<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?><FictionBook xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0" xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink"><description><title-info><genre>prose_history</genre><author><first-name>&#x42D;&#x43D;&#x442;&#x43E;&#x43D;&#x438;</first-name><last-name>&#x41A;&#x430;&#x43F;&#x435;&#x43B;&#x43B;&#x430;</last-name><id>16622</id></author><book-title>La emperatriz de los helados</book-title><annotation><p>UNA HISTORIA DEAMOR EN LA QUE LOS SECRETOS DE PALACIO RECORREN DELICIOSAMENTE LOS CAMINOS DEL DEBER Y LA PASI�N. Versalles, Siglo XVII. Louise de Keroualle, hija de una familianoble que ha perdido buena parte de sus riquezas, vive en la Corte de Luis XIVcon la esperanza de encontrar un buen marido. All� conoce a Carlo Demirco cuyotalento culinario le ha permitido gozar de una posici�n privilegiada en laCorte del Rey Sol. Los dos ser�n enviados a Inglaterra donde compartir�n lamisi�n de seducir al rey Carlos II. Ella mediante sus encantos y �l con suexquisito arte de hacer helados. En este entorno tan intrigantecomo distinguido, Carlo se sentir� profundamenteatra�do por la hermosa y enigm�tica Louise e intentar� conquistarla, poniendoen jaque su fidelidad al rey.</p></annotation><keywords>Ficci,�n moderna</keywords><coverpage><image l:href="#cover"/></coverpage><lang>es</lang><src-lang>en</src-lang><sequence name="Nefelibata" number="1"/></title-info><document-info><author><first-name>Anthony</first-name><last-name>Capella</last-name></author><program-used>calibre 6.13.0, fb2cut 2.5.4, fb2cut 2.6.2</program-used><date>25.11.2023</date><id>0208cad6-360e-4be5-a125-f7e976e725a9</id><version>1.0</version></document-info><publish-info><book-name>La emperatriz de los helados</book-name><publisher>Duomo Ediciones</publisher><year>2015</year><isbn>9788416261536</isbn></publish-info><custom-info info-type="librusec-id">760963</custom-info></description><body><section><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>La emperatriz</p><empty-line/><p>
    de los helados</p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p><image l:href="#1"/></p></section><section><p>ANTHONY CAPELLA</p><empty-line/><empty-line/><p>La emperatriz</p><empty-line/><p>
    de los helados</p><p>Traducci�n de Josep Escarr�</p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p><image l:href="#0"/></p><p>Barcelona, 2015</p></section><section><empty-line/><p>T�tulo original: <emphasis>The Empress of Ice Cream</emphasis></p><p>� 2010 por Anthony Capella</p><p>� de la traducci�n, 2015 por Josep Escarr� Reig</p><p>� de esta edici�n, 2015 por Antonio Vallardi Editore S.u.r.l., Mil�n</p><p>Todos los derechos reservados</p><p>Primera edici�n en formato digital: mayo de 2015</p><p>Photograph � 2015 Museum of Fine Arts,</p><p>Boston Jean-Baptiste Greuze, French, 1725-1805</p><p><emphasis>The White Hat</emphasis> (detail), about 1780</p><p>Oil on canvas</p><p>56.8 x 46.4 cm</p><p>Museum of Fine Arts, Boston</p><p>Gift of Jessie H. Wilkinson-Jessie H. Wilkinson Fund, Grant Walker Fund, Seth K. Sweetser Fund, and Abbott Lawrence Fund, 1975.808</p><p>Duomo ediciones es un sello de Antonio Vallardi Editore</p><p>Av. del Pr�ncep d�Ast�ries, 20. 3� B. Barcelona, 08012</p><p><a l:href="http://www.duomoediciones.com"><strong>www.duomoediciones.com</strong></a></p><p>Gruppo Editoriale Mauri Spagnol S.p.A.</p><p><a l:href="http://www.maurispagnol.it"><strong>www.maurispagnol.it</strong></a></p><p>DL B 8064-2015</p><p>ISBN: 978-84-16261-53-6</p><p>C�DIGO IBIC: FA</p><p>Dise�o de interiores: Agust� Estruga</p><p>Composici�n ePub: Grafime. Mallorca, 1, Barcelona 08014 (Espa�a)</p><p><a l:href="http://www.grafime.com"><strong>www.grafime.com</strong></a></p><empty-line/><empty-line/></section><section><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p><emphasis>Deja que ser rime con parecer.</emphasis></p><p><emphasis>El �nico emperador es el emperador de los helados.</emphasis></p><p>WALLACE STEVENS,</p><empty-line/><p>
    �El emperador de los helados�.</p></section><section><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Para Louis Denne, BCBA<strong>1</strong></p></section><section><p><emphasis>Nota del editor</emphasis></p><p>Durante muchas d�cadas, el fajo de documentos del siglo XVII descubiertos en la Gran Biblioteca de Ditchley Park, conocidos m�s adelante con el nombre de �Legajo de Ditchley�, fue ignorado casi por completo por los estudiosos. Al igual que muchos textos de esa turbulenta �poca, estaba escrito en clave; una clave que result� si cabe m�s impenetrable que la empleada por Samuel Pepys. No fue hasta finales de los a�os 90 del siglo XX, cuando el legajo fue vendido en Am�rica junto con docenas de otros manuscritos antiguos, que un archivero �en realidad un joven y brillante interno de Wellesey� se pregunt� si el material original no habr�a sido escrito en ingl�s sino en franc�s: fue as� como el diario �ntimo de Louise de Keroualle, amante del rey Carlos II, fue dado a conocer al mundo.</p><p>Parece que en alg�n momento de su estancia en Inglaterra, Louise empez� a escribir, en su lengua materna, un relato cifrado de su vida en la corte inglesa. No se sabe si fue un remedio para combatir la nostalgia, una p�liza de seguros en caso de arresto o, como se ha sugerido recientemente, una especie de sustituto de la confesi�n que ya no pod�a hacerle a un sacerdote, viviendo como viv�a, por supuesto, en un estado de permanente pecado mortal. El manuscrito tampoco sugiere tales especulaciones, y en algunos pasajes parece m�s un documento de estrategias pol�ticas modernas o un manifiesto por una Europa unida que un libro de memorias; por otro lado, a pesar de la inequ�voca posici�n de su autora en la corte, el texto contiene menos detalles procaces que, por ejemplo, el diario de Pepys. Al hacer la selecci�n, me he centrado en las experiencias personales de Louise en la corte y en su c�rculo y no tanto en su implicaci�n en las grandes intrigas y tramas que absorb�an a la Europa de aquellos tiempos, que ya han sido ampliamente descritas en otros libros.</p><p>En cuanto al tratado de Carlo Demirco �un nombre quiz�s demasiado pomposo para el prefacio de un libro de recetas�, basta con una presentaci�n mucho m�s breve. Los estudiosos de gastronom�a siempre han demostrado su fascinaci�n por la historia del helado y, en particular, por el hecho de que fuera mencionado por primera vez en Inglaterra, en el men� de un banquete ceremonial ofrecido por el rey Carlos II a los caballeros de la �rden de la Jarretera en 1671, el mismo a�o, casualmente, que Louise se convirti� en su amante. Carlo Demirco no es el �nico que puede reclamar su paternidad �tambi�n hay que tener en cuenta los escritos de su rival Lucian Audiger en <emphasis>La casa bien ordenada</emphasis>, publicado en Par�s en 1692�, pero s� es el �nico en explicar todas las circunstancias, como el hecho de que, en el banquete de la �rden de la Jarretera, el pastelero real sirvi� solo un cuenco de helado, reservado a la mesa del rey. Por otra parte, el tratado contiene recetas que confirman sus afirmaciones y que, adem�s, a�n se siguen usando en la actualidad.</p><p>El libro de Demirco �impreso por primera vez en 1678; traducido a cinco idiomas a finales de siglo; reeditado durante el per�odo georgiano, cuando el helado estaba muy de moda, con el t�tulo de <emphasis>El libro de los helados</emphasis>; y olvidado s�lo cuando los modernos m�todos de refrigeraci�n hicieron que sus t�cnicas quedaran obsoletas� puede parecer un extra�o complemento del diario secreto y cifrado de una cortesana del rey, en especial de una tan impopular como Louise, quien fue considerada, tanto por sus contempor�neos como por los historiadores modernos, como un emblema sin escr�pulos de una era especialmente avariciosa. Puede que la publicaci�n de esos fragmentos de su diario consigan presentarla bajo otra luz. Curiosamente, existen pruebas de que los dos documentos �las recetas y el diario� se conservaron en el mismo legajo durante el largo tiempo que permanecieron en el armario de la biblioteca: las manchas de comida que decoran las p�ginas de <emphasis>El libro de los helados</emphasis> dan a entender que, a lo largo de los trescientos a�os transcurridos, el fardo fue descubierto y que s�lo se sac� el volumen de Demirco, d�ndole un uso que su autor seguramente habr�a aprobado.</p></section><section><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>PRIMERA PARTE</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Para enfriar el vino: coger un bloque de hielo o nieve bien compacto; cortarlo y aplastarlo hasta reducirlo a polvo, desmenuz�ndolo a voluntad. Colocarlo en un cubo de plata e introducir la garrafa hasta el fondo.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Es costumbre, en escritos como en el que estoy a punto de embarcarme, empezar describiendo las circunstancias del nacimiento de su autor y, por consiguiente, invocar la autoridad leg�tima en virtud de la cual se otorga el derecho de dirigirse al lector (ya que su situaci�n en la vida y sus �xitos y muchas otras cosas dependen intr�nsecamente del lugar que ocupa en la sociedad).</p><p>�Ay! Pero yo no puedo presumir de nada de eso, porque mis or�genes son humildes y la educaci�n que recib�, muy deficiente.</p><p>Creo que no tendr�a m�s de siete u ocho a�os cuando Ahmad, el persa, me separ� de mi familia. Lo �nico que recuerdo de la isla donde viv�an mis padres es que los bosques de almendros se volv�an blancos en primavera, como la nieve que cubr�a la cima del volc�n que se alzaba sobre ellos y el color verde del mar donde pescaba mi padre. Era el mismo mar en el que navegaban los barcos como el que trajo a Ahmad, que buscaba a un muchacho que trabajara para �l. Al vernos a mi padre y a m� reparando las redes, habl� con mis progenitores de la maravillosa vida que podr�a tener, de la grandeza de Florencia y de la fastuosa corte en la que vivir�a. A partir de ese d�a estuve al servicio de un se�or cruel y caprichoso. No, no me estoy refiriendo a Ahmad; �l, aunque severo, no era peor que muchos otros. No, el se�or que me trataba con tanta dureza era el mism�simo hielo.</p><p>Cuando llegamos a Florencia, una de mis primeras tareas fue transportar los pesados bloques desde los dep�sitos de hielo de los Jardines de B�boli hasta las cocinas de palacio. La primera vez que lo hice, la curiosidad de jugar con esos bloques de hielo �verlos escurrirse entre mis manos como una anguila, sentarme a horcajadas sobre ellos y montarlos como si fueran una carreta por las pendientes cubiertas de hierba o lanzarlos desde lejos contra las paredes de la cocina y ver c�mo se convert�an en docenas de esquirlas, brillantes como gemas� fue tal que, en un estado de infantil entusiasmo, desatend� mis otros quehaceres.</p><p>Cuando Ahmad me encontr� en el patio, rodeado de docenas de bloques brillantes de hielo hechos a�icos, no pareci� enfadado por mi negligencia, al menos de entrada.</p><p>�Ven conmigo �me dijo.</p><p>Me llev� al dep�sito de hielo, me dijo que entrara y me encerr� con llave.</p><p>A diferencia del calor de Florencia, all� dentro hac�a un fr�o glacial, la temperatura necesaria para convertir el agua en hielo. S�lo llevaba unas calzas y una camisa muy fina y el delantal que usaban todos los aprendices. Al cabo de unos minutos empec� a tiritar. El fr�o parec�a una llama o un cuchillo recorriendo mi piel. Media hora m�s tarde ten�a unos temblores tan fuertes que me mord� la lengua y la hice sangrar.</p><p>Poco despu�s sent� que remit�a el temblor. Al final me he acostumbrado, pens�. Sent� que me invad�a un gran cansancio. Me di cuenta de que me estaba quedando dormido. A�n notaba la mordida del fr�o, pero mi cuerpo ya no era capaz de combatirlo. Mis defensas se ven�an abajo; el fr�o me calaba hasta los huesos. No me sent�a agotado, sino entumecido por dentro, como si mis miembros se estuvieran poniendo r�gidos uno tras otro, convirti�ndome en una estatua, tan fr�a y carente de vida como el <emphasis>David</emphasis> de Florencia. Trat� de gritar, pero, por alguna raz�n, mi grito tambi�n se congel� dentro de m� y descubr� que ni siquiera pod�a abrir la boca.</p><p>Lo siguiente que recuerdo fue que me arrastraban hasta las cocinas. Cuando me despert�, mir� fijamente los ojos oscuros de mi se�or antes de que el persa me dejara caer bruscamente al suelo.</p><p>�Esto no se repetir� �dijo y, d�ndose la vuelta, se fue.</p><p>Nunca volv� a jugar con el hielo. Sin embargo, algo hab�a cambiado. No es que ya no me fiara de mi se�or. El fr�o que hab�a sentido nunca abandon� del todo mi cuerpo: siempre hab�a una o dos astillas de hielo clavadas en lo m�s profundo de mis huesos y puede que tambi�n en mi coraz�n.</p><p>Pocos d�as despu�s de haber sido encerrado en el dep�sito de hielo, el dedo medio de la mano derecha empez� a ponerse negro. Ahmad le ech� un vistazo sin hacer ning�n comentario. Luego llam� a dos de sus hermanos para que me inmovilizaran el brazo sobre un bloque de hielo mientras �l me amputaba el dedo con un cuchillo de carnicero. La sangre caliente se derram� sobre el hielo. Cuando se congel�, se convirti� en cristales de color rosa.</p><p>�Esto no afectar� a tu trabajo �dijo, cuando dej� de gritar.</p><empty-line/><p>Todas las noches, cansado como un perro y medio congelado, me met�a sigilosamente en la cocina de palacio para dormir junto a una de las enormes chimeneas donde se asaba la carne <emphasis>alla brace</emphasis>, sobre las brasas del fuego. El personal de la cocina se hab�a acostumbrado a m�, y ya no me persegu�an con escobas y cuchillos. Empec� a observar a los cocineros mientras trabajaban: los miraba mientras trituraban la fruta para intensificar su sabor; mientras extra�an el perfume de las violetas y de las flores de naranja para aromatizar cremas y licores o mientras exprim�an el zumo de las uvas y del membrillo para acompa�ar la fruta con el sabor m�s delicado. Sin embargo, cuando quise sugerirle a Ahmad que nosotros tambi�n podr�amos emplear esas t�cnicas, mi se�or se mostr� desde�oso.</p><p>�Somos ingenieros, no cocineros �le gustaba decir�. Cocinar es cosa de mujeres. Nosotros conocemos los secretos del hielo.</p><p>Efectivamente, eran secretos muy antiguos, un mont�n de conocimientos que hab�an pasado de padre a hijo en algunas familias persas que preparaban sorbetes en la corte del sha Abbas, en Isfah�n. Parte de esos conocimientos hab�an sido recogidos en unos cuadernos manchados y con unas tapas de piel cuyas p�ginas estaban llenas de esquemas y de una enmara�ada caligraf�a �rabe. Sin embargo, la mayor�a estaban en la cabeza de Ahmad, en forma de reglas y m�ximas que segu�a a ciegas, como un ignorante sacerdote rural que recita en lat�n una liturgia que en realidad no comprende.</p><p>�Por cinco medidas de hielo picado, a�adir tres de salitre �recitaba.</p><p>��Por qu�? �le dec�a yo.</p><p>��Por qu� qu�?</p><p>��Por qu� hay que picar el hielo? �Y para qu� sirve el salitre?</p><p>��Qu� m�s da? Ahora agita la mezcla veintisiete veces en el sentido de las agujas del reloj.</p><p>�Puede que el humor del salitre sea caliente y el del hielo fr�o, y as�, cuando se mezclan, quiz�s�</p><p>�Puede que te d� con la vara si no mezclas el hielo.</p><p>Llevaba dos a�os trabajando para el persa cuando me atrev� a preguntarle qu� sabor ten�an los helados que prepar�bamos.</p><p>��Sabor? �Y a ti qu� te importa el sabor, muchacho? �replic� Ahmad, desde�oso.</p><p>Sab�a que deb�a medir mi respuesta si quer�a evitar que volviera a darme una paliza.</p><p>�Se�or, he visto que los cocineros prueban los platos mientras los preparan. Creo que podr�a entender mejor c�mo preparar estos helados si supiera qu� sabor deben tener.</p><p>Est�bamos preparando un helado con esas peque�as naranjas dulces que algunos llaman naranjas de la China y otros mandarinas. El sirope se espesaba m�s adelante con pulpa de naranja, antes de verterlo sobre una monta�ita de hielo picado.</p><p>�Muy bien �dijo Ahmad, se�alando la olla con un gesto�. Pru�balo, si eso es lo que quieres.</p><p>Antes de que pudiera cambiar de opini�n, cog� una cuchara, tom� un poco de la mezcla y me la llev� a los labios.</p><p>Los cristales se rompieron y crujieron bajo mis dientes. Not� c�mo se disolv�an en la lengua �una sensaci�n de fr�o penetrante mientras se fund�an� y luego me tragu� el sirope, fr�o, espeso y azucarado. El sabor se multiplic� en la boca como si, de pronto, una naranja hubiera madurado en ella. Lanc� un grito ahogado de placer y entonces, un momento despu�s, un dolor terrible me golpe� la cabeza mientras el fr�o se agarraba a mi garganta. Sofocado, empec� a toser.</p><p>Ahmad se mordi� el labio, divertido.</p><p>�Ahora puede que entiendas por qu� no es un plato para ni�os. Ni para el populacho, ya que no tiene ning�n poder nutritivo. No estamos aqu� para alimentar, muchacho, sino para divertir. Somos como los juglares, los actores o los pintores, art�fices de exquisitas frusler�as para los ricos y los poderosos, es decir, para los reyes, los nobles, los cardenales y sus cortesanas. S�lo ellos pueden gastarse tanto dinero en algo que se deshace en la boca m�s r�pido de lo que tarda en perderse un canto en el aire de la noche.</p><p>Sin embargo, una vez superada la sorpresa inicial, descubr� que aquel era un sabor que no podr�a olvidar. No era el sabor dulce y concentrado de las naranjas; lo que me sedujo fue el hielo, fr�o y granuloso. A partir de aquel momento, a escondidas de Ahmad, prob� todas nuestras creaciones. Y nunca volv� a toser cuando sent� el fr�o agarr�ndose a mi garganta.</p><p>Una noche not� en la cocina un olor acre y desconocido, como si hubieran cocido h�gado en salsa de vino. Sin embargo, aquel aroma era de una intensidad que no se parec�a al de ninguna v�scera. Proced�a de una olla que estaba en el fuego; su contenido, espeso y marr�n, borboteaba como la lava caliente mientras el cocinero lo remov�a con una cuchara de madera.</p><p>��Xocalatl! �exclam�.</p><p>Verti� el contenido en una peque�a taza para que se la tomara el gran duque antes de acostarse. Entonces, al ver que no le hab�a entendido, me ofreci� la punta de la cuchara para que lo probara.</p><p>Es otro recuerdo que nunca he olvidado, aunque muy distinto: una sensaci�n de calor me llen� la boca y ba�� mi paladar, dej�ndolo impregnado de aquel fuerte sabor durante horas; era espeso y amargo, aunque extra�amente reconfortante, justo lo contrario al hielo.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Para preparar un sorbete de albaricoques: quitar el hueso y escaldar doce albaricoques frescos y pasarlos por el tamiz; a�adir seis onzas de az�car de ca�a y batir la mezcla con un poco de crema de limonada. Hervir la mezcla a fuego lento, verterla en un cuenco y trabajarla hasta obtener una crema fin�sima.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Fue una gran suerte para m� que en aquellos tiempos, entre las princesas M�dici, hubiera una dama, Cosima de M�dici, que nunca se cas�. Dedic� su vida, y una parte considerable de las riquezas que le correspond�an, a obras de caridad. Una de ellas fue la creaci�n de una escuela para ni�os pobres, hu�rfanos y los hijos de sus sirvientes, bajo la tutela de dos o tres grandes eruditos. Yo fui uno de los afortunados que form� parte de ese grupo. Mi se�or no quer�a poner en peligro su posici�n y fingi� que estaba entusiasmado con la idea. No s� qu� opinar�an esos eminentes pensadores y estudiosos de tener que ense�ar los rudimentos del saber a un mont�n de <emphasis>ragazzi</emphasis>, pero el poder de la riqueza es tal que, tres veces por semana, nos reun�amos en la enorme biblioteca situada sobre el claustro para descifrar nuestras primeras letras en los valiosos manuscritos que conten�a. Creo que la princesa Cosima fue criticada por este proyecto, sobre todo por el clero: cre�an que difundir el saber entre los que no pertenec�an a la Iglesia tendr�a consecuencias nefastas y, adem�s, confundir�a a unos pobres ni�os ignorantes como nosotros sobre el lugar que nos correspond�a en el orden natural de las cosas. Sin embargo, mi educaci�n no me result� �til s�lo por lo que aprend�a de los libros. No es que estudiara a prop�sito a quienes me rodeaban, tratando de copiar sus modales, pero, igual que un ni�o aprende a hablar la lengua de sus padres con s�lo escucharlos, al educarme en esa corte adquir�, sin darme cuenta, las maneras y la desenvoltura de un caballero. Asimismo, creo que el hecho de ser educado en lat�n desde muy peque�o contribuy� a mi fluidez con los idiomas, una cualidad que me ha resultado casi tan �til como mi habilidad con el hielo.</p><p>A medida que fueron pasando los a�os, acab� detestando a mi se�or. Aunque hizo todo lo posible para que siguiera teni�ndole miedo, �l tambi�n sent�a temor. Lo que m�s tem�a era que alguien le robara sus secretos. A menudo contaba la historia de un famoso cocinero, el <emphasis>chef d��quipe</emphasis> de un noble ilustre; estaba tan orgulloso de sus creaciones que decidi� escribir sus recetas y publicarlas en un libro. El libro fue un gran �xito; fue copiado y reeditado (sin que, evidentemente, su autor recibiera m�s dinero). Mientras tanto, otros cocineros se apropiaron de las recetas y las mejoraron, o simplemente serv�an los platos como si fueran suyos. En consecuencia, el cocinero fue despedido y su puesto lo ocup� un rival m�s joven; muri� siendo famoso, pero en la miseria. Era un ejemplo, dijo Ahmad, de lo absurdo que resultaba, en este mundo, aspirar a la fama y no a la riqueza.</p><p>A veces me preguntaba por qu� Ahmad estaba dispuesto a compartir sus conocimientos conmigo sin ning�n reparo. Sin embargo, llegu� en seguida a la conclusi�n de que, para �l, yo era s�lo una bestia de carga, una criatura incapaz de razonar. Me ense�� todo cuanto sab�a, pero no porque quisiera compartir sus secretos, sino porque quer�a dividir el trabajo. As� pues, aprend� la diferencia entre las cuatro clases de preparados con hielo que se pod�an elaborar: <emphasis>cordiale</emphasis> o licores, mezclados con nieve fin�sima para enfriarlos; <emphasis>granite</emphasis>, hielo picado sobre el que se vert�an siropes hechos con agua de rosas o naranjas; <emphasis>sorbetti</emphasis>, m�s complicados, en los que eran los propios siropes los que se congelaban, mientras la mezcla se endurec�a para que los fragmentos parecieran una monta�a de zafiros, y finalmente otra clase de sorbetes, los m�s dif�ciles de todos, preparados con leche en la que se hab�a disuelto una infusi�n de lentisco o cardamomo, que parec�a nieve que se hubiera vuelto a congelar durante la noche. Aprend� a construir obeliscos helados de gelatina, a utilizar moldes de plata para conseguir fant�sticos platos y cuencos helados y a tallar el hielo para crear extravagantes decoraciones de mesa. Llegu� a dominar las especialidades del ingeniero Buontalenti, que hab�a construido fuentes, mesas e incluso cuevas de hielo. Sin embargo, sab�a que si hubiera hablado de todas estas t�cnicas con alguien, Ahmad me habr�a dejado ciego y me habr�a cortado la lengua con uno de esos hierros candentes que us�bamos para esculpir el hielo. Tambi�n me dio a entender que hab�a secretos que a�n no me hab�a revelado: ingredientes especiales y resinas descritos en unos cuadernos que no me ense�aba, para asegurarse de que siempre sabr�a menos que �l.</p><p>Y, sin embargo, me di cuenta de que el aprendizaje era de sentido �nico. Como ya he dicho, a menudo observaba a los cocineros mientras trabajaban, y a veces ten�a la impresi�n de que sus elaboraciones podr�an ser unos excelentes siropes con los que aromatizar nuestros helados. Un <emphasis>dolci</emphasis> de lim�n con vino de postre, por ejemplo, o rodajas de mel�n cuyo dulzor ser�a compensado con una pizca de jengibre en polvo, ampliar�an la variedad de nuestros sabores. Pero si suger�a algo as�, aunque s�lo fuera para experimentar, Ahmad me miraba como si estuviera loco.</p><p>�No es uno de nuestros cuatro sabores. Si no me crees, consulta el libro.</p><p>Me estaba tomando el pelo, por supuesto: sab�a que yo no pod�a leer los caracteres �rabes de sus cuadernos de notas, aunque tampoco necesitaba consultarlos para conocer los cuatro �nicos sabores que esas antiguas p�ginas de pergamino permit�an utilizar: agua de rosas, naranja, lentisco y cardamomo.</p><p>Tambi�n cre�a que nuestros helados ten�an un inconveniente: el dolor punzante que se hab�a agarrado a mi garganta mientras machacaba con los dientes los cristales aromatizados con naranja. Me parec�a que era debido a la acci�n de morder el hielo, algo que, presumiblemente, no se pod�a evitar. Intent�bamos que los cristales fueran lo m�s peque�os posible, raspando el hielo de los bloques con una especie de guantes de cota de malla hasta que eran tan diminutos como los cristales de sal o de az�car; sin embargo, si eran demasiado peque�os, el hielo se fund�a y se convert�a en agua, y lo que quedaba en la copa o en el cuenco era una especie de aguanieve con sabor a naranja o a agua de rosas. Quer�a preparar un helado que fuera tan delicado, espeso y m�rbido como el chocolate que el cocinero me hab�a dado a probar; un helado que tuviera el fr�o del hielo pero no su dureza.</p><p>Un d�a Ahmad no apareci� por las cocinas porque ten�a dolor de muelas. Me dio instrucciones muy precisas sobre lo que deb�a hacer. Sin embargo, la extracci�n de la muela result� ser m�s dolorosa de lo que esperaba, porque no volvi� cuando dijo que lo har�a. Por fin ten�a mi oportunidad.</p><p>Est�bamos en la estaci�n de los albaricoques. Los cocineros los serv�an a los M�dici pelados y cortados en cuartos, con zumo de mel�n y un poco de nata. Cog� un cuenco que ya hab�an preparado para la mesa del gran duque, lo tritur� y vert� el contenido en la <emphasis>saboti�re</emphasis>, el recipiente para preparar los sorbetes, y esper� impaciente a que cuajara, removiendo como de costumbre.</p><p>No funcion�. La mezcla se congel�, s�, pero los distintos ingredientes hab�an cuajado de un modo diferente: hab�a trozos de albaricoque duros como una piedra y cristales helados de zumo de mel�n, pero la nata se hab�a convertido en una masa grumosa, como la leche cortada. En vez de combinarse, los elementos se hab�an desligado. Cuando intent� probar una cucharada de aquella mezcla granulosa, sus distintos ingredientes ni siquiera se fundieron del mismo modo en la lengua: era como masticar arena. Pero, aun as�, conservaba parte del frescor de la fruta y del dulzor del zumo de mel�n, una estimulante variaci�n con respecto a los sabores excesivamente aromatizados que Ahmad se obstinaba en emplear.</p><p>Pens� que lo mejor ser�a preparar un sencillo cordial o sirope de albaricoque y luego congelarlo; es decir, un <emphasis>sorbetto</emphasis>. La morbidez pod�a esperar; lo importante era el sabor de la fruta. Me dispon�a a coger otro plato de albaricoques cuando presenci� una violenta discusi�n entre el cocinero que hab�a preparado el primer plato y el criado al que acusaba de haberlo robado. No era el momento de hacerme con otro. Adem�s, Ahmad pod�a volver en cualquier momento y ten�a que limpiar todos los utensilios antes de que se diera cuenta de lo que hab�a hecho.</p><empty-line/><p>As� pues, empez� una etapa en la que llevaba una doble vida. Durante el d�a, con Ahmad, era un sirviente que segu�a obedientemente y sin quejarse sus instrucciones. Sin embargo, por la noche era una especie de alquimista: la cocina era el laboratorio donde probaba diferentes combinaciones de ingredientes y sabores. Nada me parec�a extra�o o rid�culo a la hora de ensayar. Congelaba quesos blandos, <emphasis>digestifs</emphasis>, zumos vegetales e incluso sopas. Preparaba helados con vino, <emphasis>pesto genovese</emphasis>, leche de almendras, hinojo picado con toda clase de cremas. Experimentaba a ciegas, sin m�todo ni objetivo, esperando dar con algo �un sistema, un truco� que estaba convencido que deb�a existir en alguna parte: algo capaz de revelarme los secretos m�s profundos del hielo. Era como si el hielo me llamara, tent�ndome, y aunque no pod�a afirmar con certeza qu� funcionar�a y qu� no �como un pintor que, a fuerza de practicar con su paleta, llega a comprender qu� colores debe mezclar para conseguir un determinado efecto�, empec� a dominar cada vez m�s el lenguaje de los sabores. Estoy seguro de que Ahmad se dio cuenta de que estaba m�s seguro de m� mismo, pero seguramente lo atribuy� a que me estaba haciendo mayor.</p><p>Tambi�n se estaban produciendo otros cambios. Era consciente de que me estaba convirtiendo en un hombre, a juzgar por el fuego que ard�a en mis venas; un hombre bastante bien parecido, a tenor de las miradas que me lanzaban las muchachas que trabajaban en las cocinas, por no hablar de los procaces comentarios de sus compa�eras, m�s maduras y casadas. Y luego estaba Emilia Grandinetti� Ten�a quince a�os, como yo. Trabajaba como aprendiza de una de las costureras que confeccionaba vestidos para la corte, y era la cosa m�s dulce que hab�a visto en mi vida. Su piel era del color de la mantequilla cuando se calienta en una marmita; sus dientes y el blanco de sus ojos eran tan l�mpidos y brillantes como la nieve en su rostro bronceado y sonriente. Muy pronto, las miradas que nos lanz�bamos se convirtieron en sonrisas, los escarceos en conversaciones y las risas en amor. �Soy el pr�ncipe m�s afortunado de toda Florencia�, pensaba, orgulloso. Nos pas�bamos horas robadas en el tejado del palacio, donde nadie pod�a vernos, ebrios de amor, cogidos de la mano mientras habl�bamos de nuestros sue�os.</p><p>�Voy a ser el mejor pastelero del mundo �le dec�a.</p><p>��De veras? �Y c�mo piensas conseguirlo? �contestaba ella, burl�ndose.</p><p>�Preparar� helados de mil sabores distintos. Los helados m�s exquisitos y delicados que puedas imaginarte.</p><p>Sin embargo, cuando le dije que preparar�a uno especialmente para ella y que lo sacar�a a escondidas de la cocina, sacudi� la cabeza.</p><p>�No quiero que te metas en l�os.</p><p>Le pregunt� cu�les eran sus esperanzas para el futuro, pero todas se refer�an a m�: quer�a que estuvi�ramos juntos y que form�ramos una familia, y puede que, con un poco de suerte, nuestros hijos tambi�n estuvieran un d�a al servicio de los M�dici.</p><empty-line/><p>El matrimonio estaba prohibido a los aprendices, pero los que consegu�an el permiso de sus se�ores pod�an comprometerse. Entre los aprendices, un compromiso estaba considerado casi como un matrimonio, si no a los ojos de Dios, s� a los de quienes estaban inmediatamente por debajo de �l. As� pues, esper� el momento oportuno para hablarlo con Ahmad.</p><p>Est�bamos trabajando en una magn�fica escultura de hielo que representaba un �guila en pleno vuelo, un centro para una mesa de gelatinas heladas. Hab�a esculpido la mayor parte de la pieza y me hab�a envuelto las manos con un pa�o para protegerlas del fr�o. No s�lo ten�a las manos m�s firmes que mi se�or y la vista m�s aguda, sino que pod�a trabajar m�s tiempo que �l, como si el hielo que me hab�a hecho perder el dedo hubiera insensibilizado el resto de mi cuerpo contra sus efectos. O quiz�s, pens� mientras pul�a el hielo hasta que la escultura parec�a que brillaba por dentro, mi se�or era un harag�n que se estaba haciendo viejo. Sab�a que, al menos en esta ocasi�n, Ahmed estaba satisfecho con mi trabajo. Cuando termin�, el persa me dedic� un gesto con la cabeza y, de mala gana, dijo:</p><p>�No est� nada mal.</p><p>�Se�or, he estado pensando� �empec�.</p><p>��S�? �De qu� se trata?</p><p>�Hay una muchacha que me gusta. Me preguntaba si me dar�ais permiso para comprometerme con ella.</p><p>Ahmad se puso a limpiar la mesa en la que hab�amos estado trabajando.</p><p>��Qu� te hace pensar que mi permiso cambiar�a las cosas?</p><p>�Son las normas de los aprendices, se�or �le record�. No puedo casarme sin el consentimiento de mi se�or.</p><p>Ahmad me lanz� una mirada divertida.</p><p>�Te consideras mi aprendiz, �verdad?</p><p>�Por supuesto �repuse, sorprendido�. �Qu�, si no?</p><p>En un momento de delirio me pregunt� si no iba a decir que no me consideraba su aprendiz, sino un igual, y puede que, un d�a, su socio.</p><p>�El aprendizaje se compra �se limit� a decir�. Tus padres eran pobres.</p><p>�No lo entiendo. �Tan pobres eran que ni siquiera pod�an permitirse el aprendizaje?</p><p>�M�s pobres que eso. Tan pobres que se alegraron de venderte. T� no eres un aprendiz, muchacho, y nunca lo ser�s. T� eres de mi propiedad, y, mientras vivas, nunca ser�s libre para comprometerte con una muchacha, y mucho menos desposarte. �Tras apartar los trapos empapados, a�adi�: Y ahora quita esto de aqu� y l�valo.</p><empty-line/><p>Lo que me salv� fue la astilla de hielo que ten�a clavada en el coraz�n. Pero en aquel momento podr�a haber matado al persa, sin pensar en las consecuencias.</p><p>No poder desposarme. Era horrible, pero si no ten�a la libertad para poder hacerlo, eso significaba tambi�n que no la tendr�a para convertirme en artesano. Ser�a propiedad de Ahmed hasta el d�a de mi muerte. Nunca tendr�a la oportunidad de crear nada por m� mismo: seguir�a trabajando siempre con los cuatro sabores de sus malditos cuadernos de notas. Habr�a desperdiciado mi vida; mi carne y mi sangre se fundir�an en la tumba como un bloque de hielo que se queda encima de la mesa y se convierte en agua. Al pensar en eso, sent� correr por mis venas una furia muda y terrible. Sin embargo, como un bulbo en la tierra helada, contuve la rabia y esper� a que se presentase mi oportunidad.</p><p>Mi oportunidad fue un franc�s llamado Lucian Audiger. Nunca supe c�mo me encontr�: puede que sobornara a alguien para que le diera informaci�n sobre los fabricantes de helados persas y le hablaran de un joven italiano que era el eslab�n m�s d�bil de la cadena. Recabar informaci�n era, sin duda alguna, una de las grandes habilidades de Audiger, aunque �l cre�a que s�lo le animaba el ferviente deseo de convertirse en un gran pastelero. Por eso hab�a viajado mucho. Primero a Espa�a, donde aprendi� el arte de preparar decocciones de pi�ones, cilantro, pistacho y an�s. Luego a Holanda, donde estudi� la destilaci�n de flores y frutas. Y de all� a Alemania, donde se convirti� en un maestro de la elaboraci�n de siropes. Era inevitable que acabara viajando a Italia, donde los Habsburgo en N�poles y los M�dici en Florencia eran c�lebres por mezclar hielo y nieve con los vinos y los postres.</p><p>Me abord� en plena noche y me zarande� para que me despertara. La persona que le hab�a guiado por el laberinto de las estancias del servicio desapareci� sin que yo la viera. Cuando consegu� despertarme del todo ya me estaba hablando de Par�s, de la magn�fica corte que estaba construyendo Luis XIV y de los nuevos palacios de Marly y Versalles, de una opulencia que no pod�a compararse con la de los M�dici, y de una ciudad llena de hombres y mujeres elegantes, ansiosos por probar nuevas exquisiteces. En todo Par�s abr�an casas donde se serv�a caf� y chocolate: quien supiera preparar bebidas y dulces helados nunca se morir�a de hambre, y si nos asoci�bamos �dos j�venes como nosotros ser�an capaces de crear cualquier clase de dulce o novedad� era probable que entr�ramos al servicio del mism�simo rey� Pero yo ya hab�a dejado de escucharle. Ya hab�a o�do cuanto necesitaba o�r. Si pensaba escapar de la corte de los M�dici con los secretos del persa en la cabeza, me har�an falta dos cosas: un se�or al menos tan poderoso como los M�dici, a fin de que no pudieran exigir mi regreso, y un lugar lo bastante alejado para escapar a la daga del persa.</p><p>�Tengo dos condiciones �dije, cuando Audiger hizo una pausa para tomar aliento.</p><p>�Adelante.</p><p>�Nunca llamar� �se�or� a nadie. Y necesito veinticuatro horas para convencer a Emilia de que nos acompa�e.</p><p>�Trato hecho �repuso Audiger, tendi�ndome la mano�. Nos reuniremos ma�ana, a medianoche, en la puerta de San Miniato.</p><empty-line/><p>A la ma�ana siguiente, a una hora temprana pero razonable, sal� al paso de Emilia frente al taller de costura. Llev�ndola a un rinc�n, le refer� mis planes.</p><p>�Pero� �dijo. Le temblaba la voz�. Si huyes, te coger�n y te enviar�n a prisi�n. Puede que incluso te cuelguen.</p><p>�Es la �nica soluci�n. �No te das cuenta? Aqu� no tenemos nada. Si huimos, al menos tendremos una oportunidad.</p><p>Ella mir� a su alrededor.</p><p>�Ahora no puedo hablar. Mi se�ora�</p><p>��Emilia! �exclam�, en un susurro�. Tienes que dec�rmelo. �Vendr�s o no?</p><p>�Yo� Yo� �repuso, mirando nerviosamente la puerta.</p><p>En ese momento supe que el miedo la superaba.</p><p>Desesperado, le dije:</p><p>�Escucha, tesoro. Lo comprendo. Me amabas porque cre�as que no estaba prohibido, pero ahora que sabes que podr�as meterte en l�os, est�s asustada. Pero �sta es la �nica oportunidad que tendremos. Y tengo que aprovecharla. Pero la cuesti�n es: �vendr�s conmigo?</p><p>�Siempre te amar� �susurr�.</p><p>Sent� que me invad�a el abatimiento.</p><p>�Eso significa que no.</p><p>�Por favor, Carlo. Es muy arriesgado�</p><p>Esa noche estaba esperando frente a la puerta de San Miniato mucho antes de que las campanas de la iglesia dieran las doce. Conmigo llevaba un ba�l que conten�a buena parte de los utensilios que Ahmad utilizaba para preparar los helados.</p><empty-line/><p>Paramos la diligencia, el transporte r�pido que llevaba el correo. Tiraban de ella seis caballos y realizaba el trayecto entre Roma y Par�s sin paradas. Normalmente no admit�a pasajeros, pero, una vez m�s, Audiger parec�a tener la seguridad y el dinero para pagar un soborno y subir a bordo.</p><p>Mientras nos dirig�amos al norte, mir� por la ventanilla. Nunca hab�a viajado m�s all� de Pisa. Con dolor en el coraz�n, pensaba que cada milla que recorr�amos me alejaba m�s de Emilia.</p><p>�He estado pensando �dijo Audiger.</p><p>Centr� de nuevo mi atenci�n en el interior de la diligencia.</p><p>��S�?</p><p>�Antes de llegar a Par�s deber�amos procurarte una vestimenta adecuada. �El franc�s se�al� su elegante atuendo�. Es importante que no nos tomen por unos artesanos. En la corte francesa, la apariencia lo es todo.</p><p>Me encog� de hombros.</p><p>�Muy bien.</p><p>�Y debemos pensar en la mejor forma de presentarnos ante el rey. Conozco a uno de sus ayudas de c�mara. Podemos sobornarle para que nos lleve ante �l, pero ser� una p�rdida de tiempo si no le ofrecemos un presente�, algo especial, algo que le haga hablar de nosotros a todos los hombres y mujeres de su corte.</p><p>�Muy bien �dije, bostezando. Ahora que la tensi�n de nuestra huida hab�a quedado atr�s, estaba exhausto�. Podemos prepararle un helado.</p><p>Audiger sacudi� la cabeza.</p><p>�Algo m�s especial que eso.</p><p>�Pensar� en ello.</p><p>Me sorprend�a la capacidad de Audiger de preocuparse no s�lo por lo que pod�a ocurrir dentro de veinticuatro horas, sino por acontecimientos que tendr�an lugar d�as o semanas m�s tarde.</p><p>�Hay algo m�s. �Audiger dud�. Dijiste que no quer�as volver a tener un se�or. Me parece justo. Sin embargo, creo que deber�as llamarme �se�or� en presencia de otras personas.</p><p>De pronto, me despert� del todo.</p><p>��Por qu�?</p><p>�Simplemente porque soy mayor que t�. La gente espera que yo sea el patr�n. Y, adem�s, en Par�s ya tengo cierta reputaci�n. Les parecer�a extra�o que me presentara con un galop�n italiano y le tratara como a un igual. No es que seas ning�n galop�n, por supuesto �a�adi�, sin perder tiempo�, pero as� es como podr�a verlo la gente.</p><p>Una vez m�s fue la astilla de hielo que ten�a clavada en el coraz�n lo que reprimi� mi furia.</p><p>�Dije que no quer�a tener ning�n se�or.</p><p>�Y no lo tendr�s. Repartiremos las ganancias, eso est� claro. Yo <emphasis>no</emphasis> ser� tu se�or; s�lo te pido que <emphasis>me llames</emphasis> se�or. �Comprendes la diferencia, verdad?</p><p>A rega�adientes, asent�.</p><p>�Muy bien.</p><p>�Estupendo. �Audiger mir� por la ventanilla�. Pero �qu� le ofreceremos al rey? �dijo, casi para s� mismo�. Eso <emphasis>s�</emphasis> es un problema.</p><p>Mientras me estaba quedando dormido me di cuenta de que Audiger hab�a malinterpretado lo que le hab�a dicho en Florencia. �l cre�a que yo hab�a dicho que no quer�a tener un se�or, cuando en realidad le dije que no <emphasis>llamar�a</emphasis> a nadie se�or. Estaba casi seguro de ello. Y aun as� hab�a aceptado hacerlo. Puede que Audiger hubiera olvidado los t�rminos exactos de nuestro acuerdo.</p><empty-line/><p>��Se puede preparar un helado de guisantes?</p><p>Me despert� sobresaltado. La diligencia se hab�a detenido para que los conductores pudieran hacer sus necesidades. Audiger estaba de pie junto al camino, detr�s de la puerta abierta, orinando en un campo.</p><p>��Qu�?</p><p>�He preguntado si se puede preparar un helado de guisantes �grit� Audiger, d�ndose la vuelta�. Mira, ahora mismo estoy regando unos cuantos.</p><p>Saqu� la cabeza para echar un vistazo. A la luz fr�a y brillante de la luna vi un campo de guisantes; las vainas, verdes y turgentes, ondeaban al viento. Afortunadamente, el olor de las legumbres era m�s fuerte que el de la orina de mi compa�ero.</p><p>�Al rey le apasionan todas las verduras �dijo Audiger�. Sobre todo los guisantes. Todos los a�os, sus cortesanos rivalizan para llevarle la primera cosecha de sus tierras� Le encanta esa competici�n. Y estos guisantes han germinado antes que los franceses. Me pregunto si podr�amos preparar un helado con ellos.</p><p>�Pero si lo que quieres es ofrecerle guisantes al rey, �por qu� no coges simplemente unos cuantos?</p><p>�Se habr�an marchitado antes de que lleg�ramos a Par�s. Aun viajando en diligencia, tardaremos dos semanas.</p><p>�Podr�as congelarlos.</p><p>Audiger asom� la cabeza por la puerta de la diligencia.</p><p>��C�mo?</p><p>�Cong�lalos �repet�. Cons�rvalos en hielo.</p><p>Audiger se qued� mir�ndome fijamente.</p><p>��Es posible hacer eso?</p><p>�No s�lo es posible, sino muy f�cil. Los persas descubrieron hace mucho tiempo que el hielo evita que la fruta se pudra. Me imagino que se puede hacer lo mismo con los guisantes.</p><p>��De veras? �Es brillante! �Qu� necesitas? �Hielo? �Audiger inspeccion� el campo ba�ado por la luz de la luna�. Est� claro que aqu� no hay hielo �dijo, abatido�. S�lo dos heladeros, pero nada de hielo.</p><p>�Audiger� �Ad�nde nos dirigimos?</p><p>El franc�s parec�a desconcertado.</p><p>��A Par�s?</p><p>�Pasaremos por los Alpes �le record�. Y aunque nunca he estado all�, incluso yo s� que los Alpes est�n�</p><p>��Llenos de hielo! �Hay monta�as de hielo! �Hay hielo y nieve por todas partes! �S�! �Audiger lanz� su sombrero al aire y lo recogi�. Pero primero tenemos que llevar los guisantes hasta los Alpes �dijo, menos animado.</p><p>��Cu�nto tardar� la diligencia en llegar all�?</p><p>�Dos d�as, puede que tres.</p><p>�Mi ba�l a�n deber�a estar fr�o; saqu� los cubos de peltre y todo lo dem�s del dep�sito de hielo de B�boli. Si guardamos los guisantes all�</p><p>��S�! �S�! �Audiger volvi� a lanzar el sombrero al aire� �Claro! Demirco, con mis ideas y tu experiencia, �seremos los mejores pasteleros del rey de todos los tiempos!</p><empty-line/><p>Dos d�as m�s tarde, en una posada de alta monta�a situada en el paso que conduc�a a Francia, Audiger me observaba mientras preparaba los guisantes.</p><p>�La nieve prensada es m�s fr�a que el hielo, y dura m�s tiempo �le expliqu�. �Por qu�? Lo ignoro. Pero un d�a intentar� averiguarlo.</p><p>Audiger miraba la <emphasis>saboti�re</emphasis> como si esperase asistir a un milagro. Muy bien, me dije: voy a ense�arte un poco de magia.</p><p>�Ahora a�ado salitre a la nieve. Eso hace que est� mucho m�s fr�a. Una vez m�s, ignoro por qu�.</p><p>�Contin�a �dijo Audiger, casi sin aliento.</p><p>�Y ahora meto los guisantes en el recipiente, as�.</p><p>Introduje los guisantes y tap� el contenido.</p><p>��Y ahora qu�?</p><p>�Ahora los dejamos ah�. Es como cocer una tarta en el horno� Si lo abres demasiado a menudo para comprobar c�mo est�, se escapar� el calor y la tarta no se cocer�. S�lo que, en este caso, es el fr�o lo que debe conservarse.</p><p>Audiger sac� un reloj de bolsillo.</p><p>��Cu�nto tiempo?</p><p>�El tiempo que transcurre entre maitines y la misa, seg�n las campanas de Santa Mar�a.</p><p>��C�mo?</p><p>�Pongamos media hora.</p><p>Audiger se pas� los siguientes treinta minutos paseando arriba y abajo. Cuando por fin abrimos la <emphasis>saboti�re</emphasis>, examin� su interior y lanz� una exhalaci�n. Los guisantes se hab�an hecho una bola, una masa de color verde plateado recubierta de hielo. Audiger la cogi�.</p><p>��Es incre�ble! �exclam�, en voz baja.</p><p>�Con cuidado �le advert�. Podr�as calentarlos con las manos. Su sabor perder� frescor si tenemos que congelarlos otra vez.</p><p>��Est�n pegados!</p><p>Los guisantes cubr�an los dedos de Audiger, agarr�ndose a su piel como las rebabas de unos mitones. Trat� de arranc�rselos, pero no lo consigui�.</p><p>�A ver, d�jame a m�. �Arranqu� los guisantes uno a uno. Me di cuenta de que no se adher�an tanto a mis dedos como a los de Audiger�. Tenemos que guardarlos. Y deber�amos llevarnos con nosotros en la diligencia un ba�l lleno de nieve prensada para poder conservarlos en hielo.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Para preparar una rataf�a de nueces verdes: coger nueces no muy maduras y cortarlas en cuartos sin quitarles la c�scara; a continuaci�n, dejarlas en infusi�n durante un mes en un gal�n de aguardiente con un lim�n y unas hojas de lima dulce. En Francia, este cordial es conocido con el nombre de <emphasis>liqueur de noix</emphasis>, y se congela f�cilmente, aunque no se solidifica por completo.</p><p><emphasis>El libro de los sorbetes</emphasis></p><p>En Par�s tuvimos que movernos con celeridad para conseguir una audiencia con el rey antes de que se descongelaran los guisantes. Afortunadamente monsieur Bontemps, el ayuda de c�mara del monarca, era tan corruptible como Audiger hab�a previsto, y al cabo de unos d�as est�bamos en presencia de Luis XIV, su hermano y algunos otros miembros de la nobleza. Audiger estaba tan intimidado que apenas era capaz de hablar. Por suerte, nuestro presente no requer�a mucha presentaci�n, y el tartamudeo de Audiger fue olvidado en seguida cuando los arist�cratas se agolparon en torno a la caja de guisantes para probarlos.</p><p>El rey le orden� a su ayuda de c�mara que llevara las sobras a su chambel�n para que las repartiera: una parte para la reina, otra para la reina madre, otra para el cardenal y otra para �l.</p><p>�Y en cuanto a estos intr�pidos caballeros, Bontemps �dijo, se�al�ndonos con un gesto�, os ruego que los recompens�is por sus desvelos.</p><p>Mir� a Audiger. Aqu�l era el momento en que, de acuerdo con nuestro plan, deber�a haber pronunciado el discurso que hab�a preparado. Sin embargo, mi compa�ero, contrariamente a su costumbre, parec�a haberse quedado sin habla y miraba al rey con los ojos como platos y una expresi�n en el rostro que era de pura adoraci�n.</p><p>�Si me dais vuestro permiso, Majestad �dije, haciendo una reverencia�, no queremos ninguna recompensa, salvo el privilegio de poder preparar helados y otros postres fr�os para vuestro real placer.</p><p>Luis levant� las cejas.</p><p>��Helados?</p><p>Audiger recuper� la voz.</p><p>�Mi ayudante, sire, estaba en la corte de los M�dici, y es un maestro prepar�ndolos.</p><p>El rey me escrut� con la mirada.</p><p>��C�mo os llam�is, signor?</p><p>�Demirco, sire.</p><p>��Cu�ntos a�os ten�is?</p><p>�Dieciocho �ment�.</p><p>�Hum� Buena edad� La misma que ten�a yo cuando ocup� el trono de Francia. Estoy impaciente por probar vuestras creaciones. Desde hace tiempo, el cardenal Mazarino tiene a su servicio a un <emphasis>limonadier</emphasis> italiano, y he podido admirar su trabajo en varias ocasiones. Se llama Morelli� �Lo conoc�is?</p><p>Sacud� la cabeza.</p><p>�No, sire.</p><p>�Es un hombre muy creativo. Pero tal vez vos �continu� el rey, escrut�ndome m�s de cerca� pod�is demostrar que sois su igual. Eso espero. Ser�a un gran placer superar al cardenal en la mesa.</p><p>Intu� una parte de la personalidad del rey. La rivalidad: eso era lo que le mov�a. Todo lo que hac�a, pose�a o gozaba de su mecenazgo deb�a ser lo mejor, y cualquier hombre de estado o cortesano que le ofreciera algo �aunque fuera algo tan insustancial como un trocito de hielo aromatizado� estimulaba en Luis el insaciable deseo de superarlo.</p><p>Hice otra reverencia.</p><p>�Lo intentar�, Majestad.</p><p>Audiger, que estaba a mi lado, a�adi�:</p><p>�Una tarea, sire, que ciertamente resultar�a m�s f�cil si pudi�ramos establecer un gremio �un gremio de fabricantes de sorbetes� con una patente real, un consejo y el derecho a formar aprendices�</p><p>�S�, s�. Preparad un helado y hacedlo llegar esta noche a mi mesa. Si me parece aceptable, el honor es vuestro.</p><p>El rey se fue, seguido por su corte.</p><p>Audiger se qued� mirando la puerta, pero ya se hab�an ido todos. Luego, tir�ndome de la manga, dijo:</p><p>��Esta noche! �exclam�. �Tenemos que prepararle un helado para esta noche!</p><p>�No hay ning�n problema �dije, lleno de confianza�. Ve al mercado y tr�eme unas cuantas nueces verdes; busca una tienda de cordiales y compra un poco de <emphasis>liqueur de noix</emphasis>. Ser� el licorero quien habr� hecho el trabajo m�s duro.</p><p>Ahora que, por fin, ya estaba en Francia, no ten�a ninguna intenci�n de ce�irme de nuevo a los cuatro sabores de Ahmad.</p><empty-line/><p>Fue el principio de una �poca memorable. En Florencia era menos que un sirviente, pero aqu�, en Par�s, era casi un cortesano. Audiger me visti� como si fuera un profesor de danza o un pintor de retratos: un jub�n que luc�a veinticuatro botones que no usaba nunca; unos calzones blancos y tan estrechos que resaltaban mis pantorrillas; un sombrero de tres picos y una peluca �la primera que ten�a en mi vida� larga y generosamente empolvada con yeso. Sin embargo, la peluca me produc�a unos picores insoportables. Despu�s de haberla llevado una semana, me di cuenta de que deber�a haberme afeitado la cabeza, como hab�a hecho Audiger, o librarme de la peluca. Decid� librarme de ella. Sin embargo, el resto de mi vestimenta me quedaba bastante bien. Cuando me vi de cuerpo entero en uno de los espejos que cubr�an las paredes de los nuevos salones del rey, no pude evitar sentirme impresionado.</p><p>Mi compa�ero y yo nos instalamos en un s�tano de la residencia en el campo del rey en Marly, y en Par�s viv�amos en Saint-Germain-des-Pr�s, un lugar muy pr�ctico porque estaba cerca del Louvre. Aqu�, la ardua tarea que ten�a que hacer en Florencia, trasladar los bloques desde el dep�sito de hielo hasta palacio, la hac�an otros: en Par�s, el comercio de hielo y de nieve prensada para enfriar el vino de la nobleza era un negocio floreciente, y se pod�an conseguir productos de calidad durante todo el a�o. El trabajo de picar el hielo y reducirlo a polvo tambi�n lo hac�an los aprendices: Audiger ya hab�a contratado a cuatro.</p><p>Sin embargo, donde m�s tiempo pas�bamos era en el nuevo palacio del rey, en Versalles. Audiger no hab�a mentido cuando me habl� de su magnificencia. Aunque lo obra a�n no estaba terminada �en realidad, no lleg� a terminarse mientras estuvimos all�: cuando se acababa un proyecto, Luis se embarcaba en seguida en otro, tan ambicioso que los arquitectos se ve�an superados para llevarlo a cabo�, el viejo edificio ya contaba con una nueva y grandiosa <emphasis>fa�ade</emphasis>, con ventanas sim�tricas y regulares, m�s grandes que la de cualquiera de los palacios que hab�a visto en Florencia, considerada en aquel tiempo la ciudad m�s bonita del mundo. Versalles �o �el nuevo palacio�, como sol�an llamarlo� ten�a las elegantes proporciones de los Ufizzi o del palacio Pitti, pero estaba rodeado de unos enormes jardines, como una casa de campo. Era tan grande como un castillo, aunque no ten�a ning�n tipo de fortificaci�n; cumpl�a los requisitos de una corte, aunque no contaba con modestos despachos o c�maras para los funcionarios: s�lo dispon�a de espl�ndidos salones y suntuosas galer�as. En pocas palabras: era un palacio de un estilo totalmente nuevo donde Luis ejerc�a una forma de gobierno totalmente nueva. No hac�a distinciones entre las cuestiones de estado y las cuestiones de moda, y los ministros eran respetados tanto por sus modales o la elegancia en el vestir como por sus sabios consejos. En Versalles, todo, desde la longitud de las u�as a los asuntos de guerra, giraba en torno a la indiscutida figura del rey, de sus humores, de sus maneras y, por encima de todo, de sus gustos alimentarios.</p><p>Luis era un gourmet. Un glot�n, seg�n algunos. M�s de trescientas personas trabajaban en sus cocinas, que ocupaban un edificio entero adyacente al palacio, y sesenta de ellas se dedicaban exclusivamente a los postres. Un equipo de nueve pasteleros preparaba mostachones y pastelitos parecidos a un merengue rellenos de cremas de brillantes colores con sabor a pistacho, regaliz, grosella negra o almendra. Hab�a otros especializados en la elaboraci�n de caramelo hilado, confituras de semillas azucaradas o una pasta de almendras escaldadas, flores de naranja y cilantro que al rey le gustaba especialmente. Me pasaba todo el tiempo que pod�a en las cocinas, con la excusa de calentarme las manos despu�s de haber trabajado con el hielo, aunque en realidad lo que quer�a era ver c�mo trabajaban todos esos especialistas. Muy pronto, para deleite del rey, empec� a preparar helados nunca vistos hasta entonces: cordiales helados aromatizados con pasta de almendras, flores de naranja y cilantro, emparedados de merengue con crema de leche helada que parec�an mostachones o <emphasis>sorbetti</emphasis> servidos en unas copitas hechas con caramelo hilado, para que no acabaran goteando sobre las elegantes vestimentas de la corte a medida que se fund�an.</p><p>Ahora, nadie me dec�a lo que pod�a o no pod�a hacer: efectivamente, qued� claro en seguida que la novedad era una parte esencial del servicio que ofrec�amos Audiger y yo. Siempre que el rey ofrec�a un refrigerio o un almuerzo al aire libre hab�a una mesa reservada para nuestras creaciones. Alrededor de un centro de mesa de hielo esculpido o de una fuente de licores de frutas, dispon�amos un <emphasis>tableau</emphasis> de gelatinas, sorbetes, licores helados, aguas aromatizadas, fruta recubierta de hielo y otras delicias congeladas. Luego �puede que unas horas m�s tarde o la semana siguiente: depend�a de los caprichos de la corte, que era igual que decir los caprichos de Su Muy Cristiana Majestad� repet�amos la operaci�n, <emphasis>sin repetir jam�s una receta o un sabor</emphasis>. Si un martes prepar�bamos un helado de flores azucaradas, pasaban al menos dos semanas hasta que volv�a a servirse en la mesa del rey. Si un mi�rcoles deslumbr�bamos a la corte con unas rodajas de melocot�n cortadas como si fueran los rayos del sol, aromatizadas con galanga, no volv�amos a ofrecerlas al menos hasta el mi�rcoles siguiente. Puede que un d�a, los cortesanos y sus damas se sorprendieran con un <emphasis>eau glac�e</emphasis> de cubeba y pimienta larga, pero al d�a siguiente ya no ser�a una novedad, y dos d�as despu�s ya les habr�a aburrido.</p><p>Despu�s de unos meses en la corte, el rey me mand� llamar. Al principio pens� que querr�a pedirme un helado, pero cuando le pregunt� cu�ntos invitados ten�a, me dijo que s�lo ten�a uno y que en esta ocasi�n no era necesario ning�n helado. Pens� de inmediato que, por alguna raz�n, mi �ltima creaci�n �un sorbete de leche aromatizado con granos del para�so� le hab�a parecido inaceptable. Con el coraz�n lati�ndome a toda velocidad, convencido de que estaba a punto de caer en desgracia, segu� al lacayo por los interminables pasillos que conduc�an a la sala de audiencias.</p><p>El rey estaba hablando con un hombre que vest�a un jub�n con manchas verdes de liquen y las medias blancas y las hebillas de sus zapatos cubiertas de barro. Sin embargo, el rey hablaba con �l como lo hac�a con cualquier otro cortesano.</p><p>��Ah, Demirco! �exclam� Luis. Vi que ten�a en la mano un cuchillo de fruta y una pera�. �Conoc�is a monsieur La Quintinie?</p><p>Hab�a o�do hablar de �l: era abogado de profesi�n y se encargaba de supervisar los huertos del rey. Sin embargo, a�n no lo conoc�a. Nos saludamos con un gesto de la cabeza.</p><p>�Oled esto �me orden� el rey, ofreci�ndome una rodaja de pera�. �Adelante, oledlo!</p><p>Ol� la rodaja a fondo, dejando que el perfume de la pera penetrara en mis fosas nasales. Ol�a muy bien; ten�a un aroma fresco y floral que me record� el de la uva moscatel. La rodaja de pera en forma de media luna que hab�a cortado el rey revelaba que la piel era �spera, casi verrugosa, con un tono rojo, como el de una manzana. Sin embargo, la pulpa era blanca y crujiente, como un bloque de m�rmol antes de ser esculpido.</p><p>�Ahora, probadla �me orden� el rey.</p><p>Me llev� la rodaja de pera a la boca. La fragancia se volvi� l�quida, inund�ndome el paladar: la pulpa cruji� bajo mis dientes, soltando otros jugos igualmente deliciosos.</p><p>�Es magn�fica, sire �dije, con toda sinceridad, despu�s de haberla tragado.</p><p>El rey asinti� con la cabeza.</p><p>�Es una variedad nueva. Los hortelanos de monsieur La Quintinie llevan tres a�os cultiv�ndola, y es la primera vez que da frutos. �Tras guardar silencio un momento, a�adi�: Est� claro que Dios es el mejor cocinero del mundo; s�lo podemos honrar sus recetas con la mayor humildad.</p><p>�Cierto, sire �dije, sin saber muy bien ad�nde quer�a ir a parar.</p><p>�La perfecci�n est� en la sencillez, Demirco.</p><p>Hice un gesto de asentimiento con la cabeza.</p><p>�Vos sent�s una debilidad por los aromas, las especias y todo eso, y est� muy bien. Sin embargo, los productos de la huerta, simples y sin adornos, nos hablan de la gloria de Dios. �Ser�ais capaz de plasmar unos sabores como �sos en un helado?</p><p>�Creo que s�, Majestad �dije, con prudencia�. No estoy seguro de poder conservar el perfume de, por ejemplo, esta pera, pero ser� un honor intentarlo.</p><p>El rey extendi� una mano para se�alarnos a los dos.</p><p>�La Quintinie y Demirco, discuditlo. Estoy ansioso por ver los frutos de vuestra polinizaci�n.</p><empty-line/><p>As� pues, aprend� las virtudes de la sencillez, y prepar� <emphasis>sorbetti</emphasis> helados para el rey con todos con todos los frutos de la temporada, adornados s�lo con un poco de az�car. Descubr� que, aunque el proceso de congelaci�n atenuaba un poco el perfume de la fruta, tambi�n ayudaba a concentrar su sabor, captando su esencia en unos cuantos cristales dulces en la punta de una cuchara. Eso ocurri� antes de que La Quintinie completara el vasto <emphasis>potager du roi</emphasis>, el m�s grande de Europa, que Luis consideraba la parte m�s hermosa de todas sus posesiones. Sin embargo, los huertos de frutas, las huertas y los invernaderos que ten�a a su disposici�n ya produc�an unos extraordinarios resultados. A Luis le encantaban las peras m�s que cualquier otra fruta, por lo que La Quintinie se dispuso a cultivar las mejores variedades de Francia y a crear otras nuevas para deleite del rey: esf�ricas, redondeadas, alargadas; verdes, amarillas, de color marr�n rojizo, rojas; de piel �spera o fina; con nombres extra�os como Bon Chretien d�Hiver, Petit Blanquet, Sucr�e Verte, o la favorita del rey, la dulce y muy arom�tica Rousselet de Reims: �l las cultivaba todas y yo ten�a todos esos frutos a mi disposici�n para hacer con ellos lo que se me antojara. En una ocasi�n, cuando hice llegar al rey una simple tabla de madera con seis sorbetes, cada uno de ellos preparado con una variedad de pera distinta, que culminaba con una brillante <emphasis>sanguinello</emphasis> rosa o pera de sangre que hab�a sido asada ligeramente para caramelizar la pulpa, qued� tan satisfecho que dej� de lado los asuntos de la corte y nos mand� llamar a Audiger y a m� para que todos los presentes ovacionaran nuestras creaciones. En otra ocasi�n le prepar� un cuenco de cerezas que, examinadas m�s de cerca, resultaron ser veinte helados de cereza que hab�an sido congelados uno por uno en un molde. En cuanto a mis sorbetes de mandarina �servidos dentro de la piel de una mandarina reci�n pelada, con la piel aparentemente intacta, como si fuera un barco en miniatura en el interior de una botella� fueron una maravilla que la corte coment� durante varios d�as.</p><p>De vez en cuando, el rey organizaba grandes <emphasis>divertissements</emphasis> para hasta mil invitados, con teatros y cuevas artificiales �casi tan grandes como el propio palacio� construidos con papel mach� para los bailes de m�scaras y los estrenos de <emphasis>com�dies-ballets</emphasis> encargados para la ocasi�n. El hecho de que estos complejos edificios fueran destruidos despu�s de haber servido para una sola noche de fiesta era s�lo otro aspecto de su magnificencia. Para tales ocasiones prepar�bamos helados �nicos para homenajear al invitado de honor, del mismo modo que un chef pod�a elaborar una salsa en honor del comensal que la hab�a inspirado. Audiger se tom� muy en serio la orden del rey de superar al <emphasis>limonadier</emphasis> del cardenal Mazarino. Lleg� a sobornar a sirvientes de los palacios de otros grandes miembros de la nobleza para saber qu� preparaban sus pasteleros. Sin duda fue un gran d�a cuando nos enteramos de que el c�lebre signor Morelli se hab�a rebajado a copiar nuestra idea de un sorbete de grosellas rojas amargo servido en una brillante cuchara de plata que, cuando se llevaba a la boca, resultaba que estaba hecha de az�car.</p><empty-line/><p>Para Audiger, sin embargo, nuestro �xito siempre estaba te�ido de frustraci�n. La creaci�n de un gremio �su gran sue�o� estaba atascado por la burocracia, y cada paso que daba exig�a un soborno para seguir adelante. El consejero del rey, monsieur Le Tellier, no ve�a ning�n problema, pero refiri� el asunto al Consejo de la Corona. El Consejo no pod�a pronunciarse sin un informe del secretario de estado, quien refiri� el asunto al canciller. �ste, por su parte, no pod�a hacer nada sin el apoyo de un noble. Por desgracia, el noble elegido por Audiger result� que se acostaba con una dama que no era su esposa. La situaci�n no era nada inusual, pero se daba el caso de que su esposa era la nieta del canciller� As� pues, el asunto iba para largo, y nadie estaba dispuesto a apoyar la patente que hubiera permitido crear el gremio hasta que la solicitud no fuera explotada para sacarle hasta el �ltimo beneficio que permit�an todas las formas de intriga y corrupci�n.</p><p>��Pero por qu� te molestas? �dije, cuando Audiger se enfrent� al �ltimo contratiempo�. �Por qu� te importa tanto el gremio cuando ya podemos preparar todo lo que nos apetece?</p><p>��Es que no lo entiendes? �me pregunt� Audiger. Se acerc� a m� a grandes zancadas mientras vert�a leche aromatizada con clavo en un molde de peltre�. �Qui�n crees que paga todo esto? �pregunt�, furioso�. �Qui�n paga tus vestimentas? �Tu elegante sombrero? �Este sitio? �Qui�n da de comer a los aprendices? �Qui�n consigue los sobornos? �Qui�n compra los ingredientes que t� usas sin mesura? �Meti� los dedos en una caja llena de clavo y lanz� un pu�ado al aire�. �Es que nunca te haces estas preguntas?</p><p>Me qued� mir�ndolo fijamente, perplejo, mientras el clavo rodaba por el suelo. Lo que hab�a dicho era totalmente cierto: nunca me hab�a planteado el aspecto financiero de lo que hac�amos. Era la �nica libertad que el esclavo comparte con el caballero: no preocuparse nunca por el dinero.</p><p>�Pero� �acaso no nos recompensa el rey?</p><p>Audiger se ech� a re�r desde�osamente.</p><p>�A veces. Pero nunca a tiempo y nunca lo suficiente. Sabe que la moneda con que nos paga es el mecenazgo, no el oro. Ya llevo invertidas casi mil <emphasis>livres</emphasis> en esta empresa; todo lo que ten�a. Si no conseguimos crear un gremio, si no encontramos gente que est� dispuesta a pagar por formar parte de �l, si no podemos cobrar a la gente para tomar a sus hijos como aprendices y venderles luego el derecho a convertirse a su vez en maestros� estar� arruinado en menos de seis meses.</p><p>�Lo siento mucho, Audiger. No ten�a ni idea. Tienes raz�n� He sido un desconsiderado.</p><p>�Bueno �dijo Audiger, cuya ira se calm� con la misma rapidez que hab�a estallado�, no importa. He dejado que te concentraras en los helados y no en los negocios, porque est� claro que eres muy bueno en eso. Ahora ya sabes cu�l es el motivo si alguna vez tengo un arrebato. Si esto no sale bien, perder� todo cuanto tengo.</p><p>Fue s�lo una peque�a discusi�n que pronto qued� olvidada. Sin embargo, tuvo una consecuencia importante. A partir de aquel momento, empec� a interesarme por los aspectos financieros de nuestra actividad. Empec� a comprender el curioso funcionamiento de nuestra empresa: lo m�s costoso no eran los ingredientes o el hielo, sino todos los accesorios que requer�a: las elegantes vestimentas, los criados de librea o las exquisitas copas y cucharas de oro con las que el rey o los nobles degustaban nuestras creaciones. Al menos, Ahmad ten�a raz�n en esto: era nuestra <emphasis>pericia</emphasis> lo que justificaba las exorbitantes sumas que exig�amos, del mismo modo que un juglar es recompensado por la belleza de su voz o un pintor por su talento m�s que por el coste de sus pinturas. Y �se era el motivo por el que deb�amos mantener nuestras t�cnicas en secreto: en cuanto las comparti�ramos con otros, perder�an todo su valor. Teniendo esto en mente, convenc� a Audiger de que carg�ramos sumas a�n m�s altas por nuestras especialidades. El rey alimentaba el gusto por lo extravagante en sus cortesanos: si Luis elogiaba un sorbete u otro dulce helado con alg�n ingrediente novedoso como el jazm�n, la mora o la menta, tarde o temprano todos los cortesanos que se preciaran apretar�an los dientes y pagar�an una fortuna por el placer de confirmar que, efectivamente, era algo extraordinario. Siguiendo este plan, fuimos amasando una fortuna adem�s de privilegios, nuestras vestimentas fueron cada vez m�s elegantes �los botones que antes eran de cuerno eran ahora de madreperlas�, aunque eso no impidi� que Audiger siguiera aspirando a crear su gremio.</p><p>Sin embargo, si Audiger se sent�a frustrado, yo no iba a ser menos. En Florencia siempre hab�a imaginado que, en cuanto pudiera combinar libremente sabores y texturas seg�n mis deseos, acabar�a encontrando una sustancia que, una vez congelada, tendr�a la m�rbida densidad de la crema o del chocolate derretido, y que mis creaciones se disolver�an r�pidamente en la lengua, como la crema chantilly o la pasta que rellena los mostachones, pero que no crujiera como el hielo. Sin embargo, a pesar de que congelaba estas mezclas y muchas otras, no daba con la soluci�n. Parec�a que no hab�a forma de elaborar un helado que fuera realmente m�rbido.</p><p>Aun as�, hubo algo que mejor� much�simo. Mientras que en la corte de los M�dici eran muy estrictos con la observancia moral, como era de esperar de los banqueros de Europa, en la de Luis XIV eran m�s sofisticados. Los nobles franceses se casaban por motivos econ�micos y pol�ticos, pero la pasi�n quedaba reservada a las relaciones extraconyugales. Incluso en los rangos inferiores de la corte, nadie ve�a una raz�n para no permitirse las <emphasis>liaisons</emphasis>. Un joven italiano con talento �que, si se me permite decirlo, era muy apuesto cuando llevaba el sombrero de tres picos� no pasar�a desapercibido durante mucho tiempo.</p><empty-line/><p>Un d�a estaba preparando unos cordiales helados para los invitados del rey cuando una dama de la corte se detuvo para observarme mientras trabajaba.</p><p>�Vos sois mi compatriota �dijo, en italiano.</p><p>Levant� la mirada, sorprendido al o�r hablar en mi lengua materna. Era una mujer bajita, de rostro redondeado y ojos oscuros, con una expresi�n perezosa y traviesa en la mirada.</p><p>�Me cri� en Roma �explic�. Mi t�o me trajo a Par�s para encontrar marido.</p><p>��Y lo hab�is encontrado? �le pregunt�, con osad�a.</p><p>Ella asinti� con la cabeza.</p><p>�Varios, en realidad. Uno para m� y algunos casados con otras mujeres.</p><p>Ech� una ojeada hacia el lugar donde se encontraba el rey, rodeado por un grupo de cortesanos.</p><p>Entonces comprend� con qui�n estaba hablando. Incluso yo hab�a o�do hablar de Olympe de Soissons, la belleza italiana entre cuyas conquistas se contaba el mism�simo rey. Ella y sus cuatro hermanas eran conocidas como las <emphasis>mazarinettes</emphasis>, por su t�o, el poderoso cardenal Mazarino.</p><p>��Qu� est�is preparando? �me pregunt�, observando c�mo filtraba el l�quido a trav�s de una tela de muselina.</p><p>�Un cordial. Peras al moscatel y jengibre con un poco de�</p><p>�Preparad uno para m� �me interrumpi�. Pero �ste no. No me gusta tener lo que ya tienen otros.</p><p>Se alej� para reunirse con los dem�s, aunque se dio la vuelta para dedicarme una mirada breve pero atrevida.</p><empty-line/><p>Cuando hube repartido los cordiales de jengibre, prepar� algo distinto para ella y se lo serv�.</p><p>��Qu� es? �pregunt�, con coqueter�a.</p><p>�Una tisana fr�a de hojas de t� verde de China con esencia de lima y algunas semillas �dije, haciendo una reverencia.</p><p>Asintiendo con la cabeza, tom� un sorbo. Llevaba varios d�as trabajando en aquella tisana, algo que se saliera un poco de lo habitual, empleando nuevos ingredientes que estaban en boga. Al principio, su sabor era fuerte y �cido, gracias a la lima, pero las hojas de t� verde le proporcionaban un toque ligeramente ahumado. Tambi�n sab�a a jazm�n y ten�a un leve retrogusto especiado de cardamomo.</p><p>�Interesante �se limit� a decir. Y entonces, mientras me daba la vuelta, a�adi�: Y muy refrescante. Gracias.</p><empty-line/><p>Al d�a siguiente recib� el encargo de preparar cinco galones de cordial.</p><p>��Cinco galones? �le repet� al lacayo que me hab�a transmitido la orden�. �Est�s seguro? Con eso se abastecer�a a toda la corte.</p><p>�Es s�lo para <emphasis>madame la comtesse</emphasis>. Quiere el que le preparasteis ayer. Llevad los ingredientes directamente a sus aposentos.</p><p>Era muy f�cil perderse en el inmenso palacio. Tuve que preguntar varias veces qu� direcci�n deb�a tomar a los lacayos tocados con peluca que prestaban sus servicios en los interminables pasillos. Al final encontr� la puerta que buscaba. La abri� una doncella, que me hizo pasar. Aun teniendo en cuenta los criterios de Versalles, los aposentos eran suntuosos. De las paredes revestidas con seda roja colgaban obras de arte, entre las cuales se encontraba un retrato de la propia Olympe, vestida apenas con unos trapos de terciopelo.</p><p>La doncella me acompa�� a una antesala con una ba�era y una hilera de humeantes aguamaniles. No hab�a nada m�s, salvo un biombo de seda bordada, una silla y una <emphasis>chaise longue</emphasis> tapizada de terciopelo rojo sobre la que hab�an depositado un mont�n de gruesas toallas.</p><p>�Madame, ha llegado el pastelero �dijo la doncella, inclin�ndose en direcci�n a la estancia vac�a.</p><p>�Gracias, C�cile.</p><p>Olympe asom� la cabeza por encima del biombo. Se estaba soltando el pelo con una mano, sacudiendo los elaborados rizos.</p><p>�Vuestro cordial era tan delicioso que he decidido darme un ba�o con �l �dijo�. �Me lo prepar�is, por favor?</p><p>Hice lo que me hab�a ordenado. En vez de llenar la ba�era con hojas de t� y trozos de lima, met� directamente en el agua las bolsas de muselina que conten�an los ingredientes y las dej� en remojo. El agua estaba bastante caliente; de haberlo sabido, habr�a modificado ligeramente las proporciones, porque el calor potenciaba el sabor de las hojas de t�, mientras que el fr�o potenciaba la lima�</p><p>��Est� listo? �me pregunt�.</p><p>�Habr�a que dejarlo un poco m�s en remojo.</p><p>�Entonces yo tambi�n me pondr� en remojo.</p><p>Olympe sali� de detr�s del biombo. Llevaba un <emphasis>deshabill�</emphasis> de encaje muy fino; apenas sujeto por delante, ni siquiera le cubr�a las rodillas. En el caso de que se diera cuenta de mi reacci�n, no lo dio a entender.</p><p>�Madame �dije, inclinando la cabeza y prepar�ndome para retirarme.</p><p>�Esperad �me orden� en tono imperioso, introduciendo una pierna en la ba�era para comprobar la temperatura.</p><p>�Puede que quiera modificar la cantidad de algunos ingredientes. Adem�s, me gusta hablar italiano mientras me doy un ba�o. Sentaos y conversad conmigo.</p><p>Me acerqu� a la silla y me sent�, un poco inc�modo. Me di cuenta de que el biombo se hab�a colocado de tal forma que, desde mi asiento, tapara un poco �pero muy poco� la ba�era; aun as�, no me ocult� la espalda desnuda de Olympe mientras se desvest�a y se met�a en el agua, lanzando un suspiro.</p><p>��C�mo os llam�is? �me pregunt�, en italiano.</p><p>�Demirco, madame.</p><p>�Eso ya lo s�. Me refer�a a vuestro nombre.</p><p>�Carlo.</p><p>Hubo una larga pausa, durante la cual o� una serie de leves chapoteos mientras Olympe se echaba el agua encima con las manos. El aroma de la lima, el t� verde y el jazm�n lleg� hasta m�. Me qued� inm�vil. Al final, ella dijo:</p><p>�Despu�s de todo, creo que no me apetece hablar, Carlo. Me temo que hoy mis labios est�n tan sellados como los vuestros. Pero pod�is venir aqu�.</p><p>��Madame?</p><p>�Venid conmigo. A la ba�era.</p><empty-line/><p>M�s tarde, me dijo:</p><p>�Decidme, �ha sido tan placentero como esperabais?</p><p>�Oh, s�. Pero necesit�is m�s lima.</p><p>�Necesito m�s sexo.</p><p>Se desperez� voluptuosamente ante mis ojos, como una gata, y con la misma desenvoltura que habr�a mostrado si ambos hubi�semos estado vestidos. Ahora nos hab�amos tumbado en la <emphasis>chaise longue</emphasis>: comprend� en seguida que, al igual que la ba�era y el biombo, no estaba all� por casualidad.</p><p>Me acerqu� a ella.</p><p>�Esperad �dijo, coloc�ndome una mano sobre el pecho�. Para ser la primera vez no ha estado mal, pero la pr�xima ten�is que ir m�s despacio. Y ser un poco m�s imaginativo.</p><p>��Imaginativo! �repet�, dolido.</p><p>Ella se ech� a re�r.</p><p>�No os ofend�is. Lo he hecho muchas m�s veces que vos, eso es todo, y como cualquier otra habilidad, lo que se debe hacer es practicar. Adem�s, como en todo, hay modas sobre c�mo hacer el amor, y algunas especialidades nacionales. Los franceses son bastante buenos en ello, casi tan buenos como preparando tartas y postres.</p><p>��Qu� puede saber un franc�s que no sepa un italiano? �le pregunt�, bruscamente.</p><p>Ella sonri�.</p><p>�Eso es lo que estoy a punto de ense�aros.</p><p>Cuando termin� con la demostraci�n y yo me dispon�a a irme, a�adi�:</p><p>�La pr�xima vez, cuando veng�is, deb�is traer unos helados; os ense�ar� una forma de usarlos que tal vez nunca se os haya ocurrido.</p><empty-line/><p>Audiger estaba furioso.</p><p>�Te han visto saliendo de sus aposentos. �Es que pretendes que nos echen de la corte?</p><p>�Todos lo hacen �repliqu�. �Por qu� no deber�a hacerlo yo tambi�n?</p><p>Audiger levant� las manos.</p><p>�Porque su situaci�n es segura, y la nuestra no.</p><p>�Me da igual �dije�. No pienso dejar de verla s�lo porque alguien pueda poner una objeci�n. No puedo vivir as�.</p><p>�Entonces es que est�s loco �repuso Audiger�. La corte no es un lugar para enamorarse.</p><p>��Y qui�n ha hablado de amor?</p><p>Lo dije sin pensar, como habr�a hecho cualquier joven de mi edad, aunque sab�a que era verdad: la astilla de hielo estaba profundamente incrustada en mi coraz�n para eso.</p><p>�Muy bien �dijo Audiger, de mala gana�. Pero cuidado con el coraz�n o podr�as acabar perdiendo otra parte de ti�, la cabeza, que, a diferencia de ese otro �rgano, no tiene arreglo.</p><p>Asent�. Sab�a que Audiger no pod�a prohib�rmelo. El equilibrio de poder entre nosotros hab�a cambiado durante esos a�os en la corte. Ahora ten�a todo lo que quer�a: dinero, prestigio, los apetitos carnales saciados por una de las amantes m�s expertas de aquellos tiempos y el mecenazgo del rey m�s poderoso de toda Europa.</p><empty-line/><p>Cuando volv� a visitar a Olympe, me dirig� a la puerta con paso seguro. Llevaba una bandeja en la que hab�a dispuesto cuatro copas de cristal con diferentes helados. Todos ten�an un color y un sabor diferentes: caqui, pistacho, melocot�n blanco y miel dorada. No hab�a cucharas.</p><p>Levant� la mano para llamar, pero en ese preciso instante, surgido de la nada, apareci� un lacayo que se interpuso entre la puerta y yo.</p><p>�<emphasis>Madame la comtesse</emphasis> no quiere ser molestada.</p><p>Le se�al� los helados.</p><p>�Le traigo esto.</p><p>�Yo me encargar� de entreg�rselo �dijo, arrebat�ndome h�bilmente la bandeja.</p><p>No protest�. Entonces reconoc� al lacayo: era uno de los criados personales del rey. Mientras me alejaba, o� abrirse la puerta y al criado entrando en la estancia.</p><p>Decid� esperar cerca de all�. Y, efectivamente, alrededor de media hora despu�s, vi al rey abandonando la estancia de Olympe y descender la majestuosa escalera que conduc�a a sus aposentos. Se estaba ajustando el pu�o de la camisa, como si acabara de pon�rsela.</p><p>Volv� para recoger la bandeja. Olympe estaba en la ba�era, pero su doncella me dijo que pod�a recibirme.</p><p>�El rey se ha quedado muy impresionado con vuestros helados �dijo Olympe sin pre�mbulos cuando me vio�. Eran justo el refrigerio que le apetec�a. En estos tiempos es raro que consiga hacerlo dos veces; estaba muy satisfecho de s� mismo, lo cual significa que est� satisfecho conmigo. Gracias.</p><p>La mir� fijamente, sorprendido por su tono descuidado.</p><p>��A�n sois su amante? Cre�a que�</p><p>��Que yac�a entre los brazos de madame de la Valli�re? Normalmente s�, pero hay veces que ella est� indispuesta o �l prefiere la variedad. O en ocasiones coquetea con una nueva dama de compa��a que lo rechaza y entonces acude a m� para restaurar su maltrecha vanidad. Hay muchas razones por las que un hombre puede acostarse con una mujer, y no son siempre sencillas. A veces el rey echa de menos mi compa��a.</p><p>�Entonces� �no quer�is que vuelva? �dije, un poco herido en mi orgullo.</p><p>Olympe se ech� a re�r.</p><p>�En absoluto. Con vos, Carlo, el acuerdo est� bastante claro, y en eso reside el encanto. Hoy estoy cansada, y espero que el rey vuelva a verme ma�ana. Pod�is volver dentro de unos d�as y veremos c�mo est�n las cosas. �Lanz� una maliciosa mirada a mis nalgas�. En cualquier caso, no es justo que os tenga s�lo para m�.</p><p>��Qu� quer�is decir?</p><p>�Simplemente digo que os falta experiencia. No, no, no pong�is esa expresi�n alica�da; en otros tiempos yo tambi�n estaba en vuestra misma situaci�n, pero un hombre como vos resolver� muy pronto ese problema. El palacio est� lleno de mujeres ansiosas por adiestraros.</p><p>��De veras? �dije, perplejo.</p><p>�Por supuesto. �Por qu� cre�is que madame de Corneil se hace servir uno de vuestros cordiales todas las noches? �Por qu� pens�is que madame Rossoulet os invita siempre a jugar a las cartas? Y, en vuestra opini�n, �por qu� cre�is que he querido seduciros antes que cualquiera de ellas?</p><p>��Quer�is decir que� era una cuesti�n de honor para vos?</p><p>Olympe sonri�.</p><p>�Entre otras cosas �dijo, ech�ndose agua por encima.</p><p>��Y no estar�is celosa si me acuesto con otras mujeres?&#x2029;�Los celos son para la gente com�n �replic�. Para la gente cuyas migajas de placer son tan escasas y tan infrecuentes que deben pelear por ellas como lo hacen los mendigos por una corteza de pan. Aqu�, en la corte, donde no faltan precisamente las sensaciones m�s placenteras, podemos permitirnos elegir. �Me lanz� una mirada divertida�. Pero si sois un esp�ritu sensible, dejadme que os d� un consejo. Al igual que a la hora de escoger un agua de colonia o de disfrutar de una <emphasis>sarabande</emphasis> se demuestra si sois o no un experto, la elecci�n de las amantes que est�n a vuestro alrededor demostrar� si sois una persona de gustos refinados o un impostor.</p><p>��Un impostor? �repet�, inquieto.</p><p>Supongo que a�n tem�a que un paso en falso pudiera traicionar mis or�genes.</p><p>Ella asinti� con la cabeza.</p><p>�S�lo un bruto, por ejemplo, seducir�a a una criada. Acostarse con una mujer vulgar, por mucho que est� dispuesta a hacerlo, implica el riesgo de contagiarse de su vulgaridad. Y, pase lo que pase, nunca deb�is permitir que os dominen los sentimientos. El amor es algo extraordinario, pero del mismo modo que el hambre no justifica los malos modales en una mesa, la pasi�n no es una excusa para comportarse en la cama como un pat�n. El exceso de emociones en una relaci�n amorosa resulta tan desagradable como el exceso de romero en un plato o un �nfasis exagerado en una pieza musical. Es posible �y necesario, adem�s� mostrar elegancia en los <emphasis>amours</emphasis> propios al igual que en todos los aspectos de la vida.</p><p>Dijo todo eso en voz baja e indolente, como si hubiera abordado en tantas ocasiones aquel tema que no mereciera la pena a�adir nada m�s. Era el modo en que todos hablaban en la corte, sobre todo las mujeres: lo hab�a o�do definir como <emphasis>pr�ciosit�</emphasis>, y las damas que lo cultivaban en los salones m�s elegantes de Par�s eran conocidas como <emphasis>les pr�cieuses</emphasis>. Sin embargo, el brillo de malicia en sus ojos daba a entender que aquello era algo que se tomaba muy en serio.</p><p>Me inclin� con iron�a.</p><p>�Os quedar� muy agradecido por todos los consejos que pod�is darme al respecto, madame.</p><p>�Estupendo �repuso ella�. Entonces est� decidido. Traedme un helado dentro de dos d�as y mientras tanto pensar� en cu�l deber�a ser vuestra pr�xima conquista.</p><empty-line/><p>As� empez� la siguiente fase de mi educaci�n. Del mismo modo que en Florencia hab�a experimentado diferentes t�cnicas y sabores, en Versalles prob� los diferentes gustos y aromas del amor. Olympe ten�a raz�n: no tard� en descubrir que muchas mujeres de la corte estaban m�s que dispuestas a frecuentarme. Y tambi�n descubr� algo m�s; amaba a las mujeres y, en general, ellas me correspond�an. Puede parecer una afirmaci�n extra�a, pero no hab�a nada evidente: muchas de las amantes m�s c�lebres de la corte parec�an estar cansadas de sus relaciones, como si enamorarse fuese un deber tan arduo e inevitable como el de asistir a un en�simo baile. De vez en cuando, Olympe me recordaba que no me entusiasmara demasiado ��Si vais por ah� con una sonrisa en los labios, la gente os tomar� por un mentecato��, pero, en general, me trataba con una divertida indulgencia. Por mi parte, aprend� en seguida a mostrarme ante el mundo con un aire de ir�nico cinismo que estaba muy en boga en aquellos tiempos.</p><p>Tambi�n descubr� que si una mujer quer�a ser cortejada, ten�a un medio perfecto a mi disposici�n. Al parecer, no hab�a nada m�s convincente que anunciar que estaba tratando de perfeccionar un nuevo sabor o una combinaci�n in�dita de helados que nadie hasta entonces hab�a degustado y que necesitaba la ayuda de la dama en cuesti�n para probarlo y conocer su opini�n. Tambi�n hac�a falta cierta pericia, adem�s de un placer innegable, para dar con el sorbete adecuado para cada mujer: las m�s j�venes e inocentes �aunque en la corte no exist�a la verdadera inocencia� se dejaban tentar con sabores m�s sofisticados, mientras que las mujeres maduras prefer�an la autenticidad y la frescura de los gustos m�s sencillos.</p><p>A medida que iba adquiriendo experiencia, era m�s creativo con los helados que preparaba para el rey y para mis amantes. Evidentemente, a�n segu�a elaborando los sorbetes con una sola fruta que tanto le gustaban al rey, pero despu�s de haber probado todas los frutos que la naturaleza pon�a a mi disposici�n, me puse a crear nuevos e imaginarios huertos de �rboles frutales y <emphasis>potagers</emphasis> por mi cuenta, como uno en el que crec�an frutos que eran mitad lima y mitad lim�n, o un arbusto que daba pan de centeno, o una planta cuyo polen eran huevas de esturi�n de Aquitania. Incluso los parterres me ofrec�an sus flores para preparar sorbetes con la esencia de las hojas de geranio o lavanda, o empleaba sus aromas para perfumar <emphasis>granites</emphasis> con b�lsamo de melisa, violeta o rosa. El hecho de que todos estos sabores pudieran existir y que se dejaran apresar dentro de los cristales helados de mis <emphasis>eaux glac�es</emphasis> nunca dejaba de asombrar a los invitados del rey: mi estrella sub�a cada vez alto y mi prestigio acab� siendo conocido m�s all� de los confines de la corte.</p><p>Entonces, un d�a, le llev� al rey un helado de fresas aromatizado con pimienta blanca y, aunque al principio no me di cuenta de ello, mi vida cambi� por completo.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Para preparar un sorbete de fresas: coger treinta fresas grandes bien perfumadas, cortarlas en daditos y pasarlas por un tamiz; a�adir una copa de az�car, una pinta de leche de vaca muy espesa y mezclar mientras se congela. No hace falta nada m�s, pero se puede aderezar con un poco de menta o de pimienta blanca a discreci�n.</p><p><emphasis>El libro de los sorbetes</emphasis></p><p>El helado no cuajaba, y el rey estaba esperando.</p><p>A pesar del fr�o que hac�a en la despensa subterr�nea, estaba sudando. Sujetando el cubo de madera con las rodillas, vert� la mezcla de az�car, crema y fresas troceadas en la <emphasis>saboti�re</emphasis>, el contenedor interno de peltre, y volv� a remover otra vez con la esp�tula.</p><p>A mi lado, Audiger se estaba poniendo nervioso.</p><p>�Tal vez deber�as hacerlo m�s despacio. Pero date prisa, vamos.</p><p>No me molest� en se�alar que era muy dif�cil hacer esas dos cosas al mismo tiempo.</p><p>�El hielo no est� lo bastante fr�o. Necesito m�s salitre.</p><p>�El hielo es hielo, �no? Solo tiene una temperatura, la de congelaci�n. Lo han dicho muchos expertos. Galeno afirma que�</p><p>�Est� all� �le interrump�. Dos medidas.</p><p>Audiger se dirigi� a las arcas donde guard�bamos los ingredientes y cogi� unos cuantos cristales amarillentos.</p><p>�Aqu� est�.</p><p>Dej� de remover para que Audiger pudiera a�adirlos a la mezcla. Con mucho cuidado, verti� el salitre en la parte externa del cubo. Mientras lo hac�a, un lacayo vestido con la librea real asom� la cabeza por la puerta de la despensa.</p><p>�Vamos a servir los postres al rey �anunci�.</p><p>Audiger se volvi� hacia �l y le grit�:</p><p>��Dos minutos! �S�lo dos minutos m�s! Su Majestad ha dicho que hoy le apetec�a un helado de fresas, y eso es lo que tendr�.</p><p>Siguiendo su costumbre, se interpuso entre el lacayo y nuestros utensilios de manera que este no pudiera ver nada.</p><p>Entre las piernas sent� que ��por fin!� el cubo se enfriaba mientras el salitre cumpl�a con su cometido. La esp�tula se mov�a m�s despacio, encontrando una mayor resistencia. Yo tambi�n aminor� la velocidad, para adecuarme al ritmo. Era una tarea ardua, la parte m�s dif�cil, pero mi alivio era tal que sent� que disminu�a la tensi�n de mi espalda.</p><p>�Si eres demasiado impaciente, la esp�tula puede calentar la mezcla �dec�a la voz de Ahmad en mi cabeza�. Presta atenci�n a tu mano, no a tus ojos. Cuando parezca arena, es que ya est� casi listo�.</p><p>�Ya est� listo �dije.</p><p>Hoy no hab�a tiempo para exquisiteces. Cuando el rey expresaba su deseo por un determinado sabor, incluso el hielo deb�a obedecer.</p><p>�Por fin.</p><p>Audiger se arregl� la peluca y se quit� el polvo del s�tano de sus elegantes vestimentas. Mir� a su alrededor mientras se pon�a los guantes blancos.</p><p>��D�nde est� la fuente?</p><p>Le hice un gesto con la cabeza.</p><p>�En el estante.</p><p>La bandeja tambi�n estaba hecha de hielo; hab�a sido introducida en un molde y luego pulida hasta obtener el aspecto del cristal. Ya estaba llena de hielo picado.</p><p>Inspeccion� el contenido del cubo por �ltima vez. Ahora, la mezcla era densa y granulosa como la miel sin refinar. Los grumos y las vetas de las fresas trituradas se hab�an desparramado por la crema. Met� un dedo para probarlo.</p><p>��Qu� est�s haciendo? �grit� Audiger�. Apenas hay bastante para los invitados del rey.</p><p>No le contest�. Probaba todos los helados que preparaba, pero Audiger no ten�a por qu� saberlo. Tras reflexionar un momento, asent�.</p><p>�Est� rico.</p><p>Cogiendo la cuchara que se apoyaba en el borde, vert� una cucharada del sorbete rosa en la fuente. Luego a�ad� otra, y otra m�s. La fuente adquiri� en seguida el aspecto de un mar helado; las crestas y los rizos de crema ayudaban a disimular que la raci�n era muy escasa.</p><p>�Y ahora vete �dije.</p><p>��Un poco de canela? �sugiri� Audiger, nervioso�. �Hojas de oro? �Nuez moscada?</p><p>�Tal vez un poco de pimienta blanca.</p><p>��Pimienta? �Con las fresas? �Te has vuelto loco?</p><p>�S�lo una pizca. Conf�a en m�.</p><p>Audiger lanz� un suspiro.