<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>sf_history</genre><author><first-name>Robert</first-name><last-name>Silverberg</last-name></author><book-title>V�a Roma</book-title><date value="2006-10-01">2006</date><coverpage><image l:href="#cover"/></coverpage><lang>es</lang><src-lang>en</src-lang><translator><first-name>Emilio</first-name><last-name>Mayorga</last-name></translator><sequence name="Roma eterna (es)" number="08"/></title-info><src-title-info><genre>sf_history</genre><author><first-name>Robert</first-name><last-name>Silverberg</last-name></author><book-title>Via Roma</book-title><date value="1994-04-01">1994</date><lang>en</lang></src-title-info><document-info><author><nickname>Xenophile</nickname></author><program-used>Fiction Book Designer, FictionBook Editor Release 2.6, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date value="2012-04-26">26.04.2012</date><id>95DB6CD0-DBB6-4A71-8F03-6CFB4529B9E6</id><version>1.0</version></document-info><publish-info><book-name>Roma eterna</book-name><publisher>Minotauro</publisher><city>Barcelona</city><year>2006</year><isbn>978-84-450-7610-1</isbn></publish-info></description><body><title><p>Robert Silverberg</p><p>V�a Roma</p></title><section><p>Un coche concertado de antemano me espera cuando desembarco en el puerto de Ne�polis, despu�s de seis d�as de viaje en un barco de vapor desde Britania. Mi padre, con su habitual eficiencia, se ha ocupado por m� de detalles como �ste. El ch�fer me ve en seguida (soy reconocible de inmediato: un robusto b�rbaro de cabellos rubios, una enorme columna n�rdica sobresaliendo entre esta muchedumbre de individuos del sur, peque�os y morenos, que corren de un lado a otro),y me grita: <emphasis>�Signore! Signore! �Venga qua, signore!�.</emphasis></p><p>Pero yo me siento inmovilizado en medio de este calor luminoso de octubre, mirando a mi alrededor maravillado, aturdido por la avalancha de visiones y olores desconocidos. Mi viaje desde el fr�o lluvioso y oto�al de mi Britania natal a esta gloriosa tierra de Italia de verano incesante no me ha trasladado simplemente a otro pa�s, sino a otro mundo, por lo que parece. Me siento abrumado por la intensa luz, la atm�sfera radiante y reluciente, la abundancia de �rboles desconocidos de aspecto tropical; abrumado por la vasta ciudad en r�pido crecimiento que se extiende ante m� a orillas de la bah�a de Ne�polis; por las colinas de verde exuberante, un poco m�s all�, salpicadas con las villas invernales de la aristocracia imperial. Y luego, tambi�n, la gran monta�a oscura, lejos a mi derecha, el poderoso volc�n, el mismo Vesubio, dominando la ciudad como un dios dormido. Me parece distinguir una leve columna de humo p�lido ascendiendo ensortijadamente desde su cumbre. Quiz� mientras yo est� aqu�, el dios despertar� y enviar� abrasadores r�os de lava roja por sus laderas, como lo ha hecho tantas veces desde tiempos inmemoriales.</p><p>No, eso no va a pasar. Pero habr� fuego, s�: un fuego que consumir� completamente el Imperio. Y mi destino es permanecer en el borde de la conflagraci�n y, al mismo tiempo, no ser consciente de todo lo que ocurra a mi alrededor: pobre idiota, pobre idiota inocente de una tierra remota.</p><p><emphasis>�Signore! Perfavore!� </emphasis>Mi ch�fer se abre camino hasta llegar junto a m� y tira impacientemente de la manga de mi t�nica, una asombrosa e impropia transgresi�n. En Britania, seguramente ya habr�a golpeado a cualquier cochero que hiciera eso; pero no estamos en Britania y, evidentemente, las costumbres son muy diferentes aqu�. Levanta la mirada, suplicante. Lo doblo en tama�o. En un c�mico brit�nico dice:</p><p>��No hablar romano, <emphasis>signore} </emphasis>Debemos marcharnos de este sitio en seguida. Es abarrotado, toda la gente, el equipaje, el todo. No puedo quedar en el muelle cuando pasajero m�o est� encontrado. Es la ley. <emphasis>Capisce, signore? Capisce?</emphasis></p><p>�<emphasis>Si, si capisco </emphasis>�le contesto. Por supuesto que hablo romano. Pas� tres semanas estudi�ndolo, prepar�ndome para este viaje, y no tuve ning�n problema en aprenderlo. Despu�s de todo, �qu� es sino una forma h�brida y truncada de lat�n bastardo? Y todos, en el mundo civilizado, sabemos lat�n�. <emphasis>Andiamo, si.</emphasis></p><p>�l sonr�e y asiente.</p><p>�<emphasis>Allora. Andiamo!</emphasis></p><p>Todo a nuestro alrededor es caos� pasajeros reci�n llegados tratando de encontrar transporte hacia sus hoteles, familias luchando para no ser separadas por la aglomeraci�n, vendedores ambulantes vendiendo relojes baratos de bolsillo y paquetes de postales groseramente coloreadas, perros sarnosos ladrando, ni�os harapientos movi�ndose entre nosotros a la b�squeda de monederos que agarrar. El griter�o es ensordecedor. Pero mi ch�fer y yo estamos en una isla de tranquilidad en medio de todo eso. Me hace se�as para que entre en el carruaje: asientos de felpa, interior forrado de piel, accesorios de refulgente lat�n, aunque tambi�n un ineludible olor a ajo. Dos nobles caballos de color caoba llevan pacientemente sus arneses. Llega un mozo corriendo con mi equipaje y oigo c�mo lo coloca encima del carruaje. Y desde all� nos marchamos, dando tumbos por el muelle, hacia el bullicio de la ciudad, pasando por los palacios de m�rmol de los oficiales de aduanas y las miles de otras agencias del gobierno imperial; por los templos de Minerva, Neptuno, Apolo y J�piter �ptimo M�ximo; y vamos subiendo por las sinuosas avenidas hacia el distrito de los hoteles de moda, sobre las laderas que hay a medio camino entre el mar y las colinas. Me quedar� en el Tiberio, en v�a Roma, una avenida que seg�n me han dicho es el gran paseo de la parte alta de la ciudad, el lugar para ver y ser vistos.</p><p>Atravesamos calles que deben de tener dos mil a�os. Me entretengo pensando que el mismo C�sar Augusto pudo haber pasado a caballo por esas mismas calles hace mucho tiempo, o Ner�n, o quiz� Claudio, el antiguo conquistador de mi patria. Una vez nos hemos alejado del puerto, las construcciones son altas y estrechas, sombr�os y apretados bloques de viviendas de seis o siete plantas, construidas unas al lado de otras sin apenas un respiro entre ellas. Sus ventanas impenetrables y misteriosas tienen los postigos cerrados para protegerse del calor de mediod�a. Entre ellas, por aqu� y por all�, hay otras construcciones m�s bajas y anchas con peque�os jardines, enormes estructuras achaparradas, grises y voluminosas, dise�adas con el recargado estilo barroco de hace doscientos a�os. Son casas palaciegas, sin duda, de las clases mercantiles, los poderosos importadores y exportadores, los responsables de la aut�ntica prosperidad de Ne�polis. Si mi familia viviera aqu�, supongo que vivir�amos en una de ellas.</p><p>Pero somos brit�nicos, y nuestra hermosa y espaciosa casa se halla en una franja de praderas onduladas en la agradable campi�a de Corinea y aqu� no soy m�s que un turista que viene de mi remota e insignificante provincia en su primera visita a la gran Italia, ahora que, por fin, la Segunda Guerra de Reunificaci�n ha finalizado y es posible otra vez viajar por los sectores lejanos del Imperio.</p><p>Lo contemplo todo con una absoluta fascinaci�n, observando con tal intensidad que hasta los ojos empiezan a resent�rseme. Las macetas con deslumbrantes flores rojas y naranja sujetas a los muros de los edificios, los chillones estandartes en largos postes sobre los comercios, los puestos de los mercados, con desconocidas frutas y verduras apiladas en mont�culos verde y p�rpura. Por los lados de algunas casas, cuelgan largos y borrosos carteles con el adusto retrato litografiado del viejo emperador Laure�lo o de su joven nieto y sucesor, el recientemente entronizado Magencio Augusto, con inscripciones patri�ticas y encomi�sticas por arriba y por abajo. �ste es un territorio leal: se dice que los napolitanos aman al Imperio m�s incondicionalmente que los ciudadanos de la propia ciudad de Roma.</p><p>Hemos llegado a la v�a Roma. Una gran avenida, de hecho m�s grandiosa, dir�a yo, que cualquier otra en Londinium o Lutecia, una amplia calzada discurre por el medio, orillada con arbustos y �rboles artificialmente lustrosos que se desarrollan bien en este clima templado, y a ambos lados de la calle, las deslumbrantes fachadas de m�rmol de rosa y blanco de los grandes hoteles, las tiendas de primera calidad, los edificios de apartamentos de los ricos. Hay caf�s en las aceras por todas partes, todos ellos abarrotados de gente. Me llegan oleadas de alegre parloteo y estallidos de divertidas carcajadas cuando paso por su lado, y tambi�n el tintineo de las copas. Las marquesinas de los hoteles, dispuestas una al lado de otra pr�cticamente sin transici�n, proclaman la historia del Imperio. Son una lista de nombres imperiales: el Adriano, el Marco Aurelio, el Augusto, el Maximiliano, el Lucio Agripa. Y, al final, el Tiberio, ni el m�s grande ni el menos imponente de todo el lote. Un edificio revestido de blanco al estilo del Renacimiento Cl�sico, bien situado en un distrito de comercios y restaurantes elegantes.</p><p>El recepcionista habla un brit�nico impecable:</p><p>��Me permite su pasaporte, se�or?</p><p>Lo escruta con altivez. Inspecciona mis rizos dorados y mis largos bigotes ca�dos, los compara con la peque�a fotograf�a del documento y concluye que soy yo, efectivamente: Cimbelino Vetruvio Escapulano de Londinium, de la Casa de los Carataco en Cornualles. Llama con un silbido a un <emphasis>facchino </emphasis>para que suba mi equipaje. La suite es espl�ndida, dos salones de techos altos en la esquina del edificio, con una vista a la distante bah�a por un lado y al volc�n por el otro. El mozo me ense�a c�mo funciona el ba�o, me se�ala mi lamparilla de noche y mi mueble bar, arregla distra�damente mi cubrecama. Le doy al muchacho un s�lido de oro de propina (que no se diga que un Escapulano de la Casa de los Carataco no es generoso), pero se lo mete fr�amente en el bolsillo como si le hubiera echado una perra chica.</p><p>Cuando se marcha, miro un largo rato por las ventanas antes de deshacer el equipaje, bebi�ndome con los ojos la ciudad y la centelleante bah�a. Nunca he contemplado nada tan magn�fico: las anchas avenidas, los templos, los anfiteatros, las deslumbrantes torres palaciegas, los mercados abarrotados de gente. Y esto s�lo es Ne�polis, �la segunda ciudad de Italia! A su lado, nuestra querida Londinium es un simple pueblucho de provincias lleno de fango. �C�mo ser� de grandiosa Roma si esto es Ne�polis?</p><p>Experimento una sensaci�n extra�amente desconcertante e inusual y sospecho que puede tratarse de un arrebato de humildad. Soy hijo de un hombre rico, mi linaje puede remontarse m�s o menos leg�timamente hasta los monarcas de la antigua Breta�a, he disfrutado de una buena educaci�n obteniendo honores en Cantabrigia en historia y arquitectura. Pero �qu� importa eso aqu�? Ahora estoy en Italia, el coraz�n del Imperio imperecedero y no soy m�s que un fornido y engre�do celta de uno de los l�mites exteriores del mundo civilizado. Esta gente debe de creer que en casa llevo <emphasis>kilts </emphasis>de piel y me unto el cabello con manteca de cerdo. Creo que no voy a encontrarme en mi salsa. Lo cual ser� una nueva experiencia para m�. �Y no es eso precisamente para lo que he venido a Italia, a la madre Roma, para abrirme a nuevas experiencias?</p><empty-line/><p>Las tiendas de v�a Roma est�n cerradas cuando salgo a dar un paseo por la tarde y no hay nadie por ninguna parte excepto en los caf�s y restaurantes, llenos de gente. Debido al calor de este lugar, los negocios de todo tipo cierran al mediod�a y vuelven a abrir con el fresco, ya entrada la tarde. En los escaparates hay un asombroso despliegue de mercanc�as de todas partes del Imperio, �frica, India, la Galia, Hispania, Britania, incluso el Pr�ximo Oriente y los misteriosos lugares m�s all� de �l, Catay y Cipango, donde habita el pueblo de ojos peque�os y extra�os. Hay ropa de �ltima moda, joyas antiguas, magn�fico calzado, mobiliario de cocina, costosos objetos de todas clases. �ste es el cuerno de la abundancia del Imperio. Despu�s de que, finalmente, haya acabado la guerra, cargamentos de lujosas mercanc�as no cesan de llegar a Italia desde todas las provincias que han vuelto a ser sometidas.</p><p>Camino y sigo caminando. La v�a Roma parece no tener fin, extendi�ndose hasta el infinito por delante de m�, hasta perderse en el horizonte. Pero por supuesto, debe acabar en alg�n sitio. El propio nombre de la calle anuncia su punto terminal, la propia Ciudad de Roma, la gran capital. No es cierto eso que dicen en Italia de que todos los caminos conducen a Roma, pero �ste s� lo hace. No tendr�a m�s que seguir dirigi�ndome hacia el norte para que esta avenida acabase llev�ndome hasta la ciudad de las Siete Colinas. Sin embargo, no tengo tiempo para eso. Debo iniciar mi conquista de Italia de manera racionalmente escalonada. Primero, Ne�polis y sus pintorescos alrededores; despu�s, un avance gradual hacia el norte hasta alcanzar el formidable desaf�o de la ciudad de los cesares.</p><p>La gente est� saliendo ahora de los caf�s. Algunos de ellos se dan la vuelta y me observan descaradamente, de la misma manera que yo podr�a mirar a una jirafa o un elefante que se pasearan por las calles de Londinium. �Es que no han visto nunca a un britano? �Les resultan tan extra�os los cabellos rubios? Quiz� sea mi altura y mis\anchos hombros lo que atrae su curiosidad, mi pendiente de oro o elpesado brazalete neoc�ltico que me gusta llevar. Se dan codazos, susurran, sonr�en.</p><p>Les devuelvo gentilmente la sonrisa cuando paso a su lado.</p><p>�Buenas tardes, amigos romanos�, estoy tentado de decirles. Pero probablemente se burlar�an del acento britano de mi lat�n o de mis tanteos en su lengua romana coloquial.</p><p>Hay un mensaje para m� en el hotel. Mi padre, bendito sea, envi� cartas de presentaci�n a una serie de miembros distinguidos de la aristocracia napolitana en las que ped�a que me recibieran y me facilitasen la entrada en la sociedad romana. Antes de salir del hotel para dar mi paseo, envi� un mensaje anunciando mi llegada a las personas que se supon�a deb�a visitar aqu�, y ya hab�a recibido una contestaci�n. Estoy invitado en los t�rminos m�s cordiales, a cenar esta misma noche en la villa de Marcelo Domiciano Frontino, quien, seg�n mi padre, posee la mitad de los vi�edos que hay entre Neap�lis y Pompeya y cuyo hermano Casio es uno de los grandes h�roes de la guerra recientemente concluida. Un carruaje me recoger� a la hora decimoctava.</p><p>Me inunda una extra�a alegr�a. Tienen ganaste dar la bienvenida al b�rbaro visitante en su primera noche en la patria madre. Por supuesto, Frontino recibe un pedido anual de mi padre para sus bodegas de Londinium de diez mil cajas de sus dulces vinos blancos y esto est� lejos de ser una frusler�a. No es que los asuntos de negocios vayan a mencionarse esta noche pues, por una parte, s� muy poco sobre los acuerdos comerciales de mi padre, pero por otra, est� tambi�n el hecho de que Frontino y yo somos patricios, y debemos comportarnos como tales. Pertenece a la antigua clase senatorial y desciende de hombres que auparon y derrocaron cesares hace mil a�os. Y yo llevo sangre de reyes britanos en mis venas o, al menos, eso es lo que dice mi padre, y mi propio nombre (Cimbelino) lo proclama. Carataco, Casevelauno, Tincomio, Togodumno, Prasutago: en uno u otro momento he o�do a mi padre reivindicar su descendencia de todos estos antiguos caudillos celtas, y tambi�n, por a�adidura, de la reina Cartamandua de los brigantes.</p><p>Bien, pues Cartamandua firm� oportunamente un tratado con los romanos invasores de su pa�s y envi� encadenado a Roma a su hom�logo, el monarca Carataco. Pero todo eso fue hace mucho tiempo, y nosotros, los britanos, hemos sido pacificados y repacificados en muchas ocasiones desde entonces, y todo el mundo asume que el poder y la gloria residir�, ahora y siempre en la gran ciudad que se encuentra al otro extremo de la v�a Roma. Frontino ser� cort�s conmigo, lo s�. Si no lo es en honor a los heroicos, aunque derrotados guerreros que son mis ancestros putativos, s� lo ser� por las diez mil cajas de vino que se supone ha de enviar a Londinium el a�o pr�ximo. Cenar� bien esta noche; conocer� a gente relevante y me ser�n abiertas las puertas de las grandes casas de Ne�polis y tambi�n de la capital, cuando me disponga a visitarla.</p><p>Me doy un ba�o. Me afeito. Abrillanto mis rizos, y no con manteca de cerdo. Escojo mis ropas con esmero, una t�nica corta bizantina de seda y un pa�uelo a juego, unos magn�ficos leotardos rojo escarlata de lino egipcio, sandalias del mejor artesano sirio. Y, por supuesto, mi pendiente de oro y mi enorme brazalete que me confieren ese atractivo toque b�rbaro por el que suscito m�s curiosidad en ellos.</p><p>El carruaje est� esperando cuando salgo del hotel. El ch�fer es nubio y viste de rojo y turquesa. Blancos corceles de Arabia. El carruaje es de �bano con incrustaciones de marfil. Ser�a digno de un emperador. Pero Frontino es solamente un rico patricio, un simple sure�o. �D�nde se montar�n los cesares, me pregunto, si �sta es la clase de veh�culo que un Frontino env�a para recoger a un joven visitante procedente de las atrasadas provincias?