<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>sf_fantasy</genre><author><first-name>D.</first-name><middle-name>J.</middle-name><last-name>Heinrich</last-name></author><book-title>El ocaso de la magia</book-title><annotation><p>Verdilith , el gran Drag�n Verde, ten�a un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago hab�a forjado el abat�n, una caja que anulaba el poder de la magia. Uro se las ingeni� para que aquella caja, que tantos estragos pod�a causar, fuese a parar a Armstead, una aldea de magos. Johauna Menhir, portadora de la espada Vencedrag , y sus compa�eros se dirigieron a ese lugar para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energ�a m�gica de Armstead ya hab�a activado el abat�n, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde proven�a el propio Teryl Uro. El gran Drag�n Verde, inspirado por su retorcida mente y la maldad de su coraz�n, segu�a los pasos de Jo y sus amigos para acabar con ellos igual que lo hab�a hecho con el gran h�roe de Penhaligon, Flinn el Poderoso.</p></annotation><date>1994</date><coverpage><image l:href="#cover"/></coverpage><lang>es</lang><src-lang>en</src-lang><translator><first-name>Purita</first-name><last-name>M�ndez</last-name></translator><sequence name="Trilog�a Penhaligon" number="3"/></title-info><src-title-info><genre>sf_fantasy</genre><author><first-name>D.</first-name><middle-name>J.</middle-name><last-name>Heinrich</last-name></author><book-title>The Fall of Magic</book-title><date>1993</date><lang>en</lang></src-title-info><document-info><author><first-name/><last-name/></author><program-used>FictionBook Editor Release 2.6, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date>2020</date><id>43585dc3-eae1-40e6-a389-d32cd1aeccfe</id><version>1.0</version></document-info></description><body><title><p>El ocaso de la magia</p><p>D.J. Heinrich</p></title><section><title><p>Pr�logo</p></title><p>Hay muchas razones por las que uno debe escribir sus memorias.</p><p>Los diarios de los grandes estadistas siempre proporcionan relatos excelentes. A veces es importante dejar un testimonio escrito para los hijos; a veces para rendir un homenaje a los amigos.</p><p>Flinn <emphasis>el Poderoso</emphasis> fue el m�s grandioso h�roe de Penhaligon.</p><p>Encarnaba el esp�ritu del Quadrivial: el honor, el valor, la fe y la gloria, los Cuatro Pilares del reino. Yo inici� su preparaci�n con la esperanza de que alg�n d�a me sucediese como alcaide del Castillo de los Tres Soles. No fue as�.</p><p>Todos han o�do hablar de su batalla final que entabl� con <emphasis>Verdilith,</emphasis> el gran Drag�n Verde. Y, a pesar de que, con la ayuda de <emphasis>Vencedrag,</emphasis> le dej� lisiada una de las patas delanteras, la bestia asest� un golpe mortal a Flinn antes de que pudiera rematarla. Su cuerpo fue entregado al fuego con los honores propios de un caballero, y su espada, <emphasis>Vencedrag,</emphasis> qued� en posesi�n de su amada escudero, Johauna Menhir: una joven admirable.</p><p><emphasis>Verdilith</emphasis> ten�a un aliado en el Castillo de los Tres Soles, un misterioso hechicero cuyo verdadero nombre era Teryl Uro. Este mago hab�a forjado el abat�n, una caja que anulaba el poder de la magia.</p><p>Uro se las ingeni� para que aquella caja, que tantos estragos pod�a causar, fuese a parar a Armstead �una aldea de magos�. Jo y sus compa�eros, Braddoc Briarblood, Karleah Kunzay y Dayin, el muchacho montaraz, se dirigieron a Armstead para interceptar la caja, pero llegaron demasiado tarde. La energ�a m�gica de Armstead ya hab�a activado el abat�n, convertido ahora en una puerta dimensional entre Mystara y el mundo de los abelaat, de donde proven�a el propio Teryl Uro. Cuando llegaron Jo y sus amigos, el abat�n se hab�a abierto, lo que hab�a provocado la destrucci�n de la aldea con todos sus habitantes.</p><p><emphasis>Verdilith</emphasis> le segu�a los pasos al portador de <emphasis>Vencedrag.</emphasis> El gran Drag�n Verde asesin� a uno de los compa�eros de Jo, adquiri� su apariencia para infiltrarse entre ellos e intent� seducirla. Inspirado por su retorcida mente y la maldad de su coraz�n, lleg� al extremo de adquirir la forma f�sica de Fain Flinn con la esperanza de enga�ar a Jo, pero la muchacha pudo entrever a trav�s de su aspecto externo la terrible bestia que llevaba en su interior. Con la ayuda de <emphasis>Vencedrag,</emphasis> Jo acab� con el drag�n, vengando as� la muerte de Flinn, su �nico amor.</p><p>Como ya he dicho, Jo era una joven admirable. Se sacrific� m�s de lo que cualquier caballero le hubiese pedido, y dio de s� misma m�s que cualquier h�roe.</p><cite><text-author>De <emphasis>Cr�nicas de sir Lile Graybow,</emphasis></text-author><text-author>diez a�os despu�s de la reconstrucci�n.</text-author></cite></section><section><title><p>1</p></title><p>Johauna se despert� sobresaltada, sintiendo los agitados latidos de su coraz�n. Acerc� hacia s� las dos mitades de <emphasis>Vencedrag</emphasis> y se aferr� a la sensaci�n de protecci�n que la espada le proporcionaba, pero el helado metal le quemaba la piel. Cuando se dio cuenta de que, a pesar del fr�o, el dolor y la urgencia de su misi�n, se hab�a quedado dormida, el p�nico se apoder� de ella. Ni siquiera se acordaba de haberse detenido a descansar y ya la cubr�a una fina capa de nieve.</p><p>El viento de las monta�as de Picos Negros silbaba sin piedad a su alrededor, y sinti� el deseo de ser transportada a un sitio c�lido y seguro. Se hab�a refugiado bajo un saliente de pizarra negra, y hab�a apretujado los brazos contra el pecho de forma protectora con tanta fuerza que los hombros se le hab�an hinchado por la tensi�n. Advirti� que hab�a intentado encender una hoguera, aunque no pod�a imaginarse de d�nde hab�a sacado las ramitas y peque�os trozos de madera que ahora estaban cubiertos por una insignificante capa de nieve. Recordaba haber usado a <emphasis>Vencedrag</emphasis> para hacer chispas.</p><p>Jo movi� el brazo para sacudirse la nieve con un gesto que le hizo sentir a�n m�s fr�o. Cerr� los ojos para tratar de recordar c�mo hab�a llegado a las monta�as de Picos Negros sin protecci�n alguna. El fr�o y la nieve le obnubilaban los pensamientos, pero se hizo el firme prop�sito de no dormirse para poder sobrevivir. Algunos recuerdos dispersos de Armstead, como la oscuridad que inundaba su cielo, acudieron a su memoria. So�olientas im�genes del abat�n, del nombre de Teryl Uro, as� como de la muerte de <emphasis>Verdilith,</emphasis> el Drag�n Verde, desfilaron por su mente. El nombre de Fain Flinn tambi�n acudi� a su memoria, pero hab�a dos cosas que parec�an tener m�s relevancia incluso que la muerte de su amado Flinn: la oscuridad que provocaba el abat�n y la necesidad de matar a Teryl Uro.</p><p>��Muy bien escudero! �se dijo en un susurro, intentando mantener los ojos abiertos a pesar de la escarcha que los cubr�a�. �Hay que moverse�! Despu�s de descansar un ratito�</p><p>Se despert� en un mundo distinto. Un extra�o calor flu�a por sus piernas, lo que la indujo a pensar que hab�a perdido la sensibilidad debido al intenso fr�o; aunque eso no explicaba el olorcillo a comida que se pod�a percibir ni el hecho de que <emphasis>Vencedrag</emphasis> no estuviese en su regazo.</p><p>Al incorporarse s�bitamente, sus ojos se inundaron de una oscuridad salpicada de diminutas estrellas; en sus o�dos se agolpaba el sonido del oc�ano. Se palp� la cara con las manos vendadas, y descubri� numerosas llagas que escoc�an bajo los efectos de un ung�ento, aplicado para curar la piel que se le hab�a da�ado en la monta�a. Al poner las manos sobre sus piernas se dio cuenta de que no llevaba ropa. Tantas sensaciones peculiares acabaron de convencerla para que se volviera a tumbar.</p><p>El olor a comida la devolvi� al mundo de los sentidos. Advirti� que se encontraba en una tienda cubierta por una robusta loneta marr�n que se sosten�a con un solo poste central; numerosas estacas que se hund�an en un suelo arenoso tensaban la cubierta. La comida rebosaba en platos y fuentes de tosco barro decorados con fin�simo oro, distribuidos a lo largo de una mesa cercana. Se habr�a zampado cualquiera de aquellos manjares.</p><p>�l colch�n sobre el que estaba tumbada era amplio y c�modo, del tipo de los que siempre hab�a so�ado tener desde que la hab�an hecho escudero. La cama era de barras de lat�n moldeadas con formas atractivas, y coronadas en las cuatro esquinas por unas voluminosas esferas del mismo material. La colcha que cubr�a su agotado cuerpo estaba confeccionada por un innumerable mosaico de telas entrecosidas; las hab�a nuevas y viejas, delicadas y �speras. Al tocar uno de los remiendos de color vino tinto y recordar haber visto un tejido id�ntico en una tienda de Specularum, se le dibuj� una sonrisa en el rostro, lo que le provoc� el doloroso estiramiento de una de las postillas.</p><p>Entrecerrando los ojos, Jo se contempl� en una de las brillantes esferas de lat�n que ten�a cerca. Su imagen distorsionada mostraba cortes y magulladuras, y los labios aparec�an cubiertos de sangre.</p><p>Ante la idea de poder manchar la colcha, la apart� de una patada mientras buscaba por la cama algo con que limpiarse la sangre.</p><p>Encontr� un trozo de tela blanca salpicado de manchas marrones. Se frot� los dedos, y luego se aplic� el pa�o al labio cortado y presion� hasta cortar la hemorragia.</p><p>Por alguna extra�a raz�n, notaba que su pierna izquierda estaba en mejores condiciones que el resto de su cuerpo. Los vendajes eran recientes y, al igual que el pa�o que a�n sujetaba, estaban cubiertos de manchas marrones. Jo encontr� un peque�o frasco que conten�a un ung�ento de olor dulce �era lo que, sin duda, le hab�an aplicado sobre las heridas�, y sacando una peque�a cantidad se unt� el corte del labio, con lo que el olor desapareci� instant�neamente.</p><p>Cuando se sinti� mejor, comenz� a preguntarse qui�n la habr�a recogido y por qu�. Buscando sus ropas, adem�s de algunas respuestas, se dirigi� hacia un ba�l de madera que estaba en el suelo y lo abri�. Sus ojos se agrandaron de asombro al descubrir un ca�tico mont�n de vestimentas de lo m�s diverso y lujoso. Al igual que la variedad de remiendos de la colcha de la cama, algunas de aquellas ropas habr�an podido pertenecer a miembros de la realeza, mientras que otras ten�an el aspecto de proceder de campesinos. Jo hundi� el brazo hasta lo m�s profundo del ba�l y extrajo un camis�n de un azul brillante, adornado con un lazo blanco y bordado con delicadas perlas.</p><p>La prenda era de una suavidad tal que se le escapaba de entre las manos. Cuando se acarici� con �l la mejilla, sinti� un frescor similar al que le proporcionaba un pa�uelo de seda que hab�a encontrado en Eirmont una noche de oto�o a la luz de la luna. A pesar de la belleza de la prenda, no era vestimenta apropiada para un escudero.</p><p>Jo continu� rebuscando entre las ropas, y las fue amontonando con delicadeza en el suelo. Comenz� a impacientarse al ver que la pila aumentaba sin que encontrase nada adecuado para ponerse.</p><p>Descubri� finas camisas de seda con chalecos y pantalones a juego, bordados con s�mbolos her�ldicos �de halcones y escudos� que desconoc�a. Hab�a telas de saco que le hac�an sentir un picorcillo en los brazos al tocarlas. Tambi�n hall� unos grandes rollos de cintas de cuero de colores negro y rojo, e imagin� que si se enrollaban en el cuerpo pod�an servir de vendas.</p><p>Finalmente sac� una cota de mallas de junturas tan finas que, dedujo, deb�a de haber sido labrada por un herrero elfo poseedor de la magia m�s refinada. Al levantarla, la cadena emiti� un tintineo similar al de peque�as campanas, y pudo ver su propia imagen reflejada cien veces en la malla. Sonri� con satisfacci�n mientras se echaba la cota al hombro y reanudaba su concienzudo registro del ba�l.</p><p>La defraud� el no poder encontrar las partes restantes del atuendo elfo; sin embargo, s� hall� grebas, hombreras y brazales met�licos, te�idos de un color rojizo que armonizaban perfectamente entre s�. No acertaba a adivinar de qu� clase de metal estaban forjados, pero al probar su resistencia comprob� que no era capaz de doblarlos. Tal vez proviniesen del mundo de los elfos.</p><p>Descubri� tambi�n un par de botas en el fondo del ba�l que se le ajustaban mejor que cualquier otro par que se hubiese probado nunca, incluso que las que tanto trabajo le hab�a costado hacerse cuando era aprendiz. Le extra�� que tanto las botas como la armadura se ajustasen tan bien a su medida. Ten�a la sensaci�n de que sus salvadores hab�an llenado el ba�l con cosas especialmente seleccionadas para ella.</p><p>Por �ltimo extrajo unos pantalones y una camisa a juego.</p><p>Contemplando aquellos ropajes con detenimiento, advirti� que coincid�an en color y forma con los que llevaban los caballeros del reino de Penhaligon, a excepci�n de que la t�nica carec�a de la imagen de los tres soles dorados. El brillo de los brocados de aquellas ropas trajo a la memoria de Jo el celo con que Flinn guardaba sus atav�os. Flinn los hab�a rasgado para vendarla cuando estaba herida.</p><p>Sonri� al recordar con qu� cuidado ella hab�a logrado remendar la preciada prenda hasta dejarla casi como nueva.</p><p>De repente, los vendajes de sus manos delataron la ausencia de <emphasis>Vencedrag.</emphasis> Aturdida, se olvid� del ba�l y se sent� en la cama. Aquella espada hab�a sido lo �nico que manten�a vivo en su memoria la imagen de Flinn, pero sus sentimientos se hab�an resquebrajado cuando se parti� en dos. Depend�a tanto de Flinn, en cuerpo y alma, que deseaba con ah�nco que se cumpliesen las canciones de los bardos que anunciaban que alg�n d�a volver�a, aunque sab�a que era en vano.</p><p>Con gran resoluci�n se despoj� de las vendas, comprob� que apenas quedaba algo de sangre coagulada y postillas en las cicatrices, y se enfund� aquella indumentaria.</p><p>Se contempl� en el reflejo de una de las esferas de lat�n. Todo se acoplaba a la perfecci�n.</p><p>El olor de comida era demasiado intenso para resistirse. Se abalanz� sobre la mesa sin decidirse a qu� hincarle el diente. Escogi� uno de sus platos favoritos: pato en salsa de naranja. Cogiendo del plato un trozo, que a�n estaba caliente, comenz� a devorarlo. Nunca hab�a probado nada tan delicioso, ni siquiera cuando se dedicaba a robar manjares de las m�s refinadas mesas de Specularum. Mezclaba la fruta fresca con carne curada que hab�a en una bandeja de lat�n, y todo lo regaba con abundante agua fresca que sorb�a de una copa de barro. Com�a y beb�a y s�lo paraba para respirar, con la certeza de no haberse sentido, en toda su vida, tan a gusto y segura.</p><p>Mientras com�a otro trozo de pato, algo entre las prendas del ba�l le llam� la atenci�n. Acab� la comida y se dirigi� a la pila de ropa.</p><p>Hab�a un vestido muy sencillo, un tabardo confeccionado con una tela similar a la del brocado de su traje, pero de distinto color. Se pas� la t�nica por encima de la armadura y se la at� con firmeza a la altura de su delgada cadera con el cintur�n que ten�a incorporado. El vestido cubr�a las hombreras e incluso llegaba a disimular las grebas de la armadura.</p><p>Deseaba encontrar las dos mitades de <emphasis>Vencedrag,</emphasis> pero no se molest� en registrar la habitaci�n porque estaba segura de que se la hab�an llevado. Si al menos tuviese un arma con que protegerse�, aunque s�lo fuese una daga. Echando un �ltimo y r�pido vistazo a su alrededor, Jo se decidi� a acudir al encuentro de sus salvadores. Con un profundo y prolongado suspiro, se dio la vuelta, y se abri� paso a trav�s del fald�n que comunicaba la tienda con el mundo exterior.</p><p>Jo se sent�a desfallecida. Estaba demasiado cansada para importarle que el fr�o se apoderase poco a poco de su vida. El viento aullaba en sus o�dos como una horda de perros salvajes, y notaba que el acero de <emphasis>Vencedrag</emphasis> le helaba las manos. Quer�a encender otra hoguera, pero vio que la madera que hab�a recogido estaba bajo dos cuartas de nieve.</p><p>Con la poca fuerza de voluntad que le quedaba se levant�, utilizando el pomo de la enorme espada rota como muleta. Al moverse not� una terrible y ag�nica punzada de dolor en la pierna. Enseguida, se dio cuenta de la causa del dolor: algo le hab�a mordido, y la carne del muslo estaba al descubierto. Observ� c�mo la sangre fresca produc�a un vaporcillo al gotear sobre un rojizo montoncito de nieve.</p><p>Pronto regresar�a el animal que la hab�a mordido.</p><p>Al levantarse se sacudi� el hielo que se le hab�a adherido a las extremidades y a la cara. Lo �nico que sent�a era el punzante dolor que le provocaba el g�lido viento. El esfuerzo que tuvo que hacer para erguirse la hab�a dejado exhausta y sin fuerzas para abandonar las terribles laderas de la monta�a que alimentaba a aquella bestia.</p><p>Apoyada en una roca de obsidiana, se esforz� en abrir y cerrar los ojos para que no se le desgarrasen por la congelaci�n. Un rastro de huellas ensangrentadas le indicaba el camino de vuelta a la derruida Armstead. Pudo comprobar que la bestia estaba sola.</p><p>Jo se dijo que tal vez deber�a encaminarse al saliente de la monta�a para tener m�s posibilidades. Con un violento movimiento del brazo, clav� una de las mitades de <emphasis>Vencedrag</emphasis> en la superficie helada de la monta�a, y se incrust� la empu�adura de la espada en la carne de su mano. El agudo dolor la despej� ligeramente, aunque no sab�a si prefer�a permanecer en aquel evasivo estado de indiferencia.</p><p>Intentando olvidarse del fr�o, el viento y el dolor, se agarr� la pierna herida y, arrastr�ndola por la ladera, avanz� sobre las duras rocas de obsidiana de la monta�a. El hielo que se le formaba en la cara le ara�aba las mejillas y le resbalaba hacia el cuello, congel�ndole la piel. No paraba de tiritar. Volvi� a clavarse en la mano la empu�adura de <emphasis>Vencedrag,</emphasis> y su ag�nico grito de dolor se esparci� en el viento.</p><p>Se vio forzada a detenerse, pues la sangre que brotaba de la mano flu�a por su costado en direcci�n a la pierna malherida.</p><p>Apoyando la cara en la cornisa de negra obsidiana respir� entrecortadamente con dificultad y trag� m�s polvillo helado que aire, lo que le provoc� de nuevo una sensaci�n de desvanecimiento.</p><p>Dej�ndose caer en el fr�o suelo, de repente percibi� un aullido que transportaba el viento incesante. Intent� levantarse, pero no lograba sostenerse en pie.</p><p>La bestia de la monta�a hab�a vuelto. Era un perro salvaje, un carro�ero que buscaba una presa f�cil. El animal husme� la sangre y clav� sus ojos en los de Jo. �sta apenas pod�a moverse ante la acechante presencia de la bestia, que mostraba los colmillos mientras describ�a c�rculos a su alrededor.</p><p>Acto seguido, Jo se despert� ante la visi�n del perro dando leng�etadas a su pierna ensangrentada. Se hab�a quedado inconsciente, y el perro la hab�a dado por muerta. Atiz� al animal con las dos mitades de <emphasis>Vencedrag,</emphasis> sin importarle el da�o que pod�a hacerse a s� misma.</p><p>La parte de la espada que ten�a el pomo se incrust� en la pata trasera derecha del animal, y la otra mitad de la hoja golpe� el pomo con tal fuerza que saltaron chispas. Con un aullido de dolor, el perro se precipit� rabioso sobre Jo, quien intent� en vano quit�rselo de encima; el animal era demasiado voluminoso para sus menguadas fuerzas. Las fauces se cerraron sobre su cara y le desgarraron la mand�bula.</p><p>Jo emiti� un grito de dolor y clav� sus propios dientes en el hocico del perro; mordi� con la furia del miedo y de la rabia. Golpe� a la bestia con las dos mitades de <emphasis>Vencedrag</emphasis> y se defendi� a base de mordiscos y gritos, sin que la abandonase aquella inevitable sensaci�n de desfallecimiento.</p><p>Lo que encontr� fuera de la tienda la dej� boquiabierta. Aquel lugar no ten�a nada que ver con Mystara. Estaba plagado de tiendas.</p><p>Las hab�a a cientos o incluso a miles; parec�an no acabarse nunca y estaban separadas entre s� por caminos sembrados de hierba y senderos de arena. Daba la impresi�n de que la distribuci�n hab�a sido estudiada con detenimiento; tal vez se ordenaban con un criterio de iluminaci�n o de color, pues, en la distancia, el enorme campamento se asemejaba a un campo de flores.</p><p>Jo gir� sobre s� misma para tener una visi�n completa de las tiendas y se dirigi� hacia un ancho camino de piedrecitas. Para no desorientarse decidi� arbitrariamente que aquello ser�a el este.</p><p>Todas las tiendas estaban confeccionadas con el mismo tipo de lona que se usaba para las velas de los barcos, te�ida de diversos colores e irregulares estampados. Frunci� la nariz al percibir una tenue y peculiar fragancia, dulce y amarga al mismo tiempo, que proven�a de los tintes de las telas. Aquel perfume se mezciaba con el aceitoso olor del suelo de las tiendas, d�ndole la sensaci�n de pasear a trav�s de un arco iris de aromas, cuyos arcos se separaban a intervalos regulares y se engalanaban con caprichosos tonos crom�ticos. Al darse cuenta de que estaba completamente boquiabierta, cerr� la boca con brusquedad.</p><p>Cada tienda luc�a un s�mbolo sobre su entrada. Estos emblemas ten�an la misma variedad de formas y dise�o que los colores de las tiendas. La primera tienda por la que pas� mostraba un dibujo de dos cubos recubiertos de cubos m�s peque�os de infinidad de colores. La siguiente ten�a la misma imagen pero los cubos m�s peque�os no ten�an la profusi�n de colores de la anterior. Al llegar a la d�cima tienda, los cubos se hab�an transformado en dados que, a medida que segu�a avanzando, parec�an rodar, mostrando las diferentes combinaciones de sus puntos negros. De repente los dados se empeque�ecieron y se multiplicaron, formando caprichosas figuras, tri�ngulos y c�rculos irregulares.</p><p>Al llegar al final de la hilera, Jo observ� que en el �rea adyacente las tiendas ya no eran multicolores sino totalmente blancas, y se extend�an hasta el horizonte. Las placas de estas tiendas no luc�an s�mbolo alguno, por lo que dedujo que deb�an de estar vac�as. Se gir� para contemplar el camino por el que hab�a llegado hasta all�. Lo que le hab�a parecido una senda totalmente recta, ahora mostraba tortuosas curvas que le imped�an la visi�n. Se sent�a como dentro de un gran laberinto, como el que rodeaba el castillo del duque Stefan, donde en una ocasi�n hab�a podido despistar a un furioso panadero que la persegu�a por haberle robado un poco de pan. Pero este lugar era infinitamente m�s grande que un simple laberinto de setos.</p><p>La �ltima tienda decorada ten�a un estampado de cuadros blancos y negros. La placa de la entrada en que se inscrib�a el emblema representaba el tablero de alg�n juego de mesa con la misma distribuci�n de cuadros en blanco y negro. Jo recordaba haber visto a uno de sus antiguos maestros del gremio de encuadernadores de libros enzarzado en un juego con un tablero similar. Las piezas eran finas tallas de marfil que representaban formas de h�roes y ej�rcitos. Se qued� contemplando el s�mbolo sin que el nombre del juego le viniese a la memoria.</p><p>Dej� a un lado la cuesti�n del nombre, y pens� en lo curioso que era aquel lugar interminable. Tal vez encontrar�a las respuestas que buscaba en el interior de aquella tienda.</p><p>Sin darle m�s vueltas, Jo separ� el fald�n de lona de la entrada y se introdujo en su interior. Esperaba encontrar una tienda parecida a la que hab�a dejado, con una cama, una mesa y quiz�s hasta m�s comida� La sorprendi� una total oscuridad y una asombrosa quietud.</p><p>La lona no desprend�a ning�n olor aceitoso, pero se percib�a un ligero perfume a tabaco de pipa. Intent� retroceder, pero no hallaba el fald�n de la salida debido a la oscuridad.</p><p>�Adelante �oy� que le dec�a una voz.</p><p>Jo tuvo un sobresalto, y sinti� que el coraz�n se le aceleraba.</p><p>Pase� la mirada por la habitaci�n, pero la oscuridad era impenetrable.</p><p>�Por favor, toma asiento �a�adi� la voz, que, lejos de ser alarmante, sonaba tranquilizadora.</p><p>Jo mir� a su alrededor, sorprendida de que la voz pareciera venir de todas partes de la estancia al mismo tiempo.</p><p>Se encendi� una luz blanca que surg�a del techo e iluminaba una mesa con dos sillas elaboradas con un tipo de madera dif�cil de identificar. El sobrenatural tono del inesperado haz de luz la hizo desear estar en posesi�n de un arma, aunque s�lo fuesen las dos mitades de <emphasis>Vencedrag.</emphasis> Desafortunadamente, el rayo de luz no mostraba la presencia de su interlocutor.</p><p>��Qui�n sois? �inquiri� con cautela.</p><p>�Toma asiento �repiti� la voz amablemente.</p><p>Sin encontrar nada que objetar, desarmada como estaba, accedi� a la invitaci�n y se sent� en la silla m�s cercana, con un suspiro de resignaci�n.</p><p>De la oscuridad surgi� un hombre con barba canosa y poco pelo en la cabeza. Sus ropajes, que eran del mismo tono negro del exterior de la tienda, s�lo dejaban entrever su rostro y manos. Bajo el brazo derecho acarreaba una peque�a caja lisa, y de entre los dientes sobresal�a la boquilla de una larga pipa.</p><p>Depositando cuidadosamente la caja sobre la mesa, el hombre se sent�, arrim� la silla y, sin mirar a Jo, liber� los dos cierres dorados de la cajita y la abri� con gran habilidad. De su interior surgi� un tablero similar al que hab�a en la placa exterior de la tienda.</p><p>��Deseas algo para beber? �le ofreci� distra�damente.</p><p>Sin m�s pre�mbulos, alarg� el brazo hacia la oscuridad; cuando �ste volvi� a hacerse visible, ten�a la mano repleta de unas peque�as piezas de metal pintadas de color oscuro, con diversas formas de cortesanos y soldados. Comenz� a distribuir las piezas por su lado del tablero. Acto seguido, volvi� a alargar el brazo para asir una peque�a copa dorada llena de vino, cuyo aroma se esparci� por la tienda. Se la ofreci� sin mediar palabra.</p><p>�Gracias �consigui� murmurar Jo aceptando la copa, que estaba labrada con innumerables figuras geom�tricas.</p><p>El tablero se abarrot� de piezas por ambos lados con gran rapidez. Las de Jo eran de un plateado rojizo parecido al de su armadura.</p><p>��ste es el juego de los Magos y Guerreros �dijo el anciano, mir�ndola por fin a los ojos�. �Conoces las reglas?</p><p>Aturdida en parte por lo que estaba sucediendo y en parte por el sedante efecto del vino, Jo no acert� a responder.</p><p>��Conoces las reglas? �repiti� el anciano con impaciencia.</p><p>�No.</p><p>El hombre frunci� los labios a la vez que arqueaba una ceja.</p><p>�No importa. T� mueves.</p><p>Jo busc� la posible relaci�n de sus piezas con las que hab�a visto a su maestro del gremio en Specularum. A las m�s numerosas y de menor valor se las llamaba peones. Las dem�s, alfiles, caballos y torres, permanec�an detr�s de la hilera de peones. �La �nica manera de usar estas piezas m�s poderosas es quitando a los peones de en medio�, record�. Jo avanz� el pe�n que proteg�a a la torre, para dejarle paso.</p><p>El anciano movi� negativamente la cabeza y puso el pe�n en su sitio inicial.</p><p>�Lo siento. Pero as� lo pierdes �dijo, envuelto en el humo de su pipa.</p><p>Se recost� en la silla, aparentemente esperando a que Jo comenzase de nuevo.</p><p>En vez de mover una de las piezas de la esquina, Jo avanz� dos casillas con un pe�n central, como hab�a visto hacer a su maestro.</p><p>�No �repiti� el anciano, haciendo retroceder la pieza.</p><p>Jo examin� la fila de piezas m�s grandes. Todas parec�an tener el mismo aire de solidez y poder�o. Coloc� la mano sobre una pieza que representaba un caballero y examin� la reacci�n de su oponente, pero el rostro de �ste, velado por una fina capa de humo, se mostraba impasible. Avanz� la pieza por encima de su hilera de peones como hab�a visto hacer en alguna ocasi�n.</p><p>El anciano se inclin� hacia adelante y torci� la cabeza hacia un lado. Jo se pregunt� si finalmente habr�a hecho un movimiento correcto.</p><p>�Lo lamento. �El hombre volvi� a poner el caballo en su sitio.</p><p>Jo lo intent� con una torre.</p><p>�No.</p><p>Un alfil.</p><p>�No.</p><p>La reina.</p><p>Aunque este �ltimo movimiento sorprendi� al anciano, �ste no dej� de colocar la pieza en su lugar de origen.</p><p>��Qu� quer�is de m�? �inquiri� la joven, irritada�. �C�mo esper�is que aprenda a jugar si no me ense��is?</p><p>El anciano volvi� a reclinarse sobre el respaldo de su silla.</p><p>��sa es una pregunta que todos debemos hacernos, Johauna Menhir.</p><p>�Si este hombre con su magia puede adivinar mi nombre �pens� Jo� tal vez sepa d�nde est� <emphasis>Vencedrag.�</emphasis></p><p>��Sab�is�?</p><p>�S� y no �la interrumpi� el hombre, recogiendo el juego.</p><p>En un abrir y cerrar de ojos desaparecieron las piezas y el tablero, lo que los dej� frente a frente en la mesa.</p><p>�Te pareces tanto a Diulanna� �dijo el anciano.</p><p>Jo arque� las cejas en un gesto de escepticismo.</p><p>��Est�is jugando conmigo, se�or?</p><p>�Por supuesto que s�, damisela. Llegar� el momento en el que tendr�s que decidirte por uno de nosotros. El resto de los compa�eros esperan que los elijas a ellos.</p><p>�No os entiendo. Pero, si vos fuisteis uno de los que me salv�, permitidme expresaros mi m�s sincero agradecimiento y�</p><p>El hombre hizo callar a Jo alzando la mano.</p><p>�De entre todas las opciones que ten�as, guiada por el coraz�n, la mente o la voluntad, has elegido �sta. Eso te ayudar� a tomar una decisi�n.</p><p>��Decisi�n para qu�? �pregunt� Jo, alz�ndose levemente sobre la silla�. �Qu� tengo que elegir?</p><p>La joven se puso en pie.</p><p>De repente estaba fuera, ante un enorme edificio rectangular de m�rmol rosa. La oscuridad de la tienda hab�a dado paso a un cielo estrellado, bajo el cual se extend�a un ilimitado campo de tiendas y un enorme edificio.</p><p>La construcci�n se extend�a a lo ancho unos cien metros, lo que hac�a muy dif�cil obtener una perspectiva de su total magnitud. Las prolongadas paredes lisas estaban adornadas con elegantes grabados irregulares que ascend�an emulando el efecto de la hiedra. Al mirar hacia arriba, Jo distingui� dos torreones almenados del mismo color rosa que el resto del edificio, que se alzaban hacia el cielo en ambos extremos de la gigantesca estructura.</p><p>Por el aspecto del edificio, Jo dedujo que se trataba de una necr�polis, un monumento a los muertos. Hab�a visto una similar en Specularum, aunque de dimensiones muy inferiores. La entrada, coronada por un arco, era m�s alta que cualquier �rbol que pudiese recordar. Las puertas de la entrada eran lisas y con la forma propia de las de los templos, anchas en la parte baja, pero estrech�ndose esbeltamente hacia la parte superior.</p><p>�Har�a falta la fuerza de un tit�n �pens� Jo� para poder abrir estas puertas.�</p><p>Se acerc� al p�rtico y comprob� que las vetas de la madera de roble estaban habilidosamente talladas con innumerables figuras.</p><p>Reconoci� la reproducci�n de una batalla entre los ej�rcitos de Traladara y Thyatian, tallada en una superficie no superior a la de la palma de una mano. La escena era de una perfecci�n tal que se pod�a distinguir regimiento por regimiento.</p><p>Hab�a cientos de im�genes de distintos tipos; algunas representaban enormes ej�rcitos conquistando reinos; otras, individuos que realizaban las haza�as m�s diversas. Jo descubri� la imagen de un h�roe que fallec�a ante su espada, y daba origen a un nuevo reino con su muerte. Vio tambi�n la imagen de un caballero montado en un corcel, matando a un drag�n con su lanza. Jo buscaba la imagen de Flinn, enfrent�ndose al drag�n en campo abierto, pero se detuvo de repente: aquello pertenec�a al pasado, y Flinn ya hab�a sido vengado.</p><p>Se apart� de la puerta frot�ndose los fatigados ojos.</p><p>�Llevar�a una vida entera descifrar una peque�a parte de esta puerta�, pens�.</p><p>Rechinando los dientes apoy� el hombro contra la puerta y empuj�, esperando encontrar una gran resistencia. La puerta se abri� silenciosamente con tanta facilidad, que el impulso la hizo precipitarse sobre el fr�o suelo de m�rmol negro. El interior parec�a de dimensiones incluso m�s grandes que el descomunal aspecto exterior de la necr�polis.</p><p>Jo pase� la mirada a lo largo de unas s�lidas columnas de piedra caliza y hacia una rotonda que hab�a a continuaci�n. Numerosas columnatas con estatuas que representaban guerreros se curvaban en c�rculos infinitos. Su mirada subi� por las paredes de color rosado hacia una b�veda cuyo techo se perd�a en la oscuridad.</p><p>Ahora deseaba no haberse levantado de la cama.</p></section><section><title><p>2</p></title><p>Johauna caminaba por el pasillo de los h�roes �as� hab�a denominado a aquel extra�o lugar infinito en el que su �nica compa��a eran las estatuas�. No sab�a cu�nto tiempo llevaba deambulando por aquellos corredores, pero el cansancio comenzaba a apoderarse de ella. Si hubiese podido encontrar la salida en aquel entramado de columnas ya se habr�a marchado.</p><p>Las estancias eran espaciosas y de altos techos, tan anchas como cinco caballos alineados y tan altas como la torre de un castillo.</p><p>La escala total del edificio se le antojaba irreal; cuatro paredes no pod�an albergar un espacio tan inmenso.</p><p>El eco de sus pisadas resonaba de tal modo en la necr�polis que, de haber habido alguien m�s aparte de las estatuas, ya la habr�a delatado. El pasillo por el que avanzaba, tan escasamente iluminado como el resto del edificio, se alargaba hasta m�s all� de donde alcanzaba la vista. Al mirar hacia atr�s, tuvo la sensaci�n de hallarse en un lugar equidistante entre su punto de partida y lo que todav�a le faltaba por caminar. Desvi� la mirada para mitigar el mareo que sinti� de golpe.</p><p>Sus ojos descansaron en una de las incontables estatuas de m�rmol blanco albergadas en nichos que alternaban entre las columnas. Representaban hombres y mujeres armados, y estaban iluminados de manera semejante a la mesa de juego del anciano de la tienda. Aqu�lla era la estatua de un hombre que bland�a su hacha sobre un oponente invisible, y, al igual que las dem�s, estaba primorosamente trabajada.</p><p>Jo se hab�a detenido ante varias de las esculturas para apreciar la extrema habilidad del artista, pregunt�ndose en qu� particular batalla se habr�a utilizado aquel escudo o aquella lanza. A pesar de su exhaustiva contemplaci�n, Jo no reconoci� a ninguno de los personajes. Hab�a cientos de hombres y mujeres de las m�s variadas apariencias; algunos vest�an armaduras que no se hab�an visto en siglos en el reino de Mystara. De hecho, hab�a muchas estatuas que representaban seres no humanos o semihumanos, como elfos o enanos. Jo se fij� en una que semejaba un humano, pero de cuyas extremidades surg�an unos complejos artilugios mec�nicos. Algunas suger�an la forma de un insecto y otras era imposible saber qu� representaban.</p><p>A pesar de su variedad �tnica, todas las estatuas pose�an alg�n tipo de arma o artilugio b�lico que luc�an en un pedestal, clavado en un trozo de madera u ostentosamente sostenido en el aire. Las armas m�s comunes, como espadas o arcos, eran f�ciles de identificar, pero tambi�n hab�a algunos artefactos asombrosamente extra�os. Algunas estatuas de hombres y mujeres sosten�an abacos de aritm�tica, plumas de escribir, herramientas de cirug�a, instrumentos musicales y otros objetos que Jo no hab�a visto en su vida.</p><p>Sin duda, aquella necr�polis era un monumento a los h�roes de las leyendas, de todas las razas y regiones, que mostraban un rasgo en com�n: la nobleza de su expresi�n. Todo esto, junto al tama�o de las puertas y la imposible relaci�n entre aquel interior infinito con el exterior limitado, era indicio de que aquel edificio hab�a sido erigido por manos de Inmortales. En alg�n momento de su historia, aquellos h�roes hab�an sido portadores de los poderes de los Inmortales.</p><p>�Inmortales, por supuesto �se oy� una risotada.</p><p>Jo gir� sobre los talones y quiso echar mano de su espada, pero al momento record� que estaba desarmada.</p><p>Ante ella hab�a un hombret�n enorme, cuya cota de malla apenas alcanzaba a contener los m�sculos de su pecho y brazos. Llevaba un amplio cintur�n de metal ce�ido alrededor de la cintura y unos guanteletes met�licos, probablemente confeccionados por el mismo herrero. En la mano derecha sosten�a una maza gigante, y su pelo y barba ten�an una tonalidad m�s rojiza que la propia vestimenta de Jo.</p><p>�Perm�teme que me presente �dijo con un vozarr�n que retumb� a lo largo del pasillo�. Mi nombre es Donar.</p><p>�Johauna Menhir �replic� Jo sin saber si inclinarse en se�al de cortes�a o permanecer erguida. Opt� por lo segundo.</p><p>El hombret�n dej� escapar una estruendosa carcajada ante la respuesta de la joven.</p><p>�Bienvenida a la Sala de los H�roes. �Qu� te parece nuestra exhibici�n?</p><p>O bien ella hab�a adivinado el nombre o bien �l hab�a le�do sus pensamientos. Jo dirigi� una nerviosa mirada hacia la estatua con el hacha. No se parec�a al hombre que ten�a ante s�. Volvi�ndose le dijo:</p><p>�Son magn�ficas.</p><p>��Verdad que s�? �exclam� Donar, rodeando a Jo para aproximarse a la estatua del guerrero con el hacha. Se�al� hacia el arma.</p><p>��ste es Vardmer, un hombre de una personalidad y fuerza singular. Cay� en la batalla de Rospielheim, alcanzado por una flecha envenenada de su amada �explic�.</p><p>�Me temo que no he o�do hablar de �l.</p><p>�Ni tendr�as por qu�.</p><p>Donar se cambi� la maza a su mano izquierda y alarg� la derecha hacia Jo. �sta la tom� con precauci�n, pregunt�ndose si el contacto con un Inmortal �suponiendo que aquel hombre fuese, en efecto, un Inmortal� podr�a perjudicarla. Su mano parec�a diminuta al lado de la de Donar.</p><p>Caminaron juntos por el corredor con el mismo rumbo que llevaba Jo. Al contrario que el anciano de aspecto apesadumbrado de la tienda, Donar parec�a alegre y vivaz; de vez en cuando miraba hacia alg�n nicho y esbozaba una sonrisa como si recordase viejos tiempos.</p><p>�Perdonadme, Donar �se disculp� Jo, separando su mano a la vez que se deten�a�, hay alguna pregunta que debo haceros.</p><p>Donar pareci� contrariado por la interrupci�n del paseo y en especial porque Jo le hubiese soltado la mano.</p><p>�De acuerdo �musit�. Pregunta.</p><p>��Fuisteis vos quien me salv� de la muerte?</p><p>Una expresi�n de sorpresa se dibuj� en el rostro del gigant�n, a la cual sigui� una tremenda carcajada que hizo sacudir de dolor los o�dos de Jo.</p><p>��Claro que no! �vocifer�.</p><p>�Entonces, �qui�n fue?</p><p>Donar se limpi� una l�grima que la risa le hab�a hecho brotar de los ojos, mientras dominaba poco a poco sus risotadas.</p><p>��Dec�dmelo! �Por favor! Me gustar�a agradec�rselo antes de marcharme.</p><p>Controlando finalmente su risa, Donar alarg� de nuevo su mano hacia ella.</p><p>�Vamos a su encuentro.</p><p>Hizo un adem�n hacia adelante, se�alando una hilera de puertas de tama�o normal que no estaban all� momentos antes.</p><p>Una de las puertas se entreabri� como por voluntad propia, y la figura de un hombre de mediana edad se recort� en el vano. Al igual que un monje, ten�a la cabeza rapada en la coronilla, pero el pelo largo por los lados y por detr�s. Sus ropajes eran de un gris oscuro, y llevaba una larga cinta enroscada al cuello, cuyos extremos le pend�an hasta las rodillas. Se mantuvo a poca distancia de Jo, la cual intent� adivinar qu� hab�a m�s all�, sin conseguirlo porque la puerta se manten�a a medio abrir. S�lo se ve�a su figura recortada contra la oscuridad.</p><p>�Por aqu�, por favor �la inst� con suavidad. Jo se volvi� hacia Donar, que frunc�a los labios en se�al de preocupaci�n.</p><p>��Pasa algo? �inquiri�, pregunt�ndose qu� pod�a preocupar a semejante hombret�n.</p><p>Donar sacudi� negativamente la cabeza y se volvi� hacia ella a la vez que forzaba una sonrisa.</p><p>�Nada en absoluto �respondi�. Vete con ese hombre �a�adi�.</p><p>��No ven�s vos?</p><p>�No, me temo que tengo otras tareas que cumplir. �El gigant�n se detuvo y la contempl� con unos ojos que, sin duda, hab�an presenciado muchas batallas�. Te sienta muy bien esa armadura.</p><p>Adi�s, Johauna Menhir, y� buena suerte.</p><p>Sin m�s palabras, Donar se volvi� y se alej� por el corredor. Unos momentos despu�s, su silueta hab�a sido engullida por la oscuridad.</p><p>�Por favor �insisti� el hombre de la puerta�, por aqu�.</p><p>Por un instante Jo se pregunt� por qu� Donar hab�a considerado oportuno desearle suerte, pero se dej� conducir a trav�s del corredor.</p><p>El hombre, que caminaba por delante, llevaba la cabeza respetuosamente inclinada y las manos cruzadas. S�lo se percib�a el roce de sus botas contra el suelo.</p><p>La estancia era similar a la que Jo ya hab�a visto, pero estaba envuelta por un aire de tristeza, y se respiraba una extra�a melancol�a.</p><p>Las estatuas mostraban h�roes ca�dos en batallas u otras conflagraciones. Las armas y herramientas que llevaban estaban rotas o aplastadas, o incluso quemadas, como si se hubiese producido una explosi�n en su interior. Las espadas aparec�an partidas en dos y los mangos de las hachas, astillados. Un arpa ten�a rotas varias cuerdas y hab�a un marco roto.</p><p>��Qu� es este lugar? �pregunt� con una voz que retumbaba en la estancia, forzando la expresi�n para no parecer irreverente.</p><p>El monje no respondi� al principio, pero transcurrido alg�n tiempo lanz� un profundo suspiro y contest�:</p><p>�Es la Galer�a de los Ca�dos.</p><p>La palabra �ca�dos� trajo a la memoria de Jo la escena de la primera vez que hab�a visto a Flinn, rodeado de chiquillos que le gritaban ��Flinn <emphasis>el Ca�do!</emphasis> �Flinn <emphasis>el Bobo!�</emphasis></p><p>Se pregunt� si podr�a encontrarlo en la Sala de los H�roes, como la llamaba Donar, o en aquel lugar. Intentando usar un tono de voz m�s suave inquiri�:</p><p>��D�nde est� la estatua de Fain Flinn?</p><p>El monje, sin volverse, se detuvo y agach� la cabeza en un gesto que a Jo le pareci� el preludio del llanto. El intenso silencio aument� su malestar mientras esperaba una respuesta. No cre�a que Flinn fuese un fracasado, aunque tampoco pensaba que aquel lugar albergase a los fracasados, sino a aquellos h�roes que hab�an sucumbido antes de alcanzar la gloria anhelada. Flinn hab�a alcanzado la gloria, pero s�lo despu�s de la muerte.</p><p>�Lo lamento, Johauna Menhir �susurr� el monje�. No conozco ese nombre.</p><p>��Qu� quiere eso decir? �exclam�, desazonada por no haber visto la estatua de Flinn ni en la estancia ni en el corredor. No pod�a creer que Flinn no hubiese sido inmortalizado entre los grandes h�roes del mundo, ca�dos o no.</p><p>�Quiere decir que no conozco ese nombre �respondi� el hombre con tristeza al tiempo que alzaba la cabeza para proseguir caminando con un paso m�s lento.</p><p>Jo apret� los pu�os sin decir nada m�s. Al parecer, aquel hombre era s�lo un guardi�n o un servidor, al contrario que Donar o el se�or del juego que eran, sin duda, maestros. Al igual que otros vigilantes que hab�a conocido en su vida, tanto los de las bibliotecas de Specularum como los que se dedicaban a limpiar de lapas los cascos de los barcos en los puertos, aquel hombre sabr�a muy poco, excepto en lo concerniente a sus obligaciones.</p><p>Despu�s de pasar por delante de varios cientos de estatuas, Jo se sorprendi� cuando el monje se detuvo ante lo que parec�a una m�s de ellas. Su acompa�ante la invit� a ir por delante con un solemne adem�n. Jo rode� al hombre para examinar la estatua. De pronto las piernas le flaquearon, y a punto estuvo de desmoronarse.</p><p>Las dos mitades de <emphasis>Vencedrag,</emphasis> que refractaban el fr�o haz de luz que las iluminaba, flotaban en el aire.</p><p>��Qu� significa esto? �grit�, sintiendo una repentina debilidad.</p><p>�Es el monumento a <emphasis>Vencedrag,</emphasis> rota en combate contra el enemigo para cuya destrucci�n fue creada �repuso el monje con voz pausada y reverente.</p><p>��Qu� pretend�is hacer con ella?</p><p>�Mantenerla eternamente aqu�, entre las otras armas de la Galer�a de los Ca�dos.</p><p>Jo se qued� mirando a <emphasis>Vencedrag,</emphasis> la espada que encarnaba el recuerdo de su amado, y la misma que hab�a utilizado para hacer un fuego que la protegiera de un vulgar perro de la monta�a. Record� el dolor en su mano al cortarse agarrando el filo de la parte rota de la espada, aunque ahora s�lo percib�a la aspereza de sus cicatrices. Se dio cuenta de que desde que se hab�a unido a Flinn s�lo hab�a sentido dolor, tanto en su carne como en su coraz�n.</p><p>El recuerdo de su amado le produjo tal debilidad que casi le provoc� un desvanecimiento. Cerr� los ojos para recuperarse, a sabiendas de que nada le devolver�a a su amor, del mundo de los muertos; ni siquiera las piedras de abelaat podr�an proporcionarle el ansiado reencuentro.</p><p>El monje se le acerc�.</p><p>�Te ofrecemos la oportunidad de ser la guardiana de <emphasis>Vencedrag</emphasis> por toda la eternidad �susurr�. Te puedes quedar junto a ella para siempre, y recordar su grandeza.</p><p>Jo observ� a <emphasis>Vencedrag;</emphasis> la plata de los elfos del filo de la espada se asentaba sobre el acero de los enanos. Flinn estaba muerto, pero su vida pod�a continuar. Jo sonri� con severidad para sus adentros.</p><p>Sab�a que la vida no ser�a f�cil y la b�squeda a�n ser�a m�s agotadora a partir de ese momento. Pero estaba dispuesta a luchar, como habr�a hecho Flinn, y sab�a por d�nde empezar.</p><p>Volvi�ndose hacia el monje, le espet�:</p><p>�Rechazo vuestra oferta, se�or. No me ocupar� de la custodia del recuerdo de los muertos para el resto de la eternidad.</p><p>El monje mostr� una expresi�n de abatimiento.</p><p>�Si es �se tu deseo eres libre de pasearte por la Galer�a de los Ca�dos por todo el tiempo que quieras.</p><p>��Y despu�s?</p><p>�Te devolveremos al mundo, como deseas.</p><p>Jo retrocedi� y entonces descubri� una procesi�n de monjes que parec�an haber surgido de la nada y que, al igual que su gu�a, ten�an un aspecto triste y apesadumbrado.</p><p>��Fuisteis vosotros los que me salvasteis? �quiso saber la muchacha.</p><p>El monje asinti� lentamente, y se alej� poco a poco del monumento a <emphasis>Vencedrag,</emphasis> seguido por los dem�s. Al contemplar la hoja, Jo se acord� de la armadura de elfo que la proteg�a bajo la t�nica y la camisa de brocado.</p><p>��Esperad�!</p><p>De mala gana, los monjes se volvieron hacia ella.</p><p>��Por qu� reten�is a <emphasis>Vencedrag</emphasis> en la Galer�a de los Ca�dos cuando todav�a puede cumplir su cometido?</p><p>El monje se mostr� sorprendido.</p><p>�Ya ha cumplido su cometido. El monstruo ha muerto �contest�.</p><p>Jo, exaltada, dio un paso adelante.</p><p>�No lo entend�is; su cometido es estar entera para ser una arma de h�roes.</p><p>El monje la mir� fijamente a los ojos, y la joven tembl� ante la apat�a y melancol�a de su mirada.</p><p>��Qu� est�s sugiriendo? �inquiri�.</p><p>��Volved a forjar la hoja! �contest� ella se�alando a <emphasis>Vencedrag</emphasis>�. �Todav�a tiene una misi�n que cumplir!</p><p>Los monjes se miraron entre s� sin alzar la cabeza. A Jo se le aceler� el coraz�n en espera de la respuesta, pues ignoraba si los monjes tendr�an capacidad de forjar de nuevo la espada o autoridad para retirarla de su pedestal.</p><p>Finalmente el monje sacudi� la cabeza.</p><p>�No sabes el precio que hay que pagar por ello.</p><p>Sin m�s palabras continuaron su marcha y desaparecieron en las sombras del corredor.</p><p>��Pagar� lo que sea! �Podr�amos usar su metal para volver a forjarla! �grit�, pose�da por la frustraci�n�. �El mundo est� en peligro y necesita otra espada de un h�roe!</p><p>Sola en el corredor, se volvi� hacia <emphasis>Vencedrag</emphasis> e intent� arrancarla de su pedestal, pero su mano no pudo traspasar el chorro de luz, que ten�a la fuerza de una poderosa catarata. Retir� la mano y se pas� los dedos por el cabello.</p><p>��Por qu� quieres que destruyamos la hoja para forjar otra? �le pregunt� una voz que ven�a de atr�s.</p><p>Jo se volvi�. Ante s� hab�a otro hombre vestido con el mismo atuendo que los monjes, pero con ropajes de piel oscura llenos de manchas. Llevaba unas enormes tenazas de hierro y un martillo muy desgastado; era de estatura considerable y dejaba entrever una poderosa musculatura. Lo acompa�aban varios hombres y mujeres vestidos de la misma guisa.</p><p>�Los abelaat intentan destruir Mystara. Necesito algo con que detenerlos �repuso con suavidad.</p><p>�Las armas necesitan h�roes. �Qui�n llevar� esta arma? �T�?</p><p>�S�. Yo llev� a <emphasis>Vencedrag</emphasis> despu�s de la muerte de Flinn. Fui yo quien finalmente mat� a <emphasis>Verdilith,</emphasis> y, puesto que no conozco a otro h�roe capaz de detener a los abelaat, yo me encargar� de ello.</p><p>El hombret�n cruz� sus enormes brazos y aspir� con contundencia mientras con una mano se frotaba una mancha del rostro.</p><p>��Sabes de verdad el precio?</p><p>Sin previo aviso el hombre alarg� el brazo y, agarr�ndola por el cuello de la camisa, la hizo avanzar. De repente desapareci� el corredor y se encontr� ante el agobiante calor de una fragua. Ten�a dificultades para respirar debido al olor a carb�n y a coque. Entorn� los ojos para acostumbrar la vista al brillante resplandor del acero fundido. Al cabo de un rato, el perfil de una larga hoja apareci� ante sus ojos; una hoja m�s corta y delgada que la de <emphasis>Vencedrag</emphasis> aunque igual de forma. Hab�a dos crisoles repletos de metal fundido que borboteaba. �Acero de los enanos y plata de los elfos�, dedujo. El hombret�n, manchado de negro por el holl�n, se ocupaba de los crisoles. Bajo sus pobladas cejas tiznadas por el humo, los ojos desped�an un brillo rojizo.</p><p>��sta va a ser la hoja, Johauna Menhir �grit� el gigant�n desde el otro lado de la fragua. Las chispas que llenaban el aire la hicieron pesta�ear. El hombre levant� una mano cerrada y, al abrirla, mostr� las tres piedras de abelaat�. Estas piedras se incrustar�n en la empu�adura, que ha quedado intacta.</p><p>El hombre se estir� para mostrarle la empu�adura de la gran espada, a la que s�lo le faltaba la hoja; acto seguido la coloc� al final del molde y pas� la mano por la empu�adura. Jo se sorprendi� al comprobar que ahora las piedras estaban incrustadas en el mango, cubierto por una fina malla de acero. Parec�a el trabajo de un artesano profesional.</p><p>��Qui�n sois? �pregunt� con todas sus fuerzas.</p><p>�Soy el que inspira a los que fabrican las armas. En algunos sitios se me conoce con el nombre de Vulcano �respondi� el hombre�. Cuando acabemos con el vaciado, me presentar� ante el maestro armero de tu castillo para indicarle c�mo debe completar el trabajo que hemos empezado. Pero antes debes participar en la forja de tu espada.</p><p>��Qu� debo hacer?</p><p>Vulcano se�al� el horno, que resplandec�a con el centelleante brillo de su fuego.</p><p>��Entra!</p><p>��Qu�? �exclam� horrorizada�. �No puedo entrar ah�! �Me�!</p><p>��Entra! �le orden� de nuevo.</p><p>Percibi� el poderoso tono de voz de aquel hombre y la furia en sus ojos. No pod�a negarse a obedecerlo.</p><p>Se dirigi� hacia el horno y se acerc� hasta que el calor le quem� la piel.</p><p>�Entra �le orden� por tercera vez.</p><p>Jo cerr� los ojos y avanz�; percib�a el fragor del fuego y el aullido del acero que se fund�a en el coraz�n de la hoguera. Advirti� que aquel sonido la reconfortaba y se pregunt� cu�nto vivir�a para escucharlo. No pensaba en el calor.</p><p>Cuando abri� los ojos, estaba viva dentro del horno. Los chorros del metal fundido, que inundaban de un brillo anaranjado una estancia tan espaciosa como la sala del Castillo de los Tres Soles, flu�an a su alrededor, como oc�anos de acero y plata que la conduc�an hacia un altar.</p><p>Sigui� avanzando, y una extra�a sensaci�n la invadi�; no era una sensaci�n f�sica sino impresiones del mundo de los recuerdos. El pasado hizo acto de presencia en su memoria. Record� el momento en que sus padres la hab�an embarcado para que la vendieran en los talleres. Al dar otro paso, record� c�mo la hab�an expulsado del orfelinato.</p><p>Cada paso adelante le tra�a un nuevo recuerdo. Algunos eran dolorosos, lo que le daba una sensaci�n de inseguridad para seguir avanzando. Otros eran agradables, y Jo no estaba segura de querer retroceder. Todas eran im�genes vividas y claras que reforzaban su esp�ritu y le templaban el �nimo. Los recuerdos eran tan reales como las experiencias que evocaban. Ten�a la sensaci�n de que pod�a detenerse en cualquier momento, quedarse en un lugar y vivir para siempre de la misma vivencia, pero no se rindi� en su avance. Cuando estaba a pocos pasos del altar, la invadi� el recuerdo de Flinn, que la tent� a detenerse y vivir con �l para siempre. Con l�grimas en los ojos continu�, sabiendo que su destino la esperaba en otra parte.</p><p>El molde de la nueva hoja permanec�a en el altar, lleno del metal de los crisoles. La empu�adura con las piedras de abelaat engarzadas, que centelleaban con el reflejo del fuego de la estancia, estaba acoplada a la nueva hoja.</p><p>En el calor del horno retumb� la voz de Vulcano, m�s alta que el ruido de la propia fragua.</p><p>�Cuando llegues a tu tierra, pres�ntate con esta espada ante la baronesa Arteris, y dile que debe bendecirla de la misma manera que su padre lo hizo con <emphasis>Vencedrag.</emphasis> El maestro herrero sabr� c�mo completar la forja.</p><p>Jo asinti� en se�al de entendimiento.</p><p>�Esta espada te proteger� s�lo a ti, Johauna Menhir, para que no perezcas al cruzar la puerta que separa los dos mundos. �Por qu� nombre se la conocer�?</p><p>Jo asinti� de nuevo, comprendiendo el verdadero significado de aquella pregunta. S�lo hab�a una palabra en su mente que simbolizaba aquello que representaba el �ltimo objeto del deseo de un caballero. Al mirar hacia abajo, vio c�mo los signos del Quadrivial adquir�an forma en la hoja a medida que �sta se enfriaba. Por encima de los cuatro s�mbolos r�nicos apareci� un quinto, que combinaba elementos de los dem�s pero mostrando su singular individualidad.</p><p>Conoc�a su nombre.</p><p>�<emphasis>Paz.</emphasis></p></section><section><title><p>3</p></title><p>La luz de un sol poniente despert� a Jo, que dormitaba sobre un lecho de crujientes hojas secas que se esparc�an por la yerba.</p><p>Parpade�, irgui�ndose lentamente, y dej� escapar por su boca una nube de blanco vapor que se perdi� en el fr�o aire. La nieve, si alguna vez hab�a existido, hab�a desaparecido, y sus heridas estaban curadas. Sinti� un bulto bajo el brazo.</p><p>All� estaba <emphasis>Paz,</emphasis> a su lado, envuelta en un pa�o de hule, del que sobresal�a la empu�adura que hab�a pertenecido a <emphasis>Vencedrag.</emphasis></p><p>Acercando la espada a su regazo, desenvolvi� con cuidado el hule. Se pregunt� si lo que sent�a en aquel momento �aquella tensi�n, aquella esperanza inquieta� ten�a algo en com�n con lo que Flinn hab�a sentido cuando Braddoc le hab�a devuelto a <emphasis>Vencedrag</emphasis> despu�s de tantos a�os. Intent� ponerse en el lugar del guerrero en el momento en que liber� los cierres de aquel hermoso estuche de madera rematado en plata. Hab�a visto en aquella mirada una expresi�n en la que se mezclaban la esperanza de que la espada le llevar�a la salvaci�n y el miedo de que estuviese totalmente carcomida por aquella mancha oscura.</p><p><emphasis>Paz</emphasis> reposaba sobre sus piernas. Vio el reflejo de sus ojos en la plata, que era de la misma tonalidad que la armadura que la proteg�a bajo la t�nica. Experiment� la misma sensaci�n de esperanza y miedo que hab�a visto en el rostro de Flinn. No ten�a miedo al Quadrivial. Era algo m�s grande: era miedo por el mundo; miedo de no poseer la fuerza, la sabidur�a y el valor que el mundo necesitaba. No era ni siquiera un caballero y ya ten�a las responsabilidades de un h�roe.</p><p>Pens� en su mayor enemigo. Teryl Uro era un temible mago que ten�a en su poder un arma terrible: el abat�n, la puerta para entrar en el mundo de los abelaat.