</p><p>�De acuerdo, pimienta. Y un poco de azafr�n. Su Muy Cristiana Majestad no espera menos.</p><p>Antes de que pudiera detenerlo ya hab�a echado un buen pu�ado de hilos de azafr�n en el plato.</p><p>�Le gustar� m�s si tiene el sabor que debe tener �balbuce�.</p><p>Con el pretexto de decorar con unas hojas de menta, consegu� quitar casi todo el costos�simo azafr�n con el dorso de la mano.</p><p>�Vete �repet�, alcanz�ndole el plato.</p><p>Audiger subi� las escaleras de la despensa sosteniendo el plato con aire solemne, con la espalda totalmente erguida, como si ya estuviera en presencia del rey. Fui tras �l. Fuera, la luz de sol y el calor creaban un fuerte contraste con el fr�o h�medo de la despensa. Vi que el helado de fresas brillaba ligeramente como la escarcha en el aire caliente y record� el sabor que hab�a probado brevemente con la punta del dedo: az�car, leche y fresas, concentrados gracias a la acci�n del hielo en min�sculos cristales de sabor.</p><p>S�, pens�. Est� rico. Un plato digno de un rey.</p><p>Era algo que Audiger nunca habr�a entendido: los helados no eran simplemente una novedad, un modo de demostrar la ingeniosa supremac�a del hombre sobre el orden natural de las cosas. Era una forma totalmente nueva de combinar aromas y sabores cuyo �xito depend�a de la bondad de las recetas que se ensayaban.</p><p>El lacayo que nos hab�a apremiado extendi� las manos para coger la fuente. Audiger lo ignor�. Por un momento, ambos se miraron fijamente; luego, el lacayo se dio la vuelta y empez� a caminar delante de Audiger. Otro lacayo lo sigui�, y luego otro m�s, mientras un cuarto y un quinto abr�an unas elegantes sombrillas para proteger el sorbete del sol. Al frente de la escuadra iba un <emphasis>ma�tre d�h�tel</emphasis> de rasgos marcados y tocado con peluca que empu�aba un largo bast�n plateado como s�mbolo de su autoridad. A una orden suya, todos se dirigieron a paso ligero hacia el jard�n de rosas.</p><empty-line/><p>El esfuerzo de tener que mantener el paso implicaba que, a pesar de que iban al trote, la procesi�n de lacayos no iba mucho m�s deprisa que yo, que les segu�a de cerca. En cualquier caso, sab�a a d�nde se dirig�an. En la entrada del jard�n de rosas, donde los setos se desplegaban hasta desembocar en un lago ornamental, treinta o cuarenta cortesanos con sus respectivas damas daban un paseo, desplegando toda su elegancia. Las mesas se hab�an dispuesto a la sombra de un cedro. Detr�s de ellas, formando en filas de cuatro, hab�a un peque�o ej�rcito de criados que sudaban bajo sus cortas pelucas. A un lado, tocaba un grupo de m�sicos. En el centro, donde la multitud de cortesanos era m�s densa, vislumbr� la oscura y tupida peluca del rey.</p><p>Los criados recorrieron al trote los zigzagueantes senderos que cruzaban los jardines. Yo cruc� directamente por el c�sped, reuni�ndome de nuevo con ellos cuando se dispon�an a rodear el lago. La procesi�n aminor� la marcha, adquiriendo un paso m�s digno, cuando se acerc� al primer grupo de invitados; algunos cortesanos, curiosos, se dieron la vuelta para contemplar la fuente. Muchos, yo lo sab�a, a�n no hab�an tenido ocasi�n de degustar aquella pasi�n del monarca. Y teniendo en cuenta la poca cantidad de helado que hab�a y el gran n�mero de invitados, la mayor�a tampoco tendr�a la oportunidad de hacerlo aquel d�a. Luis ya deb�a de haber elegido a los que tendr�an el honor de probarlo.</p><p>Cuando nos acercamos, el rey se volvi�.</p><p>��Ah! �Mi helado de fresas! �exclam�.</p><p>Audiger se detuvo y se inclin�, flexionando una rodilla con cierta torpeza a causa de la fuente que sosten�a en la mano. Luis le hizo un gesto para que se acercara.</p><p>�Y ahora ver�is si no ten�a raz�n, se�or duque. Es una aut�ntica especialidad.</p><p>Las palabras iban dirigidas al hombre que estaba a su lado. Vest�a de forma parecida a los criados, pero yo sab�a que, en realidad, era un ingl�s, un invitado muy importante, que hab�a venido para negociar un tratado entre los dos pa�ses. Luis se divert�a vistiendo a sus sirvientes seg�n la moda de las cortes extranjeras. Era una forma recordar a los visitantes que su corte era mucho m�s rica y suntuosa que las suyas.</p><p>Al otro lado del visitante estaba madame, como la llamaban: Enriqueta de Inglaterra, la hermana del rey ingl�s. Estaba casada con el hermano de Luis, aunque tambi�n era una de las favoritas �eso se dec�a� del propio Luis.</p><p>�S�, George, os proporcionar� fuerzas suficientes para permitiros jugar con nosotros a <emphasis>paille maille</emphasis> �le estaba diciendo la dama�. S� que sab�is jugar: me han dicho que mi hermano lo ha introducido en vuestro pa�s y que en la corte se juega todos los d�as.</p><p>�Es cierto �dijo el duque, sonriendo�. Como tantas otras modas francesas, en Londres es una aut�ntica locura. Su Majestad ha ordenado disponer un terreno de juego cerca de Whitehall que la gente ya llama Pall Mall. �Examin� con cierto aire de perplejidad el plato de helado de fresas�. Y ha construido un dep�sito de hielo en St James Par: otra idea que le vino mientras estuvo exiliado aqu�, creo, aunque sus cocineros a�n no han utilizado el hielo en sus postres.</p><p>�Es mucho m�s que un postre helado �explic� Luis�. Probadlo y entender�is lo que quiero decir.</p><p>El rey extendi� la mano. Por un momento vi el p�nico en la mirada de Audiger cuando se dio cuenta de que no s�lo no hab�a tra�do cuencos y cucharas, sino que al sostener la fuente con las dos manos no estaba en disposici�n de servir al rey. Sin embargo, yo lo hab�a previsto todo. Hab�a cogido media docena de cuencos de porcelana blanca y azul cuando pas� junto a una de las mesas; serv� el helado en uno de ellos y se lo ofrec� con una reverencia.</p><p>�Demirco procede de Florencia �dijo el rey, cogiendo el cuenco�. Es uno de los pocos en Europa que sabe preparar helados. �Qu� hab�is creado en esta ocasi�n, signor?</p><p>�Un helado de fresas, sire, como me hab�ais ordenado, con un poco de crema de leche y pimienta blanca.</p><p>Vi a Audiger apretando la mand�bula. Con el franc�s sosteniendo la fuente mientras yo serv�a, por no mencionar la conversaci�n sobre la receta con el rey, a ojos de todos parec�a que Audiger fuera el aprendiz y yo el maestro.</p><p>��Majestad?</p><p>Quien se acerc� al rey era su nuevo m�dico, un hombre llamado F�lix.</p><p>��Qu� ocurre, F�lix?</p><p>El doctor carraspe�.</p><p>�El d�a es muy caluroso, sire, y las damas� Incluso las que no est�n especialmente delicadas se han acalorado jugando a <emphasis>paille maille</emphasis>. Dadas las circunstancias, no lo aconsejo.</p><p>��El helado?</p><p>El rey parec�a sorprendido. F�lix asinti� con firmeza.</p><p>�En esta cuesti�n en particular las autoridades m�dicas se muestran de acuerdo. El consumo de hielo en un d�a tan caluroso puede provocar varias dolencias. Incluso ataques de apoplej�a. El caballero ingl�s puede probarlo, pero vos y las damas�</p><p>��Insinu�is que est�is dispuesto a matar a nuestro honorable invitado, el duque de Buckingham, pero no a nosotros? �exclam� el rey�. Dios m�o, F�lix, os nombraremos diplom�tico.</p><p>Los que estaban m�s cerca del rey se echaron a re�r, pero �me di cuenta� nadie prob� el helado. Un embarazoso silencio cay� sobre la reuni�n de la corte.</p><p>Fue un <emphasis>impasse</emphasis>. Las virutas ya empezaban a fundirse bajo el sol. Sab�a que era in�til discutir con aquel m�dico necio: eso s�lo habr�a avergonzado al rey en presencia de sus invitados. Not� un sabor extra�o en la boca y comprend� que me hab�a mordido las enc�as para mantener la sonrisa en los labios.</p><p>Entonces, una voz �una fresca voz femenina� dijo, detr�s del rey:</p><p>�Quiz�s podr�a probarlo yo por vos, Majestad.</p><p>La que hab�a hablado era una mujer, o, mejor dicho, una muchacha, porque era incluso m�s joven que madame: puede que tuviera dieciocho o diecinueve a�os y llevaba un vestido que parec�a uno que hubiera descartado madame y que le daba un aire si cabe m�s joven. Su rostro ten�a algo de infantil: era hermosa, pero con aquellos labios demasiado grandes y aquellas pecas a ambos lados de la nariz, pose�a la belleza severa y a�n inmadura de la adolescencia. La masa de rebeldes tirabuzones que ca�an sobre su cuello, <emphasis>au naturel</emphasis>, parec�a m�s la peluca de un hombre que los elaborados tocados que luc�an las otras damas. Su piel era muy p�lida, tan p�lida como el helado de leche. Sin embargo, eran sus ojos lo que m�s llamaba la atenci�n: eran verdes, y uno de ellos parec�a un poco perezoso, como si tuviera que reflexionar un momento antes de seguir el movimiento del otro.</p><p>La joven se volvi� hacia el m�dico.</p><p>��Ese es el fundamento del nuevo m�todo, verdad? Hip�tesis, investigaci�n y finalmente deducci�n, �no?</p><p>El m�dico asinti� a rega�adientes.</p><p>�Muy bien, entonces �dijo la muchacha�. Yo ser� vuestra investigaci�n; si muero, podr�is deducir todo lo que corresponda al caso.</p><p>��Bravo, <emphasis>la belle bretonne</emphasis>! �exclam� el rey�. �Y si os da un ataque, querida? Vuestros padres nunca me lo perdonar�an.</p><p>�Es un honor correr ese riesgo por vos, sire.</p><p>Su voz ten�a un tono sard�nico, como si quisiera decir: �Son solo tonter�as, y todos lo sabemos�.</p><p>�Adem�s �a�adi� la joven, cogiendo con destreza el cuenco que sosten�a madame�, la raci�n es muy escasa. As� me aseguro de que, a pesar de mi inferior rango, podr� probar esta maravilla de la que tanto he o�do hablar.</p><p>La muchacha se llev� la cuchara a los labios.</p><p>Aquel era un momento que siempre hab�a adorado, el momento en que alguien probaba uno de mis helados por primera vez. Evidentemente, era mucho mejor si no ten�an ni idea de lo que estaban a punto de degustar, as� la sorpresa era absoluta; hab�a descubierto que, aunque creyeran adivinar qu� les esperaba, no consegu�an imaginar cu�l ser�a la sensaci�n. A veces, si la persona en cuesti�n era necia, se sobresaltaba y dejaba caer el cuenco; a veces, las damas sol�an gritar, alarmadas, llev�ndose a la boca la mano que a�n sosten�a la cuchara, como si tuvieran miedo de sufrir un ataque de hipo o de tos o de escupir lo que hab�an tomado. Luego, un instante despu�s, el susto se convert�a en asombro, y el asombro en placer. Eso significaba que la primera cucharada se acababa de fundir en su boca y que el sabor dulce e intenso �si yo hab�a hecho bien mi trabajo� los empujaba inmediatamente a tomar otra cucharada, y otra m�s, hasta que el exceso de fr�o entumec�a de repente el paladar y provocaba una punzada en la cabeza; en ese punto, la gente lanzaba alguna exclamaci�n y boqueaba para absorber aire caliente y poder as� fundir el hielo que se agarraba a su garganta. Sin embargo, eso tambi�n duraba s�lo un momento; luego ven�a la batalla final entre la prudencia y la glotoner�a, mientras el deseo de tomar otra cucharada se enfrentaba al miedo de una nueva sensaci�n de fr�o, hasta que todo el contenido del cuenco era devorado por completo y se lam�a hasta la �ltima pizca de helado licuado que quedaba en la cuchara con la que se hab�a servido.</p><p>Sin embargo, aquella joven no grit� ni tosi�. S�lo abri� mucho los ojos, mostrando durante un instante una expresi�n de sorpresa antes de recomponerse.</p><p>��Y bien? �le pregunt� el rey.</p><p>Ten�a una mancha blanca en el labio superior. Al cabo de un momento, la lami� con la lengua. Aunque estaba hablando con el rey, sus ojos �incluso el perezoso� se fijaron en m� m�s tiempo del debido, y por un instante detect� algo en ellos �un destello de algo indefinido, r�pidamente reprimido� que reconoc�.</p><p>Hab�a visto esa expresi�n en el rostro de una mujer en otras dos ocasiones: una en el de Emilia, y otra en el de Olympe.</p><p>�Dir�a �observ� que es fresco y dulce como el beso de un amante en un caluroso d�a de verano, aunque, naturalmente, una muchacha como yo no tiene ni idea de c�mo sabe tal cosa.</p><p>Algunos de los presentes se echaron a re�r por lo imprudente de su ocurrencia. El rey aplaudi�.</p><p>�Aqu� ten�is vuestra respuesta, F�lix� Como siempre, hab�is sido demasiado prudente. Y <emphasis>la belle bretonne</emphasis> se ha tomado vuestra raci�n de helado de fresas, de modo que os quedar�is sin probarlo.</p><p>�No deseo probarlo, sire �repuso el m�dico, con aire contrito�. No ser�a un buen m�dico si no siguiera mis propios consejos.</p><p>Las damas y los nobles de la corte se api�aron en torno a m� y a Audiger, m�s impacientes si cabe por el hecho de que no habr�a bastante para todos. Un momento despu�s, el helado de fresas hab�a desaparecido. Las risas y las exclamaciones de sorpresa llenaban el aire. Las mujeres se quedaron de piedra por el estupor, con los carrillos hinchados tras el primer bocado; los hombres se re�an de ellas, aunque hac�an muecas no menos desconcertadas. Algunos trataban de fingir que no era nada nuevo ni notable para ellos, aunque se llevaban a la boca las cucharadas con gran desenvoltura, con una c�nica sonrisita en los labios, aunque sus gargantas se enfriaban m�s deprisa y eran los que sent�an las primeras punzadas de dolor en la cabeza. Vi a un elegante cortesano dando un paso atr�s, como si le hubiesen disparado en la espalda, con los ojos fuera de las �rbitas. La sonrisa afectada en el rostro de otro se convirti� en una risotada de alegr�a infantil, mientras un tercero se puso a cantar por la sorpresa.</p><p>��Y bien? �Qu� os parece? �les pregunt� el rey, impaciente.</p><p>Todos se afanaban por acercarse a �l para decir que era lo m�s asombroso que hab�an probado en su vida y que ninguna otra corte era capaz de ofrecer tantos prodigios como la francesa. El monarca asinti� con la cabeza, complacido; entonces, se�al�ndonos a Audiger y a m�, exclam�:</p><p>��El gran Demirco! �Audiger! �Los maestros pasteleros de Francia!</p><p>La corte aplaudi�, batiendo las manos enguantadas. Audiger y yo les dimos las gracias haciendo elegantes reverencias a derecha y a izquierda.</p><p>As� eran las comidas al aire libre en la corte de Luis XIV.</p><p>��Y vos, lord Buckingham? �pregunt� el rey, dirigi�ndose al ingl�s�. �Qu� os parece?</p><p>�Muy refrescante �repuso el visitante, colocando la cuchara en el cuenco vac�o�. Estoy seguro de que a mi rey le gustar�a saber c�mo se elabora.</p><p>�Desgraciadamente, eso es imposible. Demirco y sus colegas son muy cuidadosos a la hora de guardar los secretos de su arte. Y hay cosas que ni siquiera un rey puede ordenar.</p><p>�Estoy convencido de que Su Majestad puede conseguir todo lo que desea �dijo el ingl�s, secamente.</p><p>��Estamos hablando del helado de fresas o del puerto de Dieppe?</p><p>Risas.</p><p>Me dio la impresi�n de que los fragmentos que consegu�a entender de lo que estaban hablando formaban parte de otra conversaci�n, como un partido de <emphasis>paille maille</emphasis>, en el que los lanzamientos m�s importantes son los que se elevan a dos metros del suelo.</p><p>�Adem�s, vosotros, los ingleses, ten�is unos gustos muy particulares en cuesti�n de postres. Creo que lo que m�s os gusta son las tortitas �dec�a el rey, provocando m�s risas.</p><p>Al menos era capaz de seguir aquella parte de la conversaci�n: las tortitas eran un plato holand�s, y los holandeses eran contra quienes estaban conspirando ahora los franceses; la segunda potencia de Europa enfrent�ndose a la primera, para adue�arse de las tierras que los holandeses hab�an robado al mar. O algo as�. O�a las conversaciones sobre pol�tica que se manten�an en el laberinto de las cocinas y las despensas en los s�tanos de Versalles, pero no les prestaba demasiada atenci�n.</p><p>��Qu� dec�s vos, Demirco? �Para mi sorpresa, el rey me estaba mirando fijamente�. �Podr�amos prepararle un helado al rey Carlos de Inglaterra, algo tan delicioso que le hiciera olvidarse para siempre de las tortitas? �Un postre que le recordara a Francia, a los largos a�os de exilio durante los cuales disfrut� de nuestra hospitalidad, para que no se olvide de sus viejos amigos con el ansia de degustar de nuevo las tartas y los potajes ingleses?</p><p>El rey dijo �las tartas y los potajes� en un tono jocoso, provocando una vez m�s las risas y los aplausos de sus cortesanos.</p><p>�Por supuesto, sire �dije, sin estar seguro de si Luis estaba bromeando o no�. Como guste Su Majestad. Pero �no se habr� derretido antes de que pueda probarlo?</p><p>�Es posible �repuso el rey, encogi�ndose de hombros.</p><p>Me pregunt� si no habr�a dicho alguna inconveniencia.</p><p>De pronto, Audiger recuper� el habla.</p><p>�Sire, para m� ser�a un honor preparar un helado digno de que Su Majestad lo ofrezca al rey de Inglaterra.</p><p>Mir� a Audiger, desconcertado. �Qu� quer�a decir? �No estar�a pensando que era capaz de preparar un helado que superara a los m�os? Al parecer, as� era. Me miraba con frialdad. Aquella ser�a su venganza por haber acaparado toda la atenci�n del rey.</p><p>��Ah, signor Demirco! �Parece que os han desafiado! �exclam� Luis, con regocijo�. �Acept�is el reto?</p><p>Hice una reverencia.</p><p>�Por supuesto.</p><p>��Estupendo! Invitaremos a participar a Procopio y a� �C�mo se llama ese otro pastelero? El signor Morelli. Cada uno dar� lo mejor de s�, y� lord Buckingham, antes de partir tal vez nos har�ais el honor de juzgar nuestra peque�a competici�n.</p><p>�Ser� un placer. Pero �cu�l ser� el premio?</p><p>Luis reflexion� un instante.</p><p>��sta gente no ha parado de presionarme para tener un gremio. Digamos que el que elabore el mejor sorbete ser� nombrado su presidente.</p><p>Por el rabillo del ojo vi que Audiger se pon�a r�gido. Si no hubi�semos estado en presencia del rey, habr�a lanzado un suspiro. De todo aquello no pod�a salir nada bueno.</p><empty-line/><p>��Esta es tu forma de darme las gracias? �dijo Audiger, jadeando mientras ascend�amos la colina en direcci�n a palacio.</p><p>��Qu� quieres decir?</p><p>�Estoy hablando de tu actitud condescendiente conmigo en presencia del rey. Por no hablar de esa joven bretona� �Qu� insolencia! Seguro que lo ten�a todo planeado.</p><p>��La morena? �Pero si nos ha hecho un favor! De no haber sido por ella, nadie habr�a probado el helado.</p><p>�Obedec�a las �rdenes de madame, puedes estar seguro de ello.</p><p>��Por qu�? �Qui�n es?</p><p>Audiger hizo un gesto con la mano, como si quisiera obviar la pregunta.</p><p>�Una de las damas de compa��a de madame. Aparte de eso, nadie importante. Pero si <emphasis>yo</emphasis> no hubiese estado all� para salvar el honor del rey y aceptar el desaf�o�</p><p>��C�mo?</p><p>�Si yo no hubiese estado all� �repiti� Audiger� el rey se habr�a sentido avergonzado ante su invitado ingl�s. Aunque s�lo sea por eso, �l me convertir� en vencedor.</p><p>��Qu� piensas prepararle?</p><p>Audiger adopt� una expresi�n burlona.</p><p>�A�n no lo s�, pero cuando lo sepa no pienso dec�rtelo. Algo glorioso. Quiz�s algo que simbolice el brillo del sol.</p><p>Por supuesto, pens�, lanzando un suspiro: el sol. Era la respuesta de todos los cortesanos. Personalmente, si yo fuera el rey, estar�a harto de cajas de tabaco con el sol estampado en relieve, de espejos decorados con soles, de joyas con forma de sol, de cuadros embellecidos con soles, de muebles adornados con soles� Pero a Luis no parec�a molestarle. Quiz�s fuera una ventaja tener un �nico s�mbolo asociado a su nombre, del mismo modo que en Florencia las tres bolas de los M�dici estaban en todos los palacios y las iglesias.</p><p>�Tal vez deber�as servirle un helado que estuviera derretido �le suger�. Ya sabes, para simbolizar el calor deslumbrante del sol que emana del rey.</p><p>�Un d�a �dijo Audiger, con gravedad� esa lengua tuya te meter� en un l�o. Y sospecho que ese d�a llegar� antes de lo que esperas.</p><empty-line/><p>En eso, como se ver�a m�s adelante, estaba muy equivocado. No fue mi lengua la que me meti� en un l�o ese d�a, sino mis ojos, cuando vieron a cierta dama de compa��a de ojos verdes y pelo oscuro. Sin embargo, no le habl� de ella a Audiger. No ten�a ning�n sentido hacerle part�cipe de mi inter�s.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Debe mezclarse el sorbete con un tenedor mientras se congela, a fin de ablandar los cristales y romper el hielo.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Unos d�as m�s tarde estaba dando un paseo por el jard�n de rosas, sumido en mis pensamientos. Estaba pensando en la competici�n del rey y en lo que deber�a preparar, aunque tambi�n reflexionaba sobre mi futuro.</p><p>Parec�a que mi asociaci�n con Audiger, tensa desde hac�a tiempo, se estaba convirtiendo finalmente en rivalidad, con la presidencia del gremio como recompensa. Me remord�a la conciencia �si Audiger no me hubiese rescatado de la corte de los M�dici, qui�n sabe cu�nto tiempo habr�a tenido que resistir all�, pero no se pod�a ser agradecido eternamente. Y, a decir verdad, me hab�a dejado perplejo el hecho de que el franc�s pensara que pod�a superarme a la hora de crear un helado. Siempre hab�a cre�do �no: siempre hab�a <emphasis>sabido</emphasis>� que en aquel aspecto de nuestro trabajo mi supremac�a estaba clara.</p><p>Las palabras de Luis al ingl�s hab�an constatado que, en su opini�n, s�lo era necesario un pastelero, y yo simplemente deb�a asegurarme de ser el elegido. No hab�a otra opci�n: ten�a que ganar la competici�n y Audiger deber�a ceder ante m�.</p><p>Hab�a un lugar al que iba de vez en cuando para estar solo, cuando quer�a huir de las constantes idas y venidas de los cortesanos: un bosquecillo de n�speros cuyas ramas m�s bajas creaban una especie de banco oculto. Me dirig�a hacia all� cuando descubr� que, despu�s de todo, no estaba solo. Hab�a una mujer leyendo justo en el mismo sitio donde ten�a pensado sentarme.</p><p>S�lo cuando estuve muy cerca vi de qui�n se trataba. Era la joven de ojos verdes, la que hab�a probado mi helado. Me puse contento: no pensaba que tendr�a la ocasi�n de volver a verla tan pronto.</p><p>�Madame �dije, inclinando la cabeza�. Buenos d�as.</p><p>�Mademoiselle �me corrigi�, levantando un instante la mirada�. Soy mademoiselle Louise de Keroualle.</p><p>�Le pido disculpas, mademoiselle. Yo soy�</p><p>�El gran Demirco, el heladero�dijo ella, lac�nicamente�. S�, lo s�.</p><p>Inclin� nuevamente la cabeza, esperando que dijera algo, pero ya hab�a retomado su lectura.</p><p>�Mademoiselle, deber�a daros las gracias por haber probado mi helado el otro d�a �dije�. Si no lo hubierais hecho, estoy seguro de que aquel m�dico necio habr�a convencido al rey de que no lo degustara.</p><p>�Bueno, de momento no he tenido ning�n ataque �repuso, volviendo una p�gina�. Aunque vuestra creaci�n s� ha tenido ciertos efectos desagradables.</p><p>��En qu� sentido?</p><p>�Desde entonces, toda la corte no habla m�s que de helados. Era imposible hacer otra cosa. He tenido que venir aqu� para huir de vos y leer mi libro en paz. Y ahora est�is aqu�, en carne y hueso.</p><p>Lo dijo con tanta naturalidad que por un momento me pregunt� si realmente le molestaba mi presencia. Pero entonces me acord� de la ansiedad con la que hab�a devorado mi helado de fresas y decid� insistir.</p><p>��Y qu� hac�is aqu�, en la corte, mademoiselle? Normalmente no suele ser un lugar donde se lean libros.</p><p>�Si os interesa saberlo, estoy esperando�respondi�, tras dudar unos instantes.</p><p>��Esperando a qui�n?</p><p>�A mi esposo.</p><p>��Y hace mucho que lo esper�is?</p><p>�Desde hace unos tres a�os. Ya veis, no tengo marido.</p><p>Ligeramente confundido por aquella frase sin sentido, dije:</p><p>�Cre�a que a una mujer joven y bonita como vos no le faltar�an pretendientes.</p><p>No reaccion� a mi cumplido en alguna de las dos formas que yo hab�a previsto: no se ruboriz� con gracia, como habr�a esperado de haber correspondido a mi inter�s, pero tampoco me mir� con desprecio, para darme a entender que no estaba receptiva. Simplemente lanz� un suspiro, como si ya hubiese tenido aquella misma conversaci�n en muchas ocasiones.</p><p>��Quer�is galantearme? Os ruego que no lo hag�is, signor Demirco. �No os lo han dicho? Soy demasiado pobre para ser cortejada.</p><p>��Qu� quer�is decir?</p><p>�S�lo quiero decir que nadie les ha explicado a mis padres el precio que tiene hoy en d�a un buen marido: casi una docena de elegantes vestidos, un palacio en la ciudad, un coto de caza, las deudas saldadas y las p�rdidas en las cartas restituidas. �Hablaba en un tono ligero, aunque me pareci� ver un destello de rabia en su mirada�. Han hipotecado las �ltimas propiedades que les quedaban y comprado a su hija mayor un puesto en la corte, con la esperanza de que la excelencia de su esp�ritu consiga que alg�n rico cortesano se olvide de la pobreza de su familia y nunca se d� cuenta de su error.</p><p>�Lamento o�r eso.</p><p>�No me compadezc�is, signor. En cualquier caso, aqu� no estoy perdiendo el tiempo. Mientras espero, soy la dama de compa��a de madame Enriqueta.</p><p>Al no estar seguro de si continuaba hablando en sentido ir�nico, guard� silencio.</p><p>�Oh, madame es una gran persona �exclam�, con repentina pasi�n�. No es una de esas bellezas de la corte afectadas que se contentan con bordar cojines y concertar citas amorosas. �Hab�a cerrado el libro, pero me di cuenta de que hab�a metido el pulgar en �l para no perder el punto. Baj� la mirada y me llev� otra sorpresa: no estaba leyendo un relato rom�ntico, sino los <emphasis>Principios de la filosof�a</emphasis>, de Descartes�. Est� trabajando en un importante acuerdo diplom�tico: una alianza entre su hermano, el rey de Inglaterra, y su� �Dud� un momento�. Su protector, el rey de Francia, como pudisteis ver vos mismo ayer.</p><p>Sacud� la cabeza.</p><p>�S�lo vi a algunos cortesanos ociosos, un partido de <emphasis>paille maille</emphasis> y un baile.</p><p>�En esta corte, bailar <emphasis>es</emphasis> diplomacia. Y, aunque pueda resultar divertido, lanzar polvo a los ojos de los ingleses no es tan f�cil como hace que parezca madame.</p><p>��Polvo?</p><p>�Disculpadme �dijo, de repente�. Estoy hablando de asuntos sobre los cuales no deber�a decir nada. �Se puso en pie�. Deber�ais hacerme un gran favor, signor: olvidar que hemos tenido esta conversaci�n.</p><p>��Olvidar qu�? �le pregunt�, perplejo�. No hab�is dicho nada; nada trascendental, al menos.</p><p>Hab�a empezado a alejarse, pero se detuvo. Una vez m�s, su ojo perezoso parec�a posarse en m� m�s tiempo que el otro.</p><p>�Me alegro de que pens�is as� �dijo, en tono burl�n�. Por mi parte, cre�a haberos revelado los secretos m�s profundos de mi coraz�n.</p><p>Cuando se dispon�a a entrar en el jard�n de rosas, sent� un impulso y le grit�:</p><p>�Tal vez volvamos a vernos.</p><p>No se detuvo, pero su voz lleg� flotando hasta m�.</p><p>�Si ambos seguimos buscando lugares donde estar solos, pod�is estar seguro de ello, signor Demirco.</p><empty-line/><p>�Olvidadlo�, me hab�a dicho, pero, para mi sorpresa, descubr� que no pod�a hacerlo. No era su aspecto, o al menos no era s�lo eso. La corte de Francia estaba llena de mujeres bonitas; pero lo cierto es que, seg�n los c�nones imperantes, ella <emphasis>no era</emphasis> ninguna belleza: su ojo perezoso, casi estr�bico, no era ciertamente ning�n punto a su favor. No, hab�a algo m�s, algo en su forma de comportarse.</p><p>En italiano existe una palabra, <emphasis>stizzoso</emphasis>, para definir a una persona quisquillosa, insatisfecha, incluso enojada; como un puerco esp�n o un erizo. Entre las damas l�nguidas y refinadas que habitaban en la corte hab�a visto muy pocos erizos. Pero Louise de Keroualle era uno de ellos.</p><p>�Tal vez volvamos a vernos��. Qu� torpe hab�a sido� Sin embargo, no me hab�a rechazado. �Pod�is estar seguro de ello�.</p><p>Desde entonces, hab�a visitado el bosquecillo de n�speros media docena de veces, pero ella no estaba.</p><empty-line/><p>Olympe esper� a que acab�ramos de hacer el amor y a que ambos estuvi�ramos tumbados, con mis pies junto a su cabeza, en la enorme cama con dosel, antes de decir:</p><p>�Hoy estabais distra�do.</p><p>Volv� la cabeza y le di un beso en su regordeta pantorrilla.</p><p>�Eso jam�s.</p><p>��Qui�n es ella?</p><p>��Qu� quer�is decir? No hay nadie, salvo vos.</p><p>�Embustero. �Olympe me empuj� con el pie y se sent�, apoy�ndose en un brazo�. Contadme. A decir verdad, prefiero las intrigas a los cumplidos. Tal vez pueda ayudaros a seducirla, sea quien sea.</p><p>�Hay una muchacha� �dije, a rega�adientes.</p><p>�S�, por supuesto. �Qui�n es? Vamos, dec�dmelo.</p><p>�Louise de Keroualle. No s� por qu�, pero me parece fascinante.</p><p>��Ah, <emphasis>ella</emphasis>! �Olympe volvi� a tumbarse en la cama�. Olvidadla. No podr�is hacerla vuestra. Nadie podr�.</p><p>��Por qu� no?</p><p>�Porque no est� casada, naturalmente. �Al ver mi expresi�n de perplejidad, se explic�. Se puede tolerar la infidelidad en una esposa o en una amante; en realidad, es algo que se espera en un lugar como �ste. Pero una prometida en potencia, sobre todo una indigente como la pobre Louise de Keroualle, s�lo puede ofrecer su virginidad. Lamentablemente, es <emphasis>demasiado</emphasis> pobre para que alguien de esta corte piense ni siquiera en desposarla. As� pues, seguir� siendo virgen toda su vida, a menos que sus padres se den cuenta de su error y la ofrezcan en un mercado menos exigente.</p><p>�Hac�is que parezca un objeto que est� a la venta.</p><p>�Por supuesto. Nosotras, las mujeres, estamos todas a la venta, s�lo que algunas preferimos ocuparnos personalmente de las negociaciones o conceder nuestros favores de vez en cuando. �Olympe se desperez� voluptuosamente�. En cualquier caso, no es adecuada para vos. Esa muchacha censura a todo aquel que se divierte.</p><p>��Quer�is decir que os censura a vos?</p><p>��Os pod�is imaginar �continu� Olympe, sin responder a mi pregunta� c�mo ser�a en la cama alguien as�? Lo �nico interesante ser�a ver si sois capaz de llevarla hasta all�. Despu�s de eso �a�adi�, encogi�ndose de hombros�, solo quedar�a el hast�o.</p><p>�Seguramente debe pensar que la cama es un lugar para leer libros.</p><p>Olympe se ech� a re�r.</p><p>�He encontrado un libro que me gustar�a que ley�ramos juntos �dijo, en tono burl�n�. Las <emphasis>Posturas</emphasis>, de Aretino. La corte est� encantada con �l. Ilustra veintisiete posiciones distintas, y hay al menos cuatro que a�n no hemos probado.</p><p>Contempl� su cuerpo desnudo.</p><p>��Cu�ndo volver� a veros?</p><p>��As�? Eso depender� de si intent�is hacer algo con la joven De Keroualle.</p><p>�Hab�is dicho que no puedo tenerla.</p><p>�Y no pod�is. �Dej� que sus cortas y voluptuosas piernas colgaran de la cama y luego se dirigi� a la antec�mara, donde la estaba esperando el ba�o�. Aunque no creo que eso os impida intentarlo, �verdad?</p><empty-line/><p>No volv� a ver a Louise de Keroualle hasta casi una semana despu�s. Los d�as eran muy calurosos, y las damas y los caballeros de la corte no paraban de pedir cordiales helados y licores refrescantes, por no hablar de las preparaciones para la competici�n del rey. Aunque no la ve�a, no dejaba de pensar en ella, por lo que dedicaba mucha menos atenci�n de la debida a la competici�n del rey.</p><p>Estaba en el dep�sito de hielo, supervisando la preparaci�n de unos sorbetes, cuando una voz femenina dijo:</p><p>�Disculpad.</p><p>Era ella. Llevaba un vestido de manga corta muy sencillo, de lino marr�n. Me di cuenta de que el fr�o del dep�sito le hab�a puesto la piel de gallina en los brazos y en su delicado cuello. Pens� de repente c�mo ser�a dar un paso al frente, agarrar aquellos aterciopelados brazos y frotarlos con las manos hasta aliviar sus escalofr�os�</p><p>�Mademoiselle de Keroualle �dije�. �A qu� debo este placer?</p><p>Quiz�s habl� con excesivo entusiasmo; en cualquier caso, me pareci� que me miraba con desconfianza.</p><p>�Si esto es un placer, signor, entonces es que es muy f�cil complaceros.</p><p>No pensaba dejarme disuadir por su escasa amabilidad.</p><p>�Si analiz�is un cumplido tan inocente, puede que se�is demasiado susceptible.</p><p>�Tal vez �repuso ella, lanzando un suspiro�. En realidad, ha sido madame quien me ha enviado. Quiere una copa de agua de achicoria helada.</p><p>�Por supuesto. Yo mismo se la preparar�. Pero tardar� unos minutos.</p><p>�Puedo esperar.</p><p>Se apoy� en una de las estanter�as de piedra de la pared, cruzando los brazos sobre el pecho para protegerse del fr�o mientras yo empezaba a reunir todo lo que necesitaba. De vez en cuando le lanzaba una mirada, esperando que mis sonrisas fueran contagiosas, pero ella se limitaba a mirar a su alrededor, como si sintiera curiosidad por todo lo que la rodeaba.</p><p>Al fondo del dep�sito hab�a un mont�n de bloques de hielo, listos para ser machacados, esculpidos o triturados.&#x2029;�Qu� bonitos son �dijo, en voz baja.</p><p>��Bonitos?</p><p>Nunca los hab�a contemplado bajo esa �ptica. Para m� eran s�lo bloques, un material tosco con el que trabajar, aunque en cierto sentido s� <emphasis>eran</emphasis> bonitos. Me di cuenta de ello en aquel momento, como si cada uno de los bloques fuera de p�rfido o de m�rmol: algunos eran transparentes como el cristal, otros opacos, y los hab�a que ten�an corazones o espirales blancos en su interior, como el agua que se vuelve turbia cuando se remueve. Los bloques eran bajos y largos como una mesa, y a la luz del dep�sito emit�an una especie de reflejo fr�o y plateado.</p><p>�Son tan puros� �dijo ella�. Resulta muy extra�o en pleno verano.</p><p>�Estos bloques han llegado en carro directamente de las bodegas del rey en Besan�on. No hay un hielo mejor en todo Par�s. �Contempl� sus brazos y el delgado vello de su piel eriz�ndose de nuevo�. Est�is helada. Acercaos, dejadme que os frote�</p><p>�Gracias �dijo de inmediato, alej�ndose�. No es necesario. Como vos, estoy acostumbrada al fr�o.</p><p>��De verdad?</p><p>Tras ponerme un guante para picar �un guante de cuero muy grueso, cubierto de cota de malla�, empec� a raspar el hielo en un cuenco con movimientos firmes y en�rgicos.</p><p>�En el lugar de donde procedo, la bah�a de Brest, los inviernos son muy severos. �Guard� silencio un momento, como perdida en sus recuerdos�. Incluso el mar se llena de hielo. A veces llega la niebla desde el mar del Norte y lo congela todo: cada �rbol y cada hoja de hierba quedan cubiertos por min�sculos cristales, como si fueran una pelliza blanca.</p><p>Asent�.</p><p>�He o�do hablar de eso, aunque nunca lo he visto.</p><p>�Si vas bien abrigado, o eres rico o joven, es maravilloso �dijo. Su mirada parec�a muy lejana mientras segu�a los r�tmicos movimientos de mi mano sobre el hielo�. Sin embargo, si eres pobre o viejo o est�s hambriento, puede ser terrible. Todos los a�os, cuando la tierra recupera su estado habitual, enterramos a decenas de personas que mueren a causa del mal tiempo. Mi familia contaba con m�s recursos que la mayor�a, naturalmente, y siempre ten�amos algo para encender el fuego en el sal�n; un fuego de le�a, quiero decir, no de carb�n marino. Sin embargo, la estancia de los ni�os y las alcobas eran fr�as. Esper�bamos ansiosos la nieve, porque significaba que el tiempo iba a mejorar. Si nos despert�bamos y el hogar estaba lleno de nieve, nos vest�amos y sal�amos afuera para bailar y hacer mu�ecos de nieve. �Su mirada se hizo m�s dulce al recordarlo�. O a lanzar bolas de nieve a tus hermanos, por supuesto. Pero eso ocurri� antes de que me enviaran a la corte.</p><p>Me vino una imagen fugaz de aquella orgullosa joven bailando en la nieve, girando feliz sobre s� misma, su pelo oscuro brillando por los copos de nieve que parec�an lentejuelas a medida que se derret�an.</p><p>�En Florencia casi nunca nevaba �dije�. Una o dos veces al a�o, tal vez. �El hielo ya estaba listo. Dud� un momento�. Ahora debo pediros que os deis la vuelta. Esta parte del proceso es secreta.</p><p>Ella levant� una ceja.</p><p>��Pens�is que puedo robaros vuestros trucos y dedicarme a preparar helados por mi cuenta?</p><p>�Por supuesto que no. Pero, desgraciadamente, no puedo hacer excepciones. El rey en persona insiste en este punto.</p><p>Se encogi� de hombros y se dio la vuelta. A�ad� una cucharada de salitre al hielo y a continuaci�n cog� una jarra de cuello largo, una <emphasis>cantimplora</emphasis>, en la que vert� el l�quido del licor. Tras introducir la vasija en la mezcla de hielo, la hice rotar, enfriando su contenido hasta que casi estuvo helado.</p><p>�Supongo que el misterio forma parte de la funci�n �coment�, de cara a la pared�. Al igual que un mago, deb�is hacer que parezca m�s dif�cil de lo que es en realidad.</p><p>Durante unos momentos pos� mis ojos en su espalda sin que se diera cuenta: la curva de la espina dorsal, la forma las caderas, la postura del cuerpo, a�n un poco torpe, que recordaba m�s a un potro que a un caballo.</p><p>�Al contrario. S�lo protegemos lo que hay que proteger.</p><p>Puse el resto del hielo a cucharadas en una copa y vert� por encima el licor helado. Pens� que era de un color muy bonito al sostenerlo a contraluz para admirarlo: marr�n claro, casi dorado, con el hielo brillando en el fondo.</p><p>�Ya pod�is daros la vuelta.</p><p>Ella obedeci�.</p><p>��No hay m�s? �pregunt�.</p><p>��No basta con esto?</p><p>�Madame querr� asegurarse de que lo he probado.</p><p>��Por qu�?</p><p>�Teme ser envenenada.</p><p>��Envenenada?</p><p>Una vez m�s, su mirada se detuvo en mi rostro, como si se preguntara cu�nto pod�a contarme. Con expresi�n muy seria, dijo:</p><p>�No os reir�ais si conocierais los riesgos que corre. Su esposo� �Se estremeci�. Bueno, da igual. Pero est� claro que me preguntar� si lo he probado.</p><p>En la jarra quedaba un poco de licor. Lo vert� en otra copa.</p><p>�<emphasis>Prego</emphasis> �dije, tendi�ndosela. De pronto, se me ocurri� algo�. �Fue por eso que probasteis su helado de fresa? Despu�s de todo no fue por complacerme a m� ni por poner en rid�culo a ese est�pido m�dico. S�lo quer�ais aseguraros de que no estuviera envenenado.</p><p>Se bebi� el licor de un solo trago, con sus ojos fijos en los m�os, el perezoso siguiendo al otro.</p><p>�Excelente �dijo, tendi�ndome la copa vac�a. No estaba muy seguro de si se refer�a al licor o a mi razonamiento. Cogi� la otra copa y la coloc� en una bandeja.</p><p>�Y cuando dijisteis que era delicioso como el beso de un amante en un caluroso d�a de verano�</p><p>Sonri�.</p><p>�Son la clase de sandeces que le encanta o�r a la corte, �no os parece?</p><p>Solt� un gru�ido.</p><p>��Oh, no os ofend�is! �dijo�. En realidad, el helado estaba muy rico. Ambos tenemos nuestros propios secretos, signor, s�lo que el m�o es un poco m�s importante.</p><p>��C�mo pueden ser importantes los secretos de una mujer? �Los secretos de a qu� costurera hay que acudir o de qui�n ha ganado a las cartas?</p><p>�Estoy segura de que ten�is raz�n. �Se dirigi� hacia la puerta, sosteniendo la bandeja con las manos, y se detuvo�. Y ahora me doy cuenta de que soy un ejemplo tan d�bil de mi sexo que soy incapaz de abrir esta puerta tan pesada sin usar las manos.</p><p>Lanzando un suspiro, me dirig� hacia la puerta y la abr�.</p><p>�Os quedo muy agradecida �dijo, con burlona cortes�a�. Ha sido un placer hablar con vos. Y deber�as saber que, a diferencia de vos, no soy f�cil de complacer.</p><empty-line/><p>No pod�a hablar con Audiger, de modo que fui a ver a Olympe.</p><p>�S� que me dijisteis que no volviera hasta que no hubiera acabado con ella �dije, irrumpiendo en sus aposentos�, pero necesito vuestro consejo.</p><p>Mientras le contaba lo que hab�a ocurrido, me di cuenta de lo rid�culo que sonaba: algunas miradas, algunos comentarios ingeniosos, una conversaci�n sobre una guerra de copos de nieve con sus hermanos� Sin embargo, Olympe escuch� lo que ten�a que contarle, asintiendo de vez en cuando.</p><p>�Bueno, eso <emphasis>es</emphasis> interesante �dijo, cuando hube terminado.</p><p>�Entonces, �cre�is que le gusto? �le pregunt�, impaciente.</p><p>�Oh, no hablaba de vuestra gran pasi�n, por muy divertida que me parezca. No, me refer�a al inter�s de madame Enriqueta de Inglaterra por las grandes maniobras pol�ticas. Lo cual, como observ� justamente Louise, es algo muy serio.</p><p>��De qu� est�is hablando?</p><p>Lanz� un suspiro.</p><p>�Vuestro problema, Carlo, es que pens�is que toda la corte s�lo vive para catar vuestros helados, cuando en realidad es una m�quina de guerra, la mayor de Europa. Y el hecho de que se caiga un pa�uelo aqu� puede provocar un incendio que destruya ciudades enteras en Espa�a o en Flandes.</p><p>�Pero �qu� tiene eso que ver con Louise de Keroualle?</p><p>�El rey quiere que los ingleses sean sus aliados en una guerra contra los holandeses �dijo Olympe, como si estuviera hablando con un idiota�. Los ingleses no tienen un gran peso, naturalmente, pero tienen una gran extensi�n de costas que no deben caer en manos de nuestros enemigos.</p><p>�Eso ya lo s�. �sa es la raz�n de la visita del ingl�s. Para redactar un tratado.</p><p>Olympe neg� con la cabeza.</p><p>�El verdadero tratado se firm� en secreto hace tres semanas.</p><p>�No lo entiendo. �C�mo?</p><p>�Cuando madame Enriqueta se reuni� con Carlos en Dover para celebrar su aniversario llevaba consigo un tratado redactado por ella y firmado por Luis, quien, casualmente, tambi�n es su amante �explic�. �La habr�a seducido s�lo para conseguir su ayuda? �Al encogerse de hombros, Olympe sugiri� que lo cre�a posible�. En cualquier caso, el tratado dice que Carlos se compromete a declarar la guerra a los holandeses a cambio de un vitalicio de Luis�, un vitalicio tan generoso que Carlo no tendr� que volver a inclinarse ante el Parlamento ingl�s que le ha devuelto el trono.</p><p>�Me parece bastante razonable. Un parlamento no deber�a tener el derecho de inmiscuirse en los asuntos de un rey.</p><p>�Por supuesto. Sin embargo, he o�do decir que el tratado tambi�n prev� la conversi�n de Carlos al catolicismo. Y si el rey de Inglaterra es cat�lico, tambi�n deber� serlo su pa�s. Es un tratado que, de hacerse p�blico, podr�a provocar un conflicto entre Carlos y su pa�s, de ah� la necesidad de redactar otra versi�n, una que pueda ser divulgada y en la que no se mencionen ni el vitalicio ni la religi�n.</p><p>�As� pues, el duque ingl�s�</p><p>�Ha venido, para deleite de Luis, con la intenci�n de negociar los t�rminos de un acuerdo que en realidad ya ha sido decidido. Pero, naturalmente, no debe sospecharlo� Debe creer que, gracias a su encanto y a su capacidad de negociaci�n, ha conseguido obtener exactamente lo que se le ha encomendado. Volver� a Inglaterra con el <emphasis>trait� simul�</emphasis>, su parlamento lo aprobar� y nadie sabr� la verdad. A <emphasis>eso</emphasis> se refer�a Louise cuando se le escap� ese comentario sobre lanzar polvo a los ojos de los ingleses.</p><p>Asent�, aunque me parec�an ins�litas las complejas intrigas de la diplomacia francesa.</p><p>�Este plan, como es sabido, ha sido la gran preocupaci�n de madame Enriqueta desde que su hermano recuper� el trono �continu� Olympe�. Sin embargo, se ha encontrado con muchos obst�culos, entre ellos la hostilidad de los cortesanos que se oponen a una alianza con protestantes y regicidas. Madame ha tenido algunos ataques, y los m�dicos pensaron que hab�a sido envenenada.</p><p>�No lo sab�a.</p><p>�Por supuesto que no. Son asuntos delicados y secretos. �Olympe se inclin� hacia delante, con los ojos brillantes�. Pero si la peque�a Louise de Keroualle, a su tierna edad, se ha convertido en la confidente de madame, no debe de ser la muchacha ingenua que yo cre�a que era.</p><p>Pens� en su voz sard�nica, en su mirada inteligente y perezosa.</p><p>�Est� claro que no es ninguna est�pida.</p><p>Olympe asinti� con la cabeza.</p><p>�Lo cual puede suponer un problema <emphasis>para m�</emphasis>.</p><p>��Para vos? �Por qu�?</p><p>�Porque espero que alg�n d�a el rey regrese a mi lecho de forma m�s definitiva, naturalmente �dijo, sin m�s�. Ha elegido a su amante actual entre las damas de compa��a de madame y debo tener cuidado de que no vuelva a hacerlo. Puede que haya llegado el momento de que la hermosa e inteligente mademoiselle de Keroualle vuelva a Breta�a. �Pos� su mirada sobre m�. En cuanto a vuestro peque�o problema, tiene f�cil soluci�n.</p><p>��De veras?</p><p>Olympe se levant� y se dirigi� a la alcoba.</p><p>�S� que dije que de momento no har�amos esto, pero las intrigas me parecen extra�amente excitantes. Venid: vuestra cura os est� esperando.</p><empty-line/><p>Poco despu�s dijo:</p><p>�Entonces� �pens�is que vuestra peque�a virgen os habr�a entretenido as�?</p><p>Me ech� a re�r.</p><p>�Ten�is raz�n, como siempre. Es demasiado aburrida para m�. No pensar� m�s en ella.</p><p>�No os precipit�is �dijo.</p><p>Algo me alert� en su tono de voz.</p><p>�Olympe, �qu� est�is tramando ahora?</p><p>�Se me ha ocurrido una idea �admiti�. Una idea deliciosa� Siempre tengo las mejores ideas mientras hago el amor. Es muy sencillo. �Por qu� no la despos�is en vez de seducirla?</p><p>��Desposar a Louise?</p><p>�S�. Es perfecto, �no? Despu�s de todo, alg�n d�a tendr�is que casaros, y deber�ais hacerlo con alguien que contribuya a vuestros intereses. Ten�is dinero� dinero reciente, de acuerdo, pero alguien en su posici�n no puede hacerse de rogar, y el tiempo corre; ya debe de tener al menos veinte a�os. Sin embargo, pertenece a una buena familia, y est� claro que al rey le gusta: despos�ndola, consolidar�is vuestra posici�n.</p><p>Guard� silencio durante un momento.</p><p>��Y luego?</p><p>Ella se encogi� de hombros.</p><p>�En cuanto se quede encinta, la instal�is en una casa que no est� demasiado cerca. No tiene que afectar al resto de vuestras actividades. �Me puso una mano en el brazo, acarici�ndolo perezosamente�. Incluso puede facilitarlas. Hay muchas mujeres que prefieren tener una relaci�n con un hombre casado que con un soltero. Matar�ais dos p�jaros de un tiro.</p><p>�Y eso tambi�n favorecer�a vuestros intereses, alejando de la corte a Louise de Keroualle.</p><p>�Por supuesto. En caso contrario, no os lo habr�a propuesto.</p><p>Pens� en ello. Era cierto que deb�a casarme pronto; y tambi�n era cierto que mi fortuna y la protecci�n del rey significaban que pod�a contraer matrimonio con una mujer bien situada. Ya hab�a conseguido una posici�n que nunca habr�a imaginado; pero con la esposa adecuada y, como esperaba, la presidencia del gremio, no habr�a ning�n motivo que me impidiera llegar mucho m�s lejos.</p><p>�De acuerdo, lo pensar� �dije.</p><p>Olympe se limit� a sonre�r enigm�ticamente.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Para preparar nieve: coger una jarra con dos cuartos de gal�n de crema espesa y ocho claras de huevo y batir con una chuchara. Luego, coger un palito y cortar la punta en cuatro; perfumar la mezcla con esencia de bergamota o agua de rosas y batirla en�rgicamente hasta montarla.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>En Florencia, a veces, Ahmad contaba historias mientras trabaj�bamos. Eran historias que trataban sobre muchas cosas, aunque en cierto sentido siempre estaban relacionadas con el hielo.</p><p>Una de ellas era sobre nuestros patronos y un hombre que hab�a trabajado para ellos hac�a ciento cincuenta a�os. La historia tuvo lugar durante un invierno en el que hab�an nevado en Florencia. Los hijos de Pedro de M�dici intentaron hacer un mu�eco de nieve, pero como eran muy peque�os e inexpertos, no lo consiguieron. Entonces, Pedro llam� a uno de los artistas que hab�a trabajado para su difunto padre y le orden� que esculpiera un mu�eco de nieve.</p><p>El joven intent� explicarle que la nieve no era el material m�s adecuado para su talento. Pedro de M�dici le dijo que terminara antes de que saliera el sol.</p><p>Durante toda la noche, a la luz de la luna, el artista esculpi� la nieve como si fuera un bloque del mejor m�rmol de Carrara, con las manos cubiertas con trapos empapados y helados para protegerse del fr�o.</p><p>Por la ma�ana, los pr�ncipes M�dici salieron al patio para ver lo que hab�a hecho. Era, como escribi� un contempor�neo, el mu�eco de nieve m�s hermoso que alguien hubiera visto jam�s. Sin embargo, durante el d�a aument� la temperatura, y con el clima m�s templado lleg� tambi�n la lluvia. Muy pronto no qued� nada de la primera escultura de Miguel �ngel, salvo una delicada estalagmita de hielo, como el mu��n de un diente podrido, el �nico elemento blanco que quedaba en el patio.</p><p>En aquel momento, Ahmad hizo una pausa.</p><p>�Hay gente que cuenta esta historia para ilustrar la fugacidad de la belleza y la tiran�a del tiempo, muchacho. Pero para m� significa algo distinto. Dos cosas distintas, en realidad. En primer lugar, cuando los M�dici te ordenan que saltes, s�lo debes preguntar hasta qu� altura. Y en segundo lugar� �Pos� sus pensativos ojos en mi impaciente mirada�. Y en segundo lugar, protege siempre el hielo de la lluvia.</p><empty-line/><p>Hice un mu�eco de nueve para Louise de Keroualle.</p><p>Seguramente no era tan espectacular como el de Miguel �ngel, pero en cambio era comestible.</p><p>Primero tuve que preparar la nieve. Leche y az�car, aromatizadas con agua de rosas y mezcladas con claras de huevo y batidas con un palo trenzado. Congel� la espuma cuando estuvo tan ligera que se qued� pegada al palo, convirti�ndola en los m�s puros y delicados copos de nieve.</p><p>Con esa espuma confeccion� dos bolas, una para el cuerpo y otra para la cabeza, a�adiendo un sombrero de caramelo crocante y una boca sonriente de naranja recubierta de az�car. Los ojos eran pasas sultanas y la nariz una cereza conservada en licor. En una mano, el mu�eco sosten�a una escoba hecha con romero, mientras que en el pecho, a modo de coraz�n, ten�a una rodaja de fresa caramelizada.</p><p>Y, para terminar, hice que nevara.</p><p>Era una haza�a inventada, supuestamente, por el gran Buontalenti, que Ahmad hab�a ensayado en muy pocas ocasiones. Despu�s de rociar con agua de rosas una mezcla de hielo y salitre, las gotitas se transformaban en unos cristales tan ligeros que no se ca�an ni se despegaban, sino que quedaban flotando en el aire como motas de brillantes hojas de oro.</p><p>Louise no tard� mucho en volver a visitarme: todos los d�as me llegaba la orden de preparar un agua de achicoria helada para ayudar a madame a hacer la digesti�n, y Louise o alguna de las otras damas de compa��a ven�an a recogerla. Esper� hasta que vino ella con la orden habitual, y, con brusquedad, le dije:</p><p>�Ya est� preparada.</p><p>Levant� las cejas mientras miraba a su alrededor.</p><p>�No la veo.</p><p>�Est� all� dentro.</p><p>Le indiqu� con un gesto de la cabeza la puerta que deb�a cruzar.</p><p>Parec�a desconfiar, pero no dijo nada y me obedeci�. La o� lanzar un grito ahogado, y luego se hizo el silencio.</p><p>No me mov� de mi sitio. De pronto me di cuenta de que no sab�a si le gustar�a o no.</p><p>Luego, algo fr�o y h�medo me golpe� en la sien. Me volv� s�bitamente. Vislumbr� unos ojos sonrientes y llenos de j�bilo antes de que una segunda bola de nieve, lanzada con la otra mano, me golpease en el cuello.</p><p>�Signor Demirco, �ven�s o no? �me pregunt�. No puedo hacer una guerra de nieve sola.</p><p>La segu�. La racha de aire que provoqu� al entrar en el segundo dep�sito hizo que la nieve se arremolinara a mi alrededor, brillando a la luz de una vela de cera de abeja.</p><p>Ella se dio la vuelta, con las manos empapadas, y me lanz� otra bola de nieve; sin embargo, fue demasiado r�pida, y se desintegr� sobre mi abrigo. Entonces �no pude contenerme� di dos pasos y ella estaba entre mis brazos. Sus labios �aquellos labios p�lidos y frescos� sab�an a agua de rosas y a az�car y estaban cubiertos de copos helados que parec�an fragrantes y delicados granos de polen.</p><p>Durante un largo instante la bes� y ella me correspondi� �estaba seguro de ello�, su c�lida boca contra la m�a. Luego, lanzando un repentino grito ahogado, se apart� de m� con una expresi�n de horror en el rostro.</p><p>��Qu� est�is haciendo? �grit�.</p><p>�Esperad �dije�. Louise, dejad que os explique. Quiero�</p><p>Pero ya se hab�a ido. Sent� que entraba una r�faga de aire caliente a trav�s de la puerta, como las olas del mar rompiendo sobre un banco de arena, y a mi alrededor vi que la nieve se convert�a de nuevo en agua, como el oro de los necios.</p><empty-line/><p>Intent� escribirle una carta, pero la hoja de papel era un impoluto campo de nieve que s�lo habr�a echado a perder con los trazos de mi pluma. Decid� mandarle el mu�eco de nieve en una fuente que cargaron dos lacayos, dirigido a Louise de Keroualle en los aposentos de madame Enriqueta, duquesa de Orleans.</p><p>Me lo devolvieron una hora despu�s. Lo hab�an rechazado. Despu�s de las idas y venidas por todo el palacio, estaba casi derretido.</p><empty-line/><p>Fui a visitarla, pero no me dejaron entrar. As� pues, estuve merodeando cerca de los n�speros, esperando encontrarla.</p><p>Finalmente la vi dirigi�ndose al bosquecillo. Llevaba algo en la mano. Parec�a un chal.</p><p>��Louise! �la llam�.</p><p>Por un momento volvi� la cabeza y me pareci� que dudaba, pero acto seguido empez� a andar a toda prisa. La perd� de vista detr�s de un seto y ech� a correr para alcanzarla. En esa parte de Versalles, los jardines eran como un laberinto, una serie de patios y parterres conectados entre s�, aunque cada uno no resultaba visible desde el contiguo. No estaba en el siguiente jard�n, aunque a trav�s de un agujero del seto pude ver parte de su vestido.</p><p>Al final, en una curva del camino, junto a una fuente, la vi.</p><p>��Louise! �volv� a llamarla.</p><p>Sin embargo, vi que se reun�a con un reducido grupo de gente entre la que se encontraba su se�ora, madame Enriqueta, sentada en un banco de piedra. Incluso a esa distancia pude ver lo fr�gil y sumisa que era. A su lado estaba el rey, junto a Buckingham y dos ministros.</p><p>�No es nada, de verdad �dijo en voz baja madame cuando Louise le cubri� la espalda con el chal�. S�lo ha sido un leve mareo, Majestad.</p><p>�El aire es bastante fr�o �observ� Buckingham�. �No prefer�s entrar?</p><p>El rey me hab�a visto.</p><p>�Signor Demirco, �a qui�n est�is buscando?</p><p>Me di cuenta de que lo estaba mirando con cara de tonto.</p><p>�Majestad� Me preguntaba si a madame la condesa le apetecer�a un cordial. S� que a veces toma achicoria helada para hacer la digesti�n.</p><p>Luis mir� a madame con expresi�n inquisitiva.</p><p>�Tal vez un poco m�s tarde �dijo ella, con un hilo de voz�. Podr�ais mandarme una copa a mis aposentos.</p><p>��Signor Demirco? �me interpel� el rey cuando ya me retiraba.</p><p>��Majestad?</p><p>��C�mo va la elaboraci�n del helado para el rey de Inglaterra? Ya sab�is que esperamos algo maravilloso.</p><p>Me inclin� de nuevo.</p><p>�A�n no he dado con nada apropiado, sire.</p><p>Una expresi�n de ligera sorpresa cruz� el rostro del rey.</p><p>�Bueno, no esper�is demasiado.</p><p>Se volvi� hacia los dem�s, y mientras yo me alejaba, con las orejas rojas por la verg�enza, escuch� lo que dijo:</p><p>�Italiano� Poco fiable, pero muy creativo: ya ver�is, se�or duque, ya ver�is.</p><empty-line/><p>Esper� hasta que regresaron a palacio. El rey estaba se�alando en la otra direcci�n, seguramente para explicarle al ingl�s sus planes para ampliar los jardines, ya de por s� magn�ficos. Louise se rezag� un poco. Aprovech� la ocasi�n para alcanzarla.</p><p>�Necesito hablar con vos.</p><p>Ella lanz� una ojeada al rey.</p><p>��No cre�is que ya le hab�is ofendido bastante en un solo d�a?</p><p>Mir� hacia el lugar donde el rey dibujaba fuentes imaginarias en el aire.</p><p>�Le he dicho que a�n no he preparado su helado. �Os parece eso tan ofensivo?</p><p>�Hab�is dado a entender, en presencia de un visitante extranjero, que ir tras una dama de compa��a es m�s importante que una orden del rey. Puede que la falta de respeto sea leve, pero pod�is estar seguro de que, si quiere hacerlo, �l la recordar�.</p><p>�No iba detr�s de vos.</p><p>�Me alegra o�r eso. Entonces es que hab�a otros motivos urgentes para correr en mi direcci�n.</p><p>�He venido a deciros que os amo.</p><p>Ella se detuvo de repente. Luego, con una expresi�n tensa, sigui� caminando hacia palacio.</p><p>�No os burl�is de m�.</p><p>�Hablo en serio, Louise. Mis sentimientos por vos son totalmente sinceros.</p><p>� Olympe de Soissons se ha librado de vos, �verdad? �Ella capt� mi expresi�n de asombro�. Oh, �acaso pensabais que nadie lo sab�a? Esto es la corte, signor. Los secretos son el �nico tema de conversaci�n de la gente.</p><p>Hice un gesto.</p><p>�Ella no significa nada para m�. No es m�s que una diversi�n; eso es todo.</p><p>�Mientras que yo, naturalmente, significar�a mucho m�s. �Lo dijo en un tono sard�nico, pero ralentiz� un poco su paso�. Os ruego que me entend�is: no pretendo menospreciar vuestros sentimientos, pero cuando llegu� a la corte comet� un gran error. Permit� que mi nombre se relacionara con el de un hombre� un hombre de alta cuna, pero que se hab�a visto envuelto en escandalosas relaciones. Nadie lo critic� por ello, por supuesto, pero me vieron con �l y dieron por sentado que yo me comportaba igual que esas otras mujeres, y mi reputaci�n qued� manchada. De no haber sido por madame, hubiera tenido que abandonar la corte deshonrada. No volver� a cometer el mismo error.</p><p>�Ni yo os pedir�a que lo hicierais. Quiero desposaros, Louise.</p><p>Volvi� a detenerse, con los ojos abiertos como platos.</p><p>�Cuento con el favor del rey; mi posici�n aqu� es segura �prosegu�, r�pidamente�. Y vos ser�ais de gran valor para m�; ya sab�is c�mo funciona la corte�</p><p>Hice una pausa al ver la expresi�n de sus ojos.</p><p>��C�mo? �dijo ella, con incredulidad.</p><p>�Quiero desposaros.</p><p>Por un momento me mir� como si me hubiera vuelto loco.</p><p>�Soy Louise Ren�e de Penanco�t, dama de Keroualle, la hija mayor de la familia m�s antigua de Breta�a �dijo, con voz deliberadamente lenta�. Nuestro linaje se remonta a la �poca anterior a las Cruzadas.</p><p>��Y qu�? Me dijisteis que vuestros padres os enviaron a la corte para encontrar un marido�</p><p>�Me enviaron aqu� para encontrar un <emphasis>duque</emphasis>. O, al menos, el hermano menor de un duque. �Sacudi� la cabeza, como si no pudiera creer lo que estaba pasando�. Os ruego que me entend�is, signor: personalmente, no tengo nada contra vos. Si fuerais de familia noble, estoy convencida de que mi padre pasar�a por alto el hecho de que sois un italiano fr�volo, hedonista y libertino que no sabe hacer nada m�s que preparar exquisiteces para cortesanos glotones� cuando no se dedica a seducir damas de compa��a, claro est�. Pero a menos que se�is un M�dici o un Mazarino, me temo que no estar� muy dispuesto a considerar tal amplitud de miras.</p><p>Enojado, le contest�:</p><p>�No s� qui�nes son mis padres. Solo s� que eran pobres y que me abandonaron a mi suerte.</p><p>Ella lanz� un suspiro y me pareci� que hablaba con menos acritud.</p><p>�Lo siento mucho. Pero deber�ais saber que poder elegir vuestro propio destino puede ser una bendici�n.</p><p>Comprend� lo que quer�a decir.</p><p>�As� pues, en realidad no quer�is desposar un noble�</p><p>�No tengo elecci�n �dijo, con rotundidad�. No comparto necesariamente la obsesi�n de mis padres por la estirpe y la nobleza, pero son mis padres, y debo doblegarme ante sus deseos. Es mi deber.</p><p>�Nada de matrimonio, entonces �dije, con terquedad�. Muy bien. Pero eso no significa que�</p><p>��Oh, no! �me interrumpi�. No pens�is ni por un instante que soy como vuestra amiga Olympe.</p><p>�No pretend�a sugerir que lo fuerais �mascull�.</p><p>Sin embargo, Louise me miraba como si de repente se le hubiera ocurrido una idea.</p><p>��Ha sido <emphasis>ella</emphasis> quien os ha empujado a actuar as�?</p><p>Debi� de leer la respuesta en la expresi�n de mi rostro, porque acto seguido a�adi�:</p><p>�Por supuesto. �Qu� bonito! �sa es su idea de una broma, �verdad?</p><p>��No! �protest�.</p><p>��De veras? Burlarse de mi dif�cil situaci�n es la clase de cosa que la divierte. �Esboz� una t�mida sonrisa�. Supongo que es su forma de vengarse por lo que pienso de ella y de las que son como ella. Pod�is estar contento, signore. Esta noche, vuestra burla ser� la comidilla de toda la corte.</p><p>�Esperad �la llam�, despu�s de darse la vuelta para irse�. Esperad. No estaba bromeando, Louise. Es cierto que fue idea de Olympe, pero�</p><p>Era demasiado tarde. Ella ya estaba corriendo en direcci�n a palacio, pero no antes de ver l�grimas en sus ojos verdes.</p><empty-line/><p>Regres� a palacio, donde, casi de inmediato, me top� con Olympe. Evidentemente, hab�a estado observando la escena desde una de las ventanas que daban al jard�n.</p><p>��Y bien? �me pregunt�.</p><p>�Ha dicho que no �respond�, con brusquedad.</p><p>��De verdad? �El rostro de Olympe era la expresi�n de la inocencia�. �Por alguna raz�n en particular?</p><p>�Ha dicho que casarse con un pastelero italiano de oscura procedencia era algo impensable.</p><p>Olympia asinti� con la cabeza, compungida, aunque el brillo de sus ojos traicionaba su contento.</p><p>��Mencion� su ascendencia noble, por casualidad? �La familia m�s antigua de Breta�a? �Os ha hablado �prosigui�, abriendo los ojos por completo� de las Cruzadas?</p><p>�S� �repuse�. Y tambi�n me ha preguntado si hab�a sido idea vuestra. Al parecer, nuestra relaci�n es p�blica y notoria.</p><p>Olympe cerr� los ojos. Le temblaban los hombros.</p><p>��Magn�fico! �dijo, en un grito ahogado�. �Magn�fico!</p><p>�Me encanta que os divierta tanto.</p><p>��Oh, Carlo, no se�is as�! �exclam�, frot�ndose los ojos�. Ten�is que ver el lado divertido del asunto: deb�a de estar <emphasis>furiosa</emphasis>. Le est� bien empleado a esa peque�a <emphasis>mojigata</emphasis>.</p><p>Me ech� a re�r, pero era una risa amarga; aunque era indudable que Louise de Keroualle hab�a demostrado ser muy orgullosa y carente de la frivolidad que tanto amenizaba la vida en la corte, no pod�a evitar pensar que no hab�a interpretado un gran papel en aquella historia.</p><p>�Creo que me hab�is tendido una trampa �dije.</p><p>Olympe sonri�.</p><p>�Os la hab�is tendido vos mismo. Os he hecho un favor. Corr�ais el peligro de dejar que los sentimientos se interpusieran en vuestros placeres. A veces es necesario dar un paso atr�s.</p><p>�Por supuesto �repuse�. Gracias.</p><p>No ten�a ning�n sentido seguir discutiendo con Olympe, que, por supuesto, ten�a raz�n: hab�a dejado que mis sentimientos ofuscaran mi juicio. Sin embargo, no pod�a dejar de preguntarme c�mo me habr�a sentido si la respuesta de Louise a mi proposici�n hubiera sido �s��.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Aquel fat�dico d�a llegu� con un poco de retraso a los aposentos de madame. Se hab�a producido un incidente con uno de los pasteleros del rey, algo que no era realmente importante pero s� un poco fastidioso, como suelen serlo a menudo esas situaciones. En cualquier caso, me molest� llegar tarde, y me qued� casi sin aliento mientras sub�a las escaleras hasta su estancia.</p><p>Entonces, al entrar en sus aposentos, vi a esa noble dama llorando y dej� de pensar de inmediato en el pastelero.</p><p>��Qu� os ocurre, madame? �le pregunt�.</p><p>Al verme, se sobresalt�.</p><p>�Una carta horrible, eso es todo. �Por un momento pens� que era cuanto ten�a que decir, pero luego a�adi�: De mi esposo.</p><p>�Espero que el se�or conde se encuentre bien �dije, controlando mi tono de voz.</p><p>Madame sonri� con tristeza.</p><p>�Lo bastante como para decirme que soy una traidora y una puta; que le han llegado rumores que me conciernen a m� y a cierta persona de la corte, y que debo partir de inmediato y reunirme con �l en Mil�n, donde volver� a intentar que le d� un heredero.</p><p>Hablaba en un tono ligero, aunque pude captar la angustia en su voz.</p><p>Ahora deber�a describir a esta mujer excepcional, sobre todo por el placer de hacerlo m�s que por la necesidad de grabarla en mi mente (su retrato es bien conocido tanto aqu�, en Francia, como en Inglaterra, y en cualquier caso no hay un solo d�a que no piense en ella). Era de constituci�n delgada, tanto que los vestidos le quedaban holgados. S�lo yo y unos pocos sab�amos el relleno que conten�an sus vestidos de corte, o que en algunas partes de su cuerpo su piel era tan p�lida que dejaba ver las venas azules bajo su superficie. Sin embargo, cuando la mirabas no te dabas cuenta de su fragilidad: su expresi�n era radiante y la bondad de su mirada, profunda; y cuando hablaba de sus grandes aspiraciones �su plan de unir a las dos personas que m�s quer�a, su hermano Carlos y Luis, su protector, en una alianza pol�tica que constituir�a la base de un gran imperio europeo de paz y prosperidad�, sus ojos brillaban con convicci�n, una convicci�n que, junto a sus muchas y loables cualidades y a su encanto, hab�a sido indispensable, hasta el momento, para el considerable �xito de sus esfuerzos diplom�ticos. Sin embargo, no estaba en condiciones de dar un heredero a nadie, por mucho que su esposo hubiera dejado de lado moment�neamente a sus amantes masculinos para tratar de procrear.</p><p>��Y qu� vais a hacer? �Ir�is? �le pregunt�.</p><p>��C�mo podr�a hacerlo? El <emphasis>trait� simul�</emphasis> a�n no ha sido firmado. Hasta entonces, el <emphasis>trait� secret</emphasis> no estar� asegurado, ni el trono de mi hermano. �Cogi� otro sobre�. Tambi�n hay una carta suya.</p><p>��Del rey Carlos? �Puedo verla?</p><p>�Por supuesto. �Madame sonri� al comprobar mi entusiasmo�. De hecho, pod�is leerla en voz alta. Una jarra de cordial dulce para quitar el sabor amargo de las palabras de mi esposo �a�adi�, tendi�ndome la carta.</p><p>Consciente de que mi ingl�s no era perfecto como el de madame, le� despacio.</p><p>�<emphasis>�Mi dulce Minette��</emphasis>.</p><p>��Minette! Cree que a�n sigo siendo una ni�a �coment� madame, aunque con una sonrisa en los labios.</p><p>�<emphasis>�En primer lugar, debo reprenderos, porque en vuestra �ltima carta volvisteis a dirigiros a m� como Su Majestad, y no una sino una docena de veces. No me trat�is con tanta formalidad y no me llam�is Majestad, porque entre nosotros no deber�a haber m�s que afecto��</emphasis> �Hice una pausa�. Unas palabras muy bonitas.</p><p>�Es el hombre m�s bueno del mundo �se limit� a decir madame.</p><p>�Eso me pareci� el mes pasado en Dover.</p><p>La firma del tratado, el <emphasis>trait� secret</emphasis>, como lo llam�bamos, se hab�a llevado a cabo con el pretexto de celebrar el cumplea�os de Carlos. Durante dos semanas, el s�quito del rey, del que tuve el honor de formar parte, naveg�, celebr� almuerzos al aire libre y asisti� a representaciones teatrales y a bailes. Cuando finalmente zarp� el barco de madame, Carlos orden� a su embarcaci�n que nos siguiera casi hasta las costas de Francia para poder abrazar a su hermana, con l�grimas en los ojos, una �ltima vez.</p><p>Madame volvi� a sonre�r al recordar aquel momento.</p><p>�Creo que fueron las semanas m�s felices de mi vida.</p><p>�Qu� diferentes son las dos cartas� �dije, en un tono neutro.</p><p>�Para mi esposo es dif�cil �repuso madame.</p><p>No soportaba hablar mal de nadie durante mucho tiempo, ni siquiera de �l. Coloc� una mano sobre su est�mago, haciendo una mueca de dolor.</p><p>��Est�is bien? �le pregunt�.</p><p>�Estoy algo indispuesta. �Podr�ais traerme un poco de achicoria helada? El abb� Bossuet llegar� pronto y me temo que se quedar� un buen rato. Quiere comentar los detalles de la conversi�n de mi hermano.</p><p>�Cre�a que a�n no se hab�a fijado la fecha para eso.</p><p>Madame sonri�.</p><p>�Mi hermano es un hombre bueno y encantador, pero a menudo est� ocupado atendiendo tantas demandas que tiene tendencia a dejar las cosas para otro momento. Temo que si no lo obligo a atender de inmediato su promesa acabe olvid�ndola.</p><p>Aquel comentario era t�pico de ella. Ten�a la capacidad de ver siempre el mejor lado de la gente, aunque tambi�n de captar sus flaquezas con mucha claridad y actuar en consecuencia.</p><p>�Por supuesto. �Quer�is que escriba una respuesta a vuestro marido? �Algo cort�s que no os comprometa a nada?</p><p>�Gracias.</p><p>Me dirig� al vestidor de madame �un cuarto peque�o que utilizaba como estudio� y busqu� los enseres para escribir una carta. Mand� a una criada a buscar el agua de achicoria. Decid� que ser�a mejor mantenerme alejada del pastelero italiano, al menos durante unos d�as, hasta que se le pasara el encaprichamiento. No era la primera vez que un hombre me declaraba su amor, y supon�a que no ser�a la �ltima, pero a pesar de las penas que manifestaban abiertamente, en general sol�an encontrar a otra que los consolara al cabo de una o dos semanas. A veces, si eran sinceros, me compadec�a de esos hombres, y me enojaba cuando no lo eran; sin embargo, raramente experimentaba un sentimiento de culpa, y hab�a llegado a la conclusi�n de que eran mi rostro y mi cuerpo, que me hab�an tocado en suerte al nacer, la causa de sus ardientes declaraciones, y no mi comportamiento; era otra casualidad: el hecho de haber nacido en una familia en otros tiempos gloriosa, pero ahora ca�da en desgracia, la que me condenaba a la solter�a. No es que deseara a toda costa estar a los pies de un marido, naturalmente, pero mientras no encontrara uno no ten�a ninguna posici�n social, era objeto de escarnio en la corte, y toda mi vida depend�a de la voluntad de los dem�s.</p><p>As� pues, decid� no dedicar ni un solo pensamiento m�s al signor Demirco. Aun as�, no pude evitar contemplar a trav�s de la ventana para verlo mientras llevaba la achicoria helada a madame: me qued� sorprendida, y un poco decepcionada, cuando fue uno de los lacayos de la corte quien se lo sirvi�.</p><empty-line/><p>Hab�a muchas cartas que escribir: cartas de agradecimiento al embajador franc�s en Inglaterra, cartas a los nobles que hab�an sido nuestros hu�spedes en varios castillos de Dover. Hab�amos hecho todo lo posible para dejar una buena impresi�n de nuestra visita, a fin de que una alianza con Francia, el Gran Asunto, como la llam�bamos, pudiera, una vez fuera hecha p�blica, obtener el apoyo necesario. O� un murmullo de voces cuando lleg� el abb�, pero no me un� a ellos. Madame me habr�a llamado si me necesitaba, y la correspondencia era m�s urgente.</p><p>O� m�s murmullos cuando llegaron otras visitas. Mir� el peque�o reloj que hab�a encima del escritorio, un presente del rey de Inglaterra para su hermana. Era casi la hora de la partida de cartas, el �nico vicio de madame.</p><p>De pronto escuch� el grito de un hombre, un grito de horror. O� un estruendo y lo que parec�a el ruido de muebles arrastrados. Sal� corriendo hacia el sal�n.</p><p>El abb� estaba tumbando a madame sobre un div�n del que se hab�an retirado a toda prisa los cojines. La baraja de cartas estaba esparcida por el suelo y la mesa de <emphasis>basset</emphasis> estaba a su lado, boca arriba. En el centro de la estancia hab�a varias damas de la corte, mirando como ovejas asustadas.</p><p>Al verme, el abb� grit�:</p><p>�Id a buscar a un m�dico, muchacha. �Daos prisa! Debe de tratarse de un veneno o de un ataque� Ha tomado un poco de ese cordial justo antes de desvanecerse.</p><p>Me qued� mirando la jarra de agua de achicoria.</p><p>��Veneno? �repet�, est�pidamente.</p><p>��Un m�dico, de prisa! �insisti� �l�. Hay que purgarla.</p><p>�Mandar� a un lacayo. Ser� m�s r�pido.</p><p>Me dirig� a la puerta y orden� al hombre que estaba apostado fuera que acudiera en busca del m�dico. Luego volv� a entrar. El abb� estaba rezando por madame.</p><p>�Tenemos que desabrocharle el vestido �dije, interrumpi�ndolo�. Ayudadme a levantarla.</p><p>Las mujeres siguieron lanzando gritos ahogados mientras ambos incorpor�bamos a madame, ex�nime, para que pudiera desabrocharle el cors�. En cuanto lo hube aflojado, ella empez� a toser, escupiendo un co�gulo marr�n que fue a parar a su regazo mientras gritaba de dolor. Parec�a que intentaba apretar las piernas contra el vientre. Respiraba con dificultad y ten�a el cuello empapado en sudor fr�o. Tambi�n vi que la parte baja del vientre estaba extra�amente hinchada, casi como si estuviera encinta, aunque habr�a jurado que unas horas antes no estaba as�. Estaba claro que sufr�a much�simo. Si el m�dico decid�a administrarle un purgante, es posible que el esfuerzo por vomitar la hubiese matado.</p><p>O� que una de las mujeres repet�a:</p><p>��Veneno! Podr�amos haber muerto todas.</p><p>Otra a�adi�:</p><p>�El m�dico nos advirti� de que no tom�ramos bebidas heladas�</p><p>Cog� el agua de achicoria.</p><p>�No ha sido envenenada. Un poco de hielo no puede haber provocado algo as�. Mirad.</p><p>Casi sin pensar en las posibles consecuencias, me llev� la copa a los labios y beb�. Las mujeres lanzaron un grito ahogado al un�sono, una reacci�n que en otras circunstancias habr�a resultado c�mico.</p><p>Puse sobre la mesa la copa vac�a.</p><p>�Si me desmayo, pod�is purgar no s�lo a madame sino tambi�n a m�. En caso contrario, se trata de otra cosa.</p><p>El m�dico entr� en la estancia.</p><p>��D�nde est�?</p><p>Lo llev� junto a la enferma. Se arrodill� junto a madame, valorando la situaci�n, y le apret� delicadamente el est�mago. Madame lanz� un grito, un grito desgarrador y lastimero.</p><p>�Est� enferma desde hace meses, con v�mitos y fiebre �dije�. Bebi� un poco de agua de achicoria, pero estoy segura de que lo hizo porque sinti� las primeras punzadas� Ella dice que le alivia el dolor.</p><p>El m�dico se puso de pie.</p><p>�Deber�amos ponerla c�moda �dijo, preocupado.</p><p>��Qu� significa ponerla c�moda? �Qu� pens�is hacer? �le pregunt�.</p><p>�No hay nada que yo pueda hacer �El doctor mir� con impotencia al abb�. Padre, vuestras oraciones ser�n m�s �tiles que mis remedios.</p><p>El abb� de puso de rodillas junto al div�n.</p><p>��Cre�is en Dios? �le pregunt� a madame, en voz baja.</p><p>Eran las primeras palabras del viaticum, la extremaunci�n.</p><p>Madame abri� los ojos.</p><p>�Con toda mi alma �susurr�.</p><p>��Esperad! �exclam�, con desesperaci�n�. Debe de haber algo que pod�is hacer.</p><p>�Louise.</p><p>Era madame. Susurr� mi nombre haciendo un gran esfuerzo. Yo tambi�n me arrodill� junto a ella.</p><p>�Ser� �madame cerr� los ojos mientras una serie de violentos espasmos convulsionaban su fr�gil cuerpo�. Estoy preparada. Pero deb�is aseguraros de que� mi hermano�</p><p>Le toqu� delicadamente la mu�eca. Tambi�n estaba fr�a y empapada en sudor.</p><p>�Me encargar� del tratado. Lo prometo.</p><p>�Aseguraos de que muera siendo cat�lico. �Volvi� a abrir los ojos un momento, fij�ndolos en m� con insistencia, como para asegurarse de que hab�a entendido que aquello era lo m�s importante�. Aseguraos de que as� sea.</p><p>Fueron sus �ltimas palabras coherentes.</p><empty-line/><p>Muri� una hora despu�s, una hora que pareci� interminable, presa de unos terribles dolores. Siguiendo la tradici�n, toda la corte se reuni� para verla morir. Mientras sus m�s allegados lloraban, los que se encontraban al fondo de la estancia �sobre todo los homosexuales favoritos de su esposo, que nunca la hab�an apreciado� siguieron intrigando y chismorreando con la misma desenvoltura que habr�an demostrado en una funci�n de ballet. S�lo cuando apareci� el rey en persona, se arrodill� junto a la cama de su cu�ada y el ambiente adquiri� un poco m�s dignidad; esos mismos cortesanos que unos minutos antes hab�an estado bromeando y ri�ndose compet�an entre ellos por llorar con la misma conmoci�n que el monarca.</p><p>Despu�s de que se llevaran el cuerpo, Luis, destrozado, me hizo llamar a sus aposentos.</p><p>��Ha sido envenenada? �quiso saber.</p><p>�Creo que no, Majestad. Yo misma he bebido de la copa de agua de achicoria y no me he puesto enferma.</p><p>�En fin, puede que los m�dicos puedan decirnos algo m�s ma�ana. �Lanz� un suspiro�. Gracias, Louise.</p><p>A pesar de mis palabras, los rumores no se disiparon. Todo el mundo sab�a que madame tem�a ser envenenada, y que ella y su esposo no se llevaban bien. Quienes estaban al corriente de los esfuerzos diplom�ticos de madame en contra de los holandeses estaban incluso m�s inclinados a pensar en una acci�n intencionada.</p><p>Por mi parte, su muerte me dej� destrozada. No hab�a perdido s�lo a la mujer que idolatraba �la persona m�s dulce, amable e inteligente del mundo�, sino que tambi�n hab�a perdido a mi se�ora, a mi protectora y mi puesto en la corte. El proyecto en el que tanto hab�amos trabajado tambi�n se hab�a echado a perder, porque los rumores no tardaron en llegar a la corte de Inglaterra: el terrible dolor de Carlos y de sus sospechas tambi�n llegaron a nuestros o�dos. Y tampoco ayud� mucho que el abb� Bossuet, que ofici� su responso, dijera que hab�a sido �asesinada�.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Para preparar un sorbete de peras: coger doce peras muy maduras, pelarlas y cortarlas, de modo que las rodajas resbalen entre las manos. Triturar y colar; hervir a fuego lento con el zumo de un lim�n y una taza de az�car y congelar siguiendo el m�todo habitual. Si se a�ade <emphasis>cr�me anglaise</emphasis> se obtendr� una crema helada en lugar de un <emphasis>sorbetto</emphasis>.</p><p><emphasis>El libro de los sorbetes</emphasis></p><p>Despu�s del episodio con Louise decid� aislarme durante varios d�as. Por alguna raz�n, me sent�a afligido por esa obstinada tristeza del alma que los m�dicos llaman melancol�a.</p><p>Dediqu� el tiempo a la tarea, largamente aplazada, de crear un helado para el visitante ingl�s. Hab�a abandonado demasiado aquel proyecto. Se dec�a que la delegaci�n inglesa partir�a antes de que terminara la semana: el rey pod�a convocar la competici�n en cualquier momento.</p><p>Con desgana, empec� a reunir los ingredientes. �Qu� pod�a hacer? Algo que llamara la atenci�n, por supuesto, algo que demostrara la maestr�a de mi arte y el esplendor de la corte francesa.</p><p>Los pasillos de Versalles estaban decorados con cuadros muy elaborados: todos los candelabros estaban sostenidos por unos querubines dorados. Empec� a esculpir un querub�n de hielo que sosten�a un plato helado en el que colocar�a� �qu�? Un cuerno de la abundancia, tal vez; una cornucopia llena de fruta. Durante el tiempo que llevaba en la corte ya hab�a hecho moldes de madera que me permit�an crear helados con forma de cereza, pera y manzana. Ahora a�ad� un mel�n, un melocot�n rosado perfecto y un racimo de uvas doradas y transparentes espolvoreadas con az�car glas para representar la fina capa que recubre los granos. Todo el conjunto estaba decorado con hojas de parra hechas con bizcocho y az�car.</p><p>Cuando estuvo terminado lo contempl� y lo detest� de inmediato.</p><p>Era magn�fico y carente de sentido, un plato pretencioso e insulso, un vacuo ejercicio de grandilocuencia que podr�a haber sido preparado con los ojos cerrados. Incluso Audiger habr�a sido capaz de hacerlo.</p><p>La voz de Louise de Keroualle reson� dentro de mi cabeza: �Un fr�volo, hedonista y libertino que no sabe hacer nada m�s que preparar exquisiteces para cortesanos glotones��.</p><p>No era verdad, y pensaba demostrarlo.</p><p>Cog� el querub�n y su plato y lo tir� al suelo. El hielo se rompi� junto a mis pies y las imitaciones de las frutas rodaron hasta los rincones m�s alejados del dep�sito. Pis� con las botas los que estaban a mi alcance, alej�ndolos de un puntapi�. Luego empec� a andar de un lado a otro.</p><empty-line/><p>Me pas� un d�a y una noche pensando, cogiendo ingredientes que luego volv�a a poner en su sitio. Sab�a lo que no quer�a hacer. Sin embargo, saber lo que <emphasis>s�</emphasis> quer�a hacer era mucho m�s complicado.</p><p>Me qued� mirando los bloques de hielo. ��Qu� bonitos son!�, pens�. No, no eran bonitos; eran implacables. No perdonaban nada.</p><p>�Cu�l era el helado m�s sencillo que pod�a gustar al rey?</p><p>Peras. A Luis le encantaban las peras.</p><p>As� pues, preparar�a un helado de peras. Pero ser�a el mejor helado de peras jam�s creado.</p><p>S�lo us� la Rousselet de Reims, la variedad preferida del rey, que en aquella �poca del a�o hab�a alcanzado el punto perfecto de maduraci�n. Lo primero que hice fue asar las peras con un poco de tomillo y vino dulce, muy despacio, para endulzar la pulpa. Luego las tritur� y a�ad� la piel de un lim�n y una pizca de agraz.</p><p>Tambi�n a�ad� un poco de sal. La sal, el lim�n y el agraz eran ingredientes que no se advertir�an en el helado una vez terminado, pero sab�a que potenciar�an el sabor de las peras tras la primera cucharada. Hab�a dado con mi helado o, al menos, con la forma de empezar a prepararlo.</p><p>Luego, en un momento de inspiraci�n, a�ad� un poco de <emphasis>cr�me anglaise</emphasis>.</p><p>Al principio s�lo quer�a que el helado fuera m�s ingl�s, por supuesto, pero en cuanto lo prob� me di cuenta de que el delicado y c�lido sabor de la crema, espolvoreada con min�sculos fragmentos de vainilla negra, era el acompa�amiento ideal para la fragancia acre de la fruta.</p><p>Di un paso atr�s, sorprendido. Me di cuenta inmediatamente de lo que hab�a hecho: hab�a creado una <emphasis>combination</emphasis>, una alianza de sabores en la que el todo era mejor que la suma de las partes. Juntas, la pera francesa y la crema inglesa se convert�an en un plato �nico, mejor que sus ingredientes por separado. Congelados a la vez en una suerte de helado cremoso, simbolizaban las relaciones especiales entre ambos pa�ses, unidos en un todo indivisible. Y, adem�s, el mensaje era sencillo, tan sencillo que incluso un necio como yo era capaz de comprenderlo.</p><p>Esper� con impaciencia a que la mezcla se congelara, removi�ndola cada media hora, como de costumbre. Cada vez que quitaba la tapa de la <emphasis>saboti�re</emphasis> y pasaba la esp�tula por las paredes del cubo de peltre, comprobaba lo finos y claros que eran los copos de crema helada. Y su aspecto tambi�n era diferente. En vez de la consistencia granulada y arenosa del hielo triturado, la pasta ten�a una delicada y suntuosa firmeza, deliciosamente pesada.</p><p>Por fin estuvo terminada. En mi impaciencia, ni siquiera vert� la mezcla en un cuenco, sino que la prob� directamente del cubo.</p><p>Era algo extraordinario. Y no s�lo por su sabor, sino por su textura. De alg�n modo, hab�a hecho un helado tan espeso, blando y cremoso que parec�a un mostach�n fundi�ndose en mi boca. No hab�a granos de hielo, no era granuloso; s�lo notaba la morbidez aterciopelada de la crema en mi lengua, que me dej� un sabor a pera dulce y acre a la vez y la rotunda calidez de la <emphasis>cr�me anglaise</emphasis>.</p><p>Finalmente hab�a creado un helado que Ahmad s�lo habr�a podido imaginar en sue�os.</p><p>Lo �nico que me desconcertaba era no saber qu� hab�a hecho exactamente para obtener un helado tan diferente. Pero no importaba: ya pensar�a en eso en otro momento. Por ahora s�lo quer�a que alguien lo probara. Naturalmente, hab�a que presentarlo como se merec�a: guardaba una preciosa copa de cristal veneciano con incrustaciones de oro para una ocasi�n como �sa. Fui a buscarla, pero dud� un momento. Una vez m�s, la clave de aquel postre tan especial no era la ostentaci�n, sino la sencillez.</p><p>Prepar� dos peque�as coronas reales con brandy y las llen� con mi helado de pera y <emphasis>cr�me anglaise</emphasis>.</p><p>Luego sal� afuera con el postre. Al principio me pareci� que no hab�a nadie, pero de los jardines me llegaron los murmullos de los cortesanos. Pens� que Luis estar�a con ellos.</p><p>Corriendo hacia ellos, di la vuelta a un seto. Tuve suerte: el rey estaba all�.</p><p>��Majestad! �grit�.</p><p>Mientras avanzaba hacia Luis me di cuenta de que la gente se volv�a para mirar. Cuando ya era demasiado tarde advert� que, aquel d�a, todas sus vestimentas �los sombreros, los bastones, las levitas e incluso las plumas� eran de color negro, tan negro como las endrinas. Alguien hab�a muerto, pero �qui�n?</p><p>Era demasiado tarde para detenerme, demasiado tarde para dar media vuelta, pero aminor� la marcha. Entonces el rey tambi�n se volvi�. Se lo ve�a ojeroso. Me vio acerc�ndome a �l con el plato del sorbete en la mano.</p><p>�Majestad �repet�, haciendo una reverencia�. He preparado vuestro helado, y est� delicioso.</p><p>El rey dio un paso atr�s, y los cortesanos que me flanqueaban tambi�n retrocedieron.</p><p>��Helado! �o� que exclamaba alguien.</p><p>Y ah� estaba de nuevo el m�dico, el idiota que hab�a advertido al rey que tomar helados pod�a ser peligroso. Hablaba atropelladamente con un lacayo mientras me se�alaba con el dedo.</p><p>��No le apetece a Su Majestad probar un poco? �dije, perplejo.</p><p>Entonces, dos hombres armados se acercaron corriendo hacia a m� y me llevaron con ellos.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>��Qu� pens�is hacer, peque�a? �me pregunt� el rey, con mucha delicadeza.</p><p>Ten�a la cabeza inclinada y las manos entrelazadas sobre mi regazo.</p><p>�Lo que Su Majestad ordene.</p><p>El rey lanz� una mirada a su secretario de Estado, Lionne. La presencia de este �ltimo en la conversaci�n me intrigaba e inquietaba al mismo tiempo. El hecho de que el rey quisiera hablar sobre mi futuro no me sorprendi�. Despu�s de que madame hubiera sido enterrada, sab�a que ya no ten�a un puesto en la corte. Por lo que ve�a, s�lo ten�a tres posibilidades: ser enviada de vuelta a Breta�a, donde deber�a enfrentarme a la decepci�n de mis padres; ofrecerme a otra dama que gozara de buena posici�n en la corte �quiz�s a una como Olympe de Soissons, aunque el cielo sab�a que incluso mis padres lo considerar�an una ofensa� o, si era muy afortunada, el rey podr�a elegir personalmente un esposo para m�, en un gesto que honrar�a los deseos de madame.</p><p>De las tres, ninguna me resultaba especialmente atractiva. Ni siquiera la tercera, aunque en realidad era la raz�n por la que hab�a sido enviada a la corte.</p><p>�Creo que lo que quer�is ahora es regresar a casa, con vuestra familia �sugiri� el rey�. Vuestros padres deben de echaros de menos.</p><p>Habl� con voz plana.</p><p>�Mis padres, sire, son m�s conscientes que nadie de cu�nto los honr�is permiti�ndome estar en la corte.</p><p>�S�. �El rey se aclar� la garganta�. Hay algunos aspectos de esta vida que parecen encajar con vos. Madame me habl� en varias ocasiones de vuestra gran capacidad para comprender los asuntos diplom�ticos.</p><p>Lionne a�adi�:</p><p>�Sus relaciones con el extranjero eran de la m�xima importancia para nosotros. Creo que estabais al corriente de la correspondencia que manten�a con su hermano.</p><p>�Efectivamente, se�or �admit�, modestamente�. Ayudaba a madame escribiendo el borrador de esas cartas.</p><p>Una vez m�s, el rey y Lionne intercambiaron sendas miradas.</p><p>Estaba empezando a sospechar que mi primer juicio sobre aquella conversaci�n hab�a sido precipitado. Si su intenci�n era mandarme de vuelta a casa, ya lo habr�an dicho. Ten�a la impresi�n de que hab�an empezado a hablar sin saber lo que iban a hacer; estaban tante�ndome, como si hubieran urdido alg�n plan o alguna intriga para los que pensaban que era apta, aunque a�n no estuvieran muy seguros de ello.</p><p>Con aire pensativo, el rey dijo:</p><p>�Si hubiera alg�n modo de continuar su trabajo �para favorecer la causa de la alianza entre Francia e Inglaterra� �estar�ais dispuesta a contribuir a ella?</p><p>En aquel momento, sent� que el coraz�n me sub�a hasta la garganta, porque, evidentemente, no hab�a nada que deseara m�s.</p><p>�Por supuesto, sire.</p><p>��Aunque eso implicara �temporalmente, claro� aplazar la perspectiva del matrimonio? �Sonri�. Estoy seguro de que a una joven hermosa como vos no le faltar�n pretendientes. �Os importar�a pedirles que esperaran� cu�nto? �Un a�o? �Dieciocho meses, tal vez?</p><p>Puede que eso explicara sus dudas, el car�cter necesariamente delicado de esas negociaciones. El rey, de una forma sutil y el�ptica, se estaba ofreciendo a buscarme un marido en el plazo de un a�o si, mientras tanto, me dedicaba a continuar el trabajo de madame. Obviamente, era una proposici�n que yo estaba ansiosa por aceptar. Inclin� la cabeza.</p><p>�Soy la humilde servidora de Su Majestad.</p><p>�Excelente. �El rey se puso de pie�. Dejar� que sea Lionne quien os cuente todos los detalles. Pero recordad esto, querida: el trabajo que llevar�is a cabo para nosotros durante los pr�ximos meses podr�a resultar m�s �til para Francia que mil barcos de guerra.</p><p>En ese momento me pareci� que el comentario del rey era especialmente halagador, siendo yo una mera dama de compa��a, y durante un tiempo apenas pod�a creer en la suerte que hab�a tenido. S�lo muchos meses despu�s, a�os, incluso, comprend� con cu�nta astucia me hab�a embaucado.</p></section><section><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>SEGUNDA PARTE</p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>��Debemos renunciar al Gran Asunto? Debemos temer que el dolor del rey de Inglaterra, que es m�s profundo de lo que se puede imaginar, y que las habladur�as y los rumores de nuestros adversarios lo arruinen todo�.