</p><p>La carretera se adentra en las colinas. Una nube se ha posado sobre la ciudad y los rayos solares del final de la tarde se entreveran en ella como una lluvia dorada. La luz resplandece en la superficie de la bah�a. En la distancia pueden verse islas grises y misteriosas.</p><p>La villa de Marcelo Domiciano Frontino est� emplazada en unos jardines tan grandes que se tarda quince minutos en llegar a la casa una vez se ha franqueado la colosal puerta de hierro. Es un pabell�n luminoso y elegante, situado en el mismo extremo de una elevada pendiente, y cuyo enorme tama�o queda cuidadosamente camuflado por la elegancia de su dise�o. Est� rodeado de un aura de enga�osa fragilidad, como si pudiera acusar los movimientos m�s ligeros de la atm�sfera. La vista desde su p�rtico abarca desde el Vesubio, al este, hasta alg�n cabo sobresaliente muy lejos, en la otra orilla de la bah�a. Alrededor hay maravillosos arbustos y �rboles en floraci�n y la fragancia que exhalan es la de una incre�ble opulencia. Empiezo a preguntarme el inter�s real que puedan tener diez mil cajas de vino para este hombre.</p><p>Con todo, Frontino es desenfadado y amistoso. Un individuo bajo, fornido y calvo de sonrisa f�cil y maneras agradables.</p><p>Est� all� para recibirme al bajar del carruaje.</p><p>�Soy Marcelo Domiciano �me dice hablando romano, sonriendo ampliamente mientras me alarga la mano�. �Bienvenido a mi casa, querido amigo Cimbelino!</p><p>Marcello Domiziano. Emplea la forma romana de su nombre, no la latina. Naturalmente, en las provincias empleamos pretenciosamente nombres latinos, mezcl�ndolos en alg�n grado con localismos britanos, galos o teut�nicos, sin embargo, aqu� en Italia, los �nicos que emplean los nombres seg�n el antiguo modo latino son los miembros de las familias senatoriales e imperiales y altos mandos militares; el resto debe emplear la moderna forma romana. Frontino se siente por encima de su privilegio de rango. Yo puedo llamarle Marcelo, que es la manera como yo llamar�a a uno de sus peones. Y �l me llamar� Cimbelino. Muy r�pidamente nos convertimos en buenos amigos o, al menos, as� pretende que yo me sienta, y eso que acabo de llegar.</p><empty-line/><p>La reuni�n ya ha comenzado. Se celebra en un patio abierto con el suelo de terrazo en el que corre la brisa, con vistas al centro de la ciudad que se extiende por debajo a lo lejos. Quince, quiz� veinte personas, hombres apuestos, deslumbrantes mujeres, todos r�en y conversan como hace la gente en los caf�s de las aceras.</p><p>�Mi hija Adriana �dice Frontino�.Y �sta es su amiga Lucila, que es de Roma y est� de visita.</p><p>Son extraordinariamente hermosas. Las dos me rodean y yo me siento mareado. Recuerdo que una vez, en la Galia, en una gran villa cerca de Nemausus, mi anfitri�n me llev� al centro de un laberinto de espejos que hab�a hecho construir para su entretenimiento y, al instante sent� que me ca�a mareado hacia adelante, desvaneci�ndome entre las im�genes multiplicadas hasta el infinito y, con esfuerzo, tuve que echarme hacia atr�s para mantenerme erguido, mientras me lat�a aceleradamente el coraz�n y la cabeza me daba vueltas.</p><p>Lo mismo me ocurre ahora entre estas dos muchachas. Su belleza me aturde, su perfume me marea. Frontino se ha retirado y no tengo la certeza de qui�n es la hija y cu�l la amiga. Miro de una a otra confundido.</p><p>La muchacha de mi derecha es fuerte y robusta, de rasgos marcados, piel p�lida y un cabello rojo encendido recogido en un mo�o apretado sobre su cabeza, un estilo que bien podr�a haber copiado de alg�n mural antiguo. La otra, m�s alta, es morena y delgada, casi fr�gil, lleva un vistoso collar de cuentas azules de cer�mica y c�rculos pintados con sombra por debajo de sus ojos. Es muy elegante dada su ligereza. Tiene la piel muy tersa y posee un aura de deslumbrante aire egipcio. Decido que la pelirroja debe de ser la hija de Frontino, al comparar su robusto t�rax con el de mi anfitri�n; pero no, no es as�. Ella es la que est� de visita y es de Roma, pues la m�s alta y morena, hablando lat�n y no romano, dice con una voz tan dulce como la miel griega:</p><p>�Honra usted nuestra casa, distinguido se�or. Mi padre dice que es de estirpe real.</p><p>Me pregunto si se est�n mofando de m�. No obstante, advierto la manera en que me est� midiendo con sus ojos, recorriendo mi altura y mi anchura como si fuera una estatua del sal�n de reyes de alg�n museo. La otra est� haciendo lo mismo.</p><p>�En todo caso, llevo un nombre real �digo�. Cimbelino, es posible que lo conozcan como Cunobelino por los libros de historia. Su hijo fue el rey guerrero Carataco, capturado y perdonado por el primer emperador Claudio. Mi padre ha hecho grandes esfuerzos para remontar nuestra genealog�a hasta su linaje.</p><p>Sonr�o con franqueza y compruebo que ellas captan perfectamente el sentido preciso de mis palabras. No hago otra cosa que describir las absurdas pretensiones de un rico mercader de provincias.</p><p>��Cu�nto tiempo hace de ello? �inquiere Lucila, la pelirroja.</p><p>��Del estudio geneal�gico?</p><p>�De la captura y el perd�n de su gran ancestro.</p><p>��Por qu�? �Vacilo. �No acabo de decir que fue en la �poca de Claudio el Primero? Pero ella hace parpadear sus ojillos como si fuera, en su inocencia, ajena a toda informaci�n hist�rica�. Hace unos dieciocho siglos �le digo�. Cuando a�n el Imperio era joven. Claudio el Primero fue el cuarto de los cesares. El quinto, si se cuenta como emperador a Julio C�sar, que creo que es lo correcto.</p><p>�Vaya precisi�n tiene usted en esta materia� �dice ri�ndose Adriana Frontina.</p><p>�S�, en asuntos hist�ricos, s�. Pero me temo que no en muchas otras cosas.</p><p>��Va a viajar mucho por Italia? �pregunta Lucila.</p><p>�Quiero visitar los alrededores de Ne�polis, naturalmente. Pompeya y el resto de ruinas antiguas. Tambi�n quiero pasar algunos d�as en la isla de Capri. Despu�s subir� a Roma, por supuesto, y quiz� algo m�s al norte: Etruria, Venecia� incluso hasta Mediolanum. La verdad es que quiero verlo todo.</p><p>�Quiz� podamos viajar juntos �dice Lucila. As� de claro, lisa y llanamente.Y ahora s� que no hay para nada parpadeos inocentes en sus ojos, inteligentes y bien abiertos, s�lo una expresi�n de diablura inequ�voca.</p><p>Naturalmente he o�do decir que las mujeres de Roma son as�, de todas maneras, me quedo sobresaltado por su franqueza y, por un momento, no s� qu� decir; entonces todos los dem�s vienen en bandada a mi alrededor. Marcelo Frontino me bombardea con presentaciones, recitando un nombre tras otro con tal rapidez que me resulta imposible asociar los nombres con sus correspondientes rostros.</p><p>�Enrico Giunio, conde de Pausylipon y la condesa Emilia. Mi hijo, Druso Tiberio y su amigo Ezio; Quintilo Fabio Puteolano;Vitelio de Portofino, su esposa, Claudia, su hija, Crispina; Trajano GordianoTertulo, de Capri� Marco Ulpio Africano� Sabina M�tela Arboria� �Un mar de nombres que no acaba nunca. S�lo uno de entre todos ellos me causa un aut�ntico impacto�: Mi hermano Casio �dice Frontino.</p><p>Es un individuo delgado, de tez aceitunada, con ojos como dos trozos de carb�n bru�ido: �el gran h�roe de guerra, Casio Lucio Frontino! Me dispongo a saludarle pero Frontino me ametralla con cuatro presentaciones m�s antes de que pueda hacerlo. La gente parece materializarse de la nada. Le susurro a Adriana:</p><p>��Ha invitado tu padre a todo Ne�polis esta noche?</p><p>�S�lo a los que merecen la pena �dice ella�. No todos los d�as nos visita un rey britano �me dice entre risitas.</p><p>Nubes de sirvientes (�esclavos?) se mueven entre nosotros, tray�ndonos cosas para beber y comer. Soy cauteloso con las primeras rondas y me recuerdo a m� mismo que solamente es mi primer d�a aqu�, y que el cansancio que arrastro del viaje me puede conducir a situaciones embarazosas; pero para no parecer descort�s, tomo una copa de vino y un pastelito de carne y los sostengo sin probarios, acerc�ndomelos de vez en cuando a los labios y retir�ndolos otra vez sin tocarlos.</p><p>Los destacados caballeros y damas de la sociedad napolitana me rodean como un remolino, acribill�ndome a preguntas para las que no parecen esperar respuestas. Algunos hablan en romano, otros en lat�n. �Cu�nto tiempo estar� aqu�? �Pasar� todo mi tiempo en Ne�polis? �Qu� es lo que ha despertado mi curiosidad para visitar Italia? �Pasa por un buen momento la econom�a britana? �Se habla solamente britano all� o est� muy extendido el lat�n? �Hay algo en Britania que pueda interesarle especialmente a un italiano? �C�mo es la comida britana en comparaci�n con la italiana? �Creo que se mantendr� el actual Tratado de Unificaci�n? �He estado ya en Pompeya? �Y en los templos griegos de Paestum?Y as� m�s y m�s. Es un aut�ntico bombardeo. Doy tantas respuestas como puedo, pero las preguntas se encabalgan a mis respuestas de forma terriblemente agotadora. Doy gracias por mi constituci�n resistente. Incluso as�, despu�s de un rato me siento tan cansado que empiezo a tener problemas para entender sus r�pidos modismos romanos y regreso <emphasis>del todo </emphasis>a la m�s antigua y pura lengua latina con la confianza de que eso les estimule a hacer lo mismo. Algunos lo hacen, otros no.</p><p>Lucila y Adriana permanecen a mi lado a lo largo de toda la ordal�a, y me siento agradecido por ello.</p><p>Me doy cuenta de que esta gente me considera una especie de juguete nuevo. La novedad del momento, que se examina con fascinaci�n durante un rato y despu�s se desecha.</p><empty-line/><p>El viento que sopla de la bah�a se ha vuelto fresco con la llegada del anochecer y, de manera casi imperceptible, la reuni�n se ha ido desplazando al interior, hacia arriba, a un enorme sal�n que da al atrio que ser� nuestra sala para el banquete.</p><p>�Venga �me dice Adriana�. Tienes que conocer al t�o Casio.</p><p>El famoso general est� al otro extremo del sal�n, con los brazos cruzados y escuchando sin ning�n atisbo de emoci�n lo que parece ser una intensa discusi�n entre su hermano y otro individuo. Viste un ce�ido uniforme caqui y en su pecho luce medallas y galones. El otro individuo, lo recuerdo pasado un instante, es el conde de Pausylipon, al que Frontino se hab�a referido informalmente como �Enrico Junio�. Es delgado, alto (casi tan alto como yo), de rostro aguileno, est� exaltado. Parece estar a punto de enfurecerse. Marcello Domiziano est� igualmente excitado, tiene el cuello tenso, est� acercando su rostro, amenazante, al otro, agita los brazos con gesticulaciones enf�ticas. Tengo la impresi�n de que esos dos est�n, desde hace a�os, enfrascados en discusiones sobre alg�n importante asunto pol�tico.</p><p>Hablan, deduzco, nada menos que del destino de la misma Roma. Parece que el conde de Pausylipon sostiene que, para sobrevivir, el Imperio debe continuar como una entidad pol�tica indivisible (algo que no creo que nadie dude seriamente), ahora que se acaba de conseguir la Reunificaci�n.</p><p>�Existe una raz�n por la que Roma ha perdurado tanto tiempo �dice el conde�. No se trata del poder�, el poder de una ciudad sobre todo un continente, sino de estabilidad, de coherencia, de la supremac�a de un sistema que valora la l�gica, la eficiencia, la soberbia ingenier�a, la planificaci�n. El mundo es mejor porque lo hemos gobernado tanto tiempo. Hemos llevado la luz donde, de otra manera, s�lo habr�an existido las tinieblas de la barbarie.</p><p>No me parec�an argumentos pol�micos, pero pude advertir (por la expresi�n del rostro colorado de Marcello Domiziano y su obvia impaciencia en responder), que deb�a de haber alguna �rea de poderoso desacuerdo entre los dos hombres que se me escapaba. Y Adriana, acerc�ndose a m� mientras me conduce a trav�s de la sala, me susurra algo que, con todo ese ruido, soy incapaz de entender con claridad y que, adem�s, no me deja escuchar lo que Marcello Domiziano acaba de replicarle al conde.</p><p>A pesar de la furia que se estaba desatando a su vera, cabr�a pensar que el famoso general se hubiera quedado dormido de pie (una argucia que deb�a de serle �til durante los momentos de tregua en las batallas), de no ser por el hecho de que, de vez en cuando, supongo que en respuesta a alg�n comentario que un contendiente le hac�a al otro, sus ojos de carb�n fulgente emit�an un destello torvo, alzando apenas los p�rpados. Vacil� antes de sumarme a ese peculiar grupito, pero Adriana me condujo sin vacilar hasta ellos.</p><p>Frontino exclam�:</p><p>��S�, s�, Cimbelino! �Ven a conocer a mi hermano!</p><p>Tambi�n �l parec�a haberse percatado de mi titubeo. Sin embargo, quiz� recibiera de buen grado un cese de las hostilidades.</p><p>Que fue ni m�s ni menos lo que mi presencia provoc�. La ri�a, la discusi�n o lo que fuera, se evapor� en el instante de mi llegada, transform�ndose en cort�s y et�rea chachara. El conde, calmado por completo (una muestra de autocontrol patricio) me ofrece un gesto altivo y distante de reconocimiento, a Adriana y a Lucila les da una palmadita en el hombro a cada una y se excusa para ir a buscar una bebida fresca. Frontino, con el rostro un poco enrojecido a�n, pero jovial como siempre, me presenta teatralmente a su hermano con la palma de la mano hacia arriba:</p><p>�Nuestro amigo britano �dice.</p><p>�Me siento honrado, excelencia �digo inclin�ndome ligeramente ante Casio Lucio Frontino.</p><p>�Oh, no, nada de eso ahora �responde el t�o Casio�. No estamos en el ej�rcito. �Habla lat�n. Su tono de voz es d�bil pero tajante como el filo de un cuchillo, sin embargo me doy cuenta de que est� tratando de ser agradable.</p><p>Por un momento, me siento aturdido y sobrecogido al estar en su presencia. Pienso en ese hombrecillo (y eso es lo que es, tan bajo como su hermano) yendo y viniendo incansablemente desde Dacia hasta la Galia y viceversa con sus botas de siete leguas, sofocando los fuegos de la secesi�n por todas partes. El indomable general. El <emphasis>salvador del Imperio.</emphasis></p><p>Pronto estallar� un fuego de distinta clase en el Imperio, y yo me encuentro muy cerca de su origen, pero por el momento no tengo conciencia de ello.</p><p>Casio Frontino me inspecciona como si estuviera tom�ndome medidas para un uniforme.</p><p>D�game, �son todos los britanos tan altos?</p><p>�Soy un poco m�s alto que la media, la verdad.</p><p>�Menos mal. Como sabr�, estuvimos a punto de invadirles al principio de la guerra. Enfrentarse a todo un ej�rcito de hombres de su tama�o no habr�a sido como ir de picnic.</p><p>��Invadir Britania, se�or? �pregunta Lucila.</p><p>�En efecto �dice, sonriendo fugaz y fr�amente a la muchacha�. Un ataque preventivo, cuando cre�mos que Britania pod�a coquetear con la idea de unirse a la rebeli�n.</p><p>Pesta�eo con sorpresa y cierta irritaci�n. �ste es un tema espinoso para nosotros, �por qu� lo habr� sacado?</p><p>Le digo con firmeza:</p><p>�Eso nunca habr�a ocurrido, se�or. Sabe que somos leales al r�gimen. Somos britanos.</p><p>�S�, s�, por supuesto que lo son. Pero el riesgo exist�a, pese a todo. En aquel entonces, calculamos que hab�a una probabilidad de riesgo del cincuenta por ciento. Era un momento delicado. Y el Alto Mando pens�: vamos a enviar algunas legiones all� s�lo para mantenerlos a raya. Ser�a usted demasiado joven, supongo.</p><p>Todav�a sostengo mi copa de vino, a�n sin catar. Ahora, con nerviosismo, doy un gran trago.</p><p>Contra todo decoro, me siento empujado a defender mi estirpe. Con absurda rigidez, le digo:</p><p>�Perm�tame asegurarle, mi general, que no soy tan joven como puede pensar, y puedo decirle que nunca existi� la m�s leve posibilidad de que Britania se uniera a los rebeldes. Ninguna.</p><p>En aquellos terribles ojos asomaba una chispa de �divertimento?� �irritaci�n?</p><p>�Seguramente es as� considerado a posteriori. Pero la impresi�n que tuvimos entonces en los inicios, fue muy diferente durante alg�n tiempo. �Qu� edad ten�a usted cuando estall� la guerra, muchacho?</p><p>Odio verme tratado con condescendencia y le dejo ver mi irritaci�n.</p><p>�Diecisiete, se�or. Serv� en la Duod�cima Legi�n Britana, bajo Helio Ticiano Rigisamo. Entr� en acci�n en la Galia y en Lusitania. En los Cuerpos de Globos Aerost�ticos.</p><p>��Ah! ��l no hab�a esperado aquello�. Bueno, entonces le he juzgado mal.</p><p>�A mi naci�n entera, me atrever�a a decir. Cualquier rumor de deslealtad britana que les pudiera haber llegado en aquella �poca tan confusa no fue m�s que pura invenci�n del enemigo.</p><p>�Desde luego �dice el general�, desde luego. �Su tono es ben�volo, pero sus ojos brillan con m�s frialdad que nunca, y sus mand�bulas apenas se mueven al pronunciar las palabras.</p><p>Adriana Frontina, parece horrorizada ante el ardor creciente de nuestra conversaci�n y me hace desesperadas se�as con los ojos para que cambie de tema. Sin embargo, a su amiga pelirroja, Lucila, el peque�o altercado s�lo parece divertirle. Marcelo Frontino se ha dado la vuelta, probablemente no por casualidad; est� dando instrucciones a algunos criados para que empiece el banquete.</p><p>No obstante, insensatamente, yo me zambullo de lleno en las aguas pantanosas.</p><p>�Se�or, nosotros los britanos somos tan romanos como cualquier otro en el Imperio. �O acaso cree que guardamos una secreta afrenta nacional desde la �poca de Claudio?</p><p>Casio Frontino permanece en silencio por un instante, estudi�ndome con alguna atenci�n.