ar�a   rodeado.   Despu�s,   si   no   me</p><p>ejecutaban sumariamente al � mismo, delante de �l, hab�a much�simas probabilidades de que no volvieran a</p><p>conducirme a la misma celda, sino a alguna clase de c�mara de tortura o incluso a la hoguera. Bien, pens�</p><p>con tristeza, por lo menos tendr�an que quemarme en el exterior. Y no era del todo imposible que de camino</p><p>hacia al �...</p><p>Pero aquel pensamiento s�lo me proporcion� vanas esperanzas, desde luego. Estaba intentando luchar</p><p>contra la negra desesperaci�n y hacerme a la idea de lo que me esperaba, lo peor, cuando de pronto o� una</p><p>voz.</p><p>-Oye.</p><p>Era de nuevo el susurro de Esteban, que estaba junto a mi diminuta ventana. Me puse en pie de un salto y</p><p>me  asom� otra vez  escudri�ando  la oscuridad, que  de  nuevo  fue hendida  por una  sonrisa  de  dientes</p><p>blancos cuando el negro me dijo en voz baja pero con confianza:</p><p>-Tengo una idea, Juan Brit�nico.</p><p>Cuando me la explic�, comprend� que aquel hombre hab�a estado pensando tanto como yo, s�lo que -eso</p><p>tengo que decirlo- con mucho m�s optimismo. Lo que me propuso a continuaci�n era tan temerario que</p><p>rayaba en la locura, pero por lo menos �l si que hab�a tenido una idea, y yo no.</p><p>A la ma�ana siguiente los guardias me ataron las manos antes de darme escolta y de l evarme a presencia</p><p>del gobernador para  mi siguiente  confrontaci�n  con  �ste; pero obedeciendo  a un  gesto  displicente  del</p><p>mismo gobernador, me desataron y se quedaron a un lado. Adem�s de otros cuantos soldados, tambi�n se</p><p>encontraban en la estancia G�nda Ke, fray Marcos y su gu�a Esteban; todos el os se paseaban por al � con</p><p>tanta libertad como si fueran los iguales de Coronado.</p><p>A m�, el gobernador me dijo:</p><p>-He excusado a Yeyac de asistir a esta conferencia porque, francamente, detesto a ese tramposo hijo puta.</p><p>No obstante, y como consecuencia de nuestra entrevista anterior, te tengo, Juan Brit�nico, por hombre</p><p>honorable y cabal. Por el o aqu� y ahora te ofrezco el mismo pacto que mi predecesor, el gobernador</p><p>Guzm�n, hizo con ese Yeyac. Ser�s puesto en libertad, igual que el otro jinete que capturamos vivo contigo.</p><p>Hizo   otra   se�a   y   un   soldado   trajo   de   otra   habitaci�n   a   Ualiztli,   el   ticitl,   con   aspecto   malhumorado   y</p><p>desgre�ado, pero en modo alguno malherido. Aquel o pon�a una peque�a complicaci�n en el plan de huida,</p><p>aunque pens� que tampoco ninguna cosa que fuera insuperable, y me alegr� la posibilidad de l evarme</p><p>conmigo a Ualiztli. Le hice se�as para que se me acercase y se pusiera a mi lado, y esper� a o�r el resto de</p><p>la presunta oferta del gobernador.</p><p>-Se  te  permitir�   regresar  a  ese  lugar  l amado  Aztl�n   y reanudar  al �   tu   gobierno   -me   explic�   �ste-.  Te</p><p>garantizo que ni Yeyac ni nadie de su cohorte te disputar� la supremac�a, aunque tenga que matar a ese</p><p>condenado maric�n para asegurarme de el o. Tu pueblo y t� conservar�is vuestros dominios tradicionales y</p><p>vivir�is   al �   en  paz,   sin  que  mi  gente  os moleste   ni  intente  invadiros o  conquistaros.  Con  el  tiempo,  a</p><p>vosotros los aztecas y a nosotros los espa�oles quiz� nos resulte beneficioso entablar comercio y otros</p><p>intercambios, pero nada de eso se te impondr� por la fuerza. -Hizo una pausa y se qued� esperando, pero</p><p>al ver que yo guardaba silencio, continu�-: En contrapartida, t� me garantizas que no guiar�s ni incitar�s</p><p>ninguna   otra   rebeli�n   contra   Nueva   Galicia,   Nueva   Espa�a   ni   ninguno   de   los   dem�s   territorios   de   su</p><p>majestad, ni contra sus s�bditos en este Nuevo Mundo. Enviar�s recado a esos grupos insurgentes del sur</p><p>para que cesen en sus actividades. Y tambi�n me jurar�s que est�s dispuesto a impedir, como hizo Yeyac,</p><p>cualquier incursi�n de esos importunos indios del norte en la Tierra de Guerra. As� que, �qu� dices, Juan</p><p>Brit�nico? �De acuerdo?</p><p>-Os agradezco, se�or, vuestra halagadora estima de mi car�cter y la confianza de que yo mantendr�a mi</p><p>palabra dada -le dije-. Yo tambi�n os tengo por hombre honorable. Y por ese motivo no os faltar�a al respeto</p><p>y me pondr�a yo mismo en desgracia al daros mi palabra y despu�s faltar a el a. Deb�is ser completamente</p><p>consciente de que lo que me ofrec�is no es nada m�s que lo que mi pueblo y yo siempre hemos tenido y</p><p>lucharemos por conservar. Nosotros los aztecas hemos declarado la guerra contra vos y todos los dem�s</p><p>hombres blancos. Dadme muerte en este momento, se�or, y alg�n otro azteca se levantar   para guiar a</p><p>nuestros guerreros en esa guerra. Rechazo respetuosamente el pacto que me ofrec�is.</p><p>El rostro de Coronado hab�a ido ensombreci�ndose durante mi discurso, y estoy seguro de que estaba a</p><p>punto de responder con ira  y maldiciones. Pero justo entonces Esteban, que durante aquel rato hab�a</p><p>estado deambulando tranquilamente por la sala, se puso a mi alcance.</p><p>Le rode� de pronto el cuel o con mi brazo, lo apret� con fuerza contra mi y, con la mano que me quedaba</p><p>libre, le saqu� del cinto el cuchil o de acero que l evaba al � envainado. Esteban hizo un aparentemente</p><p>tremendo esfuerzo por liberarse, pero desisti� cuando le puse la hoja del cuchil o en la garganta desnuda.</p><p>Ualiztli, a mi lado, me mir� con asombro.</p><p>-�Soldados! -chil � con estridencia G�nda Ke desde el otro extremo de la sala-.  Apuntad!  Matad a ese</p><p>hombre! -Vociferaba en n�huatl, pero nadie hubiera podido equivocar lo que dec�a-. �Matadlos a los dos!</p><p>-�No! -exclam� fray Marcos.</p><p>-�Deteneos! -bram� Coronado, exactamente tal como Esteban hab�a pronosticado que pasar�a.</p><p>Los  soldados,   que   ya   hab�an   levantado   los  arcabuces   o   hab�an   desenvainado   las   espadas,   quedaron</p><p>perplejos y no hicieron movimiento alguno.</p><p>-�Que no? -voce� G�nda Ke l ena de incredulidad-. �Que no los maten? Pero �qu� clase de mujeres</p><p>t�midas sois vosotros, locos blancos?</p><p>Hubiera continuado con aquel a incomprensible diatriba suya, pero el fraile la hizo cal ar gritando m�s que</p><p>el a con desesperaci�n:</p><p>-�Por favor, excelencia! Los guardias no deben correr el riesgo de...</p><p>-�Ya lo s�, imb�cil! Cierra la boca! Y estrangula a esa perra ululante!</p><p>Yo  iba   retrocediendo   lentamente,   caminando   hacia   atr�s,   en   direcci�n   a   la   puerta,   haciendo   ver   que</p><p>arrastraba al indefenso negro; Ualiztli iba justo a nuestro lado. Esteban volv�a la cabeza a un lado y a otro</p><p>como si buscase ayuda; los ojos se le sal�an de las �rbitas a causa del miedo. El movimiento de su cabeza</p><p>era deliberado para hacer que la hoja del cuchil o le cortase ligeramente la piel de la garganta, de modo que</p><p>todos vieran un hilo de sangre que le corr�a por el cuel o.</p><p>-�Deponed las armas, soldados! -orden� Coronado a sus soldados, que miraban alternativamente con la</p><p>boca abierta a �l y a nosotros, que avanz�bamos lenta y cautelosamente-. Quedaos donde est�is. Nada de</p><p>disparos, nada de espadas. Prefiero perder a ambos prisioneros que a ese moro miserable.</p><p>-Ordenadle a uno de vuestros hombres, se�or, que salga corriendo delante de nosotros e informe a voces a</p><p>los soldados de los alrededores -le grit�-. No se nos ha de molestar ni poner trabas. Cuando hayamos</p><p>salido de los l�mites de la ciudad sanos y salvos, soltar� ileso a este valioso moro vuestro. Ten�is mi palabra</p><p>de honor al respecto.</p><p>-Si -convino Coronado con los dientes apretados. Le hizo se�a a un soldado que estaba cerca de la puerta-.</p><p>Id, sargento. Haced lo que dice.</p><p>Dando un rodeo para no acercarse a nosotros, el soldado sali� corriendo hacia la puerta. Ualiztli, yo y el</p><p>fl�ccido Esteban, cuyos ojos segu�an desorbitados, no �bamos muy lejos detr�s de �l. Nadie nos persigui�</p><p>mientras segu�amos a aquel soldado por un corto vest�bulo donde yo no hab�a estado antes, baj�bamos por</p><p>un tramo de escaleras y sal�amos por la puerta de la cal e del palacio. El soldado ya estaba voceando</p><p>cuando salimos. Y al �, atado a un poste, como hab�a dispuesto Esteban, nos estaba esperando un cabal o</p><p>ensil ado.</p><p>-Ticitl Ualiztli -dije-, tendr�s que ir corriendo al lado. Lo siento, pero no hab�a contado con tu compa��a.</p><p>Mantendr� el cabal o al paso.</p><p>-�No, por Huitztli, ve al galope! -exclam� el m�dico-. Por viejo y gordo que yo est�, me siento lo bastante</p><p>ansioso por salir de aqu� como para moverme igual que el viento!</p><p>-En el nombre de Dios -gru�� Esteban en voz muy baja-. Deja de parlotear y mu�vete! Echame atravesado</p><p>en la sil a, salta t� detr�s y v�monos!</p><p>Cuando lo alc� encima  del cabal o (en realidad �l salt�  y yo  s�lo hice ver que lo impulsaba), nuestro</p><p>soldado heraldo estaba gritando �rdenes a todo el que pudiera o�rle.</p><p>-�Dejad paso! �Paso libre!</p><p>Las dem�s personas que hab�a en la cal e, soldados y civiles por igual, miraban atontados con la boca</p><p>abierta aquel extraordinario espect�culo. No fue hasta que estuve sentado detr�s del promontorio trasero</p><p>de la sil a, mientras sujetaba ostentosamente el cuchil o de Esteban y le apuntaba con �l a los ri�ones, que</p><p>me di cuenta de que se me hab�a olvidado desatar al cabal o de la barandil a. As� que tuvo que hacerlo</p><p>Ualiztli, quien me tendi� luego las riendas. A continuaci�n, y haciendo honor a su palabra, el t�citl sali�</p><p>corriendo a una velocidad encomiable para alguien de su edad y volumen, haciendo posible que yo pusiera</p><p>al trote el cabal o a su lado.</p><p>Cuando  hubimos perdido  de  vista  el palacio   y  ya   no  alcanz�bamos  a  o�r  los  gritos  de  aquel  soldado,</p><p>Esteban, que iba botando mientras colgaba inc�modamente cabeza abajo, empez� a darme instrucciones.</p><p>Que torciera a la derecha en la pr�xima cal e, a la izquierda en la siguiente, y as� sucesivamente hasta que</p><p>estuvimos fuera del centro de la ciudad y salimos a uno de los barrios pobres donde viv�an los esclavos. No</p><p>hab�a muchos por al �, pues a aquel a hora la mayor�a estaba realizando trabajos de esclavo donde fuera, y</p><p>los pocos que vimos tuvieron buen cuidado de apartar los ojos. Probablemente supusieron que nosotros,</p><p>dos indios y un moro, tambi�n �ramos esclavos que est�bamos empleando un modo verdaderamente �nico</p><p>de escapar, y quer�an poder decir, si l egaba el caso de que los interrogaban sobre el o, que no nos hab�an</p><p>visto.</p><p>Cuando l egamos a las afueras de Compostela, donde incluso las barracas de los esclavos eran pocas y</p><p>diseminadas y no hab�a absolutamente nadie a la vista, Esteban dijo:</p><p>-Para aqu�.</p><p>El y yo desmontamos como pudimos del cabal o y el ticitl se desplom� en el suelo cuan largo era, jadeando</p><p>y sudando. Mientras Esteban y yo nos frot�bamos las partes doloridas del cuerpo -�l el est�mago y yo el</p><p>trasero-, Esteban me explic�:</p><p>-Hasta aqu� es todo lo lejos que puedo l egar haciendo el papel de reh�n para vuestra seguridad, Juan</p><p>Brit�nico. m�s al � habr� puestos de guardia de los espa�oles, y no habr�n recibido el mensaje de dejarnos</p><p>pasar. As� que tu compa�ero y t� tendr�is que ir solos como pod�is, a pie y con mucha cautela. Yo s�lo</p><p>puedo desearos buena fortuna.</p><p>-Y hasta ahora la hemos tenido gracias a ti, amigo. Confi� en que la fortuna no nos abandone ahora,</p><p>cuando estamos tan cerca de la libertad.</p><p>-Coronado no ordenar� una persecuci�n hasta que haya vuelto a recuperarme sano y salvo. Como te dije, y</p><p>como han demostrado los acontecimientos, ese ambicioso gobernador y el fraile avaricioso no quieren</p><p>arriesgarse a poner en peligro mi negro pel ejo. As� que... -Volvi� a subirse a la sil a con rigidez, esta vez en</p><p>la posici�n correcta-. Dame el cuchil o.</p><p>Se lo di, y Esteban lo us� para desgarrarse la ropa por varios sitios e incluso para hacerse algunos cortes</p><p>en la piel aqu� y al �, s�lo lo suficiente para que le saliera un poco de sangre; luego me devolvi� el cuchil o.</p><p>-Y ahora -me pidi�- emplea las riendas para atarme las manos con fuerza al pomo de la sil a. A fin de</p><p>proporcionaros todo el tiempo que pueda para que ech�is a correr, ir� muy despacio hasta el palacio.</p><p>Puedo decir que estoy d�bil a causa de los crueles cortes y vapuleos que vosotros, que sois unos salvajes,</p><p>me hab�is producido. Alegraos de que yo sea negro; nadie notar� que no tengo casi magul aduras. m�s no</p><p>puedo hacer por ti, Juan Brit�nico. En cuanto l egue al palacio, Coronado desplegar� todo su ej�rcito para</p><p>buscarte y remover  hasta el �ltimo guijarro. Para entonces debes estar lejos, muy lejos de aqu�.</p><p>-Lo estaremos -le asegur�-. O bien en lo profundo de nuestros bosques nativos o a buen recaudo en las</p><p>profundidades de ese lugar oscuro que vosotros los cristianos l am�is infierno. Te damos las gracias por tu</p><p>bondadosa ayuda, por tu atrevida imaginaci�n y por ponerte t� mismo en peligro por nosotros. Ve, amigo</p><p>Esteban, y te deseo gozo en esa libertad tuya que pronto ha de ser realidad.</p><p><strong>22</strong></p><p>-�Qu� hacemos, Tenamaxtzin? -me pregunt� Ualiztli, que hab�a recobrado el aliento pero que todav�a se</p><p>encontraba sentado en el suelo.</p><p>-Como ha dicho el moro, no ha habido suficiente tiempo para que el gobernador haya enviado aviso a los</p><p>puestos   de   vigilancia   diciendo   que   nos   dejen   pasar   sin   problemas,   como   hubiese   sucedido   de   haber</p><p>seguido teniendo el reh�n en nuestro poder. Por lo tanto tampoco les habr�n alertado para esperarnos. Y</p><p>como de costumbre, estar�n mirando hacia afuera, para ver si hay enemigos que intenten entrar en la</p><p>ciudad, no salir de el a. T� s�gueme y haz lo mismo que haga yo.</p><p>Caminamos erguidos hasta que hubimos pasado las �ltimas chabolas del barrio de esclavos; luego nos</p><p>agachamos, continuamos avanzando con much�sima cautela y nos fuimos alejando de la ciudad hasta que</p><p>divis�,   a   lo   lejos,   una   barraca   con   soldados   alrededor;   ninguno   de   el os   miraba   hacia   nosotros.   No</p><p>continuamos adelante en aquel a misma direcci�n, sino que torcimos a la izquierda y seguimos hasta que</p><p>vimos otra barraca de aqu�l as y varios soldados, �stos rodeando uno de esos tubos de trueno que l aman</p><p>culebrina. As� que volvimos atr�s sobre nuestros pasos hasta que nos encontramos aproximadamente a</p><p>medio camino entre los dos puestos de vigilancia. Felizmente para nosotros, en aquel lugar crec�a una</p><p>densa maleza que se extend�a hacia la hilera de �rboles que se ve�a en el horizonte. Todav�a inclinados</p><p>hacia adelante y caminando como los patos, me abr� paso entre esos arbustos, manteni�ndome todo el</p><p>tiempo por debajo de las ramas m�s altas y esforz�ndome por no sacudir ninguno de el os, y el t�citl,</p><p>aunque jadeando otra vez con fuerza, hizo lo mismo. Me dio la impresi�n de que tendr�amos que soportar</p><p>aquel avance dif�cil, inc�modo, atroz y lento durante incontables largas carreras, y s� que para Ualiztli era</p><p>mucho m�s fatigoso y doloroso, pero en realidad al cabo de un tiempo alcanzamos la hilera de �rboles. Una</p><p>vez entre el os, me ergu� con alivio (todas las articulaciones me crujieron al hacerlo) y el ticitl volvi� a</p><p>derrumbarse cuan largo era en el suelo, gimiendo.</p><p>Me tend� cerca de �l y los dos nos permitimos el lujo de descansar un buen rato. Cuando Ualiztli hubo</p><p>recuperado el aliento lo suficiente para hablar, aunque no las fuerzas necesarias para ponerse de pie, dijo:</p><p>-�Querr�as decirme, Tenamaxtzin, por qu� los hombres blancos nos han dejado marchar? Seguro que no</p><p>ha sido s�lo porque nos l evamos con nosotros a uno de sus esclavos negros. Un esclavo de cualquier color</p><p>es tan sustituible como la saliva.</p><p>-Creen que ese esclavo en particular guarda el secreto de un fabuloso tesoro. Son tan tontos que se creen</p><p>que eso es verdad... pero ya te lo explicar� todo en otra ocasi�n. En este momento estoy tratando de</p><p>pensar alguna manera de encontrar al cu�chic Nocheztli y al resto de nuestro ej�rcito.</p><p>Ualiztli se incorpor� por fin y me dirigi� una mirada de preocupaci�n.</p><p>-Todav�a debes de tener la cabeza resentida a causa del golpe que recibiste. Si a nuestros hombres no los</p><p>mataron los palos de trueno, seguro que han huido, se han diseminado y estar�n ya muy lejos de aqu�.</p><p>-No murieron y tampoco escaparon. Y yo no estoy chiflado. Por favor, deja por un instante de hablar como</p><p>un m�dico y perm�teme pensar. -Mir� de soslayo hacia arriba; Tonatiuh ya estaba desliz�ndose hacia abajo</p><p>en el cielo-. Nos encontramos de nuevo al norte de Compostela, as� que no podemos estar demasiado lejos</p><p>del lugar donde nos tendieron la emboscada. �Habr� mantenido Nocheztli reunidos a los guerreros por</p><p>estos parajes, o por el contrario los habr� conducido al sur de la ciudad, como pensamos en un principio?</p><p>�O quiz� se haya puesto en camino hacia Aztl�n? �Qu� habr� hecho, sin saber a ciencia cierta qu� ha sido</p><p>de mi? -El ticitl, muy considerado ahora, se abstuvo de hacer comentarios-. Simplemente no podemos</p><p>ponernos a vagar por ah� en su busca -continu� diciendo-. As� que tendr� que ser Nocheztli quien nos</p><p>encuentre a nosotros. No se me ocurre nada m�s que hacerle alguna clase de se�al y confiar en que el o le</p><p>atraiga hasta aqu�.</p><p>Pero el ticitl Ualiztli era incapaz de mantenerse cal ado mucho tiempo.</p><p>-Y   tambi�n   habr�   que   confiar   en   que   no   atraiga   a   las   patrul as   espa�olas,   que   estoy   seguro   de   que</p><p>empezar�n a buscarnos de un momento a otro.</p><p>-Ser�a la �ltima cosa que el os se esperar�an -le asegur�-. Que deliberadamente atraj�semos la atenci�n</p><p>hacia nuestro escondite. Pero si nuestros propios hombres est�n por aqu� cerca, deben de estar ansiosos</p><p>por tener alguna noticia de su l�der. Cualquier cosa fuera de lo corriente deber�a de atraer al menos a un</p><p>explorador. Una gran hoguera lo har�a. Gracias a Coatlicue, la diosa de la tierra, hay muchos pinos entre</p><p>estos �rboles y el suelo est� cubierto de una gruesa capa de agujas secas.</p><p>-Ahora invoca al dios Tl�loc para que encienda las agujas con uno de sus rel�mpagos -dijo con tristeza</p><p>Ualiztli-. Porque no veo que por aqu� resplandezca ninguna ascua que podamos utilizar. Yo ten�a l�quidos</p><p>combustibles   en   mi   bolsa   de   m�dico   que   pod�an   encenderse   con   facilidad,   pero   los   espa�oles   me   la</p><p>quitaron. Tardaremos toda la noche en encontrar, dar forma y poder utilizar un taladro y la madera donde</p><p>frotarlo.</p><p>-No hay necesidad de eso ni de Tl�loc -le asegur�-. Tonatiuh nos ayudar  antes de ponerse. -Me palp� el</p><p>interior de la armadura acolchada que todav�a l evaba puesta-. A m� tambi�n me quitaron las armas, pero a</p><p>los espa�oles evidentemente esto no les pareci� nada digno de confiscar.</p><p>Saqu� la lente, el cristal que hac�a ya tanto tiempo me diera Alonso de Molina.</p><p>-A mi tampoco me parece que merezca la pena -dijo Ualiztli-. �Para qu� sirve un pedacito de cuarzo?</p><p>-Observa -me limit� a decir.</p><p>Me levant� y avanc� hasta un rayo de sol errante que bajaba entre los �rboles hasta la hojarasca de agujas</p><p>marrones   que   hab�a   en   el  suelo.   Los   ojos   de   Ualiztli   se   abrieron   mucho   cuando,   al  cabo   de   s�lo   un</p><p>momento, un hilo de humo surgi� de al �, y poco despu�s el parpadeo de una l ama. Al cabo de un momento</p><p>tuve que saltar hacia atr�s para alejarme de lo que se estaba convirtiendo en una respetable l amarada.</p><p>-�C�mo has hecho eso? -me pregunt� el ticitl, maravil ado-. �De d�nde has sacado ese objeto de brujer�a?</p><p>-Un regalo de un padre a un hijo -le contest� sonriendo ante el recuerdo-. Bendecido con la ayuda de</p><p>Tonatiuh y de un padre que est� en Tonatiucan. Creo que puedo hacer cualquier cosa. Menos cantar,</p><p>supongo.</p><p>-�Qu�?</p><p>-El guardia de mi celda en el palacio menospreci� la voz que tengo para cantar.</p><p>Ualiztli volvi� a dirigirme aquel a mirada de sondeo propia de un m�dico.</p><p>-�Est�s seguro, mi se�or, de que no sigues afectado por aquel golpe que recibiste en la cabeza?</p><p>Me ech� a re�r y me di la vuelta para admirar el fuego. No se hac�a excesivamente visible a medida que se</p><p>extend�a por las agujas del suelo, pero ya empezaba a prender las agujas verdes l enas de resina de los</p><p>pinos de encima, lo que produc�a un penacho de humo que se iba elevando r�pidamente al tiempo que se</p><p>hac�a cada vez m�s denso y m�s oscuro.</p><p>-Estoy seguro de que eso atraer  a alguien -afirm� con satisfacci�n.</p><p>-Sugiero que retrocedamos entre los arbustos por donde hemos venido -dijo el t�citl-. Quiz� as� podamos</p><p>distinguir qui�n viene y estar prevenidos. Y adem�s quienquiera que sea as� no encontrar� a un par de</p><p>cad�veres asados.</p><p>As� lo hicimos; nos agazapamos por al � y nos quedamos contemplando el fuego que devoraba la arboleda</p><p>y  lanzaba  hacia   arriba   un  humo que  rivalizaba   con  el  que   siempre   se  ve   por  encima   del  gran   volc�n</p><p>Popocat�pet�, a las afueras de Tenochtitlan. Pas� el tiempo, y el sol poniente ti�� la elevada nube de humo</p><p>de un color dorado rojizo, una se�al a�n m�s l amativa en contraste con el cielo, cada vez de un azul m�s</p><p>profundo. Pas� bastante m�s tiempo antes de que finalmente oy�ramos un crujido en los arbustos en alg�n</p><p>lugar a nuestro alrededor. No est�bamos hablando, pero cuando Ualiztli me dirigi� una mirada inquisitiva,</p><p>me l ev� el dedo a los labios en se�al de precauci�n y luego me levant� lentamente para mirar por encima</p><p>de los arbustos.</p><p>Bueno, no eran espa�oles, pero casi hubiera deseado que lo fueran. Los hombres que rodeaban nuestro</p><p>escondite iban ataviados con  armaduras aztecas, y  entre el os  sobresal�a  Tapachini,  el  cabal ero  de la</p><p>Flecha; eran los guerreros de Yeyac. Uno de el os, que ten�a la vista condenadamente aguda, me vio antes</p><p>de que pudiera volver a agacharme y lanz� el grito de la lechuza. El c�rculo de hombres se cerr� en torno a</p><p>nosotros y Ualiztli y yo nos pusimos en pie con resignaci�n. Los guerreros se detuvieron a cierta distancia,</p><p>pero nos rodearon por completo, de manera que �ramos el centro y el blanco de todas sus flechas y</p><p>jabalinas.</p><p>Ahora fue el mismo Yeyac en persona quien se abri� paso entre los guerreros que formaban el c�rculo y se</p><p>acerc� hasta nosotros. No estaba solo; G�nda Ke lo acompa�aba; ambos sonre�an con aire triunfante.</p><p>-Vaya, primo, volvemos a encontrarnos cara a cara -me dijo Yeyac-. Pero �sta ser� la �ltima vez. Puede que</p><p>Coronado se haya mostrado reacio a dar la alarma ante tu huida, pero no le ha sucedido lo mismo a la</p><p>buena de G�nda Ke. Vino corriendo a avisarme. Luego mis hombres y yo no tuvimos m�s que ponernos a</p><p>vigilar y esperar. Y ahora, primo, permite que te escoltemos bien lejos de aqu� antes de que vengan los</p><p>espa�oles. Quiero intimidad y tranquilidad para matarte lentamente.</p><p>Hizo  se�as a los guerreros para que cerrasen m�s el c�rculo  en torno a nosotros. Pero antes de que</p><p>pudieran hacerlo, uno de el os, el �nico guerrero que l evaba un arcabuz, sali� del c�rculo y se adelant�.</p><p>-Ya te mat� una vez antes, Yeyac -le dijo de De Puntil as-, cuando amenazaste a mi Tenamaxtli. Como</p><p>acabas de decir, �sta ser  la �ltima vez.</p><p>Los guerreros a ambos lados de el a se echaron hacia atr�s cuando retumb� el palo de trueno. La bola de</p><p>plomo alcanz� a Yeyac en la sien izquierda y, durante un instante, la cabeza se le desdibuj� en medio de</p><p>una rociada de sangre roja y sustancia cerebral de un color gris ros�ceo. Luego cay� hacia adelante, y</p><p>resultaba evidente que ning�n t�citl ser�a capaz de volver a resucitarlo nunca m�s.</p><p>Ahora todos los presentes nos quedamos helados, at�nitos, por espacio de varios segundos. Obviamente</p><p>Pak�peti, metida en aquel a abultada armadura acolchada que l evaba, a pesar del considerable vientre que</p><p>ya ten�a, hab�a sido capaz durante todo aquel tiempo de hacerse pasar por un hombre en medio de la</p><p>compa��a, y tambi�n de mantener el arcabuz oculto en alg�n lugar hasta que hiciera falta de verdad.</p><p>Tuvo   el   tiempo   justo   de   dirigirme   una   breve   sonrisa,   triste   y   cari�osa.   Luego   se   oy�   un   bramido   de</p><p>indignaci�n procedente de los hombres de Yeyac, y aquel os que estaban m�s cerca de De Puntil as se</p><p>precipitaron hacia el a; el primero que lo hizo le lanz� un poderoso tajo desde arriba con la espada de</p><p>obsidiana. Hendi� la armadura de De Puntil as, la piel y el cuerpo desde el estern�n hasta la ingle. Antes de</p><p>caer al suelo, a de De Puntil as le sali� de sus entra�as un gran chorro de sangre, todos los �rganos que al �</p><p>se albergan, las tripas... y algo m�s. Los hombres que la rodeaban se apartaron de el a y se echaron hacia</p><p>atr�s mientras miraban despavoridos y lanzaban, lo bastante fuerte como para que se oyeran por encima</p><p>del   ruido   de   los   dem�s   gritos   de   enojo,   las   exclamaciones   "Tequani!"   y   "  Tzipitl",   que   significan</p><p>"monstruosidad", "deformidad" y "putridez".</p><p>En medio de todo aquel tumulto, ninguno de nosotros le hab�a prestado demasiada atenci�n al crujir de la</p><p>maleza que nos rodeaba, pero ahora o�mos un grito de guerra salvaje y coordinado que combinaba chil idos</p><p>de �guila, gru�idos de jaguar, gritos de lechuza y ululatos de loro. Apartando los matorrales salieron de</p><p>pronto a la luz innumerables hombres de mi propio ej�rcito que se arrojaron sobre los guerreros de Yeyac</p><p>sin dejar de cortar y empujar con las maqu�huime, las lanzas y las jabalinas. Antes de unirme yo mismo a la</p><p>refriega, hice un gesto hacia lo que quedaba de Pak�peti y le orden� a Ualiztli:</p><p>-�Oc�pate de el a, ticitl!</p><p>Fue una batal a librada por formas de perfil, no por figuras redondas, s�lo la negra silueta de los guerreros</p><p>contra la s�bana de fuego que segu�a consumiendo los �rboles. As� que pronto todos los hombres dejaron</p><p>caer   las   armas   m�s   pesadas,   no   fuera   a   ser   que   apu�alasen   o   produjeran   heridas   a   sus   propios</p><p>camaradas. Entonces recurrieron a los cuchil os -la mayor�a de el os de obsidiana, aunque unos cuantos,</p><p>como el m�o, de acero- y se pusieron a pelear cuerpo a cuerpo, a veces revolc�ndose en el suelo con los</p><p>oponentes. Yo personalmente le di muerte al cabal ero Tapachini. Y la batal a no dur� demasiado, porque</p><p>mis hombres superaban en mucho a los de Yeyac. Cuando cay� el �ltimo de �stos tambi�n la gran hoguera</p><p>empez�  a  apagarse  como  si aquel acompa�amiento ya  no fuese necesario. Y todos nos encontramos</p><p>sumidos en la semioscuridad de la primera hora de la noche.</p><p>Sin duda por lo que era algo m�s que una coincidencia, me encontr� de pie junto a la p�rfida G�nda Ke,</p><p>que segu�a viva y de una pieza; era evidente que se hab�a salvado de la carnicer�a s�lo porque vest�a ropas</p><p>de mujer.</p><p>-Tendr�a que haberlo sabido -coment� jadeante-. Incluso en las m�s feroces batal as t� te las arreglas</p><p>siempre para permanecer ilesa. Y me alegro por el o. Como acaba de decir tu amigo Yeyac, as� tendr� la</p><p>intimidad y el tiempo suficientes para matarte lentamente.</p><p>-�Qu� cosas dices! -exclam� con una compostura que hac�a perder la cordura-. G�nda Ke atrajo a Yeyac y</p><p>a sus hombres a esta trampa, �y es as� como se lo agradeces?</p><p>-�Perra mentirosa! -gru��; y luego, dirigi�ndome a dos guerreros que se encontraban cerca, les orden�-:</p><p>Llevaos a esta hembra, sujetadla fuerte entre los dos y traedla con nosotros cuando nos marchemos de</p><p>aqu�. Si desaparece, vosotros dos tambi�n desaparecer�is, y en pedacitos.</p><p>Al momento siguiente, me estaba abrazando con fuerza el cuachic Nocheztli mientras exclamaba:</p><p>-�Ya sab�a yo que los hombres blancos no podr�an mantener cautivo por mucho tiempo a un guerrero tan</p><p>valiente como mi se�or Tenamaxtzin!</p><p>-Y t� has demostrado ser un sustituto m�s que capaz mientras tanto -le dije-. Desde esta noche eres mi</p><p>segundo en el mando, y me encargar� de que nuestra Orden de los Cabal eros del �guila te otorgue su</p><p>galard�n. Tienes mi felicitaci�n, mi gratitud y mi estima, cabal ero Nocheztli.</p><p>-Eres muy generoso, mi se�or, y me siento muy honrado. Pero ahora... apresur�monos a alejarnos de este</p><p>lugar. Aunque los espa�oles no est�n ya en camino, sus tubos de trueno podr�an lanzar proyectiles hasta</p><p>aqu�.</p><p>-Si. Cuando nuestros hombres hayan recuperado sus armas, re�nelos e inicia la retirada hacia el norte. Os</p><p>dar� alcance en cuanto haya atendido un asunto que tengo pendiente.</p><p>Busqu� entre el hormiguero de hombres hasta que encontr� a Ualiztli y le pregunt�:</p><p>-�Que ha sido de Pak�peti, esa querida y valiente muchacha? Nos ha salvado la vida a los dos, ticitl. �Has</p><p>podido hacer algo por el a al final?</p><p>-Nada. Ya estaba muerta y en paz antes de l egar a tocar el suelo.</p><p>-Pero lo otro... lo que quiera que fuera que caus� tanto horror a sus atacantes... �qu� era.?</p><p>-Cal a, mi se�or. Y mejor no hagas preguntas. Seguro que no desear�as saberlo. Ojal� tampoco lo supiera</p><p>yo.   -Hizo   un   gesto   indicando   el   lugar   donde   hab�an   estado   los   �rboles,   ahora   convertidos   en   postes</p><p>chamuscados en medio de un lecho de rescoldos-. Lo he dejado todo en manos de Ch�ntico, la bondadosa</p><p>diosa de las cenizas. El fuego purifica la tierra incluso de las cosas que no son terrenales.</p><p>En el lugar donde los espa�oles nos tendieran la emboscada, Nocheztli hab�a recuperado, adem�s de los</p><p>numerosos arcabuces, el cabal o de Comitl, el guerrero muerto. As� que �l y yo �bamos ambos montados</p><p>mientras gui�bamos a nuestros hombres en medio de la noche... aunque pronto dese� fervientemente que</p><p>hubiese una sil a entre el cabal o y yo.</p><p>Otra vez alab� al nuevo cabal ero por haber mostrado tanta iniciativa durante mi ausencia, pero ahora</p><p>a�ad�:</p><p>-Para   hacer   alg�n   uso   de  esas  armas  que   has  adquirido   para   nosotros,   debemos  preparar  la   p�lvora</p><p>necesaria y encontrar como sea alguna fuente de donde obtener plomo.</p><p>-Bien, mi se�or -me respondi� en un tono casi de disculpa-. En cuanto a la primera necesidad, yo no s�</p><p>nada   sobre   c�mo   fabricar   la   p�lvora.   Sin   embargo,   y   a   falta   de   �rdenes   en   sentido   contrario,   decid�,</p><p>mientras esperaba noticias tuyas, utilizar el tiempo de un modo provechoso. De modo que el plomo s� que</p><p>lo tenemos, y una buena provisi�n.</p><p>-Me asombras, cabal ero Nocheztli. �C�mo es posible que ideases eso?</p><p>-Uno de nuestros m�s ancianos guerreros mexicas me dijo que era hijo de un platero, por lo que sab�a que</p><p>el plomo a veces se encuentra en las mismas minas de donde se obtiene la m�s preciosa plata; adem�s, el</p><p>plomo tambi�n se utiliza en el proceso por el cual se refina esa plata.</p><p>-�Por Huitzli! �De verdad que hab�is ido a las minas y donde se trabaja la plata?</p><p>-Recuerda, mi se�or, que ya estuve en una ocasi�n como quimichi tuyo entre los hombres blancos. As� que</p><p>algunos de nuestros soldados y yo  nos quitamos la ropa hasta quedar en taparrabos y sandalias, nos</p><p>ensuciamos la cara y el cuerpo y, de uno en uno nos escabul imos por entre los guardias de las minas y nos</p><p>mezclamos con los esclavos que trabajan al �. No result� demasiado dif�cil. Los guardias jam�s se hubieran</p><p>esperado que alguien quisiera colarse voluntariamente entre los esclavos. Salir de al � fue bastante m�s</p><p>dif�cil,   sobre  todo   debido  a  lo  pesado  que  es  el  plomo.  Pero  gracias a  mi  experiencia   como  quimichi,</p><p>tambi�n lo logramos. Por lo menos dos veintenas de los hombres que caminan detr�s de nosotros l evan un</p><p>lingote de plomo cada uno en la bolsa de provisiones. Y ese mex�catl que es hijo de un platero dice que</p><p>puede fundir f�cilmente el metal y ponerlo en moldes sencil os de madera y arena h�meda para hacer las</p><p>bolas.</p><p>-�Yyo ouiyo ayyo! -exclam� encantado-. Estamos mucho m�s cerca de ser iguales en armamento a los</p><p>hombres blancos de lo que yo hubiera podido esperar. El hacer la p�lvora ser� un problema mucho menor</p><p>que el que t� ya has resuelto. Escucha, ahora memoriza esto y comp�rtelo con los oficiales en quienes</p><p>tengas confianza por si algo nos ocurriera a ti y a mi. Eso que los espa�oles l aman p�lvora, nuestros</p><p>mayores pensaron que eran truenos y rel�mpagos capturados y encerrados, de manera que el que los l eva</p><p>puede   soltarlos   cuando   le   conviene.  Y  los   espa�oles   siguen   sin   desear   que   ninguno   de   nuestra   raza</p><p>conozca el secreto de su fabricaci�n. Me cost� mucho tiempo y cansancio descubrirlo, pero ese proceso es</p><p>verdaderamente simple.</p><p>Continu�   explic�ndole   lo   de   las   tres   sustancias,   la   forma   en   que   hab�an   de   molerse   muy   finas   y   las</p><p>proporciones en que hab�an de mezclarse.</p><p>Luego,   cuando   juzgu�   que   est�bamos   lo   bastante   alejados   de   Compostela   como   para   detenernos   a</p><p>descansar durante la noche, me met� entre los hombres y escog� dos veintenas de aquel os que eran</p><p>musculosos y ten�an las piernas largas.</p><p>-Ma�ana, cuando hay�is dormido y descansado, preparaos para dejarnos y viajar con gran rapidez -les</p><p>dije-. Entregad vuestras armas y armaduras a vuestros camaradas y coged s�lo los mantos.</p><p>A los veinte primeros les orden� que viajasen hacia el volc�n Tzeb�ruko, que pocos de nosotros hab�amos</p><p>visto alguna vez pero que conoc�amos por su reputaci�n, ya que entraba en erupci�n con mucha frecuencia</p><p>y causaba gran  devastaci�n en  las  aldeas  que  lo  rodeaban. Yo  estaba seguro de que las laderas  del</p><p>Tzeb�ruko se encontraban cubiertas de una espesa costra de ese mineral l amado azufre. El volc�n est� en</p><p>la regi�n de Nauyar Ix�, en lo que ahora era Nueva Galicia, lo cual significaba que aquel os veinte hombres</p><p>tendr�an que atravesar territorios que se encontraban en poder de los espa�oles.</p><p>-De manera que os sugiero que vay�is directamente hacia el oeste, hacia la costa del mar Occidental, y al �</p><p>les orden�is a los barqueros que os l even hacia el sur, en direcci�n al volc�n, y que luego, una vez que</p><p>teng�is los mantos cargados de esa sustancia amaril a, vuelvan a transportaros hacia el norte. No creo</p><p>probable que encontr�is ninguna patrul a enemiga por mar.</p><p>Y a los otros veinte les dije:</p><p>-Vosotros  os  dirigir�is   directamente   a  Aztl�n.   Puesto   que   nuestros  pescadores  est�n   acostumbrados  a</p><p>fabricar sal para conservar parte de la captura, seguro que conocen esa clase de sal amarga que se l ama</p><p>"de primera cosecha". Ten�is que l enar vuestros mantos con eso.</p><p>Y dirigi�ndome a todos aquel os hombres, a�ad�:</p><p>-Os reunir�is otra vez con el ej�rcito en Chicom�ztotl, ya lo conoc�is, "el lugar de las siete cavernas",</p><p>situado en las monta�as que hay al oeste de Aztl�n, en la tierra donde vive la tribu chichimeca de los</p><p>huicholes. El ej�rcito estar� al � esper�ndoos. Os insto encarecidamente a que l egu�is al � con vuestra</p><p>carga lo m�s pronto que pod�is.</p><p>-Ya lo has o�do -me dirig� a Nocheztli-. Ahora da a todos nuestros guerreros permiso para dormir, pero que</p><p>para el o se dispersen ampliamente entre los �rboles, y coloca centinelas que permanezcan de guardia por</p><p>turnos. Ma�ana t� guiar�s al ej�rcito en su marcha hacia Chicom�ztotl, porque yo tengo que ir a otros</p><p>lugares. Mientras esperas al � mi regreso, pon a los hombres a trabajar en la forja de bolas de plomo y en la</p><p>quema de carb�n vegetal. Esas monta�as est�n muy pobladas de bosques. Cuando los portadores os</p><p>l even el azufre y el salitre, empezad a fabricar las provisiones de p�lvora que pod�is. Luego permite que</p><p>los   guerreros   que   ya   est�n   familiarizados   con   el   arcabuz   empiecen   a   entrenar   a   todos   aquel os   que</p><p>demuestren alguna aptitud en su uso. Mientras tanto env�a emisarios a los huicholes y a todos los dem�s</p><p>pueblos chichimecas, incluso a los m�s alejados, para que recluten, con la promesa de que habr� muchas</p><p>matanzas y un gran bot�n, hombres que se unan a nuestro ej�rcito en la insurrecci�n. Llevar a cabo esos</p><p>preparativos os tendr� muy ocupados hasta que yo vuelva, y espero traer muchos m�s guerreros conmigo.</p><p>Ahora mismo, Nocheztli, ordena que los dos hombres que guardan a esa bruja, G�nda Ke, la traigan aqu�.</p><p>Y no hace falta que lo hagan con ternura.</p><p>Y no lo hicieron. Tiraron de el a con brusquedad hasta ponerla ante m� y continuaron sujet�ndola con fuerza</p><p>por la parte superior de los brazos, incluso cuando el a se dirigi� a m� con una petici�n inmodesta que</p><p>evidentemente iba dirigida a escandalizar a los hombres m�s curtidos y mundanos.</p><p>-Si est�s a punto de ofrecer a G�nda Ke que elija el modo de morir, Tenamaxtli, a el a le gustar�a que la</p><p>violasen hasta que muriera. Esos dos hombres robustos y t� emplead los tres orificios para tal prop�sito.</p><p>Pero nada de lo que el a pudiera decir o hacer me habr�a sorprendido lo m�s m�nimo. S�lo dije con dureza:</p><p>-Tengo otro uso para ti antes de rel enarte los tres orificios de hormigas de fuego y escorpiones. Es decir,</p><p>seguir�s viva exactamente el tiempo que obedezcas mis �rdenes. Ma�ana t� y yo saldremos hacia tu pa�s,</p><p>el pa�s yaqui.</p><p>-Ah, hace mucho tiempo que G�nda Ke visit� por �ltima vez su tierra natal.</p><p>-Es bien sabido que los yaquis detestan a los forasteros a�n m�s de lo que se detestan unos a otros, y que</p><p>lo demuestran arranc�ndole la cabel era a cualquier forastero imprudente antes de hacerle otras cosas</p><p>peores. Conf�o en que tu presencia impedir� semejante desgracia, pero l evaremos con nosotros al t�citl</p><p>Ualiztli por si fueran necesarios sus cuidados. Estos dos hombres robustos tambi�n te acompa�ar�n, para</p><p>vigilarte; y, aparte de eso, lo que hagan contigo por el camino me tiene sin cuidado.</p><p><strong>23</strong></p><p>La distancia desde nuestro punto de partida hasta las tierras de los yaquis es tres veces la distancia entre</p><p>Aztl�n y la Ciudad de M�xico, as� que mi ida al � y mi regreso constituyeron el viaje m�s largo que realic� en</p><p>toda mi vida.</p><p>Dej� que G�nda Ke nos guiase, porque el a hab�a recorrido ese camino por lo menos una vez antes. Por lo</p><p>que   yo   sab�a,   generaciones   de   G�nda   Kes   hab�an   hecho   aquel   viaje   tanto   de   ida   como   de   vuelta</p><p>innumerables veces durante los haces y haces de a�os transcurridos desde que aquel a infame primera</p><p>G�nda Ke se estableciera entre mis ancestros en Aztl�n. La memoria colectiva de aquel as G�nda Kes de</p><p>toda la parte occidental del Unico Mundo bien hubiera podido ser inscrita en el cerebro de la actual G�nda</p><p>Ke al nacer tan l anamente como un mapa de palabras e im�genes. Parec�a que estuviera ansiosa por ver</p><p>de nuevo su tierra, porque desde luego no intent�, como cualquiera hubiera esperado, hacer el viaje todo lo</p><p>fatigoso, inc�modo, peligroso o interminable que pudiera. Excepto cuando nos indic� que rode�semos un</p><p>foso de alquitr�n que ten�amos delante, arenas movedizas o alg�n otro obst�culo, yo sab�a por el sol que</p><p>el a manten�a un rumbo hacia el norte tan directo como era posible a trav�s de los val es que hab�a en las</p><p>cordil eras de monta�as costeras. La distancia habr�a sido menor si hubi�ramos seguido la l�nea costera al</p><p>oeste de las monta�as o la l ana Tierra de los Huesos Muertos, que se encontraban al este de las mismas</p><p>monta�as.., pero cualquiera de esos dos caminos nos habr�a l evado m�s tiempo y nos habr�a resultado</p><p>mucho   m�s   arduo,   pues   nos   habr�amos   abrasado   en   las   marismas   que   hab�a   al   lado   del   mar   o   nos</p><p>habr�amos quedado secos en las despiadadas y calientes arenas del desierto.</p><p>No obstante, e incluso sin que G�nda Ke intentase a�adir dificultades por su cuenta, el viaje fue riguroso y</p><p>harto cansado. Desde luego subir por una empinada ladera de monta�a tensa los m�sculos del cuerpo y</p><p>hace que entren calambres, se tiene la sensaci�n de que todos el os se tensen. Cuando se l ega a la cima</p><p>uno  deja  escapar  un  sincero  suspiro   de  alivio.   Pero  luego,  al  bajar por  la  pendiente   del otro  lado,  se</p><p>descubre   que   el   cuerpo   tiene   otros   muchos,   innumerables,   m�sculos   por   tensar.   G�nda   Ke,   los   dos</p><p>guerreros -cuyos nombres eran Mach�huiz y Acocotli- y yo soport�bamos aquel as penalidades bastante</p><p>bien, pero con frecuencia ten�amos que detenernos y dejar que el ticitl Ualiztli recuperase el aliento y las</p><p>fuerzas. Ninguna de aquel as monta�as es lo bastante alta para tener una corona de nieves perpetuas,</p><p>como el Popocat�petl, pero muchas de el as se elevan hasta las regiones heladas del cielo donde reina</p><p>Tl�loc, y tambi�n muchas fueron las noches que los cinco pasamos tiritando sin poder dormir, a pesar de</p><p>estar envueltos en nuestros gruesos mantos t�amaitin.</p><p>Con mucha frecuencia, de noche o�amos a un oso, a un jaguar, a un cuguar o a un oc�lotl olisquear con</p><p>curiosidad   nuestro   campamento,   pero   manten�an   siempre   la   distancia,   porque   los   animales   salvajes</p><p>aborrecen por naturaleza a los humanos, por lo menos a los vivos. Sin embargo de d�a hab�a abundancia</p><p>de caza: ciervos, conejos, el enmascarado mapache o el tlecuachi con el vientre abolsado. Y tambi�n hab�a</p><p>vegetales en abundancia: tub�rculos camotin, frutos ahu�catin y berros mexixin. Cuando Ualiztli encontr�</p><p>un poco de la hierba l amada camopalx�huitl, la mezcl� con la grasa de los animales que caz�bamos e hizo</p><p>un ung�ento para aliviarnos los m�sculos.</p><p>G�nda Ke le pidi� un poco de aquel a hierba para ponerse el jugo en los ojos, "porque los oscurece, les da</p><p>bril o y los embel ece". Pero el t�citl se neg� a d�rsela alegando el siguiente motivo:</p><p>-Cualquiera a quien se le administre un poco de esa hierba puede verse muerto pronto, y yo no me fiar�a</p><p>nada de ti, mi se�ora, si la tuvieras en tu poder.</p><p>Hab�a   muchas   aguas   en   aquel as   monta�as,   tanto   charcas  como   torrentes,   todas  el as  fr�as,   dulces  y</p><p>deliciosas. No �bamos equipados con redes para capturar los peces o las aves acu�ticas, pero los lagartos</p><p>ax�lotin   y   las   ranas   se   capturaban   con   facilidad.   Tambi�n   arranc�bamos   ra�z   amoli   y,   por   fr�as   que</p><p>estuvieran las aguas, nos ba��bamos casi cada d�a. En resumen, nunca carecimos de buena comida y</p><p>bebida ni del placer de estar limpios. Incluso puedo decir, ahora que ya no tengo que escalarlas, que</p><p>aquel as monta�as son sorprendentemente bonitas.</p><p>Durante la mayor parte de nuestro viaje fuimos acogidos de forma muy hospitalaria en las aldeas con las</p><p>que nos encontramos. Dormimos bajo techo, y las mujeres lugare�as nos cocinaban manjares que nosotros</p><p>desconoc�amos. En cada aldea, Ualiztli buscaba inmediatamente al t�citl y le rogaba que le proporcionase</p><p>diversos medicamentos e instrumentos de sus almacenes. Aunque Ualiztli murmuraba que la mayor�a de</p><p>los   t�ciltin   de   aquel as   regiones   apartadas   ten�an   unas   ideas   pat�ticamente   anticuadas   del   arte   de   la</p><p>medicina, pronto se vio de nuevo transportando un saco bien abastecido.</p><p>La persona a la que yo buscaba para entablar amistad en cada comunidad era su cacique, jefe, se�or o</p><p>como quiera que se hiciera l amar. Durante la mayor parte de nuestro viaje estuvimos atravesando las</p><p>tierras  de  varios   pueblos:  coras,  tepehuanos,  sobaipuris,   rar�muris,  que   se  mostraron   amistosos  hacia</p><p>nosotros, pues aquel as naciones y tribus hab�an tenido durante mucho tiempo tratos con comerciantes</p><p>aztecas   que   iban   de   viaje   y,   antes   de   la   ca�da   de   Tenochtitlan,   tambi�n   con   comerciantes   mexicas.