</p><p><emphasis>Colbert de Croissy, embajador de Francia en Londres, a Lionne, secretario franc�s, en julio de 1670</emphasis></p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Una sencilla crema de lim�n es el m�s noble de los helados, y se prepara f�cilmente, teniendo en cuenta que el �xito en la elaboraci�n de los dem�s es incierto.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>As� era, en aquel momento, la tierra en la que me hab�an obligado a exiliarme: una costa baja y llena de fango gris que se divid�a progresivamente, dando lugar a las dos orillas de un estuario. Sobre las plateadas marismas, marcadas por el rastro que dejaban las patas de las gaviotas, hab�a algunas desvencijadas granjas que se recortaban contra el horizonte. Salvo por la presencia de algunos esquel�ticos cerdos, parec�an abandonadas. La gente deb�a de estar dentro, protegi�ndose de la helada lluvia: yo habr�a hecho lo mismo, pero, desde hac�a poco, el barco hab�a sido destinado a transportar excrementos de animales y mi olfato, acostumbrado a los perfumes de la corte, era demasiado delicado para tolerar el hedor que hab�a bajo el puente de cubierta. Adem�s, me fascinaba aquel pa�s; me fascinaba y me inquietaba su vulgar brutalidad, su monoton�a, la forma en que se elevaba a rega�adientes de las aguas grises, gradualmente, tan distinta de los deslumbrantes pe�ascos y de los acogedores puertos de Italia o Francia.</p><p>Finalmente, cuando el estuario se estrech�, convirti�ndose en la desembocadura de un r�o, vi algunos edificios y muelles. Me proteg� los ojos con la mano. Las construcciones eran del mismo color marr�n del fango, y los tejados estaban cubiertos por una especie de paja oscura. �He llegado a un pa�s sin colores�, pens�, y no era s�lo el fr�o lo que me hac�a temblar.</p><p>Record� el momento en que hab�a recibido las �rdenes del gran Lionne en persona, en su enorme despacho del Louvre.</p><p>�En estos momentos estamos involucrados en una operaci�n diplom�tica muy delicada que podr�a afectar el curso de nuestra campa�a militar. Me complace anunciaros que, a pesar de vuestra reciente deshonra, est�is en la afortunada posici�n de poder ayudar a Su Muy Cristiana Majestad en este asunto.</p><p>No ten�a elecci�n, eso hab�a quedado muy claro. Como de costumbre, de tapadillo, hab�a una impl�cita amenaza. A pesar de todos los esfuerzos de los m�dicos, la muerte de madame segu�a siendo un misterio, y por toda la corte segu�an circulando rumores de envenenamiento o de la incompetencia de los m�dicos.</p><p>�Se dice que el monarca ingl�s, el rey Carlos, est� destrozado por el dolor. Cuando se enter� de lo de su hermana, se encerr� en sus aposentos. Durante tres d�as se prohibi� la entrada a todo el mundo, incluso a los m�dicos. �Lionne hizo una pausa�. Nuestro rey, evidentemente, tambi�n est� destrozado. Pero de un modo equilibrado. Luis nunca perder�a el control de ese modo.</p><p>Asent�, aunque sin saber a ciencia cierta ad�nde quer�a llegar. Ojal� hubiese prestado atenci�n cuando la gente que estaba a mi alrededor discut�a los detalles de aquel asunto pol�tico.</p><p>Lionne rode� su escritorio y empez� a andar, acerc�ndose y alej�ndose de la ventana.</p><p>�En el caso del rey ingl�s, parece que el dolor le haya hecho perder la raz�n. Ese pr�ncipe, amante de los placeres y en tiempos simpatizante de Francia, parece estar convencido de que su amada hermana ha sido asesinada por su esposo y que nosotros se lo ocultamos. Ha despedido a su sastre, se ha librado de su amante y ha sumido a toda la corte en el m�s profundo de los duelos. En vez de organizar fiestas y espect�culos, ahora se dedica �nicamente a gobernar y a los intereses de su pa�s. En vez de permitir que sus generales se preparen para la gloria de la guerra, titubea y prefiere hablar de finanzas. Da largos paseos por el campo en solitario, y habla con sus s�bditos, quienes le dicen con toda franqueza que est�n descontentos con su pol�tica. Y en lugar de reprenderles por su arrogancia, se muestra de acuerdo con ellos.</p><p>Lionne se encogi� elocuentemente de hombros ante la locura de los reyes extranjeros.</p><p>�Y as�, el alegre monarca se ha convertido en el soberano del dolor. Y Francia es el pa�s que m�s se resiente de ello.</p><p>Lionne volvi� a su escritorio y me observ� por encima de las manos entrelazadas.</p><p>�As� pues, Su Muy Cristiana Majestad ha decidido hacerle un presente a su primo ingl�s. Algo que consiga devolverle el buen humor, una demostraci�n de lo mucho que le importa mantener su alianza con �l.</p><p>Claro, la alianza. Si Luis quer�a convencer a Carlos de que su tratado deb�a sobrevivir a la muerte de madame, el regalo ten�a que ser algo muy especial.</p><p>�Su Muy Cristiana Majestad ha decidido ofrecerle al rey Carlos� un helado. �Una g�lida sonrisa apareci� de repente en la mirada de Lionne�. Y ah� es donde entr�is vos, por supuesto.</p><p>Con ciertas dudas dije:</p><p>�Naturalmente, ser� un honor ayudar a Su Majestad en este proyecto, pero los secretos de mi profesi�n est�n cuidadosamente protegidos. En el caso de que tuvieran que ser revelados a un cocinero ingl�s, �no cre�is que mis colegas me acusar�an de poner en peligro su sustento?</p><p>�Creo que eso ya ha ocurrido. Por lo que me han dicho, hay un pastelero en Florencia que cree que ha sido traicionado por un joven criado.</p><p>Lionne cogi� un documento del escritorio y me lanz� una inquisitiva mirada. No dije nada, pero el coraz�n me dio un vuelco. De alg�n modo estaba convencido de que Audiger hab�a intervenido en aquel asunto.</p><p>�En cualquier caso, no estamos sugiriendo que revel�is vuestros conocimientos. Todo lo contrario. El hecho de que vuestros m�todos sean secretos es lo que hace tan generoso el presente de Su Majestad.</p><p>El ministro me mir� con expresi�n altiva.</p><p>�Para ofrecer el helado al rey Carlos, debemos ofrecerle tambi�n a su creador. �Lo entend�is?</p><p>Lo mir� fijamente. Ni siquiera en los momentos de mayor desesperaci�n hab�a imaginado algo as�.</p><p>��Me ech�is? �Me desterr�is?</p><p>�Digamos que os dejamos en pr�stamo. Su Muy Cristiana Majestad tiene la suerte de contar con dos experimentados pasteleros. Es comprensible que le ofrezca uno de ellos a su aliado del otro lado del canal.</p><p>�Pero� �Cu�nto tiempo estar� fuera?</p><p>Lionne se encogi� de hombros.</p><p>�Vuestra misi�n consiste en que el rey de Inglaterra recupere la alegr�a de vivir. Cuando eso ocurra, volver� a ser amigo de Francia.</p><p>�Porque necesitar� vuestro oro para costearse sus placeres�, pens�, recordando lo que me hab�a dicho Olympe.</p><p>�Declarar� la guerra a los holandeses y entonces nosotros tambi�n nos moveremos. Ganaremos la guerra en seguida, y vos podr�is regresar a Versalles.</p><p>No dije nada. Incluso yo era capaz de ver que las cosas no ser�an tan f�ciles. Y aunque lo fueran, cuando volviera, Audiger ya ser�a el presidente del gremio de pasteleros de Par�s.</p><p>Sin darle demasiada importancia, Lionne a�adi�:</p><p>�Y de vez en cuando podr�a haber otras obligaciones� Los mensajes de la muchacha bretona, que vos nos transmitir�is. Observaciones sobre ella, sobre el rey y sobre otros miembros de la corte inglesa que ya os indicaremos.</p><p>��La muchacha bretona?</p><p>��No os lo hab�a mencionado? Alguien ha sugerido que el rey Carlos podr�a ver aliviado su dolor si acogiera, como una obra de caridad, a una de las damas de compa��a de su hermana para que estuviera al servicio de la reina. Tal honor ha sido otorgado a la muchacha bretona, De Keroualle. �S�? �Qu� ocurre?</p><p>El ministro me mir� inquisitivamente. Lanc� un suspiro.</p><p>�Nada.</p><p>Satisfecho, prosigui�:</p><p>�Deber�a ser muy sencillo. Os establecer�is all�, oculto pero a la vista de todos, como creador de placeres y delicias. �Qu� otra cosa podr�a resultar m�s natural?</p><empty-line/><p>La peque�a embarcaci�n estaba remontando el r�o a contracorriente, aprovechando el �ltimo oleaje de la marea. A pesar de la insistente lluvia, el muelle estaba lleno de gente. En Gravesend hab�an subido m�s pasajeros, e incluso los que viajaban desde Francia subieron a cubierta, ansiosos por ver algunos puntos del paisaje que les resultaran familiares, charlando animadamente en aquella lengua gutural que siempre me recordaba a los aullidos de los perros de caza.</p><p>Louise no estaba a bordo. Hab�amos viajado juntos hasta Dieppe en un carro prestado y en medio de un silencio lleno de tensi�n. Le pregunt� una vez si algo iba mal, pero ella volvi� la cabeza con el rostro lleno de l�grimas y una expresi�n de incredulidad.</p><p>�Mi se�ora est� muerta, me mandan al pa�s m�s b�rbaro y her�tico de toda Europa, est� en juego todo por lo que he trabajado durante los dos �ltimos a�os, �y vos me pregunt�is si algo va <emphasis>mal</emphasis>?</p><p>A partir de aquel momento guard� silencio, y cuando llegamos a Dieppe fui a comprar provisiones. Hab�a tenido suerte de dar con ese barco: casi todos los capitanes con los que habl� escup�an lac�nicamente en cuanto les mencionaba Inglaterra.</p><p>La cubierta se iba llenando de gente. A mi lado ten�a a un hombre que hab�a dicho ser un comerciante de lana, aunque manten�a la postura de un soldado, con la mano en la cadera, en el lugar donde deber�a haber estado una espada. Sin embargo, era un hombre bastante amable, y me se�al� con la mano los enclaves m�s interesantes a medida que avanz�bamos.</p><p>�La isla de los Perros �dijo, indic�ndome otra vasta ci�naga�. Y all� est� el palacio de Greenwich. �Distingu� unos cuantos edificios derruidos entre los �rboles�. Ahora no parece gran cosa �admiti�. Al igual que los otros palacios reales, ha quedado reducido a ruinas� recientemente.</p><p>��Durante la Commonwealth, quer�is decir?</p><p>El hombre me mir� de reojo.</p><p>�S�.</p><p>��Y eso qu� es?</p><p>Le se�al� unos palos blancos, parecidos a los m�stiles de un barco, decorados con cintas de colores.</p><p>�Son los �rboles de mayo. Han sido reintroducidos siguiendo �rdenes del rey, para que el pueblo pueda participar en los festejos.</p><p>�No veo a nadie festejando nada.</p><p>El hombre se encogi� de hombros.</p><p>�Algunos de sus s�bditos a�n no se han acostumbrado al hecho de que el rey haya regresado de su exilio. Pero tarde o temprano lo har�n.</p><p>Entonces, a nuestra derecha, vi un edificio que supuse que ser�a la Torre de Londres, un castillo blanco, de poca altura, rodeado de fortificaciones y lleno de soldados armados. Sin embargo, lo que atrajo mi atenci�n fue lo que hab�a detr�s del castillo: una extensa zona devastada, de casi media milla de ancho y una de largo, cubierta de escombros, cenizas y malas hierbas. Estaban construyendo nuevos edificios, pero junto a ellos se levantaban a�n los esqueletos ennegrecidos de los antiguos, destripados por el fuego. Mi compa�ero los contempl� con curiosidad, se�al�ndome algunos cambios aqu� y all�, aunque no hizo ning�n comentario. Estaba claro que, para �l, aquel panorama no era ninguna novedad.</p><p>Record� las palabras del hombre que me hab�a dado instrucciones para el viaje, un informador de escasa importancia a quien me envi� Lionne despu�s de haber llegado a un acuerdo. �Evidentemente, han sido castigados por sus herej�as: castigados por Dios con la guerra civil, la peste y el fuego. Puede que hayan aprendido la lecci�n. O puede que no�. El hombre movi� la mano, como si quisiera ahuyentar un mal pensamiento. �Oh, os parecer�n muy diligentes� Esos protestantes creen en el trabajo duro con un fervor casi religioso, se podr�a decir, aunque, a los ojos de Dios, �qu� hay de glorioso en la reconstrucci�n en esa ci�naga infestada por la peste?�.</p><p>�Infestada por la peste�. El fuego no me daba miedo, pero la tristemente famosa peste de Londres era algo muy diferente. De manera instintiva, hice la se�al de la cruz, pero luego me arrepent�. Los ojos de mi compa�ero, siguiendo mi gesto, se posaron en mi pecho, y aunque no dijo nada, adquiri� de repente una expresi�n pensativa. En fin: ciertamente no pod�a ser ning�n secreto que un italiano procedente de Francia fuese cat�lico. O puede que aquel hombre se hubiese dado cuenta de que me faltaba un dedo. Sea como fuere, me pareci� que a partir de ese momento me mir� con m�s desconfianza.</p><p>El puente de Londres se alzaba ante nosotros. Construido con piedra y cubierto de una hilera de casas, era m�s largo que cualquier puente de Par�s o Florencia. El r�o, encauzado entre gruesas ruedas de molino en ambas orillas, discurr�a bajo el arco central como si brotara de una fuente gigantesca, y aunque algunas embarcaciones peque�as remontaban su curso, acompa�adas por los gritos de los pasajeros, era evidente que nuestro barco no pod�a llegar m�s lejos.</p><p>Cuando la tripulaci�n amarr� en el muelle m�s cercano, mi compa�ero me dio un codazo y se�al� hacia arriba.</p><p>��Hab�is visto eso?</p><p>En un extremo del puente hab�a unas letrinas que se asomaban al r�o. Aguzando la vista a trav�s de la lluvia, vi una hilera de media docena de retretes de madera en los que se hab�an acomodado, como los huevos en una huevera, un trasero de hombre y dos de otras mujeres. Sin embargo, el hombre no se refer�a a aquel espect�culo tan vulgar. Sobre uno de los arcos del puente hab�a una hilera de picas de hierro, coronadas con lo que parec�an coles podridas. S�lo algunos mechones de pelo y el brillo de unos dientes blancos dejaban claro que, en realidad, no eran coles.</p><p>�Papistas �me explic� mi compa�ero.</p><p>Tal vez fuera verdad, pero en Par�s me hab�an dicho que una de las cabezas que se exhib�an en Londres era la de Cromwell, el Gran Usurpador; hab�an desenterrado el cuerpo y le hab�an quitado la cabeza. Los dem�s, supuse, no hab�an sido tan afortunados. Puede que a ra�z de los recientes disturbios, la pena por traici�n o herej�a en Inglaterra no se limitara simplemente a la ejecuci�n. Era capaz de imagin�rmelo perfectamente; no el dolor, porque eso era inimaginable, pero s� el horror: ver las tripas colgando de tu vientre, como los hilos de la bolsa de un charlat�n, que luego eran quemadas ante tus ojos, con la lluvia cayendo y evapor�ndose al entrar en contacto con tus entra�as mientras lo �ltimo que hab�as comido volv�a a cocerse mientras tus intestinos se desparramaban sobre un brasero. Y todo eso antes de empezar a cortar tu cuerpo en pedazos con una sierra�</p><p>Esta vez me reprim� y no hice la se�al de la cruz, aunque mi mano derecha se retorci� involuntariamente. Mi compa�ero se dio cuenta y se ech� a re�r. Sin embargo, vi que no era una risa maliciosa; al ver que me hab�a provocado aquel malestar, simplemente quer�a demostrarme que s�lo estaba bromeando. Ya me hab�an advertido del extra�o sentido del humor de los ingleses.</p><p>��Ad�nde os dirig�s? �me pregunt�, d�ndome una palmadita en la espalda mientras nos dirig�amos hacia la estrecha pasarela del barco.</p><p>�Me alojar� en Vauxhall y luego me presentar� en la corte.</p><p>��En la corte? �De verdad? �me pregunt� el hombre, visiblemente impresionado�. All� hay algunos compatriotas vuestros �dijo, asintiendo�. En ese caso, podemos hacer el trayecto juntos. Yo tambi�n me dirijo a Vauxhall.</p><p>�Gracias �repuse, educadamente�, pero tengo que esperar mi equipaje.</p><p>Ya est�bamos en tierra firme. Despu�s de la traves�a, me flaqueaban un poco las piernas. En realidad, la tierra no era muy <emphasis>firme</emphasis>: el barro, pegajoso y del color de los excrementos, se mezclaba con la lluvia, creando bajo los pies un terreno resbaladizo.</p><p>�Da igual. Esperar� con vos. Tal vez deje de llover.</p><p>Pasaron veinte minutos antes de que subieran mi equipaje de la bodega. Cuando depositaron el �ltimo ba�l en el muelle, el hombre me toc� un brazo.</p><p>�Debe exigir que paguen por eso. Esos cretinos han empapado su equipaje.</p><p>�No importa �dije.</p><p>��Que no importa? �Mirad! �Ten�a raz�n: el agua ca�a por el extremo de un ba�l�. Deber�ais echar un vistazo al contenido �insisti� el hombre. Llam� a un mozo�. T�, ven aqu�: abre este ba�l.</p><p>�No importa, de verdad. Adem�s, est� cerrado con llave.</p><p>��Por qu�? �Qu� contiene? No os importa que se moje pero sin embargo lo hab�is cerrado con llave�</p><p>Sus preguntas, tan directas, eran irritantes, casi ofensivas. Pero eso, como me di cuenta de inmediato, era otro rasgo de su car�cter.</p><p>Dud� un momento.</p><p>�Ah� dentro est�n mis utensilios. Pero casi todos son de peltre; no me preocupa que se mojen un poco. �Di un penique a los marineros para que cargaran el equipaje hasta la calle�. Ahora hay que encontrar un carruaje.</p><p>Una vez m�s, me di cuenta de que aquel hombre �un soldado: ahora ya estaba convencido de que lo era� me observaba con curiosidad. Tal vez se preguntara c�mo pod�a saber un extranjero que un carruaje ser�a m�s r�pido que una barca. Sin embargo, hab�a recibido �rdenes de permanecer en el puente s�lo lo m�nimo imprescindible.</p><p>Cargamos los ba�les en un carro y partimos. En la parte que no hab�a alcanzado el incendio, las calles eran estrechas, con apenas el espacio necesario para avanzar entre los edificios. Cada piso de dichas construcciones era m�s ancho que el de abajo, por lo que el poco espacio existente en la planta baja desaparec�a en el segundo o en el tercer piso, convirtiendo las calles en algo parecido a un t�nel. Ahora daba las gracias a la lluvia: al menos manten�a los excrementos, humanos y equinos, en el peque�o canal que discurr�a por el centro de las calles, siempre que no fuese obstruido, por supuesto. Saqu� un pa�uelo del bolsillo, le ech� unas gotas de agua de rosas y me lo llev� a la nariz. Vi que mi compa�ero sonre�a, pero no dijo nada.</p><p>Mientras avanz�bamos lentamente por las calles dejamos atr�s varios grupos de hombres vestidos de negro que, a modo de saludo, se daban la mano y la apretaban brevemente. Parec�a un ritual secreto, aunque lo hac�an abiertamente, en p�blico.</p><p>�Lo llaman estrecharse la mano �dijo mi compa�ero, viendo que me hab�a dado la vuelta para mirarlos�. Es costumbre entre los disidentes m�s convencidos cuando se encuentran. Se niegan a inclinarse ante nadie porque afirman que todos los hombres son iguales.</p><p>�En Francia se considerar�a un discurso sedicioso.</p><p>�Aqu� es distinto. La Commonwealth lo ha revolucionado todo. Las cosas volver�n a ser como antes, pero llevar� un tiempo. �De repente, el hombre parec�a divertido�. Un disidente se neg� a quitarse el sombrero al toparse con el rey. �Sab�is lo que ocurri�? �Sacud� la cabeza y �l continu�: Fue Su Majestad quien se quit� el sombrero.</p><p>��Por qu� hizo tal cosa?</p><p>�Como le explic� al disidente, las normas exig�an que uno de los dos se descubriera; de ese modo, se respetaba la costumbre. El viejo y querido Rowley.</p><p>��Rowley?</p><p>�Ah�, el semental del rey, aunque la gente tambi�n llama as� al soberano.</p><p>��Por qu�?</p><p>�Lo dicen con cari�o. Es un apodo. �Se rio entre dientes�. Me imagino que es porque se parece a su caballo, al menos en algunos aspectos.</p><p>Estaba perplejo. Los hombres que hab�an muerto en su lecho eran desenterrados y decapitados, pero los comentarios mezquinos y sediciosos sobre el rey provocaban hilaridad. Y, al parecer, el propio rey se ve�a obligado a pasar por alto una impertinencia que en Francia o en Italia habr�a mandado a un hombre a la horca.</p><p>�Un pa�s b�rbaro y atrasado �hab�a concluido el informador de Lionne, estremeci�ndose�. Ni siquiera son capaces de adoptar el mismo calendario que el resto de la cristiandad. Y aunque su calendario, como ya descubrir�is, s�lo lleva un retraso de diez d�as con respecto al nuestro, comprobar�is que en todos los aspectos la diferencia parece que sea de d�cadas�.</p><empty-line/><p>Por fin consegu� librarme de mi compa�ero en la posada donde iba a alojarme. El ingl�s sigui� con la mirada el �ltimo ba�l cuando lo metieron dentro. A�n chorreaba agua, pero no dijo nada salvo un escueto �Adi�s, entonces�, antes de hacer un gesto con la cabeza y volverse hacia la calle. Hab�a ensayado un discurso, falso pero elaborado, para darle las gracias por su ayuda, como exig�a la cortes�a. Una vez m�s, no pude entender si su brusquedad era un insulto o s�lo una extra�a costumbre.</p><p>Mi aposento era aceptable. Los paneles de madera que cubr�an las paredes parec�an no esconder ninguna mirilla. Aliviado, centr� mi atenci�n en los ba�les. El que chorreaba agua estaba fr�o: mala se�al. Cog� la colcha de la cama y lo sequ� lo mejor que pude. No me atrev�a a abrirlo: la estancia estaba caldeada y s�lo habr�a empeorado la situaci�n. Pas� al siguiente y lo abr�. Acto seguido, di un paso atr�s, consternado.</p><p>Cuando lo hab�a sellado, en su interior hab�a cristales amarillos. Ahora, sin embargo, s�lo eran un amasijo granulado e informe. Lo toqu� con un dedo. Estaba h�medo. El otro ba�l, el que chorreaba agua, deb�a estar encima de �ste en la bodega del barco. No sab�a si se pod�a secar el salitre para aprovechar los cristales, pero me tem�a que no.</p><empty-line/><p>En cualquier caso, no me parec�a un problema que no tuviera soluci�n. Presumiblemente, en Londres, al igual que en Par�s y en Florencia, deb�a de haber hombres que recogieran el contenido de los orinales para extraer el preciado salitre. En la calle hab�a visto una botica; all� deb�an de saber d�nde podr�a procur�rmelo. Me lav� con el agua caliente que me trajo un sirviente. Luego baj� y le dije a la posadera que iba a salir.</p><p>Mientras me dirig�a a la botica me llam� la atenci�n un grupo de j�venes. Avanzaban hacia m� en una fila de cuatro, lo cual, aparte del hecho de que se mov�an de un lado a otro de la calle, significaba que ocupaban todo el espacio disponible. Contrariamente a los otros hombres que hab�a visto, �stos vest�an de una forma que incluso en Francia se habr�a considerado ostentosa, con pantalones bombachos ribeteados con encajes, manguillas que colgaban del cinto de la espada, camisas de lino que se hinchaban bajo unos sofisticados jubones, un tejido que dejaban entrever las solapas sin abrochar y chalecos bordados con hilos de oro y plata. Evidentemente, estaban ebrios: uno de ellos coloc� un brazo sobre los hombros del que iba a su lado, pero el gesto les hizo balancearse a ambos, lanz�ndoles contra el muro.</p><p>En ese mismo momento, detr�s de ellos, apareci� un palanqu�n. Sin duda alguna, deb�a de ser una persona importante la que iba en la silla, que cargaban dos criados en la calle embarrada. Fuera quien fuese, ten�a prisa, porque en seguida dej� atr�s a los elegantes j�venes. Los criados, sin mirar a derecha ni a izquierda, avanzaron al grupo aprovechando un hueco. Entonces, uno de los j�venes lanz� un rugido �parec�a haber dicho ��Hipop�tamo!�� y sus compa�eros contestaron con un grito. Al un�sono, se lanzaron sobre el palanqu�n y lo volcaron. Su ocupante cay� al suelo. Era, como hab�a imaginado, un caballero de mediana edad, bastante grueso. Sus protestas, mientras rodaba por el fango y la inmundicia, habr�an sido mucho m�s airadas si la ca�da no lo hubiese dejado sin aliento. Por su parte, los j�venes se re�an tan a gusto que apenas pod�an mantenerse en pie.</p><p>��Zoquetes! �farfull� el hombre, que a�n no hab�a conseguido ponerse en pie.</p><p>Sin p�rdida de tiempo, uno de los j�venes desenvain� la espada y se coloc� delante del caballero, con aire amenazador.</p><p>��C�mo? �dijo, encar�ndose con �l�. �Hab�is proferido un comentario insolente?</p><p>Me qued� at�nito, porque era evidente que los culpables eran los j�venes, y porque no se hab�an dirigido al caballero que, como he dicho, era una persona respetable, con la educaci�n que merec�a alguien de su posici�n. Y mi sorpresa fue si cabe mayor al comprobar la reacci�n de este �ltimo. Recogiendo su peluca, que hab�a ca�do sobre el barro, se limit� a decir, en un tono sumiso:</p><p>�Lo siento, Excelencia. Lo he dicho sin pensar.</p><p>El impetuoso joven que hab�a desenvainado la espada la agit� en el aire. Parec�a decepcionado porque el hombre no le hab�a dado motivos para enzarzarse en una pelea. Luego se volvi�, envain� de nuevo la espada y se reuni� con sus amigos dando traspi�s.</p><p>Qu� pa�s m�s extra�o, pens�, observando al hombre mientras volv�a a subir al palanqu�n bajo la impasible mirada de sus criados. Era como si nadie supiera cu�l era su posici�n; o puede que, despu�s de una guerra civil, todos supieran demasiado bien cu�l era. Como forastero, deb�a andarme con mucho cuidado.</p><p>Entr� en la botica y cerr� la puerta detr�s de m�.</p><p>��S�? �En qu� puedo ayudaros? �me pregunt� el boticario, levantando los ojos de la balanza en la que estaba pesando un trozo de �mbar gris.</p><p>�Quisiera procurarme un poco de salitre. Unas dos libras.</p><p>El hombre parpade�.</p><p>�No dispongo de tal cantidad. Si quer�is, podr�a preguntar en el arsenal de Woolwich. Pero ser� caro.</p><p>�Comprendo. Pero lo necesito. Estar� en el Red Lion; pod�is dejarme un mensaje all�.</p><p>Me dirig� a la puerta. Aparentemente, lo j�venes se hab�an ido. Al final de la calle hab�a un mercado y decid� echar un vistazo a los frutos de temporada que ofrec�a.</p><empty-line/><p>Pas� m�s de una hora antes de que regresara a la posada. El mercado result� ser una agradable sorpresa. A pesar de que el mes estaba ya muy avanzado, hab�a un mont�n de albaricoques peque�os y dulces, almendras y pistachos de Turqu�a y una variedad de frutos secos muy grandes que no conoc�a y que los puesteros llamaban avellanas. En cuanto a quesos, hab�a un gran surtido, y tantas hierbas y especias que no fui capaz de reconocerlas todas. Al parecer, los ingleses compensaban la falta de recursos naturales con un floreciente comercio.</p><p>Cuando regres� a la posada, con un cesto de ciruelas bajo el brazo, me pareci� que hab�a mucha gente. Algunos me miraban con la franqueza t�pica de los ingleses, aunque detect� algo m�s, una suerte de recelo en sus miradas. Me sent�a algo inc�modo y me dirig� a las escaleras.</p><p>��Es �l!</p><p>De repente, baj� un grupo de hombres, sacando sus armas. Me apuntaban a la cara con la punta de las espadas y el ca��n de los mosquetes. Me asust�, soltando las ciruelas; el sobresalto casi me hizo caer de espaldas. Me acord� de que detr�s de m� hab�a m�s hombres armados, y evit� a duras penas no acabar ensartado en sus espadas. Al fondo, descubr� el rostro inquieto del boticario.</p><p>��Salitre! �le gritaba a todo aquel que preguntaba por el motivo del tumulto�. Quer�a el salitre necesario para volar por los aires una casa. Y adem�s es forastero. Viste como Guido Fawkes.</p><p>�Hab�is obrado bien, Isaiah Wentworth �dijo otro hombre�. A buen seguro hab�is evitado un complot papista.</p><p>�Tiene varios ba�les en sus aposentos �a�adi� el posadero�. Ba�les llenos de armas. Lo comprend� al escuchar el ruido que hac�an cuando fueron llevados arriba.</p><p>Estaba tan asombrado que apenas sab�a qu� decir, y el miedo me imped�a expresarme en ingl�s.</p><p>�Nada de armas �dije, levantado las manos para demostrarles que iba desarmado�. Ning�n complot.</p><p>El hombre que hab�a felicitado al boticario dio un paso al frente.</p><p>�Tendremos que registrar vuestra estancia.</p><p>Me arrastraron al piso de arriba y me obligaron a abrir los ba�les. Al hacerlo, una docena de cabezas se abalanzaron sobre ellos para examinar su contenido. Mis vestidos de corte fueron esparcidos por el suelo. Vi que mis pa�uelos franceses desaparec�an en el bolsillo de un hombre cuando nadie estaba mirando. Al ver mis moldes se produjo un momento de desconcertado silencio, hasta que alguien sugiri� que deb�an servir para fabricar explosivos.</p><p>�Aqu� hay otro �grit� una voz al descubrir el �ltimo ba�l bajo la ropa de cama�. Estaba oculto. Seguro que dentro est� la p�lvora del papista.</p><p>�Cuidado, Obadiah. Podr�a ser peligroso.</p><p>El hombre llamado Obadiah retir� inmediatamente las manos de la tapa del ba�l.</p><p>��Por los clavos de Cristo! �exclam�. Est� fr�o.</p><p>��Fr�o?</p><p>�Como el hielo.</p><p>Con mucho cuidado, levant� la tapa. Algunos hombres dieron un paso atr�s; otros, se inclinaron para echar un vistazo.</p><p>En el del ba�l, forrado con una capa de madera de cedro, hab�a seis bloques plateados, cada uno del tama�o de una Biblia. En uno de los extremos hab�a otro compartimento lleno de limones de piel gruesa; en el otro, la misma cantidad de grosellas negras, con la piel cubierta de escarcha. Uno de los hombres meti� la mano dentro, pero la retir� en seguida, como si se hubiese pinchado.</p><p>��Qu� es? �pregunt� el posadero, perplejo�. �Un tesoro? �Brujer�a?</p><p>Una voz, procedente de la puerta, dijo:</p><p>�Ambas cosas, en cierto sentido. Es hielo.</p><p>Todos se volvieron, incluido yo. En el umbral, muy tranquilo, estaba el hombre con el que hab�a coincidido en el barco. Dando un paso al frente, entr� en la estancia.</p><p>�Este hombre no es Guido Hawkes. Y no ha venido aqu� para haceros volar por los aires; ha venido para prepararle un postre al rey. Es m�s: est� aqu� bajo la responsabilidad de lord Arlington. A menos que alguno de vosotros desee provocar la ira de mi se�or, os sugiero que cerr�is ese ba�l antes de que su contenido se derrita. �Me hizo un gesto con la cabeza�. Creo que no hemos sido oficialmente presentados. Capit�n Robert Cassell, se�or. Es un placer conoceros. Llamar� a un guardia a fin de que vuestros efectos personales est�n a buen recaudo. M�s tarde, mi se�or desear�a hablar con vos.</p><empty-line/><p>Poco despu�s, Cassell me escolt� hasta un edificio de madera que se levantaba en uno de los extremos del prado que hab�a sido pasto de las llamas. Era una especie de oficina de correos: hab�a hombres que iban de un lado a otro, portando cartas y sobres llenos de documentos. Fuimos conducidos a una peque�a estancia donde hab�a un hombre vestido de negro sentado detr�s de un escritorio. A su lado se sentaba otro hombre, un cortesano, a juzgar por el tama�o de su peluca. Sorprendentemente, llevaba un parche sobre el puente de la nariz, parecido al que usan los soldados para cubrirse las heridas que no cicatrizan.</p><p>�Bienvenido, signor Demirco. Soy Joseph Walsingham, y �ste es mi se�or, lord Arlington �dijo el hombre vestido de negro, educadamente. Mi dificultad de comprensi�n deb�a de ser evidente, porque arque� las cejas�. S� que nuestros nombres no os resultan familiares. Evidentemente, est�is menos preparado de lo que hab�amos imaginado. Si me lo permit�s, no sois gran cosa como esp�a.</p><p>�No soy un esp�a �repuse, asustado.</p><p>�Por supuesto que lo sois, y muy conveniente �dijo, con desparpajo�. �D�nde estar�amos nosotros, que dirigimos una red de espionaje, si no fuera por nuestros esp�as? Aun as�, debo confesaros que siento curiosidad por saber por qu� os ha elegido Lionne para esta tarea en particular. Sin duda alguna, vuestros postres helados deben de ser muy notables.</p><p>�Mis servicios son simplemente una demostraci�n de la gran estima que�</p><p>�S�, s�. Podemos ahorrarnos todo eso: dentro de cuarenta minutos debo estar en Whitehall. �Fue Arlington quien habl�. Ten�a una voz aguda y aflautada, y pronunci� cada palabra de modo claro y preciso�. Hablemos claro, Demirco: en lo que respecta a la muchacha bretona, nuestros intereses y los de Francia coinciden. Los que luchamos en la �ltima guerra civil no tenemos ning�n deseo de vernos envueltos de nuevo en similares tinieblas.</p><p>�No comprendo �dije�. �Qu� tienen que ver una dama de compa��a y un pastelero con las guerras civiles?</p><p>Los dos ingleses intercambiaron sendas miradas.</p><p>�La muchacha bretona no es una dama de compa��a �dijo Arlington, sin pre�mbulos�. Con la ayuda de Dios, ser� la pr�xima amante del rey y el futuro canciller de su alcoba. Y ser� gracias a ella que gobernaremos a un rey d�bil, y a trav�s de �l, a una naci�n a�n m�s d�bil.</p><p>Deb� de mostrar una expresi�n de sorpresa, pues me di cuenta de que me miraban con curiosidad.</p><p>�Creo que est�n en un error �me o� decir�. Conozco a esa muchacha. Es famosa por su virtud. Su familia espera que haga un buen matrimonio con alguien de una familia noble�</p><p>Arlington hizo un gesto para liquidar mi comentario.</p><p>�Ella cumplir� con su deber. Al final, todos lo hacen. Y ahora, se�or, decidme: �qu� necesit�is para preparar un helado?</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>�El duque de Buckingham ha acogido a Mlle. De Keroualle, que estaba al servicio de Su Difunta Alteza; es una joven hermosa, y se cree que el objetivo es convertirla en la amante del rey de Gran Breta�a; dicen que las mujeres ejercen una gran influencia en el rey de Inglaterra��.</p><p><emphasis>El marqu�s de Saint-Maurice, embajador de Saboya, al duque Carlo Manuel II, 19 de septiembre de 1670</emphasis></p><p>Al principio supuso una conmoci�n descubrir que el rey pensaba enviarme a Inglaterra. Pero, pens�ndolo bien, empec� a comprender los motivos. Si quer�amos que el rey Carlos se mantuviera fiel a los t�rminos del tratado, hab�a que infiltrar a alguien en la corte inglesa cuya presencia le recordara que sus obligaciones ten�an todo el sentido.</p><p>Otro comentario de Lionne me sorprendi� todav�a m�s.</p><p>�Despu�s de todo, sabemos la estima en que ya os tiene el rey gracias al asunto del cofre de joyas �dijo, sin pre�mbulos.</p><p>��El cofre de joyas, se�or?</p><p>�S�. �No lo sab�ais? Al parecer, en Dover, cuando Carlos le pidi� a su hermana un presente que le hiciera pensar en ella, vuestra se�ora os mand� a buscar el cofre de joyas. �Lo record�is? �Asent�. Ella ten�a por costumbre intercambiar joyas a modo de recuerdo�. Luego, cuando se quedaron a solas, Carlos le dijo a su hermana que la joya que m�s le gustaba era la que hab�a ido a buscar el cofre.</p><p>Aquellas palabras me dejaron un poco perpleja, en parte porque madame nunca me hab�a mencionado esa conversaci�n cuando habl�bamos de su adorado hermano, y en parte por la franqueza de la sonrisa de Lionne.</p><p>�Estoy segura de que Su Majestad s�lo pretend�a ser galante �dije�. Y en cuanto est� al servicio de la reina, sin duda ser� un poco m�s prudente con sus galanter�as.</p><p>�Sin duda �Lionne consult� el calendario que hab�a encima del escritorio�. De todas formas, partir�is ma�ana.</p><p>��Ma�ana?</p><p>�Viajar�is con el pastelero hasta Dieppe, donde se encuentra el barco del duque de Buckingham. �l se reunir� all� con vos y os escoltar� durante la traves�a del canal. No hay tiempo que perder. Debemos conseguir la declaraci�n de guerra del rey ingl�s contra los holandeses antes de realizar nuestros movimientos; cada semana de retraso nos cuesta dinero.</p><empty-line/><p>Part� de Par�s a la ma�ana siguiente, despu�s de haberme pasado la noche preparando el equipaje. Ten�a pocos vestidos de mi propiedad, pero me hab�an dicho que me llevara cuanto necesitara del guardarropa de madame. Al principio me sent� extra�a al probarme los vestidos que le hab�a visto llevar hasta hac�a bien poco, pero no era la primera vez que me pon�a los que ella ya no usaba; adem�s, sab�a que si no me los llevaba, ir�an a parar a manos de otras damas de compa��a. No ten�a tiempo de visitar a mis padres; les escribir�a a Brest para contarles lo ocurrido, asegur�ndoles que, si todo iba bien, estar�a de vuelta en Francia al cabo de un a�o y que, mientras tanto, esperaba ganarme el favor del rey.</p><p>Sin embargo, en Dieppe no hab�a ni rastro de Buckingham. Su embarcaci�n estaba en el puerto, pero la tripulaci�n no sab�a cu�ndo llegar�a su se�or. Afortunadamente, ten�a suficiente dinero para costearme una estancia en una posada.</p><p>Transcurrieron dos d�as, y luego tres y cuatro. Me pasaba el tiempo paseando por la playa, sintiendo el aire salobre del mar en el rostro, como sol�a hacer antes de trasladarme a la corte.</p><p>Entonces, el quinto d�a, recib� un mensaje: �El duque de Buckingham requiere el honor de vuestra compa��a�.</p><p>Encontr� al ingl�s en sus aposentos, apoltronado en un sill�n, frente a la chimenea. Hice una reverencia.</p><p>�Milord �dije, en ingl�s�, es un gran honor para m�.</p><p>Hab�a decidido que las recriminaciones o los comentarios hirientes eran in�tiles; ser�a mejor ignorar el hecho de que me hab�a dejado abandonada all� que crearse un enemigo.</p><p>�Llamadme George �dijo�. Despu�s de todo, dentro de poco nos conoceremos muy bien.</p><p>Su criado dej� la cena sobre la mesa y desapareci�. Ni siquiera hab�amos empezado a comer cuando Buckingham se coloc� a mi lado y�</p><p>Puesto que estoy escribiendo esto para m�, puedo decirlo sin ambages: introdujo las manos bajo mi vestido.</p><p>Me puse de pie dando un respingo.</p><p>��Qu� est�is haciendo, milord?</p><p>�l, imperturbable, se ech� a re�r.</p><p>�No puedo responder por una yegua a menos que la haya cabalgado. Del mismo modo que vos probabais la comida de madame, me he impuesto el deber de probar a las mujeres del rey.</p><p>Intent� hablar con voz tranquila, pero no estoy segura de que lo consiguiera.</p><p>�No os creo capaz de insultar as� a una de vuestras compatriotas.</p><p>��Insultar? �Se acerc� un poco m�s a m� y pude ver que ten�a los ojos vidriosos por el alcohol�. Soy yo quien ha sido insultado por una francesa deslenguada.</p><p>�No comprendo.</p><p>�El supuesto tratado por el que he sido enviado aqu�. El tratado de Par�s�, �o deber�a decir el tratado de Dover?</p><p>De modo que lo sab�a. Era una mala noticia.</p><p>�No s� nada de ese asunto. Yo s�lo era la dama de compa��a de madame, nada m�s.</p><p>�l frunci� el labio.</p><p>�No jugu�is conmigo. Hab�is sido enviada para seducirlo. Las mujeres son su debilidad, lo sabe todo el mundo.</p><p>Sacud� la cabeza, incapaz de hablar.</p><p>�De todas formas, no importa. Aunque os hubiesen enviado a la corte, no habr�ais durado mucho. Le gustan con un poco m�s de fuego entre las piernas. Y vos sois una zorra carente de pasi�n, eso est� claro.</p><p>Hablaba con tanta calma que me costaba creer lo que estaba oyendo.</p><p>�Cuando hay�is acabado de insultarme� �empec�.</p><p>��Oh, ya he terminado! �dijo �l, bruscamente�. Y vos tambi�n. Pod�is regresar al burdel franc�s de donde os sac� Lionne. No pienso llevaros a Inglaterra. Ya contamos con nuestras propias putas, y en abundancia.</p><p>Nos miramos fijamente un instante. Yo estaba horrorizada; �l, lleno de desprecio. �Qu� pod�a hacer? Nada podr�a borrar lo que me hab�a dicho; ninguna disculpa podr�a justificar su comportamiento. Con toda la dignidad que fui capaz de reunir, me di la vuelta y abandon� la estancia.</p><empty-line/><p>�Hab�is sido enviada para seducirlo�. Era una sandez, por supuesto, pero�, �habr�a algo de verdad en ello? �Habr�a pensado Lionne, o incluso Luis, que Carlos pod�a encapricharse conmigo? Me parec�a incre�ble. Y, de haber sido as�, �cu�les ser�an las ventajas? Aun cuando yo hubiese sido la clase de mujer que alentaba ese comportamiento, la idea de que un rey cambiara de estrategia pol�tica por una mujer era absurda. Incluso un rey tan absolutista como Luis estaba rodeado de ministros, consejeros y postulantes. Sin embargo, apenas los escuchaba. Y en cuanto a sus amantes, por lo que yo sab�a, eran m�s bien ellas quienes lo escuchaban. Y Carlos II de Inglaterra ten�a un Parlamento al que enfrentarse.</p><p>A la ma�ana siguiente estaba convencida de que Buckingham simplemente estaba ebrio y que hab�a intentado meterme en su cama. Esperar�a a que me pidiera perd�n, aceptar�a con elegancia sus disculpas y jam�s volver�amos a hablar de lo sucedido.</p><p>Sin embargo, cuando me acerqu� a la ventana vi que su barco hab�a zarpado.</p><p>Pas� el d�a sumida en la desesperaci�n. Hab�a fracasado, y no por culpa m�a. Naturalmente, siempre pod�a regresar a Par�s y explicar lo ocurrido, pero estaba claro que, en esas circunstancias, Luis a�n tendr�a menos motivos para retenerme en la corte. Ser�a m�s r�pido y sencillo encontrar un barco pesquero que me llevara directamente a Brest.</p><p>Al pensar en volver junto a mis padres sin haber cumplido la misi�n que me hab�a sido encomendada me sent� morir.</p><p>Hab�a algo m�s que pod�a intentar. Cog� papel y pluma y escrib� una carta a Ralph Montagu, el representante de Carlos II en la corte francesa, que sol�a visitar a menudo los aposentos de madame en Versalles.</p><empty-line/><p>Cinco d�as m�s tarde, el posadero me anunci� que ten�a una visita. Me alegr� al ver que se trataba de Montagu en persona.</p><p>�Mademoiselle �dijo, inclin�ndose con un besamanos�. Part� en cuanto recib� vuestro mensaje.</p><p>�No sab�a a qui�n m�s recurrir.</p><p>�Hicisteis lo correcto �me tranquiliz�. El rey Carlos en persona ha sido informado de vuestra inminente llegada y os aguarda con impaciencia. Quiere daros la bienvenida en Whitehall con todo el respeto que merece la hija de una de las familias m�s antiguas de Francia.</p><p>Puso cierto �nfasis en la palabra �respeto�, como si quisiera dar a entender que sab�a muy bien de qu� me hab�a acusado un hombre como Buckingham.</p><p>�Comprendo �dije, aliviada�. Debo admitir que me angustiaba el hecho de que el duque de Buckingham hubiera podido insinuar lo contrario.</p><p>�Os ruego que no juzgu�is a todos mis compatriotas bas�ndoos en su comportamiento. �Montagu se�al� el puerto�. Lord Arlington, uno de los ministros m�s importantes de Carlos, ha mandado su barco para llevaros a Inglaterra. Cuando llegu�is a Londres, os invita a quedaros en su casa, donde su esposa estar� con vos hasta que se�is alojada en la corte.</p><p>�Agradezco mucho la invitaci�n de lord Arlington.</p><p>�Lord Arlington me ha pedido que os diga que est� encantado de poder prestaros su ayuda. S�lo espera que se lo mencion�is a vuestro rey si se presenta la ocasi�n.</p><p>Eso era otra cosa. Por primera vez �una vez m�s, me permito hablar con franqueza� advert� el poder embriagador que supon�a estar vinculada al pa�s m�s grande del mundo; ahora es una sensaci�n tan habitual que apenas soy consciente de ella, pero que si por alguna raz�n, como el fracaso temporal de mis esfuerzos diplom�ticos, me faltara, la echar�a de menos como si tratara de mi propio brazo.</p><p>�Estar� encantada de hacerlo, aunque me temo que en Londres ser� dif�cil mantener correspondencia con Versalles.</p><p>�En absoluto. Ya se han ocupado de ello. El pastelero podr� transmitir cualquier mensaje en vuestro nombre.</p><p>��Puedo preguntaros c�mo est�is al corriente de eso? �dije, sorprendida.</p><p>�Ahora, nuestros pa�ses son aliados. Es normal que trabajemos juntos. �Aunque segu�a sonriendo, su mirada se volvi� m�s grave�. Adem�s, algunos de nosotros, en Inglaterra, tenemos mucho en com�n con Francia.</p><p>Se toc� el pecho, justo debajo del estern�n, y comprend� a qu� se refer�a. Era el punto donde pod�a llevar colgado un crucifijo.</p><p>�Lord Arlington es uno de los nuestros �continu�, en voz baja�. Sin embargo, si hablara abiertamente de ello, perder�a su puesto. Buckingham, naturalmente, es protestante. Eso, estoy seguro de ello, es el motivo de su cambio de actitud. Alguien le ha hecho ver que introducir a otra cat�lica �dud�, aunque s�lo un instante� en el c�rculo �ntimo del rey no habr�a contribuido a su causa.</p><p>Un asunto complicado.</p><p>�Os agradezco que me hay�is informado sobre la situaci�n pol�tica de Inglaterra.</p><p>Deb�a tener cuidado de no dejarme involucrar en sus mezquinas rivalidades: s�lo aspiraba a ganarme el favor de un rey, y no se encontraba en Whitehall, sino en Versalles.</p><empty-line/><p>Hubo un momento embarazoso antes de que nos despidi�ramos, cuando me vi obligada a preguntarle a Montagu si pod�a hacerse cargo de mi cuenta en la taberna.</p><p>��Su Muy Cristiana Majestad no os dio dinero para el viaje? �me pregunt�, visiblemente sorprendido.</p><p>Negu� con la cabeza.</p><p>�Debi� dar por sentado que el duque de Buckingham se har�a cargo de los gastos.</p><p>Me sent� demasiado intimidada para sacar el tema a colaci�n.</p><p>�Comprendo. �Por un instante adopt� un aire pensativo, pero la sonrisa volvi� a iluminar de nuevo su rostro�. Bueno, me alegra poder ayudaros. Y estoy seguro de que el rey Carlos llegar� a un acuerdo con el embajador de Francia en Londres. Os ruego que no volv�is a pensar en ello.</p><empty-line/><p>Una semana m�s tarde estaba en Londres. Despu�s de toda aquella espera, no quedaba mucho tiempo. Un nuevo pa�s, una nueva ciudad, una nueva corte: el papel de quienes compon�an el s�quito del rey siempre era el mismo; s�lo cambiaban los t�tulos y la gente, como si estuviera en una tierra reflejada en un espejo.</p><p>Mi presentaci�n ante el rey fue orquestada como si se tratara de la entrada de un actor en un escenario. Iba a celebrarse un baile en la residencia de los Arlington, al que hab�a sido invitado el rey. Lord Arlington me dej� en manos de su esposa, Elizabeth, una amable holandesa que me proporcion� cors�s y zapatos de baile.</p><p>�Es la primera invitaci�n que acepta el rey despu�s de la muerte de su hermana �explic� lady Arlington�. Bennet, mi esposo, le ha comunicado vuestra llegada y le ha sugerido que quiz�s le gustar�a daros la bienvenida personalmente. Sin embargo, es poco probable que quiera bailar, por lo que os hemos buscado otro acompa�ante. Es un buen bailar�n, y tan alto como vos, aunque, naturalmente, no deb�is prestarle demasiada atenci�n. Deb�is estar pendiente del rey�</p><p>��Y c�mo lo har�, si estoy bailando?</p><p>�Bennet os dar� instrucciones. No deb�is hacer nada en absoluto. Si el rey decide acercarse a hablar con vos, Bennet os har� una se�al. Sin embargo, ser� mejor que no habl�is con Su Majestad durante mucho tiempo. Decidle que a�n est�is cansada a causa del viaje.</p><p>�No comprendo� �De qu� servir� eso?</p><p>�Si le parece demasiado f�cil, seguro que perder� el inter�s.</p><p>��Si le parece demasiado f�cil qu�? �pregunt�, poni�ndome en guardia.</p><p>Lady Arlington sonri�.</p><p>�La misi�n que os ha llevado hasta aqu� requiere cierta delicadeza. Si parec�is demasiado ansiosa, temo que el rey se sienta obligado a honrar los t�rminos del tratado� y, creedme, puede ser muy obstinado en asuntos como �se cuando se lo propone. Es mejor dejarle creer que es �l quien decide haceros confidencias y no lo contrario.</p><p>��Y si no lo hace?</p><p>��Con una muchacha tan encantadora como vos? �Y con ese delicioso acento franc�s? �Sacudi� la cabeza�. Si hay algo que pueda levantar la moral del soberano, es sin duda vuestra presencia.</p><empty-line/><p>Lleg� la noche del baile. Era un evento fastuoso, pero estando como estaba acostumbrada a los eventos fastuosos, me di cuenta de que muchos de los cuadros y tapices franceses que daban fe del exquisito gusto de los Arlington hab�an sido tra�dos el d�a anterior, tomados en pr�stamo a comerciantes y mercaderes.</p><p>Por mi parte, rechac� el vestido que lady Arlington hab�a elegido para m� y prefer� uno de los que me hab�a tra�do de Francia, un traje de terciopelo gris ribeteado con armi�o negro y salpicado con unas peque�as pero elegantes perlas. El que ella hab�a escogido era demasiado llamativo para mi gusto.</p><p>El plan era que hiciera una entrada discreta, pero en cuanto puse un pie en el sal�n vi que todas las cabezas se volv�an hacia m�. �Por qu� me miraban as�? Me lleg� un murmullo de admiraci�n: �Es lista�. �Se refer�an a m�? Me sent� aliviada cuando el joven que hab�a sido elegido para ser mi pareja de baile se acerc� a m� y pude concentrarme en los movimientos del <emphasis>galliard</emphasis>.</p><p>�No deb�is hacer nada en absoluto�, me hab�a dicho lady Arlington. Bueno, si aquel iba a ser mi �nico baile de la noche, ser�a mejor que lo disfrutara, aunque me sorprendi� un poco descubrir que los ingleses bailaban como lo hac�an los campesinos: cada hombre se emparejaba con una mujer, a la que rodeaba con un brazo por la cintura, con dos besos en las mejillas a cada comp�s. Era muy distinto de las danzas lentas y formales de Versalles.</p><p>Entonces vi que los bailarines que estaban a nuestro alrededor titubeaban. Mi pareja dio un paso atr�s.</p><p>��Por qu�? �empec�, antes de darme cuenta de que �l estaba mirando a mis espaldas y que se inclinaba, como el resto de la corte.</p><p>Me di la vuelta.</p><p>Ya conoc�a a Carlos, naturalmente, con ocasi�n de los festejos de Dover, y su retrato hab�a estado colgado durante mucho tiempo en el estudio de madame. Sin embargo, el hombre que ahora se acercaba a m� ten�a un aspecto muy distinto. La pena hab�a dibujado unas profundas arrugas en su rostro, y su bigote estaba rodeado por un arco que descend�a desde la nariz hasta los dos lados del ment�n. Sus ojos tambi�n parec�an pose�dos por el dolor, y su figura, alta, vestida totalmente de negro, parec�a cadav�rica.</p><p>Detr�s de �l apareci� lord Arlington.</p><p>�Sire, �puedo�?</p><p>�Conozco ese vestido �dijo Carlos, con voz ronca�. �Oh, Dios m�o! Conozco ese vestido�</p><p>Vi que ten�a l�grimas en los ojos y me di cuenta, horrorizada, de que era yo quien las hab�a provocado.</p><p>�Lo llevaba en Dover, hace apenas tres meses, por mi aniversario. Cuando os vi bailando pens� que�</p><p>Su voz se quebr�.</p><p>Arlington tambi�n se hab�a interrumpido a mitad de la frase, sin saber c�mo proseguir. Los m�sicos hab�an concluido la pieza que estaban tocando, pero nadie aplaudi�. El silencio se hizo eterno.</p><p>�Sire �dije, desesperada�. Soy Louise de Keroualle, la dama de compa��a de vuestra hermana. Su Muy Cristiana Majestad, el rey de Francia, me dio este vestido, que era suyo, antes de abandonar Versalles. Me lo puse sin pensar. Os ruego que acept�is mis disculpas.</p><p>Carlos se limit� a mirarme fijamente, inexpresivo.</p><p>�Si Su Majestad me lo permite, ir� a cambiarme �a�adi�.</p><p>�No, os lo ruego �respondi� �l�. Ahora os recuerdo muy bien, mademoiselle. Y me alegra mucho veros aqu�. �Su expresi�n, sin embargo, expresaba m�s bien poca alegr�a�. Deb�is pensar que soy un necio por haberos saludado con tan poca galanter�a.</p><p>La etiqueta exig�a que yo respondiera a su cumplido con otro, alguna banalidad que disimulara mi error y su emotividad. Sin embargo, algo me empuj� a decirle, en voz baja:</p><p>�Todo lo contrario, sire. Ha sido una muestra de sensibilidad. Quise a vuestra hermana como nunca he querido a nadie en Francia, y no pasa un d�a que no llore por ella.</p><p>Escrut� mi rostro y dijo, con hilo de voz, para que s�lo yo pudiera escucharlo:</p><p>�Entonces lloraremos juntos en una ocasi�n m�s apropiada y compartiremos nuestros recuerdos sobre esa mujer tan maravillosa. �Luego, en voz m�s alta, a�adi�: Esta noche tengo asuntos que atender, pero vos deb�is divertiros; ma�ana ya me contar�is vuestras aventuras.</p><p>Se dirigi� hacia la puerta, haciendo un gesto a los m�sicos para que siguieran tocando. Inmediatamente, un grupo de cortesanos se arremolin� a su alrededor, ansiosos por ir tras �l. Sin embargo, vi que les dejaba atr�s, alzando los hombros con impaciencia, como si quisiera sac�rselos de encima.</p><empty-line/><p>��Y bien? �dijo lady Arlington, acerc�ndose. Para mi sorpresa, no parec�a tan horrorizada como yo por mi <emphasis>faux pas</emphasis>�. Supongo que sab�ais que este vestido era de su hermana. Al parecer, ten�is vuestra propia estrategia.</p><p>�Lo sab�a, pero no ca� en la cuenta �dije, sin m�s. �C�mo pod�a haber sido tan est�pida? Yo, que me jactaba de mi ingenio y de mis buenos modales�. Y no tengo ninguna estrategia.</p><p>Sin embargo, mientras hablaba record� que hab�a sido el propio Luis quien hab�a insistido en que me llevara los vestidos de madame. �Esperar�a �l, o alguno de sus consejeros, que ocurriera lo que hab�a ocurrido? �Habr�a sido Lionne, o alguna otra mente retorcida, quien habr�a planeado el desarrollo de los acontecimientos, manipul�ndome de una forma que ni siquiera yo comprend�a, dirigi�ndolo todo desde un despacho del Louvre?</p><p>En el otro extremo del sal�n, un hombre me miraba fijamente. Era muy bajito, casi jorobado, y se apoyaba con dificultad en dos bastones. En seguida entend� por qu�: ten�a las piernas torcidas, una hacia dentro y la otra hacia fuera. A pesar de su baja estatura, el tullido llevaba una peluca rubia que le llegaba casi hasta la cintura: posiblemente se trataba de una costumbre o de una muestra de vanidad que, junto con su cuerpo deforme, le confer�an un aspecto bastante rid�culo.</p><p>Al ver que lo estaba observando, inclin� la cabeza educadamente. Le devolv� el gesto.</p><p>��Qui�n es ese hombre? �pregunt�.</p><p>Lady Arlington sigui� mi mirada.</p><p>�Lord Shaftesbury, el parlamentario. Espero que haya venido para veros. Mucha gente lo ha hecho.</p><p>�Es evidente que no ha venido a bailar.</p><p>�No, creo que no �me confirm� lady Arlington�. Aunque en algunos aspectos, a pesar de esos dos bastones, es el m�s �gil de todos nosotros.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Dejar en infusi�n la piel de cuatro limones, cortada muy fina, con su zumo; a�adir tres medias pintas de leche y tres cuartos de libra de az�car; hervir a fuego lento, filtrar con una servilleta y congelar.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Despu�s de la grandiosidad de Versalles, el enorme laberinto de estancias que constitu�a el palacio de Carlos II, en Whitehall, fue una sorpresa. Algunas partes parec�an casi abandonadas, mientras que en otras hab�a esculturas y relojes de sol muy notables, aunque dispuestos sin criterio alguno. En determinado momento llegamos frente a una antigua caba�a de madera y piedra que parec�a estar empotrada en el palacio, como si �ste, al ampliarse, se hubiera tragado los edificios que lo rodeaban.</p><p>�Siguen diciendo que van a derribar el viejo palacio �explic� Cassell mientras me guiaba a trav�s del laberinto�. Carlos quiere construir su propio palacio en Windsor, pero el Parlamento dice que el dinero que se le otorga a �l est� destinado a la pol�tica exterior y no a la construcci�n de r�plicas de palacios extranjeros. Por aqu�.</p><p>El capit�n, que evidentemente conoc�a bien el camino, abri� una puerta y entramos en un establo fr�o y con el suelo de piedra. Cuatro vacas marrones nos miraron fijamente con ojos tristes. Bajo sus panzas, varias criadas las orde�aban con movimientos r�pidos y expertos. El olor de la leche caliente y de la hierba masticada llenaba el aire. Cassell cruz� la vaquer�a sin detenerse y abri� otra puerta.</p><p>Un pasillo estrecho y luego otra puerta que conduc�a a un claustro en el que hab�a una zona de tiro al blanco. Un grupo de mujeres lanzaba flechas contra una diana de paja.</p><p>�La reina �dijo Cassel en voz baja, se�al�ndome con un gesto de la cabeza una delgada figura�. La pobre practica todos los d�as. No tiene nada mejor que hacer.</p><p>Otra puerta. Ahora, sin previo aviso, nos encontramos en un sal�n grandioso con los muros pintados con frescos. En una silla ornamentada se sentaba un cortesano; sobre su regazo hab�a una dama vuelta hacia �l, con el vestido levantado hasta la cintura. La mujer nos mir� con curiosidad cuando pasamos junto a ellos, mientras que el hombre ni siquiera levant� los ojos. Cassell los ignor� a ambos.</p><p>Cuando llegamos a la siguiente puerta, Cassell se detuvo.</p><p>�Dinero �dijo, chasqueando los dedos.</p><p>Hurgu� para sacar una de las tres bolsas que llevaba conmigo.</p><p>�D�dmelo, yo lo sostengo.</p><p>Cassell me cogi� el recipiente del helado que ten�a en la mano.</p><p>�No lo abr�is �le advert�, ansioso.</p><p>�No os preocup�is, s� cu�les son las �rdenes. �Ten�is la bolsa?</p><p>Cog� la bolsa en la que tintineaban las monedas.</p><p>�S�.</p><p>�D�dsela al criado.</p><p>Cassell llam� a la puerta. El lacayo que la abri� cogi� la bolsa sin decir ni una palabra.</p><p>Subimos unas escaleras y llegamos a la parte posterior de una veranda en la que hab�a un grupo de gente que, por su forma de vestir, parec�an simples espectadores. Estaban observando una vasta sala de banquetes donde una docena de comensales estaban sentados a una mesa que podr�a haber acogido a cuarenta.</p><p>�El rey �dijo Cassell, se�alando la mesa con un gesto de la cabeza�. �Est�is preparado?</p><p>�Creo que s�.</p><p>�Entonces, dadme las otras bolsas.</p><p>Mientras abr�a la caja de madera, Cassell entreg� las dos bolsas que quedaban a otro lacayo. Luego se dio la vuelta y me hizo una se�a.</p><p>Saqu� la bandeja de plata de la caja. Aunque el mont�culo de hielo se hab�a derretido un poco durante el trayecto desde Vauxhall, segu�a intacto, y s�lo un ligero c�rculo evidenciaba que no estaba tan helado como al principio. El plato emanaba un inconfundible y fresco perfume de lim�n.</p><p>�Deprisa �dijo Cassell, impaciente�. En cuanto termina de comer se va en seguida.</p><p>��Siempre come en p�blico? �le pregunt� mientras baj�bamos otro tramo de escaleras.</p><p>�S�lo al mediod�a. Por la noche cena solo. Por aqu�. �Buena suerte!</p><p>Cassell abri� una �ltima puerta y se hizo a un lado para dejarme pasar. Mientras me dirig�a hacia la mesa advert� que me observaban: no s�lo la figura vestida de oscuro, alta, en el centro de la mesa, que estaba comiendo un plato de fruta, sino los criados que estaban junto a �l, los guardias de la puerta y el p�blico de la veranda.</p><p>Finalmente estuve lo bastante cerca de �l para hacer una reverencia. La hice al estilo italiano, con un pie hacia delante, la rodilla de la otra pierna doblada y el brazo izquierdo levantado en un gesto teatral.</p><p>�Majestad �dije, con voz formal�. Vengo de la corte de Su Muy Cristiana Majestad, Luis XIV, rey de Francia y Navarra por la gracia de Dios. Cumpliendo sus �rdenes, os ofrezco un postre extraordinario.</p><p>Le present� la bandeja y s�lo entonces levant� los ojos para mirarme.</p><p>Por la descripci�n que me hab�an hecho Lionne y Arlington, esperaba encontrarme con un hombre de ojos y ment�n hundidos. Sin embargo, el rostro del rey ten�a unos hermosos rasgos y su expresi�n, aunque algo demacrada, era inteligente.</p><p>��Por todos los diablos! �exclam�, lanzando un suspiro�. Bueno, supongo que si lo dice Luis debe de estar rico. �C�mo se llama?</p><p>Quer�a decir �helado de crema�, pero los nervios me impidieron dar con las palabras correctas en ingl�s.</p><p>�Helado, sire.</p><p>�Muy bien.</p><p>Me hizo un gesto para que me acercara.</p><p>Mir� a mi alrededor buscando al criado que probaba la comida del rey. Pero no apareci� nadie, y por un instante dud�.</p><p>�Oh, el rey no teme ser asesinado. �La voz, que arrastraba las palabras, lleg� desde un extremo de la mesa. Un cortesano, ataviado con extremada elegancia, observaba mi confusi�n�. Si alguien lo envenenase, ser�a su hermano quien subir�a al trono, y ni siquiera en la mugrienta Inglaterra hay alguien tan est�pido como para hacer tal cosa.</p><p>El hombre mascullaba, como si hubiera bebido m�s de la cuenta, aunque algunos de los que lo rodeaban se echaron a re�r a carcajadas. Sin embargo, me di cuenta de que el rey no se re�a. Con un gesto, me indic� que pod�a servirle el helado.</p><p>��Sois franc�s? �me pregunt� el rey.</p><p>�Soy italiano de nacimiento, sire, pero he pasado muchos a�os en Francia.</p><p>�Entonces tenemos algo en com�n. Mi hermana� �Hizo una pausa. De repente, su semblante se entristeci�. Mi querida hermana, ya fallecida, tambi�n estaba en la corte francesa.</p><p>�Ciertamente, sire. Coincid� con madame en varias ocasiones.</p><p>��Conocisteis a Minette?</p><p>�S�lo de vista, pero sab�a que era una dama muy gentil y virtuosa. El rey se qued� destrozado despu�s de su muerte.</p><p>�Su fallecimiento ha sido el m�s llorado en Inglaterra y en Francia �dijo el cortesano ebrio�. Desde entonces, morirse est� de moda.</p><p>En esta ocasi�n nadie se ech� a re�r, aunque el cortesano pareci� no darse cuenta de ello o, si lo hizo, no le import�.</p><p>�Le serv�, entre otras cosas, un helado como �ste �dije, se�alando la bandeja.</p><p>S�lo quer�a que el rey centrara de nuevo su atenci�n en la mesa para incitarlo a probar el helado antes de que se derritiera. Sin embargo, su mirada se hab�a endurecido. Evidentemente, Carlos ya estaba al corriente de las circunstancias en las que hab�a muerto su hermana y los rumores que hab�an despertado. Me pregunt� si �sa ser�a una de las razones por las que me hab�an enviado all�. Para demostrarle personalmente al rey que no hab�an sido mis helados lo que la hab�a matado.</p><p>El rey cogi� la cuchara.</p><p>Mientras se llevaba la primera cucharada a la boca se hizo el silencio. Sab�a exactamente lo que estaba degustando: la pulpa de los limones de Amalfi, cuyo dulzor potenciaba una pizca de jengibre; la raspadura, muy fina, de la piel del lim�n, y todo ello dejado en una infusi�n de leche de vaca, congelado dos veces y mezclado. El helado resultante estaba salpicado de trocitos min�sculos de piel de lim�n azucarada.</p><p>Esperaba una reacci�n, la que fuera. El rey parec�a pensativo, y me dio la impresi�n de que frunc�a ligeramente el ce�o. Sin embargo, era dif�cil decirlo.</p><p>Luego, despu�s de un �nico bocado, dej� la cuchara sobre la mesa.</p><p>�Deb�is perdonarme, signor. �ltimamente no tengo demasiado apetito.</p><p>Tratando de no manifestar mi decepci�n, hice otra reverencia.</p><p>�Por supuesto. Pero tal vez pueda serviros uno distinto en otra ocasi�n. Ser�a un honor quedarme en la corte hasta que Su Majestad est� m�s animado.</p><p>�Muy bien. �Una sombra cruz� su rostro�. Me imagino que desear�is ser recompensado.</p><p>Me encog� de hombros, educadamente.</p><p>�De acuerdo, me ocupar� de ello �dijo, con voz cansada�. Hablad con Chiffinch. Y mientras tanto, tal vez� S�, tenemos una dama de compa��a que tambi�n acaba de llegar de Francia. Mademoiselle de Keroualle.</p><p>�Ah, �es as� como se llama? �mascull� el cortesano ebrio�. Cre�a que su nombre era Mademoiselle �brete-de-Piernas.</p><p>�S�, la conozco �respond�, ignorando al borracho.</p><p>�Deber�ais mandarle vuestros helados de mi parte. Decidle que la ayudaremos a sentirse como en casa.</p><p>�Decidle �dijo el borracho, en voz alta� que cuando venga a la corte podr� probar tambi�n la verga real.</p><p>La expresi�n de mi rostro debi� mostrar mi estupor ante un comentario tan vulgar, porque el rey, con voz tranquila, dijo:</p><p>�No deb�is prestar atenci�n a lord Rochester. Cuando est� sobrio es bastante divertido, pero cuando est� ebrio solo �l cree que es gracioso.</p><p>Era extra�o, pero cuando pronunci� esas palabras descubr� que parte de la aversi�n que hab�a despertado en m� aquel borracho se hab�a desvanecido. Mientras que los M�dici eran austeros y Luis severo, Carlos de Inglaterra era encantador, tan encantador que ni siquiera parec�a un rey.</p><p>Un perrito faldero se hab�a subido a la silla que estaba al lado del rey, extendiendo subrepticiamente el cuello hacia la bandeja del helado.</p><p>�Sire� �dije, para advertirle.</p><p>��Qu�? �Oh, Daisy, baja! �Carlos empuj� al perro, aunque sin �xito�. Decidme, signor, �c�mo os llam�is? �pregunt�, dedic�ndome de nuevo su atenci�n.</p><p>�Demirco, sire.</p><p>��Sab�is algo sobre dep�sitos de hielo, Demirco? �C�mo se construyen?</p><p>�Por supuesto.</p><p>�He mandado construir uno. En el parque de St James. Ordenar� que lo llenen de hielo y lo pondr� a vuestra disposici�n.</p><p>�Gracias, sire.</p><p>�Mis hombres no consiguen que funcione, y todo lo que se guarda all� acaba derriti�ndose.</p><p>Hice una reverencia.</p><p>�Ser�a una placer intentar hacer algo para mejorar la situaci�n.</p><p>�Excelente.</p><p>Carlos movi� la silla hacia atr�s. Era evidente que la audiencia hab�a concluido. Me inclin� otra vez, con el brazo izquierdo levantado, siguiendo la costumbre correcta.</p><p>Rochester se rio disimuladamente.</p><p>�Lord, parece que est� a punto de hacer aparecer una paloma.</p><p>�Hablad con Chiffinch �me dijo el rey, mientras un lacayo se acercaba y le colocaba un abrigo negro sobre sus reales espaldas�. Gracias, signor Demirco, y bienvenido.</p><p>�Signor Dildo �dijo Rochester, con voz pastosa�. Bienvenido, signore Dildo.</p><empty-line/><p>Chiffinch, como descubr� m�s adelante, era el criado a quien Cassell hab�a entregado las dos �ltimas bolsas. Fue m�s bien vago acerca de c�mo o cu�ndo iba a ser recompensado.</p><p>�Hablar� con el responsable de las vituallas. O con el encargado de la despensa.</p><p>�Soy el pastelero del rey. No obedezco �rdenes de ning�n responsable de la despensa.</p><p>Chiffinch se encogi� de hombros.</p><p>�Muy bien, entonces ser� el rey quien se ocupe de ello.</p><p>Ten�a la impresi�n de que, a menos que hubiera un soborno de por medio, el asunto tra�a sin cuidado a Chiffinch.</p><p>Sin embargo, Cassell estaba satisfecho.</p><p>�No pod�a haber ido mejor, dadas las circunstancias. Sin embargo, har�ais bien en ocuparos de ese dep�sito de hielo.</p><p>�Y en enviar su mensaje a Louise.</p><p>��C�mo? Ah, por supuesto. Mademoiselle �brete-de-Piernas. �Cassell sonri�. Rochester es un pat�n, pero perspicaz.</p><p>�Eso es lo que ha dicho el rey. Aunque a�n no he podido comprobarlo �dije, fastidiado.</p><p>Cassell recuper� la gravedad, aunque a�n ten�a media sonrisa en los labios. Supuse que estaba pensando en la broma de ese petimetre. Lanc� un suspiro. Hab�a muchos aspectos de aquel pa�s, me dije, que nunca me convencer�an.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Despu�s del baile, me mantengo alejada de la corte. Nadie me dice nada. Parece que est�n esperando algo, una se�al o una orden. O puede que s�lo se est�n preguntando cu�l es la mejor manera de responder a la reacci�n del rey al verme con el vestido de su hermana. Intuyo que la gente habla detr�s de las puertas cerradas, y cuando entro en una estancia cambian repentina y disimuladamente de conversaci�n. Me paso las noches angustiada, pregunt�ndome si, despu�s de todo, me enviar�n a casa.</p><empty-line/><p>Despu�s de tres d�as as�, o�mos que llaman con fuerza a las puertas del comedor mientras los Arlington y yo estamos cenando. Dos criados de librea las abren. Flanquean a un mayordomo que, dando un paso al frente, anuncia:</p><p>�Su Majestad ha ordenado que se entregue este presente a mademoiselle de Keroualle como prueba de su estima.</p><p>��Ah! �exclama Arlington con entusiasmo, volvi�ndose hacia m�. �Qu� os dije?</p><p>�Nada en absoluto�, tendr�a que responderle. Lady Arlington hace un gesto al hombre para que se acerque.</p><p>El mayordomo deposita sobre la mesa una cajita cuadrada pintada, de unos treinta cent�metros. En uno de los lados puede verse el dibujo de un emblema: algo absurdo y carente de significado, uno de esos dise�os elaborados por quienes desconocen los sutiles c�digos de las familias antiguas.</p><p>Aun as�, me parece que s� de qu� se trata.</p><p>El mayordomo abre la caja y saca un plato de cristal muy delicado. Contiene un mont�culo que parece nieve con manchas de un intenso color p�rpura.</p><p>Helado.</p><p>Lady Arlington parece perpleja.</p><p>��Qu� es? �le pregunta al mayordomo.</p><p>�Creo que es una suerte de postre congelado, se�ora �responde el mayordomo desde�osamente.</p><p>Por la expresi�n de mis anfitriones, es evidente que, aunque yo quisiera, no tendr�a ninguna esperanza de quedarme con ese presente. Una vez repartido entre los comensales, apenas quedan dos cucharadas para cada uno.</p><p>Lord Arlington lo examina con aire esc�ptico antes de engullirlo como har�a un ni�o con una medicina. Lady Arlington prueba el suyo t�midamente, con la punta de su delicada y afilada lengua. Me llevo la cuchara a la boca. Los cristales de hielo azucarado, que ya est�n a punto de derretirse, crujen y se desmenuzan en la lengua mientras se funden.</p><p>El sabor de la ciruela damascena �delicado, rotundo, de los �ltimos frutos de la estaci�n� me llena la boca, mezclado con la <emphasis>cr�me fra�che</emphasis>, seguido, un momento despu�s, de la textura crocante del az�car moreno.</p><p>En ese preciso momento s� que Carlo Demirco ha llegado a Londres.</p><p>Me siento aliviada. A pesar de que no nos despedimos como es debido, ser� muy �til tener a un aliado en esta corte. S�lo espero que se desenvuelva mejor que yo en sus tareas.</p><empty-line/><p>A la ma�ana siguiente me despierto temprano. Despunta el alba, y el parque que separa la residencia de los Arlington de Whitehall est� sumido en una niebla fina y transl�cida. Los �rboles, cuyos perfiles son difusos, como si estuvieran cubiertos por un velo de muselina, est�n adquiriendo un color amarillo dorado, el color de las peras. Abro la ventana: el aire es punzante, y me llega un ligero olor a le�a quemada.</p><p>Est� llegando el oto�o.</p><p>Tendr� que pasar el invierno en Londres, naturalmente. Y puede que el siguiente tambi�n. Me pregunto si, aqu�, los inviernos son tan fr�os como en Brest. Seguramente m�s.</p><p>En medio de la niebla que cubre el parque de St James veo la figura alta de un hombre que pasea. Debe de tener fr�o: s�lo lleva una chaqueta negra corta, desabrochada; del pu�o y la cintura sobresale la tela de una camisa blanca. Unos perros de aguas pisan los talones al hombre como una especie de abrigo canino viviente, mientras �l recorre el suelo h�medo con largas y �giles zancadas.</p><p>El rey.</p><p>Est� solo. Lo observo un momento y luego me doy cuenta de que se encamina a la entrada posterior de la residencia de los Arlington. Se dirige hacia aqu�.</p><p>Lady Arlington irrumpe en mi alcoba sin llamar a la puerta.</p><p>�El rey est� a punto de llegar. �Echa un vistazo para estudiar la situaci�n: a�n llevo el camis�n y estoy mirando por la ventana como una chiquilla�. No hay tiempo que perder. �Detr�s de ella entra una doncella. En los brazos lleva cepillos, agua y otros artilugios para acicalarse que parecen a punto de caerse al suelo�. Preparaos cuanto antes y reun�os conmigo en el sal�n de desayuno.</p><p>�Por supuesto.</p><p>Lady Arlington asiente. Me coloco en el centro de la estancia para que la doncella pueda ponerse manos a la obra. La muchacha hace una reverencia y yo levanto los brazos para que pueda quitarme el camis�n. Lady Arlington no se mueve. Por un instante se queda all�, mir�ndome con una expresi�n enigm�tica. Entonces vuelve a asentir, como si hubiese superado la prueba.</p><p>�Cinco minutos, Susan �le dice a la doncella.</p><p>Mientras se aleja por el pasillo la oigo dando m�s �rdenes con voz firme y tranquila.</p><empty-line/><p>�Quisiera hablar a solas con mademoiselle de Keroualle.</p><p>Lady Arlington se pone en pie de inmediato, hace una reverencia y se va sin decir ni una palabra. Evidentemente, no le dice que es una falta de decoro. Sugerirlo significar�a poner en entredicho los motivos de un rey.</p><p>S�lo los criados, de pie en ambos extremos del bufete del desayuno, se quedan donde est�n.</p><p>Nos sentamos en los extremos de la enorme mesa, de la que han retirado los candelabros y las copas. Carlos se�ala mi plato con un gesto.</p><p>��Caf�? �Chocolate?</p><p>�Preferir�a un t�, gracias.</p><p>�Por supuesto. Seg�n tengo entendido, ahora, en Par�s, todo el mundo toma t�. Incluso Minette. �Hace una mueca�. Me refiero a mi difunta hermana. La llamaba Minette. Era su apodo cuando era una ni�a.</p><p>�Lo s�. Me dejaba leer vuestras cartas. No hab�a nada en el mundo que esperara con mayor impaciencia.</p><p>�l lanza un profundo suspiro.</p><p>�Contadme c�mo muri�.</p><p>Le digo todo lo que s�, y mientras hablo, las l�grimas empiezan a rodar por mis mejillas. �l no tarda en sollozar sin disimulo, sec�ndose impacientemente las l�grimas con las manos. Dudo, pregunt�ndome si no estar� afligi�ndole en exceso, pero �l, con un gesto, me invita a continuar.</p><p>Nunca he visto a un hombre llorando tan abiertamente delante de una mujer. En un momento dado coge una servilleta para secarse la cara.</p><p>�Y�, decidme�, �fue asesinada? �me pregunta, una vez he terminado�. �Ese bruto, o uno de sus favoritos, orden� que la asesinaran para poder seguir practicando sus vicios sin impedimentos?</p><p>Ahora soy yo quien debo mostrarme dubitativa. S�lo hay una respuesta que puedo darle, pero me pregunto qu� debo hacer para resultar convincente.</p><p>�En realidad, podr�a haber seguido practic�ndolos sin impedimento alguno. Y aunque no siento ninguna admiraci�n por su esposo, no alcanzo a comprender c�mo podr�a haber sido asesinada.</p><p>�Pero en Dover se encontraba muy bien. Nunca la hab�a visto tan hermosa y radiante.</p><p>Sacudo la cabeza.</p><p>�Ten�a unos dolores terribles, pero hab�a decidido ocultarlo.</p><p>�Los Estuardo somos muy buenos disimulando �dice, casi para s� mismo�. Mostramos muy poco nuestra verdadera forma de ser a los que m�s nos aman.</p><p>�Ella os quer�a m�s que a nadie.</p><p>�Yo tambi�n la quer�a. �Guarda silencio un momento y luego saca algo de la camisa�. He tra�do sus cartas. �Podr�ais�?</p><p>No puede terminar la frase, pero s� lo que quiere.</p><p>�<emphasis>En fran�ais</emphasis>?</p><p>�<emphasis>Oui. S�il vous pla�t</emphasis>.</p><p>Abro la primera carta y empiezo a leer.</p><p>�<emphasis>Mon cher fr�re, votre Majest�</emphasis></p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Buscad una estancia fr�a y limpia, sin mugre ni distracciones de cualquier clase.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Finalmente, Chiffinch me consigui� un sitio en las cocinas de palacio. Se parec�a mucho a la idea que ten�a del infierno: una estancia enorme, llena de humo, donde cuatro grandes fuegos ard�an d�a y noche y el olor a carne quemada flotaba en el ambiente como una niebla amarga. Los cocineros trabajaban en unas largas mesas como si fueran costureras: se abalanzaban sobre montones de carcasas de vaca con sus cuchillos de carnicero o troceaban animales tan peque�os que en cualquier otro lugar habr�an sido descartados por considerarse incomestibles. Los ingleses, me di cuenta en seguida, estaban obsesionados con la carne, y no les parec�a extra�o comerla casi a diario. Sin embargo, la ternera, el oso o el cerdo hervido no eran �cocinados� en el sentido con que un franc�s o un italiano emplear�an esa palabra, es decir, elaborando un plato para que fuera m�s sabroso gracias a las cualidades de un cocinero ingenioso, a�adiendo adecuadamente salsas, condimentos o hierbas arom�ticas, sino que simplemente se colocaban en un asador hasta que se volv�an duros e ins�pidos. Aparentemente, las verduras y las hierbas arom�ticas eran casi desconocidas, y aunque me contaron que de vez en cuando el rey com�a fruta cruda, al estilo franc�s, los cocineros lo consideraban una moda extranjera, y ordenaban que se sirviera con un cuenco o una fuente, �como mandaban los c�nones�, de postres ingleses, como tarta de frutas, sebo estofado o pud�n con frutos secos. Los platos ni siquiera se serv�an por separado. Todo llegaba a la mesa al mismo tiempo, y cada cocinero ofrec�a lo que hab�a preparado: las sopas, los asados y los postres se amontonaban para que los invitados del rey dieran cuenta de ellos. Chiffinch se qued� muy sorprendido cuando le dije que en Francia los platos se serv�an de uno en uno, como los actos de una obra de teatro.</p><p>Sin embargo, en lo que a m� me concern�a, el aut�ntico problema era que no dispon�a de un sitio adecuado para trabajar. Aunque me instal� en el rinc�n m�s aislado de la cocina, habr�a sido imposible confeccionar un helado que no se derritiera por culpa del calor en cuanto lo hubiera sacado de la <emphasis>saboti�re</emphasis>. Y, por supuesto, tambi�n estaba la necesidad de mantener en secreto el proceso de elaboraci�n. Al final de la primera jornada comprend� que ser�a mejor trasladarme a otro lugar.</p><p>Tambi�n me pregunt� si deb�a abandonar mi alojamiento en el Red Lion, donde, en general, la comida era tan mala como la que le serv�an al rey. Sin embargo, hab�a una excepci�n: todos los d�as preparaban una tarta distinta, y esos platos tan sencillos resultaron ser, para mi sorpresa, casi comestibles. Normalmente sol�an llevar una o dos verduras, y a veces hierbas arom�ticas como apio de monte, mejorana o salvia. En una ocasi�n, en una tarta de pescado cocido con leche, mi nost�lgico paladar distingui� un delicioso toque de estrag�n. As� pues, decid� quedarme, al menos de momento, y le pregunt� al posadero si me alquilar�a una bodega o un cuarto fr�o para trabajar. Ahora que sab�a que contaba con unos poderosos mecenas, se apresur� a encontrar una soluci�n, y sali� en seguida a buscar las llaves de las bodegas.</p><p>Las bodegas eran h�medas, estaban llenas de moho y carec�an de ventanas, mientras que la cocina era casi tan sofocante como la de Whitehall. Entre las dos estancias, sin embargo, hab�a una peque�a despensa situada en el hueco que hab�a debajo de la escalera, y como se encontraba casi soterrada, era bastante fresca; dispon�a asimismo de una hilera de ventanillas altas por las que entraba mucha luz. En una de las paredes hab�a una estanter�a de piedra, en otra hab�an dispuesto una mesa de m�rmol y en el rinc�n m�s alejado hab�a un cuartito sin ventanas donde pod�a conservar el hielo. No descubr� ning�n rastro de humedad, y toda la estancia hab�a sido limpiada a conciencia.</p><p>�Esto era la vaquer�a donde prepar�bamos nuestro queso �me explic� el posadero, cuyo nombre era Titus Clarke�. Ahora, aqu� es donde trabaja Hannah.</p><p>Estaba claro que la ocupante de la estancia era una persona muy pulcra: los utensilios de cocina, los rodillos de amasar y el resto de pertrechos estaban colocados contra la pared, perfectamente ordenados, mientras que los recipientes se apilaban debajo de la mesa. Las hueveras estaban cubiertas con un trapo para protegerlas de las moscas, y hab�a metido un saco de harina en un bid�n situado a cierta altura para que no se mojara y para mantenerlo alejado de los ratones.</p><p>�Es perfecto �dije, mirando a mi alrededor�. �Cu�nto ped�s por el alquiler?</p><p>El posadero parec�a un poco ansioso.</p><p>��Por compartirla? Hay suficiente espacio para los dos�</p><p>Sacud� la cabeza.</p><p>�Tengo que trabajar totalmente en secreto.</p><p>�Bueno, estoy seguro de que Hannah lo comprender� �dijo, nervioso�. Despu�s de todo, el rey tiene derecho a sus helados. Hablar� con ella por la tarde.</p><empty-line/><p>Orden� que bajaran mis ba�les, desembal� mis pertenencias y me puse a trabajar de inmediato en un helado de membrillo. Apenas hab�a empezado a verter el helado picado en la <emphasis>saboti�re</emphasis> cuando se abri� la cortina que hac�a las veces de puerta y entr� una mujer de unos treinta que llevaba un delantal. A su lado estaba Elias, el aprendiz.</p><p>��Qu� est�is haciendo? �me pregunt� la mujer.</p><p>A toda prisa, cubr� la mezcla con un trapo.</p><p>�No es de tu incumbencia.</p><p>�Por supuesto que lo es �replic� ella�, teniendo en cuenta que Titus me ha dicho que, sea lo que sea, me veo obligada a abandonar mi despensa.</p><p>�Soy el pastelero de Su Majestad �le dije, algo sorprendido por su tono�. Lo que hago aqu� es secreto.</p><p>�Y lo que <emphasis>yo</emphasis> hago aqu� no puedo hacerlo en otra parte. Para preparar la masa necesito un lugar fresco y, como vos mismo habr�is comprobado, en la cocina hace demasiado calor.</p><p>A sus espaldas, el posadero trataba de abrirse paso para evitar un enfrentamiento.</p><p>�Hannah, este caballero me ha alquilado el cuarto. Fin de la discusi�n.</p><p>�Muy bien �dijo ella, encogi�ndose de hombros�. En ese caso, no preparar� m�s tartas. Ve a buscar un saco, Elias.</p><p>Hannah empez� a descolgar los rodillos de amasar de los ganchos. El posadero me mir� con aire de disculpa, como dici�ndome que lamentaba la interrupci�n, aunque ahora ya estaba todo arreglado.</p><p>�Espera �le dije a la mujer�. �Eres t� quien prepara las tartas?</p><p>�S�, era yo �contest�. Pero, por lo que parece, ya no lo har�.</p><p>Me encontraba frente a un dilema. Lo cierto, como ya he dicho, era que las tartas del Lion eran una de las principales razones por las que quer�a quedarme all�, y el hecho de verme privado de ellas no era precisamente alentador.</p><p>��Cu�nto tiempo necesitas el cuarto? �le pregunt�.</p><p>�Una o dos horas al d�a, por la ma�ana.</p><p>Tom� una decisi�n. Seguramente no corr�a ning�n riesgo dejando que una criada utilizara aquel cuarto de vez en cuando.</p><p>�Muy bien. Puedes seguir preparando tus tartas aqu�.</p><p>Para mi sorpresa, no me dio las gracias. S�lo cruz� los brazos sobre el pecho, como si esperara descubrir d�nde estaba el truco.</p><p>�Eso es todo �a�ad�.</p><p>�No os pagar� el alquiler �dijo ella�. Titus ya le saca bastante partido a las tartas.</p><p>�Entonces, podr�as compensarme haciendo alg�n trabajo para m�, como limpiar las marmitas, por ejemplo. Y t� �dije, dirigi�ndome al muchacho� �te gustar�a ser mi ayudante? Necesito a alguien que raspe los bloques de hielo todas las ma�anas.</p><p>El muchacho abri� unos ojos como platos.</p><p>��Podr� llevar un abrigo tan elegante como el vuestro?</p><p>Me ech� a re�r.</p><p>�Creo que no, porque no ir�s a la corte, pero te pagar� un penique a la semana.</p><p>Elias asinti� con la cabeza.</p><p>�De acuerdo.</p><p>�Entonces, todo arreglado. Sin embargo, deber�is jurar solemnemente que nunca revelar�is nada de lo que ve�is aqu� dentro. El proceso es secreto, y quiero que siga si�ndolo. Titus, �podr�as traerme una Biblia?</p><p>Una vez m�s me sorprendi� la reacci�n de los tres a una petici�n tan simple. Ninguno de ellos se movi�, y en la mirada de la mujer hab�a �a menos que me equivocara� el destello de un desaf�o.</p><p>�Es para el juramento �expliqu�. Deb�is jurar sobre la Biblia que no revelar�is a nadie c�mo preparo mis helados.</p><p>El posadero se retorc�a las manos.</p><p>�Se�or, puedo explicaros la posici�n de Hannah con respecto a este asunto�</p><p>�Soy perfectamente capaz de explicarlo por m� misma �le interrumpi� la mujer�. Nosotros no prestamos juramentos.</p><p>Me qued� mir�ndola, desconcertado.</p><p>��Nada de juramentos? �Por qu�?</p><p>�En primer lugar, porque no utilizamos a Dios como una suerte de supersticioso talism�n o como un hombre del saco para aterrorizar a los cr�dulos. Y en segundo lugar, porque un juramento implica lealtad a una autoridad superior a nuestra conciencia.</p><p>�Pero si no prestas juramento no puedo tomarte a mi servicio.</p><p>�Entonces no podr�is tomarme a vuestro servicio �dijo, sin m�s�. Lo siento, pero es as�. Os puedo asegurar que no traicionar� vuestro secreto, pero no me pid�is que lo jure, porque no lo har�.</p><p>�Comprendo.</p><p>Nunca me hab�a encontrado en una situaci�n as�. Sin embargo, hab�a empezado a entender que Francia ten�a muchas m�s cosas en com�n con Italia, a pesar de que estuvieran separadas por los Alpes, que con aquella extra�a isla situada a tan s�lo veinte millas de la costa francesa.</p><p>La mujer se�al� las paredes.</p><p>��Y bien? �Quer�is que recoja mis utensilios o no?</p><p>�De momento puedes dejarlos aqu�. Tengo que pensarlo. Mientras tanto, puedes hacer alg�n trabajo para m� y veremos c�mo te desenvuelves.</p><p>��Estoy a prueba?</p><p>�Exacto.</p><p>Se encogi� de hombros.</p><p>�Muy bien.</p><p>Parec�a casi como si se dignara a aceptar mi propuesta m�s que a aceptar las �rdenes de su patr�n. Me pregunt� si todos los sirvientes de Inglaterra ser�an tan irrespetuosos. De ser as�, era un milagro que consiguieran llevar a cabo alguna tarea.</p><empty-line/><p>El poco hielo que me hab�a tra�do de Francia se agot� en seguida. Aunque el rey no me lo hubiera pedido, habr�a tenido que echar un vistazo a su dep�sito de hielo.</p><p>El parque de St James era un lugar bastante agradable, aunque por supuesto no era nada comparado con Marly o Versalles. En el centro, justo delante de las ventanas de los aposentos del rey, hab�a un estanque largo y estrecho, aunque un poco m�s ancho que un canal. �rboles y cepedas salpicaban el terreno, abandonado a su estado natural, y aqu� y all� pastaban algunos ciervos. No obstante, vi que por todas partes hab�a proyectos inconclusos o edificios a medio construir. Hab�a un cenador de estilo franc�s al que a�n le faltaba el techo. Un sendero que conduc�a al oeste, que empezaba de un modo grandioso, transcurriendo entre dos pilastras de piedra, se interrump�a al cabo de unos centenares de metros. Y el muro que circundaba el parque s�lo llegaba a la mitad de su per�metro, por lo que cualquiera pod�a entrar sin ning�n impedimento.</p><p>El dep�sito de hielo estaba en el extremo norte, junto a Piccadilly Hall, en una ligera depresi�n del terreno y bajo una arboleda: la peor ubicaci�n posible. Aun as�, el sendero de ladrillos que conduc�a a la entrada era bastante pr�ctico, y la puerta ten�a unas medidas sensatas: era baja, peque�a y estaba orientada al norte. Sin embargo, estaba entreabierta.</p><p>Aunque hab�a tomado la precauci�n de coger unas velas para alumbrarme, no tendr�a por qu� haberme molestado: el techo dejaba entrar bastante luz, y en una de las paredes hab�a una vela encendida. De todas formas, uno de mis pies acab� sumergido hasta el tobillo en un agua helada y fangosa. Lanzando una maldici�n, levant� el pie y me di cuenta de que no estaba solo.</p><p>�Necesitamos paja, John �dijo una voz al otro lado de los bloques de hielo�. Pacas de paja para colocarlas alrededor de los bloques. Aunque con esta humedad, la paja se pudrir�; antes tendremos que secar el suelo.</p><p>�Lo secamos hace tres semanas �replic� una voz m�s ronca�. Y la paja caldear� a�n m�s el ambiente.</p><p>O� unos pasos que se acercaban a m�, chapoteando. Sin embargo, a�n no pod�a distinguir a nadie, porque el hielo me imped�a ver lo que hab�a en aquella estancia circular.</p><p>La primera voz lanz� un suspiro.</p><p>�La paja puede mantener el calor en un lugar c�lido, es verdad, pero tambi�n tiene la propiedad de mantener fr�o un lugar fr�o.</p><p>�Entonces �es el calor el que hay que mantener fuera y no el fr�o dentro? �pregunt� una voz femenina.</p><p>�Nunca lo hab�a pensado en estos t�rminos, pero s�, es correcto, Elizabeth �contest� el primer hombre.</p><p>Levantando la voz, dije:</p><p>�La paja no resolver� el problema que hay aqu�.</p><p>��Qui�n anda ah�? �pregunt� la voz masculina m�s ronca.</p><p>Se levant� un farol, iluminando tres caras.</p><p>��Qu� hac�is aqu�, se�or? �sta es una propiedad del rey.</p><p>�Estoy aqu� por orden suya. �Di un paso al frente�. Carlo Demirco, a vuestro servicio.</p><p>��El pastelero?</p><p>�El mismo.</p><p>El grupo que se dirig�a hacia m� lo formaban tres personas. Llevaban unos abrigos muy gruesos para protegerse del fr�o. El hombre que sosten�a el farol era, evidentemente, el que se llamaba John; al otro, el que hab�a sugerido que deb�an utilizar paja, lo ayudaba la mujer, que le sosten�a el brazo por el codo. En la otra mano sosten�a un bast�n en el que se apoyaba. Fue �l quien se dirigi� a m�, impaciente.</p><p>�Decidnos, Demirco. �<emphasis>Por qu�</emphasis> no basta con la paja?</p><p>�Ni siquiera toda la paja del mundo bastar�a para compensar un edificio mal dise�ado.</p><p>�Controlad vuestros modales �dijo el hombre de la voz ronca�. Fue el honorable Robert Boyle, aqu� presente, quien instruy� a los arquitectos seg�n los dise�os que trajo de Italia sir John Evelyn.</p><p>Me encog� de hombros.</p><p>�El edificio no est� mal. Lo que falla es su ubicaci�n. Y el desag�e principal est� bloqueado o mal hecho.</p><p>��El desag�e principal! �exclam� Boyle�. �Por supuesto! �C�mo eliminan el agua en Italia en sitios como �ste?</p><p>�En Florencia colocan una rueda de carro sobre una ca�er�a central para eliminar el agua. El hielo se conserva mejor si est� seco.</p><p>��De veras? �pregunt� Boyle, interesado�. Ahora que lo pienso, podr�a ser. El agua es el elemento natural del hielo, por lo que puede facilitar el paso de los corp�sculos fr�os. Podr�amos demostrarlo con un sencillo experimento. Venid.</p><p>Sali� afuera y se dirigi� a un edificio que se levantaba justo detr�s del dep�sito de hielo. Todos le seguimos: la mujer porque a�n le sosten�a el brazo y los dem�s �me pareci� simplemente porque Boyle ten�a un don para dar �rdenes.</p><p>�Tened cuidado, t�o �le advirti� la mujer, preocupada�. Ya llev�is veinte minutos ah� dentro, y el doctor Sydenham ha dicho que�</p><p>�Si un hombre pudiera enfermar a causa del fr�o �replic� Boyle, alegremente�, deber�a estar muerto desde hace mucho tiempo. Por aqu�, Demirco.</p><p>Abri� una pesada puerta y entramos en una estancia fr�a y luminosa. Comprend� que se trataba de una suerte de laboratorio. Los estantes estaban llenos de instrumental qu�mico: alambiques, morteros, probetas�</p><p>��Qu� es este sitio? �pregunt�, con curiosidad.</p><p>Boyle ya estaba pesando unos bloques de hielo peque�os y tomando notas en un cuaderno.</p><p>�Mi laboratorio. Mi segundo laboratorio, mejor dicho. Aqu�, con el permiso del rey, realizo mis investigaciones sobre el hielo. �Me lanz� una ojeada�. Tal vez os parezca extra�o, se�or, que un qu�mico decida trabajar con hielo en vez de hacerlo con un horno.</p><p>�En absoluto �repuse�. Me he pasado la vida trabajando con hielo, y aun as� creo que s�lo tengo una vaga idea acerca de sus propiedades.</p><p>Boyle asinti� con la cabeza.