<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>sf_history</genre><author><first-name>Robert</first-name><last-name>Silverberg</last-name></author><book-title>Lo que oculta el drag�n</book-title><date value="2006-10-01">2006</date><coverpage><image l:href="#cover"/></coverpage><lang>es</lang><src-lang>en</src-lang><translator><first-name>Emilio</first-name><last-name>Mayorga</last-name></translator><sequence name="Roma eterna (es)" number="06"/></title-info><src-title-info><genre>sf_history</genre><author><first-name>Robert</first-name><last-name>Silverberg</last-name></author><book-title>Getting to Know the Dragon</book-title><date value="1999-05-01">1999</date><lang>en</lang></src-title-info><document-info><author><nickname>Xenophile</nickname></author><program-used>Fiction Book Designer, FictionBook Editor Release 2.6, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date value="2012-04-26">26.04.2012</date><id>550C2681-9007-4279-861F-25511292DC61</id><version>1.0</version></document-info><publish-info><book-name>Roma eterna</book-name><publisher>Minotauro</publisher><city>Barcelona</city><year>2006</year><isbn>978-84-450-7610-1</isbn></publish-info></description><body><title><p>Robert Silverberg</p><p>Lo que oculta el drag�n</p></title><section><p>Aquella ma�ana llegu� al teatro a las nueve, media hora antes de la cita, ya que demasiado bien sab�a lo inclemente que pod�a ser C�sar Demetrio con la impuntualidad. Pero, por lo visto, C�sar hab�a llegado incluso antes que yo. Me encontr� a Labieno, su guardia personal y compa�ero preferido de copas, holgazaneando por la entrada del teatro. Al aproximarme, me sonri� y dijo:</p><p>��C�mo es que has tardado tanto? C�sar est� esper�ndote.</p><p>�Llego con media hora de adelanto �le contest� agriamente. No hab�a por qu� mostrar tacto con gente como Labieno� o Pol�crates, como deber�a llamarle ahora que el cesar nos ha dado a todos nombres griegos.</p><p>Labieno se�al� m�s all� de la puerta, y luego apunt� hacia los cielos con el dedo coraz�n estirado, subi�ndolo y baj�ndolo tres veces. Pas� cojeando a su lado sin hacerle ning�n comentario y me dirig� hacia el interior.</p><p>Para mi consternaci�n, vi a Demetrio C�sar justo arriba de todo del teatro, en la fila m�s alta. Su delgada silueta se recortaba n�tidamente contra el brillante azul del cielo matinal. Hac�a menos de seis semanas que me hab�a roto el tobillo cazando jabal�es con �l en el interior de la isla. Todav�a iba con muletas, y andar representaba un desaf�o para m�, conque para qu� hablar de subir escaleras. Pero all� estaba �l, en lo m�s alto.</p><p>��As� que por fin has aparecido, Pisandro! �exclam�.Ya iba siendo hora. �Date prisa en subir! Tengo algo muy interesante que ense�arte.</p><p>Pisandro. Durante el �ltimo verano, de repente nos hab�a puesto nombres griegos a todos. Julio, Lucio y Marco perdieron sus genuinos y bonitos nombres romanos y se convirtieron en Euristeo, Idomeneo y Diomedes.Yo, que fui Tiberio Ulpio Draco, era ahora Pisandro. Estos nombres griegos eran la �ltima moda en la corte que el cesar manten�a, por insistencia de su padre imperial, en Sicilia. Todos supon�amos que, despu�s, seguir�an las cremas pringosas en el pelo, ropas ligeras al estilo griego y, finalmente, la introducci�n de unas imperativas bases de sodom�a griega pr�ctica. Bueno, los cesares se divierten como les place, y no me habr�a importado si me hubiera puesto alg�n nombre heroico, como Agamen�n u Odiseo, o algo parecido. Pero �Pisandro? Pisandro de Laranda era el autor de ese maravilloso poema �pico sobre la historia del mundo, <emphasis>Matrimonios heroicos de los dioses, </emphasis>y habr�a sido bastante razonable que C�sar me llamara as� en su honor, ya que yo tambi�n soy historiador. Tambi�n hay un Pisandro anterior, Pisandro de Camiro, que escribi� la epopeya m�s antigua conocida sobre las haza�as de Heracles. Pero a�n hubo otro Pisandro, un gordo y corrupto pol�tico ateniense, que aparece como objeto de inmisericorde s�tira en el <emphasis>Hyperbolos, </emphasis>de Arist�fanes. Y da la casualidad de que yo s� que esa obra es una de las favoritas de C�sar. Ya que los otros dos Pisandros son figuras de la antig�edad, desconocidas excepto para los especialistas como yo, no puedo evitar pensar que C�sar ten�a en la mente el personaje de Arist�fanes cuando acu�� el nombre para m�. Yo no soy gordo ni corrupto, pero al cesar le produce gran placer vejar nuestros esp�ritus con semejantes bromitas.</p><p>Obligar a un lisiado a subir hasta lo m�s alto del teatro, por ejemplo. Sub� renqueando los elevados escalones de piedra, un tramo despu�s de otro y otro, hasta alcanzar, finalmente, la �ltima fila. Demetrio miraba hacia un lado, estaba admirando el maravilloso espect�culo del monte Etna que se elevaba al oeste, coronado de nieve, manchado por cenizas en su cima y con una columna de humo negro ascendiendo en volutas desde sus fauces hirvientes.</p><p>Las vistas desde all� arriba, desde lo alto del gran teatro de Tauromenium son, verdaderamente, para dejar sin aliento, pero mi aliento ya hab�a casi desaparecido por completo debido al esfuerzo del ascenso, y no estaba de humor para apreciar el esplendor de lo que se ve�a frente a nosotros.</p><p>C�sar estaba apoyado en la mesa de piedra que hab�a en el espacio libre de la �ltima fila, donde los vendedores de vino exhiben sus mercanc�as durante el intermedio. Frente a �l ten�a un enorme pergamino desplegado.</p><p>��ste es mi plan para la mejora de la isla, Pisandro. Ven a echarle un ojo y dime qu� te parece.</p><p>Era un gran mapa de Sicilia que cubr�a toda la mesa. Dibujado pr�cticamente a escala natural, podr�a decirse. Pude ver grandes c�rculos rojos, quiz� media docena de ellos, marcados en �l de manera muy visible. Aquello no era para nada lo que yo esperaba, ya que el prop�sito aparente de mi reuni�n de esa ma�ana era la discusi�n del plan de C�sar para la renovaci�n del teatro deTauromenium. Entre mis diversos conocimientos, tengo ciertas nociones de arquitectura. Pero no, no. En la mente de Demetrio ese d�a no figuraba en absoluto la renovaci�n del teatro.</p><p>��sta es una hermosa isla �dijo�, pero su econom�a ha estado deprimida durante d�cadas. Propongo despertarla acometiendo el programa de construcci�n m�s ambicioso que Sicilia haya conocido nunca, Pisandro. Por ejemplo, justo aqu�, en nuestro peque�o y hermoso Tauromenium, existe una flagrante necesidad de un palacio real apropiado. La villa en la que he estado viviendo los pasados tres a�os est� bien situada, s�, pero es demasiado modesta para ser la residencia del heredero al trono, �no te lo parece?</p><p>S�, s�, modesta. Treinta o cuarenta habitaciones al borde del abrupto acantilado, desde donde se domina toda la ciudad con una vista perfecta sobre el mar y el volc�n. Dio unos golpecitos sobre el c�rculo rojo situado en la esquina superior derecha del mapa que rodeaba el lugar donde se encuentra elTauromenium, al noreste de Sicilia.</p><p>�Imag�nate que convertimos la villa en un palacio adecuado, ampli�ndolo un poco por el lado del acantilado, �eh? Ven conmigo y te explicar� lo que quiero decir.</p><p>Fui renqueando detr�s de �l. Me llev� alrededor de la mesa hasta una parte de mapa que representaba el litoral, y donde era visible el p�rtico de su villa. Entonces procedi� a describir una sucesi�n de ampliaciones en cascada, apoyadas sobre fant�sticas terrazas sustentadas a su vez por enormes contrafuertes, que soportar�an la estructura a lo largo de todo el acantilado, hasta llegar a la misma orilla del mar J�nico, muchos metros por debajo.</p><p>�Esto me facilitar�a mucho las cosas para llegar hasta la playa, �no te parece? �Y si construy�ramos una especie de trazado que descendiera por el lateral del edificio con un veh�culo suspendido por cables? En lugar de tener que tomar la carretera principal hasta la playa, podr�a descender directamente desde el interior de mi palacio.</p><p>Los ojos se me abrieron como platos, de pura incredulidad. Semejante estructura, en caso de que pudiera construirse, requerir�a cincuenta a�os para levantarla y mil millones de sestercios para costearla. Diez mil millones quiz�.</p><p>Pero aquello no era todo. Ni de lejos.</p><p>�Despu�s, Pisandro, en Panormus necesitamos hacer algo para acomodar a la realeza cuando viene de visita. �Desliz� el dedo hacia el oeste por la parte superior del mapa hasta el puerto grande situado en la costa norte�. Panormus es donde a mi padre le gusta quedarse cuando viene aqu�, pero el palacio tiene seiscientos a�os de antig�edad y deja bastante que desear. Me gustar�a derribarlo y construir en su lugar una r�plica a escala natural del Palacio Imperial del monte Palatino, quiz� con una r�plica del Foro de Roma en la parte inferior. Eso le gustar�a. Le har�a sentirse como en casa cuando estuviera de visita en Sicilia. Y cuando vamos de caza por el interior de la isla, contamos con un refugio agradable, ese maravilloso y viejo palacio de Maximiano Herc�leo, cerca de Enna, pero pr�cticamente se est� derrumbando. Podr�amos erigir un palacio completamente nuevo sobre su emplazamiento, digamos� al estilo bizantino. Teniendo mucho cuidado de no da�ar los mosaicos existentes, por supuesto.Y luego�</p><p>Mientras escuchaba, mi estupefacci�n iba creciendo por momentos. La idea de Demetrio de volver a despertar la econom�a siciliana implicaba la construcci�n por toda la isla de palacios reales inconcebiblemente caros. En Agrigento, en la costa sur, por ejemplo, donde a los soberanos les gustaba ir a visitar los magn�ficos templos griegos que se encuentran all�, y en la cercana Selinus, el cesar pens� que estar�a bien construir un duplicado exacto de la famosa villa de Adriano enTibur, como una especie de alojamiento tur�stico para ellos. Pero la villa Adriana tiene el tama�o de una ciudad peque�a. Ser�a necesario un ej�rcito de artesanos y al menos un siglo para construir su hermana gemela en Agrigento. Para el extremo occidental de la isla, ten�a algunas ideas sobre la construcci�n de un castillo de primitivo y tosco estilo hom�rico (fuera cual fuese el estilo que �l imaginara que deb�a de ser el hom�rico), aferrado rom�nticamente a la cima de la ciudadela de Erice. Despu�s, m�s abajo, en Siracusa� Bien, lo que �l ten�a pensado para Siracusa habr�a llevado al Imperio a la bancarrota. Un grandioso nuevo palacio, naturalmente, pero tambi�n un faro como el de Alejandr�a y un Partenon que doblara en tama�o al original y una docena m�s o menos de pir�mides como las de AEgyptus, s�lo que quiz� un poco m�s grandes, y un Coloso de bronce en el puerto como el que hubo en Rodas y� soy incapaz de enumerar la lista entera sin echarme a llorar.