<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>sf_history</genre><author><first-name>Robert</first-name><last-name>Silverberg</last-name></author><book-title>Hacia la tierra prometida</book-title><date value="2006-10-01">2006</date><coverpage><image l:href="#cover"/></coverpage><lang>es</lang><src-lang>en</src-lang><translator><first-name>Emilio</first-name><last-name>Mayorga</last-name></translator><sequence name="Roma eterna (es)" number="10"/></title-info><src-title-info><genre>sf_history</genre><author><first-name>Robert</first-name><last-name>Silverberg</last-name></author><book-title>To the Promised Land</book-title><date value="1989-05-01">1989</date><lang>en</lang></src-title-info><document-info><author><nickname>Xenophile</nickname></author><program-used>Fiction Book Designer, FictionBook Editor Release 2.6, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date value="2012-04-26">26.04.2012</date><id>90B1F890-A0B5-414A-911E-EC7609DA5D1A</id><version>1.0</version></document-info><publish-info><book-name>Roma eterna</book-name><publisher>Minotauro</publisher><city>Barcelona</city><year>2006</year><isbn>978-84-450-7610-1</isbn></publish-info></description><body><title><p>Robert Silverberg</p><p>Hacia la tierra prometida</p></title><section><p>Vinieron a buscarme en pleno mediod�a, a la hora de Apolo, cuando s�lo a un loco se le ocurrir�a salir al desierto. Estaba muy concentrado en mi trabajo y no estaba de humor como para que me secuestraran. Pero hacer que aquellos individuos atendieran a razones era como pretender que el r�o Nilo fluyera hacia el sur. Sencillamente, no eran razonables. Sus ojos emit�an un brillo met�lico y ten�an cerradas la boca y la mand�bula como un cepo, a la manera estre�ida que tanto gusta a los fan�ticos. Anduvieron pavone�ndose en mi peque�o estudio atestado de cosas, husmeando en las pilas tambaleantes de libros y manoseando el manuscrito de mi relato casi acabado sobre la ca�da del Imperio. Eran como dos fuerzas inmensas e irresistibles tan remotas y terror�ficas como dioses del viejo AEgyptus que renacieran. Me sent�a indefenso ante ellos.</p><p>El mayor y m�s alto dijo llamarse Eleazar. Para m� era Horus, por su nariz aguile�a. Parec�a un egipcio y llevaba la t�nica blanca de lino de un egipcio. El otro, bajo y de recia musculatura, con un rostro de babuino digno deTot, me dijo que era Leonardo di Filippo que es, claro, un nombre romano. Ten�a tambi�n cierto aire empalagoso, propio de un romano. Pero yo sab�a que �l no era m�s romano que yo. Como tampoco el otro era egipcio. Los dos hablaban en hebreo, y con una soltura que ning�n extranjero podr�a nunca adquirir. Eran dos israelitas, individuos de mi propia y desconocida tribu. Quiz� el padre de Di Filippo no profesara la fe o quiz�, simplemente, le gustara fingir que era uno de los due�os escogidos del mundo y no otro m�s del pueblo perdido de Dios. Nunca lo sabr�.</p><p>Eleazar me examin�. Primero, en una foto m�a que hab�a en la sobrecubierta de mi relato de las Guerras de Reunificaci�n y, despu�s, dirigiendo la mirada hacia m�, como si intentara convencerse de que yo era realmente Nathan ben-Sime�n. La fotograf�a estaba tomada hac�a quince a�os. Entonces ten�a la barba negra. A continuaci�n golpe� ligeramente el libro, luego me se�al� con un gesto inquisitivo. Yo asent�.</p><p>�Est� bien �dijo. Me pidi� que preparase una maleta, r�pidamente, como si me fuera a marchar a Alejandr�a de fin de semana�. Mois�s nos ha enviado a buscarte. Mois�s te necesita.Tiene importantes trabajos para ti.</p><p>��Mois�s?</p><p>�El l�der �dijo Eleazar, en un tono que normalmente uno reservar�a para un fara�n o quiz� para un Primer C�nsul�. A�n no sabes nada sobre �l, pero pronto lo har�s. Todo AEgyptus pronto le conocer�. El mundo entero.</p><p>��Qu� es lo que quiere vuestro Mois�s de m�?</p><p>�Vas a escribir la cr�nica del �xodo para �l �contest� Di Filippo.</p><p>�La historia antigua no es mi especialidad �le dije.</p><p>�No estamos hablando de historia antigua.</p><p>�El �xodo tuvo lugar hace tres mil a�os, y �qu� es lo que puede decirse de �l a estas alturas, aparte de que fue una condenada verg�enza que no sali� bien?</p><p>Di Filippo pareci� perplejo por un momento. Entonces dijo:</p><p>�No estamos hablando sobre ese �xodo. El �xodo es ahora. Est� a punto de suceder. El nuevo, el verdadero. El otro, el que ocurri� hace mucho tiempo fue un error, un paso en falso.</p><p>��Y este nuevo Mois�s vuestro quiere repetirlo? �Por qu�? �No se qued� satisfecho con el primer fracaso? �Necesitamos otro? �D�nde vamos a estar mejor que en AEgyptus?</p><p>�Ya lo ver�s. Lo que Mois�s est� haciendo ser� lo m�s grande desde lo de la zarza ardiente.</p><p>�Ya basta �dijo Eleazar�.Ya deber�amos habernos puesto en marcha. Coge tus cosas doctor Ben-Sime�n.</p><p>De modo que realmente pretend�an llevarme con ellos. Sent� miedo e incredulidad. �De verdad me estaba pasando a m� todo aquello? �Pod�a resistirme a ellos? No dejar�a que ocurriera. Hab�a llegado el momento de mostrar firmeza, pens�. Yo ser�a el sabio que se apoya en su autoridad. Seguramente no har�an nada por la fuerza. Pese a cualquier otra cosa que pudieran ser, eran hebreos. Ellos respetar�an a un sabio, al <emphasis>melamed</emphasis>, el hombre instruido. Brusca, seca, paternalmente me negu� con un gesto de la cabeza.</p><p>�Me temo que no. Sencillamente, no es posible.</p><p>Eleazar describi� un peque�o gesto con la mano. Di Filippo se acerc� amenazante hacia m� y su fornida presencia pareci� expandirse de manera aterradora.</p><p>�Vamos �dijo serenamente�. Tenemos un coche esper�ndole fuera. Es un viaje de cuatro horas y Mois�s nos dijo que ten�amos que estar all� antes de la puesta de sol.</p><p>Volv� a sentirme indefenso.</p><p>�Por favor, tengo trabajo por hacer�</p><p>�A la mierda con su trabajo, profesor. Empiece a hacer su equipaje o nos lo llevaremos tal como est�.</p><empty-line/><p>La calle estaba vac�a y en silencio, con ese aspecto de desamparo que al mediod�a hace que Menfis parezca una ciudad abandonada cuando el sol alcanza su c�nit. Caminaba entre los dos. Era un prisionero que trataba de mantener la calma. Al volver la vista atr�s, a las viejas y maltrechas fachadas grises del barrio hebreo donde yo hab�a pasado toda mi vida, me preguntaba si alguna vez volver�a a verlas, qu� ocurrir�a con mis libros, qui�n guardar�a mis documentos. Aquello era como un sue�o.</p><p>Desde el oeste soplaba un viento fuerte y polvoriento, el cielo enrojec�a de manera que parec�a que el Delta entero estuviera en llamas y el calor de mediod�a era tal que bastar�a para purificar un cerdo. El aire ol�a a fritanga, a flores de azahar, a esti�rcol de camello, a humo. Hab�an aparcado en el otro extremo de la plaza Amenhotep, justo detr�s de la enorme estatua en ruinas del fara�n, probablemente con la esperanza de que le llegara algo de sombra, pero a esa hora no hab�a sombra en ninguna parte, y el coche era un aut�ntico horno. Di Filippo condujo y Eleazar se sent� atr�s, conmigo. Yo me qued� completamente quieto, sin apenas respirar, como si pudiera construir una esfera de invulnerabilidad a mi alrededor manteni�ndome inm�vil. Pero cuando Eleazar me ofreci� un cigarrillo se lo acept� con tal repentina ferocidad, que me mir� lleno de asombro.