</p><p>�Entonces, cogemos un trocito de hielo y lo metemos en agua, as�, y luego un trocito id�ntico y dejamos que se derrita por s� solo. �Cu�l de ellos se fundir� primero?</p><p>�Es una p�rdida de tiempo �dije, encogi�ndome de hombros�. Ya conozco la respuesta.</p><p>�Puede que s�, se�or, pero <emphasis>yo</emphasis> no, y hasta que no lo haya demostrado no puedo asegurar que sea verdad. <emphasis>Nullius in verba</emphasis>, �verdad?</p><p>�Es el lema de su sociedad �explic� la mujer.</p><p>Un vago recuerdo de la escuela me vino a la mente.</p><p>��No hay verdad alguna en las palabras, por lo que no jurar� fidelidad a la autoridad de ning�n maestro�. Horacio, �verdad?</p><p>��Muy bien! �exclam� Boyle, asintiendo con la cabeza.</p><p>�Aunque <emphasis>yo</emphasis> creo que los resultados de este experimento podr�an ser justo lo contrario de lo que ha dicho el signor Demirco �dijo la mujer, con aire pensativo�. Porque el hielo sumergido en un l�quido hace que �ste se enfr�e, mientras que si est� simplemente en una estancia no la enfr�a en la misma medida.</p><p>�Bueno, ya veremos, ya veremos �replic� Boyle, satisfecho�. Pero antes� �Boyle estaba hurgando en un mont�n de papeles�. Aqu� est�. Demirco, d�ganos en qu� nos hemos equivocado.</p><p>Extendi� ante m� los planos del arquitecto. Tambi�n hab�a algunos bosquejos sacados del cuaderno de un viajero.</p><p>�El agua va a parar aqu� �dije, se�alando con el dedo�. Pero aunque haya un desag�e, siempre estar� el problema que suponen estos �rboles. Es mejor construir el dep�sito de hielo bajo tierra y en un terreno despejado.</p><p>�Entonces tendremos que talar esos �rboles y construir un terrapl�n �dijo Boyle�. �Qu� opin�is, John?</p><p>El otro hombre lanz� un suspiro.</p><p>�Si es necesario, lo haremos. Aunque a�n no hemos empezado el puente para el nuevo camino del rey que conduce a Chelsea ni las jaulas para p�jaros.</p><p>�Los caminos pueden esperar. El hielo, en cambio, se derrite �dijo Boyle�. Y hablando de hielo�</p><p>Boyle se volvi� hacia los bloques que hab�a encima de la mesa.</p><p>�El que est� sumergido en agua parece fundirse m�s deprisa �admiti� su sobrina.</p><p>Boyle consult� su reloj de bolsillo.</p><p>�Ojal� se me hubiera ocurrido a�adir un tercer recipiente con sal. Ser�a interesante comparar hasta qu� punto acelera el proceso.</p><p>�Lo que quer�ais decir era salitre �dije.</p><p>Y acto seguido me mord� la lengua. No tendr�a que haber comentado los secretos de mi arte con un ingl�s, sobre todo con uno que era perfectamente capaz de entenderlos. Sin embargo, Boyle estaba sacudiendo la cabeza.</p><p>��Salitre? No, eso era antes. El salitre no es mejor que la sal com�n en este proceso.</p><p>��Sal com�n? �repet�. Pero no�</p><p>Me interrump�, confundido.</p><p>Boyle me lanz� una mirada divertida.</p><p>�Os lo aseguro, se�or: si hab�is estado usando salitre, hab�is malgastado mucho dinero. Era la sal y no el nitro lo que realizaba la funci�n que vos quer�ais. Los corp�sculos de la sal son atra�dos por los que hay dentro del hielo, que lo liberan de su estado s�lido.</p><p>�Cre�a que no todos los socios estaban de acuerdo con vuestra teor�a de los corp�sculos, t�o �murmur� la mujer.</p><p>Boyle frunci� el ce�o.</p><p>�No la rechazan, pero algunos <emphasis>virtuosi</emphasis> exigen m�s pruebas. No es lo mismo.</p><p>��<emphasis>Virtuosi</emphasis>? �pregunt�.</p><p>�La universidad invisible �dijo Boyle�. El grupo de Gresham.</p><p>�Se refiere a la Royal Society de Londres para el avance de las ciencias naturales �explic� Elizabeth�. Un grupo de fil�sofos naturales que investigan y debaten sobre estos temas.</p><p>Boyle asinti� con la cabeza.</p><p>�El fr�o es uno de los asuntos que nos interesan.</p><p>�Aunque habr�a que precisar �a�adi� la mujer� que bajo ese ep�grafe tambi�n se incluyen otros muchos fen�menos naturales; el fr�o no es el �nico, y ni siquiera particular.</p><p>�Comprendo �dije. Entonces me vino algo a la mente�. �Podr�ais determinar, en base a esas investigaciones filos�ficas, por qu� ciertos l�quidos, al congelarse, son m�s densos que otros?</p><p>�Continuad �dijo Boyle�. Detecto un misterio interesante en vuestras palabras.</p><p>�Es simplemente que� �Me interrump�, sin saber muy bien c�mo expresarme�. Me gustar�a preparar un helado cremoso; no algo que cruja bajo los dientes, con fragmentos de agua congelada. Lo consegu� en una ocasi�n, pero no soy capaz de comprender qu� lo hizo posible.</p><p>��Un helado que no lleve trocitos de hielo? �pregunt� Boyle, con una sonrisa�. Bueno, comparado con el dise�o de una nueva catedral o los secretos de la circulaci�n sangu�nea, no parece algo que sea muy urgente. Pero conociendo a mis colegas, creo que es la clase de problemas que puede despertar su inter�s. Podr�amos pensar en los experimentos que habr�a que hacer, indicaros el buen camino y luego, si tenemos �xito, publicar nuestros descubrimientos�.</p><p>��<emphasis>Publicar</emphasis>? �repet�, de inmediato�. �A qu� os refer�s con <emphasis>publicar</emphasis>?</p><p>�Mi querido amigo, no tiene ning�n sentido adquirir conocimientos si no se divulgan. As� es como funciona nuestra sociedad: cada experimento es descrito con precisas anotaciones, debatido, verificado y finalmente publicado por el bien de todos.</p><p>�Y es entonces �a�adi� Elizabeth� cuando empiezan las discusiones.</p><p>�De vez en cuando hay peque�as cuestiones de procedencia o paternidad que determinar �reconoci� Boyle�. Pero lo cierto es que aspiramos a la excelencia en el campo experimental y no a los beneficios comerciales.</p><p>�Puede que, pens�ndolo bien, no sea una buena idea �murmur�.</p><p>��Los beneficios comerciales son vuestra <emphasis>raison d��tre</emphasis>? �Boyle se encogi� de hombros�. Muy bien, se�or, sois vos quien debe decidirlo. �Qu� me dices de nuestros bloques de hielo, Elizabeth?</p><p>�El que est� sumergido en agua se ha disuelto casi por completo, mientras que el otro s�lo ha adquirido una forma cil�ndrica �respondi� ella.</p><p>��Excelente! Dar�a cualquier cosa por un buen termoscopio que me permitiera medir las temperaturas relativas.</p><p>Observ� a Boyle mientras tomaba notas en su cuaderno, m�s ofendido por su comentario de lo que hubiese querido admitir.</p><p>�No se trata de los beneficios comerciales.</p><p>��C�mo?</p><p>�La raz�n por la que hago esto no es el dinero. O al menos no �nicamente.</p><p>�Me alegra o�r eso �se limit� a responder Boyle�. Pero os recuerdo nuestro lema: <emphasis>Nullius in verba</emphasis>. Y aunque hag�is honor a vuestras palabras, no ser�n sino vuestros actos los que sirvan de base a mis conclusiones.</p><p>�No puedo divulgar mis secretos.</p><p>�En ese caso, se�or, ser� mejor que nos os relacion�is demasiado con caballeros como yo �dijo Boyle�. En nuestra opini�n, los secretos son los declarados enemigos de la verdad.</p><p>Se volvi� de nuevo hacia su mesa de trabajo y comprend� que, a pesar de su tono educado, me hab�a invitado a retirarme.</p><empty-line/><p>De vuelta en el Lion, orden� de inmediato que me proporcionaran sal. Elias me trajo un tarro: en la cocina, alguien debi� pensar que necesitaba una pizca para condimentar.</p><p>�Tr�eme cinco libras de sal lo antes posible �le dije.</p><p>El muchacho parec�a perplejo.</p><p>�No tenemos tanta.</p><p>�Entonces ve a comprarla. �Cu�nto necesitas? �Un chel�n? �Le lanc� una moneda y vi que abr�a unos ojos como platos�. Vete �dije�. Y si te dan un penique de vuelta puedes qued�rtelo, siempre que est�s de regreso en media hora.</p><p>Cuando volvi�, estaba preparado para realizar mi experimento. Me hab�a impresionado la l�gica de la prueba de Boyle con el hielo, colocando los dos peque�os bloques uno junto a otro para comprobar cu�l de ellos se derret�a antes. Me dispon�a a hacer lo mismo, pero con mezclas de hielo y sal. Vert� en una <emphasis>saboti�re</emphasis> la mezcla habitual de hielo y salitre, un cristal extra�do de la orina de los caballos y de los humanos y, como hab�a dicho el boticario, un ingrediente esencial y muy caro de la p�lvora; en otra, met� la misma cantidad de hielo, a la que a�ad� sal com�n.</p><p>Ahora necesitaba algo que congelar. Me servir�a cualquier cosa, por eso me dirig� a la cocina y cog� una jarra de la omnipresente crema pastelera que preparaban todos los d�as en grandes cantidades para los postres.</p><p>Esper� veinte minutos y acto seguido levant� las tapas de los recipientes.</p><p>En el primero hab�a una masa densa y m�rbida. Con una cuchara, cog� un poco de crema helada. Luego hice lo mismo con el segundo recipiente.</p><p>Me sent� sobre los talones, pensativo.</p><p>Boyle ten�a raz�n: despu�s de todo, el salitre no era necesario. Ahmad hab�a seguido a ciegas la receta, al igual que el resto de instrucciones. Pero ahora que sab�a la verdad, podr�a preparar una mezcla para elaborar un helado sin invertir casi nada, s�lo unos peniques.</p><p>Maravillado, me permit� lanzar una imprecaci�n en italiano.</p><p>��Qu� ocurre?</p><p>Me di la vuelta. Hannah estaba detr�s de m�, sec�ndose las manos con un trapo. Sin pedirme permiso, cogi� uno de los cuencos de helado y lo mir� con curiosidad.</p><p>��Puedo probarlo?</p><p>Sin p�rdida de tiempo, le arrebat� el cuenco de las manos.</p><p>�No es apto para paladares vulgares.</p><p>Hannah se encogi� de hombros.</p><p>�Bueno, no necesito probarlo. Le falta az�car.</p><p>�Lo preparo para los caballeros de la corte, y no para gente que a�adir�a az�car a cualquier plato.</p><p>�S�lo quer�a decir �prosigui�, apart�ndose de m� que con un poco m�s de az�car la crema habr�a cuajado mejor.</p><p>��Az�car? �Para cuajar la crema?</p><p>�Veo que quer�is aprender ingl�s siguiendo el m�todo de escuchar y repetir, signor.</p><p>�Por cierto, �qu� hac�is aqu�? �le pregunt�. Nadie deber�a entrar cuando estoy trabajando.</p><p>�Estaba buscando la crema que he preparado hace un rato, pero veo que ha sido transformada en helado.</p><p>�Puedes llev�rtela. Si la colocas junto al horno volver� a ser como antes.</p><p>Vert� de nuevo la mezcla en la jarra. Mientras lo hac�a, la prob�, como de costumbre.</p><p>Estaba rica, sorprendentemente rica, y, a pesar de que no la hab�a removido mientras se congelaba, era cremosa y m�rbida. Casi tanto como la que hab�a preparado en Versalles y por culpa de la cual me hab�an desterrado.</p><p>Aunque habr�a tenido que a�adirle un poco m�s de az�car para que cuajara mejor.</p><p>Una expresi�n astuta cruz� el rostro de Hannah.</p><p>��Y bien?</p><p>Frunc� el ce�o.</p><p>��stos son mis secretos. Recetas que nadie posee, salvo yo. No hablo de ellas con nadie.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>�Debemos tentarlo con el placer �dice lady Arlington�. Si conseguimos sacarlo de su abatimiento, lo dem�s, sin duda alguna, se solucionar� sin problemas.</p><p>Su voz, con un marcado acento holand�s, me llega hasta la estancia en la que me encuentro. La voz de su esposo no me llega con la misma claridad: es un murmullo sordo del que s�lo consigo entender unas pocas palabras.</p><p>�Pero el dolor es una clase de placer �sostiene lady Arlington�. O, al menos, una forma de indulgencia hacia uno mismo. En estos momentos, Carlos est� atrapado en el dolor, y ma�ana ser� otra tipo de exceso. Sin embargo, ambos tienen su origen en la falta de moderaci�n de su car�cter que siempre ha demostrado.</p><p>Otro murmullo.</p><p>�Pero no tenemos por qu� elegir �dice lady Arlington�. Ella, de momento, puede hacer ambas cosas. Y en cuanto al otro asunto�, ya nos ocuparemos de �l a su debido tiempo.</p><empty-line/><p>Viene a verme, muy sonriente.</p><p>�He convencido a Bennet para que nos deje ir a la corte a ver una comedia. Una funci�n privada. Normalmente, el rey es un gran amante del teatro, pero desde la muerte de su hermana ha perdido un poco el inter�s. Esperemos que esta ocasi�n le sirva para renovarlo.</p><p>�Parece una excelente idea �digo, obediente.</p><p>Siendo como soy su hu�sped, no tengo elecci�n.</p><p>�Os prestar� un vestido. El hecho de veros con uno que perteneci� a su hermana despert� su inter�s, pero es mejor no repetirlo. �Se acerca a mi guardarropa, examinando lo que he tra�do conmigo�. Los colores oscuros os sientan bien. Os buscar� algo gris.</p><empty-line/><p>La comedia, sinceramente, resulta ser muy aburrida. S�lo asistimos alrededor de una veintena de espectadores, y a casi todos les parece hilarante. Sin embargo, me pregunto si se r�en porque es realmente divertida o con la esperanza de que el rey tambi�n se r�a. Trata de un cortesano que finge ser un plebeyo para evitar casarse con una mujer a la que afirma despreciar pero a la que en realidad quiere seducir. En vez de manifestar una alegr�a que no siento, adopto una expresi�n de educada aunque neutra curiosidad, o al menos lo intento.</p><p>La �nica persona que tampoco se r�e es el rey. Mientras los dem�s no paran de soltar risitas o carcajadas, �l permanece en silencio. Al cabo de un rato lo miro y descubro que �l tambi�n me est� mirando. Su mirada me inquieta. Me ruborizo y decido no apartar de nuevo los ojos de los actores.</p><p>Durante el descanso sirven helados. Aunque lady Arlington le indica al rey que tome uno, �ste despide al criado con un gesto. Y acto seguido, en voz lo bastante alta como para que yo pueda o�rle, le dice al caballero que tiene al lado:</p><p>��Qu� le parece la comedia, lord Clifford?</p><p>�Muy divertida �le asegura lord Clifford�. La mejor que ha escrito el autor.</p><p>�Me parece un poco artificiosa.</p><p>�Efectivamente, sire. Es un poco artificiosa.</p><p>�Y aun as� os parece hilarante.</p><p>�Divertida, sire. He dicho divertida. Es artificiosa pero divertida.</p><p>�Los dos actos eran demasiado largos.</p><p>�S�, un poco largos �reconoce lord Clifford�. Pero no por eso menos divertidos.</p><p>Ahora, el rey me est� mirando a m� y no a su ministro. Me pregunto si sus provocaciones no estar�n destinadas a llamar mi atenci�n.</p><p>�Era aburrida y superficial.</p><p>�Debe verse con cierta cautela, dir�a yo�</p><p>�Las ocurrencias eran ordinarias y los personajes de poca enjundia. �Qu� opin�is vos, mademoiselle?</p><p>El �ltimo comentario iba dirigido a m�.</p><p>�No he sido capaz de entenderla por completo �dije, prudentemente�. Pero prefiero las tragedias. Lo que Racine define como �majestuosa tristeza�. Si quiero que me emocionen, prefiero que lo hagan las l�grimas y no el cinismo.</p><p>Su boca se tuerce en una sonrisa sard�nica.</p><p>�Entonces hab�is venido al lugar adecuado, mademoiselle. Aqu�, en Inglaterra, s�lo conocemos la tragedia. �Da una palmada en la silla que ocupa lord Clifford�. Venid y sentaros a mi lado. Mi franc�s es incluso mejor que el de lord Arlington. Os traducir� las pocas ocurrencias que merezcan la pena.</p><p>Percibo un cruce de miradas en la sala mientras me levanto para ocupar la silla que lord Clifford ha dejado libre de inmediato y sin protestar; detecto la estudiada indiferencia en los rostros de los presentes, a quienes no se les escapa nada y que empiezan a especular sobre el posible significado de aquel gesto.</p><p>Cuando me siento junto al rey, �l, en voz baja, me dice:</p><p>�Al menos, vuestra presencia har� soportable la velada.</p><empty-line/><p>��Bien! �exclama lord Arlington esa noche, durante la cena, visiblemente satisfecho�. Al parecer, est�is consiguiendo un gran �xito. Despu�s de que os hubierais marchado, el rey pregunt� tres veces por vos. �Se cuelga una servilleta del cuello y coge un tenedor. Se siente muy orgulloso de sus modales europeos, aunque, a decir verdad, en Francia se considerar�an afeminados�. Quiere saber cu�ndo puede volver a veros. Naturalmente, le he dicho a Su Majestad que a�n est�is cansada del viaje.</p><p>�Sois muy considerado �digo, educadamente�. Sin embargo, estoy totalmente recuperada.</p><p>�Aun as�, es mejor no andarse con prisas �dice Lord Arlington, pinchando un muslo de pollo con el tenedor.</p><p>�Decidme, lord Arlington �insisto�. Si voy a ser la dama de compa��a de la reina, �no deber�a haber sido presentada a Su Majestad?</p><p>�La reina apenas suele estar en la corte �dice lady Arlington�. Desde que sufri� su �ltimo aborto, su estado de salud no es muy bueno. Ha pasado en la cama gran parte de los �ltimos meses. Sus m�dicos est�n al borde de la desesperaci�n.</p><p>�Lamento o�r eso. Rezar� por su curaci�n.</p><p>�En este pa�s hay quien reza para que ocurra justamente lo contrario �dice Arlington. Ahora habla en franc�s, seguramente para evitar que los criados oigan lo que dice. Me he dado cuenta de que, de costumbre, esto significa que se va a hablar de pol�tica o de religi�n, dos temas muy peligrosos en este pa�s�. El Parlamento no ve la hora de que el rey sea libre para casarse con una protestante. Huelga decir que eso ser�a un desastre, sobre todo para Francia. Me pregunto�</p><p>Lord Arlington me mira con aire pensativo.</p><p>��S�, querido? �le pregunta su mujer.</p><p>�Nada �dice �l, en ingl�s�. S�lo ha sido una idea pasajera.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Ninguna fruta es tan dulce que no pueda ser mejorada al convertirla en un helado. He tenido la suerte de crear <emphasis>eaux glac�es</emphasis> a partir de las frutas m�s ex�ticas, y puedo decir que se congelan tan bien o incluso mejor que las nuestras.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Fui convocado a una reuni�n con Lord Arlington, pero no en su casa, donde se alojaba Louise, sino en la oficina de correos que ya hab�a visitado anteriormente. Una vez m�s, Cassell me escolt� hasta all�.</p><p>�A ver �empez� Arlington�. El rey ha rechazado vuestros helados. No hab�is empezado con buen pie.</p><p>Me encog� de hombros. Evidentemente, no era culpa m�a que el rey no probara bocado.</p><p>�Puede que cambiara de opini�n si invocamos el esp�ritu de su hermana.</p><p>Fue Walsingham quien habl�.</p><p>Arlington entorn� los ojos.</p><p>�Continuad.</p><p>�Tal y como esper�bamos, parece muy interesado en mademoiselle Carwell. Tal vez�</p><p>�De Keroualle �le correg�, instintivamente.</p><p>Walsingham se interrumpi�.</p><p>��Disculpad?</p><p>�Su apellido es De Keroualle, no Carwell.</p><p>Walsingham asinti� educadamente.</p><p>�Parece muy interesado por la muchacha. Puede que si fuera ella quien le ofreciera un helado, dici�ndole que era el favorito de su hermana�</p><p>�Muy bien. �Arlington se volvi� hacia m�. �Cu�l era?</p><p>��Cu�l era qu�?</p><p>Levant� las cejas ante la lentitud de mi reacci�n.</p><p>�El helado favorito de su hermana.</p><p>��Ah! �Me encog� nuevamente de hombros�. No ten�a ninguno. Tomaba un licor de achicoria para hacer la digesti�n.</p><p>�Entonces, inventaos alguno �dijo Arlington, haciendo un gesto de impaciencia�. Cualquiera valdr�. Despu�s de todo, lo importante no es el helado. S�lo es un medio para alcanzar un fin.</p><p>�Pero tiene que ser algo especial �sugiri� Walsingham�. Ser� m�s f�cil que no lo rechace si sabe que se trata de una rareza.</p><p>�Preparad uno con una de esas frutas ex�ticas que tanto le gustan a Luis de Francia �dijo Arlington.</p><p>�Pi�a, entonces �dije, con ciertas dudas.</p><p>Se hizo un breve silencio.</p><p>��Pi�a! �exclam� Arlington�. �Os dais cuenta de lo que est�is diciendo?</p><p>�S�. Pero si quer�is que prepare algo realmente tentador, algo que el mism�simo rey de Francia considerar�a una rareza, en esta �poca del a�o tiene que ser con pi�a.</p><p>Evidentemente, sab�a que incluso en Francia una pi�a costaba casi lo mismo que una carroza nueva. Y aqu�, en Inglaterra, seguro que ser�a incluso m�s cara. Sin embargo, era el ep�tome del lujo aristocr�tico. Los cortesanos de Luis ten�an plantaciones de pi�a caldeadas artificialmente en sus propiedades, donde la planta �importada de las colonias� era transplantada y maduraba en invernaderos. La gente menos acomodada se gastaba una fortuna alquilando pi�as maduras durante un d�a para decorar la mesa y perfumar el comedor, mientras que solo los m�s ricos pod�an permitirse el lujo de comer una pieza.</p><p>�El conde de Devon tiene una plantaci�n de pi�as en Powderham Castle de la que se siente extremadamente orgulloso �dijo Walsingham, titubeante�. Creo que el a�o pasado se jactaba de haber obtenido una cosecha de cuatro o cinco piezas.</p><p>�Entonces ser� mejor que se sienta extremadamente orgulloso de haber cosechado sus pi�as para poder preparar un helado para el rey �dijo Arlington�. Hablar� con �l.</p><p>Arlington se puso de pie. Era evidente que la reuni�n hab�a terminado.</p><p>�Hay algo que a�n me tiene desconcertado �dije.</p><p>��De qu� se trata? �pregunt� Arlington.</p><p>�La muchacha� mademoiselle de Keroualle. �C�mo sab�is que cumplir� con lo que se le ordene?</p><p>��Ah, se trata de eso! �Arlington me lanz� una mirada divertida�. No somos precisamente unos ingenuos en esos asuntos, �sab�is? Ya nos estamos ocupando de ello. La informaci�n que nos hab�is proporcionado sobre ella nos ha sido de gran utilidad a ese respecto.</p><p>No recordaba haberles proporcionado ninguna informaci�n sobre Louise que hubiera podido serles de utilidad salvo que no era la clase de mujer que aceptar�a sus propuestas. Sin embargo, ya estaban recogiendo sus documentos, y no tuve ocasi�n de hacerles m�s preguntas.</p><empty-line/><p>Regres� a Vauxhall pensando a�n en lo que hab�a dicho Arlington. As� pues, Louise hab�a aceptado, al parecer, llevar a cabo sus planes. Todas esas palabras que hab�a pronunciado en Francia, defendiendo su virtud, se las hab�a llevado el viento frente a la perspectiva de acostarse con un rey.</p><p>As� pues, Olympe ten�a raz�n: todas las mujeres estaban en venta. Lo cual no era, en s� mismo, ninguna sorpresa; en realidad, era m�s bien una obviedad. Aun as�, �por qu� me sent�a casi <emphasis>decepcionado</emphasis> con Louise de Keroualle? Despu�s de todo, era mejor para m� que comprendiera qu� se esperaba de ella. No pod�a regresar a Francia hasta que nuestra misi�n se hubiera llevado a cabo, y todo parec�a indicar que ser�a ella, y no yo, la art�fice de nuestro �xito.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Esa noche, estando ya en la cama, lady Arlington viene a verme. Lleva un camis�n, igual que yo, y el pelo suelto.</p><p>��Ten�is todo cuanto necesit�is? �me pregunta, con una sonrisa, sent�ndose en un extremo de la cama.</p><p>�S�, gracias. Hab�is sido muy hospitalaria.</p><p>�Y la cama, �es c�moda?</p><p>�Much�simo �digo, bostezando�. Me ayuda a conciliar el sue�o.</p><p>�Es la cama en la que me acost� por primera vez con Bennet, despu�s de nuestro banquete nupcial �explica, posando una mano sobre la colcha, como si quisiera se�alar el punto exacto�. El d�a en que una muchacha se convierte en mujer es muy feliz.</p><p>�Os refer�s al d�a en que se casa.</p><p>No me responde directamente. Extiende un brazo y me acaricia el pelo.</p><p>�Sois una jovencita muy hermosa, pero supongo que eso ya lo sab�is. �Y tan encantadora! Qui�n sabe� Puede que mientras est�is aqu�, en Inglaterra, llam�is la atenci�n de un marido adecuado.</p><p>La expresi�n de mi rostro debe revelar mi sorpresa, porque ella sonr�e.</p><p>��No hab�is pensado en esa posibilidad?</p><p>�Mis padres puede que tuvieran algo que decir al respecto �digo, prudente.</p><p>�Por supuesto. Pero en gran parte depende de la posici�n de vuestro posible marido. �No es as�? Hasta cierto punto, se trata de consolidar las alianzas entre pa�ses. Yo misma era Elizabeth van Nassau-Beverweet antes de casarme con lord Arlington.</p><p>�Ahora mismo no pienso en todo eso �protesto.</p><p>��Por qu� no? Adem�s, si lo que he o�do es cierto, me parece que no ten�is elecci�n.</p><p>��Qu� quer�is decir?</p><p>�Que ya hab�is intentado, in�tilmente, encontrar un marido en Francia �se limita a responder�. Y, a menos que cumpl�is con lo que se os ha encomendado aqu�, en Inglaterra, no ten�is ninguna esperanza de volver a Versalles. Entonces, �para qu� o para qui�n quer�is preservar vuestro honor exactamente? �Sonr�e con cierta expresi�n de remordimiento, como para demostrar que tiene las mejores intenciones, y me da una palmadita en la pierna a trav�s de la colcha�. Bueno, tengo que irme. �Se dirige hacia la puerta, deteni�ndose s�lo para soplar la vela que hay sobre el escritorio�. Buenas noches, Louise. Dulces sue�os.</p><empty-line/><p>Durante un rato me quedo tumbada en la oscuridad, pensando en lo que ha dicho. Est� claro que los Arlington tienen un plan en mente: alg�n pretendiente o una alianza que desean reforzar. Pero, �con qui�n? �Y por qu� son tan cr�pticos al respecto? Tengo la desagradable sensaci�n de estar metida en una nueva intriga cuyas ramificaciones no consigo entender y mucho menos controlar.</p><empty-line/><p>A la hora del desayuno vuelven a abordar el asunto. Es evidente que han estado hablando durante la noche: ahora, sus discursos son m�s precisos, menos sesgados.</p><p>�Noticias de la corte �le dice lord Arlington a su mujer, leyendo el mensaje que le ha entregado el mayordomo�. Aqu� tengo el �ltimo informe del m�dico de la reina. Desgraciadamente, parece que nuestros peores temores se han confirmado.</p><p>�Tengo que preparar la ropa de luto y los crespones de seda negra para el carruaje. Al parecer, los necesitaremos antes de que acabe el a�o.</p><p>�S�. �Pobre mujer!</p><p>��Se sabe algo �pregunta lady Arlington� sobre qui�n puede casarse con el rey cuando la reina haya muerto? Que Dios se apiade de su alma.</p><p>Arlington se encoge de hombros.</p><p>�Han corrido algunos rumores. Extraoficialmente, por supuesto. Como sabes, el rey acaricia la rom�ntica idea de casarse por amor, aunque �se es un lujo del que los reyes no suelen disfrutar a menudo.</p><p>�No. Y el Parlamento quiere que contraiga matrimonio con una protestante.</p><p>��Ah! �Lord Arlington se inclina hacia delante�. Pero �ser� realmente el Parlamento el que lo decida? Ahora es Par�s, y no el Parlamento, quien impone su criterio. Y Luis querr� a alguien que contribuya a consolidar la gran alianza.</p><p>��Una cat�lica?</p><p>Arlington asiente con la cabeza.</p><p>�Preferiblemente una cat�lica francesa, sin duda alguna.</p><p>Distra�da mientras me llevo una tostada a la boca, no entiendo muy bien la importancia de esas palabras. Pero luego lo comprendo. Si no estuviera masticando, creo que estar�a boquiabierta.</p><p>Creo que deben de pensar que soy una est�pida por no haberlo intuido antes.</p><p>�Entonces, si Carlos empezara a demostrar su inter�s por una mujer as� �dice lady Arlington.</p><p>�Exacto �responde su marido, asintiendo con la cabeza�. Todos estar�an encantados.</p><p>Lord Arlington no puede evitar mirarme un instante por el rabillo del ojo para cerciorarse de que lo he entendido.</p><empty-line/><p>Doy un paseo por el jard�n, pensando en lo ocurrido.</p><p>As� pues, �ste es el plan de Arlington: �orquestar un matrimonio entre Carlos II y yo! A primera vista, parece una proposici�n inconcebible. Las esposas de los reyes son princesas de sangre real, no hijas de familias antiguas en decadencia. Ellas aportan suntuosas dotes, alianzas estrat�gicas y aspiraciones a tronos lejanos.</p><p>Y, a pesar de eso, si Luis y Carlos quisieran, un matrimonio de esa �ndole ser�a posible. Francia es tan poderosa en Europa que una francesa de origen noble podr�a ser considerada como el equivalente de un miembro de la realeza de un pa�s menos importante. Y desde el punto de vista de mi rey, una francesa sentada en el trono de Inglaterra ser�a una prueba visible de que el tratado es inquebrantable. Unir�a a nuestros pa�ses durante una generaci�n.</p><p>Me pregunto qu� pensar�an mis padres si me convirtiese en reina de Inglaterra. C�mo les recompensar�a Luis. Mis hermanas peque�as se convertir�an en las muchachas m�s cortejadas de Versalles. Mi padre contar�a con nuevas tierras y dinero para reconstruir nuestra casa de Brest� Cumplir�a con todo lo que me hab�an encomendado al enviarme a Versalles.</p><p>Y mis hijos �<emphasis>nuestros</emphasis> hijos: los hijos que tendr�amos Carlos y yo� ser�an de sangre real. Poseer�an la parte de divinidad que corre por las venas de los reyes. Ser�a madre de pr�ncipes. Y, como tal, tendr�a poder, un poder incluso mayor que el de madame. Su gran sue�o �el sue�o de una Europa unida bajo una misma fe� se har�a realidad gracias a m�.</p><p>�C�mo pod�a imaginar, cuando me tem�a que me enviar�an a casa desde Par�s a causa de mi fracaso, que se me presentar�a una oportunidad como �sta?</p><p>Sacud� bruscamente la cabeza, irritada conmigo misma. <emphasis>Espera. Reflexiona</emphasis>. Si �sta era la verdadera intenci�n de Luis al enviarme aqu�, estoy segura de que �l o Lionne me lo habr�an dicho. No habr�an dejado en manos del fascinante pero, sospecho, oportunista lord Arlington la misi�n de explicarme c�mo estaban las cosas.</p><p>As� pues, el plan no es de Luis, sino de Arlington. Pero, una vez m�s, eso no significa necesariamente que Luis no lo aprobara si los acontecimientos tomaran esos derroteros.</p><p>Dicho de otro modo: si fuera el deseo de Carlos.</p><p>Sigo pensando, tratando de ser l�gica. El problema m�s evidente es que la reina a�n no ha muerto, y hablar de la muerte de una reina, por no hablar de desearla, es una forma de traici�n. Naturalmente, la gente lo comenta �la sucesi�n, en cualquier pa�s, es un asunto de m�xima importancia�, pero hablarlo de forma equivocada o con la persona equivocada es un gran riesgo.</p><p>Sin embargo, la ocasi�n es perfecta; es como si en las cartas me hubieran dado una mano con el rey y s�lo tuviera que cogerlas y jugar.</p><p>Me acuerdo de las palabras que me dijo Buckingham estando ebrio: �Hab�is sido enviada para seducirlo�. Entre aquella vulgar acusaci�n y las sugerencias m�s alentadoras de los Arlington, �d�nde est� la verdad?</p><p><emphasis>Convertirme en reina. Convertirme en reina</emphasis>. Es como un susurro que sigue resonando dentro de mi cabeza. Sin querer, me doy cuenta de que ando un poco m�s erguida que antes, con un porte un poco m�s real, mientras me dirijo de nuevo hacia la casa.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>La diferencia entre un simple <emphasis>sorbetto</emphasis> y un helado es tan grande como la diferencia entre la tiza y el queso.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Ten�a poco que hacer mientras esperaba que llegara mi pi�a. Mand� cordiales helados y gelatinas a la corte y dediqu� el resto del tiempo a hacer experimentos.</p><p>A decir verdad, sab�a que en eso era un principiante, como lo hab�a sido en su momento preparando helados. Necesitaba los consejos de Boyle o de alg�n otro fil�sofo natural. Sin embargo, Boyle me hab�a dejado claro que no me ayudar�a a menos que accediera a hacer p�blicos mis descubrimientos, por lo que por ahora tendr�a que arregl�rmelas solo.</p><p>Decidido a proceder aplicando el mismo enfoque l�gico que habr�a adoptado un qu�mico como Boyle, empec� con el helado de peras que hab�a preparado en Francia, tratando de recrearlo exactamente como lo hab�a hecho en aquella ocasi�n. Sin embargo, el proceso result� ser muy complicado. Aparentemente, la relaci�n entre los diversos ingredientes era demasiado compleja: al reducir el az�car, la textura era menos granulosa, pero tambi�n complicaba la congelaci�n de la mezcla: a veces, la <emphasis>cr�me anglaise</emphasis> quedaba m�rbida, pero en otras ocasiones aparec�a llena de grumos, como los huevos revueltos. Si modificaba las proporciones de pera y crema, el helado se convert�a en un l�quido pegajoso.</p><p>Mientras llevaba a cabo estos experimentos, Hannah lavaba los platos y Elias picaba el hielo. Con cierto asombro, descubr� que ambos eran muy trabajadores, y no ten�a queja alguna de su diligencia. Record� las palabras del esp�a franc�s: �Esos protestantes creen en el trabajo duro con un fervor casi religioso�. No se hab�an repetido episodios de insubordinaci�n como el del juramento, por lo que decid� no volver a hablar del asunto.</p><p>Sin embargo, estaba claro que Hannah no era la clase de criada a la que estaba acostumbrado en Francia.</p><p>��Por qu� un cordial helado es mejor que uno que no lo est�? �me pregunt� Elias en una ocasi�n.</p><p>�Porque refresca el paladar de los cortesanos que tienen la suerte de poder probarlo.</p><p>�Pero, si quieren refrescarse, �por qu� no se quitan simplemente los abrigos?</p><p>Tuve la tentaci�n de decirle que dejara de hacerme preguntas, pero el muchacho ten�a algo que me recordaba a la curiosidad que yo tambi�n sent�a cuando empec� a trabajar para Ahmad.</p><p>�Porque es m�s agradable tomarse un helado que quitarse el abrigo �respond�, pacientemente.</p><p>��Puedo probarlo?</p><p>�No.</p><p>��Por qu� no?</p><p>�No es un plato para ni�os.</p><p>�Pero �por qu� iba a gustar a los cortesanos y a los ni�os no?</p><p>�Porque los cortesanos son necios. �Fue Hannah quien le contest�, sin que nadie se lo pidiera. Vio la expresi�n de mi rostro�. Es la verdad �continu�, sin remordimiento alguno�. Es mejor que lo sepa.</p><p>No le respond� directamente, sino que me dirig� al muchacho.</p><p>�Los cortesanos est�n acostumbrados al lujo. Saben apreciar las exquisiteces, que pueden permitirse gracias a su origen noble y a los servicios que rinden al rey.</p><p>Hannah chasque� la lengua para manifestar que no estaba de acuerdo.</p><p>�La corte es la causa de todos nuestros males.</p><p>�Sin la corte no existir�a un gobierno �puntualic�.</p><p>�En este pa�s tenemos la suerte de contar con un Parlamento que gobernaba perfectamente el pa�s cuando el rey viv�a en el extranjero.</p><p>�Cuando el �ltimo rey fue asesinado <emphasis>por el populacho</emphasis> �la correg� y su hijo obligado a <emphasis>exiliarse</emphasis>, me dijeron que este pa�s cay� en manos de un dictador.</p><p>�El Parlamento no es perfecto �admiti� ella�. Y en cuanto a Carlos, no hay ninguna duda de que desde que muri� su hermana ha intentado ahuyentar a algunos de los libertinos y chupasangres que lo rodeaban. Pero tambi�n es d�bil, y cuando haya superado su dolor, volver� a las andadas. En otras palabras �a�adi�, mir�ndome por el rabillo del ojo�: volver� a comportarse como un cat�lico. Se deja seducir f�cilmente por los placeres y las novedades de toda �ndole, sobre todo si cuentan con la aprobaci�n de Francia.</p><p>Aquella opini�n se correspond�a de forma tan precisa con la de quienes me hab�an enviado all� que no supe c�mo responder.</p><p>�No ser�n mis helados los que lo seduzcan �dije, finalmente�. S�lo son agua helada y cordiales. No hay nada en ellos capaz de cambiar el car�cter de una persona, y mucho menos su religi�n.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Me est�n exhibiendo.</p><p>Cada vez que lady Arlington me propone dar un paseo por el parque, all� est� tambi�n el rey, paseando con su s�quito. Nos detenemos e intercambios algunos cumplidos. ��Os est�is adaptando bien?�. �S�, gracias, sire�. �Supongo que echar�is de menos a vuestros amigos�. �Sire, estoy haciendo tantos nuevos amigos aqu� que no tengo tiempo de pensar en ellos�.</p><p>En estos encuentros p�blicos no hablamos de su hermana, pero el dolor �el sufrimiento con el que aborda estas inocentes charlas� resulta de lo m�s evidente.</p><p>Y entonces, mientras el rey se aclara la garganta para hacerme otra pregunta, lady Arlington se despide de �l con un gesto de la cabeza. Y lo mismo ocurre cuando salimos a montar a caballo o jugamos a <emphasis>paille maille</emphasis>.</p><p>Incluso a orillas del r�o, adonde suelen llevarme para que aprenda a remar, las salpicaduras del agua atraen una mirada desde una ventana abierta de palacio: all� est� el rey con un mont�n de documentos, su grupo de consejeros y hombres de Estado, todos mirando hacia abajo. Me saluda con la mano, cort�smente; es el saludo real: mueve la mano abierta frente a su cuerpo, como un campesino que estuviera sembrando.</p><p>Y aun as�, a pesar de que es la primera vez que me exhiben, la sensaci�n no me resulta del todo desagradable. Cuando me alejo de �l siento su mirada sobre m�, como se advierte el calor del sol en la piel aunque tengas los ojos cerrados. En ocasiones incluso me permito mirar hacia atr�s, para comprobar si sigue observ�ndome. <emphasis>�Estoy siendo coqueta?</emphasis> Una parte de m� se escandaliza de mi comportamiento, aunque a otra le parece divertido.</p><p>Y hay tambi�n una parte que piensa: <emphasis>Debo comportarme como una confidente privilegiada, pero nada m�s</emphasis>. La ultrajante acusaci�n de Buckingham ha sido �til: me sirve de advertencia. <emphasis>No deben tener nada que reprocharme</emphasis>.</p><p><emphasis>Convertirme en reina. Convertirme en reina</emphasis>.</p><empty-line/><p>Ahora, el rey est� jugando a tenis. En un lateral del edificio, una hilera de bancos permite a los cortesanos seguir el partido.</p><p>Juega bien, y a pesar de su elevada estatura, se mueve sorprendentemente deprisa cuando salta de un lado a otro del campo. Aun as�, me parece que, si se lo propusiera de verdad, su adversario, m�s joven que �l, podr�a ganarle. Cada vez que consigue un tanto veo que duda, pregunt�ndose si no habr� ido demasiado lejos.</p><p>El rey tambi�n lo sabe. Inmediatamente despu�s de haberle ganado, exige impaciente otro oponente.</p><p>��Jugamos por placer o por puntos, sire? �pregunta el nuevo jugador, otro joven.</p><p>�Por puntos �responde Carlos, sin dudarlo�. El placer no tiene cabida en la corte.</p><p>��S�lo en la corte? �replica el otro jugador, secamente.</p><p>Se oyen algunas t�midas risas y algunos cortesanos vuelven los ojos hacia m�. Finjo no darme cuenta de ello, pero mi coraz�n empieza a latir m�s deprisa.</p><p>Este oponente es m�s listo que el anterior: le saca ventaja al rey, lanz�ndole el desaf�o de remontar. A mi lado, lady Arlington, me dice al o�do:</p><p>�Es una buena se�al: no jugaba as� desde hac�a meses. Juega bien, �verdad? Es un atleta, un hombre muy apuesto, adem�s de rey. Tambi�n sabe nadar, y a menudo va andando hasta Hampton Court. Por no hablar del ejercicio que hace con las damas�</p><p>��Las damas? �repito, sorprendida.</p><p>�Oh, el rey es un amante consumado �dice, con una sonrisa maliciosa�. Y tiene muchos otros talentos.</p><p>Me sonrojo.</p><p>�Lady Arlington�</p><p>�Lo siento. �He sido demasiado franca? Quiz�s lleve demasiado tiempo viviendo en Inglaterra. Aqu� abordamos esos asuntos con una desenvoltura casi excesiva. Pero ya no sois una chiquilla, �verdad? Estoy segura de que est�is al corriente de las cosas de la vida, como suele decirse �comenta, d�ndome un leve codazo con expresi�n de complicidad�. Despu�s de todo, por lo que he o�do, madame no era ninguna santa.</p><p>No le contesto. Nunca se me hab�a ocurrido que la inocencia en asuntos como �sos pod�a considerarse algo infantil.</p><p>Adem�s, lo que dice es lo bastante cierto como para incomodarme. Para madame, delicada y enferma como estaba, atender a su esposo era, lo sab�a muy bien, un deber cada vez m�s desagradable. Sin embargo, hubo una ocasi�n en la que Monsieur no estaba. Fui a su estudio a buscar unas plumas. Y all� estaba madame, tumbada en el div�n, con sus fr�giles piernas rodeando las caderas del rey. El monarca penetraba en sus entra�as, con la larga camisa desabrochada y sus velludas piernas al aire� Di un paso atr�s, paralizada, cerrando de inmediato la puerta. No pod�a entenderlo. madame no se acostar�a con el rey para conseguir privilegios. Entonces, �por qu� lo hac�a? �Por amor? Nunca habr�a dicho que entre ellos existiera la pasi�n; a lo sumo, una amistad, la profunda comprensi�n que se establece entre quienes han nacido en una posici�n similar.</p><p><emphasis>No entiendo las relaciones sexuales</emphasis>, pienso, y la idea me irrita. Soy inteligente, pero al mismo tiempo ignorante: toco instrumentos musicales, hablo varios idiomas, escribo cartas diplom�ticas, pero lo ignoro casi todo acerca del que es, aparentemente, el m�s importante de los deseos� Es como ver un partido de tenis sin conocer las reglas.</p><p>Tampoco es que conozca al dedillo las reglas del tenis, pienso, oblig�ndome a concentrar en el juego. El partido entre el rey y el cortesano ha ganado en intensidad, como si fuera un duelo o un combate entre ciervos en �poca de celo. Carlos lanza una pelota larga, d�ndole un efecto que la manda a las espaldas de su oponente. El joven consigue tocarla con la raqueta, pero Carlos se ha acercado a la red. Golpea la pelota contra el �rea de servicio. S� lo bastante sobre el juego para comprender que es el modo m�s decisivo de anotarse un punto.</p><p>El rey agradece los aplausos del p�blico haciendo girar la raqueta. Luego, sin dejar de jadear, lanza una ojeada al sitio donde estoy sentada.</p><p>�Est� jugando por vos �dice lady Arlington, entre dientes, aplaudiendo con entusiasmo�. Sonre�d. Ahora sois vos quien deb�is exhibiros.</p><p>Mientras los jugadores toman cordiales helados, la corte se dispersa. Reconozco una figura ataviada con una levita de estilo franc�s que se aleja, sosteniendo un recipiente para helados.</p><p>��Signor Demirco! �lo llamo.</p><p>Por un instante duda, pero acto seguido acelera su paso, oblig�ndome a salir corriendo tras �l.</p><p>��Esperad! �le grito�. �Esperad, signor Demirco!</p><p>Finalmente no le queda m�s remedio que detenerse.</p><p>��Es que no me hab�is o�do? �le pregunto, desconcertada.</p><p>�S�, os he o�do �responde, con brusquedad.</p><p>�Entonces �por qu� parec�ais tan irritado?</p><p>Tengo la sensaci�n de que est� a punto de decir algo, pero luego cambia de opini�n.</p><p>�Por nada �dice, finalmente�. �C�mo est�is? He o�do decir que vuestra diplomacia, aqu�, est� obteniendo un gran �xito.</p><p>�Son imaginaciones m�as o ha pronunciado la palabra �diplomacia� con cierta iron�a? Un poco ofendida, replico:</p><p>�En cambio, he o�do que la vuestra no.</p><p>Se encoge de hombros.</p><p>�Dicen que el rey aceptar�a de mejor grado mis helados si fuerais vos quien se los ofrecierais.</p><p>��Y por eso sois tan� arisco? �Os sent�s herido en vuestro orgullo?</p><p>�No soy arisco, como dec�s vos �replica, secamente�. No tiene nada que ver con mi orgullo. Todo lo contrario: vuestro �xito garantizar� mi regreso a Francia. Y a prop�sito: deb�is estar muy satisfecha de no haber aceptado mi propuesta de matrimonio en Versalles.</p><p>�No habr�a podido aceptarla en ning�n caso �contesto, prudente�, dada la gran diferencia entre nuestros or�genes. Pero, teniendo en cuenta que hab�is sido informado por nuestros amigos comunes sobre la posible fortuna que me aguarda, os dir� que, efectivamente, fue una buena idea. Aunque�, signor, ser�a mejor que ese episodio fuera un secreto entre los dos. Una propuesta, aunque sea rechazada, podr�a considerarse como una mancha en mi buen nombre, y ahora, mi reputaci�n es m�s importante que nunca.</p><p>��Vuestra reputaci�n? �dice, entre dientes�. No me tom�is el pelo, os lo ruego. �Intent�is decir que ahora ten�is mejores cosas que hacer?</p><p>Enfadada, replico:</p><p>�Estoy levantando la moral del rey�, algo que vos, al parecer, no sois capaz de hacer con vuestros helados.</p><p>Inclinando la cabeza, dice:</p><p>�Efectivamente. Ten�is todo mi reconocimiento.</p><p>Se aleja, con expresi�n sombr�a.</p><p>Lo sigo con la mirada, exasperada. Los sentimientos del pastelero, al parecer, siguen estando heridos. Naturalmente, lo siento, aunque estoy un poco sorprendida. Aun as�, no puedo permitir que eso me distraiga de mis prop�sitos.</p><empty-line/><p>Aquella noche, Arlington y su esposa tienen una conversaci�n en privado. M�s tarde, lady Arlington se presenta en mis aposentos. Despide a mi doncella y es ella misma quien me cepilla el pelo, sin escatimar elogios por la cantidad de rizos que se deslizan entre sus dedos, m�s rebeldes que de costumbre. Nunca he sido capaz de domarlos como es debido.</p><p>�Creo que hay alguien que los admira �dice, con expresi�n burlona.</p><p>Me sonrojo.</p><p>�Decidme �contin�a, con la misma voz tranquila�. �Cu�ndo sol�is sangrar?</p><p>Un poco avergonzada, respondo:</p><p>�No os preocup�is, tengo todo cuanto necesito.</p><p>�No me refer�a a eso �prosigue, impert�rrita�. Lo dec�a por el rey, para que pod�is estar con �l en el momento adecuado. �Me sonr�e, mir�ndome en el espejo�. Quer�is que se enamore de vos, �no es as�?</p><p>Sigue pein�ndome en�rgicamente, como un mozo de cuadra cepillando un caballo.</p><p>�No� lo s� �respondo, en tono vacilante.</p><p>�Yo creo que s� �murmura�. Creo que �se deber�a ser vuestro deseo. Os mira de un modo� En vos no busca consuelo; busca mucho m�s. �Sois muy afortunada!</p><p>��No! �exclamo�. No puedo hacerlo. Nunca podr�.</p><p>Me separa el pelo, que cae a ambos lados de mi rostro.</p><p>��Nunca hab�is pensado en llevarlo as�? �me pregunta, cambiando de tema con gran facilidad, como si hasta entonces no hubi�ramos hablado m�s que de la posibilidad de cambiar de <emphasis>coiffure</emphasis>.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>De todos los postres, los helados provocan curiosidad y asombro en igual medida.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Se podr�a decir, bas�ndome en mis conversaciones sobre juramentos y cortesanos, que mis sirvientes del Red Lion son gente extremadamente devota. Aunque en realidad, como pude comprobar en seguida, aquella posada no era mucho mejor que un burdel.</p><p>En la Europa continental, un hombre sabe cu�ndo se encuentra en un lugar de dudosa reputaci�n y, una vez liquidado el asunto, puede cerrar la puerta y olvidarse de todo lo que ha hecho all�. En Inglaterra, en cambio, la l�nea divisoria entre una posada y un lupanar, entre sirvientas y prostitutas, era menos n�tida� En realidad, tienen una palabra, <emphasis>slut</emphasis>, para referirse a una mujer que ocupa el escalaf�n m�s bajo dentro del servicio dom�stico, pero que tambi�n define a una muchacha dispuesta a llevar a cabo cualquier tarea que se le ordene. Me di cuenta en seguida de que en el Red Lion hab�a varias <emphasis>sluts</emphasis> que complementaban su paga de ese modo. Estas j�venes �Mary, Rose y dos o tres m�s� trabajaban sin esconderse en el comedor, saltando de un cliente a otro con el pretexto de servirles una cerveza, entablando picantes conversaciones antes de subir a una de las estancias de la buhardilla.</p><p>Al principio me molest� al descubrir la clase de local que era, pero no por el vicio en s� mismo, sino porque en Francia o en Italia, establecerse en un burdel para hacer negocios habr�a supuesto la inmediata rescisi�n de la protecci�n real. En Inglaterra, evidentemente, eran m�s tolerantes. Cuando se lo coment� a Robert Cassell, pareci� casi divertido.</p><p>�S�, es cierto �me dijo�. �Qu� esperabais? Es una taberna londinense.</p><p>��Y las autoridades no se oponen?</p><p>�En teor�a, s�, pero en la pr�ctica, tienen asuntos m�s importantes que resolver.</p><p>Las posadas de Londres, me explic�, hab�an sido un semillero de disidentes durante la Commonwealth; all� era donde se celebraban a menudo reuniones de hombres y mujeres trabajadoras. Algunas incluso ten�an su propia imprenta y publicaban peri�dicos y panfletos revolucionarios que la plebe devoraba con avidez. Despu�s de la depuraci�n llevada a cabo durante la Restauraci�n, se decidi� que la prostituci�n era el menor de los males que hab�a que erradicar.</p><p>�No hay ninguna camarera en Londres que no se venda por una moneda de seis peniques �concluy�.</p><p>�Pero yo cre�a que aqu�, antes de la Restauraci�n, la gente era puritana.</p><p>�Algunos lo eran, pero hab�a muchos disidentes, y todos ten�an opiniones diferentes sobre lo que era aceptable y lo que no. Cavadores, cu�queros, ranters, niveladores, familistas, mugletionianos, los partidarios de la quinta monarqu�a� Ahora, todos han sido desterrados, pero durante un tiempo Inglaterra tuvo tantas sectas de locos como condados. Algunas de ellas, como las de los ranters o los familistas, eran pr�cticamente indistinguibles de los libertinos, con la �nica diferencia de que intentaban camuflarse con un mont�n de tonter�as sobre el Cristo interior, la comunidad y la fraternidad. Sin embargo, todas las sectas ten�an en com�n el rechazo total a aceptar cualquier autoridad salvo la propia.</p><p>Pens� en la extra�a y desafiante actitud de Hannah frente a la posibilidad de que la echaran de su despensa. En Francia o en Italia, una sirvienta habr�a obedecido sin protestar, mientras que aqu�, a la gente, despu�s de haber intentado una revoluci�n, le costaba renunciar a sus costumbres.</p><empty-line/><p>Sin embargo, no hab�a considerado la posibilidad de que Hannah fuera una de esas sirvientas que, como dec�a Cassell, estuviera dispuesta a venderse por una moneda de seis peniques, y por eso me sorprend� cuando presenci� un altercado entre ella y un cliente por ese asunto. Ambos se hab�an refugiado detr�s de una de las pesadas vigas de roble ennegrecido que sosten�an el techo del comedor principal. A pesar de su evidente crispaci�n, hablaban en voz baja seguramente ni siquiera les habr�a mirado de no ser porque esperaba que ella me sirviera la comida. Advert� dos cosas: la primera, que el hombre vest�a de forma bastante m�s elegante que el resto de clientes del Lion, casi tanto como yo; y la segunda, que la sujetaba fuertemente por el brazo.</p><p>�No le hables de ese modo a alguien que est� por encima de ti �le dec�a.</p><p>�Ning�n hombre est� por encima de m�, y tampoco ninguna mujer �replic� ella�. �Por qu� ibais a ser mejor que yo? Anoche estaba dispuesta a aceptar vuestro dinero, y vos a ofrec�rmelo. La diferencia es que no volver� a cometer el mismo error.</p><p>El hombre le contest� en voz tan baja que no pude o�rlo, pero vi que segu�a agarr�ndola del brazo y que la sacud�a violentamente mientras hablaba con ella, poniendo en peligro mi tarta, que estuvo a punto de caer del plato que sosten�a Hannah.</p><p>�� har� que te arresten, puta ranter, porque no eres otra cosa. No creas que no ser� capaz de hacerlo.</p><p>Ella no le contest�, pero me di cuenta de que estaba p�lida. El hombre la solt�.</p><p>�Hablaremos de ello fuera �dijo �l, bruscamente, volvi�ndose con la intenci�n de irse.</p><p>Ella se acerc� para servirme la comida, pero cuando la dej� sobre la mesa, le temblaba la mano y el plato golpe� la madera. Sin embargo, su voz, cuando me pregunt� si quer�a otra cerveza, era firme e inexpresiva. Le dije que no, y se alej� sin decir ni una palabra. La vi dirigirse hacia la puerta por la que hab�a salido el hombre, que daba al patio donde se guardaban los barriles de cerveza vac�os.</p><p>Me encog� de hombros, concentr�ndome en la tarta. Antes de pedirla hab�a preguntado qu� ingredientes llevaba: la respuesta �tarta escocesa� no me hab�a aclarado gran cosa, pero ahora, mientras pinchaba la corteza con el cuchillo, me lleg� su aroma y vi varios trozos de patata humeante, algunas rodajas de puerro, lonchas de pollo con una crema espesa, una buena pizca de tomillo e incluso una frutas troceadas de color rojo oscuro que descubr� casi de inmediato que eran ciruelas en conserva.</p><p>No obstante, algo me imped�a disfrutar del plato, y era el hecho de saber que mientras yo estaba all� dentro, comi�ndome una tarta escocesa, la mujer que la hab�a preparado estaba fuera, entreg�ndose a un hombre a quien habr�a deseado rechazar. Puede que ella se hubiese equivocado, pero no me hab�a gustado el aspecto de aquel individuo, ni la forma en que la hab�a agarrado del brazo, y sospechaba que seguramente en aquel momento no estuviera siendo delicado con ella.</p><p>Lanzando un suspiro, apart� el plato, me levant� y sal� al patio. Fuera estaba oscuro, pero o� un ruido a mi derecha, detr�s de un mont�n de barriles de cerveza.</p><p>��Qui�n anda ah�? �grit�.</p><p>Una mujer lanz� un grito ahogado, pero se apag� de inmediato, como si alguien le estuviera apretando el cuello.</p><p>��R�pido, llamad a un guardia! �Est�n fornicando en la calle! �grit�.</p><p>Era una frase que me sorprendi� incluso a m�, hasta que record� que �sas eran las palabras que se utilizaban en las rondas que, de noche, recorr�an las calles par evitar posibles fechor�as. La habr�a o�do una docena de veces bajo mi ventana mientras dorm�a.</p><p>Del otro lado de los barriles me lleg� el tintineo del cintur�n de una espada, una imprecaci�n sofocada y, luego, el inconfundible sonido de una bofetada. Hannah grit� y o� el ruido de unos pasos alej�ndose. Me acerqu� a los barriles para investigar.</p><p>Hannah estaba tirada en el suelo, donde hab�a acabado por culpa del golpe. Por el modo indecente en que se hab�an levantado sus faldas en torno a la cintura, comprend� que hab�a llegado demasiado tarde para impedir el acto que les hab�a llevado a ambos a esconderse all�, aunque tal vez hab�a evitado que a ella le sucediera algo peor.</p><p>�Gracias �se limit� a decir Hannah.</p><p>Me di cuenta de que no hab�a a�adido �se�or�, aunque puede que, en la oscuridad, no me hubiese reconocido. Luego extendi� una mano hacia m�. Aquello tambi�n me sorprendi�: en la Europa continental habr�a sido inconcebible que una sirvienta le tendiese la mano a un caballero. Ella, sin embargo, necesitaba ayuda para levantarse, por lo que le cog� la mano y tir� de ella.</p><p>�Gracias �repiti�, cuando se puso de pie.</p><p>Se frot� la mejilla en el lugar donde aquel hombre la hab�a golpeado.</p><p>�No tienes por qu� darme las gracias �le dije�. No me debes nada.</p><p>Me di la vuelta para irme.</p><p>�Signor Demirco �dijo.</p><p>Me detuve.</p><p>�Si le dec�s a Titus Clarke lo que hab�is o�do esta noche, me echar�.</p><p>Y eso fue todo. Ninguna pregunta, ninguna petici�n. Se hab�a limitado a plantear los hechos, dejando que fuera yo quien decidiera qu� hacer.</p><p>Estuve a punto de decirle: �Tendr�as que haberlo pensado antes�, pero no lo hice. Me limit� a asentir con la cabeza y volv� a entrar en la posada.</p><p>Cuando Titus me sirvi� otra pinta de cerveza, descubr� que no ten�a ninguna intenci�n de contarle lo que hab�a ocurrido entre Hannah y su pretendiente. Despu�s de todo, no era asunto m�o.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Mientras el rey est� nadando, lady Arlington me lleva a la Stone Gallery, el patio porticado m�s grande y elegante de los que hay en Whitehall.</p><p>�Aquellos son los aposentos del rey �me explica, se�al�ndolos�. Los edificios que hay al otro lado est�n destinados a sus cortesanos favoritos. Y all� �hace una significativa pausa� est�n disponiendo nuevos aposentos.</p><p>Abre unas puertas de madera. En el interior, cuatro hombres con pelucas cortas, los pintores de la corte, est�n trabajando en un fresco. En la pared opuesta, unos hombres subidos en varias escaleras est�n colgando un tapiz de estilo franc�s. Otro artesano, un ebanista, est� instalando una librer�a de nogal y arce con incrustaciones con la ayuda de un aprendiz. El olor de las virutas de madera y del barniz fresco impregna el ambiente. Cuando entramos, los hombres inclinan la cabeza en se�al de respeto y acto seguido retoman sus tareas.</p><p>��Qu� estancia m�s bonita! �exclamo con sinceridad, acerc�ndome a la ventana.</p><p>Los altos cristales me recuerdan a Versalles. Frente a m� veo un hermoso jard�n con un enorme reloj de sol y, al fondo, el largo y resplandeciente lago del parque de St James.</p><p>�Es para vos.</p><p>Me doy la vuelta, estupefacta.</p><p>��Para m�?</p><p>�Ha ordenado que la restauren ex profeso para vos. Y mirad esto. �Se acerca a otra puerta y la abre. Conduce a unas escaleras�. Puede ir a vuestro encuentro directamente desde sus aposentos.</p><p>��Sin que nadie lo sepa, quer�is decir?</p><p>Lady Arlington asiente con la cabeza.</p><p>�Puede que en algunas ocasiones prefiera ser discreto. Al menos al principio.</p><p>Me quedo mir�ndola fijamente.</p><p>�Pero yo nunca permitir� que me haga esa clase de visitas a menos que sea mi esposo.</p><p>�No se�is necia, Louise �dice, en voz baja�. Deb�is hacer lo que sea necesario, como han hecho siempre las muchachas hermosas con sus soberanos. La �nica cuesti�n es: �qu� obtendr�is <emphasis>vos</emphasis> a cambio? Majestad.</p><p>Hace una reverencia, y por un instante creo que se est� burlando de m�. Luego, al darme la vuelta, veo que el rey ha entrado en la estancia.</p><p>�Me han dicho que estabais aqu� �dice, impaciente�. �Dais vuestra aprobaci�n a los aposentos? Estar�n listos el fin de semana. Quiz�s me har�ais el honor de mudaros aqu�.</p><p>�No puedo� �digo, pero lady Arlington es m�s r�pida que yo.</p><p>�La ocasi�n es de lo m�s apropiada, sire. La pr�xima semana empezaremos unos trabajos de reforma en nuestra casa, por lo que Louise tendr�a que trasladarse de todas formas.</p><p>�Sire �digo�, no puedo aceptar estos aposentos. Son demasiado lujosos para una dama de compa��a.</p><p>�Al contrario. No est�n a vuestra altura. �Carlos me est� mirando tan fijamente que me incomoda�. Venid conmigo a dar un paseo �dice, en voz baja, lanzando una mirada a lady Arlington�. Hablemos un poco.</p><p>Me lleva a la Stone Gallery. Lady Arlington nos sigue a pocos pasos de distancia, fingiendo inter�s por las estatuas.</p><empty-line/><p>Al principio, sin embargo, apenas hablamos. El rey se limita a se�alarme d�nde viven los cortesanos. Luego saca una llave y abre un puertecita.</p><p>�Este es mi jard�n privado �dice, cerrando la puerta con llave detr�s de �l. Me doy cuenta de que lady Arlington se ha quedado fuera�. Para mi uso exclusivo.</p><p>�A Su Majestad debe de costarle disfrutar de un poco de soledad.</p><p>�A decir verdad, nunca sol�a buscarla. Pero desde que ella muri� �Me mira fijamente�. Decidme, Louise. Me dijisteis que os dejaba leer nuestra correspondencia, �no es cierto?</p><p>�As� es.</p><p>Luego, con fingida indiferencia, me pregunta:</p><p>�Entonces, �qu� sab�is sobre Dover? Aparte del hecho de que mi hermana estaba muy enferma, quiero decir.</p><p>Es un terreno resbaladizo, pero es in�til negarlo.</p><p>�Estoy al corriente del tratado. Madame me lo cont� todo desde el principio.</p><p>�Comprendo. �Se toca el bigote�. Entonces, presumo que sab�is que es un secreto que conoce muy poca gente. En este pa�s, aparte de m�, s�lo lo saben seis personas. Siete, ahora que vos est�is aqu�. Si fuese de dominio p�blico, podr�a comprometer mi reinado.</p><p>�Lo s�. Y prometo que nunca traicionar� la confianza de madame.</p><p>Asiente con la cabeza.</p><p>�El hecho de que ella confiara en vos me basta. Pero, decidme� �Duda un instante�. �Era� honorable?</p><p>��Sire?</p><p>�Muchos de mis s�bditos dir�an �si, Dios no lo quiera, llegaran a saberlo� que cuando firm� ese documento, aceptando la pensi�n de Luis, renunci� a mi honor. He pensado mucho en ello durante estos �ltimos meses. Quiero conocer vuestra opini�n.</p><p><emphasis>Me est� pidiendo mi opini�n</emphasis>. Intento imaginarme a Luis XIV manteniendo esta conversaci�n, y no lo consigo. Hablar as�, casi de igual a igual, es algo extraordinario.</p><p>Debo actuar con cautela.</p><p>�Si un hombre hubiese firmado un documento como �se, podr�a considerarse un deshonor. Pero vos no sois un hombre; vos sois el rey� Vos <emphasis>sois</emphasis> Inglaterra. No pod�is sentiros obligado por las mismas consideraciones que el resto de los hombres, del mismo modo que no pod�is sentiros obligado por la voluntad del Parlamento.</p><p>�S�. �Echa a andar hacia delante y hacia atr�s, y yo con �l, tratando de seguir sus largas zancadas�. Eso pens� yo en su momento. Pero desde que ella muri� miro a mi pueblo y veo que est� harto de las guerras. Y de divisiones religiosas. Puede que a causa de mi ambici�n, de mis aspiraciones de convertirme en un gobernante independiente y de mi deseo de complacer a mi hermana, haya antepuesto mis deseos a los suyos.</p><p>�Pero madame no ten�a ning�n inter�s en esto. S�lo quer�a lo mejor para vos.</p><p>�Cierto. Pero quiz�s estaba influenciada por sus creencias religiosas. Por no hablar de su� admiraci�n por Luis. �Me mira y veo que est� al corriente, o al menos sospecha, de la relaci�n entre su hermana y el rey�. Ella era como todos los Estuardo �dice, con aire de disculpa�. Ten�a muchas ganas de vivir, y a veces dejaba que ofuscaran su juicio. �Guarda silencio unos instantes�. Me hace bien hablar de esto. Desde su muerte no he podido hacerlo con nadie.</p><p>Siento que empieza a sincerarse.</p><p>�Pod�is hablar conmigo siempre que lo dese�is, sire. Y espero que lo hag�is.</p><p>Me mira con expresi�n de tristeza.</p><p>�No quisiera imponeros esa carga.</p><p>�No ser� ninguna carga. Es lo que todos esperan.</p><p>��Ah, s�?</p><p>Dudo, y me doy cuenta de que me he ruborizado un poco.</p><p>�Algunos de vuestros ministros piensan que yo deber�a llamar vuestra atenci�n.</p><p>�Ah �susurra�. Por supuesto. �Me mira por el rabillo del ojo�. Comprendo muy bien por qu� podr�an pensarlo. Confieso que en el pasado sol�a tener una deplorable debilidad por la belleza femenina.</p><p>Soy consciente de que aumenta mi rubor.</p><p>�Pero puedo ayudaros de otro modo. Puedo ser vuestra confidente, como lo fue vuestra hermana. Puedo mandarle mensajes a Luis y explicarle la presi�n a la que est�is sometido. Me he dado cuenta de que para vos ser�a imposible anunciar vuestra conversi�n. Se lo har� saber.</p><p>Levantando las cejas, dice:</p><p>��Interceder�ais por mi ante vuestro rey?</p><p>�Ejercer� de mediadora, disfrutando de la confianza de ambos. Como vuestra hermana.</p><p>�Entonces, �sos ser�n los t�rminos del Tratado del Jard�n de las Rosas �dice, lac�nicamente�. Pero�, para que yo lo sepa. �os limitar�is a esto? �A hablar conmigo y nada m�s?</p><p>Vuelvo a ruborizarme.</p><p>�Perdonadme �a�ade�. Ser� incluso m�s claro. Prefiero escandalizaros ahora con mi franqueza que ofenderos en el futuro con alguna proposici�n inoportuna.</p><p>�Entonces, yo tambi�n hablar� con claridad. �Con claridad pero con prudencia, me digo�. Nunca permitir� que mi comportamiento sea motivo de deshonra para mi familia.</p><p>�l asiente con la cabeza. �Se siente decepcionado o satisfecho? Es imposible saberlo, aunque es importante que sepa que no har� lo que lady Arlington insin�a que deber�a hacer.</p><p>Hemos llegado junto al reloj de sol que hay en el centro del jard�n, un complicado artilugio de esferas de cristal con incrustaciones de vidrios coloreados. En la base hay grabada una inscripci�n:</p><p><emphasis>Cada d�a olvida los d�as precedentes:</emphasis></p><p><emphasis>No hay que desperdiciar estas horas con lamentos.</emphasis></p><p>�<emphasis>Carpe diem</emphasis> �dice, al ver que la estoy leyendo�. Un buen consejo para ambos. �Sois consciente de que si la gente nos ve juntos, hablando, sacar� sus conclusiones? Vuestra reputaci�n, estoy seguro, no justifica una reacci�n como �sa, pero me temo que en el pasado no siempre me he comportado bien.</p><p>�Mejor que piensen as� �dije, con franqueza�. Les preocupar� menos esa idea que discutamos cuestiones pol�ticas.</p><p>�Una observaci�n astuta. Y a vuestras espaldas veo que lady Arlington nos est� espiando desde la ventana de vuestros aposentos. Se preguntar� de qu� estamos hablando.</p><p>�Quiz�s ser�a mejor que fingi�ramos� �digo.</p><p>�Pienso exactamente lo mismo �convine.</p><p>Me coge la mano, se la lleva a los labios y me besa en la mu�eca. Entonces, sin soltarme, me coge entre sus brazos. Por un instante lo miro fijamente a los ojos. �Detecto una expresi�n divertida �o estudiada, incluso� en ellos?</p><p>�Lo que os he dicho antes iba en serio �dice, en voz baja�. No os har� ninguna proposici�n, lo juro. Pero no niego que, si hubieseis sido otra clase de mujer, os la habr�a hecho sin dudarlo.</p><empty-line/><p>��Y bien? �pregunta lady Arlington�. �Qu� ha dicho?</p><p>�Ha dicho que� �No puedo contarle lo que ha dicho�. Nada. Lisonjas, palabras amables, nada m�s.</p><p>Lady Arlington sonr�e.</p><p>�Y me imagino que le habr�is dicho que se guarde las lisonjas para �l.</p><p>No le contesto.</p><p>�Est� bien. Estaba observando desde aqu�. Os he visto juntos. Sab�a que sucumbir�ais a su encanto. La corona tiene algo que es capaz de vencer incluso los m�s tenaces escr�pulos, �verdad?</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Tratad de servir los helados en peque�as cantidades, porque, como en cualquier placer, el exceso acaba aburriendo el paladar.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>�El juego ha empezado �dice lord Arlington con cierta satisfacci�n�. El rey est� contento.</p><p>��La muchacha ha cumplido con su deber? �pregunta Walsingham.</p><p>Arlington sacude la cabeza.</p><p>�Todav�a no, pero lo har�: es s�lo una cuesti�n de tiempo.</p><p>��Necesitar� m�s est�mulos?</p><p>Fue Cassell quien habl�.</p><p>Arlington sonri�.</p><p>��sa es justamente la cuesti�n; sabe que debe hacerlo, pero al mismo tiempo es reacia. Eso da al rey la impresi�n de que debe conquistarla, y es precisamente eso lo que despierta su inter�s. Cazar un conejo en un establo no resulta nada apasionante; es el ciervo que huye lo que hace excitante una cacer�a. �Arlington me mir�. Signor, pronto necesitaremos vuestros helados. Aseguraros de que est�n listos.</p><p>��Ten�is la pi�a?</p><p>Asinti� con la cabeza.</p><p>�Pronto la tendr�is. Usadla con sentido com�n. Me ha costado much�simo dinero.</p><p>�Conozco las �rdenes �dije, secamente�. Har� lo que se espera de m�.</p><p>Y luego me ir�, pens�. Y adi�s a todos.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Dos d�as despu�s me mudo a mis aposentos. Vastas y suntuosas, las estancias resuenan cuando avanzo por el suelo taraceado. Sin embargo, me emociono al ver que Carlos ha intentado que me sienta como en casa: la librer�a que vi montar est� repleta de libros en franc�s. Y �una idea muy considerada� no se trata simplemente de novelas, sino de obras sobre filosof�a, dramas y tratados de matem�ticas. En un rinc�n hay un clavic�mbalo nuevo, con el facistol lleno de obras de Blancrocher y Chambonni�res. A su lado, un escritorio sobre el que ya hay un mont�n de invitaciones.</p><p>Mientras las leo, la puerta de los aposentos se abre y entran dos muchachas j�venes vestidas con suma elegancia. Al verme, inclinan la cabeza.</p><p>�Buenos d�as. �Hago un gesto, se�alando las estancias vac�as�. Si hab�is venido a visitarme, me temo que es un poco pronto. Acabo de llegar.</p><p>La mayor de las dos, una muchacha rubia, parece desconcertada.</p><p>�No hemos venido a visitaros. Somos vuestras damas de compa��a �dice, se�alando a su compa�era�. �sta es la honorable Lucy Williamson, y yo soy lady Anne Berowne.</p><p>��Damas de compa��a! �exclamo�. Disculpadme; sed bienvenidas. Lo que ocurre es que no esperaba tener damas de compa��a. De hecho, pensaba justo lo contrario. Tomad asiento, os lo ruego.</p><p>Las dos son muy bonitas; seguramente son parte del plan de los Arlington. El rey tendr� incluso m�s deseos de visitarme si estoy rodeada de hermosos rostros.</p><p>Despu�s de una hora, la conversaci�n se hace forzada, en parte porque estamos hambrientas.</p><p>�Decidme �le pregunto a Lucy, que tiene la piel clara y el pelo rubio�, �qu� hay que hacer aqu� para poder comer algo?</p><p>La muchacha parece aun m�s confundida de lo que estaba lady Anne un poco antes.</p><p>��Vuestro cocinero no os sirve la comida?</p><p>��Mi cocinero?</p><p>�En la corte, todo el mundo tiene su cocinero.</p><p>�Bueno, creo que yo a�n no lo tengo. Y no estoy del todo segura de lo que debo hacer al respecto.</p><p>�Quiz�s deber�ais decirle a vuestro mayordomo que os procurara uno �sugiere lady Anne.</p><p>�Tal vez, pero tampoco tengo mayordomo. Ni siquiera un lacayo o una doncella.</p><p>Y si los tuviera, tampoco tendr�a dinero para pagarles.</p><p>��Oh! �exclama Lucy, que se est� revelando la menos inteligente de las dos�. �Significa eso que no vamos a comer?</p><p>Lanzo un suspiro.</p><p>�Tal vez el embajador franc�s pueda prestarnos algunos criados. Le escribir�. �Hago una pausa�. Supongo que necesitar� un lacayo para que le haga llegar mi mensaje, �verdad?</p><p>Las muchachas asienten con la cabeza.</p><p>�En Francia, las damas de la corte suelen saltarse a menudo la comida �digo, con convicci�n.</p><p>Puede que a la hora de cenar, pienso, haya encontrado una soluci�n.</p><empty-line/><p>Sin embargo, mucho antes de la cena entra un criado de librea y le susurra algo a lady Anne, que se vuelve hacia m�.</p><p>�La reina est� a punto de llegar.</p><p>��Ahora? �Aqu�?</p><p>Ella asiente con la cabeza, con unos ojos como platos.</p><p>��<emphasis>Mon Dieu</emphasis>!�exclamo, en voz baja�. �Y lady Arlington?</p><p>�Tambi�n se dirige hacia aqu�.</p><p>�Mejor as�, supongo. �Qu� querr� la reina?</p><p>Lady Anne se encoge de hombros, confundida.</p><p>�Le gusta jugar a las cartas. Y querr� comer algo.</p><p>��Comer qu�?</p><p>�La cena �responde, inconcreta.</p><p>Es evidente que la educaci�n de lady Anne falla en cuestiones dom�sticas.</p><p>��Para cu�ntos comensales?</p><p>�Vendr� con sus damas de compa��a. Puede que en total sean una docena. Y si viene a visitaros, puede que m�s.</p><p>Reflexiono unos instantes.</p><p>�Mandad un mensaje al signor Demirco, el pastelero. Ordenadle que prepare helado para veinte personas. Decidle que es urgente.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Si est�is apurados, pod�is preparar un helado con ponche de huevo, crema pastelera o fruta, o con una mezcla de esos tres ingredientes.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>��Veinte comensales! No puedo preparar veinte helados para la hora de cenar.</p><p>El hombre que me hab�a transmitido el mensaje se encogi� de hombros.</p><p>��sas son las �rdenes.</p><p>Lanc� un suspiro.</p><p>�Muy bien. Decid que har� lo que pueda. Y mandad una carroza a las seis.</p><p>No es posible preparar helados a toda prisa, aunque para el <emphasis>granite</emphasis> bastan unos pocos minutos si se tiene a mano sirope para verterlo encima. Y los cordiales tambi�n exigen poco tiempo si hay hielo para enfriarlos. E incluso los helados pueden prepararse con rapidez si se dispone de fruta en conserva con la que aromatizar la leche. En Par�s habr�a podido atender la petici�n de Louise con solo chasquear los dedos, y mis aprendices habr�an reunido a tiempo todo lo necesario.</p><p>Pero aqu�, en Londres, no ten�a aprendices. Y no pod�a fiarme de nadie; podr�an divulgar mis secretos.</p><p>��Por qu� est�is gritando? �pregunta Elias.</p><p>�Estoy blasfemando en italiano �le dije�. Pero ahora empezar� a gritar �rdenes en ingl�s. Ponte ese guante y pica todo el hielo que puedas.</p><p>�<emphasis>Si, signor</emphasis> �contest� �l, entusiasmado.</p><p>�As� no, o de lo contrario estaremos aqu� toda la noche �le dije, ense��ndole c�mo hacerlo�. Y necesito siropes. �Qui�n puede ir al mercado?</p><p>�Mary no tiene nada que hacer �dijo, poni�ndose el guante para picar el hielo.</p><p>�Entonces dile a Mary que vaya a por naranjas. Y a por m�s az�car.</p><p>��Qu� ocurre?</p><p>Era Hannah, que hab�a o�do el alboroto.</p><p>�La reina viene a cenar con madame Carwell �le explica Elias.</p><p>�No tendr�is tiempo de preparar tanto sirope de naranja �dice Hannah, haci�ndose cargo de la situaci�n�. Aunque mand�is a Mary al mercado a por naranjas, tendr�is que exprimirlas y servir el zumo con hojas de menta y un poco de cardamomo.</p><p>En aquella �poca no conoc�a el refr�n ingl�s que empieza diciendo �demasiados gallos�, pero aquella sensaci�n me resultaba familiar.</p><p>�No hay tiempo para discutir. Tengo que servir un helado a la reina�</p><p>�He preparado <emphasis>posset</emphasis> �me interrumpi�. Pod�is utilizarlo.</p><p>Me detuve de repente.</p><p>��Cu�nto?</p><p>�Un gal�n. Suficiente para veinte, si lo congel�is.</p><p>�Preparar helado no es tan sencillo.</p><p>Ella lanz� un suspiro.</p><p>�No estoy diciendo que lo sea. Pero creo que el <emphasis>posset</emphasis> se congelar� perfectamente, igual que la crema pastelera. Consideradlo como un truco de cocinero.</p><p>Mientras tanto, Mary, Rose y el posadero, Titus, se hab�an unido a nosotros. Ten�a que tomar una decisi�n cuanto antes.</p><p>�Muy bien �dije�. Congelar� el <emphasis>posset</emphasis>. Pero traedme tambi�n unas naranjas. Las exprimiremos. Y tambi�n unos limones� Prepararemos un sirope.</p><p>�No pagues m�s de seis peniques por las naranjas �le dijo Hannah a Mary�. Ve al puesto de Robin Marchmont y dile que vas de mi parte. Rose, dile a Peter que caliente el horno. Voy a buscar el <emphasis>posset</emphasis>.</p><empty-line/><p>El <emphasis>posset</emphasis>, debo explicarlo, es una especie de leche cuajada con vino y especias de la que los ingleses se sienten especialmente orgullosos. Sol�a servirse a menudo en las tabernas como bebida caliente y tambi�n como postre. El que hab�a preparado Hannah estaba aromatizado con zumo de lim�n, vino dulce y nuez moscada, pero tambi�n con algo m�s que al principio no fui capaz de identificar.</p><p>��Qu� es? �pregunt�. �Una hierba arom�tica?</p><p>Hannah asinti� con la cabeza.</p><p>�Hinojo dulce. S�lo una pizca.</p><p>Solt� la cuchara.</p><p>�Bueno, tendr� que valer. Elias, �qu� tal te las arreglas con el hielo?</p><p>�He picado casi todo el bloque �me dijo, con las mejillas rojas a causa del esfuerzo.</p><p>�Necesitaremos casi el doble.</p><p>Cog� la esp�tula y dud� un instante. Ten�a que llenar la <emphasis>saboti�re</emphasis> con hielo y sal para congelar el <emphasis>posset</emphasis>. En esa fase, habr�a ordenado a todo el mundo que me dejara solo, pero aquel d�a no pod�a permitirme interrumpir lo que estaba haciendo.</p><p>Tratando de controlar la situaci�n, coloqu� los ingredientes en un rinc�n. Para confundir m�s a los posibles fisgones, empec� a hablar en lat�n mientras remov�a.</p><p>�<emphasis>Dominus virtutum nobiscum</emphasis> �a�ad�, recordando algunas palabras de un salmo cat�lico.</p><p>Y as� transcurrieron las dos horas siguientes, preparando el licor de naranja y espesando el sirope de lim�n para el <emphasis>granite</emphasis> mientras de vez en cuando echaba un vistazo a la <emphasis>saboti�re</emphasis> para trabajar la mezcla del helado mientras se congelaba. Hannah sugiri� que mand�ramos tambi�n un poco de gelatina, y Rose sali� a comprar mermelada de membrillo al puesto que la se�ora Lamb ten�a en la esquina. Cuando lleg� la carroza hab�amos preparado un refrigerio m�s que aceptable. Sin embargo, las prisas no me impidieron probar el <emphasis>posset</emphasis> helado. Para mi sorpresa, ten�a la consistencia rica y m�rbida que s�lo hab�a logrado en otras dos ocasiones: el d�a del funeral de madame y cuando congel� la crema de Hannah.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>�Ya est�n aqu� �anuncia Anne, mirando por la ventana.</p><p>Me acerco a ella. La procesi�n que se acerca, atravesando la Stone Gallery, es extravagante. La reina es inconfundible: una mujer menuda, vestida con un elegante vestido espa�ol, y con ese porte erguido que s�lo una princesa puede tener. Sus damas de compa��a, sin embargo, son muy distintas. Lucen unos extra�os sombreros altos, parecidos a los tocados de las monjas, y sus faldas llevan unos miri�aques que las hacen ondear de un lado a otro al andar.</p><p>�Que Dios nos asista �dice lady Arlington, detr�s de m�. Se ha tra�do a toda la flota portuguesa. Estoy ansiosa por ver la expresi�n de sus oscuros rostros cuando se den cuenta de que han usurpado su puesto.</p><empty-line/><p>No me cuesta creer que la reina se est� muriendo. Parece incluso m�s fr�gil que madame unos meses antes de su muerte. Las canas de su pelo sugieren que lleva a�os sufriendo.</p><p>La reverencia de lady Arlington es tan leve que se dir�a que inclina la cabeza para esquivar un objeto que le han arrojado.</p><p>�Alteza, permitidme que os presente a Louise de Keroualle. Creo que estuvo a punto de ser vuestra dama de compa��a en vuestros aposentos �dice, poniendo �nfasis en la palabra �vuestros��. Sin embargo, el rey le ha encontrado otro puesto en la corte.</p><p>En el caso de que la reina haya captado la insinuaci�n, no lo demuestra.</p><p>�El rey es muy generoso �me dice�. Recuerdo lo amable que fue cuando llegu� a este pa�s. Si deseaba cualquier cosa, bastaba con dec�rselo.</p><p>Aunque hable con voz quebrada, el significado de sus palabras est� muy claro. <emphasis>No intentes humillarme, o de lo contrario ordenar� que te echen</emphasis>.</p><p>Se produce un silencio inc�modo. Afortunadamente, llegan los helados.</p><p>��sta es la �ltima moda en Francia, Alteza�digo, mientras Lucy los coloca encima de una mesa�. No hay por qu� interrumpir la partida de cartas. Se pueden tomar sin levantarse, como refresco.</p><p>Su rostro se ilumina.</p><p>�Parece una idea excelente.</p><p>El juego, en cambio, presenta otro problema. Conozco su juego preferido, el <emphasis>basset</emphasis>, tambi�n muy popular en Francia, pero no tengo dinero para apostar.</p><p>�Yo os lo presto �susurra lady Arlington�. Despu�s de todo, pronto dispondr�is de �l en abundancia. �En voz m�s alta, dice�: �Quer�is que baraje, Alteza? Las reinas est�n todas juntas.</p><p>El <emphasis>basset</emphasis> no requiere una gran habilidad, s�lo temple y suerte. Una carta ganadora paga la suma de dinero que se ha apostado sobre ella. Sin embargo, si en vez de quedarte con lo conseguido dejas la carta encima de la mesa y vuelves a ganar, la suma de las ganancias se multiplica por siete, luego por quince y finalmente por treinta. Es posible ganar una fortuna, pero las posibilidades de conseguirla son cada vez menores. Al cabo de un cuarto de hora he perdido cincuenta guineas, que debo casi enteramente a lady Arlington.</p><p>�Os prestar� algo m�s �dice, de inmediato.</p><p>�No, gracias. Me quedar� mirando un rato.</p><p>Veo que lady Arlington, despu�s de haberme retirado, est� exultante cuando consigue <emphasis>le quinze</emphasis>, la apuesta inicial multiplicada por quince, para perderlo todo en la siguiente jugada. Eso me dice algo sobre ella: no s�lo le gusta jugar, sino correr riesgos.</p><p>�Y vos, �no jug�is? �murmura una voz a mis espaldas.</p><p>Me doy la vuelta. Ha llegado el rey, sin hacerse notar y sin ceremonias. Los dem�s hacen la intenci�n de ponerse de pie, pero �l liquida las formalidades con un gesto de la mano.</p><p>�Os lo ruego, no interrump�is la partida por m�. Me sentar� aqu� a hablar con mademoiselle de Keroualle.</p><p>�Decidme �por qu� no jug�is? �me pregunta, en voz baja�. No quisiera hacerme ilusiones y pensar que ha sido por la remota posibilidad de que viniera a visitaros.</p><p>�No me gustan los juegos de azar.</p><p>Levanta las cejas.</p><p>�Los complicados proyectos de mi hermana ya eran bastante arriesgados.</p><p>�Me refiero a la pasi�n por el riesgo. En diplomacia, se trata de reducir los riesgos al m�nimo. En el <emphasis>basset</emphasis>, en cambio, es el objetivo del juego.</p><p>Asiente con la cabeza.</p><p>�Yo prefiero el <emphasis>poque</emphasis>. Exige cierto talento para disimular.</p><p>�En Francia el <emphasis>poque</emphasis> se conoce como el juego de los enga�os �digo, en un tono malicioso.</p><p>�Me gustar�a pensar que tambi�n tengo cierto talento para eso �dice, con un asomo de sonrisa en la mirada.</p><p>�Sire, est�is ahuyentado a mademoiselle de Keroualle de la mesa �dice lady Arlington�. Y deber�a jugar si quiere recuperar lo que ha perdido.</p><p>El rey me mira, inquisitivamente.</p><p>�Creo que quiere mantenerme alejado de vos �le digo, con un hilo de voz�. Seg�n ella, cuanto m�s os impidan acercaros a m�, m�s ansioso estar�is por conseguir mi amistad.</p><p>�Entonces ser� mejor que vay�is con ella �murmura�. Pero mientras ellos juegan al <emphasis>basset</emphasis>, nosotros jugaremos al <emphasis>poque</emphasis>.</p><p>Cuando me dirijo hacia la mesa, me sigue.</p><p>��Cu�nto dinero debe recuperar lady Arlington?</p><p>�Cincuenta guineas, sire.</p><p>�Ah� van cien. �Carlos deja una bolsa con dinero sobre el tapete�. Y si contrae m�s deudas, espero que yo pueda saldarlas.</p><p>A lady Arlington casi se le salen los ojos de las �rbitas.</p><p>�Os deseo buenas noches, se�ora �dice Carlos, inclin�ndose frente a la reina�. Y a vos tambi�n, lady Arlington. Mademoiselle.</p><p>La �ltima reverencia es para m�, como exige el protocolo, aunque es a m� a quien no quita el ojo, intercambiando una mirada de complicidad.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Para preparar un sorbete de pi�a: mezclar dos tazas de az�car con dos tazas de suero de leche, o un poco m�s si la pi�a es �cida. A�adir una cucharada de menta picada y el zumo de un lim�n, y remover la mezcla mientras se congela. El proceso no es distinto del que se utiliza con otras frutas.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Al d�a siguiente, cuando fui a Whitehall para recoger las copas vac�as, Louise estaba en sus aposentos. Parec�a un poco inc�moda en aquellas enormes estancias, como alguien ataviado con un vestido de baile demasiado grande.</p><p>No ten�a ganas de hablar con ella, pero la salud� con una inclinaci�n de cabeza.</p><p>�No se�is as� �dijo, bruscamente.</p><p>��As� c�mo?</p><p>�Carlo�</p><p>Esper�.</p><p>�Os agradezco sinceramente la ayuda que me prestasteis anoche �dijo�. De no haber sido por vuestros helados, me habr�a encontrado en un trance. En un trance m�s dif�cil a�n, por as� decirlo.</p><p>��Vos y la reina? No logro imaginar qu� podr�a haber resultado embarazoso.</p><p>Ella se encoge de hombros.</p><p>��sa es la finalidad de los buenos modales, �no? Hacer que las situaciones embarazosas resulten soportables. Adem�s, sospecho que ha debido pasar por cosas peores en este horrible pa�s. �Guard� silencio un momento�. Hablo en serio, signor. A pesar nuestro, debemos colaborar en esta empresa, pero me alegro de que Luis haya enviado a alguien en quien s� que puedo confiar.</p><p>�Cumplir� con mi deber. Ni m�s ni menos. Y luego regresaremos a Francia y pondremos fin a nuestra asociaci�n.</p><p>Parec�a sorprendida.</p><p>�<emphasis>Vos</emphasis> regresar�is a Francia, quer�is decir.</p><p>��Y vos? �Os quedar�is aqu�?</p><p>Me lanz� una mirada penetrante, como si se preguntara por qu� le hab�a planteado aquella cuesti�n.</p><p>�Quiz�. Ya veremos.</p><p>�Vuestro entusiasmo por la misi�n que os han encomendado es mayor de lo que hab�a imaginado �dije, bruscamente.</p><p>�Es una oportunidad. Ser�a necia si no la aprovechara.</p><p>�Efectivamente. �Inclin� de nuevo la cabeza�. Colaboradores a pesar nuestro, entonces.</p><p>Cuando cerr� la puerta de sus aposentos detr�s de m� vi una nota en el suelo. Alguien la hab�a clavado con un cuchillo de fruta. Eran dos versos.</p><p><emphasis>Aqu� una cama se ha dispuesto para una puta francesa y su soberano predilecto.</emphasis></p><p>Volv� a entrar y le entregu� la nota.</p><p>�Os han enviado un <emphasis>billet-doux</emphasis>.</p><p>Lo ley� y se puso p�lida.</p><p>��Salvajes! �C�mo se atreven?</p><p>�Seguramente ha sido un hombre llamado Rochester. Creo que el rey tolera esta clase de comportamientos.</p><p>�Nos odian. Mejor dicho: me odian. Y me odiar�n a�n m�s cuando� �Sacudi� la cabeza�. No importa. No significa nada. Si he podido sobrevivir en la corte de Francia, seguro que podr� soportar esto.</p><p>�Y esto �dije, se�alando la nota� es la clase de diversi�n que se supone que debemos suscitar aqu�, �verdad? Sabremos que hemos tenido �xito cuando lord Rochester sea tan celebrado en Inglaterra como Moli�re y Racine lo son en Francia.</p><empty-line/><p>Finalmente lleg� mi pi�a, y por un tiempo consegu� alejar a Louise de Keroualle de mis pensamientos.</p><p>Aunque hab�a hablado con gran soltura de las pi�as con lord Arlington, nunca las hab�a utilizado para preparar un helado. Incluso en la corte de Luis XIV eran demasiado valiosas para emplearlas con ese fin. As� pues, sent�a curiosidad y cierta excitaci�n ante la idea de tener una a mi disposici�n.</p><p>La pi�a lleg� directamente de la plantaci�n de lord Devon en una carroza tirada por cuatro caballos. La caja que la conten�a fue cargada hasta el interior del Red Lion por dos lacayos de lord Devon, mientras un tercero montaba guardia con una pistola para evitar un posible robo. Un mont�n de curiosos se hab�a reunido en el patio para ver c�mo era transportada desde la carroza hasta la cocina.</p><p>�Ser� mejor que dispong�is una guardia �dijo Titus, inquieto�. Si la roban, no me hago responsable.</p><p>En la despensa, ya hab�a ordenado a Hannah que limpiara bien la repisa de piedra que hab�a a lo largo de la pared. Una vez depositada la caja, abrieron la cerradura. Algunos hab�an conseguido seguir su recorrido hasta la despensa, y ahora alzaban el cuello para ver qu� conten�a.</p><p>En su interior, sobre un coj�n de raso rojo, yac�a una ex�tica fruta: parec�a una mezcla de corona real y de erizo. La piel formaba unas escamas regulares, como el caparaz�n de una tortuga, mientras que de la corona sobresal�a un penacho de plumas espinosas. El perfume �que recordaba un poco a la fragancia de las fresas y a la frescura de las limas� emergi� de la caja que la conten�a, impregnando el aire que me rodeaba. Al un�sono, todos los curiosos lanzaron una gran exclamaci�n de estupor.</p><p>�Y ahora deb�is iros �dije, con voz firme�. Tengo que trabajar.</p><p>Cuando todos salvo Hannah y Elias hubieron abandonado la despensa, met� la mano en la caja y saqu� la pi�a, usando las puntas de los dedos para evitar pincharme con los ap�ndices curvos, parecidos a una garra, que sobresal�an de cada escama. La coloqu� sobre la repisa y cog� un cuchillo de carnicero. Con cierta agitaci�n �esto debe de ser lo que experimenta un cirujano, pens�, un momento antes de hacer una incisi�n a un paciente�, cort� la parte de arriba, que dej� al descubierto la pulpa clara y olorosa. Con sumo cuidado, apart� la corona. Luego cort� la fruta en dos mitades, a lo largo, antes de coger un cuchillo m�s peque�o para eliminar las escamas de la piel y el coraz�n, duro y le�oso. Aunque ejecut� esta �ltima operaci�n sobre un cuenco, algunas gotas de zumo de incalculable valor se derramaron en mis dedos.</p><p>�Esta fruta �dijo Hannah, de improviso� cuesta m�s de lo que ganar� en toda mi vida.</p><p>��Y qu�?</p><p>�Nada puede valer tanto.</p><p>Me encog� de hombros.</p><p>�Vale lo que alguien est� dispuesto a pagar.</p><p>�Pero tampoco es especialmente deliciosa.</p><p>��C�mo lo sabes? �repliqu� bruscamente, pregunt�ndome por un momento si la habr�a probado mientras no la estaba mirando.</p><p>�Por su olor. Parece tan �cido como el de un lim�n. �No lo not�is?</p><p>Era verdad: me picaba la nariz a causa de la acidez de la fruta. Levant� una mano y me lam� un dedo, del que goteaba el zumo. Era muy �cido, casi amargo. Habr�a que a�adir mucho az�car para conseguir un sabor agradable.</p><p>�Creo �continu� Hannah� que las pi�as son como el oro o como las piedras preciosas: si son valiosas es porque no abundan mucho.</p><p>�No es s�lo por eso. �Dud� un instante�. La pi�a est� considerada un afrodis�aco: aviva la pasi�n amorosa.</p><p>Para mi sorpresa, se ech� a re�r a carcajadas.</p><p>��Qu� te parece tan divertido?</p><p>�Pues que ese efecto nunca se atribuya a ninguna hierba o fruta com�n. Si una simple mora o una manzana inglesa tuviese la suerte de tener un aspecto tan extra�o y ser poco abundante, puede que tambi�n costaran una fortuna y ser�an consideradas como una fuente de potencia sexual.</p><p>�Nadie ser�a tan necio para pagar una fortuna por una mora �dije. Ahora, la pi�a, cortada en ocho partes, estaba en el cuenco, con el zumo. La divid� en dos y le tend� una a Hannah�. C�rtala tan fina como puedas.</p><p>Ella asinti� con la cabeza y empez� a desmenuzar la pi�a, reduci�ndola a trocitos no m�s grandes que una migaja de pan. Tuve que reconocer que sus cuchillos estaban bien afilados y que sab�a usarlos con rapidez.</p><p>�La gente �<emphasis>los hombres</emphasis>, mejor dicho� valora lo que no pueden tener �dijo, mir�ndome por el rabillo del ojo�. Y supongo que eso, para vos, es una ventaja.</p><p>��A qu� te refieres?</p><p>�Pues que vuestros helados son costosos por la misma raz�n.</p><p>�Mis helados son apreciados por su excelencia �repliqu�. Y ya basta de ch�chara, mujer. Tenemos que cortar la fruta muy fina y tamizarla.</p><p>�Puedo hablar y cortar al mismo tiempo.</p><p>Lanc� un suspiro.</p><p>�Es posible, pero yo no. Esta fruta es, como has dicho muy bien, m�s valiosa que el oro, y me gustar�a dedicarle la atenci�n que se merece.</p><p>Cuando terminamos de tamizar la fruta y dispuse de un cuenco de pulpa fin�sima y zumo, pens� en cu�l deber�a ser el siguiente paso.</p><p>Hab�a pensado preparar un simple <emphasis>sorbetto</emphasis>, pero la acidez de la fruta me convenci� de que deb�a preparar un postre m�s elaborado. As� pues, mand� a Hannah a por suero de leche, el l�quido espeso y cremoso que queda despu�s de preparar la mantequilla. Mientras tanto, reun� el resto de ingredientes: hojas de menta picadas y un poco de zumo de lima como base del sabor del sorbete.