<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>sf_history</genre><author><first-name>Robert</first-name><last-name>Silverberg</last-name></author><book-title>Con C�sar en las catacumbas</book-title><date value="2006-10-01">2006</date><coverpage><image l:href="#cover"/></coverpage><lang>es</lang><src-lang>en</src-lang><translator><first-name>Emilio</first-name><last-name>Mayorga</last-name></translator><sequence name="Roma eterna (es)" number="01"/></title-info><src-title-info><genre>sf_history</genre><author><first-name>Robert</first-name><last-name>Silverberg</last-name></author><book-title>With Caesar in the Underworld</book-title><date value="2002-10-01">2002</date><lang>en</lang></src-title-info><document-info><author><nickname>Xenophile</nickname></author><program-used>Fiction Book Designer, FictionBook Editor Release 2.6, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date value="2012-04-26">26.04.2012</date><id>F624949F-5FEE-4D31-8E91-E09433CFD13C</id><version>1.0</version></document-info><publish-info><book-name>Roma eterna</book-name><publisher>Minotauro</publisher><city>Barcelona</city><year>2006</year><isbn>978-84-450-7610-1</isbn></publish-info></description><body><title><p>Robert Silverberg</p><p>Con C�sar en las catacumbas</p></title><section><p>El reci�n llegado embajador del emperador oriental era bastante m�s joven de lo que Fausto se hab�a imaginado. Se trataba de un individuo m�s bien menudo, de complexi�n elegante, bastante apuesto y de maneras casi afeminadas. Pero resultaba obvio que era muy competente y perspicaz, alguien que resistir�a un examen m�s minucioso. Hab�a algo un tanto inquietante en �l, aunque no a primera vista. El embajador pose�a la impenetrabilidad de una magn�fica coraza. Su aire de sofisticaci�n y fastidiosa languidez, emparejado con una fuerza latente, hac�a que Fausto, hombre alto y de rostro rubicundo, cintura ancha y no muy abundante cabellera, se sintiera, a su lado, decididamente plebeyo y ordinario, a pesar de su propio abolengo noble y destacado.</p><p>Aquella ma�ana, Fausto, cuya tarea en calidad de funcionario de la canciller�a consist�a en dar la bienvenida a los visitantes importantes que recib�a la capital, parti� hacia Ostia para encontrarse con el embajador en el muelle imperial (el enviado griego, que hab�a llegado a Sicilia, hab�a navegado luego hacia el norte costeando desde Ne�polis, en el sur), y le escolt� hasta su alojamiento en el antiguo Palacio Severino, donde se hospedaban los embajadores que proced�an de la mitad oriental del Imperio y que muy espor�dicamente llegaban de visita. Ahora hab�a llegado el momento de tener un primer contacto. Los dos estaban cara a cara, sentados frente a una mesa de �nix en el Segundo Sal�n de Columnas, el cual hab�a sido transformado, varios reinados atr�s, en una sala de dimensiones un tanto desproporcionadas. En ese punto se requer�a cierta dosis de chachara social. Fausto pidi� un poco de vino, uno de los selectos y elegantes caldos procedentes de la Galia Transalpina.</p><p>Despu�s de que los dos lo paladearan unos instantes, Fausto, tratando de abordar la parte m�s peliaguda del encuentro de forma franca y directa, apunt�:</p><p>�Desafortunadamente, el pr�ncipe Heraclio ha sido requerido sin previo aviso en la frontera norte. As� pues, se ha cancelado la cena de esta noche, lo que le supondr� una velada a su libre disposici�n; tendr� as� la oportunidad de descansar tras su largo viaje. Conf�o en que esto no le contrar�e de ninguna forma.</p><p>�Ah� �empez� el griego mientras sus labios se frunc�an un instante. Resultaba obvio que se sent�a un poco perplejo ante el hecho de que le hubieran dejado solo de ese modo durante su primera noche en Roma. Observ� la manicura perfecta de sus dedos y, al levantar la vista, sus ojos oscuros mostraron un leve destello de inquietud�. As� pues�, �tampoco podr� recibirme el emperador?</p><p>�El emperador se encuentra muy mal de salud. No le resultar� posible verle esta noche y quiz� tampoco durante varios d�as. El pr�ncipe Heraclio ha asumido muchas de sus responsabilidades. Sin embargo, durante la inesperada e inevitable ausencia del pr�ncipe, el anfitri�n y compa�ero de su excelencia en estos primeros d�as ser� su hermano menor, Maximiliano. Estoy convencido de que lo encontrar� divertido y realmente encantador, mi se�or Menandros.</p><p>�Al contrario que su hermano, deduzco �anot� el embajador griego con frialdad.</p><p>Deducci�n demasiado cierta, pens� Fausto, pero demasiado directa. Fausto se pregunt� las razones de tal descortes�a. Despu�s de todo, Menandros hab�a ido all� para negociar un matrimonio entre la hermana de su soberano y el pr�ncipe de quien acababa de hablar con tanta ligereza. Cuando un diplom�tico tan brillante como aquel griego tan sutil dice algo tan brutalmente poco diplom�tico, suele haber una raz�n de peso detr�s. Quiz�, pens� Fausto, Menandros estaba simplemente mostrando su irritaci�n por el hecho de que el pr�ncipe Heraclio, sin tacto alguno, se las hubiera arreglado para no darle la bienvenida en persona a su llegada a Roma.</p><p>No obstante, Fausto no iba a dejarse llevar y aventurarse en el terreno de las especulaciones. Se permiti� una sonrisa sesgada, del tipo vago e indirecto que hab�a aprendido de su amigo, el cesar Maximiliano.</p><p>�Los dos hermanos poseen personalidades bastante diferentes, en efecto. �Tomar� un poco m�s de vino, excelencia?</p><p>Eso provoc� un nuevo cambio de tono.</p><p>�Ah, nada de formalidades, te lo ruego. Seamos amigos. �Y entonces, inclin�ndose hacia adelante con un gesto de confianza y cambiando el discurso formal por otro m�s �ntimo, dijo�: Ll�mame Menandros; yo te llamar� Fausto, �de acuerdo, amigo m�o?Y s�, m�s vino, por supuesto. �Qu� excelente caldo! No tenemos nada que pueda compar�rsele en Constantinopla. �De qu� vino se trata, por cierto?</p><p>Fausto lanz� una mirada a uno de los sirvientes, que r�pidamente volvi� a llenar los cuencos.</p><p>�Es un vino de la Galia �respondi�. Se me ha olvidado el nombre.</p><p>Un fugaz destello de inequ�voco disgusto atraves� el rostro del griego. Lo disimul� con rapidez, pero no la suficiente. Haber sido pillado elogiando un vino de provincias en tales t�rminos debi� de avergonzarlo. Sin embargo, �sa no hab�a sido la intenci�n de Fausto. No hab�a nada que ganar haciendo que un personaje tan poderoso, y potencialmente valioso, como el se�or embajador oriental ante la corte de Occidente se sintiera inc�modo.</p><p>La cosa se estaba poniendo cada vez peor. Fausto se apresur� a tratar de suavizar lo violento de la situaci�n.</p><p>�El centro de nuestra producci�n se halla ahora en la Galia. Las bodegas del emperador apenas contienen algunos vinos italianos, me cuentan. �Muy pocos! Estos tintos galos son de lejos los preferidos de su majestad imperial, os lo aseguro.</p><p>�Tengo que adquirir pues algunos de ellos durante mi estancia aqu�, para las bodegas de su majestad Justiniano �dijo Menandros.</p><p>Bebieron en silencio durante un momento. Fausto se sinti� como haciendo equilibrios sobre el filo de una espada.</p><p>�Creo que �sta es tu primera visita a la ciudad de Roma, �no es as�? �pregunt� Fausto, cuando el silencio empezaba a prolongarse. Tambi�n �l emple� el tratamiento familiar, ahora que Menandros hab�a empezado a hacerlo.</p><p>�Mi primera visita, s�. La mayor parte de mi carrera se ha desarrollado en AEgyptus y Siria.</p><p>Fausto se pregunt� cuan larga podr�a ser aquella carrera. Menandros no parec�a tener m�s de veinticinco a�os, treinta a lo sumo. Por supuesto, todos esos griegos de ojos oscuros y fina tez, con el lustre de los aceites y los ung�entos propios de sus costumbres orientales, tend�an a parecer m�s j�venes de lo que eran en realidad. Y ahora que Fausto hab�a rebasado la cincuentena, establecer de manera precisa distinciones de edad le resultaba cada vez m�s dif�cil. Todos los que le rodeaban en la corte le parec�an terriblemente j�venes, no eran m�s que una pandilla de muchachos. De aquellos que hab�an gobernado el Imperio cuando Fausto era joven, no quedaba nadie, a excepci�n del emperador, agotado, solitario y viejo. De la generaci�n de cortesanos de la �poca de Fausto, algunos hab�an muerto y los dem�s se hab�an marchado a un c�modo retiro bien lejos de all�. Fausto era una docena de a�os mayor que su propio ministro superior en la canciller�a. Su amigo m�s �ntimo all� era ahora Maximiliano C�sar, que ten�a menos de la mitad de su edad. Desde el principio, Fausto se hab�a visto a s� mismo como una reliquia de alguna era pret�rita, porque eso es lo que era, habida cuenta de que pertenec�a a una familia que hab�a ocupado el trono tres dinast�as atr�s. Sin embargo, todo ello hab�a adquirido para �l un nuevo y severo matiz en los �ltimos d�as; ahora que hab�a sobrevivido no s�lo a la grandeza de su familia sino a sus propios contempor�neos.</p><p>Era un poco desconcertante que Justiniano hubiera enviado a un embajador tan joven y aparentemente inexperto para tan delicada misi�n. Pero Fausto sospechaba que ser�a un error subestimar a aquel hombre. Por lo menos, el que Menandros no conociera la capital le proporcionaba una conveniente oportunidad para atenuar cualquier dificultad que la intempestiva ausencia del pr�ncipe Heraclio pudiera originar en los pr�ximos d�as.</p><p>Fausto dio unas teatrales palmadas.</p><p>��C�mo te envidio, amigo Menandros! �Contemplar la ciudad de Roma en todo su esplendor por primera vez! �Qu� inolvidable experiencia ser� para ti! Los que hemos nacido aqu�, los que consideramos todo esto normal no sabemos apreciar las cosas en su justo valor, como lo har�s t�. La grandeza. La magnificencia.</p><p>�S�, eso es �pensaba Fausto�. Dejemos que Maximiliano le lleve a recorrer la ciudad de punta a punta hasta que regrese Heraclio. Le deslumhraremos con nuestras maravillas y, despu�s de un tiempo, se olvidar� de cuan descort�smente le ha tratado Heraclio�.</p><p>�Mientras aguardas el regreso del cesar, te organizaremos los mejores y m�s completos itinerarios. Los ba�os� el Foro� el Congreso� los palacios� los maravillosos jardines�</p><p id="_ftnref1">�Las grutas de Tito Galio �apunt� Menandros inesperadamente�. Los templos y sepulcros subterr�neos. El mercado de los hechiceros. Las catacumbas de las sagradas rameras caldeas. La pila de los baptai.<a l:href="#n_1" type="note">[1]</a> El laberinto de las m�nades. Las grutas de las brujas.</p><p>�Ah, �de manera que tambi�n conoces todos esos lugares?</p><p>��Qui�n no ha o�do hablar del mundo subterr�neo de la urbe de Roma? Se habla de ello en todo el Imperio.</p><p>Y en un instante, aquella brillante apariencia acorazada pareci� desvanecerse, as� como todo su inquietante aplomo. En los ojos de Menandros pod�a apreciarse ahora algo bastante diferente, una avidez completamente fuera de toda previsi�n, un abierto entusiasmo propio de un muchacho.Y tambi�n cierta picard�a, una insinuaci�n de apetitos bajos y ordinarios que contradec�an su p�tina urbana. Con tono suave y confidencial, a�adi�:</p><p>��Puedo confesarte algo, Fausto? La magnificencia me aburre. Tengo cierta inclinaci�n por la vida mundana. Todos esos chismes por los que Roma es tan famosa, las oscuras y s�rdidas entra�as de la ciudad, las rameras y los magos, las org�as y los espect�culos ins�litos, los mercados de ladrones, los santuarios misteriosos de vuestros extra�os cultos� �Te escandalizo, Fausto? �Estoy siendo muy poco diplom�tico al admitir esto? No necesito una gira por los templos, pero mientras disponemos de algunos d�as antes de ponernos a trabajar en asuntos serios, lo que quiero ver es la otra cara de Roma, su lado secreto y oscuro. Nosotros tenemos ya suficientes templos y palacios en Constantinopla, y ba�os y todas esas cosas. Millas y millas de glorioso m�rmol brillante hasta caer de rodillas pidiendo clemencia. Sin embargo, los verdaderos misterios subterr�neos, las cosas mundanas, sucias, malolientes que se esconden bajo la superficie, ah�, no, y, Fausto, �sas son las que de verdad me interesan. Nosotros, en Constantinopla, las hemos erradicado todas. All� se las considera cosas peligrosas y decadentes.</p><p>�S�, aqu� tambi�n �dijo Fausto tranquilo.</p><p>��S�, pero vosotros las consent�s! �Incluso os deleit�is con ellas! O as� se me ha dicho, de fuentes muy bien acreditadas. Te acabo de decir que anteriormente he estado destinado en AEgyptus y Siria. En el antiguo Oriente, que tiene miles de siglos m�s de antig�edad que Roma o Constantinopla. Como sabes, la mayor�a de los cultos extra�os se originaron all� y all� fue donde se despert� mi inter�s por ellos. Y las cosas que he visto, he o�do y he hecho en lugares como Damasco, Alejandr�a y Antioquia�, sin embargo actualmente, la ciudad de Roma es el centro de todos estos temas, �la capital de las maravillas! Y te confieso, Fausto, que lo que de verdad me muero de ganas por experimentar es�</p><p>Se detuvo a mitad de la frase, algo aturdido y con la tez un poco sonrojada.</p><p>�Este vino �dijo, sacudiendo ligeramente la cabeza�. Creo que lo he bebido muy aprisa. Debe de ser m�s fuerte de lo que cre�a.</p><p>Fausto se acerc� a �l y apoy� suavemente la mano sobre la mu�eca del joven.</p><p>�No temas, amigo m�o. Estas revelaciones tuyas no me escandalizan lo m�s m�nimo. No soy ajeno a este mundo oculto, ni tampoco lo es el pr�ncipe Maximiliano. Y mientras esperamos el regreso del pr�ncipe Heraclio, �l y yo te mostraremos todo lo que desees.</p><p>Fausto se levant�, dando un par de pasos hacia atr�s para que no pareciera que estaba apabullando f�sicamente al recostado embajador. Despu�s de empezar con mal pie, hab�a recuperado alguna ventaja y no quiso explotarla demasiado.</p><p>�Te dejar� ahora. Has hecho un largo viaje y querr�s descansar. Te enviar� a tus sirvientes y, adem�s de los que te han acompa�ado desde Constantinopla, estos hombres y mujeres �y Fausto se�al� los esclavos que permanec�an en formaci�n en las sombras alrededor de la sala� quedan a tus �rdenes d�a y noche. Son tuyos. P�deles cualquier cosa. Lo que sea, mi se�or Menandros.</p><empty-line/><p>Su palanqu�n y sus porteadores le esperaban en el exterior.</p><p>�Llevadme a los aposentos del cesar �dijo resueltamente Fausto, y se encaram� en el palanqu�n con dificultad.</p><p>Ellos sab�an a qu� cesar se refer�a. En Roma, este nombre pod�a aplicarse a numerosas personas de alto abolengo, desde el emperador para abajo (el propio Fausto ten�a cierto derecho a usarlo), pero como regla, en esa �poca era una denominaci�n empleada �nicamente para referirse a los dos hijos del emperador Maximiliano II. Y en caso de que los porteadores no estuvieran al corriente de que el hijo mayor se hallaba fuera de la ciudad, eran lo suficientemente inteligentes como para comprender que su amo, con toda probabilidad, no les iba a pedir ser conducido a las estancias del austero y aburrido pr�ncipe Heraclio. No, no. Se trataba del hermano menor, el disoluto Maximiliano C�sar, cuyos aposentos eran, con seguridad, el destino indicado: el pr�ncipe Maximiliano, el camarada, el aliado, el amigo y compa�ero m�s querido y especial y, a efectos pr�cticos en esos momentos, el �nico amigo y compa�ero verdadero de aquel ajado y siempre solitario funcionario de segunda de la corte imperial, Fausto Flavio Constantino C�sar.</p><p>Maximiliano viv�a m�s all� del otro extremo del Palatino, en un bonito palacio de m�rmol rosado de tama�o relativamente modesto que hab�a sido ocupado por los hijos menores del emperador durante la �ltima media docena de reinados m�s o menos. El pr�ncipe, un hombre de ojos azules, cabello rojizo y largas extremidades, ten�a la misma altura que Fausto, pero sin embargo era delgado y larguirucho mientras que Fausto era corpulento y pesado. Se despeg� del div�n en cuanto entr� el funcionario, le salud� con un afectuoso abrazo y le ofreci� una gran copa de vino blanco helado. El hecho de que Fausto hubiera estado bebiendo vino tinto durante la pasada hora y media ahora no hace al caso. Maximiliano, en su potestad como pr�ncipe de sangre real, ten�a acceso a las mejores cubas de las bodegas imperiales, y los caldos que el pr�ncipe degustaba con mayor placer eran los excepcionales vinos blancos de los montes Albanos. Cuanto m�s a�ejos, dulces y fr�os, mejor. Cuando Fausto estaba con �l, beb�a los vinos blancos de los montes Albanos.</p><p>�F�jate �dijo Maximiliano, antes de que Fausto tuviera oportunidad de decir nada que no fuera un elogio del vino.</p><p>El pr�ncipe extrajo una larga y abultada bolsa de terciopelo p�rpura y, con un gesto grandilocuente, derram� un resplandeciente tesoro de alhajas sobre la mesa: una mara�a de collares, pendientes, anillos y colgantes, todos ellos hechos evidentemente con �palos, engastados en filigranas de oro. �palos de todos los tonos y clases, rosados, lechosos, verde reluciente, oscuros como la medianoche, color rojo encendido. Maximiliano se llen� exultantemente ambas manos con ellos y los dej� caer entre sus dedos. Los ojos le brillaban. Estaba embelesado con aquel reluciente despliegue.</p><p>Fausto contempl� desconcertado aquella exhibici�n de deslumbrante pedrer�a. Eran joyas hermosas en extremo, s�, pero el grado de excitaci�n de Maximiliano por ellas parec�a desproporcionado. �Por qu� se sent�a el pr�ncipe tan fascinado?</p><p>�Muy hermoso �dijo Fausto�. �Lo has ganado todo en el juego? �O has comprado todas esas chucher�as para alguna de tus damas?</p><p>��Chucher�as! �exclam� Maximiliano�. Pero �si son las joyas de Cibeles! �El tesoro de las sumas sacerdotisas de la Gran Madre! �No son una maravilla, Fausto? El hebreo las acaba de traer. Son robadas, por supuesto. Del santuario m�s sagrado de la diosa. Se las voy a ofrecer a mi cu�ada como regalo de boda.</p><p>��Robadas? �Del santuario? �Qu� santuario? �Qu� hebreo? �De qu� est�s hablando, Maximiliano?</p><p>El pr�ncipe sonri� y, con cierta presi�n, deposit� uno de los colgantes m�s grandes en la rolliza palma de la mano izquierda de Fausto, cerr�ndole los dedos firmemente sobre la alhaja. El pr�ncipe le gui��.</p><p>�Qu�datelo. T�calo. Siente la magia palpitante de la diosa derramarse en ti. �Ya se te ha puesto dura? Eso es lo que deber�a ocurrir, Fausto. �stos son amuletos de la fertilidad. De una tremenda eficacia. Las sacerdotisas los llevaban en el santuario y cualquiera que los tocara se convert�a en una furiosa masa de energ�a procreativa. La princesa de Heraclio concebir� un heredero para �l la primera vez que �l la penetre. Est� pr�cticamente garantizado. La continuidad de la dinast�a. �ste ser� mi peque�o favor a mi fr�o y asexuado hermano. Le explicar� todo esto a su amada y ella sabr� qu� hacer, �eh? �Qu� te parece? �Maximiliano le dio una amistosa palmadita a Fausto en la barriga�. �Qu� est�s sintiendo por ah� abajo, viejo?</p><p>Fausto le devolvi� el colgante.</p><p>�Lo que estoy sintiendo es que creo que esta vez has ido un poco demasiado lejos. �De qui�n has sacado todo esto? �De Daniel bar-Heap?</p><p>�De bar-Heap, por supuesto. �De qui�n si no?</p><p>��Y de d�nde las ha sacado �l? Las ha robado del templo de la Gran Madre, �verdad? Se dio un paseo por la gruta una noche oscura y se desliz� en el interior del santuario cuando las sacerdotisas no estaban presentes, �no es as�? �Fausto cerr� los ojos, puso la mano sobre las joyas y dej� escapar el aliento entre los labios apretados, produciendo una ruidosa explosi�n de asombro y desaprobaci�n. Estaba incluso un poco escandalizado. Era una emoci�n ins�lita para �l. Maximiliano era el �nico hombre del reino capaz de hacerle sentirse como un tipo aburrido y mojigato�. �En el nombre de J�piter todopoderoso, Maximiliano, expl�came c�mo se te ha ocurrido que puedes ofrecer bienes robados como presente de bodas! �Y para una boda real, nada menos! �No crees que las protestas se oir�n desde aqu� a la India cuando las sumas sacerdotisas descubran que todo esto ha desaparecido?</p><p>Maximiliano, mostrando a Fausto su taimada y circunspecta sonrisa, volvi� a guardar todas las joyas en la bolsa.