</p><p>�S� �dice finalmente�. S�, s� lo creo, pero eso no viene al caso. Todos los que fueron barridos hacia el Imperio en alg�n momento de la Historia y no hallaron la manera de salir de �l, esconden un agravio sepultado en alg�n sitio, no importa lo romanos que se reivindiquen ahora. Los teutones, los britanos, los hispanos, los franchutes, todos.Y �sa es la raz�n por la que hemos sufrido dos peligrosos desmembramientos del sistema en menos de un siglo, �no le parece? Pero no, muchacho, en ning�n momento he querido poner en entredicho la lealtad de su pueblo, ni de lejos. Todo esto ha sido muy desafortunado. Mil perdones, amigo m�o.</p><p>Observa mi copa, que en alg�n momento he vaciado sin saber c�mo.</p><p>�Necesita otra copa, �verdad que s�? Y yo tambi�n. �Chasquea sus dedos a un criado que pasa�. �Chico, chico! �M�s vino, aqu�!</p><p>Tengo la ligera impresi�n de que mi conversaci�n con Casio Lucio Frontino, el gran h�roe de guerra, no ha sido un �xito, y que �se podr�a ser un buen momento para la retirada. Lanzo una mirada indefensa a Adriana, quien la entiende en seguida y dice:</p><p>�Pero t�o, Cimbelino ya te ha robado mucho tiempo. Y mira, el prefecto de la ciudad ha llegado; debemos presentarle a nuestro invitado.</p><p>S�, deben hacerlo antes de que meta la pata hasta el fondo. Me inclino de nuevo y me excuso mientras Adriana me coge de un brazo y Lucila me agarra del otro, arrastr�ndome hasta el otro extremo de la gran sala.</p><p>�He estado horrible, �verdad? �pregunto.</p><p>�A mi t�o le gustan los hombres que muestran coraje �dice Adriana�. En el ej�rcito nadie se atreve a responderle lo m�s m�nimo.</p><p>�Pero mostrarme tan rudo� �l, que es un gran hombre, y yo simplemente un visitante de provincias�</p><p>�El �nico que se ha mostrado rudo ha sido �l �dice Lucila acaloradamente�. �Llamar a tu pueblo traidores al Imperio! �C�mo puede haber dicho una cosa semejante! �Y despu�s, en voz baja, acerc�ndoseme al o�do�:Te llevar� a Pompeya ma�ana. Ver�s como all� no te aburres lo m�s m�nimo.</p><empty-line/><p>Pasa a recogerme por el hotel despu�s de almorzar, en una cuadriga espl�ndida, con adornos de caoba, borlas de seda y dorados por todas partes, y tirada por dos magn�ficos corceles blancos y otros dos gigantescos caballos pardos. Al lado de �sta, la que me envi� Marcelo Frontino la noche pasada me parece casi miserable. Entonces cre� que era el carruaje de un emperador. Pero no, me equivocaba. Seguramente, �ste se aproxima m�s.</p><p>��Has venido en este carro desde Roma? �le pregunto.</p><p>�Oh, no. He venido en tren. Le he pedido prestada la cuadriga de Druso Tiberio. Le gustan este tipo de cosas.</p><p>En la fiesta, s�lo tuve con el joven Frontino el m�s breve de los encuentros, y no me caus� la m�s m�nima impresi�n: un hombre blando, embadurnado de ung�entos y perfumado, tres o cuatro anillos dorados en cada mano, movimientos l�nguidos y delicados bostezos, un perfecto pr�ncipe. Con total desverg�enza, estuvo toda la noche intercambiando enternecedoras miradas con su apuesto amigo Ezio, que parec�a tan est�pido como un gladiador, y probablemente era uno de ellos.</p><p>��Cu�nto puede costar una cuadriga como �sta? �pregunto�. �Cinco millones de sestercios? �Diez millones?</p><p>�Muy probablemente incluso m�s.</p><p>�Y �l sencillamente te la presta para todo el d�a.</p><p>�Oh s�. Tiene otra a�n mejor, �sabes? Despu�s de todo, Druso es el hijo malcriado de un hombre rico. Marcelo no le niega absolutamente nada. Por supuesto, creo que eso es algo terrible.</p><p>�S� �digo yo�. Espantoso.</p><p>Si Lucila capta el tono ir�nico de mi voz, no lo manifiesta.</p><p>�Pero si �l est� deseoso de prestar uno de sus bonitos carruajes a la amiga de su hermana durante un d�a o dos�</p><p>�Pues por qu� no aceptarlo, �no?</p><p>�Eso, �por qu� no? �digo yo.</p><p>De manera que esta desconocida pelirroja romana, encantadora y voluptuosa, y yo nos vamos juntos por la carretera de la costa, en direcci�n a Pompeya, sobre una cuadriga que habr�a hecho enrojecer a un cesar. El tr�fico nos cede paso en la carretera como si se tratara del carruaje de un emperador y los caballos galopan como centellas, primero hacia el este y despu�s hacia el sur, con la misma rapidez que los corceles de Apolo, marcando con sus cascos un ritmo endiablado sobre la carretera hermosamente pavimentada.</p><p>Lucila y yo nos sentamos castamente separados y hablamos en un tono agradable pero impersonal sobre la fiesta.</p><p>��De qu� iba todo aquellos �me pregunta ella�. Me refiero a la pelea que mantuvisteis anoche t� y el t�o de Adriana.</p><p>�No fue una pelea. Fue s�lo� una situaci�n desagradable.</p><p>�Lo que sea. Algo acerca de un ej�rcito romano invadiendo Britania para asegurarse de que tu pueblo est� de nuestra parte en la guerra. S� tan poco sobre estas cosas. No ibais de verdad a segregaros, �no?</p><p>Hemos estado hablando romano, pero si vamos a tener esa conversaci�n deber� emplear una lengua en la que me sienta m�s c�modo. As� que cambio al lat�n y le digo:</p><p>�De hecho, creo que se trat� de algo m�s que de una posibilidad, aunque fue cruel decirlo por su parte. O zafio, simplemente.</p><p>�Militares. �No tienen maneras!</p><p>�De todas formas me sorprendi�. �Ech�rmelo en cara de ese modo�!</p><p>��As� que era cierto?</p><p>�S�lo era un muchacho cuando ocurri�, enti�ndelo. Pero s�, s� que existi� una considerable facci�n antiimperialista en Londinium hace quince o veinte a�os.</p><p>��Que quer�a restaurar la Rep�blica?</p><p>�Que quer�a separarse del Imperio �le contesto�.Y elegir un rey de nuestra propia sangre. Si es que puede hablarse de algo como �nuestra propia sangre�, despu�s de dieciocho siglos siendo ciudadanos romanos.</p><p>�Ya entiendo. De manera que quer�an una Britania independiente.</p><p>�Vieron que hab�a una oportunidad. Eso ocurri� s�lo unos veinte a�os despu�s de que el Imperio eliminara todas las consecuencias de su primer desmembramiento, ya sabes. Y entonces, de repente parec�a probable que fuera a empezara una segunda guerra civil.</p><p>�Eso sucedi� en el este, �no es cierto?</p><p>Me pregunto cu�nto sabe ella realmente sobre estos asuntos. Sospecho que m�s de lo que deja ver. Pero yo me he licenciado con honores en Historia por la Universidad de Cantabrigia, y despu�s de todo, supongo que ella me est� dando una oportunidad de lucirme.</p><p>�En Siria y Persia, s�, y en la franja oriental de India. S�lo una peque�a rebeli�n fronteriza, ni siquiera era gente blanca la que provoc� el alboroto. Con diez legiones se hubiera podido sofocar todo el asunto. Pero el emperador Laure�lo estaba ya viejo y enfermo (senil, de hecho), no hab�a nadie en la administraci�n que prestara mucha atenci�n a las provincias m�s alejadas y no se enviaron legiones hasta que fue demasiado tarde; y entonces s� que hubo que lidiar con un aut�ntico desastre, todo eso de golpe y porrazo. Y justo en medio de todo eso, Hispania, la Galia e incluso la peque�a y ridicula Lusitania, decidieron tambi�n volver a separarse del Imperio. As� que en 2563 todo volvi� a empezar, una segunda crisis m�s seria incluso que la primera.</p><p>�Y esta vez tambi�n Britania iba a separarse.</p><p>�Eso era lo que la plebe reclamaba, en todo caso. Se produjeron algunos brotes ruidosos en Londinium y se pusieron carteles en el exterior del palacio del proc�nsul dici�ndole que se marchara a Roma y cosas como ��Britania para los britanos!�. La gente vociferaba que se echara a los romanos y que se restaurara la vieja monarqu�a celta. Bien, naturalmente nosotros no pod�amos permitirlo, y los hicimos callar muy pronto. De hecho, cuando empez� la guerra y lleg� nuestro momento, luchamos tan valientemente como cualquier romano en cualquier parte.</p><p>��Nosotros? �pregunta ella.</p><p>�La gente decente de Britania. La gente inteligente.</p><p>��Quieres decir la gente con propiedades?</p><p>�Bueno, claro. Nosotros comprendimos cu�nto se pod�a perder, no s�lo nosotros, sino todo el pueblo de Britania� si el Imperio ca�a. �Cu�l es nuestro mejor mercado? �Italia! Y si Britania, la Galia, Hispania y Lusitania consiguieran segregarse, Italia perder�a su acceso al mar. Se quedar�a encerrada en medio de Europa con una serie de enemigos bloqueando la ruta terrestre hacia Oriente y otra serie cerr�ndole el paso hacia Occidente por el oc�ano. El coraz�n del Imperio se debilitar�a. Los britanos no tendr�amos a qui�n vender nuestras mercanc�as, a no ser que empez�ramos a embarcarlas para Nova Roma e intent�ramos ofrec�rselas a los pieles rojas. El desmembramiento del Imperio provocar�a una depresi�n mundial: hambrunas, conflictos, el horror absoluto en todas partes. Y la peor parte se la habr�an llevado aquellos que reclamaban m�s fuerte la secesi�n.</p><p>Ella me dirige una extra�a mirada.</p><p>�Tu propia familia dice ser de sangre real celta y t� tienes un bonito nombre celta. Se dir�a que a tu pueblo le gusta mirar atr�s con nostalgia, a los d�as dorados de la libertad britana antes de la conquista romana. Pero incluso as�, t� contribu�ste a sofocar el movimiento secesionista en vuestra provincia.</p><p>��Tambi�n ella est� burl�ndose de m�? No puedo relajarme con estos romanos.�</p><p>Con leve rigidez, le contesto:</p><p>�Yo personalmente no. Yo era tan s�lo un muchacho cuando se produjeron las primeras manifestaciones antiimperialistas. Pero s�, a pesar de todo su amor por las tradiciones celtas, mi padre siempre ha cre�do que nosotros tuvimos que poner los intereses de la civilizaci�n romana en general por delante de nuestro mezquino orgullo nacionalista. Cuando la guerra nos alcanz�, Britania estuvo del lado de los partidarios del r�gimen, gracias en buena medida a �l. Y tan pronto como fui lo suficientemente adulto, me un� a las legiones e hice mi contribuci�n al Imperio.</p><p>�As� pues, �amas al emperador?</p><p>�Amo el Imperio. Creo que el Imperio es una necesidad. Y en cuanto al emperador concreto que ahora tenemos� �Vacilo. Deber�a andarme con tiento aqu�. Supongo que los hemos tenido m�s competentes.</p><p>Lucila se r�e.</p><p>��Mi padre piensa que Magencio es un completo idiota!</p><p>�S�, de hecho tambi�n a m� me lo parece. Pero bueno, los emperadores vienen y van y algunos son mejores que otros. Lo que de verdad importa es la supervivencia del Imperio. Y por cada Ner�n, tarde o temprano hay un Vespasiano. Por cada Caracalla, hay un Tito Galio.Y por cada d�bil y est�pido Magencio�</p><p>��Chit�n! �dice Lucila, se�alando a nuestro cochero y despu�s a sus o�dos�. Debemos ser m�s cautos. Quiz� estemos siendo demasiado indiscretos, encanto. Y nosotros no queremos decir indiscreciones.</p><p>�No, por supuesto que no.</p><p>�Hacerlas es otra cosa�</p><p>�Ah. Eso es diferente.</p><p>�Muy diferente �dice ella y los dos nos re�mos.</p><p>Casi estamos pasando bajo la sombra del gran Vesubio. Imperceptiblemente nos hemos ido acercando el uno al otro mientras habl�bamos y, poco a poco, he acabado sintiendo la presi�n de su c�lido muslo contra el m�o.</p><p>Ahora, cuando la cuadriga toma una curva cerrada por la carretera, ella acaba lanzada contra m�. Supuestamente para sujetarla, deslizo mi brazo alrededor de sus hombros y ella acurruca la cabeza en el hueco de mi cuello. Mi mano acaba pos�ndose en la firme esfera de su pecho. Ella deja que se quede all�.</p><p>Llegamos a las ruinas de Pompeya a tiempo para un tard�o almuerzo en un lujoso mes�n, justo al borde de la zona de las excavaciones. Frente a una comida de pescado asado y vino blanco espumoso no disimulamos el ansia que tenemos el uno del otro. Estoy tentado de sugerir que soslayemos la arqueolog�a y nos vayamos directamente a nuestra habitaci�n.</p><p>Pero no se presenta la oportunidad. Un gu�a que ella ha contratado nos est� esperando despu�s del almuerzo, un excitable grieguecito calvo que rebosa entusiasmo por conducirnos al reino de la antig�edad. De modo que all� vamos, en plena t�rrida tarde pompeyana, llenos de vino y lujuria, mientras �l nos hace trotar sobre una y otra �rida calle pedregosa, mostr�ndonos las grandiosas vistas que el volc�n se engull� hace dieciocho siglos, en el segundo mes del reinado del emperador Tito.</p><p>La verdad es que es enormemente fascinante. Nosotros, los modernos romanos, tenemos la ilusi�n de que a�n continuamos dise�ando nuestras ciudades y casas seg�n el estilo de las antiguas. Pero la verdad es que los cambios, por muy sutiles que puedan haber sido de un siglo a otro, han sido enormes, y Pompeya, sepultada bajo restos volc�nicos hace dieciocho siglos e intacta hasta su redescubrimiento hace tan s�lo unas d�cadas, parece antigua de verdad.</p><p>Nuestro burbujeante griego nos muestra las casas de los hombres ricos con sus suntuosas pinturas y esculturas, los ba�os, el anfiteatro, el foro. Nos introduce en el peque�o y h�medo burdel, donde contemplamos vividos murales con prostitutas de contundentes muslos dando, briosas, placer a sus clientes, y Lucila se r�e en mi o�do y me hace ligeramente cosquillas en la palma de la mano con la punta del dedo. Estoy dispuesto a acabar el tour all� mismo y en aquel preciso instante; pero por supuesto, no es posible. A�n nos queda mucho por ver, nos asegura nuestro implacable gu�a.</p><p>En el exterior del templo de J�piter, Lucila me pregunta, toda inocencia:</p><p>��A qu� dioses rinde culto tu pueblo? �A los mismos que nosotros?</p><p>�Exactamente a los mismos, s�. J�piter, Juno, Apolo, Mitra, Cibeles, los habituales, los que ten�is aqu�.</p><p>��No ten�is dioses paganos prehist�ricos propios?</p><p>��Qu� te imaginas que somos? �Salvajes?</p><p>��Por supuesto, querido! �Por supuesto! Grandes y encantadores salvajes de cabellos dorados.</p><p>Hay un brillo en su mirada. Se est� burlando pero tambi�n es sincera. S� que lo es.</p><p>Y ha tocado adem�s un punto sensible, ya que, pese a todos nuestros aires romanos, nosotros, los britanos, no nos parecemos tanto a esta gente como nos gustar�a pensar y s� es cierto que conservamos nuestras peque�as fidelidades at�vicas. No hablo de m� en particular, ya que para las necesidades religiosas que pueda tener, me basto y me sobro con J�piter y Mercurio. Pero tengo amigos en mi tierra, amigos bastante pr�ximos, que hacen sacrificios a Branwen, Velauno, Rhiannon y Br�gida, a Ancasta y a las Matres. E incluso yo he acudido al menos una vez al ritual de Lugnasad, donde adoran a Mercurio bajo su antiguo nombre celta de Lug.</p><p>Pero todo eso es demasiado absurdo, demasiado vergonzoso; idolatrar a esos dioses rudimentarios, antiguos e inexpresivos en sus nidales de paja. No es que a m� me parezcan menos absurdos Mercurio o Mitra o cualquier otro entre las docenas de extra�os dioses orientales (Baal, Marduk, Jehov� y todos los dem�s), que tan pronto se han puesto de moda como han dejado de estarlo en Roma durante siglos. Carecen por igual de significado para m�. Y, sin embargo, hay momentos en los que siento un gran vac�o en mi interior, cuando miro las estrellas y me pregunto c�mo y por qu� fueron hechas; y no lo s�, no tengo la m�s m�nima idea.</p><p>No quiero hablar de estas cosas con ella. Son asuntos privados.</p><p>Pero su traviesa pregunta sobre nuestros dioses locales me ha herido. Me siento abochornado. He enrojecido de verg�enza ante mi propia condici�n de britano. Y tengo la impresi�n que �ste es uno de mis rasgos (quiz� el m�s importante) por el que le resulto atractivo.</p><p>Finalmente, abandonamos las ruinas.</p><p>Regresamos a nuestro hotel. Vamos a nuestra habitaci�n. Nuestra suite tiene una terraza con vistas a las excavaciones, un dormitorio pintado con murales al estilo pompeyano y un ba�o de m�rmol suficientemente grande como para seis. Nos desvestimos el uno al otro con una deliberada lentitud. El cuerpo de Lucila tiene una complexi�n fuerte, con caderas y hombros anchos, de pechos y nalgas voluptuosos. A m� me parece un cuerpo extremadamente hermoso aunque quiz� ella, para sus adentros, tema carecer de elegancia. Su piel es maravillosa, p�lida como una seda espl�ndida, salpicada muy ligeramente de encantadoras pecas rosadas en el pecho y la parte superior de los hombros, y una singularidad que encuentro muy divertida: su vello p�bico es negro como la noche, en absoluto contraste con el rojo intenso de su cabello.</p><p>Ella advierte la direcci�n de mi mirada.</p><p>�No me lo tino �me informa�. Es as� y no s� por qu�.</p><p>��Y esto? �pregunto, colocando suavemente mi dedo sobre el tatuaje de un pino situado en la parte interna de su muslo derecho�. �Una marca de nacimiento?</p><p>�Los sacerdotes de Atis me lo pusieron cuando me inici�.</p><p>��El dios frigio?</p><p>�Voy a su templo, s�. De vez en cuando. Normalmente en primavera.</p><p>As� que, de hecho, ha estado jugando un poco conmigo.</p><p>��Atis! �Una devota de Atis de Frigia! �Oh, Lucila, Lucila! Has tenido el descaro de decirme que los britanos somos unos salvajes porque algunos de nosotros rinden culto a dioses paganos, mientras que t�, todo este tiempo, llevabas la marca de Atis en tu propia piel, justo al lado de tu� tu�</p><p>��Mi qu� amor m�o? Anda, di su nombre.</p><p>Y yo se lo digo en britano. Ella lo repite, saboreando la palabra tan ajena a sus o�dos, tan b�rbara.</p><p>�Y ahora, b�salo, me dice.