</p><p>Rodeamos el hip�dromo y la Gran Bas�lica, donde los magistrados de la Rep�blica celebran los juicios, y nos unimos al escaso flujo de tr�fico que entraba por la v�a Sacra. De modo que nuestra ruta era en direcci�n este, saliendo de la ciudad, atravesando el r�o y hacia el desierto. No hice preguntas. Estaba aterrorizado, aturdido, enfadado y supongo que hasta cierto punto intrigado. Era una paralizante combinaci�n de emociones. As� que me sent� tranquilamente y rec� para que aquellos hombres y su l�der me dejaran tranquilo lo antes posible y me devolvieran a mi hogar y a mis estudios.</p><p>�Esta asquerosa ciudad� �mascull� Eleazar�. Esta Menfis. �C�mo me asquea!</p><p>La verdad es que a m� siempre me hab�a parecido magn�fica y hermosa. Una prueba de mi asimilaci�n podr�a decir alguien, aunque �ntimamente yo me sent�a muy israelita, en lo m�s m�nimo egipcio. Incluso un hebreo deb�a admitir que Menfis era una de las grandes ciudades del mundo. Es la ciudad m�s majestuosa a este lado de Roma, como dice todo el mundo y yo estoy dispuesto a creerlo, aunque nunca haya traspasado las fronteras de la provincia de AEgyptus en mi vida.</p><p>Los espl�ndidos viejos templos de la v�a Sacra desfilaban a lado y lado del coche: el templo de Isis, el templo de Serapis, el templo de J�piter Am�n y todo el resto, unos cincuenta o cien, a lo largo de la gran avenida, cuyas aceras est�n flanqueadas con esfinges y toros. El templo de Dagon, el de Mitra y el de Cibeles, el de Baal, el de Marduk, el de Zoroastro, un templo para cada dios y cada diosa que alguien se imagin� alguna vez, excepto, naturalmente, para el �nico Dios Verdadero, al que unos pocos hebreos prefer�amos rendir culto a nuestro modo privado, tras los muros de nuestro propio barrio. Los dioses de toda la Tierra hab�an ido a parar all�, a Menfis, como el lodo del Nilo. Por supuesto, casi nadie se los tomaba ya muy en serio, ni siquiera los supuestos fieles. Ser�a una estupidez fingir que �sta es una �poca religiosa. El santuario de Mitra a�n acoge a algunos fieles y, naturalmente, el de J�piter Am�n. La gente va a sus templos a hacer negocios, a ver a los amigos y quiz�, a solicitar favores a los cielos. El resto de los templos bien podr�an ser museos. Nadie entra en ellos excepto los turistas romanos y japoneses. No obstante ah� siguen, muchos de ellos tienen miles de a�os de antig�edad. En esta tierra nunca se tira nada.</p><p>�M�ralos �dijo con desprecio Eleazar cuando pasamos al lado de las enormes ruinas del templo de Serapis�. Detesto verlos. �Cu�nta estupidez! �Cu�nta basura! Y todos ellos construidos con el sudor de nuestros antepasados.</p><p>Lo cierto es que no hab�a mucha verdad en tal aseveraci�n. Quiz� en la �poca del primer Mois�s, los hebreos trabajaran para construir las grandes pir�mides para el fara�n, como se afirma en las Escrituras, pero nunca fuimos los suficientes para constituir una gran fuerza de trabajo. Incluso ahora, despu�s de habitar en el Nilo durante cuatro mil a�os, s�lo somos unos veinte mil. Perdidos entre diez millones de egipcios.Y los propios egipcios, perdidos en un mar de romanos y r�plicas de romanos, de modo que no somos sino una minor�a entre una minor�a; una curiosidad etnogr�fica, una gota en el vasto oc�ano de la humanidad, una secta extra�a y trivial, insignificante excepto para nosotros mismos.</p><p>El distrito de los templos se iba quedando atr�s y salimos de �l atravesando el largo y delgado arco del puente de Augusto C�sar, adentr�ndonos en el ingente barrio perif�rico de Hikuptah, en la ribera oriental del r�o, con sus bazares de pieles y oro, sus innumerables cafeter�as, su mara�a de callejones medievales. Despu�s, Hikuptah se disolvi� en una jungla de higueras y ca�as de az�car y entramos en una zona de transici�n de olivares y palmeras datileras para, abruptamente, llegar a un lugar donde la tierra cambia del negro al rojo y en la que no crece nada. En seguida, la terrible aridez y soledad del lugar me golpean como una fuerza tangible. Es una tierra espantosa, inh�spita y vac�a. Un lugar muerto, lleno de terribles fantasmas. El sol es un azote por encima de nosotros. Pens� que nos �bamos a asar y cuando, en una o dos ocasiones, el coche empez� a calarse y a petardear, supe por la expresi�n sombr�a de Eleazar que si sufr�amos una aver�a, seguramente podr�amos morir all�. Di Filippo conduc�a encorvado, tenso, sin abrir la boca, sujetando la palanca de cambios con una rigidez permanente, lo que indicaba su gran intranquilidad. Eleazar tambi�n estaba callado. Ninguno de los dos hab�a hablado mucho desde que salimos de Menfis. Tampoco yo. En aquella tierra t�rrida y �spera, el silencio resultaba abrumador, pero ninguno de nosotros dijo una palabra ni se movi�. El coche parec�a haberse convertido en nuestra tumba. Continuamos penosa, lentamente, sin confianza en el motor, con la arena levantada por el viento que soplaba del oeste silbando a nuestro alrededor. Con aquel inmenso calor, cada respiraci�n era un jadeo. Ten�a la ropa adherida a la piel. La carretera fue buena durante un rato, ancha, recta y bien pavimentada, pero despu�s se estrech� y, finalmente, ya no era m�s que una cinta blanca llena de baches y curvas. Las carreteras se manten�an mejor durante la Roma imperial, pero eso fue hace mucho tiempo. Esta es la era de los c�nsules, y en las zonas del interior, las cosas se van al infierno y a nadie le importa.</p><p>��Conoce la ruta que estamos siguiendo, doctor? �me pregunt� Eleazar, rompiendo por fin el tenso silencio, cuando ya llev�bamos m�s o menos una hora en aquel desierto deprimente y miserable.</p><p>Ten�a la garganta seca como tiras de piel que llevaran tendidas al sol un millar de a�os, y me costaba pronunciar las palabras.</p><p>�Creo que nos dirigimos hacia el este �dije al final.</p><p>�Al este, s�. Da la casualidad de que estamos viajando por la misma ruta que sigui� el primer Mois�s cuando intent� liberar a nuestro pueblo de su cautiverio. Hacia los lagos Amargos y el mar Rojo, donde el ej�rcito del fara�n nos alcanz� y murieron ahogadas diez mil personas inocentes.</p><p>Hab�a un tono de furia en su voz, como si eso fuera algo que hubiera ocurrido justo el otro d�a, como si �l no se hubiera enterado de ello por el libro de Aar�n, sino por el peri�dico de aquella ma�ana. Me dirigi� una mirada encendida como si yo, de alg�n modo, fuera c�mplice del largo cautiverio de nuestro pueblo entre los egipcios y tuviera alguna responsabilidad en el espantoso fracaso de aquel antiguo intento de escapar. Me estremec� ante la fiereza de aquella mirada y desvi� la m�a a otra parte.</p><p>��No le importa, doctor ben-Sime�n? �No le importa que ellos nos siguieran y nos empujaran al mar? �Que la mitad o m�s de nuestro pueblo muriera en un solo d�a en medio de un miedo y un p�nico horribles? �Qu� las ruedas de los carros del fara�n aplastaran a las j�venes madres con ni�os en sus brazos?