</p><p>�Te est�s atontando con la edad, viejo. �Acaso crees que estas joyas fueron robadas ayer del santuario? La verdad es que ocurri� durante el reinado de Marco Anastasio, el cual fue� �hace doscientos cincuenta a�os?; y el santuario de donde fueron robadas desde luego no estaba aqu�, sino que se hallaba en alg�n lugar de Frigia. Desde entonces, las joyas han tenido por lo menos cinco leg�timos propietarios, lo que es suficiente para que, a estas alturas, no puedan ser consideradas como bienes robados. Y da la casualidad tambi�n de que pagu� una buena cantidad de dinero por ellas. Le dije al hebreo que necesitaba un bonito regalo de bodas para la novia del hijo mayor de C�sar y me contest� que esta peque�a colecci�n estaba a la venta; yo le dije que estupendo, que me las consiguiera, y le entregu� bastantes monedas de oro como para ganar en peso a dos gordos Faustos. Daniel fue a la gruta de los joyeros anoche mismo, cerr� el trato y aqu� est�n. Quiero ver la expresi�n del rostro de mi querido hermano cuando le entregue estos tesoros a su amada prometida Sabbatia. Es un regalo realmente digno de una reina.Y despu�s tambi�n, cuando le diga los poderes especiales que se supone que tienen. �Amado hermano �recit� Maximiliano en tono alto y aflautado de salvaje desd�n�. Pens� que podr�as necesitar alguna ayuda para consumar tu matrimonio, por lo que te aconsejo que hagas que tu prometida se ponga este anillo en la noche de bodas, y tambi�n este brazalete en la mu�eca; adem�s invita a tu amada a colocarse este colgante entre los pechos��</p><p>Fausto sinti� que le empezaba un dolor de cabeza. Hab�a ocasiones en que los desenfrenados disparates de C�sar eran demasiado incluso para �l. En silencio se sirvi� un poco m�s de vino y lo bebi� con sorbos profundos, pausados y reflexivos. Despu�s, se acerc� caminando a la ventana y se qued� all� de pie, d�ndole la espalda al pr�ncipe.</p><p>�Pod�a confiar en lo que le estaba diciendo Maximiliano acerca del origen de aquellas joyas? �Hab�an sido sustra�das del santuario hac�a a�os o un ladr�n se hab�a hecho con ellas justo el d�a anterior? �Ser�a precisamente lo que nos har�a falta ahora �pens�. Justo en medio de las negociaciones para una alianza que necesitamos desesperadamente y que est� previsto que tenga lugar tras el matrimonio del pr�ncipe occidental y la princesa oriental, el p�o y en extremo virtuoso Justiniano, descubre que el hermano de su nuevo cu�ado, alegremente, le ha dado a su hermana un regalo de bodas robado y sacrilego. Un regalo que incluso ahora podr�a ser objeto de una intensa b�squeda policial.�</p><p>Maximiliano segu�a hablando de las joyas. Fausto le prestaba poca atenci�n. Una suave corriente de aire fresco lleg� hasta �l desde el crep�sculo, transportando una mezcla de olores deliciosamente variada: canela, pimienta, nuez moscada, carne asada, vino fuerte, fragancias acres, el penetrante olor de las rodajas de lim�n, todos los extraordinarios aromas de alg�n banquete que se celebraba en las proximidades. Resultaba bastante estimulante.</p><p>Bajo la influencia dulce y benigna de aquella perfumada brisa procedente del exterior, Fausto sinti� c�mo su peque�o acceso de escrupulosidad empezaba a desvanecerse. No hab�a nada de que preocuparse en todo el asunto, en realidad. Era muy probable que la transacci�n hubiera sido leg�tima. Pero incluso si los �palos acababan de ser robados del santuario de la Gran Madre, hab�a poco que las ultrajadas sacerdotisas pudieran hacer, puesto que no hab�a la m�s m�nima probabilidad de que la investigaci�n policial llegase a la casa imperial. Y que el regalo de Maximiliano tuviera presuntos poderes afrodis�acos ser�a una buena broma para su remilgado y estirado hermano.</p><p>Fausto sinti� que lo invad�a un repentino sentimiento de amor por su amigo Maximiliano. Una vez m�s, el pr�ncipe le hab�a demostrado que, pese a tener la mitad de sus a�os, estaba sobradamente a su altura en materia de maldades; lo cual ya era decir mucho.</p><p>�A prop�sito, �te ha mostrado el embajador un retrato de ella? �pregunt� Maximiliano.</p><p>Fausto lo mir�.</p><p>��Por qu� iba a hacer eso? Yo no soy quien se va casar con ella.</p><p>�Era s�lo curiosidad. Me preguntaba si es tan fea como se dice. La informaci�n es que tiene exactamente la misma cara que su hermano, �sabes? Y Justiniano tiene cara de caballo. Adem�s es mucho mayor que Heraclio.</p><p>��Ah, s�? No lo hab�a o�do.</p><p>�Justiniano tiene unos cuarenta y cinco, �no es as�? �Crees probable que ella pueda tener dieciocho o veinte?</p><p>�Podr�a tener veinticinco, quiz�.</p><p>�Lo m�s probable que tenga treinta y cinco. O incluso m�s. Heraclio tiene veintinueve. Mi hermano va a casarse con una mujer fea y vieja. Y que incluso podr�a no estar ya en edad f�rtil�, �ha reparado alguien en ello?</p><p>�Si en efecto se trata de una mujer fea y vieja, seguir� siendo la hermana del emperador oriental �subray� Fausto� y, en consecuencia, crear� un v�nculo de sangre entre las dos mitades del reino, lo que nos resultar� muy �til cuando le pidamos a Justiniano que nos preste algunas legiones para ayudarnos a rechazar a los b�rbaros en el norte, ahora que nuestros amigos godos y v�ndalos nos est�n volviendo a tocar las narices. Si est� o no en edad f�rtil, es secundario. Siempre pueden adoptarse herederos al trono, ya lo sabes.</p><p>�S�, por supuesto que es posible. Pero lo principal, la gran alianza� �es tan importante, Fausto? Si los hediondos b�rbaros han regresado para otro asalto, �por qu� no podemos rechazarlos nosotros solos? Mi padre hizo un buen trabajo cuando andaban merodeando por nuestras fronteras en el cuarenta y dos, �verdad? Por no mencionar lo que le hizo su abuelo a Atila y a sus hunos unos cincuenta a�os antes de eso.</p><p>�Del cuarenta y dos hace mucho tiempo �dijo Fausto�. Ahora tu padre est� viejo y enfermo. Y actualmente andamos un poco escasos de grandes generales.</p><p>��Y qu� me dices de Heraclio? Podr�a asombrarnos a todos.</p><p>��Heraclio? �dijo Fausto. Menuda ocurrencia�, el distante, irascible y asc�tico Heraclio C�sar liderando un ej�rcito en el campo de batalla. Incluso Maximiliano, frivolo, indisciplinado y pendenciero como era, ser�a un candidato m�s veros�mil para el papel de h�roe militar que el p�lido Heraclio.</p><p>Con un burl�n resoplido de altivez, Maximiliano dijo:</p><p>�Te recuerdo, mi se�or Fausto, que somos una dinast�a de luchadores. Mi hermano y yo llevamos en las venas la sangre de poderosos guerreros.</p><p>�S�, Heraclio el poderoso guerrero �dijo �cidamente Fausto y los dos se rieron.</p><p>�De acuerdo, entonces. T� ganas. Necesitamos la ayuda de Justiniano, supongo. Mi hermano desposa a la princesa fea, el hermano de la princesa nos ayuda a aplastar a los gre�udos sujetos del norte de una vez por todas y todo el Imperio inicia un futuro de paz eterna, excepto quiz� por alguna que otra pelea con los persas, quienes son problema de Justiniano, no nuestro. Bien, pues que as� sea. En cualquier caso, �por qu� deber�amos preocuparnos por el aspecto de la mujer de Heraclio? Probablemente, ni siquiera lo haga �l.</p><p>�Cierto.</p><p>El heredero al trono no destacaba por su inter�s hacia las mujeres.</p><p>�Las joyas de la Gran Madre, si su reputaci�n posee alg�n fundamento, le ayudar�n a engendrar un peque�o cesar. Confiemos en ello. Despu�s de lo cual, es probable que nunca vuelva a poner un dedo sobre ella, para alivio de ambos, �eh?</p><p>Maximiliano salt� de su div�n para servir m�s vino para los dos.</p><p>�A prop�sito, �es cierto que ha ido al norte a inspeccionar las tropas? Al menos, �se es el cuento que he o�do.</p><p>�Y yo �dijo Fausto�. Es la versi�n oficial, pero tengo mis dudas. Es m�s probable que se haya ido algunos d�as de caza a sus bosques tratando de eludir el tema de su matrimonio mientras pueda. ��se era el �nico divertimento conocido del cesar Heraclio, la incansable y aburrida persecuci�n de venados y jabal�es, zorros y liebres�. Te dir� que el embajador griego se ha sentido algo m�s que un poco ofendido al enterarse de que el pr�ncipe ha escogido la misma semana de su llegada para abandonar la ciudad. Me ha mostrado bien a las claras lo molesto que se siente. Lo que me lleva, de hecho, a la raz�n principal de mi visita. Tengo trabajo para ti. Tu labor y la m�a ser� mantener entretenido al embajador hasta que Heraclio se digne regresar aqu�.</p><p>Maximiliano reaccion� encogi�ndose de hombros perezosamente.</p><p>��se quiz� sea tu trabajo, pero �por qu� ha de ser el m�o, viejo amigo?</p><p>�Porque creo que te gustar�, cuando sepas lo que estoy pensando. Y, adem�s, ya te he comprometido en �l y no te atrever�s a fallarme. El embajador quiere llevar a cabo un recorrido tur�stico por Roma, pero no por los centros habituales de inter�s. A �l le gustar�a echar una mirada al mundo subterr�neo.</p><p>Los ojos de C�sar se abrieron como platos.</p><p>��En serio? �Un embajador, all� abajo?</p><p>�Es joven. Es griego. Es posible que sea un pervertido o, de lo contrario, sencillamente sienta cierto morbo. Le dije que t� y yo le mostrar�amos los templos y palacios y �l me pidi� que le mostr�ramos las grutas y los lupanares. El mercado de los hechiceros. �Tengo cierta inclinaci�n por la vida mundana�, eso fue lo que me dijo. �Y Fausto hizo una aceptable imitaci�n de la voz arrastrada de Menandros y del acento oriental de su lat�n�. �Las oscuras y s�rdidas entra�as de la ciudad�, fue la frase exacta que emple�. �Todos esos chismes por los que Roma es tan famosa.�</p><p>�Un turista �dijo Maximiliano, con desd�n�. Lo �nico que quiere es un recorrido ligeramente diferente del oficial.</p><p>�Es posible. En todo caso, he de mantenerle entretenido, y con tu hermano escondido en los bosques y tu padre enfermo, necesito recurrir a otro miembro de la familia imperial para que le haga de anfitri�n, y �qui�n m�s hay aparte de ti? No hace ni medio d�a que ha llegado a la ciudad y Heraclio ya ha conseguido ofenderlo, eso sin estar aqu� siquiera. Cuanto m�s molesto se sienta, m�s dif�cil ser� llegar a alg�n buen acuerdo cuando tu hermano aparezca. Es m�s duro de lo que parece y es peligroso subestimarlo. Si le dejo rumiar su propia irritaci�n durante los pr�ximos d�as, podemos tener grandes problemas.</p><p>��Problemas? �De qu� clase? No puede suspender el matrimonio s�lo porque se sienta desairado.</p><p>�No, supongo que no puede. Pero si as� lo desea, puede decirle a Justiniano que el pr�ximo emperador occidental es un chiflado insensato al que no merece la pena cederle soldados, y menos a su hermana. La princesa Sabbatia regresa discretamente a Constantinopla dos meses despu�s de la boda y nosotros tenemos que v�rnoslas con los b�rbaros con nuestros �nicos medios. Quiero pensar que se podr�a evitar todo eso si se logra entretener al embajador durante una o dos semanas mostr�ndole un poco de s�rdida diversi�n en las catacumbas. Y t� puedes ayudarme. Lo hemos pasado bien all� abajo t� y yo, �eh, amigo m�o? Podemos ense�arle alguno de nuestros sitios favoritos. �S�? �Est�s de acuerdo?</p><p>��Podr� acompa�arnos el hebreo? �pregunt� Maximiliano�. Para que nos haga de gu�a. �l conoce las catacumbas mejor incluso que nosotros.</p><p>��Te refieres a Daniel bar-Heap?</p><p>�S�, a bar-Heap.</p><p>�Por supuesto �dijo Fausto. Cuantos m�s, mejor.</p><empty-line/><p>La noche estaba ya demasiado entrada cuando Fausto dej� a Maximiliano en su palacio como para ir a los ba�os p�blicos. En vez de eso, regres� a sus propias dependencias y pidi� un ba�o caliente, un masaje y, a continuaci�n, a la esclava Oalatea; la morena, �gil y menuda numidia de diecis�is a�os con quien el �nico lenguaje que ten�a en com�n era el de Eros.</p><p>Hab�a sido un largo d�a, una dura y fatigosa jornada. A su regreso de Ostia con el embajador oriental, Fausto no esperaba encontrarse con que Heraclio se hubiera marchado, dado el precario estado de salud del viejo emperador Maximiliano y que el plan hab�a sido que el embajador griego cenara con el pr�ncipe Heraclio en su primera noche en la capital. Pero poco despu�s de que Fausto se fuera a Ostia, Heraclio se hab�a largado abruptamente de la ciudad con la endeble excusa de la inspecci�n de las tropas del norte. Con el emperador enfermo y Heraclio ausente, no quedaba nadie disponible de rango apropiado para ejercer las funciones de anfitri�n oficial en una cena de Estado, excepto el tunante del hermano de Heraclio, Maximiliano, y ninguno de los funcionarios de la casa real tuvo la audacia suficiente como para proponer tal alternativa antes de obtener primero la aprobaci�n de Fausto. De modo que la cena de Estado simplemente hab�a sido suspendida, algo que Fausto no supo hasta su regreso del puerto. Entonces ya era demasiado tarde para hacer algo al respecto que no fuera enviar un desesperado mensaje al pr�ncipe desaparecido implor�ndole que regresara a la ciudad de Roma tan r�pidamente como le fuera posible. Si era cierto que Heraclio se hab�a ido de caza, el mensaje le llegar�a a su pabell�n forestal en los bosques, m�s all� del lago Nemorensis, y quiz�, s�lo quiz�, aqu�l le prestar�a atenci�n. Si, contra todo pron�stico, se hubiera dirigido en verdad a la frontera militar, era poco probable que regresara pronto. Y eso dejaba al cesar Maximiliano como �nico candidato posible para la tarea. Lo que pod�a ser un asunto peligroso.</p><p>Pero la peque�a confesi�n del embajador sobre su inclinaci�n a la vida mundana hab�a solucionado el problema de mantenerle entretenido, al menos durante el pr�ximo par de d�as. Si lo que realmente quer�a Menandros era visitar los barrios bajos de las catacumbas, entonces Maximiliano se convertir�a en la soluci�n y no en el problema.</p><p>Fausto se recost� en el ba�o, recre�ndose en la calidez del agua, disfrutando del dulce aroma de los aceites que flotaban en su superficie. Era en el ba�o donde los romanos de los viejos tiempos (S�neca, por ejemplo, o Lucano el poeta, o la feroz vieja bruja de Antonia, la madre de Claudio) se cortaban las venas antes que continuar soportando la ineptitud e iniquidades de la sociedad en que vivieron. Pero aqu�llos no eran los viejos tiempos, y Fausto no se sent�a tan ofendido por la ineptitud y las iniquidades de la sociedad como lo hab�an estado aquellos magn�ficos antiguos romanos; por otra parte, bajo ninguna circunstancia la idea del suicidio era algo que tuviera mucho atractivo para �l.</p><p>Pero la verdad es que s� cre�a que aqu�lla era una �poca triste para Roma. El viejo emperador era como si ya estuviese muerto, el heredero al trono era un tontaina mojigato y el otro hijo del emperador un gandul. Los b�rbaros, a quienes se supon�a aplastados hac�a a�os, llamaban a la puerta una vez m�s. Fausto sab�a que �l mismo no era ning�n modelo de las antiguas virtudes romanas (�qui�n lo era, cinco siglos despu�s de la �poca de Augusto?), pero a pesar de toda su debilidad y flaqueza, a veces no pod�a dejar de lamentar para sus adentros la vileza de los tiempos. �Nos llamamos romanos �pensaba�, y sabemos c�mo imitar, hasta cierto punto, las actitudes y poses de nuestros grandes antepasados romanos. Pero eso es todo lo que hacemos: adoptar actitudes e imitar poses. Nos limitamos meramente a desempe�ar el papel de romanos y enga�arnos a nosotros mismos, tomando en ocasiones la imitaci�n por la realidad. Es una era lamentable.�</p><p>El mismo era de sangre real, m�s o menos. Su propio nombre lo proclamaba: Fausto Flavio Constantino C�sar. Llevaba el cognomen de su famoso antepasado imperial, Constantino el Grande, y tambi�n el nombre de la esposa de Constantino, Fausta, la propia hija del emperador Maximiano. La dinast�a de Constantino hab�a desaparecido de la escena hac�a mucho, pero tras diversos meandros geneal�gicos, Fausto hab�a podido seguir el rastro de su linaje hasta ella, lo que le daba derecho a incorporar el ilustre nombre de �C�sar� a su colecci�n. Pero aun as�, era simplemente un funcionario secundario de la canciller�a de Maximiliano II Augusto, y su padre, antes que �l, hab�a sido un funcionario de rango insignificante en el ej�rcito del norte, y el padre de �ste� bueno, mejor no pensar en �se. La familia hab�a sufrido varios reveses en el curso de los dos siglos desde que Constantino el Grande ocupara el trono. Pero nadie pod�a negar su linaje, y hab�a ocasiones en que �l mismo se sorprend�a pensando secretamente en la actual familia real como en unos meros advenedizos, aupados al poder desde la nada. Por supuesto, los antiguos emperadores, C�sar Augusto, Tiberio, Claudio y otros habr�an considerado un reci�n llegado arribista hasta al mism�simo Constantino; y los grandes hombres de la antigua Rep�blica, Camilo, por ejemplo, o Claudio Marcelo, probablemente pensaran lo mismo de Augusto y Tiberio. La genealog�a era un juego insensato, segu�a reflexionando Fausto. El pasado exist�a en Roma en forma de una capa sobre otra, un pasado que ten�a, aproximadamente, trece siglos de profundidad. Y, alguna vez, todos hab�an sido unos reci�n llegados arribistas, incluso el propio R�mulo, el fundador.</p><p>Por eso la era del gran Constantino hab�a surgido y hab�a desaparecido, y aqu� estaba su lejano descendiente Fausto Flavio Constantino C�sar, convirti�ndose en un anciano, gordo y calvo, trabajando sin descanso en los escalafones medios de la canciller�a imperial. El mismo Imperio parec�a tambi�n estar envejeciendo enormemente. En los �ltimos a�os del reinado de Maximiliano II, todo se hac�a con laxitud. Los grandes d�as de Tito Galio y su dinast�a, de Constantino y suya, del primer Maximiliano y de su hijo y nieto parec�an algo sacado de las leyendas de la antig�edad, pese a que el segundo Maximiliano todav�a ocupara el trono. En una o dos d�cadas, las cosas hab�an cambiado. El Imperio ya no parec�a tan seguro como lo hab�a sido. Y ese mismo a�o, por todas partes, en los pasadizos sombr�os del mercado de los hechiceros, hab�an corrido muchos rumores acerca de misteriosas profec�as del or�culo, descubiertas �ltimamente en un manuscrito reci�n hallado en los Libros Sibilinos, que indicaban que Roma hab�a entrado en el �ltimo de sus siglos, despu�s del cual sobrevendr�a el fuego, el caos apocal�ptico, la ruina de todo.</p><p>�Si es as� �pensaba Fausto�, a�n nos quedan veinte o treinta a�os. Si despu�s llega el fin del mundo, ya me preocupar� entonces.�</p><p>Pero toda esta chachara sobre el fin de la Roma eterna era algo nuevo. Durante cientos de a�os, siempre hab�a habido algunos grandes hombres dispuestos a tomar las riendas y salvar al Imperio en las �pocas de crisis. Hac�a m�s de trescientos a�os, all� estuvo Septimio Severo, para rescatar al Imperio del loco C�modo. Una generaci�n m�s tarde, cuando el hijo de Severo, Caracalla (a�n m�s trastornado que C�modo) hab�a llevado a cabo toda clase de nuevos estragos, surgi� el soberbio Tito Galio, asumi� el mando y repar� los da�os. Por aquel entonces, los b�rbaros estaban empezando a causar serios problemas en las fronteras del Imperio, pero una y otra vez emperadores fuertes los rechazaron. Primero fue Tito Galio, despu�s su sobrino Cayo Marcio y despu�s de �l, Marco Anastasio y m�s tarde Diocleciano, el primer emperador que dividi� el reino entre los emperadores dominantes agrupados y Constantino, quien fund� una segunda capital en Oriente. Y as� hasta los tiempos presentes. Pero ahora el trono, a efectos pr�cticos, estaba vacante y todo el mundo pod�a apreciar que su sucesor en ciernes era un in�til. �De d�nde, se preguntaba Fausto, saldr�a el pr�ximo gran salvador del reino?</p><p>El pr�ncipe Maximiliano ten�a raz�n al afirmar que su dinast�a hab�a estado constituida por una sucesi�n de poderosos guerreros. Maximiliano I (que, procedente del norte, no era en absoluto un romano de Roma, remontaba sin embargo sus ra�ces hasta la antigua raza etrusca) hab�a fundado aquella dinast�a al autoproclamarse sucesor al trono imperial del gran emperador Teodosio. Como el en�rgico y joven general que fue, Maximiliano hizo retroceder a los godos, que estaban amenazando la frontera norte de Italia y, despu�s, en el oto�o de sus a�os, se uni� a Teodosio II, del Imperio Oriental, para aplastar a los invasores hunos acaudillados por Atila. Despu�s lleg� el hijo de Maximiliano, Heraclio I, quien mantuvo inc�lumes todas las fronteras. Y cuando la siguiente oleada de godos, y sus parientes los v�ndalos, comenzaron a arrasar la Galia y las fronteras germ�nicas, el hijo de Heraclio, el joven emperador Maximiliano II, los hizo pedazos con un fiero contraataque que parec�a haber acabado con su amenaza para siempre.</p><p>Pero no: parec�a no haber fin para los godos, los v�ndalos y otras tribus n�madas similares. Ahora, cuarenta a�os despu�s de que Maximiliano marchara con veinte legiones por el Rin hasta la Galia y les infligiera una derrota decisiva, se estaban concentrando para lo que parec�a el ataque m�s grande desde los d�as de Teodosio. Sin embargo, en esos momentos, Maximiliano II estaba viejo y d�bil y, muy probablemente, moribundo. Lo mejor que pod�a decirse era que el emperador viv�a en reclusi�n en alg�n lugar donde solamente los doctores le visitaban. Pero circulaban numerosas historias poco fidedignas acerca de su paradero: quiz� se encontraba en Roma, quiz� estaba en la isla de Capri, hacia el sur, o quiz� incluso en Cartago, enVolubilis o en alguna otra soleada ciudad africana. Hasta puede que estuviera muerto y sus ministros, presas del p�nico, temieran dar la noticia. No ser�a la primera vez en la historia de Roma que esto ocurr�a.