</p><p>�Est� bien, Pisandro �qu� me dices? �Ha existido alguna vez un programa de construcci�n como �ste en la historia del mundo?</p><p>Su rostro estaba radiante. Demetrio C�sar era un hombre muy apuesto, y, en aquel momento, transfigurado por su propio plan megaloman�aco, parec�a un aut�ntico Apolo, aunque un Apolo chiflado. �Qu� pod�a decirle yo ante todo aquel torrente que acababa de liberar? �Que pensaba que era la locura m�s descomunal? �Que dudaba mucho de que hubiese oro suficiente en las arcas de su padre para financiar el coste de tama�a absurda empresa? �Que morir�amos todos mucho antes de que aquellos proyectos pudieran concluirse? Cuando el emperador Ludovico, su padre, me asign� al servicio del cesar Demetrio, ya me hab�a alertado de su temperamento imprevisible. Un comentario inoportuno y podr�a verme lanzado como un trapo por los mismos escalones que acababa de i subir con tanta fatiga.</p><p>Pero como s� c�mo deben manejarse las cosas cuando se habla � con la realeza, con tacto pero sin empalago, dije:</p><p>�Es un proyecto que me produce sobrecogimiento, C�sar. No me resulta posible recordar nada equivalente.</p><p id="_ftnref5">�Exactamente. Nunca ha habido nada como esto, �verdad? <sup>;</sup> Pasar� a la historia. Ni Alejandro ni Sardan�palo,<a l:href="#n_1" type="note">[1]</a> ni el mismo C�sar Augusto acometieron nunca un programa de obras p�blicas tan ambicioso. T�, por supuesto, ser�s el arquitecto jefe de todo el proyecto, Pisandro.</p><p>Si me hubiera propinado una patada en las tripas, no me habr�a desconcertado tanto.</p><p>Reprim� un grito y dije:</p><p>��Yo, C�sar? Me honras demasiado. Mi campo fundamental en la actualidad es la historia, mi se�or. He tenido algunos escarceos en arquitectura, pero no me considero precisamente cualificado para�</p><p>�Bien, yo s�. Ah�rrame tu falsa modestia, �quieres Draco? De repente volv�a a llamarme por mi verdadero nombre. Eso me pareci� muy significativo.</p><p>�Todo el mundo conoce tu capacidad. T� te escondes tras esa pose de erudici�n porque as� te sientes m�s seguro, imagino, pero yo soy plenamente consciente de tus verdaderas habilidades y, cuando sea emperador, quiero sacar el m�ximo partido de ellas. �sa es la consigna de un gran emperador �no te parece?, rodearse de grandes hombres e inspirarlos para que desarrollen todo su potencial. Yo espero ser un gran emperador, �sabes?, de aqu� a diez a�os, veinte, cuando me llegue el turno. Pero ya estoy empezando a seleccionar mis hombres clave. T� ser�s uno de ellos �me dijo mientras me gui�aba el ojo�. Trata de que esa pierna tuya sane r�pido, Draco. Deseo iniciar estos proyectos con la construcci�n del palacio de Tauromenium, el cual quiero que dise�es para m�. Y eso significa que t� y yo vamos a trepar como cabras por la cara de ese acantilado en busca del mejor lugar posible. No te quiero ver con muletas cuando lo hagamos� �No est� preciosa la monta�a hoy, Pisandro?</p><p>En el intervalo de tres nuevas respiraciones ya hab�a vuelto a ser Pisandro.</p><p>Enroll� su pergamino. Me preguntaba si por fin �bamos a empezar a discutir los trabajos de renovaci�n del teatro. Pero entonces advert� que C�sar (con la mente enardecida por la total magnificencia de su plan de transformaci�n de todas las ciudades principales de la isla) ten�a el mismo inter�s en hablar sobre una frusler�a como el cambio del canal de desag�e en la ladera adyacente del teatro, que el que tendr�a un dios en escuchar los problemas de salud de alguien (su tobillo roto, por poner un caso), cuando su divino intelecto se halla absorto en la creaci�n de alguna maravillosa nueva plaga con la que, un poco m�s entrado el mes, tratar� de destruir a once millones de habitantes de piel amarilla del lejano Catay.</p><p>Por consiguiente, admiramos juntos la vista durante un rato. Despu�s, cuando not� que mi presencia ya no era requerida, me march� sin haber sacado el tema del teatro y, lenta y fastidiosamente, baj� por los escalones. Justo cuando llegaba abajo, o� al cesar decir mi nombre. Por un instante atroz, tem� que me estuviera llamando de nuevo y que tuviera que reptar hasta arriba del todo una segunda vez. Pero simplemente quer�a desearme que pasara un buen d�a. El cesar Demetrio desde luego est� loco, pero no es malvado.</p><empty-line/><p>�El emperador nunca le permitir� llevarlo a cabo �dijo Espin�culo cuando nos sentamos aquella noche a tomar una copa de vino.</p><p>�S� lo har�. El emperador concede a su hijo todos sus peque�os caprichos.Y �ste grande tambi�n.</p><p>Espin�culo es mi mejor amigo; y este espinoso hombrecillo hace honor a su nombre. Los dos somos hispanos. Fuimos juntos a la escuela enTarraco. Cuando fij� mi residencia en Roma y entr� al servicio del emperador, tambi�n lo hizo �l. Cuando el emperador me transfiri� al servicio de su hijo, Espin�culo tambi�n me sigui� lealmente a Sicilia. Conf�o en �l como no conf�o en ning�n otro hombre. Los seres humanos nos infligimos constantemente las m�s flagrantes traiciones unos a otros.</p><p>�Si lo empieza �dijo Espin�culo�, no lo continuar�. Ya sabes c�mo es. Seis meses despu�s de preparar el terreno para el palacio real aqu�, decidir� que ser�a mejor empezar con el Parten�n de Siracusa. Erigir� all� tres columnas y se marchar� a Panormus.Y despu�s de un mes a cualquier otro sitio.</p><p>��Y bien? �dije yo�. �Qu� me importa a m� eso? �l es el �nico que parecer� est�pido si se comporta de ese modo, no yo. Yo soy s�lo el arquitecto.</p><p>Sus ojos se abrieron.</p><p>��Qu�? �Verdaderamente vas a implicarte en todo eso?</p><p>�El cesar ha solicitado mis servicios.</p><p>��Y tan poca voluntad tienes que, sencillamente, haces todo lo que �l te diga, por est�pido que pueda ser? �Derrochar los pr�ximos cinco o diez a�os de tu vida con los disparatados planes de un joven pr�ncipe demente para sepultar toda esta isla dejada de la mano de Dios bajo monta�as de m�rmol? �Quieres ver tu nombre vinculado para siempre al suyo como el ejecutor de esta lun�tica empresa?</p><p>Su voz adquiri� un fuerte y sarc�stico tono de soprano:</p><p>��Tiberio Ulpio Draco, el mayor hombre de ciencia de la era, abandon� insensatamente todas sus valiosas investigaciones hist�ricas con el objeto de consagrar los restantes a�os de su vida a esta serie desafortunada de grandiosos y rid�culos proyectos, ninguno de los cuales se concluy� nunca. Finalmente, una ma�ana fue encontrado tendido a los pies de la Gran Pir�mide de Siracusa, tras haberse quitado la vida �l mismo�� �No Draco! �No lo hagas! �Simplemente dile que no y m�rchate!</p><p>�Hablas como si tuviera alternativa al respecto �le dije yo.</p><p>Me mir� fijamente. Entonces se levant� y a continuaci�n, con paso firme, atraves� el patio dirigi�ndose hacia el balc�n. Espin�culo es tullido de nacimiento. Tiene la pierna izquierda torcida y el pie hacia fuera. Mi accidente de caza le irrit� porque hizo que yo tambi�n cojeara, lo que suscita una atenci�n a�adida sobre la deformaci�n de Espin�culo cuando vamos renqueando juntos por las calles. Podr�a pensarse f�cilmente que somos una pareja c�mica y grotesca que nos dirigimos a una convenci�n de indigentes.</p><p>Durante un largo momento se qued� de pie, mir�ndome con el ce�o fruncido, sin decir una palabra. Era una noche con una brillante luz de luna que iluminaba rutilantemente las villas de la gente acaudalada, ubicadas en todas partes por las laderas de la colina de Tauromenium. Cuando el silencio se alarg� y alarg�, me encontr� estudiando los contornos triangulares de la figura de Espin�culo seg�n quedaba perfilado desde detr�s por la luz blanca y fr�a: los hombros anchos y musculosos, bajando en �ngulo hacia la estrecha cintura, las piernas larguiruchas y todo el conjunto rematado por la grande y sobresaliente cabeza, plantada desafiantemente en la cumbre. Si hubiera llevado conmigo mi bloc, habr�a empezado a dibujarlo. Pero como es l�gico ya lo hab�a dibujado muchas otras veces.</p><p>Por fin, dijo con gran serenidad:</p><p>�Me dejas estupefacto, Draco. �Qu� quieres decir con que no tienes alternativa? Simplemente renuncia al servicio y regresa a Roma. El emperador te necesita all�. Ya encontrar� a otra ni�era para este principito idiota. �No pensar�s en serio que Demetrio va meterte en prisi�n si declinas el ofrecimiento, �verdad? �O ejecutarte o cualquier cosa?</p><p>�No lo entiendes �dije�.Yo <emphasis>quiero </emphasis>hacer ese trabajo.</p><p>��A pesar de que es la eyaculaci�n nocturna de un loco? Draco, �te has vuelto loco t� tambi�n? �Es que la locura de C�sar es contagiosa?</p><p>Sonre�.</p><p>�Por supuesto, s� cuan rid�culo es todo eso que propone. Pero eso no quiere decir que no quiera darle una oportunidad.</p><p>�Ah �dijo Espin�culo, capt�ndolo, por fin�. �Ah! �De modo que es eso! �La tentaci�n de lo inimaginable! �El ingeniero que hay en ti quiere poner el Pelion encima de la Ossa s�lo para ver hasta d�nde es capaz de llegar! Ay, Draco, Demetrio no est� tan loco como parece �verdad? Te ha calado perfectamente. S�lo hay un hombre en todo el mundo con tan desmedido orgullo como para aceptar ese trabajo, y est� justo aqu�, enTauromenium.</p><p>�Se trata de poner a la Ossa sobre el Pelion y no al rev�s �dije yo�. Pero �s�, Espin�culo! Por supuesto que me tienta la idea. �Y qu� pasa, si todo es una locura? �Y qu� pasa tambi�n si nunca se acaba ninguno de los proyectos? Por lo menos se empezar�n. Se dibujar�n los planos. Se excavar�n los cimientos. �No crees que me gustar�a ver c�mo puede construirse una pir�mide egipcia? �O hacer descender en voladizo un palacio centenares de metros por la cara de este acantilado? Es la oportunidad de mi vida.</p><p>��Y qu� pasa con tu cr�nica de la vida deTrajano VII? Anteayer mismo no pod�as dejar de hablar sobre los documentos que est�s esperando del archivo de Sevilla. Te pasaste media noche especulando acerca de las nuevas revelaciones maravillosas que ibas a descubrir en ellos. �Vas a abandonar todo eso as� de f�cilmente?</p><p>�Por supuesto que no. �Por qu� un proyecto deber�a interferir con el otro? Soy perfectamente capaz de trabajar en un libro por la noche mientras dise�o palacios por el d�a. Y, adem�s, espero continuar tambi�n con mi pintura, mi poes�a y mi m�sica� Creo que me subestimas, viejo amigo.</p><p>�Bueno, no ser�a el �nico culpable de hacer algo as� �apunt� �l ir�nicamente.</p><p>Dej� pasar el comentario.