</p><p>�Fue hace mucho tiempo �dije sin convicci�n.</p><p>Mientras pronunciaba aquellas palabras tuve conciencia de lo est�pidas que eran. No hab�a sido mi intenci�n minimizar la debacle del �xodo. Tan s�lo hab�a querido decir que el gran desastre que sufri� nuestro pueblo hab�a tenido tiempo de cerrarse y cicatrizar a lo largo de miles de a�os. Que, aunque aplastados y abatidos y horriblemente mermados en n�mero, conseguimos continuar despu�s de aquello. Hab�amos sobrevivido, hab�amos aguantado. Los supervivientes de la cat�strofe hab�an reconstruido sus vidas a lo largo del Nilo bajo el gobierno del fara�n, y luego bajo los griegos, que sometieron al fara�n, y despu�s bajo los romanos, que conquistaron a los griegos. �Es que acaso no seguimos sobreviviendo ahora, aqu�, sumidos en la larga y so�olienta decadencia del Imperio, en la Pax Romana, cuando incluso el sempiterno Imperio se derrumb� y la absurda y pat�tica Segunda Rep�blica se hizo con el gobierno del mundo?</p><p>Pero para Eleazar fue como si hubiera escupido en los manuscritos de la Ley.</p><p>��Fue hace mucho tiempo� �repiti� mof�ndose brutalmente de m�. Entonces, qu�, �deber�amos olvidarlo? �Tambi�n deber�amos olvidarnos de los patriarcas? �Deber�amos olvidarnos de la Alianza? �Es AEgyptus la tierra que el Se�or quer�a que pobl�ramos? �Fuimos elegidos por El para estar por encima de los pueblos de la Tierra o para ser los esclavos eternos del Fara�n?</p><p>�S�lo quer�a decir�</p><p>Lo que yo hab�a querido decir no le interesaba. Los ojos le brillaban, ten�a el rostro enrojecido y en la frente se le marcaba asombrosamente una vena.</p><p>�Estamos llamados a la grandeza. El Se�or Nuestro Dios dio Su bendici�n a Abraham y dijo que El multiplicar�a su semilla como las estrellas del cielo y la arena de las playas. Y la semilla de Abraham echar� abajo las puertas de sus enemigos.Y en su semilla, todas las naciones de la Tierra ser�n bendecidas. �Has o�do antes estas palabras, doctor ben-Sime�n? �Crees que ten�an alg�n significado o que no eran m�s que las fanfarronadas de algunos alborotadores y peque�os caciques del desierto? Yo te aseguro que nuestro destino es la grandeza, que estamos llamados a despertar al mundo y que hemos estado demasiado tiempo recuper�ndonos de la cat�strofe del mar Rojo. Una o dos horas m�s tarde y toda la Historia habr�a sido diferente. Habr�amos cruzado hasta el Sina� y las tierras f�rtiles que hay m�s all�. Habr�amos construido nuestro reino en aquel lugar, tal como decretaba la Alianza. Habr�amos hecho que todos escucharan el trueno de la voz de nuestro Dios y actualmente, el mundo entero nos mirar�a como ha mirado a los romanos durante los �ltimos veinte siglos. Pero ni siquiera ahora es demasiado tarde. Un nuevo Mois�s ha llegado y �l triunfar� all� donde el primero fracas�. Y nosotros saldremos de AEgyptus, doctor ben-Sime�n, y tendremos lo que es nuestro por derecho. Por fin, doctor ben-Sime�n. Por fin.</p><p>Se recost� en el asiento. Estaba sudando, tembloroso, l�vido, aparentemente extenuado por su elocuencia. No intent� contestarle. Contra una fuerza tal de convicci�n no hay victoria posible, y �qu� es lo que yo podr�a haber ganado en cualquier caso, ofreci�ndole mi opini�n sobre su visi�n de Israel triunfante? Mejor dejarlo con su fe, con su sue�o de la victoriosa Israel. Yo, por mi parte, ten�a mi particular visi�n, menos rom�ntica, m�s c�nica. F�cilmente pod�a imaginarme a los ni�os israelitas escapando del yugo del fara�n siglos atr�s, llegando hasta el Sina� e incluso m�s all�, hacia la dulce y f�rtil Palestina. Pero �y entonces qu�? �El dominio global? �Qu� hab�a en nuestra historia, en nuestro car�cter, en nuestro temperamento nacional que pudiera conducirnos a �l? �Predicando la palabra de Jehov� a los gentiles? S�, pero �escuchar�an? �La entender�an? No. No. Nosotros hemos sido siempre un pueblo especial (sospecho yo), una tribu peque�a y contumaz, aferrada a nuestro conocimiento de un Dios �nico en medio de las hordas que necesitaban creer en muchos. Podr�amos haber conquistado Palestina, podr�amos habernos apoderado tambi�n de Siria, incluso expandirnos un poco m�s alrededor del per�metro del Gran Mar. Pero a�n hubi�ramos tenido que lidiar con los asirios, los babilonios y los persas, y con los griegos de Alejandro, y los romanos, especialmente los tercos e invencibles romanos, cuyo destino era engullirse todos los rincones del planeta para convertirlos en provincias romanas llenas de carreteras romanas y puentes romanos y burdeles romanos. En lugar de vivir en AEgyptus bajo el actual fara�n (que es la marioneta del Primer C�nsul que ha sustituido al emperador de Roma), estar�amos viviendo en Palastina, gobernados por alg�n procurador o prefecto o proc�nsul y nos dirigir�amos a nuestros se�ores en alguna clase de griego o lat�n en lugar de en egipcio. Todo lo dem�s ser�a lo mismo. Pero no dije nada de esto a Eleazar. �l y yo pertenec�amos a clases diferentes de hombres. Su alma y su visi�n eran mayores y m�s grandiosas que las m�as. Tambi�n su fuerza era superior, y perd�a los estribos m�s f�cilmente que yo. Yo pod�a discrepar de sus teor�as acerca de la historia y �l pod�a golpearme con toda su rabia. Y �cu�l de los dos ser�a el m�s sabio?</p><empty-line/><p>El sol se iba escondiendo a nuestras espaldas y el viento cambi� lanz�ndonos ahora la arena de frente en vez de por detr�s. Vi sombras oscuras de monta�as al sur y por delante, lejos, al otro lado del estrecho que separa AEgyptus del desierto del Sina�. La tarde estaba entrada, era casi de noche. De repente, una aldea pareci� haber brotado de la nada delante de nosotros.</p><p>En realidad era m�s un campamento que una aldea. Vi algunas docenas de cabanas desiguales hechas con planchas met�licas y algunas otras construcciones m�s modestas si cabe, ensambladas con un entramado de juncos. L�mparas de carburo brillaban por aqu� y por all�. Hab�a cuatro camiones destartalados y un pu�ado de viejos coches abollados diseminados aqu� y all�. Hab�an abierto un pozo en el centro de todo aquello y una ca�tica red de conductos exteriores se extend�a en todas direcciones. A espaldas de la zona central advert� una construcci�n mucho mayor que las dem�s, una gran nave o cobertizo de techo met�lico y con otros camiones aparcados enfrente.</p><p>Hab�a llegado al cuartel general secreto de alg�n movimiento, aunque no hab�an intentado camuflarlo ni defenderlo. Su emplazamiento, en aquella �rea tan abandonada, ya constitu�a suficiente defensa: nadie en su sano juicio llegar�a hasta all� sin una buena ra�n. La polic�a fara�nica no patrullaba en el exterior de las ciudades, y los funcionarios civiles de la Rep�blica no ten�an ning�n motivo para andar husmeando por aquellos lugares remotos y agrestes. Vivimos en una era decadente pero, al menos, es una era pl�cida y confiada.