</p><p>Y despu�s de Maximiliano II, �qu�? El pr�ncipe Heraclio subir�a al trono, s�. Pero no hab�a raz�n para el optimismo acerca del tipo de emperador que ser�a. Fausto era capaz de imaginarse muy bien el curso de los acontecimientos. Los godos, imparables, penetran por el norte e invaden la pen�nsula, saquean la ciudad, masacran a la aristocracia y proclaman a uno de sus reyes como monarca de Roma. Mientras tanto, en el oeste, los v�ndalos o alguna otra tribu de parecida ralea, reivindican las ricas provincias de la Galia e Hispania, que se convierten as� en reinos independientes, y el Imperio se disuelve.</p><p>�La mejor y, de hecho, nuestra �nica esperanza �hab�a o�do decir Fausto al canciller imperial Licinio Obsecuente un mes antes�, es el matrimonio real. Justiniano, para salvar el trono de su cu�ado, pero tambi�n porque no le interesa que un grupo de reinos b�rbaros rebeldes se esparza a lo largo de las propias fronteras del Imperio Oriental, env�a un ej�rcito para apoyar al nuestro y, con la ayuda de algunos competentes generales griegos, los godos son, finalmente, despachados. Pero ni siquiera tal soluci�n resuelve nada para nosotros. Es f�cil imaginar a uno de los generales de Justiniano ofrecerse a seguir aqu� como �consejero� de nuestro joven emperador Heraclio. El siguiente cap�tulo es que Heraclio aparece envenenado y el general nos hace saber que, gentilmente, �l mismo aceptar�a la invitaci�n del Senado para asumir el trono, y de aqu� en adelante, el Imperio Occidental acaba completamente bajo la dominaci�n del este y todo el volumen de nuestros tributos empieza a desviarse hacia Constantinopla y Justiniano acaba gobernando el mundo.�</p><p>�Nuestra mejor y, de hecho, nuestra �nica esperanza. La verdad es que debiera cortarme las venas �pensaba Fausto�. Encontrar una v�a de escape racional en vista de las insuperables circunstancias, como muchos h�roes romanos lo han hecho antes que yo.</p><p>Ciertamente, los precedentes abundan. Pens� en Lucano, quien muri� recitando serenamente sus propias poes�as. En Petronio Arbitro, que hizo lo mismo. En Marco Coceyo Nerva, quien se dej� morir de inanici�n para manifestar su oposici�n por las acciones de Tiberio. �La peor muerte es preferible a la mejor esclavitud�, dijo S�neca. Muy cierto, pero quiz� yo no soy un verdadero h�roe romano.�</p><p>Se levant� del ba�o. Dos esclavos se apresuraron a envolverlo con mullidas toallas.</p><p>�Traedme a la muchacha numidia �orden� dirigi�ndose a su dormitorio.</p><empty-line/><p>�Entraremos �explicaba Daniel bar-Heap� por la puerta de Tito Galio, que es el acceso m�s famoso al mundo subterr�neo. Hay otros muchos, pero �se es el m�s impresionante.</p><p>Era media ma�ana. Demasiado temprano quiz� para descender a los avernos, demasiado temprano sin duda para que el trasnochador pr�ncipe Maximiliano estuviese ya en pie. Pero Fausto quer�a emprender la excursi�n tan pronto como fuera posible. Su principal prioridad en aquellos momentos era mantener entretenido al embajador.</p><p>El hebreo se hab�a hecho cargo de la aventura con mucha soltura, ocup�ndose de toda la planificaci�n y de la mayor parte de las explicaciones. Era uno de los compa�eros m�s apreciados por el pr�ncipe. Fausto ya lo hab�a visto en m�s de una ocasi�n. Era un individuo grandote de anchos hombros y voz profunda, con p�mulos sobresalientes y un gran pico triangular por nariz. Su oscura cabellera, casi negra azulada, estaba formada por tirabuzones prietamente trenzados. Aunque, durante muchos a�os, la moda masculina en Roma prescrib�a el afeitado escrupuloso, bar-Heap luc�a una llamativa barba, abundante y tupida, que colgaba en densas volutas por su barbilla y mand�bulas. En lugar de toga vest�a una t�nica de basto lino blanco que le llegaba hasta las rodillas y que en sus m�rgenes llevaba grabados, bien visibles, dibujos de rayos hechos con hilo verde brillante.</p><p>El embajador Menandros, aun siendo oriental, parec�a no haberse encontrado nunca antes con un hebreo, y necesit� que le explicaran el origen de bar-Heap.</p><p>�Son una peque�a tribu de gentes del desierto que se establecieron en AEgyptus hace mucho tiempo �le cont� Fausto�. Ahora viven desperdigados por todo el Imperio. Me atrever�a a decir, que incluso podr�as encontrar algunos en Constantinopla. Son un pueblo astuto, decidido, bastante amigo de las discusiones y que no siempre guarda un respeto escrupuloso hacia la ley, con la excepci�n de las leyes de su propia tribu, que acatan bajo cualquier circunstancia y de la forma m�s fan�tica. Creo que no creen en dioses, por ejemplo, y tan s�lo dedican al emperador una lealtad muy reticente.</p><p>��Que no creen en dioses? �inquiri� Menandros�. �En ninguno?</p><p>�No que yo sepa �respondi� Fausto.</p><p>�Bueno, tienen su propio dios �intervino Maximiliano�. Pero nadie lo ha visto nunca, ni hacen estatuas de �l, aunque s� dej� un buen mont�n de absurdas leyes acerca de lo que pueden comer y cosas por el estilo. Bar-Heap probablemente te contar� los detalles si le preguntas. O quiz� no. Como todos los de su raza es quisquilloso e impredecible.</p><p>Fausto hab�a aconsejado al embajador que ser�a preferible que, para la excursi�n, vistieran con sencillez, sin nada que delatara su rango. Naturalmente, el vestuario de Menandros se compon�a exclusivamente de espl�ndidas y lujosas vestiduras de seda y otras tantas maravillas orientales, as� que Fausto le proporcion� una sencilla toga de lana sin distintivo alguno de rango. Menandros dio la impresi�n de saber vestirla con soltura. Maximiliano C�sar, quien, como hijo del emperador reinante, ten�a derecho a llevar una toga con borde p�rpura y hebras de hilo dorado, tambi�n vest�a de manera que le har�a pasar desapercibido. Y lo mismo hizo Fausto, a quien, por ser asimismo descendiente de emperador, le estaba permitido lucir la tira p�rpura. Pero a pesar de todo, era improbable que alg�n transe�nte de las catacumbas se equivocase al tomarlos por otra cosa que lo que en realidad eran, romanos de clase alta. No obstante, no hubiera sido una buena idea hacer ostentaci�n de aires patricios en el mundo subterr�neo de Roma.</p><p>La entrada que el hebreo hab�a escogido para ellos estaba en el extremo del abarrotado barrio conocido como la Subura, que se hallaba al este del Foro, entre las colinas Viminal y Esquilina. Se trataba de un distrito caracterizado por la fetidez, la miseria y el barullo ensordecedor, donde las gentes viv�an hacinadas de mala manera en precarias construcciones de cuatro y cinco pisos, y carretas chirriantes maniobraban con extrema dificultad a trav�s de las estrechas y retorcidas calles. All�, el emperador Tito Galio hab�a empezado a construir un refugio subterr�neo all� por el a�o 980, en el que los ciudadanos romanos pudieran protegerse en caso de que los rebeldes godos, concentrados entonces en el norte, rompieran las defensas de Roma y penetraran en la ciudad.</p><p>Pero los godos, como es sabido, fueron rechazados mucho antes de que pudieran llegar a cualquier parte cercana a la capital. Sin embargo, por aquel entonces, Tito Galio ya hab�a hecho construir un complejo entramado de pasadizos bajo la Subura y �l y sus sucesores lo fueron ampliando durante d�cadas, extendiendo tent�culos en todas direcciones, creando conexiones con la ya existente cadena laber�ntica de galer�as, c�maras y t�neles subterr�neos que los romanos hab�an ido excavando aqu� y all� por la ciudad a lo largo de un millar de a�os.</p><p>Ahora, aquel mundo subterr�neo se hab�a convertido en una ciudad bajo la ciudad, una entidad en s� misma, en la fr�a y h�meda oscuridad. Ante ellos ten�an los portales de Tito Galio; dos elaborados arcos de piedra, como las mand�bulas abiertas de una boca gigantesca, que se elevaban en medio de la calle donde las fuerzas imperiales, siglos atr�s, hab�an derribado una manzana de antiguas casuchas a ambos lados con el fin de despejar el terreno para abrir la entrada. El acceso al mundo subterr�neo era lo suficientemente ancho como para que cupieran tres carromatos al mismo tiempo. Una rampa de ladrillo muy desgastado los condujo hacia las profundidades.</p><p>�Aqu� tienen sus faroles �dijo bar-Heap, encendi�ndolos y ofreci�ndoselos�. No se olviden de sostenerlos en alto para que no se apaguen. El aire est� m�s cargado a la altura de las rodillas y la llama se extinguir�a.</p><p>Al descender por la rampa, el cesar se situ� a la cabeza del grupo. Fausto se coloc� cerca del griego y bar-Heap ocup� la retaguardia. Menandros se sorprendi� cuando le comunicaron que ir�an a pie, pero Fausto le explic� que el uso de literas y porteadores no resultar�a c�modo para maniobrar por los estrechos pasadizos de las atestadas catacumbas. Ni tan siquiera ir�an acompa�ados por criados. El griego pareci� encantado al o�r aquello. Estaba en verdad visitando los barrios bajos, estaba claro. �l quer�a recorrer el mundo subterr�neo como lo har�a un romano corriente, descender directamente a su mugre, a su inmundicia y a sus peligros.</p><p>Incluso a horas tan tempranas, tanto entrando como saliendo, la rampa estaba abarrotada de una muchedumbre que avanzaba apresuradamente a empellones. Abajo les aguardaba una penumbra casi palpable. A Fausto siempre le hab�a parecido que penetrar en el mundo subterr�neo era como adentrarse en la guarida de alguna enorme criatura. Ahora de nuevo se ve�a envuelto por la espesa y feroz oscuridad, fr�a y fascinante. Sabore� su abrazo. �Cu�ntas veces �l y C�sar hab�an entrado all� en busca de alg�n raro entretenimiento nocturno, y cu�ntas veces lo hab�an hallado!</p><p>Sus ojos empezaron a adaptarse pronto al destello turbio y tenue de los faroles. Por la luz p�lida de antorchas lejanas, pudo distinguir las series de criptas distantes situadas a cada lado. La bajada se hab�a nivelado r�pidamente en el interior del amplio vest�bulo. R�fagas de f�tido aire subterr�neo llegaban hasta ellos transportando numerosos olores: humo, sudor, moho, hedor de bestias. Hab�a un gran ajetreo, largas colas de personas y animales de carga yendo y viniendo en una docena de direcciones. La ancha avenida conocida como la v�a Subterr�nea se extend�a ante ellos, y una mir�ada de pasadizos subsidiarios m�s angostos se ramificaban a derecha e izquierda. Fausto vio una vez m�s los pilares, los arcos y las cruj�as que le eran familiares, los muros curvos de ladrillo de un c�lido dorado, los s�lidos pilares de piedra labrada y los innumerables huecos detr�s de ellos. En seguida, la oscuridad de este mundo sombr�o result� menos sofocante. Ech� una mirada al griego. Los rasgos poco expresivos de Menandros estaban cargados de excitaci�n. Las narinas le temblaban, sus labios se frunc�an. Ten�a la expresi�n de un chiquillo al que llevaban por vez primera a ver los combates de gladiadores. Casi parec�a un ni�o entre tres adultos crecidos, una figura endeble y diminuta al lado del esbelto y alto Maximiliano, el recio bar-Heap y el macizo y rollizo Fausto.</p><p>��Qu� es eso? �pregunt� Menandros, se�alando el enorme relieve de m�rmol de un busto con barbas, que sobresal�a en el muro que ten�an enfrente. Desde arriba se proyectaba sobre �l un haz de luz procedente de una de las aberturas que perforaban el techo abovedado, iluminando los rasgos tallados con una aureola fantasmag�rica.</p><p>�Es un dios �respondi� bar-Heap desde atr�s, con cierto tono de desd�n en la voz�. Un emperador lo puso all� hace muchos a�os. Quiz� sea uno de los suyos, o quiz� uno de Siria. Le llamamos el J�piter de las cavernas.</p><p>El hebreo alz� su farol muy por encima de la cabeza para proporcionar una fuente complementaria de luz a aquel poderoso perfil, el gran ojo escrutador, el gran o�do que todo lo oye, los labios amenazadoramente separados, la exuberante y ensortijada barba, m�s espesa incluso que la suya. Por encima del ojo no quedaba nada y tampoco por debajo de la barba; era un �nico y colosal fragmento que parec�a inconcebiblemente antiguo, una perturbadora reliquia de alguna era pasada.</p><p>��Ave J�piter! �dijo bar-Heap con una voz retumbante, y se ri�.</p><p>Pero Menandros se detuvo a examinar aquel rostro inmenso y sombr�o y tom� nota mental del altar de m�rmol, terso por el desgaste del contacto de manos devotas, y refulgente por la luz que irradiaban las velas dispuestas en el borde de la parte inferior. Al lado, en un nicho, hab�a huesos carbonizados, restos de recientes sacrificios.</p><p>Maximiliano le hizo se�as con gestos imperiosos e impacientes para que continuase.</p><p>�Esto es s�lo el principio �dijo el cesar�. Hay muchas millas por delante.</p><p>�S�, s�, por supuesto �dijo el griego�. Pero aun as�, todo esto es tan nuevo para m� tan extra�o�</p><p>Despu�s de que se hubieran adentrado unos doscientos pasos en la v�a Subterr�nea, Maximiliano describi� un pronunciado giro hacia la izquierda para penetrar en un pasadizo curvo donde la fr�a humedad descend�a por los muros en un constante goteo, formando charcos a sus pies. La atm�sfera ten�a un asfixiante olor a moho.</p><p>El lugar parec�a menos abarrotado. Al menos hab�a menos viandantes que en la avenida principal. Las luces situadas en lo alto estaban mucho m�s espaciadas y por delante se ve�an menos antorchas. Sin embargo, desde la oscuridad emerg�an sonidos inquietantes, �speras carcajadas, susurros confusos e incomprensibles y murmullos envolventes en lenguas desconocidas, as� como alg�n que otro alarido agudo y repentino. Hab�a tambi�n fuertes olores, los de la carne as�ndose sobre brasas humeantes, coliflor guisada, ollas de caldo caliente y especiado, pescado frito. No era aqu�lla una ciudad de muertos, por oscura y l�gubre que pudiera parecer. Ese oculto y fren�tico mundo subterr�neo bull�a alborotadamente con una vida secreta. Por todas partes a su alrededor, Fausto sab�a que, en las c�maras y criptas abiertas en la roca viva, numerosos acontecimientos estaban teniendo lugar: venta de encantamientos y conjuro de hechizos, acuerdos de negocios tanto l�citos como il�citos, celebraciones de ritos religiosos de un centenar de cultos, actos carnales de cualquier clase.</p><p>��D�nde estamos ahora? �pregunt� Menandros.</p><p>��stas son las grutas de Tito Galio �respondi� C�sar�. Uno de los sectores m�s concurridos, un lugar de actividades de todo tipo y que escapa a cualquier calificaci�n. Aqu� puede verse cualquier cosa y es muy raro verla por segunda vez.</p><p>Fueron de una c�mara a otra siguiendo el camino tortuoso y de baja techumbre que lo iba enhebrando todo. Era Maximiliano quien dirig�a a�n la comitiva, con la mirada ansiosa, casi fren�tica, tirando de todos ellos con un paso a menudo m�s r�pido del que Menandros deseaba. Cuando se encontraba all�, en aquellas grutas ca�ticas que le arrastraban de un lugar a otro, era como si sufriera alg�n tipo de arrebato. Fausto ya lo hab�a visto as� muchas veces antes; era el explosivo brote de su sed impaciente y furiosa por la novedad, su curiosidad insaciable y posesa.</p><p>Para Fausto, era la maldici�n de una vida desperdiciada, la dolorosa angustia del superfluo hijo menor de un emperador, irritado por el tormento sin fin de su propia inutilidad; la impotencia sarc�stica en el seno del gran poder, que era lo �nico que su alta cuna le hab�a supuesto. Era como si el mayor desaf�o al que se enfrentara Maximiliano fuera el aburrimiento de su existencia dorada y, en el mundo subterr�neo, conjurara tal desaf�o mediante aquella b�squeda de lo extremo y lo imposible. El hebreo constitu�a un mediador necesario para ello: unas pocas palabras suyas bastaban, la mayor�a de las veces, para que se les franqueara el acceso a algunas zonas de las cavernas vedadas por lo general a los que no hab�an sido invitados.</p><p>Llegaron a un sitio en el que un despliegue de centelleantes teas llenaban el aire de humo negro; luces que jam�s se extingu�an en aquel lugar donde no exist�a diferencia entre la noche y el d�a. Se trataba de un mercado donde se vend�an extra�as exquisiteces: lenguas de ruise�or y flamenco, bazo de lamprea, talones de camello, crestas de gallo de brillante amarillo, cabezas de loro, h�gados de lucio, sesos de fais�n y de gallo, orejas de lir�n, huevos de pel�cano, cosas extra�as de todos los rincones del Imperio, todo ello dispuesto en abundantes montones sobre bandejas de plata. Menandros, aquel griego cosmopolita, miraba maravillado todo aquello como cualquier paleto de campo lo har�a.</p><p>��Los romanos comen estas cosas todos los d�as? �preguntaba, y C�sar, esbozando aquella opaca sonrisa suya, le aseguraba que lo hac�an siempre, no s�lo en la mesa imperial sino en las casas m�s humildes, y le promet�a una comida de lenguas de ruise�or y sesos de gallo en cuanto fuera posible.</p><p>Aqu�lla era una plaza ruidosa, llena de payasos, malabaristas, acr�batas, tragasables, comedores de fuego, funambulistas y artistas de una docena de clases m�s, con escandalosos pregoneros que voceaban a voz en grito las excelencias de las actuaciones que presentaban. Maximiliano les arrojaba pr�digamente monedas de plata y Menandros se apresur� a hacer lo mismo. M�s all� hab�a un pasillo con una columnata donde se ofrec�a un espect�culo de seres deformes: jorobados y enanos, tres sonrientes microc�falos vestidos con elaborados uniformes escarlata, un hombre que parec�a un esqueleto andante, y otro que deb�a de tener sus buenos tres metros de altura.</p><p>�Ya no est� el que ten�a cabeza de avestruz �dijo bar-Heap, visiblemente desilusionado�. Y tampoco la muchacha con tres ojos, ni los gemelos unidos por la cintura.</p><p>Aqu� tambi�n todos repartieron monedas generosamente, menos bar-Heap, quien manten�a los cordones de su bolsa de monedas bien prietos.</p><p>��Sabes, Fausto, qui�n es el monstruo m�s horrible de todos? �pregunt� entre dientes Maximiliano, mientras caminaban. Y al quedarse Fausto en silencio, el pr�ncipe respondi� a su propia pregunta con una respuesta que Fausto no hab�a previsto�: El emperador, amigo m�o, pues �l es un ser aparte del resto de los hombres, distinto, �nico, aislado para siempre de todo amor y sinceridad, de cualquier otro sentimiento normal. Algo grotesco, eso es lo que es un emperador. No hay otro monstruo tan digno de compasi�n sobre la tierra como �l, Fausto.</p><p>Y, agarrando f�rreamente la parte m�s carnosa del brazo de Fausto, le mir� extra�amente, con tal furia y angustia en los ojos que lo dej� estupefacto. Nunca antes hab�a contemplado esa expresi�n en su amigo. Pero entonces Maximiliano le sonri�, le palme� desenfadadamente las costillas y le gui�� un ojo, como queriendo quitar hierro a lo que acababa de decir.</p><p>M�s lejos hab�a una hilera de api�ados puestos de boticarios en una serie de estrechas hornacinas que formaban parte de lo que parec�a un templo abandonado. Cada uno ten�a una l�mpara ardiendo frente a sus mercanc�as. Estos comerciantes de medicinas ofrec�an cosas como bilis de hiena y de toro, las pieles mudadas de serpientes, telara�as, bosta de elefante.</p><p>��Qu� es eso? �pregunt� el griego, se�alando un frasco de vidrio que conten�a un fino polvo gris, y bar-Heap, despu�s de averiguarlo, le inform� de que era excremento de palomas sicilianas, muy valorado en el tratamiento de tumores de pierna y muchos otros males.</p><p>En una barraca se vend�an �nicamente cortezas de �rboles de la India; en otra, peque�os discos hechos de rara arcilla roja de la isla de Lemnos, estampados con el sello sagrado de Diana, famosos por curar la mordedura de los perros rabiosos y los venenos m�s letales.</p><p>�Y este hombre de aqu� �dijo Maximiliano con grandilocuencia, refiri�ndose al puesto vecino�, no vende sino panaceas, el ant�doto universal, potente incluso para la lepra. Se hace principalmente con carne de v�bora macerada en vino, creo, pero tiene adem�s otros ingredientes secretos que jam�s nos revelar�a, aunque lo someti�ramos a tortura. �Y gui��ndole un ojo al tendero, un viejo egipcio tuerto de rostro aguileno, dijo�: �Es as� o no,Tolomeo? �Ni aunque te torturemos?</p><p>�Espero que no lleguemos a eso, C�sar �replic� el hombre.</p><p>��De manera que aqu� te conocen? �pregunt� Menandros, despu�s de alejarse un poco.</p><p>�Algunos s�. �ste ya ha llevado varias veces sus mercanc�as a palacio para tratar a mi padre enfermo.