</p><p>Dese� que Karleah estuviese presente para reconfortarla y guiarla con su sabidur�a. La anciana era la �nica maga de importancia que hab�a conocido, y Jo hab�a confiado en que acabar�a destruyendo a Uro. Palp� la hoja de <emphasis>Paz,</emphasis> fr�a por el viento. Los bordes estaban todav�a sin afilar y el metal sin pulir, lo que ocultaba su verdadera pureza crom�tica. Jo record� que Vulcano le hab�a asegurado que la espada formar�a un escudo de protecci�n ante los efectos mortales del coraz�n del abat�n, pero tambi�n le hab�an asegurado a Karleah que la �ltima piedra de abelaat la proteger�a, a pesar de lo cual hab�a muerto. Sinti� un escalofr�o provocado por el miedo y se pregunt� cu�l ser�a la manera de destruir el abat�n.</p><p>Pero Vulcano, quien, ya no le cab�a duda, era un Inmortal, hab�a fraguado a <emphasis>Paz.</emphasis> Ella hab�a estado en la Sala de los H�roes, se hab�a paseado por la Galer�a de los Ca�dos, y hab�a convencido al herrero para que usase el metal de <emphasis>Vencedrag</emphasis> en una nueva arma con que combatir al peor de los enemigos del mundo. <emphasis>Paz</emphasis> no pod�a fallarle.</p><p>��De verdad conoces el precio?�, retumb� la voz en su mente.</p><p>Parpade� para aclararse las ideas y estir� el cuello para aliviar la tensi�n que le atenazaba la espalda. La armadura y las vestimentas le proporcionaban protecci�n contra el fr�o viento. Hab�a conocido lo que era pasar un invierno a la intemperie, en especial cuando viv�a en las calles de Specularum. En aquel tiempo hab�a perdido la esperanza de abandonar las callejuelas y encontrar la felicidad y la estabilidad. Sin embargo, hab�a llegado a disfrutar de ellas en una ocasi�n.</p><p>Record� las palabras de un curandero que hab�a conocido en Entrada, que le hab�a dicho que la vida era una balanza entre la esperanza y la desesperaci�n. Volvi� a envolver a <emphasis>Paz</emphasis> en su hule protector y sinti� el entumecimiento de los m�sculos de las piernas al levantarse.</p><p>Ten�a que volver a Penhaligon y presentarse ante la baronesa.</p><p>Con su ayuda y la bendici�n de sus gentes, <emphasis>Paz</emphasis> entrar�a a tomar parte en la inminente guerra.</p><p>Los guardianes de la Galer�a y la Sala hab�an cumplido su palabra; a juzgar por los r�os y cordilleras, Jo se dio cuenta de que estaba a tan s�lo treinta kil�metros de Penhaligon, en los l�mites de los bosques de Cilmari. El cielo estaba cubierto por los mismos nubarrones que cubr�an Armstead, pero eso no le impidi� adivinar d�nde estaba el norte. Dejando los bosques, se adentr� en las llanuras de Cilmari, con <emphasis>Paz</emphasis> bien sujeta entre los brazos.</p><p>A pesar de estar hecha con los mismos materiales que <emphasis>Vencedrag,</emphasis> la espada pesaba menos que cualquier otra del mismo tama�o que hubiese sostenido entre los brazos. Era m�s corta y delgada que la otra, adecuada a la estatura y fuerza de Jo. Se pod�a manejar con una o ambas manos; era lo que hab�a o�do llamar �espada mixta�. Deseaba que Braddoc reapareciese para acabar de perfeccionar su entrenamiento, aunque ten�a pocas esperanzas de volver a ver a su viejo amigo.</p><p>Las llanuras de Cilmari estaban salpicadas de ondulantes colinas.</p><p>Su preparaci�n como escudero le hab�a proporcionado una resistencia y agilidad que le permit�a hacerles frente. Cuando viv�a en Specularum era r�pida de piernas, pero era una rapidez nacida del miedo, y siempre la dejaba sin aliento.</p><p>A pesar de todo, los primeros diez kil�metros fueron dif�ciles y se vio obligada a detenerse para tomar un peque�o descanso. Ech� una ojeada a las colinas, que eran demasiado escarpadas para ser cultivadas y carec�an de vegetaci�n para servir de pasto, por lo que no esperaba divisar a nadie hasta acercarse a unos quince kil�metros de Penhaligon.</p><p>No obstante, divis� un peque�o contingente de caballeros que proven�an de la direcci�n del castillo y avanzaban a gran velocidad, a juzgar por la polvareda que levantaban los cascos de sus caballos.</p><p>Reconoci� el escudo her�ldico de Penhaligon. Algunos escuderos y otras gentes corr�an detr�s, intentando mantener el ritmo de sus amos.</p><p>Jo apret� los labios pensativa. El �nico motivo que pod�a encontrar para explicar la velocidad de aquellos caballeros era la necesidad de interceptar a alg�n enemigo, pero no hab�a n�mero suficiente para constituir una tropa eficiente. Adem�s, no llevaban arqueros, ni infanter�a, ni mucha caballer�a.</p><p>Los caballeros y sus seguidores pronto desaparecieron por detr�s de la colina, dejando un rastro de polvo en el aire. Jo se pregunt� si los abelaat habr�an reunido fuerzas suficientes para comenzar a asolar Mystara. Sintiendo una energ�a renovada, corri� ladera abajo para alcanzar el castillo antes del anochecer.</p><p>Penhaligon estaba envuelto en llamas.</p><p>Jo ech� a correr alarmada, pero enseguida descubri� que las llamas no estaban consumiendo el castillo sino que lo iluminaba. O los magos no hab�an sido capaces de encender las l�mparas m�gicas del castillo, o bien el incendio de Armstead se hab�a extendido.</p><p>Acerc�ndose m�s, Jo divis� otros grupos de caballeros que sal�an a toda prisa del castillo, aunque en esta ocasi�n parec�an dirigirse hacia el norte, aparentemente hacia Armstead. Aliger� su paso con la esperanza de que la baronesa tuviese conocimiento del abat�n y de los abelaat invasores.</p><p>Cuando estaba a poco m�s de un kil�metro del castillo, Jo se vio forzada, en varias ocasiones, a echarse a un lado para evitar a alg�n jinete que cabalgaba al galope. La preocupaci�n se reflejaba en el rostro de todos los caballeros, e incluso los escuderos apretaban las mand�bulas con un gesto de gran concentraci�n. Reconoci� a varios de aquellos jinetes, y a punto estuvo de llamar a algunos que pasaban a su lado, pero crey� m�s prudente no detenerlos.</p><p>Escuch� el ruido de los preparativos para la guerra en el exterior del castillo. El bullicio de los caballos que se ensillaban y herraban, las armaduras que se montaban y las �rdenes que se vociferaban le impidi� escuchar que alguien la llamaba. Continu� su camino a trav�s de la agitaci�n de la entrada principal, sin soltar a <emphasis>Paz.</emphasis></p><p>�Johauna Menhir �le grit� una voz de mujer al entrar en el patio interior.</p><p>Jo se volvi� y dio un paso atr�s; la baronesa Arteris Penhaligon en persona se dirig�a a ella en medio de todo aquel jaleo preparatorio.</p><p>A su lado se encontraban algunos miembros del consejo.</p><p>��Ahora que por fin nos prest�is vuestra atenci�n, escudero Menhir �le grit� la baronesa en un tono que a Jo le pareci� especialmente amenazador�, exigimos saber cu�l ha sido vuestro paradero en las �ltimas dos semanas!</p><p>��Mi� paradero? �murmur�. No acertaba a comprender el porqu� de tanta preocupaci�n; luego record� que <emphasis>Vencedrag</emphasis> estaba considerada un patrimonio del reino.</p><p>��Alg�n problema al respecto, �escudero�? �le pregunt� el consejero Melios, quien no hab�a mostrado demasiadas simpat�as hacia Flinn, y probablemente extend�a aquel sentimiento hacia su persona.</p><p>Jo lo mir� a los ojos y record� las tiendas y la necr�polis. Sonri� al percibir el olor del hule que llevaba entre los brazos. Aquel hombre no era m�s que un noblecillo sin importancia. Ella hab�a estado en la Sala de los H�roes y hab�a conocido la melancol�a de la Galer�a de los Ca�dos. Aquel hombre no ten�a derecho ni autoridad suficiente para amenazarla.</p><p>Jo avanz� sosteni�ndole la mirada. Melios, que med�a unos cuantos cent�metros menos que ella, trag� saliva y apret� la mand�bula en un desafiante intento de mantener su postura.</p><p>�No hay ning�n problema, caballeros. Tengo muchas cosas que contaros.</p><p>Jo se pas� la mano por la frente para secarse el sudor. En la abovedada estancia del consejo, iluminada por docenas de antorchas, hac�a un calor infernal, y el aire estaba cargado de cenizas y olor a aceite. Los tapices que adornaban la sala estaban recubiertos de holl�n. En dos horas de interrogatorio ininterrumpido, Jo hab�a fijado su mirada en cada miembro del consejo excepto en la baronesa, cuyo majestuoso rostro no quer�a desafiar. A pesar de que ya hab�a contado varias veces la historia del abat�n, presinti� que tendr�a que hacerlo de nuevo.</p><p>Sir Graybow, que estaba sentado al lado de la baronesa Arteris, se acarici� su ostentosa perilla. Hab�a adelgazado durante su corta ausencia. Jo se pregunt� si eso tendr�a relaci�n con los problemas que atravesaban Penhaligon y el Castillo de los Tres Soles.</p><p>�Bien, escudero Menhir �comenz� sir Graybow frot�ndose los ojos con dedos sucios de tinta�, explicadnos otra vez d�nde se encuentra ese abat�n.</p><p>Jo no ten�a necesidad de andarse con pre�mbulos a la hora de repetir de nuevo su historia, as� que comenz� por el principio.</p><p>�El abat�n se encuentra en estos momentos en la aldea de Armstead.</p><p>�La cual, seg�n sospech�is, ha sido destruida por ese� artefacto �la interrumpi� el consejero Melios.</p><p>�No es una sospecha, caballeros. La ciudad de Armstead ha sido arrasada con todos sus habitantes. El abat�n absorbi� sus almas para crear una puerta entre nuestro mundo y el de los abelaat.</p><p>��Y qu� son esos abelaat, escudero Menhir? �volvi� a insistir sir Graybow�. Algunos sabemos que os atac� una de estas criaturas, pero la mayor�a no conoce su verdadero poder.</p><p>�Ni su origen �a�adi� la baronesa.</p><p>�Durante nuestro viaje para recuperar el abat�n de las manos de los mensajeros de Penhaligon �comenz� Jo, cambi�ndose de postura en su silla�, nos encontramos a la mujer guardiana del sagrado conocimiento, que se transmite desde los or�genes de la humanidad�</p><p>��Cre�is que esa �guardiana� Grainger, como la llam�is �quiso saber Melios�, estar�a dispuesta a responder a algunas preguntas delante de este consejo, escudero Menhir?</p><p>�Dudo que siga viva, se�or.</p><p>��Y por qu� motivo lo cre�is as�?</p><p>�Porque Teryl Uro quer�a su muerte �replic� Jo.</p><p>�Y eso es debido a que ese mago, en su deseo de purificaci�n, quiere destruir todo lo que no provenga de los abelaat. Su vida impura lo enfurece �dijo sir Graybow�. Esta guardiana es medio hermana de Teryl Uro.</p><p>Jo hizo un gesto afirmativo.</p><p>�No veo la necesidad de o�r otra vez la historia del origen de los abelaat, escudero Menhir �se escuch� a la baronesa por encima del ruido que proven�a del exterior. Apoy� las manos sobre la mesa de piedra alrededor de la cual se reun�a el consejo�. �Dec�s que esos abelaat son unas criaturas m�gicas que poseen unos cristales, hechos de su misma sangre, que se apoderan de la magia de este mundo?</p><p>�S�.</p><p>��Y que Teryl Uro, hombre cuya madre se despos� con uno de esos abelaat, ha iniciado una campa�a para reclamar la magia de Mystara y devolv�rsela al mundo de los abelaat?</p><p>�Con lo que ocasionar�a la muerte de todos los seres vivos. As� es.</p><p>El consejero Melios se levant� y se�al� a Jo con un dedo acusador.</p><p>��Y pretend�is que creamos una historia tan disparatada de boca de un escudero!</p><p>Jo se levant� de un salto, con un campanilleo met�lico de su cota de mallas.</p><p>��Yo era el escudero de Fain Flinn, Flinn <emphasis>el Poderoso,</emphasis> el m�s grande caballero que hayan conocido nunca estas tierras! �Fueron personas como vos las que dudaron de su integridad y mancillaron su honor con absurdas acusaciones traidoras!</p><p>��Escudero Menhir, sentaos inmediatamente! �orden� sir Graybow, poni�ndose de pie.</p><p>Jo quer�a obedecer a sir Graybow, el �nico del castillo que le hab�a mostrado alguna simpat�a, pero su furia era demasiado intensa y avanz� hacia Melios. El consejero se hundi� en su silla, y su iracunda expresi�n se transform� en otra de odio. Un silencio repentino se apoder� de la estancia.</p><p>�Entiendo vuestra preocupaci�n, escudero Menhir. Por favor, tomad asiento �dijo la baronesa con voz calma. Aquella amabilidad sorprendi� a Jo, que se volvi� a sentar.</p><p>La baronesa Arteris mir� fijamente a cada miembro del consejo, uno por uno. La mitad de los miembros parec�an no creer la historia.</p><p>Los restantes estaban indecisos entre la duda y la confianza.</p><p>Cuando la baronesa se iba a pronunciar, las puertas de la estancia se abrieron de golpe para dejar paso a un hombre cubierto de polvo y sudor. Cuando los guardias intentaron detenerlo, mostr� unas alforjas que acarreaba en los hombros con el sello de Entrada.</p><p>��Mensaje, mi se�ora! �acert� a gritar antes de desplomarse extenuado. Con gran muestra de dignidad se puso en pie y, apoy�ndose en la mesa del consejo, sac� una nota de su bolsa.</p><p>La baronesa cogi� la nota de su sucia mano y la abri�. La ley� r�pidamente y acto seguido mir� a Jo con dureza. La joven, todav�a enfadada, le devolvi� la mirada sin importarle las formas de cortes�a de palacio.</p><p>�Miembros del consejo �comenz� la baronesa ceremoniosamente, apartando la mirada de Jo�. Tengo aqu� un informe que afirma que unas extra�as criaturas se dirigen hacia las tierras al norte de las monta�as de Picos Negros. Ya han destruido dos pueblos.</p><p>��D�nde est�n esos pueblos, se�or�a? �pregunt� sir Graybow.</p><p>�Cerca de la ciudad de Armstead. �La baronesa, con un gesto a los guardias de la puerta para que se acercaran, orden�: Que env�en un mensajero a las Baron�as de Kelvin y Specularum y a la Torre de la Carretera del Duque. Que les digan que convoco una gran concentraci�n de ej�rcitos. Que se les env�e una copia de esta misiva.</p><p>Y aseg�rense de que este hombre recibe comida y un lugar para descansar �a�adi�, se�alando al mensajero.</p><p>Los guardias abandonaron la estancia con la carta, llev�ndose al mensajero.</p><p>�Debemos agradecer la ayuda del escudero por su comparecencia en la presente campa�a contra los abelaat. Sugiero que nos volvamos a reunir despu�s de tener un informe completo sobre nuestras�</p><p>�Mi se�ora �interrumpi� Jo, poni�ndose en pie�. Hay otro asunto de gran importancia. �La baronesa arque� una ceja con escepticismo.</p><p>Jo continu�. Me ha sido proporcionado el medio para sobrevivir al poder del abat�n �explic�, a la vez que sacaba de debajo de la mesa la espada envuelta�. Me env�an los que crearon a <emphasis>Vencedrag,</emphasis> quienes me instaron a que, cuando volviera a mi tierra, os presentase esta espada para que, al igual que vuestro padre bendijo a <emphasis>Vencedrag,</emphasis> teng�is la bondad de bendecir esta arma.</p><p>��Y qu� ha sido de la afamada <emphasis>Vencedrag?</emphasis> �pregunt� con voz hiriente, aunque d�bil, el consejero Melios, sin levantarse de la silla.</p><p>Jo apart� el hule y dej� al descubierto la empu�adura de <emphasis>Vencedrag.</emphasis></p><p>�<emphasis>Vencedrag</emphasis> fue destruida en la batalla final contra el drag�n �contest�. Un Inmortal la forj� de nuevo y la transform� en esta espada �a�adi�, dejando caer el resto del hule. Los miembros del consejo se levantaron de sus asientos para admirar el arma. Jo se sinti� invadida de orgullo. Deseaba que Flinn, Braddoc y Karleah estuviesen all� en aquel instante�. Lo m�s importante es que se remate esta espada, de la misma manera que se hizo en tiempos de vuestro padre �concluy� Jo.</p><p>En vez de contestarle con el mordaz reproche que Jo esperaba, la baronesa Arteris se cruz� de brazos pensativa.</p><p>�Ten�is raz�n, escudero Menhir.</p><p>La dama se volvi� hacia sir Graybow.</p><p>��Que llamen al maestro armero! �Que la gente se re�na en el patio! Hay que informarles del peligro e invocar su bendici�n para la espada �orden�.</p><p>��C�mo se llama esta arma? �inquiri� el consejero Melios con un hilo de voz.</p><p>�<emphasis>Paz</emphasis> �repuso Jo.</p><p>Sin prestarle atenci�n a los dem�s, se inclin� hacia Melios, quien se hundi� a�n m�s en su silla.</p><p>�Y, si hay alg�n resquicio de duda sobre mi capacidad de manejarla, permitidme que os diga que fui <emphasis>yo</emphasis> quien mat� a <emphasis>Verdilith.</emphasis></p></section><section><title><p>4</p></title><p>Johauna caminaba al lado de sir Graybow por los pasillos del castillo. Respiraba agitadamente mientras percib�a el olor del hule que la transportaba a la et�rea forja donde hab�a participado en el vaciado de la espada, reviviendo cada paso de su vida al mismo tiempo que forjaba su alma junto a la espada.</p><p>�Johauna� �le susurr� sir Graybow, apoyando una mano en el hombro de la muchacha.</p><p>�Lo siento, estaba pensando.</p><p>Pasaron por un patio descubierto que los conduc�a a los aposentos de sir Graybow. A pesar de la sensaci�n de calor grasiento que daba la iluminaci�n de las antorchas de las paredes, el ambiente estaba fr�o.</p><p>Al torcer la esquina, sir Graybow le pregunt� repentinamente:</p><p>��Qu� fue exactamente lo que visteis en Armstead?</p><p>Jo parpade�. A la menci�n de la ciudad la invadieron recuerdos espantosos. Lo hab�a perdido todo en Armstead: sus amigos, su fuerza de voluntad, incluso la esperanza.</p><p>�Hab�a� �Una l�grima se desliz� por su mejilla y dej� una mancha oscura al caer sobre el hule. Suspirando profundamente, borr� con el brazo el rastro que hab�a dejado en su rostro�. Hab�a cientos de muertos. Les hab�an absorbido sus almas. Ni�os, mujeres y hombres se apilaban en las calles, con las carnes hechas cenizas. La ciudad estaba devastada por los diab�licos efectos del abat�n.</p><p>Sir Graybow la gui� a trav�s de una entrada que conduc�a a un peque�o tramo de escalera. Jo apenas not� su gesto de preocupaci�n mientras prosegu�a con el relato.</p><p>�<emphasis>Verdilith</emphasis> tom� la apariencia de Flinn y me convenci� de que se hab�a convertido en un Inmortal y� �La voz se le quebr�, y las l�grimas comenzaron a brotar con profusi�n�� perd� la fe y dej� que el drag�n golpeara a <emphasis>Vencedrag</emphasis> para partirla. Cuando me di cuenta de mi error, se la quit� y lo atraves� con ella. Entonces la espada se rompi�.</p><p>Deteni�ndose, examin� la gris�cea cara de sir Graybow.</p><p>�Remat� a <emphasis>Verdilith</emphasis> con las dos mitades de <emphasis>Vencedrag,</emphasis> acuchill�ndolo hasta que suplic� misericordia. �Apart� la mirada para evitar verse reflejada en los ojos de Graybow�. No me gui� por la clemencia sino por la justicia.</p><p>Se apoy� en el fr�o y h�medo granito de la pared, lo que la reconfort�.</p><p>Sir Graybow le pas� un brazo por encima de los hombros.</p><p>�Si pod�is continuar un poco m�s, os preparar� un t� caliente.</p><p>Jo alz� la mirada hacia el rostro de Graybow. Su faz era amable, pero luc�a las huellas del exceso de preocupaci�n que la autoridad de su cargo requer�a.</p><p>Como alcaide del castillo de Penhaligon, ten�a el deber de proteger el castillo.</p><p>�No os gusta intervenir en los asuntos estatales de Penhaligon, �verdad? �inquiri� Jo con suavidad.</p><p>��Por qu� me pregunt�is eso? �replic� el anciano, con muestras evidentes de estupefacci�n.</p><p>Jo movi� negativamente la cabeza y, esbozando una leve sonrisa, lo volvi� a agarrar por el brazo.</p><p>��ltimamente, me he visto implicada en� asuntos que no entiendo, y que me recuerdan a aquellas� confabulaciones de los nobles contra Flinn. Los gobernantes tienen ambiciones que no siempre coinciden con las necesidades de la gente.</p><p>��De veras? �respondi� sir Graybow, sonriendo maliciosamente�. Me impresion�is �escudero� Menhir. �Necesit�is, tal vez, alg�n tipo de consejo o ayuda en lo concerniente a esos asuntos?</p><p>�Tal vez, suponiendo que teng�is experiencia en estas materias.</p><p>�La palabra �experiencia� tiene connotaciones que se pueden interpretar seg�n la situaci�n. �Se detuvo y escrut� el abatido rostro de la joven�. Si quisierais contarme alguno de vuestros� problemas, intentar�a ayudaros. Decidme lo que os preocupa.</p><p>Tras considerar el ofrecimiento, Jo hizo un gesto de conformidad.</p><p>Por un momento el pasillo por donde caminaban le record� la Galer�a de los Ca�dos: oscuro, silencioso y tranquilo.</p><p>Antes de que pudiese comenzar a hablar, llegaron a la puerta del estudio. Sir Graybow sac� una gran llave de su cintur�n, con la que abri� la puerta. Johauna se alegr� de tener alguien con quien desahogar sus preocupaciones.</p><p>La habitaci�n segu�a siendo oscura y confortable, tal como la recordaba.</p><p>��Qu� infusi�n os apetece?</p><p>Se encogi� de hombros.</p><p>��Qu� ten�is?</p><p>�Echemos un vistazo �contest� �l y, avanzando hacia una de las vitrinas que hab�a cerca de la chimenea, abri� el mueble.</p><p>�Tenemos una fina mezcla hecha en los bosques de Achelos, cerca de los Cinco Condados. Y un excepcional t� de los emiratos de Ylaruam, muy recomendable para combatir el fr�o.</p><p>Asinti� y se sent� a la mesa que hab�a en medio de la habitaci�n.</p><p>Sobre ella descansaba un libro, abierto por la portada, pero no acert� a descifrar su extra�a escritura. Manten�a a <emphasis>Paz</emphasis> apretada contra su cuerpo, como si no quisiese quedar desprotegida ante el abat�n.</p><p>��Os apetece una infusi�n del conde de Greymington?</p><p>Jo levant� la vista del libro y asinti�.</p><p>�Me encantar�a.</p><p>Sir Graybow cogi� un tarro de la alacena y cerr� la puerta. Puso la tetera al fuego y dej� el tarro al lado de dos tazas que aguardaban el l�quido.</p><p>�Tardar� algo �murmur�, sent�ndose frente a la muchacha.</p><p>��Os encontr�is bien? �inquiri� ella, preocupada.</p><p>��Por qu� lo pregunt�is?</p><p>�Parec�is mucho m�s� delgado.</p><p>Graybow sonri� y mir� hacia el techo.</p><p>�Hay un momento en la vida de cada hombre en que debe empezar a cuidarse un poco m�s, es decir: m�s acci�n y menos inactividad.</p><p>�Y menos bizcochos con el t� �lo interrumpi� ella con una risita.</p><p>El anciano sonri� cari�osamente e, inclin�ndose, dijo con aire conspirador:</p><p>�Ya veo que conoc�is mi secreto.</p><p>��Son agotadoras las labores en el castillo? �pregunt� Jo con seriedad.</p><p>Sir Graybow apret� los labios y apart� la mirada.</p><p>�Ya veo que conoc�is mi secreto; pero no estamos aqu� para hablar de los problemas del alcaide, sino para ayudar a Johauna Menhir.</p><p>��No os refer�s a la escudero Menhir?</p><p>El anciano neg� con la cabeza.</p><p>�No, me refiero a vos.</p><p>Jo asinti� agradecida por la muestra de cari�o de Graybow. No se sent�a merecedora de afecto alguno, pues lo m�s parecido que hab�a recibido en su vida hab�a sido algunas miradas lascivas en Specularum. Separ� el hule de la empu�adura de malla de acero de <emphasis>Paz, y</emphasis> pas� los dedos sobre las piedras de abelaat. Cambi� de posici�n en la silla, intranquila ante el pensamiento del efecto que pod�a tener en su cuerpo el veneno de los abelaat.</p><p>��Qu� sucede? �quiso saber sir Graybow.</p><p>��Os acord�is de que me atac� un abelaat cuando estaba con Flinn? �replic� Jo. Graybow asinti�. Es cierto, tengo su veneno en mi sangre, y Flinn extrajo estas tres piedras del lugar donde me mordi� en el hombro.</p><p>Sir Graybow se levant� de su silla.</p><p>��De ah� provienen esas piedras? �Por todos los Inmortales, Jo!</p><p>�No ten�a ni idea! �Est�is enferma? �Llamo al curandero?</p><p>Jo sonri� y pos� el brazo sobre el hombro de Graybow para volver a sentarlo en su silla.</p><p>�No, de veras, estoy bien. No creo que sea veneno.</p><p>��Una infecci�n, tal vez? �sugiri� Graybow.</p><p>�Karleah me dijo que la� infecci�n me proteger�a de los abelaat, aunque no s� de qu� manera. Creo que se refer�a a que ser�a dif�cil detectarme por medio de la brujer�a.</p><p>��Karleah muri� intentando anular el efecto de la brujer�a? �inquiri� sir Graybow.</p><p>�En efecto. Ten�a una piedra del �ltimo aut�ntico abelaat de Mystara. Karleah pensaba que la piedra la proteger�a, pero algo no funcion�.</p><p>��Qu� relaci�n tiene eso con lo que ibais a decirme?</p><p>�Me dieron esta espada �comenz�, levantando a <emphasis>Paz</emphasis>�. Eran los mismos que forjaron a <emphasis>Vencedrag.</emphasis></p><p>�Yo pensaba que hab�a sido el maestro armero del castillo� interrumpi� Graybow.</p><p>�Tal vez complet� el trabajo� �repuso ella, esbozando una sonrisa cort�s�. En esa historia hay m�s de lo que la gente cree.</p><p>Sir Graybow asinti�.</p><p>�Entonces, �cu�l es vuestro principal prop�sito? �la interrog� el anciano.</p><p>�Mi misi�n es matar a Teryl Uro y cerrar las puertas que comunican el mundo de los abelaat con Mystara. Todo es una cuesti�n de fe.</p><p>Sir Graybow parec�a confundido.</p><p>��Todo el qu�? �pregunt�.</p><p>Jo agit� a <emphasis>Paz</emphasis> y se�al� su armadura de origen elfo.</p><p>�La espada, la armadura; lo que me ha pasado desde que sal� de Armstead. He conocido gentes extra�as y fascinantes que tienen un poder y una sabidur�a que yo nunca podr� alcanzar. �Hasta qu� punto me puedo fiar de mi percepci�n de estos acontecimientos, y cu�nta credibilidad puedo conceder a todos aquellos que me introdujeron por este camino?</p><p>��Quer�is saber si, por haberos sido concedida la espada, sois una pieza m�s de un juego? �inquiri� sir Graybow, intentando poner un poco de l�gica en su confusi�n.</p><p>Jo sonri�.</p><p>�Eso es exactamente lo que quiero saber.</p><p>Sir Graybow asinti� y se dirigi� hacia la tetera de cobre. Se puso un grueso guante, con el que retir� la tetera del fuego para llenar las tazas de agua caliente. Coloc� otra vez la tetera al fuego y se volvi� para preparar el t�.</p><p>Jo observaba al anciano con expectaci�n. Por fin se desembaraz� de <emphasis>Paz</emphasis> apoy�ndola contra la pared, y se estir� de brazos.</p><p>Sir Graybow volvi� con el t�. Jo cogi� su taza y la deposit� sobre la mesa.</p><p>�Esa pregunta, Jo� �comenz� �l, y se interrumpi� para dar un sorbo�. �sa es la pregunta que se hacen los caballeros desde el origen de los tiempos.</p><p>Jo iba a alzar su taza, pero cambi� de opini�n y volvi� a agarrar a <emphasis>Paz.</emphasis></p><p>�Supongo que lo averiguar� muy pronto �murmur�.</p><p>Desde lo alto de las escaleras del ancestral templo de Penhaligon, Jo contemplaba a los cientos de personas que proced�an de los pueblos y ciudades del reino. Con rostros llenos de inquietud y p�nico, se congregaban en el patio principal; los que no cab�an all� dentro permanec�an del otro lado de la verja del Castillo de los Tres Soles.</p><p>Murmuraban entre s�, sumidos en un mar de dudas. Los malos presagios de los nubarrones que desde hac�a d�as ocultaban el sol, sumados a los rumores que circulaban sobre horribles monstruos que asolaban el reino, hab�an causado estragos en la moral de aquellas gentes.</p><p>La baronesa y sir Graybow escoltaban a Jo; el resto del consejo permanec�a detr�s de ellos, bajo la entrada del templo. Luc�an sus mejores galas, excepto Jo, que continuaba ataviada con su t�nica y armadura del otro mundo.</p><p>La baronesa Arteris dirigi� la mirada hacia sir Graybow, quien asinti� con solemnidad. Los ojos de la dama se posaron en el bulto de hule que Jo sosten�a en los brazos. Era dif�cil escrutar su expresi�n.</p><p>Con una �ltima mirada dirigida al consejo, la baronesa Arteris dio un paso al frente y alz� un brazo en direcci�n a la multitud.</p><p>��Ciudadanos de Penhaligon, solicito vuestra atenci�n!</p><p>La voz se esparci�, clara y poderosa, hasta los alrededores del castillo, y acall� por completo los rumores de las gentes. Jo no alcanzaba a percibir sonido alguno, excepto los latidos de su propio coraz�n.</p><p>�Se avecinan tiempos duros, como los que padeci� mi padre en su mandato �comenz� la baronesa, con un profundo respiro despu�s de cada pausa�. Algunos ya hab�is o�do hablar del mal que acecha las tierras m�s all� de las monta�as de Picos Negros. Todo el mundo corre peligro, incluso los habitantes de las tierras de Karameikos. �Hizo una ligera pausa.</p><p>�Hubo una vez un h�roe, a quien mi padre nombr� caballero, que era capaz de doblegar el mal que nos acechaba, viniese �ste de donde viniese. Aquel hombre era la personificaci�n de los cuatro pilares del Quadrivial: honor, valor, fe y gloria. Fue un ejemplo para todos nosotros.</p><p>�Fain Flinn, Flinn <emphasis>el Poderoso,</emphasis> ha fallecido en el campo de batalla en encarnizada lucha contra el Drag�n Verde, <emphasis>Verdilith.</emphasis> �Jo apret� las mand�bulas para resistir el lacerante dolor que le produc�a el recuerdo de la muerte de Flinn. Cuando se acallaron los rumores de incredulidad y sorpresa la baronesa continu�.</p><p>�Antes de completar su haza�a postrera encontr� a uno entre nosotros a quien crey� digno de seguir sus pasos y aprender el arte de la caballer�a bajo su tutela. Esta alma distinguida se uni� como escudero a la orden de Penhaligon.</p><p>El peso de las innumerables miradas que ca�an sobre Jo apenas le permit�an sostenerse sobre sus piernas. Estaba segura de que todos conoc�an su relaci�n con Flinn, y se pregunt� si sentir�an verg�enza por haber cre�do los embustes que sobre el h�roe hab�a hecho circular <emphasis>Verdilith.</emphasis> El recuerdo de su templanza le dio fuerzas para permanecer de pie.</p><p>Se�alando a Jo, la baronesa proclam�:</p><p>�Esta escudero ha demostrado con sus haza�as que contin�a el glorioso camino de Fain Flinn. Fue ella la que acab� con <emphasis>Verdilith</emphasis> en el nombre de Penhaligon.</p><p>Todo el mundo se alegr� de la noticia de que el drag�n que los hab�a aterrorizado durante tanto tiempo hab�a sido finalmente asesinado. Jo se sinti� abrumada por tanta atenci�n. Deseaba que Graybow y Braddoc estuviesen a su lado para ayudarla.</p><p>La baronesa Arteris baj� los brazos y abri� las manos en un gesto de s�plica.</p><p>��Ciudadanos de Penhaligon, os informo que tenemos los medios para combatir a este y cualquier otro enemigo que invada nuestras tierras! Unidos somos fuertes y no hay nada que pueda dominarnos.</p><p>En este momento ten�is que rezar por los que luchar�n en la batalla, no s�lo por nuestros soldados sino tambi�n por nuestros aliados y los que vendr�n para unirse a nosotros.</p><p>La baronesa inclin� la cabeza y entrelaz� los dedos. Sir Graybow y el resto del consejo la imitaron. Jo, a�n sobrecogida, contempl� c�mo todas las cabezas de la multitud se iban agachando. El poder de la uni�n y la fuerza de Penhaligon le inund� el coraz�n.</p><p>Al cabo de unos instantes, la baronesa Arteris alz� la cabeza.</p><p>�Orad, habitantes del reino �invoc� en una voz que a Jo le pareci� de la intensidad de un susurro�. Orad, otorgad vuestra confianza a los defensores y a sus armas.</p><p>Volvi�ndose, la baronesa desembaraz� la espada que reposaba en brazos de Jo del hule que la envolv�a. La joven, con ojos h�medos y embargada por la emoci�n, se contempl� reflejada en la fina plata de la hoja.</p><p>La baronesa levant� un brazo de Jo.</p><p>�Como ya hicisteis anta�o con la venerable <emphasis>Vencedrag,</emphasis> que llevaba el m�s grande de nuestros h�roes, Flinn <emphasis>el Poderoso,</emphasis> os suplico que hag�is part�cipe de vuestras plegarias a la que contin�a avanzando por la senda de Fain Flinn. �La baronesa alz� la mano desocupada y exclam�: �Os suplico que rec�is por <emphasis>Paz!</emphasis></p><p>Jo nunca hab�a experimentado un silencio mayor que el que se produjo entonces. Permaneci� de pie con la espada alzada, delante de los ciudadanos del reino, por fin segura de la decisi�n que la hab�a conducido a ese instante. La gente continu� rezando en silencio.</p><p>Ahora comprend�a qu� era lo que Flinn hab�a sentido al recibir a <emphasis>Vencedrag</emphasis> de las manos del bar�n: responsabilidad. Responsabilidad para con la gente y para consigo misma.</p><p>Descendi� la escalera del templo contemplando la silenciosa multitud que se extend�a ante ella. El �nico sonido que se o�a era el roce de sus botas contra el duro pavimento, que despertaba un sonoro eco entre aquellos altos muros de piedra. Se mov�a guiada por la inspiraci�n sin pensar en lo que hac�a. Su �nico pensamiento giraba en torno a su nueva misi�n: iba a matar a Teryl Uro y a cerrar la puerta que comunicaba los mundos. Con <emphasis>Paz</emphasis> podr�a lograrlo.</p><p>Avanz� lentamente hacia el centro del patio, y las gentes alzaban la cabeza y observaban con admiraci�n a <emphasis>Paz,</emphasis> la brillante espada de la esperanza. Al cabo de pocos momentos la muchedumbre la segu�a en procesi�n, coreando un nombre. Jo, con los pensamientos concentrados en su misi�n, tard� en descubrir que se trataba del nombre de <emphasis>Paz.</emphasis></p><p>Todo el patio gritaba el nombre de la espada, y los �rboles se agitaban con el ensordecedor vocer�o. Con andar decidido, Jo se dirigi� a la fragua del castillo para que el maestro armero pudiese contemplar la ceremonia.</p><p>El maestro aguardaba en la puerta, y un familiar olor a hierro, calor y sudor lleg� hasta Jo. El hombre, que era un anciano aunque robusto, ten�a la cara tiznada por el holl�n del horno. La joven pens� que ten�a un aire parecido a Vulcano, aunque lo superaba en edad.</p><p>El maestro armero tom� la espada de manos de Jo y la empu�� con pericia. Con un gesto de asentimiento, regres� a la fragua e inspeccion� el filo de la hoja. Abri� entonces la puerta del horno, sumergi� a <emphasis>Paz</emphasis> en el interior del fuego, y descolg� un martillo de un gancho cercano.</p><p>La espada resplandec�a con un rojo incandescente cuando la deposit� sobre el yunque. Levant� el pesado martillo muy por encima de su cabeza y la golpe�. El ta�ido del metal retumb� por todo el patio.</p><p>Todos permanec�an en silencio, mientras Jo aguardaba, rodeada por un halo de chispas.</p><p>El hombre arroj� su martillo al suelo y le entreg� a Jo la espada por la empu�adura. La plata de los elfos y el acero de los enanos se hab�an separado de la parte plana de la hoja para fundirse en el filo.</p><p>Los cuatro puntos del Quadrivial y el s�mbolo final de �paz� a�n resplandec�an por el calor de la fragua. S�lo hab�a sido necesario un golpe para acabar la espada.</p><p>Jo se gir� hacia la multitud y contempl� sus rostros de expectaci�n. Sin poder contener una sonrisa, alz� la espada en el aire.</p><p>Los v�tores de los ciudadanos del reino a�n resonaban en sus o�dos cuando aquel d�a lleg� a su fin.</p></section><section><title><p>5</p></title><p>�No s� t�, viejo amigo, pero yo ya no puedo con mis piernas.</p><p>En realidad las piernas de Braddoc no estaban cansadas, sino que se ve�a obligado a forzarlas para mantener el ritmo de su compa�ero, quien ya hab�a coronado la cresta de la �ltima colina, tras la cual se extend�a un frondoso bosque de abetos y pinos. El cielo estaba te�ido de nubarrones gris�ceos, y el aire era fr�o. Braddoc hab�a intentado varias veces hacer reaccionar al hombre que lo aguardaba en la cima de la colina, pero sin conseguirlo.</p><p>El enano observ� c�mo Flinn inspeccionaba las tierras de los alrededores, y su silueta le trajo el recuerdo de Jo. Se pregunt� si la joven se encontrar�a bien.</p><p>��C�mo se llama esta regi�n? �inquiri� Flinn, extendiendo el brazo. El viento hac�a ondear la t�nica y los pantalones que �l mismo hab�a hecho aparecer con sus poderes m�gicos.</p><p>Braddoc pens� en no dec�rselo para estimular su memoria, pero cambi� de parecer; a Flinn se le hab�a concedido una vida nueva, pero desprovista de los viejos recuerdos.</p><p>��ste es el Bosque Encumbrado �repuso Braddoc, acerc�ndosele�. T� viv�as aqu�.</p><p>Flinn segu�a escrutando el horizonte. Braddoc se pregunt� qu� pasar�a por su mente. Mientras esperaba una respuesta, murmur� para s�:</p><p>�Supongo que los Inmortales no necesitan un pasado.</p><p>Flinn volvi� la cabeza con un movimiento casi mec�nico y baj� la mirada hacia el enano, quien se removi� inc�modo ante aquella inspecci�n.</p><p>��Por qu� sabes que soy inmortal? �pregunt�, entonando sus palabras con calma y exactitud.</p><p>�No juegues conmigo, Fain Flinn. Puede que seas un Inmortal, pero yo he vivido cien veces m�s que t� �afirm� Braddoc tajantemente.</p><p>Flinn se volvi� y extendi� una mano. Sintiendo un s�bito temor, el enano aferr� su hacha y retrocedi�.</p><p>Flinn avanz� medio paso y le toc� la frente. Por un momento, la expresi�n de su rostro desapareci� por completo; con la misma rapidez se volvi� a iluminar.</p><p>�Verdaderamente has vivido m�s de cien vidas.</p><p>Braddoc se encogi� de hombros.</p><p>�Ya te lo he dicho. No le mentir�a a un amigo.</p><p>Flinn asinti�.</p><p>�Supongo que yo tampoco.</p><p>�Claro que no. Nunca lo hiciste �dijo el enano; lo se�al� enf�ticamente y a�adi�: Te ayudar� a recobrar la memoria para que puedas llevar a cabo lo que has venido a hacer.</p><p>�Debo cerrar la puerta que divide los mundos �declar� Flinn, volvi�ndose para seguir contemplando el paisaje.</p><p>��Por qu� no nos vamos ahora antes de que�?</p><p>�No tengo el poder para cumplir esa misi�n �lo interrumpi� Flinn con un gesto amenazador de su mano�. Tengo que visitar algunos lugares para adquirir ese poder.</p><p>Braddoc lanz� un suspiro.</p><p>�El primer lugar que debes visitar es Rupestre, mi hogar ancestral.</p><p>Flinn se gir� para contemplar al enano con ojos repentinamente encendidos por la pasi�n; Braddoc no pudo evitar retroceder, sobrecogido por la demostraci�n de poder de su amigo.</p><p>�Dime c�mo es que sabes tanto sobre mi misi�n, Braddoc Briarblood �le orden�. Cu�ntame por qu� has vivido tanto tiempo.</p><p>Braddoc siempre hab�a mantenido el secreto de su pasado, incluso ante Flinn. No hab�a podido hablarle a Johauna de sus or�genes y dudaba que incluso Karleah, su amiga fallecida, hubiese adivinado aquello que lo hac�a tan especial entre los enanos. Con un suspiro que delataba la sensaci�n de estar tratando con un ni�o caprichoso, Braddoc se sent� con las piernas cruzadas e indic� a Flinn que hiciese lo mismo.</p><p>El hombre, confuso, mir� a su alrededor, como si buscase una silla. Braddoc se pregunt� si su amigo ir�a a hacer aparecer un div�n de la nada, como hab�a hecho con sus ropas. Pero Flinn lentamente se sent� sobre sus piernas.</p><p>Braddoc extrajo una larga pipa de su jub�n de cuero y la llen� con el tabaco que guardaba en la cartuchera que colgaba de su cintur�n; la encendi� con una yesca y dio unas bocanadas de humo, sin saber por d�nde empezar.</p><p>�Antes de que te hable de m�, te explicar� c�mo llegaste hasta aqu� �comenz� con lentitud�. Sabes cu�l es tu meta, pero tengo la sensaci�n de que desconoces lo dem�s.</p><p>La expresi�n de Flinn no se inmut� al asentir.</p><p>Braddoc esboz� una sonrisa.</p><p>�En este mundo se te conoc�a con el nombre de Fain Flinn, Flinn <emphasis>el Poderoso.</emphasis> Llevabas una espada llamada <emphasis>Vencedrag</emphasis> y eras un gran h�roe. �El enano se detuvo a la espera de alguna reacci�n por parte de Flinn, pero �ste se mantuvo imp�vido�. A <emphasis>Vencedrag</emphasis> �continu� se le encomend� que destruyese al Drag�n Verde, <emphasis>Verdilith.</emphasis> Por culpa de este <emphasis>Verdilith</emphasis> perdiste el nombre y tu fe.</p><p>�Parece que era d�bil �coment� Flinn.</p><p>�No, d�bil no �afirm� Braddoc, ligeramente irritado. Despu�s de una pausa a�adi�: Quer�as creer que hab�as perdido la fe porque la mujer a quien amabas hab�a perdido su confianza en ti. Fue envenenada con mentiras y muri� en manos de los traidores.</p><p>Braddoc chup� de su pipa y dej� escapar una bocanada de humo azulado. El relajante aroma lo tranquiliz� y le permiti� continuar.</p><p>�Te enfrentaste una vez a <emphasis>Verdilith,</emphasis> pero no lo derrotaste. Tu destino hizo que volvierais a combatir, y fue entonces cuando te venci�.</p><p>El enano absorbi� otra bocanada de su pipa de barro, y, a trav�s de la densa cortina de humo, contempl� al Inmortal, sentado sobre la fr�a hierba. Sonri� para s� ante lo absurdo de aquel encuentro y prosigui� con su relato:</p><p>�<emphasis>Verdilith</emphasis> no estaba satisfecho con tu muerte. Deseaba destruir a <emphasis>Vencedrag</emphasis> y para conseguirlo adquiri� tu apariencia.</p><p>�Eso fue lo que me permiti� transformarme en una criatura de carne y hueso de este mundo �contest� Flinn absorto�. �En el Reino de los Muertos se encuentra la perfecci�n�, me dijeron. �Todas las cosas de este mundo tienen conexi�n con las cosas perfectas.�</p><p>Flinn se detuvo un momento, y luego prosigui�:</p><p>�All� no pose�a un cuerpo�</p><p>�Pero en este mundo tu forma encontr� la perfecci�n gracias a <emphasis>Verdilith</emphasis> �concluy� Braddoc�. Para convencer a Jo de que hab�as vuelto al mundo convertido en Inmortal, el drag�n utiliz� hasta el �ltimo recurso de su magia, y se transform� en un modelo de tu alma en carne y hueso.</p><p>El enano lo escrut� buscando indicios de alguna reacci�n, pero Flinn guard� silencio, con la mirada perdida en la distancia. Braddoc dese� tener la habilidad de leer en la mente de un Inmortal.</p><p>�Tienes raz�n, Braddoc Briarblood �dijo Flinn al cabo, con un gesto de asentimiento�. He venido del Reino de los Muertos bajo la apariencia de un mortal.</p><p>�Con la ayuda de Diulanna y�</p><p>�Guiado por Thor y por Od�n, el Padre Universal. Ellos me encomendaron esta misi�n. Pero ahora, por favor, hablame de ti y expl�came c�mo es que sabes tantas cosas.</p><p>Braddoc pesta�e� sorprendido y mordi� con fuerza la boquilla de la pipa para contener una carcajada. Un Inmortal le hab�a pedido a �l, Braddoc Briarblood, si �por favor� pod�a hablar. Pens� que, despu�s de todo, a�n ten�a la esperanza de redescubrir a su amigo.</p><p>�No s� por d�nde empezar, pero lo intentar� �repuso, envuelto en una nube de humo. Contempl� el cielo gris, pregunt�ndose si Teryl Uro habr�a devuelto a Dayin al mundo. Se encogi� de hombros y se volvi� hacia Flinn, que aguardaba pacientemente.</p><p>�Los enanos tienen dos historias. La m�s conocida se llama la Gracia de Kagyar. Cuenta que hubo un tiempo en que Rupestre estaba sepultada bajo una espesa capa de hielo, poblada de criaturas que se adaptaron al medio. Kagyar, el Artesano, hizo desaparecer el manto de hielo y alter� la tierra seg�n su voluntad.</p><p>�Kagyar es un Eterno de la Esfera de la Materia �dijo Flinn�. Le interesan el arte y los artesanos.</p><p>�Y se dice que los enanos son creaci�n suya �a�adi� Braddoc�. Su primera obra la esculpi� de la roca viviente de Rupestre, empleando su magia y su consumada artesan�a. Esta criatura recibi� el nombre de Nacido de la Roca o Denwarf en la lengua del pa�s de los enanos, y fue el primer rey de todos los enanos.</p><p>Braddoc se revolvi� para estar m�s c�modo.</p><p>�Kagyar inculc� a los enanos la necesidad de extraer la belleza, tallando las cosas que proceden de la naturaleza: granito, oro y piedras preciosas. Les otorg� la habilidad de vivir bajo tierra, con la misma facilidad con que lo hac�an sobre ella.</p><p>Braddoc escarb� en la bolsa del cintur�n para llenar su pipa una vez m�s. El embriagador aroma de la resina que dejaba la ceniza gris�cea era lo que m�s le gustaba. Con los dedos prens� el tabaco mientras vigilaba a Flinn por el rabillo del ojo, en espera de alguna reacci�n a su historia. El hombre continuaba inmutable en su roca, y el enano se dio cuenta de que esa pasividad estaba empezando a causarle una insoportable irritaci�n. Encendiendo su yesca, se reproch� para sus adentros su falta de paciencia.</p><p>�En los tiempos que siguieron �continu�, devolviendo la caja a su bolsillo�, los enanos aumentaron en n�mero, exploraron las monta�as, perfeccionaron sus habilidades, y, con el paso del tiempo, se toparon con otras razas.</p><p>�Como los elfos o los humanos �lo interrumpi� Flinn.</p><p>�Y los ogros �a�adi� Braddoc, asintiendo�. Hubo guerras y grandes logros, y hermosas leyendas. �El enano se detuvo un momento para dejar que la resina se mezclase con el aroma de su pipa reci�n encendida. Se inclin� con un aire de conspiraci�n, gesto que en el pasado hab�a usado con frecuencia cuando hablaba con Flinn, y susurr�: Pero �sta no es la verdadera historia, �verdad?</p><p>Flinn permaneci� inm�vil, sin apartar su mirada del �nico ojo de Braddoc. El hombre parpade� intentando recordar e, inclin�ndose a su vez, pregunt� con un suave tono de voz:</p><p>��Cu�l es la verdadera historia?</p><p>��Qu� es lo que ya sabes?</p><p>�Hay lagunas en mi memoria �contest� Flinn, apoyando la barbilla en una mano; su aspecto era casi c�mico�. S� cu�l es mi nombre, mi misi�n y lo que hay que hacer para cerrar la puerta�</p><p>�Y sabes otras cosas adem�s �lo interrumpi� Braddoc, apunt�ndole con la boquilla de la pipa�. Sabes, por ejemplo, que eres Inmortal.</p><p>Flinn dej� caer la mano y se encogi� de hombros.</p><p>�Eso est� claro �replic�. Diulanna, Thor y Od�n, el Padre Universal me enviaron para llevar a cabo mi misi�n. Aparte de eso no creo que sepa muchas m�s cosas que cuando era un simple hombre.</p><p>�Sin embargo, no te acuerdas de nada de cuando eras hombre �se�al� Braddoc.</p><p>Flinn hizo una mueca que pod�a ser tanto de iron�a como de indiferencia.</p><p>Braddoc volvi� a colocarse la pipa en la boca y dijo:</p><p>��Por qu� no continuamos con nuestro viaje? Me gustar�a llegar a nuestro destino antes de que el sol� �Se interrumpi� de repente�. Quiero decir, antes de que se haga de noche.</p><p>El enano se levant� de un salto con un gru�ido y avanz� hacia Flinn; al llegar a su lado, alarg� la mano para ayudarlo a levantarse.</p><p>Flinn se qued� mirando la mano sin inmutarse.</p><p>��Piensas en mi mano? �pregunt� Braddoc.</p><p>Flinn neg� con la cabeza.</p><p>�No, estaba pensando qu� hacer.</p><p>Braddoc se encogi� de hombros esc�pticamente. Flinn era el �nico Inmortal que hab�a conocido, y, por el momento, no le impresionaba lo m�s m�nimo. Estir� el brazo y, aferr�ndole una mano, tir� con fuerza.</p><p>Braddoc sali� disparado por encima de Flinn. El enano solt� su pipa en el aire para que no se rompiese en su ca�da. Afortunadamente el suelo de la colina era razonablemente blando y amortigu� su ca�da, a varios metros de distancia.</p><p>��Por Denwarf, Fain Flinn! �Por qu� tuviste que hacer eso? �vocifer� el enano incorpor�ndose y dirigi�ndose a Flinn, quien permanec�a sentado inm�vil, d�ndole la espalda. Braddoc alz� la mano para cubrirse el ojo ciego mientras a�ad�a�: Me dan ganas de�</p><p>��Ganas de qu�? �pregunt� Flinn. Braddoc daba vueltas a su alrededor sin dejar de cubrirse el ojo. La voz de Flinn denotaba una extra�a frialdad�. No conozco muchas cosas de este mundo, pero conozco el poder de esa lente, Braddoc Briarblood. Es un artilugio de los Inmortales. �Qu� pretend�as hacer?</p><p>Braddoc respir� profundamente, intentando calmarse. Apretando los dientes dej� caer la mano que cubr�a el ojo.</p><p>�S�lo intentaba ayudarte a que te levantases �sise�, apretando y relajando los pu�os.</p><p>�Creo que cuando �ramos amigos ten�as siempre mal genio �coment� Flinn.</p><p>�Cuando �ramos amigos ambos sol�amos tener mal genio �replic� Braddoc entre jadeos. Se examin� emitiendo un gru�ido; sus inmaculados ropajes estaban ahora cubiertos de suciedad que comenz� a sacudirse con las manos.</p><p>��Qu� pretend�as hacer con esa lente? �inquiri� Flinn con firmeza.</p><p>�Yo� perd� el control. Lo siento �murmur� Braddoc�. Ocurre en pocas ocasiones�</p><p>Flinn intent� esbozar una sonrisa, pero su mueca se transform� en algo inescrutable. Se se�al� a s� mismo con la mano y dijo:</p><p>��C�mo yo me s� muy bien�?</p><p>Braddoc se ri�.</p><p>��Es una pregunta o un comentario?</p><p>�Ambas cosas.</p><p>Braddoc se ri� con m�s intensidad, y se encamin� hacia la ladera de la monta�a que descend�a hacia el bosque; con un adem�n, le indic� a Flinn que lo acompa�ase.</p><p>Flinn recogi� su pipa del suelo.</p><p>�Esto es tuyo �le dijo.</p><p>Hac�a m�s fr�o en el bosque que en la colina, lo que oblig� a Braddoc a abrocharse los botones de su chaqueta. El aroma de la resina que se desprend�a de su pipa empezaba a proporcionarle una agradable sensaci�n de bienestar.</p><p>Contempl� fascinado c�mo Flinn acariciaba cada arbusto que ve�a, intentando recordar, intentando comprender. El enano procuraba distinguir en el rostro y la mirada de Flinn alguna expresi�n familiar, pero el hombre parec�a demasiado ensimismado en su nuevo cuerpo, de proporciones casi perfectas, para poner de manifiesto cualquier muestra de sus sentimientos.</p><p>��ste era el bosque en el que viv�as �le dijo Braddoc, describiendo un semic�rculo con su pipa�. �Te resulta familiar?</p><p>El enano mir� por encima de su hombro y se qued� con la boca abierta, sorprendido. Flinn estaba de pie sobre el tronco de un viejo �rbol, rodeado de un mont�n de todo tipo de animalillos del bosque.</p><p>Todos permanec�an inm�viles mir�ndolo con aire de s�plica.</p><p>��Qu�? �comenz� Braddoc, sin saber qu� decir�. �Qu� haces?</p><p>�Tienen miedo y acuden a m� �respondi� Flinn sin apartar la vista de los animales�. Dicen que hay algo que envenena el mundo.</p><p>��Qu� les contastes?</p><p>�Que yo los proteger�.</p><p>Flinn se baj� del tronco y acarici� con ternura la cabeza de un ciervo d�ndole palmaditas entre las orejas. El animal agach� la cabeza mientras Flinn se volv�a hacia Braddoc y le indicaba que lo acompa�ase, con un gesto que el enano ya hab�a visto en su amigo.</p><p>�Contin�a con tu historia �lo inst� en un tono de voz despreocupado.</p><p>El enano se volvi� para observar a los animalillos, que se dispersaban con toda naturalidad. Se hizo el firme prop�sito de no volver a asombrarse cuando Flinn realizase algo sorprendente. Dio una fuerte chupada a su pipa, ech� el humo lentamente por la nariz para aliviar el intenso fr�o, y continu� con su relato.</p><p>�Hab�a una tierra llamada el P�ramo Negro, una tierra de grandes inventos y magia poderosa. Pero la estupidez de sus habitantes provoc� un cataclismo que cambi� la faz de la tierra para siempre.</p><p>�Y el veneno se esparci� por el mundo �acot� Flinn.</p><p>�S�, y soplaron vientos extra�os que devastaban todo lo que tocaban �prosigui� Braddoc, intuyendo que la mente de Flinn albergaba una gran cantidad de conocimientos que s�lo estaban esperando para aflorar�. Entonces Kagyar, el Artesano, les proporcion� a los enanos la mayor parte de la cultura que tenemos hoy en d�a.</p><p>Braddoc mir� al cielo y comprob� que el sol, oculto tras una cortina de nubarrones grises, no tardar�a en ponerse. Quer�a llegar a su destino antes del anochecer. Apurando el paso, continu� con su relato.</p><p>�Kagyar se asegur� de que los enanos nunca se olvidasen de c�mo vivir bajo tierra para que, en caso de que se produjera otra cat�strofe, supieran c�mo sobrevivir.</p><p>�S� algo sobre los Inmortales. Kagyar tambi�n les concedi� a los enanos algo que los hac�a inmunes a aquellos vientos �a�adi� Flinn�. �Qu� era esa cosa?</p><p>�No tiene nombre, es un ant�doto contra esos venenos�</p><p>�Y es, adem�s, un ant�doto contra la magia �lo interrumpi� Flinn.</p><p>Braddoc asinti�.</p><p>�Kagyar tambi�n cre� a Denwarf, una criatura que no era un enano sino un ser de piedra. Denwarf fue creado despu�s de que los enanos se instalasen en Rupestre, cosa que desconoce la mayor parte del mundo. Kagyar adiestr� a Denwarf para que hiciera florecer la civilizaci�n de los enanos. Al completar esta encomienda, Denwarf desapareci� entre las profundidades de Rupestre.</p><p>Flinn se detuvo y se gir� para mirar a su acompa�ante, quien dej� escapar un gru�ido al intuir cu�l ser�a la pr�xima pregunta. Antes de que Flinn abriese la boca, alz� una mano y dijo:</p><p>�La resistencia de un enano a esos extra�os vientos aumenta a medida que su experiencia y conocimiento del mundo se hacen mayores, de forma que su apego a la tierra tambi�n se hace m�s fuerte.</p><p>Flinn lo examin� de arriba abajo con una mirada penetrante.</p><p>Braddoc supo que no podr�a ocultarle nada, y se removi� inquieto.</p><p>��Cu�l es el problema? �inquiri� Flinn.</p><p>�Nunca hab�a contado esta historia con anterioridad.</p><p>��Quieres dejarlo?</p><p>Braddoc arque� sus cejas.</p><p>��Me lo permitir�as?</p><p>Flinn no dijo nada por un momento, y al cabo asinti� con lentitud.</p><p>�S�. Ser�a� justo.</p><p>El enano sonri� complacido.</p><p>��ste es el Flinn que yo recuerdo �coment�. Dando otra chupada a su pipa, Braddoc prosigui�, dejando escapar el humo con cada palabra que pronunciaba�. La mayor�a de los enanos viven al menos doscientos a�os, algunos incluso m�s. Y otros�, bueno, otros se dan cuenta de que despu�s de quinientos a�os todav�a est�n en plena forma.</p><p>��Me est�s diciendo que tienes m�s de quinientos a�os?</p><p>�No, te estoy <emphasis>contando</emphasis> que tengo m�s de quinientos a�os �le espet�. Ha habido otros de m�s edad.</p><p>��Y eso es debido a tu conexi�n con el mundo?</p><p>�Exacto. Nosotros�, es decir, yo tambi�n me convert� en un guardi�n del conocimiento de los enanos. Puedo� comunicarme con nuestros antepasados y pedirles que me aconsejen de qu� forma debo guiar a mi gente de Rupestre. Ellos me dijeron que deb�a ayudarte con tu misi�n.</p><p>��Cu�ndo te hablaron de m�?</p><p>Braddoc se volvi�, sinti�ndose repentinamente avergonzado, cosa que nunca le hab�a pasado en toda su larga vida.</p><p>�No puedo mentirte a ti, Flinn. Me lo dijeron mucho antes de que perdieras tu t�tulo y a tu amada. La noche en que te conoc� sab�a que estar�as en aquella posada buscando pelea. Te ayud� porque ten�a que hacerlo, �pero nunca me arrepent� de ello! �a�adi� Braddoc.</p><p>Flinn observ� al enano en silencio. Las comisuras de sus labios se arquearon para formar algo parecido a una sonrisa.</p><p>�No importa, Braddoc �le dijo, posando una mano en el hombro de su compa�ero�. Yo� lo comprendo.</p><p>Braddoc alz� la cabeza y le devolvi� la sonrisa.</p><p>�Gracias �susurr�.</p><p>El enano se tranquiliz� y apret� con fuerza la boquilla de la pipa entre los dientes.</p><p>�Este ojo �continu�, tras suspirar largamente�, como ya sabes, no es real. Es un regalo de Kagyar, uno de sus artilugios.</p><p>En el rostro de Flinn se dibuj� una expresi�n de sorpresa.</p><p>�Ignoraba de d�nde lo hab�as sacado. �Iniciaste alguna vez el camino a la inmortalidad?</p><p>�Una vez, pero no por mucho tiempo �contest� Braddoc, enfilando la direcci�n en que deb�an avanzar�. Decid� que mi deber era servir a mi gente, no a Kagyar.</p><p>�Debi� de ser dif�cil la elecci�n.</p><p>�Sin duda �repuso Braddoc con solemnidad.</p><p>Divisaron un descampado en el bosque. Braddoc contempl� a Flinn para ver si identificaba la zona. El hombre parec�a absorto en sus cavilaciones.</p><p>�Aqu� era donde viv�as �le dijo al salir del bosque�. Aqu� te instalaste, despu�s de perder tu t�tulo de caballero.</p><p>Flinn pase� la mirada por todo el claro.</p><p>�Parece que una casa ardi� completamente. �Era la m�a?</p><p>El enano asinti�.</p><p>�La construiste con tus propias manos.</p><p>�Dices que perd� mi t�tulo de caballer�a por traici�n. �Quiere eso decir que la gente me evitaba? �inquiri� Flinn.</p><p>Braddoc crey� percibir una ligera sensaci�n de tristeza o incluso dolor en la voz de Flinn.</p><p>��Recuerdas algo m�s sobre este lugar, o alguna otra cosa?</p><p>Flinn salt� por encima de un tronco quemado.</p><p>��Por qu� crees que es tan importante que recupere la memoria de mortal? �lo interrog� de repente.</p><p>La onda de poder que emiti� el carism�tico Inmortal hizo trastabillar a Braddoc. Al recuperar el equilibrio, el enano trag� saliva.</p><p>�No puedes obligarme a contestar a esa pregunta y no voy a hacerlo �respondi� cruz�ndose de brazos para repeler un posible ataque de Flinn, asustado ante la posibilidad de tener que usar todo el poder de su lente.</p><p>Flinn retrocedi� y junt� las manos tras de s�.</p><p>�Lo siento �se disculp� con expresi�n abatida�. O� que Od�n, el Padre Universal, dec�a que a veces ser Inmortal era demasiado f�cil.</p><p>�No tengo la menor duda sobre eso �murmur� Braddoc�. Sin embargo, dudo que la mayor�a de los Inmortales se hubiesen molestado en disculparse ante un mortal, ni siquiera con uno como yo.</p><p>Ni el propio Kagyar se disculp� ante m� cuando� Bueno, eso no importa �se apresur� a a�adir el enano.</p><p>Braddoc extrajo su pipa del bolsillo y la encendi� con la yesca.</p><p>Cuando consigui� un resplandor incandescente, continu�:</p><p>�Te voy a decir algo sobre lo que acabas de hacer. Cuando digo que la mayor�a de los Inmortales no ofrecer�an sus disculpas, no se trata de una trivialidad. El que lo hayas hecho ya te diferencia de ellos.</p><p>�Necesito saber m�s sobre el mundo de los mortales que sobre el de los Inmortales �replic� Flinn�. Me ayudar�a en la batalla que se avecina.