</p><p>Cuando Hannah volvi�, mezcl� la misma cantidad de suero de leche y az�car y los a�ad� a la pi�a y a los dem�s ingredientes. Luego vert� la mezcla en la <emphasis>saboti�re</emphasis> �despu�s de haberle ordenado a Hannah que abandonara la despensa� y la remov� cada media hora, primero con un palo y despu�s, a medida que iba adquiriendo densidad, parecida a la de la nieve, con un tenedor, para romper los cristales.</p><p>Un proceso simple y r�pido. Prob� la mezcla; s�lo una pizca, porque en total apenas hab�a para tres copas. Ten�a un sabor dulce y delicado, como un p�lido rayo de sol, y su acidez se hab�a compensado con el az�car y la contundencia del suero de leche. El sorbete era exquisito, aunque no habr�a sabido decir si era mejor o peor que el de mora o el de manzana.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Ahora viene a visitarme todos los d�as. Si est� presente alguien m�s �el embajador, lord Arlington o uno de los muchos exiliados franceses que parecen dar por sentado que mis aposentos son sus <emphasis>salones</emphasis>�, lo despide con brusquedad.</p><p>Y entonces�</p><p>Lo �nico que hacemos es hablar. Palabras y l�grimas.</p><p>Dicho de otro modo: �l me habla de su hermana. Sin embargo, tambi�n comentamos el Gran Asunto, el proyecto de una Europa unida, una suerte de segundo Sacro Imperio Romano, que se extender�a desde Irlanda hasta Rusia. Un continente que permanece unido bajo una �nica fe. Un lugar sin guerras y casi sin fronteras.</p><p>Y, al final, acabamos hablando de Luis. De c�mo ha conseguido imponer su autoridad en el que, en otros tiempos, era el reino m�s dividido y pendenciero de toda Europa. De c�mo, poco a poco, ha conseguido recuperar las partes de tierra que estaban en manos de gobiernos extranjeros. De c�mo, incluso ahora, est� intentando ampliar sus fronteras hacia Holanda, Alsacia y los Pirineos.</p><p>Es evidente que Carlos siente fascinaci�n por su primo franc�s�, fascinaci�n y un poco de envidia.</p><p><emphasis>L��tat c�est moi</emphasis>.</p><p>Le hablo de la gloria del arte franc�s, de los m�sicos, fil�sofos y poetas que contribuyen al lustre de la corte de Versalles.</p><p>�Yo tambi�n tengo mis poetas �dice, un poco a la defensiva�. Y tambi�n mis pintores y mis sabios.</p><p>�Por supuesto �digo, para tranquilizarlo.</p><empty-line/><p>��Y bien? �Ya os ha hecho el amor? �pregunta lady Arlington, con una sonrisa.</p><p>��Elizabeth! �Vaya pregunta!</p><p>��Debo tomarlo como un s�?</p><p>No le contesto.</p><p>��Ah, los franceses! �Siempre encogi�ndose de hombros! �Luego, en voz m�s baja, a�ade�: �Os felicito!</p><p>�Por qu� no le digo la verdad? Despu�s de todo, nunca se ha re�do de mis escr�pulos, aunque me ha dejado claro que le parecen irrelevantes. Sin embargo, intuyo que sobre este particular puede ser muy insistente.</p><p>Tan insistente como �l.</p><p>Est� dejando muy claro que su inter�s, diga lo que diga, no se centra tan s�lo en Minette. El dolor ha dado paso a algo m�s. Ahora, cuando me mira, no lo hace siempre con los castos ojos de un hermano.</p><p>Y a�n as� mantiene su palabra. No me hace ninguna proposici�n que pueda avergonzarme. Todo queda entre l�neas: las miradas, la intensidad de sus ojos, las repentinas sonrisas. Los silencios.</p><p>�Es esto lo que quiero? �Qu� fuerza estoy desencadenando? �Es un monstruo que ser� capaz de domar o que me destruir�?</p><empty-line/><p>�Sire, tengo un helado para vos.</p><p>Le tiendo la copa. Min�scula y espl�ndida, ha sido creada ex profeso para la ocasi�n: una pi�a de oro y de cristal coloreado, del tama�o de una huevera, que representa los ojos de la pi�a, con los bordes decorados con hojas doradas.</p><p>��Es�?</p><p>Asiento con la cabeza.</p><p>�Pi�a, s�. Era el favorito de vuestra hermana.</p><p>Coge la diminuta copa, sumergiendo en ella una cucharilla muy peque�a, como las que se usan para servir la sal. Se la lleva a los labios.</p><p>Un momento despu�s asiente con la cabeza, satisfecho.</p><p>�Extraordinario �susurra.</p><p>Llena otra cucharada y me la tiende. Hago la intenci�n de cogerla, pero �l no la suelta, y entrelazo mis dedos con los suyos.</p><p>Siento sus ojos fijos en m�, oscuros e impenetrables.</p><p>Gu�a nuestras manos hacia mi boca. Lamo los cristales helados de la cucharilla. Tienen un sabor dulce que recuerda al lim�n, un sabor indefinible.</p><p>�Maravilloso �digo.</p><p>Introduce de nuevo la cuchara en la copa. Esta vez soy yo quien gu�a nuestras manos hacia su boca. �l, obediente, la abre y la vuelve a cerrar.</p><p>Nos turnamos: una cucharada para �l y una para m�, moviendo las manos a la vez. Cuando ya no queda nada, dice:</p><p>�Hasta ahora no he comprendido qu� tiene de especial.</p><p>Est� observando mi boca. Noto la garganta seca: quiero tragar, tomar aliento. Veo sus labios entreabri�ndose y luego ladea un poco la cabeza y se acerca, de un modo imperceptible.</p><p>��De qu� est�bamos hablando? �digo de repente, poni�ndome de pie�. Iba a buscar ese libro de poemas, �verdad?</p><p><emphasis>Irreprochable</emphasis>.</p><empty-line/><p>Una tarde me pide que me siente a su lado en la corte, en la sala de audiencias. Me siento inc�moda: parece un lugar demasiado p�blico, demasiado expuesto, pero �se es justamente el motivo por el que estoy aqu�, para convencerlo de retomar la vida p�blica, por lo que no puedo negarme. As� pues, me siento a su lado, exhibi�ndome como una reina, mientras los ministros y los demandantes hacen sus peticiones. Los que padecen hidropes�a o calentura le piden incluso que les toque para curar su enfermedad. Como representante de Dios en la tierra, tiene alguno de sus poderes. Recibe a toda esta gente con paciente cortes�a, aunque por encima de sus cabezas busca mi mirada y arruga la nariz.</p><p>Uno de los demandantes trata de sobornarlo, pero no con una presente, como una caja de rap� o un broche con piedras preciosas, sino con dinero. Los cortesanos que nos rodean murmuran desaprobaci�n.</p><p>Carlos bromea sobre el asunto.</p><p>�Ofrec�dselo a otro �dice� Ofrec�dselo a� �Mira a su alrededor�. A Louise. Siempre pierde cuando juega al <emphasis>basset</emphasis>.</p><p>El demandante sigue su mirada y me entrega la bolsa.</p><p>�No puedo aceptarla �digo, con firmeza.</p><p>�Os lo ruego, madame �me implora el hombre, consciente de que ha cometido un terrible error.</p><p>�Antes preferir�a perder la cabeza que mancillar mi honor �le digo.</p><p>�Bravo �murmura lord Arlington�. Bien dicho, Louise.</p><p>Y provoca un breve aplauso entre los presentes.</p><p>En un rinc�n de la sala veo a una mujer que me observa. Bajita, pelirroja y bonita, aunque vestida de un modo exc�ntrico: lleva un vestido tan ordinario que parece el de una mu�eca. Es tan peque�a que por un momento creo que se trata de una ni�a que ha venido a la corte para ver a los adultos. Me mira fijamente, casi como si me estuviera estudiando. Hace una mueca y luego vuelve la cabeza, entornando los ojos. Me mira a m� y luego a Carlos, y luego vuelve a posar sus ojos sobre m�, desconcertada, como si estuviese tratando de entender lo que est� ocurriendo. Luego veo que sus labios se mueven, como si estuviera murmurando algo para s� misma.</p><p>Decido que m�s tarde le preguntar� a Carlos qui�n es, pero lo olvido por completo.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Los arrayanes ingleses proporcionan muchos ingredientes �tiles para preparar helados.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>El rey, por fin, empez� a comer helados. Pero s�lo con Louise. Todos los d�as mandaba uno distinto a sus aposentos. Ciruela damascena, escaramujo, pera, mora y las enormes y dulces avellanas de Kent. Evidentemente, las avellanas presentaban una especial dificultad: hab�a que picarlas muy finas y luego tostarlas. Aspiraba a combinar el crujiente del fruto seco con la cremosidad que hab�a conseguido con el helado de pera, pero aunque hab�a intentado en muchas ocasiones obtener aquella consistencia m�rbida, daba la impresi�n que s�lo lo lograba por casualidad. Llegu� a pensar que tal vez tuviera algo que ver con los huevos, teniendo en cuenta que la <emphasis>cr�me anglaise</emphasis>, el <emphasis>posset</emphasis> y la crema de Hannah llevaban claras o yemas de huevo, pero cuando trataba de a�adirle huevo batido a mi sirope, s�lo consegu�a hacer una tortilla de fruta.</p><p>Ahora ten�a bastante trabajo para requerir a diario la ayuda de Elias. Aunque s�lo era un muchacho, no era m�s joven de lo que yo era cuando empec� a trabajar con Ahmad, y en cuanto a mis secretos, cuanto m�s joven fuera mejor, porque lo m�s probable era que no entendiera lo bastante bien el proceso como para explic�rselo a alguien. En realidad, se revel� como un voluntarioso pupilo, dispuesto a picar hielo durante horas, y aunque le gustaba preguntar, yo intentaba no contarle demasiadas cosas.</p><p>Sin embargo, no me complaci� en absoluto cuando entr� en la despensa y lo pill� metiendo los dedos en el �ltimo cuenco de sorbete de pi�a.</p><p>��Qu� est�s haciendo? �le grit�, incr�dulo.</p><p>�l dio un salto hacia atr�s, rojo como un pimiento.</p><p>�Te dije que nunca probaras los helados �le record�, furioso.</p><p>�l baj� la cabeza.</p><p>�Lo siento, se�or. Ha sido simple curiosidad.</p><p>�Has metido tus sucios dedos en un postre que estaba destinado al rey �le dije�. En cierto modo, podr�a considerarse una traici�n. Y, adem�s, has desobedecido a tu se�or, y sobre eso no cabe ninguna duda. Ahora te voy a dar una zurra, y da gracias que sea yo quien lo haga y no un guardia.</p><p>Cog� una cuchara de madera y empec� a golpearle. �l grit�. Levant� la cuchara para seguir golpe�ndole, pero alguien, a mis espaldas, la agarr�. Me di la vuelta. Era Hannah, que me miraba, furibunda.</p><p>��Qu� est�s haciendo? �le dije, tratando de quitarle la cuchara de la mano.</p><p>Sin embargo, la agarraba con sorprendente firmeza, y no fui capaz de arrebat�rsela.</p><p>�Deber�a ser yo quien os lo preguntara �dijo, con voz tranquila.</p><p>��Acaso no lo ves? Le estoy dando una zurra porque es un ladr�n.</p><p>�Sea lo que sea lo que haya hecho, le est�is golpeando demasiado fuerte.</p><p>�Soy su se�or, y lo golpear� todo lo fuerte que quiera �repliqu�.</p><p>�Y yo soy su madre y no os lo permitir�.</p><p>��Su madre?</p><p>Estaba tan sorprendido que sujet� la cuchara con menos fuerza; ella, en cambio, la agarraba igual que antes, hasta que acab� en su poder. Nadie me hab�a dicho que Hannah era la madre de Elias.</p><p>�S�. �Hannah solt� la cuchara�. �Por qu� os sorprende tanto?</p><p>�Pero, entonces�, �qui�n es su padre?</p><p>Ella dud�.</p><p>�Elias no tiene padre.</p><p>�Lo que quieres decir es que no sabes qui�n es �murmur�.</p><p>�Eso es exactamente lo que quiero decir �respondi�, con expresi�n desafiante�. No s� qui�n es. �Y qu�?</p><p>Me pas� una mano por la frente.</p><p>��Y qu�? Cuento con la protecci�n real, y ahora me entero de que he dado trabajo al hijo bastardo de una puta. En Francia o en Italia, esto bastar�a para echarme de la corte.</p><p>Por un instante, sus ojos brillaron de rabia.</p><p>�Entonces, las cortes de Francia y de Italia deben ser muy distintas de la nuestra �dijo. Volvi�ndose hacia Elias, a�adi�: �Es verdad? �Has robado?</p><p>�S� �contest� �l, con un hilo de voz�. He probado el helado. El de pi�a.</p><p>Hannah lanz� un suspiro.</p><p>�Me has decepcionado. En primer lugar, porque has cogido algo que no era tuyo, y en segundo lugar, por haber cre�do todas esas tonter�as sobre los helados y las pi�as. No te he criado para que seas tan est�pido.</p><p>�Lo siento �repuso Elias, con el labio tembloroso.</p><p>�Como castigo, trabajar�s una semana entera sin recibir tu paga. Pero si te vuelve a pegar, me lo dices y dejar�s de trabajar para �l.</p><p>Me qued� tan at�nito por aquella inaudita intromisi�n en la relaci�n entre un patr�n y su ayudante que no supe c�mo reaccionar. Cuando por fin me recuper� de la sorpresa, Hannah ya se hab�a ido.</p><p>�Lo siento, se�or �dijo Elias, con voz quebrada.</p><p>Mi c�lera ya se hab�a aplacado y su expresi�n de perro apaleado casi me hizo sonre�r.</p><p>��Has aprendido la lecci�n? �dije, con mi tono de voz m�s severo.</p><p>�S�.</p><p>��Volver�s a comerte los helados del rey?</p><p>Elias sacudi� la cabeza.</p><p>�Y, ahora que ya lo has probado, �qu� te parece? �le pregunt�, por curiosidad.</p><p>Esperaba que hiciera una mueca y me dijera que, despu�s de todo, no era gran cosa; pero, para mi sorpresa, su rostro se ilumin�.</p><p>��Oh, era delicioso! �exclam�.</p><p>Arque� las cejas.</p><p>�Pues no te acostumbres. Puede que pase mucho tiempo hasta que vuelvas a probar otro.</p><empty-line/><p>��Por qu� parec�is tan abatido? �me pregunt� Cassell.</p><p>El soldado sol�a venir a verme una vez a la semana para entregarme el correo o para que le informara sobre lo que ocurr�a en la corte. Sin embargo, aquel d�a me pill� de p�simo humor.</p><p>�Siempre he sufrido de melancol�a �le dije�. Sobre todo en esta �poca del a�o.</p><p>�Los italianos sois unos lun�ticos. Deber�ais montar a caballo o practicar esgrima. �De repente, su rostro se ilumin�. �Ya lo tengo! Os llevar� al teatro. Vamos, insisto.</p><p>Sin saber c�mo, me encontr� a bordo de una barca con �l, rumbo a Charing Cross, y luego andando por Drury Lane, hacia el King�s Theatre.</p><p>Era la m�s importante de las dos compa��as teatrales de Londres, me explic� mientras esper�bamos para ocupar nuestros asientos. La otra era el Duke, cuyo mecenas era el hermano del rey, el duque de York. Era la primera vez que visitaba uno de esos lugares. Para mi sorpresa, vi que los hombres y las mujeres se sentaban juntos en la platea, mientras que en las primeras filas algunas espectadoras llevaban m�scaras. Aquello, me cont� Cassell, significaba que estaban all� para exhibirse, y que no se negar�an a ser toqueteadas. Mientras tanto, algunas muchachas iban de un lado a otro con cestos de naranjas: el perfume que desped�an cuando las pelaban, mezclado con el de las velas de cera que iluminaban el escenario, mitigaban, afortunadamente, el hedor que desped�a la muchedumbre all� reunida.</p><p>Antes de que empezara la obra, dos trompeteros anunciaron la llegada del rey, y el p�blico se puso en pie en se�al de respeto cuando el soberano y su s�quito tomaron asiento en un palco situado junto al escenario. Una vez m�s me sorprendi� la falta de formalidad con respecto a Francia o Italia. Louise se sent� al lado del rey. Llevaba un sombrero franc�s de los que estaban en boga, es decir, muy grande. Al verla, la gente empez� a murmurar.</p><p>Aquel d�a, el principal papel femenino lo interpretaba una actriz que figuraba en los volantes como Mrs. Eleanor Gwynne, aunque, seg�n me dijo Cassell, no estaba casada, y el p�blico �que estaba claro que la adoraba, porque la aclamaron durante la funci�n� la llamaba �Nellie� o �Miss Nell�. El espect�culo constaba de dos partes. Primero se represent� una obra seria sobre el martirio de Santa Catalina; me pareci� bastante interesante, aunque el p�blico parec�a algo inquieto, porque lanz� pieles de naranja a los actores menos notables, aunque nunca a Nellie. S�lo aplaudieron cuando, al final, Nellie yac�a muerta en el escenario. Cuando el portador del f�retro se acerc� para llev�rsela, ella se puso en pie de repente y le detuvo.</p><p><emphasis>�Quieto! �Est�s loco? �Maldito y est�pido perro! Antes de recitar el ep�logo debo resucitar.</emphasis></p><p>De pronto, todo el teatro estall� en risas y v�tores, que s�lo cesaron cuando Nellie levant� la mano. Luego se oyeron algunas expresiones lascivas, hasta que la actriz se encamin� hacia un lado del escenario para dirigirse al rey.</p><p><emphasis>Adi�s, mi se�or, pero daos prisa en volver: Estoy segura de que tardar� en disfrutar de vuestra compa��a. En cuanto a mi epitafio, cuando muera, no conf�o en ning�n poeta, yo misma lo escribir�: Aqu� yace Nelly, que aunque en vida fue una pazpuerca, muri� como una princesa, interpretando a santa Catalina.</emphasis></p><p>Acto seguido empez� a bailar, levant�ndose las faldas y dando vueltas para levantarlas a�n m�s, una exhibici�n que el p�blico alent� con silbidos y aplausos. Era una mujer bajita y hermosa, con unas piernas bien torneadas y un rostro expresivo y exuberante. Sin embargo, a m� no me gust�.</p><p>La segunda obra era <emphasis>La conquista de Granada</emphasis>. En esta ocasi�n, Mrs. Gwynne hizo su entrada en escena con un estrafalario vestido, un sombrero del tama�o de la rueda de una carroza, una enorme peluca que le cubr�a la espalda y unas botas muy grandes. El p�blico se ech� a re�r a mand�bula batiente.</p><p>��Por qu� se r�en? �le pregunt� a Cassell.</p><p>�l tambi�n se re�a, pero se limit� a sacudir la cabeza.</p><p>Sin quitarse aquel enorme sombrero, la actriz se inclin� sobre un actor que luc�a una corona de cart�n en la cabeza y que hurgaba en un cofre lleno de joyas. Acto seguido, la actriz empez� a hablar. Ten�a una voz distinta de la otra funci�n: empleaba un tono de duda, pronunciado las palabras muy despacio. Sin embargo, su forma de hablar me resultaba familiar.</p><p>De pronto, comprend� lo que estaba ocurriendo. Aquel enorme sombrero era una broma de la moda francesa, y el acento de la actriz trataba de imitar el de Louise. En realidad, <emphasis>era</emphasis> Louise: con una precisi�n desconcertante, la actriz se hab�a transformado en la muchacha francesa. En un momento dado cruz� el escenario, imitando, a pesar de su baja estatura, la figura m�s alta y �gil de Louise. La forma caracter�stica de andar de mademoiselle de Keroualle se exageraba c�micamente, convertida en una parodia de Louise, una mujer manipuladora y vanidosa que se contoneaba con coqueter�a.</p><p>��Yo no mala! �balbuce� Mrs. Gwynne, apartando al actor�. �Si pensarrr serrr as� de mala, yo corrrtarme la cabeza!</p><p>��Madame Cartwheel! �Acaso no comprend�is que os amo? �le imploraba el hombre, poni�ndose de rodillas y gui��ndole un ojo al p�blico, que se estaba riendo a carcajadas.</p><p>Incluso las vendedoras de naranjas se re�an a gusto, dejando caer las frutas de sus cestas.</p><p>��Oh, Majestad! Yo no os puedo amarrr. Soy una grrran dama de Frrrancia.</p><p>El hombre le ofreci� algunas joyas del cofre.</p><p>�Bueno� Tal vez pueda amarros un poco �dijo ella, meti�ndose las joyas en el pecho.</p><p>El p�blico estaba muerto de risa.</p><p>Levant� la vista para observar al rey. Se re�a a carcajadas. A su lado, en el palco real, Louise mostraba un rostro inexpresivo.</p><p>�Ya tengo bastante �le dije a Cassell, bruscamente.</p><p>Se hab�a llevado una mano al costado, como si le doliese.</p><p>�No, esperad �dijo, jadeando�. Pronto empezar� la comedia.</p><p>�Ya he visto bastantes idioteces por hoy.</p><p>Furioso, me abr� paso entre aquellos est�pidos ingleses. A rega�adientes, Cassell me sigui�.</p><p>�Quer�ais que viera eso �dije, cuando por fin salimos a Drury Lane.</p><p>�l asinti� con la cabeza, sin remordimiento alguno.</p><p>��Por qu�?</p><p>�Venid, busquemos una taberna.</p><p>Se dirigi� hacia el Strand y me coloqu� a su lado.</p><p>�Una cosa es seducir al rey �me dijo, con voz tranquila�. Y otra acapararlo. Como acab�is de ver, no son pocas las mujeres que se lo disputan.</p><p>��Nell Gwynne?</p><p>�Entre otras. La duquesa de Cleveland se gan� sus t�tulos nobiliarios en su lecho, y podr�a a�adir otras a su colecci�n. Moll Davies, la actriz, tiene una bonita casa en Pall Mall. Y Peggy Clift disfruta de un vitalicio de ochocientas guineas al a�o. Y �stas son s�lo las que ya ha conquistado. Hay muchas mujeres j�venes en la corte deseosas de ocupar el puesto de la madam Carwell. �Se dirigi� hacia una taberna con vistas al r�o�. Y no bastar� con la mera aquiescencia. Tendr� que recurrir a todas sus sucias artima�as francesas si quiere�</p><p>No pudo terminar la frase. Le di un pu�etazo en la cara. Sent� los nudillos golpe�ndole los dientes. Acto seguido, yo estaba en el suelo, con el cuchillo de Cassell en la garganta: la hoja era tan firme como aquellos ojos que me miraban fijamente.</p><p>�Cuidado, signor �susurr�. Me ca�is bien, pero no tolerar� que nadie me insulte as�.</p><p>�Y yo tampoco �repliqu�, sin apartar la mirada.</p><p>Al cabo de un momento retir� el cuchillo.</p><p>��Por los clavos de Cristo! �exclam�, incr�dulo�. Vos tambi�n est�is enamorado de ella.</p><p>Me puse de pie.</p><p>�No se�is rid�culo. Simplemente no soporto que me trat�is como si fuera su alcahuete. Si quer�is hablar con ella sobre lo que debe o no debe hacer, ocupaos vos mismo.</p><p>Me sacudi� con la mano el polvo de la espalda, como si nunca hubi�ramos tenido una pelea.</p><p>�Por supuesto �dijo�. Si os he ofendido sin quererlo, signor, os ruego que acept�is mis disculpas.</p><p>Su tono era cort�s, aunque detect� en sus ojos una expresi�n pensativa.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Aquel ataque tan directo me deja casi sin aliento. Estoy acostumbrada a los maliciosos <emphasis>bon mots</emphasis>, a los comentarios mordaces, a los apartes sonrientes pero mal�volos de Versalles, pero la cruda barbarie de Nell Gwynne es algo completamente distinto. Hago lo posible por no gritar durante la funci�n.</p><p>Luego, todos la aplauden. Puedo perdonar las risas �cualquiera puede re�rse y luego arrepentirse de haberlo hecho�, pero �aplaudir?</p><p>Tengo las manos cruzadas sobre mi regazo. Carlos se da cuenta y se vuelve hacia m�.</p><p>�Al principio pueden parecen unos salvajes �dice, con aire de disculpa�, pero s�lo es su forma de daros la bienvenida.</p><p>�Pero �por qu� me odia tanto esa mujer?</p><p>Carlos mira hacia el escenario, donde Eleanor Gwynne est� ejecutando otra danza mientras el p�blico sigue el ritmo de la m�sica con palmas.</p><p>�No os odia. Es s�lo el modo de divertirse de Nelly. Os ruego que no os lo tom�is en serio, Louise. A Nelly le encanta gastar bromas.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Para una gran ocasi�n, no hay nada mejor que un helado.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>�Es un ataque contra todos nosotros �dice Arlington�. Nell es la criatura de Buckingham. �l no ha olvidado que se ha comportado como un est�pido en lo referente al tratado. Estaba esperando su oportunidad.</p><p>�Es, sobre todo, un ataque contra Francia �responde Colbert. El embajador franc�s, un hombre bajito, se hab�a unido a nosotros en aquella ocasi�n�. No podemos permitirnos pasarlo por alto.</p><p>�No debemos hacer nada �dijo Walsingham�. Puede que la s�tira de Nell le haya hecho gracia al rey, pero el �nico efecto que ha tenido es lanzarlo a�n mas en brazos de madam Carwell. Carlos no ha visitado a Nell desde la muerte de su hermana. Ni a ninguna de sus favoritas, a decir verdad. La duquesa de Cleveland ha tenido que aplacar sus apetitos carnales con un acr�bata.</p><p>Nadie le pregunt� c�mo se hab�a enterado. Las informaciones de Walsingham ten�an fama de ser fidedignas siempre.</p><p>�Puede que <emphasis>vos</emphasis> pod�is pasarlo por alto �admiti� Colbert�, pero <emphasis>yo</emphasis> no. La reputaci�n de Francia est� en juego.</p><p>��Y qu� pens�is hacer? �pregunt� Arlington, en tono ir�nico�. �Vengaros con una comedia sobre el asedio de Orleans?</p><p>�Un baile �respondi� el embajador, con voz firme�. Organizar� un baile. Despu�s de todo, es justo celebrar que Su Majestad se haya recuperado. Y ser� una ocasi�n para ense�ar a vuestros compatriotas c�mo se hacen esta clase de cosas. No repararemos en gastos �Me mir� fijamente a los ojos�. Serviremos helados, signor. Helados para ochocientos invitados. Tendremos que recordar a todos de d�nde provienen los placeres del rey.</p><p>No era una petici�n.</p><p>En realidad, aunque el embajador me hubiera dejado elecci�n, habr�a cogido al vuelo la oportunidad que supon�a el baile. Aqu�, en Inglaterra, me estaba volviendo loco, enjaulado en esta peque�a corte, en este peque�o pa�s, preparando helados para un c�rculo de gente tan reducido.</p><p>El embajador no era el �nico que quer�a ense�arles c�mo se hac�an las cosas en Versalles.</p><empty-line/><p>Poco a poco, el proyecto fue tomando forma. Nos adue�ar�amos del parque de St James y lo transformar�amos en una r�plica de los jardines del placer de Versalles. Levantar�amos un enorme palacio de tela y papel m�ch�, que estar�a en pie una sola noche, como en los <emphasis>divertissements</emphasis> de Luis XIV. Una orquesta de m�sicos franceses, tra�da para la ocasi�n. Y todos los invitados de la nobleza llevar�an m�scaras, como en carnaval.</p><p>Los helados tambi�n ser�an particularmente refinados. Colbert servir�a el vino de Champa�a <emphasis>p�tillant blanc</emphasis>, el s�mbolo de la cooperaci�n anglo-francesa: el vino franc�s, en unas botellas especialmente resistentes, inventadas por un miembro de la misma Royal Society a la que pertenec�a el honorable Robert Boyle.</p><p>Y yo�, yo servir�a sorbetes de champ�n.</p><p>El uso del alcohol, lo sab�a muy bien, complicaba la elaboraci�n de los helados. El vino es un ingrediente dif�cil, y el vino espumoso m�s a�n. Sin embargo, empezaba a tener la suficiente confianza en mis habilidades como para intentarlo.</p><p>Evidentemente, no ser�a el �nico helado del men�. Despu�s de pensarlo mucho, decid� preparar un sorbete de granada con salsa de champ�n; una gelatina de manzana y crisantemo y un <emphasis>granite</emphasis> de con leche aromatizada con hinojo. Las cocinas del embajador se ocupar�an del plato principal, una serie de carnes francesas, pero los postres ser�an cosa m�a: una selecci�n de sorbetes entre los cuales, �por fin!, har�a su primera aparici�n p�blica mi helado de pera y <emphasis>cr�me anglaise</emphasis>, esa noble alianza, servida en una doble corona crujiente con brandy para simbolizar la feliz uni�n de los dos reyes.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>El embajador franc�s quiere saber si el rey asistir� al baile.</p><p>�No lo s� �le digo�. �l a�n est� de luto por la muerte de su hermana.</p><p>�Naturalmente �murmura el embajador�. La muerte de esa dama fue una aut�ntica tragedia�, y aun as� no lo lamento, porque fue eso lo que os ha tra�do aqu�. Es una suerte para Francia que el rey haya hallado consuelo en la compa��a de una compatriota nuestra.</p><p>Siempre habla as�, en un tono ampuloso, exagerado y arrogante. Lanza insinuaciones y espera que yo lo contradiga; si no lo hago, piensa que he confirmado sus hip�tesis, cuando lo cierto es que, simplemente, no son asunto suyo.</p><p>�He ordenado que preparen helados �a�ade, un momento despu�s�. Helados, con la esperanza de que el rey nos honre con su presencia.</p><p>�S�. Esperemos que as� sea.</p><empty-line/><p>Y, efectivamente, dos d�as antes del baile llegan tres paquetes, entregados por criados de librea. Los acompa�a una nota.</p><p><emphasis>Basta de duelo. CR.</emphasis></p><p>Carolus Rex. El rey Carlos. Una orden real.</p><p>Dentro del primer paquete hay una m�scara con unos min�sculos diamantes rojos. En el segundo, un vestido: unos calzones de bandolero, una camisa corta como la de un conquistador, un sombrero de tres picos, todo ello confeccionado con seda brillante y cosido con hilos de plata. El �ltimo paquete contiene unas botas, un cintur�n y una pistola de plata.</p><p>Me recojo el pelo en una masculina cola y me pinto los labios del mismo color rojo oscuro que la m�scara.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Para preparar un sorbete de champ�n: mezclar cuatro copas de champ�n, una de agua y una de az�car en una marmita y hervir con la piel de un lim�n hasta que el az�car se haya disuelto. Dejar enfriar y a�adir el zumo del lim�n. Mientras se congela, remover el sorbete con un tenedor.</p><p>Para preparar la gelatina de crisantemo y manzana: hervir a fuego lento cinco o seis manzanas verdes y una docena de flores de crisantemo en una marmita y colar. Cuando el l�quido se haya enfriado, a�adir una taza de sirope de az�car y una pizca de resina. Verter en copas y dejar enfriar sin congelar.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Preocupado, como de costumbre, por guardar mis secretos, s�lo dejaba que me ayudara el personal del Red Lion. Hab�a mucho que hacer, y me dediqu� a ello con entusiasmo, contento, por una vez, de pensar en algo que no fuera la pol�tica. Trabajamos duro durante dos semanas y, una vez terminados, conservamos los sorbetes en hielo.</p><p>Retras� cuanto pude mi llegada al baile: sab�a que, al final de la velada, el calor ser�a insoportable, y quer�a que mis helados estuvieran fr�os el mayor tiempo posible. Por eso no me sorprendi� ver que hab�a mucha gente en el parque. Lo que s� me sorprendi�, en cambio, fue descubrir que la muchedumbre no estaba all� para disfrutar del espect�culo, sino para demostrar su hostilidad.</p><p>��Por qu� gritan as�? �pregunt�.</p><p>Hannah, montada en la parte trasera de la carroza que transportaba los ba�les de los helados, respondi�, con voz tranquila:</p><p>�Creen que Francia quiere convencernos de luchar contra los holandeses para, una vez flaqueen nuestras fuerzas, volverse contra nosotros.</p><p>��Ni guerra ni papa!�, gritaba la multitud, y tambi�n ��Mandadlos a casa!� y ��Fuera los cat�licos!�. Cuando intentamos entrar en el parque, empujaron la carroza, e hice todo lo posible por proteger los helados.</p><p>��Es que los soldados no son capaces de mantener el orden? �grit�, exasperado.</p><p>Un hombre deposit� un panfleto en mi mano.</p><p>��Mirad los dibujos, leed los versos! �Grabados con las escandalosas seducciones de madame Carwell! �Contemplad c�mo se divierte el viejo Rowley!</p><p>Lo apart� con un pie y el hombre acab� tirado en el fango.</p><p>Bajo la carpa, en cambio, todo era decoro y elegancia. En todos los rincones hab�a lacayos con peluca, listos para servir mis sorbetes de champ�n en bandejas de plata. Sonaba m�sica francesa y se o�an conversaciones en franc�s mientras se ejecutaban las danzas lentas y solemnes de Versalles. Vi c�mo las luces de cuatro enormes candelabros iluminaban las copas de cristal, haciendo brillar los sorbetes como si fueran diamantes. Incluso las botellas de champ�n se enfriaban en urnas esculpidas con resplandecientes bloques de hielo.</p><p>Estaba muy ocupado: estaban llegando ya los primeros invitados mientras yo repart�a los ba�les con los helados, uno para cada pareja de lacayos.</p><p>�Mantened fr�os los helados todo el tiempo que pod�is �les orden�. Cuando no quede ninguno en vuestra bandeja, volved a llenarla con los sorbetes que hay en el ba�l, pero cerrad la tapa de inmediato o lo �nico que quedar� en su interior ser� una sopa fr�a.</p><p>Me miraron, sin comprender lo que les dec�a: nunca hab�an o�do hablar de helados, y tuve que explicarles pacientemente m�s de una vez por qu� las bebidas que iban a servir deb�an estar muy fr�as, y porqu� calentarlas no era una buena idea. Tras afinar los instrumentos, la orquesta empez� a tocar: los trompeteros anunciaron la llegada de los primeros invitados. El embajador cogi� una bandeja de sorbetes y se coloc� junto a la entrada para saludar a los invitados y darles a probar aquella novedad procedente de Francia.</p><p>Yo segu�a estando ocupado: iba de un lado a otro, tratando de hacerles comprender a los lacayos que, una vez disuelto, el sorbete pod�a tirarse. Algunos vaciaban sus bandejas antes que otros, y tuve que redistribuir los ba�les para asegurarme que ninguno de ellos se quedaba sin sorbetes�</p><p>Y entonces la vi. La vi y el mundo se detuvo.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Las otras mujeres se han disfrazado de pastorcillas, ninfas y personajes de la mitolog�a griega y francesa. Incluso las danzas son francesas: minuetos, movimientos elegantes y pasacalles. Toda la gente importante de Londres est� aqu�, y tambi�n todos los arist�cratas y cortesanos franceses que viven en Inglaterra. Un ataque contra Francia es un ataque contra todos ellos, y ahora est�n ansiosos por ver si el rey mostrar� su apoyo a Francia asistiendo a la recepci�n del embajador franc�s.</p><p>Si no asiste, ser� una se�al incontrovertible de que se ha roto la alianza.</p><p>Y entonces, �por fin!, una figura alta, con el rostro enmascarado, aparece en lo alto de las escaleras, acompa�ada por un peque�o grupo formado por sus cortesanos favoritos. La multitud enmudece, como una bestia al acecho, y luego estalla en v�tores m�s entusiastas que antes.</p><p><emphasis>El rey. El rey est� aqu�.</emphasis></p><p>Y�</p><p>Ya no lleva luto por la muerte de su hermana. Luce un sombrero de tres picos con plumas, un jub�n cosido con hilos de plata y unas botas por encima de la rodilla, como las de los mosqueteros franceses.</p><p><emphasis>El rey apuesta por Francia.</emphasis></p><p>Mientras avanza hacia m�, renunciando de inmediato a fingir que, a pesar de la m�scara, va de inc�gnito, la gente se inclina con un movimiento ondulatorio. La fuerza que emana su presencia provoca una reacci�n de obediencia entre la muchedumbre, como una guada�a segando el trigo.</p><p>Se inclinan a sus espaldas, pero �l los ignora y sigue avanzando.</p><p>Se detiene frente a m�.</p><p>En vez de inclinarme, levanto la pistola, apunt�ndole al pecho. Al coraz�n. Un grito ahogado inunda la sala, antes de que se haga el silencio.</p><p>�Una prenda, por favor �digo, con voz tranquila.</p><p>El rostro enmascarado me mira fijamente.</p><p>�Hay tres cosas que podr�a daros, hermosa bandolera. �Imagin�is cu�les son?</p><p>Sus cortesanos se echan a re�r, pensando en seguida en su alcoba. Sacudo la cabeza.</p><p>�Puedo concederos un baile, puedo daros un beso o entregaros mi coraz�n. �Qu� eleg�s?</p><p>Bajo el arma.</p><p>�Un baile, entonces.</p><p>�Muy bien.</p><p>Me acompa�a a la pista de baile, y los m�sicos empiezan a tocar la pieza otra vez, de modo que todos los bailarines se ven obligados a empezar la danza desde el principio.</p><p>Cuando el baile est� a punto de llegar a su fin, �l coloca sus manos sobre las m�as, palma contra palma, entrelazando los dedos. Sus ojos, oscuros tras la m�scara, se posan en los m�os.</p><p>Luego abre un poco los brazos, con los dedos a�n entrelazados, oblig�ndome a acercarme a �l. Una vez m�s, siento que el silencio cae a nuestro alrededor.</p><p>�Sigue siendo parte de nuestro juego? �O se trata de algo m�s?</p><p>El m�s dulce de los besos, en la comisura de los labios. El perfume de su colonia, almizcle�o y franc�s. El roce de su bigote. Luego, sus labios presionan con m�s fuerza, adhiri�ndose a los m�os.</p><p>Involuntariamente, mi cuerpo se tensa, y �l da un paso atr�s.</p><p>Todos los que nos rodean empiezan a susurrar.</p><p>�l acerca la boca a mi oreja.</p><p>�Por un beso como �ste luchar�a en mil guerras.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Para preparar un sorbete de granada: exprimir las granadas necesarias para obtener dos tazas de zumo. A�adir media taza de az�car para endulzar; luego, remover la mezcla y congelar. Para servir, verter champ�n sobre el sorbete, decor�ndolo con semillas de granada y trocitos de naranja recubierta de az�car.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>El disfraz de bandolera le quedaba bien. Resaltaba su cintura sutil, sus estrechas caderas, su larga espalda y su elegante cuello. Sin embargo, era su porte lo que la distingu�a de las arist�cratas inglesas que la rodeaban. S�lo por su forma de moverse estaba claro que se trataba de una dama francesa de alta alcurnia.</p><p>El rey bail� con ella. No pod�a quitarle los ojos de encima. Nadie era capaz de hacerlo, aunque para m� era algo muy distinto.</p><p>Por la forma en que la miraba el resto de la gente, se dir�a que ella era una presa y los dem�s una jaur�a dispuesta a despedazarla. Estaba sola contra todos, y aun as� no vacilaba.</p><p>La mir�, y supe que la amaba.</p><p>�C�mo hab�a podido negarlo? La hab�a amado desde que me hab�a encontrado con ella en el bosquecillo de n�speros de Versalles.</p><p><emphasis>Tal vez volvamos a vernos.</emphasis></p><p><emphasis>Si ambos seguimos buscando lugares donde estar solos, pod�is estar seguro de ello, signor Demirco�</emphasis></p><p>El baile lleg� a su fin. El tiempo retom� su inexorable marcha. Sin embargo, yo segu� mir�ndola cuando el rey la solt�. Ella se dirigi� de nuevo a un rinc�n de la sala. No hab�a nadie que fuera a reunirse con ella, no ten�a con quien estar.</p><p>Hab�a o�do comparar el amor con el fuego. Pero es un error. Si tocas una llama, retrocedes. El dolor es r�pido y repentino, pero luego desaparece.</p><p>El amor es como el hielo. Se acerca con sigilo, penetrando en tu cuerpo furtivamente, minando tus defensas, buscando los rincones m�s rec�nditos de tu piel. No se parece al calor, al dolor o a una quemadura, sino m�s a bien a una insensibilidad interna, como si el coraz�n se endureciera, convirti�ndote en piedra. El amor te agarra, apret�ndote con una fuerza que puede romper una roca o quebrar el casco de un barco. El amor es capaz de levantar bloques de piedra, triturar el m�rmol o secar las hojas de un �rbol.</p><p>La amaba, pero nunca podr�a tenerla.</p><p>Entonces, algo me inst� a volverme, y vi una figura alta que tambi�n la estaba observando por encima de las cabezas de sus cortesanos. Todos se re�an y bromeaban, pero �l no les prestaba ninguna atenci�n. Miraba fijamente a Louise, inm�vil como una estatua. Tan inm�vil como yo.</p><p>El rey.</p><p>Comprend� que �l tambi�n la amaba, como yo.</p><p>Carlo y el rey Carlos. El perro y el gato. Dos reflejos en un espejo. �ramos rivales y, al mismo tiempo, no lo �ramos.</p><p>Porque �l era un rey, y yo no. �l pod�a tenerla, pero yo no. Al final, el hielo acabar�a abandonando su coraz�n, pero se quedar�a en el m�o para siempre.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Las m�scaras no enga�an a nadie. Pero, aun as�, no reconozco a la mujer que lleva una m�scara a cuadros y que se coloca junto a m� frente a la mesa de la comida.</p><p>�As� pues, vos sois mi sustituta �dice.</p><p>��Disculpad?</p><p>Me vuelvo para mirarla. Es alta, con un bonito cuerpo y mayor que yo. Sin embargo, hay algo en su porte �se la ve fuerte y segura, acostumbrada a dar �rdenes� que me pone en guardia.</p><p>�Oh, no os preocup�is �dice�. He durado mucho. Adem�s, como sin duda alguna ya habr�is descubierto a estas alturas, algunos de sus� <emphasis>peccadilloes</emphasis> pueden resultar bastante fastidiosos.</p><p>��Qui�n sois?</p><p>��No lo sab�is? �Parece divertida�. Bueno, supongo que somos <emphasis>muchas</emphasis> donde escoger. Sin embargo, soy la �nica que ha conseguido un t�tulo. Pero ojo: tuve que dejar que me observara mientras estaba con tres de sus guardias antes de que me nombrara duquesa.</p><p>A pesar de la m�scara, mi expresi�n escandalizada deb�a ser evidente.</p><p>�Oh, �con vos a�n no lo ha probado, verdad? �murmura�. Tiempo al tiempo, querida, tiempo al tiempo. Pero no os dej�is enga�ar por sus exquisitos modales. A pesar de su encanto, es un libertino, como todos los dem�s.</p><p>Un lacayo se acerca con una bandeja de langostinos. Pincha uno con un cuchillo y lo coloca frente a mi cara. Me doy la vuelta. La mujer se ha esfumado.</p><p>��D�nde est�n las letrinas? �le pregunto al lacayo�. De prisa� Creo que voy a vomitar.</p></section><section><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>TERCERA PARTE</p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>�El afecto del rey de Inglaterra por Mlle. de Keroualle aumenta d�a a d�a, y las n�useas que sufri� ayer me hacen albergar esperanzas de que su buena suerte continuar�, al menos mientras yo siga siendo embajador��.</p><p><emphasis>Colbert de Croissy, embajador de Francia en Inglaterra, a Louvois, ministro de guerra de Francia</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>�El rey se sorprendi� por lo que me escribisteis con respecto a Mlle. de Keroualle, cuyo comportamiento, mientras estuvo aqu� y desde que fue enviada a Inglaterra, no presagiaba que ser�a capaz de alcanzar su objetivo con tanta celeridad. Su Majestad est� ansioso por ser informado de los v�nculos que cre�is que existen entre el rey y ella��.</p><p><emphasis>Louvois a Colbert</emphasis></p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>��Que Su Muy Cristiana Majestad quiere saber <emphasis>qu�</emphasis>?</p><p>�Si hay�, en fin, buenas noticias. Si el rey de Inglaterra ser� bendecido con un hijo.</p><p>�Tendr�is que pregunt�rselo a la reina. Yo no s� nada al respecto, y no es probable que lo sepa.</p><p>�En realidad, mademoiselle, no me refer�a a la reina.</p><p>��A qui�n, entonces? �De qu� est�is hablando, Excelencia?</p><p>El embajador tiene el buen gusto de parecer avergonzado.</p><p>�Me hab�a hecho a la idea de que vuestras excelentes relaciones con el rey tal vez son�</p><p>Lo miro fijamente.</p><p>�Totalmente leg�timas. Y lo seguir�n siendo.</p><p>�Comprendo. �El embajador parece un poco p�lido�. Entonces, �no hay nada de lo que deba informar a Versalles? El rey en persona ha solicitado una� aclaraci�n.</p><p>�Pod�is decirle a Su Muy Cristiana Majestad que soy perfectamente consciente de que el honor de Francia depende de cada uno de sus s�bditos. Y que nunca jam�s har� nada que ponga en tela de juicio el honor de nuestro pa�s.</p><p>�S�, s�, por supuesto.</p><p>�Soy Louise Ren�e de Penanco�t, Dame de Keroualle, la hija mayor de la familia m�s antigua de Breta�a, y no una simple dama de honor.</p><p>El embajador se inclina con frialdad.</p><p>�Somos realmente muy afortunados al tener entre nosotros a una persona de tan alta alcurnia. Y de unos modales tan irreprochables, naturalmente.</p><p><emphasis>De Bennet, lord Arlington, a Ralph Montagu, enviado ingl�s:</emphasis></p><p>Colbert es un necio: le ha prometido al rey de Francia que la misi�n est� casi cumplida, y ahora tiene la desagradable obligaci�n de decirle que apenas ha empezado. Sin embargo, Louvois parece tener fuentes de informaci�n propias, y sabe lo que ocurre en Whitehall mucho mejor que su propio embajador. Desde luego, sabe lo que la muchacha en cuesti�n ha hecho o no, y a juzgar por las cartas que hemos podido leer, ha podido decirle a Colbert, en t�rminos inequ�vocos, que la pr�xima vez verifique mejor los hechos antes de difundir rumores a trav�s del servicio diplom�tico. Todo esto ha abochornado al embajador, que ahora desea que se aceleren las cosas. Naturalmente, le he hecho comprender que puede contar con nuestra ayuda, aunque tambi�n ha llegado la hora de que su se�or haga lo que le corresponde. Esto lo pone si cabe m�s nervioso, porque, evidentemente, no le puede decir a su rey lo que debe hacer, aunque no ser�a embajador si no fuera capaz de encontrar alg�n modo de plantear mi sugerencia haciendo que parezca una idea del propio Luis�</p><p><emphasis>De Colbert a Su Muy Cristiana Majestad, Luis XIV:</emphasis></p><p>Sire: es cierto que el rey de Inglaterra demuestra un tierno afecto por Mlle. de Keroualle, y es posible que os hay�is enterado por otras fuentes que ha puesto a su disposici�n unos aposentos lujosamente amueblados en Whitehall. Su Majestad acude a sus estancias todos los d�as a las nueve de la ma�ana y nunca se queda menos de una hora, a veces dos. Vuelve despu�s de la cena, sufraga sus apuestas cuando ella juega a las cartas y no permite que nunca le falte nada. Todos los ministros tratan de entablar amistad con esa dama, y lord Arlington me dijo recientemente que estaba muy satisfecho de ver que el rey se estaba encari�ando con ella, y que, aunque Su Majestad no era un hombre dado a hablar de asuntos de Estado con las damas, estando en poder de estas �ltimas obstaculizar los prop�sitos de quienes detestaban, era preferible para los fieles servidores del rey que Su Majestad demostrase su simpat�a por esa se�ora, que no es de �nimo malicioso y es una dama noble, m�s que por actrices u otras indignas criaturas, en las que ning�n hombre de alta alcurnia deber�a fijarse; y que era necesario aconsejar a esa joven que cultivara la amistad del rey, a fin de que s�lo encontrara en ella placer, paz y tranquilidad. Ha a�adido que, si hab�a seguido su consejo, lady Arlington le habr�a sugerido a la joven que cediera sin reservas a los deseos del rey, y le habr�a dicho que para ella s�lo quedar�a la alternativa de un convento en Francia y que yo deber�a ser el primero en informarla de ello. Le dije, bromeando, que no habr�a sido tan ingrato con el rey ni tan necio como para decirle a la muchacha que se inclinara por la religi�n antes que por los favores del rey, y que estaba seguro de que aunque ella no esperaba mi consejo, yo se lo dar�a de todas formas, para demostrar hasta qu� punto �l y yo apreci�bamos su influencia, y para informarla de las obligaciones que ten�a con milord�</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>La presentaci�n de un helado es el momento cumbre de cualquier evento.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>El baile fue un �xito. Un gran �xito: el rey Carlos era de nuevo un monarca alegre, el pr�ncipe del placer. Todas las noches se celebraban fiestas, bailes de m�scaras, partidas de cartas con grandes apuestas, excursiones y reuniones fr�volas llenas de chanzas. Y era Francia quien lo hab�a hecho posible. Una vez m�s, Francia era el ep�tome de lo que estaba en boga. Las obras de teatro francesas se representaban en los teatros reales, los platos franceses se serv�an en todas las mesas de la nobleza y los helados franceses �es decir, <emphasis>mis</emphasis> helados� estaban presentes en todos los bailes y las cenas. La aristocracia, enloquecida, se aficion� a las plantaciones de pi�as, a los huertos y a los dep�sitos de hielo, y los grandes linajes de Inglaterra ordenaron remodelar las <emphasis>fa�ades</emphasis> de sus palacios para que se parecieran a los <emphasis>ch�teaux</emphasis> franceses. Los techos se pintaban como los de Versalles, y todas las damas de alta alcurnia quer�an una <emphasis>salle des miroirs</emphasis> donde sorber el <emphasis>th�</emphasis> en tazas de porcelana.</p><p>S�lo el pueblo llano estaba descontento y agitado, pregunt�ndose ad�nde llevar�a todo esto. Hasta el m�s humilde artesano o sirviente era capaz de decir lo que estaba sucediendo en Europa: un�an fuerzas para comprar los peri�dicos que se vend�an en las tabernas y los caf�s, y se sentaban para comentar las noticias, con el ce�o fruncido. Luis quer�a la guerra, eso era evidente. Pero �qu� engullir�a primero, Holanda o Espa�a? Y si la victoria era inevitable, �era mejor ser su aliado o su enemigo? En el pasado ya hab�a establecido alianzas, y luego se hab�a vuelto contra sus aliados cuando le hab�a convenido.</p><p>El Parlamento ratific� el tratado de Par�s, pero el tratado de Dover segu�a siendo un secreto que s�lo unos pocos conoc�an.</p><p>Ahora que estaba m�s ocupado, compr� un palanqu�n para desplazarme r�pidamente entre la muchedumbre. Capt� las miradas de desaprobaci�n de Hannah, y pens� que se deb�an al despilfarro. Sin embargo, luego la vi insultando a uno de los hombres que hab�a tomado a mi servicio para transportarme, trat�ndole como un obst�culo in�til que siempre estaba en medio de su camino, y le pregunt� cu�l era el problema.</p><p>�El problema es que se trata a los ingleses como si fueran esclavos y bestias de carga �me respondi�, furiosa�. Las sillas como �sas no se ve�an en Inglaterra antes de que volviera el rey.</p><p>�Entonces es un progreso, �no?</p><p>�No, son hombres que se comportan como si fueran superiores a los dem�s.</p><p>�Si aumenta mi fortuna �le expliqu�, entonces las cosas tambi�n ir�n mejor para ti. Y para Elias.</p><p>Era verdad: le pagaba un chel�n m�s a la semana, y ahora, Elias ten�a un elegante uniforme que llevaba cuando me acompa�aba a la corte.</p><p>Hannah se limit� a murmurar algunas palabras incomprensibles y volvi� a sus quehaceres.</p><empty-line/><p>En cuanto a Louise, la suerte le sonre�a incluso m�s que a m�. Donde estaba el rey, estaba ella, ayud�ndole a sentirse a sus anchas en fiestas y veladas; su n�tida risa francesa se alzaba entre el murmullo de los invitados y los tambores de los m�sicos, y su sonrisa atra�a todas las miradas.</p><p>Observ�ndola, se dir�a que estaba exultante, que habiendo conseguido que el rey dejara de lado el luto, ya hab�a cumplido. Sin embargo, no era as�, y la presi�n que ejerc�an sobre ella era cada vez mayor.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>He recibido una carta. Una carta de Luis XIV en persona.</p><p>La leo sentada frente al clavic�mbalo, con el embajador a mi lado. Una sonrisa inc�moda asoma a sus labios, como si �l fuese mi profesor de m�sica y yo una alumna especialmente recalcitrante.</p><p>��Sab�is lo que dice? �le pregunto, cuando acabo de leer la carta.</p><p>La dejo en el facistol, para que no vea que me tiembla la mano que sostiene el papel.</p><p>�No presumo de adivinar los pensamientos de mi rey. �Soy consciente de que se abstiene de responder a mi pregunta�. �Se trata de alg�n consejo paternal para vos?</p><p>��El rey de Francia os recomienda complacer al rey de Inglaterra�. En vuestra opini�n, �qu� cre�is que significa eso?</p><p>Colbert no responde.</p><p>�Aunque, naturalmente, siendo una de sus s�bditas, se alegrar�a de recibirme de nuevo en Francia cuando desee volver. Y, como muestra de la consideraci�n que me ten�a madame, ha hablado con la abadesa de un convento de Marsella, que me ofrece gentilmente un puesto como novicia en el caso de que decida dar la espalda a la diplomacia y seguir una vida dedicada a la virtud y a la reflexi�n. En realidad no ha hablado con ella, porque la orden en cuesti�n ha hecho voto de silencio, pero han mantenido correspondencia. Al parecer, esas monjas est�n llevando a cabo una gran labor entre los leprosos. Por eso est�n seguras de que dispondr�n de una vacante: la recompensa a la virtud de esas hermanas es que se re�nen con Dios antes que las dem�s.</p><p>�Como de costumbre, Su Majestad es muy generoso con su consejo �murmura el embajador.</p><p>��Oh, s�! Y hay algunas tierras en Brest, en tiempos propiedad de mi familia, que vuelven a estar en sus manos. Se pregunta qu� podr�a hacer con ellas. As� pues, �qu� quer�is que haga, Excelencia?</p><p>La sonrisa de Colbert es inescrutable.</p><p>��Mademoiselle?</p><p>�Su Majestad termina sugiri�ndome que os pida consejo; a vos y a los Arlington. S� muy bien lo que ellos me aconsejar�n. Lady Arlington opina que deber�a ceder sin reservas a los deseos del rey. �sas han sido las palabras que ha pronunciado por la ma�ana: �Ceder sin reservas�. �Qu� os parece?</p><p>Tiene un semblante abatido.</p><p>�A veces, aqu� hablan con una franqueza sorprendente. Incluso brutal.</p><p>�Y aun as�, tiene una ventaja: son muy claros. S�lo ahora, por ejemplo, comprendo del todo los planes de mi soberano.</p><p>Hablo con calma, aunque debo hacer un gran esfuerzo por reprimir mi c�lera. El embajador intenta adoptar una expresi�n ignorante y al mismo tiempo inquisitiva, levantando simplemente una ceja.</p><p>�Oh, creo que ambos sabemos a qu� me refiero �contin�o�. �O prefer�s que sea incluso m�s brutal que lady Arlington?</p><p>�Oh, s�, comprendo. Bueno, deb�is hacer lo que cre�is que es lo mejor.</p><p>�Debo hacerlo, s�. �Doblo la carta y se la entrego�. Me ha quedado claro que a Su Muy Cristiana Majestad no le han sugerido que existe otra posibilidad.</p><p>��Cu�l?</p><p>�Me refiero a la insinuaci�n de lord Arlington seg�n la cual podr�a convertirme en reina de Inglaterra tras la muerte de Catalina de Braganza.</p><p>El embajador se pone p�lido. Vuelve los ojos hacia la puerta, como para comprobar que nadie est� escuchando.</p><p>��<emphasis>Lord Arlington</emphasis> ha sugerido eso?</p><p>�As� es. �No estabais al corriente de ello? La idea es muy sencilla. Una francesa cat�lica ocupando el trono de Inglaterra significar�a que�</p><p>��No dig�is algo as�! �exclama, en un siseo�. �Ni siquiera lo pens�is!</p><p>�Cre�a que lo sab�ais�</p><p>��No hay ning�n plan! �espeta, con voz chillona�. Y no creo que alguien como lord Arlington haya podido insinuar algo as�.</p><p>�Dijo que� �Hago una pausa. �Qu� fue lo que dijo exactamente lord Arlington? Trato de recordar. Con una sensaci�n de angustia que va en aumento, me doy cuenta de que, en realidad, no dijo nada. Todo se daba por sobreentendido, estaba impl�cito. Castillos en el aire�. Dijo que la salud de la reina era muy delicada.</p><p>Colbert asiente con la cabeza.</p><p>�Esto es cierto. Y, naturalmente, Francia espera que Su Majestad se recuperar� por completo.</p><p>�Y dijo que podr�a ser Luis, y no el Parlamento ingl�s, el que decida qui�n debe sucederla.</p><p>El embajador me mira como si estuviese delirando.</p><p>�<emphasis>En el caso</emphasis> de que alguien tuviera que sucederla, y <emphasis>en el caso</emphasis> de que Su Muy Cristiana Majestad fuera consultada, es evidente que aconsejar�a a su primo. Pero est� claro que cualquiera que fuera la reina sugerida deber�a tener sangre real.</p><p>�Yo soy una De Keroualle, y desciendo indirectamente de los antiguos reyes de Breta�a por parte de mi madre�</p><p>��Sois una dama de compa��a! Y ca�da en desgracia, adem�s.</p><p>�Mi crianza�</p><p>��Crianza? �A qu� viene toda esta ch�chara sobre la crianza? �La crianza es cosa de perros de agua y periquitos, pero no de reinas y princesas! �Se pasa una mano por la cara�. Las reinas tienen una <emphasis>dote</emphasis>. Catalina de Braganza aport� al rey de Inglaterra T�nger y Bombay. Sin ella, �l no tendr�a nada. Ni siquiera habr�a podido ser rey.</p><p>Lo miro fijamente, demasiado aturdida para seguir hablando. Durante todo este tiempo, mientras yo estaba tentando a Carlos, me han estado tentando con la ilusi�n de un futuro que nunca han tenido intenci�n de convertir en realidad.</p><p>�Pero si Carlos <emphasis>quisiera</emphasis> desposarme�</p><p>�Carlos no se casar� con vos. No puede hacerlo. El Parlamento no lo permitir�a. Sus consejeros no lo permitir�an. Su Muy Cristiana Majestad no lo permitir�a.</p><p>Estoy a punto de echarme a llorar. Siento las l�grimas a punto de derramarse.</p><p>�Si quisiera casarse por amor�</p><p>�Los reyes no buscan el matrimonio cuando se enamoran �dice el embajador, en voz baja.</p><p>Volvemos al punto de partida.</p><p>�Entonces, �qu� quer�is que haga �le pregunto, a�n aturdida.</p><p>�l inclina la cabeza.</p><p>�Ya sabemos cu�l es la situaci�n. Sois afortunada al ser objeto de las atenciones de un rey, y est�is en posici�n de prestar un gran servicio a Francia. Sin embargo, si cre�is que este� honor os provoca alg�n escr�pulo, ten�is una alternativa. �Se�ala la carta con un gesto de la cabeza�. El convento. As� pues, sois doblemente afortunada. Pocas mujeres, en vuestra posici�n, tienen el lujo de poder elegir.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Un helado demasiado dulce o demasiado espeso nunca se congelar�.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>�No me han mentido �dijo ella�. Me han enga�ado. �Oh, han sido muy astutos! Astutos, astutos, <emphasis>astutos</emphasis>.</p><p>�Pero� �Me qued� mirando fijamente la carta, d�ndole vueltas a lo que dec�a�. No lo entiendo. �Significa que, despu�s de todo, no sois la amante del rey?</p><p>�Por supuesto que no �replic� ella con brusquedad�. �De verdad cre�ais que deshonrar�a el nombre de mi familia tan f�cilmente?</p><p>�No sab�a qu� pensar. �Sin embargo, sus palabras me levantaron el �nimo�. Entonces, �os han enga�ado? �Nunca hab�is accedido a nada?</p><p>Ella asinti� con la cabeza, avergonzada.</p><p>�Sab�an c�mo comportarse para que yo aceptara sus planes.</p><p>�Ha sido culpa m�a. Lo siento mucho, Louise: les dije que erais virtuosa y que vuestros padres os hab�an enviado a Versalles para encontrar un buen marido. Debieron decidir que el matrimonio ser�a vuestro anzuelo.</p><p>�No ha sido culpa vuestra. Despu�s de todo, habr�a bastado hablar cinco minutos conmigo para llegar a la misma conclusi�n. Y est� claro que no habr�a sido la primera muchacha deslumbrada por la perspectiva de una corona en olvidar que, para conseguirla, deb�a cumplir antes con una obligaci�n: el matrimonio. �Lanz� un suspiro�. Despu�s de todo, casi consiguen su objetivo. Si Carlos hubiese sido un poco m�s insistente y yo un poco menos�</p><p>�Pero ahora no deb�is enfrentaros s�lo a la insistencia de Carlos.</p><p>�Exacto. Y eso es lo que m�s me horroriza� La intervenci�n de Luis. Desde que llegu� a Versalles ha sido como un padre para m�.</p><p>�Y los padres no venden a sus hijas al mejor postor �dije, fr�amente�. Adem�s, nadie mejor que Luis sabe que un rey puede imponerse donde otros no son capaces de hacerlo.</p><p>�Cierto. Pero no deb�is sentiros culpable, Carlo. Deber�a ser yo quien me disculpara con vos. En Francia os dije que no erais digno de desposarme, pero ahora que soy yo la que se encuentra en esa situaci�n, me doy cuenta de lo humillante que resulta. Me comport� con vos de una forma abominable.</p><p>�Ahora eso no importa. �Le se�al� la carta�. No es nada comparado con esto. �Qu� vais a hacer? Deb�is elegir entre el lecho del rey y el convento.</p><p>�Ninguno de los dos.</p><p>��Ninguno de los dos?</p><p>Louise alz� la barbilla.</p><p>�A�n sigo siendo Louise Ren�e de Penanco�t, <emphasis>dame</emphasis> de Keroualle, la hija mayor de la familia m�s antigua de Breta�a. No soy la concubina de nadie, ni del rey ni de ning�n otro hombre. Y ciertamente no lo ser� s�lo porque un embajador presuntuoso que se presta a actuar como mensajero me lo ordene.</p><p>�Entonces, deber�is haceros a un lado, �no?</p><p>�Tal vez haya una alternativa. �Empez� a andar de un lado a otro de la estancia�. Creo que a Luis no le importa que sea o no la amante del rey Carlos: eso es tan s�lo un medio para alcanzar un fin. Y el fin es la influencia: es decir, conseguir que Carlos respete los t�rminos del tratado.</p><p>�La guerra contra los holandeses.</p><p>�Exacto. Si soy capaz de conseguirlo sin entregarme al rey, incluso Luis deber� admitir que no es necesario que me convierta en su amante.</p><p>�Pero �c�mo pens�is conseguirlo?</p><p>�Carlos escucha lo que le digo. Conf�a en m�. Ya me ha hablado del tratado y de sus dudas al respecto. Creo que puedo convencerlo de la necesidad de la guerra� sin tener que ceder y convertirme en su amante. �Me mir� fijamente�. �Me ayudar�is?</p><p>�No estoy seguro de c�mo podr�a hacerlo.</p><p>�De momento, yo tampoco. Pero s� que debemos ser los dos quienes nos enfrentemos a ellos. No podr�a hacerlo sola.</p><p>�Entonces, har� cuanto est� en mis manos.</p><p>Por supuesto: har�a cualquier cosa por no verla en el lecho del rey. Sin embargo, en el fondo de mi coraz�n me sent�a inquieto.</p><p>Porque �qui�n mejor que yo sab�a que los hombres desean lo que saben que no pueden tener?</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Informo al embajador de mi decisi�n. Parece dolido, pero al menos no me ordena tomar el primer barco con destino a Francia. De momento, intuyo que soy su mejor opci�n.</p><p>��Y c�mo pens�is proceder? �quiere saber�. �Con la raz�n y los debates eruditos?</p><p>�En parte. Y en parte, invocando los deseos de su fallecida hermana.</p><p>�No se trata tan s�lo de convencer al rey Carlos de la necesidad de la guerra. Tendr� que desafiar a su propio Parlamento, y eso, dada su posici�n, conlleva un considerable riesgo.</p><p>�Los parlamentos pueden disolverse.</p><p>��<emphasis>Mon Dieu</emphasis>! Tened cuidado �murmura, con un hilo de voz�. As� fue c�mo su padre fue decapitado.</p><p>�Entonces, recurriendo al soborno. Por lo que he visto hasta ahora, creo que en Inglaterra todo el mundo tiene un precio.</p><p>��Y toda esa corrupci�n s�lo por salvar vuestro honor, mademoiselle? �dice, lac�nicamente.</p><p>�Toda esa corrupci�n para conseguir nuestro objetivo. Despu�s de todo, no creo que solamente con mi honor pudiera ser capaz de convencer al Parlamento de la necesidad de declarar la guerra, �no?</p><empty-line/><p>Cuando el embajador ya se ha ido, me acerco a la ventana, tratando de calmarme.</p><p>Esto es una novedad: me he reunido con un embajador y lo he doblegado a mi voluntad. Y, lo que es m�s, he cambiado una sugerencia �casi una orden� de mi propio rey. No he desafiado a Luis �eso habr�a sido la mayor de las temeridades�, pero he dejado claro que yo, una simple mujer, voy a hacer las cosas a mi manera.</p><p>En el mejor de los casos, lo intentar�. Si fracaso, las consecuencias podr�an ser incluso peores que encerrarse en vida en un convento.</p><p>Se me ocurre algo m�s: madame nunca habr�a hablado as� a un embajador. Madame confiaba en los dem�s, cre�a en su bondad, y los miraba con ojos brillantes hasta convencerlos.</p><p>Estoy empezando a comprender que yo no soy as�.</p><p>Vuelvo al clavic�mbalo. La silla hace las veces de ba�l para guardar las partituras; levanto la tapa acolchada y, tras hurgar un poco, saco algo que est� en el fondo.</p><p><emphasis>Las Posturas de Aretino: la aut�ntica descripci�n de los m�todos libidinosos y de las diversas posiciones adoptadas por una presunta dama, reci�n llegada de Francia.</emphasis></p><p>Un libro pornogr�fico, que deslizaron por debajo de la puerta. La mujer ni siquiera se parece a m�, pero la intenci�n est� muy clara.</p><p>�Por qu�, me pregunto, pasando las p�ginas, se habla tanto de las posturas de la c�pula? �Qu� m�s da que uno se coloque a la derecha o a la izquierda, o est� de pie o sentado?�Qu� podr�a convencer a una mujer de que ponerse en cuclillas encima de un hombre, como si fuese un orinal, es algo decoroso? Siento un escalofr�o. En cuanto a las �ltimas ilustraciones, en las que aparece m�s de una mujer, o m�s de un hombre�</p><p>De todas formas, no s� por qu�, no he sido capaz de lanzar el libro al fuego. Hay algo en estos grabados tan crudos, una suerte de placer vulgar, que me repugna y me atrae al mismo tiempo.</p><p>Adem�s, es una forma como cualquier otra de aprender.</p><p>Me parece o�r la voz de lady Arlington: �El rey es un amante consumado�. Despu�s de todo, puede que el coito sea como el tenis: un juego que, como cualquier otro, se puede aprender, un poco desconcertante al principio, pero f�cil una vez que se conocen las reglas.</p><p>Y hasta ahora nunca he probado ning�n juego que no consiguiera ganar.</p><p>Me pregunto si realmente quiero casarme �convertirme en la yegua de cr�a de un noble, obligada a hacer eso por �l siempre que lo desee�, cuando podr�a ser la confidente de un rey.</p><p>Y al pensar la apuesta de este juego, cada vez m�s alta, y en el abismo que me rodea, cada vez m�s profundo, me sorprendo. Y, con cierta curiosidad, descubro que no siento miedo ni asco, sino excitaci�n: la emoci�n que se experimenta al entrar en un campo de tenis, con una raqueta en la mano.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>El rey Carlos me escucha mientras toco. Est� a mi lado, tumbado en un sill�n. Sus largas piernas casi tocan las m�as. En su regazo tiene un perro de aguas que se rasca cansinamente la oreja con la pata trasera.</p><p>��Hab�is pensado en los holandeses? �le pregunto, como si el asunto no tuviera m�s importancia que muchos de los que tratamos.</p><p>Me mira fijamente.</p><p>��Por qu�? �Vuestro rey est� impaciente?</p><p>Toco otra frase.</p><p>��<emphasis>Mi</emphasis> rey? Ahora tengo dos reyes. �Le sonr�o�. Pero si os refer�s a Luis, creo que sigue pensando que hay que apresurarse.</p><p>Carlos refunfu�a.</p><p>�He o�do decir que a veces se apresura demasiado.</p><p>��Como hombre de estado?</p><p>�No, en todos los sentidos.</p><p>A modo de respuesta, ralentizo c�micamente la velocidad de la pieza, pasando del <emphasis>andante</emphasis> al <emphasis>adagio</emphasis>.</p><p>�Ya he luchado en varias guerras, como sab�is �dice�. Y en raras ocasiones son tan gloriosas como la gente cree. Cuando era joven, apenas un muchacho, me enfrent� a Cromwell, mi ej�rcito contra el suyo, picas contra espadas, ingleses contra ingleses� Eso me provoc� una aversi�n al derramamiento de sangre que nunca me abandonar�. �Sonr�e, contrito�. No se lo dig�is a mis ministros, pero siempre he preferido las negociaciones a las conquistas.</p><p>En su �ltimo comentario capto una segunda intenci�n: ya no estamos hablando simplemente de guerras.</p><p>�Me gusta veros tocar �dice, ociosamente�. �Sab�ais que levant�is la barbilla antes de empezar cada comp�s?</p><p>�Luis cree que ganar tiempo s�lo servir� para complicar el conflicto. Atacando de inmediato y con decisi�n se salvar�an muchas vidas.</p><p>�Conozco bien este punto de vista �admite�. Pero no explica por qu� deber�amos entrar en guerra.</p><p>�Para conseguir la paz en Europa�</p><p>��Y debemos declarar antes la guerra? No habr� paz en Europa si hay una guerra civil en Inglaterra.</p><p>Sonr�o, y sigo tocando. Ambos sabemos que no me corresponde comentar la pol�tica de Francia.</p><p>��Cenar�is conmigo a solas esta noche, mademoiselle? �me pregunta, sin pre�mbulos.</p><p>Sin apartar los ojos de la partitura, digo:</p><p>�Su Majestad sabe que no puedo.</p><p>��Por qu� no?</p><p>�Dar�amos que hablar a la gente.</p><p>Hace un gesto impaciente.</p><p>�Dejemos que lo hagan.</p><p>�Cre�a que Su Majestad acababa de decir que no es dado, por naturaleza, a tomar decisiones precipitadas �sugiero, esperando que mi tono de voz sea malicioso pero tambi�n seductor.</p><p>�Pero, seg�n vos, deber�a lanzarme de cabeza a la guerra. �De repente, se muestra irritado�. Por lo visto, vos no deb�is apresuraros, pero yo s�. Ten�is que proteger vuestro honor, mientras que yo debo renunciar al m�o.</p><p>Sigo tocando, sin decir nada durante un minuto. De vez en cuando se deja llevar por su malhumor, aunque se le pasa en seguida.</p><p>Pero esta vez no.</p><p>��Por los clavos de Cristo, mujer! �Os parece justo? �grita. En el otro extremo de la estancia, Anne y Lucy levantan la vista de su labor de costura, sorprendidas. El perro de aguas, sin previo aviso, se encuentra en el suelo cuando Carlos se levanta de golpe�. Querr�ais que combatiera contra los holandeses, pero con vos�, con vos�</p><p>Sigo tocando, deseosa de no agravar la escena.</p><p>�Con vos debo comportarme como un perro faldero �dice, pateando al animal�. Cenar� en otro lugar. En cuanto a vuestra guerra�, decidle a Luis que ya me ocupar� de ella.</p><empty-line/><p>Sin embargo, no lo hace.</p><p>�Es un hombre que est� acostumbrado a mandar �dice lady Arlington�. Os desea tanto que ahora sois vos y no �l quien tiene el poder. Y a ning�n hombre le gusta estar en esa posici�n.</p><p>��Qu� debo hacer?</p><p>�Ceder, por supuesto. Nada mejor para devolver el buen humor a un hombre que desnudar a una nueva amante.</p><p>Pero yo no pienso ceder. Y el rey tampoco lo har�.</p><p>�Lo hab�is perdido �dice lady Arlington�. He o�do que ha ido a visitar a Nell Gwynne a su casa de Pall Mall. Dadas las circunstancias, pod�is regresar a Francia.</p><p>Ahora debo pensar mucho mis movimientos. Lo veo en sus caras� Arlington, el embajador: todos creen que para declarar la guerra debe producirse un trueque.</p><p>Mi cuerpo por un ej�rcito. Y casi todos los implicados lo consideraban un trato justo.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Un helado, bien conservado, durar� un mes sin echarse a perder.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Sus esfuerzos le costaba, lo recuerdo muy bien. En los bailes, en los ballets y en las cenas, ella sonre�a y bromeaba, y nadie habr�a dicho que algo andaba mal, salvo que la viera despu�s de que todos los carruajes se hubieran ido; entonces, la sonrisa abandonaba su mirada con la misma rapidez con la que se sopla una vela.</p><p>��Qu� debo hacer para recuperar su favor? �me pregunt� una noche, con aire fatigado, mientras recog�a las copas de helado en sus aposentos.</p><p>�Nada en absoluto.</p><p>��Cre�is que es imposible?</p><p>�Todo lo contrario� S�lo quer�a decir que la mejor t�ctica es no hacer nada. Creo que Carlos tiene un conflicto interno. Una parte de �l pretende dejar de desearos. Sin embargo, otra parte sabe que no puede hacerlo. Por eso est� enfadado, pero no con vos, por ser virtuosa, sino consigo mismo, porque le gust�is demasiado. �Evit� mirarla mientras hablaba�. Tarde o temprano la batalla llegar� a su fin, y entonces sabr� lo que siente.</p><p>Su voz son� tranquila cuando me pregunt�:</p><p>��Y c�mo acabar�, Carlo? �Qu� sentir�? �Me amar� el rey o, por el contrario, me odiar�?</p><p>Sacud� la cabeza.</p><p>�No os odiar�.</p><p>�S�lo le pido a Dios que no ocurra ninguna de esas dos cosas �murmur�. �Qu� necesidad hay de todo este amor?</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Pasan casi dos semanas antes de que me visite de nuevo en mis aposentos.</p><p>�Majestad �digo, inclinando la cabeza.</p><p>��Ah, est�is aqu�! �dice, como si me hubiera ido, como si hubiese sido yo, y no �l, en cambio, quien hab�a evitado este momento. Tiene un pu�o cerrado�. Tened, me dice. Tengo algo para vos.</p><p>�No necesito ning�n regalo, sire.</p><p>�Nada de �sire�. �Carlos�. A menos que estemos acompa�ados, y me complace ver que no lo estamos.</p><p>��Carlos�.</p><p>El nombre sale de mi boca y suena un poco extra�o por culpa de la �r� francesa.</p><p>Sonr�e.</p><p>�Mi hermana tampoco era capaz de pronunciarlo.</p><p>Insisto.</p><p>�No necesito ning�n regalo�, Carlos.</p><p>�Mucho mejor. Aunque resulta m�s encantador cuando lo pronunci�is mal. �Levanta la mano�. Aqu� ten�is.</p><p>Sigue con el pu�o cerrado, lo que me obliga a agarrarlo y a abrirlo, tirando de los dedos para descubrir el regalo. Es un reloj de bolsillo, el m�s peque�o que he visto jam�s, una ostra de oro pulido.</p><p>�Abridlo.</p><p>Levanto la tapa que cubre la esfera. Nunca hab�a visto un reloj de bolsillo como �ste: tiene tres manecillas, una de las cuales no para de moverse.</p><p>�Marca los segundos �explica, orgulloso�. En el mecanismo hay un muelle mucho m�s peque�o que el de los relojes de p�ndulo. Y mirad el reverso.</p><p>Le doy la vuelta. Una inscripci�n. <emphasis>No malgast�is estas horas con el arrepentimiento</emphasis>. Y una fecha.</p><p>Es la de mi llegada a Inglaterra.</p><p>�Mi calendario empez� ese d�a �se limita a decir.</p><empty-line/><p>Quiere ense�arme sus aposentos. Dejamos atr�s la alcoba real, donde nunca duerme, y cruzamos una puerta casi oculta por una cortina. En su interior hay un estudio, no m�s grande que el de madame, lleno de relojes. El ruido que hacen parece el de la lluvia, un ensordecedor aguacero de tiempo, minutos y segundos cayendo a nuestro alrededor.</p><p>Me muestra sus favoritos: uno que se�ala las fases lunares y uno de carroza con unos min�sculos caballos persiguiendo un zorro. Lo hab�an fabricado uno de sus <emphasis>virtuosi</emphasis>, su s�quito de filos�fos y eruditos. En realidad, me doy cuenta de que tiene varios s�quitos. Le gusta pasar de uno a otro, cambiando de personaje: el libertino, el fil�sofo, el hombre de Estado, pero siempre ansioso por divertirse, por dialogar, por dejarse contagiar por el entusiasmo. Casi como un chiquillo.</p><p>Ciertamente, cuesta creer que el mayor sea �l, Carlos, y no su hermano Jaime. O que me doble en edad. Sin embargo, un rey de cuarenta y dos a�os es joven, mientras que una mujer, a los veinte, ya es vieja.</p><p>Lo llaman para atender asuntos urgentes, pero me pide que lo espere. A la hora en punto, suenan sucesivamente una docena de campanas en todos los relojes.</p><p>Con cierta curiosidad, aunque un poco aburrida, miro a mi alrededor. Hay una puerta que conduce a una letrina privada con el asiento acolchado. En otra estancia hay instrumental qu�mico. Y luego descubro un cuarto cuadrado y luminoso en una torre, con los muros recubiertos con paneles de madera.</p><p>Uno de los paneles est� entreabierto. Me acerco un poco: tiene bisagras, como una alacena.</p><p>Lo abro. En el interior, de modo que se pueda decidir si mostrarlo o no, hay un cuadro. Una mujer, completamente desnuda, est� tumbada sobre un lecho de cojines y terciopelo. Su piel, muy clara, parece brillar como la luz de la luna en la noche sobre el oscuro y delicado tejido. A su alrededor hay utiler�a teatral y algunos decorados pintados. Es pelirroja, y sonr�e maliciosamente.</p><p>La actriz.</p><p>Me pregunto si ordena que pinten a todas sus mujeres en aquella postura. Abro otro panel. Otro cuerpo desnudo, de rostro altivo. Reconozco a la mujer que habl� conmigo en el baile del embajador franc�s. Hay otro cuadro, una mujer con el vestido remangado hasta el pecho, con una sonrisa traviesa. Abro otro panel, y luego otro� Los paneles oscilan y se golpean levemente uno contra otro, como las p�ginas de un enorme libro de madera.</p><p>Oigo voces en la otra estancia. A toda prisa, cierro todos los paneles hasta llegar al de Miss Nelly. Ahora vuelven a estar todas ocultas tras el respetable revestimiento de madera marr�n, para el exclusivo placer del rey.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Baila conmigo, y advierto la urgencia de su deseo. Me besa mientras bailamos, como hacen todos los dem�s, pero sus labios se entretienen un poco m�s de lo debido.</p><p>Cuando debe soltarme la mano para confiarme a otro caballero, soy consciente de su reticencia; mis dedos se deslizan entre los suyos hasta que, lanzando un suspiro, se da la vuelta.</p><p>Y aun as� mantiene su promesa. Nunca trata de hacerme sentir que no tengo elecci�n.</p><p>Eso, sin que �l lo sepa, es lo que hacen los dem�s. Colbert me recuerda casi a diario que estoy poniendo a prueba la paciencia no de uno, sino de dos reyes. Lady Arlington me dice que debo actuar antes de que Carlos se fije en otra mujer. Lord Rochester me mira con sus c�nicos ojos de borracho y afirma que estoy jugando mis cartas con gran astucia.</p><p>�Ignoraba que las putas francesas fueran unos sabuesos tan listos �dice.</p><p>Y Carlos me trata con tanta cortes�a que s�lo cuando estoy con �l no me siento acosada.</p><p>Sin embargo, los problemas con su hijo le han dado nuevos motivos de preocupaci�n. Y al mismo tiempo me ofrecen, quiz�s, otra ocasi�n para ganarme su favor.</p><empty-line/><p>Se trata de lord Monmouth, su hijo mayor �ileg�timo, por supuesto�, nacido de su relaci�n con una mujer llamada Lucy Walter durante los primeros a�os de su exilio. Ahora, el muchacho tiene veinte a�os, y es muy impulsivo.</p><p>Recientemente, en el Parlamento se abri� un debate sobre las recaudaciones: siempre hay debates sobre c�mo recaudar fondos, para saldar las deudas del rey. Alguien propuso que se cobraran impuestos a los teatros. Un miembro del partido de la corte se�al� que los teatros procuraban un gran placer a Su Majestad, y que, por esa raz�n, deb�an quedar exentos del pago. A lo que un miembro de la facci�n parlamentaria, un tal John Coventry, se pregunt� en voz alta si eran los teatros los que procuraban un gran placer a Su Majestad o quienes actuaban en ellos�, una clara alusi�n a la pasi�n del rey por las actrices.</p><p>El silencio que sigui� a esta observaci�n lo empuj� a sentarse, pero el mal ya estaba hecho: aquella misma noche, su comentario se repet�a en todas las tabernas y caf�s de Londres.</p><p>Tambi�n se habl� de ello en Whitehall, donde uno de los m�s ofendidos por la impertinencia de John Coventry era Jemmy Monmouth. Declarando que su padre hab�a sido ultrajado, reuni� a tres de sus camaradas, intercept� a Coventry de camino a su casa y le cort� la nariz con una espada.</p><p>En respuesta, el Parlamento aprob� una ley seg�n la cual se consideraba un delito golpear o agredir a un miembro de esa instituci�n. Evidentemente, no pod�an acusar a Monmouth, porque el asalto hab�a tenido lugar antes de que se aprobara la ley; sin embargo, en el futuro se otorgaban el derecho a poder hacerlo.</p><p>Esto provoc� una nueva oleada de indignaciones, por el hecho de que una ley aprobada por el Parlamento pudiera aplicarse a personas de sangre real. En vez de actuar con discreci�n, lord Monmouth y sus amigos decidieron desafiar p�blicamente esa decisi�n. Despu�s de pasar la noche bebiendo, salieron en busca de diversi�n, que encontraron en una ni�a de diez a�os que iba acompa�ada de su abuelo. La chiquilla era guapa, y decidieron aprovecharse de ella. Su abuelo protest�, pero le propinaron una patada que lo tir� al suelo. Entonces apareci� un guardia nocturno, que tambi�n protest�, por la poca edad de la ni�a, por el hecho de que estuvieran forz�ndola y por la forma en que hab�an tratado a su abuelo. Sin m�s, lo mataron a patadas.</p><p>Los que hasta entonces hab�an defendido a lord Monmouth se encontraron en una dif�cil situaci�n. Porque, si ten�a derecho a cortarle la nariz a alguien sin ser perseguido por la ley, la situaci�n actual, en la que hab�a intentado violar a una ni�a y matado a un anciano servidor de la ley, �no era parecida?</p><empty-line/><p>Los ministros del rey est�n divididos. Los que dicen que Monmouth debe ser castigado temen que el pueblo se subleve si se lo deja en libertad. Los que sostienen que el Parlamento no debe salirse con la suya dicen que los disturbios siempre se pueden combatir con balas.</p><p>Carlos se muestra reticente a emplear las armas. �l sabe mejor que nadie que las sublevaciones populares corren el riesgo de convertirse en revoluciones.</p><p>�Una cosa es mantener la corona sobre la cabeza �dice� y otra mantenerla sobre los hombros.</p><p>Empiezo a vislumbrar una oportunidad.</p><empty-line/><p>El asunto es delicado. Monmouth, adscrito como est� a la facci�n de su padre, es un aliado natural de los parlamentarios. Como protestante e hijo reconocido del soberano, podr�a ser el rey elegido por el pueblo si Carlos tuviera que convertirse al catolicismo.</p><p>As� pues, cuanto menor sea la popularidad de Jemmy Monmouth, mejor para los intereses de Francia.</p><p>Y, sobre todo, si puedo ejercer mi influencia en una cuesti�n de tan poca importancia, podr� ganar cierto grado de libertad.</p><empty-line/><p>Finalmente, Carlos decide ganar tiempo. Entre los consejeros que le sugieren que Monmouth debe ser castigado y los que le dicen que debe enfrentarse al Parlamento, Carlos se encuentra en una encrucijada.</p><p>Mientras paseamos por su jard�n privado, le digo, en tono amable:</p><p>�Creo que vuestro dilema es que no sab�is si perdonar a Jemmy o castigarle.</p><p>�S� �admite, lanzando un suspiro�. Exacto.</p><p>�Entonces �por qu� no hac�is ambas cosas? �le sugiero�. Primero le perdon�is, para que no sea condenado por un tribunal, y luego le castig�is de otro modo, para que todos vean que no toler�is tal comportamiento.</p><p>Reflexiona sobre lo que le he dicho.</p><p>�Pero �c�mo deber�a castigarlo?</p><p>�Podr�ais desterrarlo. Despu�s de todo, no da demasiado lustre a vuestra corte. Y eso os permitir�a demostrar al pueblo que el rey es una autoridad que est� por encima de la ley. �Dudo un instante�. De ese modo, vuestra posici�n se ver�a reforzada.</p><p>�Un consejo excelente, Louise �exclama�. �Por qu� no se les habr� ocurrido a mis ministros?</p><p>Me encojo de hombros.</p><p>�En ocasiones es m�s f�cil dar un consejo siendo neutral. Decidme, �es cierto que de Grammont ha inventado un nuevo baile muy divertido?</p><empty-line/><p>Al d�a siguiente, mis aposentos se llenan de gente. Algunos ministros a quienes apenas conozco vienen a presentarme sus respetos. Lord Arlington presume de m�, llev�ndome de ac� para all� y ordenando que traigan m�s sillas. Los j�venes libertinos cortejan a mis damas de compa��a, y los m�s maduros no dejan de mirarme.</p><p>Les sirvo helados en delicadas copas de cristal. Hablo de teatro con el se�or Dryen y de teolog�a con el obispo de Chester.</p><p>As� es, me digo, c�mo sabe la influencia.</p><p>Pronto llegar� el momento de hablar nuevamente de la guerra con Carlos. Sin embargo, esta vez no lo har� directamente. He aprendido la lecci�n. Debo ser m�s sutil, abordar el asunto tomando un atajo.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Las peras <emphasis>warden</emphasis>, al igual que los membrillos, deben ablandarse antes de usarlas, y el mejor modo de endulzarlas es coci�ndolas o a�adi�ndoles otra fruta.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>El rey dijo que quer�a verme. Paseamos por el parque de St James, con los perros de aguas pegados a nuestros pies. Su Majestad ten�a un humor m�s bien indolente: <emphasis>holgazaneaba</emphasis>, tal y como les hab�a o�do decir a los cortesanos. Las largas piernas del soberano se mov�an sin esfuerzo, aunque no se dirig�an a ning�n sitio en particular.</p><p>Le hab�a tra�do un nuevo helado en el que hab�a estado trabajando: una crema con pasas de Corinto blancas y las peras de invierno duras que los ingleses llaman <emphasis>warden</emphasis>.</p><p>�Excelente �coment�, mientras pase�bamos.</p><p>�Gracias, sire.</p><p>Se�al� el extremo m�s alejado del parque con la cuchara.</p><p>�Est�n reconstruyendo el dep�sito de hielo de acuerdo con vuestras instrucciones. Les he dicho que le den prioridad.</p><p>Asent� con la cabeza.</p><p>�Debe estar terminado antes de que empiece a helar; de otro modo, tambi�n perderemos la cosecha de este a�o.</p><p>Sonri� por las palabras que yo hab�a elegido.</p><p>�Veo que a�n no est�is familiarizado con los inviernos ingleses.</p><p>�No, sire.</p><p>�El hielo es una de las cosas que raramente escasean. �Me devolvi� la copa vac�a�. Todos mis ministros est�n construyendo dep�sitos de hielo, �lo sab�ais? Arlington en Newmarket, Clifford en Chudleigh. Vos y yo hemos creado una moda, signor, y ahora todos quieren superarme.</p><p>�O puede, sire, que s�lo quieran superarse entre ellos para parecerse en todo lo posible a vos.</p><p>�S� �repuso, pensativo�. S�, se trata exactamente de eso. Dec�s bien.</p><p>Me encog� de hombros.</p><p>�Los cortesanos son iguales en todas partes.</p><p>Tom� un sendero de grava.</p><p>�El a�o que viene ser� una ocasi�n muy especial para m�. Ser� el d�cimo aniversario de mi coronaci�n� Mi segunda coronaci�n, en realidad, la restauraci�n del trono. Quiero que sea una gran celebraci�n: un verano de pompas y festejos. Me gustar�a empezar con un gran banquete�, un <emphasis>divertissement</emphasis>, creo que as� es como lo llama Luis. Para la Orden de la Jarretera. M�s de mil invitados.</p><p>��Mil invitados!</p><p>El rey asinti� con la cabeza.</p><p>�Todos los hombres y mujeres de la nobleza de mi reino. Mandar� reconstruir el castillo de Windsor para la ocasi�n. Habr� un nuevo sal�n, grande como el de Versalles, donde se celebrar� el banquete. Y todo ser� moderno, es decir, franc�s. Nada de grifones, aves canoras ni <emphasis>rosbif</emphasis> seco para nosotros, signor. Tendremos hielo, monta�as de hielo. Hielo para enfriar las langostas, las fresas y los esp�rragos; hielo seco para mantener fr�o el champ�n� Puede que incluso una de esas fuentes de hielo dotadas de un mecanismo de las que tanto he o�do hablar�</p><p>�No puedo� �empec� a decir pero luego me interrump�. No se dec�a no a un rey, o al menos no abiertamente�. Ser�a necesaria una gran cantidad de hielo, sire. Mucho m�s del que se ha empleado hasta ahora en este pa�s.</p><p>�Y quiero que cre�is un postre para la ocasi�n, signor �continu�, como si yo no hubiera dicho nada�. Algo incluso m�s delicioso que lo que hab�is elaborado para el rey Sol.</p><p>��En honor a alg�n invitado en especial, sire?</p><p>�S�. �Hizo una pausa, aunque yo ya sab�a lo que iba a decir�. Se trata de mademoiselle de Keroualle. Quiero que prepar�is algo para ella.</p><p>��Y se servir� a todo el mundo?</p><p>El rey sacudi� la cabeza.</p><p>�S�lo a la mesa real. Ser� como el esturi�n, la marsopa o el cisne: un plato reservado s�lo a m� y a los m�s allegados. Para ella y para m�, y para nadie m�s.</p><empty-line/><p>Entonces comprend� lo que ten�a en mente. Todos los banquetes, de un modo m�s o menos expl�cito, tienen un tema. Cada fest�n expresa la visi�n que tiene de s� mismo el anfitri�n y su lugar en el mundo. Desde el cabeza de familia que trincha el ave de corral los domingos hasta el silencioso c�rculo de puritanos que bendicen el pan de todos los d�as, cualquier comida, ya sea humilde o suntuosa, emplea un lenguaje ceremonial dirigido a quien est� en condiciones de comprenderlo.</p><p>�Qu� mejor manera para Carlos de expresar su inclinaci�n por las modas, los usos y placeres de Francia, que mediante una extravagante exhibici�n de los manjares franceses m�s refinados y en boga?</p><p>�Y qu� mejor modo de simbolizar su propio estatus que sirviendo un plato prohibido a sus propios invitados?</p><p>No quer�a simplemente dejar constancia de sus gustos europeos. Estaba haciendo una declaraci�n pol�tica. Dedicando el plato a Louise, estaba diciendo que no le importaba lo que pensara la gente del hecho de que apoyara abiertamente a Francia. Del mismo modo que Luis XIV era el indiscutible y autocr�tico gobernante de Francia, el helado de Carlos demostrar�a que �l quer�a seguir sus pasos en Inglaterra, convirti�ndose en un monarca absoluto y arbitrario.</p><p>Era todo aquello a lo que el Parlamento lo hab�a obligado a renunciar cuando le devolvi� el trono. Y mi trabajo era crear dicho plato.</p><p>Me inclin� de nuevo.</p><p>�Tratar� de preparar algo que est� a la altura de las circunstancias, sire.</p><p>�Estoy seguro de ello, signor �dijo, con su encantadora sonrisa�. Quiero que ese banquete muestre al mundo de qu� somos capaces vos y yo. S� que no me decepcionar�is.</p><empty-line/><p>�Es algo demasiado grande �dijo lord Arlington de inmediato�. No puede permit�rselo.</p><p>��Tendr� que reconsiderar sus planes?</p><p>Arlington sacudi� la cabeza.</p><p>�No, �l es incapaz de economizar. Si quiere reconstruir Windsor y organizar un banquete para mil invitados, no le quedar� otra opci�n que declarar la guerra. Sin la pensi�n de Luis, estar� arruinado dentro de seis meses. Haced lo que os ha pedido, Demirco. Y no repar�is en gastos.</p><empty-line/><p>El agua, en Londres, era f�tida, y el T�mesis, negro, estaba lleno de excrementos. Antes de que los r�os se congelaran, me puse a buscar una fuente de hielo puro.</p><p>La encontr� m�s all� de Hampton Court. Una serie de lagos alimentados por un manantial en un terreno llano, al que era f�cil acceder con un carro, propiedad del rey. Expliqu� al desconcertado mayoral de esas tierras lo que necesitaba.</p><p>��Quer�is cortar el hielo y conservarlo?</p><p>�Exacto. Necesitar� jornaleros, muchos jornaleros. Y herramientas especiales que deber� fabricar un herrero. Os har� unos bocetos.</p><p>Orden� que construyeran un granero para poder conservar el hielo sacado directamente del lago y el hombre se neg� en redondo.</p><p>�No hay dinero para construirlo. El rey no paga a su gente desde hace tres meses.</p><p>�Si es para eso, les pagar� �le asegur�. Es necesario; necesita el hielo.</p><empty-line/><p>Cuando le dije a Elias que pasar�amos el invierno en Hampton, su expresi�n se ensombreci� de golpe.</p><p>��Qu� ocurre, muchacho?</p><p>En tono dubitativo, me respondi�:</p><p>�Entonces nos perderemos la Navidad.</p><p>��Elias! �exclam� su madre, que lo hab�a o�do�. �La Navidad? �Qu� est�s diciendo?</p><p>El muchacho baj� la cabeza, avergonzado.</p><p>�Algunos ni�os dicen que ser� un d�a de fiesta.</p><p>Sin pedirme permiso, Hannah lo mand� a un rinc�n. Pens� que le estaba rega�ando por su falta de entusiasmo por el trabajo, pero me di cuenta de que el motivo era otro. Intent� hablar en voz baja, pero la c�lera le hizo alzar el tono.</p><p>��� como si ya no fuera bastante grave que trabajes para un papista! Pero no te permitir� que celebres sus fiestas. Y ahora vete, y no quiero volver a o�r hablar de la Navidad.</p><p>Antes de contestarle, esper� a que el muchacho se fuera y que Hannah empezara a golpear con furia las marmitas. A decir verdad, me parec�a divertido: no se me hab�a ocurrido que, mientras que yo estaba preocupado sobre la conveniencia de dar trabajo al hijo bastardo de una puta, la puta en cuesti�n se preguntaba si era conveniente trabajar para m�.</p><p>�Deduzco que no celebr�is la Navidad �dije.</p><p>�As� es.</p><p>��Puedo preguntarte por qu�?</p><p>�Bajo el Protector se decidi� que no hab�a ninguna necesidad.</p><p>�Mientras que el aniversario del Protector era una fiesta p�blica, �verdad?</p><p>Me mir� fijamente.</p><p>�Mostradme el pasaje de los Evangelios en el que se dice que el veinticinco de diciembre es el cumplea�os de Cristo y lo celebraremos. Hasta entonces, nos basta con el domingo para consagrar al Se�or.</p><p>�Sin duda �dije�. Parece m�s que suficiente. Aunque, desde que estoy aqu�, no he visto que ning�n sirviente de esta posada vaya a misa, ni siquiera en domingo.</p><p>Me respondi� con voz inexpresiva.</p><p>�Vamos cuando debemos ir. As� son las cosas en Inglaterra. Vas a la iglesia d�nde y cu�ndo te lo dicen; en caso contrario, eres considerado un disidente.</p><p>�Entonces creo que necesit�is m�s fiestas, no menos.</p><p>��Por qu�? �me pregunta, irritada�. �Para escuchar los sermones de hombres vestidos con h�bitos sagrados que dicen ser los �nicos que conocen la palabra de Cristo? �Que murmuran plegarias como si fuesen conjuros y hablan del Esp�ritu Santo como si se tratara de una suerte de hechicero invisible?