</p><p>�Te ofrezco una nueva consideraci�n y dejemos �sta a un lado, �de acuerdo? Ludovico pasa ya de los sesenta, y no disfruta de una salud maravillosa. Cuando muera, Demetrio ser� emperador, tanto si la idea gusta como si no, y t� y yo regresaremos a Roma, donde yo ser� una figura clave en su administraci�n, y todos los recursos intelectuales y cient�ficos de la capital estar�n a mi disposici�n� A menos que, por supuesto, yo me aleje irrevocablemente de �l mientras sea el �nico heredero, y le devuelva su proyecto lanz�ndoselo a la cara como, seg�n parece, quieres verme hacer. Por eso har� el trabajo. Como una inversi�n con la esperanza de ganancias futuras, por as� decir.</p><p>�Bonito razonamiento, Draco.</p><p>�Gracias.</p><p>�Supon que, cuando Demetrio se convierta en emperador (lo que probablemente pase antes de que transcurra mucho tiempo, si no se opone alguna negra iron�a de los dioses), �l decide mantenerte aqu�, en Sicilia, finalizando el gran trabajo de llenar esta isla con esplendores arquitect�nicos, en lugar de transferirte a la corte en Roma. As� que aqu� te quedas durante el resto de tu vida, recorriendo una y otra vez este p�ramo, supervisando la construcci�n completamente in�til e innecesaria de�</p><p>Ya no quer�a seguir hablando de ello.</p><p>�Mira, Espin�culo, �se es un riesgo que estoy dispuesto a correr. Demetrio ya me ha anunciado, expl�citamente, que cuando sea emperador tiene previsto explotar mis cualidades m�s de lo que su padre nunca quiso hacer.</p><p>��Y t� le has cre�do?</p><p>�Parec�a bastante sincero.</p><p>��Oh, Draco, Draco! �Empiezo a creer que est�s incluso m�s loco que �l!</p><empty-line/><p>Naturalmente era un riesgo. Yo lo sab�a.</p><p>Y Espin�culo bien pod�a estar en lo cierto cuando dijo que yo estaba m�s loco que el pobre Demetrio. El cesar, despu�s de todo, no puede evitar ser como es. En su familia ha habido locura, locura de verdad durante cien a�os o m�s, una seria inestabilidad mental, alg�n trastorno cerebral que deriva en impredecibles arrebatos de frivolidad y capricho. Yo, por otra parte, me enfrento cada d�a a la cruda realidad. Trabajo duro, no tengo veleidades y dispongo de una inteligencia afinada capaz de salir adelante en cualquier empresa que me proponga. No estoy alardeando. La solidez de mis logros es un hecho fuera de toda duda. He construido templos y palacios, he pintado grandes cuadros y esculpido espl�ndidas estatuas, he escrito poemas �picos y libros de historia, incluso he dise�ado una m�quina voladora que alg�n d�a construir� y probar� con �xito. Y tengo pensados muchos m�s proyectos secretos, que tengo escritos y cifrados en mis cuadernos de notas de apretada escritura. Son cosas que transformar�n el mundo. Alg�n d�a conseguir� que sean perfectas. Pero por el momento no estoy preparado para dejar que nadie las entrevea siquiera, y por eso empleo el cifrado. �Como si hubiera alguien que pudiera comprender estas ideas m�as aunque consiguiera leer lo que est� escrito en esos cuadernos!</p><p>Quiz� se pudiera decir que debo toda esta agilidad mental a la especial gentileza de los dioses, y yo no quisiera contradecir ese p�o pensamiento; pero tambi�n la herencia tiene algo que ver con ella. Mis capacidades superiores son el don que me han legado mis ancestros, como las taras mentales del cesar Demetrio son la herencia de los suyos. Por mis venas corre la sangre de uno de nuestros m�s grandes emperadores, el visionario Trajano VII, que bien pudiera haber llevado el t�tulo que le fue otorgado diecis�is siglos atr�s al primer emperador de ese nombre: Optimus Princeps, �el mejor de los pr�ncipes�. �Qui�nes son, sin embargo, los antepasados de Demetrio C�sar? �Ludovico! �Mario Antonino! �Valiente Aquila! �Vaya! �No son �stos algunos de los hombres m�s d�biles que han ocupado nunca el trono? �No han sido ellos los que han conducido al Imperio por el sendero de la decadencia y la degradaci�n?</p><p>Naturalmente, es destino del Imperio atravesar per�odos de decadencia de vez en cuando, como es su suprema buena fortuna encontrar, ahora y siempre, un manantial fresco de renacimiento y transformaci�n cuando hace falta. Esa es la raz�n por la que Roma ha sido el poder predominante en todo el mundo durante m�s de dos mil a�os, y por la que seguir� si�ndolo hasta el final de los tiempos; un mundo sin fin que regenera eternamente su vigor.</p><p>Es preciso hacer una consideraci�n. Hubo una �poca problem�tica y ca�tica hace unos dieciocho siglos, y tras la que C�sar Augusto nos concedi� el gobierno imperial que tan �til nos ha sido desde entonces. Cuando la sangre de los primeros cesares era d�bil y hombres como Cal�gula y Ner�n, desafortunadamente, llegaron al poder, la redenci�n se present� con rapidez en la persona del primer Trajano y, despu�s de �l, en la de Adriano, seguidos por los igualmente capaces Antonino P�o y Marco Aurelio.</p><p>Diocleciano corrigi� un per�odo ulterior de conflictos. Su trabajo fue completado por el gran Constantino.Y cuando, inevitablemente, volvimos a entrar en decadencia, setecientos a�os m�s tarde, cayendo en lo que los historiadores modernos denominan la Gran Decadencia y fuimos tan f�cil y vergonzosamente conquistados por nuestros hermanos orientales helenoparlantes, surgi� al fin de entre nosotros un Flavio R�mulo para devolvernos nuestra libertad una vez m�s. Y no mucho despu�s, lleg� Trajano VII, para llevar a nuestros exploradores por todo el mundo trayendo riquezas incalculables y activando el excitante per�odo de expansi�n que conocemos con el nombre de Renacimiento. Y ahora, �ay!, estamos otra vez en decadencia, viviendo lo que supongo que alg�n d�a se bautizar� con la expresi�n de Segunda Gran Decadencia. El ciclo parece inexorable.</p><p>Me gusta considerarme un hombre del Renacimiento, el �ltimo de mi especie, nacido por alg�n triste e injusto accidente del destino dos siglos despu�s de su �poca natural, y obligado a vivir en esta era decadente e imb�cil. Es una fantas�a agradable, y existen muchas pruebas, a mi entender, de que es cierto.</p><p>Que �sta es una era decadente, es algo que no ofrece ninguna duda. Un s�ntoma que define esa degeneraci�n es el gusto por las extravagancias sin mesura ni sentido y �qu� mejor ejemplo de ello puede haber que el que nos facilita C�sar con su est�pido e imprudente programa para reformar Sicilia como un monumento a su propia grandeza? El hecho de que las estructuras que �l quiere que yo le construya sean, casi sin excepci�n, imitaciones de construcciones de eras pret�ritas y menos fatuas, no hace sino reforzar la tesis.</p><p>Pero, adem�s, estamos experimentando una crisis del gobierno central. No s�lo las provincias distantes como Siria y Persia van alegremente a su aire la mayor parte del tiempo, sino que tambi�n la Galia, Hispania, Dalmacia y Panonia, que son pr�cticamente la propia patria del emperador, se est�n comportando casi como naciones independientes; y tambi�n est�n las nuevas lenguas. �Qu� ha sido de nuestro puro y hermoso lat�n, columna vertebral de nuestro Imperio? Ha degenerado en un marem�gnum de dialectos locales. Cada lugar tiene ahora su propio y chirriante idioma. Nosotros, los hispanos, hablamos hispano, los narigudos galos hablan ese graznido nasal que llaman galo, y en las provincias teut�nicas han arrinconado el lat�n completamente para recuperar esa lengua primitiva y embarullada conocida como germ�nico, y as� m�s y m�s. Incluso en la propia Italia puede verse c�mo el lat�n cede paso a ese producto bastardo al que llaman romano. �ste, al menos, posee una dulce m�sica para el o�do, pero ha desaprovechado toda la profundidad y versatilidad gramatical que hace del lat�n la lengua madre del mundo entero. Si el lat�n se elimina completamente, lo que no ha sido el destino del griego en el este, �c�mo se har� entender un hombre de Hispania por otro hombre de Britania o un teut�n por un galo o un d�lmata por otro cualquiera?</p><p>Seguramente, esto es decadencia: destructivos elementos centr�fugos que echan por tierra nuestra sociedad.</p><p>Pero �es cierto realmente que soy un hombre del Renacimiento encallado en esta �poca miserable? No es tan f�cil de decir. Coloquialmente, empleamos la expresi�n �un renacentista� para calificar a alguien de logros diversos y trascendentes. Es evidente que yo lo soy. Pero �me habr�a sentido realmente a gusto en la era de capa y espada de Trajano VII? Tengo la amplitud mental del humanista, pero �poseo tambi�n el temperamento exuberante del Renacimiento o, por el contrario, soy tan t�mido, aburrido e insignificante como todos los que veo a mi alrededor? No debemos olvidar que ellos proced�an de la Edad Media. �Podr�a yo haber llevado una espada por las calles y haberme peleado como un legionario ante la m�nima provocaci�n? �Habr�a tenido veinte amantes y cincuenta hijos bastardos? �Habr�a anhelado encaramarme a bordo de un diminuto y chirriante navio y navegar m�s all� del horizonte?</p><p>No, probablemente no me parezco mucho a ellos. Sus esp�ritus eran excepcionales. El mundo era m�s grande, m�s luminoso y mucho m�s misterioso para ellos de lo que lo es para nosotros, y ellos respondieron a sus misterios con un fervor rom�ntico y una demostraci�n brutal de energ�a con los que no es posible que ninguno de nosotros pueda reaccionar. He aceptado este encargo de C�sar porque suscita en m� algo de ese fervor rom�ntico y me hace sentir un renovado parentesco con mi gran y �pico ancestro Trajano VII, Trajano el Drag�n. Pero �qu� es lo que voy a hacer en realidad? �Descubrir nuevos mundos como hizo �l? No, no. Construir� pir�mides y templos griegos y la villa de Adriano. Pero todo eso ya ha sido hecho de forma totalmente satisfactoria, y no hay necesidad de volver a hacerlo. En consecuencia �soy tan decadente como cualquiera de mis contempor�neos?</p><p>Me pregunto tambi�n qu� habr�a pasado con el granTrajano si hubiera nacido en la era presente de Ludovico Augusto y su chiflado hijo, Demetrio. Los hombres de gran esp�ritu se hallan en gran peligro en una �poca en la que las almas mediocres gobiernan el mundo.Yo he descubierto astutas maneras de encajar en �l para salvaguardar mi propia seguridad, pero �habr�a hecho �l lo mismo? �O habr�a deambulado por ah�, entre gran alboroto y arrogancia, como el verdadero hombre del Renacimiento que era hasta que, finalmente, se hiciera necesario eliminarlo de forma discreta en alg�n oscuro callej�n por suponer una amenaza para la casa real y para el reino en general? Quiz� no. Quiz�, como yo prefiero pensar, se habr�a elevado como una flecha incandescente desde la tenebrosa noche de esta �poca adocenada, como hizo �l en su propio tiempo, y habr�a irradiado su esplendente luz sobre el orbe entero.