</p><p>�Puesto que no me obligaste a decirte por qu� quiero que recuperes tu pasado, te lo dir�: mis antepasados me advirtieron que si t� no pudieses recordar nada de tu pasado podr�as utilizar tus poderes para� fines no deseados �declar� Braddoc, dejando escapar una bocanada de humo antes de proseguir en un tono m�s grave�. Se me orden� que te acompa�ase en tu misi�n.</p><p>��Para controlar mis actos? �pregunt� Flinn en voz baja.</p><p>Braddoc asinti�.</p><p>�Tambi�n se me orden� que te destruyese en caso de que actuases en contra de la salvaci�n de Mystara.</p><p>Flinn gir� sobre los talones y avanz� entre las ruinas de su antigua casa de mortal. Su rostro no trasluc�a expresi�n alguna.</p><p>�No recuerdo nada de esto �coment�, volvi�ndose hacia el enano�. Tampoco te recuerdo a ti, ni mi honor, ni a mi amada. Nada de eso me importa. Mi misi�n es cerrar la puerta que comunica los dos mundos, nada m�s. Tendr�s que tomar tus propias conclusiones sobre las consecuencias de mis actos, pero <emphasis>te permito</emphasis> que me acompa�es en mis viajes.</p><p>Braddoc se inclin� solemnemente. No le habr�a sido f�cil permanecer con Flinn si �ste no lo hubiese deseado.</p><p>Flinn deambul� por el prado, tropezando con alguna tabla que deb�a de haber pertenecido a alg�n mueble.</p><p>�Debo viajar a las tierras de las antiguas razas de Mystara y descubrir sus� secretos �dijo de pronto�. Cada raza posee un t�rmino que designa su propio secreto. Creo que los enanos llaman al suyo <emphasis>denwail.</emphasis></p><p>�<emphasis>Denwail</emphasis> representa todo aquello que dota a los enanos de su gran habilidad sobre las cosas mec�nicas y las materias del mundo �replic� Braddoc, aunque aquella palabra era tan antigua que apenas recordaba su significado�. Es lo que da a los enanos el poder de crear hermosas joyas y piezas de orfebrer�a. Creo que vosotros lo llam�is �inspiraci�n�.</p><p>�Eso es lo que debo encontrar: la inspiraci�n de cada raza �le confirm� Flinn cruz�ndose ostentosamente de brazos�. Cuando me haga con todo eso se me indicar� el siguiente paso que deber� seguir.</p><p>��Cu�ndo comienzas la b�squeda?</p><p>��Ahora mismo!</p><p>Flinn cambi� de postura y agit� su mano derecha, a la vez que avanzaba hacia Braddoc. El enano retrocedi�, y entonces advirti� que estaba en un lugar distinto� Un lugar oscuro bajo tierra. Los poderes protectores de su lente lo ayudaron a recuperarse con celeridad. Se estremeci� al recordar lo que le hab�a sucedido en otras ocasiones en que hab�a usado los poderes del ocular.</p><p>�Estamos en Rupestre �se�al� Flinn�. Ens��ame el camino a Denwarf.</p></section><section><title><p>6</p></title><p>�Explicadnos de nuevo el porqu� de tanta prisa en llegar a Armstead �le pregunt� Melios.</p><p>El consejero de Penhaligon se hab�a reunido en la sala de juntas, varios d�as despu�s de la bendici�n de <emphasis>Paz.</emphasis> Jo permanec�a sentada en el centro de la enorme mesa semicircular. Sus dedos acariciaban las piedras de abelaat de la empu�adura de su espada.</p><p>�La puerta que conduce al mundo de los abelaat est� abierta, lo que les da la posibilidad de cruzar a nuestro mundo �repiti� acaloradamente�. Cuanto antes los ataquemos, menos tropas tendr�n para combatirnos.</p><p>��Afirm�is que tenemos que instalar una guarnici�n permanente cerca de la aldea de Armstead para atacar a esas� cosas, a medida que salgan por esa� puerta? �inquiri� lady Astwood.</p><p>Jo le dirigi� una mirada de furia a la arist�crata, pero, en vez de responderle de forma agresiva, como hubiese querido, se limit� a contestar:</p><p>�A no ser que teng�is otro plan, no veo otra alternativa.</p><p>Sir Graybow se puso en pie y comenz� a deambular por detr�s de la silla de la baronesa Arteris, quien se volvi� para interrogarlo con la mirada. Sir Graybow se detuvo varias veces como si tuviese la intenci�n de decir algo, pero se limit� a agitar levemente la cabeza y guardar silencio. A Jo le daba la sensaci�n de que hablaba para s� mismo.</p><p>�Sir Graybow� �lo llam� la baronesa.</p><p>��S�? �repuso el anciano en voz baja. D�ndose cuenta de la situaci�n, se volvi� hacia la baronesa�. Dispensadme, se�or�a, estaba divagando.</p><p>��Os importar�a compartir vuestras divagaciones?</p><p>Graybow no dijo nada por un momento, como si estuviese sopesando sus decisiones. Con un gesto de desaprobaci�n hacia s� mismo, respondi�:</p><p>�Seg�n lo que nos cuenta la escudero Menhir, no podemos solventar este asunto por cuenta propia.</p><p>��Por qu� tenemos que confiar en lo que la escudero nos cuenta? �cuestion� el consejero Melios�. Tan s�lo tenemos su palabra y un apresurado mensaje de una insignificante delegaci�n de Entrada, lo cual no son suficientes pruebas para creer que esos abelaat nos hayan invadido, o que ese abat�n est� realmente haciendo el da�o que ella afirma.</p><p>El resto de los miembros del consejo se volvieron hacia Melios. Si Jo no hubiera estado segura de que lo que pretend�a el consejero era desacreditarla por la �nica raz�n de haber sido escudero de Flinn, habr�a entendido su punto de vista.</p><p>�Creo que el consejero Melios ha puesto el dedo en la llaga �dijo lady Astwood�. Lo siento, jovencita �agreg�, volvi�ndose hacia Jo�, pero lo que afirm�is me parece casi demasiado fant�stico para ser cierto.</p><p>Jo empu�� a <emphasis>Paz</emphasis> y se irgui�, con la espada apuntada hacia abajo.</p><p>Le devolvi� a la mujer su acusadora mirada y exclam�:</p><p>��Casi demasiado fant�stico? He visto con mis propios ojos los efectos del abat�n. Vuestras linternas siguen sin funcionar y los hechiceros permanecen acobardados en sus aposentos. �Por qu� continuamos esta discusi�n?</p><p>La baronesa Arteris se levant� y dirigi� una mirada a cada miembro de la mesa.</p><p>�Esto ha ido demasiado lejos. Es obvio que muchos de vosotros est�is en desacuerdo con la visi�n de la escudero Menhir debido a sus afiliaciones pasadas. Si es as�, sugiero que abandon�is la mesa en estos momentos o me ver� obligada a desposeeros de vuestros t�tulos�</p><p>��C�mo os atrev�is! �espet� Melios�. �C�mo os�is amenazar a mi familia, que ha sido leal a Penhaligon y fiel a la noble casa de Karameikos desde los albores del reino! �No ten�is el derecho ni la autoridad para llevar a cabo vuestra amenaza!</p><p>�No os acus� directamente, consejero �le respondi� la baronesa con frialdad�. Vos mismo os hab�is delatado como el principal antagonista. Si insist�s en daros por aludido, ya conoc�is vuestras opciones. �La baronesa hizo un gesto hacia Jo y continu�: Son tiempos dif�ciles, creo en la palabra de la escudero Menhir y creo en el juramento de Fain Flinn. La palabra de un caballero es su honor, y el honor de la escudero Menhir se aproxima m�s al de un caballero que el vuestro.</p><p>Melios propin� un violento pu�etazo a la mesa y profiri� una maldici�n. Jo retrocedi�, acariciando la empu�adura de su espada ante el temor de que el hombre intentase atacar saltando por encima de la mesa. Melios se volvi� lentamente hacia la baronesa, quien permanec�a en aparente calma fuera de su alcance.</p><p>�Si ten�is algo que decir, consejero, os sugiero que habl�is antes de que os expulse de esta sala �advirti� sir Graybow en tono amenazador. Indic� a los guardias con un gesto que se acercasen.</p><p>�No ten�is derecho �murmur� Melios, con voz lenta y mesurada�. No ten�is�</p><p>�Todo lo contrario, consejero �le interrumpi� la baronesa�. Tengo todo el derecho. Ya he ordenado una gran congregaci�n de fuerzas.</p><p>Tengo autoridad para dar y desestimar �rdenes; para confiscar propiedades; para levar ej�rcitos. Si decido utilizar vuestras propiedades como cuartel general, pod�is estar seguro de que mis �rdenes se acatar�n ma�ana por la ma�ana. �Melios se aferr� a su silla al o�r las palabras de la baronesa. Temblaba de tal modo que Jo pens� que la sangre se le iba a derramar por la nariz y la boca.</p><p>Los guardias lo rodearon e intentaron agarrarlo cada uno por un brazo. El consejero se gir� y golpe� a uno de ellos con tal violencia que le rompi� la nariz; un chorro de sangre ba�� el rostro del hombre.</p><p>��Quitadme las manos de encima! �aull� con los ojos sali�ndosele de las �rbitas. Melios apart� su silla de una patada y, haciendo caso omiso de todos los presentes, incluidos los guardias rode� la mesa�. �Har� llegar este asunto al rey en persona! �grit� al alcanzar la puerta�. �En persona!</p><p>El hombre desapareci� sin mediar otra palabra, dejando tras de s� un profundo silencio. El segundo guardia ayudaba a su compa�ero a caminar hacia la puerta, presion�ndole un pa�uelo contra la nariz para contener la hemorragia.</p><p>��Cre�is realmente que acudir� al rey? �inquiri� lady Astwood con calma.</p><p>�Importa poco �respondi� sir Graybow volviendo a su asiento, al igual que la baronesa�. La convocatoria de fuerzas dejar� en descr�dito cualquier historia que quiera inventar. Despu�s de todo, nuestros mensajeros llevan tres d�as de delantera y, como parece que la magia no funciona, o lo hace de modo irregular, no podr� mandar un mensaje por esos medios.</p><p>��Y por ello debemos actuar con rapidez! �implor� Jo, adelant�ndose para dirigirse a la baronesa�. Ya ten�is informes que hablan de abelaat que atacan pueblos y aprisionan a la gente. A <emphasis>vuestra</emphasis> gente. Si�</p><p>�Escudero Menhir �la interrumpi� la baronesa Arteris�, no pretend�is chantajearme con argumentos sobre mi gente. Es por ellos que he decidido reunir un ej�rcito para defender las ciudades que todav�a no est�n sitiadas, en lugar de atacar Armstead directamente.</p><p>��Qu�? �Pero si ya sab�is que los abelaat est�n entrando! �Si no los detenemos en la puerta conquistar�n el ducado!</p><p>�Por ese preciso motivo debemos actuar a la defensiva �replic� fr�amente la baronesa al acalorado comentario de Jo�. Nos hab�is dicho que el abat�n destruye a cualquiera que se le acerque, excepto a vos porque llev�is a <emphasis>Paz.</emphasis> Tambi�n nos hab�is dicho que los abelaat son poderosas criaturas de habilidades desconocidas. Nuestras tropas tienen m�s oportunidades luchando a la defensiva en un terreno familiar que enfrent�ndose en campo abierto a un enemigo cuya fuerza no podemos calcular.</p><p>��Qu� propon�is que hagamos para combatirlos, si pueden acabar con la magia? �inquiri� lady Astwood, apoyando las manos sobre la mesa.</p><p>Jo estaba indignada ante tanta pasividad.</p><p>�Lo m�s importante es matar a Teryl Uro y destruir el abat�n. No podemos perder el tiempo con magos �declar�. Si me lo permit�s, se�or�a, me gustar�a partir a cumplir la misi�n que se me encomend� cuando me concedieron la espada�</p><p>�Escudero Menhir �repuso la baronesa con firmeza�, puede que hay�is sido el escudero de Fain Flinn, pero no sois m�s que eso: un escudero. No ten�is derecho a abandonar esta mesa sin nuestro permiso. Acompa�ar�is a uno de nuestros caballeros al campo de batalla y empu�ar�is a <emphasis>Paz</emphasis> contra el enemigo hasta que �ste sea derrotado.</p><p>Jo se puso roja.</p><p>��Me dieron esta espada para matar a Teryl Uro! �protest�.</p><p>La baronesa se puso en pie enfadada.</p><p>��Sois un escudero de la corte de Penhaligon y actuar�is de acuerdo con sus normas! �Os dimos libertad para decir y hacer lo que quisierais porque os hab�is convertido en algo parecido a un s�mbolo de esperanza para las gentes, pero eso no os da derecho a exigir nada de este consejo. Si dese�is seguir siendo escudero, <emphasis>har�is</emphasis> lo que se os ordene.</p><p>Jo rechin� los dientes y apret� la empu�adura de <emphasis>Paz</emphasis> con tanta rabia que not� c�mo las piedras de abelaat se le incrustaban en la carne. Con un profundo suspiro se alej� de la baronesa para ocupar su asiento de mala gana.</p><p>�Muy bien �dijo la baronesa, volviendo tambi�n a su asiento y paseando la mirada por entre los silenciosos miembros del consejo�. Sir Graybow y yo hemos pensado en un plan para organizar el ej�rcito.</p><p>Cada uno de vosotros tendr� que aproximarse para recibir sus �rdenes.</p><p>Jo, cegada por la rabia, observ� c�mo los nobles se levantaban para coger un pergamino de sir Graybow. El desfile de aquellos nerviosos personajes con sus pergaminos s�lo reforz� la convicci�n de Jo de que aquel plan era in�til. Perdi� la noci�n del tiempo, as� como todo lo que se dec�a, pensando en las temibles consecuencias de permitir que Teryl Uro siguiese con vida.</p><p><emphasis>Paz</emphasis> describi� un violento arco en el aire y golpe� un poste de madera para pr�cticas. La parte superior cay� al suelo, y Jo recuper� r�pidamente el equilibrio.</p><p>Relaj� la postura y se sec� el sudor de la frente con el dorso de la mano. Pese al intenso fr�o, la ligera t�nica que llevaba estaba empapada de sudor. Cuantas m�s vueltas le daba a la reuni�n del consejo, m�s se enfurec�a, y m�s vivido se volv�a el recuerdo de Armstead devastada.</p><p>Por el suelo se esparc�an los trozos de madera oscura del poste de pr�cticas. Los pocos salientes que a�n sobresal�an del madero, la mayor�a amputados por la espada, estaban llenos de marcas. Algunas de las estocadas que hab�a propinado en la madera hab�an sesgado de cuajo trozos enteros. Comprobando la hoja de la espada, vio que el borde plateado no hab�a sufrido marca alguna y segu�a tan afilado como al principio.</p><p>A�n no sab�a a qu� caballero tendr�a que acompa�ar. Supon�a que segu�a siendo el escudero de sir Graybow, pero �l probablemente estar�a tan ocupado con las labores de defensa del castillo que no comparecer�a en el campo de batalla. Adem�s, como escudero no se le permitir�a combatir.</p><p>La rojiza plata de la espada reflej� su rostro. Realmente se parec�a a la Inmortal Diulanna, como le hab�a dicho Donar en la Sala de los H�roes. Nunca hab�a considerado en profundidad el culto a esos dioses, pero ahora se pregunt� si no habr�a llegado el momento de elegir uno a quien venerar. Decidi� que cre�a m�s en la perseverancia y la fuerza de voluntad que constitu�an la esfera de Diulanna, que en el fiero aspecto guerrero de Thor.</p><p>La idea de adorar un poder sobrenatural era algo nuevo para ella, pues cuando viv�a en las calles de Specularum no hab�a invocado otra fuerza que no fuese la propia. Muchos se empe�aban, en su desesperaci�n, en implorar a los Inmortales, sin obtener manifestaci�n alguna de su existencia.</p><p>Jo emiti� un sonoro suspiro. Su armadura �lfica descansaba en el suelo cubierta de astillas y trocitos de madera. No le gustaba quit�rsela, pero tampoco quer�a abollarla antes de la batalla.</p><p>��Qu� es esto? �pregunt� una voz ronca a sus espaldas.</p><p>Jo se volvi� y se encontr� frente a un hombre ataviado con una armadura, y armado con escudo y espada. Era m�s bajo y grueso que ella, y llevaba el bigote y la barba cuidadosamente trenzados. Ten�a la sensaci�n de haber visto a aquel hombre durante sus sesiones de entrenamiento con Braddoc.</p><p>��A qu� os refer�s? �replic� rudamente.</p><p>El hombre se�al� el madero de pruebas.</p><p>��Para qu� luchar contra un madero habiendo tanta carne humana por estos alrededores dispuesta a entrenarse con una hermosa jovencita?</p><p>Ante el grosero comentario, Jo frunci� el entrecejo y, sin decir palabra, se volvi� para recoger su t�nica y su armadura. El hombre le dio unos golpecitos en el hombro con el canto de su espada.</p><p>��Por qu� no intentas luchar con algo que devuelva los golpes? �la ret�.</p><p>Jo gir� sobre los talones y, haciendo describir un arco a <emphasis>Paz,</emphasis> apart� la espada del hombre.</p><p>��Qui�n sois y qu� quer�is? �lo interrog�, retrocediendo un paso y bajando la guardia�. Es la primera vez que os veo.</p><p>�Me env�an para ayudar a los escuderos como t� mientras sus amos est�n en el campo de batalla �contest� el extra�o.</p><p>Jo imit� la postura del hombre y aferr� a <emphasis>Paz</emphasis> con ambas manos.</p><p>Su entrenamiento con <emphasis>Vencedrag</emphasis> le hab�a ense�ado las ventajas de empu�ar el arma con ambas manos, entre las cuales se contaba la capacidad de deshacerse r�pidamente de oponentes que llevaban escudo, gracias a la mayor fuerza.</p><p>��Y de d�nde proven�s, sir�?</p><p>�Brewster. <emphasis>Oficial</emphasis> Brewster. Vengo de los condados del consejero Melios.</p><p>Dicho esto, Brewster embisti� la guardia de Jo y la golpe� en la barbilla con su empu�adura. Jo se tambale� y se dio en la cabeza con el poste del monigote de pr�cticas. Antes de que pudiese recuperarse, el hombre le propin� un duro golpe con su escudo que la dej� casi sin sentido. Cay� al suelo, con la vista nublada.</p><p>Por encima del rugido de sus o�dos, acert� a percibir que el hombre le dec�a:</p><p>�Nunca sobrevivir�s a una batalla contra un <emphasis>aut�ntico</emphasis> caballero, y mucho menos contra alguno de sus monstruos imaginarios.</p><p>Brewster retrocedi� para apartarse del alcance de su espada. Jo consigui� aclarar su visi�n y se levant� con gran esfuerzo, poni�ndose primero de rodillas para sostenerse posteriormente en sus pies. La hab�an humillado y quer�a la sangre del hombre. Todav�a pod�a sostener a <emphasis>Paz</emphasis> en sus manos.</p><p>�Si te vas a enfrentar a un enemigo armado, no le des la ocasi�n de que se te anticipe �le dijo el oficial en un tono de aparente decepci�n. Brewster atac� de nuevo, y Jo dirigi� la espada hacia el est�mago de su oponente, pero �ste apart� la espada antes de que impactase en su armadura y le propin� con la rodilla un tremendo golpe en el diafragma que la derrib� sin aliento sobre la hierba.</p><p>��Sabes? �coment� el hombre�, es una de esas cosas que suelen pasar. Haces que la gente se enfade y tomen represalias.</p><p>Sin esperar a que se recuperase, la golpe� en la cabeza con la parte plana de su espada al tiempo que le pon�a un pie sobre la espalda.</p><p>�Me dijeron que no te matase, escudero Menhir; que s�lo te diese una buena lecci�n. �El hombre se arrodill� e, inclin�ndose sobre el rostro de Jo, cubierto de sangre, le susurr� al o�do�: Pero hay alguien al que le gustar�a verte muerta, y tal vez lo complazca.</p><p>La vista de Jo volvi� a nublarse y, por un momento, la joven no supo qu� ten�a delante. Dobl� las piernas y las impuls� en una patada que impact� en el pecho del oficial y lo lanz� hacia atr�s antes de que pudiese reaccionar. El hombre se recuper� r�pidamente, pero Jo tuvo unos preciosos segundos para refugiarse detr�s del poste de pr�cticas, con el tiempo necesario para despejarse y ponerse en guardia.</p><p>La espada de Brewster se dirigi� hacia su garganta. Jo esquiv� el golpe con un ligero balanceo de cabeza, y escuch� el silbido de la hoja al pasar junto a su oreja. El hombre intent� asestarle un golpe en la pierna pero fall�. Aferrando a <emphasis>Paz</emphasis> con fuerza, Jo le hizo describir un arco impuls�ndola con la izquierda y manteniendo el equilibrio con la derecha. En el momento de m�ximo impulso, solt� la mano izquierda para tener m�s alcance alrededor del poste. Su oponente se agach� para esquivar la brillante espada, que se incrust� con profundidad en la dura madera.</p><p>El sudor resbalaba por los brazos de la muchacha, que aferr� con fuerza la pesada empu�adura y dio un salto hacia atr�s. La afilada hoja le sirvi� de palanca para romper la parte superior de la madera a la altura de la cabeza.</p><p>La mirada encendida del hombre le dio a entender que seguramente no tendr�a otra oportunidad para recobrar el aliento.</p><p>Con un aullido, Jo blandi� su espada. El oficial amortigu� el golpe con el escudo, sin poder evitar que la punta de la espada atravesara �ste y lo partiera en dos. El hombre retrocedi� tambaleante, sujetando el trozo de escudo restante. Ahora su rostro reflejaba miedo y duda.</p><p>Jo asi� la empu�adura con ambas manos, la atrajo hacia su flanco derecho e, impulsando los brazos hacia adelante, arremeti�. La afilada punta de la espada atraves� el costado del oponente.</p><p>De pronto Jo se sinti� inundada de fuego y dolor. Le parec�a estar atrapada en un infierno, y lo �nico que ve�a era el filo de <emphasis>Paz</emphasis> que cortaba la carne del oficial. El hombre se derrumb� lentamente sobre sus rodillas. La sangre flu�a.</p><p>De repente tuvo una visi�n.</p><p><emphasis>Estaba en una enorme gruta, y ante ella hab�a una esfera de poder en la que se libraba una gran batalla. Algo sucumb�a pero renac�a al mismo tiempo dentro de la bola de fuego. Se sent�a asustada y a la vez extra�amente confortada.</emphasis></p><p>De los labios del oficial surgi� un �ltimo suspiro. Jo extrajo la espada del cuerpo del hombre, que se desplom� sobre la hierba. La cabeza le daba vueltas sin qu� pudiese explicarse la raz�n de la visi�n de la caverna. La experiencia le recordaba su propio deambular de la mano de Vulcano para forjar su alma, s�lo que esta vez ella no era la que entraba en la fragua, sino que se manten�a como espectador.</p><p>Significase lo que significase, estaba segura de que aquella aparici�n ten�a algo que ver con Teryl Uro y el abat�n.</p><p>Con las pocas fuerzas que le quedaban, apoy� la espalda contra el muro del castillo y se dej� resbalar hasta sentarse, sin soltar a <emphasis>Paz.</emphasis></p><p>Respir� hondamente; el sudor continuaba brotando de su piel. Hab�a acabado con un asesino y ten�a la sospecha de que pod�a haber m�s al acecho.</p><p>Al pensar en su primer enemigo muerto, sinti� n�useas y algo que le quemaba la mano. Abriendo la palma descubri� que la empu�adura de <emphasis>Vencedrag</emphasis> se hab�a vuelto de color plateado y las tres piedras de abelaat eran de un negro intenso.</p><p>�Dijo que alguien deseaba mi muerte.</p><p>Graybow examinaba el cad�ver de Brewster. La sangre del oficial se extend�a en una mancha que el fr�o viento hab�a secado con inusitada rapidez. El alcaide registr� las ropas del hombre.</p><p>�Sin duda Melios es el responsable �afirm�.</p><p>Jo se encogi� de hombros, apart�ndose el pelo que le ca�a sobre los ojos.</p><p>�Pero el hecho de sentir irritaci�n hacia mi persona no parece una motivaci�n suficiente para cometer un asesinato. �No cre�is?</p><p>Aunque �l afirm� que ven�a del condado de Melios.</p><p>�Os sorprender�a saber las fechor�as que se pueden llegar a cometer, justific�ndolas con la nimiedad m�s absoluta �murmur� sir Graybow�. El simple hecho de ser el molesto escudero de Flinn podr�a ser suficiente motivo.</p><p>La expresi�n de Graybow se volvi� s�bitamente severa al palpar bajo la t�nica del oficial. Extrayendo un pu�al de su cintur�n, el alcaide rasg� las vestiduras del cad�ver y dej� al descubierto un bolsillo secreto del que surgi� un pergamino con un sello de lacre, que ya hab�a sido abierto.</p><p>Jo no reconoci� el sello. Representaba un �guila de dos cabezas que se miraban entre s�; no era el s�mbolo del consejero Melios, cuyo emblema era algo parecido a una salamandra.</p><p>Graybow ley� la carta por encima y se la tendi� a Jo. La muchacha nunca hab�a visto una escritura tan extra�a. Parec�a una combinaci�n de varias lenguas.</p><p>��Qu� es? �pregunt�, frunciendo el entrecejo.</p><p>�Est� escrita en el <emphasis>argot</emphasis> de los ladrones �respondi� sir Graybow�. Dice: �El pe�n env�a un saludo a la nueva espada�.</p><p>Jo neg� con la cabeza, aturdida.</p><p>�No entiendo.</p><p>Graybow mir� a su alrededor, y Jo comprendi� que deb�an actuar con cautela. El anciano, haciendo un gesto para que unos soldados se acercaran a vigilar el cuerpo, apart� a Jo a un lugar cercano.</p><p>�Vos sois la nueva espada, Jo �le dijo se�alando a <emphasis>Paz,</emphasis> a la que a�n empu�aba�. Y ese hombre de ah� era �el saludo�. S�lo hace falta saber qui�n es el �pe�n�.</p><p>Jo cogi� la carta de manos de Graybow y analiz� la escritura.</p><p>Despu�s de unos instantes se la devolvi�.</p><p>��De d�nde proviene? �le pregunt�.</p><p>Graybow volvi� a mirar a su alrededor y acerc� la boca a la oreja de Jo.</p><p>�Eso es lo que me confunde. Viene de la baron�a del �guila Negra.</p><p>�No s� nada de ese lugar.</p><p>�Bueno, pronto tendr�is oportunidad de conocerlo personalmente �le contest�, se�alando hacia un grupo de soldados en la entrada principal�. �se es su contingente.</p><p>Jo se volvi� para contemplar el primer regimiento de tropas que ten�an asignado contrarrestar el avance de los abelaat. Se trataba de un destacamento de caballer�a equipado con lanzas y escudos, y espadas como arma secundaria. Jo se maravill� ante la visi�n de aquellos hombres. El color negro de sus uniformes y de sus briosos corceles, que relinchaban por el fr�o, incrementaba el aspecto fiero y amenazador de los caballeros. Sin embargo, el n�mero de jinetes era incomprensiblemente peque�o.</p><p>��S�lo hay sesenta! �De qu� nos sirve eso�?</p><p>A pesar de que estaban a unos cien metros de distancia de la verja, Graybow la asi� con fuerza y la apart� a un lado.</p><p>��No os pong�is en evidencia de esa manera! �Os podr�an o�r f�cilmente!</p><p>�Sesenta hombres contra las fuerzas de los abelaat no es suficiente �replic� Jo�. �Un abelaat casi mata a Flinn! La �nica ventaja de nuestros hombres es el conocimiento del terreno.</p><p>Graybow le solt� el brazo y ech� una ojeada sobre el hombro a las tropas que llegaban.</p><p>�El se�or de la baron�a del �guila Negra quiere el control de Karameikos �explic�. No enviar� el grueso de sus efectivos por si le surge una oportunidad de hacerse con el trono.</p><p>Jo se cruz� de brazos, pensativa.</p><p>�Si pretende el trono, mejor har�a en enviarnos m�s tropas.</p><p>Sir Graybow alz� la nota hasta la altura de sus ojos. La imagen del lacre coincid�a con la de los estandartes de los caballeros.</p><p>�Os aseguro que las fuerzas de Ludwig von Hendriks, aunque menores que las de Stefan Karameikos, son mucho m�s numerosas que �stas �dijo el alcaide, doblando la carta y guard�ndosela en el bolsillo.</p><p>Ambos observaron las fuerzas que entraban: un regimiento comandado por dos capitanes, cuatro sargentos y un capit�n general.</p><p>La mitad de las fuerzas s�lo portaban lanzas y escudos. El resto iba armado con ballestas, y la mayor�a de ellos llevaban paveses colgando de la espalda.</p><p>Los escuderos del castillo acudieron a recibir a los caballeros.</p><p>�Dejad a <emphasis>Paz</emphasis> conmigo e id a ayudar a los dem�s �le indic� el alcaide, extendiendo los brazos para coger la espada.</p><p>�No �respondi� Jo.</p><p>Graybow la mir� interrogante.</p><p>�Lo siento �se disculp� la joven�. No puedo abandonar mi espada.</p><p>Graybow hizo un gesto de desaprobaci�n, pero al cabo asinti�.</p><p>�De acuerdo, pero escondedla bajo vuestra t�nica. �Y, agarrando a Jo por el brazo, la acompa�� hasta su armadura, que a�n yac�a junto al cuerpo del asesino.</p><p>Los soldados, entre torpes sonrisas dedicadas a Jo, les abrieron paso. La joven record� con cari�o haber esbozado una sonrisa parecida cuando vio a Flinn por primera vez.</p><p>Con rapidez se ajust� la armadura y se enfund� el tabardo; se ci�� la espada a la cintura y tras cubrirla con el tabardo, corri� a reunirse con el resto de los escuderos. Los hombres de la baron�a no eran tan imperturbables como hab�a pensado en un principio. No bien entraron en el castillo y recibieron la atenci�n de los escuderos, comenzaron a armar alboroto y hacer burlas.</p><p>��Fijaos en eso! �dijo uno desde lo alto de su caballo al pasar Jo por delante�. �Se cree que es capaz de llevar la espada de un hombre!</p><p>Sus compa�eros se rieron, y uno de ellos a�adi�:</p><p>�Con ese aspecto, yo le dejo que coja la m�a cuando quiera.</p><p>Jo le lanz� una mirada de furia.</p><p>��Yo me andar�a con cuidado! �aconsej� el primer caballero a su compa�ero�. �Tal vez intente derribarte!</p><p>�Cuando quiera, cuando quiera �contest� el otro entre risas.</p><p>Jo apret� los dientes y sigui� andando. El resto de los escuderos se hab�an ocupado de la mayor�a de los caballos, y los caballeros aflojaban los cierres de sus armaduras. Se ofreci� a ayudar a uno de los nobles que no pod�a abrir el enganche de su hombrera, pero el hombre la despidi� con un gesto de impaciencia.</p><p>��Ap�rtate de m�, muchacha! �le orden�. Yo ya estaba en los campos de batalla cuando t� a�n usabas pa�ales.</p><p>�Tal vez, pero� �Se contuvo para no provocar una reacci�n a�n m�s hostil. El caballero se quit� el casco, y dej� al descubierto unas facciones duras y una espesa barba negra. Sus ojos eran del mismo negro intenso.</p><p>�Pero �qu�? �pregunt�, deteniendo su actividad.</p><p>Arrepentida de hab�rsele acercado, Jo obsequi� al caballero con una ligera sonrisa y respondi�:</p><p>�Nada, se�or. No soy m�s que una escudero.</p><p>El caballero se qued� contempl�ndola mientras Jo se le aproxim� y le desabroch� el cierre con una sola mano, manteniendo la otra en la espalda para sujetar la espada.</p><p>��Conque s�lo una escudero, eh? Pues parece que hay m�s de lo que pretendes ense�ar �profiri� con un gru�ido.</p><p>Jo retrocedi� cuando el hombre le dio una palmada en la hombrera de la armadura.</p><p>�Creo que no s� a que os refer�s, se�or �murmur�, usando un tono de humildad que esperaba la salvase.</p><p>El caballero gru�� de nuevo.</p><p>�Eres una embustera, chica. �D�nde est� tu caballero?</p><p>��Mi caballero? �tartamude�, s�bitamente recelosa. Pod�a ser que aquellos hombres fuesen tan traidores como su bar�n. Pod�an incluso haber escoltado al asesino. Se pregunt� si no estar�an tambi�n buscando <emphasis>a Paz.</emphasis></p><p>��Eres una muchacha est�pida y una peor escudero! �dijo el caballero, sac�ndose la hombrera de la armadura�. Ahora dime:</p><p>�d�nde est� el hombre llamado Domerikos?</p><p>�Sir Domerikos no ha vuelto de sus propiedades, pero se espera su regreso pronto �inform� Jo, satisfecha con el cambio de conversaci�n. Domerikos era uno de los que hab�a visto salir apresuradamente del castillo.</p><p>El caballero la dej� sin una palabra de agradecimiento, y ella fingi� ocuparse del hermoso corcel de guerra para intentar escuchar lo que les dec�a a sus compa�eros. Quer�a descubrir qu� inter�s pod�a tener en uno de los caballeros de Penhaligon.</p><p>El caballero cruz� unas pocas palabras con sus compa�eros, mientras se�alaba hacia el castillo. Los otros asintieron, acariciando las empu�aduras de sus espadas. A Jo se le ocurri� que pod�a intentar conducir el caballo y acercarse hasta su posici�n, pero vio que el resto de los escuderos los conduc�an a los establos. Con un suspiro de resignaci�n, se alej� con el caballo.</p><p>Al mirar hacia el �rea de pr�cticas, vio que sir Graybow daba instrucciones a los tres soldados que vigilaban el cuerpo del asesino, y ansi� enterarse de lo que �l hab�a descubierto. Al entrar a formar parte del grupo que llevaba a los dem�s animales al establo, llam� la atenci�n de uno de los otros escuderos.</p><p>��Podr�as llevar este caballo contigo al establo? �comenz�; hizo una pausa mientras trataba de encontrar una excusa de por qu� se saltaba sus responsabilidades�. Tengo que�</p><p>El joven parpade� de sorpresa como si le hubieran dado una bofetada.</p><p>�Por supuesto. Lo que necesit�is �contest�, agarrando las riendas y alzando la mirada al cielo gris�. Estaba all� en la noche de la bendici�n. Signific� mucho para m�. Gracias.</p><p>Jo pens� que iba a besarla, pero el muchacho se gir� con timidez y se alej� con los caballos. Por un momento la joven se qued� sorprendida, sin saber c�mo reaccionar; luego sacudi� la cabeza y se dirigi� de nuevo al campo.</p><p>Ya hab�an puesto el cad�ver del asesino en una caja de madera que se usaba para las armas. Sir Graybow hizo un gesto a los soldados para que se la llevaran.</p><p>��Encontrasteis algo m�s? �pregunt� Jo, tratando de recobrar el aliento.</p><p>�Nada de importancia �respondi� el alcaide�. �Qu� descubristeis vos?</p><p>Jo se encogi� de hombros.</p><p>�Nada, excepto que son muy desagradables.</p><p>�Por decirlo de alguna forma.</p><p>Sir Graybow se sent� en un banco pr�ximo y extrajo la carta del asesino de su t�nica. Examin� el sello con detenimiento.</p><p>��Dec�an o quer�an algo en especial?</p><p>�El hombre al que intent� ayudar quer�a saber si uno de los caballeros de Penhaligon estaba en el castillo.</p><p>��Qui�n?</p><p>�Domerikos.</p><p>El alcaide frunci� el entrecejo y devolvi� la carta a su sitio.</p><p>�No recuerdo que haya habido ning�n enfrentamiento entre Domerikos y nadie de la baron�a del �guila Negra. Tened mucho cuidado cuando est�is cerca de ellos, Jo.</p><p>Jo asinti�.</p><p>�Ya lo he tenido.</p><p>�Deb�is tener <emphasis>mucho</emphasis> cuidado. �Nunca baj�is la guardia, ni por un instante! �Indicando con un gesto hacia las tropas de la baron�a, a�adi�: Todos esos hombres son sanguinarios, aterrorizan los parajes por donde pasan. Tienen constantes trifulcas en los Cinco Condados y asaltan todo tipo de lugares. Pueden tener disputas personales que pretendan vengar.</p><p>El alcaide se puso de pie y entrelaz� las manos a su espalda, sin mirar a Jo.</p><p>�Ir�is al campo de batalla con un contingente de caballeros de Penhaligon. Sir Domerikos ser� vuestro caballero.</p><p>Jo alz� una mirada de rabia al cielo gris. En lo m�s profundo de su mente hab�a pensado que, cuanto m�s demoraran en asignarla a alguien, m�s posibilidades ten�a de marcharse por su cuenta. Iba a replicar algo cuando el anciano se volvi� de repente y la mir� fijamente.</p><p>�Todos vais a acompa�ar al regimiento de la baron�a del �guila Negra.</p></section><section><title><p>7</p></title><p>Braddoc y Flinn avanzaban por un corredor sin m�s iluminaci�n que el brillo fosforescente de sus paredes. El enano estaba acostumbrado a la tenue luz que proporcionaban los hongos cultivados por los obreros de la ciudad subterr�nea. La fragancia de agua y piedra que se desprend�a de la cueva llen� a Braddoc de reminiscencias y a�oranzas. Le habr�a gustado detenerse en alguna de las casas que pose�a en la ciudad, pero la b�squeda de Flinn era acuciante.</p><p>Los corredores por donde circulaban se conoc�an como los T�neles del M�s All�, pasadizos secretos de la ciudad donde no habitaba ninguna raza civilizada. Braddoc sab�a que Denwarf se hab�a aventurado por aquellos t�neles en las legendarias generaciones de sus antepasados. El enano nunca hab�a tenido la ocasi�n de hablar con el esp�ritu del maestro de los enanos.</p><p>��C�mo sab�as que hab�a que venir aqu�? �pregunt�, y las paredes cubiertas de musgo absorbieron el eco de su voz.</p><p>�Puedo sentir el origen del poder, pero no s� exactamente d�nde se halla �respondi� Flinn, encogi�ndose de hombros�. �ste es el lugar m�s cercano que encontr� �a�adi�.</p><p>�Muy bien. Tan s�lo hay que caminar un poco m�s �dijo el enano.</p><p>Las cavernas se iban tornando cada vez m�s oscuras y, aunque Braddoc pod�a ver en la oscuridad, ignoraba si Flinn ten�a la misma capacidad.</p><p>��Puedes ver? �inquiri� el enano.</p><p>�No estoy seguro �contest� Flinn�. Creo que te veo a ti, no� no lo s�.</p><p>Braddoc asinti� para s�. Supon�a que la habilidad del Inmortal para ver en la oscuridad tardar�a en manifestarse. Dando un profundo suspiro, Braddoc ech� mano de su ojo izquierdo. Se adentr� en las profundidades de su mente hasta tener una visi�n del brillante orbe que lo hab�a acompa�ado durante tantos a�os. Mentalmente camin� alrededor del orbe, unido al �ter por fibras de luz, y busc� el camino hacia el propio Kagyar a trav�s de los diferentes planos.</p><p>Al enano no le gustaba tener que usar la lente, pero la facultad de crear luz no mermaba sus poderes, como suced�a al darle otros usos.</p><p>Con suavidad alarg� ambas manos y condujo la luz de su esp�ritu hacia el mundo de los sentidos.</p><p>El ojo de cristal emit�a un brillo blanco, puro como el sol, que iluminaba todo a su alrededor, proyectando enormes y grotescas sombras de aspecto sobrenatural en los muros de la caverna.</p><p>��Es asombroso! �exclam� Flinn sorprendido�. Puedo sentir el poder que mana a trav�s de ti.</p><p>En vez de contestarle, Braddoc junt� las manos, cerr� su ojo bueno y se dej� caer de rodillas, con lo que la luz del ocular se pase� por toda la caverna. Apret� los dientes para no maldecir.</p><p>�Oh gran se�or Kagyar, Kagyar el Artesano, Kagyar Ojos de Rel�mpago; yo, Braddoc Briarblood, tu humilde servidor, te doy las gracias por bendecirnos con tu luz. Que brille por siempre, para guiarnos en nuestro camino a trav�s de la oscuridad �dijo Braddoc sin entusiasmo. Se detuvo y relaj� la mand�bula. Antes de continuar ten�a que pagar su odiada deuda a Kagyar.</p><p>Flinn mir� hacia el techo y alz� una mano como intentando agarrar algo.</p><p>El enano segu�a emitiendo murmullos para s�, en nombre del patr�n Inmortal que hab�a creado la lente. Sus palabras eran pausadas y llenas de respeto y agradecimiento, pero sab�a que, en alg�n lugar, Kagyar se estaba riendo de �l porque hab�a osado rechazar el camino de la inmortalidad. La humillaci�n era su penitencia, como siempre hab�a sido.</p><p>La mano de Flinn agarr� uno de los hilos de luz que conectaban a Kagyar con el ocular.</p><p>Antes de que Braddoc pudiera darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, se desplom� en el suelo con un quejido, presa de un dolor insoportable. Cuanto m�s fuerte tiraba Flinn del hilo, mayor era la agon�a. A pesar de ello, Braddoc no le dio a Kagyar la satisfacci�n de detener sus oraciones. La hebra desapareci�, y con ella el dolor que le martilleaba la cabeza. Se puso en pie y se cubri� la frente con ambas manos como si hubiese recibido un garrotazo.</p><p>��Qu� era eso? �pregunt� Flinn con la mirada a�n fija en su mano.</p><p>�La� �Braddoc tuvo que detenerse para enjugarse la nariz, y vio que ten�a sangre en la mano. Apret� los dientes para desembarazarse de las �ltimas punzadas de dolor y extrajo un pa�uelo de su jub�n de cuero para limpiarse las manos. Tras unos instantes en silencio, contest�: La voluntad de Kagyar conectada al ocular. No vuelvas a hacerlo.</p><p>�Lo siento de veras �se disculp� Flinn, dejando caer la mano�. �Puedo hacer algo por ti?</p><p>Braddoc dej� escapar una carcajada de la que se arrepinti� enseguida, cuando una neblina roja le cubri� los ojos.</p><p>�Dale una patada a Kagyar de mi parte.</p><p>��No te llevas bien con tu maestro?</p><p>�Ex maestro �corrigi� Braddoc, aspirando profundamente por la nariz�. Encontr� este artilugio en mi b�squeda del conocimiento absoluto, la b�squeda de la inmortalidad en la Esfera de la Materia.</p><p>Cada vez que uso el ocular debo postrarme ante Kagyar y agradecerle su maravilloso regalo. �El enano emiti� un gru�ido�. �Maravilloso regalo! �Prefirir�a recuperar mi ojo!</p><p>Flinn se cruz� de brazos, como disponi�ndose a iniciar una conversaci�n.</p><p>Braddoc alz� una mano, que proyect� una sombra gigantesca sobre el muro y sobre los angulosos rasgos de Flinn.</p><p>�Antes de que empieces a hacerme un mont�n de preguntas que no me apetece contestar, creo que deber�amos ponernos en marcha.</p><p>Realmente no hay tiempo que perder �dijo.</p><p>Flinn asinti� y dej� caer los brazos.</p><p>�Gracias por hacer este� sacrificio por m�, Braddoc. No puedo comprenderte, pero estoy empezando a apreciarte.</p><p>Braddoc se gir� y reanud� la marcha por el t�nel que ahora iluminaba. Sonri� con satisfacci�n al comprobar que Flinn estaba m�s vivo de lo que hab�a llegado a pensar.</p><p>Caminaron durante horas por sinuosos pasadizos s�lo conocidos por Braddoc y los esp�ritus de sus antepasados. De vez en cuando se encontraban con los restos mortales de partidas de enanos expedicionarios, esqueletos convertidos en polvo. Las cavernas que hab�a bajo Rupestre eran la guarida de horribles criaturas, no todas ellas mortales.</p><p>Braddoc not� que empezaba a escasear el aire. En la ciudad que ten�an sobre sus cabezas, unos ventiladores de complejo dise�o conduc�an aire a trav�s de unos conductos h�bilmente distribuidos, lo cual era suficiente para Lower Dengar y muchos de los t�neles y pasadizos adyacentes. Pero, donde se encontraban en aquellos momentos, no hab�a posibilidad de que el aire circulase.</p><p>�Puede que haya vivido mucho, Flinn, pero todav�a soy mortal, y pronto tendr� problemas para respirar �coment� Braddoc sin volverse.</p><p>A sus espaldas sopl� una r�faga de viento que le arroj� los cabellos sobre la cara y estuvo a punto de soltar la barba trenzada de su sujeci�n en el cintur�n. Dirigi� el haz de luz de su ocular hacia atr�s, esperando encontrar alguna extra�a criatura a la que tendr�a que enfrentarse, pero s�lo vio a Flinn.</p><p>��Te sientes mejor, ahora? �inquiri� �ste, deteni�ndose.</p><p>Braddoc asinti�.</p><p>�Mucho mejor. No quer�a tener que usar la lente por algo tan tonto como respirar.</p><p>�Entiendo �dijo Flinn, poni�ndose otra vez en camino.</p><p>Los dos compa�eros continuaron su marcha, y a los pocos minutos llegaron a una cueva tan extensa que la luz del ocular se perd�a en la oscuridad. El lugar ten�a forma de pecera invertida, con suelo plano y unas paredes curvadas que desaparec�an en la insondable oscuridad. Los muros estaban cubiertos por unas afloraciones rocosas que habr�an sido estalagmitas si no hubieran estado apuntadas hacia el centro del suelo; incluso las m�s cercanas a la entrada apuntaban hacia adentro. Daba la sensaci�n de que un equipo de artesanos enanos hab�an pulido la piedra, tanto la del suelo como la de las paredes. Braddoc movi� la cabeza en un gesto de admiraci�n.</p><p>��Nunca hab�as estado aqu�? �pregunt� Flinn, que avanzaba detr�s del enano.</p><p>Braddoc hizo un gesto de negaci�n.</p><p>�No. S�lo sab�a de su existencia a trav�s de mis antepasados.</p><p>El enano examin� la caverna intentando hacer llegar la luz del ocular a todos los recovecos, sin percibir indicios de nidos o guaridas.</p><p>��No lo sientes? �inquiri� Flinn, alzando los pu�os hasta el pecho y tensando los m�sculos con una fuerza incre�ble�. �No lo sientes, Braddoc? El poder, la edad, la maravillosa maestr�a�</p><p>�Lo lamento, Flinn, no siento nada de eso.</p><p>Sin previo aviso, Flinn avanz� hacia el bosque de afloraciones.</p><p>Braddoc contempl� c�mo el Inmortal caminaba lentamente por la lisa superficie del centro de la caverna. Braddoc no estaba seguro de si deb�a seguirlo, de si aqu�l era un camino por donde pudiesen circular los mortales. En lugar de ir tras �l, se mantuvo vigilante; hab�a innumerables razas de las cavernas que no ten�an respeto por un lugar que era obviamente sagrado.</p><p>Flinn hab�a avanzado unos doscientos metros desde la entrada, cuando s�bitamente se detuvo. Braddoc se dio cuenta de que su amigo hab�a adoptado una postura defensiva, como si se preparase para el combate. De hecho, reconoci� esa postura porque era la propia de Flinn en el mundo de los mortales. Lo hab�a visto adoptar esa posici�n en la trifulca contra los mercenarios de Braddoc. Ante aquel recuerdo, sus labios esbozaron una ligera sonrisa.</p><p>Flinn se manten�a inm�vil en la misma posici�n, y Braddoc se pregunt� si no se habr�a quedado congelado por el efecto de alg�n maleficio.</p><p>��Qu� sucede, Flinn? �grit�, y el eco de su voz se perdi� entre las puntiagudas agujas de las rocas.</p><p>Flinn no se inmut� ni contest�. Braddoc frunci� el entrecejo, preocupado. Convencido de que algo iba mal, not� c�mo se le aceleraba el pulso. A medida que consideraba las opciones que ten�a, aumentaba su frustraci�n.</p><p>��Maldito seas, Kagyar! �sise� casi para sus adentros. Se arrodill�, cruz� las manos en gesto de s�plica y agach� la cabeza.</p><p>�Oh, gran se�or Kagyar, Kagyar el Artesano, Kagyar Ojos de Rel�mpago; yo, Braddoc Briarblood, tu humilde servidor, imploro tu bendici�n. Mu�strame la causa por la que mi amigo est� atrapado. �Braddoc se detuvo y cerr� con fuerza su ojo bueno al tiempo que cubr�a el ocular con la mano izquierda.</p><p>El enano retir� la mano de la lente con la esperanza de que �sta le revelase qu� era lo que hab�a atrapado a Flinn en aquel lugar. No alcanzaba a imaginarse qu� habr�a podido da�ar a un Inmortal; a no ser, por supuesto, otro Inmortal.</p><p>El ojo no revelaba nada nuevo y Flinn segu�a paralizado. Cuando, en otras ocasiones, hab�a solicitado que se revelara alg�n maleficio, la persona objeto del encantamiento hab�a resplandecido como un fuego fatuo, pero alrededor del cuerpo de Flinn no se divisaba ning�n halo.</p><p>��Por qu� no has hecho caso de mi petici�n, Kagyar? �maldijo Braddoc�. �Por qu� haces caso omiso de mis s�plicas ahora que hay tanto en juego?</p><p>Braddoc se gir� para golpear la pared con su mano desocupada, maldiciendo de nuevo a su antiguo patr�n. Hizo, para sus adentros, el voto de que alg�n d�a se arrancar�a el ocular y lo har�a pedazos para desbaratar el poder del Inmortal. S�lo le quedaba una soluci�n: cogi� una profunda bocanada de aire y dirigi� sus pasos al campo de afloraciones.</p><p>Ten�a dificultades para moverse a trav�s de las rocas y, al contrario que su amigo, los pies se le quedaban atrapados en los peque�os salientes en forma de dedo. Mir� hacia atr�s despu�s de haber avanzado veinte pasos. Ten�a la sensaci�n de haber recorrido miles de kil�metros, tal era el cansancio que se hab�a apoderado de sus extremidades impidi�ndole avanzar. La entrada ya no se distingu�a, oculta tras una neblina gris que hab�a llenado el aire detr�s de �l, pero no el espacio que a�n ten�a por delante ni la zona circular del centro de la caverna. Comprendi� que Flinn deb�a de haber quedado atrapado en la misma trampa encantada.</p><p>Braddoc alz� la pierna derecha y la coloc� delante de s�. El esfuerzo casi consumi� por completo las �ltimas fuerzas que a�n le restaban. Levant� el pie izquierdo con la sensaci�n de que se iba a derrumbar debido a la fatiga. Flinn estaba todav�a a muchos metros de distancia. Fue entonces cuando se dio cuenta de que era el poder que Flinn hab�a sentido emanar de la caverna �la propia vida de �sta� lo que los ten�a atrapados, y no el encantamiento de alg�n brujo.</p><p>Con un �ltimo esfuerzo alz� la mano izquierda hasta el ocular y rez� para alcanzar su objetivo. Las palabras brotaban lentamente de su boca, mientras el esp�ritu se iba desprendiendo de su cuerpo. Unos momentos m�s tarde, se vio a s� mismo desde lo que le pareci� una gran distancia.</p><p>El poder anulador que hab�a invocado para contraatacar la fuerza de aquel lugar volvi� negro el ocular. La luz que emit�a el artilugio te��a de naranja el espeso aire, que luego se torn� rojo y marr�n. Flinn gir� entonces la cabeza, y su compa�ero comprob� con gran alivio que lo hab�a liberado del maleficio.</p><p>El enano emiti� un aullido, y el dolor lo liber� por un instante de la presa de la caverna. Un potente chasquido reson� en el aire de la c�mara, y Braddoc advirti� con horror que la carne de sus pies se convert�a poco a poco en granito. La agon�a que sent�a nubl� la vista de su ojo bueno, lo que reduc�a el poder de su ocular.</p><p>��Ay�dame! �le grit� a Flinn, al mismo tiempo que se o�a otro chasquido y el granito se apoderaba de otra porci�n de su pierna.</p><p>��S�came de aqu�! �Ll�vame de vuelta a la entrada!</p><p>Flinn retrocedi�, alej�ndose del enano, pero finalmente dio la vuelta para avanzar por el suelo liso de la caverna. Se detuvo en el medio y volvi� a girarse. Parec�a confuso.</p><p>��S�lvame, Flinn! �No puedo resistir�!</p><p>De las rodillas para abajo, Braddoc no sent�a sus propias piernas, por las que, palmo a palmo, avanzaba el efecto del maleficio. Lo �nico que pod�a detener aquella metamorfosis era que dejase de usar la lente, pero, si lo hac�a, Flinn quedar�a atrapado por segunda vez.</p><p>��Qu� te ocurre, Flinn?</p><p>Flinn no hac�a caso de las llamadas del enano. Extendi� los brazos hacia los costados y estir� el cuello. Del suelo de la caverna ascendi� un grueso cilindro de hierro, soldado y rodeado de cerrojos.</p><p>Las rejillas que coronaban el casco permit�an ver las llamas de una gran forja interior.</p><p>Braddoc ten�a las piernas completamente paralizadas, y apenas pod�a mantener el conocimiento. Vio con sorpresa c�mo Flinn se agachaba para golpear la parte alta de la fragua, y romp�a la cubierta de piedra. El Inmortal introdujo una mano y aferr� una argolla met�lica.</p><p>Con un esfuerzo que puso en tensi�n su perfecta musculatura, y un estridente chirrido de las oxidadas bisagras, abri� una trampilla y salt� dentro de la fragua sin dudarlo un instante.</p><p>Las rejillas y compuertas del horno explotaron hacia afuera, y las llamas invadieron todo el cilindro. En el interior de este infierno se consum�a el cuerpo de Flinn.</p><p>Braddoc intent� dirigir la mirada hacia sus pies, pero ya no pod�a doblar la cintura. No le quedaba aire para aliviar su sufrimiento, pero el gran poder del ocular no le permitir�a morir hasta que toda la carne se consumiese.</p><p>La fragua explot� de nuevo y expuls� una gran bola de fuego hacia el centro de la caverna. Braddoc intent� protegerse la cara pero no pod�a mover los brazos. Las llamas le chamuscaron el pelo y le provocaron quemaduras en la piel.</p><p>Flinn sali� de las llamas y qued� suspendido en el aire. Su cuerpo estaba intacto y sus ropajes ondeaban al viento caliente. Braddoc sinti� vibrar su alma ante la visi�n de Flinn. Nunca hab�a visto nada tan aterrador e impresionante. Detr�s de �l, las llamas se extingu�an, sin dejar m�s que un rastro de cenizas y una fragua apagada.</p><p>Flinn camin� hacia Braddoc por el aire, rodeado de una aureola de centellas. Estir� el brazo derecho y cubri� el ocular para tapar su luz marr�n. Era demasiado tarde. La piedra se hab�a apoderado de la �ltima parte de la cabeza del enano.</p><p>Braddoc se alegr� de poder morir al fin.</p></section><section><title><p>8</p></title><p>Jo marchaba detr�s de sir Domerikos, conduciendo un caballo cargado con su equipaje. Hab�a inspeccionado cada pieza de su armadura, y s�lo hab�a hallado dos junturas de malla defectuosas.</p><p>Cuando se lo hizo saber, el caballero las repar� personalmente, aduciendo no querer perder tiempo con el armero.</p><p>Sir Domerikos era el comandante en jefe de las fuerzas que abandonaron el castillo. El contingente se dirig�a a Entrada, lo cual alegraba a Jo. Mirando hacia atr�s, divis� otra unidad que iba al noroeste, hacia la fortaleza de la Carretera del Duque. Las fuerzas que se dirig�an a Frontera hab�an partido el d�a anterior.</p><p>El suelo estaba duro y fr�o, lo que hac�a m�s inc�moda la marcha a los caballos contra la inclemencia del viento. Jo tiraba constantemente de las riendas para forzar a la bestia a que continuase avanzando, y, a pesar de su notable fortaleza, el hombro le empezaba a doler. El caballo volvi� a detenerse, lo que la oblig� a hacer lo propio. Con rabia se apart� el pelo de la cara y, mir�ndolo fijamente a los ojos, se pregunt� si era consciente del trabajo que le estaba dando. Mirando hacia atr�s, comprob� que estaba perdiendo r�pidamente terreno con respecto a su caballero.</p><p>��Vamos! �murmur�, al tiempo que tiraba de las riendas con ambas manos. Ten�a mucha experiencia con toda clase de animales, pero aqu�l se lo estaba poniendo realmente dif�cil. El animal movi� arriba y abajo la cabeza y con un relincho retrocedi� un paso. Tir� con todas sus fuerzas para poner en marcha al animal, procurando, en lo posible, no da�arlo.</p><p>��Ten�is problemas, escudero? �oy� que le dec�a una voz desde atr�s.</p><p>Jo se volvi� enfadada, esperando encontrarse a un soldado del �guila Negra. En lugar de eso, se top� de bruces con el yelmo de sir Domerikos, que la contemplaba desde lo alto de su corcel gris.</p><p>�No, se�or �dijo esbozando una ingenua sonrisa.</p><p>�Entonces �qu� es lo que ocurre?</p><p>�No hay ning�n problema, se�or �minti� de nuevo�. El caballo debe de estar cansado.</p><p>El caballero estir� un brazo.</p><p>�Dadme esa rienda �orden�.</p><p>Con un breve suspiro, Jo hizo lo que se le dijo. Domerikos enroll� la correa en el borr�n de su propia silla e hizo que su montura volviera grupas. El caballo de carga inici� su marcha a rega�adientes.</p><p>�No lo entiendo �suspir� Jo mientras la adelantaban otros caballeros y escuderos.</p><p>�Escudero Menhir �la llam� el caballero desde el interior de su yelmo�, si no os importa�</p><p>Jo se volvi� hacia �l, enfadada consigo misma por no prestar atenci�n a su labor. Acudi� corriendo para situarse junto al caballo, que parec�a seguir haciendo caso omiso de ella.</p><p>El caballero la mir�, y ella supuso que la ve�a como una idiota. Ni por un momento pod�a quitarse de la cabeza la necesidad de emprender su b�squeda, y ello le imped�a concentrarse en el trabajo.</p><p>Trat� de imaginarse qu� pod�a haberle sucedido a Dayin y sinti� que un escalofr�o le recorr�a el cuerpo, lo que provoc� un ligero tintineo de sus mallas. Ambos hab�an sido v�ctimas del venenoso mordisco de un abelaat, y ese terror compartido los un�a de alg�n modo.</p><p>�Escudero Menhir �repiti� sir Domerikos. Jo, al ver interrumpidos sus melanc�licos pensamientos, dirigi� una mirada fulminante al caballero. Domerikos se quit� el casco alado y sacudi� su larga y negra melena. En su afilado rostro destacaban dos p�mulos prominentes. Los ojos eran de un color oscuro, y luc�a un bigote cuidadosamente recortado que confer�a un aire agradable a sus severas facciones.</p><p>��S�, se�or? �pregunt� con correcci�n, mir�ndolo a los ojos.</p><p>�Sir Graybow me cont� muchas cosas sobre vuestras �ltimas� experiencias �dijo el caballero�, pero a�n me queda algo de curiosidad.</p><p>�De d�nde sacasteis esa fina armadura y el tabardo?</p><p>Jo torci� la cara para evitar no decir algo precipitado. El tono de voz no era adulador ni arrogante, pero aquellos modales aristocr�ticos la irritaban. Record� los tiempos dif�ciles que hab�a soportado en las calles de Specularum, en las que hab�a tenido que limpiar botas, carruajes e incluso chimeneas para no morir de hambre. Sir Domerikos era del tipo de gente que le sol�a tirar algunas monedas, aunque hab�a demostrado el suficiente respeto como para no llamarla �chica�.</p><p>��Qu� fue lo que os cont� de m�? �le pregunt� con astucia, desviando su mirada.</p><p>�Poca cosa, excepto que gozasteis de una compa��a muy destacable.</p><p>�Esa compa��a tan destacable no hizo de m� una escudero.</p><p>�Lamento profundamente haberos ofendido �se disculp� el noble educadamente�; no era �sa mi intenci�n.</p><p>Jo escrut� el rostro del arist�crata y comprendi� que no pretend�a burlarse de ella; simplemente trataba de ser amable y abierto. Se sinti� culpable por haberlo prejuzgado s�lo por su estirpe.</p><p>�No ten�is que disculparos ante m�, se�or. No soy m�s que una escudero �respondi�.</p><p>�Eso me ha dicho sir Barethmor, de los lanceros del �guila Negra.</p><p>��Hab�is hablado con �l?</p><p>Domerikos sonri� y volvi� su mirada hacia el contingente de los caballeros de coraza negra. Sir Barethmor era el capit�n general de los lanceros.</p><p>�Ya hemos hablado en otra ocasi�n �afirm�.</p><p>�Me pregunt� por vos �dijo Jo, preocupada�. Creo que quiere� traeros problemas.</p><p>Domerikos asinti�.</p><p>�Sin duda, en una ocasi�n tuvimos una disputa por cierta dama que� en fin, no creo que os interese.</p><p>Hab�a despertado el inter�s de Jo, y, cuanto m�s tiempo lo mantuviese hablando sobre s� mismo, m�s tardar�a en verse obligada a dar algunas respuestas.</p><p>�Por favor, cont�dmelo �pidi�.</p><p>Domerikos estir� el cuello, y se pas� por el cabello una mano enfundada en el guantelete. El aliento blanquecino que se formaba mientras hablaba se disolv�a en el fr�o aire.</p><p>�Los detalles no tienen importancia, pero en una ocasi�n le arrebat� a Barethmor lo que m�s lo obsesionaba.</p><p>��Qu� era?</p><p>El caballero se volvi� hacia Jo, sorprendido.</p><p>�Su mujer, por supuesto. �La agudeza del comentario la hizo re�r.</p><p>Sir Domerikos ri� tambi�n y a�adi�: A mis o�dos hab�a llegado que el muy animal la maltrataba, y, al partir del Castillo de los Tres Soles para retarlo a muerte, me la encontr� cabalgando hacia m� con un plan de fuga.</p><p>�Pues Flinn nunca me cont� una historia parecida �dijo Jo entre risas. Lament� el comentario, pero se figur� que todo el mundo hab�a o�do que era la escudero de Flinn <emphasis>el Poderoso.</emphasis></p><p>��De veras? �exclam� sir Domerikos, sorprendido nuevamente�. �Qu� tipo de historias os contaba?</p><p>Jo apret� los labios con desgana.</p><p>�Yo� �comenz�, intentando ser lo m�s educada posible�. �l contaba historias que eran� esclarecedoras.</p><p>�De las que muestran una visi�n m�s realista de la caballer�a; no como la gente cree que es �observ�, asintiendo.