</p><p>�Con mucho gusto �le digo. Y me arrodillo y eso hago; despu�s la levanto con mis brazos b�rbaros y la llevo al ba�o, la introduzco en �l con delicadeza y entro yo a continuaci�n. Nos quedamos un rato dentro el agua y despu�s nos lavamos el uno al otro, ri�ndonos. A continuaci�n, todav�a h�medos, salimos de la ba�era de un salto y corremos hacia la cama. Ella est� esperando el salvaje ataque y yo le doy toda la barbarie que desea; unas vigorosas caricias b�rbaras que la dejan, entre jadeos, farfullando palabras en obsceno romano, sin duda. Lo que ella me devuelve a cambio es la sutil y sofisticada manera romana de hacer el amor: artima�as que se remontan a la �poca de C�sar, maliciosas caranto�as por el interior de los muslos y traviesos movimientos con las puntas de los dedos que me arrastran hasta el mismo borde de la locura, y a�n falta para que hayamos terminado de hacer el uno con el otro lo que pronto empezaremos a hacer de nuevo. �Mi salvaje �murmura�. �Mi celta!</p><empty-line/><p>Desde Pompeya descendemos por la costa hasta Sorrento, una bonita ciudad de la costa entre naranjos y limoneros. Le decimos a nuestro ch�fer que nos espere all� un par de d�as y tomamos el ferry hasta la rom�ntica isla de Capri, lugar de diversi�n de los emperadores. Lucila ha mandado un telegrama para reservar una habitaci�n para nosotros en uno de los mejores hoteles, un lugar en lo alto de una colina llamado Punta Tragara que tiene, dice ella, una vista magn�fica sobre el puerto. Ella ya ha estado antes en Capri. Me pregunto con qui�n y cu�ntas veces.</p><p>Lucila y yo nos tendemos desnudos en la terraza de nuestra habitaci�n, sobre acolchadas pieles de cordero, disfrutando de la tibia noche oto�al. El cielo y el mar tienen el mismo tono gris azulado. Resulta dif�cil decir d�nde se encuentra la frontera entre uno y otro. Precipicios arbolados se elevan en vertical desde el agua hasta donde estamos nosotros. P�jaros de grandes alas se lanzan en picado a trav�s de la oscuridad. En la ciudad, por debajo, a lo lejos, empiezan a encenderse las primeras luces de la noche.</p><p>�Ni siquiera s� tu nombre �digo despu�s de un rato.</p><p>�Lucila Junia Esc�vola �dice ella.</p><p>��Esc�vola? �Emparentada con el famoso <emphasis>c�nsul </emphasis>Esc�vola por un casual?</p><p>S�lo hablo por hablar. Esc�vola, naturalmente, no es un nombre romano muy raro.</p><p>�Es mi t�o Cayo �dice ella�. Le conocer�s cuando vayamos a Roma. Adriana le adora y tambi�n lo har�s t�.</p><p>Sus palabras despreocupadas me dejan at�nito. �La sobrina del c�nsul Esc�vola tendida aqu�, desnuda, a mi lado?</p><p>�Santos dioses! �Caramba con estas muchachas y sus t�os famosos! T�o Cayo, t�o Casio.Tengo una compa��a emocionante.Todo el mundo romano conoce a Cayo Junio Esc�vola, elegido c�nsul una y otra vez. Tres mandatos, quiz� cuatro. La �ltima vez hace tan s�lo un par de a�os. Por lo que se dice, es el segundo hombre m�s poderoso del reino, la gran figura fuerte que hay detr�s del joven y blando emperador Magencio, sosteni�ndole. �Mi t�o Cayo�, dice mi amiga, tan sencilla y dulcemente. Voy a tener muchas cosas que contarle a mi padre cuando regrese a Corinea.</p><p>La sobrina del c�nsul Esc�vola se alza por encima de m� y hace oscilar sus pechos en mi cara. Beso sus rosados pezones patricios como uno de esos fieros p�jaros que se lanzan en picado sobre su presa.</p><p>Con el fresco de la ma�ana, damos una larga caminata por una de las colinas que hay detr�s de la ciudad, hasta villa Jovis, el Palacio Imperial que ha estado all� desde el tiempo de Tiberio. �ste sol�a hacer que arrojaran a sus enemigos desde el borde del acantilado.</p><p>Naturalmente, no podemos acercarnos mucho a �l, ya que a�n se utiliza y lo ocupan los miembros de la familia real cuando est�n de visita en Capri. No parece haber nadie en estos momentos, pero en cualquier caso, el acceso est� fuertemente vigilado. Podemos verlo elevarse grandioso desde la cumbre de la colina, una mole enorme de mamposter�a, rodeada de intrincadas fortificaciones.</p><p>�Me pregunto c�mo ser� por dentro �digo�. Pero supongo que nunca lo sabremos.</p><p>�Yo he estado en el interior �me dice Lucila.</p><p>��En serio?</p><p>�Dicen que algunas de las salas y el mobiliario se remontan a la �poca de Tiberio. Hay una piscina interior rodeada por los mosaicos m�s incre�blemente obscenos, y all� es donde se supone que a �l le gustaba engatusar a muchachitos y muchachitas. Pero yo creo que en su mayor parte es una imitaci�n hecha en �pocas medievales o incluso m�s tard�as. Todo el lugar fue saqueado, ya lo sabes, cuando los bizantinos invadieron el Imperio, hace seiscientos a�os; y es casi seguro que se llevaron los tesoros de los primeros emperadores a Constantinopla, �no te parece?</p><p>��C�mo es que has conseguido verlo? �pregunto�. Estar�as acompa�ando a tu t�o, supongo.</p><p>�A Flavio Rufo, de hecho.</p><p>��Flavio Rufo?</p><p>�Flavio C�sar. El tercer hermano del emperador Magencio. A �l le encanta el sur de Italia. Viene aqu� a todas horas.</p><p>��Contigo?</p><p>�De vez en cuando. �Ay, qu� bobo eres! Yo ten�a diecis�is a�os. �S�lo �ramos amigos!</p><p>��Y qu� edad tienes ahora?</p><p>�Veintiuno �dice�. As� pues, era seis a�os m�s joven que ahora.</p><p>�Supongo que erais amigos muy �ntimos.</p><p>��No seas idiota, Cimbelino! � Hab�a risa en sus ojos�.Tambi�n le conocer�s. Cuando estemos en Roma.</p><p>��A un pr�ncipe?</p><p>��Por supuesto! Conocer�s a todo el mundo. A los hermanos del emperador, a las hermanas del emperador, al mismo emperador, si es que est� en la ciudad. Yo crec� en la corte, �no te das cuenta? En casa de mi t�o. Mi padre muri� en la guerra.</p><p>�Lo siento.</p><p>�Estuvo al mando de la legi�n augusta en Siria, AEgyptus, Palestina. All� fue donde muri�, en Palestina. �Has o�do hablar del sitio de Aelia Capitolina? All� es donde le mataron, justo en el exterior del templo de la Gran Madre, en el mismo momento en que la ciudad se nos estaba rindiendo. El se encontraba cerca de un viejo muro de piedra en ruinas que a�n quedaba en pie del templo que all� hab�a habido antes del actual y un francotirador le alcanz�. El mismo Casio Frontino pronunci� la oraci�n f�nebre.Y despu�s de eso, mi t�o Cayo me adopt�, porque tambi�n mi madre hab�a muerto, se hab�a suicidado el a�o antes. Pero �sa es una larga historia, un esc�ndalo en la corte del viejo emperador�</p><p>La cabeza me da vueltas.</p><p>�Sea como sea, Flavio es como un hermano para m�. Ya lo ver�s. Vinimos aqu� y pas� la noche en la villa Jovis. Vi todos los mosaicos obscenos de la piscina de Tiberio, nad� en ella�, incluso despu�s se celebr� una gigantesca fiesta, con jabal� de las monta�as de la zona, monta�as de fresas y pl�tanos y no te puedes imaginar qu� cantidad de vino� oh, venga, �an�mate, Cimbelino! No creer�as que era virgen �verdad?</p><p>�No es eso. En absoluto.</p><p>�Entonces, �qu� sucede?</p><p>�Es la idea de que de verdad conoces a la realeza. A�n eres tan joven y ya has vivido tantas cosas asombrosas. Y tambi�n el hecho de que el hombre con el que discut� fuera Casio Lucio Frontino, el famoso general, y que seas la sobrina de Cayo Junio Esc�vola, el c�nsul y que hayas sido la amante del hermano del emperador, y� �es que no ves, Lucila, lo dif�cil que es todo esto para m�? �Lo desconcertante que es?</p><p>��Mi pobre y confundido b�rbaro!</p><p>�Me gustar�a que no me llamaras as�. Aunque sea m�s o menos cierto.</p><p>�Mi maravilloso celta, pues. Mi guapo britano de cabellos dorados. Eso est� mucho mejor, �verdad?</p><empty-line/><p>Hemos alquilado un carruaje de un solo caballo, que es el �nico tipo de veh�culo que se permite en Capri, y nos vamos a la playa, donde pasamos la tarde ba��ndonos desnudos en las caudas aguas y tomando el sol sobre la orilla rocosa. Aunque no falta mucho para que venza el d�a y estamos a finales de a�o, la impecable piel de Lucila se sonrosa pronto y al llegar a la habitaci�n ya tiene un rojo vivo.</p><p>Dos d�as, dos inolvidables noches en Capri. Despu�s regresamos a Sorrento, donde nuestro auriga nos aguarda obediente en la zona de desembarco del ferry y nos vamos para Ne�polis de nuevo, un trayecto de un d�a entero. Me disgusta separarme de ella en mi hotel, y trato de convencerla para que pase la noche all� conmigo, pero insiste en que debe regresar a la villa de Frontino.</p><p>��Y yo? �digo�. �Qu� hago yo? �Tendr� que cenar solo, tendr� que irme solo a la cama?</p><p>Ella me roza ligeramente los labios con los suyos y se r�e.</p><p>��He dicho yo tal cosa? Naturalmente, te vas a venir conmigo a casa de Frontino. �Por supuesto!</p><p>�Pero �l no me ha invitado a volver.</p><p>��Qu� bobo puedes ser a veces, Cimbelino! Te invito yo.Yo soy la hu�sped de Adriana. Y t� eres el m�o. Ve arriba, empaqueta el resto de tus cosas y di a la gente del hotel que te prepare la factura. �Vamos, date prisa!</p><p>Y as� lo hago. En la absurdamente espl�ndida cuadriga de Druso Tiberio, subimos por la colina hasta la villa de Marcelo Domiciano Frontino, donde nuestro jovial anfitri�n me recibe con una sincera calidez, y sin signo alguno de sorpresa, y me aloja en una magn�fica suite con vistas a la bah�a. El t�o Casio se ha ido, como tambi�n lo han hecho los dem�s invitados que estaban en la fiesta, y a m� se me dispensa una acogida m�s que buena.</p><p>La casualidad quiere que mis habitaciones sean contiguas a las de Lucila. Esa noche, despu�s de una fiesta de agotadores excesos en la que Druso Tiberio y su amiguito gladiador Ezio se comportan de una manera realmente vergonzosa, mientras el anciano Frontino dirige deliberadamente su atenci�n a cualquier otra parte, oigo que llaman suavemente a mi puerta cuando me estoy preparando para ir a la cama.</p><p>��S�?</p><p>�Soy yo.</p><p>�Lucila. �Adorados sean los dioses! �Entra!</p><p>Viste una t�nica de seda tan transparente que casi parece que vaya desnuda. En una mano lleva un peque�o candelabro y en la otra un frasco de lo que parece ser vino. A�n est� contenta de la cena, por lo que veo. Cojo el candelabro antes de que se prenda fuego, y luego el frasco.</p><p>�Podr�amos invitar tambi�n a Adriana �dice ella fr�amente.</p><p>��Est�s loca?</p><p>�Yo no �y t�?</p><p>��Con vosotras dos�?</p><p>�Es mi mejor amiga. Lo compartimos todo.</p><p>�No �digo yo�. Esto no.</p><p>�Eres un provinciano, Cimbelino.</p><p>�S�, lo soy. Y una mujer a la vez es bastante para m�.</p><p>Parece decepcionada. Me doy cuenta de que le ha prometido a Adriana entregarme a ella esta noche. Bien, �sta es la Italia imperial, donde las viejas tradiciones de libertinaje descarado est�n, evidentemente, muy vivas. Sin embargo, aunque me considero un romano, supongo que no soy tan romano. Adriana Frontina es extraordinariamente hermosa, s�, pero tambi�n lo es Lucila, y Lucila es todo lo que quiero ahora. Y ya est�. Sencillos gustos provincianos. No tengo ninguna duda de que vivir� para arrepentirme de esto, pero esta noche mi tozuda simplicidad es inquebrantable.</p><p>Lucila, decepcionada o no, demuestra tener suficiente pasi�n como para dos. La noche transcurre como una bruma insomne. Nos acometemos salvajemente, febrilmente. Me ense�a una o dos cosas nuevas y ella misma aplaude su propia astucia er�tica. No hay mujeres as� en Britania. Por lo menos, ninguna que yo conozca.</p><p>Al amanecer estamos juntos en la terraza de mi dormitorio, cansados con el mejor de todos los posibles cansancios, saboreando la dulce brisa que sube de la bah�a.</p><p>��Cu�ndo quieres que vayamos al norte? �me pregunta ella.</p><p>�Cuando t� quieras.</p><p>��Qu� te parece ma�ana?</p><p>��Por qu� no?</p><p>�Te advierto que es posible que te impresionen algunas cosas que veas en Roma.</p><p>�Entonces, supongo que me impresionar�n.</p><p>��Eres muy f�cilmente impresionable, verdad, Cimbelino?</p><p>�No exactamente. S�lo que algunas cosas son nuevas para m�.</p><p>Lucila se r�e entre dientes.</p><p>�No temas, te ense�ar� nuestras costumbres. Todo resulta menos temible cuando te habit�as. Mi pobre y querido b�rbaro�</p><p>�Sabes que te ped� que no�</p><p>�Quiero decir: mi pobrecito y querido celta �dice Lucila�. Ven conmigo a Roma, mi amor. Pero recuerda: en Roma, es preferible hacer lo que hacen los romanos. �Lo intentar� �le prometo.</p><empty-line/><p>Y otro carruaje se pone a nuestra disposici�n para el viaje. �ste es el de Ezio, que lo condujo solo hasta aqu� desde Roma. �l regresar� la pr�xima semana con Druso Tiberio e ir�n en uno de este �ltimo, pero de alguna manera tambi�n hay que llevar el de Ezio a la capital. De modo que lo conduciremos nosotros. No es ni con mucho tan grande como el que hemos estado usando Lucila y yo, pero es mucho m�s impresionante que el que se esperar�a que poseyera alguien como Ezio. Sin duda es un regalo de Druso Tiberio.</p><p>Toda la gente de la casa sale a despedirnos. Marcelo Domiciano me invita a considerar su casa como la m�a propia cuando me encuentre en Ne�polis y yo le invito a ser hu�sped de mi familia en Britania. Adriana le da a Lucila algo m�s que un abrazo amistoso (me empiezo a hacer preguntas sobre ellas), y me besa levemente en la mejilla. Pero al darme la vuelta, alcanzo a atisbar una expresi�n desafiante en sus ojos que es una mezcla de ira y pesar. Sospecho que he hecho un enemigo aqu�. Aunque quiz� el da�o pueda repararse en un momento futuro. Ser�a una tarea bastante agradable intentarlo.</p><p>Nuestra ruta hacia el norte es por la v�a Roma y debemos bajar a la ciudad para tomarla. Como no tenemos conductor, yo ser� el auriga. Lucila se sienta a mi lado en el banquillo. Nuestros caballos, un par de corceles �rabes, briosos y art�ticos, est�n bien emparejados y necesitan poca gu�a por mi parte. El d�a es templado y agradable con brisa suave. Otro d�a m�s radiante, soleado, estival, durante el octavo mes del a�o. Pienso en mi patria. Qu� oscura y h�meda debe de estar ahora.</p><p>��Es que no ten�is nunca invierno aqu� en Italia? �pregunto�. �O es que los emperadores han hecho alg�n pacto especial con los dioses?</p><p>�Hace bastante fr�o y humedad �me asegura Lucila�.Ya lo comprobar�s. No tanto aqu� abajo, pero s� en Roma. All� los inviernos pueden ser horribles de verdad. Estar�s todav�a aqu� para las Saturnales, �verdad?</p><p>Faltan todav�a dos meses para eso.</p><p>�A�n no lo he pensado mucho. Supongo que s�.</p><p>�Entonces t� mismo ver�s cu�nto fr�o puede hacer. Normalmente, me voy a alg�n lugar como Sicilia o AEgyptus durante los meses de invierno, pero este a�o me quedar� en Roma. �Se me acurruca mimosa�. Cuando lleguen las lluvias, nos daremos calor mutuamente. �No ser� bonito, Cimbelino?</p><p>�Encantador. Por otra parte, no me importar�a visitar AEgyptus, �sabes? Podr�amos ir all� juntos a finales de a�o. Las pir�mides, los grandes templos en Menfis�</p><p>�Este invierno tengo que quedarme en Italia. En Roma o cerca de ella.</p><p>��Ah s�? �Y por qu�?</p><p>�Un asunto de familia �dice ella�. Tiene que ver con mi t�o. Pero no debo hablar sobre ello.</p><p>Entiendo de inmediato sus palabras.</p><p>�Va ser nombrado c�nsul otra vez �verdad que s�?, �verdad que s�?</p><p>Ella se pone tensa y contiene bruscamente el aliento y yo s� que acabo de dar en el clavo.</p><p>�No debo hablar de ello �me repite tras un instante.</p><p>�Pero es eso. Tiene que ser eso. Los c�nsules del nuevo a�o toman posesi�n de su cargo el primero de enero y por eso t� quieres estar presente en la ceremonia, por supuesto. �Cu�l es esta vez? �El cuarto mandato? �El quinto quiz�?</p><p>�Por favor, Cimbelino.</p><p>�Prom�teme esto al menos: nos quedaremos en Roma hasta que lo haya jurado y despu�s nos iremos a AEgyptus. A mediados de enero, �de acuerdo? Ya puedo vernos surcando el Nilo desde Alejandr�a en una barcaza para dos�</p><p>�Todav�a falta mucho tiempo para eso. No puedo prometerte nada con tanta antelaci�n. �Me pone la mano suavemente en la mu�eca y la deja all�. Pero nos divertiremos tanto como podamos, aunque llueva y haga fr�o, �verdad, amor m�o?</p><p>Veo que no hay manera de enterarme de nada m�s. Quiz� ella ya tenga todo el mes de enero organizado y sus planes no me incluyan a m�. Quiz� tenga programado un viaje a �frica con uno de sus amigos imperiales, quiz� el joven Flavio C�sar o alg�n otro miembro de la familia real. Los celos irracionales me traspasan moment�neamente el alma, y despu�s me saco de la cabeza cualquier idea sobre enero. Estamos en octubre y la gloriosamente bella Lucila Junia Escevola compartir� la cama conmigo esta noche, y as� uno y otro d�a, por lo menos hasta las Saturnales, si as� lo deseo.Y est� claro que lo deseo y eso deber�a ser todo lo que ahora me importase.</p><p>Estamos pasando junto a los grandes hoteles de v�a Roma, sus fachadas resplandecientes brillan con el sol de la ma�ana y, a continuaci�n, iniciamos el ascenso para salir de la ciudad, adentr�ndonos en la alta periferia, una sucesi�n de villas menores por aqu� y por all�, una colina aislada con algunas propiedades venerables de la familia imperial extendi�ndose alrededor de su cima. Al cabo de un rato, descendemos por la otra parte de las monta�as, hacia el llano abierto que all� se explaya, atravesando las f�rtiles llanuras de la Campania F�lix hacia la capital, lejos, en el distante norte.