</p><p>Hablaban   diferentes   lenguas,   y   algunas   de   las   palabras   y   expresiones   que   utilizaban   yo   las   hab�a</p><p>aprendido, como ya he dicho antes, de los exploradores que el os hab�an enviado para echar un vistazo a</p><p>los hombres blancos, aquel os exploradores que resid�an conmigo en el Mes�n de San Jos�, en la Ciudad</p><p>de M�xico. Pero G�nda Ke, a causa de sus muchos y extensos viajes, mostraba una fluidez que yo no ten�a</p><p>en todas aquel as lenguas. De modo que, a pesar de lo poco de f�ar que era para cualquier tarea de</p><p>responsabilidad, yo la utilizaba como int�rprete.</p><p>El mensaje que yo hac�a l egar a cada cacique era siempre el mismo: que estaba reuniendo un ej�rcito para</p><p>derrocar a los extranjeros blancos y que desear�a que me prestaran cuantos hombres fuertes, valientes y</p><p>agresivos pudieran. Resultaba evidente que G�nda Ke no traduc�a mal ni en tono despectivo mis palabras,</p><p>porque casi todos los caciques respondieron con af�n y generosidad a mi petici�n.</p><p>Aquel os   que   hab�an   enviado   exploradores   al   sur,   a   las   tierras   que   se   encontraban   en   poder   de   los</p><p>espa�oles, ya hab�an o�do informes muy realistas y de primera mano sobre la opresi�n brutal y los malos</p><p>tratos de que eran objeto aquel os miembros de nuestro pueblo que hab�an conseguido sobrevivir a la</p><p>conquista. Ten�an noticias de la esclavitud que exist�a en los obrajes, de las matanzas, de los azotes, de las</p><p>marcas hechas con hierro candente, de la humil aci�n de hombres y mujeres en otro tiempo orgul osos, de</p><p>la   imposici�n   de   una   religi�n   nueva,   incomprensible   y   cruel.   Naturalmente,   aquel os   informes   hab�an</p><p>circulado entre todas las otras tribus, comunidades y naciones cercanas, y a pesar de ser informes de</p><p>segunda mano hab�an encendido en cada hombre viril y capaz un ardoroso deseo de hacer algo para</p><p>vengarse. Y ahora se les presentaba la oportunidad.</p><p>Los caciques apenas tuvieron que pedir voluntarios. En cuanto transmit�an mis palabras a sus s�bditos, me</p><p>ve�a rodeado de hombres, algunos de el os a�n adolescentes, otros viejos y decr�pitos, que lanzaban con</p><p>entusiasmo gritos de guerra y agitaban al aire las armas de obsidiana o de hueso. Yo ten�a donde elegir, y a</p><p>los que escog� los envi� hacia el sur despu�s de darles indicaciones, tan precisas como me fue posible,</p><p>para que consiguieran encontrar Chicom�ztotl y reunirse  al � con Nocheztli.   Incluso  a aquel os que me</p><p>parecieron demasiado viejos o demasiado j�venes les asign� un importante encargo:</p><p>-Id y difundid mi mensaje por todas las otras comunidades, marchad lo m�s lejos que pod�is. Y a cada</p><p>hombre que se ofrezca, dadle las mismas indicaciones que yo acabo de daros.</p><p>Deber�a remarcar que yo no estaba reuniendo hombres que s�lo quisieran ser guerreros. Los que eleg�</p><p>estaban muy acostumbrados a la batal a, pues sus tribus luchaban a menudo con las tribus vecinas a causa</p><p>de los l�mites territoriales, de los terrenos de caza y a veces incluso para secuestrar a las mujeres de otras</p><p>tribus a fin de convertirlas en sus esposas. Sin embargo, ninguno de aquel os campesinos ten�a la menor</p><p>experiencia en la guerra masiva, nunca hab�an sido miembros de ning�n ej�rcito ni hab�an servido  en</p><p>contingentes organizados que actuasen en disciplinado concierto. Yo confiaba en que Nocheztli y los dem�s</p><p>cabal eros bajo mis �rdenes les ense�asen todo lo que les hac�a falta saber.</p><p>Supongo que era de esperar que, a medida que los cinco viajeros nos adentr�bamos m�s y m�s en el</p><p>noroeste, mi mensaje era recibido con m�s incredulidad que entusiasmo. Las comunidades de aquel os</p><p>apartados parajes del Unico Mundo eran m�s peque�as y estaban m�s aisladas unas de otras. Y al parecer</p><p>ten�an   poco   deseo   o   necesidad   de   relacionarse,   de   comerciar   o   incluso   de   comunicarse.   Los   pocos</p><p>contactos que se produc�an entre el as se daban cuando dos o m�s ten�an ocasi�n de pelearse entre el as,</p><p>igual que las comunidades que hab�amos visitado previamente, lo que casi siempre ocurr�a por motivos que</p><p>pueblos m�s civilizados hubieran considerado frusler�as.</p><p>Incluso las numerosas tribus del pa�s de los rar�muris, cuyo nombre significa Pueblo Corredor, rara vez</p><p>hab�an corrido lejos de sus aldeas nativas. La mayor parte de sus caciques hab�an o�do s�lo vagos rumores</p><p>sobre   los  extranjeros  procedentes  de  m�s  al �   del  mar  Oriental  que   hab�an   invadido   el  Unico   Mundo.</p><p>Algunos de aquel os caciques opinaban que, si aquel o hab�a ocurrido en realidad, era un desastre tan</p><p>lejano que a el os no les concern�a. Otros se negaban l anamente a creer tales rumores. Por fin, nuestro</p><p>peque�o grupo l eg� a unas regiones donde los rar�muris que en el as resid�an no hab�an o�do nada de</p><p>nada acerca de los hombres blancos, y muchos de el os se echaron a re�r de forma estrepitosa ante la idea</p><p>de que pudieran existir hordas enteras de personas cuya piel fuera uniformemente blanca.</p><p>A pesar de aquel as actitudes generalizadas de indiferencia, escepticismo o completa incredulidad, continu�</p><p>recogiendo   oleadas   de   nuevos   reclutas   para   mi   ej�rcito.   No   s�   si   atribuir   aquel o   a   mis   argumentos</p><p>persuasivos y animosos, a que los hombres estaban cansados de pelear con sus vecinos y deseaban</p><p>nuevos enemigos a los que vencer o simplemente a que quer�an viajar lejos de aquel as guaridas suyas tan</p><p>conocidas y en las que encontraban tan pocas emociones. El motivo no importaba; lo importante fue que</p><p>cogieron sus armas y se dirigieron al sur, hacia Chicom�ztotl.</p><p>Las tierras de los rar�muris eran las m�s septentrionales en las que se reconoc�an a los aztecas y a los</p><p>mexicas, aunque fuera remotamente, y las �ltimas en las que nosotros, los viajeros, pod�amos esperar que</p><p>nos recibieran con hospitalidad o siquiera con tolerancia. Tras bordear una magn�fica catarata y admirar su</p><p>grandiosidad al mismo tiempo, G�nda Ke dijo:</p><p>-La cascada se l ama Basa-s�achic. Marca el l�mite del pa�s de los rar�muris, y desde luego es el �ltimo</p><p>conf�n del cual los mexicas, en la c�spide de su poder, reclamaron el dominio. Cuando vayamos siguiendo</p><p>el borde del r�o que corre debajo de las cataratas, nos estaremos aventurando en las tierras de los yaquis, y</p><p>al � tenemos que ir con mucha cautela y vigilando siempre. A G�nda Ke no le importa mucho lo que os har�a</p><p>a vosotros cualquier grupo errante de cazadores yaquis. Pero no quiere que la maten a el a antes de tener</p><p>oportunidad de saludarlos en su propia lengua.</p><p>De   modo   que,   de   al �   en   adelante,   caminamos   casi   con   tanto   sigilo   como   cuando   Ualiztli   y   yo   nos</p><p>escapamos   de   Compostela   desliz�ndonos   entre   la   maleza.   Pero   toda   aquel a   cautela   result�   ser</p><p>innecesaria. Durante tres o cuatro d�as no nos encontramos con nadie, y transcurrido ese tiempo nuestro</p><p>rumbo nos hab�a l evado hasta el pie de las monta�as, cubiertas de espesos bosques, al interior de una</p><p>regi�n de colinas onduladas tapizadas de vegetaci�n baja. En una de aquel as colinas vimos por primera</p><p>vez a un grupo de yaquis, una partida de caza compuesta por seis hombres, y el os nos vieron al mismo</p><p>tiempo; G�nda Ke se dirigi� a el os mientras los saludaba con tales gritos que impidi� que cargasen contra</p><p>nosotros. Permanecieron donde estaban y la observaron con una mirada helada cuando se adelant� para</p><p>presentarse.</p><p>G�nda  Ke  segu�a   habl�ndoles con   seriedad  en  aquel a   fea  lengua  yaqui,   todo  gru�idos,  chasquidos y</p><p>murmul os, mientras los dem�s nos acerc�bamos despacio. Los cazadores no dijeron nada, y nos dirigieron</p><p>a los hombres la misma mirada helada que a G�nda Ke. Pero tampoco hicieron ning�n gesto amenazador,</p><p>as�   que   mientras   G�nda   Ke   segu�a   gimoteando,   aprovech�   la   oportunidad   para   contemplarlos</p><p>detenidamente.</p><p>Ten�an buenas facciones de halc�n y cuerpos dotados de fuertes m�sculos, pero estaban casi tan sucios</p><p>como nuestros sacerdotes y l evaban el cabel o igual de largo, grasiento y enmara�ado. Iban desnudos</p><p>hasta la cintura y, en un principio, cre� que vest�an faldas hechas con pel ejos de animales. Luego me di</p><p>cuenta de que las faldas eran de pelo que colgaba suelto alrededor de la cintura, pelo tan largo como el de</p><p>el os y mucho m�s de lo que le crece a cualquier animal. Eran cabel eras humanas, con el cuero cabel udo</p><p>seco todav�a sujeto y atadas alrededor de la cintura de los hombres con cuerdas a modo de cintur�n. Varios</p><p>de el os les hab�an a�adido a las faldas la caza que hab�an matado aquel d�a, siempre animales peque�os,</p><p>y los l evaban con los rabos remetidos en aquel os cinturones de cuero cabel udo. Podr�a mencionar aqu�</p><p>que en aquel as tierras abunda toda clase de caza y que los yaquis la comen. Pero a los hombres lo que</p><p>m�s les gusta es la carne del tlecuachi de vientre abolsado, porque tiene mucha manteca y creen que eso</p><p>les da resistencia en la caza o en las incursiones guerreras.</p><p>Sus armas eran primitivas, pero no por el o menos letales. Ten�an arcos y lanzas hechos de ca�a; las</p><p>flechas eran de junco r�gido y las lanzas parecidas a las que emplean algunos pueblos pescadores, con tres</p><p>dientes puntiagudos en el extremo. Las flechas y las lanzas terminaban en puntas de s�lex, se�al cierta de</p><p>que los yaquis nunca ten�an tratos con ninguna de las naciones del sur, de donde procede la obsidiana. No</p><p>ten�an espadas como nuestras maqu�huime, pero dos o tres de el os l evaban, colgadas de unas correas</p><p>alrededor de las mu�ecas, porras de madera quauxeloloni, que es tan dura y tan pesada como el hierro</p><p>espa�ol.</p><p>Uno de los seis hombres respondi� con un breve gru�ido a G�nda Ke; luego hizo un gesto con la cabeza</p><p>hacia atr�s, en la misma direcci�n por la que hab�an venido, y dieron media vuelta y se marcharon en esa</p><p>direcci�n.   Nosotros   cinco   los   seguimos,   aunque   me   pregunt�   si   G�nda   Ke   no   habr�a   incitado   a   sus</p><p>paisanos simplemente a que nos l evasen hasta un grupo mayor de cazadores, para as�, al superarnos</p><p>f�cilmente en fuerza, arrancarnos la cabel era y asesinarnos. Fuera as� o no, si �sa hab�a sido su intenci�n</p><p>no  hab�a logrado  convencerlos.  Nos condujeron  por entre  las  colinas  sin  volver   ni siquiera  una  vez la</p><p>cabeza para ver si �bamos con el os, y as� estuvimos durante el resto del d�a hasta que, al anochecer,</p><p>l egamos a su aldea. Estaba situada en la margen norte de un r�o  l amado Yaqui,  cosa que no es de</p><p>sorprender, y la aldea se l amaba, sin demostrar la menor imaginaci�n, Bakum, que significa meramente</p><p>"lugar con agua". Para m� no era m�s que una aldea, y adem�s bastante peque�a y excepcionalmente</p><p>miserable, pero G�nda Ke insist�a en l amarla ciudad.</p><p>-Bakum   es   una   de   las   Uonaiki   -nos   explic�-,   una   de   las   Ocho   Ciudades   Sagradas,   fundadas  por   los</p><p>venerados profetas que engendraron la raza de los yaquis en la Batna�atoka, es decir, en la �poca Antigua.</p><p>En cuesti�n de condiciones de vida y comodidades, Rakum parec�a haber hecho pocos progresos desde</p><p>aquel a   �poca  Antigua,   por   mucho   tiempo   que   hubiera   pasado   desde   entonces.   La   gente   moraba   en</p><p>caba�as con forma de b�veda hecha de ca�as abiertas que formaban esteras al estar entrelazadas en</p><p>forma de zigzag, y las esteras estaban colocadas sobrepuestas. Aquel a aldea, y todas las dem�s aldeas</p><p>yaquis que tuve ocasi�n de visitar, estaba cercada por una val a alta hecha de tal os de ca�a verticales y</p><p>sujetos mediante parras entrelazadas. Nunca antes en todo el Unico Mundo hab�a visto yo una comunidad</p><p>tan excluyente y poco sociable que se rodease a s� misma con una val a para separarse del mundo y de</p><p>todas las cosas del exterior. Ninguna de las caba�as era de vapor y, a pesar del nombre de la aldea, "lugar</p><p>con agua", se hac�a desagradablemente evidente que los aldeanos cog�an del r�o agua s�lo para beber,</p><p>nunca para ba�arse.</p><p>Las   abundantes   ca�as   y   juncos   del   r�o   se   empleaban   para   todos   los   fines   concebibles;   no   s�lo   los</p><p>empleaban   para   hacer  armas  y  para   fabricar   esteras  y  el  material  de  construcci�n   de  las  val as,   sino</p><p>tambi�n para casi todos los utensilios necesarios en la vida cotidiana. La gente dorm�a en jergones de</p><p>juncos   tejidos,   las   mujeres   utilizaban   para   cocinar   cuchil os   hechos   con   ca�as   abiertas,   los   hombres</p><p>l evaban tocados de ca�as y juncos y hac�an sonar silbatos de ca�a en sus danzas ceremoniales. S�lo vi</p><p>otras pocas muestras de artesan�a entre los yaquis: feos recipientes de arcil a marr�n, m�scaras de madera</p><p>tal adas y pintadas y mantas de algod�n tejidas en los telares.</p><p>La tierra de los alrededores de Bakum era tan f�rtil como la de cualquier lugar, pero los yaquis, o mejor</p><p>dicho las mujeres yaquis, s�lo practicaban una agricultura incipiente de ma�z, alubias, amaranto, calabac�n</p><p>y �nicamente el algod�n necesario para abastecerlos de mantas y para la ropa de las mujeres. Todas las</p><p>dem�s verduras que necesitaban se las proporcionaba la vegetaci�n silvestre: frutos de �rboles y cactus,</p><p>diversas ra�ces y semil as de hierbas, vainas del �rbol mizquitl. Como los yaquis prefer�an comerse la grasa</p><p>de los animales que cazaban en lugar de convertirla en aceite, usaban para cocinar un aceite que las</p><p>mujeres exprim�an laboriosamente de ciertas semil as. No sab�an nada de fabricar octli o ninguna bebida</p><p>semejante; no cultivaban pie�etl para fumar; su �nica bebida embriagadora era el brote de cactus l amado</p><p>peyotl. No plantaban ni recolectaban ninguna hierba medicinal, ni siquiera recolectaban miel de abejas</p><p>silvestres como b�lsamo. Pronto Ualiztli observ� con desagrado:</p><p>-Los   t�ciltin   yaquis,   tal   como   son,   conf�an   en   espantosas   m�scaras,   c�nticos,   carracas   de   madera   e</p><p>im�genes dibujadas en bandejas de arena para cualquier tipo de indisposici�n. Excepto para las quejas de</p><p>las mujeres, y la mayor�a de el as son s�lo quejas, no aut�nticas enfermedades, los t�ciltin tienen pocas</p><p>curas efectivas. Estas personas, Tenamaxtzin, son verdaderos salvajes.</p><p>Me mostr� de acuerdo por completo. El �nico aspecto de los yaquis que una persona civilizada pod�a</p><p>encontrar digno de aprobaci�n era la ferocidad de sus guerreros, que era, al fin y al cabo, exactamente lo</p><p>que yo iba buscando.</p><p>Cuando, a su debido tiempo y con la traducci�n de G�nda Ke, se me permiti� conversar con los yo�otu� de</p><p>Bakum, sus cinco ancianos, pues en ninguna comunidad hab�a un �nico jefe, descubr� que la palabra yaqui</p><p>es en realidad un nombre colectivo para tres ramas diferentes de un mismo pueblo. Son los �patas, los</p><p>mayos y los kah�tas, cada uno de los cuales habita una, dos o tres de las Ocho Ciudades Sagradas y el</p><p>campo   de   los   alrededores   y   permanece   estrictamente   segregado   de   los   otros   dos.   Bakum   era   mayo.</p><p>Descubr� tambi�n que yo estaba mal informado acerca de que los yaquis se detestan y se matan entre s�.</p><p>Por lo menos no era as� del todo. Ning�n hombre de los �patas matar�a a otro de su mismo pueblo a menos</p><p>que tuviera una buena raz�n para hacerlo. Pero ciertamente matar�a a cualquiera de sus vecinos mayos o</p><p>kah�tas que le infligiera la menor ofensa.</p><p>Y aprend� que las tres ramas de los yaquis estaban estrechamente relacionadas con los to�ono o�otam o</p><p>Pueblo del Desierto, de quienes yo hab�a o�do hablar por primera vez a Esteban, aquel esclavo que hab�a</p><p>viajado tanto. Los to�ono o�otam viv�an muy lejos, al norte de las tierras de los yaquis.</p><p>Para hacer con el os una buena matanza se requer�a una marcha muy larga y un ataque organizado. As�,</p><p>aproximadamente   una   vez   al   a�o,   todos   los   yaquis   yoem�sont   om   dejaban   a   un   lado   sus   mutuas</p><p>enemistades y se juntaban con camarader�a para realizar esa marcha contra sus primos del Pueblo del</p><p>Desierto.   Y   �stos   acog�an   casi   con   regocijo   las   incursiones,   pues   les   daban   una   buena   excusa   para</p><p>masacrar a algunos de sus primos �patas, mayos y kah�tas.</p><p>Sobre una cosa, sin embargo, no se me hab�a informado mal, y �sa era la abominable actitud de los yaquis</p><p>hacia sus mujeres. Yo siempre me hab�a referido a G�nda Ke simplemente como yaqui, y no fue hasta que</p><p>l egamos a Bakum cuando me enter� de que pertenec�a a la rama de los mayos. Yo hubiera cre�do que era</p><p>su buena fortuna la que hab�a hecho que la partida de caza que nos hab�amos encontrado, y que la hab�a</p><p>l evado a su comunidad, fuera de esa rama. Pero no. Pronto comprend� que las mujeres yaquis no se</p><p>consideran ni mayos, ni kah�tas, ni �patas ni ninguna otra cosa m�s que mujeres, la forma m�s baja de</p><p>vida. Cuando entramos en Bakum, a G�nda Ke no la abrazaron como a una hermana largo tiempo perdida</p><p>que   regresaba   por   fin   al   seno   de   su   pueblo.   Todos   los   aldeanos,   incluidos   las   mujeres   y   los   ni�os,</p><p>contemplaron   su   l egada   con   la   misma   frialdad   glacial   con   que   lo   hab�an   hecho   los   cazadores,   y   tan</p><p>glacialmente como nos contemplaron a nosotros, hombres forasteros.</p><p>La misma primera noche, a  G�nda Ke la  pusieron a trabajar con las dem�s mujeres para  preparar la</p><p>comida de aquel a noche: carne de tlecuachi grasosa, tartas de ma�z, saltamontes asados, jud�as y unas</p><p>ra�ces inidentificables. Luego las mujeres, incluida G�nda Ke, sirvieron la comida a los hombres y ni�os de</p><p>la aldea. Cuando todos hubieron comido hasta saciarse, y antes de marearse a mascar peyotl, indicaron sin</p><p>ceremonia alguna que Ualiztli, Mach�huiz, Acocotli y yo pod�amos rebanar las sobras. Y hasta que nosotros</p><p>cuatro no nos hubimos comido la mayor parte de lo que qued�, no se atrevieron las mujeres, incluida</p><p>G�nda Ke, a acercarse y a picotear entre los huesos y las migajas.</p><p>Los hombres de cualquier raza yaqui, cuando no se estaban peleando con un primo o con otro, se pasaban</p><p>el d�a cazando, excepto en la aldea de los kah�tas l amada Be�ene, en la costa del mar Occidental, donde</p><p>m�s tarde vi a hombres pescar l�nguidamente con sus lanzas de tres dientes y escarbar con pereza en</p><p>busca de crust�ceos. Aqu� y al � las mujeres hac�an todo el trabajo y viv�an s�lo de las sobras, incluyendo</p><p>las pocas sobras de... no puedo decir "afecto"... las pocas sobras de tolerancia con las cuales pod�an quiz�</p><p>l egar a casa sus hombres despu�s de un duro d�a en el campo.</p><p>Si un hombre volv�a a casa de buen humor, a lo mejor saludase a su mujer con un gru�ido al pasar en lugar</p><p>de darle un sopapo. Si hab�a tenido buena caza o una pelea resuelta con �xito y l egaba a casa en un</p><p>estado mental verdaderamente bueno, incluso pod�a condescender y tirar a su mujer al suelo, levantarle la</p><p>falda de algod�n, levantarse �l la falda de cabel eras y ocuparla en un acto de ahuj�nema menos que</p><p>amoroso, sin importarle cu�ntos mirones pudieran estar presentes. Por eso, desde luego, era por lo que las</p><p>poblaciones   de   las   aldeas   eran   tan   escasas;   los   acoplamientos   se   daban   muy   rara   vez.   Con   mayor</p><p>frecuencia   los   hombres   l egaban   a   casa   malhumorados,   mascul ando   maldiciones,   y   apaleaban   a   sus</p><p>mujeres tan cruentamente como les gustar�a haber ensangrentado al ciervo, al oso o al enemigo que se les</p><p>hab�a escapado.</p><p>-Por Irluitzli, ojal� pudiera yo tratar as� a mi mujer -dijo Acocotli, porque, seg�n nos confi�, al � en Aztl�n</p><p>ten�a una mujer de esp�ritu casi tan mezquino como G�nda Ke que lo increpaba y le daba la tabarra sin</p><p>piedad-. Por Huiztli que lo har�, de ahora en adelante, si alguna vez vuelvo a casa!</p><p>Nuestra G�nda Ke hal � pocas oportunidades en Bakum de ejercer su esp�ritu mezquino. El que la hicieran</p><p>trabajar   como   una   esclava   y   la   considerasen   sin   valor   para   otras   cosas   eran   humil aciones   que   el a</p><p>soportaba no con apat�a como las dem�s mujeres, sino con una ira hosca y corrosiva, porque incluso las</p><p>otras mujeres la miraban con aire de superioridad... porque el a no ten�a hombre que le diera palizas. (Mis</p><p>compa�eros y yo nos negamos a complacerla en ese aspecto.) S� que a el a le hubiera gustado mucho</p><p>exigir   a  su   pueblo  adulaci�n  temerosa  y  admiraci�n,   haciendo   para  el o  alarde  de  sus viajes  a  tierras</p><p>lejanas, de las ocurrencias malvadas y de los torbel inos que hab�a ocasionado entre los hombres. Pero las</p><p>mujeres despreciaban respetarla en lo m�s m�nimo, y los hombres la miraban furibundos y la hac�an cal ar</p><p>siempre que trataba de hablarles. Quiz� G�nda Ke hubiese pasado tanto tiempo lejos de su gente que se le</p><p>hab�a   olvidado   lo   miserablemente   insignificante   que   el a   se   encontrar�a   en   tan   grosera   e   ignorante</p><p>compa��a, que la consideraban como algo inferior a un gusano. Los gusanos por lo menos pueden resultar</p><p>molestos. Y el a ya no.</p><p>Nadie   le   pegaba,   pero   estaba   sujeta   a   las   �rdenes   de   todos,   incluso   de   las   mujeres,   porque   �stas</p><p>realizaban o asignaban los trabajos de la aldea. Quiz� le tuvieran envidia a G�nda Ke por haber visto algo</p><p>del mundo que quedaba fuera de la espantosa Bakum, o por haber dado �rdenes a los hombres. O a lo</p><p>mejor   la   despreciasen   simplemente   porque   no   era   de   aquel a   aldea.   Sea   cual   fuere   el   motivo,   se</p><p>comportaban tan maliciosamente como s�lo las mujeres que ejercen una autoridad insignificante y son</p><p>estrechas de mente pueden hacerlo. Hac�an trabajar a G�nda Ke sin descanso y se deleitaban en especial</p><p>en darle los trabajos m�s sucios y duros. Y ver esto me alegraba el coraz�n.</p><p>La �nica herida que recibi� fue peque�a. Mientras recog�a le�a para el fuego le pic� una ara�a en el tobil o,</p><p>y eso hizo que enfermara ligeramente. Yo habr�a cre�do imposible que una diminuta criatura venenosa</p><p>pudiera hacer enfermar a otra que era mucho m�s grande y mucho m�s venenosa. De todos modos, como</p><p>ninguna mujer pod�a rehuir su trabajo por sentirse indispuesta, excepto dar a luz o estar inexorablemente</p><p>muri�ndose, a G�nda Ke, que no dej� de rechinar los dientes y de protestar a causa de la mortificaci�n, se</p><p>la oblig� a estirarse en el suelo para recibir las atenciones del t�citl de la aldea. Como hab�a dicho Ualiztli,</p><p>aquel   viejo   farsante   no   hizo   otra   cosa   que   ponerse   una   m�scara   destinada   a   ahuyentar   a   los   malos</p><p>esp�ritus,  bramar  un c�ntico tonto, dibujar  unas  im�genes  sin  sentido en  el  suelo con arena de  varios</p><p>colores y agitar una carraca de madera l ena de alubias secas. Luego declar� que G�nda Ke estaba curada</p><p>y lista de nuevo para el trabajo. Y a trabajar la pusieron.</p><p>La �nica peque�a distinci�n que se le concedi� a G�nda Ke en Bakum fue darle permiso, siempre que no</p><p>estuviese ocupada en alguna otra faena, para sentarse a hacer de int�rprete entre los cinco viejos yo otui y</p><p>yo. Al �, por lo menos, pod�a hablar, y como yo nunca aprend� m�s que unas cuantas palabras de aquel</p><p>idioma, estoy casi seguro de que debi� de intentar convertirse en hero�na al denunciarme como quimichi,</p><p>como agitador de motivos dudosos o como cualquier cosa que hubiera sido motivo para que los ancianos</p><p>ordenasen que a nosotros los forasteros se nos expulsase o se nos ejecutase. Pero hay una cosa que s� s�:</p><p>no existe una palabra para "hero�na" en el idioma yaqui, ni existe el concepto de esa clase de mujer en la</p><p>mente  yaqui.   Si  realmente  G�nda  Ke  intent�  esa   t�ctica,   estoy  seguro   de  que  los  yo�otui  oyeron   sus</p><p>aseveraciones nada m�s como monsergas femeninas de las que no hab�a que hacer caso. Si el a de hecho</p><p>insisti�   en   que   los   aztecas   fu�ramos   exterminados,   y   si   los   ancianos   hicieron   alg�n   caso   de   el o,</p><p>perversamente  habr�an  hecho   justo  lo  contrario. As�  que  quiz�  fuera   gracias  a  otro  de  los  intentos de</p><p>perfidia de G�nda Ke que los yo�otui no s�lo dejaron que me quedase y pronunciase mi mensaje, sino que</p><p>adem�s me escucharon con mucha atenci�n.</p><p>Deber�a explicar c�mo gobernaban aquel os yo�otui, si es que gobernar es la palabra, porque no hab�a</p><p>ning�n sistema como el yaqui en el Unico Mundo. Cada uno de los ancianos era responsable de una</p><p>ya�ura, que significa "funci�n", de las cinco ya��ram de su aldea: religi�n, guerra, trabajo, costumbres y</p><p>danza. Necesariamente algunos de sus deberes se superpon�an, mientras que otros apenas se requer�an</p><p>alguna vez para algo. El anciano encargado del trabajo, por ejemplo, ten�a poco que hacer salvo castigar a</p><p>alguna hembra que se fingiera enferma, y una mujer as� sencil amente no exist�a en la sociedad yaqui. El</p><p>anciano a cargo de la guerra s�lo ten�a que dar su bendici�n siempre que los yoem�sont om de su aldea</p><p>decid�an hacer una incursi�n en alguna otra aldea, o cuando los yoem�sont om de las tres ramas yaquis se</p><p>un�an para l evar a cabo sus incursiones casi rituales contra el Pueblo del Desierto.</p><p>Los otros tres ancianos m�s o menos gobernaban conjuntamente: el Custodio de la Religi�n, el Custodio de</p><p>las Costumbres y el Director de Danzas. La religi�n yaqui bien pod�a considerarse una ausencia absoluta</p><p>de religi�n, porque s�lo rend�an culto a sus antepasados; y, desde luego, cuando cualquiera de el os muere</p><p>se   convierte,  en  ese  mismo  momento,  en  antepasado.   Como  el  aniversario   de  la   muerte  de  cualquier</p><p>antepasado es motivo para l evar a cabo ceremonias en su honor, apenas si pasa una noche en las tierras</p><p>yaquis sin una ceremonia m�s o menos grande, dependiendo de la importancia que esa persona hubiera</p><p>tenido en vida. Los �nicos "dioses" reconocidos por los yaquis son sus antepasados m�s antiguos, de los</p><p>que no se puede decir que sean dioses aut�nticos, sino m�s bien parecidos a la Dualidad Se�or y Se�ora</p><p>que nosotros los aztecas siempre hemos cre�do que eran los progenitores de nuestra raza. Nosotros no</p><p>veneramos activamente a los nuestros, pero los yaquis l aman a los suyos El Viejo y Nuestra Madre y si que</p><p>los veneran del modo m�s profundo.</p><p>Adem�s, los yaquis creen que los muertos que han hecho m�ritos en vida van a otra vida despu�s de la</p><p>muerte donde son eternamente felices, como nuestro Tonatiucan o Tl�locan, o el cielo de los cristianos.</p><p>El os l aman a esa vida La Tierra de Debajo del Amanecer, e insisten tontamente en que no est� demasiado</p><p>lejos, sino bastante cerca, justo al este de la cima mel ada de una monta�a l amada Takala�im, que se</p><p>asienta precisamente en el centro de las tierras de los yaquis. A d�nde puedan ir los muertos que no han</p><p>hecho m�ritos, los yaquis no lo saben y no parece importarles, porque no son capaces de concebir un lugar</p><p>parecido a nuestro Mict�an o al infierno de los cristianos.</p><p>Si que creen, sin embargo, que el os, los vivos, deben estar constantemente en guardia contra toda una</p><p>hueste de peque�os dioses malignos e invisibles, unos esp�ritus l amados chapayekam. Esos son unos</p><p>seres pestilentes, responsables de las enfermedades, los accidentes, las sequ�as, las inundaciones, las</p><p>derrotas en los combates y de todas las dem�s desdichas que acosan a la raza yaqui. As�, mientras el</p><p>Custodio de la Religi�n se ocupa de que su pueblo honre como es debido a sus antepasados, a todo el</p><p>linaje   hasta   El   Viejo   y   Nuestra   Madre,   el   Custodio   de   las   Costumbres   se   encarga   de   espantar   a   los</p><p>chapayekam. Es �l quien tal a y colorea las m�scaras destinadas a ahuyentarlos, y est� continuamente</p><p>tratando de idear rostros a�n m�s espantosos.</p><p>En consecuencia, el Director de Danzas es el que se encuentra m�s atareado de los cinco yo�otu�, porque</p><p>las danzas comunales se consideran esenciales para los asuntos de los otros cuatro. El trabajo de la aldea</p><p>no se har� como es debido, las batal as no se ganar�n, no se honrar  suficientemente a los antepasados y</p><p>no se alejar� de forma adecuada a los esp�ritus malignos a menos que las danzas se realicen.., y se</p><p>realicen   exactamente   como   es   debido.   El   Director   en   s�   es   demasiado   viejo   para   danzar,  y   encontr�</p><p>bastante c�mico que todos los dem�s hombres, que dedicaban sus d�as a prop�sitos rudos y sangrientos,</p><p>pasasen   sus   noches   bailando   solemne,   formal   e   incluso   delicadamente   alrededor   de   las   hogueras   de</p><p>celebraci�n. (No es necesario comentar que las mujeres nunca participaban en estas danzas.)</p><p>El Director dispensaba a los bailarines el suficiente peyotl a fin de darles energ�a para que no se cansasen,</p><p>aunque no el suficiente como para emborracharlos o ponerlos fren�ticos de modo que fal asen los pasos</p><p>precisos y  las  figuras que se hab�an  establecido  a  trav�s de las eras desde los Tiempos Antiguos. El</p><p>Director revoloteaba por al � cerca para mantener su mirada de halc�n sobre los bailarines y para arrancar</p><p>de entre el os a cualquier hombre que equivocase el paso o tuviera la indecencia de introducir uno nuevo.</p><p>Bailaban al son de lo que el os l amaban m�sica, algo que hac�an los hombres que eran demasiado viejos o</p><p>estaban lisiados y no pod�an bailar. Pero como carec�an de la variedad de instrumentos inventados por</p><p>gente m�s civilizada, lo que hac�an era, al menos para mis o�dos, puro ruido. Soplaban en silbatos de ca�a,</p><p>en   calabazas   l enas   de   agua,   rascaban   tal os   de   ca�a   con   muescas,   agitaban   carracas   de   madera   y</p><p>aporreaban tambores de doble cabeza. (Aunque no hab�a escasez de pel ejos de animal, aquel as cabezas</p><p>de tambor estaban hechas de piel humana.) Y los propios bailarines contribu�an al ruido, pues l evaban en</p><p>los tobil os pulseras hechas de capul os cuyos insectos, muertos en el interior, traqueteaban a cada paso.</p><p>Para   las   danzas   en   honor   de   El   Viejo   y   Nuestra   Madre,   o   de   antepasados   m�s   recientemente</p><p>desaparecidos, los hombres se pon�an tocados parecidos a abanicos, pero que estaban formados bien con</p><p>tiras r�gidas de ca�as, bien con juncos revoloteantes en lugar de plumas. Para las danzas destinadas a</p><p>alejar a los malvados chapayekam, cada hombre se pon�a una de esas espantosas m�scaras tal adas y</p><p>emborronadas con colores y de las que no hab�a ni siquiera dos iguales. En las danzas que se hac�an para</p><p>celebrar una victoria en la batal a, o para anticipar una, los hombres se pon�an pieles de coyotin con las</p><p>cabezas dentudas de los animales muertos encima de sus propias cabezas.</p><p>Luego hab�a una danza que l evaba a cabo un hombre solo, que era el mejor bailar�n de la aldea. Aqu�l a</p><p>era una actuaci�n hecha para atraer la caza en temporadas en las que una sequ�a o una enfermedad</p><p>hab�an   disminuido   la   poblaci�n   local   de   animales   salvajes.   Verdaderamente   era   una   danza   gr�cil   y</p><p>excitante, y tanto m�s agradable cuanto que se hac�a sin acompa�amiento de "m�sica". El hombre l evaba</p><p>en lo alto de la cabeza, sujeta con correas, la cabeza de un ciervo macho, la m�s hermosa que se pudiera</p><p>conseguir, con una cornamenta impresionante, y por lo dem�s iba desnudo del todo excepto los brazaletes</p><p>y tobil eras de capul os, y sosten�a en cada mano una carraca de madera complicadamente tal ada. Estos</p><p>objetos proporcionaban el �nico acompa�amiento sonoro mientras el hombre unas veces botaba como un</p><p>macho   espantado   y   otras   hac�a   cabriolas   como   un   cervatil o   alegre;   arrastraba   los   pies,   doblado   y</p><p>cauteloso, y daba sacudidas con la cabeza como un cazador al acecho. A veces pod�a darse que tuviera</p><p>que realizar aquel a danza muchas noches seguidas, hasta acabar agotado, antes de que l egase alg�n</p><p>explorador e informase de que la caza realmente hab�a regresado a sus h�bitats acostumbrados.</p><p>El Director de Danzas me confi�, a trav�s de G�nda Ke, que la danza para atraer la caza era m�s eficaz en</p><p>el logro de su prop�sito cuando el bailar�n danzaba alrededor de una "cierva hembra" ofrecida en sacrificio.</p><p>Y se refer�a a una hembra humana, fuertemente atada dentro de una piel de cierva. Despu�s de haberse</p><p>celebrado la danza a su alrededor durante el tiempo que marcaba el ritual, se le daba muerte, tal como se</p><p>har�a con una cierva de verdad, se la descuartizaba y se la com�an los hombres en medio de muchas</p><p>manifestaciones de agrado, para que la caza salvaje apreciara lo agradecidos que estaban. Por desgracia,</p><p>dijo el Director, los mayos varones no hab�an secuestrado a ninguna mujer en sus incursiones por las</p><p>aldeas extranjeras, as� que esa parte de la ceremonia no pod�an mostr�rmela para que yo la admirase.</p><p>Desde luego en la aldea hab�a mujeres m�s que de sobra de las que se pod�a prescindir, concedi�, pero su</p><p>carne era demasiado dura, rancia y fibrosa para com�rsela y relamerse luego. G�nda Ke logr� incluso</p><p>poner cara de ofendida y malhumorada cuando vio que la desairaron tambi�n en aquel aspecto.</p><p>A m�   no   me   importaba   que   los   hombres   yaquis   se   pasasen   media   vida   bailando   por   motivos   que   yo</p><p>consideraba absurdos. Lo que importaba era que la otra mitad de la vida la dedicaban al salvajismo puro, y</p><p>eso era precisamente lo que yo necesitaba de el os. Cuando G�nda Ke tradujo mis palabras a los cinco</p><p>yo�otu�, me sorprendieron de manera agradable al mostrarse m�s receptivos a mi mensaje de lo que se</p><p>hab�an mostrado la mayor�a de los jefes rar�muris.</p><p>-Hombres blancos... -murmur� uno de los ancianos-. Si, hemos o�do hablar de hombres blancos. Nuestros</p><p>primos, los to�ono o�otam, afirmaron haber visto  a  algunos de el os vagando por su  territorio. Incluso</p><p>mencionaron a un hombre negro.</p><p>-�A d�nde est� l egando el mundo? -gru�� otro-. Los hombres deber�an ser todos del mismo color. De</p><p>nuestro color.</p><p>-�C�mo podemos saber si el degenerado Pueblo del Desierto dec�a la verdad? -advirti� otro-. Si hubieran</p><p>sido yaquis, vamos, les habr�an arrancado las cabel eras para probar la existencia de tales seres.</p><p>-Nunca hemos visto cabel eras de los malvados chapayekam -le record� otro-, pero sabemos que existen. Y</p><p>el os no tienen ning�n color.</p><p>Y el quinto anciano, aquel que estaba a cargo de la guerra, a�adi�:</p><p>-Yo creo que, para variar, a nuestros yoem�sontaom les har�a bien luchar contra alguien que no sean sus</p><p>propios parientes. Voto para que se los prestemos a este forastero.</p><p>-Estoy de acuerdo -convino el anciano que estaba a cargo del trabajo de la aldea-. Y de todos modos, si</p><p>este forastero dice la verdad sobre la rapacidad de los hombres blancos, puede que alg�n d�a no tengamos</p><p>parientes con los que pelear.</p><p>-De   acuerdo   -intervino   el  Director   de   Danzas-.   Conservemos   aqu�   s�lo   al  Bailar�n   Ciervo   y   a   algunos</p><p>bailarines m�s para satisfacer a El Viejo y a Nuestra Madre.</p><p>-Y para repeler a los chapayekam -dijo el Custodio de las Costumbres.</p><p>-Y seguro que los dem�s hombres de nuestro color -afirm� el anciano que gobernaba la religi�n- desear�n</p><p>tomar parte tambi�n en la aniquilaci�n de aquel os que son de otro color distinto. Voto para que invitemos a</p><p>participar a nuestros primos los �patas y los kah�tas.</p><p>El anciano de la guerra habl� de nuevo:</p><p>-�Y por qu� no tambi�n a nuestros primos los to�ono Cotam? Esta ser�a la alianza de parientes m�s grande</p><p>de la historia. S�, eso es lo que haremos.</p><p>Y as� qued�  acordado. Bakum enviar�a   a un guerrero  "que  portase  el bast�n  de tregua"  a difundir mi</p><p>mensaje al resto de las Ocho Ciudades Sagradas, y un segundo mensajero al lejano Pueblo del Desierto.</p><p>Promet� dos cosas a cambio de tan generosa cooperaci�n: asignar�a a uno de mis guerreros para que</p><p>guiase a los yaquis hacia el sur, hasta nuestro lugar de reuni�n en Chicom�ztotl, y a otro para que esperase</p><p>al �, en Bakum, a fin de guiar a los guerreros del Pueblo del Desierto cuando l egasen. Adem�s, cuando</p><p>todos   aquel os   yoem�sontom   l egasen   a   Chicom�ztotl,   yo   los   equipar�a   con   armas   de   obsidiana   muy</p><p>superiores   a   las   suyas,   hechas   de   s�lex.   Los   ancianos   aceptaron   el   ofrecimiento   que   les   hice   de</p><p>proporcionarles gu�as, pero rechazaron con gran indignaci�n que les ofreciera armas. Lo que hab�a sido</p><p>bastante bueno para El Viejo y para sus dem�s antepasados desde los tiempos de aqu�l, ten�a que ser lo</p><p>bastante bueno para la guerra moderna, dijeron, y yo, prudentemente, no quise discutir el asunto.</p><p>Cuando l egamos al acuerdo me alegr� de el o, pues de al � en adelante me vi privado del �nico medio que</p><p>ten�a para comunicarme con los yaquis. G�nda Ke afirm� sentirse cada vez m�s enferma, hasta el punto de</p><p>verse incapaz de hacer ni siquiera el esfuerzo de interpretar. S� que parec�a enferma, la tez se le hab�a</p><p>desva�do hasta casi adquirir la palidez de una mujer blanca, de manera que las pecas eran su rasgo m�s</p><p>visible. Cuando incluso el anciano a cargo del trabajo y las mujeres que tan duramente la hab�an hecho</p><p>trabajar le asignaron una caba�a abovedada para el a sola en la que pudiera tumbarse y descansar, dio la</p><p>impresi�n de que hubieran decidido, puesto que G�nda Ke no estaba a punto de dar a luz, que ten�a que</p><p>estar a punto de morir. Pero yo, que conoc�a a G�nda Ke, apart� esa idea. Estaba seguro de que su</p><p>postraci�n no era m�s que otro de sus ardides, sin duda su manera de expresar la vejaci�n que sent�a por</p><p>el hecho de que yo hubiese sido aceptado con m�s cordialidad por su propia gente de lo que lo hab�a sido</p><p>el a.</p><p><strong>24</strong></p><p>Mientras esper�bamos a que se congregasen los hombres de las otras ramas yaquis, Machihuiz, Acocotli y</p><p>yo ocupamos nuestro tiempo en hacer una especie de entrenamiento de los guerreros mayos de Bakum. Es</p><p>decir, hac�amos como que luch�bamos contra el os con nuestras espadas y jabalinas de hoja y punta de</p><p>obsidiana respectivamente para que aprendieran a detener aquel os ataques con sus armas primitivas. No</p><p>es que yo esperase que los yaquis luchasen alguna vez contra los hombres de mi propio ej�rcito, pero</p><p>estaba bastante seguro de que, cuando mi ej�rcito entablase combate de l eno con los espa�oles, el os s�</p><p>a�adir�an a sus filas muchos de sus aliados nativos, como por ejemplo los texcaltecas, que hab�an ayudado</p><p>a  los  hombres blancos en su derrota de Tenochtitlan mucho tiempo atr�s. Y esos aliados no  l evar�an</p><p>arcabuces, sino maqu�huime de hoja de obsidiana, lanzas, jabalinas y flechas.</p><p>Entrenar a aquel os yoem�sont om sin alguien que tradujera mis �rdenes, instrucciones y consejos fue un</p><p>proceso   mas  bien   lento   y   dificultoso.   Pero   los   guerreros   de   todas  las  razas   y  de   todas  las  naciones,</p><p>probablemente   incluso   los   blancos,   tienen   en   com�n   un   entendimiento   instintivo   de   los   movimientos   y</p><p>gestos   de   los  dem�s  guerreros.  As�   que   los  mayos   no   tuvieron   demasiados   problemas  para   aprender</p><p>nuestras artes aztecas de acometidas, tajos, fintas y marcha atr�s. En realidad, aprendieron tan bien que</p><p>mis dos compa�eros y yo con frecuencia recib�amos magul aduras causadas por las porras de guerra de</p><p>madera dura que l evaban, y pinchazos o ara�azos de sus lanzas de s�lex de tres dientes. Bueno, por</p><p>supuesto nosotros tres dimos tanto como recibimos, as� que yo manten�a al ticitl Ualiztli siempre de servicio</p><p>en nuestras sesiones de entrenamiento para aplicar sus artes siempre que fueran necesarias. Y no dediqu�</p><p>pensamiento alguno a la ausente G�nda Ke hasta que un d�a una mujer de Bakum se me acerc� y me tir�</p><p>del brazo t�midamente.</p><p>Me condujo, y Ualiztli nos acompa��, a la peque�a caba�a que le hab�an prestado a G�nda Ke. Yo entr�</p><p>primero, pero lo que vi me hizo volver a salir al instante y hacerle se�as al t�citl para que entrase en mi</p><p>lugar. Estaba claro que G�nda Ke no hab�a estado fingiendo; parec�a encontrarse tan cerca de la muerte</p><p>como los aldeanos hab�an supuesto anteriormente.</p><p>Yac�a estirada desnuda sobre un jerg�n de juncos y sudaba copiosamente. Y de alg�n modo se hab�a</p><p>puesto muy gorda, no s�lo en los lugares donde suelen engordar las mujeres bien alimentadas, sino por</p><p>todas partes: nariz, labios, dedos de las manos y de los pies. Hasta los p�rpados le hab�an engordado tanto</p><p>que pr�cticamente la obligaban a tener los ojos cerrados. Como me hab�a dicho el a misma en una ocasi�n,</p><p>G�nda  Ke  ten�a  pecas  por  todo   el  cuerpo,  y  ahora,  con   el  cuerpo   tan  abotargado  como   lo   ten�a,  sus</p><p>incontables pecas eran tan grandes y evidentes que parec�a como si le hubiera salido piel de jaguar. Al</p><p>echar aquel a breve y �nica mirada me hab�a fijado en que el ticitl mayo estaba agachado a su lado. Yo no</p><p>hab�a visto nunca la cara de aquel hombre, pero incluso el rostro terrible que representaba la m�scara que</p><p>l evaba puesta parec�a tener ahora una expresi�n perpleja e impotente, y agitaba la carraca curativa de</p><p>madera con apat�a y sin ni siquiera un asomo de convencimiento.</p><p>Ualiztli sali� de la caba�a, tambi�n con aire perplejo, y le pregunt�:</p><p>-�Qu� habr�n podido darle de comer para que se haya puesto tan espantosamente gorda? En esta tierra</p><p>yaqui nunca he visto una mujer que no estuviera mal alimentada.</p><p>-No se ha puesto gorda, Tenamaxtzin -me respondi�-. Est� hinchada de fluidos p�tridos.</p><p>-�Una simple picadura de ara�a ha podido hacer eso? -le pregunt� extra�ado.</p><p>Ualiztli me mir� de soslayo.</p><p>-El a dice que fuiste t�, mi se�or, quien le mordi�.</p><p>-�Qu�?</p><p>-Est� sufriendo de una manera atroz. Y por mucho que todos hayamos odiado a esta mujer, estoy seguro</p><p>de que desear�as ser un poco misericordioso con el a. Si haces el favor de decirme qu� veneno te aplicaste</p><p>en los dientes, quiz� pueda procurarle una muerte m�s suave.</p><p>-�Por todos los dioses! -exclam� furioso-. S� desde hace mucho tiempo que G�nda Ke tiene demencia</p><p>criminal, pero... �es que acaso t� tambi�n la tienes?</p><p>Se apart� de mi acobardado, y tartamude�:</p><p>-T-tiene una espantosa herida abierta y supurante en el tobil o...</p><p>-Te lo confieso, a menudo he pensado c�mo podr�a matar de forma ingeniosa a G�nda Ke cuando ya no me</p><p>fuera   �til   -le   indiqu�   apretando   los   dientes-.   Pero...   �morder�a   para   matarla?   En   tus   fantas�as   m�s</p><p>descabel adas, hombre, �crees que yo pondr�a mi boca sobre ese reptil? Si alguna vez lo hiciera, ser�a yo</p><p>quien se envenenar�a, sufrir�a, supurar�a y morir�a! Fue una ara�a lo que le mordi�. Mientras recog�a le�a.</p><p>Preg�ntale a cualquiera de esos que la atendieron primero.</p><p>Hice   adem�n   de   alcanzar   a   la   mujer   mayo   que   hab�a   ido   a   buscarnos,   que   nos  miraba   con   los  ojos</p><p>desencajados a causa del susto. Pero desist� al comprender que no pod�a entendernos ni contestar a</p><p>pregunta alguna. Me limit� a agitar los brazos l eno de una repugnancia in�til mientras Ualiztli dec�a con</p><p>�nimo de aplacarme:</p><p>-S�, s�, Tenamaxtzin. Una ara�a. Te creo. Deber�a haber comprendido que esa mujer mentir�a siempre,</p><p>incluso en el lecho de muerte.</p><p>Respir� varias veces para calmarme y luego dije:</p><p>-Sin duda tiene la esperanza de que la acusaci�n l egue a o�dos de los yo�otui. Por poco que consideren a</p><p>las mujeres, �sta es una mayo. Si hacen caso de su perjurio podr�an negarme, en venganza, el apoyo que</p><p>me han prometido. Deja que se muera.</p><p>-Y, adem�s, lo mejor ser� que se muera de prisa -dijo Ualiztli.