</p><p>�Exacto �contest� Jo, satisfecha de que el caballero fuese tan astuto.</p><p>�Creo tener una noci�n del tipo de hombre que era Flinn. Siempre me he hecho preguntas sobre �l, y vuestra compa��a es mi mejor oportunidad de llevar a cabo mi investigaci�n.</p><p>��Vuestra qu�?</p><p>Sir Domerikos se inclin� sobre su silla y susurr�:</p><p>��No os lo cont� sir Graybow? Voy a escribir un libro sobre Flinn <emphasis>el Poderoso.</emphasis> Intencionadamente, pospuse mi estudio del hombre hasta que llegase a conoceros.</p><p>Jo arque� las cejas, deteni�ndose. El caballero detuvo su caballo y se volvi� para mirarla. La muchacha ten�a la furtiva sospecha de que iba a o�r algo que no le gustar�a.</p><p>�La expresi�n de vuestro rostro me dice que ya lo hab�is adivinado, escudero Menhir �dijo Domerikos�. Como sab�a de vuestra relaci�n con Flinn, solicit� que se me otorgasen vuestros servicios como escudero.</p><p>��Qu�? �grit�, indignada�. Estoy aqu� como vuestra escudero porque solicitasteis mis servicios. �Qu� hay de mi misi�n? �Qu� pasa con�?</p><p>�Yo de vos no hablar�a tan alto, escudero Menhir. Hay algunos por aqu� a los que les interesar�a saber sobre vos tantas cosas como a m�.</p><p>Jo se volvi� y comprob� que un grupo de lanceros del �guila Negra la contemplaban se�al�ndola y haciendo gestos entre s�, Barethmor entre ellos.</p><p>Sir Domerikos hizo girar su caballo; Jo lo imit� y desenfund� la espada de la vaina que hab�a pertenecido a <emphasis>Vencedrag.</emphasis> Apenas notaba el peso de la hoja. Las diminutas marcas dejadas en sus palmas por las piedras de abelaat hab�an casi desaparecido.</p><p>�Hermosa espada, escudero �coment� Domerikos, alargando el brazo�. �Puedo verla?</p><p>�No, se�or; no puedo dejar a <emphasis>Paz</emphasis> en las manos de otra persona �replic� con firmeza.</p><p>�Podr�a ordenaros que me entregaseis esa arma, escudero Menhir.</p><p>�S�, se�or; podr�ais. Podr�ais ordenarme que luche a muerte en el campo de batalla; y aunque me costase la vida cumplir�a vuestras �rdenes de la mejor manera posible. Pero no os entregar� mi espada.</p><p>El caballero asinti� sin mirarla.</p><p>��Es la espada que fue bendecida por la gente de Penhaligon? �inquiri�.</p><p>�En efecto.</p><p>��Es �sa la empu�adura de <emphasis>Vencedrag?</emphasis></p><p>�S�.</p><p>Sir Domerikos, se inclin� sobre su silla para contemplar m�s de cerca a <emphasis>Paz,</emphasis> y luego guard� silencio por unos momentos, con expresi�n pensativa.</p><p>�Fascinante �dijo�. Conf�o en que alg�n d�a, escudero Menhir, me contar�is vuestra historia.</p><p>Los dos continuaron en silencio. Jo pens� que, de no haber sido el escudero de Flinn, habr�a aprendido gustosa bajo las �rdenes de sir Domerikos.</p><p>Con <emphasis>Paz</emphasis> descansando sobre su hombro, Jo observ� la marcha de las fuerzas. Hab�a tres regimientos de la baron�a del �guila Negra, uno de los cuales era de caballer�a. Penhaligon hab�a a�adido tres m�s de caballer�a adem�s de dos de ballesteros y dos de infanter�a. El arma principal de la infanter�a eran las lanzas, y todos portaban un escudo decorado con el heraldo de sus respectivos se�ores.</p><p>Jo se imagin� al mando de un destacamento semejante, pero supo al instante que ello no le har�a ni pizca de gracia. La vida en las calles de Specularum implicaba val�rselas por s� mismo; las muestras de amabilidad eran escasas y, a menudo, enga�osas. Jo hab�a aprendido, por lo tanto, a no confiar en nadie m�s que en s� misma.</p><p>Era consciente del valor y la variedad de recursos que se necesitan para dirigir las fuerzas en el campo de batalla, pero desconoc�a Tos principios morales y la habilidad de cultivar los corazones de los hombres. Alz� la vista hacia sir Domerikos, con su respeto por �l incrementado.</p><p>Penhaligon estaba rodeado de colinas y suaves pendientes. El contingente se dirig�a hacia el norte, a trav�s de onduladas elevaciones, hasta que alcanzaron algunos bosques dispersos sin nombre. Al pasar al lado de uno de ellos, uno de los lanceros del �guila Negra lanz� un grito, se�alando hacia un �rbol. Jo se volvi� sorprendida y descubri� un enorme venado que pastaba en el l�mite del bosque.</p><p>El lancero baj� la visera de su yelmo y apart� de un empell�n a uno de sus compa�eros al tiempo que espoleaba su montura. El caballo profiri� un fuerte relincho e inici� el galope. El compa�ero se recuper� enseguida y lanz� el caballo al galope, intentando dar caza al otro. El resto de los lanceros se rieron abuche�ndolos, sin que Jo entendiera lo que dec�an.</p><p>Sir Domerikos alz� la cabeza para ver qu� suced�a. Hizo girar a su montura para dirigirla hacia el bosque, a la vez que soltaba la pesta�a que sujetaba su sable a la silla. Jo advirti� que, no bien el caballero se pon�a en movimiento, sir Barethmor tambi�n hac�a girar a su caballo y soltaba su maza de guerra del estribo.</p><p>�Curiosa arma para cazar venados �coment� Jo, haciendo un adem�n hacia el capit�n de los lanceros.</p><p>Domerikos contempl� a los lanceros del �guila Negra, y dej� escapar una risita, tras lo cual volvi� a su posici�n entre los dem�s caballeros.</p><p>�Ciertamente �le dijo a Jo sin mirarla.</p><p>��Qu� vais a hacer?</p><p>�Dirigir a la tropa y mantenerme fuera de su camino, asegur�ndome de que se mantenga a una buena distancia de m� y de vos �a�adi�.</p><p>��Qu� quer�is decir? �se extra�� Jo.</p><p>�Sir Graybow me inform� acerca del� instructor que se os envi� desde el condado del consejero Melios. �El caballero continuaba con la mirada perdida en la distancia�. �No sois acaso la nueva espada?</p><p>Jo cambi� su agarre de la empu�adura de la espada, pues las piedras de abelaat le rozaban las muescas que le hab�an quedado marcadas en las palmas al defenderse del asesino.</p><p>�No dej�is que se os acerque ese hombre, escudero �murmur� sir Domerikos�. Ha intentado arrastrarme a peleas en numerosas ocasiones, pero nunca lo ha conseguido.</p><p>Jo agarr� a <emphasis>Paz</emphasis> con una sola mano y, alz�ndola por encima de su cabeza, la impuls� hacia adelante. El ejercicio le calentaba los entumecidos m�sculos.</p><p>�Yo cre�a que ten�ais intenci�n de retarlo cuando le arrebatasteis a su esposa �coment�.</p><p>�Aquello era diferente, y me alegro de no haberlo hecho.</p><p>��Por qu�?</p><p>Domerikos asegur� la correa de su espada.</p><p>�Porque posteriormente me enter� de que ese hombre utiliza toda una serie de triqui�uelas m�gicas.</p><p>Jo sinti� un escalofr�o y dej� de blandir su espada. La mayor parte de los trucos de magia con que se hab�a topado eran malignos, con la excepci�n de los encantamientos de teletransporte de Karleah y la cola de perro que le hab�a regalado su padre. Asustada, record� el poder maligno de Teryl Uro y se pregunt� c�mo har�a para sortear sus defensas m�gicas.</p><p>Del bosque surgi� un grito que los hizo girar en aquella direcci�n.</p><p>Uno de los lanceros ten�a problemas o estaba loco de alegr�a. Muchos de los escuderos dejaron a sus caballeros para acudir corriendo hacia el lugar.</p><p>��Por qu� no vais con ellos, escudero? �sugiri� el caballero con una leve inclinaci�n de cabeza.</p><p>��Qu� est�n haciendo? �pregunt� confundida.</p><p>�Cazando un venado, por supuesto.</p><p>Jo frunci� los labios mientras observaba c�mo los escuderos se internaban en la oscuridad del bosque empu�ando sus espadas y peque�as lanzas. Jo no se sent�a como uno de ellos y eso le provocaba cierta incomodidad. Negando con la cabeza, decidi� quedarse.</p><p>��Por qu� no vais, escudero? Os proporcionar�a una cierta distracci�n de vuestras obligaciones.</p><p>�No me parece una buena idea, se�or, pero os lo agradezco. No creo tener muy buena reputaci�n entre el resto de los escuderos, debido a mis antecedentes.</p><p>Sir Domerikos pareci� sorprenderse.</p><p>�Todo lo contrario, escudero. Sois la figura m�s admirada del castillo.</p><p>��se es mi problema, se�or. En pocos d�as he pasado de ser repudiada a ser adorada.</p><p>�De acuerdo, pues. Si tal es vuestra decisi�n, entonces os ordeno que os un�is a los otros escuderos, busqu�is al ciervo y le arranqu�is las astas para proporcionarnos fama y honor.</p><p>Jo mir� fijamente al caballero, quien la obsequi� con una amplia sonrisa. La joven no pudo evitar devolverle la sonrisa, pero �sta se trunc� cuando sus ojos se encontraron con la figura de sir Barethmor.</p><p>�Si sir Graybow os ha sugerido que sir Barethmor desea mi espada �dijo Jo, alzando enf�ticamente su plateada arma�, entonces probablemente no deber�a abandonar vuestra protecci�n.</p><p>�Si sir Barethmor desea vuestra espada, tendr� que luchar conmigo para conseguirla �declar� sir Domerikos con contundencia.</p><p>Jo inclin� la cabeza, adulada.</p><p>�Y, ahora que ya hemos intercambiado suficientes cumplidos, ser� mejor que os mov�is �a�adi� sir Domerikos con la misma sonrisa�. Quiero que cac�is el venado, pero sobre todo quiero que lo hag�is antes que esos lanceros mentecatos.</p><p>Con una risa involuntaria, Jo se alej� de la columna, vigilando a Barethmor; el rostro del hombre se escond�a bajo un yelmo, pero no parec�a mostrar el m�s m�nimo inter�s hacia su persona.</p><p>Sin pensarlo m�s, asi� a <emphasis>Paz</emphasis> con ambas manos y corri� al encuentro de los escuderos, acompa�ada por el tintineo de su malla de elfo. Le sent� bien estirar las piernas y correr en lugar de mantener la pesada marcha de la columna.</p><p>El bosque era mucho m�s fr�o de lo que hab�a previsto, pero no dej� que eso aminorase su marcha. Divisando varios senderos que seguir, Jo eligi� el que mostraba mayores indicios de rastros de animales. En Specularum hab�a pocas oportunidades de cazar, a no ser las ratas de los muelles o las comidas sin vigilar de los mercaderes obesos. Todo lo que sab�a lo hab�a aprendido durante su corta estancia con Flinn y en algunas incursiones extraoficiales en los cotos privados de Karameikos.</p><p>Corri� entre los �rboles sin divisar p�jaros ni ardillas ni animal alguno. Tampoco se o�a el canto de los p�jaros ni el zumbido de los insectos. Se intern� m�s profundamente en el bosque sin poder hallar rastros ni huellas. Al cabo de un rato se detuvo a descansar y alz� la mirada hacia las hojas de los �rboles que la cubr�an. El cielo gris no dejaba pasar los rayos del sol, lo que le trajo a la memoria la presencia del abat�n, absorbiendo la vida de los seres del mundo. Aferr� a <emphasis>Paz</emphasis> con las dos manos, ansiosa por comenzar su b�squeda.</p><p>De repente oy� el relincho de un caballo y divis� al ciervo. Era m�s grande de lo que hab�a imaginado, tan alto como ella y ten�a la piel de un marr�n claro, parecido a un campo de trigo. Observ� c�mo la bestia sorteaba un par de �rboles y luego se volv�a hacia el jinete de negro. El caballero fue cogido por sorpresa, y su caballo se encabrit� y recul� torpemente. �l ciervo agach� la cabeza para mostrar su cornamenta.</p><p>��Est� pose�do! �grit� el lancero, luchando por controlar a su montura. Su enorme caballo continuaba retrocediendo y piafando con ojos de pavor.</p><p>Jo se precipit� hacia adelante, con la espada pegada al costado derecho y apuntada hacia abajo, cuidando de mantenerse a una distancia prudente del caballo enloquecido. Cuando se hallaba a diez pasos del ciervo, �ste se volvi� para hacerle frente y baj� la cabeza.</p><p>Jo se abalanz� sobre �l sin proferir grito alguno, para as� poder alzarse a solas con el trofeo. La bestia embisti�, peo se detuvo de improviso, lo que hizo fallar el golpe de Jo. <emphasis>Paz</emphasis> golpe� de plano contra la cornamenta, y su mano derecha resbal� y se hiri� contra las astas.</p><p>Jo retrocedi� y, poni�ndose en guardia, blandi� la espada.</p><p>De pronto la visi�n se le nubl�, y advirti� que no pod�a moverse.</p><p>Luch� por mantenerse en pie aunque sus piernas amenazaban con doblarse. El ciervo bram� con fuerza, pate� el suelo y retrocedi�. Jo lo mir� a los ojos, pero su visi�n se enturbiaba cada vez m�s. Movi� las manos en la empu�adura de <emphasis>Paz,</emphasis> y vio que la sangre de sus heridas resbalaba por las piedras de abelaat.</p><p>Estaba en medio de un bosque y paseaba su mirada por un c�rculo de animales. Suplicaban ayuda al salvador que hab�a vuelto del mundo de los muertos para salvar a los vivos.</p><p>De repente se vio sobresaltada por el aullido de los escuderos y se tambale�, dejando caer a <emphasis>Paz.</emphasis> Presa del p�nico, rastreo el suelo en busca de la espada, y se dio cuenta de que el caballero y el ciervo hab�an desaparecido. Diez escuderos pasaron corriendo por delante de ella, gritando y disfrutando con la cacer�a. Jo se puso en pie, tambaleante, y se apoy� contra un �rbol. Los animales del bosque hab�an pedido ayuda, y ella hab�a entendido todas las voces, desde la del conejo hasta la del rat�n; desde la de los p�jaros hasta la de los ciervos. Alz� el brazo, y vio c�mo flu�a la sangre y dejaba un reguero de gotas en el suelo del bosque.</p><p>S�bitamente se dio cuenta de qu� era lo que hab�a provocado esta nueva visi�n, as� como la de la fragua en las profundidades del mundo. Ten�a estas percepciones �tal vez de hechos pasados, presentes o futuros� cada vez que las piedras de abelaat creadas con su sangre entraban en contacto con la sangre de cualquier ser vivo; tanto la suya como la de otros.</p><p>�Pero �qu� hechos son �stos?�, se pregunt� con frustraci�n.</p><p>Intent� que su sangre no manchase la empu�adura o la hoja de <emphasis>Paz,</emphasis> pero descubri� que el rojizo metal la absorb�a antes de que llegase a gotear. La sangre hab�a oscurecido ligeramente la espada, proporcion�ndole un resplandor saludable. En la empu�adura, las tres piedras de abelaat emit�an un brillo oscuro, como ya hab�a ocurrido en el Castillo de los Tres Soles.</p><p>La potente llamada de los cuernos, proveniente de las tropas que aguardaban fuera del bosque, sobresalt� a Jo. Advirti� que se hab�a quedado sola y que los dem�s escuderos volv�an con sus caballeros.</p><p>Aferrando a <emphasis>Paz</emphasis> con ambas manos, sali� corriendo del bosque.</p><p>Los lanceros y el regimiento de sir Domerikos se encontraban a ambos lados del descampado. Los guerreros estaban alineados en lo alto de una colina desde donde se dominaba una vasta llanura que terminaba en otra serie de colinas. Algunos mensajeros y escuderos se desplazaban de una unidad a otra, deteni�ndose de vez en cuando para conversar con los capitanes y sargentos de infanter�a.</p><p>��Escudero Menhir! �la llam� una voz desde atr�s de las l�neas.</p><p>Jo vio a un joven que le hac�a se�as desde las l�neas del �guila Negra para que se acercase. Aspir� hondo para calmarse y avanz� hacia �l, vigilando con cautela a los hombres de la baron�a. En pocos minutos se encontraba tras su formaci�n.</p><p>�Sir Domerikos quiere veros inmediatamente �le comunic� el joven.</p><p>��D�nde est�? �inquiri� Jo, disgustada por haber tardado tanto en abandonar el bosque.</p><p>El soldado se�al� hacia una ligera elevaci�n desde la que se divisaba toda la guarnici�n. Sir Domerikos y los restantes mandos aguardaban, con sus estandartes al viento.</p><p>Jo escuch� un toque de armas. La carrera desde el bosque a la cima de la pendiente hab�a menguado sus fuerzas, y ahora respiraba trabajosamente mientras se esforzaba por sobreponerse a la fatiga.</p><p>Los instantes que tard� en llegar a la cima se le hicieron interminables.</p><p>�Lo lamento, sir Domerikos �dijo jadeante, abrazando a <emphasis>Paz</emphasis> para que no se le resbalase de entre las manos�. No me di�</p><p>�Ya hablaremos de ello m�s tarde, escudero �le espet� el caballero sin dirigirle la mirada, fijos los ojos en un punto lejano frente a la infanter�a y la caballer�a. Jo agudiz� la vista para percibir el peligro.</p><p>El color plomizo del cielo volv�a casi invisible la l�nea del horizonte, pero, al cabo de un instante, Jo divis� una hilera desigual de hombres que se dispersaban para protegerse. A medida que se acercaban, se dio cuenta de que algunos avanzaban a cuatro patas. Al momento siguiente, Jo los perdi� de vista, ocultos detr�s de una colina.</p><p>Sir Domerikos le hizo una se�a al heraldo para que hiciese una �ltima llamada al combate. Despu�s de la �ltima nota, los lanceros bajaron sus armas para formar una barrera mortal, y los ballesteros se resguardaron tras sus altos escudos.</p><p>El aullido que brot� de la colina hizo que Jo retrocediese, asustada, y fuera a chocar contra el caballo atado de sir Domerikos.</p><p>Las criaturas avanzaban ahora en dos pies, pero sus cabezas eran de animales salvajes, y gru��an y escup�an a medida que se aproximaban. Jo aferr� su espada y recuper� al punto la compostura.</p><p>��Qu� son? �musit� para s�.</p><p>�Hombres-bestias �respondi� sir Domerikos con sequedad�. No hacen prisioneros.</p></section><section><title><p>9</p></title><p>Los hombres-bestias ten�an m�s de animales que de humanos.</p><p>Cuando se deten�an a husmear el aire se ergu�an sobre sus patas traseras, pero sol�an ponerse en cuatro patas para esconderse o correr. Las cabezas y hombros de aquellas criaturas eran de animales: osos, jabal�es, lobos, linces, serpientes� Toda aquella variedad de fieras superaban ampliamente en n�mero a los soldados y se abalanzaban sobre ellos profiriendo atronadores rugidos. Jo temblaba, sacudida por el imperioso impulso de echar a correr. Pero su tembleque se detuvo al comprobar que sir Domerikos se manten�a imperturbable.</p><p>En aquel momento, el caballero inst� a los ballesteros con un gesto a que lanzasen una primera andanada. Una lluvia de saetas, que silbaron al salir de sus ballestas, inundaron el cielo, y, trazando un arco, descendieron sobre las imparables criaturas y derribaron a muchas de ellas.</p><p>La primera oleada de hombres-bestias que alcanzaron la infanter�a se dejaron empalar por las lanzas, emitiendo rugidos e inhumanos alaridos de dolor y rabia.</p><p>��C�mo pueden dejarse hacer eso? �murmur� Jo, estremecida.</p><p>��Hacer qu�? �inquiri� el caballero, sin separar la vista de su ej�rcito.</p><p>�Dejarse atravesar as� por las lanzas. �Hizo un gesto de estupefacci�n�. Nunca hab�a visto hombres-bestias, pero pens� que ten�an algo de inteligencia.</p><p>Domerikos no respondi� de inmediato. Hizo un adem�n a uno de los heraldos para que se le acercara y le entreg� una nota de pergamino. El heraldo ley� a qui�n iba dirigida la nota y, tras asentir, corri� colina abajo hacia las unidades que se apelotonaban en la llanura. Domerikos pase� su mirada por la batalla en ebullici�n que se libraba en la primera l�nea y coment� distra�damente:</p><p>�Es una buena t�ctica que se suele emplear con tropas desarmadas, feroces y fan�ticas.</p><p>Jo reflexion� en sus palabras.</p><p>��Est�n intentando intimidarnos con su superioridad num�rica? �sugiri�.</p><p>�Exacto �respondi� sir Domerikos, satisfecho con su poder de observaci�n�. Ten�is una gran visi�n para las t�cticas del combate �a�adi�.</p><p>Jo, turbada, esboz� una ligera sonrisa.</p><p>�Gracias, se�or �dijo.</p><p>Jo se preguntaba por qu� la caballer�a no entraba en acci�n. Los ballesteros continuaban con su lluvia de flechas, que volaban por encima de los hombres de infanter�a y causaban estragos entre la retaguardia de los hombres-bestias.</p><p>Los ballesteros del �guila Negra, que estaban m�s cercanos a la l�nea de combate que los arqueros, disparaban a las hordas enemigas desde detr�s de la negra barrera de sus escudos. Las bajas que se produc�an entre las criaturas eran numerosas y los supervivientes pasaban por encima, pisoteando a los que ca�an. Jo quer�a hac�rselo notar a sir Domerikos, pero vio que estaba demasiado ocupado dando �rdenes a otro heraldo.</p><p>A pesar de la violencia del ataque, los comandantes que estaban con Domerikos se mostraban confiados. Uno de ellos, un hombre de mediana edad de piel de color aceituna y corto pelo negro, sac� de su cintur�n una botella plateada y, desenroscando el tap�n, brind� en voz alta.</p><p>�A vuestra salud, comandante Montesey.</p><p>Domerikos, de un golpe, arroj� el frasco al suelo y le propin� al hombre una bofetada en la mejilla que le dej� una marca rojiza.</p><p>��No volv�is a hacer eso en mi presencia! �grit� Domerikos. Jo retrocedi�, sorprendida ante el inesperado cambio de actitud del caballero�. �Sois tan necio que pens�is que una batalla contra hombres-bestias se gana f�cilmente!</p><p>��De qu� est�is hablando, Domerikos? �protest� el comandante, llev�ndose la mano a la cara�. A�n est�is asustado por la �ltima derrota contra esos� animales.</p><p>Domerikos avanz� hacia el comandante. Jo pens�, preocupada, que lo iba a agarrar por el cuello, pero su acalorada respuesta fue emitida en una voz tan baja que le result� imperceptible.</p><p>Jo se adelant� unos pasos para observar la batalla desde la ladera de la colina. Las l�neas de las tropas de Penhaligon ya no estaban regularmente alineadas. Los hombres eran objeto de una furiosa presi�n por parte de las bestias, y los gritos que emit�an se mezclaban con los rugidos de animales en un ruido ensordecedor. Jo no cre�a que aquellas fuerzas fueran capaces de hacer frente a las de los abelaat.</p><p>Los escuderos de los ballesteros y las fuerzas de apoyo desenfundaron sus espadas y, cogiendo las rodelas, tomaron posici�n por delante de sus escudos largos. Las flechas no cesaban de caer sobre las l�neas enemigas, que segu�an increment�ndose en n�mero, procedentes de las colinas. Formaban una columna que se perd�a hacia el norte.</p><p>La escena le record� a Jo un episodio que hab�a vivido anteriormente. Un mercader conduc�a a su ganado por las calles de Specularum, cuando de pronto se declar� un incendio en uno de los edificios, y los animales fueron presa del p�nico. El fuego se extendi� con rapidez debido al fuerte viento, y los animales huyeron alej�ndose del peligro y arrasando todo lo que encontraban en su camino, incluido el almac�n abandonado que utilizaban Jo y sus compa�eros como morada.</p><p>��Eso es! �exclam� Jo para s�, escrutando en la distancia�. Debe de haber algo que los fuerza a avanzar hacia nosotros.</p><p>Antes de que encontrase una respuesta, sir Domerikos se le apareci� por detr�s y le puso su escudo en las manos.</p><p>�Acompa�adme �le orden�, y emprendi� el descenso de la ladera a gran velocidad.</p><p>Totalmente azorada, Jo obedeci�. Vio que ning�n oficial los segu�a, y que el que hab�a acusado a Domerikos de cobard�a se hab�a esfumado.</p><p>�Vamos a plantar cara directamente al enemigo y ganar de una vez por todas esta batalla �le dijo el caballero, acelerando el paso.</p><p>Desenvain� la espada y alarg� la mano para agarrar el escudo. Jo se lo tendi�, mientras pensaba en la mejor manera de expresar su opini�n sobre la carga de los hombres-bestias.</p><p>La infanter�a del �guila Negra comenzaba a retroceder ante el furioso ataque de los hombres-bestias. Los lanceros quedaban indefensos cuando extra�an sus armas de los cuerpos de los monstruos, y los restantes enemigos ten�an tiempo para arrojarse sobre ellos. Los soldados armados con espada y escudo pod�an defenderse del ataque en mejores condiciones, pero la superioridad num�rica del enemigo comenzaba a mermar sus fuerzas.</p><p>Para Jo, lo peor de la batalla eran los desmoralizadores e incesantes gritos de los hombres-bestias. Media hora antes estaba dispuesta a liderar un ej�rcito; ahora se sent�a presa de un mar de dudas.</p><p>Domerikos la agarr� por el brazo y, arrastr�ndola a su lado, le grit� al o�do:</p><p>��Permaneced a mi lado! �Vigilad que no nos cojan por sorpresa!</p><p>��Dejadme deciros algo sobre los hombres-bestias! �le implor� la joven.</p><p>��No hay tiempo! �Al ataque!</p><p>Domerikos agit� su espada describiendo c�rculos sobre su cabeza, y, antes de que Jo pudiera insistir, se escuch� el cuerno del heraldo desde el promontorio. Los lanceros del �guila Negra emularon en intensidad los aullidos de las bestias y, formando una masa de acero y caballos negros, se abalanzaron sobre el campo de batalla. Jo vio c�mo la primera carga de caballer�a derribaba al menos un centenar de efectivos del enemigo. Al romperse las lanzas, los caballeros desenfundaban sus armas de repuesto atacando con mazas y espadas las fuerzas de los hombres-bestias.</p><p>La carga de la caballer�a del �guila Negra sembr� la confusi�n entre las bestias, lo que le permiti� a sir Domerikos reorganizar las fuerzas que retroced�an. Jo se concentraba tanto en su labor de proteger al caballero que no o�a sus palabras de aliento. Tan s�lo o�a los choques del acero y los apabullantes rugidos de los hombres-bestias.</p><p>Los lanceros de la baron�a se reagruparon detr�s de la l�nea defensiva de los ballesteros, que se defend�an ahora con espada y escudo. Hab�an abandonado sus escudos largos e intentaban refugiarse detr�s de los arqueros de Penhaligon. A pesar de que muchos de los hombres-bestias se encontraban aislados del resto de la horda por los caballos y los lanceros, segu�an luchando a muerte.</p><p>��Son fan�ticos! �le grit� Jo a sir Domerikos.</p><p>��Pues claro! �Son animales!</p><p>Jo intent� dar una explicaci�n, pero sus palabras fueron ahogadas por un grupo de hombres-leones que irrumpieron entre los espadachines. Las bestias saltaban sobre los cad�veres, sin hacer caso de las lanzas o los golpes de los escudos, dirigi�ndose hacia sir Domerikos.</p><p>El caballero blandi� su espada y se protegi� con su enorme escudo. El primer hombre-bestia se abalanz� sobre el escudo, y derrib� al caballero. Jo acudi� en su ayuda, pero cuatro criaturas m�s se interpusieron en su camino.</p><p>Cogiendo a <emphasis>Paz</emphasis> con ambas manos, Jo le hizo describir un arco que sesg� la cabeza de una de las fieras. La hoja continu� su trayectoria y amput� el brazo de otra que corr�a hacia ella. Jo se tambale�, pero pens� satisfecha que con <emphasis>Vencedrag</emphasis> no habr�a podido propinar golpes semejantes.</p><p>Los lanceros no pod�an ayudarlos contra los hombres-leones porque estaban ocupados conteniendo a los hombres-lobos. Jo arremeti� contra otra criatura y le atraves� el pecho.</p><p>Sir Domerikos se proteg�a con su escudo de las fauces del hombre con cabeza de le�n que lo hab�a derribado. Jo extrajo la espada del pecho del hombre-bestia y salt� en ayuda de sir Domerikos que, rodando para apartarse de su escudo, hab�a conseguido ponerse en pie.</p><p>Jo se prepar� para dar un nuevo golpe al o�r el rugido de otra bestia con <emphasis>cabeza</emphasis> de le�n. Con un zarpazo al aire, el animal se ech� a un lado y escap� colina arriba. Jo se lanz� en su persecuci�n.</p><p>��Esperad! �le grit� Domerikos, cogi�ndola del brazo�. Es obvio que no va a atacar a los mandos.</p><p>El caballero estaba en lo cierto. El hombre con cabeza de le�n huy� por la ladera del promontorio sin prestar atenci�n a la situaci�n de los otros hombres-bestias.</p><p>��No lo entiendo! �exclam� Domerikos�. �No es la primera vez que lucho contra estas criaturas! �Por qu� no sigui� luchando?</p><p>�Es lo que intentaba explicaros �contest� Jo, comprobando que no hab�a m�s bestias que rompiesen el cerco de los soldados�. Se mueven en l�nea recta escapando de algo. Es como si estuviesen asustados.</p><p>��Qu� podr�a asustar a un hombre-bestia?</p><p>Los restantes hombres-bestias avanzaban como si fuesen uno solo, gritando y aullando, intentando saltar unos por encima de otros y sobre las fuerzas de Penhaligon. Las criaturas ya no luchaban, dej�ndose empalar por las lanzas <emphasis>y</emphasis> cortar por las espadas, lo que creaba una muralla de cad�veres entre las tropas humanas. Jo retrocedi�, alej�ndose de la matanza. El coraz�n le lat�a a toda prisa.</p><p>Mec�nicamente, alz� su espada para defenderse y puso en pr�ctica los golpes que Braddoc le hab�a ense�ado con <emphasis>Vencedrag.</emphasis> En un minuto hab�a matado a tres hombres-bestias; en pocos instantes, diez m�s. Sent�a un extra�o alivio al librar a aquellas criaturas del miedo que los atenazaba.</p><p>Los lanceros del �guila Negra consiguieron, por fin, atacar los flancos y retaguardia de las fuerzas de los hombres-bestias con un �mpetu que causaba innumerables bajas. Deteni�ndose para tomar aire, Jo observ� c�mo sir Barethmor aplastaba la cabeza de un hombre-bestia con su negra maza y avanzaba luego hacia una nueva v�ctima, de la que dio cuenta con la eficacia de un carnicero.</p><p>Jo perdi� la noci�n del tiempo. <emphasis>Paz</emphasis> resplandec�a en sus manos como un rayo plateado que ca�a centelleando sobre sus enemigos, a medida que llegaban, sin permitir que la alcanzase un solo golpe, ni que la rozase garra o fauce de las fieras. Ten�a las manos y el rostro cubiertos de sangre de las criaturas, pero el tabardo y su armadura estaban tan resplandecientes como el d�a en que los hab�a sacado del ba�l de madera. <emphasis>Paz</emphasis> no hab�a sufrido ni una sola mella en su filo.</p><p>Al apelotonarse los cuerpos a su alrededor, Jo se dio cuenta de qu� era lo que causaba el p�nico de las bestias. Una sensaci�n de vac�o y terror se apoder� de su alma. No tem�a por s� misma, sino por los hombres y mujeres de su alrededor. Era el mal que <emphasis>Paz</emphasis> ten�a que vencer; el mal para el que hab�a forjado su esp�ritu en la fragua de Vulcano.</p><p>La �ltima de las alima�as muri�, atravesada por una punta de lanza. Sir Domerikos estaba recubierto de sangre y heridas, y apenas se pod�a distinguir el hermoso s�mbolo her�ldico de su escudo debido a las marcas y abolladuras. Respirando trabajosamente, el caballero se limpi� la cara con el dorso de la mano e hizo un gesto de dolor al tocarse la nariz rota.</p><p>�Hemos vencido �exclam�, intentando recobrar el aliento.</p><p>Jo neg� con la cabeza. Estaba cansada y desolada; ten�a ganas de llorar. Se abraz� a <emphasis>Paz</emphasis> reprimiendo un sollozo.</p><p>�No �replic� con des�nimo, se�alando al punto de partida de los hombres-bestias�. Hemos perdido.</p><p>El cielo se cubr�a de un gris tormentoso al tiempo que se levantaba un viento que formaba remolinos. En el aire comenzaba a percibirse un penetrante olor a especias picantes. La mirada de sir Domerikos sigui� la direcci�n de la de Jo y, cuando sus ojos se detuvieron, se tambale� hacia atr�s.</p><p>Unas figuras negras marchaban por la colina. Con forma humana, las criaturas avanzaban envueltas en un halo que resplandec�a y parec�a absorber la luz que los rodeaba. Las fuerzas de Penhaligon se asemejaban a un grupo de ni�os jugando a la guerra en comparaci�n con la r�gida formaci�n y la disciplina de aquellas tropas al marchar.</p><p>Los abelaat se distribu�an en regimientos parecidos a los de Penhaligon, aunque desfilaban m�s juntos y eran menos numerosos.</p><p>Portaban las mismas armas que los caballeros �lanzas, martillos, espadas�� pero �stas parec�an extensiones de sus cuerpos. Las afiladas hojas brillaban envueltas por un halo negruzco.</p><p>��Son� �sas las criaturas de las que hablabais? �murmur� sir Domerikos.</p><p>Jo apret� su espada contra el pecho.</p><p>�S�, �sos son los abelaat, que han llegado a Mystara.</p><p>Los abelaat manten�an su posici�n al otro lado del descampado.</p><p>Sus fuerzas levantaban un muro de oscuridad que provocaba un pavoroso silencio entre las aterradas filas de los humanos.</p><p>Sir Domerikos recuper� r�pidamente la compostura.</p><p>�No son m�s que otro enemigo �le dijo a Jo con firmeza, con el rostro carente de expresi�n. La joven sinti� admiraci�n por el coraje y la templanza f�til que mostraba el caballero.</p><p>Los soldados que la rodeaban murmuraban dudosos. Alguno se atrevi� a susurrar que abandonasen el campo y volviesen al Castillo de los Tres Soles, pero los soldados m�s veteranos los hicieron callar.</p><p>Aun as�, el m�s m�nimo rumor de malestar se propaga velozmente en un ej�rcito. Al o�r los rumores, sir Domerikos convoc� al capit�n del regimiento de lanceros y le orden� que organizase a sus nombres para que se reagrupasen con el resto de los regimientos.</p><p>Jo irgui� los hombros, poni�ndose a su lado.</p><p>�Pero�, se�or �le implor� el capit�n, mirando a ambos lados para asegurarse de que los soldados no lo o�an�, �qui�n sabe de lo que son capaces esas criaturas?</p><p>��Qu� importancia tiene eso, capit�n? �replic� sir Domerikos�. Cuando partimos sab�amos que tarde o temprano tendr�amos que enfrentarnos a ellos.</p><p>�Pero se supon�a que deb�amos estar a la defensiva. Aqu� estamos en campo abierto.</p><p>�Entonces aguardaremos aqu� hasta que ataquen. Escoged dos hombres de cada regimiento para rastrear el terreno. Hay que asegurarse de que no nos rodean. Que me informen antes de una hora.</p><p>El capit�n frunci� los labios y se limpi� el rostro con la mano.</p><p>Cuando iba a responder, apareci� apresuradamente uno de sus sargentos.</p><p>��Qu� sucede? �le espet� sir Domerikos.</p><p>La respuesta del sargento fue contundente.</p><p>�La mitad de nuestros efectivos est�n listos para el combate; los restantes est�n muertos o heridos.</p><p>��Y los arqueros?</p><p>�Gastaron la mayor parte de su munici�n en las primeras andanadas.</p><p>��Cu�ntos muertos y heridos hay en la infanter�a? �quiso saber Domerikos.</p><p>�Unos cuarenta muertos y sesenta heridos, se�or.</p><p>Domerikos pase� la mirada entre sus dos subordinados y dijo:</p><p>�Haced formar a los heridos en la retaguardia.</p><p>El rostro del sargento se mostraba inexpresivo.</p><p>�S�, se�or �respondi�. Sin m�s palabras, gir� sobre los talones y avanz� hacia la retaguardia, gritando �rdenes para que se reagrupasen.</p><p>Jo volvi� la mirada hacia los abelaat, que se manten�an a la espera en la colina. El olor a picante que hab�a notado se hac�a ahora m�s evidente, y el viento continuaba cambiando constantemente de direcci�n. La cicatriz del mordisco de un abelaat que ten�a en el hombro le dio punzadas de dolor por primera vez desde que le hab�a cicatrizado.</p><p>Sin embargo, las criaturas de la colina no ten�an nada que ver con la que Jo se hab�a topado. Estos monstruos parec�an estar hechos de magia negra en lugar de carne y hueso, y sus negros halos parec�an absorber el aire que los rodeaba.</p><p>Jo se pregunt� si los abelaat absorb�an la magia del mundo incluso en aquella posici�n est�tica, provocando con su poder que el aire ondease y temblase como un espejismo en el desierto.</p><p>Domerikos orden� que la caballer�a se agrupase en el flanco izquierdo con una nota que le entreg� a un escudero sin aliento.</p><p>��Tambi�n tenemos que enviar exploradores de los lanceros? �inquiri� el capit�n. Por el tono de voz, Jo advirti� que la idea de hablar con la caballer�a del �guila Negra no le hac�a ninguna gracia.</p><p>Domerikos neg� con la cabeza al tiempo que, alargando el brazo, se�alaba en direcci�n al campo de batalla.</p><p>�No. Que los hombres retrocedan y que tengan el tiempo necesario para descansar. Aseguraos de que se retiran los cuerpos de los hombres-bestias o de lo contrario tendremos que luchar para mantener el equilibrio adem�s de mantenernos con vida.</p><p>�Se�or �dijo Jo, aproxim�ndose�, �no deber�amos dar parte a la baronesa de que los abelaat han llegado hasta aqu�?</p><p>�Excelente idea, escudero Menhir �aprob� el caballero. Se�al� a la cima de la colina y le dijo�: Que env�en al comandante Chilatra. Sus heridas no le impedir�n montar.</p><p>Mientras corr�a ladera arriba, Jo se cruz� con numerosos escuderos y heraldos que sub�an y bajaban. Se dio cuenta de que muchos la miraban con veneraci�n; tambi�n vio que miraban a <emphasis>Paz</emphasis> con esperanza.</p><p>Los oficiales de la colina estaban hablando acaloradamente y, al acercarse, Jo pudo percibir el nombre de Domerikos. Cuando lleg� se callaron y se pusieron a examinar el campo de batalla.</p><p>�Dispensad, caballeros �comenz� la joven, mirando a los ojos de cada uno de ellos�. He venido para informaros que el comandante Chilatra debe volver a Penhaligon para avisar que los abelaat han llegado a esta regi�n.</p><p>Los oficiales la miraron con frialdad, pero Jo no estaba dispuesta a dejarse intimidar.</p><p>�Decidle a sir Domerikos que el comandante Chilatra ya ha decidido por su cuenta informar a la baronesa de� ciertos asuntos relacionados con este conflicto �declar� secamente el oficial Montesey.</p><p>��Puedo informar cu�nto hace que parti�?</p><p>Montesey le dio la espalda.</p><p>�No.</p><p>Los restantes oficiales tambi�n se volvieron. Jo sinti� el fr�o de la colina en sus huesos. Encogi�ndose de hombros, regres� hacia el lugar donde estaba sir Domerikos, y vio que las tropas ya hab�an formado. Los heridos ocupaban los puestos de retaguardia mientras que los que estaban razonablemente frescos se situaban en las primeras l�neas. Los que ten�an heridas de poca importancia hac�an lo que pod�an por quitar de en medio los cad�veres de los hombres-bestias, una labor desagradable. Se ol�a con m�s intensidad el picante que proced�a de los abelaat que el olor que desprend�an los cad�veres.</p><p>Sir Domerikos, que hablaba con otro de los oficiales del regimiento, se volvi� hacia Jo y le pregunt�:</p><p>��Le disteis el mensaje a Chilatra?</p><p>�Me temo que probablemente se haya marchado hace alg�n tiempo �respondi� Jo.</p><p>�Pronto se sabr� en el consejo de Penhaligon la �verdad� sobre mi imprudente abandono del campo de batalla �coment� el caballero.</p><p>Jo asinti�, y entonces vio que la malla de la armadura de sir Domerikos ten�a algunos agujeros. El escudo que a�n agarraba ten�a una correa suelta en la parte posterior. Sin consultarlo, le arrebat� el escudo para intentar ajustar la correa en su engarce.</p><p>�No hay tiempo para eso, escudero �dijo Domerikos, quit�ndole el escudo�. Quiero que hag�is algo importante.</p><p>Jo estaba aturdida.</p><p>��S�, se�or?</p><p>�Caminad entre los soldados. No ten�is que decirles nada; solamente aseguraos de que vean esa espada �le dijo, se�alando a <emphasis>Paz.</emphasis></p><p>�S�, se�or �repuso en voz baja.</p><p>��Y r�pido! �No nos queda mucho tiempo! �Ya vuelven los exploradores!</p><p>Jo se cuadr� e hizo un gesto de asentimiento. El primero de los exploradores lleg� corriendo hasta Domerikos y le inform� que no hab�a visto nada hacia el este. Jo se march� antes de poder o�r la respuesta del caballero.</p><p>Decidi� no caminar entre los oficiales y las tropas de las primeras filas, pues ser�a m�s una distracci�n que una inspiraci�n. Se dej� ver por los flancos de la retaguardia, caminando entre los heridos. Sus vendajes �hechos con jirones de ropas, estandartes y fardos� estaban empapados de sangre, lo que le trajo a la memoria el insoportable dolor que le hab�an producido las fauces del perro de la monta�a.</p><p>Sinti� compasi�n por los que hab�an resultado heridos por las garras y dientes de los hombres-bestias. Jo caminaba con la espada sobre su hombro, haci�ndola sonar suavemente contra el acero de los elfos de su armadura. Los heridos alzaban la vista para contemplarla con un brillo de esperanza en los ojos: el mismo sentimiento que hab�an despertado Flinn y <emphasis>Vencedrag</emphasis> unos a�os atr�s.</p><p>Jo lleg� al final de las filas y se dispuso a regresar. Entonces el viento cambi� violentamente de direcci�n. Asustada, volvi� la cabeza hacia donde se alineaban los abelaat. Hab�an comenzado su avance silencioso. Los heraldos hicieron sonar sus cuernos para que los soldados dispusiesen sus armas y tomasen posiciones. Mientras Jo corr�a a trav�s del campo, hacia donde hab�a dejado a Domerikos, advirti� que las fuerzas abelaat formaban mejor que las de Penhaligon cuando estaban intactas.</p><p>Un heraldo hizo sonar otro cuerno, y los lanceros del �guila Negra cargaron ladera abajo al lado de los caballeros de Penhaligon. Los abelaat hab�an cruzado la mitad de la distancia que los separaba a una velocidad casi imposible, pero a�n no se pod�a distinguir su aspecto. Jo redujo el paso para observar el choque de armas y escuch� otro cuerno, el que daba la se�al de que avanzase el resto de la infanter�a.</p><p>Ahora Jo ve�a con claridad que las armas de los abelaat eran extensiones de sus cuerpos, hechas de su negra carne. Los halos oscuros que emit�an las lanzas y espadas parec�an sedientos de vida.</p><p>Jo, horrorizada, comprob� c�mo detuvieron el avance de la caballer�a con una lluvia de flechas que penetraban las armaduras con una pasmosa facilidad. Antes de que los caballeros indemnes pudieran reaccionar, la segunda l�nea de los abelaat atac� con alabardas y lanzas cortas.</p><p>Los heraldos volvieron a hacer sonar sus cuernos y la infanter�a carg�, emitiendo gritos, justo despu�s de que se retirasen los �ltimos efectivos de la caballer�a. Jo estaba asombrada ante la templanza de los soldados de Penhaligon, que continuaban el ataque despu�s de comprobar lo que les hab�a sucedido a sus tropas m�s resistentes.</p><p>Con un grito, expuls� toda su rabia y el aire que le quedaba uniendo su voz a la de ellos. Alcanz� r�pidamente las filas frontales, luchando por no prestar atenci�n al insoportable olor a picante y el fr�o de sus negros halos. Alz� a <emphasis>Paz</emphasis> con ambas manos para asestar un golpe que cort� en dos al primer abelaat. La criatura se desintegr� en un hoyo de oscuridad en el suelo, mientras Jo giraba sobre la pierna derecha para recuperar el equilibrio.</p><p>La joven cort� la cabeza del siguiente abelaat y, en el fragor del combate, comprob� que aquellas criaturas se parec�an bastante a la que la hab�a mordido en el hombro; aunque �stas ten�an el tama�o de un hombre normal. Impulsando a <emphasis>Paz</emphasis> con una sola mano, sesg� el mango de una lanza m�gica, que se disolvi� en el cuerpo de su portador. Olvid�ndose de todos sus sentimientos, excepto de la ira y el ansia de venganza, Jo embisti� la garganta de uno de sus rivales. El olor a picante que se respiraba en el aire penetraba en sus pulmones, provoc�ndole una insoportable sensaci�n de ahogo, pero <emphasis>Paz</emphasis> no cesaba de propinar golpes mortales que dejaban sin vida a los abelaat. Ninguno de ellos lograba escapar con una simple herida: Jo llevaba la muerte en su espada.</p><p>Con ensordecedores gritos de rabia y miedo se intern� en lo m�s profundo de las filas enemigas. No se percat� del toque de retirada hasta estar completamente sola, blandiendo a <emphasis>Paz</emphasis> en el centro de las hordas abelaat, que sucumb�an uno a uno ante el poder de <emphasis>Paz,</emphasis> sin poder hacer nada por evitarlo.</p><p>Jadeando, Jo detuvo su enloquecido ataque y advirti� que los abelaat que hab�a matado formaban un c�rculo de un negro polvillo a su alrededor. Las tropas ca�das de Penhaligon yac�an en el suelo desangr�ndose. El sentimiento de rabia de Jo se mezclaba ahora con el de una pena inmensa por sus compa�eros muertos. El regimiento del Castillo de los Tres Soles hab�a sido pr�cticamente aniquilado en su totalidad.</p><p>Los abelaat supervivientes la rodearon formando un oscuro c�rculo. Respirando agitadamente, la joven se pregunt� por qu� no la atacaban. Era casi imposible distinguir la verdadera forma de los abelaat, oculta bajo el halo negro que los envolv�a; s�lo de vez en cuando Jo cre�a vislumbrar alg�n rostro� o algo que supon�a un rostro. No hablaban entre ellos ni nac�an gestos para comunicarse.</p><p>Los �nicos que continuaban avanzando eran los de las primeras posiciones; los dem�s se inclinaban sobre los caballeros heridos. Jo se volvi� para no ver c�mo hincaban sus colmillos en los cuerpos ca�dos, como les hab�a pasado a ella y a Dayin.</p><p><emphasis>Paz</emphasis> segu�a sin pesarle en las manos. Jo oy� el sonido de su propio llanto, aunque no sent�a las l�grimas que flu�an por su rostro.</p><p>Apretando con fuerza la empu�adura not� c�mo se le abr�a la herida que le hab�a provocado la cornamenta del ciervo. La sangre fluy� por su mano, y sinti� que la vista se le nublaba poco a poco.</p><p>Se encontraba dentro de una columna de luz ante un hermoso joven de tez p�lida que le recordaba a alguien. Estaba suspendido en el aire, durmiendo, con los brazos a los costados y las palmas de las manos hacia afuera; la pierna derecha estaba cruzada sobre la izquierda, doblada a la altura de la rodilla. No pod�a alcanzarlo para despertarlo.</p><p>Era incre�blemente hermoso.</p><p>El chorro de luz, que se proyectaba hacia un lugar desconocido, perdido en la distancia, la inundaba como si estuviese en una catarata.</p><p>Sinti� una poderosa presencia cerca de s�, la misma presencia que dirig�a el chorro de luz, y que imped�a al joven despertarse.</p><p>Jo quer�a sacarlo de su sue�o. Recurriendo a toda su voluntad, avanz� lentamente, luchando contra el gran poder de la luz, contra la fuerza de aquella presencia.</p><p>De repente, dej� de sentir su cuerpo, y alz� una mano totalmente entumecida.</p><p>Los ojos del hombre se abrieron de repente, y Jo clav� la mirada en su profundidad p�lida, tan brillante, fr�a y hermosa como la luz que los envolv�a. En sus ojos s�lo se percib�a aquella luz, y la joven temi� que estuviera muerto. Notaba el poder del muchacho y de la presencia que los inundaba con su luz.</p><p>El joven abri� la boca para hablar, pero la presencia se lo imped�a. Asustada, Jo retir� la mano y se repleg� en s� misma. Un nombre apareci� en su memoria.</p><p>Dayin.</p><p>Recuper� la visi�n al o�r un sonido entrecortado que ven�a de detr�s. Apenas tuvo tiempo de rodar sobre s� misma para evitar que un abelaat se abalanzase sobre ella. El aire se volv�a cada vez m�s fr�o al avanzar la criatura hacia ella; Jo contuvo la respiraci�n y no se movi� de donde estaba.</p><p>El abelaat gir� la cabeza hacia ella. Sus ojos, que recordaban a los de un humano, pero de mayores dimensiones y sin pupilas, se clavaron en el lugar donde Jo aguardaba. La joven luch� contra su p�nico, mientras la criatura continuaba con la mirada fija en su rostro, y se puso en tensi�n, dispuesta a atacar con <emphasis>Paz.</emphasis></p><p>Olisqueando el aire, el abelaat retrocedi� para reintegrarse en las filas que se reorganizaban. Los dem�s abelaat dejaron de succionar a los soldados y se sumaron a las filas. Jo se puso de pie, pero tuvo que apartarse del camino varias veces para evitar ser descubierta.</p><p>Apret� los dientes y esper� vigilante. La invad�a el impulso de salir corriendo, pero se mantuvo inm�vil.</p><p>�Diulanna �murmur�, m�s para darse �nimos que como una oraci�n�. Diulanna, os suplico que gui�is mis pasos.</p><p>Jo se dio cuenta de que no hab�a dejado de apretar la empu�adura de <emphasis>Paz</emphasis> desde su visi�n de Dayin. No pod�a aflojar las manos, tal era la tensi�n de sus emociones. Las l�grimas le quemaban los ojos, y la visi�n de los abelaat la paralizaba.</p><p>�Ayudadme. Har� cualquier cosa que me encomend�is. �La necesidad de reconfortarse se iba tornando en un miedo irracional�. Os eleg� a vos, oh Diulanna. Ser� vuestro h�roe.</p><p>�No necesito a los desahuciados, Johauna Menhir �le susurr� una voz femenina al o�do�. Los h�roes eligen mi camino porque son verdaderos h�roes.</p><p>��Qu� debo hacer? �murmur� Jo, pesta�eando con fuerza para librarse de las l�grimas. Sab�a que hablaba con Diulanna, la Inmortal Diulanna, Patrona de la Voluntad. Y, sin embargo, no la tem�a.</p><p>�Te eligieron para defender este mundo. �Defi�ndelo!</p><p>Jo mir� a su alrededor y advirti� que se hab�a quedado sola.</p><p>Respir� hondo, y se limpi� el rostro y los ojos con una mano. Fij� su mirada en el suelo, reflexionando sobre el camino que hab�a elegido y pregunt�ndose si Flinn hab�a hecho la misma elecci�n. Ya no sent�a la necesidad de rezar a Diulanna para expresar su agradecimiento; lo har�a con sus acciones.</p><p>Retrocedi� apresurada, siguiendo las huellas de la caballer�a que se hab�a batido en retirada. En su mente s�lo ten�a un pensamiento: matar a Teryl Uro para acabar con aquella pesadilla.</p></section><section><title><p>10</p></title><p>Graybow estaba en la cima de una monta�a, contemplando la llanura devastada. El fr�o le traspasaba la piel, y el aceitoso aire se le adher�a a los miembros y lo despose�a lentamente del poco calor que a�n le quedaba en el cuerpo. Ni su pesada capa de montar, gastada tras innumerables leguas de viaje, ni sus mejores botas ni los ropajes m�s gruesos pod�an aliviar el fr�o que lo sobrecog�a.</p><p>El cielo estaba casi en penumbra y las nubes todav�a ocultaban la luz del sol. Graybow intentaba sin �xito divisar entre las nubes la estrella Polar.</p><p>El suelo bajo sus pies parec�a de piedra p�mez, como si se hubiese vuelto est�ril. La roca, aunque s�lida en apariencia, se deshac�a con facilidad, dejando a la vista un sedimento amarillento cubierto de una gravilla verdosa. Un olor extra�o surg�a del polvo; como una mezcla entre una carnicer�a y una herrer�a: sangre, hierro y sudor, y tal vez� dolor. Los olores lo transportaron a su juventud, cuando se entrenaba para ser un caballero en Darokin, su tierra. Pero aquellos olores no le tra�an recuerdos de tiempos buenos, sino de adversidades y de infelicidad.</p><p>Graybow record� uno de sus poemas favoritos de Marmerand.</p><p>Describ�a las monta�as como algo �puro e inmaculado, que se elevaba por encima de las disputas, escaleras al cielo y a las estrellas. All� acuden los hombres y las mujeres para conversar con los Inmortales, all� aprenden cosas sobre ellos mismos y los inunda la sabidur�a�. Aplastando desde�osamente una roca con el pie, Graybow alz� la vista al oscuro cielo y comprendi� que la regi�n de Mystara se hab�a podrido con el mal; nada pod�a purgar aquella tierra. Aquello era lo �nico que se pod�a aprender en aquel lugar.</p><p>A pesar de la escasa luz, Graybow pudo percibir la silueta del castillo en la distancia. Las oscuras piedras con vetas plateadas de los muros del castillo se hab�an extra�do del interior de la tierra hac�a mucho tiempo. Sin duda, la devastaci�n que lo asolaba era peor que la que �l percib�a a su alrededor.</p><p>Volvi�ndose, pase� la mirada por su s�quito. Hab�a llevado consigo a cuatro de sus caballeros favoritos, los cuales permanec�an admirablemente imp�vidos ante el fr�o. Graybow se pregunt� si la edad lo estar�a debilitando.</p><p>Sir Nigelle, el m�s joven, se�al� hacia el castillo.</p><p>�S�lo se ve desolaci�n, se�or �declar� con voz fuerte. Graybow hab�a llevado a Nigelle por su extraordinaria vista. Si el caballero no ve�a nada era porque no quedaba nada que ver.</p><p>Graybow asinti� y volvi� la mirada hacia el castillo. Cada una de las torres ten�a una caseta de guardia con un rastrillo, pero s�lo el de la torre del frente estaba levantado. A lo largo del muro que rodeaba los patios interiores, se alineaban las aspilleras. Todas las entradas estaban protegidas por matacanes desde donde se pod�a arrojar aceite hirviendo sobre cualquiera que intentara alzar uno de los pesados rastrillos de hierro. Nada de eso hab�a podido detener a los abelaat.</p><p>Graybow sac� un diario y una pluma de debajo de su capa de montar y comenz� a escribir:</p><cite><p>El consejero Melios y su familia deben de haber muerto. No queda vida en este lugar abandonado. Los abelaat lo han destruido todo. Los monstruos han llegado ya a nuestras puertas, y todav�a no sabemos nada de sus t�cticas, poderes o debilidades. Antes del ocaso del d�a quiero poner fin a esta ignorancia.</p></cite><p>El est�mago se le retorci� de la rabia, y sinti� el gusto de la bilis en la boca. A pesar de sus diferencias, le desagradaba haber condenado a Melios a un final como �ste. Aunque hubiese estado implicado en el intento de asesinato de Jo, aquel hombre segu�a siendo un noble de Penhaligon, y las tropas de la baron�a deber�an haber estado all� para prevenir aquel desastre.</p><p>Graybow pesta�e� para librarse del picor que le quemaba los ojos, producido por las sustancias que invad�an el aire. Pens� en coger una muestra de tierra y llev�rsela consigo al Castillo de los Tres Soles para que los incompetentes magos viesen el da�o que hac�an los abelaat, y pudiesen pensar en alg�n plan de defensa. Pero sinti� repulsi�n ante la idea de tocar aquella tierra verde y amarillenta. Las l�grimas resbalaban por su mejilla y se hund�an en aquel suelo sin vida.</p><p>�Agua �se dijo a s� mismo al darse cuenta de la profundidad de los agujeros que hab�an producido sus l�grimas. Garabate� una nota en el margen de su cuaderno. Si el agua, o tal vez el agua salada, afectaba de tal manera la tierra devastada, tal vez afectase de igual modo a los abelaat. Decidi� que duplicar�a en las murallas los recipientes con l�quidos hirviendo y les a�adir�a sal. Tan s�lo era una corazonada, un presentimiento; tal vez in�til, pero aquello era lo �nico que le quedaba ante un enemigo tan poderoso.</p><p>Devolvi� su cuaderno a su sitio bajo su cintur�n, dejando escapar el calor que le proporcionaba la capa.</p><p>El alcaide apret� el pu�o alrededor del mango de su espada, una reliquia dorada llamada <emphasis>Sabia.</emphasis> La espada ten�a el poder de inspirar a los hombres en el combate cuando la llevaba un hombre de car�cter.</p><p>Con un suspiro, Graybow pens� en lo mucho que aquel aire helado lo afectaba a su edad. En los d�as venideros, <emphasis>Sabia</emphasis> deber�a transmitir toda su inspiraci�n a trav�s de su persona; de otro modo, Penhaligon dejar�a de existir.</p><p>Graybow escrut� la tierra que divisaban y ech� un �ltimo vistazo a los agujeros perforados en el suelo por sus l�grimas. A pesar de la repulsi�n que le provocaba aquella sustancia, tom� una muestra y la deposit� en una bolsa de cuero, que cerr� con un cord�n y at� luego al cintur�n. Al avanzar hacia el borde del precipicio, sinti� c�mo las rocas ced�an bajo sus pies y retrocedi� tambaleante para no caer al vac�o.</p><p>��Est�is bien, mi se�or? �le pregunt� Oertr�polis, el caballero de m�s edad.</p><p>Graybow lo tranquiliz� con un gesto y avanz� con m�s cautela hacia el borde. Se asom� sobre �ste para verificar que la pendiente era lo bastante suave como para descender por ella. No ve�a rastros de animales o huellas de m�quinas de asedio ni los hab�a visto en el camino desde el castillo. Los trucos que hab�an empleado los abelaat para destruir las tierras de Melios eran un misterio tan insondable como el mismo origen y naturaleza de las criaturas.</p><p>Se volvi� hacia los caballeros.</p><p>�Voy al castillo. Esperadme aqu�.</p><p>�Lo siento, se�or. No podemos dejaros hacer eso �replic� uno de los caballeros. Su hermano gemelo lo secund�:</p><p>�Estamos aqu� para protegeros. No sabemos el peligro�</p><p>�Os doy las gracias, Byron y Lyraan �interrumpi�, dirigi�ndoles una mirada esc�ptica�. Estoy seguro de que vuestra familia estar�a muy orgullosa de vosotros pero creo que, como ha hecho notar Nigelle, no hay peligro alguno.</p><p>Los gemelos se miraron y se cruzaron de brazos, con un gesto de determinaci�n en el rostro. Graybow sab�a que se tendr�a que pelear si discut�a con los dos nobles, primos directos de la familia Hyraksos de Karameikos.</p><p>�La baronesa quiere un informe lo antes posible �adujo Byron.</p><p>�El viaje ya se ha prolongado por dos d�as �a�adi� Lyraan�. Deber�amos darnos prisa.</p><p>�De acuerdo �suspir� Graybow, indicando con un gesto que lo acompa�asen; no ten�a ganas ni fuerzas para discutir. Ambos caballeros se miraron sonriendo y montaron en sus caballos.</p><p>�Llevad los caballos a pie �a�adi� el alcaide�. El terreno de la ladera es demasiado blando. Quiero que los dem�s se queden para vigilar. Dejar� mi caballo aqu�; no quiero que me moleste y dos caballos nos causar�an problemas.</p><p>��Recibiremos fuerzas de apoyo, se�or? �inquiri� Nigelle, quit�ndose el casco, coronado con una pluma blanca que ondeaba al viento.</p><p>Graybow arque� una ceja, se�alando hacia el castillo en la ladera.</p><p>��Quer�is decir en este asunto, o de otros reinos?</p><p>�De otros reinos, se�or.</p><p>Hab�a otros reinos que se extend�an m�s all� de las tierras de Melios y que pod�an acudir a la convocatoria de fuerzas, pero Graybow dudaba que el mensaje hubiese llegado a tiempo.</p><p>�Hay demasiados problemas entre los nobles de esta regi�n, sir Nigelle. No perd�is el tiempo divisando el horizonte en espera de que acudan en nuestra ayuda.