</p><p>Pasamos la primera noche en Capua, donde Lucila quiere que visite los frescos del Mithraeum. Trato de hacer uso de mi carta de cr�dito para pagar la factura del hotel, pero descubro que no hay cargo alguno por nuestra suite: el nombre m�gico de Esc�vola obra milagros. Los frescos son exquisitos: el dios matando a un toro blanco con una serpiente bajo sus pies. Tambi�n hay un enorme anfiteatro (aqu�l desde el que Espartaco alent� la revuelta de los gladiadores), pero Lucila me cuenta, para mi embobamiento provinciano, que el de Roma es, de lejos, mucho m�s impresionante. Nos llevan la cena a nuestra habitaci�n: pechuga de fais�n acompa�ada de un vino fuerte y almizclado. Despu�s de eso, nos damos un largo ba�o y nos adentramos en la algarab�a nocturna de las pasiones. Creo que puedo soportar este tipo de vida hasta finales de a�o e incluso un poco m�s.</p><p>Ya por la ma�ana, continuamos avanzando hacia el norte y hacia el oeste por la v�a Roma que ahora se ha convertido en la v�a Apia, la antigua ruta militar por la que marcharon los romanos cuando se dirigieron a conquistar a sus vecinos en el sur de Italia. Es una campi�a agr�cola llena de sosiego, interrumpida por aqu� y por all� por las oscuras y cicl�peas ruinas de ciudades muertas que se remontan a �pocas prerromanas y por ciudades m�s recientes en lo alto de algunas colinas, aunque ellas mismas tengan ya mil a�os o m�s de antig�edad. Siento aqu� el tremendo peso de la Historia.</p><p>Lucila hace m�s llevaderas las largas y so�olientas horas del viaje con su chachara acerca de sus innumerables amigos patricios en la capital, Claudio, Trajano, Alejandro, Marco Aureliano y Valeriano y algunas docenas m�s, casi todos ellos varones, aunque tambi�n deja caer algunos nombres femeninos, entre ellos, Domitila, Severina, Julia, Paulina, Tranquilina. Damas y caballeros de alcurnia, supongo. Aderezado todo ello con cotilleos y referencias desenfadadas a los miembros de la familia imperial a los que parece conocer muy bien, amigos pr�ximos de hecho, no s�lo el joven emperador, sino sus cuatro hermanos y tres hermanas y toda una colecci�n de primos imperiales y parientes m�s lejanos.</p><p>Advierto con m�s claridad que nunca qu� grupo tan vasto es la familia de nuestros cesares, cu�ntos ociosos pr�ncipes y princesas, cada uno de ellos con su respectivo gran despliegue de palacios, criados, amantes y moscones. No se trata de una �nica familia sino del racimo regio que est� aposentado en lo alto de nuestro mundo. Hemos tenido innumerables dinast�as que han ocupado el trono durante los nueve siglos del Imperio. La mayor�a de ellas se han extinguido hace tiempo pero hay muchas otras de los �ltimos quinientos a�os que todav�a sobreviven, al menos en alguna l�nea colateral, completamente desvinculadas unas de otras pero todas ellas, sin embargo, llevando el gran nombre de C�sar y, por supuesto, todas ellas reivindicando su parte del tesoro p�blico. Una dinast�a puede destronarse, pero de alguna forma, los sobrinos nietos de los sobrinos nietos� o lo que sea, de alguien cuyo hermano fue emperador hace mucho tiempo, seg�n parece a�n pueden tener derecho a reclamar una pensi�n de los fondos p�blicos a lo largo de todas las �pocas siguientes.</p><p>Parece claro por la manera en que habla Lucila que ha sido la amante de Flavio C�sar y, muy probablemente tambi�n, de su hermano mayor, Camilo C�sar, quien est� en posesi�n del t�tulo de pr�ncipe de Constantinopla, aunque vive en Roma. Tambi�n habla muy bien de cierto conde romano que tiene el gran nombre de Ner�n R�mulo Claudio Paladio. Su voz adquiere un tono especial cuando me habla de �l; y yo s� que es el que tienen las mujeres cuando hablan de alguien con quien han hecho el amor.</p><p>Celos hacia hombres a los que no conozco brotan en mi interior. �C�mo puede haber hecho tantas cosas si tan s�lo tiene veinti�n a�os? Trato de controlar mis sentimientos. Estoy en Roma. Aqu� no existe la moralidad, al menos tal como yo la entiendo. De hecho, he de esforzarme en comportarme como los romanos.</p><p>Aunque trato de reprimirme, me dispongo a preguntarle algo de ese tal Ner�n R�mulo Claudio Paladio, pero ya ha cambiado de tema y ahora me est� hablando de una hermana del emperador a quien Lucila est� segura que acabar� adorando. Se llama Severina Floriana.</p><p>�Fuimos a la escuela juntas. Es mi amiga del alma, junto a Adriana. Es preciosa como no hay otra: morena, sensual, con un aspecto casi oriental. Podr�as pensar que es �rabe. Y no te equivocar�as, porque su abuela por parte de madre procede de Siria. Una bailarina en su momento, seg�n cuentan algunos�</p><p>Y as� m�s y m�s� Me pregunto si tambi�n me ofrecer� a Severina Floriana.</p><p>Estamos ya en nuestro tercer d�a de viaje. A medida que la v�a Apia se aproxima a la capital, empezamos a encontrarnos mausoleos imperiales flanqueando la carretera a ambos lados. Lucila parece conocerlos todos y me hace de gu�a.</p><p>��sa es la tumba de Flavio R�mulo, la grande a la izquierda� y aquella otra es la de Claudio IX� y all� est� la de Cayo Marzo�, �sa es la de Cecilia M�tela, que vivi� en la �poca de C�sar Augusto�, Tito Galio�, Constantino V�, las de Lucio y Arcadio Agripa�, Heraclio III�, Cayo Pablo�, Marco Anastasio�</p><p>El peso de la antig�edad cae sobre m� con m�s fuerza que nunca.</p><p>��Y d�nde est�n las de los primeros? �pregunto�. Augusto� Tiberio� Claudio�</p><p>�Podr�s ver la tumba de Augusto en la ciudad. �Tiberio? Nadie parece saber d�nde est� enterrado. Hay muchos en la tumba de Adriano, mirando el r�o, quiz� diez, Antonino P�o, Marco Aurelio, all� hay toda una multitud de emperadores muertos. Y el mismo Julio C�sar tiene una gran tumba justo en medio del Foro, aunque los arque�logos afirman que no es realmente la suya, sino que fue construida seiscientos a�os despu�s. �Oh, mira, Cimbelino! �No ves all�? �Las murallas de la ciudad justo delante de nosotros! �Roma! �Roma!</p><empty-line/><p>Y as� es, la ciudad de Roma, la madre de todas las ciudades, la capital del mundo, la metr�polis imperial, con sus murallas revestidas de m�rmol blanco, construidas y reconstruidas tantas veces, se alza s�bitamente delante de m�. �Roma! El muchacho del pa�s lejano se sobrecoge con humildad ante toda su grandeza. Un escalofr�o de asombro me atraviesa con una intensidad tal que acabo transmiti�ndoselo por las riendas a los caballos, uno de los cuales echa la vista atr�s en lo que yo imagino una mezcla de desd�n y desconcierto.</p><p>La ciudad de Roma es como un palimpsesto, un pergamino que ha sido escrito, borrado y rescrito una y otra vez y otra m�s y todos los viejos textos asoman entre el nuevo. Dos mil a�os de historia asaltan de golpe la mirada deslumbrada del reci�n llegado. Nada se derriba nunca aqu�, excepto ocasionalmente, para construir alguna otra cosa a�n m�s grande en su lugar. Por aqu� y por all�, de vez en cuando, a�n se pueden ver los �ltimos y pintorescos restos de la Roma de la Rep�blica, la primera Rep�blica, supongo que deber�a decir actualmente� empezando por la Roma de m�rmol de C�sar Augusto la primera de todas y, despu�s, las Romas de los cesares posteriores, la Roma de Adriano, la Roma de Septimio Severo y la Roma de Flavio R�mulo, que vivi� y gobern� mil a�os despu�s de Severo, y la del famoso emperador en todo el mundo Trajano VII, erigida sobre todo el resto durante los gloriosos a�os que siguieron a la reunificaci�n flaviana de los imperios Occidental y Oriental. Todas estas Romas est�n amalgamadas en el centro hist�rico de la ciudad.Y despu�s, en un espantoso c�rculo que las rodea a todas, se yerguen los descomunales y horrorosos edificios de los tiempos modernos, los deprimentes edificios administrativos y de viviendas de la Roma de nuestros d�as.</p><p>Pero incluso estos edificios, feos como son, son feos a la manera formidablemente grandiosa de Roma. En Roma todo es grande: es excelsa en todo, incluso en la fealdad.</p><p>Lucila me va guiando, se�al�ndome uno por uno los lugares m�s famosos cuando pasamos a su lado: las Termas de Caracalla, el Circo M�ximo, el templo del Divino Claudio, la torre de Emilio Magno, incluso el pesado y desproporcionado Arco del Triunfo que el emperador bizantino Andr�nico hizo construir en el a�o 1952 para conmemorar la ef�mera victoria griega en la Guerra Civil y que los romanos han respetado como un visible recordatorio para todos de una gran derrota en su historia. Pero justo en el extremo opuesto de la avenida, se encuentra tambi�n el Arco de Flavio R�mulo, cinco veces m�s grande que el de Andr�nico, para celebrar la derrota final de los griegos despu�s de dos siglos de dominaci�n imperial.</p><p>El tr�fico es pasmoso y ca�tico. Hay carruajes por todas partes, tranv�as tirados por caballos, bicicletas, y algo que Lucila dice que es muy novedoso: peque�os trenes accionados por vapor que se desplazan libremente sobre ruedas en lugar de ra�les. No parece que existan reglas. Cada veh�culo va donde le place, nadie hace ninguna se�al, cada conductor trata de intimidar a los que le rodean con gesticulaciones y maldiciones. Al principio tengo problemas con esto, no porque me amilane con facilidad, sino porque a los britanos nos han educado para ser corteses los unos con los otros en la carretera; pero r�pidamente comprendo que no me queda m�s elecci�n que comportarme como lo hacen ellos. �All� donde fueres��, la vieja m�xima debe aplicarse a todos los aspectos de la vida en la capital.</p><p>�Por aqu� a la izquierda. Ahora a la derecha. �Ves all� el Coliseo? �A que es m�s grande de lo que pensabas, eh? �Gira a la derecha! �A la derecha! All� est� el Foro y el Capitolio sobre aquella colina. Pero nosotros queremos ir en sentido opuesto, hacia el Palatino� es aquella colina de all� arriba �la ves? La que est� cubierta de palacios.</p><p>S�. Enormes residencias imperiales. Dos veintenas de ellas o incluso m�s, la una junto a la otra, sin orden ni concierto. Monta�as enteras de m�rmol deb�an de haber sido arrasadas para construir aquel incomprensible laberinto de esplendor.</p><p>Y nosotros nos dirigimos justo hacia all�. La entrada al Palatino se halla bien vigilada, hay patrullas de pretorianos por todas partes, pero parecen conocer a Lucila de vista y nos hacen se�as para que sigamos. Ella trata de explicarme de qui�n es cada palacio, pero todo es un confuso revoltijo, ni siquiera ella est� totalmente segura. Por debajo de los que vemos, me dice, est�n los palacios originales de los primeros d�as imperiales, los de Augusto, Tiberio, los Flavios, aunque, por supuesto, todos los emperadores desde entonces han querido hacer sus propias aportaciones y mejoras. El resultado ha sido que la colina entera ha quedado convertida en un mosaico de magnificencia y grandiosidad imperiales de veinte estilos diferentes, incluidas algunas estructuras muy extra�as, orientales y seudobizantinas, incorporadas a la mezcla durante el siglo vig�simo cuarto por algunos de los monarcas m�s raros de la Decadencia. Torres, arcadas, pabellones, glorietas, columnatas, c�pulas, bas�licas, fuentes y singulares y pronunciadas b�vedas sobresaliendo por todas partes.</p><p>��Y el emperador? �D�nde vive exactamente?</p><p>Lucila hace un gesto distra�do con la mano se�alando el centro del batiburrillo.</p><p>�Ah, �l se traslada mucho, ya sabes. Nunca se queda en el mismo lugar dos noches seguidas.</p><p>��C�mo es eso? �Tan inquieto es?</p><p>�En absoluto. Actinio Varro es el responsable.</p><p>��Qui�n?</p><p>�Varro. El Prefecto pretoriano. Est� muy preocupado con los complots de asesinato.</p><p>Me r�o.</p><p>�Pero cuando se asesina a un emperador, �no es precisamente su prefecto pretoriano quien lo hace?</p><p>�Normalmente, s�. Pero el emperador siempre piensa que su prefecto es el m�s leal de todos, justo hasta que le hunde el cuchillo en el vientre. No es que nadie quiera asesinar a un est�pido lechuguino como nuestro Magencio �a�ade ella.</p><p>�Si �l es un incompetente como dice todo el mundo, �no ser�a �sa una buena raz�n para eliminarlo?</p><p>��C�mo? �Y convertir a uno de sus incluso m�s in�tiles hermanos en emperador? Oh, no, Cimbelino. Los conozco a todos y, cr�eme, Magencio es el mejor del lote. Le deseo larga vida.</p><p>�Pues larga vida al emperador Magencio �digo yo a modo de coro, y ambos nos re�mos a gusto.</p><p>El palacio concreto hacia el que nos dirigimos es uno de los m�s nuevos de la colina: un ornamentado pabell�n de invitados con numerosas alas, adornado con mosaicos deslumbrantes, con brillantes y exuberantes manchas de amarillos estridentes y rojos desbordantes. Fue erigido hace unos cincuenta a�os, me dice ella, a principios del reino del lun�tico emperador Demetrio, el �ltimo cesar de la Decadencia. Lucila tiene un peque�o apartamento en �l, cortes�a de su buen amigo el pr�ncipe Flavio Rufo. Seg�n parece, son muchos los miembros no reales pertenecientes a la �lite romana imperial que viven aqu�, en el Palatino. A todos les resulta mucho m�s c�modo, habida cuenta de c�mo est� el tr�fico en Roma y de las numerosas fiestas que se celebran.</p><p>El inicio de mi estancia en la capital es nuevamente como el de Ne�polis. He de asistir a una recepci�n relumbrante en mi primera noche. El anfitri�n, me dice Lucila, no es otro que el famoso conde Ner�n R�mulo Claudio Paladio, que se muere de ganas de conocerme.</p><p>��Y qui�n es �l exactamente? �pregunto.</p><p>�El hermano de su abuelo era el conde Valeriano Apolinar, �sabes qui�n era?</p><p>No hace falta haber ido a Cantabrigia para reconocer el nombre del arquitecto del Imperio moderno, el gran c�nsul de la primera Guerra de Reunificaci�n que ejerci� cinco mandatos y sac� al crispado y desmembrado Imperio de la lamentable era conocida como la Decadencia. Fue �l quien puso fin a las insurrecciones en las provincias, que hab�an convulsionado el Imperio durante el conflictivo siglo vig�simo cuarto. Fue Apolinar quien (actuando en nombre de Laure�lo, como un cesar extraoficial detr�s del verdadero), hab�a instaurado el Reinado del Terror, una �poca de brutal disciplina que, para bien o para mal, hab�a devuelto al Imperio cierto parecido con la grandeza que hab�a conocido en el pasado, en las �pocas de Flavio R�mulo y el s�ptimo Trajano. Finalmente, muri� en el mismo Terror junto a tantos otros.</p><p>No s� nada de este sobrino-nieto suyo, este Ner�n R�mulo Claudio Paladio, excepto lo que Lucila me ha contado de �l. Pero solamente por la manera en que pronuncia su nombre, siempre su nombre completo, da a entender que ha seguido el sendero de su antepasado; que �l tambi�n es un hombre de gran poder en el reino.</p><p>Y efectivamente, cuando Lucila y yo llegamos al palacio del conde Ner�n R�mulo, en la colina Palatina, me resulta obvio que mi suposici�n es correcta.</p><p>El palacio en s� es relativamente modesto, un precioso edificio peque�o en la ladera inferior de la colina, cerca del Foro y que, seg�n se me informa, data de la �poca del Renacimiento y se construy� originalmente para una de las amantes deTrajanoVII. De la misma manera que el conde Ner�n R�mulo nunca se ha molestado en alcanzar el consulado o alguno de los otros altos puestos del reino, tampoco ha necesitado un gran edificio para proclamar su importancia. Sin embargo, la lista de invitados de su fiesta lo dice todo.</p><p>Est� el c�nsul actual, Aulo Galerio Basanio. Tambi�n dos de los hermanos del emperador y una de sus hermanas, as� como el t�o de Lucila, el distinguido y celebrado Cayo Junio Escevola, seg�n opini�n general, el hombre m�s poderoso del Imperio junto al mismo emperador Magencio. Muchos creen que m�s poderoso que el emperador.</p><p>Primero Lucila me presenta a Escevola.</p><p>�Mi amigo Cimbelino Vetruvio Escapulano, de Britania �dice ella con gran prosopopeya�. Nos conocimos en casa de Marcelo Domiciano y desde entonces hemos sido inseparables. �No te parece un hombre espl�ndido, t�o Cayo?</p><p>�Qu� es lo que uno puede decir cuando no es m�s que un ingenuo y tosco provinciano durante su primera noche en la capital y, de repente, se encuentra en presencia del subdito m�s poderoso del Imperio?</p><p>Pero consigo no tartamudear, ni tambalearme ni soltar ninguna inconveniencia. De hecho, con razonable soltura, le digo:</p><p>�Nunca pod�a haber imaginado cuando sal� de Britania para visitar la patria del Imperio, c�nsul Escevola, �que tendr�a el honor de conocer al mism�simo padre de la patria!</p><p>Ante lo cual, �l sonr�e afablemente y dice:</p><p>�Creo que me sit�as demasiado alto, amigo m�o. Es el emperador quien es el padre de la patria, como sabes. Lo dice aqu� mismo. �Y entonces se saca un radiante nuevo sestercio de su monedero y lo alza para que pueda apreciar las inscripciones en el canto, la cr�ptica cadena de t�tulos imperiales abreviados que todas las monedas han llevado desde tiempos inmemoriales�. �Lo ves? �me dice se�alando las letras del borde de la moneda, justo por encima de las cejas de C�sar Magencio�. P. P. significa �Pater patriae�, ah� est�. �l, no yo. El padre del pa�s. �A continuaci�n, con un gui�o que palia su reprimenda, que es en parte lo que ha sido, me dice�: Pero aprecio los elogios como todo el mundo, quiz� incluso un poco m�s. As� que gracias, joven. No te supondr� Lucila muchos problemas, �verdad?</p><p>No estoy seguro de lo que quiere decir. Quiz� nada.</p><p>�Apenas �contesto yo.</p><p>Me doy cuenta de que tengo clavados los ojos en �l. Esc�vola es un individuo adusto y enjuto de altura media, de unos cincuenta a�os, calvo, con las delgadas hebras de cabello que le quedan (rojo, como el de Lucila) bien estiradas a lo largo de todo su cr�neo. Tiene unos p�mulos pronunciados, su nariz es afilada y la barbilla, marcada y recia. Los ojos son muy p�lidos, de un azul gris glacial, el azul de un zafiro de tono lechoso. Se parece asombrosamente a Julio C�sar, el famoso retrato que aparece en el sello de correos de diez denarios: la misma expresi�n de determinaci�n absolutamente irrefrenable que brota de los infinitos recursos del poder interior.