</p><p>En cualquier caso aqu� estaba yo, innegablemente inteligente y supuestamente cuerdo, vincul�ndome por voluntad propia al proyecto de nuestro trastornado C�sar, s�lo porque era incapaz de sustraerme al maravilloso desaf�o t�cnico que representaba. �Un gran gesto rom�ntico o simplemente exc�ntrico? Era muy probable que Espin�culo tuviera raz�n al decir que, aceptando el trabajo, yo demostraba estar m�s chiflado que Demetrio. Cualquier hombre en su sano juicio habr�a huido entre gritos de espanto.</p><empty-line/><p>No hac�a falta ser la Sibila de Cumas para prever que pasar�a un largo tiempo antes de que Demetrio me mencionara de nuevo el proyecto. El cesar siempre est� revoloteando de una cosa a otra. Es un s�ntoma de su enfermedad. Dos d�as despu�s de nuestra conversaci�n en el teatro, parti� de Tauromenium para pasar unos d�as de descanso en las dunas de �frica, y permaneci� m�s de un mes ausente. Como todav�a no hab�amos ni siquiera elegido una ubicaci�n para el palacio colgante del acantilado (y para qu� hablar de los aspectos relativos al dise�o y el presupuesto de construcci�n), dej� de pensar en el asunto a la espera de su regreso. Supongo que mi esperanza era que se hubiera olvidado de todo por completo una vez estuviera de vuelta en Sicilia.</p><p>Aprovech� su ausencia para reanudar lo que hab�a sido mi labor prioritaria de la temporada: mi estudio sobre la vida deTrajano VII.</p><p>Eso era algo que me hab�a estado ocupando intermitentemente durante los pasados siete u ocho a�os. Dos cosas me hab�an hecho volver a ello ahora. Una era el descubrimiento, en las polvorientas profundidades de los archivos mar�timos de Sevilla, de un paquete de diarios desde hac�a mucho sepultados, que, seg�n parec�a, era el propio relato de Trajano alrededor del mundo. La otra, era el percance a caballo mientras caz�bamos jabal�es, que me hab�a dejado con muletas: un per�odo de obligada inactividad que me proporcion�, a falta de cualquier otra opci�n, una buena raz�n para asumir el papel de historiador una vez m�s.</p><p>A�n no hab�a sido escrita una cr�nica aceptable de la extraordinaria carrera de Trajano. Esto puede parecer extra�o si tenemos en cuenta nuestra larga tradici�n nacional de grandes investigadores hist�ricos, que se remonta a las neblinosas figuras de Naevio y Ennio en la �poca de la Rep�blica y, por supuesto, a Salustio, Livio, T�cito y Suetonio m�s tarde. Contin�a con Amiano Marcelino despu�s de ellos, Drusilo de Alejandr�a, Marco Andr�nico� y al llegar a los tiempos modernos, Lucio Helio Ant�patro, el gran cronista de la conquista de Roma por los bizantinos en la �poca de Maximiliano VI.</p><p>Pero algo se hab�a torcido en la historiograf�a desde que Flavio R�mulo volvi� a juntar las dos mitades divididas de la Roma Imperial en el a�o 2198 despu�s de la fundaci�n de la ciudad. Quiz� sea que en las �pocas de grandes hombres (e indudablemente la era de Flavio R�mulo y sus dos inmediatos sucesores lo fue), todo el mundo est� demasiado ocupado haciendo historia como para tener tiempo de escribirla. En todo caso, eso era lo que yo sol�a creer. Pero entonces me romp� el tobillo, y entend� que en todas las eras, por muy vertiginosas que pudieran ser, siempre hay alguien que, obligado por circunstancias especiales, sean las heridas, la enfermedad o el exilio, se encuentra con el tiempo libre suficiente para que su mano se dedique a la escritura.</p><p>Lo que me empezaba a parecer m�s probable es que en la �poca de Flavio R�mulo, Cayo Flavilo y Trajano el Drag�n, hacer p�blico cualquier clase de relato de estos poderosos emperadores pudiera no haber sido del todo un pasatiempo saludable. De la misma manera que la mejor cr�nica de las vidas de los primeros doce cesares (estoy hablando del mordaz y escabroso libro de Suetonio), se escribi� durante el reino relativamente benigno del primer Trajano y no cuando monstruos tales como Cal�gula, Ner�n o Domiciano a�n respiraban fuego en la tierra, as� tambi�n pudo parecerles una imprudencia a los eruditos de la �poca de los tres monarcas hispanos escribir otra cosa que no fuera un estricto registro de los acontecimientos p�blicos y las cuestiones legislativas m�s importantes. Analizar a C�sar es criticarlo. Haci�ndolo, uno nunca est� a salvo.</p><p>Sea cual sea la raz�n, ning�n libro contempor�neo que valga la pena sobre el destacable Flavio R�mulo ha llegado a nosotros, tan s�lo meros informes de hechos y algunos paneg�ricos lisonjeros. De la naturaleza �ntima de su sucesor, el sombr�o Cayo Julio Flavilo, no sabemos pr�cticamente nada, tan s�lo datos tan �ridos como su lugar de nacimiento (al igual que Flavio R�mulo, proced�a de Tarraco, mi propia ciudad natal en Hispania), y los cargos gubernamentales que ocup� durante su larga carrera antes de acceder al trono imperial. Y del tercero de los tres grandes hispanos, Trajano VII (cuyo apellido, Draco, fue una coincidencia proverbial, pues fue por m�ritos propios por lo que en todo el mundo fue conocido por el sobrenombre de Trajano el Drag�n), disponemos, una vez m�s, s�lo de los anales m�s b�sicos de su glorioso reinado.</p><p>Que nadie haya abordado el trabajo de escribir su vida en los dos siglos que han transcurrido desde su muerte no deber�a ser una sorpresa. Uno puede escribir sin temor acerca de un cesar muerto, pero �qui�n hab�a para hacer el trabajo? El resplandeciente per�odo del Renacimiento cedi� paso con demasiada rapidez a la era naciente del desarrollo industrial, y durante esa �poca mon�tona y cargada de humos, hacer dinero ten�a prioridad sobre todo lo dem�s, incluidos el arte y la historia. Ahora atravesamos una nueva era de decadencia en la que un pelele detr�s de otro ci�e la corona imperial y el mismo Imperio parece irse desmembrando poco a poco en un conglomerado de entidades separadas que tienen apenas sentido de lealtad hacia la autoridad central. Las �nicas gestas que nuestros se�ores parecen poder llevar a cabo, tienen que ver con empresas inanes, como la construcci�n de tumbas gigantescas de puntiagudas cumbres al estilo fara�nico en esta isla de Sicilia. �Qui�n, en semejante �poca, puede soportar la confrontaci�n con la grandeza de un Trajano VII?</p><p>Bien, yo puedo.</p><p>Y para ello cuento con un grueso fajo de p�ginas manuscritas. He aprovechado mi posici�n como funcionario imperial para hurgar en los subs�tanos del Capitolio en Roma, abriendo armarios que han permanecido sellados durante veinte siglos, y sacar documentos a la luz cuya misma existencia hab�a sido olvidada. Tambi�n he consultado las actas privadas de las deliberaciones del Senado. Nadie se ha molestado o se ha preocupado por ello. He le�do memorias que han dejado los altos dirigentes de la corte. He estudiado los informes de los recaudadores de impuestos internos en las provincias y de los inspectores tributarios de los mercados p�blicos, los que, aunque puedan parecer �ridos y anodinos, son los verdaderos ladrillos con los que se construye la historia. Con todo ello, he resucitado aTrajano el Drag�n y su �poca�, al menos en mis propios pensamientos, y en las p�ginas de mi libro inacabado.</p><p>�Y qu� gran personaje fue! A trav�s de los muchos a�os de su longeva vida, fue la absoluta personificaci�n de la fortaleza, la visi�n, la voluntad y la energ�a implacables. Est� a la altura de los emperadores m�s grandes. A la de C�sar Augusto, que fund� el Imperio; deTrajano I y de Adriano, quienes llevaron sus fronteras hasta los l�mites de la tierra; de Constantino, que estableci� un gobierno eficaz sobre ese dominio remoto; de Maximiliano III, que conquist� a los b�rbaros por fin y para siempre; y de su propio compatriota y predecesor, Flavio R�mulo. A lo largo de estos a�os �he llegado a conocer al Drag�n!, y el contacto con su gran esp�ritu, del que he disfrutado todo este tiempo de investigaci�n sobre su vida, ha ennoblecido e iluminado la m�a.</p><empty-line/><p>Bien, as� pues, �qu� es lo que s� de �l, de este gran emperador, este Drag�n de Roma, este lejano antepasado m�o. He rastreado atentamente las actas de nacimiento en Tarraco y las regiones de alrededor en Hispania durante todo el per�odo que va desde 2215 hasta 2227 a. u. c, lo que deber�a haber sido m�s que suficiente, y, aunque he hallado una serie de Dracos en las listas de impuestos de esos a�os (D�cimo Draco, Numerio Draco y Salvio Draco), ninguno de ellos parece haberse casado de alguna forma oficial o haber tenido hijos inscritos en el registro de nacimientos. As� que el nombre de sus padres seguir� siendo desconocido. Todo lo que puedo consignar es que un Trajano Draco, oriundo de Tarraco, aparece inscrito en el servicio militar en la Tercera Regi�n Hisp�nica en el a�o 2241, por lo que puedo inferir que naci� aproximadamente entre 2200 y 2225 a. u. c. En aquel per�odo, lo m�s normal era entrar en el ej�rcito a la edad de dieciocho a�os, lo que fijar�a la fecha de su nacimiento en 2223, pero conociendo aTrajano Draco, me atrever�a a aventurar que entr� incluso m�s joven, quiz� cuando ten�a diecis�is o tan s�lo quince a�os.</p><p>El Imperio estaba todav�a, t�cnicamente, bajo gobierno griego en aquella �poca; pero Hispania, como la mayor�a de las provincias occidentales, era pr�cticamente independiente. El emperador de Constantinopla era Le�n XI, un hombre mucho m�s preocupado por llenar su palacio con tesoros art�sticos de la antigua Grecia que por lo que pudiera estar ocurriendo en los territorios europeos. En cualquier caso, dichos territorios se hallaban nominalmente bajo control del emperador occidental, su primo lejano Nic�foro Cantacuzeno. Pero los emperadores occidentales durante la �poca de la dominaci�n griega fueron, invariablemente, unos in�tiles y unos peleles, y Nic�foro, el �ltimo de todos ellos, era incluso m�s in�til que los anteriores. Se dec�a que nunca hab�a sido visto en Roma y que pasaba todo el tiempo en un c�modo retiro en el sur, cerca de Ne�polis.</p><empty-line/><p>La rebeli�n de Occidente (me siento orgulloso de decirlo), se inici� en Hispania, en mi propia ciudad natal, Tarraco. El valeroso y diligente Flavio R�mulo, hijo de un pastor y que bien pudo haber sido analfabeto, reclut� un ej�rcito de hombres tan desharrapados como �l, derroc� el gobierno provincial y se autoproclam� emperador. Esto fue en el a�o 2193. Ten�a veinticinco o treinta a�os de edad.</p><p>Nic�foro, el emperador occidental, opt� por considerar el alzamiento hisp�nico como un insignificante tumulto local y es dudoso que llegaran las m�s m�nimas noticias de �l hasta el basileo Le�n XI en Constantinopla. Pero muy poco despu�s, la provincia cercana de Lusitania jur� lealtad al rebelde. Y tambi�n la isla de Britania, y luego la Galia.Y as�, uno a uno, todos los territorios occidentales retiraron su fidelidad al irresponsable gobierno de Roma hasta que, finalmente, Flavio R�mulo march� hasta la capital, ocup� el Palacio Imperial y envi� tropas al sur para arrestar a Nic�foro y conducirlo al exilio en AEgyptus. El Imperio Oriental tambi�n cay�, en el a�o 2198. Le�n XI hizo su famoso y triste peregrinaje desde Constantinopla hasta R�vena para firmar un tratado por el que reconoc�a a Flavio R�mulo no s�lo como el emperador occidental, sino tambi�n como monarca de los territorios orientales.