</p><p>Eleazar, saliendo del coche de un salto, me hizo se�as y yo sal� renqueando. Despu�s de horas en el reducido espacio del coche sin un solo descanso, me sent�a entumecido y d�bil. El hedor a gasolina me hab�a dejado con n�useas. Mis ropas ten�an un olor acre y estaban acartonadas por mi propio sudor, que ya se hab�a secado. El frescor de la noche a�n no hab�a llegado al desierto y la atm�sfera era bochornosa. A mi olfato le resultaba extra�a la ausencia de las miles de distintas emanaciones propias de la ciudad. Hab�a algo casi aterrador en todo aquello. Era la clase de atm�sfera que podr�a tener la Luna, si es que la Luna tuviera atm�sfera.</p><p>�Este lugar se llama Beth Israel �dijo Eleazar�. Es la capital de nuestra naci�n.</p><p>No s�lo me encontraba entre fan�ticos; estaba rodeado de dementes que padec�an delirios de grandeza. �O es que una cualidad lleva inevitablemente a otra?</p><p>Una mujer con ropas de hombre se acerc� hasta nosotros al trote. Era joven y muy alta, de anchos hombros y con una gran y espesa cabellera oscura que ca�a sobre ellos. Ten�a los ojos tan brillantes como los de Eleazar, as� como tambi�n la misma nariz aguile�a pero por alguna raz�n, eso hac�a que su aspecto fuera de lo m�s atractivo.</p><p>�Mi hermana Miriam �dijo �l�. Ella le ayudar� a acomodarse. Por la ma�ana le mostrar� los alrededores y le explicar� sus obligaciones.</p><p>Y se march� dej�ndome con ella.</p><p>Era una mujer impresionante. Yo habr�a llevado mi bolsa, pero ella insisti� y recorri� carg�ndole el per�metro del campamento a un paso tan ligero que no me result� f�cil seguirle el ritmo. Ya ten�an preparada una cabana para m�; estaba un tanto apartada de todo lo dem�s y hab�a en ella un catre, un escritorio, una m�quina de escribir, una jofaina y una l�mpara.Ten�a un armario para mis cosas. Miriam me deshizo el equipaje, colocando mi escasa provisi�n de ropa limpia en las estanter�as y dejando los libros sobre el catre. Despu�s, llen� la jofaina con agua y me pidi� que me desvistiera. Yo la mir�, confundido.</p><p>�No puede ir as�. Mientras se da un ba�o, har� que le laven la ropa.</p><p>Ella pod�a aguardar afuera, pero no, se qued� all�, con los brazos cruzados y mirando impaciente. Yo me encog� de hombros y le di mi camisa, pero ella quer�a tambi�n todo el resto. Eso era nuevo para m�. Su franqueza, su absoluta falta de pudor. Hab�a habido pocas mujeres en mi vida y ninguna desde la muerte de mi esposa. �C�mo iba yo a desnudarme delante de aquella que era lo bastante joven como para ser mi hija? Al final me qued� completamente en cueros (mi desnudez no parec�a importarle lo m�s m�nimo), y cuando se fue me lav� con una esponja y me puse ropa limpia a toda prisa para que no volviera a verme desnudo. Pero tard� en regresar. Cuando lo hizo, en una bandeja me trajo la cena: un cuenco con avena, un poco de carne de cordero guisada y un frasco peque�o de p�lido vino tinto. Despu�s me dej� solo. Ya se hab�a hecho de noche, la noche del desierto, sorprendentemente negra y con estrellas que brillaban como faros. Cuando acab� de comer sal� al exterior de mi cabana. Estaba completamente oscuro. Todo aquello apenas me parec�a real: haber sido raptado de aquella forma, estar en aquel lugar extra�o y no en mi familiar y peque�o apartamento, atestado de cosas, en el barrio hebreo de Menfis. Pero aqu�l era un sitio tranquilo. Las luces brillaban en la distancia. O� carcajadas, el agradable sonido de una c�tara y a alguien que cantaba una vieja canci�n hebrea con una voz grave y fuerte. Incluso en mi desconcertante cautividad, sent� que una extra�a tranquilidad me envolv�a. Sab�a que me encontraba en medio de una aut�ntica comunidad, si bien es cierto que estaba consagrada a alg�n peregrino objetivo que se me escapaba. Si me hubiera atrevido, me habr�a acercado a ellos y me habr�a presentado; pero yo era un desconocido, y temeroso adem�s. Durante un largo rato, permanec� en la oscuridad, escuchando, haci�ndome preguntas. Cuando la noche se hizo m�s fr�a, me met� en la cabana. Estuve acostado despierto hasta el amanecer, o eso me pareci�, atenazado por ese clarividente desvelo que no admite el sue�o. Y sin embargo, deb� de quedarme dormido al menos un rato, ya que por la ma�ana se amontonaban en mi cabeza fragmentos de sue�os, im�genes de jinetes y cuadrigas, de hombres con lanzas, de un gran Mois�s irritado, de barbas negras, levantando en alto las tablas de la Ley.</p><empty-line/><p>Una peque�a muchacha me trajo t�midamente el desayuno. Despu�s vino a verme Eleazar. Con la confusi�n del d�a anterior, no recordaba cuan impresionante resultaba su presencia f�sica. Me hab�a parecido s�lo grande, pero ahora me daba cuenta de que era un gigante, m�s alto que yo, incluso un palmo o m�s y probablemente sesenta minas m�s pesado. Ten�a la tez rubicunda y una gran mara�a de espesos rizos oscuros que le ca�a por los hombros. Hab�a dejado a un lado su t�nica egipcia y vest�a al estilo romano, con una camisa blanca abierta por el cuello y unos pantalones caqui.</p><p>��Sabe? �dijo �l�, nunca tuvimos ninguna duda de que usted era el hombre adecuado para este trabajo. Mois�s y yo hemos comentado sus libros muchas veces y coincidimos en que nadie tiene una comprensi�n m�s s�lida de la l�gica de la historia, de la inexorabilidad del proceso que fluye de la naturaleza de los seres humanos.</p><p>Ante aquello no supe qu� decir.</p><p>�Imagino lo irritado que debe de estar por haberlo tra�do aqu� de esta forma. Pero usted resulta esencial para nosotros y sab�amos que nunca habr�a venido por propia voluntad.</p><p>��Esencial?</p><p>�Las grandes gestas necesitan grandes cronistas.</p><p>�Y la naturaleza de vuestra gesta�</p><p>�Venga �me dijo.</p><p>Me condujo a trav�s de la aldea. Sin embargo, fue un paseo notablemente poco instructivo. Su actitud era mec�nica y distante, como si estuviera siguiendo una ruta programada, y cuando le plante� una pregunta directa, se mostr� vago e incluso evasivo. La gran construcci�n con techumbre met�lica que se encontraba en el centro del campamento era la f�brica donde se estaban llevando a cabo los trabajos del �xodo, me dijo, pero mi petici�n de m�s explicaciones fue deso�da por completo. Me mostr� la casa de Mois�s, una choza rudimentaria, como todas las dem�s. A Mois�s no llegu� a verlo.</p><p>�Se encontrar� con �l m�s tarde �dijo Eleazar. Se�al� una choza que era la sinagoga, otra que era la biblioteca y otra que alojaba el generador el�ctrico. Cuando le pregunt� si pod�amos hacer una visita a la biblioteca, se encogi� de hombros y continu� caminando. En el otro extremo vi un segundo grupo de burdas casas en la parte inferior de la ladera de una colina considerable que no hab�a advertido la noche anterior.</p><p>�Tenemos una poblaci�n de quinientas personas �me dijo Eleazar. M�s de lo que yo hab�a imaginado.</p><p>��Todos hebreos? �pregunt�.</p><p>��Usted qu� cree?