</p><p>�Y tambi�n creo �prosegu�, t�midamente� que aunque vuestros obispos no dudar�an en definirme como un papista delirante, no tendr�an una opini�n mucho mejor de ti.</p><p>��Los obispos! �exclam�, indignada.</p><p>�Sin ellos no existir�a la Iglesia.</p><p>Por un momento parec�a hacer un esfuerzo por guardar silencio. Luego, sin embargo, dijo:</p><p>�Pero la tuvimos. Al menos durante un tiempo.</p><p>��C�mo? �Nada de Navidad ni de obispos?</p><p>�Est�bamos construyendo el reino de Dios �dijo, con un extra�o orgullo y una expresi�n desafiante�. Un experimento sagrado. Eso fue lo que nos dijeron. Y vimos que era verdad�, lo <emphasis>sentimos</emphasis> cuando el Esp�ritu anid� en nuestros corazones. Un reino sin reyes. Una Iglesia sin iglesias. Un pa�s sin cadenas: nada de propiedades, privilegios ni derechos de nacimiento. Un lugar donde ning�n hombre nac�a con riendas en la espalda para que otros pudieran cabalgarlo, donde cualquier hombre pod�a decidir c�mo profesar su religi�n, al igual que cualquier mujer, y donde las �nicas leyes que hab�a que respetar estaban escritas en nuestros corazones. �Recit� todo ese discurso como si fuera una cantinela, como una letan�a que hab�a repetido en muchas ocasiones y que sab�a que no deber�a haber soltado en aquel momento. Me mir� con franqueza�. Y a�n estoy convencida de que eso volver� a ocurrir alg�n d�a, aunque no s� si estar� aqu� para verlo. El rey Carlos nos abandonar�, y su trono lo ocupar� el rey Jes�s. No nos inclinaremos ante ning�n hombre, y todos seremos libres.</p><p>�Basta ya �la interrump�. De pronto, me sent� asustado�. Esto es una traici�n y una herej�a, mujer. Vigila esa lengua, y no vuelvas a decir esas cosas.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Una ma�ana, Carlos me trae un regalo. Otro regalo, deber�a decir, porque a lo largo de las �ltimas semanas me ha hecho unos cuantos. Pero ninguno como �ste.</p><p>Un collar. De rub�es. M�s oscuros que las pasas de Corinto, m�s oscuros que la sangre. Me lo abrocha alrededor del cuello y luego me coloca ante un espejo.</p><p>Lo miro mientras me acaricia un lado del cuello con el dedo, muy suavemente, casi sin tocarme, trazando como una l�nea desde la oreja hasta el punto donde el collar reposa sobre la garganta.</p><p>�Necesit�is unos pendientes, seg�n la moda francesa �dice, bruscamente�. Soy un necio por no haberlo pensado. Yo os los traer�.</p><p>�Su Majestad ya ha sido muy generoso. No necesito joyas, de verdad.</p><p>�Sois una gran dama de Francia �dice, ir�nicamente�. �C�mo voy a cortejaros si no es con joyas?</p><p>��Su Majestad me est� cortejando?</p><p>Silencio. En el espejo, sus ojos buscan los m�os.</p><p>�Supongo que s�.</p><p>�Entonces no puedo aceptar esto, porque no puedo respetar mi parte del acuerdo. �Agarro el collar para quit�rmelo, pero el cierre es complicado�. �Pod�is ayudarme, por favor?</p><p>Extiende el brazo, como si tuviera intenci�n de ayudarme, pero luego posa una mano sobre las m�as para impedir que las mueva. Luego coloca la otra sobre mi vientre.</p><p>Y siento� Siento�</p><p>No soy capaz de ponerlo por escrito. �Qu� palabras pueden utilizarse para describir ese estallido de calor y turbaci�n? Noto una sensaci�n, como el tacto de la seda; es algo desconocido, inesperado. Como un ung�ento disolvi�ndose dentro de m�, una vela derriti�ndose bajo la llama.</p><p>Sus labios rozan mi cuello, vacilantes, como si supiera que no deber�a hacerlo pero no pudiese evitarlo.</p><p>Levanto la barbilla. Siento que mi espalda se arquea, involuntariamente.</p><p>Aumenta la presi�n de la mano, atray�ndome hacia �l, y me doy cuenta de que est� excitado. Dejo escapar una exclamaci�n de sorpresa.</p><p>�Quedaos con el collar �dice, solt�ndome�. No hay ning�n acuerdo que respetar ni ning�n acuerdo que romper. Es un regalo sin condiciones.</p><empty-line/><p>En una ocasi�n, me dice:</p><p>�Decidme una cosa.</p><p>��Qu�, Carlos?</p><p>�Si no fuera por vuestra virtud, si el mundo fuera un lugar distinto y vos y yo fu�ramos libres de hacer lo que quisi�ramos�, �ser�a la clase de hombre que�?</p><p>Estas dudas no son propias de Carlos. Pienso que alguna mujer debi� de ser cruel con �l, y a pesar de su encanto no ha sido capaz de superarlo.</p><p>�Carlos, sois un hombre muy apuesto y muy amable. Cualquier mujer ser�a afortunada de teneros como esposo. Sin embargo, no puedo responder a vuestra pregunta. Mi virtud es una parte de m�, como lo son tambi�n mis manos o mi cabeza. No soy capaz de imaginarme qui�n ser�a sin ellas.</p><p>Bruscamente, dice:</p><p>�Entonces, conservad vuestra virtud. Os amo demasiado para desearos de otra forma.</p><p>Me da la espalda. Incluso yo, con mis excelentes modales, soy incapaz de ocultar mi sorpresa al o�rle decir por primera vez esa palabra.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Almacenad hielo durante el invierno; as�, podr�is disfrutar del placer de tomar helado durante el caluroso verano.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>�La cosecha�. As� me hab�a referido al almacenamiento de hielo durante la conversaci�n con el rey. Y eso era exactamente lo que era. Contemplar la primera escarcha en el parque de St James fue como descubrir los primeros brotes de una cosecha largamente esperada. Todos los d�as eran un poco m�s firmes, m�s fuertes, alimentados por la oscuridad y del fr�o cada vez m�s intenso. Ahora, los hombres caminaban apresuradamente por las calles, cubiertos con pieles. Los caballos de tiro pateaban, esperando mientras descargaban los carros, y lanzaban penachos de aire caliente cuando avanzaban por los pedregosos caminos.</p><p>Luego lleg� la nieve. Si la escarcha era el brote, la nieve era la flor. Unos enormes p�talos de nieve se amontonaban por toda la ciudad, ti�endo de blanco los tejados; con cada nevada duraban m�s tiempo, y su grosor aumentaba.</p><p>Sin embargo, el hielo a�n no estaba duro. Era una fruta de invierno que maduraba lentamente. Al principio era un peque�o <emphasis>br�l�e</emphasis> de caramelo sobre un charco. Luego, un disco de cristal. Y, finalmente, un resistente plato de porcelana blanca, con grietas que los ni�os pisaban con la intenci�n, infructuosa, de romperlo.</p><p>�El hielo �le expliqu� a Elias�, incluso el que parece estar duro, necesita su tiempo. Se endurece muy despacio; aproximadamente, tarda una semana. Y, cuando m�s duro est�, m�s tarda en fundirse. No queremos porcelana; queremos hierro.</p><p>�Entonces, �esperamos?</p><p>�Esperamos �confirm�.</p><p>Al cabo de una semana, el hielo estaba tan duro como el hierro. Era el momento de volver a Hampton, donde, evidentemente, reinaba el caos. El mayoral no hab�a cumplido mis �rdenes, los jornaleros holgazaneaban y el granero que hab�a mandado construir se usaba para el ganado. Lo �nico perfecto era el hielo, lo bastante s�lido como para resistir el peso de un caballo con su jinete, duro y resistente como la tierra helada.</p><p>Invoqu� el nombre del rey y maldije un buen rato en italiano. Poco a poco, reunieron mi cosecha.</p><p>Una ma�ana me despert� y descubr� que el aire tambi�n era de color blanco. Una helada niebla marina hab�a llegado del este y, con ella, un fr�o tan intenso que las hojas de acebo pod�an romperse en dos como un panecillo. Todas las ramas, grandes y peque�as, estaban cubiertas por un manto blanco.</p><p>Record� que Louise me hab�a hablado de Brest, y me pregunt� qu� estar�a haciendo en aquel momento. Trat� de ahuyentarla de mis pensamientos. Sin embargo, a veces, a trav�s de la helada niebla, me parec�a vislumbrar una figura con un vestido hecho jirones bailando en medio de la nieve.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Ahora, los canales y los lagos del parque de St James est�n helados. Carlos y su hermano Jaime me ense�an a deslizarme sobre el hielo; �patinar�, as� es c�mo lo llaman, una palabra holandesa. Aprendieron a hacerlo durante los a�os que pasaron en los Pa�ses Bajos. Jaime es el mejor de los dos, hecho que irrita a Carlos, ya que en todos los dem�s deportes supera con creces a su hermano menor.</p><p>A veces, Jaime patina junto a m� y me sujeta: una mano apoyada en un flanco para que mantenga el equilibrio, y la otra en la espalda para que no me caiga; me empuja hacia delante, oblig�ndome a hacer una curva lenta, con la �nica fuerza de sus largas piernas, mientras yo me esfuerzo por mantener las m�as firmes para no caerme.</p><p>��Por todos los diablos! Parece que est� a punto de abrazaros �se queja Carlos.</p><p>Est� celoso, y tiene ciertos motivos para estarlo: Jaime me sujeta m�s de lo debido, rode�ndome con la mano o atray�ndome hacia �l m�s de lo estrictamente necesario.</p><p>Es un hombre extra�o. F�sicamente se parece a Carlos; dicho de otro modo: es apuesto. Sin embargo, lo que en Carlos resulta fascinante, en �l parece adusto. Los asuntos religiosos y pol�ticos lo atormentan. En su rostro siempre hay una expresi�n de ansiedad o de arrepentimiento. Aun as�, dicen que es m�s inteligente que su hermano y que es �l quien se ocupa de las delicadas cuestiones de Estado cuando Carlos pierde la paciencia.</p><p>Su gusto con respecto a sus amantes es motivo de burla en Whitehall: dicen que, a modo de penitencia, se asegura de que siempre sean m�s feas que su esposa.</p><p>Y tambi�n es almirante de la flota. Como tal, nadie es m�s importante que �l cuando se trata de aconsejar a Carlos sobre si declarar la guerra o no. Tambi�n dicen que, en secreto, se inclina por la Verdadera Fe. De ser as�, no tendr� los mismos escr�pulos de algunos ministros del rey a la hora de declarar la guerra a un pa�s protestante. Este conflicto podr�a considerarse como una prueba. �Salvar� su alma o ayudar� a su hermano a permanecer en el trono? Es un dif�cil dilema para un hombre devoto.</p><p>�Y qui�n mejor para hablar de esos asuntos que una dama cat�lica y muy virtuosa, llegada recientemente de Francia?</p><empty-line/><p>Pasamos largas tardes leyendo <emphasis>Lettres Provinciales</emphasis> y debatiendo las opiniones de Pascal acerca del alma.</p><p>A Carlos no le gusta.</p><p>��Por qu� pas�is tanto tiempo leyendo con mi hermano?</p><p>�Majestad, ser�is bienvenido si quer�is uniros a nosotros.</p><p>�No se me ocurre nada m�s tedioso que hablar de religi�n con Jaime, aunque en este momento no hay muchas cosas que hacer. Si la tierra no se deshiela, las carreras de este a�o acabar�n antes de empezar.</p><p>�Cuidado con tirar demasiado de la cuerda �me advierte lady Arlington�. En esta �poca del a�o, el rey est� muy irritable. Ser�a el momento perfecto para yacer en su lecho. Con un buen fuego y una colcha de pieles, sus aposentos ser�an el sitio m�s acogedor de todo el reino.</p><p>Ahora, cuando me habla as�, mi t�ctica consiste en hacerme la tonta.</p><p>�Mi fuego tiene el punto justo de calor, gracias. El carb�n de Londres es excelente, �no os parece?</p><empty-line/><p>Ese invierno, uno de sus hombres del Parlamento difunde un poema que empieza as�:</p><p><emphasis>Si tuvi�ramos un mundo y un tiempo sin l�mites, Sus evasivas, se�ora, no ser�an un crimen�</emphasis></p><p>Carlos me la env�a con una nota: �Este hombre es uno de mis enemigos y un grosero autor de panfletos, pero, de alg�n modo, expresa mis pensamientos con m�s elocuencia que yo�.</p><empty-line/><p>Por las noches, diversi�n. Este invierno, la moda son los bailes de m�scaras. En Banqueting House y en los palacios de Pall Mall, disfrazados, bailamos y chismorreamos. Tengo una docena de m�scaras distintas: con lazos, con plumas, con hojas plateadas y de cuero trabajado.</p><p>Y una que sigo llevando cuando me quito las dem�s.</p><p>Demasiadas capas de vestimenta. He visto al rey sin m�scara, aunque no sin peluca. �Se la quitar�, me pregunto, cuando se lleve a una mujer a su lecho? De repente, me lo imagino con su camisa de dormir, mientras se quita su exuberante peluca, revelando, debajo, un pelo como el de un soldado. Un pelo negro, rasurado. Debe resultar rid�culo y c�mico ver al monarca privado de su dignidad. Sin embargo, la idea me provoca una suerte de ternura.</p><p>En los bailes, el rey y su hermano son f�ciles de reconocer, por la elegancia de sus vestimentas y por su estatura. A veces, sin embargo, es dif�cil distinguir a uno del otro. S�lo la actitud del rey �su fluidez en los movimientos� permite identificarlos.</p><p>Y tambi�n porque Jaime me corteja con cierta torpeza. Intenta hablar conmigo, suscitar mi inter�s por alg�n acontecimiento o chismorreo del momento.</p><p>Carlos, en cambio, se limita a mirarme desde detr�s de la m�scara con sus ojos oscuros, m�s elocuentes que las palabras.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>La canela, la galanga, el sasafr�s y el clavo son especias perfectas para los helados. El de nuez moscada, por supuesto, est� a la altura de los m�s grandiosos helados, y es id�neo para el invierno. Servidlo con tarta de manzana tibia y una copa de cerveza caliente con especias.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>En esos momentos, Inglaterra estaba cubierta de nieve. Gem�a bajo su peso, sufr�a una indigesti�n. Mis jornaleros estaban desesperados, empujando carros cargados de hielo a trav�s de las interminables monta�as de nieve. Hubo que envolver con pieles los cascos de los caballos y, aun as�, a fuerza de avanzar por parajes fr�os y h�medos, algunos se infectaron y tuvieron que soltarlos, abandon�ndolos a su suerte. A veces nos qued�bamos atrapados durante d�as en medio de una tormenta que nos quemaba la piel de la cara y nos llenaba de copos de nieve cada pliegue de la vestimenta. En otras ocasiones luc�a un cielo azul, luminoso y tranquilo sobre un mundo que se hab�a vuelto de color blanco; el aire desped�a destellos, como el polvo que suelta la piedra de un marmolista. Los mont�culos de nieve se levantaban en todas las casas y carros helados, como la corteza de una tarta reci�n sacada del horno.</p><p>Estaba en mi elemento.</p><p>No me bastaba con llenar el dep�sito de hielo del rey. Aquello habr�a sido suficiente para su familia, pero la corte y sus festejos ten�an otras necesidades. Por eso deb�a encontrar y llenar bodegas donde el aire fuera fr�o todo el a�o, graneros de hielo con los que pudiera volver a llenar las despensas de St James.</p><p>Las bodegas raramente estaban cerca de los buenos caminos, y ahora, incluso los mejores caminos eran intransitables. Las cruces de los caballos mostraron en seguida las marcas de nuestros l�tigos.</p><p>Elias y yo no regresamos a Londres hasta mitad de enero, al frente de una caravana de carros. Aunque era poco despu�s de mediod�a, estaba cayendo ya la noche; en aquellos d�as, en pleno invierno, hab�a pocas horas de luz. Al pasar por Ludgate vimos el gran r�o a nuestros pies. Por un momento pens� que hab�an encendido los famosos fanales que advert�an a Londres de las invasiones, pero luego me di cuenta, sorprendido, de que las hogueras ard�an en el propio r�o, sobre el hielo, una hilera de llamas que se extend�a hacia el este, hasta m�s all� del horizonte.</p><p>Parec�a un circo o el campamento de un ej�rcito. Hab�a castillos de tela, tragallamas, osos bailarines, malabaristas, bufones y linternas volantes. Las chispas de fuegos artificiales de colores iluminaban las caras de la muchedumbre. Las banderas ondeaban al viento y el sonido de la m�sica llegaba hasta nosotros.</p><p>�Son los balseros �dijo Elias, que iba sentado junto al carretero�. Cuando ya no pueden mover sus barcas, declaran abierta la feria del hielo. S�lo ellos tienen jurisdicci�n entre ambas orillas del T�mesis.</p><p>El camino que recorr�amos conduc�a al r�o. Pronto me lleg� el olor de casta�as asadas y el aroma c�lido y acre de la cerveza.</p><p>��Quer�is parar? �pregunt� el carretero, lami�ndose los labios.</p><p>�No �dije�. Debemos llevar el hielo a su destino.</p><empty-line/><p>Cuando por fin llegamos al Lion, exhaustos tras toda la noche descargando los carros de hielo, el sitio estaba desierto, salvo por un sirviente. Titus Clarke hab�a montado una tienda de licores en la feria del hielo, y Hannah vend�a sus tartas.</p><p>Con curiosidad, acompa�� a Elias hasta el r�o, donde una carroza de seis caballos llevaba a las pasajeros de una orilla a la otra. El cochero me asegur� que no hab�a ning�n peligro, pero yo le ten�a demasiado respeto al hielo para desafiarlo, y segu� andando. En la tienda del Red Lion, Elias se reuni� con su madre: ella lo abraz� y le dijo que parec�a que hab�a crecido casi un pie. El muchacho parec�a un poco inc�modo por las muestras de afecto. No hab�a crecido s�lo en estatura, pens�, divertido. La sonrisa de bienvenida que me dedic� a m� fue c�lida.</p><p>�Gracias por cuidar de �l �dijo.</p><p>Asent� y los dej� solos.</p><p>Todas las tiendas ten�an la insignia de una posada y, de com�n acuerdo, s�lo ofrec�an una bebida. En la de Three Bells se beb�a <emphasis>arak</emphasis>, la de Coach and Horses ofrec�a ajenjo y en la del Red Lion se serv�a <emphasis>mum</emphasis>, una cerveza muy fuerte.</p><p>��Por qu� se llama as�? �le pregunt� a Titus Clarke.</p><p>�Porque si beb�is mucha os convert�s en eso �respondi� con jovialidad, mientras me serv�a una espumeante jarra de metal�. El <emphasis>mum</emphasis> tiene el poder de dejaros sin habla, como muchos hombres han descubierto, muy a su pesar.<strong>2</strong></p><p>Tom� un trago: era una cerveza espumosa y caliente con sasafr�s y clavo, agradable, aunque demasiado arom�tica, hasta el punto de que me recordaba a un jarabe para la tos. A mi alrededor, hombres y mujeres tomaban enormes jarras de la bebida. Me beb�a la m�a con moderaci�n: en Italia no somos tan propensos a la embriaguez como los ingleses. Para mi sorpresa, me sent�a feliz de estar de vuelta en Londres: mientras estaba en el campo, no fui consciente de cu�nto echaba de menos su fuerte y constante energ�a. Segu� paseando. Me entretuve un rato viendo un combate de perros contra un toro y algunas peleas de gallos. La gente com�a tarta de manzana y otros dulces. El olor a nuez moscada y a canela llenaba el aire.</p><p>Al cabo de un rato escuch� un grito: ��El rey!�. Levant� la vista. Una procesi�n de una docena de carrozas avanzaba por el hielo desde Whitehall. Mientras miraba, se detuvieron, y de ellas bajaron hombres y mujeres que se quedaron de pie sobre el hielo. Muchos llevaban patines bajo sus elegantes vestimentas, y cuando empezaron a moverse, con la gracia de un bailar�n, la multitud les dedic� una ovaci�n. Vi a Louise entre ellos, patinando hacia atr�s en c�rculo mientras se hinchaba su vestido de seda dorada. Luego, el rey le tendi� la mano, y ambos se dirigieron hacia el puente, dejando atr�s al resto, moviendo las piernas al un�sono. Los largos cabellos negros de Louise ondeaban al viento. Parec�an dos espl�ndidos p�jaros volando sobre el r�o.</p><p>Me volv� hacia la feria, que de repente, sin su presencia, parec�a m�s oscura y fr�a.</p><empty-line/><p>Lo siguiente que recuerdo es que me despert�, fatigado, en mi estancia del Lion. Alguien me hab�a desvestido; quienquiera que lo hubiera hecho, hab�a doblado cuidadosamente mi ropa junto a la cama e incluso se hab�a llevado mis botas para que las limpiaran. Me ergu� dando un brinco, alarmado, y en seguida me arrepent� de haberlo hecho: ten�a un insoportable dolor de cabeza, como si fuera una roca partida por la mitad por el martillo de un cantero. Despu�s de todo, parec�a que hab�a sucumbido al vicio de los ingleses, y que hab�a bebido demasiado.</p><p>Lament�ndome, baj� al comedor. Me pareci� que las cocinas estaban funcionando �me llegaba el olor de las tartas horne�ndose�, pero no hab�a nadie y no estaba en condiciones de gritar. Finalmente fue Rose, una prostituta de la peor ralea, quien me sirvi� el desayuno.</p><p>Tard� un poco en darme cuenta de que se hab�a sentado en la mesa de al lado y que me estaba mirando mientras com�a.</p><p>��C�mo est�is? �me pregunt�, con lo que intentaba ser una comprensiva sonrisa.</p><p>Frunc� el ce�o.</p><p>�La cabeza me da vueltas.</p><p>�No me sorprende si era la primera vez que probabais el <emphasis>mum</emphasis>.</p><p>As� pues, me hab�a visto la noche anterior.</p><p>�Entonces �me he quedado mudo? �Aturdido por el alcohol?</p><p>Ella ech� la cabeza hacia atr�s y se ri�.</p><p>��Vos? �Mudo? No. Todo lo contrario. No parabais de hablar.</p><p>Ni que decir tiene que no recordaba nada.</p><p>�Y�, �sobre qu� hablaba?</p><p>��De verdad no os acord�is?</p><p>�Si me acordara �se�al� no tendr�a que preguntarlo.</p><p>Ella asinti�.</p><p>�Ten�is raz�n. Digamos que apenas entend� nada. Y Mary tampoco. Sobre todo las frases en italiano. Eran muy agradables y persuasivas, pero no se puede decir que fueran inteligibles.</p><p>Me pregunt� qu� significar�a �persuasivas�. Pero, al parecer, no hab�a desvelado mis secretos. Un motivo m�s para jurar no volver a probar nunca m�s el <emphasis>mum</emphasis>, por si el aturdimiento y el dolor de cabeza no hubieran bastado para tomar dicha decisi�n.</p><empty-line/><p>Fuera lo que fuera lo que hubiese ocurrido aquella noche, tuvo otra imprevista consecuencia. En lugar de estar horrorizados por mi falta de control, los clientes habituales del Lion parecieron tom�rselo como una prueba de que ahora, como sol�an decir, era �uno de ellos�.</p><p>�Cuando llegasteis pensamos que erais un engre�do �me confes� Mary, la otra prostituta�. Pero ahora sois un hombre como todos, �verdad?</p><p>Estaba perplejo. Por una parte, sent�a la tentaci�n de puntualizar que, como pastelero de Su Majestad, dif�cilmente pod�a considerarme uno de ellos; por otra parte, estaba feliz al ver que aquella gente ya no me consideraba un forastero. As� pues, decid� que lo mejor que pod�a hacer era aceptar su amistad con el mismo esp�ritu que me la ofrec�an.</p><p>A Mary y Rose, sobre todo, les encantaba chismorrear sobre lo que ocurr�a en la corte, y ahora que yo era �de alg�n modo� m�s asequible de lo que hab�a sido hasta entonces, sol�an venir a importunarme a menudo mientras estaba trabajando.</p><p>��Lady Castlemaine es realmente tan bella como dicen?</p><p>��Y el rey? �C�mo es?</p><p>�Su Majestad es muy elegante. Y muy alto. �sa es la caracter�stica que lo distingue: su altura.</p><p>��Es cierto que lady Arlington tiene cien vestidos?</p><p>�No los he contado, pero en Versalles, cien vestidos no ser�an muchos para una dama amante de la moda.</p><p>Pero quien m�s las fascinaba era Nell Gwynne. �Nuestra Nell�, como sol�an llamarla. Aunque yo la mirara con recelo cuando escuchaba su nombre y me aventurase a decir que la actriz era una criatura vulgar y poco recomendable, eso no hac�a sino aumentar la fascinaci�n que sent�an por ella. El hecho de que Nell hubiese empezado siendo una simple prostituta ��una seductora de carbonera�, como le gustaba llamarla a Mary� y luego hubiese conquistado los escenarios, la fama y finalmente el lecho del rey, les parec�a una suerte de cuento de hadas, tanto m�s porque sus s�rdidos comienzos les recordaban a sus propias vidas.</p><p>�Yo tambi�n vend�a naranjas, como ella, pero en el teatro del duque, no en el del rey. Ten�a once a�os cuando un caballero decidi� que quer�a algo m�s de lo que hab�a pagado �dijo Mary.</p><p>Yo cambi� de tema en seguida, aunque no era ella sino yo quien se sent�a inc�modo.</p><p>Hab�an o�do hablar de Louise de Keroualle, pero la idea que ten�an de ella se basaba en un prejuicio distinto: que, siendo francesa como era, hab�a sido enviada a la corte con el �nico prop�sito de seducir al rey. Todas mis objeciones para convencerlas de lo contrario fueron recibidas con una educada aunque obstinada incredulidad. Una de las muchachas incluso ten�a un libro que narraba la presunta biograf�a de Louise y, puesto que no sab�a leer, me pidi� si pod�a resumirle su contenido. No dec�a m�s que un mont�n de obscenidades, y tras echar un vistazo, me negu� en redondo a hacerlo.</p><p>Eran m�s chismorreos y parloteos a los que no prest� mucha atenci�n; sin embargo, para mi sorpresa, cuando Robert Cassell me hac�a sus regulares visitas, parec�a m�s interesado en los cotilleos de la taberna que en mis progresos en la elaboraci�n de un helado m�s cremoso.</p><p>��Algo m�s? �dijo, inclin�ndose sobre la mesa y mir�ndome fijamente con sus brillantes ojos de militar�. �Hablan de otras naciones, quiz�s?</p><p>�Bueno, est�n bastante convencidos de que fueron los holandeses quienes provocaron el gran incendio.</p><p>��De veras? �pregunt�, con una leve sonrisa.</p><p>�Les dije que probablemente era Dios quien castigaba a su pa�s por cometer regicidio.</p><p>�Hum �murmur�. Creo que, de momento, deber�ais guardaros para vos ese parecer. En los pr�ximos meses, opiniones como �sas encender�n los �nimos. En realidad, por muchas razones, ser�a mejor que afirmarais que hab�is o�do decir, a muchas personas ilustres de la corte, que fueron los holandeses quienes provocaron el incendio.</p><empty-line/><p>Una de las personas que apenas participaba en los chismorreos era Hannah. Y aun as�, puede que para mi sorpresa, discut�a con ella casi tanto como con las otras dos. Rose y Mary eran demasiado cr�dulas, pero Hannah era muy desde�osa.</p><p>�Hann �la llamaban cuando cruzaba el comedor�. Tienes que o�r esto. El signor Carlo nos est� contando sobre la vez que, en un baile, sirvi� una copa de nieve con sirope de agua de rosas a la condesa de Sedburgh.</p><p>�No conozco a la condesa de Sedburgh �repuso Hannah, sin detenerse�. As� pues, no me interesa mucho saber lo que come.</p><p>�Pero es muy hermosa� �objet� Rose.</p><p>Pero ya era demasiado tarde; Hannah ya no pod�a o�rla. Me pareci� que se mostraba m�s fr�a con nosotros que la noche de la feria del hielo; sin embargo, el invierno era la �poca del a�o en que estaba m�s atareada con sus tartas, o sea que puede que s�lo estuviera muy ocupada.</p><p>En otra ocasi�n repet� algunos de los comentarios que me hab�a hecho el rey sobre la fiesta en honor de la Orden de la Jarretera, en Windsor, y el destacado papel que yo tendr�a en esa celebraci�n.</p><p>�De modo que tiene suficiente dinero para gastar en palacios y banquetes, pero no en pozos y hospitales �dijo Hannah, que me hab�a o�do�. Y es dinero de nuestros impuestos, hasta el �ltimo penique.</p><p>�La forma en que el rey invierte su erario s�lo compete a Su Majestad y a sus consejeros �observ�. �C�mo podemos nosotros, con la poca informaci�n de que disponemos, cuestionar las decisiones de los grandes hombres?</p><p>Entonces, Hannah se detuvo. Se par� de repente; fue algo tan poco habitual que me llam� la atenci�n.</p><p>��Y qu� hace que una persona sea m�s grande que otra? �pregunt�.</p><p>�Su cuna, sus maneras y su sangre �respond� de inmediato�. Puede que no siempre te gusten las personas que Dios ha puesto por encima de ti, pero ciertamente no puedes dudar que sea obra suya. Del mismo modo que el rey merece el mismo respeto que se debe a Dios, porque �l es su representante, sus cortesanos merecen el mismo respeto que se debe a los �ngeles.</p><p>Puede que no me expresara con suficiente claridad, porque Hannah se limit� a echar la cabeza hacia atr�s y a re�rse a carcajadas.</p><p>�Y me imagino que vos os inclu�s entre ellos, �verdad? �dijo, cuando dej� de re�rse�. Porque si vos sois un �ngel, entonces yo soy el culo de un franc�s.</p><p>Me qued� mir�ndola fijamente, sin saber de d�nde ven�a aquella nueva animosidad. Estaba seguro de que no estaba refiri�ndose a mis humildes or�genes: eso era un vergonzoso secreto del que nunca hab�a hablado. A menos que hubiera revelado mi baja cuna mientras estaba borracho� La mir�, tratando de hallar alguna pista en la expresi�n de su rostro. Sin embargo, ya me hab�a dado la espalda y hab�a desaparecido.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Para preparar un sorbete de n�speros: hervir a fuego lento dos libras de pulpa de n�speros con una taza de az�car y el zumo de un lim�n, removi�ndolo con una cuchara o un bastoncillo. Se puede mejorar a�adi�ndole uno o dos vasos del licor obtenido con endrinos o las ciruelas silvestres que crecen en climas fr�os.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>De todos los �rboles frutales, puede que el n�spero sea el m�s extra�o. En el �rbol, los frutos son duros y amargos, pero si se deja pasar el invierno, el hielo ablanda la pulpa. S�lo cuando la piel se vuelve de color marr�n la pulpa est� lo bastante m�rbida para comer, dejando el leve rastro ahumado y mohoso de las piezas de una cacer�a o del queso envejecido en h�medas bodegas. En Inglaterra llaman a esta proceso <emphasis>bletting</emphasis>, fermentaci�n, una palabra que sugiere que una fruta est� madura pero no podrida.</p><p>La primera vez que habl� con Louise lo hice en un bosquecillo de n�speros.</p><p>Prepar� un helado de n�speros y lo endulc� con un licor perfumado, de aroma ligeramente m�dicinal, obtenido con endrinos. Lo dispuse sobre un lecho de nieve fresca tra�da del campo y se lo llev�.</p><empty-line/><p>Sus aposentos bull�an de actividad. Hab�an derribado un muro, para unir sus estancias a las adyacentes. Los artesanos estaban repintando las paredes con frescos y columnas <emphasis>trompe l�oeil</emphasis>. Otro pintor le estaba haciendo un retrato. Un grupo de damas de compa��a estaba mirando y chismorreaba desde el otro extremo de la estancia.</p><p>�Os he tra�do un helado �dije, inclinando la cabeza.</p><p>�Signor Demirco. �Luego, dirigi�ndose al pintor, a�adi�: Estar� con vos en seguida.</p><p>El pintor parec�a furioso, pero solt� el pincel, asintiendo con la cabeza.</p><p>�Venid.</p><p>Me condujo a un rinc�n discreto.</p><p>��Qu� ocurre? �le pregunt�, mientras le entregaba el helado.</p><p>��Os refer�s a esto? Oh, �l est� renovando mis aposentos. Al parecer, debo tener una alcoba tan grande como una sala de baile para mi <emphasis>ruelle</emphasis> matutina, cuando viene a visitarme con sus amigos. Y una sala de baile para cuando quiera bailar.</p><p><emphasis>�l</emphasis>, observ�. Ya no era <emphasis>el rey</emphasis> ni <emphasis>Carlos</emphasis>.</p><p>Llevaba un vestido con cientos de perlas cosidas. Se hab�a ataviado as� para el retrato, por supuesto, pero tambi�n estaba muy cambiada. Ya no era una muchacha, una ni�a, sino una dama: una gran dama de Francia, refinada y elegante.</p><p>�O puede que esas diferencias no estuvieran en ella, sino en mi forma de verla, por todo lo que la rodeaba? El vestido, la seda, las damas de compa��a, el pintor de retratos, los suntuosos aposentos�</p><p>��Hab�is tenido un invierno agradable? �me pregunt�. �Conseguisteis vuestro hielo?</p><p>Asent� con la cabeza.</p><p>�El suficiente para servir helados a toda Europa. �Y vos? �C�mo est�n vuestras relaciones con Su Majestad?</p><p>��Oh, Carlo! �exclam�, seria.</p><p>��Qu� ocurre?</p><p>�El rey se ha enamorado de m�.</p><p>��Y eso? Ya lo estaba antes de que yo me fuera.</p><p>�Pero ahora parece casi� <emphasis>trastornado</emphasis>. Como si estuviera sufriendo. No he sabido c�mo tratarlo. Y ahora ambos estamos atrapados. No puede desposarme, pero no soporta la idea de renunciar a m�: ni vos ni yo podemos regresar a casa hasta que consigamos provocar esa guerra. �Qu� voy a hacer?</p><p>��Qu� ha hecho precipitar los acontecimientos?</p><p>�La esposa de su hermano, Anne Hyde, ha muerto.</p><p>�Eso he o�do.</p><p>Dec�an que en su lecho de muerte hab�a rechazado a su confesor, diciendo que prefer�a morir en pecado pero en la Verdadera Fe que bendecida por un falso credo. La gente con la que hab�a hablado en el campo estaba convencida de que los Estuardo eran cat�licos en secreto.</p><p>�La cuesti�n es: �qui�n se casar� ahora con Jaime? Una mujer joven, dice �l, hermosa y, naturalmente, cat�lica.</p><p>De pronto, lo comprend�.</p><p>��Vos?</p><p>Ella asinti�.</p><p>�En cualquier caso, �l lo ha hablado con Carlos. La discusi�n fue terrible� Carlos pensaba que yo lo hab�a animado a hacerlo. Y no lo hice, por supuesto. S�lo intentaba conseguir su apoyo para la guerra.</p><p>��Y qu� pas�?</p><p>�Les dije a ambos que no pod�a aceptarlo.</p><p>Sab�a lo que eso deb�a de haber significado para ella: rechazar una oferta de matrimonio del heredero al trono de Inglaterra.</p><p>�No ten�a elecci�n �a�adi�. Colbert y Arlington fueron muy claros: amante de Carlos o nada.</p><p>��Y la guerra?</p><p>Se encogi� de hombros.</p><p>�Me temo que ahora est� m�s lejos que nunca. He conseguido influenciarlo en algunas nimiedades, eso es cierto, pero no en eso.</p><p>Parec�a tan abatida, all�, sentada, que tom� una impulsiva decisi�n.</p><p>�Huyamos juntos �dije�. Ahora. Hoy. Tomaremos un barco con destino a Espa�a o a Sicilia. Desposadme o no, vos decid�s. Pero al amanecer podr�amos estar en Dover. Y dentro de una semana en Madrid. Mis helados son los mejores de Europa; a los espa�oles les encanta el helado, no nos morir�amos de hambre.</p><p>Ella sacudi� la cabeza.</p><p>�No lo hag�is �respondi�, en voz baja�. No deb�is hacerlo, Carlo. El rey me ama.</p><p>�Y vos, �lo am�is?</p><p>Sacudi� nuevamente la cabeza, y comprend� que no me estaba contestando, sino s�lo advirti�ndome que no volviera a pregunt�rselo nunca m�s.</p><empty-line/><p>Regres� al Red Lion. Lo admito: de camino, me detuve en otra taberna, la m�s cercana, y me tom� tres jarras de <emphasis>mum</emphasis>.</p><p>Luego entr� en el Lion en busca de una mujer.</p><p>Podr�a haber sido cualquiera, pero fue a Hannah a quien me cruc� en las escaleras.</p><p>�Ven �dije, bruscamente�. Necesito tus servicios.</p><p>��Para preparar crema para los helados?</p><p>�Me refiero a otra clase de servicios. Los que ofreces a todos los clientes. �Cu�nto quieres?</p><p>Me mir� un instante. Sin duda alguna, estaba pensando lo que pod�a pedirme.</p><p>�Un chel�n �dijo, finalmente.</p><p>�Bien. Vayamos a mi aposento.</p><p>Me sigui� escaleras arriba sin decir ni una palabra. Le se�al� la cama y le dije d�nde deb�a colocarse. Y luego�</p><p>�Oh, me averg�enza escribirlo! Pero he jurado que lo har�a sin florituras ni pretextos.</p><p>La tom� sobre el lecho, como un animal, sin ni siquiera quitarme las botas.</p><p>Ella no emiti� ni un sonido mientras lo hac�a, y le estoy agradecido por ello. No habr�a podido soportar que hubiese gemido o suspirado para fingir un fr�gil simulacro de placer. En esa c�pula no hubo placer alguno. Ni para ella ni para m�. Lo �nico que sent� fue la leve agon�a del deseo recorriendo mi espalda, como la sangr�a en una vena. Luego, el dolor de mi coraz�n se manifest� a�n con m�s claridad.</p><p>Me qued� tumbado en la cama, mirando fijamente el techo.</p><p>��Por qu� est�is llorando? �me pregunt� ella.</p><p>Fueron las primeras palabras que pronunci� desde que empezamos. Con cautela, como si yo fuera un fuego que pudiera quemarla, puso una mano en mi rostro.</p><p>�No estoy llorando �dije, volviendo la cabeza.</p><p>Ella no dijo nada m�s, pero se levant�.</p><p>�Hay dinero junto a la ventana, en mi bolsa �dije.</p><p>La o� dirigi�ndose hacia all� y, acto seguido, el tintineo de las monedas. Luego, me dej� solo.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>No me dejan en paz. Todo lo contrario: me asedian por todas partes. Arlington, Luis, Louvois� Incluso mis damas de compa��a han recibido dinero para susurrarme al o�do cuando me cepillan el pelo o miran por las ventanas de mis aposentos, esperando vislumbrarlo. �Qu� apuesto es, qu� afortunada sois, recuerdo mi primera vez, es un placer yacer con un hombre como �l��.</p><p>Colbert me visita todas las tardes. Sin embargo, hoy tiene algo delicado que decirme. Espera hasta que nos quedamos a solas.</p><p>�Su Majestad me hizo el honor de asistir anoche a una cena �ntima en mi residencia �murmura.</p><p>�Espero que la velada resultara agradable.</p><p>�Mucho. �Colbert parece no saber c�mo continuar�. Me dio la impresi�n de que el rey Carlos estaba muy relajado.</p><p>��Relajado?</p><p>�Lo que quiero decir es que se dej� llevar.</p><p>��Habl� de m�?</p><p>�No directamente. Pero hab�a una joven criada que sirvi� la mesa; era originaria de Gascu�a. Puede que la hay�is visto. Una muchacha muy bella.</p><p>Le aseguro al embajador que no presto especial atenci�n a sus criadas.</p><p>�Pero Su Majestad s� se fij� en ella. Y se sent�a tan a gusto en mi compa��a que, al final de la velada, me pregunt� si la muchacha pod�a unirse a nosotros.</p><p>Arque� las cejas.</p><p>�Su Majestad me hizo el honor de demostrarme que confiaba en m� <emphasis>completamente</emphasis>.</p><p>�Comprendo.</p><p>�Lo que ocurri� despu�s� fue una org�a desenfrenada �dice, con un hilo de voz�. <emphasis>Una d�bauche tr�s libre</emphasis>.</p><p>Lo entiendo, al menos en parte. Las palabras de su ex amante enmascarada resuenan en mis o�dos. �Un libertino, como todos los dem�s�.</p><p>�Espero con ansias que el ardor de Su Majestad sea atemperado por vuestra influencia. Estoy convencido de que ser�is una fuerza moral entre todas esas tinieblas. �Dubitativo, prosigue�: Lo cierto es que parece que estamos en un <emphasis>impasse</emphasis>.</p><p>��Ah, s�? �Y por qu�?</p><p>�Su Majestad parece haber comprendido que no sois la �nica con capacidad para negociar.</p><p>��Quiere negociar?</p><p>�Es una forma de hablar. Antes de abandonar mi casa dej� muy clara su posici�n.</p><p>��De veras? �Y qu� quiere ofrecerme que considere m�s valioso que mi honor?</p><p>Ahora, Colbert parece estar muy inc�modo.</p><p>�No es a vos a quien hace su oferta, mademoiselle, sino a nuestro rey�, a Su Muy Cristiana Majestad. Carlos me ha pedido que deje muy claro a Versalles que, sin amante, no hay alianza. Y viceversa. Su propuesta es muy expl�cita. Cuando est�is dispuesta a acceder a sus s�plicas, escuchar� vuestra petici�n sobre la guerra contra los holandeses. Pero hasta entonces, no lo har�.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>A�adir a una pinta de grosellas negras cuatro ramitos de menta picada, una taza de az�car y dos claras de huevo. En mi opini�n, este helado un poco �cido es incluso mejor que la fruta con la que se elabora.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Ella no quer�a hacerlo.</p><p>No quer�a dejarse chantajear y acabar en su lecho, dec�a, del mismo modo que no aceptaba hacerlo por dinero.</p><p>�Toda la culpa es de Louise �dijo Arlington�. Lo ha enardecido m�s de lo que cualquier hombre es capaz de soportar.</p><p>�Una mujer tiene derecho a no ser coaccionada.</p><p>��Por qu�? �pregunt� Arlington�. Si una muchacha no puede elegir a su propio esposo, �por qu� tendr�a derecho a decidir con quien se acuesta?</p><p>Me dieron una carta para que se la entregara.</p><p>�Es su �ltima oportunidad �me dijo Colbert�. Y puede que ya sea demasiado tarde.</p><p>Mir� el sobre de lino que conten�a la carta. El sello llevaba el s�mbolo del sol rodeado de rayos derretidos: el blas�n de Luis XIV, el Rey Sol.</p><empty-line/><p>Ella ley� la carta con el rostro cenizo.</p><p>��Qu� dice?</p><p>Me la tendi�, sin decir nada. Despu�s de las habituales cortes�as, la carta iba al grano. La ira de Luis era evidente incluso en las escasas l�neas que hab�a escrito.</p><p>�Pensamos que no pod�is hacer nada m�s. Es hora de que regres�is a Francia. Partir�is de Dover la pr�xima semana�.</p><p>�Mandar�n a otra en mi lugar �dijo, con voz grave�. Alguien m�s dispuesto. Y yo ser� recluida en un convento, o algo a�n peor.</p><p>�Al menos dejar�is atr�s todo esto.</p><p>Ella sacudi� la cabeza.</p><p>�He fracasado. He faltado a mi promesa a madame con respecto al Gran Asunto. He fracasado en todo. Nunca me librar� de todo esto.</p><p>Parec�a tan abatida, all� sentada, que dese� tomarla entre mis brazos. Pero no lo hice.</p><p>�Todo ha terminado. �Mir� a su alrededor, sus suntuosos aposentos, los presentes del rey: los relojes, los libros, los cuadros y los tapices, los muebles, la espl�ndida marqueter�a�. Todo ha terminado antes de empezar.</p><p>Y entonces me o� pronunciar las palabras que cre�a que nunca dir�a.</p><p>�Quiz�s deber�ais acceder a las s�plicas del rey.</p><empty-line/><p>�Vuestra virtud no se reduce a vuestra virginidad �le dije, dulcemente�. Y eso es as� para cualquier mujer. Es algo que forma parte de vuestro car�cter, de vuestro temperamento, de quien sois y de vuestras creencias. Pero �sa es vuestra elecci�n: �qu� es m�s importante para vos? �La virginidad o la promesa que le hicisteis a madame?</p><p>�No lo entend�is. Mi familia se ha ganado sus t�tulos en el campo de batalla, al servicio de los reyes. El honor es lo que nos distingue de los dem�s. Aunque seamos muy pobres, al menos nos queda eso.</p><p>�Pod�is ser la amante de un rey y conservar el honor.</p><p>�Eso significar�a rendirse.</p><p>��No! �exclam�. Significar�a que habr�is <emphasis>vencido</emphasis>. �No lo comprend�is? Una vez se�is su amante, tendr�is el poder� �Y qu� poder! Y no s�lo sobre Carlos, sino tambi�n sobre Luis. En cuanto se�is la amante de Carlos, Luis nunca podr� volver a ordenaros que regres�is a Francia. Podr�is hacer lo que ten�ais planeado. Y comparado con eso, �qu� importa lo que habr�is perdido, aquello a lo que habr�is renunciado?</p><p>Levant� los hombros mientras recuperaba el aliento, y en aquel momento comprend� que lo har�a. Y tambi�n comprend� que s�lo yo podr�a haberle hablado as�, porque nadie m�s la conoc�a o la amaba lo bastante como para pensar en su felicidad en medio de todas esas intrigas.</p><p>Era una mujer para la que el amor ten�a una importancia secundaria. Y no la amaba menos por eso, porque me ayudaba, en parte, a comprender que no era el deseo por Carlos lo que la empujaba a tomar esa decisi�n, sino el objetivo �un fin patri�tico� que se hab�a marcado hac�a mucho tiempo.</p><p>Hablamos largo y tendido, argumentando, sopesando los pros y los contras. Ambos sab�amos que el paso que iba a dar era irrevocable.</p><p>�Si lo hago �dijo�, deb�is saber que me esforzar� al m�ximo, todo lo que pueda. No ser� su amante secreta ni furtiva. Nuestra relaci�n tendr� que ser p�blica, abierta, al estilo franc�s, para que todos sepan cu�l es mi posici�n. Har� que Carlos dependa de m� para emitir cualquier juicio o para tomar cualquier decisi�n. No ser� menos que la reina, aunque no est� en posesi�n de ese t�tulo.</p><p>�Lo s�.</p><p>Durante un largo instante permanecimos en silencio. Luego, con una voz distinta, dijo:</p><p>��C�mo le har� saber que he cambiado de opini�n?</p><p>Entonces comprend� que la decisi�n estaba tomada.</p><p>�Hablad con Arlington �dije�. Dejad que act�e como intermediario. Estar� encantado de apuntarse el m�rito.</p><empty-line/><p>En el Red Lion me encontr� a Hannah preparando tartas.</p><p>�Cuando hayas terminado� �dije, con voz ronca.</p><p>Me mir� a la cara y comprendi� de inmediato mis palabras.</p><p>�Tengo que meterlas en el horno �dijo, indicando las fuentes con las tartas.</p><p>�No las eches a perder por culpa m�a. Estar� arriba.</p><p>Cuando entr� en mi aposento a�n llevaba el delantal.</p><p>Siempre era igual: ella, arrodillada sobre el lecho; yo mov�a las caderas y, al final, lanzaba un gemido. Ella no dec�a ni una palabra. El tintineo de las monedas. Lo comprobaba, y nunca se llevaba dinero de m�s ni de menos.</p><p>En esa ocasi�n, la �nica diferencia fue un vago olor a tartas y un poco de harina en su pelo, como una sombra gris, donde se hab�a tocado distra�damente mientras cocinaba.</p><p>Me qued� mirando aquel mech�n de pelo mientras copul�bamos. Pensaba en una pareja que llevara muchos a�os desposada, una pareja que hiciera aquel acto por cari�o o por amor, pero no por dolor. Seguro que en el mundo deb�a existir alguna pareja as�.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>He invitado a lady Arlington a jugar a las cartas. Ahora es f�cil ganarle: siempre juega la misma mano del mismo modo. Pero, por la misma raz�n, resulta igualmente f�cil dejarla ganar.</p><p>Las preguntas habituales sobre el rey. �A�n sigue visit�ndome todas las ma�anas? �Y por la noche?</p><p>�Evidentemente, s�lo le permito que me visite durante el d�a �digo�. A menos que estuvi�ramos desposados, cualquier otro comportamiento ser�a inapropiado.</p><p>Lady Arlington resopla sard�nicamente.</p><p>�Pero no pod�is desposarlo. No mientras la reina est� viva.</p><p>Juego una carta y le digo, distra�damente:</p><p>��Sab�is una cosa? A veces pienso que es una l�stima que un rey no pueda tener dos reinas. Eso resolver�a muchos problemas, �verdad?</p><p>Coloco la reina de diamantes y la reina de corazones a ambos lados del rey, como si mi comentario s�lo se refiriera a las cartas.</p><p>Disimuladamente, la veo abrir unos ojos como platos mientras muerde el anzuelo.</p><empty-line/><p>Apenas un d�a despu�s, su esposo viene a verme.</p><p>�Se me ha ocurrido una idea �me dice, afablemente�. Una sugerencia, mejor dicho.</p><p>�Estoy segura de que ten�is muchas ideas, lord Arlington. Y todas excelentes.</p><p>�Efectivamente. Muchas ideas. Pero, �ah!, s�lo una esposa.</p><p>�Una suele ser lo habitual, �no?</p><p>�Para los hombres corrientes, s�.</p><p>��Vamos, lord Arlington! Vos no sois un hombre corriente.</p><p>Acepta el cumplido inclinando ligeramente la cabeza.</p><p>�Pero no soy un rey. No �contin�a, como si hablara para �l�. Si fuera como Su Majestad� , un monarca absoluto, jefe de la Iglesia y representante de Dios en la Tierra, podr�a tener, si quisiera, una segunda� <emphasis>consorte</emphasis>� oficial.</p><p>Me mira, satisfecho de s� mismo.</p><p>��De veras? Muy interesante. �Al cabo de un momento, como si se me acabara de ocurrir, a�ado�: Me sorprender�a que el clero lo aprobara� S� lo quisquillosos que pueden ser con tales cosas. Pero, naturalmente, me f�o de vuestra experiencia en asuntos de esa �ndole.</p><p>��El clero! �exclama, con los ojos muy abiertos.</p><p>Estaba claro que no se hab�a planteado que hiciera falta un sacerdote.</p><p>�Una ceremonia de ese car�cter requerir�a un sacerdote, �verdad? �le pregunto�. Para que sea oficial y v�lida a los ojos de Dios. Naturalmente, no estoy <emphasis>au fait</emphasis> de los usos de la Iglesia inglesa.</p><p>Tras una breve pausa, comprende la posibilidad que le estoy ofreciendo. Y es evidente si se piensa en ello: ya tienen una religi�n inventada, con ceremonias inventadas, con salmodias, liturgias y rituales que cambian constantemente. �Qu� importar� una ceremonia m�s?</p><p>�En realidad, no conozco muy bien la ceremonia exacta para una ocasi�n tan� ins�lita �dice, hablando muy despacio.</p><p>�Es l�gico: no sois un obispo.</p><p>�No. �Otra pausa�. Es una interesante cuesti�n teol�gica. Hablar� de ello con un obispo al que conozco. �Sab�is? Despu�s de todo, no me sorprender�a descubrir que existe una ceremonia de esa �ndole.</p><p>�Y a m� tampoco me sorprender�a. En absoluto.</p><empty-line/><p>Y de esta manera, entre insinuaciones y sugerencias, se dio forma a un acuerdo.</p><p>No un matrimonio, sino una <emphasis>uni�n</emphasis>. No una reina, sino una <emphasis>consorte</emphasis>. En cierto modo, se celebrar�a una boda. Se pronunciar�an unos votos, se rezar�an oraciones y se impartir�an bendiciones. Se interpretar�an madrigales, se compondr�a un epitalamio en nuestro honor y se celebrar�a un baile de m�scaras. Y luego nos quitar�amos las medias y nos acostar�amos, como cualquier otra pareja de esposos.</p><p>Y Luis tendr�a su guerra.</p><p>En cuanto al lugar, Arlington sugiere su mansi�n en el campo, en Euston Hall, cerca de Newmarket. Hay una capilla �de estilo inconcreto: no tiene la sencillez protestante ni la ostentaci�n cat�lica� dentro de la casa. Evidentemente, s� por qu� lo sugiere: quiere que la ceremonia se celebre fuera de Londres. De este modo, si el acto llega a ser del dominio p�blico, siempre podr� decir que ha sido un divertimento, un baile de m�scaras campestre para entretener a los invitados. Sin embargo, Arlington quiere que tenga lugar bajo sus auspicios. Su intenci�n es sacar partido de todo esto. Por lo menos la canciller�a, el regalo de un rey agradecido.</p><p>Arlington logra encontrar un obispo que jura que la ceremonia es leg�tima. Dicho de otro modo: no menos leg�tima que la alternativa. Es decir, si va a cometerse alguna inmoralidad, es mejor que sea a los ojos de Dios. De esta manera, es como si el rey pidiese su perd�n y su comprensi�n. Un perd�n que, en cierto sentido, es una suerte de bendici�n en este mundo pecador.</p><p>Creo que el obispo quiere convertirse en arzobispo, y de inmediato. Sus argumentos son absurdos; incluso un ni�o ser�a capaz de rebatirlos. Sin embargo, nadie se muestra en desacuerdo. Y especialmente Carlos. No le importa qu� normas haya que incumplir siempre que consiga lo que quiere.</p><empty-line/><p>Colbert, el embajador, est� incluso m�s impaciente que el rey.</p><p>�Necesitamos esa guerra ahora mismo. �A qu� se debe este retraso?</p><p>�En estos momentos se est�n construyendo treinta y dos barcos de guerra en los astilleros de Chatham. El retraso es cosa vuestra, no m�a.</p><p>�Pero, �por qu� no podemos ocuparnos primero de la ceremonia y luego de los barcos?</p><p>Vuelvo los ojos hacia �l, mir�ndolo con dulzura.</p><p>�Puede que vos, Excelencia, se�is un experto en diplomacia, pero me parece que no sab�is mucho acerca de los hombres y las mujeres. �Por qui�n pens�is que se est�n construyendo con tanta urgencia esos barcos? �Por Luis o por Louise?</p><p>El embajador lo comprende e inclina la cabeza.</p><p>�Esperemos, entonces �dice, en voz baja�, que el rey Carlos nunca se arrepienta del alto precio que ha tenido que pagar por vuestra compa��a� madame.</p><p>No se me escapa ese �madame�. Y por ese desaire, Excelencia, y el ligero escalofr�o de disgusto con el que me mir�is, me asegurar� de que cuando me convierta en la amante del rey se�is devuelto a Francia.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Por muy fuerte que sea vuestro ruibarbo, el zumo de un lim�n siempre intensificar� su sabor.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>En el coraz�n del invierno, los ingleses cultivan una extra�a planta, mitad verdura, mitad fruta. Se parece un poco al apio, pero sus tallos son de un color rosa intenso, y resulta si cabe m�s ins�lita por el hecho de que la obligan, como dicen aqu�, a crecer en tiestos volcados y en cobertizos oscuros. Parece que le gusta la oscuridad y el fr�o: efectivamente, todo esto es necesario para que el ruibarbo tenga ese sabor acidulado, parecido al de las fresas, que tanto les gusta a los ingleses.</p><p>He preparado para ella un helado con este fruto de invierno, el primer ruibarbo de la temporada, cuyo sabor amargo anuncia que las cosechas que est�n por llegar.</p><empty-line/><p>Una vez tomada la decisi�n, no ha perdido tiempo en arrepentirse. Era demasiado tarde para cambiar de opini�n y, adem�s, cualquier muestra de indecisi�n habr�a debilitado su posici�n.</p><p>S�lo en una ocasi�n la vi preocupada por la reacci�n que habr�a podido provocar.</p><p>��Est�is seguro de que llegar� a Breta�a?</p><p>Mir� el sobre que me hab�a entregado. Iba dirigido al conde y a la condesa de Keroualle, en Brest.</p><p>�Sab�is que van a leerla, �verdad? Aunque no lo hagan los esp�as ingleses, los franceses seguro que lo har�n.</p><p>�Lo s�. He intentado ser prudente. De todos modos, muy pronto se enterar�n de la historia a trav�s de cualquier otro, pero quer�a que supieran que, a pesar de todo, sigo siendo su hija.</p><p>Aparte de eso, siempre estaba muy ocupada. Hasta que un d�a me dijo:</p><p>��Carlo?</p><p>Esper�.</p><p>��Qu� hace una dama que�? �Dud�. �C�mo se comporta una dama enamorada?</p><p>Su tono de voz era el mismo de siempre, pero su p�lida piel ten�a un poco m�s de color que de costumbre.</p><p>��Os refer�s con el hombre al que ama?</p><p>Asinti�.</p><p>��En el lecho?</p><p>Asinti� de nuevo.</p><p>��No lo explican en las novelas y libros de ep�stolas que hab�is le�do?</p><p>�Ah�, �sos. �Hizo un gesto desde�oso�. Al parecer, deber�a suspirar y desmayarme. O protestar con voz estridente por cada minuto que no pasa a mi lado. O actuar como si estuviera celosa. Sin embargo, creo que nada de todo eso me granjear�a el cari�o de Carlos.</p><p>�Ni ser�a muy propio de Louise de Keroualle �confirm�. De vuestra pregunta deduzco que no lo am�is y que os preocupa que �l se d� cuenta.</p><p>�Tiene mucha m�s experiencia que yo.</p><p>�Bueno, no soy el m�s indicado para preguntarlo, porque no estoy seguro de haber sido amado alguna vez por una mujer en la forma en que lo describ�s. Y no deber�ais renunciar de inmediato a vuestra inocencia, porque para muchos hombres eso es una suerte de afrodis�aco. Sin embargo, puedo contaros lo poco que s�.</p><p>�Hacedlo, os lo ruego.</p><p>Ahora se hab�a sonrojado de verdad.</p><p>Pens� en mi pasado. Olympe no me hab�a amado, pero actuaba con desinhibici�n y con seguridad, y eso convert�a el hecho de yacer con ella en una especie de celebraci�n. Me hizo sentir un hombre de mundo, sofisticado, para el que el sexo era tan s�lo otro placer sensual que cualquier persona cultivada deber�a disfrutar.</p><p>Con Emilia no me hab�a acostado, pero cuando recordaba el deseo con el que me besaba, la excitaci�n que ambos experiment�bamos, la felicidad de descubrir que sent�a por m� lo mismo que yo sent�a por ella, la sensaci�n era m�s dulce que la que me provocaba la piel perfumada de Olympe.</p><p>Pens� en c�mo podr�a haber sido con Louise si el destino y la suerte hubieran sido otros.</p><p>�Deb�is hacerle sentir que ambos sois dos nuevos continentes que esperan ser explorados �le dije�. Que cada vez que os toque sea como un nuevo descubrimiento� Que, como el microscopio de Hooke o los telescopios de Newton, se revela una nueva maravilla que hab�a permanecido oculta hasta entonces. Deb�is mostraros ansiosa, pero vuestra ansiedad debe sorprenderos incluso a vos. Vuestros besos deben resultarle tan excitantes a �l como la primera pi�a cultivada por sus horticultores, y cuando os bese, deb�is pensar en la cosa m�s sorprendente, deliciosa y extraordinaria que hay�is hecho o visto jam�s.</p><p>�Entonces, pensar� en la primera vez que prob� el helado.</p><p>�Pero no engull�is, grit�is ni os agarr�is la garganta porque hab�is perdido la sensibilidad, como hace a menudo la gente que prueba mis helados.</p><p>Sonri�.</p><p>Sin embargo, yo no fui capaz de hacerlo.</p><p>��As�? �pregunt� ella con un hilo de voz, bes�ndome.</p><p>Me bes�.</p><p>Y volvi� a besarme.</p><p>�No, no, as� no �dije, con voz tr�mula, cuando finalmente nos separamos�. Ha sido demasiado dulce, demasiado triste. Si lo bes�is as�, pensar� que sent�s pena por �l.</p><empty-line/><p>Cuando regres� al Red Lion, le dije a Hannah:</p><p>�Arriba.</p><p>Me sigui� sin decir nada hasta mi aposento.</p><p>Una c�pula silenciosa, como los animales.</p><p>Sin embargo, en esa ocasi�n no fui capaz de terminar. Me invadi� una gran fatiga. Par�, me tumb� en el lecho y me qued� quieto. Mirando al techo, le dije:</p><p>�Puedes irte.</p><p>Puede que temiera que no le pagase, visto el fracaso, o que empezara a cansarme de ella y no volviera a requerirla. Cualquiera que fuera la raz�n, la o� decir, en voz baja:</p><p>�Os traer� un cordial.</p><p>Estuve a punto de decirle que yo preparaba cordiales, aunque raramente los tomaba.</p><p>Pero no lo hice.</p><p>Al poco rato o� que se abr�a la puerta. Hab�a vuelto.</p><p>�Aqu� est�.</p><p>Me tendi� una jarra. Ol�a a plantas arom�ticas, a hierba, y recordaba el sabor del grano en primavera, cuando se arranca un tallo de las hojas para colocarlo entre los dientes y disfrutar de su lechoso jugo.</p><p>Sin embargo, el retrogusto era un poco amargo.</p><p>�Valeriana �dijo Hannah, adivin�ndome el pensamiento�. Corteza de sauce, alga klamath y extracto de ortigas.</p><p>��Una medicina?</p><p>�En cierto modo.</p><p>Refunfu��.</p><p>�Normalmente no suele ocurrirme.</p><p>�No es para� �Se interrumpi�. De todos modos, bebedlo.</p><p>Lo tragu�.</p><p>�Gracias �dije, de mala gana, devolvi�ndole la jarra.</p><p>Mientras me tumbaba de nuevo, la o� acerc�ndose a mi bolsa y a continuaci�n el tintineo de las monedas. Luego, de repente, ca� en un sue�o profundo y sin pesadillas.</p><empty-line/><p>M�s tarde, cuando me despert�, reinaba el silencio. Baj� a la cocina. Hannah no estaba. Me alegr� de ello.</p><p>Algo llam� mi atenci�n en el mostrador de la despensa. Un libro.</p><p>Lo cog�. <emphasis>The Compleat Herbal</emphasis>, de Nicholas Culpeper. Ech� un vistazo al anaquel donde ella guardaba sus libros de recetas. Hab�a un hueco en el lugar de donde lo hab�a sacado, entre <emphasis>Excellent Receipts in Cookery</emphasis> y <emphasis>The Housemaid�s Companion</emphasis>.</p><p>Hoje� sus p�ginas. Al parecer, no hablaba s�lo de hierbas, sino tambi�n de astrolog�a. �Deb�is saber que Marte es c�lido y seco, y tambi�n que sus inviernos son fr�os y h�medos. Tambi�n deb�is saber por qu� las hojas de la ortiga, si se toman en primavera, consumen los excesos de flema en el cuerpo humano, y que el fr�o y la humedad del invierno quedan atr�s��.</p><p>Segu� hojeando el libro hasta que encontr� una referencia al alga klamath. Para mi sorpresa, Culpeper no parec�a prescribirla para la impotencia, sino para las enfermedades del coraz�n.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Incluso con un simple arroz blanco se obtiene un helado extremadamente delicado.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>��Necesit�is algo? �me pregunt� Louise.</p><p>��En qu� sentido?</p><p>�Estoy haciendo una lista. Despu�s de todo, ahora puedo pedir cualquier cosa que desee. Ordenar� que venga un s�quito de pintores y m�sicos� Y tambi�n un profesor de filosof�a. Si dese�is algo, no ten�is m�s que dec�rmelo.</p><p>�En realidad, s� hay algo.</p><p>��De qu� se trata?</p><p>�Hay un hombre en Inglaterra que es un experto en hielo. Se llama Boyle. Es qu�mico y miembro de la Royal Society.</p><p>��Y?</p><p>�Creo que podr�a ayudarme a preparar el helado para la fiesta del rey. Un helado realmente digno de la persona a la que est� destinado.</p><p>Me mir� con extra�eza.</p><p>��Eso es lo que realmente dese�is? Vuestra ayuda en este asunto ha sido indispensable, �lo sab�is, verdad? Pod�is pedirme cualquier cosa. Cualquier favor o presente. Incluso �dud� vuestro regreso a Francia.</p><p>No se me hab�a ocurrido. Pero, evidentemente, no quer�a dejarla ahora.</p><p>�Lo �nico que quiero es la ayuda de Boyle �respond�. Al menos, es un favor que el rey Carlos est� en disposici�n de concederme.</p><p>�Estaba equivocada, �verdad? �dijo, en voz baja�. Cuando os dije que s�lo erais un libertino que preparaba exquisiteces� En ese momento no pensaba que un hombre pod�a dedicarse con tanta entrega a crear placeres. Me asegurar� de que cont�is con vuestro qu�mico.</p><empty-line/><p>Cumpli� su palabra. Ignoraba a qu� argucias tuvo que recurrir, pero unos d�as despu�s recib� un mensaje de Boyle invit�ndome a su laboratorio, donde me prometi� que conocer�a a otros dos hombres de ciencia �Christopher Wren y Robert Hooke� que hab�an aceptado ayudarnos en nuestra empresa, respetando siempre las condiciones del m�s estricto secreto.</p><p>No escribir� mucho sobre aquel d�a ni sobre los experimentos que realizamos. Y no porque no comprendiera los m�todos de los <emphasis>virtuosi</emphasis>; todo lo contrario: eran extremadamente claros, y s�lo difer�an del sentido com�n por su gran diligencia y meticulosidad. Y tampoco hubo ninguna jerarqu�a que nos distinguiese a la hora de trabajar. Sab�a que Boyle era hijo del conde de Cork; Hooke, como supe despu�s, hab�a sido un hu�rfano indigente, y Kit Wren era hijo de un mercader de telas. Aun as�, si aceptaban las opiniones de Boyle era s�lo por su mayor erudici�n. Sin embargo, cuando se trataba de matem�ticas, era a Wren a quien consultaban, mientras que en cuestiones de procedimientos pr�cticos y experimentales, el indiscutible maestro era Hooke.</p><p>Preparamos m�s de veinte helados distintos, variando la cantidad de crema, poco a poco, luego la de az�car, la temperatura y finalmente los huevos. Mientras est�bamos trabajando, les cont� lo que sab�a, aunque no pod�a necesariamente explicar por qu� con un cuenco de leche, dejado en reposo toda la noche, se consegu�a un helado m�s denso que con leche fresca. A partir de estos datos, ellos <emphasis>hipotisaban</emphasis>, como le gustaba decir a Boyle; luego, cada hip�tesis era comunicada a Hooke para que planteara un experimento que probara o refutara su veracidad. Y�</p><p>No vivimos ning�n gran momento de iluminaci�n, como se pretende con los disc�pulos. Puede que Arqu�medes saliera desnudo de su ba�o y que Isaac Newton �que no formaba parte del grupo en aquella ocasi�n, aunque todos hablaban con admiraci�n de sus experimentos con los telescopios� hubiera visto caer una manzana�, aunque Hooke afirmaba que se trataba de una leyenda creada por el propio Newton para ocultar el hecho de que hab�a sido �l, Hooke, quien hab�a descubierto realmente las fuerzas que gobiernan la rotaci�n de la tierra: los miembros de la Royal Society siempre se disputaban el m�rito de sus hallazgos. Sin embargo, para m� fue s�lo un periodo de peque�os pero importantes descubrimientos, como quien zarpa hacia un nuevo mundo pero no llega inmediatamente a su destino, sino que lo ve primero en la l�nea del horizonte y luego espera pacientemente a que los diferentes elementos del paisaje se hagan m�s visibles, y s�lo tras muchas horas busca un sitio adecuado para aproximarse. Fue un viaje que tardamos m�s de un d�a en completar. A pesar de la gran capacidad de concentraci�n de los <emphasis>virtuosi</emphasis>, los experimentos en el fr�o laboratorio del hielo se volvieron insoportables para ellos al cabo de unas horas. En cierto momento insistieron en que hab�a llegado la hora de recuperar fuerzas en un caf� y me llevaron a Garraway�s, donde sometieron al capit�n de un barco a un interrogatorio para saber cu�l era el mejor m�todo para producir almendros de r�o. Luego me llevaron a Will�s, donde tuvo lugar un ardiente debate sobre la posibilidad de que los holandeses abrieran los diques si los invad�an los franceses. Y finalmente fuimos a Scott�s, donde tomaron parte en una competici�n para crear una nueva rueda de molino para el puente de Londres. Dondequiera que fu�ramos �no s�lo en los caf�s, sino tambi�n en las calles y los lugares que recorrimos�, la gente se acercaba a mis compa�eros para informarse sobre sus progresos en sus diversos proyectos, para preguntarles por un experimento o para hacerles una observaci�n. Empec� a comprender por qu�, en general, prefer�an el caf� al vino o la cerveza: normalmente, aquellos <emphasis>virtuosi</emphasis> se mov�an, hablaban y pensaban con una impaciencia vivaz pero jovial que, a diferencia del aturdimiento que me hab�a provocado el <emphasis>mum</emphasis>, el caf� parec�a potenciar.</p><p>Al cabo de tres d�as hab�amos hecho tantos progresos que, al mirar atr�s, me sorprend� al ver lo lejos que hab�amos llegado. Era evidente que, en cierto sentido, la clave estaba en los huevos, porque ahora pod�amos elaborar un helado con huevos �o test�culos de gallina, como Wren se empe�aba en llamarlos� tan delicado y apetitoso que parec�a no contener ni un solo cristal de hielo. No obstante, este resultado no satisfizo a mis amigos: quer�an saber <emphasis>por qu�</emphasis> los huevos provocaban ese efecto y si se pod�a obtener con otros ingredientes. Primero tratamos de sustituir los huevos de gallina por los de ganso y gaviota (los primeros eran deliciosos, los segundos no tanto) y separamos las yemas y las claras para ver cu�l de las dos era la responsable del resultado. Luego, gradualmente, redujimos el n�mero de huevos y volvimos a trabajar con la crema.</p><p>El manifiesto objetivo de Wren, como experto en geometr�a, era dar con una f�rmula matem�tica que expresara el resultado. �Porque s�lo las matem�ticas �dijo� pueden ser rescatadas del caos y de las supersticiones de los cocineros. Cuando voy a Garraway�s, insisto en que preparen mi caf� con sesenta y ocho granos; cuando me como un bistec, exijo que lo hayan dejado en la parrilla cuatro minutos exactos. Vuestro helado, signor, puede que sea m�s complejo debido a sus ingredientes, pero ciertamente no est� menos sujeto a las leyes del mundo f�sico que el movimiento o la luz�. Fue gracias a este caballero que adquir� la costumbre de anotar con exactitud las cantidades y los m�todos que hab�a empleado para preparar mis helados, lo cual me permiti� repetir su elaboraci�n sin fiarme s�lo de mi memoria.</p><p>Por el contrario, Hooke estaba m�s interesado en inventar una m�quina para que el proceso resultara m�s eficaz. Despu�s de haberme observado mientras preparaba la primera tanda de helados, dijo que permanecer�amos all� todo el invierno si segu�amos procediendo de aquel modo. Arrebat�ndome la esp�tula, practic� en ella seis grandes agujeros, ignorando mis protestas cuando le dije que aquel utensilio hab�a sido fabricado ex profeso para m� en Par�s. �Probad ahora�, me dijo, se�al�ndome la <emphasis>saboti�re</emphasis>. Lo obedec� y descubr� de inmediato ��naturalmente!� que la mezcla se colaba por los agujeros mientras se espesaba, acelerando as� el movimiento de la esp�tula y trabajando el helado con mayor eficacia.</p><p>Sin embargo, Hooke no se detuvo aqu�. Mientras Boyle, Wren y yo realiz�bamos los siguientes experimentos, Hooke volvi� a su laboratorio para �improvisar algo�, como dec�a �l. Cuando regres�, lo hizo con una tapa para la <emphasis>saboti�re</emphasis> en la que insert� una sencilla manivela. Al girarla, la esp�tula revolv�a la mezcla, facilitando el trabajo.</p><p>�No os ser� muy �til �se�al�, teniendo en cuenta que prepar�is los helados en peque�as cantidades. Pero para nosotros, que tendremos que preparar mucho para realizar estos experimentos, el proceso ser� m�s r�pido.</p><p>Cuando comprend� que aquel utensilio era un presente destinado a m�, le pregunt� c�mo pod�a recompensarlo.</p><p>Hooke se encogi� de hombros.</p><p>�Si alguien os pregunta, decidle que lo invent� el se�or Hooke. Eso es todo cuanto yo, o cualquier otro, podr�a pedir.</p><empty-line/><p>�Cu�l fue, entonces, la conclusi�n de todas nuestras deliberaciones? Result� que no hab�a ninguna f�rmula secreta, ning�n ingrediente m�gico ni ning�n encantamiento, sino que todo se reduc�a a la precisi�n y al equilibrio. Descubrimos que el helado es como un tri�ngulo con tres lados iguales que corresponder�an a la fruta, a la mezcla de az�car y crema y a la elaboraci�n. Cuando la proporci�n entre esos tres elementos es perfecta, el helado es tan cremoso y delicioso como la mantequilla reci�n hecha.</p><p>Record� lo que me hab�a dicho Hannah sobre a�adir m�s az�car para que cuajara la crema. Despu�s de todo, estaba en lo cierto, aunque s�lo hab�a sido una afortunada suposici�n. Ella no pod�a entender el proceso de elaboraci�n como yo lo hac�a ahora.</p><p>�Hemos terminado �dijo Boyle, soltando la cuchara�. Se�ores, todos a Garraway�s. He o�do decir que circulan interesantes noticias sobre un tratado de paz en el Rin.</p><p>Fuimos a Garraway�s, donde se uni� a nosotros un hombre que hab�a inventado una prensa de sidra m�s eficaz, y otro que dibujaba los cambios en el cielo. Empezaron a hablar de alquimia y sobre si exist�a alguna diferencia fundamental entre �sta y el Nuevo M�todo. Hooke y Boyle no estaban de acuerdo en este punto: Boyle, un hombre amable y bondadoso, opinaba que Dios hab�a creado la naturaleza deliberadamente misteriosa, mientras que Hooke �que, a pesar de la generosidad que me hab�a demostrado, me resultaba antip�tico, porque era un hombre d�scolo e irascible� cre�a que el universo no era m�s que un mecanismo, una especie de reloj gigante cuyos dientes y objetivos apenas empez�bamos a vislumbrar. Sin embargo, lo que me intrig� fue que se enzarzaran en un airado debate, en el que ninguno de ellos ced�a, durante m�s de media hora; aunque ambos golpeaban la mesa con el pu�o, no intercambiaron golpes, y cinco minutos despu�s de convenir en que ninguno de los dos era capaz de probar sus respectivas hip�tesis, se dedicaron a examinar, tan amigos como antes, un extra�o escarabajo muerto que alguien hab�a tra�do de Epson.</p><p>Dejamos espacio para que la camarera nos sirviera otra ronda. Casi todos tomaron caf�, pero Boyle y yo hab�amos pedido chocolate, una bebida m�s sana.</p><p>�He aqu� un sabor de moda para vuestros helados, Demirco �dijo Kit Wren, volvi�ndose hacia m�. Un copa de helado de caf�.</p><p>�Ser�a muy sencillo de preparar �repliqu�. La infusi�n de los granos en agua resultar�a igualmente deliciosa con leche.</p><p>�Yo lo preferir�a de chocolate �objet� Boyle�. El caf� me disgusta incluso m�s que Hooke.</p><p>Boyle le dedic� una sonrisa a su amigo para demostrarle que no pretend�a ofenderlo. Cito esta conversaci�n para demostrar la facilidad con la que esos hombres compart�an sus ideas y para dejar constancia del origen de dos de mis m�s curiosas recetas. La gente, tengo constancia de ello, cree que esos dos helados en particular son una prueba de mi locura, y cuando empezaron a circular suscitaron bromas y cr�ticas. Todo cuanto puedo decir es que los que se burlan de su peculiaridad no los han probado, y que adem�s de estar de moda, son realmente deliciosos.</p><empty-line/><p>En breve iban a celebrar una reuni�n en la Society, y para mi regocijo, me pidieron que me uniera a ellos como invitado. Debo decir que no comprend� mucho de lo que se habl� esa noche. Hubo un debate sobre si el aire opaco o neblinoso era m�s pesado que el l�mpido. Hooke reparti� unos brillantes dibujos de copos de nieve que sac� del fieltro de su nuevo sombrero y que estudi� con el microscopio. Henshaw ley� una carta sobre el desarrollo del test�culo del lir�n e hizo una larga disquisici�n sobre por qu� una puerta que se dilata en verano no lo hace en invierno. Wren describi� la forma de hacer m�s agradable el humo de una chimenea y luego discutieron un estudio sobre el movimiento. Finalmente realizaron un experimento, propuesto por Hooke, para introducir aire en los pulmones de un pez; para mi sorpresa, el rey en persona presenci� esa parte de la velada.</p><p>�Signor Demirco �dijo, cuando me vio�. No sab�a que fuerais un fil�sofo.</p><p>�Sire, algunos miembros de vuestra Society me han estado ayudando a mejorar mis helados.</p><p>El rey enarc� las cejas.</p><p>�Deduzco que se trata del postre para mi fiesta, �verdad? �La que estar� dedicada a mademoiselle de Keroualle?</p><p>Dud� y al final asent�.</p><p>�S�, ser� la creaci�n m�s id�nea para esa dama. Ser� un postre que no tendr� s�lo un sabor, sino que en �l habr� varios gustos, en funci�n de los ingredientes que se empleen. Un d�a podr� ser de fresa, otro de melocot�n, y otro de nueces, de leche con vino o de t�. Sin embargo, su textura siempre ser� la misma: aunque fr�a y dura en la copa, en la boca se fundir� como la m�s m�rbida de las cremas�</p><p>��Un helado fr�o en la copa pero que se derrite en la boca? �dijo, sonriendo�. Parece muy apropiado, signor. Estoy ansioso por probarlo.</p><empty-line/><p>M�s tarde, cuando nos fuimos, le expres� mi sorpresa a Boyle por haber visto al rey.</p><p>�Oh, suele venir muy a menudo �me asegur�.</p><p>Lo acompa�aba su sobrina. La muchacha me dijo que iba a buscarlo porque en las veladas de la Society se olvidaba de que estaba enfermo y corr�a el riesgo de pasarse toda la noche hablando de filosof�a si ella no estaba all� para llevarlo a casa.</p><p>�Todos los d�as, no importa qu� asuntos de estado deba atender, Su Majestad presencia al menos un experimento. Lo cierto es que es un buen alquimista.</p><p>La libertad con la que me habl� me empuj� a comentarle algo que se me hab�a ocurrido recientemente.</p><p>�Antes de llegar a este pa�s, me dijeron que Carlos era un gobernante d�bil y afeminado. He visto con mis propios ojos que se rodea de patanes borrachos y de ministros oportunistas. Y a pesar de eso, me parece un hombre inteligente y encantador.</p><p>�Rochester puede tomarse la libertad de ser ofensivo, y Harvey la de diseccionar el cerebro humano �dijo Boyle�. Puede que, en el fondo, hagan lo mismo. �Su expresi�n era pensativa�. En una ocasi�n coincid� con Galileo. Yo era un joven que viajaba para estudiar en las universidades de toda Europa, y �l estaba bajo arresto domiciliario en Florencia. Fui a visitarlo, pero para entonces ya hab�a perdido la raz�n, en parte debido al trato que hab�a recibido por parte de las autoridades. Inglaterra tiene muchos defectos, pero eso nunca habr�a ocurrido aqu�. No creo que sea una coincidencia que contemos con eruditos como Halley, Harvey y otros de su nivel.</p><p>�Por no mencionar a Boyle �susurr� su sobrina.</p><p>Boyle hizo un gesto de impaciencia.</p><p>�Podr�a haber hecho muchas cosas �tiles de no haber sido por mi enfermedad.</p><p>�Sois demasiado modesto, t�o. Vuestra bomba de vac�o�</p><p>�Un esbozo, nada m�s.</p><p>Mientras habl�bamos nos dirijmos hacia su carroza. El lacayo se acerc� para ayudarlo a subir.</p><p>�Gracias, Edwards �dijo Boyle, sent�ndose con un suspiro�. No siempre he estado tan d�bil �a�adi�, dirigi�ndose a m�. Un ataque de apoplej�a. Lo que llaman �la mano de Dios�. Aunque siempre me hab�a imaginado que Su caricia ser�a m�s delicada. Entonces �quer�is esos folletos?</p><p>Tard� un momento en recordar a qu� folletos se refer�a: antes me hab�a ofrecido una copia de sus publicaciones sobre el fr�o.</p><p>�Por supuesto.</p><p>�Muy bien� Os los mandar�. Y cuando los hay�is le�do, podr�amos retomar nuestras conversaciones.</p><p>�Me encantar�a �dije�. Hay muchas cosas que hago que me gustar�a comprender mejor. Y creo que necesito a alguien como vos, un fil�sofo natural, para entenderlas.</p><p>Boyle asinti�.</p><p>�En mi estado actual son la clase de investigaciones que deber�a realizar. Dejaremos en manos de otros los secretos sobre el cosmos durante unos meses y tomaremos helado. �Qu� me dices, Elizabeth?</p><p>Elizabeth coloc� una manta sobre las piernas de su t�o.</p><p>�No creo que resulte muy tranquilizador deslizarse sobre aguas heladas.</p><p>La muchacha dio un paso atr�s y observ� que le sonre�a con familiaridad al lacayo, Edwards. Para mi sorpresa, �l le devolvi� la sonrisa con la misma familiaridad. Deduje que ambos compart�an alguna rom�ntica intimidad, algo que en otra ocasi�n me habr�a escandalizado. Sin embargo, eran tantas las cosas extra�as que hab�a visto y o�do a lo largo de aquella noche que, simplemente, me dije: �por qu� no?</p><empty-line/><p>Despu�s de que Boyle se fuera, volv� andando por la orilla del r�o, sumido en mis pensamientos, reflexionando sobre lo que me hab�a dicho: era verdad que en aquel pa�s todos ten�an algo en com�n, desde el honorable Robert Boyle hasta Hannah Crowe. No se trataba exactamente de orgullo, aunque s� hab�a algo de lo que se sent�an orgullosos; no era obstinaci�n, aunque s� pod�an ser obstinados si se lo propon�an. Se trataba m�s bien de una fiera determinaci�n a descubrir la verdad sobre una cuesti�n, de la pasi�n por los debates y de la negativa a aceptar otro punto de vista sin haberlo contrastado antes escrupulosamente con el propio, del mismo modo que una moneda puede ser mordida, doblada y finalmente lanzada al suelo para verificar su valor antes de aceptarla con un �muy bien�. Puede que, despu�s de todo, para un pueblo tan combativo y libertario como aqu�l, una forma de gobierno basada en el debate no fuera una mala idea.</p><p>Me hab�a dado cuenta, cuando empec� a leer libros y peri�dicos en ingl�s, que para expresar la propia opini�n en primera persona ��I�, yo�, siempre usaban may�sculas, como si quisieran subrayar su importancia. Eso, por supuesto, era algo que no habr�a hecho nunca un franc�s o un italiano con <emphasis>je</emphasis> o <emphasis>me</emphasis>. Al principio me hab�a parecido otro ejemplo, casi divertido, del hecho de que aqu�, el pueblo llano, consideraba su opini�n tan valiosa como la de cualquiera.</p><p>Me hab�an dicho que entre ellos imperaba la moda de escribir diarios: no necesariamente para ser publicados, sino simplemente para dar a sus fugaces pensamientos una forma perdurable. Eso tambi�n me hab�a parecido c�mico. Sin embargo, quiz�s hab�a sacado conclusiones precipitadas. Puede que la opini�n de una persona corriente tuviera el mismo inter�s que los juicios de los grandes hombres; de hecho, puede que la �nica diferencia entre los grandes hombres y los dem�s era que los primeros se tomaban la molestia de formarse una opini�n� Me di cuenta de que me empezaba a dar vueltas la cabeza, aunque no sab�a si era por los efectos del exceso de caf� o por todas esas nuevas ideas.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Helado de fresas blancas: el delicado aroma de estos frutos no necesita ning�n aderezo, salvo, quiz�s, un poco de pimienta blanca espolvoreada.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>El gran banquete de Carlos, con el que se inaugurar�a su verano de festejos, tendr�a lugar el d�a de san Jorge, el patr�n de Inglaterra. La iron�a de ello no se escapaba a quienes sab�an qui�n era el verdadero patr�n del rey y qui�n costeaba realmente sus celebraciones.</p><p>Casi un mes antes de la fiesta me traslad� a Windsor para supervisar los preparativos. En el nuevo Gran Sal�n a�n no hab�an terminado las obras, mientras que los carpinteros fabricaban las �ltimas mesas para los invitados del rey. Los lacayos tambi�n trabajaban, sacando las vajillas que no se hab�an usado desde la coronaci�n. S�lo la limpieza de los candelabros requer�a a ocho personas trabajando toda una semana.</p><p>No hab�a dep�sitos de hielo, pero requis� una bodega y orden� que trajeran el hielo del lugar donde lo hab�a almacenado. En primer lugar empec� a tallar las esculturas y puse a los hombres a trabajar para que prepararan grandes lechos de hielo picado en los que se servir�an los manjares.</p><p>Sin embargo, a�n no hab�a decidido qu� helado servir�a en la mesa del rey.</p><p>Durante las semanas transcurridas desde que los <emphasis>virtuosi</emphasis> y yo perfeccion�ramos la t�cnica para preparar un helado cremoso, hab�a experimentado con todos los sabores conocidos. En cuanto un nuevo fruto o verdura llegaba a los mercados, lo congelaba: esp�rragos, alcachofas, nabos, incluso repollos� Los r�banos resultaron ser sorprendentemente deliciosos, al igual que las espinacas. Y la acedera tambi�n ten�a sus m�ritos. Me acerqu� a los muelles para comprar frutos ex�ticos en los barcos que hab�an llegado de las colonias. Prepar� helado de pimienta, de mel�n, de mango y de frutas con un aspecto tan feo que ni siquiera ten�an nombre.</p><p>Pero ninguna de ellas era la adecuada. No para un postre creado en honor a Louise.</p><p>Recorr� los invernaderos de naranjas y pi�as de las propiedades de los grandes nobles con un mensaje del rey en el bolsillo que me daba <emphasis>carte blanche</emphasis>. Arranqu� m�s de una pi�a de su plantaci�n, y despu�s de abrirlas y olfatearlas, las descart�.</p><p>�Dicen que en Sonning hay un hombre que cultiva fresas blancas �me inform� Elias�. Son tan grandes como los huevos de gaviota, y muy dulces.</p><p>�Me cuesta creerlo.</p><p>�Es marinero. Ha tra�do las plantas de Am�rica.</p><p>Aunque no me lo cre�a, viaj� hasta Sonning para verlo con mis propios ojos y descubr� que Elias estaba en lo cierto: se trataba de un viejo marinero, con las botas cubiertas de barro, que cultivaba fresas en un lecho de tierra elevado, calentado gracias al calor de un fuego que transportaban unos conductos. Mientras manipulaba las fresas con sus manos, cubiertas de callos, hablaba en murmullos a las plantas, acarici�ndolas y pidi�ndoles disculpas por la p�rdida de su prole. Los frutos no ten�an color: al principio pens� que estaban verdes, pero entonces el marinero me dio a probar una y me di cuenta de que no s�lo eran dulces sino completamente distintas de las fresas tradicionales. Eran blancas como la crema, muy arom�ticas y no ten�an el sabor �cido de la mayor�a de fresas. Cada una anidaba bajo una hoja cubierta por unas fin�simas p�as, como las grosellas espinosas o las ortigas; cuando las tocabas, pinchaban un poco.</p><p>Record� que, seg�n una vieja costumbre, cualquier animal blanco o albino pertenec�a al rey. El ciervo blanco era el antiguo s�mbolo de los reyes; los cisnes estaban reservados a la mesa real, mientras que una carroza tirada por caballos blancos indicaba que su ocupante estaba emparentado con la familia real.</p><p>Y Louise tambi�n: aquella piel blanqu�sima estaba reservada exclusivamente al rey.</p><p>Me llev� todas las fresas del marinero y las divid� en dos grupos. Una mitad la servir�a como fruta, y la otra la emplear�a para preparar un helado con un poco de pimienta blanca, un placer destinado s�lo al rey.</p><empty-line/><p>Finalmente lleg� el d�a de la fiesta, o, mejor dicho, el primer d�a, dado que las celebraciones durar�an casi una semana. Las banderas ondeaban en cada punta y torreta del castillo, sonaban las fanfarrias y por todas partes pod�an verse soldados desfilando en uniforme de gala. Hab�a exhibiciones de caballistas para entretener a los invitados y una estatua mec�nica que cantaba. No era Versalles �el castillo se parec�a demasiado a un castillo para resultar elegante y el ambiente recordaba m�s al de una feria rural que al de las coreografiadas ceremonias oficiales de Francia�, pero la solemnidad de la ocasi�n era evidente. Los frescos del techo del Gran Sal�n a�n estaban h�medos, pero la estancia era enorme y estaba repleta de cuadros, y cuando los miles de nobles que hab�an sido invitados entraron por las puertas talladas alzaron los ojos para admirarlos.</p><p>Y entonces, Louise hizo su entrada.</p><p>El vestido que luc�a aquel d�a era muy hermoso. Se ajustaba a su cuerpo como un guante y, efectivamente, su cintura era tan estrecha que casi pod�a rodearse con dos manos enguantadas. El vestido ten�a un delicado motivo con forma de diamante y constaba de dos piezas: el corpi�o y las faldas, siguiendo la moda francesa. Las faldas ten�an una abertura lateral, de modo que, al andar, pod�a entreverse una pierna entre los pliegues del tejido, que se levantaba hacia un lado y estaba fijado con un broche. S�lo su pelo �aquella selva de rizos oscuros y rebeldes� no ten�a nada de franc�s: no lo llevaba recogido bajo un sombrero, sino simplemente peinado con la raya en medio. Era como si estuviera diciendo: �A partir de este momento, ser� yo quien dicte las normas. Copiar� lo que quiera, y vosotros me copiar�is a m��.</p><p>El rey hizo una reverencia y la acompa�� hasta la mesa, separada del resto en un estrado ligeramente elevado. A la reina no se la ve�a por ninguna parte.</p><p>Poco antes de que llegara el momento de servir el helado, uno de los lacayos se acerc� a m�.</p><p>�Esto debe acompa�ar al helado �dijo�. Por orden del rey.</p><p>Abri� una bolsita de terciopelo y dej� caer algo en la palma de mi mano.</p><p>Estaba escrito en el men� que ten�an todos los comensales: �Un placer reservado s�lo al rey: un plato de fresas blancas y un plato de helado�.</p><p>Sin embargo, no estaba escrito c�mo ocurri�: el estruendo de las trompetas, el grito de los heraldos, un repentino silencio: todos los ojos estaban fijos en m� mientras avanzaba, encabezando una solemne procesi�n de sirvientes, hacia las figuras que se sentaban a la mesa de honor.</p><p>Mi mirada se cruz� con la de Louise cuando me inclin� sobre el damasco. Sin embargo, su ojo perezoso hac�a dif�cil asegurarlo.</p><p>Di un paso atr�s. El rey extendi� un brazo hasta la fuente de hielo picado en la que descansaba la copa de fresas y tir� de una cadena. Tir� de nuevo, y en esta ocasi�n consigui� liberarla. Era pesada, con brillantes pepitas de lo que parec�a hielo, un hielo que se ilumin� a la luz de las velas.</p><p>Un collar de diamantes, tan grandes como las fresas, goteaba entre los dedos del rey mientras lo sacaba del lecho de hielo.</p><p>S�lo entonces me di cuenta de que el cuello de Louise estaba desnudo, esperando aquel momento. Mientras el rey le abrochaba el collar, susurr�ndole algo que s�lo ella pudo o�r, yo era capaz de imaginar la carne de gallina en la espalda y en la clav�cula de Louise, causada por el fr�o del collar, el tacto m�rbido y casi aterciopelado de su piel bajo las manos del rey.</p><p>Ella lo mir�, con devoci�n pero tambi�n con timidez, y luego se volvi� para sonre�r a todos los presentes: la muchacha m�s feliz del mundo, inocente pero entusiasta. Instintivamente, los invitados la aplaudieron, muchos de ellos de pie. Y si hab�a algunos cuyos aplausos eran m�s lentos, m�s c�nicos, como los de Rochester o Buckingham, apenas se not� entre el fragor de la aprobaci�n de la mayor�a.</p><p>�Un placer reservado s�lo al rey�.</p><p>Incluso yo �cortesano, pastelero, c�mplice de mi propia aflicci�n� aplaud�, fingiendo una alegr�a que no sent�a.</p></section><section><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>CUARTA PARTE</p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>�Todos dec�an que la bella dama hab�a yacido con �l una de esas noches, y que le hab�a quitado las medias como si se tratara de su esposa; admito que estuvo en pa�os menores casi todo el d�a, y que �l no escatim� juegos ni pasi�n con aquella joven libertina; se dec�a tambi�n que yo asist� a la ceremonia que se hab�a celebrado previamente, pero es totalmente falso�.</p><p><emphasis>Diario de sir John Evelyn, septiembre de 1671</emphasis></p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Lo he hecho. Estoy tumbada en el lecho real, empapada en el semen del rey. Ungida por el ung�ento del Se�or. Mis muslos est�n manchados de sangre. Mi virginidad mezclada con los fluidos de su deseo.</p><p>La sangre de Louise, derramada para que Luis pueda derramar sangre holandesa en Holanda.</p><p>Estoy aturdida en el lecho, y las palabras revolotean en mi cabeza. Soy una fortaleza en llamas, una aldea saqueada, una tierra quemada.</p><p>�Por favor, no llor�is, amor m�o �me susurra�. Amor m�o, mi dulce amor.</p><p>Por favor, Louise.</p><p>Estoy acabada, he sido deshonrada, derrotada. Soy Eva, Mar�a Magdalena, la Puta de Babilonia, �la dama libertina reci�n llegada de Francia�, como dicen siempre los autores de panfletos. Mi precioso honor ha sido expoliado, manchado, al igual que las s�banas. Estoy, literalmente, hecha pedazos.</p><p>Pero, sobre todo, lo que pienso es�</p><p>�De verdad?</p><p>�Tanto sufrimiento para esto? �Est�s segura?</p><p>�Oh, por supuesto que me ha dolido! Esperaba que me doliera. Sin embargo, la primera vez todo ha sido tan r�pido que apenas he tenido tiempo de decirme que no ha sido tan terrible como esperaba.</p><p>Pero puede que en eso radiquen sus grandes dotes de amante. Es como un cirujano: si sabe c�mo amputar un brazo en menos de un minuto, los pacientes har�n cola ante su puerta.</p><p>Sigo tumbada, incapaz de moverme, con todos los miembros amputados, desperdigados por la estancia, donde �l los ha dejado. Carlos, el cirujano, est� sec�ndose el sudor de la frente con el dorso de la mano.</p><p>S�, se quita la peluca. Debajo, su pelo empieza a ser de color gris. No, no echa a patadas a los perritos falderos. Gracias a Dios, los tres que ha tra�do a Newmarket eran demasiado peque�os para saltar al lecho. Los he o�do toda la noche husmeando detr�s de las cortinas.</p><p>Carlos, el cirujano, ha ido mucho m�s despacio en la segunda operaci�n. Puede que est� cansado. Me acaricia entre las piernas con sus dedos, fr�os a causa del esperma. �Qu� est� buscando ah� dentro? �Acaso est� preparando el terreno?</p><p>Hurga, hurga y hurga sin parar.</p><p>Pienso en Aretino, en todas esas ilustraciones que estudi� minuciosamente a fin de prepararme para esta noche, tratando de entender lo que pasar�a. Incluso tom� notas. Sin embargo, ahora no puedo hacer nada de todo eso. Ni, afortunadamente, parece que �l lo espere. Si lo �nico que puedo hacer es quedarme tumbada sin parecer exhausta, no quiero ni imaginarme que tuviera que agacharme, arrodillarme o hacer cualquiera de esas contorsiones.</p><p>�Amor m�o, amor m�o �dice, penetr�ndome de nuevo.</p><p>Y otra vez. Aplast�ndome. Pienso, con repentina envidia, en el mecanismo de un reloj, fr�o, mec�nico y preciso.</p><p>Lanzando un gemido, me unge otra vez. Noto un estremecimiento en sus piernas. La primera vez pens� que era una especie de ataque, que hab�a matado al rey. Sin embargo, esta vez resulta menos alarmante, aunque no menos desagradable.</p><p>Setecientos a�os de fiel servicio a Francia para esto.</p><p>Me acaricia la mejilla con el pulgar.</p><p>�Son l�grimas de felicidad �susurro.</p><p>Satisfecho, se abandona sobre m�, como un peso muerto. Siento su coraz�n latiendo contra mi pecho. Todo su cuerpo es duro y s�lido como una estatua, salvo la blandura que noto en la parte en que se unen nuestros cuerpos, all� donde la estatua se funde conmigo.