</p><p>Flavio gobern� otros treinta a�os. No contento con haber reunificado el Imperio, se distingui� por una segunda y asombrosa haza�a: un viaje alrededor de �frica que lo llev� hasta las orillas de la India y, posiblemente, incluso a las tierras desconocidas de m�s all�. Fue el primero de los emperadores mar�timos, y dej� un noble ejemplo para Trajano VII, un viajero incluso m�s extraordinario, dos generaciones despu�s.</p><p>Los romanos hemos realizado viajes por tierra hasta el Lejano Oriente, Persia e incluso la India desde tiempos tan remotos como los del primer Augusto. Y en la �poca del Imperio Oriental, los bizantinos navegaban frecuentemente a la costa occidental de �frica para mantener relaciones comerciales con los reinos negros de aquel continente, lo que estimul� a algunos de los m�s audaces emperadores de Occidente a enviar sus propias expediciones a rodear toda �frica en direcci�n a Arabia y, desde all�, de vez en cuando, hasta la India. Pero �sas hab�an sido aventuras espor�dicas. Flavio R�mulo quiso establecer relaciones permanentes con los territorios asi�ticos. En su gran periplo, se llev� a miles de romanos hacia la India por la ruta africana y los dej� all� para que fundaran colonias mercantiles. A partir de entonces, estuvimos en contacto comercial permanente con los pueblos de piel oscura de aquellas tierras remotas. No s�lo eso. �l o uno de sus capitanes (eso no est� claro), rebasaron la India y navegaron hasta los reinos incluso m�s lejanos de Catay y Cipango, donde habita el pueblo de piel amarilla. As� se iniciaron las relaciones comerciales que nos proporcionar�an la seda y el incienso, las gemas y las especias, el jade y el marfil de aquellas tierras misteriosas, su ruibarbo y sus esmeraldas, sus rub�es, pimienta, zafiros, canela, tintes y perfumes.</p><p>La ambici�n de Flavio R�mulo no ten�a l�mites. So�� tambi�n con nuevos viajes hacia el oeste hasta los dos continentes de Nova Roma, al otro extremo de la mar Oc�ana. Cientos de a�os antes de su �poca, el temerario emperador Saturnino hab�a acometido el insensato intento de conquistar M�xico y Per�, los dos grandes imperios del Nuevo Mundo, gastando una enorme suma y sufriendo una derrota abrumadora. El fracaso de esta empresa nos debilit� en tal medida militar y econ�micamente que, para los griegos, fue luego f�cil hacerse con el control del Imperio antes de que transcurrieran cincuenta a�os. Flavio sab�a por aquel penoso precedente, que nunca lograr�amos conquistar aquellas fieras naciones del Nuevo Mundo, pero al menos confiaba en iniciar contactos comerciales con ellos; y desde los primeros a�os de su reinado, hizo esfuerzos con ese prop�sito.</p><p>Su sucesor (�l sobrevivi� a sus hijos), fue otro hispano deTarraco, Cayo Julio Flavilo, un hombre de nacimiento m�s noble que Flavio cuya fortuna familiar bien pudo haber financiado la original revuelta flaviana. Cayo Flavilo era un hombre con car�cter por m�ritos propios y un admirable emperador, pero al reinar entre dos figuras tan poderosas como Flavio R�mulo y Trajano Draco, da la impresi�n de ser m�s un continuador que otra cosa. Durante su reinado, que abarc� el per�odo comprendido de 2238 hasta 2253, prolong� la pol�tica mar�tima de su antecesor, aunque poniendo m�s �nfasis en los viajes al Nuevo Mundo que hacia �frica y Asia, al tiempo que luch� por crear una mayor cohesi�n entre las mitades latina y griega del Imperio, algo a lo que Flavio R�mulo hab�a prestado relativamente poca atenci�n.</p><p>Fue durante el reinado de Cayo Flavilo que Trajano Draco empez� a ser conocido. Seg�n parece, sus primeros encargos militares fueron en �frica, donde ascendi� por su hero�smo al sofocar una rebeli�n en Alejandr�a y, m�s tarde, por acabar con los saqueos de los bandidos en el desierto al sur de Cartago. No est� claro c�mo capt� la atenci�n del emperador Cayo, aunque es posible que sus or�genes hisp�nicos tuvieran algo que ver con ello. Sin embargo, en 2248, lo encontramos al mando de la Guardia Pretoriana. �l contaba entonces con solamente unos veinticinco a�os de edad. Pronto adquiri� el t�tulo adicional de Primer Tribuno y, poco despu�s, el de c�nsul, y en 2252, el a�o antes de la muerte de Cayo, �ste lo adopt� como hijo y lo proclam� su heredero.</p><p>Cuando Trajano Draco recibi� la p�rpura de los emperadores bajo el nombre de Trajano VII fue como si Flavio R�mulo hubiera resucitado. En lugar del distante patricio Cayo Flavilo lleg� al trono un segundo hispano de or�genes campesinos, lleno de la misma embravecida energ�a que catapult� a Flavio a la grandeza. A todos los rincones del mundo lleg� el sonido estent�reo de su poderosa carcajada.</p><p>De hecho, Trajano era como el mismo Flavio pero a una escala mayor. Los dos eran de grandes proporciones, pero Trajano era un gigante. (Yo mismo, su remoto descendiente, soy bastante alto). Su oscura melena le llegaba hasta la mitad de la espalda. Su frente era amplia y noble. Su mirada brillaba como la de un �guila; pod�a o�rse su voz desde el monte Capitolino hasta el Jan�culo. Pod�a beberse un barril de vino de una sentada y no sufrir ninguna molesta consecuencia. Durante los ochenta a�os de su vida, tuvo cinco esposas (he de apresurarme a a�adir que tambi�n innumerables amantes). Engendr� veinte hijos leg�timos, el d�cimo de los cuales fue mi propio antepasado, y una cantidad tal de bastardos que hoy d�a no resulta nada raro ver alg�n semblante con el rostro aguileno de Trajano Draco sosteni�ndote la mirada en cualquier calle de cualquier rinc�n del mundo.</p><p>Era un amante no s�lo de las mujeres, sino tambi�n de las artes, especialmente de la escultura, la m�sica y las ciencias. Disciplinas como las matem�ticas y la astronom�a y la ingenier�a hab�an estado desatendidas durante los doscientos a�os de sumisi�n occidental a los griegos, blandos y entregados al lujo. Reconstruy� la antigua capital de Roma de un extremo a otro, llen�ndola de palacios, universidades y teatros, como si all� tales cosas no hubiesen existido nunca antes; y quiz� por temor a que eso pudiese parecer insuficiente, se traslad� hacia el este, a la provincia de Panonia, a la peque�a ciudad de Vindobona, sobre el r�o Danubio, y �l mismo construy� all� lo que en esencia fue una segunda capital, con su propia gran universidad, gran cantidad de teatros, un gran edificio para el Senado y un palacio real que es una de las maravillas del mundo. Su argumento fue que Vindobona, aunque m�s sombr�a y lluviosa que la soleada Roma, se hallaba m�s pr�xima al coraz�n del Imperio. No volver�a a consentir la partici�n de �ste en los reinos occidental y oriental, por inmensa que fuera la tarea de gobernarlo todo a un tiempo. El situar la capital en una ubicaci�n central como Vindobona le permit�a observar mejor el oeste (Galia y Britania), el norte (los territorios teut�nicos y los de los godos) y el este (el mundo griego), al tiempo que manten�a las riendas del poder completamente en sus manos.</p><p>Sin embargo, Trajano, no pasaba mucho tiempo en la nueva capital, ni tampoco en Roma, en realidad. Estaba constantemente de viaje, present�ndose en Constantinopla para recordar a los griegos de Asia que ten�an un emperador, visitando Siria, AEgyptus o Persia o apareci�ndose, de repente, en el lejano norte para cazar las bestias gre�udas que pueblan aquellos territorios hiperb�reos, o volvi�ndose a visitar su Hispania natal, donde transform� la antigua ciudad de Sevilla en el principal puerto de embarque con destino al Nuevo Mundo. Era un hombre infatigable.</p><p>En el vig�simo quinto a�o de su reinado (2278 a. u. c.) inici� el que ser�a el m�s grande de todos sus viajes, la soberbia proeza por la que su nombre ser� recordado siempre: su viaje alrededor del mundo entero, empezando y finalizando en Sevilla, y abarcando casi todas las naciones, tanto civilizadas como b�rbaras, que contiene este globo.</p><empty-line/><p>�Hab�a existido alguien antes que �l que concibiera siquiera semejante audacia? Yo no he encontrado nada parecido en ning�n libro de historia.</p><p>Naturalmente, nadie puso nunca en duda que el mundo es una esfera y, en consecuencia, permitir�a su circunnavegaci�n. S�lo el sentido com�n ya nos muestra la curvatura de la Tierra cuando miramos el horizonte en la distancia, y la idea de que hay un borde en alguna parte por el que los imprudentes marineros se precipitan es un cuento de ni�os, nada m�s. Tampoco hay raz�n para temer la existencia de una zona infranqueable de llamas en alg�n sitio de los mares del sur, como algunos pueblos ingenuos suelen creer. Hace 25 siglos que el primer navio rebasara el extremo de �frica, y nadie ha visto a�n ninguna pared de fuego.</p><p>Pero ni siquiera al m�s bravo de nuestros marineros se le lleg� a ocurrir circunnavegar el globo (y mucho menos intentarlo), antes de que Trajano Draco zarpara de Sevilla para hacerlo. Viajes a Arabia y la India e incluso Catay a trav�s de la ruta africana, s�, y viajes al Nuevo Mundo tambi�n. Primero se lleg� a M�xico y despu�s, por la costa occidental de �ste a lo largo de la franja estrecha de tierra que conecta los dos continentes que forman el Nuevo Mundo hasta el gran Imperio de Per�. Por eso supimos de la existencia de una segunda mar Oc�ana, una que era quiz� incluso mayor que la que separaba Europa del Nuevo Mundo. En la parte oriental de este vasto oc�ano se encontraban M�xico y Per�; en la parte occidental, Catay y Cipango, y la India m�s all�. Pero �qu� hab�a en medio? �Hab�a otros imperios, quiz�, en medio del mar occidental� imperios m�s poderosas que Catay, Cipango y la India juntos? �Qu� ocurrir�a si existiera un imperio en alguna parte de all� que pudiera hacer sombra incluso al Imperio romano?