</p><p>Me sorprendi� que tantos de nosotros pudieran haberse trasladado a aquel asentamiento en el desierto sin que me llegara ninguna noticia. Es ciero que he llevado una vida recluida, dedicada al estudio, pero aun as�, quinientos israelitas es uno de cada cuarenta de nosotros. Esto es un movimiento muy importante de poblaci�n para los que somos. �Y no conozco a ninguno de ellos? �Ni siquiera al amigo de un amigo? Al parecer, no. Bueno, quiz� la mayor�a de los colonos de Beth Israel hab�an venido de la comunidad hebrea de Alejandr�a, la cual tiene relativamente poco contacto con aquellos de nosotros que vivimos en Menfis. Lo cierto es que no reconoc� a nadie en nuestro paseo por la aldea.</p><p>De vez en cuando, Eleazar me hac�a veladas referencias al �xodo que se avecinaba, pero no hab�a ninguna informaci�n en sus palabras. Era como si el �xodo fuera un reluciente juguete que le gustara guardar en sus manos y a m� me permitiera, de tanto en tanto, contemplar su brillo pero no su forma. Preguntarle no serv�a de nada. Se limitaba a seguir andando con su imponente altura, dici�ndome s�lo lo que deseaba decirme. Hab�a una grandiosidad muda en todo aquel proyecto misterioso que me desconcertaba a la vez que me irritaba. Si quer�an abandonar AEgyptus, �por qu� no se marchaban simplemente? Las fronteras no estaban vigiladas. Hab�amos dejado de ser esclavos del fara�n hac�a dos mil a�os. Eleazar y sus amigos podr�an asentarse en Palestina o Siria o en cualquier otro sitio que les gustara, incluida la Galia, Hispania o Nova Roma, en el otro extremo del oc�ano, donde pod�an tratar de convertir al pueblo de piel roja a la fe de Israel. A la Rep�blica no le importar�a que algunos exaltados hebreos quisieran marcharse all�. De manera que �a cuento de qu� toda aquella pompa y misterio con semejante aura de secretismo conspiratorio? �Estaba aquella gente metida en algo realmente extraordinario? �O estaban locos, sencillamente?</p><empty-line/><p>Aquella tarde, Miriam me trajo mi ropa lavada y planchada, y se ofreci� a presentarme a algunos de sus amigos. Fuimos a la aldea, que se ve�a muy tranquila. Casi todos estaban trabajando, me explic� Miriam, pero hab�a algunos hombres y mujeres j�venes en el porche de uno de los edificios.</p><p>��sta es Deborah �dijo ella�, y �sta es Ruth, y Reuben, e Isaac yjosephy Sa�l.</p><p>�Todos me saludaron con gran respeto, incluso reverencia, pero casi inmediatamente regresaron a su animada conversaci�n como si se hubieran olvidado de que estaba all�. Joseph, que era moreno, pulcro y delgado, trataba a Miriam con una familiaridad que rozaba la intimidad, acabando las frases por ella, toc�ndole ligeramente el brazo en una o dos ocasiones para subrayar alg�n matiz de lo que estuviera diciendo. Aquello, inesperadamente, me afect�.</p><p>�Era su marido? �Su amante? �Por qu� me importaba? Los dos eran lo bastante j�venes como para ser mis hijos. Oh, Dios m�o, �por qu� ten�a que importarme?</p><empty-line/><p>Inesperadamente y con asombrosa rapidez, mi actitud hacia mis captores empez� a cambiar. Lo cierto es que los inicios de mi relaci�n con ellos fueron un tanto problem�ticos (la altiva pomposidad de Eleazar, la brutal franqueza de Di Filippo, las malas maneras con que me secuestraron y me trajeron hasta aqu�), pero cuando conoc� a los dem�s, en general los encontr� encantadores, elegantes, corteses, atractivos. Aunque puede que fuera un prisionero, en seguida empec� a tenerles simpat�a.</p><p>Durante los primeros dos d�as no se me permiti� saber nada, excepto que aqu�lla era una gente ocupada y resuelta, j�venes la mayor�a de ellos y todos, evidentemente, inteligentes, que trabajaban con un celo tremendo en alguna tarea colosal que estaban convencidos de que iba a sacudir el mundo. Eran apasionados de la manera en que yo imaginaba que lo habr�an sido los primeros hebreos de aquel primer y desventurado �xodo: despectivos hacia la sociedad est�ril y ajena en la que hab�an sido confinados, luchando por la libertad y la luz, empe�ados en la creaci�n de un nuevo mundo. Pero �c�mo? �Con qu� medios? Estaba seguro de que ellos me contar�an m�s cosas cuando lo creyeran oportuno, y tambi�n sab�a que ese momento a�n no hab�a llegado. Me estaban observando, poniendo a prueba, asegur�ndose de que pod�an confiarme su secreto.</p><p>Cualquiera que fuera aquella sorpresa con la que ellos pretend�an sacudir la Rep�blica, yo esperaba que estuviera fundamentada y les deseaba �xito. Soy viejo y quiz� t�mido, pero estoy lejos de ser conservador. El cambio es la �nica manera de crecer, y el Imperio, en el que yo inclu�a a la Rep�blica que tan ostensiblemente lo hab�a reemplazado, es enemigo del cambio. Durante veinte siglos, Roma ha estrangulado a la humanidad con sus garras benignas, la civilizaci�n que ha construido est� vac�a, la vida que llevamos la mayor�a de nosotros es un errar sin sentido que carece de valor o prop�sito. Mediante la astuta aceptaci�n y absorci�n de los dioses desconocidos y de las formas de vida de los pueblos que ha conquistado, Roma lo ha homogeneizado todo, convirti�ndolo en una masa amorfa. Los grandes e in�tiles templos de la v�a Sacra donde todos los dioses eran aceptados e igualmente insignificantes, eran el mejor s�mbolo de ello. Al rendir culto a todos indiscriminadamente, los administradores del Imperio hab�an convertido lo sagrado en un simple instrumento de gobierno. Y, �ltimamente, su cinismo hab�a llegado a pervertirlo todo: la relaci�n entre el hombre y la divinidad se hab�a destruido, no quedaba nada que venerar excepto el propio statu quo, la sagrada estabilidad del gobierno mundial. Yo ten�a el convencimiento de que hac�a ya mucho tiempo que tendr�a que haber habido alguna gran revoluci�n, mediante la cual todas las relaciones anquilosadas, fosilizadas con su colecci�n de opiniones y prejuicios antiguos y venerables, hubieran sido barridas; una revoluci�n en la que todo lo que es s�lido se disipara en el aire, en la que todo lo sagrado se profanara y, por fin, el hombre se viera obligado a enfrentarse, con todas sus facultades despejadas, a sus aut�nticas condiciones de vida. �Era eso lo que de alguna manera provocar�a el �xodo? Mi deseo profundo era que as� fuera. Pues el Imperio hab�a muerto y ni �l mismo lo sab�a. Como una bestia inmensa, el Imperio yac�a sobre el alma de la humanidad asfixi�ndola con su peso. Una bestia tan enorme que a sus miembros a�n no les hab�a llegado la noticia de su propia muerte.</p><empty-line/><p>Al tercer d�a, Di Filippo llam� a mi puerta y dijo:</p><p>�El l�der se reunir� con usted ahora.</p><p>El interior de la casa de Mois�s no era muy diferente del m�o: un sencillo catre, una bombilla desnuda, un lavamanos, un armario. Pero �l ten�a un mont�n de estanter�as llenas de libros. Mois�s era m�s bajo de lo que lo hab�a imaginado, un individuo menudo y compacto que, sin embargo irradiaba una fuerza tremenda, invencible incluso. No era necesario que me dijeran que era el hermano mayor de Eleazar. Ten�a su misma mata de pelo rizado, sus ojos feroces y su nariz en forma de pico salvaje, pero debido a que su estatura era mucho menor que la de Eleazar, su poder estaba mucho m�s concentrado, amenazando con la fuerza expansiva propia de un volc�n. Su figura ten�a aplomo, control y austeridad, y resultaba aterradora.