</p><p>Me hace algunas preguntas sobre mis viajes y sobre mi patria, escucha con aparente inter�s mis respuestas, me desea que me vaya bien y me despide con desenvoltura.</p><p>Las rodillas me tiemblan. Tengo la garganta seca.</p><p>Ahora debo conocer a mi anfitri�n, el conde, y tampoco �l es plato f�cil. Ner�n R�mulo Claudio Paladio es exactamente tan imponente como yo esperaba: un individuo de aspecto radiante y engolado de unos cuarenta a�os, alto para ser romano, y de complexi�n recia, con una barba espesa e impecablemente cuidada; su piel es intensamente morena, los ojos son oscuros y penetrantes. Irradia un aura de riqueza, poder, seguridad en s� mismo y (incluso yo soy capaz de detectarlo), una sensualidad casi irresistible.</p><p>�Cimbelino �dice inmediatamente�. Un gran nombre, un nombre rom�ntico, el nombre de un rey. Bienvenido a mi casa, Cimbelino de Britania. �Su voz retumba. Es la de un bajo, perfectamente modulada, la voz de un actor, la de un cantante de �pera�. Esperamos verte aqu� a menudo durante tu estancia en Roma.</p><p>Lucila, a su lado, le contempla con la m�xima veneraci�n. Eso deber�a desencadenar mis celos, pero he de confesar que hasta yo siento por �l el mismo sobrecogimiento, y a duras penas puedo reprocharle a ella que se halle bajo su hechizo.</p><p>�l apoya ligeramente la mano sobre mi hombro.</p><p>�Ven. Tienes que conocer a algunos amigos m�os. �Y me conduce por el sal�n. Me presenta al c�nsul, Galerio Basanio, que es m�s joven y va vestido con m�s frivolidad de la que yo habr�a pensado que un c�nsul se permitir�a. Tambi�n a algunos actores que parecen esperar que yo sepa sus nombres, pero no es asi, y he de disimularlo un poco; a un gladiador que s� reconozco (�y qui�n no, considerando que se trata del celebrado Marco Sempronio Diodoro, Marco �el matador de leones�?); y, despu�s, a algunas llamativas damas con las que coqueteo un poco, como corresponde, aunque Lucila posee m�s belleza s�lo en su codo izquierdo que cualquiera de ellas en todo su cuerpo.</p><p>Pasamos ahora por un atrio donde un malabarista est� actuando y continuamos hasta una segunda sala, tan abarrotada como la primera, donde la conversaci�n general tiene un extra�o tono agudo y todos adoptan posturas afectadas. Tras unos instantes comprendo la raz�n.</p><p>Ah� hay personajes regios. Todo el mundo exhibe sus mejores maneras cortesanas.</p><p>Dos pr�ncipes reales, nada menos. Lucila me presenta a ambos.</p><p>El primero es Camilo C�sar, el pr�ncipe de Constantinopla, el mayor de los cuatro hermanos del emperador. Es rechoncho, de aspecto holgaz�n, con la piel grasa y una manera l�nguida, mustia, de mantenerse erguido. Si Cayo Junio Esc�vola es un Julio C�sar, este hombre es un Ner�n. Pero a pesar de su muelle carnosidad, puedo apreciar algunos de los rasgos caracter�sticos que distinguen a la familia real: la nariz afilada, fr�gil e imperiosa, la heroica barbilla y, sobre todo, los ojos fr�os, azules como hielo �rtico, medio escondidos detr�s de unos anteojos de lechuza. Es como si el rostro adusto del viejo emperador Laure�lo se hubiera incrustado de alguna manera en la mole rolliza del gandul de su nieto.</p><p>Camilo est� demasiado borracho, incluso a horas tan tempranas de la noche, para decirme muchas cosas. Me hace un descuidado gesto con su mano rechoncha y pierde inmediatamente todo inter�s en m�. Seguimos hasta encontrarnos con el mayor de los personajes reales, Flavio Rufo C�sar. Me preparo para encontrarme con alguien que no va a gustarme, consciente de que ha tenido el privilegio de ser el amante de Lucila cuando ella tan s�lo ten�a diecis�is a�os, pero lo cierto es que es un hombre encantador, afable y muy seductor. Tiene aproximadamente unos veinticinco a�os, supongo. Posee tambi�n el rostro de la familia, pero es delgado, de aspecto �gil, de mirada r�pida y, probablemente, tambi�n vivo de ingenio. Como lo que he o�do de su hermano Magencio es que no es m�s que un buf�n disoluto, se me ocurre que es una pena que el trono no haya reca�do en Flavio Rufo en lugar del otro cuando su anciano abuelo sali� de escena con los pies por delante. Pero es el mayor quien tiene el derecho de sucesi�n, seg�n la vieja ley. Habiendo muerto el pr�ncipe Floro tres a�os antes que su padre, Laure�lo, el trono hab�a ido a parar al hijo mayor de Floro, Magencio. El mundo pod�a haber sido muy distinto si eso no hubiera ocurrido. O quiz� estoy sobrestimando al joven pr�ncipe. �No fue Lucila quien me dijo que Magencio era el mejor del lote?</p><p>Flavio Rufo (que sabe perfectamente que soy el nuevo pasatiempo de Lucila, lo que parece no importarle en absoluto), me ruega que le visite a finales de a�o en la gran villa imperial, en Tibur, a un d�a de viaje en las afueras de Roma, donde celebrar� las Saturnales con algunos centenares de amigos �ntimos.</p><p>�Ah, y tr�ete tambi�n a la pelirroja �me dice jovialmente Flavio Rufo�. �No te la olvidar�s, verdad?</p><p>A ella le lanza un beso al aire, a m� me da un amistoso manotazo en la palma de la mano y regresa a la adulaci�n de su s�quito. Me encanta y alivia que nuestro encuentro haya ido tan bien.</p><p>Sin embargo, Lucila se ha reservado lo mejor de la familia para el final.</p><p>Su amiga m�s querida de la infancia, su compa�era de escuela, su pariente honoraria: la princesa Severina Floriana, la hermana del emperador. Ante su presencia, lo �nico que deseo hacer es arrojarme al suelo de inmediato en se�al de devoci�n extrema; tan insoportable es su belleza.</p><p>Tal como me hab�a dicho Lucila, es morena, muy oscura, ex�tica. No hay trazas de los rasgos familiares en ella. Sus ojos son negro brillante. Su nariz es graciosa y respingona, su barbilla est� elegantemente redondeada y, en seguida, se aprecia que no puede ser hermana de padre y madre del emperador. Ella debe de ser hija de alguna esposa secundaria del padre de Magencio. Los miembros de la realeza s�lo pueden tener una sola esposa a la vez, como todos nosotros, pero es bien sabido que a menudo intercambian una esposa por otra y, en ocasiones, recuperan m�s tarde la primera y �a ver qui�n se atreve a decirles algo! Si la madre de Severina se parec�a en algo a �sta, puedo entender por qu� al difunto pr�ncipe Floro le tent� estar con ella.</p><p>Mi discurso ha sido bastante insustancial cuando he hablado con Junio Esc�vola y Ner�n R�mulo Claudio Paladio pero, ante Severina Floriana, no puedo articular palabra. Lucila y ella llevan todo el peso de la conversaci�n y yo me quedo a un lado, como un bulto inc�modo, en silencio; como un cabestro que a Lucila se le hubiera ocurrido traerse a la fiesta. Charlan sobre la �lite social de Ne�polis, de Adriana, de Druso Tiberio, de un mont�n de gente cuyos nombres no me dicen nada, tambi�n hablan de m�, pero lo hacen en el romano trepidante de la capital, tan salpicado de argot y pronunciaciones que no me son familiares, que apenas puedo entender nada. Una y otra vez, Severina Floriana dirige su mirada hacia m�, quiz� evalu�ndome, quiz� s�lo por curiosidad hacia la nueva adquisici�n de Lucila. No puedo decir por qu�. Yo trato de indicarle con los ojos que me gustar�a tener la oportunidad de conocerla mejor, pero la situaci�n es muy complicada y s� que estoy siendo imprudente� �C�mo me atrevo siquiera a pensar en un romance con una princesa real! �Y qu� temerario, adem�s, provocar la furia de Lucila Escevola haci�ndole insinuaciones a su mejor amiga justo en sus propias narices!</p><p>En cualquier caso, no obtengo respuesta alguna de Severina a mis desafiantes miradas.</p><p>Finalmente, Lucila me lleva con ella de regreso a la otra sala. Me siento paralizado.</p><p>�Ya veo que te ha dejado hipnotizado �me dice Lucila�. �O no?</p><p>Balbuceo alguna cosa.</p><p>�Oh, puedes enamorarte de ella si quieres �me dice con displicencia�. �No me importa, tonto! Todo el mundo se enamora de ella. �Por qu� ibas a ser t� la excepci�n? Es asombrosamente hermosa, lo s�. Yo misma me la llevar�a a la cama, si me interesaran un poco m�s ese tipo de cosas.</p><p>�Lucila� yo�</p><p>��Esto es Roma, Cimbelino! �Deja de actuar como un simpl�n!</p><p>�Estoy aqu� contigo. T� eres la mujer a la que acompa�o. Estoy absolutamente loco por ti.</p><p>�Claro que lo est�s. Pero ahora te vas a obsesionar un tiempo con Severina Floriana. No es sorprendente en lo m�s m�nimo. T� no creo que le hayas causado una primera gran impresi�n, sospecho, qued�ndote all� como un pasmarote, sin decir una sola palabra. De todas formas, ella nunca se pregunta lo que un hombre tiene en la cabeza si tiene un cuerpo lo suficientemente bonito. As� que creo que le has interesado. Tendr�s una oportunidad durante las Saturnales, te lo prometo. �Y me lanza una mirada de alegre maldad que hace que mi cabeza d� vueltas ante la desverg�enza de todo el asunto.</p><p>�Roma! �Roma! No hay lugar en la Tierra como Roma.</p><p>Me juro en silencio que alg�n d�a, pronto, tendr� a Severina Floriana entre mis brazos. Sin embargo es un juramento que no estaba destinado a cumplirse. Ahora que est� muerta, pienso en ella a menudo con la mayor de las tristezas; rememorando su ex�tica belleza en mi mente e imagin�ndome que la acaricio, de la misma manera que podr�a imaginar que visito el palacio de la Emperatriz de la Luna.</p><p>Lucila me da un ligero empuj�n hacia el medio de la fiesta y voy solo, tambale�ndome, de un grupo a otro, simulando una confianza en m� mismo y una sofisticaci�n de la que, ciertamente, carezco en estos momentos.</p><p>All� est� Ner�n R�mulo en la esquina, conversando pl�cidamente con Cayo Junio Esc�vola. Ellos son los verdaderos monarcas de Roma, los hombres que detentan el aut�ntico poder imperial. Pero de qu� manera se lo reparten entre ellos es algo que no puedo barruntar ni de lejos.</p><p>All� va el c�nsul Basanio, sonriendo y pavone�ndose entre dos actores muy maquillados. �Qu� estar� tratando de hacer? �Evocar los antiguos tiempos de Ner�n y Cal�gula?</p><p>El gladiador Diodoro acaricia a tres o cuatro muchachas al mismo tiempo.</p><p>Un hombre, que hasta entonces me hab�a pasado desapercibido, de unos sesenta o setenta a�os incluso, con la cara chupada y la piel del color de las nueces est� rodeado de gente cerca de la fuente. Sus ropas, sus joyas, su porte, su mirada penetrante, todo en �l le proclamaba como un hombre de peso.</p><p>��Qui�n es? �le pregunto a un joven que pasa, y recibo una mirada de hiriente desd�n. Con un tono que indica su asombro ante mi ignorancia, me contesta que es Leontes �tico, un nombre que no me dice nada, de manera que he de hacerle una segunda pregunta; mi informante me comunica, con una actitud si cabe m�s despectiva, que Leontes �tico es, sencillamente, el hombre m�s rico del Imperio. Ese griego de mirada fiera y aspecto agostado es un magnate del transporte que controla m�s de la mitad del comercio mar�timo con Nova Roma. El se embolsa su abultado porcentaje de la mayor�a de los ricos cargamentos que nos llegan del salvaje y extra�o Nuevo Mundo, al otro lado del mar.</p><p>Y as� van apareciendo m�s y m�s invitados todo el rato. Una reuni�n deslumbrante de los prohombres de la capital abarrota el sal�n. Son poderosos, ricos, o j�venes. Y, si es posible, las tres cosas a un tiempo.</p><p>Esta noche, el fuego est� a punto de prenderse. S�lo hace falta acercar una tea. Pronto ocurrir�. Pero �qui�n pod�a saber eso entonces? Yo no, yo no. Est� claro que yo no.</p><p>Lucila se pasa lo que me parece casi una hora conversando con el conde Ner�n R�mulo, para gran disgusto m�o. Una fluida intimidad en la forma en que ambos se hablan me indica cosas que no deseo saber. Temo que est� invit�ndola a pasar con �l la noche aqu� una vez se haya acabado la fiesta. Pero estoy equivocado. Al final, Lucila regresa a mi lado y no me abandona durante el resto de la velada.</p><p>Cenamos arom�ticas exquisiteces desconocidas para m�. Bebemos vinos de colores extraordinarios y extra�os y acusados sabores. Hay baile. Y una actuaci�n teatral con mimos, malabaristas y contorsionistas. Algunos de los invitados m�s j�venes se quitan la ropa sin ninguna verg�enza y se zambullen alocadamente en la piscina del palacio. Veo parejas que se escabullen por el jard�n y alguna que otra entreg�ndose a los abrazos a la vista de todos.</p><p>�Ven �me dice Lucila por fin�. Estoy empezando a aburrirme con todo esto. Vamonos a casa y divirt�monos t� y yo en privado, Cimbelino.</p><p>Casi est� amaneciendo cuando llegamos a su apartamento. Hacemos el amor hasta el mediod�a y despu�s nos vence un sue�o profundo del que no despertamos hasta bien entrada la tarde, de manera que ya est� oscuro cuando nos levantamos.</p><empty-line/><p>Y as�, una semana tras otra, llega para m� el oto�o en Roma; la estaci�n del placer. Lucila y yo vamos a todas partes juntos: a la �pera, al teatro, a las competiciones de gladiadores. Somos bien recibidos en los mejores restaurantes y nos ofrecen las mejores mesas. Lucila me lleva de recorrido monumental por la capital: el Senado, los famosos templos, las antiguas tumbas imperiales. Es una �poca de v�rtigo para m�, una �poca que va mucho m�s all� de mis m�s desenfrenadas fantas�as.</p><p>De vez en cuando, veo fugazmente a Severina Floriana en alg�n restaurante o me la encuentro en una fiesta. Lucila se marcha entonces discretamente para darnos una oportunidad de hablar el uno con el otro y, en un par de esas ocasiones, Severina y yo mantenemos conversaciones que parecen conducir a alguna parte. Siente curiosidad por mi vida en Britania, quiere conocer mi opini�n sobre Roma, me cuenta peque�os chismes sobre la gente que hay en la otra punta de la sala.</p><p>Su cobriza hermosura me deja at�nito. Los britanos, rubios como somos, muy raramente vemos mujeres de esta clase. Ella es una criatura de otro mundo. Reflejos azules en sus ojos negro azabache, ojos misteriosos como lagos de noche, la piel de una tonalidad intensa, todo lo contrario que la de mi pueblo; no se trata simplemente del tono oliv�ceo que tienen muchos ciudadanos del mundo romano oriental, sino de otro m�s oscuro, m�s suntuoso, con un brillo y una textura satinados. Tambi�n su voz es hechizadora, grave pero sin la m�s leve aspereza, un sonido dulce, ondulado, musical y espl�ndidamente controlado.</p><p>Ella sabe que la deseo. Pero, aviesamente, mantiene nuestros encuentros m�s all� de la zona donde tales cosas pueden comunicarse, a escasa distancia de donde se sueltan de sopet�n. No obstante, de alguna forma, yo empiezo a confiar en que tarde o temprano seremos amantes. Lo que quiz� hubiera ocurrido de haber habido tiempo suficiente.</p><p>En dos ocasiones tambi�n veo a su hermano el emperador.</p><p>Una vez, en la �pera, en su palco. Va formalmente vestido con el atuendo tradicional imperial, la toga p�rpura. �l agradece el saludo del p�blico con una sonrisa y un negligente movimiento de la mano. Despu�s, una semana o dos m�s tarde, en una de las fiestas de la colina Palatina, esta vez vestido moderna e informalmente, con una simple tira de p�rpura a lo largo del chaleco para indicar su alto rango.</p><p>M�s de cerca, soy capaz de entender por qu� la gente habla tan despectivamente de �l. Aunque posee el porte y los rasgos imperiales, la mirada autoritaria, la nariz, la barbilla y todo lo dem�s, hay algo en la sonrisa ansiosa y vacilante de C�sar Magencio que niega todas sus pretensiones imperiales. Se podr� llamar C�sar, se podr� llamar Augusto, e incluso el Pater Patriae, el Pont�fice M�ximo y todo lo dem�s, pero al mirarlo, descubro, para mi sorpresa y consternaci�n, que su sonrisa es anodina y que no es capaz de devolver la mirada de un modo firme y seguro. Nunca deber�a haber accedido al trono. Su hermano Flavio Rufo habr�a sido mucho m�s regio.</p><p>Aun as�, me he encontrado con el emperador. Y no todos los britanos pueden decir lo mismo; y van a ser menos los que puedan decirlo a partir de ahora.</p><p>Env�o alg�n telegrama a casa de vez en cuando. �Un tiempo incre�blemente bueno. Podr�a quedarme aqu� para siempre aunque es probable que no lo haga.� No doy detalles. En un telegrama no se puede decir que est�s viviendo en un peque�o palacio a tiro de piedra de la residencia oficial del emperador, ni que duermes con la sobrina de Cayo Junio Esc�vola y asistes a fiestas con gente cuyos nombres se conocen a todo lo largo y ancho del Imperio y, para rematar el tema, que te codeas con su majestad imperial de vez en cuando.</p><p>El a�o se acerca ya a su fin. El tiempo ha cambiado, justo como lo anunci� Lucila. Los d�as son m�s oscuros y, naturalmente, m�s cortos. El aire es fresco, llueve con frecuencia. No he tra�do mucha ropa de invierno y el hermano menor de Lucila, un tipo apuesto llamado Aquila, me lleva a su sastre para vestirme para la nueva estaci�n. La �ltima moda romana me resulta extra�a, incluso tosca, pero �qu� s� yo de moda romana? Me f�o de las alabanzas que Aquila hace de mi nueva indumentaria, as� como tambi�n de las de Lucila, y espero que no me est�n tomando el pelo lisa y llanamente.