</p><p>La tercera vez. Ya despunta el alba. Me despierto y lo veo arrodillado frente a m�, con su verga en el centro de mi campo visual, gruesa y aterradora. El vello de sus anchas espaldas y de su vientre son negros como el de un simio.</p><p>Vuelvo la cabeza y �l me besa en la mejilla mientras, con un gesto lento y deliberado, me penetra.</p><p>Como una bandera. Ahora mi territorio le pertenece. He sido conquistada.</p><p>Esta vez, los embates son lentos y sonoros.</p><empty-line/><p>Poco despu�s, me pregunta:</p><p>��Qu� os ha parecido?</p><p>Me lo pienso.</p><p>�No ha sido como esperaba.</p><p>��Oh! �En qu� sentido?</p><p>�Ha sido m�s parecido a montar a caballo o jugar a tenis que a la poes�a o la m�sica.</p><p>Una sombra cruza su rostro, y recuerdo d�nde estoy. Con qui�n estoy. Y por qu�.</p><p>�Lo que quiero decir es que ha sido maravilloso. Antes era la muchacha m�s feliz del mundo, y ahora soy la mujer m�s feliz del mundo.</p><p>M�s tranquilo, abre las cortinas que est�n junto a �l. Inmediatamente, aparecen dos ayudas de c�mara: uno de ellos con agua, el otro con unas vestimentas.</p><p>El que sostiene la bac�a, el m�s joven de los dos, mira al frente. Luego, como si no pudiera evitarlo, dirige sus ojos hacia el lugar donde estoy tumbada, con el pecho empapado en el sudor del rey. Ayer habr�a podido ordenar que lo azotaran. Hoy, sin embargo, soy una mujer deshonrada. As� pues, que mire.</p><p>Carlos se levanta. Lo observo mientras se limpia la verga real con la esponja y le tienden las vestimentas reales. Ahora hay mucha gente a su alrededor que roc�a y acicala hasta que, finalmente, ya no es el hombre que est� aqu� de pie, sino el monarca que tira de los pu�os con lazos de su levita.</p><p>Por �ltimo, la peluca.</p><p>Da un paso al frente, hacia la puerta, que se abre como por arte de magia.</p><p>M�sica. Aplausos.</p><p>En mi lado de la cama tiran tambi�n de las cortinas. Veo a dos doncellas que miran al suelo, esperando hacer lo mismo conmigo. Oigo el rumor de conversaciones en la otra estancia. Y un grito: ��A Newmarket, Majestad? �O ya hab�is cabalgado bastante por hoy?�. Estallan las risotadas, viriles y cordiales. Irrumpen en la estancia, densas y h�medas. Se escucha un canto, una docena de voces coreando el estribillo.</p><p>��Oh, oh, viejo Rowley!</p><p>Me levanto de la cama. Estoy entumecida y un poco dolorida. Lady Arlington est� aqu�, esper�ndome.</p><p>�Tenemos mucho que hacer �se limita a decir.</p><empty-line/><p>Debo quedarme en <emphasis>d�shabill�</emphasis> tota la ma�ana, una prueba de que soy una mujer casada. Me cepillan el pelo, aunque no demasiado. Han encargado un retrato de los dos, un presente del embajador; o mejor dicho, dos retratos: hay que guardar las formas. Yo extiendo la mano derecha, Carlos la izquierda, hacia el extremo de nuestros respectivos cuadros: aunque no nos toquemos, cuando las dos pinturas se cuelguen una al lado de la otra, el simbolismo estar� muy claro. Sin embargo, hoy, el pintor apenas conseguir� que el rey pose para �l. A lo sumo una hora; despu�s, asistir� a las carreras.</p><p>Lord Arlington aparece a mi lado.</p><p>��Est�is bien? �me pregunta, en voz baja.</p><p>�Estoy bien.</p><p>�Ped�dselo esta ma�ana, antes de que est� ocupado con otros asuntos.</p><p>�Como gust�is.</p><p>Me acerco a Carlos. Se vuelve con una sonrisa mientras los cortesanos que lo rodean retroceden unos pasos.</p><p>�Lord Arlington quiere que os pida un favor.</p><p>�l arquea las cejas.</p><p>�Tambi�n ha sido �l quien ha elegido el momento.</p><p>Carlos asiente con la cabeza, consciente de que he entendido �a diferencia de Arlington� que esta falta de sutileza no resulta apropiada con las circunstancias del momento.</p><p>�Quiere ser lord canciller.</p><p>Carlos parece realmente sorprendido por la presunci�n de Arlington. Luego, con expresi�n pensativa, dice:</p><p>�Louise, me transmit�s su petici�n sin pedirme que la apruebe.</p><p>Me encojo de hombros.</p><p>�Arlington es un necio �dice, en voz baja�. Tendr�a que haberos dicho que me lo pidierais ayer. Ayer os habr�a concedido todo lo que me pidierais.</p><p>�Lo s�. Y es por eso que no lo hice.</p><p>La risa ahogada de Carlos induce a algunos de los cortesanos a alzar la mirada.</p><p>��No quer�is que nombre a un necio para el puesto m�s importante del pa�s?</p><p>�No.</p><p>�Pero es un viejo amigo.</p><p>�Y ha construido el palacio m�s nuevo de vuestro reino porque eso le hac�a sentirse fuerte �digo, mirando con intenci�n a nuestro alrededor.</p><p>�Si no debe ser �l, �qui�n, entonces?</p><p>��Canciller? Shaftesbury.</p><p>��Shaftesbury?</p><p>�Si un parlamentario se da cuenta de que no es capaz de hacer que cuadren las cuentas, al Parlamento no le quedar� m�s remedio que aprobar m�s fondos. Y a Shaftesbury le resultar� dif�cil oponerse a la guerra si le hab�is designado para ese puesto.</p><p>Adem�s, la elecci�n de Shaftesbury irritar� a lord Arlington m�s que cualquier otra.</p><p>Carlos asiente con la cabeza.</p><p>�Y supongo que pensasteis todo esto mientras yac�amos en el lecho, �verdad?</p><p>�Por supuesto que no �miento�. Estaba demasiado ocupada pensando en vos, mi dulce amor.</p><p>�Bien, me ocupar� de ello. �Lo hago ahora?</p><p>Sonr�o mientras observo el otro extremo de la estancia, donde los Arlington fingen estar hablando con el resto de cortesanos.</p><p>�Bueno, creo que podemos mantener la incertidumbre de lord Arlington un poco m�s, �no os parece? Hoy quiero asistir a las carreras y ver a ese semental del que tanto me han hablado. Despu�s de todo, ahora ya conozco muy bien a su hom�nimo.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Helado de frambuesas: preparar un cuarto de gal�n de crema; cuando se haya enfriado, verterla en un cuarto de gal�n de frambuesas maduras, mezclarlo todo, tamizarlo, hervirlo a fuego lento y congelar la mezcla. No a�adir demasiada az�car: las frambuesas saben mejor si son un poco �cidas.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Louise ha resistido hasta septiembre, un a�o entero desde que lleg� a Inglaterra. He o�do decir que siempre hab�a tenido la intenci�n de dejarse seducir, que sus escr�pulos s�lo eran fingidos, y su reticencia una mera estratagema. Sin embargo, esto no explica por qu� los hombres m�s resueltos de Europa han tardado doce meses en conseguir que yacera en el lecho del rey.</p><p>Intent� ser fuerte y no pensar en lo que hicieron all�.</p><p>Sin embargo, las consecuencias pol�ticas fueron inmediatas. Se encontr� un pretexto para la guerra: la peque�a embarcaci�n real, superada por la flota holandesa, no fue saludada con los honores debidos a un gran barco de guerra. Los holandeses se disculparon por su descuido, pero, aun as�, los ingleses anunciaron las hostilidades. El gobierno suspendi� el reembolso de las deudas para poder invertir el dinero en la guerra. Y Carlos redact� personalmente un decreto que llam� Declaraci�n de Indulgencia. A partir de ese momento, todos los hombres y mujeres eran libres. Libres para practicar su fe y libres para pensar y decir lo que quisieran.</p><p>Casi parec�a que hubiese anunciado que se pasara a espada a todos los ni�os ingleses o la violaci�n de todas las v�rgenes. El pa�s se sublev�. Los aprendices protagonizaron tumultos y quemaron los burdeles. Las prostitutas organizaron marchas e incendiaron tiendas. Los comerciantes sellaron sus establecimientos. Los panaderos no pod�an vender pan y los sacerdotes denunciaron el comportamiento libertino del rey desde los p�lpitos. Dec�an que el ej�rcito estaba a punto de rebelarse, aunque nunca qued� claro por qui�n o por qu�.</p><p>�Esto debe ser lo que t� quer�as �le dije a Hannah, exasperado�. Siempre est�s hablando de los derechos de los ingleses. Y ahora Carlos los ha convertido en una ley.</p><p>��Acaso no lo entend�is? �se es el problema. Tenemos esos derechos porque hemos nacido con ellos. No es el poder de Carlos el que nos los ha concedido o arrebatado. �Hannah lanz� un suspiro�. Adem�s, todo el mundo sabe que esta Declaraci�n es sospechosa no por lo que dice, sino por lo que omite.</p><p>��A qu� te refieres?</p><p>�No es a los disidentes sino a los cat�licos a quienes el rey quiere beneficiar con estas libertades. Y entonces, cuando Inglaterra vuelva a ser cat�lica, se restaurar� la Inquisici�n y se torturar� a los disidentes.</p><p>Empec� a ver a gente por la calle que luc�a lazos verdes en las solapas. Cassell me dijo que era una se�al de que estaban a favor de Shaftesbury y de los partidarios del Parlamento.</p><p>�Algunos de ellos no son mejores que los <emphasis>whigs</emphasis> �dijo, resoplando.</p><p>��Los <emphasis>whigs</emphasis>?</p><p>�Los gitanos. Los hojalateros. �Su expresi�n era preocupada�. La situaci�n es m�s grave desde la que se vivi� durante la Restauraci�n �admiti�. Con la mayor parte del ej�rcito en Francia, ser�a dif�cil sofocar una revuelta aqu�. Si eso ocurre, es casi seguro que el Parlamento apoyar� la insurrecci�n.</p><p>��Y cu�l es la soluci�n?</p><p>�Me temo que el rey tendr� que derogar la Declaraci�n. Pero, �qu� m�s exigir� el Parlamento? �se es el problema. En cuanto tengan ventaja, �por qu� habr�an de limitarse a derogar una sola ley impopular? �Me mir� de reojo�. Por vuestra propia seguridad, deb�is tomar precauciones, signor. Sospecho que, en estos momentos, todos los cat�licos podr�an ser f�cilmente v�ctimas del populacho.</p><p>En realidad, ya lo hab�a hecho. A menudo, los caminos que rodeaban Whitehall estaban bloqueados por multitudes descontentas; no pasaba un d�a en que no lanzaran una piedra contra mi carruaje, y en m�s de una ocasi�n me vi obligado a dar la vuelta. Contrat� a dos fornidos sirvientes para que gobernaran el carruaje, aunque, en realidad, m�s que protegerme lo que hac�an era disuadir. Sab�a que, frente a un ataque de verdad, no habr�an dado sus vidas para defenderme.</p><p>Se habr�a podido pensar que en la corte se respiraba cierta tensi�n. Sin embargo, ocurr�a todo lo contrario. Era como si la Declaraci�n hubiese favorecido un ambiente agradable y distendido. Ahora que por fin hab�a conseguido a Louise, Carlos estaba tranquilo; y del mismo modo que Louise se hab�a dejado conquistar por �l, ella hab�a conquistado a la corte. Todas las damas de alta alcurnia llevaban el pelo <emphasis>au naturel</emphasis>, con la raya en medio. Se hab�an arreglado todos los vestidos para que tuvieran una abertura en un lado. La presencia de franceses en Londres iba en aumento. Le N�tre lleg� de Versalles para remodelar el parque de St James y se estremeci� al ver el canal de estilo holand�s. Un sastre llamado Sourceau fue llamado para vestir al rey, monsieur Pontac se ocupaba de los vinos y los vestidos de Louise eran obra de una modista llamada Desborde. Incluso o� hablar a algunas de las damas de compa��a m�s j�venes con un acento afectado, como si, al igual que Louise, el ingl�s no fuera su lengua materna. No la quer�an; en realidad, creo que la odiaban y la envidiaban en igual medida, pero gozaba del favor del rey, y eso era lo que contaba.</p><p>Y all� estaba yo. Me mov�a entre ellos, sirviendo mis cordiales y mi <emphasis>granite</emphasis>, casi como si estuviera de vuelta en Versalles. Asist�a a las recepciones, a las partidas de cartas, a los refrigerios, a las funciones privadas y a los bailes de m�scaras. Estaba all� ��por Dios!� cuando el rey y su nueva amante retozaban. Estaba incluso en los aposentos de Louise cuando yac�an juntos.</p><p>El rey era un hombre atl�tico: el ejercicio f�sico le provocaba calor, y cuando ten�a calor ped�a algo fresco. Todos los d�as preparaba para los amantes cordiales fr�os con sa�co, lavanda, borraja o flores arom�ticas. Les ofrec�a infusiones dulces de menta y jengibre sobre hielo picado. Elaboraba helados de lim�n y albaricoque, de membrillo y de manzana, de mora, de vainilla y de higo. Les serv�a copas de zumo de lim�n reci�n exprimido, endulzado con miel de diente de le�n y enfriado con nieve compacta. Llevaba mis helados en bandejas de plata a la alcoba de Louise, con su cama francesa labrada; detr�s de las cortinas cerradas, en el propio lecho, sobre las s�banas revueltas. Sent�a el olor del rey en su piel, y el de ella en la de Carlos. Les serv�a con una inescrutable sonrisa, y ella me daba las gracias con una sonrisa igualmente indetectable.</p><p>Durante aquellas primeras semanas, s�lo en una ocasi�n consegu� hablar con ella a solas. Hab�an convocado al rey. En general, se negaba a atender a los ministros, que reclamaban su atenci�n para atender los asuntos de Estado, pero si eran lo bastante insistentes aceptaba, a rega�adientes, leer un mont�n de documentos en una reuni�n del consejo, aunque raramente se quedaba hasta el final. En esa ocasi�n se levant� de la cama cuando yo llegu�, cogi� una copa de zumo de melocot�n helado de mi bandeja y, por encima del hombro, se dirigi� a Louise.</p><p>�Volver� en seguida� Quedaos aqu�.</p><p>Apenas se abroch� los botones para atender a sus ministros.</p><p>Por un momento, ninguno de los dos dijo nada.</p><p>�Entonces �dije, finalmente�, �es lo que esperabais?</p><p>��Esto? �Se encogi� de hombros�. En cualquier caso, como esposa o como amante, �ste habr�a sido mi deber. Al menos, ahora lo hago con alguien para quien <emphasis>yo</emphasis> no soy s�lo un deber. Eso me ayuda a fingir.</p><p>��Fingir?�Eso es lo que hac�is?</p><p>No deber�a hab�rselo preguntado� Era como hurgar en una herida: no puedes evitarlo, aunque sabes que no deber�as hacerlo.</p><p>�A veces s� �dijo, en voz baja�. Y a veces no.</p><p>�Pero, decidme, �ahora lo am�is?</p><p>�No pienso en �l en t�rminos de amor o placer �me respondi�. S�lo s� que ahora estoy en disposici�n de terminar lo que he venido a hacer. �Es amor? �Es placer? Sea lo que sea, le estoy agradecida por ello.</p><empty-line/><p>Mi posici�n en la corte, naturalmente, se vio reforzada nuevamente gracias a ella. No hab�a nada m�s franc�s que los helados y, por ende, nada que estuviera m�s de moda. Desde Newmarket, mis servicios eran tan indispensables en las grandes ocasiones como la presencia de Louise de Keroualle.</p><p>Y aun as� hab�a un postre que nunca preparaba. Cordiales, <emphasis>granite</emphasis>, sorbetes e incluso recetas a base de leche helada� Todo eso lo serv�a sin problemas. Pero no helados. El nuevo helado, el que hab�a creado con la ayuda de los <emphasis>virtuosi</emphasis>, era el postre real. A menos que fuera el rey quien se lo ofreciera a un invitado, nadie m�s pod�a saborearlo.</p><p>Fueron muchos los que lo intentaron. Perd� la cuenta de las veces en que me pidieron que lo preparara, �por curiosidad�, pero siempre les respond�a frunciendo el ce�o y les dec�a: �Lo lamento, pero no es posible�. Algunos, por supuesto, no se dejaban arredrar f�cilmente. Una ma�ana, lord Rochester irrumpi� en el Red Lion y deposit� una bolsa sobre el mostrador de la despensa mientras yo estaba trabajando.</p><p>�Quiero probar el helado de fresas blancas que el rey sabore� anoche.</p><p>�Lo lamento, pero no es posible.</p><p>�Ha dicho que es el postre m�s delicioso que ha degustado jam�s.</p><p>�Efectivamente.</p><p>Se�al� la bolsa con un gesto de impaciencia.</p><p>�Ah� dentro hay veinte <emphasis>pistoles</emphasis>. Coged las que quer�is.</p><p>Agarr� la bolsa y se la devolv�.</p><p>�Ya est�.</p><p>Rochester me mir� fijamente. Sus ojos parec�an los de un lagarto, desprovistos de cualquier atisbo de humanidad. Incluso a aquellas horas, apestaba a vino.</p><p>��Me desafi�is, signor Dildo? �susurr�.</p><p>Yo tambi�n lo mir� fijamente, sereno.</p><p>�Creo que sois vos quien desafi�is al rey.</p><p>Al cabo de un momento, asinti�.</p><p>�Cre�is que porque el rey presta o�dos a vuestra amiga francesa, la gente como vos est� a salvo de gente como yo. Y, en cierto sentido, es verdad. Pero recordad esto: �l le presta o�dos porque ella maneja su verga. Cuando la verga se canse, puede que les ocurra lo mismo a los otros �rganos. Y, decidme, �qu� ser�a entonces del pobre signor Dildo?</p><p>Otros eran m�s prudentes. Vi a un lacayo, Chiffinch, agarrando una copa de helado para tend�rsela al rey: hizo una serie de elaborados gestos para coger las servilletas, y cuando se lo ofreci�, me di cuenta de que en la copa hab�a mucho menos helado que unos momentos antes, aunque la expresi�n del rostro de Chiffinch era tan inescrutable como siempre.</p><p>La tristemente famosa Barbara Villiers, duquesa de Cleveland, la antigua amante de Carlos, me convoc� en su residencia o, mejor dicho, en su palacio: el rey le hab�a regalado Nonsuch, una de las mansiones reales m�s lujosas, como pago por sus servicios. En principio, el motivo de nuestro encuentro deb�a ser la elecci�n de los cordiales que yo iba a servir en un baile. Sin embargo, pronto qued� muy claro que lo que en realidad quer�a era helado, y que a cambio estaba dispuesta a concederme los mismos favores de los que en otros tiempos hab�a disfrutado el rey. Cuando le dej� claro que no me vend�a tan f�cilmente, tuvo un arrebato. Nunca hab�a visto semejante c�lera. Parec�a pose�da por el demonio y me lanz� todos los objetos que ten�a a mano, con el rostro deformado por la rabia.</p><empty-line/><p>Fue eso �el hecho de que s�lo Carlos y Louise saborearan mis helados� lo que me hizo surgir una idea que posiblemente habr�a sido mejor ignorar.</p><p>Un d�a estaba trabajando en la despensa, a �ltima hora de la tarde, cuando no hab�a nadie. Ech� un vistazo al cuarto de Hannah, que estaba al lado, y vi que estaba vac�o.</p><p>Tras dudar un instante, entr� y me dirig� al estante donde guardaba sus libros. Acarici� los lomos con los dedos: <emphasis>The Cook�s Guide: Or, Rare Receipts for Cookery</emphasis>� <emphasis>Physick, Beautifying and Cookery</emphasis>�</p><p><emphasis>Excellent &amp; Approve Receipts</emphasis>. <emphasis>The Compleat Herbal</emphasis>, de Nicholas Culpeper.</p><p>Cog� el libro y empec� a hojearlo.</p><p>��Qu� est�is haciendo?</p><p>Era Hannah, que hab�a entrado en el cuarto detr�s de m�.</p><p>�No tengo malas intenciones �le asegur�. S�lo estaba buscando informaci�n.</p><p>�Entonces ser�a mejor que me explicarais de qu� se trata. Conozco ese libro de principio a fin, y no es un volumen que deba prestarse.</p><p>�La receta que estoy buscando no es para m�. Es para� �Dud� un momento�. Para uno de mis clientes de la nobleza. Quiere evitar las pasiones del amor.</p><p>��Quiere <emphasis>evitarlas</emphasis>?</p><p>Asent�.</p><p>�Absolutamente. Es un hombre muy ocupado, con poco tiempo para el ocio. No quiere que lo perturben los pensamientos libertinos.</p><p>�Bueno, se trata de algo bastante inusual �dijo�. Normalmente, la gente quiere alguna hierba que produzca justo el efecto contrario. Pero s�, hay varias infusiones que causan el efecto que dese�is.</p><p>�Que desea mi cliente �la correg�.</p><p>Hizo un gesto de impaciencia, como para entender que le daba igual.</p><p>�Creo que estamos hablando m�s del deseo que de la capacidad para consumar el acto, �verdad?</p><p>�De ambas cosas, si es posible.</p><p>�Vamos a ver� �dijo, arrebat�ndome el libro y hojeando sus p�ginas�. S� La manzanilla es buena para eso, y la flor de sa�co cuando hay luna llena. Pero el tratamiento m�s adecuado ser�a el de uva espina.</p><p>��Uva espina?</p><p>Asinti� con la cabeza y ley� en voz alta: �Conocidas tambi�n con el nombre de uvas crespas, estos frutos del bosque refrenan las pasiones, en especial las pasiones de Venus, bajo cuyo dominio se encuentran. Una infusi�n de sus hojas enfriar� la sangre y aplacar� cualquier manifestaci�n de c�lera o exceso�.</p><p>��Dispones de ellas?</p><p>�Puedo procuraros algunas en conserva, en una jarra. Pero si las quer�is para hacer un helado, ser�a mejor que dejarais que os ense�ara c�mo preparar un bud�n de frutos del bosque. Se corre el riesgo de disimular el sabor �cido de las uva espina con demasiada az�car, y si hac�is eso, el helado no se congelar�.</p><p>Me pregunt� una vez m�s c�mo se las arreglaba para tener tales conocimientos, y la cautela me hizo dudar. Con un deje de impaciencia, dijo:</p><p>��A�n segu�s pensando que quiero robaros vuestros secretos? En cualquier caso, mostr�ndoos c�mo preparar un bud�n de uva espina estoy haciendo justamente lo contrario.</p><p>Al cabo de un momento, asent� con la cabeza.</p><p>�Gracias.</p><p>As� pues, me ense�� c�mo preparar ese sencillo postre ingl�s: hab�a que hervir los frutos con agua, con un par de flores de sa�co; luego hab�a que machacarlos, tamizarlos, a�adirles az�car y, finalmente, mezclar el pur� con crema y un poco de nuez moscada. Era tan f�cil, y tan apropiado para un helado, que me sorprendi� que mis colegas pasteleros de toda Europa a�n no lo hubieran descubierto.</p><p>Como si me adivinara el pensamiento, Hannah dijo:</p><p>�Puede que un d�a alguien sepa c�mo congelar esta mezcla.</p><p>��Y acabar con mi sustento, quieres decir?</p><p>��Por qu� se paga a los cocineros? �Por sus secretos o por su talento? Preparar tartas no tiene ning�n secreto, y aun as� las m�as son las m�s apreciadas de Vauxhall.</p><p>Lo dijo con desenvoltura, sin orgullo pero sin falsa modestia.</p><p>Refunfu��.</p><p>�Puede que sea por eso que nadie que prepara tartas ha recibido la aprobaci�n real.</p><p>Se encogi� de hombros.</p><p>�Tal vez. Y ahora debo irme. Tengo cosas que hacer. Y espero� �dud� un momento� que vuestro amigo pueda aplacar sus deseos. Si la uva espina no funciona, hac�dmelo saber. Hay otros remedios que puede probar.</p><empty-line/><p>�Prepar� helados de uva espina y se los mand� al rey. Una semana despu�s, cuando le pregunt� a Louise si el ardor del rey se hab�a enfriado, me mir� con extra�eza y me pregunt� por qu� quer�a saberlo. Trat� de darle a entender que s�lo me preocupaba saber si sus obligaciones le pesaban tanto como al principio.</p><p>�Bueno, est� un poco m�s tranquilo �me dijo�. En realidad, es mejor as�. Ahora, en algunas ocasiones, se preocupa por mi placer.</p><p>Aquella era una consecuencia que no hab�a previsto. A partir de entonces, dej� de preparar helados de uva espina para el rey.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Hay que saber manejarlo, y estoy aprendiendo a hacerlo. La pol�tica lo aburre: gobernar, considerar los intereses que est�n en juego, conseguir el dif�cil consenso a su alrededor. Es un hombre de acciones audaces, de decisiones repentinas. En ese aspecto, somos complementarios.</p><p>Detesta los problemas. Deja que sean otros quienes busquen soluciones; en realidad, deja que sea yo. �Louise, �por qu� no se le ha ocurrido a nadie?�. La respuesta sincera a esa pregunta, si yo fuera lo bastante est�pida para d�rsela, ser�a: �Porque no les hab�is dado la oportunidad de hacerlo�.</p><p>Y si el problema era grave, me ofrec�a alg�n presente: un collar, o alguna joya de plata. He contratado a un lacayo, Hawton, para que los venda con discreci�n.</p><p>Tengo muchos gastos. En realidad, me he dado cuenta de que el rey no me quiere s�lo como amante. Pero tampoco soy una reina. Soy m�s bien una suerte de princesa, como lo era Minette: derrochadora, culta, con mis aposentos siempre llenos de arte, diversi�n y deliciosa comida francesa. �l me anima siempre a pedir tapices de Gobelins, copas de cristal, sedas de Par�s, perfumes de Grasse y vinos de la Champa�a.</p><p>Mis aposentos son la corte que siempre ha so�ado. Cuando est� conmigo, es el rey que siempre ha querido ser: no es Carlos de Inglaterra, sino Luis de Francia, omnipotente en su reino. Ya no es el rey sometido a las condiciones y el consenso del Parlamento: es Carolus Rex, un monarca absoluto y arbitrario, el emperador de Inglaterra.</p><p>�sta es la mayor de las farsas: ser capaz de fingir que las cosas no son como son. Esto explica, creo, su pasi�n por el teatro: �l mismo es una especie de actor, y nosotros, en calidad de coprotagonistas, debemos seguir adelante con la representaci�n. El rey no quiere que sus ilusiones sean perturbadas por una indecorosa realidad.</p><p>Y aun as�, es gentil cuando me incomoda el comportamiento de los dem�s. En un baile estoy al lado de dos mujeres que tienen m�s o menos mi edad. Una de ellas es lady Sedburgh; la otra, Caroline de Vere. Son inteligentes y se sienten a sus anchas siguiendo las costumbres de la corte, aunque sin ser esclavas de ellas, hablan cuatro idiomas y saben tocar un instrumento, bailar y escribir. En pocas palabras: son la clase de mujeres con las que habr�a esperado trabar amistad.</p><p>Cuando doy un paso hacia ellas, me vuelven la espalda, fingiendo estar enfrascadas en una conversaci�n. Escucho lo que dicen mientras paso disimuladamente a su lado.</p><p>Y pienso: en otros tiempos yo tambi�n habr�a hecho lo mismo que ellas.</p><p>Carlos me pregunta por qu� parezco preocupada. Sin pensarlo, se lo digo e, inmediatamente, llama a las dos muchachas.</p><p>�He decidido que deb�is entrar a formar parte del s�quito de madam Carwell �les dice, en un tono autoritario�. A partir de este momento, ser�is sus damas de compa��a.</p><p>Detecto una expresi�n de desd�n en sus rostros y pienso: �stas no son formas. Sonr�o con un aire de aprobaci�n, pero por dentro me siento morir.</p><p>��Ten�is algo que objetar? �les pregunta, con voz atronadora.</p><p>Ambas sacuden la cabeza, sumisas.</p><p>�Quien yace conmigo merece la compa��a de las m�s grandes damas de la naci�n �dice, contrariado�. Pod�is retiraros.</p><p>En consecuencia, naturalmente, me odian m�s que nunca. Est� claro que no ayuda el hecho de que Arlington me llame abiertamente ramera ingrata. �Ingrata! Lady Arlington se pasea por la corte con un collar de diamantes que, seg�n dice, ha costado seis mil libras.</p><p>�Oh, es un presente de vuestro rey por haberos metido en su lecho.</p><p>Le sonr�o con su misma dulzura y le digo:</p><p>�Entonces, yo tambi�n debo haceros un regalo, Elizabeth, por que no soy capaz de imaginarme c�mo podr�a ser m�s feliz.</p><p>Evidentemente, no le regalo nada. Un collar de diamantes es una recompensa m�s que suficiente para una alcahueta.</p><p>Y entonces, en un instante, todo vuelve a cambiar.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Helado flambeado: disolver el az�car en un cazo, aunque sin quemarlo; mientras tanto, preparar una masa con seis huevos, un chorro de sirope y una pinta de crema: remover la mezcla, tamizar y congelar.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>��Encinta? �Est�is segura?</p><p>Ella asinti�, abatida.</p><p>�Hoy ya he vomitado dos veces.</p><p>��Cre�is que esto cambiar� las cosas?</p><p>��Para m�? No lo s�. El embajador parece estar convencido de que es una buena noticia.</p><p>�Pero vos no est�is tan segura.</p><p>Se encogi� de hombros.</p><p>�Carlos ya ha tenido bastardos. Al parecer, hay docenas de hijos suyos vagando por ah�. Sospecho que significa que mi posici�n se consolida y que, en consecuencia, es m�s dif�cil que cambie.</p><p>Comprendo lo que quiere decir.</p><p>�Segu�s esperando que os convierta en su reina.</p><p>�Si Catalina muere, s�. �Por qu� no? Ahora, �sa es mi �nica salida, el �nico modo en que mi posici�n podr�a considerarse respetable. Creo que incluso los ingleses tendr�an alg�n problema para aceptar a una francesa gorda y pre�ada avanzando pesadamente hacia el altar para esposar a su rey.</p><p>��Qu� dice Carlos sobre el beb�?</p><p>��Oh, �l est� encantado! Pero no porque desee tener otro hijo, sino porque es una nueva prueba de su virilidad. �Dud� un instante�. Y hay algo m�s. En cuanto se lo dije, su inter�s por m� disminuy�.</p><p>��Cre�is que eso lo desalienta?</p><p>Sacudi� la cabeza.</p><p>�Sigue visit�ndome, pero s�lo para estar conmigo, para dar un paseo o para conversar. Dir�ais que su comportamiento es el mismo� A�n sigue siendo tan sol�cito como siempre, pero cuando yacemos juntos, s�lo me penetra una vez. �No me pas� desapercibida su franqueza a la hora de hablar: ya no se sonrojaba, y las c�pulas eran una cuesti�n de pol�tica y estrategia, y hab�a que analizarlas como cualquier otro asunto de la corte�. Es casi como si, al dejarme encinta, pensara que hab�a cumplido con su deber, como cualquier marido que le da un heredero a su esposa.</p><p>�Puede que as� sea. Y es normal que el deseo de un hombre disminuya despu�s de la luna de miel. �Pens� que, despu�s de todo, era posible que las uvas crespas de Culpeper hubieran surtido efecto�. Adem�s, tendr� que abstenerse del todo a medida que aumente el tama�o de vuestro vientre. Despu�s de un periodo de obligada abstinencia, volver� a vos con renovado vigor.</p><p>�Eso siempre que su abstinencia sea real �dijo ella, secamente.</p><p>��Cre�is que tiene otras mujeres?</p><p>�Estoy segura de ello �repuso, en voz baja�. Y no deber�a importarme, si eso significa que no me desea tanto. Pero ahora es diferente. No se limita a que Will Chiffinch le suba alguna criada por las escaleras de servicio. Cena fuera, sin m�.</p><p>��Con la reina?</p><p>Niega con la cabeza.</p><p>�Cuando est� con ella lo hace en p�blico, para que todos puedan verlo. Me temo que Arlington le ha encontrado a alguien con quien intenta sustituirme.</p><empty-line/><p>Cassel fue incluso m�s expl�cito.</p><p>�El rey se est� cansando de ella �dijo, bruscamente�. No me extra�ar�a que la mandara de vuelta a Francia para que d� a luz all� a su bastardo.</p><p>��Qui�n goza ahora de sus favores?</p><p>�Dicen que ha vuelto con la actriz.</p><p>��La actriz! �Por qu� ella?</p><p>�Al final siempre vuelve con ella. Esa mujer lo divierte. Su Majestad no est� hecho para ser fiel.</p><p>�Entonces podr�a volver con Louise.</p><p>�Supongo que es posible. Sin embargo, es mejor no armar ning�n alboroto. Al rey le gusta estar tranquilo, y en el pasado ya hemos conocido a muchas mujeres peleando.</p><p>�Louise no se rebajar� a protagonizar una pelea. Y mucho menos con una actriz.</p><p>�Oh, sin duda tendr� que pelear �dijo Cassell�. Lo que quiero decir es que deber� hacerlo con discreci�n. La actriz ya ha conseguido acabar con otras rivales, y madam Carwell har�a bien en no subestimarla.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>En el parque de St James me acerco a un grupo de cortesanos, pensando que el rey est� con ellos, pero a quien me encuentro es a la actriz, paseando de arriba abajo con porte presumido, farfullando un galimat�as con acento franc�s y haci�ndose llamar �madam Squintabella�. Algunos cortesanos consiguen dejar de re�rse cuando me acerco, pero la actriz se vuelve hacia m� sin perder la compostura.</p><p>�<emphasis>Oui? Bonju</emphasis> �dice.</p><p>M�s carcajadas. Veo que tiene la cabeza un poco ladeada, con un ojo medio cerrado, como si estuviera mirando a trav�s de un telescopio. Se est� burlando de mi ojo perezoso.</p><p>�Estaba buscando al rey �digo, tranquila�. Pero veo que no est� aqu�. Lo buscar� en otra parte.</p><p>�Oh, Su Majestad est� muy bien �dice ella, hablando de nuevo con voz normal�. En realidad, nunca lo he visto tan bien como anoche.</p><p>�Gracias �le respondo, con voz glacial.</p><p>Cuando me alejo, oigo al grupo aplaudiendo su exhibici�n.</p><p>�<emphasis>Merci, merci</emphasis>. �Les da las gracias, haciendo una reverencia�. Pero madam Squintabella prefiere las joyas a los aplausos.</p><p>Me parece incre�ble que sea admitida en la corte, dada su vulgaridad. Sin embargo, �l la ha acomodado en una casa situada en un extremo de St James, con una puerta que conecta el jard�n con el parque.</p><p>Pienso en las damas de compa��a. �Es posible que la reprimenda de Carlos fuera tambi�n una advertencia en clave para m�? �Quien yace conmigo merece la compa��a de las m�s grandes damas de la naci�n�. �Debo esperar no s�lo compartir con otras sus favores, sino que me lo recuerde ante mis narices?</p><p>S�lo tengo una elecci�n: ignorarla y esperar que todo esto pase cuando ya no est� encinta.</p><p>Al parecer, incluso en este asunto debo comportarme como una reina.</p><empty-line/><p>Mientras tanto, hay que resolver el problema de Jemmy Monmouth, el primer hijo bastardo del rey. Acaba de regresar de su exilio, demasiado breve, y est� ansioso por provocar des�rdenes.</p><p>Se presenta ante el rey estando yo con �l y le pregunta bruscamente si pueden hablar a solas.</p><p>�Jemmy �protesta Carlos�. No tengo secretos para Louise.</p><p>�No importa. Os dejar� solos �digo, cort�smente. Y, para rizar el rizo, a�ado�: Puede que tal vez nos volvamos a ver dentro de un rato, Carlos.</p><p>�Espero que dentro de muy poco.</p><p>Monmouth me mira con furia mientras abandono la estancia.</p><p>Evidentemente, m�s tarde, Carlos me cuenta lo que quer�a. Ahora que el ej�rcito est� combatiendo, Monmouth quiere asumir su mando.</p><p>�He tratado de disuadirlo �dice Carlos�. Pero, al igual que todos los j�venes, quiere demostrar su valor en los peligros de la batalla.</p><p>Creo que, por encima de todo, lo que quiere demostrar es que es digno de la corona. En voz alta, le digo:</p><p>�Supongo que desde su punto de vista es justo. Despu�s de todo, vuestro hermano est� al mando de la armada. �Por qu� no deber�a estar vuestro hijo al frente del ej�rcito?</p><p>La expresi�n del rostro de Carlos se ensombrece.</p><p>�Es algo muy distinto. Mi hermano es el hijo leg�timo del rey, y mi heredero.</p><p>��Pens�is que dar�a mala impresi�n que Jemmy estuviera al mando del ej�rcito? �le pregunto, con aire meditabundo�. S�, no se me hab�a ocurrido.</p><p>�A m� tampoco, hasta que he hablado con vos. Pero ahora me parece evidente: no debe hacerlo.</p><p>El asunto va bien, pero podr�a ir mejor.</p><p>�Tal vez podr�a llegarse a un entente �sugiero�. Dejad que vaya a Holanda a combatir, pero s�lo a t�tulo honorario. As� podr� demostrar su coraje sin que deis a entender que es algo m�s que uno de vuestros fieles s�bditos. Creo que ser�a un generoso gesto por vuestra parte permitirle que se redimiera de sus terribles actos del a�o pasado.</p><p>�Sois muy buena con �l, Louise.</p><p>�Si soy buena con �l es s�lo porque s� cu�nto os importa �digo, con una sonrisa.</p><p>�Los peligros de la batalla�. Me gusta c�mo suena: el mejor de los puestos para el primer hijo bastardo del rey.</p><empty-line/><p>Buckingham tambi�n querr�a ese puesto.</p><p>�Me inclino a conced�rselo �reflexiona Carlos�. Aunque Jemmy entrar� en c�lera.</p><p>No he olvidado que Buckingham me insult� en Diepe. �Hab�is sido enviada para seducirlo�. Si bien, el desarrollo de los acontecimientos le ha dado la raz�n, su convencimiento acerca de que tambi�n pod�a llevarme a su lecho todav�a sigue irrit�ndome.</p><p>��Buckingham? �Es fiable?</p><p>�Ciertamente, George es insensato y un tanto petulante, pero posee algunas cualidades que resultan �tiles en un soldado. Creo que el puesto es adecuado para �l.</p><p>Habla como si ya hubiese tomado la decisi�n. Pensando con rapidez, le digo:</p><p>��Es protestante, verdad?</p><p>�S�. �Carlos se encoge de hombros�. Como yo.</p><p>�De momento �puntualizo�. Pero un protestante al mando del ej�rcito contra los holandeses� Decidme, �no es posible que Luis interpretara eso como una prueba de que intent�is retrasar vuestra conversi�n?</p><p>�No es �sa mi intenci�n.</p><p>Carlos parece inc�modo. Siempre se muestra vago en lo referente a convertirse. Ya le ha escrito a Luis sugiri�ndole que antes quiere discutir con el papa las consecuencias de su conversi�n; desgraciadamente, el papa est� muy enfermo para viajar en estos momentos.</p><p>�Si Buckingham deja Inglaterra, la mitad de las damas de la corte se quedar�n con el coraz�n hecho pedazos �a�ado, en tono burl�n�. Sobre todo la pobre lady Shrewsbury.</p><p>La pasi�n que esta dama siente por �l es legendaria, a pesar de que �o puede que precisamente porque� �l hab�a matado a su esposo en un duelo.</p><p>Carlos parece aliviado.</p><p>�Excelente. Le dir� que las damas de Inglaterra no pueden vivir sin �l.</p><empty-line/><p>Buckingham est� furioso y se atreve incluso a acusar al rey en mi presencia de haberse dejado influenciar por m�. El rey, igualmente furioso, le asegura que la decisi�n ha sido s�lo suya.</p><p>Estoy descubriendo que as� es como funcionan las cosas: no le digas a un hombre lo que debe pensar, dile simplemente lo que ya est� pensando. Nueve de cada diez veces se da cuenta de que est� de acuerdo.</p><empty-line/><p>As� pues, si soy capaz de manejar a Monmouth, a Buckingham y a Arlington, �por qu� no puedo hacer lo mismo con Nell Gwynne? Ella afirma que nunca ha le�do un libro, y mucho menos una obra de teatro: se aprende sus di�logos haciendo que se los lean en voz alta. Tiene una voz estridente y vulgar, aunque cuando decide imitar a alguna de las grandes damas de la corte, es incre�blemente precisa. Cuando la oigo hablar con la voz de Elizabeth Arlington ��No, Bennett, es imprescindible que construyamos una casa antes de Navidad, o tendremos que permanecer diez meses en el mismo sitio��, hay algo de Elizabeth en sus gestos y su voz, aunque resulta incluso m�s divertido. Supongo que la imitaci�n que hace de m� debe de ser igual de precisa, aunque yo no consigo darme cuenta.</p><p>Pero, si es capaz de hablar como una verdadera dama cuando se lo propone, �por qu� no lo hace siempre?</p><p>Llevo muchos meses sin llorar. No por ella ni por m�. Pero ahora, con el beb� a punto de nacer, s� lo hago.</p><p>Mi honor es algo intangible, y, adem�s, a veces soy capaz de olvidar que he sido deshonrada. Pero un beb� s� es algo tangible. �Ser� considerado siempre como el bastardo de una amante? �O ser� el hijo de la reina de Inglaterra?</p><p>El embajador viene a verme y, en mi desesperaci�n, me lamento en su presencia. Ese idiota puritano no tarda en echarme una reprimenda.</p><p>�No es oportuno �opina Colbert� especular sobre la salud de Su Majestad. Sobre todo porque hay buenas noticias al respecto. Al parecer, su m�dico hab�a sacado conclusiones demasiado apresuradas. Ahora, el doctor Frazer dice que, despu�s de todo, no padece tisis, sino una hipersensibilidad al placer.</p><p>No puede creer lo que estoy oyendo.</p><p>��Hipersensibilidad?</p><p>Asiente con la cabeza.</p><p>�Como ya sabr�is, el rey tiene el don de prodigar un gran placer a las mujeres. Parece ser que la reina experimentaba tal paroxismo de felicidad cuando estaba con el rey, que acababa sangrando. Ahora que ya no tiene la necesidad de yacer con �l, su salud ha mejorado.</p><p>�Pero vos dijisteis que�</p><p>�La medicina no es una ciencia exacta. Afortunadamente, no en este caso.</p><p>�Entonces, no morir� �murmuro, aturdida�. La reina no morir�.</p><p>�Todos moriremos �dice, piadosamente�. Pero, por lo que parece, la reina puede contar con que disfrutar� de muchos a�os de buena salud.</p><p>�Me mentisteis. Vos y Arlington. Me dijisteis que ella iba a morir.</p><p>Colbert frunce el ce�o.</p><p>�Creo que ya os dije entonces que eso era irrelevante, porque vos no ten�is madera de reina. En mi opini�n, no est� bien que sig�is especulando�</p><p>��No est� bien? �No est� bien? �Las l�grimas han dado paso a la rabia�. �Qu� hab�is hecho vos salvo especular sobre asuntos como �se durante a�os? No os atrev�is a decir lo que est� bien o lo que no. Mi familia viv�a en la corte cuando la vuestra trabajaba los campos como las bestias.</p><p>Puede que fuera un poco injusto hablarle as�, pero s�lo pretend�a herirlo.</p><p>�Ahora debo dejaros �dice, con una r�gida reverencia�. Veo que est�is alterada, y sabido es que las damas que est�n en vuestro estado deben estar tranquilas por el bien de su hijo. A prop�sito, Su Muy Cristiana Majestad me autoriza a transmitiros sus felicitaciones personales por vuestra inmensa fortuna.</p><p>Colbert. Estoy m�s decidida que nunca a conseguir que lo obliguen a regresar, pero a�n no: todo a su tiempo.</p><empty-line/><p>Pruebo otra estrategia con Nell: hacerme amiga suya. El rey est� en Portsmouth, inspeccionando la flota, y la corte est� tranquila. Paseando por el parque con las otras damas, veo que Nell luce un vestido nuevo. Afablemente, le digo:</p><p>�Vuestro vestido es muy elegante, miss Gwynne.</p><p>No es verdad, por supuesto: no tiene buen gusto ni mesura. Cuando ve un lazo muy costoso o un hilo de plata, es como una ni�a: debe hacer gran acopio de ellos.</p><p>Ella me devuelve la sonrisa.</p><p>��Quer�is decir que es lo bastante elegante como para que parezca una dama?</p><p>�Me preguntaba qui�n es vuestra modista. Ten�is que darme su nombre.</p><p>��Por qu�? Vos ya vest�s con bastante elegancia para ser una puta. �Incluso para la corte inglesa, su comentario resulta excesivo. Algunos de los presentes contienen la respiraci�n, pero los que est�n a mi lado se quedan petrificados. Nell mira a su alrededor�. Si es una dama de alta alcurnia, �por qu� consiente en ser una mujerzuela? �pregunta, sin un �pice de recato�. Deber�a morirse de verg�enza. En cuanto a m�, es mi profesi�n; no pretendo ser mejor de lo que soy. Y aun as�, el rey me quiere tanto como a ella.</p><p>Me siento un poco mareada, pero consigo proseguir:</p><p>�Tambi�n llev�is unos bonitos zapatos. Creo que los zapateros ingleses son los mejores de Europa.</p><p>�sta es mi peque�a victoria: diga lo que diga, sea lo que yo sea ahora, no consigue provocarme para que me pelee como una vulgar pescadera. A eso se reducen mi honor y mis or�genes, en estos momentos. Mientras mantenga los buenos modales, no ser� como ella.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Para enriquecer la crema con vainilla, coger la vaina de vainilla, quitarle las semillas, rasp�ndolas, y a�adirlas a la crema.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>El orgullo ingl�s zarp� al mismo tiempo que la flota, bajo el mando del duque de York, una armada de sesenta barcos y veinti�n mil hombres. El plan era que se unieran a la flota francesa en Solvay, en Suffolk, para bloquear juntos los puertos holandeses.</p><p>Aun as�, los holandeses, a pesar de que su armada era mucho m�s reducida, tomaron la ofensiva. Mientras la flota aliada estaba a�n en el puerto, los holandeses aparecieron en el horizonte, con el viento a sus espaldas. Los aliados se dividieron de inmediato en dos, y los barcos franceses dieron la vuelta, dirigi�ndose hacia el sur. Los ingleses, en cambio, no tuvieron otra elecci�n que quedarse y combatir. M�s de mil ca�ones dispararon contra los holandeses durante casi todo el d�a antes de que �stos se retiraran.</p><p>Se dijo que la ausencia de los franceses en la batalla fue un simple error, provocado por un problema de se�alizaci�n, pero la mayor�a de los ingleses se decantaron por una explicaci�n muy distinta: Francia hab�a querido dejar solos a los ingleses frente al ataque. Sucedi� lo que siempre hab�an temido. Inglaterra hab�a sido arrastrada a aquella guerra con la deliberada intenci�n de que el pa�s quedara debilitado, preparando as� el terreno para una invasi�n cat�lica.</p><p>Ahora, las patrullas de reclutamiento forzoso recorr�an las calles, alistando a todos los muchachos sanos con los que se cruzaban. Los impuestos hab�an subido, y s�lo se pod�a mantener el orden con un vertiginoso aumento de latigazos y ahorcamientos p�blicos.</p><p>Prepar� un helado de esp�rragos, lo vert� en un molde con la forma del vegetal y me las arregl� para que uno de sus extremos fuera verde y el otro blanco, como en la naturaleza. Carlos, que amaba todo aquello que no era lo que parec�a, sentenci� que era el helado m�s delicioso que jam�s le hab�a servido. Dio a probar un poco a sus invitados, para comprobar su estupor.</p><empty-line/><p>Louise, a�n encinta, me mand� llamar con otro prop�sito.</p><p>��Pod�is prepararme algo? Tengo un antojo: me apetecen unos pepinillos y un helado cremoso.</p><p>Lanc� un suspiro.</p><p>�Dicen que las mujeres pre�adas tienen gustos extra�os. Ver� qu� puedo hacer.</p><p>Le prepar� un helado de crema m�rbida, reci�n hecha, aderezada con semillas de vainilla. La vainilla, al menos, compensar�a la acidez de los pepinillos. Sin embargo, eso no bast� para satisfacerla.</p><p>�Est�is haciendo que engorde �se quej�, aunque sin dejar de comer�. Estoy gruesa y deforme.</p><p>�Eso es cosa del beb�. Cuando haya nacido, perder�is peso.</p><p>�Ning�n hombre de Londres se fija en m�, y mucho menos el rey. Parezco una cerda pre�ada. Ha empezado a llamarme �Fubs�.</p><p>���Fubs�?</p><p>�O �Fubsy�. Significa �mofletitos�.</p><p>�A mi parecer, la pre�ez no ha menguado el afecto que siente por vos.</p><p>�Me pellizca las mejillas, le dedica cumplidos a mi barriga y luego se va para pasar la noche con su actriz. El afecto no es suficiente. El afecto no compensar� la perfidia de la flota francesa. El afecto no me sirve. Lo que necesito es <emphasis>deseo</emphasis>. Necesito <emphasis>pasi�n</emphasis>.</p><p>�Todo lo contrario. Cualquier hombre puede ser apasionado; en cambio, el afecto sugiere que sus sentimientos ser�n duraderos. Tened paciencia. Cuando nazca el beb�, volver� a vuestro lecho.</p><p>En otra ocasi�n, me dijo:</p><p>�He sido demasiado ingenua. Si quiero conservarlo, tengo que aprender algunos trucos.</p><p>��Trucos? �le pregunto, aunque sab�a perfectamente a qu� se refer�a.</p><p>�Antes, yo confiaba en mi inocencia, como vos me sugeristeis, pero ahora no puedo permitirme seguir siendo inocente. Debo ser astuta.</p><p>��Y c�mo pens�is aprender esos trucos?</p><p>�Vos deber�is ense��rmelos, por supuesto. �Ella vio la expresi�n de mi rostro�. <emphasis>As�</emphasis> no. Ten�is que explic�rmelo todo: c�mo debo moverme, c�mo debo acostarme, qu� debo decir. Ahora que conozco los rudimentos ser� m�s f�cil entender vuestras explicaciones.</p><p>No pod�a negarle nada. As� pues, nos acostamos en su cama, con la puerta cerrada con llave para mantener alejadas a las damas de su s�quito. Ella, sin aliento y con torpeza, asumi� diversas posturas amorosas siguiendo mis instrucciones. Ambos est�bamos completamente vestidos; su cuerpo, pre�ado, le pesaba. No fue ninguna sorpresa que no hubiera ni un �pice de pasi�n sincera ni en su conducta ni en el momento. Llegados a un punto, sin poder evitarlo, dije:</p><p>�Evidentemente, cuando est�is con �l deb�is ser cari�osa.</p><p>��Cari�osa?</p><p>�Ya sab�is�, llena de entusiasmo. Sonriente. Y le murmurar�is palabras con dulzura.</p><p>��Eso tambi�n? �Parec�a perpleja�. �No basta con que haga todo esto? �Debo fingir que me gusta?</p><p>�Por supuesto. Vuestro deseo es el mayor cumplido que pod�is hacerle. �Cog� un pepinillo del plato�. Imaginaos que esto es el rey. �Lo moj� en el helado�. Imaginaos que tiene el sabor que m�s os gusta�, que lo dese�is m�s que cualquier otra cosa que deseasteis mientras estabais encinta. �Se lo tend�. Ahora, probadlo.</p><p>Lo hizo: sac� la lengua y lami� la punta del pepinillo. Me mir�, para comprobar si lo estaba haciendo bien. Por un instante, sus ojos verdes se llenaron de un deseo tal que me qued� sin aliento.</p><p>Luego, con la boca a�n llena de helado, se ech� a re�r. Se tap� la boca con la mano para tragarlo del todo. Cuando por fin pudo hablar, dijo:</p><p>�Por vuestra cara, deduzco que �sta es una expresi�n adecuada de deseo irrefrenable.</p><p>�S� �admit�, con voz ronca�. �Qu� estabais pensando?</p><p>�Pensaba en el helado y en que pronto se terminar�a. Luego me he puesto un poco seria, lo he saboreado a fondo y se ha terminado de verdad.</p><p>�Haced lo que hab�is hecho �dije, lanzando un suspiro�. Comportaos exactamente as� y �l creer� que lo ador�is.</p><empty-line/><p>Cuando regres� al Lion, le orden� a Hannah que subiera a mi aposento.</p><p>�Me imagino que sabr�s algunos trucos �le dije, sin pre�mbulos.</p><p>��Trucos?</p><p>�Florituras. Variaciones. Como hacen en Francia.</p><p>�S� preparar una <emphasis>fricass�e</emphasis>, si es lo que quer�is saber.</p><p>�Sabes bien que no se trata de eso.</p><p>�S�, lo s�. Pero quer�a comprobar si era capaz de haceros sonre�r �dijo, con un aire de misterio.</p><p>Refunfu��.</p><p>�Te pagar� m�s.</p><p>�Muy generoso de vuestra parte, pero me temo que no puedo ayudaros. Si quer�is trucos franceses, tendr�is que buscaros una francesa. �Dud� un instante�. Pero tal vez ya la hay�is encontrado.</p><p>La mir� a los ojos.</p><p>��Qu� quieres decir?</p><p>�S�lo que, sea lo que sea lo que hac�is en la corte, no parece que os haga muy feliz.</p><p>�Eso no es asunto tuyo.</p><p>�Cierto �dijo, con una expresi�n inescrutable�. Entonces, �quer�is lo acostumbrado?</p><p>�S�. Lo acostumbrado.</p><p>Lo acostumbrado, en el acostumbrado silencio. El acostumbrado tintineo de las monedas. Las acostumbradas l�grimas en mis mejillas antes del olvido que procura el sue�o.</p><empty-line/><p>Cuando me despert�, descubr� con sorpresa que ya eran m�s de las tres de la tarde. Me acerqu� a la ventana y me qued� un rato sentado en el alfeizar, mirando a la gente que iba y ven�a por la calle.</p><p>Entonces vi a Hannah saliendo de la posada. Posiblemente no habr�a advertido que era ella �llevaba un abrigo oscuro con una capucha que le cubr�a la cabeza�, pero cuando se dio la vuelta para mirar a derecha e izquierda, capt� por un instante su perfil. En la mano, muy bien agarrada, llevaba una bolsa.</p><p>Algo, no s� muy bien qu�, despert� mi curiosidad por saber ad�nde se dirig�a. Me puse un abrigo y baj� las escaleras a toda prisa. Hab�a visto la direcci�n que hab�a tomado y no tard� en alcanzarla y en estar a diez pasos de ella.</p><p>Vi que mucha gente la saludaba al pasar, pero no con efusi�n, sino con un gesto de la cabeza o de la mano. Otros, hombres y mujeres, se deten�an y le estrechaban la mano.</p><p>Record� las palabras de Cassell: �Se niegan a inclinarse ante nadie porque afirman que todos los hombres son iguales�.</p><p>Era evidente que Hannah ten�a prisa y no se entretuvo para intercambiar cumplidos. Cinco minutos despu�s gir� por un callej�n en el que hab�a peque�as tiendas que vend�an libros y mapas. Cuando lleg� al final, entr� en la �ltima. Parec�a que, fuera lo que fuese lo que ten�a que hacer all�, era el motivo de su salida, porque no abandon� la tienda hasta pasados unos minutos. Esper� hasta que volvi� la esquina y entr�.</p><p>El negocio era incluso m�s peque�o de lo que parec�a desde la calle. Los libros cubr�an casi toda su superficie. Sin embargo, encima del mostrador hab�a un mapa desenrollado, como si acabaran de abrirlo recientemente. Me inclin� para verlo mejor. En la parte de arriba hab�a una inscripci�n.</p><p>�Un nuevo y exacto Mapa del Mundo. Dibujado seg�n las m�s aut�nticas descripciones, los descubrimientos m�s recientes y las mejores observaciones realizadas por ingleses o for�neos�.</p><p>�Es el que quieren todos �dijo el tendero, al ver que lo estaba examinando�. Est� basado en los esquemas de John Speed. Fijaos, incluso muestra la isla.</p><p>��La isla?</p><p>�California �dijo, se�al�ndola con el dedo�. Y esto, si sir William Penn consigue llegar, ser� Nueva Gales.</p><p>Observ� el mapa, tratando de entender por qu� le interesar�a tanto a Hannah.</p><p>��Hab�is reservado ya vuestro pasaje? �me pregunt� el tendero�. Bueno, cuando est�is dispuesto a hacerlo, venid a verme. Nuestras condiciones son muy ventajosas. Un dep�sito, y luego un peque�o pago mensual. El barco es propiedad de mi cu�ado: es el mejor de Bristol.</p><p>Entonces lo comprend�.</p><p>��La mujer que ha estado aqu� hace un momento quer�a comprar un pasaje?</p><p>El hombre neg� con la cabeza.</p><p>�Lo compr� hace un a�o. Deber�a haber partido el pasado mes de mayo, pero se ha retrasado en los pagos. Ahora s�lo le quedan seis, y luego� �Se interrumpi�, consciente de que mi inter�s no era el de un cliente m�s�. �Dese�is algo en particular? �me pregunt�, enrollando el mapa con esa g�lida cortes�a tan habitual en los ingleses.</p><empty-line/><p>As� pues, Hannah quer�a emigrar a Am�rica. No deber�a haberme sorprendido: all� era donde terminaban todos los insatisfechos y los bribones. Y si se costeaba el pasaje prostituy�ndose, no era asunto m�o.</p><p>Sin embargo, me sent� inc�modo. Ahora que sab�a para qu� necesitaba el dinero, me avergonz� un poco saber lo que deb�a hacer para conseguirlo. Y, con cierta sorpresa, descubr� que tambi�n la envidiaba un poco, y no por lo que hab�a hecho, sino porque hubiera sido capaz de hacerlo: hab�a visto una oportunidad y se hab�a agarrado a ella en vez de estar a merced de reyes y ministros.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Al parecer, todo Londres habla de mi rivalidad con Nell. Y no s�lo Londres: el embajador me ha dado a entender que en Par�s tambi�n est�n ansiosos.</p><p>Los hombres pueden desafiarse con espadas o con raquetas de tenis, o luchar por su honor en el campo de batalla. Sin embargo, yo s�lo puedo enfrentarme a Nell Gwynne con sonrisas y palabras.</p><p>Y las palabras, desgraciadamente, son su fuerte. Ni siquiera en mi lengua materna soy tan ingeniosa como ella. Seg�n las �ltimas habladur�as, ha descubierto que la casa de Pall Mall que le ha concedido el rey s�lo ha sido arrendada, y por un periodo no superior a veinte a�os. La implicaci�n de ese hecho es evidente: mientras el rey comparta su lecho, ella ser� una mantenida, pero cuando la relaci�n termine, tendr� que volver al arroyo. Por alguna raz�n, el pueblo de Londres apoya su causa, y el asunto de la propiedad vitalicia de Nell ha aparecido en todos los peri�dicos y panfletos.</p><p>Dicen que Nell ha informado al rey de que ella se ha entregado a �l completamente y sin l�mite de tiempo y no s�lo en arrendamiento, y que a cambio espera la misma cortes�a. Al parecer, a Carlos le ha parecido tan divertido que ha cedido. Para celebrarlo, ella ha mandado construir una <emphasis>salle des miroirs</emphasis> en su alcoba, �adem�s de un lecho con incrustaciones de plata de su busto y el del rey y sus iniciales entrelazadas! Estoy segura de que Carlos, cuyo gusto es exquisito, se quedar� horrorizado ante tanta ordinariez.</p><p>Le he dicho que quiero remodelar mis aposentos para que sean lo m�s parecidos a los que Minette ten�a en Versalles. Naturalmente, me da su consentimiento. M�s tapices, m�s alfombras, m�s objetos de plata, pero todo de la mayor calidad, es decir: franc�s. Cuando se vea obligado a escoger, estar� claro entre qu� deber� hacer su elecci�n: la presunci�n y las buenas maneras o la vulgaridad y el refinamiento.</p><p>Al parecer, Nell descubri� a su lacayo pele�ndose en la calle: cuando le pregunt� el motivo del altercado, �l le dijo que alguien la hab�a llamado puta.</p><p>�Entonces deber�s encontrar otro motivo �le dijo�. Porque eso es lo que soy.</p><p>�C�mo puede enfrentarse una a alguien que no se averg�enza de ser lo que es?</p><empty-line/><p>Si tiene un defecto es su incapacidad de ver que somos diferentes. Para ella, una puta y una amante son lo mismo: una vendedora de naranjas y una dama de compa��a, s�lo que con matices distintos.</p><p>A pesar de su descaro, pretende conseguir un t�tulo, y es posible que eso sea su perdici�n. Si Carlos la convierte en duquesa, todas las familias nobles de Inglaterra se sentir�n ofendidas.</p><p>As� pues, mi estrategia consiste en recordarle a Carlos mis or�genes. Se presenta una oportunidad cuando muere un pariente lejano m�o, el Chevalier de Rohan. Es cierto que ha sido ejecutado por orden de Luis por colaborar con los holandeses, pero a�n as� lloro su muerte. Era descendiente de los antiguos reyes de Breta�a, lo que significa que tambi�n es un pariente lejano de Carlos.</p><p>Carlos me ve vestida de luto y me pregunta, delante de la corte, qu� ha ocurrido.</p><p>�Llevo luto por nuestro primo, el pr�ncipe de Rohan �le explico.</p><p>Mi intenci�n es llevar luto no m�s de una semana, el tiempo apropiado para un pariente lejano. Sin embargo, al d�a siguiente, cuando aparezco en la corte, Nell tambi�n viste de negro. Mientras el rey est� hablando con algunos de sus consejeros, la oigo sollozar quedamente. Al final, �l le pregunta:</p><p>��Qu� ocurre, Nell? �Ha muerto vuestra madre?</p><p>�No �dice�. No se trata de ella.</p><p>�Entonces, �de qui�n se trata?</p><p>�El Cham de Tartaria �dice, llorando�. Ha muerto. �Dios m�o, ha muerto!</p><p>�Pero �qu� relaci�n os un�a al Cham de Tartaria? �pregunta el rey, desconcertado.</p><p>�Exactamente la misma �lloriquea� que un�a a Louise con el Chevalier de Rohan. Es decir: ninguna.</p><p>Se hace el silencio durante un instante. Luego, las risotadas recorren toda la corte. Como un perro huyendo de la cocina con una ristra de salchichas entre los dientes, van de un extremo a otro, de grupo en grupo, y aunque lo sigo furiosa con los ojos, no consigo acorralarlo.</p><p>�Bien �dice el rey, frot�ndose los ojos�. Entonces, vos, Nell, y Louise har�ais mejor en dividiros el mundo, porque entre Tartaria y Rohan habr� muchos extranjeros a los que dar el p�same.</p><p>�Ya lo hemos hecho �dice ella, de inmediato�. Lo �nico que queda por decidir es cu�l de las dos se quedar� con Inglaterra.</p><p>Ahora se r�en abiertamente. Estoy avergonzada: no hab�a calculado que mi estrategia fuera tan evidente. Sin embargo, lo que Nell no entiende es que cada vez que protagoniza una de estas vulgares escenas, yo salgo fortalecida. Puede que se r�an con ella, pero ven cada vez con mayor claridad que no es una de ellos: tarde o temprano la excluir�n, y yo vencer�.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Helado de parmesano: coger seis huevos, media pinta de sirope y una pinta de crema. Verterlo todo en un cazo y hervir hasta que espese. Luego, rallar tres onzas de parmesano, mezclar, tamizar y congelar. �ste es un helado suculento y nutritivo, ideal para las madres lactantes.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Louise no se retir� para el parto y el puerperio hasta el �ltimo momento. No pod�a permit�rselo: si ya se re�an disimuladamente delante de ella, a sus espaldas lo hac�an a mand�bula batiente.</p><p>�Oh, decidme, �d�nde est� la Carwell? �me pregunt� un d�a Rochester, con la intenci�n de que el rey tambi�n lo escuchase�. �A�n no ha parido?</p><p>Por eso, al menos, fue apartado de la corte durante unos d�as: una cosa era insultar a la amante del rey, y otra muy distinta incluir en sus chanzas al hijo nonato del monarca.</p><p>Mientras tanto, como Cassell hab�a previsto, el Parlamento estaba reforzando su poder. La Declaraci�n de Indulgencia fue derogada y sustituida por el Test Act, una ley seg�n la cual todo cargo p�blico deb�a jurar fidelidad a la religi�n protestante. Lord Clifford, el tesorero, fue uno de los que fueron obligados a renunciar a la vida p�blica: se quit� la vida en su casa de campo. Lord Arlington que, seg�n sab�a Louise, era cat�lico, prest� juramento sin poner ninguna objeci�n. El duque de York dud�, y luego renunci� al puesto de almirante de la Armada, confirmando as� a la naci�n que, efectivamente, el hermano del rey se hab�a convertido.</p><p>Una vez m�s ten�a motivos para dar las gracias a que nadie, salvo yo, conociera los secretos de los helados: eso significaba que ning�n ingl�s pod�a reemplazarme, por lo que segu� sirviendo al rey y a sus favoritos como hab�a hecho hasta entonces.</p><p>Y a�n as�, si el Parlamento hab�a pensado que pod�a limitar la influencia de Louise, se equivocaba. Dio a luz en julio, y en Navidad estaba de nuevo en la brecha, y de un modo que Nell no estaba en condiciones de emular.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Ha nacido mi hijo. Carlos. Incluso a la hora de elegir el nombre se impone la pol�tica: el mundo debe saber qui�n es su padre.</p><p>El parto, evidentemente, es una agon�a. Y aun as�, no es nada comparado con el dolor de tener que entregar el beb� a una nodriza que lo amamante como si fuera suyo. Mis pechos, hinchados, derraman su leche sobre mis exquisitos vestidos franceses. Pero �ste ser�a mi deber si fuera una esposa: regresar a la corte como si nada hubiese ocurrido, como si tener hijos fuera algo que no te cambia la vida.</p><p>A Carlos le gustan mucho los ni�os. Me sorprende, teniendo en cuenta que es alguien que se distrae y se deja llevar con tanta facilidad. Sin embargo, le encanta sentarse y tener el beb� entre sus brazos, acarici�ndole los labios con un dedo. Pero s�lo un rato. Cuando el beb� llora, es la nodriza quien se ocupa de �l.</p><p>��Qu� llanto m�s imperioso! �exclama�. Ser� mejor que te lo lleves.</p><p>No aprecia a alguien con exigencias, sobre todo si son tan ruidosas.</p><p>�Decidme, �en qu� religi�n ser� educado? �me pregunta.</p><p>Ya hab�a pensado en eso, naturalmente. Para que yo pueda ser reina de Inglaterra, mis hijos deben ser protestantes. Pero si escojo ese camino, es como si renunciara a la idea de que un d�a Carlos cumpla la promesa de convertirse.</p><p>�Ser� educado en la Fe Verdadera �digo�. Puede que un d�a, vos y vuestro hijo pod�is practicar la misma religi�n.</p><p>�Tal vez �responde, sin comprometerse.</p><p>Escribo a mis padres para comunicarles la noticia, invit�ndolos a venir para que conozcan a su nieto. Les describo con mesurado orgullo los favores que me concede el rey, las dimensiones de mis aposentos, las joyas que me ha regalado. Les dejo claro que su visita no supondr�a ning�n inconveniente para m�.</p><p>Espero que, para entonces, ya me haya librado de madam Gwynne. Preferir�a que mis padres se ahorraran eso: no quisiera que escucharan a una actriz inglesa llamando puta a su hija.</p><p>En el �mbito pol�tico, el tema de moda es qui�n desposar� al hermano del rey. Los ingleses han renunciado a la esperanza de que acepte a una esposa protestante. Luis XIV se inclina por la duquesa de Guise, f�rtil pero poco agraciada, pero Jaime, seg�n me ha confesado el rey, preferir�a a una bella virgen.</p><p>��Tiene a alguien en mente? �le pregunto.</p><p>Carlos hace un gesto de impotencia.</p><p>��se es el problema. No le parece digno de �l elegir a su propia esposa, pero rechaza a todas las que le proponen. Hasta ahora ha dicho que no a la archiduquesa de Innsbruck a causa de su figura; a la princesa de W�rttemberg a causa de su madre; a la princesa Mar�a de Alsacia porque es pelirroja, y a dos princesas alemanas porque eran alemanas. Mis ministros ya no saben qu� hacer. Le he dicho que es absurdo desposar a una mujer por su belleza. Uno se acostumbra tan r�pidamente a un rostro que al cabo de una semana ya no le parece ni hermoso ni feo. �Duda un instante�. No es vuestro caso, por supuesto.</p><p>Sonr�o para demostrarle que s� que no pretend�a ofenderme.</p><p>�Tengo una prima que es joven y muy hermosa.</p><p>El rey arquea las cejas.</p><p>��De buena familia?</p><p>�Fran�oise Marie es la hija de la duquesa de Elboeuf, y princesa de la casa de Lorena.</p><p>�Por supuesto �murmura�. A veces olvido que est�is emparentada con las mejores familias de Francia.</p><p>�Se est� burlando de m�?</p><p>�Tengo su retrato en mis aposentos. Si convencierais a vuestro hermano de que viniera para conocer a su sobrino, podr�a verla.</p><p>Carlos se echa a re�r y me da una palmadita en la rodilla.</p><p>��Oh, os he echado tanto de menos, mi querida Fubs! Nos parecemos mucho.&#x2029;�Cierto. Es debido a nuestros or�genes.&#x2029;</p><empty-line/><p>Jaime viene a visitarme y admite sentirse intrigado por el retrato de Fran�oise Marie. Unas horas despu�s, un furioso Colbert irrumpe en mis aposentos.</p><p>�Su Muy Cristiana Majestad me ha ordenado expl�citamente que me ocupe del compromiso de la De Guise �dice, casi a gritos.</p><p>�Estoy segura de ello �respondo, con calma�. Pero Jaime es un libertino y se ha convertido recientemente, por lo que quiere desposar a una muchacha que tenga la misma edad que sus hijas. S�lo un loco pensar�a que quiere casarse con una viuda fea.</p><p>��Est�is llamando loco a Luis XIV? �balbucea Colbert.</p><p>�Por supuesto que no. Me estaba refiriendo a quien lo ha aconsejado. A la persona a la que, cuando el plan de la De Guise fracase, ciertamente culpar�.</p><p>Veo que Colbert est� reflexionando. Si puede utilizarme para dirigir la elecci�n de Luis hacia un objetivo m�s asequible, podr� adjudicarse el m�rito si llega a buen puerto y, en caso contrario, culparme de ello.</p><p>�Dejemos que Luis elija a otra muchacha cat�lica �le propongo�. Pero que sea joven, atractiva y n�bil. Entonces, vos y yo trabajaremos juntos para asegurar el matrimonio.</p><p>�Resulta que hay otra candidata �dice �l, con ciertas dudas.</p><p>��Qui�n?</p><p>�La princesa Mar�a de M�dena. Tiene trece a�os, y dicen que promete convertirse en una belleza. Sin embargo, ha expresado su deseo de entrar en un convento antes que desposarse con alguien mucho mayor que ella.</p><p>��Joven, bella y piadosa? �le pregunto�. Creo que es perfecta. Ordenad que env�en en seguida su retrato.</p><empty-line/><p>�Al cabo de un mes, todo est� organizado. Se casar�n el a�o que viene, en cuanto ella cumpla los catorce. A cambio, Jaime ha aceptado celebrar dos ceremonias: una �ntima, cat�lica, y otra p�blica, de acuerdo con los ritos anglicanos.</p><p>��C�mo lo hab�is conseguido? �me pregunta Carlos�. Conmigo es terco como una mula, pero vos, al parecer, siempre consegu�s de �l lo que quer�is.</p><p>�Puede que est� celoso de vos.</p><p>��Celoso?</p><p>Carlos parece sorprendido.</p><p>�A�n est� un poco enamorado de m�, �sab�is? �Me encojo de hombros, con modestia�. No s� por qu�.</p><p>�S�, por supuesto. �Carlos me mira fijamente, y comprendo que me est� mirando a trav�s de los ojos de su hermano: me ve deseable, una mujer que podr�a convertirse en su esposa, pero por encima de todo inalcanzable�. �Cenar�is conmigo esta noche, madam? �me pregunta, de improviso.</p><p>Sonr�o.</p><p>�Ser� un placer, Carlos.</p><p>Esa noche me posee de nuevo como si yo hubiese recuperado mi virginidad y �l fuera un joven fogoso.</p><p>M�s tarde, me dice:</p><p>��Por Dios, estabais llena de deseo!</p><p>Le doy un beso en el pecho.</p><p>�Sois delicioso. No puedo dejar de besaros.</p><p>Se abandona sobre el lecho, feliz. Sigo bes�ndolo: en su fuerte pecho, en las costillas que apuntan bajo la piel, como el casco de un barco. Puede que sea por el beb�, por el alivio de haber recuperado su favor, o por otro motivo, no lo s�, pero siento una especie de ternura por �l, un deseo que nunca hab�a sentido hasta ahora. Me coloco encima de �l y beso sus tetillas, suspirando por el sabor de su piel, por la fuerza de sus manos alrededor de mi nuca.</p><empty-line/><p>As� pues, todo vuelve a estar en su sitio. Estoy en el lecho de Carlos y gozo del favor de Luis. Colbert se ha comportado como un in�til y mis aposentos son, una vez m�s, la verdadera sede del Parlamento de Inglaterra.</p><p>Carlo quiere regalarme un collar. Mis esp�as me informan de que hay uno al que Nell le ha echado el anzuelo, literalmente: est� ense�ando al rey a pescar con la esperanza de conseguirlo. El collar cuesta m�s de ocho mil libras. �Ser�a un gran placer poder arrebat�rselo!</p><p>Sin embargo, yo apunto m�s alto.</p><p>��Amor m�o? �digo.</p><p>��Hum?</p><p>Estamos tumbados en el lecho, despu�s de haber hecho el amor.</p><p>�No quiero regalos costosos.</p><p>��De verdad?</p><p>Parece sorprendido.</p><p>�Ser amada por vos es la �nica recompensa que deseo. Pero si quer�is hacerme realmente un presente�</p><p>��S�? �pregunta, y comprendo que se est� preparando para una desmesurada exigencia: un vitalicio, tal vez, o una deuda de juego que hay que saldar.</p><p>�Como sab�is, provengo de una familia antigua y noble.</p><p>�Cierto.</p><p>�Mi abuelo materno era marqu�s. Los De Keroualle han sido Se�ores de Brest durante m�s de setecientos a�os, y aun as�, creo que ning�n miembro de vuestra corte es realmente consciente de mis or�genes. S�lo ven que soy vuestra amante, y al no tener ning�n t�tulo ingl�s, no me consideran mejor que una vulgar vendedora de naranjas.</p><p>Asiente, pensativo.</p><p>��Quer�is un t�tulo ingl�s?</p><p>�Con vuestra bendici�n.</p><p>Reflexiona. A simple vista, no es un presente costoso, pero sabe tan bien como yo que, normalmente, los t�tulos van acompa�ados de vitalicios y otros ingresos.</p><p>�Estoy dispuesto a ofreceros algo de esa naturaleza �dice, hablando muy despacio.</p><p>�Gracias. �Lo beso en la mejilla, en la que empieza a crecerle una barba incipiente�. Evidentemente, primero deber�is concederme la ciudadan�a inglesa; en caso contrario, no podr�a ser duquesa o poseer cualquier otro t�tulo que decid�is otorgarme. Lo dejo en vuestras manos.</p><empty-line/><p>Creo que estoy empezando a comprender mejor cu�l es el papel de una amante. No consiste s�lo en escuchar, sino que tambi�n debe reflexionar; no debe s�lo estar disponible, sino ejercer como representante del resto de mujeres que no est�n disponibles, las mujeres que �l tambi�n desear�a poseer si tuviera tiempo y se presentara la ocasi�n. Ser la mujer que todos los hombres pretenden pero que s�lo uno puede tener.</p><p>Ahora entiendo por qu� Nell Gwynne quiere tener su cama en una sala de espejos.</p><p>Estaba equivocada cuando le dije a Carlo que no conoc�a ning�n truco cuando estaba en el lecho. Los trucos m�s sutiles no se llevan a cabo con el cuerpo ni pueden dibujarse en un libro de posturas amorosas.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Quiere un retrato m�o.</p><p>�Ahora que hab�is recuperado la figura �dice, despreocupadamente� y antes de que volv�is a estar encinta.</p><p>�No he recuperado la figura. Parezco un elefante.</p><p>�Mi querida Fubs �murmura�. A m� me gust�is as�.</p><p>Por la referencia a mi figura deduzco que no quiere s�lo un retrato de mi rostro.</p><p>��Quer�is que pose desnuda?</p><p>��Por qu� no? �Me mira por el rabillo del ojo�. Estaba pensando en sir Peter Lely. Un caballero muy discreto, y un excelente pintor. Adem�s, nadie ver� el cuadro.</p><p>�Para el exclusivo placer del rey�. Pero el placer del rey, empiezo a darme cuenta, estriba en parte en lo que es s�lo de su propiedad y, en parte, en imaginar el modo en que lo ver�an los dem�s.</p><p>�En Francia se considera una inmoralidad ser retratada desnuda.</p><p>�S� que accediendo me conced�is un gran favor. Buscar� un modo extraordinario de daros las gracias.</p><p>�Un t�tulo?</p><p>�Imaginaos la verg�enza que sentir�a mi familia si llegara a enterarse.</p><p>Mis protestas lo est�n excitando. Tiene algo nuevo que conquistar, una nueva virginidad que conseguir.</p><p>�Para una vendedora de naranjas o para una actriz �a�ado� no tiene ninguna importancia, por supuesto. Pero decidme, �le pedir�a un rey a su reina que hiciera algo as�? Creo que no.</p><p>�A menos que lo amara mucho �murmura.</p><p>Ambos sabemos c�mo terminar� este baile. No puedo resistirme durante mucho tiempo. No mientras �l tenga a Nell Gwynne.</p><empty-line/><p>Al final llegamos a un acuerdo: una camisola de seda, desabrochada. No cubre nada, pero significa que, hablando con propiedad, no estoy desnuda. Estoy reclinada en un div�n, expuesta a la mirada de Lely, que pinta, retoca y embellece una tela que no puedo ver.</p><p>Si bajo los ojos, aunque s�lo sea un instante, �l murmura:</p><p>�Miradme.</p><p>Mis ojos deben mirar a los de quien est� mirando el cuadro. Me resulta extra�o pensar que cuando miro a Peter, que frunce el ce�o, concentrado, estoy mirando fijamente a todos los hombres que me admirar�n. Podr�an ser docenas, centenares los que contemplar�n el cuadro, algunos incluso despu�s de mi muerte.</p><p>Y todos ellos me mirar�n y pensar�n que soy una desvergonzada al acceder a hacer esto para disfrute privado del rey.</p><p>Y no se dan cuenta de que son ellos y no yo quienes lo son.</p><p>Carlos viene para charlar. Tem�a que me aburriera, dice. Contempla el cuadro. Peter se hace a un lado, paciente ante la impaciencia del rey. De vez en cuando explica a su se�or alg�n detalle del dise�o o de la t�cnica.</p><p>�Fijaos: esto se llama impasto. �Os gusta el verde aqu� o prefer�s aguamarina?</p><p>Hay algo en todo esto que excita a Carlos: los dos hombres, vestidos de la cabeza a los pies, contemplando mi cuerpo desnudo mientras hablan de m�. Casi como si yo fuera un hueso que Carlos puede dejar caer de su boca para que otro perro lo olisquee.</p><p>Recuerdo las palabras de Colbert: �Una org�a desenfrenada�.</p><p>Lely sugiere incluir alguna fruta, a la izquierda, para equilibrar la composici�n.</p><p>�Naranjas no �digo, con firmeza.</p><p>Arquea ligeramente las cejas.</p><p>�Me recuerdan a las vendedoras de naranjas.</p><p>Sonr�e. Evidentemente, fue �l quien pint� el retrato de Nell.</p><p>��Ya lo tengo! �exclama Carlos�. �Helado! En el cuadro deber�a haber helados.</p><p>�Se habr�n derretido antes de que Peter termine el retrato �objeto.</p><p>�Podr�an sustituirse por otros �dice el artista. Puntea pensativamente sobre la tela, con el extremo romo del pincel, para mostrar al rey d�nde podr�an pintarse�. Aqu�, en un lado, podr�an sustituirse sin que estorbaran la <emphasis>mise en sc�ne</emphasis>. En realidad, ser�a interesante. La gente se preguntar�a c�mo lo han hecho. Un momento capturado. La ilusi�n de la instantaneidad en medio del tiempo suspendido.</p><p>Es el discurso m�s largo que le he o�do durante los cinco d�as que lleva pintando.</p><p>Otra mujer, pienso, con cinismo, se habr�a sentido un poco ofendida al comprobar que el desaf�o de pintar un helado lo excita m�s que un cuerpo desnudo.</p><p>�S�. �Carlos lanza un suspiro�. Una fuente con helados. �Los pintar�is mientras se derriten?</p><p>�En el momento en que empiecen a derretirse, sire. La crema helada abland�ndose. Como un fruto madurando en un cuenco, inmortalizado justo entes de que empiece a echarse a perder. Anticipando la inevitable corrupci�n de la pulpa.</p><p>Me mira, y me doy cuenta de que no es s�lo la dificultad t�cnica lo que le excita. Tambi�n hay alguna suerte de simbolismo.</p><p>As� pues, ordenan que traigan los helados.</p><p>�Deprisa, decidle que son para el rey. En el taller de Lely.</p><p>Carlo entra con la caja de helados. No puedo moverme ni advertirle de nada. Me quedo quieta en el div�n, como Dafne, paralizada mientras se convierte en laurel.</p><p>�Ah, Demirco. Dejadlos aqu�.</p><p>Se para en seco y me mira.</p><p>�Vamos, hombre. Cualquiera dir�a que nunca hab�is visto a una mujer desnuda.</p><p>Se recompone en seguida.</p><p>�Pero nunca una tan hermosa, sire.</p><p>�S�. �Carlos se acaricia el bigote, satisfecho�. Es muy bella, �verdad?</p><p>Carlo mira primero a Peter y luego a m�. Peter se ha quedado quieto, sin tocar la tela con el pincel, sorprendido. Ambos me miran.</p><p>Un rubor �intenso y carmes�, como una hoja de parra en oto�o� recorre mi p�lida piel, desde las piernas desnudas hasta la punta de las orejas.</p><empty-line/><p>Nell, en palacio.</p><p>�Oh, madam Carwell. He o�do decir que os han retratado recientemente s�lo con una camisola de seda.</p><p>�Es cierto, Nell. El retrato de sir Peter es magn�fico.</p><p>�Puede que estemos una junto a otra en la galer�a del rey. As�, sus amigos podr�n compararnos. Siendo como soy una puta, deber�a sentirme honrada de ser comparada con una dama como vos.</p><p>No le respondo.</p><p>�Decidme, �hab�is visto a Carlos III esta ma�ana? �me pregunta.</p><p>Intuyo que me est� tendiendo una trampa, pero a�n as� decido caer en ella.</p><p>��Por qu� lo llam�is Carlos III? �l es Carlos II.</p><p>Cuenta con los dedos.</p><p>�Mi primer Carlos fue Carlos Hart; el segundo, Carlos Sackville. As� pues, Carlos Estuardo es el tercero. Vos, en cambio, s�lo ten�is dos, �verdad?</p><p>Cuando est� as� no hay nada que hacer, salvo no perder la calma. Es como tener un ni�o que no quiere acostarse y cuyo �nico modo de hablar con los adultos es escandalizarlos. Afablemente, le digo:</p><p>�Antes de conocer al rey, Nell, no he tenido ning�n otro hombre.</p><p>�Ah, bueno �dice, sacudiendo la cabeza�. A�n hay tiempo. A �l no le importa, �sab�is? Barbara Villiers ten�a cuatro al mismo tiempo, y el �nico comentario del rey fue que lo que es bueno para uno, es bueno para otro.</p><p>Un insulto simple y directo, como suele ser habitual en ella. Sin embargo, �ste me da que pensar.</p><p>Las joyas de la corona se exhiben en la Torre de Londres, donde cualquiera puede verlas por un penique. Hace unos a�os estuvieron a punto de robarlas, pero Carlos no quiere ponerlas a salvo, lejos de los ojos de la gente. �Por qu�?</p><p>Una actriz. Una mujer que interpreta muchos papeles. Un rey que se ve obligado a hacer lo mismo.</p><p>Una prostituta. Una mujer que ha tenido muchos amantes, pero muy pocos por amor. Un rey que decide hacer lo mismo.</p><p>Hacerme competir con Nell Gwynne� �Podr�a ser, en cierto sentido, algo deliberado? �Forma parte de su car�cter?</p><p>Empiezo a darme cuenta de que Carlos alberga un profundo cinismo, casi un lado oscuro. A su escepticismo natural se han sumado los efectos de sus experiencias en el exilio: el hecho de vagar de una corte a otra, de haber sido aceptado por mero oportunismo, tolerado s�lo hasta que las consideraciones pol�ticas de sus anfitriones lo cre�an �til.</p><p>De pronto, me doy cuenta de que Nell y yo tenemos eso en com�n, y tambi�n con el propio Carlos: todos sabemos lo que significa no tener ni un penique, estar indefensos y pasar fr�o.</p><p>�Es por eso que se rodea de hombres como lord Rochester? �Acaso encuentra en su amargo sarcasmo un eco de lo que encierra en su mente?</p><p>Y cuando afirma que �l y yo somos iguales� �Es a eso a lo que se refiere? �Ser� plenamente feliz s�lo cuando le d� la satisfacci�n de demostrarle que est� en lo cierto?</p><p>�Necesita que le demuestre que puedo caer tan bajo como �l?</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>El agracejo y la bergamota son dos de los frutos que saben mejor en helado que servidos al natural.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Luis XIV lider� personalmente el avance contra los holandeses, encabezando casi sin encontrar obst�culos un gran ej�rcito franco-holand�s a trav�s de los Pa�ses Bajos espa�oles. Sin embargo, los holandeses, conscientes de que no pod�an vencerlo en un conflicto armado, abrieron los diques, inundando una vasta extensi�n de tierras que pretend�a conquistar. Frustrado, el Rey Sol se vio obligado a armarse de paciencia.</p><p>Los ej�rcitos son muy costosos, y los ej�rcitos que no marchan �los que no saquean y se hacen con botines� son a�n m�s costosos. A Luis, evidentemente, le bastaba con levantar un dedo y exigir un nuevo impuesto. Sin embargo, para Carlos, su aliado, que deb�a rendir cuentas al Parlamento, la cuesti�n era muy distinta.</p><p>El Gran Bloqueo del Tesoro P�blico, cuando su gobierno anunci� a los cuatro vientos que no pagar�a ni el capital ni los intereses de sus deudas durante un per�odo de un a�o, ahora parec�a un terrible error de c�lculo. Porque, �qu� banquero habr�a prestado m�s dinero a un rey que no estaba al d�a con los pagos? �Qu� deuda ser�a segura si un rey pod�a modificar sucesivamente los t�rminos del acuerdo a su antojo?</p><p>Ahora, sus �nicos ingresos se reduc�an al vitalicio de Luis y al dinero que pod�a asignarle el Parlamento. Sin embargo, el Parlamento hab�a dejado muy claro que no votar�a m�s sin resultados. El rey estaba al borde de la bancarrota.</p><p>Eso ocurri� el mes en que le regal� a Louise un palanqu�n tapizado con seda plateada, con dos criados negros para transportarla; un collar valorado en tres mil libras; un hilo de perlas que costaba el doble, y la restauraci�n de sus aposentos para instalar una sala de espejos. Y ese mismo mes ofreci� a Nell un carruaje con seis caballos blancos para dejar claro que era la amante del rey y una mesa plateada para que hiciera juego con su vajilla de plata. Y tambi�n fue el mes en que orden� la construcci�n de m�s aposentos en Windsor y que inundaran el parque de St James para recrear una batalla naval.</p><p>Fue un verano de helados, naturalmente el rey estaba entusiasmado con sus nuevos invernaderos; sus jardineros hab�an conseguido una gran cosecha de pi�as, albaricoques y melones, y dio �rdenes de que me facilitaran todo cuanto pidiera. Prepar� un helado que ten�a el mismo aspecto de una pi�a, endulzado con un poco de az�car y mosto. A su alrededor, coloqu� pi�as de verdad y las cort� con un gesto teatral delante del rey, anunciado que ser�a el fruto m�s dulce y maduro de todo el reino. Creo que este acontecimiento provoc� m�s asombro en la corte que la rendici�n de Utrech.</p><empty-line/><p>Andaba corto de ideas. Despu�s de haber servido al rey y a sus invitados todos los frutos que se cosechaban en Inglaterra, todos los cordiales de Europa, todas las aguas destiladas del mundo, �qu� m�s pod�a ofrecer?</p><p>A veces deseaba ser como Hannah, que no preparaba m�s de cinco o seis tartas al mes, seg�n lo que encontraba en el mercado.</p><p>��Qu� es esto? �le pregunt� un d�a en el comedor, levantando una corteza humeante que escond�a algo delicioso, de un color un poco oscuro que no me resultaba familiar.</p><p>�Tarta de entra�as.</p><p>��De qu� est� hecho?</p><p>�De carne de venado. Coraz�n, lengua, seso y est�mago de ciervo, con salsa de cebolla y tomillo. Todo lo que los ricos no quieren comer.</p><p>Sin embargo, me di cuenta de que los ricos mandaban a sus sirvientes al Red Lion para comprar esa tarta para cenar. La fama de Hannah se estaba propagando.</p><p>��Y ma�ana?</p><p>�Sopa de pollo y puerro. El jueves, de h�gado y cerveza. Y el viernes, de queso y cebolla. �Por qu�?</p><p>Refunfu��.</p><p>�Necesito nuevos sabores para el rey.</p><p>�Servidle una tarta �dijo, en tono burl�n.</p><p>No pod�a hacerlo, por supuesto, pero cuando volv� a la despensa cog� sus libros de cocina y los hoje�, en busca de ideas.</p><p>��Qu� est�is haciendo? �me pregunt� Hannah cuando entr�.</p><p>�Quiero preparar sorbetes de hierbas arom�ticas. Esto parece interesante, por ejemplo. Culpeper habla del uso culinario de las ortigas�</p><p>�Deber�ais ser m�s prudente. Ya os dije que no deb�is coger este libro.</p><p>La mir�, perplejo.</p><p>�Pens� que te refer�as a que no ensuciara sus p�ginas.</p><p>Sacudi� la cabeza.</p><p>�Los libros de Culpeper han sido prohibidos por el Gremio de Libreros. Si los encuentran, los queman y detienen a su propietario, y eso con suerte. A veces los queman a ambos. Dicen que los herbarios son perfectos para alimentar las hogueras de las brujas.</p><p>�Pero �por qu�?</p><p>Me arrebat� el libro de las manos y lo coloc� en el estante.</p><p>�Culpeper era un hombre de la quinta monarqu�a� En fin, uno de los que cre�a que la era de los reyes estaba llegando a su fin y estaba a punto de empezar la de los hombres libres. En parte fue por eso que public� lo que sab�a y en ingl�s: para que el pueblo llano tuviera acceso a los conocimientos que los m�dicos y boticarios se guardaban para s� mismos, con su lengua latina y sus gremios. Y ya veis c�mo acabaron �l y sus seguidores.</p><p>Record� las hierbas que utilizaba en sus tartas: salvia, acedera, una deliciosa pizca de estrag�n, salsa de cebolla y tomillo�</p><p>��T� eras una de ellos? �Una herborista?</p><p>Asinti� con la cabeza.</p><p>�Entre otras cosas.</p><p>�Entonces, �me ayudar�s a crear helados?</p><p>Se encogi� de hombros.</p><p>�Supongo que s�. �Por qu� no?</p><p>�Estupendo. Te pagar� m�s.</p><p>�No quiero que me pagu�is �dijo, convencida�. Culpeper comparti� sus conocimientos a cambio de nada, con la esperanza de que la gente hiciera buen uso de ellos. No quiero sacar ning�n provecho.</p><empty-line/><p>Y as� fue como empez� una nueva etapa de mi educaci�n culinaria. Empezamos preparando sencillos sorbetes con una sola hierba arom�tica �ortigas, salvia, hojas de higuera, geranio y b�lsamo de melisa�, aunque pronto comprobamos que era mejor combinar las hierbas, entre ellas o con otros aromas, y que emple�ndolas as� se pod�a crear una variedad casi infinita de sabores.</p><p>Ya no era una cuesti�n de t�cnica, sino de cocina pura y dura. Algunos sabores maridaban bien, pero otros no. Se requer�a imaginaci�n y habilidad para prever c�mo ser�a un maridaje, si dar�a lugar a una uni�n f�rtil o est�ril. �Qui�n habr�a pensado, por ejemplo, que el helado de manzana reineta y p�talos de rosa ser�a tan rico? �Que el delicioso dulzor de las manzana y el intenso perfume de las flores har�an que el helado resultara casi demasiado sensual y embriagador en la boca? �Qui�n habr�a dicho que el apio �el vegetal m�s soso y aguado�, despu�s de haber tostado sus semillas y haberlas combinado con flores de hibisco, tendr�a un aroma tan limpio, seco y penetrante? �A qui�n se le habr�a ocurrido emparejar las grosellas negras con la menta, las naranjas con la albahaca o preparar un cordial con culantrillo y pimienta negra?</p><p>Higos y hojas de laurel, melocotones e hisopo, crema cuajada y lavanda, albaricoque y cardamomo fueron algunos de los ingredientes con los que preparamos helados aquel d�a. Eran esplendorosos, deliciosos, refinados, incluso excepcionales, a pesar de que su composici�n era tan sencilla como la de un simple huerto ingl�s en verano.</p><p>Evidentemente, no pude impedir que Hannah los probara: necesitaba su experiencia y su paladar. Y cuando ella quer�a conocer la opini�n de una tercera persona, de alguien que no sab�a lo que le esperaba, buscaba a Elias y le daba una cucharada para que nos dijera qu� pensaba.</p><p>��Est� riqu�simo! �exclam� al saborear un helado de apio y pepino, inspirado en el libro de Culpeper.</p><p>�Est� bueno, �verdad? �respond�a su madre.</p><p>Y ambos ejecutaron una suerte de baile en la despensa.</p><p>�Cre�a que estabas en contra de estas cosas �dije, sorprendido.</p><p>��Por qu�? No estamos en contra de los placeres; s�lo de los privilegios.</p><p>�Pero estos helados son s�lo para el rey �le record�. Para el rey y algunos de sus favoritos.</p><p>�S� �dijo, un poco desanimada�. Por supuesto.</p><p>�Quiz�s si lo conocieras no ser�as tan hostil. Es un hombre encantador.</p><p>�Quiz�s �repiti� ella sin emoci�n, dejando de bailar.</p><empty-line/><p>Aquel mes, poco despu�s, mientras el rey saboreaba un helado de agracejo y b�lsamo de melisa, me dijo, pensativo:</p><p>�Sois el hombre que conoce todos los secretos del hielo, Demirco.</p><p>�Efectivamente, sire.</p><p>�Los planes de Luis son esperar hasta el invierno. Despu�s de todo, si podemos conducir las carrozas por el T�mesis, �por qu� no podr�a avanzar �l con los ca�ones por los p�lders helados?</p><p>Dud� un instante. Entonces, �l dijo:</p><p>��Pens�is que no funcionar�?</p><p>�La cuesti�n est� en la concentraci�n de sal �le expliqu�. Por la misma raz�n que el T�mesis no se congela debajo del Gran Puente, la entrada del agua del mar har�a que se descongelaran los p�lders. Todo depende de lo decididos que est�n los holandeses a resistirse a la invasi�n.</p><p>�Guillermo de Orange ha declarado que todos los holandeses morir�n ahogados antes que permitir que su pa�s se convierta al catolicismo.</p><p>�Entonces no confiar� s�lo en el hielo para ganar la guerra.</p><empty-line/><p>Unas semanas despu�s, Arlington y Buckingham fueron enviados a Holanda para tratar de establecer una paz separada. Los franceses, furiosos, acusaron a Inglaterra de traici�n. En realidad, no se lleg� a ning�n acuerdo de paz, por lo que volvimos a la guerra, con la diferencia de que ahora los aliados de Carlos ya no se fiaban de �l.</p><p>��Cre�is que volveremos a Francia? �le pregunt� a Louise un d�a que le llev� un refresco helado de junquillos y lim�n.</p><p>�No lo s� �me respondi�, con aire cansado�. En cualquier caso, ahora estoy en otra situaci�n. �Qui�n me desposar�a, aceptando a un bastardo del rey? Una cosa es cerrar los ojos ante un pasado escandaloso, y otra ver ese pasado creciendo a tu alrededor.</p><p>�Podr�ais casaros con alguien de baja cuna que os ame a vos y a vuestro hijo �le suger�. Podr�ais ser feliz juntos, sin t�tulos ni riquezas.</p><p>Me mir�, sonri�ndome.</p><p>��Conoc�is a alg�n hombre as�?</p><p>�He o�do decir que existen.</p><p>�Sois demasiado leal, Carlo �me dijo, con dulzura�. No merezco tal adoraci�n.</p><p>�Al contrario, no os adoro en absoluto. Creo que sois exasperantemente pr�ctica, terca, altiva, orgullosa�</p><p>�Gracias. En realidad no pretend�a que hicierais un cat�logo de mis defectos.</p><p>Me encog� de hombros.</p><p>�Mejor admirar a una persona cuyos defectos conoces que a un extra�o.</p><p>��Y el rey?</p><p>��Qu� pasa con el rey?</p><p>��El hecho de que sea su amante no cambia vuestros sentimientos?</p><p>��Por qu� deber�a cambiarlos? �Recog� algunas copas�. S� que no lo hac�is por amor.</p><p>Se qued� un momento en silencio.</p><p>�Antes sol�a pensar que el amor era s�lo una quimera, pero ahora me doy cuenta de que es una fuerza casi tan poderosa como un ej�rcito.</p><p>�Carlos os ama.</p><p>Louise sacudi� la cabeza.</p><p>�Le gusto, me desea y quiere verme feliz. Me ama como ama Windsor o el tenis: soy necesaria para su bienestar y para hacerlo sentir plenamente como un rey. Y tambi�n le soy �til porque le doy buenos consejos. Pero ama mucho m�s a Nell Gwynne que a m�.</p><p>��Nell?</p><p>�Sin duda alguna. En cualquier caso, ella es la �nica mujer a la cual nunca podr� renunciar, aunque sabe que a Luis o a cualquier otro rey le escandalizar�a la idea de tener como amante a una vulgar prostituta. Por eso creo que s�, que la ama.</p><p>�Mientras que, presumiblemente, a ella s�lo le interesa su dinero.