</p><p>Y entr� de nuevo en la caba�a.</p><p>Reprim� la repulsi�n y lo segu� al interior, aunque s�lo fue para sentirme m�s repelido al verla y, ahora lo</p><p>not�, al percibir el hedor a carne corrompida que emanaba.</p><p>Ualiztli se arrodil � al lado del jerg�n y le pregunt�:</p><p>-La ara�a que te pic� en el tobil o... �era una de esas enormes y peludas?</p><p>G�nda Ke movi� de un lado a otro la cabeza gorda y moteada, me se�al� con un gordo dedo y grazn�:</p><p>-Fue �l.</p><p>Hasta la m�scara de madera del ticitl mayo se mene� con escepticismo al o�r aquel o.</p><p>-Entonces dime d�nde te duele -quiso saber Ualiztli.</p><p>-Toda G�nda Ke -murmur� la mujer.</p><p>-�Y d�nde es donde m�s te duele?</p><p>-En el vientre -volvi� a murmurar.</p><p>Y   justo   entonces   debi�   de   darle   al �   un   espasmo   de   dolor.   Hizo   una   mueca,   lanz�   un   grito,   se   dio</p><p>bruscamente la vuelta hasta ponerse de lado, se dobl� sobre s� misma... por lo menos todo lo que pudo, y</p><p>el est�mago distendido le form� unos rol os gruesos.</p><p>Ualiztli esper� a que pasara el espasmo y luego le pregunt�:</p><p>-�Te duelen las plantas de los pies?</p><p>G�nda Ke no se hab�a recuperado lo suficiente como para hablar, pero movi� la bulbosa cabeza con mucho</p><p>�nfasis en se�al de asentimiento.</p><p>-Ah -exclam� Ualiztli con satisfacci�n; y a continuaci�n se levant�.</p><p>-�Eso te dice algo? �Lo de las plantas de los pies? -quise saber, maravil ado.</p><p>-Ese   dolor   es   el   s�ntoma   que   sirve   para   diagnosticar   la   mordedura   de   una   ara�a   concreta.   Rara   vez</p><p>encontramos a ese animal en nuestras tierras del sur. Nos es m�s familiar la grande y peluda, que parece</p><p>m�s   espantosa   de   lo   que   es   en   realidad.   Pero   en   los   climas   del   norte   se   encuentra   una   ara�a</p><p>verdaderamente letal que no es grande y no parece muy peligrosa. Es negra, con una mancha roja en la</p><p>parte inferior.</p><p>-La amplitud de tus conocimientos me asombra, Ualiztli -le coment�.</p><p>-Uno intenta mantenerse bien informado en su profesi�n intercambiando retazos de sabidur�a con otros</p><p>t�ciltin -repuso con modestia-. Me han dicho que el veneno de esa ara�a negra del norte realmente derrite la</p><p>carne de su presa para com�rsela con m�s facilidad. De ah� esa espantosa herida abierta en la pierna de la</p><p>mujer. Pero en este caso el proceso se ha extendido ya por el interior de todo el cuerpo. Est� literalmente</p><p>licu�ndose por dentro. Es curioso. Nunca me habr�a esperado una putrefacci�n tan extensa excepto en un</p><p>ni�o peque�o o en una persona que fuera ya vieja y enfermiza.</p><p>-�Y qu� har�s al respecto?</p><p>-Acelerar el proceso -murmur� Ualiztli en un susurro para que s�lo yo pudiera o�rlo.</p><p>Los ojos de G�nda Ke, entre aquel os abultados p�rpados, tambi�n preguntaban con ansiedad: "�Qu� vais</p><p>a hacer por mi?" De manera que Ualiztli dijo en voz alta:</p><p>-Te traer� unos medicamentos especiales.</p><p>Y sali� de la caba�a.</p><p>Me qued� de pie contemplando a la mujer, pero sin compadecerla. G�nda Ke hab�a recobrado suficiente</p><p>aliento para hablar, pero sus palabras resultaban desarticuladas, su voz era s�lo graznidos y carraspeos.</p><p>-G�nda Ke no debe... morir aqu�.</p><p>-Aqu� est� tan bien como en cualquier parte -dije yo con Maldad-. Al parecer tu tonali te ha tra�do al final de</p><p>tus caminos y de tus d�as justo aqu�. Los dioses son mucho m�s ingeniosos de lo que podr�a serlo yo al</p><p>idear deshacerse como le corresponde de alguien que siempre ha vivido en medio de la maldad y que</p><p>adem�s ya ha vivido demasiado tiempo.</p><p>La mujer volvi� a decir, pero esta vez haciendo �nfasis en una palabra:</p><p>-G�nda Ke no debe... morir.., aqu�. Entre estos patanes.</p><p>Me encog� de hombros.</p><p>-Estos   patanes   son   tu   propia   gente.   Esta   es   tu   tierra.   Fue   una   ara�a   nativa   de   esta   tierra   la   que   te</p><p>envenen�. Me parece apropiado que hayas sido abatida no por una mano humana enojada, sino por una de</p><p>las criaturas m�s diminutas que habitan la tierra.</p><p>-G�nda Ke no debe... morir aqu� -volvi� a repetir, aunque parec�a que se dirig�a a s� misma m�s que a m�-.</p><p>A G�nda Ke no se la... recordar  aqu�. Y G�nda Ke estaba destinada a que la recordasen. G�nda Ke estaba</p><p>destinada a ser... a formar parte de... la realeza... en alg�n lugar. Y a l evar el -tzin al final de su nombre...</p><p>-Te equivocas. Olvidas que he conocido a mujeres que verdaderamente merec�an el -tzin. Pero t�, hasta el</p><p>mism�simo fin, te has afanado en dejar tu marca en el mundo a base �nicamente de hacer da�o. Y a pesar</p><p>de   tus   ideas   de   grandeza   acerca   de   la   importancia   que   crees   merecer   no   obstante   tus   mentiras,</p><p>duplicidades e iniquidades, est�s destinada por tu tonali a no ser nada m�s que lo que fuiste y lo que eres</p><p>ahora: tan venenosa como la ara�a y, por dentro, igual de peque�a. Ualiztli regres� entonces y se arrodil �</p><p>para rociarle a G�nda Ke en la herida abierta de la pierna simple pic�etl.</p><p>-Esto te mitigar� el dolor local, mi se�ora. Y toma, b�bete esto otro. -Acerc� un cuchar�n de calabaza a los</p><p>protuberantes labios de la mujer-. Har� que dejes de sentir los dem�s dolores internos.</p><p>Cuando volvi� a incorporarse para ponerse de pie junto a m�, yo gru��:</p><p>-No te he dado permiso para aliviarle el sufrimiento. Bastante les ha infligido el a a otras personas.</p><p>-No te he pedido permiso, Tenamaxtzin, y no te pedir� perd�n por el o. Soy t�citl. Mi fidelidad a mi vocaci�n</p><p>tiene prioridad incluso sobre mi lealtad a ti. Ning�n t�citl puede impedir la muerte, pero s� puede negarse a</p><p>prolongarla. La mujer se dormir� y, dormida, morir�.</p><p>As� que contuve mi lengua, y nos quedamos contemplando c�mo se cerraban los p�rpados hinchados de</p><p>G�nda Ke. Lo que sucedi� a continuaci�n s� que le sorprendi� a Ualiztli tanto como a m� y al otro t�citl.</p><p>Del  agujero  de  la  pierna   de  G�nda  Ke  empez�   a  salir  un  reguero   de  l�quido,  que  no  era   sangre,  tan</p><p>transparente y fluido como el agua. Luego salieron otros fluidos m�s viscosos pero a�n incoloros, y tan</p><p>malolientes como la herida. El reguero se convirti� en un peque�o torrente cada vez m�s f�tido, y la misma</p><p>sustancia nociva empez� a manarle tambi�n de la boca, de las orejas y de los orificios que hay entre las</p><p>piernas.</p><p>La hinchaz�n del cuerpo empez� a disminuir de forma lenta pero visible; y al ceder la piel tan tensamente</p><p>estirada,   tambi�n   se   redujeron   las   manchas   de   jaguar   hasta   convertirse   en   una   profusi�n   de   pecas</p><p>corrientes.  Luego  incluso  �stas  empezaron  a  desaparecer  a  medida  que  la  piel  se  aflojaba  y  formaba</p><p>surcos, pliegues y arrugas. El flujo de l�quidos aument�  hasta convertirse  en un borbot�n; parte de �l</p><p>empap� el suelo de tierra, y otra parte se qued� al � en forma de baba espesa de la cual nos apartamos con</p><p>gran cautela los tres observadores.</p><p>El rostro de G�nda Ke se fue transformando hasta convertirse s�lo en una piel arrugada sin facciones que</p><p>le envolv�a la calavera, y luego todo el pelo se le fue desprendiendo a mechones. El fluido de l�quidos se</p><p>redujo a un rezumar, y por fin toda aquel a bolsa de piel que hab�a sido una mujer qued� vac�a. Cuando la</p><p>bolsa empez� a abrirse, a rasgarse, a deslizarse hacia abajo y a disolverse en la baba del suelo, el t�citl</p><p>enmascarado lanz� un aul ido de puro horror y sali� disparado de la caba�a.</p><p>Ualiztli y yo continuamos contemplando aquel o hasta que no hubo nada que ver m�s que el esqueleto de</p><p>G�nda Ke en medio de una viscosidad reluciente y de color gris blanquecino, algunos mechones de cabel o</p><p>y  las  u�as  de  los  dedos  de  los  pies y  de  las  manos  dispersas  por todas  partes.  Luego  nos  miramos</p><p>fijamente el uno al otro.</p><p>-Esta mujer quer�a que se la recordase -dije esforz�ndome por mantener la voz firme-. Y ciertamente que</p><p>ese mayo de la m�scara la recordar  mientras viva. En nombre de Huitzli, �qu� era esa poci�n que le diste</p><p>a beber?</p><p>Con una voz casi tan temblorosa como la m�a, Ualiztli me respondi�:</p><p>-Eso no ha sido obra m�a. Y tampoco de la ara�a. Es una cosa todav�a m�s prodigiosa que lo que le pas� a</p><p>aquel a muchacha, Pak�peti. Me atrevo a decir que ning�n otro ticitl ha visto nunca nada parecido.</p><p>Pisando con mucha cautela entre el charco apestoso y resbaladizo, se acerc� y se inclin� para tocar una</p><p>costil a del esqueleto. Al instante la costil a se solt� del lugar donde estaba sujeta. La recogi� con mucho</p><p>cuidado y se puso a examinarla; luego se acerc� a m� para ense��rmela.</p><p>-Pero algo parecido a esto yo s� que lo he visto antes -dijo-. Mira. -Sin ning�n esfuerzo la rompi� entre los</p><p>dedos-. Cuando los guerreros y los obreros mexicas vinieron de Tenochtitlan con tu t�o Mixtzin, quiz� lo</p><p>recuerdes,   drenaron   y   secaron   los   pantanos   m�s   desagradables   de   alrededor   de  Aztl�n.   Y  al   hacerlo</p><p>desenterraron fragmentos de numerosos esqueletos... tanto humanos como de animales. Llamaron al t�citl</p><p>m�s sabio de Aztl�n. Examin� los huesos y declar� que eran viejos, incre�blemente viejos, de haces y</p><p>haces de a�os de edad. Supuso que eran restos de personas y animales que hab�an sido absorbidos por</p><p>arenas movedizas que, en alguna �poca remota, hab�an existido en aquel lugar. Yo conoc� a aquel ticitl</p><p>antes de que muriera y todav�a ten�a algunos de aquel os huesos. Eran tan quebradizos y fr�giles como</p><p>esta costil a. -Los dos nos volvimos para mirar otra vez el esqueleto de G�nda Ke, que ahora se estaba</p><p>haciendo pedazos silenciosamente mientras yac�a al �. Ualiztli, con voz de respetuoso pavor, a�adi�-: Ni la</p><p>ara�a ni yo le hemos dado muerte a esa mujer. Llevaba muerta, Tenamaxtzin, haces y haces de a�os antes</p><p>de que t� o yo naci�ramos.</p><p>Cuando salimos de la caba�a vimos a aquel t�citl mayo que recorr�a la aldea como una centel a hablando</p><p>atropel adamente  y a voz en grito.  Con  aquel a  inmensa m�scara  supuestamente  majestuosa  ten�a  un</p><p>aspecto muy tonto, y los otros mayos lo contemplaban con incredulidad. Se me ocurri� que, si toda la aldea</p><p>se alborotaba por la poco corriente manera en que G�nda Ke se hab�a disuelto, quiz� los ancianos tuvieran</p><p>motivo para sospechar de m�. Decid� borrar todas las pruebas de la muerte de aquel a mujer. Que fuera a�n</p><p>m�s misteriosa, de manera que el fant�stico relato del ticitl resultase imposible de probar. Le dije a Ualiztli:</p><p>-Me has dicho que l evas algo combustible en ese saco.</p><p>-El asinti� y sac� una bolsa de cuero l ena de l�quido-. Salpica toda la caba�a por encima.</p><p>Luego, en lugar de ir a coger una tea de la hoguera donde se cocinaba, hoguera que permanec�a siempre</p><p>encendida en el centro de la aldea, emple� subrepticiamente mi cristal de quemar, y al cabo de unos</p><p>momentos la caba�a de ca�as y juncos ard�a en l amas. Todos miraron con asombro aquel o, y Ualiztli y yo</p><p>fingimos hacer lo mismo, mientras la caba�a y su contenido ard�an hasta quedar reducidos a cenizas.</p><p>Quiz� yo arruinase para siempre la reputaci�n de veracidad del t�citl local, pero los ancianos nunca me</p><p>l amaron para exigirme una explicaci�n de aquel os extra�os hechos. Y durante los d�as siguientes los</p><p>guerreros de otras aldeas acudieron en desorden procedentes de diversas direcciones, bien armados y al</p><p>parecer ansiosos por empezar la guerra. Cuando me informaron, mediante gestos, de que hab�an reunido a</p><p>todos los hombres disponibles, los envi� al sur con Machihuiz, y Acocotli parti� hacia el norte con otro yaqui</p><p>para correr la voz entre el Pueblo del Desierto.</p><p>Yo ya hab�a decidido que Ualiztli y yo no har�amos el arduo viaje entre las monta�as que hab�a hacia</p><p>Chicom�ztotl, sino que tomar�amos un rumbo m�s f�cil y m�s r�pido. Abandonamos Bakum y nos dirigimos</p><p>al oeste siguiendo el r�o; atravesamos las aldeas de Torim, Vikam, Potam y algunas m�s, nombres que, al</p><p>estilo poco imaginativo de los yaquis, significan "lugares de", respectivamente, ratas de la madera, puntas</p><p>de flecha, ardil as de tierra, hasta que l egamos a la aldea costera de Be�ene, que significa "lugar en</p><p>declive". Bajo otras circunstancias habr�a sido suicida que dos extranjeros intentasen un viaje como aqu�l,</p><p>pero   por   supuesto   todos   los   yaquis   ya   hab�an   sido   informados   de   qui�nes   �ramos,   qu�   est�bamos</p><p>haciendo en aquel as tierras, y tambi�n de que nos avalaban los yo�otu� de Bakum.</p><p>Como he dicho, los hombres kah�tas de Be�ene pescaban algo en las costas del mar Occidental. Como la</p><p>mayor�a de los hombres se hab�an ausentado para alistarse en mi guerra, y s�lo hab�an dejado a los</p><p>pescadores suficientes para que la aldea pudiera alimentarse, hab�a muchas de sus acaltin en condiciones</p><p>de navegar que no se utilizaban. Consegu�, mediante gestos, "tomar prestada" una de aquel as canoas</p><p>hechas con troncos ahuecados y dos remos para la misma. (No esperaba devolver aquel as cosas nunca, y</p><p>no lo hice.) Ualiztli y yo aprovisionamos nuestra embarcaci�n con abundantes v�veres de atoli, carnes y</p><p>pescado secos, bolsas de cuero de agua dulce, incluso una de aquel as lanzas de ca�a de triple diente de</p><p>los pescadores para poder procurarnos pescado fresco durante nuestra traves�a, y un recipiente de barro</p><p>marr�n l eno de carb�n vegetal para cocinar los peces.</p><p>Ten�a   intenci�n   de   ir   remando   hasta   Aztl�n,   que   se   encontraba,   seg�n   calcul�,   a   bastante   m�s   de</p><p>doscientas carreras largas de distancia, si es que puede hablarse de "carreras" en el agua. Estaba ansioso</p><p>por ver c�mo le iban las cosas a Am�yatl, y Ualiztli estaba tambi�n ansioso por contarles a sus colegas</p><p>t�ciltin las dos muertes m�dicamente prodigiosas que hab�a presenciado durante el tiempo en que estuvo en</p><p>mi  compa��a.  Desde Aztl�n  ir�amos  tierra  adentro para volver  a reunirnos con el  cabal ero  Nocheztli y</p><p>nuestro ej�rcito en Chicom�ztotl, y yo confiaba en que l egar�amos al � aproximadamente al mismo tiempo</p><p>que lo hicieran los guerreros yaquis y los to�onos o�otam.</p><p>Yo no estaba familiarizado con el mar Occidental tan al norte, donde bordea las tierras yaquis, excepto que</p><p>sab�a, pues me lo hab�a dicho Alonso de Molina, que los espa�oles lo l amaban mar de Cort�s, porque el</p><p>marqu�s del Val e lo hab�a "descubierto" durante sus in�tiles andanzas por el Unico Mundo despu�s de</p><p>haber   sido   depuesto   del   gobierno   de   Nueva   Espa�a.   C�mo   pod�a   alguien   afirmar   presuntuosamente</p><p>descubrir algo que hab�a existido desde el comienzo de los tiempos, es algo que no s�. Sea como fuere, los</p><p>pescadores be�ene me informaron, con gestos inconfundibles, de que el os s�lo pescaban muy cerca de la</p><p>oril a y que m�s al � el mar era muy peligroso, pues la marea formaba fuertes e impredecibles corrientes y</p><p>soplaban vientos caprichosos. Esta informaci�n no me preocup� demasiado, pues ten�a intenci�n de no</p><p>apartarme de la l�nea de la costa en todo el trayecto.</p><p>Y durante muchos d�as y noches, eso es lo que hicimos Ualiztli y yo, remando al un�sono o turn�ndonos</p><p>para dormir mientras el otro remaba. El tiempo permaneci� clemente y el mar en calma, y la traves�a</p><p>durante aquel os numerosos d�as result� m�s que placentera. Con frecuencia arpone�bamos</p><p>peces, algunos de el os desconocidos para nosotros, pero que eran deliciosos cuando los as�bamos sobre</p><p>el carb�n vegetal que yo encend�a con la lente. Vimos tambi�n otros peces, de esos gigantescos que</p><p>l aman   yeyemichtin,   los   cuales,   aun   en   el   supuesto   de   que   hubi�ramos   logrado   arponear   alguno,   no</p><p>habr�amos   podido   cocinar   encima   de   ning�n   recipiente   que   fuera   de   tama�o   inferior   al   cr�ter   del</p><p>Popocat�pet�. Y algunas veces anud�bamos nuestros mantos de tal manera que se pod�an arrastrar por el</p><p>agua detr�s de nosotros para capturar gambas y cigalas. Y estaban los peces voladores, que en modo</p><p>alguno hab�a que capturar, porque casi d�a s� y d�a no uno de el os saltaba al interior de nuestra acali. Y</p><p>hab�a tortugas,</p><p>grandes y peque�as, pero, desde luego, con el caparaz�n demasiado duro para arponearlas. De vez en</p><p>cuando,  cuando  no  ve�amos a  nadie  en  la oril a  a  quien  tuvi�ramos que dar  explicaciones de nuestra</p><p>presencia, hac�amos escala justo el tiempo suficiente para recoger las frutas, frutos secos y verduras de</p><p>temporada que hubiera y para rel enar nuestras bolsas de agua. Y durante una larga temporada vivimos</p><p>muy bien y disfrutamos inmensamente.</p><p>Hasta el d�a de hoy casi desear�a que el viaje por mar hubiera continuado as�. Pero, como he comentado,</p><p>Ualiztli no</p><p>era joven, y no voy a culpar al buen anciano de lo que sucedi�</p><p>y que interfiri� en nuestro sereno avance hacia el sur. Despert� de uno de mis turnos de sue�o, a mitad de</p><p>la noche, con la sensaci�n de que me hab�a quedado dormido m�s del tiempo que me tocaba; me pregunt�</p><p>por qu� Ualiztli no me habr�a despertado para empezar mi turno a los remos. La luna y las estrel as estaban</p><p>ocultas por una espesa capa de nubes, la noche era tan negra que yo no ve�a absolutamente nada. Cuando</p><p>le habl� a Ualiztli, le grit� despu�s, y �l no me respondi�, tuve que avanzar a tientas por la acali para</p><p>comprobar que el m�dico y el remo hab�an desaparecido.</p><p>Nunca sabr� qu� fue de �l. Quiz� alguna monstruosa criatura marina surgiera de las aguas nocturnas para</p><p>arrancarlo</p><p>del lugar donde estaba sentado, y lo hiciera de una forma tan</p><p>silenciosa que no me despert�. O a lo mejor sufriera alguno de</p><p>esos ataques que no son raros en los hombres de edad, porque incluso los ticiltin mueren; y, debati�ndose</p><p>presa de aquel ataque, cayera sin darse cuenta por la borda de la acali. Pero es</p><p>m�s probable que Ualiztli simplemente se durmiera y cayese de la embarcaci�n con el remo en la mano, y</p><p>comenzase a tragar agua antes incluso de poder gritar para pedir ayuda, y as� se ahogase; cu�nto tiempo</p><p>hac�a y a qu� distancia, no ten�a yo ni idea.</p><p>No hab�a nada que pudiera hacer sino esperar sentado las primeras luces del d�a. Ni siquiera pod�a usar el</p><p>remo que</p><p>quedaba, porque no sab�a cu�nto tiempo hab�a ido la acali a la deriva ni en qu� direcci�n estaba la tierra.</p><p>Normalmente,de noche el viento soplaba hacia la oril a, y hasta entonces hab�amos mantenido el rumbo en</p><p>la oscuridad teniendo ese viento siempre en la mejil a derecha del que remaba. Pero el dios del viento</p><p>Eh�catl parec�a haber elegido aquel a noche,</p><p>que era la peor de todas, para ser caprichoso; la brisa era muy</p><p>ligera y me daba en el rostro primero de un lado y luego del otro. Con un aire que se mov�a con tanta</p><p>suavidad, yo habr�a</p><p>tenido que poder o�r las olas del mar, pero no o�a nada. Y la canoa se balanceaba m�s de lo habitual,</p><p>probablemente   eso   era   lo   que   me   hab�a   despertado,   as�   que   tem�   que   la   embarcaci�n   me   hubiese</p><p>transportado a cierta distancia lejos de la s�lida y segura costa.</p><p>El primer destel o del d�a me mostr� que eso era lo que hab�a ocurrido, y hab�a ocurrido hasta un punto</p><p>realmente inquietante. La tierra no se ve�a por ninguna parte. Aquel a primera luz por lo menos me permiti�</p><p>saber d�nde quedaba el este, de manera que cog� el remo y me puse a remar con furia, fren�ticamente, en</p><p>aquel a direcci�n. Pero no pod�a mantener un rumbo firme; una de aquel as corrientes de la marea de las</p><p>que hab�an hablado los pescadores me hab�a atrapado. Incluso cuando consegu� fijar la proa de la acali</p><p>apuntando   hacia   el   este   en   direcci�n   a   tierra,   aquel a   corriente   me   mov�a   hacia   un   lado.   Trat�   de</p><p>consolarme por el hecho de que me arrastraba hacia el sur, no otra vez de vuelta hacia el norte o, cosa que</p><p>resultaba horrible pensar, hacia el oeste, m�s hacia mar adentro, de donde nadie nunca hab�a conseguido</p><p>regresar.</p><p>Rem� todo aquel d�a, luch� con todas mis fuerzas para seguir avanzando hacia el este, y lo mismo hice el</p><p>d�a siguiente,</p><p>y el siguiente, hasta que perd� la cuenta de los d�as. S�lo me deten�a para tomar un trago de agua y un</p><p>bocado de comida</p><p>de vez en cuando, y dejaba de remar por per�odos de tiempo m�s largos cuando estaba absolutamente</p><p>fatigado, agarrotado por los calambres o desesperado de sue�o. Sin embargo, por muy a menudo que me</p><p>despertase y reanudase la tarea de remar, no aparec�a tierra alguna al este en el horizonte.., y nunca</p><p>apareci�. Al final mi provisi�n de alimentos y de agua se agot�. Hab�a sido poco previsor. Ten�a que haber</p><p>arponeado antes alg�n pescado que hubiera podido comer, aunque fuera crudo, y del cual hubiera podido</p><p>exprimir jugos potables. Para cuando mis provisiones se acabaron, yo me encontraba demasiado d�bil</p><p>como para desperdiciar energ�as pescando; dediqu� las fuerzas que me quedaban a remar en vano.</p><p>Y la mente me empez� a divagar, y me encontr� murmurando para m� mismo:</p><p>-Esa mujer malvada, G�nda Ke, en realidad no ha muerto.</p><p>�Por qu� habr�a de morir despu�s de vivir sin que se la pudiera matar todos esos haces y haces de a�os?</p><p>O bien:</p><p>-Una vez me amenaz� y me dijo que nunca podr�a librarme de el a. Puesto que vivi� s�lo para hacer el mal,</p><p>es f�cil suponer que quiz� viva tanto tiempo como vive el mal, y eso debe de ser hasta el fin de los tiempos.</p><p>O:</p><p>-Ahora se venga de nosotros, los que vimos su aparente muerte: una venganza r�pida en Ualiztli, una</p><p>venganza lenta</p><p>sobre mi...</p><p>Y finalmente:</p><p>-En alg�n lugar se est� regodeando con mi sufrimiento, con mi lamentable intento de permanecer vivo. Que</p><p>se condene en Mict�an, y que yo nunca me la encuentre al �. Confiar� mi destino a los dioses del agua y del</p><p>viento, y espero que habr� merecido Tonatiucan cuando muera...</p><p>Y al decir aquel o arroj� el remo y me estir� en la acali para dormir mientras aguardaba lo inevitable.</p><p>He dicho que hasta aquel d�a casi desear�a que la traves�a hubiera continuado tan falta de acontecimientos</p><p>como hab�a comenzado. El buen t�citl Ualiztli no se habr�a perdido, yo habr�a visto Aztl�n y a mi querida</p><p>Am�yatl de nuevo, luego a Nocheztli y a mi ej�rcito, y despu�s habr�a l evado a cabo mi guerra. Pero si las</p><p>cosas hubieran sucedido de ese modo no me habr�a visto impulsado a la m�s extraordinaria aventura de</p><p>toda mi vida y no habr�a conocido a la extraordinaria joven que m�s he amado nunca.</p><p><strong>25</strong></p><p>Lo que hice no fue dormir exactamente. La combinaci�n de estar indeciblemente cansado, debilitado por el</p><p>hambre,   l eno   de   ampol as   por   el   sol,   apergaminado   a   causa   de   la   sed   y,  por   a�adidura,   demasiado</p><p>desanimado para que me importase, sencil amente me hundi� en una insensibilidad que s�lo me aliviaba</p><p>en las contadas ocasiones en que ca�a en un ataque de delirio. Durante uno de esos ataques levant� la</p><p>cabeza y me pareci� ver una mancha de tierra a lo lejos, en el punto donde el mar se encuentra con el</p><p>cielo. Pero yo sab�a que eso no pod�a ser, porque se encontraba al sur en el horizonte, y no hay ninguna</p><p>masa de tierra en las extensiones meridionales del mar Occidental. No hab�a sido m�s que una aparici�n</p><p>nacida de mi delirio, as� que me sent� agradecido cuando de nuevo ced� a la tentaci�n de la insensibilidad.</p><p>El siguiente suceso fue que sent� que el agua me salpicaba la cara. Mi mente adormecida no reaccion� con</p><p>alarma, sino que acept� sosegadamente que una ola hab�a inundado mi acali, y que en breve estar�a por</p><p>completo debajo del agua, ahogado y muerto. Pero el agua continu� salpic�ndome la cara del mismo modo,</p><p>me tapaba los orificios de  la nariz,   as� que de manera involuntaria abr�  los labios secos, agrietados  y</p><p>pegados. Mis adormecidos sentidos tardaron unos instantes en comprender que el agua era dulce, no</p><p>salada. Al darme cuenta, mi mente adormecida empez� a luchar abri�ndose camino hacia arriba entre las</p><p>capas de insensibilidad. Con gran esfuerzo consegu� abrir los p�rpados, que estaban pegados.</p><p>Mis ojos, incluso adormecidos y apagados, pudieron discernir que estaban viendo dos manos humanas que</p><p>exprim�an una esponja ante mi; y detr�s de las manos aparec�a el rostro extraordinariamente bel o de una</p><p>joven. El agua era tan fresca, pura y dulce como aquel rostro. Atontado como estaba, supuse que hab�a</p><p>realmente alcanzado Tonatiucan, Tl�locan o alg�n otro de los gozosos mundos del m�s al �, y que aqu�l</p><p>era uno de los esp�ritus ayudantes de los dioses que me despertaba para darme la bienvenida. Y si era as�,</p><p>me alegraba much�simo de estar muerto.</p><p>De todos modos, muerto o no, estaba recuperando de forma lenta la visi�n, y tambi�n la capacidad de</p><p>mover la cabeza ligeramente para ver mejor al esp�ritu. La joven estaba arrodil ada cerca de m� y no l evaba</p><p>puesto nada m�s que su largo cabel o negro y un m�xt�at�, un taparrabos de hombre. No estaba sola; otros</p><p>esp�ritus hab�an acudido a darme la bienvenida. Detr�s de el a, ahora lo vi con claridad, hab�a de pie varios</p><p>esp�ritus hembra de diversos tama�os y al parecer tambi�n de edades variadas, todas vistiendo el mismo</p><p>atuendo... o la falta del mismo.</p><p>Medio atontado, me pregunt�: �estaban en realidad d�ndome la bienvenida? Aunque aquel encantador</p><p>esp�ritu me estaba despertando con suavidad y me iba refrescando con agua, me contemplaba con una</p><p>expresi�n no demasiado bondadosa, y cuando se dirigi� a m� lo hizo en un tono de suave contrariedad.</p><p>Curiosamente, el esp�ritu no hablaba n�huatl, mi lengua nativa, como yo habr�a esperado en la otra vida,</p><p>organizada por uno de los dioses aztecas. Hablaba el por� de los purepechas, aunque en un dialecto que</p><p>resultaba nuevo para m�, y a mi apagado cerebro le cost� un rato comprender lo que repet�a una y otra vez.</p><p>-Has venido demasiado pronto. Tienes que regresar.</p><p>Me ech� a re�r, o al menos tuve intenci�n de hacerlo. Lo m�s probable es que graznara como una gaviota.</p><p>Y mi voz son� tosca y rasposa cuando por fin logr� reunir suficientes palabras de por� para decir:</p><p>-Como puedes ver.., no he venido por mi gusto. Pero �ad�nde he l egado... de un modo tan providencial?</p><p>-�De verdad que no lo sabes? -me pregunt� la joven, ahora con menos severidad.</p><p>Hice un d�bil movimiento negativo con la cabeza, pero en seguida comprend� que no deb�a haberlo hecho</p><p>porque el o hizo que volviera a sumirme en la insensibilidad. Sin embargo, mientras mi propia mente se</p><p>alejaba de mi tambaleante y se desvanec�a en la oscuridad, o� que la joven dec�a:</p><p>-Iy� omeku cheni uarich�huari. Que significa: "Estas son las Islas de las Mujeres."</p><p>Hace mucho tiempo, cuando describ� c�mo era Aztl�n en los d�as de mi infancia, coment� que nuestros</p><p>pescadores sacaban del mar Occidental toda clase de cosas comestibles, �tiles y valiosas excepto aquel as</p><p>que se l aman, en todas las lenguas del Unico Mundo, "los corazones de ostras". Debido a una antigua</p><p>tradici�n, la recolecci�n de las perlas, que son el coraz�n de las ostras del mar Occidental, siempre la han</p><p>l evado  a   cabo   de  forma  exclusiva   los  pescadores de  Yak�reke,   la  comunidad  costera   situada   a  doce</p><p>carreras largas al sur de Aztl�n.</p><p>Claro que de vez en cuando alg�n pescador azt�catl de cualquier otra parte, al sacar del mar moluscos</p><p>para venderlos como alimento, ten�a la buena fortuna de encontrar en una de sus ostras aquel hermoso</p><p>canto rodado que era su coraz�n. Nadie lo obligaba a volver a arrojarlo al mar, ni le prohib�a conservarlo o</p><p>venderlo, porque una perla perfecta es tan preciada como una cuenta de oro macizo del mismo tama�o.</p><p>Pero eran los hombres de Yak�reke quienes sab�an c�mo encontrar esos corazones de ostra en cantidad, y</p><p>guardaban en secreto esa sabidur�a, transmiti�ndola entre pescadores de padres a hijos, y ninguno de el os</p><p>le hab�a confiado ni le confiar�a nunca ese secreto a un forastero.</p><p>No obstante, a trav�s de los haces de a�os, los forasteros hab�an aprendido unas cuantas cosas tentadoras</p><p>acerca de ese proceso de recoger perlas. Algo que todo el mundo sab�a era que, tan s�lo una vez cada</p><p>a�o, los pescadores de Yak�reke se hac�an a la mar en sus acaltin, cada canoa l ena con una carga de</p><p>alguna clase cuya naturaleza se ocultaba cubri�ndola con esteras y mantas. Lo natural habr�a sido suponer</p><p>que aquel os hombres transportaban alg�n tipo de cebo para ostras. Sea lo que fuese, lo transportaban</p><p>lejos para que no se viera desde tierra. Eso, en s� mismo, era un hecho tan descarado que ning�n pescador</p><p>envidioso de otro lugar, en todos esos haces de a�os, se hab�a atrevido nunca a seguirlos a los terrenos de</p><p>ostras secretos.</p><p>Esto s� que se sabia: los yak�rekes permanec�an al �, dondequiera que fuesen, por espacio de nueve d�as.</p><p>Al noveno d�a las familias iban a esperarlos, junto con mercaderes pochtecas que se congregaban al �</p><p>procedentes de todo el Unico Mundo, hasta que divisaban la flota de acaltin que se dirig�a a tierra desde el</p><p>horizonte. Y las canoas no ven�an ya l enas de carga, ni siquiera tra�an ostras. Cada hombre l evaba a casa</p><p>s�lo una bolsa de cuero l ena de corazones de ostras. Los mercaderes que aguardaban para comprar</p><p>aquel as perlas sab�an bien que no hab�a que preguntar ni d�nde ni c�mo las hab�an conseguido. Y lo</p><p>mismo las mujeres de los pescadores.</p><p>Eso era todo lo que se sab�a; los forasteros ten�an que hacer conjeturas acerca del resto, e inventaron</p><p>varias leyendas que encajaban bien con las circunstancias. La suposici�n m�s cre�ble era que ten�a que</p><p>haber una tierra al � afuera, al oeste de Yak�reke, quiz� algunas islas rodeadas de aguas poco profundas,</p><p>porque ser�a imposible para cualquier pescador sacar a la superficie ostras de las grandes profundidades</p><p>del mar abierto. Pero �por qu� iban los hombres s�lo una vez al a�o? Quiz� tuvieran esclavos en aquel as</p><p>tierras, los cuales recog�an ostras durante todo el a�o y las guardaban hasta que sus amos ven�an en una</p><p>�poca se�alada y l evaban consigo mercanc�as que intercambiar por las perlas.</p><p>Y el hecho de que los pescadores s�lo les contasen el secreto a sus hijos, y no a las mujeres de Yak�reke,</p><p>inspiraba otro toque a la leyenda. Aquel os supuestos esclavos de aquel as supuestas islas deb�an de ser</p><p>mujeres, y las mujeres de Yak�reke no deb�an saberlo nunca a fin de que, movidas por los celos, no</p><p>impidieran que los hombres fueran al �. As� naci� la leyenda de las Islas de las Mujeres. Durante toda mi</p><p>juventud yo hab�a o�do aquel a leyenda y algunas variantes de la misma; pero como todas las personas con</p><p>sentido com�n, siempre hab�a menospreciado aquel os cuentos por m�ticos y absurdos. Para empezar, era</p><p>tonto creer que un peque�o pueblo aislado y compuesto s�lo por hembras hubiera podido perpetuarse</p><p>durante tantas generaciones. Pero ahora, por pura casualidad, yo hab�a descubierto que aquel as islas</p><p>exist�an y existen en realidad. Yo no habr�a podido sobrevivir de no haber sido por eso.</p><p>Las islas son cuatro y est�n puestas en una fila, pero s�lo las dos del medio, las m�s grandes, tienen la</p><p>suficiente agua dulce para estar habitadas, y lo est�n enteramente por mujeres. En aquel a ocasi�n cont�</p><p>ciento doce. Para ser m�s exactos, deber�a decir hembras en lugar de mujeres, puesto que se inclu�an</p><p>ni�as  menores   de   un   a�o,   ni�as  peque�as,   muchachas  n�biles,   j�venes,   mujeres  maduras   y  mujeres</p><p>viejas. La m�s vieja era a la que l amaban Kuk�, o abuela, a la que todas obedec�an como si se tratase de</p><p>su Portavoz Venerado. Me propuse mirar a las ni�as; ni siquiera l evaban m�xt�atl, y hasta las m�s j�venes,</p><p>las reci�n nacidas, eran del sexo femenino.</p><p>Una vez que hube convencido a las mujeres de que verdaderamente hab�a l egado a su isla por casualidad,</p><p>sin conocer siquiera su existencia  y sin ni siquiera  creer  que  existieran, la Kuk�  me dio permiso para</p><p>quedarme al � alg�n tiempo, s�lo lo suficiente para recuperar mis fuerzas y tal arme por mi cuenta un remo</p><p>nuevo para la canoa, cosas ambas que me resultaban imprescindibles para regresar a tierra firme. A la</p><p>mujer joven que hab�a sido la primera en prestarme ayuda con una esponja empapada de agua se le</p><p>encarg� que se ocupase de mantenerme y que velase para que me comportase como era debido, y el a</p><p>rara vez me perdi� de vista durante los primeros d�as de mi estancia.</p><p>Se l amaba Ixinatsi, que es la palabra por� que designa a ese diminuto insecto chirriante que se l ama grillo.</p><p>El  nombre  era  adecuado,  porque   la   mujer  era  tan  alegre,   tan  viva   y ten�a   tan  buen  humor  como  ese</p><p>peque�o animal. Si la mirabas s�lo de pasada, Ix�natsi parec�a una mujer purepe como las dem�s, aunque</p><p>ten�a   un   semblante   inusualmente   hermoso   y  un   porte   muy  vivaz.   Cualquier   observador   pod�a   admirar</p><p>aquel os   ojos   chispeantes,   el   pelo   lustroso,   el   cutis   luminoso,   los   pechos   y   las   nalgas   hermosamente</p><p>redondeados y firmes, las piernas y los brazos torneados, las manos delicadas. Pero s�lo los dioses que la</p><p>crearon   y   yo   l egar�amos   a   saber   alguna   vez   que   Gril o   en   realidad   era   muy   diferente,   amorosa   y</p><p>deliciosamente diferente, a las dem�s mujeres. Pero estoy adelantando acontecimientos en mi cr�nica.</p><p>Como le hab�a mandado la vieja Kuk�, Gril o cocinaba para m� toda clase de pescado, y adornaba los</p><p>platos con una flor amaril a l amada tir�petsi; esa flor, aseguraba el a, pose�a propiedades curativas. Entre</p><p>comidas   me   agasajaba   con   ostras,   mejil ones   y  vieiras   crudos,   sobrealiment�ndome   de   un   modo   muy</p><p>parecido a como sobrealimentan a la fuerza muchos pueblos de tierra firme a los perros techichi antes de</p><p>matarlos para com�rselos. Cuando se me ocurri� esa comparaci�n, me inquiet�. Me pregunt� si aquel as</p><p>mujeres no ten�an hombres porque eran devoradoras de hombres, y as� se lo pregunt�, lo que hizo re�r a</p><p>Ixinatsi.</p><p>-No  tenemos  hombres ni para   comer  ni  para  ninguna  otra  cosa  -me  contest�  en  el dialecto  por�   que</p><p>aprend�a muy de prisa-. Te alimento, Tenamaxtli, para que te recuperes. Cuanto antes te pongas fuerte,</p><p>antes podr�s marcharte.</p><p>Sin embargo, antes de marcharme quise conocer m�s aquel as islas legendarias, una vez que se me hab�a</p><p>hecho evidente que no eran una leyenda sin base. Deduje por mi cuenta que las mujeres hab�an tenido</p><p>antepasados purepechas, pero que aquel os antepasados hab�an partido de Michoac�n much�simo tiempo</p><p>atr�s. El idioma alterado de aquel as mujeres era prueba de el o. Y tambi�n lo era el hecho de que no</p><p>segu�an la antigua costumbre de los purepechas de afeitarse por completo la cabeza. Cuando Gril o no</p><p>estaba atareada en atiborrarme de comida, no ten�a reparos en contestar a mis muchas preguntas. Lo</p><p>primero que le pregunt� fue acerca de las casas de las mujeres, que no eran casas en absoluto.</p><p>Las   islas,   adem�s   de   estar   bordeadas   de   cocoteros,   est�n   densamente   pobladas   de   �rboles   de   hoja</p><p>caduca en las laderas superiores. Pero las mujeres viven todo el d�a al aire libre y, por la noche, para</p><p>dormir, entran a gatas en toscos refugios debajo de los muchos �rboles ca�dos. Hab�an excavado peque�as</p><p>cuevas debajo de el os; tambi�n, donde un tronco se inclinaba formando un �ngulo, hab�an construido</p><p>paredes con hojas de palmera o con pedazos grandes de corteza de �rbol. Me prestaron uno de aquel os</p><p>escondrijos  improvisados  para  m�  solo  junto  al  que   ocupaba  Ixinatsi  y  su   hija   de  cuatro  a�os,  que  se</p><p>l amaba Tir�petsi, como la flor amaril a del mismo nombre.</p><p>-�Por qu�, ya que ten�is todos estos �rboles, no los cort�is en tablones y constru�s casas decentes? -le</p><p>pregunt�-. �O por qu� no utiliz�is al menos los �rboles nuevos, que no hay que cortarlos en l�minas?</p><p>-No servir�a de nada, Tenamaxtli -me respondi�-. Con demasiada frecuencia la estaci�n l uviosa trae unas</p><p>tormentas tan terribles que asolan estas islas y las despojan de todo aquel o que se puede mover. Incluso</p><p>muchos de los �rboles m�s fuertes caen cada a�o. As� que construimos nuestros refugios debajo de los</p><p>�rboles ca�dos  para que  no  se  nos l eve  el viento.  No  construimos  nada  que  no se pueda  reconstruir</p><p>f�cilmente. Por eso es tambi�n por lo que no intentamos cultivar nada. Pero el mar nos proporciona comida</p><p>abundante, tenemos buenos arroyos para beber, y cocos a modo de dulces. Nuestra �nica cosecha son las</p><p>kinuchas, y las intercambiamos por las dem�s cosas que necesitamos. Que son pocas -concluy�; y, como</p><p>para ilustrarlo, se pas� la mano por el cuerpo casi desnudo.</p><p>La palabra "kinucha" significa perla, por supuesto. Y hab�a un buen motivo por el cual las mujeres de la isla</p><p>necesitaban poco del mundo que estaba al otro lado del mar. Todas el as, excepto las m�s j�venes, se</p><p>pasaban el d�a trabajando con af�n, lo que las cansaba tanto que pasaban las noches sumidas en un sue�o</p><p>profundo. Aparte de los breves intervalos que se permit�an para comer y para las funciones obligatorias, o</p><p>bien estaban trabajando o bien durmiendo, y no pod�an imaginar otras actividades. Eran tan indiferentes a</p><p>las ideas de diversi�n y ocio como lo eran para la carencia de compa�eros e hijos varones.</p><p>Su   trabajo,   ciertamente,   es   exigente   y   �nico   entre   los   oficios   femeninos.   En   cuanto   el   d�a   clarea   lo</p><p>suficiente, la mayor parte de las muchachas y de las mujeres salen a la mar nadando o empujando balsas</p><p>hechas de ramas de �rboles atadas con zarcil os de vid. Cada mujer l eva colgado del brazo un cesto hecho</p><p>de mimbre. Desde entonces hasta que la luz se va apagando en el crep�sculo, esas mujeres se zambul en</p><p>repetidamente hasta el fondo del mar para buscar las ostras que abundan al �. Emergen a la superficie con</p><p>un cesto l eno de esas cosas, las vac�an sobre la playa o sobre la balsa y luego vuelven a zambul irse para</p><p>l enarlo otra vez. Mientras tanto las ni�as demasiado j�venes y las mujeres demasiado viejas para bucear</p><p>realizan la mon�tona tarea de abrir las ostras... y de desechar la mayor parte de el as.</p><p>Las mujeres no quieren las ostras, excepto las pocas, en comparaci�n, que se comen. Lo que buscan son</p><p>las kinuchas de las ostras, los corazones, las perlas. Durante mi permanencia en las islas vi suficientes</p><p>perlas como para pagar la construcci�n de una ciudad moderna, si hubieran querido una ciudad al �. La</p><p>mayor�a   de   las   perlas   eran   perfectamente   redondas   y   suaves,   aunque   algunas   eran   irregularmente</p><p>bulbosas; otras eran tan peque�as como ojos de mosca y algunas, pocas, tan grandes como el final de un</p><p>pulgar; la mayor�a eran de un tama�o que oscilaba entre ambos extremos. Adem�s casi todas eran de un</p><p>color blanco resplandeciente, aunque las hab�a de color rosa, de tonos azules p�lidos, e incluso, de vez en</p><p>cuando, se ve�a una perla del color gris plateado de una nube de tormenta. Lo que hace a las perlas tan</p><p>apreciadas y tan valiosas es su rareza y la dificultad de su adquisici�n, aunque uno supondr�a que, si una</p><p>ostra tiene coraz�n, todas habr�an de tenerlo.</p><p>-Todas lo tienen -dijo Gril o-. Pero s�lo unas cuantas tienen la clase adecuada de coraz�n. -Lade� la linda</p><p>cabeza y se qued� mir�ndome-. Tu coraz�n, Tenamaxtli, es para sentir emociones, �no? �Como el amor?</p><p>-Eso parece -repuse; y me ech� a re�r-. Late con m�s fuerza cuando amo a alguien.</p><p>El a asinti�.</p><p>-Igual que el m�o cuando miro a mi peque�a Tir�petsi y siento amor por el a. Pero no todas las ostras tienen</p><p>un coraz�n que conozca la emoci�n, como hacen los corazones humanos. La mayor�a de las ostras se</p><p>limitan a yacer inertes y a esperar que las corrientes de agua les traigan alimento; no aspiran a nada m�s</p><p>que a la placidez del lecho de ostras, y no hacen nada m�s que existir durante tanto tiempo como pueden.</p><p>Empec� a comentar que as� igual podr�a estar describiendo a sus propias hermanas de la isla o incluso a la</p><p>mayor parte de la humanidad, pero el a continu� hablando.</p><p>-S�lo una ostra entre muchas, quiz� una entre cien centenares, tiene un coraz�n capaz de sentir, capaz de</p><p>querer ser algo m�s que baba dentro de una concha. Esa �nica ostra entre muchas, esa que tiene un</p><p>coraz�n que siente, bueno, �se es el coraz�n que se convierte en una kin�, visible, bel o y precioso.</p><p>Seguramente esa tonter�a no pod�a creerse en ninguna otra parte m�s que en las Islas de las Mujeres, pero</p><p>era una fantas�a tan dulce que mi propio coraz�n me impidi� discutirla. Y ahora, al mirar hacia atr�s en el</p><p>tiempo, creo que �se debi� de ser el momento en que me enamor� de Ix�natsi. De cualquier modo, daba la</p><p>impresi�n de que aquel a creencia suya de que hab�a que buscar ostras que no lo parec�an sirviera para</p><p>consolarla en aquel os d�as en los que quiz� l egase a bucear cien centenares de veces entre la primera y</p><p>la �ltima luz del d�a y en los que sacaba naciones enteras de ostras sin que hubiera entre el as ni una sola</p><p>kin�. De manera que la mujer no l eg� a maldecir ni una sola vez, como habr�a hecho yo, a las ostras o a</p><p>los dioses; ni siquiera escup�a con enojo en el mar cuando el trabajo de todo un d�a se hac�a en vano.</p><p>Y encima �se es un trabajo condenadamente duro. Lo s� porque lo intent� un d�a, en secreto, en aguas</p><p>donde   las   mujeres   no   estaban   trabajando   entonces,   y   logr�   permanecer   debajo   del   agua   el   tiempo</p><p>suficiente para arrancar una sola ostra de una roca al � abajo. Ese fue todo el tiempo que pude aguantar</p><p>bajo el agua. Pero las mujeres empezaban a bucear cuando eran s�lo unas ni�as. Cuando se convierten en</p><p>adultas se han desarrol ado tanto en la parte superior del cuerpo que pueden aguantar la respiraci�n y</p><p>permanecer sumergidas durante un tiempo asombrosamente largo. Verdaderamente, aquel as mujeres de</p><p>las islas tienen los senos m�s notables que yo haya visto en ninguna otra parte.</p><p>-M�ralos -me dijo Gril o mientras sosten�a uno de aquel os magn�ficos pechos suyos en cada mano-. Es a</p><p>causa de �stos que las islas han l egado a ser dominio de las mujeres solamente. Ya ves, adoramos a la</p><p>diosa de gran seno Xar�tanga. Su nombre significa Luna Nueva, y en el arco de cada luna nueva puedes</p><p>ver la curva de su amplio pecho.</p><p>Aquel a similitud no se me hab�a ocurrido nunca antes pero es as�.</p><p>Gril o continu� hablando:</p><p>-Luna Nueva dispuso hace mucho tiempo que estas islas estuvieran habitadas s�lo por hembras, y todos</p><p>los hombres han respetado ese mandamiento porque temen que Xar�tanga se l eve las ostras o por lo</p><p>menos las valiosas kinuchas, si cualquiera que no fueran las mujeres intentara recogerlas. De todos modos,</p><p>los hombres no podr�an hacer eso. Como t� mismo me has confesado, Tenamaxtli, has experimentado tu</p><p>propia ineptitud para el o. Nosotras las mujeres estamos adaptadas por Luna Nueva para ser superiores a</p><p>vosotros como buceadoras. -Volvi� a menearse los pechos-. Y �stos ayudan bastante para que nuestros</p><p>pulmones sean capaces de almacenar mucho m�s aire de lo que puede hacer cualquier hombre.