</p><p>�Ah �dijo el griego�, tu padre enfermo, s�. Todo el mundo reza por su pronta recuperaci�n.</p><p>Maximiliano asinti� con la cabeza con un gesto de indiferencia, como si Menandros no hubiera expresado otra cosa que su deseo para que hiciera buen tiempo al d�a siguiente.</p><p>Fausto se sinti� preocupado por la rara actitud del cesar. Sab�a que Maximiliano era un hombre impredecible, que oscilaba constantemente entre un r�gido control y un desenfreno salvaje, pero ofrecer una palabra de agradecimiento por aquel amable comentario era una cuesti�n de mera cortes�a de la que, sin embargo, fue incapaz. ��Qu� pensar� el embajador �se preguntaba Fausto� de este extra�o pr�ncipe? O quiz� no piense nada en absoluto. Quiz� crea que �ste es el comportamiento que cabr�a esperar del hijo menor de un emperador romano.�</p><p>En el mundo subterr�neo no hab�a relojes, ni cualquier otra pista que les permitiera saber la hora por el cielo, pero en aquel momento, el est�mago de Fausto le estaba comunicando la hora de manera bastante inequ�voca.</p><p>��Subimos arriba a comer �pregunt� a Menandros�, o preferir�as comer aqu�?</p><p>�Oh, aqu�, por supuesto �contest� el griego�. �A�n no estoy preparado para salir a la superficie!</p><empty-line/><p>Comieron en una taberna iluminada por antorchas que se encontraba dos galer�as m�s all� de los soportales de los boticarios. Sentados sobre bastos bancos de madera, codo con codo con un gent�o de plebeyos que ol�a a ajo, comieron carne guisada con una salsa especiada hecha a base de pescado fermentado y frutas maceradas en miel y vinagre. No muy distinto de ese vinagre era el vino que bebieron. A Menandros pareci� encantarle. Nunca antes deb�a de haber probado tales vulgares finuras. Y bebi� y comi� con voraz apetito. Los efectos de este abuso se manifestaron r�pidamente en �l: la frente perlada de sudor, las mejillas enrojecidas, los ojos vidriosos. Tambi�n Maximiliano, plato tras plato, bajaba la comida con formidables cantidades de aquel espantoso vino. Al pr�ncipe le encantaba todo aquello y nunca sab�a cu�ndo parar si ten�a a su alcance vino de cualquier clase. A Fausto (sin ser tampoco un hombre de gran moderaci�n, y al que, de hecho, gustaba beber sin tasa), le hechizaba la sensaci�n vol�til que el exceso de vino provocaba sobre la severidad de su mente y de su siempre m�s terrena y pl�mbea carcasa corporal. Pero aun as�, tuvo que obligarse a tragarlo. Sin embargo, al final �l se beb�a la mayor parte de cada jarra tan r�pidamente como pod�a, indiferente a su sabor, con el fin de evitar la ebriedad de C�sar. Ya que conoc�a los peligros a los que se expon�an si el pr�ncipe, arrastrado por la ebriedad, se met�a en alguna est�pida reyerta all� abajo, trasegaba pues cuanto pod�a, y le pasaba enormes cantidades al imperturbable bar-Heap, quien, evidentemente, ten�a una capacidad ilimitada. Pod�a imaginarse f�cilmente sacando de all� alg�n d�a a Maximiliano sobre una tabla, con su real barriga acuchillada de un lado a otro y su cuerpo ya r�gido. Si eso llegara a ocurrir, lo mejor que pod�a esperar era pasar el resto de sus d�as en un brutal exilio, en alg�n deprimente puesto teut�nico de avanzada.</p><p>Cuando finalmente reemprendieron la marcha, ya entrada la tarde, en el grupo se hab�a producido un sutil cambio de equilibrio. Bien porque de repente se sintiera aburrido o bien porque hubiera comido demasiado, Maximiliano pareci� perder inter�s en la expedici�n. Ya no corr�a el primero, haci�ndoles se�as a los dem�s para que se apresuraran de un pasillo a otro, como si estuvieran compitiendo con alg�n rival invisible de un lugar al siguiente. Ahora era Menandros, impulsado por la generosa ingesta de vino, quien tom� el mando, desplegando una ansia de verlo todo m�s poderosa incluso que la que hab�a mostrado el pr�ncipe, y meti�ndoles prisa por toda la ciudad subterr�nea. No conociendo los caminos, daba giros al azar, conduci�ndolos al interior de callejones sin salida, oscuros como boca de lobo. Ahora hacia bordes de abismos mareantes en los que largas escaleras de caracol conectaban en espiral numerosos niveles inferiores, ahora hacia c�maras con muros pintados en donde cacareantes hileras de chifladas ped�an limosna sentadas en nichos como tronos.</p><p>La mayor parte del tiempo, Maximiliano no parec�a identificar los lugares a los que les hab�a conducido Menandros, o no se preocupaba en demostrarlo. Explicar lo que estaban viendo se convirti� en tarea exclusiva de bar-Heap, cuyo conocimiento del mundo subterr�neo parec�a ser absoluto.</p><p>�Esto es el estadio subterr�neo �dec�a el hebreo mientras miraban un agujero negro que parec�a extenderse muchas leguas�. Aqu� se celebran los juegos a medianoche y todos los combates son a muerte.</p><p>Llegaron poco despu�s a una fachada de m�rmol reluciente y a una gran entrada que conduc�a a una c�mara interior: el templo de J�piter Imperator, como explic� bar-Heap. El culto instaurado por el emperador Cayo Marcio con la esperanza, no totalmente satisfecha, de identificar al padre de los dioses con el cabeza del Estado a los ojos del pueblo llano, para que �ste no se desviara hacia alg�n tipo de creencia religiosa extranjera que podr�a debilitar su lealtad al poder establecido.</p><p>�Y �sta �dijo bar-Heap, refiri�ndose a un templo adyacente al de J�piter�, es la Casa de Cibeles, donde se adora a la Diosa Madre.</p><p>�En el este tambi�n existe ese culto �dijo Menandros, y se detuvo para examinar con ojo de entendido la imaginativa decoraci�n de mosaico, hilera sobre hilera de azulejos, rojos y azules, naranjas, verdes y dorados, que proclamaban aquel lugar como la morada de la diosa de pechos henchidos.</p><p>�Qu� extraordinario es esto �dijo el griego�; construir tal maravilla bajo el suelo, donde apenas puede contemplarse a no ser a la sucia luz de esta antorcha, y ni siquiera as� puede apreciarse bien. �Qu� original! �Qu� ins�lito!</p><p>�El de Cibeles es un credo muy rico �dijo Maximiliano, d�ndole un codazo manifiesto a Fausto, como si estuviera record�ndole los �palos robados de la diosa que ser�an su regalo a la prometida de su hermano.</p><p>Menandros sigui� arrastr�ndolos incansable a trav�s de aquel oscuro laberinto. Pasaron por fuentes burbujeantes, silenciosas c�maras funerarias, salas dedicadas al culto con pinturas al fresco, mercados bulliciosos y, finalmente, a trav�s de una abertura en forma de rendija en la pared, a un vac�o y vasto espacio. De �l surg�a una multitud de polvorientos pasillos. Siguieron uno de ellos y m�s tarde otro, hasta que, en un lugar lleno de penosamente angostos corredores, incluso bar-Heap pareci� no estar seguro de d�nde se encontraban. El hebreo frunci� el ce�o. Fausto, que estaba a punto de caerse por la fatiga, tambi�n empez� a preocuparse.</p><p>De repente no hab�a nadie alrededor y los �nicos sonidos que les llegaban eran los ecos de sus propias pisadas. Todo el mundo hab�a o�do historias de personas que, deambulando por el mundo subterr�neo, hab�an tomado desv�os imprudentes e irremediablemente se hab�an perdido en laberintos construidos en la antig�edad para ocultarse de los posibles invasores; telara�as incre�blemente intrincadas, de an�rquico dise�o, cuyas salidas eran casi imposibles de descubrir y ante lo cual s�lo cab�a esperar la muerte por inanici�n. Un triste destino para el menudo emisario griego y para el gallardo y audaz pr�ncipe, pensaba Fausto. Un triste destino, tambi�n para Fausto.</p><p>Pero aqu�l no era un laberinto de esa clase. Cuatro curvas cerradas, un breve ascenso por una escalera, un giro a la izquierda y ya estaban de regreso en la v�a Subterr�nea aunque, sin duda, muy lejos del lugar por el que hab�an entrado a las catacumbas aquella ma�ana. All� el techo del s�tano acababa en punta, y ten�a hileras incrustadas de color coral. Una procesi�n de sacerdotes avanzaba hacia ellos cantando; individuos demacrados con los rostros embadurnados de colorete y los ojos pintados con llamativos c�rculos amarillos y verdes. Vest�an t�nicas blancas con estrechas tiras entrecruzadas de color p�rpura y altos gorros de color azafr�n que portaban el emblema de un �nico ojo brillante en su parte superior. Iban azot�ndose unos a otros con energ�a, con l�tigos hechos de cuerdas de lana y huesos de ca�a de oveja ensartados en ellas. Mientras tanto, bailaban y voceaban oraciones en alguna lengua extranjera con sonidos r�tmicos, chillones y confusos.</p><p>�Todos ellos son eunucos �dijo bar-Heap con repugnancia�. Adoradores de Dionisio. H�ganse a un lado o los tirar�n al suelo, pues cuando marchan as�, no ceden el paso a nadie.</p><p>Inmediatamente detr�s de los sacerdotes segu�a una procesi�n de payasos deformes, jorobados o bizcos que tambi�n llevaban l�tigos, pero que s�lo simulanban azotarse con ellos. Maximiliano les lanz� un pu�ado de monedas; Menandros hizo lo mismo y en seguida rompieron la formaci�n escarbando con frenes� en la penumbra para recogerlas. A lo lejos, el hebreo se�al� una c�mara que identific� como una capilla a Pr�apo, y Menandros ya se dispon�a a ir a inspeccionarla cuando Maximiliano dijo en seguida:</p><p>�Creo que deber� ser otro d�a, excelencia. Hay que estar fresco para diversiones tales y ahora deb�is de sentiros fatigado despu�s de esta primera expedici�n a los avernos.</p><p>El embajador pareci� contrariado. Fausto se preguntaba qu� deseo prevalecer�a: el del diplom�tico de visita, cuyos caprichos deb�an ser respetados, o el del hijo del emperador, quien no esperaba que nadie osara a llevarle la contraria. Pero tras un momento de vacilaci�n, Menandros se mostr� de acuerdo en que hab�a llegado el momento de regresar arriba. Quiz� consider� acertado contener de momento su voraz curiosidad o, simplemente, le pareci� mejor ceder a la petici�n del pr�ncipe.</p><p>�Hay una v�a de salida por all� �dijo bar-Heap, se�alando a su derecha.</p><p>Con rapidez sorprendente emergieron a cielo abierto. Era ya de noche. El dulce aire fresco, como siempre al salir al exterior, parec�a mil veces m�s fresco y tonificante que el del mundo de las profundidades. A Fausto le pareci� divertido que se encontraran no muy lejos de los Ba�os de Constantino, tan s�lo a algunos cientos de metros del lugar por el que hab�an entrado. Sin embargo, ten�a las piernas muy doloridas, como si aquel d�a hubieran caminado muchas leguas. Dedujo que deb�an de haber marchado describiendo un enorme c�rculo por el subsuelo.</p><p>Ansiaba su propio ba�o, una cena decente y, despu�s de un masaje, a la muchacha numidia.</p><p>Maximiliano, con la indiferente arrogancia de un pr�ncipe imperial, detuvo una litera con distintivos senatoriales que por all� pasaba, y la requis� para su propio uso. Su ocupante, un hombre medio calvo de quien Fausto conoc�a el rostro pero no su nombre, se apresur� a acceder, qued�ndose sumido en la noche sin una protesta. Fausto, Menandros y C�sar se apretujaron a bordo, mientras el hebreo, sin m�s despedida que un irreverente y brusco movimiento con la mano, desapareci� en la oscuridad de las calles.</p><p>A casa de Fausto no hab�a llegado ning�n mensaje anunciando el regreso a la ciudad del pr�ncipe Heraclio. Hab�a esperado recibir noticias. As� pues, al d�a siguiente les aguardaba otra agotadora jornada en las profundidades.</p><p>Durmi� mal, pese a que la joven numidia se emple� a fondo para aplacar sus nervios.</p><empty-line/><p>Esta vez penetraron en el mundo subterr�neo m�s hacia el oeste, entre la columna de Marco Aurelio y el templo de Isis y Sarapis. �se era, dijo bar-Heap, el acceso m�s r�pido al mercado de los hechiceros, el cual Menandros ten�a un especial inter�s en visitar.</p><p>Diligente gu�a como era, el hebreo les mostr� las curiosidades m�s destacables a lo largo del camino: la Galer�a de los Rumores, donde incluso el m�s d�bil de los sonidos pod�a o�rse a gran distancia; los Ba�os de Plut�n, una serie de piletas termales humeantes que desped�an un incre�ble hedor a azufre y que, sin embargo, contaban con numerosos clientes incluso entonces, a mediod�a; y el r�o Estigia en las proximidades, la negra corriente que segu�a un tortuoso curso a trav�s de la ciudad subterr�nea hasta que emerg�a en el T�ber, justo un poco m�s arriba del gran sumidero de la Cloaca M�xima.</p><p>��De verdad es el Estigia? �pregunt� Menandros, con una inocencia que Fausto no esperaba de �l.</p><p>�As� lo llamamos �contest� bar-Heap�, porque es el r�o de nuestro mundo subterr�neo, como ve. Pero el verdadero se encuentra en alg�n lugar de su propio reino oriental, creo. Aqu� debemos girar�</p><p>Una apertura oval recortada de forma irregular en el muro del corredor demostr� ser la entrada a la gran sala que hac�a las veces de mercado de los hechiceros. Originalmente, se dec�a, hab�a servido como lugar de almacenamiento de las cuadrigas imperiales, con el fin de impedir que se apoderaran de ellas los b�rbaros invasores. Cuando tales precauciones ya fueron innecesarias, una multitud de hechiceros se apropi� de la enorme sala, que fue dividida mediante hileras de arcos de piedra calc�rea en una sucesi�n de peque�as c�maras de muros bajos. Una claraboya octogonal en lo alto, en el mismo centro de la techumbre de la sala, permit�a el paso de p�lidos haces de luz solar desde el exterior, pero la mayor parte de la iluminaci�n proced�a de braseros humeantes dispuestos frente a cada uno de los puestos. Los braseros, bien por encantamiento o bien por simple destreza t�cnica, ard�an todos ellos con chillonas llamas de tonos diversos, danzarinas lenguas de fuego de color violeta y p�lido carmes�, azul cobalto y esmeralda brillante mezcladas con otras m�s corrientes, rojas y amarillas, propias de una hoguera de carb�n.</p><p>El clamor del comercio era intenso. Cada uno de los puestos ten�a su pregonero, que voceaba las excelencias de la mercanc�a de su se�or. Apenas hab�a entrado el embajador Menandros en la sala, cuando un individuo grueso de rostro sudoroso y vestido con una t�nica brocada de estilo egipcio lo consider� un posible blanco y, haci�ndole se�as con ambas manos, le grit�:</p><p>��Eh, usted, amiguito! �Le interesa un filtro de amor, un afrodis�aco excelente, el mejor de los de su clase?</p><p>Menandros se mostr� interesado. El voceador le dijo:</p><p>�Venga, pues. �D�jeme ense�arle este maravilloso hechizo! �Atrae tanto a hombres como a mujeres y hace que las v�rgenes salgan a toda prisa de sus casas en busca de amantes! �El voceador se puso tras �l, alcanz� un pergamino enrollado y lo agit� frente a la nariz de Menandros�. �Aqu� est�, amigo m�o, aqu�! Coge usted papiro natural y, con la sangre de un asno, escribe en �l las palabras m�gicas que aqu� ve. Luego a�ade un cabello de la mujer que desea o un pedazo de sus vestiduras o de las s�banas de su lecho� si es que puede hacerse con ello.Y a continuaci�n pone en el pergamino un poco de cola de vinagre y lo pega en la pared de la casa de su amante. �Quedar� usted maravillado! Pero �vaya con cuidado de no pringarse usted o caer� rendido de amor por alg�n arriero que pase por su lado o, quiz� incluso peor, por su mismo asno! �Tres sestercios! �Tres!</p><p>�Si el amor infalible resulta tan barato� �pregunt� Maximiliano al tendero�, �por qu� hay amantes desesperados que se arrojan al r�o todos los d�as de la semana?</p><p>�Y, si por tres monedas de lat�n cualquiera puede tener a la mujer de sus sue�os �por qu� los burdeles est�n siempre tan concurridos? �a�adi� Fausto.</p><p>�O la mujer o el hombre �dijo Menandros�, pues el encantamiento funciona en ambas direcciones, como as� nos lo ha dicho.</p><p>�S�, o incluso sobre el burro �remat� bar-Heap.</p><p>Todos rieron y pasaron de largo.</p><p>Muy cerca, se vend�a un filtro de invisibilidad al precio de dos denarios de plata.</p><p>�Es la cosa m�s sencilla �explicaba el voceador, un hombrecillo magro y seco como un palo, cuyo rostro moreno de prominente ment�n estaba marcado por las cicatrices de alguna vieja pelea a cuchillo�. Coja el ojo de un ave nocturna, una bola de esti�rcol de escarabajo de AEgyptus y el aceite de una aceituna sin madurar. Mach�quelo todo bien hasta formar una pasta. Embad�rnese el cuerpo entero con ella, dir�jase despu�s al santuario m�s cercano de Apolo con las primeras luces del amanecer y pronuncie la plegaria que est� escrita en este pergamino. Ser� invisible para todos los ojos hasta que el sol se ponga. Podr� entrar, sin que nadie lo advierta, en los ba�os de las se�oras o deslizarse en el palacio del emperador y probar las exquisiteces de su mesa, o tambi�n llenar su monedero con el oro de las mesas de los cambistas. �Dos denarios de plata solamente!</p><p>�Es bastante razonable por un d�a de invisibilidad �dijo Menandros�. Lo comprar� para diversi�n de mi se�or. �E iba ya a sacar su monedero cuando C�sar, cogi�ndole la mu�eca, le advirti� que nunca aceptara el primer precio que se le ofreciese en un lugar como aqu�l. Menandros se encogi� de hombros dando a entender que lo que se le ped�a era una insignificancia, despu�s de todo. Pero para C�sar Maximiliano se trataba de una cuesti�n de principios. Invoc� la ayuda de bar-Heap, quien r�pidamente regate� hasta cuatro monedas de cobre y, ya que Menandros no ten�a dinero de tan poco valor en su bolsa, fue Fausto quien pag�.</p><p>�Ha hecho bien �dijo el voceador, entregando a Menandros el trozo de pergamino.</p><p>Menandros, d�ndose la vuelta, lo abri�.</p><p>�Las letras est�n en griego �dijo.</p><p>Maximiliano asinti� con la cabeza.</p><p>�S�, casi toda esta basura est� en griego. Aqu� es la lengua de la magia.</p><p>�Las letras son griegas pero no as� las palabras. Escuchad �y ley� con un tono retumbante y envolvente�: <emphasis>�BORKE PHOIOUR IO</emphasis></p><p><emphasis>ZIZIA APARXEOUCH THYTHE LAILAM AAAAAA IIII OOOO IEO IEO IEO)).</emphasis></p><p>�Y levantando la vista del pergamino, a�adi�: Y aqu� hay tres l�neas m�s casi del mismo tipo. �Qu� os parece?</p><p>�Me parece que has hecho bien en no leernos el resto �dijo Fausto�, de lo contrario pod�as haber desaparecido ante nuestras mismas narices.</p><p>�No sin haberse untado con el esti�rcol de escarabajo, el ojo de buho y todo lo dem�s �observ� bar-Heap�.Y tampoco es la primera luz del amanecer esa que nos llega desde la claraboya, incluso aunque pretendi�semos estar en el templo de Apolo.</p><p>�<emphasis>�io 10 o PHRIXRIZO EOA� </emphasis>�dijo Menandros ri�ndose a gusto, y tras enrollar el pergamino, se lo guard� en la bolsa.</p><p>A Fausto no le pareci� probable que el griego creyera en tonter�as semejantes, pese a que su ansia por visitar el mercado lo hab�a inducido a sospechar. Sin embargo era un entusiasta comprador. Sin duda estaba buscando souvenirs pintorescos para llev�rselos a su emperador en Constantinopla. Ejemplos divertidos de la credulidad romana de aquellos tiempos. Pues Menandros deb�a de haberse dado cuenta ya de un hecho curioso: en aquella sala, la mayor�a de los hechiceros y vendedores eran ciudadanos de la mitad oriental del Imperio (los cuales eran famosos por la magia desde los lejanos d�as de los faraones y los reyes de Babilonia), mientras que la numerosa clientela estaba formada por completo por romanos occidentales. Seguramente, hechizos de esta clase se encontrar�an f�cilmente disponibles en el otro Imperio. Estas cosas no ser�an nuevas en absoluto para ellos. El Imperio Oriental era un lugar artero. Todas las ma�as mercantiles se hab�an inventado all�. Sus ra�ces se hund�an profundamente en la antig�edad, en un per�odo muy anterior al de la misma Roma, y hab�a que estar muy atento en cualquier trato que se hiciera con sus subditos.</p><p>De modo que lo que estaba haciendo Menandros era recoger pruebas de la estupidez romana, eso era. Usando a bar-Heap para negociar los precios a la baja por �l, iba de uno a otro puesto reuniendo mercanc�a. Compr� unas instrucciones para confeccionar un poderoso anillo que le permitir�a obtener cualquier cosa de cualquier persona, o apaciguar la furia de se�ores y reyes; un hechizo que induc�a a la vigilia y otro al sue�o. Se hizo con un largo pergamino que ofrec�a un completo cat�logo de poderosos misterios y, alegremente, se lo ley� a todos: �Ver�s c�mo las puertas se abren de par en par y aparecen siete v�rgenes desde las profundidades, vestidas con prendas de hilo y con el rostro de un �spid. Son las Parcas Celestiales y blanden varitas m�gicas doradas. Al verlas, sal�dalas de esta forma:��. Hall� un hechizo que los nigromantes pod�an usar para evitar que sus cerebros dijeran algo fuera de lugar mientras sus propietarios los estaban empleando en formular encantamientos. Encontr� uno capaz de convocar al Gran Descabezado, el que hab�a creado el Cielo y la Tierra, el poderoso Osoronofris, y conjurarlo a expulsar los demonios de un cuerpo que estuviera sufriendo. Adquiri� otro que pod�a devolver las propiedades perdidas o robadas. Volvi� al primer puesto y compr� el infalible afrodis�aco por una m�nima parte del precio pedido al principio y despu�s se llev� una poci�n que har�a que los amigos de uno, en una celebraci�n en la que corriera el vino, creyeran que les hab�an crecido morros de simio.