</p><p>Sin embargo, �l me recibi� con calidez y se disculp� por la rudeza de mi captura. Entonces se�al� una hilera con mis libros, desgastados, en sus estanter�as.</p><p>�Comprende usted mejor que nadie la Rep�blica, doctor ben Sime�n �dijo�. Cu�nta corrupci�n y debilidad se esconde tras su fachada de amor y fraternidad universales. Qu� nociva ha sido su influencia. Qu� d�bil su poder. El mundo espera ahora algo completamente nuevo, pero �qu� ser�? �No es esa la cuesti�n, doctor ben-Sime�n? �Qu� ser�?</p><p>Aquello formaba parte obviamente de un discurso preconcebido que sin duda alguna hab�a construido con el objetivo de impresionarme y ganarme para su causa, cualquiera que �sta fuese. Aun as�, me impresion� con su pasi�n y su convicci�n. Habl� durante un rato, tocando temas y argumentos que me eran familiares desde hac�a mucho. Ve�a el Imperio romano de la misma forma que yo: como algo muerto y sin posibilidad de reanimaci�n, aunque sin embargo, avanzando con un �mpetu inquietante. Ll�mese Imperio o Rep�blica, todav�a segu�a siendo un Estado mundial y �se era un concepto insostenible en la edad moderna. No era posible ignorar la reactivaci�n de los nacionalismos locales que se cre�a extinguidos desde hace miles de a�os. La tolerancia romana hacia las costumbres, lenguas, religiones y gobernantes locales hab�a sido una astuta pol�tica a lo largo de siglos, pero portaba en su seno la semilla de la destrucci�n del Imperio. La mayor�a de la gente ten�a el conocimiento m�s pobre de las dos lenguas oficiales, el lat�n y el griego, y para sus transacciones comerciales empleaba un batiburrillo de otras lenguas. En el coraz�n mismo del Imperio se hab�a permitido que el lat�n se descompusiera en dialectos regionales que, de hecho, eran lenguas aut�nomas: el galo, el hispano, el lusitano y todas las dem�s. Ni siquiera los romanos de Roma hablaban lat�n genuino, se�alaba Mois�s, sino otra cosa que llamaban romano, m�s sencillo, mel�dico y l�nguido, que podr�a ser adecuado para cantar �pera pero que carec�a de la precisi�n necesaria para el gobierno. Y en cuanto a la diversidad religiosa que los romanos hab�an estimulado con su laxitud, no hab�a conducido a la perpetuaci�n de los credos sino a su erosi�n. Y una sociedad sin fe es una sociedad sin tim�n, sin rumbo siquiera.</p><p>Mois�s consideraba estos aspectos, al igual que yo, no como s�ntomas de vitalidad y diversidad sino como una confirmaci�n del inminente final. En esta ocasi�n, no habr�a Reunificaci�n. Cuando cay� el Imperio, las fuerzas conservadoras fueron capaces de levantar la Rep�blica en su lugar, pero aquello fue una estratagema que no volver�a a funcionar. En breve, sin duda, sobrevendr�a un per�odo de destrucci�n sin parang�n alguno en la historia; cuando los segmentos desmembrados del viejo Imperio se levantaran en armas el uno contra el otro.</p><p>��Y ese �xodo suyo? �dije por fin, cuando me atrev� a interrumpir su discurso�. �En qu� consiste y qu� tiene que ver con todo esto de lo que estamos hablando?</p><p>�El final est� cerca �dijo Mois�s�, y no podemos permitirnos ser destruidos en el caos que seguir� a la ca�da de la Rep�blica, ya que somos los instrumentos del gran plan de Dios y es esencial que sobrevivamos. Venga, le voy a mostrar algo.</p><p>Salimos fuera. Inmediatamente se acerc� un coche desvencijado, con aspecto poco fiable, conducido por Joseph, el muchacho moreno y delgado. Mois�s me hizo se�as para que subiera, salimos a un sendero que bordeaba la aldea y nos adentramos en pleno desierto, justo por detr�s de la colina que divid�a el asentamiento en dos. Durante unos diez minutos nos dirigimos hacia el norte a trav�s de una zona de peque�as dunas pedregosas. A continuaci�n, rodeamos otra escarpada colina y continuamos por su otro lado, donde el terreno se allanaba hasta convertirse en una gran llanura. Me qued� estupefacto al ver una extra�a cosa tubular de brillante metal plateado que se ergu�a sobre media docena de fr�giles patas, similares a las de las ara�as; se levantaba hasta una altura de unos treinta codos, en medio de todo un galimat�as de maquinaria, cables y ajetreados operarios.</p><p>La primera idea que me asalt� fue que se trataba de alg�n tipo de �dolo, un Moloch o un Baal, y de repente tuve una visi�n del pueblo de Beth Israel unt�ndose grasa de cerdo en el cuerpo, y bailando desnudos alrededor del artefacto al sonido de tambores y panderetas.</p><p>��Qu� es eso? �pregunt� yo�. �Una escultura de alg�n tipo?</p><p>Mois�s pareci� indignarse.</p><p>��Es eso lo que cree? Se trata de una nave. Una arca sagrada.</p><p>Me qued� observ�ndole.</p><p>�Es el prototipo de nuestra nave estelar �dijo Mois�s, y el tono de su voz adquiri� una intensidad que me cort� como el filo de un cuchillo�. Surcaremos los cielos en naves como �sta, hacia Dios, hacia su fulgor, y all� nos estableceremos, en el nuevo Ed�n que nos espera en otro mundo; hasta que llegue el momento de regresar a la Tierra.</p><p>�El nuevo Ed�n� en otro mundo. �En mi voz pod�a percibirse escepticismo. �Una nave que surcara los cielos como viajan las naves romanas entre continentes? �Era eso posible? �Es que los romanos (sus ingenieros m�s competentes) no hab�an debatido ya hac�a a�os la cuesti�n de los viajes espaciales y hab�an concluido que no eran posibles en la pr�ctica y que no hab�a ning�n provecho que sacar de todo aquello en caso de que s� lo fueran? El espacio era inh�spito e inalcanzable. Todo el mundo lo sab�a. Sacud� la cabeza�. �Qu� otro mundo? �D�nde?</p><p>Ignor� mi pregunta ostentosamente.</p><p>�Nuestros mejores cerebros han estado trabajando durante cinco a�os en lo que ve usted aqu�. Ya ha llegado el momento de probarlo. Primero haremos un viaje corto, s�lo hasta la Luna y volver. M�s tarde, nos adentraremos en los cielos, hasta el nuevo mundo que el Se�or ha prometido revelarme, para que los pioneros puedan establecer su asentamiento. Despu�s de eso� una nave tras otra, una deslumbrante arca tras otra, hasta que todos los israelitas que hay en AEgyptus hayan alcanzado la Tierra Prometida� �Sus ojos resplandec�an�. �Por fin �ste es nuestro �xodo! �Qu� le parece, doctor ben-Sime�n?</p><empty-line/><p>Yo pens� que todo aquello era una locura de la m�s peligrosa clase, y Mois�s un lun�tico que estaba conduciendo a su pueblo �y a m�, a un desastre de proporciones catacl�smicas. Aquello era un sue�o, una desenfrenada y febril fantas�a. Habr�a preferido que hubiera dicho que �bamos a rendir culto a aquella cosa con c�mbalos e incienso que lo de subirnos a ella para marcharnos hacia las tinieblas del espacio. Pero Mois�s estaba tan euf�rico, con tan encendido fervor, que resultaba impensable ponerle ninguna objeci�n. Me cogi� del brazo y me llev� (pr�cticamente me arrastr�), hacia la ladera, hacia la mism�sima �rea de trabajo. De cerca, la nave espacial era enorme y, sin embargo, al mismo tiempo, de una endeblez que daba pena. �l golpe� su flanco y son� hueco, Hab�a gruesos cables grises por todas partes y maquinaria cuya naturaleza yo no pod�a siquiera atisbar a comprender. Hombres y mujeres j�venes de mirada ensimismada corr�an de un lado a otro, transportando piezas y grit�ndose instrucciones los unos a los otros como si estuvieran tratando de superarse en la dedicaci�n a su tarea. Mois�s levant� una estrecha escalera y me hizo gestos para que le siguiera. Entramos en una especie de cabina, en el estrecho morro de la nave interestelar. En aquel espacio m�nimo y falto de aire vi pantallas, cuadrantes, m�s cables y otras cosas que escapaban a mi comprensi�n. Por debajo de la cabina, una escalera en espiral conduc�a a una c�mara destinada a que la tripulaci�n pudiera dormir, y m�s abajo a�n, se encontraban los cohetes que enviar�an el Arca del �xodo hacia los cielos.