</p><p>��Oh, no! Creo que la malinterpret�is. Puede que sea s�lo una actriz y una puta, pero se toma muy en serio su relaci�n con �l.</p><p>�Y vos �dije�, que no sois ni actriz ni puta�</p><p>�Debo interpretar un papel y mentir a un hombre al que no amo. S�, es una paradoja en la que tambi�n he pensado.</p><p>��Cre�is que podr�is derrotarla?</p><p>�Tal vez. Pero hay muchas m�s cosas que hacer. Debemos encontrar el modo de que siga combatiendo en esta guerra. Hay que impedir que el Parlamento lo obligue a firmar la paz. Jaime debe desposarse antes de que cambie de opini�n. M�s dinero. M�s batallas.</p><empty-line/><p>Ese d�a, cuando regres� al Red Lion, me sent�a un poco melanc�lico. Hannah estaba en la despensa, preparando la masa para las tartas.</p><p>��Qu� est�is mirando? �me pregunt�.</p><p>�Nada.</p><p>Cogi� una jarra de harina, casc� dos huevos en ella y lo mezcl�. Al cabo de un rato se volvi� hacia m�.</p><p>�Si segu�s mir�ndome as� no puedo trabajar.</p><p>�No estaba mirando �le expliqu�. Al menos, no te estaba mirando a ti. Estabas en mi campo visual, eso es todo.</p><p>Hannah lanz� un suspiro y sigui� trabajando la masa.</p><p>�Pero, por si quieres saberlo �a�ad�, m�s tarde podr�as subir a mi aposento.</p><p>Me respondi� con voz inexpresiva.</p><p>�Deduzco que hoy hab�is estado en la corte.</p><p>�S�.</p><p>��Con madam Carwell?</p><p>��Y qu� tendr� eso que ver?</p><p>�Pues que he notado que despu�s de estar con ella siempre me invit�is a vuestro aposento.</p><p>Me encog� de hombros, pero no vio mi gesto porque no me estaba mirando.</p><p>�Te invito a mi aposento porque nos conviene a ambos. Puedes venir o no, t� decides.</p><p>Me pareci� que estaba pensando si deb�a a�adir algo m�s.</p><p>�Decidme �dijo, finalmente�. Cuando llegasteis aqu�, �c�mo supisteis a qu� me dedicaba? �Que me ir�a con vos por dinero?</p><p>�Un conocido me dijo lo que hac�an las sirvientas de las posadas. Y luego te vi con aquel hombre. �l lo sab�a.</p><p>�S� �reconoci�. Me llam� puta, pero s�lo era una forma de hablar. Se estaba refiriendo al hecho de que yo era una disidente.</p><p>�Pero te amenaz� con hacerte arrestar.</p><p>�Era un informador. Quer�a convencerme para que os espiara.</p><p>��A m�? �exclam�, perplejo.</p><p>�Se supon�a que deb�a descubrir c�mo preparabais vuestros helados. Pero ya os hab�a dado mi palabra de que no lo revelar�a, y por eso no lo hice.</p><p>�Pero� �dije, desconcertado�. Cuando te ped� que fueras a mi aposento por primera vez, lo hiciste. Aceptaste mi dinero.</p><p>�S�.</p><p>�Entonces, Cassell ten�a raz�n. <emphasis>Eres</emphasis> lo que dijo que eras.</p><p>Me contest� sin apartar los ojos de la masa.</p><p>�Tal vez. Pero he decidido que a partir de ahora, signor, ser�a mejor que se lo pidierais a Mary o a Rose.</p><p>��Por qu�?</p><p>Tard� un buen rato en contestar, mientras segu�a trabajando con los dedos la masa. Finalmente, dijo:</p><p>�No ser�a justo para Elias si acabara descubriendo lo que hacemos.</p><p>�Ah, entiendo.</p><p>��l os admira. Podr�a malinterpretar nuestra relaci�n. Podr�a pensar que entre nosotros hay algo m�s.</p><p>�Bueno, en ese caso, no volver� a ped�rtelo.</p><p>�Gracias.</p><p>�Se lo pedir� a Mary. O a Rose, da igual.</p><p>�Exacto.</p><p>Hannah cogi� el rodillo y lo pas� por la masa con tanta fuerza que levant� una nube de harina.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Es un secreto a voces que el Parlamento insistir� en la paz en su pr�xima sesi�n. Carlos se re�ne todas las noches con sus ministros para debatir. Su objetivo es ganar tiempo: una estrategia que su hermano, en una rara muestra de iron�a, ha dicho que es el equivalente a perderlo.</p><p>La �nica soluci�n es disolver el Parlamento, es decir, suspender sus funciones por orden del rey. Sin embargo, desafiar as� a la instituci�n a la que debe la restauraci�n podr�a provocar una rebeli�n armada. Sus ministros �con un ojo puesto en su popularidad frente al pueblo� le aconsejan prudencia.</p><p>Ellos no lo conocen tan bien como yo. Los gestos imprudentes le gustan. Prefiere la temeridad y las apuestas arriesgadas. Y su odio por el Parlamento es muy profundo. En p�blico, debe mostrarse agradecido con �l por haberle restituido el trono; en privado, sin embargo, no olvida que el trono qued� vacante porque asesinaron a su padre.</p><p>Creo que hay una soluci�n, pero antes debo ser tan audaz como �l.</p><empty-line/><p>Organizo una fiesta, una cena en mis aposentos para el rey y cuarenta de sus amigos m�s �ntimos. Incluso invito a alguno de esos graciosos y fr�volos libertinos que ejercen sobre �l una influencia mucho mayor de la que le gusta admitir.</p><p>Un banquete con comida francesa, vinos franceses, helados franceses e ideas francesas expresadas en lengua francesa. S�lo el vino se sirve con una abundancia que no es francesa, y las conversaciones prosiguen de inmediato en ingl�s y pasan, como casi siempre ocurre en este pa�s, de los comentarios picantes a las m�s vulgares obscenidades. Sin perder el tiempo, los cortesanos y las damas se retiran a los rincones m�s oscuros para sus encuentros amorosos y empiezan a desabrocharse las vestimentas. Desenfreno es la palabra que define la velada.</p><p>Pero no para Carlos y para m�, por supuesto. �l observa entre las sombras, y comprendo que en otra ocasi�n le habr�a gustado unirse a ellos, pero no puede dejarme sola para dedicarse a esa clase de actividades, no en mi fiesta.</p><p>Al amanecer, exhaustos o avergonzados, se han ido todos excepto mis damas de compa��a, la honorable Lucy Williamson y lady Anne Berowne. El rey bosteza y dice que tambi�n deber�a irse. Es entonces cuando sugiero una �ltima partida de Preguntas y �rdenes. Pero nadie tiene dinero.</p><p>Cuando el rey pregunta qu� podemos apostar, le digo:</p><p>�Nuestras vestimentas.</p><p>Las muchachas parecen desconcertadas, pero no se atreven a protestar.</p><p>Cuando alguien pierde, se quita una prenda. Lucy es la primera en quedarse desnuda. Presa del nerviosismo, se cubre con las manos entre risitas, tratando de esconder su desnudez. El efecto ��ser� intencionado?� es que acaba llamando m�s la atenci�n.</p><p>Anne no se queda atr�s. Yo soy la �ltima en quedarme desnuda. Carlos, naturalmente, ha tenido suerte. Siendo �l la banca, ha ganado casi todas las prendas de Lucy, y ahora lleva las enaguas de la muchacha sobre su camisa.</p><p>�Venid.</p><p>Apartando mi silla, cojo a las dos muchachas de la mano y me levanto. No ponen reparos cuando las conduzco alrededor de la mesa hasta el rey.</p><p>��Y bien? �digo, con voz dulce�. �Cu�l de las dos se merece la manzana?</p><p>Evidentemente, �l conoce la historia y la raz�n por la que hago alusi�n a ella. El juicio de Paris. Un concurso de belleza que provoc� una guerra.</p><p>�Una decisi�n as� no puede tomarse a la ligera �responde �l, con una sonrisa fam�lica y poni�ndose de pie.</p><p>Espero a que nos examine, como si fu�ramos estatuas vivientes. Lo hace lentamente, explorando con ojos de experto nuestra piel desnuda. Pasea a nuestro alrededor, explorando con los dedos mi espalda, las curvas de mi cintura, mis caderas. Noto su aliento en la nuca. Me agarra una nalga con la mano, compar�ndola con la otra�</p><p>Uno de sus gruesos dedos me toca <emphasis>all�</emphasis>. A mi lado, Anne lanza un grito ahogado, y comprendo que ha hecho lo mismo con ella.</p><p>Desliza una mano sobre mi seno, dejando que el dedo pulgar descanse unos instantes en el lado antes de retirarlo con un suspiro.</p><p>Luego se vuelve hacia Lucy, que a�n sigue ri�ndose entre dientes, nerviosa. Desde el otro lado, Anne lo mira con una intensidad que me hace sonre�r. Sin duda alguna espera que la exhibici�n de sus encantos acabe en algo m�s.</p><p>�Preguntad, Lucy �murmura Carlos.</p><p>Ella no sabe qu� preguntar.</p><p>��Os gusta lo que veis? �dice, finalmente.</p><p>�Por supuesto.</p><p>��Me dese�is? �le pregunta, sonroj�ndose.</p><p>�Por supuesto �repite �l.</p><p>�Entonces os ordeno que beb�is a la salud de mi belleza �dice, ladeando la cabeza con coqueter�a.</p><p>�Con mucho gusto �responde �l, cogiendo una copa�. Se�ora, me hab�is cautivado. Espero que un d�a pueda devolveros la lisonja. �Bebe, se inclina y se vuelve hacia Anne�. �Y vos, lady Anne? �Cu�l es vuestra pregunta?</p><p>Ella tambi�n duda, pero intuyo que en su caso se est� preguntando c�mo sacar partido a la situaci�n.</p><p>��A qui�n dese�is m�s, a Lucy o a m�?</p><p>Creo que es una pregunta inteligente: sabe que, de haber incluido mi nombre, �l se habr�a visto obligado a elegirme.</p><p>�Es una pregunta a la que un hombre galante no deber�a responder.</p><p>�Estamos jugando a Preguntas y �rdenes �le recuerda ella�. Deb�is hacerlo.</p><p>Carlos asiente con la cabeza.</p><p>�Muy bien: os deseo a las dos, pero a Lucy menos que a vos. �Noto la protesta de Lucy en la mano que sigo agarr�ndole�. �Cu�l es vuestra segunda pregunta?</p><p>��Cu�ntas amantes hab�is tenido este a�o?</p><p>�l sonr�e.</p><p>�A eso no puedo responderos, porque nunca llevo la cuenta.</p><p>�Entonces os ordeno que en alg�n momento os busqu�is otra �dice Anne.</p><p>El significado de sus palabras, a pesar de mi presencia, est� clar�simo.</p><p>�l asiente y bebe a su salud antes de volverse hacia m�.</p><p>�Y vos, Louise, �qu� quer�is preguntarme?</p><p>��Qui�n es el rey m�s feliz del mundo?</p><p>Parece sorprenderle la pregunta, pero me responde:</p><p>�Luis, por supuesto.</p><p>��Y por qu� es feliz?</p><p>A�n no comprende ad�nde quiero ir a parar.</p><p>�Porque en su reino tiene un poder indiscutido.</p><p>�Pues �sta es mi orden: mandad a casa al Parlamento.</p><p>Parpadea, no s� si por mi insolencia o por el asunto. Sonr�o y empiezo a darme la vuelta: al no soltarles las manos, Anne y Lucy tambi�n deben darse la vuelta al mismo tiempo que yo, hasta completar el giro.</p><p>�Os ordeno que hag�is s�lo lo que quer�is �digo, cuando volvemos a estar frente a frente�. Porque s�lo vos sois rey de Inglaterra por derecho divino �digo, mientras efect�o el segundo giro�. Y s�lo en un juego como �ste �prosigo, mir�ndolo a la cara por tercera vez� puede un s�bdito deciros lo que deb�is hacer.</p><p>Lucy, a mi lado, ha empezado a temblar: estaba preparada para una org�a; sin embargo, la pol�tica la aterroriza.</p><p>�Por Dios �susurra Carlos�. Lo har�. �Da un paso al frente. A�n sigo cogiendo de las manos a mis damas de compa��a, desnudas. �l las mira, desarmado�. Louise�</p><p>Me encojo levemente de hombros. Veo moverse sus fosas nasales, como si quisiera aspirar el aroma de nuestra piel. Coloca las manos en mi cintura.</p><p>�Se�oras, pod�is retiraros �digo, solt�ndoles las manos�. Os deseo buenas noches.</p><empty-line/><p>Aquel d�a, m�s tarde, se re�ne el Parlamento, y �l manda a sus miembros a sus respectivos distritos. El Parlamento queda disuelto hasta nueva orden. El pa�s contiene el aliento, pero no se produce ninguna rebeli�n armada. La jugada ha salido bien.</p><p>Los franceses siguen combatiendo. Llegan las heladas, pero los holandeses rompen los diques que conten�an el agua del mar y derriten los p�lders congelados. Luis avanza por los que no se derriten, movi�ndose lentamente con el ca��n y la artiller�a, haciendo crujir el hielo. Surgidos de la nada, aparecen los regimientos holandeses y caen sobre sus filas: han sacado a los marineros de los barcos de guerra atrapados por el hielo, los han armado con mosquetes y los han calzado con patines. Luego, los holandeses perforan el hielo, hundiendo el ca��n bajo los pies de los artilleros franceses, que se retiran. �Se retiran! Nadie recordaba que el ej�rcito franc�s se hubiese retirado as� en toda su historia.</p><p>El Sol ha sido detenido y luego obligado a retroceder. En las calles de Londres, los holandeses son aclamados por los que se supone que deber�an ser sus enemigos.</p><empty-line/><p>Mientras tanto, ha llegado la esposa adolescente de Jaime, remontando el r�o en un barco, para evitar los abucheos. Por desgracia, es la noche en la que se recuerda la Conspiraci�n de la P�lvora, la noche en que toda Inglaterra quema efigies cat�licas para celebrar el fracaso de un complot.</p><p>Este a�o, adem�s de a Guido Fawkes, tambi�n queman al papa, al rey de Francia y, por si acaso, a m�. Los monigotes est�n llenos de p�lvora y de gatos vivos, que lanzan unos espeluznantes maullidos cuando son pasto de las llamas. A uno deciden quemarlo justo debajo de mi ventana, en el parque real. Arlington me advierte con una sonrisa que no salga de palacio sin una guardia armada.</p><p>�Apenas salgo de palacio �le informo�. Me traen todo cuanto necesito.</p><p>�Sois muy afortunada, se�ora.</p><p>Ahora, cuando me mira, me lanza dagas con los ojos. A�n sigue convencido de que soy responsable de que no fuera elegido canciller.</p><p>La princesa baja del barco, da tres pasos hacia m� y se inclina graciosamente.</p><p>�Alteza.</p><p>No tardan en o�rse las carcajadas. La pobre muchacha parece confusa. Sin perder tiempo, le devuelvo la reverencia.</p><p>�No soy la reina, Alteza. Hoy no est� en la corte. Pero os doy la bienvenida en su nombre. Venid, permitidme que os presente a algunos de vuestros nuevos parientes.</p><p>Carlos, que baja del barco despu�s de ella, se da cuenta de que he conseguido evitar un incidente y asiente, agradecido. Jaime no se da cuenta. Dicen que est� tan absorto en la religi�n que ni siquiera ha hablado con ella en privado. Y aun as�, esta noche la desflorar�. No es de extra�ar que la pobre muchacha parezca aterrorizada y no me sorprende que me haya tomado por la reina. Con la excusa de mostrarle la corte, la agarro del brazo para tranquilizarla.</p><p>Sin embargo, no puedo dejar de pensar que nadie confunde nunca a Nell Gwynne con la reina.</p><empty-line/><p>Cuando, al cabo de un mes, la princesa Maria es presentada por fin a la reina, Catalina la trata con desd�n. Me parece cruel, siendo como es una ni�a.</p><p>Esta corte es un lugar salvaje, mucho m�s brutal que Versalles. Me pregunto lo que tardar� en habituarme cuando vuelva all�. Si vuelvo alguna vez, claro. Me cuesta cada vez m�s imaginar qu� ser� de m� si fracaso en Inglaterra.</p><p>Estos l�gubres pensamientos me vienen en un momento extra�o, porque no s�lo no he fracasado, sino que he triunfado. Finalmente, Carlos me ha convertido en duquesa.</p><empty-line/><p>Soy baronesa de Petersfield, condesa de Farnham y duquesa de Pendennis. Luego, unos d�as despu�s, el rey a�ade el t�tulo de duquesa de Portsmouth.</p><p>�Es una ciudad portuaria �comenta en voz alta Nell Gwynne, en mi presencia�. Llena de putas y muy cercana a Francia. Muy adecuada.</p><p>Sin embargo, nadie se r�e. Est� claro que la corroe la envidia. Por su parte, Luis me responde con an�logos honores: el feudo ducal de Aubigny. El mensaje es claro: soy la ilustre protegida del rey de Francia y la favorita, igualmente ilustre, del soberano ingl�s.</p><p>Y aun as� Si fuera posible que tal favor tuviera una desventaja, es que Carlos no habr�a podido elegir peor momento para conced�rmelo. La guerra no resulta menos costosa por el hecho de que se desarrolle lentamente. El odio hacia los franceses es inmenso. Es casi como si Carlos quisiera llamar la atenci�n sobre mi presencia en la corte.</p><p>�Se lo habr� aconsejado alguien? Y si es as�, �qui�n? �Esperan que el pueblo no le culpe a �l sino a m�?</p><p>Ahora, en teor�a, las damas menos importantes de la corte deber�an inclinarse ante m�. Muchas no lo hacen, o intentan escabullirse con un gesto apenas esbozado que parece un encogimiento de hombros. Dejemos que se muestren desde�osas. Mi familia ya era noble cuando Inglaterra no era m�s que una avanzada de b�rbaros celtas.</p><p>Escribo a mis padres para darles la noticia de los t�tulos. A�n no han respondido a mi carta anterior, en la que les informaba del nacimiento de su nieto. Quiz�s habr�a sido mejor esperar y suavizar el golpe con estas novedades. Pero no importa: pronto deber�a estar en disposici�n de hacer algo por ellos, alg�n gesto grandioso que demuestre cu�nto ha cambiado la suerte de nuestra familia.</p><empty-line/><p>Una noche, una figura vestida de negro aparece en mis aposentos. Una especie de secretario. Educado, discreto, inescrutable. Creo reconocerlo: un miembro del Parlamento, del partido de Arlington.</p><p>�Creo que deber�ais ver esto �dice, tendi�ndome una carta.</p><p>Es un despacho, o una copia, de Colbert de Croissy a Versalles. Contiene una diatriba contra determinada mujer.</p><p>�Confieso que siempre la encuentro tan poco dispuesta a servir a nuestro rey y con tanta aversi�n hacia Francia (no s� si porque se siente despreciada o s�lo por capricho) que pienso realmente que no merece el favor de Su Majestad. Pero, teniendo en cuenta que el rey de Inglaterra le profesa un gran afecto y le gusta complacerla, Su Majestad juzgar� si es mejor no tratarla en base a sus m�ritos��.</p><p>��Por qu� me la hab�is mostrado? �pregunto�. Sois un hombre de Arlington.</p><p>�Lo era. Ahora estoy buscando un nuevo protector.</p><p>Arqueo las cejas.</p><p>��Yo?</p><p>�Necesito a alguien que est� dispuesto a distribuir las riquezas y no s�lo a atesorarlas. Y lord Arlington ya no gozar� de m�s influencias.</p><p>�Esta carta no tiene demasiado valor �le digo, golpeteando el papel con los dedos�. Una pataleta irreflexiva, pero sin consecuencias pol�ticas.</p><p>�No, en efecto. Pero leed el �ltimo p�rrafo.</p><p>Doy la vuelta al papel y termino de leer. Tardo un momento en comprender el alcance de las palabras.</p><p>�Se arriesga a ofender a Arlington poni�ndose de parte de su rival, Buckingham, pero �con qu� intenci�n? No es necesario imaginarse que con doscientas mil coronas podremos convencer a un grupo tan grande como el Parlamento para que tome una decisi�n que s�lo la raz�n deber�a haber dictado��.</p><p>�Buckingham se ha puesto en contacto con un intermediario en la corte francesa, y le ha ofrecido vender los votos de su partido a Luis �me explica�. Su intenci�n era que Colbert no estuviera informado de ello, pero, como pod�is ver, lo ha sido, y no est� muy contento.</p><p>��Qu� dice Luis?</p><p>�Por ahora, nada. Sin embargo, ha enviado a Londres para negociar a un hombre llamado Ruvigny, un antiguo soldado.</p><p>Pienso, muy concentrada. Si este plan sigue adelante, Buckingham superar� a Arlington en influencia. Pero, al mismo tiempo, Buckingham habr� traicionado al Parlamento vendiendo los votos de su partido. As� pues, m�s adelante podr�a revelarse esa informaci�n y destruirlo.</p><p>Como si me estuviera leyendo el pensamiento, el visitante me dice:</p><p>�Arlington ser� sustituido por Buckingham y Colbert por Ruvigny. Francia negociar� con los holandeses. Cuando se haya restablecido la paz, puede que los franceses ya no sean tan odiados en Inglaterra como ahora. En cuanto a Buckingham, qui�n sabe lo que ser� de �l.</p><p>Doblo la carta.</p><p>��Qu� me suger�s que haga para favorecer estos felices acontecimientos?</p><p>�Dejadle claro a Luis que no apoy�is a Colbert. Sin �l, Arlington est� acabado.</p><p>�Y Buckingham ganar�.</p><p>�Buckingham ganar� �dice �l�. De momento.</p><p>La pol�tica inglesa es un continuo corro de traiciones y m�s traiciones, de sobornos, intrigas y ambiciones. Nada es permanente, todo es posible, todo resultado puede ser manipulado. Las posibilidades bailan ante los hombres como fuegos fatuos. Pero este joven parece tener el don de ver con claridad a trav�s de todas esas quimeras de gracias y favores.</p><p>��C�mo os llam�is?</p><p>�Thomas Osborne, se�ora. A vuestro servicio.</p><p>Hace une reverencia.</p><p>�Gracias, Thomas. Escribir� de inmediato a Su Muy Cristiana Majestad. Y le dir� a Carlos que Buckingham est� conspirando. Creo que le interesar� mucho saberlo.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Los helados, como la venganza, es mejor servirlos fr�os; pero, como la venganza, si est�n demasiado fr�os, pierden sabor.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Parec�a que nada pod�a impedir que Louise conquistara la corte. A finales de a�o, Arlington hab�a sido relevado de su puesto. En enero le lleg� el turno a Buckingham de ser recusado y juzgado por el mismo Parlamento que, gracias a �l, hab�a adquirido tanto poder y cuyos votos hab�a intentado vender a Francia. En el �ltimo minuto trat� de congraciarse con sus acusadores, declarando que la culpa no era suya sino del rey y de su hermano. �Puedo dar caza a la liebre francesa con una jaur�a de perros, pero no con un par de langostas�,<strong>3</strong> dijo. Un comentario est�pido que le hizo perder el apoyo de las dos �nicas personas que se interpon�an entre �l y la Torre de Londres. Al final, presa de la desesperaci�n, dijo haber comprendido sus errores. Encerr� en un convento a su amante, lady Shrewsbury, se reconcili� con su esposa, se coloc� un cilicio y adopt� las vestimentas y costumbres de los puritanos. Esto le salv� la vida pero no el orgullo, y a partir de entonces fue un hombre sin ninguna influencia.</p><p>Carlos se qued� mirando y no hizo nada por ayudarlo.</p><p>Para presentarse ante el rey, Nell Gwynne recurri� a uno de sus amigos, el viejo Tim Killigrew, rey vestido de caballero, con capa y fusta incluidas. Cuando el rey le pregunt� a Killigrew a d�nde iba con tanta prisa, el hombre grit�:</p><p>��Al infierno! A buscar al se�or Cromwell para que vuelva y gobierne. �Ni siquiera �l podr�a hacerlo peor!</p><p>Carlos se qued� de piedra. Por una vez, le abandon� su buen humor y, bruscamente, dijo:</p><p>�La pol�tica no es para vos, Nell, y tampoco para vuestro amigo George Buckingham. Har�ais mejor en dejar estos asuntos a quien sea capaz de entenderlos.</p><p>Ahora s�lo Louise pod�a aconsejarlo, con la colaboraci�n de Osborne y el nuevo embajador franc�s, Ruvigny. �l la cubr�a de regalos, y no s�lo con joyas, sino con feudos, vitalicios, r�ditos y tierras. Ella era la amante reconocida en palacio, su primer ministro oficioso y, en la pr�ctica, la reina: era la mujer a la que se dirig�an todas las preguntas y cuyas opiniones se traduc�an en estrategias pol�ticas; era quien tomaba decisiones por un rey que prefer�a no tomar ninguna.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Para una celebraci�n: bombas, banderas, adornos, tartas de varios pisos y otros helados extravagantes.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>�Quiero organizar un baile �me anunci� Louise un d�a de primeros de abril�. Algo especial. Algo de lo que sigan hablando incluso despu�s de que se hayan olvidado de Nell Gwynne.</p><p>��En qu� hab�ais pensado?</p><p>�Un festival de helados �dijo, de repente�. Una feria de hielo, pero� en verano. Tal vez a principios de junio, para celebrar el aniversario del rey. �Es posible?</p><p>Lo pens�.</p><p>�S�, si utilizamos de una vez todo el hielo que hab�a almacenado para todo el a�o.</p><p>��Pod�is congelar el T�mesis?</p><p>Sonre�.</p><p>�Eso es imposible, incluso para m�. Pero podemos colocar bloques de hielo junto al c�sped y sellarlos con agua para convertirlos en una especie de lago en el que se pueda patinar.</p><p>��Y qu� me dec�s de un edificio? �Un palacio de hielo?</p><p>�No veo por qu� no. En una ocasi�n, Buontalenti construy� una gruta de hielo para los M�dici en pleno verano. Orden� a los escultores que esculpieran animales en el hielo y �rboles para esconderse�</p><p>��S�! �Animales y �rboles! �me interrumpi�. Y un jard�n de hielo a orillas del r�o. Arlington me priv� de la coronaci�n: este baile ser� mi desquite.</p><p>�Entonces, podr�amos construir un arco de triunfo de hielo para que el rey y vos lo cruc�is.</p><p>Lo dije medio en broma, pero ella asinti�.</p><p>�Y mesas de hielo para comer�</p><p>�Fuentes heladas�</p><p>�Y hogueras entre el hielo, y faroles. En cuanto a la comida, quiero un festival de helados para mis invitados y los del rey.</p><p>�Costar� una fortuna �le advert�.</p><p>�Le gusta derrochar �dijo�. Eso le hace sentirse como un rey.</p><empty-line/><p>Deber�a haber pensado que era extravagante, incluso rid�culo, gastar toda la reserva anual de hielo para una �nica noche de placer. Y aun as�, una parte de m� estaba entusiasmada. Ten�a que ser el triunfo de Louise, pero tambi�n ser�a el m�o. Despu�s de esa noche, el nombre de Demirco ser�a famoso en toda Europa, como los de Buontalenti o Varenne.</p><p>Un espect�culo de esas proporciones requer�a los servicios de un ej�rcito, y en nombre del rey, podr�a procurarme uno. Era exactamente la clase de ilusi�n fant�stica y ef�mera que Carlos adoraba. El invierno en pleno verano, unos costes astron�micos, un presente de su amante favorita, un acontecimiento del que hablar�a toda Europa: ten�a los ingredientes justos. Me ordenaron que no reparara en gastos y que cuidara hasta el �ltimo detalle. Si me faltaba hielo, ser�a requisado de los nobles que contaban con un dep�sito o ser�a enviado desde Francia. Si necesitaba algo m�s, alg�n talento o pericia especial, deb�a acudir directamente a �l.</p><p>Creo que siempre ten�a en mente el d�a de su Restauraci�n: entr� en Londres al mando de veinte mil soldados, la gente lloraba de alegr�a, las calles estaban llenas de flores, las campanas de las iglesias repicaban y el vino manaba de las fuentes.</p><p>En las oscuras y fr�as bodegas, los hombres empezaron a esculpir �rboles, animales, fuentes y otras figuras que hab�a ordenado. Dryden y Marvell empezaron a trabajar en las m�scaras, Kit Wren abandon� el proyecto de St Paul para dise�ar un gran pabell�n de hielo, una catedral del placer cuya brillante fachada superar�a en magnificencia todo lo que se hab�a visto hasta entonces en Inglaterra. Hooke y Boyle, dos hombres con ingenio, inventaron un sistema de conductos para transportar agua de mar helada bajo la estructura para impedir que se derritiera. Y fue el propio Carlos quien eligi� el sitio: Barn Elms, a tres millas de Londres, donde un recodo del r�o dar�a la impresi�n de una llanura inundada y congelada.</p><p>Era imposible mantener en secreto algo as�. En realidad, Louise no quer�a que lo fuera: esa fiesta era, como dijo ella, una especie de coronaci�n, y cre�a que el odio que la gente le profesaba se acabar�a convirtiendo en aprobaci�n.</p><p>�Ser� un circo �dijo�, y al pueblo le gusta el circo.</p><p>Orden� que se declarara fiesta durante una semana y que se decoraran los �rboles de mayo. Luis XIV mand� una carroza de hielo para que Carlos pudiera hacer su entrada a lo grande.</p><p>�Y preparadnos algo especial �me dijo�. Un helado exclusivo en honor a Su Majestad, como en otra ocasi�n hicisteis para m�.</p><p>Ahora, al mirar atr�s, recuerdo aquella primavera como uno de los tiempos m�s felices que pas� en Inglaterra. Estaba con Louise casi a diario, pensando los detalles del baile. Era un proyecto grandioso, y estaba seguro de que me har�a famoso. Dominaba el arte de los helados hasta tal punto que posiblemente no hab�a nadie en el mundo que me igualara. Adem�s, cab�a la posibilidad, si al final se negociaba la paz entre Francia y Holanda, de que un d�a ella y yo regres�ramos a Francia.</p><empty-line/><p>La noticia de que Rochester hab�a sido expulsado de la corte no hizo sino aumentar mi buen humor.</p><p>�Escribi� una s�tira demasiado ofensiva, incluso para el rey �me explic� Louise.</p><p>��De qu� trataba?</p><p>�Dec�a que el rey es impotente.</p><p>�Comprendo que no quiera que tal calumnia quede sin castigo.</p><p>�Al contrario. �Mirando a su alrededor para cerciorarse de que nadie pod�a o�rla, a�adi�: Rochester ya hab�a hecho bromas parecidas en el pasado y no le expulsaron. La diferencia es que ahora es verdad.</p><p>��El rey es impotente?</p><p>�A menudo.</p><p>�Eso deber�a facilitaros las cosas, �verdad?</p><p>�No exactamente. �Hizo una mueca�. No quiere admitirlo, y lo intenta� Y cuanto m�s lo intenta, menos lo consigue.</p><p>��Y s�lo le ocurre con vos?</p><p>�Al parecer, no. Esperadme aqu�, voy a buscar el poema. Como de costumbre, alguien me ha hecho llegar una copia por debajo de la puerta.</p><p>Se acerc� al asiento del clavic�mbalo y lo abri�.</p><p>Eran las mismas obscenidades de siempre, pero hab�a una estrofa en particular que me dej� sin aliento.</p><p><emphasis>Deb�is creerme, el tiempo me dar� la raz�n. La pobre y esforzada Nelly debe usar las manos, los dedos, la boca y los muslos para levantar su miembro preferido.</emphasis></p><p>�Incluso Rochester sab�a que esta vez hab�a ido demasiado lejos: no quer�a que el rey lo leyera, pero se lo entreg� por error junto con otro poema. Pero, evidentemente, despu�s de haber sido expulsado de la corte, la gente dice que es verdad.</p><p>��Esto afectar� vuestra posici�n?</p><p>�No veo por qu�. Conf�a demasiado en m� como para prescindir de mis servicios.</p><p>�Estoy seguro de que, en alguna ocasi�n, Arlington dijo lo mismo �le advert�. O Clifford, Clarendon, Buckingham o cualquier otro de los ministros que ha destituido a lo largo de los a�os.</p><p>�No os preocup�is. S� lo que hago.</p><empty-line/><p>Ten�a raz�n� hasta cierto punto: ahora controlaba todos los resortes del poder, pero eso no imped�a que sus enemigos hicieran un �ltimo intento por destronarla. Mientras est�bamos preparando la fiesta con la que celebrar�a su victoria, todos los que hab�a derrotado estaban conspirando contra ella. Sab�an que no podr�an vencerla por s� mismos y necesitaban ayuda externa. Y la encontraron en la encantadora hermana de Olympe de Soissons, Hortense Mancini, duquesa de Mazarino.</p></section><section><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>�La duquesa de Mazarino es una de esas bellezas romanas carentes de la inocencia de una mu�eca; en ella, la naturaleza se impone por s� misma a todas las artes de la seducci�n. Los pintores son incapaces de decir de qu� color tiene los ojos: no son ni azules, ni grises, ni negros, ni marrones ni de color avellana. No son l�nguidos ni apasionados, como si no exigieran ni expresaran amor. Simplemente miran como si ella siempre estuviera ba�ada por la luz del amor. Su complexi�n es delicada, y a�n as�, fresca y sana. Su cara es tan armoniosa que, a pesar de su piel oscura, su hermosura es perfecta. Su pelo negro cae en m�rbidas ondas sobre su frente, como si se sintiera orgulloso de adornar su espl�ndido rostro. Nunca usa perfume�.</p><p><emphasis>C�sar de Saint-R�al, M�moires de la Duchesse Mazarin</emphasis></p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Es Nell la primera en ponerme en guardia cuando se presenta un d�a en la corte, vestida completamente de negro. Esperando que se repitan las carcajadas que provoc� con el Cham de Tartaria, de momento decido ignorarla.</p><p>��Por qu� llev�is luto, Nell? �le pregunta alguien finalmente, d�ndole el pie.</p><p>�No lo llevo por nadie �dice, con su caracter�stico acento nasal�. Lo llevo por las ambiciones de madam Carwell, que est�n muertas y enterradas ahora que la duquesa de Mazarino est� aqu�.</p><p>Aguzo el o�do, pero no para escuchar sus estupideces sino el t�tulo. Mazarino. Ya lo he o�do con anterioridad en alg�n cotilleo de mis d�as en Francia.</p><p>Y entonces lo recuerdo. Algo que dijo madame hablando de su hermano.</p><p>�Se enamor� de una belleza italiana llamada Hortense Mancini, pero eso fue durante su exilio. El t�o de Hortense, el cardenal, pens� que era demasiado pobre para ella. Por eso se cas� con Catalina de Braganza mientras Hortense est� escandalizando a toda Europa como duquesa de Mazarino��.</p><p>Un amor al que �l no pod�a aspirar. Una vieja llama. Muy ingenioso, pienso. Me pregunto cu�l de mis enemigos la habr� tra�do a Inglaterra. Apuesto mis nada despreciables vitalicios a que esto no es ninguna casualidad.</p><empty-line/><p>Evidentemente, estoy en lo cierto. Tras algunas discretas pesquisas de mis allegados, descubro en seguida lo que est� ocurriendo.</p><p>La Mazarino ha abandonado a su esposo despu�s de despilfarrar toda su fortuna. Ha vivido a costa de varios adinerados amantes �de ambos sexos, seg�n dicen� en diferentes partes de Europa; ahora, despu�s de que Montagu le informara de que en Inglaterra hab�a quedado una vacante como amante del rey, ha viajado hasta aqu� a expensas de Carlos. Siente un gran odio por Francia: cree que Luis deber�a haber obligado a su esposo a devolverle su dote.</p><p>Me entero de todo esto antes de conocerla. Me preparo para enfrentarme a una persona artera; sabiendo que es hermana de Olympe de Soissons, me espero una mujercita rolliza, bella y maliciosa.</p><p>Se�or, �qu� error el m�o!</p><p>La primera vez que la veo est� cruzando el parque de St James al amanecer con Anne Fitzroy, la condesa de Sussex, de quince a�os, que camina a su lado. Viste prendas de hombre, medio desabrochadas; lleva dos floretes bajo el brazo y dos m�scaras de esgrima en la mano. A medida que se acerca la veo mejor y me siento morir.</p><p>Es hermosa. Incre�blemente hermosa.</p><p>Su rostro, sin maquillar, es luminoso, y transmite una inteligencia que me resulta simp�tica. Es alta y delgada, con las piernas tan largas como las de un hombre, pero su forma de andar tiene una gracia que es totalmente femenina.</p><p>Al ver que me detengo, ella hace lo mismo, esperando ser presentada. Siento el pulso en los o�dos.&#x2029;�Buenos d�as, Annie �digo, dirigi�ndome a la muchacha que la acompa�a.</p><p>�Buenos d�as �responde ella. Hace una breve pausa�. Os presento a la duquesa de Mazarino �a�ade, con un gesto moh�no por tener que compartir a una mujer a la que es evidente que idolatra.</p><p>Hortense y yo intercambiamos sendas reverencias, al estilo franc�s.</p><p>�Veo que hab�is estado practicando la esgrima �digo, para romper el hielo, aunque lo �nico que quiero es devorar con la mirada la frescura natural de su rostro.</p><p>Sus ojos se iluminan y de repente me parece incluso m�s bella.</p><p>��Vos tambi�n practic�is la esgrima?</p><p>�Oh, no�</p><p>�Hemos combatido por mi honor �tercia lady Anne.</p><p>��Dios m�o! Eso parece peligroso.</p><p>�Le estoy ense�ando a defenderse �dice Hortense, sonriendo�. Nunca sabes cu�ndo puede resultarte �til.</p><p>La muchacha coge uno de los floretes y hace algunas fintas en el aire. Inmediatamente, Hortense adopta la posici�n de <emphasis>en garde</emphasis>, con la elegancia de un gato, y detiene con facilidad las torpes acometidas de Anne con tres golpes.</p><p>�Nunca he practicado la esgrima �me justifico, en voz baja.</p><p>�Si gust�is, os puedo ense�ar �dice Hortense, sin apartar los ojos del florete de Anne�. Y luego podr�amos enfrentarnos en un duelo. Ser�a divertido, �no os parece?</p><empty-line/><p>Puede que est� intentando desarmarme, pero no tengo la sensaci�n de que me desee ning�n mal. S�lo soy un obst�culo en su camino. O puede que ni siquiera eso. Debe estar acostumbrada al hecho de que todos los hombres con que se cruza se enamoren de ella. Y las mujeres tambi�n. El resto de mujeres �esposas, amantes, mantenidas� no son realmente sus rivales. Ella puede permitirse el lujo de no tener que demostrar nada ni luchar por lo que quiere.</p><p>Evidentemente, Carlos sucumbir�. Evidentemente, pensar� que tiene que poseer a esta mujer extraordinaria, del mismo modo que en otros tiempos decidi� que deb�a poseerme a m�. El remedio para la impotencia es el cortejo: en la batalla por poseerla, recuperar� el vigor perdido.</p><p>Lo �nico que puedo hacer es ser paciente y esperar que despu�s vuelva a mi lecho en vez de quedarse, impotente, en el suyo.</p><empty-line/><p>Tengo mi propia estrategia. El tiempo juega a mi favor. Creo que es el enfoque correcto, estoy segura. Y aun as�, por la ma�ana, cuando abandono mi lecho y me siento frente al espejo para ocuparme del necesario cuidado de mi rostro, me siento exhausta, como si apenas hubiera dormido. Como si el mero hecho de ponerme mis lujosos vestidos, mis joyas, mis collares y mis broches de zafiro estuviera m�s all� de mis fuerzas.</p><p>Pero aun as�, lo hago. No dejar� vencerme por la vulgar y odiosa Nell Gwynne, ni tampoco por la refinada y bell�sima Hortense Mancini.</p><empty-line/><p>As� pues, maquillo mi rostro, me acicalo el pelo y me pinto los ojos. �Para qu�? �ltimamente, el rey apenas me visita. Cuando la corte se traslada, como de costumbre, a Newmarket, para las carreras de primavera, su ayuda de c�mara ni siquiera prepara un aposento para m�. Cuando le pregunto a Carlos, con una sonrisa, si se ha olvidado de m�, me responde, con sincera sorpresa:</p><p>�Pensaba que preferir�ais quedaros en Londres, mi querid�sima Fubs, y gobernar el pa�s por m� durante mi ausencia.</p><p>Me he convertido en una suerte de segunda esposa, tan olvidada como la reina. Me quedo en Londres, gobernando el pa�s. Me llegan noticias de Newmarket: Hortense Mancini se levanta muy temprano todas las ma�anas y sale a cabalgar con los caballos m�s r�pidos y peligrosos.</p><p>Nadie parece saber con certeza si ella y el rey ya son amantes. Anne Sussex se aloja en unos aposentos situados encima de los del rey, donde Hortense se re�ne con ella. Dicen que el rey tambi�n la visita, aunque nadie sabe lo que ocurre all� dentro. El embajador cree que la duquesa tiene una relaci�n con lady Anne, y que el rey se refrena por ese motivo. Otros dicen que s�lo se trata de un juego para excitarlo.</p><empty-line/><p>Me han hecho llegar otro poema por debajo de la puerta.</p><p><emphasis>Me parece veros, apenas levantada, de vuestro lecho bordado, para una bella meada; con afectadas maneras y una mueca complacida, os imagino sentada, ante el espejo erguida. Vuestras gracias quer�is recomponer, las que los abrazos nocturnos han acabado por revolver.</emphasis></p><p>Rochester, por supuesto. Ha regresado a la corte, tan desagradable como de costumbre. Dicen que mientras no ha estado en palacio ha escrito una comedia titulada <emphasis>Sodoma</emphasis> que supera en vulgaridad cualquier cosa escrita por los romanos. Hay escenas en las que aparecen seis hombres y seis mujeres, penes artificiales, sodom�a y todo lo dem�s. Se represent� en privado para Carlos y un selecto grupo de amigos. Un regalo para estimular la vacilante virilidad de un rey.</p><empty-line/><p>�Lo cierto es que estamos entrando en una fase delicada �dice el embajador.</p><p>Vuelvo a prestarle atenci�n. Se llama Courtin. Es un hombre bajito, elegante y discreto. Al parecer, Francia ha reclamado a Ruvigny. �Un tr�fico sucio y asqueroso�. As� es como defini� la corte de Inglaterra.</p><p>El espect�culo de los franceses repartiendo sobornos, dicen, le ha disgustado m�s que el espect�culo del rey acept�ndolos.</p><p>��Delicada? �Por qu�?</p><p>�Su Muy Cristiana Majestad aboga por un tratado de paz. Como medida provisional, naturalmente. Una retirada estrat�gica. En este momento, sus negociadores est�n reunidos en Nimeguen.</p><p>��Y qu� tiene esto que ver con Hortense Mancini?</p><p>�La m�s potente arma de negociaci�n de Su Majestad sigue siendo la alianza con Inglaterra. Si en el extranjero se enterasen de que Carlos os ha dejado de lado y que os ha sustituido en su lecho por una enemiga de Francia�</p><p>��l no me ha dejado de lado. Mi posici�n es m�s segura que nunca. Muy pronto, en toda Europa se hablar� de mi baile. De mi palacio de hielo. De mi fiesta de cumplea�os para el rey.</p><p>Me dedica una sonrisa forzada. Ambos sabemos que ese acontecimiento es mucho m�s que una fiesta de cumplea�os.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>De todos los helados extravagantes, el <emphasis>gelato luminoso</emphasis>, un helado rodeado por una fuente de fuegos artificiales, es uno de los m�s espectaculares.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>La hab�a visto cansada en otras ocasiones, pero desde que llegamos a Inglaterra nunca la hab�a visto abatida. La rodeaba una suerte de tristeza, una calmada resignaci�n, y no porque la hubiesen derrotado, nada m�s lejos de la realidad, sino tal vez porque se hab�a dado cuenta de que aqu�l era su destino: enfrentarse durante toda su vida a rivales m�s hermosas, m�s encantadoras o m�s ex�ticas.</p><p>�Ahora es verdad �me anunci� un d�a, a primeros de mayo�. La Mazarino y el rey son amantes. Lady Anne ha sido enviada al campo, pero Carlos sigue pasando mucho tiempo en sus aposentos, como sol�a hacer antes.</p><p>�Tomad, os he preparado un cordial �le dije, tendi�ndoselo�. Los boticarios lo llaman licor de sa�co anisado. Dicen que levanta el �nimo.</p><p>�Gracias.</p><p>Tom� un sorbo, pero me pareci� que apenas se hab�a mojado los labios.</p><p>��Cre�is que volver� con vos?</p><p>Se encogi� de hombros.</p><p>�Empiezo a sospechar que ahora s�lo soy una especie de s�mbolo para �l. En realidad no me desea, aunque quiere que todos piensen que s� lo hace. Soy la amante francesa, tan necesaria para �l como un sastre o un cocinero franc�s, pero nada m�s.</p><p>�Entonces es un necio.</p><p>�Oh, tambi�n traicionar� a la Mazarino. No es capaz de ser fiel a una mujer, del mismo modo que no sabe ser fiel a un tratado.</p><p>�Entonces es doblemente necio.</p><p>�No deber�a importarme, �verdad? Ahora tengo influencias sin necesidad de compartir su lecho. Hubo un tiempo en el que era s�lo eso lo que quer�a. Adem�s, eso significa que� �Dud� un instante�. Significa que soy libre en otros aspectos.</p><p>��A qu� os refer�s?</p><p>No me respondi� mir�ndome a la cara, sino que se acerc� a la ventana para contemplar el parque.</p><p>��Record�is lo que os dije aquella vez en Versalles, cuando os respond� que no pod�a desposaros y vos me preguntasteis por qu� no pod�amos amarnos sin m�s?</p><p>�S�. Dijisteis que no erais como mi amiga Olympe.</p><p>�As� es �hablaba con voz pausada, aunque dirigi�ndose a la ventana�. En aquellos tiempos era muy orgullosa� Pero ahora s� soy como Olympe, �verdad? Soy exactamente como ella. Una amante del rey abandonada.</p><p>La mir� fijamente.</p><p>��Est�is diciendo que�?</p><p>�Ahora que ya no tengo que salvaguardar mi honor y nadie a quien ser fiel, puedo tener un amante� si lo deseo.</p><p>��Y lo dese�is? �le pregunt�, en voz muy baja.</p><p>Se sonroj� ligeramente.</p><p>�He pensado que podr�a probarlo, para ver qu� se siente.</p><p>��Ten�is a alguien en mente?</p><p>�He pensado que podr�a poner un anuncio en el <emphasis>London Register</emphasis>: �Puta de Babilonia, la mujer m�s odiada del pa�s, busca amante. Debe saber preparar helados�.</p><p>�S�lo hay una persona en todo el pa�s que sepa prepararlos.</p><p>�Entonces, espero que sea ese hombre quien responda a mi anuncio.</p><p>No dije nada. Mi coraz�n estaba rebosante de emoci�n.</p><p>�Si a�n me am�is, naturalmente �a�adi�. Todos los dem�s parecen haber decidido que ya no valgo la pena. Si vos pens�is lo mismo, lo entender�.</p><p>��Oh, Louise! �exclam�. Louise� �Me acerqu� a ella y la tom� entre mis brazos�. �Est�is segura?</p><p>Asent�a, jadeaba y se re�a al mismo tiempo, aunque sin olvidar que hab�a que ser prudentes.</p><p>�Esperad �protest�. Aqu� no: podr�a vernos alguien. Pero s�, estoy segura. Nunca he estado m�s segura de algo. Tendremos que ser discretos�</p><p>�Por supuesto. No quiero poner en peligro vuestra reputaci�n.</p><p>�No se�is bobo: yo no tengo reputaci�n. S�lo quiero evitar que sigan chismorreando sobre m�.</p><p>��Cu�ndo quer�is que venga?</p><p>�Esta noche. Estaremos solos.</p><p>�As� ser� �le promet�. Pero �por qu� no ahora? �Qu� os ha hecho cambiar de opini�n?</p><p>Se encogi� de hombros. Al principio no quiso responder, pero tras insistir, lo hizo.</p><p>�Mis padres est�n en Inglaterra.</p><p>��Vuestros padres? �D�nde?</p><p>�Est�n en la mansi�n de sir Richard Browne, en Hampshire. Es un viejo amigo de mi padre. Lucharon juntos contra los espa�oles.</p><p>��Cu�ndo vendr�n a la corte?</p><p>�No vendr�n.</p><p>��Por qu� no? �pregunt�, desconcertado.</p><p>�No responden a mis cartas. Me han dicho que no tienen intenci�n de volver a dirigirme la palabra.</p><p>��Qu�? �C�mo se atreven?</p><p>�No, es justo. Lo entiendo: creen que los he deshonrado. Tienen una visi�n anticuada de lo que es honorable. Y nunca aceptar�an que en parte es culpa suya. Pensaban que los duques y los lores har�an cola para desposarme porque llevaba su nombre. No podr�an entender que, sin dinero, su precioso nombre no vale nada. �Se ech� a llorar, y record� que no la ve�a hacerlo desde hac�a muchos meses�. Bueno, ahora me he librado de ellos �dijo, furiosa�. He cumplido con mi deber, y ya veis ad�nde me ha llevado eso. A partir de ahora s�lo me ocupar� de m� misma.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Helado de fresas y pimienta blanca; sorbete de moras y crema; pud�n de chocolate y vainilla� Por muchas recetas que puedan inventarse, los mejores helados son siempre los m�s sencillos.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Recorr� los largos pasillos de palacio con un recipiente para helados en las manos. Si alguien me hubiese preguntado, habr�a dicho que le llevaba un helado a la amante abandonada del rey para consolarla. Si alguien lo hubiese comprobado, habr�a encontrado en el recipiente un helado de fresas rojas y pimienta blanca rodeado de una guirnalda de hojas de fresa.</p><p>Sin embargo, nadie me detuvo. Nadie me pregunt�. El rey no estaba, y los que se hab�an quedado en la corte no contaban.</p><p>Sus aposentos, normalmente llenos de cortesanos y ministros, estaban vac�os.</p><p>�Les he dicho que se retiraran �me explic�, al ver que echaba una ojeada entre las sombras�. Nadie nos molestar�.</p><p>Llevaba el pelo suelto, que le ca�a en una trenza sobre uno de los hombros, cubiertos por un <emphasis>deshabill�</emphasis>. Iba descalza y se hab�a despojado de las joyas del rey. Sin embargo, no era �sa la diferencia m�s evidente. Parec�a m�s joven, como si se hubiera quitado de encima no s�lo el peso de los rub�es del rey, sino el cansancio.</p><p>�Sois feliz �le dije, sorprendido�. Creo que nunca os hab�a visto tan feliz.</p><p>Dio un paso hacia m�. Descalza, era m�s baja de lo habitual. Pos� mis manos sobre sus hombros�</p><p>�Esperad �murmur�, bes�ndome y dando un paso atr�s�. Quiero que esta noche dure para siempre.</p><p>�Ya hemos esperado bastante.</p><p>La tom� entre mis brazos y la llev� a la alcoba.</p><p>Su piel, blanqu�sima, del color de la cera de las velas, de las fresas blancas, del helado.</p><p>Deposit� una viruta de helado de fresa sobre su vientre y lo llev� hasta sus labios con la boca. Compartimos su helado dulzor hasta que se derriti� en nuestras lenguas.</p><p>Ella se derret�a m�s despacio. Aunque el helado se termin� pronto, segu� lamiendo su vientre. Su vientre y el suave manjar de sus muslos, y llen� de besos su boca, fr�a y cremosa.</p><p>Hab�a esperado todos esos a�os. Pod�a esperar unos minutos m�s.</p><p>Al final, lanzando un suspiro, atrajo mi rostro hacia el suyo y me bes� con una repentina y desesperada pasi�n. Entonces supe que estaba preparada para el placer.</p><empty-line/><p>Era una nueva Louise. Aquella noche, su frenes� �su <emphasis>avidez</emphasis>� me cogi� casi por sorpresa. Era como si le hubiesen privado de sensaciones mucho tiempo y ahora quisiera sumergirse en ellas sin l�mite alguno.</p><p>Y a�n as�</p><p>No se lo dije, pero mientras est�bamos tumbados, percib� la presencia de una tercera persona en la alcoba, o, mejor dicho, not� su ausencia. Cuando ella volv�a la cabeza de un cierto modo, era porque �l la besaba <emphasis>all�</emphasis>, en la mejilla. Cuando me miraba con esos ojos so�olientos y risue�os, era porque a �l le gustaba que lo hiciera. Cuando gem�a, era un gemido que �l hab�a o�do miles de veces.</p><p>Y cuando el paroxismo se apoder� de ella, con todos los m�sculos contra�dos, susurrando imprecaciones en franc�s a demasiada velocidad como para que yo pudiera entenderlas, era como si ella nos hubiese abandonado a ambos, porque la pasi�n la llev� a un lugar adonde nadie pod�a seguirla.</p><p>Sabido es, naturalmente, que en pleno �xtasis amoroso se puede experimentar un momento de inesperada tristeza. Aquella noche la sent�. Hab�a cumplido el deseo de mi coraz�n, y no estaba decepcionado, todo lo contrario, pero me faltaba algo, algo que se me escapaba y que no era capaz de definir.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Melocotones blancos, perfectamente maduros y fragantes, de los �ltimos d�as de verano. Chocolate espeso, delicado y enriquecido con crema. Ciertamente, no hay en el mundo una combinaci�n de helados m�s deliciosa.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Me sumerg� en los preparativos del baile. No dej� nada al azar. Constru� una maqueta del lago para patinar, asegur�ndome de que funcionar�a, y un modelo a escala del palacio de hielo, en el que dos figuras de cart�n de Louise y Carlos se sentaban en unos diminutos tronos para dar la bienvenida a una fila de invitados, tambi�n de cart�n. Prepar� un helado que hab�a ahumado ligeramente prendiendo una brizna de hojas de tabaco bajo un <emphasis>frigidarium</emphasis> perforado: mientras las hojas ard�an, el humo perfumado impregnaba lentamente la mezcla. Confeccion� otro helado dentro de una pastel de merengue caliente, y otro m�s que en su interior conten�a una bola de salsa de caramelo. Incluso prepar� uno con unas manzanas que estaban empezando a pudrirse: su sabor era totalmente decadente, delicioso, enriquecido con el zumo de la mortalidad, pero dulce como el brandy.</p><p>Sin embargo, para el rey cre� un helado sencillo pero extraordinario. En realidad, la idea me la hab�a dado Wren el d�a que estuvimos en Garraway�s, cuando sugiri� convertir el chocolate caliente en helado. Cuando mezcl� los huevos, el sirope y la crema con el cacao en polvo y una docena de tabletas de chocolate, obtuve un helado tan voluptuoso, espeso y delicioso que nada podr�a haberle arrebatado el protagonismo.</p><p>Record� los sorbetes de pera que hab�a preparado para Luis XIV. �Qu� primitivos me parec�an ahora! Sin embargo, como hab�a dicho Luis, la sencillez ten�a sus virtudes. Prepar� una fuente de helados de chocolate: uno solo de chocolate, otro de chocolate y esencia de romero, otro que combinaba chocolate y menta, luego otros mezclados con naranjas, frambuesas, cerezas y, finalmente, uno de sabor muy intenso inspirado en el <emphasis>sanguinaccio</emphasis> de Florencia: chocolate con sangre y pi�ones.</p><p>Cada pocos d�as visitaba a Louise para mostrarle mis progresos. Y con el pretexto de la discreci�n ��Esta parte debe ser una sorpresa: ahora deb�is dejarnos a solas��, las damas de compa��a, los ministros, los pintores y todos los dem�s se retiraban de sus aposentos y nos llev�bamos los helados a la cama.</p><p>Prepar� un helado de melocotones blancos y almizcle �el perfume de la piel de Louise� y lo aromatic� con un par de gotas de su perfume de agua de rosas.</p><p>Al examinar mi palacio de hielo a escala, vi que faltaba algo. Hice un mu�eco de nieve y lo coloqu� sobre un pedestal en la entrada del palacio, justo detr�s del rey y de su amante. Cuando los invitados llegaran, unos min�sculos copos de nieve perfumada volar�an en torno a sus cabezas, mientras el mu�eco de nieve, con una sonrisa enigm�tica, les dar�a la bienvenida al baile.</p><empty-line/><p>Hannah se coloc� delante de m�.</p><p>�Me voy �me espet�, sin pre�mbulos�. Mi barco zarpa de Bristol dentro de tres semanas.</p><p>La mir�, sorprendido.</p><p>��Y el baile de hielo?</p><p>�Me lo perder�. Y lo lamento mucho, porque seguro que ser� una fiesta memorable. Pero si no subimos a ese barco, perderemos nuestros pasajes a Am�rica.</p><p>Me di cuenta de que hablaba en plural.</p><p>��Elias tambi�n se va?</p><p>�S�. Le entristece enormemente la idea de partir. Ha disfrutado mucho trabajando para vos.</p><p>�Es un gran contratiempo �dije, irritado�. Estamos m�s ocupados que nunca. El rey nos necesita�</p><p>�Lo siento �dijo, pacientemente�, pero llevamos a�os planeando esto. Nunca me preguntasteis cu�nto tiempo estar�amos disponibles; de otro modo, os lo habr�a dicho.</p><p>��Pues vete t�, pero al menos d�jame a Elias! �me o� decir.</p><p>��Dejar a Elias? �C�mo iba a hacer eso?</p><p>�Yo era m�s joven que �l cuando me separ� de mis padres. Dejaron que me fuera porque� �Me interrump�. Porque sab�a que as� tendr�a un futuro mejor. Que podr�a trabajar en la corte. Como Elias. Le ense�ar� mis secretos, Hannah, como mi patr�n hizo conmigo. Se har� rico y se convertir� en favorito de reyes y emperadores. Despu�s de este baile, nuestra fama se extender� a�n m�s, estoy seguro. Lo llevar� a Par�s, a N�poles, a Espa�a�</p><p>�Pero �se no es el futuro que he elegido para �l �dijo.</p><p>��Y por qu� no? �Qu� m�s podr�as desear para �l?</p><p>��Que qu� m�s podr�a desear? �repiti�, con una sonrisa triste en los ojos�. Un reino sin reyes. Una Iglesia sin iglesias. Un pa�s sin los l�mites que imponen la propiedad, los privilegios y la cuna. Un lugar en el que ning�n hombre nazca con riendas para que otros hombres monten en su grupa, donde todos los hombres, y tambi�n todas las mujeres, puedan decidir c�mo practicar su fe, y donde las leyes que hay que respetar est�n escritas en nuestros corazones.</p><p>Lanc� un suspiro.</p><p>�Entonces, tu nuevo pa�s ser� como una manada de animales. Sin leyes ni l�deres, os acabar�is enfrentando unos con otros.</p><p>�Si necesitamos l�deres, seremos nosotros quienes los elegiremos. Si necesitamos leyes, nosotros las redactaremos. �Dud� un instante�. Tal vez vos tambi�n deber�ais venir.</p><p>��A Am�rica?</p><p>��Por qu� no? All� hay mucho hielo en invierno, y dicen que los veranos son calurosos. Creo que son las condiciones perfectas para un heladero. �Se encogi� de hombros�. Helados y tartas. Nos va bien juntos, �no es as�? Quiz�s podr�amos emprender algo, vos y yo.</p><p>Me qued� mir�ndola fijamente.</p><p>�Mis helados est�n destinados a reyes y cardenales. Y, seg�n tengo entendido, en Am�rica no los hay.</p><p>�Es cierto �repuso, en voz baja�. Disculpadme. Ha sido una idea est�pida.</p><p>Empez� a recoger sus cosas. Luego, mientras se dirig�a a la puerta, me dijo:</p><p>��sta es la �ltima ocasi�n que tengo para decirlo, de modo que lo har�: lo que est�is viviendo con Louise de Keroualle no es amor, es una forma de esclavitud.</p><p>�Eso no es asunto tuyo �le contest�, muy serio.</p><p>�Pero lo es �dijo, en un tono un poco triste�. Oh, por supuesto que lo es.</p><p>��Por qu�?</p><p>No me respondi� directamente. Pero s� me dijo algo.</p><p>�Creo que existen dos clases de amor: el amor que nos llega y el amor que buscamos. El amor que nos llega sin haberlo llamado es f�sico, es como una enfermedad que nos debilita. Es un amor que nos hiere, porque se basa en el deseo de poseer a alguien y no en el cari�o y el respeto. Pero el amor que buscamos, el que dos personas deciden compartir, crece d�a a d�a, empezando con las m�s peque�as cosas. Es como un fuego que puede ser avivado para cocinar y caldear la casa, pero al que est� prohibido propagarse hasta que no ha quemado toda la ciudad, como el gran incendio de Londres. Sin embargo, es un amor que no puede construirse solo. Hay que ser dos.</p><p>��A qu� viene esta ch�chara sobre fuegos y cocina? �contest�, furioso�. Vete a Am�rica con tu bastardo, mujer. Vete al infierno. All� tambi�n acabar�s siendo una puta, igual que aqu�, en Inglaterra.</p><p>�Una vez me preguntasteis por qu� acud� a vuestro aposento la primera vez que me lo pedisteis �dijo, hablando muy despacio�, pero nunca os he explicado el verdadero motivo. Lo hice porque me gustabais y porque cre�a que pod�a disipar vuestra melancol�a. Pero he llegado a la conclusi�n de que ninguna mujer puede conseguirlo.</p><p>�Hay una que s� puede. En realidad, ya lo ha hecho.</p><p>�Entonces no es el amor lo que os entristece, porque segu�s estando tan melanc�lico como siempre �dijo, en voz baja�. Deben de ser vuestros secretos. Hasta que no decid�is revelarlos no creo que se�is libre.</p><p>Se qued� de pie, mir�ndome, y luego se dio la vuelta sin a�adir nada m�s.</p><p>Al d�a siguiente parti� para Bristol sin ni siquiera decirme adi�s.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>El rey ha regresado de Newmarket y viene a visitarme. Pero s�lo por las tardes. Por las noches se ausenta.</p><p>Una tarde asistimos al concierto de unos m�sicos que est�n de paso. Invitan al rey a escoger una canci�n.</p><p>�Preguntad a Fubs �dice�. Conoce mejor que yo esas baladas francesas.</p><p>�Cantad esa que empieza diciendo: �Dejadme morir de dolor, pero no de celos� �digo.</p><p>�l sonr�e t�midamente, demostr�ndome que ha entendido la broma.</p><p>M�s tarde, los m�sicos rasgan sus guitarras.</p><p>��Bailamos? �me pregunta.</p><p>�No puedo bailar esta m�sica, sire. Es endiabladamente r�pida para poder hacerlo.</p><p>Se vuelve hacia los que est�n a nuestras espaldas.</p><p>��Alguien quiere bailar?</p><p>�Yo �dice una voz.</p><p>Hortense Mancini da un paso al frente, en el espacio que hay entre los m�sicos y nuestras sillas. Sin avergonzarse en absoluto, dobla una pierna y coloca los brazos sobre la cabeza.</p><p>Me recuerda a la posici�n de <emphasis>en garde</emphasis> que le hab�a visto adoptar: �gil, ligera, al acecho.</p><p>Entonces empieza a sonar la m�sica, veloz y vertiginosa. Ella gira, golpea el suelo con los pies y chasquea los dedos� Una parte de m� quiere decir: ��Oh, Carlos, fijaos! Baila como una z�ngara napolitana�, pero las palabras se atascan en mi boca. La danza es inequ�vocamente sensual, pagana. Sin embargo, no baila s�lo para �l: es a m� a quien tambi�n dirige su brillante mirada. Apenas puedo respirar. Miro al rey por el rabillo del ojo. �l la mira fijamente, obnubilado.</p><p>Cuando termina, inclin�ndose sin verg�enza ante la corte, que la aplaude, no es ella sino nosotros quienes nos hemos quedado sin aliento.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Helado de chocolate: no es f�cil de preparar, pero el resultado merece el esfuerzo. Mezclar una taza de chocolate en polvo y media taza de az�car. A�adir leche fr�a hasta obtener una masa, y luego dos tazas de leche caliente. Hervir a fuego muy lento, sin dejar de remover, durante ocho minutos. Luego, retirar del fuego y a�adir seis tabletas de chocolate de una onza bien troceadas. En otro recipiente, batir seis yemas de huevo con media taza de az�car hasta conseguir una masa blanca. Verter en la mezcla de chocolate, batiendo en�rgicamente. Calentar, aunque sin dejar que hierva, y a�adir media taza de sirope de az�car. Dejar enfriar en un ba�o de agua fr�a y, para terminar, incorporar dos tazas de crema antes de congelar.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>El rey me pidi� un helado, el primero en muchos meses. Prepar� un helado de chocolate y uvas y se lo llev� a sus aposentos.</p><p>�Est� en su laboratorio �me dijo un lacayo�. Os est� esperando.</p><p>El laboratorio estaba lleno de un humo maloliente y el rey estaba tosiendo.</p><p>�Ah, signor �dijo, recibi�ndome con jovialidad�. No mezcl�is nunca azufre y magnesia.</p><p>�No, sire.</p><p>Junto a la ventana hab�a un enorme prisma de cristal. Hab�a sido colocado de modo que reflejara la luz del sol, descomponi�ndola en un arco iris de colores. No pude evitar preguntarme c�mo era posible, porque el cristal era totalmente transparente y no hab�a nada en su interior.</p><p>Al ver que lo estaba observando, el rey asinti�.</p><p>�Pod�is cogerlo.</p><p>Lo hice y observ� su interior, pero los colores se desvanecieron al instante. El arco iris s�lo reapareci� cuando volv� a colocarlo bajo la luz del sol.</p><p>�Lo ha fabricado uno de mis <emphasis>virtuosi</emphasis> �me explic�. Muestra de qu� est� hecha la luz.</p><p>�La luz viene de Dios, �no?</p><p>�Eso es lo que nos han contado. Pero ese hombre se ha atrevido a meter el ojo en la luz de Dios, y ha descubierto que es como cualquier otra sustancia, que tiene sus componentes en determinadas cantidades. As� pues, otra de nuestras ilusiones infantiles ha sido hecha a�icos por el fr�o escepticismo de la ciencia. �Guard� silencio un instante�. �C�mo van los preparativos del baile de la duquesa de Portsmouth? �Ten�is todo cuanto necesit�is?</p><p>�S�, gracias, sire.</p><p>�Siento un gran afecto por la duquesa, signor.</p><p>�Por supuesto �repuse, sin saber muy bien qu� decir.</p><p>�Lo que intento deciros es que no quiero que le falte nada para su solaz �dijo, volviendo la atenci�n hacia su mesa�. Ni para su bienestar.</p><p>Asent�, incapaz de decir nada, porque me di cuenta de cu�l era el motivo de la conversaci�n.</p><p>��ltimamente no he podido atenderla como habr�a deseado. Los asuntos de Estado, la presi�n�</p><p>Se qued� mirando el helado de chocolate que hab�a dejado sobre la mesa. Uno de sus perros falderos se subi� un escabel, lade� la cabeza y alarg� la lengua hasta la copa. Tras unos cuantos lametones, no qued� ni rastro del helado.</p><p>�No soy un hombre celoso por naturaleza �dijo, en voz baja�. Si vos tambi�n trat�is de no serlo, signor, estaremos de acuerdo. �Toc� el prisma de cristal, movi�ndolo para que las luces de colores se proyectaran en toda la estancia�. A veces es mejor no hacerse demasiadas preguntas sobre la naturaleza de las cosas. A veces la luz es excesiva.</p><p>* * *</p><p>Vagu� por las calles de Londres, reflexionando. Camin� varias horas, hasta que anocheci�.</p><p>Luego, volv� a Whitehall.</p><empty-line/><p>Me dirig� a los aposentos de Louise. Aunque era muy tarde, dos lacayos a los que no conoc�a me bloquearon el paso.</p><p>�No pod�is entrar �dijo uno de ellos.</p><p>�Decidle a la se�ora que soy�</p><p>�Nadie puede entrar. Ni siquiera nosotros.</p><p>Di un paso atr�s.</p><p>�Soy el pastelero.</p><p>Me di cuenta de lo pat�tico que sonaba. Pero justo en aquel momento se abri� la puerta y sali� el embajador franc�s. Me lanz� una r�pida ojeada antes de alejarse a toda prisa.</p><p>Esper�. Unos minutos despu�s sali� Thomas Osborne, o lord Danby, como deb�amos llamarlo desde que hab�a sido nombrado Tesorero. �l tambi�n me mir� un instante antes de darme la espalda.</p><p>�Su Majestad no desea ser molestada.</p><p>��Su Majestad! �Mir� fijamente la puerta, tratando de imaginar qu� estar�a ocurriendo all� dentro�. Esperar� hasta que salga.</p><p>El lacayo se encogi� de hombros, como d�ndome a entender que le daba igual.</p><empty-line/><p>Me sent� en el alf�izar de una ventana a esperar. Estaba amaneciendo cuando por fin se abri� la puerta y apareci� una figura masculina que me resultaba familiar.</p><p>Me qued� quieto, pero la luz de la ventana debi� de haber iluminado mi rostro, porque la figura se dirigi� hacia m�. Debajo de nosotros, en el parque de St James, una manada de ciervos se mov�a entre la niebla de la ma�ana.</p><p>�Otro d�a muy agradable, signor �dijo, mirando hacia fuera.</p><p>Un instante despu�s hab�a desaparecido. Los largos pasos de los criados que lo segu�an resonaron en el pasillo.</p><empty-line/><p>Los aposentos de Louise eran ahora tan vastos que se tardaba una eternidad en llegar a su alcoba. Todas las paredes estaban cubiertas de cuadros y tapices, y en todos los rincones hab�a alg�n precioso mueble franc�s o alg�n jarr�n de inestimable valor. Las velas ard�an sobre mi cabeza en unos enormes candelabros de cristal que temblaban y tintineaban al pasar.</p><p>Ella tambi�n estaba junto a la ventana. S�lo llevaba un largo camis�n de lana. El pelo descansaba sobre uno de sus hombros. Contemplaba la niebla que cubr�a como una capa la superficie del lago.</p><p>Cuando entr�, se dio la vuelta. No parec�a muy sorprendida de verme all�.</p><p>�He venido a advertiros �dije�. A informaros de que el rey est� al corriente de lo nuestro. Pero, al parecer, he llegado tarde.</p><p>Asinti�.</p><p>��Qu� est� ocurriendo? �le pregunt�.</p><p>�Anoche, en estos aposentos, firm� un nuevo tratado con Francia.</p><p>�Un tratado secreto, supongo.</p><p>�S�. Sustituye al tratado de Dover. A cambio de un nuevo vitalicio de Luis, Carlos disolver� el Parlamento y declarar� una nueva guerra de Inglaterra contra Holanda.</p><p>��Otra guerra! Pero si apenas se ha secado la sangre de la �ltima�</p><p>�A cambio obtendr� cuatro millones de coronas de oro, lo suficiente para mantener a todas las amantes que quiera. Lo suficiente para reconstruir el castillo de Windsor. Lo suficiente para vivir como un rey.</p><p>��<emphasis>Como</emphasis> un rey?</p><p>Ella se encogi� de hombros.</p><p>�A partir de ahora ser� Francia quien tome todas las decisiones concernientes a la pol�tica exterior de Inglaterra. Lo que Carlos haga en su pa�s, naturalmente, no es de su incumbencia.</p><p>��Y su conversi�n? �Y la conversi�n de su pa�s? �Y todas las esperanzas de madame por su alma?</p><p>�Madame no era una mujer pr�ctica en asuntos como �stos. En mi tratado, Carlos s�lo promete que nunca abandonar� a la reina. As� pues, su heredero ser� su hermano Jaime, que ya es cat�lico. Inglaterra ser� cat�lica despu�s de la muerte de Carlos.</p><p>�Pero entonces, vuestras esperanzas de convertiros en reina�</p><p>�Tampoco eran demasiado realistas �me interrumpi�. Tendr�a que haberlo aceptado antes. Me basta con ser lo que soy.</p><p>��Y qu� sois?</p><p>Era una pregunta absurda, porque las s�banas revueltas ya me daban la respuesta.</p><p>�Ha vuelto a mi lado �dijo, simplemente�. Vuelvo a ser la amante del rey.</p><p>��Y� eso es todo? �dije, desesperadamente�. �Vuelve con vos, os reclama y yo debo hacerme a un lado?</p><p>Entonces, de repente, me dedic� una mirada de pena� Pero no era la pena que yo sent�a en aquel momento, sino una pena que no pod�a comprender.</p><p>Y entonces, de pronto, lo comprend�.</p><p>�No es una coincidencia, �verdad? �le pregunt�, hablando muy despacio.</p><p>Ella no me respondi�.</p><p>�El rey se hab�a cansado de vos y deb�ais encontrar un modo de volver a despertar su inter�s. Un <emphasis>juego</emphasis>. �Entonces me vino a la mente algo m�s�. �Hay agujeros en la pared? �Mir� los paneles que hab�a encima de la cama, los espejos art�sticamente colocados en todos los rincones de la alcoba�. �Le dijisteis cu�ndo deb�a venir para espirar? �D�nde colocarse para revigorizar la verga marchita del viejo Rowley?</p><p>�Yo no le dije nada �contest�, con voz cansada�. En eso, al menos, os equivoc�is.</p><p>�Pero hab�is permitido que otros lo hicieran.</p><p>�No puedo evitar que el palacio est� lleno de esp�as. Carlo, deber�a alegrarse del curso que han tomado los acontecimientos. Lejos de mostrarse celoso, el rey ha dejado claro que cont�is con su bendici�n. No todos habr�an sido tan comprensivos. �sta es una se�al de lo importante que soy ahora para �l.</p><p>�Si estalla otra guerra, ser�is la mujer m�s odiada de todo el reino.</p><p>�No estoy aqu� para ser popular. Adem�s, mis hijos deben recibir t�tulos nobiliarios. El peque�o Carlos ser� educado en la fe protestante. Ser� bar�n de Settrington, conde de March y duque de Richmond. �Pronunci� los t�tulos casi sabore�ndolos�. Una generosa recompensa por unos cuantos abucheos, �no os parece?</p><p>�Decidme una cosa. Cuando yac�amos juntos, en este lecho� �Ahora apenas pod�a mirarlo�. �Hab�a algo de verdad o era simplemente para excitar al rey?</p><p>��Oh, era todo verdad! Deb�is creerme. Nunca hab�a sentido tanto placer.</p><p>�Y seguro que eso significa algo para vos.</p><p>�El placer es el placer �se limit� a decir�. No significa nada. No cambia nada. Es agradable, s�, pero comparado con cosas m�s importantes, como planear y conseguir que toda Europa marche al son de un solo tambor�, comparado con el objetivo de dar forma al mundo, no es nada.</p><p>�Entonces no me am�is.</p><p>�No, no como vos me am�is a m�. Y �sab�is una cosa? Me alegro. Odiar�a tener la mente obnubilada por una pasi�n como la vuestra. Es como el tenis: cuando juegas por amor, juegas por nada. Y, a fin de cuentas, el amor no significa nada.</p><p>Pos� una mano sobre mi hombro.</p><p>�Todo ir� bien, Carlo, ya lo ver�is. Vamos a la cama. Tenemos que celebrarlo.</p><empty-line/><p>La dej� en aquel mismo momento.</p><p>Me di la vuelta y abandon� sus aposentos, mientras algunas de las estancias se estaban llenando ya de postulantes, ansiosos por conseguir el mejor puesto en su <emphasis>ruelle</emphasis>. Sal� de aquel palacio enorme y decr�pito, dejando atr�s a libertinos que a�n estaban borrachos despu�s de la noche anterior y a grandes damas que corr�an hacia sus casas con sus vestidos de baile. Pas� al lado de cortesanas que sal�an de puntillas de los aposentos de los ministros y de so�olientos lacayos que retiraban las velas consumidas de los candelabros. Mientras aquel enjambre de cinismo e inmoralidad se dispon�a a empezar otro d�a, me fui sin dignarme a echarle una �ltima ojeada.</p><p>Cruc� el parque de St James. Un ciervo levant� la cabeza para mirarme: era un macho con cornamenta que vigilaba a sus cervatillos.</p><p>Ahora que Hannah se hab�a ido, las cocinas del Red Lion estaban en silencio. El olor de las tartas horne�ndose no se propagaba por el comedor, y tampoco el perfume de sus hierbas arom�ticas.</p><p>Hab�a dejado el cuarto donde trabajaba perfectamente ordenado. Hab�a regalado a vecinos y amigos los productos que se habr�an echado a perder, y las cazuelas y otros utensilios los hab�a vendido en el mercado para conseguir algo de dinero.</p><p>Encima de la mesa hab�a un libro. Lo cog�, pregunt�ndome por qu� se habr�a olvidado aquel volumen en particular.</p><p>Culpeper. <emphasis>The Compleat Herbal</emphasis>. Abr� la tapa. En la primera p�gina hab�a escrito:</p><p>Signor:</p><p>Este libro circula libremente en el lugar al que me dirijo. Ser� mejor que vos os qued�is con �ste; yo ya comprar� otro. Sin embargo, os ruego que lo conserv�is con mucho cuidado y no permit�is que lo quemen.</p><p>Vuestra amiga, Hannah Crowe.</p><p>Pas� las p�ginas.</p><p>Melones� Pepinos� Bardanas�</p><p>�Las ortigas son tan famosas que no necesitan ninguna descripci�n; pueden encontrarse, s�lo toc�ndolas, en la noche m�s oscura�.</p><p>Camomila� Menta� Berros�</p><p>�Merec�a realmente acabar en la hoguera un libro sobre hierbas?</p><p>�Tendr�a raz�n Carlos cuando me habl� del prisma? �Qu� es m�s peligroso? �El conocimiento o los secretos?</p><empty-line/><p>Cog� mi carro y me dirig� a Barn Elms. Los jornaleros, con las manos enfundadas en guantes para combatir el fr�o, trabajaban muy duro, subiendo los bloques de hielo que constituir�an la fachada del pabell�n. A su lado, el lago para patinar ya estaba terminado y lo hab�an cubierto de paja para mantenerlo fr�o.</p><p>Di una vuelta para inspeccionarlo todo. Los rayos del sol ya estaban humedeciendo la superficie de los bloques. Una vez concluido, el palacio de hielo s�lo se mantendr�a en pie unos d�as, dos semanas a lo sumo.</p><p>Ser�a todo un �xito, por supuesto: todo lo que ella hac�a era un �xito. La gente hablar�a durante a�os de aquella extravagancia. En cuanto al sabor de mis helados, �qu� dir�an de ellos? Nada, porque �c�mo podr�an hablar de algo que s�lo unos pocos hab�an probado y que nadie era capaz de imaginar?</p><p>Desaparecer�an, como los copos de nieve en verano. Como el mu�eco de nieve de Miguel �ngel, barrido por la lluvia.</p><p>Dos aprendices estaban jugando en medio de unos mont�culos descartados, lanz�ndose trocitos de hielo, que fueron atravesados por un rayo de sol por encima de sus cabezas. De pronto, por un instante, apareci� un arco iris. Los muchachos dieron gritos de alegr�a antes de que su capataz los rega�ara con un gru�ido.</p><p>Cargu� el carro con hielo y con mis instrumentos. Hacia el este estaba el camino de Londres: el nuevo King�s Road, que a�n no estaba terminado, pero que sin duda pronto recibir�a parte de aquellos <emphasis>livres</emphasis> franceses. Hacia el oeste estaba el gran camino que conduc�a a la costa m�s lejana de Inglaterra: los puertos de Plymouth, Bristol y Torquay.</p><p>Me dirig� hacia el oeste, hacia el sol del atardecer.</p><p><emphasis>Carlo</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Hay pocos placeres que cuesten tan poco como un helado.</p><p><emphasis>El libro de los helados</emphasis></p><p>Tras dejar atr�s Slough, me top� con una peque�a feria campestre. No ten�a nada de especial, pero precisamente por eso era especial: los ni�os montaban ponis y mostraban su habilidad dando peque�os saltos; hab�a malabaristas y vendedores de lazos, un concurso de calabazas para dar con la m�s grande y otro para la vaca que daba m�s leche. En los puestos del mercado vend�an uvas crepas, grosellas negras, albaricoques y nueces.</p><p>Prepar� un helado de grosellas negras y lo serv� con una deliciosa crema que elabor� con leche.</p><p>En Maidenhead prepar� un helado de crema de lim�n y menta y lo vend� el d�a de mercado a medio penique la copa.</p><p>En Newbury compr� uvas crepas y prepar� un bud�n de helado.</p><p>En Hungerford casi provoqu� un tumulto con un helado de nueces de Barcelona. Prepar� dos galones, pero la demanda fue tal que muchos tuvieron que compartirlo. Vi a muchachos y muchachas de campo lamiendo las cucharas a la vez, y cuando me fui estaban bailando alrededor de los �rboles de mayo.</p><p>En Castle Combe pas� las noches escribiendo mis recetas y explicando c�mo congelar los helados con sal.</p><p>En la feria de Marlborough ofrec� una demostraci�n: la gente pensaba que se trataba de un truco, y no paraban de preguntarse c�mo era capaz de embaucarlos as�. Al final, para conseguir que me creyeran, tuve que repartir el helado a cambio de nada.</p><p>En Bath dej� mi carro delante de las salas de la asamblea. Prepar� un helado de nectarinas y otro de pistachos. Las damas y los caballeros, vestidos a la �ltima moda, saltaban de alegr�a como unos chiquillos.</p><p>Cuando llegu� a Bristol hab�a empleado casi todo el hielo; apenas me quedaba una pinta. Lo guard� en mi aposento, y mientras escrib�a mi libro de los helados, lo mir� mientras se convert�a en un agua l�mpida, fr�a y pura.</p><p>Me la beb� a�adiendo unas gotas de lim�n y una ramita de hinojo.</p><empty-line/><p>Bristol es una ciudad grande, la m�s grande de Inglaterra despu�s de Londres. Dicen que aqu� se puede encontrar hielo de buena calidad para los nobles. Sin embargo, ya estaba un poco harto de preparar helados.</p><p>He dado con un tal se�or Gregory, un librero, que ha accedido a imprimir mi libro. Parece algo sorprendido por el hecho de que no le pida dinero a cambio. Pero yo ya tengo mis utensilios y mi talento, y con eso me basta.</p><p>Me pregunto si encontrar� a Hannah en Am�rica. Me parece improbable; seg�n el mapa inacabado que he comprado, est� claro que es un pa�s enorme. Sin embargo, no es imposible. No s� por qu�, pero nada parece imposible en una tierra tan nueva y virgen que ni siquiera figura correctamente en un mapa.</p><p>Un lugar donde ning�n hombre nace con riendas para que otros hombres monten en su grupa.</p><p>�Un nuevo y exacto mapa del mundo��.</p><p>Aunque no la encuentre, encontrar� el amor. De eso estoy seguro. Me mover� el esp�ritu de la gracia divina de Dios que hay en m�, como dijo ella.</p><p>Y mientras estoy aqu�, escribiendo en esta posada, esperando mi barco, que llegar� dentro de dos semanas, bebo un trago de agua y siento, en lo m�s profundo de mi coraz�n, c�mo una astilla dura y fr�a, algo que ha estado ah� desde que soy capaz de recordar, empieza finalmente a derretirse.</p><p><emphasis>Louise</emphasis></p><p>Por supuesto que me odi�is. �Por qu� no ibais a hacerlo?</p><p>Soy, con toda certeza, la mujer m�s odiada de Inglaterra, ahora que los j�venes ingleses est�n muriendo de nuevo, con los proyectiles de los mosquetes holandeses en sus pechos, y ahog�ndose con el ruido de los ca�ones holandeses retumbando en sus o�dos. Ahora que Hortense Mancini, harta tanto de las atenciones como de las dudas de Carlos, se ha ido a Europa con el pr�ncipe de M�naco, llev�ndose con ella todos los presentes del rey.</p><p>Se rumorea que Thomas Osborne, lord Danby, comparte ahora mis atenciones con el rey. No es cierto �tiene una esposa irascible, y parec�a una buena estrategia pol�tica coquetear con �l�, pero muchos lo creen, incluido el rey.</p><p>Danby y yo tenemos algo mucho m�s interesante en com�n. Nos dividimos las ganancias de la adjudicaci�n de los cargos menores del gobierno. A nadie le importa que sea este o aquel hacendado quien sea nombrado alguacil de Hampshire o guardi�n de las ocas reales, por lo que decidimos sobre la base de los emolumentos que nos ofrecen. �Qui�n podr�a poner alguna objeci�n? Todos los miembros del Parlamento se dejan corromper. Si alguno de ellos crea problemas, me basta con pedir a la embajada francesa que me proporcione los recibos de los sobornos.</p><p>Y aun as�, resulta ir�nico que toda esta corrupci�n no sea m�s que un derroche del oro de Francia. Las guerras contra Holanda, que casi han arruinado al pa�s, no se han ganado, y los territorios que Francia ha conseguido conquistar no pertenec�an a los holandeses sino a los espa�oles. Han sido los ingleses quienes han logrado hacerse con el mayor bot�n: Nueva �msterdam, rebautizada ahora como Nueva York.</p><p>Ha sido tambi�n la guerra contra Holanda lo que ha llamado la atenci�n de los ingleses sobre las grandes aptitudes del sobrino de Carlos, Guillermo de Orange. El pueblo cree que si es capaz de defender a Holanda frente a los franceses, quiz�s podr�a hacer lo mismo por Inglaterra. As� pues, Danby ha organizado un matrimonio secreto entre Guillermo y Ana, la hija mayor del duque de York, un compromiso del que estoy al corriente desde hace mucho tiempo, pero del que �tengo mis razones� no he considerado oportuno informar a Francia.</p><p>Tomo mis precauciones, eso es todo.</p><p>Sin embargo, ni siquiera esa alianza ha tra�do la paz. Buckingham y Arlington puede que est�n acabados, pero lord Shafesbury a�n sigue conspirando por ellos. Sus <emphasis>whigs</emphasis> a�n siguen imaginando absurdas intrigas: he perdido la cuenta de los op�sculos, baladas, s�tiras y panfletos que me han hecho llegar por debajo de la puerta, y de los grabados pornogr�ficos que pretenden mostrar a la Puta de Breta�a siendo satisfecha por su regimiento de amantes papistas.</p><p>A Nell Gwynne le gusta contar la historia de cuando fue atacada por una muchedumbre mientras iba en su carroza. Al darse cuenta, por sus gritos, de que hab�an confundido su carruaje con el m�o, se asom� a la ventana y grit�: �No, buena gente, �yo soy la puta protestante!�. Despu�s de dedicarle tres hurras, la escoltaron hasta su casa.</p><p>Si hubiera sido yo, le gusta comentar, altiva, aquel d�a, en Inglaterra, habr�a habido una cat�lica menos.</p><p>No obstante, si me odi�is, preguntaos esto: �qu� otra cosa habr�a podido hacer?</p><p>Habr�a podido desposar a un noble y darle un mont�n de herederos. Habr�a podido ingresar en un convento y ser, supongo, la madre superiora. Habr�a podido convertirme en la dama de compa��a de una gran se�ora y ayudarla con sus labores y las cuentas de la casa.</p><p>Habr�a podido desposar a un heladero al que no amaba y llevar una c�moda existencia burguesa a la sombra de una corte, rodeada de nuestros hijos.</p><p>Sin embargo, tengo mucho m�s poder que muchas reinas y m�s influencia que muchos ministros. Pase lo que pase en este peque�o y b�rbaro pa�s �aun a riesgo de que alguna alianza provisional se haga a�icos bajo mis pies�, seguir� adelante y vencer�.</p></section><section><p><emphasis>Nota hist�rica</emphasis></p><empty-line/><empty-line/><empty-line/><empty-line/><p>Seg�n el credo de un amante enamorado, es una herej�a perdonar una infidelidad. Sin embargo, donde la mera naturaleza es quien la provoca, es posible que un hombre disienta de la opini�n general, afirmando que un rival s�lo se deja llevar por el coraz�n, obviando todo lo dem�s.</p><p><emphasis>George Savile, marqu�s de Halifax, sobre Carlos II</emphasis></p><p>En 1685, cuando muri� Carlos II, Louise de Keroualle ten�a treinta cuatro a�os. Regres� a Francia siendo una mujer muy rica y se retir� en su feudo ducal de Aubigny, donde llev� una vida tranquila hasta que muri�, a los ochenta y cinco a�os de edad. Voltaire la conoci� cuando ten�a setenta a�os y dijo de ella que a�n ten�a �un rostro noble y agradable que los a�os no hab�an marchitado�. Nunca contrajo matrimonio, dedic�ndose a hacer buenas obras y a apostar grandes sumas de dinero en el juego.</p><p>La �bella e ingeniosa Nell�, como la defini� Pepys, falleci� en 1687, a la edad de treinta y siete a�os. En el momento de su muerte, hab�a acumulado un n�mero considerable de deudas.</p><p>El trono de Carlos lo hered� su hermano Jaime, pero el Parlamento ingl�s se rebel�, afirmando que, al convertirse, era como si hubiese abdicado. El ej�rcito le neg� su apoyo y no le qued� otra elecci�n que huir del pa�s. Entonces, el Parlamento invit� al protestante Guillermo de Orange a ocupar el trono. Era la primera vez en Europa que un Parlamento eleg�a a un rey, una decisi�n apenas sangrienta que fue conocida como la Revoluci�n Gloriosa. Una de las primeras leyes aprobadas por el Parlamento prohib�a al monarca ingl�s practicar el catolicismo o casarse con una cat�lica, una ley que a�n hoy sigue estando vigente.</p><p>La t�cnica persa para preparar sorbetes ya se conoc�a en Florencia hacia 1660, aunque el proceso exacto era un secreto que estaba a buen recaudo. Un franc�s que estaba de visita en la ciudad, un tal Audiger, se las arregl� para llevarla a Par�s hacia 1665. Se convirti� en <emphasis>limonadier</emphasis> de Luis XIV, despu�s de haber ofrecido al rey guisantes fuera de temporada como carta de presentaci�n. No se sabe, en cambio, c�mo lleg� dicha t�cnica a Inglaterra ni c�mo naci� el verdadero helado, presentado en la gran fiesta que dio Carlos II en honor de la Orden de la Jarretera en 1671, ni se conoce el nombre del pastelero que, seg�n dec�a el men�, sirvi� �un plato de fresas blancas y un plato de helado� s�lo en la mesa del rey. El nombre de Demirco, sin embargo, se ha asociado anecd�ticamente al del hombre que decidi� que los helados dejaran de ser un privilegio real. Seg�n algunas fuentes, trabaj� para Carlos I, pero no existen documentos que den fe de su presencia en la corte real de la �poca, y teniendo en cuenta que en aquellos tiempos a�n no se hab�a inventado el helado, parece probable que, en el curso de los siglos, se confundieran los nombres de los dos soberanos.</p><p>Durante las d�cadas que siguieron a la muerte de Carlos II, la t�cnica de preparaci�n de helados se difundi� lentamente por toda Europa. Uno de los primeros libros de recetas fue un manuscrito an�nimo de ochenta y cuatro p�ginas titulado <emphasis>The Art of Making Ices</emphasis>; las filigranas de sus p�ginas han permitido datarlo poco antes de 1700. Incluye recetas de helados de violetas, rosas, chocolate y caramelo, unos sabores que en aquella �poca debieron de parecer tan extraordinarios como las actuales recetas creadas por los gastr�nomos moleculares. En 1718, una mujer llamada Mary Eales, que afirmaba haber sido pastelera en la corte inglesa, public� una receta �para congelar la crema�, al natural o azucarada, o con fruta�. Tambi�n hay una receta de helado en el libro <emphasis>The Art of Cookery made Plain and Easy</emphasis>, escrito por la inglesa Hannah Glasse en 1751, que resulta admirable por su sencillez: �Para preparar un helado� colocarlo en la bac�a m�s grande. Llenarlo con hielo y una pizca de sal�.</p><p>Mientras tanto, los cu�queros y otros disidentes hab�an llevado la t�cnica del helado a Am�rica. Los documentos m�s antiguos, hallados en Pensilvania, datan de 1744: �Entre las rarezas� se encontraba un helado muy rico que, con fresas y leche, resultaba delicioso�. Se sabe que tanto George Washington como Thomas Jefferson ordenaron que se sirviera en cenas oficiales.</p><p>Madame Enriqueta de Inglaterra, hermana de Carlos II, muri�, efectivamente, tras haber bebido una copa de agua de achicoria helada. Aunque en su momento se sospech� que fue envenenada, ahora se cree que su muerte se debi� a una peritonitis provocada por una �lcera perforada. En cuanto al tratado secreto de Dover, al que tantos esfuerzos hab�a dedicado, no lo conoc�an m�s de doce personas en Inglaterra, entre ellas Louise de Keroualle. Inclu�a la siguiente cl�usula: �El rey de Inglaterra har� profesi�n p�blica de la fe cat�lica y recibir� la suma de dos millones de coronas de su Muy Cristiana Majestad, durante los seis meses siguientes, como contribuci�n a este proyecto. La fecha de esta declaraci�n queda �nicamente en sus manos�. No debe sorprender que Carlos negase la existencia de este tratado ante el Parlamento cuando fue interrogado sobre el particular en 1675: �No existe ning�n otro tratado con Francia, anterior o sucesivo, que haya sido firmado y no se haya divulgado�. Finalmente se descubri� una copia de dicho tratado, que fue publicado en 1830.</p><p>Los documentos del embajador de Francia en Londres demuestran que los franceses se gastaron muchos millones de coronas en corromper a pol�ticos y ministros ingleses de aquel periodo. Parece probable, aunque nunca se ha podido demostrar, que el fin �ltimo de Francia era conquistar Holanda y luego invadir Inglaterra, posiblemente con el pretexto de rescatar al cat�lico Carlos II de su propio Parlamento. Eso habr�a aislado a Alemania, el �ltimo gran pa�s protestante de Europa.</p><p>La Royal Society, conocida entonces como Royal Society of London for the Improvement of Natural Knowledge, fue creada por Carlos II en 1660. Entre sus miembros e invitados figuraban Robert Boyle, Isaac Newton, Christopher Wren, Samuel Pepys, John Hooke, Gottfried Leibniz, Nicholas Mercator, John Locke y Edmond Halley, por citar s�lo a unos pocos. Boyle estaba especialmente interesado en la congelaci�n, y su ensayo <emphasis>Observaciones sobre el fr�o</emphasis> fue uno de los primeros textos dedicados a investigar cient�ficamente los m�todos de congelaci�n artificial. Puede que le influyera el hecho de que, en aquellos tiempos, Europa estaba atravesando la �peque�a edad de hielo�, que indujo a organizar ferias de hielo en el r�o T�mesis. Los intereses de los otros miembros iban desde la fabricaci�n de botellas de champ�n a las leyes de la luz y el movimiento. En general, se los considera los primeros pensadores de la Ilustraci�n.</p></section><section><p><emphasis>Agradecimientos</emphasis></p><p>Una vez m�s, estoy profundamente en deuda con mis lectores de AP Watt: Caradoc King, Elinor Cooper y Louise Lamont, y con mis editoras Rebecca Saunders, de Little Brown, y Louise Davies, que han contribuido a convertir este libro en una historia.</p><p>A quien quiera documentarse sobre la preparaci�n de helados le aconsejo <emphasis>Ices: The Definitive Guide</emphasis>, de Caroline Liddell y Robin Weir (publicado tambi�n con los t�tulos de <emphasis>Frozen Desserts and The Ice Cream Book</emphasis>), que incluye muchas recetas de libros de cocina antiguos. Tambi�n pueden encontrarse recetas tradicionales en <a l:href="http://www.historicfood.com"><strong>www.historicfood.com</strong></a>. Sin embargo, mi mayor deuda la tengo con el libro que me dio la idea para escribir esta novela: <emphasis>Harvest of the Cold Months</emphasis>, de Elizabeth David, una historia de los helados y los sorbetes.</p><p>La biograf�a de Louise de Keroualle fue escrita por Henri Forneron con el t�tulo de <emphasis>La corte de Carlos II</emphasis>. No es un relato especialmente compasivo. �Durante quince a�os, Louise de Keroualle tuvo a Gran Breta�a en su delicada mano, manipulando a su rey y a sus hombres de Estado� como habr�a podido hacer con su abanico�, es uno de los comentarios que incluye. Las cartas que he utilizado en la tercera parte entre Colbert, Louvois y Luis XIV se han extra�do directamente de las traducciones de dicho libro.</p><p>Charles Beuclerk, descendiente de Nell Gwynne, ha escrito una biograf�a fascinante de su antepasada en la que describe la rivalidad entre las amantes del rey. Mi descripci�n del juego de Preguntas y �rdenes, en el que Louise se las arregla para que tanto ella como sus damas de compa��a se queden desnudas, con la intenci�n de que Carlos disuelva el Parlamento, est� tomada de ese libro, aunque he cambiado la fecha en un a�o.</p><p>Aunque muchos de los hechos descritos en <emphasis>La emperatriz de los helados</emphasis> tuvieron lugar tal como los describo, el palacio de hielo de Louise de Keroualle est� inspirado en el que orden� construir la emperatriz Ana de Rusia en 1740, descrito por Ivan Lazhechnkov en su libro <emphasis>El palacio de hielo</emphasis>.</p></section><section><p><emphasis>Notas</emphasis></p><p><strong>1</strong></p><p>Siglas, en ingl�s, de Board Certified Behavior Analyst (miembro del consejo de analistas de la conducta). <emphasis>(N. del T.)</emphasis></p><p><strong>2</strong></p><p>En ingl�s, �mum� significa mudo, silencioso. <emphasis>(N. del T.)</emphasis></p><p><strong>3</strong></p><p>En ingl�s, �lobster� (langosta) se usaba tambi�n para referirse a los soldados del ej�rcito brit�nico, debido al color escarlata de su uniforme. <emphasis>(N. del T.)</emphasis></p></section></body><binary id="cover" 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