</p><p>Para la gloria imperecedera de Trajano VII Draco, �l se hab�a propuesto averiguarlo aunque perdiera la vida en el empe�o. Deb�a de sentirse totalmente seguro en el trono si iba a abandonar la capital en manos de sus subordinados durante un per�odo de tiempo tan largo. O era esto o le importaba un bledo el riesgo de la usurpaci�n de poder ante las enormes ansias que ten�a de hacer el viaje. Su expedici�n de cinco a�os alrededor del mundo fue �creo yo�, una de las m�s importantes conquistas de toda la historia, rivalizando quiz� con la creaci�n del Imperio llevada a cabo por C�sar Augusto, y su expansi�n por la casi totalidad del mundo conocido, que acometieron Trajano I y Adriano. Es lo que, por encima de todas sus conquistas, me llev� a emprender mi investigaci�n sobre su vida. No encontr� imperios que pudieran desafiar a Roma en aquel viaje, pero s� descubri� la mir�ada de reinos insulares del mar de Occidente, cuyos productos han enriquecido tanto nuestras vidas; y lo que es m�s, la ruta que �l abri� a trav�s de la estrecha franja inferior del continente sur del Nuevo Mundo nos ha dado acceso permanente por mar a los territorios de Asia desde la direcci�n contraria, pese a alguna oposici�n que encontramos de los siempre conflictivos mexicanos y peruanos por una parte, y, por la otra, de los belicosos cipangos y los incre�blemente multitudinarios catayanos. Sin embargo, aunque estamos familiarizados con las l�neas generales del viaje de Trajano, el diario que escribi�, abundante en detalles muy concretos, ha permanecido perdido durante siglos. Raz�n por la cual sent� tanta dicha cuando uno de mis investigadores, husmeando en un rinc�n olvidado de la Oficina de Asuntos Mar�timos en Sevilla, me inform� a principios de a�o de que se hab�a tropezado casi accidentalmente con ese diario. Durante todo este tiempo, hab�a permanecido almacenado entre los documentos de un reinado ulterior, enterrado discretamente bajo una pila de albaranes y documentos de pago. Hice que me lo enviaran aqu�, a Tauromenium, con un emisario imperial, en un viaje que dur� seis semanas, ya que el paquete hizo por tierra todo el recorrido desde Hispania hasta Italia (no arriesgar�a tan preciosa cosa en un viaje por mar) y despu�s hacia abajo, recorriendo toda la longitud del pa�s hasta el extremo de Bruttium, atravesando el estrecho con ferry hasta Messina, y de all� hasta m�.</p><p>No obstante� �ser�a aquello el relato pr�digo en detalles que yo ansiaba o simplemente se limitar�a a una lista �rida de se�ales n�uticas, longitudes, latitudes, ascensiones y lecturas de br�jula?</p><p>Bien, no lo sabr�a hasta que lo tuviera en mis manos. Y la suerte quiso que el d�a en que lleg� el paquete fuera el mismo d�a en que C�sar Demetrio volvi� de su estancia de un mes en �frica. Apenas tuve tiempo de desprecintar el voluminoso paquete y deslizar mi �pulgar por el borde del grueso fajo de p�ginas de vitela ennegrecidas por el tiempo que conten�a, cuando lleg� un mensajero inform�ndome de que era requerido de inmediato ante la presencia de C�sar.</p><p>El cesar, como ya he dicho, es un hombre impaciente. Me de mor� s�lo lo justo para mirar m�s all� de la p�gina del t�tulo, al principio del texto, y sent� un profundo estremecimiento al reconocer la caligraf�a inclinada hacia atr�s deTrajano Draco ante mis asombra dos ojos. Me permit� una mirada fugaz a la p�gina cien, m�s o me nos, y hall� un pasaje en el que hablaba de un encuentro con el rey de alguna isla. �S�! �S�! �Era el aut�ntico diario de viaje!</p><p>Confi� el paquete al mayordomo de mi villa, un liberto siciliano bastante honrado de nombre Pantale�n, y le dije exactamente lo que le suceder�a si una sola p�gina del libro sufr�a el m�s m�nimo da�o.</p><p>A continuaci�n me march� al palacio del cesar, situado en lo alto de una colina, y lo encontr� en el jard�n, inspeccionando un par de camellos que hab�a tra�do con �l desde �frica. Llevaba una especie de t�nica del desierto con capucha y ce��a una espl�ndida cimitarra curva. En las cinco semanas de su ausencia, el sol le hab�a ennegrecido tanto la piel del rostro y las manos que, f�cilmente, podr�a haber pasado por un �rabe. ��Pisandro!�, grit� en seguida. Ya me hab�a olvidado de aquel est�pido nombre durante su ausencia. Me sonri� y sus dientes brillaron como faros en contraste con aquel rostro reci�n oscurecido.</p><p>Le hice los cumplidos de rigor, que si hab�a tenido un viaje agradable y todo eso, pero me indic� que me ahorrara las palabras con un gesto de su mano.</p><p>��Sabes en qu� he estado pensando durante todo mi viaje? �En nuestro gran proyecto! �En nuestra gloriosa empresa! �Y sabes qu�? Creo que no hemos ido suficientemente lejos. Me parece que voy a hacer de Sicilia mi capital cuando sea emperador. No tengo necesidad de vivir en el norte fr�o y tempestuoso cuando aqu� tengo �frica tan cerca, un lugar que, ahora me doy cuenta, me gusta enormemente. De manera que deberemos construir una c�mara del Senado aqu� tambi�n, en Panormus, y grandes villas para todos los dirigentes de mi corte, y una biblioteca. �Sabes, Pisandro, que no hay una sola biblioteca digna de ese nombre en toda la isla? Podr�amos dividir los fondos de Alejandr�a y traer la mitad aqu� cuando haya un edificio digno de albergarlos.Y despu�s�</p><p>Me ahorrar� el resto. Baste decir que su locura hab�a entrado en una nueva fase de grandiosidad desbordante. Y yo era la primera <emphasis>\ </emphasis>v�ctima de ella, ya que me inform� de que �bamos a partir aquella misma noche de viaje de un extremo a otro de Sicilia en busca de nuevos sitios para todas las milagrosas estructuras nuevas que ten�a en mente. Iba a hacer con Sicilia lo que C�sar Augusto hab�a hecho con la ciudad de Roma: transformarla en la maravilla de la �poca. Ya hab�a quedado olvidado el plan de acometer el programa constructivo del nuevo palacio de Tauromenium. Primero deb�amos caminar desde Tauromenium hasta Lilybaeum en la costa opuesta y regresar pasando por Erice y Siracusa, deteni�ndonos en cada lugar del camino.</p><p>Y eso fue lo que hicimos. Sicilia es una isla grande; el viaje nos llev� dos meses y medio. El cesar era un compa�ero de viaje bastante alegre. Despu�s de todo es ingenioso, inteligente y simp�tico y que est� loco, s�lo en ocasiones supuso un estorbo. Viajamos rodeados de lujos y el hecho de que yo a�n tuviera mi tobillo en v�as de recuperaci�n hizo que me desplazara la mayor parte del tiempo en litera, lo cual me hizo sentir como todo un personaje mimado de la antig�edad, un fara�n quiz�, o Dar�o de Persia. Pero una consecuencia de esta impuesta y repentina interrupci�n en mis estudios fue que se me hizo imposible examinar el diario deTrajanoVII durante muchas semanas, lo que era exasperante. Llevarlo conmigo de viaje y estudiarlo subrepticiamente en mi habitaci�n resultaba demasiado arriesgado; el cesar puede tener arrebatos de celos y, si se le ocurr�a llegar sin anunciarse y me encontraba ocupando mis energ�as en algo que no estuviera relacionado con su proyecto, ser�a perfectamente capaz de quitarme el diario de las manos y arrojarlo a las llamas. As� que dej� el libro, y se lo entregu� a Espin�culo pidi�ndole que lo custodiara con su vida. Durante muchas noches, mientras �bamos de aqu� para all� por la isla con un clima cada vez m�s t�rrido (pues ya hab�a llegado el verano a Sicilia, acompa�ado, como suele, de su inclemente sol del sur), mientras yo estaba acostado agit�ndome con inquietud, mi mente enfebrecida me hac�a imaginar los contenidos del diario, y concebir yo mismo una serie de aventuras que sustituyeran a las aut�nticas que el cesar Demetrio, con su ego�smo despreocupado, me hab�a impedido leer del diario reci�n hallado. Sin embargo, yo sab�a incluso entonces que la realidad, cuando tuviera la oportunidad de descubrirla, rebasar�a con mucho cualquier cosa que yo pudiera imaginar.</p><empty-line/><p>Y cuando por fin regres� a Tauromenium y le ped� el libro a Espin�culo y le� cada una de sus palabras en tres asombrosos d�as con sus noches, sin apenas dormir un momento� hall� en �l, junto con numerosos relatos hermosos, maravillosos y extra�os, muchas otras cosas que, de hecho, no hab�a imaginado, y que no era tan agradable descubrir.</p><p>Aunque estaba escrito en el rudo lat�n de �pocas medievales, el texto no me present� problemas. El emperador Trajano VII era un escritor admirable, cuyo estilo directo, llano y enormemente fluido me recordaba, m�s que el de ning�n otro, al de Julio C�sar, otro gran l�der que era capaz de manejar una pluma tan bien como una espada. Seg�n parec�a, hab�a llevado el diario como un registro privado de su circunnavegaci�n, sin intenci�n de que viera nunca la luz p�blica, y probablemente su supervivencia en los archivos hab�a sido por completo fortuita.</p><p>Su relato se iniciaba en los astilleros de Sevilla. All� se prepararon cinco navios para el viaje, ninguno de ellos grande, siendo el mayor de ellos de tan s�lo 120 toneladas. Proporcionaba informaci�n detallada sobre sus provisiones. Armas, naturalmente: sesenta <emphasis>ballestas, cincuenta arcabuces (esta arma acababa de </emphasis>ser inventada), piezas de artiller�a pesada, jabalinas, lanzas, picas, escudos. Yunques, piedras de afilar, fraguas, fuelles, faroles, instrumentos con los que los alba�iles y los picapedreros de su tripulaci�n pod�an construir una fortaleza en las islas reci�n descubiertas, f�rmacos y medicinas, b�lsamos, seis cuadrantes de madera, seis astrolabios de metal, treinta y siete br�jula de agujas, seis pares de compases de medici�n, etc�tera. Como moneda de cambio para negociar con los pr�ncipes de los reinos reci�n descubiertos: un cargamento de frascos de azogue y barras de cobre, balas de algod�n, terciopelo, sat�n y brocados, miles de peque�os cascabeles, anzuelos de pesca, cuchillos, abalorios, peines, brazaletes de lat�n y de cobre y cosas similares. Todo estaba inventariado con un cuidado escrupuloso, propio de un actuario. La lectura de todo esto me mostr� una faceta del car�cter de Trajano Draco que yo no hab�a sospechado.</p><p>Por fin lleg� el d�a de zarpar. Por el r�o Betis, desde Sevilla a la mar Oc�ana. Pronto llegaron a las Islas de Canaria, en las que, sin embargo, no vieron ninguno de los enormes perros por los que reciben su nombre. Pero encontraron el admirable �rbol de la Lluvia, cuyo gigantesco tronco hinchado produc�a todo el suministro de agua que una isla necesitaba. Creo que este �rbol debe de haber muerto, pues nadie lo ha vuelto a ver desde entonces.</p><p>Despu�s vino el salto al otro lado del mar hasta el Nuevo Mundo, un viaje que se vio dificultado por los flojos vientos. Cruzaron el Ecuador y dej� de verse la Estrella Polar. El calor derret�a la brea de las junturas de los navios, convirtiendo sus puentes en aut�nticos hornos. Pero despu�s pudieron navegar con comodidad y, r�pidamente, alcanzaron el litoral occidental del continente meridional, por donde sobresale apuntando hacia �frica. El imperio de Per� no ejerc�a su dominio en ese lugar, que estaba habitado por gentes desnudas y alegres que practicaban el canibalismo, �pero s�lo�, advierte el emperador, �con sus enemigos�.