</p><p>Finalmente, muy satisfecho con sus compras, Menandros expres� su deseo de continuar. En el lejano extremo del sal�n, pasada la zona de los mercachifles de hechizos, se detuvieron en el dominio de los adivinos y augures.</p><p id="_ftnref2">�Por uno o dos ases<a l:href="#n_2" type="note">[2]</a> �le dijo Fausto al griego�, te leen la palma de la mano o las l�neas de la frente y te predicen el futuro. Por un precio mayor, examinan las entra�as de pollos o el h�gado de un cordero y te explican tu futuro de verdad. O incluso el futuro del mismo Imperio.</p><p>Menandros se qued� at�nito.</p><empty-line/><p>��El futuro del Imperio? �En un mercado p�blico los adivinadores corrientes ofrecen profec�as de este tipo? Hubiera pensado que s�lo los augures imperiales tocar�an estos temas, y que s�lo el emperador podr�a escucharlos.</p><p>�Los augures imperiales suministran una informaci�n de mayor confianza, supongo �dijo Fausto�. Pero esto es Roma, donde cualquiera puede comprar cualquier cosa. �Fausto ech� una mirada a la hilera hasta distinguir a uno que pretend�a tener nuevos conocimientos de las profec�as sibilinas y vaticinaba el inminente final del Imperio: un anciano inequ�vocamente romano, de ojos azul claro y una larga y despoblada barba blanca�. Ah� tienes a uno de nuestros videntes m�s audaces, por ejemplo �dijo Fausto se�al�ndolo�. Por una m�dica cantidad, te dir� que la �poca del Imperio est� pr�xima a su fin, que se acerca un a�o en el que los siete planetas se alinear�n con Capricornio y el fuego consumir� el universo entero.</p><p>�La gran <emphasis>ekpyrosis </emphasis>�dijo Menandros�. Nosotros tenemos la misma profec�a. Me pregunto en qu� basar� sus c�lculos.</p><p>��Qu� importa eso? �exclam� Maximiliano, en un arrebato de furia repentina que no disimul�. �Todo esto son estupideces!</p><p>�Quiz� s� �intervino Fausto amablemente y, dirigi�ndose a Menandros, cuya curiosidad por el anciano y sus predicciones apocal�pticas era a�n visible, a�adi�: Tiene algo que ver con la vieja leyenda del rey R�mulo y las doce �guilas que pasaron volando sobre �l el d�a en que combati� con su hermano por la ubicaci�n adecuada de la ciudad de Roma.</p><p>�Cre�a que hab�an sido doce buitres �dijo bar-Heap.</p><p>Fausto neg� con la cabeza.</p><p>�No, eran doce �guilas. Y la profec�a de la Sibila es que Roma resistir� durante Doce Grandes A�os de cien a�os cada uno. Uno por cada una de las �guilas de R�mulo m�s un siglo. Este es el a�o 1282 desde la fundaci�n de la ciudad. De manera que seg�n afirma ese barbiluengo, quedan dieciocho a�os.</p><p>�Todo eso son solemnes estupideces �repiti� Maximiliano, con la mirada encendida.</p><p>�Aunque as� sea, �podr�amos hablar con ese hombre un momento? �pregunt� Menandros.</p><p>El cesar no quer�a ni acercarse a �l. Pero la afable petici�n de su hu�sped no pod�a ser rechazada. Fausto advirti� c�mo Maximiliano luchaba con su ira y consegu�a vencerla con esfuerzo mientras se dirig�an hacia el puesto del adivino.</p><p>�Este es un visitante de nuestra ciudad �dijo entre dientes Maximiliano al anciano� que desea escuchar lo que tengas que decir con relaci�n al inminente y atroz fin de Roma. Di cu�nto quieres y suelta el cuento.</p><p>Pero el augur retrocedi� temblando de miedo.</p><p>��No cesar, os lo ruego, dejadme en paz!</p><p>��De modo que me reconoces?</p><p>��Qui�n no reconocer�a al hijo del emperador, especialmente aquel cuyo oficio es descorrer todos los velos?</p><p>�Y t� has descorrido el m�o, realmente. Pero �por qu� te asusto tanto? No quiero hacerte ning�n da�o. Ven hombre. Este amigo m�o es un griego de la corte de Justiniano y arde en deseos de hacerte preguntas sobre la terrible fatalidad que en breve asolar� nuestras vidas. Suelta tu discurso, vamos. �Maximiliano sac� su bolsa y extrajo una brillante moneda de oro para �l�. �Un hermoso �ureo reci�n acu�ado ser� suficiente para abrirte la boca? �Dos? �Tres?</p><p>Era una fortuna. Pero aquel individuo parec�a paralizado por el terror. Retrocedi� tras su puesto, estremecido ahora, casi al borde del colapso. La sangre hab�a huido de su rostro y sus claros ojos azules se le sal�an de las �rbitas. Era pedirle demasiado, supuso Fausto, obligarle a hablar de la pr�xima destrucci�n del mundo al mismo hijo del emperador.</p><p>�Ya es suficiente �murmur� Fausto�, est�s provocando un terror mortal a este pobre hombre, Maximiliano.</p><p>Pero la ira desbordaba al cesar.</p><p>��No! �Aqu� tiene su oro! �Que hable! �Vamos, que hable!</p><p>�C�sar, yo hablar� si �s ese vuestro deseo �dijo una voz aguda y punzante por detr�s de ellos�.Y os dir� tales cosas que vuestros o�dos ser�n complacidos con total seguridad.</p><p>Era otro adivino, un individuo peque�o, andrajoso y bizco con una t�nica amarilla destrozada, que osaba tirar del borde de la t�nica de Maximiliano. �l hab�a formulado un augurio para Maximiliano nada m�s verle llegar al mercado, dec�a, y ni siquiera le pedir�a honorario alguno por dec�rselo. Ni dos ases por lo que ten�a que decirle. Ni tan siquiera uno.</p><p>�No me interesa �dijo bruscamente Maximiliano d�ndole la espalda.</p><p>Pero el peque�o adivino no acept� el rechazo. Con la rapidez de una ardilla rode� a Maximiliano y se puso de nuevo frente a �l y, con el arrojo temerario de lo completamente insignificante ante la grandeza extrema, le dijo:</p><p>�Le� los huesos, C�sar y ellos me mostraron tu futuro. Es un futuro glorioso. �Ser�s uno de los m�s grandes h�roes de Roma! La humanidad cantar� tus m�ritos durante los siglos venideros.</p><p>Al instante, el ardor de la c�lera incendi� todo el semblante de Maximiliano. Fausto nunca hab�a visto al pr�ncipe tan indignado.</p><p>��Te atreves a mofarte de m� en mis narices? �pregunt� al hombrecillo, con una voz tan llena de ira que apenas le sal�an las palabras. Su brazo derecho temblaba y se tensaba como si estuviera luchando para no liberar toda la c�lera que lo espoleaba�. �Un h�roe, has dicho! �Un h�roe! �Un h�roe! �Si aquel hombre le hubiera escupido a la cara no le habr�a hecho enloquecer m�s.</p><p>Pero el adivino insisti�.</p><p>�S�, mi se�or, �un gran general que reducir� a polvo a los ej�rcitos b�rbaros! �Marchar�s contra ellos a la cabeza de una poderosa fuerza no mucho despu�s de convertirte en emperador, y�!</p><p>Aquello fuera demasiado para el pr�ncipe.</p><p>��Encima emperador! �bram� y, en ese mismo momento, descarg� salvajemente un fiero golpe de rev�s sobre el hombrecillo que lo envi� tambale�ndose al banco donde el otro adivinador, el anciano de las barbas, a�n estaba encogido de miedo. A continuaci�n, dando un paso al frente, Maximiliano agarr� al peque�o augur por el hombro y le fue propinando bofetadas, del derecho y del rev�s una y otra vez, golpe�ndolo hasta que la sangre le sali� por la boca y la nariz, y los ojos se le pusieron vidriosos. Fausto, petrificado al principio de puro asombro, tras un instante se acerc� para intervenir.</p><p>��Maximiliano! �exclam�, tratando de detener el brazo en movimiento del cesar�. Mi se�or, te lo ruego, no es justo, mi se�or�</p><p>Hizo una se�al a bar-Heap, y el hebreo sujet� el otro brazo de Maximiliano. Entre los dos lo hicieron retroceder.</p><p>Se produjo un s�bito silencio en la sala. Los hechiceros y sus empleados se hab�an detenido en sus tareas y contemplaban la escena con mirada at�nita y horrorizada, como tambi�n lo hac�a Menandros.</p><p>El harapiento y peque�o adivino, sent�ndose como pudo en medio de su aturdimiento, escupi� un diente y dijo, en una especie de desaf�o desesperado:</p><p>�Incluso as�, vuestra majestad, es la verdad: emperador.</p><p>Por suerte Fausto y el hebreo consiguieron llevarse al pr�ncipe de all� sin provocar m�s da�os.</p><p>Esta capacidad de furia salvaje era un aspecto de Maximiliano que Fausto nunca hab�a visto en �l. El cesar no se tomaba nada en serio. El mundo le resultaba una gran broma. Lo que siempre hab�a demostrado era que nada ni nadie le preocupaban, ni siquiera �l mismo. Era demasiado c�nico y licencioso de esp�ritu, demasiado frivolo e indiferente ante cualquier cosa de verdadera importancia, como para incurrir en el tipo de implicaci�n que la ira aut�ntica exig�a. As� pues, �por qu� las palabras del adivino le hab�an irritado de esa manera? Su furia era desproporcionada a la ofensa, si es que hab�a habido tal ofensa. El hombrecillo estaba simplemente tratando de halagarlo. He aqu� que viene un pr�ncipe a visitarnos: pues bien, dig�mosle que es un gran h�roe, dig�mosle incluso que se convertir� en emperador alg�n d�a. Esto �ltimo, al menos, no era imposible. Heraclio, que pronto subir�a al trono, muy bien pod�a morir sin descendencia, y no habr�a entonces m�s alternativa que pedirle a su hermano que asumiera el poder; sin embargo, al mismo Maximiliano parec�a traerle sin cuidado.</p><p>Pero decir que Maximiliano se convertir�a en un gran h�roe� eso deb�a de ser lo que lo hab�a herido tan profundamente, pens� Fausto. Sin duda, �l no consideraba que poseyera ni un �pice del material del que est�n hechos los h�roes, dijera lo que dijese un adivino halag�e�o. Tambi�n deb�a de creer que nadie en Roma lo ve�a como un apuesto y joven pr�ncipe que pod�a lograr grandes haza�as, sino como el jugador y mujeriego harag�n, el brib�n disoluto y derrochador que �l era ante sus propios ojos. Y por eso interpret� las palabras del adivino como una mofa de la peor cala�a y no como un halago.</p><p>�Creo que deber�amos encontrar pronto una taberna �dijo Fausto�. Un poco de vino refrescar� tus ardores, mi se�or.</p><empty-line/><p>En efecto, el vino, repugnante como era, calm� en seguida a Maximiliano, quien pronto estuvo ri�ndose a mand�bula batiente por el descaro de aquel andrajoso hombrecillo.</p><p>��Un h�roe del reino! �Yo! �Y tambi�n emperador! �Hubo alguna vez un augur tan desencaminado en sus augurios?</p><p>�Si todos los augures son como �se �dijo bar-Heap�, creo que no tenemos que preocuparnos por la inminente y atroz destrucci�n del universo. Todos esos individuos son unos payasos, o algo peor. S�lo divierten a los idiotas.</p><p>�Una funci�n �til en el mundo, dir�a yo �observ� Menandros�. El mundo est� lleno de idiotas y �no tienen tambi�n ellos derecho a divertirse?</p><p>Fausto dijo muy poco. El episodio entre hechiceros y augures lo hab�a dejado sumido en un inusitado y sombr�o estado de �nimo. Siempre hab�a sido un hombre jovial; el cesar ten�a en gran estima su alegre compa��a, pero el tono de su humor se hab�a ido haciendo cada vez m�s grave desde la llegada a Roma de aquel embajador griego, y ahora se sent�a envuelto en una serie de l�gubres pensamientos. Pasar tanto tiempo en aquel reino subterr�neo de oscuridad y sombras titilantes, se dijo a s� mismo, era lo que hac�a que se sintiera de esa manera. Hasta entonces, de all�, el pr�ncipe y �l s�lo hab�an obtenido placer, pero durante aquellos dos d�as en los antiguos t�neles aquel reino misterioso de inexplicables ruidos y apariciones, de seres invisibles y fantasmas acechantes, le hab�a hecho sentirse cansado e inc�modo. �Este mundo fr�o, h�medo y ajeno a la luz del sol �pensaba�, es la verdadera Roma, un reino ignorante de magia y terror, un lugar de ag�eros y pavores.�</p><p>�Ser�a el mundo destruido por las llamas al cabo de dieciocho a�os, como afirmaba el anciano? Probablemente no. En cualquier caso, Fausto dudaba que viviera lo suficiente como para comprobarlo. Posiblemente, el final del universo no se estaba acercando, pero el suyo propio s�: cinco a�os, diez, quince como mucho, y �l se habr�a ido, bastante antes de la cat�strofe vaticinada, de la (�c�mo la hab�a llamado el griego?)�, la gran <emphasis>ekpyrosis.</emphasis></p><p>Pero aunque en realidad el futuro no les deparara ninguna hoguera apocal�ptica, el Imperio parec�a estar desmoron�ndose. Por todas partes hab�a s�ntomas de la enfermedad. Que el segundo hombre en la l�nea de sucesi�n al trono reaccionara con tal furia ante la posibilidad de ser llamado para servir al reino, era un signo del alcance del mal. Otro era la posibilidad de que los b�rbaros pudieran estar pronto de nuevo llamando a la puerta, tan s�lo una generaci�n despu�s de haber sido supuestamente puestos en fuga para siempre. Era como si se hubiese perdido el rumbo.</p><p>Fausto volvi� a llenarse la copa. Sab�a que estaba bebiendo demasiado y demasiado de prisa. Hasta la capacidad de su panza ten�a sus l�mites. �Pero el vino alivia el sufrimiento. Bebe pues, viejo Fausto. Bebe. Si no puedes hacer otra cosa, perm�tete este consuelo.�</p><p>S�, se estaba haciendo viejo. Pero Roma estaba incluso m�s envejecida. La inmensidad del pasado de la ciudad la presionaba por todos lados. Calles estrechas invadidas por montones de basura, que conduc�an a grandes plazas con sus miles de fuentes, con sus surtidores plateados, a los palacios de los ricos y poderosos, y estatuas por todas partes, y obeliscos, y columnas tra�das de templos lejanos; los botines de un centenar de conquistas imperiales, los santuarios de un centenar de dioses extranjeros. Y la limpia y vieja Roma de la primitiva Rep�blica en alguna parte debajo de todo aquello: una capa sobre otra, doce siglos de historia; el presente continuamente superponi�ndose al pasado, aunque el pasado tambi�n permanece� �S� �se dec�a a s� mismo�, ha sido un largo viaje y quiz� ahora que hemos creado tanto pasado, nos quede ya poco futuro, y en realidad nos hallemos vagando hacia el fin, hasta que desaparezcamos en nuestra propia debilidad, nuestra propia confusi�n, nuestro propio y fatal amor por el placer y la buena vida.�</p><p>Eso le preocupaba enormemente. Pero �por qu� se preocupaba?, se preguntaba Fausto. �l mismo no era m�s que un licencioso y viejo harag�n, compa�ero de otro licencioso m�s joven que �l. Su pretensi�n a lo largo de toda la vida hab�a sido no preocuparse nunca por nada.</p><p>Y sin embargo� sin embargo no pod�a permitirse olvidar que por sus venas corr�a la sangre del formidable Constantino, uno de los m�s grandes emperadores. El destino del Imperio hab�a preocupado profundamente a Constantino: hab�a estado a su mando durante d�cadas de afanoso trabajo y lo hab�a salvado del desmoronamiento creando una capital nueva en el este, una segunda base que contribuy� a llevar el peso que la ciudad de Roma ya no era capaz de soportar por s� sola. �Y aqu� estoy yo �pensaba�, dos largos siglos y un cuarto despu�s. Yo, que soy a mi gran antepasado Constantino lo que un gato so�oliento y perezoso es a un bravo le�n. Pero por fin he de preocuparme un poco por el Imperio al que �l consagr� su vida. Si no por m�, s� por �l. De lo contrario, �de qu� sirve llevar la sangre de un emperador en las venas?�, se pregunt� con orgullo.</p><p>�Est�s muy callado, viejo amigo �dijo Maximiliano�. �Te he preocupado gritando y provocando la reyerta de antes?</p><p>�Un poco, pero eso ya ha pasado.</p><p>��Qu� ocurre entonces?</p><p>�Estaba pensando. Un pasatiempo pernicioso que lamento. �Fausto inclin� la copa y contempl� absorto y entristecido su interior m�s profundo�. Henos aqu� �dijo�, en las entra�as de la ciudad, en este lugar extra�o y sucio. Siempre he pensado que todo parece irreal aqu� abajo, que todo es una especie de escenario.Y sin embargo, ahora mismo, tengo la impresi�n de que es, con diferencia, mucho m�s real que cualquier otra cosa del mundo de ah� arriba. Aqu�, al menos, no hay fingimientos. Entre la fantas�a y lo grotesco, cada uno es quien es. Nadie finge ser otro. Sabemos por qu� estamos aqu� y lo que debemos hacer. �A continuaci�n, se�al� hacia arriba, el mundo por encima de ellos�: All� arriba, sin embargo, la locura reina hegem�nica. Creemos que �se es el mundo de la dura realidad, el mundo del poder imperial y el poder comercial romanos, pero de hecho no hay nadie que se comporte como si nada de eso debiera tomarse en serio. Escondemos la cabeza en la arena, como los grandes p�jaros africanos. Los b�rbaros se acercan, pero no estamos haciendo nada para frenarlos. Y esta vez los b�rbaros nos engullir�n. Acabar�n irrumpiendo estruendosamente en la ciudad de m�rmol que tenemos encima de nuestras cabezas, la saquear�n y le prender�n fuego. Al final, de Roma no quedar� nada m�s que este oscuro, fr�o, h�medo, escondido y eternamente misterioso mundo subterr�neo de dioses extra�os y horrendas monstruosidades. El que yo supongo que es la verdadera Roma, la eterna ciudad de las sombras.</p><p>�Est�s borracho �dijo Maximiliano.</p><p>��De veras?</p><p>�Como sabes muy bien, Fausto, este lugar de aqu� abajo es un mero mundo de fantas�a. Es un lugar sin significado. �El pr�ncipe se�al� hacia arriba, como Fausto hab�a hecho antes�. La verdadera Roma de la que est�s hablando est� ah�. Siempre lo estuvo y siempre lo estar�. Los palacios, los templos, el Capitolio, las murallas. S�lida, indestructible, imperecedera. La ciudad eterna, s�.Y los b�rbaros nunca la engullir�n. Nunca. Nunca.</p><p>Tambi�n �se era un tono de voz que nunca antes Fausto hab�a o�do en el pr�ncipe. Era la segunda vez en menos de una hora que no reconoc�a su voz. En esta ocasi�n era dura, clara, apasionada. De nuevo su mirada trasluc�a una in�dita y extra�a intensidad, la misma que Fausto hab�a percibido el d�a antes, cuando el pr�ncipe habl� de los emperadores como si se tratase de monstruos y fen�menos de feria. Era como si algo nuevo estuviera bullendo por liberarse en el interior del cesar durante estos d�as.Y ahora deb�a de estar muy cerca ya de la superficie. ��Qu� nos suceder� cuando finalmente se libere?�</p><p>Cerr� los ojos por un instante, asinti� con la cabeza, sonri�. �Dejemos que salga lo que tenga que salir �pens�. Sea lo que sea.�</p><p>Acabaron su jornada en el mundo subterr�neo poco despu�s. El salvaje estallido de Maximiliano en la sala de los adivinos parec�a haberles aguado la fiesta, incluso el deseo antes insaciable de Menandros por explorar los infinitos recovecos de las catacumbas se hab�a apagado.</p><p>Faltaba poco para la puesta de sol cuando Fausto lleg� a sus dependencias; le hab�a prometido a Menandros que cenar�a con �l m�s tarde, en el alojamiento del embajador, en el Palacio Severino. Le aguardaba una sorpresa. El pr�ncipe Heraclio se hab�a marchado realmente a su refugio de caza y no a la frontera; de modo que hab�a recibido el mensaje que Fausto le envi� y se encontraba ya de regreso a Roma. Llegar�a aquella misma noche y deseaba encontrarse con el emisario de Justiniano tan pronto como fuera posible.</p><p>Con premura, Fausto se dio un ba�o y se visti� formalmente. La muchacha numidia ya estaba preparada y esper�ndolo, pero Fausto la despidi� y anunci� a su secretario privado que tampoco necesitar�a por esa noche sus servicios.</p><p>�Un curioso d�a �dijo Menandros cuando Fausto lleg�.</p><p>�S� lo ha sido �convino Fausto.</p><p>�A tu amigo el cesar le afect� mucho toda la monserga de aquel hombre diciendo que se convertir�a alg�n d�a en emperador. �Tanto le desagrada la idea?</p><p>�Es algo en lo que nunca ha pensado. Heraclio ser� el emperador. Eso nunca se ha puesto en duda. �l es seis a�os mayor. Era ya el sucesor de su padre cuando Maximiliano naci�, y todo el mundo lo ha tratado siempre como tal. Maximiliano no ve para s� mismo un futuro distinto a la vida que ahora est� llevando. Nunca se ha considerado como un soberano en potencia.</p><p>�Sin embargo, el Senado podr�a nombrar emperador a cualquiera de los dos, �no es as�?</p><p>�El Senado podr�a nombrarme a m�, si �sa fuera su voluntad. O incluso a ti. En teor�a, como seguramente sabes, no hay imposici�n hereditaria. En la pr�ctica, las cosas son diferentes. La llegada de Heraclio al trono no se cuestiona. Adem�s, Maximiliano no quiere ser emperador. Serlo es una tarea dura y Maximiliano no se ha esforzado por nada en toda su vida. Creo que eso es lo que tanto lo ha irritado hoy, el mero hecho de que alg�n d�a pudiera ser emperador.