</p><p>Yo no pod�a adivinar ninguna relaci�n entre los �rganos productores de leche y los que respiran el aire,</p><p>pero como no era ticitl decid� no discutir el asunto. Estaba muy ocupado en admirar. Tuvieran o no los</p><p>pechos de aquel as mujeres alguna funci�n extra que realizar, el soberbio desarrol o y la firmeza de que</p><p>hac�an gala a cualquier edad contribu�an indudablemente al atractivo de las mujeres. Y hay otra cosa que</p><p>hace   a   las   isle�as   diferentes   de   las   mujeres   de   tierra   firme,   y   que   las   hace   atractivas   de   un   modo</p><p>sorprendente, pero para explicar ese aspecto debo desviarme un poco del tema del que estoy hablando.</p><p>Hay en esas islas otros muchos habitantes adem�s de las mujeres. Diversas clases de tortugas de mar</p><p>avanzan pesadamente desde la oril a hacia el mar y viceversa; se ven cangrejos por todas partes y, por</p><p>supuesto, hay una gran multitud de aves de voz estridente y excrementos promiscuos. Pero la criatura que</p><p>resulta m�s caracter�stica de las islas es cierto animal al que las mujeres l aman pukiits�, y que viene a ser</p><p>como la versi�n marina de la bestia que en n�huatl se l ama cuguar. El nombre debe de haber l egado hasta</p><p>el as directamente desde sus antepasados de Michoac�n, porque ninguna de las habitantes de las islas</p><p>podr�a haber visto nunca un cuguar.</p><p>El pukiits� se parece vagamente al cuguar que habita en las monta�as, aunque su expresi�n no es fiera,</p><p>sino m�s bien encantadoramente dulce e inquisitiva. El pukiits� tiene un bigote parecido en el hocico, pero</p><p>los dientes son romos, las orejas diminutas y las patas, parecidas a aletas, no tienen garras asesinas.</p><p>Nosotros los habitantes de Aztl�n rara vez ve�amos a esos animales marinos, s�lo cuando alguno, herido o</p><p>muerto, l egaba hasta nuestras costas arrastrado por el mar, porque no les gustan los lugares arenosos o</p><p>pantanosos, sino que prefieren los rocosos. Y nosotros los l amamos ciervos de mar simplemente porque</p><p>tienen ojos de ciervo, grandes y c�lidos.</p><p>A cualquier hora hab�a cientos de cuguares de mar a la vez alrededor de las Islas de las Mujeres, pero</p><p>estos animales viven de pescado y no son de temer en absoluto, al contrario que los cuguares aut�nticos.</p><p>Retozaban en las aguas justo al lado de las buceadoras o se asoleaban perezosamente en las rocas de la</p><p>oril a, incluso dorm�an flotando de espaldas en el mar. Las mujeres nunca los cazaban para com�rselos ya</p><p>que su carne no es muy sabrosa, pero de vez en cuando un cuguar de mar mor�a por cualquier otra causa y</p><p>las mujeres se apresuraban a desol arlo. El lustroso pel ejo marr�n es apreciado como prenda de vestir,</p><p>tanto por su bel eza como por sus propiedades impermeables. (Ix�natsi me hizo un elegante sobremanto</p><p>con una de esas pieles.) Esa capa de pelo es lo bastante densa como para que los cuguares de mar</p><p>puedan vivir en �ste sin que el cuerpo se les quede nunca fr�o ni el agua les l egue a la piel, y la lisura de la</p><p>capa de pelo les permite deslizarse como flechas por el agua tan velozmente como cualquier pez.</p><p>Las mujeres buceadoras han desarrol ado una capa de pelo parecida. Ahora bien, hace mucho declar� que</p><p>nuestros   pueblos   del   Unico   Mundo   est�n   usualmente   desprovistos   de   vel o   corporal,   pero   deber�a</p><p>enmendar esa afirmaci�n. Todo ser humano, incluso un beb� reci�n nacido y aparentemente lampi�o, l eva</p><p>un vel o  muy fino, casi  invisible,  sobre  la  mayor parte del  cuerpo. Poned a un  hombre o a  una  mujer</p><p>desnudos entre vosotros y el sol y ver�is. Pero el vel o de esas mujeres isle�as ha crecido algo m�s, me</p><p>imagino que propiciado por el hecho de haberse dedicado a bucear en el mar durante tantas generaciones.</p><p>No quiero decir que tengan un vel o tosco como el de la barba de los hombres blancos. El vel o es tan fino,</p><p>delicado e incoloro como la pelusa de algodoncil o, pero les cubre los cuerpos cobrizos con un lustre como</p><p>el de los cuguares de mar, y sirve para el mismo prop�sito de hacerlas m�s �giles en el agua. Cuando una</p><p>mujer isle�a est� de pie con la luz del sol detr�s de el a, se la ve recortada y orlada de un color dorado</p><p>bril ante. A la luz de la luna el bril o es plateado. Incluso cuando est� mucho tiempo fuera del mar, y por</p><p>tanto seca, tiene un aspecto deliciosamente h�medo y m�s flexible que las dem�s mujeres, como si pudiera</p><p>resbalar f�cilmente del abrazo del hombre m�s fuerte...</p><p>Lo que me trae de nuevo al tema que me hab�a ocupado en primer plano durante todo este tiempo. Ya he</p><p>mencionado las muchas generaciones de mujeres buceadoras. Pero �c�mo engendraba una generaci�n a</p><p>la siguiente?</p><p>La respuesta es tan simple que resulta rid�cula, vulgar e incluso en cierto modo repugnante. Sin embargo,</p><p>no logr� reunir el valor suficiente para formular esa pregunta hasta la noche de mi s�ptimo d�a en las islas,</p><p>d�a en el cual la vieja Kur� hab�a decretado que yo ten�a que partir a la ma�ana siguiente.</p><p><strong>26</strong></p><p>Yo hab�a terminado de tal ar y darle forma al remo, e Ix�natsi hab�a aprovisionado mi acali con pescado</p><p>seco y carne de coco, adem�s de un sedal y un anzuelo de hueso para que pudiera pescar pescado fresco.</p><p>A�adi� cinco o seis cocos verdes de los cuales hab�a cortado el tal o, de modo que permanec�an cerrados</p><p>s�lo por una membrana fina. La gruesa c�scara mantendr�a fresco el contenido incluso al sol; yo s�lo ten�a</p><p>que pinchar la membrana para beber la dulce y refrescante leche de coco.</p><p>Me dio las indicaciones que todas las mujeres hab�an memorizado, aunque ninguna de el as hab�a tenido</p><p>nunca motivo o deseos de visitar el Unico Mundo. Entre las islas y la tierra firme, me dijo, las corrientes</p><p>siempre iban hacia el sur y eran suaves y estables. Yo hab�a de remar directamente hacia el este cada d�a a</p><p>un ritmo firme, pero que no resultase extenuante en exceso. Ix�natsi daba por supuesto, y ten�a raz�n, que</p><p>yo sabr�a mantener el rumbo hacia el este, y me dijo que las desviaciones hacia el sur que pudiera hacer mi</p><p>acali mientras yo dorm�a de noche ya estaban previstas en las indicaciones que me daba. Al cuarto d�a yo</p><p>ver�a una aldea costera. Gril o no sab�a el nombre de la aldea, pero yo s�; ten�a que ser Yak�reke.</p><p>As�, la noche que Kuk� hab�a dicho que ser�a la �ltima que yo pasar�a al �, Gril o y yo nos sentamos uno al</p><p>lado del otro, apoyados en el �rbol ca�do que serv�a de techo a nuestros dos refugios, y le pregunt�:</p><p>-Ixinatsi, �qui�n fue tu padre?</p><p>-Nosotras no tenemos padres -respondi� la mujer simplemente-. S�lo tenemos madres e hijas. Mi madre</p><p>est� muerta. Y a mi hija ya la conoces.</p><p>-Pero tu madre no pudo engendrarte el a sola. Ni t� a tu hija Tir�petsi. Alguna vez, como quiera que sea en</p><p>cada caso, ha tenido que estar implicado un hombre.</p><p>-Ah, te refieres a eso -contest� Jxinatsi con cierta negligencia-. Aku�reni. S�, los hombres vienen aqu� una</p><p>vez al a�o para tal fin.</p><p>-As� que a eso te refer�as cuando me hablaste por primera vez a mi l egada -le indiqu�-. Me dijiste que</p><p>hab�a venido demasiado pronto.</p><p>-Si, los hombres vienen de esa aldea que hay en tierra firme a la que vas t�. Vienen s�lo para quedarse un</p><p>d�a   a  lo   largo   de   los  dieciocho   meses  del  a�o.   Se   presentan   con   canoas  cargadas  de   mercanc�as,   y</p><p>nosotras seleccionamos lo que necesitamos y se lo cambiamos por kinuchas. Una kin� por un buen peine</p><p>de   hueso   o   de   concha   de   tortuga,   dos   kinuchas   por   un   cuchil o   de   obsidiana   o   un   sedal   de   pescar</p><p>trenzado...</p><p>-�Ayya! -la interrump�-. Os est�n enga�ando de un modo infame! Esos hombres cambian luego esas perlas</p><p>por un valor mucho mayor, y los que a su vez se las compran a el os las cambian, obteniendo a�n mayor</p><p>beneficio, y as� sucesivamente. Y cuando por fin las perlas ya han pasado por todas las manos desde aqu�</p><p>hasta el mercado de alguna ciudad...</p><p>Gril o encogi� los hombros desnudos que bril aban a la luz de la luna.</p><p>-Los hombres podr�an obtener las ostras sin tener que pagar nada, si Xar�tanga tuviera a bien permitir que</p><p>aprendieran a bucear. Pero el intercambio nos trae lo que necesitamos y lo que queremos, de modo que,</p><p>�qu� m�s podr�amos pedir? Luego, cuando el intercambio termina, Kuk� re�ne a las mujeres que quieran</p><p>tener una hija, e incluso a aquel as que no est�n muy deseosas, si Kuk� dice que les ha l egado la hora, y</p><p>selecciona a los m�s robustos de entre los hombres. Las mujeres se tumban en fila en la playa, y los</p><p>hombres hacen ese aku�reni que nosotras tenemos que soportar si hemos de tener hijas.</p><p>-No haces m�s que decir hijas. Pero tambi�n deben de nacer algunos ni�os.</p><p>-Si, algunos. Pero la diosa Luna Nueva dispuso que �stas fueran las Islas de las Mujeres, y s�lo hay un</p><p>modo de mantenerlas as�. A todos los ni�os varones, al estar prohibidos por la diosa, se los ahoga al nacer.</p><p>-Incluso en la oscuridad, Gril o debi� de ver la expresi�n que yo ten�a en la cara, pero la malinterpret�, pues</p><p>se apresur� a a�adir-: No es un desperdicio, como podr�as pensar. Se convierten en alimento para las</p><p>ostras, y as� se les da un uso muy digno.</p><p>Bien; yo  mismo, como var�n, dif�cilmente podr�a  aplaudir  aquel a despiadada  eliminaci�n de  los  reci�n</p><p>nacidos. Por otra parte, al igual que la mayor�a de los actos realizados por mandato de los dioses, �ste</p><p>ten�a   la   pureza   de   la   m�s   completa   simplicidad:   mantener   las   islas   como   una   reserva   de   hembras</p><p>alimentando a las ostras de cuyos corazones dependen las isle�as.</p><p>-Mi hija ya casi tiene edad de empezar a bucear -continu� diciendo Gril o-. As� que supongo que Kuk� me</p><p>ordenar� que l eve a cabo el aku�reni con alguno de los hombres cuando vengan la pr�xima vez.</p><p>Al o�r esto, le coment�:</p><p>-Lo dices como si te pareciera tan agradable como ser atacada por un monstruo marino. �Es que ninguna</p><p>de vosotras se acuesta nunca con un hombre s�lo por placer?</p><p>-�Placer? -exclam�-. �Qu� placer puede haber en que le metan a una dentro con brusquedad una estaca</p><p>de carne, la muevan dolorosamente en un mete y saca unas cuantas veces y luego la saquen tambi�n</p><p>dolorosamente? La impresi�n que se tiene en ese rato es como si estuvieras estre�ida por el otro lado.</p><p>-Hay que ver qu� hombres m�s galantes y corteses invit�is vosotras las mujeres para que sean vuestros</p><p>consortes -mascul �. Luego a�ad� en voz alta-: Mi querida Ixinatsi, lo que me describes es violaci�n, no es</p><p>el acto amoroso tal como deber�a ser. Cuando se hace con amor, y t� misma has hablado del coraz�n</p><p>amoroso, puede ser un placer exquisito.</p><p>-�Hecho con amor? -me pregunt� en tono que parec�a no exento de inter�s.</p><p>-Bien... el amor puede empezar mucho antes de que una estaca de carne est� implicada. T� sabes que</p><p>tienes un coraz�n amoroso, pero puede que no sepas que tambi�n tienes una kin�. Y que es infinitamente</p><p>m�s capaz de ser amada que la de la ostra m�s emocional. Est� ah�.</p><p>Le se�al� el lugar, y Gril o dio la impresi�n de perder inter�s en el o inmediatamente.</p><p>-Ah, eso -volvi� a decir. Se desenrol � la �nica prenda que vest�a y se removi� para poner el abdomen a la</p><p>luz de un rayo de luna; con los dedos se apart� los p�talos de su tipili, se mir� sin curiosidad el xacapili,</p><p>parecido a una perla, y a�adi�-: Un juguete de ni�as.</p><p>-�Qu�?</p><p>-Una ni�a aprende desde muy joven que esa peque�a parte que tiene ah� es sensible y excitable, y hace</p><p>mucho uso de el a. S�... igual que t� est�s haciendo ahora con la punta de tu dedo, Tenamaxtli. Pero a</p><p>medida que una ni�a madura, se aburre de esa pr�ctica infantil y la encuentra poco femenina. Adem�s,</p><p>nuestra Kuk� nos ha ense�ado que esa actividad despoja a cualquiera de fuerza y aguante. Oh, una mujer</p><p>adulta lo hace de vez en cuando. Yo misma lo hago... exactamente como t� me lo est�s haciendo en este</p><p>momento.., pero s�lo para aliviarme cuando me siento tensa o de mal humor. Es como "rascarse una</p><p>picaz�n".</p><p>Suspir�.</p><p>-Picaz�n, mete y saca y estre�imiento. Qu� palabras m�s horribles empleas para hablar de un sentimiento</p><p>que   puede   ser  el   m�s   sublime   de   todos.  Y vuestra   anciana   Kuk�   se   equivoca.   Hacer   el   amor   puede</p><p>vigorizarte y darte mucha m�s fuerza y satisfacci�n en todas las dem�s cosas que hagas. Pero dejemos</p><p>eso ahora. Dime  una  cosa. Cuando yo  te  acaricio ah�, �es igual  que  cuando t� misma te rascas  una</p><p>picaz�n?</p><p>-N-no -admiti� el a con voz entrecortada-. Siento.., sea lo que sea lo que siento... es muy diferente...</p><p>Intentando refrenar mi propia excitaci�n para poder hablar con tanta seriedad como un t�citl que hace un</p><p>reconocimiento, le pregunt�:</p><p>-Pero �es una sensaci�n buena?</p><p>-Si -repuso el a en voz baja.</p><p>Mientras yo le besaba todo aquel cuerpo cubierto de piel lustrosa que resplandec�a a la luz de la luna, Gril o</p><p>repiti� casi de manera inaudible:</p><p>-S�.</p><p>La bes� en el lugar donde estaba mi mano y luego la quit� para que no me estorbase.</p><p>Ix�natsi se sobresalt� y ahog� un grito.</p><p>-�No! No puedes... as� no es como... oh, s�, es as�! S�, puedes! Y yo... oh, yo tambi�n puedo!</p><p>Gril o   tard�   un  rato  en  recuperarse;  respiraba   como  si  acabase   de   salir   de  las  profundidades  del  mar</p><p>cuando dijo:</p><p>-�Uiik�iki! Nunca... cuando lo hago yo misma... Nunca ha sido as�!</p><p>-Pues reparemos ese descuido tan largo -le suger�.</p><p>Y comenc� a hacerle cosas que la transportaron a esas profundidades, o a esas alturas, dos veces de</p><p>nuevo antes de dejar que supiera que yo ten�a un m�stil de carne disponible para cuando hiciera falta. Y</p><p>cuando as� fue, me vi abrazado, envuelto y engul ido por una criatura tan �gil, sinuosa, adaptable y diestra</p><p>como cualquier cuguar marino que hiciera ruidosas cabriolas en su propio elemento.</p><p>Entonces fue cuando descubr� algo absolutamente novedoso sobre Ix�natsi, y eso que yo habr�a jurado que</p><p>ninguna mujer podr�a sorprenderme nunca m�s en ning�n sentido. No fue hasta que yacimos juntos que lo</p><p>descubr�, porque su deliciosa diferencia de todas las dem�s mujeres resid�a en sus partes m�s �ntimas.</p><p>Manifiestamente, cuando Gril o a�n no hab�a nacido y los dioses le estaban dando forma en el seno de su</p><p>madre, la bondadosa diosa del amor, de las flores y de la felicidad conyugal debi� de decir: "Dotemos a</p><p>esta ni�a, Ix�natsi, de una peculiaridad �nica en sus �rganos femeninos, para que cuando l egue a mujer</p><p>adulta  pueda  realizar  aku�reni con los hombres mortales con  tanto  gozo  y voluptuosidad  como  podr�a</p><p>hacerlo yo misma."</p><p>Era desde luego s�lo una peque�a alteraci�n la que los dioses efectuaron en el cuerpo de Gril o, pero... -</p><p>ayyo! Puedo atestiguar que a�adi� una incre�ble nota picante y una gran exuberancia cuando el a y yo nos</p><p>unimos en el acto conyugal.</p><p>La diosa del amor entre nosotros los aztecas se l ama Xochiquetzal, pero los purepechas la conocen como</p><p>Petsikuri, y es as� como tambi�n la conocen las mujeres isle�as. Sea cual sea su nombre, lo que hab�a</p><p>hecho era lo siguiente: hab�a situado la apertura del tipili de Gril o s�lo un poco m�s atr�s entre sus muslos</p><p>que en el resto de las mujeres. De ese modo el hueco interior de su tipili no simplemente se extend�a recto</p><p>hacia arriba en el interior de su cuerpo, sino hacia arriba y hacia adelante. Cuando el a y yo copulamos cara</p><p>a cara y deslic� mi tepuli dentro de el a, �ste se dobl� con suavidad para adaptarse a aquel a curva. De</p><p>modo que, cuando estuvo completamente envainado dentro de el a, la corona de mi tepuli volv�a a estar</p><p>apuntando hacia mi o, mejor dicho, hacia la parte de atr�s del ombligo del vientre de Gril o.</p><p>En nuestro idioma n�huatl a menudo nos referimos con respeto al cuerpo de una mujer l am�ndolo xochitl,</p><p>"flor", y a su ombligo lo l amamos yolox�chitl, o "centro del capul o". Cuando estuve dentro de Ixinatsi mi</p><p>tepuli se convirti� literalmente en el "tal o" de ese capul o, de esa flor. S�lo el hecho de percatarme de que</p><p>el a y yo est�bamos tan �ntimamente unidos, por no mencionar las intensas sensaciones implicadas en el o,</p><p>elevaron mi ardor hasta un grado que nunca hubiera cre�do posible.</p><p>Y al organizar las partes femeninas de Ixinatsi, la diosa hab�a proporcionado, tanto para Gril o como para</p><p>mi, todav�a un refuerzo m�s del gozo que l ega en el acto del amor. Ese emplazamiento ligeramente m�s</p><p>atr�s del orificio de su tipili hizo que, cuando mi tepuli la penetr� hasta la empu�adura, mi hueso p�bico</p><p>quedara por fuerza apretado y duro contra su sensible perla xacapili, mucho m�s apretado de lo que lo</p><p>habr�a estado con mujeres corrientes. As�, mientras Ix�natsi y yo nos apret�bamos, nos mec�amos y nos</p><p>retorc�amos juntos, su peque�a kin� rosada resultaba al mismo tiempo acariciada, frotada, sobada... hasta</p><p>que se puso erecta; empez� a latirle con ansia y luego alcanz� paroxismos de �xtasis. Y la respuesta de</p><p>Gril o era cada vez m�s fogosa, cosa que, naturalmente, me produc�a a mi el mismo efecto, de modo que</p><p>est�bamos igual, gozosa, atontada y casi desmayadamente exultantes cuando alcanzamos juntos el cl�max.</p><p>Cuando acab�, Ix�natsi, la de los pulmones prodigiosos, recuper� el aliento antes que yo, desde luego.</p><p>Mientras yo todav�a yac�a flojo, Gril o se desliz� en su guarida debajo del �rbol, sali� de el a y me puso algo</p><p>con fuerza en la mano. El objeto bril aba a la luz de la luna como un pedazo de la misma luna.</p><p>-Una kin� significa un coraz�n amoroso -me indic�; y luego me bes�.</p><p>-Esta perla �nicamente -le dije en voz baja- podr�a comprarte muchas cosas. Una casa como es debido, por</p><p>ejemplo. Una realmente buena.</p><p>-No sabr�a qu� hacer con una casa. Pero ahora s� que s� c�mo disfrutar del aku�reni. La kin� es para darte</p><p>las gracias por ense��rmelo.</p><p>Antes de que yo pudiera reunir el aliento necesario para volver a hablar, Gril o se hab�a puesto en pie de un</p><p>brinco y estaba l amando al otro lado del tronco.</p><p>-�Mar�uani! -le dec�a a la joven que viv�a en el refugio del otro lado. Pens� que Gril o iba a pedirle disculpas</p><p>por los ruidos sin duda extra�os que hab�amos estado haciendo. Pero en cambio le pidi� con urgencia-: -</p><p>Ven aqu�! He descubierto una cosa de lo m�s maravil osa!</p><p>Mar�uani dio la vuelta a la ra�z del �rbol mientras se peinaba descuidadamente el largo cabel o fingiendo no</p><p>sentir curiosidad alguna, pero alz� las cejas cuando nos vio desnudos a ambos. Le dijo a Ix�natsi:</p><p>-Por el ruido que hac�ais daba la impresi�n... de que lo estabais pasando bien.</p><p>-S� -le contest� Gril o con deleite-. Lo pas�bamos muy bien. Escucha!</p><p>Se acerc� a el a y comenz� a susurrarle algo al o�do, y la otra mujer continu� contempl�ndome, al tiempo</p><p>que los ojos se le agrandaban cada vez m�s. Y tumbado al �, mientras me describ�an y hac�an comentarios</p><p>sobre mi, me sent� como una criatura marina hasta entonces desconocida que acabara de l egar a la oril a</p><p>empujada por las olas y estuviera causando sensaci�n. Le o� decir a Mar�uani con voz apagada:</p><p>-�Eso hizo? -le pregunt�, y luego, tras m�s cuchicheos-: �Querr�a hacerlo?</p><p>-Claro que s� -respondi� Ixinatsi-. �Verdad, Tenamaxtli? �Verdad que querr�s hacer el aku�reni con mi</p><p>amiga Mar�uani?</p><p>Me aclar� la garganta y dije:</p><p>-Tienes que comprender una cosa acerca de los hombres, querid�sima: que han de descansar por lo menos</p><p>un rato entre una vez y otra para que el m�stil vuelva a ponerse duro.</p><p>-�Ah, si? Oh, bueno, qu� pena, porque Mar�uani est� deseando aprender.</p><p>Me qued� pensando un poco y luego coment�:</p><p>-Bueno, Gril o, te he ense�ado algunas cosas que no requieren mi participaci�n. Mientras recupero mis</p><p>facultades, podr�as mostrarle t� misma los preliminares a tu amiga.</p><p>-Tienes raz�n -convino Gril o muy animada-. Al fin y al cabo no siempre tenemos hombres con estacas de</p><p>carne a nuestra disposici�n. Mar�uani, qu�tate el taparrabos y t�mbate aqu�.</p><p>Con cierto recelo Mar�uani obedeci� e Ixfnatsi se tendi� junto a el a, ambas un poco apartadas de m�.</p><p>Mar�uani se encogi� y dio un peque�o gritito al primer toque �ntimo.</p><p>-Est�te quieta -le orden� Gril o con esa confianza que proporciona la experiencia-. As� es como se hace.</p><p>Dentro de un momento lo comprobar�s.</p><p>Y no pas� mucho rato antes de que yo estuviera mirando a dos cuguares de mar, flexibles y bril antes,</p><p>mientras hac�an las contorsiones de la copulaci�n de un modo muy parecido a como lo hacen los animales</p><p>aut�nticos, s�lo que las dos mujeres eran mucho m�s gr�ciles, puesto que ten�an brazos y piernas largos y</p><p>torneados para entrelazarse. Y el hecho de mirarlas aceler� mi disponibilidad, as� que estuve dispuesto</p><p>para Mar�uani cuando el a a su vez estuvo dispuesta para m�.</p><p>Repito, yo estaba enamorado de Ix�natsi incluso antes de que hici�ramos el amor. Y ya hab�a decidido,</p><p>aquel a misma noche, l ev�rmelas a el a y a su hija conmigo cuando me marchase de la isla. Lo har�a</p><p>mediante la persuasi�n, si era posible. Si no, como un bruto yaqui, las raptar�a y me las l evar�a por la</p><p>fuerza. Y ahora, despu�s de descubrir el modo �nico y maravil oso como estaba construida Gril o para el</p><p>acto del amor, estaba todav�a m�s determinado a el o que antes.</p><p>Pero soy humano. Y var�n.  Por  consiguiente, soy  incurable  e  insaciablemente curioso.  No pude evitar</p><p>preguntarme   si   aquel as   isle�as   poseer�an   las   mismas   propiedades   f�sicas   de   Gril o.  Aunque   la   joven</p><p>Mar�uani era linda y atractiva, yo nunca hab�a sentido deseo alguno por el a, desde luego no el deseo que</p><p>hab�a experimentado y a�n experimentaba por lxinatsi. No obstante, despu�s de observar lo que acababa</p><p>de ocurrir, y puesto que el o me hab�a excitado hasta lanzarme a una lujuria indiscriminada, y como adem�s</p><p>Ix�natsi me animaba generosamente...</p><p>Bien, as� es como mi permanencia en las islas se prolong� indefinidamente. Ix�natsi y Mar�uani corrieron la</p><p>voz de que en la vida hab�a algo m�s que trabajar, dormir y jugar con una misma de vez en cuando.., y las</p><p>dem�s mujeres de la isla clamaron por ser iniciadas en el o. Las escandalizadas protestas de la Abuela</p><p>fueron acal adas a voces, probablemente por primera vez en su reinado, pero se resign� al nuevo estado de</p><p>las cosas cuando observ� un perceptible incremento en el buen �nimo y productividad de las trabajadoras.</p><p>Kuk� impuso s�lo una condici�n: que todo aku�reni se realizase �nicamente en las horas nocturnas, cosa</p><p>que no me importaba porque me dejaba los d�as para dormir y recuperar mi existencia.</p><p>Perm�taseme decir aqu� que yo no habr�a complacido a ninguna de las dem�s mujeres si Gril o hubiera</p><p>puesto de manifiesto la menor muestra de celos o de posesi�n. Lo hice principalmente porque el a parec�a</p><p>alegrarse mucho de que sus hermanas fueran instruidas as�, y parec�a enorgul ecerse de que fuera "su</p><p>hombre" quien lo hac�a. A decir verdad, yo habr�a preferido restringir mis atenciones s�lo a el a, porque era</p><p>el a a quien yo amaba profundamente, la �nica, entonces y siempre, y s� que el a tambi�n me amaba.</p><p>Hasta Tir�petsi, que al principio se hab�a mostrado t�mida e inquieta al tener en casa a un hombre, l eg� a</p><p>tenerme cari�o, igual que las ni�as se lo tienen en todas las dem�s partes a sus padres.</p><p>Adem�s, y esto es importante, las dem�s mujeres de la isla no estaban construidas fisicamente igual que</p><p>Ix�natsi. Eran tan corrientes a ese respecto como todas las mujeres con las que yo hab�a copulado a lo</p><p>largo de mi vida. En resumen, yo estaba tan encaprichado con Gril o que ninguna otra mujer habr�a estado</p><p>a   la   altura,   no   habr�a   alcanzado   los   niveles   que   el a   hab�a   establecido.   S�lo   porque   el a   lo   deseaba,</p><p>prestaba yo mis servicios a las otras mujeres. Lo hac�a m�s como un deber que como un deseo, e incluso</p><p>institu� una especie de programa: las mujeres pod�an solicitar mis servicios una noche s� y otra no, y as� las</p><p>noches intermedias se las dedicaba s�lo a Gril o. Y �sas eran noches de amor, no s�lo de hacer el amor.</p><p>Puede ser que, como rara vez a mi me hab�an escaseado las mujeres, y ciertamente no me escaseaban</p><p>ahora, en alg�n modo me hastiaban las comunes y corrientes, y era precisamente la novedad de Ixinatsi lo</p><p>que tanto me l enaba de energ�a. S�lo s� que las sensaciones que el a y yo compartimos encendieron en</p><p>m�  fuegos que   nunca   hab�a   experimentado,   ni  siquiera   en  mi juventud   m�s  libidinosa.   En  cuanto   a  la</p><p>querida   Gril o,   estoy   seguro   de   que   no   ten�a   ni   idea   de   que   era   f�sicamente   superior   a   las   mujeres</p><p>corrientes. Nada habr�a podido nunca hacerle sospechar que los dioses la hab�an bendecido al nacer. Y</p><p>desde luego es posible que el a no fuera la �nica hembra en la historia de la humanidad a la que una diosa</p><p>hab�a dotado as�. Probablemente alguna comadrona anciana, despu�s de innumerables a�os de asistir a</p><p>una innumerable multitud de hembras, hubiera podido contar que alguna vez hab�a encontrado otra joven</p><p>que estuviera hecha del mismo modo.</p><p>Pero me daba igual. De aquel momento en adelante nunca necesitar�a, buscar�a ni querr�a ninguna otra</p><p>amante, por extraordinaria que fuese, pues ahora pose�a a la m�s excepcional de todas. Y si Ix�natsi se</p><p>percataba   o   no   de   que   en   nuestros   frecuentes   y   fervientes   abrazos   el a   disfrutaba   unos   �xtasis   que</p><p>sobrepasaban aquel os que la diosa del amor concede a las dem�s mujeres del mundo... bien, el hecho era</p><p>que los disfrutaba. Y yo tambi�n, yo tambi�n. Yyo ayyo, c�mo los disfrut�bamos!</p><p>Mientras tanto yac� por lo menos una vez con cada una de las mujeres y muchachas de la isla que fuera lo</p><p>bastante madura como para apreciar la experiencia. Aunque nuestro aku�reni siempre se l evaba a cabo en</p><p>la oscuridad, s� que tambi�n copul� con algunas que estaban bastante m�s al � de la madurez... aunque</p><p>ninguna de el as era realmente vieja, como Kak�, cosa que agradec� sobremanera. Bien habr�a podido</p><p>perder   la   cuenta   de   las   mujeres   a   las   que   complac�   con   mis   ense�anzas   si   no   fuera   porque   me</p><p>recompensaron por mis servicios. Al final reun� exactamente sesenta y cinco perlas, las mayores y las m�s</p><p>perfectas de todo aquel a�o. Y aquel o fue obra de Gril o; insisti� en que era lo justo que mis pupilas me</p><p>pagasen con una perla cada una.</p><p>Al principio hab�a tal entusiasmo que se produjo un constante tr�fico de hembras que se trasladaban en</p><p>balsa e iban y ven�an de una isla a la otra de las dos que estaban habitadas. Pero yo s�lo era uno, y las</p><p>mujeres pod�an estar un d�a de cada dos conmigo, el otro era para Ixinatsi, as� que durante ese tiempo</p><p>muchas de el as intentaron seriamente aprender por imitaci�n, como Ix�natsi le hab�a ense�ado a Mar�uani.</p><p>A veces se daba la circunstancia de que yo yac�a con una mujer, con la que pasaba por toda la ceremonia</p><p>desde las primeras caricias hasta la consumaci�n final, y otras dos hembras, la hermana y la hija, por</p><p>ejemplo, se tumbaban justo a nuestro lado, mirando a ratos lo que hac�amos y luego haci�ndoselo la una a</p><p>la otra en la medida de lo posible.</p><p>Despu�s de servir personalmente a todas las muchachas y mujeres deseables por lo menos una vez, y</p><p>cuando ya no se me requer�a de forma tan imperiosa, las mujeres continuaron el as solas descubriendo las</p><p>numerosas   maneras   como   pod�an   proporcionarse   placer   unas   a   otras;   se   intercambiaban   las   parejas</p><p>libremente e incluso aprendieron a hacerlo en  grupos de tres o  cuatro... todo  el o  sin  tener en cuenta</p><p>cualquier consanguinidad existente entre el as. Ix�natsi y yo, en nuestros intervalos de descanso a lo largo</p><p>de la noche, a menudo o�amos, entre los dem�s ruidos del bosque, el sonido de los maravil osos pechos de</p><p>aquel as mujeres al chocar r�tmicamente entre unas y otras.</p><p>Durante aquel a temporada estuve cortejando de forma ardiente a Ix�natsi... aunque no para hacer que me</p><p>amase; sab�amos que nos am�bamos. Intentaba convencerla de que se viniera conmigo al Unico Mundo y</p><p>de   que   se   trajera   a   la   hija   a   la   que   yo   ahora   consideraba   como   hija   m�a.   La   asedi�   con   todos   los</p><p>argumentos que consegu� reunir. Le dije, sinceramente, que yo era el equivalente de Kuk� en mis dominios,</p><p>que Tir�petsi y el a vivir�an en un aut�ntico palacio, donde no les faltar�a nada que pudiesen necesitar o</p><p>querer, que no tendr�an que bucear nunca m�s para buscar ostras, y tampoco desol ar cuguares de mar por</p><p>sus pieles, ni temer las tormentas que asolaban las islas, ni tumbarse en el suelo para emparejarse con</p><p>extra�os.</p><p>-Ah, Tenamaxtli -me dec�a el a esbozando una sonrisa cari�osa-, pero si esto ya es un palacio suficiente...</p><p>-E indicaba con un gesto el refugio bajo el tronco de �rbol-. Siempre que t� lo compartas con nosotras.</p><p>Ya no con tanta honradez, omit� hacerle menci�n de que los espa�oles hab�an ocupado la mayor parte del</p><p>Unico Mundo. Aquel as mujeres isle�as todav�a no sab�an que existieran cosas como los hombres blancos.</p><p>Era evidente que los hombres de Yak�reke tambi�n se hab�an abstenido de hablarles de los espa�oles,</p><p>posiblemente preocupados por la posibilidad de que las mujeres retirasen las kinuchas con la esperanza de</p><p>entablar nuevo comercio con otros mercaderes m�s ricos. En cuanto a esa cuesti�n, me record� a m�</p><p>mismo, no pod�a estar seguro de que los espa�oles no hubieran ya sometido a Aztl�n, en cuyo caso yo ya</p><p>no ten�a reino, por as� decir, con que tentar a Gril o. Pero cre�a firmemente que Tir�petsi, el a y yo pod�amos</p><p>construirnos una nueva vida en alg�n lugar, y la agasaj� con relatos de los muchos lugares preciosos,</p><p>exuberantes y serenos que hab�a hal ado en mis viajes y donde los tres podr�amos establecernos juntos.</p><p>-Pero este lugar, Tenamaxtli, estas islas, son mi hogar Haz de el as tu hogar tambi�n. Abuela ya se ha</p><p>acostumbrado a tenerte aqu�. Ya no te exigir� que te marches. �No es �sta una vida tan agradable como la</p><p>que podr�amos encontrar en cualquier otra parte? No hace falta temer a las tormentas ni a los extra�os.</p><p>Tir�petsi   y   yo   hemos   sobrevivido   a   todas   las   tormentas   y   t�   tambi�n   sobrevivir�s.   Y  en   cuanto   a   los</p><p>forasteros, t� sabes que nunca m�s me acostar� con el os. Soy tuya.</p><p>En vano trat� de hacerle imaginar una vida m�s variada que pod�a vivirse en la tierra firme: la abundancia</p><p>de comida, bebida y distracciones, de viajes, de educaci�n para nuestra hija, de oportunidades de conocer</p><p>a nuevas personas completamente diferentes a las que el a estaba acostumbrada.</p><p>-Pero Gril o -le dije-, t� y yo podemos tener otros hijos al � para que acompa�en a la peque�a Tir�petsi.</p><p>Incluso hermanos para el a. Aqu� nunca podr� tenerlos.</p><p>Ixinatsi suspir�, como si se estuviera cansando de que la importunase, y dijo:</p><p>-Tir�petsi nunca podr� echar de menos aquel o que no ha tenido jam�s.</p><p>-�Te he hecho enfadar? -le pregunt� con ansiedad.</p><p>-S�, estoy enfadada -me contest�, aunque al mismo tiempo se ech� a re�r de aquel a alegre manera suya de</p><p>gril o-. Toma.., te devuelvo todos tus besos.</p><p>Y empez� a besarme, y sigui� bes�ndome cada vez que yo intentaba decir algo m�s.</p><p>Pero siempre, con dulce testarudez, rechazaba o contrarrestaba todos mis argumentos, y un d�a lo hizo</p><p>aludiendo a la envidiable situaci�n que yo disfrutaba entonces.</p><p>-�No ves, Tenamaxtli, que cualquier hombre de tierra firme dar�a lo que tuviera por cambiar su puesto</p><p>contigo? Aqu� no s�lo me tienes a m� para que te ame y me acueste contigo, y tambi�n a Tir�petsi cuando</p><p>tenga suficiente edad; tienes, adem�s, cuando lo desees, a cualquier otra mujer de estas islas. A todas las</p><p>mujeres. Y con el tiempo, a sus hijas.</p><p>No era yo qui�n para empezar a predicar moralidad. S�lo pude protestar, aunque con completa sinceridad.</p><p>-�Pero t� eres lo �nico que quiero!</p><p>Y ahora debo confesar algo vergonzoso. Aquel mismo d�a me fui a los bosques a pensar y me dije a m�</p><p>mismo:   "El a   es   lo   �nico   que   quiero.   Me   tiene   cautivado,   obsesionado,   loco.   Si   la   sacase   de   aqu�</p><p>arrastr�ndola en contra de su voluntad, nunca volver�a a amarme. Y de todos modos, �ad�nde la l evar�a?</p><p>�Qu� me aguarda al �? S�lo una guerra sangrienta... matar o que me maten. �Por qu� no hacer lo que el a</p><p>dice? Quedarme aqu�, en estas hermosas islas."</p><p>Al � yo ten�a paz, amor, felicidad. Las dem�s mujeres cada vez me exig�an menos, ahora que hab�a pasado</p><p>la novedad. Ix�natsi, Tir�petsi y yo podr�amos ser una familia independiente y autosuficiente. Puesto que yo</p><p>hab�a roto una de las tradiciones sagradas de las islas al vivir al � como ning�n hombre lo hab�a hecho</p><p>antes, me parec�a que podr�a romper otras. A la vieja Abuela no la hab�an escuchado en ese asunto, y, de</p><p>todos modos, no vivir�a eternamente. Yo ten�a muchas esperanzas de que podr�a apartar a las mujeres de</p><p>su diosa Luna Nueva, que odiaba a los hombres, y convertirlas para que rindieran culto a la m�s bondadosa</p><p>Coyolxauqui, diosa de la luna l ena, la del coraz�n pleno. Ya no habr�a m�s ni�os reci�n nacidos que</p><p>sirvieran de alimento a las ostras. Gril o y yo y todas las dem�s podr�an tener hijos varones. Y yo, con el</p><p>tiempo, me convertir�a en el patriarca de aquel dominio insular y lo gobernar�a con benevolencia.</p><p>Por lo que yo sab�a, los espa�oles ya hab�an conquistado todo el Unico Mundo, de manera que era in�til</p><p>tener esperanzas de conseguir nada volviendo al �. Aqu� tendr�a mi propio Unico Mundo, y quiz� pasaran</p><p>haces y haces de a�os antes de que ning�n explorador espa�ol se tropezase con �l. Aunque los hombres</p><p>blancos hubieran subyugado una parte tan grande de tierra firme, o lo hicieran m�s tarde, como para que</p><p>los pescadores de Yak�reke no pudieran seguir visitando las islas, yo estaba seguro de que no revelar�an la</p><p>posici�n de las mismas. Y si ya no ven�an m�s... bueno, yo conoc�a el rumbo de ida y de vuelta. Yo y, con el</p><p>tiempo,   mis   hijos   podr�amos   remar   a   escondidas   hacia   aquel a   oril a   para   procurarnos   aquel as   cosas</p><p>necesarias en la vida, cuchil os, peines y todas esas cosas, que hab�a que comprar con las perlas...</p><p>De ese modo tan vergonzoso consider� la idea de abandonar la empresa que hab�a perseguido durante</p><p>aquel os a�os desde que viera morir a mi padre quemado en la hoguera, la que me hab�a l evado por</p><p>derroteros   tan   distintos,   la   que   me   hab�a   metido   en   tantos   peligros   y   me   hab�a   hecho   correr   tantas</p><p>aventuras. De ese modo tan vergonzoso trat� de buscar una justificaci�n para descartar los planes de</p><p>vengar a mi padre y a todos los dem�s de mi pueblo que hab�an sufrido a manos de los hombres blancos.</p><p>As�, de esa manera tan vergonzosa trat� de idear excusas para olvidar a todos aquel os, Citlali, el ni�o</p><p>Eh�catl, la intr�pida Pak�peti, el cu�chic Comit�, el ticit� Ualiztli y los dem�s, que hab�an perecido mientras</p><p>me ayudaban en mis prop�sitos de venganza. De ese modo tan vergonzoso me esforc� en buscar motivos</p><p>plausibles para abandonar al cabal ero Nocheztli y al ej�rcito que con tantas penalidades hab�a reunido y,</p><p>en realidad, para abandonar al mismo tiempo a todos los pueblos del Unico Mundo...</p><p>Desde aquel d�a siempre me he sentido avergonzado de haber siquiera pensado en buscarme la desgracia</p><p>a m� mismo. Habr�a perdido una carrera en la que nunca tom� parte. De haber hecho aquel o realmente, de</p><p>haber sucumbido al amor de Ix�natsi y a las comodidades de las islas, dudo de que hubiera podido seguir</p><p>viviendo con aquel a verg�enza. Habr�a l egado a odiarme a m� mismo y luego habr�a vuelto aquel odio</p><p>contra Gril o por ser la causante de que me odiase a m� mismo. Lo que quiz� hubiera hecho por amor,</p><p>habr�a acabado por destruir ese amor.</p><p>Y para mayor verg�enza, ni siquiera puedo afirmar con convicci�n que no hubiera acabado por decidir</p><p>abandonar mi empresa, y con  el o  mi  honor,  porque ocurri�  que fueron los dioses los que tomaron la</p><p>decisi�n por mi.</p><p>Hacia el crep�sculo regres� a la oril a del mar, donde las buceadoras estaban vadeando hacia la playa con</p><p>los �ltimos cestos del d�a. Ixinatsi iba entre el as y, cuando vio que la estaba esperando, me l am� de</p><p>manera alegre, traviesamente, con una sonrisa significativa.</p><p>-Me parece, querido Tenamaxtli, que ya te debo por lo menos otra kin�. En este momento me zambul ir� y</p><p>te traer� la Kuk� de todas las kinuchas.</p><p>Dio la vuelta y se fue nadando hasta el promontorio m�s cercano de rocas, donde algunos indolentes</p><p>cuguares marinos estaban tomando el sol; resplandec�an bajo los �ltimos rayos de sol.</p><p>-Vuelve, Gril o -le grit�-. Quiero hablar contigo.</p><p>Al parecer no me oy�. Estaba de pie en una de las rocas, bril ando con un color tan dorado como el de los</p><p>animales que la rodeaban, radiante y bel a, dispuesta a tirarse al agua. Me salud� con la mano, se zambul �</p><p>en el mar y nunca volvi� a salir.</p><p>Cuando   por   fin   comprend�   que   ni   siquiera   la   mujer   con   los   pulmones   m�s   resistentes   habr�a   podido</p><p>permanecer   tanto   tiempo   bajo   el  agua,   lanc�   un   grito   de   alarma.   Las   dem�s   buceadoras  que   todav�a</p><p>estaban en las aguas poco profundas de la oril a salieron chapoteando a la playa, probablemente asustadas</p><p>porque pensaron que yo  hab�a divisado la  aleta  de un tibur�n. Luego, tras alguna vacilaci�n, las m�s</p><p>intr�pidas   entre   el as   fueron   nadando   hasta   la   zona   hacia   donde   yo   se�alaba,   al �   donde   hab�a   visto</p><p>sumergirse a Ix�natsi, y se pusieron a hacer inmersiones una y otra vez hasta que estuvieron exhaustas,</p><p>pero sin encontrar a Ix�natsi ni ning�n indicio de qu� le hab�a ocurrido.</p><p>-No todas nuestras mujeres -dijo una voz poco firme a mi lado- viven hasta l egar a ser tan viejas como yo.</p><p>Era Kuk�, que naturalmente se hab�a apresurado a acudir a la escena de los hechos. Aunque hubiera</p><p>podido censurarme por haber turbado la placidez de su reino, o por tener en parte la culpa de la p�rdida de</p><p>Gril o, daba la impresi�n de que la anciana quer�a consolarme.</p><p>-Bucear para buscar kin�s es un trabajo que es m�s que riguroso -dijo-. Es un trabajo peligroso. Al � abajo</p><p>acechan peces salvajes, unos con dientes afilados, otros con aguijones venenosos, algunos con tent�culos</p><p>para atrapar a sus presas. Sin embargo, no creo que Ix�natsi haya sido presa de ning�n animal as�. Cuando</p><p>hay depredadores en las cercan�as, los cuguares marinos lanzan ladridos de aviso. Lo m�s probable es que</p><p>se la hayan tragado.</p><p>-�Tragado? -repet�, pasmado-. Kuk�, �c�mo podr�a el mar tragarse a una mujer que ha vivido en �l media</p><p>vida?</p><p>-No ha sido el mar, sino una kuchunda.</p><p>-�Qu� es una kuchunda?</p><p>-Un molusco gigante, como una ostra, una almeja o una vieira, s�lo que incre�blemente mucho mayor. Tan</p><p>grande como ese islote rocoso de al � donde sestean los cuguares marinos. Lo bastante grande como para</p><p>tragarse a uno de esos cuguares marinos. Hay varias kuch�ndacha por estos contornos, y no siempre</p><p>sabemos d�nde, porque tienen la habilidad, como un caracol, de arrastrarse de un lugar a otro. Pero son</p><p>visibles y reconocibles, pues cada kuchunda mantiene abierta de par en par la enorme concha superior a fin</p><p>de   poder  cerrarla   sobre   cualquier   presa   poco   precavida;   as�   que   nuestras   mujeres   saben   mantenerse</p><p>alejadas   de   el as.   Ix�natsi   deb�a   de   estar   concentrada   en   recoger   las   ostras   de   una   manera</p><p>desacostumbrada. Quiz� viera una perla preciosa, a veces sucede, cuando una ostra est� abierta, y debi�</p><p>de relajar la vigilancia.</p><p>-Se fue precisamente prometi�ndome una kin� as� -le comuniqu� con gran tristeza.</p><p>La anciana se encogi� de hombros y suspir�.</p><p>-La kuchunda debi� de cerrar la concha de golpe, con lxinatsi, o con la mayor parte de el a, dentro. Y como</p><p>ese molusco no puede masticar, ahora la estar� digiriendo lentamente con sus jugos corrosivos.</p><p>Me estremec� ante la imagen que la anciana evocaba y me alej� con pena del lugar donde hab�a visto por</p><p>�ltima vez a mi amada Gril o. Las mujeres parec�an estar tambi�n todas tristes, pero no se lamentaban ni</p><p>l oraban. Parec�a que consideraban aquel o como un suceso que no se sal�a de lo corriente en un d�a de</p><p>trabajo. A la peque�a Tiripetsi ya se lo hab�an dicho, y tampoco l oraba. As� que no l or�. Me limit� a sufrir en</p><p>silencio, y en silencio maldije a los dioses entrometidos. Si es que realmente ten�an que interferir en mi vida</p><p>indic�ndome con severidad los caminos y los d�as que me deparaba el futuro, bien podr�an haberlo hecho</p><p>sin poner fin tan espantosamente a la vida de la inocente, vivaz y maravil osa peque�a Gril o.</p><p>S�lo me desped� de Tir�petsi y de Abuela, pero no lo hice de ninguna de las dem�s mujeres no fuera a ser</p><p>que intentaran retenerme. Ya no pod�a l evarme conmigo a la ni�a al lugar adonde iba, y sab�a que estar�a</p><p>amorosamente atendida por sus t�as y sus primas de las islas. Cuando l eg� el alba me puse el elegante</p><p>manto de pieles que Ix�natsi me hab�a hecho, cog� el saco de perlas y me dirig� al extremo sur de la isla,</p><p>donde mi acali me hab�a estado aguardando durante aquel tiempo, abastecido de provisiones que hab�a</p><p>puesto al � la propia Ixinatsi. Empuj� la embarcaci�n hasta el mar y empec� a remar hacia el este.</p><p>De modo que las Islas de las Mujeres siguen siendo las Islas de las Mujeres, aunque conf�o en que ahora</p><p>ser� un lugar de mayor convivencia por la noche. Y cualquier pescador de Yak�reke que las haya visitado</p><p>despu�s del tiempo que pas� en aquel lugar, no habr� tenido motivo para lamentar que yo estuviera al �.</p><p>Los   que   l egaron   justo   despu�s   de   m�   dif�cilmente   podr�an   haber   engendrado   hijos,   pues   con   toda</p><p>probabilidad   las   mujeres   que   pudieran   ser   madres   ya   estaban   en   camino   de   serlo,   pero   los   hombres</p><p>debieron de ser acogidos con tanto alborozo y debieron de entretenerlos de un modo tan abrumador que</p><p>habr�an sido muy ingratos si se hubieran quejado de que un misterioso forastero les hubiera precedido.</p><p>Pero yo pensaba, y eso esperaba mientras me alejaba, que quiz� no estar�a ausente para siempre. Alg�n</p><p>d�a, cuando hubiera terminado de hacer lo que ten�a que hacer, y si es que sobreviv�a a el o.., alg�n d�a,</p><p>cuando Tir�petsi hubiera crecido para ser la imagen de su madre, la �nica mujer a la que he amado de</p><p>verdad.., alg�n d�a hacia el final de mis d�as...</p><p><strong>27</strong></p><p>Mi coraz�n estaba tan oprimido y mis pensamientos eran tan melanc�licos que no sent� alarma alguna,</p><p>apenas me di cuenta de que las islas se iban hundiendo detr�s de mi hasta que las perd� de vista y de</p><p>nuevo qued� solo en el temible vac�o de alta mar. Lo que iba pensando era lo siguiente:</p><p>"Parece que de alg�n modo les eche una maldici�n a todas las mujeres por las que siento amor o aunque</p><p>s�lo sea cari�o. Los dioses me las quitan de una manera cruel, y cruelmente tambi�n me dejan vivo a m�</p><p>para que viva con pesar y sufrimiento."</p><p>Y tambi�n esto:</p><p>"Pero, ayya, cuando lamento mi p�rdida estoy siendo enormemente ego�sta, porque lo que les pas� a</p><p>Ix�natsi, a Pak�peti y a Citlali fue much�simo peor. El as perdieron todo el mundo y todos sus ma�anas." Y</p><p>esto:</p><p>"Desde la infancia, mi prima Am�yatl y yo s�lo nos ten�amos cari�o, y sin embargo el a estuvo a punto de</p><p>morir a causa de la prisi�n y de la degradaci�n." O esto:</p><p>"Rebeca, la ni�a mulata, y yo nos consideramos el uno al otro s�lo un experimento. Pero cuando el a se fue</p><p>de mis brazos para entrar en el confinamiento asfixiante de un convento, podr�a decirse que el a tambi�n</p><p>perdi� el mundo y todos sus ma�anas."