</p><p>La intenci�n de Trajano era navegar rebasando totalmente el extremo inferior del continente, una meta asombrosa teniendo en cuenta que nadie sab�a lo lejos que estaba ese sur y con qu� condiciones clim�ticas se encontrar�an all�. En realidad, pod�a no acabar en un extremo, de forma que no existiera ninguna ruta hacia el oeste, sino tan s�lo una masa de tierra que llegara hasta el mismo Polo Sur, impidiendo todo avance por mar. Y siempre cab�a la posibilidad de encontrarse con alguna interferencia de tropas peruanas en alguna parte a lo largo de la ruta. No obstante, se dirigieron en direcci�n al Polo Sur, inspeccionando cada ensenada con la esperanza de que pudiera indicar la terminaci�n del continente y una conexi�n con el mar que hab�a al otro lado.</p><p>Varias de estas ensenadas resultaron ser desembocaduras de caudalosos r�os, cuyas riberas estaban habitadas por tribus salvajes y hostiles, lo que hizo peligrosa la exploraci�n. Trajano tem�a tambi�n que estos r�os �nicamente los condujeran hacia el interior, hasta el territorio bajo dominio del Per�, sin llevarles hasta el mar, en el lado occidental del continente. Y as� siguieron y siguieron, siempre hacia el sur a lo largo de la costa. El tiempo, que hab�a sido caluroso, empeor� r�pidamente a medida que bajaban. Los cielos se oscurecieron y los vientos eran g�lidos. Pero ellos ya sab�an que las estaciones son inversas a las nuestras por debajo del Ecuador, y que el invierno llega all� en nuestro verano, de modo que no se sorprendieron por el cambio.</p><p>A lo largo de la costa se encontraron con unos singulares p�jaros blancos y negros que pod�an nadar pero no volar. Eran rollizos, y resultaron ser un buen alimento. De momento, no hab�a indicio alguno de una ruta abierta hacia el oeste. La costa, yerma ahora, parec�a no tener fin. El granizo y la aguanieve les asaltaron, monta�as de hielo flotaban en el mar picado, la lluvia fr�a se congelaba en sus barbas. Los alimentos y el agua comenzaron a escasear. La tripulaci�n empez� a protestar. Aunque ten�an a un emperador entre ellos, empezaron a hablar abiertamente de regresar. Trajano se pregunt� si su vida podr�a verse en peligro.</p><p>Poco despu�s de aquello, cuando las condiciones invernales llegaron a extremos que ning�n hombre hab�a visto nunca antes, se produjo un aut�ntico mot�n. Los capitanes de dos navios anunciaron que se iban a retirar de la expedici�n. �Me invitaron a reunirme con ellos para discutir la situaci�n�, escrib�a Trajano. �Sencillamente, yo iba a ser asesinado. Envi� cinco hombres de confianza al primer buque rebelde con un mensaje m�o y mand� secretamente veinte hombres m�s en otro bote. Cuando el primer grupo subi� a bordo y el capit�n rebelde les recibi� sobre cubierta, mis embajadores lo mataron de inmediato y, a continuaci�n, los hombres del segundo bote subieron a bordo.� El mot�n fue sofocado. Los tres cabecillas fueron ejecutados en seguida y otros once hombres fueron desembarcados en la orilla de un islote fr�gido que carec�a de una m�nima brizna de hierba. No esperaba de Trajano Draco que tratara a los conspiradores con tibieza, pero las palabras serenas con las que relataba el abandono de aquellos hombres a una terrible muerte eran verdaderamente escalofriantes.</p><p>Los viajeros continuaron. En los inh�spitos territorios meridionales descubrieron una raza de gigantes desnudos (de ocho pies de altura, dice Trajano), y capturaron dos de ellos para llevarlos a Roma como curiosidades. �Bramaban como toros y gritaban a los demonios a los que rend�an culto. Los encadenamos y los pusimos en barcos distintos. Pero no probaron bocado de lo que les ofrec�amos y murieron poco despu�s.�</p><p>A trav�s de las tormentas y la oscuridad invernal, continuaron en direcci�n hacia el polo sin hallar a�n una ruta hacia el oeste, e incluso Trajano empezaba ya a pensar que quiz� debieran abandonar la b�squeda. El mar era pr�cticamente infranqueable a causa del hielo. Sin embargo, encontraron otro grupo de aquellos p�jaros rollizos que no volaban y establecieron el campamento de invierno en la orilla. Permanecieron all� tres meses, lo que redujo mucho sus provisiones de alimentos. Pero cuando el tiempo mejor�, aunque segu�a siendo bastante desapacible, y finalmente decidieron continuar, llegaron casi en seguida a lo que ahora se conoce como el estrecho deTrajano, cerca del punto m�s meridional del continente. Trajano envi� a uno de sus capitanes a inspeccionar y comprob� i que era estrecho pero profundo, con un fuerte r�gimen de mareas y I agua completamente salada. �No era un r�o, era un paso hacia el mar de Occidente!</p><p>El viaje a trav�s del estrecho fue angustioso, pasando por rocas afiladas como agujas, a trav�s de nieblas impenetrables, sobre unas aguas que se elevaban sorprendentemente entre las paredes del canal. Pero ya se ve�an �rboles verdes y tambi�n la luz de las hogueras de los ind�genas, y no pas� mucho antes de que arribaran al otro mar: �El cielo era extraordinariamente azul, las nubes eran algodonosas y las olas del mar no eran m�s que unas ondas rizadas, bru�idas por el sol brillante�. La escena era tan pl�cida que Trajano dio al nuevo mar el nombre de Pac�fico, en honor a su tranquilidad.</p><p>Su plan ahora era navegar hacia el oeste, pues a �l le parec�a probable que, de penetrar en este mar sin cartografiar, se encontraran con Cipango y Catay a una distancia corta en aquella direcci�n. Tampoco quer�a aventurarse hacia el norte a lo largo del litoral del continente, porque eso le conducir�a al territorio de los belicosos peruanos y sus cinco navios no estar�an a la altura de un imperio entero.</p><p>No obstante, una ruta inmediata en direcci�n al oeste demostr� ser impracticable debido a los vientos en contra y las corrientes hacia el este. De modo que acab� dirigi�ndose hacia el norte durante un tiempo, navegando pr�ximo a la orilla y vigilando de cerca el territorio peruano. El sol brillaba severamente en el cielo sin nubes. No hab�a lluvia. Cuando por fin pudieron desviarse hacia el oeste de nuevo, el mar se mostr� por completo despejado de islas y vasto m�s all� de todo lo imaginable. Por la noche, aparecieron extra�as estrellas, sobresaliendo cinco en forma de cruz entre todas las dem�s. Los suministros de alimentos que quedaban menguaron r�pidamente; las tentativas de pesca fueron vanas y los hombres llegaron a comer astillas de madera y pu�ados de serr�n, y cazaron las ratas que infestaban las bodegas. El agua qued� racionada a un solo sorbo al d�a. El riesgo, ahora, ya no era un mot�n sino la inanici�n m�s absoluta.</p><p>Por fin llegaron a unas peque�as islas, pobres, en las que no crec�a otra cosa que arbustos raqu�ticos y retorcidos. Pero tambi�n estaban pobladas: quince o veinte individuos de gentes ingenuas y desnudas, pintados con rayas. �Nos dieron la bienvenida con una salva de piedras y flechas. Dos de nuestros hombres cayeron y no nos qued� otro remedio que acabar con todos ellos. Y despu�s, en vista de que no hab�a nada de comida en la isla excepto algunos tristes peces y cangrejos que esta gente hab�a capturado aquella ma�ana y ninguna otra cosa de tama�o y sustancia considerables, asamos los cad�veres de los muertos y nos los comimos; de otra manera habr�amos muerto de hambre.�</p><p>No sabr�a decir cu�ntas veces he le�do y rele�do estas l�neas esperando que me dijeran algo distinto de lo que me dec�an. Pero siempre repet�an lo mismo.</p><p>Al cuarto mes de viaje a trav�s del Pac�fico, aparecieron otras islas, f�rtiles esta vez, y cuyos pobladores cultivaban alg�n tipo de d�tiles con los que hac�an pan, vino y aceite. Tambi�n dispon�an de �ames, bananas, cocos y otros alimentos tropicales con los que ahora estamos familiarizados. Algunos de estos isle�os se mostraron amistosos con los marineros, pero no la mayor�a. El diario de Trajano se convierte aqu� en un inventario de atrocidades. �Los matamos a todos; incendiamos sus aldeas como un ejemplo para sus vecinos, y cargamos nuestros navios con sus productos.� Las mismas frases se repet�an sin cesar. No existe ni una expresi�n de disculpa o arrepentimiento. Era como si despu�s de haber probado carne humana se hubieran transformado en monstruos ellos mismos.</p><p>M�s all� de estas islas se extend�a m�s vac�o todav�a. Trajano advert�a ahora que el Pac�fico era un oc�ano cuyo tama�o estaba m�s all� de toda comprensi�n, en comparaci�n con el cual incluso la mar Oc�ana era un simple lago. Y despu�s, tras otra sucesi�n descorazonadora de muchas semanas, lleg� el descubrimiento del gran grupo de islas que nosotros llamamos las Augustinas: siete mil islas grandes y peque�as que se extend�an formando un vasto arco de casi dos mil kil�metros del Pac�fico. �Se acerc� a nosotros un cacique, una figura de porte majestuoso con marcas en el rostro y una camisa de algod�n con flecos de seda. Llevaba una jabalina, una daga de bronce con incrustaciones de oro y un escudo que centelleaba tambi�n por el dorado metal. Asimismo llevaba pendientes, pulseras y brazaletes de oro.� Su pueblo le ofreci� especias �canela, jengibre, clavo, nuez moscada y macis�, y tambi�n rub�es, diamantes, pepitas de oro, a cambio de las chucher�as que los romanos hab�an llevado a tal efecto. �Mi prop�sito se hab�a cumplido�, escribi� Trajano. �Hab�amos descubierto un nuevo y fabuloso imperio en medio de la inmensidad de este mar.�</p><p>Y ellos procedieron a conquistarlo de la manera m�s brutal. Aunque al principio los romanos mantuvieron pac�ficas relaciones con los ind�genas de las Augustinas mostr�ndoles el funcionamiento de los relojes de arena y las br�julas, impresion�ndolos haciendo disparar los ca�ones de los buques, representando parodias de combates entre gladiadores en los que luchaban hombres con armaduras contra otros con tridentes y redes, las cosas r�pidamente adoptaron un funesto cariz. Algunos de los hombres de Trajano que hab�an bebido demasiado vino de d�tiles, se abalanzaron sobre las mujeres de la isla y las violaron con todo el ardor que suelen mostrar los hombres que no han tocado los pechos de una mujer durante casi un a�o. Las mujeres, cuenta Trajano, parec�an mostrarse bastante dispuestas en un principio, pero la tripulaci�n las trat� con tal vergonzosa violencia y crueldad que se resistieron, y entonces estallaron las reyertas cuando llegaron los isle�os para protegerlas (algunas de ellas apenas hab�an cumplido los diez a�os); al final se produjo una sangrienta masacre que culmin� con el asesinato del cacique de la isla.