</p><p>A esas alturas, Fausto conoc�a lo bastante bien a Menandros como para detectar el desprecio apenas disimulado que estas palabras le hab�an producido. El embajador ten�a muy claro el concepto de emperador: un hombre severo e implacable como Justiniano, que ejerc�a el dominio desde Dacia yTracia hasta las fronteras con Persia y desde los helados l�mites al norte, en el mar P�ntico hasta alg�n lejano lugar en el sur en la t�rrida �frica, mandando sobre todo y sobre todos, sobre el complicado mosaico que era el Imperio Oriental, con un simple pesta�eo. Mientras, all�, en el siempre m�s blando Occidente (el cual estaba a punto de pedirle ayuda a Justiniano para combatir a sus propios enemigos de toda la vida), el emperador reinante estaba en aquellos momentos enfermo e invisible, el proceder del heredero al trono era tan extra�o que era capaz de escabullirse de la ciudad en el preciso momento en que el embajador de Justiniano llegaba para discutir los t�rminos de esa alianza que Occidente tan urgentemente necesitaba, y al segundo en la sucesi�n al Imperio le interesaba tan poco la perspectiva de alcanzar la grandeza imperial que le hab�a propinado una soberana paliza a un inofensivo hombrecillo que hab�a osado sugerirle tal posibilidad.</p><p>�Nos tiene que considerar poco menos que despreciables �pens� Fausto�.Y quiz� tenga raz�n.�</p><p>Era mejor que la conversaci�n no siguiera por aquellos derroteros. Fausto la ataj� comunic�ndole que el pr�ncipe Heraclio regresar�a esa misma noche.</p><p>�Ah, as� pues �dijo Menandros� las cosas deben de estar ya en orden en vuestra frontera norte. Bien.</p><p>Fausto no crey� que fuera su obligaci�n explicarle que era absolutamente imposible que el cesar hubiera hecho el viaje de ida y vuelta hasta la frontera en tan pocos d�as y que, de hecho, se hab�a marchado simplemente a su refugio de caza en el campo. Heraclio era absolutamente capaz de quitarle importancia al asunto por s� mismo y sin la ayuda de Fausto. De manera que Fausto dio instrucciones para que se sirviera la cena.</p><p>Justo estaban ya en el �ltimo plato, con las frutas y los sorbetes, cuando lleg� un mensajero con la noticia de que el pr�ncipe Heraclio se encontraba ya en Roma y esperaba que el embajador de Constantinopla se personase en el sal�n de Marco Anastasio, en el Palacio Imperial.</p><p>La parte m�s cercana de ese grupo de construcciones de quinientos a�os de antig�edad que constitu�a el complejo imperial se hallaba a no m�s de diez minutos caminando desde donde se encontraban Fausto y el emperador, pero Heraclio, con su habitual inoportunidad, hab�a elegido como lugar de la audiencia no sus propias y relativamente pr�ximas dependencias residenciales, sino la enorme sala llena de reverberaciones donde sol�a reunirse el Gran Consejo del Estado, bastante alejada, en el lado norte del palacio, en la misma cima de la colina Palatina. Fausto hab�a solicitado dos literas para llevarlos hasta all�.</p><p>El pr�ncipe estaba ostentosamente instalado en el asiento en forma de trono del extremo norte de la sala, donde el emperador sol�a sentarse durante sus reuniones con el Consejo. All� estaba ahora �l, altanero, aguardando en silencio, mientras Menandros atravesaba la interminable y gigantesca sala, acompa�ado por el corpulento e irritado Fausto. Por un instante, �ste se pregunt� si el viejo emperador habr�a muerto durante ese d�a sin que �l se hubiera enterado, y era �sa la raz�n por la que Heraclio estaba en Roma; que se hubiese apresurado a volver para ocupar el puesto de su padre. Pero en tal caso, con toda seguridad alguien le habr�a informado, pens� Fausto.</p><p>Menandros conoc�a bien su trabajo. Se arrodill� ante el pr�ncipe y llev� a cabo la adecuada gesticulaci�n. Cuando se alz�, tambi�n Heraclio estaba en pie, y manten�a la mano extendida al frente, present�ndole un enorme anillo de calcedonia, para que se lo besara. Menandros bes� el anillo y pronunci� un breve y elegante discurso expres�ndole los saludos y los mejores deseos del emperador Justiniano respecto a la buena salud de su colega real, el emperador Maximiliano, as� como para su hijo real, el cesar Heraclio, y agradeci� la hospitalidad con la que hab�a sido acogido hasta entonces. Ponder� amablemente las cualidades de Fausto pero �con bastante astucia, pens� Fausto�, no mencion� en absoluto el papel del pr�ncipe Maximiliano.</p><p>Heraclio escuchaba impert�rrito. Parec�a ausente y nervioso, m�s incluso de lo que lo estaba habitualmente.</p><p>Fausto nunca hab�a sentido ning�n afecto por el heredero imperial. Heraclio era una persona r�gida, tensa, propensa a contraer enfermedades. Era menudo, bajo, anodino, sin nada de la natural complexi�n atl�tica de su hermano. Ten�a asimismo una mirada fr�a, labios finos, y carec�a de sentido del humor. No era f�cil verlo como hijo de su padre. El emperador Maximiliano, en sus a�os j�venes, se parec�a mucho al pr�ncipe que llevaba su mismo nombre: era un hombre apuesto, alto y delgado, con destellos rojizos en el cabello, de ojos azules y expresi�n sonriente. Heraclio, sin embargo, era moreno donde a�n le quedaba cabello, sus ojos eran negros como el carb�n y su hosquedad resaltaba bajo las pobladas cejas, en un rostro p�lido e inexpresivo.</p><p>La reuni�n no fue productiva. Tanto el pr�ncipe como el embajador comprendieron que aquel primer encuentro no era el momento para iniciar una conversaci�n sobre el matrimonio real o la proposici�n de la alianza militar este-oeste, pero incluso Fausto qued� impresionado por la absoluta vacuidad de la entrevista. Heraclio le pregunt� a Menandros si estaba interesado en asistir a los juegos de gladiadores la pr�xima semana, dijo una o dos vaguedades sobre sus antepasados etruscos y sus creencias religiosas, de las que se declar� un estudioso, si se le pod�a llamar as�, y mencion� sucintamente un est�pido juego griego que se hab�a presentado en el Ode�n de Agripa Ligurino la semana anterior. No dijo absolutamente nada de los b�rbaros que se estaban concentrando en la frontera. Nada tampoco de la grave enfermedad de su padre, ni de su esperanza de entablar una estrecha amistad con Justiniano. Habr�a dado lo mismo si se hubiera limitado a hablar del tiempo. Menandros respond�a solemnemente a sus nader�as con otras irrelevancias. No pod�a hacer nada m�s, comprendi� Fausto. Era preciso ceder la iniciativa al cesar Heraclio.</p><p>Y entonces, de repente, Heraclio puso fin a todo aquello.</p><p>�Espero que tengamos oportunidad de encontrarnos muy pronto �dijo el pr�ncipe, concluyendo de una manera tan arbitraria y s�bita, que incluso el h�bil Menandros fue sorprendido con la guardia baja por tan brusca despedida; Fausto pudo o�r c�mo soltaba un casi imperceptible bufido reprimido.</p><p>�Lament�ndolo mucho, he de volver a abandonar la ciudad ma�ana. Pero a mi regreso, a la primera oportunidad� �dijo Heraclio, y le alarg� la mano con el anillo para que lo besara de nuevo.</p><p>Una vez fuera, mientras esperaban que les trajeran sus literas, Menandros dijo:</p><p>��Podemos hablar con franqueza, amigo m�o?</p><p>Fausto se ri� entre dientes.</p><p>�D�jame adivinar. No has encontrado al cesar precisamente encantador.</p><p>�Podr�a decirse en esos t�rminos, s�. �Siempre es as�?</p><p>�Oh, no �contest� Fausto�, habitualmente es mucho peor. Te ha reservado su mejor actitud, dir�a yo.</p><p>��En serio? Muy interesante. Y �ste es el que ser� emperador del oeste. La verdad es que a Constantinopla hab�an llegado informaciones acerca de que el pr�ncipe Heraclio no era, bueno�, precisamente fascinante. Pero incluso as� no estaba preparado para esto.</p><p>��Te ha importado besarle el anillo?</p><p>�Oh, no, en absoluto. Uno sabe, como embajador, que su deber es mostrar cierta deferencia, al menos al emperador.Y a su hijo, supongo, si as� lo requiere. No, Fausto, lo que me ha llamado la atenci�n� �C�mo podr�a decirlo? D�jame pensar un momento� �Menandros hizo una pausa. Dirigi� su mirada, en la profundidad de la noche, hacia el Foro y el Capitolio, a lo lejos, al otro lado del valle�. �Sabes? �dijo por fin�, soy un hombre relativamente joven, pero he estudiado bastante la historia imperial, tanto de Occidente como de Oriente, y creo saber lo que se necesita para ser un buen emperador. Nosotros tenemos una palabra griega que describe la cualidad precisa. Se trata de �charisma�, �la conoces?; es similar a otra palabra latina vuestra, �virtus�, aunque no son exactamente iguales. Hay muchos tipos de carisma. Se puede gobernar con la pura fuerza de la personalidad, mediante el sobrecogimiento, el miedo y el respeto que uno genera. Justiniano es un buen ejemplo de ello, o Vespasiano, en la antig�edad, o Tito Galio. Se puede gobernar mediante una combinaci�n de gran determinaci�n y astucia personal, como lo hicieron el gran Augusto y Diocleciano. Uno puede ser un individuo de elegancia y profunda sabidur�a (como Adriano o Marco Aurelio). Se puede conquistar el favor popular mediante un gran valor militar: ahora podr�a pensar en Trajano y Cayo Marcio, y en vuestros dos emperadores que llevaron el nombre de Maximiliano. Sin embargo� �Y de nuevo Menandros se detuvo. Esta vez respir� profundamente antes de continuar�. Si no se posee ni elegancia, ni sabidur�a, ni valor, ni astucia, ni la capacidad de provocar miedo y respeto�</p><p>�Yo creo que Heraclio ser� capaz de provocar miedo �dijo Fausto.</p><p>�Quiz� s�. Cualquier emperador puede hacerlo, al menos durante un tiempo. Como Cal�gula, �no? O Ner�n, o Domiciano o C�modo.</p><p>�Los cuatro que has nombrado fueron todos finalmente asesinados, creo �dijo Fausto.</p><p>�S�. As� es, en efecto.</p><p>Ya estaban llegando las dos literas. Menandros se volvi� a Fausto y le sonri� serenamente, de manera casi idealista.</p><p>��Qu� extra�o, verdad Fausto, que los dos hermanos de sangre real sean tan diferentes y que el que tiene carisma est� tan poco interesado en servir a su Imperio como gobernante mientras que el que est� destinado a subir al trono tenga tan poco carisma? Qu� lamentable. Para ellos, para ti, quiz� incluso para el mundo. Esta es una de las peque�as jugarretas que a los dioses les gusta gastarnos, �eh, amigo m�o? Pero a veces, lo que a los dioses les resulta divertido, no lo es tanto para nosotros.</p><empty-line/><p>Al d�a siguiente, no hubo visita a las catacumbas. Menandros envi� un mensaje anunciando que permanecer�a todo el d�a en sus dependencias, preparando despachos para enviar a Constantinopla. Por su parte, el cesar Maximiliano le comunic� a Fausto que su presencia no iba a ser requerida aquel d�a, de modo que Fausto pas� la jornada gestionando la ingente profusi�n de documentos rutinarios que su propio despacho generaba de manera incesante, celebrando su habitual reuni�n de mediados de semana con los dem�s funcionarios de la canciller�a, poni�ndose a remojo durante varias horas en los ba�os p�blicos y cenando con la peque�a numidia de ojos vivarachos, que lo observ� desde el otro extremo de la mesa sin decir nada durante una hora y media, comiendo muy poco (ten�a el apetito de un pajarillo), y sigui�ndolo hasta el lecho cuando acabaron de comer. Despu�s de que ella se marchara, Fausto permaneci� tendido en la cama, leyendo pasajes al azar de una de las obras de S�neca, la sangrienta <emphasis>Tiestes, </emphasis>hasta que se encontr� con un fragmento que hubiese preferido no leer aquel d�a: �Vivo aterrado ante la posibilidad de que el universo entero estalle en un millar de fragmentos devast�ndolo todo, de que regrese el caos amorfo venciendo a dioses y hombres, de que la tierra y los oc�anos sean tragados por los planetas que vagan por el firmamento�. Fausto se qued� contemplando aquellas palabras hasta que empezaron a bailar ante sus ojos. Prosigui� leyendo, las l�neas siguientes: �De todas las generaciones, la nuestra es la escogida como merecedora del amargo destino de ser aplastada bajo los fragmentos precipitados del firmamento que se derrumba�. No era una bonita lectura para dormir. Dej� el pergamino y cerr� los ojos.</p><p>�Y as� �pens� ha pasado otro d�a en la vida de Fausto Flavio Constantino C�sar. Los b�rbaros se est�n concentrando en nuestras fronteras, el emperador se est� muriendo poco a poco, d�a a d�a, el heredero natural se ha ido al parecer al bosque a arrojar lanzas sobre desventuradas bestias salvajes, y el viejo Fausto revuelve est�pidos papeles oficiales, sumergido la mitad del d�a en una espl�ndida ba�era de m�rmol llena de agua caliente, y divirti�ndose luego durante un rato con ese juguete de tez morena que es la muchacha numidia, para tropezarse despu�s con funestos augurios cuando trata de leer algo para dormirse.�</p><p>El d�a siguiente comenz� con la llegada de uno de los esclavos de Menandros, que le entreg� una nota comunic�ndole que, para el embajador, ser�a un placer llevar a cabo una tercera exploraci�n de las catacumbas a media tarde. Ten�a un especial inter�s �dec�a Menandros�en visitar la capilla de Pr�apo y la pila de los baptai y, quiz�, la catacumba de las sagradas rameras de Caldea. Por lo que parec�a, el humor del embajador hab�a adoptado un giro er�tico.</p><p>A toda prisa, Fausto escribi� otra nota al cesar Maximiliano, comunic�ndole el programa del d�a y solicit�ndole que convocara una vez m�s a Daniel bar-Heap, el hebreo, para que les sirviera de gu�a. �Dime d�nde quieres que nos reunamos contigo hacia la sexta hora�, terminaba Fausto. Pero lleg� el mediod�a y a�n no hab�a recibido ninguna contestaci�n del pr�ncipe. Ni tampoco obtuvo respuesta a un segundo mensaje. Se iba acercando la hora en que Fausto deber�a dirigirse al Palacio Severino a recoger al embajador y empezaba a tener la impresi�n de que �l ser�a el �nico acompa�ante de Menandros en la expedici�n de aquel d�a. Pero Fausto se dio cuenta de que no le gustaba la idea, pues se sent�a demasiado arisco, demasiado triste y taciturno. Necesitaba la jovial compa��a de Maximiliano para hacer frente a su tarea.</p><p>�Llevadme hasta el cesar �orden� a sus porteadores.</p><p>Maximiliano, sin ba�ar ni afeitar, con los ojos enrojecidos y vestido con una vieja y basta t�nica con algunos desgarrones, pareci� sobresaltarse al verlo.</p><p>��Qu� pasa, Fausto? �Por qu� vienes sin haberte anunciado?</p><p>�Te envi� dos notas esta ma�ana, cesar. Vamos a volver con el griego al mundo subterr�neo.</p><p>El pr�ncipe se encogi� de hombros. Era obvio que no hab�a le�do ninguna de las notas.</p><p>�Llevo despierto s�lo una hora.Y tan s�lo he dormido tres. Ha sido una noche dura. Mi padre se muere.</p><p>�S�, por supuesto. Todos somos conscientes de este triste hecho desde hace tiempo, y nos sentimos enormemente afligidos por ello �dijo Fausto, untuoso�. Quiz� te sirva de alivio olvidar por unas horas la terrible enfermedad de su majestad�</p><p>�No quiero decir s�lo que est� enfermo. Quiero decir que est� agonizando, Fausto. He pasado toda la noche en palacio, pendiente de �l.</p><p>Fausto pesta�e� por la sorpresa.</p><p>��Tu padre est� en Roma?</p><p>��Por supuesto! �D�nde cre�as que estaba?</p><p>�Circulaban rumores de que se encontraba en Capri, Sicilia o incluso en �frica�</p><p>�Todo eso son chismes, bobas habladur�as. Lleva meses aqu�; regres� a Roma despu�s de tomar las aguas en Baia. �No lo sab�as? Han sido muy pocos los que le han visitado, pues est� extremadamente d�bil e incluso las m�s cortas conversaciones le agotan. Sin embargo, ayer hacia el mediod�a padeci� una crisis de alg�n tipo. Empez� a vomitar sangre negra, en medio de tremendas convulsiones. Se mand� llamar al cuerpo de doctores en pleno y vino un verdadero ej�rcito de ellos. Cada cual decidido a ser el que salvara su vida, incluso si hac�a falta matarlo durante el proceso.</p><p>De manera casi morbosa, Maximiliano empez� a enumerar los remedios que se le hab�an aplicado en las �ltimas veinticuatro horas: cataplasmas de grasa de le�n, brebajes de leche de perras, ranas hervidas en vinagre, cigarras secas disueltas en vino, higos rellenos de h�gado de rat�n, lengua de drag�n cocida en aceite, ojos de cangrejos de r�o y un sinf�n de otras medicinas raras y costosas, pr�cticamente toda la potente farmacopea. �Bastante medicaci�n �pens� Fausto�, incluso como para acabar con un hombre sano.�Y a�n hab�an hecho m�s. Le hab�an sacado sangre. Lo hab�an sumergido en ba�eras de miel rociada con polvo de oro. Hasta lo hab�an cubierto con lodo caliente de las laderas del Vesubio.</p><p>�Y la �ltima estupidez, justo antes del amanecer �dijo Maximiliano�: una virgen desnuda que toca su mano e invoca a Apolo tres veces para detener el progreso de su enfermedad. Es un milagro que consiguieran encontrar una virgen con tanta rapidez. Naturalmente, tambi�n podr�an haber nombrado una con un decreto retroactivo, supongo. �Y el pr�ncipe esboz� una sonrisa sarc�stica. Pero Fausto pudo advertir que era una simple bravuconada, una muestra deliberada del fr�o cinismo que se supon�a que Fausto esperar�a de �l. Sin embargo, la expresi�n que se ve�a en los ojos enrojecidos e hinchados del cesar era la propia de un hombre joven afligido hasta la m�dula por el sufrimiento de su amado padre.</p><p>��Crees que morir� hoy? �pregunt� Fausto.</p><p>�Probablemente no. Los m�dicos me dijeron que su fortaleza es prodigiosa, incluso ahora. Durar� al menos otro d�a, incluso dos o tres quiz�, pero no m�s.</p><p>��Y est� tu hermano con �l?</p><p>��Mi hermano? �pregunt� at�nito Maximiliano�. Mi hermano est� en su refugio de caza �t� me lo dijiste!</p><p>�Regres� anteanoche. Concedi� una audiencia al griego en el sal�n de Marco Anastasio. Yo mismo estuve presente.</p><p>�No �mascull� Maximiliano�. �No! �El muy bastardo! �El muy bastardo!</p><p>�El encuentro dur� quiz� quince minutos, calculo. Y, al final, anunci� que volv�a a abandonar la ciudad a la ma�ana siguiente, aunque seguramente, al saber que vuestro padre se encontraba tan gravemente enfermo� �Fausto se call� de golpe y, comprendiendo la situaci�n, escrut� incr�dulo al pr�ncipe�. �Quieres decir que no le viste ayer en ning�n momento? �Qu� no fue a visitar a vuestro padre en alg�n momento durante el d�a?</p><p>Ninguno de los dos pudo hablar por un instante.</p><p>Finalmente, Maximiliano dijo:</p><p>�La muerte lo aterroriza. Su visi�n, su olor, pensar en ella. No puede soportar estar cerca de nadie que est� enfermo. Y por eso se ha cuidado tanto de mantener las distancias con el emperador desde que �ste enferm�. En cualquier caso, mi padre nunca le import� un bledo. Cuadra perfectamente con su car�cter venir a Roma, dormir bajo el mismo techo que el anciano sin ni siquiera tomarse la molestia de preguntar por su salud, y marcharse al d�a siguiente. �Conque para qu� hablar de ir a verle! As� que no ha debido de enterarse de que su fin est� tan cercano. En cuanto a m�, no esperaba que se pusiera en contacto conmigo si ven�a por aqu�.</p><p>�Deber�a ser llamado a Roma de nuevo �dijo Fausto.</p><p>�S�, supongo que s�. Se convertir� en emperador en un d�a o dos, ya lo sabes. �Maximiliano mir� a Fausto con ojos nublados por las l�grimas. Parec�a medio aturdido por la fatiga�. �Lo har�s t�, Fausto? Ahora mismo. Mientras yo me lavo y me visto. El griego nos est� esperando para que lo llevemos all� abajo, �verdad?</p><p>Estupefacto, Fausto le respondi�:</p><p>��Me est�s diciendo que quieres ir all� abajo� hoy� mientras tu padre�?</p><p>��Por qu� no? No hay nada que pueda hacer por �l en estos momentos. Y los doctores me han asegurado solemnemente que sobrevivir� al d�a de hoy.</p><p>Una especie de fantasmag�rica frialdad envolvi� s�bitamente al cesar. Fausto quiso apartarse del fr�o que de �l emanaba.</p><p>Con voz cortante e insensible, Maximiliano a�adi�:</p><p>�En cualquier caso, no soy yo quien se convertir� en emperador. Es responsabilidad de mi hermano estar aqu� para recoger las riendas, no la m�a. Env�a un mensajero a Heraclio dici�ndole que ser� mejor que vuelva tan r�pidamente como pueda, y salgamos t�, el griego y yo a divertirnos un rato. Puede ser nuestra �ltima oportunidad en mucho tiempo.</p><empty-line/><p>En tan poco tiempo no hubo manera de encontrar al hebreo, de manera que tuvieron que llevar a cabo la expedici�n sin su inestimable ayuda. Fausto se sinti� nervioso por ello, porque espiar en la capilla de Pr�apo no estaba exento de riesgos, y �l prefer�a tener al fuerte e intr�pido bar-Heap al lado en caso de que se metieran en alg�n l�o. Maximiliano, no obstante, no parec�a preocupado. Aquel d�a, la actitud del pr�ncipe parec�a especialmente impulsiva, incluso para �l. Su furia por la ausencia de su hermano y la inquietud por la enfermedad de su padre lo hab�a dejado sobremanera tenso. Todos los indicios parec�an sugerir que se encontraba al borde de un inmenso estallido.