</p><p>Y as� fue como en aquel momento y al � mismo tom� una decisi�n. De entonces en adelante l evar�a la clase</p><p>de vida que ser�a la m�s prudente y considerada hacia las mujeres que quedaban en el Unico Mundo.</p><p>Nunca me dejar�a de nuevo seducir por ninguna de el as, ni dejar�a que ninguna me amase. En cuanto a m�,</p><p>los recuerdos del idilio que hab�a compartido con Gril o me sostendr�an para el resto de mis d�as. Y en lo</p><p>referente a las mujeres, yo les har�a una merced al no ponerlas en peligro con la maldici�n, fuera cual</p><p>fuese, que yo comportaba.</p><p>Si cuando l egase a la costa en Yak�rake y me dirigiese caminando hacia el norte, hacia Aztl�n, encontraba</p><p>la ciudad todav�a intacta y a Am�yatl todav�a gobernando al �, rechazar�a cualquier sugerencia por su parte</p><p>de casarnos y reinar juntos. En adelante me dedicar�a por entero a la guerra que yo hab�a instigado y al</p><p>exterminio o expulsi�n de los hombres blancos. No permitir�a que ninguna mujer, nunca m�s, entrase en mi</p><p>coraz�n, en mi vida. Y cuando mis necesidades f�sicas se hicieran abrumadoramente apremiantes, si es</p><p>que se hac�an as� alguna vez, siempre podr�a encontrar alguna hembra a la que utilizar, pero eso ser�a todo</p><p>lo que significar�a para m�: un recept�culo �til, pero desechable. Nunca volver�a a amar; nunca volver�a a</p><p>ser amado.</p><p>Y en todo el tiempo transcurrido desde que me hice ese juramento a m� mismo en las vastas extensiones</p><p>del mar Occidental, he mantenido tenazmente ese juramento. O al menos as� fue hasta que te encontr�,</p><p>querida Ver�nica. Pero de nuevo me adelanto a mi cr�nica.</p><p>Al mismo tiempo que pensaba todo esto, tambi�n estaba ocupado en otra cosa. Hice unos peque�os cortes</p><p>en la piel interior del manto de cuguar marino que Gril o me hab�a hecho, sesenta y cinco cortes para ser</p><p>exactos, y en cada uno de el os ocult� las perlas que l evaba; las cos� al � de modo que resultasen invisibles,</p><p>utilizando para el o el anzuelo de hueso y el sedal que Gril o me hab�a proporcionado. Y por el hecho de</p><p>tener la mente y las manos ocupadas, a menudo descuid� la tarea de remar con el ah�nco con que se me</p><p>hab�a indicado que lo hiciera, y me olvid� del hecho de que las corrientes del mar l evaban mi acali m�s al</p><p>sur de lo que yo hubiera debido permitir que ocurriera.</p><p>En consecuencia, cuando por fin apareci� a la vista la tierra firme en el horizonte oriental, no vi ni Yak�reke</p><p>ni ninguna otra aldea. Bueno, tampoco importaba mucho. Por lo menos estaba de nuevo sobre el suelo</p><p>s�lido del Unico Mundo, y no me preocup� demasiado tener que hacer un viaje m�s largo a pie bordeando</p><p>la costa hasta Aztl�n. Al aproximarme a la oril a vi una playa en la cual varios hombres toscamente vestidos</p><p>que ten�an el mismo color de piel que yo estaban muy enfrascados l evando a cabo una tarea que no</p><p>alcanc� a distinguir bien, as� que decid� dirigir mi embarcaci�n hacia el os. Cuando estuve m�s cerca vi que</p><p>eran pescadores que estaban remendando las redes. Dejaron el trabajo para mirarme mientras yo l egaba a</p><p>tierra, arrastraba mi acali hasta la arena y la pon�a entre las acaltin de el os, pero no parecieron extra�arse</p><p>mucho al ver a un extra�o con un manto lujoso aparecer de la nada.</p><p>-�Mixpantzinco! -les grit�.</p><p>-�Ximopanolti! -respondieron el os.</p><p>Y me sent� aliviado al o�r que hablaban n�huatl. El o significaba que por lo menos me encontraba en alg�n</p><p>lugar de las regiones aztecas, y que no hab�a ido a la deriva hasta tierras desconocidas.</p><p>Me present� s�lo como "Tenamaxtli", sin mayor protocolo, pero uno de los hombres era especialmente</p><p>agudo y estaba muy bien informado para ser pescador.</p><p>-�No ser�s el mismo Tenamaxtli que es primo de Am�yatzin, la se�ora de Aztl�n que en otro tiempo estuvo</p><p>desposada con el difunto K�uritzin de nuestra Yak�reke? -me pregunt�.</p><p>-En efecto, �se soy yo -admit�-. Entonces, �sois hombres de Yak�reke?</p><p>-S�, y nos l eg� el rumor hace mucho tiempo de que est�s viajando por todo el Unico Mundo para l evar a</p><p>cabo una misi�n en nombre de esa se�ora y de nuestro difunto se�or.</p><p>-En nombre de todos nuestros pueblos -le correg�-. Pronto oir�is m�s que rumores. Pero decidme, �qu�</p><p>est�is haciendo aqu�? No s� d�nde he desembarcado exactamente, pero si que s� que estoy al sur de los</p><p>terrenos de pesca de Yak�reke.</p><p>-Ayya, �ramos demasiados al � y est�bamos abarrotando las aguas. As� que unos cuantos de nosotros</p><p>vinimos hasta aqu� para probar fortuna y, ayyo!, encontramos pesca abundante y un nuevo mercado para</p><p>el a. Abastecemos a los residentes blancos de la ciudad que l aman Compostela, y pagan muy bien. Est�</p><p>por al � -se�al� hacia el este-, s�lo a unas cuantas carreras largas.</p><p>Me di cuenta de que hab�a varado m�s lejos del rumbo de lo que hab�a supuesto. Estaba inc�modamente</p><p>cerca de los mismos espa�oles de los que hab�a escapado. Pero lo �nico que les dije a los pescadores fue:</p><p>-�Y no ten�is miedo de que os capturen u os conviertan en esclavos cuando vais al �?</p><p>-Pues no, Tenamaxtli, parece un milagro. �ltimamente los soldados han dejado el ejercicio de capturar</p><p>esclavos. Y ese hombre al que l aman el gobernador parece incluso que ha perdido el inter�s en sacar plata</p><p>de la tierra. Est� muy atareado en equipar a sus soldados y en reunir otros de diferentes lugares para</p><p>preparar una gran expedici�n al norte. Por lo que nosotros hemos podido averiguar no va a marchar contra</p><p>Yak�reke, ni T�piz, ni Aztl�n ni ninguna otra de nuestras comunidades que todav�a no est�n bajo su yugo.</p><p>No   ser�   una   expedici�n   para   atacar,   conquistar   ni   ocupar.   Pero   sea   lo   que   sea   lo   que   planea,   ha</p><p>ocasionado   una   fiebre   de   excitaci�n   en   la   ciudad.   El   gobernador   incluso   ha   cedido   el   gobierno   de</p><p>Compostela a un hombre l amado obispo, y �se parece ser que est� indulgentemente bien dispuesto hacia</p><p>nosotros, las personas que no somos blancas. Por fin somos libres de ir y venir, de pregonar nuestro</p><p>pescado y de establecer nuestros propios precios.</p><p>Bien,   aqu�l a   era   una   noticia   interesante.   Ciertamente   la   expedici�n   deb�a   de   tener   algo   que   ver   con</p><p>aquel as m�ticas Ciudades de Antilia. Y el obispo no pod�a ser otro m�s que mi antiguo conocido Vasco de</p><p>Quiroga. Estaba meditando c�mo hacer que esos asuntos se volvieran hacia mi de forma conveniente,</p><p>cuando el pescador habl� de nuevo:</p><p>-Sentiremos marcharnos de aqu�.</p><p>-�Marcharos? �Por qu� vais a tener que marcharos?</p><p>-Es que tenemos que regresar a Yak�reke. Se acerca la �poca en que los pescadores embarquemos para</p><p>la recogida anual de ostras.</p><p>Sonre� al recordar y pens�, con bastante tristeza: "Ayyo, hombres afortunados!" Pero lo que dije fue:</p><p>-Si os dirig�s al norte de nuevo, amigos, �querr�a alguno de vosotros hacerme un favor a m�... y a la viuda</p><p>de vuestro difunto K�uritzin?</p><p>-Ciertamente. �De qu� se trata?</p><p>-De recorrer las doce largas carreras hacia el norte... hasta Aztl�n. Hace mucho tiempo desde la �ltima vez</p><p>que estuve al �, y mi prima Am�yatl quiz� piense que he muerto. Decidle simplemente que me hab�is visto,</p><p>que gozo de buena salud y contin�o empe�ado en mi misi�n. Que espero que pronto d� frutos y que,</p><p>cuando haya terminado, ir� a informarla de el o a Aztl�n.</p><p>-Muy bien. �Algo m�s?</p><p>-S�.   Dadle   este   manto   de   pieles.   Decidle   que,   solamente   en   el   caso   de   que   mi   misi�n   fracasara   por</p><p>cualquier motivo y el a se hal ase en peligro a causa de los hombres blancos o de cualquier otro enemigo,</p><p>este manto le proporcionar  sustento y protecci�n durante toda su vida.</p><p>El hombre se qued� perplejo.</p><p>-�Una simple piel de cierva marina? �C�mo?</p><p>-Es una piel de cierva marina muy especial. Tiene cierta magia. Am�yatl descubrir� esa magia cuando la</p><p>necesite, si es que la necesita.</p><p>El hombre se encogi� de hombros.</p><p>-Como t� digas. Consid�ralo hecho, Tenamaxtli.</p><p>Les di las gracias a todos el os, les dije adi�s y me puse en camino hacia tierra adentro, hacia Compostela.</p><p>No ten�a particular aprensi�n de estar en peligro al regresar con tanto descaro a la ciudad de la que hab�a</p><p>hecho mi memorable huida. De todos los que pod�an reconocerme y denunciarme, Yeyac y G�nda Ke</p><p>estaban muertos. Coronado, al parecer, estaba demasiado atareado para hacer mucho caso de los indios</p><p>que vagasen errantes por las cal es. Y lo mismo, presumiblemente, le ocurrir�a a fray Marcos, si es que</p><p>resid�a al �. No obstante, record� el consejo que hab�a recibido hac�a ya mucho tiempo: hay que l evar</p><p>siempre algo a cuestas y aparentar estar ocupado. En el barrio de esclavos situado en las afueras de la</p><p>ciudad encontr� una viga  de madera cuadrada, toscamente tal ada, que estaba en el suelo sin que al</p><p>parecer nadie le prestase atenci�n. Me la cargu� al hombro y fing� que pesaba mucho para poder caminar</p><p>un poco encorvado bajo el a y disimular as� mi elevada estatura.</p><p>Luego me dirig� al centro de la ciudad, donde se alzan las dos �nicas construcciones de piedra que hay en</p><p>el a, el palacio y la iglesia. El palacio ten�a sus habituales guardas a la entrada, pero no se fijaron en m�</p><p>cuando pas� por delante de el os arrastrando los pies. Al l egar a la puerta de la iglesia, que no ten�a</p><p>vigilancia, dej� caer el madero en el suelo, entr� en el edificio y abord� al primer espa�ol de testa afeitada</p><p>que encontr�. Le dije, en espa�ol, que l evaba un mensaje del obispo Zum�rraga, colega de su superior. El</p><p>monje me mir� un poco de soslayo, pero se encamin� a alguna parte; m�s tarde regres�, me hizo se�as y</p><p>me gui� a los aposentos del obispo.</p><p>-�Ah,   Juan   Brit�nico!   -exclam�   el  buen   y  confiado   anciano-.   Ha   pasado   mucho   tiempo,   pero   te   habr�a</p><p>conocido al verte. Toma asiento, querido compa�ero, toma asiento. Qu� placer verte de nuevo! -Llam� a un</p><p>criado para que trajera un refrigerio y luego continu� hablando sin suspicacia alguna-. Sigues haciendo</p><p>trabajo de evangelista para el obispo Zum�rraga entre los no conversos, �no es as�? �Y c�mo est� mi viejo</p><p>amigo y colega Juanito? �Dices que me traes un mensaje de su parte?</p><p>-Pues... medra y prospera, excelencia. -El padre Vasco era el �nico hombre blanco al que yo conceder�a</p><p>ese t�tulo de respeto-. Y su mensaje... esto... pues... -Mir� a mi alrededor; aquel a iglesia era muy inferior a</p><p>la de Zum�rraga, en la Ciudad de M�xico-. Expresa su esperanza, excelencia, de que pronto tengas una</p><p>casa de culto que corresponda a tu alta posici�n.</p><p>-�Qu� amabilidad por parte de Juanito! Pero seguramente su excelencia sabe que ya se est�n haciendo los</p><p>planos de una grandiosa catedral para Nueva Galicia.</p><p>-Quiz� ahora ya lo sepa -dije yo sin convicci�n-. Pero yo, como estoy constantemente de viaje...</p><p>-�Ah, pues regoc�jate de el o conmigo, hijo m�o! S�, se construir� en la provincia que tu gente l ama Xaliscan.</p><p>Al � se est� levantando una magn�fica ciudad, que actualmente se conoce por el nombre nativo de Tonal�,</p><p>pero creo que ese nombre se va a cambiar por el de Guadalajara en honor de la ciudad de Vieja Espa�a de</p><p>ese nombre de donde es original la casa de Mendoza. La familia de nuestro virrey, ya sabes.</p><p>Yo le pregunt�:</p><p>-�Y c�mo les va a las comunidades de tu Utop�a alrededor del Lago de los Juncos?</p><p>-Mucho mejor de lo que me esperaba -me contest�-. En los alrededores ha habido levantamientos de</p><p>purepechas desafectos. De mujeres purepes, �te lo imaginas? Amazonas; son malvadas y vengativas. Han</p><p>causado muchas muertes, han hecho mucho da�o y han l evado a cabo toda clase de hurtos entre los</p><p>asentamientos espa�oles. Pero no s� por qu� motivo han perdonado a nuestro peque�o Ed�n.</p><p>-Probablemente   te   reconozcan   y te  estimen,   padre,  como   un   cristiano   ejemplar  -ment�,   pero   sin   doble</p><p>intenci�n-. �Por qu� te fuiste de al �?</p><p>-Su excelencia el gobernador Coronado me necesitaba aqu�. En breve emprender� un viaje azaroso que</p><p>podr�a incrementar de manera considerable la riqueza de Nueva Espa�a. Y me ha pedido que administre el</p><p>gobierno de Compostela en su ausencia.</p><p>-Exc�same, mi se�or, pero no parece que apruebes por entero esa aventura.</p><p>-Bueno... m�s riqueza... -dijo el obispo al tiempo que dejaba escapar un suspiro-. Don Francisco aspira a</p><p>alcanzar la tal a de los primeros conquistadores, y con el mismo grito de guerra: "Gloria, Dios y oro." Yo s�lo</p><p>desear�a que pusiera a Dios en primer lugar. Est� viajando, aunque no como t�, Juan Brit�nico, que lo</p><p>haces  para   evangelizar   en   nombre   de   la   Santa   Madre   Iglesia,   sino   para   encontrar  y  saquear  algunas</p><p>ciudades lejanas que tienen fama de estar l enas de tesoros.</p><p>Sintiendo un pinchazo de verg�enza por estar al � como un impostor, murmur�:</p><p>-He viajado a lo largo y a lo ancho, pero no s� nada de esas ciudades.</p><p>-Sin embargo, parece que en realidad existen. Un esclavo moro que ya hab�a estado al � antes gui� hasta</p><p>el as a cierto fraile. El bueno de fray Marcos ha regresado hace muy poco con su escolta de soldados, pero</p><p>sin el esclavo. Fray Marcos afirma haber visto las ciudades; dice que se l aman las ciudades de Cibola; pero</p><p>las vio s�lo de lejos, porque naturalmente est�n muy vigiladas para que no se descubran con facilidad. Tuvo</p><p>que darse  la  vuelta  cuando  aquel pobre  y leal  esclavo  fue asesinado  por los esclavos que  hac�an de</p><p>guardianes. Pero el firme y valiente fraile est� a punto ahora de guiar al � a Coronado, esta vez con una</p><p>tropa invencible de soldados armados.</p><p>Era la primera vez que le o�a decir a alguien una palabra de elogio del Monje Mentiroso. Y estaba dispuesto</p><p>a apostar a que Esteban segu�a vivo, aunque ahora en libertad, y que probablemente pasar�a el resto de su</p><p>vida, cuando no estuviera gozando de las mujeres del desierto, ri�ndose de sus cr�dulos y avariciosos</p><p>antiguos amos.</p><p>-Si el fraile s�lo vio las ciudades de lejos -quise saber-, �c�mo puede estar seguro de que en realidad se</p><p>encuentran l enas de tesoros?</p><p>-Oh, vio resplandecer las paredes de las casas, que est�n recubiertas de oro y tachonadas de destel antes</p><p>gemas. Y se  acerc�  lo   suficiente  como  para  ver  a  los habitantes  yendo  y  viniendo  de  un  lado  a  otro</p><p>ataviados con sedas y terciopelos. Jura que vio todo eso. Y fray Marcos est�, al fin y al cabo, sujeto a los</p><p>votos de su orden que le obligan a no decir nunca una mentira. Parece cierto que don Francisco regresar�</p><p>de Cibola triunfante y cargado de riquezas para ser recompensado con la fama, la adulaci�n y el favor de</p><p>su majestad. Sin embargo...</p><p>-Preferir�as que trajera almas en vez de eso -le suger�-. Conversos para la Iglesia.</p><p>-Pues si. Pero no soy un hombre pragm�tico. -Solt� una risita de auto desaprobaci�n-. S�lo soy un viejo</p><p>cl�rigo ingenuo que cree de un modo piadoso y pasado de moda que nuestra verdadera fortuna nos espera</p><p>en el otro mundo.</p><p>-Todos esos conquistadores de Espa�a que alardean tanto... todos el os juntos no igualar�an la val�a de un</p><p>solo Vasco de Quiroga -le asegur�, y lo dije con sinceridad.</p><p>Volvi� a re�rse e hizo un gesto con la mano para rechazar el cumplido.</p><p>-Pero no soy el �nico que pone en tela de juicio la prudencia de que el gobernador se apresure a lanzarse</p><p>de cabeza hacia Cibola. Muchos la consideran una aventura temeraria e imprudente... que puede ocasionar</p><p>m�s mal que bien a Nueva Espa�a.</p><p>-�C�mo es eso? -le pregunt�.</p><p>-Est� reuniendo a todos los soldados que puede congregar desde los rincones m�s apartados del territorio.</p><p>Y no le hace falta reclutarlos. Por todas partes oficiales y soldados rasos por igual solicitan que se los</p><p>aparte de sus  deberes acostumbrados para unirse a Coronado. Incluso algunos que no  son soldados,</p><p>mercaderes   de   las   ciudades   y   trabajadores   del   campo,   se   est�n   procurando   monturas   y   armas   para</p><p>alistarse.  Cualquier presunto   h�roe   y  caza   fortunas  ve  �sta   como  la  oportunidad   de  su  vida.  Adem�s,</p><p>Coronado est� reuniendo cabal os de remonta para sus soldados, cabal os y mulas de carga, armas y</p><p>munici�n extra, toda clase de provisiones, esclavos indios y moros para que hagan de porteadores y de</p><p>pastores, e incluso reba�os de ganado para que sirvan de provisiones durante el camino. Est� debilitando</p><p>seriamente las defensas de Nueva Espa�a, y la gente est� preocupada por eso. Los ataques de esas</p><p>amazonas purepes aqu�, en Nueva Galicia, son bien conocidos, as� como las frecuentes incursiones de</p><p>salvajes a trav�s de las fronteras del norte, y se han producido incidentes sangrientos e inquietantes de</p><p>desasosiego incluso entre los prisioneros y esclavos de nuestras minas, f�bricas y obrajes. La gente teme,</p><p>con raz�n, que Coronado vaya a dejar a Nueva Espa�a inc�modamente vulnerable a la expoliaci�n, tanto</p><p>desde fuera como desde dentro.</p><p>-Ya comprendo -dije tratando de no mostrarme complacido, aunque nada hubiera podido complacerme m�s</p><p>que o�r aquel o-. Pero el virrey que est� en la Ciudad de M�xico, ese se�or Mendoza, �tambi�n considera</p><p>una locura el proyecto de Coronado?</p><p>El obispo pareci� turbado.</p><p>-Como he dicho, no soy un hombre pragm�tico. No obstante, puedo reconocer el oportunismo cuando lo</p><p>veo. Coronado y don Antonio de Mendoza son viejos amigos. Coronado est� casado con una prima del rey</p><p>Carlos.   Mendoza   es   tambi�n   amigo   del   obispo   Zum�rraga,   y   �l,   me   temo,   siempre   est�   demasiado</p><p>dispuesto   a   respaldar   cualquier   aventura   calculada   para   complacer   y   enriquecer   al   rey   Carlos...   y</p><p>congraciarse �l mismo con el rey y con el Papa, y que Dios me perdone por decirlo. Pon en orden esos</p><p>hechos, Juan Brit�nico. �Es probable que alguien, de alto o bajo rango, le diga a Coronado una palabra de</p><p>desaliento?</p><p>-Yo no, por supuesto -le coment� con alegr�a-; soy el m�s bajo de los bajos. -Pens� que yo era como el</p><p>gusano del fruto de coyacapuli, que habiendo comido la fruta mucho tiempo por dentro est� a punto de</p><p>hacer que �sta estal e en pedazos-. Te agradezco la gentileza que has tenido al recibirme, excelencia, y los</p><p>pasteles y el vino, y te pido licencia para proseguir mi camino.</p><p>Siendo m�s decente con un humilde indio que cualquier otro hombre blanco que yo hubiera conocido, el</p><p>padre Vasco me anim� cordialmente a quedarme un tiempo m�s para residir bajo su techo, asistir a los</p><p>servicios, confesarme, comulgar y conversar largo y tendido, pero yo le ment� un poco m�s y le dije que</p><p>ten�a instrucciones de apresurarme para "l evar el mensaje" a una tribu pagana a�n no regenerada que se</p><p>encontraba a cierta distancia de al �.</p><p>Bueno, no era una mentira del todo. En realidad, s� que ten�a un mensaje que l evar, y a una considerable</p><p>distancia. Sal� de Compostela, esta vez sin tener que hacerlo a escondidas, pues nadie me prest� la m�s</p><p>m�nima atenci�n, y me dirig� a paso vivo hacia Chicom�ztotl.</p><p>-�Gracias sean dadas a Huitzilopochtli y a los dem�s dioses! -exclam� Nocheztli-. Has l egado por fin,</p><p>Tenamaxtzin, y no se puede decir que lo hayas hecho demasiado pronto. Tengo aqu� el m�s numeroso</p><p>ej�rcito que se haya reunido nunca en el Unico Mundo, y todos los hombres del mismo patean de un lado a</p><p>otro con impaciencia por ponerse en marcha, y apenas he sido capaz de tenerlos a raya, cumpliendo tus</p><p>�rdenes.</p><p>-Has obrado bien, fiel cabal ero. Acabo de atravesar las tierras espa�olas y est� claro que nadie de al � tiene</p><p>la menor sospecha de la tormenta que se avecina.</p><p>-Eso es bueno. Pero entre nuestra propia gente debe de haberse corrido la voz de boca en boca. Hemos</p><p>adquirido muchos reclutas adem�s de los que hab�amos alistado por estos contornos, y hay otros que han</p><p>venido del norte en oleadas y que dicen que t� los hab�as enviado. Por ejemplo, esas mujeres guerreras de</p><p>Michoac�n que han hecho el camino hasta aqu�. Dicen que ya est�n cansadas de l evar a cabo simples</p><p>escaramuzas contra las propiedades espa�olas; quieren estar con nosotros cuando marchemos en son de</p><p>guerra. Adem�s, hay incontables esclavos (indios, moros y de razas mezcladas) que se han fugado de</p><p>minas, plantaciones y obrajes; se las han arreglado para encontrar este lugar. Est�n incluso m�s �vidos que</p><p>el   resto   de   nosotros   por   causar   estragos   contra   sus   amos,   pero   he   tenido   que   someterlos   a   un</p><p>entrenamiento especial, pues pocos han tenido antes una arma en las manos.</p><p>-Cada hombre es importante -le dije-, y cada mujer. �Puedes decirme cu�ntos tenemos en total?</p><p>-Pues seg�n mis c�lculos un centenar de cientos. Una hueste formidable, en verdad. Hace mucho que</p><p>desbordaron las siete cavernas que hay aqu� y est�n acampados por estas monta�as. Como proceden de</p><p>tantas naciones, y quiz� de cien tribus diferentes dentro de esas naciones, me pareci� que lo mejor ser�a</p><p>asignar y segregar sus lugares de acampada de acuerdo con sus or�genes. Muchos de el os, como sin</p><p>duda sabes, han sido enemigos durante siglos unos de otros... o de los dem�s. No quer�a que aqu� estal ara</p><p>una guerra interna.</p><p>-Una manera muy astuta de l evar las cosas, cabal ero Nocheztli.</p><p>-No obstante, el mismo hecho de que nuestras fuerzas sean tan variadas hace que resulte muy complicado</p><p>dirigirlas. He delegado en los mejores de mis colegas cabal eros y suboficiales para que cada uno sea</p><p>responsable de un grupo u otro de guerreros. Pero sus �rdenes, instrucciones, reprimendas, lo que sea, en</p><p>lengua n�huatl, s�lo se les pueden dar a aquel os guerreros, jefes de tribu, que son capaces de entender</p><p>n�huatl. Esos, a su vez, tienen que traducir a su lengua las palabras y dec�rselas a sus hombres. Y luego</p><p>las palabras deben pasarse a la tribu siguiente, que quiz� hablen un dialecto diferente de la misma lengua,</p><p>pero a los que por lo menos se les puede hacer entender. A su vez, el os, de la mejor manera posible,</p><p>transmiten las palabras a otra tribu. Probablemente un hombre de cada cien de todos el os pasa buena</p><p>parte de su tiempo actuando como int�rprete. Y, desde luego, con frecuencia, las �rdenes se distorsionan</p><p>en el curso de ese largo proceso, lo que ha  dado lugar a  algunos malentendidos  bastante l amativos.</p><p>Todav�a no ha l egado a pasar, pero uno de estos d�as, cuando tenga un contingente de nuestros hombres</p><p>formados y les d� la orden a los de la primera fila de "Presenten armas!", los hombres de la �ltima fila van a</p><p>entender que se tumben a dormir. En cuanto a esos yaquis que enviaste, ninguno de nosotros puede</p><p>comunicarse con el os. No me entender�an ni aunque les ordenase realmente que se durmieran.</p><p>Tuve   que   reprimir   una   sonrisa   ante   aquel   desbordamiento   de   exasperaci�n   de   Nocheztli.   Pero   estaba</p><p>orgul oso y admiraba el modo como hab�a manejado aquel vasto ej�rcito bajo unas condiciones tan dif�ciles,</p><p>y as� se lo dije.</p><p>-Bueno -me indic�-, hasta el momento he sido capaz de evitar que hubiera hombres demasiado ociosos y</p><p>que se peleasen entre s�; les he dado las �rdenes que pudieran transmit�rseles, incluso a los yaquis, con</p><p>gestos y demostraciones en vez de palabras, y as� los he mantenido ocupados en diversas tareas. A unos</p><p>grupos les he asignado que se encarguen de la caza, de la pesca y de la recogida de comida, por ejemplo,</p><p>y he hecho que otros se ocupen de quemar carb�n vegetal, de mezclar la p�lvora, de hacer el moldeado de</p><p>las bolas de plomo, y as� sucesivamente. Esos correos que enviaste a Tzeb�ruko y a Aztl�n regresaron con</p><p>amplias provisiones de polvo amaril o y de ese salitre amargo. As� que ahora tenemos tanta p�lvora y tantas</p><p>bolas como podamos transportar cuando nos marchemos de aqu�. Me complace informarte, adem�s, de</p><p>que tenemos muchos m�s palos de trueno que antes. Las mujeres purepes trajeron una gran cantidad de</p><p>los que capturaron a los espa�oles de Nueva Galicia, y lo mismo hicieron numerosos guerreros de las tribus</p><p>del   norte,   que   los   robaron   de   los   puestos   avanzados   del   ej�rcito   espa�ol   seg�n   ven�an   hacia   aqu�</p><p>atravesando la Tierra Disputable. Ahora casi tenemos cien de esas armas, y aproximadamente el doble de</p><p>esa cantidad de hombres que se han convertido en expertos en su utilizaci�n. Adem�s hemos adquirido un</p><p>buen arsenal de cuchil os y espadas de acero.</p><p>-Es muy gratificante o�r todo eso -le dije-. �Tienes algo no tan gratificante de lo que informarme?</p><p>-S�lo que estamos mejor abastecidos de armamento que de comida. Dado que hay un centenar de cientos</p><p>de bocas que alimentar.., bien, ya te puedes imaginar. Nuestros cazadores y los que buscan comida ya han</p><p>matado hasta el �ltimo animal, han arrancado todos los frutos, nueces y verduras comestibles de estas</p><p>monta�as y han vaciado las aguas, en las que ya no queda ni un pez. Tuve que ponerles unos l�mites</p><p>geogr�ficos para ir a buscar comida, ya ves, a fin de evitar que se alejaran demasiado, no fuera que la</p><p>noticia   de   su   actividad   l egase   a   o�dos   no   convenientes.   Pero   quiz�   t�   desees   dar   una   contraorden,</p><p>Tenamaxtzin, porque ahora nos tenemos que conformar con raciones verdaderamente escasas: ra�ces,</p><p>tub�rculos, ranas e insectos. Tal privaci�n es, desde luego, beneficiosa para los guerreros. Eso los hace</p><p>estar magros, duros y ansiosos por sacar  beneficio de  las  tierras  de abundancia que invadiremos. No</p><p>obstante,   adem�s   de   las   mujeres   purepes   que   est�n   ahora   entre   nosotros,   un   buen   n�mero   de   esos</p><p>esclavos fugados que han venido aqu� huyendo son mujeres y ni�os. Odio hablar yo mismo como una</p><p>mujer, pero  de  verdad  me dan  l�stima  esos  seres  d�biles  que   han  venido  confiando  en  que   nosotros</p><p>cuidar�amos de el os. Espero, mi se�or, que dar�s al instante orden de que todos marchemos de aqu� a</p><p>tierras de mayor abundancia.</p><p>-No -le contest�-. No voy a dar todav�a esa orden, y tampoco contradir� ninguna de tus �rdenes, aunque</p><p>todos tengamos que vivir durante alg�n tiempo mascando el cuero de nuestras propias sandalias. Y te dir�</p><p>por qu�. -A continuaci�n le repet� a Nocheztli lo que el obispo Quiroga me hab�a confiado, y a�ad�-: Esta,</p><p>pues, es mi primera orden. Env�a hacia el oeste a hombres con ojos agudos y pies ligeros. Tiene que haber</p><p>uno apostado, bien oculto, junto a cada camino, cada sendero, cada vereda de ciervos que vaya hacia el</p><p>norte desde Compostela. Cuando pase el gobernador Coronado con su comitiva, quiero un recuento de sus</p><p>hombres, de las armas, de los cabal os, de las mulas, de los porteadores, de los bultos... de todo lo que</p><p>l eve consigo. No atacaremos esa comitiva, porque el muy tonto nos est� haciendo un favor inmenso.</p><p>Cuando me l egue el informe de que el gobernador y sus compa�eros han pasado, y cuando estime que se</p><p>han alejado lo suficiente hacia el norte, entonces, pero no antes, nos moveremos. �Est�s de acuerdo,</p><p>cabal ero Nocheztli?</p><p>-Naturalmente, mi se�or -respondi� al tiempo que mov�a la cabeza l eno de admiraci�n-. Es asombroso,</p><p>qu� buena fortuna para nosotros y qu� conducta m�s tonta por parte de Coronado. Nos deja el campo</p><p>abierto de par en par.</p><p>Result� un poco inmodesto por mi parte, pero no pude evitar decir:</p><p>-Me alabo a m� mismo al decir que tuve algo que ver, hace mucho, al organizar tanto esa buena fortuna</p><p>como   la   conducta   tonta.   Durante   a�os   he   estado   intentando   descubrir   un   punto   d�bil   en   la   aparente</p><p>invulnerabilidad de los hombres blancos. Y lo he encontrado: es la avaricia.</p><p>-Eso me recuerda algo -dijo Nocheztli-. Casi se me olvidaba mencionar una cosa bastante asombrosa.</p><p>Entre los fugitivos que vinieron hasta nosotros en busca de asilo se encuentran dos hombres blancos.</p><p>-�Qu�?  -pregunt�,  incr�dulo-.  �Espa�oles  que  huyen   de  su  propia  gente?  �Que  se  vuelven   contra  su</p><p>propia gente? Nocheztli se encogi� de hombros.</p><p>-No s�. Parecen unos espa�oles muy raros. Ni siquiera los pocos aztecas que sabemos alguna palabra de</p><p>espa�ol podemos entender el espa�ol que intentan hablar con nosotros.</p><p>Pero los dos farful an entre el os con unos ruidos parecidos a siseos y a graznidos de ganso. -Hizo una</p><p>pausa y luego a�adi�-: He o�do decir que a los espa�oles su religi�n les proh�be deshacerse de los ni�os</p><p>que nacen con alguna deficiencia en el cerebro. Quiz� se trate de dos personas con alg�n defecto que han</p><p>l egado a hombres sin saber lo que hacen.</p><p>-Si es as�, seremos nosotros quienes nos deshagamos de el os para no tener que darles de comer. Ir� a</p><p>echarles un vistazo m�s tarde. Mientras tanto, y hablando de comer, �podr�a solicitar que se me diera una</p><p>comida... o los gusanos y espinos que constituyan el men� de hoy?</p><p>Nocheztli sonri�.</p><p>-Ser�amos tan tontos como los hombres blancos si hici�ramos pasar hambre y debilit�semos a nuestro jefe</p><p>y se�or. Tengo reservadas unas piezas de ciervo ahumado.</p><p>-Te doy las gracias. Y mientras me doy un fest�n con esas viandas, m�ndame a quienquiera que sea el</p><p>oficial que has nombrado l�der de esas mujeres purepes.</p><p>-Tienen su propio l�der, una mujer. Se negaron a que les diese �rdenes ning�n hombre.</p><p>Tendr�a que haberlo supuesto. El l�der era la misma mujer con cara de c�yotl que ten�a el inapropiado</p><p>nombre de Mariposa. Para anticiparme a que se pusiera mandona conmigo, la felicit� por seguir con vida y</p><p>por los numerosos �xitos en los saqueos que hab�a encabezado contra los blancos de Nueva Galicia, y le</p><p>agradec� que hubiera respetado las comunidades de Utop�a, tal como yo le hab�a pedido. Mariposa se</p><p>enorgul eci� al ser alabada de aquel a manera y pareci� a�n m�s agradecida cuando dije:</p><p>-Quiero armar a tu valiente contingente de mujeres guerreras con una arma especial que ser� s�lo vuestra.</p><p>Adem�s,   es   una   arma   que   quienes   mejor   pueden   fabricarla   son   las   mujeres,   cuyos   dedos   son   m�s</p><p>delicados, �giles y precisos que los de ning�n hombre.</p><p>-S�lo tienes que mandarnos, Tenamaxtzin.</p><p>-Es una arma que invent� yo mismo, aunque los espa�oles tienen algo parecido; lo l aman granada.</p><p>Les expliqu� c�mo envolver con arcil a p�lvora prensada e insertar en el a un poquietl delgado a modo de</p><p>mecha para luego cocerlo todo al sol a fin de que se endureciera.</p><p>-Luego, cuando entremos en combate, mi se�ora Mariposa y l eve consigo varias de esas granadas. Que</p><p>cada una de tus mujeres vaya fumando un poqufetl siempre que se presente la oportunidad, prendedle</p><p>fuego a la mecha de una granada y arrojadla contra el enemigo o, mejor a�n, dentro de sus casas, puestos</p><p>avanzados o fortalezas. Ver�is c�mo se produce un da�o espectacular.</p><p>-Suena delicioso, mi se�or. Nos pondremos a fabricarlas ahora mismo.</p><p>Cuando acab� de roer la carne de ciervo, de beber un poco de octli y de fumarme yo mismo un poquietl,</p><p>mand� que l evasen ante mi a aquel os dos blancos "raros".</p><p>Pues bien, result� que no eran espa�oles ni defectuosos, aunque me cost� un rato de malentendidos</p><p>averiguarlo. Uno de los hombres era bastante mayor que yo, y el otro un poco m�s joven. Ambos eran tan</p><p>blancos y tan peludos como los espa�oles, pero, como los dem�s esclavos que hab�a entonces en nuestro</p><p>campamento, iban descalzos y vestidos con harapos. Evidentemente, de alg�n modo, los hab�an puesto al</p><p>corriente de que yo era el jefe de todas las personas que estaban congregadas al �, as� que se acercaron a</p><p>mi con respeto. Como hab�a dicho Nocheztli, hablaban un espa�ol muy imperfecto, pero nos las arreglamos</p><p>para entendernos la mayor parte de las veces. Sin embargo, salpicaban su conversaci�n con palabras que</p><p>s�lo espero aproximar aqu�, porque de verdad que sonaban como el cotorreo de un ganso.</p><p>Me present� en un espa�ol lo bastante simple como para que me entendiera incluso un retrasado.</p><p>-Vuestra gente espa�ola me l ama Juan Brit�nico. �Qu� sois vosotros...?</p><p>Pero el m�s viejo me interrumpi�.</p><p>-�John British?</p><p>Y ambos se quedaron mir�ndome con los ojos abiertos de par en par, y luego se pusieron a graznar con</p><p>excitaci�n el uno con el otro. Solamente alcanc� a captar que aquel a palabra, "british", la repet�an varias</p><p>veces.</p><p>-Por favor -les ped�-, hablad en espa�ol si sab�is.</p><p>Y as� lo hicieron, en gran parte, de entonces en adelante. Pero para relatar aquel a conversaci�n tengo que</p><p>hacer que parezca que hablaban con mucha m�s fluidez de lo que lo hac�an, y tambi�n yo hago todo lo que</p><p>puedo con tal de pronunciar las frecuentes palabras de ganso.</p><p>-Te pido perd�n, John British -comenz� a decir el mayor de los dos-. Le dec�a a Miles, aqu� presente, que,</p><p>voto a br�os, por fin tenemos una racha de... una racha de lo que nosotros l amamos suerte... una racha de</p><p>buena suerte. T� debes de ser un n�ufrago, como nosotros. Pero Miles ha dicho, y yo tambi�n... por Dios,</p><p>capit�n, que no pareces ser british.</p><p>-Sea eso lo que sea, no lo soy -le contest�-. Soy azteca... vosotros dir�ais indio.., y mi verdadero nombre es</p><p>T�otl Tenamaxtli. -Ambos hombres me miraron con caras tan inexpresivas como pueden serlo las caras de</p><p>los hombres blancos-. Nadie m�s que los espa�oles me l ama por el nombre cristiano de Juan Brit�nico.</p><p>Cruzaron entre el os m�s graznidos y siseos, y la palabra "christian" se oy� varias veces. El mayor de los</p><p>dos se dirigi� de nuevo a mi.</p><p>-Bueno, por lo menos eres un indio cristiano, capit�n. Pero �acaso eres uno de esos dichosos y pu�eteros</p><p>papistas? �O perteneces a la buena Iglesia de Inglaterra del Libro del Obispo?</p><p>-�No soy cristiano de ninguna clase! -le respond� con brusquedad-. Y soy yo quien hace aqu� las preguntas.</p><p>�Qui�nes sois vosotros?</p><p>Me lo dijo, y entonces fui yo quien puso la expresi�n en blanco. Los nombres lo mismo hubieran podido ser</p><p>de yaquis que de gansos. Pero desde luego no eran espa�oles.</p><p>-Mira -me dijo-. S� escribir. -Se puso a buscar a su alrededor una piedra afilada mientras dec�a-: Soy un</p><p>artista marinero de barco, eso soy. Lo que los espa�oles l aman un navegador. Miles s�lo es un ignorante.</p><p>-Con la piedra comenz� a escribir en la tierra, a mis pies, que es por lo que puedo dar exactamente los</p><p>nombres aqu�-. JOB HORTOP. . �se soy yo... y MILES PHILIPS... que es �l.</p><p>Hab�a hablado de barcos y del mar, as� que le pregunt�:</p><p>-�Est�is al servicio del rey Carlos?</p><p>-�El rey Carlos? -bramaron a la vez. Y el m�s joven a�adi� con indignaci�n:</p><p>-Nosotros servimos al buen rey Henry de Inglaterra, benditas sean sus pelotas de lat�n. Y por eso, maldita</p><p>sea, es por lo que estamos donde estamos!</p><p>-Perd�nale, John British -dijo el mayor-. Los marineros vulgares no tienen modales.</p><p>-He o�do hablar de Inglaterra -les coment� al recordar lo que el padre Vasco me dijera en una ocasi�n-.</p><p>�Conoc�is   acaso   a   don   Tom�s   Moro?   -Otra   vez   la   expresi�n   de   sus   caras   mostraba   que   se   hab�an</p><p>quedado en blanco-. �O su libro acerca de Utop�a?</p><p>El artista marinero suspir� y dijo:</p><p>-Pido otra vez tu perd�n, capit�n. S� leer y escribir un poco. Pero nunca he le�do libros.</p><p>Yo tambi�n suspir� y les pregunt�:</p><p>-Por favor, decidme s�lo c�mo es que est�is aqu�.</p><p>-S�, s�, se�or. Ver�s, lo que ocurri� es que embarcamos en un buque mercante de Hawkins que part�a de</p><p>Br�stol y que navegaba bajo bandera genovesa para l evar un cargamento de �bano, ya sabes a qu� me</p><p>refiero, en la traves�a intermedia desde Guinea hasta Hispaniola. Bien, l egamos hasta la isla de la Tortuga.</p><p>Una tormenta nos hizo naufragar contra los arrecifes, y Miles y yo fuimos los �nicos de la tripulaci�n blanca</p><p>que l egamos vivos a la costa, adonde nos lanz� el mar, junto con numerosos seres de color �bano. Los</p><p>condenados piratas de Jack Napes nos convirtieron en esclavos, lo mismo que hicieron con los negros.</p><p>Desde   entonces   hemos   ido   pasando   de   mano   en   mano...   Hispaniola,   Cuba...   y   finalmente   acabamos</p><p>recogiendo   estopa  en un  muel e  de  Veracruz.   Cuando  un  pu�ado  de  esclavos  negros  se   escap�,  nos</p><p>vinimos con el os. No ten�amos d�nde ir, pero los negros se enteraron de que algunos rebeldes se estaban</p><p>congregando   en  estas  monta�as.  De  manera   que   aqu�  estamos,  capit�n.   Maldita  sea,  si  nos aceptas,</p><p>nosotros nos rebelaremos contra los pu�eteros espa�oles. Y contentos estaremos, Miles y yo, de matar a</p><p>cualquier Jack Napes hijo de puta que t� nos se�ales. S�lo tienes que darnos un alfanje a cada uno.</p><p>Todo aquel o no ten�a demasiado sentido para mi, excepto la �ltima parte, a la que respond�:</p><p>-Si lo que quieres decir es que dese�is luchar a nuestro lado, muy bien. Se os dar�n armas. Pero puesto</p><p>que yo soy la �nica persona en este ej�rcito que puede, aunque sea con mucho trabajo, entenderos y hacer</p><p>que vosotros me entend�is...</p><p>-Te pido   perd�n   otra   vez,   John   British.   Una   buena   cantidad  de  los  esclavos   de   al �..,  negros,  indios y</p><p>tambi�n mestizos... hablan el espa�ol mejor que nosotros. Hay una mocita mestiza que hasta lo sabe leer y</p><p>escribir.</p><p>-Gracias por dec�rmelo. Puede serme �til cuando quiera enviar alguna declaraci�n de asedio a alguna</p><p>ciudad espa�ola, o dictar las condiciones de rendici�n. Mientras tanto, puesto que yo soy el �nico de los</p><p>que mandan este ej�rcito que puede hablar con vosotros, sugiero que, cuando entremos en combate, los</p><p>dos permanezc�is cerca de m�. Adem�s, como a mi lengua le resulta dif�cil pronunciar vuestros nombres, y</p><p>en la batal a quiz� tenga necesidad de pronunciarlos con urgencia, os l amar� Uno y Dos.</p><p>-Cosas peores nos han l amado -intervino Dos-. Y por favor, se�or, �podemos l amarte capit�n John? Nos</p><p>hace sentirnos en casa, por as� decir.</p><p><strong>28</strong></p><p>-Ese hombre, Coronado.., pas� por donde estaba yo... hace seis d�as...</p><p>El corredor jade� al tiempo que hund�a con cansancio ante m� las rodil as y los codos en tierra; el cuerpo le</p><p>daba sacudidas en su esfuerzo por buscar algo de aliento y chorreaba sudor.</p><p>-Entonces, �por qu� has tardado tanto en venir a informarme? -le exig� con enfado.</p><p>-Quer�as... la cuenta... mi se�or -dijo sin dejar de jadear-. Cuatro d�as contando... dos d�as corriendo...</p><p>-Por   Huitzli   -murmur�,   ahora   con   benevolencia;   y   le   palme�   a   aquel   hombre   el   hombro   h�medo   y</p><p>tembloroso-.   Descansa,   hombre,   antes   de   seguir   hablando.   Nocheztli,   env�a   a   buscar   agua   y   algo   de</p><p>comida para este guerrero. Ha cumplido arduamente con su deber durante seis d�as y sus noches.</p><p>El hombre  bebi�   agradecido,   pero,  como   era   un   experimentado   corredor  veloz,   bebi�   s�lo  un  poco   al</p><p>principio y luego mordi� con voracidad la fibrosa carne de ciervo. En cuanto pudo hablar coherentemente y</p><p>sin que los jadeos le obligaran a interrumpirse, dijo:</p><p>-Primero ven�a ese hombre, Coronado, y junto a �l otro hombre con atuendo negro sacerdotal, ambos</p><p>montados  en  hermosos  cabal os  blancos.   Tras  el os  ven�an   muchos  soldados  montados,   de  cuatro   en</p><p>cuatro   cuando   el   camino   era   lo   suficientemente   ancho,   con   m�s   frecuencia   de   dos   en   dos,   porque</p><p>Coronado eligi� un sendero no muy transitado, y por lo tanto no muy despejado. Cada jinete, excepto el que</p><p>iba de negro, l evaba el yelmo de metal y la armadura de metal y cuero completa, y cada hombre portaba</p><p>un palo de trueno y una espada de acero. Todo hombre montado l evaba de las riendas adem�s detr�s de</p><p>�l uno o dos cabal os. Luego ven�an m�s soldados, igualmente con armadura, pero �stos a pie, con palos</p><p>de trueno y lanzas largas de hoja ancha. Aqu�, mi se�or, tienes la cuenta de todos esos soldados.</p><p>Me   entrego   tres  o   cuatro   hojas  de   parra   de   un   fajo   que   hab�a   tra�do;   en   el as  hab�a   marcas   blancas</p><p>producidas con una ramita con punta. Me complaci� ver que el corredor sab�a contar como es debido:</p><p>puntos que representaban las unidades, banderitas para las veintenas, arbolitos para los centenares. Le</p><p>entregu� a Nocheztli las hojas y le ped�:</p><p>-S�mame el total.</p><p>El corredor continu� contando que la columna era muy larga y populosa y que avanzaba a paso de marcha,</p><p>por lo que tard� cuatro d�as en pasar junto a su escondite. Aunque se deten�an cada noche y levantaban un</p><p>tosco campamento, �l no  se hab�a  atrevido a dormir por miedo a que le pasara inadvertido  alguien o</p><p>cualquier cosa que Coronado hubiera ordenado que avanzase en secreto y a oscuras. A intervalos durante</p><p>su relato, el corredor me fue entregando m�s hojas:</p><p>-La cuenta de los cabal os para montar, mi se�or...</p><p>O:</p><p>-La cuenta de los cabal os y de otros animales que l evaban fardos.</p><p>Y tambi�n:</p><p>-La cuenta de los hombres sin armadura, algunos blancos, otros negros, otros indios, que conduc�an a los</p><p>animales o l evaban el os mismos fardos...</p><p>Y finalmente:</p><p>-La cuenta de las bestias con cuernos l amadas ganado, que iban al final de la columna.</p><p>Yo a mi vez le fui pasando las hojas con las cuentas a Nocheztli, y luego dije:</p><p>-Corredor veloz, lo has hecho extraordinariamente bien. �C�mo te l amas y cu�l es tu rango?</p><p>-Me l amo Pozonali, mi se�or, y solamente soy recluta yaoquizqui.</p><p>-Ya no. De ahora en adelante eres iyac. Ahora vete, iyac Pozonali, y come, bebe y duerme hasta que te</p><p>hartes. Luego c�gete una mujer, cualquier purepe o una esclava, a tu elecci�n, y dile que obedeces una</p><p>orden m�a. Te mereces el mejor refrigerio que podamos ofrecerte.</p><p>Nocheztli hab�a estado pasando las hojas de parra y murmurando para sus adentros. Luego dijo:</p><p>-Si la cuenta est� bien hecha, Tenamaxtzin, y avalo la buena fama que tiene Pozonali de ser fiable en sus</p><p>c�lculos, esto desaf�a la credibilidad. Aqu� tienes los totales, seg�n mis c�lculos. Adem�s de Coronado y el</p><p>fraile, dos centenares y cincuenta soldados montados, con seis centenares m�s veinte cabal os de montar.</p><p>Otros setenta y cuatro cientos de soldados de a pie. Diez centenares completos de animales de carga.</p><p>Otros diez centenares de esos hombres sin armadura: esclavos, porteadores, pastores, cocineros o lo que</p><p>quiera que sean. Y cuatro centenares m�s cuarenta de ganado. Envidio a los espa�oles toda esa carne</p><p>fresca que tienen en pie -concluy� con cierto pesar.</p><p>-Podemos dar por supuesto que Coronado se ha l evado con �l s�lo a los oficiales m�s experimentados y a</p><p>los hombres mejor entrenados de todos los que dispon�a, y los mejores cabal os, e incluso los esclavos m�s</p><p>fuertes y m�s leales -le coment�-. Tambi�n los arcabuces m�s nuevos y mejor hechos, las espadas y</p><p>lanzas del acero m�s s�lido y mejor afilado. Y la mayor�a de esos bultos estar�n l enos de p�lvora y plomo.</p><p>El o significa que ha dejado Nueva Galicia, y quiz� este extremo occidental de Nueva Espa�a, guarnecida</p><p>s�lo con los desechos y basura de la soldadesca, todos el os probablemente mal provistos de armas y de</p><p>municiones, y probablemente tambi�n todos el os a disgusto, puesto que est�n bajo el mando de oficiales</p><p>que Coronado consider� ineptos para su expedici�n. -Medio para m� mismo, a�ad�-: El fruto est� maduro.</p><p>Todav�a pesaroso, Nocheztli dijo:</p><p>-Incluso un fruto resultar�a sabroso en estos momentos. Me ech� a re�r.