</p><p>La invitaci�n que Flavio Rufo nos hizo a Lucila y a m�, aquella primera noche en que lo conoc�, de celebrar las Saturnales en la villa imperial deTibur, descubro que fue aut�ntica. Cuando llega diciembre, yo ya la he olvidado, pero no as� Lucila, y una noche me dice que salimos para Praeneste por la ma�ana. Se trata de un lugar no lejos de Roma, donde en �pocas antiguas y medievales, una sibila profetizaba en la Cueva del Destino, hasta que Trajano VII puso fin a ese privilegio. Nos quedaremos all� durante una semana m�s o menos, en la finca de un mercader hispano enormemente rico llamado Escipi�n L�culo, y despu�s continuaremos hasta el vecino Tibur para la semana de las Saturnales.</p><p>La finca en la campi�a de Escipi�n L�culo, incluso en estos d�as deprimentes de principios de invierno, tiene un aspecto grandioso m�s all� de mi comprensi�n. Los salones de m�rmol, las piletas y fuentes, los delicados pabellones exteriores, las jaulas para los animales, en las que hay leones, cebras y jirafas, las colecciones de esculturas y pinturas y otros objetos art�sticos, los ba�os, todo a escala imperial. Pero esto no es patrimonio imperial. El palacio de L�culo, me apunta alguien, se construy� hace tan s�lo cinco a�os, con los beneficios obtenidos de sus minas de oro en Nova Roma, cuya propiedad obtuvo mediante escandalosos sobornos a funcionarios de la corte durante los �ltimos y desastrosos d�as del reino de C�sar Laure�lo. Me doy cuenta de que sus propios hu�spedes, aunque no desde�an su hospitalidad sin l�mites, consideran esta residencia de mal gusto y ramplona.</p><p>�Pues a m� no me importar�a vivir en un sitio as� de chabacano �le digo a Lucila�. �Te parece muy provinciano lo que acabo de decir?</p><p>Ella se limita a re�rse.</p><p>�Espera a ver Tibur �me dice.</p><p>Y la verdad es que, cuando nos trasladamos a la villa imperial, justo cuando la semana de las Saturnales est� a punto de empezar, comprendo la diferencia entre la extravagancia y la verdadera magnificencia.</p><p>Este es el lugar que el gran Adriano construy� en el campo para sus placeres hace diecisiete siglos. No cabe duda de que en su �poca era una de las maravillas del mundo, con sus p�rticos, fuentes y estanques que devolv�an hermosas im�genes, con sus termas grandes y sus termas peque�as, su biblioteca griega y su biblioteca romana, su nymphaeum y triclinium, sus templos a todos los dioses bajo cuyo influjo cay� Adriano al viajar a todo lo largo y ancho del mundo romano.</p><p>Pero eso fue hace diecisiete siglos; y diecisiete siglos de emperadores han sumado sus aportaciones a este lugar, de manera que la villa original de Adriano, a pesar de todo su esplendor, s�lo es una mera parte del todo y el conjunto debe de constituir, sin ninguna duda, el palacio m�s grande del mundo; una residencia digna de J�piter o Apolo.</p><p>�Puedes ir todo el d�a a caballo y no acabar de verla �me dice Lucila�. No la mantienen toda abierta, como es l�gico. Nosotros nos quedaremos en el ala m�s antigua, en lo que ellos todav�a llaman villa Adriana. Pero cerca podremos contemplar las partes que a�adieron Trajano VII y Flavio R�mulo, y los pabellones Catay que Lucio Agripa construy� para la peque�a concubina de piel amarilla que se trajo de Asia �ltima.Y si hay tiempo� oh, pero no creo que haya tiempo.</p><p>��Por qu� no?</p><p>Ella elude mi mirada. Es la primera pista que tengo de lo que se avecina.</p><p>Durante todo el d�a, los grandes de Roma llegan a la villa imperial, a la fiesta de las Saturnales de Flavio Rufo. Ya no necesito que me susurren sus nombres al o�do. Reconozco a �tico, el magnate naviero, al conde Ner�n R�mulo, a Marco Tulio Garofalo, el Presidente del Banco del Imperio, a Diodoro el gladiador, al c�nsul Basanio, al rechoncho y petulante pr�ncipe Camilo y a docenas m�s. Los carruajes hacen cola a lo largo de toda la carretera a la espera de soltar a su deslumbrante pasaje.</p><p>Uno de los que no llega es Cayo Junio Esc�vola. Es impensable que no haya sido invitado. En consecuencia, deduzco que es certera mi suposici�n de que est� a punto de ser nombrado c�nsul una vez m�s para el pr�ximo a�o y que se ha quedado en Roma para preparar la toma de posesi�n. Pregunto a Lucila la raz�n por la que se ha quedado su t�o en Roma y ella me contesta simplemente:</p><p>�Siempre est� muy atareado durante la temporada de vacaciones. No le ha sido posible escaparse.</p><p>Volver� a ser c�nsul. �Estoy seguro!</p><p>Pero me equivoco. Al d�a siguiente de nuestra llegada, echo una ojeada a los peri�dicos de la ma�ana, donde aparecen los nombres de los c�nsules del a�o pr�ximo. Su majestad imperial ha tenido a bien designar a Publio Lucio Galieno y a Cayo Acacio Aufidio como c�nsules del reino. Jurar�n el cargo a mediod�a del d�a primero de enero, si el tiempo lo permite, en la escalinata del Capitolio.</p><p>No ha sido pues, Esc�vola. Han de ser importantes asuntos de otra naturaleza los que lo retienen en Roma durante los �ltimos d�as del a�o.</p><p>�Y qui�nes son estos c�nsules: Galieno y Aufidio? Para ambos ser� su primer mandato en los cargos gubernamentales m�s altos, inmediatamente despu�s del emperador.</p><p>�Amigos de infancia de Magencio�, me dice alguien. Compa�eros de colegio.</p><p>Y alguien m�s apunta: �No solamente no disponemos de un aut�ntico emperador; ya ni siquiera vamos a tener c�nsules de verdad. Un hatajo de muchachos holgazanes fingiendo administrar el gobierno�.</p><p>A m� esto me parece que raya en la traici�n�, en especial si consideramos que nos hallamos en el mismo Palacio Imperial, y que todos los que aqu� estamos somos hu�spedes del hermano del emperador. Sin embargo, me he dado cuenta de que estos patricios no tienen tapujos de ninguna clase para hacer cr�ticas a la familia imperial, aun cuando est�n aceptando su hospitalidad.</p><p>Y �sta es pr�diga. Hay fiesta y representaciones teatrales todas las noches y, durante el d�a, podemos disponer a voluntad de todas las comodidades y entretenimientos de la villa: piscinas termales, ba�os, bibliotecas, pabellones de juegos, senderos para cabalgar.Vago por todas partes con aire so�ador, como si me hubiera queda do atrapado en un cuento de hadas, que es, precisamente, lo que me est� pasando.</p><p>Durante la fiesta de la tercera noche, finalmente hago acopio de valor para llevar a cabo un acercamiento a Severina Floriana. Lucila me ha dicho que ma�ana le gustar�a pasarse el d�a descansando, pues a�n est�n por llegar algunos de los acontecimientos m�s importantes de la semana. De manera que invito a Severina a dar un paseo a caballo, ma�ana despu�s del almuerzo. Una vez que estemos solos, en alg�n rinc�n remoto de la propiedad, quiz� me atreva sugerirle alg�n tipo de encuentro m�s �ntimo. Quiz�. Lo que estoy tratando de tramar, al fin y al cabo, no es m�s que un devaneo con la hermana del emperador. Lo cual es una idea tan pasmosa que apenas puedo creer que de verdad est� plante�ndomelo.</p><p>La sugerencia parece gustarle y creo que se siente tentada.</p><p>Pero entonces me dice que no estar� aqu� ma�ana. Ha surgido un imprevisto, me explica, una nimiedad que, no obstante, exige su atenci�n inmediata y debe ir brevemente a la ciudad de Roma ma�ana por la ma�ana.</p><p>��Regresar�, no es cierto? �le pregunto ansioso.</p><p>�Oh, s�, naturalmente. Estar� fuera un d�a o dos a los sumo. Volver� para la gran fiesta de la noche final. �Puede estar seguro de ello! �Me lanza una fugaz y picara mirada, como si me estuviera prometiendo alg�n placer especial para esa velada, a modo de consolaci�n por acabar de rechazarme. Y acerc�ndome, me toca la mano por un instante. Una descarga el�ctrica pasa de ella a m�. Es todo lo que tendr� de ella. Nunca lo he olvidado.</p><p>Lucila se queda en nuestra suite al d�a siguiente, dej�ndome vagar en solitario por los jardines de la villa. Holgazaneo en los ba�os, nado, examino las colecciones de escultura y pintura, me paso por el pabell�n de juegos y pierdo algunos s�lidos jugando a las cartas con un par de l�nguidos noblezuelos.</p><p>Advierto una cosa extra�a ese d�a. No veo a ninguno de los personajes que me he encontrado en las fiestas del Palatino en Roma. El conde Ner�n R�mulo, Leontes �tico, el pr�ncipe Flavio Rufo, el pr�ncipe Camilo, Basanio, Diodoro� ninguno de ellos parece estar por aqu�. El lugar est� hoy lleno de desconocidos.</p><p>Y sin Lucila cerca, cuando paso al lado de estos desconocidos, me siento cada vez m�s inc�modo y ajeno a todo de lo que realmente soy. Como no llevo ninguna insignia que me proclame como hu�sped de la sobrina de Esc�vola, en su ausencia me convierto simplemente en un extranjero apenas civilizado que, de alguna forma, se las ha ingeniado para colarse en la villa y que est� tratando, s�lo con cierto �xito, de hacerse pasar por un romano distinguido. Imagino que se r�en de m� a mis espaldas, que se mofan de mi manera de vestir e imitan mi acento britano.</p><p>Tampoco Lucila me resulta de mucho consuelo al llegar a nuestras habitaciones. La veo distante, abstra�da, taciturna. Se limita a hacerme las preguntas de rigor sobre c�mo he pasado el d�a y a continuaci�n vuelve a sumirse en el letargo y en sus cavilaciones.</p><p>��No te encuentras bien? �le pregunto.</p><p>�No es nada grave, Cimbelino.</p><p>��He hecho algo que te haya molestado?</p><p>�En absoluto. S�lo es algo pasajero �dice ella�. Son estos d�as sombr�os de invierno�</p><p>Sin embargo hoy no ha sido un d�a sombr�o ni de lejos. Fresco, s�. Pero el sol ha estado glorioso, iluminando el cielo de diciembre con un brillante resplandor que hace que se encoja mi coraz�n brit�nico. No es el mal tiempo. Me desconcierta la l�gubre lejan�a de Lucila. No acierto a entender qu� le sucede. Lo �nico que puedo hacer es esperar a que cambie su estado de �nimo.</p><p>En la fiesta de la noche tampoco se muestra m�s animada. Flota como un espectro, saluda con indiferencia a personas que apenas parecen resultarle m�s familiares que a m�.</p><p>�Me pregunto d�nde est� todo el mundo �digo�. Severina me dijo que ten�a que regresar a Roma para ocuparse de algo hoy mismo. Pero �d�nde est� el pr�ncipe Camilo? �Y el conde Ner�n R�mulo? �Tambi�n se han vuelto a Roma? Y el pr�ncipe Flavio Rufo� no parece estar, y es su propia fiesta.</p><p>Lucila se encoge de hombros.</p><p>�Bueno, deben de estar por aqu� o por all�. Acomp��ame de vuelta a la habitaci�n �quieres, Cimbelino? No me siento con ganas de fiesta esta noche. No te lo tomes a mal. Siento aguarte as� la diversi�n.</p><p>��No quieres decirme lo que ocurre, Lucila?</p><p>�Nada. No pasa nada.Tan s�lo es� no s�, me siento un poco cansada. Quiz� un poco abatida. Por favor. Quiero volver a la habitaci�n.</p><p>Ella se desviste y se mete en la cama. Enfrentarme a aquella fiesta, llena de desconocidos, sin ella se me hace demasiado duro, de modo que me meto tambi�n en la cama, a su lado. Despu�s de un instante, me doy cuenta de que est� sollozando sin hacer ruido.</p><p>�Abr�zame, Cimbelino �me susurra.</p><p>La rodeo con mis brazos. Su cercan�a, su desnudez me espolea, como siempre y, t�midamente empiezo a hacerle el amor, pero ella me pide que me detenga. As� que nos quedamos all� acostados, tratando de quedarnos dormidos a unas horas tan extra�amente tempranas, mientras los lejanos sonidos de las carcajadas y la m�sica llegan hasta nosotros a trav�s del aire helado de la noche.</p><p>Al d�a siguiente las cosas han empeorado. Ella no quiere salir de nuestra habitaci�n para nada. Pero me dice que salga yo sin ella; de hecho, me est� dejando bastante claro que desea quedarse a solas.</p><p>�En qu� extra�a semana de Saturnales se est� convirtiendo esto! �Qu� poca alegr�a, cu�nta misteriosa tensi�n!</p><p>Pero falta muy poco para que lleguen las explicaciones.</p><p>A mediod�a, tras un desalentador paseo por los jardines, regreso a la habitaci�n para ver si Lucila ha cambiado de humor.</p><p>Lucila se ha marchado.</p><p>No hay ni rastro de ella. Sus armarios est�n vac�os. Ha hecho el equipaje y se ha esfumado sin decirme una palabra, sin aviso de ninguna clase, sin dejarme ning�n mensaje ni la m�s m�nima pista. Me encuentro solo en la villa imperial, entre desconocidos.</p><empty-line/><p>Ese d�a suceden cosas en la capital. Trascendentales acontecimientos. Una convulsi�n de las m�s colosales y de la que los que estamos en la villa permanecemos ignorantes durante todo el d�a; y sin embargo, mientras inocentemente nadamos, jugamos y paseamos por los jardines de la residencia imperial m�s espl�ndida de todas, el mundo se ha transformado por completo.</p><p>De hecho, las cosas se iniciaron hace un par de d�as, cuando algunos de los hu�spedes de la villa abandonaron Tibur por separado y regresaron a la capital, pese a que las Saturnales se estaban celebrando y las fiestas culminantes a�n no hab�an tenido lugar. Regresaron a Roma uno a uno, no s�lo Severina Floriana, tambi�n otros cuyas ausencias yo hab�a advertido.</p><p>Las razones que se esgrimieran para inducir al pr�ncipe Flavio Rufo, al pr�ncipe Camilo y a su hermana, la princesa Severina, a marcharse de la villa, puede que nunca se conozcan. Los dos c�nsules recientemente designados, seg�n se me dijo, hab�an recibido instrucciones de mano del emperador, convoc�ndoles a una reuni�n en la que se les otorgar�an determinados privilegios y competencias de su nuevo rango. Por lo que parece, cuando se encontr� el cad�ver del c�nsul saliente, Basanio, �ste a�n llevaba una nota del Prefecto Pretoriano, Actinio Varro, comunic�ndole que se hab�a detectado una conspiraci�n contra la vida del emperador y que se requer�a urgentemente su presencia en Roma. La nota era falsa. De modo que as�, con una u otra mentira, los principitos y noblezuelos fueron apartados por un d�a de los placeres de las Saturnales en Tibur.</p><p>Algunos otros invitados a la fiesta que regresaron a Roma aquel mismo d�a y al siguiente, no hubo necesidad de reclamarlos. Ellos sab�an perfectamente lo que estaba a punto de ocurrir y quisieron estar presentes durante los acontecimientos. Ese grupo inclu�a al conde Ner�n R�mulo, a �tico, al armador, al banquero Garofalo, al comerciante de Hispania, Escipi�n L�culo, a Diodoro el gladiador, y a otra media docena de patricios y hombres acaudalados que participaron en la conspiraci�n. Para ellos, la excursi�n a Tibur hab�a sido una manera de provocar una relajaci�n de la vigilancia en la capital, pues �qu� hab�a que temer con la mayor�a de los personajes poderosos del reino fuera, en la c�pula del placer, dedicados a una semana de puro divertimento? Pero luego, estas figuras clave se las arreglaron para regresar r�pida y discretamente a Roma cuando lleg� el momento del golpe.</p><p>Como todo el mundo sabr�a poco despu�s, en aquella ma�ana fat�dica se sucedieron los siguientes acontecimientos:</p><p>Un escuadr�n de gladiadores de Marco Sempronio Diodoro irrumpi� en la mansi�n de Varro, el Prefecto Pretoriano, y lo asesinaron antes del amanecer. A la Guardia Pretoriana se le dijo que el emperador hab�a descubierto que Varro estaba conspirando contra �l y que Diodoro era ahora el nuevo prefecto. El cuento col� sin problemas. Varro nunca hab�a sido popular entre sus hombres, y los pretorianos siempre recib�an bien cualquier cambio en la jefatura, pues usualmente comportaba un reparto de primas con el fin de asegurar su lealtad al nuevo jefe.</p><p>Con los pretorianos neutralizados resultaba f�cil para un equipo de hombres armados penetrar en el palacio donde el emperador Magencio pasaba aquella noche (esta vez era el del Vaticano, en la otra orilla del r�o, cerca del mausoleo de Adriano), y penetrar en las dependencias reales. El emperador, su esposa y sus hijos huyeron presas del p�nico por los pasillos, pero fueron capturados y se les dio muerte justo en el exterior de los ba�os imperiales.</p><p>El pr�ncipe Camilo, que hab�a llegado de madrugada a la capital, a�n no se hab�a ido a la cama cuando los conspiradores llegaron a su palacio, junto al Foro del Palatino. Al o�r que mataban a su guardia, el pobre gordo idiota huy� por la puerta de la bodega y corri� para salvar su vida hacia el templo de Castor y P�lux, donde esperaba encontrar refugio; pero sus perseguidores se le adelantaron y lo interceptaron en la escalera del templo.</p><p>En cuanto al pr�ncipe Flavio Rufo, se despert� con el sonido de los disparos y reaccion� instant�neamente, corriendo como una flecha hasta una bodega que ten�a detr�s de su palacio. Sus trabajadores a�n no hab�an pisado las uvas de la cosecha de oto�o. Salt� a una carreta de madera y les dio instrucciones para que amontonasen racimos y racimos de uva encima de �l y que lo sacaran de la ciudad, oculto de tal guisa. De hecho, consigui� llegar a salvo a Ne�polis un par de d�as despu�s y all� se autoproclam� emperador, pero al poco tiempo fue capturado y muerto con alguna ayuda, seg�n he o�do, de Marcelo Domiciano Frontino.</p><p>Los dos pr�ncipes m�s j�venes de la casa real hab�an sobrevivido: el pr�ncipe Augusto C�sar, que ten�a diecis�is a�os y se encontraba fuera, en la Universidad de Lutecia, y el pr�ncipe Quinto Fabio, un muchacho de diez a�os, creo, que viv�a en una de las residencias imperiales de Roma. Aunque el pr�ncipe Augusto vivi� lo suficiente para proclamarse �l mismo emperador y atraves�, de hecho, la Galia, con la intenci�n de marchar sobre Roma, fue capturado y muerto al tercer d�a de su reinado. Supongo que esos tres d�as hicieron entrar en la Historia a este joven y pr�cticamente desconocido Augusto, como el �ltimo de todos los emperadores de Roma.