</p><p>Pero sin embargo se mantuvo sereno mientras conduc�a a la comitiva por la rampa curva por la que se penetraba en el mundo subterr�neo, junto a los Ba�os de Constantino, y los guiaba hacia la gruta donde se celebraban los ritos de Pr�apo. El pasadizo era de techo bajo y muros h�medos, con manchas verdinegras de hongos adheridas a ellos. Cuando se estaban acercando a su destino, Menandros mostr� tales signos de ansiedad juvenil que a Fausto le divirti� a la vez que le produjo desd�n. �Es que ellos no ten�an cultos turbios en Constantinopla? �Era Justiniano un se�or tan severo que los hab�a eliminado todos, aun cuando su propia esposa, Teodora, hab�a sido una actriz de cuya moralidad se dec�a que hab�a sido de lo m�s disoluta?</p><p>�Por aqu� �susurr� Maximiliano, se�alando una abertura en el muro de la caverna, una entrada que apenas era una grieta�. Lleva justo encima de la capilla, donde disfrutaremos de una vista estupenda. Pero all� dentro debemos mantener un silencio total. Un simple estornudo y estamos perdidos, pues �sta es la �nica salida y si descubren que les hemos estado espiando, nos esperar�n aqu� armados.</p><p>El pasadizo ascend�a bruscamente. Resultaba imposible para hombres altos como Maximiliano o Fausto permanecer erguidos en �l, aunque Menandros no tuvo dificultad alguna. El joven y �gil Maximiliano avanzaba sin complicaciones, pero para Fausto, torpe y corpulento, cada paso era un desaf�o. Pronto empez� a sudar y jadear. En una ocasi�n, el farol de Fausto golpe� contra el muro, produciendo un sonido reverberante a lo largo de todo el corredor, lo que provoc� en Maximiliano un bufido y una mirada fulminante.</p><p>No mucho despu�s, les lleg� la confirmaci�n de que un servicio se estaba celebrando: el sonido de los timbales, el retumbar de los tambores, el ronco chirrido de las tubas, las agudas flautas. Cuando llegaron al lugar desde el que se pod�a ver mejor la escena de abajo, Maximiliano hizo un gesto para que apartaran los faroles y no arrojaran as� ning�n destello que pudiera avistarse desde el santuario. Despu�s, coloc� a Menandros en el mejor lugar desde donde contemplar la ceremonia.</p><p>Fausto ni siquiera trat� de mirar. Lo hab�a visto ya demasiadas veces: la pared cubierta con chillones murales er�ticos, el gran altar del dios de la lujuria, y la figura sedente del propio Pr�apo, con su gigantesco falo alz�ndose desde sus muslos como un pilar de piedra. Media docena de fieles desnudos, todas ellas mujeres, danzaban ante aquel �dolo aterrador. Ten�an el cuerpo untado de aceite y en los ojos un brillo salvaje y desesperado. Sus fosas nasales se ve�an dilatadas, y frunc�an los labios en muecas que dejaban ver sus dientes, mientras sus pechos desnudos se bamboleaban con libertad, al ritmo de sus brincos y cabriolas.</p><p>Desde abajo llegaban c�nticos.</p><p>�Ven a m�, gran se�or Pr�apo, como llega la luz del sol al cielo de la ma�ana, gran se�or Pr�apo, y conc�deme el favor, la elegancia, la belleza y el deleite. Son tus nombres celestiales LAMPTHEN,</p><p>OUOTH OUASTHEN, OUTHI OAMENOTH, ENTHOMOUCH. Yo COnOZCO</p><p>tus formas: en el este eres un ibis, en el oeste un lobo, en el norte tienes la forma de una serpiente y en el sur eres un �guila. Ven a m�, mi se�or Pr�apo� ven a m�, mi se�or Pr�apo, ven�</p><p>Una a una, todas las mujeres bailaron alrededor de la gran estatua, besaron el extremo del gran falo y lo acariciaron lascivamente.</p><p>��Yo te invoco, Pr�apo! �Conc�deme la gracia, la forma y la belleza! Dame el deleite. Pues t� eres yo y yo soy t�. Tu nombre es el m�o y el m�o tuyo.</p><p>Se produjo entonces un tremendo y demon�aco redoblar de tambores. Fausto sab�a lo que eso significaba: que una de las adoradoras estaba montando la estatua del dios. Menandros, en su ansiedad, se inclinaba demasiado hacia adelante. En ese punto de la ceremonia, era poco probable que alguno de los apasionados oficiantes mirara hacia arriba y alcanzara a ver al embajador, pero s� que exist�a el riesgo de que �ste pudiera precipitarse a la caverna y aterrizar entre ellos. Se sab�a que esto hab�a ocurrido ya. La muerte era el castigo para cualquier hombre que fuera sorprendido espiando los ritos de los seguidores de Pr�apo. Fausto se le acerc�, pero Maximiliano ya lo hab�a cogido y estaba tirando de �l.</p><p>Aunque la encubierta observaci�n de estos ritos estaba prohibida, los hombres no estaban totalmente excluidos de la ceremonia. Fausto sab�a que cinco o seis esclavos fieles se alineaban en esos momentos a lo largo del muro de la cueva en las sombras de detr�s de la estatua. Pronto, la sacerdotisa de Pr�apo dar�a la se�al y empezar�a la org�a.</p><p>Casi tuvieron que sacar a Menandros a rastras de all�. Se mantuvo en cuclillas en el borde de la apertura, como un muchacho �vido de descubrir los �ntimos secretos de las mujeres, e incluso despu�s de que la escena estuviera ya en franco desarrollo, m�s all� del momento en que incluso los hombres m�s curiosos ya habr�an saciado la vista, Menandros quer�a ver m�s. Fausto estaba desconcertado por esa extra�a ansia suya. Apenas pod�a recordar el tiempo en que algo de lo que estaba sucediendo all� abajo era nuevo y desconocido para �l, y le era dif�cil entender la curiosidad apasionada de Menandros por una vulgar escena de copulaci�n orgi�stica. �En la corte del emperador Justiniano �pens� Fausto�, se deben de tener en un valor alt�simo la castidad y la decencia.� Pero eso no era lo que Fausto hab�a o�do.</p><p>Al fin consiguieron sacar al embajador de all� y se dirigieron a la siguiente escala del programa, la pila de los baptai.</p><p>�Os esperar� aqu� �dijo Fausto cuando llegaron a la empinada escalera de caracol que los conducir�a hacia abajo, al pozo de la oscuridad total, donde se celebraban los ritos de este culto de inmersi�n�. Me estoy volviendo demasiado gordo y torpe para trepar tanto.</p><p>Como Fausto bien sab�a, se trataba de un lugar encantador: los muros bien pulidos de las c�maras de piedra labrada, adornados con mosaicos de cristal iridiscente en blanco, rojo y azul, m�s vividos a�n por toques y detalles de brillante p�rpura, representando escenas de Diana cazadora, de palomas arrull�ndose, de cupidos nadando entre cisnes, de voluptuosas ninfas, de s�tiros desenfrenados. Pero la atm�sfera era h�meda y densa, la interminable y estrecha espiral descendente de escalones de piedra, resbaladizos y estrechos, ser�a una dura prueba para sus viejas piernas y la complicada etapa final del largo descenso, la que iba desde la c�mara de mosaicos hasta la oscura pila que se encontraba en el nivel m�s bajo, quedaba, sin ning�n g�nero de dudas, totalmente fuera de su alcance. Eso por no hablar del ascenso posterior, que le resultaba completamente aterrador.</p><p>As� que se qued� all� esperando. Alguna que otra risa ligera le lleg� desde abajo. La diosa Bendis deTracia era la deidad que all� se adoraba, un vulgar demonio de cabellos lacios, cuyos devotos eran unos completos desvergonzados. Normalmente, a cualquier hora del d�a o de la noche, se oficiaba un servicio; un ritual que consist�a en la habitual escena orgi�stica, finalizada con la inmersi�n bautismal culminante en la pileta helada en la que Bendis se escond�a y desde donde ofrec�a la absoluci�n de los pecados recientemente cometidos y el est�mulo para los venideros. No se trataba de un culto secreto. All� todos eran bienvenidos. Pero los misterios del culto de Bendis ya no eran misteriosos para Fausto. �l hab�a sido bautizado en esas fr�as aguas suficientes veces como para toda una vida; no deseaba repetir. Por otra parte, las diestras atenciones de su compa�era de juegos numidia, Oalatea, saciaban con creces la lujuria que los a�os le iban mermando.</p><p>Pas� mucho tiempo hasta que Menandros y Maximiliano regresaron de las profundidades. Contaron poco, pero por la expresi�n triunfante del peque�o rostro enrojecido del griego quedaba claro que cualquier �xtasis que �ste hubiera ido a buscar, lo hab�a encontrado en el santuario de los baptai.</p><p>Ahora hab�a llegado el turno de las rameras caldeas, lejos de la ciudad subterr�nea, cerca del marem�gnum de cavernas de debajo del Circo M�ximo. Menandros parec�a haber o�do muchas cosas sobre esas mujeres, la mayor�a de ellas equivocadas.</p><p>�No debes llamarlas putas �le explicaba Fausto�, �sabes?, sino prostitutas, prostitutas sagradas.</p><p>�Es una distinci�n muy sutil, �no? �dijo sard�nico el griego.</p><p>�Lo que quiere decir Fausto �terci� el cesar� es que todas ellas son mujeres de buena posici�n social, que profesan un culto que nos lleg� de Babilonia. Algunas de ellas son incluso descendientes de babilonios, pero la mayor�a no. En cualquier caso, las mujeres que practican este culto son requeridas en alg�n momento de sus vidas, entre los�, �qu� ser�n, Fausto?, �diecis�is y treinta?�, m�s o menos esas edades, para que acudan al santuario de su diosa y permanezcan all� sentadas a la espera de que alg�n extra�o se les acerque y las elija para pasar la noche. Ese hombre arroja una moneda de plata en su regazo y ella debe alzarse e ir con �l, por horrible o repulsivo que sea. Con este acto, ella cumple por completo con su obligaci�n para con su diosa, y as� puede regresar luego a una vida de pureza sin tacha.</p><p>�Tengo entendido que algunas, seg�n se dice, vienen a cumplir con sus obligaciones m�s de una vez �dijo Fausto�. Imagino que debido a un exceso de piedad. A menos que se trate de la excitaci�n de fornicar con extra�os, supongo.</p><p>�Tengo que verlo �dijo Menandros, radiante otra vez de avidez juvenil�. �Mujeres virtuosas, dices, esposas e hijas de hombres notables? �Y deben entregarse voluntariamente? �No pueden negarse bajo ninguna circunstancia? Justiniano encontrar� esto dif�cil de creer.</p><p>�Es una costumbre oriental �dijo Fausto�. De la Caldea babil�nica. Es muy extra�o que no haya nada de todo esto en vuestra propia capital.</p><p>No lo pod�a creer. Seg�n todas las historias que Fausto hab�a o�do, Constantinopla era un semillero de cultos orientales cuando menos igual que la propia Roma. Comenz� a preguntarse si existir�a alguna raz�n de Estado tras el evidente deseo de Menandros de representar al Imperio Oriental como un riguroso lugar de piedad y virtud. Quiz� tuviera algo que ver con los t�rminos del tratado que Menandros deb�a negociar. Pero no acertaba a ver claramente cu�l podr�a ser la conexi�n.</p><p>Pero no llegaron a ver a las prostitutas caldeas aquel d�a. A�n no hab�an recorrido la mitad del camino en aquel subterr�neo, cuando oyeron un confuso barullo de voces que les llegaba de m�s adelante, desde la v�a Subterr�nea. Al acercarse m�s a la ancha avenida empezaron a distinguir alguna palabra concreta. Los gritos a�n resultaban indistintos y confusos, pero lo que parec�a que estaban diciendo era: ��El emperador ha muerto! �El emperador ha muerto!�.</p><p>��Es posible? �pregunt� Fausto�. �Estoy oyendo bien?</p><p>Y entonces lo oyeron otra vez; una voz de hombre, potente como el mugido de un toro, se elevaba por encima de las dem�s:</p><p>��EL EMPERADOR HA MUERTO! �EL EMPERADOR HA MUERTO!�. No Cab�a ya ninguna duda.</p><p>�Tan pronto �murmur� Maximiliano, con una voz que parec�a llegar de ultratumba�. No se esperaba que sucediese hoy.</p><p>Fausto mir� al cesar. Su rostro estaba blanco como la tiza, como si hubiera pasado la vida entera en aquellas cavernas, y sus ojos ten�an un destello duro y aterrador que les confer�a el aspecto de dos zafiros brillantemente pulidos. Sostener la mirada de aquellos ojos p�treos resultaba espeluznante.</p><p>Un individuo con la holgada t�nica amarilla de alg�n credo asi�tico lleg� corriendo hasta donde estaban ellos; parec�a medio desquiciado por el miedo. Tropez� con Maximiliano en el estrecho corredor e intent� abrirse paso a empujones, pero el cesar, agarrando al hombre por los dos antebrazos, lo sujet� inmoviliz�ndolo, apret� su cara contra la del individuo y exigi� que le diese noticias.</p><p>�Su majestad �dijo el hombre entrecortadamente, con los ojos como platos. Ten�a un pronunciado acento sirio�. Muerto. Han prendido una gran hoguera ante palacio. Los pretorianos han salido a la calle para mantener el orden.</p><p>Mascullando una maldici�n, Maximiliano apart� al sirio de un empuj�n con tal vehemencia que el hombre rebot� contra el muro, a continuaci�n mir� a Fausto.</p><p>�Debo ir a palacio �le dijo y, sin m�s palabras, se dio la vuelta y sali� corriendo, dejando atr�s a Fausto y a Menandros mientras desaparec�a con largas y poderosas zancadas en direcci�n a la v�a Subterr�nea.</p><p>Menandros parec�a abrumado por las noticias.</p><p>�Nosotros tampoco deber�amos estar aqu�.</p><p>�No, no deber�amos.</p><p>��Vamos a palacio, pues?</p><p>�Podr�a ser peligroso. Cuando muere un emperador y su heredero natural no se encuentra en la escena, puede ocurrir cualquier cosa.</p><p>Fausto pas� su brazo por el del griego. Menandros pareci� desconcertardo por el gesto, pero pronto entendi� que lo que Fausto pretend�a era evitar que el caos creciente de la ciudad subterr�nea los separara. As� unidos, emprendieron la marcha hacia la rampa de salida m�s cercana.</p><p>Las noticias ya se hab�an extendido por todas partes y hordas de personas corr�an enloquecidas por el subsuelo de un lado a otro. Aunque su coraz�n lat�a con fuerza por el ejercicio, Fausto caminaba tan r�pido como pod�a, arrastrando pr�cticamente a Menandros con �l, utilizando su corpulencia para apartar a cualquiera que les bloqueara el paso.</p><p>��El emperador ha muerto!�, clamaba el coro interminablemente. ��El emperador ha muerto!� Cuando sali� parpadeando a la luz del sol, Fausto vio el aturdimiento dibujado en cada rostro.</p><p>Tambi�n �l se sinti� un poco aturdido a pesar de que el fallecimiento del emperador Maximiliano no le hab�a llegado exactamente como un rel�mpago ca�do del cielo. Pero el anciano hab�a ocupado el trono durante m�s de treinta a�os, uno de los reinados m�s largos de la historia de Roma, m�s incluso que el de Augusto; quiz� el segundo, s�lo por detr�s del de su abuelo, el primer Maximiliano. Esos emperadores etruscos eran hombres longevos. Fausto era un mozalbete delgado la �ltima vez que el trono imperial cambi� de manos, y aquella vez la sucesi�n se llev� a cabo sin problemas. El joven y magn�fico pr�ncipe que se convertir�a en Maximiliano II estaba al lado de su padre moribundo en sus �ltimos momentos; inmediatamente despu�s, se dirigi� al templo de J�piter Capitolino para recibir el homenaje del Senado y para aceptar las insignias y t�tulos de su cargo.</p><p>La presente era una situaci�n distinta. No hab�a magn�fico joven heredero esperando asumir el trono, tan s�lo el deplorable pr�ncipe Heraclio, y �ste se dedicaba a asuntos tan peregrinos, que ni siquiera estaba en la capital el d�a de la muerte de su padre. A veces se han producido grandes sorpresas cuando el trono quedaba vacante y el supuesto heredero no estaba en su sitio para reclamarlo. As� fue como el tartamudo y tullido Claudio fue proclamado cesar tras el asesinato de Cal�gula. As� fue como Tito Galio se convirti� en emperador despu�s de que Caracalla fuera asesinado. Por la misma raz�n, el primero de los etruscos alcanz� el poder cuando Teodosio, habiendo sobrevivido a su propio hijo Honorio, muri� en 1168. �Qui�n ser�a capaz de predecir qu� vaivenes se producir�an en la balanza del poder de Roma antes de que aquel d�a tocase a su fin?</p><p>La obligaci�n de Fausto en aquellos momentos era conducir, sano y salvo, al embajador de Justiniano al Palacio Severino, y dirigirse despu�s a la canciller�a para aguardar los nuevos acontecimientos. Pero Menandros no parec�a captar la precariedad de las circunstancias en su verdadera dimensi�n, sino que se qued� fascinado por el tumulto de las calles y, como el turista irresponsable que era en esp�ritu, quer�a dirigirse al Foro para observar la acci�n desde primera fila. Fausto tuvo que exceder un poco los l�mites de la cortes�a diplom�tica para conseguir que abandonara aquella idea insensata y, por su seguridad, se dirigiera a sus propias dependencias. Menandros acept� finalmente, reticente, pero s�lo despu�s de haber visto a una falange de pretorianos avanzando por la calle enfrente de ellos y aporreando sin contemplaciones a todo aquel que pareciera estar alterando el orden.</p><p>Fausto fue el �ltimo de los funcionarios de la canciller�a en llegar a las dependencias administrativas, justo enfrente del camino del palacio real. El canciller, Licinio Obsecuente, lo recibi� con acritud.</p><p>��D�nde has estado todo este tiempo, Fausto?</p><p>�Con el embajador Menandros, acompa��ndolo en un recorrido por las catacumbas �contest� Fausto con la misma acritud. A �l le importaba muy poco Licinio Obsecuente, un acaudalado napolitano que, mediante sobornos, hab�a llegado a su elevada posici�n. De todas formas, Fausto sospechaba que, con el nuevo emperador, ni �l ni Licinio Obsecuente continuar�an en sus cargos en la canciller�a.</p><p>�El embajador ten�a muchos deseos de visitar la capilla de Pr�apo y otros lugares parecidos �a�adi� con un poco de malicia en el tono�. De modo que le condujimos hasta all�. �C�mo iba yo a saber que el emperador morir�a hoy?</p><p>��Has dicho le condujimos?</p><p>�El cesar Maximiliano y yo.</p><p>Los ojos amarillentos de Licinio se estrecharon hasta convertirse en dos meras rendijas.</p><p>�Claro. Tu buen amigo el cesar. �Y d�nde est� el cesar ahora, si puede saberse?</p><p>�Se march� de all� cuando nos llegaron las noticias de la muerte de su majestad �dijo Fausto�. No tengo ninguna informaci�n acerca de d�nde podr�a encontrarse en estos momentos. En el Palacio Imperial, supongo. �Fausto se detuvo por un instante�. �Y el cesar Heraclio, el que es ahora nuestro nuevo emperador? �Sabe alguien algo de �l?</p><p>�Est� en la frontera norte �contest� Licinio.</p><p>�No, no est� all�. Se ecuentra en su refugio de caza, detr�s del lago Nemorensis. En ning�n momento ha ido al norte.</p><p>Licinio se estremeci� visiblemente al o�r aquello.</p><p>��Lo sabes a ciencia cierta, Fausto?</p><p>�Completamente. Le envi� un mensaje all� justo la otra noche y regres� a la ciudad aquel mismo d�a para entrevistarse con el embajador Menandros. Da la casualidad de que yo estaba all�. �Una expresi�n de desbordada estupefacci�n apareci� en el rostro mofletudo de Licinio. Fausto estaba empezando a disfrutar de aquello�. El cesar regres� a su coto privado ayer mismo por la ma�ana. Hoy a primera hora, cuando fui informado del grave estado de su majestad, le envi� un segundo mensaje al lago para que volviera de nuevo a Roma. Aparte de esto, ya no s� nada m�s.</p><p>��T� sab�as que el cesar no estaba en la frontera sino cazando y no me informaste de ello? �pregunt� Licinio.</p><p>Fausto replic� con altivez:</p><p>�Se�or, me encontraba enteramente ocupado en atender al embajador. Es una tarea dif�cil. Nunca se me ocurri� pensar que no estuvieras al corriente de los movimientos del cesar Heraclio. Supongo que di por sentado que, cuando �l vino a Roma anteanoche, se tomar�a la molestia de reunirse con el canciller de su padre para informarse del estado de salud del emperador, pero evidentemente no se le ocurri� tal cosa y, en consecuencia�</p><p>Se detuvo en medio de la frase abruptamente. Aselio Pr�culo, el prefecto de la Guardia Pretoriana, acababa de abrirse paso a empellones hasta el interior de la sala. Era un acontecimiento extraordinario que el prefecto pretoriano pusiera el pie en la canciller�a; hallarse all� el d�a de la muerte del emperador rayaba lo impensable. Licinio Obsecuente, que empezaba a parecer un hombre asediado, lo mir� boquiabierto y consternado.</p><p>��Aselio? Pero �qu�?</p><p>�Un mensaje �dijo el prefecto con aspereza�. Del lago Nemorensis.</p><p>Hizo una se�al con el pulgar hacia arriba y un individuo con el uniforme verde del servicio imperial de correos entr� tambale�ndose. Ten�a la mirada vidriosa y estaba alterado y ojeroso, como si hubiera recorrido a la carrera todo el camino desde el lago sin detenerse. Sac� de su t�nica un despacho enrollado y, con mano temblorosa, se lo tendi� a Licinio, quien se lo arrebat�, lo despleg� y lo ley�. Volvi� a leerlo. Cuando el canciller mir� a Fausto, su cara rolliza reflejaba la impresi�n.</p><p>��Qu� dice? �pregunt� Fausto.</p><p>Licinio parec�a tener dificultades para articular las palabras.</p><p>�El cesar �contest� Licinio�. Su majestad el emperador, de hecho. Herido. Un accidente de caza, esta ma�ana. Est� en su refugio. Los cirujanos imperiales han sido llamados.</p><p>��Herido? �C�mo de herido? �Con qu� gravedad?</p><p>Licinio respondi� con la expresi�n perdida.</p><p>�Herido, dice. Eso es todo: herido. El cesar ha resultado herido mientras estaba cazando. El emperador. �l es nuestro emperador ahora, �verdad?