</p><p>-Estoy   de   acuerdo.   Tengo   tanta   hambre   como   t�.   No   nos   demoraremos   m�s.   Si   la   cola   de   esa   larga</p><p>procesi�n ya se encuentra a dos d�as de camino hacia el norte, y nosotros nos dirigimos hacia el sur, no hay</p><p>mucha probabilidad de que Coronado reciba noticia de nuestro avance. Corre la voz por los campamentos.</p><p>Nos pondremos en marcha ma�ana al alba. Env�a ahora mismo por delante a los cazadores y a los que</p><p>buscan comida para que podamos tener la esperanza de gozar de una comida decente ma�ana por la</p><p>noche. Adem�s haz que tus cabal eros y los dem�s oficiales dirigentes se presenten ante mi para recibir</p><p>instrucciones.</p><p>Cuando aquel os hombres, y la �nica oficial femenina, Mariposa, se hubieron congregado, les comuniqu�:</p><p>-Nuestro  primer objetivo  ser�  una ciudad  l amada Tonal�,  que  se  encuentra  al sureste  de aqu�.  Tengo</p><p>informaci�n de que est� creciendo de prisa, pues atrae a muchos colonos espa�oles, y que se planea</p><p>construir al � una catedral.</p><p>-Disc�lpame, Tenamaxtzin -me interrumpi� uno de los oficiales-, �qu� es una catedral?</p><p>-Un templo tremendamente grande de la religi�n de los hombres blancos. Esos templos se erigen s�lo en</p><p>lugares que se espera se conviertan en grandes ciudades. De modo que creo que tienen intenci�n de que</p><p>la ciudad de Tonal� sustituya a Compostela como capital de los espa�oles de Nueva Galicia. Haremos todo</p><p>lo posible por hacerlos desistir de esa intenci�n... destruyendo, arrasando, eliminando Tonal�.</p><p>Los oficiales asintieron y se sonrieron unos a otros con gozosa anticipaci�n.</p><p>-Cuando nos aproximemos a esa ciudad -continu� diciendo-, nuestro ej�rcito har� un alto mientras los</p><p>exploradores   se   introducen   sigilosamente   en   la   ciudad.   Cuando   vuelvan   para   informarme,   decidir�   la</p><p>disposici�n   de   nuestras   fuerzas   para   el   asalto.   Mientras   tanto,   tambi�n   quiero   que   nos   precedan</p><p>exploradores   en   el   camino   hacia   al �.   Diez   de   el os,   hombres   aztecas   acostumbrados   a   estar   alerta,</p><p>diseminados en abanico por delante de nuestra columna. Si divisan cualquier clase de asentamiento o</p><p>vivienda en el camino, aunque s�lo sea la caba�a de un ermita�o, me lo deben decir de inmediato. Id</p><p>ahora. Aseguraos de que todos comprendan estas �rdenes.</p><p>Una vez que nuestra columna se puso en camino y estuvo en marcha detr�s de m�, no s� cu�ntos d�as</p><p>tardar�amos en pasar por un punto concreto. Eramos casi ocho veces las personas que Coronado guiaba,</p><p>pero no ten�amos cabal os, mulas ni reba�os de ganado. S�lo cont�bamos con aquel os dos cabal os sin</p><p>sil a que Nochezfli hab�a rescatado de la emboscada que hab�a tenido lugar tiempo atr�s a las afueras de</p><p>Compostela. El y yo los mont�bamos cuando abandonamos el campamento de Chicom�ztotl y tomamos un</p><p>sendero tortuoso en direcci�n al sureste que nos l evaba lentamente hacia abajo, desde las monta�as hasta</p><p>las tierras bajas. Y tengo que decir que, cada vez que miraba atr�s hacia la larga y tortuosa comitiva</p><p>erizada de armas que nos segu�a, no pod�a evitar sentirme con orgul o yo mismo como un conquistador.</p><p>Con gran alivio, y mayor regocijo, por parte de todos, los cazadores y los que buscaban en vanguardia nos</p><p>proporcionaron una comida bastante consistente la primera noche de marcha, y durante los d�as sucesivos</p><p>v�veres cada vez m�s sabrosos y nutritivos. Adem�s, con gran alivio para mi trasero y el de Nocheztli, por</p><p>fin conseguimos dos sil as de montar. Uno de nuestros exploradores que iban de avanzadil a vino un d�a</p><p>corriendo para informar de que hab�a un puesto avanzado del ej�rcito espa�ol a s�lo una larga carrera</p><p>camino adelante. Era, igual que el puesto que nos hab�amos encontrado en cierta ocasi�n de De Puntil as y</p><p>yo, una barraca en la que hab�a dos soldados y un corral con cuatro cabal os, dos de el os ensil ados.</p><p>Detuve   la   comitiva   y   Nocheztli   convoc�   a   seis   guerreros   armados   con   maqu�huime   para   que   se</p><p>presentasen ante nosotros. Y a �stos les dije:</p><p>-No quiero malgastar p�lvora y plomo en un obst�culo tan trivial. Si vosotros seis no pod�is acercaros</p><p>furtivamente a ese puesto y despachar a esos hombres blancos al instante, no merec�is l evar espadas. Id</p><p>y haced exactamente eso. Sin embargo, tened cuidado con una cosa: intentad no romper ni mancharles de</p><p>sangre la ropa que l evan puesta.</p><p>Los hombres hicieron el gesto de besar la tierra y salieron disparados por entre la maleza. Al cabo de poco</p><p>tiempo regresaron, todos el os con sonrisas radiantes de felicidad y dos sosteniendo en alto, sujet�ndolas</p><p>por el pelo, las cabezas de los soldados espa�oles, que goteaban sangre por los mu�ones barbudos del</p><p>cuel o.</p><p>-Lo hicimos de la manera m�s limpia, mi se�or -dijo uno-. S�lo el suelo se manch� de sangre.</p><p>As� que avanzamos hasta la barraca de vigilancia, donde encontramos, adem�s de los cuatro cabal os, dos</p><p>arcabuces m�s, p�lvora y bolas para los mismos, dos cuchil os de acero y dos espadas tambi�n de acero.</p><p>Encargu� a dos hombres que quitasen de los cuerpos de los soldados las armaduras y el resto del atuendo,</p><p>que estaba sin tacha excepto por la suciedad, arraigada profundamente, y el sudor incrustado que era de</p><p>esperar en los sucios espa�oles. Felicit� a los seis guerreros que hab�an matado a los soldados y a los</p><p>exploradores  que   los  hab�an   encontrado,   y   les   dije   a   esos  exploradores   que   siguieran   por  delante   de</p><p>nosotros igual que antes. Luego orden� l amar a nuestros dos hombres blancos, Uno y Dos, para que se</p><p>presentasen ante m�.</p><p>-Tengo   unos  presentes  para   vosotros  -les  dije-.   No   s�lo   mejores  ropas   que   esos  andrajos   que   l ev�is</p><p>puestos, sino tambi�n yelmos de acero, armaduras y botas s�lidas.</p><p>-Por Dios, capit�n John, te estamos muy agradecidos -me indic� Uno-. Viajar a pie ya resulta bastante duro</p><p>para nuestras viejas piernas acostumbradas a la mar, no digamos ya tener que hacerlo descalzos.</p><p>Tom� aquel idioma de ganso como una queja por tener que ir caminando y a�ad�:</p><p>-Si sab�is montar a cabal o, ya no ser� necesario que camin�is m�s.</p><p>-Si fuimos capaces de cabalgar sobre los restos del naufragio hasta los arrecifes de la isla de la Tortuga</p><p>-intervino Dos-, yo dir�a que podemos montar cualquier cosa.</p><p>-�Me permitir�as preguntarte, capit�n, c�mo es que nos equipas a nosotros con tanto lujo en lugar de</p><p>hacerlo con alguno de tus compa�eros importantes? -pregunt� Uno.</p><p>-Porque, cuando l eguemos a Tonal�, vosotros dos vais a ser mis topos.</p><p>-�Topos, capit�n?</p><p>-Ya os lo explicar� cuando l egue el momento. Ahora, mientras los dem�s seguimos avanzando, vosotros</p><p>poneos  esos uniformes,  sujetaos  las  espadas,  subios a  los  cabal os que  dejo   para  vosotros  y  dadnos</p><p>alcance en cuanto pod�is.</p><p>-S�, s�, se�or.</p><p>De manera que Nocheztli y yo de nuevo ten�amos sil as c�modas, y los dos cabal os de repuesto los utilic�</p><p>como animales de carga para aliviar a varios de mis guerreros de la pesada carga que transportaban. El</p><p>siguiente acontecimiento de cierta notoriedad ocurri� unos d�as m�s tarde, y esta vez mis exploradores</p><p>aztecas no me previnieron de el o. Nocheztli y yo cabalg�bamos por una sierra baja y nos encontramos</p><p>mirando a unas caba�as de barro api�adas en la oril a de una charca bastante grande. Cuatro de nuestros</p><p>exploradores se encontraban al � bebiendo el agua que les daban los aldeanos y fumando sociablemente</p><p>poquieltin en su compa��a. Levant� una mano para detener la columna que avanzaba detr�s de m� y le ped�</p><p>a Nocheztli:</p><p>-Convoca a todos tus cabal eros y oficiales jefes y reunios conmigo al �.</p><p>Vio  la  expresi�n  de  mi cara y sin  decir palabra  volvi�  hasta  el  lugar  donde se  encontraba  la  comitiva</p><p>mientras yo bajaba cabalgando hasta el peque�o poblado.</p><p>Me inclin� desde el cabal o y le pregunt� a uno de los exploradores:</p><p>-�Qui�nes son estas personas?</p><p>La expresi�n y el tono que utilic� lo hicieron tartamudear ligeramente.</p><p>-S�lo.., s�lo son simples pescadores, Tenamaxtzin.</p><p>Y le hizo se�as al m�s anciano de los hombres presentes para que se acercase.</p><p>El viejo aldeano se me acerc� con cautela, temeroso de mi cabal o, y se dirigi� a m� con tanto respeto como</p><p>si hubiera sido un espa�ol montado a cabal o. Hablaba la lengua de los kuan�huatas, que es una lengua lo</p><p>bastante parecida al n�huatl como para que yo pudiera entenderla.</p><p>-Mi se�or, como estaba dici�ndole a tu guerrero aqu� presente, vivimos de pescar en esta charca. S�lo</p><p>somos unas cuantas familias, y hacemos lo mismo que han hecho nuestros antepasados desde la �poca</p><p>anterior al tiempo.</p><p>-�Por qu� vosotros? �Por qu� aqu�?</p><p>-En esta charca vive un pescado blanco peque�o y delicioso que no puede encontrarse en otras aguas.</p><p>Hasta   hace   muy   poco,   ha   sido   la   mercanc�a   con   la   que   comerci�bamos   con   los   otros   poblados</p><p>kuan�huatas. -Hizo un gesto vago con la mano hacia el este-. Pero ahora hay hombres blancos... al sur, en</p><p>Tonal�. El os tambi�n aprecian este pescado �nico, y podemos cambiarlo por ricas mercanc�as como nunca</p><p>antes hemos...</p><p>Se interrumpi� y mir� alg�n punto detr�s de m� mientras Nocheztli y sus oficiales se deten�an, maqu�huime</p><p>en mano, en un amenazador c�rculo alrededor del grupo de caba�as. Los dem�s habitantes del poblado se</p><p>apretujaron unos contra otros, y los hombres rodearon con el brazo en un gesto protector a las mujeres y a</p><p>los ni�os. Habl� por encima del hombro:</p><p>-Cabal ero Nocheztli, da la orden de matar a estos cuatro exploradores.</p><p>-�Qu�? Tenamaxtzin, son cuatro de nuestros mejores...</p><p>Pero se interrumpi� cuando volv� la mirada hacia �l y, obedeciendo, les hizo un gesto con la cabeza a los</p><p>oficiales m�s cercanos. Antes de que los asombrados e incr�dulos exploradores pudieran moverse o emitir</p><p>un sonido de protesta, ya los hab�an decapitado. El viejo y los aldeanos miraron con horror los cuerpos que</p><p>hab�an ca�do al suelo, donde se contorsionaban, y las cabezas separadas, cuyos ojos parpadeaban como</p><p>sin dar todav�a cr�dito a su sino.</p><p>-No habr� m�s hombres blancos para que comerci�is con el os -le dije al viejo-. Marchamos contra Tonal�</p><p>para aseguramos de que as� sea. Cualquiera de vosotros que desee venir con nosotros y ayudarnos a</p><p>masacrar a esos hombres blancos, puede hacerlo y es bienvenido. Y a todo el que no lo haga se le dar�</p><p>muerte aqu� mismo, en el sitio donde est�is.</p><p>-Mi se�or -me suplic� el viejo-. Nosotros no tenemos nada en contra de los hombres blancos. Han estado</p><p>comerciando con nosotros de un modo justo. Desde que l egaron aqu�, hemos prosperado m�s que...</p><p>-Ya he o�do ese argumento demasiadas veces antes -le interrump�-. Lo dir� s�lo una vez m�s. No habr�</p><p>hombres blancos, sean comerciantes justos o cualquier otra cosa. Ya hab�is visto lo que he hecho con mis</p><p>propios hombres, con estos que se tomaron mis palabras demasiado a la ligera. Aquel os de vosotros que</p><p>vay�is a venir, venid ahora.</p><p>El viejo se volvi� hacia su gente y extendi� los brazos en un gesto de impotencia. Varios hombres y algunos</p><p>muchachos, junto con dos o tres de las mujeres m�s robustas, una de las cuales l evaba de la mano a su</p><p>ni�o, se adelantaron e hicieron el gesto de besar la tierra ante m�.</p><p>El viejo movi� con tristeza la cabeza y dijo:</p><p>-Aunque yo no fuera demasiado anciano para pelear e incluso para caminar a paso de marcha, no me</p><p>avendr�a a abandonar este lugar, que es el de mis padres y el de los padres de mis padres. Haz conmigo lo</p><p>que quieras.</p><p>Lo que hice fue cortarle la cabeza con mi propia espada de acero. Al ver aquel o los dem�s hombres y los</p><p>muchachos de la aldea se apresuraron a adelantarse y a hacer el gesto tialqualiztli. Lo mismo hicieron la</p><p>mayor�a de las mujeres y de las muchachas j�venes. S�lo otras tres o cuatro hembras, que ten�an en</p><p>brazos a beb�s o ni�os peque�os agarrados con fuerza a las faldas permanecieron donde estaban.</p><p>-Tenamaxtzin -dijo la oficial Mariposa de cara de coyote con una solicitud que nunca me hubiera esperado</p><p>de el a-, esto son mujeres y ni�itos inocentes.</p><p>-T� ya has matado a otros exactamente iguales a �stos -le record�.</p><p>-�Pero aquel os eran espa�oles!</p><p>-Estas mujeres pueden hablar. Estos ni�os pueden se�alar. No quiero dejar testigos con vida. -Le arroj� a</p><p>el a mi espada de repuesto, una maqu�huitl de filo de obsidiana que colgaba de una correa del pomo de la</p><p>sil a de montar, porque el a s�lo l evaba un arcabuz-. Toma. Hazte idea de que son espa�oles.</p><p>Y as� lo hizo, pero con torpeza, porque obviamente era reacia a hacerlo. De ah� que sus v�ctimas sufrieran</p><p>m�s de lo que hab�an sufrido los hombres; las mujeres se agazaparon al recibir los golpes que Mariposa</p><p>asestaba, por lo que �sta se vio obligada a golpearlas m�s veces de lo que hubiera sido necesario. Cuando</p><p>Mariposa hubo terminado, la sangre copiosamente derramada hab�a chorreado desde la oril a y te��a el</p><p>agua de rojo en el borde de la charca. A los aldeanos que se hab�an rendido a m� -que gem�an todos, se</p><p>arrancaban los cabel os y se rasgaban los mantos- se los condujo como si fueran un reba�o y fueron</p><p>colocados entre nuestro contingente de esclavos. Orden� que se los vigilase estrechamente, no fuera a ser</p><p>que intentaran escapar.</p><p>Hab�amos recorrido una distancia considerable desde aquel lugar antes de que Nocheztli reuniese el valor</p><p>suficiente para volver a hablarme. Por fin se aclar� la garganta con nerviosismo y me coment�:</p><p>-Esas  personas eran de nuestra  propia  raza, Tenamaxtzin.  Los exploradores eran hombres  de nuestra</p><p>propia ciudad.</p><p>-Los habr�a matado aunque hubieran sido mis propios hermanos. Te concedo que ha sido a costa de cuatro</p><p>buenos guerreros, pero te prometo que, de hoy en adelante, ni un solo hombre de nuestro ej�rcito se</p><p>comportar� nunca de forma negligente con respecto a mis �rdenes, como hicieron esos cuatro.</p><p>-Eso es cierto -admiti� Nocheztli-. Sin embargo, esos kuan�huatas a los que ordenaste matar... ni se te</p><p>hab�an opuesto ni te hab�an enojado...</p><p>-En el fondo estaban tan confabulados con los espa�oles y depend�an tanto de el os como Yeyac. As� que</p><p>les he dado a elegir lo mismo que a los guerreros de Yeyac: unirse a nosotros o morir. Y el os han elegido.</p><p>Mira, Nocheztli, t� no te has beneficiado de las ense�anzas cristianas como hice yo en mis tiempos m�s</p><p>j�venes. A los sacerdotes les gustaba contarnos cuentos de los anales de su religi�n. En particular los</p><p>divert�a relatar las ocurrencias y dichos de un peque�o dios que tienen que se l ama Jesucristo. Recuerdo</p><p>bien uno de esos dichos de ese dios: "Aquel que no est� conmigo, est� contra m�."</p><p>-Y t� no deseabas dejar ning�n testigo de nuestro paso, eso ya lo comprendo, Tenamaxtzin. Sin embargo,</p><p>debes saber que con el tiempo, inevitablemente, los espa�oles van a tener noticia de nuestro ej�rcito y de</p><p>nuestras intenciones.</p><p>o-Ayyo, ya lo creo que s�. Y quiero que sea as�. Tengo planeado amenazarlos y hacerles sufrir con el o.</p><p>Pero quiero que los hombres blancos sepan s�lo lo suficiente como para mantenerlos en la incertidumbre,</p><p>en la aprensi�n, en el terror. No deseo que sepan cu�ntos somos, cu�l es la fuerza de nuestro armamento,</p><p>cu�l es nuestra posici�n en ning�n momento ni el rumbo de nuestra marcha. Quiero que los hombres</p><p>blancos se sobresalten y se asusten cada vez que oigan un ruido inesperado, que retrocedan ante la vista</p><p>de cualquier cosa que no les resulte familiar, que se vuelvan desconfiados de cada extra�o que vean, que</p><p>les entren calambres en el cuel o de tanto volverse a mirar por encima del hombro. Que nos consideren</p><p>esp�ritus malignos, incontables, imposibles de hal ar, y que consideren que es probable que ataquemos por</p><p>aqu�, por al �, por cualquier parte. No debe haber testigos que puedan contarles algo diferente.</p><p>Unos cuantos d�as despu�s, uno de nuestros exploradores se acerc� trotando desde el horizonte por el sur</p><p>para decirme que la ciudad de Tonal� estaba ya al alcance, aproximadamente a cuatro largas carreras de</p><p>distancia.  Me  explic� que  sus compa�eros exploradores estaban  en aquel os momentos rodeando  con</p><p>cautela las afueras de la ciudad para determinar la extensi�n de la misma. Lo �nico que pudo decirme, a</p><p>partir   de   sus   propias   y   breves   observaciones,   fue   que   Tonal�   parec�a   constar   en   su   mayor   parte   de</p><p>construcciones reci�n hechas y que no hab�a tubos de trueno visibles guardando su per�metro.</p><p>Detuve la columna y di �rdenes para que los contingentes se esparcieran en campamentos separados,</p><p>como hab�an hecho en Chicom�ztotl, y para que se preparasen para permanecer acampados un tiempo</p><p>mayor que una sola noche. Tambi�n mand� l amar a Uno y a Dos y les dije:</p><p>-Tengo otro regalo para vosotros, se�ores. Nocheztli y yo vamos a prestaros nuestros cabal os, que est�n</p><p>ensil ados, durante alg�n tiempo.</p><p>-Bendito seas, capit�n John -habl� Dos mientras dejaba escapar un suspiro de todo coraz�n-. Del infierno,</p><p>Hul� y Halifax, l�branos, Se�or.</p><p>-Miles fanfarrone� diciendo que podr�amos montar cualquier cosa -apunt� Uno-, pero, v�lgame Dios, no</p><p>cont�bamos con cabalgar en la sil a alemana. Nos duelen tanto las nalgas que parece que nos hubieran</p><p>azotado y nos hubieran pasado por debajo de la quil a durante todo el camino hasta aqu�.</p><p>No ped� explicaciones de aquel parloteo de ganso, sino que me limit� a darles instrucciones.</p><p>-La ciudad de Tonal� est� por al �. Este explorador os guiar� hasta el a. Ser�is mis topos a cabal o. Otros</p><p>exploradores  est�n   rodeando   la   ciudad,   pero   yo   quiero   que   sonde�is  el  interior.  No   entr�is   hasta   que</p><p>anochezca,   pero   tratad   de   aparentar   que   sois  altivos   soldados  espa�oles  y  rondad   por  al �   lo   m�ximo</p><p>posible. Traedme, lo mejor que pod�is, una descripci�n del lugar: un c�lculo de su poblaci�n, tanto blanca</p><p>como de otras razas, y, sobre todo, un c�lculo bien hecho de los soldados que hay al �.</p><p>-Pero �y si nos desaf�an, John British? -me pregunt� Uno-. Apenas si podemos pronunciar una palabra, y</p><p>mucho menos un santo y se�a. -Se toc� la espada, que l evaba envainada al cinto-. �Les hacemos probar</p><p>nuestro acero?</p><p>-No. Si alguien se dirige a vosotros, simplemente gui�ad el ojo de forma imp�dica y l evaos un dedo a los</p><p>labios.   Como   os   estar�is   moviendo   sin   hacer   ruido   y   en   la   oscuridad,   supondr�n   que   os   dirig�s</p><p>clandestinamente a ver a vuestra ma�time.</p><p>-�Nuestra qu�?</p><p>-Un burdel para soldados. Una casa de putas baratas.</p><p>-�A la   orden,   se�or!   -dijo   Dos  con   entusiasmo-.  �Y podemos  hacer  cosquil as   a  los  conejitos  mientras</p><p>estamos al �?</p><p>-No. No ten�is que pelear ni ir de putas. Tan s�lo deb�is entrar en la ciudad, dar una vuelta por el a y luego</p><p>regresar aqu�. Ya tendr�is tiempo de blandir vuestro acero al asaltar el lugar, y cuando la hayamos tomado</p><p>dispondr�is de hembras de sobra para que retoc�is con el as.</p><p>Por la informaci�n que trajeron los exploradores, incluidos Uno y Dos, quienes dijeron que su presencia al �</p><p>y el hecho de merodear no hab�an suscitado comentario alguno, me hice una representaci�n mental de</p><p>Tonal�.  Era  m�s o  menos  del mismo  tama�o  que  Compostela,   y  m�s  o  menos igual  de  poblada.  Sin</p><p>embargo, al contrario que Compostela, no hab�a crecido alrededor de un asentamiento nativo ya existente,</p><p>sino   que   al   parecer   hab�a   sido   fundada   por   espa�oles   reci�n   l egados   al �.   As�   que,   salvo   por   las</p><p>acostumbradas barracas de las afueras para albergar a los criados y a los esclavos, hab�an construido</p><p>residencias   consistentes   de   adobe   y   madera.   Tambi�n   hab�a,   igual   que   en   Compostela,   dos   macizas</p><p>estructuras de piedra: una iglesia peque�a, todav�a no agrandada para ser la catedral del obispo, y un</p><p>palacio modesto para los despachos de gobierno y barracones para los soldados.</p><p>-S�lo soldados suficientes para mantener la paz -me comunic� Uno-. Repartidores, bedeles, alguaciles y</p><p>otros por el estilo. Llevan arcabuces y alabardas, s�, pero en realidad no son hombres de combate. Miles y</p><p>yo s�lo vimos a tres, adem�s de nosotros, que fueran a cabal o. Nada de artil er�a por ninguna parte. Yo</p><p>dir�a que la ciudad cree que est� tan adentrada en Nueva Espa�a que no corre riesgo de que la asedien.</p><p>-Puede que haya cuatro mil personas en total -me indic� Dos-. La mitad de el os espa�oles; vaya, con</p><p>aspecto gordo, grasiento y gandul.</p><p>-Y la otra mitad son sus esclavos y criados -a�adi� Uno-. Muy mezclados: indios, negros y mestizos.</p><p>-Gracias, se�ores -les dije-. Ahora volver� a quedarme con los dos cabal os ensil ados. Conf�o en que</p><p>cuando asaltemos la ciudad tendr�is la suficiente iniciativa para procuraros vuestras propias sil as.</p><p>Luego me sent� y me qued� cavilando durante un rato antes de mandar l amar a Nocheztli para decirle:</p><p>-S�lo necesitaremos una peque�a parte de nuestras fuerzas para tomar Tonal�. Primero, creo yo, nuestros</p><p>guerreros yaquis, porque su salvajismo en estado puro ser   lo m�s aterrador para los blancos. Adem�s</p><p>emplearemos todos nuestros hombres equipados con arcabuces, y todas las mujeres purepes armadas con</p><p>granadas, y un contingente de nuestros mejores guerreros aztecas. El resto de nuestras fuerzas, la mayor</p><p>parte, permanecer�n acampadas aqu�, invisibles para la gente de la ciudad.</p><p>-Y aquel os que ataquemos, Tenamaxtzin, �lo haremos juntos?</p><p>-No, no. En cualquier ataque hay que enviar por delante a las mujeres; que l even las granadas y fumen sus</p><p>poquieltin, y que rodeen a escondidas la ciudad a una distancia prudencial para as� poder acechar al otro</p><p>extremo de la misma, bien ocultas. El asalto empezar� cuando yo d� la orden, y luego s�lo atacar�n los</p><p>yaquis, desde este lado de la ciudad; avanzar�n abiertamente sobre la ciudad y har�n tanto ruido como</p><p>puedan, un ruido capaz de helar la sangre. Eso atraer� a los soldados espa�oles hacia esta parte de la</p><p>ciudad, pues creer�n que los est� atacando alguna tribu peque�a con el pecho desnudo y armada con</p><p>ca�as a la cual se puede hacer frente con facilidad. Cuando los soldados acudan corriendo, nuestros yaquis</p><p>se   retirar�n,   como   si   huyeran   presas   del   susto   y   la   consternaci�n.   Mientras   tanto,   haz  que   todos   los</p><p>guerreros con palos de trueno se desplieguen en l�nea, tambi�n a este lado de la ciudad, y que se agachen</p><p>para quedar ocultos. En cuanto los yaquis en su hu�da hayan pasado por donde el os se encuentran y vean</p><p>con  claridad  a los  espa�oles,  han de levantarse,  apuntar  y descargar  las armas.  Eso  abatir�  a tantos</p><p>soldados que los yaquis podr�n darse de nuevo media vuelta y acabar con los supervivientes. Al mismo</p><p>tiempo, cuando las mujeres purepes oigan el ruido de los truenos, entrar�n corriendo en la ciudad desde</p><p>aquel extremo m�s alejado y comenzar�n a lanzar las granadas dentro de todas las moradas y edificios.</p><p>Nuestra fuerza de guerreros aztecas, guiados por ti, por m� mismo y por nuestros dos hombres montados,</p><p>seguir�n a los yaquis al interior de la ciudad y al � matar�n a su antojo a los hombres blancos residentes.</p><p>�Qu� te parece este plan, cabal ero Nocheztli?</p><p>-Ingenioso, mi se�or. Eminentemente pr�ctico. Y divertido.</p><p>-�Crees   que   t�   y   tus   suboficiales   podr�is   comunicar   esas   instrucciones   de   modo   que   todo   el   mundo</p><p>comprenda cu�l es su papel? �Incluso los yaquis?</p><p>-Creo que s�, Tenamaxtzin. El plan no es muy complicado. Pero puede que tardemos un buen rato en hacer</p><p>las gesticulaciones necesarias y en dibujar los diagramas en la tierra.</p><p>-No hay prisa. La ciudad parece estar muy tranquila en lo referente a su seguridad. De manera que, a fin de</p><p>darte   tiempo   para   que   puedas   impartir   esas   instrucciones,   no   l evaremos   a   cabo   el   asalto   hasta   el</p><p>amanecer de pasado ma�ana. Ahora, dos instrucciones m�s, Nocheztli, o mejor dicho, dos restricciones.</p><p>Naturalmente, ser� inevitable alguna muerte innecesaria producida al azar. Pero en la medida de lo posible,</p><p>quiero que nuestros guerreros s�lo maten hombres blancos; deseo que respeten la vida a las hembras</p><p>blancas y a los esclavos, varones y hembras, cualquiera que sea su color.</p><p>Nocheztli pareci� algo sorprendido.</p><p>-�Vas a dejar testigos vivos esta vez, mi se�or?</p><p>-A las mujeres blancas las dejaremos con vida s�lo el tiempo suficiente para que nuestros guerreros hagan</p><p>libre  uso de el as.  Es la  acostumbrada  recompensa  para  los vencedores.  Esas  mujeres a lo  mejor no</p><p>sobrevivir�n a tal sufrimiento, pero toda aquel a que sobreviva ser� despu�s piadosamente ejecutada. En</p><p>cuanto   a   los   esclavos,   aquel os   que   elijan   unirse   a   nuestras   filas   podr�n   hacerlo.   Los   dem�s   pueden</p><p>quedarse y heredar las ruinas de Tonal�, me da lo mismo.</p><p>-Pero,   Tenamaxtzin,   en   cuanto   nos   hayamos   marchado   de   nuevo   podr�n   disgregarse   por   toda   Nueva</p><p>Espa�a, y los que sean leales a sus antiguos amos podr�n dar el grito de aviso a los dem�s espa�oles.</p><p>-D�jalos.   No   pueden   dar   un   informe   exacto   de   nuestro   n�mero   y   fuerza.   Tuve   que   matar   a   aquel os</p><p>pescadores de Kuan�huata porque, a causa del descuido de nuestros propios exploradores, hab�an visto</p><p>nuestras fuerzas. Nadie aqu� en Tonal� habr� visto m�s que unos cuantos de nosotros.</p><p>-Eso es cierto. �Tienes algo m�s que ordenar, mi se�or?</p><p>-S�, una cosa m�s. Diles a las mujeres purepes que no malgasten sus granadas en los dos edificios de</p><p>piedra de la ciudad, la iglesia y el palacio. Al � las granadas no pueden causar excesivos da�os. Adem�s,</p><p>tengo un buen motivo para querer l evar a cabo yo personalmente la toma de esos dos edificios. Y ahora</p><p>vete. Comienza los preparativos.</p><p>El asalto inicial a Tonal� fue tal como yo lo hab�a planeado, excepto por un breve impedimento, que yo</p><p>mismo deb� haber previsto y haber tomado precauciones al respecto. Nocheztli, Uno, Dos y yo est�bamos</p><p>sentados en nuestras monturas en un peque�o promontorio desde el que hab�a una buena vista de la</p><p>ciudad; observ�bamos c�mo los guerreros yaquis hormigueaban por las afueras del barrio de los esclavos</p><p>con las primeras luces del alba mientras profer�an estridentes e inhumanos gritos de guerra y agitaban con</p><p>ferocidad los bastones de guerra y las lanzas de tres puntas. Como yo hab�a ordenado, causaban m�s</p><p>ruido que estragos, pues s�lo mataron (como supe despu�s) a unos cuantos esclavos que se despertaron</p><p>sobresaltados y, valiente pero temerariamente, trataron de defender a sus familias y se interpusieron de</p><p>forma deliberada en el camino de los yaquis.</p><p>Como yo hab�a previsto, los soldados espa�oles acudieron corriendo, algunos cabalgando al galope, desde</p><p>el palacio de su guarnici�n y desde sus diferentes puestos para converger en el escenario de la acci�n.</p><p>Algunos de el os todav�a se estaban poniendo con dificultad la armadura mientras acud�an, pero todos iban</p><p>armados. Y cumpliendo mis �rdenes, los yaquis se vinieron abajo ante el os y se retiraron al terreno abierto</p><p>que  hab�a   en  este   lado  de  la   ciudad.   Pero   andaban   con   afectaci�n   hacia   atr�s  al huir,  de  cara  a   los</p><p>soldados, con gritos de desaf�o, agitando las armas en actitud amenazadora. Tal despliegue de descaro les</p><p>cost� la vida a algunos, porque los espa�oles, aunque hab�an sido cogidos desprevenidos y sin preparar, al</p><p>fin y al cabo eran soldados. Formaron l�neas, se arrodil aron, apuntaron cuidadosamente con sus arcabuces</p><p>y los descargaron con la suficiente exactitud como para abatir a varios yaquis antes de que los dem�s</p><p>dejasen de hacer posturas, dieran media vuelta y echaran a correr hacia la seguridad que proporciona la</p><p>distancia. Eso dej� el campo despejado para mis arcabuceros, y los vimos a todos, que eran noventa y</p><p>cuatro, salir de sus escondites, apuntar y, a la orden del cabal ero que los mandaba, descargar las armas</p><p>simult�neamente.</p><p>Aquel o fue muy efectivo. Un buen n�mero de los soldados de a pie cayeron y otros cuantos fueron abatidos</p><p>de las sil as de los cabal os. Incluso a la distancia a la que nos encontr�bamos, vi el remolineo confuso de</p><p>los at�nitos espa�oles que hab�an sobrevivido a aquel a tormenta de plomo. Sin embargo, entonces fue</p><p>cuando se produjo el impedimento de que he hablado. Mis arcabuceros hab�an empleado sus armas con</p><p>tanta eficiencia como hubieran podido hacerlo los soldados espa�oles... pero lo hab�an hecho todos a la</p><p>vez. Y ahora, tambi�n todos a la vez, ten�an que volver a cargar las armas. Como yo bien sab�a, y hubiera</p><p>debido   tenerlo   en   cuenta,   ese   proceso   requiere   alg�n   tiempo,   incluso   para   los   hombres   m�s   aptos   y</p><p>expertos.</p><p>Los espa�oles no hab�an disparado todos sus arcabuces a la vez, sino espor�dicamente, a medida que lo</p><p>permit�an los blancos y las oportunidades, y de ah� que la mayor�a tuviera las armas cargadas a�n. Mientras</p><p>mis arcabuceros permanec�an de pie, desarmados, apretando la p�lvora y las bolitas de plomo dentro de</p><p>los  tubos  de   los  palos  de   trueno,   preparando   las  cazoletas,   rebobinando   los  cerrojos  de  las  ruedas  y</p><p>amartil ando las garras de gato, los espa�oles recuperaron la compostura y la disciplina suficientes para</p><p>reanudar aquel os disparos espor�dicos pero mortales. A muchos de mis arcabuceros los alcanzaron, y casi</p><p>todos los dem�s se agacharon o cayeron de plano en el suelo, posiciones en las cuales el proceso de</p><p>recargar las armas tuvo m�s impedimentos, motivo por el que se demor� a�n m�s.</p><p>Lanc� una maldici�n en voz alta en varios idiomas y le ladr� a Nocheztli:</p><p>-�Env�a al � de nuevo a los yaquis! El hizo un amplio gesto con el brazo y los yaquis, que hab�an estado</p><p>vigilantes, esper�ndolo, se lanzaron de nuevo y adelantaron a nuestra l�nea de arcabuceros, que ahora</p><p>estaban desconcertados. Como hab�an visto caer a sus compa�eros durante el primer ataque, los yaquis</p><p>esta vez iban realmente con sed de venganza, y ni siquiera desperdiciaban aliento en proferir gritos de</p><p>guerra.   Unos   cuantos   m�s   cayeron   bajo   el   plomo   espa�ol   seg�n   avanzaban,   pero   todav�a   quedaron</p><p>muchos para mezclarse con los espa�oles, acuchil arlos y aporrearlos con sa�a. Yo estaba a punto de dar</p><p>la orden de que nosotros cuatro, los que �bamos a cabal o, atac�semos, con nuestros aztecas detr�s de</p><p>nosotros, cuando Uno alarg� la mano desde su cabal o para cogerme por el hombro y me dijo:</p><p>-Perdona, John British, si tengo la presunci�n de darte un peque�o consejo.</p><p>-�Por Huitzli, hombre! -le contest� con un gru�ido-. Este no es momento para...</p><p>-Ser  mejor que lo haga ahora, capit�n, mientras tenga vida para hablar y t� para o�rme -me contradijo �l.</p><p>-�Adelante, entonces! Dilo!</p><p>-Yo... servidor no distingue un extremo del arcabuz del otro, pero he transportado a bordo de la marina de</p><p>su majestad soldados una o dos veces y los ha visto en acci�n. Lo que quiero decir es que no todos</p><p>disparan a la vez, como han hecho tus hombres. Forman en tres filas paralelas. La primera fila dispara, y</p><p>luego retrocede mientras la segunda fila apunta. Cuando la tercera fila ha disparado, la primera ha vuelto a</p><p>cargar las armas y est� dispuesta para disparar de nuevo.</p><p>Hab�a palabras de ganso en aquel discurso, pero comprend� con presteza el sentido del mismo y dije:</p><p>-Humildemente te pido perd�n yo a ti, se�or Uno. Perd�name por haberte hablado con brusquedad. El</p><p>consejo es s�lido y bienvenido, y lo seguir� siempre desde el d�a de hoy. Beso la tierra para jurarlo. Y</p><p>ahora, se�ores, Nocheztli... -Agit� el brazo con el que sosten�a la espada para poner a la carrera a los</p><p>aztecas-. Si ca�is, caed hacia adelante!</p><p><strong>29</strong></p><p>El aspecto mas memorable de cualquier batal a, y despu�s de haber experimentado ahora ya muchas de</p><p>el as puedo decirlo con autoridad, es la conmoci�n y la confusi�n que causan. Pero de �sta, mi primer</p><p>combate importante con el enemigo, tengo unos cuantos recuerdos m�s claros.</p><p>Mientras los cuatro jinetes cruz�bamos con estruendo el campo abierto y nos adentr�bamos en la refriega,</p><p>s�lo unas cuantas bolas de plomo extraviadas pasaron volando inofensivas junto a nosotros, porque los</p><p>soldados espa�oles estaban muy ocupados con los yaquis que hab�a entre el os. Luego, cuando nosotros,</p><p>los nuevos atacantes, tambi�n l egamos junto a el os, recuerdo vivamente los sonidos de aquel encuentro,</p><p>aunque no tanto el estruendo del choque de las armas como el clamor de voces. Nocheztli y yo, y todos los</p><p>aztecas que nos segu�an, �bamos lanzando los tradicionales gritos de guerra de diversos animales salvajes.</p><p>Pero los espa�oles gritaban el nombre de su santo de la guerra, "Por Santiago!", y vi sorprendido que al</p><p>parecer nuestros dos hombres blancos, Uno y Dos, hac�an lo mismo. Rug�an lo que a m� me sonaba como</p><p>algo parecido a "For Harry and Saint George!", aunque yo nunca hab�a o�do hablar, ni siquiera en mis d�as</p><p>de escolarizaci�n cristiana, de ning�n santo l amado Harry o George.</p><p>Desde dentro de la ciudad se o�an otros sonidos a lo lejos, algunos cortantes como el estal ido de un trueno,</p><p>otros   meros   golpes   apagados;   eran   los   estal idos   de   las   granadas   de   arcil a   que   estaban   empleando</p><p>nuestras mujeres guerreras. Sin duda, a los oficiales espa�oles les hubiera gustado sacar a algunos de sus</p><p>hombres del combate de esta parte de la ciudad y enviarlos a enfrentarse a aquel os truenos inexplicables.</p><p>Pero perdieron toda esperanza de hacerlo porque, al � mismo, sus hombres ya eran superados en n�mero y</p><p>luchaban denodadamente para salvar sus vidas. Ni la lucha ni sus vidas duraron mucho.</p><p>Si existen seres como los santos Harry y George, �stos prestaron a sus seguidores una fuerza en el brazo</p><p>mayor que la que Santiago les proporcion� a los suyos. Uno y Dos, aunque un poco inseguros a causa de</p><p>las sil as y de los estribos, asestaban tajos a diestro y siniestro desde lo alto de sus monturas de manera</p><p>tan incansable, inmisericorde y mortal como lo hac�amos Nocheztli y yo. Los cuatro golpe�bamos a los</p><p>soldados en la garganta y en el rostro, los �nicos lugares vulnerables que quedaban entre los yelmos y las</p><p>corazas de acero, y lo mismo hac�an nuestros guerreros aztecas, que bland�an maqu�huime de obsidiana.</p><p>A pesar de todo los guerreros yaquis no ten�an que ser tan precisos al apuntar. En aquel combate cuerpo a</p><p>cuerpo hab�an dejado caer al suelo las lanzas largas, que eran muy dif�ciles de manejar, y agitaban de una</p><p>forma indiscriminada los bastones de guerra. Un golpe en la cabeza de un oponente hend�a el yelmo lo</p><p>suficiente como para que el cr�neo cediese bajo el mismo. Un golpe al cuerpo de un oponente igualmente</p><p>hend�a la coraza, de manera que el que la l evaba mor�a a causa de las fracturas de huesos y �rganos</p><p>aplastados  o, lo que produc�a mayor  sufrimiento,  asfixiados, con el  pecho incapaz de expandirse  para</p><p>respirar.</p><p>Durante todo aquel torbel ino, otras personas maniobraban entre nosotros o corr�an a nuestro alrededor,</p><p>presas del p�nico, esforz�ndose por salir de la zona del conflicto; y tambi�n se pod�an ver muchos otros,</p><p>m�s lejos, que igualmente hu�an de la ciudad y se adentraban en campo abierto. Ninguno de el os l evaba</p><p>armadura ni uniforme, y la mayor�a iban vestidos a duras penas, pues hab�an saltado directamente de los</p><p>jergones en los que estaban pasando la noche. Eran los habitantes esclavos de aquel barrio que nosotros</p><p>hab�amos elegido para atacar, o al menos lo eran la mayor�a de el os. El tumulto, naturalmente, hab�a</p><p>despertado a toda la ciudad de Tonal�, de modo que, entre los fugitivos, hab�a bastantes hombres, mujeres</p><p>y ni�os espa�oles, tambi�n mal vestidos, que obviamente y sin verg�enza alguna esperaban que se los</p><p>confundiera con los esclavos y se los dejase marchar libremente. Pero pocos de el os lograron escapar.</p><p>Nosotros, los intrusos, permitimos el paso a los que eran de nuestro mismo color o m�s oscuros, pero a</p><p>toda persona de piel blanca, de cualquier sexo o edad, que se pusiera a nuestro alcance le cort�bamos la</p><p>cabeza al instante, la acuchil �bamos o la golpe�bamos hasta morir. Muy a mi pesar, dos cabal os de los</p><p>espa�oles   tambi�n   resultaron   muertos,   aunque   no   era   ese   nuestro   prop�sito,   y   otros   cuatro   o   cinco</p><p>vagaban nerviosos por al � sin jinete, con los ojos desorbitados, los orificios nasales muy abiertos y tratando</p><p>de expulsar por el os los olores a sangre y a humo de p�lvora.</p><p>Cuando el �ltimo oficial, soldado o fingido esclavo estuvo tendido en el suelo muerto o agonizando, mis tres</p><p>camaradas montados se adentraron en las cal es de la ciudad seguidos de los guerreros aztecas, que</p><p>aul aban sin parar detr�s de el os. Permanec� en el escenario de aquel primer combate durante un breve</p><p>espacio   de   tiempo,   y  en   parte   lo   hice   para   contar  nuestras  bajas.   Eran   en  realidad   muy  pocas  si  las</p><p>compar�bamos   con   las   p�rdidas   espa�olas.   Y   los   esclavos   de   nuestra   compa��a   que   hab�an   sido</p><p>destacados como sanitarios no tardar�an mucho en l egar, bien para vendar las heridas de los guerreros a</p><p>los que se pudiera reanimar o para hundir una hoja de cuchil o que pusiera fin a sus penas en el cuerpo de</p><p>aquel os que se encontraban m�s al � de la ayuda que pudiera prestarles cualquier t�citl.</p><p>Pero lo que me retuvo principalmente en el escenario fue que los yaquis tambi�n se hab�an quedado, y</p><p>todos y cada uno de aquel os hombres estaba serrando con vigor en la cabeza de un cad�ver espa�ol,</p><p>utilizando para el o el cuchil o que el soldado sol�a l evar al cinto cuando todav�a estaba vivo. Cuando un</p><p>guerrero hab�a cortado un c�rculo en la piel alrededor de la cabeza, desde la nuca, pasando por encima de</p><p>las orejas y de las cejas hasta l egar otra vez a la parte de atr�s, a la nuca, s�lo ten�a que dar un s�bito y</p><p>fuerte tir�n y el cabel o, el cuero cabel udo y la piel de la frente se rasgaban y se desprend�an, dejando al</p><p>cad�ver   coronado   con   s�lo   un   amasijo   en   carne   viva   que   rezumaba   sangre.   Luego,   los   yaquis   se</p><p>precipitaban   hacia   otro   cad�ver   y   repet�an   la   misma   operaci�n.   Sin   embargo,   hab�a   algunos   de   los</p><p>espa�oles que hab�an  ca�do al suelo  que  todav�a   no estaban muertos. Y �stos  gritaban, gem�an  o se</p><p>convulsionaban cuando se produc�a el tir�n, y en estos casos la pulpa desnuda de la cabeza sangraba</p><p>profusamente.</p><p>Al tiempo que lanzaba maldiciones con vehemencia hice avanzar a mi cabal o por entre aquel a carnicer�a,</p><p>apaleando a los guerreros yaquis con la parte plana de mi espada, se�alando con el a en direcci�n a la</p><p>ciudad y grit�ndoles �rdenes. Los guerreros yaquis se echaron atr�s y comenzaron a gru�ir en aquel feo</p><p>lenguaje   suyo;   supuse   que   ten�an   la   costumbre   de   recoger   las   cabel eras   del   enemigo   mientras   los</p><p>cad�veres estaban todav�a calientes, pues as� resultaban f�ciles de desprender. Pero hice todo lo que pude</p><p>para darles a entender, mediante gestos, que m�s adelante habr�a muchas cabel eras m�s, las suficientes</p><p>para adornar la falda de cada yaqui; lanc� algunas maldiciones m�s y los apremi� mediante gestos a que</p><p>avanzasen.  As�   lo   hicieron,   todav�a   gru�endo,   aunque   al   principio   avanzaban   con   lentitud,   pero   luego</p><p>echaron a correr como si de pronto se les hubiera ocurrido que otros de nuestro ej�rcito pudieran estar ya</p><p>recogiendo las cabel eras de mejor calidad de la gente de la ciudad.</p><p>No me fue dif�cil seguir a los hombres que me hab�an precedido, porque parec�a que hab�an ido sembrando</p><p>estragos por todas partes. Cualquier cal e por la que yo fuese, cualquier cruce por el que girase, por todas</p><p>partes   yac�an   cad�veres,   a   medio   vestir,   ensangrentados,   atravesados,   acuchil ados   o   completamente</p><p>mutilados, despatarrados sobre los guijarros de las cal es o tendidos en el umbral de sus propios hogares.</p><p>Los residentes de algunas de aquel as casas no hab�an tenido tiempo de escapar, pero yo adivinaba que</p><p>hab�a cuerpos dentro  por la abundante sangre  que se ve�a  fluir por las puertas abiertas. S�lo en una</p><p>ocasi�n me tropec� con una persona blanca con vida en aquel as cal es asoladas. Se trataba de un hombre</p><p>que no l evaba puesto nada m�s que la ropa interior; sangraba por una herida que ten�a en el cuel o y que</p><p>no hab�a logrado matarle, y se me acerc� corriendo, voceando como enloquecido. Sosten�a en las manos,</p><p>sujetas por el pelo, tres cabezas cercenadas: una era de mujer, las otras dos se ve�an m�s peque�as. No</p><p>parec�a posible que esperase que yo pudiera entender su espa�ol, pero lo que voceaba, una y otra vez,</p><p>era:</p><p>-�Estas cosas eran mi mujer y mis hijos!</p><p>No dije nada en respuesta, sino que piadosamente utilic� mi espada para enviarlo a reunirse con el os en el</p><p>otro mundo cristiano, cualquiera que fuese, adonde hab�an ido.</p><p>Al rato alcanc� a los guerreros de a pie, yaquis y aztecas entremezclados, que entraban y sal�an a toda</p><p>prisa de las casas o persegu�an a los que hu�an por cal es y cal ejones. Me complaci� ver que obedec�an</p><p>mis instrucciones, o por lo menos tanto como yo esperaba que hicieran. A aquel os habitantes de Tonal�</p><p>que ten�an la piel del mismo color que nosotros, o m�s oscura, se los dejaba en paz. Los yaquis ya no</p><p>perd�an el tiempo en cortar cabel eras, sino que dejaban tirados los cad�veres mientras iban a matar m�s.</p><p>Sin embargo, mis instrucciones, aunque s�lo fuera en un aspecto, no se estaban teniendo en cuenta, y era</p><p>en una cuesti�n que no me preocupaba demasiado. Yo hab�a ordenado que se dejase con vida a las</p><p>mujeres blancas durante alg�n tiempo, pero los guerreros conservaban, y las conduc�an en manada delante</p><p>de el os, s�lo a las mujeres y a las muchachas m�s lindas. Estas, desde luego, eran f�ciles de distinguir,</p><p>porque pocas hab�an l evado encima alguna ropa, y ahora las hab�an desnudado del todo. As� que a las de</p><p>carnes fl�ccidas, a las flacas u obesas, a las mujeres viejas y arrugadas y a aquel as ni�as que eran</p><p>demasiado   j�venes   para   tener   el   sexo   definido   se   las   estaba   masacrando   junto   con   sus   padres,   sus</p><p>maridos, sus hermanos y sus hijos.