</p><p>��Y funcionar�? �consegu� decir finalmente.</p><p>�No cabe ninguna duda �me respondi� Mois�s�. Nuestras mejores mentes han creado todo lo que aqu� ve.</p><p>Me present� a algunas de aquellas lumbreras. Curiosamente, nadie ten�a el radiante semblante que a Mois�s le daba su celo fan�tico. Se trataba de individuos sosegados, serios incluso, imbuidos de una profunda y serena confianza.Tres o cuatro de ellos se turnaron para explicarme la teor�a de la nave, su mecanismo de propulsi�n, su sistema de direcci�n, su m�todo para escapar de la fuerza de atracci�n terrestre. La cabeza empez� a darme vueltas. Sin embargo, me sent� arrollado por su poder de convicci�n. Me hablaban de �combusti�n�, de �aceleraci�n�, de �neutralizaci�n de la fuerza gravitatoria�. Hablaban de �masa�, �propulsi�n� y �velocidad de escape�. Apenas entend�a una d�cima o una cent�sima parte de lo que dec�an, pero me form� una imagen de un coloso rompiendo sus cadenas y remontando el vuelo, jubiloso, de un salto triunfal desde el suelo hasta los reinos desconocidos. �Por qu� no? �Por qu� no? Todo lo que hac�a falta era el combustible adecuado y una explosi�n controlada, me dec�an ellos. Si golpeas la Tierra con la fuerza suficiente, debes ascender con la misma fuerza. S�. �Por qu� no? En unos minutos comenc� a creer que aquella locura de la nave interestelar muy bien podr�a ser capaz de ascender entre una explosi�n de llamas y salir disparada hacia las tinieblas del espacio. Cuando Mois�s me sac� de la nave, casi una hora despu�s, no lo cuestionaba en absoluto.</p><p>Joseph me llev� de regreso al asentamiento a m� solo. Cuando me march�, Mois�s estaba de pie en la escotilla de su nave espacial, mirando impaciente el fiero sol de mediod�a.</p><p>Aunque ya sab�a cu�l era mi misi�n, Eleazar me la volvi� a explicar m�s tarde, en aquel deslumbrante y asombroso d�a. Deb�a escribir una cr�nica de todo lo que se hab�a conquistado hasta el momento en aquel secreto emplazamiento de Israel y de todo lo que iba a conquistarse durante los apocal�pticos d�as que se avecinaban. Protest� tibiamente, aduciendo que quiz� fuera mejor encontrar alg�n periodista, de preferencia con alguna formaci�n cient�fica. Pero no, ellos no quer�an a un periodista, quer�an a alguien con unos profundos conocimientos de Historia. Lo que quer�an de m�, advert�, era un trabajo que no fuera s�lo period�stico, ni exclusivamente hist�rico, sino uno que poseyera la fuerza profunda e imperecedera de las Escrituras. Lo que quer�an de m� era el Libro del �xodo, es decir el Libro del segundo Mois�s.</p><empty-line/><p>Me proporcionaron un peque�o despacho en el edificio destinado a biblioteca y abrieron sus archivos para m�. Me mostraron los primeros ensayos visionarios de Mois�s, su correspondencia con �ntimos amigos, sus borradores y manifiestos insistiendo en la necesidad de un �xodo mucho m�s ambicioso que cualquier otro que su antiguo hom�nimo pudiera haber imaginado. Me enter� de c�mo reuni� a su equipo de j�venes cient�ficos revolucionarios. Lo hizo en secreto y con cierta inquietud, pues �l sab�a que lo que estaba haciendo era extremadamente subversivo, y que atraer�a sobre �l la ira m�s profunda de la Rep�blica si llegaba a ser descubierto. Le� una furibunda carta de Eleazar discrepando del fant�stico proyecto de su hermano mayor y despu�s c�mo, gradualmente, iba convirti�ndose a la causa, carta tras carta, hasta superar en fanatismo al mismo Mois�s. Estudi� documentaci�n t�cnica hasta que mi vista se nubl�; no s�lo la relativa a Mois�s y sus ac�litos, sino tambi�n otra romana de hac�a casi un siglo, incluso un estudio de un teut�n sosteniendo la necesidad hist�rica de la exploraci�n espacial y su viabilidad t�cnica. Aprend� algo m�s sobre el dise�o y funcionamiento de la nave espacial.</p><p>Mi gu�a en toda esta documentaci�n fue Miriam. Trabajamos codo con codo, juntos en una peque�a sala. Su juventud, su belleza y el oscuro destello de sus ojos, me hac�an temblar. A menudo deseaba acercarme a ella, tocarle el brazo, el hombro, la mejilla. Pero yo era demasiado t�mido. Tem�a que reaccionara con carcajadas, furia, desd�n, incluso con repugnancia. El miedo al rechazo de un hombre entrado en a�os era lo que verdaderamente me inspiraba cautela. Pero tambi�n me recordaba a m� mismo que se trataba de la hermana de aquellos dos feroces iluminados, y que la sangre que corr�a por sus venas deb�a de ser tan ardiente como la de ellos. Lo que me daba miedo era quemarme con su contacto.</p><empty-line/><p>El d�a que Mois�s eligi� para el vuelo de la nave espacial fue el veintitr�s deTishri, la alegre festividad de SimchatTorah del a�o 5730 de nuestro calendario, es decir, 2723, seg�n el romano. Era un brillante d�a de principios de oto�o, muy seco. No hab�a nubes en el cielo y el sol todav�a en su punto �lgido de calor. Durante tres d�as con sus respectivas noches se hab�an llevado a cabo los preparativos en la zona de lanzamiento, que permaneci� cerrada a todos excepto al c�rculo m�s pr�ximo de cient�ficos. Pero ahora, al amanecer, toda la aldea estaba all�. Se hab�an desplazado en cami�n, coche o incluso a pie para asistir al gran acontecimiento.</p><p>Los cables y la maquinaria de apoyo se hab�an retirado. S�lo quedaba la nave espacial, solitaria y con un aspecto un tanto vulnerable, en el centro del claro de arena; una brillante aguja erguida, estilizada, fr�gil. La zona hab�a sido acordonada. Nuestro puesto de observaci�n estar�a situado a cierta distancia para que las llamas abrasadoras no nos alcanzaran.</p><p>Se hab�a seleccionado un equipo de tres hombres y dos mujeres: Judith, una de las expertas en cohetes, Leonardo di Filippo, Joseph, el amigo de Miriam, y una mujer llamada Sarah, a quien nunca hab�a visto antes. El quinto, por supuesto, era Mois�s. Aqu�lla era su cuadriga. Aqu�lla era su aventura, su sue�o. Seguramente ser�a �l quien estuviera al mando del <emphasis>�xodo </emphasis>cuando �ste diera su primer salto hacia las estrellas.