</p><p>El canciller parec�a paralizado como si le hubiera dado un ataque. Le dijo al correo:</p><p>��Sabes t� algo m�s? �Est� malherido? �Lo llegaste a ver? �Qui�n est� al cargo del refugio?</p><p>Pero el mensajero no sab�a nada. Un miembro de la guardia del cesar le hab�a dado el mensaje y le hab�a dicho que lo llevara de inmediato a la capital. Eso era todo lo que pod�a decir.</p><empty-line/><p>Cuatro horas m�s tarde, cenando con Menandros en las habitaciones del embajador en el Palacio Severino, Fausto dijo:</p><p>�Los mensajes han continuado llegando del lago durante toda la tarde. Primero estaba herido. Despu�s, herido de gravedad. M�s tarde una descripci�n de la herida: hab�a sido lanceado en el est�mago por uno de sus propios hombres. En medio de cierta confusi�n, cuando se aprestaban a caer sobre su presa, un jabal�, el caballo de alguien se encabrit� en el peor momento. Media hora despu�s, el siguiente mensaje dec�a: los cirujanos imperiales son optimistas. A continuaci�n: el cesar Heraclio se est� muriendo.Y finalmente: el cesar Heraclio ha muerto.</p><p>�El emperador Heraclio, �no deber�as llamarlo as�? �pregunt� Menandros.</p><p>�No est� claro qui�n muri� antes, si el emperador Maximiliano en Roma o el cesar Heraclio en el lago Nemorensis. Supongo que podr�n averiguarlo m�s adelante. Pero �qu� diferencia hay? Excepto para los historiadores. Muerto significa muerto. Tanto si muri� como Heraclio C�sar o como Heraclio Augusto est� muerto, y su hermano es nuestro pr�ximo emperador. �Puedes creerlo? �Maximiliano va a ser nuestro pr�ximo emperador! Se regodea contigo en una org�a en la pileta de los baptai e instantes despu�s est� sentado en el trono. �Maximiliano! Lo �ltimo que hubiera imaginado! �Convertido en emperador!</p><p>�El adivino se lo anunci� �dijo Menandros.</p><p>Un escalofr�o de sobrecogimiento atraves� a Fausto.</p><p>��S�! �S�! �Por Isis que lo hizo! Y Maximiliano se enfureci� como si le hubieran echado una maldici�n. Que fue lo que quiz� hizo. �Y Fausto volvi� a llenarse temblando el cuenco de vino�. �Emperador! �Maximiliano!</p><p>��Le has visto ya?</p><p>�No, a�n no. No es correcto precipitarse sobre �l as�.</p><p>�T� eres su amigo m�s cercano, �verdad?</p><p>�S�, s�, por supuesto.Y sin duda puedo esperar que cuente conmigo. �Fausto se permiti� una sonrisita de placer�. Bajo Heraclio, yo estar�a acabado, supongo. Jubilado y despachado a la campi�a. Pero todo ser� diferente con Maximiliano al mando. Me necesitar�, �no crees? �Entonces empez� a cavilar con cierta coherencia. Y cuanto m�s lo hac�a, m�s placer sent�a�. Nunca frecuent� a ninguno de los dirigentes de la corte; no los conoce en realidad, no sabr� en qui�nes confiar y de qui�nes deshacerse. Soy el �nico que le puede aconsejar correctamente. Incluso podr�a convertirme en canciller, �te das cuenta, Menandros? �Te das cuenta? Precisamente por eso no he ido a todo correr a visitarlo esta noche. De todos modos, est� ocupado con los sacerdotes, en las ceremonias en las que se supone que tiene que participar un nuevo emperador; despu�s, los senadores ir�n a visitarlo uno por uno y as� una cosa detr�s de otra. Ser�a demasiado descarado, �verdad?, si me dirigiera all� esta misma noche. Fausto, su compa�ero de farra, el libertino y de mala fama, que present�ndose all� ahora estar�a lanzando un mensaje demasiado obvio: la pretensi�n de reclamar su recompensa por todos estos a�os de estrecha y calurosa camarader�a. No, Menandros, yo no har�a algo tan burdo. Maximiliano no se va a olvidar de m�. Ma�ana, supongo, �l har� su primera salutatio y entonces yo podr� acercarme y�</p><p>��Su qu�? No conozco la palabra.</p><p>��Salutatio? Debes de saber lo que significa. En vuestra lengua dir�ais �un saludo�. Pero lo que quiere decir en t�rminos imperiales es una audiencia colectiva con toda la poblaci�n romana: el emperador se sienta en su trono en el Foro y el pueblo pasa ante �l y lo saluda y aclama como emperador. Lo apropiado es que yo desfile ante �l junto con todos los dem�s. Entonces �l me sonreir�, me gui�ar� un ojo y me dir�: �Ven a verme cuando se acaben todas estas tonter�as, Fausto, porque tenemos cosas importantes de que hablar�.</p><p>�Esta salutatio es una costumbre que no tenemos en Constantinopla �dijo Menandros.</p><p>�Es algo romano.</p><p>�Tambi�n nosotros somos romanos, como sabes.</p><p>�Por supuesto. Pero vosotros sois romanos helenizados, orientales, en tu caso particular, un griego romanizado incluso�, con tradiciones que llevan la marca de los antiguos d�spotas orientales, a los que se remonta vuestra historia: los faraones, los reyes persas, Alejandro el Grande. Mientras que nosotros somos romanos de Roma. Una vez tuvimos aqu� una Rep�blica que eleg�a a sus dirigentes cada a�o, �sabes eso?: dos hombres destacados a los que el Senado eleg�a para que compartieran el poder, y al final de su mandato anual, los dos abandonaban su cargo y ced�an el paso a otros dos que los relevaban. Vivimos as� durante siglos, gobernados por nuestros c�nsules, hasta que surgieron algunos problemas y fue necesario que C�sar Augusto cambiara un tanto las disposiciones. Sin embargo, a�n conservamos restos de aquella leal vieja Rep�blica de los primeros tiempos. La salutatio es uno de ellos.</p><p>�Ya entiendo �dijo Menandros. No parec�a impresionado. Se entretuvo paladeando el vino durante un rato. Entonces, rompiendo el largo silencio que se hab�a creado entre ambos, dijo�: No crees que el pr�ncipe Maximiliano pudiera haber hecho que su hermano fuera asesinado, �verdad?</p><p>��Qu�?</p><p>�Los accidentes de caza no son tan dif�ciles de provocar. Un alboroto entre los caballos en medio de la niebla matinal, una desafortunada y peque�a colisi�n, una lanza que se arroja al lugar equivocado�</p><p>��Est�s hablando en serio Menandros?</p><p>�A medias. Se sabe que estas cosas han ocurrido. Incluso yo pude apreciar desde el primer momento el desprecio que Maximiliano sent�a por su hermano. El emperador est� en las �ltimas. El Imperio va a ir a parar a manos del impopular e inepto Heraclio, de modo que tu amigo cesar, por el bien del Imperio o, simplemente, por sed de poder, decide quitar de en medio a Heraclio, justo cuando el emperador est� irreversiblemente a punto de morir. El asesino tambi�n correr� la misma suerte, con el fin de que no pueda abrir la boca en caso de que se abra una investigaci�n y sea torturado. El caso es que ah� lo tienes: Heraclio est� fuera de escena y Maximiliano III Augusto asume el mando. No es imposible. �Qu� le pas� al hombre que arroj� su lanza al pr�ncipe Heraclio? �Por casualidad lo sabes?</p><p>�De pura pesadumbre, se quit� la vida �l mismo antes de que transcurriera una hora del acontecimiento. Tambi�n pensar�s que Maximiliano le soborn� para que lo hiciera, �no?</p><p>Menandros esboz� una sonrisa y no dijo nada. Fausto se dio cuenta de que para �l tan s�lo se trataba de un juego.</p><p>�El bien del Imperio �dijo Fausto�, no es un concepto al que el cesar Maximiliano haya dedicado muchas reflexiones. Si hubieras escuchado atentamente muchas de las cosas que dijo estando con nosotros, podr�as haber advertido eso. Y en cuanto a la sed de poder, aqu� tendr�s que aceptar mi palabra, pero creo que no tiene un �tomo de eso en su interior. �No viste c�mo mont� en c�lera cuando aquel adivino idiota le dijo que iba a convertirse en un gran h�roe del Imperio? �Te est�s mofando de m� en mis propias narices�, le dijo Maximiliano, o alguna otra expresi�n similar. Y despu�s, cuando el hombrecillo aquel continu� vaticin�ndole que adem�s iba a convertirse en emperador� �Fausto se ri�. No, amigo m�o, nunca ha existido aqu� ninguna conspiraci�n. Ni siquiera en sus propios sue�os Maximiliano se ha visto a s� mismo como emperador. Lo que le ha pasado al pr�ncipe Heraclio ha sido un mero accidente; los dioses se est�n divirtiendo con nosotros una vez m�s, y lo que yo supongo es que nuestro nuevo emperador lo est� pasando mal al tener que aceptar esta peque�a jugarreta del destino. Y a�n ir�a m�s lejos y afirmar�a que esta noche no hay otro hombre m�s infeliz que �l en Roma.</p><p>�Pobre Roma �dijo Menandros.</p><empty-line/><p>Hubo una salutatio, s�, justo al d�a siguiente. Fausto no se hab�a equivocado respecto a eso. Ya se estaba formando la cola cuando �l llego al Foro, reci�n lavado y afeitado y vistiendo su mejor toga, en la hora tercera despu�s del amanecer. Y all� estaba Maximiliano, resplandeciente con la toga p�rpura imperial de bordes de hilo dorado, sentado en el trono, frente al templo de J�piter Imperator. En la cabeza llevaba una corona de laurel. Su aspecto era magn�fico, el que debiera tener un nuevo emperador. Estaba completamente erguido y su figura, serena y elegante, desplegaba en cada detalle una expresi�n de alta nobleza casi divina, muy alejada de cualquier gesto que Fausto le observara durante sus d�as de jarana. Fausto se sinti� henchido de orgullo al contemplarlo as� sentado.</p><p>��Qu� actor tan soberbio es el c�sar! �pensaba Fausto�, �qu� glorioso fraude! Pero ya no debo pensar m�s en �l como cesar. Maravilla de maravillas. �l es ahora el Augusto Maximiliano III de Roma.�</p><p>Los pretorianos manten�an la cola bajo riguroso control. Al parecer los miembros del Senado ya hab�an pasado, pues Fausto no vio a ninguno. Era lo apropiado. Ellos deb�an ser los primeros en aclamar al nuevo emperador. Fausto se alegr� al darse cuenta de que hab�a llegado justo a tiempo de a�adirse a la cola de los funcionarios de la corte del anterior emperador. Vio al canciller Licinio a la cabeza, al ministro del Tesoro para los Asuntos Privados del monarca, el Camarlengo del Dormitorio Imperial, al responsable del Tesoro, el Maestro de la Caballer�a, y a casi todos los dem�s, rebajados al mismo nivel del pueblo, como as� lo estaba el Prefecto de Obras, el Maestro de Lengua Griega, el Secretario del Consejo, el Maestro de Peticiones. Fausto, uni�ndose al grupo, intercambi� saludos y sonrisas con algunos de ellos, pero no dijo nada a nadie. Sab�a que concitaba su atenci�n, no s�lo a causa de su altura y corpulencia, sino porque todos deb�an de ser conscientes de que �l era el amigo m�s querido que el inesperado nuevo emperador ten�a, y era probable que recibiera un trato preferente en la administraci�n que pronto empezar�a a perfilarse. El aura dorada del poder, pensaba Fausto, ya deb�a de estar form�ndose sobre su cabeza mientras aguardaba all�, en la cola.</p><p>Esta avanzaba a ritmo muy lento. Cuando le llegaba el turno a cada individuo, �ste se acercaba a Maximiliano, ejecutaba los correspondientes gestos de respeto y homenaje, y el emperador respond�a con una sonrisa, una palabra o dos o levantando amistosamente la mano. Fausto se qued� sorprendido por la soltura y la convicci�n de sus maneras. Tambi�n parec�a estar disfrutando de aquello. Puede que todo fuera un extraordinario fingimiento, pero Maximiliano estaba actuando como si hubiera sido �l, y no el fallecido pr�ncipe Heraclio, quien hubiera sido instruido a lo largo de toda su vida para ese momento de ascensi�n a la cumbre del poder.</p><p>Y por fin, era el mismo Fausto quien estaba frente al emperador.</p><p>�Majestad �murmur� Fausto con humildad y saboreando la palabra. Hizo una reverencia. Se arrodill�. Cerr� los ojos un instante para paladear aquel milagro. �Lev�ntate, Fausto Flavio Constantino C�sar, t�, llamado a ser el canciller imperial del gobierno del tercer Maximiliano�, eso era lo que Fausto imaginaba que dir�a el emperador.</p><p>Fausto se alz�. El emperador no dijo nada en absoluto. Su rostro delgado y juvenil ten�a una expresi�n solemne. Sus ojos azules parec�an fr�os. De hecho, era la mirada m�s glacial que Fausto hab�a visto en su vida.</p><p>�Majestad �dijo de nuevo Fausto, con un tono esta vez m�s ronco, m�s �spero. Y despu�s, muy suavemente, con una sonrisa, con un rastro de la vieja complicidad�: �Qu� giro ir�nico del destino, Maximiliano! �C�mo juega �ste con nuestras vidas! �Emperador! �Emperador! �S� el placer que te estar� causando, mi se�or!</p><p>La mirada glacial sigui� implacable. Un temblor que pod�a ser de impaciencia o quiz� de irritaci�n, se dej� ver en los labios de Maximiliano.</p><p>�Hablas como si me conocieras �dijo el emperador�. �Me conoces? �Te conozco yo a ti?</p><p>Eso fue todo. El emperador le hizo una se�a, un m�nimo movimiento con las puntas de los dedos de la mano izquierda y Fausto supo que deb�a avanzar. Las palabras del emperador resonaban en su mente mientras pasaba frente a la fachada del templo y ascend�a por el camino que conduc�a desde el Foro hasta la colina Palatina. ��Me conoces? �Te conozco yo a ti?�</p><p>S�. Conoc�a a Maximiliano y Maximiliano lo conoc�a a �l. Todo era una broma. Maximiliano hab�a querido divertirse un poco a su costa en ese primer encuentro entre ellos desde que las cosas hab�an cambiado. Sin embargo, Fausto sab�a que no todo hab�a cambiado y nunca lo har�a. Demasiadas veces el pr�ncipe y �l hab�an visto juntos amanecer como para que cualquier transformaci�n fuera a dar ahora al traste con su amistad, por mucho que extra�a y prodigiosamente el propio Maximiliano se hubiera visto transformado por la muerte de su hermano.</p><p>Pero y si�</p><p>Y si�</p><p>Era una broma, no cab�a duda. Una broma que Maximiliano le hab�a gastado, pero aun as� era una broma cruel y, aunque Fausto sab�a que el pr�ncipe pod�a ser cruel, nunca lo hab�a sido con �l. Hasta aquel momento. Y quiz� ni siquiera entonces. Sus palabras no hab�an sido m�s que un simple juego. S�, eso era: un mero juego, nada m�s, el sentido del humor de Maximiliano haci�ndose patente incluso all�, en el d�a de su ascensi�n al trono.</p><p>Fausto regres� a sus dependencias.</p><p>Durante los tres d�as siguientes, no tuvo m�s compa��a que la suya propia. La canciller�a, como todos los dem�s despachos oficiales, permaneci� cerrada toda la semana por los dobles funerales del viejo emperador Maximiliano y su hijo el pr�ncipe, y las ceremonias de investidura del nuevo emperador Maximiliano. El propio Maximiliano fue inaccesible para Fausto, como lo era pr�cticamente para todos, con la excepci�n de los funcionarios de m�s alto rango del reino. Durante los d�as de luto oficiales, las calles de la ciudad estuvieron en calma. Ni siquiera hab�a movimiento en las catacumbas. Fausto permaneci� en casa, demasiado descorazonado incluso para llamar a su muchacha numidia. Cuando se pas� por el Palacio Severino para ver a Menandros, se le inform� de que el embajador, en calidad de representante en Roma del nuevo colega imperial del este del emperador, el basileo Justiniano, hab�a sido convocado a una asamblea en el Palacio Imperial, y permanecer�a all� en tanto durasen las reuniones.</p><p>Al cuarto d�a, Menandros regres�. Fausto vio la litera que le transportaba cruzando el Palatino y, sin dudarlo, se apresur� hasta el Palacio Severino para saludarlo. Quiz� Menandros tuviera un mensaje para �l de parte de Maximiliano.</p><p>Y de hecho, as� era. Menandros le entreg� un pergamino con el sello imperial y dijo:</p><p>�El emperador me dio esto para ti.</p><p>Fausto ansiaba abrirlo inmediatamente, pero no le pareci� prudente. Se dio cuenta de que tem�a un poco descubrir lo que Maximiliano ten�a que decirle y prefiri� no leer el mensaje en presencia de Menandros.</p><p>��Y c�mo est� el emperador? �pregunt� Fausto�. �Te ha parecido que est� bien?</p><p>�Muy bien. Hasta el momento no se ha mostrado abrumado en absoluto por las exigencias de su cometido. Se ha adaptado perfectamente a este gran cambio en su vida. Es posible que te equivocaras, amigo m�o, al decir que no ten�a ning�n inter�s en ser emperador. Creo m�s bien que le gusta bastante serlo.</p><p>�Puede resultar muy sorprendente en ocasiones �dijo Fausto.</p><p>�As� lo creo yo tambi�n. Sea como sea, mis obligaciones aqu� han concluido. Te agradezco mucho tu grata compa��a, amigo Fausto, y el haberme permitido ganarme la amistad del ex cesar Maximiliano. Fue un feliz accidente. Los d�as que estuve con �l en las catacumbas han facilitado enormemente las negociaciones que acabamos de cerrar en el tratado de alianza.</p><p>��Hay un tratado, pues?</p><p>�Oh, s�, el m�s firme tratado. Su majestad se casar� con la hermana del emperador Justiniano, Sabbatia, en el lugar de su fallecido y llorado hermano. Su majestad tiene ya unas alhajas maravillosas para ofrecer a su prometida como regalo: unas gemas y �palos magn�ficos, algo extraordinario. �l mismo me las mostr�. Y habr� apoyo militar, por supuesto. El Imperio Oriental enviar� a sus mejores legiones para ayudar a vuestro emperador a aplastar a los b�rbaros que amenazan vuestras fronteras. �Las mejillas de Menandros brillaban de satisfacci�n�. Todo ha ido muy bien. Parto ma�ana. Espero que puedas enviarme un poco de aquel excelente vino de la Galia Transalpina que compartimos en mi primer d�a en Roma. Tambi�n yo te enviar� obsequios, amigo m�o. Te estoy profundamente agradecido por todo. En especial �subray� Menandros� por la capilla de Pr�apo y la pila de los baptai, �eh, amigo Fausto? �dijo gui��ndole un ojo.</p><p>En cuanto se libr� de Menandros, Fausto no perdi� un instante en abrir el pergamino sellado del emperador.</p><empty-line/><cite><p><emphasis>Fausto, aquel d�a en el mercado de los brujos, dijiste que nuestra �poca de grandeza estaba llegando a su fin. Pero te equivocas. No estamos acabados en absoluto. No hemos hecho m�s que empezar. Hay un nuevo amanecer y un sol nuevo se levanta.</emphasis></p><text-author><emphasis>M</emphasis></text-author></cite><empty-line/><p>Y debajo, aquella inicial garabateada despreocupadamente que constitu�a la firma oficial en toda su majestad: Maximiliano Tiberio Antonino C�sar Augusto Emperador.</p><empty-line/><p>La pensi�n de Fausto fue generosa, y cuando �l y Maximiliano se encontraban, como as� ocurri� alguna que otra vez durante los primeros meses del reinado de Maximiliano, el emperador se mostraba bastante afable, siempre con palabras amistosas, aunque nunca volvieron a ser �ntimos. Al segundo a�o de su reinado, Maximiliano parti� al norte, hacia la frontera, donde las tropas de su colega real, Justiniano, se estaban concentrando para un�rsele, y all� se qued�, librando batalla contra los b�rbaros durante los siete a�os siguientes, que fueron los �ltimos de la vida de Fausto.</p><p>Las guerras del norte de Maximiliano III finalizaron con la victoria absoluta. Roma no tendr�a nunca m�s problemas con los b�rbaros invasores. Fue un acontecimiento crucial en la historia del Imperio, el cual estaba ahora en condiciones de iniciar una �poca de prosperidad y bienestar tales como no se hab�an conocido desde los d�as de Trajano, Adriano y Antonino P�o, cuatro siglos atr�s. Hab�a habido dos poderosos emperadores con el mismo nombre de Maximiliano antes que �l, pero la humanidad s�lo se referir�a al tercer Maximiliano como Maximiliano el Grande.</p></section><section><p>T�tulo original: <emphasis>Roma Eterna</emphasis></p><p>Traducci�n de Emilio Mayorga</p><p>Primera edici�n: octubre de 2006</p><p>� Agberg, Ltd., 2003</p><p>� Ediciones Minotauro, 2006</p><p>Avda. Diagonal, 662-664, 6.<sup>a</sup> planta. 08034 Barcelona</p><p>www. edicionesminotauro.com</p><p>www.scyla.com</p><p>Todos los derechos reservados</p><p>ISBN-13: 978-84-450-7610-1 ISBN-10: 84-450-7610-8</p><p>Dep�sito legal: B. 31343-2006</p><p>Fotocomposici�n: Anglofort, S. A.</p><p>Impresi�n: A &amp; M Gr�fic, S. L.</p><p>Impreso en Espa�a</p><p><emphasis>Printed in Spain</emphasis></p></section></body><body name="notes"><title><p>&#x41F;&#x440;&#x438;&#x43C;&#x435;&#x447;&#x430;&#x43D;&#x438;&#x44F;</p></title><section id="n_1"><title><p>1</p></title><p>Originalmente, los seguidores de ciertos ritos tracios se denominaban �baptai�. Llevaban a cabo peculiares ceremonias bautismales. Entre algunos romanos hom�fobos, el t�rmino lleg� a poseer connotaciones de afemina-miento y vida disipada. <emphasis>(N. del t.)</emphasis></p></section><section id="n_2"><title><p>2</p></title><p><emphasis>Copper </emphasis>�cobre�, en el original. El sistema monetario romano es muy complejo, con innumerables cambios �en las aleaciones y en la nomenclatura� a lo largo de la historia. Traducimos por �as�, aunque �ste era principalmente de bronce y no de cobre, por ser t�rmino bien conocido en castellano como moneda de escaso valor. En ingl�s, por otra parte, a�n persiste la denominaci�n popular de las monedas en funci�n de su composici�n: <emphasis>nickels, coppers� (N. del t.)</emphasis></p></section></body><binary id="cover" 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