</p><p>A mis hombres ya no les sobraba aliento para lanzar gritos de guerra, sino que hac�an aquel a selecci�n y la</p><p>matanza consiguiente en silencio. Desde luego las v�ctimas no permanec�an cal adas. Toda mujer blanca</p><p>viva suplicaba en voz alta, rezaba, gritaba, maldec�a o l oraba; y lo mismo hac�an los hombres, las viejas y</p><p>los ni�os, en la medida que pod�an. Los mismos sonidos de desesperaci�n se o�an procedentes de todas</p><p>direcciones... y tambi�n l egaban otros ruidos: el de las puertas al astil arse mientras se las forzaba; el de</p><p>alg�n ocasional estal ido de un arcabuz propiedad del amo de alguna casa cuando descargaba su �nico e</p><p>in�til proyectil; el de los continuos golpes y estal idos al azar, ahora ya no lejanos, de las granadas de</p><p>nuestras mujeres purepes, y el que produc�a alguna persona, heroicamente alocada, que se hab�a puesto a</p><p>ta�ir la campana de la iglesia de la ciudad en un intento fren�tico, pat�tico y tard�o de dar la alarma. Volv� mi</p><p>cabal o en la direcci�n de donde proced�a el sonido de aquel a campana, pues sab�a que ten�a que provenir</p><p>del centro de la ciudad. A lo largo del camino hacia al � vi, adem�s de a mis guerreros, que trabajaban</p><p>en�rgicamente,  y a  sus v�ctimas,  muchas casas,  tiendas de  comerciantes y tal eres que  anteriormente</p><p>hab�an sido edificios bien construidos e incluso hermosos, pero que ahora no eran m�s que ruinas; estaban</p><p>irreparablemente hechos a�icos o totalmente arrasados, y se ve�a bien a las claras que aquel o hab�a sido</p><p>obra de las granadas de nuestras mujeres. En estos lugares hab�a a�n m�s cad�veres que se hac�an</p><p>visibles   entre   los   escombros,   pero   estaban   tan   destrozados   y   hechos   jirones   que   dif�cilmente   podr�an</p><p>proporcionar cabel eras intactas para los yaquis. Me encontraba contemplando una casa muy hermosa que</p><p>hab�a justo delante de mi, con toda seguridad la morada de alg�n alto dignatario espa�ol, y pregunt�ndome</p><p>por qu� no habr�a sido demolida, cuando o� un apremiante grito de aviso en la lengua por�:</p><p>-�Ten cuidado, mi se�or!</p><p>Detuve bruscamente mi cabal o.</p><p>Un instante despu�s aquel a casa se abomb� ante m� como los mofletes de un m�sico que toca una de</p><p>esas flautas de jarra l amadas "aguas de gorjeo", pero no hizo un sonido tan dulce. El ruido que produjo se</p><p>pareci� m�s al del tambor l amado "tambor que arranca el coraz�n". Tuve un violento sobresalto, mi cabal o</p><p>se espant� y estuve a punto de caerme. La casa qued� envuelta en una tormentosa nube de humo, y</p><p>aunque estaba construida de forma demasiado s�lida como para volar en pedazos, las puertas, postigos,</p><p>pedazos   de   muebles   y   otros   contenidos   inidentificables   salieron   disparados   en   esquirlas   como   los</p><p>rel�mpagos salen de esa nube tormentosa. Quiso la casualidad que a mi cabal o y a m� s�lo nos alcanzase</p><p>un fragmento a cada uno, y no nos hicieron da�o, pues se trataba de pedazos de carne de alguna persona.</p><p>Cuando dejaron de caer cosas alrededor, la mujer emergi� del cercano cal ej�n donde se hab�a puesto a</p><p>cubierto. Se trataba de Mariposa, que ven�a transportando un saco de cuero lacio y fum�ndose un poquietl.</p><p>-Veo que haces un trabajo excelente -le dije-. Gracias por el aviso.</p><p>-Eran mis dos �ltimas granadas -repuso Mariposa mientras agitaba la bolsa para demostr�rmelo.</p><p>De la bolsa cay� un pu�ado de poquieltin enrol ados en junco. Me dio uno, lo encend� con el de el a y</p><p>estuvimos fumando como compa�eros mientras se pon�a junto a mi cabal o y continu�bamos juntos el</p><p>camino sin prisas.</p><p>-Hemos hecho lo que ordenaste, Tenamaxtzin -me explic�-. Empleamos las granadas s�lo en los edificios, y</p><p>hemos tratado de elegir los m�s grandes para destruirlos. S�lo dos veces hemos tenido que malgastar las</p><p>armas en matar a individuos. Dos soldados que iban a cabal o. No qued� gran cosa de el os.</p><p>-Es una l�stima -le coment�-. Quiero l evarme todos los cabal os que podamos.</p><p>-Pues lo siento, Tenamaxtzin. No lo pude evitar. Se echaron sobre nosotras de repente, justo cuando dos de</p><p>mis   guerreras   estaban   a   punto   de   arrojar   granadas   encendidas   por   la   ventana   de   una   casa;   los   dos</p><p>soldados agitaban en el aire las espadas y gritaban.., supongo que dec�an que nos rindi�ramos. Pero</p><p>nosotras no lo hicimos, claro est�.</p><p>-Desde luego -convine-. Aunque yo no pretend�a rega�arte, Mariposa.</p><p>La campana de la iglesia continu� su in�til repique hasta que Mariposa y yo l egamos a la plaza abierta que</p><p>se encontraba enfrente de esa iglesia y del palacio contiguo, y s�lo entonces el ta�er ces� con brusquedad.</p><p>Mis arcabuceros hab�an l egado detr�s de nosotros hasta el interior de la ciudad para acabar a tiros con</p><p>cualquiera que en su huida quedara fuera del alcance de nuestros guerreros de a pie, y uno de aquel os</p><p>hombres envi�, muy limpiamente, una bola hacia arriba y le acert� al campanero de la peque�a torre que</p><p>se alzaba en lo alto de la iglesia. El espa�ol, que era un sacerdote vestido de negro o un fraile, sali�</p><p>lanzado fuera del campanario, rebot� en el tejado inclinado y cuando choc� contra los guijarros de la plaza</p><p>ya estaba muerto.</p><p>-Por lo que alcanzo a saber -dijo el cabal ero Nocheztli mientras colocaba su cabal o salpicado de sangre</p><p>junto al m�o-, pronto s�lo quedar�n tres hombres blancos todav�a vivos en Tonal�. Est�n al �, en la iglesia;</p><p>son  tres  hombres desarmados.   Ech�  un  vistazo   dentro  y los  vi,   pero  te  los  dej�  a  ti,  mi  se�or, como</p><p>ordenaste.</p><p>Sus cabal eros y oficiales empezaron a agruparse a nuestro alrededor en espera de �rdenes, y la plaza se</p><p>estaba l enando r�pidamente de otras personas. Todo guerrero que no estuviera ocupado en otra cosa y en</p><p>otro lugar se  dedicaba  ahora  a conducir  a las  mujeres  y muchachas blancas dentro de aquel espacio</p><p>abierto, y se apresuraba a reclamar el favor que es la com�n celebraci�n tradicional de los soldados tras</p><p>una victoria. Es decir, los hombres estaban violando violentamente a las hembras. Puesto que hab�a m�s</p><p>hombres que mujeres y muchachas, y puesto que muchos hombres no ten�an suficiente paciencia para</p><p>aguardar su turno, en algunos casos dos o tres guerreros utilizaban simult�neamente los distintos orificios</p><p>de una sola hembra. No hay que decir que aquel as mujeres y muchachas no paraban de gritar, suplicar y</p><p>protestar, y lo hac�an a grandes voces. Pero estoy seguro de que aquel as v�ctimas hac�an un ruido mucho</p><p>m�s horroroso y horrible que el que se haya o�do nunca en ninguna escena semejante. Y eso era porque</p><p>las mujeres blancas, al tener todas abundante y lustroso cabel o largo, hac�an que los yaquis se sintieran</p><p>m�s libidinosos de poseer sus cabel eras que de poseer cualquier otra parte de el as. Cada uno de los</p><p>yaquis que hab�a arrastrado hasta al � a una mujer espa�ola la tiraba al suelo y le arrancaba la parte</p><p>superior de la cabeza antes de arrojarse sobre su cuerpo desnudo para ultrajarla. Otros yaquis, los que no</p><p>hab�an l evado consigo cautivas propias, correteaban por la plaza y cortaban las cabel eras de mujeres y</p><p>muchachas que estaban tumbadas en el suelo mientras otro hombre... o dos, o tres, las violaban.</p><p>A m� mismo me resultaba casi imposible mirar a aquel as hembras con la cabeza pelada, redonda, roja y</p><p>pulposa, por muy lindas, bien formadas y deseables que fueran en otros aspectos. Ni siquiera con los ojos</p><p>cerrados habr�a sido capaz de copular con una de el as, porque no hubiera habido manera de eliminar el</p><p>igualmente repelente hedor que desprend�an. El olor de la sangre  de las cabezas desgarradas ya era</p><p>bastante rancio, pero muchas de aquel as criaturas adem�s estaban vaciando las vejigas y los intestinos de</p><p>tanto terror como sent�an, y otras vomitaban a causa de lo que les hab�an introducido en la garganta.</p><p>-Agradezco a Cuticauri, el dios de la guerra, que las purepechas no nos dejemos crecer el pelo -coment�</p><p>Mariposa, que estaba al lado de mi estribo.</p><p>-�Pues ojal� lo hicierais para poder dejaros calvas a todas, perras! -gru�� Nocheztli.</p><p>-�Qu� es esto? -pregunt� sorprendido, porque de ordinario �l era afable por naturaleza-. �Por qu� vituperas</p><p>a nuestras meritorias mujeres guerreras?</p><p>-�No   te   lo  ha  contado   �sta,  Tenamaxtzin?   �No  te   ha  contado   lo  de  aquel os  dos soldados a   quienes</p><p>mataron de una manera tan incompetente?</p><p>Mariposa y yo lo miramos perplejos.</p><p>-A dos soldados blancos, s� -puntualic�-, que las sorprendieron mientras el as cumpl�an muy eficazmente</p><p>con su deber.</p><p>-Nuestros dos soldados blancos, Tenamaxtzin. Los hombres a quienes t� l amabas se�or Uno y se�or Dos.</p><p>-Yya ayya -murmur� con verdadera tristeza.</p><p>- �Eran nuestros aliados? -quiso saber Mariposa-. �C�mo �bamos a saberlo nosotras? Iban montados.</p><p>Llevaban armadura y ten�an barba. Agitaban la espada. Y voceaban.</p><p>-�Pues estar�an dando gritos de �nimo, mujer torpe! -le grit� Nocheztli-. �Es que acaso no viste que los</p><p>cabal os estaban desensil ados?</p><p>Mariposa adopt� una expresi�n de pesar, pero se encogi� de hombros.</p><p>-Atacamos al amanecer. No hab�a muchas personas que fueran vestidas.</p><p>-Iban cabalgando delante de mi, as� que me tropec� con sus restos justo despu�s de que los hiciesen volar</p><p>en pedazos -me explic� Nocheztli con tristeza-. Ni siquiera pude distinguir a un hombre del otro. Realmente</p><p>habr�a sido dif�cil decir si los fragmentos eran de el os o de los cabal os.</p><p>-Tranquilo, Nocheztli -le dije mientras suspiraba-. Los echaremos de menos, pero seguro que bajas como</p><p>�sas se han de producir en cualquier guerra. Esperemos s�lo que Uno y Dos est�n ahora en su cielo</p><p>cristiano, si es ah� donde deseaban estar, con su Harry y su George. Y ahora volvamos al asunto de nuestra</p><p>guerra.   Da   �rdenes  de   que   los  hombres,   en   cuanto   hayan   terminado   de  satisfacerse   con   las  mujeres</p><p>capturadas, se desplieguen en abanico por la ciudad y la saqueen. Que rescaten todo lo que pueda sernos</p><p>de   utilidad:   armas,   p�lvora,   plomo,   armaduras,   cabal os,   ropa,   mantas,   cualquier   cosa   que   pueda</p><p>transportarse. Cuando hayan acabado de vaciar las ruinas y los edificios supervivientes, que se ocupen de</p><p>prender fuego a la ciudad. No ha de quedar nada de Tonal� m�s que la iglesia y el palacio.</p><p>Nocheztli desmont�, se meti� entre sus oficiales y les fue comunicando aquel as �rdenes; despu�s se dio la</p><p>vuelta hacia m� y me pregunt�:</p><p>-�Por qu�, mi se�or, vas a salvar estos edificios?</p><p>-Por una parte, porque no creo que ardan f�cilmente -le contest� mientras desmontaba a mi vez-. Y no</p><p>podr�amos hacer  granadas  suficientes para   derribarlos.  Pero   principalmente  los  dejo  para  cierto   amigo</p><p>espa�ol, un hombre  blanco  cristiano  que  es realmente  bueno. Si sobrevive  a  esta guerra,  tendr�  algo</p><p>alrededor de lo cual construir de nuevo. Ya me ha comunicado que este lugar tendr� un nuevo nombre. Y</p><p>ahora, ven, vamos a echar un vistazo en el interior del palacio.</p><p>El piso inferior de aquel edificio de piedra hab�a sido el barrac�n de los soldados, y como era de prever se</p><p>encontraba todo en desorden, puesto que sus habitantes hab�an salido en desbandada poco rato antes.</p><p>Subimos las escaleras y nos encontramos en una madriguera de habitaciones peque�as, amuebladas con</p><p>mesas y sil as; algunas habitaciones estaban l enas de libros, otras estaban repletas de mapas colocados</p><p>en estantes o de documentos apilados. En una de el as hab�a una mesa sobre la cual se encontraba un fajo</p><p>grueso de papel espa�ol, un tintero, un afilador de plumas y un jarro l eno de plumas de ganso. Al lado</p><p>hab�a una pluma manchada de tinta y un papel, que s�lo estaba escrito hasta la mitad, que el escriba que</p><p>hubiera   estado   trabajando   al �   el   d�a   anterior   hab�a   dejado   as�.   Me   qued�   observando   aquel as   cosas</p><p>durante unos instantes y despu�s le dije a Nocheztli:</p><p>-Me dijiste que entre nuestro contingente de esclavos hay cierta muchacha que sabe leer y escribir en la</p><p>lengua   espa�ola.   Una   mora   o  una   mestiza,   no   me  acuerdo.   Vuelve   ahora   mismo  al  galope   a  nuestro</p><p>campamento, busca a esa muchacha y tr�ela aqu� lo m�s de prisa que puedas. Adem�s, env�a a algunos</p><p>de nuestros hombres para que busquen cualquier cosa �til en las viviendas de los soldados de aqu� abajo.</p><p>Yo os esperar� aqu� a ti y a la muchacha despu�s de que haya visitado la iglesia de aqu� al lado.</p><p>La iglesia de Tonal� era tan modesta de tama�o y mobiliario como la que ocupaba por entonces el obispo</p><p>Quiroga   en   Compostela.   Uno   de   los  tres  hombres  que   hab�a   en   el a   era   un   sacerdote,   decentemente</p><p>vestido   con   el   habitual   atuendo   negro;   los   otros   dos   ten�an   aspecto   de   comerciantes,   gordinflones,</p><p>rid�culamente vestidos con camisones y con la poca ropa que hab�an tenido tiempo de echarse encima. Los</p><p>dos se apartaron de m� y recularon acobardados hasta dar contra la barandil a del altar, pero el sacerdote</p><p>se adelant� con osad�a empujando hacia m� una cruz de madera tal ada y balbuceando algo en esa lengua</p><p>de la Iglesia que yo hab�a o�do en las pocas misas a las que hab�a asistido en otro tiempo.</p><p>-Ni siquiera otros espa�oles pueden entender ese tonto guirigay, padre -le dije con brusquedad-. H�blame</p><p>en alguna lengua que se entienda.</p><p>-�Muy   bien,   renegado   pagano!   -me   contest�   el   sacerdote   con   enojo-.   S�lo   estaba   suplic�ndote,   en   el</p><p>nombre y en el lenguaje del Se�or, que te vayas de estos recintos sagrados.</p><p>-�Renegado? -repet�-. Pareces suponer que soy el esclavo huido de alg�n hombre blanco. Y no es as�. Y</p><p>estos recintos son m�os, est�n construidos en la tierra de mi pueblo. Yo estoy aqu� para reclamarlos.</p><p>-�Esto es propiedad de la Santa Madre Iglesia! �Qui�n te crees que eres?</p><p>-S� qui�n soy. Pero tu Santa Madre Iglesia me puso el nombre de Juan Brit�nico.</p><p>-�Dios   m�o!   -exclam�   el   sacerdote,   horrorizado-.  Entonces   eres   un   ap�stata!  Un   hereje!  Peor   que   un</p><p>pagano!</p><p>-Mucho peor -le indiqu� con complacencia-. �Qui�nes son esos dos hombres?</p><p>-El alcalde de Tonal�, don Jos� Osado Algarve de Sierra, y el corregidor, don Manuel Adolfo del Monte.</p><p>-Entonces son los dos ciudadanos m�s importantes de la ciudad. �Qu� est�n haciendo aqu�?</p><p>-La casa de Dios sirve de asilo. Es un refugio sagrado, e inviolable. Ser�a un verdadero sacrilegio que se les</p><p>hiciera da�o aqu�.</p><p>-�Por eso se encogen de miedo detr�s de tus faldas, padre, y abandonan a su gente a los extra�os en</p><p>medio de la tormenta? �Incluso a sus seres queridos, quiz�? Sea como sea, yo no comparto vuestras</p><p>supersticiones.</p><p>Di la vuelta alrededor de �l y con mi espada apu�al� a cada uno de los hombres en el coraz�n.</p><p>-�Esos se�ores eran altos y valiosos funcionarios de su majestad el rey Carlos! -exclam� el sacerdote.</p><p>-No me lo creo. Ninguna persona con majestad habr�a podido sentirse orgul oso de el os.</p><p>-�Te lo suplico de nuevo, monstruo! M�rchate inmediatamente de esta iglesia de Dios! Saca a esos salvajes</p><p>de esta parroquia de Dios!</p><p>-Lo har� -convine afablemente mientras me daba la vuelta para mirar por la puerta-. En cuanto se cansen</p><p>de el a.</p><p>El sacerdote se reuni� conmigo a la puerta y dijo, esta vez en tono suplicante:</p><p>-En el nombre de Dios, hombre, algunas de esas pobres hembras de ah� no son m�s que ni�as. Algunas</p><p>son monjas v�rgenes. Las esposas de Cristo.</p><p>-Pues en breve se reunir�n con su esposo. Espero que �l se muestre tolerante con los deterioros que</p><p>encuentre en sus esposas. Ven conmigo, padre. Deseo que veas algo menos doloroso que esta visi�n.</p><p>Lo  acompa��  fuera  de  la  iglesia   y  al �  encontr�,  entre  algunos otros  de  mis hombres  que   no  estaban</p><p>ocupados de momento, al fiable iyac Pozonali.</p><p>-Pongo a este hombre bajo tu custodia, iyac -le dije-. No creo que pretenda hacer nada indebido. Lim�tate a</p><p>mantenerte a su lado para impedir que sufra alg�n da�o por parte de ninguno de los nuestros.</p><p>Luego los conduje a los dos al interior del palacio, sub� con el os a aquel a habitaci�n de escribir, se�al� al</p><p>documento parcialmente escrito y le orden� al sacerdote:</p><p>-L�emelo, si sabes hacerlo.</p><p>-Por supuesto que s�. No es m�s que un saludo respetuoso. Dice: "Al muy ilustre se�or don Antonio de</p><p>Mendoza, virrey y gobernador de su majestad en esta Nueva Espa�a, presidente de la Audiencia y de la</p><p>Cancil er�a   Real..."   Eso   es  todo.   Evidentemente   el  alcalde   estaba   a   punto   de   dictarle   al  escriba   alg�n</p><p>informe o petici�n para envi�rsela al virrey.</p><p>-Gracias. Con eso basta.</p><p>-�Y ahora vas a matarme a m� tambi�n?</p><p>-No. Y debes estar agradecido por el o a otro padre a quien conoc�. Ya le he dado instrucciones a este</p><p>guerrero para que sea tu acompa�ante y protector.</p><p>-Entonces, �puedo marcharme? Hay algunos ritos que se han de otorgar a mis numerosos parroquianos</p><p>que han tenido la desgracia de abandonarnos, y poca compasi�n puedo darles.</p><p>-Vaya con Dios, padre -me desped� sin la menor intenci�n ir�nica.</p><p>Le   hice   se�as  a   Pozonali   para   que   se   fuera   con   �l.   Luego,   simplemente,   me   qued�   de   pie   y   estuve</p><p>contemplando desde la ventana de aquel a habitaci�n lo que segu�a ocurriendo abajo, en la plaza. Algunos</p><p>fuegos empezaban a brotar en lugares m�s distantes de la ciudad y esper� a que Nocheztli regresara con</p><p>la muchacha esclava que sab�a leer y escribir.</p><p>No era m�s que una ni�a, y desde luego no era mora, porque su piel ten�a un color cobrizo algo m�s oscuro</p><p>que el m�o y era demasiado bonita para tener mucha sangre negra en las venas. Pero obviamente era una</p><p>hembra   mestiza   de   alguna   clase,   porque   �sas   tienen   el   cuerpo   muy   desarrol ado   a   una   edad   muy</p><p>temprana, y as� lo ten�a la muchacha. Supuse que deb�a de ser una de esas mezclas m�s complejas de las</p><p>que Alonso de Molina me hab�a hablado en una ocasi�n (pardo, cuarter�n o lo que fuera), y que eso</p><p>explicaba que hubiera recibido cierta educaci�n. La primera prueba a la que la somet� fue hablarle en</p><p>espa�ol.</p><p>-Me han dicho que eres capaz de leer la escritura de los espa�oles.</p><p>La muchacha me entendi� y respondi� con respeto:</p><p>-S�, mi se�or.</p><p>-Entonces l�eme esto.</p><p>Le se�al� el documento que hab�a sobre la mesa.</p><p>Sin tener que estudiarlo ni descifrarlo trabajosamente, ley� de inmediato y de forma fluida:</p><p>-"Al muy ilustr�simo se�or don Antonio de Mendoza, visorrey � gobernador por su majestad en esta Nueva</p><p>Espa�a, presidente de la Audiencia y de la Chancel er�a Real..." Aqu� termina el escrito, mi se�or. Si se me</p><p>permite decirlo, el escriba no era muy ducho en ortograf�a.</p><p>-Y tambi�n me han contado que adem�s sabes escribir en esa lengua.</p><p>-Si, mi se�or.</p><p>-Pues deseo que escribas algo para m�. Pero usa otro papel diferente.</p><p>-Desde luego, mi se�or. Pero conc�deme un momento para prepararme. Los materiales est�n secos.</p><p>-Mientras esperamos, Nocheztli -le dije a �ste-, ve a buscar a ese sacerdote de la iglesia. Est� ah� fuera, en</p><p>alg�n lugar entre la multitud, en compa��a de nuestro iyac Pozonali. Tr�eme aqu� al sacerdote.</p><p>Mientras tanto la muchacha hab�a colocado la pluma manchada del escriba a un lado, hab�a sacado una</p><p>nueva   del  tarro   y  hab�a   utilizado   el  afilador  de   plumas  para   hacerle   punta   con   habilidad;   escupi�   con</p><p>delicadeza dentro del tintero, lo removi� con la pluma nueva y por �ltimo dijo:</p><p>-Estoy preparada, mi se�or. �Qu� quieres que escriba?</p><p>Mir� por la ventana y me qued� meditando brevemente. El d�a estaba ya oscureciendo, los fuegos eran</p><p>m�s numerosos y las l amas alcanzaban mayor altura; toda Tonal� estar�a pronto en l amas. Me volv� hacia</p><p>la muchacha y le dict� s�lo unas cuantas palabras; lo hice con la suficiente lentitud para que el a hubiera</p><p>terminado de escribir casi al mismo tiempo que yo dejaba de hablar. Me acerqu� y me inclin� por encima de</p><p>su hombro, colocando el papel del escriba y el de el a uno al lado del otro. Naturalmente, yo no entend�a</p><p>nada de ninguno de los dos, pero pude distinguir que la escritura de la muchacha era m�s clara y m�s</p><p>rotunda que las l�neas de ara�a del escriba.</p><p>-�Te lo leo otra vez, mi se�or? -me pregunt� t�midamente la muchacha.</p><p>-No. Aqu� est� el sacerdote. Que lo lea �l. -Se�al� el papel-. Padre, �puedes leer tambi�n esta escritura?</p><p>-Claro que puedo -repiti� �l, en esta ocasi�n con impaciencia-. Pero tiene poco sentido. Lo �nico que dice</p><p>es: "Todav�a puedo verlo arder."</p><p>-Gracias, padre. Eso es lo que ten�a que decir. Muy bien, muchacha. Ahora coge ese documento inacabado</p><p>y   a�ade   estas   palabras   al   mismo:   "No   he   hecho   m�s   que   empezar"   Luego   escribe   mi   nombre,   Juan</p><p>Brit�nico. Y despu�s a�ade mi verdadero nombre. �Sabes tambi�n hacer las palabras en im�genes de</p><p>n�huatl?</p><p>-No, mi se�or, lo siento.</p><p>-Pues entonces ponlo en la escritura espa�ola lo mejor que puedas. T�otl-Tenamaxtzin.</p><p>La   muchacha   as�   lo   hizo,   aunque   no   con   tanta   rapidez,   pues  tuvo   mucho   cuidado   de   hacerlo   todo   lo</p><p>correcto y comprensible que pudo. Cuando hubo terminado sopl� sobre el papel para secarlo antes de</p><p>d�rmelo. Se lo entregu� al sacerdote y le pregunt�.</p><p>-�Todav�a puedes leerlo?</p><p>El papel le temblaba entre los dedos y la voz le sonaba poco firme.</p><p>-Al muy ilustre... etc�tera, etc�tera. No he hecho m�s que empezar. Firmado, Juan Brit�nico. Luego ese otro</p><p>nombre espantoso. Puedo distinguirlo, si, pero no s� pronunciarlo bien.</p><p>Hizo adem�n de devolv�rmelo, pero le dije:</p><p>-Qu�date con el papel, padre. Era para el virrey. Y sigue si�ndolo. Si encuentras a alg�n hombre blanco</p><p>vivo   que   pueda   servir   de   mensajero,   cuando   lo   encuentres   haz   que   le   entregue   esto   al   muy   ilustre</p><p>Mendoza,   en   la   Ciudad   de   M�xico.   Hasta   entonces   lim�tate   simplemente   a   ense��rselo   a   los   dem�s</p><p>espa�oles que vengan hacia aqu�.</p><p>El sacerdote sali�, con el papel a�n tembl�ndole en la mano, y Pozonali se fue con �l. A Nocheztli le</p><p>coment�:</p><p>-Ayuda a la muchacha a recoger y a atar este papel y los materiales de escribir para guardarlos a salvo. Les</p><p>voy a dar otro uso. Y a ti tambi�n, ni�a. Eres lista y obediente y lo has hecho extraordinariamente bien hoy</p><p>aqu�. �C�mo te l amas?</p><p>-Ver�nica -dijiste t�.</p><p><strong>30</strong></p><p>Cuando abandonamos Tonal� la ciudad era un desierto humeante y en rescoldos, despoblada excepto por</p><p>el sacerdote y los pocos esclavos que hab�an elegido quedarse, y s�lo los dos edificios de piedra quedaban</p><p>en pie y de una pieza. Cuando nos marchamos, nuestros guerreros ten�an un aspecto muy l amativo, por no</p><p>decir rid�culo. Los yaquis iban tan profusamente engalanados con faldas de cabel eras que cada hombre</p><p>parec�a ir caminando sumergido hasta la cintura entre un mont�culo de cabel o humano ensangrentado. Las</p><p>mujeres purepes se hab�an apropiado de los vestidos m�s finos, sedas, terciopelos y brocados, de las</p><p>difuntas se�oras espa�olas, de manera que (aunque algunas por ignorancia se hab�an puesto los vestidos</p><p>con   la   parte   de   delante   hacia   atr�s)   compon�an   un   enjambre   de   l amativo   colorido.   Muchos   de   los</p><p>arcabuceros   y   de   los   guerreros   aztecas   l evaban   ahora   corazas   de   acero   encima   de   la   armadura   de</p><p>algod�n acolchado. Desde�aron hacerse con las botas altas del enemigo o con los cascos de acero, pero el</p><p>pil aje tambi�n hab�a alcanzado el guardarropa de las mujeres espa�olas, por lo que ahora l evaban en la</p><p>cabeza lujosos gorros adornados con plumas y elaboradas mantil as de encaje. Todos nuestros hombres y</p><p>mujeres l evaban adem�s balas y bultos fruto del saqueo: toda clase de cosas, desde jamones, quesos y</p><p>bolsas de monedas hasta esas armas que Uno hab�a l amado alabardas, que son una combinaci�n de</p><p>lanza, gancho y hacha. Nuestros sanitarios iban detr�s para apoyar a aquel os de nuestros hombres que</p><p>hab�an resultado heridos de menos gravedad, y doce o catorce hombres conduc�an por las riendas a los</p><p>cabal os capturados, con riendas y ensil ados, sobre los cuales cabalgaban o iban colocados los heridos</p><p>que no pod�an caminar.</p><p>Cuando l egamos de regreso a nuestro campamento, se condujo a aquel os guerreros heridos a nuestros</p><p>ticiltin, que eran varios porque la mayor�a  de las tribus que compon�an nuestro ej�rcito hab�an l evado</p><p>consigo por lo menos un m�dico nativo. Incluso los yaquis lo hab�an hecho as�, pero como sus t�ciltin lo</p><p>�nico   que   hubieran   podido   hacer   para   socorrer   a   los   heridos   habr�a   sido   poco   m�s   que   c�nticos</p><p>enmascarados, brincos y traqueteos de carraca, orden� que las bajas yaquis fueran tambi�n atendidas por</p><p>los m�dicos m�s ilustrados de otras tribus. Como hab�an hecho antes y har�an siempre, los yaquis se</p><p>pusieron  a gru�ir con  enojo  por mi falta de respeto a sus sagradas  tradiciones, pero como insist� con</p><p>firmeza tuvieron que ceder.</p><p>Esta  no fue  la   �nica  disensi�n   que   yo  descubrir�a   cuando  mis fuerzas se  congregaron   de  nuevo.  Los</p><p>hombres y las mujeres que hab�an participado en la toma de Tonal� quisieron quedarse para si con todo el</p><p>bot�n   que   hab�an   recogido   al �,   y   se   mostraron   muy   enfurru�ados   cuando   orden�   que   los   bienes   se</p><p>distribuyeran, de la forma m�s equitativa posible, entre todo el ej�rcito y tambi�n los esclavos. Pero ese</p><p>reparto forzoso no satisfizo al resto de la tropa que no hab�a participado en la toma de la ciudad. Aunque</p><p>estaban al corriente desde el principio de los motivos que yo ten�a para emplear en aquel a batal a s�lo una</p><p>parte de las fuerzas de que dispon�a, parec�a que ahora nos echaran en cara el �xito obtenido. Mascul aban</p><p>malhumorados que yo hab�a sido injusto al dejarlos atr�s, y que hab�a mostrado una preferencia indebida</p><p>hacia mis "favoritos". Puedo jurar que incluso dejaron entrever que sent�an envidia de las heridas que los</p><p>guerreros "favorecidos" hab�an tra�do a su regreso, y eso no hab�a manera de que yo pudiera repartirlo</p><p>entre todos. Hice lo que pude con tal de apaciguar a los descontentos: les promet� que habr�a muchas m�s</p><p>batal as   y   victorias   como   aqu�l a,   que,   con   el   tiempo,   todos   los   contingentes   acabar�an   por   tener   la</p><p>oportunidad de adquirir gloria, bot�n y heridas.., e incluso de morir de alguna manera que complaciera a los</p><p>dioses. Pero exactamente igual que yo hab�a aprendido mucho tiempo atr�s que ser Uey-Tecutli no era</p><p>oficio f�cil, ahora estaba aprendiendo que ser el l�der de un ej�rcito vasto y conglomerado no era m�s f�cil.</p><p>Decret� que todos permanecer�amos en nuestro campamento actual mientras yo meditaba a d�nde l evar el</p><p>ej�rcito   y   d�nde   utilizarlo   a   continuaci�n.   Ten�a   varias   razones   para   querer  permanecer   durante   alg�n</p><p>tiempo donde est�bamos. Una era dejar que las mujeres purepes fabricasen otra provisi�n considerable de</p><p>granadas   de   arcil a,   porque   hab�an   resultado   muy   efectivas   en   Tonal�.   Y   como   ahora   ten�amos   un</p><p>apreciable n�mero de cabal os, quer�a que hubiese m�s hombres que aprendieran a montarlos. Adem�s,</p><p>como hab�amos perdido a muchos de nuestros mejores arcabuceros, en parte por culpa m�a, quer�a que los</p><p>dem�s tuvieran la oportunidad de practicar con nuestro arsenal de esas armas, ahora bastante numeroso, y</p><p>de aprender a utilizarlas del modo en que el difunto Uno me hab�a recomendado.</p><p>As� que delegu� en el cabal ero Nocheztli la mayor�a de las responsabilidades rutinarias del mando, lo que</p><p>me alivi� de tener que v�rmelas con las peque�as quejas, peticiones, querel as y dem�s exasperaciones</p><p>por el estilo y me permiti� utilizar mi tiempo y poner mi atenci�n en aquel as cosas que s�lo yo pod�a</p><p>supervisar y ordenar en persona. La m�s importante de todas era un proyecto que yo deseaba comenzar</p><p>mientras todav�a estuvi�ramos c�modamente acampados. Por eso es por lo que un d�a te mand� l amar,</p><p>Ver�nica.</p><p>Cuando estuviste de pie ante m�, con expresi�n alerta y atenta pero recatada, con las manos detr�s de la</p><p>espalda, te dije lo que les hab�a dicho a muchos otros antes:</p><p>-Tengo intenci�n de quitarles de nuevo este Unico Mundo a esos indeseados conquistadores y opresores</p><p>espa�oles que lo ocupan ahora. -Hiciste un gesto de asentimiento y yo continu� hablando-: Triunfemos o</p><p>fracasemos en este empe�o, puede ser que en alg�n momento en el futuro los historiadores del Unico</p><p>Mundo se alegren de disponer de un relato verdadero de los acontecimientos de la guerra de Tenamaxtzin.</p><p>T� sabes escribir y dispones de los materiales para hacerlo. Me gustar�a empezar a poner por escrito lo que</p><p>puede que sea el �nico registro de esta rebeli�n que exista en el futuro. �Crees que puedes hacerlo?</p><p>-Har� lo que est� en mi mano, mi se�or.</p><p>-Ahora bien, t� s�lo presenciaste la conclusi�n de la batal a de Tonal�. Te relatar� las circunstancias e</p><p>incidentes que condujeron a el a. Esto lo podemos hacer t� y yo sin prisas mientras estemos acampados</p><p>aqu�, lo que nos permitir�, a m� poner en orden en mi cabeza la secuencia de los hechos, a ti acostumbrarte</p><p>a escribir a mi dictado y a ambos revisar y enmendar cualquier error que pueda cometerse.</p><p>-Tengo la suerte de poseer una memoria retentiva, mi se�or. Creo que no cometeremos muchos errores.</p><p>-Esperemos que no. No obstante, no siempre nos permitiremos el lujo de sentarnos juntos mientras yo</p><p>hablo y t� escuchas. Este ej�rcito tiene incontables largas carreras que recorrer, incontables enemigos a los</p><p>que enfrentarse, incontables batal as que librar. Yo desear�a tenerlos todos el os registrados por escrito: las</p><p>marchas, los enemigos, las batal as, los resultados. Como tengo que encabezar la marcha, encontrar a los</p><p>enemigos  y  moverme   en   la   primera   l�nea   de   todas  las  batal as,   est�   claro   que   no   puedo   permanecer</p><p>siempre describi�ndote lo que ocurre. Mucho de el o tendr�s que verlo con tus propios ojos.</p><p>-Tambi�n poseo buena vista, mi se�or.</p><p>-Elegir� un cabal o para ti, te ense�ar� a montarlo y te tendr� siempre a mi lado... excepto en el fragor de la</p><p>batal a, en ese momento permanecer�s a una distancia segura. De ese modo ver�s muchas cosas s�lo</p><p>desde   lejos.   Debes   tratar   de   comprender   lo   que   est�s   viendo   y   luego   tratar   de   relatarlo   de   manera</p><p>coherente. Rara vez tendr�s largos intervalos para sentarte con pluma y papel. Rara vez tendr�s siquiera</p><p>d�nde sentarte. As� que debes idear alguna manera de hacer anotaciones r�pidas, en el momento o a la</p><p>carrera, que m�s tarde puedas redactar cuando, como ahora, estemos acampados durante alg�n tiempo.</p><p>-Puedo hacer eso, mi se�or. En realidad...</p><p>-D�jame terminar, muchacha. Estaba a punto de sugerir que utilices un m�todo que emplean desde hace</p><p>mucho   tiempo   los   mercaderes   pochtecas   viajantes   para   l evar   sus   cuentas.   Se   cogen   hojas   de   parra</p><p>silvestre y...</p><p>-Y se ara�a en el as con una ramita afilada. Las marcas blancas son tan duraderas como la tinta en el</p><p>papel. Perdona, mi se�or, ya lo sab�a. En realidad es lo que he estado haciendo, aqu� y ahora, mientras t�</p><p>hablabas.</p><p>Sacaste las manos de detr�s de la espalda y en el as sosten�as algunas hojas de parra y una ramita. Las</p><p>hojas ten�an distintos ara�azos diminutos que hab�as hecho sin siquiera mirar lo que hac�as.</p><p>Bastante asombrado, te pregunt�:</p><p>-�Puedes descifrar esas marcas? �Puedes repetir algunas de las palabras que he pronunciado?</p><p>-Las   marcas,   mi   se�or,  son   s�lo   para   refrescarme   la   memoria.   Nadie   m�s   podr�a   interpretarlas.   Y  no</p><p>pretendo haber conservado todas tus palabras, pero...</p><p>-Demu�stramelo, muchacha. L�eme algo de la conversaci�n que estamos manteniendo. -Alargu� la mano</p><p>e indiqu� una de las hojas al azar-. �Qu� se dijo ah�?</p><p>S�lo te l ev� un momento de estudio.</p><p>-"En alg�n momento en el futuro, los historiadores del Unico Mundo se alegrar�n de disponer..."</p><p>-�Por Huitzli! -exclam�-. Esto es algo maravil oso. T� eres algo maravil oso. S�lo he conocido otro escriba</p><p>en mi vida, un cl�rigo espa�ol. �l no era ni mucho menos tan diestro como t�, y eso que era un hombre que</p><p>se acercaba a la mediana edad. �Cu�ntos a�os tienes, Ver�nica?</p><p>-Creo que tengo diez u once a�os, mi se�or. Pero no estoy segura.</p><p>-�De verdad? Por la madurez de tus formas, y a�n m�s por el refinamiento que se pone de manifiesto en tu</p><p>manera de hablar, habr�a cre�do que eras tres o cuatro a�os mayor. �C�mo es que est�s tan bien educada</p><p>a tan temprana edad?</p><p>-Mi madre fue a la escuela de la Iglesia y se cri� en un convento. El a se ocup� de ense�arme desde mis</p><p>primeros a�os. Y justo antes de morir, me coloc� a m� en ese mismo convento de monjas.</p><p>-Eso explica tu nombre, entonces. Pero si tu madre era una esclava, no pudo ser una criada mora com�n y</p><p>corriente.</p><p>-Era   mulata,   mi   se�or   -me   explicaste   sin   ning�n   apuro-.  A el a   le   desagradaba   hablar   mucho   de   sus</p><p>progenitores... o de los m�os. Pero los ni�os, desde luego, pueden adivinar gran parte de lo que no se dice.</p><p>Deduje que su madre debi� de ser una negra y su padre un espa�ol pr�spero de posici�n bastante elevada,</p><p>y as� pudo pagar para mandar a su hija bastarda a la escuela. En lo que se refiere a mi propio padre, mi</p><p>madre se mostr� tan reservada que nunca he podido hacer conjeturas.</p><p>-S�lo he visto tu cara -le dije-. D�jame ver el resto de ti. Desn�date para que te vea, Ver�nica.</p><p>Tardaste muy poco en hacerlo, porque s�lo l evabas puesta una t�nica de estilo espa�ol muy fina, casi</p><p>gastada, que te l egaba por el tobil o.</p><p>-Una vez me describieron todas las distinciones y grados de los linajes mezclados -le expliqu�-. Pero no</p><p>tengo experiencia en juzgarlo a simple vista; s�lo conoc� a una muchacha que era, creo, producto de una</p><p>madre blanca y de un padre negro. En cuanto a ti, Ver�nica, yo dir�a que la sangre mora de tu abuela s�lo</p><p>se muestra en tus pechos ya brotados, en los pezones oscuros y en el ya incipiente penacho de vel o</p><p>ymaxtli que tienes ah� abajo. La sangre espa�ola de tu abuelo, dir�a yo, explica esos delicados y hermosos</p><p>rasgos faciales que tienes. Sin embargo, no se te ven las axilas ni las piernas l enas de pelo, de modo que</p><p>la sangre blanca espa�ola de tu abuelo debi� de diluirse despu�s. Y adem�s eres tan limpia y hueles tan</p><p>bien como cualquier hembra de mi propia raza. Se ve en seguida que tu desconocido padre aport� m�s y lo</p><p>mejor de la mezcla a tu naturaleza.</p><p>-Por si te importa saberlo, mi se�or -dijiste con descaro-, sea yo lo que sea, contin�o siendo virgen. Todav�a</p><p>no me ha violado ning�n hombre y todav�a no me he sentido tentada a retozar con ninguno.</p><p>Hice una pausa para considerar aquel comentario tan directo (pues hab�as dicho "tentada", hab�as dicho</p><p>"todav�a no") mientras saboreaba lo que estaba mirando. Y aqu� confesar� con sinceridad una cosa. Ya</p><p>entonces, a aquel a tierna edad, Ver�nica, estabas tan femeninamente dotada, eras fisicamente tan bel a y</p><p>atractiva,   adem�s   de   ser   muy   inteligente   y   cultivada   para   tu   edad,   que   fuiste   para   mi   una   aut�ntica</p><p>tentaci�n. Hubiera podido pedirte que te convirtieras en algo m�s que mi compa�era y mi escriba. Pero esa</p><p>idea   s�lo   me   pas�   fugazmente   por   la   cabeza,   porque   todav�a   recordaba   el   voto   que   hab�a   hecho   en</p><p>memoria de Ix�natsi. En realidad, aunque yo habr�a gozado con una intimidad mutua, no me atrev� a tentarte</p><p>ni a conquistarte para el o porque habr�a corrido el riesgo de enamorarme de ti. Y amar genuinamente a una</p><p>mujer era lo que yo hab�a jurado no volver a hacer nunca.</p><p>Y, tambi�n es verdad, bien estuvo que no lo hiciera, en vista de lo que m�s tarde se revel� entre nosotros.</p><p>Y, no obstante, tambi�n es verdad que inevitablemente, sin escapatoria, l egu� a amarte con toda ternura.</p><p>En aquel momento, sin embargo, lo �nico que se me ocurri� decir fue:</p><p>-Vuelve a vestirte y ven conmigo. Aligeraremos a las mujeres purepes de algunas de las prendas que</p><p>cogieron de los guardarropas de Tonal�. Mereces el m�s hermoso de los atuendos femeninos, Ver�nica. Y</p><p>necesitar�s m�s ropa adem�s de �sa, y tambi�n algo de ropa interior si has de cabalgar en un cabal o junto</p><p>al m�o.</p><p>No   todas   nuestras   conquistas   se   l evaron   a   cabo   con   tanta   facilidad   como   la   de   Tonal�.   Mientras</p><p>permanecimos acampados, mantuve a mis exploradores y a mis corredores veloces circulando en todas</p><p>direcciones por los alrededores y, a partir de sus informes, decid� hacer que nuestro siguiente ataque a los</p><p>espa�oles fuera un ataque doble: dos ataques simult�neos pero en dos lugares separados y muy distantes.</p><p>El o, ciertamente, servir�a para hacer que los espa�oles tuvieran a�n m�s miedo de que fu�ramos muy</p><p>numerosos, muy poderosos en fuerzas y en armas, fieros en nuestra determinaci�n, capaces de atacar en</p><p>cualquier parte... y que no se pensaran que se trataba s�lo de un enojado levantamiento de unos cuantos</p><p>miembros de tribus descontentas, sino de una aut�ntica insurrecci�n extendida por todo el territorio contra</p><p>los hombres blancos que nos estaban usurpando la tierra.</p><p>Algunos de los exploradores me informaron de que, a cierta distancia al sureste de nuestro campamento,</p><p>se abr�a una vasta extensi�n de ricas estancias de cultivo y ranchos cuyos propietarios hab�an construido</p><p>sus residencias muy agrupadas, unas cerca de las otras, por conveniencia, vecindad y protecci�n mutua, en</p><p>el   centro   de   aquel a   extensi�n   de   terreno.   Otros   exploradores   me   informaron   de   que,   al   suroeste   de</p><p>nosotros,   estaba   situado   un   puesto   de   comercio   espa�ol   en   una   encrucijada   de   caminos,   que   ten�a</p><p>negocios   florecientes   con   mercaderes   viajantes   y   con   terratenientes   locales,   pero   que   estaba   muy</p><p>fortificado y vigilado por una considerable fuerza de soldados espa�oles de a pie.</p><p>Esos fueron los dos lugares que decid� atacar a continuaci�n y al mismo tiempo, con el cabal ero Nocheztli</p><p>al mando del ataque a la comunidad de estancias y yo al frente del ataque al puesto comercial. Y ahora les</p><p>dar�a a algunos de nuestros guerreros que previamente no se hab�an manchado de sangre, y por el o</p><p>sent�an cierta envidia, su oportunidad de pelear, de saquear, de ganar la gloria y de alcanzar una muerte</p><p>que complaciera a los dioses. De manera que a Nocheztli le asign� a los coras y a los huicholes y a todos</p><p>nuestros jinetes, entre el os a Ver�nica, para que fuera la cronista de esa batal a. Conmigo me l ev� a los</p><p>rar�muris y a los otom�es y a los h�biles arcabuceros. Dejamos atr�s a los que hab�an participado en la</p><p>toma  de  Tonal�... lo  cual hizo  que  los yaquis,  tal como  era  su  costumbre,  comenzasen  a  murmurar y</p><p>estuviesen   a   punto   de   organizar   un   mot�n.   Nocheztli   y   yo   calculamos   cuidadosamente   el   tiempo   que</p><p>emplear�amos en desplazarnos hasta al � para as� poder establecer el d�a en el cual l evar�amos a cabo los</p><p>asedios, separados y simult�neos, y tambi�n el d�a de nuestro reencuentro posterior, ya victoriosos, en el</p><p>campamento   que   ten�amos   en   aquel   momento.   Y   luego   marchar�amos   cada   uno   en   una   direcci�n</p><p>divergente.</p><p>Como he dicho, no toda la guerra que l ev� a cabo transcurri� suavemente. En un principio dio la impresi�n</p><p>de  que  mi  ataque  al  puesto  comercial  no  era  probable  que  tuviera  un  resultado  que  pudiera  l amarse</p><p>victorioso.</p><p>El lugar consist�a en su mayor parte en caba�as y barracas de los obreros y esclavos espa�oles. Pero</p><p>�stas estaban rodeando el puesto en s�, que se asentaba seguro dentro de una empalizada de troncos</p><p>pesados y unidos muy juntos, todos puntiagudos en la parte superior; ten�a una puerta maciza, cerrada</p><p>fuertemente y atrancada por dentro. Por unas ranuras estrechas en la pared de troncos asomaban los tubos</p><p>de trueno. Cuando nuestras fuerzas avanzaron, rugiendo y bramando, y echaron a correr a campo abierto</p><p>por uno de los lados del puesto, yo confiaba en que s�lo tendr�amos que esquivar las pesadas bolas de</p><p>hierro que yo ya hab�a visto anteriormente arrojar por los tubos de trueno. Pero a �stos los hab�an cargado</p><p>en   esta   ocasi�n   con   fragmentos   de   metal,   piedras,   clavos,   cristales   rotos   y   cosas   as�.   Y   cuando</p><p>comenzaron a disparar no hubo manera de esquivar la rociada letal que arrojaron, y gran cantidad de</p><p>nuestros guerreros que iban en primera l�nea de ataque cayeron horriblemente mutilados, descuartizados,</p><p>muertos, hechos pedazos. Felizmente para nosotros, un tubo de trueno se tarda a�n m�s en cargar que un</p><p>palo   de   trueno.   Antes   de   que   los   soldados   espa�oles   pudieran   conseguirlo,   nosotros   los   guerreros</p><p>supervivientes nos hab�amos acercado a la pared de la fortaleza, un lugar al que no pod�an apuntar los</p><p>tubos de trueno. Mis rar�muris, haciendo honor a su nombre que significa Veloces de Pies, se encaramaron</p><p>con   facilidad   como   hormigas   por   los   troncos   de   corteza   tosca   y,   pasando   por   encima   de   el os,   se</p><p>introdujeron   en  la   fortaleza.   Mientras  algunos  de  aquel os  entablaron  combate   inmediatamente   con   los</p><p>defensores   espa�oles,   otros   corrieron   a   desatrancar   la   puerta   para   permitirnos   la   entrada   al   resto   de</p><p>nosotros.</p><p>Sin embargo, los soldados no eran nada cobardes ni estaban tan desanimados como para rendirse de</p><p>inmediato. Varios de el os, formados en filas a cierta distancia, nos rechazaron con arcabuces. Pero mis</p><p>propios arcabuceros, ahora versados en el debido empleo de esa arma, actuaron con igual exactitud y</p><p>eficiencia   mortal.   Mientras   tanto   el   resto   de   nosotros,   armados   con   lanzas,   espadas   y   maqu�huime,</p><p>peleamos contra los dem�s soldados a corta distancia y luego cuerpo a cuerpo. No fue aqu�l a una batal a</p><p>breve; los valientes soldados estaban dispuestos a luchar hasta morir. Y al final todos fueron a la muerte.</p><p>Tambi�n muri� un n�mero lamentable de mis propios hombres, tanto fuera como dentro de la empalizada.</p><p>Ya que en aquel a marcha no hab�amos l evado sanitarios para que atendieran a los heridos, y puesto que</p><p>al � no hab�a cabal os en los que transportarlos, s�lo pude dar instrucciones para que otorgasen una muerte</p><p>r�pida y piadosa a los ca�dos que segu�an con vida pero que estaban demasiado malheridos para hacer el</p><p>camino de regreso.</p><p>Aquel a  conquista  nos  hab�a salido cara, pero  aun  as�  hab�a sido  provechosa.  Aquel puesto  comercial</p><p>albergaba un tesoro de bienes �tiles y valiosos: p�lvora y bolas de plomo, arcabuces, espadas y cuchil os,</p><p>mantas y t�nicas, muchos alimentos buenos ahumados o salados, incluso jarras de octli y ch�pari y vinos</p><p>espa�oles. As� que, con mi permiso, los supervivientes celebramos la victoria hasta que estuvimos bien</p><p>borrachos, y cuando nos marchamos a la ma�ana siguiente no nos ten�amos en pie. Como ya hab�a hecho</p><p>antes, invit� a las familias esclavas del lugar a que vinieran con nosotros, y la mayor�a lo hicieron; l evaron</p><p>los bultos, bolsas y jarras del saqueo. Al regresar de nuevo a nuestro campamento m�s al � de las ruinas</p><p>de Tonal�, me alegr� cuando Nocheztli me dijo que la suya hab�a sido una expedici�n mucho menos dif�cil</p><p>que la m�a. La comunidad de estancias no estaba vigilada  por soldados entrenados, sino s�lo por los</p><p>propios   esclavos   vigilantes   de   los   propietarios,   esclavos   que,   naturalmente,   no   estaban   armados   con</p><p>arcabuces ni ansiosos por repeler el ataque. As� que Nocheztli no hab�a perdido ni un solo hombre y sus</p><p>fuerzas   hab�an   matado,   violado   y   saqueado   casi   a   su   antojo.  