</p><p>El joven caballero asinti�, y se volvi� para colocar su casco en el arz�n de su silla de montar. El caballo intent� retroceder, pero Nigelle dio un fuerte tir�n a las riendas, manteni�ndolo firme en su sitio. Palp� en el interior de la alforja y extrajo una zanahoria, pero el animal estaba demasiado asustado por el olor del suelo para comer.</p><p>�Si divis�is algo, gritad. Con este silencio podremos o�ros aun desde el castillo �dijo Graybow y, sin esperar respuesta de Nigelle u Oertr�polis, comenz� a descender por el precipicio. Sus pies resbalaban y alzaban una sucia nube de polvo; se cubri� con una mano la boca y la nariz para protegerse del hedor y se dej� resbalar con rapidez, ladera abajo, con la pierna derecha doblada y adelantada para no perder el equilibrio. Habr�a preferido que uno de los caballeros hubiese atado una cuerda a uno de los caballos, pero no cre�a que los animales se mantuviesen firmes.</p><p>Tras unos instantes, sir Graybow hab�a alcanzado con elegancia el final de la ladera y se volvi� para comprobar que los dos caballeros lo segu�an con sus monturas. El caballo de sir Byron tropez� y casi se cae, pero recuper� el equilibrio a tiempo.</p><p>Graybow comprob� que la ladera era mucho m�s larga y escarpada de lo que se hab�a figurado, y vio que hab�a abierto un enorme surco en la tierra con su bajada. All� abajo el suelo estaba un poco m�s firme que en lo alto de la monta�a, pero las piedrecillas verdosas lo cubr�an todo y el olor a sangre y sudor era incluso m�s intenso que arriba. Hab�a tenido la esperanza de que la diferencia de altura mitigase en parte el aceitoso fr�o, pero �ste segu�a mordi�ndole la carne. Una vez que se le unieron los dem�s, Graybow avanz� por los campos desolados en direcci�n a la oscura fortaleza. Marchaban en silencio, con los sentidos atentos a percibir cualquier se�al de vida procedente del castillo. Hubo un momento en que tuvieron la sensaci�n de o�r el golpe de un martillo sobre un yunque, un sonido que a Graybow le record� al campo de entrenamiento de Darokin.</p><p>Pero el viento arrebat� el sonido y les dej� un desagradable aullido que les agarrot� los m�sculos.</p><p>Graybow continuaba la marcha a pie, y los gemelos lo segu�an cubriendo su retaguardia a corta distancia. El alcaide sab�a que se mantendr�an separados a dos pasos por detr�s y a un paso de sus flancos, como mandaban los c�nones de la caballer�a. Aquellas reglas t�citas, aunque molestas en ocasiones, le proporcionaban una confortable sensaci�n de protecci�n mientras cruzaban la desolada llanura.</p><p>Graybow observ� las huellas que sus pies dejaban en la tierra.</p><p>Recordaba que, en un viaje anterior, las tierra del estado de Melios le hab�an parecido de las m�s f�rtiles de todo Penhaligon. Ya no lo eran� Se estremeci� y se alegr� de que sus pesadas botas le mantuviesen los pies aislados de aquel terreno envenenado.</p><p>Los caballos relincharon con fuerza, lo que hizo que Graybow se detuviese. Temiendo que los gemelos tuviesen demasiados problemas con sus monturas, pens� en mandarles retroceder, pero ellos le sonrieron para asegurarle que estaban bien. Graybow asinti� y mir� hacia lo alto de la colina, donde los otros dos caballeros aguardaban.</p><p>Permanec�an en el mismo sitio.</p><p>Al acercarse al castillo, Graybow se fij� en los sistemas de defensa. Hab�a secciones de la torre que hab�an sido a�adidas a lo largo de los a�os, como si se les hubiese encargado a los zapadores hacer arreglos improvisados a los muros originales. Al menos una torre hab�a sido totalmente reconstruida, usando, para ello, poco m�s que tierra para recubrir una grieta en la pared.</p><p>Los muros del castillo eran de un negro tal que Graybow ten�a dificultades para decir d�nde comenzaba una piedra y d�nde acababa la anterior. Las vetas de plata que recorr�an las piedras formaban extra�os dibujos sobre toda la estructura. Los altos muros estaban guardados por cinco peque�os torreones, situados a intervalos regulares a lo largo de la veteada superficie. Las tres torres del patio interior se alzaban protegidas en el interior de los muros.</p><p>El alcaide se cruz� de brazos, pensativo. El castillo del consejero hab�a sido construido originalmente con la misma piedra que el Castillo de los Tres Soles.</p><p>��Por qu� est� tan negro? �le pregunt� Lyraan a su hermano.</p><p>��Silencio!</p><p>Graybow se gir� hacia los gemelos.</p><p>�Parece que los abelaat son m�s inescrutables de lo que describ�a la escudero Menhir �dijo�. No es esto lo que pas� en Armstead.</p><p>�Parece como si hubiesen absorbido la vida del lugar para dejar que se pudriese �observ� sir Byron.</p><p>Graybow reflexion� en sus palabras.</p><p>��Y cre�is que los abelaat han absorbido tambi�n la �vida� de los muros del castillo? �inquiri�.</p><p>Los ojos de Byron se agrandaron de turbaci�n, y el caballero agach� humildemente la cabeza.</p><p>�Lo siento, se�or. Creo que lo que he dicho�</p><p>�Ha sido muy acertado, sir Byron �interrumpi� Graybow�. No me cabe la menor duda de que est�is en lo cierto.</p><p>El rostro del caballero segu�a p�lido, pero sus ojos reflejaban cierto alivio.</p><p>Graybow se volvi� hacia el castillo, y camin� hacia el rastrillo levantado de la caseta de la entrada. Examin� con detenimiento el techo de la estructura y descubri� el agujero de defensa de la puerta, que sin duda hab�a resultado ineficaz en el asalto.</p><p>El camino que entraba en el castillo desde la caseta de la entrada se un�a con los de las otras puertas en otro que llevaba a la torre central. El patio interior del castillo, dominado por las tres torres, estaba oscuro y vac�o. Hab�an usado tierra reci�n excavada para rellenar una brecha en uno de los muros de una torre. Era todo lo que quedaba del f�rtil suelo sin devastar.</p><p>Graybow avanz� por el camino de entrada con un sonoro repiqueteo de sus botas contra el suelo. Feliz de haber dejado aquella tierra podrida para caminar sobre una superficie m�s s�lida, les hizo una leve se�a a los gemelos para que lo siguiesen.</p><p>Los caballos relincharon con fuerza y piafaron llenos de terror.</p><p>Graybow oy� el golpe de sus cascos sobre el pavimento, y mec�nicamente se agach� a un costado, una reacci�n que hab�a aprendido en los primeros a�os de su entrenamiento. Se volvi� hacia los gemelos, y vio que �stos apenas pod�an contener a sus caballos para que no se soltasen. Las bestias ten�an los ojos desorbitados por el miedo, y se negaban a entrar en la fortaleza.</p><p>�No podemos arriesgarnos a dejarlos atados �les dijo el alcaide�. Retroceded algunos pasos. Volver� en unos instantes.</p><p>�Se�or� �comenz� Lyraan.</p><p>�Haced lo que os digo. No hay peligro en este lugar.</p><p>Los caballeros bajaron la cabeza en se�al de asentimiento y se retiraron con sus monturas. Graybow se qued� inm�vil unos instantes pensando en lo que hab�a dicho sir Byron sobre la vida que faltaba en aquel lugar. Al entrar de nuevo en el patio, aquel pensamiento le pareci� a�n m�s aterrador porque no se ve�a un alma en su interior.</p><p>Graybow avanz� con precauci�n hacia la torre principal, con la mano apoyada en la empu�adura de <emphasis>Sabia.</emphasis> No quer�a desenfundar su arma hasta que no fuese estrictamente necesario, y, en especial, no quer�a ense�ar un arma m�gica sin haber un motivo evidente. La gran puerta de la torre estaba entreabierta, como si hubiesen intentado forzarla desde el interior para poder salir.</p><p>Desliz�ndose dentro con sigilo, agudiz� el o�do para intentar percibir alg�n movimiento de supervivientes o de alguna piedra o madera que hubiese quedado suelta. La entrada estaba a oscuras, y la �nica luz era la que penetraba por las diminutas ventanas. Los pisos superiores se hab�an derrumbado, y no quedaba en pie ni una escalera.</p><p>El fr�o hac�a que la torre fuese a�n m�s inh�spita. Graybow se levant� el cuello de la capa y se apoy� en el marco de la puerta. Los abelaat hab�an arrasado la fortaleza de Melios sin dejar trazos de sus m�todos de ataque. El alcaide forz� la mirada en la tenue oscuridad de la estancia pero no descubri� huella ni arma alguna, y ni siquiera una flecha rota.</p><p>Con un sonoro suspiro, se agach� para sentarse en el suelo de baldosas rotas. Hab�a tenido la esperanza de encontrar evidencias de alg�n punto d�bil de los abelaat, pero hasta el momento lo �nico que ten�a era una simple conjetura sobre la sal y el agua, sobre las l�grimas. Pas�ndose las manos por sus gris�ceos cabellos, dese� que la convocatoria de fuerzas y los magos defensores del Castillo de los Tres Soles tuviesen la fuerza suficiente para repeler a los agresores.</p><p>��Se�or!</p><p>Poni�ndose de pie se gir�. Sir Lyraan le hac�a se�as desde los restos de la puerta del castillo, se�alando hacia el muro almenado del castillo. Su hermano se manten�a a cierta distancia con los caballos.</p><p>��Qu� sucede? �inquiri� el alcaide, caminando hacia el caballero.</p><p>��Creo que hemos encontrado algo!</p><p>�Me alegrar� comprobarlo �murmur� sir Graybow cruzando el patio. Volvi� a examinar los restos del castillo en busca de una pista que revelase alg�n secreto sobre el ej�rcito abelaat. Ten�a la desagradable sensaci�n de que hab�a algo sobre la guerra que no pod�a recordar, alguna de sus primeras lecciones que hab�a olvidado hac�a mucho tiempo.</p><p>En la parte exterior del castillo, Lyraan ten�a la mirada fija en alg�n punto elevado del muro. Graybow sinti� alivio al comprobar que los azules ojos del joven caballero tambi�n estaban llenos de l�grimas, lo que lo hizo sentir un poco m�s joven.</p><p>��Qu� veis? �le pregunt� el alcaide, alzando su mirada hacia donde se encontraba fija la del caballero.</p><p>Lyraan se�al� hacia un punto el lo alto del muro.</p><p>��All�! �No las veis?</p><p>��Ver qu�?</p><p>El caballero agit� el dedo.</p><p>��All�! �Esas marcas! Las que parecen hechas por una escalera de asalto.</p><p>Graybow dudaba que aquellas criaturas usasen algo tan mundano como una escalera de asalto para escalar un muro. Con un suspiro mostr� su decepci�n y se cruz� de brazos. Cuando se dispon�a a expresar su opini�n, lo volvi� a invadir aquella molesta sensaci�n de no poder recordar. Mir� hacia arriba.</p><p>Las piedras, de un extra�o color negro, mostraban dos muescas como provocadas por una escalera. Graybow pesta�e� para quitarse de los ojos las l�grimas producidas por el intenso fr�o y aquel hedor insoportable. Examinando de nuevo el punto, neg� con la cabeza.</p><p>�No puedo entender de qu� se trata �dijo, entornando los ojos.</p><p>�Tal vez yo est� en lo cierto �manifest� Lyraan.</p><p>Graybow se encogi� de hombros y avanz� hacia el muro. Golpe� las piedras del muro con los nudillos evitando las extra�as vetas plateadas. La piedra estaba fr�a y dura, y a pesar de su apariencia, se trataba s�lo de piedra. Si el muro hubiese sido de alg�n otro material o hubiese crujido con sus golpes, tal vez habr�a podido encontrar otra pista que lo ayudase a defender el castillo en la inminente batalla.</p><p>Respir� profundamente a la vez que cerraba los ojos. El olor que se desprend�a del suelo era intenso y continuaba tray�ndole recuerdos de herrer�as y mataderos de ganado. No hab�a rastro de plantas ni tierra, ni cualquier otro olor que fuese normal en un castillo. Movi� la cabeza, confundido, y sac� de nuevo su cuaderno de notas. Una de las primeras reglas de la investigaci�n era la de anotar puntualmente todos los datos para luego extraer conclusiones. Comenz� a escribir.</p><p>��Qu� opin�is, se�or? �quiso saber Lyraan.</p><p>�No s� qu� pensar �replic� Graybow al acabar su anotaci�n y guardar el cuaderno�. �Hab�is encontrado otra marca similar?</p><p>El caballero neg� con la cabeza.</p><p>�No, se�or. Miraba al cielo casualmente cuando descubr� �stas.</p><p>��Llamamos a sir Oertr�polis y a sir Nigelle para que nos den su opini�n? �sugiri� Byron, que sujetaba con fuerza las riendas de los caballos.</p><p>Los otros dos caballeros continuaban su obediente vigilancia en lo alto de la monta�a.</p><p>�Creo que ser�a mejor que se mantuviesen en sus puestos �repuso sir Graybow tras meditar por un momento�. Necesitamos que nos alerten en caso de que divisen alg�n ej�rcito que se aproxime.</p><p>Adem�s, cambiar de planes es siempre poco recomendable.</p><p>Sir Lyraan asinti� y volvi� junto a su hermano para agarrar las riendas de su montura. Graybow los oy� intercambiar impresiones sin llegar a comprender lo que dec�an, debido al relinchar de Tos caballos.</p><p>Alzando de nuevo la mirada hacia el muro, le cost� localizar otra vez las marcas a causa de la escasez de luz. No acertaba a comprender el origen de aquellas marcas, pero el hecho de su presencia y su situaci�n era suficiente para atraer su inter�s.</p><p>�Voy a subir a lo alto del muro �dijo sin volverse�. Tal vez pueda encontrar m�s pistas all� arriba.</p><p>Sir Byron le entreg� las riendas a su hermano gemelo y solt� su maza de guerra de la silla.</p><p>�Permitidme que os acompa�e, se�or �pidi�. Tal vez los dos juntos podamos�</p><p>Sir Graybow alz� una mano para acallar al caballero y sonri� para sus adentros.</p><p>�No necesit�is convencerme de la ventaja de contar con dos pares de ojos �replic�, pensando que hab�a ocasiones en que los de noble linaje actuaban como chiquillos nerviosos.</p><p>Al entrar de nuevo en el patio, sir Graybow examin� el mecanismo del rastrillo levadizo. No hab�a luz suficiente para apreciar los detalles, pero supon�a que las cuerdas que se ataban a los tornos de elevaci�n estaban tan podridas como las de las catapultas. Se dijo que m�s tarde habr�a que investigar si el rastrillo hab�a sido bajado y luego forzado hacia arriba y atascado, como sol�a suceder durante los asedios.</p><p>Sir Byron tosi�, tap�ndose la boca con su guantelete y se cambi� de mano la maza. El anciano se detuvo y, sin volverse, le prest� atenci�n al joven caballero, quien se detuvo a su vez. El tintineo met�lico de su cota de malla le indic� a sir Graybow que el caballero se balanceaba inquieto sobre los pies.</p><p>El alcaide estir� el cuello como si examinara las dependencias del castillo, lo que le dio tiempo para pensar. Comprendi� que el caballero estaba nervioso y hac�a lo que pod�a por disimular su miedo. La desolaci�n, la oscuridad y el olor de aquel lugar deb�an de hacer mella en su temple. Ten�an una misi�n, pero muy poco con que distraer sus mentes.</p><p>�Sir Byron, decidle a sir Lyraan que ate los caballos a cualquier cosa y que nos acompa�e �indic� sir Graybow sin moverse�. Decidle tambi�n que traiga el libro y el estandarte.</p><p>El alcaide esper� a que regresaran sus dos acompa�antes. No perdieron el tiempo; ataron a los animales a unos postes que hab�a en el exterior del castillo, a pesar de las protestas de los caballos, y se unieron raudos a su comandante. Lyraan llevaba una peque�a lanza.</p><p>�Dispuestos, se�or �dijo Byron�. He tra�do tambi�n cuerdas y estacas.</p><p>�Bien �aprob� sir Graybow. Ahora se daba cuenta de que era importante estimular la confianza de sus hombres, tanto para la misi�n que estaban llevando a cabo como para la batalla que pronto tendr�an que librar. Si estaban demasiado impresionados por el aspecto desolado del castillo no reaccionar�an con �mpetu ante la visi�n de las fuerzas abelaat. �l mismo no estaba seguro de cu�l ser�a su reacci�n cuando divisara a las extra�as criaturas. El alcaide se aferr� con fuerza a la empu�adura de <emphasis>Sabia</emphasis> e intent� disipar sus dudas, imagin�ndose algunas de las batallas que hab�a vivido. Nadie, ni siquiera la baronesa, sab�a nada del tiempo que hab�a pasado en los pantanos de Karameikos luchando contra los muertos vivientes. No hab�a visto un enemigo m�s espantoso que aqu�l; pero ahora no estaba seguro de que no existiese.</p><p>Graybow avanz� por el patio seguido de los dos caballeros, buscando el camino hacia las almenas. Las escaleras de mano que sol�an estar situadas cerca de los muros hab�an desaparecido, y las permanentes estaban destruidas o se hab�an derrumbado.</p><p>�Parece que tenemos problemas �coment�.</p><p>Sir Lyraan se�al� hacia la torre que hab�a sido reparada.</p><p>��Por qu� no escalamos por el terrapl�n de tierra de ese lado de la torre? Da la sensaci�n de que podr�amos alcanzar el muro de un salto desde all� arriba.</p><p>�Excelente idea �respondi� el alcaide, dirigi�ndose a la torre.</p><p>Inspeccion� el terreno en busca de pistas que se le hubiesen escapado en su anterior incursi�n en el patio, pero no hall� nada nuevo. Los caballeros hac�an lo propio, aunque los nervios los traicionaban demasiado como para permitirles concentrarse.</p><p>La pendiente de tierra llevaba hasta la mitad de la torre, a una altura de unos quince metros, estim� el anciano. No ten�a la menor idea de d�nde habr�an sacado los defensores del castillo tanta tierra para recubrir semejante brecha; no hab�a rastros de excavaciones en ninguna parte del castillo. Los atacantes sol�an usar terraplenes de tierra para escalar los muros, pero aquella t�ctica la empleaban las civilizaciones menos avanzadas, que habitaban m�s al norte de Penhaligon. Graybow dudaba que los abelaat hubieran utilizado aquel medio para entrar en la torre; m�s bien sospechaba que alg�n proyectil de asalto de las criaturas deb�a de haber abierto un boquete, y que los hombres de Melios se hab�an visto obligados a recubrirlo de tierra. Si �ste era el caso, los abelaat hab�an disparado el proyectil mucho antes de que comenzara el asalto, puesto que los defensores hab�an contado con el tiempo necesario para construir el terrapl�n.</p><p>�Sugiero que me permit�is investigar primero �dijo sir Byron y, dejando caer al suelo la bolsa de estacas, sopes� el martillo en ambas manos y comenz� a subir la pendiente.</p><p>�No se os ha dado la orden de proceder �declar� secamente el alcaide. No estaba enfadado con el joven, pero tem�a que el miedo hubiese despertado en �l un exceso de entusiasmo�. Por ahora el control y la disciplina son m�s importantes que escalar esa rampa. No debemos perder el control.</p><p>El caballero descendi� del terrapl�n y se acerc� a sir Graybow dispuesto a recibir una rega�ina. El alcaide suspir� y esboz� una sonrisa, pensando que muchos caballeros se aprestaban en exceso a aceptar un castigo por las m�s insignificantes infracciones.</p><p>�Tengo curiosidad por saber c�mo habr�n construido esta rampa.</p><p>Pero tengo a�n m�s curiosidad por saber de d�nde procede toda esta tierra.</p><p>Rode� al inm�vil caballero para acercarse al terrapl�n y clav� una rodilla en el suelo. Al inspeccionar la tierra, descubri� algo que lo sobresalt�.</p><p>��Veis esta tierra? �pregunt�, agarrando un pu�ado�. Con calma, echadle un vistazo.</p><p>Sir Byron abandon� su postura firme, aliviado, y se volvi� para inspeccionar la tierra recogida por sir Graybow. El alcaide le hizo se�as al otro caballero para que la examinase a su vez.</p><p>�Esta tierra es distinta de esta otra �a�adi� Graybow, se�alando hacia la tierra devastada�. Est� fresca�, viva.</p><p>Lyraan sacudi� la cabeza y se irgui�.</p><p>��Qu� quer�is decir?</p><p>Graybow record� la descripci�n que hab�a hecho Jo de los abelaat. Hab�a dicho que las criaturas hab�an vuelto a Mystara para recuperar la magia que hab�an perdido, incluyendo la magia que hab�a dentro de cada ser vivo.</p><p>�Parece �dijo, extrayendo lentamente una conclusi�n� que vuestras observaciones eran acertadas. No absorben s�lo la vida de la gente que defiende el castillo, sino tambi�n de la propia piedra y tierra de que est� construido. A pesar de ello tenemos un mont�n de tierra que ha escapado a esos efectos devastadores�</p><p>�� tal vez hayan amontonado toda esa tierra despu�s de que los abelaat dejaran sin vida la tierra �observ� sir Lyraan y se apresur� a a�adir�: se�or.</p><p>Graybow se puso en pie.</p><p>��sa parece una conclusi�n m�s razonable. Apostar�a a que esta tierra se extrajo de debajo del suelo del castillo o de la torre destruida.</p><p>�As� que tenemos dos posibles conclusiones: si la tierra se extrajo de dentro de la torre, los muros de la torre fueron capaces de detener el poder de los abelaat para devastar la tierra. Si, por el contrario, la tierra proviene de debajo del suelo, la superficie del suelo detiene hasta cierto punto los efectos destructivos �observ� Byron.</p><p>Lyraan tom� el relevo de las conclusiones.</p><p>�As� que, si queremos proteger a algunas personas, como la baronesa, del poder devastador de los abelaat, debemos albergarlos en recintos de anchos muros o bajo tierra.</p><p>Graybow volvi� a asentir, ahora tomando notas en su cuaderno.</p><p>Una vez que concluy�, estudi� detenidamente el borde del agujero que supuestamente deb�a cubrir aquel terrapl�n. No hab�a restos de quemaduras ni un corte limpio en la roca, como era de esperar cuando la hechicer�a tomaba parte en un combate.</p><p>�Esos abelaat son desconcertantes. Son criaturas m�gicas, y sin embargo da la sensaci�n de que usan armas de los mortales. �Dejando caer la tierra al suelo, a�adi� esta nueva informaci�n en su diario. Ahora estaba seguro de que los hallazgos de aquella expedici�n salvar�an las vidas de al menos una legi�n de hombres.</p><p>��Vamos! �dijo, devolviendo el diario a su sitio�. No hay tiempo que perder.</p><p>El alcaide comenz� a trepar por el mont�culo, haciendo se�as a los otros para que lo siguiesen. Byron cogi� su fardo y se lo ech� sobre los hombros sin soltar su maza. Lyraan ajust� los extremos de la cuerda a la mochila y avanz� por la pendiente, usando la lanza como bast�n.</p><p>La tierra del terrapl�n estaba bien prensada, aunque Graybow no pudo detectar marcas o huellas que delatasen el empleo de troncos u otros m�todos para alisar la superficie. Si sus suposiciones eran ciertas, deb�an de haber vaciado de tierra el suelo de la torre, y usado como soportes las piedras y tablas. Ante la cantidad de tierra empleada para un mont�culo tan voluminoso, era de suponer que hab�an vaciado el suelo hasta los propios cimientos de la torre. El miedo de los habitantes deb�a de haber sido extremo para darles fuerzas para cavar, amontonar y prensar toda aquella tierra para tapar la brecha, a la vez que escalaban hasta aquella altura.</p><p>Sin duda los habitantes del castillo quer�an a toda costa mantener alejadas de aquella torre a las criaturas. Estaba seguro de que los zapadores del castillo podr�an haber empleado su tiempo en algo m�s valioso que la reparaci�n de una torre que daba al patio. La construcci�n deb�a de haber albergado algo o alguien muy valioso.</p><p>El alcaide se detuvo y se volvi�. Una brecha que daba al interior del patio indicaba que el proyectil se hab�a lanzado desde la parte delantera del castillo. Al mirar hacia la parte opuesta a la brecha, Graybow vio que justo enfrente se encontraba la puerta frontal.</p><p>��Qu� hab�is descubierto, se�or? �pregunt� Lyraan, que se hallaba unos pasos por detr�s.</p><p>Graybow contempl� el resto de la fortificaci�n.</p><p>�Nada �respondi�, por ahora.</p><p>Graybow lleg� a la cima del terrapl�n casi sin respiraci�n. Los caballeros avanzaron para ayudarlo, pero los hizo retroceder con un gesto de impaciencia. No iba a dar signos de debilidad, aunque se pregunt� si alguna vez hab�a sido capaz de escalar una ladera ataviado con una completa armadura y con una mochila a la espalda� incluso cuando ten�a la edad de Byron y Lyraan.</p><p>Mir� por una ranura que hab�a entre el mont�culo y la brecha sin descubrir nada, debido a la d�bil luz del interior. La rampa cubr�a la mayor parte de la brecha, lo que forz� a Graybow a agacharse para atravesar la abertura. Ten�a la esperanza de que la luz se filtrase a trav�s de las ventanas superiores de la torre, pero les hab�an puesto unos tablones para resguardarlas sabiamente del ataque; las ventanas de las torres eran el blanco favorito de las flechas encendidas de los arqueros enemigos.</p><p>�Me figuro que no tenemos antorchas �coment� el alcaide.</p><p>�Lo lamento, se�or �dijo Byron desde el exterior de la torre-</p><p>�Quer�is mi abrigo de cuero? Podr�amos envolverlo en mi maza y encenderlo. He tra�do mi yesca.</p><p>�No ser� necesario �respondi� Graybow, desliz�ndose otra vez por la grieta hacia afuera�. No sabemos c�mo est� la estructura del terrapl�n e internarnos en la oscuridad ser�a innecesariamente peligroso. Sigamos hacia el muro.</p><p>El muro se hallaba a unos tres metros de distancia del mont�culo y a unos ocho por debajo de �ste. Graybow examin� la distancia con escepticismo, decidiendo que era hora de admitir que ya no era un robusto jovenzuelo. Afortunadamente sus dos acompa�antes s� lo eran.</p><p>��Pod�is llegar hasta all� de un salto? �le pregunt� a sir Byron.</p><p>El caballero examin� su indumentaria dando unos golpecitos a su armadura. Tras reflexionar un momento, contest�:</p><p>�Llevo mucho relleno, adem�s de la malla y el peto. No creo que pudiese alcanzar la velocidad suficiente. Preguntadle a Lyraan. �l es el saltar�n de la familia.</p><p>El otro caballero le dirigi� una airada mirada que Graybow no entendi�, pero supuso que ten�a algo que ver con la reputaci�n del joven por sus amor�os frustrados. Lyraan dej� caer su mochila, y, clavando la lanza en el suelo, sac� la cuerda y le hizo un lazo. Sin apartar los ojos de su hermano, hizo girar el lazo por encima de su cabeza y lo lanz�. La cuerda qued� sujeta en una almena, y el caballero la tens�.</p><p>�T� eres el escalador �le dijo en voz baja a su hermano y, volvi�ndose, sujet� con fuerza la cuerda.</p><p>Graybow, que miraba ingenuamente a los gemelos, decidi� no intervenir; cualesquiera que fuesen sus disputas y su reputaci�n, al menos les mantendr�an la mente alejada de la aprensi�n del momento.</p><p>El alcaide aferr� la cuerda a varios pasos de Lyraan.</p><p>Byron ajust� con torpeza su maza en el cintur�n y, agarrando la cuerda con ambas manos, se asom� al borde del terrapl�n y se dej� resbalar hasta quedar colgando en el vac�o. Graybow inspir� profundamente ante el peso del caballero, al sentir que una vieja herida en su espalda protestaba con un pinchazo de dolor. Se alegr� de que Lyraan tuviese la fuerza suficiente para sostener la mayor parte del peso.</p><p>El joven caballero descend�a lentamente desplazando las manos por la cuerda. El movimiento lo hac�a balancearse, y Graybow se vio obligado a retroceder y a afianzar los talones en el suelo para no perder el equilibrio. Oy� c�mo Lyraan gru��a con el esfuerzo e hizo lo propio.</p><p>Un trozo de roca se desprendi� de la pared en la que estaba atado el lazo. Byron se par� a medio camino y esper� a que se detuviese el movimiento de la cuerda. Cuando dej� de balancearse, reanud� el descenso m�s despacio. Para Graybow, el ruido de la roca al desprenderse hab�a sido m�s ominoso que el de un trueno.</p><p>Byron intentaba alcanzar la muralla, pero a�n estaba muy lejos para poder encaramarse. La respiraci�n de Graybow se hab�a vuelto agitada y entrecortada, y el sudor comenz� a resbalarle por las cejas.</p><p>Record�, divertido, el comentario quej�le hab�a hecho sobre el exceso de pasteles en su dieta.</p><p>Tras desplazarse un poco m�s, el caballero alcanz� el borde de la muralla y, aflojando la cuerda, se aferr� al borde e impuls� las piernas para encaramarse definitivamente. Sin decir nada, se desat� la cuerda y la afianz� en otra piedra.</p><p>�Ahora pod�is acercaros, se�or �grit�, sosteniendo la cuerda.</p><p>Graybow solt� la cuerda y movi� los dedos para recuperar la sensibilidad. Se maldijo por tener un cuerpo tan descuidado, y un ligero malestar se apoder� de �l al compararse con sus dos acompa�antes, que, sin duda, lo superaban en fuerza y habilidad para el combate. Pese a ello le profesaban una gran lealtad.</p><p>��Alg�n problema, se�or? �le pregunt� Lyraan desde atr�s, manteniendo tensa la cuerda.</p><p>�No, ninguno �contest� el alcaide. Avanz� hacia el borde del terrapl�n y, asiendo la cuerda de la misma manera que Byron, tom� aire para armarse de valor y salt� al vac�o.</p><p>El calambre en su espalda se transform� en una sacudida de dolor que le recorri� la espina dorsal, pero Graybow no quiso regresar.</p><p>La herida que le hab�a producido una traidora lanza de elfo nunca hab�a llegado a curarse por completo, y rog� por que la cicatriz no se abriera.</p><p>Byron se manten�a firmemente aferrado a la cuerda. Graybow oy� otra vez un crujido que proven�a de la pared y se pregunt� si se trataba de un defecto de construcci�n o, por el contrario, un debilitamiento a consecuencia de los efectos del ataque abelaat. Mir� hacia el suelo y aceler� su marcha sin deseos de averiguar el verdadero motivo.</p><p>Graybow alcanz� el borde, y Byron lo ayud� a encaramarse tirando de �l. El alcaide se lo agradeci� con un gesto, pues no le alcanzaba el aliento para articular palabra. Se alej� unos pasos apretando los dientes para aliviar el dolor que le mortificaba la espalda.</p><p>��Quer�is que me quede aqu�, se�or? �le grit� Lyraan desde el mont�culo.</p><p>Graybow asinti� sin conseguir pronunciar palabra. Tras varias bocanadas acert� a decir entre jadeos:</p><p>�S�, necesitaremos� vuestra ayuda para volver.</p><p>Lyraan hizo una se�a de asentimiento y cogi� su lanza. Graybow le devolvi� el saludo y se dirigi� a la puerta principal seguido de Byron.</p><p>El caballero caminaba con precauci�n a lo largo del parapeto.</p><p>Quer�a asegurarse de que no se hab�a debilitado la dureza de alguna piedra que lo hiciese dar con sus huesos en el suelo. No ve�a rastro de armas destruidas, ni siquiera una fisura producida por una piedra de honda que les proporcionase alguna pista, sin duda valios�sima. �l y Byron se deten�an cada pocos pasos y buscaban en el muro alguna se�al del ataque, pero no encontraron absolutamente nada.</p><p>En la puerta principal, Graybow se volvi� y apunt� en su cuaderno los da�os que hab�a sufrido el castillo. La nueva perspectiva no aportaba nada nuevo a su visi�n de los desperfectos. Lanz� un suspiro decepcionado.</p><p>�Creo que hemos encontrado las marcas que busc�bamos �afirm� Byron asom�ndose por la muralla de protecci�n. Sir Graybow se le aproxim� y se asom� a su vez. El caballero le se�al� lo que, tal como hab�a dicho Lyraan, eran las marcas de una escalera de asalto.</p><p>��Veis alguna m�s?</p><p>�No� �S�, se�or! �Hay muchas m�s a lo largo de la pared!</p><p>Graybow tambi�n percibi� las marcas.</p><p>�Parece que lo que ha ayudado a los abelaat a avanzar, sea lo que sea, no es infalible �coment�.</p><p>Observando el suelo, Graybow se dio cuenta de algo que hab�a escapado a su atenci�n en la subida: unas marcas profundas en la superficie. Era obvio que algunas eran obra de los proyectiles de asalto, enormes rocas o bolas de hierro, y otras las interpret� como huellas de ruedas. Los surcos proven�an de la misma direcci�n.</p><p>El alcaide se volvi� de nuevo para repasar los da�os del castillo.</p><p>Hab�a llegado a la conclusi�n de que la piedra de asalto que hab�a demolido la torre hab�a sido disparada desde el frente del castillo. Las marcas que hab�an dejado las escaleras se detectaban solamente en la puerta central; en las otras paredes no hab�an encontrado nada, por lo que supon�a que no hab�a m�s. El �nico rastrillo que estaba levantado era el de la puerta principal. Sacando su cuaderno, anot� otra idea y esboz� una leve sonrisa.</p><p>��Qu� sucede, mi se�or? �Hab�is encontrado algo?</p><p>�No, sir Byron. Yo no he encontrado nada �replic� el alcaide, volvi�ndose a colocar la libreta en el cintur�n�. Hab�is sido vos.</p><p>��C�mo dec�s, se�or?</p><p>�Vos y vuestro hermano descubristeis las marcas de la entrada principal �dijo Graybow�. Parece ser que los abelaat tienen una t�ctica de ataque muy simple: atacan de frente.</p><p>��Por eso no est�n levantados los otros rastrillos? �inquiri� el caballero.</p><p>�Eso supongo �respondi� el alcaide�. Es tambi�n la raz�n por la cual las marcas de las escaleras se encuentran en la parte central y no en las laterales.</p><p>Sir Byron volvi� la mirada hacia el castillo y frunci� los labios, pensativo.</p><p>��Qu� ganamos con saberlo, se�or? �inquiri�, confuso.</p><p>�Tal vez nuestras propias vidas.</p></section><section><title><p>11</p></title><p>El rastro de las tropas que hab�an sobrevivido se perd�a hacia el norte, entre las colinas. Jo dudaba que los abelaat se molestasen en enviar una partida para perseguir a los soldados. Las �nicas bajas que hab�an sufrido las criaturas eran las producidas por <emphasis>Paz;</emphasis> ninguna espada o lanza de Penhaligon ni del �guila Negra hab�a derribado a un abelaat.</p><p>Las pocas fuerzas que le quedaban amenazaban con abandonarla a cada paso que daba, pero continuaba su avance aspirando hondo por la nariz y expulsando el aire por la boca, como le hab�an ense�ado cuando hac�a de mensajero entre Specularum y Entrada. Ello le permit�a avanzar m�s r�pido que si jadeaba como un animal.</p><p>Se preguntaba cu�ntos habr�an sobrevivido al combate. Record� las palabras de precauci�n de Graybow sobre los hombres de la baron�a del �guila Negra, y dese� que los posibles supervivientes no le ocasionasen problemas.</p><p>Al coronar la cima de otra colina, agach�ndose para evitar ser vista por ojos enemigos, Jo pens� en regresar a Penhaligon para narrar la historia de la masacre. Estaba segura de que a la baronesa le habr�a gustado escuchar una versi�n m�s fidedigna que los embustes de Chilatra. Jo, consternada, frunci� los labios, recordando que la confianza en su veracidad se basaba en su relaci�n con Flinn, y en el hecho de haberse convertido en el s�mbolo de la esperanza.</p><p>Se sent�a frustrada por no haber podido salvar de la muerte a los soldados. Intu�a que todos ellos hab�an depositado sus esperanzas en su gu�a e inspiraci�n para que las fuerzas y el valor no los abandonasen al enfrentarse al enemigo. Se pregunt� si encontrar�a finalmente su lugar en la Sala de los H�roes o si por el contrario acabar�a en la Galer�a de los Ca�dos.</p><p>Jo se detuvo en lo alto de una colina y estir� hacia atr�s la espalda para librarse de los calambres <emphasis>y</emphasis> dolores que la atenazaban. El cielo segu�a impregnado de tonalidades gris�ceas, y el no poder ver el sol estaba empezando a mermar su �nimo. Dirigi� la mirada hacia lo que cre�a que era el noroeste, intentando divisar la columna de luz blanca que desprend�a el abat�n.</p><p>Repentinamente record� la visi�n de Dayin. El muchacho se hab�a transformado en un joven tan hermoso que su recuerdo hizo que le latiese el coraz�n. Acerc� la espada, y sinti� la frialdad de la plata rojiza contra su mejilla. Pens� que la piel del muchacho estar�a igual de fr�a al tacto. La atracci�n que hab�a sentido hacia �l era de �ndole f�sica, aunque tambi�n la hab�a seducido su poder y la aureola que lo envolv�a.</p><p>Cuando Jo hab�a conocido a Dayin, el muchacho le hab�a dado muestras de adoraci�n, pero ella lo hab�a considerado un simple enamoramiento de adolescente. Se pregunt� si mantendr�a aquellos sentimientos de adoraci�n, y si ser�an peligrosos para el abat�n.</p><p>Tambi�n habr�a deseado saber si la presencia que guiaba aquella luz era la de Teryl Uro. Las conclusiones ten�an sentido: el mago hab�a creado el abat�n y hab�a situado a Dayin, su hijo, en el pilar de luz.</p><p>En su visi�n, los ojos de Dayin no ten�an pupilas y eran como focos de luz tan blanca y brillante como el pilar del abat�n. La sensaci�n del chorro de luz hizo que su cuerpo se tambalease por un momento, pero enseguida recuper� el equilibrio. Sab�a que exist�a una conexi�n entre el poder del abat�n y la nueva forma de Dayin, pero no lo pod�a explicar con palabras, cosa que la pon�a furiosa.</p><p>La poderosa presencia intentaba mantener los ojos del muchacho cerrados, tal vez para evitar que la viese. Quiz� Dayin ten�a que concentrarse para mantener el poder del abat�n.</p><p>El aire era cada vez m�s fr�o. Con un estremecimiento, Jo reuni� fuerzas para reanudar la caminata. Las huellas de los caballos se perd�an por detr�s de otra colina sin que pudiese calcular hasta d�nde, puesto que el ondulado terreno le imped�a la visi�n. Se agach� para examinar las marcas y calcul� que habr�a al menos diez caballeros en fuga. Toc� el suelo y, como le hab�a ense�ado el mensajero de Specularum, recogi� un peque�o terr�n de tierra que deshizo entre los dedos. La tierra estaba s�lida y fr�a; los caballos hab�an pasado hac�a, al menos, dos horas.</p><p>Jo sab�a que no era una experta rastreadora. Si los caballeros hab�an pasado hac�a algunas horas, deb�a de haber perdido la noci�n del tiempo durante la batalla. Furiosa, se sacudi� la tierra que le quedaba en las manos; se frot� la cara y arregl� los cabellos con los dedos.</p><p>Decidi� apurar la marcha, esperando as� aliviar la sensaci�n de miedo que la sobrecog�a. Comenz� a correr lentamente agarrando a <emphasis>Paz</emphasis> por la empu�adura y por el centro de la hoja para mantener el equilibrio. La plata rojiza hab�a adquirido un tono m�s oscuro. La sangre de su mano se hab�a secado, y dese� saber cu�nta vida le hab�a absorbido la espada.</p><p>Pero no se nutr�a de su vida al igual que los abelaat; saber que la hoja de la espada se alimentaba con su contacto le produc�a una extra�a sensaci�n de bienestar. No dudaba que la espada sagrada ten�a vida propia, de la misma manera que <emphasis>Vencedrag.</emphasis> Jo alz� la espada y fij� una mirada interrogante en la �ltima de las inscripciones r�nicas grabada en el canto de la espada, el s�mbolo de la paz.</p><p>Mezclaba varios elementos de los restantes s�mbolos r�nicos del Quadrivial en una curiosa combinaci�n que daba lugar a un s�mbolo final. Nunca hab�a visto nada tan hermoso.</p><p>Jo mantuvo su marcha tanto tiempo como le fue posible, arrastrando los pies a lo largo de muchos kil�metros de inacabables colinas. Los p�jaros no cantaban y tampoco se percib�an los aullidos de los animales, el zumbido de los insectos o el susurro de los arbustos. El suelo era cada vez m�s blando, lo que le hizo sospechar que entraba en una regi�n pantanosa. El aire fr�o y limpio se volv�a m�s y m�s cargado y h�medo. Se vio obligada a aminorar la marcha cuando el terreno se hizo tan blando que las botas se hund�an en el suelo con cada paso.</p><p>Jo continu� vagando por aquel terreno h�medo hasta que las huellas finalmente se perdieron en una ci�naga poco profunda.</p><p>Confundida, estudi� el rastro, sin comprender por qu� los caballeros hab�an decidido adentrarse en un terreno tan inh�spito. Intent� divisar algo en el pantano, pero la niebla que se formaba a ras del agua le imped�a la visi�n.</p><p>Jo se cambi� la espada a la mano derecha, y, volvi�ndose por �ltima vez para asegurarse de que no la segu�a ning�n abelaat, olfate� el aire en busca de alg�n rastro del olor picante que desprend�an las criaturas. Con un suspiro de resignaci�n hundi� un pie en las aguas del pantano que estaban tan fr�as como se hab�a imaginado.</p><p>En el pantano s�lo se o�a el chapoteo de sus botas en el agua.</p><p>Llevaba a <emphasis>Paz</emphasis> ante s�, cogida con ambas manos, pues hab�a o�do rumores de la existencia de extra�as criaturas que habitaban los pantanos: insectos gigantes, hombres-lagartos e incluso muertos vivientes. Un momento despu�s de pensar en ello se ri� de sus propios temores; no hab�a en toda Mystara una criatura m�s horrible que los abelaat.</p><p>A su memoria acudieron im�genes de la vez que, huyendo de los guardias de Specularum, se hab�a internado en uno de los pantanos cercanos, de aguas tan fr�as como las que sent�a ahora. Hab�a contra�do una enfermedad que se contagiaba en aguas salobres y de la que hab�a tardado semanas en recuperarse. Esperaba no caer enferma ahora.</p><p>Sin poder encontrar se�ales de los caballos, Jo intent� mantener el paso en l�nea recta con las huellas y en direcci�n opuesta al campo de batalla. La niebla y los gases de la zona oscurec�an el pantano, y la joven arrugaba la nariz a cada momento, al atravesar una zona especialmente pestilente. Los m�sculos comenzaban a dolerle por el paso lento y pesado. Sab�a que si intentaba correr en el agua se cansar�a a�n m�s. Adem�s, hab�a tropezado con �rboles hundidos y troncos que se pudr�an en el lecho del pantano; si hubiese ido corriendo se podr�a haber roto una pierna, o algo peor.</p><p>Jo agudiz� el o�do en busca de alg�n indicio de vida. Se detuvo y se qued� totalmente inm�vil, con la espada enarbolada.</p><p>��Hola! �grit�. Tomando aire repiti� el chillido�: �Hola!</p><p>Aguard� una respuesta, pero ni siquiera se percib�a el sonido del viento. Volvi� a gritar, golpeando el agua del pantano con su espada, sin que el agua y el barro que levant� dejasen mancha alguna en su armadura ni en el tabardo.</p><p>��D�nde est�is? �acert� a mascullar entre jadeos, extenuada de cansancio�. �Sir Domerikos! �D�nde est�is?</p><p>Jo examin� el pantano a su alrededor; se sent�a como si hubiese entrado en otro mundo. Una desagradable niebla se levant� ante su rostro, lo que le provoc� un sonoro estornudo. Se ri� y volvi� a estornudar; su risa se transform� en una estruendosa carcajada.</p><p>��Qu� os hace tanta gracia?</p><p>Salpicando gran cantidad de agua al volverse sobresaltada, alz� la espada con ambas manos y la dirigi� hacia la garganta de su interlocutor.</p><p>Sir Domerikos no se movi�. Con los brazos extendidos en posici�n defensiva miraba fijamente la afilada punta de la rojiza espada plateada, torciendo la cabeza a un lado. Jo se dio cuenta de que lo hab�a asustado.</p><p>Con una sonrisa, baj� la guardia, y se frot� la nariz con el dorso de la mano.</p><p>�Lo lamento much�simo, sir Domerikos �se disculp�, avergonzada�. Empezaba a pensar que era la �nica superviviente.</p><p>Domerikos desvi� la mirada en un gesto en que Jo adivin� rabia y verg�enza.</p><p>�Hay algunos m�s hacia aquella direcci�n �replic�, se�alando hacia las profundidades del pantano.</p><p>��Qui�nes?</p><p>�Cinco de nuestros caballeros de Penhaligon, el comandante Lyrates, el sargento Yeats�, sir Barethmor y algunos de los lanceros del �guila Negra �contest�, volvi�ndose hacia la muchacha.</p><p>��Est�is herido? �pregunt� ella educadamente, avanzando hacia el caballero en busca de cortes y restos de sangre en su armadura.</p><p>Sir Domerikos alz� una mano para que se detuviera.</p><p>�Estoy bien �dijo, pas�ndose una mano por la cara y los cabellos�. Si no llega a ser por vuestros gritos, puede que no nos hubi�semos vuelto a ver.</p><p>�No s� cu�nto tiempo llevo caminando por estas aguas.</p><p>El caballero se encogi� de hombros y le hizo una se�a para que lo acompa�ase hacia el resto de los hombres.</p><p>��C�mo sab�ais en qu� direcci�n ir�, se�or? �inquiri� Jo, reparando a tiempo su moment�neo olvido del respeto debido al rango del caballero.</p><p>Domerikos no le respondi�. Caminaba apretando los dientes, con la mirada perdida en la niebla, desolado por la ruinosa batalla.</p><p>��C�mo supisteis qu� camino seguir? �volvi� a preguntar Jo alzando el tono de voz.</p><p>��C�mo? �exclam� el caballero parpadeando�. Tengo un excelente sentido de la orientaci�n. Y Barethmor me dio esto.</p><p>Alargando una mano, Domerikos le mostr� una diminuta burbuja de cristal en cuyo interior flotaba una flecha.</p><p>��Qu� es eso que hay en su interior? �quiso saber la muchacha, entornando los ojos para enfocar mejor.</p><p>�Una aguja que, al parecer, se�ala hacia el norte.</p><p>��Al parecer?</p><p>Sir Domerikos se encogi� de hombros.</p><p>�Es un aparato m�gico y, como tal, desconozco su funcionamiento. S�lo s� que la aguja se�ala hacia el norte y que hay otra flecha en su interior que se�ala hacia otro cacharro de �stos. No os preocup�is por mi seguridad, escudero Menhir �dijo tajante�. Estoy seguro de que sir Barethmor me dio este artilugio con otras� intenciones que la de encontraros.</p><p>��Otras intenciones? �replic� Jo�. �Qu� quer�is decir, se�or?</p><p>El caballero parec�a confuso.</p><p>�Me refiero a que es la oportunidad perfecta para que Barethmor se tome su venganza. El intento de vuestro asesinato, la carta de la baron�a del �guila Negra y la aparici�n de sir Barethmor no son meras coincidencias.</p><p>Sir Domerikos alz� la esfera de cristal hasta la altura de los ojos y fij� la mirada en el interior. Hizo un gesto en la direcci�n del campamento.</p><p>�Vayamos hacia all� �indic�, pero tengamos muy presente lo que os acabo de decir.</p><p>Jo asinti� y apoy� a <emphasis>Paz</emphasis> sobre su hombro derecho. El aire helado hizo que la niebla se dispersase en parte. Poco a poco fueron apareciendo los restos de un bosque milenario, que sobresal�an amenazadores de las estancadas aguas del pantano.</p><p>Sir Domerikos se�al� hacia el bosque muerto, de donde proven�a el ligero resplandor de un fuego. Los cinco caballeros de Penhaligon estaban sentados frente a los tres de la baron�a del �guila Negra y todos rodeaban un peque�o cilindro incandescente del que surg�a un fuego diminuto. Los caballos descansaban atados a un �rbol seco.</p><p>Los caballeros de Penhaligon estaban cansados y harapientos.</p><p>Su atuendo hab�a sido hecho trizas, dejando entrever unas corazas abolladas y llenas de agujeros. De los cinco s�lo tres conservaban sus espadas, una de ellas rota. Los hombres de la baron�a del �guila Negra, en cambio, se hallaban bien equipados, con sus negras armaduras intactas, como si no hubieran entrado en combate. Todos llevaban armas relucientes: una lanza, una maza y una espada.</p><p>��D�nde est� sir Barethmor? �les pregunt� sir Domerikos a los que formaban el corro, al entrar con Jo en el descampado.</p><p>�Estoy aqu� �gru�� un vozarr�n que Jo reconoci� como del comandante de los lanceros. Su negra armadura surgi� de entre las tinieblas como un espectro. Llevaba el yelmo en la mano izquierda, y sus largos cabellos ca�an sobre su cota de mallas�. Veo que hab�is encontrado a nuestro peque�o h�roe.</p><p>Jo no pudo contener un gesto de crispaci�n ante el sarcasmo de aquel hombre, pero no dej� que la abandonase la compostura.</p><p>�Bien �le pregunt� a Jo�, �d�nde os hab�ais metido?</p><p>�He estado luchando contra los abelaat �contest� secamente la joven, sin moverse del lado de Domerikos.</p><p>��Admirable! �Y por qu� no acabaron con vos como lo hicieron con el resto?</p><p>Jo se mantuvo en silencio, agarrando la empu�adura de <emphasis>Paz.</emphasis> Sir Barethmor avanz� hacia ella, dejando caer el casco sobre el tronco de un �rbol podrido. Sus oscuros ojos centelleaban con el reflejo del fuego m�gico.</p><p>��Qu� respond�is, muchacha? �la urgi�.</p><p>Sir Domerikos se puso delante de Jo.</p><p>�Mantened la distancia, Barethmor �orden�.</p><p>El comandante de los lanceros frunci� los labios y alz� la vista hasta que se encontr� con la del caballero. Jo contempl� c�mo ambos libraban una silenciosa batalla. La preocupaci�n que sent�a aumentaba a cada momento que pasaba. Barethmor acab� asintiendo y retrocedi� hacia sus caballeros.</p><p>�Me alegro de que ambos hay�is llegado �declar�.</p><p>��Y eso por qu�? �inquiri� Domerikos, acomod�ndose entre sus nombres. Jo percibi� que el peligro iba en aumento y se adelant� para unirse al grupo de Penhaligon.</p><p>Barethmor pase� la mirada por el pantano que los rodeaba.</p><p>�Una vez me ultrajasteis con una afrenta que no he podido olvidar �dijo al cabo.</p><p>�Vuestra esposa tampoco ha podido olvidar las palizas que le propinabais d�a y noche �contest� Domerikos con vehemencia.</p><p>Pasando por alto el comentario del caballero, el comandante de los lanceros se dirigi� hacia Jo.</p><p>�Y en cuanto a ti, est�pida escudero, que te crees un h�roe por llevar una espada m�gica, te dir� una cosa: yo tambi�n tengo un mont�n de espadas m�gicas, pero mi se�or quiere �sa, y la tendr�.</p><p>Jo lo entendi� todo de repente: Ludwig von Hendriks, el bar�n de la orden del �guila Negra, quer�a apoderarse de <emphasis>Paz</emphasis> para usarla contra el rey de Karameikos. El consejero Melios hab�a sido el �pe�n�.</p><p>Los caballeros de Penhaligon desenfundaron sus armas y Jo empu�� a <emphasis>Paz.</emphasis> Los lanceros del �guila Negra hicieron lo propio con las suyas, pero la joven se percat� de que no parec�an particularmente intranquilos.</p><p>�Es una suerte que tuviese esa esfera rastreadora para daros �dijo Barethmor fr�amente, se�alando hacia los caballeros de Penhaligon.</p><p>El fuego del cilindro explot�, y una enorme llamarada engull� a los caballeros. Jo oy� los gemidos de dolor por encima del rugido del fuego y salt� hacia Domerikos. Las llamas cambiaron de direcci�n, y el aire se volvi� irrespirable por el calor.</p><p>Sir Domerikos dio la espalda a Jo y empez� a correr. La joven vio horrorizada que la piel del hombre se hab�a carbonizado y se le desprend�a en escamas. La armadura le hab�a achicharrado el cuerpo, y sus humeantes trozos cayeron al agua.</p><p>El fuego rug�a alrededor dejo, pero la joven adopt� una postura de combate y blandi� a <emphasis>Paz.</emphasis> La espada formaba un escudo de protecci�n contra el cilindro m�gico.</p><p>Apoy�ndose firmemente en la pierna derecha, Jo alz� su brillante espada y descarg� un mandoble que sesg� la cabeza del primer lancero y, con la fuerza de repulsi�n del golpe, atraves� la hombrera y la gorguera de la armadura del segundo.</p><p>El tercer caballero blandi� su maza y alcanz� a golpearla en un hombro. La chapa de su armadura no se aboll�, pero el impacto la hizo caer de rodillas. El resplandor del fuego que la envolv�a le imped�a ver con claridad.</p><p>La maza cay� sobre su espalda, y ella se desplom� sobre el fango, con la visi�n nublada. Agit� la cabeza para despejarse y, rodando sobre s� misma, alz� la espada para defenderse.</p><p>El lancero estaba delante de ella, con la maza levantada por encima de la cabeza. Por un momento pens� que no ten�a tiempo de esquivarlo, pero, antes de que el hombre acertase a dejar caer la maza para propinarle el siguiente golpe, el cilindro volvi� a escupir una lengua de fuego que alcanz� al lancero en la espalda. Jo se puso en pie, y se ech� hacia atr�s al ver que el cuerpo del lancero se reduc�a a cenizas.</p><p>��Maldita seas, muchacha! �le dijo sir Barethmor desde atr�s.</p><p>Jo hizo describir a <emphasis>Paz</emphasis> un amplio arco, y aprovech� su impulso para girarse. Barethmor se sacudi�, sorprendido, y su cabeza rod� al suelo.</p><p>El fuego que surg�a del cilindro se extingui� repentinamente, dejando a Jo rodeada de un profundo silencio. Relaj� los hombros, presa del agotamiento y la angustia. Durante unos minutos contempl� los restos de los cuerpos que la rodeaban. Por fin, se decidi� a palpar entre las posesiones de Barethmor, buscando la otra bola de cristal.</p><p>Hab�a desaparecido.</p><p>Dej� aquel lugar sin volver la vista atr�s.</p></section><section><title><p>12</p></title><p>Braddoc no estaba muerto. La mirada del enano se encontr� con los pies de Flinn y fue subiendo poco a poco hasta posarse en el rostro de su amigo. Vio que el resplandor que antes sal�a de la fragua resplandec�a ahora en los ojos del Inmortal, el fuego que hab�a inspirado a cientos de generaciones de enanos, desde que se hab�an visto forzados a abandonar la tierra de P�ramo Negro. Braddoc sinti� en los ojos una punzada de dolor, que lo oblig� a recostarse en el arenoso suelo del bosque donde se encontraban.</p><p>�No te muevas, Braddoc.</p><p>��Por qu�? �Qu� ha sucedido? �pregunt� el enano entre dientes.</p><p>�Est�s a salvo �respondi� Flinn.</p><p>No lo atra�a nada la idea de averiguar c�mo hab�a sido salvado.</p><p>��No me salvaste t�? �inquiri� con cautela. Flinn hizo un gesto negativo�. Entonces �qui�n?</p><p>Flinn se encogi� de hombros.</p><p>�Kagyar, tal vez �repuso.</p><p>Decidido a no prestar atenci�n al dolor que le aguijoneaba los ojos, Braddoc se incorpor� hasta quedar sentado. Momentos despu�s se despert� de bruces en el suelo.</p><p>El enano gru�� en voz alta, y volvi� a sentarse.</p><p>�Me siento como si hubi�semos estado en alguna de nuestras borracheras de anta�o. �Ten�a en la boca un sabor a arena que no lo sorprendi� lo m�s m�nimo.</p><p>��Por qu� no te quedas tumbado hasta que te recuperes por completo? �le sugiri� Flinn, poni�ndose en pie.</p><p>Braddoc movi� lentamente la cabeza. Tosi� para aclarar la garganta de esa sensaci�n arenosa y se rasc� la nariz. Con toda la lentitud y parsimonia de que era capaz, junt� las manos y se puso de rodillas.</p><p>�Oh, gran se�or Kagyar, Kagyar el Artesano, Kagyar Ojos de Rel�mpago; yo, Braddoc Briarblood, tu humilde servidor, te doy las gracias por haberme bendecido con esta nueva vida. Que use este bien que me otorgas con sabidur�a. �Braddoc se detuvo, y luch� por controlar su temblor.</p><p>Volviendo a sentarse, se cruz� de piernas. Comenz� a frotarse la cara con ambas manos para recuperar la sensibilidad.</p><p>��Cu�nto tiempo llevamos aqu�? �murmur� entre sus dedos.</p><p>�No m�s de una hora �le respondi� Flinn, cruz�ndose de brazos y observ�ndolo. Braddoc supuso que era hora de continuar su viaje e intent� alzarse para caminar, pero Flinn hizo un movimiento para detenerlo. El enano no quer�a desobedecerle sin motivo; aunque no le gustaba la idea de que aquel ser, que hab�a sido su amigo, tuviese el poder de obligarlo a hacer todo lo que se le antojase. Adem�s, ten�a un asunto pendiente con los Inmortales.</p><p>��D�nde nos encontramos exactamente?</p><p>Flinn alz� levemente la nariz, y olisque� el aire limpio.</p><p>�En el reino de Alfheim.</p><p>La noticia le provoc� a Braddoc un empeoramiento. No ten�a nada personal contra la raza de los elfos, pero todos los enanos ten�an el convencimiento de que las criaturas de aquel bosque eran est�pidas, adem�s de frivolas. Ten�an la costumbre de elaborar piezas de gran belleza pero ef�meras, sin preocuparse de que perdurasen a lo largo de los a�os, tal como sol�an hacer los artesanos enanos. Sab�a que los elfos los consideraban criaturas de un estoicismo que rayaba en man�a, cosa que entend�a perfectamente. A pesar de los cientos de a�os de viajes por todos los rincones del mundo, Braddoc no hab�a sido capaz de librarse de sus prejuicios contra los elfos.</p><p>Espi� entre los dedos y comprob� que el pl�mbeo color del cielo segu�a impidiendo el paso de la luz del sol. Las anchas hojas de los �rboles creaban un dosel adicional que filtraba la escasa luz restante.</p><p>�Muy bien� �gru��, poni�ndose en pie y pregunt�ndose si el Inmortal lo obligaba a permanecer sentado por su propio bien�. No hay tiempo que perder.</p><p>��Est�s seguro de poder continuar? �inquiri� Flinn.</p><p>Una ceja de Braddoc se arque� de asombro. Cre�a haber percibido cierto tono de preocupaci�n en la poderosa voz del Inmortal.</p><p>�T� eres el que tiene una misi�n que cumplir �respondi� bruscamente.</p><p>Flinn asinti�, y dejando caer los brazos, le hizo un gesto para que comenzase a caminar. Con un enorme suspiro, el enano movi� el pie derecho, y sinti� como nunca el desgaste de sus botas al rozar con el suelo. Tan s�lo en una ocasi�n se hab�a visto forzado a usar el ocular al borde de la muerte; al igual que entonces, las sensaciones m�s normales se hab�an intensificado enormemente, como si le frotasen cada nervio del cuerpo en carne viva. Le habr�a gustado tener algo para beber.</p><p>��Prefieres vino blanco o tinto? �pregunt� Flinn.</p><p>��C�mo? Oh�, pues� �qu� tal un tinto? Alguno de la regi�n del Valle Perdido �respondi�, distra�do por los nuevos dolores que experimentaba su cuerpo.</p><p>Flinn, que caminaba detr�s de Braddoc, le alcanz� una copa de cristal. El enano se lo agradeci� con un murmullo, y dio un peque�o sorbo. El vino le proporcion� una agradable sensaci�n que le aclar� la garganta y le calent� el est�mago. Llev�ndose la copa a la nariz, inhal� intensamente el aroma del preciado l�quido.</p><p>��Moolon Wraithchilde? �intent� adivinar. Cerr� los ojos y volvi� a sentir su olor. El afrutado aroma de aquel caldo se apoder� de sus pulmones.</p><p>�Tienes un paladar excelente, Braddoc �observ� Flinn.</p><p>�Gracias, Flinn. �Braddoc sonri� para s�. Siempre se hab�a jactado de su capacidad como catador de buenos vinos; era una habilidad que hab�a desarrollado en los �ltimos cientos de a�os. Dio otro trago, y se pregunt� d�nde habr�an fabricado la copa. Era asombrosamente transparente, y exhib�a una elegante talla en diagonal desde la base hasta el borde.</p><p>��Es de cristal de Ylaruam?</p><p>�No, en realidad es de Glantri.</p><p>��De veras? Hace mucho tiempo que no voy por all�.