</p><p>Salieron uno a uno de la garita que constitu�a el centro de control del vuelo. Mois�s fue el �ltimo. Todos observamos en silencio. No se o�a ni un murmullo. Apenas nos atrev�amos a respirar. Los cinco llevaban uniformes de raso blanco, cuyo brillo era realzado por el sol matinal, y curiosos cascos de cristal, como las esferas que llevan los buceadores en el rostro. Caminaron hacia la nave, se dispusieron a subir la escalera, se volvieron uno tras otro para dirigirnos una �ltima mirada, y ascendieron hacia el interior. Mois�s vacil� un instante antes de entrar, como si estuviera rezando o, simplemente, saboreando la plenitud de su j�bilo.</p><p>Entonces sigui� una larga espera, interminable, insoportable. Puede que fueran veinte minutos, puede que fueran sesenta. Quiz� hubo que hacer alguna verificaci�n de �ltima hora o tal vez hab�a surgido alguna complicaci�n t�cnica. No obstante, permanecimos en silencio. Eramos estatuas. Al cabo de un rato, vi c�mo Eleazar se volv�a hacia Miriam con gesto preocupado y hablaban entre susurros. Pero no ocurri� nada. Continuamos esperando.</p><p>De repente se oy� un estruendo semejante al que hace un trueno, y luego el bramido ensordecedor de mil toros, y empezaron a verse nubes de humo negro por la tierra, alrededor de la nave, y fogonazos de relumbrantes llamas rojas. El <emphasis>�xodo </emphasis>ascendi� algunos metros desde el suelo y all� se qued�, sostenido en el aire, como si estuviera m�gicamente suspendido, durante lo que pareci� ser una eternidad.</p><p>A continuaci�n subi�, al principio a sacudidas, despu�s con m�s suavidad, y se elev� con una rapidez asombrosa hacia la deslumbrante b�veda celeste. Me faltaba el aliento. Estaba resoplando como si me hubieran vapuleado. En ese momento empec� a aplaudir. Por mis mejillas corr�an l�grimas de asombro y excitaci�n. A mi alrededor, la gente tambi�n aplaud�a, vitoreaba, lloraba y agitaba los brazos, y el cohete ascend�a y ascend�a rugiendo, tan alto estaba ya que apenas pod�amos verlo contra el fulgor del cielo.</p><p>A�n est�bamos aplaudiendo cuando en la atm�sfera, muy por encima de nosotros, se produjo un destello de luz insoportable, como un segundo sol, m�s brillante todav�a que el primero, y nos sacudi� con una fuerza abrumadora haci�ndonos caer de rodillas con dolor y terror, llorando, cubri�ndonos el rostro con las manos.</p><p>Cuando por fin me atrev� a mirar de nuevo, aquel feroz centro terrible de fulgor hab�a desaparecido y en su lugar hab�a una espantosa estela de humo negro que se extend�a por todo el cielo, disip�ndose en un rastro agonizante hacia el norte. No pod�a ver el cohete. No pod�a o�rlo.</p><p>��Se ha ido! �grit� alguien.</p><p>��Mois�s! �Mois�s!</p><p>��Ha explotado! �Yo lo he visto!</p><p>��Mois�s!</p><p>�Judith� �dijo una voz m�s serena a mi espalda.</p><p>Estaba demasiado aturdido para gritar, pero a mi alrededor todo era un ruido uniformemente ascendente de horror y desesperaci�n que se inici� como un gemido ahogado hasta convertirse en un alarido atroz surgiendo de centenares de gargantas al un�sono. Hab�a un p�nico tremendo, una histeria generalizada. La gente corr�a sin rumbo como si se hubiera vuelto loca. Unos se revolcaban en el suelo, otros golpeaban la arena con los pu�os. ��Mois�s!�, gritaban, ��Mois�s! �Mois�s! �Mois�s!�.</p><p>Me volv� hacia Eleazar. Estaba p�lido y los ojos parec�an sal�rsele de las �rbitas. Sin embargo, mientras le contemplaba, vi como respiraba hondo y alzaba las manos dando un paso al frente solicitando atenci�n. Inmediatamente todas las miradas se volvieron hacia �l. De alguna manera pareci� crecer hasta cinco codos de altura.</p><p>��D�nde est� la nave? �grit� alguien�. �D�nde est� Mois�s?</p><p>Y Eleazar, con una voz que sonaba como las trompetas del Se�or, dijo:</p><p>���l era el Hijo de Dios! �Y Dios le ha llamado a su lado!</p><p>Alaridos. Gemidos. Gritos hist�ricos.</p><p>��Muerto! �grit� alguien�. �Mois�s est� muerto!</p><p>���l vivir� eternamente! �tron� Eleazar.</p><p>��El Hijo de Dios! �grit� uno, luego fueron tres, despu�s una docena�. �El Hijo de Dios!</p><p>Yo sab�a que Miriam estaba a mi lado. Notaba su calidez, su brazo apret�ndose contra el m�o, su dulce pecho contra mis costillas, sus labios en mi o�do:</p><p>�Debes escribir el libro �me susurr� y su voz conten�a un apremio terrible�. Su libro. Debes escribirlo. Para que nunca se olvide este d�a. Para que �l viva para siempre.</p><p>�S� �me o� responderle�. S�.</p><p>En aquel momento de frenes� y terror, me sent�a como un junco que se balanceaba a la orilla del Nilo, sorprendido por su desbordamiento. Y yo hab�a sido arrancado de ra�z e iba a la deriva. La bola de fuego del <emphasis>�xodo </emphasis>me explosion� nuevamente en el alma como un segundo sol, con un esplendor que nunca podr�a desvanecerse. Y yo sab�a que hab�a sido engullido, que yo hab�a sido conquistado, que me quedar�a all� para escribir y para rezar, que yo forjar�a el evangelio del nuevo Mois�s en la herrer�a de mi esp�ritu y divulgar�a su mensaje por todas partes. Despu�s de aquellas cinco muertes llegar�a la resurrecci�n. Nosotros llevar�amos a los pueblos de la Rep�blica el mensaje que hab�an estado esperando tanto tiempo, sumidos en la esterilidad y la confusi�n. Cuando ese mensaje les llegue, se liberar�n de los grilletes de sus se�ores. Y de la muerte del Imperio emerger� un nuevo orden de cosas. �Existir�an otros mundos? �Ser�an habitables? �Qui�n sabe? Pero hab�a una nueva verdad que pod�amos predicar, y �sa era la verdad del segundo Mois�s, que hab�a entregado su vida para que nosotros pudi�ramos alcanzar las estrellas. Y yo no permitir�a que esa nueva verdad muriera. Yo escribir�a y mi pueblo llevar�a el mensaje escrito por m� por todo el mundo. Y todo el mundo cambiar�a.</p><p>Quiz� me equivoque al afirmar que la Rep�blica est� sentenciada. Sospecho que lo m�s probable es que este mundo est� destinado a ser de Roma. As� ha sido durante miles de a�os, y lo seguir� siendo, seg�n parece, incluso por toda la eternidad. Muy bien. Dejemos que as� sea. No desafiaremos el destino eterno de Roma. Simplemente, nos situaremos fuera de su alcance. Nosotros tenemos nuestro propio destino. Alg�n d�a (�qui�n sabe lo lejos que estar�?), construiremos una nueva nave, y otra, y otra, y finalmente nos llevar�n lejos de este mundo de aflicci�n. Dios ha enviado a Su Hijo. Y Dios lo ha llamado a Su lado. Y llegar� el d�a en que todos nosotros dejaremos atr�s el f�rreo yugo de esta Roma eterna y lo seguiremos con alas de fuego, lejos de esta tierra de esclavitud, hasta los cielos, donde �l vive eternamente.</p></section><section><p>T�tulo original: <emphasis>Roma Eterna</emphasis></p><p>Traducci�n de Emilio Mayorga</p><p>Primera edici�n: octubre de 2006</p><p>� Agberg, Ltd., 2003</p><p>� Ediciones Minotauro, 2006</p><p>Avda. Diagonal, 662-664, 6.<sup>a</sup> planta. 08034 Barcelona</p><p>www. edicionesminotauro.com</p><p>www.scyla.com</p><p>Todos los derechos reservados</p><p>ISBN-13: 978-84-450-7610-1 ISBN-10: 84-450-7610-8</p><p>Dep�sito legal: B. 31343-2006</p><p>Fotocomposici�n: Anglofort, S. A.</p><p>Impresi�n: A &amp; M Gr�fic, S. L.</p><p>Impreso en Espa�a</p><p><emphasis>Printed in Spain</emphasis></p></section></body><binary id="cover" 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