Adem�s   hab�an   regresado   con   grandes</p><p>provisiones de alimentos, bolsas de ma�z, tejidos y ropa espa�ola aprovechable. Y lo mejor de todo, hab�an</p><p>tra�do de aquel os ranchos gran cantidad de cabal os y un reba�o de ganado casi tan numeroso como el</p><p>que Coronado se hab�a l evado consigo al norte. Ya no tendr�amos que buscar comida, ni siquiera cazar.</p><p>Ahora dispon�amos de comida suficiente para sostener a todo nuestro ej�rcito durante mucho tiempo.</p><p>-Y aqu� tienes, mi se�or -me dijo Nocheztli-. Un regalo personal m�o para ti. He cogido esto de la cama de</p><p>uno de los nobles espa�oles. -Me entreg� un par de hermosas s�banas de lustrosa seda pulcramente</p><p>dobladas y que s�lo estaban algo manchadas de sangre-. Yo creo que el Uey-Tecutli de los aztecas no</p><p>tendr�a que dormir en el suelo desnudo o en un jerg�n de paja como cualquier guerrero com�n.</p><p>-Te lo agradezco mucho, amigo m�o -le dije sinceramente; y luego me ech� a re�r-. Aunque me temo que</p><p>quiz� me inclines a la misma autocomplacencia e indolencia que la de cualquier noble espa�ol.</p><p>Hab�a m�s buenas noticias aguard�ndome en el campamento. Algunos de mis corredores veloces hab�an</p><p>ido a explorar a tierras verdaderamente lejanas, y ahora hab�an regresado para decirme que la guerra que</p><p>yo estaba librando la segu�an ya otros adem�s de mi propio ej�rcito.</p><p>-Tenamaxtzin, la noticia de tu insurrecci�n se ha extendido de naci�n en naci�n y de tribu en tribu, y muchos</p><p>est�n ansiosos por emular tus acciones en nombre del Unico Mundo. Por todo el camino de aqu� hacia la</p><p>costa del mar Oriental, bandas de guerreros est�n haciendo incursiones, ataques y retiradas r�pidos contra</p><p>asentamientos, granjas y propiedades espa�oles. El pueblo de los Perros chichimecas, el pueblo de los</p><p>Perros Salvajes teochichimecas e incluso el pueblo de los Perros Rabiosos zacachichimecas, todos el os</p><p>est�n l evando a cabo esas correr�as y ataques sorpresa contra los hombres blancos. Incluso los huaxtecas</p><p>de las tierras costeras, que son tristemente famosos desde hace tanto tiempo por su holgazaner�a, l evaron</p><p>a cabo un ataque contra la ciudad porte�a que los espa�oles l aman Vera Cruz. Desde luego, con sus</p><p>armas primitivas, los huaxtecas no pudieron hacer al � demasiado da�o, pero s� causaron alarma y temor</p><p>entre los residentes.</p><p>Me complaci� mucho o�r aquel as cosas. Era cierto que los pueblos mencionados por los exploradores</p><p>estaban pobremente armados, e igual de pobremente organizados en aquel os levantamientos. Pero me</p><p>estaban ayudando a mantener a los hombres blancos intranquilos, aprensivos, quiz� en vela durante la</p><p>noche.  Toda   Nueva   Espa�a   ya   estar�a   enterada   de  aquel os  ataques  espor�dicos  y  de   los  m�os,  m�s</p><p>devastadores. Nueva Espa�a, cre�a yo y esperaba que as� fuera, deb�a de estar poni�ndose cada vez m�s</p><p>nerviosa y ansiosa acerca de la continuidad de su propia existencia.</p><p>Bien, los huaxtecas y dem�s pod�an ingeni�rselas para realizar aquel os s�bitos ataques y luego escapar</p><p>casi con impunidad. Pero yo ahora estaba al mando de lo que era pr�cticamente una ciudad viajante:</p><p>guerreros, esclavos, mujeres, familias enteras, muchos cabal os y un reba�o de ganado, lo que, como</p><p>m�nimo, resultaba dif�cil de manejar y de mover de un campo de batal a a otro. Decid� que necesit�bamos</p><p>un lugar permanente donde asentarnos, un lugar que se pudiera defender con cierta facilidad desde donde</p><p>yo pudiera conducir o enviar ya fueran peque�as fuerzas o fuerzas formidables en cualquier direcci�n, y</p><p>tambi�n  tener  un  refugio  seguro  al  que  poder  regresar. As�  que  convoqu�   a  varios de  mis  cabal eros,</p><p>quienes, yo lo sab�a, hab�an viajado mucho por aquel as partes del Unico Mundo, y les ped� consejo. Un</p><p>cabal ero l amado Pixqui dijo:</p><p>-Yo conozco el lugar perfecto, mi se�or. Nuestro �ltimo objetivo es un asalto sobre la Ciudad de M�xico, al</p><p>sureste de aqu�, y el lugar en el que estoy pensando queda aproximadamente a medio camino de al �. Las</p><p>monta�as l amadas Mizt�atlan, Donde Acechan Los Cuguares. Los pocos hombres blancos que las han</p><p>visto alguna vez las l aman en su lengua las monta�as Mixton. Son monta�as escarpadas, accidentadas y</p><p>entrelazadas con estrechos barrancos. Al � podemos encontrar un val e lo bastante c�modo para albergar</p><p>todo nuestro amplio ej�rcito. Incluso cuando los espa�oles sepan que estamos en aquel lugar, cosa que sin</p><p>duda har�n, lo pasar�n mal para l egar hasta nosotros a menos que aprendan a volar. Si se ponen vig�as en</p><p>lo alto de los riscos alrededor de nuestro val e, podr�n divisar cualquier ej�rcito enemigo que se aproxime. Y</p><p>puesto que tal ej�rcito habr�a de abrirse camino por entre esos estrechos barrancos casi en fila de a uno,</p><p>bastar�a un pu�ado de arcabuceros para detenerlos, y mientras tanto el resto de nuestros guerreros podr�an</p><p>arrojar una l uvia de flechas, lanzas y piedras sobre el os desde arriba.</p><p>-Excelente -acept�-. Parece algo impenetrable. Gracias, cabal ero Pixqui. Id, pues, de un lado al otro del</p><p>campamento y difundid la orden de que se preparen para marchar. Partiremos al alba hacia las monta�as</p><p>Mizt�atlan. Y que uno de vosotros vaya a buscar a esa muchacha esclava l amada Ver�nica, mi escriba, y</p><p>haga que se presente ante m�.</p><p>Fue el iyac Pozonali quien te trajo hasta m� aquel fat�dico d�a. Hac�a ya alg�n tiempo que me hab�a fijado en</p><p>que �l estaba a menudo en tu compa��a y que te contemplaba con miradas l enas de deseo. Ese tipo de</p><p>cosas no se me escapa, pues yo mismo he estado enamorado con frecuencia. Yo sab�a que el iyac era un</p><p>joven admirable, e incluso antes de la revelaci�n que se transparent� entre nosotros aquel d�a, Ver�nica,</p><p>dif�cilmente habr�a podido sentirme celoso si resultaba que Pozonali encontraba tambi�n favor ante tus ojos.</p><p>Sea como fuere, t� ya hab�as escrito el relato del asalto de Nocheztli a las estancias, puesto que hab�as</p><p>estado presente al �, as� que a continuaci�n me puse a dictarte el relato de mi mucho m�s dif�cil asalto al</p><p>puesto comercial, y t� fuiste escribiendo todas las palabras, concluyendo con la decisi�n que hab�amos</p><p>tomado de partir hacia las Mizt�atlan. Una vez que hube terminado dijiste en un murmul o:</p><p>-Estoy muy  contenta, mi se�or,  de o�r que piensas  atacar  pronto la Ciudad  de M�xico.  Espero  que  la</p><p>arrases por completo, como hiciste con Tonal�.</p><p>-Yo tambi�n. Pero �por qu� deseas que sea as�?</p><p>-Porque eso arrasar� tambi�n el convento de monjas donde viv� despu�s de morir mi madre.</p><p>-�Ese   convento   estaba  en  la  Ciudad  de  M�xico?  Nunca   me  hab�as  dicho  d�nde  estaba  situado.  S�lo</p><p>conozco un convento de monjas al �. Estaba cerca del Mes�n de San Jos�, donde en otro tiempo viv� yo</p><p>mismo.</p><p>-Ese es, mi se�or.</p><p>Una sospecha en cierto modo turbadora pero no de consternaci�n estaba empezando a apoderarse de mi.</p><p>-�Y tienes alguna queja contra esas monjas, ni�a? Muchas veces he estado tentado de pregunt�rtelo. �Por</p><p>qu� te escapaste de aquel convento y te convertiste en una vagabunda sin hogar, vagando hasta acabar</p><p>por encontrar finalmente refugio entre nuestro contingente de esclavos?</p><p>-Porque las monjas fueron muy crueles, primero con mi madre y luego conmigo.</p><p>-Expl�camelo.</p><p>-Despu�s de asistir a la escuela de la Iglesia, cuando mi madre tuvo instrucci�n religiosa suficiente en esa</p><p>religi�n y hubo alcanzado la edad requerida, se confirm� como cristiana e inmediatamente tom� lo que el os</p><p>l aman "�rdenes sagradas", se convirti� en la esposa de Cristo, como dicen el os, y empez� a residir en el</p><p>convento como monja novicia. Sin embargo, pocos meses despu�s se descubri� que estaba pre�ada. La</p><p>despojaron del h�bito, la azotaron con sa�a y se la expuls� con deshonra. Como he dicho, el a nunca,</p><p>nunca, le dijo a nadie, ni siquiera a m�, qui�n la dej� pre�ada. -Y luego a�adiste con amargura-: Dudo de</p><p>que fuera su esposo Cristo.</p><p>Me qued� meditando un rato y luego le pregunt�:</p><p>-�Acaso tu madre se l amaba Rebeca?</p><p>-S� -contestaste t�, at�nita-. �C�mo pod�as t� saber eso, mi se�or?</p><p>-Yo tambi�n asist� durante un breve tiempo a esa escuela de la Iglesia, as� que conozco un poco su historia.</p><p>Pero abandon� la ciudad por aquel entonces, de modo que nunca me enter� de la historia completa. Y</p><p>dime, despu�s de la expulsi�n de Rebeca, �qu� fue de el a?</p><p>-Como l evaba dentro de el a un hijo bastado, yo dir�a que le dio verg�enza volver a su casa con su madre y</p><p>su padre, su patr�n blanco. Durante un tiempo se gan� la vida a duras penas haciendo peque�os trabajos</p><p>de vez en cuando por los mercados; viv�a literalmente en las cal es. Yo nac� en un lecho de harapos en</p><p>cualquier cal ej�n de alguna parte. Supongo que tengo suerte de haber sobrevivido a la experiencia.</p><p>-�Y luego?</p><p>-Luego ya ten�a dos bocas que alimentar. Me ruboriza decirlo, mi se�or, pero mi madre se dedic� a lo que</p><p>vosotros l am�is en vuestra lengua "hacer la cal e". Y como era mulata... bien, ya te lo puedes imaginar;</p><p>dif�cilmente solicitaban sus servicios ricos nobles espa�oles o ni siquiera pr�speros mercaderes pochtecas.</p><p>S�lo se acercaban a el a recaderos de los mercados, esclavos moros y otros hombres por el estilo. Los</p><p>entreten�a en s�rdidas posadas e incluso en cal ejones traseros, en la cal e. Al final, cuando yo no deb�a de</p><p>tener m�s que cuatro a�os, recuerdo haber tenido que mirar como el a hac�a esas cosas.</p><p>-Al final. �Cu�l fue el final?</p><p>-Otra vez me ruborizo, mi se�or. A causa de alguno de sus servicios en las cal es mi madre contrajo el</p><p>nanaua, la enfermedad m�s vergonzosa y revulsiva. Cuando comprendi� que se estaba muriendo volvi� al</p><p>convento l ev�ndome de la mano. Bajo las reglas de aquel a orden cristiana, las monjas no pod�an negarse</p><p>a  acogerme.  Pero   naturalmente   conoc�an   mi historia,   as�  que   todos  me   despreciaron,   y  no   me   qued�</p><p>esperanza alguna de que me concedieran un noviciado. Simplemente me utilizaron como criada, como</p><p>esclava, como sirvienta. De todos los trabajos que hab�a que hacer, yo era la que siempre hac�a los m�s</p><p>rastreros, pero por lo menos me dieron cama y alimento.</p><p>-�Y educaci�n?</p><p>-Como te he dicho, mi madre me hab�a impartido muchos de los conocimientos que el a hab�a adquirido</p><p>anteriormente. Y yo tengo cierta facilidad para ser observadora y estar atenta. As� que, incluso mientras</p><p>trabajaba   tan   duramente,   yo   siempre   observaba,   escuchaba   y   absorb�a   lo   que   las   monjas   estaban</p><p>ense�ando a sus novicias y a otras ni�as respetables que resid�an al �. Cuando por fin decid� que ya hab�a</p><p>aprendido todo lo que el as, aunque maliciosamente, pod�an ense�arme al �... y cuando los trabajos serviles</p><p>y las palizas se hicieron intolerables.., entonces me escap�.</p><p>-Eres una ni�a extraordinaria, Ver�nica. Me alegro much�simo de que sobrevivieras a tus vagabundeos y de</p><p>que por fin l egaras hasta... hasta nosotros.</p><p>Me qued� meditando un poco m�s. �C�mo decir esto de la mejor manera posible?</p><p>-Por la poca amistad que tuve con Rebeca, mi compa�era de escuela, creo que fue su madre quien te dio</p><p>tu sangre blanca, y su padre habr�a sido un moro, no un patr�n espa�ol. Pero eso no importa. Lo que</p><p>importa es que tu padre, fuera quien fuese, estoy seguro de que fue un indio, un mex�catl o un azt�catl. Por</p><p>tanto tienes tres sangres en tus venas, Ver�nica. Supongo que esa combinaci�n es lo que explica tu bel eza</p><p>tan poco com�n. Y ahora, f�jate, pues el resto s�lo puedo suponerlo por los pocos indicios que dej� caer</p><p>Rebeca. No obstante, si estoy en lo cierto, tu abuelo paterno fue un alto noble de los mexicas, un hombre</p><p>valiente, sabio y verdaderamente noble en todos los aspectos. Un hombre que desafi� a los conquistadores</p><p>espa�oles hasta el mism�simo final de su vida. La contribuci�n que �l aport� a tu naturaleza explicar�a tu</p><p>inteligencia poco com�n, y en especial tu asombrosa facilidad con las palabras y la escritura. Si tengo</p><p>raz�n, ese abuelo tuyo era un mex�catl l amado Mixtli; por decirlo con m�s propiedad, Mixtzin: se�or Mixtzin.</p><p><strong>31</strong></p><p>El avance de nuestro ej�rcito a trav�s del campo ahora era todav�a m�s lento que antes, porque ten�amos</p><p>que conducir al est�pido, testarudo y recalcitrante ganado que caminaba a paso de tortuga. Como mis</p><p>guerreros se iban volviendo comprensiblemente impacientes, pues yo hab�a hecho que pasaran de ser</p><p>guerreros a meros escoltas y pastores, detuve el ej�rcito s�lo una vez a lo largo del trayecto para darles</p><p>oportunidad de derramar sangre, rapi�ar y saquear.</p><p>Eso fue en una aldea l amada N�t Tah�, que antes hab�a sido la aldea principal del pueblo otoml y que ahora</p><p>se hab�a convertido en una ciudad de tama�o considerable, poblada casi enteramente por espa�oles, los</p><p>cuales le hab�an dado el nombre de Zelal a, y sus habituales s�quitos de sirvientes y esclavos. La dejamos</p><p>toda quemada, en ruinas y tan arrasada como Tonal�, y la mayor�a de los desperfectos los causaron las</p><p>granadas   de   las   mujeres   purepes.   Y  cuando   la   abandonamos   estaba   tambi�n   totalmente   despoblada,</p><p>despoblada de todo excepto de cad�veres. Cad�veres sin cabel o cortes�a de los yaquis.</p><p>Me congratula informar de que mis guerreros partieron de Zelal a con mucha m�s dignidad y mucha menos</p><p>rimbombancia que cuando lo hicieron de Tonal�: es decir, sin engalanarse y adornarse con faldas, gorros,</p><p>mantil as   espa�olas   y   otras   cosas   por   el   estilo.   En   realidad,   ya   hac�a   alg�n   tiempo   que   hab�an   ido</p><p>avergonz�ndose, incluso las mujeres y los moros m�s ignorantes, de todos aquel os perifol os, chucher�as y</p><p>corazas de acero. Adem�s del creciente apuro y verg�enza que supon�a l evar puestos aquel os atav�os</p><p>impropios  de guerreros, encontraron  que  aquel as ropas  eran un peligroso estorbo en  la  batal a y  que</p><p>resultaban inc�modamente pesadas incluso para la marcha, sobre todo cuando estaban empapadas por la</p><p>l uvia. As� que, pieza a pieza, todos hab�an ido desprendi�ndose a lo largo del camino de aquel as prendas</p><p>y adornos de los hombres blancos, hab�an acabado por deshacerse de todo excepto de las prendas c�lidas</p><p>de lana que pod�an utilizarse como mantas y mantos, por lo que de nuevo volv�amos a tener el aspecto de</p><p>verdadero ej�rcito indio que �ramos.</p><p>Con el tiempo, un tiempo que se hizo largo como un tormento, l egamos de hecho a aquel as monta�as</p><p>Donde Acechan Los Cuguares, y eran exactamente tal como las hab�a descrito el cabal ero Pixqui. Con �l al</p><p>frente, nos abrimos tortuosamente camino por entre un laberinto de aquel os barrancos estrechos, algunos</p><p>de los cuales s�lo ten�an anchura suficiente para que pasasen los hombres a cabal o (o una vaca), uno</p><p>detr�s de otro. Y por fin fuimos a parar a un val e no muy ancho pero s� bastante largo y bien provisto de</p><p>agua,   un   val e   lo   bastante   espacioso   para   que   acamp�semos   todos   c�modamente,   e   incluso   lo</p><p>suficientemente verde como para proporcionar pastos a nuestros animales.</p><p>Una vez que nos hubimos instalado y hubimos disfrutado de un gratificante descanso durante dos o tres</p><p>d�as, convoqu� ante mi presencia al iyac Pozonali y a mi querida escriba Ver�nica y les dije:</p><p>-Tengo una misi�n para vosotros dos. No creo que sea una misi�n arriesgada, aunque l evar� consigo un</p><p>arduo viaje. -Sonre�-. Sin embargo, he pensado tambi�n que no os importar  hacer un largo viaje juntos en</p><p>�ntima compa��a. -T� te ruborizaste, Ver�nica, y tambi�n Pozonali. Continu� hablando-: Es cierto que todo</p><p>el mundo en la Ciudad de M�xico, desde el virrey Mendoza hasta el �ltimo esclavo de los mercados, est� al</p><p>corriente de nuestra insurrecci�n y de nuestros saqueos. Pero me gustar�a saber cu�ntas cosas conocen de</p><p>nosotros   y   qu�   medidas   est�n   tomando   para   defender   la   ciudad   de   nuestros   ataques   o   para   salir   a</p><p>encontrarnos y luchar a campo abierto. Lo que quiero que hag�is es lo siguiente: id a cabal o  lo m�s</p><p>r�pidamente que os sea posible y lo m�s al sureste que pod�is, deteni�ndoos s�lo cuando comprend�is</p><p>que os est�is acercando demasiado, hasta el punto de resultar peligroso, a cualquier puesto de vigilancia</p><p>espa�ol. Seg�n mis c�lculos eso suceder� probablemente en la parte oriental de Michoac�n, donde limita</p><p>con las tierras mexicas. Dejad los cabal os al cuidado de cualquier nativo hospitalario que pueda atenderlos.</p><p>Desde al � continuad a pie y vestid con atuendos toscos de campesinos. Llevad con vosotros bolsas de</p><p>alguna clase de mercanc�a que se pueda vender en los mercados: fruta, verdura, cualquier cosa que pod�is</p><p>procuraros. Puede que encontr�is la ciudad s�lidamente rodeada, pero seguro que permiten la entrada y</p><p>salida de mercanc�as y bienes. Y creo que los guardias dif�cilmente sospechar�n de un joven granjero</p><p>campesino y... �c�mo dir�amos...? pongamos que su primita, que se dirigen al mercado. -Los dos volvisteis</p><p>a ruborizaros. Segu� adelante-: Y sobre todo, Ver�nica, no hables en espa�ol. No hables nada de nada.</p><p>Conf�o en que t�, Pozonali, puedas convencer a cualquier guardia para que te deje pasar o a cualquier otro</p><p>que te pregunte algo a base de parlotear en n�huatl, de decir las pocas palabras de espa�ol que sabes y de</p><p>gesticular como un torpe pat�n.</p><p>-Entraremos   en   la   ciudad,   Tenamaxtzin,   beso   la   tierra   para   jurarlo   -me   asegur�   �l-.   �Tienes   �rdenes</p><p>especificas para nosotros, una vez que estemos al �?</p><p>-Sobre todo quiero que los dos abr�is bien los ojos y los o�dos. T�, iyac, has demostrado ser un militar</p><p>competente. Por lo tanto no deber�as tener problemas en reconocer cualquier defensa que la ciudad est�</p><p>preparando para protegerse o cualesquiera otros preparativos que est� haciendo con vistas a una ofensiva</p><p>contra nuestras fuerzas. Mientras tanto id por las cal es y los mercados y entablad conversaci�n con la</p><p>gente corriente. Deseo conocer qu� estado de �nimo tienen, y cu�l es su disposici�n y su opini�n acerca de</p><p>nuestra insurrecci�n, porque s� por experiencia que algunos, quiz� muchos, se pondr�n de parte de los</p><p>espa�oles de los que ahora dependen. Y tambi�n hay un hombre azt�catl, un orfebre, ya anciano, que has</p><p>de ir a visitar personalmente. -Le di las se�as-. Fue el primer aliado que tuve en esta campa�a, as� que</p><p>quiero advertirle de lo que se avecina. Puede ser que desee esconder el oro que tenga o incluso abandonar</p><p>la ciudad y l ev�rselo. Y, por supuesto, dale mis m�s cari�osos saludos.</p><p>-Todo   se   har�   como   dices,   Tenamaxtz�n.   �Y   Ver�nica?   �Tengo   que   permanecer   cerca   de   el a   para</p><p>protegerla?</p><p>-No har� falta, creo yo. Ver�nica, t� eres una muchacha l ena de recursos. Sencil amente quiero que te</p><p>acerques a cualquier grupo de dos o m�s espa�oles que est�n conversando, donde puedas o�r lo que</p><p>digan, en las cal es, en los mercados, donde sea, y escuches, sobre todo si van de uniforme o parecen</p><p>personas importantes del tipo que sea. Ser� muy dif�cil que sospechen que puedes entender lo que dicen, y</p><p>a   lo   mejor   incluso   l eguen   a   tus   o�dos   m�s   cosas   que   las   que   el   iyac   Pozonali   recoja   acerca   de   las</p><p>respuestas que los espa�oles piensan dar a nuestro planeado asalto.</p><p>-S�, mi se�or.</p><p>-Adem�s tengo instrucciones espec�ficas para ti. En toda la ciudad no hay m�s que un solo hombre blanco</p><p>a quien, se lo debo, tengo que darle el mismo aviso que Pozonali le dar� al orfebre. Se l ama Alonso de</p><p>Molina, recu�rdalo, y es un alto cargo en la catedral.</p><p>-S� d�nde est�, mi se�or.</p><p>-No vayas a darle el aviso a �l directamente. Al fin y al cabo es espa�ol. Quiz� se apoderase de ti y te</p><p>retuviera como reh�n. Y con toda certeza as� lo har�a si supiera que eres mi... mi escriba personal. As� que</p><p>escribe el aviso en un pedazo de papel, d�blalo, pon el nombre de Alonso en la parte de fuera y, sin hablar,</p><p>s�lo con gestos, entr�gaselo a cualquier cl�rigo humilde que encuentres holgazaneando por la catedral.</p><p>Luego m�rchate de al � lo m�s aprisa que puedas. Y mantente alejada.</p><p>-Si, mi se�or. �Algo m�s?</p><p>-S�lo esto. Es la orden m�s importante que puedo daros a ambos. Cuando os parezca que os hab�is</p><p>enterado de todo lo que pod�is, salid de la ciudad, volved a salvo  a donde est�n vuestros cabal os y</p><p>regresad aqu�. Los dos. Si t�, iyac, osases volver aqu� sin Ver�nica.., bueno...</p><p>-Regresaremos a salvo, Tenamaxtzin, beso la tierra para jurarlo. Y si acaeciera alg�n mal imprevisto y</p><p>solamente regresase uno de nosotros, ser� Ver�nica. Y para jurar eso, beso la tierra cuatrocientas veces!</p><p>Cuando   se   hubieron   ido,   el   resto   de   nosotros   nos   dimos   a   la   buena   vida   en   nuestro   nuevo   entorno.</p><p>Ciertamente viv�amos bien. Hab�a carne de vaca m�s que suficiente para comer, desde luego, pero de</p><p>todos   modos   nuestros   cazadores   recorr�an   el   val e   s�lo   para   proporcionar   variedad:   ciervos,   conejos,</p><p>codornices, patos y otras piezas de caza. Incluso mataron dos o tres cuguares de los que daban nombre a</p><p>aquel as   monta�as,   aunque   la   carne   de   cuguar   es   dura   de   masticar   y   no   muy   sabrosa.   Nuestros</p><p>pescadores encontraron que en las aguas de los torrentes de las monta�as abundaba un pez cuyo nombre</p><p>desconozco  que  constitu�a  un delicioso  cambio  en  nuestra  alimentaci�n,  que consist�a  mayormente  de</p><p>carne. Los que se encargaban de buscar alimentos encontraron toda clase de frutas, verduras, ra�ces y</p><p>cosas por el estilo. Las tinajas de octli, ch�pari y vinos espa�oles que hab�amos saqueado se reservaban</p><p>para mis cabal eros y para m�, pero ahora s�lo beb�amos de el as de vez en cuando. Lo que nos faltaba era</p><p>algo que fuese dulce, como los cocos de mi tierra. En realidad creo que gran parte de nuestra gente, en</p><p>particular las numerosas familias de esclavos que hab�amos liberado y hab�an venido con nosotros, habr�an</p><p>estado contentos de quedarse a vivir en aquel val e el resto de sus vidas. Y probablemente hubieran podido</p><p>hacerlo sin que los hombres blancos los molestasen, incluso sin que los hombres blancos supieran de su</p><p>existencia, hasta el fin de los tiempos.</p><p>No quiero decir que lo �nico que hici�ramos al � fuese el vago y vegetar. Aunque por la noche yo dorm�a</p><p>entre s�banas de seda y  bajo una manta de  lana fina espa�oles, lo que me hac�a  sentirme  como  un</p><p>marqu�s o un virrey espa�ol, estaba ocupado todo el d�a. Manten�a a mis exploradores patrul ando por el</p><p>campo m�s al � de las monta�as y los obligaba a mantenerme informado constantemente. Yo caminaba</p><p>majestuosamente por el val e, como una especie de general que pasase revista, porque les hab�a ordenado</p><p>a Nocheztli y a los dem�s cabal eros que ense�asen a otros muchos de nuestros guerreros a montar los</p><p>numerosos  cabal os que hab�amos adquirido  y a  emplear como es debido los nuevos arcabuces, muy</p><p>numerosos, por cierto. Cuando uno de mis exploradores l eg� para informarme de que, no muy lejos al</p><p>oeste de nuestras monta�as, hab�a un puesto comercial espa�ol en una encrucijada de caminos parecido al</p><p>que   anteriormente   hab�amos   derrotado,   decid�   intentar   un   experimento.   Cog�   un   grupo   mediano   de</p><p>guerreros sobaipuris, porque el os todav�a no hab�an tenido el placer de participar en ninguna de nuestras</p><p>batal as y tambi�n porque hab�an adquirido un verdadero dominio tanto en montar a cabal o como en el</p><p>empleo de los arcabuces, le ped� al cabal ero Pixqui que me acompa�ase y nos pusimos a cabalgar hacia</p><p>el oeste, en direcci�n al puesto comercial.</p><p>Yo no ten�a intenci�n de librar una verdadera batal a, sino de fingirla solamente. Galopamos al tiempo que</p><p>aul �bamos, ulul�bamos y descarg�bamos nuestros arcabuces, y finalmente salimos de los bosques al</p><p>terreno abierto que se extend�a ante el puesto, que estaba rodeado por una empalizada. Y, como la vez</p><p>anterior, de las troneras de aquel a empalizada, los tubos de trueno escupieron una rociada de fragmentos</p><p>letales, pero yo tuve buen cuidado de que todos estuvi�ramos fuera de su alcance, y s�lo uno de nuestros</p><p>hombres sufri� una herida de poca importancia en el hombro. Permanecimos al � fuera haciendo danzar a</p><p>nuestros   cabal os   adelante   y   atr�s,   lanzando   nuestros   amenazadores   gritos   de   guerra   y   haciendo</p><p>extravagantes gestos de amenaza, hasta que se abri� la puerta de la fortaleza y una tropa de soldados</p><p>montados sali� al galope. Luego, fingi�ndonos intimidados, dimos todos media vuelta y volvimos al galope</p><p>por el mismo camino por el que hab�amos venido. Los soldados nos persiguieron, y me asegur� de sacarles</p><p>siempre cierta ventaja, pero sin que nos perdieran de vista ni un instante. Los guiamos todo el camino de</p><p>regreso hasta el barranco por el que hab�amos salido de nuestro val e.</p><p>Procurando todav�a que los soldados no nos perdieran de vista en aquel os laberintos, les hicimos picar el</p><p>anzuelo y pasaron por un corte muy estrecho donde yo hab�a apostado arcabuceros a ambos lados. Justo</p><p>como   hab�a   predicho   el   cabal ero   Pixqui,   las   primeras   descargas   de   aquel os   arcabuces   abatieron   a</p><p>suficientes soldados y cabal os como para bloquear el paso a los que iban detr�s. Y �stos, arremolinados</p><p>en desorden, cayeron abatidos en poco tiempo por lanzas, flechas y cantos lanzados por otros guerreros</p><p>que yo hab�a apostado m�s arriba, en las alturas. Los sobaipuris estuvieron contentos de confiscar las</p><p>armas de todos aquel os espa�oles muertos y los cabal os supervivientes. Pero a m� me complaci� sobre</p><p>todo   comprobar   que   nuestro   escondite   era   verdaderamente   invulnerable.   Podr�amos   resistir   al �   para</p><p>siempre, si hac�a falta, contra cualquier fuerza que se enviara para atacarnos.</p><p>Lleg�   el  d�a   en   que   varios   de   mis  exploradores   vinieron   a   decirme,   con   verdadero   j�bilo,   que   hab�an</p><p>descubierto un blanco nuevo y m�s importante para que lo atac�semos.</p><p>-A unos tres d�as al este de aqu�, Tenamaxtzin, un pueblo casi tan grande como una ciudad. Hubi�ramos</p><p>podido no saber nunca de su existencia de no ser porque divisamos a un soldado montado y lo seguimos.</p><p>Uno de nosotros que entiende un poco de espa�ol se meti� a escondidas en la ciudad detr�s de �l y se</p><p>enter� de que es una ciudad rica, bien edificada, a la que los hombres blancos l aman Aguascalientes.</p><p>-Manantiales Calientes -dije.</p><p>-S�,  mi se�or.  De  hecho   es un  lugar al  que   los  hombres  y  mujeres  blancos  vienen  para  tomar  ba�os</p><p>curativos y para recreos de otros tipos. Hombres y mujeres espa�oles ricos. As� que puedes imaginar el</p><p>bot�n que podemos sacar de el a. Por no hablar de mujeres blancas limpias, para variar. Debo informar, sin</p><p>embargo,   que   la   ciudad   est�   muy  fortificada,   defendida   por   muchos   hombres   y   bien   armada.   No   hay</p><p>manera de que podamos tomarla sin emplear todos nuestros guerreros, tanto montados como de a pie.</p><p>Llam� a Nocheztli y le repet� aquel informe.</p><p>-Prepara nuestras fuerzas. Nos pondremos en marcha de hoy en dos d�as. Esta vez quiero que participen</p><p>todos; incluso, pues sin duda los vamos a necesitar a todos, nuestros t�ciltin, y tambi�n los sanitarios. Este</p><p>ser� el asalto m�s ambicioso y audaz de todos los que hemos l evado a cabo hasta ahora, de manera que</p><p>constituir� una pr�ctica perfecta para nuestro posterior ataque a la Ciudad de M�xico.</p><p>Precisamente al d�a siguiente, y por casualidad, Pozonali y Ver�nica regresaron, juntos y a salvo; y aunque</p><p>muy  fatigados  por  su   larga   y dif�cil cabalgada,   acudieron  inmediatamente  a  informarme.  Tan  excitados</p><p>estaban que empezaron a hablar a la vez en idiomas distintos, en n�huatl y en espa�ol.</p><p>-El orfebre te agradece el aviso, Tenamaxtzin, y te env�a afectuosos saludos para corresponder...</p><p>-Ya eres famoso en la Ciudad de M�xico, mi se�or. Yo dir�a que famoso y temido...</p><p>-Esperad, esperad -les dije mientras me re�a-. Que primero hable Ver�nica.</p><p>-Lo que yo traigo son buenas noticias, mi se�or. Para empezar, entregu� tu mensaje en la catedral y, como</p><p>t� supon�as, cuando tu amigo Alonso lo recibi�, muchos grupos de soldados empezaron a peinar la ciudad</p><p>para encontrar al mensajero que lo hab�a l evado. Pero no pudieron descubrirme, desde luego, pues no</p><p>pod�an   distinguirme   de   tantas   otras   muchachas   iguales   que   yo.   Y,  como   ordenaste,   escuch�   muchas</p><p>conversaciones. Los espa�oles, aunque por qu� medios no lo s�, ya tienen conocimiento de que nuestro</p><p>ej�rcito   est�   acampado   aqu�,   en   las   Mixt�apan.   As�   que   l aman   a   nuestra   insurrecci�n   "la   guerra   de</p><p>Mixtonxs.  Y me  causa   regocijo   informarte   de   que   gran   parte   de  Nueva   Espa�a   tiene   p�nico.   Familias</p><p>enteras de la Ciudad de M�xico y de todos los dem�s lugares se api�an en los puertos de mar, en Vera</p><p>Cruz, en Tampico, en Campeche y en todos los dem�s, y exigen pasajes de regreso a Vieja Espa�a en</p><p>cualquier clase de buque que vaya al �, en galeones, carabelas, barcos de avitual amiento... Muchos dicen</p><p>temerosamente que es la reconquista del Unico Mundo. Parece, mi se�or, que est�s logrando tu prop�sito</p><p>de perseguir a los intrusos, por lo menos a los blancos, y echarlos de nuestras tierras.</p><p>-Pero no a todos el os -dijo el iyac Pozonali frunciendo el entrecejo-. A pesar de que Coronado se ha l evado</p><p>a muchos soldados de Nueva Espa�a en la expedici�n al norte, el virrey Mendoza tiene todav�a fuerzas</p><p>considerables en la Ciudad de M�xico, unos cientos de soldados montados y de a pie, y el propio Mendoza</p><p>se ha puesto personalmente al mando. Adem�s, como t� esperabas, Tenamaxtzin, muchos de sus mexicas</p><p>domesticados se han alistado para pelear a su lado. Y lo mismo han hecho otros pueblos traicioneros: los</p><p>totonacas, los tezcaltecas y los acolhuas, que hace mucho tiempo ayudaron al conquistador Cort�s en el</p><p>derrocamiento de Moctezuma. Por primera vez en la historia, Mendoza permitir� que esos hombres monten</p><p>a cabal o y l even palos de trueno, y ahora mismo est� muy ocupado entren�ndolos para el o.</p><p>-Nuestro propio pueblo -coment� con tristeza- dispuesto en contra nuestra.</p><p>-La ciudad mantendr� una fuerza defensiva suficiente -continu� diciendo Pozonali-. Tubos de trueno y esas</p><p>cosas. Pero por lo que he o�do, calculo que el virrey Mendoza planea una marcha ofensiva para sacarnos</p><p>de aqu� y destruirnos antes siquiera de que l eguemos a acercarnos a la Ciudad de M�xico.</p><p>-Bien, buena suerte para Mendoza -dije yo bruscamente-. Por muchos que sean sus hombres, por bien</p><p>armados que est�n, ser�n aniquilados antes de que l eguen hasta este lugar. Lo he comprobado mediante</p><p>un   experimento;   el   cabal ero   Pixqui   ten�a   raz�n   cuando   dijo   que   estas   monta�as   son   inexpugnables.</p><p>Mientras   tanto,   le   dar�   al   virrey   m�s   pruebas   de   nuestro   poder   y   de   nuestra   determinaci�n.   Ma�ana</p><p>marcharemos   hacia   el   este:   todos   los   guerreros,   todos   los   jinetes,   todos   los   arcabuceros,   todas   las</p><p>granaderas purepes,  hasta el �ltimo de nosotros  que  sea  capaz de empu�ar una arma.  Marcharemos</p><p>contra una ciudad l amada Manantiales Calientes. Y cuando la hayamos tomado, el virrey Mendoza quiz�</p><p>decida esconder la Ciudad de M�xico. Y ahora, vosotros dos id a tomad algo de alimento y a descansar. S�</p><p>que t�, iyac, querr�s estar en el meol o de la batal a. Y yo te querr� cerca de m�, Ver�nica, para hacer la</p><p>cr�nica de �sta, la m�s �pica de todas nuestras batal as hasta el momento.</p><p><strong>32</strong></p><p>De la batal a final de la guerra de Mixton, de nuestra derrota y del fin de la guerra de Mixton, s�lo hablar�</p><p>brevemente, porque ocurri� por mi propia culpa y estoy avergonzado de el o. De nuevo, como hab�a hecho</p><p>con otros enemigos e incluso con alguna de las mujeres de mi vida, infravalor� la astucia de mi oponente. Y</p><p>ahora estoy pagando mi error yaciendo aqu� y muri�ndome lentamente... o cur�ndome lentamente, no s�</p><p>cu�l de las dos cosas, y no me importa mucho.</p><p>Mi ej�rcito podr�a estar todav�a aqu�, en Mixt�apan, entero, seguro, sano, fuerte y listo para entrar en batal a</p><p>de nuevo, si yo no los hubiera sacado de este val e. Igual que nosotros antes hab�amos hecho picar el</p><p>anzuelo   a   los   soldados   del   puesto   comercial   espa�ol   atray�ndolos   hasta   aqu�   para   tenderles   una</p><p>emboscada,   de   la   misma   forma   nos  hicieron   picar   el  anzuelo   a   nosotros  haciendo   que   sali�ramos  de</p><p>nuestro   seguro   refugio.   Fue   obra   del   virrey   Mendoza.   El,   como   sab�a   que   �ramos   invencibles,   casi</p><p>intocables, en estas monta�as, ide� la manera de enga�arnos y sacarnos de el as ofreci�ndonos, en cierto</p><p>sentido,  Aguascalientes.   No   culpo   de   el o   a   los   exploradores   que   encontraron   esa   ciudad,   pues   est�n</p><p>muertos, igual que tantos otros, pero no tengo duda alguna de que aquel jinete espa�ol al que siguieron a</p><p>esa ciudad estaba representando un papel en el plan de Mendoza.</p><p>Me l ev� a mi ej�rcito entero y dej� en el val e s�lo a los esclavos y a los varones demasiado viejos o</p><p>demasiado j�venes para batal ar. Fue una marcha de tres d�as hasta Manantiales Calientes e, incluso antes</p><p>de   que   avist�semos  la   ciudad,   empec�   a  sospechar  que   algo   no   andaba   del  todo   bien.   Encontramos</p><p>barracas de puestos de guardia, pero no hab�a ning�n soldado en el as. Cuando nos aproximamos a la</p><p>ciudad, ning�n tubo de trueno reson� al disparar. Cuando envi� a mis exploradores de avanzada para que</p><p>se adentrasen furtiva y cautelosamente en la propia ciudad, no se oy� el traqueteo de los arcabuces, y los</p><p>exploradores volvieron desconcertados y encogi�ndose de hombros para informarme de que no parec�a</p><p>haber una sola persona en la ciudad.</p><p>Era una trampa. Me di la vuelta en la sil a del cabal o para gritar:</p><p>-�Retirada!</p><p>Pero ya era demasiado tarde. Ahora s� traquetearon los arcabuces a todo nuestro alrededor. Est�bamos</p><p>rodeados por los soldados de Mendoza y sus aliados indios.</p><p>Oh, nos defendimos luchando, desde luego. La batal a dur� todo el d�a, y murieron muchos cientos en</p><p>ambos   bandos.   Como   ya   he   comentado,   las   batal as   son   una   conmoci�n   y   una   confusi�n,   y   algunas</p><p>muertes se produjeron de manera curiosa. Mis cabal eros Nocheztli y Pixqui fueron ambos perforados por</p><p>balas descargadas por nuestros propios arcabuceros, que emplearon sus armas de un modo demasiado</p><p>temerario. En el otro bando, Pedro de Alvarado, uno de los primeros conquistadores del Unico Mundo y el</p><p>�nico tambi�n que segu�a haciendo de conquistador activo, muri� al caer de su cabal o y pisotearlo el</p><p>cabal o de otro espa�ol.</p><p>Como ambos ej�rcitos, el de Mendoza y el m�o, estaban bastante igualados en n�mero y armamento, tuvo</p><p>que ser una batal a enconada, y venci� el m�s valiente, el m�s fuerte y el m�s inteligente. Pero lo que hizo</p><p>que la perdi�ramos nosotros fue lo siguiente. Mis hombres pelearon valerosamente con todos los soldados</p><p>blancos  que   se   cruzaron   en   su   camino,   pero   hubo   muchos  de   los  nuestros,   demasiados  (excepto   los</p><p>yaquis), que no se vieron capaces de matar a hombres de su misma raza, los mexicas, los texcaltecas y</p><p>dem�s, que luchaban del lado de Mendoza. Y por el contrario, esos traidores a nuestra raza, buscando</p><p>naturalmente ganarse el favor de los amos espa�oles, no vacilaron en matarnos a nosotros. Yo mismo</p><p>recib� una flecha en el costado derecho y estoy seguro de que no proced�a de ning�n espa�ol. Por lo que yo</p><p>s�, proced�a de alg�n desconocido pariente m�o.</p><p>Uno de nuestros t�ciltin de campa�a me arranc� la flecha, cosa que ya fue bastante dolorosa, y luego</p><p>empap� la herida abierta con el corrosivo xoc�yatl, tan doloroso que me hizo gritar en voz alta de una forma</p><p>bastante poco varonil. El ticitl no pudo hacer nada m�s por m� porque unos instantes despu�s ca�a abatido</p><p>por una bala de arcabuz.</p><p>Cuando por fin cay� la noche, nuestros ej�rcitos, o lo que quedaba de el os, dejaron de luchar, y el resto de</p><p>nosotros, los que ten�amos cabal os, nos retiramos de forma apresurada hacia el oeste. Pozonali, uno de</p><p>los pocos supervivientes a quien yo conoc�a por su nombre, encontr� a Ver�nica en lo alto de la colina</p><p>desde donde el a hab�a estado contemplando la carnicer�a y la trajo con nosotros mientras corr�amos de</p><p>regreso al refugio de nuestras monta�as. Yo apenas pod�a tenerme en la sil a, tan espantoso era el dolor</p><p>que ten�a en el costado, as� que no estaba en condiciones de preocuparme de si nos persegu�an en la</p><p>noche.</p><p>Si as� fue, los perseguidores no l egaron a darnos alcance. Tres d�as despu�s, d�as de terrible dolor para mi,</p><p>y yo no era el peor de los heridos, l egamos de nuevo a Mizt�apan, nos abrimos paso por entre el laberinto</p><p>de barrancos (perdi�ndonos a menudo, puesto que no ten�amos al experto cabal ero Pixqui para guiarnos) y</p><p>por fin, debilitados por la sed, el hambre, la fatiga y la p�rdida de sangre, volvimos a encontrar nuestro val e.</p><p>Ni   siquiera   he   tratado   de   contar   los   supervivientes   de   la   batal a   de   Manantiales   Calientes,   aunque</p><p>probablemente podr�a hacerlo sin siquiera garabatear las banderitas y puntos de n�meros. Varios de los</p><p>que lograron l egar hasta aqu� han muerto a causa de las heridas, pues no hay t�ciltin para atenderlos.</p><p>Todos nuestros ticiltin, como otros cientos de cientos de los nuestros, yacen muertos al �, en Manantiales</p><p>Calientes. Un t�citl yaqui que sigue vivo y a�n est� con nosotros se ofreci� generosamente a venir para</p><p>danzar y cantar ante mi, pero antes preferir�a yo condenarme a Mict�an que someterme a esa clase de</p><p>m�dico. As� que mi herida se ha ido infectando poco a poco, se ha vuelto verde y ha comenzado a rezumar</p><p>pus. Ardo de fiebre, luego tirito de fr�o y entro y salgo del delirio, como me ocurri� en aquel a ocasi�n en la</p><p>acali en el mar Occidental.</p><p>Ver�nica me ha atendido fielmente y con ternura lo mejor que ha podido; me ha aplicado en la herida</p><p>compresas   calientes,   diversas   savias   de   �rboles   y   jugos   de   cactus   que   los   viejos   del   campamento</p><p>recomiendan como curativos, pero no parece que esas cosas hagan ning�n bien visible.</p><p>Durante uno de mis per�odos de lucidez, me preguntaste, Ver�nica:</p><p>-�Qu� hacemos ahora, mi se�or?</p><p>Tratando de parecer valiente y optimista, dije:</p><p>-Nos quedaremos aqu� lami�ndonos las heridas. Poco m�s podemos hacer, y por lo menos aqu� estamos a</p><p>salvo   de   ataques   enemigos.   Ni   siquiera   puedo   planear   otras  acciones  hasta   que   est�   curado   de   esta</p><p>maldita   herida.   Luego   ya   veremos.   Mientras   tanto,   he   estado   pensando   que   tu   cr�nica   de   lo   que   los</p><p>espa�oles l aman la guerra de Mixton empez� cuando devastamos Tonal�. Se me ocurre que los futuros</p><p>historiadores   del   Unico   Mundo   quiz�   se   beneficien   si   yo   relato   y   t�   escribes   hechos   anteriores   que</p><p>expliquen c�mo empez� todo esto. �Ser�a poner a prueba tu paciencia, querida Ver�nica, si te contase</p><p>pr�cticamente toda mi vida?</p><p>-Desde luego que no, mi se�or. No s�lo estoy aqu� para servirte, sino que me interesar�a much�simo...</p><p>poder o�r la historia de tu vida.</p><p>Me qued� meditando durante un rato. �C�mo empezar por el principio? Luego sonre� tanto como fui capaz</p><p>y continu�:</p><p>-Me parece, Ver�nica, que ya te dict�, hace mucho, la frase que abre esta cr�nica.</p><p>-Yo tambi�n lo creo as�, mi se�or. La guard� y todav�a la tengo aqu�.</p><p>Te pusiste a revolver entre tus papeles, sacaste uno y lo le�ste en voz alta.</p><p>-"Todav�a puedo verlo arder."</p><p>-S� -convine; y suspir�-. Querida ni�a inteligente, procedamos a partir de ah�.</p><p>Y durante no s� cu�ntos d�as sucesivos, aunque a veces yo deliraba o me quedaba mudo a causa del dolor,</p><p>te relat� todo lo que hasta ahora has escrito. Finalmente te dije:</p><p>-Te he dicho todo lo que puedo recordar, incluso conversaciones y cosas sin importancia. Sin embargo,</p><p>supongo que es un relato con los huesos desnudos.</p><p>-No, mi querido se�or. Sin que t� lo supieras, siempre, desde que estamos juntos, he ido tomando notas de</p><p>los m�s insignificantes comentarios que hac�as y de mis propias observaciones de ti, de tu car�cter y de tu</p><p>naturaleza. Porque, a decir verdad, yo te amaba, mi se�or, incluso antes de saber que eras mi padre. Con</p><p>tu permiso, me gustar�a intercalar esas observaciones m�as en la cr�nica. Eso a�adir� carne a los huesos</p><p>desnudos.</p><p>-C�mo no, querida m�a. T� eres la cronista y sabes muy bien lo que haces. De cualquier modo, ahora sabes</p><p>todo lo que hay que saber, y todo lo que cualquier historiador necesitar� saber. -Hice una pausa y luego</p><p>continu�   diciendo-:   Tambi�n   sabes   que   tienes   una   prima   cercana   en   Aztl�n.   Si   alguna   vez   l ego   a</p><p>recuperarme de esta fiebre y de esta debilidad, te l evar� al �, y Am�yatzin te dar� una c�lida bienvenida. A</p><p>Pozonali   y   a   ti.   Espero   de   veras,   querida   ni�a,   que   te   cases   con   ese   muchacho.   Los   dioses   le   han</p><p>conservado la vida en esta �ltima batal a, y de verdad creo que se la salvaron precisamente para ti. -La</p><p>cabeza   se   me   iba   y   yo   empezaba   a   divagar,  pero   a�ad�-:   Despu�s   de  Aztl�n   quiz�   podamos   ir   m�s</p><p>adelante... a las Islas de las Mujeres. Al � fui feliz...</p><p>-Te est� entrando sue�o, se�or padre. Y has gastado mucha energ�a hablando durante todos estos d�as.</p><p>Creo que ahora deber�as descansar.</p><p>-S�. D�jame decir s�lo una cosa m�s; y, por favor, pon�a al final de tu cr�nica. La guerra de Mixton est�</p><p>perdida, y justamente. Nunca deb� empezarla. Desde el d�a de la ejecuci�n de tu abuelo Mixtli  les he</p><p>guardado rencor y me he resistido a que haya extranjeros entre nosotros. Pero a lo largo de mi vida he</p><p>conocido y admirado a muchos de esos extranjeros: al blanco Alonso, al negro Esteban, al padre Quiroga, a</p><p>Rebeca, tu madre mulata, y finalmente a ti, querida hija, en quien se mezclan tantas sangres diferentes.</p><p>Ahora me doy cuenta... y lo acepto, incluso estoy orgul oso, de que tu preciosa cara, Ver�nica, es la nueva</p><p>cara del Unico Mundo. A ti y a tus hijos e hijas y al Unico Mundo, os deseo todas las cosas buenas.</p><p>Mi padre muri� aquel a noche mientras dorm�a. Yo estaba al lado de su jerg�n y le puse la s�bana de seda</p><p>por encima del rostro. Est� en paz, espero que en la gloria, en el m�s al � que alguno de sus dioses tiene</p><p>para los guerreros. Lo que ha de ser del resto de nosotros, no lo s�.</p><p>VERONICA TENAMAXTZIN DE POZONALI</p><p>(Estilo: escrito a mano con elegante caligraf�a femenina.)</p><p>Impreso en Tal eres Gr�ficos</p><p>LIBERDUPLEX, 8. L.</p><p>Constituci�n, 19</p><p>08014 Barcelona.</p><p>Fin</p><p><strong>Document Outline</strong></p><p>1</p><p>2</p><p>3</p><p>4</p><p>5</p><p>6</p><p>7</p><p>8</p><p>9</p><p>10</p><p>11</p><p>12</p><p>13</p><p>14</p><p>15</p><p>16</p><p>17</p><p>18</p><p>19</p><p>20</p><p>21</p><p>22</p><p>23</p><p>24</p><p>25</p><p>26</p><p>27</p><p>28</p><p>29</p><p>30</p><p>31</p><p>32</p></section></body><binary id="1" 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