</p><p>Braddoc continu� dando sorbos a aquel vino para olvidar las dolorosas palpitaciones de los pies, las piernas y la espalda. Ech� un vistazo a su frondoso alrededor, y por primera vez no le parecieron deprimentes los �rboles. Frot� el cristal tallado de la copa y un pensamiento acudi� a su mente.</p><p>�Flinn� �comenz� cautelosamente�, �me permites que te haga una pregunta?</p><p>��S�?</p><p>��De d�nde sacaste el vino?</p><p>Flinn no le respondi�, pero el enano esper�, intentando atemperar su impaciencia. Los dos caminaban en silencio, intern�ndose en un bosque que cada vez se volv�a m�s frondoso e imped�a el paso de la poca luz del cielo. Braddoc se dio cuenta de que el bosque ten�a una luz propia que parec�a no disminuir. Le habr�a gustado saber en qu� punto exacto de Alfheim se encontraban.</p><p>�Creo que puedo� hacer conjuros para conseguir las cosas que necesito �dijo finalmente Flinn�. Necesitabas una cosa, as� que� estir� el brazo.</p><p>��Estiraste el brazo?</p><p>Flinn le respondi� encogi�ndose de hombros.</p><p>Braddoc alz� la copa hasta la altura de sus ojos, y, con un suspiro de resignaci�n, se bebi� de un trago lo que le quedaba de vino, tras lo cual deposit� la copa en una enorme piedra lisa.</p><p>��Cu�nto nos falta para alcanzar nuestro destino? �inquiri�.</p><p>Flinn frunci� los labios, confuso.</p><p>�No estoy seguro. Vamos en la direcci�n correcta �repuso, se�alando hacia las profundidades del bosque�. Supongo que, si nos perdemos, siempre podemos preguntar.</p><p>Braddoc se volvi�, incr�dulo y mir� fijamente los inexpresivos ojos de su amigo.</p><p>��Qu� quieres decir? �pregunt�.</p><p>�Era s�lo una broma.</p><p>�Una broma �repiti� el enano, sin saber si re�r o llorar�. No me parece un buen momento.</p><p>El Inmortal se puso en cuclillas e hizo un gesto a Braddoc para que lo imitase.</p><p>�Hay algo que debes saber �le espet� el Inmortal con repentina seriedad.</p><p>Braddoc se pas� los dedos por los cabellos y emiti� un profundo suspiro.</p><p>�De acuerdo �accedi�, sent�ndose al borde del sendero que segu�an�. Habla.</p><p>��Recuerdas por qu� fuimos a Rupestre?</p><p>Braddoc se sorprendi� ante la pregunta.</p><p>�Por supuesto. Quer�as encontrar el <emphasis>denwail.</emphasis></p><p>�Ciertamente �admiti� Flinn con un movimiento afirmativo de cabeza�. �Y a qui�n busc�bamos?</p><p>�No te entiendo �dijo Braddoc con un gru�ido.</p><p>�Busc�bamos a Denwarf.</p><p>��Denwarf! No s� d�nde est�. Nadie lo sabe.</p><p>Flinn inclin� la cabeza y fij� en los ojos del enano una penetrante mirada que hizo sentir inc�modo a Braddoc. Otra vez record� que estaba ante la presencia de un Inmortal. Intent� recordar algo sobre Denwarf, pero no lo consigui�.</p><p>�Denwarf hizo que te olvidases de �l �dijo Flinn. Se irgui� y pos� las manos sobre las rodillas en una postura marcial que a Braddoc le record� a los khans�. La caverna en la que nos encontr�bamos era Denwarf.</p><p>��Era Denwarf? �repiti� esc�ptico�. �C�mo es posible?</p><p>�Me dijiste que Denwarf era una criatura de piedra a quien Kagyar dio vida. Denwarf vivi� durante tanto tiempo en las cavernas bajo Rupestre que su esp�ritu se fundi� con la piedra de la cueva donde viv�a. Era <emphasis>denwail.</emphasis></p><p>�Entonces, �por qu� quer�a hacerme olvidar?</p><p>Flinn se volvi�, y su mirada se perdi� en la distancia. Tras unos momentos de meditaci�n, se volvi�.</p><p>�Los enanos no deben saber c�mo encontrar la fuente de su inspiraci�n; tan s�lo deben saber que est� all� �le repuso.</p><p>�Flinn �comenz� Braddoc, buscando las palabras adecuadas para no mostrarse descort�s�. Hay dos cosas que debo preguntarte.</p><p>Flinn asinti� para que continuase.</p><p>��Has recuperado parte de tu memoria?</p><p>�Lo suficiente para saber que nuestras borracheras siempre acababan con mis bolsillos vac�os �respondi� Flinn, esbozando una peque�a sonrisa que se desvaneci� al instante�. �Qu� otra cosa quer�as preguntarme?</p><p>��Qu� has hecho con el <emphasis>denwail?</emphasis> �inquiri� Braddoc, a sabiendas de que estaba forzando la situaci�n. No pod�a evitar pensar que aquel Inmortal intruso pon�a en peligro el modo de vida de los enanos.</p><p>�No he� hecho nada �contest� Flinn lentamente; clav� la mirada en la distancia antes de proseguir�: El <emphasis>denwail</emphasis> todav�a yace en el coraz�n de los enanos.</p><p>�Pero yo vi c�mo� absorb�as el fuego de la fragua.</p><p>�Y ese fuego est� en mi coraz�n �dijo, palp�ndose�. Mientras siga aqu�, el <emphasis>denwail</emphasis> vivir�. Esto es s�lo el comienzo. No s�lo debo encontrar la inspiraci�n de cada raza, sino adem�s encarnarlas.</p><p>Pensativo, Braddoc se acarici� la barbilla con una mano. Se puso en pie y estir� la espalda hacia atr�s. No sab�a qu� pensar sobre lo que dec�a Flinn, ni ten�a medio para comprobar si era cierto o falso.</p><p>Clav� la mirada en los ojos del Inmortal, y vio en ellos el fuego de la fragua.</p><p>��Qu� parte de lo que me cuentas conoc�as de antemano? �inquiri�, caminando hacia Flinn y tendi�ndole la mano.</p><p>Flinn acept� su ofrecimiento y permiti� que Braddoc tirase de �l para levantarlo. De repente, el enano record� lo que hab�a sucedido la �ltima vez que le hab�a ofrecido su mano, pero era demasiado tarde para retirarla. Se alegr� de no caer entre los �rboles.</p><p>Haciendo una mueca, Flinn retom� la direcci�n en que se dirig�an.</p><p>Braddoc lo sigui�.</p><p>��Y bien? �pregunt� cuando le dio alcance.</p><p>�Nada, Braddoc. Antes de entrar en la fragua, no sab�a nada de esto.</p><p>Braddoc no disfrutaba ante la belleza del bosque. En su vieja cabeza de enano s�lo hab�a sitio para la idea de que aquellos �rboles y plantas, a pesar de su belleza, desaparecer�an y volver�an a crecer cientos de veces antes de que le llegase la muerte. Cualquier otro ser en su lugar �incluso tal vez un enano joven� habr�a llorado de la emoci�n.</p><p>Los dos compa�eros se detuvieron al borde de un claro circular en cuyo centro se alzaba orgulloso un �rbol solitario de hojas m�s anchas que las enormes manos de Braddoc. En su corteza se dibujaban unas venas plateadas que resplandec�an con el flujo de la vida del �rbol. Su ramaje de hojas, del mismo color plata, cubr�a el resto del claro, bajo el cual se extend�a una hierba blanquecina.</p><p>Tras unos momentos de asombro ante aquella visi�n, Braddoc se dirigi� a su amigo.</p><p>��Qu� debemos hacer ahora? �pregunt�.</p><p>Flinn, sin responder, se qued� mirando hacia el �rbol. Braddoc frunci� el entrecejo, preocupado, y le propin� un codazo a su amigo.</p><p>��Flinn!</p><p>El Inmortal segu�a con la mirada fija.</p><p>Braddoc retrocedi� intentando adquirir una nueva perspectiva del �rbol. Flinn parec�a paralizado, de la misma forma que le hab�a sucedido en Rupestre. Pero esta vez era diferente, porque no era la magia lo que lo reten�a.</p><p>El enano avanz� hacia su amigo y lo mir� a los ojos, que todav�a reflejaban el fuego de la fragua de los enanos.</p><p>��Flinn! �volvi� a llamarlo, m�s fuerte esta vez.</p><p>��S�? �La respuesta son� con una voz distante y casi imperceptible. Braddoc descubri� en la voz de Flinn algo que no hab�a percibido cuando era un h�roe, ni despu�s de convertirse en Inmortal: miedo.</p><p>��De qu� tienes miedo?</p><p>��Miedo? No tengo miedo de nada �replic� Flinn, absorto�. Tengo miedo de morir �susurr�, tras unos instantes.</p><p>Braddoc se cruz� de brazos y lanz� un resoplido de burla.</p><p>��Eso es rid�culo! Los Inmortales no pueden morir �afirm�.</p><p>�No est�s en lo cierto, Braddoc. Los Inmortales mueren. Cada vez que entre en uno de estos sitios, volver� a morir.</p><p>��Pero volver�s, como la vez pasada!</p><p>Flinn movi� la cabeza sin apartar la vista de la arboleda.</p><p>�Pero, aun as�, tengo que morir.</p><p>Braddoc dirigi� la mirada hacia el descampado. Aquel �rbol solitario encarnaba la inspiraci�n de los elfos, la belleza y la vida del bosque. Al avanzar bajo su dosel de hojas, el Inmortal empezar�a a morir.</p><p>De pronto, Braddoc sinti� una enorme pena por su amigo. Su misi�n podr�a tener las m�s imprevisibles consecuencias personales.</p><p>Incluso peor; el miedo y la angustia de Flinn aumentar�an con cada fuente de inspiraci�n que tuviese que interiorizar. Cada s�mbolo despertar�a en su memoria nuevos recuerdos y esperanzas y sue�os: todo aquello que hace de la muerte algo insoportable. Flinn hab�a sido en vida el hombre de mayor fortaleza y valor que hab�a conocido el enano. Nadie hab�a luchado tan duro como �l durante toda su vida. Y, despu�s de la muerte que le negaba el descanso, se ve�a obligado a enfrentarse al m�s duro de los sacrificios.</p><p>Sin embargo, Braddoc sab�a que Flinn ten�a que cumplir su cometido o Mystara estaba condenado. Tom� aire precipitadamente y pens� en algo adecuado que decirle a su amigo.</p><p>�No hay nada que decir, Braddoc �murmur� Flinn, y, gir�ndose hacia su amigo, a�adi�: S� lo que tengo que hacer.</p><p>Flinn entr� en el descampado. Braddoc vio c�mo su pelo se volv�a gris y, al avanzar unos pasos m�s, blanco. Estaba todav�a a diez pasos del �rbol.</p><p>La espalda de Flinn comenz� a encorvarse y su piel se arrug�, perdiendo vitalidad. Braddoc quer�a acudir en su ayuda para proporcionarle amparo y apoyo, aunque no sab�a c�mo; pero no sobrevivir�a m�s all� del borde del descampado. Apret� los dientes y aguard�. Al avanzar tres pasos m�s, Flinn cay� al suelo y se cort� la p�lida piel con la hierba puntiaguda; la luz de las hojas lo envolv�a con un brillo tan intenso que Braddoc apenas lo distingu�a.</p><p>Flinn estaba ahora a un brazo de distancia del �rbol de los elfos.</p><p>Alarg� la mano, pero volvi� a derrumbarse sobre el suelo.</p><p>��Vamos, Flinn! �grit� Braddoc�. �Ya est�s ah�!</p><p>El Inmortal intent� ponerse en pie, pero sus resecos huesos apenas pod�an soportar el peso del cuerpo, pese a su delgadez. Su piel comenz� a ca�rsele poco a poco sobre la hierba. Braddoc mir� hacia sus pies, y seguidamente alz� la mirada hacia el exuberante claro. Al llegar le hab�a parecido un jard�n de plata, ahora le parec�a de muerte.</p><p>�Oh gran se�or Kagyar, Kagyar el Artesano, Kagyar Ojos de Rel�mpago; yo, Braddoc Briarblood, vuestro humilde servidor, os pido vuestra bendici�n para que pueda ayudar a mi amigo �rez� Braddoc en voz alta.</p><p>El enano dio un salto hacia adelante, olvid�ndose del dolor que lo oprim�a, pero una mano lo sujet� desde atr�s. Intent� girar sobre s� mismo, pero la mano era demasiado fuerte. Se estir� hacia adelante al mismo tiempo que los dedos de Flinn tocaban el �rbol plateado.</p><p>La luz desapareci�, dejando el claro en una tenue penumbra. Las ramas del �rbol se rompieron entre crujidos y las hojas, marchitas, cayeron al suelo y quedaron esparcidas por la hierba, que adquir�a tonos amarillentos. Un viento silencioso se levant� por detr�s de Braddoc, y �ste se dijo que, de no ser por la misteriosa mano que lo sujetaba por el hombro, lo habr�a impulsado dentro del claro.</p><p>El viento levant� el polvo de los restos del cuerpo de Flinn, y lo esparci� entre los rastrojos de ramas y hojas.</p><p>Una bola de fuego destruy� lo que quedaba del descampado.</p><p>Braddoc se cubri� los ojos con los brazos, acord�ndose de la esfera de fuego de la caverna de Rupestre. La ardiente bola se fue consumiendo poco a poco hasta quedar reducida al tama�o del pu�o del enano y se situ� a la altura de su pecho.</p><p>Braddoc contempl� asombrado c�mo, de entre las tinieblas, surg�a la silueta de un �rbol, que engull� en su tronco la bola de fuego.</p><p>El �rbol continu� creciendo, y el fuego se propag� por todas las ramas como si tuviese venas ardientes. Al cabo de unos segundos, el perfil de Flinn se dibuj� en el �rbol.</p><p>��Flinn! �grit� Braddoc, luchando con furia contra la mano que lo sujetaba. Intent� volverse hacia la mano misteriosa, pero no pudo�. �Flinn�!</p><p>Flinn sali� del �rbol, y su cuerpo recobr� su forma y color normal.</p><p>Braddoc advirti� que los ojos del Inmortal resplandec�an de vida, y que a�n conservaban el fuego de los enanos. La figura de Flinn hab�a aumentado en belleza y fuerza; la plata del �rbol de los elfos circulaba visiblemente por sus venas.</p><p>La mano solt� a Braddoc finalmente, y �ste intent� girarse.</p><p>�Me env�a Kagyar �le susurr� suavemente una voz de mujer, antes de que pudiera moverse�. Todav�a se acuerda de ti.</p><p>El enano no se volvi�, sabiendo que la mensajera del Inmortal ya habr�a desaparecido. Se precipit� hacia el lugar donde se encontraba Flinn.</p><p>El Inmortal ten�a la cabeza agachada, y las l�grimas flu�an de los ojos.</p><p>�Ahora recuerdo mucho m�s, Braddoc �murmur� el Inmortal entre sollozos�. Recuerdo haber vivido, recuerdo la vida, recuerdo el amor�</p></section><section><title><p>13</p></title><p>Jo estaba hambrienta. No hab�a probado bocado en los �ltimos dos d�as. La ansiedad y rabia que le hab�a provocado la traici�n de los lanceros la hab�a dejado sin apetito, pero ahora se mor�a de hambre.</p><p>Apoyando a <emphasis>Paz</emphasis> en su hombro izquierdo, se frot� los ojos con la mano derecha. Las heridas se le hab�an transformado en postillas a gran velocidad. Al presionarlas con los dedos, se dio cuenta de que le dol�an como si de cortes normales se tratase. Hab�a pensado que, puesto que parec�an estar bajo la influencia de una magia especial, no le molestar�an tanto.</p><p>El cielo continuaba cubierto, sin permitir el paso de la luz del sol.</p><p>Jo estaba en la cima de un cerro que no se diferenciaba mucho de todos los que la rodeaban. Hab�a perdido el sentido de la orientaci�n ya que no pod�a percibir la luz del sol poniente al oeste ni la del sol naciente al este. No ten�a el im�n y la cuerda que guardaba con la carga del caballo, desaparecido en el campo de batalla. Por un momento, pens� que podr�a usar las piedras de abelaat para orientarse, pero descart� esa posibilidad.</p><p>Intentaba localizar en la distancia el chorro de luz que desprend�a el abat�n, pero en su agotamiento s�lo ve�a valles y colinas. Intent� recordar las lecciones de geograf�a que hab�a aprendido de la mano de un cart�grafo de Specularum. Hacia el norte hab�a una cordillera de monta�as. Se dio cuenta con frustraci�n de que pod�a hallarse en cualquier punto al sur de las monta�as de Picos Negros.</p><p>��Qu� es lo que har�as t� en mi lugar, Flinn?�, se pregunt�, recordando los momentos compartidos con �l y el modo en que siempre emprend�a acciones decisivas.</p><p>Jo se volvi� y forz� la vista hasta que le dolieron los ojos, intentando localizar alg�n bosque o arboleda. S�lo ve�a algunos grupos de �rboles aislados. Seg�n el ge�grafo, las arboledas se encontraban al este de los bosques de Radlebb. Jo se sinti� de repente esperanzada al divisar algo que se parec�a a las monta�as de Picos Negros. Ten�a la sensaci�n de que se encontraba al sudeste de Armstead o, lo que era lo mismo, del abat�n, del que depend�a la salvaci�n de Mystara. Penhaligon se encontraba a sus espaldas.</p><p>��Qu� prefer�s, Johauna Menhir �se dijo, apoyando la espada sobre un hombro�, ser h�roe o caballero?</p><p>En su memoria se dibujaron las im�genes de la Sala de los H�roes, as� como de la c�mara del consejo de Penhaligon y de la rehabilitaci�n de Flinn. Se record� que a�n no se hab�a ganado la gloria, tal como Flinn, sino que todo se lo hab�an proporcionado.</p><p>Tambi�n sab�a que hab�a sido elegida por fuerzas sobrenaturales que a�n no acertaba a comprender. Tras unos momentos de meditaci�n, Jo lanz� un suspiro y dio la espalda a las monta�as. Su mayor ambici�n era la de convertirse en caballero, y esta ambici�n era lo que la hab�a tra�do a aquel lugar en aquel momento. Las fuerzas que hab�an forjado de nuevo a <emphasis>Vencedrag</emphasis> y a su alma tambi�n dirig�an sus pasos. Decidi� que el t�tulo de caballero y el reconocimiento como h�roe no eran simples t�tulos que ella se limitar�a a aceptar. Tendr�a que luchar para merecerlos.</p><p>Se detuvo para olisquear el aire. El olor familiar a especias picantes apareci� de repente en la brisa de la colina. Se puso r�gida con un gesto de rabia y agudiz� el o�do para percibir alg�n ruido proveniente de los abelaat. S�lo pudo o�r el ruido del viento, y no pudo averiguar de d�nde proced�a aquel olor.</p><p>Sin embargo, momentos despu�s, mientras permanec�a agachada en la cima de una colina, a sus o�dos llegaron unos sonidos inesperados. Voces humanas que, llevadas por el viento, sub�an y bajaban en intensidad. El sentimiento de soledad de Jo se hizo m�s intenso que el que hab�a experimentado en los pantanos.</p><p>Empu�� a <emphasis>Paz</emphasis> con ambas manos y, manteni�ndose firme contra el costado derecho, corri� colina abajo. Se detuvo al darse cuenta de que los chillidos proven�an de su izquierda. Con gesto de determinaci�n, corri� en aquella direcci�n hasta llegar a la cima de otra colina. Las voces se escuchaban cada vez con m�s intensidad.</p><p>Jo se precipit� colina abajo sintiendo c�mo le faltaba el aire para abastecer de ox�geno su apurado coraz�n. A juzgar por los gritos, hab�a gente que estaba en apuros, y su deber era protegerlos de los abelaat. Al recordar lo que le hab�a dicho la guardiana Grainger sobre los h�bitos alimenticios de los abelaat, sinti� que el hombro le lat�a al ritmo del coraz�n.</p><p>Tras escalar tres colinas m�s, trep� hasta la cima de la �ltima pendiente, detr�s de la cual se extend�a una llanura. Los ojos se le llenaron de espanto al comprobar de d�nde proced�an aquellos gritos que el ca�tico viento transportaba en todas direcciones. Los habitantes de la aldea estaban api�ados en un corral, muchos de ellos de pie e inm�viles, con los rostros cubiertos de holl�n. El llanto de terror de los peque�os no recib�a el consuelo de sus padres, quienes estaban demasiado conmocionados para consolarlos.</p><p>Una aldea devastada de la misma forma que Armstead se extend�a hasta la mitad de la llanura. Las fuerzas del mal hab�an convertido todos los hogares y edificios en cenizas y carbones negros.</p><p>La pena y la indignaci�n hicieron hervir la sangre de Jo.</p><p>Los abelaat se manten�an en formaciones silenciosas, rodeando la ciudad. Sus negruzcos halos segu�an absorbiendo la macilenta luz que se filtraba por entre las nubes, y su olor a picante era cada vez m�s intenso. Hab�a m�s abelaat all� que en la batalla en que hab�an arrasado a las fuerzas de Penhaligon; el otro regimiento era, probablemente, tan s�lo una avanzadilla.</p><p>Los abelaat se desplazaban en formaciones de a cuatro. Cinco de estos grupos se encargaban de la vigilancia del corral. Jo vio c�mo se llevaban a algunas de aquellas gentes a la ciudad. Forz� la vista para adivinar qu� era lo que hac�an con ellos, pero los restos de un edificio se los ocultaban.</p><p>Un aullido que proven�a de las ruinas de la aldea la impuls� colina abajo.</p><p>Al llegar a la mitad de la colina se detuvo. Los abelaat hab�an unido varias unidades peque�as formando otra m�s numerosa que avanzaba hacia ella. Al detenerse completamente, los abelaat la imitaron. La unidad parec�a perder su organizaci�n, como si estuviesen aturdidos. Entonces record� las dificultades que ten�an para localizarla en el campo de batalla. Se mantuvo inm�vil unos instantes ante el azote del viento.</p><p>Volvi� a subir la colina lentamente, con los m�sculos del cuello tensos por la furia. No sab�a si ser�a capaz de aguantar la fuerza de una unidad completa a pesar de tener a <emphasis>Paz</emphasis> y contar con el encubrimiento que le proporcionaba la sangre de abelaat que corr�a por sus venas. Al alejarse ella hacia la colina, la formaci�n deshizo sus filas.</p><p>Jo rode� la aldea, buscando la manera de entrar, o tal vez alguna debilidad de las l�neas abelaat. El terreno estaba salpicado de colinas cubiertas de arbustos, y le llev� varios minutos llegar al otro lado del poblado. All� se encontr� con una larga avenida cuyos edificios se manten�an en pie, aunque con da�os de consideraci�n.</p><p>Decidi� internarse en el pueblo por aquella avenida, con la esperanza de poder esconderse entre los edificios. Se desliz� con cautela por la ladera de la colina, atenta a los delatores cambios de direcci�n del viento.</p><p>Al alcanzar el pueblo se dirigi� hacia la calle escogida. Le llegaron m�s chillidos de las gentes, y tuvo que nacer esfuerzos por contener la rabia que se iba apoderando de ella.</p><p>Las cenizas del viento le llenaron los pulmones, y tosi� con suavidad tap�ndose la boca con la mano izquierda, mientras manten�a a <emphasis>Paz</emphasis> a punto en su derecha. Todav�a no hab�a podido determinar si los abelaat ten�an sentido del o�do o se guiaban por el olfato, pero no quer�a arriesgarse a que la descubriesen. Las l�grimas le anegaban los ojos, m�s copiosas a�n que en Armstead, y abr�an surcos en la ceniza de sus mejillas. Aquel olor apenas la dejaba respirar.</p><p>Un abelaat husmeaba el aire cerca de ella, y el viento le llev� su hedor. Se qued� inm�vil y azuz� el o�do. Aparentemente, hab�a un peque�o regimiento de abelaat al otro lado del edificio derruido en el que se encontraba. Jo advirti� que el viento hac�a ondear su tabardo y su pelirroja melena y, sin atreverse a girar, comprendi� que no hab�a sido muy inteligente por su parte la decisi�n de entrar en la ciudad.</p><p>Los edificios de la avenida, aunque le imped�an ver el corral, la escond�an de los abelaat. Los ruidos que �stos emit�an al olisquear se hicieron m�s perceptibles; las criaturas rodeaban el edificio. Jo retrocedi� muy despacio, escuchando el tintineo de la malla de elfo y los latidos de su propio coraz�n.</p><p>La avenida se inund� de sombras vivientes. Sus oscuros halos imped�an distinguir sus rasgos, pero Jo imagin� que pod�a ver sus enormes ojos y los venenosos colmillos de su boca. Terribles espadas surg�an como prolongaci�n de sus brazos. El miedo le hizo perder la noci�n del tiempo y continu� con su retirada, mientras las criaturas avanzaban.</p><p>Su espalda choc� contra una pared, lo que le hizo darse cuenta de que no hab�a tomado la precauci�n de retroceder por el centro de la avenida. Los abelaat estaban confusos con su presencia y no pod�an localizarla, pero sab�an con certeza que hab�a un intruso. Jo apret� los dientes para no gritar ante el fat�dico avance de las criaturas, que la rodeaban contra el muro.</p><p>�No te muevas �le susurr� una voz masculina desde detr�s.</p><p>Jo desvi� la mirada de los abelaat y escudri�� en el interior del edificio. Distingui� una habitaci�n en una de cuyas esquinas se amontonaban las tablas del techo. Al principio no vio nada m�s en la habitaci�n, pero tras un momento not� como se agitaba el aire en su interior, como si un fuego hiciese ondear el ambiente. Mirando hacia los abelaat, Jo cruz� el umbral con cautela.</p><p>Pis� algo blando y oy� a alguien maldecir. El aire brill� intensamente y se le apareci� la imagen de un hombre de negro, que un instante despu�s se desvaneci�. Jo retrocedi� de un salto, sorprendida.</p><p>El aire volvi� a temblar y en lugar de las tablas amontonadas vio un grupo de personas que se api�aban alrededor de un extra�o personaje vestido de violeta. Estaban curando heridos.</p><p>��Lo has estropeado! �exclam� el hombre vestido de oscuro, con una voz atenazada por el p�nico. El encantamiento que los ocultaba reapareci� tras pronunciar su �ltima palabra.</p><p>Los abelaat echaron la pared abajo y redujeron a polvo y astillas la poca madera que quedaba en el edificio. <emphasis>Paz</emphasis> describi� un c�rculo y cort� en dos al primer abelaat, y un momento despu�s par� con su empu�adura la espada de una segunda criatura. Jo se agach� y rod� hacia la calle para conseguir m�s espacio en el que defenderse y mantener en secreto la presencia de aquel grupo. Ya tendr�a tiempo de preguntarles qu� hac�an en la ciudad.</p><p>Los abelaat se volvieron, blandiendo sus armas, y avanzaron hacia ella con paso firme y decidido, pero ten�an dificultades para saber su posici�n debido a su sangre infectada. La furia de Jo hac�a temblar las manos que sujetaban con firmeza la espada de plata rojiza. Comenz� a retroceder, atenta a la aparici�n de m�s criaturas.</p><p>Su pie izquierdo se encontr� con un trozo de madera que la hizo tropezar. Al caer, los abelaat se precipitaron sobre ella y la embistieron con las espadas de sus brazos. Jo a duras penas consigui� detenerlas con <emphasis>Paz,</emphasis> pero la fuerza de las criaturas era tan asombrosa que empuj� a <emphasis>Paz</emphasis> contra su pecho. Las criaturas volvieron a levantar sus armas para asestar un nuevo golpe.</p><p>En su desesperaci�n, Jo logr� incorporarse hasta quedar sentada e hizo describir un c�rculo a su espada. Como si de aire se tratase, <emphasis>Paz</emphasis> cort� en dos a las criaturas, que se disolvieron en un polvillo negro sobre el oscuro suelo.</p><p>El opresivo olor a p�nico y muerte le llen� los ojos de l�grimas.</p><p>Notaba c�mo la debilitaba el hedor de aquellas criaturas, y sinti� un vac�o en el alma. Se sec� los ojos con el dorso de la mano y se propuso dejar de llorar, aunque en vano. Al mirar atr�s, hacia el edificio, advirti� que el grupo manten�a el encantamiento que los hac�a pasar inadvertidos. Jo les hizo se�as para que la acompa�asen a salir de la ciudad, si bien, dado el estado f�sico y an�mico de aquellas personas, supon�a que preferir�an quedarse ocultos bajo su hechizo.</p><p>Tambale�ndose, se levant� casi sin fuerzas ya para sujetar la empu�adura de su espada. La punta de <emphasis>Paz</emphasis> fue dejando un diminuto rastro en la ceniza mezclada con tierra mientras se alejaba de aquel lugar.</p><p>Al llegar al otro lado de las colinas, su total extenuaci�n f�sica le hizo perder el conocimiento.</p></section><section><title><p>14</p></title><p>��Est� muerta o dormida? �murmur� una voz masculina que se hallaba a unos metros dejo. A pesar de que acababa de recuperar el conocimiento, mantuvo los ojos cerrados y la respiraci�n a un ritmo lento para que los que se encontraban cerca de ella no supieran que estaba escuchando lo que dec�an.</p><p>�Quitadle la espada �contest� otro hombre. Dedujo que el segundo hombre se hallaba a su derecha, a unos metros del primero.</p><p>Jo oy� el roce de unas botas en la hierba acompa�ado del ruido met�lico de una armadura a su izquierda. Se dio cuenta, aterrada, de que la hab�an rodeado.</p><p>�Decidle que se levante.</p><p>Era una voz de mujer que le resultaba familiar. Ten�a dificultades para mantener aquel ritmo respiratorio. Se oy� una tercera voz de hombre.</p><p>��Qu� quieres decir?</p><p>�No est� ni muerta ni dormida �respondi� la mujer. Jo sinti� c�mo las botas se le aproximaban con un ligero temblor de tierra. El sonido de la armadura tambi�n le era familiar, parecido al que emit�a la suya propia.</p><p>�Lev�ntate, est�pida muchacha �dijo una cuarta voz, sin que pudiese identificarla como de hombre o de mujer. La voz era suave y clara y estaba fuera del alcance de su espada.</p><p>�S� �a�adi� la mujer�, lev�ntate para que�</p><p>Jo se aferr� a la empu�adura y rod� sobre s� misma. Comprob� que estaba rodeada por cuatro hombres; la mujer estaba detr�s de ella, fuera del alcance de su vista. Su movimiento la hab�a llevado justo fuera del c�rculo, a la distancia precisa para colocar la punta de <emphasis>Paz</emphasis> en la garganta de uno de los hombres.</p><p>��Si alguien se mueve, �ste muere! �sise�.</p><p>�Johauna Menhir, supongo �dijo la mujer, sin esperar respuesta.</p><p>Jo no apart� sus ojos del grupo. El nombre al que reten�a era alto y delgado y llevaba ropas negras al estilo de Darokin, amplias y ligeras.</p><p>Su hermoso rostro luc�a una barba y un bigote bien cuidados. Dos de los otros hombres parec�an guardabosques, con pantalones verdes y marrones, y de sus capas colgaban sendas capuchas.</p><p>Jo vio que el tercer hombre era, con toda seguridad, un hechicero, el mismo que hab�a mantenido el embrujo en la aldea. Sus vestidos eran de un entramado de p�rpura y rojo, entrecosidos con un hilo dorado que centelleaba incluso con la gris�cea luz del d�a. La t�nica que lo cubr�a no dejaba ver el rostro ni las manos. Se manten�a totalmente inm�vil, al contrario que sus compa�eros, que se balanceaban sobre los pies aferrando con fuerza sus armas.</p><p>�Escudero Menhir, tal vez si me miras podr�s reconocerme �a�adi� la mujer.</p><p>Jo no se fiaba.</p><p>�Har� lo que me ped�s cuando estos dos arrojen sus arcos al suelo �amenaz�, gesticulando hacia los guardabosques�, y cuando el de los ropajes se d� la vuelta.</p><p>Jo vio c�mo los guardabosques se miraban entre s� y luego se volv�an hacia la mujer, que segu�a detr�s de ella. Supuso que �sta les habr�a hecho alg�n gesto afirmativo, porque en sus rostros se form� un gesto de enfado y resignaci�n. Dejaron caer sus armas y se cruzaron de brazos.</p><p>El mago no se volvi�.</p><p>�T� tambi�n �dijo Jo.</p><p>�Por favor, haz lo que te dice �implor� la mujer. El mago se qued� quieto unos instantes; despu�s asinti� y se volvi�. Ahora cumple con lo prometido �le dijo a Jo.</p><p>Sin apartar la punta de <emphasis>Paz</emphasis> de la garganta de su cautivo, la joven lo oblig� a volverse.</p><p>��No coj�is las armas! �amenaz�. �No consentir� que nadie detenga mi misi�n, y si me oblig�is le cortar� el cuello a este nombre, sin contemplaciones!</p><p>Jo escrut� el rostro de la mujer sin poder reconocerla. Era una guerrera de los elfos de melena larga y dorada y ojos violeta. La muchacha retrocedi� sorprendida, arrastrando consigo al prisionero.</p><p>Los elfos eran una raza de criaturas extraordinarias que no se sol�an ver fuera de los dominios de Alfheim.</p><p>La mujer abri� los brazos en un gesto amistoso. Su hermoso rostro reflejaba sinceridad.</p><p>��No me reconoces, Johauna? �inquiri�.</p><p>��Reconocerte? �D�nde nos�?</p><p>Johauna la record� de repente. Era la mujer que hab�a visto en Bywater cuando conoci� a Flinn y que hab�a asistido a la ceremonia del nombramiento de escuderos en el Castillo de los Tres Soles.</p><p>�Eres t� �murmur�, dejando caer la punta de su espada. La mujer avanz� con una sonrisa en los labios, pero Jo, desconfiada, alz� de nuevo su arma.</p><p>��Qu� haces aqu�? �Por qu� me hab�is seguido?</p><p>El hombre de Darokin dio una violenta sacudida hacia atr�s, y su cabeza golpe� la nariz de Jo. La joven se tambale�, sintiendo c�mo la sangre le inundaba el rostro. Dio unos pasos atr�s y, haciendo describir un arco a <emphasis>Paz,</emphasis> golpe� al hombre en un costado de la cabeza con la parte plana de la espada. No hab�a acabado de hacer preguntas, y no quer�a matar a nadie de aquel grupo hasta haber obtenido todas las respuestas.</p><p>En el rostro del hombre de negro se dibuj� una expresi�n de sorpresa antes de desplomarse sobre la hierba. Jo sab�a que los guardabosques intentar�an recuperar de nuevo sus armas, as� que avanz� y puso un pie en el pecho del hombre inconsciente.</p><p>��Por qu� me segu�s? �interrog� a la guerrera elfa, colocando de nuevo la punta de su espada en la garganta del hombre ca�do�. �Por qu�? �Por qu�?</p><p>De repente sinti� n�useas. No se hab�a sentido tan exhausta desde su incursi�n en las monta�as de Picos Negros, cuando casi falleci� v�ctima del fr�o y de la ferocidad del perro salvaje. Clav� la palma de la mano en la malla de la empu�adura para que el dolor la despejase un momento y le permitiera seguir de pie.</p><p>La guerrera elfa avanz�, tendi�ndole los brazos en lo que parec�a un gesto de ayuda, pero Jo no estaba dispuesta a dejar que la debilidad le impidiese defenderse. Se mordi� el labio y tens� los m�sculos de los brazos.</p><p>�Matadla y acabemos de una vez �dijo el mago desde las profundidades de sus vestiduras. Jo ten�a la impresi�n de que no era humano, aunque su acento no se parec�a al de ninguna raza que ella conociera.</p><p>��No! Nuestra misi�n est� clara, y necesitamos su ayuda �dijo la guerrera elfa sin volverse hacia el mago.</p><p>�Apenas puede mantenerse en pie �dijo uno de los guardabosques en un claro acento de Achelos. Su origen le indic� a Jo que el hombre ser�a diestro con la espada larga, el arco y tal vez la honda�. No tenemos tiempo para hacer que se recupere.</p><p>�Y yo os digo que todos sab�is cu�les ser�n las consecuencias de tal acci�n �replic� la guerrera elfa�. Si ella no vive, Mystara ser� destruido.</p><p>�No hay nada escrito en las piedras �respondi� el mago.</p><p>�No, pero est� escrito en las estrellas �contest� la elfa, y se volvi� hacia la joven�. Johauna, en nombre de Diulanna, conf�a en nosotros.</p><p>Somos tus amigos.</p><p>��Diulanna? �murmur� Jo cansinamente�. Diulanna necesita h�roes. Tenemos que volver y salvar la aldea. �Levant� la punta de su espada del cuello del hombre de Darokin y se tambale� hacia atr�s.</p><p>Uno de los guardabosques le hizo una se�a de desaprobaci�n.</p><p>�Apenas puedes mantenerte en pie, muchacha. Debes quedarte con nosotros.</p><p>�No tienes m�s remedio �a�adi� su compa�ero, sent�ndose en la hierba con las piernas cruzadas.</p><p>En el suelo, el hombre de negro gimi� y se llev� una mano a la cabeza. Cuando se dio cuenta de su magulladura gimi� con m�s fuerza.</p><p>��Ah! �Qu� me has hecho�?</p><p>La guerrera elfa se arrodill� junto al hombre y le asi� la cabeza entre las manos.</p><p>�No te muevas, Malken. Johauna va a ayudarnos.</p><p>��Ayudarnos! �murmur� Malken, apoyando los codos en el suelo para incorporarse�. �M�rala! �Apenas se tiene en pie!</p><p>��Mira qui�n fue a hablar! �ri� uno de los guardabosques, al que se uni� su compa�ero.</p><p>��No empec�is vosotros dos! �gru�� Malken, apunt�ndolos con un dedo.</p><p>�Puedo mantenerme en pie �dijo Jo, alzando a <emphasis>Paz</emphasis> con mano temblorosa�. Y me asegurar� de que vos no os levant�is, si no�</p><p>El olor a comida y vino despert� a Jo alg�n tiempo despu�s. Los guardabosques hab�an puesto un puchero al fuego despu�s de haber cazado una liebre. Se sent�a como si se hubiese bebido los posos del peor vino de Specularum.</p><p>��Te encuentras mejor? �le pregunt� uno de los guardabosques.</p><p>Jo asinti� lentamente, recordando haberse bebido, de hecho, los posos del peor vino de Specularum en una ocasi�n.</p><p>�Te sentir�s mejor al meterte algo en el est�mago �dijo el hombre�. Por cierto, me llamo Bolten.</p><p>�Johauna.</p><p>�Lo sabemos. T� eres una de las razones por las que estamos aqu�.</p><p>Jo palp� el suelo a su alrededor. <emphasis>Paz</emphasis> no estaba.</p><p>Haciendo un enorme esfuerzo para moverse, consigui� ponerse en pie, vacilante. Gru�� enfadada.</p><p>��D�nde est� mi espada? �dijo entre dientes. Aclar�ndose la garganta, repiti� la pregunta�: �D�nde est� mi espada?</p><p>Bolten hizo una se�a, y Jo se gir�. En el otro lado del campamento, el hechicero estaba sentado con <emphasis>Paz</emphasis> descansando en su regazo. Segu�a sin mostrar el rostro ni las manos. La joven avanz� lentamente hacia �l.</p><p>�Devu�lveme a <emphasis>Paz</emphasis> �orden�, extendiendo el brazo derecho.</p><p>�No he acabado con ella �sise� el hechicero desde el interior de sus vestiduras.</p><p>��Qu� est�s haciendo?</p><p>La capucha del vestido se alz� unos cent�metros.</p><p>�Estudi�ndola.</p><p>Jo dio un paso adelante. Se hab�a ganado a <emphasis>Paz</emphasis> volviendo a forjar su alma, y no consentir�a que se la arrebatasen.</p><p>�No hay nada que estudiar. La espada es m�a.</p><p>El mago permanec�a sentado en silencio, y Jo se pregunt� si preparaba alguno de sus trucos. Sab�a que estaba demasiado cansada y debilitada como para iniciar un ataque efectivo, y tampoco podr�a esquivar un proyectil. No le importaba.</p><p>�Est�s en lo cierto, Johauna Menhir �contest� el hechicero�. La espada es tuya.</p><p>Jo recuper� la espada e intent� vislumbrar las facciones del mago, pero �stas se manten�an ocultas tras las sombras de su capucha. Ol�a a los mismos aceites que hab�a percibido en una caravana de los des�rticos emiratos de Ylaruam que deambulaba por las calles de Specularum.</p><p>�Ya lo sab�amos �dijo la guerrera elfa a sus espaldas. Jo inhal� otra vez los aceitosos perfumes del mago para aclararse la cabeza y se volvi� hacia la elfa, que segu�a con la armadura puesta�. Sabemos que <emphasis>Paz</emphasis> fue forjada de tu alma.</p><p>��C�mo? �pregunt� Jo, sin permitir que su voz trasluciera enfado o desconfianza.</p><p>La guerrera avanz� hacia ella y le toc� su larga cabellera.</p><p>�Te pareces mucho a Diulanna �susurr�.</p><p>�Eso me han dicho �replic�, apart�ndose.</p><p>La guerrera elfa no dijo nada y, con una se�a, la invit� a que se acercase al fuego junto a Bolten. El otro habitante del bosque hab�a regresado y remov�a el puchero, del que se desprend�a un agradable aroma a verdura y estofado.</p><p>Jo asinti� y se alej� del extra�o hechicero, quien continu� sentado fuera del campamento. Encontr� un confortable espacio en la hierba y, sent�ndose sobre las piernas, dej� a <emphasis>Paz</emphasis> en el suelo al alcance de la mano.</p><p>��ste es mi hermano, Firamen �indic� Bolten, se�alando hacia su hermano. Firamen esboz� una educada sonrisa y continu� revolviendo el cocido.</p><p>�Yo soy Malken d�Auberon �anunci� pomposamente el hombre de negro, que se acercaba al promontorio. Llevaba un trozo de madera con cientos de marcas de cuchillos en el centro. Hizo un amago de inclinaci�n, pero se llev� la mano a la herida vendada de su cabeza�. Perd�name �a�adi�, disculp�ndose�. Parece que hoy no es mi d�a.</p><p>�Mi nombre es� Tesseria �se present� la elfa. Jo dedujo ante el titubeo de sus palabras que aqu�l no era su verdadero nombre. La guerrera se�al� hacia el inm�vil mago.</p><p>��se es Hastur �le dijo.</p><p>�Tenemos que comer a toda prisa �los apremi� Bolten, aderezando la comida con un pu�ado de especias�. Ah, y gracias por rescatarnos.</p><p>Antes de que Jo pudiese responder, Malken mir� en el interior del puchero, arqueando una de sus cejas.</p><p>�Esto no ser� <emphasis>ratart,</emphasis> �no? �pregunt� con una mueca.</p><p>�En efecto.</p><p>��Qu� asco!</p><p>�D�Auberon �repuso Firamen sin levantar la vista del estofado�, no sabr�as que es asqueroso si saltara de aqu� dentro y te mordiese.</p><p>�Todo lo contrario. Una vez, en una de mis aventuras en Ylaruam, com� algo asqueroso que me mordi�. Mira �se levant� la camisa para mostrar su cadera�, te ense�ar� la cicatriz.</p><p>�Haced el favor de dejar las disputas �los rega�� Tesseria con severidad�. Tenemos un invitado.</p><p>Los tres hombres apretaron los labios avergonzados y se disculparon entre murmullos. Los guardabosques continuaron cocinando, y el de Darokin fue a sentarse junto a Jo. Sin volverse, la joven advirti� que ten�a la mirada clavada en ella.</p><p>�Qu� ojos verdes m�s hermosos �oy� que murmuraba.</p><p>�No tenemos mucho tiempo para hablar, Johauna �dijo con firmeza Tesseria.</p><p>�Al acabar esta comida debemos rescatar de las manos de los abelaat a la gente de la aldea �declar� Jo.</p><p>��Qu�? �exclam� Malken.</p><p>Jo le respondi� sin volverse:</p><p>�Esas criaturas se llaman abelaat.</p><p>�Creo que no est�s en lo cierto, se�orita �objet� Firamen�. Vimos un abelaat en una ocasi�n, y no se parec�a a esas criaturas.</p><p>�Lo que visteis no era un aut�ntico abelaat �comenz� Jo, sin saber si era conveniente contar la historia�. Ver�is, el abat�n�</p><p>��El� qu�? �pregunt� Malken. Sonre�a abstra�do, mir�ndola con una expresi�n peculiar. Jo frunci� el entrecejo.</p><p>�El abat�n, la puerta que se ha abierto entre los dos mundos�</p><p>�No necesitan saber eso, Johauna Menhir �la interrumpi� el hechicero�. Como quer�an vuestro se�or Graybow y la baronesa de Penhaligon, se ha extendido la orden de la gran convocatoria de fuerzas, y muchos son los que intentan detener a los invasores.</p><p>�Somos uno de esos grupos �afirm� Tesseria, se�alando al resto de sus compa�eros�. Llevamos alg�n tiempo juntos.</p><p>�Y disponemos de una gran experiencia �agreg� Bolten.</p><p>�Adem�s de la magia �a�adi� Firamen.</p><p>Jo suspir� profundamente y se frot� la frente. Por un momento hab�a pensado que aquel grupo ser�a capaz de combatir a los abelaat y rescatar a la gente de la ciudad. Hab�a pensado que tal vez podr�an acompa�arla hasta el abat�n. Pero confiaban en la magia, y eso ser�a demasiado peligroso cerca del abat�n.</p><p>�Los abelaat se alimentan de la magia �murmur�; de la magia y de la sangre.</p><p>�La magia es la sangre �interpuso Hastur con voz sorda�. S� lo que os preocupa, Johauna Menhir. Y tengo los medios para hacerle frente.</p><p>��C�mo? �inquiri� Jo, esc�ptica.</p><p>Tesseria alz� una mano, pidiendo silencio.</p><p>�El modo poco importa, Johauna.</p><p>�Entonces, �cu�l es vuestro plan?</p><p>�Nuestro plan, Jo �dijo Malken, aproxim�ndose�, consiste en esperar a que los� abelaat, como los llamas, dejen sin vigilancia la ciudad.</p><p>Jo dirigi� una airada mirada al hombre de Darokin.</p><p>��Por qu� motivo har�an tal cosa?</p><p>�Porque les proporcionaremos otro objetivo �explic� Bolten, a�adiendo una pizca de otra especia al estofado.</p><p>�Lo �nico que buscan es gente �afirm� Jo.</p><p>�Cierto �asinti� Malken�. Su pr�ximo objetivo es un pueblo cercano.</p><p>��Quer�is usar otra aldea como cebo para salvar �sta? �exclam� Jo, levant�ndose. Tesseria la agarr� por su tabardo y la forz� a sentarse.</p><p>�No tem�is por la seguridad de la villa, Johauna �la tranquiliz�. Nos hemos asegurado de que s�lo se quedar�n los suficientes habitantes como para atraer a los abelaat.</p><p>�Y, adem�s, les hemos proporcionado caballos a todos �a�adi� Firamen.</p><p>Asintiendo para s�, Jo analiz� la viabilidad del plan. No parec�a malo, pero no estaba totalmente convencida de que los abelaat dejar�an sin defensa la ciudad.</p><p>��Y qu� pens�is hacer con los abelaat que queden como guardianes? �inquiri�.</p><p>��Es una suerte que est�s con nosotros! �repuso Malken, d�ndole unas palmaditas en el brazo�. Tienes lo que necesitamos para�</p><p>�Hace un rato dec�as que apenas se sosten�a en pie �murmur� Bolten.</p><p>Malken alz� su ceja en una mirada desde�osa.</p><p>�Eso fue hace rato.</p><p>��Muy bien! �Lo entiendo! �grit� Jo, sin poder soportar por m�s tiempo las constantes guasas. Record� a los soldados que hab�an sido asesinados luchando contra los abelaat en el campo de batalla, y pens� que tal vez un reducido grupo de �lite tendr�a �xito donde ellos hab�an fracasado. Sin embargo, aquella perspectiva no la animaba�. Os creo �susurr�, agarr�ndose la cabeza con ambas manos�. �Podemos comer de una vez por todas?</p><p>�Estamos situados hacia el norte. �sta es nuestra posici�n �dijo Bolten, se�alando en un mapa un punto cercano a una cordillera monta�osa, no lejos de un enorme bosque. Indic� un castillo al sudoeste�. Esto es Penhaligon.</p><p>�Entonces esto debe de ser Armstead �dedujo Jo, examinando el desgastado mapa. El pergamino estaba roto por los bordes, aunque el resto estaba en buenas condiciones. Dadas las manchas de humedad y las condiciones lamentables en que se encontraba el mapa, era de suponer que hab�a seguido a su propietario en sus numerosas aventuras.</p><p>Bolten asinti�, rasc�ndose la nariz. Un escalofr�o le recorri� el cuerpo bajo su capa.</p><p>�En efecto. Y es donde se encuentra el �abet�n� ese.</p><p>�Abat�n �corrigi� Jo�. Es el sitio hacia donde debo dirigirme despu�s de rescatar a esta gente.</p><p>El guardabosques baj� la vista y guard� silencio unos momentos.</p><p>��Por qu� no nos acompa�as? �dijo al cabo�. Es decir, cuando hayas acabado tu misi�n. Siempre estamos a la caza de� talentos.</p><p>�No os servir�a de mucho �respondi� Jo, sinti�ndose tan adulada que apenas pudo a�adir�: Soy s�lo una escudero, ni siquiera llego al rango de caballero.</p><p>Bolten se encogi� de hombros.</p><p>�Tampoco yo lo soy, ni Firamen. Malken es un idiota�</p><p>�No lo critiques�</p><p>�� pero un idiota con talento �concluy� el guardabosques. Luego hizo un gesto hacia el mago�. Hastur es otra cosa, y, bueno, Tesseria� es Tesseria. �Bolten mir� hacia atr�s para asegurarse de que el resto de sus compa�eros de campamento no o�an lo que dec�a y agreg�: Estar�a bien tener un compa�ero que d� conversaci�n para variar.</p><p>Jo sonri� y se apart� de �l. Hab�a conocido a demasiados aventureros cuando viv�a en Specularum, y, como la mayor�a de sus habitantes, ten�a el deseo de ser lo suficientemente valiente y atrevida para explorar los peligros del gran mundo. Pero por ahora ten�a que completar su propia b�squeda.</p><p>�Lo lamento, Bolten. Tu oferta es tentadora, pero tengo una misi�n�</p><p>�Como ya sabemos �la interrumpi� Tesseria, deslizando una mochila de seda de los elfos por debajo de su t�nica�. Te dije que no la confundieses, Bolten.</p><p>El guardabosques dedic� a Tesseria una mirada de desd�n.</p><p>�No dije que tuviese que ser <emphasis>ahora,</emphasis> �no es cierto? Adem�s, ese� mago no siempre acierta al hacer predicciones �concluy� Bolten.</p><p>�Bolten, �no sabes que Hastur puede o�r todo lo que dices? �dijo Tesseria secamente.</p><p>��Que me oiga! ��l dice lo que piensa, y yo har�!</p><p>�Lo que �l te diga �interrumpi� Malken.</p><p>��Quer�is dejar de discutir! �grit� Jo. Respirando agitada, mir� fijamente a los ojos de cada miembro de la expedici�n. Bolten y Firamen apartaron la vista, arrepentidos; Malken sonri� avergonzado y Tesseria agach� la cabeza en gesto de respeto.</p><p>��Ten�is algo m�s que decir? �exigi� Jo�. �Bien!</p><p>Tesseria suspir� intensamente y, alzando la cabeza, clav� sus hermosos ojos violetas en Jo. La joven sinti� que su enfado se desvanec�a, pero en los �ltimos meses hab�a sido presa de tal torrente de sensaciones confusas y descorazonadoras que era imposible que todas se esfumasen por completo. Su mueca ce�uda se transform� en un gesto inexpresivo.</p><p>La guerrera elfa se volvi� hacia sus compa�eros.</p><p>�Vamos. Hablaremos por el camino �orden�.</p><p>Cada miembro del grupo comenz� a cumplir su tarea. Los artilugios que transportaban estaban admirablemente ordenados en dos compactas mochilas que los guardabosques llevaban a la espalda. Aquel grupo era m�s eficiente que cualquier caballero o escudero que hubiese visto nunca.</p><p>��Listos? �pregunt� Jo, volvi�ndose para encaminarse hacia la ciudad.</p><p>��Ad�nde vas, escudero? �pregunt� Tesseria, haci�ndole una se�a para que se detuviese.</p><p>�Regreso a la aldea �contest� Jo, confusa.</p><p>Malken avanz� hacia ella, frot�ndose la nariz al tiempo que esbozaba una sonrisa.</p><p>�Tenemos� formas m�s r�pidas de viajar �le susurr�.</p><p>��De veras?</p><p>Hastur alz� los brazos por encima de la cabeza hasta que formaron una cruz. Seguidamente los dej� caer lentamente hasta tocarse los costados. Dio un paso adelante con la pierna derecha, despu�s con la izquierda, para acabar agachando la cabeza al tiempo que juntaba las palmas.</p><p>�Hecho �comunic� el mago con voz tenue.</p><p>Jo se dio la vuelta.</p><p>En el aire flotaba un disco que adquir�a la forma de una puerta en el cielo. Brillaba y lat�a como si se tratase del coraz�n de los vientos.</p><p>La entrada era de la misma altura que Jo, pero su ancho parec�a variar, y los bordes se curvaban y aplanaban, cambiando de forma en una danza hipn�tica desprovista de m�sica.</p><p>�No tenemos mucho tiempo �dijo Hastur�. El efecto del abat�n est� empezando a hacer mella en mis poderes.</p><p>��Adelante! �orden� Tesseria, se�alando al disco.</p><p>Bolten y Firamen fueron los primeros en entrar. Jo observ� c�mo los absorb�a aquel centelleante remolino de luces. Aunque no percibi� signos de miedo en sus ojos, no confiaba en aquel artilugio con forma de puerta.</p><p>��Ad�nde nos lleva? �le pregunt� Jo a Tesseria, que guiaba a Malken hacia el portal.</p><p>�Probablemente a alg�n lugar cercano a la avenida que descubriste en la ciudad �repuso el hombre de Darokin, deteni�ndose ante Jo�. Podr�s comprobar que para nuestro plan�</p><p>��Adentro, Malken! �lo interrumpi� Tesseria, se�alando hacia el portal.</p><p>Con un suspiro de resignaci�n, el hombre de negro esboz� un amago de sonrisa hacia Jo y, agachando la cabeza, se adentr� en el disco.</p><p>La guerrera elfa la obsequi� con una c�lida sonrisa.</p><p>�Ahora t� �la invit�.</p><p>�El portal no se mantendr� por mucho m�s tiempo �advirti� el hechicero desde el interior de sus vestiduras.</p><p>Jo se volvi� hacia el mago. Los colores p�rpura y rojo lat�an y se entremezclaban. Los hilos brillantes se hab�an vuelto gruesos como venas, aunque no llevaban sangre sino luz.</p><p>�No mires �dijo Tesseria, poni�ndosele delante para impedirle la visi�n del mago�. Los ojos humanos no lo pueden ver.</p><p>�Entrad �insisti� Hastur, con una voz a�n m�s tenue y d�bil que antes. Pesta�eando para borrar de su retina los resplandores que se le hab�an quedado impresos, Jo se gir� y agach� la cabeza para introducirse en el portal como hab�a hecho Malken. Aguantando la respiraci�n como si entrase en un estanque de agua fr�a, abraz� a <emphasis>Paz</emphasis> contra su pecho.</p><p>La sorprendi� una sensaci�n de fr�o. Ten�a en la boca un caracter�stico regustillo a miel, y a su nariz lleg� un aroma como de naranjas de Ethengar Khanate, que hab�a probado en Specularum. La total oscuridad del lugar la hizo pensar por un momento que ten�a los ojos cerrados. Apret� con fuerza los p�rpados y, cuando los volvi� a abrir, comprob� que permanec�a en la m�s absoluta de las tinieblas.</p><p>Intent� avanzar, pero sus pies colgaban en la nada. De lo m�s profundo de su mente surg�a una incipiente sensaci�n de p�nico al pensar que pod�a estar ahog�ndose bajo el agua, aunque no sent�a presi�n en los costados. Abri� la boca con cautela para probar el aire.</p><p>Lo �nico que o�a era un sonido que no era capaz de describir. Se dijo que sonaba como si alguien gritase muy lentamente al otro lado de un grueso muro. Intent� encontrar el origen de aquel sonido, pero la oscuridad le embotaba los sentidos.</p><p>El extra�o sonido se hizo m�s intenso, m�s perceptible. De repente tuvo una sensaci�n de movimiento. Llev�ndose las rodillas al pecho, intent� saltar en la oscuridad como sol�a hacer bajo el agua cuando nadaba en la bah�a de Specularum.</p><p>Jo sinti� el p�nico repentino de haber sido traicionada y estar atrapada en una dimensi�n desconocida entre los mundos �como le hab�a prevenido su padre que le pasar�a si usaba la cola de perro con demasiada frecuencia�. Empu�� con rabia la vaina de <emphasis>Paz,</emphasis> buscando la empu�adura con los dedos y descarg� una estocada hacia arriba sin saber qu� pod�a golpear.</p><p>��Ensancha el portal! �Tesseria la se�alaba directamente.</p><p>De repente Jo divis� un extra�o lugar, un oc�ano de olores y texturas, sin sonidos. Ahora se hallaba a un par de metros del disco del portal, la �nica fuente de luz en aquella oscuridad.</p><p>�La espada no permite que mi magia funcione �replic� el hechicero. A pesar de la recomendaci�n hecha por la elfa, Jo observ� al mago. Su capa p�rpura y roja ya no lat�a: se hab�a transformado en su propia piel. Las manos y cabeza del mago acababan en tres tent�culos, y sus ojos parec�an haber sido esculpidos de la m�s fr�a piedra amarilla. Nunca hab�a visto ni o�do hablar de semejante criatura, y su horrible apariencia la confirm� en la idea de que hab�a sido hecha prisionera entre los mundos. Con la furia que le proporcionaba la sensaci�n de haber sido traicionada, lanz� una nueva estocada.</p><p>El hechicero abri� los brazos por encima de la cabeza y extendi� sus extra�os dedos. De improviso, Jo sinti� n�useas y se vio expelida hacia el exterior del portal. Intent� vencer la resistencia de aquel empuje, pero no pod�a apoyarse en nada.</p><p>El portal se desvaneci�, y la joven tuvo la sensaci�n de avanzar una enorme distancia. Antes de poder reaccionar, se desplom� sobre el suelo.</p><p>��Qu� ha sucedido? �pregunt� Malken, atento, alargando una mano hacia Jo.</p><p>La muchacha alz� la vista hacia quienes la rodeaban; los hermanos la miraban preocupados, y Malken le dedicaba su mejor sonrisa �de idiota�. Respirando profundamente por la nariz para recuperar el aliento, acept� finalmente la mano que se le tend�a.</p><p>Volvi�ndose, vio a Tesseria salir del portal resplandeciente, seguida de cerca por el hechicero, que llevaba otra vez sus vestimentas originales.</p><p>�Lo sentimos de veras, Johauna �se disculp� la guerrera elfa�. No �ramos plenamente conscientes de los verdaderos poderes de tu espada.</p><p>��Quieres decir que su espada desbarat� incluso los� trucos del propio Hastur? �se asombr� Malken�. �Qu� fant�stico!</p><p>Jo asinti� con una mueca, apoyando a <emphasis>Paz</emphasis> sobre su hombro.</p><p>��Ya se han marchado los abelaat a la otra ciudad? �inquiri�, sin hacer caso de la mirada de admiraci�n que le dedicaba el hombre de Darokin.</p><p>�La otra aldea acaba de enviar un hombre para atraer a los abelaat �corrobor� Bolten.</p><p>�Entonces, no hay tiempo que perder �declar� Jo�. Intern�monos por la avenida y acabemos con los abelaat que quedan.</p><p>Tesseria desenvain� su espada, que luc�a una fina ornamentaci�n, y dijo:</p><p>�Los que no luchen que liberen a los prisioneros.</p><p>Jo asinti�. Empu�ando a <emphasis>Paz</emphasis> con ambas manos, descendi� cuidadosamente la colina hacia la ciudad, siguiendo las huellas que, en su anterior incursi�n, hab�a dejado sobre la tierra.</p></section><section><title><p>15</p></title><p>Al llegar al borde de la avenida, el viento cambi� de direcci�n y pudo percibir el hedor de las especias picantes de los abelaat.</p><p>Comprob� que las criaturas no estaban en su radio inmediato y se adentr� por entre los edificios. El primer cruce de calles se encontraba a unos cinco metros. Tan s�lo se manten�an en pie dos de los cuatro edificios de sus esquinas. Redujo el paso hasta detenerse y alz� la cabeza para escuchar con atenci�n por encima del soplo del viento.</p><p>La cabeza de Malken se asom� del edificio que Jo ten�a a su derecha. En un acto reflejo, la joven descarg� un mandoble con su espada, que alcanz� a detener en el �ltimo momento.</p><p>��Est�s loco? �le reproch� con voz silbante. El hombre de Darokin se llev� un dedo a la boca en un gesto de silencio y gir� los ojos hacia un costado.</p><p>Jo mantuvo una relativa calma y prest� atenci�n de nuevo. El viento volvi� a cambiar, y ella advirti� la cercana presencia de varios abelaat.</p><p>�Hastur me asegura que podr� matarlos con mis cuchillos �le susurr� Malken al o�do, acercando tanto sus labios que Jo ech� la cabeza hacia atr�s para evitar el roce�. Dice que har� algo para ayudarnos.</p><p>La joven le dirigi� una confusa mirada.</p><p>��Como qu�? �le pregunt�.</p><p>Malken le contest� con un encogimiento de hombros.</p><p>De repente, el olor picante inund� los sentidos de Jo, lo que hizo que buscase un sitio donde esconderse. Malken la agarr� de un brazo y la introdujo en su peque�a guarida, que era apenas del tama�o de un armario, abierto hacia el muro exterior del edificio.</p><p>No se ve�a nada desde donde estaban, pero el intenso olor y el viento cambiante eran signos inequ�vocos de que los abelaat se encontraban muy cerca.</p><p>El viento amain�. Jo intent� levantarse, pero Malken la oblig� a agachar la cabeza por debajo del borde del muro. Enfadada, apart� la mano que la reten�a y comenz� a incorporarse, pero Malken le puso una daga en el cuello.</p><p>Jo mir� la daga y, apretando los pu�os, trat� de serenarse. La ira hab�a hecho desaparecer todo rastro de miedo de su coraz�n. Fuera cual fuese la raz�n por la que Malken la reten�a, la ventaja estaba de su parte. No pod�a usar a <emphasis>Paz</emphasis> para defenderse en un espacio tan reducido. Estaba indefensa.</p><p>El viento cambi� de nuevo, y las vigas del edificio comenzaron a tambalearse y crujir. Olvidando el pu�al por un momento, Jo mir� hacia lo alto, pregunt�ndose si el edificio podr�a derrumbarse. Malken pon�a toda su atenci�n en los abelaat de la calle. En sus penetrantes ojos negros se reflejaba la concentraci�n, mientras mov�a los labios en silencio contando el n�mero de abelaat.</p><p>Jo olvid� su sentido de la disciplina y, apart�ndose la daga con un dedo, busc� un agujero por el que espiar lo que Malken estaba observando. Encontr� una grieta entre dos tablas.</p><p>Hab�a doce abelaat en el cruce, y sus negros halos se mezclaban en un remolino de oscuridad. Estaban en grupos de cuatro, mirando hacia el centro.