</p><p>Nadie sabe con seguridad qu� fue lo que le sucedi� al joven Quinto Fabio. Fue el �nico miembro de la familia real cuyo cad�ver no fue encontrado. Algunos afirman que desapareci� de Roma el d�a de los asesinatos llevando ropas de campesino, y que todav�a vive en alguna remota provincia, pero nunca se ha presentado para reclamar el trono, de manera que si a�n est� vivo en nuestros d�as, vive con tranquilidad y mucho secreto dondequiera que est�.</p><p>Durante todo el d�a se sucedieron las muertes. Los asesinatos de emperadores no eran nada nuevo en Roma, pero en esta ocasi�n el trabajo se hab�a llevado a cabo m�s a conciencia que nunca antes; hab�a sido una extirpaci�n total, desde las ra�ces hasta las ramas m�s altas.</p><p>Aquel d�a corrieron r�os de sangre real. No s�lo fue exterminada la familia pr�xima del emperador, sino que tambi�n se ejecut� a la mayor�a de los descendientes de las antiguas familias imperiales. Supongo que para que no se les ocurriera postularse a s� mismos como emperadores ahora que el linaje de Laure�lo estaba pr�cticamente extinguido. Asimismo, numerosos antiguos c�nsules, ciertos miembros de las jerarqu�as eclesi�sticas y otros sospechosos de excesiva lealtad al viejo r�gimen, incluidas dos o tres docenas de senadores elegidos, encontraron la muerte ese d�a.</p><p>Al caer la noche, los nuevos l�deres de Roma se reunieron en el Capitolio para proclamar el nacimiento de la Segunda Rep�blica. Cayo Junio Esc�vola ostentar�a el cargo de nueva creaci�n de Primer C�nsul Vitalicio (que es como decir emperador, pero con distintas palabras), y gobernar�a la vasta entidad a la que ya no seguir�amos llamando Imperio, mediante un Consejo del Senado, constituido por el peque�o c�rculo de amigos suyos ricos y poderosos: �tico, Garofalo, el conde Ner�n R�mulo, el general Casio Frontino y otra media docena de similar pelaje.</p><p>As� pues, tras diecinueve siglos, el trabajo del gran C�sar Augusto quedaba desbaratado.</p><p>El mismo Augusto pretendi� que Roma era todav�a una Rep�blica, incluso mientras estaba unificando todos los altos cargos en uno solo y tomando posesi�n de el, convirti�ndose asi en monarca absoluto. Esa pretensi�n se hab�a prolongado a trav�s de los tiempos. �No soy un rey �insist�a Augusto�; sencillamente soy el Primer Ciudadano del reino que lucha, humildemente, bajo la gu�a del Senado, para atender las necesidades del pueblo romano.� Y as� hab�a sido durante todos aquellos a�os, aunque el hecho fue que muchos de los Primeros Ciudadanos se las compusieron para nombrar a sus propios hijos como sus sucesores o si no, elegir a alg�n pariente o amigo, a pesar de que, en principio, la capacidad real de nombrar al nuevo emperador reca�a en el Senado. Pero a partir de ahora ser�a diferente. Nadie podr�a reclamar el poder supremo en Roma simplemente porque fuera el hijo o el sobrino de alguien que hab�a estado en posesi�n de tal poder. Ya no habr�a m�s Cal�gulas locos, Nerones viles, salvajes Caracallas, absurdos Demetrios, d�biles y petimetres Magencios. Nuestro gobernador ser�a ahora de verdad un Primer Ciudadano (un c�nsul, como en los antiguos d�as antes del primer Augusto), y la pompa de la monarqu�a desaparecer�a por fin.</p><p>Todo en un solo d�a, un d�a de sangre y fuego. Mientras yo holgazaneaba enTibur, en la villa de los emperadores, ajeno a todo lo que estaba ocurriendo.</p><empty-line/><p>La ma�ana siguiente al d�a de la revoluci�n, llegan a la villa las noticias de lo que ha sucedido en Roma. Da la casualidad de que me fui a dormir tarde anoche, despu�s de haberme emborrachado a conciencia para consolarme de la ausencia de Lucila. La villa est� pr�cticamente desierta cuando me levanto y salgo de la habitaci�n.</p><p>Ya eso resulta extra�o y desconcertante. �Adonde se han ido todos? Encuentro un mayordomo, que me comunica las noticias. �Roma est� ardiendo �me dice�, y el emperador ha muerto junto a toda su familia.�</p><p>��Toda su familia? �Tambi�n sus hermanos y hermanas?</p><p>�Hermanos y hermanas tambi�n. Todos.</p><p>��Y la princesa Severina?</p><p>El mayordomo me mira sin simpat�a. Est� muy tranquilo. Podr�a estar hablando del tiempo o de las carreras de cuadrigas de la semana pr�xima. Lo mismo dar�a: fr�o como la niebla invernal.</p><p>�El lote entero, es lo que he o�do y �que se pudran! Esc�vola es el nuevo emperador. Ahora todo ser� muy diferente. Puede estar seguro de ello.</p><p>Todo esto me est� mareando. Tengo que inclinarme, me falta el aliento. Respiro entrecortadamente seis o siete veces antes de recuperar la calma. Durante la noche, todo nuestro mundo ha muerto y ha nacido uno nuevo.</p><p>Me lavo, me visto, como apresuradamente y trato de buscar un carruaje que me lleve a Roma. Incluso en este momento de inestabilidad y locura una bolsa llena de oro te permite hacer lo que quieras. No hay conductores disponibles, as� que tendr� que arregl�rmelas yo solo, pero no importa. Uno no demuestra estar en sus cabales pretendiendo entrar en la capital en este d�a de caos, pero Roma me atrae como un im�n. Si su t�o se ha hecho con el trono, Lucila debe de encontrarse a salvo, pero he de saber la suerte que ha corrido Severina.</p><p>Cuando a�n estoy a una hora de camino de la capital, ya pueden verse las llamas en el horizonte. R�fagas de aire caliente del oeste me traen el olor a humo y parece estar cayendo polvo fino de ceniza. �O acaso me lo estoy imaginando? No. Alargo el brazo y observo c�mo una capa negra empieza a cubrirlo.</p><p>Es una absoluta locura acercarse a Roma en estos momentos.</p><p>�No deber�a darme la vuelta, rodear Roma, dirigirme hacia la costa y comprarme un pasaje para Britania mientras a�n pueda hacerlo? No, no. Tengo que ir all�, sean cuales sean los riesgos. Si Escevola es el emperador, Lucila me proteger�. Decido continuar hacia Roma. All� voy.</p><p>Todo el lugar parece un manicomio. El fuego llega hasta el cielo. Los antiguos palacios arden sobre las grandes colinas de los poderosos. Sus muros de m�rmol carbonizados se desploman como monta�as. La colosal estatua de alg�n antiguo emperador yace en fragmentos por la carretera. La gente corre despavorida por las calles, gritando, llorando. Escuadrones de soldados con los ojos desorbitados se precipitan entre ellos, gritando furiosa e incoherentemente mientras tratan de restablecer el orden sin tener idea alguna de cu�les son las �rdenes que hay que obedecer. Alcanzo a ver un riachuelo rojo por la alcantarilla y, por un terrible instante, pienso que se trata de sangre; pero no, s�lo es vino que fluye de una bodega destrozada. Los hombres se tiran de bruces para beb�rselo a leng�etazos entre los adoquines.</p><p>Abandono mi cuadriga, pues las calles est�n demasiado alborotadas para conducir por ellas, y sigo a pie. El centro de la ciudad a�n est� bastante entero. Pero �adonde ir�? me pregunto �Al Palatino? No, todo est� en llamas all�. �Al Capitolio? Escevola estar� all�, razono, y (�qu� rid�culo me resulta o�r esto ahora!) �l podr� decirme d�nde est� Lucila y qu� ha sido de Severina Floriana.</p><p>Naturalmente, no consigo llegar a las cercan�as del Capitolio. Todo el distrito gubernamental est� acordonado por el ej�rcito. Por las calles hay edictos y me detengo a leer uno y es entonces cuando me doy cuenta del terremoto que se ha producido esta noche: el Imperio se ha acabado, ha vuelto la Rep�blica de los antiguos tiempos. Ahora gobierna Esc�vola, pero no tiene el t�tulo de emperador, sino de Primer C�nsul.</p><p>Me encuentro en la calle que pasa por el Foro, boquiabierto, perplejo. De pronto, a punto estoy de ser arrollado por un carruaje que va a toda prisa. Grito una maldici�n y, ante mi asombro, el carruaje se detiene y un rubicundo rostro que me es familiar clava los ojos en m�.</p><p>��Cimbelino! �Por los santos dioses! �Eres t�? �No puedes quedarte aqu� afuera!</p><p>Se trata de mi fornido y jovial anfitri�n en Ne�polis, el amigo de mi padre, Marcelo Domiciano Frontino. ��Qu� mala suerte ha tenido! �pienso yo�. Encontrarse en Roma de visita en un momento como �ste.� Pero para variar, estoy completamente equivocado, y Marcelo Domiciano me lo explica todo r�pidamente con detalle.</p><p>�l ha estado implicado en el complot desde el principio. De hecho, �l y su hermano el general, junto a Junio Esc�vola y el conde Ner�n R�mulo, han sido los cabecillas. Estaban convencidos de que era necesario destruir el Imperio con el fin de salvarlo. El actual emperador era un pobre idiota, al anterior se le hab�a permitido mantenerse en el trono demasiado tiempo. La idea misma de una monarqu�a hereditaria hab�a demostrado ser desastrosa una y otra vez a lo largo de los siglos y hab�a llegado el momento de deshacerse de ella de una vez por todas. Volv�a a haber inquietud en las provincias y se hablaba de nuevo de secesi�n. Despu�s de haber combatido y vencido en una Segunda Guerra de Reunificaci�n, el general Casio Frontino no albergaba ning�n deseo de lanzarse a una tercera, y hab�a convencido sin demasiadas dificultades a su hermano y a Esc�vola de que los cesares deb�an desaparecer. Deb�an, mejor dicho, ir a donde nunca m�s tuvieran oportunidad de reclamar el trono.</p><p>Despiadado y sangriento, s�. Pero habr�a que eliminar a la incompetente y disoluta familia real, hab�a que acabar con la vac�a y costosa pompa de la grandeza imperial, hab�a que restituir la Rep�blica, por fin, despu�s de tanto tiempo. De nuevo se gobernar�a en funci�n del m�rito y no del nacimiento. Esc�vola era respetado en todas partes; �l sabr�a lo que hab�a que hacer para que las cosas no se desbarataran.</p><p>��Pero matarlos� asesinar a una familia entera!</p><p>�Una completa depuraci�n, eso era lo que necesit�bamos �me explica Frontino�. Un ruptura total con el pasado. No podemos tener monarcas hereditarios en esta era moderna.</p><p>�Entonces �han muerto todos los pr�ncipes y princesas?</p><p>�Eso he o�do. Es posible que uno o dos hayan conseguido huir, pero pronto ser�n capturados, no te quepa duda de eso.</p><p>��Y la princesa Severina Floriana?</p><p>�No lo s� �responde Frontino�. �Por qu�? �La conociste?</p><p>Enrojezco.</p><p>�La verdad es que no muy bien, pero me preguntaba�</p><p>Lucila podr� explicarte lo que le ha ocurrido. T� mismo puedes pregunt�rselo.</p><p>�No s� d�nde est� Lucila ahora. Estuvimos juntos en Tibur esta semana, en la villa imperial� cuando todo empez� a desencadenarse�</p><p>��Vaya, pues ver�s a Lucila en cinco minutos! Se encuentra en el palacio del conde Ner�n R�mulo, �sabes d�nde est�, no?, y all� es exactamente adonde nos dirigimos.</p><p>Se�alo el Palatino, detr�s de nosotros, envuelto en llamas y humo negro:</p><p>��All�?</p><p>Frontino se r�e.</p><p>�No seas tonto. En el Palatino todo est� destrozado. Me refiero a su palacio en el r�o. �Ya hemos pasado el �rea del Foro. Distingo la l�gubre mole del mausoleo de Adriano por delante de nosotros, al otro lado del T�ber. Nos detenemos justo antes de alcanzar el puente�.Ya hemos llegado �dice Frontino.</p><empty-line/><p>Entonces veo a Lucila por �ltima vez; tras haber atravesado el loco frenes� de las calles hasta la seguridad del palacio bien custodiado de Ner�n R�mulo a orillas del r�o. Me cuesta reconocerla. No lleva maquillaje y su vestido es austero, sencillo� son ropas de campesina. Tiene los ojos tristes y enrojecidos. Muchos de sus amigos patricios han muerto esta noche en aras del renacimiento de Roma.</p><p>�As� que ya lo sabes �me dice�. Est� claro que no pod�a decirte nada de lo que se estaba planeando.</p><p>Me resulta duro creer que esta mujer y yo hemos sido amantes durante meses, que conozco cada cent�metro de su cuerpo como nadie. Su voz es fr�a e impersonal y ni siquiera me ha besado o sonre�do.</p><p>��Durante todo este tiempo sab�as lo que iba a ocurrir?</p><p>�Por supuesto. Desde el principio. Por lo menos pude mantenerte fuera de la ciudad mientras todo estaba sucediendo.</p><p>�Tambi�n llevaste a Severina a un lugar seguro. Sin embargo, parece que no pudiste retenerla all�.</p><p>Por su mirada puedo advertir la furia, tambi�n el dolor.</p><p>�Intent� salvarla, pero no era posible.Ten�an que morir todos, Cimbelino.</p><p>�Era tu amiga desde la infancia, y ni siquiera trataste de avisarla.</p><p>�Somos romanos, Cimbelino. Se hab�a hecho necesario el restablecimiento de la Rep�blica. La familia real ten�a que morir.</p><p>��Incluso las mujeres?</p><p>�Todos. �Es que no crees que he pedido, que he suplicado por su vida? �No, dec�a Ner�n R�mulo. Ella debe morir con ellos. No hay elecci�n�, dijo. Acud� a mi t�o. No sabes c�mo me enfrent� a �l. Pero no hay nadie que pueda alterar su voluntad. Nadie en absoluto. No hab�a manera de salvarla. �Lucila hace un r�pido y tajante movimiento con la mano�. No quiero hablar m�s de esto. M�rchate, Cimbelino. Ni siquiera entiendo por qu� Marcelo te ha tra�do aqu�.</p><p>�Estaba vagando por las calles sin saber adonde ir para encontrarte.</p><p>��A m�? �Por qu� quer�as encontrarme?</p><p>Es como una patada en el est�mago.</p><p>�Porque� porque� �tartamudeo, me quedo sin voz.</p><p>�Has sido una agradable compa��a�dice ella�. Pero el tiempo de las distracciones se ha acabado.</p><p>��Distracciones!</p><p>Su expresi�n es p�trea.</p><p>�M�rchate, Cimbelino. Vuelve a Britania tan pronto como puedas. El derramamiento de sangre a�n no se ha acabado aqu�. El Primer C�nsul a�n no sabe qui�n es leal y qui�n no.</p><p>�Entonces �habr� otro Reinado del Terror?</p><p>�Esperamos que no. Pero, sea como sea, no va a ser agradable. No obstante, el Primer C�nsul quiere que la Segunda Rep�blica arranque de la manera m�s pac�fica posible�</p><p>�El Primer C�nsul �digo con tono furioso�. La Segunda Rep�blica.</p><p>��No te gustan estas palabras?</p><p>�Matar al emperador�</p><p>�Ya ha ocurrido antes, m�s veces de las que puedas contar.</p><p>Esta vez hemos acabado con el sistema entero y por fin se sustituir� por algo m�s honesto y razonable.</p><p>�Quiz� s�.</p><p>�M�rchate, Cimbelino. Ahora estamos muy ocupados.</p><p>Se da la vuelta y abandona la sala como si yo no fuera para ella m�s que un curioso y molesto desconocido. Todo se me aparece muy claro ahora: me ha tratado como a un mero y circunstancial juguete, un entretenido b�rbaro con el que mantenerse distra�da durante la estaci�n de oto�o. Ahora ha llegado el invierno, y ella debe consagrarse a asuntos m�s serios.</p><empty-line/><p>De modo que me marcho. El �ltimo emperador hab�a muerto y la Rep�blica hab�a renacido. Y mientras esto ocurr�a, yo dorm�a en medio de las lujosas comodidades de la villa imperial. Pero siempre ha sido as�, �no es cierto? De noche, mientras la mayor�a de nosotros dormimos, hay unos cuantos individuos �giles que hacen la Historia.</p><p>Ahora todo era nuevo y extra�o. El mundo que yo hab�a conocido se hab�a transformado completamente de maneras que pod�an no ser totalmente visibles durante a�os. Los acontecimientos de las pasadas horas ser�an examinados, debatidos y evaluados por los historiadores mucho despu�s de que yo envejezca y muera. Tampoco el caos en el coraz�n del Imperio terminar�a en un �nico d�a. As� que lo mejor que pod�amos hacer los muchachos de provincias como yo era regresar al lugar de donde proced�amos.</p><p>De todas formas, tampoco ten�a ning�n sitio donde quedarme all� en Roma. Hab�a perdido a Lucila (ella se casar�a con el conde Ner�n R�mulo para sellar su alianza con su t�o), y cualquier fantas�a atolondrada que pudiera haber alimentado respecto a la princesa Severina Floriana, ser�a mejor olvidarla cuanto antes, o el dolor no me abandonar�a el alma. Todo hab�a acabado ya y atr�s quedaba. El turismo se hab�a terminado para m� aquel a�o; no habr�a aventuras en Etruria ni en Venecia ni en otras regiones septentrionales de Italia. Sab�a que deb�a dejar Roma a los romanos y batirme en retirada hacia a mi isla lejana y lluviosa, en el oeste. Las llamas que hab�an consumido la Roma de los emperadores se hab�an acercado demasiado a todas partes. Hasta yo mismo, de alguna manera, hab�a salido chamuscado.</p><p>De no haber sido por la ayuda que me brind� Frontino, supongo que podr�a haberlo pasado mal. Pero �l me facilit� un salvoconducto para que pudiera salir de la capital y me prest� un carro y un auriga; de modo que en la ma�ana del segundo d�a de la Rep�blica, me encontraba nuevamente en la v�a Apia, dirigi�ndome hacia el sur. Por delante de m� ten�a la v�a Roma, Ne�polis y un barco que me llevar�a de regreso a casa.</p><p>S�lo una vez mir� hacia atr�s: el cielo estaba emborronado con nubarrones negros mientras las llamas se extingu�an sobre la colina Palatina.</p></section><section><p>T�tulo original: <emphasis>Roma Eterna</emphasis></p><p>Traducci�n de Emilio Mayorga</p><p>Primera edici�n: octubre de 2006</p><p>� Agberg, Ltd., 2003</p><p>� Ediciones Minotauro, 2006</p><p>Avda. Diagonal, 662-664, 6.<sup>a</sup> planta. 08034 Barcelona</p><p>www. edicionesminotauro.com</p><p>www.scyla.com</p><p>Todos los derechos reservados</p><p>ISBN-13: 978-84-450-7610-1 ISBN-10: 84-450-7610-8</p><p>Dep�sito legal: B. 31343-2006</p><p>Fotocomposici�n: Anglofort, S. A.</p><p>Impresi�n: A &amp; M Gr�fic, S. L.</p><p>Impreso en Espa�a</p><p><emphasis>Printed in Spain</emphasis></p></section></body><binary id="cover" 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