</p><p>Esta parte de los diarios es de una lectura insufrible. Por un lado, est� llena de detalles fascinantes sobre las costumbres de los isle�os: c�mo las mujeres ancianas sacrificaban a los cerdos y bailaban tocando una especie de corneta y embadurnaban la frente de los hombres con la sangre de la bestia sacrificada, y c�mo los varones de todas las edades ten�an perforados sus �rganos sexuales de un lado a otro con un perno de oro o esta�o tan grande como una pluma de oca, y as� innumerables detalles que parec�an proceder de otro mundo. Pero intercalado con todo esto aparece la carnicer�a de los isle�os, su destrucci�n implacable bajo un pretexto u otro. En su viaje de isla en isla, los romanos siempre eran recibidos pac�ficamente, pero las cosas degeneraban pronto en violaciones, asesinatos y saqueos.</p><p>Sin embargo, Trajano, no parece ver nada malo en ello. P�gina tras p�gina, con el mismo tono sereno y uniforme, describe estos horrores como si fueran la consecuencia natural e inevitable de la colisi�n de culturas extra�as entre s�. Mientras le�a, mis propias reacciones de asombro y consternaci�n me hicieron comprender con sorprendente claridad qu� diferente es nuestra era de la suya, y qu� poco digno soy en verdad yo de llamarme hombre del Renacimiento. Trajano entendi� los cr�menes de sus hombres como necesidades desafortunadas en las peores circunstancias; yo los veo como monstruosos. Y he acabado concluyendo que un profundo y complejo aspecto de la decadencia de nuestra civilizaci�n es nuestro desprecio hacia esta clase de violencia.Y sin embargo, somos romanos. Detestamos el desorden y no hemos perdido el dominio de las artes de la guerra; pero cuando Trajano Draco habla con tanta indiferencia de responder con ca�ones a un ataque con flechas o del incendio de aldeas enteras en castigo por un nimio hurto en uno de sus navios o de c�mo saciaban nuestros hombres su lujuria con ni�as peque�as porque no quer�an tomarse siquiera la molestia de buscar a sus hermanas mayores, no puedo evitar sentir que algo tenemos que decir en favor de nuestra decadencia.</p><p>Durante estos tres d�as y noches de continua lectura del diario no vi a nadie: ni a Espin�culo ni a C�sar ni a ninguna de las mujeres con las que aplaco el aburrimiento de mis a�os en Sicilia. Segu� y segu� leyendo hasta que mi cabeza daba vueltas.Y no pod�a parar, por horrorizado que me sintiera a menudo.</p><p>Ahora que la parte desierta del Pac�fico quedaba a sus espaldas, aparec�an una isla detr�s de otra, no s�lo la mir�ada de las Augustinas, sino otras m�s lejos, hacia el oeste y el sur, multitud de ellas. Y aunque no hay ning�n continente en ese oc�ano, hay largas cadenas de islas, muchas de ellas mucho m�s grandes que nuestras Britania y Sicilia. Una y otra vez le�a sobre botes adornados con oro y plumas de gallo que transportaban a los caciques isle�os, quienes ofrec�an hermosos presentes, o acerca de peces astados u ostras del tama�o de una oveja y �rboles cuyas hojas, al caer al suelo, se aupaban sobre patitas y se marchaban arrastr�ndose, y reyes que se llamaban rajas, a los que no se pod�a hablar mirando a la cara, sino s�lo a trav�s de tubos parlantes que hab�a en las paredes de sus palacios. Islas de especias, islas de oro, islas de perlas� maravilla tras maravilla� y todas ellas tomadas y reclamadas por el invencible emperador romano en nombre de la eterna Roma.</p><p>Despu�s, finalmente, esos extra�os reinos insulares cedieron paso a territorio familiar. Asia estaba a la vista, la costa de Catay. Trajano desembarc� all�, intercambi� presentes con el soberano de Catay y consigui� de �l algunos maestros catayanos en las artes de la impresi�n, la elaboraci�n de p�lvora y la manufactura de porcelana fina, cuyos conocimientos, una vez de vuelta en Roma, confirieron un �mpetu sobresaliente a aquella nueva era de prosperidad y desarrollo que ahora llamamos Renacimiento.</p><p>Trajano continu� hasta la India, y despu�s hasta Arabia, cargando de tesoros sus navios all� por donde pasaba. Y descendi� por un lado de �frica y subi� por el otro. Por la misma ruta que nuestros viajes anteriores de larga distancia, pero esta vez recorrida a la inversa.</p><p>Trajano, una vez franqueado el cabo m�s meridional de �frica, supo que la circunnavegaci�n del mundo hab�a sido llevada a t�rmino y se apresur� hacia Europa, llegando primero al extremo sudoccidental de Lusitania y luego, siguiendo la costa, hasta el sur de Hispania, hasta que regres� con sus cinco navios y su tripulaci�n superviviente hasta la desembocadura del r�o Betis y poco despu�s, hasta el punto de partida en Sevilla. ��stos son marineros que con toda seguridad merecen fama eterna�, concluye, �con m�s justicia que los argonautas de anta�o que navegaron junto a Jas�n en busca del vellocino de oro. Con estos maravillosos navios nuestros, navegamos hacia el sur a trav�s de la mar Oc�ana en direcci�n al polo Antartico y, despu�s, pusimos rumbo hacia el oeste, siguiendo durante tanto tiempo esa misma ruta que vinimos a dar, dando la vuelta, al este y, de aqu�, nuevamente continuamos hacia el oeste, pero no navegando hacia atr�s, sino yendo siempre hacia adelante, dando la vuelta entera al globo del mundo, hasta que prodigiosamente arribamos a nuestra tierra patria, Hispania, y el puerto del que partimos, Sevilla�.</p><p>Hab�a un curioso colof�n. Trajano hab�a escrito una anotaci�n cada d�a del viaje. Seg�n sus c�lculos, la fecha de su regreso a Sevilla fue el nueve de enero de 2282. Pero cuando desembarc�, le informaron de que era diez de enero. Al navegar continuamente hacia el oeste alrededor del mundo, perdieron un d�a en alg�n momento. Esto qued� como un misterio, hasta que el astr�nomo Macrobio de Alejandr�a se�al� que la hora de amanecer var�a en cuatro minutos cada grado de longitud; de manera que la variaci�n de un circuito completo global de trescientos sesenta grados ser�a de 1.440 minutos, es decir, un d�a entero. Si alguien hubiera osado dudar de la palabra de Trajano, �sta era la prueba m�s firme de que la flota hab�a dado una vuelta entera alrededor del mundo y hab�a llegado a aquellas extra�as nuevas islas de ese mar desconocido. Y al hacer eso hab�a abierto un arc�n lleno de maravillas que el gran emperador explot� a conciencia durante las dos d�cadas de poder absoluto que le quedaban, antes de su muerte, a la edad de ochenta a�os.</p><empty-line/><p>�Y yo qu� hice? Habiendo accedido finalmente al documento clave del reino deTrajano VII, �me puse de inmediato a acabar la tarea de acabar mi relato de su vida extraordinaria?</p><p>No. Y �sta es la raz�n.</p><p>En el transcurso de los cuatro d�as en los que acab� de leer el diario, y mientras la cabeza a�n me daba vueltas con todo lo que all� hab�a descubierto, lleg� un emisario de Italia con la noticia de la muerte del emperador Ludovico en Roma, a causa de una apoplej�a, y de que su hijo el cesar Demetrio le suceder�a en el trono como Demetrio II Augusto.</p><p>Dio la casualidad de que yo estaba con el cesar cuando lleg� el mensaje. No mostr� ni pena por el fallecimiento de su padre ni alegr�a por su propia ascensi�n al poder m�ximo. Simplemente esboz� una tenue sonrisa con un m�nimo fruncimiento de la comisura de los labios y me dijo:</p><p>�Bueno, Draco, parece que debemos preparar nuestro equipaje para otro viaje. Qu� poco tiempo ha pasado desde el �ltimo.</p><p>Ni yo ni ninguno de nosotros quisimos creer que llegar�a el d�a en que Demetrio se convirtiera en emperador. Todos confi�bamos en que Ludovico encontrara alg�n medio que no lo hiciera necesario: quiz� descubriera alg�n hijo ileg�timo hasta la fecha, que hubiera vivido en Babilonia o Londinium todos esos a�os, y pudiera sacarlo del anonimato y darle preferencia. Despu�s de todo, Ludovico se hab�a interesado tan poco por las payasadas de su hijo y heredero, que lo hab�a mandado a Sicilia aquellos tres a�os, prohibi�ndole poner el pie en el continente, aunque consinti�ndole cualquier cosa que se le ocurriera en su exilio en aquella isla.</p><p>Pero ahora ese exilio hab�a llegado a su fin. Y en aquel mismo instante, tambi�n hab�an finalizado todos los planes del cesar para embellecer Sicilia.</p><p>Fue como si esos planes nunca hubieran existido.</p><p>�Te sentar�s entre mis principales ministros, Draco �me dijo el nuevo emperador�. Creo que te nombrar� c�nsul durante mi primer a�o. Yo mismo detentar� el otro consulado. Y tambi�n ocupar�s la cartera de Obras P�blicas ya que, fuera de toda duda, la capital necesita a todas luces que la embellezcan. Ya tengo en mente un plan para mi nuevo palacio, y quiz� despu�s podamos hacer algo para mejorar la vieja y ra�da capital, y tambi�n creo que hay algunos interesantes dioses extra�os que agradecer�an que se erigieran templos en su honor, y despu�s�</p><p>Si yo hubiera sidoTrajano Draco, quiz� habr�a asesinado a nuestro loco Demetrio en aquel mismo momento y habr�a ocupado yo el trono, por el bien del Imperio y el m�o propio. Pero s�lo soy Tiberio Ulpio Draco, y noTrajano con su mismo apellido. As� que Demetrio se convirti� en emperador, y el resto es conocido por todos.</p><p>En cuanto a mi libro sobreTrajano el Drag�n, bien� quiz� lo acabe alg�n d�a, cuando el emperador ande falto de proyectos para que se los dise�e. Pero dudo que llegue ese d�a, y si as� es, no estoy seguro de que sea un libro que a�n quiera hacer p�blico, ahora que he le�do el diario de la circunnavegaci�n deTrajano.Y si contara el relato de las imponentes conquistas de mi antepasado, �me atrever�a a contarlo todo? Creo que no. De modo que s�lo es alivio lo que siento al dejar que el borrador incompleto de mi libro acumule polvo en su caja. En esta investigaci�n que llev� a t�rmino, mi intenci�n era descubrir la naturaleza �ntima de mi gran pariente real, el Drag�n. Pero, seg�n parece, ahond� demasiado y acab� conoci�ndole demasiado bien.</p></section><section><p>T�tulo original: <emphasis>Roma Eterna</emphasis></p><p>Traducci�n de Emilio Mayorga</p><p>Primera edici�n: octubre de 2006</p><p>� Agberg, Ltd., 2003</p><p>� Ediciones Minotauro, 2006</p><p>Avda. Diagonal, 662-664, 6.<sup>a</sup> planta. 08034 Barcelona</p><p>www. edicionesminotauro.com</p><p>www.scyla.com</p><p>Todos los derechos reservados</p><p>ISBN-13: 978-84-450-7610-1 ISBN-10: 84-450-7610-8</p><p>Dep�sito legal: B. 31343-2006</p><p>Fotocomposici�n: Anglofort, S. A.</p><p>Impresi�n: A &amp; M Gr�fic, S. L.</p><p>Impreso en Espa�a</p><p><emphasis>Printed in Spain</emphasis></p></section></body><body name="notes"><title><p>&#x41F;&#x440;&#x438;&#x43C;&#x435;&#x447;&#x430;&#x43D;&#x438;&#x44F;</p></title><section id="n_1"><title><p>1</p></title><p>Tambi�n llamado Assurbanipal (669�627 a.C), fue el �ltimo de los grandes monarcas de Asiria. <emphasis>(N. del t.)</emphasis></p></section></body><binary id="cover" 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