</p><p>Oy� que algo goteaba cerca de su bota. Alarmada, comprob� que la daga de Malken le hab�a producido un corte en el dedo al apartarla.</p><p>Como uno solo, los abelaat giraron la cabeza y comenzaron a olisquear el aire. A Jo se le hel� el coraz�n, e intent� evitar la profusi�n de sangre chupando la herida. Malken no se mov�a; incluso la daga permanec�a en el mismo punto donde la hab�a empujado Jo.</p><p>Dos de los abelaat del grupo m�s cercano al edificio dejaron la formaci�n. Se mov�an lentamente, pero no daban muestras de precauci�n; olisqueaban el aire como perros rabiosos tras la pista de una liebre. Jo apret� a <emphasis>Paz</emphasis> contra el pecho.</p><p>Se le nubl� la vista.</p><p><emphasis>Las enormes m�quinas de asalto de los abelaat lanzaban piedras negras sobre los muros del castillo. Sir Graybow ordenaba a los zapadores que continuasen reparando los desperfectos mientras desenvainaba su espada, una hermosa reliquia de oro. Brillaba en el aire al agitarla sobre su cabeza para inspirar a los soldados del Castillo de Penhaligon a repeler a los invasores.</emphasis></p><p>El apestoso olor del abelaat m�s cercano despert� a Jo de su visi�n. Apret� los dientes para contener su ansiedad, forz�ndose a mantener sus pensamientos en los prisioneros del corral.</p><p>Su dedo dej� de sangrar. Oy� que Malken emit�a un suspiro por primera vez desde que se hab�an refugiado en aquel escondrijo, aunque no acert� a saber si estaba provocado por el miedo o por una sensaci�n de alivio. Alz� su pu�o para que Jo lo viese, se�al� hacia el suelo con dos dedos y, tras hacer un movimiento como si cortase algo, volvi� a cerrar el pu�o. Jo no acertaba a comprender el mensaje. El hombre de Darokin repiti� el gesto, y al acabar se�al� hacia los dos abelaat que estaban m�s pr�ximos.</p><p>Jo asinti� cautelosa. Iba a atacar a los abelaat, pero s�lo en caso de que se aproximaran lo suficiente como para poder hacerlo sin tener que salir de su escondrijo. Aferrando su espada con ambas manos, Jo apoy� la hoja sobre el hombro derecho y la empu�adura en la cadera.</p><p>Busc� un resquicio para maniobrar en caso de que fallase el plan de Malken.</p><p>Los abelaat se acercaron a la puerta que los ocultaba. Jo aguantaba la respiraci�n sin poder ver nada m�s que los halos negros de las criaturas a trav�s de las rendijas de la madera, y sin o�r otra cosa que el silbido del viento y el latido de su propio coraz�n. Sent�a la piel helada, aunque no era debido a un cambio de temperatura; era la misma sensaci�n de vac�o que hab�a tenido entre los mundos cuando usaba su cola de perro.</p><p>Las criaturas continuaron rodeando el edificio, y al cabo todos los abelaat estaban en su formaci�n original en el medio <emphasis>del</emphasis> cruce.</p><p>Malkten baj� el pu�o y, abriendo la mano, movi� los labios en silencio.</p><p>�Espera �articul�.</p><p>Jo intent� aspirar hondo, pero no encontraba aire. Presa del p�nico, trat� de incorporarse, pero Malken le empuj� la cabeza hacia abajo con una mano. Luego le inclin� la cabeza hacia atr�s, y Jo sinti� que otra vez le llegaba aire a los pulmones. Se esforz� por no jadear.</p><p>Cuando intent� aspirar de nuevo, no lo logr� hasta que Malken le empuj� la cabeza hacia adelante. Imagin� que aquel aire era fruto de un truco de Hastur. Mientras continuara moviendo la cabeza, encontrar�a aire.</p><p>El viento aminor� poco a poco hasta desaparecer. Al intentar tomar otra bocanada de aire, Jo tuvo la sensaci�n de que se hab�a congelado.</p><p>Malken le solt� la cabeza y sac� tres cuchillos m�s de su cintur�n.</p><p>Sosteni�ndolos con la mano izquierda, cogi� uno con la derecha, lo hizo describir un giro en el aire para agarrarlo por la punta y, con un r�pido movimiento de la mu�eca, lo lanz�. Mientras Jo parpadeaba, el hombre arroj� otras dos dagas.</p><p>Cuatro abelaat entraron, rompiendo violentamente la pared. Jo fue despedida hacia el interior del edificio destruido. Se levant� del suelo polvoriento a tiempo para contrarrestar la carga de un abelaat. La alabarda de la criatura le desgarr� la t�nica azulada y, arranc�ndole la hombrera de protecci�n, se clav� en la armadura de elfo. El halo de la criatura serpente� a lo largo de la prolongaci�n del brazo en forma de lanza y golpe� el cuerpo de Jo, y la parte que la oscuridad hab�a tocado se hel�.</p><p>La muchacha incrust� a <emphasis>Paz</emphasis> en el pecho de su oponente, y �ste se redujo a polvo antes de que la guarnici�n de la espada tocase su halo. <emphasis>Paz</emphasis> sigui� su trayectoria, pero el siguiente abelaat que se precipit� hacia ella desvi� la espada con su alabarda y aprision� la empu�adura de <emphasis>Paz</emphasis> contra su mango. Jo empuj� hacia adelante para hacer retroceder a la criatura. Aprisionada por el arma del abelaat, not� que le faltaba el aire. Perdiendo el equilibrio, cay� hacia atr�s sin soltar a <emphasis>Paz.</emphasis></p><p>La punta de la alabarda cay� al suelo y levant� una nube de polvo y cenizas. Ante la imperiosa necesidad de buscar aire renovado para luchar, gir� sobre s� misma en el preciso momento en que la criatura, utilizando el mango roto de su alabarda como una espada, descargaba un golpe. El arma se enganch� en el rojizo pelo de la muchacha y le arranc� unos cabellos. Jo se puso en pie y estaba a punto de arremeter salvajemente con su espada, cuando otro abelaat la golpe� en el est�mago.</p><p>La punta de la alabarda no penetr� en su armadura de elfo, pero el impacto la dej� aturdida y la espada se le cay� al suelo.</p><p>Una lluvia de cuchillos cay� sobre el abelaat. Dos se clavaron en sus ojos, y otros dos en el pecho; uno en la nariz y dos m�s en los hombros. Jo pesta�e� para despejar la cabeza y busc� a <emphasis>Paz</emphasis> entre la negra ceniza.</p><p>El abelaat se transform� en polvo, y los cuchillos repiquetearon con un sonido met�lico al caer sobre la armadura de Jo. Su mano palp� al fin la empu�adura de la espada y, apoyando el peso del cuerpo sobre los codos, se incorpor� e intent� despejarse.</p><p>Sin haber recuperado del todo la visi�n, percibi� una figura oscura delante de s�. Poni�ndose en pie de un salto, clav� la punta de la espada en el vientre del abelaat y empuj� con fuerza y rabia. <emphasis>Paz</emphasis> atraves� la armadura de la criatura y se clav� en su pecho. Al tocar el halo oscuro que le rodeaba el cuerpo, Jo sinti� un agudo dolor fr�o. La criatura se desintegr� ante ella, y el halo desapareci�.</p><p>La joven se gir� en busca de su compa�ero. Apoyado contra una columna carbonizada, Malken se agarraba un enorme corte en su costado. Jo corri� hacia �l, sin dejar de inspeccionar la zona por si aparec�an m�s abelaat, y, apoyando su espada en la columna, se puso de rodillas para examinar la herida del caballero.</p><p>�Ya puedes hablar �murmur� el hombre apretando los dientes, con un tono de voz que ya no expresaba adoraci�n por la muchacha.</p><p>La herida era profunda, pero no mortal. Jo se palp� las vestiduras pregunt�ndose si llevaba algo para cos�rsela, pero todos sus artilugios estaban en la montura de las fuerzas de Penhaligon.</p><p>��Tienes algo que pueda usar para coser? �le pregunt�, apart�ndole con suavidad la mano de encima de la herida�. Creo que puedo�</p><p>��D�nde diablos estabas? �sise� Malken�. �Se supon�a que t� ibas a salvarnos! �Que ibas a salvar el mundo!</p><p>Jo se incorpor�, presa de la confusi�n y el resentimiento.</p><p>��Qu� quieres decir?</p><p>Los labios de Malken se curvaron hacia abajo dibujando una mueca de burla.</p><p>�Hastur dijo que t� y tu espada salvar�ais el mundo�</p><p>��Qu� pensabas que era? �replic� Jo manteniendo su voz baja�. Un h�roe que aparecer�a de la nada y�</p><p>��Eso era exactamente lo que me esperaba, pero lo que me encontr� es una ni�a con mucha suerte!</p><p>�Bueno� �comenz� Jo, que, entendiendo el punto de vista de Malken, no sab�a qu� decir�, nunca dije que fuese como Flinn <emphasis>el Poderoso</emphasis> �dijo, acerc�ndose para examinarle de nuevo la herida�, pero tienes suerte de que est� aqu� ahora.</p><p>��Y eso por qu�?</p><p>�Porque t� nunca podr�as hacer lo que yo voy a hacerte ahora �le contest�, haciendo un jir�n con la impecable t�nica negra del hombre�. �Tienes alg�n licor?</p><p>Cerrando los ojos, Malken asinti� y busc� con la mano derecha en el interior de su t�nica. Sac� un peque�o frasco de plata que Jo desenrosc�; apart� la cara ante el fuerte olor a alcohol que desprend�a. Verti� un poco sobre el pa�o y comenz� a limpiarle la herida. Sin abrir los ojos, Malken apret� los dientes para soportar el dolor.</p><p>��D�nde est� el resto de los abelaat? �pregunt� Jo, limpiando el borde de la herida.</p><p>�Hastur los� mat� �mascull� Malken entre dientes�; o los ech�, o lo que fuera�</p><p>��Qu� le hizo al aire?</p><p>�No le hizo nada al aire, sino al� �C�mo quieres que lo sepa?</p><p>Consigui� que pudi�semos matar a esas criaturas con armas mundanas �respondi� el hombre de negro.</p><p>La respiraci�n de Malken era r�pida y agitada mientras Jo continuaba limpiando el corte con rapidez. No ten�a pr�ctica como cirujano pero hab�a adquirido algunas nociones sobre c�mo se curaban las heridas, viajando con un m�dico entre Specularum y otra ciudad que no pod�a recordar.</p><p>�Busca a Tesseria �pidi� Malken.</p><p>Jo alz� la mirada para comprobar que el peligro no acechaba a su alrededor.</p><p>��Qu�?</p><p>�Busca a Tesseria y env�amela. Ella puede� arreglarlo �le contest� Malken, tragando saliva con dificultad.</p><p>�Ya estoy aqu�, Malken �dijo la guerrera elfa, cruzando el vano de la puerta. Llevaba un peque�o frasco de cristal lleno de un l�quido que reluc�a con un brillo nacarado�. No nos queda mucho.</p><p>�La pr�xima vez vas t� delante �replic� el hombre de Darokin, apartando a Jo de un empuj�n y volviendo a poner la mano sobre su herida. La muchacha observ� que estaba muy p�lido por la p�rdida de sangre, y se extra�� de que no hubiera perdido el conocimiento.</p><p>Tesseria le entreg� el tarro a Malken, quien lo agarr� con una mano temblorosa.</p><p>�Hemos acabado con el resto de los abelaat y liberado a los habitantes de la aldea �anunci� Tesseria.</p><p>��Cu�ntos abelaat quedaban cuando aquellos doce merodeaban por aqu�? �inquiri� Jo.</p><p>Malken se llev� el frasco a la boca y bebi� con avidez, conteniendo la respiraci�n. La sangre dej� de brotar al instante y, al dar otro trago, la herida se cerr� poco a poco ante los at�nitos ojos dejo. Le devolvi� el tarro a Tesseria despu�s de sorber un poco m�s.</p><p>�No le des m�s vueltas, escudero �le espet� Malken�. No eras m�s que un cebo para despistar a la mayor�a de los abelaat. Tal y como has adivinado.</p><p>��Malken! �lo amonest� la elfa.</p><p>��Qu�? �gru�� el hombre, avanzando con dificultad hacia la mujer�. �Qu� m�s da? Se supon�a que era un gran h�roe y no es m�s que una farsa.</p><p>�No seas grosero. Ya sab�amos�</p><p>�No me importa lo que ya sab�amos. �Con estas palabras y, sin aguardar una respuesta por parte de Jo, se agach�, recuper� sus cuchillos del suelo polvoriento y abandon� el edificio.</p><p>�Creo que es mejor que me vaya �murmur� Jo descorazonada.</p><p>Apoyando a <emphasis>Paz</emphasis> en su hombro, pens� en cu�l ser�a la ruta m�s r�pida para llegar a Armstead.</p><p>�No tienes que hacerlo, Johauna �trat� de convencerla Tesseria.</p><p>Su hermoso rostro mostraba una expresi�n de franqueza que Jo nunca hab�a visto�. Si te quedas con nosotros hasta que esa gente est� a salvo, te aseguro que te ayudaremos en lo posible.</p><p>Jo ten�a sus dudas.</p><p>�No creo que Malken est� de acuerdo contigo.</p><p>�Malken no es quien manda en este grupo �declar� la elfa con contundencia, enarcando las cejas.</p><p>�No estoy tan segura de eso.</p><p>Tesseria asinti�, frunciendo los labios.</p><p>�Muy bien �dijo, colocando el frasco de cristal bajo su armadura�, al menos despid�monos como amigos para poder�</p><p>��Tesseria! �grit� Bolten desde el corral.</p><p>La elfa sali� del edificio seguida de Jo. Bolten aparecio por entre dos de los edificios que a�n estaban en pie en la avenida. Estaba fuera de s�.</p><p>��Qu� sucede, Bolten? �le pregunt� Tesseria.</p><p>Jo sinti� c�mo cambiaba el viento y mir� a su alrededor.</p><p>�Los exploradores dicen que vuelven los abelaat �respondi� Bolten.</p><p>Jo agitaba su rojiza espada plateada para dirigir a la gente, que sal�a a trompicones del corral y escapaba hacia las colinas que se alzaban al norte y al oeste de la aldea.</p><p>El grupo de aventureros se esforzaba por dirigir a los habitantes, que hu�an en una desordenada masa humana, a fin de evitar que se apelotonasen y frenasen la marcha de los dem�s. Bolten y Firamen permanec�an a ambos lados de las puertas del corral, que hab�an sido destrozadas por el �mpetu de los prisioneros.</p><p>A pesar de la desesperaci�n de la gente, Jo pudo ver un atisbo de esperanza en sus ojos. No ten�an la mirada perdida y las caras de resignaci�n que hab�a notado al verlos por primera vez desde la colina. La esperanza renacida les hab�a devuelto la vitalidad y la fuerza necesarias para huir a toda prisa antes de que regresasen las fuerzas enemigas.</p><p>El tabardo de Jo se agitaba al viento, fuertemente ce�ido a su cintura. La tela de color a�il apenas hab�a sufrido mancha o descosido alguno, a pesar de las m�ltiples aventuras en que se hab�a visto envuelta. Frot� la tela entre los dedos y el tacto se le antoj� extra�amente ordinario.</p><p>Un peque�o grupo se separ� del resto y se encamin� hacia la llanura. Jo hizo una se�a a Firamen y se lanz� en su persecuci�n.</p><p>��Ad�nde os dirig�s? �los increp� al alcanzarlos. Todos eran miembros de una misma familia. El mayor, un fornido hombre de pelo negro azabache y barba, les hizo se�as para que siguieran cuando los dem�s se detuvieron dubitativos.</p><p>�Volvemos al viejo pa�s �le dijo a Jo, gir�ndose hacia ella.</p><p>Jo no reconoci� el extra�o acento del hombre.</p><p>��D�nde est� eso? �le pregunt�.</p><p>El hombre se�al� vagamente en direcci�n sur.</p><p>�Tenemos all� a nuestra familia. Llevaos a los dem�s a donde quer�is, pero nosotros nos vamos a casa.</p><p>Las palabras de aquel hombre la impresionaron. �l sab�a que los abelaat regresar�an por el sur. Sin embargo, tal vez estaba eligiendo el camino de retirada con m�s acierto que el que hab�an propuesto Tesseria y los otros.</p><p>��Deber�amos dirigirnos todos hacia all�? �inquiri� la joven, con voz tranquila.</p><p>�Da igual �respondi� el hombre y, sin agregar nada m�s, se volvi� y camin� hacia donde lo esperaba su familia. La mujer llevaba un reci�n nacido en brazos. Se pusieron en marcha con la misma triste celeridad que hab�an mostrado sus padres cuando aquel barco part�a en silencio para trasladarla a Specularum. Se pregunt� si sus padres seguir�an vivos y ser�an felices.</p><p>Firamen lleg� corriendo a su lado y observ� a la familia que se alejaba.</p><p>��Qu� te dijo?</p><p>Jo se encogi� de hombros.</p><p>�Nada. Nada importante.</p><p>El guardabosques se colg� su carcaj a la espalda y extrajo un mapa del interior de su t�nica �el mismo que le hab�a mostrado Bolten hac�a unas horas�. El lugar donde ella se hab�a encontrado con los aventureros estaba marcado con un c�rculo negro, del que sal�a una l�nea que atravesaba el mapa hasta la puerta de Hastur. Jo calcul� que, seg�n el mapa, estaban a tres d�as de Penhaligon a marchas forzadas, siempre y cuando no les fallasen las provisiones. Si se llevaban consigo a aquel grupo de desgraciados habitantes tardar�an mucho m�s.</p><p>Jo le indic� en el mapa la ruta que deb�an seguir.</p><p>�Debemos llevarlos en esta direcci�n. Hay un riachuelo que les proporcionar� agua fresca y un bosque cercano en el que algunos podr�n cazar. �Jo dobl� el mapa y se lo entreg� a Firamen, quien, con un gesto negativo, le indic� que lo conservase. La joven se ajust� el pergamino al cintur�n que manten�a el tabardo ce�ido a su cuerpo.</p><p>��D�nde est� Tesseria? �inquiri�, retrocediendo para comprobar que la columna humana prosegu�a su marcha.</p><p>�Supongo que con Hastur �repuso el guardabosques�. Parece que se ha debilitado despu�s de destruir a esos seres.</p><p>Firamen le dirigi� una sonrisa acompa�ada de una mirada de adoraci�n, parecida a la que hab�a percibido en los ojos del escudero del Castillo de los Tres Soles. Antes de que pudiese decirle nada, el hombre se volvi� y se alej�.</p><p>Jo alz� la mirada por encima de la multitud intentando localizar a la guerrera elfa. A pesar de ser m�s alta que la mayor�a, no pod�a ver por encima de las cabezas de todo aquel gent�o. Quer�a preguntarle d�nde iban a albergar a tant�sima gente. La Torre de la Carretera del Duque o el Castillo de los Tres Soles parec�an la �nica alternativa.</p><p>Estaba segura de que sir Graybow les dar�a alojamiento y comida.</p><p>Al recordar al alcaide, Jo se pregunt� si se encontrar�a mejor o seguir�a perdiendo peso. Dirigiendo la mirada hacia Firamen, se dio cuenta de las ganas que ten�a de que sus nuevos amigos conociesen a los que ya ten�a, incluso a Braddoc. Sacudi� la cabeza para alejar aquellos pensamientos y, poni�ndose de puntillas, volvi� a escudri�ar por encima de la multitud.</p><p>��Ad�nde vamos? �le pregunt� un ni�o a su padre. El hombre se volvi� hacia ella y la interrog� con la mirada.</p><p>�A un lugar seguro �respondi� Jo, intern�ndose unos pasos entre la gente. Levant� a <emphasis>Paz</emphasis> por encima de su cabeza para no herir a nadie. Los ojos del muchacho se agrandaron desmesuradamente al contemplar la magn�fica espada de plata rojiza.</p><p>�He o�do hablar de esa espada �murmur�, alz�ndose para acariciar la hoja�. Se llama <emphasis>Paz.</emphasis></p><p>Jo esboz� una tierna sonrisa y permiti� que el ni�o examinase la espada de cerca. El muchacho alarg� la mano a las inscripciones r�nicas grabadas en la parte plana de la espada, pero la apart� antes de tocarlas y esboz� una sonrisa.</p><p>�Gracias �le dijo a Jo, apresur�ndose para no perder el ritmo de los dem�s. El padre murmur� tambi�n su agradecimiento.</p><p>La joven mantuvo la sonrisa en los labios hasta perder de vista al ni�o. Cuando divis� a Tesseria, el gesto de seriedad y preocupaci�n volvi� a tensarle las facciones, y se dirigi� hacia ella. La guerrera elfa estaba ocupada dirigiendo la marcha de las gentes a la vez que vigilaba las colinas por si aparec�a el enemigo.</p><p>�Johauna �la llam�, y su voz clara se alz� por encima del sordo rumor de la multitud. Se arrodill� para ayudar a una ni�a que quer�a recoger una mu�eca de trapo, y volvi� a levantarse acto seguido�. �Qu� sucede?</p><p>�Quer�a decirte lo� feliz que me siento de haberme encontrado con vosotros �respondi� Jo, acerc�ndose para que la escuchara con m�s facilidad.</p><p>La elfa le sonri� y apoy� las manos sobre los hombros de la muchacha.</p><p>�Diulanna te protege �afirm�. Se�al� a espaldas de Jo y a�adi�: Hastur quiere hablarte.</p><p>Las palabras de la elfa la confundieron, pero se dirigi� hacia donde le hab�a se�alado. El mago se manten�a a cierta distancia de la multitud, las mangas de su t�nica se enfundaban una dentro de la otra.</p><p>Jo se preguntaba qu� tendr�a que decirle.</p><p>�Tesseria me dijo que deseabas hablar conmigo �dijo Jo. Intent� vislumbrar su rostro a trav�s de sus vestiduras, pero no consegu�a penetrar aquella inquietante oscuridad que lo aislaba.</p><p>�He tenido una visi�n de lo que va a suceder en unos pocos minutos, Johauna Menhir �replic� el mago�. Antes de que eso ocurra, hay cosas que me gustar�a que supieses.</p><p>Jo se sali� de la l�nea de gente, pregunt�ndose si se lo pod�a permitir. Hastur interrumpi� sus pensamientos para decir:</p><p>�Has visto mi verdadera forma a la luz del d�a, y sabes que no soy de vuestra raza ni de ninguna que hayas visto jam�s. Como la mujer elfa dijo, hay muchos que acuden en auxilio del mundo. Mis gentes te lo agradecen.</p><p>Antes de que pudiese responder, el mago se le acerc�; el aroma de sus aceites ocult� el olor picante de los abelaat que se acercaban.</p><p>�Todos moriremos. Pero t� ser�s la �nica superviviente.</p><p>Parpade� confusa, con el coraz�n presa del terror y la rabia. Mir� hacia la mujer elfa de mirada c�lida.</p><p>�Tenemos que dec�rselo a Tesseria; tenemos que dec�rselo a los otros �protest�.</p><p>�Lo saben �susurr� el mago.</p><p>Jo se volvi� y corri� hacia Tesseria. El aire comenz� a formar remolinos, y se alzaron unos gritos de la multitud. La l�nea de las fuerzas abelaat se perfil� en el borde de la colina.</p><p>Las gentes de la aldea fueron presa del p�nico y perdieron el control que manten�a la banda de aventureros. Jo intent� reagruparlos, alzando su espada al aire al tiempo que gritaba, pero su voz y el resplandor de su arma se perdieron entre los gritos incontrolados y el fragor de la huida de aquella multitud. Bolten y Firamen intentaban en vano detenerlos, pero los habitantes se desbordaron como las aguas de un r�o en direcci�n opuesta a la de los abelaat que se aproximaban.</p><p>Las despiadadas criaturas cruzaron la llanura y demolieron los pocos edificios que a�n quedaban en pie con las espadas y lanzas que emerg�an de sus extremidades. Pronto se lanzaron en pos de la multitud dispersa.</p><p>Jo intentaba hacerse o�r en medio de aquel griter�o mientras se dirig�a a la lucha blandiendo su centelleante espada y abri�ndose paso con su mano libre entre la incontenible marea humana. Cuanto m�s aumentaba el griter�o, m�s r�pido avanzaban los abelaat. Los halos negros de las criaturas absorb�an la luz y el calor del aire, y sus pies pisoteaban los cad�veres que comenzaban a motear el suelo.</p><p>Avanzando a duras penas, Jo se preguntaba c�mo se las hab�an arreglado Hastur y Tesseria para convencer a aquella gente de que podr�an sobrevivir. Un grupo de aterrorizados ni�os la arroll� y la hizo dar con los huesos en el suelo, y en ese preciso instante supo la respuesta a su pregunta. Incluso en aquellos peque�os y asustados rostros hab�a una luz que no hab�a visto hasta entonces: la luz que les faltaba cuando estaban encerrados aguardando ser asesinados.</p><p>La luz de la esperanza.</p></section><section><title><p>16</p></title><p>Graybow se asom� por la ventana de la sala de espera que la baronesa ten�a en la torre alta del castillo. Llevaba puesta su armadura forrada en cuero sobre los ropajes que hab�a zurcido al volver de las propiedades de Melios. <emphasis>Sabia</emphasis> descansaba en una vaina de oro apoyada contra la pared.</p><p>La gran convocatoria de fuerzas hab�a sido secundada por todos los castillos, y los ej�rcitos estaban a una semana de distancia del Castillo de los Tres Soles. Algunas unidades manten�an sus posiciones fuera del propio castillo y se dispersaban a lo largo de la amplia carretera que conduc�a a sus puertas. Graybow hab�a enviado a sus m�s apreciados caballeros al campo de batalla para que sirviesen de uni�n entre las tropas. Emiti� un profundo suspiro de desesperaci�n; la mayor�a de los jefes ten�an m�s inter�s en conseguir la gloria personal y los botines de guerra que en colaborar activamente con otras fuerzas.</p><p>La puerta que daba al pasillo se abri� para dejar paso al mago m�s anciano del castillo. Graybow lo inspeccion� con desd�n y volvi� su mirada hacia los movimientos de las tropas.</p><p>��De qu� ten�is que informarme, Aranth? �inquiri� el alcaide secamente.</p><p>�De nada, mi se�or �respondi� el mago. Sus largas vestiduras levantaban el polvo del suelo a cada paso que daba.</p><p>Graybow esperaba aquella respuesta. Desde que Teryl Uro hab�a llegado al castillo, todos los magos se mostraban incompetentes o resultaban ser unos renegados. Ya se hab�an tomado las represalias oportunas con los renegados, y el alcaide ten�a ahora que ocuparse de los dem�s.</p><p>��Hay alguna manera de propagar con mayor velocidad la voz de la convocatoria de armas? �le pregunt�.</p><p>Aranth agach� la cabeza y se frot� las manos con nerviosismo.</p><p>��C�mo suger�s que lo hagamos, mi se�or?</p><p>Graybow lanz� una maldici�n. Pens� que ser�a una buena idea pedirles a algunos de los terratenientes que se hiciesen cargo de sus hechiceros.</p><p>�De la forma que siempre nos hemos comunicado a largas distancias. Magia de comunicaci�n. La magia viaja�</p><p>�Nada de eso funciona desde que se abri� el abat�n, mi se�or �lo interrumpi� el mago y, como si se dirigiese a un ni�o olvidadizo, a�adi�: Como pod�is ver, el castillo sigue iluminado por las antorchas y nuestros�</p><p>�Aranth �lo cort� el alcaide�, si tuvierais una pizca de habilidad, os escuchar�a. �Graybow se asom� a la ventana e inspeccion� las tropas de Ludwig von Hendriks, el �guila Negra, formadas en el patio. Un mago vestido de negro apareci� de repente entre sus filas, emitiendo rel�mpagos con un truco de magia�. Aranth, dejadme. Volved a vuestro estudio o a lo que estuvieseis haciendo. �Graybow no se dign� alzar la mirada.</p><p>�Mi se�or, no acierto a comprender por qu�</p><p>��Fuera!</p><p>Aranth alz� los ojos y movi� la cabeza en un gesto de reprobaci�n. Se march� sin volver a abrir la boca, lo cual Graybow le agradeci� profundamente. Los hechiceros de la corte no pod�an ser simples magos; ten�an que ser expertos tanto en su arte como en sus funciones cortesanas. Ten�an el deber de entender el funcionamiento del castillo para asegurar su protecci�n, al igual que el alcaide.</p><p>��Alg�n problema, alcaide? �inquiri� la baronesa al entrar en la estancia.</p><p>Graybow se alis� su largo pelo gris.</p><p>�Llevo a�os esperando que la corte de Karameikos nos env�e un equipo de magos decente, mi se�ora. Parece que mi espera es en vano.</p><p>�No parece que haya mucho que hacer con la magia por ahora, alcaide �respondi� la baronesa�. Vuestra espera ya no es necesaria.</p><p>�No, mi se�ora. Todav�a parece que�</p><p>Graybow se volvi� hacia la baronesa, y no pudo acabar su frase.</p><p>La dama se hab�a engalanado con la t�nica de familia que cubr�a una armadura de fina talla. El metal hab�a sido te�ido en un tono azulado que le record� a un lago de los elfos que hab�a visto en una ocasi�n.</p><p>Las placas estaban ribeteadas de plata y sujetas entre s� por unos cierres en forma de cabeza de le�n. Las hombreras se prolongaban hasta un palmo de la pieza del cuello, lo que aumentaba la sensaci�n de firmeza que, ya de por s�, emanaba de la mujer. Para el alcaide fue como una visi�n, una inspiraci�n.</p><p>��Qu� sucede, alcaide?</p><p>Graybow parpade�, turbado y a la vez enfadado consigo mismo por haberse vuelto.</p><p>�Disculpad mi torpeza, se�or�a. Nunca os hab�a visto tan� radiante.</p><p>�Esperemos que los dem�s piensen lo mismo �contest� la baronesa�. Pero os agradezco el cumplido, alcaide.</p><p>�Nunca hab�a tenido la ocasi�n de ver esa armadura. �Fue obra del maestro armero de vuestro padre? �pregunt� Graybow.</p><p>La baronesa revis� las hebillas que un�an las hombreras con el cuello de su armadura.</p><p>�No s� qui�n forj� esta armadura. Ni siquiera s� si tiene alguna protecci�n m�gica �repuso.</p><p>�Siempre pod�is requerir que vuestros hechiceros invoquen alg�n conjuro.</p><p>�Yo, como vos, prefiero apelar a la sabidur�a de los magos de cualquier otro castillo �replic� la baronesa, acariciando la laca que cubr�a el antebrazo izquierdo de su armadura. Movi� la cabeza en un gesto de irritaci�n y se sent� en un amplio div�n enfrente de Graybow�. No acierto a comprender por qu� Stefan Karameikos nos manda lo peor de sus escuelas de magia. Tenemos suerte de no confiar a esos in�tiles nada m�s que una peque�a parte de los detalles del castillo. Menos mal que podemos pasar sin la iluminaci�n encantada.</p><p>Graybow sac� su diario del bolsillo y, abri�ndolo en una de las primeras p�ginas, comenz� a hojearlo, preso de una cierta agitaci�n.</p><p>�Hay un encantamiento especial del que no podemos prescindir, baronesa �dijo.</p><p>La baronesa frunci� los labios y observ� por la ventana a las tropas que se organizaban. Graybow esperaba la reacci�n de la mujer, cuyo rostro se iba cubriendo gradualmente de una expresi�n de desencanto.</p><p>�Ya sab�is, Graybow, que no siento veneraci�n por la brujer�a �acab� por comentar�. Creo que ha causado en este mundo m�s da�o que provecho.</p><p>�Especialmente en estos momentos, mi se�ora.</p><p>La baronesa suspir� ruidosamente y dirigi� la mirada hacia los pulcros estantes donde se alineaban sus libros, cuidadosamente ordenados.</p><p>�Aceptar�a de buen grado cualquier otra forma de repeler esta agresi�n.</p><p>��Que en tiempos de necesidad se invoque a los Tres Soles para que protejan a Penhaligon y a sus gentes� �cit� Graybow con solemnidad, leyendo de su diario�. �Que la dinast�a de Penhaligon pueda usar este bien con prevenci�n y sabidur�a. A ti, hija m�a, te concedo este poder, deseando que nunca teng�is que hacer uso de �l.� �Graybow cerr� su diario y a�adi�: �Record�is estas palabras de vuestro padre, pronunciadas para vos en su lecho de muerte?.</p><p>�S�, tienen el tono de mi padre �confirm� la baronesa. Se puso en pie y, dirigi�ndose a la ventana, coronada por un arco, se apoy� contra el m�rmol blanco�. Deber�ais confiar en que con esa cantidad de tropas seremos capaces de repeler a los invasores.</p><p>�Si lo creyese, mi se�ora, ya lo habr�a dicho �repuso Graybow.</p><p>Apreci� un cambio en la expresi�n de la baronesa, que pas� de su habitual hieratismo a un evidente estado reflexivo�. Si hab�is detectado alg�n error u omisi�n en mis conclusiones, os estar�a agradecido de que me hicieseis los honores de compartirlos conmigo.</p><p>La baronesa lo examin� con el rabillo del ojo, y le dedic� un esbozo de sonrisa.</p><p>�No hay necesidad de exagerar las formalidades, Lile. Sois mi alcaide y amigo, y, como siempre, vuestras conclusiones son las m�s acertadas.</p><p>Graybow no recordaba ninguna muestra de amistad expl�cita por parte de la dama, lo que le hizo sentir una extra�a incomodidad mezclada con una sensaci�n de orgullo. Tambi�n aquel cumplido lo devolv�a a la gravedad de la situaci�n, como cuando los compa�eros se separan por �ltima vez.</p><p>�No creo que el propio Stefan Karameikos haga acto de presencia en esta batalla �dijo la baronesa, apart�ndose de la ventana para mirarlo a los ojos�. Tengo entendido que los nobles de Specularum est�n preocupados por sus posesiones y exigen que la guardia real se quede para protegerlos.</p><p>�No necesitamos a la guardia real, mi se�ora �contest� el alcaide mirando por la ventana�. Necesitamos un ej�rcito con una s�lida caballer�a y una infanter�a pesada. La guardia est� preparada solamente para actividades menos� fatigosas.</p><p>La baronesa ri� ante la broma de Graybow y coment�:</p><p>�Veo que esos viajes a la capital os han resultado muy enriquecedores. Tendr� que decirle a lady Astwood que sea menos rigurosa con los gastos del estado.</p><p>Graybow asinti� en se�al de complicidad y se dirigi� a un enorme ba�l de madera que dos sirvientes hab�an acarreado antes de la llegada de la baronesa. Con un gru�ido levant� la tapadera con ambas manos y extrajo su espl�ndida cota de mallas; la prenda comenzaba a oxidarse por la falta de uso, pero no por ello hab�a perdido nada de su excelente calidad.</p><p>�Pod�is estar segura, mi se�ora �dijo, coloc�ndose la pesada prenda por la cabeza�, de que el anuncio de la gran convocatoria de fuerzas ya ha llegado hasta el �ltimo rinc�n del reino; incluso deben de tener noticia de ello en los Cinco Condados. �Una vez enfundado en la cota, se enderez� y comprob� que no hubiera ninguna malla rota�. Aunque no creo que podamos esperar refuerzos de aquel lugar.</p><p>��Cu�nto tardar�n los abelaat en llegar? �quiso saber la baronesa, acerc�ndosele. Graybow solt� una pieza de su malla que se hab�a quedado enganchada en uno de los remaches de cuero.</p><p>�Seg�n nuestros exploradores, sus ej�rcitos llegar�n dentro de una hora o dos al Castillo de los Tres Soles.</p><p>�Entonces no hay tiempo que perder �repuso la baronesa, ayud�ndolo a sacar del ba�l las otras piezas de la armadura de Graybow�. �De cu�ntas unidades disponemos hasta el momento?</p><p>�De dos divisiones de caballer�a de Specularum, que constan de ocho unidades de caballer�a, cuatro de infanter�a y cuatro de arqueros �contest� Graybow, abroch�ndose las hebillas de la cintura.</p><p>La baronesa le alcanz� las hombreras.</p><p>��Qu� hay de las divisiones regulares? �le pregunt�.</p><p>�Ya est�n desplegadas en el campo �respondi� Graybow�. La subida al castillo es muy escarpada, y el impacto de la caballer�a pesada ser� mucho mayor si se lanzan ladera abajo.</p><p>��Y el primo del rey?</p><p>�Von Hendriks ha aportado una fuerza simb�lica �dijo el alcaide con una mueca. Se coloc� una greba sobre la pierna derecha e introdujo la correa en la hebilla que la sujetaba a la cintura de la armadura�: Orcos con ballestas. Pero, para mitigar nuestras sospechas sobre sus intenciones, acompa�a a los lanceros del �guila Negra. Est�n formados fuera de los muros, pero no cuento con ellos para que entren en combate.</p><p>Con la ayuda de la baronesa, Graybow acab� de ponerse el resto de la armadura. Revis� las cinchas y hebillas, asegur�ndose de que estaban bien fijas. La baronesa hizo lo propio con la suya.</p><p>�Me alegro de que me aconsejaseis aprender a combatir �le dijo.</p><p>�Fue la petici�n de vuestro padre lo que motiv� mi insistencia.</p><p>�Mi padre era un hombre extraordinario. �No cre�is? �inquiri� la baronesa con un aire de gravedad�. Apenas llegu� a conocerlo.</p><p>Graybow se hab�a preguntado en muchas ocasiones cu�l era la naturaleza de la relaci�n del bar�n de Penhaligon con su hija, y aquellas palabras le hac�an comprender un poco m�s sobre aquella familia. Ten�a la esperanza de que alg�n d�a la baronesa tomase a alguien por esposo; puesto que, de momento, no hab�a heredero al trono. Se ci�� a <emphasis>Sabia</emphasis> a la cintura, pensando cabizbajo que tal vez no habr�a necesidad de un heredero.</p><p>�No me gustan los preparativos de �ltima hora, pero verdaderamente no nos queda elecci�n �declar� la baronesa, dirigi�ndose a la puerta. Llevaba una lanza y un escudo lacados del mismo color que el resto de la armadura, y de su cintur�n colgaba un sable�. Si no nos queda m�s que una hora, mejor que la usemos en nuestro favor.</p><p>La baronesa le hizo un gesto para que le acompa�ase fuera de la habitaci�n. Graybow lanz� una �ltima mirada por la ventana y revis� la sobria formaci�n de sus tropas. Si �sta hubiese sido otra guerra, nunca habr�a dudado del resultado de la batalla.</p><p>La ferviente actividad que se desarrollaba dentro de los muros del castillo era asombrosa. En tan s�lo unos minutos, los puestos ambulantes de comida hab�an desaparecido, dejando su lugar a los herreros y armeros disponibles. Los capitanes y sargentos que hab�a puesto al mando para mantener la disciplina, as� como los transportistas que se encargaban de las provisiones, desarrollaban su labor con admirable destreza.</p><p>�Parec�is muy satisfecho, alcaide �coment� la baronesa, que se encontraba en la entrada a la estancia principal.</p><p>�Son los mejores hombres que un jefe pueda desear. En pocas horas se batir�n en combate sin hacer preguntas ni poner objeciones �respondi� Graybow. Hab�a estado en muchas situaciones en las que las tropas se negaban a luchar por no haber contado con suficiente tiempo para prepararse. La nobleza era famosa por tal comportamiento�. Est�n listos para el combate.</p><p>�Decidme qu� veis �le orden� la baronesa�. No quiero tomarme a la ligera mi aparici�n en p�blico, y no me mostrar� ante ellos hasta que sea realmente necesario.</p><p>Graybow asinti�, comprendiendo. La baronesa s�lo hac�a acto de presencia algunas veces al mes, y su aparici�n prematura en la ventana pondr�a nerviosos a sus hombres.</p><p>�Los soldados est�n formados en columnas que cubren por completo el patio. He ordenado a la milicia de Penhaligon que defienda los muros y almenas. Est�n preparados para la lucha.</p><p>��Tan s�lo hay un destacamento de apoyo a ambos lados y por la retaguardia del castillo? �le pregunt� la baronesa, permaneciendo pacientemente de pie.</p><p>�Mis averiguaciones en el castillo de Melios mostraron que s�lo avanzan hacia adelante�</p><p>�Como las olas del mar �lo interrumpi� la dama.</p><p>�S�, de la misma manera que una ola. Sabemos que usan alg�n tipo de artilugio de asalto, as� que los zapadores est�n listos para cubrir los posibles boquetes que se produzcan. Han trabajado desde mi vuelta para asegurarse de que el material es suficiente.</p><p>��D�nde hab�is situado nuestras m�quinas de defensa?</p><p>El alcaide vacil� antes de responder. Al volver de las tierras de Melios, hab�a revisado las pocas catapultas y onagros de que dispon�a el arsenal del castillo. No se encontraban en buen estado y se hab�a visto obligado a ordenar que los reparasen a toda prisa. No hab�an podido concluir con su labor.</p><p>�Me temo que los �nicos artilugios de guerra de que disponemos son los que han tra�do las tropas vecinas. Nuestras balistas se encuentran situadas en las pasarelas que recorren las murallas.</p><p>La baronesa le dirigi� una mirada de escepticismo.</p><p>��De cu�ntas balistas disponemos?</p><p>�De cuatro�, cinco, pero una no es muy de fiar �le respondi� Graybow�. Los comandantes del resto de las fuerzas insisten en mantener su maquinaria de guerra con ellos. Quieren usarla como punto de concentraci�n. �Antes de que la baronesa hiciese alg�n comentario se apresur� a a�adir�: Les dije que el castillo era el �nico punto de concentraci�n, pero no quisieron atender a razones.</p><p>�Podr�a orden�rselo.</p><p>Graybow neg� con la cabeza.</p><p>�No ser� necesario. Si las tropas necesitan retroceder hasta las posiciones de sus m�quinas de guerra, ir�n demasiado r�pido para detenerse. �Se escuch� un sonido de botas por el pasillo�. Es el comandante Chilatra. Tengo que hablar con �l.</p><p>Graybow abandon� el vest�bulo y se apresur� a interceptar al comandante, quien se volvi� con una mirada de enfado. Chilatra se detuvo y se apresur� a enrollar un pergamino, que ocult� en una bolsa de viaje que llevaba a un costado.</p><p>�Comandante �comenz� el alcaide con una r�pida mirada hacia la puerta�, �ten�is noticias de los otros�, Domerikos o Joline?</p><p>�No, alcaide. Ninguna noticia �respondi� con brevedad, examinando las tropas en formaci�n�. Nadie ha sobrevivido.</p><p>��Qu� hay de la escudero Menhir?</p><p>El comandante Chilatra clav� los ojos en Graybow. La intensidad de su mirada desconcert� al alcaide.</p><p>�No s� d�nde puede encontrarse. Ahora debo partir�</p><p>�Una cosa m�s, comandante �lo detuvo Graybow, agarr�ndolo por un brazo antes de que se marchara. El alcaide lo atrajo hacia s� y le susurr�: S� de vuestra disputa con Domerikos. Si descubro que ten�is algo que ver con su muerte, har� que se os juzgue y se os cuelgue.</p><p>El rostro de Chilatra se torci� de la rabia. Se desprendi� de un tir�n de la mano de Graybow y se march� precipitadamente sin decir palabra. El alcaide observ� que volv�a a sacar el pergamino de su bolsa, y se dijo que deb�a conseguir aquel rollo a toda costa.</p><p>Oy� el sonido de un cuerno en la distancia. Supon�a que proven�a de un lugar de las tierras de cultivo que se hallaban a pocos kil�metros de distancia. El sonido se repiti�, y toda la actividad del castillo se paraliz� por un momento. Todos hab�an reconocido la se�al de alerta que anunciaba la aproximaci�n de las fuerzas enemigas.</p><p>A la tercera nota, todos cuantos deambulaban por el castillo, por el patio o los que permanec�an cerca de los muros fueron presa de un fren�tico apresuramiento. Los heraldos que estaban en lo alto de las murallas hicieron sonar sus cuernos para contestar a la se�al. La melod�a que entonaron puso los pelos de punta a Graybow. Llevaba todo el d�a esperando o�r aquella llamada a las armas, pero a�n no se sent�a preparado, y dudaba que los dem�s sintiesen lo contrario.</p><p>Se oy� un grito de entre las tropas que se destacaban alejadas de los muros del castillo; proven�a del escuadr�n de �lite de caballer�a que hab�a proporcionado Darokin. De la misma zona surgi� otro grito, y el alcaide contempl� c�mo dos columnas de polvo se elevaban en la distancia. Hizo rechinar los dientes; hab�an comenzado los duelos de honor entre las unidades de �lite.</p><p>Graybow, enfadado, se volvi� para dirigirse nuevamente a la estancia de la torre, pero se detuvo al ver a la baronesa de pie en la entrada. Resplandec�a en su armadura, y su presencia llamaba la atenci�n de todos los que atravesaban el vest�bulo.</p><p>�Ha llegado la hora, sir Graybow �le inform� la baronesa. El alcaide asinti� solemnemente sin responder.</p><p>La baronesa meti� una mano en el interior de su t�nica y sac� una llave dorada que colgaba de una correa que llevaba al cuello. El relieve de tres soles dorados destacaba en la superficie.</p><p>Las trompetas volvieron a sonar en la distancia, pero Graybow mantuvo la atenci�n en la baronesa.</p><p>Avanzaron juntos hasta la ventana m�s grande de la torre. Arteris apoy� su lanza contra la pared y le tendi� a Graybow su yelmo azulado. Luego se volvi� hacia el frente del castillo y alz� la llave por encima de su cabeza. Con las manos, dibuj� lentamente en el aire la silueta de una puerta. El alcaide observ� fascinado las l�neas doradas dibujadas en el aire por la llave, que se solidificaban poco a poco para dar forma a una puerta.</p><p>El port�n era m�s alto que la baronesa y estaba parcialmente cubierto por una luz dorada que surg�a de la llave. A trav�s de su transparencia se apreciaba el patio del castillo en la distancia. Desde su posici�n, Graybow vio c�mo la puerta coincid�a perfectamente con la entrada principal. La baronesa dio un paso atr�s al tiempo que, al otro lado de las murallas, las trompetas romp�an a tocar en un estr�pito ensordecedor. El viento comenz� a soplar, y levantaba un polvillo que repiqueteaba en las ventanas del castillo. Un olor a especias lleg� a la nariz de Graybow.</p><p>La baronesa insert� su llave en el negro agujero de la cerradura de la puerta, y empuj� con todas sus fuerzas. Un sonido chirriante de metal inund� el castillo, con la misma intensidad donde se encontraba Graybow que en el rinc�n m�s alejado del patio.</p><p>Sobre las monta�as del este, el cielo gris�ceo se despej� parcialmente.</p><p>La baronesa empleaba todas sus fuerzas para intentar hacer girar la llave con ambas manos, pero era en vano. Graybow dej� su yelmo en el suelo y uni� sus fuerzas a las de la dama, lo que le provoc� un pinchazo de dolor en su herida de la espalda. Sus dientes rechinaron por el esfuerzo.</p><p>En el exterior, la luz del sol hizo acto de presencia, inundando el castillo con una lluvia dorada.</p><p>El chirrido del metal aument� en intensidad mientras Graybow y la baronesa segu�an girando la llave en la puerta et�rea.</p><p>��Por cu�nto tiempo tenemos que girarla? �pregunt� el alcaide entre jadeos.</p><p>La baronesa no pudo separar los dientes que se juntaban por el esfuerzo.</p><p>�Hasta que gire completamente �sise�.</p><p>Un pesado proyectil se estrell� contra los muros del castillo, e hizo crujir la estructura de la torre. Se form� una nub�cula de polvo y se desprendieron una multitud de piedrecillas. Los ahogados gritos de los hombres del terrapl�n se convirtieron en aullidos al estrellarse otro proyectil de asalto.</p><p>Cuando giraron la llave hasta la mitad de su trayecto, el sol apareci� entre los nubarrones, por detr�s de los picos de las Hermanas Craven. Las cimas gemelas dividieron la esfera solar en tres cu�as que ba�aron el castillo con su calor.</p><p>Las piedras del castillo brillaron con un poderoso resplandor blanquecino, y unas vetas doradas crecieron desde el suelo como una hiedra, y cubrieron los muros para reforzarlos. Tres rayos de luz horizontal bailaban alrededor de las torres del castillo, iluminando la cara sudorosa de Graybow, quien bregaba para completar la rotaci�n de la llave.</p><p>Con un esfuerzo final, Graybow y la baronesa forzaron la llave hasta su tope, y salieron despedidos hacia atr�s. El alcaide no pod�a dar cr�dito a sus ojos cuando la puerta se abri� en el aire y revel� una enorme b�veda que albergaba tres soles.</p><p>Las esferas salieron de la b�veda a toda velocidad, dieron una vuelta alrededor del castillo y se dirigieron hacia donde se libraba la batalla. Graybow y la baronesa se pusieron en pie. La dama agarr� su arma y se coloc� el yelmo. El alcaide desenfund� a <emphasis>Sabia,</emphasis> la espada dorada, haciendo centellear la luz del sol que acababa de renacer.</p><p>��Luchad, soldados de Penhaligon! �grit�, precipit�ndose fuera de la torre�. �Luchad, puesto que sois la �ltima esperanza del mundo!</p></section><section><title><p>17</p></title><p>Flinn permanec�a sentado en una piedra en medio del bosque, con la barbilla apoyada en el pu�o derecho. Braddoc se encontraba a poca distancia, esperando impaciente a que su amigo dijese algo.</p><p>Ambos llevaban un buen rato en el bosque, y el enano comenzaba a sentirse inc�modo debido al silencio y, especialmente, la falta de acci�n.</p><p>El cuerpo del Inmortal brillaba ahora con m�s vitalidad que cuando hab�a surgido de los fuegos de Armstead. La piel de Flinn hab�a adquirido la tonalidad de una puesta de sol que a Braddoc le tra�a buenos recuerdos. La vida del bosque de los elfos corr�a por sus venas en destellos de plata, y su abundante cabellera estaba alborotada. Las sombras del lugar ca�an sobre el rostro del Inmortal, lo que no le imped�a a Braddoc percibir el fuego de la forja de los enanos que ard�a en los ojos de su amigo.</p><p>Al mirar a su alrededor, Braddoc se dio cuenta de que ya no estaban en el bosque de los elfos. Los �rboles parec�an m�s acogedores, y no se elevaban tan ostentosamente ni con la solemnidad del otro bosque. El olor a tierra que flotaba en el aire confortaba al enano. El cielo segu�a cubierto de un gris plomizo, pero el techo de hojas del bosque no imped�a totalmente la visi�n de las nubes como ocurr�a en Alfheim. Braddoc se dispuso a fumarse una pipa, pero, de repente, cambi� de opini�n y la volvi� a colocar en su bolsillo.</p><p>�Fuma si quieres �dijo Flinn�. Es lo que se espera de ti.</p><p>Sorprendido por el singular comentario de su amigo, Braddoc se volvi� para mirarlo.</p><p>��Est�s seguro?</p><p>Flinn clav� en los ojos del enano una mirada que hizo retroceder a �ste un paso.</p><p>�Esa pregunta es est�pida �respondi�.</p><p>Braddoc solt� una corta risotada al recordar con qui�n estaba tratando. El comportamiento y los modales de Flinn eran ahora m�s naturales que antes. Sin embargo, en este nuevo lugar, Flinn no se hab�a dirigido hacia el centro del poder �una fuente que encarnaba la esencia de sus habitantes�. Se hab�a sentado, y Braddoc aguardaba.</p><p>Mientras sacaba la pipa y se dispon�a a fumar, Braddoc observ� a su amigo, que, con aire abatido, ten�a la mirada perdida en el bosque; pens� en lo triste que deb�a de ser estar enamorado sin poder recordar la persona a quien se ama. Sacudiendo la cabeza borr� de su mente aquel pensamiento tan horrible.</p><p>��En qu� piensas, Braddoc? �le pregunt� Flinn sombr�amente.</p><p>El enano se sobresalt�, sacado de su enso�aci�n.</p><p>��Qu�?</p><p>��Qu� tienes en la cabeza?</p><p>Sin responder, Braddoc meti� la mano en su bolsa y sac� un pu�ado de tabaco, del cual extrajo una ramita de dimensiones demasiado grandes como para introducirla en la boca de su pipa.</p><p>Pensativo, prens� las aceitosas hierbas, las encendi� con su yesca, y dej� que el humo le llenase la boca para hacerlo surgir s�bitamente por la nariz.</p><p>Flinn gir� la cabeza hacia el enano sin cambiar de postura.</p><p>��Y bien?</p><p>��No lo has adivinado? �inquiri� Braddoc con tacto, mientras el humo le envolv�a el rostro con serpenteantes nubes. Tal vez aquel juego consiguiese aplacar el sombr�o humor de su amigo.</p><p>Flinn entorn� los ojos, y Braddoc tuvo la sensaci�n de que el fuego de la inspiraci�n acrecentaba su fuerza.</p><p>�Tan s�lo te preguntaba por educaci�n �le contest� secamente.</p><p>�Gracias, Flinn �replic� Braddoc dando otra larga chupada a su pipa. Se dijo que deb�a recordar que, no s�lo el Inmortal se hab�a dirigido a �l con un �por favor�, sino que adem�s lo trataba con exquisita correcci�n; aquel pensamiento se le antoj� terriblemente divertido.</p><p>��Por qu� no lo intentas? �lo ret�, sosteniendo su pipa de cer�mica en la mano izquierda.</p><p>�No s� si me apetece adquirir ese h�bito �replic� Flinn, retomando su postura anterior. Aquella respuesta provoc� la risa de Braddoc. Se ri� con tanta fuerza que le doli� el est�mago y se vio obligado a dejar la pipa en un tronco de �rbol para no romperla.</p><p>��Qu� te resulta tan gracioso? �pregunt� Flinn, irgui�ndose.</p><p>�T�. �Lo se�al� con el dedo y se limpi� las l�grimas de los ojos antes de a�adir�: �No sabes si te apetece adquirir ese h�bito! �Qu� Inmortal dir�a una cosa semejante?</p><p>Flinn se puso en pie y avanz� hacia el enano, apunt�ndolo con su dedo acusador.</p><p>Braddoc hizo caso omiso de su gesto.</p><p>�He vivido unos quinientos a�os y nunca he o�do nada m�s rid�culo. �Vaya tonter�a!</p><p>Durante unos momentos, Flinn se mantuvo delante de Braddoc, se�al�ndolo y sin decir nada. Lentamente dej� caer el brazo y se cubri� la boca con la mano.</p><p>�As� que es una cosa extra�a�</p><p>��Extra�o? �Extra�o!</p><p>El enano ya no pod�a mantenerse en pie. Cay� sobre sus rodillas y ri� desaforadamente, agarr�ndose el est�mago con ambas manos sin encontrar aire suficiente para respirar. Pens� en la austeridad de su misi�n, en el hecho de que el mundo estuviese en peligro de perder hasta el �ltimo signo de vida por culpa de unas horribles criaturas y su perverso maestro, Teryl Uro. Entonces se dio cuenta de que, en medio de aquella pesadilla, se estaba riendo como no recordaba haberlo hecho nunca, y esto hizo que se riese a�n con m�s ganas.</p><p>Las risas de Flinn comenzaron a filtrarse a trav�s de sus dedos, que r�pidamente apart� para dejar escapar una sonora carcajada. La profusi�n y viveza de la risa del Inmortal, a quien era la primera vez que o�a re�r desde que hab�a renacido en el mundo de Mystara, desconcert� a su amigo. La risa parec�a provenir de lo m�s profundo de su coraz�n y Braddoc sinti� que, a su lado, su monumental risa resultaba insignificante.</p><p>La situaci�n hizo que Braddoc recordase los tiempos en que hab�an viajado juntos como mercenarios. En una ocasi�n, Flinn le hab�a contado un chiste especialmente divertido que los hab�a hecho estallar de risa, lo cual los hab�a unido m�s en su amistad. Atesor� aquel grato recuerdo, y volvi� a re�r.</p><p>��Por qu� estamos perdiendo el tiempo en este lugar? �le pregunt� el enano, ahogando su risa mientras apisonaba el tabaco de la pipa con su curtido dedo�. Hay un mundo al que salvar.</p><p>La risa de Flinn se aplac�, pero la sonrisa no se borr� de su rostro. Se sent� en una roca.</p><p>�Estamos en la tierra de los halflings, haciendo lo que ten�amos que hacer: recordar los viejos tiempos.</p><p>Braddoc asinti� para s�, entendiendo por qu� se sent�a mucho m�s c�modo en aquel bosque que en el de los elfos. Los halflings eran parecidos a los enanos, pero ten�an un gran sentido del humor.</p><p>��Qu� recuerdas de los viejos tiempos? �inquiri�.</p><p>La expresi�n risue�a desapareci� finalmente del rostro de Flinn, dejando paso a una mirada sombr�a. Braddoc tom� asiento en el tronco y aguard� pacientemente la respuesta mientras escarbaba otra vez en su bolsa de tabaco. Se sent�a tan avergonzado ante su amigo que se concentr� en la tarea de preparar su pipa para evitar la mirada de Flinn.</p><p>�Yo�, yo�</p><p>Braddoc alz� la mirada y se qued� totalmente desconcertado por la reacci�n del Inmortal. Flinn se agarraba la cabeza con ambas manos, y las l�grimas le corr�an por las mejillas.</p><p>��Flinn! �exclam�, poni�ndose en pie de un salto, preocupado.</p><p>�Hablame de m�, Braddoc �pidi� su amigo entre sollozos�. Tengo sentimientos, pero a�n no he recuperado la memoria. No puedo soportar este dolor.</p><p>Braddoc se acerc� a su amigo con torpeza para intentar consolarlo, sin saber muy bien c�mo hacerlo. El enano extendi� una mano, pero Flinn se la apart� moviendo su cabeza y murmurando palabras de agradecimiento. Un esbozo de sonrisa se dibuj� en la cara de Braddoc al tiempo que una sensaci�n de incomodidad le invad�a el cuerpo. Hab�a visto a Flinn en todo tipo de situaciones �rabioso de furia y loco de contento�, pero s�lo lo hab�a visto llorar en una ocasi�n con anterioridad: cuando hab�a sido rehabilitado como caballero.</p><p>�No s� qu� decir, Flinn �dijo Braddoc con franqueza�. No s� contar historias� Podr�a hacer que el relato m�s sobrecogedor resultase aburrid�simo. Supongo que lo m�s interesante que te puedo contar son las leyendas que sobre ti corren de boca en boca.</p><p>�Cu�ntame alguna de esas leyendas. No importa que no tengas facilidad para hacerlo; lo importante es que se cuente la historia.</p><p>Braddoc investig� con la mirada por las profundidades del bosque y se pregunt� qu� cuento podr�a imbuir a Flinn con la esencia de aquel lugar. El enano mir� a su amigo, censur�ndose una repentina ocurrencia. La tarea m�s dif�cil que Flinn a�n ten�a que soportar era o�r el relato de la vida que le hab�an robado.</p><p>Lo primero que se le vino a la cabeza fue hablarle de Johauna.</p><p>Esperaba que la muchacha sobreviviese entre las triqui�uelas y maquinaciones de algunos miembros de la corte de Penhaligon.</p><p>Braddoc estaba seguro de que Graybow har�a lo posible para protegerla de los peligros, aunque ni siquiera el buen alcaide era consciente de todas las tramas que se urd�an en el castillo a espaldas suyas. Se dio cuenta, de repente, que no ser�a una buena idea hablarle a Flinn de la mujer que hab�a amado como mortal. El dolor de la p�rdida se incrementar�a si recordara su rostro. A pesar de todo, si repet�a las palabras que Jo hab�a usado para describir sus �ltimos momentos de vida, quiz� pudiera hacerla llegar a su memoria de una forma menos dolorosa.</p><p>�Te hablar� del momento m�s importante de tu vida �comenz� Braddoc, recogiendo su pipa y d�ndole fuertes chupadas para que la cazoleta se mantuviese caliente mientras hablaba�. Te contar� c�mo otra persona describi� el �ltimo d�a de tu vida.</p><p>�Veamos� Nosotros�, quiero decir, t� estabas en el campo de batalla cerca de� un� Creo que no he empezado muy bien �murmur� Braddoc, confuso.</p><p>�No importa �lo anim� Flinn�. Contin�a, por favor.</p><p>�Muy bien. En esta vida se te conoc�a como Fain Flinn, Flinn <emphasis>el Poderoso,</emphasis> y ten�as una espada llamada <emphasis>Vencedrag. Vencedrag</emphasis> era una fabulosa arma consagrada por el se�or del Castillo de los Tres Soles para que matase al Drag�n Verde, <emphasis>Verdilith.</emphasis> El Drag�n Verde, tu peor enemigo, ya se hab�a enfrentado a ti en otras ocasiones, pero Karleah Kunzay, otra de tus� de <emphasis>nuestros</emphasis> amigos, te revel� una profec�a que dec�a que morir�as en tu siguiente enfrentamiento contra el malvado drag�n.</p><p>�Parece que estaba en lo cierto �coment� Flinn en voz baja.</p><p>Braddoc asinti�, alegr�ndose de que lo interrumpiese, porque sab�a que vacilaba mucho al hablar.</p><p>�Karleah carec�a de la fama de otros magos que conozco, pero ten�a mucha habilidad. Nunca se equivocaba con sus visiones.</p><p>��Erais amigos? �quiso saber Flinn, limpi�ndose las l�grimas de los ojos.</p><p>��Amigos? S�, supongo que algo por el estilo. Me pregunto si aquel vejestorio lleg� a adivinar alguna vez qui�n era yo en realidad, y si este ojo no era realmente un ojo �le respondi� Braddoc, encogi�ndose de hombros�. Ten�amos nuestras peque�as trifulcas; pero, si lleg� a saber todo eso, nunca lo mencion�, lo cual ser�a una prueba de amistad.</p><p>Flinn asinti� y cambi� de postura. Apoy� la barbilla en las rodillas y se abraz� las piernas.</p><p>�No recuerdo su nombre �dijo.</p><p>�La destruyeron al intentar comprobar el verdadero funcionamiento del abat�n. Pero �sa es otra historia. Esta historia comienza cuando iniciaste la caza final de <emphasis>Verdilith</emphasis> en el claro en que os hab�ais enfrentado la primera vez. Hab�amos dejado el Castillo de los Tres Soles justo despu�s de que te volvieran a admitir en la orden, t�, yo, Karleah y dos m�s. �Mencion� a los otros con rapidez con la esperanza de que Flinn no preguntase a qui�n se refer�a. Dej� escapar una enorme bocanada de humo de alivio al comprobar que as� era�. Abandonaste el campamento a primera hora de la ma�ana sin despertar a nadie. Tengo la sospecha de que Karleah sab�a que te ibas a marchar, pero probablemente tambi�n sabr�a que ser�a in�til detenerte. Yo sospechaba que te marchar�as, pero no cre� que fueras a hacerlo sin m�.</p><p>�Lo siento.</p><p>��C�mo? �pregunt� Braddoc, inseguro de haber o�do bien.</p><p>�Dije que lo lamento, que no ten�a intenci�n de hacerte da�o.</p><p>�Oh, no tiene importancia �musit� el enano, mirando hacia el suelo. Lamentaba haber hecho sufrir a su amigo y consider� el hecho de dejar la historia, pero Flinn quer�a que se la contase, y los esp�ritus de sus antepasados le hab�an aconsejado que hiciese llegar a la mente de su amigo tantos recuerdos como le fuese posible, lo cual no era un consuelo para Braddoc.</p><p>Prosigui� con la historia intentando adornarla con un cierto tono de ligereza, pero las palabras sonaron poco sinceras.</p><p>�Al fin y al cabo t� eras Flinn <emphasis>el Poderoso.</emphasis> �Qu� te importaba a ti, al h�roe de tu tierra, la profec�a de una vieja? Montando a <emphasis>Ariac,</emphasis> tu grifo, te dirigiste al claro donde os hab�ais enfrentado con anterioridad.</p><p>Seg�n el que me cont� esta historia, le asestaste a <emphasis>Verdilith</emphasis> un golpe mortal con <emphasis>Vencedrag</emphasis> que le cort� una de sus alas. Imposibilitado de volar, huy� presa del p�nico. Pero <emphasis>Verdilith</emphasis> te hab�a desgarrado con sus fauces antes de huir, y, al seguir el rastro que dejaba el drag�n, te desangraste hasta perder la vida.</p><p>Braddoc continuaba con la mirada fija en la tierra, incapaz de contemplar el rostro de su amigo. Advirti� que, por primera vez, pensaba en Flinn <emphasis>el Inmortal</emphasis> como el amigo que lo hab�a acompa�ado en vida. Le resultaba tan doloroso recordar la muerte de su compa�ero como lo hab�a sido la visi�n de su cuerpo desgarrado. Recuper� la compostura y prosigui�:</p><p>�Falleciste aquel d�a, y quemamos tu cuerpo cuatro d�as m�s tarde en una ceremonia digna de un caballero� o, mejor, de <emphasis>el</emphasis> caballero de Penhaligon.</p><p>La luz era cada vez m�s escasa, y Braddoc escudri�� entre las hojas de los �rboles para poder ver el cielo. Los rayos de sol que hab�a cre�do percibir no eran m�s que una ilusi�n; las espesas nubes todav�a cubr�an el cielo.</p><p>La cazoleta de su pipa se hab�a enfriado, pero no le quedaban ganas de volver a encenderla. Se encogi� de hombros, descorazonado. La historia que acababa de contar le tra�a a la memoria una serie de cosas que por su edad quer�a dejar morir en simple leyenda. Hab�a vivido demasiado para permitir que la muerte de sus amigos lo afectase tan profundamente.</p><p>��Qu� te parece la historia? �le pregunt� el enano, alzando por fin la cabeza.</p><p>Los brazos de Flinn segu�an aprisionando sus rodillas, pero las l�grimas hab�an dejado de fluir. No contest�.</p><p>Braddoc apret� la mand�bula con la determinaci�n de consolar a su amigo, aunque intentase desembarazarse de �l. Al acercarse vio que Flinn estaba tan conmocionado que apenas respiraba; incluso hab�a cesado el resplandor plateado de sus venas y el brillo dorado de su piel.</p><p>�Flinn� �murmur� Braddoc, acercando su callosa mano�. �Puedo hacer algo por�?</p><p>Braddoc retir� la mano y salt� hacia atr�s. El cuerpo de Flinn estaba helado y su piel dura como la piedra sobre la que estaba sentado. Intentando tranquilizarse, volvi� a tocar el hombro de Flinn.</p><p>Realmente se hab�a transformado en piedra. Era una estatua sentada en el jard�n de los halflings.</p><p>Sin saber qu� hacer, Braddoc se dej� caer al suelo y apoy� la cabeza en las manos. Ignoraba si la transformaci�n de Flinn era debido al <emphasis>denwail</emphasis> de los halflings, o era el final de la prueba.</p><p>Escuch� los apacibles sonidos del bosque, y descubri� que los recuerdos del pasado pod�an quemar m�s que el fuego de los enanos y ser m�s fr�os que cualquier torrente de mercurio de los elfos. Se pregunt� si deb�a levantarse y desaparecer de aquel lugar. Oy� el susurro de un riachuelo cercano y de las hojas agitadas por el viento.</p><p>No le gustaba admitirlo, pero se dio cuenta de que aquellos sonidos que simbolizaban los sutiles placeres del momento lo reconfortaban; en su memoria, siempre podr�a regresar a aquel lugar.</p><p>De repente le lleg� un sonido diferente desde alg�n lugar del coraz�n del bosque. Dirigi� la mirada hacia donde cre�a haber escuchado pasos que hac�an crujir las ramitas y hojas secas del bosque. Finalmente sus ojos detectaron un movimiento en la oscuridad.</p><p>De la propia esencia de las profundidades del bosque surgi� Flinn en persona, y se fue volviendo m�s corp�reo a medida que se aproximaba al claro. Braddoc se gir� y comprob� aturdido que la estatua de Flinn continuaba en el mismo sitio.</p><p>Flinn alz� los brazos en un gesto de saludo al salir de la oscuridad del bosque. Su figura era m�s impresionante y sobrecogedora que antes.</p><p>�Esto es lo que ha sucedido aqu� �dijo, y su voz reson� clara y fuerte en el silencio del bosque. Se acerc� a su propia estatua y a�adi�: Me he convertido en una leyenda, y �ste es mi monumento.</p><p>Braddoc, por un momento, no supo c�mo reaccionar. Ten�a ganas de dar un salto y abrazarse a su amigo al tiempo que, sin salirse de su asombro, no dejaba de contemplar al hombre que se hab�a levantado de entre los muertos para salvar el mundo.</p><p>�La inspiraci�n de los halflings es la de los cuentos, amores y viajes relatados por los amigos para que se mantengan vivos de boca en boca �dijo Flinn�. Los placeres del momento y todos los momentos que vuelven con tales placeres.</p><p>Braddoc se pas� ambas manos por sus largos cabellos trenzados, y guard� silencio por un momento. Luego se llev� las manos a la cabeza y dej� que el llanto se apoderase de �l por primera vez en m�s de cuatrocientos a�os.</p></section><section><title><p>18</p></title><p>Jo permanec�a sentada en medio de las fuerzas abelaat en el centro de la arrasada aldea. Sab�a que el tiempo apremiaba y que a cada momento m�s y m�s de aquellas criaturas entraban en el mundo a trav�s del abat�n. Sab�a tambi�n que su desesperaci�n hab�a llegado a un punto cercano a la indiferencia. Los monstruos se mov�an a su alrededor, olisqueando el aire, y algunos casi llegaban a tocarla.</p><p>Acurrucada en el suelo no se inmutaba y manten�a la punta de <emphasis>Paz</emphasis> por encima de su cabeza, como si se tratase de un estandarte de plata rojiza. Las l�grimas que flu�an por sus mejillas dejaban manchas oscuras en su tabardo azulado y humedec�an la tierra entre sus pies.</p><p>A pesar del peligro inminente, s�lo pod�a pensar en Flinn. Evocaba aquellos lugares en los que hab�an estado juntos, donde hab�a exhibido la fuerza que le hab�a devuelto el apelativo de Flinn <emphasis>el Poderoso,</emphasis> en vez de los vejatorios insultos de Flinn <emphasis>el Ca�do</emphasis> o Flinn <emphasis>el Bobo.</emphasis></p><p>Jo record� las historias que ella sol�a contar sobre su poder�o.</p><p>Alguien le hab�a dicho que pose�a una gran habilidad para contar historias, como las que relatan los mayores cuando re�nen a los ni�os en torno al fuego y los hacen part�cipes de sus sue�os mientras saborean el humo de una pipa.</p><p>Ahora s�lo habr�a sido capaz de narrar sus pesadillas.</p><p>Los cad�veres se extend�an como una alfombra de muerte por los campos que rodeaban la aldea. Hab�a luchado contra los abelaat sesgando la vida de cientos de ellos. Hab�a continuado su lucha a solas incluso despu�s de haber perecido el �ltimo de los habitantes del pueblo. Hab�a luchado hasta perder la �ltima gota de su energ�a. A pesar de la fren�tica actividad mortal de su espada, no hab�a podido salvar la vida de sus amigos.</p><p>No sab�a por qu� raz�n los abelaat la evitaban instintivamente.</p><p>Tesseria o Hastur podr�an hab�rselo dicho, pero ahora estaban muertos. El cuerpo del hechicero estaba ahora sepultado en alg�n lugar entre los habitantes del lugar. Tesseria estaba tendida junto a ella. El hermoso rostro de la joven miraba en direcci�n al cielo tras haber sucumbido ante el ataque de un abelaat. Jo alz� la mirada y cerr� los ojos para que las l�grimas resbalasen por su rostro.</p><p>El abat�n la esperaba en el noroeste, pero su deber hacia Penhaligon era dirigirse hacia el sur.</p><p>Jo contempl� indiferente c�mo un abelaat se apartaba del resto para aproxim�rsele, olisqueando el aire y mirando en todas direcciones con ojos de sospecha. El suelo tembl� cuando la criatura se le acerc�, pero ella no pod�a reaccionar. El halo de la criatura se movi�, y la joven vio que la armadura que le cubr�a el pecho era muy parecida a la de las tropas de infanter�a que hab�an desfilado por las calles de Specularum en un desfile de fuerzas que el rey hab�a ordenado para impresionar a unos dignatarios. El hacha, prolongaci�n del brazo del abelaat, se agit� lentamente ante la muchacha. La criatura se detuvo y, torciendo el cuello, gir� la cabeza hacia un costado. Jo alz� la mirada y distingui� los largos dientes del abelaat, que eran parecidos a los del que la hab�a mordido en el hombro hac�a dos inviernos.</p><p>El abelaat gir� sobre sus talones y se dirigi� hacia el resto de las filas. Jo advirti� que su mano derecha estaba caliente, y supuso que las piedras de abelaat de la empu�adura le habr�an desgarrado la piel.</p><p>Bajando la mirada, comprob� que la sangre le flu�a por donde le hab�a cortado el pu�al de Malken.</p><p>Las piedras hab�an recuperado el color rojo intenso original, habiendo perdido el tono negro que las cubr�a cuando absorb�an la sangre de sus manos. Infectadas con el veneno de las malvadas criaturas, las piedras no hac�an funcionar su magia sin cobrar un precio. Con un estremecimiento, Jo solt� la empu�adura de <emphasis>Paz</emphasis> y se abraz� a su hoja de plata rojiza. �l recuerdo del veneno que corr�a por sus venas la hizo llorar de nuevo.</p><p>Los abelaat que estaban m�s pr�ximos se giraron hacia ella, alzando la cabeza; hab�an olido su sangre. Con el pulso acelerado por el miedo, Jo se puso en pie, y adopt� una posici�n de combate. Las criaturas parec�an confundidas y ansiosas, como las bestias salvajes que merodean alrededor de una pieza reci�n cobrada.</p><p>Con la plateada hoja de su espada cort� con facilidad un trozo de su t�nica a�il, que agarr� antes de que llegase al suelo. Depositando la hoja de la espada en el suelo con el mango apoyado en sus piernas, se vend� la herida para que parara de sangrar.</p><p>Los abelaat hab�an comenzado a moverse hacia ella. Una de las criaturas blandi� su alabarda en el aire cerca de ella, y la forz� a retroceder. Los abelaat formaron un c�rculo a su alrededor, y Jo apunt� a <emphasis>Paz</emphasis> hacia arriba para que no los tocase hasta que estuviese lista para el ataque. Los halos negros creaban a su alrededor un muro de negrura, transformando las siluetas de las criaturas en una masa informe de oscuridad.</p><p>Jo empu�� a <emphasis>Paz</emphasis> con una sola mano y con los dientes abri� el nudo que hab�a hecho en un extremo del pa�o que le serv�a de vendaje. La sangre comenz� a fluir otra vez. Apret� entonces el pa�o hasta formar una bola y lo lanz� lejos, por encima de su cabeza, esperando haber elegido la direcci�n adecuada para poder escapar.</p><p>Los abelaat giraron y, como si se tratase de un im�n, se precipitaron sobre el pa�o. Jo apret� con firmeza la empu�adura de <emphasis>Paz</emphasis> dispuesta a defenderse, pero las criaturas pasaron a su lado haciendo caso omiso de ella.</p><p>Jo se volvi� y corri� hacia el norte en direcci�n a los Picos Negros, con la espada enarbolada en la mano derecha por si necesitaba defenderse con rapidez. Atraves� las filas de los restantes abelaat, que, como soldados perfectos, obedec�an al que hab�a tra�do la desgracia al mundo.</p><p>Cuando hubo escapado del campamento de los abelaat, s�lo ten�a un pensamiento en la mente.</p><p>Matar a Teryl Uro.</p><p>La luz del abat�n se filtraba a trav�s de la cortina de nubes que oscurec�an el cielo. Jo contempl� a la devastada Armstead, que se levantaba tras la �ltima colina que daba al valle. Record� su primera reacci�n al encontrar los restos de aquella ciudad, con todos sus edificios derruidos y todas las almas de los habitantes absorbidas para alimentar el poder de la mal�fica puerta. En aquella ocasi�n, su rabia y su abatimiento no hab�an sido menores que la devastaci�n de la ciudad. El poderoso resplandor del abat�n llenaba de luz los ojos de Jo, exagerando sus rasgos con las sombras que proyectaba.</p><p>De la misma manera que la hab�an rodeado a ella en el campo de batalla, los abelaat rodeaban la ciudad como una espesa sombra alrededor de la centelleante columna del abat�n. Eran tan numerosos que Jo tuvo la sensaci�n de que se trataba de un enorme trozo de cielo nocturno que se hab�a desprendido. La luz del abat�n ba�aba a las criaturas con un resplandor nacarado que no disminu�a la intensidad de sus negros halos. Estaban formados en filas perfectas que ninguna fuerza de Mystara podr�a llegar a detener.</p><p>Su viaje desde el sur no le hab�a llevado mucho tiempo. Se sent�a con m�s fuerzas y energ�as que nunca, a pesar de no haber comido en varios d�as. Al bajar la mirada, vio que el resplandor del abat�n hac�a resaltar las venas de sus antebrazos. Los huesos y tendones se le marcaban en las manos tal como ella hab�a visto en las de Flinn cuando lo conoci� en Bywater.</p><p>��Qu� dir�as ahora si me vieses, Flinn? �susurr� para s�. Hab�a vivido en soledad, abandonada por su familia a la suerte de las calles de Specularum, donde hab�a conseguido sobrevivir gracias a su ingenio y tenacidad. Hab�a buscado a Flinn <emphasis>el Poderoso,</emphasis> pero se hab�a encontrado con Flinn <emphasis>el Ca�do.</emphasis> A trav�s de �l hab�a conocido a otros como Karleah, Braddoc� y Dayin, de quien sab�a por su visi�n que la estaba esperando, suspendido dentro del rayo de luz. Hab�a entrado en la corte de Penhaligon y hab�a estado rodeada de cientos de personas que se congregaron para bendecir su espada. Hab�a luchado entre las filas de los soldados, s�lo para ver c�mo los asesinaban a todos.</p><p>Respir� profundamente al pensar c�mo hab�a pasado de la soledad a la compa��a de todo el mundo; de marginada a �dolo. Ahora se encontraba sola de nuevo. Casi toda la gente que hab�a tenido la fortuna de conocer hab�a perecido. Apenada por sus pensamientos, sacudi� la cabeza y baj� la mirada hacia la preciada espada, que hab�a adquirido un tono rojizo, m�s intenso. Los cuatro s�mbolos r�nicos del Quadrivial y la inscripci�n final de <emphasis>Paz</emphasis> estaban oscurecidos, debilitados por el poder del abat�n. Se pregunt� cu�ndo hab�a sido la �ltima vez que hab�a reflexionado sobre el Quadrivial, o sobre la caballer�a.</p><p>Sacudi� de nuevo la cabeza. Sus piernas ten�an m�s fuerza que nunca, y sab�a que sus habilidades para la lucha se igualaban a las del mejor: hab�a sido entrenada por dos expertos espadachines, adem�s de las duras lecciones que hab�a tenido que aprender por s� misma en el campo de batalla. <emphasis>Paz</emphasis> pod�a hacer estragos a trav�s de las filas de los abelaat mientras ella se sostuviese en pie, y lo conseguir�a hasta haber acabado con Teryl Uro.</p><p>Sin saber con qu� se encontrar�a al atravesar la puerta del abat�n, por un momento consider� la posibilidad de usar las piedras de abelaat de la empu�adura para examinar el paisaje del mundo de los abelaat. Se aferr� a <emphasis>Paz</emphasis> con firmeza y comenz� a frotar con fuerza las piedras, pero de repente cambi� de parecer. Los abelaat pod�an percibir el olor de su sangre en la distancia, de la misma manera que un perro salvaje puede detectar el miedo y la muerte, y sin duda la localizar�an con facilidad, dado el gran n�mero de criaturas que se api�aban en el valle.</p><p>La regi�n estaba en calma total. No hab�a encontrado rastro de animales o p�jaros en su viaje a Armstead, y hasta los insectos permanec�an escondidos. Jo mir� hacia la luz del abat�n y record� a Dayin en la catarata de luz. Decidi� que hab�a llegado el momento de actuar.</p><p>Revis� su armadura para asegurarse de que las correas no se hubiesen desabrochado sin que se hubiese dado cuenta, pero las hombreras estaban en su lugar as� como los avambrazos y las grebas.</p><p>El �nico rasgu�o sufrido por su vestimenta era la desgarradura que hab�a causado a su tabardo a�il cuando hab�a necesitado hacerse una venda. Incluso las prendas de algod�n que llevaba debajo estaban en perfectas condiciones.</p><p>Los abelaat rodeaban el pilar de luz emulando la distribuci�n de los p�talos de una flor, con huecos entre las formaciones. No vio fuerzas patrullando la zona como hac�an en la otra aldea.</p><p>Alz� a <emphasis>Paz</emphasis> y comenz� a descender la monta�a, siguiendo el mismo camino que hab�a recorrido en su anterior visita a Armstead. Se concentr� para encontrar la ruta perfecta que le permitiese llegar hasta el abat�n a trav�s de las filas enemigas. Dese� tener a sus amigos junto a ella para enfrentarse al enemigo y, por un momento, se imagin� que estaban cerca. Pero no era cierto, as� que apresur� la marcha.</p><p>El viento hac�a ondear su tabardo con tanta fuerza que le azotaba la piel, y dejaba marcas en sus piernas y brazos. La tela que le cubr�a las hombreras la golpe� en la nariz, pero Jo esboz� una mueca de protesta y no aminor� la marcha. Con los ojos fijos en su objetivo �el brillo nacarado del abat�n� hizo caso omiso del roce de sus botas al caminar y del aullido del viento en sus o�dos.</p><p>El hedor de los abelaat infectaba el aire, que cambiaba constantemente de direcci�n. Jo tuvo que tragar saliva para no vomitar, a pesar de tener su est�mago vac�o. El recuerdo de la comida hizo que volviese a tragar saliva para librarse del sabor amargo de la bilis y los �cidos de su est�mago en la garganta. S�lo al acercarse a la derruida Armstead, el olor de las cenizas camufl� el hedor a especias.</p><p>Jo se detuvo. Los abelaat que la rodeaban permanec�an est�ticos en su silencioso halo de negrura, como estatuas talladas en la m�s negra de las piedras. Hab�a cre�do que comenzar�an a olisquear el aire pero se quedaron impasibles, tal vez porque el corte en su mano izquierda hab�a curado casi por completo.</p><p>Se mordi� el labio para detener la risa que la acomet�a. No pod�a creer que la ni�a que una vez hab�a sido abandonada en las calles de Specularum hubiese llegado hasta donde estaba ahora. Se pregunt� si no habr�a sido todo un plan de los Inmortales. Todo lo que era y toda la gente que hab�a conocido la hab�an llevado hasta aquel punto, como si hubiese sido planeado de antemano. La talla exacta de sus botas y lo bien que se ajustaba el acero elfo de su armadura eran prueba evidente de que lo hab�an preparado todo para ella.</p><p>El viento cambiante la zarandeaba por la espalda y por los lados mientras caminaba sigilosa entre las filas de las negras criaturas que permanec�an inm�viles. A pesar del viento, que parec�a empujarla hacia el abat�n, mantuvo un paso constante. Comprob� que hab�a caminado una distancia similar a la del patio del Castillo de los Tres Soles, pero la columna a�n estaba distante.</p><p>Tuvo la sensaci�n de que algo oscuro se mov�a dentro de la columna de luz. Contuvo la respiraci�n, con la esperanza de ver a Dayin, pero el muchacho no apareci�. Aunque estuviese all�, no tomaba voluntariamente parte en la conspiraci�n de Teryl Uro. Hab�a sido un amigo, y Jo confiaba en que el hermoso joven la recibiese como tal.</p><p>Al acercarse al pilar sinti� m�s fr�o, y se pregunt� si Karleah habr�a tenido la misma desagradable sensaci�n cuando se hab�a sentado enfrente del abat�n con la �ltima piedra de abelaat en su mano. El abat�n tambi�n emit�a calor, un ansia de poder del otro mundo. Jo se dijo que tal vez la anciana hab�a rezado a alg�n dios en sus �ltimos momentos.</p><p>�Diulanna, Patrona de la Voluntad �comenz� lentamente, buscando las palabras adecuadas�, s�lo os pido que me deis la fuerza y el valor necesarios. �Jo pens� en su plegaria y a�adi�: Es todo lo que necesito.</p><p>Sin pensarlo m�s, se introdujo en el poder del abat�n.</p><p>Se encontraba dentro de la columna de luz ante un hermoso joven de tez p�lida que le recordaba a alguien. Estaba suspendido en el aire, durmiendo, con los brazos a los costados y las palmas de las manos hacia afuera; la pierna derecha estaba cruzada sobre la izquierda, doblada a la altura de la rodilla. No pod�a alcanzarlo para despertarlo.</p><p>Era incre�blemente hermoso.</p><p>El chorro de luz, que se proyectaba hacia un lugar desconocido, perdido en la distancia, la inundaba como si estuviese en una catarata.</p><p>Sinti� una poderosa presencia cerca de s�, la misma presencia que dirig�a la catarata de luz, y que imped�a al joven despertarse.</p><p>Jo quer�a despertarlo, sacarlo de su sue�o. Recurriendo a toda su voluntad, avanz� lentamente, luchando contra el gran poder de la luz, contra la fuerza de aquella presencia.</p><p>De repente, dej� de sentir su cuerpo, y alz� una mano totalmente entumecida.</p><p>Los ojos del joven se abrieron de repente, y Jo clav� la mirada en su profundidad p�lida, tan brillante, fr�a y hermosa como la luz que los envolv�a. En sus ojos s�lo se percib�a aquella luz, y la joven temi� que estuviera muerto. Notaba el poder del muchacho y de la presencia que los inundaba con su luz.</p><p>El joven abri� la boca para hablar, pero la presencia se lo imped�a. Asustada, Jo retir� la mano y se repleg� en s� misma. Un nombre apareci� en su memoria.</p><p>�Dayin.</p><p>Aquella palabra era la llave que abr�a la puerta.</p></section><section><title><p>19</p></title><p>Braddoc estaba sentado en un rocoso despe�adero contemplando el abismo que se extend�a hasta donde le alcanzaba la vista. El cielo encapotado, que parec�a oscurecerse a cada momento que pasaba, segu�a cortando el paso a la luz del sol. Desde aquella posici�n elevada hab�an divisado ej�rcitos que, provistos de distintos estandartes, se pon�an en marcha, aldeanos que hu�an desesperados, corceles de mensajeros cabalgando raudos al galope. A pesar de aquel espect�culo, aguardaban la siguiente fuente de inspiraci�n.</p><p>Flinn, quien llevaba un buen rato cruzado de brazos sin decir palabra, daba la espalda a su amigo. Aunque hab�a perdido el sentido del paso del tiempo desde que hab�a dejado las cuevas de Rupestre, el enano se estaba empezando a preocupar de que fuese demasiado tarde para llevar a cabo su misi�n.</p><p>�Flinn �lo llam�.</p><p>��S�?</p><p>Braddoc no dijo nada por un momento, pensando en c�mo formular su pregunta. Se decidi� por decirle lo primero que le vino a la cabeza.</p><p>��Cu�nto tenemos que esperar?</p><p>Flinn mir� a su compa�ero por encima del hombro.</p><p>��C�mo?</p><p>�Creo que ya llevamos aqu� alg�n tiempo �dijo Braddoc, poni�ndose en pie y sacudi�ndose las ramas que se le hab�an adherido a sus pantalones marrones. Le crujieron las rodillas y dese� no empezar a tener problemas, despu�s de m�s de quinientos a�os de una salud de hierro�. �A qu� estamos esperando?</p><p>�Eres demasiado impaciente, Braddoc �le contest� Flinn secamente, aunque con un cierto tono de sorna�. Soy yo el que tiene una misi�n que cumplir �le record�, volvi�ndose hacia el enano.</p><p>Su amigo pose�a ahora todas las cualidades del Flinn que hab�a conocido �todas y ninguna�. Era joven, vital, poderoso, terrible� casi sagrado. Su cuerpo era de carne y hueso, pero estaba dotado de una fuerza sobrenatural. El fuego de sus ojos ard�a con m�s intensidad que cualquier mirada que hubiese apreciado en rey o artista alguno.</p><p>��Y <emphasis>t�</emphasis> tienes suerte de que yo no tenga que hacer nada para llevar a cabo <emphasis>mi</emphasis> misi�n! �grit� el enano, se�al�ndolo con un dedo acusador, presa de un irracional ataque de ira.</p><p>��Qu� sucede Braddoc? �Por qu� te comportas as�?</p><p>��Porque�, porque no hay nada que pueda hacer para ayudarte!</p><p>S�lo me mantengo detr�s de ti, sigui�ndote de cerca como un perrito faldero tras su amo. �El enano daba vueltas, haciendo rechinar con rabia los dientes.</p><p>�No eres un perro, Braddoc �repuso Flinn, acerc�ndosele. El enano se detuvo al instante�. Deber�as avergonzarte por pensar eso.</p><p>Braddoc alz� la vista hacia su amigo, y encendi� los restos de resina que quedaban en su pipa. Hac�a tiempo que se le hab�a acabado el tabaco de su jub�n, pero no quer�a pedirle a Flinn que consiguiese m�s.</p><p>�Muy bien �murmur� entre una nube de humo�. Puede que tengas raz�n, pero eso no contesta a mis preguntas.</p><p>�Supongo que no �reconoci� Flinn, volvi�ndose hacia el precipicio.</p><p>Braddoc esper� alguna respuesta de su amigo. Hab�an viajado juntos por tierras misteriosas, algunas de las cuales Braddoc ya conoc�a; de otras tan s�lo hab�a o�do historias; y otras cre�a que estaban fuera de los confines de la cordura. Mystara ten�a muchas razas diferentes con sus propias fuentes de inspiraci�n, y Flinn hab�a perdido la vida en cada una de ellas para absorber su energ�a, y cada vez hab�a renacido con m�s poder. S�lo le quedaba una raza.</p><p>En lugar de insistir con sus preguntas, Braddoc volvi� a sentarse en la roca para saborear los restos de resina de su pipa, absorbiendo con fuerza a trav�s de la boquilla. Ten�a la desagradable sensaci�n de que no volver�a a fumar en pipa.</p><p>�Te dir� por qu� no nos vamos �le dijo Flinn, finalmente. Se volvi� para sentarse en el suelo sobre sus piernas cruzadas. Descans� la barbilla sobre las manos y escrut� en la distancia con una intensa expresi�n que Braddoc hab�a percibido en el rostro de su amigo la noche despu�s de que lo expulsasen de la orden de Penhaligon.</p><p>�No nos vamos porque no s� adonde ir.</p><p>��Qu� quieres decir? �pregunt� Braddoc.</p><p>�Que no s� adonde ir. Hemos estado en la fuente de <emphasis>denwail</emphasis> de cada raza, excepto de una �ltima que no s� d�nde se encuentra.</p><p>Braddoc mordi� el extremo de su pipa.</p><p>��Qu� dices? Sabemos que esa �ltima raza es la humana.</p><p>�Cierto, pero aun as� no s� adonde ir.</p><p>��No puedes ponerte en contacto con tus amigos Inmortales? �inquiri� el enano�. Dijiste que te proporcionar�an todo lo necesario para llevar a cabo tu misi�n.</p><p>Flinn sacudi� la cabeza con evidente frustraci�n.</p><p>�No pueden ayudarme con esto. Aunque me apoyan en esta b�squeda, no son los �nicos que han intervenido en mi� renacer.</p><p>El Inmortal agarr� un pu�ado de tierra con la mano izquierda y lo dej� caer al suelo en forma de lluvia. Braddoc comprendi� entonces que el propio mundo, Mystara, era uno m�s de sus progenitores. El enano tuvo una idea repentina y se llev� una mano al ocular.</p><p>�No, Braddoc �lo disuadi� Flinn, haciendo un adem�n para que se detuviese�. Kagyar tampoco puede ayudarnos.</p><p>�Entonces �qu� diablos podemos hacer? �El peligro de que se destruya el mundo aumenta con cada instante que perdemos!</p><p>Flinn volvi� a dejar reposar el peso de su barbilla sobre la mano derecha.</p><p>�Esperaremos �contest�.</p><p>En su juventud, cada vez que se encontraba en un lugar extra�o, lo primero que hac�a Jo era echar mano de la cola de perro que le hab�a regalado su padre, por si se ve�a obligada a escapar. Ahora vio con tristeza que, instintivamente, se hab�a llevado la mano a la cintura, pero la cola, que hac�a tiempo hab�a perdido, ya no estaba all�.</p><p>El tosco pasillo en el que se encontraba era angosto, h�medo y oscuro. La �nica luz presente emanaba de algo parecido a peque�as luci�rnagas que zumbaban por toda la estancia sin motivo aparente.</p><p>Las paredes no eran de piedra, tierra o arena, sino de una caliente sustancia esponjosa. S�lo los fr�os vientos que proven�an de la magia del abat�n le permit�an soportar aquel calor.</p><p>Poco a poco sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, aunque a�n se sent�a mareada por su paso a trav�s de la columna de luz.</p><p>Cuando al fin se despej�, advirti� que el pasillo se hab�a vuelto serpenteante y mucho m�s estrecho. Tuvo la sensaci�n de que el techo y las paredes, que goteaban como si estuviese en una cueva de barro, se iban a derrumbar sobre su cabeza. Las piernas le fallaban, pero intent� mantenerse firme respirando con calma para no perder el equilibrio, tal y como Braddoc le hab�a ense�ado.</p><p>�Vive�, fue lo primero que se le ocurri�. Todo lo que la rodeaba ten�a vida propia. Las paredes estaban vivas, as� como el techo y aquella especie de zumbantes fuegos fatuos. El aire estaba vivo; la respiraci�n del mundo e incluso el helado torrente de la magia que proven�a de Mystara era parte de aquella vida. Jo comprendi� que el otrora aletargado mundo de los abelaat era, en realidad, un ser aletargado; un mundo con vida para el cual la magia era su alimento, y los abelaat alg�n tipo de �rganos. Las pulsaciones y temblores de la carnosa cueva a su alrededor le daban a entender que aquel ser era consciente de su presencia.</p><p>Con un esfuerzo de voluntad, hizo desaparecer aquellos pensamientos de su mente para no caer en la desesperaci�n de la locura. Decidi� que s�lo permitir�a el paso a las ideas que tuviesen relaci�n con su misi�n.</p><p>�Si esto es un ser vivo �conjetur�, su sangre debe de ser la magia, puesto que sin magia estaba dormido. Y la sangre siempre va al coraz�n.� Estudi� con detenimiento las luci�rnagas que se desplazaban por el pasillo, llevadas por las r�fagas del viento m�gico.</p><p>Sab�a d�nde encontrar el coraz�n.</p><p>Empu�� a <emphasis>Paz</emphasis> con fuerza. Aquella espada era la �nica conexi�n con la vida que hab�a dejado en Mystara. No s�lo era una intrusa en aquel lugar; era una forastera, una enfermedad, la �nica de su especie: el �nico ser humano en aquel mundo. Aquella iron�a la hizo sonre�r con sarcasmo; los abelaat hab�an envenenado su sangre, y ahora ella se hab�a convertido en la infecci�n de la sangre de los abelaat. A lo mejor era un veneno mortal.</p><p>Se pregunt� si se topar�a all� con alg�n abelaat, y si �stos tendr�an la misma forma en este mundo que cuando sal�an a Mystara.</p><p>Sab�a que con <emphasis>Paz</emphasis> pod�a dar buena cuenta de los abelaat normales, pero su arma era demasiado insignificante para acabar con la vida de un mundo entero.</p><p>Como se hab�a imaginado, la pulsante corriente de magia la guiaba inevitablemente hasta el coraz�n de la bestia. Despu�s de vagar por innumerables pasadizos, se encontr� inesperadamente ante la entrada de una enorme estancia que ten�a forma de l�grima. Jo estaba en su extremo m�s angosto. Las brillantes motas se precipitaban en el interior de la estancia, donde se un�an a una corriente de seres semejantes que iluminaban toda la caverna. El techo estaba cubierto con extra�as formaciones tortuosas que parec�an las venas del coraz�n de la bestia. Sin lugar a dudas, hab�a encontrado el coraz�n del mundo.</p><p>De repente Jo sinti� otra presencia en la estancia; algo que no hab�a entrado por ninguno de los corredores que all� conflu�an a trav�s de las paredes, techo y suelo. Aquella cosa desapareci� por un momento, y un instante despu�s estaba en el centro de la habitaci�n.</p><p>Las escarpadas paredes irregulares comenzaron a adquirir un brillo m�s intenso, como si el sol naciente deslizase sus rayos a trav�s de una cortina. Jo se aventur� a cruzar la entrada y, enarbolando a <emphasis>Paz,</emphasis> se puso en guardia para defenderse, el pie derecho m�s adelantado que el izquierdo.</p><p>En el centro de la habitaci�n apareci� Teryl Uro, y fue adquiriendo una forma m�s corp�rea a medida que aumentaba la intensidad de la luz. Se materializ� junto a una roca que parec�a un enorme rub� rojo, una piedra engarzada en el carnoso suelo de la caverna, que se elevaba a la altura de un gigante. La piedra era m�s alta que Uro, y su silueta le result� a Jo algo familiar. Cuando Uro hubo alcanzado su total solidez, la muchacha se dio cuenta de que su aspecto era m�s joven y vital que cuando viv�a en Penhaligon. Lo rodeaba un enjambre de luminosas criaturas m�gicas, que se disolv�an al contacto de su rejuvenecida piel.</p><p>La luz segu�a haci�ndose m�s brillante. Jo vio que los pies de Uro se aferraban al suelo con unas venas semejantes a cuerdas que le recorr�an las piernas y se hund�an en la enorme roca. Sinti� n�useas.</p><p>�T� eres quien trae a <emphasis>Paz</emphasis> �dijo el hechicero.</p><p>Jo no contest�. Avanz� un paso con cautela y luego se lanz� a la carrera. Gritando su rabia, arremeti� contra el coraz�n de aquel mundo de maldad.</p><p>Cuando Jo estaba a unos veinte pasos del malvado hechicero, Uro hizo un movimiento despreocupado con la mano, y una enorme bola de fuego apareci� ante �l y se precipit� hacia la muchacha. Jo hizo describir un arco a su espada, y la hoja impact� en el ardiente proyectil. El aire explot� centelleante, y las llamas engulleron a la joven con un calor abrasador. El silencio era total.</p><p>Las llamas se arqueaban antes de tocar su cuerpo, repelidas por una esfera de poder, hasta que al cabo desaparecieron. Jo no hab�a sufrido da�o alguno, pero tuvo que detenerse para coger aire.</p><p>Clav� la mirada en los ojos de Uro, sintiendo c�mo el ardor corr�a por sus venas, por las que el coraz�n bombeaba sangre a un ritmo desenfrenado. Se concentr� en el mago.</p><p>�Est�s muerto, Uro �sise� entre dientes.</p><p>�Est�s en mi mundo, en mi terreno, en las estancias de mi coraz�n, muchacha �replic� el mago con firmeza, sosteniendo su amenazadora mirada�. �ste es el coraz�n de las cosas. No puedes matarme aqu�.</p><p>Jo advirti� que la amorfa forma del rub� se asemejaba a la de un coraz�n. Frot�ndose las manos con la t�nica azulada, afianz� la empu�adura y volvi� a avanzar.</p><p>Agitando la mano, Uro lanz� una segunda bola de fuego en direcci�n a Jo a trav�s de la estancia. El fuego se agit� con furia alrededor de la burbuja de poder que la rodeaba, ba�ando su rostro con el resplandor de su calor. No le produjo el m�s leve da�o.</p><p>�Tus trucos son in�tiles, Uro. Voy a acabar contigo.</p><p>�Lo veremos, Johauna Menhir �contest� el mago.</p><p>Volvi� a gesticular y mand� una tercera bola, y una cuarta.</p><p>Jo no las esquiv� como hab�a hecho con la primera, pero comenz� a trastabillar ante el empuje de las llamas, que parec�an haber aumentado de intensidad. Sin hacer caso del dolor que sent�a sigui� avanzando.</p><p>Despu�s de varios pasos, la piel se le hab�a vuelto de un rojo intenso y empezaban a surgirle ampollas. Cada vez ten�a m�s dificultades para llenar sus sofocados pulmones. Su tabardo y ropa interior se estaban chamuscando, y tan s�lo percib�a el olor de las cenizas. El recuerdo repentino de Armstead le dio fuerzas para continuar y, agarrando a <emphasis>Paz</emphasis> con las dos manos, la dirigi� hacia la garganta de Uro.</p><p>El hechicero hizo un nuevo gesto con las manos, de las que brot� un chorro de luz blanca en direcci�n a la esfera de protecci�n de <emphasis>Paz.</emphasis></p><p>Jo cerr� los ojos y torci� el rostro para protegerlo del ataque.</p><p>Trastabill� y se vio obligada a afianzar los pies en la blanda superficie de la estancia y resistir la arrolladora fuerza del maleficio con sus fuertes piernas.</p><p>Unas delgadas agujas de hielo y luz asaltaron su barrera hasta conseguir atravesarla, e hirieron a Jo en los hombros y la espalda. El dolor fue mayor que el causado por las bolas de fuego. Apret� los dientes conteniendo un aullido, en un esfuerzo para no mostrarle al hechicero ning�n indicio de debilidad o dolor. La esfera que la proteg�a menguaba poco a poco y perd�a su fuerza. Con obstinada determinaci�n, Jo sigui� avanzando hacia el mago. Se pregunt� c�mo pod�a Teryl Uro mantener sus ataques durante tanto tiempo, y la asaltaron las dudas sobre la capacidad de resistencia de <emphasis>Paz.</emphasis></p><p>�Hay algo que debes saber, Johauna �dijo Teryl Uro con voz resonante.</p><p>Al principio Jo no iba a contestarle para no caer en la trampa de la ret�rica del mago. Apret� los dientes con m�s fuerza intentando conseguir algo de ox�geno en aquel aire viciado.</p><p>��S�? �acert� a mascullar.</p><p>�He destruido el Castillo de los Tres Soles y a todos sus habitantes �dijo el hechicero con la total indiferencia de quien s�lo comunica un hecho.</p><p>�Aunque eso sea cierto �le espet� Jo, bregando contra la corriente de luz�, morir�s de todas formas.</p><p>�Al contrario que <emphasis>Verdilith,</emphasis> no voy a jugar contigo �declar� Uro con satisfacci�n�. Ni t� ni el enviado de los Inmortales lograr�is vencerme.</p><p>La luz blanca de su hechizo redobl� su intensidad e inund� los o�dos de Jo con un zumbido que ahogaba toda otra sensaci�n.</p><p>De pronto advirti� que se debilitaba, que la vida se le escapaba del cuerpo.</p><p>Retorci�ndose, cay� al suelo a tres pasos de Uro. El hechizo del brujo desapareci�.</p><p>Jo se aferr� a la empu�adura de <emphasis>Paz</emphasis> y clav� la mirada en la �ltima inscripci�n r�nica de la parte plana de la espada: el s�mbolo que le hab�a dado nombre a la espada, que le hab�a mostrado el camino de la rectitud de la caballer�a y todo lo que eso representaba. Sab�a que ahora hab�a perdido su significado. Estaba herida de muerte.</p><p>Teryl Uro, apoyado en sus venosas piernas, se inclin� sobre Jo.</p><p>Con la mirada enturbiada por la agon�a, Jo vio que el hechicero ahora parec�a m�s joven que cuando hab�a entrado en la estancia. Las extra�as venas que lo un�an al suelo a trav�s de la enorme piedra le cubr�an todo el cuerpo.</p><p>Teryl Uro sac� un largo pu�al de metal oscuro y lo alz� sobre el pecho de Jo.</p><p>�Lo �ltimo que se pierde es la esperanza.</p></section><section><title><p>20</p></title><p>�Es hora de irnos, Braddoc �dijo Flinn, poni�ndose en pie. El enano dio un salto, con el coraz�n acelerado. Sab�a que aqu�l era el �ltimo viaje, y que supondr�a la salvaci�n del mundo o su destrucci�n.</p><p>��Ad�nde nos dirigimos? �pregunt� Braddoc, sacudi�ndose el polvo y guard�ndola pipa con toda rapidez.</p><p>Flinn neg� con la cabeza.</p><p>�No <emphasis>nos</emphasis> dirigimos. Supondr�a tu muerte.</p><p>��De qu� me est�s hablando? �le exigi� el enano, adelant�ndosele�. �Yo voy contigo!</p><p>Los ojos de Flinn resplandecieron por un instante. El hombre se gir� y clav� la mirada en la distancia. El enano lade� la cabeza con gesto confundido; percib�a una expresi�n en el rostro de su amigo que pocas veces hab�a visto.</p><p>�S�, Braddoc Briarblood, estoy llorando. �Y qu�? S� casi todo lo que sab�a siendo hombre y muchas cosas m�s ahora que soy Inmortal. �Flinn se volvi� hacia el enano, enjug�ndose las l�grimas con el antebrazo�. S�lo me falta una cosa.</p><p>�Yo puedo cont�rtelo �murmur� Braddoc.</p><p>��No! No, no tendr�a sentido. Pero no puedes acompa�arme en esta �ltima b�squeda, porque tengo que entrar en el abat�n. Tengo que viajar al mundo de los abelaat.</p><p>De repente Braddoc hall� la respuesta a la pregunta que se hab�a hecho sobre por qu� el <emphasis>denwail</emphasis> de los humanos no estaba en Mystara.</p><p>Se apart� de su amigo y se llev� una mano a la frente, lleno de incredulidad.</p><p>�Te marchas para no volver �dijo el enano.</p><p>�Debo hacerlo. Es la raz�n por la que he vuelto.</p><p>Braddoc baj� la mano y se la puso sobre el coraz�n. Hab�a vivido m�s de quinientos a�os y padecido sufrimientos m�s intensos que cualquier otro mortal, pero sab�a que esta vez no podr�a recuperarse del dolor. Flinn, su amigo, hab�a vuelto del mundo de los muertos para salvar el mundo de Mystara, y Braddoc hab�a presenciado su renacer as� como todo su itinerario. Braddoc hab�a sabido a trav�s de la voz de sus antepasados que Flinn <emphasis>el Poderoso</emphasis> volver�a. Pero las voces guardaban un ominoso silencio acerca del destino del Inmortal, y Braddoc no podr�a soportar el dolor de esta �ltima despedida.</p><p>�D�jame ir contigo, Flinn �dijo Braddoc sin mirarlo a los ojos�. Soy muy viejo para este mundo.</p><p>�Si te llevara conmigo ser�a igual que matarte ahora mismo �replic� el Inmortal�. Debes quedarte para guiar a los enanos de Rupestre.</p><p>��No! �protest� Braddoc, irgui�ndose y dando un paso adelante�. �Debo quedarme contigo, cueste lo que cueste! Es lo que me han dicho mis antepasados �a�adi� despu�s de un momento.</p><p>El Inmortal retrocedi�, lo que sorprendi� a Braddoc. El enano se dio cuenta de que su enfado descontrolado hab�a afectado a Flinn el hombre, su amigo. El Inmortal se pas� la mano por sus cabellos con evidente frustraci�n. Despu�s de unos momentos le dijo:</p><p>�No puedes venir.</p><p>�Entonces ll�vame hasta el abat�n. Yo puedo defenderme contra su poder �insisti� Braddoc.</p><p>�Estabas lejos del pilar de luz cuando me encontraste en Armstead �repuso Flinn�. Dudo que el ocular pudiese salvarte ahora.</p><p>�Puede y lo har�. Estamos perdiendo el tiempo �dijo el enano, empujando a Flinn y haci�ndolo girar.</p><p>Flinn afianz� los pies en el suelo y se volvi� hacia su amigo, a quien abraz� con fuerza, mientras grandes lagrimones ca�an de sus ojos.</p><p>Braddoc le devolvi� el gesto. No recordaba que su amigo hubiera tenido nunca una demostraci�n de afecto semejante. Entonces su ocular le mostr� un poder que �l desconoc�a que poseyera. Se le aparecieron un mont�n de enanos antepasados que los rodeaban.</p><p>Braddoc segu�a abrazado a Flinn y mir� a todos los esp�ritus. Uno a uno, fueron cerrando los ojos e inclin�ndose. Cuando el �ltimo de los esp�ritus le hubo rendido sus honores al enano, Braddoc se separ� de Flinn, cerr� los ojos y les devolvi� la reverencia.</p><p>El viento arremet�a con fuertes aullidos contra sus ropas y cabellera. Cuando abri� los ojos, se dio cuenta de que ya no estaban en el acantilado rocoso, sino situados ante el pilar de luz. Al notar c�mo la vida se le escapaba del cuerpo, Braddoc levant� la mano izquierda e invoc� su poder por �ltima vez.</p><p>�Oh, gran se�or Kagyar, Kagyar el Artesano, Kagyar Ojos de Rel�mpago; yo, Braddoc Briarblood, tu humilde servidor, te doy las gracias por bendecirnos con este, tu poder. Que salve nuestras vidas y la vida del mundo. �Braddoc se detuvo para mirar a su amigo.</p><p>El dolor que le produjo el ocular se extendi� por todo su cuerpo mientras sent�a c�mo su carne se iba transformando en piedra.</p><p>El enano vio que el rostro de su amigo se contra�a en una mueca de compasi�n, y comprendi� que el hombre hab�a adquirido una cualidad de la que carec�a cuando era mortal. Era m�s afectuoso y ten�a m�s disposici�n para dar muestras de ese afecto. Seg�n los esp�ritus de los antepasados de los enanos, �sa era la verdadera grandeza del alma.</p><p>�Vuelve pronto �le dijo Braddoc a su amigo.</p><p>�Adi�s, Braddoc.</p><p>Jo no pod�a moverse; sus miembros no le respond�an. Sent�a terribles dolores que le recorr�an todo el cuerpo. De alg�n modo se dio cuenta de que su sangre, infectada con el veneno de los abelaat, ya no flu�a en su interior siguiendo su curso normal. Sent�a c�mo se le escapaba la vida a trav�s de sus dientes apretados, y se imagin� que podr�a probar el veneno.</p><p>�No hay palabras para describirlo �dijo Teryl Uro, acercando la daga a su t�nica azulada. Jo sinti� c�mo la punta de la hoja penetraba la perfecci�n de su armadura de elfo, cortaba su carne y le atravesaba el coraz�n.</p><p>�Mi mundo volver� a vivir.</p><p>Dayin dej� pasar a Flinn, aun a sabiendas de que podr�a haber detenido al Inmortal si �ste hubiese intentado hacerle alg�n da�o al abat�n. El alma del hermoso joven se hab�a convertido en el esp�ritu del abat�n, el puente entre los dos mundos. As� lo hab�a planeado su padre desde el principio. Era bueno y necesario. Con los ojos cerrados, guardar�a el abat�n con su �ltima esencia. Si el abat�n era destruido, �l morir�a.</p><p>Flinn no dijo nada ni hizo ning�n comentario sobre la existencia de Dayin al dejar un mundo para entrar en el otro. Dayin contempl� c�mo el h�roe se acercaba a una mujer que hab�a sido destruida por la magia de su padre.</p><p>Johauna.</p><p>Dayin record� a Johauna, la mujer que en un sue�o hab�a abierto sus ojos, blancos y sin vida. Cuando su padre lo oblig� a olvidarse de todas las cosas para convertirse en la encarnaci�n del abat�n, el salvador de su mundo, no hab�a sido capaz de quitarse de la cabeza el pensamiento de Johauna, el aut�ntico h�roe, la visi�n. Y ella hab�a vuelto para recordarle que todav�a era un h�roe, una visi�n.</p><p>Ahora Johauna estaba muerta. Teryl Uro permanec�a apoyado contra el rub� en forma de coraz�n, el sill�n de su poder; la punta de su pu�al goteaba sangre. Flinn, perfecto, lleno del poder y del fuego de la inspiraci�n, caminaba dejando huellas ardientes bajo sus pies, haciendo que las luci�rnagas se apartasen de su camino. Sin mirar a Uro, se inclin� sobre el cuerpo de Johauna y se arrodill� para tocarla.</p><p>Una l�grima resbal� de los ojos de Dayin a pesar de que se manten�an cerrados con fuerza.</p><p>Flinn estaba recordando a la mujer que hab�a amado. Dayin tambi�n la hab�a amado antes de que la vida de los mundos fluyera a trav�s de su cuerpo. Algo le dec�a que podr�a volver a amarla. En su coraz�n se agolpaban las memorias escondidas de todo lo que hab�a vivido de ni�o. Suspendido entre los mundos, Dayin vio c�mo las vidas de Johauna y Flinn se juntaban una vez m�s, y cada uno aliviaba el dolor del otro a trav�s de sus recuerdos y de su amor. Lleno de felicidad vio que Flinn se introduc�a en la esencia de ella para morir; su figura se desvanec�a y se disgregaba en vida y llamas, y su esp�ritu entraba en aquel lugar que separaba los mundos.</p><p>Despu�s de ser tocada por el Inmortal, Johauna penetr� en la esencia de �ste, y renaci� con un halo de luz dorada, con la esperanza de su mundo: la inspiraci�n. Y sus heridas se cerraron.</p><p>Jo llor�.</p><p>Teryl Uro se tambale� hacia adelante, mientras su cuerpo se ennegrec�a y perd�a su forma. Levant� el pu�al por encima de su cabeza y corri� hacia ella, levantando del suelo sus piernas venosas, llev�ndose la energ�a del mundo. Jo blandi� a <emphasis>Paz</emphasis> y descarg� un mandoble en el mago. El hechicero se agarr� la herida con una mano ensangrentada pero no se detuvo, y se forz� a avanzar poco a poco.</p><p>Sin hacer ruido, Jo retrocedi� un paso y volvi� a blandir su espada, que se incrust� en el pecho del mago. Hizo presi�n con el arma para vencer la resistencia de la carne, y sinti� c�mo el suelo vibraba a sus pies. El temblor iba en aumento a cada cent�metro que avanzaba su espada. Los ojos del hechicero se pusieron en blanco y su rostro se volvi� p�lido. Dej� caer el pu�al negro, que desapareci� en el blando suelo, mientras su cuerpo se iba disolviendo. Los temblores continuaron hasta que las carnes del mago fueron absorbidas por el suelo, como si de agua se tratase.</p><p>Johauna se puso en pie, jadeante. Sus ojos se abrieron en un gesto de incredulidad y sorpresa. El coraz�n de rub� comenz� a derretirse, y las paredes de la estancia perdieron su vitalidad y luz al ir muriendo poco a poco.</p><p>Johauna liber� la espada y, dej�ndose caer hacia atr�s, se desplom� sollozante en el suelo que temblaba.</p><p>Flinn se puso en pie en el pilar de luz. Hab�a vuelto a nacer por �ltima vez. Sab�a que Braddoc lo esperaba fuera del centelleante poder de la luz del abat�n y esperaba que el enano siguiese vivo. Con toda la fuerza del mundo deseaba que Johauna encontrase el camino de regreso.</p><p>Dayin, ciego, dio una patada al aire y se aferr� al cuello de Flinn.</p><p>El Inmortal alarg� los brazos, lleno de esperanza, fuego y amor, para corresponder al abrazo del muchacho, y mir� en el interior de sus hermosos ojos blancos, que ahora estaban abiertos de par en par.</p><p>Desde el otro lado del abat�n, los gritos de Johauna llegaron hasta sus o�dos. El joven hizo un movimiento afirmativo hacia Flinn, quien comprendi� el mensaje. Johauna no encontraba el camino a casa.</p><p>Con la fe y el amor que ambos sent�an, Dayin solt� a Flinn para dejar que el poder del abat�n fluyese una vez m�s, y contemplaron en silencio c�mo Johauna era devuelta desde el mundo de los abelaat a su hogar de Mystara.</p><p>Luego los dos Inmortales concluyeron la batalla que permitir�a mantener el abat�n cerrado para toda la eternidad.</p><p>Braddoc aguardaba en silencio el consejo de los esp�ritus de sus antepasados enanos. No ten�an voces; le hablaban a trav�s de los latidos de su coraz�n, que no parec�an anunciar nada bueno.</p><p>Bajando su mano izquierda, Braddoc le suplic� a Kagyar un �ltimo favor. El ocular estall� con la misma fuerza que cuando hab�a salvado a Mystara al liberar a Flinn de Denwarf, en las cavernas de Rupestre; ahora su poder asegurar�a que el abat�n no volviese a abrirse mientras Flinn y Dayin permaneciesen entre los dos mundos. La roja luz de la lente ba�� el abat�n con su resplandor y engull� el pilar. La tapadera de la caja se cerr�, y el enano emiti� un �ltimo grito al ser convertido en piedra para toda la eternidad.</p></section><section><title><p>21</p></title><p>Teryl Uro no hab�a mentido. El Castillo de los Tres Soles hab�a sido destruido. Hab�a desaparecido la gloria de la caballer�a.</p><p>Casi no quedaba nada en pie en el castillo y en los pueblos adyacentes. Jo avanz� por entre las ruinas. Las torres de la fortaleza se hab�an transformado en escombros, y los muros hab�an sido aplastados por las m�quinas de asalto que se le hab�an aparecido en su visi�n. El rastrillo de la entrada principal estaba a varios metros de �sta, con sus barras de hierro dobladas y partidas. De las torres de entrada s�lo quedaban algunas piedras. Al penetrar en el vest�bulo, Jo record� la primera vez que hab�a estado en el castillo.</p><p>Ten�a la esperanza de que la gente hubiese escapado antes de que llegase el enemigo. Tal vez incluso algunos de sus amigos: Arteris; Colyn Madcomb, Graybow� Quiz�s Uro hab�a mentido sobre aquello.</p><p>Jo intent� reprimir el sentimiento de cari�o que afloraba hacia aquellas personas; el amor que le hab�a profesado a Flinn, a Dayin.</p><p>Ahora estaba sola, como sab�a que suceder�a cuando acabase su viaje. La p�rdida de Flinn por segunda vez era demasiado dolorosa para poder soportarla.</p><p>Mientras caminaba por aquel lugar devastado, Jo intent� encontrar los aposentos de sir Graybow, pero no hab�a nada que pudiese identificar. Incluso el granito rosado del patio estaba hecho a�icos.</p><p>Con un suspiro, se sent� en una roca y levant� a <emphasis>Paz</emphasis> a la altura de sus ojos. Su rostro se reflejaba distorsionado en la parte plana de la espada, excepto donde estaba la �ltima inscripci�n r�nica. Se pregunt� si aquello era un mensaje de los Inmortales, aunque ya no le importaba. La devastaci�n que hab�a sufrido su vida era demasiado grande para albergarla en su coraz�n. Sab�a que necesitar�a un gran esfuerzo de voluntad para volver a alcanzar la paz interior.</p><p>Lo primero que necesitaba era comida. Si ten�a que emprender un viaje, o reconstruir lo derruido, o vivir, ten�a que comer. Busc� con la mirada a su alrededor intentando localizar cualquier cosa, incluso un poco de agua. Escarb� entre los escombros y sac� un trozo de tela oscura.</p><p>Era la t�nica de uno de los caballeros del Castillo de los Tres Soles. La luz del sol hac�a resplandecer con sus rayos los finos bordados de la prenda.</p><p>Los ojos se le llenaron de l�grimas que resbalaban por su rostro y manchaban su tabardo. Comenz� a llorar por todo lo que hab�a conocido y amado.</p><p>�Nunca lo entender�s, Braddoc Briarblood.</p><p>Braddoc frunci� el entrecejo y se cruz� de brazos. Su esp�ritu permanec�a en Armstead cerca de su cuerpo de piedra. No le gustaba que le dijesen que no entend�a nada, especialmente ahora.</p><p>�Entonces, �qu� significa todo esto? �quiso saber el enano�. Me imagino que lo ten�as todo planeado desde el principio.</p><p>�No seas tonto. El mundo es un lugar m�s grande de lo que t� crees, y hay muchas cosas que se planean desde el principio. Sin embargo, ahora que eres uno de nosotros, supongo que no te importar� saber que estabas en lo cierto. Siempre fuiste uno de los favoritos.</p><p>Braddoc dej� caer los brazos y suspir� en voz alta.</p><p>��Qu� suceder� ahora? �Tengo que quedarme contigo para toda la eternidad?</p><p>�Para toda la eternidad, Vigilante, o hasta que vuelvas a nacer.</p><p>��Y Flinn? �se pregunt� Braddoc en voz baja.</p><p>�Tambi�n est� atrapado para toda la eternidad.</p><p>�Vaya, fabuloso �murmur� a trav�s de su barba�. Contigo por toda la eternidad, se�or Kagyar, Kagyar el Artesano, Kagyar, Ojos de Rel�mpago�</p><p>��Basta! �lo amonest� el Inmortal.</p><p>Braddoc no se sent�a intimidado ni obligado a obedecer a su se�or, y lo mir� con una sarc�stica sonrisa.</p><p>�No intentes enga�arme con tus trucos de Inmortal, se�or Kagyar �le replic� Braddoc con sorna�. Ambos nos conocemos bien.</p><p>Braddoc pase� la mirada por su cuerpo de piedra, que se manten�a velando el abat�n. Contempl� el plano de los mortales, pregunt�ndose si alg�n d�a regresar�a.</p><p>Suspir� por �ltima vez antes de emprender su viaje al mundo de los Inmortales acompa�ado de Kagyar.</p></section><section><title><p>Ep�logo</p></title><p>El frugal sue�o de Jo se vio turbado por un rumor de pasos en mitad de la noche. Sin hacer ruido, desenvain� a <emphasis>Paz</emphasis> de la cartuchera de cuero que se hab�a confeccionado y se dirigi� a la puerta de su caba�a, que hab�a construido en las ruinas del Castillo de los Tres Soles.</p><p>Tres personas eran las causantes del ruido: dos hombres y una mujer. Jo se alegr� de haber cerrado las cortinas de su peque�a casa; los intrusos no pod�an ver su interior.</p><p>��Hola! �llam� uno de los hombres.</p><p>Jo no contest�.</p><p>��Hay alguien ah�? �pregunt� la mujer. La voz no parec�a pertenecer a un bandido de la noche.</p><p>�No queremos haceros da�o. Venimos de Bywater, Specularum y Entrada �dijo el otro hombre.</p><p>��Qu� quer�is? �exigi� Jo.</p><p>�S�lo un lugar para descansar �le contest� la mujer�. Hemos hecho un largo viaje en busca del Castillo de los Tres Soles.</p><p>Jo abri� la puerta y obsev� a los tres viajeros. Eran j�venes �m�s j�venes que ella� y estaban cubiertos por una capa de polvo del camino. Las armas y armaduras que llevaban eran relativamente nuevas, aunque con algunas abolladuras. Al salir empu�ando a <emphasis>Paz</emphasis> en posici�n defensiva, los tres retrocedieron, y uno de ellos ech� mano a su espada envainada.</p><p>�Esto �dijo Jo de malas maneras� es el Castillo de los Tres Soles.</p><p>Los visitantes se miraron entre s� con cierta decepci�n en el rostro.</p><p>�Llevo aqu� muchos meses, y vosotros sois los primeros que ven�s en busca del castillo �les inform� Jo bajando la punta plateada de su espada.</p><p>La mujer asinti�.</p><p>�No dudo que seamos los primeros en habernos lanzado a recorrer los caminos. Esas criaturas estaban por todas partes, sembrando la destrucci�n en las aldeas y ciudades.</p><p>�Pod�is volver a casa �declar� Jo�. No queda nada del castillo, nada de la gloria, nada de la caballer�a.</p><p>�Pero vos llev�is la t�nica de la Orden. �No sois un caballero? �le pregunt� el primero de los hombres.</p><p>Jo baj� la mirada hacia su t�nica; los tres soles dorados brillaban en el a�il de su t�nica. Record� la vez que Flinn hab�a usado una parte de aquella prenda como venda. Ella la hab�a remendado luego casi hasta la perfecci�n.</p><p>Examinando uno a uno los rostros de sus j�venes visitantes, se sinti� tal como supon�a que se hab�a sentido Flinn cuando ella se hab�a presentado a la puerta de su hogar en el bosque. Hab�a aprendido muchas cosas de �l, pero la lecci�n m�s importante era la necesidad de aprender del pasado y usar la lecci�n con sabidur�a.</p><p>�Pasad, por favor �los invit� Jo�. Podemos hablar de la caballer�a mientras comemos.</p></section></body><binary id="cover" 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